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Libro N° 14337. La Confesión De Lancelot. Percy, Walker.


© Libro N° 14337. La Confesión De Lancelot. Percy, Walker.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © La Confesión De Lancelot. Walker Percy

 

Versión Original: © La Confesión De Lancelot. Walker Percy

 

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Portada E.O. de: 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA CONFESIÓN DE LANCELOT

Walker Percy


 

 

 

 

 

 

 

La Confesión De Lancelot

Walker Percy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En esta novela extraordinaria escuchamos, de labios del propio protagonista, la historia de Lancelot Andrewes Lamar, vástago de una distinguida familia norteamericana del Sur, famoso integrante del equipo de fútbol de la universidad, becario de Rhodes, jurisconsulto liberal desengañado y propietario de Belle Isle, atracción turística de Nueva Orleans. El mundo de Lancelot empieza a desmoronarse el día en que, por puro azar, se entera de que no es el padre de Siobhan, su hija menor. Se produce ese descubrimiento durante un período en el que su esposa, Margot (perteneciente a una familia de magnates del petróleo), que aspira a convertirse en gran actriz, toma parte en una película que se rueda en los escenarios de Belle Isle y sus alrededores. Pese a la noticia de que un huracán se aproxima a las costas de Luisiana, los cineastas siguen adelante con el rodaje, mientras Lance se muestra decidido a conseguir —merced a la película pruebas irrefutables de la constante infidelidad de su esposa. La competencia electrónica de Elgin, brillante hijo del matrimonio de color que cuida la finca, ayuda a Lance a alcanzar su objetivo y los acontecimientos se precipitan hasta llegar al apocalíptico final.

 

Pero ninguna síntesis de la acción externa, por precisa y certera que fuese, puede expresar el drama psíquico interno que hace de La confesión de Lancelot una novela tan atrayente. Lance refiere la demencial historia a un viejo amigo y condiscípulo, ahora convertido en sacerdote-psiquíatra, que le visita en el Instituto para Conducta Anormal donde Lance está recluido. En la celda contigua se encuentra Anna, víctima de una pandilla de violadores a la que Lance consigue arrancar de su prolongado silencio. Las apasionadas convicciones del protagonista sobre la naturaleza humana y el compromiso del hombre con el mundo constituyen el núcleo central de esta novela del Nuevo Sur, que ha sido elogiada unánimemente por la crítica de varios países.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Walker Percy

 

La Confesión De Lancelot

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 23.09.2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Lancelot

 

Walker Percy, 1977

 

Traducción: Manuel Bartolome

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

Tanto giù cadde, che tutti argomenti

 

alla salute sua eran già corti

 

fuor che mostrargli le perdute genti.

 

Per questo visitai l’uscio dei morti…

 

PURGATORIO

 

 

Para salvarle, tan bajo había caído,

 

que ya no quedaba otro procedimiento

 

que el de mostrarle los seres perdidos.

 

Por eso visité la región de los muertos…

 

 

 

Aunque el escenario de esta novela parece ser Nueva Orleans y el Camino del Río, dicha ciudad y dicho famoso camino se emplean aquí como topónimos de un lugar imaginario. El Camino del Río no tropieza realmente con la «Parroquia Feliciana». A decir verdad, no existe ya ninguna Parroquia Feliciana. Que yo tenga noticias, tampoco existe ninguna «Costa Inglesa». Hay una Curva Inglesa, pero está río abajo y no aguas arriba de Nueva Orleans. La calle de la Felicidad se cruza con la calle de la Anunciación, en Nueva Orleans, pero no en las proximidades del cementerio de Lafayette. El cementerio de Lafayette existe, pero cerca de él no hay ninguna cárcel, hospital ni dique. En el Camino del Río se han cometido asesinatos y se incendiaron edificios, pero ninguno de esos hechos, que yo sepa, se desarrolló con las características y en las circunstancias que se reflejan en la presente obra. Nunca hubo una finca llamada Belle Isle. En la Florida occidental española existió una casa que se llamaba Northumberland, pero ya no está en pie. Por otra parte, los personajes de esta novela no tienen relación intencionada alguna con personas reales, vivas o muertas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1

 

 

 

 

Entra en mi celda. Ponte cómodo. Toma la silla; yo me sentaré en el camastro. ¿No? ¿Prefieres quedarte de pie junto a la ventana? Lo comprendo. Te hace gracia mi pequeña vista. ¿Has observado que cuanto más reducido es el panorama más puede ser uno? Por primera vez entiendo eso de que las ancianas permanezcan años enteros sentadas en sus porches.

 

¿No te conozco? Me pareces muy familiar. Últimamente he estado bastante deprimido y no recuerdo muy bien las cosas. Creo que me encuentro aquí debido a esa depresión o porque cometí algún crimen. Tal vez por las dos cosas. ¿Esto es una cárcel, un hospital o la enfermería de una prisión? ¿Un Centro para Conducta Anormal? Vaya. Me he comportado de manera anómala. En resumen, estoy en el manicomio.

Tengo la certeza de que te conozco y de que te conozco a fondo. No es que esté loco y me falle la memoria, sino más bien que opino que no merece la pena recordar el pasado. Exige un esfuerzo tremendo. Todo cuesta un trabajo ímprobo y a duras penas compensa la molestia que uno se toma… todo, salvo estar aquí, en mi celdita, y contemplar esa pequeña vista.

Lo creas o no, una celda como ésta, prescindiendo de la posibilidad de que se trate de la de una cárcel, no es mal sitio para pasar un año. Creo que llevo aquí un año. Acaso dos. Quizá seis meses. No estoy seguro. Una celda limpia, un techo alto, una yacija, una silla y una mesa. No es demasiado calurosa, fresca o húmeda. La comida es pasable. ¡Una cárcel extraordinaria! O un hospital extraordinario, si tal es el caso. Y se dispone de una vista, aunque el panorama sólo sea un trozo de cielo, un rincón del cementerio de Lafayette, un tramo de dique y unos pocos metros de la calle de la Anunciación.

 

¿Es eso todo lo que ves? No, vuelve a mirar. Hay mucho, muchísimo más. Me sé de memoria ese estrecho mundo y, desde donde estoy, puedo

 

 

 

 

 

Página 6

 

citarte unas cuantas cosas que es posible se te hayan pasado inadvertidas. Por ejemplo, si te inclinas sobre el alféizar y estiras el cuello para llevar la cabeza hacia la izquierda lo más posible, verás parte de un rótulo que hay al otro lado de la esquina. Si te esfuerzas al máximo y apoyas la sien contra el ladrillo, distinguirás las siguientes letras:

 

B

 

Ma

 

Franco y

 

Observa que es imposible ver más. Llevo un año mirando ese letrero. ¿Qué dice? ¿Bolera de Mac? ¿Ambiente Franco y Agradable? ¿Bar del Masón Franco y Aceptado? ¿Tienen bares los masones?

 

Estoy recuperando la memoria. Creo que tiene algo que ver contigo. Al verte ayer en el pasillo, comprendí que nos habíamos tratado íntimamente. ¿Verdad que es así? Fue hace muchos años y has cambiado una barbaridad, pero, desde luego, te conozco.

Cuando nuestras miradas se encontraron, nació en el aire la sensación de que habíamos compartido juntos un sinfín de fatigas, ¿no? Y también sobrevino la impresión de que tú estabas mucho más al corriente que yo. Abriste la boca como si fueras a decir algo y después cambiaste de idea. Me siento como un alcohólico que sólo reconoce a determinadas personas cuando está borracho. Eres como un discreto amigo de «borracho» que, en algunas circunstancias, no desea que se le reconozca.

Sí, te rogué que vinieses. ¿No eres psiquiatra, sacerdote o sacerdote-psiquiatra? Con sinceridad, me sugieres algo intermedio, uno de esos sacerdotes fallidos que acaban por dedicarse a la asistencia social o a los «exámenes psicotécnicos», o uno de esos médicos que, de pronto, deciden ingresar en el seminario. Ni carne ni pescado. Si eres sacerdote, ¿por qué no llevas ropa de cura en vez de esas hipócritas prendas corrientes? Eres como algunas monjas. Te pones a la altura de esas monjas que no son capaces de comprender que con hábito tienen mucho mejor aspecto que vestidas con un conjunto J. C. Penney a base de pantalones.

 

Eres la primera persona a la que he deseado ver. Me negué a recibir a todos los psiquiatras, pastores, sacerdotes, grupos de terapia y gente por el estilo. Al fin y al cabo, ¿de qué podíamos hablar? Yo no tengo nada que decir y, desde luego, me importa un rábano lo que ellos puedan decir.

 

 

 

 

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No, lo que me chocó enseguida de tu persona es que eras el único de cuantos hay por aquí que no deseaba charlar. Eso y la expresión abstraída, en la que capté cierta afinidad entre nuestros espíritus. Además de la circunstancia de que te conocía de antes y de que me di cuenta de que tú aún me conocías mejor a mí.

 

¿Cómo? Sí, claro que recuerdo Belle Isle, la noche en que ardió y la tragedia, la muerte, las muertes de… Pero me parece que eso es porque me lo han contado y porque incluso me enseñaron los periódicos.

Pero tú… la verdad es que me acuerdo de ti. Fuimos amigos íntimos, ¿no es cierto? Verás, estuve un tanto deprimido, «en la oscuridad», y sólo desde hace poco me he sobrepuesto lo bastante como para considerarme feliz viviendo en este cuarto y disfrutando con el panorama que se ve por la ventana. Pero ayer, cuando mis ojos tropezaron contigo, fue como contemplarme a mí mismo. Tuve la sensación de que algo me pillaba de improviso, el pasado, mi propia persona. Una mirada a esa misma vieja expresión sardónica tuya y fue como si lo recordara todo de pronto y ni siquiera me sorprendiese lo más mínimo. Incluso supe lo que ibas a decir cuando sacudiste la cabeza y abriste la boca como si fueras a dirigirme la palabra, aunque luego lo pensaste mejor. Ibas a decir, como de costumbre: «Por el amor de Dios, Lance, ¿dónde te metiste y qué has hecho ahora?». ¿Verdad que ibas a decir eso? O algo parecido, ¿no?

 

Hasta después, por la noche, no me di cuenta de que había recordado algo sobre mi situación, sin que nadie me lo dijera. Me acordaba de mi nombre. Lance. Más bien del modo en que a ti te gustaba pronunciarlo, completo: «Lancelot Andrewes Lamar», solías decir. «Te bautizaron así en honor del divino anglicano, ¿verdad? ¿No debieron ponerte Lancelot du Lac, hijo del rey Ban de Benwick?».

 

Fue como si me acordara de todo, pero sin conseguir concentrarme totalmente en ello.

Adivino que no eres un paciente, pero hay algo en ti que no marcha bien. Estás más absorto de lo normal. ¿Estás enamorado?

Sonríes.    Sonríes,      pero  no     dices  nada. ¿Tienes       que    marcharte?

 

¿Volverás mañana?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2

 

 

 

 

Adelante, adelante. Pasa y siéntate. ¿Tampoco hoy quieres sentarte?

 

Debo hacerte una confesión. Ayer no fui completamente sincero contigo, al fingir que no acababa de identificarte. Sabía perfectamente quién eras. A mi memoria no le ocurre nada. Lo único que sucede es que no me gusta recordar. ¿Por qué no iba a acordarme de ti? Fuimos los mejores amigos del mundo, la verdad es que éramos inseparables, si uno lo piensa bien. Sólo que representó una verdadera sacudida verte al cabo de todos estos años. No; ni siquiera eso es cierto. Había observado tu presencia anteayer en el cementerio. Sin embargo, no sabía qué decirte. ¿Qué se le puede decir a alguien, después de veinte años, cuando uno ya lo ha dicho todo?

 

También eso te mortifica un poco, ¿no? Te sientes tímido e incómodo conmigo, Pero te gusta mi ventana y mi pequeña vista, ya me doy cuenta.

Aún pareces un poco indeciso. ¿Es a causa de mi cordura? Bueno, sí, después de todo, estoy en el manicomio. Pero te recuerdo perfectamente, todo lo que hicimos juntos, hasta los nombres que tuviste. Todos. Nos conocimos bajo diversos nombres, según las oblicuas y turbias circunstancias de nuestras vidas… y nuestras lecturas. Apuesto a que recuerdo tus nombres mejor que tú. Al principio, eras simplemente Harry, cuando vivías en Northumberland, cerca de nuestra casa del Camino del Río, e íbamos juntos al colegio. Después se te conoció por diversos nombres. Harry Matachín, que no resultaba muy apropiado porque, aunque eras agresivo, como peleador dejabas mucho que desear. Príncipe Hal, porque sólo en los prostíbulos parecías sentirte feliz. Northumberland, por la casa en que vivías. Percival y Parsifal, que encontraron el Santo Grial y proporcionaron vida a una tierra muerta. Y también te asignaron unos cuantos motes cómicos e indecentes, en la fraternidad D.K.E., el menos insultante y desagradable de los cuales era Mariposo. Señorita Margaret

 

 

 

 

 

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Mae McDowell, de Espino Suave, permítame presentarle a mi amigo y compañero de cuarto, Mariposo. Tengo entendido que después, cuando te hiciste sacerdote, adoptaste un nombre religioso: John, Juan, un nombre estupendo. Pero no sé si es Juan Evangelista, que tanto amaba, o Juan Bautista, un solitario en el desierto. Tú eras un solitario.

 

Así que ya ves, recuerdo muchas cosas de ti. ¿No?

 

Ah, continúas esbozando la misma sonrisita de siempre.

 

Sin embargo, prefieres mirar hacia el cementerio.

 

Hoy es un espectáculo precioso, ¿no te parece? Día de Difuntos. Una fiesta agradable para los muertos: en el camposanto, las mujeres encalan tumbas, arreglan los jardincillos, ponen crisantemos naturales y de plástico, encienden velas, friegan los dinteles de mármol. Me recuerdan a las amas de casa de Baltimore dedicadas a limpiar, arrodilladas, los blancos umbrales de las hileras de casas.

Una vista muy bonita, esa del bullicioso cementerio atestado de gente, con los árboles color moneda de cobre y las primeras ráfagas de viento caprichoso agitando las hojas de aquí para allá. Si uno aguza el oído, hasta puede captar el seco rumor de las hojas de mirto que azotan los senderos como rosetas de maíz. Cuando el aire sopla en dirección a uno, llega al olfato, desde los muelles de Tchoupitoulas, un olorcillo mezcla de café y alquitrán.

He observado que, en Nueva Orleans, las personas son más felices cuando asisten a funerales, ganan dinero, cuidan a los muertos o se ponen la máscara, el martes de carnaval, para que nadie sepa quiénes son.

Bueno, ya he averiguado quién eres. Tu profesión, quiero decir. Médico-sacerdote. Lo que equivale a médico incompetente o sacerdote malogrado. O las dos cosas. Ah, he conseguido sorprenderte, ¿verdad? Sí, alguien me contó cosas ayer. Pero es algo más que eso. Se trata de ciertos detalles que observé.

Tomaste el atajo del cementerio. Una de las mujeres que fregaban tumbas te abordó para pedirte algo. Evidentemente, te había reconocido. Tú denegaste con la cabeza y proseguiste tu camino. ¿Qué podía haberte pedido? Sólo una cosa, dadas las circunstancias. Que rezaras una oración por los muertos. Una vieja costumbre de este lugar, particularmente el Día de Difuntos. No quisiste complacer a la mujer.

 

De modo que también a ti te ocurre algo. O no estarías aquí desempeñando funciones de ayudante de capellán, suplente de psiquiatra o

 

 

 

 

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lo que quiera que estés haciendo. Una nada de empleo. ¿Estás en apuros?

 

¿Hay una mujer de por medio? ¿Estás enamorado?

 

¿Recuerdas lo que es «enamorarse», «estar enamorado»?

 

Hubo una época en la que pensaba que era lo único que verdaderamente tenía importancia. No, hubo dos cosas y dos épocas en mi vida.

Al principio, creí que «estar enamorado» era lo único. Tener entre los brazos una fragante muchacha de Georgia y bailar con ella el tema de «Bajo los focos» en las montañas de Carolina, durante el verano del 52, al aire libre, con luciérnagas y farolillos japoneses.

Después me endurecí o acaso me volviera más realista. Empecé a preguntarme si realmente existiría algo como «estar enamorado» o si no se daría el caso de que las mejores cosas de la vida pudieran no ser tan sencillas, esos placeres antiquísimos como el coito corriente y echar unos tragos. En realidad, ¿puede haber algo más estupendo que ser un hombre adulto sano, tropezarse con una hembra atractiva a la que se ve por primera vez, desearla automáticamente, darse cuenta de que le gustas, invitarla a tomar una copa en cualquier bar, meterle mano por debajo de la falda, acariciar la blanca carne de su muslo, hasta arriba, y susurrarle al oído: «Bueno, nena, ¿qué me dices?»? ¿Me equivoco? ¿No?

Pero eso también es enamorarse, en cierto sentido, ¿no te parece? Sin embargo, resulta muy distinto. Me pregunto qué es mejor. Si te he de decir la verdad, no consigo salir de esa duda.

Pero, desde Juego, «amor» es uno u otro, indudablemente el último. A veces creo que somos víctimas de una trampa gigantesca tendida por nuestros mayores, que existe una complicada maquinación dispuesta para ocultarnos el simple hecho de que lo único importante, ciertamente lo mejor de la vida, es el amor camal común.

 

Me «enamoré» de Lucy Cobb, de Georgia, y me casé con ella. Luego murió. Después me «enamoré» de Margot y me casé con ella. También murió.

¿Te sorprenderías si te dijese que es posible que me esté enamorando otra vez? De la muchacha que se encuentra en la celda contigua. No la he visto nunca. Pero me han contado que unos marineros la violaron en el Barrio, la obligaron a cometer actos antinaturales muchas veces, le dieron una paliza y luego la dejaron tirada en la orilla del río. No quiere hablar con nadie. Y la alimentan a la fuerza. Lo mismo que yo, prefiere la

 

 

 

 

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soledad de su celda. Pero nos comunicamos mediante golpes en la pared.

 

Es extraño. La deshonra ha traído a esa chica una especie de inocencia.

 

La comunicación resulta fácil cuando uno está «enamorado». Cuando conducía el automóvil, junto a Lucy Cobb, a través de la noche veraniega de Carolina, con la capota baja y la radio dejando oír el tema de «Bajo los focos», uno podía limitarse a decir:

«Me gusta esa pieza, ¿a ti no?».

 

Y ella podía responder: «Sí».

 

Con la muchacha de la habitación de al lado ocurre lo mismo. Ayer llamé dos veces.

Ella contestó con otros tantos golpes.

 

Puede que fuese una coincidencia. Por otra parte, también cabe la posibilidad de que se tratara de una verdadera comunicación. El corazón me palpita como si me estuviese enamorando por primera vez.

 

 

 

¿Así que conoces mi historia? Yo también la conozco, claro, pero no estoy muy seguro de cuánto recuerdo de ella. Todo lo que tengo en la

 

imaginación es a base de titulares: ARDE BELLE ISLE. IMPOSIBLE IDENTIFICAR LOS CADÁVERES DE LAS «ESTRELLAS». CINEMATOGRÁFICAS CARBONIZADAS EN EL SINIESTRO. DESCENDIENTE DE ANTIGUA FAMILIA ENLOQUECIDO POR EL DOLOR Y LA INDIGNACIÓN. SUFRE DIVERSAS QUEMADURAS AL TRATAR DE

 

SALVAR A SU ESPOSA. Sin duda, leí esos titulares. Me pregunto por qué los encabezamientos periodísticos son más fáciles de recordar que el propio suceso.

 

Ahora he empezado a recordar perfectamente algunas cosas. Es consecuencia de verte.

Lo primero que me vino a la memoria no tenía ninguna relación contigo. Me acordé de las circunstancias exactas bajo las cuales descubrí que mi mujer me estaba engañando. ¿Qué tenía eso que ver contigo? La memoria es una cosa extraña.

Lo que recordé a continuación era más lógico. Me acordé de la primera vez que te había visto, después de la infancia. Estabas sentado en la casa de la fraternidad, a solas, bebiendo y leyendo a Verlaine. Eso me causó una gran impresión. Recuerdo que me pregunté si no estarías tratando de

 

 

 

 

 

 

 

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impresionarme. ¿Qué clase de representación es ésa?, me dije. (Era una representación, ¿no?).

 

Entonces, esta mañana me acordé de muchas cosas más. No era como si realmente las hubiese olvidado, sino más bien que no tenía la… ¿cómo diría yo?… la inclinación a pensar en el pasado. Había perdido la onda, la costumbre de hacerlo. Verte fue una especie de catalizador, la oportunidad para mis recuerdos. Es como la primera vez que uno mira por los prismáticos: todo lo ve confuso, borroso, desenfocado, plano; luego, con un chasquido súbito, la distancia se alarga en profundidad de campo y todo aparece rotundo, más grande que la misma vida.

Creo que empecé a recobrar la memoria acordándome de nuestras semejanzas y nuestras diferencias: los dos vivíamos en viejas tasas del Camino del Río, en la Costa Inglesa, yo en Belle Isle y tú en Northumberland.

Aunque nunca lo hubiésemos reconocido, nos considerábamos un enclave de la pequeña aristocracia inglesa establecido entre multitud de bonachones y dóciles negros y ridículos campesinos franceses. Nuestras familias eran descendientes de los primitivos colonos ingleses conservadores que aceptaron la hospitalidad española que se les ofrecía en la Parroquia Feliciana, para escapar de los desatinados rebeldes norteamericanos. Pero la historia común nos unía menos que nuestra aversión por los católicos y los Long. Nosotros éramos familias honorables.

Tú y yo fuimos también condiscípulos, hermanos de fraternidad y, después, buenísimos amigos, íbamos a los burdeles. Me he enterado de que los muchachos ya no van más a los burdeles.

Y ahí terminaban nuestras semejanzas. Tu familia era rica, de modo que fuiste a una escuela preparatoria del Norte. Nosotros éramos pobres, así que ingresé en el instituto de enseñanza media. Tú eras delgado, introvertido y bebías más de la cuenta. Se decía que ibas a ser brillante y que se te ofrecía la promesa de un futuro esplendoroso (¿verdad que sí?). Sin embargo, eras anónimo, casi desconocido: cuando te graduaste, ni siquiera conocías a seis personas en toda la escuela.

Yo constituía tu antítesis: el individuo que alcanza la cumbre de su vida en el colegio universitario y luego declina: destacado en el «campus», polemista, jugador titular del equipo, depositario de una beca de Rhodes e incluso «listo», o sea, una especie de triunfador académico de segunda

 

 

 

 

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categoría. En el equipo de fútbol americano, ser «listo» significaba que uno leía la revista Time y sabía qué era el Plan Marshall. («¿No crees que sea capaz de explicarte lo que es el Plan Marshall? ¡Pregúntale, anda! Es un tío inteligente y enterado»). Aquellos muchachos, mis compañeros de equipo, admiraban la «listeza» más que nadie a quien haya conocido antes y después.

 

Logré mi pequeña inmortalidad individual a los veintiún años, cuando en el partido contra Alabama agarré un disparo en la línea zaguera de la última zona y llevé el balón cien metros hacia la línea de meta contraria. Aún figura en los registros de marcas como el despeje más largo de la historia. Lo bonito del caso es, siempre lo será, que no puede superarse. Es como cubrir los mil quinientos metros en cero minutos.

Yo era «listo», pero nunca lo fui en el complejo sentido tuyo de beber y leer a Verlaine (aquello fue teatro, fingimiento puro, ¿no?).

Tú eras también belicoso cuando bebías, y como tu complexión se asemejaba mucho a la del papa Pío XII, metro ochenta y poco y cincuenta y cinco kilos, más de una vez tuve que salvarte de la gran paliza. (Sí, yo fui también subcampeón del Guantes de Oro y, aunque sólo pesaba setenta y siete kilos, podía con cualquier futbolista), otro motivo de asombro para aquellos descendientes de colonos de habla francesa inmigrados de Acadia: «¡Ese hijo de perra ha dejado fuera de combate a Durel Thibodeaux!» (defensa de blocaje, 120 kilos de peso).

 

Eras melancólico, reservado y atractivo para las mujeres, pero estabas tan flaco que yo tenía que hacerte pareja con simpáticas muchachas maternales a las que no les importase apretujar huesos.

Nuestras familias se diferenciaban bastante. Los hombres de la mía (hasta mi padre) eran gregarios, políticamente activos (anti-Long) y violentos. Los de la tuya tendían a la depresión y al suicidio precoz.

Sin embargo, mira quién está ahora deprimido.

 

Vaya, me lanzas la misma mirada sardónica que me dirigiste cuando levantaste la cabeza del libro de Verlaine.

 

 

 

Como digo, verte me ha permitido recordar las circunstancias en que descubrí que mi esposa me había engañado, es decir, que había mantenido relaciones carnales con otro hombre.

 

 

 

 

 

 

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¿Es eso lo que parecía tan difícil de recordar? No es que lo hubiese olvidado, sino más bien que me resultaba intolerable pensar en ello. ¿Pero por qué tenía que ser intolerable? ¿Es que los agravios sexuales pertenecen a una categoría especial y, por lo tanto, constituyen algo distinto a otros delitos como el robo, la agresión e incluso el asesinato?

 

¿O es que lo sexual no pertenece a ninguna categoría y es indescriptible? ¿No es indescriptible el placer sexual? ¿Por qué, entonces, no iba a ser indescriptible el delito sexual?

No, en realidad no había olvidado nada. Lo que ocurre es que verte me impulsó a pensar en ello. Me gustaría saber por qué. ¿Porque fuimos amigos o porque tú solías escuchar lo indescriptible? ¿O porque verte me recordó el palomar?

Pero permíteme preguntarte, en serio: ¿Por qué es algo tan indescriptible para una criatura la intraducción de una pequeña parte de su cuerpo en el cuerpo de otra criatura? ¿No es cierto que, expresado así, resulta una cuestión trivial? No creo que las mujeres concedan demasiada importancia al asunto.

Supongamos que lo expreso de otra manera: ¿No es indescriptible para mí imaginar a Margot tendida debajo de otro hombre, moviendo la cabeza de un lado a otro, en una sucesión de gestos que conozco perfectamente, apretando los labios y dejando escapar una especie de maullido suspirante? ¿No es eso indescriptible? Sí. Pero ¿por qué? Cuando imaginaba otras cosas que pudieran sucederle a Margot, incluso las peores cosas, me angustiaba, pero no me eran intolerables: Margot gravemente enferma, Margot herida en un accidente, Margot robando dinero, hasta Margot muerta, asesinada. La idea de Margot muerta resultaba dolorosa, pero no intolerable. Sin embargo, Margot debajo de otro hombre…

 

Hum… ¿Crees que es sólo nuestra generación la que le da tanta trascendencia al asunto, a la conexión sexual, o, como dirían los chicos de hoy, que nos pasamos de rosca? Los antiguos no parecían prestarle demasiada atención; hasta la Biblia se manifiesta un tanto despreocupada. Tu Dios parecía más celoso de los falsos ídolos, de los becerros de oro, que de que la gente anduviese dándole a la lujuria. Tal vez los celos de Dios sean distintos a los nuestros. A mí no me hubiese importado que Margot se arrodillase ante Buda. ¿Por qué, entonces, tenía que preocuparme una cuestión tan insignificante como la de que Margot aceptase en su cuerpo una pequeña parte del cuerpo de Merlín? Como

 

 

 

 

Página 15

 

médico, ¿no dirías que eso no representa más que el contacto de una membrana con otra? Células que tocan células.

 

Ni siquiera tu Iglesia se lo tomó muy en serio, hasta hace pocos años.

 

Dante se mostró abiertamente indulgente con los pecadores sexuales.

 

Ocupaban una antesala del infierno más bien placentera.

 

¡Y vaya con la generación actual! El sexo, al parecer, ni siquiera figura entre las diez experiencias superiores. Recuerdo una vez que fui a visitar a mi hijo. Se levantó de la cama, donde él y su amiguita estaban acostados y enroscados el uno en el otro, bostezó, tapó a la moza con una sábana y luego procedió a contarme cuál era su sueño dorado: una guitarra. ¡Una guitarra! Determinada clase de guitarra. ¡Oh, Dios, si pudiera permitirse el lujo de adquirir aquella guitarra! ¿Acaso no iba a ser yo capaz de proporcionarle cuatrocientos dólares? Recuerdo que, mientras le extendía un cheque, pensé: «Muy bien, anhela, adora esa guitarra. Pero una vez que la tenga, ¿le importará que alguna otra persona la toque? Quizás, es posible que le moleste. Pero no le parecerá indescriptible».

 

Antes de cumplir los veinte años, mi hijo ya había gozado con bastantes hembras. Ahora parece ser ligeramente homosexual. Pero, de cualquier modo, hetero u homosexual, no da la impresión de que eso le preocupe gran cosa.

¿Es que sólo los de nuestra generación somos los remilgados y estrechos?

Te encoges dé hombros y miras el cementerio.

 

¿Entonces es que sólo soy yo?

 

Recuerdo dónde descubrí por primera vez el adulterio de Margot. En la habitación de la planta baja del palomar. ¿Te acuerdas de ese cuarto? Tú y yo solíamos sentarnos allí los fines de semana, o durante el verano, a beber y a leer en voz alta —principalmente tú— los pasajes más verdes de Ulises y Trópico de Cáncer. Eso también fue un descubrimiento para mí: que no sólo había malos libros obscenos y grandes obras limpias, sino también libros importantes que eran impúdicos (¡sí! esa es la conexión: dos descubrimientos hechos en el mismo sitio). Cuando tú y yo estábamos allí, el desván de arriba todavía lo ocupaban las palomas, había lo menos quince centímetros de espesor de guano en el palomar y los cloqueantes zureos constituían una música de fondo muy apropiada para la lectura en voz alta de Joyce y Miller. El de abajo era un cuarto trastero, una acumulación de desechos de verano, hamacas rotas, redes de badminton

 

 

 

 

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agujereadas y pelotas de croquet inservibles, pero la atmósfera era seca y fresca. ¿Te acuerdas de aquel verano? Fue aquel año en que perforaron un pozo de petróleo en el punto donde había estado el ala vieja de Belle Isle (también se incendió misteriosamente un siglo atrás) y encontraron gas. Por primera vez, desde la guerra, tuvimos un poco de dinero. ¿Recuerdas que estuvimos rebuscando entre los trastos viejos del desván y tropezamos con lo que parecía el cuchillo Bowie original? Quizás lo era. Un antepasado mío conoció a Bowie, incluso tomó parte en el célebre duelo del banco de arena de Vidalia, en el que Bowie hizo trizas a un individuo.

 

Sea como fuere, mi abuelo ideó una historia por todo lo alto cuando le enseñé el cuchillo, aseguró que se trataba de uno de los originales que fabricó el herrero esclavo de Bowie (aunque no era verdad: el original se hizo de una escofina y aún se distinguían las estrías) y lo exhibió e incluyó como parte del disco que colocaba a los turistas que solía guiar por Belle Isle, a dólar por persona. Les contaba historias de Bowie e historias de Eleanor Roosevelt.

Posteriormente, al enterarse de que el palomar era una joya arquitectónica, Margot la convirtió en estudio para mí. Con gran placer por su parte, después de rascar y quitar ciento cincuenta años de mierda de paloma, encontraron el piso de tablas de ciprés maravillosamente conservado y unos estupendos muros de sesenta centímetros de ladrillo: hasta las palomas vivían mejor de lo que vivimos ahora nosotros. Margot me encontró una mesa escritorio y una silla, tipo plantación, muebles construidos por artesanos esclavos, y allí me senté, sintiéndome como Jeff Davis en Beauvoir, dispuesto a redactar mis memorias. Sólo que no tenía memorias que escribir. No había nada que recordar.

De cualquier modo, eran las cinco y un minuto de la tarde, cuando descubrí allí, por pura casualidad, que mi esposa me había sido, y probablemente lo seguía siendo, infiel.

Es un enigma que pondero interminablemente: que mi vida se divide en dos partes, Antes y Después, antes y después del momento en que me enteré de que un hombre colocado encima de ella había puesto a mi esposa en estado de éxtasis la había transportado fuera de sí.

 

Mi descubrimiento fue puramente accidental. Exactamente a las cinco y un minuto de la tarde, el silbido de Ethyl había dejado de sonar, Se dio la circunstancia de que bajé la mirada sobre la mesa y vi algo. Sólo cuando

 

 

 

 

 

 

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miré por segunda vez —y ni siquiera sé por qué lo hice—, aquello comenzó a adoptar un significado terrible.

