© Libro N° 14337. La Confesión De Lancelot. Percy, Walker. Emancipación. Octubre 4 de 2025
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LA CONFESIÓN DE LANCELOT
Walker Percy
La Confesión
De Lancelot
Walker Percy
En esta novela
extraordinaria escuchamos, de labios del propio protagonista, la historia de
Lancelot Andrewes Lamar, vástago de una distinguida familia norteamericana del
Sur, famoso integrante del equipo de fútbol de la universidad, becario de
Rhodes, jurisconsulto liberal desengañado y propietario de Belle Isle,
atracción turística de Nueva Orleans. El mundo de Lancelot empieza a
desmoronarse el día en que, por puro azar, se entera de que no es el padre de
Siobhan, su hija menor. Se produce ese descubrimiento durante un período en el
que su esposa, Margot (perteneciente a una familia de magnates del petróleo),
que aspira a convertirse en gran actriz, toma parte en una película que se
rueda en los escenarios de Belle Isle y sus alrededores. Pese a la noticia de
que un huracán se aproxima a las costas de Luisiana, los cineastas siguen
adelante con el rodaje, mientras Lance se muestra decidido a conseguir —merced
a la película pruebas irrefutables de la constante infidelidad de su esposa. La
competencia electrónica de Elgin, brillante hijo del matrimonio de color que
cuida la finca, ayuda a Lance a alcanzar su objetivo y los acontecimientos se
precipitan hasta llegar al apocalíptico final.
Pero ninguna
síntesis de la acción externa, por precisa y certera que fuese, puede expresar
el drama psíquico interno que hace de La confesión de Lancelot una novela tan
atrayente. Lance refiere la demencial historia a un viejo amigo y condiscípulo,
ahora convertido en sacerdote-psiquíatra, que le visita en el Instituto para
Conducta Anormal donde Lance está recluido. En la celda contigua se encuentra
Anna, víctima de una pandilla de violadores a la que Lance consigue arrancar de
su prolongado silencio. Las apasionadas convicciones del protagonista sobre la
naturaleza humana y el compromiso del hombre con el mundo constituyen el núcleo
central de esta novela del Nuevo Sur, que ha sido elogiada unánimemente por la
crítica de varios países.
Walker Percy
La Confesión De
Lancelot
ePub r1.0
Titivillus
23.09.2025
Título original: Lancelot
Walker Percy, 1977
Traducción: Manuel
Bartolome
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Tanto giù cadde,
che tutti argomenti
alla salute sua
eran già corti
fuor che mostrargli
le perdute genti.
Per questo visitai
l’uscio dei morti…
PURGATORIO
Para salvarle, tan
bajo había caído,
que ya no quedaba
otro procedimiento
que el de mostrarle
los seres perdidos.
Por eso visité la
región de los muertos…
Aunque el escenario
de esta novela parece ser Nueva Orleans y el Camino del Río, dicha ciudad y
dicho famoso camino se emplean aquí como topónimos de un lugar imaginario. El
Camino del Río no tropieza realmente con la «Parroquia Feliciana». A decir
verdad, no existe ya ninguna Parroquia Feliciana. Que yo tenga noticias,
tampoco existe ninguna «Costa Inglesa». Hay una Curva Inglesa, pero está río
abajo y no aguas arriba de Nueva Orleans. La calle de la Felicidad se cruza con
la calle de la Anunciación, en Nueva Orleans, pero no en las proximidades del
cementerio de Lafayette. El cementerio de Lafayette existe, pero cerca de él no
hay ninguna cárcel, hospital ni dique. En el Camino del Río se han cometido
asesinatos y se incendiaron edificios, pero ninguno de esos hechos, que yo
sepa, se desarrolló con las características y en las circunstancias que se
reflejan en la presente obra. Nunca hubo una finca llamada Belle Isle. En la
Florida occidental española existió una casa que se llamaba Northumberland,
pero ya no está en pie. Por otra parte, los personajes de esta novela no tienen
relación intencionada alguna con personas reales, vivas o muertas.
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1
Entra en mi celda.
Ponte cómodo. Toma la silla; yo me sentaré en el camastro. ¿No? ¿Prefieres
quedarte de pie junto a la ventana? Lo comprendo. Te hace gracia mi pequeña
vista. ¿Has observado que cuanto más reducido es el panorama más puede ser uno?
Por primera vez entiendo eso de que las ancianas permanezcan años enteros
sentadas en sus porches.
¿No te conozco? Me
pareces muy familiar. Últimamente he estado bastante deprimido y no recuerdo
muy bien las cosas. Creo que me encuentro aquí debido a esa depresión o porque
cometí algún crimen. Tal vez por las dos cosas. ¿Esto es una cárcel, un hospital
o la enfermería de una prisión? ¿Un Centro para Conducta Anormal? Vaya. Me he
comportado de manera anómala. En resumen, estoy en el manicomio.
Tengo la certeza de
que te conozco y de que te conozco a fondo. No es que esté loco y me falle la
memoria, sino más bien que opino que no merece la pena recordar el pasado.
Exige un esfuerzo tremendo. Todo cuesta un trabajo ímprobo y a duras penas
compensa la molestia que uno se toma… todo, salvo estar aquí, en mi celdita, y
contemplar esa pequeña vista.
Lo creas o no, una
celda como ésta, prescindiendo de la posibilidad de que se trate de la de una
cárcel, no es mal sitio para pasar un año. Creo que llevo aquí un año. Acaso
dos. Quizá seis meses. No estoy seguro. Una celda limpia, un techo alto, una
yacija, una silla y una mesa. No es demasiado calurosa, fresca o húmeda. La
comida es pasable. ¡Una cárcel extraordinaria! O un hospital extraordinario, si
tal es el caso. Y se dispone de una vista, aunque el panorama sólo sea un trozo
de cielo, un rincón del cementerio de Lafayette, un tramo de dique y unos pocos
metros de la calle de la Anunciación.
¿Es eso todo lo que
ves? No, vuelve a mirar. Hay mucho, muchísimo más. Me sé de memoria ese
estrecho mundo y, desde donde estoy, puedo
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citarte unas
cuantas cosas que es posible se te hayan pasado inadvertidas. Por ejemplo, si
te inclinas sobre el alféizar y estiras el cuello para llevar la cabeza hacia
la izquierda lo más posible, verás parte de un rótulo que hay al otro lado de
la esquina. Si te esfuerzas al máximo y apoyas la sien contra el ladrillo,
distinguirás las siguientes letras:
B
Ma
Franco y
Observa que es
imposible ver más. Llevo un año mirando ese letrero. ¿Qué dice? ¿Bolera de Mac?
¿Ambiente Franco y Agradable? ¿Bar del Masón Franco y Aceptado? ¿Tienen bares
los masones?
Estoy recuperando
la memoria. Creo que tiene algo que ver contigo. Al verte ayer en el pasillo,
comprendí que nos habíamos tratado íntimamente. ¿Verdad que es así? Fue hace
muchos años y has cambiado una barbaridad, pero, desde luego, te conozco.
Cuando nuestras
miradas se encontraron, nació en el aire la sensación de que habíamos
compartido juntos un sinfín de fatigas, ¿no? Y también sobrevino la impresión
de que tú estabas mucho más al corriente que yo. Abriste la boca como si fueras
a decir algo y después cambiaste de idea. Me siento como un alcohólico que sólo
reconoce a determinadas personas cuando está borracho. Eres como un discreto
amigo de «borracho» que, en algunas circunstancias, no desea que se le
reconozca.
Sí, te rogué que
vinieses. ¿No eres psiquiatra, sacerdote o sacerdote-psiquiatra? Con
sinceridad, me sugieres algo intermedio, uno de esos sacerdotes fallidos que
acaban por dedicarse a la asistencia social o a los «exámenes psicotécnicos», o
uno de esos médicos que, de pronto, deciden ingresar en el seminario. Ni carne
ni pescado. Si eres sacerdote, ¿por qué no llevas ropa de cura en vez de esas
hipócritas prendas corrientes? Eres como algunas monjas. Te pones a la altura
de esas monjas que no son capaces de comprender que con hábito tienen mucho
mejor aspecto que vestidas con un conjunto J. C. Penney a base de pantalones.
Eres la primera
persona a la que he deseado ver. Me negué a recibir a todos los psiquiatras,
pastores, sacerdotes, grupos de terapia y gente por el estilo. Al fin y al
cabo, ¿de qué podíamos hablar? Yo no tengo nada que decir y, desde luego, me
importa un rábano lo que ellos puedan decir.
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No, lo que me chocó
enseguida de tu persona es que eras el único de cuantos hay por aquí que no
deseaba charlar. Eso y la expresión abstraída, en la que capté cierta afinidad
entre nuestros espíritus. Además de la circunstancia de que te conocía de antes
y de que me di cuenta de que tú aún me conocías mejor a mí.
¿Cómo? Sí, claro
que recuerdo Belle Isle, la noche en que ardió y la tragedia, la muerte, las
muertes de… Pero me parece que eso es porque me lo han contado y porque incluso
me enseñaron los periódicos.
Pero tú… la verdad
es que me acuerdo de ti. Fuimos amigos íntimos, ¿no es cierto? Verás, estuve un
tanto deprimido, «en la oscuridad», y sólo desde hace poco me he sobrepuesto lo
bastante como para considerarme feliz viviendo en este cuarto y disfrutando con
el panorama que se ve por la ventana. Pero ayer, cuando mis ojos tropezaron
contigo, fue como contemplarme a mí mismo. Tuve la sensación de que algo me
pillaba de improviso, el pasado, mi propia persona. Una mirada a esa misma
vieja expresión sardónica tuya y fue como si lo recordara todo de pronto y ni
siquiera me sorprendiese lo más mínimo. Incluso supe lo que ibas a decir cuando
sacudiste la cabeza y abriste la boca como si fueras a dirigirme la palabra,
aunque luego lo pensaste mejor. Ibas a decir, como de costumbre: «Por el amor
de Dios, Lance, ¿dónde te metiste y qué has hecho ahora?». ¿Verdad que ibas a
decir eso? O algo parecido, ¿no?
Hasta después, por
la noche, no me di cuenta de que había recordado algo sobre mi situación, sin
que nadie me lo dijera. Me acordaba de mi nombre. Lance. Más bien del modo en
que a ti te gustaba pronunciarlo, completo: «Lancelot Andrewes Lamar», solías decir.
«Te bautizaron así en honor del divino anglicano, ¿verdad? ¿No debieron ponerte
Lancelot du Lac, hijo del rey Ban de Benwick?».
Fue como si me
acordara de todo, pero sin conseguir concentrarme totalmente en ello.
Adivino que no eres
un paciente, pero hay algo en ti que no marcha bien. Estás más absorto de lo
normal. ¿Estás enamorado?
Sonríes. Sonríes, pero no dices nada. ¿Tienes que marcharte?
¿Volverás mañana?
Página 8
2
Adelante, adelante.
Pasa y siéntate. ¿Tampoco hoy quieres sentarte?
Debo hacerte una
confesión. Ayer no fui completamente sincero contigo, al fingir que no acababa
de identificarte. Sabía perfectamente quién eras. A mi memoria no le ocurre
nada. Lo único que sucede es que no me gusta recordar. ¿Por qué no iba a
acordarme de ti? Fuimos los mejores amigos del mundo, la verdad es que éramos
inseparables, si uno lo piensa bien. Sólo que representó una verdadera sacudida
verte al cabo de todos estos años. No; ni siquiera eso es cierto. Había
observado tu presencia anteayer en el cementerio. Sin embargo, no sabía qué
decirte. ¿Qué se le puede decir a alguien, después de veinte años, cuando uno
ya lo ha dicho todo?
También eso te
mortifica un poco, ¿no? Te sientes tímido e incómodo conmigo, Pero te gusta mi
ventana y mi pequeña vista, ya me doy cuenta.
Aún pareces un poco
indeciso. ¿Es a causa de mi cordura? Bueno, sí, después de todo, estoy en el
manicomio. Pero te recuerdo perfectamente, todo lo que hicimos juntos, hasta
los nombres que tuviste. Todos. Nos conocimos bajo diversos nombres, según las
oblicuas y turbias circunstancias de nuestras vidas… y nuestras lecturas.
Apuesto a que recuerdo tus nombres mejor que tú. Al principio, eras simplemente
Harry, cuando vivías en Northumberland, cerca de nuestra casa del Camino del
Río, e íbamos juntos al colegio. Después se te conoció por diversos nombres.
Harry Matachín, que no resultaba muy apropiado porque, aunque eras agresivo,
como peleador dejabas mucho que desear. Príncipe Hal, porque sólo en los
prostíbulos parecías sentirte feliz. Northumberland, por la casa en que vivías.
Percival y Parsifal, que encontraron el Santo Grial y proporcionaron vida a una
tierra muerta. Y también te asignaron unos cuantos motes cómicos e indecentes,
en la fraternidad D.K.E., el menos insultante y desagradable de los cuales era
Mariposo. Señorita Margaret
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Mae McDowell, de
Espino Suave, permítame presentarle a mi amigo y compañero de cuarto, Mariposo.
Tengo entendido que después, cuando te hiciste sacerdote, adoptaste un nombre
religioso: John, Juan, un nombre estupendo. Pero no sé si es Juan Evangelista, que
tanto amaba, o Juan Bautista, un solitario en el desierto. Tú eras un
solitario.
Así que ya ves,
recuerdo muchas cosas de ti. ¿No?
Ah, continúas
esbozando la misma sonrisita de siempre.
Sin embargo,
prefieres mirar hacia el cementerio.
Hoy es un
espectáculo precioso, ¿no te parece? Día de Difuntos. Una fiesta agradable para
los muertos: en el camposanto, las mujeres encalan tumbas, arreglan los
jardincillos, ponen crisantemos naturales y de plástico, encienden velas,
friegan los dinteles de mármol. Me recuerdan a las amas de casa de Baltimore
dedicadas a limpiar, arrodilladas, los blancos umbrales de las hileras de
casas.
Una vista muy
bonita, esa del bullicioso cementerio atestado de gente, con los árboles color
moneda de cobre y las primeras ráfagas de viento caprichoso agitando las hojas
de aquí para allá. Si uno aguza el oído, hasta puede captar el seco rumor de
las hojas de mirto que azotan los senderos como rosetas de maíz. Cuando el aire
sopla en dirección a uno, llega al olfato, desde los muelles de Tchoupitoulas,
un olorcillo mezcla de café y alquitrán.
He observado que,
en Nueva Orleans, las personas son más felices cuando asisten a funerales,
ganan dinero, cuidan a los muertos o se ponen la máscara, el martes de
carnaval, para que nadie sepa quiénes son.
Bueno, ya he
averiguado quién eres. Tu profesión, quiero decir. Médico-sacerdote. Lo que
equivale a médico incompetente o sacerdote malogrado. O las dos cosas. Ah, he
conseguido sorprenderte, ¿verdad? Sí, alguien me contó cosas ayer. Pero es algo
más que eso. Se trata de ciertos detalles que observé.
Tomaste el atajo
del cementerio. Una de las mujeres que fregaban tumbas te abordó para pedirte
algo. Evidentemente, te había reconocido. Tú denegaste con la cabeza y
proseguiste tu camino. ¿Qué podía haberte pedido? Sólo una cosa, dadas las
circunstancias. Que rezaras una oración por los muertos. Una vieja costumbre de
este lugar, particularmente el Día de Difuntos. No quisiste complacer a la
mujer.
De modo que también
a ti te ocurre algo. O no estarías aquí desempeñando funciones de ayudante de
capellán, suplente de psiquiatra o
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lo que quiera que
estés haciendo. Una nada de empleo. ¿Estás en apuros?
¿Hay una mujer de
por medio? ¿Estás enamorado?
¿Recuerdas lo que
es «enamorarse», «estar enamorado»?
Hubo una época en
la que pensaba que era lo único que verdaderamente tenía importancia. No, hubo
dos cosas y dos épocas en mi vida.
Al principio, creí
que «estar enamorado» era lo único. Tener entre los brazos una fragante
muchacha de Georgia y bailar con ella el tema de «Bajo los focos» en las
montañas de Carolina, durante el verano del 52, al aire libre, con luciérnagas
y farolillos japoneses.
Después me endurecí
o acaso me volviera más realista. Empecé a preguntarme si realmente existiría
algo como «estar enamorado» o si no se daría el caso de que las mejores cosas
de la vida pudieran no ser tan sencillas, esos placeres antiquísimos como el coito
corriente y echar unos tragos. En realidad, ¿puede haber algo más estupendo que
ser un hombre adulto sano, tropezarse con una hembra atractiva a la que se ve
por primera vez, desearla automáticamente, darse cuenta de que le gustas,
invitarla a tomar una copa en cualquier bar, meterle mano por debajo de la
falda, acariciar la blanca carne de su muslo, hasta arriba, y susurrarle al
oído: «Bueno, nena, ¿qué me dices?»? ¿Me equivoco? ¿No?
Pero eso también es
enamorarse, en cierto sentido, ¿no te parece? Sin embargo, resulta muy
distinto. Me pregunto qué es mejor. Si te he de decir la verdad, no consigo
salir de esa duda.
Pero, desde Juego,
«amor» es uno u otro, indudablemente el último. A veces creo que somos víctimas
de una trampa gigantesca tendida por nuestros mayores, que existe una
complicada maquinación dispuesta para ocultarnos el simple hecho de que lo
único importante, ciertamente lo mejor de la vida, es el amor camal común.
Me «enamoré» de
Lucy Cobb, de Georgia, y me casé con ella. Luego murió. Después me «enamoré» de
Margot y me casé con ella. También murió.
¿Te sorprenderías
si te dijese que es posible que me esté enamorando otra vez? De la muchacha que
se encuentra en la celda contigua. No la he visto nunca. Pero me han contado
que unos marineros la violaron en el Barrio, la obligaron a cometer actos antinaturales
muchas veces, le dieron una paliza y luego la dejaron tirada en la orilla del
río. No quiere hablar con nadie. Y la alimentan a la fuerza. Lo mismo que yo,
prefiere la
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soledad de su
celda. Pero nos comunicamos mediante golpes en la pared.
Es extraño. La
deshonra ha traído a esa chica una especie de inocencia.
La comunicación
resulta fácil cuando uno está «enamorado». Cuando conducía el automóvil, junto
a Lucy Cobb, a través de la noche veraniega de Carolina, con la capota baja y
la radio dejando oír el tema de «Bajo los focos», uno podía limitarse a decir:
«Me gusta esa
pieza, ¿a ti no?».
Y ella podía
responder: «Sí».
Con la muchacha de
la habitación de al lado ocurre lo mismo. Ayer llamé dos veces.
Ella contestó con
otros tantos golpes.
Puede que fuese una
coincidencia. Por otra parte, también cabe la posibilidad de que se tratara de
una verdadera comunicación. El corazón me palpita como si me estuviese
enamorando por primera vez.
¿Así que conoces mi
historia? Yo también la conozco, claro, pero no estoy muy seguro de cuánto
recuerdo de ella. Todo lo que tengo en la
imaginación es a
base de titulares: ARDE BELLE ISLE. IMPOSIBLE IDENTIFICAR LOS CADÁVERES DE LAS
«ESTRELLAS». CINEMATOGRÁFICAS CARBONIZADAS EN EL SINIESTRO. DESCENDIENTE DE
ANTIGUA FAMILIA ENLOQUECIDO POR EL DOLOR Y LA INDIGNACIÓN. SUFRE DIVERSAS
QUEMADURAS AL TRATAR DE
SALVAR A SU ESPOSA.
Sin duda, leí esos titulares. Me pregunto por qué los encabezamientos
periodísticos son más fáciles de recordar que el propio suceso.
Ahora he empezado a
recordar perfectamente algunas cosas. Es consecuencia de verte.
Lo primero que me
vino a la memoria no tenía ninguna relación contigo. Me acordé de las
circunstancias exactas bajo las cuales descubrí que mi mujer me estaba
engañando. ¿Qué tenía eso que ver contigo? La memoria es una cosa extraña.
Lo que recordé a
continuación era más lógico. Me acordé de la primera vez que te había visto,
después de la infancia. Estabas sentado en la casa de la fraternidad, a solas,
bebiendo y leyendo a Verlaine. Eso me causó una gran impresión. Recuerdo que me
pregunté si no estarías tratando de
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impresionarme. ¿Qué
clase de representación es ésa?, me dije. (Era una representación, ¿no?).
Entonces, esta
mañana me acordé de muchas cosas más. No era como si realmente las hubiese
olvidado, sino más bien que no tenía la… ¿cómo diría yo?… la inclinación a
pensar en el pasado. Había perdido la onda, la costumbre de hacerlo. Verte fue
una especie de catalizador, la oportunidad para mis recuerdos. Es como la
primera vez que uno mira por los prismáticos: todo lo ve confuso, borroso,
desenfocado, plano; luego, con un chasquido súbito, la distancia se alarga en
profundidad de campo y todo aparece rotundo, más grande que la misma vida.
Creo que empecé a
recobrar la memoria acordándome de nuestras semejanzas y nuestras diferencias:
los dos vivíamos en viejas tasas del Camino del Río, en la Costa Inglesa, yo en
Belle Isle y tú en Northumberland.
Aunque nunca lo
hubiésemos reconocido, nos considerábamos un enclave de la pequeña aristocracia
inglesa establecido entre multitud de bonachones y dóciles negros y ridículos
campesinos franceses. Nuestras familias eran descendientes de los primitivos
colonos ingleses conservadores que aceptaron la hospitalidad española que se
les ofrecía en la Parroquia Feliciana, para escapar de los desatinados rebeldes
norteamericanos. Pero la historia común nos unía menos que nuestra aversión por
los católicos y los Long. Nosotros éramos familias honorables.
Tú y yo fuimos
también condiscípulos, hermanos de fraternidad y, después, buenísimos amigos,
íbamos a los burdeles. Me he enterado de que los muchachos ya no van más a los
burdeles.
Y ahí terminaban
nuestras semejanzas. Tu familia era rica, de modo que fuiste a una escuela
preparatoria del Norte. Nosotros éramos pobres, así que ingresé en el instituto
de enseñanza media. Tú eras delgado, introvertido y bebías más de la cuenta. Se
decía que ibas a ser brillante y que se te ofrecía la promesa de un futuro
esplendoroso (¿verdad que sí?). Sin embargo, eras anónimo, casi desconocido:
cuando te graduaste, ni siquiera conocías a seis personas en toda la escuela.
Yo constituía tu
antítesis: el individuo que alcanza la cumbre de su vida en el colegio
universitario y luego declina: destacado en el «campus», polemista, jugador
titular del equipo, depositario de una beca de Rhodes e incluso «listo», o sea,
una especie de triunfador académico de segunda
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categoría. En el
equipo de fútbol americano, ser «listo» significaba que uno leía la revista
Time y sabía qué era el Plan Marshall. («¿No crees que sea capaz de explicarte
lo que es el Plan Marshall? ¡Pregúntale, anda! Es un tío inteligente y
enterado»). Aquellos muchachos, mis compañeros de equipo, admiraban la
«listeza» más que nadie a quien haya conocido antes y después.
Logré mi pequeña
inmortalidad individual a los veintiún años, cuando en el partido contra
Alabama agarré un disparo en la línea zaguera de la última zona y llevé el
balón cien metros hacia la línea de meta contraria. Aún figura en los registros
de marcas como el despeje más largo de la historia. Lo bonito del caso es,
siempre lo será, que no puede superarse. Es como cubrir los mil quinientos
metros en cero minutos.
Yo era «listo»,
pero nunca lo fui en el complejo sentido tuyo de beber y leer a Verlaine
(aquello fue teatro, fingimiento puro, ¿no?).
Tú eras también
belicoso cuando bebías, y como tu complexión se asemejaba mucho a la del papa
Pío XII, metro ochenta y poco y cincuenta y cinco kilos, más de una vez tuve
que salvarte de la gran paliza. (Sí, yo fui también subcampeón del Guantes de
Oro y, aunque sólo pesaba setenta y siete kilos, podía con cualquier
futbolista), otro motivo de asombro para aquellos descendientes de colonos de
habla francesa inmigrados de Acadia: «¡Ese hijo de perra ha dejado fuera de
combate a Durel Thibodeaux!» (defensa de blocaje, 120 kilos de peso).
Eras melancólico,
reservado y atractivo para las mujeres, pero estabas tan flaco que yo tenía que
hacerte pareja con simpáticas muchachas maternales a las que no les importase
apretujar huesos.
Nuestras familias
se diferenciaban bastante. Los hombres de la mía (hasta mi padre) eran
gregarios, políticamente activos (anti-Long) y violentos. Los de la tuya
tendían a la depresión y al suicidio precoz.
Sin embargo, mira
quién está ahora deprimido.
Vaya, me lanzas la
misma mirada sardónica que me dirigiste cuando levantaste la cabeza del libro
de Verlaine.
Como digo, verte me
ha permitido recordar las circunstancias en que descubrí que mi esposa me había
engañado, es decir, que había mantenido relaciones carnales con otro hombre.
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¿Es eso lo que
parecía tan difícil de recordar? No es que lo hubiese olvidado, sino más bien
que me resultaba intolerable pensar en ello. ¿Pero por qué tenía que ser
intolerable? ¿Es que los agravios sexuales pertenecen a una categoría especial
y, por lo tanto, constituyen algo distinto a otros delitos como el robo, la
agresión e incluso el asesinato?
¿O es que lo sexual
no pertenece a ninguna categoría y es indescriptible? ¿No es indescriptible el
placer sexual? ¿Por qué, entonces, no iba a ser indescriptible el delito
sexual?
No, en realidad no
había olvidado nada. Lo que ocurre es que verte me impulsó a pensar en ello. Me
gustaría saber por qué. ¿Porque fuimos amigos o porque tú solías escuchar lo
indescriptible? ¿O porque verte me recordó el palomar?
Pero permíteme
preguntarte, en serio: ¿Por qué es algo tan indescriptible para una criatura la
intraducción de una pequeña parte de su cuerpo en el cuerpo de otra criatura?
¿No es cierto que, expresado así, resulta una cuestión trivial? No creo que las
mujeres concedan demasiada importancia al asunto.
Supongamos que lo
expreso de otra manera: ¿No es indescriptible para mí imaginar a Margot tendida
debajo de otro hombre, moviendo la cabeza de un lado a otro, en una sucesión de
gestos que conozco perfectamente, apretando los labios y dejando escapar una
especie de maullido suspirante? ¿No es eso indescriptible? Sí. Pero ¿por qué?
Cuando imaginaba otras cosas que pudieran sucederle a Margot, incluso las
peores cosas, me angustiaba, pero no me eran intolerables: Margot gravemente
enferma, Margot herida en un accidente, Margot robando dinero, hasta Margot
muerta, asesinada. La idea de Margot muerta resultaba dolorosa, pero no
intolerable. Sin embargo, Margot debajo de otro hombre…
Hum… ¿Crees que es
sólo nuestra generación la que le da tanta trascendencia al asunto, a la
conexión sexual, o, como dirían los chicos de hoy, que nos pasamos de rosca?
Los antiguos no parecían prestarle demasiada atención; hasta la Biblia se
manifiesta un tanto despreocupada. Tu Dios parecía más celoso de los falsos
ídolos, de los becerros de oro, que de que la gente anduviese dándole a la
lujuria. Tal vez los celos de Dios sean distintos a los nuestros. A mí no me
hubiese importado que Margot se arrodillase ante Buda. ¿Por qué, entonces,
tenía que preocuparme una cuestión tan insignificante como la de que Margot
aceptase en su cuerpo una pequeña parte del cuerpo de Merlín? Como
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médico, ¿no dirías
que eso no representa más que el contacto de una membrana con otra? Células que
tocan células.
Ni siquiera tu
Iglesia se lo tomó muy en serio, hasta hace pocos años.
Dante se mostró
abiertamente indulgente con los pecadores sexuales.
Ocupaban una
antesala del infierno más bien placentera.
¡Y vaya con la
generación actual! El sexo, al parecer, ni siquiera figura entre las diez
experiencias superiores. Recuerdo una vez que fui a visitar a mi hijo. Se
levantó de la cama, donde él y su amiguita estaban acostados y enroscados el
uno en el otro, bostezó, tapó a la moza con una sábana y luego procedió a
contarme cuál era su sueño dorado: una guitarra. ¡Una guitarra! Determinada
clase de guitarra. ¡Oh, Dios, si pudiera permitirse el lujo de adquirir aquella
guitarra! ¿Acaso no iba a ser yo capaz de proporcionarle cuatrocientos dólares?
Recuerdo que, mientras le extendía un cheque, pensé: «Muy bien, anhela, adora
esa guitarra. Pero una vez que la tenga, ¿le importará que alguna otra persona
la toque? Quizás, es posible que le moleste. Pero no le parecerá
indescriptible».
Antes de cumplir
los veinte años, mi hijo ya había gozado con bastantes hembras. Ahora parece
ser ligeramente homosexual. Pero, de cualquier modo, hetero u homosexual, no da
la impresión de que eso le preocupe gran cosa.
¿Es que sólo los de
nuestra generación somos los remilgados y estrechos?
Te encoges dé
hombros y miras el cementerio.
¿Entonces es que
sólo soy yo?
Recuerdo dónde
descubrí por primera vez el adulterio de Margot. En la habitación de la planta
baja del palomar. ¿Te acuerdas de ese cuarto? Tú y yo solíamos sentarnos allí
los fines de semana, o durante el verano, a beber y a leer en voz alta
—principalmente tú— los pasajes más verdes de Ulises y Trópico de Cáncer. Eso
también fue un descubrimiento para mí: que no sólo había malos libros obscenos
y grandes obras limpias, sino también libros importantes que eran impúdicos
(¡sí! esa es la conexión: dos descubrimientos hechos en el mismo sitio). Cuando
tú y yo estábamos allí, el desván de arriba todavía lo ocupaban las palomas,
había lo menos quince centímetros de espesor de guano en el palomar y los
cloqueantes zureos constituían una música de fondo muy apropiada para la
lectura en voz alta de Joyce y Miller. El de abajo era un cuarto trastero, una
acumulación de desechos de verano, hamacas rotas, redes de badminton
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agujereadas y
pelotas de croquet inservibles, pero la atmósfera era seca y fresca. ¿Te
acuerdas de aquel verano? Fue aquel año en que perforaron un pozo de petróleo
en el punto donde había estado el ala vieja de Belle Isle (también se incendió
misteriosamente un siglo atrás) y encontraron gas. Por primera vez, desde la
guerra, tuvimos un poco de dinero. ¿Recuerdas que estuvimos rebuscando entre
los trastos viejos del desván y tropezamos con lo que parecía el cuchillo Bowie
original? Quizás lo era. Un antepasado mío conoció a Bowie, incluso tomó parte
en el célebre duelo del banco de arena de Vidalia, en el que Bowie hizo trizas
a un individuo.
Sea como fuere, mi
abuelo ideó una historia por todo lo alto cuando le enseñé el cuchillo, aseguró
que se trataba de uno de los originales que fabricó el herrero esclavo de Bowie
(aunque no era verdad: el original se hizo de una escofina y aún se distinguían
las estrías) y lo exhibió e incluyó como parte del disco que colocaba a los
turistas que solía guiar por Belle Isle, a dólar por persona. Les contaba
historias de Bowie e historias de Eleanor Roosevelt.
Posteriormente, al
enterarse de que el palomar era una joya arquitectónica, Margot la convirtió en
estudio para mí. Con gran placer por su parte, después de rascar y quitar
ciento cincuenta años de mierda de paloma, encontraron el piso de tablas de
ciprés maravillosamente conservado y unos estupendos muros de sesenta
centímetros de ladrillo: hasta las palomas vivían mejor de lo que vivimos ahora
nosotros. Margot me encontró una mesa escritorio y una silla, tipo plantación,
muebles construidos por artesanos esclavos, y allí me senté, sintiéndome como
Jeff Davis en Beauvoir, dispuesto a redactar mis memorias. Sólo que no tenía
memorias que escribir. No había nada que recordar.
De cualquier modo,
eran las cinco y un minuto de la tarde, cuando descubrí allí, por pura
casualidad, que mi esposa me había sido, y probablemente lo seguía siendo,
infiel.
Es un enigma que
pondero interminablemente: que mi vida se divide en dos partes, Antes y
Después, antes y después del momento en que me enteré de que un hombre colocado
encima de ella había puesto a mi esposa en estado de éxtasis la había
transportado fuera de sí.
Mi descubrimiento
fue puramente accidental. Exactamente a las cinco y un minuto de la tarde, el
silbido de Ethyl había dejado de sonar, Se dio la circunstancia de que bajé la
mirada sobre la mesa y vi algo. Sólo cuando
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miré por segunda
vez —y ni siquiera sé por qué lo hice—, aquello comenzó a adoptar un
significado terrible.
Mi reacción no fue
la que puedas suponer. Únicamente me es posible compararla, mi reacción, a la
de un científico, un astrónomo, pongamos por caso, que examina rutinariamente
varias placas de sectores del cielo y ve el acostumbrado conjunto de puntitos de
luz esparcidos como al azar por el espacio. Está a punto de archivar una de
tales placas, incluso ya lo ha hecho, cuando algo ínfimo produce un click en su
cerebro. Un momento. Hum. A ver. ¿Qué es esto? Hay algo que no encaja. Echemos
un vistazo. De forma que lanza otra mirada. Sí, no cabe duda, un puntito, ni
siquiera un puntito brillante, uno de aquellos puntitos secundarios, se ha
desplazado ligeramente. Uno ha visto las fotografías en los periódicos, puntos
que representan estrellas, formando un conglomerado, y cuatro flechas que
señalan un punto individual. Para cerciorarse, el astrónomo coteja la placa con
la última que tomó anteriormente de aquella misma minúscula sección del
firmamento. Es indudable, el puntito está fuera de su sitio. Se ha movido. ¿Qué
importancia tiene, piensa el profano, el que un punto insignificante, entre
miles de millones de ellos, se haya desviado un poco? El astrónomo está mejor
enterado: el punto se encuentra un milisegundo fuera dé lugar, el ordenador
electrónico entra en funcionas y, a través de esa ínfima observación, el
astrónomo calcula con absoluta certeza y de manera definitiva que un cometa
está en curso de colisión con la Tierra y llegará aquí dentro de dos meses y
medio. Al cabo de ocho semanas, el puntito habrá aumentado hasta adquirir el
tamaño del Sol, los océanos se habrán elevado doce metros, Nueva York estará
sumergida, los rascacielos se derrumbarán, las Naciones Unidas se reunirán en
Monte Washington, etcétera.
¿Cómo pueden
deducirse tan catastróficos y absolutamente verificables acontecimientos
partiendo de la base de una evidencia tan insignificante?
En mi caso, la
prueba no era el milimétrico desplazamiento de un punto sobre una placa
fotográfica, sino una letra. No, no formaba parte de una carta de amor que
estuviese encima de la mesa. Es una sola letra del alfabeto. La letra O,
suelta. Me explicaré, por sí te interesa. Santo Dios, parece importarte un
bledo. ¿Contemplas a esa chica a la que oigo cantar? La escucho todos los días.
La conoces, ¿verdad?
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Te he visto hablar
con ella en el dique. Es encantadora, ¿no te parece? Aseados pantalones
tejanos, melena pulcramente peinada y que le llega hasta la mitad de la
espalda. Cruza el dique diariamente. Creo que vive en una de las chabolas de
los bajíos. Probablemente se trata de una de esas aves de paso, como uno de los
centenares de jilgueros que llegan de modo inesperado todos los años por
octubre.
Al cabo de un año,
uno se convierte en estupendo observador de personas, como la anciana que no
tiene otra cosa que hacer que atisbar por los resquicios de las persianas. He
notado que conoces bien a la muchacha. ¿Estás enamorado de ella?
¡Ah!, eso te
sorprende, ¿no? Escucha a la joven. Está cantando.
Libertad no es más
que una palabra, para el que
nada tiene ya que
perder.
Libertad era lo
único que a mí me quedaba…
¿Crees eso? Tal vez
la chica y yo estemos más cerca de creerlo que tú, incluso aunque tú cediste tu
libertad voluntariamente y yo no. Quizás la muchacha sepa más que cualquiera de
nosotros dos.
Bueno, no hablamos
de categorías astronómicas, sino más bien del sexo. Harina de otro costal,
podría decirse. Bueno, sí y no. Hay ciertas similitudes. Compara los dos
descubrimientos. El astrónomo ve un punto en un sitio que no le corresponde,
efectúa unos cálculos y saca una conclusión incuestionable: cometa en
trayectoria de colisión, mareas gigantescas, océanos ascendentes, bosques en
llamas. El cornudo ve una letra del alfabeto fuera de lugar. De tan
insignificante evidencia puede inferir, con por lo menos la misma certeza que
el astrónomo, una igualmente desmesurada escena: su esposa con los muslos
separados, mientras un grito, no reconocible en ella, se escapa de entre los
labios femeninos. El equivalente del fin del mundo como consecuencia de un puntito
desplazado en el espacio es el éxtasis orgasmástico que se deduce de la letra
O.
No cabe la menor
duda de que ella se elevó al séptimo cielo y fue poseída por algo ¿por alguien?
más. Tales consideraciones me llevaron a la conclusión de que, contrariamente
al criterio generalizado, el sexo no es ninguna categoría. No es simplemente un
artículo que figure en una lista de necesidades humanas, como alimentación,
albergue, aire, sino más bien un éxtasis único, ékstasis, que representa una
especie de posesión. Sólo
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como posesión por
Satanás no es categoría. Sonríes. ¿No estás de acuerdo? Así, pues, ¿perteneces
a la nueva casta de los que creen que Satanás es sólo una categoría, la
categoría del Mal?
Sin embargo, ¿cómo
es posible que se deduzcan tan portentosas consecuencias de una prueba tan
baladí? Te lo diré, si deseas saberlo, pero antes quiero informarte de mi
reacción ante el descubrimiento, que fue, por decir lo mínimo, lo más extraño
de todo. Supondrías, ¿no?, que el nuevo cabestro respondería con la apropiada
emoción: sobresalto, vergüenza, humillación, tristeza, iracundia, odio, deseo
de venganza, etcétera. ¿Me crees si te digo que no sentí ninguna de esas
emociones? ¿Puedes adivinar lo que experimenté? Hum. ¿Qué es eso? ¿Qué tenemos
aquí? Hum. Lo que sentí fue un hormigueo en la base de la columna vertebral, un
retorcimiento del gusanillo del interés.
Sí, ¡Interés! El
gusanillo del interés. ¿Te sorprendes? ¿No? ¿Sí? Una de las conclusiones a las
que he llegado, después de pasarme un año en esta celda, es que la única
emoción que la gente experimenta hoy en día es el interés o la falta de él, La
curiosidad, el interés y el aburrimiento han sustituido a las supuestas
emociones acerca de las cuales solíamos leer cosas en las novelas o verlas
expresadas en los rostros de los actores. Hasta las atrocidades de la época se
traducen en interés. ¿Has observado a alguien cuando coge un periódico y lee un
titular de accidente de aviación ocasiona trescientas victimas? ¡Qué horrible!,
dice el lector. Pero échale una mirada cuando te tiende el periódico. ¿Está
horrorizado? No, está interesado. ¿Cuándo viste por última vez a alguien que
estuviera horrorizado?
A pesar de todo, ni
siquiera mi triste caso parece interesarte. ¿Me escuchas? ¿Qué ves en el
cementerio? ¿Las mujeres que se preparan para el Día de Difuntos, encalando las
tumbas, arreglando los jardincillos, disponiendo crisantemos naturales y de
plástico, fregando los dinteles de mármol? En diagonal desde el cementerio, si
observas con atención, está la antigua entrada para negros al Teatro Majestic,
ahora Cinema Adulto 16. ¿Te acuerdas de que íbamos a esa sala cuando nos
dejábamos caer por Nueva Orleans? Veíamos películas como Los del 49, con…
¿quién?… Vera Hruba Ralston (la danzarina) y Charles Starrett. ¿O eran Verónica
Lake y Preston Foster? ¿O Robert Preston y Virginia Mayo? Ahora proyectan algo
que se titula Los del 69. Todo lo que se puede distinguir desde aquí es el
cartel de una especie de ambiguo yin-yang que
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representa, me
parece, a una pareja, como si Charles y Vera Hruba se hubiesen visto atrapados
en el vórtice temporal y estuviesen girando a través de los años en una
interacción de yin y yang.
Al otro lado de la
calle se vislumbra el tablero negro del Bar de La Branche. ¿Cuál es la
especialidad de hoy? ¿Estofado de carne con quimbombó? ¿Ostras, sopa de
camarones? Y el trago Dixie.
¡Nueva Orleans! No
es mal sitio para pasar un año en la cárcel… salvo en el verano. Imagínate
estar encerrado en Birmingham o Memphis. Incluso desde aquí dentro percibo en
el aire algo así como si la ciudad tuviese alma y ese alma exhalara un efluvio
particular, ¿no? Me es imposible aplicarle un nombre específico. ¿Cierta
decadencia vital? ¿Hedor animado? Cada vez que pienso en Nueva Orleans, lejos
de Nueva Orleans, afluye a mi mente la idea de pescado podrido en las aceras y
buenos ratos bajo techado. Una ciudad católica, en determinado aspecto, pero no
lo es. Providence (Rhode Island) es una ciudad católica, pero, por Dios, ¿quién
va a querer vivir en Providence (Rhode Island)? No es eso, su religión, lo que
caracteriza esta ciudad, sino más bien cierto acomodo especial a la misma o la
relajación de ella. No creo que el alma de esta ciudad esté condenada o
salvada, sino que se encuentra en un punto intermedio, de alivio; existe en una
especie de cómodo limbo católico situado en algún lugar del círculo exterior
del infierno, donde los pecadores sexuales no lo pasan tan mal, y el círculo
interior del purgatorio, donde las cosas son todavía mejor. Añade a eso un
saborcillo de vicio marsellés sazonado por la afabilidad del Sur
estadounidense. La muerte y el sexo tratados desenfadadamente y el dinero
tomado muyen serio. El Banco Whitney es tan solemne como bullicioso es el
cementerio. Los protestantes inauguran el Mardi Gras, el martes de carnaval, ya
sabes. Los presbiterianos duermen la siesta o juegan al gin en el Club de
Boston. Los judíos van en las carrozas de carnaval, celebrando el inicio del
ayuno de cuarenta días de Jesucristo.
Me gusta tu pequeña
y pueril catedral del Vieux Carré. Se alza justamente en medio de la mayor
concentración de borrachos, drogados, rameras, rufianes, efebos y sodomitas de
todo el hemisferio. ¿Pero no es precisamente ahí donde se supone que tienen que
estar las catedrales? Eso, como la propia ciudad, representa para mí algo
todavía más agradable, una especie de mediocridad triunfal. El acontecimiento
más importante ocurrido aquí en toda la historia fue el combate entre John L.
Sullivan y
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Jim Corbett.
Trescientos años de historia y nunca ha producido un solo hecho histórico
significativo, un solo genio, ni siquiera un solo talento de primera clase… a
excepción de un jugador de ajedrez, el más importante del mundo. Pero la
genialidad pone nerviosa a la gente, incluido el propio genio, de modo que dejó
de jugar al ajedrez y empezó a preocuparse por ganar dinero, como cualquier
hijo de vecino. Es absolutamente coherente que la famosa Batalla de Nueva
Orleans tuviera lugar ya concluida la guerra y, por lo tanto, careciera de
trascendencia.
Después de los
terribles sucesos de Belle Isle, un año entero sin acontecimientos constituye
un alivio para un lugar como éste. Se respira aquí la sensación de que las
personas se ocupan seriamente de pequeñas labores. Nosotros, tú y yo, nuestras
familias, somos distintos de los criollos. Hemos vivido saltando de un gran
acontecimiento a otro, acontecimientos trágicos, acontecimientos triunfales,
con intervalos de melancolía que duraban varios años. Perdimos Vicksburg, nos
mataron en Shiloh, nos batimos en duelo, desafiamos a Huey Long y, entre una
acción y otra, nos aburrimos mortalmente. Los criollos poseen el secreto de
llevar vidas vulgares en perfecta felicidad. No tengo la menor duda de que,
dentro de cien años, mujeres como esas de ahí fuera fregarán las tumbas el Día
de Difuntos, un La Branche se dedicará a limpiar el mostrador y en la calle de
enfrente proyectarán una película pornográfica.
En fin, para que
entiendas lo que sucedió en Belle Isle y por qué me encuentro aquí, debes
comprender exactamente cómo se desarrolló aquel día, hace un año. Estaba
sentado en mi palomar, tan cómodamente como se puede estar, era un día muy
semejante al de hoy, con la misma esencia del Norte flotando en el aire, pero
profundamente tranquilo; brillaba el sol, el cielo tenía la tonalidad de
azulina de Nebraska y ni una sola nube se veía en el espacio. Me dedicaba a
leer un libro. Pese a todo, incluso antes de bajar la mirada y descubrir la
infidelidad de mi esposa, había algo raro en lo que se refiere al día. Lo
comprenderás porque nosotros, tú y yo, siempre hemos tenido cierta inclinación
a degustar lo extraño y fantástico.
Ahora que he
meditado en ello, sé que las cosas eran un poco excepcionales incluso antes de
mi interesante descubrimiento. Allí estaba en mi desván, lo más feliz que se
puede estar, el dueño de Belle Isle, la casa más encantadora del Camino del
Río, un caballero e incluso un poco erudito (Guerra Civil, claro), casado con
una amante esposa (eso creía) y guapa y padre (eso creía) de una preciosa niña;
lector moderado, liberal
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moderado, bebedor
moderado (eso creía), moderado amante de la música, moderado cazador y pescador
y antiguo presidente de la United Way. Me oponía moderadamente a la
segregación. Era moderadamente dichoso. Al menos, en aquel momento era dichoso.
Pero no por los motivos antes expuestos. La razón de mi felicidad consistía en
que estaba leyendo, quizás por cuarta o quinta vez, una novela de Raymond
Chandler. Disfrutaba (no, lo diré con más enfático realismo: no es sólo que
disfrutase, es que era el único modo de soportar la vida) de estar allí
sentado, en la verde áurea y vieja Luisiana, bajo el dique, entregado a la
lectura, no de cosas acerca del general Beuregard, sino sobre Philip Marlowe,
que sacaba una botella del cajón de la mesa, en su miserable oficina del
sórdido Los Ángeles de 1933, y bebía a solas, y sobre todas aquellas personas
salidas de la nada que residían en hotelitos de estuco alzados en Laurel
Canyon. La única forma en que me era posible tolerar mi vida en Luisiana, donde
lo tenía todo, estribaba en leer cosas relativas al ínfimo y remoto Los Ángeles
de la década de 1930. Tal vez eso debía comunicarme algo. Si yo era feliz, se
trataba de una felicidad un tanto extraña.
Pero incluso era
más extraña que todo eso. Las cosas estaban divididas. Me encontraba
físicamente en Luisiana, pero espiritualmente en Los Angeles. El día también
estaba dividido. Una ventana se abría a esa clase de tarde de octubre, cielo
azul, sol luminoso, niños que ya encendían fogatas navideñas en el dique, con
ramas de sauce cortadas por sus padres en el terreno bajo. La otra ventana daba
a una tempestad. La empresa cinematográfica del amigo de mi esposa había
montado una máquina productora de tormentas artificiales en la zona de
aparcamiento para turistas, donde normalmente se estacionaban automóviles de
Michigan, Indiana, Ohio, mientras marchitos y amistosamente aturdidos
individuos del Medio Oeste pagaban sus cinco dólares e invadían con paso desgarbado
las espaciosas salas, tan extrañas para ellos como hubiera podido serlo
Castelgandolfo (seguramente, nunca hubo en toda la historia una pareja tan
singular como la que formaban ellos, los vencedores, y nosotros, los
derrotados). Desde una torre, una hélice proyectaba lluvia sobre el ala sur de
Belle Isle, blanqueando los robles americanos, y tronaba la máquina
tempestuosa, una enorme lámina de chapa metálica con un motor y una leva
excéntrica. Estaban probándola. Una escena de la película requería un huracán.
La hélice rugía como un B-29, el viento y la
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lluvia azotaban
Belle Isle, los robles retorcían sus ramas, las epífitas flores del aire se
veían arrancadas de su sostén, la lámina de metal tronaba. Pero en la otra
parte del palomar, el sol lucía serenamente.
Margot me había
hablado del asunto, pero no le presté mucha atención. La película trataba de
unas cuantas personas que buscaban refugio en la gran casa durante un huracán:
un joven trampero de ascendencia francesa, un aparcero negro, un aparcero
blanco, un «hippy» con aspecto de Cristo, un sujeto tipo Ku Klux Klan, una
preciosa chica de los pantanos, mestiza y también medio idiota, una degenerada
rata del río, el hijo y la hija de la casa… todo ello pese a que por aquí no
quedan ya aparceros ni descendientes gabachos y pese a que las ciénagas y las
ratas de río desaparecieron con la pesca en el Mississippi, hace años. Y yo ni
siquiera sé qué es «una chica mestiza de los pantanos». Todavía no estoy muy
seguro hoy del argumento. El aparcero negro y el padre del labrador del Sur,
que al principio parecen odiarse recíprocamente, constituyen una inverosímil
alianza para proteger a las mujeres de la casa de los violadores de ambas
razas. Con la ayuda del «hippy» que se parece a Jesucristo, el blanco y el
negro descubren su humanitarismo común. También pasaba algo con el propietario
de la casa, que intentaba apoderarse ilícitamente de las tierras del aparcero,
en cuyo subsuelo había petróleo. Mi única aportación a los debates acerca del
argumento fue la de señalar que la tierra no podía pertenecer al aparcero, si
era de verdad aparcero.
Sonó el pito de las
cinco en Ethyl. Puse el libro boca arriba encima de la mesa. Era el escritorio
estilo plantación que Margot me había proporcionado, en principio tan alto como
para que un plantador con prisas pudiera extender de pie un cheque. No creo que
esos fulanos se sentaran alguna vez para escribir una carta o leer un libro. A
la mesa le habían cortado las patas para que tuviese la altura normal. Mis ojos
cayeron sobre un impreso que había quedado junto al volumen. ¡Lo recuerdo todo!
Incluso recuerdo el pasaje de la novela de Chandler. Marlowe buscaba a un
hombre llamado Goodwin. Entró en una casa sita en una cañada entre Glendale y
Pasadena. ¡Una casita de campo inglesa! ¿No te seduce el detalle? Una agradable
incongruencia absolutamente congruente en Los Angeles. Goodwin vivía allí solo.
¿De dónde podía proceder Goodwin? Yo estaba tratando de imaginarme la infancia
de Goodwin, un Goodwin de doce años, en Fort Wayne, antes de que sus padres se
trasladasen a California. Trata de imaginar a alguien, de niño, en Los Ángeles.
Dentro
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de la casa, Goodwin
estaba muerto, con un balazo en la frente. Mi vista se desvió del nombre —me
acuerdo porque el de pila era igual que el mío, Lancelot— y fue a parar al
papel que estaba junto al libro. Era la solicitud de mi hija para ir a un
campamento de equitación de Texas occidental. Margot había rellenado el impreso
y lo dejó allí para que yo lo firmase. Por mi parte, pensaba que Siobhan era
demasiado joven para ir a un campamento de equitación… sí, mi hija se llama
Siobhan. Mi esposa, Margot, Mary Margaret Reilly, nació en Odessa (Texas), así
que pusimos a nuestra hija el nombre de Siobhan. Se trataba de un campamento
especial de equitación llamado Montessori y Margot insistió («Me crié en yin
rancho de Texas occidental y no estoy dispuesta a que ella se pierda una cosa
así»). A mí no me hacía ninguna gracia la idea de que la niña anduviese
tonteando con caballos, estúpidos animalotes cabezones, pero siempre cedía ante
Margot. Alargué la mano hacia la pluma para firmar la solicitud y el permiso médico
y mis ojos resbalaron por la hoja hasta la letra O. No, no era la letra O, sino
el número 0, cifra, cero. Se trataba del tipo de sangre de la niña, 1-0. Leí el
examen médico. Por lo menos, la gente del campamento era cuidadosa. En el caso
de que una criatura recibiese una coz en una arteria, tendrían sangre del tipo
correspondiente. 1-0.
Lo miré
distraídamente. La máquina que fabricaba tempestades se paró. Sentí un poco de
vértigo en la cabeza pero nada desagradable, como si estuviera dislocada e
ingrávida en el espacio… cayendo al instante de un bungalow inglés de Los
Angeles, en una cañada, a un huracán artificial y luego a un día luminoso y
absolutamente tranquilo y límpido de Luisiana. De vez en cuando, un vacío
camión de caña de azúcar circulaba estruendoso por el Camino del Río.
Y entonces, en un
punto próximo a la base de la espina dorsal, el gusanillo del interés se
removió. Curioso. ¿Qué era curioso? El puntito de la estrella se encontraba
ligeramente desplazado. ¿Pero qué estaba desplazado aquí? Aún lo ignoraba. ¿O
no? De cualquier modo, me encontré subiendo por la escalerilla de hierro que
llevaba al palomar propiamente dicho. Allí guardaba mi equipo normal de
oficina, archivadores, máquina de escribir y todo eso, que Margot no me
permitía tener abajo, donde le gustaba pensar que yo era como un Jeff Davis que
redactaba sus memorias. Al no haber tenido gran cosa que hacer en el curso de
los años, conservaba perfectamente clasificado todo lo hecho.
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¿Querrás creer que
me había vuelto meticuloso? Tenía un archivo estupendo. Mejor organizado que el
de cualquier jurista poco competente. Encontré en el archivador lo que hasta
aquel momento no sabía del todo que estaba buscando: mi licenciamiento médico del
ejército. Sir Lancelot, como tú me llamabas, Percival, licenciado del ejército,
no lleno de heridas, victorioso y maltrecho a causa de su lid con sir Turquine,
sino debido a su persistente diarrea. El ejército me ocasionó evacuaciones
intestinales pertinaces y no pude curármelas. Tres meses en el Walter Reed, con
los mejores médicos del mundo, atenciones facultativas por valor de veinte mil
dólares y no pudieron curarme unas simples cagaderas. Así que regresé a casa, a
Luisiana, en agosto, me senté en la mecedora de la galería de Belle Isle, me
eché al coleto una buena ración de aguardiente de maíz y contemplé el paso de
los barcos fluviales. El sudor brotaba de mi cabeza y me sentí estupendamente.
Ah, allí estaba. Mi
tipo de sangre. IV-AB. El gusanillo del interés volvió a removerse en mi
columna vertebral. Me senté en la silla giratoria de metal, ante la mesita
metálica del palomar. Quince días tardó Fluker en sacar de allí, a golpe de
pala, ciento cincuenta años de mierda de palomas, rascar las paredes y poner al
descubierto lo que Margot buscaba, las paredes de ladrillo y las tablas de
ciprés, de siete centímetros y medio de grueso, que, lejos de estar podridas,
se encontraban preservadas, enceradas por el guano.
El sol se ponía
detrás del dique y saetas de claridad rosada se introducían por las casillas
encristaladas, surcando el penumbroso palomar como rayos láser.
Empecé a escribir
fórmulas en un taco de papel amarillo tamaño folio, ¿No es un hecho que los
tipos de sangre son hereditarios y que cuando se dividen los genes o
cromosomas, el A va en una dirección, el B en otra, pero nunca marchan juntos
el A y el B?
Había una incógnita
en la ecuación. Ignoraba el grupo sanguíneo de Margot, ¿pero era necesario
conocerlo? Dejemos que el gene de Margot sea igual a X. Mi gene tenía que ser A
o B. Eran posibles dos ecuaciones.
X+A=0
X+B=0
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Las ecuaciones no
lo resuelven. X carece de valor. Mi tipo de sangre y el tipo de sangre de
Siobhan no computaban.
De modo que
telefoneé a mi primo Royal, de Nueva Orleans. ¿Te acuerdas de él, Royal
Bonderman Lamar? ¿No? Ya sabes, Raw Raw, el tipejo de pelo blanquecino, de
Clinton, Kappa Sig, el que se encargó de los desplazamientos del equipo el
último curso. Solía merodear por los bailes, con las manos en los bolsillos de
la gabardina, sonriendo como un imbécil y siempre con algo entre los dientes.
¿Sí? La verdad es que era listo como el diablo, ahora se ha convertido en un
cirujano formidable, gana trescientos mil al año.
Formulé la pregunta
en plan hipotético.
«¿Tienes un caso de
paternidad?», inquirió Royal. «Creí que lo único que hacías era cuidar del
dinero de Margot y ayudar a los negros».
«Eso es lo que
hago».
El gusanillo del
interés seguía removiéndose. Recuerdo que traté de percibir algo en su voz, un
matiz de superioridad. En el colegio universitario, yo era el gran personaje,
Phi Beta Kappa y titular del equipo, mientras que Royal llevaba el cubo del
agua. Desde entonces, cuesta abajo para mí y ascenso continuo para él. En tanto
yo permanecía sentado bajo el dique, sudando dentro de mis prendas de algodón,
reflexionando y bebiendo, él inventó una válvula cardíaca. Así que escuché,
dispuesto a captar la nota de superioridad a la que Dios sabe que tenía
derecho. No estaba allí. El mismo Royal de siempre, con su jovial sencillez,
sonriendo por teléfono, con algo entre los dientes.
«¿Pretendes decir
que tienes un pleito de paternidad negra? Jamás oí hablar de semejante cosa».
«Dime, Royal…».
«¿Que te diga qué?
Oh».
En cierto sentido,
continuaba siendo el mismo Royal de siempre, simpático y complaciente. El tono
de broma e incluso la expresión «paternidad negra» no daban, sin embargo, esa
idea, al menos totalmente, sino que parecían parte de una nueva actitud tolerante
que había adoptado y que consideraba dentro de sus posibilidades, como comprobó
que entraba dentro de sus posibilidades mostrarse solemne y cariñoso en las
bodas de la familia, e incluso abstenerse de sonreír, pasar el brazo en tomo a
una sobrina y, sin ser tan alto como ella, besarla y desearle con toda
sinceridad que fuese feliz. Ni siquiera lo de «negro» daba esa impresión,
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porque Royal
operaba igual a blancos y a pacientes de color, no los llamaba negros, sino
incluso por su nombre de pila, los acomodaba a todos juntos en la sala de
espera y hacía por ellos mucho más que yo. Me superaba en la cuestión racial.
Trabajaba más y hablaba menos.
«No. Un tipo IV-AB
no puede engendrar un tipo O, al margen de quién o qué sea la mamá».
«Comprendo».
«Lo que tienes es
un ne…».
«Ya lo sé, ya lo
sé».
«… gro en la pira».
«Ya lo sé».
La máquina de la
tormenta empezó a funcionar otra vez.
«Dios mío, ¿qué es
eso, Lance?».
«Un armatoste que
fabrica tempestades».
«¿Un qué? Bueno, no
importa».
«Gracias, Royal».
«Dale recuerdos a
Margot».
«Muy bien, lo
haré», dije, y casi se me olvidó corresponder de igual manera con Charlotte.
«Recuerdos a Charlotte», y colgué.
Recuerdos. Se me
ocurrió otra cosa y llamé de nuevo a Royal. «¿El período de embarazo es
exactamente de nueve meses?». «Depende de lo que entiendas por mes. El promedio
de tiempo de
gestación para un
niño normal es de diez meses lunares. Doscientos ochenta días. ¿Pero, por
qué…?».
«¿Cuál es el peso
normal de una criatura que nace cumplido el período completo de gestación?».
«¿Varón o hembra?».
«Hembra».
«Tres kilos ciento
setenta y cinco gramos».
«Gracias, Royal».
«Vale, Tigre».
Tigre. ¿Me llamaba
así en el colegio? ¿O era un detalle condescendiente?
«Gracias».
Mi archivo era
estupendo. En cuestión de segundos puedo, podía… Cielos, aquello se quemó hasta
los cimientos, ¿no?… No, aún puedo. El palomar no llegó a arder y supongo que
el archivo sigue allí. Podría
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echarle un vistazo
y encontrar enseguida el importe de lo recaudado cualquier día por las visitas
de turistas entrados en Belle Isle.
Hice cálculos. Esa
vez las ecuaciones eran más sencillas. De hecho, no había ecuaciones porque no
había variables. Era aritmética. Necesitaba cuatro datos. Tenía dos: la fecha
de nacimiento de Siobhan, 21 de abril de 1969, y el peso que tenía al nacer, tres
kilos ciento setenta y cinco gramos. Se retrocede doscientos ochenta días, a
partir del 21 de abril de 1969. Miré el calendario perpetuo. De la consulta
salió el 15 de julio de 1968. No me acordaba de nada. ¿Eres tú capaz de
recordar dónde estabas en el verano del sesenta y ocho? ¿Puedes? Sí, podrías.
No conservas archivos, pero siempre tuviste olfato para las fechas y los
lugares. Me acuerdo de diversas ocasiones en que estabas borracho como una
cuba, aquí, en Nueva Orleans, en la hierba, en el dique, apacible y no del todo
inconsciente… Olfateabas el suelo y decías: «¿Qué sitio es éste?». ¿Por eso
elegiste el dios que elegiste, el dios del tiempo y lugar?
Mi dato tercero e
indispensable provino de un disparo a ciegas, en la oscuridad. La oscuridad del
archivador en el que guardaba las declaraciones de impuesto vencidas y las
hojas contables atrasadas. Un disparo a ciegas, no un tiro de suerte, en
realidad —¿desafortunado?—, a ver qué ocurría, sino más bien una especie de
último recurso. El gusanillo del interés hormigueó y me condujo, como un imán,
hacia una carpeta de papel manila con el rótulo de DEDUCCIONES, 1968. Estoy
seguro de que tú no te preocupas de las deducciones, pero es un buen sistema
para recordar dónde estaba uno y qué hacía diez años atrás. Dentro de un siglo,
la historia se escribirá a base de tomar los datos de talonarios de facturas
Exxon. La bastardía se demostrará mediante los estados de cuenta de las
tarjetas de crédito. Existía una posibilidad de que lograse averiguar dónde
pasé aquel verano o, por lo menos, de que encontrara pistas suficientes para
recordar dicho verano. Supongamos que Margot y yo hubiésemos ido a Williamsburg
para hablar ante la gente de la Herencia Nacional sobre Belle Isle (un verano
lo hicimos). Un gasto que podía deducirse. Me sería posible presentar: factura
del motel Coach-and-Four, copia al carbón de los billetes de la Delta Air
Lines. Supongamos que hubiera pasado quince días en Washington, con la Comisión
de Derechos Civiles (lo hice en la década de 1960). Un gasto deducible: factura
recibida por el hospedaje en el Hotel Shoreham. Supongamos que estuve un mes en
Inglaterra, comprando antigüedades para exhibir y vender en Belle Isle (lo hice
en los
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años malos). Otro
gasto evidentemente deducible: tarjeta de Pan Am o de Amex. ¿Pero dónde estuve
en el verano de 1968?
Lo encontré. No
dónde estuve yo, sino dónde estuvo Margot. ¿Era ése el significado del
hormigueo del gusanillo del interés? ¿Que lo sabía ya pero que no sabía que lo
supiese o que no estuviera dispuesto a reconocerlo, que incluso había suprimido
ese conocimiento para poder descubrirlo apropiadamente, lo mismo que el
astrónomo ya sabe en el fondo de su corazón que el puntito se ha movido pero se
niega a tenerlo en cuenta hasta que la placa fotográfica esté en sus manos y
pueda ver el puntito en el lugar debido-indebido… todo eso con qué fin? ¿Para
saborear, en su caso, la superioridad de lo real sobre lo imaginario? En mi
caso, ¿con qué objetivo? ¿Aplazar el interesante terror, al estilo de la
persona que recibe un telegrama y, sin abrirlo, le da vueltas y vueltas en la
mano?
Allí estaba. Talón
Amex, copia para el cliente y factura recibida del Roundtowner Motor Lodge, de
Arlington (Texas), por un importe de 1.325,27 dólares. Un cargo claramente
deducible. No por mí, sino por Margot, que en aquella época era actriz, al
menos técnicamente, no una actriz muy buena, pero sí portadora de la tarjeta
igualitaria y entregada al ejercicio de la profesión, por eso deducimos la
factura, no actuando en el escenario, sino colaborando en el taller de Robert
Merlin en el famoso Dallas-Arlington Playhouse. Todo el mes de julio. Billetes
de la Eastern Airlines, ida el 30 de junio y vuelta el 1 de agosto. En todo ese
espacio de tiempo no había venido a casa y yo tampoco la visité. Lo comprendí
porque, automáticamente, recordé el verano del sesenta y ocho. Los tribunales
se habían puesto al nivel de la Parroquia Feliciana y unos cuantos de nosotros,
personas moderadas, amantes de la paz y saturadas de buena voluntad, de ambas
razas, teníamos nuestros propios talleres, en colaboración con las juntas
escolares, el profesorado y los miembros de la Asociación de Padres y Maestros,
con vistas a que nadie resultase muerto cuando el colegio abriera sus puertas.
Lo conseguimos. Nadie resultó muerto. Muy al contrario. Se concibió nueva vida.
Así, pues, Siobhan
fue concebida hacia el 15 de julio de 1968, día más, día menos. ¿Cuántos días?
¿Una semana? ¿Diez días? ¿Dos semanas? Como Royal aseveraba, la biología no era
una ciencia exacta, sino una cuestión de promedios y probabilidades. De modo
que se pone el 15 de julio en la cima de una curva de probabilidades, se añaden
o se restan dos
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semanas en uno y
otro sentido a lo largo del eje x y, como descubrí luego, la curva queda tan
plana y tan próxima al eje que respirar debajo de ella es difícil y la
concepción condenadamente cerca de resultar imposible.
Un hecho, pues: A
Siobhan la engendraron en Texas, durante el mes de julio de 1968, y no lo hice
yo.
La máquina de
fabricar tormentas empezó a funcionar y volvió a pararse. Alguien estaba
manipulándola. Se oyó un portazo, la pesada puerta frontal de Belle Isle. Miré
por el cristal de una de las casillas. Margot, Jacoby y Merlin subieron a la
ranchera y se alejaron. Hubiese sabido que era Margot por el modo en que
conducía. Su mano trazó un arco al otro lado del parabrisas verde. Hizo girar
el vehículo como lo habría hecho un hombre, o una muchacha de Texas, no
utilizando las dos manos, sino doblando el volante con una. Al dirigir la vista
hacia el interior del coche, desde lo alto del palomar, pude distinguir sus
rodillas al aire. Siempre que montaba en un automóvil, se levantaba las faldas
lo mismo que un hombre hace con las perneras de los pantalones. Yo sabía que
iban al Holiday Inn, en la 1-10, donde se hospedaban los miembros de la
productora cinematográfica y donde el director les proporcionaba una sala de
conferencias para que Merlin pudiera revisar las escenas rodadas y procesadas.
Los tres iban
sentados delante, Merlin en medio, junto a Margot. Merlin era uno de los pocos
hombres que he conocido que no sabían conducir. Cuando yo era niño, solía haber
más personas en esas condiciones, en muchos casos hombres inteligentes, de
talento. Especialmente, personas creadoras. Picasso y Einstein no aprendieron
nunca a conducir, ¿verdad?
¡La muchacha de la
habitación contigua y yo nos comunicamos ayer! Hace meses que no pronuncia una
sola palabra, ha guardado silencio desde su terrible experiencia, ¡pero nos
comunicamos!
A las seis de la
mañana, cuando nos trajeron el café, golpeé el muro como de costumbre: ¡Buenos
días! Con gran sorpresa de mi parte, al cabo de un par de minutos se produjo
una tímida llamada de respuesta: buenos días.
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No daba crédito a
mis oídos. Tal vez no era una contestación, ni mucho menos. Quizás la muchacha
había volcado su silla.
De forma que repetí
la llamada. Un golpe de tanteo, un golpe con interrogante. Antes de treinta
segundos, llegó la respuesta. Un golpe. No cabía error posible.
Sin embargo, ¿era
eso comunicación? De ser así, ¿de qué clase? Dos chimpancés también podían
hacerlo.
Subsistía la
pregunta: ¿Es comunicación o imitación? Los monos ven, los monos hacen cosas
así. Acaso la muchacha estuviese tendida junto a la pared, posiblemente fuera
una idiota sin esperanza, de mirada boba, cuyos nudillos se acercaran
extraviados a la pared, como las manitas de una criatura de dos años acostada
en la cuna.
Así que probé la
clave más sencilla de todas: Un golpe = A, dos = B, etcétera.
¿Pero cómo
indicarle que se trataba de un código? No es tan fácil como puedas creer. Me
pasé la mañana meditando en ello. Era evidente que el único modo de evitar la
imitación consiste en formular una pregunta y el único modo de establecer una
clave es la repetición. Al fin y a la postre, disponíamos de todo el tiempo del
mundo.
Es muy incómodo y
difícil, claro. Por ejemplo, mi pregunta empezaba con una Q, que requiere
diecisiete golpes. Pero no importa. Una vez establecida la idea de una clave,
una vez ella la haya captado, podremos simplificarla.
Envié este mensaje:
Diecisiete golpes pausa veintiún golpes pausa nueve golpes pausa cinco golpes
pausa catorce golpes pausa doble cinco pausa diecinueve pausa doble veintiuno
pausa diecinueve pausa veinte pausa cinco pausa cuatro.
¿Quién es usted?
Golpeé al ritmo de
aproximadamente un segundo, sabedor de que, al principio, ella no captaría la
idea, pero suponiendo que acaso pudiera coger un lápiz y empezase a contar.
No hubo respuesta.
Repetición.
Sin respuesta.
Repetición.
Sin respuesta.
Probé diez veces y
me di por vencido.
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Ah, bueno. Mañana
volveré a intentarlo.
Debo comunicarme
con ella. Según mi teoría, esa joven puede ser un prototipo de la Mujer Nueva.
Ya no es posible «enamorarse». Pero en el futuro, y con la Mujer Nueva, lo
será.
Sientes curiosidad,
ya lo veo. ¿No te he explicado mi teoría sexual de la historia? Sonríes. No,
hablo en serio. Se aplica al individuo particular y al género humano en su
conjunto.
Primero hubo un
Período Romántico, en el que uno «se enamoraba». Al que sucede un período
sexual como el que estamos viviendo ahora,
en el que hombres y
mujeres cohabitan tan indiscriminadamente como en una colonia de mandriles… o
en un serial radiofónico.
Después se produce
una catástrofe de alguna clase. Lo noto en los huesos. Quizás ya ha ocurrido.
¿Sí? ¿Has observado algo anormal en el «exterior»? He notado que los médicos,
celadores y mozos de esta institución, que en teoría tienen que estar sanos —nosotros
somos los enfermos—, parecen deprimidos, angustiados, melancólicos, como si
algo espantoso hubiera sucedido ya. ¿Ha ocurrido?
El desastre luego
—sí, estoy seguro de ello—, tanto si se ha producido como si no; tanto si es
consecuencia de una guerra, de las bombas y del fuego, como si se origina a
base de decadencia y hundimiento. La mayor parte de las personas morirán o
existirán como muertos vivientes. Todo retrocederá, degradándose, hasta el
desierto.
¿Crees que los
sueños pueden predecir el futuro? Después de todo, tu Biblia habla de ello. Yo
antes no hacía caso, pero la otra noche tuve un sueño y no consigo olvidarlo.
No trataba de Belle Isle ni de mi vida pasada, sino de mi vida futura. Estoy
seguro de eso. Vivía en una casa abandonada, en un lugar desierto, una ciudad
fantasma semejante a uno de esos sitios aislados de las proximidades de Los
Ángeles que describe Raymond Chandler.
Me encontraba en
una habitación y extrañamente inmovilizado. No sé por qué, pero no podía
moverme. Afuera había árboles, otras casas y hasta automóviles, pero nada se
movía. La quietud era absoluta. Sin embargo, no estaba solo en la casa. Había
alguien más en la habitación contigua. Una mujer. Reinaba la inequívoca
sensación de su presencia. ¿Cómo sabía yo que era una mujer? Lo único que puedo
decirte es que lo sabía. Tal vez
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se trataba de la
manera en que se desplazaba por la estancia. ¿Conoces el modo en que una mujer
se mueve por un cuarto, tanto si lo está limpiando como si se limita a pasar el
rato en él? Es distinto al modo en que se mueve un hombre. Ella está a sus anchas
en una habitación. El cuarto es una prolongación de sí misma.
La mujer salió de
la casa. Estábamos celebrando una merienda campestre, sentados en el portillo
posterior de una camioneta. Ya no era el desierto. La tierra descendía hasta
sumergirse casi directamente en el océano azul. Se había levantado la brisa y
alegraba la atmósfera un tintineo de carillones de viento. Habíamos trabajado
arduamente y estábamos hambrientos. Comimos en silencio, mientras nos mirábamos
el uno al otro. Quedaba mucho por hacer. Estábamos emprendiendo una nueva vida.
No era el Viejo Oeste ni había frontera alguna, pero estábamos iniciando una
nueva vida, a partir de cero. No se pensaba en «aventura sentimental» ni en
«sexo», sólo en emprender una nueva vida. Sabíamos lo que llevábamos entre
manos.
La Mujer Nueva es
la superviviente de la catástrofe y la muerte de los mundos viejos… como la
mujer de la habitación de al lado. Lo peor que puede sucederle ya le ha
sucedido. Lo peor que puede ocurrirme a mí ya me ha ocurrido. Los dos somos
supervivientes.
¿Qué hacen los
supervivientes?
Llamar.
Pero ella no
contesta. Acaso no haya sobrevivido. Estoy más seguro de la catástrofe que de
la supervivencia de esa mujer.
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Me preguntas qué
sentimientos me asaltaron cuando descubrí que Margot me había sido infiel. Sí,
eso es muy importante si quieres comprender lo que sucedió posteriormente.
En primer lugar,
debes hacerte a la idea de que las emociones usuales, las que uno puede
considerar apropiadas —sobresalto, cólera, vergüenza —, carecen aquí de
aplicación. Cierto que surge una especie de pavor ante el descubrimiento, pero
también alienta una curiosa sensación expectante, un secreto deleite, en la
misma esencia del pavor.
Sólo puedo
compararlo a la ocasión en que descubrí que mi padre era un delincuente. Hace
mucho tiempo. Yo era niño. Mi madre iba a salir de compras y me mandó que
subiera a buscar unos dólares del dinero que mi padre guardaba en su cajón de
la cómoda, para gastos menudos. Durante un par de años había desempeñado un
cargo político en la comisión de seguros encargada de una «reforma»
administrativa. Le habían acusado de dirigir la distribución de los negocios
del ramo estatal de los seguros y de aceptar «comisiones» de las agencias
locales. Naturalmente, nosotros sabíamos que no podía ser cierto. Éramos una
familia honorable. No teníamos nada que ver con los Long. Habíamos perdido
nuestro dinero, Belle Isle estaba medio en ruinas, pero éramos una familia honorable,
con un apellido honorable. Se hablaba mucho de chanchullos políticos. ¡Maury,
ya te advertí que no te metieras en eso! (mi madre). La acostumbrada historia
del hombre honorable mancillado por los sucios políticos. El honor de la
familia triunfaba y hasta la oposición cedía. Así que abrí el cajón de los
calcetines y encontré, no diez dólares, sino diez mil dólares, bien colocaditos
debajo de unos calcetines con dibujo de rombos.
Lo que aún recuerdo
es la imagen del dinero y el hecho de que mis ojos no se cansaban de
contemplarlo. Hubo una especie de saboreo
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secreto, como si la
vista explorase aquello con su lengua. Cuando hay algo digno de verse, alguna
cosa, una novedad, parece que nunca se acaba de verlo. ¿Has observado alguna
vez a los espectadores de una escena de violencia, un accidente, un homicidio, un
cadáver o un cuerpo agonizante en la calle? Los ojos de esas personas van de un
lado para otro, incluso resbalando por las cosas, registrándolo todo,
esforzándose en no perder un solo detalle. No hay término para el festín.
A la vista del
dinero, un mundo nuevo se abrió ante mí. El viejo se derrumbó hecho pedazos… lo
que no es necesariamente una cosa mala. Ah, entonces no era todo tan bonito, me
dije a mí mismo. Pero, ya ves, fue un descubrimiento importante. Porque, si hay
algo más duro de sobrellevar que el deshonor, es el honor, ser educado en el
seno de una familia donde todo es estupendo, perfecto de veras, salvo,
naturalmente, uno mismo.
Asientes con la
cabeza. Pero, no, aguarda. El descubrimiento relativo a Margot implicaba algo
distinto por completo. Estaba la sensación de asombro, de hallazgo, de apertura
de un mundo nuevo, pero ese mundo nuevo era totalmente desconocido. ¿Hacia
dónde se dirige uno ahora? Me sentí como aquellos dos científicos —¿cómo se
llamaban?— que efectuaban experimentos acerca de la velocidad de la luz y
siempre obtenían un resultado erróneo. Simplemente, no salía el correcto. El
resultado erróneo era inconcebible. Porque, si aquello era verdad, toda la
física se iba por la ventana y uno tendría que volver a empezar desde el
principio. Hizo falta que llegase Einstein para comprender que la solución
equivocada podía ser correcta.
Uno tiene primero
que aceptar y creer lo que sabe teóricamente. Uno debe mirar con sus propios
ojos. Einstein tuvo que asegurarse respecto a lo de los otros dos compañeros,
antes de tomarse la molestia de dar el siguiente paso lógico.
Uno tiene que saber
una cosa con toda certeza, antes de hacer algo. Yo tenía que comprobar lo de
Margot, cerciorarme de lo que había hecho y de lo que estaba haciendo. Tenía
que estar absolutamente seguro.
Estaba
oscureciendo. El personal de la película se había ido. Margot, Merlin, Jacoby y
Raine volverían para cenar. Llegó Elgin con mi ponche en una bandeja de plata.
¡Ponche! Como sin duda recuerdas, nosotros nunca bebíamos ponches ni julepes,
sólo aguardiente de maíz, puro o, en
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todo caso, con
agua, pero Margot imponía ponches y julepes. Era oriunda de Texas occidental,
donde Dios sabe qué beberían, pero se figuraba que en Belle Isle y para Merlin
tenía que haber ponches. No, incluso antes de Merlin.
Yo estaba sentado
detrás de mi mesa estilo plantación. Elgin tomó asiento en la silla tipo
esclavo, hecha por esclavos para esclavos. Margot aseguraba, supongo que
bastante acertadamente, que el trabajo de algunos esclavos artesanos tenía la
sencillez y la belleza de los muebles manufacturados de Shaker.
«Elgin», dije.
Había estado pensando. «¿Sabes, por casualidad, a qué hora volvieron anoche a
casa? Te lo pregunto porque oí a alguien, quizás un ladrón, hacia las dos de la
madrugada».
Elgin me miró.
«No llegaron hasta
pasadas las tres».
Sabía perfectamente
a «quién» me refería. Después de cenar, Margot, Merlin y los demás solían
volver a Holiday Inn para ver las tomas rodadas la semana anterior. Se
necesitaba una semana porque la película debía volar a Burbank para que la
revelasen. Hay que emplear el mismo baño químico, uno no puede introducirla en
el «Fotomat» local. Invité, mejor dicho, Margot invitó a Merlin, Jacoby, Raine
y Dana a alojarse en Belle Isle. Al volver a casa, de madrugada, hacían tanto
ruido con sus risas y comentarios sobre cine que yo tenía que irme a dormir a
la alcoba más alejada. Luego, Margot insinuó que dormiría mejor en el palomar.
Se encargó de todo y, al final, me trasladé al palomar, del que casi no salía
para nada. Incluso cuando los cineastas marcharon otra vez a hospedarse en el
Holiday Inn, seguí en el palomar. ¿Por qué? Miraba a mi alrededor. ¿Qué pintaba
allí, viviendo en un palomar?
«Elgin, quiero que
hagas una cosa».
«Sí, señor».
Elgin es, era, la
única persona, hombre, mujer o niño, en quien estaba dispuesto a confiar,
aparte, de ti, pero en su caso tiene más mérito que en el tuyo, ¿no? (¡Santo
Dios! ¿Qué miras allá abajo? ¿A la chica?).
«¿Está la casa
vacía?».
«Sí, señor. Mamá
terminó y se fue a casa. Quedaban algunos turistas rezagados. Pero también se
marcharon. A las cinco y media tuve que rogarles que se fueran».
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Elgin, veintidós
años de edad, un joven bien constituido, delgado, color café con leche, y
listo… fue a St. Augustine, la mejor y más distinguida escuela católica para
negros que hay en Nueva Orleans, y le enseñaron más química de la que
aprendimos nosotros en la Universidad. Después consiguió una beca para el
I.T.M. Habla bien, pero aunque le fuera la vida en ello no podría decir rogar,
en vez de rohar, como un japonés no puede pronunciar la r ni un alemán gracias.
Si algún día llega a senador de los Estados Unidos o gana el premio Nobel, ten
la completa seguridad de que en su parlamento de aceptación dirá rohar.
«Elgin, quiero que
me hagas un favor».
«Sí, señor». Se me
quedó mirando. Fue entonces cuando me di cuenta de que hacía mucho tiempo que
no le pedía, ni a él ni a nadie, que hiciese algo, porque yo no tenía nada que
hacer.
«¿Conoces el
escondrijo que hay junto a la chimenea?».
«Sí, señor». Se
tranquilizó: es algo relacionado con la casa, piensa, y los turistas.
El escondrijo en
cuestión formaba parte del discurso que Elgin dirigía a los turistas. Aquel
verano, Elgin y su hermana Doreen se turnaron guiando a los visitantes
turísticos a través de la casa. Les soltaban el rollo de costumbre:
—que aunque Belle
Isle era ahora una auténtica isla, rodeada por las tuberías de Ethyl, en 1859
disponía de 3.500 fanegas de tierra, que producían unas 450 toneladas de
azúcar, contaba con hipódromo propio y cincuenta caballos de carreras en el
establo.
—que —y ésta es la
clase de detalle que provocaba los oh y ah entre las amas de casa de Peoría— la
repisa de la chimenea se transportó desde Carrara, en compañía de dos canteros,
uno diestro y otro zurdo, para que pudiera cortarse el mármol al mismo tiempo
por los dos lados, antes de que se «endureciese» (algo que el mármol hace).
—que todas las
piezas de plata maciza que llevaban las puertas, cerraduras, bisagras,
pestillos, etcétera, que los soldados yanquis creyeron que eran de hierro, no,
ni siquiera pensaron en tomar aquello por hierro, porque ¿a qué yanqui o a qué
otra persona del mundo, salvo a Luis XIV, se le hubiera ocurrido pensar en una
bisagra de plata de ley?
—que todo lo demás,
ladrillos, estrías de las columnas, cristales ondulados de las ventanas,
molduras, hasta la cocina de hierro, había sido hecho allí mismo por esclavos
artesanos.
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—que, finalmente,
lo más importante para mi plan, el escondrijo, que no pasaba de ser un horno
calefactor paralelo a la chimenea, sirvió en su día para que el soldado raso de
diecinueve años Clayton Laughlin Lamar, que estaba en casa con permiso, en 1862,
se ocultara de una patrulla yanqui. Ese compartimento, de cualquier modo, se
dispuso de forma que corriese a lo largo de la chimenea, a ambos lados y en una
altura de tres pisos y, posteriormente, un Lamar con iniciativa lo convirtió en
montaplatos para subir comida caliente a la achacosa tía Clarisse, que pasó
varios años recluida en un dormitorio del segundo piso, con dolencias reales o
imaginarias. El mismo dormitorio que hasta hacía poco compartimos Margot y yo y
en el que entonces Margot dormía sola. ¿O no dormía sola?
El padre de Elgin,
Ellis Buell, y yo solíamos jugar en el montaplatos, subiendo y bajando desde el
salón hasta la buhardilla. Si hay algo en un agujero en la pared que fascine a
los turistas de Ohio, es eso de trasladarse de una habitación a otra por una
ruta mágica e imprevista que deje boquiabiertos a los chiquillos. Los niños
creen que una pared es una pared, que la palabra dice lo que es una cosa y lo
que no es y que si hay algo más que la palabra no dice, la propia realidad se
ha dejado engañar y se abre un mundo nuevo, mágico e innominado.
«¿Funciona todavía
el montaplatos?».
«La vieja cuerda
está podrida». Elgin parecía excitado. No, excitado, no. Desconcertado. ¿Qué
estaba tramando yo? ¿Qué tendría que hacer él? Lo ignora, pero seguirá
adelante.
Cena tardía, como
de costumbre. Margot, Merlin, Dana, Raine y mi hija Lucy. Tex Reilly, el padre
de Margot, y Siobhan están en el tercer piso, viendo Mannix. Una circunstancia
afortunada para todos, puesto que así tengo a Tex y a Siobhan fuera del camino,
sin haberme visto obligado a echarlos. Tex ganó su dinero al inventar una nueva
clase de «barro» de perforación, pero Margot opinaba que no encajaría en aquel
grupo. Se avergonzaba de él. Noches antes, se dedicaron a poner de vuelta y
media a Hollywood y sacaron a relucir, como siempre, la ordinariez de ciertos
tipos de Hollywood, como Chill Wills. Bastante objetivo. Chill puede
manifestarse verdaderamente ordinario. Lo malo es que Tex tiene un
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aspecto muy
parecido al de Chill Wills y se expresa de una manera muy semejante.
Eran más de las
nueve. Nada había cambiado, salvo yo. Mi «descubrimiento» lo cambió todo. Me he
tornado vigilante, como un hombre que oye rumor de pasos a su espalda. Y
sobrio. Por un motivo u otro, desde mi «descubrimiento», a las cinco y un
minuto de la tarde, no me ha sido necesario beber.
Como de costumbre,
Merlin se esforzaba por mostrarse simpático conmigo. Le caigo bien y él a mí.
Su encanto es auténtico. Solicita mi opinión, al considerarme su experto local
en la alta esfera social del Sur, y formula buenas preguntas: «¿Había mucha relación
social entre los plantadores ingleses, los hacendados, de esta parte del río y
la sociedad francesa católica de la otra orilla?». (Sí, la había. Armaban
bastante jaleo, cruzando el río en uno y otro sentido y bailando toda la
noche). Tenía un oído muy agudo: «Observo que la gente de por aquí, no
necesariamente el pueblo llano, dice frases como: “¿Por qué hacerme eso?”, en
vez de “¿Por qué me haces eso?””. ¿Se trata de una construcción negra, francesa
o anglosajona?». (Yo lo ignoraba).
Sus pupilas azules
se clavaban en mí de un modo animadamente íntimo, que establecía un vínculo
entre nosotros y excluía a los demás. De una manera o de otra, su agravio
contra mí constituía también un motivo de familiaridad entre ambos. Yo no
dejaba de presentirlo. Entre nosotros, las cosas se entendían sin necesidad de
expresarlas. Se infería, por ejemplo, aunque no se dijese, que los actores eran
más bien obtusos. Ni siquiera Margot seguía nuestra conversación cuando Merlin
hablaba de la «Oda al confederado muerto», de Tate, o de la antipatía que
Hemingway sentía por Fitzgerald. Era como si fuésemos viejos copartícipes en
una cosa u otra. ¿Pero en qué? ¿Por qué tenía que haber un vínculo entre
nosotros? Sin embargo, escuchaba con absoluta atención, inclinado hacia mí
sobre sus morenos brazos doblados. Era enjuto, bien proporcionado, musculoso,
con pecho amplio y una espesa maraña de pelo gris amarillento que le caía
ensortijado sobre un ojo. Tenía enfisema, creo: los ligamentos del cuello
obligaban al pecho a mantenerse alto, un pecho como un tonel. Ningún indicio de
que su edad fuese considerable, excepto el vello blanco que asomaba por encima
de la cremallera de su mono de faena y el nervio lechoso que circundaba su iris
azul.
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Recuerdo que Margot
tuvo una noche triunfal. Estaban preocupados porque la «segunda unidad» iba con
retraso respecto al programa previsto. Según el plan de rodaje, la segunda
unidad tenía que filmar una escena, la escena con que empezaba la película, una
escena retrospectiva, en la que el hijo de la casa volvía de Heidelberg, se
apeaba del vapor, en el embarcadero de la plantación. Habían alquilado un vapor
(una barca para excursiones, de Nueva Orleans), encontraron un muelle en el
Gran Golfo, pero la corriente era desfavorable y no podían atracar la
embarcación en ningún embarcadero. Se habían perdido varias jornadas, se habían
gastado en balde varios miles.
«La tablilla lleva
cuatro días de retraso», dijo Margot en tono severo. La «tablilla» era en
realidad un tablero con diversas fichas clavadas, como un calendario, que
señalaban la secuencia exacta de escenas que debía rodarse. Encargarse de ella
daba a Margot la sensación de ser miembro del equipo. De hecho, Margot era el
«ayudante ejecutivo» de Merlin.
¿Qué hacer?
¿Construir otro embarcadero en un punto menos afectado por la corriente? Más
tiempo, más dinero. A Raine y Dana no podía importarles menos aquello. Lucy, mi
hija, ni siquiera escuchaba. Contemplaba a Raine, como de costumbre, con la
boca ligeramente entreabierta.
Margot enarcó las
cejas y tamborileó furiosamente con todos los dedos golpeando la mesa.
«Jesús, no podemos
perder otro día».
Hasta disfrutaba
con las peloteras.
Margot ahorró
aquella jornada. La verdad es que su triunfo fue completo.
Chasqueó los dedos.
«¡Un momento!»,
exclamó, sin dirigirse a nadie en particular. «Sólo un momentito. Puede que se
me haya ocurrido una idea. Voy a hacer una llamada telefónica».
Cuando regresó, el
placer y la excitación arrebolaban su rostro, pero su tono de voz se mantuvo
exento de solemnidad.
«¿Qué te parece
esto, Bobby?», preguntó a Merlin, al tiempo que estiraba los brazos y
bostezaba. Cuando levantaba los brazos, sus axilas completamente tersas se
aplastaban y permitían que resaltasen dos ondulaciones de músculo.
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Había recordado la
existencia de un vaporcito en el río False, un brazo de río del Mississippi,
más bien un remanso.
«Es pequeño, casi
una miniatura, pero también hay desembarcaderos allí. Y nada de corriente. Lo
que podemos hacer es tomar un plano largo de la embarcación en el momento en
que entra en el muelle de Dernier, que es minúsculo, a la misma escala que el
vaporcito. Conozco bien a los Dernier. Es más, la casa Dernier incluso parece
una miniatura de Belle Isle. Se puede cortar hacia el nivel del tejado, sobre
el embarcadero, y nadie notará diferencia alguna».
Merlin reflexionó
en ello. Asintió con la cabeza.
«Lo probaremos»,
dijo en tono despreocupado, casi cortante, sin mirar a Margot. Lo mismo podía
tratarse de una secretaria comercial. «Está bien. Llama a Jacoby».
El sistema metódico
y funcional que tanto le gustaba a Margot. Ya no era sólo un miembro del
equipo, sino un miembro valioso.
Cuando se sentía
feliz o animada, sus pecas se teñían de color ciruela. Su pigmento se oscurecía
con la luna. A través de las pecas de Margot, yo podía calibrar la intensidad
de su deseo sexual.
Entonces,
seguramente mi «descubrimiento» había sido una equivocación. Se sentía tan
dichosa como una niña, tan feliz que se acercó y me abrazó. A mí, no a Merlin.
Merlin no le prestó ninguna atención. Sus ojos azules ribeteados de blanco se
clavaron en los míos, como de costumbre. Quería hablar acerca de un artículo
que escribí, en realidad no pasaba de ser una nota, acerca de una escaramuza
sin importancia, de la guerra civil, que se desarrolló por estos pagos. Un
trabajo que se publicó en el Diario histórico de Luisiana. Se había tomado la
molestia de echarle un vistazo.
Como siempre, fui
el primero en levantarme de la mesa. Tenía la costumbre (de súbito comprendí
hasta qué punto se había convertido mi vida en costumbre) de dejarles que
charlasen de cine, visitar luego a Siobhan y Tex y llegar a mi palomar a tiempo
para ver el telediario de las diez. Se me había hecho importante en los últimos
años escuchar las noticias todas las horas… atraque llevábamos años sin que
sucediera nada trascendente. ¿Qué esperaba yo que ocurriese?
Aquella noche, sin
embargo, procedí de manera algo distinta. Me desvié de la trillada senda de mi
vida. Una vez estuve fuera de la vista de los comensales, en lugar de dirigirme
a la escalera, torcí a la izquierda y
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entré en el salón
contiguo al comedor, del que le separaba una puerta corredera de roble. Pocos
minutos antes, había observado que la puerta estaba abierta cosa de quince
centímetros. Era posible, permaneciendo de pie y de espaldas a la puerta, oír
lo que decían los que estaban en el comedor, y, desplazándose a un lado o a
otro, distinguir la imagen de los mismos reflejada confusamente en el espejo de
cuerpo entero de la pared del fondo. Las imágenes recorrían unos quince metros,
nueve desde el comedor hasta el espejo y seis desde el espejo hasta mí. Lucy,
mi hija, ocupaba un extremo de la mesa. A pesar de tanta distancia, resultaba
posible apreciar en la pequeña mancha borrosa que constituía su rostro lo
parecida y lo distinta que es respecto a su madre, Lucy, mi primera esposa. El
mismo gesto leve y vivaracho, cuando mueve la cabeza, pero sus facciones son a
la vez más vulgares y radiantes, como una flor silvestre de Carolina
trasplantada a los trópicos de Luisiana. Para ella, Lucy, Belle Isle no era más
que una residencia en la que vivir. No nos teníamos mucha confianza. Margot y
ella no puede decirse que simpatizasen mucho. ¿Mi hijo? No había visto a mi
hijo desde que el muchacho abandonó el colegio universitario y se fue a vivir a
un tranvía, detrás de la cochera.
En aquel momento,
Lucy se retiraba.
Margot, Merlin y
Dana charlaban. Sus voces tenían un sonido distinto, producto de mi prolongada
ausencia.
Ocurrieron dos
pequeños acontecimientos.
Margot se inclinó
sobre Merlin para decirle a Raine algo que no pude determinar. Los cabellos de
mi mujer rozaron el rostro de Merlin. Al hablar, Margot se balanceó un poco
hacia Raine y sus hombros, los de Margot, tocaron a Merlin. Este se echó hacia
atrás, distraído, cortésmente, para no estorbar, pero cuando el hombro de
Margot se alzó —¿no apoyaba la mano en la rodilla de Merlin?— dio un
mordisquito juguetón a la femenina carne morena. En realidad, no fue un
mordisco, sólo aplicó los dientes a la piel. Fue un acto tan superficial que
casi ni se dio cuenta de que lo realizaba. La mirada de sus ojos azules no
cambió de dirección.
«Está bien», dijo
Merlin en aquel momento. «Así que utilizaremos el palomar para la pelea entre
Raine y Dana. De acuerdo. La iluminación tipo tablero de damas será mucho más
efectiva que una cabaña de esclavos. A pesar de todo, me gusta…».
«¿Qué hay de
Rudy?», preguntó Dana, o me pareció que preguntaba.
¿Rudy? ¿Quién era
Rudy? ¿Dijo Rudy? No creo que dijese Rudy.
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Nadie dio la
impresión de haber escuchado.
«¿Qué?», articuló
Merlin al cabo de un minuto.
Raine movió la
cabeza a un lado y a otro, apoyando y separando el índice en la mejilla,
apartándose el pelo. Tarareaba una canción.
Margot se inclinó
de nuevo por delante de Merlin para contestar. No pude oír lo que dijo.
Capté mi ausencia
en la voz de Raine. Tenía un tono distinto. Entre nosotros se había
desarrollado una especie de coqueteo en broma. Ella era la chica de Dana,
naturalmente. Pero a mí me estaba permitido decirle lo bonita que era (lo era)
y desinhibirme lo suficiente como para besarla cuando nos encontrábamos,
besarla en la boca, tal como ellos hacían. Ella podía decirme lo guapo que era
(¿lo soy?). Siempre que nos encontrábamos en algún sitio entre gente,
inventábamos una broma según la cual ella me prestaba su atención, me escuchaba
con interés y, aunque estuviese hablando con otra persona, nunca me daba la
espalda. Era como si fingiésemos estar casados y sentir celos el uno del otro.
Pero ahora, ausente yo, Raine se comportaba de modo distinto.
¿Rudy? ¿Quién es
Rudy? ¿Yo? ¿Por qué Rudy?
Raine tarareaba una
canción, o más bien hacía como si tararease una canción, una canción infantil.
Daba la impresión de que era algo convenido.
¿No se trataba de
la canción «Rudolph, el reno de nariz roja»?
¿Era porque bebo y
a veces tenía colorada la nariz?
¿Era porque Rudolph
tenía cuernos?
¿Dijo Dana Rudy? La
verdad es que no creo realmente que lo dijese.
¡Qué extraño
resulta que un descubrimiento de esta naturaleza, de la maldad, de la
deshonestidad de un pariente, de la infidelidad de una esposa, pueda agitarte,
apartarte de tu rutina, originar una forma nueva de ver las cosas!
En el espacio de
una tarde, había efectuado los dos descubrimientos más importantes de mi
existencia. Descubrí la infidelidad de mi esposa y, cinco horas después,
descubrí mi propia vida. Por primera vez, la vi claramente ante mis propios
ojos.
¿Es posible que el
bien proceda del mal? ¿Has considerado la posibilidad de que uno pueda
emprender la búsqueda, no de Dios, sino del
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demonio? Tal vez tu
gente haya estado siguiendo la pista equivocada durante todos esos años, con
todo lo que hablaban de Dios y los indicios de su existencia, el orden y la
belleza del universo… todo eso ha fracasado y te consta. Cuanto más sabemos
sobre la belleza y el orden del universo, resulta que menos tiene Dios que ver
con ello. Quiero decir, ¿a quién le importan cosas tales como el Gran Relojero?
¿Pero y si pudieses
mostrarme un pecado, una hazaña puramente perversa, un hecho intolerable para
el que no hubiese explicación? Ahí tenemos un misterio. La gente se sentaría y
tomaría nota. Yo me sentiría impresionado. Casi podrías convertirme en creyente.
En épocas en las
que nadie se interesa en Dios, ¿qué sucedería si pudieses demostrar la
existencia del pecado, puro y simple? ¿No sería un triunfo inesperado para ti,
algo caído del cielo? ¡Una nueva prueba de la existencia de Dios! Si existe el
pecado, la maldad, una fuerza maligna viva, ¡debe existir un Dios!
Hablo en serio.
¿Cuándo fue la última vez que viste un pecado? Ah, ¿has visto unos, cuantos?
Bueno, pues yo no, últimamente, no. Me refiero a un pecado puro, sin adulterar.
¿No me vendrás ahora con el cuento de que un desdichado y pobre individuo
odioso cometió un pecado porque le pega a sus hijos?
No pareces
impresionado. Sí, me conoces demasiado bien. Sólo bromeaba. Bueno, bromeaba a
medias.
Pero, bromas
aparte, debo explicarte mi segundo descubrimiento. Después de abandonar el
salón a oscuras, donde nadie se sentaba nunca, y salir silenciosamente por la
puerta delantera, seguí una ruta distinta hacia mi palomar. Un acontecimiento
de lo más insignificante. Porque sólo al obrar así me percaté de que, durante
meses, incluso años, había estado recorriendo el mismo camino. La verdad es que
había marcado un sendero. Mi vida era una rutina tan cronométrica que se podían
poner en hora los relojes (Suellen me lo dijo) cuando salía de noche por la
puerta de delante. Deben de ser las diez menos dos minutos, porque me gustaba
llegar en el momento preciso en que empezaban las noticias del telediario de
las diez. ¿Noticias de qué? ¿Qué esperaba que sucediera? ¿Qué quería que
sucediese?
No. Primero hice
una visita a Siobhan y Tex, que hablaban de «jonecitos».
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«Me gustaban los
conejitos», dijo Siobhan, al tiempo que me echaba los brazos al cuello.
«¡Te gustan esos
jonecitos!», exclamó Tex, aún con las manos tendidas hacia la niña, y,
convencido de que su chanza era ingeniosísima y oportuna, repitió: «¡Te digo
que te gustaron esos jonecitos!».
Tex atacaba los
nervios de la niña, a decir verdad la sacaba de sus casillas. Era casi como si
lo supiese y lo anduviera buscando, disfrutaba horrores con aquella estupidez
de los jonecitos.
Siobhan se libró de
nosotros y fue a sentarse en cuclillas delante de la lívida luz fosforescente
de la pantalla del televisor. Los nublados ojos de la chiquilla ni siquiera se
concentraban en los animalitos de los dibujos animados, aquellos bichos de enormes
ojazos.
Tex, naturalmente,
la emprendió a continuación con su deporte favorito, que no era martirizar a
Siobhan con trabucaciones y retruécanos malos, sino meterse conmigo por mi
negligencia. No podía superar el hecho de que hubiese permitido a Margot
reconstruir la vieja ala de Belle Isle que se quemó, sobre un pozo de gas, pese
a que el pozo había sido cubierto.
Por décima vez, me
censuró con su estilo afectuoso, distraído y punzante. ¿Era su riqueza, me
preguntaba yo a menudo, lo que le daba permiso para manifestarse tan cargante,
un pelmazo inaguantable, o se hizo rico gracias a su pesadez?
Sin embargo, era
una persona de aspecto agradable, de apariencia simpática, con su rostro de
indio cobrizo y nariz inmensa, pelo negro y liso y moteados brazos musculosos.
A primera vista, cualquiera podía tomarle por un jugador profesional de golf,
un curtido veterano, un Sam Snead curado en whisky y empapado de sol… hasta que
uno se daba cuenta de que no lo era, de que su forma de permanecer con las
manos apoyadas en las caderas no tenía nada que ver con la postura del jugador
de golf, sino que se trataba de la del perdonavidas petrolero que se mantiene
agazapado y alerta, a la espera del momento oportuno, mientras zumba la
maquinaria, oscilan los tubos y rechina la cadena. Sí, eso era, ésa era su
felicidad y su desdicha: el ocio puede constituir la dicha sólo si la
maquinaria funciona y uno la contempla con interés de presidente, reconfortado
como sólo la maquinaria, la maquinaria propia, puede reconfortar. Su repentina
riqueza le había dejado aturdido. En el silencio de la opulencia, se sentía
indigente,
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ensordecido, de
modo que no le quedaba más remedio que alargar la mano, coger, aguijonear,
volver loca a Siobhan.
«¿Cuándo vas a
tapar con cemento ese pozo?».
«Allá abajo no
queda más que una pizca de gas pantanoso, Tex».
«No puedo
comprender cómo vivís con un árbol de Navidad debajo mismo de vuestra casa». Ni
podía ni quería escuchar.
«Se puso allí antes
de que la ley estatal se aprobara. De todas formas, no es más que un pozo
pequeño y poco profundo».
«Aún tiene noventa
kilos de presión».
«Santo Dios, no.
Catorce kilos en el exterior».
«… noventa kilos en
un tubo negro de la época de la guerra, que ya estará podrido».
Cristo, estúpido
bastardo de Texas, ¿por qué no atiendes?
«Hay que cerrarlo
herméticamente», siguió Texcon su cantinela. «Un
árbol de Navidad no
servirá para eso. La única manera de sellar un pozo es
cementarlo».
«Lo sé».
«¿Cómo diablos
puede Maggie tapar un pozo productivo y construir una casa encima?».
Continuó
provocándome como provocaba a Siobhan, pinchando y negándose a escuchar, ni
siquiera se escuchaba a sí mismo. Apartó sus cordiales e infelices ojos. Hasta
su opinión de experto resultaba ilógica. En la misma parrafada se lamentaba de
que el pozo fuera productivo e improductivo, pero no escuchaba el tiempo
suficiente para darse cuenta de la contradicción. Enriquecerse le había hecho
tan desdichado que debía amargar la existencia a todo el mundo.
¿Por qué no hacía
yo algo respecto a Siobhan, no respecto al pozo, que no podía importarme menos,
tanto si producía como si no, si se secaba o si estallaba, pero por qué no
hacía algo respecto a Siobhan? Echar a Tex, enviar de nuevo a la niña junto a
Suellen, o las dos cosas. Cualquiera de ellas mejoraría la situación. Cristo,
que yo supiese, Tex se limitaba a jugar con Siobhan y a engañarla. ¿No ocurre a
veces con estupendos y cariñosos abuelos? Asientes. ¿Quieres decir que luego se
arrepienten? Muy bien para ellos. Suellen había sido buena para Siobhan antes y
volvería a serlo. Me crió a mí, miles de Suellen criaron a miles de personas
como yo, nos proporcionaban el abrigo de la cocina caliente, nos protegían de
nuestros aturdidos y cariñosos padres un poco en Babia. Mi padre, apegado a la
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poesía, soñando en
Robert E. Lee, los Lancelot Andrewes y las capillas episcopalianas en las
selvas, y mi pobre madre abandonada paseando en coche con tío Harry.
¿Por qué no hice
antes algo en bien de Siobhan? Aquí tienes una confesión, padre. Porque en
realidad no me importaba, y eso no tiene nada que ver con la niña ni con la
circunstancia de que no fuera hija mía (eso permitió que me sintiera mejor, me
proporcionó una excusa). Teóricamente, debíamos «amar» a nuestros hijos. ¿Pero
qué significa eso?
Sin embargo, y esto
es lo más extraño de todo, sólo después de mi descubrimiento, después de
enterarme de que Siobhan no era hija mía, me consideré en condiciones de hacer
algo por ella. Puesto que Siobhan no era mi hija, ¡podía ayudarla! Era
sencillo, al fin y al cabo: (1). Tex era pernicioso para la niña, (2) había que
hacer algo, (3) nadie iba a hacer nada, ni a darse cuenta siquiera, (4) por lo
tanto, le diría a Tex que volviese a Nueva Orleans y dejaría que Suellen se
encargase de Siobhan.
¿Por qué no podía
cuidar yo de la niña? Si he de serte sincero, Siobhan me atacaba los nervios.
¿Por qué no quería
a Siobhan cuando pensaba que era mi propia hija? Bueno, supongo que la
«quería». ¿Qué es el cariño? ¿Por qué esa espantosa frialdad hacia los que
están más cerca y son más inocentes? ¿Se han querido alguna vez los miembros de
una familia, salvo cuando algo terrible le ha sucedido a alguno de ellos?
Ah, sí, tú hablas
de amor. Hablar no cuesta nada. ¿Pero quieres conocer mi teoría? Esa clase de
amor es imposible ahora, si es que alguna vez fue posible. El único modo de que
volviera a ser posible algún día estriba en que el mundo terminase.
Intranquila,
Siobhan volvió la cabeza hacia el televisor, para ver los dibujos animados.
«¡Qué
coinquidinqui!», exclamó Tex, y abrazó a Siobhan. «Precisamente cuando querías
jonecitos, Tex manipuló el televisor y allí estaban».
«Di coincidencia»,
corregí a Tex.
«¿Qué es eso?», se
apresuró a preguntar, llevándose la mano a la oreja y escuchando por primera
vez.
«He dicho que no
pronuncies coinquidinqui cuando hables a la niña, por el amor de Dios. Di
coincidencia».
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«Está bien, Lance»,
repuso Tex. ¡Escuchaba! Quizás no me atendió antes porque no le había dicho
nada.
Reflexioné. ¿Podía
ser cierto que lo único que hoy día uno necesita saber sea lo que uno quiere?
Abandoné el paseo
de robles entrelazados, mi ruta acostumbrada, para atajar a través del jardín
delantero, que parece un prado, tomar el portillo del jardinero en la verja de
hierro y subir al dique.
Lo creas o no,
llevaba años sin ver el río. Un remolcador diésel empujaba contra la corriente
media hectárea de gabarras. Sonaba como una locomotora de mercancías impulsando
las ruedas. Di media vuelta. Belle Isle parecía una isla, un islote oscuro
cercado por las tuberías de Ethyl, torres «Dow» y pabellones «Kaiser», en medio
de un murmullo general. A lo lejos, cerca de la autopista, los quemadores de
gas llameaban en la noche como si cazadores gigantescos aún acechasen en las
viejas ciénagas.
Las estrellas
brillaban pálidamente, pero siguiendo el extremo de la Osa reconocí a Arturo,
que mi padre me había enseñado años atrás. Mi padre: un fracasado que perdió
todas las oportunidades, pero que sabía a qué distancia estaba Arturo. Fue
director del semanario local, en el que publicaba sus propios poemas y crónicas
históricas acerca de esta región, con argumentos tales como la Capilla de San
Andrés: primer templo no perteneciente a la Iglesia Romana que hubo en la
Parroquia (recuerdo que pensé que mis antepasados, al llegar aquí, debieron
encontrarse con que las marismas no estaban rebosantes de indios salvajes, sino
de católicos romanos). El Club Kiwanis le entregó un certificado mediante el
cual se le nombraba oficialmente Poeta Laureado de la Parroquia Feliciana. Era
un vulgar poeta periodístico, un vulgar historiador periodístico y, respecto a
la ciencia, solamente experimentaba una vulgar admiración de periodista.
«Piénsalo bien», me
dijo, de pie en aquel mismo sitio mientras me indicaba la estrella de Arturo.
«La luz que estás viendo ¡empezó a brillar hace treinta años!».
Pensé en ello. Por
aquellas fechas, pensábamos en esas cosas.
Pero en lo que
pensaba hace un año no era en lo extraordinario del hecho de que la luz de
Arturo hubiese empezado a brillar hacía treinta años (cuando escuchábamos a
Parkyakarkus y Frank Munk, la Voz de Oro de la Radio), sino en las vueltas
extrañas que había dado la vida de uno en
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el curso de esos
mismos treinta años que la luz de Arturo estuvo viajando por los largos y
solitarios pasillos del espacio.
Luego, por primera
vez, me vi a mí mismo y contemplé mi vida con la misma certeza que si estuviese
en el salón a oscuras y observase mi propia persona sentada a la mesa con
Margot.
¿Sabes lo que me
había sucedido a mí durante los veinte años anteriores? Un gradual, lo que se
dice gradual apartamiento de mi existencia que me había conducido a una especie
de estado de ensueño en el que, al final, no podía estar seguro de que hubiese ocurrido
algo. Tal vez no había sucedido nada.
Eso, después de
todo, constituye un descubrimiento formidable para el hombre a quien tú
conocías, presidente del cuerpo estudiantil, medio del primer equipo, Más
Probable Triunfador, becario de Rhodes, Guante de Oro, detentador de la
plusmarca estadounidense del Despeje Más Largo.
Salta a la vista
que tú tampoco te las has arreglado muy bien en la vida. ¿Sabes lo que nos
ocurría a nosotros? Nos gustaba demasiado ir al colegio. Y estar en el
servicio. Me las ingenié para permanecer en el colegio o en el servicio hasta
los treinta y dos años. Y tú, con el D. M., D. D. De hecho, ¿no sigues algunos
cursos ahora en Tulane?
Ejercí la abogacía
en una pequeña urbe del Camino del Río. Mi práctica fue más bien consultiva,
ejercicio en citas, por expresarlo así, porque, a medida que pasaba el tiempo,
disminuía mi actividad jurista. Lo cierto es que los tiempos fueron cada vez más
duros, el trabajo iba a menos. Al final, todo se reducía a un par de horas de
tarea profesional al día y pare usted de contar.
Las ciudades
pequeñas tienen algo bueno: era conveniente ir a casa a almorzar. Al principio,
Margot solía estar allí. Tomábamos dos o tres copas antes del almuerzo… cosa
que estaba acostumbrada a hacer con sus amigas en Nueva Orleans. Lo cual era un
placer. Tras el estupendo almuerzo de Suellen, a menudo hacíamos el amor. ¡No
era mala vida!, beber a gusto, comer bien y hacer el amor con Margot. Adopté la
costumbre de dormir una siestecita. Las siestas fueron prolongándose. Luego, un
día, dejé de ir al bufete por las tardes. Como excusa, porque se decía que era
bueno para uno, empecé a practicar el golf. Los otros tres miembros del
cuarteto eran Cahill Clayton Lamar, primo mío y también frustrado individuo de
familia de la pequeña aristocracia, mal odontólogo
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y buen jugador de
golf, y dos recién llegados a los que les iban bien las cosas, el director del
servicio de pompas fúnebres y el terapeuta masajista.
Pero el golf es un
aburrimiento. Lo dejé.
Durante los sesenta
fui liberal. En aquellas fechas, uno podía afirmar: «Soy esto o aquello». Las
categorías tenían sentido… ahora es imposible completar la frase: Soy… ¿qué?
Desde luego, liberal no. ¿Conservador? ¿Y eso qué es? Pero entonces constituía un
placer ponerse de parte de los negros: uno disfrutaba de lo mejor de dos
mundos: los negros tenían razón y yo deseaba ser impopular entre los blancos.
Cuestión de tedio. Nada había sucedido desde que corrí los cien metros contra
Alabama… nosotros vivíamos para las grandes proezas, acuérdate, a diferencia de
los criollos, que tienen talento para lo trivial, para ganar dinero, para
fregar tumbas, para el martes de carnaval. La década de los sesenta fue un
regalo celestial para mí. Al fin y al cabo, los negros tenían razón, los
blancos estaban equivocados y era todo un regodeo decírselo. Alcancé la
impopularidad. Hay cosas peores que ser antipático a los demás: eso le mantiene
a uno animado y alerta. Pero en los años setenta los liberales ya no tuvieron
nada que hacer. Estaban acabados. No puedo determinar si ganamos o perdimos.
Sea como fuere, lo cierto es que en la década de los setenta blancos y negros
se volvieron contra los liberales. Quizá tuviesen motivos justificados. Al
final, los liberales se convirtieron en una espina clavada incluso en sí
mismos. De cualquier modo, la feliz trifulca de los sesenta había tocado a su
fin. El otro día me di de manos a boca con un negro junto al que estuve hombro
con hombro desafiando a los enfurecidos blancos. A duras penas nos reconocimos
el uno al otro. Nos miramos, inquietos. No teníamos nada que decimos. Sólo me
explicó que había sufrido un ligero ataque de apoplejía, nada de importancia.
Habíamos ganado. De modo que se compró un televisor en color, se dedicó al golf
y la hipertensión se albergó en él. Yo me había convertido en un holgazán.
Abandoné el golf y
me quedé en casa, dedicado a leer un poco e incluso a investigar y escribir: la
guerra civil, claro: nadie sabía gran cosa acerca de lo que ocurrió en esta
zona. Llegué a redactar un par de eruditos artículos. A veces, guiaba a los turistas
por Belle Isle, como mi abuelo hiciera en otro tiempo. Pero en vez de contarles
anécdotas chuscas protagonizadas por Eleanor Roosevelt, les soltaba doctas
disquisiciones acerca de la belleza de la vida en la plantación, un tanto
irónicas —para comprobar hasta dónde podía llegar sin que se sulfuraran
aquellos sujetos
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del Medio Oeste—,
y, rayos, me di cuenta de que es imposible conseguir que se acaloren. Odian a
los negros más de lo que nosotros los hayamos odiado nunca. Les decía que las
cosas no son tan sencillas como parecen. La relación amo-esclavo tenía cosas
buenas: el amo fuerte, seguro de sí mismo, incluso despótico, que se labra una
baronía en las soledades y vive como Luis XIV, y, a pesar de todo, trata bien a
sus esclavos. Dios sabe que a éstos no les iba tan mal en Belle Isle. Se
convirtieron en artesanos de primera, en muchos casos se les otorgó la libertad
y hasta miraban por encima del hombro a los blancos pobres. «Echen ahora una
mirada a esta cabaña de esclavos, damas y caballeros. ¿Es tan mala? Estupendos
techos altos, habitaciones frescas, porche frontal, chimenea de ladrillo,
suelos de ciprés. Grandes robles abovedados en el patio posterior y delante de
la cabaña. ¿Prefieren sus casitas de ladrillo en Lansing?». Se me quedaban
mirando atentamente, para captar la intención, y luego inclinaban la cabeza, muy
serios, o se echaban a reír. Es imposible insultar a una persona de Michigan.
Las tardes de
invierno empezaba pronto a oscurecer… a las cinco. Elgin encendía el fuego y
Margot y yo tomábamos unas copas antes de cenar.
Durante el día me
dedicaba a esperar anhelante los boletines de noticias que la radio transmitía
todas las horas en punto. Por la noche, mirábamos la televisión y bebíamos
coñac. Tras el telediarlo de las diez me solía entrar el sueño suficiente para
irme a la cama.
Así, ¿cuál fue mi
descubrimiento?, que durante los últimos años no había hecho nada, salvo
defraudar al derecho, defraudar a la historia, mantenerme al día en cuanto a
noticias (¿para qué?), mirar a Mary Tyler Moore y beber todas las noches hasta
perder el conocimiento.
Ahora lo recuerdo
casi todo, excepto… Todos los sucesos del pasado, las mayores trivialidades
imaginables, vuelven a mi memoria, con claridad cristalina. Es aquella noche lo
que queda en blanco… no, no es exactamente que quede en blanco, es que no
consigo realizar el esfuerzo necesario para recordarla. Parece requerir un
tremendo esfuerzo de concentración. De lo único que me acuerdo es de aquel
desdichado Janos Jacoby que me contemplaba, del resplandor de las llamas en los
árboles…
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Vuelven los
titulares. VÁSTAGO ENLOQUECIDO POR EL DOLOR. NO PUEDE ENTRAR EN LA CASA. MANOS
ABRASADAS.
Aquella noche. No
logro captarla. Oh, lo intento, pero la mente retrocede hacia el pasado o se
desliza avanzando hacia el futuro.
Recuerdo
perfectamente lo que sucedió hace años, como aquella vez que nosotros, tú y yo,
marchábamos río abajo, participando en una excursión del club de la fraternidad
y pasábamos por delante de la isla de Jefferson, que está entre Mississipi y
Luisiana, reclamada por ambos estados y, en cierto sentido, no pertenecía a
nadie, era una especie de isla desierta en medio de los Estados Unidos, así que
tú, bebedor y solitario como de costumbre, dijiste, sin que te dirigieras a
nadie en particular: «Creo que será estupendo pasar unos días en semejante
lugar», te quitaste la chaqueta y ejecutaste una zambullida a lo Tennessee
Belle (eso también fue «teatro», ¿no?); yo, naturalmente, al tener que
seguirte, como de costumbre, sólo me tomé el tiempo imprescindible para guardar
unas cuantas cerillas en una bolsa de tabaco y, a pesar de todo, tardé tres
horas en dar contigo, estabas tiritando agazapado debajo de un tronco, más azul
que Nigger Jim y más demacrado de lo normal; tú, siempre el encargado de hacer
lo definitivo, lo gratuito… nunca supe en realidad si era algo auténtico o
simple ostentación. Y, ¿quieres que te diga una cosa?, a menudo me he
preguntado si tu ingreso súbito en el seminario no sería también tres cuartos
de lo mismo… una temeridad extrema y vitalicia. Rayos, ni siquiera eras
cristiano, así que mucho menos católico, como cualquiera podía notar. ¿No era,
pues, tu zambullida a lo Tennessee Belle igual a la transformación de escéptico
a sacerdote, saltando sobre unos ochocientos millones de católicos corrientes?
¿Era también «teatro», la acción ostentosa definitiva o la definitiva
aparatosidad espléndida? Te encoges de hombros y sonríes. Y por si eso fuera
poco, no te contentaste con ser un sacerdote normal. El padre John, de Nueva
Orleans; no, tenías que partir hacia Uganda, ¿o fue Biafra? Tenías que ir a la
facultad de medicina y superar a Albert Schweitzer, porque, naturalmente, eso
era superarle incluso a él, ¿no?, ya que tú poseías la Verdadera Fe y él no,
puesto que sólo era protestante.
Y la cosa no salió
demasiado bien, ¿verdad? Si no, ¿por qué estás aquí?
Algo se torció,
¿no? ¿Has perdido la fe? ¿O se trata de una mujer?
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¿Eso es todo lo que
puedes hacer, observarme con esa mirada encubierta? Sonríes y te encoges de
hombros. Por Dios, ni siquiera tú mismo sabes la respuesta.
Pero abandonaste,
ya ves. Y pudiste haberte quedado. Tal vez te necesitaban aquí. Quizás yo te
necesitaba más que los biafranos. Si hubieses andado por aquí todos estos años…
Cristo, ¿por qué no puedo hablar nunca con nadie, excepto contigo? En fin, ahora
estás aquí y puedo aprovechar tu presencia. Me he dado cuenta de que no me
cuesta trabajo hablarte y aproximarme al asunto, al secreto que conozco y al
mismo tiempo ignoro. Así que empezaré detrás de él y me acercaré avanzando, o
empezaré delante e iré retrocediendo.
Mi cerebro se
desliza hacia adelante, hacia el futuro, hacia la persona de la puerta de al
lado. Tengo una idea todavía más disparatada que cualquiera de las tuyas. Es
que, de un modo u otro, el futuro, mi futuro, está unido al de ella, que
nosotros, ella y yo, debemos empezar de nuevo. ¿Te he dicho que la vi ayer?
Sólo una rápida ojeada, cuando me aventuré en una de mis poco frecuentes
correrías, esta vez con vistas a mi reconocimiento físico y mental del mes. Su
puerta estaba abierta.
Es una mujer
delgada y dé pelo negro, pero no pude verle la cara; estaba vuelta hacia la
pared, esta pared, con las rodillas levantadas. Sus pantorrillas me parecieron
esbeltas, pero bien desarrolladas y sorprendentemente tostadas por el sol,
todavía. ¿Ha sido bailarina? ¿Tenista? Me recordó a Lucy.
He aquí mi loco
plan para el futuro. Cuando salga de esta institución, tras cumplir la
sentencia o haberme «curado» no quiero volver a Belle Isle. No quiero volver a
ningún sitio. De lo único que estoy seguro es que el pasado ha muerto
definitivamente. El futuro debe ser absolutamente nuevo. Esto es cierto no sólo
en lo que concierne a mí, sino también en lo que concierne a ti y a todo el
mundo. Debe crearse un nuevo principio. Las personas tienen que empezar otra
vez, de forma tan experimental como desconocidos que se encuentran en la isla
de Jefferson (¿no tenías en la imaginación algo por el estilo cuando hablaste
de las «peculiares posibilidades» de la isla de Jefferson?). Quiero irme con
ella, una mujer silenciosa, psicópata, totalmente destrozada y deshonrada,
llevármela a una casita de allá abajo —cerca del río, más allá de la calle del
Almacén —, una pequeña cabaña de negro, y allí cuidar de ella. Podríamos decir
simplemente: «¿Tienes hambre?», «¿Tienes frío?». Quizás paseáramos por
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el dique alguna
vez. En el mundo nuevo será posible volver a disfrutar de las cosas sencillas.
Pero antes he de
comunicarme con ella. Me doy cuenta de eso. ¿Intentaste alguna vez hablar con
ella? ¿No quiere hablar? Está vuelta de cara a la pared y nada más.
Una nueva vida.
Emprendí una nueva vida hace un año, cuando abandoné el oscuro salón, después
de haberme levantado de la mesa. Mejor dicho, cuando entré en el salón a
oscuras. Ahora creo que habrá una tercera nueva vida, lo mismo que hay tres
mundos: el mundo viejo del pasado muerto, el desesperanzado y destrozado mundo
actual y el mundo desconocido del futuro.
Así que, de todas
formas, inicié mi nueva vida entonces, cuando me aparté del sendero de mi vida
rutinaria, pelado, gastado y aplastado como el camino que sigue siempre una
vaca a través de un prado, salí de mi rodada y dejé de escuchar las noticias y
de mirar a Mary Tyler Moore. Y, cosa extraña, abandoné la bebida y el tabaco.
En el segundo preciso en que acababa de desviarme de la vieja senda de mi vida,
me di cuenta de que no necesitaba trago alguno. Me resultaba posible permanecer
quieto en la oscuridad, bajo los robles, con las manos en los costados, y
observar y esperar.
Olvidé decirte una
cosa que sucedió en el salón, algo quizás insignificante, pero significativo.
Cuando penetré en esa estancia, con sus olores a cera de limón y a crin húmeda,
me detuve un momento y cerré los ojos para que se acostumbrasen antes a la oscuridad.
Luego, al atravesar la pieza, rumbo a la puerta corredera, capté por el rabillo
del ojo algo que se movía. En el fondo del salón había un hombre. Me estaba
observando. Su aspecto no parecía familiar. Se apreciaba un algo cauteloso y
aplomado en su postura, inclinados los hombros, las rodillas ligeramente
dobladas como si estuviese preparado para entrar en acción. Casi no pasaba de
ser una silueta, pero blanco sobre negro, como el negativo de una película. Sus
brazos eran largos y uno llegaba más abajo que el otro y parecía la pata de un
lémur, desde el caído hombro. Tenía la cabeza inclinada, vuelta lo suficiente
como para que me fuese posible ver la curva de la espalda. El hombre daba
cierta sensación de vulnerabilidad protegida, torpeza superada, endeblez
domeñada por el robustecimiento. Al ver a semejante hombre, lo primero que
pensaba uno era: muchacho perteneciente al tipo engreído y listo; luego, uno se
decía: pero también grande. Aunque no
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hubiera distendido
su cuerpo, desarrollado, tendría un cuello frágil, dos tendones y un hueco
entre ellos, equilibrando esa enorme cabeza. Parecía un corredor de fondo que
hubiese vencido a la polio. Parecía un afeminado muchachito rico que hubiera
dedicado su vida a superarla.