 

Mi reacción no fue la que puedas suponer. Únicamente me es posible compararla, mi reacción, a la de un científico, un astrónomo, pongamos por caso, que examina rutinariamente varias placas de sectores del cielo y ve el acostumbrado conjunto de puntitos de luz esparcidos como al azar por el espacio. Está a punto de archivar una de tales placas, incluso ya lo ha hecho, cuando algo ínfimo produce un click en su cerebro. Un momento. Hum. A ver. ¿Qué es esto? Hay algo que no encaja. Echemos un vistazo. De forma que lanza otra mirada. Sí, no cabe duda, un puntito, ni siquiera un puntito brillante, uno de aquellos puntitos secundarios, se ha desplazado ligeramente. Uno ha visto las fotografías en los periódicos, puntos que representan estrellas, formando un conglomerado, y cuatro flechas que señalan un punto individual. Para cerciorarse, el astrónomo coteja la placa con la última que tomó anteriormente de aquella misma minúscula sección del firmamento. Es indudable, el puntito está fuera de su sitio. Se ha movido. ¿Qué importancia tiene, piensa el profano, el que un punto insignificante, entre miles de millones de ellos, se haya desviado un poco? El astrónomo está mejor enterado: el punto se encuentra un milisegundo fuera dé lugar, el ordenador electrónico entra en funcionas y, a través de esa ínfima observación, el astrónomo calcula con absoluta certeza y de manera definitiva que un cometa está en curso de colisión con la Tierra y llegará aquí dentro de dos meses y medio. Al cabo de ocho semanas, el puntito habrá aumentado hasta adquirir el tamaño del Sol, los océanos se habrán elevado doce metros, Nueva York estará sumergida, los rascacielos se derrumbarán, las Naciones Unidas se reunirán en Monte Washington, etcétera.

 

¿Cómo pueden deducirse tan catastróficos y absolutamente verificables acontecimientos partiendo de la base de una evidencia tan insignificante?

En mi caso, la prueba no era el milimétrico desplazamiento de un punto sobre una placa fotográfica, sino una letra. No, no formaba parte de una carta de amor que estuviese encima de la mesa. Es una sola letra del alfabeto. La letra O, suelta. Me explicaré, por sí te interesa. Santo Dios, parece importarte un bledo. ¿Contemplas a esa chica a la que oigo cantar? La escucho todos los días. La conoces, ¿verdad?

 

 

 

 

 

 

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Te he visto hablar con ella en el dique. Es encantadora, ¿no te parece? Aseados pantalones tejanos, melena pulcramente peinada y que le llega hasta la mitad de la espalda. Cruza el dique diariamente. Creo que vive en una de las chabolas de los bajíos. Probablemente se trata de una de esas aves de paso, como uno de los centenares de jilgueros que llegan de modo inesperado todos los años por octubre.

 

Al cabo de un año, uno se convierte en estupendo observador de personas, como la anciana que no tiene otra cosa que hacer que atisbar por los resquicios de las persianas. He notado que conoces bien a la muchacha. ¿Estás enamorado de ella?

¡Ah!, eso te sorprende, ¿no? Escucha a la joven. Está cantando.

 

Libertad no es más que una palabra, para el que

 

nada tiene ya que perder.

 

Libertad era lo único que a mí me quedaba…

 

¿Crees eso? Tal vez la chica y yo estemos más cerca de creerlo que tú, incluso aunque tú cediste tu libertad voluntariamente y yo no. Quizás la muchacha sepa más que cualquiera de nosotros dos.

Bueno, no hablamos de categorías astronómicas, sino más bien del sexo. Harina de otro costal, podría decirse. Bueno, sí y no. Hay ciertas similitudes. Compara los dos descubrimientos. El astrónomo ve un punto en un sitio que no le corresponde, efectúa unos cálculos y saca una conclusión incuestionable: cometa en trayectoria de colisión, mareas gigantescas, océanos ascendentes, bosques en llamas. El cornudo ve una letra del alfabeto fuera de lugar. De tan insignificante evidencia puede inferir, con por lo menos la misma certeza que el astrónomo, una igualmente desmesurada escena: su esposa con los muslos separados, mientras un grito, no reconocible en ella, se escapa de entre los labios femeninos. El equivalente del fin del mundo como consecuencia de un puntito desplazado en el espacio es el éxtasis orgasmástico que se deduce de la letra O.

 

No cabe la menor duda de que ella se elevó al séptimo cielo y fue poseída por algo ¿por alguien? más. Tales consideraciones me llevaron a la conclusión de que, contrariamente al criterio generalizado, el sexo no es ninguna categoría. No es simplemente un artículo que figure en una lista de necesidades humanas, como alimentación, albergue, aire, sino más bien un éxtasis único, ékstasis, que representa una especie de posesión. Sólo

 

 

 

 

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como posesión por Satanás no es categoría. Sonríes. ¿No estás de acuerdo? Así, pues, ¿perteneces a la nueva casta de los que creen que Satanás es sólo una categoría, la categoría del Mal?

 

Sin embargo, ¿cómo es posible que se deduzcan tan portentosas consecuencias de una prueba tan baladí? Te lo diré, si deseas saberlo, pero antes quiero informarte de mi reacción ante el descubrimiento, que fue, por decir lo mínimo, lo más extraño de todo. Supondrías, ¿no?, que el nuevo cabestro respondería con la apropiada emoción: sobresalto, vergüenza, humillación, tristeza, iracundia, odio, deseo de venganza, etcétera. ¿Me crees si te digo que no sentí ninguna de esas emociones? ¿Puedes adivinar lo que experimenté? Hum. ¿Qué es eso? ¿Qué tenemos aquí? Hum. Lo que sentí fue un hormigueo en la base de la columna vertebral, un retorcimiento del gusanillo del interés.

 

Sí, ¡Interés! El gusanillo del interés. ¿Te sorprendes? ¿No? ¿Sí? Una de las conclusiones a las que he llegado, después de pasarme un año en esta celda, es que la única emoción que la gente experimenta hoy en día es el interés o la falta de él, La curiosidad, el interés y el aburrimiento han sustituido a las supuestas emociones acerca de las cuales solíamos leer cosas en las novelas o verlas expresadas en los rostros de los actores. Hasta las atrocidades de la época se traducen en interés. ¿Has observado a alguien cuando coge un periódico y lee un titular de accidente de aviación ocasiona trescientas victimas? ¡Qué horrible!, dice el lector. Pero échale una mirada cuando te tiende el periódico. ¿Está horrorizado? No, está interesado. ¿Cuándo viste por última vez a alguien que estuviera horrorizado?

 

A pesar de todo, ni siquiera mi triste caso parece interesarte. ¿Me escuchas? ¿Qué ves en el cementerio? ¿Las mujeres que se preparan para el Día de Difuntos, encalando las tumbas, arreglando los jardincillos, disponiendo crisantemos naturales y de plástico, fregando los dinteles de mármol? En diagonal desde el cementerio, si observas con atención, está la antigua entrada para negros al Teatro Majestic, ahora Cinema Adulto 16. ¿Te acuerdas de que íbamos a esa sala cuando nos dejábamos caer por Nueva Orleans? Veíamos películas como Los del 49, con… ¿quién?… Vera Hruba Ralston (la danzarina) y Charles Starrett. ¿O eran Verónica Lake y Preston Foster? ¿O Robert Preston y Virginia Mayo? Ahora proyectan algo que se titula Los del 69. Todo lo que se puede distinguir desde aquí es el cartel de una especie de ambiguo yin-yang que

 

 

 

 

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representa, me parece, a una pareja, como si Charles y Vera Hruba se hubiesen visto atrapados en el vórtice temporal y estuviesen girando a través de los años en una interacción de yin y yang.

Al otro lado de la calle se vislumbra el tablero negro del Bar de La Branche. ¿Cuál es la especialidad de hoy? ¿Estofado de carne con quimbombó? ¿Ostras, sopa de camarones? Y el trago Dixie.

¡Nueva Orleans! No es mal sitio para pasar un año en la cárcel… salvo en el verano. Imagínate estar encerrado en Birmingham o Memphis. Incluso desde aquí dentro percibo en el aire algo así como si la ciudad tuviese alma y ese alma exhalara un efluvio particular, ¿no? Me es imposible aplicarle un nombre específico. ¿Cierta decadencia vital? ¿Hedor animado? Cada vez que pienso en Nueva Orleans, lejos de Nueva Orleans, afluye a mi mente la idea de pescado podrido en las aceras y buenos ratos bajo techado. Una ciudad católica, en determinado aspecto, pero no lo es. Providence (Rhode Island) es una ciudad católica, pero, por Dios, ¿quién va a querer vivir en Providence (Rhode Island)? No es eso, su religión, lo que caracteriza esta ciudad, sino más bien cierto acomodo especial a la misma o la relajación de ella. No creo que el alma de esta ciudad esté condenada o salvada, sino que se encuentra en un punto intermedio, de alivio; existe en una especie de cómodo limbo católico situado en algún lugar del círculo exterior del infierno, donde los pecadores sexuales no lo pasan tan mal, y el círculo interior del purgatorio, donde las cosas son todavía mejor. Añade a eso un saborcillo de vicio marsellés sazonado por la afabilidad del Sur estadounidense. La muerte y el sexo tratados desenfadadamente y el dinero tomado muyen serio. El Banco Whitney es tan solemne como bullicioso es el cementerio. Los protestantes inauguran el Mardi Gras, el martes de carnaval, ya sabes. Los presbiterianos duermen la siesta o juegan al gin en el Club de Boston. Los judíos van en las carrozas de carnaval, celebrando el inicio del ayuno de cuarenta días de Jesucristo.

 

Me gusta tu pequeña y pueril catedral del Vieux Carré. Se alza justamente en medio de la mayor concentración de borrachos, drogados, rameras, rufianes, efebos y sodomitas de todo el hemisferio. ¿Pero no es precisamente ahí donde se supone que tienen que estar las catedrales? Eso, como la propia ciudad, representa para mí algo todavía más agradable, una especie de mediocridad triunfal. El acontecimiento más importante ocurrido aquí en toda la historia fue el combate entre John L. Sullivan y

 

 

 

 

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Jim Corbett. Trescientos años de historia y nunca ha producido un solo hecho histórico significativo, un solo genio, ni siquiera un solo talento de primera clase… a excepción de un jugador de ajedrez, el más importante del mundo. Pero la genialidad pone nerviosa a la gente, incluido el propio genio, de modo que dejó de jugar al ajedrez y empezó a preocuparse por ganar dinero, como cualquier hijo de vecino. Es absolutamente coherente que la famosa Batalla de Nueva Orleans tuviera lugar ya concluida la guerra y, por lo tanto, careciera de trascendencia.

 

Después de los terribles sucesos de Belle Isle, un año entero sin acontecimientos constituye un alivio para un lugar como éste. Se respira aquí la sensación de que las personas se ocupan seriamente de pequeñas labores. Nosotros, tú y yo, nuestras familias, somos distintos de los criollos. Hemos vivido saltando de un gran acontecimiento a otro, acontecimientos trágicos, acontecimientos triunfales, con intervalos de melancolía que duraban varios años. Perdimos Vicksburg, nos mataron en Shiloh, nos batimos en duelo, desafiamos a Huey Long y, entre una acción y otra, nos aburrimos mortalmente. Los criollos poseen el secreto de llevar vidas vulgares en perfecta felicidad. No tengo la menor duda de que, dentro de cien años, mujeres como esas de ahí fuera fregarán las tumbas el Día de Difuntos, un La Branche se dedicará a limpiar el mostrador y en la calle de enfrente proyectarán una película pornográfica.

 

En fin, para que entiendas lo que sucedió en Belle Isle y por qué me encuentro aquí, debes comprender exactamente cómo se desarrolló aquel día, hace un año. Estaba sentado en mi palomar, tan cómodamente como se puede estar, era un día muy semejante al de hoy, con la misma esencia del Norte flotando en el aire, pero profundamente tranquilo; brillaba el sol, el cielo tenía la tonalidad de azulina de Nebraska y ni una sola nube se veía en el espacio. Me dedicaba a leer un libro. Pese a todo, incluso antes de bajar la mirada y descubrir la infidelidad de mi esposa, había algo raro en lo que se refiere al día. Lo comprenderás porque nosotros, tú y yo, siempre hemos tenido cierta inclinación a degustar lo extraño y fantástico.

Ahora que he meditado en ello, sé que las cosas eran un poco excepcionales incluso antes de mi interesante descubrimiento. Allí estaba en mi desván, lo más feliz que se puede estar, el dueño de Belle Isle, la casa más encantadora del Camino del Río, un caballero e incluso un poco erudito (Guerra Civil, claro), casado con una amante esposa (eso creía) y guapa y padre (eso creía) de una preciosa niña; lector moderado, liberal

 

 

 

 

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moderado, bebedor moderado (eso creía), moderado amante de la música, moderado cazador y pescador y antiguo presidente de la United Way. Me oponía moderadamente a la segregación. Era moderadamente dichoso. Al menos, en aquel momento era dichoso. Pero no por los motivos antes expuestos. La razón de mi felicidad consistía en que estaba leyendo, quizás por cuarta o quinta vez, una novela de Raymond Chandler. Disfrutaba (no, lo diré con más enfático realismo: no es sólo que disfrutase, es que era el único modo de soportar la vida) de estar allí sentado, en la verde áurea y vieja Luisiana, bajo el dique, entregado a la lectura, no de cosas acerca del general Beuregard, sino sobre Philip Marlowe, que sacaba una botella del cajón de la mesa, en su miserable oficina del sórdido Los Ángeles de 1933, y bebía a solas, y sobre todas aquellas personas salidas de la nada que residían en hotelitos de estuco alzados en Laurel Canyon. La única forma en que me era posible tolerar mi vida en Luisiana, donde lo tenía todo, estribaba en leer cosas relativas al ínfimo y remoto Los Ángeles de la década de 1930. Tal vez eso debía comunicarme algo. Si yo era feliz, se trataba de una felicidad un tanto extraña.

Pero incluso era más extraña que todo eso. Las cosas estaban divididas. Me encontraba físicamente en Luisiana, pero espiritualmente en Los Angeles. El día también estaba dividido. Una ventana se abría a esa clase de tarde de octubre, cielo azul, sol luminoso, niños que ya encendían fogatas navideñas en el dique, con ramas de sauce cortadas por sus padres en el terreno bajo. La otra ventana daba a una tempestad. La empresa cinematográfica del amigo de mi esposa había montado una máquina productora de tormentas artificiales en la zona de aparcamiento para turistas, donde normalmente se estacionaban automóviles de Michigan, Indiana, Ohio, mientras marchitos y amistosamente aturdidos individuos del Medio Oeste pagaban sus cinco dólares e invadían con paso desgarbado las espaciosas salas, tan extrañas para ellos como hubiera podido serlo Castelgandolfo (seguramente, nunca hubo en toda la historia una pareja tan singular como la que formaban ellos, los vencedores, y nosotros, los derrotados). Desde una torre, una hélice proyectaba lluvia sobre el ala sur de Belle Isle, blanqueando los robles americanos, y tronaba la máquina tempestuosa, una enorme lámina de chapa metálica con un motor y una leva excéntrica. Estaban probándola. Una escena de la película requería un huracán. La hélice rugía como un B-29, el viento y la

 

 

 

 

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lluvia azotaban Belle Isle, los robles retorcían sus ramas, las epífitas flores del aire se veían arrancadas de su sostén, la lámina de metal tronaba. Pero en la otra parte del palomar, el sol lucía serenamente.

Margot me había hablado del asunto, pero no le presté mucha atención. La película trataba de unas cuantas personas que buscaban refugio en la gran casa durante un huracán: un joven trampero de ascendencia francesa, un aparcero negro, un aparcero blanco, un «hippy» con aspecto de Cristo, un sujeto tipo Ku Klux Klan, una preciosa chica de los pantanos, mestiza y también medio idiota, una degenerada rata del río, el hijo y la hija de la casa… todo ello pese a que por aquí no quedan ya aparceros ni descendientes gabachos y pese a que las ciénagas y las ratas de río desaparecieron con la pesca en el Mississippi, hace años. Y yo ni siquiera sé qué es «una chica mestiza de los pantanos». Todavía no estoy muy seguro hoy del argumento. El aparcero negro y el padre del labrador del Sur, que al principio parecen odiarse recíprocamente, constituyen una inverosímil alianza para proteger a las mujeres de la casa de los violadores de ambas razas. Con la ayuda del «hippy» que se parece a Jesucristo, el blanco y el negro descubren su humanitarismo común. También pasaba algo con el propietario de la casa, que intentaba apoderarse ilícitamente de las tierras del aparcero, en cuyo subsuelo había petróleo. Mi única aportación a los debates acerca del argumento fue la de señalar que la tierra no podía pertenecer al aparcero, si era de verdad aparcero.

 

Sonó el pito de las cinco en Ethyl. Puse el libro boca arriba encima de la mesa. Era el escritorio estilo plantación que Margot me había proporcionado, en principio tan alto como para que un plantador con prisas pudiera extender de pie un cheque. No creo que esos fulanos se sentaran alguna vez para escribir una carta o leer un libro. A la mesa le habían cortado las patas para que tuviese la altura normal. Mis ojos cayeron sobre un impreso que había quedado junto al volumen. ¡Lo recuerdo todo! Incluso recuerdo el pasaje de la novela de Chandler. Marlowe buscaba a un hombre llamado Goodwin. Entró en una casa sita en una cañada entre Glendale y Pasadena. ¡Una casita de campo inglesa! ¿No te seduce el detalle? Una agradable incongruencia absolutamente congruente en Los Angeles. Goodwin vivía allí solo. ¿De dónde podía proceder Goodwin? Yo estaba tratando de imaginarme la infancia de Goodwin, un Goodwin de doce años, en Fort Wayne, antes de que sus padres se trasladasen a California. Trata de imaginar a alguien, de niño, en Los Ángeles. Dentro

 

 

 

 

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de la casa, Goodwin estaba muerto, con un balazo en la frente. Mi vista se desvió del nombre —me acuerdo porque el de pila era igual que el mío, Lancelot— y fue a parar al papel que estaba junto al libro. Era la solicitud de mi hija para ir a un campamento de equitación de Texas occidental. Margot había rellenado el impreso y lo dejó allí para que yo lo firmase. Por mi parte, pensaba que Siobhan era demasiado joven para ir a un campamento de equitación… sí, mi hija se llama Siobhan. Mi esposa, Margot, Mary Margaret Reilly, nació en Odessa (Texas), así que pusimos a nuestra hija el nombre de Siobhan. Se trataba de un campamento especial de equitación llamado Montessori y Margot insistió («Me crié en yin rancho de Texas occidental y no estoy dispuesta a que ella se pierda una cosa así»). A mí no me hacía ninguna gracia la idea de que la niña anduviese tonteando con caballos, estúpidos animalotes cabezones, pero siempre cedía ante Margot. Alargué la mano hacia la pluma para firmar la solicitud y el permiso médico y mis ojos resbalaron por la hoja hasta la letra O. No, no era la letra O, sino el número 0, cifra, cero. Se trataba del tipo de sangre de la niña, 1-0. Leí el examen médico. Por lo menos, la gente del campamento era cuidadosa. En el caso de que una criatura recibiese una coz en una arteria, tendrían sangre del tipo correspondiente. 1-0.

 

Lo miré distraídamente. La máquina que fabricaba tempestades se paró. Sentí un poco de vértigo en la cabeza pero nada desagradable, como si estuviera dislocada e ingrávida en el espacio… cayendo al instante de un bungalow inglés de Los Angeles, en una cañada, a un huracán artificial y luego a un día luminoso y absolutamente tranquilo y límpido de Luisiana. De vez en cuando, un vacío camión de caña de azúcar circulaba estruendoso por el Camino del Río.

 

Y entonces, en un punto próximo a la base de la espina dorsal, el gusanillo del interés se removió. Curioso. ¿Qué era curioso? El puntito de la estrella se encontraba ligeramente desplazado. ¿Pero qué estaba desplazado aquí? Aún lo ignoraba. ¿O no? De cualquier modo, me encontré subiendo por la escalerilla de hierro que llevaba al palomar propiamente dicho. Allí guardaba mi equipo normal de oficina, archivadores, máquina de escribir y todo eso, que Margot no me permitía tener abajo, donde le gustaba pensar que yo era como un Jeff Davis que redactaba sus memorias. Al no haber tenido gran cosa que hacer en el curso de los años, conservaba perfectamente clasificado todo lo hecho.

 

 

 

 

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¿Querrás creer que me había vuelto meticuloso? Tenía un archivo estupendo. Mejor organizado que el de cualquier jurista poco competente. Encontré en el archivador lo que hasta aquel momento no sabía del todo que estaba buscando: mi licenciamiento médico del ejército. Sir Lancelot, como tú me llamabas, Percival, licenciado del ejército, no lleno de heridas, victorioso y maltrecho a causa de su lid con sir Turquine, sino debido a su persistente diarrea. El ejército me ocasionó evacuaciones intestinales pertinaces y no pude curármelas. Tres meses en el Walter Reed, con los mejores médicos del mundo, atenciones facultativas por valor de veinte mil dólares y no pudieron curarme unas simples cagaderas. Así que regresé a casa, a Luisiana, en agosto, me senté en la mecedora de la galería de Belle Isle, me eché al coleto una buena ración de aguardiente de maíz y contemplé el paso de los barcos fluviales. El sudor brotaba de mi cabeza y me sentí estupendamente.

 

Ah, allí estaba. Mi tipo de sangre. IV-AB. El gusanillo del interés volvió a removerse en mi columna vertebral. Me senté en la silla giratoria de metal, ante la mesita metálica del palomar. Quince días tardó Fluker en sacar de allí, a golpe de pala, ciento cincuenta años de mierda de palomas, rascar las paredes y poner al descubierto lo que Margot buscaba, las paredes de ladrillo y las tablas de ciprés, de siete centímetros y medio de grueso, que, lejos de estar podridas, se encontraban preservadas, enceradas por el guano.

El sol se ponía detrás del dique y saetas de claridad rosada se introducían por las casillas encristaladas, surcando el penumbroso palomar como rayos láser.

Empecé a escribir fórmulas en un taco de papel amarillo tamaño folio, ¿No es un hecho que los tipos de sangre son hereditarios y que cuando se dividen los genes o cromosomas, el A va en una dirección, el B en otra, pero nunca marchan juntos el A y el B?

Había una incógnita en la ecuación. Ignoraba el grupo sanguíneo de Margot, ¿pero era necesario conocerlo? Dejemos que el gene de Margot sea igual a X. Mi gene tenía que ser A o B. Eran posibles dos ecuaciones.

 

X+A=0

 

X+B=0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las ecuaciones no lo resuelven. X carece de valor. Mi tipo de sangre y el tipo de sangre de Siobhan no computaban.

 

De modo que telefoneé a mi primo Royal, de Nueva Orleans. ¿Te acuerdas de él, Royal Bonderman Lamar? ¿No? Ya sabes, Raw Raw, el tipejo de pelo blanquecino, de Clinton, Kappa Sig, el que se encargó de los desplazamientos del equipo el último curso. Solía merodear por los bailes, con las manos en los bolsillos de la gabardina, sonriendo como un imbécil y siempre con algo entre los dientes. ¿Sí? La verdad es que era listo como el diablo, ahora se ha convertido en un cirujano formidable, gana trescientos mil al año.

Formulé la pregunta en plan hipotético.

 

«¿Tienes un caso de paternidad?», inquirió Royal. «Creí que lo único que hacías era cuidar del dinero de Margot y ayudar a los negros».

«Eso es lo que hago».

 

El gusanillo del interés seguía removiéndose. Recuerdo que traté de percibir algo en su voz, un matiz de superioridad. En el colegio universitario, yo era el gran personaje, Phi Beta Kappa y titular del equipo, mientras que Royal llevaba el cubo del agua. Desde entonces, cuesta abajo para mí y ascenso continuo para él. En tanto yo permanecía sentado bajo el dique, sudando dentro de mis prendas de algodón, reflexionando y bebiendo, él inventó una válvula cardíaca. Así que escuché, dispuesto a captar la nota de superioridad a la que Dios sabe que tenía derecho. No estaba allí. El mismo Royal de siempre, con su jovial sencillez, sonriendo por teléfono, con algo entre los dientes.

 

«¿Pretendes decir que tienes un pleito de paternidad negra? Jamás oí hablar de semejante cosa».

«Dime, Royal…».

 

«¿Que te diga qué? Oh».

 

En cierto sentido, continuaba siendo el mismo Royal de siempre, simpático y complaciente. El tono de broma e incluso la expresión «paternidad negra» no daban, sin embargo, esa idea, al menos totalmente, sino que parecían parte de una nueva actitud tolerante que había adoptado y que consideraba dentro de sus posibilidades, como comprobó que entraba dentro de sus posibilidades mostrarse solemne y cariñoso en las bodas de la familia, e incluso abstenerse de sonreír, pasar el brazo en tomo a una sobrina y, sin ser tan alto como ella, besarla y desearle con toda sinceridad que fuese feliz. Ni siquiera lo de «negro» daba esa impresión,

 

 

 

 

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porque Royal operaba igual a blancos y a pacientes de color, no los llamaba negros, sino incluso por su nombre de pila, los acomodaba a todos juntos en la sala de espera y hacía por ellos mucho más que yo. Me superaba en la cuestión racial. Trabajaba más y hablaba menos.

 

«No. Un tipo IV-AB no puede engendrar un tipo O, al margen de quién o qué sea la mamá».

«Comprendo».

 

«Lo que tienes es un ne…».

 

«Ya lo sé, ya lo sé».

 

«… gro en la pira».

 

«Ya lo sé».

 

La máquina de la tormenta empezó a funcionar otra vez.

 

«Dios mío, ¿qué es eso, Lance?».

 

«Un armatoste que fabrica tempestades».

 

«¿Un qué? Bueno, no importa».

 

«Gracias, Royal».

 

«Dale recuerdos a Margot».

 

«Muy bien, lo haré», dije, y casi se me olvidó corresponder de igual manera con Charlotte. «Recuerdos a Charlotte», y colgué.

Recuerdos. Se me ocurrió otra cosa y llamé de nuevo a Royal. «¿El período de embarazo es exactamente de nueve meses?». «Depende de lo que entiendas por mes. El promedio de tiempo de

gestación para un niño normal es de diez meses lunares. Doscientos ochenta días. ¿Pero, por qué…?».

«¿Cuál es el peso normal de una criatura que nace cumplido el período completo de gestación?».

«¿Varón o hembra?».

 

«Hembra».

 

«Tres kilos ciento setenta y cinco gramos».

 

«Gracias, Royal».

 

«Vale, Tigre».

 

Tigre. ¿Me llamaba así en el colegio? ¿O era un detalle condescendiente?

«Gracias».

 

Mi archivo era estupendo. En cuestión de segundos puedo, podía… Cielos, aquello se quemó hasta los cimientos, ¿no?… No, aún puedo. El palomar no llegó a arder y supongo que el archivo sigue allí. Podría

 

 

 

 

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echarle un vistazo y encontrar enseguida el importe de lo recaudado cualquier día por las visitas de turistas entrados en Belle Isle.

 

Hice cálculos. Esa vez las ecuaciones eran más sencillas. De hecho, no había ecuaciones porque no había variables. Era aritmética. Necesitaba cuatro datos. Tenía dos: la fecha de nacimiento de Siobhan, 21 de abril de 1969, y el peso que tenía al nacer, tres kilos ciento setenta y cinco gramos. Se retrocede doscientos ochenta días, a partir del 21 de abril de 1969. Miré el calendario perpetuo. De la consulta salió el 15 de julio de 1968. No me acordaba de nada. ¿Eres tú capaz de recordar dónde estabas en el verano del sesenta y ocho? ¿Puedes? Sí, podrías. No conservas archivos, pero siempre tuviste olfato para las fechas y los lugares. Me acuerdo de diversas ocasiones en que estabas borracho como una cuba, aquí, en Nueva Orleans, en la hierba, en el dique, apacible y no del todo inconsciente… Olfateabas el suelo y decías: «¿Qué sitio es éste?». ¿Por eso elegiste el dios que elegiste, el dios del tiempo y lugar?

 

Mi dato tercero e indispensable provino de un disparo a ciegas, en la oscuridad. La oscuridad del archivador en el que guardaba las declaraciones de impuesto vencidas y las hojas contables atrasadas. Un disparo a ciegas, no un tiro de suerte, en realidad —¿desafortunado?—, a ver qué ocurría, sino más bien una especie de último recurso. El gusanillo del interés hormigueó y me condujo, como un imán, hacia una carpeta de papel manila con el rótulo de DEDUCCIONES, 1968. Estoy seguro de que tú no te preocupas de las deducciones, pero es un buen sistema para recordar dónde estaba uno y qué hacía diez años atrás. Dentro de un siglo, la historia se escribirá a base de tomar los datos de talonarios de facturas Exxon. La bastardía se demostrará mediante los estados de cuenta de las tarjetas de crédito. Existía una posibilidad de que lograse averiguar dónde pasé aquel verano o, por lo menos, de que encontrara pistas suficientes para recordar dicho verano. Supongamos que Margot y yo hubiésemos ido a Williamsburg para hablar ante la gente de la Herencia Nacional sobre Belle Isle (un verano lo hicimos). Un gasto que podía deducirse. Me sería posible presentar: factura del motel Coach-and-Four, copia al carbón de los billetes de la Delta Air Lines. Supongamos que hubiera pasado quince días en Washington, con la Comisión de Derechos Civiles (lo hice en la década de 1960). Un gasto deducible: factura recibida por el hospedaje en el Hotel Shoreham. Supongamos que estuve un mes en Inglaterra, comprando antigüedades para exhibir y vender en Belle Isle (lo hice en los

 

 

 

 

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años malos). Otro gasto evidentemente deducible: tarjeta de Pan Am o de Amex. ¿Pero dónde estuve en el verano de 1968?

 

Lo encontré. No dónde estuve yo, sino dónde estuvo Margot. ¿Era ése el significado del hormigueo del gusanillo del interés? ¿Que lo sabía ya pero que no sabía que lo supiese o que no estuviera dispuesto a reconocerlo, que incluso había suprimido ese conocimiento para poder descubrirlo apropiadamente, lo mismo que el astrónomo ya sabe en el fondo de su corazón que el puntito se ha movido pero se niega a tenerlo en cuenta hasta que la placa fotográfica esté en sus manos y pueda ver el puntito en el lugar debido-indebido… todo eso con qué fin? ¿Para saborear, en su caso, la superioridad de lo real sobre lo imaginario? En mi caso, ¿con qué objetivo? ¿Aplazar el interesante terror, al estilo de la persona que recibe un telegrama y, sin abrirlo, le da vueltas y vueltas en la mano?

 

Allí estaba. Talón Amex, copia para el cliente y factura recibida del Roundtowner Motor Lodge, de Arlington (Texas), por un importe de 1.325,27 dólares. Un cargo claramente deducible. No por mí, sino por Margot, que en aquella época era actriz, al menos técnicamente, no una actriz muy buena, pero sí portadora de la tarjeta igualitaria y entregada al ejercicio de la profesión, por eso deducimos la factura, no actuando en el escenario, sino colaborando en el taller de Robert Merlin en el famoso Dallas-Arlington Playhouse. Todo el mes de julio. Billetes de la Eastern Airlines, ida el 30 de junio y vuelta el 1 de agosto. En todo ese espacio de tiempo no había venido a casa y yo tampoco la visité. Lo comprendí porque, automáticamente, recordé el verano del sesenta y ocho. Los tribunales se habían puesto al nivel de la Parroquia Feliciana y unos cuantos de nosotros, personas moderadas, amantes de la paz y saturadas de buena voluntad, de ambas razas, teníamos nuestros propios talleres, en colaboración con las juntas escolares, el profesorado y los miembros de la Asociación de Padres y Maestros, con vistas a que nadie resultase muerto cuando el colegio abriera sus puertas. Lo conseguimos. Nadie resultó muerto. Muy al contrario. Se concibió nueva vida.

 

Así, pues, Siobhan fue concebida hacia el 15 de julio de 1968, día más, día menos. ¿Cuántos días? ¿Una semana? ¿Diez días? ¿Dos semanas? Como Royal aseveraba, la biología no era una ciencia exacta, sino una cuestión de promedios y probabilidades. De modo que se pone el 15 de julio en la cima de una curva de probabilidades, se añaden o se restan dos

 

 

 

 

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semanas en uno y otro sentido a lo largo del eje x y, como descubrí luego, la curva queda tan plana y tan próxima al eje que respirar debajo de ella es difícil y la concepción condenadamente cerca de resultar imposible.

 

Un hecho, pues: A Siobhan la engendraron en Texas, durante el mes de julio de 1968, y no lo hice yo.

 

 

 

La máquina de fabricar tormentas empezó a funcionar y volvió a pararse. Alguien estaba manipulándola. Se oyó un portazo, la pesada puerta frontal de Belle Isle. Miré por el cristal de una de las casillas. Margot, Jacoby y Merlin subieron a la ranchera y se alejaron. Hubiese sabido que era Margot por el modo en que conducía. Su mano trazó un arco al otro lado del parabrisas verde. Hizo girar el vehículo como lo habría hecho un hombre, o una muchacha de Texas, no utilizando las dos manos, sino doblando el volante con una. Al dirigir la vista hacia el interior del coche, desde lo alto del palomar, pude distinguir sus rodillas al aire. Siempre que montaba en un automóvil, se levantaba las faldas lo mismo que un hombre hace con las perneras de los pantalones. Yo sabía que iban al Holiday Inn, en la 1-10, donde se hospedaban los miembros de la productora cinematográfica y donde el director les proporcionaba una sala de conferencias para que Merlin pudiera revisar las escenas rodadas y procesadas.

 

Los tres iban sentados delante, Merlin en medio, junto a Margot. Merlin era uno de los pocos hombres que he conocido que no sabían conducir. Cuando yo era niño, solía haber más personas en esas condiciones, en muchos casos hombres inteligentes, de talento. Especialmente, personas creadoras. Picasso y Einstein no aprendieron nunca a conducir, ¿verdad?

 

 

 

¡La muchacha de la habitación contigua y yo nos comunicamos ayer! Hace meses que no pronuncia una sola palabra, ha guardado silencio desde su terrible experiencia, ¡pero nos comunicamos!

 

A las seis de la mañana, cuando nos trajeron el café, golpeé el muro como de costumbre: ¡Buenos días! Con gran sorpresa de mi parte, al cabo de un par de minutos se produjo una tímida llamada de respuesta: buenos días.

 

 

 

 

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No daba crédito a mis oídos. Tal vez no era una contestación, ni mucho menos. Quizás la muchacha había volcado su silla.

 

De forma que repetí la llamada. Un golpe de tanteo, un golpe con interrogante. Antes de treinta segundos, llegó la respuesta. Un golpe. No cabía error posible.

Sin embargo, ¿era eso comunicación? De ser así, ¿de qué clase? Dos chimpancés también podían hacerlo.

Subsistía la pregunta: ¿Es comunicación o imitación? Los monos ven, los monos hacen cosas así. Acaso la muchacha estuviese tendida junto a la pared, posiblemente fuera una idiota sin esperanza, de mirada boba, cuyos nudillos se acercaran extraviados a la pared, como las manitas de una criatura de dos años acostada en la cuna.

Así que probé la clave más sencilla de todas: Un golpe = A, dos = B, etcétera.

¿Pero cómo indicarle que se trataba de un código? No es tan fácil como puedas creer. Me pasé la mañana meditando en ello. Era evidente que el único modo de evitar la imitación consiste en formular una pregunta y el único modo de establecer una clave es la repetición. Al fin y a la postre, disponíamos de todo el tiempo del mundo.

 

Es muy incómodo y difícil, claro. Por ejemplo, mi pregunta empezaba con una Q, que requiere diecisiete golpes. Pero no importa. Una vez establecida la idea de una clave, una vez ella la haya captado, podremos simplificarla.

Envié este mensaje: Diecisiete golpes pausa veintiún golpes pausa nueve golpes pausa cinco golpes pausa catorce golpes pausa doble cinco pausa diecinueve pausa doble veintiuno pausa diecinueve pausa veinte pausa cinco pausa cuatro.

¿Quién es usted?

 

Golpeé al ritmo de aproximadamente un segundo, sabedor de que, al principio, ella no captaría la idea, pero suponiendo que acaso pudiera coger un lápiz y empezase a contar.

No hubo respuesta.

 

Repetición.

 

Sin respuesta.

 

Repetición.

 

Sin respuesta.

 

Probé diez veces y me di por vencido.

 

 

 

 

 

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Ah, bueno. Mañana volveré a intentarlo.

 

Debo comunicarme con ella. Según mi teoría, esa joven puede ser un prototipo de la Mujer Nueva. Ya no es posible «enamorarse». Pero en el futuro, y con la Mujer Nueva, lo será.

 

 

 

Sientes curiosidad, ya lo veo. ¿No te he explicado mi teoría sexual de la historia? Sonríes. No, hablo en serio. Se aplica al individuo particular y al género humano en su conjunto.

 

Primero hubo un Período Romántico, en el que uno «se enamoraba». Al que sucede un período sexual como el que estamos viviendo ahora,

en el que hombres y mujeres cohabitan tan indiscriminadamente como en una colonia de mandriles… o en un serial radiofónico.

Después se produce una catástrofe de alguna clase. Lo noto en los huesos. Quizás ya ha ocurrido. ¿Sí? ¿Has observado algo anormal en el «exterior»? He notado que los médicos, celadores y mozos de esta institución, que en teoría tienen que estar sanos —nosotros somos los enfermos—, parecen deprimidos, angustiados, melancólicos, como si algo espantoso hubiera sucedido ya. ¿Ha ocurrido?

 

El desastre luego —sí, estoy seguro de ello—, tanto si se ha producido como si no; tanto si es consecuencia de una guerra, de las bombas y del fuego, como si se origina a base de decadencia y hundimiento. La mayor parte de las personas morirán o existirán como muertos vivientes. Todo retrocederá, degradándose, hasta el desierto.

 

¿Crees que los sueños pueden predecir el futuro? Después de todo, tu Biblia habla de ello. Yo antes no hacía caso, pero la otra noche tuve un sueño y no consigo olvidarlo. No trataba de Belle Isle ni de mi vida pasada, sino de mi vida futura. Estoy seguro de eso. Vivía en una casa abandonada, en un lugar desierto, una ciudad fantasma semejante a uno de esos sitios aislados de las proximidades de Los Ángeles que describe Raymond Chandler.

Me encontraba en una habitación y extrañamente inmovilizado. No sé por qué, pero no podía moverme. Afuera había árboles, otras casas y hasta automóviles, pero nada se movía. La quietud era absoluta. Sin embargo, no estaba solo en la casa. Había alguien más en la habitación contigua. Una mujer. Reinaba la inequívoca sensación de su presencia. ¿Cómo sabía yo que era una mujer? Lo único que puedo decirte es que lo sabía. Tal vez

 

 

 

 

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se trataba de la manera en que se desplazaba por la estancia. ¿Conoces el modo en que una mujer se mueve por un cuarto, tanto si lo está limpiando como si se limita a pasar el rato en él? Es distinto al modo en que se mueve un hombre. Ella está a sus anchas en una habitación. El cuarto es una prolongación de sí misma.

 

La mujer salió de la casa. Estábamos celebrando una merienda campestre, sentados en el portillo posterior de una camioneta. Ya no era el desierto. La tierra descendía hasta sumergirse casi directamente en el océano azul. Se había levantado la brisa y alegraba la atmósfera un tintineo de carillones de viento. Habíamos trabajado arduamente y estábamos hambrientos. Comimos en silencio, mientras nos mirábamos el uno al otro. Quedaba mucho por hacer. Estábamos emprendiendo una nueva vida. No era el Viejo Oeste ni había frontera alguna, pero estábamos iniciando una nueva vida, a partir de cero. No se pensaba en «aventura sentimental» ni en «sexo», sólo en emprender una nueva vida. Sabíamos lo que llevábamos entre manos.

 

La Mujer Nueva es la superviviente de la catástrofe y la muerte de los mundos viejos… como la mujer de la habitación de al lado. Lo peor que puede sucederle ya le ha sucedido. Lo peor que puede ocurrirme a mí ya me ha ocurrido. Los dos somos supervivientes.

¿Qué hacen los supervivientes?

 

Llamar.

 

Pero ella no contesta. Acaso no haya sobrevivido. Estoy más seguro de la catástrofe que de la supervivencia de esa mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me preguntas qué sentimientos me asaltaron cuando descubrí que Margot me había sido infiel. Sí, eso es muy importante si quieres comprender lo que sucedió posteriormente.

 

En primer lugar, debes hacerte a la idea de que las emociones usuales, las que uno puede considerar apropiadas —sobresalto, cólera, vergüenza —, carecen aquí de aplicación. Cierto que surge una especie de pavor ante el descubrimiento, pero también alienta una curiosa sensación expectante, un secreto deleite, en la misma esencia del pavor.

Sólo puedo compararlo a la ocasión en que descubrí que mi padre era un delincuente. Hace mucho tiempo. Yo era niño. Mi madre iba a salir de compras y me mandó que subiera a buscar unos dólares del dinero que mi padre guardaba en su cajón de la cómoda, para gastos menudos. Durante un par de años había desempeñado un cargo político en la comisión de seguros encargada de una «reforma» administrativa. Le habían acusado de dirigir la distribución de los negocios del ramo estatal de los seguros y de aceptar «comisiones» de las agencias locales. Naturalmente, nosotros sabíamos que no podía ser cierto. Éramos una familia honorable. No teníamos nada que ver con los Long. Habíamos perdido nuestro dinero, Belle Isle estaba medio en ruinas, pero éramos una familia honorable, con un apellido honorable. Se hablaba mucho de chanchullos políticos. ¡Maury, ya te advertí que no te metieras en eso! (mi madre). La acostumbrada historia del hombre honorable mancillado por los sucios políticos. El honor de la familia triunfaba y hasta la oposición cedía. Así que abrí el cajón de los calcetines y encontré, no diez dólares, sino diez mil dólares, bien colocaditos debajo de unos calcetines con dibujo de rombos.

 

Lo que aún recuerdo es la imagen del dinero y el hecho de que mis ojos no se cansaban de contemplarlo. Hubo una especie de saboreo

 

 

 

 

 

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secreto, como si la vista explorase aquello con su lengua. Cuando hay algo digno de verse, alguna cosa, una novedad, parece que nunca se acaba de verlo. ¿Has observado alguna vez a los espectadores de una escena de violencia, un accidente, un homicidio, un cadáver o un cuerpo agonizante en la calle? Los ojos de esas personas van de un lado para otro, incluso resbalando por las cosas, registrándolo todo, esforzándose en no perder un solo detalle. No hay término para el festín.

 

A la vista del dinero, un mundo nuevo se abrió ante mí. El viejo se derrumbó hecho pedazos… lo que no es necesariamente una cosa mala. Ah, entonces no era todo tan bonito, me dije a mí mismo. Pero, ya ves, fue un descubrimiento importante. Porque, si hay algo más duro de sobrellevar que el deshonor, es el honor, ser educado en el seno de una familia donde todo es estupendo, perfecto de veras, salvo, naturalmente, uno mismo.

Asientes con la cabeza. Pero, no, aguarda. El descubrimiento relativo a Margot implicaba algo distinto por completo. Estaba la sensación de asombro, de hallazgo, de apertura de un mundo nuevo, pero ese mundo nuevo era totalmente desconocido. ¿Hacia dónde se dirige uno ahora? Me sentí como aquellos dos científicos —¿cómo se llamaban?— que efectuaban experimentos acerca de la velocidad de la luz y siempre obtenían un resultado erróneo. Simplemente, no salía el correcto. El resultado erróneo era inconcebible. Porque, si aquello era verdad, toda la física se iba por la ventana y uno tendría que volver a empezar desde el principio. Hizo falta que llegase Einstein para comprender que la solución equivocada podía ser correcta.

 

Uno tiene primero que aceptar y creer lo que sabe teóricamente. Uno debe mirar con sus propios ojos. Einstein tuvo que asegurarse respecto a lo de los otros dos compañeros, antes de tomarse la molestia de dar el siguiente paso lógico.

Uno tiene que saber una cosa con toda certeza, antes de hacer algo. Yo tenía que comprobar lo de Margot, cerciorarme de lo que había hecho y de lo que estaba haciendo. Tenía que estar absolutamente seguro.

 

 

 

Estaba oscureciendo. El personal de la película se había ido. Margot, Merlin, Jacoby y Raine volverían para cenar. Llegó Elgin con mi ponche en una bandeja de plata. ¡Ponche! Como sin duda recuerdas, nosotros nunca bebíamos ponches ni julepes, sólo aguardiente de maíz, puro o, en

 

 

 

 

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todo caso, con agua, pero Margot imponía ponches y julepes. Era oriunda de Texas occidental, donde Dios sabe qué beberían, pero se figuraba que en Belle Isle y para Merlin tenía que haber ponches. No, incluso antes de Merlin.

 

Yo estaba sentado detrás de mi mesa estilo plantación. Elgin tomó asiento en la silla tipo esclavo, hecha por esclavos para esclavos. Margot aseguraba, supongo que bastante acertadamente, que el trabajo de algunos esclavos artesanos tenía la sencillez y la belleza de los muebles manufacturados de Shaker.

«Elgin», dije. Había estado pensando. «¿Sabes, por casualidad, a qué hora volvieron anoche a casa? Te lo pregunto porque oí a alguien, quizás un ladrón, hacia las dos de la madrugada».

Elgin me miró.

 

«No llegaron hasta pasadas las tres».

 

Sabía perfectamente a «quién» me refería. Después de cenar, Margot, Merlin y los demás solían volver a Holiday Inn para ver las tomas rodadas la semana anterior. Se necesitaba una semana porque la película debía volar a Burbank para que la revelasen. Hay que emplear el mismo baño químico, uno no puede introducirla en el «Fotomat» local. Invité, mejor dicho, Margot invitó a Merlin, Jacoby, Raine y Dana a alojarse en Belle Isle. Al volver a casa, de madrugada, hacían tanto ruido con sus risas y comentarios sobre cine que yo tenía que irme a dormir a la alcoba más alejada. Luego, Margot insinuó que dormiría mejor en el palomar. Se encargó de todo y, al final, me trasladé al palomar, del que casi no salía para nada. Incluso cuando los cineastas marcharon otra vez a hospedarse en el Holiday Inn, seguí en el palomar. ¿Por qué? Miraba a mi alrededor. ¿Qué pintaba allí, viviendo en un palomar?

 

«Elgin, quiero que hagas una cosa».

 

«Sí, señor».

 

Elgin es, era, la única persona, hombre, mujer o niño, en quien estaba dispuesto a confiar, aparte, de ti, pero en su caso tiene más mérito que en el tuyo, ¿no? (¡Santo Dios! ¿Qué miras allá abajo? ¿A la chica?).

«¿Está la casa vacía?».

 

«Sí, señor. Mamá terminó y se fue a casa. Quedaban algunos turistas rezagados. Pero también se marcharon. A las cinco y media tuve que rogarles que se fueran».

 

 

 

 

 

 

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Elgin, veintidós años de edad, un joven bien constituido, delgado, color café con leche, y listo… fue a St. Augustine, la mejor y más distinguida escuela católica para negros que hay en Nueva Orleans, y le enseñaron más química de la que aprendimos nosotros en la Universidad. Después consiguió una beca para el I.T.M. Habla bien, pero aunque le fuera la vida en ello no podría decir rogar, en vez de rohar, como un japonés no puede pronunciar la r ni un alemán gracias. Si algún día llega a senador de los Estados Unidos o gana el premio Nobel, ten la completa seguridad de que en su parlamento de aceptación dirá rohar.

 

«Elgin, quiero que me hagas un favor».

 

«Sí, señor». Se me quedó mirando. Fue entonces cuando me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no le pedía, ni a él ni a nadie, que hiciese algo, porque yo no tenía nada que hacer.

«¿Conoces el escondrijo que hay junto a la chimenea?».

 

«Sí, señor». Se tranquilizó: es algo relacionado con la casa, piensa, y los turistas.

El escondrijo en cuestión formaba parte del discurso que Elgin dirigía a los turistas. Aquel verano, Elgin y su hermana Doreen se turnaron guiando a los visitantes turísticos a través de la casa. Les soltaban el rollo de costumbre:

—que aunque Belle Isle era ahora una auténtica isla, rodeada por las tuberías de Ethyl, en 1859 disponía de 3.500 fanegas de tierra, que producían unas 450 toneladas de azúcar, contaba con hipódromo propio y cincuenta caballos de carreras en el establo.

—que —y ésta es la clase de detalle que provocaba los oh y ah entre las amas de casa de Peoría— la repisa de la chimenea se transportó desde Carrara, en compañía de dos canteros, uno diestro y otro zurdo, para que pudiera cortarse el mármol al mismo tiempo por los dos lados, antes de que se «endureciese» (algo que el mármol hace).

 

—que todas las piezas de plata maciza que llevaban las puertas, cerraduras, bisagras, pestillos, etcétera, que los soldados yanquis creyeron que eran de hierro, no, ni siquiera pensaron en tomar aquello por hierro, porque ¿a qué yanqui o a qué otra persona del mundo, salvo a Luis XIV, se le hubiera ocurrido pensar en una bisagra de plata de ley?

—que todo lo demás, ladrillos, estrías de las columnas, cristales ondulados de las ventanas, molduras, hasta la cocina de hierro, había sido hecho allí mismo por esclavos artesanos.

 

 

 

 

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—que, finalmente, lo más importante para mi plan, el escondrijo, que no pasaba de ser un horno calefactor paralelo a la chimenea, sirvió en su día para que el soldado raso de diecinueve años Clayton Laughlin Lamar, que estaba en casa con permiso, en 1862, se ocultara de una patrulla yanqui. Ese compartimento, de cualquier modo, se dispuso de forma que corriese a lo largo de la chimenea, a ambos lados y en una altura de tres pisos y, posteriormente, un Lamar con iniciativa lo convirtió en montaplatos para subir comida caliente a la achacosa tía Clarisse, que pasó varios años recluida en un dormitorio del segundo piso, con dolencias reales o imaginarias. El mismo dormitorio que hasta hacía poco compartimos Margot y yo y en el que entonces Margot dormía sola. ¿O no dormía sola?

 

El padre de Elgin, Ellis Buell, y yo solíamos jugar en el montaplatos, subiendo y bajando desde el salón hasta la buhardilla. Si hay algo en un agujero en la pared que fascine a los turistas de Ohio, es eso de trasladarse de una habitación a otra por una ruta mágica e imprevista que deje boquiabiertos a los chiquillos. Los niños creen que una pared es una pared, que la palabra dice lo que es una cosa y lo que no es y que si hay algo más que la palabra no dice, la propia realidad se ha dejado engañar y se abre un mundo nuevo, mágico e innominado.

 

«¿Funciona todavía el montaplatos?».

 

«La vieja cuerda está podrida». Elgin parecía excitado. No, excitado, no. Desconcertado. ¿Qué estaba tramando yo? ¿Qué tendría que hacer él? Lo ignora, pero seguirá adelante.

 

 

 

Cena tardía, como de costumbre. Margot, Merlin, Dana, Raine y mi hija Lucy. Tex Reilly, el padre de Margot, y Siobhan están en el tercer piso, viendo Mannix. Una circunstancia afortunada para todos, puesto que así tengo a Tex y a Siobhan fuera del camino, sin haberme visto obligado a echarlos. Tex ganó su dinero al inventar una nueva clase de «barro» de perforación, pero Margot opinaba que no encajaría en aquel grupo. Se avergonzaba de él. Noches antes, se dedicaron a poner de vuelta y media a Hollywood y sacaron a relucir, como siempre, la ordinariez de ciertos tipos de Hollywood, como Chill Wills. Bastante objetivo. Chill puede manifestarse verdaderamente ordinario. Lo malo es que Tex tiene un

 

 

 

 

 

 

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aspecto muy parecido al de Chill Wills y se expresa de una manera muy semejante.

 

Eran más de las nueve. Nada había cambiado, salvo yo. Mi «descubrimiento» lo cambió todo. Me he tornado vigilante, como un hombre que oye rumor de pasos a su espalda. Y sobrio. Por un motivo u otro, desde mi «descubrimiento», a las cinco y un minuto de la tarde, no me ha sido necesario beber.

Como de costumbre, Merlin se esforzaba por mostrarse simpático conmigo. Le caigo bien y él a mí. Su encanto es auténtico. Solicita mi opinión, al considerarme su experto local en la alta esfera social del Sur, y formula buenas preguntas: «¿Había mucha relación social entre los plantadores ingleses, los hacendados, de esta parte del río y la sociedad francesa católica de la otra orilla?». (Sí, la había. Armaban bastante jaleo, cruzando el río en uno y otro sentido y bailando toda la noche). Tenía un oído muy agudo: «Observo que la gente de por aquí, no necesariamente el pueblo llano, dice frases como: “¿Por qué hacerme eso?”, en vez de “¿Por qué me haces eso?””. ¿Se trata de una construcción negra, francesa o anglosajona?». (Yo lo ignoraba).

 

Sus pupilas azules se clavaban en mí de un modo animadamente íntimo, que establecía un vínculo entre nosotros y excluía a los demás. De una manera o de otra, su agravio contra mí constituía también un motivo de familiaridad entre ambos. Yo no dejaba de presentirlo. Entre nosotros, las cosas se entendían sin necesidad de expresarlas. Se infería, por ejemplo, aunque no se dijese, que los actores eran más bien obtusos. Ni siquiera Margot seguía nuestra conversación cuando Merlin hablaba de la «Oda al confederado muerto», de Tate, o de la antipatía que Hemingway sentía por Fitzgerald. Era como si fuésemos viejos copartícipes en una cosa u otra. ¿Pero en qué? ¿Por qué tenía que haber un vínculo entre nosotros? Sin embargo, escuchaba con absoluta atención, inclinado hacia mí sobre sus morenos brazos doblados. Era enjuto, bien proporcionado, musculoso, con pecho amplio y una espesa maraña de pelo gris amarillento que le caía ensortijado sobre un ojo. Tenía enfisema, creo: los ligamentos del cuello obligaban al pecho a mantenerse alto, un pecho como un tonel. Ningún indicio de que su edad fuese considerable, excepto el vello blanco que asomaba por encima de la cremallera de su mono de faena y el nervio lechoso que circundaba su iris azul.

 

 

 

 

 

 

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Recuerdo que Margot tuvo una noche triunfal. Estaban preocupados porque la «segunda unidad» iba con retraso respecto al programa previsto. Según el plan de rodaje, la segunda unidad tenía que filmar una escena, la escena con que empezaba la película, una escena retrospectiva, en la que el hijo de la casa volvía de Heidelberg, se apeaba del vapor, en el embarcadero de la plantación. Habían alquilado un vapor (una barca para excursiones, de Nueva Orleans), encontraron un muelle en el Gran Golfo, pero la corriente era desfavorable y no podían atracar la embarcación en ningún embarcadero. Se habían perdido varias jornadas, se habían gastado en balde varios miles.

 

«La tablilla lleva cuatro días de retraso», dijo Margot en tono severo. La «tablilla» era en realidad un tablero con diversas fichas clavadas, como un calendario, que señalaban la secuencia exacta de escenas que debía rodarse. Encargarse de ella daba a Margot la sensación de ser miembro del equipo. De hecho, Margot era el «ayudante ejecutivo» de Merlin.

¿Qué hacer? ¿Construir otro embarcadero en un punto menos afectado por la corriente? Más tiempo, más dinero. A Raine y Dana no podía importarles menos aquello. Lucy, mi hija, ni siquiera escuchaba. Contemplaba a Raine, como de costumbre, con la boca ligeramente entreabierta.

Margot enarcó las cejas y tamborileó furiosamente con todos los dedos golpeando la mesa.

«Jesús, no podemos perder otro día».

 

Hasta disfrutaba con las peloteras.

 

Margot ahorró aquella jornada. La verdad es que su triunfo fue completo.

Chasqueó los dedos.

 

«¡Un momento!», exclamó, sin dirigirse a nadie en particular. «Sólo un momentito. Puede que se me haya ocurrido una idea. Voy a hacer una llamada telefónica».

Cuando regresó, el placer y la excitación arrebolaban su rostro, pero su tono de voz se mantuvo exento de solemnidad.

«¿Qué te parece esto, Bobby?», preguntó a Merlin, al tiempo que estiraba los brazos y bostezaba. Cuando levantaba los brazos, sus axilas completamente tersas se aplastaban y permitían que resaltasen dos ondulaciones de músculo.

 

 

 

 

 

 

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Había recordado la existencia de un vaporcito en el río False, un brazo de río del Mississippi, más bien un remanso.

 

«Es pequeño, casi una miniatura, pero también hay desembarcaderos allí. Y nada de corriente. Lo que podemos hacer es tomar un plano largo de la embarcación en el momento en que entra en el muelle de Dernier, que es minúsculo, a la misma escala que el vaporcito. Conozco bien a los Dernier. Es más, la casa Dernier incluso parece una miniatura de Belle Isle. Se puede cortar hacia el nivel del tejado, sobre el embarcadero, y nadie notará diferencia alguna».

 

Merlin reflexionó en ello. Asintió con la cabeza.

 

«Lo probaremos», dijo en tono despreocupado, casi cortante, sin mirar a Margot. Lo mismo podía tratarse de una secretaria comercial. «Está bien. Llama a Jacoby».

El sistema metódico y funcional que tanto le gustaba a Margot. Ya no era sólo un miembro del equipo, sino un miembro valioso.

Cuando se sentía feliz o animada, sus pecas se teñían de color ciruela. Su pigmento se oscurecía con la luna. A través de las pecas de Margot, yo podía calibrar la intensidad de su deseo sexual.

Entonces, seguramente mi «descubrimiento» había sido una equivocación. Se sentía tan dichosa como una niña, tan feliz que se acercó y me abrazó. A mí, no a Merlin. Merlin no le prestó ninguna atención. Sus ojos azules ribeteados de blanco se clavaron en los míos, como de costumbre. Quería hablar acerca de un artículo que escribí, en realidad no pasaba de ser una nota, acerca de una escaramuza sin importancia, de la guerra civil, que se desarrolló por estos pagos. Un trabajo que se publicó en el Diario histórico de Luisiana. Se había tomado la molestia de echarle un vistazo.

Como siempre, fui el primero en levantarme de la mesa. Tenía la costumbre (de súbito comprendí hasta qué punto se había convertido mi vida en costumbre) de dejarles que charlasen de cine, visitar luego a Siobhan y Tex y llegar a mi palomar a tiempo para ver el telediario de las diez. Se me había hecho importante en los últimos años escuchar las noticias todas las horas… atraque llevábamos años sin que sucediera nada trascendente. ¿Qué esperaba yo que ocurriese?

Aquella noche, sin embargo, procedí de manera algo distinta. Me desvié de la trillada senda de mi vida. Una vez estuve fuera de la vista de los comensales, en lugar de dirigirme a la escalera, torcí a la izquierda y

 

 

 

 

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entré en el salón contiguo al comedor, del que le separaba una puerta corredera de roble. Pocos minutos antes, había observado que la puerta estaba abierta cosa de quince centímetros. Era posible, permaneciendo de pie y de espaldas a la puerta, oír lo que decían los que estaban en el comedor, y, desplazándose a un lado o a otro, distinguir la imagen de los mismos reflejada confusamente en el espejo de cuerpo entero de la pared del fondo. Las imágenes recorrían unos quince metros, nueve desde el comedor hasta el espejo y seis desde el espejo hasta mí. Lucy, mi hija, ocupaba un extremo de la mesa. A pesar de tanta distancia, resultaba posible apreciar en la pequeña mancha borrosa que constituía su rostro lo parecida y lo distinta que es respecto a su madre, Lucy, mi primera esposa. El mismo gesto leve y vivaracho, cuando mueve la cabeza, pero sus facciones son a la vez más vulgares y radiantes, como una flor silvestre de Carolina trasplantada a los trópicos de Luisiana. Para ella, Lucy, Belle Isle no era más que una residencia en la que vivir. No nos teníamos mucha confianza. Margot y ella no puede decirse que simpatizasen mucho. ¿Mi hijo? No había visto a mi hijo desde que el muchacho abandonó el colegio universitario y se fue a vivir a un tranvía, detrás de la cochera.

 

En aquel momento, Lucy se retiraba.

 

Margot, Merlin y Dana charlaban. Sus voces tenían un sonido distinto, producto de mi prolongada ausencia.

Ocurrieron dos pequeños acontecimientos.

 

Margot se inclinó sobre Merlin para decirle a Raine algo que no pude determinar. Los cabellos de mi mujer rozaron el rostro de Merlin. Al hablar, Margot se balanceó un poco hacia Raine y sus hombros, los de Margot, tocaron a Merlin. Este se echó hacia atrás, distraído, cortésmente, para no estorbar, pero cuando el hombro de Margot se alzó —¿no apoyaba la mano en la rodilla de Merlin?— dio un mordisquito juguetón a la femenina carne morena. En realidad, no fue un mordisco, sólo aplicó los dientes a la piel. Fue un acto tan superficial que casi ni se dio cuenta de que lo realizaba. La mirada de sus ojos azules no cambió de dirección.

«Está bien», dijo Merlin en aquel momento. «Así que utilizaremos el palomar para la pelea entre Raine y Dana. De acuerdo. La iluminación tipo tablero de damas será mucho más efectiva que una cabaña de esclavos. A pesar de todo, me gusta…».

«¿Qué hay de Rudy?», preguntó Dana, o me pareció que preguntaba.

 

¿Rudy? ¿Quién era Rudy? ¿Dijo Rudy? No creo que dijese Rudy.

 

 

 

 

 

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Nadie dio la impresión de haber escuchado.

 

«¿Qué?», articuló Merlin al cabo de un minuto.

 

Raine movió la cabeza a un lado y a otro, apoyando y separando el índice en la mejilla, apartándose el pelo. Tarareaba una canción.

Margot se inclinó de nuevo por delante de Merlin para contestar. No pude oír lo que dijo.

Capté mi ausencia en la voz de Raine. Tenía un tono distinto. Entre nosotros se había desarrollado una especie de coqueteo en broma. Ella era la chica de Dana, naturalmente. Pero a mí me estaba permitido decirle lo bonita que era (lo era) y desinhibirme lo suficiente como para besarla cuando nos encontrábamos, besarla en la boca, tal como ellos hacían. Ella podía decirme lo guapo que era (¿lo soy?). Siempre que nos encontrábamos en algún sitio entre gente, inventábamos una broma según la cual ella me prestaba su atención, me escuchaba con interés y, aunque estuviese hablando con otra persona, nunca me daba la espalda. Era como si fingiésemos estar casados y sentir celos el uno del otro. Pero ahora, ausente yo, Raine se comportaba de modo distinto.

 

¿Rudy? ¿Quién es Rudy? ¿Yo? ¿Por qué Rudy?

 

Raine tarareaba una canción, o más bien hacía como si tararease una canción, una canción infantil. Daba la impresión de que era algo convenido.

¿No se trataba de la canción «Rudolph, el reno de nariz roja»?

 

¿Era porque bebo y a veces tenía colorada la nariz?

 

¿Era porque Rudolph tenía cuernos?

 

¿Dijo Dana Rudy? La verdad es que no creo realmente que lo dijese.

 

 

 

 

¡Qué extraño resulta que un descubrimiento de esta naturaleza, de la maldad, de la deshonestidad de un pariente, de la infidelidad de una esposa, pueda agitarte, apartarte de tu rutina, originar una forma nueva de ver las cosas!

 

En el espacio de una tarde, había efectuado los dos descubrimientos más importantes de mi existencia. Descubrí la infidelidad de mi esposa y, cinco horas después, descubrí mi propia vida. Por primera vez, la vi claramente ante mis propios ojos.

¿Es posible que el bien proceda del mal? ¿Has considerado la posibilidad de que uno pueda emprender la búsqueda, no de Dios, sino del

 

 

 

 

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demonio? Tal vez tu gente haya estado siguiendo la pista equivocada durante todos esos años, con todo lo que hablaban de Dios y los indicios de su existencia, el orden y la belleza del universo… todo eso ha fracasado y te consta. Cuanto más sabemos sobre la belleza y el orden del universo, resulta que menos tiene Dios que ver con ello. Quiero decir, ¿a quién le importan cosas tales como el Gran Relojero?

 

¿Pero y si pudieses mostrarme un pecado, una hazaña puramente perversa, un hecho intolerable para el que no hubiese explicación? Ahí tenemos un misterio. La gente se sentaría y tomaría nota. Yo me sentiría impresionado. Casi podrías convertirme en creyente.

 

En épocas en las que nadie se interesa en Dios, ¿qué sucedería si pudieses demostrar la existencia del pecado, puro y simple? ¿No sería un triunfo inesperado para ti, algo caído del cielo? ¡Una nueva prueba de la existencia de Dios! Si existe el pecado, la maldad, una fuerza maligna viva, ¡debe existir un Dios!

Hablo en serio. ¿Cuándo fue la última vez que viste un pecado? Ah, ¿has visto unos, cuantos? Bueno, pues yo no, últimamente, no. Me refiero a un pecado puro, sin adulterar. ¿No me vendrás ahora con el cuento de que un desdichado y pobre individuo odioso cometió un pecado porque le pega a sus hijos?

No pareces impresionado. Sí, me conoces demasiado bien. Sólo bromeaba. Bueno, bromeaba a medias.

Pero, bromas aparte, debo explicarte mi segundo descubrimiento. Después de abandonar el salón a oscuras, donde nadie se sentaba nunca, y salir silenciosamente por la puerta delantera, seguí una ruta distinta hacia mi palomar. Un acontecimiento de lo más insignificante. Porque sólo al obrar así me percaté de que, durante meses, incluso años, había estado recorriendo el mismo camino. La verdad es que había marcado un sendero. Mi vida era una rutina tan cronométrica que se podían poner en hora los relojes (Suellen me lo dijo) cuando salía de noche por la puerta de delante. Deben de ser las diez menos dos minutos, porque me gustaba llegar en el momento preciso en que empezaban las noticias del telediario de las diez. ¿Noticias de qué? ¿Qué esperaba que sucediera? ¿Qué quería que sucediese?

 

No. Primero hice una visita a Siobhan y Tex, que hablaban de «jonecitos».

 

 

 

 

 

 

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«Me gustaban los conejitos», dijo Siobhan, al tiempo que me echaba los brazos al cuello.

 

«¡Te gustan esos jonecitos!», exclamó Tex, aún con las manos tendidas hacia la niña, y, convencido de que su chanza era ingeniosísima y oportuna, repitió: «¡Te digo que te gustaron esos jonecitos!».

Tex atacaba los nervios de la niña, a decir verdad la sacaba de sus casillas. Era casi como si lo supiese y lo anduviera buscando, disfrutaba horrores con aquella estupidez de los jonecitos.