Y entonces
comprendí que era yo mismo reflejado en el sombrío espejo de cuerpo entero.
Cuando volví al
palomar, completamente sobrio, me contemplé a fondo en el espejo, algo que no
había hecho en mucho tiempo. Era como si hubiese evitado mi propia mirada
durante los últimos años.
Mirarse en el
espejo es un fenómeno que te autoanula. Los ojos que se hunden en los ojos
practican un agujero que se amplía y le hace a uno invisible. Al no saber que
se trataba de mí mismo, había visto más de mí mismo en aquella ojeada a la
imagen fantasmal del espejo del salón.
¿Qué vi? Es duro
confesarlo, pero parecía un hombre hundido. ¿Recuerdas la imagen de Lancelot
deshonrado, sorprendido en adulterio con la reina, proscrito, viviendo en los
bosques, estirado encima de una roca, con la barbilla apoyada en el hueco de
ambas manos, los enrojecidos ojos clavados en el vacío frente a sí, y el pelo
amarillento desparramándose sobre sus cejas? Pero la comparación es mala. Mis
ojos inyectados en sangre también miraban fijamente hacia adelante, pero no era
el mismo caso; no era el caso de que yo me follara a la reina, sino que se la
follaba un tercero.
Me acerqué. La
mejilla mostraba el trayecto de la maquinilla del afeitado matinal; por encima,
el delimitado trozo de vello en el montículo del pómulo. Los capilares
afloraban, pero no sobresalían. La nariz no estaba rota, a pesar del fútbol y
del boxeo, ni rojiza, ni cubierta de espinillas. Los ojos mostraban un vaso
roto y un puntito de sangre como un huevo fértil. Había motitas en las
pestañas. Las raíces del pelo no estaban del todo limpias y se veía caspa. Los
labios, agrietados. Las uñas, negras. En el mentón, pelos de la barba que la
maquinilla pasó por alto. Me afeitaba descuidadamente y en raras ocasiones me
lavaba. Más como Ben Gunn que como Lancelot.
Cinco, seis, siete
años de ocio inconfesado (cuesta trabajo ser un holgazán y no reconocerlo),
bebiendo y mirando la televisión, tomando el trabajo como un juego, jugando a
trabajar… ¿qué le hace todo esto a un
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hombre? Tenía las
manos abiertas delante de la cara. Cerré los dedos y los abrí. Me sentía como
Rip van Winkle despertándose y palpándose los huesos. ¿Había alguno roto?
¿Estaba todavía de una pieza?
¿Seguía siendo
vigoroso? ¿Qué cantidad de vejaciones encajará un cuerpo? Me contemplé el puño.
Miré la mesa escritorio tipo plantación. Construida originalmente de una altura
que llegaba al pecho, a fin de que el atareado plantador (¿atareado con qué?) pudiera
extender cheques de pie, Margot la había rebajado, convirtiéndola en una mesa
corriente. Sólida madera de roble, de dos centímetros y medio de grueso.
Apliqué el puño en el centro de la tabla posterior. La atravesó. Me miré el
puño. Los nudillos sangraban. El dolor se presentó poco a poco, como si
tanteara el terreno, como si no estuviese seguro de tener permiso. Pensé: Ha
transcurrido mucho tiempo desde la última vez que sentí dolor. Hice diez
flexiones de brazos, tendido boca abajo en el suelo, elevando y descendiendo el
cuerpo. Me temblaban los brazos; acabé sudoroso. Intenté la prueba del cuchillo
Bowie, ¿la recuerdas? Con la mano derecha, clavé el cuchillo en la blanda
madera de ciprés, empleando todas mis fuerzas. Con la mano izquierda, traté de
sacarlo, sin moverlo lateralmente. No pude. ¿Era mi brazo derecho fuerte o mi
brazo izquierdo débil?
Por primera vez en
varios años, me bañé meticulosamente, frotando todos los centímetros de mi
cuerpo, me lavé la cabeza, me limpié y corté las uñas y me afeité hasta el
último pelo de la barba. El agua del baño quedó de un color gris tirando a
negro. Tomé una ducha fría, me froté con una toalla hasta que me escoció la
piel, roe peiné y me puse unos pantalones cortos. Me tendí sobre los ladrillos
y respiré hondo. El frío de los ladrillos atravesó la piel de mis muslos.
Durante años, comprendí, había vivido en un estado de comodidad y abstracción,
a la espera de las noticias de las diez, sin permitirme experimentar nada.
Cuando el fondo de los pulmones se llenó de aire y la víscera se movió, me di
cuenta de que llevaba años respirando superficialmente. Al bajar el mentón,
pude ver la amplia cápsula en forma de V de las costillas; el abdomen quedaba
fuera de la vista. En el esternón había un lunar rojo cereza cuya existencia
noté por primera vez. Hacía años que no me miraba a mí mismo.
Levantando al
máximo la barbilla me fue posible ver el cuadro que pintó Margot de Belle Isle
al revés. Hubo un año en que Margot pintaba brazos de río, flores del aire y
casas de plantación.
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Me puse en pie.
¿Puede un hombre estar a solas, desnudo, doblada la muñeca al costado como el
David de Miguel Ángel, sin ayuda, sin diversión, sin bebida, sin amigos, sin
ninguna mujer, en silencio? Sí, era posible soportarlo. Nada sucedió. Agucé el
oído. No se percibía ruido alguno: ni embarcaciones en el río, ni camiones por
la carretera, ni siquiera cigarras. ¿Y si no escuchase las noticias? No lo
hice. Comprendí que había tenido miedo del silencio.
En el curso del
último año o cosa así, había estado andando con cuidado, siempre la vista hacia
adelante, como un hombre que albergase una herida secreta. Existía una herida
secreta que no estuve dispuesto a reconocer, ni siquiera ante mí mismo. Ahora
podía hacerlo. Estribaba en que últimamente tenía dificultades para hacer el
amor con Margot. Hubiera esperado cualquier cosa, menos eso. Porque lo mejor
que había existido siempre entre nosotros fue el alegre e instantáneo acto
carnal. También bebíamos y comíamos una barbaridad, otra cosa estupenda entre
nosotros. Una vez, asistíamos a un banquete que se celebraba en la mansión del
gobernador, una asamblea de la Landmark Preservation Society, y Margot ocupaba
la presidencia de la mesa del orador. Llevaba un vestido de lamé dorado, sin
ropa interior debajo (porque la ropa interior hace arrugas). Estaba comiendo
guisantes verdes y en cuestión de unos minutos pronunciaría su discurso. Le
hice una seña. Treinta segundos después, nos encontrábamos en el cuarto de baño
del gobernador, que no tenía pestillo, pero como las nalgas desnudas de Margot
se apoyaban contra la puerta, tampoco hacía falta ningún cerrojo. Al cabo de
dos minutos, marido y mujer se hallaban de nuevo en sus respectivos sitios ante
la mesa, la esposa pronunciaba el parlamento y el cónyuge masculino comía
pastel de manzana.
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La primera vez que
la vi fue algo por el estilo. Belle Isle era pobre. Como abogado liberal, poco
dinero ganaba aceptando casos de la Asociación Nacional para el Progreso del
Ciudadano de Color. Dependíamos de los dólares que sacábamos a los turistas. Aquel
año obtuvimos un pequeño suplemento: se nos eligió para la Ruta de la Azalea y
diez mil hermosos blancos de clase media, mujeres en su mayoría, patearon por
toda la casa, conducidos por «beldades», ya sabes, chicas ataviadas con el
traje típico, con faldas de miriñaque. Eso nos proporcionó más de cinco mil
dólares, de modo que me avine a soportar los inconvenientes: verme expulsado de
la casa y sufrir el que pisotearan las alfombras y desapareciese algún que otro
plato.
Margot era una
«beldad». Su padre, Tex Reilly, que había ganado diez millones de dólares con
el barro, acababa de trasladarse a Nueva Orleans, dispuesto a ganar todavía más
con equipos de prospección en aguas próximas a la costa, y llegó así al Garden
District, rico, viudo y con una hija en edad de hacer su presentación en
sociedad. Compró una casa. Lo que no sabía era que la alta sociedad de Nueva
Orleans disfruta enormemente desdeñando el dinero de Texas, lo mismo que el
dinero de Nueva York, cosa que a Tex le parecía muy bien, salvo por la
circunstancia de que su hija no podía ser reina de Comus ni reina de nada… ni
siquiera dama de honor… ni siquiera ir a los bailes. Tex tampoco fue lo
bastante lejos como para averiguar que los invitados no iban a los bailes del
martes de carnaval para bailar, sino para ver cómo bailaban las máscaras. El
Festival de la Azalea ya era otra cosa. Una feliz coyunda de los nuevos ricos
del petróleo y los viejos pequeños aristócratas arruinados del Camino del Río.
Si los recién llegados no podían bailar con Comus ni desfilar por el casco
urbano de Nueva Orleans, sí podían comprar viejas mansiones rurales y desfilar
por allí.
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La jornada fue un
fracaso. Lloviznó, sopló el viento, granizó y, por último, llegó la tempestad.
Pero, de todas formas, las damas acudieron, por lo menos cinco mil, chorreando
agua y dejando perdidas de grumos de barro pisoteado nuestras frágiles y descoloridas
alfombras de Aubusson. Las «beldades» se estacionaron en la galería, un grupo
encantador, para dar la bienvenida a los visitantes, empaparse y conseguir que
el agua aplastara sus cabelleras y corriese el colorete.
Al volver a casa,
después del trabajo, tomé la calzada de servicio, aparqué y me dirigí hacia la
escalera posterior y los alojamientos superiores, sin otra idea en la cabeza
que la de dejar atrás a los turistas, las beldades y el barro y ver el
telediario de las cinco y media. ¡Las noticias! ¡Santo Dios!, ¿qué hay de
importante en las noticias? Ah, ahora me acuerdo. Nos preguntábamos a quién
asesinarían a continuación. Desde luego, iban a matar al siguiente. Ahí estaba,
el dulce pavor horrendo que habíamos estado esperando. Nos encontrábamos ya en
la última parte del decenio de los sesenta y por entonces uno se había
acostumbrado a cierto ritmo de violencia, de modo que uno llegaba a casa con el
temor y la secreta esperanza de que el paso se hubiese avivado, de modo que
cuando estuviera cumplido el acto final, el homicidio, la noticia centelleara:
la contemplación de la muerte, el funeral, el asesinato durante el funeral, uno
contemplaba aquello como contempla el desarrollo de un acto impúdico en su
punto culminante, con la boca seca, los labios entreabiertos, sin parpadear y
ligeramente saltones los ojos… e incluso tenía dentro de sí la sensación de
impudicia aplacada.
Por aquellas
fechas, yo vivía para el boletín de noticias, el programa interrumpido, la
improvisada y tartamudeante voz del periodista.
Cuando doblaba la
esquina de la galería, con la cartera adelantándose en el balanceo del brazo
(¿qué había en la cartera? Un cuartillo de «Wild Turkey» y un ejemplar en
cartoné de The Big Sleep), mis ojos tropezaron con una beldad, mejor dicho, los
de ella tropezaron con los míos y no me fue posible apartar la vista. Estaba
como una sopa y todo el maquillaje se le había mezclado, pero no parecía
desconsolada. De espaldas al enlucido que cubría los ladrillos, abiertas las
manos, con el dorso de las mismas contra el sacro, se separaba rítmicamente del
muro, haciendo fuerza con las manos y agachando la cabeza. Vi sus pies
descalzos, bajo el dobladillo de la falda de miriñaque. Llevaba el pelo corto,
en húmedos bucles que se
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le pegaban a la
frente, aunque en las sienes conservaba elasticidad y dureza.
«Usted debe de ser
el propietario».
«¿Cómo dice? ¿Eh?»,
sin duda dije eso, o algo tan estúpido como eso. Lo único que recuerdo es que
me quedé allí de pie, con la cartera en la mano, demasiado aturdido para
quitarme de debajo de la lluvia.
«¿No es usted el
dueño de Belle Isle?».
«Sí».
«Debe de ser
Lancelot Lamar».
«Acertó».
«Su aspecto no es
como me lo había figurado»… continuaba rebotando contra la pared y agachando la
cabeza, como una chiquilla de trece años, pero en realidad era una joven que
había superado la edad de presentarse en sociedad, una postreina del baile, de veintitrés
o veinticuatro años.
«¿Qué esperaba?».
«Un arrugado Sid
Blackmer o quizás un quejumbroso Hank Jones». Resultaba que tenían que ser
actores y resultaba que los conocía o
decía conocerlos.
Era la primera vez que yo los oía nombrar y, hoy en día, no distingo a un actor
de otro.
«¿Quiénes son?».
«Usted parece más
un malcarado Sterling Hayden, un miserable Sterling Hayden sureño, de pelo
negro, con prendas de tejido de Sirsa».
«¿Quién es?».
«Sterling Hayden
vino a menos y ahora lleva un bar de marineros en Macao».
«Parece
encantador». No llovía mucho, peso pasé a la galería para no mojarme más. «Y
usted es encantadora. Pero tengo calor, estoy cansado y necesito una copa. Creo
que entraré en la casa».
«Yo estoy empapada,
tengo frío y también necesito un trago».
La miré. No era lo
que se dice guapa y no era Scarlett (las demás beldades se esforzaban en ser
Scarlett, sonrisas descaradas y todo eso, pero tampoco eran preciosidades, a
decir verdad, eran loros, es más, loros mojados…). Su rostro era brillante y
oblicuo —¿se debía al modo en que echaba la cabeza hacia atrás para apartarse
de la pared?—, la boca demasiado grande. Seco, su áspero y tieso cabello
invitaba a la mano a apretarlo para probar su elasticidad (y cómo me encantó
después coger con ambas manos aquella cabellera, oprimirla desde las raíces,
con los puños,
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y tabletear en el
cráneo de Margot con violencia sorprendente para tratarse de una broma).
Saltaban gotas de lluvia de aquel pelo. Las manos de la mujer eran grandes. Por
alguna razón, nos las estrechamos cuando ella pronunció su nombre; la diestra,
al salir de la espalda, tenía diminutos hoyos pronunciados por el revoque y era
grande y cálida. La segunda vez que nos encontramos, en la recepción del
Festival de la Azalea, en Nueva Orleans (tuve que ir a recoger el cheque por su
utilización de Belle Isle), volvimos a estrecharnos la mano y, cuando la suya
tomó la mía, el índice de la mujer me hizo cosquillas en la palma. Me quedé de
una pieza. «¿Significa eso en Texas lo mismo que en Luisiana?», le pregunté.
Pareció confundida. Resultó que no, no significaba lo mismo. Su cuello era
esbelto, redondo y vulnerable, pero la espalda era fuerte y estriada. Me estoy
adelantando a mí mismo, volvamos a la primera vez. Lo que ella era o tenía, lo
que pude percibir y me hizo tragar saliva fue una curiosa y divertida voluptuosidad
directa, una inmadurez juvenil que cuando apareció en sus ojos, al mirarme, me
dio la impresión de que, después de todo, sólo era una broma. Observé que sus
pecas adoptaban una tonalidad de ciruelo en la piel húmeda y contusionada, bajo
los ojos. En aquel momento ignoraba el significado de aquel oscurecimiento de
las pecas. Sin embargo, presentí que las pecas formaban parte de la broma y la
voluptuosidad.
¡Qué extraño es el
cariño! Creo que te apreciaba a ti por motivos igualmente curiosos: con toda tu
taciturnidad, tu afición a la bebida y oficiosidad, había en ti algo frágil,
grácil y femenino. A veces, me entraban ganas de cogerte y apretujar esos descarnados
huesos tuyos… ¿te escandalizas? Al principio, te agarraba a menudo del brazo,
sólo para comprobar lo delgado que estabas. Luego, nunca nos tocábamos el uno
al otro. Tal vez estábamos demasiado unidos.
Ella encogió sus
desnudos hombros y se estremeció.
«Dije que un trago
también me vendría bien».
Pensé durante unos
segundos.
«¡Dios mío, qué
ceño! ¡Qué manera de morderse el labio! Da la impresión de que se dispone a
dirigirse al jurado. Me gusta el modo en que se muerde el labio cuando
reflexiona».
«¿Eso es verdad?».
«Sí, es verdad».
«Venga».
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Creo que la cogí de
la mano. ¡Estaba deseando coger otra vez aquella mano cálida, con pequeños
hoyos! De cualquier modo, y eso sucedía por segunda o tercera vez en mi vida,
me desvié del camino familiar de la rutinaria existencia —ya que incluso
entonces era una criatura de costumbres, que hacía lo mismo un día sí y otro
también—, la cogí con una mano, tomé la cartera con la otra y eché a andar, de
regreso, por la calzada de servicio, hacia el palomar, sitio verdaderamente
remoto para los turistas, criados y parientes, que no utilizaba nadie, salvo
Ellis, que guardaba allí las herramientas de jardinería, y la invité a entrar.
Naturalmente, entonces no estaba arreglado, sino que el polvo y el desorden
imperaban dentro, pero estaba seco y era agradable.
«¡Ambiente cálido!
¡Seco!». Batió palmas, apartó unas herramientas e hizo sitio para sentarse en
un sofá de columpio. «Me quitaré estos condenados trapos». Te aseguro que creo
que casi dijo mi, pero no en realidad: fue algo entre mi y me, del mismo modo que
se encontraba a mitad de camino entre Odessa (Texas) y Nueva Orleans.
¡Maldito si la
falda de miriñaque no funcionaba como unas chaparreras! Se enganchaba por
detrás y se desprendió mientras la muchacha acababa de quitarse la parte
superior, parecida a un jubón, y quedaba en pantalones y corpiño —supongo que
era un corpiño—, todo de colores violeta y verde como un arlequín. Recuerdo que
me pregunté en aquel momento: ¿Es esta mujer precisamente la que está tan
estupenda en pantalones o tendrá cualquier mujer un aspecto mejor presentada
con estas calzas? Y también me pregunté: ¿Qué chaladura les entró a nuestros
antepasados después para, pudiendo disfrutar de tan encantadora curva y
profundidad de muslos y nalgas, sentirse obligados, no a ocultarlas, sino a
parodiarlas, colocando un polisón detrás y un miriñaque por fuera? ¿Fue una
chifladura de las mujeres o una broma pesada que los hombres les gastaron?
La muchacha se
sentó, juntos los embarrados pies, separadas las rodillas, cruzados sobre ellas
los brazos extendidos, mientras contemplaba el techo por encima de las cejas.
«¿Había aquí
palomas?».
«Arriba. Todavía
quedan algunas. Escuche». Por la espiral de hierro de la escalera descendía el
zureo, pero enseguida arreció la lluvia y dejamos de oírlo.
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Abrí la cartera,
depositada entre ambos, y saqué el cuartillo de «Wild Turkey», 86 grados, tan
suave como el sol de primavera. Margot volvió a batir palmas y se echó a reír
sonoramente, la primera vez que escuché aquella carcajada, una risa de sirena
que dejaba oír cuando algo le hacía gracia de verdad.
«¡Qué diablos…!»,
se dirigió a las invisibles palomas que estaban encima de nosotros. «¿Proyectó
usted esto?».
«No, es que no
puedo dejarlo en el despacho, el empleado se aprovecharía».
«¡Oh, por los
cielos…! Dios mío, qué suerte. ¡Qué enorme buena suerte! Oh, Scott…». O algo
por el estilo, no me acuerdo muy bien. Lo que sí recuerdo es que en las dos o
tres exclamaciones capté matices incrustados en su original alta entonación de
Odessa (¿adulteración?): una pequeña influencia de la voz de su maestro aquí,
un poco de Nueva Orleans allí (aquel año se decía mucho eso de «Oh, Scott»), un
poco de Winston Churchill («enorme buena suerte»), un poco de Eduardo VII (al
fin y al cabo). ¿O era Ronnie Colman? Aún no la había oído despacharse a gusto
y jurar como un matón petrolero.
Me quité la
chaqueta y la corbata. Yo olía a jornada laboral en un bufete sin aire
acondicionado (Dios, aún odio el aire acondicionado, prefiero asarme, sudar,
apestar y beber agua helada. Ese es un motivo por el que me gusta estar aquí,
en la cárcel). La muchacha olía a crin húmeda y algo más, un aroma a almizcle
que hacía cosquillas en la nariz.
Debí de preguntarle
qué perfume usaba, porque recuerdo que ella habló de raíz de iris y volvió a
echarse a reír: la señorita Comosellame, gran dama y roquete del Festival de la
Azalea, lo quería todo auténtico.
«Creo que tomaré un
trago».
«¿De la botella?».
«Sí. Iré a buscarle
un poco de agua helada, si quiere».
Cuando terminé,
ella alzó la botella, sin dejar de mirar a su alrededor.
Se echó al coleto
su trago, brillantes los ojos.
«¿Hace esto todos
los días?».
«Normalmente, tomo
primero un baño, después me siento en la galería y Elgin me lleva un poco de
agua helada».
«Bueno, esto
también es bonito».
Bebimos de nuevo,
en silencio. Continuaba lloviendo con fuerza y no podíamos oír a las palomas.
Los autocares de la excursión maniobraban,
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destrozando el
césped, patinando en el barro, entre los chirridos de la transmisión.
«¿Tiene que
regresar con ellos?».
«También puedo
quedarme. ¿Vive usted aquí solo?».
«Sí».
«¿No está casado?».
«No. Lo estuve. Mi
esposa murió. Tengo un hijo y una hija, pero están fuera, en el colegio».
«Creí que el señor
y la señora Lamar eran marido y mujer».
«No, hijo y madre.
Pero mi madre murió el año pasado».
«¿Y está usted aquí
solo?».
«Sí».
«¿Completamente
solo?».
«Salvo por mis
hijos, pero rara vez están aquí».
«¡Yo no me movería
de este lugar!», exclamó la muchacha, al tiempo que miraba a su alrededor.
«Yo siempre estoy
aquí».
«Ya», dijo Margot,
sin escuchar, pero observándolo todo sin perder ningún detalle. Miraba y no
dejaba de mirar. «Qué estudio-apartamento más encantador se podría hacer con
todo esto. ¡Y esa escalera de caracol! ¡Inapreciable! ¿Sabe cuánto le pagarían
por eso en Nueva Orleans, alquilado?».
«No».
«Doscientos
cincuenta, por lo menos».
«No me vendrían
mal».
«¿Pretende decir
que no hace todo esto —indicó con un movimiento de cabeza los autocares, que
empezaban a marcharse en caravana— sólo para enseñar su preciosa casa?».
«Lo hago para ganar
dinero. No me gusta enseñar mi preciosa casa». «Hummmm». Lo que yo no sabía en
aquel momento era que su
cerebro trabajaba
en forma directa. Lo que la mujer pensaba era: Tengo diez millones de dólares y
tú no; tienes una gran casa y yo no; pero no me tienes a mí. Eres un individuo
entregado a la soledad y no piensas mucho en mujeres, pero ahora lo vas a hacer.
«Toque, mire lo fría que estoy».
«Muy bien».
Cogió mi mano y la
puso sobre su hombro desnudo. La carne era firme y estaba fresca, pero había
calor debajo de aquella frialdad.
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«Tiene usted una
mano muy grande. Mire lo pequeña que parece la mía, en comparación». Midió
nuestras manos, palma contra palma.
«No es tan
pequeña».
«No, no lo es. ¡Ju,
ju! ¡Ja, ja!», soltó una risotada. «Podría instalar ahí un cuarto de baño».
Señaló con nuestras manos la amplia alacena donde se guardaban las macetas.
«Una cocina allí. El dormitorio, arriba, ¡Imagíneselo! Vi Beauvoir la semana
pasada. Jeff Davis tenía un sitio como éste. Permítame que lo arregle para
usted».
«Está bien».
«¡Qué rinconcito
más mono!». Mono. ¿Dónde aprendió eso? En Odessa, no. Yo hacía años que no lo
oía. Era una palabra que decía la generación de mi madre; significaba lindo,
adorable, encantador. Margot, que no era realmente buena actriz, tenía buen
oído, sin embargo. Podía haber escuchado a mi madre durante cinco minutos,
atento el oído, y sacar un mono personal. «Pondría un tiesto allí, aprovecharía
una vieja puerta de vidriera, colgaría ahí mis Utrillos…».
«¿Utrillos
auténticos?».
Asintió con aire
distraído.
«¡Esas paredes!».
Asimilaba los famosos ángulos octogonales. Durante todo el rato, no cesábamos
de darle al botellín. Bebía a gollete
lo mismo que si
fuera refresco de cola, empleando la lengua para medir la ración y cortar el
chorro. Había escampado. El sol asomó por encima del dique y la estancia se
inundó de cálidos resplandores rosados, que reverberaban en los ladrillos.
Afuera, empezaron a croar las pequeñas ranas de las acequias.
«¿No podríamos
ponernos más cómodos? Estoy exhausta». Se había tendido simplemente sobre el
colchón del sofá de columpio, con la cabeza apoyada en una mano. «¿No hay
almohadones?».
Lo más parecido a
un almohadón que pude encontrar fue un cilindro de gomaespuma, un parachoques
de embarcación. Tomamos otro trago. Ella palmeó el colchón. Las reducidas
dimensiones de aquella colchoneta y aquél almohadón sólo permitían que
estuviésemos echados muy juntos, uno de cara al otro.
El sol había
aparecido muy poco antes del ocaso. Nos encontrábamos tendidos juntos,
envueltos en penumbra rosada, con la cabeza sobre el parachoques de botes, que
parecía tener impulsos propios. El único sitio donde yo podía poner el brazo
era cruzado encima de la cintura de la
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muchacha. Bajo el
talle, la cadera cubierta por los pantalones se elevó como una ola.
«Está muy
provocativo con esas prendas de sirsaca», dijo Margot, distraídamente, mientras
sus dedos tamborileaban sobre mi cadera. Estaba un poco bebida, pero también un
poco preocupada. Era extraño, pero permanecer tendido allí con ella hizo que
tomara conciencia de mí mismo, de mi propio cuerpo agitándose contra la
arrugada tela caliente.
La besé. Mejor
dicho, nuestros labios se unieron porque no tenían otro sitio al que acercarse.
Al besarnos, con el aguardiente aún en los labios, la boca de Margot se abrió,
incitándome a entrar, acogiéndome como un nuevo hogar. La cabeza de ella se
alzó y pasó por encima de la mía. Mi sirsaca empapada de sudor se fundió con su
raíz de iris, su carne mojada por la lluvia y la húmeda crinolina. En los
charcos y acequias de fuera, las ranas vivificadas por la lluvia habían
recobrado toda la voz y entonaban su coro. La torneada pierna de la muchacha,
cubierta por las calzas y arlequinada —no era una beldad auténtica, sino más
bien una tejana que había acudido al martes de carnaval—, se elevó, levitó y se
cruzó sobre mi cuerpo. Permaneció allí, agradable e intensa.
Nos echamos a reír
con alegría del lugar y de estar allí, bebimos, nos besamos y acaricié el
profundo arroyuelo de su espalda por encima de los pantalones.
«¿Tiene cerradura
la puerta?».
«No hace falta,
pero cerraremos si eso te hace sentir mejor».
«Me levanté,
introduje la llave de hierro, de veinte centímetros, y al darle la vuelta
resonó un chasquido impresionante».
«Dios mío, se ha
oído igual que la mazmorra de Chillon. Déjame ver esa llave».
Me tendí y le
entregué la llave de hierro. La sostuvo con una mano, mientras me sujetaba con
la otra, igualmente encaprichada de ambos. Le gustaban las antigüedades y hacer
el amor. En tanto examinaba la llave, me aprisionó con su muslo macizo y
agradable, como si tuviera que inmovilizarme mientras calculaba el valor de
aquel instrumento de hierro. No me quedó más remedio que echarme a reír.
Empezaba a hacerme cargo de su humor y su talante directo. Margot lo mismo
podía haber dicho: Tengo algo dulce para ti, muchacho, lo más dulce de que
hayas gozado jamás, pero aguarda un instante mientras le echo una ojeada a esta
vieja
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llave. Le
apasionaban las cosas viejas «auténticas». Texas sin duda tenía de todo, menos
cosas viejas.
No le faltaba
razón, tenía algo dulce y sabia, como sólo una mujer puede saberlo, con
absoluta certeza, que también me tenía a mí, que a través de alguna extraña
conjunción de tiempo, lugar y circunstancia y su igualmente extraña mezcla de
cálculo y humorismo y la imperturbable vehemencia carnal que yo le inspiraba
—oh, sí, me deseaba lo, mismo que deseaba mi casa—, conocía de manera infalible
el punto de convergencia del vector del deseo, la cálida zona cubierta de
algodón entre sus piernas, la pura negatividad, necesidad y carencia donde el
bien acomodado algodón se hundía y apartaba. Besé el algodón.
Bebimos y reímos
ante la alegría del momento y el descubrimiento: cada uno de nosotros tenía lo
que el otro deseaba, no exactamente «amor» en el sentido en que se emplea la
palabra, sino sus nuevos diez millones y mi vieja casa, su agradable
personalidad de Texas occidental y mi no menos apetecible aristocracia de
Luisiana, anglosajona y arruinada, bien nacido lord Sterling Hayden inglés
venido a menos en Macao. Era como unos raros desposorios reales, en los que los
novios se gustaban el uno al otro. ¿Gustarse? Amor. Reír y gritar jubilosamente
con la felicidad entre ellos.
Me encantaba su
carácter calculador y su manera fría de echar cuentas para sí. Mientras su
muslo se encontraba cruzado sobre mí, parecía tener conciencia de lo que estaba
haciendo, aplicado a la tarea de sondear la vida situada debajo de él, e
incluso mientras nos besábamos, los ojos de Margot relucían, entrecerrados,
mientras tomaba nota mental del palomar, lo bastante grande para albergar mil
palomas o un hombre. «Joya arquitectónica» lo llamó.
¿Pero qué es el
amor? Hasta entonces lo pensé. Porque, por tu querido y dulce Jesús, la amé
allí por su gracioso materialismo y entre sus exquisitas piernas y en su boca y
espléndida espalda acanalada que se hundía vertiginosamente en un talle firme y
estrecho antes de pasar fulgurante al culo más adorable de todo Texas
occidental, pero la amé también por su desenfadada franqueza de Texas e incluso
su celeridad para introducir en ese estilo, jerga de la escuela de arte
dramático de Dallas, el léxico de la parte alta de Nueva Orleans y Dios sabe
qué más.
En el fondo, era
una coleccionista, conservadora, restauradora, transformadora; incluso me
transformó a mí y se transformó a sí misma:
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cogía algo viejo,
abandonado, maltratado, lo salvaba, lo restauraba y lo aplicaba a un nuevo y
encantador uso. Le gustaba enormemente beber, reír y hacer el amor, pero casi
tanto, quizá más, y también orgásmicamente, le gustaba limpiar el guano dejado
durante cien años por las palomas y encontrar debajo un suelo de ciprés
espléndidamente engrasado por la mierda, convertir en estudio un palomar,
transformarme a mí en Jefferson Davis escribiendo sus memorias. Era una maga de
Texas.
Aquello era
distinto a estar «enamorado». Estuve «enamorado» de Lucy Cobb, mi primera
esposa.
La primera vez que
vi a Lucy Cobb: en la pista de tenis de Highlands (Carolina del Norte), yo era
el forastero de Luisiana, desasosegado entre los tranquilos naturales de
Georgia y las Carolinas, sin conocerlos y sin saber muy bien cómo debía
vestirme, por lo que siempre llevaba prendas inoportunas, chaqueta y corbata a
última hora de la tarde, y me mantenía Un poco apartado, debajo de un árbol,
con las manos en los bolsillos, mirando a los tenistas y pensando, a pesar de
mí mismo: Es una vergüenza que todos vosotros no sepáis quién soy, porque en
Luisiana la gente lo sabría, ya que Luisiana es lo que es, una pequeña
república criolla norteamericana que aprecia los deportes, las riñas a puñetazo
limpio, las peleas de gallos, los concursos, los tiroteos, La ley del revólver,
la victoria y, sobre todo, el fútbol americano, y allí estaba yo, en lo que
resultaba ser la cúspide de mi vida, elegido Atleta del Año por la Y.M.B.C. y
encima becario de Rhodes, como Whizzer White, cosa que contribuyó muy poco a
aumentar mi fama salvo por un peregrino detalle anecdótico («¡… y además es
listo!»)… Después de todo, el Sur era un lugar inmenso y la áspera camaradería
de Luisiana no iba a funcionar obligatoriamente allí entre las apagadas maneras
del Sur oriental, donde las personas parecían ir y venir, reunirse y separarse
siguiendo normas convenidas y tácitas. Yo era célebre en Luisiana, tan famoso
como el gobernador, y sólo por un motivo: la carrera de cien metros contra la
poderosa Alabama, y desconocido en Carolina.
Las tersas, morenas
y delgadas piernas de Lucy tijereteaban y resplandecían debajo de la falda
blanca. Cuando golpeaba la pelota, todo el cuerpo participaba en la acción, los
hombros, la espalda, inclusive la parte final de la pelvis. Sin duda había jugado
al tenis durante toda su vida. Correcta mientras permanecía inmóvil hablando,
se acercaba despacio a la red, reía, le daba la vuelta a la raqueta, bajaba la
vista, cuando servía,
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arqueaba el cuerpo
hacia atrás, luego estiraba el brazo por completo, después ejecutaba la flexión
y golpeaba la pelota, para balancearse por último con abandono entre burlón y
erótico. Una vez efectuado el saque, esperaba con el cuerpo encogido ágilmente,
trasladando su peso de una pierna a otra.
Lo que veo incluso
ahora, cuando pienso en ella, es el modo en que recogía la pelota, mejor dicho,
no la recogía, sino que la tocaba con la puntera de la blanca zapatilla,
impulsándola al cordaje de la raqueta mediante un primoroso movimiento del pie.
No, más que delgada, era esbelta, porque las coyunturas de sus extremidades,
tobillo, muñeca, codo, no mostraban hueso alguno, eran simples articulaciones.
Su moreno semblante
era un estudio bajo la lisa cabellera castaña peinada hacia atrás, con raya
divisoria central, el iris se contraía de tal modo en sus sonrientes ojos,
también castaños, que la muchacha parecía a la vez ciega y fervorosa. Tenía una
minúscula cicatriz en el labio superior, adornada por el sudor, en forma de
diamante, que ofrecía el efecto de un ligero pucherito. Era algo más que una
peculiaridad, como descubrí luego, el labio siempre tembloroso, indecisamente
estremecido en el mismo filo del chiste, la ironía, el enojo, el desagrado.
Aquella noche iba a
celebrarse un baile al aire libre, bajo las estrellas y los farolillos
japoneses. ¿Cómo invitarla? ¿Pedirle que me permitiera acompañarla?
¿Qué era lo que yo
deseaba? Sólo bailar con ella, tener entre mis brazos aquel grácil cuerpo
moreno, ni siquiera cerca del mío, sino ligeramente sostenido y apartado para
poder mirar el rostro de la muchacha y prender en los míos aquellos ojos
castaños.
¿Qué hacer, pues?
¿Acercarme por las buenas a las dos parejas de tenistas, entre un juego y otro,
y proponérselo sin más? ¿Mantenerme al acecho detrás de un árbol y abordar a la
chica cuando regresara a su quinta? ¿Sin ser presentados? ¿Qué ignorada norma
de Georgia-Carolina se quebrantaría?
Resultó, sí,
naturalmente, que debí habérmelo propuesto, de cualquier modo, y que, desde
luego, no había normas. Y resultó que ella también había reparado en mí, como
las muchachas hacen: viendo sin mirar y preguntándose quién sería aquel mozo
alto que la observaba desde debajo de un árbol, con las manos en los bolsillos.
¿Por qué no se me acerca y dice lo que tenga que decir? ¿Por qué no viene a
pedirme que le acompañe
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al baile? Era
franca: posteriormente, cuando fui a la casa de sus padres y me encontraba
allí, sonriendo y contemplándola, dominado por una timidez nada característica
(¿Qué normas regían en las casas?), ella incluso dijo: ¿y bien? Plantea tu
asunto.
Nos casamos, nos
trasladamos a Belle Isle, tuvimos dos hijos. Y luego murió. Supongo que su
muerte fue trágica. Pero a mí me pareció simplemente curiosa. ¡Qué curioso fue
que aumentara progresivamente su palidez, que adelgazara, que se debilitara y
muriera en pocos meses! Su sangre se tornó leche… las células blancas
sustituyeron a las células rojas. ¡Qué curioso despertarse una mañana solo otra
vez en Belle Isle, tan solo como había estado en mi juventud!
Jesús, entra y
siéntate. Tienes un aspecto espantoso. Esta mañana pareces tú el paciente, no
yo. ¿Por qué estás pálido y triste? Al fin y al cabo, se supone que el de las
buenas noticias eres tú, no yo. Conociéndote como te conozco, creo saber lo que
te aflige. No te falla la fe, pero estás pensando: Cristo, ¿qué más da? ¿Te ha
vuelto la espalda tu Dios? ¿Era más fácil en Biafra que en la llana y vieja
Luisiana (Estados Unidos)?
En fin, por lo
menos yo tengo buenas noticias. ¡La muchacha de la habitación de al lado
contestó a mi llamada! ¡Di un golpe y ella correspondió con otro! No ha captado
la idea de que podemos inventar un nuevo lenguaje. Sólo repite el golpe, los
dos golpes. Es un principio, una comunicación de alguna clase, ¿no? Cuando
probé con una frase, no ¿quién es usted?, sino ¿cómo está usted? (porque la c
sólo tiene tres golpes, mientras que la q necesita diecisiete), ella guardó
silencio.
¿Cómo simplificar
el código? ¿Qué te parece pasar una nota desde mi ventana a la suya? Mira cómo
he enderezado esta percha, pero no es suficiente. Dos perchas, quizás.
¿Cómo? ¿Que por qué
no salgo y voy a verla?
Pero es que no está
dispuesta a hablar con nadie. Hummm. Te das cuenta de que ésa es la cuestión.
Conversar en la vieja lengua, la vieja y gastada lengua. No puede hacerse.
Por otra parte,
también podría llegar a su puerta y dar dos golpecitos.
Ella sabría quién
llamaba y contestaría o no contestaría.
¿Qué hacer
entonces? ¿Hablar? ¿Hablar de qué? Descubrí hace años que no tenía nada que
decir a nadie, ni nadie tenía nada que decirme a mí,
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nada que mereciese
la pena escuchar. No quedaba nada que decir. De modo que dejé de hablar. Hasta
que te presentaste tú. No sé por qué deseaba hablar contigo, ni qué necesitaba
decirte o escuchar que me dijeras. Hay algo… referente a aquella noche… descubrí
algo. Resulta extraño: he de decírtelo para saber lo que ya sé. Yo hablo, tú
no. Quizás sepas mejor que yo que ya se han dicho demasiadas cosas. Tal vez te
hablo debido a tu silencio. Tu silencio es la única conversación que puedo
escuchar.
Así, pues, ¿qué
quiero de ella, de la mujer de la puerta de al lado?
En cierta extraña
forma, es como Lucy. ¡Lucy era virgen! y yo no la quería de otro modo. Lo que
deseaba era bailar con ella en una noche de verano, tenerla cogida ligeramente
y mirar el fondo de sus ojos. Deseaba las nalgas deliciosas y tejanas de Margot
y deseaba los opacos ojos georgianos de Lucy.
Esa chica de la
celda contigua no es virgen. La violaron tres hombres en una noche, quienes la
obligaron después a que les obsequiara con sendas felaciones.
He averiguado más
cosas acerca de ella. La verdad es que me las ingenié para echar un vistazo a
su historia clínica, mientras las enfermeras tomaban café en su salita. Tiene
veintinueve años y es oriunda de Georgia, como Lucy. Salió de Agnes Scott, un
estupendo colegio femenino, y fue a vivir a una comunidad de artistas
establecida en La Jolla. La vulgar y aburrida historia de nuestra época. Luego
cambió de idea, acerca de California y la Nueva Vida (que, naturalmente, no es
en absoluto una vida nueva, sino el último espasmo de la vieja, la lógica e
inevitable culminación, la mismísima caricatura de la vieja, porque la vida
nueva no es ni más ni menos que la que sus padres llevarían, si se atreviesen),
y se mudó al Noveno Distrito de Nueva Orleans, vivió en el proyecto Deseo, se
brindó al servicio del género humano. Después de lo cual, el género humano
aceptó su ofrecimiento, la violó en bien de sus sufrimientos y la dejó por
muerta en el Barrio.
¿En qué sentido,
pues, es como Lucy? ¿Cómo es que ella es la Lucy del nuevo mundo? ¿Se debe a
que la violación que padeció ha restaurado en cierta manera su virginidad, lo
mismo que una persona que se recupera de la peste es inmune a la peste? No
acabo de entender por qué me parece tan semejante a Lucy, salvo por la
circunstancia de que deseo de ella lo mismo que deseaba de Lucy: acercarme,
pero mantener una pequeña
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distancia entre
nosotros, formularle las preguntas más sencillas en un lenguaje nuevo —¿Cómo
estás?—, sólo para oír el sonido de su voz, tocarle la yema de los dedos,
dejarle franquear una puerta delante de mí, apoyada levemente mi mano en su
cintura.
La noche del día en
que descubrí la infidelidad de Margot, abandoné el viejo sendero de mi norma de
vida, dejé de beber, por primera vez en varios años, me bañé, me afeité, me
puse ropa limpia y pasé la noche completamente despierto y desvelado, en mi mecedora,
colocada de forma que, mirando por una ventana y por el único cristal claro que
había en la puerta de vidriera que Margot efectivamente encontró para mí (el
detalle definitivo que, según dijo Margot, convertiría el palomar en un
rinconcito encantador, y así fue), podía ver Belle Isle y la mayor parte de la
avenida particular.
Mis compañeros de
cena se habían marchado a Holiday Inn hacia las once, para ver las tomas de la
semana. En eso no se tardaba más de una hora, pero después se les iba el santo
al cielo con el debate posterior, «una especie de tira y afloja verbal, más que
una serie de argumentaciones», decía Margot, debate que se prolongaba hasta la
una o las dos de la madrugada.
Me preguntaba
cuánto duraría aquella noche el tira y afloja verbal y, en vez de empinar el
codo hasta quedarme dormido, permanecí despierto, vigilante.
Margot no volvió a
casa en toda la noche.
Mejor dicho, su
ranchera «Country Squire», en la que sólo iba ella, entró en la calzada a las
ocho y media de la mañana, rodando tan despacio que los neumáticos apenas
produjeron chirrido alguno sobre la gravilla. Tan puntualmente como Kant
partiendo hacia la universidad a las seis exactas, para que los tenderos
pusieran sus relojes en hora cuando pasase por delante de sus establecimientos,
había sido mi costumbre levantarme a las nueve en punto, con resaca, pastosa la
boca, fétido el aliento, trémulas las manos, ir con paso vacilante hasta la
ducha fría y, después, tomar un trago. Exactamente a las nueve y treinta y
siete (dos minutos después de las noticias), me sentaba a la mesa de Belle Isle
para desayunar. A las diez y cuarto, ya estaba en mi despacho, durante los
sesenta ayudando a los negros y, en los setenta, administrando los bienes de
ancianas damas.
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Aquella mañana
estaba en mi mecedora estilo plantación, sereno y despejado, y continué
balanceándome durante un rato.
Me senté a la mesa
del desayuno a la hora de costumbre. Margot comía con entusiasmo, apoyados los
codos en la mesa, inclinada la nerviosa cabecita sobre unos humeantes huevos
revueltos. Me tembló la mano ligeramente al tomar un sorbo de café; se me contrajo
el estómago como si reaccionase contra el primer trago caliente de whisky de la
jornada.
«¿Qué tal salieron
las tomas?».
«¡Oh, Dios! Un
fracaso tras otro. El endemoniado color se apagó otra vez. Bob se subía por las
paredes».
Ahora, la palabra
era endemoniado. Merlin no era realmente inglés, pero había vivido allí el
tiempo suficiente como para que todo fuese endemoniado esto y endemoniado
aquello.
En mi recién
estrenada sobriedad, las cosas resultaban mejores y peores. Mis sentidos se
habían agudizado, eran excesivamente agudos. Me daba cuenta de la urdimbre y la
trama del mantel. Mis ojos siguieron un hilo que subía y bajaba, entrelazándose
con otros. Observé puntitos de porcelana blanca asomando bajo la desgastada
línea de oro que bordeaba el filo de la taza de café, donde los labios solían
posarse, a noventa grados del asa. Cuando Elgin me tocó para ver si yo deseaba
más café, faltó muy poco para que saltase de la silla.
Contemplé a Margot.
Comía como un caballo y parecía encontrarse estupendamente, no regordeta, sino
firme y bien pertrechada. Diez años la habían transformado, de una muchacha de
Texas inexperta, retozona y vivaracha como un potro mesteño, dispuesta a erigirse
en castellana y señora de Belle Isle, había pasado a ser más luisianense que
los propios luisianenses, porque éstos no se daban cuenta de hasta qué punto lo
eran y ella sí. Su rostro resultaba un poco más suavizado y voluptuoso, como
sólo puede ser voluptuosa una mujer de treinta y dos años. Había ahora una
tenue pecosidad en sus hombros desnudos, consecuencia del golf, como si fuera
una profesional. En la fina, clara y translúcida piel, junto al puente de la
nariz, las pecas se habían fundido en un ensombrecimiento que en cualquier otra
mujer parecerían círculos bajo los ojos, pero que en Margot eran simplemente
madurez y leves tonalidades de color ciruela. Al sentarse, arrellanaba sus
posaderas para que encajasen perfectamente en el hueco en forma de B del
asiento de su silla.
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Exteriormente, nada
había cambiado. Sin embargo, cuando doblé el periódico y eché hacia atrás la
silla para levantarme de la mesa, Margot se limpió de los labios la última
partícula de tocino y dijo, casi para sí: «Al final, estaba cansada… a decir
verdad, me sentí indispuesta como un chucho, de modo que decidí quedarme en el
parador, abordé a Raine y me dijo: Hermana, ven a mi cuarto».
Nada había
cambiado, salvo que, cuando dio esa explicación, yo me disponía a retirarme de
la mesa y me detuve un segundo, con los brazos estirados hacia el borde del
mueble. Más de un segundo, porque mis ojos se posaban en el minutero de mi
reloj. Una mosca se deslizó por la correa de oro (regalo de Margot). Aguardé a
que llegase a la muñeca. La mosca lo hizo. La observé tocar un pelo. Se metió
debajo del vello, plegó y se frotó las alas. Al hacerlo, agitó el pelo. Este
movió su raíz, que alteró un nervio, el cual remitió un mensaje a mi cerebro.
Sentí un cosquilleo.
Fui a mi despacho
como de costumbre, volví a casa para almorzar como de costumbre, regresé luego
al palomar como de costumbre, pero en vez de tomar tres copas y dormir la
siesta, llamé a Elgin.
Explícame una cosa.
¿Por qué sabía yo la verdad acerca de Margot y la sabía con absoluta certeza?
Mejor dicho, ¿por qué, conociendo la verdad, tenía que saber más, demostrar
más, comprendes? ¿Es que uno necesita averiguar cada vez más, siempre más, para
ir aplazando la acción o tal vez incluso para no hacer nada en absoluto?
Pero ¿por qué? ¿Por
qué se convirtió en lo más importante, en la única obsesión de mi vida,
determinar si Margot dormía o no con Merlin, cuando lo cierto es que sabía que
lo estaba haciendo, o por lo menos se acostaba con alguien que no era yo?
Supongo que, en tu calidad de doctor-científico y experto en almas, tratante en
culpabilidad y liberación de ella, así como especialista en clasificación de
pecados, sabrás tan bien como yo que eso, su fornicación, la fornicación de
cualquiera, no pasa de ser un encuentro de moléculas con moléculas y el
estallido de pequeñas ráfagas de electrones a lo largo de nervios diminutos… en
nada distinto al frotamiento de las alas de una mosca doméstica debajo de mi
vello.
Vaya, por una vez
dejas de lado tu ironía y pareces solemne. ¿Que si la amaba?, preguntas.
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Amor. Huramm.
Cuanto más viejo me hago, menos sé acerca de tan grandes temas. Eso sí que
puedo afirmarlo. Hubo un tiempo, inmediatamente antes y después de que nos
casáramos, en que no podía abstenerme de tocarla. Nunca me hartaba de Margot.
La misma conducta que detestaba en los demás, la ponía continuamente en
práctica con ella y ni por un segundo me importó lo que dijesen; la tocaba en
público. ¡La acariciaba! Iba con ella al supermercado, sopesaba en una mano la
roja carne vacuna y sostenía en la otra la cálida mano de Margot y en el
aparcamiento, a las cuatro de la tarde ¡besuqueo! ¡Fiesta! Avanzábamos
carretera adelante como pobres diablos blancos en una camioneta, pegadas las
cabezas, hombro con hombro, cadera contra cadera, muslo junto a muslo, con mi
mamo derecha hundida cariñosamente entre sus piernas.
Incluso después,
cuando ambos bebíamos demasiado, era estupendo, beber, emborracharse y acabar
empotrados de cualquier manera posible, en el suelo, encima de la mesa, debajo
de la mesa, de pie en el guardarropa durante una fiesta. No existía más
pensamiento que el de poseerla, disfrutar tanto de ella como de mí y de todas
las formas, todas las formas parecían eternas. Beber, reír y hacer el amor, es
una buena vida. Ni siquiera el matrimonio lo estropeó. Durante una temporada.
¿La amaba entonces,
aquel día de que hablo? Amor. No, amor, no. Ni odio, ni siquiera celos. ¿Qué
significan esas viejas palabras? ¿Emociones? ¿Ha habido alguna vez eso que
llamamos emociones? En tal caso, la gente experimenta hoy en día menos
emociones que antes. Los actores de Merlin pueden manifestar quince emociones
corrientes distintas y no compartir entre ellos un solo sentimiento auténtico.
No, mi única
«emoción» fue una sensación de cobrar vida de pronto, ese desvelo peculiar que
le produce a uno el teléfono cuando suena en mitad de la noche. Eso y una
curiosidad devoradora. Tenía que saber. Si Merlin «conocía» a mi esposa, yo
tenía que saber hasta dónde llegaba ese conocimiento.
¿Por qué? Lo
ignoro. Te lo pregunto. Eso es lo que deseo de ti. Al desconocer el motivo, no
sé realmente por qué hice lo que hice. Sólo que, por primera vez en varios
años, supe lo que tenía que hacer exactamente. Llamé a Elgin.
A Elgin le
sorprendió que le llamase, y se quedó más sorprendido todavía cuando me vio. Ni
botella, ni bebidas, ni sueñecitos, ni televisión,
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ni paseos por la
estancia, con las manos en los bolsillos, sino allí inmóvil, tranquilo y
vigilante.
«Siéntate, Elgin».
«Sí, señor».
Nos sentamos en dos
sillas de esclavo. Recuerdo que Elgin pronunciaba parlamentos turísticos aquel
verano y aún llevaba puesta su chaqueta de guía con el escudo de armas de Belle
Isle en el bolsillo de la pechera, una librea que ningún servidor de la casa
había llevado nunca, pero que según calculó mi abuelo debía satisfacer las
necesidades de los turistas en cuanto a lo que tenía que llevar un apropiado
guía y un auténtico mayordomo del Sur.
La expresión de
Elgin no se alteró. El único indicio de su sorpresa consistió en que, aunque su
rostro estaba ligeramente desviado, inclinó la cabeza como si fuese algo sordo,
pero sus ojos no se apartaron de los míos y observé en ellos cierta cautela disimulada.
«Elgin, voy a
pedirte un favor».
«Sí, señor».
«No es difícil. La
cuestión es que quiero que me lo hagas sin que tenga que darte más
explicaciones. ¿Lo harás?».
«Sí, señor», repuso
Elgin, sin que su tono cambiase ni parpadearan sus ojos. «Aunque se trate de
algo criminal o inmoral —esbozó una leve sonrisita—. Usted sabe que haría
cualquier cosa que usted me pidiese».
Elgin estaba en el
curso superior del I.T.M. y tenía, según él, dos razones para sentirse
agradecido conmigo, aunque yo distaba mucho de confiaren la gratitud, un estado
de ánimo de poco fiar, en caso de que la gratitud exista. Y, a decir verdad, no
había hecho gran cosa por Elgin, aparte de esa clase de favores que no cuestan
nada, que los nativos liberales suelen hacer y que son casi irresistibles para
el que los hace, si no por el placer de hacerlo, al menos porque rinden a
cambio un beneficio a uno y un buen sentimiento a otro, ambas cosas
desproporcionadas en relación con el esfuerzo involucrado. Ese era uno de los
deleites de los años 60: resultaba facilísimo hacer algo sin importancia, pero
que parecía una enormidad. Nos encerrábamos en nuestra propia sensación de
virtud y en lo que dábamos por descontado sería su agradecimiento. Quizás por
eso no duró mucho. ¿Quién puede soportar el agradecimiento?
Le ayudé a
conseguir una beca, lo que me costó muy poco, dado que la Ivy League andaba
frenética buscando algún negro que supiese leer y
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contar sin tener
que recurrir a los dedos y puesto que Elgin se había graduado en St. Augustine
con el número uno de la clase y obtuvo el máximo galardón en el concurso
estatal de ciencia, con un proyecto que demostraba la revolución de los
electrones y que nunca llegué a entender del todo.
De modo que Elgin
era inteligente, Elgin estaba muy bien educado e instruido. Elgin sabía leer y
escribir mejor que la mayoría de los blancos. Y sin embargo… Sin embargo, Elgin
habla aún con lengua de trapo, dice rohar en vez de rogar, sáado en vez de sábado
y shicos en vez de chicos.
Era un joven
delgado, pero bien constituido, de piel color malva oscuro, rostro estrecho y
vivo, pelo cortado por encima de las orejas, corte nada africano, y cuello
afeitado como un joven republicano, y últimamente había adoptado una actitud
melindrosamente ceñuda que me irritaba un poco, como me irrita cierta clase de
científico que ignora lo que no sabe y que lo desacredita más de lo debido.
Elgin era uno de ellos. Sugería la idea de haber dado un salto y, desde su
condición de niño negro de Luisiana que jugaba a las bolas bajo un árbol de
caoba, haberse transformado en sabihondo estudiante de último curso en el
I.T.M., franqueando no sólo el Sur en pleno, sino también toda la historia. Y
quizás sabía lo que llevaba entre manos. De la parcela de algodón a la física
cuántica y contento de no haber hecho un solo alto en el camino.
Pero su familia y
él aún tenían otra razón por la que estarme agradecidos, una razón ligeramente
falsa, la verdad, que en mi talante liberal ligeramente falso me alegraba de no
tener que aclarar. Elgin pensaba que yo salvé a su familia del Ku Klux Klan. En
cierto modo, lo hice. Su padre, Ellis, y su madre, Suellen, nuestros fieles y
hasta poco antes mal pagados servidores, y su hermano pequeño Fluker, habían
recibido amenazas del Klan local, porque la Iglesia de Ellis (era predicador en
régimen de dedicación parcial) se había utilizado como centro de reunión por
parte de CORE, Snick o alguna de esas organizaciones negras. Quemaron una cruz
y amenazaron con prender fuego al templo e ir a «cargarse» a los Buell. Cierto
que fui a ver al Gran Kleagle y el hostigamiento terminó. Según la historia,
que nunca he tenido la energía niel deseo de corregir, me enfrenté, conforme a
la mítica tradición de los Lamar, al Kleagle en su madriguera, le reté a «salir
a la calle» y le solté algún ultimátum típico de inminente tiroteo del
Suroeste, algo como: «Escucha bien, hijo de perra, no sé cuál de vosotros está
molestando a
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Ellis, pero te hago
a ti responsable y si alguien toca un solo pelo de cualquier cabeza Buell, te
dejaré seco de un tiro», etcétera, etcétera. Puse coto a la cuestión, desde
luego, pero de una manera más acorde con las complejidades y realidades sureñas
que la de los simples sueños de los sesenta, cuando sólo había buenas personas
y malas personas. Fui a ver al Gran Kleagle, eso sí, que no era otro que J. B.
Jenkins, un mocetón estúpido que en el instituto y en la universidad solía
jugar en mi mismo equipo. Era gigantesco y tonto y tan buen medio como se pueda
ser e incluso se las arregló después para salir sin título de una escuela
estatal, hazaña nada despreciable en aquellas fechas, y desde entonces operó,
no una estación de servicio de la Gulf Oil, sino una estación de servicio de la
Gulf Coast Oil. Era un buen hombre de familia, creía en Jesucristo, en
Norteamérica, en el estilo de vida del Sur, odiaba a comunistas y liberales, y
no estaba totalmente equivocado en sus consideraciones sobre tales asuntos. De
cualquier modo, toda nuestra conversación en la sofocante chabola de hojalata
galvanizada de su gasolinera de la Gulf Coast Oil fue así: «Mira, J. B., quiero
que me hagas un favor». «¿De qué se trata, Lance, viejo compinche?». «Sabes lo
que quiero. Quiero que me dejéis en paz a Ellis y su Iglesia». «Vamos, maldita
sea, Lance, estás tan bien enterado como yo de que allí no hay más que un
puñado de judíos comunistas que están soliviantando a los negros». «¿Aceptas mi
palabra sobre una cosa, J. B.?». «Sabes que sí». «Te garantizo que allí no hay
judíos ni comunistas y estoy dispuesto a jurarte que Ellis es un buen
anabaptista temeroso de Dios, lo mismo que tú, y que no puedes recelar daño
alguno por su parte». «Sí, pero es un negro más que engreído». «Sí, pero es mi
negro, J. B. Lleva cuarenta años trabajando para nosotros y te consta». «Bueno,
eso es verdad. En fin, está bien, Lance. No te preocupes más. Tomemos un
trago». Así que bebimos unas copas de whisky puro de tres dólares en aquella
choza metálica con una temperatura de cuarenta y cinco grados. El sudor brotaba
de nuestras cabezas, como aureolas. Y eso fue todo.
Ah, bueno. Como te
digo, la vida real es más complicada y ambigua que en las películas. Ellis
Buell era agradecido. Ellis Buell había visto demasiada televisión y La ley del
revólver. «Teníais que haber visto al señor Lance parándole los pies a ese
pelagatos blanco». Y todo eso.
Su hijo Elgin era
otra cuestión. La verdad es que Elgin era el único al que, de un modo u otro,
le importaban un bledo tales asuntos. Como Arquímedes, estaba más interesado,
exclusivamente interesado, en escribir
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sus fórmulas y le
tenía sin cuidado, ni siquiera se percataría de ello, el que fuera un miembro
del Ku Klux Klan o un soldado romano quien le levantara la mano.
Elgin, creo, habría
hecho lo que le pidiese, no impulsado por el agradecimiento (él y yo sabíamos
que ésa era una emoción negativa), sino porque simpatizaba conmigo y me tenía
lástima. A diferencia de él, yo había sido incapaz de huir a través de las simples
complejidades de la ciencia. Lo único que Elgin tenía que hacer era resolver el
misterio del universo, que puede ser difícil, pero no tan difícil como llevar
una vida corriente.
Por mi parte, había
contado también con que mi petición le intrigase como una especie de juego
matemático, precisamente lo que era. Le intrigó.
¿Se te ha ocurrido
alguna vez que después de nuestro ingreso en la universidad nunca nos tocamos
el uno al otro? ¿Recuerdas aquel día que caminábamos por la calle de Borbón,
tras dos marineros rusos que iban cogidos de la mano? ¿Te acuerdas de aquella
ocasión en que dormimos en la cama de un motel de Jackson (Mississippi), con
una puta entre nosotros? ¿Por qué nos pareció correcto atacar simultáneamente a
la pobre puta pero en ningún momento nos tocábamos el uno al otro? ¿Quién está
loco, nosotros o los rusos?
Ah, me tocas en el
hombro. ¿Sabes que estoy desconcertado?
Oh, Dios, algo
marcha mal en mi cerebro. Se ha vuelto a quedar en blanco. Es un poco
aterrador. No me vendría mal un trago. Todo el mundo habla de los horrores de
la bebida, que son bastante reales, pero nadie dice nada de sus encantos. Tu
Dios nos regaló el vino, ¿no?, y organizó buenas fiestas. Medio borracho, lo
recuerdo todo, lo veo todo tal como es y como era, la belleza que tiene, más
que lo triste. Podría recordar todo lo que hicimos. Había entonces una
encantadora relajación, una manga ancha que transformaba mágicamente aquellas
tardes tristes sureñas en un jardín de las delicias. ¿Verdad que sí? Pasamos
buenos ratos, tú y yo. Luego, la juventud terminó y tú te marchaste hacia Dios.
Yo ingresé en la A.C.L.U. y me hice liberal. Después, me entregué a la bebida.
Sobrio, no podía soportar la vista de Belle Isle y los grandes robles; parecían
melancólicos,
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agotados y
autodestruidos. Cinco buenos tragos y de nuevo volvían a ser como antes.
No es que no pueda
recordar. Está todo allí, lo que sucedió, desplegado como un mapa, pero me
cuesta un trabajo ímprobo reunir mis pensamientos, concentrarme en ellos.
Quizás me acuerdo demasiado bien, como cuando uno se aprende de memoria un
discurso, lo recita una docena de veces ante el espejo y, al llegar el momento
de pronunciarlo, no le sale la primera palabra.
Una vez mi padre me
habló de una pesadilla que se repetía y le despertaba reiteradamente. ¿Y si uno
fracasa sin paliativos en lo que se ha propuesto hacer en la vida, fracasa por
completo, no consigue recordar la primera palabra, tener la primera idea, llevar
a cabo el acto más sencillo, cumplir la tarea más fácil? Como un actor que
olvida su texto y provoca una terrible desorientación al interrumpir el
desarrollo fluido de la obra. ¿Y si uno tiene que levantarse para dirigirse al
jurado y se encuentra con el cerebro en blanco? (Mi padre estaba licenciado en
derecho por Harvard, pero nunca ejerció la carrera). En mi fuero interno, creo
que temía que, de todos los habitantes del planeta, sólo él fracasaría y el
mundo se vendría abajo de pura vergüenza ante tal fracaso.
Con semejante
miedo, ¿qué le ocurre a un hombre? Nada. No podía, le era imposible intentar
algo, paralizado por el temor de que el mundo dejase de girar si él fallaba. De
modo que se convirtió en director del segundo en importancia de los dos
semanarios de una parroquia, padeció «debilidad pulmonar», sea lo que fuere
eso, no tuberculosis, sino «predisposición» a ella, y pasó a ser un
semi-inválido que dedicaba sus días a escribir poemas y artículos históricos.