Siobhan se libró de nosotros y fue a sentarse en cuclillas delante de la lívida luz fosforescente de la pantalla del televisor. Los nublados ojos de la chiquilla ni siquiera se concentraban en los animalitos de los dibujos animados, aquellos bichos de enormes ojazos.

Tex, naturalmente, la emprendió a continuación con su deporte favorito, que no era martirizar a Siobhan con trabucaciones y retruécanos malos, sino meterse conmigo por mi negligencia. No podía superar el hecho de que hubiese permitido a Margot reconstruir la vieja ala de Belle Isle que se quemó, sobre un pozo de gas, pese a que el pozo había sido cubierto.

Por décima vez, me censuró con su estilo afectuoso, distraído y punzante. ¿Era su riqueza, me preguntaba yo a menudo, lo que le daba permiso para manifestarse tan cargante, un pelmazo inaguantable, o se hizo rico gracias a su pesadez?

Sin embargo, era una persona de aspecto agradable, de apariencia simpática, con su rostro de indio cobrizo y nariz inmensa, pelo negro y liso y moteados brazos musculosos. A primera vista, cualquiera podía tomarle por un jugador profesional de golf, un curtido veterano, un Sam Snead curado en whisky y empapado de sol… hasta que uno se daba cuenta de que no lo era, de que su forma de permanecer con las manos apoyadas en las caderas no tenía nada que ver con la postura del jugador de golf, sino que se trataba de la del perdonavidas petrolero que se mantiene agazapado y alerta, a la espera del momento oportuno, mientras zumba la maquinaria, oscilan los tubos y rechina la cadena. Sí, eso era, ésa era su felicidad y su desdicha: el ocio puede constituir la dicha sólo si la maquinaria funciona y uno la contempla con interés de presidente, reconfortado como sólo la maquinaria, la maquinaria propia, puede reconfortar. Su repentina riqueza le había dejado aturdido. En el silencio de la opulencia, se sentía indigente,

 

 

 

 

 

 

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ensordecido, de modo que no le quedaba más remedio que alargar la mano, coger, aguijonear, volver loca a Siobhan.

 

«¿Cuándo vas a tapar con cemento ese pozo?».

 

«Allá abajo no queda más que una pizca de gas pantanoso, Tex».

 

«No puedo comprender cómo vivís con un árbol de Navidad debajo mismo de vuestra casa». Ni podía ni quería escuchar.

«Se puso allí antes de que la ley estatal se aprobara. De todas formas, no es más que un pozo pequeño y poco profundo».

«Aún tiene noventa kilos de presión».

 

«Santo Dios, no. Catorce kilos en el exterior».

 

«… noventa kilos en un tubo negro de la época de la guerra, que ya estará podrido».

Cristo, estúpido bastardo de Texas, ¿por qué no atiendes?

 

«Hay que cerrarlo herméticamente», siguió Texcon su cantinela. «Un

 

árbol de Navidad no servirá para eso. La única manera de sellar un pozo es

 

cementarlo».

 

«Lo sé».

 

«¿Cómo diablos puede Maggie tapar un pozo productivo y construir una casa encima?».

Continuó provocándome como provocaba a Siobhan, pinchando y negándose a escuchar, ni siquiera se escuchaba a sí mismo. Apartó sus cordiales e infelices ojos. Hasta su opinión de experto resultaba ilógica. En la misma parrafada se lamentaba de que el pozo fuera productivo e improductivo, pero no escuchaba el tiempo suficiente para darse cuenta de la contradicción. Enriquecerse le había hecho tan desdichado que debía amargar la existencia a todo el mundo.

¿Por qué no hacía yo algo respecto a Siobhan, no respecto al pozo, que no podía importarme menos, tanto si producía como si no, si se secaba o si estallaba, pero por qué no hacía algo respecto a Siobhan? Echar a Tex, enviar de nuevo a la niña junto a Suellen, o las dos cosas. Cualquiera de ellas mejoraría la situación. Cristo, que yo supiese, Tex se limitaba a jugar con Siobhan y a engañarla. ¿No ocurre a veces con estupendos y cariñosos abuelos? Asientes. ¿Quieres decir que luego se arrepienten? Muy bien para ellos. Suellen había sido buena para Siobhan antes y volvería a serlo. Me crió a mí, miles de Suellen criaron a miles de personas como yo, nos proporcionaban el abrigo de la cocina caliente, nos protegían de nuestros aturdidos y cariñosos padres un poco en Babia. Mi padre, apegado a la

 

 

 

 

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poesía, soñando en Robert E. Lee, los Lancelot Andrewes y las capillas episcopalianas en las selvas, y mi pobre madre abandonada paseando en coche con tío Harry.

 

¿Por qué no hice antes algo en bien de Siobhan? Aquí tienes una confesión, padre. Porque en realidad no me importaba, y eso no tiene nada que ver con la niña ni con la circunstancia de que no fuera hija mía (eso permitió que me sintiera mejor, me proporcionó una excusa). Teóricamente, debíamos «amar» a nuestros hijos. ¿Pero qué significa eso?

 

Sin embargo, y esto es lo más extraño de todo, sólo después de mi descubrimiento, después de enterarme de que Siobhan no era hija mía, me consideré en condiciones de hacer algo por ella. Puesto que Siobhan no era mi hija, ¡podía ayudarla! Era sencillo, al fin y al cabo: (1). Tex era pernicioso para la niña, (2) había que hacer algo, (3) nadie iba a hacer nada, ni a darse cuenta siquiera, (4) por lo tanto, le diría a Tex que volviese a Nueva Orleans y dejaría que Suellen se encargase de Siobhan.

¿Por qué no podía cuidar yo de la niña? Si he de serte sincero, Siobhan me atacaba los nervios.

¿Por qué no quería a Siobhan cuando pensaba que era mi propia hija? Bueno, supongo que la «quería». ¿Qué es el cariño? ¿Por qué esa espantosa frialdad hacia los que están más cerca y son más inocentes? ¿Se han querido alguna vez los miembros de una familia, salvo cuando algo terrible le ha sucedido a alguno de ellos?

Ah, sí, tú hablas de amor. Hablar no cuesta nada. ¿Pero quieres conocer mi teoría? Esa clase de amor es imposible ahora, si es que alguna vez fue posible. El único modo de que volviera a ser posible algún día estriba en que el mundo terminase.

Intranquila, Siobhan volvió la cabeza hacia el televisor, para ver los dibujos animados.

«¡Qué coinquidinqui!», exclamó Tex, y abrazó a Siobhan. «Precisamente cuando querías jonecitos, Tex manipuló el televisor y allí estaban».

«Di coincidencia», corregí a Tex.

 

«¿Qué es eso?», se apresuró a preguntar, llevándose la mano a la oreja y escuchando por primera vez.

«He dicho que no pronuncies coinquidinqui cuando hables a la niña, por el amor de Dios. Di coincidencia».

 

 

 

 

 

 

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«Está bien, Lance», repuso Tex. ¡Escuchaba! Quizás no me atendió antes porque no le había dicho nada.

 

Reflexioné. ¿Podía ser cierto que lo único que hoy día uno necesita saber sea lo que uno quiere?

Abandoné el paseo de robles entrelazados, mi ruta acostumbrada, para atajar a través del jardín delantero, que parece un prado, tomar el portillo del jardinero en la verja de hierro y subir al dique.

Lo creas o no, llevaba años sin ver el río. Un remolcador diésel empujaba contra la corriente media hectárea de gabarras. Sonaba como una locomotora de mercancías impulsando las ruedas. Di media vuelta. Belle Isle parecía una isla, un islote oscuro cercado por las tuberías de Ethyl, torres «Dow» y pabellones «Kaiser», en medio de un murmullo general. A lo lejos, cerca de la autopista, los quemadores de gas llameaban en la noche como si cazadores gigantescos aún acechasen en las viejas ciénagas.

Las estrellas brillaban pálidamente, pero siguiendo el extremo de la Osa reconocí a Arturo, que mi padre me había enseñado años atrás. Mi padre: un fracasado que perdió todas las oportunidades, pero que sabía a qué distancia estaba Arturo. Fue director del semanario local, en el que publicaba sus propios poemas y crónicas históricas acerca de esta región, con argumentos tales como la Capilla de San Andrés: primer templo no perteneciente a la Iglesia Romana que hubo en la Parroquia (recuerdo que pensé que mis antepasados, al llegar aquí, debieron encontrarse con que las marismas no estaban rebosantes de indios salvajes, sino de católicos romanos). El Club Kiwanis le entregó un certificado mediante el cual se le nombraba oficialmente Poeta Laureado de la Parroquia Feliciana. Era un vulgar poeta periodístico, un vulgar historiador periodístico y, respecto a la ciencia, solamente experimentaba una vulgar admiración de periodista.

 

«Piénsalo bien», me dijo, de pie en aquel mismo sitio mientras me indicaba la estrella de Arturo. «La luz que estás viendo ¡empezó a brillar hace treinta años!».

Pensé en ello. Por aquellas fechas, pensábamos en esas cosas.

 

Pero en lo que pensaba hace un año no era en lo extraordinario del hecho de que la luz de Arturo hubiese empezado a brillar hacía treinta años (cuando escuchábamos a Parkyakarkus y Frank Munk, la Voz de Oro de la Radio), sino en las vueltas extrañas que había dado la vida de uno en

 

 

 

 

 

 

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el curso de esos mismos treinta años que la luz de Arturo estuvo viajando por los largos y solitarios pasillos del espacio.

 

Luego, por primera vez, me vi a mí mismo y contemplé mi vida con la misma certeza que si estuviese en el salón a oscuras y observase mi propia persona sentada a la mesa con Margot.

¿Sabes lo que me había sucedido a mí durante los veinte años anteriores? Un gradual, lo que se dice gradual apartamiento de mi existencia que me había conducido a una especie de estado de ensueño en el que, al final, no podía estar seguro de que hubiese ocurrido algo. Tal vez no había sucedido nada.

Eso, después de todo, constituye un descubrimiento formidable para el hombre a quien tú conocías, presidente del cuerpo estudiantil, medio del primer equipo, Más Probable Triunfador, becario de Rhodes, Guante de Oro, detentador de la plusmarca estadounidense del Despeje Más Largo.

Salta a la vista que tú tampoco te las has arreglado muy bien en la vida. ¿Sabes lo que nos ocurría a nosotros? Nos gustaba demasiado ir al colegio. Y estar en el servicio. Me las ingenié para permanecer en el colegio o en el servicio hasta los treinta y dos años. Y tú, con el D. M., D. D. De hecho, ¿no sigues algunos cursos ahora en Tulane?

Ejercí la abogacía en una pequeña urbe del Camino del Río. Mi práctica fue más bien consultiva, ejercicio en citas, por expresarlo así, porque, a medida que pasaba el tiempo, disminuía mi actividad jurista. Lo cierto es que los tiempos fueron cada vez más duros, el trabajo iba a menos. Al final, todo se reducía a un par de horas de tarea profesional al día y pare usted de contar.

Las ciudades pequeñas tienen algo bueno: era conveniente ir a casa a almorzar. Al principio, Margot solía estar allí. Tomábamos dos o tres copas antes del almuerzo… cosa que estaba acostumbrada a hacer con sus amigas en Nueva Orleans. Lo cual era un placer. Tras el estupendo almuerzo de Suellen, a menudo hacíamos el amor. ¡No era mala vida!, beber a gusto, comer bien y hacer el amor con Margot. Adopté la costumbre de dormir una siestecita. Las siestas fueron prolongándose. Luego, un día, dejé de ir al bufete por las tardes. Como excusa, porque se decía que era bueno para uno, empecé a practicar el golf. Los otros tres miembros del cuarteto eran Cahill Clayton Lamar, primo mío y también frustrado individuo de familia de la pequeña aristocracia, mal odontólogo

 

 

 

 

 

 

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y buen jugador de golf, y dos recién llegados a los que les iban bien las cosas, el director del servicio de pompas fúnebres y el terapeuta masajista.

 

Pero el golf es un aburrimiento. Lo dejé.

 

Durante los sesenta fui liberal. En aquellas fechas, uno podía afirmar: «Soy esto o aquello». Las categorías tenían sentido… ahora es imposible completar la frase: Soy… ¿qué? Desde luego, liberal no. ¿Conservador? ¿Y eso qué es? Pero entonces constituía un placer ponerse de parte de los negros: uno disfrutaba de lo mejor de dos mundos: los negros tenían razón y yo deseaba ser impopular entre los blancos. Cuestión de tedio. Nada había sucedido desde que corrí los cien metros contra Alabama… nosotros vivíamos para las grandes proezas, acuérdate, a diferencia de los criollos, que tienen talento para lo trivial, para ganar dinero, para fregar tumbas, para el martes de carnaval. La década de los sesenta fue un regalo celestial para mí. Al fin y al cabo, los negros tenían razón, los blancos estaban equivocados y era todo un regodeo decírselo. Alcancé la impopularidad. Hay cosas peores que ser antipático a los demás: eso le mantiene a uno animado y alerta. Pero en los años setenta los liberales ya no tuvieron nada que hacer. Estaban acabados. No puedo determinar si ganamos o perdimos. Sea como fuere, lo cierto es que en la década de los setenta blancos y negros se volvieron contra los liberales. Quizá tuviesen motivos justificados. Al final, los liberales se convirtieron en una espina clavada incluso en sí mismos. De cualquier modo, la feliz trifulca de los sesenta había tocado a su fin. El otro día me di de manos a boca con un negro junto al que estuve hombro con hombro desafiando a los enfurecidos blancos. A duras penas nos reconocimos el uno al otro. Nos miramos, inquietos. No teníamos nada que decimos. Sólo me explicó que había sufrido un ligero ataque de apoplejía, nada de importancia. Habíamos ganado. De modo que se compró un televisor en color, se dedicó al golf y la hipertensión se albergó en él. Yo me había convertido en un holgazán.

 

Abandoné el golf y me quedé en casa, dedicado a leer un poco e incluso a investigar y escribir: la guerra civil, claro: nadie sabía gran cosa acerca de lo que ocurrió en esta zona. Llegué a redactar un par de eruditos artículos. A veces, guiaba a los turistas por Belle Isle, como mi abuelo hiciera en otro tiempo. Pero en vez de contarles anécdotas chuscas protagonizadas por Eleanor Roosevelt, les soltaba doctas disquisiciones acerca de la belleza de la vida en la plantación, un tanto irónicas —para comprobar hasta dónde podía llegar sin que se sulfuraran aquellos sujetos

 

 

 

 

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del Medio Oeste—, y, rayos, me di cuenta de que es imposible conseguir que se acaloren. Odian a los negros más de lo que nosotros los hayamos odiado nunca. Les decía que las cosas no son tan sencillas como parecen. La relación amo-esclavo tenía cosas buenas: el amo fuerte, seguro de sí mismo, incluso despótico, que se labra una baronía en las soledades y vive como Luis XIV, y, a pesar de todo, trata bien a sus esclavos. Dios sabe que a éstos no les iba tan mal en Belle Isle. Se convirtieron en artesanos de primera, en muchos casos se les otorgó la libertad y hasta miraban por encima del hombro a los blancos pobres. «Echen ahora una mirada a esta cabaña de esclavos, damas y caballeros. ¿Es tan mala? Estupendos techos altos, habitaciones frescas, porche frontal, chimenea de ladrillo, suelos de ciprés. Grandes robles abovedados en el patio posterior y delante de la cabaña. ¿Prefieren sus casitas de ladrillo en Lansing?». Se me quedaban mirando atentamente, para captar la intención, y luego inclinaban la cabeza, muy serios, o se echaban a reír. Es imposible insultar a una persona de Michigan.

 

Las tardes de invierno empezaba pronto a oscurecer… a las cinco. Elgin encendía el fuego y Margot y yo tomábamos unas copas antes de cenar.

Durante el día me dedicaba a esperar anhelante los boletines de noticias que la radio transmitía todas las horas en punto. Por la noche, mirábamos la televisión y bebíamos coñac. Tras el telediarlo de las diez me solía entrar el sueño suficiente para irme a la cama.

Así, ¿cuál fue mi descubrimiento?, que durante los últimos años no había hecho nada, salvo defraudar al derecho, defraudar a la historia, mantenerme al día en cuanto a noticias (¿para qué?), mirar a Mary Tyler Moore y beber todas las noches hasta perder el conocimiento.

 

 

 

Ahora lo recuerdo casi todo, excepto… Todos los sucesos del pasado, las mayores trivialidades imaginables, vuelven a mi memoria, con claridad cristalina. Es aquella noche lo que queda en blanco… no, no es exactamente que quede en blanco, es que no consigo realizar el esfuerzo necesario para recordarla. Parece requerir un tremendo esfuerzo de concentración. De lo único que me acuerdo es de aquel desdichado Janos Jacoby que me contemplaba, del resplandor de las llamas en los árboles…

 

 

 

 

 

 

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Vuelven los titulares. VÁSTAGO ENLOQUECIDO POR EL DOLOR. NO PUEDE ENTRAR EN LA CASA. MANOS ABRASADAS.

 

Aquella noche. No logro captarla. Oh, lo intento, pero la mente retrocede hacia el pasado o se desliza avanzando hacia el futuro.

 

Recuerdo perfectamente lo que sucedió hace años, como aquella vez que nosotros, tú y yo, marchábamos río abajo, participando en una excursión del club de la fraternidad y pasábamos por delante de la isla de Jefferson, que está entre Mississipi y Luisiana, reclamada por ambos estados y, en cierto sentido, no pertenecía a nadie, era una especie de isla desierta en medio de los Estados Unidos, así que tú, bebedor y solitario como de costumbre, dijiste, sin que te dirigieras a nadie en particular: «Creo que será estupendo pasar unos días en semejante lugar», te quitaste la chaqueta y ejecutaste una zambullida a lo Tennessee Belle (eso también fue «teatro», ¿no?); yo, naturalmente, al tener que seguirte, como de costumbre, sólo me tomé el tiempo imprescindible para guardar unas cuantas cerillas en una bolsa de tabaco y, a pesar de todo, tardé tres horas en dar contigo, estabas tiritando agazapado debajo de un tronco, más azul que Nigger Jim y más demacrado de lo normal; tú, siempre el encargado de hacer lo definitivo, lo gratuito… nunca supe en realidad si era algo auténtico o simple ostentación. Y, ¿quieres que te diga una cosa?, a menudo me he preguntado si tu ingreso súbito en el seminario no sería también tres cuartos de lo mismo… una temeridad extrema y vitalicia. Rayos, ni siquiera eras cristiano, así que mucho menos católico, como cualquiera podía notar. ¿No era, pues, tu zambullida a lo Tennessee Belle igual a la transformación de escéptico a sacerdote, saltando sobre unos ochocientos millones de católicos corrientes? ¿Era también «teatro», la acción ostentosa definitiva o la definitiva aparatosidad espléndida? Te encoges de hombros y sonríes. Y por si eso fuera poco, no te contentaste con ser un sacerdote normal. El padre John, de Nueva Orleans; no, tenías que partir hacia Uganda, ¿o fue Biafra? Tenías que ir a la facultad de medicina y superar a Albert Schweitzer, porque, naturalmente, eso era superarle incluso a él, ¿no?, ya que tú poseías la Verdadera Fe y él no, puesto que sólo era protestante.

 

Y la cosa no salió demasiado bien, ¿verdad? Si no, ¿por qué estás aquí?

Algo se torció, ¿no? ¿Has perdido la fe? ¿O se trata de una mujer?

 

 

 

 

 

 

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¿Eso es todo lo que puedes hacer, observarme con esa mirada encubierta? Sonríes y te encoges de hombros. Por Dios, ni siquiera tú mismo sabes la respuesta.

 

Pero abandonaste, ya ves. Y pudiste haberte quedado. Tal vez te necesitaban aquí. Quizás yo te necesitaba más que los biafranos. Si hubieses andado por aquí todos estos años… Cristo, ¿por qué no puedo hablar nunca con nadie, excepto contigo? En fin, ahora estás aquí y puedo aprovechar tu presencia. Me he dado cuenta de que no me cuesta trabajo hablarte y aproximarme al asunto, al secreto que conozco y al mismo tiempo ignoro. Así que empezaré detrás de él y me acercaré avanzando, o empezaré delante e iré retrocediendo.

Mi cerebro se desliza hacia adelante, hacia el futuro, hacia la persona de la puerta de al lado. Tengo una idea todavía más disparatada que cualquiera de las tuyas. Es que, de un modo u otro, el futuro, mi futuro, está unido al de ella, que nosotros, ella y yo, debemos empezar de nuevo. ¿Te he dicho que la vi ayer? Sólo una rápida ojeada, cuando me aventuré en una de mis poco frecuentes correrías, esta vez con vistas a mi reconocimiento físico y mental del mes. Su puerta estaba abierta.

Es una mujer delgada y dé pelo negro, pero no pude verle la cara; estaba vuelta hacia la pared, esta pared, con las rodillas levantadas. Sus pantorrillas me parecieron esbeltas, pero bien desarrolladas y sorprendentemente tostadas por el sol, todavía. ¿Ha sido bailarina? ¿Tenista? Me recordó a Lucy.

He aquí mi loco plan para el futuro. Cuando salga de esta institución, tras cumplir la sentencia o haberme «curado» no quiero volver a Belle Isle. No quiero volver a ningún sitio. De lo único que estoy seguro es que el pasado ha muerto definitivamente. El futuro debe ser absolutamente nuevo. Esto es cierto no sólo en lo que concierne a mí, sino también en lo que concierne a ti y a todo el mundo. Debe crearse un nuevo principio. Las personas tienen que empezar otra vez, de forma tan experimental como desconocidos que se encuentran en la isla de Jefferson (¿no tenías en la imaginación algo por el estilo cuando hablaste de las «peculiares posibilidades» de la isla de Jefferson?). Quiero irme con ella, una mujer silenciosa, psicópata, totalmente destrozada y deshonrada, llevármela a una casita de allá abajo —cerca del río, más allá de la calle del Almacén —, una pequeña cabaña de negro, y allí cuidar de ella. Podríamos decir simplemente: «¿Tienes hambre?», «¿Tienes frío?». Quizás paseáramos por

 

 

 

 

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el dique alguna vez. En el mundo nuevo será posible volver a disfrutar de las cosas sencillas.

 

Pero antes he de comunicarme con ella. Me doy cuenta de eso. ¿Intentaste alguna vez hablar con ella? ¿No quiere hablar? Está vuelta de cara a la pared y nada más.

Una nueva vida. Emprendí una nueva vida hace un año, cuando abandoné el oscuro salón, después de haberme levantado de la mesa. Mejor dicho, cuando entré en el salón a oscuras. Ahora creo que habrá una tercera nueva vida, lo mismo que hay tres mundos: el mundo viejo del pasado muerto, el desesperanzado y destrozado mundo actual y el mundo desconocido del futuro.

Así que, de todas formas, inicié mi nueva vida entonces, cuando me aparté del sendero de mi vida rutinaria, pelado, gastado y aplastado como el camino que sigue siempre una vaca a través de un prado, salí de mi rodada y dejé de escuchar las noticias y de mirar a Mary Tyler Moore. Y, cosa extraña, abandoné la bebida y el tabaco. En el segundo preciso en que acababa de desviarme de la vieja senda de mi vida, me di cuenta de que no necesitaba trago alguno. Me resultaba posible permanecer quieto en la oscuridad, bajo los robles, con las manos en los costados, y observar y esperar.

Olvidé decirte una cosa que sucedió en el salón, algo quizás insignificante, pero significativo. Cuando penetré en esa estancia, con sus olores a cera de limón y a crin húmeda, me detuve un momento y cerré los ojos para que se acostumbrasen antes a la oscuridad. Luego, al atravesar la pieza, rumbo a la puerta corredera, capté por el rabillo del ojo algo que se movía. En el fondo del salón había un hombre. Me estaba observando. Su aspecto no parecía familiar. Se apreciaba un algo cauteloso y aplomado en su postura, inclinados los hombros, las rodillas ligeramente dobladas como si estuviese preparado para entrar en acción. Casi no pasaba de ser una silueta, pero blanco sobre negro, como el negativo de una película. Sus brazos eran largos y uno llegaba más abajo que el otro y parecía la pata de un lémur, desde el caído hombro. Tenía la cabeza inclinada, vuelta lo suficiente como para que me fuese posible ver la curva de la espalda. El hombre daba cierta sensación de vulnerabilidad protegida, torpeza superada, endeblez domeñada por el robustecimiento. Al ver a semejante hombre, lo primero que pensaba uno era: muchacho perteneciente al tipo engreído y listo; luego, uno se decía: pero también grande. Aunque no

 

 

 

 

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hubiera distendido su cuerpo, desarrollado, tendría un cuello frágil, dos tendones y un hueco entre ellos, equilibrando esa enorme cabeza. Parecía un corredor de fondo que hubiese vencido a la polio. Parecía un afeminado muchachito rico que hubiera dedicado su vida a superarla.

 

Y entonces comprendí que era yo mismo reflejado en el sombrío espejo de cuerpo entero.

 

 

 

Cuando volví al palomar, completamente sobrio, me contemplé a fondo en el espejo, algo que no había hecho en mucho tiempo. Era como si hubiese evitado mi propia mirada durante los últimos años.

Mirarse en el espejo es un fenómeno que te autoanula. Los ojos que se hunden en los ojos practican un agujero que se amplía y le hace a uno invisible. Al no saber que se trataba de mí mismo, había visto más de mí mismo en aquella ojeada a la imagen fantasmal del espejo del salón.

¿Qué vi? Es duro confesarlo, pero parecía un hombre hundido. ¿Recuerdas la imagen de Lancelot deshonrado, sorprendido en adulterio con la reina, proscrito, viviendo en los bosques, estirado encima de una roca, con la barbilla apoyada en el hueco de ambas manos, los enrojecidos ojos clavados en el vacío frente a sí, y el pelo amarillento desparramándose sobre sus cejas? Pero la comparación es mala. Mis ojos inyectados en sangre también miraban fijamente hacia adelante, pero no era el mismo caso; no era el caso de que yo me follara a la reina, sino que se la follaba un tercero.

Me acerqué. La mejilla mostraba el trayecto de la maquinilla del afeitado matinal; por encima, el delimitado trozo de vello en el montículo del pómulo. Los capilares afloraban, pero no sobresalían. La nariz no estaba rota, a pesar del fútbol y del boxeo, ni rojiza, ni cubierta de espinillas. Los ojos mostraban un vaso roto y un puntito de sangre como un huevo fértil. Había motitas en las pestañas. Las raíces del pelo no estaban del todo limpias y se veía caspa. Los labios, agrietados. Las uñas, negras. En el mentón, pelos de la barba que la maquinilla pasó por alto. Me afeitaba descuidadamente y en raras ocasiones me lavaba. Más como Ben Gunn que como Lancelot.

Cinco, seis, siete años de ocio inconfesado (cuesta trabajo ser un holgazán y no reconocerlo), bebiendo y mirando la televisión, tomando el trabajo como un juego, jugando a trabajar… ¿qué le hace todo esto a un

 

 

 

 

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hombre? Tenía las manos abiertas delante de la cara. Cerré los dedos y los abrí. Me sentía como Rip van Winkle despertándose y palpándose los huesos. ¿Había alguno roto? ¿Estaba todavía de una pieza?

 

¿Seguía siendo vigoroso? ¿Qué cantidad de vejaciones encajará un cuerpo? Me contemplé el puño. Miré la mesa escritorio tipo plantación. Construida originalmente de una altura que llegaba al pecho, a fin de que el atareado plantador (¿atareado con qué?) pudiera extender cheques de pie, Margot la había rebajado, convirtiéndola en una mesa corriente. Sólida madera de roble, de dos centímetros y medio de grueso. Apliqué el puño en el centro de la tabla posterior. La atravesó. Me miré el puño. Los nudillos sangraban. El dolor se presentó poco a poco, como si tanteara el terreno, como si no estuviese seguro de tener permiso. Pensé: Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que sentí dolor. Hice diez flexiones de brazos, tendido boca abajo en el suelo, elevando y descendiendo el cuerpo. Me temblaban los brazos; acabé sudoroso. Intenté la prueba del cuchillo Bowie, ¿la recuerdas? Con la mano derecha, clavé el cuchillo en la blanda madera de ciprés, empleando todas mis fuerzas. Con la mano izquierda, traté de sacarlo, sin moverlo lateralmente. No pude. ¿Era mi brazo derecho fuerte o mi brazo izquierdo débil?

 

Por primera vez en varios años, me bañé meticulosamente, frotando todos los centímetros de mi cuerpo, me lavé la cabeza, me limpié y corté las uñas y me afeité hasta el último pelo de la barba. El agua del baño quedó de un color gris tirando a negro. Tomé una ducha fría, me froté con una toalla hasta que me escoció la piel, roe peiné y me puse unos pantalones cortos. Me tendí sobre los ladrillos y respiré hondo. El frío de los ladrillos atravesó la piel de mis muslos. Durante años, comprendí, había vivido en un estado de comodidad y abstracción, a la espera de las noticias de las diez, sin permitirme experimentar nada. Cuando el fondo de los pulmones se llenó de aire y la víscera se movió, me di cuenta de que llevaba años respirando superficialmente. Al bajar el mentón, pude ver la amplia cápsula en forma de V de las costillas; el abdomen quedaba fuera de la vista. En el esternón había un lunar rojo cereza cuya existencia noté por primera vez. Hacía años que no me miraba a mí mismo.

 

Levantando al máximo la barbilla me fue posible ver el cuadro que pintó Margot de Belle Isle al revés. Hubo un año en que Margot pintaba brazos de río, flores del aire y casas de plantación.

 

 

 

 

 

 

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Me puse en pie. ¿Puede un hombre estar a solas, desnudo, doblada la muñeca al costado como el David de Miguel Ángel, sin ayuda, sin diversión, sin bebida, sin amigos, sin ninguna mujer, en silencio? Sí, era posible soportarlo. Nada sucedió. Agucé el oído. No se percibía ruido alguno: ni embarcaciones en el río, ni camiones por la carretera, ni siquiera cigarras. ¿Y si no escuchase las noticias? No lo hice. Comprendí que había tenido miedo del silencio.

 

 

 

En el curso del último año o cosa así, había estado andando con cuidado, siempre la vista hacia adelante, como un hombre que albergase una herida secreta. Existía una herida secreta que no estuve dispuesto a reconocer, ni siquiera ante mí mismo. Ahora podía hacerlo. Estribaba en que últimamente tenía dificultades para hacer el amor con Margot. Hubiera esperado cualquier cosa, menos eso. Porque lo mejor que había existido siempre entre nosotros fue el alegre e instantáneo acto carnal. También bebíamos y comíamos una barbaridad, otra cosa estupenda entre nosotros. Una vez, asistíamos a un banquete que se celebraba en la mansión del gobernador, una asamblea de la Landmark Preservation Society, y Margot ocupaba la presidencia de la mesa del orador. Llevaba un vestido de lamé dorado, sin ropa interior debajo (porque la ropa interior hace arrugas). Estaba comiendo guisantes verdes y en cuestión de unos minutos pronunciaría su discurso. Le hice una seña. Treinta segundos después, nos encontrábamos en el cuarto de baño del gobernador, que no tenía pestillo, pero como las nalgas desnudas de Margot se apoyaban contra la puerta, tampoco hacía falta ningún cerrojo. Al cabo de dos minutos, marido y mujer se hallaban de nuevo en sus respectivos sitios ante la mesa, la esposa pronunciaba el parlamento y el cónyuge masculino comía pastel de manzana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La primera vez que la vi fue algo por el estilo. Belle Isle era pobre. Como abogado liberal, poco dinero ganaba aceptando casos de la Asociación Nacional para el Progreso del Ciudadano de Color. Dependíamos de los dólares que sacábamos a los turistas. Aquel año obtuvimos un pequeño suplemento: se nos eligió para la Ruta de la Azalea y diez mil hermosos blancos de clase media, mujeres en su mayoría, patearon por toda la casa, conducidos por «beldades», ya sabes, chicas ataviadas con el traje típico, con faldas de miriñaque. Eso nos proporcionó más de cinco mil dólares, de modo que me avine a soportar los inconvenientes: verme expulsado de la casa y sufrir el que pisotearan las alfombras y desapareciese algún que otro plato.

 

Margot era una «beldad». Su padre, Tex Reilly, que había ganado diez millones de dólares con el barro, acababa de trasladarse a Nueva Orleans, dispuesto a ganar todavía más con equipos de prospección en aguas próximas a la costa, y llegó así al Garden District, rico, viudo y con una hija en edad de hacer su presentación en sociedad. Compró una casa. Lo que no sabía era que la alta sociedad de Nueva Orleans disfruta enormemente desdeñando el dinero de Texas, lo mismo que el dinero de Nueva York, cosa que a Tex le parecía muy bien, salvo por la circunstancia de que su hija no podía ser reina de Comus ni reina de nada… ni siquiera dama de honor… ni siquiera ir a los bailes. Tex tampoco fue lo bastante lejos como para averiguar que los invitados no iban a los bailes del martes de carnaval para bailar, sino para ver cómo bailaban las máscaras. El Festival de la Azalea ya era otra cosa. Una feliz coyunda de los nuevos ricos del petróleo y los viejos pequeños aristócratas arruinados del Camino del Río. Si los recién llegados no podían bailar con Comus ni desfilar por el casco urbano de Nueva Orleans, sí podían comprar viejas mansiones rurales y desfilar por allí.

 

 

 

 

 

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La jornada fue un fracaso. Lloviznó, sopló el viento, granizó y, por último, llegó la tempestad. Pero, de todas formas, las damas acudieron, por lo menos cinco mil, chorreando agua y dejando perdidas de grumos de barro pisoteado nuestras frágiles y descoloridas alfombras de Aubusson. Las «beldades» se estacionaron en la galería, un grupo encantador, para dar la bienvenida a los visitantes, empaparse y conseguir que el agua aplastara sus cabelleras y corriese el colorete.

 

Al volver a casa, después del trabajo, tomé la calzada de servicio, aparqué y me dirigí hacia la escalera posterior y los alojamientos superiores, sin otra idea en la cabeza que la de dejar atrás a los turistas, las beldades y el barro y ver el telediario de las cinco y media. ¡Las noticias! ¡Santo Dios!, ¿qué hay de importante en las noticias? Ah, ahora me acuerdo. Nos preguntábamos a quién asesinarían a continuación. Desde luego, iban a matar al siguiente. Ahí estaba, el dulce pavor horrendo que habíamos estado esperando. Nos encontrábamos ya en la última parte del decenio de los sesenta y por entonces uno se había acostumbrado a cierto ritmo de violencia, de modo que uno llegaba a casa con el temor y la secreta esperanza de que el paso se hubiese avivado, de modo que cuando estuviera cumplido el acto final, el homicidio, la noticia centelleara: la contemplación de la muerte, el funeral, el asesinato durante el funeral, uno contemplaba aquello como contempla el desarrollo de un acto impúdico en su punto culminante, con la boca seca, los labios entreabiertos, sin parpadear y ligeramente saltones los ojos… e incluso tenía dentro de sí la sensación de impudicia aplacada.

 

Por aquellas fechas, yo vivía para el boletín de noticias, el programa interrumpido, la improvisada y tartamudeante voz del periodista.

 

Cuando doblaba la esquina de la galería, con la cartera adelantándose en el balanceo del brazo (¿qué había en la cartera? Un cuartillo de «Wild Turkey» y un ejemplar en cartoné de The Big Sleep), mis ojos tropezaron con una beldad, mejor dicho, los de ella tropezaron con los míos y no me fue posible apartar la vista. Estaba como una sopa y todo el maquillaje se le había mezclado, pero no parecía desconsolada. De espaldas al enlucido que cubría los ladrillos, abiertas las manos, con el dorso de las mismas contra el sacro, se separaba rítmicamente del muro, haciendo fuerza con las manos y agachando la cabeza. Vi sus pies descalzos, bajo el dobladillo de la falda de miriñaque. Llevaba el pelo corto, en húmedos bucles que se

 

 

 

 

 

 

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le pegaban a la frente, aunque en las sienes conservaba elasticidad y dureza.

 

«Usted debe de ser el propietario».

 

«¿Cómo dice? ¿Eh?», sin duda dije eso, o algo tan estúpido como eso. Lo único que recuerdo es que me quedé allí de pie, con la cartera en la mano, demasiado aturdido para quitarme de debajo de la lluvia.

 

«¿No es usted el dueño de Belle Isle?».

 

«Sí».

 

«Debe de ser Lancelot Lamar».

 

«Acertó».

 

«Su aspecto no es como me lo había figurado»… continuaba rebotando contra la pared y agachando la cabeza, como una chiquilla de trece años, pero en realidad era una joven que había superado la edad de presentarse en sociedad, una postreina del baile, de veintitrés o veinticuatro años.

 

«¿Qué esperaba?».

 

«Un arrugado Sid Blackmer o quizás un quejumbroso Hank Jones». Resultaba que tenían que ser actores y resultaba que los conocía o

 

decía conocerlos. Era la primera vez que yo los oía nombrar y, hoy en día, no distingo a un actor de otro.

«¿Quiénes son?».

 

«Usted parece más un malcarado Sterling Hayden, un miserable Sterling Hayden sureño, de pelo negro, con prendas de tejido de Sirsa».

 

«¿Quién es?».

 

«Sterling Hayden vino a menos y ahora lleva un bar de marineros en Macao».

«Parece encantador». No llovía mucho, peso pasé a la galería para no mojarme más. «Y usted es encantadora. Pero tengo calor, estoy cansado y necesito una copa. Creo que entraré en la casa».

«Yo estoy empapada, tengo frío y también necesito un trago».

 

La miré. No era lo que se dice guapa y no era Scarlett (las demás beldades se esforzaban en ser Scarlett, sonrisas descaradas y todo eso, pero tampoco eran preciosidades, a decir verdad, eran loros, es más, loros mojados…). Su rostro era brillante y oblicuo —¿se debía al modo en que echaba la cabeza hacia atrás para apartarse de la pared?—, la boca demasiado grande. Seco, su áspero y tieso cabello invitaba a la mano a apretarlo para probar su elasticidad (y cómo me encantó después coger con ambas manos aquella cabellera, oprimirla desde las raíces, con los puños,

 

 

 

 

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y tabletear en el cráneo de Margot con violencia sorprendente para tratarse de una broma). Saltaban gotas de lluvia de aquel pelo. Las manos de la mujer eran grandes. Por alguna razón, nos las estrechamos cuando ella pronunció su nombre; la diestra, al salir de la espalda, tenía diminutos hoyos pronunciados por el revoque y era grande y cálida. La segunda vez que nos encontramos, en la recepción del Festival de la Azalea, en Nueva Orleans (tuve que ir a recoger el cheque por su utilización de Belle Isle), volvimos a estrecharnos la mano y, cuando la suya tomó la mía, el índice de la mujer me hizo cosquillas en la palma. Me quedé de una pieza. «¿Significa eso en Texas lo mismo que en Luisiana?», le pregunté. Pareció confundida. Resultó que no, no significaba lo mismo. Su cuello era esbelto, redondo y vulnerable, pero la espalda era fuerte y estriada. Me estoy adelantando a mí mismo, volvamos a la primera vez. Lo que ella era o tenía, lo que pude percibir y me hizo tragar saliva fue una curiosa y divertida voluptuosidad directa, una inmadurez juvenil que cuando apareció en sus ojos, al mirarme, me dio la impresión de que, después de todo, sólo era una broma. Observé que sus pecas adoptaban una tonalidad de ciruelo en la piel húmeda y contusionada, bajo los ojos. En aquel momento ignoraba el significado de aquel oscurecimiento de las pecas. Sin embargo, presentí que las pecas formaban parte de la broma y la voluptuosidad.

 

¡Qué extraño es el cariño! Creo que te apreciaba a ti por motivos igualmente curiosos: con toda tu taciturnidad, tu afición a la bebida y oficiosidad, había en ti algo frágil, grácil y femenino. A veces, me entraban ganas de cogerte y apretujar esos descarnados huesos tuyos… ¿te escandalizas? Al principio, te agarraba a menudo del brazo, sólo para comprobar lo delgado que estabas. Luego, nunca nos tocábamos el uno al otro. Tal vez estábamos demasiado unidos.

Ella encogió sus desnudos hombros y se estremeció.

 

«Dije que un trago también me vendría bien».

 

Pensé durante unos segundos.

 

«¡Dios mío, qué ceño! ¡Qué manera de morderse el labio! Da la impresión de que se dispone a dirigirse al jurado. Me gusta el modo en que se muerde el labio cuando reflexiona».

«¿Eso es verdad?».

 

«Sí, es verdad».

 

«Venga».

 

 

 

 

 

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Creo que la cogí de la mano. ¡Estaba deseando coger otra vez aquella mano cálida, con pequeños hoyos! De cualquier modo, y eso sucedía por segunda o tercera vez en mi vida, me desvié del camino familiar de la rutinaria existencia —ya que incluso entonces era una criatura de costumbres, que hacía lo mismo un día sí y otro también—, la cogí con una mano, tomé la cartera con la otra y eché a andar, de regreso, por la calzada de servicio, hacia el palomar, sitio verdaderamente remoto para los turistas, criados y parientes, que no utilizaba nadie, salvo Ellis, que guardaba allí las herramientas de jardinería, y la invité a entrar. Naturalmente, entonces no estaba arreglado, sino que el polvo y el desorden imperaban dentro, pero estaba seco y era agradable.

 

«¡Ambiente cálido! ¡Seco!». Batió palmas, apartó unas herramientas e hizo sitio para sentarse en un sofá de columpio. «Me quitaré estos condenados trapos». Te aseguro que creo que casi dijo mi, pero no en realidad: fue algo entre mi y me, del mismo modo que se encontraba a mitad de camino entre Odessa (Texas) y Nueva Orleans.

 

¡Maldito si la falda de miriñaque no funcionaba como unas chaparreras! Se enganchaba por detrás y se desprendió mientras la muchacha acababa de quitarse la parte superior, parecida a un jubón, y quedaba en pantalones y corpiño —supongo que era un corpiño—, todo de colores violeta y verde como un arlequín. Recuerdo que me pregunté en aquel momento: ¿Es esta mujer precisamente la que está tan estupenda en pantalones o tendrá cualquier mujer un aspecto mejor presentada con estas calzas? Y también me pregunté: ¿Qué chaladura les entró a nuestros antepasados después para, pudiendo disfrutar de tan encantadora curva y profundidad de muslos y nalgas, sentirse obligados, no a ocultarlas, sino a parodiarlas, colocando un polisón detrás y un miriñaque por fuera? ¿Fue una chifladura de las mujeres o una broma pesada que los hombres les gastaron?

 

La muchacha se sentó, juntos los embarrados pies, separadas las rodillas, cruzados sobre ellas los brazos extendidos, mientras contemplaba el techo por encima de las cejas.

«¿Había aquí palomas?».

 

«Arriba. Todavía quedan algunas. Escuche». Por la espiral de hierro de la escalera descendía el zureo, pero enseguida arreció la lluvia y dejamos de oírlo.

 

 

 

 

 

 

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Abrí la cartera, depositada entre ambos, y saqué el cuartillo de «Wild Turkey», 86 grados, tan suave como el sol de primavera. Margot volvió a batir palmas y se echó a reír sonoramente, la primera vez que escuché aquella carcajada, una risa de sirena que dejaba oír cuando algo le hacía gracia de verdad.

 

«¡Qué diablos…!», se dirigió a las invisibles palomas que estaban encima de nosotros. «¿Proyectó usted esto?».

«No, es que no puedo dejarlo en el despacho, el empleado se aprovecharía».

«¡Oh, por los cielos…! Dios mío, qué suerte. ¡Qué enorme buena suerte! Oh, Scott…». O algo por el estilo, no me acuerdo muy bien. Lo que sí recuerdo es que en las dos o tres exclamaciones capté matices incrustados en su original alta entonación de Odessa (¿adulteración?): una pequeña influencia de la voz de su maestro aquí, un poco de Nueva Orleans allí (aquel año se decía mucho eso de «Oh, Scott»), un poco de Winston Churchill («enorme buena suerte»), un poco de Eduardo VII (al fin y al cabo). ¿O era Ronnie Colman? Aún no la había oído despacharse a gusto y jurar como un matón petrolero.

 

Me quité la chaqueta y la corbata. Yo olía a jornada laboral en un bufete sin aire acondicionado (Dios, aún odio el aire acondicionado, prefiero asarme, sudar, apestar y beber agua helada. Ese es un motivo por el que me gusta estar aquí, en la cárcel). La muchacha olía a crin húmeda y algo más, un aroma a almizcle que hacía cosquillas en la nariz.

Debí de preguntarle qué perfume usaba, porque recuerdo que ella habló de raíz de iris y volvió a echarse a reír: la señorita Comosellame, gran dama y roquete del Festival de la Azalea, lo quería todo auténtico.

 

«Creo que tomaré un trago».

 

«¿De la botella?».

 

«Sí. Iré a buscarle un poco de agua helada, si quiere».

 

Cuando terminé, ella alzó la botella, sin dejar de mirar a su alrededor.

 

Se echó al coleto su trago, brillantes los ojos.

 

«¿Hace esto todos los días?».

 

«Normalmente, tomo primero un baño, después me siento en la galería y Elgin me lleva un poco de agua helada».

«Bueno, esto también es bonito».

 

Bebimos de nuevo, en silencio. Continuaba lloviendo con fuerza y no podíamos oír a las palomas. Los autocares de la excursión maniobraban,

 

 

 

 

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destrozando el césped, patinando en el barro, entre los chirridos de la transmisión.

 

«¿Tiene que regresar con ellos?».

 

«También puedo quedarme. ¿Vive usted aquí solo?».

 

«Sí».

 

«¿No está casado?».

 

«No. Lo estuve. Mi esposa murió. Tengo un hijo y una hija, pero están fuera, en el colegio».

«Creí que el señor y la señora Lamar eran marido y mujer».

 

«No, hijo y madre. Pero mi madre murió el año pasado».

 

«¿Y está usted aquí solo?».

 

«Sí».

 

«¿Completamente solo?».

 

«Salvo por mis hijos, pero rara vez están aquí».

 

«¡Yo no me movería de este lugar!», exclamó la muchacha, al tiempo que miraba a su alrededor.

«Yo siempre estoy aquí».

 

«Ya», dijo Margot, sin escuchar, pero observándolo todo sin perder ningún detalle. Miraba y no dejaba de mirar. «Qué estudio-apartamento más encantador se podría hacer con todo esto. ¡Y esa escalera de caracol! ¡Inapreciable! ¿Sabe cuánto le pagarían por eso en Nueva Orleans, alquilado?».

«No».

 

«Doscientos cincuenta, por lo menos».

 

«No me vendrían mal».

 

«¿Pretende decir que no hace todo esto —indicó con un movimiento de cabeza los autocares, que empezaban a marcharse en caravana— sólo para enseñar su preciosa casa?».

«Lo hago para ganar dinero. No me gusta enseñar mi preciosa casa». «Hummmm». Lo que yo no sabía en aquel momento era que su

cerebro trabajaba en forma directa. Lo que la mujer pensaba era: Tengo diez millones de dólares y tú no; tienes una gran casa y yo no; pero no me tienes a mí. Eres un individuo entregado a la soledad y no piensas mucho en mujeres, pero ahora lo vas a hacer. «Toque, mire lo fría que estoy».

«Muy bien».

 

Cogió mi mano y la puso sobre su hombro desnudo. La carne era firme y estaba fresca, pero había calor debajo de aquella frialdad.

 

 

 

 

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«Tiene usted una mano muy grande. Mire lo pequeña que parece la mía, en comparación». Midió nuestras manos, palma contra palma.

 

«No es tan pequeña».

 

«No, no lo es. ¡Ju, ju! ¡Ja, ja!», soltó una risotada. «Podría instalar ahí un cuarto de baño». Señaló con nuestras manos la amplia alacena donde se guardaban las macetas. «Una cocina allí. El dormitorio, arriba, ¡Imagíneselo! Vi Beauvoir la semana pasada. Jeff Davis tenía un sitio como éste. Permítame que lo arregle para usted».

«Está bien».

 

«¡Qué rinconcito más mono!». Mono. ¿Dónde aprendió eso? En Odessa, no. Yo hacía años que no lo oía. Era una palabra que decía la generación de mi madre; significaba lindo, adorable, encantador. Margot, que no era realmente buena actriz, tenía buen oído, sin embargo. Podía haber escuchado a mi madre durante cinco minutos, atento el oído, y sacar un mono personal. «Pondría un tiesto allí, aprovecharía una vieja puerta de vidriera, colgaría ahí mis Utrillos…».

«¿Utrillos auténticos?».

 

Asintió con aire distraído.

 

«¡Esas paredes!». Asimilaba los famosos ángulos octogonales. Durante todo el rato, no cesábamos de darle al botellín. Bebía a gollete

lo mismo que si fuera refresco de cola, empleando la lengua para medir la ración y cortar el chorro. Había escampado. El sol asomó por encima del dique y la estancia se inundó de cálidos resplandores rosados, que reverberaban en los ladrillos. Afuera, empezaron a croar las pequeñas ranas de las acequias.

«¿No podríamos ponernos más cómodos? Estoy exhausta». Se había tendido simplemente sobre el colchón del sofá de columpio, con la cabeza apoyada en una mano. «¿No hay almohadones?».

Lo más parecido a un almohadón que pude encontrar fue un cilindro de gomaespuma, un parachoques de embarcación. Tomamos otro trago. Ella palmeó el colchón. Las reducidas dimensiones de aquella colchoneta y aquél almohadón sólo permitían que estuviésemos echados muy juntos, uno de cara al otro.

El sol había aparecido muy poco antes del ocaso. Nos encontrábamos tendidos juntos, envueltos en penumbra rosada, con la cabeza sobre el parachoques de botes, que parecía tener impulsos propios. El único sitio donde yo podía poner el brazo era cruzado encima de la cintura de la

 

 

 

 

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muchacha. Bajo el talle, la cadera cubierta por los pantalones se elevó como una ola.

 

«Está muy provocativo con esas prendas de sirsaca», dijo Margot, distraídamente, mientras sus dedos tamborileaban sobre mi cadera. Estaba un poco bebida, pero también un poco preocupada. Era extraño, pero permanecer tendido allí con ella hizo que tomara conciencia de mí mismo, de mi propio cuerpo agitándose contra la arrugada tela caliente.

 

La besé. Mejor dicho, nuestros labios se unieron porque no tenían otro sitio al que acercarse. Al besarnos, con el aguardiente aún en los labios, la boca de Margot se abrió, incitándome a entrar, acogiéndome como un nuevo hogar. La cabeza de ella se alzó y pasó por encima de la mía. Mi sirsaca empapada de sudor se fundió con su raíz de iris, su carne mojada por la lluvia y la húmeda crinolina. En los charcos y acequias de fuera, las ranas vivificadas por la lluvia habían recobrado toda la voz y entonaban su coro. La torneada pierna de la muchacha, cubierta por las calzas y arlequinada —no era una beldad auténtica, sino más bien una tejana que había acudido al martes de carnaval—, se elevó, levitó y se cruzó sobre mi cuerpo. Permaneció allí, agradable e intensa.

 

Nos echamos a reír con alegría del lugar y de estar allí, bebimos, nos besamos y acaricié el profundo arroyuelo de su espalda por encima de los pantalones.

«¿Tiene cerradura la puerta?».

 

«No hace falta, pero cerraremos si eso te hace sentir mejor».

 

«Me levanté, introduje la llave de hierro, de veinte centímetros, y al darle la vuelta resonó un chasquido impresionante».

«Dios mío, se ha oído igual que la mazmorra de Chillon. Déjame ver esa llave».

Me tendí y le entregué la llave de hierro. La sostuvo con una mano, mientras me sujetaba con la otra, igualmente encaprichada de ambos. Le gustaban las antigüedades y hacer el amor. En tanto examinaba la llave, me aprisionó con su muslo macizo y agradable, como si tuviera que inmovilizarme mientras calculaba el valor de aquel instrumento de hierro. No me quedó más remedio que echarme a reír. Empezaba a hacerme cargo de su humor y su talante directo. Margot lo mismo podía haber dicho: Tengo algo dulce para ti, muchacho, lo más dulce de que hayas gozado jamás, pero aguarda un instante mientras le echo una ojeada a esta vieja

 

 

 

 

 

 

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llave. Le apasionaban las cosas viejas «auténticas». Texas sin duda tenía de todo, menos cosas viejas.

 

No le faltaba razón, tenía algo dulce y sabia, como sólo una mujer puede saberlo, con absoluta certeza, que también me tenía a mí, que a través de alguna extraña conjunción de tiempo, lugar y circunstancia y su igualmente extraña mezcla de cálculo y humorismo y la imperturbable vehemencia carnal que yo le inspiraba —oh, sí, me deseaba lo, mismo que deseaba mi casa—, conocía de manera infalible el punto de convergencia del vector del deseo, la cálida zona cubierta de algodón entre sus piernas, la pura negatividad, necesidad y carencia donde el bien acomodado algodón se hundía y apartaba. Besé el algodón.

Bebimos y reímos ante la alegría del momento y el descubrimiento: cada uno de nosotros tenía lo que el otro deseaba, no exactamente «amor» en el sentido en que se emplea la palabra, sino sus nuevos diez millones y mi vieja casa, su agradable personalidad de Texas occidental y mi no menos apetecible aristocracia de Luisiana, anglosajona y arruinada, bien nacido lord Sterling Hayden inglés venido a menos en Macao. Era como unos raros desposorios reales, en los que los novios se gustaban el uno al otro. ¿Gustarse? Amor. Reír y gritar jubilosamente con la felicidad entre ellos.

 

Me encantaba su carácter calculador y su manera fría de echar cuentas para sí. Mientras su muslo se encontraba cruzado sobre mí, parecía tener conciencia de lo que estaba haciendo, aplicado a la tarea de sondear la vida situada debajo de él, e incluso mientras nos besábamos, los ojos de Margot relucían, entrecerrados, mientras tomaba nota mental del palomar, lo bastante grande para albergar mil palomas o un hombre. «Joya arquitectónica» lo llamó.

¿Pero qué es el amor? Hasta entonces lo pensé. Porque, por tu querido y dulce Jesús, la amé allí por su gracioso materialismo y entre sus exquisitas piernas y en su boca y espléndida espalda acanalada que se hundía vertiginosamente en un talle firme y estrecho antes de pasar fulgurante al culo más adorable de todo Texas occidental, pero la amé también por su desenfadada franqueza de Texas e incluso su celeridad para introducir en ese estilo, jerga de la escuela de arte dramático de Dallas, el léxico de la parte alta de Nueva Orleans y Dios sabe qué más.

En el fondo, era una coleccionista, conservadora, restauradora, transformadora; incluso me transformó a mí y se transformó a sí misma:

 

 

 

 

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cogía algo viejo, abandonado, maltratado, lo salvaba, lo restauraba y lo aplicaba a un nuevo y encantador uso. Le gustaba enormemente beber, reír y hacer el amor, pero casi tanto, quizá más, y también orgásmicamente, le gustaba limpiar el guano dejado durante cien años por las palomas y encontrar debajo un suelo de ciprés espléndidamente engrasado por la mierda, convertir en estudio un palomar, transformarme a mí en Jefferson Davis escribiendo sus memorias. Era una maga de Texas.

 

Aquello era distinto a estar «enamorado». Estuve «enamorado» de Lucy Cobb, mi primera esposa.

La primera vez que vi a Lucy Cobb: en la pista de tenis de Highlands (Carolina del Norte), yo era el forastero de Luisiana, desasosegado entre los tranquilos naturales de Georgia y las Carolinas, sin conocerlos y sin saber muy bien cómo debía vestirme, por lo que siempre llevaba prendas inoportunas, chaqueta y corbata a última hora de la tarde, y me mantenía Un poco apartado, debajo de un árbol, con las manos en los bolsillos, mirando a los tenistas y pensando, a pesar de mí mismo: Es una vergüenza que todos vosotros no sepáis quién soy, porque en Luisiana la gente lo sabría, ya que Luisiana es lo que es, una pequeña república criolla norteamericana que aprecia los deportes, las riñas a puñetazo limpio, las peleas de gallos, los concursos, los tiroteos, La ley del revólver, la victoria y, sobre todo, el fútbol americano, y allí estaba yo, en lo que resultaba ser la cúspide de mi vida, elegido Atleta del Año por la Y.M.B.C. y encima becario de Rhodes, como Whizzer White, cosa que contribuyó muy poco a aumentar mi fama salvo por un peregrino detalle anecdótico («¡… y además es listo!»)… Después de todo, el Sur era un lugar inmenso y la áspera camaradería de Luisiana no iba a funcionar obligatoriamente allí entre las apagadas maneras del Sur oriental, donde las personas parecían ir y venir, reunirse y separarse siguiendo normas convenidas y tácitas. Yo era célebre en Luisiana, tan famoso como el gobernador, y sólo por un motivo: la carrera de cien metros contra la poderosa Alabama, y desconocido en Carolina.

 

Las tersas, morenas y delgadas piernas de Lucy tijereteaban y resplandecían debajo de la falda blanca. Cuando golpeaba la pelota, todo el cuerpo participaba en la acción, los hombros, la espalda, inclusive la parte final de la pelvis. Sin duda había jugado al tenis durante toda su vida. Correcta mientras permanecía inmóvil hablando, se acercaba despacio a la red, reía, le daba la vuelta a la raqueta, bajaba la vista, cuando servía,

 

 

 

 

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arqueaba el cuerpo hacia atrás, luego estiraba el brazo por completo, después ejecutaba la flexión y golpeaba la pelota, para balancearse por último con abandono entre burlón y erótico. Una vez efectuado el saque, esperaba con el cuerpo encogido ágilmente, trasladando su peso de una pierna a otra.

 

Lo que veo incluso ahora, cuando pienso en ella, es el modo en que recogía la pelota, mejor dicho, no la recogía, sino que la tocaba con la puntera de la blanca zapatilla, impulsándola al cordaje de la raqueta mediante un primoroso movimiento del pie. No, más que delgada, era esbelta, porque las coyunturas de sus extremidades, tobillo, muñeca, codo, no mostraban hueso alguno, eran simples articulaciones.

 

Su moreno semblante era un estudio bajo la lisa cabellera castaña peinada hacia atrás, con raya divisoria central, el iris se contraía de tal modo en sus sonrientes ojos, también castaños, que la muchacha parecía a la vez ciega y fervorosa. Tenía una minúscula cicatriz en el labio superior, adornada por el sudor, en forma de diamante, que ofrecía el efecto de un ligero pucherito. Era algo más que una peculiaridad, como descubrí luego, el labio siempre tembloroso, indecisamente estremecido en el mismo filo del chiste, la ironía, el enojo, el desagrado.

 

Aquella noche iba a celebrarse un baile al aire libre, bajo las estrellas y los farolillos japoneses. ¿Cómo invitarla? ¿Pedirle que me permitiera acompañarla?

¿Qué era lo que yo deseaba? Sólo bailar con ella, tener entre mis brazos aquel grácil cuerpo moreno, ni siquiera cerca del mío, sino ligeramente sostenido y apartado para poder mirar el rostro de la muchacha y prender en los míos aquellos ojos castaños.

¿Qué hacer, pues? ¿Acercarme por las buenas a las dos parejas de tenistas, entre un juego y otro, y proponérselo sin más? ¿Mantenerme al acecho detrás de un árbol y abordar a la chica cuando regresara a su quinta? ¿Sin ser presentados? ¿Qué ignorada norma de Georgia-Carolina se quebrantaría?

Resultó, sí, naturalmente, que debí habérmelo propuesto, de cualquier modo, y que, desde luego, no había normas. Y resultó que ella también había reparado en mí, como las muchachas hacen: viendo sin mirar y preguntándose quién sería aquel mozo alto que la observaba desde debajo de un árbol, con las manos en los bolsillos. ¿Por qué no se me acerca y dice lo que tenga que decir? ¿Por qué no viene a pedirme que le acompañe

 

 

 

 

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al baile? Era franca: posteriormente, cuando fui a la casa de sus padres y me encontraba allí, sonriendo y contemplándola, dominado por una timidez nada característica (¿Qué normas regían en las casas?), ella incluso dijo: ¿y bien? Plantea tu asunto.

 

Nos casamos, nos trasladamos a Belle Isle, tuvimos dos hijos. Y luego murió. Supongo que su muerte fue trágica. Pero a mí me pareció simplemente curiosa. ¡Qué curioso fue que aumentara progresivamente su palidez, que adelgazara, que se debilitara y muriera en pocos meses! Su sangre se tornó leche… las células blancas sustituyeron a las células rojas. ¡Qué curioso despertarse una mañana solo otra vez en Belle Isle, tan solo como había estado en mi juventud!

 

 

 

Jesús, entra y siéntate. Tienes un aspecto espantoso. Esta mañana pareces tú el paciente, no yo. ¿Por qué estás pálido y triste? Al fin y al cabo, se supone que el de las buenas noticias eres tú, no yo. Conociéndote como te conozco, creo saber lo que te aflige. No te falla la fe, pero estás pensando: Cristo, ¿qué más da? ¿Te ha vuelto la espalda tu Dios? ¿Era más fácil en Biafra que en la llana y vieja Luisiana (Estados Unidos)?

 

En fin, por lo menos yo tengo buenas noticias. ¡La muchacha de la habitación de al lado contestó a mi llamada! ¡Di un golpe y ella correspondió con otro! No ha captado la idea de que podemos inventar un nuevo lenguaje. Sólo repite el golpe, los dos golpes. Es un principio, una comunicación de alguna clase, ¿no? Cuando probé con una frase, no ¿quién es usted?, sino ¿cómo está usted? (porque la c sólo tiene tres golpes, mientras que la q necesita diecisiete), ella guardó silencio.

 

¿Cómo simplificar el código? ¿Qué te parece pasar una nota desde mi ventana a la suya? Mira cómo he enderezado esta percha, pero no es suficiente. Dos perchas, quizás.

¿Cómo? ¿Que por qué no salgo y voy a verla?

 

Pero es que no está dispuesta a hablar con nadie. Hummm. Te das cuenta de que ésa es la cuestión. Conversar en la vieja lengua, la vieja y gastada lengua. No puede hacerse.

Por otra parte, también podría llegar a su puerta y dar dos golpecitos.

 

Ella sabría quién llamaba y contestaría o no contestaría.

 

¿Qué hacer entonces? ¿Hablar? ¿Hablar de qué? Descubrí hace años que no tenía nada que decir a nadie, ni nadie tenía nada que decirme a mí,

 

 

 

 

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nada que mereciese la pena escuchar. No quedaba nada que decir. De modo que dejé de hablar. Hasta que te presentaste tú. No sé por qué deseaba hablar contigo, ni qué necesitaba decirte o escuchar que me dijeras. Hay algo… referente a aquella noche… descubrí algo. Resulta extraño: he de decírtelo para saber lo que ya sé. Yo hablo, tú no. Quizás sepas mejor que yo que ya se han dicho demasiadas cosas. Tal vez te hablo debido a tu silencio. Tu silencio es la única conversación que puedo escuchar.

 

Así, pues, ¿qué quiero de ella, de la mujer de la puerta de al lado?

 

En cierta extraña forma, es como Lucy. ¡Lucy era virgen! y yo no la quería de otro modo. Lo que deseaba era bailar con ella en una noche de verano, tenerla cogida ligeramente y mirar el fondo de sus ojos. Deseaba las nalgas deliciosas y tejanas de Margot y deseaba los opacos ojos georgianos de Lucy.

Esa chica de la celda contigua no es virgen. La violaron tres hombres en una noche, quienes la obligaron después a que les obsequiara con sendas felaciones.

He averiguado más cosas acerca de ella. La verdad es que me las ingenié para echar un vistazo a su historia clínica, mientras las enfermeras tomaban café en su salita. Tiene veintinueve años y es oriunda de Georgia, como Lucy. Salió de Agnes Scott, un estupendo colegio femenino, y fue a vivir a una comunidad de artistas establecida en La Jolla. La vulgar y aburrida historia de nuestra época. Luego cambió de idea, acerca de California y la Nueva Vida (que, naturalmente, no es en absoluto una vida nueva, sino el último espasmo de la vieja, la lógica e inevitable culminación, la mismísima caricatura de la vieja, porque la vida nueva no es ni más ni menos que la que sus padres llevarían, si se atreviesen), y se mudó al Noveno Distrito de Nueva Orleans, vivió en el proyecto Deseo, se brindó al servicio del género humano. Después de lo cual, el género humano aceptó su ofrecimiento, la violó en bien de sus sufrimientos y la dejó por muerta en el Barrio.

 

¿En qué sentido, pues, es como Lucy? ¿Cómo es que ella es la Lucy del nuevo mundo? ¿Se debe a que la violación que padeció ha restaurado en cierta manera su virginidad, lo mismo que una persona que se recupera de la peste es inmune a la peste? No acabo de entender por qué me parece tan semejante a Lucy, salvo por la circunstancia de que deseo de ella lo mismo que deseaba de Lucy: acercarme, pero mantener una pequeña

 

 

 

 

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distancia entre nosotros, formularle las preguntas más sencillas en un lenguaje nuevo —¿Cómo estás?—, sólo para oír el sonido de su voz, tocarle la yema de los dedos, dejarle franquear una puerta delante de mí, apoyada levemente mi mano en su cintura.

 

 

 

La noche del día en que descubrí la infidelidad de Margot, abandoné el viejo sendero de mi norma de vida, dejé de beber, por primera vez en varios años, me bañé, me afeité, me puse ropa limpia y pasé la noche completamente despierto y desvelado, en mi mecedora, colocada de forma que, mirando por una ventana y por el único cristal claro que había en la puerta de vidriera que Margot efectivamente encontró para mí (el detalle definitivo que, según dijo Margot, convertiría el palomar en un rinconcito encantador, y así fue), podía ver Belle Isle y la mayor parte de la avenida particular.

 

Mis compañeros de cena se habían marchado a Holiday Inn hacia las once, para ver las tomas de la semana. En eso no se tardaba más de una hora, pero después se les iba el santo al cielo con el debate posterior, «una especie de tira y afloja verbal, más que una serie de argumentaciones», decía Margot, debate que se prolongaba hasta la una o las dos de la madrugada.