Alcanzó el punto culminante de su existencia cuando el Club Kiwanis lo eligió
Poeta Laureado de la Parroquia Feliciana.
Permíteme que te
cuente el secreto de la familia, que ni siquiera tú conoces, aunque sepas todo
lo demás. ¿Sabes que creo sinceramente que su esposa, mi madre, Lily, también
le hacía los cuernos? Recuerdo a tío Harry, conocido igualmente por el
sobrenombre de «Reventador», un primo lejano de ella, elegante y corpulento
vendedor de Schenley, antiguo vendedor del Realsilk, que, en mi infancia,
siempre estaba entrando y saliendo de Belle Isle. Nadie se alegraba de verle
tanto como yo, porque me llevaba los juguetes más caros, equipos «Erector»,
navajas de explorador de veinte hojas, y me lanzaba por el aire hasta tres
metros de
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altura… ¡felicidad!
¡chillidos! Los niños son más fáciles de sobornar que los perros cocker. Y allí
estaba mi padre, reclinado en un sofá, bajo una alfombra afgana, en la galería
superior, mirando la alameda de robles y escribiendo poemas que no eran tan
buenos como el Evangeline, de Longfellow, que eran bastante malos, aunque del
mismo estilo, amables crónicas históricas cada vez que localizaba otro viejo
templo «no romano». Tío Harry se presentaba estruendosamente en su «Buick»
descapotable y anunciaba a grito pelado: «Llevo a todo el mundo de excursión al
río False». Mi padre insistía en que fuera mi madre; ella necesitaba aire puro.
Suellen puede cuidar de mí, ¿no es cierto, Suellen? «Venga, vamos, señorita
Lily, no ha ido usted a ninguna parte en todo el verano». Y se iban, nos íbamos
—yo iba a veces, pero no siempre— de «excursión en coche». ¡Dios, una excursión
en coche! ¡Jesús!, ¿te lo imaginas…? Naturalmente, la cuestión no es por qué,
sino por qué no. Ja, ja, qué risa, en cierto sentido. Porque nosotros éramos
una familia tan honorable. Y, claro, aquí está la pregunta más intrigante de
todas: ¿Lo supo mi padre desde el principio?
Qué desdichado
pareces. ¿Quién es la causa de tu infelicidad? ¿Yo? ¿Lily? ¿Mi padre? ¿La
pecadora humanidad sufriente? ¿Tu propia familia melancólicamente hundida?
¿Estás interpretando ahora el papel de sacerdote?
¿Elgin? Sí, tienes
razón. Hablábamos de Elgin. Sí. No. Aguarda. Mencioné un mapa. No era un mapa.
Era un plano de planta. Lo recuerdo. Le di a Elgin un plano del Holiday Inn,
que aquella misma tarde me había proporcionado mi tío Lock, Bushrod Laughlin Lamar,
que llevaba el parador.
«Elgin, aquí tienes
un plano del Holiday Inn».
«Sí, señor». Lo
cogió. A juzgar por su reacción, lo mismo podía haber sido el cheque de su
salario.
¿Ha logrado alguien
sorprender alguna vez a los negros?
«Hay un problema en
el que tal vez puedas ayudarme. No necesitas conocer los detalles. Basta con
que te diga que estoy preocupado por mi hija Lucy, que es joven e impresionable
y cabe la posibilidad de que se haya metido en dificultades por culpa de las drogas,
Pero antes he de enterarme de los hechos, empezando por los sitios a donde va y
en qué pasa el tiempo».
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Elgin escudriñó el
plano con mirada tan intensa que dio la impresión de esperar ver allí a Lucy.
«Quiero que hagas
lo siguiente. Quiero que te inscribas en el Holiday Inn, que pases allí las
tres próximas noches y tomes nota de las entradas y salidas de Lucy. Ya sabes,
el personal cinematográfico se hospeda allí y, como la chica anda loca por las
películas, no hace más que merodear a todas horas por la hostería. Apunta a
todos los que conoces: Merlin, Troy Dana, Janos Jacoby, Raine Robinette,
incluso a mi esposa y a mí. Quiero un cuadro de conjunto. ¿Comprendes?».
Su rápida, opaca y
única mirada me indicó que había comprendido. Comprendido y accedido.
Comprendido incluso que había algo que yo necesitaba saber, pero que no deseaba
decirle, ni él deseaba que se lo dijese.
«Este es el
problema. Considéralo un juego matemático. Quiero que elijas una de esas
habitaciones. Lo he arreglado todo con Lock, puedes quedarte con la habitación
que quieras, él sabe que estás en la película».
Puse el plano de
planta encima de la mesa escritorio, entre Elgin y yo, y escribí nombres en el
hueco de algunas habitaciones.
«La idea consiste
en escoger una habitación o cualquier otra atalaya desde donde puedan
observarse los siguientes puntos: la puerta interior de la Sala Adelfa, esta de
aquí —que es donde se pasan las tomas, la habitación de Dana, que es ésta, la
de Raine, que es esa de ahí, la de Merlin, que está ahí, y la de Jacoby, que es
ésta. Llegamos al obstáculo (algo que sin duda te interesará… a mí me
confunde): no habría problema si el patio interior fuese cuadrangular. No
tendrías que hacer más que sentarte junto a la ventana de cualquiera de casi
todas las habitaciones y lo dominarías todo, incluido el cuarto de Merlin, que
está en la segunda planta. Te limitarías a elegir una habitación, ésta, por
ejemplo, en el lado opuesto de la primera planta. Pero, como ves, no es tan
sencillo. El patio tiene forma de L. Así que, si tomas esa habitación, no verás
la de Raine. Y si coges esta otra, podrás ver la de Raine, pero no la de
Merlin».
«Hummm». Elgin ya
estaba interesado, transportado de los poco elegantes misterios de las
actividades de los blancos a la elegante simplicidad de la geometría.
Utilizando el pulgar, empezó a empujarse el labio superior por encima del
colmillo, un hábito nuevo. Supongo que se lo copió a alguno de sus profesores
del I.T.M.
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«Coge esos
prismáticos, Elgin. Son excelentes para la noche. No olvides tu cuaderno.
Tomarás nota en él de todo lo que observes: no sólo la hora exacta en que
alguien entra o sale de una habitación, sino todo cuanto puedas observar, lo
que una persona lleve consigo, lo que hagan, el más pequeño detalle de su
conducta».
Elgin trazaba
afanosamente líneas a través del patio, ángulos e inclinaciones. Enarcaba las
cejas con aire feliz. Repetí mis instrucciones.
«¿He de estar allí
toda la noche?».
«Sí. Eso es, desde
las once hasta que amanezca. Mejor dicho, hasta inmediatamente antes del alba.
No quiero que te vean».
«¿Tres noches?».
«Quizás. Fuera de
casa. Veremos cómo sale el asunto. Quedas relevado de tus funciones de guía.
Ahora vete a casa y duerme un poco. Le diré a Ellis que te mando a Nueva
Orleans a tomar una declaración».
«Me pregunto qué
será este cuarto. Probablemente el hueco para la máquina de refrescos y
fabricación de cubitos de hielo».
«Probablemente. No
tiene ventana».
Elgin se quitó las
gafas y se frotó los ojos.
«Verá, aquí viene
lo malo». Podría imaginármelo veinte años después, por su expresión, sus
hábitos que ya habían empezado a establecerse; verle detrás de su mesa,
entregado a un problema, quitándose rápidamente las gafas para frotarse los
ojos. «El problema, tal como usted lo plantea, es insoluble… a menos que quiera
montar un sistema de espejos, taladrar agujeros en los pisos… cosa que supongo
no desea hacer».
«No».
«Verá, si estuviese
en la 214, una habitación de arriba situada en el rincón interno de la L,
podría ver todos los cuartos, salvo el de Raine, que está en la primera planta.
Por otra parte, si me encontrase en el lado contrario del patio, cerca del
rincón exterior de la L, no podría ver el cuarto de Merlin». Más rayas, líneas
que se cruzaban con otras como electrones chocando.
«Para vigilar todas
las habitaciones, planteando el problema tal como usted lo hace, necesitará dos
observadores. Yo situado ahí y, pongamos, Fluker, allí».
«¡Fluker! ¡Se
quedaría dormido!».
Nos echamos a reír.
El mismo nombre nos resultaba gracioso, una broma secreta.
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Elgin esbozó luego
su vieja sonrisa, la sonrisa entre la que centelleaban sus dientes, suave y
desprovista de amaneramiento.
«Eso haría
precisamente. Hummm. Veamos. Vamos a ver». Contempló el plano y dio golpecitos
con su lápiz. ¿Por qué me sentía como el estudiante que visita al profesor?
«Bueeeeno». (¡Qué felices son los científicos! ¿Por qué no nos hicimos
científicos, Percival? Se enfrentan a problemas que pueden resolverse. Nosotros
no sabemos a qué nos enfrentamos. ¿Tiene nombre?).
Elgin se puso las
gafas.
«¿Esta es la
piscina?».
«Exacto».
«¿Está iluminada?».
«Por luces
sumergidas, a partir de las diez. Los focos están instalados en las galerías,
pero la zona que circunda la piscina se encuentra bastante a oscuras».
«¿Hay bancos y
sillas por allí?».
«Sí».
«Matas… es decir,
¿hay arbustos?».
«Sí». Ellis, su
padre, solía decir matas en vez de arbustos: «¿Quiere que corte esas matas?».
Ni siquiera Ellis dice eso ya.
«Entonces sólo hay
un sitio». Elgin dejó caer el lápiz, que produjo un seco chasquido, volvió a
cogerlo, trazó una X grande, soltó otra vez el lapicero y se echó hacia atrás
en la silla. Sonrió. Entornó los párpados. ¡Había dado con la solución!
«¿En mitad del
patio?».
«Claro. ¿Dónde, si
no?».
«Pero…».
«¿Qué clase de
bancos y asientos tienen?».
«¿A qué te
refieres?».
«Quiero decir que
si son de aluminio ligero o de madera maciza».
«De madera de
secoya, pesados, tapizados de negro. Excesivamente pesados para que los roben,
me acuerdo muy bien. Lock está orgulloso de ellos».
Volvió a aparecer
la vieja, dulce y brillante sonrisa de Elgin. En su triunfo, se permitió el
lujo de ser lo que era: un joven sureño de veintidós años acostumbrado a reír y
sonreír una barbaridad.
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«Dice usted que
está oscuro. Los asientos son oscuros, la tapicería negra. Llevaré calzones de
baño negros, soy negro y nadie verá nada».
Sonrió. Ni siquiera
se estaba remedando irónicamente a sí mismo, como negro o negro del Sur, sino
como negro de Televisión-Hollywood-Sammy-Davis-Junior, y sabía que yo lo sabía.
Chasqueó los dedos.
«No. Es incluso
mejor que eso».
«¿Cómo?».
«¿No lo comprende?
No importaría que alguien me viese a esa distancia. Un hombre en calzón de
baño, junto a la piscina. Nadie prestará la menor atención. Como en La carta
robada, de Poe».
La carta robada, de
Poe. Pensé en J. B. Jenkins, buen hombre, mal hombre, buen hombre malo, miembro
del Klan, cristiano, medio y compañero de armas contra el poderoso Marea
Carmesí de Alabama. El único Poe que conocía era Alcide «Boboelculo». Poe,
defensa de ataque del De Ridder. J. B. y yo, sumergidos en la vida, empapados
en sangre y lágrimas de la vieja Luisiana y trescientos años de pecado
cristiano y cuchillos Bowie de hoja ancha rifles «Sharps», derramamiento de
sangre y victoria-derrota. Y Elgin saltando por encima de todos nosotros,
transformado de la noche a la mañana en un frío-presumido profesor yanqui.
La carta robada, de
Poe, verdaderamente. Poe. También él había penetrado en el secreto de Elgin:
Hallar la felicidad en problemas, rompecabezas y matemáticas obsesiones
doradas. Pero la dejó marchar. Se volvió chiflado como yo. Elgin no iba a hacer
tal cosa.
«¿Cómo vas a llevar
allí los prismáticos?».
«Envueltos en la
toalla».
«Conforme. Entonces
la situación del cuarto carece de importancia. Ve e inscríbete. Lleva bien tu
cuaderno esta noche. Cuando vuelvas, duerme un poco y luego ven a verme aquí,
aproximadamente a esta misma hora. Pondré a Fluker en el servicio de guía».
«Fluker». Nos
reímos de nuevo. «Cualquiera sabe lo que va a decir Fluker».
«Estará a la altura
de las circunstancias. De todas formas, ¿qué más da?».
«Sí». Elgin volvía
a tener la mirada en el futuro inmediato. «La cuestión ahora es cómo voy a
arreglármelas para ver lo que escribo en la
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oscuridad. ¿Lápiz
blanco sobre superficie negra? ¿Lápiz luminoso? No, utilizaré —evidentemente,
hablaba para sí— una pluma “Kiefer”” ultravioleta».
«Hazlo así».
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¿Jacoby? ¿No te he
hablado de él? ¿Los titulares? ¡ARDE BELLE ISLE!
¡DIRECTOR ASESINADO
Y MUTILADO! ¡ANTIGUA FIGURA ESTELAR DEL FÚTBOL DETENIDA PARA SOMETERLA A
INTERROGATORIO! Sí, recuerdo todo eso. Belle
Isle se quemó hasta
los cimientos, con la salvedad de las veinte columnas estriadas de orden
dórico. Mis manos se abrasaron durante mi intento de salvar a Margot.
Es difícil pensar
en todo eso.
Debes creerme si te
digo que es la trivialidad del pasado lo que me desanima. Sólo por un motivo te
cuento todas estas viejas tristezas, mejor dicho, trato de recordarlas, y ese
motivo no tiene nada que ver con ser capaz de recordar. Puedo recordar. Puedo
recordar todas las palabras que Elgin me dijo en el palomar. Es que el pasado,
cualquier pasado, resulta intolerable, no porque sea violento, terrible o esté
fatalmente predestinado, sino porque es condenadamente trivial, insensato e
inútil. Y la violencia es lo más trivial y latoso de todo. Es horrible, no
porque resulte cruenta, sino porque carece de sentido. Es intrascendente.
¿Entonces por qué
me molesto en contártelo? Porque algo me inquieta y no sabré de qué se trata
hasta haberlo dicho. Ahora voy a formularte una pregunta. No estás en
condiciones de contestarla. Pero es importante que te la haga. Eso ha sido
siempre lo mejor de ti, que siempre fuiste la única persona con la que he
podido hablar.
¿Por qué te
marchaste hace veinte años? ¿Acaso Luisiana no era bastante buena para ti?
¿Crees que Biafra te necesitaba más que los Estados Unidos? A veces pienso que
si hubieses estado por aquí para hablar contigo…
Guardas silencio.
Cristo, tú mismo no lo sabes.
Tengo que contarte
a mi modo lo que ocurrió… para que yo pueda saber qué sucedió. No lo sabré con
certeza hasta que lo haya dicho. Y sólo
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existe un modo de
que pueda resistir la horrible trivialidad del asunto: y es que presiento que
hay un indicio que se me ha escapado y que tú puedes captar.
Es como si supiese
que el indicio está enterrado en algún lugar entre los escombros de Belle Isle
y que tendría que pasar días y días revolviendo con el pie las cenizas, para
encontrarlo. No me sería posible hacerlo yo solo. Pero podríamos hacerlo los dos.
¿Una pista que
conduzca a qué? ¿Al «misterio» de Belle Isle? Belle Isle ha desaparecido y no
me importa absolutamente nada. Si estuviese intacta, sería el último lugar de
la tierra que elegiría para vivir. Antes me instalaría en Brooklyn. Se la llevó
el viento, como a Tara, y digo lo mismo: buen viaje.
No, el misterio no
está ahí. El misterio reside aquí y ahora. El misterio
es: ¿Qué va a hacer
uno consigo mismo? Cuando uno envejece, empieza a
comprender la
jugarreta que le gasta el tiempo, y uno se da cuenta de que,
so pena de que haga
algo, el paso del tiempo no es más que la usurpación
de la horrible
trivialidad del pasado, que invade el virginal futura. El
pasado devora al
futuro como un magnetófono devora cintas, el presente
es la cabeza de la
grabadora, la boca del tiempo.
Así, pues, ¿dónde
está el misterio y por qué molestarse en revolver las cenizas?
Porque hay un
indicio en el pasado.
Partamos del
momento presente. Mira ahí fuera. Una tarde otoñal de Nueva Orleans, con la
peculiar luz dorada que satura el cielo cuando la primera cuña de aire frío del
Canadá se desliza como un prisma de cristal bajo el baño de vapor del Golfo.
Observa esa claridad dorada. Irradia del cristal y baja a filtrarse e
integrarse en las mismas calles míseras con los sonidos del vecindario, ruidos
de amas de casa que conectan sus «Hoover» y televisores, voces que salen por la
puerta de las cocinas, el mismo olor de los muelles de Tchoupitoulas.
Considera el
pasado. Imagínate a un hombre sentado en la Parroquia Feliciana, un hombre que
pasa veinte años ejerciendo el derecho (¡sí! «ejerciendo»), jugando a ser
«moderado» o «liberal», sea lo que sea eso, recreándose en la ilusión de que
estaba viviendo su vida y sin darse cuenta siquiera de que no era así.
Pero sucede algo.
Hay una diferencia. La diferencia entre entonces y ahora consiste en que
últimamente he estado alerta. Tengo plena
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conciencia de que
soy la cabeza de la grabadora. De que este cuarto es una cabeza de aparato
magnetofónico. Por eso es tan sencilla y está tan vacía: para que yo pueda
darme cuenta de las cosas. Como ves, no consiste más que en un pequeño espacio
vacío, por el que transcurre el tiempo, y una minúscula abertura al mundo.
Permaneceré aquí hasta que me encuentre en condiciones de decidir qué hace la
cabeza grabadora de cinta y si tengo algo que decir al respecto. ¿Es
simplemente una devoradora de tiempo y convierte de forma obligatoria el puro
porvenir vacío en pasado miserable?
Hace un año (¿fue
hace un año?) efectué mis dos grandes descubrimientos: primero, la infidelidad
de Margot; segundo, mi liberación. No puedo explicarte el motivo, pero el
segundo fue consecuencia directa del primero. En el preciso instante en que
supe a ciencia cierta que otro hombre se había trincado a Margot, tuve la
impresión de que me despertaba de un sueño de veinte años. Fui Rip van Winkle
frotándose los ojos. En cuestión de un segundo me tomé sobrio, despierto,
vigilante. Podía actuar.
Sin embargo, algo
se torció. Me alegro de que te limites a escuchar, a mirarme sin decir nada.
Porque temía que pudieses sugerir que no hice nada mal —como el psicólogo de
aquí: le diga lo que le diga, incluso aunque me tire un pedo, me dirige siempre
la misma rápida mirada de felicitación—, que no hice nada mal o que había
«pecado»… y no sé qué es peor. Porque no se trata de eso. Ignoro qué significa
eso. No obstante, es evidente que algo se torció, porque estoy aquí, en un
manicomio… ¿o es una cárcel?… recuperándome de la conmoción, la psicosis, la
desorientación.
De un estado de
libertad y aptitud para actuar (aquella noche que te digo, ¡el mundo estaba
abierto! ¡Yo era libre!, podía hacer cualquier cosa, idear cualquier plan), he
pasado a encontrarme encerrado en una pequeña celda y contento de verme aquí.
Un zorro no se pasa
un año arrastrándose dentro de un agujero, a no ser que esté herido. Pero, al
cabo de cierto tiempo, empieza a sentirse bien, asoma el hocico, echa un
vistazo al entorno.
Aún tengo que
resolver la cuestión de iniciar una nueva vida, un principio absolutamente
nuevo. Pero sé que he de partir de cero.
Empezar con una
madriguera, un lugar pequeño, limpio y bien barrido, como éste, con una ventana
al mundo y otra criatura en la habitación contigua. Eso es todo lo que uno
necesita. A decir verdad, es todo lo que
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uno puede soportar.
Añade más criaturas, más mundo, libros, charla, televisión, noticias… y
volveremos a la locura anterior. Hay demasiada alimentación para la cabeza del
magnetófono —la nueva cinta está demasiado vacía— demasiadas posibilidades,
pero la cinta grabada está demasiado llena.
¿Pero qué ocurrió
con la otra nueva vida el año pasado? Tengo que averiguarlo, para no cometer
dos veces el mismo error. Por lo tanto, he de regresar y revolver las cenizas
de Belle Isle. Hay algo que no entiendo. Y tú eres mi punto de apoyo y mi
compañero. Porque tú conociste Belle Isle, me conoces a mí y no puedo confiarme
a ninguna otra persona.
Dentro de un mes o
cosa así saldré de este lugar. Al menos, ésa es mi opinión, aunque los médicos
no se hayan comprometido. Quizás Anna se haya recuperado lo bastante como para
marcharse también.
¿Que quién es Anna?
La mujer de la puerta de al lado. ¿No te dije que ayer le hice una visita y que
me dijo su nombre? También, ayer comió por primera vez. Pronto no tendrán que
alimentarla a la fuerza. ¿Cómo sucedió eso? Muy sencillo. Me cansé de tanto golpecito
en la pared. De modo que, sin más, ayer me levanté, fui a la puerta, la abrí,
salí al pasillo —la primera vez que hacía una cosa así de modo tan espontáneo—,
recorrí los tres metros y llegué ante su puerta. Llamé y entré. (¡La vida es
tan sencilla a veces!). Estaba tendida encima de su camastro, como de
costumbre, más bien hecha un ovillo, de cara a la pared, con una maraña de pelo
sobre la mejilla, la poco pronunciada cadera levantando la bata de hospital.
Sus juveniles brazos morenos formaban una V perfecta, apretadas una contra otra
las palmas de las manos hundidas entre los muslos.
Me quedé un momento
contemplándola. Ella se revolvió.
«¿Cómo se llama?»,
pregunté.
«Anna», repuso. Fue
todo lo que dijo.
Decidí sentarme a
su lado. Volvió a moverse y hundió el mentón en la garganta, para poder
observarme por encima de los pómulos. Capté un brillo entre sus párpados.
Su delgado rostro
moreno me recordó a Lucy, salvo que no tenía la peculiar expresión festiva de
Lucy, ni su diminuta cicatriz en el labio. Su semblante parecía hermético,
ligeramente entreabiertos y secos los labios, como una mujer dormida. Tenía una
cicatriz, desde luego, pero no como la de Lucy, una gran cicatriz blanca que
trazaba una curva desde la frente hasta la mejilla, consecuencia de un corte
recibido durante la violación y la
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paliza. Su cicatriz
era como la de una buscona. ¿Recuerdas que nosotros hicimos la observación de
que todas las putas tienen cicatrices, cicatrices abdominales de histerectomías
y abortos, cicatrices en la cara, resultado de tundas, y cicatrices en las piernas,
secuela de accidentes automovilísticos?
«Tenga», le dije.
«Coma esto». Llevaba en el bolsillo media docena de bombones «Hershey» que
Malcolm (el celador… ¿o es un enfermero?) me había dado. Quité el plateado
envoltorio de uno y se lo ofrecí. Ella no respondió. Se lo puse dentro de la
boca.
¿Sabes lo que hizo?
Levantó una mano
desde los muslos, se sacó el dulce, ocultó de nuevo la barbilla, frunció el
ceño y miró el bombón exactamente igual a como lo haría una chiquilla. Luego
cerró los ojos, se lo metió otra vez en la boca y empezó a chuparlo.
Sí. Jacoby. Estaba
allí, creo, la noche del día en que hablé con Elgin.
De todas formas,
recuerdo que estaba una noche.
Janos Jacoby estaba
repleto de sí mismo. Bastante joven, bajo de estatura, con una mata de pelo
negro que continuamente se quitaba de delante de los ojos con brusco movimiento
de cabeza. Era un etéreo francés-polaco fogoso o sabía actuar como un etéreo francés-polaco
fogoso… o tal vez las dos cosas. Quizás era del Bronx. Su acento variaba:
también había sido actor, de modo que yo no sabía qué era. Sentado junto a
Margot, le concedía toda su atención, revolviéndose en la silla de forma que,
dándome la espalda, quedaba casi de cara a mi mujer. También practicaba el
truco de los extranjeros de utilizar su acento e incluso sus equivocaciones en
beneficio propio. Al buscar una palabra, sus labios se tensaban al modo
europeo, alzaba las dos manos ante el rostro de Margot como si la palabra
estuviese allí para que ambos la examinasen. Aunque hacía caso omiso de Raine y
Dana —me pregunté si todos los directores ignoraban a todos los actores—,
Jacoby empleaba la cabeza, la cara, las manos, los labios como un actor, tratando
de crear efectos. Impactos sobre Margot. Ella estaba encantada. Le relucían los
ojos. El color afloraba a sus mejillas. Sus pecas se oscurecían. Los ojos de
Jacoby pasaban de largo sobre mí, a través de mí, como si yo no estuviera
presente. Cuando Margot hablaba, su hombro se inclinaba juguetonamente hacia
él, le rozaba.
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Merlin, al otro
lado de Margot, parecía distraído y hastiado. Utilizaba el mango de la cuchara
para trazar largas señales rectas en el mantel. De vez en cuando, Margot se
inclinaba hacia el otro lado y le tocaba, como si pretendiese inducirle a
participar en la conversación, pero Merlin se limitaba a asentir con la cabeza.
Poco antes, Merlin
y Jacoby habían estado enzarzados en una discusión, durante la cual Merlin
habló de la indispensabilidad de acción y argumento en una película, mientras
Jacoby, más imaginativamente docto, sacó a relucir expresiones como «lenguaje
cinematográfico», «la semiótica del film», «Griffith como maestro de la
elocución significativa», «Metz como único crítico capaz de entender las
connotaciones fílmicas», y así sucesivamente. ¡Qué basura! Me negué a prestar
atención.
Merlin acabó por
encogerse de hombros y guardó silencio. No llegué a determinar si la intención
de Jacoby era (1) impresionar a Merlin, (2) maravillar a Margot, (3) conseguir
las dos cosas o (4) si hablaba sinceramente.
Tampoco estuve
seguro de si Merlin se retiraba del debate porque (1). Jacoby prestaba
demasiada atención a Margot, (2) le aburría la rimbombante «semiótica
cinematográfica» de Jacoby.
Raine y Dana
escuchaban con aire taciturno. Mi hija Lucy se las había arreglado para
situarse entre ambos y se encontraba en pleno arrebato de felicidad, dichosa de
estar junto a Troy Dana, de quien se confesaba enamorada, e incluso más feliz
aún por estar junto a Raine, a quien idolatraba por su condición de poseedora
fortuita de las cualidades que en más estima tenía Lucy y, por lo tanto, más
inalcanzables le parecían: belleza, fama y esa «gracia» especial en la que Lucy
a duras penas podía creer, la aptitud de Raine para recordar el nombre de todos
los miembros de la plantilla cinematográfica, los nombres de las esposas de los
miembros del personal cineasta e incluso los nombres de los hijos de los
servidores, que tuviese tiempo para dedicárselo a ella, a Lucy, a las
amistades. La capacidad de Raine para «comportarse como cualquier otra persona,
una persona real» le parecía a Lucy algo que superaba los hechos más milagrosos
de los santos. «Es la persona más maravillosa que he conocido en toda mi vida»,
me había dicho Lucy.
Yo no creía que
Raine fuese maravillosa. Era asombrosamente guapa, con una preciosa carita en
forma de corazón y ojos de tonalidad cobalto violeta que parecían mirar desde
sus profundidades para clavarse en las
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pupilas de uno, una
triquiñuela que llegué a aprender, aquella fija mirada violeta, con la barbilla
descansando en el dorso de la mano doblada. Las profundidades de Raine estaban
vacías. Pero coqueteaba conmigo y eso era agradable. Su único entusiasmo, aparte
de su gracia, lo constituía su absorción de un culto de California llamado
D.I.P., o algo así, quizá Dinámica-Ideo-Personal. Me habló extensamente de
ello. Recuerdo muy poco, salvo que dijo que era más científico que la
astrología, al basarse no sólo en la influencia de los astros, sino también en
la evidencia de los campos magnéticos que rodean a las personas. La existencia
de esos campos o auras se había demostrado, afirmó, mediante cierta fotografía
especial.
Los ojos cobalto
miraban fijamente a los míos, a treinta centímetros de distancia: «¿Sabías que
tu campo magnético es tan único como tus huellas dactilares?».
«No».
«Es más exacto que
la astrología porque, aunque nosotros seamos Capricornio, somos distintos».
«¿Sí?».
«Muchas personas
son escépticas respecto a la astrología, pero en la actualidad hay prueba
científica de todo esto».
«Comprendo».
«¿No te das cuenta
de las posibilidades?».
«¿Posibilidades?».
«Para el futuro,
para el género humano, para evitar las guerras».
«¿Cómo es eso?».
«Todo el mundo
podría tener su ideograma, que es una interpretación científica de su campo
magnético. Algunos ideogramas son patentemente más vigorosos que otros o
incompatibles con los demás. Si el presidente de los Estados Unidos tiene un
ideograma débil, sería estúpido enviarle a una reunión cumbre. Es el arma
definitiva contra el comunismo».
«Me hago cargo de
cómo sería».
Había observado que
los actores sólo se interesaban superficial y pasajeramente por las cosas, los
acontecimientos del día, las cuestiones científicas, la política.
Prácticamente, no estaban aquí, en Luisiana quiero decir, sino que el viento
los había impulsado en esta dirección, como esporas de bejín, y entraban y
salían de sus papeles, «entraban» en la Ciencia Cristiana, para volver a salir
luego.
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«A mí me ha sido de
gran ayuda tanto en la vida personal como profesional. ¿No te gustaría una
interpretación? Verás, creo que te subestimas». Lo dijo todo de una vez, sin
respirar.
«Pues, no, bueno,
sí, claro. ¿Me harás tú esa interpretación?».
«¡No faltaba más!».
Lo malo fue que
mientras hablaba de ello, su tema favorito, la voz se le tornó lisa y se
desvaneció. Su mirada seguía fija, pero sin ver. Tuve la sensación de que no se
escuchaba a sí misma. ¿Sería posible que su D.I.P. fuese también un truco, no
un ardid que pusiese en práctica conmigo, sino con su propia persona, un modo
de matar el tiempo?
Merlin y Jacoby
trataban de la película que estaban haciendo, mejor dicho, que Jacoby parecía
estar haciendo, porque aunque Merlin era el productor-director y Jacoby
codirector, Jacoby era quien se encargaba de preparar el tablado, dar voces a
los actores y tramoyistas e incluso ordenar a los residentes locales que
desalojaran sus domicilios. Me admiraba lo sumisamente, hasta alegremente, que
los vecinos aceptaban aquellos modales groseros. Todo por figurar en una
película o estar relacionado de alguna manera con una película. Luego pensaba:
Mira quién está hablando y quién se ve arrojado fuera de su propia casa.
Sometían a debate
la escena en la que el aparcero blanco violaba a la muchacha aristocrática en
el desván del palomar.
«Naturalmente,
tienes que comprender», decía Jacoby, al tiempo que se inclinaba sobre Margot y
movía los labios enérgicamente, arrastrando las sílabas, «que en ese punto
sucede algo muy importante, Bob. Porque lo que empieza siendo un estupro, un
acto de violencia que el aparcero provoca por su cuenta… ¿cómo diría yo?, al
verse cogido…».
«Atrapado»,
intervino Margot, mientras se echaba hacia atrás levemente, apartándose del
rostro de Jacoby.
«Sí. Atrapado en la
circunstancia de ser un aparcero y haber recibido tantos golpes de aquellas
personas, sus…».
«Opresores».
«¡Exacto! Pero
surge una coyuntura en la que todo eso desaparece y a través de la propia
condición femenina de la muchacha, de su femineidad, ¿qué ocurre?, que esa
situación se transforma en otra cosa, o sea, en la de un hombre y una mujer
que…».
«No pretenderás,
Jan», dijo Margot, brillantes los ojos, «que la chica, con sus cualidades de
ternura y sus inquietudes convierta una coyuntura de
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violencia en un
momento de amor, ¿verdad? ¿No es eso la transformación de un acto político
mediante un acto erótico?».
«¡Oh, Margot, diste
en el clavo!». Margot le había hecho feliz.
«Exactamente. Es
transformar en erótico lo político».
Merlin se incorporó
ligeramente.
«Eso es cierto. De
acuerdo. Margot habla de amor. Muy bien. El amor es importante. El amor lo
conquista todo. Pero aquí nos conformamos con lo erótico… esa pareja apenas se
conocen el uno al otro. Pero la cuestión es que la violencia, estupro,
asesinato o lo que sea, siempre está relacionada con la muerte, mientras que el
erotismo, en cualquiera de sus formas, es un factor que siempre realza la
vida».
«¡Sí! Ese es el
giro delicado, lo que tú dices, el cambio, ¿no te das cuenta, Margot?». Jacoby
proyectó sus ojos negros sobre ella. «En este caso, es la aristócrata quien
encarna el principio de intensificación de la vida, y no el aparcero, como
ocurre normalmente, puesto que se le suele presentar como procedente del lodo».
«De la tierra»,
corrigió Margot. ¿Jacoby procedía del Bronx o de Brno?
«Sí, e incluso
aunque ella se haya criado en un ambiente racista, que también está relacionado
con la muerte, puesto que es geno…».
«Genocídico. Ya
que, de hecho, implica a toda una raza».
Cuando Janos
trataba de localizar una palabra, sus ojos vagaban por delante de mí, a través
de mí, hacia los rincones oscuros de la estancia. Yo me sentía como un actor.
«Y el aparcero está
siempre oscilando entre los dos principios, el de la vida y el de la muerte. La
muchacha le guía hacia la vida, a través del erotismo. Ella es su Beatriz».
Lo que me irritaba
era que, en contra de mi voluntad, deseaba que Janos Jacoby reparase en mí… por
el amor de Dios, ¿por qué? ¿Por Margot? Y me sorprendí a mí mismo intentando
pensar algo impresionante como «semiótica cinematográfica». Pero cuando sus ojos
resbalaron por delante de mí, a través de mí, por quinta vez, abandoné el
intento y decidí satisfacer mi propia curiosidad. De modo que le pregunté:
«¿Qué hay de la escena entre el sheriff y la hija del aparcero negro?».
«¿Cómo?». Jacoby
dio media vuelta como si tratase de localizar el origen de aquella voz poco
familiar. «Ah, no estoy muy seguro de lo que
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quieres decir, ah…
¿Qué ocurre con eso?». Te prometo que no creo que supiese mi nombre.
«Bueno, el sheriff
es erótico y racista y, por lo tanto, intensificador de vida y relacionado con
la muerte. El hecho de haber copulado con la chica, lo que de ningún modo fue
violación, ¿dónde le deja, liquidado, por decirlo así, medio malo y medio bueno,
otra vez a cero?».
Silencio. Jacoby y
Merlin intercambiaron una mirada. Margot, entre ellos, se puso colorada. ¿Se
sonrojaba por mí?
Jacoby suspiró y
meneó la cabeza. Merlin acometió la empresa de dar explicaciones. «¿No estarías
de acuerdo, Lance, en que hay algo así como un violento erotismo sexista que es
tan completamente explotable como la misma violación?».
«No. No entiendo
eso».
Silencio de nuevo.
Miradas que se desvían. Fue como si una mierda, algo mío, quedase sobre el
níveo mantel, entre nosotros.
«Lo que no
comprendes, cariño», dijo Margot, ruborizada, mientras me cogía la mano por
encima de la mesa, «es que el sheriff realiza un decidido acto de agresión
sexista y trata a la chica negra como objeto sexual».
«Ya». Miré a Ellis
Buell, que servía el cangrejo de agua dulce étouffé. Su mirada tropezó con la
mía. Pero tenía los párpados entornados y aquello no significó nada.
Después de la cena,
hice mi acostumbrada visita a Tex y Siobhan. Estaban en la biblioteca, en la
tercera planta, donde mi padre solía tener sus libros de poesía romántica
inglesa, historia del Sur, biografías de Robert E. Lee (Robert E. Lee era santo
máximo de su devoción; lo adoraba de modo semejante a como los católicos
quieren a san Francisco. Si el Sur fuese católico, hace tiempo que tendríamos
una orden de san Robert E. Lee, una austera orden militar cristiana como la de
los monjes del Monte de San Miguel… rayos, no estoy seguro de que no la
tengamos), historia de Luisiana, historia de la Parroquia Feliciana, historia
de la Iglesia Episcopal, las novelas de Waverley, Jean Christophe,
Saint-Exupéry, Solo, del almirante Byrd, La ciencia de la vida, de H. G. Wells,
la Vida de James Bowie… una extraña colección en la que no podía detectar
ningún común denominador, aparte del gusto por lo extraordinario
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y maravilloso, lo
sentimental, la experiencia extraordinaria, la aventura extraordinaria
emprendida por unos pocos, la extraordinaria vida del genio, la extraordinaria
proeza de H. G. Wells al atreverse a reseñar la totalidad de la vida, la
extraordinaria gloria de una causa perdida que resulta cada vez más
extraordinaria a medida que refluye en el tiempo y en el hecho de que Robert E.
Lee y el Ejército de Virginia del Norte se habían convertido para él en algo
tan legendario y mítico como el rey Arturo y la Tabla Redonda. ¿Crees que me
pusieron Lancelot porque sí? Consiguió unir a los Andrewes para obtener la
sanción episcopal de ese nombre, pero lo que realmente pensaba y lo que en el
fondo de su corazón deseaba que fuese, no pudo ser más distinto de lo que fue
aquel antiguo católico inexistente, alborotador y adúltero, Lancelot du Lac,
hijo del rey Ban de Benwick, caballero de la Tabla Redonda y —aquí viene la
parte que nunca logró superar— uno de los dos únicos caballeros que
contemplaron el Grial (el otro fuiste tú, Percival); y, por encima de todo, la
excepcionalidad de aquellas castas e incorruptas capillitas anglicanas
depositadas en esta tierra violenta y corrupta que asediaban por todas partes
indios salvajes, supersticiosos católicos romanos, excesivamente circunspectos
baptistas y ululantes miembros de la secta de los Holy Rollers.
Siobhan estaba
malhumorada y nerviosa. Era una chiquilla lista, delgada, pero fuerte, una
rubita (!) perfecta, cuya belleza sólo estropeaban un poco sus ojos nublados y
la expresión petulante.
Tex imaginaba que
ambos estaban muy unidos, que la niña no podía congeniar con su madre, que él
la había salvado de los negros. La verdad es que atacaba los nervios de Siobhan
y que ésta hubiese estado mucho mejor con los negros. Respecto a la niña, su actitud
era cariñosamente pesada y poco atenta, una actitud que parodiaba el afecto y
no engañaba a Siobhan. A decir verdad, era como si Tex estuviese allí para
irritarla.
La criatura corrió
hacia mí, me abrazó y me besó. La abracé y la besé en la espalda, notando los
delgados huesecitos bajo el largo camisón de nilón. Me apretó con fuerza y sus
brazos temblaron; sus nublados ojos azules no se concentraban del todo en mí. Había
aprendido el truco paródico de Tex. Acababan de ver en la televisión una
película de dibujos animados. «¿Qué te ha parecido ese lindo cervatillo?», la
preguntó Tex varias veces en su ausente tono cantarín, al tiempo que alargaba
la mano para cogerla. A él también le gustaba sentir el tacto de los pequeños
huesos de la niña. A sus siete años, Siobhan era una criatura tan sensual
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como su madre,
aunque en un estilo apagado que constituía una oscurecida aproximación, como si
hubiese olvidado algo o se aprestara a recordarlo. Podía curvar los labios
exquisitamente, pero sus ojos eran tan opacos como los de una muñeca. Le
encantaba hacer ostentación de su cuerpo y solía sentarse con el vestido echado
hacia arriba, las manos cerradas sobre las rodillas, mostrando el culito.
¿Que si amaba a
Margot? No estoy muy seguro de lo que quieres decir, de lo que significa la
palabra, pero era estupendo entre nosotros. Los mejores momentos resultaban ser
los repentinos e imprevistos: salir del bufete a las diez, a las tres, a
cualquier hora, volver a Belle Isle para recogerla, agarrarla sin hacer caso de
sus protestas, arrancarla de sus restauraciones, tan sudorosa y cubierta de
polvo de yeso como los obreros que devolvían a Belle un esplendor que en
realidad nunca había conocido; Margot fruncía el ceño y forcejeaba,
resistiéndose al principio, incluso entonces desgarrando algo entre Belle Isle
y yo. Al final, ambos perdíamos, la casa y yo, pero Margot era feliz cuando se
veía en el viejo «Buick» descapotable, junto a mí, bajada la capota, rumbo a
cualquier sitio y a ninguna parte, quizás Ruta Natchez arriba, cantando entre
la oscuridad y la luz, el perpetuo crepúsculo de los profundos cortes de loess
que huelen a tierra, los pequeños prados radiantes y la luz del sol que
languidece y al mismo tiempo estimula, las cigarras ruidosas cuyo chirrido nos
acompañaba como una sombra sonora del «Buick», Margot cerca, muy cerca de mí,
sin abstenerse de besarme en el cuello y en la mejilla una y otra vez, mi mano
entre sus muslos, la radio tocando «Country Western», que a Margot le gustaba
de verdad, decididamente, aunque tampoco se perdiera un solo concierto de la
sinfónica de Nueva Orleans; el alto en un camino, fuera de la carretera, para
sentarnos en la hierba, el whisky y el «Seven-Up» entre nosotros, Kristofferson
que cantaba y Margot que se olvidaba de Ludwig Beethoven y se ponía a cantar
también.
Libertad no as más
que una palabra, Señor, porque nada hay ya que perder.
Nada merece la pena
nada, Señor, pero es gratuito.
Sentirse a gusto
era fácil, Señor, cuando Bobby cantaba blues.
Sentirse a gusto
bastaba para mí.
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Bastaba para mí y
para Bobby McGee.
Bobby McGee se
había alejado, pero Margot no se apartaba de mí. Yo no deseaba libertad, quería
que ella estuviese a mi lado sobre la hierba, mientras el sol arrancaba
reflejos cobrizos a su áspero y esponjoso pelo y su piel milagrosamente áurea
relucía con un tono solar propio y exclusivo. Pasar la botella, pasar el
«Seven-Up», besar los dulces labios de Margot, yacer con ella, cubiertos ambos
de sudor seco de distintos sudores, sudor de bufete sirsaca piel de becerro el
mío, sudor de ama de casa bañada a conciencia por la mañana el suyo. Besarla en
la boca era besar el propio día, la luminosidad del sol de octubre y el whisky
y el «Seven-Up» y ella misma estaban en su boca, su sabor interno a mujer y sin
embargo también ella sola, la química especial peculiarmente astringente de la
propia saliva de Mary Margaret Reilly.
¿Amarla? No estoy
muy seguro de lo que significan ya las palabras, pero la amaba si amarla era
desearla continuamente, anhelar incluso la contemplación de su persona, y estar
alejado de Margot era como quedarme sin aliento, y verla, sólo echarle un vistazo
a distancia, era como volver a un hogar feliz y como si el corazón se
revitalizase. En una ocasión llegué incluso a echarme a reír y a batir palmas
al llegar a Belle Isle y verla a ella en la galería. Me sentí como mi
antepasado Clayton Laughlin Lamar cuando, en 1865, volvió a casa, de Virginia.
También amé a Lucy,
pero Lucy fue un sueño, una esbelta bailarina morena que daba vueltas y vueltas
dentro de una campana de cristal a los acordes de «Bajo los focos», música de
la vieja Carolina desaparecida hace mucho tiempo. Margot era la vida personificada,
como si toda Luisiana, sus fecundos y oleaginosos verdores oscuros y hechizados
crepúsculos, su misma impostura, bufonería y amor al dinero, todo se hubiese
concentrado y encarnado en una criatura. Significaba tenerla y no sentirse
obsesionado, retener en mis brazos toda la Luisiana verde y dorada. Era una
muchacha impresionante.
Después vivimos los
triunfos y delicias sexuales de la restauración arquitectónica. A decir verdad,
no sé qué le producía más placer, si una pieza espléndida en la cama Henry Clay
o la cama Henry Clay, Una vez, hace un par de años, cuando estábamos haciendo
el amor, la vi echar el brazo hacia atrás como solía hacer, pero en aquella
ocasión no lo hizo para agarrar el poste de la cama como ancladero o punto de
apoyo frente a la
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tempestad en el
océano del amor, para aferrarse a la preciosa vida… no, en absoluto: su brazo
se extendió y los dedos estirados exploraron la engrasada textura de la caoba y
las uñas se deslizaron por las delicadas estrías de las gruesas columnas.
Posteriormente,
cuando cogí la botella —otra historia de amor, distinta
— y mi capacidad
erótica disminuyó, hechizado y desatento otra vez, Margot prefirió la
restauración al amor. Algunos éxitos de tipo arquitectónico representaron
orgasmos para ella y prueba de esto fue aquella vez que descubrió en Bunkie
(Luisiana) un artesano estuquista de noventa años, cuando todo el mundo le
había dicho que esos modeladores estaban totalmente extinguidos. Previamente,
Margot había encontrado unos viejos y precisos diseños de rosas de yeso, en los
techos del ala incendiada de Belle Isle. Su rostro apareció radiante cuando
puso en contacto a los dos, los diseños y el largamente perdido estuquista. Y
ver cómo tomaban forma aquellas grandes rosas fue para Margot, me di cuenta,
tan placentero, como el amor sexual, incluso más delicioso en aquella época.
¿Qué sucedió
entonces entre Margot y yo?
Si ella estuviese
aquí, sé lo que diría y, desde luego, tendría razón, desde su punto de vista:
En vez de amarme, te arrastraste al interior de una botella y decidí que
maldito si iba a acompañarte hasta allí dentro. Tomaste tu decisión.
Pero también se
equivocaría en parte. La verdad pura, simple y sorprendente es que cuando acabó
de arreglar Belle Isle, igualmente dio por terminadas de un modo u otro sus
relaciones conmigo. La casa de Belle Isle era ella misma, una beldad de
Luisiana, y cuando lo hubo rematado todo y se había rematado a sí misma, del
mismo modo que había terminado conmigo, un conveniente caballero de Luisiana…
después de habernos rematado a ambos, había concluido con los dos. Cuando hubo
hecho todas las restauraciones concebibles, cuando hubo estudiado todos los
viejos diseños, reclutado historiadores, importado tallistas de mármol de
Carrara… cuando acabó, nosotros habíamos terminado. Lo único importante para
ella era que todo tenía que ser exactamente como había sido. ¿Por qué? Se lo
pregunté una vez. ¿Por qué tiene que ser todo exactamente como fue? También me
rehízo a mí. No es que me restaurase, exactamente, me creó de acuerdo con la
imagen que parte de Texas se ha formado de la pequeña aristocracia del Camino
del Río, una especie de
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caballero plantador
sin plantación, una mezcla, llegué a entender, de Ashley Wilkes (criatura de
otra mujer, naturalmente, anémico caballero poético de Georgia), Leslie Howard
(otro anémico caballero poético), más Jeff Davis en casa, de vuelta de las guerras
y puesto al día en Beauvoir por otra mujer resuelta, estacionado en un palomar
muy semejante al mío, más Gregory Peck, apacible abogado sureño, más un poquito
de Clark Gable en el papel de Rhett. Margot incluso me compraba la ropa. Le
gustaba que vistiese trajes de hilo.
Me sometí a todo
aquello bastante contento, divertido por su extraordinaria idea tejana de que
los «aristócratas», de una manera o de otra, éramos de una pieza. Naturalmente,
no lo éramos, nosotros ni siquiera éramos aristócratas, y puesto que yo nunca me
sentí de una pieza, lo haría en cuanto vistiese el personaje. Hasta me encontré
a mí mismo representando a fondo el papel, paseando de un lado a otro del
cuarto, deteniéndome de vez en cuando ante mi escritorio estilo plantación para
tomar notas legales en el cuaderno con tapas de cuero, haciendo un alto ante el
aparador de ciprés, convertido en bar, para servir whisky de la jarra de
cristal en la vasija de plata, tal como había visto hacer en las películas a
los caballeros del Sur.
¿Sabías que el Sur
y que yo sepa la totalidad de los Estados Unidos están llenos de mujeres
inspiradas por entes sobrenaturales, por furias sin nombre que las impulsan a
restaurar y conservar desesperadamente lugares, edificios? Mujeres casadas con
hombres indulgentes, indolentes y negligentes como yo, a quienes lo mismo les
da una cosa que otra siempre y cuando puedan ir a pescar, a cazar, a beber un
poco, a divertirse, a ver los delfines y a Jack Nicklaus en la televisión. De
modo que ahí está ese muchacho como yo, que acaso tuviera su momento de gloria
en la juventud, en el fútbol, en Phi Beta Kappa, como Gran Dragón de su
fraternidad, y ahora se encarga de un Auto-Lee o un Quik-Stop y todas las
noches vuelve a casa, a un museo como ni siquiera George Washington disfrutó y
durmió en él.
Así que Margot
acabó la casa y nos encontramos desorientados. ¿Qué hacer? Hicimos lo que
hacían otras parejas pudientes de treinta y cinco años: fuimos a esquiar a
Aspen, a pasar varios días en casas de campo, a pescar y beber en la Costa del
Golfo, a beber, invitados en casas de campo en Highlands.
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Pero luego, ¿qué?
¿Qué hacer con el tiempo? Procrear. Tener un hijo. Eso hicimos. Al menos, creí
que lo hicimos. Pero después de haber rematado Belle Isle y bautizado a la hija
Siobhan, ya no quedaba nada que hacer. A Siobhan se la cuidó bien, especialmente
cuando el abuelo Tex fue a vivir con nosotros.
Me daba cuenta del
problema de Margot, Cristo, ¿qué iba a hacer? ¿Sobre qué proyectar toda aquella
energía de Texas y su pasión por hacer cosas bien acabadas o de una pieza? ¿Qué
hizo Dios cuando terminó la creación? Cristo, Margot no sabía descansar. En
Luisiana por lo menos sabemos tomarnos las cosas con calma. Siempre podíamos
beber.
Fue entonces cuando
Margot avivó su interés por el «arte interpretativo» y marchó a
Dallas-Arlington a estudiar bajo el magisterio de Merlin.
¿Que si la amaba?
¿Por qué haces siempre preguntas sobre el amor? ¿Has tenido también tú algún
fracaso amoroso? ¿Es que el amor de tu Dios no te es suficiente? A mí me
bastaba el amor de Margot. La amaba sexualmente de tal modo que me era
imposible dejar de tocarla. Mi felicidad consistía en estar con ella. Mi
antigua aspereza de talante había desaparecido. La abrazaba y besaba en medio
de la calle, la acariciaba en el coche como un blanco pobre durante el día, la
toqueteaba por debajo de la mesa en los restaurantes y me reía como un
chiquillo cuando ella apartaba de un manotazo mis dedos exploradores, se
ruborizaba, miraba con ansiedad a su alrededor y volvía a su viejo estilo
tejano: «¡Quita esa zarpa de ahí! ¡Qué te piensas que haces, chico!».
En este mundo no
hay alegría comparable a la de enamorarse de una mujer y arreglárselas al mismo
tiempo para mantener la suficiente perspectiva que le permita a uno observar
que ella también se enamora, ver que le mira a uno de modo distinto, notar que
su color cambia, que sus ojos se suavizan, que su mano se alarga en busca de
uno. Tus santos dicen: «Sí, pero el amor de Dios es todavía mejor», Jesús,
¿cómo sería eso posible? Aunque seas un creyente como eres, dime cómo podría
ser eso posible. ¿Y bien? Tu mirada es distante como si estuvieses pensando en
una época remota. ¿Significa eso que ya no eres creyente o que hoy en día ni
siquiera los creyentes entienden tales cosas? ¿No dice tu Biblia judía
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que no hay nada
bajo el sol como el mundo de un hombre con una doncella?
Y no hay dolor en
este mundo como el de ver a la misma mujer mirando a otro hombre de la manera
que le miraba a uno en otra época.
¿Sabes lo que son
los celos? Los celos son una alteración en la mismísima forma del propio
tiempo. El tiempo pierde su estructura. El tiempo se dilata. Ella no está aquí.
¿Dónde está? ¿Con quién está? Hay tanto tiempo. Los minutos y las horas se
deslizan lentamente. ¿Qué estará haciendo? Podría estar haciendo cualquier
cosa. Ella no estaba allí. El que no estuviese allí equivalía a que faltase
totalmente el oxígeno. ¿Qué voy a hacer con el resto del día? Algo me oprimía
el pecho.
Elgin llegó con una
tablilla sujetapapeles y se sentó al otro lado de la mesa escritorio, cautelosa
y complacida a la vez su expresión. Al ponerse las gafas de negra montura de
asta, la mano le temblaba ligeramente. Tenía el aspecto de un estudiante listo
frente a un examen importante. Observé que iba vestido de modo desacostumbrado,
con lo que supuse serían sus prendas escolares, elegantes pantalones con
cinturón abrochado por detrás, camisa blanca, estrecho corbatín negro. ¿Había
constituido un problema para él la forma de presentarse? ¿Cómo sirviente de la
casa, guía turístico, detective particular, estudiante inteligente?
Yo había
permanecido sentado en el palomar, desde donde observaba a unos chicos que
preparaban una hoguera en el dique. Empezaban antes de la Acción de Gracias,
cortando sauces en la zona baja para hacer con la leña tipis de seis metros de
altura a los que prenderían fuego durante Nochebuena, trazando una media luna
de enormes llamas a lo largo de toda la Curva Inglesa, como las fogatas de un
ejército entregado al sueño.
No pensaba en
Margot, sino en el tiempo, en qué hacer con el tiempo. Sobrio, libre de humo y
nicotina por primera vez en muchos años, las células de mi organismo
cosquilleaban, atentas e intranquilas. A continuación, ¿qué? ¿Qué iba a surgir
ahora? Mi lengua estaba a punto para saborear, mis músculos listos para
contraerse, el hígado zumbaba, los genitales me escocían. Comprendí entonces
por qué fumaba y bebía. Era un modo de hacer frente al tiempo. ¿Qué hacer con
el tiempo? Algo espantoso: un cuerpo humano con diez mil millones de células
dispuestas a hacer cualquier cosa entre diez mil millones de ellas. Pero ¿qué
hacer?
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La cinta virgen
giraba ya por debajo de la cabeza de grabación.
«Ejem». Elgin se
aclaró la garganta. Di un respingo. «¿Qué…».
«Ah ¿Esa es la
libreta de tus notas de anoche?».
«Sí, señor». Así,
pues, había sentido la necesidad de ponerse un disfraz u otro. ¿Pero cuál? ¿El
de servidor de la casa? ¿El de detective particular?
«¿Por qué no lo
lees, Elgin?».
Eso le animó. Pudo
entonces apoyar la tablilla sobre la pierna cruzada y levantarse las gafas
nariz arriba, empujándolas con el pulgar.
«Una cuarenta de la
madrugada. Los sujetos abandonan la Sala Adelfa». Alzó la mirada.
«Permanecieron cosa de diez minutos hablando junto a las máquinas de
distribución automática».
«¿Varios? ¿Quiénes
eran?».
«La señorita Lucy».
¿La señorita Lucy? Nunca la había llamado así. Comprendí entonces que Elgin
experimentaba la necesidad de poner cierta distancia entre sí mismo y aquel
asunto (aunque también estaba orgulloso de lo que había hecho). En su
nerviosismo, interpuso la mayor distancia que pudo: se había retirado a la
condición de sirviente veterano.
«Continúa».
«Una cincuenta. La
señorita Lucy y la señorita Margot a la habitación 115, la de la señorita
Raine».
«Olvídate de
señores y señoritas».
«Muy bien. Troy
Dana a la habitación 118, su cuarto, Merlin a la 226, Jacoby a la 145».
Pausa.
«Dos de la
madrugada. La señorita Margot sale de la 115 y va a la 226».
Aún necesitaba el
señorita para Margot.
«¿La habitación de
Merlin?».
«Sí, señor. Dos
veinticinco. Troy Dana sale de la 118 y va a la 115». «La habitación de Raine.
Eso sitúa a Troy, Lucy y Raine en la 115». «Sí, señor. Dos cincuenta y uno de
la madrugada. La señorita Margot
traslada de la 226
a la 145». («Traslada», no «se traslada»: estaba nervioso).
«¿La habitación de
Jacoby?».
«Sí, señor».
«Prosigue».
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«Cinco, oh, cuatro
de la madrugada. Lucy abandona la 115 apresuradamente, casi corriendo, sale del
edificio. A su coche».
«¿Sí?».
«Cinco catorce.
Troy Dana también abandona la 115 y se traslada a la 118, su cuarto».
(«Se traslada»,
Elgin ya estaba más tranquilo).
«Muy bien».
«Cinco
veinticuatro. La señorita Margot deja la 145, sale del edificio. A su coche.
Ah, me olvidaba. Tres cinco. Jacoby fue a buscar un vaso de agua». Elgin alzó
la cabeza. «Creo que la señorita Margot estaba indispuesta».
«¿Sí?».
«Eso es todo».
«¿Ya está?».
«Sí, señor. Usted
dijo que me retirara al amanecer». Al sentirse más a gusto, empujó hacia
arriba, con el pulgar, el puente de sus gafas. No me costó nada imaginarme a
sus alumnos, años después, imitándole, remedando paródicamente su persona en el
momento de hacer aquel gesto.
Ja. ¡Quizás Margot
estaba indispuesta!
Recuerdo que pensé
lo extraño que resultaba Elgin, retrocediendo y avanzando de la chabola de
negro a la condición de joven profesor.
«Muy bien. Vale.
Estupendo. Gracias, Elgin».
Aliviado, se puso
en pie rápidamente.
«No, aguarda». Yo
sabía ya lo que iba a hacer. Y cómo iba a hacerlo, llegado el momento para mí y
para los diez mil millones de células que hormigueaban y esperaban.
Elgin se sentó
despacio. Descolgué el teléfono y llamé a mi primo Laughlin, al Holiday Inn.
Elgin, simplemente curioso ahora, me observó.
«Lock, necesito un
favor». Podía pedírselo. Yo le había prestado el dinero, dinero de Margot, para
que construyese el motel.
«Claro, Lance, lo
que quieras. No tienes más que pedirlo».
Se mostraba
excesivamente precipitado y zalamero. La gratitud, bien pudiera ser, lo
violentaba. Me lo imaginé sentado ante su escritorio; pulcra camisa blanca de
manga corta, pelo bien peinado que le clareaba y se le volvía gris oscuro,
anillo masónico en el dedo, cuerpo rechoncho, una forma sencilla como un globo
inflado sólo lo suficiente para alisar las arrugas. Parecía el presidente del
Club de los Optimistas, cosa que era,
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desde luego. Un
optimista predestinado a la frustración. La única diferencia entre Laughlin y
yo consistía en que Laughlin ni siquiera tuvo su momento de gloria en la
juventud. En cambio, durante los pasados veinte o treinta años había tenido
veinte o treinta empleos, en cada uno de los cuales no fracasó exactamente
(porque era serio y si tenía algo de estúpido, tal estupidez era
contraproducente de un modo misterioso del que ni siquiera Laughlin se daba
cuenta), sino que más bien consiguió lo que se había propuesto. Luego perdió
interés en la tarea, el empleo o cargo se suprimió, la empresa se retiró del
negocio, la gente dejó de comprar bicicletas, el azúcar triplicó su precio y la
Nabisco vio arruinado su comercio distribuidor. Laughlin respondía ahora con
exagerada presteza. Dos cosas le ponían nervioso: una, que me debía un favor;
otra, que estaba triunfando. El éxito le aterraba.
«Pide lo que
quieras, Lance», aprovechó mi vacilación para ganar confianza.
«Quiero que cierres
el motel unos días».
«¿A qué viene eso
otra vez?».
«Limítate a poner
la excusa de que van a cortarte el gas provisionalmente, cosa que muy bien
podrían hacer. No ignoras que la mayor parte de nuestro gas tiene que llevarse
a Nueva Inglaterra».
«Ya lo sé, pero…
¿cerrar el motel? ¿Por qué?».
«Te pagaré como si
lo tuvieses completo, aunque sólo están ocupadas la mitad de las habitaciones.
Sólo será por dos o tres días».
«Pero es que mañana
es martes».
«¿Y qué?».
«El Rotary».
«Sólo me refiero a
las habitaciones. Puedes recibir al Club Rotary».
«¿Por qué quieres
que clausure las habitaciones?».
Guardé silencio. En
el dique, cuatro muchachos levantaban un sauce completamente podado, como los
infantes de marina implantaron la bandera en Iwo Jima. Elgin me estaba mirando,
el antiguo Elgin, desorbitados los ojos y olvidado de sí mismo.
«Quiero fuera de
ahí a esa gente de las películas. Casi han terminado.
Si salen de ahí,
tendrán que largarse».
«Ah». Ah,
comprendo, lo dijo convencido. Yo contaba con su error de apreciación y con que
no se metiera en averiguaciones. «No te lo reprocho».
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«¿Qué?».
Anduvo con pies de
plomo.
«Que no quieras
quitarles el ojo de encima. He visto una barbaridad de cosas en este negocio».
Durante un año, había dirigido un hotel en el Barrio Frances. «¡Hablas de
farsantes! Pero…».
«¿Pero qué?».
«Mientras no me
rompan los muebles, quemen las camas o saturen el parador de peste a “hierba””,
me tiene sin cuidado quién hace algo a quién. No creerías algunas de las cosas…
los chicos universitarios son los peores».
O era tonto o se
mostraba discreto. Me parece que lo último. Charlamos con desenvoltura,
deploramos lo de los mozos universitarios y las vicisitudes del negocio del
motel.
«¿De acuerdo,
Lock?».
«Veamos. Son las
tres y media. Demasiado tarde para cerrar hoy. Pero pondré una nota en todas
las casillas, indicando que todos los huéspedes tendrán que desalojar antes de
la revisión de mañana». Se animó. «A propósito, se ha hablado de cortarme el
gas. ¡Qué te parece! ¡La ciudad de Nueva York va a llevarse nuestro gas! Y eso
significa que no habrá calefacción ni aire acondicionado en las habitaciones.
Claro que no hay que preocuparse». Por una vez, su agradecimiento lastimero
dejó paso a la alegría. Era como si hubiese liquidado un empréstito. «No me
importa. Me paso al propano. ¿Sabes lo que subió el mes pasado el recibo del
gas?».
«Gracias, Lock».
Elgin me observaba
mientras colgué. Algo le había relajado y volvía a ser él mismo.