Me preguntaba cuánto duraría aquella noche el tira y afloja verbal y, en vez de empinar el codo hasta quedarme dormido, permanecí despierto, vigilante.

Margot no volvió a casa en toda la noche.

 

Mejor dicho, su ranchera «Country Squire», en la que sólo iba ella, entró en la calzada a las ocho y media de la mañana, rodando tan despacio que los neumáticos apenas produjeron chirrido alguno sobre la gravilla. Tan puntualmente como Kant partiendo hacia la universidad a las seis exactas, para que los tenderos pusieran sus relojes en hora cuando pasase por delante de sus establecimientos, había sido mi costumbre levantarme a las nueve en punto, con resaca, pastosa la boca, fétido el aliento, trémulas las manos, ir con paso vacilante hasta la ducha fría y, después, tomar un trago. Exactamente a las nueve y treinta y siete (dos minutos después de las noticias), me sentaba a la mesa de Belle Isle para desayunar. A las diez y cuarto, ya estaba en mi despacho, durante los sesenta ayudando a los negros y, en los setenta, administrando los bienes de ancianas damas.

 

 

 

 

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Aquella mañana estaba en mi mecedora estilo plantación, sereno y despejado, y continué balanceándome durante un rato.

 

Me senté a la mesa del desayuno a la hora de costumbre. Margot comía con entusiasmo, apoyados los codos en la mesa, inclinada la nerviosa cabecita sobre unos humeantes huevos revueltos. Me tembló la mano ligeramente al tomar un sorbo de café; se me contrajo el estómago como si reaccionase contra el primer trago caliente de whisky de la jornada.

 

«¿Qué tal salieron las tomas?».

 

«¡Oh, Dios! Un fracaso tras otro. El endemoniado color se apagó otra vez. Bob se subía por las paredes».

Ahora, la palabra era endemoniado. Merlin no era realmente inglés, pero había vivido allí el tiempo suficiente como para que todo fuese endemoniado esto y endemoniado aquello.

En mi recién estrenada sobriedad, las cosas resultaban mejores y peores. Mis sentidos se habían agudizado, eran excesivamente agudos. Me daba cuenta de la urdimbre y la trama del mantel. Mis ojos siguieron un hilo que subía y bajaba, entrelazándose con otros. Observé puntitos de porcelana blanca asomando bajo la desgastada línea de oro que bordeaba el filo de la taza de café, donde los labios solían posarse, a noventa grados del asa. Cuando Elgin me tocó para ver si yo deseaba más café, faltó muy poco para que saltase de la silla.

 

Contemplé a Margot. Comía como un caballo y parecía encontrarse estupendamente, no regordeta, sino firme y bien pertrechada. Diez años la habían transformado, de una muchacha de Texas inexperta, retozona y vivaracha como un potro mesteño, dispuesta a erigirse en castellana y señora de Belle Isle, había pasado a ser más luisianense que los propios luisianenses, porque éstos no se daban cuenta de hasta qué punto lo eran y ella sí. Su rostro resultaba un poco más suavizado y voluptuoso, como sólo puede ser voluptuosa una mujer de treinta y dos años. Había ahora una tenue pecosidad en sus hombros desnudos, consecuencia del golf, como si fuera una profesional. En la fina, clara y translúcida piel, junto al puente de la nariz, las pecas se habían fundido en un ensombrecimiento que en cualquier otra mujer parecerían círculos bajo los ojos, pero que en Margot eran simplemente madurez y leves tonalidades de color ciruela. Al sentarse, arrellanaba sus posaderas para que encajasen perfectamente en el hueco en forma de B del asiento de su silla.

 

 

 

 

 

 

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Exteriormente, nada había cambiado. Sin embargo, cuando doblé el periódico y eché hacia atrás la silla para levantarme de la mesa, Margot se limpió de los labios la última partícula de tocino y dijo, casi para sí: «Al final, estaba cansada… a decir verdad, me sentí indispuesta como un chucho, de modo que decidí quedarme en el parador, abordé a Raine y me dijo: Hermana, ven a mi cuarto».

Nada había cambiado, salvo que, cuando dio esa explicación, yo me disponía a retirarme de la mesa y me detuve un segundo, con los brazos estirados hacia el borde del mueble. Más de un segundo, porque mis ojos se posaban en el minutero de mi reloj. Una mosca se deslizó por la correa de oro (regalo de Margot). Aguardé a que llegase a la muñeca. La mosca lo hizo. La observé tocar un pelo. Se metió debajo del vello, plegó y se frotó las alas. Al hacerlo, agitó el pelo. Este movió su raíz, que alteró un nervio, el cual remitió un mensaje a mi cerebro. Sentí un cosquilleo.

Fui a mi despacho como de costumbre, volví a casa para almorzar como de costumbre, regresé luego al palomar como de costumbre, pero en vez de tomar tres copas y dormir la siesta, llamé a Elgin.

 

 

 

Explícame una cosa. ¿Por qué sabía yo la verdad acerca de Margot y la sabía con absoluta certeza? Mejor dicho, ¿por qué, conociendo la verdad, tenía que saber más, demostrar más, comprendes? ¿Es que uno necesita averiguar cada vez más, siempre más, para ir aplazando la acción o tal vez incluso para no hacer nada en absoluto?

 

Pero ¿por qué? ¿Por qué se convirtió en lo más importante, en la única obsesión de mi vida, determinar si Margot dormía o no con Merlin, cuando lo cierto es que sabía que lo estaba haciendo, o por lo menos se acostaba con alguien que no era yo? Supongo que, en tu calidad de doctor-científico y experto en almas, tratante en culpabilidad y liberación de ella, así como especialista en clasificación de pecados, sabrás tan bien como yo que eso, su fornicación, la fornicación de cualquiera, no pasa de ser un encuentro de moléculas con moléculas y el estallido de pequeñas ráfagas de electrones a lo largo de nervios diminutos… en nada distinto al frotamiento de las alas de una mosca doméstica debajo de mi vello.

Vaya, por una vez dejas de lado tu ironía y pareces solemne. ¿Que si la amaba?, preguntas.

 

 

 

 

 

 

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Amor. Huramm. Cuanto más viejo me hago, menos sé acerca de tan grandes temas. Eso sí que puedo afirmarlo. Hubo un tiempo, inmediatamente antes y después de que nos casáramos, en que no podía abstenerme de tocarla. Nunca me hartaba de Margot. La misma conducta que detestaba en los demás, la ponía continuamente en práctica con ella y ni por un segundo me importó lo que dijesen; la tocaba en público. ¡La acariciaba! Iba con ella al supermercado, sopesaba en una mano la roja carne vacuna y sostenía en la otra la cálida mano de Margot y en el aparcamiento, a las cuatro de la tarde ¡besuqueo! ¡Fiesta! Avanzábamos carretera adelante como pobres diablos blancos en una camioneta, pegadas las cabezas, hombro con hombro, cadera contra cadera, muslo junto a muslo, con mi mamo derecha hundida cariñosamente entre sus piernas.

 

Incluso después, cuando ambos bebíamos demasiado, era estupendo, beber, emborracharse y acabar empotrados de cualquier manera posible, en el suelo, encima de la mesa, debajo de la mesa, de pie en el guardarropa durante una fiesta. No existía más pensamiento que el de poseerla, disfrutar tanto de ella como de mí y de todas las formas, todas las formas parecían eternas. Beber, reír y hacer el amor, es una buena vida. Ni siquiera el matrimonio lo estropeó. Durante una temporada.

¿La amaba entonces, aquel día de que hablo? Amor. No, amor, no. Ni odio, ni siquiera celos. ¿Qué significan esas viejas palabras? ¿Emociones? ¿Ha habido alguna vez eso que llamamos emociones? En tal caso, la gente experimenta hoy en día menos emociones que antes. Los actores de Merlin pueden manifestar quince emociones corrientes distintas y no compartir entre ellos un solo sentimiento auténtico.

No, mi única «emoción» fue una sensación de cobrar vida de pronto, ese desvelo peculiar que le produce a uno el teléfono cuando suena en mitad de la noche. Eso y una curiosidad devoradora. Tenía que saber. Si Merlin «conocía» a mi esposa, yo tenía que saber hasta dónde llegaba ese conocimiento.

¿Por qué? Lo ignoro. Te lo pregunto. Eso es lo que deseo de ti. Al desconocer el motivo, no sé realmente por qué hice lo que hice. Sólo que, por primera vez en varios años, supe lo que tenía que hacer exactamente. Llamé a Elgin.

A Elgin le sorprendió que le llamase, y se quedó más sorprendido todavía cuando me vio. Ni botella, ni bebidas, ni sueñecitos, ni televisión,

 

 

 

 

 

 

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ni paseos por la estancia, con las manos en los bolsillos, sino allí inmóvil, tranquilo y vigilante.

 

«Siéntate, Elgin».

 

«Sí, señor».

 

Nos sentamos en dos sillas de esclavo. Recuerdo que Elgin pronunciaba parlamentos turísticos aquel verano y aún llevaba puesta su chaqueta de guía con el escudo de armas de Belle Isle en el bolsillo de la pechera, una librea que ningún servidor de la casa había llevado nunca, pero que según calculó mi abuelo debía satisfacer las necesidades de los turistas en cuanto a lo que tenía que llevar un apropiado guía y un auténtico mayordomo del Sur.

La expresión de Elgin no se alteró. El único indicio de su sorpresa consistió en que, aunque su rostro estaba ligeramente desviado, inclinó la cabeza como si fuese algo sordo, pero sus ojos no se apartaron de los míos y observé en ellos cierta cautela disimulada.

«Elgin, voy a pedirte un favor».

 

«Sí, señor».

 

«No es difícil. La cuestión es que quiero que me lo hagas sin que tenga que darte más explicaciones. ¿Lo harás?».

«Sí, señor», repuso Elgin, sin que su tono cambiase ni parpadearan sus ojos. «Aunque se trate de algo criminal o inmoral —esbozó una leve sonrisita—. Usted sabe que haría cualquier cosa que usted me pidiese».

 

Elgin estaba en el curso superior del I.T.M. y tenía, según él, dos razones para sentirse agradecido conmigo, aunque yo distaba mucho de confiaren la gratitud, un estado de ánimo de poco fiar, en caso de que la gratitud exista. Y, a decir verdad, no había hecho gran cosa por Elgin, aparte de esa clase de favores que no cuestan nada, que los nativos liberales suelen hacer y que son casi irresistibles para el que los hace, si no por el placer de hacerlo, al menos porque rinden a cambio un beneficio a uno y un buen sentimiento a otro, ambas cosas desproporcionadas en relación con el esfuerzo involucrado. Ese era uno de los deleites de los años 60: resultaba facilísimo hacer algo sin importancia, pero que parecía una enormidad. Nos encerrábamos en nuestra propia sensación de virtud y en lo que dábamos por descontado sería su agradecimiento. Quizás por eso no duró mucho. ¿Quién puede soportar el agradecimiento?

 

Le ayudé a conseguir una beca, lo que me costó muy poco, dado que la Ivy League andaba frenética buscando algún negro que supiese leer y

 

 

 

 

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contar sin tener que recurrir a los dedos y puesto que Elgin se había graduado en St. Augustine con el número uno de la clase y obtuvo el máximo galardón en el concurso estatal de ciencia, con un proyecto que demostraba la revolución de los electrones y que nunca llegué a entender del todo.

 

De modo que Elgin era inteligente, Elgin estaba muy bien educado e instruido. Elgin sabía leer y escribir mejor que la mayoría de los blancos. Y sin embargo… Sin embargo, Elgin habla aún con lengua de trapo, dice rohar en vez de rogar, sáado en vez de sábado y shicos en vez de chicos.

Era un joven delgado, pero bien constituido, de piel color malva oscuro, rostro estrecho y vivo, pelo cortado por encima de las orejas, corte nada africano, y cuello afeitado como un joven republicano, y últimamente había adoptado una actitud melindrosamente ceñuda que me irritaba un poco, como me irrita cierta clase de científico que ignora lo que no sabe y que lo desacredita más de lo debido. Elgin era uno de ellos. Sugería la idea de haber dado un salto y, desde su condición de niño negro de Luisiana que jugaba a las bolas bajo un árbol de caoba, haberse transformado en sabihondo estudiante de último curso en el I.T.M., franqueando no sólo el Sur en pleno, sino también toda la historia. Y quizás sabía lo que llevaba entre manos. De la parcela de algodón a la física cuántica y contento de no haber hecho un solo alto en el camino.

 

Pero su familia y él aún tenían otra razón por la que estarme agradecidos, una razón ligeramente falsa, la verdad, que en mi talante liberal ligeramente falso me alegraba de no tener que aclarar. Elgin pensaba que yo salvé a su familia del Ku Klux Klan. En cierto modo, lo hice. Su padre, Ellis, y su madre, Suellen, nuestros fieles y hasta poco antes mal pagados servidores, y su hermano pequeño Fluker, habían recibido amenazas del Klan local, porque la Iglesia de Ellis (era predicador en régimen de dedicación parcial) se había utilizado como centro de reunión por parte de CORE, Snick o alguna de esas organizaciones negras. Quemaron una cruz y amenazaron con prender fuego al templo e ir a «cargarse» a los Buell. Cierto que fui a ver al Gran Kleagle y el hostigamiento terminó. Según la historia, que nunca he tenido la energía niel deseo de corregir, me enfrenté, conforme a la mítica tradición de los Lamar, al Kleagle en su madriguera, le reté a «salir a la calle» y le solté algún ultimátum típico de inminente tiroteo del Suroeste, algo como: «Escucha bien, hijo de perra, no sé cuál de vosotros está molestando a

 

 

 

 

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Ellis, pero te hago a ti responsable y si alguien toca un solo pelo de cualquier cabeza Buell, te dejaré seco de un tiro», etcétera, etcétera. Puse coto a la cuestión, desde luego, pero de una manera más acorde con las complejidades y realidades sureñas que la de los simples sueños de los sesenta, cuando sólo había buenas personas y malas personas. Fui a ver al Gran Kleagle, eso sí, que no era otro que J. B. Jenkins, un mocetón estúpido que en el instituto y en la universidad solía jugar en mi mismo equipo. Era gigantesco y tonto y tan buen medio como se pueda ser e incluso se las arregló después para salir sin título de una escuela estatal, hazaña nada despreciable en aquellas fechas, y desde entonces operó, no una estación de servicio de la Gulf Oil, sino una estación de servicio de la Gulf Coast Oil. Era un buen hombre de familia, creía en Jesucristo, en Norteamérica, en el estilo de vida del Sur, odiaba a comunistas y liberales, y no estaba totalmente equivocado en sus consideraciones sobre tales asuntos. De cualquier modo, toda nuestra conversación en la sofocante chabola de hojalata galvanizada de su gasolinera de la Gulf Coast Oil fue así: «Mira, J. B., quiero que me hagas un favor». «¿De qué se trata, Lance, viejo compinche?». «Sabes lo que quiero. Quiero que me dejéis en paz a Ellis y su Iglesia». «Vamos, maldita sea, Lance, estás tan bien enterado como yo de que allí no hay más que un puñado de judíos comunistas que están soliviantando a los negros». «¿Aceptas mi palabra sobre una cosa, J. B.?». «Sabes que sí». «Te garantizo que allí no hay judíos ni comunistas y estoy dispuesto a jurarte que Ellis es un buen anabaptista temeroso de Dios, lo mismo que tú, y que no puedes recelar daño alguno por su parte». «Sí, pero es un negro más que engreído». «Sí, pero es mi negro, J. B. Lleva cuarenta años trabajando para nosotros y te consta». «Bueno, eso es verdad. En fin, está bien, Lance. No te preocupes más. Tomemos un trago». Así que bebimos unas copas de whisky puro de tres dólares en aquella choza metálica con una temperatura de cuarenta y cinco grados. El sudor brotaba de nuestras cabezas, como aureolas. Y eso fue todo.

 

Ah, bueno. Como te digo, la vida real es más complicada y ambigua que en las películas. Ellis Buell era agradecido. Ellis Buell había visto demasiada televisión y La ley del revólver. «Teníais que haber visto al señor Lance parándole los pies a ese pelagatos blanco». Y todo eso.

 

Su hijo Elgin era otra cuestión. La verdad es que Elgin era el único al que, de un modo u otro, le importaban un bledo tales asuntos. Como Arquímedes, estaba más interesado, exclusivamente interesado, en escribir

 

 

 

 

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sus fórmulas y le tenía sin cuidado, ni siquiera se percataría de ello, el que fuera un miembro del Ku Klux Klan o un soldado romano quien le levantara la mano.

 

Elgin, creo, habría hecho lo que le pidiese, no impulsado por el agradecimiento (él y yo sabíamos que ésa era una emoción negativa), sino porque simpatizaba conmigo y me tenía lástima. A diferencia de él, yo había sido incapaz de huir a través de las simples complejidades de la ciencia. Lo único que Elgin tenía que hacer era resolver el misterio del universo, que puede ser difícil, pero no tan difícil como llevar una vida corriente.

Por mi parte, había contado también con que mi petición le intrigase como una especie de juego matemático, precisamente lo que era. Le intrigó.

 

 

 

¿Se te ha ocurrido alguna vez que después de nuestro ingreso en la universidad nunca nos tocamos el uno al otro? ¿Recuerdas aquel día que caminábamos por la calle de Borbón, tras dos marineros rusos que iban cogidos de la mano? ¿Te acuerdas de aquella ocasión en que dormimos en la cama de un motel de Jackson (Mississippi), con una puta entre nosotros? ¿Por qué nos pareció correcto atacar simultáneamente a la pobre puta pero en ningún momento nos tocábamos el uno al otro? ¿Quién está loco, nosotros o los rusos?

 

Ah, me tocas en el hombro. ¿Sabes que estoy desconcertado?

 

Oh, Dios, algo marcha mal en mi cerebro. Se ha vuelto a quedar en blanco. Es un poco aterrador. No me vendría mal un trago. Todo el mundo habla de los horrores de la bebida, que son bastante reales, pero nadie dice nada de sus encantos. Tu Dios nos regaló el vino, ¿no?, y organizó buenas fiestas. Medio borracho, lo recuerdo todo, lo veo todo tal como es y como era, la belleza que tiene, más que lo triste. Podría recordar todo lo que hicimos. Había entonces una encantadora relajación, una manga ancha que transformaba mágicamente aquellas tardes tristes sureñas en un jardín de las delicias. ¿Verdad que sí? Pasamos buenos ratos, tú y yo. Luego, la juventud terminó y tú te marchaste hacia Dios. Yo ingresé en la A.C.L.U. y me hice liberal. Después, me entregué a la bebida. Sobrio, no podía soportar la vista de Belle Isle y los grandes robles; parecían melancólicos,

 

 

 

 

 

 

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agotados y autodestruidos. Cinco buenos tragos y de nuevo volvían a ser como antes.

 

No es que no pueda recordar. Está todo allí, lo que sucedió, desplegado como un mapa, pero me cuesta un trabajo ímprobo reunir mis pensamientos, concentrarme en ellos. Quizás me acuerdo demasiado bien, como cuando uno se aprende de memoria un discurso, lo recita una docena de veces ante el espejo y, al llegar el momento de pronunciarlo, no le sale la primera palabra.

Una vez mi padre me habló de una pesadilla que se repetía y le despertaba reiteradamente. ¿Y si uno fracasa sin paliativos en lo que se ha propuesto hacer en la vida, fracasa por completo, no consigue recordar la primera palabra, tener la primera idea, llevar a cabo el acto más sencillo, cumplir la tarea más fácil? Como un actor que olvida su texto y provoca una terrible desorientación al interrumpir el desarrollo fluido de la obra. ¿Y si uno tiene que levantarse para dirigirse al jurado y se encuentra con el cerebro en blanco? (Mi padre estaba licenciado en derecho por Harvard, pero nunca ejerció la carrera). En mi fuero interno, creo que temía que, de todos los habitantes del planeta, sólo él fracasaría y el mundo se vendría abajo de pura vergüenza ante tal fracaso.

 

Con semejante miedo, ¿qué le ocurre a un hombre? Nada. No podía, le era imposible intentar algo, paralizado por el temor de que el mundo dejase de girar si él fallaba. De modo que se convirtió en director del segundo en importancia de los dos semanarios de una parroquia, padeció «debilidad pulmonar», sea lo que fuere eso, no tuberculosis, sino «predisposición» a ella, y pasó a ser un semi-inválido que dedicaba sus días a escribir poemas y artículos históricos. Alcanzó el punto culminante de su existencia cuando el Club Kiwanis lo eligió Poeta Laureado de la Parroquia Feliciana.

Permíteme que te cuente el secreto de la familia, que ni siquiera tú conoces, aunque sepas todo lo demás. ¿Sabes que creo sinceramente que su esposa, mi madre, Lily, también le hacía los cuernos? Recuerdo a tío Harry, conocido igualmente por el sobrenombre de «Reventador», un primo lejano de ella, elegante y corpulento vendedor de Schenley, antiguo vendedor del Realsilk, que, en mi infancia, siempre estaba entrando y saliendo de Belle Isle. Nadie se alegraba de verle tanto como yo, porque me llevaba los juguetes más caros, equipos «Erector», navajas de explorador de veinte hojas, y me lanzaba por el aire hasta tres metros de

 

 

 

 

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altura… ¡felicidad! ¡chillidos! Los niños son más fáciles de sobornar que los perros cocker. Y allí estaba mi padre, reclinado en un sofá, bajo una alfombra afgana, en la galería superior, mirando la alameda de robles y escribiendo poemas que no eran tan buenos como el Evangeline, de Longfellow, que eran bastante malos, aunque del mismo estilo, amables crónicas históricas cada vez que localizaba otro viejo templo «no romano». Tío Harry se presentaba estruendosamente en su «Buick» descapotable y anunciaba a grito pelado: «Llevo a todo el mundo de excursión al río False». Mi padre insistía en que fuera mi madre; ella necesitaba aire puro. Suellen puede cuidar de mí, ¿no es cierto, Suellen? «Venga, vamos, señorita Lily, no ha ido usted a ninguna parte en todo el verano». Y se iban, nos íbamos —yo iba a veces, pero no siempre— de «excursión en coche». ¡Dios, una excursión en coche! ¡Jesús!, ¿te lo imaginas…? Naturalmente, la cuestión no es por qué, sino por qué no. Ja, ja, qué risa, en cierto sentido. Porque nosotros éramos una familia tan honorable. Y, claro, aquí está la pregunta más intrigante de todas: ¿Lo supo mi padre desde el principio?

 

Qué desdichado pareces. ¿Quién es la causa de tu infelicidad? ¿Yo? ¿Lily? ¿Mi padre? ¿La pecadora humanidad sufriente? ¿Tu propia familia melancólicamente hundida? ¿Estás interpretando ahora el papel de sacerdote?

¿Elgin? Sí, tienes razón. Hablábamos de Elgin. Sí. No. Aguarda. Mencioné un mapa. No era un mapa. Era un plano de planta. Lo recuerdo. Le di a Elgin un plano del Holiday Inn, que aquella misma tarde me había proporcionado mi tío Lock, Bushrod Laughlin Lamar, que llevaba el parador.

«Elgin, aquí tienes un plano del Holiday Inn».

 

«Sí, señor». Lo cogió. A juzgar por su reacción, lo mismo podía haber sido el cheque de su salario.

¿Ha logrado alguien sorprender alguna vez a los negros?

 

«Hay un problema en el que tal vez puedas ayudarme. No necesitas conocer los detalles. Basta con que te diga que estoy preocupado por mi hija Lucy, que es joven e impresionable y cabe la posibilidad de que se haya metido en dificultades por culpa de las drogas, Pero antes he de enterarme de los hechos, empezando por los sitios a donde va y en qué pasa el tiempo».

 

 

 

 

 

 

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Elgin escudriñó el plano con mirada tan intensa que dio la impresión de esperar ver allí a Lucy.

 

«Quiero que hagas lo siguiente. Quiero que te inscribas en el Holiday Inn, que pases allí las tres próximas noches y tomes nota de las entradas y salidas de Lucy. Ya sabes, el personal cinematográfico se hospeda allí y, como la chica anda loca por las películas, no hace más que merodear a todas horas por la hostería. Apunta a todos los que conoces: Merlin, Troy Dana, Janos Jacoby, Raine Robinette, incluso a mi esposa y a mí. Quiero un cuadro de conjunto. ¿Comprendes?».

 

Su rápida, opaca y única mirada me indicó que había comprendido. Comprendido y accedido. Comprendido incluso que había algo que yo necesitaba saber, pero que no deseaba decirle, ni él deseaba que se lo dijese.

«Este es el problema. Considéralo un juego matemático. Quiero que elijas una de esas habitaciones. Lo he arreglado todo con Lock, puedes quedarte con la habitación que quieras, él sabe que estás en la película».

Puse el plano de planta encima de la mesa escritorio, entre Elgin y yo, y escribí nombres en el hueco de algunas habitaciones.

«La idea consiste en escoger una habitación o cualquier otra atalaya desde donde puedan observarse los siguientes puntos: la puerta interior de la Sala Adelfa, esta de aquí —que es donde se pasan las tomas, la habitación de Dana, que es ésta, la de Raine, que es esa de ahí, la de Merlin, que está ahí, y la de Jacoby, que es ésta. Llegamos al obstáculo (algo que sin duda te interesará… a mí me confunde): no habría problema si el patio interior fuese cuadrangular. No tendrías que hacer más que sentarte junto a la ventana de cualquiera de casi todas las habitaciones y lo dominarías todo, incluido el cuarto de Merlin, que está en la segunda planta. Te limitarías a elegir una habitación, ésta, por ejemplo, en el lado opuesto de la primera planta. Pero, como ves, no es tan sencillo. El patio tiene forma de L. Así que, si tomas esa habitación, no verás la de Raine. Y si coges esta otra, podrás ver la de Raine, pero no la de Merlin».

 

«Hummm». Elgin ya estaba interesado, transportado de los poco elegantes misterios de las actividades de los blancos a la elegante simplicidad de la geometría. Utilizando el pulgar, empezó a empujarse el labio superior por encima del colmillo, un hábito nuevo. Supongo que se lo copió a alguno de sus profesores del I.T.M.

 

 

 

 

 

 

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«Coge esos prismáticos, Elgin. Son excelentes para la noche. No olvides tu cuaderno. Tomarás nota en él de todo lo que observes: no sólo la hora exacta en que alguien entra o sale de una habitación, sino todo cuanto puedas observar, lo que una persona lleve consigo, lo que hagan, el más pequeño detalle de su conducta».

 

Elgin trazaba afanosamente líneas a través del patio, ángulos e inclinaciones. Enarcaba las cejas con aire feliz. Repetí mis instrucciones.

«¿He de estar allí toda la noche?».

 

«Sí. Eso es, desde las once hasta que amanezca. Mejor dicho, hasta inmediatamente antes del alba. No quiero que te vean».

«¿Tres noches?».

 

«Quizás. Fuera de casa. Veremos cómo sale el asunto. Quedas relevado de tus funciones de guía. Ahora vete a casa y duerme un poco. Le diré a Ellis que te mando a Nueva Orleans a tomar una declaración».

 

«Me pregunto qué será este cuarto. Probablemente el hueco para la máquina de refrescos y fabricación de cubitos de hielo».

«Probablemente. No tiene ventana».

 

Elgin se quitó las gafas y se frotó los ojos.

 

«Verá, aquí viene lo malo». Podría imaginármelo veinte años después, por su expresión, sus hábitos que ya habían empezado a establecerse; verle detrás de su mesa, entregado a un problema, quitándose rápidamente las gafas para frotarse los ojos. «El problema, tal como usted lo plantea, es insoluble… a menos que quiera montar un sistema de espejos, taladrar agujeros en los pisos… cosa que supongo no desea hacer».

 

«No».

 

«Verá, si estuviese en la 214, una habitación de arriba situada en el rincón interno de la L, podría ver todos los cuartos, salvo el de Raine, que está en la primera planta. Por otra parte, si me encontrase en el lado contrario del patio, cerca del rincón exterior de la L, no podría ver el cuarto de Merlin». Más rayas, líneas que se cruzaban con otras como electrones chocando.

«Para vigilar todas las habitaciones, planteando el problema tal como usted lo hace, necesitará dos observadores. Yo situado ahí y, pongamos, Fluker, allí».

«¡Fluker! ¡Se quedaría dormido!».

 

Nos echamos a reír. El mismo nombre nos resultaba gracioso, una broma secreta.

 

 

 

 

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Elgin esbozó luego su vieja sonrisa, la sonrisa entre la que centelleaban sus dientes, suave y desprovista de amaneramiento.

 

«Eso haría precisamente. Hummm. Veamos. Vamos a ver». Contempló el plano y dio golpecitos con su lápiz. ¿Por qué me sentía como el estudiante que visita al profesor? «Bueeeeno». (¡Qué felices son los científicos! ¿Por qué no nos hicimos científicos, Percival? Se enfrentan a problemas que pueden resolverse. Nosotros no sabemos a qué nos enfrentamos. ¿Tiene nombre?).

Elgin se puso las gafas.

 

«¿Esta es la piscina?».

 

«Exacto».

 

«¿Está iluminada?».

 

«Por luces sumergidas, a partir de las diez. Los focos están instalados en las galerías, pero la zona que circunda la piscina se encuentra bastante a oscuras».

«¿Hay bancos y sillas por allí?».

 

«Sí».

 

«Matas… es decir, ¿hay arbustos?».

 

«Sí». Ellis, su padre, solía decir matas en vez de arbustos: «¿Quiere que corte esas matas?». Ni siquiera Ellis dice eso ya.

«Entonces sólo hay un sitio». Elgin dejó caer el lápiz, que produjo un seco chasquido, volvió a cogerlo, trazó una X grande, soltó otra vez el lapicero y se echó hacia atrás en la silla. Sonrió. Entornó los párpados. ¡Había dado con la solución!

«¿En mitad del patio?».

 

«Claro. ¿Dónde, si no?».

 

«Pero…».

 

«¿Qué clase de bancos y asientos tienen?».

 

«¿A qué te refieres?».

 

«Quiero decir que si son de aluminio ligero o de madera maciza».

 

«De madera de secoya, pesados, tapizados de negro. Excesivamente pesados para que los roben, me acuerdo muy bien. Lock está orgulloso de ellos».

Volvió a aparecer la vieja, dulce y brillante sonrisa de Elgin. En su triunfo, se permitió el lujo de ser lo que era: un joven sureño de veintidós años acostumbrado a reír y sonreír una barbaridad.

 

 

 

 

 

 

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«Dice usted que está oscuro. Los asientos son oscuros, la tapicería negra. Llevaré calzones de baño negros, soy negro y nadie verá nada».

 

Sonrió. Ni siquiera se estaba remedando irónicamente a sí mismo, como negro o negro del Sur, sino como negro de Televisión-Hollywood-Sammy-Davis-Junior, y sabía que yo lo sabía.

Chasqueó los dedos.

 

«No. Es incluso mejor que eso».

 

«¿Cómo?».

 

«¿No lo comprende? No importaría que alguien me viese a esa distancia. Un hombre en calzón de baño, junto a la piscina. Nadie prestará la menor atención. Como en La carta robada, de Poe».

La carta robada, de Poe. Pensé en J. B. Jenkins, buen hombre, mal hombre, buen hombre malo, miembro del Klan, cristiano, medio y compañero de armas contra el poderoso Marea Carmesí de Alabama. El único Poe que conocía era Alcide «Boboelculo». Poe, defensa de ataque del De Ridder. J. B. y yo, sumergidos en la vida, empapados en sangre y lágrimas de la vieja Luisiana y trescientos años de pecado cristiano y cuchillos Bowie de hoja ancha rifles «Sharps», derramamiento de sangre y victoria-derrota. Y Elgin saltando por encima de todos nosotros, transformado de la noche a la mañana en un frío-presumido profesor yanqui.

 

La carta robada, de Poe, verdaderamente. Poe. También él había penetrado en el secreto de Elgin: Hallar la felicidad en problemas, rompecabezas y matemáticas obsesiones doradas. Pero la dejó marchar. Se volvió chiflado como yo. Elgin no iba a hacer tal cosa.

«¿Cómo vas a llevar allí los prismáticos?».

 

«Envueltos en la toalla».

 

«Conforme. Entonces la situación del cuarto carece de importancia. Ve e inscríbete. Lleva bien tu cuaderno esta noche. Cuando vuelvas, duerme un poco y luego ven a verme aquí, aproximadamente a esta misma hora. Pondré a Fluker en el servicio de guía».

 

«Fluker». Nos reímos de nuevo. «Cualquiera sabe lo que va a decir Fluker».

«Estará a la altura de las circunstancias. De todas formas, ¿qué más da?».

«Sí». Elgin volvía a tener la mirada en el futuro inmediato. «La cuestión ahora es cómo voy a arreglármelas para ver lo que escribo en la

 

 

 

 

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oscuridad. ¿Lápiz blanco sobre superficie negra? ¿Lápiz luminoso? No, utilizaré —evidentemente, hablaba para sí— una pluma “Kiefer”” ultravioleta».

 

«Hazlo así».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Jacoby? ¿No te he hablado de él? ¿Los titulares? ¡ARDE BELLE ISLE!

 

¡DIRECTOR ASESINADO Y MUTILADO! ¡ANTIGUA FIGURA ESTELAR DEL FÚTBOL DETENIDA PARA SOMETERLA A INTERROGATORIO! Sí, recuerdo todo eso. Belle

Isle se quemó hasta los cimientos, con la salvedad de las veinte columnas estriadas de orden dórico. Mis manos se abrasaron durante mi intento de salvar a Margot.

 

Es difícil pensar en todo eso.

 

Debes creerme si te digo que es la trivialidad del pasado lo que me desanima. Sólo por un motivo te cuento todas estas viejas tristezas, mejor dicho, trato de recordarlas, y ese motivo no tiene nada que ver con ser capaz de recordar. Puedo recordar. Puedo recordar todas las palabras que Elgin me dijo en el palomar. Es que el pasado, cualquier pasado, resulta intolerable, no porque sea violento, terrible o esté fatalmente predestinado, sino porque es condenadamente trivial, insensato e inútil. Y la violencia es lo más trivial y latoso de todo. Es horrible, no porque resulte cruenta, sino porque carece de sentido. Es intrascendente.

¿Entonces por qué me molesto en contártelo? Porque algo me inquieta y no sabré de qué se trata hasta haberlo dicho. Ahora voy a formularte una pregunta. No estás en condiciones de contestarla. Pero es importante que te la haga. Eso ha sido siempre lo mejor de ti, que siempre fuiste la única persona con la que he podido hablar.

¿Por qué te marchaste hace veinte años? ¿Acaso Luisiana no era bastante buena para ti? ¿Crees que Biafra te necesitaba más que los Estados Unidos? A veces pienso que si hubieses estado por aquí para hablar contigo…

Guardas silencio. Cristo, tú mismo no lo sabes.

 

Tengo que contarte a mi modo lo que ocurrió… para que yo pueda saber qué sucedió. No lo sabré con certeza hasta que lo haya dicho. Y sólo

 

 

 

 

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existe un modo de que pueda resistir la horrible trivialidad del asunto: y es que presiento que hay un indicio que se me ha escapado y que tú puedes captar.

 

Es como si supiese que el indicio está enterrado en algún lugar entre los escombros de Belle Isle y que tendría que pasar días y días revolviendo con el pie las cenizas, para encontrarlo. No me sería posible hacerlo yo solo. Pero podríamos hacerlo los dos.

¿Una pista que conduzca a qué? ¿Al «misterio» de Belle Isle? Belle Isle ha desaparecido y no me importa absolutamente nada. Si estuviese intacta, sería el último lugar de la tierra que elegiría para vivir. Antes me instalaría en Brooklyn. Se la llevó el viento, como a Tara, y digo lo mismo: buen viaje.

No, el misterio no está ahí. El misterio reside aquí y ahora. El misterio

 

es: ¿Qué va a hacer uno consigo mismo? Cuando uno envejece, empieza a

 

comprender la jugarreta que le gasta el tiempo, y uno se da cuenta de que,

 

so pena de que haga algo, el paso del tiempo no es más que la usurpación

 

de la horrible trivialidad del pasado, que invade el virginal futura. El

 

pasado devora al futuro como un magnetófono devora cintas, el presente

 

es la cabeza de la grabadora, la boca del tiempo.

 

Así, pues, ¿dónde está el misterio y por qué molestarse en revolver las cenizas?

Porque hay un indicio en el pasado.

 

Partamos del momento presente. Mira ahí fuera. Una tarde otoñal de Nueva Orleans, con la peculiar luz dorada que satura el cielo cuando la primera cuña de aire frío del Canadá se desliza como un prisma de cristal bajo el baño de vapor del Golfo. Observa esa claridad dorada. Irradia del cristal y baja a filtrarse e integrarse en las mismas calles míseras con los sonidos del vecindario, ruidos de amas de casa que conectan sus «Hoover» y televisores, voces que salen por la puerta de las cocinas, el mismo olor de los muelles de Tchoupitoulas.

 

Considera el pasado. Imagínate a un hombre sentado en la Parroquia Feliciana, un hombre que pasa veinte años ejerciendo el derecho (¡sí! «ejerciendo»), jugando a ser «moderado» o «liberal», sea lo que sea eso, recreándose en la ilusión de que estaba viviendo su vida y sin darse cuenta siquiera de que no era así.

Pero sucede algo. Hay una diferencia. La diferencia entre entonces y ahora consiste en que últimamente he estado alerta. Tengo plena

 

 

 

 

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conciencia de que soy la cabeza de la grabadora. De que este cuarto es una cabeza de aparato magnetofónico. Por eso es tan sencilla y está tan vacía: para que yo pueda darme cuenta de las cosas. Como ves, no consiste más que en un pequeño espacio vacío, por el que transcurre el tiempo, y una minúscula abertura al mundo. Permaneceré aquí hasta que me encuentre en condiciones de decidir qué hace la cabeza grabadora de cinta y si tengo algo que decir al respecto. ¿Es simplemente una devoradora de tiempo y convierte de forma obligatoria el puro porvenir vacío en pasado miserable?

Hace un año (¿fue hace un año?) efectué mis dos grandes descubrimientos: primero, la infidelidad de Margot; segundo, mi liberación. No puedo explicarte el motivo, pero el segundo fue consecuencia directa del primero. En el preciso instante en que supe a ciencia cierta que otro hombre se había trincado a Margot, tuve la impresión de que me despertaba de un sueño de veinte años. Fui Rip van Winkle frotándose los ojos. En cuestión de un segundo me tomé sobrio, despierto, vigilante. Podía actuar.

Sin embargo, algo se torció. Me alegro de que te limites a escuchar, a mirarme sin decir nada. Porque temía que pudieses sugerir que no hice nada mal —como el psicólogo de aquí: le diga lo que le diga, incluso aunque me tire un pedo, me dirige siempre la misma rápida mirada de felicitación—, que no hice nada mal o que había «pecado»… y no sé qué es peor. Porque no se trata de eso. Ignoro qué significa eso. No obstante, es evidente que algo se torció, porque estoy aquí, en un manicomio… ¿o es una cárcel?… recuperándome de la conmoción, la psicosis, la desorientación.

De un estado de libertad y aptitud para actuar (aquella noche que te digo, ¡el mundo estaba abierto! ¡Yo era libre!, podía hacer cualquier cosa, idear cualquier plan), he pasado a encontrarme encerrado en una pequeña celda y contento de verme aquí.

Un zorro no se pasa un año arrastrándose dentro de un agujero, a no ser que esté herido. Pero, al cabo de cierto tiempo, empieza a sentirse bien, asoma el hocico, echa un vistazo al entorno.

Aún tengo que resolver la cuestión de iniciar una nueva vida, un principio absolutamente nuevo. Pero sé que he de partir de cero.

Empezar con una madriguera, un lugar pequeño, limpio y bien barrido, como éste, con una ventana al mundo y otra criatura en la habitación contigua. Eso es todo lo que uno necesita. A decir verdad, es todo lo que

 

 

 

 

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uno puede soportar. Añade más criaturas, más mundo, libros, charla, televisión, noticias… y volveremos a la locura anterior. Hay demasiada alimentación para la cabeza del magnetófono —la nueva cinta está demasiado vacía— demasiadas posibilidades, pero la cinta grabada está demasiado llena.

 

¿Pero qué ocurrió con la otra nueva vida el año pasado? Tengo que averiguarlo, para no cometer dos veces el mismo error. Por lo tanto, he de regresar y revolver las cenizas de Belle Isle. Hay algo que no entiendo. Y tú eres mi punto de apoyo y mi compañero. Porque tú conociste Belle Isle, me conoces a mí y no puedo confiarme a ninguna otra persona.

Dentro de un mes o cosa así saldré de este lugar. Al menos, ésa es mi opinión, aunque los médicos no se hayan comprometido. Quizás Anna se haya recuperado lo bastante como para marcharse también.

 

¿Que quién es Anna? La mujer de la puerta de al lado. ¿No te dije que ayer le hice una visita y que me dijo su nombre? También, ayer comió por primera vez. Pronto no tendrán que alimentarla a la fuerza. ¿Cómo sucedió eso? Muy sencillo. Me cansé de tanto golpecito en la pared. De modo que, sin más, ayer me levanté, fui a la puerta, la abrí, salí al pasillo —la primera vez que hacía una cosa así de modo tan espontáneo—, recorrí los tres metros y llegué ante su puerta. Llamé y entré. (¡La vida es tan sencilla a veces!). Estaba tendida encima de su camastro, como de costumbre, más bien hecha un ovillo, de cara a la pared, con una maraña de pelo sobre la mejilla, la poco pronunciada cadera levantando la bata de hospital. Sus juveniles brazos morenos formaban una V perfecta, apretadas una contra otra las palmas de las manos hundidas entre los muslos.

 

Me quedé un momento contemplándola. Ella se revolvió.

 

«¿Cómo se llama?», pregunté.

 

«Anna», repuso. Fue todo lo que dijo.

 

Decidí sentarme a su lado. Volvió a moverse y hundió el mentón en la garganta, para poder observarme por encima de los pómulos. Capté un brillo entre sus párpados.

Su delgado rostro moreno me recordó a Lucy, salvo que no tenía la peculiar expresión festiva de Lucy, ni su diminuta cicatriz en el labio. Su semblante parecía hermético, ligeramente entreabiertos y secos los labios, como una mujer dormida. Tenía una cicatriz, desde luego, pero no como la de Lucy, una gran cicatriz blanca que trazaba una curva desde la frente hasta la mejilla, consecuencia de un corte recibido durante la violación y la

 

 

 

 

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paliza. Su cicatriz era como la de una buscona. ¿Recuerdas que nosotros hicimos la observación de que todas las putas tienen cicatrices, cicatrices abdominales de histerectomías y abortos, cicatrices en la cara, resultado de tundas, y cicatrices en las piernas, secuela de accidentes automovilísticos?

 

«Tenga», le dije. «Coma esto». Llevaba en el bolsillo media docena de bombones «Hershey» que Malcolm (el celador… ¿o es un enfermero?) me había dado. Quité el plateado envoltorio de uno y se lo ofrecí. Ella no respondió. Se lo puse dentro de la boca.

¿Sabes lo que hizo?

 

Levantó una mano desde los muslos, se sacó el dulce, ocultó de nuevo la barbilla, frunció el ceño y miró el bombón exactamente igual a como lo haría una chiquilla. Luego cerró los ojos, se lo metió otra vez en la boca y empezó a chuparlo.

 

 

 

Sí. Jacoby. Estaba allí, creo, la noche del día en que hablé con Elgin.

 

De todas formas, recuerdo que estaba una noche.

 

Janos Jacoby estaba repleto de sí mismo. Bastante joven, bajo de estatura, con una mata de pelo negro que continuamente se quitaba de delante de los ojos con brusco movimiento de cabeza. Era un etéreo francés-polaco fogoso o sabía actuar como un etéreo francés-polaco fogoso… o tal vez las dos cosas. Quizás era del Bronx. Su acento variaba: también había sido actor, de modo que yo no sabía qué era. Sentado junto a Margot, le concedía toda su atención, revolviéndose en la silla de forma que, dándome la espalda, quedaba casi de cara a mi mujer. También practicaba el truco de los extranjeros de utilizar su acento e incluso sus equivocaciones en beneficio propio. Al buscar una palabra, sus labios se tensaban al modo europeo, alzaba las dos manos ante el rostro de Margot como si la palabra estuviese allí para que ambos la examinasen. Aunque hacía caso omiso de Raine y Dana —me pregunté si todos los directores ignoraban a todos los actores—, Jacoby empleaba la cabeza, la cara, las manos, los labios como un actor, tratando de crear efectos. Impactos sobre Margot. Ella estaba encantada. Le relucían los ojos. El color afloraba a sus mejillas. Sus pecas se oscurecían. Los ojos de Jacoby pasaban de largo sobre mí, a través de mí, como si yo no estuviera presente. Cuando Margot hablaba, su hombro se inclinaba juguetonamente hacia él, le rozaba.

 

 

 

 

 

 

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Merlin, al otro lado de Margot, parecía distraído y hastiado. Utilizaba el mango de la cuchara para trazar largas señales rectas en el mantel. De vez en cuando, Margot se inclinaba hacia el otro lado y le tocaba, como si pretendiese inducirle a participar en la conversación, pero Merlin se limitaba a asentir con la cabeza.

 

Poco antes, Merlin y Jacoby habían estado enzarzados en una discusión, durante la cual Merlin habló de la indispensabilidad de acción y argumento en una película, mientras Jacoby, más imaginativamente docto, sacó a relucir expresiones como «lenguaje cinematográfico», «la semiótica del film», «Griffith como maestro de la elocución significativa», «Metz como único crítico capaz de entender las connotaciones fílmicas», y así sucesivamente. ¡Qué basura! Me negué a prestar atención.

Merlin acabó por encogerse de hombros y guardó silencio. No llegué a determinar si la intención de Jacoby era (1) impresionar a Merlin, (2) maravillar a Margot, (3) conseguir las dos cosas o (4) si hablaba sinceramente.

Tampoco estuve seguro de si Merlin se retiraba del debate porque (1). Jacoby prestaba demasiada atención a Margot, (2) le aburría la rimbombante «semiótica cinematográfica» de Jacoby.

Raine y Dana escuchaban con aire taciturno. Mi hija Lucy se las había arreglado para situarse entre ambos y se encontraba en pleno arrebato de felicidad, dichosa de estar junto a Troy Dana, de quien se confesaba enamorada, e incluso más feliz aún por estar junto a Raine, a quien idolatraba por su condición de poseedora fortuita de las cualidades que en más estima tenía Lucy y, por lo tanto, más inalcanzables le parecían: belleza, fama y esa «gracia» especial en la que Lucy a duras penas podía creer, la aptitud de Raine para recordar el nombre de todos los miembros de la plantilla cinematográfica, los nombres de las esposas de los miembros del personal cineasta e incluso los nombres de los hijos de los servidores, que tuviese tiempo para dedicárselo a ella, a Lucy, a las amistades. La capacidad de Raine para «comportarse como cualquier otra persona, una persona real» le parecía a Lucy algo que superaba los hechos más milagrosos de los santos. «Es la persona más maravillosa que he conocido en toda mi vida», me había dicho Lucy.

 

Yo no creía que Raine fuese maravillosa. Era asombrosamente guapa, con una preciosa carita en forma de corazón y ojos de tonalidad cobalto violeta que parecían mirar desde sus profundidades para clavarse en las

 

 

 

 

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pupilas de uno, una triquiñuela que llegué a aprender, aquella fija mirada violeta, con la barbilla descansando en el dorso de la mano doblada. Las profundidades de Raine estaban vacías. Pero coqueteaba conmigo y eso era agradable. Su único entusiasmo, aparte de su gracia, lo constituía su absorción de un culto de California llamado D.I.P., o algo así, quizá Dinámica-Ideo-Personal. Me habló extensamente de ello. Recuerdo muy poco, salvo que dijo que era más científico que la astrología, al basarse no sólo en la influencia de los astros, sino también en la evidencia de los campos magnéticos que rodean a las personas. La existencia de esos campos o auras se había demostrado, afirmó, mediante cierta fotografía especial.

 

Los ojos cobalto miraban fijamente a los míos, a treinta centímetros de distancia: «¿Sabías que tu campo magnético es tan único como tus huellas dactilares?».

«No».

 

«Es más exacto que la astrología porque, aunque nosotros seamos Capricornio, somos distintos».

«¿Sí?».

 

«Muchas personas son escépticas respecto a la astrología, pero en la actualidad hay prueba científica de todo esto».

«Comprendo».

 

«¿No te das cuenta de las posibilidades?».

 

«¿Posibilidades?».

 

«Para el futuro, para el género humano, para evitar las guerras».

 

«¿Cómo es eso?».

 

«Todo el mundo podría tener su ideograma, que es una interpretación científica de su campo magnético. Algunos ideogramas son patentemente más vigorosos que otros o incompatibles con los demás. Si el presidente de los Estados Unidos tiene un ideograma débil, sería estúpido enviarle a una reunión cumbre. Es el arma definitiva contra el comunismo».

«Me hago cargo de cómo sería».

 

Había observado que los actores sólo se interesaban superficial y pasajeramente por las cosas, los acontecimientos del día, las cuestiones científicas, la política. Prácticamente, no estaban aquí, en Luisiana quiero decir, sino que el viento los había impulsado en esta dirección, como esporas de bejín, y entraban y salían de sus papeles, «entraban» en la Ciencia Cristiana, para volver a salir luego.

 

 

 

 

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«A mí me ha sido de gran ayuda tanto en la vida personal como profesional. ¿No te gustaría una interpretación? Verás, creo que te subestimas». Lo dijo todo de una vez, sin respirar.

 

«Pues, no, bueno, sí, claro. ¿Me harás tú esa interpretación?».

 

«¡No faltaba más!».

 

Lo malo fue que mientras hablaba de ello, su tema favorito, la voz se le tornó lisa y se desvaneció. Su mirada seguía fija, pero sin ver. Tuve la sensación de que no se escuchaba a sí misma. ¿Sería posible que su D.I.P. fuese también un truco, no un ardid que pusiese en práctica conmigo, sino con su propia persona, un modo de matar el tiempo?

 

Merlin y Jacoby trataban de la película que estaban haciendo, mejor dicho, que Jacoby parecía estar haciendo, porque aunque Merlin era el productor-director y Jacoby codirector, Jacoby era quien se encargaba de preparar el tablado, dar voces a los actores y tramoyistas e incluso ordenar a los residentes locales que desalojaran sus domicilios. Me admiraba lo sumisamente, hasta alegremente, que los vecinos aceptaban aquellos modales groseros. Todo por figurar en una película o estar relacionado de alguna manera con una película. Luego pensaba: Mira quién está hablando y quién se ve arrojado fuera de su propia casa.

Sometían a debate la escena en la que el aparcero blanco violaba a la muchacha aristocrática en el desván del palomar.

«Naturalmente, tienes que comprender», decía Jacoby, al tiempo que se inclinaba sobre Margot y movía los labios enérgicamente, arrastrando las sílabas, «que en ese punto sucede algo muy importante, Bob. Porque lo que empieza siendo un estupro, un acto de violencia que el aparcero provoca por su cuenta… ¿cómo diría yo?, al verse cogido…».

«Atrapado», intervino Margot, mientras se echaba hacia atrás levemente, apartándose del rostro de Jacoby.

«Sí. Atrapado en la circunstancia de ser un aparcero y haber recibido tantos golpes de aquellas personas, sus…».

«Opresores».

 

«¡Exacto! Pero surge una coyuntura en la que todo eso desaparece y a través de la propia condición femenina de la muchacha, de su femineidad, ¿qué ocurre?, que esa situación se transforma en otra cosa, o sea, en la de un hombre y una mujer que…».

 

«No pretenderás, Jan», dijo Margot, brillantes los ojos, «que la chica, con sus cualidades de ternura y sus inquietudes convierta una coyuntura de

 

 

 

 

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violencia en un momento de amor, ¿verdad? ¿No es eso la transformación de un acto político mediante un acto erótico?».

 

«¡Oh, Margot, diste en el clavo!». Margot le había hecho feliz.

 

«Exactamente. Es transformar en erótico lo político».

 

Merlin se incorporó ligeramente.

 

«Eso es cierto. De acuerdo. Margot habla de amor. Muy bien. El amor es importante. El amor lo conquista todo. Pero aquí nos conformamos con lo erótico… esa pareja apenas se conocen el uno al otro. Pero la cuestión es que la violencia, estupro, asesinato o lo que sea, siempre está relacionada con la muerte, mientras que el erotismo, en cualquiera de sus formas, es un factor que siempre realza la vida».

 

«¡Sí! Ese es el giro delicado, lo que tú dices, el cambio, ¿no te das cuenta, Margot?». Jacoby proyectó sus ojos negros sobre ella. «En este caso, es la aristócrata quien encarna el principio de intensificación de la vida, y no el aparcero, como ocurre normalmente, puesto que se le suele presentar como procedente del lodo».

«De la tierra», corrigió Margot. ¿Jacoby procedía del Bronx o de Brno?

«Sí, e incluso aunque ella se haya criado en un ambiente racista, que también está relacionado con la muerte, puesto que es geno…».

«Genocídico. Ya que, de hecho, implica a toda una raza».

 

Cuando Janos trataba de localizar una palabra, sus ojos vagaban por delante de mí, a través de mí, hacia los rincones oscuros de la estancia. Yo me sentía como un actor.

«Y el aparcero está siempre oscilando entre los dos principios, el de la vida y el de la muerte. La muchacha le guía hacia la vida, a través del erotismo. Ella es su Beatriz».

Lo que me irritaba era que, en contra de mi voluntad, deseaba que Janos Jacoby reparase en mí… por el amor de Dios, ¿por qué? ¿Por Margot? Y me sorprendí a mí mismo intentando pensar algo impresionante como «semiótica cinematográfica». Pero cuando sus ojos resbalaron por delante de mí, a través de mí, por quinta vez, abandoné el intento y decidí satisfacer mi propia curiosidad. De modo que le pregunté: «¿Qué hay de la escena entre el sheriff y la hija del aparcero negro?».

«¿Cómo?». Jacoby dio media vuelta como si tratase de localizar el origen de aquella voz poco familiar. «Ah, no estoy muy seguro de lo que

 

 

 

 

 

 

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quieres decir, ah… ¿Qué ocurre con eso?». Te prometo que no creo que supiese mi nombre.

 

«Bueno, el sheriff es erótico y racista y, por lo tanto, intensificador de vida y relacionado con la muerte. El hecho de haber copulado con la chica, lo que de ningún modo fue violación, ¿dónde le deja, liquidado, por decirlo así, medio malo y medio bueno, otra vez a cero?».

 

Silencio. Jacoby y Merlin intercambiaron una mirada. Margot, entre ellos, se puso colorada. ¿Se sonrojaba por mí?

Jacoby suspiró y meneó la cabeza. Merlin acometió la empresa de dar explicaciones. «¿No estarías de acuerdo, Lance, en que hay algo así como un violento erotismo sexista que es tan completamente explotable como la misma violación?».

«No. No entiendo eso».

 

Silencio de nuevo. Miradas que se desvían. Fue como si una mierda, algo mío, quedase sobre el níveo mantel, entre nosotros.

«Lo que no comprendes, cariño», dijo Margot, ruborizada, mientras me cogía la mano por encima de la mesa, «es que el sheriff realiza un decidido acto de agresión sexista y trata a la chica negra como objeto sexual».

«Ya». Miré a Ellis Buell, que servía el cangrejo de agua dulce étouffé. Su mirada tropezó con la mía. Pero tenía los párpados entornados y aquello no significó nada.

 

 

 

Después de la cena, hice mi acostumbrada visita a Tex y Siobhan. Estaban en la biblioteca, en la tercera planta, donde mi padre solía tener sus libros de poesía romántica inglesa, historia del Sur, biografías de Robert E. Lee (Robert E. Lee era santo máximo de su devoción; lo adoraba de modo semejante a como los católicos quieren a san Francisco. Si el Sur fuese católico, hace tiempo que tendríamos una orden de san Robert E. Lee, una austera orden militar cristiana como la de los monjes del Monte de San Miguel… rayos, no estoy seguro de que no la tengamos), historia de Luisiana, historia de la Parroquia Feliciana, historia de la Iglesia Episcopal, las novelas de Waverley, Jean Christophe, Saint-Exupéry, Solo, del almirante Byrd, La ciencia de la vida, de H. G. Wells, la Vida de James Bowie… una extraña colección en la que no podía detectar ningún común denominador, aparte del gusto por lo extraordinario

 

 

 

 

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y maravilloso, lo sentimental, la experiencia extraordinaria, la aventura extraordinaria emprendida por unos pocos, la extraordinaria vida del genio, la extraordinaria proeza de H. G. Wells al atreverse a reseñar la totalidad de la vida, la extraordinaria gloria de una causa perdida que resulta cada vez más extraordinaria a medida que refluye en el tiempo y en el hecho de que Robert E. Lee y el Ejército de Virginia del Norte se habían convertido para él en algo tan legendario y mítico como el rey Arturo y la Tabla Redonda. ¿Crees que me pusieron Lancelot porque sí? Consiguió unir a los Andrewes para obtener la sanción episcopal de ese nombre, pero lo que realmente pensaba y lo que en el fondo de su corazón deseaba que fuese, no pudo ser más distinto de lo que fue aquel antiguo católico inexistente, alborotador y adúltero, Lancelot du Lac, hijo del rey Ban de Benwick, caballero de la Tabla Redonda y —aquí viene la parte que nunca logró superar— uno de los dos únicos caballeros que contemplaron el Grial (el otro fuiste tú, Percival); y, por encima de todo, la excepcionalidad de aquellas castas e incorruptas capillitas anglicanas depositadas en esta tierra violenta y corrupta que asediaban por todas partes indios salvajes, supersticiosos católicos romanos, excesivamente circunspectos baptistas y ululantes miembros de la secta de los Holy Rollers.

 

Siobhan estaba malhumorada y nerviosa. Era una chiquilla lista, delgada, pero fuerte, una rubita (!) perfecta, cuya belleza sólo estropeaban un poco sus ojos nublados y la expresión petulante.

Tex imaginaba que ambos estaban muy unidos, que la niña no podía congeniar con su madre, que él la había salvado de los negros. La verdad es que atacaba los nervios de Siobhan y que ésta hubiese estado mucho mejor con los negros. Respecto a la niña, su actitud era cariñosamente pesada y poco atenta, una actitud que parodiaba el afecto y no engañaba a Siobhan. A decir verdad, era como si Tex estuviese allí para irritarla.

La criatura corrió hacia mí, me abrazó y me besó. La abracé y la besé en la espalda, notando los delgados huesecitos bajo el largo camisón de nilón. Me apretó con fuerza y sus brazos temblaron; sus nublados ojos azules no se concentraban del todo en mí. Había aprendido el truco paródico de Tex. Acababan de ver en la televisión una película de dibujos animados. «¿Qué te ha parecido ese lindo cervatillo?», la preguntó Tex varias veces en su ausente tono cantarín, al tiempo que alargaba la mano para cogerla. A él también le gustaba sentir el tacto de los pequeños huesos de la niña. A sus siete años, Siobhan era una criatura tan sensual

 

 

 

 

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como su madre, aunque en un estilo apagado que constituía una oscurecida aproximación, como si hubiese olvidado algo o se aprestara a recordarlo. Podía curvar los labios exquisitamente, pero sus ojos eran tan opacos como los de una muñeca. Le encantaba hacer ostentación de su cuerpo y solía sentarse con el vestido echado hacia arriba, las manos cerradas sobre las rodillas, mostrando el culito.

 

 

 

¿Que si amaba a Margot? No estoy muy seguro de lo que quieres decir, de lo que significa la palabra, pero era estupendo entre nosotros. Los mejores momentos resultaban ser los repentinos e imprevistos: salir del bufete a las diez, a las tres, a cualquier hora, volver a Belle Isle para recogerla, agarrarla sin hacer caso de sus protestas, arrancarla de sus restauraciones, tan sudorosa y cubierta de polvo de yeso como los obreros que devolvían a Belle un esplendor que en realidad nunca había conocido; Margot fruncía el ceño y forcejeaba, resistiéndose al principio, incluso entonces desgarrando algo entre Belle Isle y yo. Al final, ambos perdíamos, la casa y yo, pero Margot era feliz cuando se veía en el viejo «Buick» descapotable, junto a mí, bajada la capota, rumbo a cualquier sitio y a ninguna parte, quizás Ruta Natchez arriba, cantando entre la oscuridad y la luz, el perpetuo crepúsculo de los profundos cortes de loess que huelen a tierra, los pequeños prados radiantes y la luz del sol que languidece y al mismo tiempo estimula, las cigarras ruidosas cuyo chirrido nos acompañaba como una sombra sonora del «Buick», Margot cerca, muy cerca de mí, sin abstenerse de besarme en el cuello y en la mejilla una y otra vez, mi mano entre sus muslos, la radio tocando «Country Western», que a Margot le gustaba de verdad, decididamente, aunque tampoco se perdiera un solo concierto de la sinfónica de Nueva Orleans; el alto en un camino, fuera de la carretera, para sentarnos en la hierba, el whisky y el «Seven-Up» entre nosotros, Kristofferson que cantaba y Margot que se olvidaba de Ludwig Beethoven y se ponía a cantar también.

 

Libertad no as más que una palabra, Señor, porque nada hay ya que perder.

 

Nada merece la pena nada, Señor, pero es gratuito.

 

Sentirse a gusto era fácil, Señor, cuando Bobby cantaba blues.

 

Sentirse a gusto bastaba para mí.

 

 

 

 

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Bastaba para mí y para Bobby McGee.

 

 

Bobby McGee se había alejado, pero Margot no se apartaba de mí. Yo no deseaba libertad, quería que ella estuviese a mi lado sobre la hierba, mientras el sol arrancaba reflejos cobrizos a su áspero y esponjoso pelo y su piel milagrosamente áurea relucía con un tono solar propio y exclusivo. Pasar la botella, pasar el «Seven-Up», besar los dulces labios de Margot, yacer con ella, cubiertos ambos de sudor seco de distintos sudores, sudor de bufete sirsaca piel de becerro el mío, sudor de ama de casa bañada a conciencia por la mañana el suyo. Besarla en la boca era besar el propio día, la luminosidad del sol de octubre y el whisky y el «Seven-Up» y ella misma estaban en su boca, su sabor interno a mujer y sin embargo también ella sola, la química especial peculiarmente astringente de la propia saliva de Mary Margaret Reilly.

 

¿Amarla? No estoy muy seguro de lo que significan ya las palabras, pero la amaba si amarla era desearla continuamente, anhelar incluso la contemplación de su persona, y estar alejado de Margot era como quedarme sin aliento, y verla, sólo echarle un vistazo a distancia, era como volver a un hogar feliz y como si el corazón se revitalizase. En una ocasión llegué incluso a echarme a reír y a batir palmas al llegar a Belle Isle y verla a ella en la galería. Me sentí como mi antepasado Clayton Laughlin Lamar cuando, en 1865, volvió a casa, de Virginia.

 

También amé a Lucy, pero Lucy fue un sueño, una esbelta bailarina morena que daba vueltas y vueltas dentro de una campana de cristal a los acordes de «Bajo los focos», música de la vieja Carolina desaparecida hace mucho tiempo. Margot era la vida personificada, como si toda Luisiana, sus fecundos y oleaginosos verdores oscuros y hechizados crepúsculos, su misma impostura, bufonería y amor al dinero, todo se hubiese concentrado y encarnado en una criatura. Significaba tenerla y no sentirse obsesionado, retener en mis brazos toda la Luisiana verde y dorada. Era una muchacha impresionante.

 

Después vivimos los triunfos y delicias sexuales de la restauración arquitectónica. A decir verdad, no sé qué le producía más placer, si una pieza espléndida en la cama Henry Clay o la cama Henry Clay, Una vez, hace un par de años, cuando estábamos haciendo el amor, la vi echar el brazo hacia atrás como solía hacer, pero en aquella ocasión no lo hizo para agarrar el poste de la cama como ancladero o punto de apoyo frente a la

 

 

 

 

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tempestad en el océano del amor, para aferrarse a la preciosa vida… no, en absoluto: su brazo se extendió y los dedos estirados exploraron la engrasada textura de la caoba y las uñas se deslizaron por las delicadas estrías de las gruesas columnas.

 

Posteriormente, cuando cogí la botella —otra historia de amor, distinta

 

— y mi capacidad erótica disminuyó, hechizado y desatento otra vez, Margot prefirió la restauración al amor. Algunos éxitos de tipo arquitectónico representaron orgasmos para ella y prueba de esto fue aquella vez que descubrió en Bunkie (Luisiana) un artesano estuquista de noventa años, cuando todo el mundo le había dicho que esos modeladores estaban totalmente extinguidos. Previamente, Margot había encontrado unos viejos y precisos diseños de rosas de yeso, en los techos del ala incendiada de Belle Isle. Su rostro apareció radiante cuando puso en contacto a los dos, los diseños y el largamente perdido estuquista. Y ver cómo tomaban forma aquellas grandes rosas fue para Margot, me di cuenta, tan placentero, como el amor sexual, incluso más delicioso en aquella época.

¿Qué sucedió entonces entre Margot y yo?

 

Si ella estuviese aquí, sé lo que diría y, desde luego, tendría razón, desde su punto de vista: En vez de amarme, te arrastraste al interior de una botella y decidí que maldito si iba a acompañarte hasta allí dentro. Tomaste tu decisión.