«Elgin, hay unas
cuantas cosas más que tú y sólo tú puedes hacer por mí».
«Las haré».
En mi nuevo estado
de libertad, recuerdo que pensé: Si uno sabe lo que quiere hacer, los demás no
sólo se abstendrán de interponerse, sino que incluso le echarán una mano,
impulsados por la curiosidad y el asombro.
«Muy bien.
¿Recuerdas que el otro día hablamos del hueco paralelo a la chimenea y del
montaplatos?».
«Sí». Ahora era
todo oídos.
«Perfectamente.
Mira». Quité el cuaderno de la tablilla, pasé la hoja y empecé a trazar un
plano «Hago dos suposiciones. Una es que se
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trasladarán de
nuevo a Belle Isle cuando dejen mañana el motel. No hay otro sitio donde ir».
«Exacto».
«Luego doy por
supuesto que volverán a las mismas habitaciones de Belle Isle en que se
albergaron antes».
«Sí. Dejaron allí
su ropa».
«Merlin ocupará
ésta, a un lado de la chimenea, Jacoby ésa, al otro lado. Pero las de Margot y
Lucy, las de Dana y Raine, están en la parte contraria del pasillo. Eso
presenta un problema técnico».
«¿Un problema
técnico?».
«Dime una cosa,
Elgin. ¿Qué te parecería hacer una película?».
«¿Una película?
¿Qué clase de película?».
«Una nueva clase de
cinema vérité». Levanté el lápiz. «Ahí es donde puedes ayudarme. Hay unos
cuantos problemas técnicos».
Cristo, ahí está mi
descubrimiento. Tú abrazaste los absolutos e infinitos erróneos. ¿Dios como
absoluto? ¿Dios como infinito? Te diré lo que es absoluto e infinito. Amar a
una mujer. ¿Pero cómo ibas a saberlo tú? Verás, tu Iglesia sabe lo que se lleva
entre manos: excluye un absoluto para que tú tengas que buscar otro.
¿Sabes qué es ser
un hombre egocéntrico no desdichado que lleva una tolerable vida finita,
trabaja, come, bebe, caza, duerme y luego descubre un buen día que el cielo
cuajado de estrellas se abre para él y que su corazón rebosa de ello? ¿Ello?
Ella. De ella. Mujer. No una categoría, ni un sexo, ni uno de dos sexos, una
criatura humana femenina, sino un
infinito. . ¿Qué otra cosa es lo infinito salvo una
mujer hecha carne y bebida para uno, la existencia y la música del propio
corazón de uno, el aire que uno respira? Sólo estar junto a ella equivale a
vivir y tener el alma de tu propio ser. Sólo abrir tu boca sobre la piel de su
espalda, ¡Qué inmensa alegría despertarse por la mañana con ella al lado!
Ignoraba que existiese tal felicidad.
Pero también existe
el sombrío contrario: no tenerla es no respirar.
Hablo en serio: sin
ella, no podía respirar.
¿Para qué otra cosa
está hecho el hombre sino para eso? Observo que estás de acuerdo respecto al
amor, pero pareces un tanto irónico. ¿Hablamos de dos cosas distintas? En
cualquier caso, existe un problema. El amor es infinita felicidad. Perderlo es
desdicha infinita.
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Hasta aquí, todo
está bien, pareces decir con sarcasmo. Un hombre se prenda de una encantadora
mujer sensual, ¿qué tiene eso de nuevo? ¿Pero puedes imaginarte lo que es estar
enamorado de una encantadora mujer sensual cuya sensualidad no se proyecta sobre
ti?
Todo un
descubrimiento.
La verdad es que en
toda mi dulce vida sureña jamás me cruzó por la cabeza la idea de que existiese
algo semejante a mujer lasciva. Otro imponderable infinito. Infinitamente
espantoso. ¿Qué había creado Dios?
Por otra parte,
¿por qué no iba a ser lasciva una mujer, que, después de todo, no deja de ser
una criatura como cualquier otra? Para mí, sin embargo, la imagen de una mujer
lasciva era tan increíble como ver aparecer en el Club Rotary un enorme dragón
que despidiese fuego continuamente por las narices.
Lo que en realidad
quiero decir, naturalmente, es que lo que me horrorizó fue el descubrimiento de
la posibilidad de que ella pudiera calentarse con un tercero.
Pero, como es
lógico, debía asegurarme de ello. El amor y la lujuria no debían ser cuestión
de especulaciones.
Resultó que Margot
estaba verdaderamente indispuesta la mañana que siguió a la guardia de Elgin.
Pálida y febril.
Tal vez, entonces,
lo que ocurrió fue simplemente que se puso enferma y que Merlin y Jacoby la
atendieron. ¿Por qué cuesta tanto trabajo cerciorarse de una cosa sencilla?
¡Margot estaba
indispuesta! ¡Hurra!
Sí, pero yo no era
el padre de Siobhan, Merlin podría serlo y Merlin se encontraba aquí.
¡Dios mío! ¿Por qué
me torturaba?
«¿Cuándo ocurrió,
Margot?», le pregunté, en su cuarto, a donde fui después del desayuno.
«Por Dios, faltó
muy poco para que me desmayara durante el pase de las tomas. Creo que me
desvanecí más tarde. Me quedé helada. A duras penas me las he arreglado para
arrastrarme hasta casa».
¿Puede uno estar
seguro de algo? ¿Salía mi madre con tío Harry a hacer inocentes excursiones en
automóvil, a tomar el aire y a ver paisajes, como decían, o complotaban y se
dirigían al bosque o a alguna cabaña para turistas, una de aquellas casas en
miniatura, antecesoras de los
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moteles, cuatro
paredes de bloques prefabricados, con una cama, linóleo, calentador de gas y
ducha, lo esencial?
¿A qué viene esa
expresión pesarosa? ¿Y qué si lo hacían, tan malo iba a ser, es eso lo que
piensas? ¿Por qué te apesadumbras? ¿Por ellos? ¿Por mí? ¿Por nosotros?
¿Sabes cuál es la
diferencia principal entre tú y yo? Contigo todo parece disolverse en una
especie de solución melancólica. ¡Pobre humanidad débil! Lo malo es que en tu
tolerante hastío católico dejas de distinguir. Amor para todas las cosas. Sí,
pero de noche todos los gatos son pardos, por lo tanto, ¿qué más da? Pues, no,
no da lo mismo. ¿Qué? Abres la boca para decir algo y luego cambias de idea…
¿Pero no comprendes
que yo tenía que averiguarlo? Allí me tenías a mí, un hombre al principio de la
mediana edad y que no podía responder a la pregunta más fundamental de todas.
¿Que qué pregunta? Esta: ¿Son las personas tan buenas como hacen creer y de hecho
parecen ser o todo es perversión en cuanto se cierra la puerta?
Así que adopté la
firme decisión de enterarme de una vez por todas.
Hay algo peor que
saber lo peor. No saberlo.
En lo más recóndito
de mi cerebro continuaba viva la sensación que experimenté al abrir el cajón de
la cómoda y encontrar allí los diez mil dólares guardados por mi padre, debajo
de los calcetines con dibujo de rombos que mi madre, dama encantadora que era,
había tejido para él, hombre honorable que era.
Uno tiene que
saber. Hay cosas peores que las malas noticias.
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6
Era la hora del
almuerzo cuando mi hija Lucy bajó a desayunar. Se cubría con una bata
acolchada, la expresión de su rostro era voluptuosa, soñolientos los ojos,
ligeramente hinchados.
«¿No se da por
supuesto que tienes que estar en el colegio?», le pregunté, al acordarme de que
era martes.
«No pienso volver
más a la escuela».
Su pálido semblante
compacto se inclinó con gesto adusto sobre el plato y los ojos parpadearon
regularmente. ¿Estaba llorando?
«¿Por qué no?».
«Tengo un empleo».
«¿Dónde?».
«Con Raine».
«¿Qué funciones
desempeñarás?».
«Voy a ser su
secretaria social y de registro».
«Santo Dios, ¿y eso
qué es?».
«Papá, son las
personas más maravillosas del mundo».
«¿Son?».
«Troy y ella. Son
las únicas personas completamente libres que he conocido en toda mi vida».
«¿Libres?».
«Libres para vivir
su propia vida». Lucy alzó por fin la cabeza.
¡Qué poco conocemos
a nuestros hijos! Creo que no la había mirado en varios años. ¿Qué idea me
había formado de aquella pequeña extraña? No era como su madre. Los años no la
tratarían bien. A los dieciséis se encontraba en la primavera de la vida; más
adelante su rostro amanecería pesado y triste. Era como una chiquilla a la que
la voluptuosidad hubiese pillado de improviso. Para cuando se diera cuenta de
ello, habría empezado a engordar. Su química le había jugado una mala pasada y
se
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apreciaba ya en su
semblante. Aquella voluptuosidad inocente era lo que —y ahí me sobresalté—
infundía impudicia a los extraños.
«Estuvimos sentados
toda la noche en la habitación del motel, charlando».
Entonces tal vez la
vida era tan inocente como eso: pasaron toda la noche conversando. Margot
indispuesta y Lucy de tertulia. ¿Por qué no?
«¿De qué?».
«De todo. Ya sabes
que Raine está metida a fondo en la D.I.P. ¿Estabas enterado de que fue
presidente de la asociación nacional?».
«No».
«En realidad, mi
trabajo consistirá en ejercer las funciones de secretaria de registro en la
D.I.P.».
«¿Qué aprenderás
con eso?».
«En las últimas
tres semanas he aprendido más que en toda mi vida».
«¿Sobre qué?».
«¿Sobre mí misma.
Sobre lo que me hace funcionar. Por ejemplo, sobre los centros inferiores?».
«¿Sobre qué?».
«Los cuatro centros
inferiores. En contraposición a los tres superiores, consciencia, mente,
espíritu».
«¿Eso significa que
estás dispuesta a irte a California con Raine?».
«Voy a vivir con
Troy y Raine».
«No sabía que
estuviesen casados».
«No están casados.
Y me alegro de ello. Si estuviesen casados, yo sería como una hija o algo así.
De este modo, seremos iguales, un trío, uno para todos, todos para uno».
¿Es todo excelsitud
o depravación? ¿Cómo puede un hombre cumplir los cuarenta y cinco y no saber
aún si todo es excelsitud o depravación? ¿Cómo saberlo con certeza?
«¿Se lo has dicho a
tu madre? Tendrás que obtener su permiso, ya sabes».
«Está conforme. Al
menos, eso es lo que dijo esta mañana. Confío en que estuviese en sus cabales…
dijo que tenía cuarenta grados de fiebre».
Entonces estaba
enferma y todo es excelsitud y no depravación.
«¿Dices en serio
que quieres irte a vivir con Troy y Raine?».
«Sí. ¿Quieres ver
su casa, mejor dicho, la casa de Raine? ¿No es algo estupendo?».
Página 113
Se sacó del
bolsillo una fotografía de Raine y otra de la casa, en la primera de las cuales
había una dedicatoria: sólo pude leer A mi pequeña… ¿Pequeña qué? No logré
descifrarlo. La otra foto mostraba una mansión inglesa de vigas estucadas y
diversas plantas californianas recortadas en forma ornamental, esféricas y
romboides. Parecía la clase de residencia a la que Philip Marlowe solía acudir
para visitar a un cliente rico e insultar al mayordomo.
«Mira lo que Raine
me regaló».
Se abrió el escote
de la bata y me enseñó una maciza cruz de oro albergada en el moreno surco que
formaban sus dos jóvenes senos.
«Es la persona más
maravillosa que he conocido jamás».
Parecía serlo. Todo
el mundo parecía maravilloso. Todos los ciudadanos opinaban que el personal
cinematográfico era maravilloso. Y la verdad es que parecían serlo.
Creo que ahora
comprendo lo que hago. Estoy reviviendo contigo mi indignación. Sólo de este
modo puedo soportar el pensar en ello. Algo se torció. Si escuchas, creo que
averiguaré qué salió mal.
Era una
indignación, desde luego, y lo que se dice peculiar. Pero los momentos
peculiares requieren búsquedas peculiares.
Hemos hablado de
los caballeros del Santo Grial, Percival. ¿Sabes lo que era yo? El caballero
del Impío Grial.
En épocas como
ésta, en las que todo el mundo es maravilloso, lo que se necesita es una
búsqueda del mal.
¡Deberías sentirte
interesado! ¡Una búsqueda así sirve a la causa de Dios! ¿Cómo? Porque el Bien
no demuestra nada. Cuando todo el mundo es maravilloso, nadie se preocupa de
Dios. Si tuviésemos diez mil Albert Schweitzer dedicando la vida a sus
semejantes, ¿crees que alguien se molestaría en conceder un pensamiento a Dios?
O suponte que el
profesor Lowell, que da Religión en Harvard, encontrase el Santo Grial, lo
desenterrase en algún barranco israelí, lo autentificase adecuadamente, lo
datase mediante el carbono y lo presentara en el Museo Metropolitano. ¡Millones
de visitantes! Yo experimentaría la misma curiosidad que cualquier hijo de
vecino y me pasaría horas en la cola para verlo. Pero, al final, ¿qué más
daría? La gente se interesaría
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durante cierto
tiempo, sí. Esta es una época en la que hay interés por las cosas.
Pero supongamos que
puedes mostrarme un «pecado», un acto de maldad pura. ¡Harina de otro costal!
Eso obligaría a las cosas a detenerse chirriando. Sin embargo, dices que abunda
la maldad a nuestro alrededor. ¿Qué hay de Hitler, los hornos de gas y todo eso?
¿Qué pasa con ellos? Todo el mundo está enterado de eso y dice: Hitler era un
demente. Y parece que no existía ningún otro responsable. Todos obedecían
órdenes. E incluso es posible que no hubiese orden alguna, que todo fuese un
error burocrático. Preséntame un solo «pecado».
¿Ciento veinte mil
muertos en Hiroshima? ¿Dónde estriba la maldad de eso? ¿Representaba Harry
Traman la maldad? En cuanto al piloto y al bombardero, eran muchachos
maravillosos en todos los sentidos, buenos padres y hombres de familia.
La «maldad» es
seguramente la pista que conduce a esta época, la única indagación apropiada a
la época. Porque todo y todos son maravillosos o están enfermos y nada es
perverso.
Dios puede estar
ausente, ¿pero y si alguien encontrara al diablo? ¿Crees que no me complacería
tropezar con el diablo? Ja, ja, le estrecharía la mano como si fuese un amigo
del que llevase mucho tiempo sin tener noticias.
La característica
de la época consiste en que suceden cosas terribles, pero la «maldad» no tiene
nada que ver con ellas. Las personas están locas, son desgraciadas o
maravillosas, por lo tanto, ¿dónde entra la «maldad»?
Allí estaba yo, a
mis cuarenta y cinco años y sin saber si había «maldad» en el mundo.
Pequeño corolario a
lo expuesto antes: ¿Hay que buscar la maldad en la violencia o en el
comportamiento sexual? ¿O es mala toda violencia y bueno todo comportamiento
sexual, o, como dirían Jacoby y Merlin, sólo se trata de un intensificador de
vida?
Si uno busca la
maldad, ¿por qué no estudia la guerra o las palizas a los niños? ¿Podría haber
maldad mayor? Sin embargo, como nadie ignora, los padres que pegan y matan a
sus hijos tienen problemas psicológicos y están tan traumatizados como los
chicos. Se ha demostrado que todo niño víctima de malos tratos tiene padres a
los que zurraron, abuelos a los que aporrearon, etcétera, etcétera. La culpa no
es de nadie.
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En cuanto a la
guerra, la única época en que los miembros de mi familia han sido felices,
valientes, boyantes fue en el transcurso de algún período bélico. ¿Qué tiene de
malo la guerra?
Mira al otro lado
de la calle. Verás la frase que figura en la carrocería del «Volkswagen» de esa
chica: Haz el amor, no la guerra. Es el lema de estos tiempos. ¿Hay algo malo
en ello?
Sí. Cabe la
posibilidad de que, puesto que el bien máximo ha de encontrarse en el amor, con
el máximo mal ocurra lo mismo. El mal, el pecado, si existe, no debe guardar
proporción con ninguna otra cosa. ¿No dijo uno de tus santos que el universo
entero, en toda su bondad, no vale el precio de un solo pecado? El pecado es
desproporcionado, ¿no? Hay una sola clase de conducta que no guarda relación
con ninguna otra cosa, en su infinita bondad y en su infinita maldad. Es la
conducta sexual. El orgasmo es el único infinito terrenal. En consecuencia, es
una infinita bondad o una maldad infinita.
Lo que yo buscaba
era un pecado verdadero… ¿existía tal cosa? El pecado sexual era el impío grial
que yo trataba de encontrar.
Es posible,
naturalmente, que no haya semejante cosa y es probable que el pecado verdadero,
lo mismo que el Grial, no exista.
Sin embargo, tenía
la sensación de haber tropezado con algo, quizás por primera vez en mi vida. O
al menos en los últimos veinte años. Yo era como Robinsón Crusoe, contemplando
una huella en su isla, al cabo de veinte años: no una huella, sino el tipo de
sangre de mi hija. ¡Ajá, algo ocurre!
Así que de la noche
a la mañana me torné sobrio, clarividente, pulcro, apto, alerta, vigilante como
un tigre en un charco.
Algo se estaba
agitando. De modo que sir Lancelot se aprestaba a partir, a salir en busca de
algo más raro que el Grial. Un pecado.
«Elgin, ¿qué te
parecería hacer una película?».
Elgin sonrió.
«Merlin ya me lo
propuso».
«Participar en una.
Lo que yo te pido es hacer una película, no participar en la de Merlin. Mía.
Voy a hacer una película».
«¿Sí?».
«Y tú vas a
ayudarme».
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«¿De verdad?».
«Escucha, Elgin…».
Rodeé la mesa y, hundidas las manos en los bolsillos, permanecí de pie, mirando
a Elgin. Estaba sentado perfectamente simétrico, apoyados los brazos en ángulo
sobre los de la silla, entrelazados los dedos, clavada la mirada al frente, con
una tenue sonrisa en los labios. «Te estoy pidiendo un favor. Necesito que
alguien me ayude y la única persona que puede hacerlo eres tú. Hay dos razones
para esto. Una es que sólo tú posees la capacidad técnica para ayudarme. La
otra es que eres una de las dos o tres personas del mundo en quien confío. Las
otras son probablemente tu madre y tu padre. Debo decirte que se trata de un
favor importante, porque lo harás sin saber por qué. Aunque lo que te pido no
es ilegal, tampoco tienes por qué conocer los motivos. ¿Comprendes?».
«Sí».
«¿Y bien?».
«De acuerdo». Aún
evitando mi mirada, respondió inmediatamente.
Era como si ya
supiese lo que yo quería.
«Aquí está el
problema técnico. Si he de serte sincero, no sé cómo puede resolverse. Desde
luego, no tengo la más remota idea de cómo entendérmelas con él». Saqué el
plano de la segunda planta de Belle Isle. «¿Ves estas cinco habitaciones? La de
Margot y la de Raine están a un lado del pasillo, separadas por la chimenea y
el montaplatos. En la otra parte del corredor están estas tres habitaciones,
aquí la de Troy Dana, la de Merlin aquí y la de Janos Jacoby aquí. Volverán a
la casa mañana, como había previsto».
Elgin parpadeó una
vez, cuando mencioné el nombre de Margot. De otro lado, su expresión no cambió.
Elgin no se movía,
pero sus ojos se desenfocaron.
«Esto es lo que
deseo. Quiero que se monte una cámara oculta en cada una de las habitaciones y
que se registre todo lo que ocurra en esos cuartos entre la medianoche y las
cinco de la madrugada. Durante una, tal vez dos noches. Tres, como máximo».
«No hay forma»,
dictaminó Elgin al final.
Pero incluso
mientras lo decía, meneando la cabeza y sonriendo, le estaba dando vueltas al
asunto en el cerebro… alegremente. ¡Feliz el hombre que puede vivir con
problemas! Precisamente con eso había contado yo, con que el problema, su pura
imposibilidad, le hechizase de
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inmediato, de forma
que no dispusiera de dos segundos para meditar acerca de lo que le estaba
pidiendo.
Mientras sonreía y
sacudía la cabeza, le daba vueltas al asunto. Era como un montañero, sujeto a
los clavos, ligado a la cuerda, que alzase la vista hacia la cumbre pelada del
risco. No era posible coronarlo. Por otra parte, quizás…
«No hay forma».
Repitió la imposibilidad, la saboreó.
«¿Por qué no?».
«Por tres razones
al menos. No hay suficiente luz. El ruido de la cámara. Y no existe cámara que
filme durante cinco horas seguidas».
«Comprendo».
Esperé, mientras le
veía subirse las gafas con el pulgar, puente de la nariz arriba, y rascarse la
cabeza.
Una idea extraña:
Recuerdo que en aquel momento pensé que nada cambia realmente, ni siquiera
Elgin, pasando de niño negro a muchacho listo en el I.T.M. Porque, ya ves,
incluso haciendo eso y no dedicándose a la búsqueda de la solución técnica,
seguía siendo en cierto sentido «mi negro»; y el contemplarle y esperar
constituía parte integrante de la vieja costumbre que teníamos de atribuirles
poderes maravillosos, si «aquellos» negros eran «nuestros». ¿No recuerdas lo
que mi abuelo solía decir del viejo Fluker, el padre de Ellis? Afirmaba que si
salíamos a cazar codornices y nos llevábamos a Fluker no necesitábamos perros
para levantar las piezas, ya que Fluker sabía dónde se encontraban las aves.
Eso formaba parte
del asunto, desde luego… no que Elgin tuviese algo de perro perdiguero, sino
que al ser inteligentes y mediante algún privilegio especial, acaso temerosos
de nuestra misma necesidad e impotencia, podíamos confiar en ellos para
cualquier cosa, no sólo para que venteasen codornices, sino también para que el
chico fuera del I.T.M., listo, más listo que nosotros, judío listo, no, más
listo que los judíos. Podía oír a mi abuelo: En cualquier momento haré competir
a ese Elgin con un judío, con cualquier judío. Ve a elegir tu judío.
«¿Tiene que ser por
fuerza una película?». Elgin alzó la cabeza para mirarme y desplazó la lengua
lateralmente. Comprendí que se le había ocurrido una idea.
«¿Qué otra cosa…?».
«¿Qué me dice de
una cinta?».
«Quiero imagen, no
sonido».
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«Cinta de video».
«¿Cómo funciona
eso?».
«Como una cámara de
televisión de circuito cerrado que se ven en los grandes almacenes. Sólo que…».
«¿Qué?».
«Está bien. Mire.
¿Qué le parece esto?». Se volvió hacia la mesa y cogió mi lápiz. Bailaron sus
negros ojos. Había acudido a su mente, ¡la solución! «Utilizaremos cinco
cámaras minicompactas, situadas aquí y aquí». Trazó sendas X en las salidas del
montaplatos que daban a las habitaciones de Margot y de Raine, «Ya pensé en
eso. ¿Pero qué hay de las tres habitaciones del otro lado del pasillo?».
«Aprovecharemos los
orificios de ventilación de los A/C.».
«¿El aire
acondicionado?».
«Exacto.
Emplearemos minicompactas con objetivo de veinticinco milímetros… lo bastante
pequeñas como para ver a través de una ranura del enrejado».
«¿Y el zumbido de
la cámara?».
«No hay zumbido. No
hay película. Se trata de cámaras de televisión».
«¿Y la oscuridad?».
«Emplearemos un
tubo electrónico captor “Vidicon”, un intensificador luminoso de doble paso
“Philips”… ya sabe, funciona sobre el principio de nervio óptico, puede captar
un simple cuanto de luz, un fotón».
«Entonces
necesitaremos algo de luz».
«Ayudará la de la
luna».
Consulté el
calendario.
«La luna está en
cuarto».
«Puedo usar
infrarrojos». Elgin recogió sus gafas.
«Estupendo».
«Lo único que
necesito es una sala de control. Podría ser en cualquier parte».
«¿Qué te parece la
biblioteca de mi padre?».
«¿No la usan el
señor Tex y Siobhan? Tenemos que disponer de un lugar donde nadie moleste para
nada».
«Lo único que tengo
que hacer es trasladar el televisor. Lo pondré en el cuarto de Siobhan».
«Perfecto. Podría
tender cables de entrada desde el montaplatos y los conductos del aire
acondicionado por la vía del tercer piso».
Página 119
«¿Y que estarás
haciendo allí?».
«Grabaré cinco
cintas. Necesitaré un monitor “Conrac”».
«¿Cuánto tardarás
en montar todo el tinglado?».
«Bueno, tendré que
ir a Nueva Orleans para agenciarme el equipo». Consultó su reloj. «Mañana.
Luego, me llevará todo el día siguiente instalarlo todo… si no hay nadie por
allí».
«No habrá nadie.
Las próximas cuarenta y ocho horas rodarán en la ciudad. Una escena en el
tribunal y una escena de amor en la biblioteca».
«Muy bien. Supongo
que, en el mejor de los casos, podremos hacerlo pasado mañana por la noche… eso
contando con que todo salga bien y consiga el equipo. Pero estoy seguro de que
lo conseguiré».
«Así lo espero.
Porque empezarán a rodar en Belle Isle dentro de dos o tres días. Entonces será
demasiado tarde».
«Podemos lograrlo.
Todo lo que hay que hacer es encargarse de que la casa esté vacía mañana y
pasado mañana y que la biblioteca esté libre por la noche».
«¿Cuánto costará
todo ese material?».
«El intensificador
de luz es caro, unos cuatro mil. En conjunto, no creo que ascienda a más de
ocho o diez mil, a lo sumo».
«Diez mil», repetí.
«Tengo eso en la cuenta de la casa. Creo que lo mejor será que te entregue
dinero en efectivo. El banco abre a las nueve. A las nueve y media podrás estar
en camino».
«Vale».
«Muy bien. Luego,
¿con qué terminarás?».
«Con cinco cintas.
Algo como esto». Cogió un cartucho de ocho pistas con los últimos cuartetos de
Beethoven. Durante los últimos meses, había comprobado que me era posible
disfrutar de una moderada felicidad si, simultáneamente, (1) bebía, (2) leía a
Raymond Chandler y (3) escuchaba a Beethoven.
«Sólo que hay un
problema», dijo Elgin, mientras le daba vueltas a la cinta magnetofónica.
«¿De qué se
trata?».
«Tiempo. Ni
siquiera esto grabará cinco horas. ¡Ah!». La tenía, la solución. Embalado ahora
en una especie de exaltación inventiva, a Elgin le era suficiente expresar el
problema en palabras. Exponerlo de viva voz era solucionarlo. Hasta chasqueó
los dedos. «Tendremos que utilizar el nuevo activador de movimiento “Subiru”».
Página 120
«¿Qué es eso?».
En su tono un poco
destemplado capté el entusiasmo, el efecto tónico de su sabiduría y
competencia. Se encogió de hombros ante mi pregunta.
«¿No conoce la
grabadora de cinta magnetofónica que se activa al sonido de la voz? Sólo
funciona cuando se producen ruidos».
«¿Como la que tenía
el presidente?».
«Sí». Se sentía
demasiado feliz para notar la ironía. «El mismo principio. Transferido a la
luz. La cinta sólo corre cuando algo o alguien se mueve delante de la cámara».
«Algo o alguien.
¿Eso quiere decir que no registrará la imagen de una persona dormida?».
«Sólo cuando él o
ella se dé la vuelta. Lo único que tiene que hacer esa persona es moverse… o
hablar».
Cuando algo o
alguien se moviese. Si, eso era. Eso era lo que yo deseaba. Quién se movía,
hacia quién, con quién.
Fue necesario
visitar el plato, cosa que yo nunca hacía, a fin de comprobar cuánto tiempo
duraría el rodaje allí y avisar a Elgin, en caso de que mis invitados
decidiesen volver a Belle Isle de forma prematura. Elgin debía disponer de
tiempo para preparar su propio «plató», instalar y conectar sus cámaras.
No hubiera hecho
falta que me preocupase. Se pasaron toda la jornada con una breve escena entre
Margot y Dana. Quince o veinte veces tuvo Dana a Margot contra las estanterías
de la biblioteca, repitiendo el «coito simulado». Se enfocaba a Dana desde atrás,
haciendo algo que Margot realizaba con soltura y rapidez. Dana estaba vestido.
Merlin se
sorprendió al verme, pero, como de costumbre, se mostró amable y locuaz. Le
dije que había ido a darle la bienvenida a Belle Isle y a que me confirmase si
se habían trasladado definitivamente del parador. Aunque el peligro de un
huracán era bastante remoto, el motel estaba construido en terreno de marismas
y podía haber una inundación.
«¡Eres un muchacho
estupendo!». Merlin se acercó y me cogió del brazo. Tenía una forma especial de
conseguir que todo encuentro entre nosotros excluyera a los demás. Sus ojos
azules irradiaban afecto; el nervio blanco hacía que el iris girase con vertiginoso
aprecio. «Sería verdaderamente extraordinario que se acercase un huracán
auténtico al
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mismo tiempo que
nosotros preparamos uno fingido. Sin embargo, la verdad es que esta escena no
tiene nada que ver con el huracán».
«Quiero oír la
cremallera», aleccionó Janos Jacoby a Dana.
«El plato era la
pequeña biblioteca pública del lugar. Los habitantes de la ciudad miraban, de
pie, con los brazos cruzados, sentados en sillas de aluminio, en la acera,
sobre la hierba, ante la puerta de entrada. En el interior, la biblioteca era
un pandemónium; parecía que el huracán se hubiese abatido ya sobre ella. Se
había apartado todo para poder filmar a Margot y Dana entre los estantes de
libros. Las luces de tonalidad azul-blanca producían una claridad y un calor
más intensos que los que reinaban en la calle. Gruesos cables serpenteaban
sobre la pisoteada hierba como si aquello fuera el recinto de una feria. Entre
una y otra toma, Dana se subía la cremallera de la bragueta, se retiraba, se
limpiaba las uñas y escuchaba a Jacoby, sin prestarle atención. Margot, en su
papel de bibliotecaria en la película, llevaba unas gafas sujetas alrededor del
cuello, blusa blanca, chaqueta de cachemira, arremangada. No estaba a gusto. Su
rostro tenía expresión descarada y sus movimientos eran acartonados. Me di cuenta
al instante de que distaba mucho de ser una buena actriz. Lo que estaba
haciendo no era representar un papel» es decir, imitar a otra persona, sino
actuar como una actriz que imitase a otra persona. Ya había tenido que
abandonar una vez la profesión de actriz.
Dana era algo digno
de verse: descalzo, ajustados pantalones vaqueros con cinturón de hebilla
plateada, una especie de jersey-camisa de fabricación casera, cadena colgada
del cuello, con una piedra de jade, perfecto casco de pelo amarillo, perfectas
facciones regulares, perfectas cejas derechas que relucían como alas. Se movía
bien y no le faltaba gracia. Era un idiota, pero tenía gracia. Era un espacio
en blanco relleno con la idea de otro. Era un buen actor. Sus ojos se los
arreglaban para dar la impresión de que acumulaban luz y brillaban por sí
mismos. Los vecinos de la urbe le contemplaban boquiabiertos como si
perteneciera a otra especie. Tal vez era así. Acaso en algún punto de las
doradas arenas de California se había engendrado una nueva raza de criaturas
perfectas, jóvenes y áureas.
Margot no podía
verme. Las luces eran deslumbrantes.
«Esta es una escena
muy corta, pero muy crítica», explicó Merlin. «Se trata de la liberación sexual
de Sarah».
«¿Liberación
sexual?».
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«Sí. Recuerda. Dana
es el forastero que llega a la ciudad, procedente de no se sabe dónde, y que
posee un talento extraordinario… todo el mundo se da cuenta de ello
inmediatamente. Gracias a Dios, se trata de una película, ¿talento Dana? A
duras penas tuvo suficiente sentido común para no ahogarse cuando se cayó al
agua de la plancha de deslizamiento, en Beach Blanket Bingo. Pero míralo ¿no es
algo impresionante? Podemos crearle desde el principio como a una muñeca. Yo
creé a Dana… Dana en sí mismo no es nada, un perfecto cero a la izquierda. Ese
personaje, ese forastero se hace notar enseguida por todos como algo distinto,
tomemos, por ejemplo, sus ojos, hay en ellos luz interior, es una criatura
luminosa. Obsérvalo. Su temperatura normal anda por los treinta y ocho grados.
La verdad es que rutila. Y lo que es más importante, es libre. Todo el mundo
está aquí estancado… de hecho, todos lo estamos, tú estás estancado, yo estoy
estancado. ¿De acuerdo? Sarah es un tipo Joanne Woodward — aunque lo cierto es que
Margot resulta un poco demasiado joven y guapa —, pero nunca ha llegado a saber
en qué consiste ser mujer. Ya sabes, su marido, Lipscomb, está también un poco
al margen. Permanece sentado, retorciéndose las manos, mientras la plantación
se precipita hacia la ruina. Ella, la mujer, evita el derrumbamiento total de
las cosas, gana un sueldo de hambre en la biblioteca. Lipscomb está estancado.
Todo el mundo está estancado. Los aparceros, el blanco y el negro, estancados
en la pobreza y la ignorancia. Los ciudadanos, estancados en el fanatismo
intolerante. Y así sucesivamente. El forastero no sólo es libre, sino que
también está capacitado para liberar a los demás. Lo envuelve cierta aureola de
lejanía, la sensación de que procede de un lugar muy distante, acaso del Este,
quizás de un punto remoto. Tal vez es un dios. Al menos, es una especie de
imagen tipo Jesucristo.
»Satisface a la
gente. Satisface los anhelos de los aparceros de poseer sus propias tierras…
descubre que la familia de Raine, de Ella, es propietaria de la tierra.
Reconcilia al blanco y al negro… que comprenden su común humanidad durante el
huracán. Incluso llega al sheriff (¡Dios, lo que me hubiese gustado disponer de
Pat Hingle!), que en contra de sí mismo se siente tremendamente impresionado
por aquella criatura radiante, vibrante, no violenta… A decir verdad, se
sugiere de un modo bastante intenso aquí la homosexualidad del sheriff sureño,
¿no? El forastero casi convence a Lipscomb, que ha perdido sus lazos con la
tierra, la naturaleza, su propia sexualidad. Se hace con Sarah. Entra en la
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biblioteca y
mientras la mujer se queda con la boca abierta, él se limita a dirigirse al
anaquel, coge el Rig-Veda y lee el gran pasaje que empieza: “El Deseo penetró
en el Uno en el primer momento”. Luego, aún sin pronunciar palabra, coge la
mano de Sarah, lleva a la mujer detrás de las estanterías y allí la hace suya,
de pie, contra los viejos libros rancios — Thackeray, Dickens, etcétera— que
representan el agostamiento de la savia occidental. Hay un estupendo primer
plano de Sarah mientras hace el amor con la espalda apoyada en una colección de
polvorientas novelas del Waverley. ¿Formidable? El forastero es el principio
vivificante, los libros están muertos, todo el mundo está muerto, Thackeray
está muerto, Scott está muerto, la ciudad está muerta, Lipscomb está muerto,
ella está muerta, o, mejor dicho, nunca ha vivido. De modo que lo que tratamos
de hacer entender es que no se trata de un simple acto carnal, aunque eso
tampoco tiene nada de malo, sino de una especie de sacramento y celebración de
la vida. El forastero lo mismo podía ser un sumo sacerdote de Mitras.
¿Comprendes a dónde queremos ir a parar?».
Algo no iba bien.
Jacoby pidió una cámara manual «Arriflex» y su ayudante Lionel no lograba dar
con ella. Jacoby se acercó a decirle algo a Merlin. Más o menos
automáticamente, extendí la mano… no es que deseara estrechar la mano de
Jacoby, pero en el Sur no ignoramos que el verdadero objetivo de los buenos
modales consiste en hacer la vida más fácil para todos, más fácil para no
intimar excesivamente con los demás y para evitar el intercambio soliviantador
de groserías e incluso insultos. O uno le estrecha la mano a alguien, o le
ignora, o le mata. ¿Qué otra cosa ocurría allí? Jacoby me ignoró. Su aturdida
mirada me atravesó y pasó de largo. Creo que no se trataba de ningún insulto,
sino más bien de que no me veía. En su reconcentración, yo formaba parte del
decorado de la ciudad, era uno más de sus vecinos. Merlin se percató de la
omisión y se sintió violento, se aclaró la garganta, sin saber qué hacer. Ahí
está la función de los modales: sin ellos, nadie sabría qué hacer en cada
momento.
Rescaté a Merlin
mediante el procedimiento de preguntarle si iban a trabajar mucho aquel día.
«¡Oh, hasta tarde!
¡Muy tarde!», exclamó Merlin cordialmente. «Y gracias por habernos dado
alojamiento…». Lo dijo mirando a Jacoby para que éste también me diese las
gracias, pero Jacoby se limitó a inclinar la cabeza ambiguamente. Escapé y fui
a la parte de atrás, al despacho de la bibliotecaria.
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Raine, Lucy y la
señorita Maude, la bibliotecaria, estaban allí. Raine me besó con todas las
apariencias de sentirse encantadísima… ¿Qué es Raine? ¿actriz? ¿coqueta?
¿juguetona? ¿una chica cariñosa y simpática? Lucy imitó su ejemplo, con aire un
tanto distraído. Había perdido la chaveta por Raine de tal modo que casi ni
siquiera reparó en mí.
«¿No es
emocionante?», inquirió Raine, mientras apoyaba sus manos en mis hombros, me
balanceaba un poco y me rozaba con sus rodillas. Una rodilla se introdujo entre
mis piernas.
«¿Qué?».
«¡El huracán!».
«No creo que llegue
aquí».
«¡Pero la luz! ¿No
has notado ese peculiar tono amarillo de la luz y la calma siniestra que lo
envuelve todo? ¿No suele ser eso preanuncio de los huracanes?».
«Supongo que sí. La
verdad es que no había reparado en ello».
«Le estaba diciendo
a Lucy que aquí hay algo más que coincidencia».
«¿Cómo es eso?».
«¿Es posible que
sea una coincidencia el hecho de que, precisamente mientras realizamos una
película sobre un huracán, venga aquí un huracán de verdad?».
«Bueno, todo podría
ser. Esta es la estación de los huracanes». «¿Cuáles son las probabilidades
matemáticas? ¿Una entre un millón?
Aquí interviene
algo más que la meteorología. Interviene algo más que la luz. Adivino la
convergencia de todas nuestras separadas líneas de fuerza. ¿No percibes que
algo ha cambiado en el aire entre todos nosotros?».
«Pues…».
«¡Yo sí, Raine!»,
exclamó Lucy, y se cogió del brazo de Raine. Teñidas de intenso color las
mejillas, Raine me hablaba con la cabeza
gacha, tan
coquetamente como Siobhan. ¿Era su modo de manifestarse tímida respecto a sus
convicciones místicas?
«Hay un campo de
fuerza alrededor de todos nosotros, aumentando y menguando», dijo Raine con voz
ausente, declinando de súbito ella misma, perdiendo interés en el asunto. Habló
un poco más, pero distraídamente.
«Es posible que
tengas razón, Raine». Nunca he podido entender el entusiasmo de la gente del
cine. Era como si se viesen poseídos a rachas
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por determinados
demonios, demonios de una categoría inferior, a los que uno no necesitaba
prestar una atención estricta.
La señorita Maude,
lo mismo que Lucy, miraba fijamente a Raine, fulgurantes los ojos.
Entró Dana con paso
lento, engarriados los pulgares en el pantalón tejano. Se desorbitaron los ojos
de la señorita Maude. El muchacho era algo digno de verse. Tal vez era el nuevo
dios iluminado por el sol, que llegaba para salvar a la triste ciudad. Pero
cuando, sin hacer caso de nosotros, empezó a hablar con Raine, el tema fue…
¡sus inversiones! Malas noticias de Londres, donde había comprado una taberna
con la que se ganaba dinero, ¡pero el gobierno se llevaba el noventa por ciento
de los beneficios! «Santo Dios, si hubiese escuchado a Bob cuando me propuso lo
de Caimán»… y así, ¡irritante!, contrariados los ojos por la preocupación por
el mantenimiento y los impuestos, y de pronto uno se daba cuenta de que todo
era una ilusión óptica, un truco, que su hermosura no sólo era accidental y en
ella no tenía el muchacho arte ni parte, sino que ni siquiera él contaba con la
misma. Era como un podenco adornado con un collar de diamantes.
La señorita Maude
se vio repentinamente poseída por un demonio personal e intransferible.
Implorante, casi lacrimógenamente, reluciéndole los ojos, brindó su casa a
Raine para la escena entre Lipscomb, el decadente plantador, y su tía, un
personaje aristócrata y fuerte («¡Cristo, no puedes imaginarte a Ouspenskaya
haciéndolo!», dijo Merlin) que manifiesta al hombre que su auténtica energía
procede de la tierra. «¡Siempre tienes la tierra! ¡La tierra es eterna!» y todo
eso. La señorita Maude parecía conocer cuanto se relacionaba con la película.
«Gracias, Maude»,
repuso Raine, y le dio un abrazo. «Se lo diré a Jan y a Bob».
Observé que Raine
se encontraba en una especie de éxtasis de benevolencia. La complacía mostrarse
agradable con la señorita Maude. La cara de Raine resplandecía como la de una
santa o como la de Ingrid Bergman. ¿Era el huracán lo que estimulaba o era la exaltación
de ser una estrella cinematográfica y ver su estrellato confirmado en los
rostros de las personas corrientes y molientes?
Parpadeé. De golpe
y porrazo, la señorita Maude, a quien conocía de toda la vida o pensaba que la
conocía, perdió un tornillo. O acaso ese
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tomillo llevaba
cuarenta años faltándole y lo había encontrado por fin. De hecho, eso fue lo
que dijo.
Su semblante se
arrugó repentinamente y adoptó el aspecto de una ciruela pasa. Al principio,
creí que estaba llorando, pero no era aflicción, era felicidad, gratitud.
Retorcía un pañuelo entre las manos.
«No puedo expresar
con palabras lo que significa para mí», dijo la señorita Maude, mientras movía
sus cansadas manos atrás y adelante.
«Raine consiguió
que Jan diese a la señorita Maude un papel de figurante en la escena de la
biblioteca», me explicó Lucy.
«¿Hay algún modo en
que pueda explicárselo?», imploró la señorita Maude, al tiempo que se acercaba
más a Raine y se retorcía las manos, dominada por el frenesí de una emoción que
ni siquiera podía denominar.
«Hizo usted un buen
trabajo», alabó Raine, retrocediendo, al resultarle la cosa peor de lo que
había esperado. «Es usted una persona magnífica, Maude».
«Oh, Raine, Raine,
Raine», repitió Maude, y echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Miré asombrado a
Maude. ¿Es que todos los habitantes de la ciudad se habían vuelto locos o es
que se me escapaba algo? Estaba acostumbrado ya al delirio especial de los
peliculeros, pero ahora la ciudad entera había enloquecido. Personas normales
de la población, no sólo Maude, se comportaban como si toda su vida se hubiera
desarrollado en una atmósfera de sibilino acertijo, representando una función
de sombras chinescas en la que las sombras eran esas mismas personas, y ahora,
de súbito, aparecían en su medio, como por arte de magia, aquellos seres
esplendorosos y más importantes que la propia vida. Ella, Maude, no lograba
hacerse a la idea: no sólo entraron en su biblioteca, dando lustre a los
velados anaqueles con la luminosidad de oro que aquellos seres irradiaban, sino
que, por unos momentos, ¡Maude había sido uno de tales seres!
En aquel instante,
la señora Robichaux, esposa de un dentista, a la que siempre, durante todos
aquellos años, consideré una linda personita apacible, surgió de la nada y dijo
a Raine que haría cualquier cosa, cualquier cosa, por la compañía: «¡hasta trasladar
reflectores!».
El mundo se había
vuelto loco, dijo el demente en su celda. Lo demencial era que la gente del
cine traficaba con ilusiones en un mundo
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real, pero el mundo
real pensaba que su realidad sólo podía encontrarse en las ilusiones. Dos
hatajos de maníacos.
De un modo u otro,
había lanzado, la pelota entre ellos.
Se acercó Lionel
con la cámara «Arriflex» acomodada en el hombro. Dana avanzó otra vez hacia
Margot. Su mirada se hundía directamente en los ojos de Margot, indolente y sin
la menor dificultad. A ella sí le costaba trabajo devolver esa mirada. Tres
focos se reflejaban en sus pupilas.
Jacoby puso las
manos dobladas sobre los hombros de ambos actores, la vista clavada en el
suelo, como un árbitro que diera instrucciones a los boxeadores.
«Querida», le dijo
a Margot, «esta vez lo intentaremos de otro modo.
Quiero que tus
piernas se enrosquen alrededor de él».
No es de Polonia,
pensé. Ha vuelto a perder el acento.
«¿Cómo?», preguntó
Margot débilmente.
«¿Que cómo? Cristo,
hazlo y nada más. De algo servirá. Él te cogerá por las nalgas y evitará que
vayas a parar al suelo. No te preocupes».
«Está bien».
«Y cuando digas tu
frase: “no me harás daño, ¿verdad?”, quiero que en tu voz haya miedo y ternura
al mismo tiempo. ¿Podrás hacerlo, querida?».
«Lo intentaré».
«Sí, muy bien.
¿Listos? Recuerda, Dana, quiero oír la cremallera. Es importante».
«Sí. Conforme».
«Merlin, pregunté,
¿qué ocurre al final con, ah, Lipscomb?».
Merlin se encogió
de hombros.
«Lo que cualquiera
puede suponer. Casi se deja convencer para la salvación, primero por el
forastero, después por su propia tía. Pero al final se aleja de ambos. Se
desliza poco a poco por la pendiente que conduce al alcohol y a Chopin. Sarah
opta por la vida, él por la muerte. Al forastero lo inmola una turba de
ciudadanos que creen odiarle, aunque en realidad a lo que odian es a las
fuerzas de la vida que el forastero despierta dentro de ellos. Es el nuevo
Jesucristo, naturalmente».
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Regresé a Belle
Isle a pie por el dique. Desde luego, la atmósfera se había tornado pesada y
quieta. Sin embargo, en las alturas, a lo lejos, se acumulaban negros
nubarrones, que se desplazaban hacia el norte por su propio impulso, como
mirlos que elevaran el vuelo desde la marisma alarmada. Una claridad amarilla
llenaba el espacio entre la tierra y las nubes, como si ya estuviesen
encendidas las fogatas de Navidad.
No podía
soportarlo. Aún no puedo soportarlo. No puedo soportar la forma en que son las
cosas. No aguanto esta época. Es más, no lo haré. Ese fue mi descubrimiento:
que no tenía que hacerlo.
Si tú estuvieras en
lo cierto, podría soportarlo. Si tu Jesucristo fuese rey y todo eso en lo que
crees —por Dios, ¿todavía crees en ello?— fuese verdad, podría soportarlo. Pero
tú ni siquiera crees en ello, ¿verdad? En lo único que piensas es en esa chica
del dique. No me extraña que no tengas tiempo para rezar por los muertos. No
piensas más que en coger a esa chica en el dique y llevártela a los sauces.
¿No? Pero si fuese
verdad eso en lo que creíste en otro tiempo, yo podría soportar las cosas tal
como son ahora.
O si mi tatarabuelo
tuviese razón, yo podría convivir con eso. ¿Sabes lo que hizo? ¡Se batió a
duelo! Nada de caballeresco affaire d’honneur bajo los robles de Audubon en
Nueva Orleans, sino una lucha a muerte con puños y cuchillos, lo mismo que Jim
Bowie, ciertamente en la misma barra de arena. Había ganado un montón de dinero
en una partida de póker, en Alexandria. El perdedor se tomó la cosa muy a mal,
era mucho lo que se le había escapado del bolsillo, y empezó a murmurar
alusiones a estafa. Aquello ya resultaba bastante malo. Pero encima cometió un
error grave. Sacó a relucir el nombre de la madre de mi pariente. Era una
D’Arbouche de New Roads. Bueno, mi tatarabuelo era un hombre atezado; parecía
Jean Lafitte. «¿Qué es lo que has dicho?», preguntó al individuo, quien
contestó algo así como: «Oíste perfectamente el nombre que dije». «¿Y cuál es
ese nombre?», insistió mi antepasado placenteramente. «Pues, D’Arbouche, ¿no?
¿O es Tarbrouche?». Lo que equivalía a decir que mi antepasado tenía ciertas
pinceladas genéticas oscuras, lo que significaba a su vez que la madre de mi
tatarabuelo, una dama criolla muy blanca, había
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mantenido
relaciones sexuales con un negro, y resultaba difícil determinar qué injuria
era más terrible: si la de que la mujer hubiese mantenido relaciones sexuales
con un hombre que no era su marido o la de que ese hombre fuese negro.
«Comprendo», dijo mi antepasado. «Bueno, te propongo una cosa. Tú y yo nos
veremos las caras dentro de unas horas, o sea, al amanecer, en el banco de
arena de Vidalia, que se encuentra fuera de la jurisdicción de Luisiana y de
Mississippi. Con un cuchillo Bowie cada uno. Sin padrinos». Se vieron las
caras. Acudieron espectadores, pero estaban asustados y se escondieron entre
los sauces. Los contendientes lucharon. Mi tatarabuelo mató a su adversario,
sufrió feas heridas en los brazos y en la cara, pero se las arregló para llevarse
por delante a su enemigo, al que cortó el cuello de oreja a oreja. Luego mandó
en busca de un hacha, decapitó, desmembró, descuartizó el cadáver y echó los
trozos a los bagres. Se lavó en el río, se curó las heridas y, acompañado de
sus amigos, remó en bote hasta Natchez-under-the-Hill, donde se regalaron con
un abundante desayuno.
Yo podría vivir de
ese modo, con todo lo brutal que era, aunque no creo que los hombres tengan que
desollarse entre sí como animales. Pero al menos es un modo de vida. Uno sabe a
qué atenerse y qué puede hacer. Hasta la derrota es mejor que la ignorancia.
También podría
vivir a tu modo si ese modo fuera auténtico.
Lo que no puedo
soportar es la forma en que están las cosas ahora. Es más, no lo aguantaré.
¿Aguantar qué?,
preguntas. Bueno, te daré un ejemplo insignificante. Eso que estás mirando.
¿Ves el cartel de la película que está al otro lado de la calle? ¿Los del 69?
¿Hombres y mujeres en interacción ying-yang, practicando felaciones y
cunilinguos en la esquina de las calles de la Felicidad y de la Anunciación?
¿Qué haría al respecto? Sencillamente, eso es algo que tendría que suprimirse.
Acércate, Percival,
quiero decirte una cosa. No es una confesión, sino un secreto. No se trata de
ningún pecado porque ignoro qué es pecado. Entiendo que, antes de que uno pueda
pecar, ha de saber qué es pecado… Bendíceme, padre, porque he hecho algo que no
entiendo. Sé qué es una infracción, un agravio o un insulto… algo que hay que
regular. Así que te digo lo siguiente y, confesión o no, te considero ligado
por los lazos de la amistad, ya que no por los del confesionario.
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Ven aquí. Olvídate
de la ventana. Mírame. Hemos convivido a través de un sinfín de situaciones y
cosas: colegio, guerra, charla, putas, fútbol, chicas decentes,
calientabraguetas, así que como me entiendes y conoces mi pasado —aparte de ti,
no hay nadie en esas condiciones— voy a contarte mis planes para el futuro. Va
a surgir un nuevo orden de cosas y yo seré parte del mismo. No lo confundas con
nada que hayas oído antes. Desde luego, no con tu Sociedad del Nombre Sagrado o
Cristianos en Lucha contra la Obscenidad. Esto no tiene nada que ver con
Jesucristo ni con el boicoteo. No lo confundas con los nazis. Eran unos
estúpidos. Si es cierto que hacía falta limpiar la República de Weimar y si es
cierto que tomaron parte en ello, lo estropearon todo al meterse con los
judíos. ¡Qué estupidez! Los judíos no tenían la culpa. Los nazis se comportaron
como patanes, fueron unos bestias. Lo que debieron hacer era atraerse a los
judíos. La mitad de los judíos se hubiera unido a ellos… como hicieron la mitad
de los católicos. No lo confundas con el Klan, esos pobres ignorantes
bastardos. Negros, judíos, católicos… todos quedan un poco al margen; culparles
sólo sirve para poner confusión en el asunto. Los invitaremos a ellos y a ti.
No lo confundas con la política sureña de Wallace relativa a los blancos
pobres. No tiene nada que ver con la política.
No es ninguna de
esas cosas. ¿Qué es, entonces?
Simplemente esto:
una convicción y una liberación. La convicción: no toleraré esta época. La
liberación: libertad para actuar de acuerdo con mi convicción. Y actuaré. Nadie
más tiene la convicción y la liberación. Muchos opinan lo mismo que yo, tienen
la convicción, pero no actuarán. Hay quien actúa, asesina, tira bombas,
incendia, etcétera, pero están locos. Actos dementes realizados por dementes.
¿Y si uno, un hombre sobrio, razonable y honorable actuase y lo hiciera con
estricta sobriedad, raciocinio y honor? Entonces tendrías el inicio de una
nueva época. Empezaremos un nuevo orden de cosas.
¿Nosotros? ¿Quiénes
somos nosotros? No constituiremos siquiera una sociedad secreta en el sentido
que tú le das a esas organizaciones. Los miembros se reconocerán unos a otros
sin símbolos ni contraseñas. Nada de discursos, congresos ni asambleas políticas.
No harán falta tales cosas. Un hombre actuará. Otro hombre actuará. Nos
conoceremos unos a otros como los caballeros solían reconocerse entre sí —no,
no caballeros en el antiguo sentido—, no hablo de clases sociales. Hablo de
algo que todos los
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hombres tienen en
común, gentiles, judíos, griegos, romanos, esclavos, libres, blancos, negros, y
así se reconocerán entre ellos: un código de austeridad, ternura hacia el
elemento femenino e intolerancia en cuanto a lo canallesco, celebración de
consejos y, por encima de todo, disposición a actuar y actuar individualmente
si es necesario —ahí está el Ingrediente esencial—, porque en este preciso
momento ni uno solo, entre doscientos millones de norteamericanos, está
preparado para actuar desde la base de una sobriedad y libertad perfectas. Si
un hombre es libre para actuar individualmente, uno no necesita la sociedad
para nada. ¿Cómo nos conoceremos entre nosotros? Del mismo modo que el general
Lee y el general Forrest se reconocerían mutuamente en una convención de
tratantes de coches de segunda mano en la calle Borbón: Lee era un caballero en
el viejo sentido. Forrest, no, pero en esta generación de víboras se
reconocerían instantáneamente el uno al otro.
Vosotros tenéis
vuestro Sagrado Corazón. Nosotros tenernos a Lee. Somos la Tercera Revolución.
Triunfó la primera revolución, en 1776, contra los estúpidos británicos.
Fracasó la segunda revolución, la de 1886, contra el codicioso Norte… era
inevitable, porque nos quedamos atascados en el asunto de los negros y, desde
luego, fue culpa nuestra. La Tercera Revolución triunfará. ¿Qué es la Tercera
Revolución? Verás.
No puedo tolerar
esta época. Y no lo haré. Puede que os hubiese tolerado a ti y a tu Iglesia
Católica, e incluso que me hubiera unido a vosotros, de haber permanecido tú
fiel a ti mismo. Ahora formas parte de la época. Tienes las mismas pulgas que
los perros con los que te has acostado. Me habría sentido a gusto en
Mont-Saint-Michel, el Monte del Arcángel de la espada llameante, o con Ricardo
Corazón de León, en Acre. Ellos creían en un Dios que afirmaba que sólo
mediante la espada podía conseguirse la paz. ¿Haz el amor, no la guerra? Yo
prefiero la guerra a lo que esta época llama amor. ¿Qué mundo es mejor, esta
Felicilandia de Estados Unidos saturada de porculina, anilinguo, mamada y
bajada al pilón o el de una legión romana al mando de Marco Aurelio Antonino?
¿Qué es peor, morir con T. J. Jackson, en Chancellorsville o vivir con Johnny
Carson en Burbank?
Sí, estaré fuera de
aquí dentro de un mes o dos. ¿Preguntas qué pensamos hacer? ¿Nosotros? Yo sólo
puedo hablar por mí. Los demás harán lo que les parezca. Pero permíteme que te
dé un ejemplo de mi vida futura. ¡Sí! Es posible que tenga dudas respecto al
pasado, acerca de lo que
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sucedió —todo está
muy confuso, mejor dicho, no quiero pensar en ello—, pero sé muy bien cómo será
el futuro, el nuevo orden y mi vida. El nuevo orden no se basará en el
catolicismo, comunismo, fascismo, liberalismo, capitalismo ni en ningún ismo,
sino simplemente en la rectitud austera apreciada por la nueva raza y marcada
por la violencia que acompañará a su aparición. No toleraremos esta época. No
me hables de amor cristiano. ¿Qué ha producido? Te diré lo que ha producido.
Consiguió que hablaran de él por la radio, por la televisión y desde el púlpito
y ése fue su final. Los judíos sabían muy bien lo que llevaban entre manos.
Billy Graham anduvo con Nixon y salió con una especie distinta de pulgas, pero
los profetas judíos vivían en desiertos y soledades y no alternaban con reyes
corruptos. Profetizaré: Este país va a meterse en un desierto y no será mala
cosa. La sed y el hambre son mejores que la putrefacción de la selva.
Empezaremos en la Sociedad donde Lee perdió. Los desiertos son lugares limpios.
Los cadáveres quedan convertidos rápidamente en simples sustancias químicas y
puras.
¿Cómo viviremos
entonces sin amor cristiano? Uno trabajará y se cuidará de sí mismo, vivir y
dejar vivir, y su conducta será la de un respeto decente hacia el prójimo. Si
no puede haber amor allí —¿llamas amor a eso de ahí fuera?—, habrá entre los
hombres una cortesía silenciosa. Y caballerosidad hacia las mujeres. Hay que
salvar a las mujeres del putaísmo que han elegido. Las mujeres volverán a ser
fuertes y castas. Los niños serán felices porque sabrán qué tienen que hacer.
Ah, ¿quieres saber
cómo será mi propia vida? (Mírate, de pronto abstraído, comprensivo, tratando
de engatusarme, todo oídos como cualquiera de esos psicólogos: ¿por qué no
podéis los sacerdotes seguir ceñidos a vuestra condición de sacerdotes para
variar?). Muy bien, te lo diré. Proyecto casarme con Anna, la muchacha de la
habitación contigua. Creo que ella me aceptará. Tú puedes oficiar la boda, si
quieres. La amaré y la protegeré. Puedo hacerle mucho bien. Puedo hacerlo,
igual que sé que puedo hacer lo que me decida a hacer. Anna ya está mucho
mejor. Ayer contemplamos las nubes que surcaban el cielo y sonrió. Es la
primera mujer del nuevo orden. Porque, por decirlo así, ha resistido lo peor de
esta época y lo ha sobrevivido, ha sufrido la violación máxima y ha salido de
ella no sólo intacta, sino en cierto modo purificada, inocente. ¿Qué otra podía
ser la nueva Virgen, sino una asistenta social forzada por una
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pandilla? No
bromeo. Su calvario la ha transformado en una criatura de diez años.
Viviremos en estas
vecindades. Me gusta este lugar. Nueva Orleans es un sitio pobretón, amable y
benévolo. Compraremos una casita victoriana bajo el dique y llevaremos una vida
sencilla.
Pero no toleraremos estos tiempos. No basta con destruirlos.
Construiremos un
orden nuevo.
A decir verdad, no
tienes por qué preocuparte. No hará falta recurrir a los homicidios. He
descubierto algo. Me he dado cuenta de que, incluso en este manicomio, si le
dices una cosa a alguien, cara a cara, con perfecta seriedad, sin emoción,
mirándole directamente, te creerá. Lo único que uno necesita es hablar con
autoridad. ¿No fue ése el rasgo nuevo que la gente observó en tu Señor, que
hablaba con autoridad?
La cuestión es que
no estoy dispuesto a tolerar esta época. Hay millones que opinan lo mismo que
yo y me consta que esta época no es tolerable, pero nadie actuará, salvo los
locos y ellos forman parte de la época. Los Manson dementes no son más que el
último espasmo-orgasmo de un mundo que agoniza. Sólo quedamos aquí nosotros
para asestar el coup de grâce. No esperaremos a que se ulcere y se pudra más.
Acabaremos con ella.
Me estás
contemplando, para variar. Bueno. Por lo menos no me sonríes. Sí, soy un
paciente en un sanatorio mental, más que eso, soy un prisionero. Sí, me doy
cuenta de que estás acostumbrado a los desvaríos de los locos. Sí, comprendo
que te has percatado de que me concedo la licencia de soltar locuras, por así
decirlo. Hasta es posible que esté bromeando. Pero también observo cierto
recelo en tus ojos, lo que me indica que no estás completamente seguro de que
no hablo en serio. Debes decidirlo por ti mismo.
¿Qué por qué te
digo esto? En plan de advertencia. Si te place, puedes poner la advertencia en
circulación. Queda muy poco tiempo. Tal vez es cuestión de meses. Sería mejor
que quitaran el cartel de Los del 69. Pero, naturalmente, no lo harán.
No toleraremos que
sigan las cosas como están.
¿Qué ocurre? Por
primera vez, desde que empezaste a venir aquí, pareces afectado. Ja, ja, de
modo que por fin he conseguido que reacciones.
¿Qué has dicho?
¿Que qué me pasó?
Página 134
¿A qué te refieres?
¿Quieres decir que qué sucedió en Belle Isle? Eso pertenece al pasado. A mí me
parece que eso ya da lo mismo. ¿Quieres saber qué ocurrió?
Hummm. Es penoso
recordarlo. Jesús, déjame pensar. Me duele la cabeza. Me siento hecho un asco.
Me tumbaré un rato. Tú tampoco tienes un aspecto muy saludable que digamos.
Estás tan pálido como un fantasma.
Vuelve mañana.
Página 135
7
¿Cómo es que hoy te
presentas vestido con el uniforme de cura? ¿Te has ceñido tus armas para la
batalla o te has puesto de gala como Lee para la rendición?
No importa. De
todas formas, no estaba pensando en ti, sino en Margot.
«Vosotros los
hombres os creéis más de lo que sois», recuerdo que me dijo Margot. «No sois
tan importantes para nosotras».
¿Vosotros los
hombres? ¿Nosotras? ¿Clases? ¿Categorías? ¿A eso teníamos que llegar?
Cristo, ¿de qué
hablábamos? Ah, sí, Percival, querías saber qué ocurrió, ¿no? Jesús, ¿qué más
da? Sí, tienes razón. Dije que había algo que aún me preocupa. ¿Qué? ¿El
pecado? ¿La incertidumbre de que exista tal cosa? No me acuerdo. De todas
maneras, no parece muy interesante.
Vaya día más
tristón. Ya ha llegado la lluvia invernal. Tengo entendido que hay depresión en
el Golfo. Un poco tarde para los huracanes, ¿no? ¿No estamos en noviembre?
Pero sería
apropiado, ¿verdad? Un huracán presentándose ahora, precisamente cuando te
hablo del huracán «María», que llegó hace un año, ¡mientras sobre Belle Isle se
abatía un ciclón artificial creado para la película!
Realmente me
encantaría que hubiese otro huracán. Disfrutaba lo mío con los huracanes. A la
mayoría de la gente le sucede lo mismo, aunque se nieguen a reconocerlo, la
verdad es que le ocurre a todo el mundo, salvo a unas cuantas personas cuerdas,
porque, después de todo, considerados desde cualquier nivel de cordura, los
huracanes son algo muy desagradable. ¿Pero qué demuestra eso, excepto que la
mayor parte de la gente actual está loca? Teóricamente, yo estoy loco, pero un
indicio de mi recuperada cordura lo constituye el hecho de qué ni por asomo me
ilusiona
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la idea de que se
presente un huracán. Conocí a un matrimonio que estaban hastiados de la vida,
se profesaban una acentuada antipatía recíproca, odiaban sus propias
existencias y se sentían desdichados… salvo durante los huracanes. Entonces se
sentaban en su casa de Pass Christian, colocaban una botella entre ambos,
experimentaban una oleada de felicidad, se hablaban con sinceridad y alegría,
bromeaban, reían, empinaban el codo e incluso hacían el amor. Pero eso es una
locura. ¿Por qué la gente ha de sentirse desgraciada durante el buen tiempo y
feliz cuando el tiempo es malo? Seguramente no porque sean pecadores durante el
buen tiempo y santos cuando la meteorología pone cara de perro. Cierto, las
personas se ayudan unas a otras en las catástrofes. Pero su satisfacción
interior no la produce el hecho que se ayuden entre sí. Se ayudan porque se
sienten satisfechos. No, es porque nos ha sucedido algo tan funesto que ni
siquiera hay palabra que lo exprese. La palabra pecado no sirve. Tu Jesucristo
no había barruntado nada como esto, ¿verdad? Los huracanes, que son algo
aciago, neutralizan la otra perversidad que carece de nombre, para que uno
pueda respirar tranquilo, volver a ser libre para pecar o no pecar. La pareja
de que te hablo sólo era libre y feliz durante el paso del ojo del huracán, es
decir, capaz de odiar y amar (normalmente estaban insensibles, se movían como
fantasmas), de mostrarse sinceros y de mentir. Al marido le era posible decir:
«A menudo, deseaba en secreto que hubieses muerto. La verdad es que hace una
hora, antes de que se desencadenase el ciclón sobre esta zona, estaba pensando
que no sería mala cosa que el huracán se llevase por delante el mirador,
contigo dentro… me arriesgaría». (¿Eso es pecado?). «Lo cierto es que me
imaginaba mi nueva vida en plan de viudo. No es una mala perspectiva. Piensa en
las mujeres de que podía disfrutar aquí, en Pass Christian, si tú no anduvieras
por los alrededores». El viento hizo añicos el cristal de una ventana y una
lluvia de fragmentos cortantes cayó sobre ellos. El hombre se miró la sangre.
«Pero ahora puedo decir con toda franqueza que resulta estupendo que estemos
juntos. Si el vendaval te llevase, iría detrás de ti». A lo que la esposa
respondió: «Desde luego, estoy hasta las narices de guisar para ti y de
arreglar la casa. Si sobrevivimos a esto, creo que saldré a buscar un empleo.
Tal vez nos iremos juntos. Entonces será formidable verte por la noche. Antes
solíamos pasar buenos ratos. Me gustabas. Bueno, me siento mejor. Deja que te
cure esas heridas y tomemos un trago». Tomaron varias copas. El viento aullaba
y ellos rieron como
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chiquillos. La casa
se agitaba como una hoja. Hicieron el amor mientras soplaba un vendaval con
ráfagas de más de doscientos cincuenta kilómetros por hora.
A decir verdad, no
les salió bien, después de todo. O quizás sí. De cualquier modo, un soleado
domingo por la mañana, pasado el ciclón, se echaron una mirada a fondo, larga y
recíproca, y se divorciaron.
Encontré a Margot
en el mirador que coronaba Belle Isle, dedicada a asegurar los ventanales
contra los embates del huracán «María». Pareció sorprenderse de verme allí, me
miró de soslayo, al resplandor de los relámpagos, como si no pudiera situarme.
Resultaba una especie de sobresalto para ella comprobar que yo había abandonado
mi acostumbrada hornacina en tiempo y lugar. La gente se pone nerviosa cuando
uno se aparta de su papel. Para Margot, me había convertido en parte del
mobiliario de Belle Isle, una pieza como la consola con espejo.
«¿Qué haces aquí?»,
interrogó, y enseguida volvió a su expresión de desconcierto, producida por
haber formulado tan extraña pregunta. ¿Por qué no iba a estar allí, en mi
propia casa?
«¿Y tú?».
«No consigo bajar
esta maldita ventana».
El mirador, con su
galería exterior con barandilla, parecía la cabina de pasajeros de un pequeño
transbordador. Bancos y ventanales se alineaban a lo largo de los cuatro lados.
Mientras la ayudaba
a bajar el cristal de la ventana, me encontré pensando cómo, a pesar de sus
diversas transformaciones, Margot conservaba buena parte de la moza rural de
Texas que siempre fue. Incluso después de que se convirtiese en beldad sureña,
matrona de martes de carnaval, ama de Belle Isle, a veces se olvidaba de todo y
maldecía como un vaquero… bastaba para ello con un poco de dolor, pillarse un
dedo con la portezuela del automóvil «ranchera»: «¡Rayos del infierno!». O se
mostraba impaciente y brusca con los negros: «¿Qué diablos crees que estás
haciendo, muchacho?», le gritaba a Fluker, que se hacía el remolón a la hora de
barrer y al que Margot dejaba todavía más boquiabierto al arrebatarle la escoba
y ponerse a accionarla como una esposa de la frontera. Perspicaz, observadora y
dotada de gran rapidez para captar e imitar, sólo cometía deslices de
ordinariez cuando se le iba el santo al cielo
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y se le escapaban
tacos o se sonaba los mocos. De vez en cuando, carraspeaba y escupía. En cierta
ocasión, al salir de Le Début des Jeunes Filies dé Nouvelle Orleans, una vez
franqueada la puerta y a salvo en la oscuridad, Margot se inclinó sobre el bordillo
de la acera de la calle Real y se sonó la nariz con los dedos, arrojando
expertamente los mocos al arroyo. Me la podía imaginar en su época senil,
desprendiéndose de todos sus tapujos modernos, maldiciendo y malhumorada en una
clínica de reposo.
Con la misma
rapidez con que asimiló los buenos modales de la pequeña aristocracia, aprendió
también la mala educación de los peliculeros, aunque lo hizo en plan jovial,
como si aquellas transformaciones fuesen imprescindibles, pero no dignas de
tomarse en serio. Lo que resultó asombroso fue la celeridad con que se impuso
en los lunáticos matices lingüísticos de los actores y demás. En cuestión de
semanas, Margot se desembarazó de su arrastrar las palabras, pronunciación
típica de Texas, para adquirir el redondo y desarraigado tono de campanilla con
que hablaba Raine Robinette, quien, como June Allyson (dijo Merlin), procedía
de Washington Heights, incluida la elegante nota aguda y quejumbrosa con que
remataba cada frase, distintivo personal de Raine, de modo que Merlin tuvo que
corregirla —se desprendió de ello enseguida— y la forma que tenían los actores
de zumbar monótonamente en su fingido entusiasmo por simulados proyectos.
Jacoby se instalaría en Luisiana y montaría un vivero de cangrejos de agua dulce;
lo explicaba con gran lujo de pormenores acerca de su comercialización y
distribución, aunque lo hacía distraídamente, como si el único objetivo de
aquella perorata consistiera en escuchar su propia voz. También resultaba
sorprendente lo bien que se le daba a Margot conducirse como un miembro más de
aquel equipo y lo poco actriz que era en cuanto las cámaras empezaban a filmar.
Al resplandor de
los relámpagos, la observé y pensé en lo mucho que la quería. ¿«Quererla»?
Estar «enamorado». ¿Qué significa eso? Significa que yo vivía para el amor.
«Vivía para el amor». ¿Qué significa eso? Significa sencillamente que ella era
mi felicidad y que sin Margot yo no podía ser feliz. Como suele decirse, no
supe qué era la felicidad hasta que conocí, en este caso, a Margot. ¿Te das
cuenta de que es imposible hablar de amor sin parecer un cursi? A pesar de
todo, es verdad. No puedo vivir sin ti. Dios santo, ¿hay otro modo de decirlo?
Podía haberme sentido
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satisfecho con mi
infelicidad, de no haber conocido a Margot, como esos peces abisales que
carecen de ojos y no echan de menos el sol.
Pero, si la amaba,
¿por qué el descubrimiento de su infidelidad puso un ramalazo de placer en mi
interior?
Antes de que nos
casáramos, Margot se presentaba a media tarde en mi despacho, para recogerme.
Ni por asomo hubiera aceptado un no por respuesta.
«Pero, Margot,
estoy abrumado…».
Yo, un topo, un
topo chirriante, liberal, vestido de sirsaca, que pasaba los días investigando
títulos, arreglando derechos de herencia de propiedades y tratando de conseguir
la integración en los colegios de la Parroquia Feliciana. Tal vez eso creía que
era la felicidad: conservar intactas las propiedades de Caminó del Río para los
pequeños aristócratas blancos y dedicarme por la noche a solucionar las cosas
en pro y ayuda de los negros.
Nos íbamos por el
camino del Río, en una u otra dirección, Margot al volante de su pequeño
«Mercedes» de veinte mil dólares, yo a su lado, parpadeando como un topo recién
salido a la claridad del sol de octubre, con polvo del Código Comentado de
Luisiana, olfateando la cálida tapicería alemana y la fragancia que le
arrancaba el sol, porque la capota iba bajada.
Extraño: Era casi
como si Margot fuese el hombre y yo la mujer, ya que todas las iniciativas las
tomaba ella, accionaba la radio, conducía el automóvil como un hombre,
tamborileaba en el volante con las uñas, estimaba el tránsito, lanzaba una
rápida mirada hacia atrás, por encima de mi hombro, para cambiar de carril,
proyectaba su mente hacia el punto de destino y el trayecto que íbamos a
seguir, todo mientras yo permanecía hundido en el asiento, junto a ella, con
las manos en el regazo, igual que una estúpida alumna de escuela mixta.
Digo que era como
un hombre, salvo cuando inclinaba la cabeza y sus ojos caían sobre mí,
entornados los párpados, comprimidos los labios, con aire grave y a la vez nada
serio, como ningún hombre habría hecho nunca. O cuando, para sentirse más
cómoda bajo el caluroso sol de la tarde, levantaba las posaderas del asiento,
en cuestión de un segundo (podía vestirse en treinta segundos: me dijo que, de
niña, solía ir andando a la ciudad, con el uniforme del colegio, y se cambiaba
de ropa en los aseos de la gasolinera), y se levantaba las faldas con rápido
movimiento, dejando
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las piernas al
aire. Y yo pensaba, aturdido aún por el trabajo y ebrio del sol de octubre, al
ver aquella suave y espléndida convergencia de la parte interior de los muslos:
ahí es donde quiero vivir, convertir eso en mi morada.
«¿Y bien?»,
preguntaba Margot, tras conducir hasta el dique, frenar, inclinarse sobre el
volante albergado en el hueco de las manos (como un hombre) y mirarme de
soslayo, mientras gotitas de sudor que parecían diamantes rutilaban en su labio
superior.
¡Ajá! Ha aparcado.
¿Y ahora qué? Yo sentía un cosquilleo ascendente en la parte posterior de las
piernas. Me preguntaba si aquello era lo que sentía una mujer cuando el hombre
aparcaba el coche. Hummm. ¡Hemos aparcado! ¿Qué viene ahora?
«¿Sabes qué eres?»,
preguntaba Margot.
«No. ¿Qué?».
«Un gran Sterling
Hayden venido a menos».
«Sterling Hayden
regenta un bar en Macao, vestido de sirsaca».
«¿Eso es bueno?».
Eran hermosos días
de octubre. ¿Sabes que hice uno de los descubrimientos más importantes de mi
vida? Es el más simple de todos los descubrimientos, pero has de saber que
incluso hoy ignoro si fui el último hombre bajo la capa del cielo que lo hizo o
si fui el único hombre. ¿Era yo el hombre más estúpido del mundo o el más
afortunado? Se trata de esto: Hay una vida por delante y la alegría de vivirla,
y esa alegría no tiene nada que ver con nuestros delirantes ligues
estudiantiles ni con mi demente sueño romántico de amor con Lucy en Highlands.
No, era mucho más simple que eso. Era sencillamente que existe lo que se llama
un hermoso día por el que adentrarse, una carretera que recorrer, buena comida
que consumir cuando uno tiene hambre, vino para beber cuando uno tiene sed, y,
lo principal de todo, un noventa y nueve por ciento del total, no: un ciento
por ciento: una mujer que amar.
Qué otra cosa hay
realmente en la vida, querido Percival, que el amor, un día de octubre, un
declive de dique, labios cálidos que besar, y aquella graciosa criatura
hombre-mujer tendida a mi lado que fue primordialmente masculina mientras
conducía el coche hasta el momento en que la besé, cuando de súbito se
transformó en mujer total y noté que su cuello cedía a una dulce
flexión-extensión que ninguna vértebra de hombre podía
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ejecutar, y su
cuerpo, por su propio impulso y en toda su encantadora amplitud, giró hacia mí,
para saludarme, para darme la bienvenida.
Sí, ella me amaba,
pues. ¿Que cómo lo sé? Porque al fin salí de mi estupor, me desperté y,
acordándome de lo que era hacer la corte, la cortejé. Henchido de amor, fui en
coche a Nueva Orleans para sacarla de una convención de Damas Coloniales (por
algún motivo, resultó importante para ella ser Dama y maldito si no me arrastró
a la fuerza hasta Carolina del Sur para localizar y fotografiar la tumba de su
único antepasado anglosajón protestante blanco) (¡ningún Reilly en aquella
guerra!, un Johnson… no cabía duda, un tal ¡soldado raso Aaron Johnson que
resultó muerto en la batalla de Cowpens!). Entré en la sala de baile de St.
Charles, anduve de un extremo a otro del pasillo y traté de localizar a Margot
entre la multitud formada por dos mil Damas blancas como azucenas, que
escuchaban el parlamento de otra Dama sobre la preservación de los ideales
estadounidenses y todo eso. Localicé a Margot, la hice una seña mediante un
perentorio movimiento de cabeza y ella salió, al principio temerosa: ¿Había
muerto alguien?… luego batió palmas alegremente, me abrazó y me besó: «¡Oh, lo
contenta que estoy de verte! ¡Has venido a buscarme! ¿Por mí? Oh, oh…».
Estar «enamorado»
significa que el corazón saltaba en mi pecho al ver a Margot. También me
entraban ganas de batir palmas. ¿Por qué ella y no otra mujer? Margot tenía dos
ojos, nariz, boca, piernas como mil millones de otras mujeres… como un millón
de otras mujeres guapas, y, sin embargo, adquirió para mí un valor
inapreciable. Elizabeth Taylor, con todo lo preciosa que era entonces, podía
haber pasado por allí y no hubiese vuelto la cabeza para mirarla otra vez. Era
algo casi religioso. Las cosas que le pertenecían eran como santas reliquias.
El lugar donde vivía con Tex, la enorme casa del Garden District, se convirtió
para mí en un santuario —podía rodear en el coche aquella manzana, una y otra
vez, y notar el hormigueo en las piernas en cuanto veía la casa—, un Taj Mahal
que albergaba a mi princesa viva.
¿Era posible que un
hombre fuese tan feliz durante una tarde y que hubiese tantas tardes?
¡Resultaba todo tan sencillo! Conducíamos hasta un paraje bonito, un trecho de
dique, un prado junto a la Ruta de Natchez. Paseábamos hasta sentirnos
cansados, bebíamos, comíamos, nos besábamos, ¡la fiesta!
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Una confesión:
Margot llevó la iniciativa la primera vez. No, la primera, no. La segunda. La
primera vez fue cuando acababa de conocerla, descalza y completamente manchada
de barro, en Belle Isle, y mi comportamiento no dejó de ser un tanto brusco,
con sobo por debajo del miriñaque, besuqueo y todo lo demás.
Aquel día habíamos
comido cangrejos de agua dulce étouffés y gumbo, sopa de pescado con hibisco,
habíamos bebido dos botellas de vino, nos sentíamos satisfechos y felices y
salimos zumbando camino del Río arriba, bajo el crepúsculo de octubre, y yo iba
pensando en algún punto donde aparcar, tal vez un prado en el que tumbarnos.
Pero Margot dijo: «Vamos a la cama». Tragué saliva y estuve a punto de decir
Viva viva o algo por el estilo, ya ves, un hombre de treinta y cinco años: viva
viva. Ahora, cualquier jovencito de dieciocho años se reiría de mí. Sí, pero
observa que los jóvenes de hoy en día no son tan felices con sus chicas, al
menos no tan felices como yo lo era. «¿Conoces algún sitio?», me preguntó.
Afortunadamente, lo conocía, en Asphodel, una pequeña quinta turística
establecida en una cañada cerca de la Ruta. Me temblaba la mano mientras nos
inscribíamos. Margot se desnudó sin molestarse en apagar la luz (con la misma
rapidez que en los servicios de la Texaco de Odessa: ¡zis! ¡zas! ¡despelotada!).
Desnuda, se colocó ante el espejo, con las manos en la cabeza, doblada una
rodilla, en escorzo la pelvis. Se volvió hacia mí, introdujo las manos por
debajo de mi chaqueta y, con su estilo desenfadado, me pellizcó en los
costados. Viva viva. ¿Cómo era posible que una mujer fuese tan encantadora? Era
como un festín. Era un festín. Deseé comérmela. Me la comí.
Aquella fue mi
primera comunión, padre… no se trata de ninguna irreverencia, no pretendo
insultar, aquel dulce santuario oscuro protegido por las gruesas columnas
doradas de los muslos de Margot, su Arca de la Alianza.
La ayudé con los
ventanales del mirador. No era aún el huracán, sino una tronada corriente.
Desde aquella altura podía apreciarse al resplandor de las cabezas blancas de
los relámpagos en el río y la orilla del otro lado. Era como el mar.
Margot se sentó en
un banco, fija la mirada al frente como un pasajero mareado.
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«Vayámonos,
Margot».
«¿Cómo?». Retumbó
el estrépito de un trueno.
«Cojamos el coche y
marchémonos a Carolina del Norte. Ahora
mismo. Lo tenemos
todo de cara. Siobhan está con Tex, Lucy vuelve
mañana al colegio».
Guardó silencio.
«Piénsalo. Podremos
alejamos del huracán, llegar a Atlanta a las dos». Mi imaginación se recreaba
en el instante de mi entrada con Margot en un motel, el momento en que ella
siempre hacía una pausa delante del espejo y se llevaba las manos a la
cabellera. También intentaba recordar la última vez que dormí con Margot. ¿Qué
había sucedido para que no nos acostásemos juntos? ¿Qué estaba haciendo yo,
alojado en un edificio auxiliar, fuera de la casa? Me esforcé en recordar.
«No». Tuve que
sentarme cerca de ella para oír lo que decía, ya que hablaba sin levantar la
voz, perdida la mirada, sin parpadear. «La compañía se marcha pasado mañana. No
podemos… no pueden permitirse el lujo de perder dos o tres días por culpa de un
huracán. Y tampoco necesitan perderlos. Las dos o tres escenas interiores lo
mismo pueden rodarse en Belle Isle que en cualquier otra parte».
«Ya lo sé. Por eso
podemos marcharnos».
«No». Los noes de
Margot repicaban como campanas. Luego añadió en el mismo tono de voz, sin mover
los ojos: «Jan me necesita para que trabaje con él en su versión
cinematográfica de Casa de muñecas».
«¿Casa de
muñecas?».
«Será la primera
película importante de Jan… la primera que puede hacer exactamente como
quiere».
«¿Y tú? ¿Cuál es tu
parte en eso?».
No me entendió
bien. Me refería a su parte con Jacoby. Qué era él para ella, ella para él.
«Soy Nora, Lance».
Me miró por primera vez. La tormenta estaba ya muy cerca y los relámpagos
centelleaban como resplandores de un estroboscopio. Los ojos de Margot parecían
rápidas saetas.
«¿Nora?».
«La protagonista
principal, ¿no te acuerdas?».
«Sí, me acuerdo».
Batió palmas.
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«Soy buena, Lance.
¡Realmente buena! Y me siento muy feliz. Nunca supe qué era tener talento y
desarrollarlo. ¡Funcionar! Funcionar como… un reloj perfecto. Actuar como
Olivier o la Hepburn».
«El dinero lo pones
tú».
«Sí, y jamás hice
una inversión mejor. Las ideas de Jan son estimulantes. El cine no es para él
simplemente otro medio. Tienes que entender la teoría de la comunicación. La
cinematografía es, para nuestra época, el medio por excelencia».
La cinematografía.
Cinco años atrás, Margot habría dicho: «Vamos al cine». Y hubiéramos ido a ver
a Steve McQueen. Habríamos comido palomitas de maíz y, cuando se me hubiesen
acabado, habría introducido mis grasientos dedos entre las piernas de Margot.
«¿Por qué Jacoby y
tú necesitáis hacer un guión? ¿Es que Ibsen no es lo bastante bueno?».
«No lo entiendes.
Lo mismo que a Ibsen, nos interesan principalmente las ideas. Se trata del
relato y de Nora como persona. Jan cree…».
«Marchémonos
enseguida, Margot. Podríamos conducir toda la noche. ¿No te acuerdas que otras
veces hemos hecho lo mismo y luego nos tumbamos a dormir en un prado, junto al
río Shenandoah?».
«No. Me debo esto a
mí misma. Pero déjame que te explique. La teoría de Jan es que por su misma
naturaleza, el medio cinematográfico no debiera tener relación alguna con las
ideas. El significado de una película se deriva del propio relato. Narración y
personaje lo son todo. Es más, el tratamiento ha de prepararse antes en
Inglaterra».
«¿Inglaterra?».
«Allí es donde
vamos a rodarla».
«¿Pretendes decir
que piensas irte a Inglaterra?».
«Allí rodaremos la
película. El presupuesto se reducirá a la mitad».
«¿Entonces te vas a
Inglaterra?».
«¿Crees que dejaría
pasar la oportunidad de interpretar el papel de Nora?».
«¿Estás segura de
que vas a ir?».
«Acabo de decirte
que… Ah. ¿Insinúas que Jan va a aceptar mi dinero y después me dará la
patada?».
«¿Qué opina Tex del
asunto?». Seguramente el astuto-estúpido viejo se daría cuenta del trasfondo
del asunto.
«Tex y Siobhan
están fuera de sí».
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«¿Se irán?».
«¿Te imaginas a Tex
quedándose?».
«Creo que hubieras
debido tenerme al corriente de tus planes».
«Iba a hacerlo,
cariño. Lo decidimos anoche». Guardé silencioso durante unos segundos. Margot
añadió: «No te preocupes, Lance, no me van a timar. No conoces a Jan. Es tan…».
«¿Tú sí le
conoces?».
«Le conozco. Le
conozco como…». Hizo una pausa.
«¿Amante?».
«Amante. Claro que
le quiero. Quiero a Bob Merlin. Te quiero a ti.
Quiero a Siobhan.
Quiero a Tex. Pero todo es distinto».
«No me refería a
eso».
«Oh muchacho, oh
muchacho, oh muchacho. Ya sabes que eso no es tan importante».
«¿Qué es lo que no
es importante?».
«El sexo. Los
hombres concedéis mucha importancia al sexo. En fin, presumís demasiado. No
tiene tanta importancia».
¿Por qué no me
atrevía a preguntarle lo que deseaba saber?
«¿Te…?».
«¿Qué?».
«Nada». No podía
preguntárselo.
«No me he liado con
nadie y tú lo sabes. Lo creas o no, he encontrado algo mucho más importante que
el pene todopoderoso».
Creo que me puse
colorado. Hubiese preferido que no dijese pene. Sonaba blanco y fláccido. ¿Pero
qué otro término hubiese podido apuntarle? ¿polla? ¿cipote? ¿verga? ¿tranca?
¿Puedes hacerte
idea de lo aliviado que me sentí? Aliviado al escuchar de sus propios labios y
con tanta soltura que no tenía amantes. Tal forma de decirlo, sin el menor
asomo de solemnidad, valía tanto como cien juramentos. ¡Era verdad! ¿Pero y el
padre de Siobhan? Hasta la ciencia puede cometer errores.
Sin embargo, la
verdadera cuestión es ésta: ¿Deseaba yo que fuese culpable o que fuera
inocente? Y si era culpable y yo lo sabía —y lo sabía con la misma certeza que
sé que mi tipo de sangre A más B no puede equivaler al 0 de Siobhan—, ¿por qué
deseaba oírselo decir a ella? ¿Por qué daba crédito a su negativa? ¿Qué es
mejor, tener un dolor y no encontrar la causa o localizar el absceso, limpiar
el pus?
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Arreciaba la
tempestad. El mirador traqueteaba, se bamboleaba como la Tennessee Belle. Los
relámpagos eran casi continuos. Una chispa eléctrica alcanzó el pararrayos. La
deslumbrante claridad azul se deslizó a lo largo de la galería exterior,
pasando por delante de los ventanales como una pelota de yesca encendida.
Margot estaba
aterrada. Se agarró a mí.
«Santo Dios, Lance,
vamos a acabar muertos».
Sí que llevaba
encima un susto de muerte. Quería que la mantuviese abrazada. Lo hice.
«Acostémonos aquí».
Se apresuró a
desasirse, se apartó bruscamente de mí.
«El banco es
demasiado estrecho».
«En el suelo».
«Está húmedo».
«De pie, entonces.
Te sostendré como Dana».
«Ese muñeco…».
«Bueno…».
«Tengo que irme.
Estoy hecha polvo. ¿Querrás creer que actuar ante las cámaras es más agotador
que cavar zanjas?».
Puede que no lo
creas. No lo sabía a ciencia cierta. Pero estaba dispuesto a averiguarlo.
¿Opinas que estoy
loco? Mírame.
¿Oyes a los
arrendajos y a los niños que alborotan en la calle? El alma y la música de las
tardes de otoño, después de la salida del colegio. Escucha. Cantan canciones
mientras saltan a la comba.
Charlie Chaplin
marchó a Francia
a enseñar a las
chicas una danza.
Y así les enseñaba:
Hula hula,
Ponchatula,
saluda al capitán.
Ante la reina te
has de inclinar,
al submarino de
espaldas te volverás.
Charlie Chaplin
sobre un alfiler se sentó.
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¿Cuántos
centímetros en la carne se lo clavó?
Medio, uno, dos…
Cuentan. A eso se
le llamaba «afanar».
La inocencia de la
infancia. ¿No dijo tu Dios que a menos que uno se vuelva tan inocente como
cualquiera de esos chiquillos no podrá entrar en el reino de los cielos?
Sí, ¿pero qué
significa?
Salta a la vista
que, o cometió un error o nos gastó una buena jugarreta. Sí, recuerdo la
inocencia de la infancia. ¡Estupendo! Pero al cabo de cierto tiempo, uno
descubre algo. Uno se da cuenta de que hay un pequeño secreto en el que Dios no
nos permitió penetrar. Uno descubre que tu Jesucristo no nos habló de ello. Sin
embargo, el propio Dios lo arregló todo para que una buena mañana te despiertes
con la picha erecta y vibrante y el exclusivo deseo de disponer de un coño
agradable y cálido en el que meterla, arrojar al suelo a una chica, cualquier
chica, ¿y dónde está la inocencia de eso? ¿Es eso parte de la inocencia? En tal
caso, debió advertirlo. Pasar de niño a agresor, sin hacer nada por cuenta
propia… ¿es eso lo que Dios quiere para nosotros? Maldito seas tú… y tu Dios.
Entre los dos deberíais poner las cosas claras, en un sentido o en otro. O es
bueno o es malo, aclaradlo de una vez, decidlo, rayos. Pero no lo hacéis.
Perdéis el tiempo lastimosamente en algún punto intermedio. Dejáis la cuestión en
el aire: es bueno, pero… —en tal y cual caso es malo—, claro que si… Total, que
jorobáis a base de bien, nos jorobáis a todos y, desde luego, me jorobasteis a
mí. Te citaré, por ejemplo, el caso de los romanos o el de los antiguos
israelitas, a quienes las mujeres no les preocupaban lo más mínimo. David tenía
trescientas mujeres, pero deseaba una más. Dios no se lo echó en cara.
Sólo hay tres
caminos que seguir. Uno es el de la gente de ahí fuera, el enorme lupanar y
mariconería de Norteamérica. No lo tomaré. El segundo lo constituye el dulce
Jesús Baptista y tampoco lo seguiré. Diablos, si el cielo está lleno de
báptistas sureños, prefiero pudrirme en el infierno con Saladino y Aquiles.
Sólo queda un camino y podríamos avanzar por él si vosotros los católicos no lo
hubieseis destrozado: el camino de los antiguos católicos. Yo, Lancelot, tú,
Percival, las dos únicas personas que vieron el Grial, si lo recuerdas.
¿Encontraste el Grial? No parece que lo encontrases. Entonces sabíamos qué
aspecto debía tener una mujer, tu
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dama, y qué aspecto
debía tener un hombre, tu señor. Yo habría luchado por tu dama, porque Cristo
tenía la ancha espada. Ahora te has desembarazado de tu dama y le has arrancado
la espada a Cristo.
Yo no lo haré. No
seguiré tu Camino ni el de ellos, el de la gente. No tomaré tu camino con su
Dios-bendice-todas-las-cosas-porque-son-buenas-y-se-abstiene-salvo-cuando-lo-que-haces-no-es-tan-malo.
Dime simplemente si un agradable y cálido coño es bueno o no lo es. No seguiré
tu camino ni tampoco el de ellos, sino el nuevo camino. Una generación ebria,
drogada y caliente y devaluada, pichas tras coños, pichas tras pichas, coños
tras coños. Pero más que nada coños tras pichas. ¡Cristo, qué país! Una nación
de cien millones de coños voraces. No permitiré que mi hijo o mi hija crezcan
en semejante mundo. Cuando digo que no lo permitiré, hablo en serio. No lo
permitiré. No voy a permitir que mi hijo… Muy bien, haré otra confesión: Mi
hijo es ahora homosexual y comprendo muy bien el motivo. Me dijo que le
aterraba el acoso de tanta vagina. Todas las chicas querían follar y eso lo
asustó. Piensa en ello. Todos esos pequeños coños calientes a la espera de que
él se pusiera a su servicio. Bueno, el muchacho le era imposible atenderlas,
estaba demasiado asustado. Le resultó más fácil, a ese pequeño pene aterrado
unirse a otros pequeños penes aterrados. Y no puedo decir que se lo reproche.
Ahora están allí los cuatro, cuatro estupendos jovencitos asustados que viven juntos
en el Barrio Frances, recamando sillas Luis XV.
Así que tú
enredaste todo el asunto y vamos a tener que quitártelo de las manos.
¿Nosotros? ¿Que quienes somos? Pronto te enterarás. Bástete saber cómo va a
ocurrir, porque nosotros constituimos la nueva Reforma, lo que equivale a decir
que vamos a contarte algo y a enseñarte algo que tú deberías conocer desde el
principio.
Vamos a establecer
las cosas por ti, determinar qué es bueno y qué es malo, sin adornarlo con
hueca retórica judeocristiana. Somos la última carta de Occidente. Somos lo
mejor de ti, Percival, y lo mejor de mí, Lancelot, y de Lee, Ricardo, Saladino,
Leónidas, Héctor, Agamenón, Richtofén, Carlomagno, Clovis y Martel. Lo mismo
que ellos, podremos incluso aceptar tu Jesucristo, pero sin deteriorarlo ni
deteriorarnos. Tomaremos el Grial que no lograste encontrar, pero conservaremos
la ancha espada y el gran guerrero arcángel de Mont-Saint-Michel y nuestro
Cristo será el austero Cristo de la Sixtina. En cuanto a tu dulce Jesús,
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rasqueo de guitarra
y monjas contoneando el trasero, y tus fiestas de amor y besos de paz: no
existe la paz.
Si fuese judío,
sabría qué hacer. Es fácil. Estaría en Israel con los sabras. Son de mi clase.
La única diferencia entre ellos y los cruzados es que los cruzados perdieron.
Ja, pensándolo bien, ¿no es toda una ironía… el que los únicos cruzados que
quedan en todo el mundo occidental sean los israelíes, los judíos, que durante
dos mil años han permanecido acurrucados, encogidos, sonriendo y asintiendo?
Los judíos son afortunados. Saben quiénes son y tienen su Israel. Nosotros
hemos de agenciamos nuestro Israel, pero sabemos quiénes somos.
Conocemos nuestra
identidad y nuestra situación. Habrá dirigentes y habrá seguidores. Los hay ya,
sólo que ni uno ni otro sabe qué es qué. Habrá hombres que son fuertes y puros
de corazón, no por amor a Cristo, sino en beneficio propio. Habrá mujeres virtuosas
ufanas de su virtud y habrá busconas callejeras que se plantarán en las
esquinas y todo el mundo sabrá cuál es cuál. Hoy en día no es posible
distinguir a una puta de una dama, pero entonces podrá hacerse. Uno obrará con
rectitud, no merced, a los mandamientos judeocristianos, sino porque nosotros
diremos qué está bien. Habrá hombres honorables y habrá delincuentes, lo mismo
que ahora, pero la diferencia estriba en que uno sabrá qué es cada cual y no
habrá confusión, ni ladrones buenos, ni honorable Mafia. No seremos muchos,
pero como estamos dispuestos a morir, cosa que no le ocurre a nadie, nos
impondremos.
¿Mujeres? ¿Qué pasa
con las mujeres? Escúchame. Un hombre, un joven, un muchacho sabrá qué mujeres
están ahí para que las cabalguen y cuáles han de respetarse y uno sabrá a quién
follar y a quién honrar.
¿Libertad? La mujer
nueva disfrutará de absoluta libertad. Elegirá libremente ser dama o ser
ramera.
¿Que las mujeres no
tienen voz ni voto en esto? Naturalmente. Y el valor que les asignaremos será
exactamente el que se asignen ellas mismas. ¿Dices que no les gustará mucho el
plan? Al diablo con ellas. No tendrán nada que decir. No se trata sólo de que
no son lo bastante fuertes. Es que tampoco se toman suficiente interés, no se
preocupan. Ginebra no dudó gran cosa a la hora del adulterio. Fue Lancelot,
pobre bastardo, quien se marchó a meditar tristemente en los bosques.
Se acabó el perder
el tiempo acerca de quién jode y quién es víctima o elemento pasivo de esa
jodienda. Las mejores mujeres serán las que
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solíamos llamar
damas, como tu Virgen. Nuestra Señora. ¿Los hombres? Los mejores serán fuertes,
valerosos y puros de corazón, no por el amor de Cristo, sino como un joven
apache o lacedemonio que se niega a sí mismo ser fuerte. Los otros pueden ir de
putas y fornicar a quien prefieran. Pero nosotros prevaleceremos.
No, no eres tú
quien me ofrece algo a mí, salvación, opción, lo que sea. Soy yo quien te
ofrece a ti una elección. ¿Quieres convertirte en uno de los nuestros? Puedes
hacerlo sin renunciar a una sola de tus creencias, salvo la mariposería.
Repito, fue tu Señor quien dijo que vino a traer, no la paz, sino la espada.
Nosotros podemos incluso salvar tu Iglesia para ti.
Estás pálido como
un fantasma. ¿Qué murmuras? ¿Amor? ¿Que estoy saturado de odio, de furia? No me
hables de amor hasta que hayamos quitado con la pala toda la mierda.
¿Qué? ¿Que qué
sucedió después? No pongas esa cara de susto. Nada.
Vi una película
porno y eso fue todo.
Viernes por la
tarde, en el cine. Así debería llamar al pase de la peliculita o videocinta que
Elgin, mi cineasta, filmó como producto de nuestra pequeña empresa
cinematográfica, en un descanso de sus tareas cotidianas.
Todo fue muy
sencillo. Elgin llegó al palomar después del almuerzo, entró con el dinamismo
propio de un vendedor de aspiradoras, con demasiado dinamismo, cargado con un
cajón que parecía una maleta y una caja de bobinas, y, sin mirarme, dejó la
maleta encima de la mesa escritorio, la abrió, enchufó dos cables en la parte
posterior de mi televisor, me enseñó la forma de colocar las bobinas y, sin
alzar la cabeza una sola vez, hizo ademán de marcharse.
«Elgin. Aguarda».
Se detuvo en el
umbral, como inmovilizado en una foto fija, a la espera de que yo apretase un
botón y lo pusiera en movimiento.
«Elgin, la
productora se va mañana. Así que podrás llevarte hoy mismo tu equipo. Te
avisaré cuando haya visto este material».
«Ya desmonté la
instalación», dijo Elgin, sin dinamismo ni viveza, sino en tono hosco, como si
yo hubiese violado algún acuerdo tácito. ¿Qué acuerdo?
«Luego tú…».
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«No necesitará más
grabaciones».
Me lo quedé
mirando.
«Comprendo. Se
acabó. Ve a ponerte la chaqueta de guía turístico». Me miró de un modo extraño,
al principio pensé que adustamente,
después me di
cuenta de que estaba avergonzado. Experimenté una rabia repentina. Otra
confesión que dice poco en mi favor, pero es importante que te diga la verdad.
Tuve que reconocer que me sentí enfurecido porque Elgin había mirado. Había
visto la videocinta. Era, pues, que había descubierto en mí lo que despreciaba
en los demás. Porque había esperado que Elgin hiciese lo que dije que hiciera,
que se limitase a ser un espía tecnológico, pero que no escuchase ni mirase.
Más aún: había esperado que, de un modo u otro, Elgin no pudiese mirar… lo
mismo que los patanes a los que yo menospreciaba creían que, mediante algún
privilegio mágico o por lo menos providencial, el botones negro no pueda ver a
la mujer blanca que está desnuda en la misma habitación del hotel en que se
encuentra el mozo. Que ni siquiera puede verla aunque lo desee: por algún
sortilegio, la mujer blanca es invisible para él.
No hay nada como un
liberal que se agria.
Pero me equivocaba.
Elgin estaba avergonzado, no de lo que había visto, sino lo que consideraba un
fallo suyo. Un fallo técnico. Debí haberlo comprendido.
«Lo lamento», se
excusó, caída la cabeza.
«Yo también». Por
mi parte, seguía pensando que su sentimiento era porque miró la cinta.
«Lo que no puedo
explicar es esa impresión de negativo».
«¿Impresión de
negativo?».
«¿Ha probado alguna
vez a apoyar un imán en la pantalla de un televisor?».
«No».
«Deforma las
imágenes… ya que las imágenes no son más que electrones, claro».
«Sí, electrones».
«Sólo he visto lo
suficiente para comprobar que el efecto es un poco irreal… Pero creo que, a
pesar de todo, tendrá usted lo que desea».
«Gracias». Ja. Así
que, al fin y a la postre, era mi negro, y, aunque pudiese mirar, no lo haría,
no lo hizo. Mejor aún, buscó razones técnicas para abstenerse de mirar. Era el
negro perfecto.
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Cerró la puerta
despacio, pero la volvió a abrir enseguida. De nuevo era un Buell que aún
contaba con la capacidad de dejar las cosas bien sentadas.
Elgin no me miró.
Todo lo que dijo, cortés la expresión de su rostro inclinado en el hueco de la
puerta, tan cortés como un botones de hotel que indicara: «Ya ve, ni siquiera
miro», todo lo que dijo fue: «Señor Lance, avíseme para cualquier cosa que necesite».
«De acuerdo».
Observa la
exquisita cortesía del «cualquier cosa que necesite». No dijo: Avíseme si
necesita ayuda, le echaré una mano. A juzgar por sus palabras, podía entenderse
que se brindaba a traerme un vaso de agua o una copa de aguardiente de maíz.
Corría de mi cuenta imaginar el resto.
Entonces me miró.
Me miró tan apesadumbradamente como tú… al diablo con Elgin.
Una noche, durante
la cena, en un intervalo de la conversación, Lucy, mi hija, que había hablado
muy poco, si es que dijo algo, experimentó la acumulada necesidad de expresar
alguna idea conveniente, vio la oportunidad de hacerlo y, fruncido el entrecejo
y agachada la cabeza castaño oscura, manifestó en tono serio: «Se me ocurrió
anoche: aquí estoy yo, un ser humano adulto, una persona, y nunca me he visto
la propia nuca».
Se produjo un
silencio prolongado. Me di cuenta de que me inquietaba más por la preocupación
de Lucy, por su vacilante irrupción en la charla, que por el hecho de que no
pudiera contemplarse la nuca. Pero Raine y Dana asintieron con aire reflexivo e
incluso, observé, con cierta amabilidad y benevolencia, como si tratasen de
alentar la tímida incursión de Lucy en la animada tertulia. Raine pasó un brazo
en torno a Lucy, la dio un apretoncito y me dijo:
«¡Imagínate! ¡Una
mujer madura que no se ha visto la propia nuca!».
Medité en ello.
Merlin, al que
Raine no le caía simpática, no se metió con Lucy, sino con Raine: «¿Y qué?
Tampoco yo no me he visto nunca el culo. ¿Qué tiene eso de particular?».
Pero fue Lucy quien
se puso colorada y agachó la cabeza todavía más.
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8
VIERNES POR LA
TARDE EN EL CINE:
PROGRAMA DOBLE
Lo que recuerdo
principalmente de las cintas no son las cintas en sí, sino el ambiente que
reinaba aquel día en el exterior. Las videocintas, que pasaron el minúsculo
«Trinitron» igual que películas y que contemplé con la misma solemnidad con que
solía ver las reposiciones de La ley del revólver que daban en la sobremesa, se
me representan ahora como algo proyectado en una diminuta salita dispuesta en
una inmensa tarde etérea, entre el alborotado sonsonete de los mirlos. La
tronada se había desvanecido, el huracán era aún una enorme rueda catalina que
giraba lentamente en el Golfo y arrojaba su capa de viento y lluvia trescientos
kilómetros por delante, hacia el nordeste, mientras su cuadrante noroccidental
aspiraba el otoño del norte, el profundamente claro aire canadiense descendía
en forma de embudo, los cirros salpicaban el cielo a ocho kilómetros de altura.
No había la menor señal de ciclón, salvo cierta sugerencia de perentoriedad
latente y una alta conmoción en la atmósfera. Inquietos mirlos daban muestras
de alarma, subían en bandadas desde las marismas, volvían a posarse, se
remontaban en el aire otra vez.
Verdaderamente,
algo falló en la cámara de Elgin. Las figuras, figurillas liliputienses, eran
rojizas, como personas en una sala oscura de revelado, y parecían encontrarse,
fundirse, fluir una a través de otra. Luces y oscuridades estaban invertidas
como un negativo, las bocas se abrían sobre la claridad, los ojos eran cuencas
blancas. Los actores vestidos parecían desnudos y los desnudos parecían
vestidos. Las figuras daban la impresión de verse agitadas por un viento
electrónico. Cuerpos encorvados, fragmentos arrebatados. El pelo bailoteaba en
la parte superior de las cabezas como la llama de una vela. Miré fijamente. ¿No
dijo Elgin que las figuras no eran más que electrones?
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PRIMERA PELÍCULA:
HABITACIÓN DE LA
SEÑORITA MARGOT
¿Quiénes eran
aquellas dos borrosas figuras rosadas que se movían silenciosamente en un mar
encamado?
Rebobiné el carrete
y examiné el envase de la cinta. La etiqueta estaba pulcramente escrita,
habitación de la señorita Margot, igual que los probos y escrupulosos rótulos
colocados en los postes metálicos que sostenían prendas de terciopelo en Belle
Isle.
Dos figuras estaban
de pie, conversando. No aparecían desnudas. Sus ropas eran claras y sus rostros
oscuros. Se trataba de Merlin y Margot. Reconocí el tupé en forma de cresta de
gallo de la pelambrera de Merlin, aunque vacilaba sobre su cabeza como una lengua
de fuego de Pentecostés. A Margot la conocí al instante merced a las orejeras
que constituían los rizos de su pelo sobre los oídos y al estilo masculinoide y
a pesar de todo lleno de femineidad con que apoyaba el puño en la cadera.
Cuando hablaban,
sus bocas se abrían a la claridad.
Se abrazaron.
El sonoro no era
mucho mejor que la imagen. Las voces llegaban ásperas e irregulares y no
parecía que procedieran de la habitación, sino del cielo. Su tono se elevaba y
descendía como el sonsonete de los mirlos inquietos. Cuando las figuras se
volvían, sus voces se alejaban. Las frases se desvanecían, quedaban a medias,
como la imagen de los cuerpos al difuminarse.
Volvieron a
abrazarse, por la cintura. Merlin separó a Margot y sus cuerpos formaron una Y.
MERLIN: Sabes que
siempre… (pausa)… Te deseo toda…
(¿Sabes que siempre
te querré? ¿Te deseo toda la felicidad del mundo?).
MARGOT: (Murmullo
de asentimiento).
MERLIN: ¡Pero qué
iro… Oh, Dios santo… acabar… por culpa de una dolencia fís…
(¿¡Pero qué ironía!
Oh, Dios Santo, que esto tenga que acabar por culpa de una dolencia física?).
MARGOT:…acabó.
(¿No acabó?).
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MERLIN:…una
desproporción como la de que Lee perdiese en Gettysburg por culpa de la di…
(¿Diarrea?).
MARGOT: No seas…
MERLIN: Resulta
sencilla y con… inac… Jesús.
(¿Resulta sencilla
y condenadamente inaceptable, Jesús?).
MARGOT: Jesús,
hombres. Sois todos tan…
(¿Jesús qué?).
¿Hablaban de mí?
No.
Volvieron a
abrazarse. Pompas como senos se hincharon sobre el hombro de Merlin y volaron
hacia Margot.
MERLIN: Temo por…
Pero os deseo a ambos to…
(Temo por ti. Pero
os deseo a ambos toda la felicidad posible).
¿Ambos? ¿Yo? No.
MARGOT: (Murmullo
desaprobador).
MERLIN: Te quiero
tant(?)… tan t(?)…
(¿Te quiero tanto?
¿tan tremendamente? Es muy probable que sea lo primero, teniendo en cuenta la
articulación de dos sílabas).
MARGOT: Yo te
quiero… oh m…(?)… oh mi… (?)
(Yo te quiero
también. Oh, mucho, mucho. O:
Yo te quiero
también. Oh, maldición, ¿o maldita sea?, o mierda. Probablemente lo último, dos
articulaciones, dos sílabas… y conociendo a Margot…).
MERLIN: Crees que
te quiero… lo bastante… ¿verdad?
(???)
MARGOT: (Murmullo
cauteloso).
MERLIN: Por qué… me
gustaría saber… (???)
MARGOT: ¿Qué te
gustaría saber?
MERLIN:…podría
estar explot…
(¿Él podría estar
explotándote?).
MARGOT: (Se aparta:
se separan y la Y se convierte en II.).
MERLIN: (Una
protesta).
MARGOT: !
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MERLIN:…din…
(? ? ?).
(¿Dinero?).
MARGOT: No.
MERLIN: Cristo… ni
siquiera… seguro… papel.
(¿Cristo, ni
siquiera es seguro que te den el papel?).
MARGOT: Bas…
(Bastardo).
MERLIN: ¿Y bien…?
MARGOT: Tú… ides,
bas…
(Tú decides,
bastardo).
MERLIN: Oh, Jesús…
me gustaría… tú.
(¿Oh, Jesús, no
sabes lo que me gustaría que decidieses tú?).
MARGOT: (Murmullo
de indiferencia).
MERLIN: Además
está… básica incapacidad… íntimas…
(¿Además está, esa
básica incapacidad suya para las relaciones íntimas?).
MARGOT: No me
importa.
MERLIN: Qué
puñetero tren raudo y fogoso.
(¿Qué puñetero
triángulo amoroso? Estoy razonablemente seguro de esta frase: no fue un fallo
del equipo de Elgin, sino que el propio Merlin dijo «tren raudo y fogoso» en
vez de «triángulo amoroso». Una especie de infecto retruécano. Sí, estoy seguro
en un noventa y nueve por ciento).
MARGOT: ¿Crees que
todavía… de ti? (¿Crees que todavía estoy enamorada de ti?). MERLIN: Oh, Cr…
MARGOT: ¡Ch… ch…
ch…!
(¿Chitón chitón
chitón? ¿O chorradas chorradas chorradas? Chorradas chorradas chorradas).
Las diminutas
figurillas se enlazaron otra vez y trozos de sus troncos fluctuaron como
seudópodos de amebas. Sus cuerpos parecían tener propiedades magnéticas.
MERLIN:…deseo…
felicidad comp…
(Te deseo una
felicidad completa. ¿O te deseo a ti una felicidad completa? ¿Lo primero?
Merlin no caería en la redundancia del «a ti»).
Merlin se
desvanece. Margot se queda inmóvil desmadejada, como un títere suspendido de su
cuerda.
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Es un triángulo. Al
principio, pensé que formaba parte de ese triángulo, que era el ángulo
perdedor, así:
Luego comprendo que
no hablaban de mí, ni mucho menos, que se trata de un triángulo distinto:
Se materializa otra
figura (parece que no utilizan puertas). Es Jacoby. Se le reconoce
exclusivamente por su corta talla, la complexión robusta y la enorme cabeza,
que lleva confiadamente asentada entre los hombros. Como muchos hombres
rechonchos es de una pieza, cuerpo, cerebro y órganos formando un tono compacto
y operando en íntima relación. Uno comprende que todo estaría bien respecto a
él, si no fuera porque es más bajo que Margot. Compensa esta desventaja echando
hacia atrás la cabeza, con gesto que parece irradiar cierta seguridad en sí
mismo. Es su sistema para no tener que alzar la vista al mirar a Margot; la
mantiene a distancia como diciendo: Bueno, querida, deja que te eche una
ojeada.
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Forman así una Y
que se junta al nivel de la cintura.
No hablan, pero sus
bocas y ojos se abren a la luz. ¿Acaso susurran? Se visten, ponen oscuridad
sobre la claridad. No, se desnudan, porque
oscuridad es
claridad y claridad es oscuridad. Se despojan de la claridad de la ropa y se
quedan en la oscuridad de su piel.
Se acercan el uno
al otro. Partes de sus cuerpos se destacan y se alejan.
Otras secciones
extienden seudópodos.
Se dan la vuelta,
el pelo se ahueca y agita lateralmente en un viento electrónico. Hay dos
cuencas de claridad en la parte posterior de Margot. Son, los reconozco, los
dos hoyuelos que tiene Margot uno a cada lado del sacro.
Margot está tendida
a través de la cama y tira de Jacoby, atrayéndole sobre ella. Jacoby la
contempla. La cabeza de Margot rebasa el borde de la cama y cae hacia atrás
hasta quedar mirando boca abajo a la cámara. Los ojos están cerrados sobre la
luz, pero la boca se abre y permite el paso de la claridad.
Aún no hay
conversación, pero entonces se oye una voz, que al principio creo que brota de
la misma habitación o incluso que procede del cielo, como un gorjeo de los
mirlos: Oh oh oh ah ah aaah, oh Dios mío oh ah ah sh… sh… sh…
? ? ?
Pero,
momentáneamente, la voz no puede identificarse como la de Margot ni como la de
Jacoby, ya que es más ronca que la de Margot y más aguda que la de Jacoby.
¿Una oración?
DESCANSO
Desconecto el
aparato y salgo a dar un paseo y que me envuelva la claridad del etéreo día.
Experimento la deslumbrante y cegadora sensación de dolor de cabeza que se
abate sobre uno cuando sale del cine por la tarde. Los mirlos remontan el vuelo
y se posan otra vez, se ha levantado viento pero es un aire a intervalos, que
agita y lleva de un lado para otro las hojas de sicomoro por la minúscula
galería de mi palomar.
Me siento en el
porche y contemplo a los mirlos que suben y bajan y las nubes que se desplazan
veloces en dirección al huracán como si se apresuraran, temerosas de llegar
tarde al saque inicial.
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Los mirlos se
quedan silenciosos. Las nubes se reorganizan y forman una línea. El cielo se
torna liso y amarillo. La vista que se observa desde el porche es muy sencilla.
Hay seis líneas paralelas horizontales: la barandilla inferior de la cerca de
hierro, la barandilla superior, el borde más próximo del camino del Río, la
orilla contraria, la superficie del dique, la línea recta constituida por la
parte inferior de las nubes. Hay muchas líneas verticales cortas: las barras de
hierro de la verja. Hay una sola línea oblicua: la del sendero de gravilla que
parte del camino del Río y pasa por encima del dique. Encima del dique están
los triángulos de las fogatas. El inclinado botalón de un barco se cruza con el
triángulo de las fogatas y forma trapezoides y triángulos más pequeños.
Arranca la máquina
creadora de huracanes. Los robles americanos se ven sacudidos furiosamente. Es
necesario emplear el armatoste de huracanes incluso aunque un ciclón auténtico
se esté aproximando, no sólo porque el huracán verdadero aún no ha llegado, sino
también porque, aunque estuviese allí, no sería tan adecuado para los
propósitos de la película como el ciclón artificial.
SEGUNDA PELÍCULA:
HABITACIÓN DE LA
SEÑORITA RAINE
Hay tres figuras
rojas sobre el lecho rosado. Trozos de cuerpo, torsos, costillas, muslos, se
separan de un cuerpo y se unen a otro cuerpo. Las cabelleras se agitan
impulsadas por un viento magnético. Bocas y ojos se abren a la luz. Claros
triángulos púbicos revolotean como móviles, ora estrechándose, ora
ensanchándose, cambiando de triángulos equiláteros a triángulos isósceles,
según las líneas luminosas. Los postes de la cama forman un marco.
Lucy está tendida a
lo largo en el centro del lecho. Se la reconoce merced al rizo en forma de
llama que dibuja su pelo debajo de las orejas, a sus grandes senos y a la
todavía ligeramente inmadura y no curvada del todo línea de sus pantorrillas.
Lucy tiene el mismo aspecto de una paciente. Se realizan sobre ella ciertas
operaciones. Las otras dos figuras la manipulan con eficiencia de enfermeras
expertas. Raine es esbelta y ágil, se mueve con tal rapidez que su cuerpo deja
detrás ectoplasma. Dana está desnudo y musita algo junto a la cama, se pasa una
mano por el hombro como un atleta en el vestuario.
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Los tres se tienden
juntos. Sus cuerpos se fusionan, pero las extremidades anteriores se mueven
como si el conjunto constituyese un Siva de seis brazos.
Ahora hacen otra
cosa. Dana se arrodilla en plano horizontal, coge con ambas manos la cabeza de
Lucy y la conduce hacia él. Raine se mueve con mucha más rapidez. Su lustrosa
cabeza se yergue y luego va a amadrigarse en el estómago de Lucy.
Las figuras forman
un tosco triángulo gamado:
Elgin tiene razón.
La banda sonora es fatal. Las palabras resultan inaudibles, salvo al final,
cuando suena una voz irreconocible que no es definídamente masculina ni
femenina y que parece surgir de la nada y de todas partes… y sólo fragmentos
como: Oh Cristo querido dulce Jesús oh oh…
¿Otra oración?
Los grajos
emprenden vuelo hacia el norte de cara al viento. No es corriente ver grajos en
tal cantidad, en bandadas como los mirlos. Después se esparcen a lo largo de
kilómetro y medio. Ellis Buell dice que los grajos son los pájaros más pequeños
de todos. Probablemente es verdad. Lo que sí sé con certeza es que conocen el
alcance de cualquier escopeta (Fluker asegura que son capaces de distinguir un
calibre veinte de un calibre doce y que luego se limitan a ponerse fuera del
alcance del arma). La única vez en mi vida que maté un grajo fue por pura
suerte y con un rifle del 22. El pájaro volaba a una altura de por lo menos
ciento cincuenta metros. Sin ostentación ni esperanza, dejé que se confiara y
se acercase y, cuando lo
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tuve a tiro, le
metí una bala en la cabeza. Sorprendido, cayó a mis pies con sordo ruido. El
rubí de una gota de sangre colgaba de su negro pico.
¡Aún tenía que ver
el telediario de las cinco y media!
Quité la videocinta
y sintonicé el programa de televisión. La vigilancia del huracán había
desembocado en un aviso de ciclón. «María», a trescientos kilómetros rumbo sur,
se dirigía ahora hacia el norte. Llenaba todo el Golfo. Era necesario llevar a
cabo los preparativos para la evacuación.
Todo el mundo se
puso grave y feliz.
Los tenderos, entre
graves y felices, cubrieron con tablas los escaparates de sus establecimientos.
Entre graves y felices, grupos de voluntarios amontonaban sacos de arena en el
dique. Los consumidores adquirían, entre graves y felices, radios de transistores,
pilas, linternas, lámparas Coleman, quinqués de petróleo, queroseno, velas,
latas de conserva, leche en polvo, orejones, barras «Hershey», pasas de
Corinto.
Los más graves y
felices de todos eran los propietarios de refugios antinucleares excavados
durante la época en que, largos años atrás, imperaba el miedo a la bomba
atómica. Refugios que no llegaron a utilizarse. Felices familias se agrupaban
en sótanos, alrededor del televisor, cuya pantalla mostraba los giros del
ciclón «María», cada vez más cerca.
Felices aficionados
a echar un trago ocupaban su asiento en las tabernas y bares de la parte baja
del dique, dedicados a trasegar cerveza «Dixie» y rememorar otros huracanes.
Dueños de casitas de una planta abandonaban felices sus hogares y se dirigían a
moteles establecidos en las colinas de Mississippi. Normalmente aburridos
policías recorrían dichosos las carreteras y marismas de la región para
advertir a la gente que debía evacuar.
También yo hice
determinados preparativos. También elaboré una lista de artículos, pero, a
diferencia de otros compradores, descarté primero ciertos objetos, antes de
adquirir otros. Recogí las cámaras de video, los chasis, las cintas, la
grabadora, el amplificador —cuyo valor total aproximado era de cuatro mil
quinientos dólares—, lo metí todo en una bolsa Gladstone y, a la caída de la
noche, lo acarreé por el dique hasta un bote que tenía atado a un ciprés en la
restinga, remé cosa de doscientos
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metros y tiré la
bolsa al canal. Cuando regresé al bajío, salí ochocientos metros corriente
abajo, pero resultó fácil remar por aquellas aguas muertas.
Sólo entonces
redacté mi lista de compras. Aparte de los acostumbrados productos con vistas
al huracán, comprendía:
1 Llave inglesa
«Stillson» de 45 centímetros.
4 Secciones de tubo
de plástico «Gerona», de 3 metros de longitud y
7,60 centímetros de
diámetro.
4 Manguitos de 7,60
centímetros.
1 Codo de 90º.
1 Codo de 45º.
1 Manguito de
unión, de 7,60 centímetros (30 centímetros de longitud).
1 Reductor de 7,60
a 2,50 centímetros.
1 Libra de
selladora PBC.
1 Rollo de cinta
conductora.
2 Quinqués de
petróleo.
1 Galón de
petróleo.
Durante la
filmación y antes de dirigirme a la ferretería, visité a Tex y Siobhan. Se
atacaban los nervios el uno a la otra, y viceversa, con más ferocidad que
nunca. Ambos se aprestaron enseguida a ponerme a mí también los nervios de
punta.
Siobhan se me colgó
del cuello y empezó a aporrearme los costados con sus puños. No quedaba más
remedio que hacer algo respecto a Siobhan. Era necesario desde hacía algún
tiempo. La diferencia estribaba en que ya era no posible hacer ese algo.
A Siobhan le
gustaba la música y tomaba lecciones en la vieja espineta francesa. Tex
prometió comprarle un nuevo «piano».
«Voy a comprarte el
mayor piano “Steinway” que haya en Nueva Orleans. ¿Tocarás el nuevo piano para
Tex?».
«No», replicó la
niña, sin mirar a Tex, mientras sus delgadas piernas sometían mi muslo a una
presa de tijeras, a la vez que me golpeaba con impaciencia. «¿De verdad va a
comprarme un piano?».
«¡Totalmente
verdad!», exclamó Tex.
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Entonces tuve un
pequeño golpe de suerte, A su modo cargante y reiterativo, se vino a mí y
empezó a aguijonearme de la misma manera que Siobhan me golpeaba con los puños,
atizándome con las cosas que tan a menudo me había dicho en ocasiones
anteriores y que ni siquiera se escuchaba.
«Te lo repito,
muchacho, lo mejor que puedes hacer es cambiar esa vieja tubería negra que hay
debajo de la casa. Ese material se pudre como madera. Ayer olí un escape de
gas».
«¿Cómo pudo olerlo?
No tiene captan. El metano carece de olor».
«¡Lo olí!».
No lo había olido.
No escuchaba sus propias palabras. Ni siquiera sabía lo que decía en ese
momento.
«Voy a la
ferretería. Ahora escúcheme, Tex. Esto es lo que quiero que haga».
Por primera vez, mi
tono le impulsó a prestarme atención, un poco asustado, era como si alguien le
hubiese sacudido hasta despertarle de un largo y tedioso sueño. ¡Escuchaba! Yo
iba a decirle lo que tenía que hacer. Se daba cuenta de ello y sabía que iba a
obedecer.
«¿Qué?».
«Lleva bastante
tiempo deseando llevarse a Siobhan a Odessa, para visitar a sus parientes».
«Sí…», repuso, todo
oídos.
«Quiero que la niña
salga de aquí esta noche. Esa tempestad es mala. Los dos se pondrán en camino
ahora. Y quiero decir ahora mismo. Puede conducir hasta Nueva Orleans y coger
allí un avión hasta Texas o puede recorrer todo el trayecto en automóvil, lo que
guste, pero emprendan la marcha antes de una hora».
Era lo mejor que
podía hacer: Siobhan, creo que el viejo bastardo tiene buenas intenciones, sólo
confío en que no te vuelva loca o no te mate de aburrimiento.
«¿Verdad que
preferimos ir en coche todo el camino, Siobhan? Jugaremos a contar animales. Yo
contaré “muuuus” y “miaus” y tú contarás “guaus guaus” y “tocotón tocotón”».
«¡No es justo!»,
protestó Siobhan, pero me soltó y fue hacia Tex. La seducía la idea de un
viaje. «Hay más vacas y gatos que perros y caballos».
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Se marcharían y
ésta era la cuestión. He aquí un descubrimiento incidental: Si le dices a
alguien lo que ha de hacer, ese alguien lo hará. Lo único que te corresponde a
ti es saber qué ha de hacerse, Porque nadie más lo sabe.
La compañía
cinematográfica rodaba la última escena antes del huracán. El plató era la
galería frontal de Belle Isle. Era la única escena que faltaba, de las que no
podían filmarse en Burbank. Una vez concluida la toma, a gusto del director, el
personal proyectaba cargar sus furgonetas y marcharse a casa.
No era una escena
larga, pero requirió muchas tomas. En la escena, el aparcero, interpretado por
Elgin, y el sheriff, papel que representaba el actor que se parecía a Pat
Hingle, llegaban a Belle Isle acompañados del forastero hippy con aspecto de
Jesucristo, que encarnaba Dana, quien había reconciliado a aparceros blancos
pobres, aparceros negros pobres, capataces, representantes de la ley, blancos,
negros y muchacha mestiza, a la que no aceptaba ni una ni otra raza. Iban a
rescatar al plantador, interpretado por Merlin, y a su hija, la bibliotecaria,
Margot, del huracán. Sin embargo, el plantador, aferrado a sus viejos
prejuicios y secretamente deseoso de vivir la furia apocalíptica del ciclón,
decide quedarse. Confía también en que su hija se quede con él. La hija opta
por abandonar al padre y marcharse con el forastero. Se trata, pues, de una
escena de despedida entre padre e hija. Tras decirse adiós, el plantador, en
realidad más cargado de indiferencia que de prejuicios y en el que influye más
la estética que las preocupaciones sociales, vuelve solo a la casa, a su
órgano.
Los acordes de una
polonesa de Chopin se funden en el creciente furor del huracán.
«Quiero, sobre
todo, un impresionante efecto tipo Lear, Bob», dijo Jacoby, después de una de
las numerosas tomas, dirigiéndose a la máquina que fabricaba el huracán. «Ya
sabes, rey enloquecido en el brezal, selvática la mirada, agitado el pelo a
impulsos del aire».
«Sí, bueno, Lear,
vale», dijo Merlin en tono irónico, pero Jacoby no captó la ironía.
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Antes de que
empezara el rodaje, fui al banco y retiré setenta y cinco mil dólares de la
cuenta corriente indistinta, a nombre de Margot y mío.
«¿A qué viene eso,
Lance?», se extrañó Macklin Maury Lamar, mi primo, que era presidente del
banco.
«Vamos a
entregarlos a la Fundación del Colegio Mayor Norteamericano para Negros».
«Ah».
Le di esa
explicación por dos motivos. Uno estribaba en que era la única razón que iba a
creer, convencido como estaba de que yo aún era liberal y, por lo tanto, capaz
de cualquier chifladura. (Y, a pesar de todo, curiosamente, resultaba para él
una chifladura comprensible: ya sabes cómo es el viejo Lance, etcétera,
etcétera).
El otro motivo
consistía en que, en cierto modo, mi explicación era verídica.
«Si», dijo Macklin.
«Una causa estupenda. La verdad es que estoy de acuerdo contigo, eso es lo que
necesitan».
Lo que preocupaba a
Macklin no era aquella particular retirada de fondos, sino la posibilidad de
perder el depósito de medio millón de dólares que Margot y yo teníamos en la
cuenta. O mi solicitud de que pagara intereses.
«¿Cómo lo quieres,
Lance?».
«En efectivo. En
billetes del valor que te parezca».
«¿Por qué en
efectivo, Lance?», preguntó Macklin, al tiempo que soltaba una carcajada
cordial, inquietos los ojos.
«Temo que tu banco
se desmorone esta noche. El dinero estará más seguro en Belle Isle».
«¡Vaya con Lance!
Ja, ja». Macklin siguió con su hilaridad, mientras se golpeaba el costado, sin
quitarme de encima su mirada aguda, trataba de analizar locura y extravagancia,
se preguntaba si era mi estado normal de chaladura o si estaba poseído por alguna
demencia nueva.
Me dio los setenta
y cinco mil dólares en billetes de a cien, en una bolsa de lona con cerradura.
Me entregó por separado el llavín metálico.
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Cuando el rodaje
hubo terminado en Belle Isle y el personal estaba atareado desmontando el
armatoste de huracanes artificiales y cargando las furgonetas, convoqué a Elgin
en el palomar y le hice entrega de los setenta y cinco mil dólares. Abrió la
bolsa utilizando la pequeña llave metálica. Contempló los billetes.
«¿Cuánto dinero hay
aquí?».
«Setenta y cinco
mil dólares».
«¿Para qué son?».
«Muy sencillo.
Tengo una barbaridad de dinero, más del que puedo gastar y hay dos cosas que tú
deseas».
«¿Ah, sí?».
«Una es rematar tus
estudios en el I.T.M., pese a que se haya acabado tu beca».
«Sí».
«La otra cosa que
quieres es casarte con tu condiscípula Ethel Shapiro y comprar una casa en
Woodale, subdivisión de Concord, que aunque es cuna de las libertades
norteamericanas no está nada dispuesta a vender casas a los negros o judíos y
mucho menos a negros casados con judíos. Y tú estás decidido a comprar una casa
allí, a pesar de todos los obstáculos».
«A pesar, no. A
causa de ellos». Elgin contempló el dinero. «Está bien. Pero usted no me debe
nada. De todos modos, lo habría hecho por usted. Era un problema interesante.
Lamento que la calidad de la cinta dejara tanto que desear. El color era
defectuoso».
«Me gustó así».
«Y el sonoro era un
asco también. Jesús, no sabe lo que lo he sentido».
«No te preocupes.
Todo estuvo bien».
«Bueno…», dijo
Elgin, de pie en el umbral. Siempre parecía estar de pie en el hueco de la
puerta.
«¿Sí?».
«Tengo la sensación
de que hay algo más. Tal vez una condición».
«¿Una condición?».
«Algo que usted
quiere que yo haga».
«Sólo dos cosas».
«¿Cuáles?».
«Que te marches
enseguida».
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«¿Ahora?».
«Ya. En el plazo de
una hora».
«¿Y la otra es que
no vuelva?».
«Exacto».
«Muy bien». Lo
mismo podíamos estar tratando de las tareas de la jornada.
«Ah, sí. Otra cosa.
Lleva a Ellis y Suellen a Magnolia (Mississippi), donde tienen familiares. Está
en la 1-55, en tu camino hacia el norte. Pueden volver después de la tempestad.
No te costará mucho convencerlos. Tienen encima un susto de muerte. Los dos.
Son las únicas personas de por aquí con sentido común».
«Está bien. ¿Nada
más?».
«Eso es todo».
«¿Qué va a hacer
usted?».
«¿Yo? Me encuentro
estupendamente, Elgin».
«¿No necesita que
le eche una mano para largar a toda esa gente?».
«No».
«Conforme. Bueno…».
Nos estrechamos la
mano. Me dirige una mirada de frente. Ha visto demasiadas películas. La mirada
de frente, al mismo nivel, significa que nos comprendemos el uno al otro, que
nos han reconciliado, quizás por la intervención del forastero con aspecto de Jesucristo
que interpretaba Dana. Cuando la verdad es que nadie comprende a nadie y que
nadie se reconcilia, porque nadie sabe qué motivo hay para reconciliarse. O, si
hay algo por lo que reconciliarse, los sistemas que emplean en las películas,
apretones de manos, miradas de frente, expresiones de mutuo entendimiento, en
la vida real no resultan.
¿No estás de
acuerdo? ¿No? ¿Crees de veras que las personas pueden reconciliarse?
«Una cosa más,
Elgin».
«Sí». Estaba otra
vez en el umbral, en la postura que había aprendido de Jacoby. Era el modo en
que un actor se mantenía en el umbral de una puerta, a la hora de la despedida,
sutiles los ojos, en escorzo el semblante.
«Cuando estreches a
alguien la mano, aprieta con energía».
«Muy bien». Arrugó
el ceño. Se retiró ligeramente ofendido.
Si alguna vez te
has parado a considerar esos casos de negros que llegan a la conclusión de que
quieren conducirse como blancos y son muy
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observadores y se
les da estupendamente actuar así (nos imitan incluso mucho mejor que los
japoneses… hasta el punto de que Elgin puede comportarse en el papel de Mannix
mejor que Mannix), ¿se te ha ocurrido que por muy observador que se sea, no es
posible mediante la observación sólo calcular el grado de energía que ha de
imprimirse al apretón de manos y ni siquiera estar seguro de que hay que
apretar?
Me había equivocado
en una cosa. Resultó que Merlin también tenía sentido común y los huracanes no
le hacían ninguna gracia. Iba a marcharse.
Por una vez me
sorprendí a mí mismo: ¡Deseaba que se fuese! Quería que se marchase, que
escapara, el hombre que hizo el amor a mi esposa en el Roundtowner Motor Lodge,
de Arlington (Texas), aproximadamente el 15 de julio de 1968, y engendró a mi
hija Siobhan.
¿Por qué?
Porque Merlin,
pobre hombre, había llegado a un punto tan aciago como el más infeliz podía
llegar. Volver a África para reencontrar su juventud. Ver leopardos. Era como
si yo saliese disparado hacia Asheville en busca de la difunta Lucy. Un hombre
entrado en años debe descubrir cosas nuevas. Rodar era demasiado bueno para él.
De todas formas, me caía simpático y yo le caía simpático a él.
Le encontré en la
galería, por la que paseaba inquietamente, después de que el resto del personal
se hubiese retirado.
«Trabajaba en la
autopista de los Cayos cuando ese hijo de perra (por aquel entonces no
asignaban nombres de mujer a los huracanes) se desencadenó en 1928. No fue
ninguna broma y preferiría no presenciar otro».
«¿Hubo víctimas?».
«Unos quinientos
muertos. Cristo, lo que no habré visto en la vida. Lo que no habré hecho.
Adoraba tres cosas: las mujeres, la vida y el arte».
«¿Por ese orden?».
«Por ese orden».
«Bueno, todavía te
queda vida a raudales».
Me lanzó una
mirada, y luego otra.
«¡Sí, señor!»,
convino. «Y estoy en buena forma. Tengo un cuerpo estupendo. Palpa, Lance»,
invitó, ofreciendo el bícep.
«Bien. Menuda
bola».
«Es el brazo de un
hombre joven. Toca la barriga».
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«Lisa y dura».
«Sacúdeme».
«No hace falta».
«Vamos, golpéame.
No puedes hacerme daño».
«Te creo».
«Puedo vencer a
cualquiera de aquí… salvo a ti, Lance. Me parece que tú me ganarías».
«Lo dudo. Estoy en
bajísima forma».
«¿Quieres que
echemos un pulso?».
«No».
«Tienes un cuerpo
espléndido. ¿Sabes lo que deberías hacer?».
«No».
«Kung Fu. Se te
daría fenómeno. Eres un atleta nato, tienes la gracia y fortaleza del atleta.
Sería estupendo para ti».
«Puede que tengas
razón, Merlin. ¿Sabes lo que deberías hacer tú?».
«¿Qué?».
«Irte de aquí».
«Será lo primero
que hagamos mañana por la mañana. Esos otros chalados quieren gozarla esta
noche».
«El “María” llega
esta noche. Puede que mañana te resulte imposible marchar».
«Ya lo sé. Pero
esos bastardos están locos por convertirlo en una fiesta.
Margot debería ser
más sensata».
«Si yo fuese tú,
emprendería la marcha ahora mismo. A mí me da lo mismo». Así era.
Paseó por la
galería, fruncido el entrecejo y observó el cielo amarillo.
«¿O todavía es
Jacoby el director?».
«¡Jacoby! Ese hijo
de tal no podría dirigir el tránsito en Boutee (Luisiana)».
«¿Y bien?».
Chasqueó los dedos.
«¡Me iré, por
Dios!». Sus ojos con nervios blancos miraron más allá de mí, adentrándose en el
futuro. Volvió a chasquear los dedos. «¿Sabes lo que voy a hacer?».
«No».
«Iré en dirección
norte y saldré de esta marisma. Conduciré en línea lo más recta posible hacia
Virginia, subiré hasta el valle del Shenandoah y
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recogeré a Frances,
que tiene un haras en Lexington. Le diré: Volvamos a Tanzania, Frances.
Estuvimos allí una vez. Vivíamos en un “Land Rover”. Vimos leopardos. Frances
es como un soldado, una buena chica. Incluso puede… Siempre ha sido mi amor. La
llevé una vez a España y la enseñé el Ebro, en cuyo frente luché. Sí, por Dios,
también hice eso. ¿Puedes creerlo? Es una buena chica, un camarada. Es
compañero, hermano, hija, amante para mí. Lo único que tengo que hacer es
decirle: Cariño, volvamos a las tierras altas, y se pondrá en camino. Jesús,
¡qué idea me has dado! Incluso es posible que haga una película. ¿Qué te parece
una película sobre un hombre y una mujer que son buenos camaradas, van de caza
y luego disfrutan juntos de una buena sesión de sexo?».
«Suena muy bien».
«Si tan estupendo
es, ¿por qué me siento tan fatal? Siempre he sido un hombre con unos deseos
enormes de vivir y de gozar del amor, Lance. ¿Entiendes eso?».
«Sí».
«Me consta que las
cosas volverían a ser estupendas entre Frances y yo».
«Es posible».
«Háblame
sinceramente».
«Puede ser».
«Sería formidable
incluso aunque…».
«Sí, lo sería».
«Ahora me siento
despreciable, pero podría arreglarse todo entre nosotros. ¿Qué opinas?».
«Creo que las cosas
podrían ser estupendas entre vosotros».
«Frances me conoce
mejor que cualquier otra mujer».
«Estoy seguro de
ello».
«Ella y yo siempre
lo pasamos maravillosamente juntos».
«Eso es bueno».
«Podríamos volver a
disfrutar juntos».
«No me cabe la
menor duda».
«Puedo hacer algo,
preparar una historia, algo, acerca de la agonía del ñu y la muerte también del
amor humano y luego la renovación y reverdecimiento, un reverdecimiento y un
regreso al condenado Sahara, que avanza. ¿Entiendes?».
«Sí».
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«El Sahara del alma
también».
«Sí, pero en lo que
debes pensar en este momento es en marcharte de aquí».
«Me voy. Hablaré
con los demás».
«¿Qué tienen que
ver los demás?», pregunté, con un pequeño nudo de ansiedad en la garganta.
«Sólo es para
despedirme de ellos. Cristo, ni por soñación Se les ocurriría irse ahora.
¿Sabes qué están haciendo?».
«No».
«Raine está
llevando bocadillos y champán a tu mirador. Van a celebrar una fiesta llamada
Adiós, película, hola, “María”».
Debí de adoptar una
expresión extraña, porque explicó:
«Adiós, huracán de
cine, hola, ciclón auténtico».
«Es un buen sitio
para encontrar la muerte. Demasiado cristal».
«Intenta hacérselo
comprender».
«Trataré de
convencer a Margot».
«Pensándolo bien,
¿por qué no me despides de ella? En cuanto a los demás, me tiene sin cuidado
que el “María” los arroje al río, con el culo por delante. ¿Sabes lo que están
haciendo esos cerebros de mosquito?».
«No».
«Están sacando
píldoras y subiendo anís y tequila al mirador. Van a celebrar una fiesta».
«Ya lo sé».
Merlin me dio un
apretón con ambas manos y me dirigió una larga mirada de frente, velados los
ojos por ocultos propósitos. Llevaba demasiado tiempo en el mundillo de las
películas.
«Lucy, sube a tu
“Porsche” y sal disparada a la escuela. Dispones de treinta minutos».
«¡Papaaau!».
Prolongó la última sílaba en un timbre musical alto-bajo, reproducción exacta
del conocido hábito de Raine.
«Ya me has oído».
«Quiero quedarme
con Raine durante el huracán».
«No, maldita sea.
En marcha ahora mismo».
Lucy se quedó
sorprendidísima. Todo el mundo reaccionaba como si yo fuera un antepasado
salido de su retrato para empezar a dar órdenes.
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Todos obedecían
impulsados por la pura sorpresa.
Posteriormente, oí
a Lucy preguntar a Suellen, que cargaba sus latas de azúcar en el «Plymouth
Charger» de Elgin: «¿Qué mosca le ha picado a papá?».
«El señor Lance
sabe lo que está haciendo, niña», respondió Suellen en tono convencional,
aunque realmente aliviada por el hecho de que alguien, quienquiera que fuese,
tomase las riendas.
«¿A qué viene tanta
prisa, papá?», me interrogó Lucy, con la imaginación puesta otra vez en Raine.
«Bueno, sin ir más
lejos, te necesitan en la casa Tri-Phi. Acabo de hablar con la señora Davaux.
El pánico empieza a cundir entre los estudiantes de primer curso, a pesar de
que la tormenta sólo los rozará. La señora Davaux cree que tú eres la única
persona capaz de tranquilizarlos. Afirma que tienes verdaderas dotes de mando.
Por otra parte, vas a perder la mitad de tus votos para el Chi O… cuyos
veteranos han vuelto todos». (Había hablado con la señora Davaux y dijo algo
parecido).
Ah, eso es harina
de otro costal. Uña elección difícil entre Raine, Troy y él huracán, y el
apuntalamiento de unos votos Tri-Phi que se tambaleaban. Su lealtad al Tri-Phi
se habría impuesto, creo, incluso sin mis órdenes.
«De cualquier modo,
Raine no se va. Estará por aquí durante algún tiempo».
Era verdad, en
cierto sentido.
«Está bien, papá.
Si he de serte sincera, estoy un poco asustada».
«Bueno, bueno.
Ahora, ponte en camino».
«De acuerdo, papá».
Apoyó las manos en
mis hombros, me mantuvo un poco apartado y ladeó la cabeza tal como hacía
Raine. Jesucristo, las películas.
«Papá, te quiero».
«Yo también te
quiero».
El viento estaba
cobrando fuerza. Ahora se apoyaba en ráfagas intermitentes. Salí a las
galerías, cerré las contraventanas y corrí los gruesos pestillos. Se cerraban
por fuera.
Al volver a entrar,
me tropecé en el vestíbulo con Raine, que, cargada con una bandeja, se disponía
a subir al mirador.
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«¿Qué te ocurre,
Lance?».
«No sé a qué te
refieres».
«Tienes un aspecto
espantoso».
«Estoy cansado».
«Vamos. Aquí llevo
algo de beber».
«No, gracias».
«Entonces prueba un
par de estas píldoras. Una ahora y otra después». Me entregó dos cápsulas. «Son
lo mejor que hay. Te dejan relajado, pero eufórico. Experimentas una libertad
absoluta para elegir, hacer planes y actuar. Puedes optar por dormir o no dormir.
Te conviertes de verdad en ti mismo».
La miré.
«Muy bien».
A decir verdad,
necesitaba algo. Notaba que una fría sensación entorpecedora iba extendiéndose
por mi cuerpo, desde la boca del estómago. Lo que realmente deseaba era un
trago.
Raine depositó la
bandeja y me sirvió un vaso de agua. Me tragué las dos píldoras. Raine me miró.
«¿Por qué no nos vemos después, entrada la noche?».
«Muy bien».
Empezó a subir la
escalera que llevaba al ático.
«Yo no me quedaría
mucho tiempo allá arriba, Raine. Se espera que el viento supere los cien. A lo
peor los cristales no resisten».
«No estaremos mucho
tiempo. Sólo vamos a disfrutar un poco del precioso cielo, de la maravillosa
vista de las nubes y los relámpagos. ¿Has contemplado alguna vez un cielo así?
¿Por qué no subes con nosotros?».
«Ahora, no. Pero
hazme el favor de decir a Margot que baje. Quiero hablar con ella».
Margot bajó. Se
quedó de pie en la penumbra del vestíbulo, en ángulo recto respecto a mí, con
los brazos cruzados y ladeado el pie sobre el tacón.
«Margot, ¿te
vendrás conmigo ahora? Podemos marcharnos a cualquier sitio que te guste».
«No».
«Entonces, ¿querrás
pasar la noche junto a mí?».
«No».
«¿Así están las
cosas?».
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«Así están las
cosas».
«¿Y qué significa
eso?».
«Te quiero, Lance».
«Pero…».
«Nada de peros. Te
quiero como siempre te he querido, con mi viejo yo. Pero tengo otros yo. Una se
desarrolla».
«Quiéreme entonces
con el viejo yo».
«¿Qué puedo
hacer?». Margot se encogió de hombros. Estaba vagamente distraída. Tenía la
cabeza un poco inclinada, como si tratase de percibir alguna nueva vibración en
la tormenta. «El sentimiento no está ahí. Una no puede disponer de sus
sentimientos».
Ahuecó la boca y
ladeó la cabeza. No me era posible oírla, ya que el estruendo de la tempestad
lo ahogaba, pero adivinaba que la lengua de Margot producía un repetido toc,
toc al chocar contra el paladar.
Algo me dio vueltas
en la boca del estómago. Encontré un asidero y me aferré a él. Comprendí que
era la droga, que se engranaba en mi cuerpo como una rueda dentada.
Margot se movió
frente a mí, con las manos en las caderas. Manteniéndose muy erguida, adelantó
un pie, que desvió ligeramente hacia fuera. Su semblante era austero, sin
pintar, escandinavo. Cristo, ya era Nora Helmer en Casa de muñecas.
«¿Qué piensas
hacer, Margot?», pregunté como en sueños.
«¿Qué pienso
hacer?». Toc, toc. «Bueno, te diré una cosa que no pienso hacer. No voy a
quedarme aquí año tras año, dedicada a encerar muebles y contemplar cómo
florecen las camelias. De eso puedes estar seguro».
«Claro. Vayámonos
entonces a… ah, Virginia».
«¿Virginia?». Su
rostro se desplazó dos grados hacia mí.
«No sé por qué he
dicho Virginia», articulé, mientras notaba que una extraña y nada desagradable
distancia se abría en mi cabeza. «Si no te parece bien Virginia, entonces a
cualquier otro lugar que te plazca».
«No, lo siento,
cariño». Me abrazó y me besó distraídamente. Al apretarme, noté que su
diafragma se mantenía alto. Margot respiraba de cierta manera especial.
Encarnaba el papel de Nora.
La droga empezaba a
surtir efecto. Entre mi persona y mi ego se establecía una separación. Eso era
lo que yo esperaba de las píldoras: un pequeño espacio entre el dolor y yo.
Comprendía las palabras de Margot,
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pero no me era
posible soportarlas. Sin embargo, ¿cómo convivir con algo que uno no puede
soportar? ¿Cómo sentirse cómodo con una espada atravesándole los intestinos? Yo
no esperaba solución, ni siquiera alivio. Sólo quería contar con un pequeño
distanciamiento: ¿cómo se las arregla uno para sobrellevarlo?… ¿del mismo modo
que un borracho sobrelleva la circunstancia de ser un borracho o un delincuente
la de ser un delincuente? ¡No hay problema! Envidiaba a ambos. ¡Pero aquello!
¿Cómo sobrellevar aquello: tener el dolor clavado, como una cucaracha
atravesada por un alfiler? La droga lo arregló: antes, yo era parte integrante
del dolor, no había escapatoria. Ahora disponía de cierta separación. El dolor
continuaba allí, pero yo estaba un poco distanciado. Se convirtió en un
problema que resolver. Hummm, ¿qué hacer con el dolor? Quién sabe, es posible
que incluso tenga solución. Tal vez uno pueda hacer algo para aliviarlo.
Veamos.
«¿Por qué no subes
con nosotros al mirador? Es algo lo que se dice espectacular».
«No. Tengo unas
cuantas cosas que hacer».
«Muy bien». Volvió
a besarme con aire ausente, el sonoro chasquido del beso que se da a un
familiar. Toc, toc.
Cuando terminé de
cerrar los postigos, volví al palomar. Uno tenía que doblarse para resistir el
viento del sur. Entre una ráfaga y otra, el aire parecía recuperar fuerzas. La
tormenta era como un hombre al que le faltara el aliento.
Se ampliaba el
espacio entre mi ser y yo mismo. Permanecía sentado en la mecedora de
plantación, notando ese ensanchamiento en mi cabeza.
Cuando volví a
tomar conciencia de la realidad, seguía sentado en la mecedora. Brillaba afuera
la claridad lunar. Una claridad que se filtraba hacia el interior. Me levanté y
abrí la puerta. Reinaba la calma. Una luna anaranjada ascendía por detrás de la
Costa Inglesa. Un enorme frente de nubes amarillas cubría toda la parte
occidental del cielo, al otro lado del dique. Aquella muralla parecía tan
sólida como los Andes y presentaba cumbres, valles, glaciares y grietas de
glaciar.
Dejé la puerta
abierta, volví a sentarme en la mecedora y me dediqué a no pensar en nada.
Respiraba. Mis ojos siguieron la línea interpuesta entre el resplandor de la
luna y la sombra de la jamba de la puerta, que se deslizaba a través del suelo
de baldosas St-Joseph colocadas en espiga.
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NUESTRA DAMA DE LAS
CAMELIAS
Debí de quedarme
traspuesto, porque el siguiente recuerdo que tengo consiste en cierta sensación
de que en la estancia había alguien más, aparte de mí mismo. Ningún misterio:
la miraba directamente, Lo que significa que sin duda me quedé adormilado, de otro
modo, habría visto entrar a aquella persona. Pero el intervalo debió de ser muy
breve, ya que no había cambiado el ángulo de la luz de la luna sobre las
baldosas.
Allí, en una silla
de respaldo recto situada al otro lado de la mesa, estaba sentada una señora a
la que yo parecía conocer o, al menos, parecía darse por supuesto que la
conocía. Ella me conocía a mí. Me sobresalté culpablemente, sonreí e incliné la
cabeza para disimular mis poco educados modales. Cristo, acuérdate, Percival;
en esa parroquia hay por lo menos cuarenta mujeres de cierta edad, que tienen
aproximadamente el mismo aspecto y determinada relación con la familia de uno,
pero cuyos nombres no hay forma de retener en la memoria. No son ni viejas ni
jóvenes. Lo mismo pueden tener treinta y cinco que cincuenta y cinco años.
Durante treinta años, presentan la misma apariencia. ¿Era la señorita Irma, la
prima Callie o la señora Jenny James? Son de tez morena, tienen figura
regordeta y cierta reputación de pasado. Les había ocurrido algo, pero no
hablábamos de ello… el padre de una las sacó del apuro. Ah, acuérdate de lo que
le pasó a Callie. Me parece que se fugó con un hombre casado de bastante más edad
que ella. Durante los cuarenta años siguientes se las arreglaron bien. De vez
en cuando les caía algún empleo de tipo político en el juzgado, o vendían
«Tupperware»… quizás la prima Callie fue amante del juez Jones durante veinte
años. De cualquier modo, sobrevivieron a todos. Tenían una salud de hierro.
Aparecían en funerales, bodas y recepciones de Año Nuevo. Uno no puede
imaginarse qué hacían entre una celebración y otra.
De lo único que
estaba seguro era de que aquella persona parecía tener perfecto derecho a
encontrarse allí, en mi palomar. Y de que me conocía y daba por supuesto que yo
la conocía a ella. Me sonrió con absoluta familiaridad. Sin duda había acudido
en busca de refugio frente al huracán, ya que Belle Isle era el edificio más
sólido y resistente dé los alrededores.
Aunque rígida y
derecha en la silla, la mujer no dejaba de irradiar cierta gracia, mientras se
alisaba y ceñía el vestido a la cintura, de modo
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que sus formas
causaran buen efecto estético. Era un vestido de punto, perfectamente ajustado
a los redondos senos y caderas.
La mujer se arqueó
hacia atrás y quedó aún más erguida en la silla. Ni por asomo se me hubiese
ocurrido preguntar: «¿Quién es usted y qué desea?».
Su cabello era
Oscuro, quizás con algunas hebras grises, espeso, largo, rizado en tomo a su
cabeza de una manera no exenta de atractivo. No se había lavado la cabeza
recientemente. Percibí un efluvio, no desagradable, de pelo femenino sin lavar.
La miré. Me sonrió,
me dirigió una sonrisa encantadora y sus ojos rutilaron. Era esa clase de
mujer, Percival, que recuerdas desde la infancia, que siempre se mostraba
extraordinariamente simpática contigo, que hablaba bien de tus padres, que se
hacía lenguas de lo guapo que eras. Y, sin embargo, cuando salía a relucir el
nombre de esa mujer, tus padres intercambiaban una rápida mirada y guardaban
silencio.
Pertenecía también
a ese tipo de señora que muy bien puedes recordar si no has olvidado lo que una
voluptuosa mujer de cuarenta años atraía a un muchacho de quince, hasta el
punto de que, cuando habíamos hecho un alto en el partido de fútbol y
descansábamos tendidos sobre la hierba, sudorosos, cansados y alegremente
impúdicos, si una mujer así pasaba por la calle, erguida, turgentes los muslos
y estrecha la cintura, nos quedábamos silenciosos hasta el inevitable: ¿Qué tal
nos sentaría algo como eso?
Observé entonces la
camelia que llevaba prendida en la parte lateral de la pechera —y, al mismo
tiempo, comprendí que aún no había llegado la temporada de las camelias—, una
enorme flor abierta, de color carne, con un haz de minúsculos tallos en el
centro, donde se albergaban estambres, pistilos, polen, vainas, óvulos.
La mujer era
bastante real, creo, aunque no puedo explicar la camelia. La leve sensación de
molestia producida por no conseguir recordar el nombre de la mujer era algo que
resultaba totalmente familiar y no tenía nada de sueño. Dijo que había ido allí
en busca de abrigo (¿no demuestra esto que la mujer era real?, en los sueños no
hacen falta las explicaciones), pero que había cambiado de idea. No deseaba
imponernos su presencia. Quizá fuese mejor que se quedara en casa de una
pariente que tenía en la ciudad, la prima Maybelle.
¿Pero de dónde
había sacado la camelia?
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La mujer seguía
hablando bien de todas las personas que la rodeaban.
«Tu padre era un
perfecto caballero en toda la extensión de la palabra.
¡Qué tacto y
comprensión!».
«¿Comprensión?».
«Comprensivo con
Lily. Tu madre. ¡Oh, Lily! ¡Qué criatura más encantadoramente delicada! Como
una palomita. No como yo. Tengo más de gorrión que de paloma. Sencillo, pero
duro».
«¿Cómo una
palomita?».
«Tal vez sea mejor
decir que como un periquito. Vivía para el amor. Literalmente. A menos que la
amasen, se marchitaba y moría. Maury se hizo cargo de ello, ¡Santo Dios, qué
comprensivo era! También comprendió y aceptó sus propias limitaciones.
Comprendió las relaciones de Lily con Harry y lo aceptó. Aquel hombre era un
santo».
«¿Qué relaciones
tuvo ella con Harry?».
«Bromeas. Vaya, no
era ningún secreto».
«¿Fueron amantes?».
«Durante años. Todo
el mundo lo sabía. ¡Tan romántico! Eran como Camille y Robert Taylor».
Todo el mundo,
menos yo. ¿Es que todo el mundo, menos yo, tiene que saber las cosas?
«¿Eso fue después
del… ejem… procesamiento de mi padre?».
«Sí. El pobre Maury
quedó destrozado, aunque iodo fuera cosa de la sucia política y no se demostró
nada. Siempre he creído que su enfermedad tuvo algo que ver con lo que él
consideraba su desgracia. Ufff, los hombres son ridículos. Y él era…
sensiblero. ¡Aunque tan aristocrático!».
Estaba mirando en
el cajón de los calcetines de mi padre, buscando dinero suelto del que solía
guardar en las cajitas empotradas donde se ponían los botones de los cuellos de
camisa, y entonces vi algo debajo de los calcetines con dibujo de rombos. Allí estaban,
los diez mil dólares, billetes nuevos, de color verde oscuro, con una cinta de
goma rodeándolos y ajustados como un libro, y allí estaba, el dulce ramalazo de
horror que me sacudió el corazón. Conté el dinero. Los billetes tenían tacto de
pétalos rígidos, no parecían papel, sino más bien hojas cubiertas de polen. El
corazón me latía despacio y con fuerza. Extraño: tuve conciencia de que
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mis ojos estaban
haciendo algo más que viendo: no parpadeaban, estaban fijos y ligeramente
saltones. «Absorbían», es decir, devoraban. Porque allí estaba la agradable
esencia vergonzosa de algo, el secreto. Durante varios minutos reinó la
percepción consciente de mis ojos que devoraban el dinero colocado debajo de
los calcetines, que efectuaban pequeños movimientos exploratorios, tal como los
ojos qué asimilan un gran cuadro. El deshonor es más dulce y misterioso que el
honor. Retiene un secreto. No hay secreto en el honor. Si uno lograra descubrir
el secreto que se anida en el núcleo central del deshonor…
Harry Wills,
concluido el baile, se estaba quitando el traje de duque, en los vestuarios del
auditorio. Como de costumbre, se bebía, se bromeaba y se reía. Harry Wills no
era precisamente un Robert Taylor; entradito en años, tenía mandíbulas
azuladas, enorme nariz, pecho velludo, barriga pronunciada y flacas piernas. Ya
no era un vendedor de Realsilk, sino un distribuidor de Schenley: ¡un viajante
de comercio! Los vasos de whisky habían dejado rielantes círculos húmedos en el
banco, junto a él. Con la salvedad del casco de seda verde, el tahalí de la
espada y las botas altas de cuero artificial rojo, estaba desnudo. Su genital
aparecía retraído, un gran botón encima de una bola veteada. En el momento en
que se apercibió de mi presencia, me le quedé mirando, profundicé en sus ojos y
vi que su cerebro efectuaba dos lentas conexiones. Una era: Vaya, hombre, un
joven caballero Comus, el mismo que corrió los cien metros contra Alabama. La
otra: Ahí iba yo también, el hijo de Lily. (Jesús, ¿sería yo también hijo suyo?).
Las dos revelaciones se fundieron en un único y gran resplandor rosado de
whisky «Four Roses» y afecto, quizás cariño. (¿Amor de padre?). Se incorporó
vacilante, me pasó el brazo en torno al cuello y anunció al grupo: «¡Ya sabéis
quién es este muchacho! ¡Es Lancelot Lamar y ya sabéis lo que hizo!». Lo sabían
y ello confirmó la terrible emoción que se apoderaba de Harry. De todas formas,
lo enunció: «Este muchacho no sólo se encargó de ejecutar aquel despeje de cien
metros. Recibió por lo menos un golpe de cada uno de los miembros del equipo de
Alabama… y algunos le sacudieron dos veces. ¿No habéis visto todos la
película?». Los otros duques asintieron con aire solemne. La habían visto.
Bebieron, me invitaron a una copa y me estrecharon la mano. Sin soltarme
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el cuello, Harry se
sentó, arrastrándome hacia una bocanada de aguardiente de maíz, humo de
cigarrillo y almizcleño olor genital.
«Jesús», articuló
Harry, al tiempo que sacudía la cabeza ante el prodigio y maldecía impulsado
por la misma incipiencia de la terrible sensación anónima. «¡Tomemos un trago!
¡Maldita sea…!».
¿Te acuerdas de mi
madre? Cuando pienso en ella, su imagen nunca me parece «hermosa» o «guapa»,
sino que la veo más bien excesivamente pálida, con aquellas espesas cejas sin
depilar que le daban aspecto de muchacho. ¿Opinas que era hermosa? Quizás no la
recuerdo después de que empezase a beber. Luego se tornó furtiva e incluso un
poco voluptuosa. Al cabo de unos años de beber a escondidas, en su rostro
apareció cierta tirantez y cierto brillo satinado. Se le hundió un poco la
barbilla. En sus ojos hubo fulgor, opacidad y travesura, como si supiese algún
chiste sobre cada una de las personas que conocía. Verás, desde entonces he
tropezado con numerosas amables damas aficionadas a la botella, señoras que
habían adquirido ese aspecto de brillo satinado y esa carencia de mentón. ¿Es
un síndrome facial de las mujeres alcohólicas? ¿Se trata de cierta clase de
dama infeliz sureña? ¿O ambas cosas?
De la época
anterior, la recuerdo, no como «hermosa», sino como esquelética, vivaracha y
alegre. Irradiaba una especie de nerviosa agresividad burlona. Le gustaba
«pelear» conmigo. En las mañanas frescas, cuando todo el mundo estaba serio,
deprimido y fastidiado por tenerse que levantar para ir al trabajo o al
colegio, mi madre anunciaba: «Voy a acabar contigo», y se me venía encima, con
los puños por delante, unos pequeños y agudos puños que se me clavaban en las
costillas. Aquello pasaba de broma, la insistencia con que taladraban los puños
se hacía molesta. No había forma de que suspendiera el juego.
Tío Harry, jovial
vendedor de Schenley y primo tercero otrora eliminado, amigo y benefactor de la
familia, que me llevaba regalos — incluso en días corrientes de entre semana,
imagínate, una pistola de cristal llena de dulces me llevó un martes por la tarde,
o una navaja suiza, de militar, con veintidós hojas—, que no sólo era bueno
conmigo, sino que también llevaba a Lily, delicadísima por aquel entonces y
necesitada de una barbaridad de descanso, a «pasear en coche» hasta el río
False —«¡Sácala de casa, Harry!», decía mi padre—, dejándole a él, a mi padre,
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envuelto en su
amado sosiego. Una vez, él, mi padre, pintó un cuadro místico de nuestro paseo
de robles americanos, en el que se representaba el perpetuo crepúsculo
cubriendo los árboles, incluso al mediodía, y, por encinta, grandes espacios
abovedados, que surcaba un único y extraviado rayo de luz solar, y fue un
cuadro que mi padre tituló «¡Oh sola beatitudo! ¡Oh beata solitudo!». Escribió
un poema con ese mismo título. Era Poeta Laureado de la Parroquia Feliciana,
los masones locales así le designaron, tendido en su reclinatorio en la
sombreada galería superior soñando en su manuscrito histórico, soñando no tanto
en un pasado real como en lo que tuvo que haber sido, debiera de ser ahora y
acaso todavía pudiese serlo: una adorable áurea iluminada por el sol de
Luisiana de riachuelos y robles americanos y verdes sabanas húmedas, Feliciana,
una tierra feliz de personas decentes; divertidas costumbres populares y
apacibles remansos, todo ello bañado por la placentera rectitud episcopaliana.
Tío Harry entonces
y Lily entraban en una cabaña turística situada a orillas del río False, en la
soleada pero glacial tarde, la escarcha blanquea el dique exterior, el áspero
susurro del gas lanza su latigazo calorífero hacia las piernas y los ojos, el clemente
frío atrapado aún en las pieles de Lily, las sábanas uniformemente frescas y
desabridas.
Pero ahora, en el
palomar y en el ojo de la tormenta, por fin la sensación de acercarse a ello,
el dulce secreto de la maldad, la espantosa efervescencia, la impresión
aceleradora de los latidos cardíacos de estar a punto de tropezar con algo, el
amado y preciso corazón de la oscuridad… ah, allí era donde todo estaba bien.
Tú siempre lo
retrasas: no estás nunca dispuesto a buscar indicios que conduzcan a la
existencia de Dios, nadie ha encontrado nada en ese sentido y Dios menos que
nadie. Desde el principio, tú y yo hemos sido distintos. Tú estabas obsesionado
con Dios. A mí me obsesionaba… ¿qué? ¿Oscuros billetes nuevos de color gris
verdoso debajo de calcetines de punto con dibujo de rombos? ¿Tío Harry y Lily
en la cabaña turística con frió linóleo y calor de estufa de gas?
La luna fue
haciéndose más brillante y más pequeña. El gran bastión de nubes giraba
despacio. Cumbres, mesetas y glaciares andinos se desplazaban lentamente al
otro lado de mi ventana. Tenía la boca abierta. Me percaté de que experimentaba
cierta dificultad respiratoria, como si
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tuviese asma. No
padezco asma. Miré la estación meteorológica de mesa, «Abercrombie y Fitch»,
regalo navideño de Margot. El barómetro indicaba 28,96. Fui hasta la puerta
abierta. Bajo el luminoso resplandor de la luna, niños y adolescentes jugaban
en el dique. Parecía estimularles la calma de la gran tormenta giratoria.
Algunos se tomaban muy en serio la tarea de añadir a las fogatas leña de sauce
y neumáticos para producir humo. Otros daban volteretas, permanecían estirados
o rodaban dique abajo. Una jovencita de largo vestido blanco bailaba una
versión francesa dé la danza de figuras, un Fats do-do, avanzando y
retrocediendo, inclinando la cabeza primero a un lado y después al otro,
habiendo reverencias, extendiendo con las manos los pliegues de la falda. A
través del aire tenue y yerto, apagados y lejanos llegaron unos gritos hasta
mí. Me di cuenta de que era la voz de la niña. Cantaba. La voz se imponía sobre
el aire silente. Era una vieja canción de antiguos inmigrados franceses que yo
solía oír en Breaux Bridge.
Mouton, mouton —et
où vas-tu?
A l’abatoire. Quand tu reviens? Jamais —Baa!
Resultaba curioso.
Allí, en la Costa Inglesa, no había ninguna familia de descendientes de
antiguos inmigrantes franceses, sólo unos cuantos negros de piel clara y
apellido francés, a los que llamábamos «librejacks» porque los libertó el
general Jackson por los servicios que prestaron en la Batalla de Nueva Orleans.
¿De dónde era la
jovencita?
En 1862 mi
tatarabuelo Manson Maury Lamar, capitán de infantería en el Decimocuarto de
Virginia, tropezó en el valle del Shenandoah con un destacamento de A. P. Hill,
que cercaba Harper’s Ferry, cogió trece mil prisioneros, tuvo noticia del
ataque de McClellan sobre Lee en Sharpsburg, a veintisiete kilómetros de
distancia, emprendió el trote, recorrió los veintisiete kilómetros, llegó en el
preciso momento en que empezaba a ceder el flanco derecho de Lee y se lanzó a
la batalla a tumba
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abierta. Fue la
jornada más sangrienta de la guerra. Según decían, nunca habló de aquello.
Claro que tampoco habló nunca de ninguna otra cosa. No dijo nada. Mi tío luchó
en el Argonne. Dijo que fue algo horrible por demás. Pero también dijo que
tardaría cuarenta años en volver a sentir la realidad.
Mi hijo se negó a
ir a Vietnam, se metió en el underground, un clandestino de Nueva Orleans,
vivió en un tranvía viejo, escribió versos, hizo varias clases de amor. ¿Tenía
razón él, la tengo yo o la tienes tú?
Esta mañana fui a
ver a Anna. Conversamos. Se sentó en una silla. Va a recuperarse del todo.
Habla despacio y en un solo tono, elige las palabras con sumo cuidado, como
alguien que se recobra de una apoplejía. Pero va a ponerse bien del todo. Se
había peinado, llevaba una falda y se bajaba el borde de la misma para que le
cubriese las rodillas, como una recatada muchacha de Georgia. Le dije que yo
iba a abandonar pronto el hospital y le pedí que me acompañase.
«¿A dónde vas?».
«No lo sé».
«Ya».
Al cabo de un
momento, añadió: «Y quieres que vaya contigo».
«Sí».
«¿Por qué?».
«¿No es suficiente?
Quiero que vengas conmigo».
«¿Estás enamorado
de mí?».
«No estoy seguro de
lo que eso significa. Perote necesito y tú me necesitas a mí. Tendré a Siobhan
conmigo».
«Comprendo».
Parecía estar enterada de todo lo referente a Siobhan.
¿La informaste tú?
Ella asintió. «Una nueva familia. Una nueva vida».
Eso es todo lo que
dijo. Luego se limitó a asentir con la cabeza. Por mi parte, ni siquiera estaba
seguro de que me escuchase. ¿Piensas que lo decía en serio?
¿Oyes el sonido de
música lejana? ¿No? Quizás me lo imaginé, sin duda fue el eco de un sueño o más
bien una visión que me llegó con retraso, Pero juro que oía el ruido de jóvenes
que marchaban y cantaban
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una rítmica y
alegre canción de desfiles. ¿Una banda de martes de carnaval que desfilaba por
St. Charles? No. Tienes razón, estamos en noviembre, falta mucho para el martes
de carnaval. Aparte de que tampoco se parecía a una banda de instituto de
segunda enseñanza. Eran hombres jóvenes que cantaban y desfilaban. Era un
conjunto enormemente más serio y jubiloso a la vez que una orquesta de
instituto de enseñanza media.
Anna recibió hoy
una mala noticia. Su padre ha muerto de un ataque cardíaco. Ella se encuentra
ahora sola en el mundo, lo mismo que yo. El hombre no le deja más que una
cabaña, un establo y unas veinte hectáreas de terreno en la Blue Ridge, no
lejos de Lexington (Virginia). Bueno, eso lo deja todo resuelto. Nada de Gran
Sur, después de todo, afortunada o desgraciadamente. Be hecho, es una especie
de símbolo. Virginia es el lugar que se supone nos corresponde. Ahora lo veo
con toda claridad.
¿Virginia?
Sí, ¿no lo
comprendes? Virginia será el punto de partida. Y allí es donde se encuentran
los hombres que lo llevarán a cabo. Igual que fue en Virginia donde todo empezó
o, al menos, a donde fueron los hombres encargados de concebirlo, la gran
Revolución, la lucha, el triunfo y la puesta en marcha de todo. Iniciaron la
Segunda Revolución y perdimos. Tal vez la Tercera Revolución acabe de modo
distinto.
No será California,
al fin y al cabo. Se establecerá en Virginia, donde empezó.
¡Virginia!
¿No te das cuenta?
Virginia no es Norte ni Sur, sino ambos y ninguno. Entre lo uno y lo otro. Una
isla en medio de dos desastres. Frente a ambos: el exánime mancillado hundido
Norte y el floreciente corrupto Sur impetrador de Jesucristo. El norteño es en
el fondo un pornógrafo. Un cerebro abstracto con un genital acoplado. Su alma
está en Harvard, una inmensa, abstracta y estéril universidad encerrada en sí
misma y cuya divisa es la verdad pero que no ha descubierto una sola verdad
importante en cien años. Su cuerpo vive en la calle Cuarenta y dos. ¿Crees que
no hay relación alguna entre Harvard y la calle Cuarenta y dos? Una es el
trasero de la otra. ¿El sureño? El sureño empezó como jeffersoniano escéptico y
luego se transformó en retorcido cristiano. Lo que equivale a decir que se está
aproximando y casi ha alcanzado su esencia, que consiste en ser cada vez más
retorcido y más cristiano. ¿Quieres un retrato del nuevo sureño? Es Billy
Graham el domingo y Richard Nixon el resto de la semana. Reza
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y roba, está metido
en negocios, está metido en política. En Luisiana todo el mundo roba a todo el
mundo. Por eso la Mafia se traslada al Sur: porque a la Mafia le hace más feliz
robar que explotar la pornografía. La Mafia y los camioneros acabarán siendo
dueños del Sur, los pornógrafos poseerán el Norte, las películas, los libros,
las obras dramáticas, los talleres, y en adelante todo el mundo vivirá dichoso.
¿California? ¿El
Oeste? Ahí es donde los dos se cruzan: Billy Graham, Richard Nixon, Las Vegas,
drogas, pornografía y toda descamada idea abstracta que se le haya ocurrido
alguna vez al hombre vagabundo de las soledades, en busca de albergue.
Washington, el
país, está en el sumidero. Todos lo saben. El pueblo lo ha perdido a manos de
políticos, burócratas, congresistas borrachos, presidentes embusteros,
predicadores de la Casa Blanca, C.I.A., F.B.I., Mafia, pornógrafos,
salteadores, granujas, sobornadores, aceptadores de soborno, deshonestos
vaqueros ricos, sureños escleróticos, acaudalados yanquis de integridad moral
más que dudosa, libros indecentes, películas indecentes, comedias indecentes,
conferencias indecentes, seriales radiofónicos indecentes, maricones,
lesbianas, abortistas, voceadores de Jesucristo, voceadores anti-Jesucristo,
ciudades moribundas, colegios agonizantes, cursillos de vida sexual que enseñan
a los alumnos de primera enseñanza el arte de joder.
¿El virginiano?
Puede que todavía no lo comprenda, pero es la última esperanza de la Tercera
Revolución. La Primera Revolución sé ganó en Yorktown. La Segunda Revolución se
perdió en Appomattox. La Tercera Revolución empezará allí, en el valle del
Shenandoah.
Ahora recuerdo
dónde oí la música. ¿Crees en los sueños? Es decir, ¿crees que un sueño puede
ser profético? Sonríes. Cristo, ¿ya no crees en nada? Sonríes. Tu Dios solía
enviar mensajes a través de los sueños, ¿no? No, esto no fue un mensaje que me
envió Dios, sino mi propia visión cierta de lo que va a suceder. Sé lo que va a
suceder. Lo soñé, pero también es algo que va a ocurrir.
Un joven está de
pie en un paso de montaña, sobre el valle de Shenandoah. Cuelga un fusil a su
espalda. Es un muchacho muy bronceado. Salta a la vista que ha vivido largo
tiempo en el bosque. Aunque el día es caluroso, el joven se mantiene
completamente inmóvil, bajo un brezo, mientras el sol se pone por el oeste.
Espera y vigila, al acecho de algo. ¿Qué? ¿Una señal? ¿Quién es? ¿Un virginiano
blanco,
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anglosajón,
protestante? ¿Irlandés de Nueva Inglaterra? ¿Criollo de Luisiana? ¿Judío?
¿Negro? ¿Dónde vive? Imposible determinarlo. Es moreno, negro quemado como un
indio. Podría tratarse de un sabra de kíbbutz. Lo único que puede asegurarse
con certeza es que se muestra sumamente cuidadoso, que una idea le bulle en la
cabeza, que está vigilando y aguardando. ¿Qué espera ver? Esto: en aquel
instante percibe algo, un espejo refleja los últimos rayos solares y envía el
destello desde la montaña, a través del North Fork. El muchacho aguarda un poco
más. El sol se pone. Oscurece con rapidez. El joven se pone de cara al nordeste
y observa la tenue luminiscencia verde que brota de las grandes urbes
moribundas del Norte, de Washington a Boston.
Tan velozmente como
apareció, el muchacho se desvanece.
Llega ahora un
sonido lejano de hombres jóvenes que cantan. El sonido tiene una cadencia y una
progresiva reducción de volumen indicadora de alejamiento. ¿Están los jóvenes
en marcha?
Oh, Shenandoah,
contemplarte es nuestro anhelo.
Con toda el alma
adoramos tus aguas cabrilleantes.
Para tus hijas
somos platónicos amantes,
desde estas colinas
verdes hasta el remoto horizonte a través del Missouri anchuroso.
Oh, Columbio,
nuestra bendita madre.
Sabes que no
aguardamos más que tu norte y guía, la señal de que marchas en nuestra compañía
desde estas colinas verdes hasta el remoto horizonte a través del Missouri
anchuroso.
¿Cómo? ¿Que qué hay
respecto a las mujeres?
¿Mujeres? ¿Que cómo
será para las mujeres?
Para entender eso,
primero debes comprender el extraño acontecimiento ocurrido a la raza humana.
Un suceso del que teníais una idea vaga, pero que luego se volvió del revés y
boca abajo, en cuanto a vuestros propósitos.
Me refiero al
secreto de la vida, el secreto más asombroso y mejor guardado de todos los
tiempos y, sin embargo, tan evidente como la nariz que tienes en la cara, a la
vista de todo el mundo.
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Salisteis con
vuestra doctrina del Pecado Original. Pero lo que conseguisteis fue
precisamente retrasar el asunto. El pecado original no es algo que el hombre
hizo a Dios, sino algo que Dios hizo al hombre, algo tan monstruoso que ni
siquiera hoy puede el hombre comprender qué le ocurrió. Sacude la cabeza con
gesto de aturdimiento y se frota los ojos saturado de incredulidad.
El gran secreto de
los siglos es que el hombre ha evolucionado, nace, vive y muere con un
objetivo, para una sola finalidad: llevar a cabo una agresión sexual contra
otro ser humano o ser víctima de tal agresión.
Todo lo que el
hombre hace viene a ser como una emboscada y tú lo sabes, yo lo sé y todo el
mundo lo sabe.
Las mujeres acaban
de descubrir ahora el secreto, o parte de él, su espantoso absurdo. ¿Puedes
reprocharles que se las atropelle? Sin embargo, todavía son más absurdos sus
patéticos intentos, una vez hecho el descubrimiento que los hombres son
demasiado estúpidos para hacer, destinadas a fingir que no es así, a
disimularlo o a echar la culpa del asunto a los hombres.
Lo que las
pobrecillas descubrieron es la monstruosa verdad que reside en el mismo núcleo
central de la vida: que su felicidad y el propio significado de la vida
consiste en sufrir la agresión de un hombre.
Ah, dulce misterio
de la vida, verdaderamente, sí, verdaderamente, sí, exactamente, que estriba
justamente en eso: ser estrujada, trabajada, golpeada, apuñalada, inmovilizada,
empalada, atravesada, en una palabra:
Violada, Por fin
está claro el significado, meta y punto omega de evolución. En las épocas
pretéritas lo oscurecía la servidumbre del hombre. El pobre desgraciado se
encontraba tan atareadísimo sobreviviendo y principalmente no sobreviviendo,
muriéndose de hambre y agonizando, que hasta hace muy poco no ha llegado a
darse cuenta de que constituye un aparato de lo más extraordinario. Era decente
porque le abrumaba el exceso de trabajo.
Pascal sólo dijo la
mitad de la historia. Dijo que el hombre era una caña pensante. En realidad, el
hombre es una caña pensante y un genital ambulante.
¿Por qué me miras
de esa forma? Después de todo, son datos elementales. Se trata de cosas que
todo estudiante de biología conoce: de los tres millones de especies que
existen en la Tierra, la hembra humana es
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la única capaz de
vivir en estado de constante estro; disfrutar de orgasmo; hacer el amor cara a
cara con su compañero.
Ja, no deja de ser
gracioso en cierto sentido, las mujeres liberadas y educadas, libres por fin de
conocer la verdad, ¿y la verdad? ¡Qué es la única criatura, sobre la Tierra, en
celo perpetuo! ¡Vaya descubrimiento! Que ella, la mujer, sólo sirve para una
cosa.
Mirada de
inteligencia, frente a frente, mejilla contra mejilla, vientre contra vientre,
pecho contra pecho, un día sí y otro también, en celo todo el año… ¡ahí está el
punto omega de evolución! Cómico, ¿verdad?, las mujeres tratando de eludir eso.
Es como una gallina deseando ser un gavilán. Una leona, sí, una leona puede
soslayarlo, porque es león durante la mayor parte del tiempo, luchador y
cazador, y sólo periódicamente parchea la cola.
¿Pero la mujer? Es
tu punto omega. Toma esa especie, la humana, asígnale un trabajo de dos horas a
la semana y una expectativa vital de cien años y no se necesita ser un genio
para comprender qué intenciones tiene Dios respecto al hombre.
¿Qué había
preparado Dios? Hummm, sí.
De súbito, todo
queda claro. La pornografía de la vida norteamericana no es obra de hombres
malvados. No, es la razonable tarea de hombres inteligentes que por fin han
adivinado el designio de Dios para el hombre.
A propósito, no es
cierto que los norteamericanos sean por naturaleza las personas más
pornográficas existentes bajo la capa del cielo. Lo que pasa es que los chinos
y los rusos están un poco atrasados, se dedican afanosamente a ponerse al día.
Ja, espera a que estos fulanos consigan la semana de cuarenta y cuatro horas.
EL GRAN SECRETO DE
LA VIDA
El proyecto secreto
que Dios destinó al hombre estriba en que la felicidad del hombre reside en la
práctica de la violencia por parte de los hombres sobre las mujeres y en que la
felicidad de la mujer reside en someterse a esa violencia.
El secreto de la
vida es violencia y violación, y su evangelio es la pornografía. La cuestión
es: ¿Podremos soportar el descubrimiento del secreto?
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¿Tenemos que
aceptar el veredicto de evolución, que el punto omega es el ataque sexual,
perpetrarlo o sufrirlo?
En el Antiguo
Testamento, los judíos conocían el secreto: se concibe al hombre en pecado.
¿Qué haremos, pues,
al respecto?
Dices que estamos
redimidos. Echa un vistazo afuera. ¿Presenta eso el aspecto de que estamos
redimidos?
¿La tempestad? No
te gusta mi teología. Comprendo. Ah, quieres saber qué ocurrió aquella noche.
Sí. Bueno, eso puedo contártelo en un momento. Lo cierto es que ahora ya carece
de importancia.
Cuando me desperté,
el ojo ya había pasado y la pared sur se cerraba retumbante con lo que sin duda
era una línea de tornados. Por debajo del ululante lamento del vendaval llegó
un ruido nuevo, como de mil remolcadores diésel tronando río abajo. El viento
silbaba a través de las aspilleras del palomar como una tribuna de órgano. Vi
Belle Isle al resplandor de un relámpago. Los robles aparecían vueltos del
revés, blancos como abedules, pero Belle Isle aguantaba firme y serena. Pensé
en las viejas vigas del ático, de más de treinta y cinco centímetros de grosor,
que se tensarían y chirriarían contra las bandas y pernos de hierro que las
sujetaban.
La mujer continuaba
allí. Se había puesto en pie. Observé, sin excesivo interés, que parecía algo
distinta. En vez de una pariente más o menos lejana, una voluptuosa tía de
mediana edad y que sobrevivió a alguna desgracia olvidada, ahora tenía un aire
a… ¡mi madre! Mejor dicho, a una fotografía de mi madre que recuerdo observaba
yo siendo chiquillo. Me miraba con una expresión afable, tranquila, incluso
ligeramente maliciosa. La instantánea mostraba a varios cadetes V.M.I.,
formando grupo con sus chicas, inclinados hacia adelante en los asientos de un
turismo «Franklin» modelo 1925. Se trata de una foto tomada tras una entrega de
despachos y la ceremonia de una boda militar. Los novios están de cara al
fotógrafo. Ella luce un vestido poco ajustado, que le llega exactamente hasta
la rótula, con amplio cuello de encaje. El pelo le cae sobre los hombros, donde
se ensortijan los rizos. Los labios de las otras muchachas están
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pintados en forma
de arco, pero la boca de mi madre no tiene carmín. Sus anchas cejas aparecen
sin depilar. Con su estilo travieso, ofrece al fotógrafo una espada
desenvainada (¿la de su pareja? ¿la del novio?). La espada está vertical,
sostenida la hoja con las manos, la guarda formando una cruz. ¿Presenta una
imitación de Juana de Arco a la cabeza de su ejército, enarbolada la cruz?
Siempre que se referían a mi madre, sus amigas solían emplear términos tales
como «maravilloso sentido del humor», «payasa de categoría», «diablillo»,
etcétera. Tenía dos amigas íntimas. Se llamaban a sí mismas las Tres
Mosqueteras.
La mujer permanecía
de pie. Era la misma mujer. Estaba diciendo algo, sus labios se movían, pero
con el fragor de la tormenta no me fue posible oírla. Su expresión daba a
entender que era algo rutinario, una excusa o lamento autocompasivo como:
«Muchas gracias, pero no deseo ser una molestia». Se volvió y trató de abrir la
puerta, pero no pudo. Fue entonces cuando me entregó la espada…
¿La espada? Ja, ja.
Era el cuchillo Bowie.
De nuevo tenía la
apariencia de mi madre y, al ofrecerme el cuchillo Bowie, lo cogió de la mesa y
lo alargó hacia mí con la punta por delante, en la misma forma que empleaba mi
madre con aquella broma insistente de clavarme los afilados puños en mis costillas.
Nuevamente trató la
mujer de abrir la puerta. Debía de ser el viento, pensé, lo que la mantenía
cerrada. Pero cuando intenté abrirla yo, vi que un roble, una densa maleza de
ramas y hojas, había caído contra la puerta.
Ah, la mujer me
había dado el cuchillo para que cortase las numerosas ramas que obstruían la
salida, dejando ésta expedita.
No puede marcharse
ahora, grité por encima del ulular del viento y el rugido de los motores diésel
del río. Ella se encogió de hombros y asintió con la cabeza, gestos que tomé
por: Muy bien, me quedaré en Belle Isle.
Muy bien, la
alojaré. Pero luego se me ocurrió otra cosa. No, quédese aquí, es más seguro,
hay menos árboles y se cuenta con la protección del dique.
A pesar de todo,
seguí haciendo lo que ella me pedía, de esa manera servicial, ya sabes, en que
uno hace algo cuando se lo pide la señorita Mengana, y, agachada la cabeza,
continué con mis intentos de abrir la puerta e introduje el hombro por un
hueco.
Lo siento, dije,
pero…
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Al incorporarme,
sin embargo, la mujer había desaparecido. Como no deseaba representar una
molestia, debió de pasar por detrás de mí y marcharse.
Yo estaba de pie,
meditando y contemplando el cuchillo que tenía en la mano. Eran las tres. En
las alturas celestes del sur se veía el cañoneo anaranjado de los relámpagos,
pero el ruido de la tormenta no llegaba. Ante mis ojos estalló la última
estructura de fogata, un fuerte armazón simétrico, levantado con gruesos sauces
y que tenía forma de cabaña, rematada en punta, con las cuatro esquinas
afirmadas mediante troncos de nueve metros de altura, tan rectos como postes de
teléfono. Reventó, explotó silenciosa y lentamente, las maderas se desmoronaron
como una torre de palillos.
Estaba sentado a la
mesa escritorio, dedicado a juguetear con el cuchillo. Me sentía un poco
aturdido, pero con esa impresión de libertad que tiene uno cuando se recupera
de una fiebre alta. Es posible, comprende uno entonces, ponerse en pie, caminar
en cualquier dirección y hacer algo. ¿Esa sensación tiene algo que ver con la
baja presión? El barómetro que me había regalado Margot señalaba 27,65
pulgadas. Una presión bajísima, pensé mientras jugueteaba con el lápiz. Nada
tenía de particular que me sintiese extraño.
Me levanté y fui a
buscar una cazadora de amplios bolsillos laterales y un zurrón en la parte de
atrás. Puse una linterna en uno de los bolsillos. Si se abría la puerta unos
centímetros resultaba posible utilizar el cuchillo a guisa de machete e
intentar cortar la rama de roble que se apoyaba contra la hoja de madera. ¿Cómo
salió la mujer? A la luz de los relámpagos, el cuchillo despidió reflejos
áureos. Pasé el dedo por el filo. Como una cuchilla de afeitar. ¿Quién lo había
afilado? Miré el cuchillo y lo puse en el zurrón de la cazadora, con la punta
hacia abajo, sobre un rincón, y la cinta de cierre atada a través de la parte
llana de la hoja.
Salí del palomar.
El ruido era espantoso, pero el viento fue soportable hasta que llegué a la
esquina. Un ramalazo me dejó boquiabierto, me ahuecó las mejillas y produjo en
mi boca un ruido como si yo estuviese vociferando. Caí contra el suelo. Por
encima de mí escuché los sonidos de órgano que originaba el viento en los
agujeros del desván. Sin duda, los cristales habían saltado hechos pedazos.
Después de varios intentos de levantarme, descubrí que era posible andar
poniéndose de lado respecto al aire y plantando un pie por delante. Era como
descender por una montaña
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ENTRADA 5
empinada. Algo me
cortaba la mejilla. Debía de ser la lluvia, porque no hacía frío. Otro ramalazo
de viento me obligó de nuevo a abrir la boca y caí otra vez contra el suelo,
pero logré arrastrarme hasta el abrigo que ofrecía el tocón, de un gran roble. No
recordaba la existencia de aquel tocón. Ya no sonaban rugidos ni rumores
gemebundos. Todo había desembocado en falta de presión, en vacío, en silencio.
Permanecí sentado un momento en medio del rugiente silencio. El tocón era alto.
No recordaba el árbol al que pertenecía. Debió de ser uno de los robles del
paseo. Parecía que lo había segado un proyectil de artillería, a una altura de
cuatro metros y medio del suelo. Encendí la linterna y proyecté su luz sobre el
letrero de la zona de aparcamiento para turistas.
DÓLARES. Una aguja
de pino lo había atravesado. Dediqué unos segundos a intentar comprender la
física de aquello, cómo es posible que una cimbreante aguja de pino atraviese
de parte a parte una tabla.
Las puertas del
sótano estaban en el protegido lado norte de la casa, por lo que fue posible
abrir una. Bajé a oscuras, sin emplear la linterna al principio. Las paredes de
ladrillo, de sesenta centímetros de espesor, eran como terraplenes. La
tempestad quedó súbitamente reducida a un tumulto apagado, una prolongada y
uniforme exhalación. Pero se percibía otro ruido, un chirriar y gemir, como el
del maderamen de un barco en un mar borrascoso. Comprendí que se trataba de las
vigas de la buhardilla.
Anduve despacio
hacia el árbol de Navidad, tanteando con el pie en busca de la concavidad.
Cuando llegué a ella, me senté en el borde de hormigón y aguardé, con la
esperanza de que, pese a aquella oscuridad, pudiese distinguir algo. Al cabo de
un rato me fue posible vislumbrar cierto tenue resplandor de tuberías. De pie,
busqué a tientas el manómetro superior y mantuve la linterna encendida ante él.
Indicaba 38 P.S.I. (38 libras por pulgada cuadrada). Cerré la válvula de abajo
y vi descender la aguja hasta el cero. Apoyé la linterna, inclinada, en la
rueda de la válvula de desvío. La enorme llave inglesa «Stillson» tardó lo suyo
en empezar a mover el manómetro. Temí que iba a acabar rompiéndolo, pero al
final lo conseguí agarrar en la guarnición de debajo del manómetro. Para que
empezara a girar necesité todas mis fuerzas. Cuando se desprendió, probé a
ajustar el manguito de unión. Ahí estaba la dificultad. Naturalmente, la
boquilla de plástico no encajaba en el manguito de metal ensartado, sino que
simplemente empalmaban por contacto. El tubo Gerona no podía encajar, de modo
que lo único posible era hacer una tosca unión por
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simple contacto,
sellarla lo mejor que se pudiera con el compuesto PBC y asegurar el hermetismo
del empalme con vueltas y vueltas de la cinta conductora. Una verdadera
chapuza, pero aguantaría mientras la presión fuese baja.
El resto fue
sencillo: un codo de noventa grados y tres secciones de tubo de plástico
Gerona, de tres metros de longitud cada una, y la tubería llegó a menos de
treinta centímetros del conducto principal de entrada del nuevo «Carrier».
Empleé el cuchillo Bowie para ir arrancando aislamiento de fibra de vidrio,
hasta que el metal quedó a la vista. Luego, utilizando el cuchillo a guisa de
escoplo y la «Stillson» como martillo, hice una X en la chapa metálica y doblé
las esquinas hacia dentro. Introduje en la abertura un manguito —¡teniendo buen
cuidado de que no se perdiera!— y la conecté con el sistema Gerona mediante
otro manguito y una sección de tubo. Arranqué más fibra de vidrio, la apliqué a
la tosca juntura, puse encima selladora PBC y lo envolví todo con el resto de
la cinta conductora, unos quince metros aproximadamente. Lo difícil fue
inclinar la linterna en el ángulo adecuado.
¡Qué extraña
resulta la memoria! ¿Sabes cuál es, según mis recuerdos, la experiencia más
desagradable de aquella noche? La maldita fibra de vidrio. Partículas de esa
fibra de vidrio se me metieron por las mangas y por debajo del cuello de la
camisa. Aún noto picor en los brazos y en la nuca, sólo con pensar en eso. La
muerte es trivial, pero fibra de vidrio en la nuca es algo muy serio.
Apagué la luz y me
senté, recostado contra la chimenea, perdida la mirada en la oscuridad y
esperando a que fraguase la mezcla de la selladora.
Luego abrí la
válvula. El gas no producía ruido alguno en el tubo. Al menos, yo no oía nada,
aunque me pareció percibir cierta leve vibración en las secciones de tres
metros de tubo Gerona. Naturalmente, no se apreciaba ningún olor, porque no se
había agregado captan, que es lo que confiere al gas doméstico su emanación
característica.
Guardé de nuevo en
los bolsillos de la cazadora el cuchillo y la linterna, recogí las dos lámparas
de petróleo y subí escaleras arriba, en la oscuridad.
Reinaba una negrura
total en lo alto de la escalera suspendida que llevaba al pasillo superior.
Pero yo conocía hasta el último centímetro de aquel terreno. A unos treinta
centímetros (calculé) de la silla de cátedra
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deposité los
quinqués y alargué las manos… sí, allí estaba la silla. Escuché. No se oía más
que el murmullo de la tormenta y los chirridos y chasquidos secos de la madera
del desván, como si Belle Isle navegase laboriosamente por mares encrespados.
Se rompió el cristal de una ventana, vaya uno a saber dónde. No salía el menor
sonido de los dormitorios.
Fui de una puerta a
otra, la de Troy, la de Margot, la de Raine. En la puerta de Raine se percibía
un rumor distinto, más a tono con la tempestad. A través del resquicio de la
puerta se filtraba una tenue claridad acuosa.
Tanteé a lo largo
de la pared hasta tocar el registro del acondicionador de aire. La mano no notó
nada, pero al acercar el rostro, un soplo fresco me azotó la mejilla. Inodoro.
Lo mismo podía ser aire.
Permanecí un buen
rato de pie ante la puerta de Raine. No recuerdo si estaba allí escuchando,
pensando o no haciendo nada. De lo que sí me acuerdo es de que posiblemente
estuviera allí por lo menos veinte minutos, con las manos a los costados, sin
experimentar cansancio alguno, captando las sensaciones de mi cuerpo. El
corazón me latía despacio, la respiración era más profunda de lo normal… ¿Era a
causa de la baja presión de la tormenta? La tempestad bramaba suavemente como
una caracola que me hubiese puesto al oído. La fibra de vidrio empezaba a
fastidiarme en el cuello.
Por último,
tomándome treinta segundos para hacerlo, abrí la puerta. Conocía tan
perfectamente cada rasgo peculiar, cada centímetro de Belle Isle, que sin tener
que pensarlo, de modo inconsciente, tiré ligeramente hacia arriba al accionar
el tirador de plata de la puerta, al tiempo que la abría, porque la pesada hoja
de madera había movido las bisagras y costaba trabajo levantar el picaporte.
La puerta se abrió
a una velocidad media de cosa de dos centímetros y medio cada cinco segundos.
Lo primero que entró en mi campo visual fue el curioso armario que estaba junto
a la chimenea, y luego una esquina de la cama. La luz probablemente procedía de
un farol eléctrico de campaña que sin duda estaba situado en el suelo. La débil
claridad parecía difundirse en rayos, como un dibujo de luz trazado por un
niño.
Una vez, hace años,
cuando pasaba por el corredor, oí a Elgin que, dentro de aquel dormitorio,
decía a los ocho o diez turistas de Michigan para; los que actuaba de guía:
«Este armario se cerró herméticamente antes
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de la guerra
civil». Había en aquello cierta maravilla, que Elgin comprendió enseguida, que
a los turistas les encantaba y que yo no adiviné hasta entonces… ¡aquel pequeño
volumen de aire de 1850 atrapado y encerrado en cristal! Elgin estaba dotado
del sentido de lo legendario. «Esos adornos que ven ahí tienen aún las huellas
dactilares del general Beauregard». ¿Adornos? ¿De dónde los sacó? Debía de
referirse a los «bibelots», aquellas figuritas y curiosidades.
La puerta se abría
sin producir el menor ruido. O, si lo producía, resultaba inaudible. La
tormenta, al otro lado de la cerrada ventana, era como un fuerte oleaje.
Allí estaba el
farol «Ray-O-Vac», no en el suelo, sino encima de la mesilla de noche,
despidiendo un pequeño cono de luz irradiada.
Troy Dana estaba
tendido boca abajo en el lado contrario de la cama, desnudo, hundido el rostro
en la almohada.
Raine se encontraba
de pie junto a la ventana, a pesar de que las persianas estaban bajadas y
cerradas. Los relámpagos trazaban rayas amarillas a través de las ranuras.
Llevaba camisón corto —¿camisa?— que sólo le cubría hasta las caderas y, por lo
tanto, dejaba al descubierto toda la longitud de sus piernas. Unas piernas no
muy largas, pero sí bien desarrolladas. Parecía una chica de catorce años que
se hubiera pasado doce bailando.
Me deslicé
silenciosamente hasta llegar a su lado, pensé asustarla, pero se volvió hacia
mí como si yo hubiese estado siempre allí.
«¿No es precioso?».
«¿Qué?».
«El huracán».
«Sí». Todo lo que
podía verse a través de las persianas era la conmoción y blancura de los
robles.
«Mira ese
degenerado. Sin conocimiento. Fuera de juego. Y en medio de este hermoso
huracán».
«¿Se recuperará?».
«Oh, claro que sí,
por desgracia».
Observé que también
ella estaba ebria de algo que no era alcohol. Su semblante se encontraba muy
cerca debajo del mío y su aliento despedía un dulzón efluvio químico. No
arrastraba las sílabas al hablar, sino que su voz era baja, con timbre de
campanilla. A la claridad intermitente de los relámpagos, sus pupilas titilaban
áureamente. El único síntoma de
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intoxicación era su
incapacidad para la sorpresa. Sucediera lo que sucediese, para ella no pasarla
de ser un motivo de inconexa maravilla, mi aparición… o la aparición del
general Beauregard.
«¿Te has enterado
de que fui a buscarte?».
«¿Cómo?», pregunté,
mientras apartaba el oído de la tormenta.
«Ya sabes, ir en
busca de alguien».
«¿Y me buscabas a
mí?».
«¡Eres tan tonto! Y
con todo eso en marcha…». (Agitó la mano ambiguamente en dirección al pasillo,
en absoluto borracha, ni siquiera vacilante, sino sobre todo apagada y ajena a
la sorpresa: para ella, una cosa era más o menos como otra, y podía hablarse
del tema que fuera, en su voz baja de campanilla).
Puso las manos en
la hebilla de mi cinturón, lo cogió introduciendo los dedos entre la correa y
la camisa y me propinó un extraño empujoncito.
«¿No podías
decirlo?».
«¿Decir qué?»,
clavé la mirada en sus ojos dorados.
Sus pupilas mansas
y áureas se trasladaron con indiferencia de mí a Troy y luego al huracán.
«¡Dios mío, qué
fantástico!». A través de las rendijas de la persiana vi una gran concavidad
blanca, en el punto donde el ciclón había desgajado la rama de aquel roble.
«¿Te desvió?».
«¿Hacia qué?».
«Hacia mí», dijo
Raine como una soñolienta campanita de iglesia. Pasó los brazos alrededor de mi
cintura, entrelazó las manos y me apretó con sorprendente fuerza. «Eres una
gran madre».
Tiré de ella para
levantarla hasta mi altura. Era Como una niña, pero mayor, una niña grande.
«Acostémonos»,
propuso Raine, al tiempo que tiraba de mi hebilla, con impaciencia. «Tengo
sueño».
«Vamos», articulé,
distraído. Me acordaba de que tenía que hacer algo.
«Recuerdo que tengo
que hacer una cosa».
«¿Qué haces?»,
preguntó Raine desde la cama.
«No me gusta esta
luz», respondí, mientras cogía la «Ray-O-Vac» irradiadora de tenue claridad
blanca. El quinqué de petróleo estaba en el suelo.
«¡Oh, una lámpara
de queroseno!». Tendida en la cama, batió palmas despacio y sin ruido. «Pero
date prisa».
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Antes de encender
el quinqué comprobé él acondicionador de aire. Estaba a bastante altura de la
pared. Mi mano llegó hasta el registro, pero no pudo percibir el gas. La
mejilla es más sensible. Me senté en el rincón opuesto al del acondicionador de
aire, quité el tubo de cristal de la lámpara y saqué una cerilla. Levanté la
mirada hacia la penumbra del techo, a cuatro metros veinte de altura. El aire
frío desciende. El metano sube. Encendí la cerilla. Nada sucedió. Prendí la
mecha, puse de nuevo en su sitio el tubo de cristal y apagué la «Ray-O-Vac». La
suave luz amarilla se abrió como una flor y llenó la habitación.
Los labios de Raine
formaron una palabra. Me hizo una seña. Transcurría el tiempo, pero resultaba
difícil determinar la rapidez o
lentitud de su
paso. Me encontraba de pie junto a la cama, mirando a Raine. Me indicó con un
gesto que me acercase más y dijo algo. Apoyé una rodilla en el suelo, al borde
del lecho, para oír lo que Raine decía. La almohada prensaba sus labios
lateralmente, como los de una niña.
Una idea entró en
mi cerebro. ¿Crees que pueda ser cierto que en el fondo de nuestro corazón
sepamos siempre qué va a sucedemos? No se trata sólo de que una persona que
agoniza en un hospital sepa perfectamente que va a morir, incluso aunque pueda
no saber que lo sabe. No se trata sólo de que un pasajero a bordo de un avión
que está a punto de saltar hecho pedazos sepa de algún modo, en alguna parte de
su ser, lo que va a ocurrir.
Sea como fuere,
Raine lo sabía. Mejor dicho, sabía algo.
Hablaba de su
infancia. El quinqué de petróleo le había recordado su niñez y adolescencia en
Virginia occidental. Su padre era un borrachín, antiguo minero de carbón, que
padecía silicosis. Su madre permanecía fuera de casa hasta altas horas de la
noche, la dejaba a ella, a Raine, con otros niños, y se iba con hombres. Raine
tenía catorce años. Pensaba que su madre sacaba dinero a los hombres. Era
verdad. Raine odiaba a su madre. Pero la madre hacía aquello para comprar a
Raine su primer vestido de fiesta.
«Eso es lo más
extraño», dijo Raine a través de sus famosos pero ahora aplastados labios, sin
importarle su aspecto, con la mirada fija en la llama que ardía dentro del tubo
del quinqué y cuyo invertido reflejo veía yo en las pupilas de la muchacha.
«Cualquiera hubiese pensado que me sentía agradecida. Deja que te diga una
cosa. El agradecimiento es una mierda. ¿Sabes cómo me sentía? feliz. Ni más ni
menos. Y eso es lo mejor. Tener
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el vestido me hacía
feliz. Y no me importaba cómo lo consiguió. Pero era lo que ella deseaba: verme
feliz. De forma que, al fin y al cabo, todo estaba bien, ¿no? Yo era feliz y
ella era feliz al verme a mí feliz».
El tiempo parecía
discurrir despacio y, a la vez, a sacudidas. O quizás es que lo recuerdo así.
«Ven aquí», dijo
Raine.
Me encontraba de
pie ante ella. Raine yacía de bruces, separadas las desnudas piernas. Alargó
torpemente una mano por detrás del cuerpo, tratando de cogerme. Me tocó.
Recuerdo que pensé:
¿Por qué lo real es tan distinto de la fantasía? ¿Te acuerdas de nuestras
fantasías de vestuario? Cómo disfrutaría uno si tuviese a Ava Gardner aquí y
ahora, con este día lluvioso, en este gimnasio, el gimnasio vacío, nadie salvo
Ava y uno en el catre del portero en la sala de calderas, etcétera, etcétera.
Pero un huracán, todavía es mejor, y allí estaba Raine Robinette en persona,
buscándome a tientas, prensados contra la almohada sus célebres labios, ante mí
sus afamados muslos. Y yo a solas con ella, o para el caso lo mismo, tal vez
incluso mejor: Troy estaba allí, pero como si no, inconsciente y hecho un
ovillo sobre el mismo borde del baldaquín de palo de rosa de Lucy.
¿Y yo? Estaba
sentado, bajando la mirada sobre Raine, con la uña del pulgar contra los
dientes, pensando en la singularidad del momento presente aquí y ahora. Otros
instantes corresponden a alguien, a algo o a uno mismo y huelen a alguien, a
algo o a uno mismo. El presente es otra cosa. Vivir en el pasado y en el futuro
es fácil. Vivir en el presente es como enhebrar una aguja. Se me ocurrió:
nuestra inmensa lujuria de vestuario no tenía ninguna relación con el presente.
La lujuria es una función del futuro.
La mano de Raine,
experta incluso aunque la estiraba torpemente a la espalda y ella estaba boca
abajo, me tocaba. Por mi parte, seguía contemplándola, con la uña del pulgar en
los dientes, sin mirar nada en particular.
No, nada, no.
Miraba algo. Algo que parpadeaba de un dedo de la mano que tanteaba. Era el
zafiro azul del anillo de Lucy. Raine llevaba el anillo de hermandad
estudiantil Tri-Phi de mi hija Lucy. Holgado en el dedo corazón de Raine. Raine
lo llevaba como una chica lleva un anillo de muchacho. Lucy tenía mano grande e
inmadura de adolescente femenina.
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Mientras observaba
el anillo que lucía la mano tanteante, empecé a sonreír. Mis ojos se
concentraron y parecieron corresponder a los guiños del anillo. Una pequeña
flecha de interés salió disparada por mi columna vertebral arriba. Sonreí y
guié hacia mí la mano de Raine. Sabes por qué sonreía, ¿verdad? ¿No? Porque
descubrí el secreto de amar. Es odiar. O, más bien, la posibilidad de odiar. La
posibilidad de odiar rescataba la lujuria del futuro de vestuario y la devolvía
al presente.
«Ven aquí», dije
sonriente y, con ternura, levanté su cuerpo, pasé los brazos hacia la parte
delantera de Raine y mis manos acariciaron las suaves crestas de su pelvis.
«¿Qué?», preguntó
Raine. «¡Oh!».
Al principio, su
rostro se mantuvo oprimido contra la almohada, aún más aplastados los labios.
Yo estaba solo, muy por encima de ella, erguido y sonriente en la oscuridad.
Después, Raine
quiso dar media vuelta.
«Ah», articuló. Nos
miramos el uno al otro, ella desvió el rostro y luego volvió a mirarme,
encendidos, relucientes los ojos en la tenue claridad. Nos encontrábamos a
solas y vigilantes, es decir, cada uno de nosotros estaba solo y vigilaba al
otro. Ya no éramos niños, sino adultos y vigilantes, consecuencia de ser
adultos. ¿Qué nos tenía Dios reservado? De modo que era aquello. Porque lo que
se deriva de ser adulto era aquel sondeo de Raine, en pos de su secreto, el
secreto que yo tenía que descubrir y que ella deseaba que yo descubriese. Los
judíos lo llamaban reconocimiento y yo sabía ya por qué. Pronto descubriría el
secreto de Raine. Nos vigilábamos mutuamente. Íbamos a conocernos el uno al
otro, pero uno llegaría antes al fondo de ese conocimiento y, en consecuencia,
ganaría. Aquella vigilancia era una competición. Yo me acercaba cada vez más y
más. Uno observaba la observación del otro. Era una contienda. Ella perdió.
Cuando lo descubrí, el secreto, Raine cerró los párpados y se enroscó en mi
cuerpo como una hoja ardiente.
La dejé dormida
junto a Troy, ambos curvados como cucharas.
¿El resto? ¿Qué?
Ah, sí. Bueno, seré breve. ¿Te importa que lo resuma? Recrearse en ello no
constituye ningún placer. De cualquier forma, sucedió casi como una adicional
idea repentina. Toda la cuestión no tardó más de quince minutos en quedar
zanjada.
Al final, no vi lo
que deseaba ver. ¿Qué deseaba ver? ¿El dinero en el cajón de los calcetines de
mi padre? ¿Por qué era tan importante para mí
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verlos, a Margot y
Jacoby? ¿Qué nueva revelación dulce-horrenda esperaba obtener convirtiéndome en
testigo presencial de lo que ya sabía? ¿Era una especie de escoptofilia, de
«voyeurismo»? ¿O se trataba del deseo de sentir el pinchazo de la lanceta en el
mismo centro del absceso y dejar que saliera el pus? Aún lo ignoro. Lo único
que sabía era que necesitaba enterarme, comprobarlo como sólo los ojos pueden
comprobarlo. Los ojos tienen que saber.
Pero, al fin y a la
postre, no los vi. Los sentí.
Entré en el
dormitorio de Margot, quiero decir en el de Margot y mío. Sea como fuere, ya no
parecía imprescindible adoptar precauciones. Tal vez se debiese a que la
tempestad se encontraba en pleno apogeo. Se elevaba un chillido constante como
si el huracán soplase a través del aparejo de acero. La oscuridad era completa.
¡De modo que no podía oírles ni verles! ¿Quién producía aquel chillido? ¿Ellos?
¿El huracán? ¿Unos y otro? Belle Isle gemía y porfiaba. El pesado maderamen
emitía cánticos y chasquidos. Los relámpagos eran ahora menos frecuentes, pero
más brillantes. Aguardé y conté durante los intervalos. Los centelleos se
producían cada ocho o diez segundos.
El chillido era tan
intenso que parecía hacer invisibles las cosas.
En el corto
vestíbulo del dormitorio principal me arrodillé y encendí la segunda lámpara de
petróleo. No volví a poner en su sitio el tubo de cristal. Empecé a preocuparme
por haberlo dejado puesto en el quinqué de la habitación de Raine. Bajé la
mecha al mínimo.
De pie, apoyado en
la pared del vestíbulo, calculé que podría ver reflejados los pies de la cama
en el espejo del gigantesco armario de caoba colocado contra la pared interior
del dormitorio. Esperé, completamente inmóvil, con la espalda, la cabeza y las
palmas de la mano tocando el frío yeso.
Cuando fulguraban
los relámpagos, trazando rayas en la habitación al filtrarse la claridad por
los resquicios de las persianas, me era posible ver los dos postes de la cama,
listados como el distintivo de las barberías, reflejados en el espejo, aunque
el paso del tiempo había empañado mucho la luna, cuyo azogue estaba bastante
apolillado.
Era la gran cama
Calhoun, que un antepasado mío mandó construir para que su amigo John C.
Calhoun durmiese en ella en la Casa Blanca el año 1844. Pero Calhoun no llegó a
dormir en la Casa Blanca, de modo que Royal Moultrie Lamar conservó aquel
lecho. Era como una catedral, una
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cama gótica, de
postes tan gruesos como troncos de árbol, labrados, estriados y rematados en
chapiteles y gárgolas por encima del dosel. La tabla de la cabecera era tan
impresionante y complicada como un fondo de altar. Paneles de enrejado
enlazaban como arbotantes los postes y barandas.
Aprovechando la luz
de los relámpagos, me encaminé sin prisas al callejón sin salida constituido
entre el armario y la pared del fondo. Desde allí, uñó contemplaba directamente
la mitad anterior de la cama. El chillido uniforme se hizo más agudo, pero se
espació el relampagueo. Ya me impacientaba cuando llegó el siguiente, un fugaz
destello parecido al de la bombilla fusible de una cámara fotográfica. Algo se
movió. Pero mi campo visual quedaba obstruido por la pieza triangular de
refuerzo situada entre el poste y la baranda lateral.
Rieló algo blanco a
mis pies, sobre la alfombra de Aubusson. Lo recogí. ¿Un pañuelo? No, un par de
pantalones cortos de jockey. Los observé soñadoramente. Había algo arcaico en
aquella prenda, un objeto antiguo que era. Venía a ser como encontrar un artículo
de tocador, un peine de arcilla roto, en una de las casas de Pompeya. Lo dejé
caer a mi espalda y esperé.
Los relámpagos se
interrumpieron del todo, pero el estruendo seguía siendo enorme, un bramido
bajo y un agudo de soprano, que resultaba palpable, un espesamiento y
solidificación de la oscuridad. Parecía natural abrir la boca y facilitar la
circulación del sonido, permitirle que entrase por las orejas de uno y saliera
por la boca. Me sentí invisible.
Luego, aunque no
recuerdo cómo llegué hasta allí, me encontré de pie al lado de la cama, bajada
la vista sobre ella. No se veía nada. Me arrodillé y apliqué el oído al
enrejado del arbotante: sacerdote sin consagrar que escuchaba una confesión
impenitente. Pero entonces, en un respiro de silencio, se oyó una voz. No me
era posible distinguir las palabras, pero la voz subía y bajaba de volumen en
una entonación propia de rezo.
Dios. Chsss… Dios.
Chsss…
En mi
confesionario, caí en la meditación. ¿Por qué requiere el amor las polaridades
absolutas dé divinidad-obscenidad? Tenía yo razón respecto al amor: es un
absoluto y, por lo tanto, está más allá de las categorías. ¿Qué otro, salvo
Dios, disponía que el amor montase su tienda en el estercolero? ¿Por qué no,
entonces, jurar e invocar a Dios en el curso de un acto de amor?
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Mis ojos empezaron
a distinguir las cosas. No hay oscuridad absoluta. La llamita de la lámpara
dejada en el vestíbulo producía sobre las paredes blancas un brillo trémulo
prácticamente imperceptible. Era posible vislumbrar los contornos de la forma
voluminosa de la cama. Yo estaba de pie. Una figura ocupaba la cama. Su piel
tenía un tono más sombrío que el de las blancas sábanas. Pude verla ya: la más
extraña de todas las bestias, con dos espaldas, una por delante y otra por
detrás, cada una de ellas de distinto color, piel clara por un lado, piel
oscura por el otro, la bestia bregaba consigo misma, discurseaba consigo misma
intercambiando oraciones y maldiciones.
Ah, entonces, ¿era
aquel el plan secreto de Dios para nosotros? (¿Qué decía tu Biblia hebrea
acerca de que todos los hombres se conciben en pecado?). Un asombro reflexivo
me inundó. Deslicé la uña del pulgar a lo ancho de mi dentadura.
Me dolía la cabeza
y, sin embargo, me encontraba muy bien, fuerte y ligero, aunque un poco
mareado. Mi cuerpo parecía flotar. Comprendí entonces que el metano había
descendido. Después de saturar las alturas penumbrosas de la bóveda del cuarto
había bajado lo bastante como para que lo respirase. Al principio, no me fue
posible comprender por qué me latía el corazón más deprisa y la respiración me
resultaba fatigosa, ya que me sentía a gusto. Luego me di cuenta. Era el
metano. De pie, estaba erguido sobre ellos. Aquello. Discurrí: valía más que me
agachara y me acercase. Reinaba la oscuridad.
Aunque sin duda me
incliné, tuve la sensación de que flotaba sobre ellos. La espalda de Jacoby era
una oscuridad dentro de las tinieblas. Pensativamente, la toqué, a la bestia.
«Oh, sí», articuló.
Se destacó el
ángulo formado por un muslo y una rodilla blancos. Observé aquella extremidad,
de la bestia, un pie, los dedos separados y encogidos… ¿no es eso lo que llaman
un signo de Babinski, doctor, padre, lo que seas? Bueno, yo había visto eso
antes, la forma en que los dedos de los pies de Margot se curvaban hacia fuera
y hacia arriba, y siempre supuse que se trataría de algún indicio de sus
orígenes comunes irlandeses o de la Texas rural, o de ambos. Recordé que mi
madre decía que una dama siempre puntea con los dedos de los pies cuando baila.
Mi mano comenzó a explorar el muslo blanco, buscó y encontró lo que ya conocía
tan bien: la banda fibrosa que se deslizaba a lo largo de la parte exterior
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que envolvía la
carne por encima y por debajo. Mis dedos recorrieron el trayecto de la fibra,
hacia la rodilla, donde se encontraba la textura de nervio sedoso.
«Ah», exhaló la
bestia.
Entonces, poco a
poco, fui descendiendo sobre la bestia, que respiraba compleja y penosamente,
una respiración en contrapuntó. También yo respiraba trabajosamente. El metano
había llegado a la cama.
De súbito, la
bestia se quedó completamente inmóvil, vigilante, a la escucha, levantada la
cabeza como un ñu que olfatea el aire. Vuelto su súcubo, el de Margot, se
mantuvo arqueada y apenas pude pasar los brazos en torno a la gruesa cintura y
entrelazar las manos.
Comprimida en sus
dos partes, la bestia trató de separarse.
«¿Qué diablos…?»,
exclamó Janos Jacoby.
«Oh, Dios mío»,
articuló Margot, ahogada, pero comprendiéndolo todo instantáneamente.
Aplastados uno
contra otro, los dos ya no podrían separarse, no recuperarían su
individualidad.
Yo continuaba
oprimiéndoles, creo, respirando laboriosamente, pero sintiéndome muy fuerte y
ligero, tan ligero que imaginaba que, de no tenerlos agarrados, flotaría hasta
el techo. ¿Te acuerdas de cómo provocábamos «enrojecimientos visuales»? Cómo,
si uno agarraba a alguien por detrás y apretaba con suficiente fuerza, ese
alguien primero «se elevaba», después se enrojecía su campo visual y,
finalmente, perdía el conocimiento. Yo podía estrujar a cualquiera del equipo
hasta dejarlo inconsciente, incluido Fats Molydeux de Mamou, que pesaba ciento
cuarenta kilos.
Es posible que
dijese algo en voz baja. Dije: «Qué extraño que ya no se produzcan grandes
acontecimientos históricos». En realidad, en eso era en lo que reflexionaba, en
que no parecía tratarse de ningún gran momento, tanto si los estrujaba como si
no los estrujaba.
«Qué extraño que ya
no se produzcan grandes acontecimientos históricos», dije.
De todas formas, lo
cierto es que al cabo de un rato Janos jadeó: «No me estás matando a mí, la
estás matando a ella».
«Eso es verdad»,
convine, y solté la presa. Janos tenía razón. Había estado oprimiéndole contra
la suavidad de Margot. Él era tan duro como el caparazón de una tortuga marina
y el abrazo apenas le había afectado, pero
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Margot perdió el
sentido. Sin embargo, en cuanto solté y en menos tiempo del que empleo en
contártelo, Janos dio un salto y empezó a hacerme cosas, trastadas California
—kung-fu— karate, rodillazo en la entrepierna, pulgar contra el ojo, golpes con
el canto de la mano en mi nuez y todo eso. Hubo numerosos intentos hábiles y
superficiales contra mi persona que registré puntual e incluso aprobadoramente.
Me mantuve más bien pensativo. «La cama no es el sitio apropiado para una
pelea», dije, y surcamos el aire hasta ir a chocar contra el armario. Janos
debió encontrar el cuchillo que iba en mi zurrón, que había cortado la tela y
del cual me había olvidado, porque cuando nos separamos, ante el armario, el
hombre empuñaba el arma y comenzó a ejecutar cautelosos movimientos circulares,
a hacer fintas y amagos como un actor de película que tuviese que interpretar
la prueba de sangre de los apaches.
«¡Ah, vaya!»,
exclamé con alivio, al tiempo que avanzaba hacia él, encantado del giro que
habían tomado los acontecimientos. «¡Ah!». ¡Una lucha!
Una lucha es un
suceso sencillo. Resultar herido en una pelea no tiene nada de malo. Le
obligaba a retroceder, a entrar de espaldas en el callejón sin salida
constituido entre el armario y el rincón. Cuando notó la pared tras de sí,
llevó a cabo una rápida maniobra de California, se revolvió, me asestó mía
cuchillada en el hombro y me propinó un puntapié en la garganta. Me quedé sin
respiración, pero eso no tenía mucha importancia ya que, de todas formas,
respirábamos metano. Después de su rotación, debió de soltar el cuchillo,
porque la parte plana de la hoja me golpeó en el pecho y el mango fue a parar a
mi mano, tan limpiamente como si fuera un truco ensayado con anterioridad. De
nuevo lo tuve cogido por la espalda. En aquella ocasión me di más perfecta
cuenta de su desnudez y vulnerabilidad. Allí estaba, en mis brazos, un hijo de
madre, nada atlético a pesar de sus habilidades en el terreno del kung-fu,
sino, por el contrario, denotando cierta raquítica deformación pectoral y,
desde luego, no acostumbrado a verse desnudo y a oler efluvios de sobaco y de
Ban. Tal debió de ser el aspecto que sin duda presentó en la caja de reclutas
del Bronx, un chico judío, un muchacho italiano, desnudo y vulnerable. No
estaba acostumbrado a permanecer desnudo. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez
que nosotros pasábamos una barbaridad de tiempo desnudos, desnudos en el
vestuario, desnudos en el río, bañándonos, desnudos
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tomando baños de
sol en la galería? Desnudo, Janos estaba más desnudo de lo que nosotros hayamos
estado jamás.
Nos hallábamos en
el suelo. Mis piernas oprimían sus muslos en una presa de tijeras.
«Por el amor de
Dios, ¿qué estás haciendo?».
«No gran cosa».
«Hay algo de lo que
quisiera hablarte», manifestó, jadeante, aunque hablando con rapidez y
sinceridad.
«¿De qué?».
«De lo absurdo de
la vida. Me he dado cuenta de que tú también estás en ello».
«Ah».
«¿Qué?».
«Sí», dije,
mientras me maravillaba de su cualidad de actor que le permitía hablar del modo
en que lo hacía otra persona. Porque reconocí mi voz en la suya, el tono
pensativo y atolondrado. Me observó, después de todo. ¿Estábamos ebrios de
metano, se daba el caso verídico de que no había «grandes momentos» en la vida
o eran ambas cosas?
«Conversemos. Hay
una cosa que siempre he querido preguntarte».
«¿Sí?».
«Se relaciona con
algo que siempre he deseado desesperadamente en la vida. Creo que a ti te
ocurre lo mismo».
«¿Sí?».
«Quiero…».
Jamás sabremos lo
que quería, porque su cabeza estaba echada hacia atrás y yo le cortaba el
cuello, creo, en aquel momento. No, nada de «creo», estoy seguro. Más que el
tajo degollador, lo que recuerdo es la sensación que experimentaba de andar a
la caza del sentimiento adecuado que hiciese juego con la proeza. ¿No nos
habían educado en la creencia de que las «grandes hazañas» se realizaban
impulsadas por grandes sentimientos: furor, alegría, venganza, etcétera,
etcétera? Recuerdo que busqué ese sentimiento a tono con la proeza y que no lo
encontré. Sin embargo, tengo la certeza de que la hazaña se realizó, porque su
voz cambió. A un palmo de la boca, su voz cayó hacia la tráquea y salió
precipitadamente, en un soplo sin palabras que topó con mi mano, la que
empuñaba el cuchillo. Janos se encontraba aún debajo de mí y no noté en la mano
calor de sangre, sólo el soplo y borboteo de aire como si el
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cuchillo atravesara
el cartílago. Le retuve durante unos segundos, hasta que el aire cálido dejó de
agitar el vello del dorso de mi mano. Sí, estoy seguro de que eso es lo que
sucedió.
De pie junto a la
cama, bajé la mirada sobre Margot. No recuerdo la tempestad. Margot no estaba
muerta, ni siquiera inconsciente. Me observaba, creo. La luz de queroseno daba
a sus pómulos la impresión de estar vacíos, pómulos de india. Los ojos eran lagunas
de oscuridad. Estaban abiertos, me parece. ¿Cómo iba a tener certeza de ello?
Me senté en el borde de la cama, crucé el brazo sobre Margot y atraje su
mejilla hacia mi rostro. Margot respiraba. Al parpadear, sus pestañas agitaban
el aire contra mi mejilla. En medio del huracán percibí el minúsculo vendaval
que proyectaban aquellas, pestañas sobre mi piel. Margot dijo algo. Noté bajo
el brazo el movimiento de su diafragma.
«¿Qué?».
«¿Qué vamos a
hacer?». Me habló al oído. «¿Está…?».
«Sí».
«¡Oh, no!», exclamó
en tono de simple consternación, como si a Suellen se le hubiera caído de las
manos el mejor jarrón de Sèvres.
A diferencia de mí,
Margot tenía un sentimiento, aunque no era un sentimiento notable. Sólo
desconsuelo por el hecho de que las riendas se le hubiesen escapado. Tal vez la
casa había empezado a desmoronarse bajo el empuje del viento. Sería mejor que
hiciésemos algo.
«¿Qué vamos a
hacer?».
«¿Nosotros?».
«Tú».
«No lo sé».
«Oh oh oh»,
articuló, al tiempo que una mano cogía la otra y ambas empezaban a retorcerse.
«¿Puedo hacer algo? Oh, Dios mío».
«Podrías».
«Yo. ¿Sólo yo?».
«Sí».
«¿Por qué yo?».
«Porque te quería».
Que eso era bastante cierto yo lo sabía incluso aunque no lograba recordar en
qué consistía amar a Margot.
«¿Me querías?
¿Amor?», preguntó.
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«Porque tú eres la
única persona que conocías el sistema de transformarlo todo en amor».
«¿Amor?».
«Dulzura, cariño,
inocencia, canto, risa. “Amor”».
«¿Risa?».
«Puede que ése
fuera tu secreto. El modo que tenías de reír».
«Sí, ya lo sé. Voy
a pedirte una cosa».
«¿Qué?».
«Quítame de encima
un poco de tu peso. No puedo respirar».
«Ni yo tampoco. No
estoy encima de ti. No es el peso».
«Oh, Dios. ¿Qué
ocurre? No puedo respirar».
«No te preocupes de
eso. Es la tormenta».
«Te propongo una
cosa, Lance».
«¿Qué?».
«Vámonos».
«¿A dónde?».
«A cualquier sitio.
Podemos emprender una nueva vida. Soy la única que puede hacerte feliz». No
deja de ser extraño, pero hablaba con naturalidad, sin ceremonias, como si nada
importase gran cosa. También estaba enterada de que ya no se producían «grandes
momentos históricos». Hasta cogió la tela de mi cazadora y, como solía hacer en
otro tiempo, tiró de un hilo suelto.
«Eso es verdad».
«Lo sé y sé cómo
hacerte feliz y sabes que sé cómo».
«Sí».
Era cierto.
El metano debía de
habernos envenenado, porque el rugido de la tempestad estaba dentro de mi
cabeza y a duras penas oía a Margot. Deliraba. Volvía a hacer uso de la
palabra, pero no me hablaba a mí, sino que rememoraba en voz baja cosas de su
infancia en el campo de Texas, de cuando los sábados iba andando a la ciudad y
llevaba sus zapatos buenos en una bolsa de papel. Se cambiaba de zapatos en el
puente y escondía los viejos en una alcantarilla.
«No soy nada…»,
empezó luego Margot. «¿Qué me pasa?».
«¿Cómo?».
«Eso es lo que
nunca supiste. Contigo yo tenía que ser eso… o lo otro… pero nunca una… ejem…
mujer. Todo fue bien durante una
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temporada. Oooh.
Todo se ha puesto negro. Me muero».
«No. Es que se ha
apagado la lámpara».
Sentado en la cama,
pensé: ¿Cómo es posible que se haya apagado la lámpara? Hoy en día sigo sin
saberlo. Posiblemente la mecha estaba demasiado baja.
«Espera», dije a
Margot, y anduve a gatas en busca del quinqué. ¿Por qué le dije eso a Margot?
Espera. ¿Porque deseaba que ella me explicase cómo podríamos conseguirlo,
empezarlo todo otra vez? Pero no de un modo serio. Sí. Yo también deliraba. Me
había olvidado totalmente del metano y pensaba ya en el proyecto de un viaje
con Margot.
Antes de encender
la lámpara, me senté en el suelo, con el quinqué entre mi cuerpo y la cama,
apoyada la espalda en la pared exterior.
«¿De veras crees
que…?», empecé a decir, mientras subía la mecha y frotaba la cerilla. Durante
una décima de segundo pude ver a Margot al resplandor de la llama, tendida de
costado, como Anna, levantadas las rodillas, la parte lateral del rostro
adosada a las manos juntas por las palmas, mirando hacia mí los ojos oscuros.
Sin que se
produjera ruido alguno, el cuarto floreció. Todo fue luz, aire, color y
movimiento, pero ni un sonido. Me vi desplazado. Es decir, por primera vez en
treinta años fui apartado del mismo centro de mi vida. Ah, me dije mientras mi
cuerpo se trasladaba, entonces quedan todavía grandes momentos. Giraba despacio
a través de la noche como Lucifer disparado fuera del infierno hacia las
alturas, desplegadas las enormes alas bajo el resplandor de las estrellas.
Yo lo sabía todo.
Incluso lo que había sucedido. Belle Isle acababa de volar. ¿Por qué, me
pregunté, mientras giraba, no estalló primero la habitación de Raine? ¿Fue
porque el conducto era allí más estrecho o porque dejé puesto en la lámpara el
tubo de cristal?
Sin duda salí
despedido a través del muro, con el muro, porque descendí sobre la espesura
exterior, en declive, de los grandes robles, donde las ramas llegan al suelo,
lo tocan y vuelven a elevarse. Cuando recobré el sentido, noté en la mejilla el
calor del fuego. Pero no había allí ningún infierno impresionante. El tejado y
los pisos superiores habían desaparecido y las llamas que ardían eran bajas y
estaban dispersas por puntos separados del edificio, parecían las de un
quemador «Binasen». El
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viento sur del
huracán alejaba el calor de mí. Me palpé. No tenía nada roto. Me miré. La mano
y el hombro estaban ensangrentados. Pero no me dolía nada. Me puse en pie, por
algún motivó, hundí las manos en los bolsillos y emprendí el ascenso de la
escalinata frontal, como había hecho diez mil veces antes. El calor, que el
viento se encargaba de alejar, no era grande. Tal vez estuve inconsciente mucho
rato. La mayor parte de los muros de la planta baja se había derrumbado. Del
primer piso no quedaba nada.
¿Qué has dicho?
¿Que cómo me quemé? Tenía que volver para recuperar el cuchillo.
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¡Qué día más
hermoso! ¿No opinas lo mismo? El último día de la estación de los ciclones. Ya
ha pasado todo peligro de huracán. El sol de la mañana es luminoso, está en
toda la altura de su esplendor y se refracta a través del claro prisma
cristalino del aire del norte, con esa moderación especial, promesa cálida, de
los estupendos días de noviembre de que goza Nueva Orleans. Todo es aquí
apacible y normal, ¿no te parece?, incluso el tiempo meteorológico. Hacia las
once, los borrachínes de la calle del Campamento saldrán arrastrándose de sus
cubiles y se estirarán o se apelotonarán como gatos al sol en los umbrales de
las casas, para descabezar un sueñecito. No es mala vida.
Deja de pasear de
un lado a otro. El prisionero soy yo, no tú. ¿A qué viene esa cara larga, esa
arruga de preocupación? Mira la calle. Hasta en el cementerio, especialmente en
el cementerio, parece reinar la alegría. Los crisantemos están todavía frescos
y amarillos. Las tumbas, impecablemente limpias, los árboles relucen como
monedas de cobre nuevas. Ayer, unos jóvenes estuvieron cantando en la parte
vieja. Algunos llegaron incluso a dormir en las criptas, apartaron los huesos y
desplegaron sus sacos de dormir, un acomodo perfecto. Nueva Orleans tiene un
rasgo extraño: los cementerios son aquí más alegres que los hoteles y que el
Barrio Frances. Explícame por qué tiene que ser así, por qué dos mil criollos
muertos han de estar más vivos que dos mil vendedores de automóviles «Buick».
Ah, se me olvidaba
comunicarte mi buena noticia. Me marcho hoy. Me dan de alta y me ponen en
libertad. Psiquiátricamente sano y legalmente inocente. Puedo demostrar que
estoy cuerdo. ¿Y tú? ¿Por qué me miras de esa forma? ¿Crees que no debieran
soltarme? Bueno, de cualquier modo, mi abogado consiguió una orden de habeas
corpus y mi psiquiatra asegura que todos mis tornillos están en su sitio, que
la verdad es que estoy más
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cuerdo que él… al
pobre hombre le abruma el trabajo, la depresión se ceba con él y vive a fuerza
de «Librium».
¡Imagínate! A las
doce del mediodía, franquearé la puerta principal de este edificio por primera
vez en un año, pasaré por delante de esa manzana de la calle de la Anunciación
que tan minuciosamente he estudiado, doblaré la esquina de Tchoupitoulas y leeré
ese dichoso letrero.
B
Ma
Franco y
Me enteraré por fin
de lo que dice.
Luego me volveré y
echaré un buen vistazo a esa ventana, invirtiendo la dirección de un millón de
miradas en sentido contrario.
No es poca cosa
volver la cabeza para lanzar una ojeada al lugar donde uno ha pasado un año de
su vida.
Después cruzaré la
calle hacia el Bar y Parrilla de La Branche (antiguamente de Zweig), entraré en
la fresca penumbra del local donde Zweig, La Branche, friega el suelo de
pequeñas baldosas hexagonales de cuarto de baño, me sentaré ante el mostrador y
pediré un trago de Dixie y una ración de ostras «po’boy».
Luego cogeré mi
maletín, que contiene todas mis pertenencias en este mundo: una muda de ropa
interior, un traje, calcetines, jerseys, cuchillo Bowie y botas, me dirigiré a
pie a St. Charles, cogeré el tranvía hasta la calle del Canal, cerraré mi
cuenta bancada en el Whitney (unos cuatro mil dólares), me daré un paseo hasta
la Union Terminal y subiré al «Southemer» que va a Richmond. Piensa en eso. El
balanceo del viaje a través de las áridas soledades de Mississippi en este año
del bicentenario de la Primera Revolución, para llegar a los tajos de arcilla
roja de Alabama, deslizarse al atardecer dentro de la Estación Peachtree, en
Atlanta, pedir unas copas en el coche bar mientras el tren traquetea hacia el
norte, envuelto en el crepúsculo de Georgia. Luego, apearse en Richmond, en las
frescas horas del amanecer, y subir a un vehículo de la Greyhound que le lleve
a uno rumbo a las montañas.
¿Siobhan? Ahora que
legalmente estoy cuerdo y gozo de competencia, puedo hacerme cargo de ella. Y
tengo la intención de apartarla de Tex, de recuperarla, en cuanto me haya
instalado en Virginia. Nos las arreglaremos
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estupendamente, si
Tex no la ha matado de fastidio o la ha vuelto loca con sus «tocotón tocotón» y
sus «coinquidinquis». Supongo que he de estarle agradecido. Al menos se cuidó
de la niña. Pero ahora me arrepiento de no haberla dejado con Suellen. Algunos
negros están cuerdos todavía.
¿Arma? Oh, se
encuentra bien. Después de todo, no me va a acompañar. Me iré solo. Ha sido lo
bastante generosa como para cederme su casa en la Blue Ridge hasta que
encuentre mi propia parcelita.
¿Que qué le ha
ocurrido a Anna? Realmente es increíble. Nunca entenderé a las mujeres. Íbamos
a emprender juntos una nueva vida. Pensé que nos identificábamos a la
perfección… cada uno de nosotros despojado del pasado, cada uno de nosotros dos
consciente de que había llegado el fin de una etapa y de que tenía que haber un
nuevo principio, como mi hombre y una mujer en pos del territorio extendido al
otro lado del paso de Cumberland, allá por los viejos tiempos. Entonces, ante
mi asombro, la ofendí mortalmente. Insinué que había sufrido la indignidad
máxima, la peor violación que una mujer puede sufrir, verse forzada por varios
hombres, obligada a la felación, etcétera, que yo también había sufrido mi
propia catástrofe y que puesto que ambos habíamos sufrido lo peor que podía
sucedemos y lo habíamos soportado, no sólo sobreviviendo, sino también
sobreponiéndonos a ello, estábamos calificados como los nuevos Adán y Eva del
mundo nuevo. Si nosotros no podíamos inventar un mundo nuevo y una nueva
dignidad entre hombre y mujer, entonces nadie podría.
¿Querrás creer que
se sintió ofendida? A decir verdad, se puso furiosa. «¿Pretendes sugerir», me
soltó, «que un hombre puede violarme a mí, a mi persona? ¡Malditos hombres! ¿No
sabes que en el mundo hay cosas
más importantes? A
continuación, dirás que aquello me gustó, a pesar de mí misma».
No deja de haber
algo de razón en lo que dijo. El otro día abrí La ciudad de Dios, de San
Agustín, pensando encontrar en esa obra lo que algunos de vuestros mejores
sabios tuviesen que decir acerca de las cuestiones importantes, Dios, el hombre
y todo eso. ¿Y qué supones que encontré? El buen santo dedica página tras
página a tranquilizar la conciencia de las monjas, vírgenes que los visigodos
habían violado, actos de los que ellas disfrutaron aun en contra de su
voluntad, a pesar de sí mismas. Sin duda aullaron de placer.
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Así que Anna me
dijo eso para rechazarme. Muy bien. Me retiré. Tal vez sea mejor de este modo.
Esperé demasiado de
ella. Confiaba en que hubiese hecho el mismo descubrimiento que hice ya, que
hubiese averiguado el gran secreto de la vida, de la vieja existencia, claro,
la ignominiosa alegría de violar y ser violado. Nosotros, pensé, ella y yo, íbamos
a descubrir algo mejor. Y en el fondo de su corazón ella conoce el secreto tan
bien como yo, pero no se atreve a admitirlo. ¿Se le puede reprochar? Sin
embargo, hubiésemos sido unos estupendos pioneros de la vida nueva, porque
ninguno de los dos podíamos soportar la vieja. Algún día las mujeres
reconocerán la verdad, se negarán a aceptarla y entonces se convertirán en mis
mejores reclutas.
Ah, Anna dijo otra
cosa más. Retuvo mi mano durante un momento, después del apretón de despedida,
y añadió: «Cuando llegues allí, a Virginia, encontrarás una casa medio
derruida, pero también un pequeño y sólido establo construido hace doscientos
años. Un lado de ese establo lo constituye el depósito de maíz y un espacio con
desván, susceptible de convertirse en acogedor y precioso albergue en el que
vivir durante el invierno, lo bastante grande para tres». Cristo, cualquiera
creería que se trata de otra mujer tratando de acomodarme en un palomar. ¿Por
qué será que los cobijos para animales parecen ahora más habitables que las
casas corrientes? Hummm. Un destartalado silo de maíz. Pero ella dijo lo
bastante grande para tres. Tuve la impresión de que si Anna pudiese cumplir su
venganza, abatir el número suficiente de hombres como para desquitarse e
igualar el tanteador, no sólo por ella, sino también por todas las sucias
jugarretas que Dios, la biología, la evolución o lo que sea le han gastado a
ella y a sus hermanas, entonces quizás se instalara conmigo en un establo y
podríamos abrazamos como amantes, aferrarnos el uno al otro como chiquillos,
mientras Siobhan retoza en el desván. ¿Crees que Anna acudirá allí?
Me miras de un modo
extraño. Me parece que no te he dado las gracias por escucharme. Sabes que no
podría haber contado esto a ninguna otra persona. Sí, ahora me encuentro
perfectamente. No, no se aproxima ninguna confesión, padre, lo sabes muy bien.
Pero hay una cosa… Hay una frialdad… ¿Conoces la sensación de entumecimiento y
frialdad, no, sensación no, más bien carencia de sensación, insensibilidad, que
he dicho experimenté durante los acontecimientos de Belle Isle? Te dije que
pudo ser efecto del huracán, la baja presión, el metano, lo que fuera. Pero aún
la
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siento. Es decir,
hoy, ya no la siento. No siento nada… salvo una ligera curiosidad por lo que
voy a ver al salir de aquí y echar a andar calle abajo. ¿Qué opinas de eso, de
que haya cierta frialdad?… ¿La sientes?
Lo cierto es que
durante el desarrollo de todos los terribles acontecimientos de aquella noche
en Belle Isle, no sentí nada en absoluto. Nada bueno, nada malo, ni siquiera
tuve sensación alguna de descubrimiento. Tampoco siento nada ahora, salivo una
determinada frialdad.
Tengo un frío
enorme, Percival.
Dime la verdad.
¿Tiene ahora frío todo el mundo o sólo yo?
¿Cómo? Me recuerdas
que dije al principio que había algo que deseaba preguntarte. Ah, sí. Bueno,
parece que ya no tiene importancia. Porque la pregunta carece de respuesta. ¿La
pregunta? Muy bien. La pregunta es: ¿Por qué no descubrí nada en el corazón de
la maldad? No había ningún «secreto» después de todo, nada que descubrir, ni el
menor vestigio de interés, nada en absoluto, ni siquiera maldad alguna. No se
produjo ninguna sensación de acercamiento a la «respuesta», como la hubo cuando
descubrí el dinero expoliado que estaba oculto en el cajón de los calcetines de
mi padre. Mientras tenía cogido por la garganta a aquel desdichado Jacoby, no
sentía nada salvo la picazón de las partículas de fibra de vidrio que se
introdujeron por debajo del cuello de mi camisa. De modo que no tengo nada que
preguntarte, porque no hay contestación. No hay pregunta. No hay grial impío,
de la misma manera que no había Santo Grial.
Ni siquiera el
cuchillo en su garganta pareció afectar en algo las cosas. Todo se reducía a
unas moléculas de acero penetrando en moléculas cutáneas, moléculas arteriales,
células sanguíneas.
Me miras con tal…
¿qué? ¿Tristeza? ¿Cariño? ¿Qué pasa con el cariño? ¿Crees que pueda querer a
alguien alguna vez? Explica la cuestión.
Pero eso no viene
al caso. El asunto es que sé lo que necesito saber y lo que debo hacer. ¿Te lo
digo? Cristo, tú eres la única persona capaz de entenderlo. Ven aquí y quédate
conmigo junto a la ventana. Quiero enseñarte algo, varias cosas insignificantes
en las que puede que no hayas reparado. ¿Por qué te muestras tan precavido? Te
comportas como si yo fuese Satanás desplegando ante tus ojos los reinos del
mundo, desde el pináculo del templo.
Escucha. ¿Los oyes?
Jóvenes que cantan y ríen, que se divierten en la ciudad de los muertos. Acaso
sepan algo que nosotros ignoramos.
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Soy como esas
viejas señoras que atisban desde la ventana del otro lado de la calle. No se me
escapan muchas cosas. Por ejemplo, te vi antes allá abajo. En el cementerio.
¿Sorprendido? Vi lo que hiciste, aunque te diste mucha prisa en hacerlo. Te
paraste ante una tumba y rezaste una oración. ¿Un pariente? ¿Un amigo? ¿Un
ruego? De modo que rezaste por los muertos. Ya ves, algo ha cambiado en ti.
Tengo la impresión de que mientras yo hablaba y cambiaba, tú escuchabas y
cambiabas. ¿Me equivoco o has adoptado ya una decisión vulgar? ¿No? ¿Me esperas
a mí para acabar?
Echa un vistazo.
¿Qué es lo que ves? La misma escenita agradable que ya te enseñé el otro día.
La misma calle, el mismo «Cadillac» destartalado modelo 1958, la misma
película, el mismo cochecito «Volkswagen» con el lema de haz el amor, no la
guerra, que arranca en este preciso momento, con la misma estudiantina al
volante, la misma pareja de homosexuales que se cogen la mano en la puerta de
al lado, una pareja tranquila y decente, a decir verdad, como cualquier otra
pareja, violador y violada, con necesidades semejantes a las tuyas y las mías,
más un eventual tubo de vaselina «K-Y».
Observa con
atención y repararás que dos cambios insignificantes se han producido en las
cosas que hay en la calle. Mira el nuevo adhesivo que’ luce el guardabarros del
«Volkswagen»: si te parece bien. Percátate del cartel que hay cerca de la
antigua entrada para gente de color del cine. Es nuevo. Deep Throat, donde
antes se anunciaba Enrique V y Cayo Largo.
Sí, variaciones
insignificantes, lo reconozco. En realidad, apenas ha cambiado nada, sino que
todo está casi igual. Te encoges de hombros. ¿Qué más da? Sí, tienes razón.
¿Qué más da?
Dices que te
gustaría saber qué pienso hacer. Muy bien. Te lo diré con mucho gusto porque
cuando me desperté esta mañana supe por primera vez qué iba a hacer
exactamente. La verdad que es muy sencillo. No puedo imaginarme por qué tenía
que ir tan lejos para averiguarlo. Estuvo ante mis ojos desde el principio.
Sí, caí en la
cuenta de pronto, la solución es tan clara y simple como un problema
aritmético. Es realidad, eso es, ni más ni menos: una cuestión de lógica tan
elemental como dos y dos. Comprendí exactamente cómo están las cosas y lo que
debo hacer. Para tu buen gobierno, puedo exponértelo como un sencillo silogismo
escolar.
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1. Vivimos en Sodoma.
2. No tengo intención de vivir en Sodoma ni de
criar a mi hijo e hijas en Sodoma.
3. O tu Dios existe o no existe.
4. Si existe, no tolerará Sodoma durante mucho
tiempo. La destruirá Él o dejará que la destruyan los rusos o los chinos, de la
misma forma que lanzó a los asirios sobre los judíos y a Esparta contra Atenas.
¿Cuántos espartanos harían falta para prender a estos doscientos millones de
atenienses? ¿Diez mil? ¿Un millar? ¿Cien? ¿Doce? ¿Uno?
5. Si Dios no existe, entonces seré yo y no
Dios quien no lo tolerará. Yo, una persona. Promoveré un mundo nuevo
individualmente o con la colaboración de quienes, como yo, no estén dispuestos
a tolerarlo. Pero la diferencia entre Dios y yo es que yo tampoco toleraré a
los rusos ni a los chinos. Dios emplea instrumentos. Yo soy mi propio
instrumento. Nada de rusos ni chinos en el valle del Shenandoah. Tampoco los
toleraremos. No toleraremos a esa gente de ahí fuera y no toleraremos a los
rusos. Sabemos lo que queremos. Y lo tendremos. Si es imprescindible la espada,
utilizaremos la espada.
6. Aguardé y consideré tiempo a tu Dios.
Callas. En tus ojos
hay una mirada vaga.
¿Así que tus
proyectos, padre, consisten en hacerte cargo de una pequeña iglesia en Alabama,
predicar el Evangelio, convertir el pan en carne, perdonar los pecados de los
traficantes en coches «Buick», administrar la comunión a las amas de casa de
los suburbios?
Por fin me miras
directamente a la cara, ¡pero de qué manera más extraña! Ah, de golpe ahora te
entiendo. He penetrado en tu cerebro tan instantáneamente como en aquella época
en que estábamos tan unidos. De súbito, nos comprendemos el uno al otro a la perfección,
¿verdad?
Dime si tengo razón
o si estoy equivocado.
Sabes algo que
crees que ignoro y quieres comunicármelo, pero titubeas.
Sí.
¡Habla! ¡En voz
alta y clara! ¡Y mírame a los ojos!
Pero leo en los
tuyos que ya todo es igual, en lo que se refiere a lo que va a suceder, que lo
que tenga que ocurrir, ocurrirá, tanto si tú o yo creemos o no y si tu fe es la
verdadera o no. ¿Correcto?
Sí.
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No vamos a hacerlo
así, ¿verdad?
No.
Todo ha terminado,
¿cierto? Lo veo en tus ojos. Estamos de acuerdo, después de todo.
Sí.
¿Sí, pero? ¿Pero
qué? Debe haber un nuevo principio, ¿no?
Sí…
¿Pero? ¿No te gusta
el nuevo principio que propongo?
Guardas silencio.
De modo que vas a ir a tu pequeña iglesia de Alabama y ya está, ¿no?
Sí.
¿Dónde está ahí el
nuevo principio? ¿No equivale a seguir exactamente igual, a continuar por el
mismo camino?
Callas.
Muy bien. ¡Pero
entérate de esto! Uno de nosotros está equivocado.
Será tu sistema o
será mi sistema.
Sí.
En lo único que
estamos de acuerdo es en que no será el sistema de ellos. El de ahí fuera.
Sí.
No hay más
procedimientos que el tuyo o el mío, ¿verdad?
Sí.
La última pregunta…
y por alguna razón que desconozco me consta que sabes la respuesta. ¿Conoces a
Anna?
Sí.
¿La conoces bien?
Sí.
¿Irá a reunirse
conmigo en Virginia e iniciaremos allí una nueva vida Siobhan, Anna y yo?
Sí.
Muy bien. He
terminado. ¿Deseas decirme algo antes de que me vaya? Sí.
WALKER PERCY
(Birmingham, Alabama, 1916 - Covington, 1990) nació en el seno de una familia
acomodada protestante marcada por el suicidio de su abuelo paterno en febrero
de 1917. En 1929, el padre del joven Walker, que entonces tenía 13 años,
también se suicidó. Dos años más tarde, su madre murió al perder el control de
su vehículo, que cayó desde lo alto de un puente cerca de Leland, en el estado
de Misisipi, un suceso que el escritor siempre consideró un suicidio
encubierto.
Tras licenciarse en
la Universidad de Carolina del Norte en 1937, ingresó en la Universidad de
Columbia donde, en 1941, obtuvo el título de Doctor en Medicina. Su incipiente
carrera como médico quedó interrumpida al año siguiente, al contraer
tuberculosis. Durante su convalecencia leyó a Kierkegaard y Dostoyevski,
autores que influirían en su obra posterior, y se replanteó su fe en la ciencia
y en la medicina. Finalmente, este proceso introspectivo culminó con su
conversión al catolicismo en 1947.
A Percy se le debe
la publicación del superventas La conjura de los necios, de John Kennedy Toole,
pues fue su empeño el que consiguió que se editara un libro que había sido
rechazado por muchas editoriales, y que finalmente se auparía al número uno de
las listas de ventas de gran cantidad de países.
FIN

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