Pero también se equivocaría en parte. La verdad pura, simple y sorprendente es que cuando acabó de arreglar Belle Isle, igualmente dio por terminadas de un modo u otro sus relaciones conmigo. La casa de Belle Isle era ella misma, una beldad de Luisiana, y cuando lo hubo rematado todo y se había rematado a sí misma, del mismo modo que había terminado conmigo, un conveniente caballero de Luisiana… después de habernos rematado a ambos, había concluido con los dos. Cuando hubo hecho todas las restauraciones concebibles, cuando hubo estudiado todos los viejos diseños, reclutado historiadores, importado tallistas de mármol de Carrara… cuando acabó, nosotros habíamos terminado. Lo único importante para ella era que todo tenía que ser exactamente como había sido. ¿Por qué? Se lo pregunté una vez. ¿Por qué tiene que ser todo exactamente como fue? También me rehízo a mí. No es que me restaurase, exactamente, me creó de acuerdo con la imagen que parte de Texas se ha formado de la pequeña aristocracia del Camino del Río, una especie de

 

 

 

 

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caballero plantador sin plantación, una mezcla, llegué a entender, de Ashley Wilkes (criatura de otra mujer, naturalmente, anémico caballero poético de Georgia), Leslie Howard (otro anémico caballero poético), más Jeff Davis en casa, de vuelta de las guerras y puesto al día en Beauvoir por otra mujer resuelta, estacionado en un palomar muy semejante al mío, más Gregory Peck, apacible abogado sureño, más un poquito de Clark Gable en el papel de Rhett. Margot incluso me compraba la ropa. Le gustaba que vistiese trajes de hilo.

 

Me sometí a todo aquello bastante contento, divertido por su extraordinaria idea tejana de que los «aristócratas», de una manera o de otra, éramos de una pieza. Naturalmente, no lo éramos, nosotros ni siquiera éramos aristócratas, y puesto que yo nunca me sentí de una pieza, lo haría en cuanto vistiese el personaje. Hasta me encontré a mí mismo representando a fondo el papel, paseando de un lado a otro del cuarto, deteniéndome de vez en cuando ante mi escritorio estilo plantación para tomar notas legales en el cuaderno con tapas de cuero, haciendo un alto ante el aparador de ciprés, convertido en bar, para servir whisky de la jarra de cristal en la vasija de plata, tal como había visto hacer en las películas a los caballeros del Sur.

 

¿Sabías que el Sur y que yo sepa la totalidad de los Estados Unidos están llenos de mujeres inspiradas por entes sobrenaturales, por furias sin nombre que las impulsan a restaurar y conservar desesperadamente lugares, edificios? Mujeres casadas con hombres indulgentes, indolentes y negligentes como yo, a quienes lo mismo les da una cosa que otra siempre y cuando puedan ir a pescar, a cazar, a beber un poco, a divertirse, a ver los delfines y a Jack Nicklaus en la televisión. De modo que ahí está ese muchacho como yo, que acaso tuviera su momento de gloria en la juventud, en el fútbol, en Phi Beta Kappa, como Gran Dragón de su fraternidad, y ahora se encarga de un Auto-Lee o un Quik-Stop y todas las noches vuelve a casa, a un museo como ni siquiera George Washington disfrutó y durmió en él.

 

Así que Margot acabó la casa y nos encontramos desorientados. ¿Qué hacer? Hicimos lo que hacían otras parejas pudientes de treinta y cinco años: fuimos a esquiar a Aspen, a pasar varios días en casas de campo, a pescar y beber en la Costa del Golfo, a beber, invitados en casas de campo en Highlands.

 

 

 

 

 

 

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Pero luego, ¿qué? ¿Qué hacer con el tiempo? Procrear. Tener un hijo. Eso hicimos. Al menos, creí que lo hicimos. Pero después de haber rematado Belle Isle y bautizado a la hija Siobhan, ya no quedaba nada que hacer. A Siobhan se la cuidó bien, especialmente cuando el abuelo Tex fue a vivir con nosotros.

 

Me daba cuenta del problema de Margot, Cristo, ¿qué iba a hacer? ¿Sobre qué proyectar toda aquella energía de Texas y su pasión por hacer cosas bien acabadas o de una pieza? ¿Qué hizo Dios cuando terminó la creación? Cristo, Margot no sabía descansar. En Luisiana por lo menos sabemos tomarnos las cosas con calma. Siempre podíamos beber.

Fue entonces cuando Margot avivó su interés por el «arte interpretativo» y marchó a Dallas-Arlington a estudiar bajo el magisterio de Merlin.

 

 

 

¿Que si la amaba? ¿Por qué haces siempre preguntas sobre el amor? ¿Has tenido también tú algún fracaso amoroso? ¿Es que el amor de tu Dios no te es suficiente? A mí me bastaba el amor de Margot. La amaba sexualmente de tal modo que me era imposible dejar de tocarla. Mi felicidad consistía en estar con ella. Mi antigua aspereza de talante había desaparecido. La abrazaba y besaba en medio de la calle, la acariciaba en el coche como un blanco pobre durante el día, la toqueteaba por debajo de la mesa en los restaurantes y me reía como un chiquillo cuando ella apartaba de un manotazo mis dedos exploradores, se ruborizaba, miraba con ansiedad a su alrededor y volvía a su viejo estilo tejano: «¡Quita esa zarpa de ahí! ¡Qué te piensas que haces, chico!».

 

En este mundo no hay alegría comparable a la de enamorarse de una mujer y arreglárselas al mismo tiempo para mantener la suficiente perspectiva que le permita a uno observar que ella también se enamora, ver que le mira a uno de modo distinto, notar que su color cambia, que sus ojos se suavizan, que su mano se alarga en busca de uno. Tus santos dicen: «Sí, pero el amor de Dios es todavía mejor», Jesús, ¿cómo sería eso posible? Aunque seas un creyente como eres, dime cómo podría ser eso posible. ¿Y bien? Tu mirada es distante como si estuvieses pensando en una época remota. ¿Significa eso que ya no eres creyente o que hoy en día ni siquiera los creyentes entienden tales cosas? ¿No dice tu Biblia judía

 

 

 

 

 

 

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que no hay nada bajo el sol como el mundo de un hombre con una doncella?

 

Y no hay dolor en este mundo como el de ver a la misma mujer mirando a otro hombre de la manera que le miraba a uno en otra época.

 

¿Sabes lo que son los celos? Los celos son una alteración en la mismísima forma del propio tiempo. El tiempo pierde su estructura. El tiempo se dilata. Ella no está aquí. ¿Dónde está? ¿Con quién está? Hay tanto tiempo. Los minutos y las horas se deslizan lentamente. ¿Qué estará haciendo? Podría estar haciendo cualquier cosa. Ella no estaba allí. El que no estuviese allí equivalía a que faltase totalmente el oxígeno. ¿Qué voy a hacer con el resto del día? Algo me oprimía el pecho.

 

 

 

Elgin llegó con una tablilla sujetapapeles y se sentó al otro lado de la mesa escritorio, cautelosa y complacida a la vez su expresión. Al ponerse las gafas de negra montura de asta, la mano le temblaba ligeramente. Tenía el aspecto de un estudiante listo frente a un examen importante. Observé que iba vestido de modo desacostumbrado, con lo que supuse serían sus prendas escolares, elegantes pantalones con cinturón abrochado por detrás, camisa blanca, estrecho corbatín negro. ¿Había constituido un problema para él la forma de presentarse? ¿Cómo sirviente de la casa, guía turístico, detective particular, estudiante inteligente?

 

Yo había permanecido sentado en el palomar, desde donde observaba a unos chicos que preparaban una hoguera en el dique. Empezaban antes de la Acción de Gracias, cortando sauces en la zona baja para hacer con la leña tipis de seis metros de altura a los que prenderían fuego durante Nochebuena, trazando una media luna de enormes llamas a lo largo de toda la Curva Inglesa, como las fogatas de un ejército entregado al sueño.

No pensaba en Margot, sino en el tiempo, en qué hacer con el tiempo. Sobrio, libre de humo y nicotina por primera vez en muchos años, las células de mi organismo cosquilleaban, atentas e intranquilas. A continuación, ¿qué? ¿Qué iba a surgir ahora? Mi lengua estaba a punto para saborear, mis músculos listos para contraerse, el hígado zumbaba, los genitales me escocían. Comprendí entonces por qué fumaba y bebía. Era un modo de hacer frente al tiempo. ¿Qué hacer con el tiempo? Algo espantoso: un cuerpo humano con diez mil millones de células dispuestas a hacer cualquier cosa entre diez mil millones de ellas. Pero ¿qué hacer?

 

 

 

 

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La cinta virgen giraba ya por debajo de la cabeza de grabación.

 

«Ejem». Elgin se aclaró la garganta. Di un respingo. «¿Qué…».

 

«Ah ¿Esa es la libreta de tus notas de anoche?».

 

«Sí, señor». Así, pues, había sentido la necesidad de ponerse un disfraz u otro. ¿Pero cuál? ¿El de servidor de la casa? ¿El de detective particular?

«¿Por qué no lo lees, Elgin?».

 

Eso le animó. Pudo entonces apoyar la tablilla sobre la pierna cruzada y levantarse las gafas nariz arriba, empujándolas con el pulgar.

 

«Una cuarenta de la madrugada. Los sujetos abandonan la Sala Adelfa». Alzó la mirada. «Permanecieron cosa de diez minutos hablando junto a las máquinas de distribución automática».

«¿Varios? ¿Quiénes eran?».

 

«La señorita Lucy». ¿La señorita Lucy? Nunca la había llamado así. Comprendí entonces que Elgin experimentaba la necesidad de poner cierta distancia entre sí mismo y aquel asunto (aunque también estaba orgulloso de lo que había hecho). En su nerviosismo, interpuso la mayor distancia que pudo: se había retirado a la condición de sirviente veterano.

«Continúa».

 

«Una cincuenta. La señorita Lucy y la señorita Margot a la habitación 115, la de la señorita Raine».

«Olvídate de señores y señoritas».

 

«Muy bien. Troy Dana a la habitación 118, su cuarto, Merlin a la 226, Jacoby a la 145».

Pausa.

 

«Dos de la madrugada. La señorita Margot sale de la 115 y va a la 226».

Aún necesitaba el señorita para Margot.

 

«¿La habitación de Merlin?».

 

«Sí, señor. Dos veinticinco. Troy Dana sale de la 118 y va a la 115». «La habitación de Raine. Eso sitúa a Troy, Lucy y Raine en la 115». «Sí, señor. Dos cincuenta y uno de la madrugada. La señorita Margot

traslada de la 226 a la 145». («Traslada», no «se traslada»: estaba nervioso).

«¿La habitación de Jacoby?».

 

«Sí, señor».

 

«Prosigue».

 

 

 

 

 

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«Cinco, oh, cuatro de la madrugada. Lucy abandona la 115 apresuradamente, casi corriendo, sale del edificio. A su coche».

 

«¿Sí?».

 

«Cinco catorce. Troy Dana también abandona la 115 y se traslada a la 118, su cuarto».

(«Se traslada», Elgin ya estaba más tranquilo).

 

«Muy bien».

 

«Cinco veinticuatro. La señorita Margot deja la 145, sale del edificio. A su coche. Ah, me olvidaba. Tres cinco. Jacoby fue a buscar un vaso de agua». Elgin alzó la cabeza. «Creo que la señorita Margot estaba indispuesta».

«¿Sí?».

 

«Eso es todo».

 

«¿Ya está?».

 

«Sí, señor. Usted dijo que me retirara al amanecer». Al sentirse más a gusto, empujó hacia arriba, con el pulgar, el puente de sus gafas. No me costó nada imaginarme a sus alumnos, años después, imitándole, remedando paródicamente su persona en el momento de hacer aquel gesto.

 

Ja. ¡Quizás Margot estaba indispuesta!

 

Recuerdo que pensé lo extraño que resultaba Elgin, retrocediendo y avanzando de la chabola de negro a la condición de joven profesor.

«Muy bien. Vale. Estupendo. Gracias, Elgin».

 

Aliviado, se puso en pie rápidamente.

 

«No, aguarda». Yo sabía ya lo que iba a hacer. Y cómo iba a hacerlo, llegado el momento para mí y para los diez mil millones de células que hormigueaban y esperaban.

Elgin se sentó despacio. Descolgué el teléfono y llamé a mi primo Laughlin, al Holiday Inn. Elgin, simplemente curioso ahora, me observó.

 

«Lock, necesito un favor». Podía pedírselo. Yo le había prestado el dinero, dinero de Margot, para que construyese el motel.

«Claro, Lance, lo que quieras. No tienes más que pedirlo».

 

Se mostraba excesivamente precipitado y zalamero. La gratitud, bien pudiera ser, lo violentaba. Me lo imaginé sentado ante su escritorio; pulcra camisa blanca de manga corta, pelo bien peinado que le clareaba y se le volvía gris oscuro, anillo masónico en el dedo, cuerpo rechoncho, una forma sencilla como un globo inflado sólo lo suficiente para alisar las arrugas. Parecía el presidente del Club de los Optimistas, cosa que era,

 

 

 

 

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desde luego. Un optimista predestinado a la frustración. La única diferencia entre Laughlin y yo consistía en que Laughlin ni siquiera tuvo su momento de gloria en la juventud. En cambio, durante los pasados veinte o treinta años había tenido veinte o treinta empleos, en cada uno de los cuales no fracasó exactamente (porque era serio y si tenía algo de estúpido, tal estupidez era contraproducente de un modo misterioso del que ni siquiera Laughlin se daba cuenta), sino que más bien consiguió lo que se había propuesto. Luego perdió interés en la tarea, el empleo o cargo se suprimió, la empresa se retiró del negocio, la gente dejó de comprar bicicletas, el azúcar triplicó su precio y la Nabisco vio arruinado su comercio distribuidor. Laughlin respondía ahora con exagerada presteza. Dos cosas le ponían nervioso: una, que me debía un favor; otra, que estaba triunfando. El éxito le aterraba.

 

«Pide lo que quieras, Lance», aprovechó mi vacilación para ganar confianza.

«Quiero que cierres el motel unos días».

 

«¿A qué viene eso otra vez?».

 

«Limítate a poner la excusa de que van a cortarte el gas provisionalmente, cosa que muy bien podrían hacer. No ignoras que la mayor parte de nuestro gas tiene que llevarse a Nueva Inglaterra».

«Ya lo sé, pero… ¿cerrar el motel? ¿Por qué?».

 

«Te pagaré como si lo tuvieses completo, aunque sólo están ocupadas la mitad de las habitaciones. Sólo será por dos o tres días».

 

«Pero es que mañana es martes».

 

«¿Y qué?».

 

«El Rotary».

 

«Sólo me refiero a las habitaciones. Puedes recibir al Club Rotary».

 

«¿Por qué quieres que clausure las habitaciones?».

 

Guardé silencio. En el dique, cuatro muchachos levantaban un sauce completamente podado, como los infantes de marina implantaron la bandera en Iwo Jima. Elgin me estaba mirando, el antiguo Elgin, desorbitados los ojos y olvidado de sí mismo.

«Quiero fuera de ahí a esa gente de las películas. Casi han terminado.

 

Si salen de ahí, tendrán que largarse».

 

«Ah». Ah, comprendo, lo dijo convencido. Yo contaba con su error de apreciación y con que no se metiera en averiguaciones. «No te lo reprocho».

 

 

 

 

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«¿Qué?».

 

Anduvo con pies de plomo.

 

«Que no quieras quitarles el ojo de encima. He visto una barbaridad de cosas en este negocio». Durante un año, había dirigido un hotel en el Barrio Frances. «¡Hablas de farsantes! Pero…».

«¿Pero qué?».

 

«Mientras no me rompan los muebles, quemen las camas o saturen el parador de peste a “hierba””, me tiene sin cuidado quién hace algo a quién. No creerías algunas de las cosas… los chicos universitarios son los peores».

O era tonto o se mostraba discreto. Me parece que lo último. Charlamos con desenvoltura, deploramos lo de los mozos universitarios y las vicisitudes del negocio del motel.

«¿De acuerdo, Lock?».

 

«Veamos. Son las tres y media. Demasiado tarde para cerrar hoy. Pero pondré una nota en todas las casillas, indicando que todos los huéspedes tendrán que desalojar antes de la revisión de mañana». Se animó. «A propósito, se ha hablado de cortarme el gas. ¡Qué te parece! ¡La ciudad de Nueva York va a llevarse nuestro gas! Y eso significa que no habrá calefacción ni aire acondicionado en las habitaciones. Claro que no hay que preocuparse». Por una vez, su agradecimiento lastimero dejó paso a la alegría. Era como si hubiese liquidado un empréstito. «No me importa. Me paso al propano. ¿Sabes lo que subió el mes pasado el recibo del gas?».

 

«Gracias, Lock».

 

Elgin me observaba mientras colgué. Algo le había relajado y volvía a ser él mismo.

«Elgin, hay unas cuantas cosas más que tú y sólo tú puedes hacer por mí».

«Las haré».

 

En mi nuevo estado de libertad, recuerdo que pensé: Si uno sabe lo que quiere hacer, los demás no sólo se abstendrán de interponerse, sino que incluso le echarán una mano, impulsados por la curiosidad y el asombro.

 

«Muy bien. ¿Recuerdas que el otro día hablamos del hueco paralelo a la chimenea y del montaplatos?».

«Sí». Ahora era todo oídos.

 

«Perfectamente. Mira». Quité el cuaderno de la tablilla, pasé la hoja y empecé a trazar un plano «Hago dos suposiciones. Una es que se

 

 

 

 

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trasladarán de nuevo a Belle Isle cuando dejen mañana el motel. No hay otro sitio donde ir».

 

«Exacto».

 

«Luego doy por supuesto que volverán a las mismas habitaciones de Belle Isle en que se albergaron antes».

«Sí. Dejaron allí su ropa».

 

«Merlin ocupará ésta, a un lado de la chimenea, Jacoby ésa, al otro lado. Pero las de Margot y Lucy, las de Dana y Raine, están en la parte contraria del pasillo. Eso presenta un problema técnico».

«¿Un problema técnico?».

 

«Dime una cosa, Elgin. ¿Qué te parecería hacer una película?».

 

«¿Una película? ¿Qué clase de película?».

 

«Una nueva clase de cinema vérité». Levanté el lápiz. «Ahí es donde puedes ayudarme. Hay unos cuantos problemas técnicos».

Cristo, ahí está mi descubrimiento. Tú abrazaste los absolutos e infinitos erróneos. ¿Dios como absoluto? ¿Dios como infinito? Te diré lo que es absoluto e infinito. Amar a una mujer. ¿Pero cómo ibas a saberlo tú? Verás, tu Iglesia sabe lo que se lleva entre manos: excluye un absoluto para que tú tengas que buscar otro.

¿Sabes qué es ser un hombre egocéntrico no desdichado que lleva una tolerable vida finita, trabaja, come, bebe, caza, duerme y luego descubre un buen día que el cielo cuajado de estrellas se abre para él y que su corazón rebosa de ello? ¿Ello? Ella. De ella. Mujer. No una categoría, ni un sexo, ni uno de dos sexos, una criatura humana femenina, sino un

 

infinito.  . ¿Qué otra cosa es lo infinito salvo una mujer hecha carne y bebida para uno, la existencia y la música del propio corazón de uno, el aire que uno respira? Sólo estar junto a ella equivale a vivir y tener el alma de tu propio ser. Sólo abrir tu boca sobre la piel de su espalda, ¡Qué inmensa alegría despertarse por la mañana con ella al lado! Ignoraba que existiese tal felicidad.

 

Pero también existe el sombrío contrario: no tenerla es no respirar.

 

Hablo en serio: sin ella, no podía respirar.

 

¿Para qué otra cosa está hecho el hombre sino para eso? Observo que estás de acuerdo respecto al amor, pero pareces un tanto irónico. ¿Hablamos de dos cosas distintas? En cualquier caso, existe un problema. El amor es infinita felicidad. Perderlo es desdicha infinita.

 

 

 

 

 

 

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Hasta aquí, todo está bien, pareces decir con sarcasmo. Un hombre se prenda de una encantadora mujer sensual, ¿qué tiene eso de nuevo? ¿Pero puedes imaginarte lo que es estar enamorado de una encantadora mujer sensual cuya sensualidad no se proyecta sobre ti?

 

Todo un descubrimiento.

 

La verdad es que en toda mi dulce vida sureña jamás me cruzó por la cabeza la idea de que existiese algo semejante a mujer lasciva. Otro imponderable infinito. Infinitamente espantoso. ¿Qué había creado Dios?

Por otra parte, ¿por qué no iba a ser lasciva una mujer, que, después de todo, no deja de ser una criatura como cualquier otra? Para mí, sin embargo, la imagen de una mujer lasciva era tan increíble como ver aparecer en el Club Rotary un enorme dragón que despidiese fuego continuamente por las narices.

Lo que en realidad quiero decir, naturalmente, es que lo que me horrorizó fue el descubrimiento de la posibilidad de que ella pudiera calentarse con un tercero.

Pero, como es lógico, debía asegurarme de ello. El amor y la lujuria no debían ser cuestión de especulaciones.

Resultó que Margot estaba verdaderamente indispuesta la mañana que siguió a la guardia de Elgin. Pálida y febril.

Tal vez, entonces, lo que ocurrió fue simplemente que se puso enferma y que Merlin y Jacoby la atendieron. ¿Por qué cuesta tanto trabajo cerciorarse de una cosa sencilla?

¡Margot estaba indispuesta! ¡Hurra!

 

Sí, pero yo no era el padre de Siobhan, Merlin podría serlo y Merlin se encontraba aquí.

¡Dios mío! ¿Por qué me torturaba?

 

«¿Cuándo ocurrió, Margot?», le pregunté, en su cuarto, a donde fui después del desayuno.

«Por Dios, faltó muy poco para que me desmayara durante el pase de las tomas. Creo que me desvanecí más tarde. Me quedé helada. A duras penas me las he arreglado para arrastrarme hasta casa».

 

¿Puede uno estar seguro de algo? ¿Salía mi madre con tío Harry a hacer inocentes excursiones en automóvil, a tomar el aire y a ver paisajes, como decían, o complotaban y se dirigían al bosque o a alguna cabaña para turistas, una de aquellas casas en miniatura, antecesoras de los

 

 

 

 

 

 

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moteles, cuatro paredes de bloques prefabricados, con una cama, linóleo, calentador de gas y ducha, lo esencial?

 

¿A qué viene esa expresión pesarosa? ¿Y qué si lo hacían, tan malo iba a ser, es eso lo que piensas? ¿Por qué te apesadumbras? ¿Por ellos? ¿Por mí? ¿Por nosotros?

¿Sabes cuál es la diferencia principal entre tú y yo? Contigo todo parece disolverse en una especie de solución melancólica. ¡Pobre humanidad débil! Lo malo es que en tu tolerante hastío católico dejas de distinguir. Amor para todas las cosas. Sí, pero de noche todos los gatos son pardos, por lo tanto, ¿qué más da? Pues, no, no da lo mismo. ¿Qué? Abres la boca para decir algo y luego cambias de idea…

 

¿Pero no comprendes que yo tenía que averiguarlo? Allí me tenías a mí, un hombre al principio de la mediana edad y que no podía responder a la pregunta más fundamental de todas. ¿Que qué pregunta? Esta: ¿Son las personas tan buenas como hacen creer y de hecho parecen ser o todo es perversión en cuanto se cierra la puerta?

 

Así que adopté la firme decisión de enterarme de una vez por todas.

 

Hay algo peor que saber lo peor. No saberlo.

 

En lo más recóndito de mi cerebro continuaba viva la sensación que experimenté al abrir el cajón de la cómoda y encontrar allí los diez mil dólares guardados por mi padre, debajo de los calcetines con dibujo de rombos que mi madre, dama encantadora que era, había tejido para él, hombre honorable que era.

Uno tiene que saber. Hay cosas peores que las malas noticias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Era la hora del almuerzo cuando mi hija Lucy bajó a desayunar. Se cubría con una bata acolchada, la expresión de su rostro era voluptuosa, soñolientos los ojos, ligeramente hinchados.

 

«¿No se da por supuesto que tienes que estar en el colegio?», le pregunté, al acordarme de que era martes.

«No pienso volver más a la escuela».

 

Su pálido semblante compacto se inclinó con gesto adusto sobre el plato y los ojos parpadearon regularmente. ¿Estaba llorando?

«¿Por qué no?».

 

«Tengo un empleo».

 

«¿Dónde?».

 

«Con Raine».

 

«¿Qué funciones desempeñarás?».

 

«Voy a ser su secretaria social y de registro».

 

«Santo Dios, ¿y eso qué es?».

 

«Papá, son las personas más maravillosas del mundo».

 

«¿Son?».

 

«Troy y ella. Son las únicas personas completamente libres que he conocido en toda mi vida».

«¿Libres?».

 

«Libres para vivir su propia vida». Lucy alzó por fin la cabeza.

 

¡Qué poco conocemos a nuestros hijos! Creo que no la había mirado en varios años. ¿Qué idea me había formado de aquella pequeña extraña? No era como su madre. Los años no la tratarían bien. A los dieciséis se encontraba en la primavera de la vida; más adelante su rostro amanecería pesado y triste. Era como una chiquilla a la que la voluptuosidad hubiese pillado de improviso. Para cuando se diera cuenta de ello, habría empezado a engordar. Su química le había jugado una mala pasada y se

 

 

 

 

 

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apreciaba ya en su semblante. Aquella voluptuosidad inocente era lo que —y ahí me sobresalté— infundía impudicia a los extraños.

 

«Estuvimos sentados toda la noche en la habitación del motel, charlando».

Entonces tal vez la vida era tan inocente como eso: pasaron toda la noche conversando. Margot indispuesta y Lucy de tertulia. ¿Por qué no?

«¿De qué?».

 

«De todo. Ya sabes que Raine está metida a fondo en la D.I.P. ¿Estabas enterado de que fue presidente de la asociación nacional?».

 

«No».

 

«En realidad, mi trabajo consistirá en ejercer las funciones de secretaria de registro en la D.I.P.».

«¿Qué aprenderás con eso?».

 

«En las últimas tres semanas he aprendido más que en toda mi vida».

 

«¿Sobre qué?».

 

«¿Sobre mí misma. Sobre lo que me hace funcionar. Por ejemplo, sobre los centros inferiores?».

«¿Sobre qué?».

 

«Los cuatro centros inferiores. En contraposición a los tres superiores, consciencia, mente, espíritu».

«¿Eso significa que estás dispuesta a irte a California con Raine?».

 

«Voy a vivir con Troy y Raine».

 

«No sabía que estuviesen casados».

 

«No están casados. Y me alegro de ello. Si estuviesen casados, yo sería como una hija o algo así. De este modo, seremos iguales, un trío, uno para todos, todos para uno».

¿Es todo excelsitud o depravación? ¿Cómo puede un hombre cumplir los cuarenta y cinco y no saber aún si todo es excelsitud o depravación? ¿Cómo saberlo con certeza?

«¿Se lo has dicho a tu madre? Tendrás que obtener su permiso, ya sabes».

«Está conforme. Al menos, eso es lo que dijo esta mañana. Confío en que estuviese en sus cabales… dijo que tenía cuarenta grados de fiebre».

Entonces estaba enferma y todo es excelsitud y no depravación.

 

«¿Dices en serio que quieres irte a vivir con Troy y Raine?».

 

«Sí. ¿Quieres ver su casa, mejor dicho, la casa de Raine? ¿No es algo estupendo?».

 

 

 

 

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Se sacó del bolsillo una fotografía de Raine y otra de la casa, en la primera de las cuales había una dedicatoria: sólo pude leer A mi pequeña… ¿Pequeña qué? No logré descifrarlo. La otra foto mostraba una mansión inglesa de vigas estucadas y diversas plantas californianas recortadas en forma ornamental, esféricas y romboides. Parecía la clase de residencia a la que Philip Marlowe solía acudir para visitar a un cliente rico e insultar al mayordomo.

 

«Mira lo que Raine me regaló».

 

Se abrió el escote de la bata y me enseñó una maciza cruz de oro albergada en el moreno surco que formaban sus dos jóvenes senos.

«Es la persona más maravillosa que he conocido jamás».

 

Parecía serlo. Todo el mundo parecía maravilloso. Todos los ciudadanos opinaban que el personal cinematográfico era maravilloso. Y la verdad es que parecían serlo.

 

 

 

Creo que ahora comprendo lo que hago. Estoy reviviendo contigo mi indignación. Sólo de este modo puedo soportar el pensar en ello. Algo se torció. Si escuchas, creo que averiguaré qué salió mal.

Era una indignación, desde luego, y lo que se dice peculiar. Pero los momentos peculiares requieren búsquedas peculiares.

Hemos hablado de los caballeros del Santo Grial, Percival. ¿Sabes lo que era yo? El caballero del Impío Grial.

En épocas como ésta, en las que todo el mundo es maravilloso, lo que se necesita es una búsqueda del mal.

¡Deberías sentirte interesado! ¡Una búsqueda así sirve a la causa de Dios! ¿Cómo? Porque el Bien no demuestra nada. Cuando todo el mundo es maravilloso, nadie se preocupa de Dios. Si tuviésemos diez mil Albert Schweitzer dedicando la vida a sus semejantes, ¿crees que alguien se molestaría en conceder un pensamiento a Dios?

O suponte que el profesor Lowell, que da Religión en Harvard, encontrase el Santo Grial, lo desenterrase en algún barranco israelí, lo autentificase adecuadamente, lo datase mediante el carbono y lo presentara en el Museo Metropolitano. ¡Millones de visitantes! Yo experimentaría la misma curiosidad que cualquier hijo de vecino y me pasaría horas en la cola para verlo. Pero, al final, ¿qué más daría? La gente se interesaría

 

 

 

 

 

 

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durante cierto tiempo, sí. Esta es una época en la que hay interés por las cosas.

 

Pero supongamos que puedes mostrarme un «pecado», un acto de maldad pura. ¡Harina de otro costal! Eso obligaría a las cosas a detenerse chirriando. Sin embargo, dices que abunda la maldad a nuestro alrededor. ¿Qué hay de Hitler, los hornos de gas y todo eso? ¿Qué pasa con ellos? Todo el mundo está enterado de eso y dice: Hitler era un demente. Y parece que no existía ningún otro responsable. Todos obedecían órdenes. E incluso es posible que no hubiese orden alguna, que todo fuese un error burocrático. Preséntame un solo «pecado».

¿Ciento veinte mil muertos en Hiroshima? ¿Dónde estriba la maldad de eso? ¿Representaba Harry Traman la maldad? En cuanto al piloto y al bombardero, eran muchachos maravillosos en todos los sentidos, buenos padres y hombres de familia.

La «maldad» es seguramente la pista que conduce a esta época, la única indagación apropiada a la época. Porque todo y todos son maravillosos o están enfermos y nada es perverso.

Dios puede estar ausente, ¿pero y si alguien encontrara al diablo? ¿Crees que no me complacería tropezar con el diablo? Ja, ja, le estrecharía la mano como si fuese un amigo del que llevase mucho tiempo sin tener noticias.

La característica de la época consiste en que suceden cosas terribles, pero la «maldad» no tiene nada que ver con ellas. Las personas están locas, son desgraciadas o maravillosas, por lo tanto, ¿dónde entra la «maldad»?

Allí estaba yo, a mis cuarenta y cinco años y sin saber si había «maldad» en el mundo.

Pequeño corolario a lo expuesto antes: ¿Hay que buscar la maldad en la violencia o en el comportamiento sexual? ¿O es mala toda violencia y bueno todo comportamiento sexual, o, como dirían Jacoby y Merlin, sólo se trata de un intensificador de vida?

Si uno busca la maldad, ¿por qué no estudia la guerra o las palizas a los niños? ¿Podría haber maldad mayor? Sin embargo, como nadie ignora, los padres que pegan y matan a sus hijos tienen problemas psicológicos y están tan traumatizados como los chicos. Se ha demostrado que todo niño víctima de malos tratos tiene padres a los que zurraron, abuelos a los que aporrearon, etcétera, etcétera. La culpa no es de nadie.

 

 

 

 

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En cuanto a la guerra, la única época en que los miembros de mi familia han sido felices, valientes, boyantes fue en el transcurso de algún período bélico. ¿Qué tiene de malo la guerra?

 

Mira al otro lado de la calle. Verás la frase que figura en la carrocería del «Volkswagen» de esa chica: Haz el amor, no la guerra. Es el lema de estos tiempos. ¿Hay algo malo en ello?

Sí. Cabe la posibilidad de que, puesto que el bien máximo ha de encontrarse en el amor, con el máximo mal ocurra lo mismo. El mal, el pecado, si existe, no debe guardar proporción con ninguna otra cosa. ¿No dijo uno de tus santos que el universo entero, en toda su bondad, no vale el precio de un solo pecado? El pecado es desproporcionado, ¿no? Hay una sola clase de conducta que no guarda relación con ninguna otra cosa, en su infinita bondad y en su infinita maldad. Es la conducta sexual. El orgasmo es el único infinito terrenal. En consecuencia, es una infinita bondad o una maldad infinita.

 

Lo que yo buscaba era un pecado verdadero… ¿existía tal cosa? El pecado sexual era el impío grial que yo trataba de encontrar.

Es posible, naturalmente, que no haya semejante cosa y es probable que el pecado verdadero, lo mismo que el Grial, no exista.

Sin embargo, tenía la sensación de haber tropezado con algo, quizás por primera vez en mi vida. O al menos en los últimos veinte años. Yo era como Robinsón Crusoe, contemplando una huella en su isla, al cabo de veinte años: no una huella, sino el tipo de sangre de mi hija. ¡Ajá, algo ocurre!

Así que de la noche a la mañana me torné sobrio, clarividente, pulcro, apto, alerta, vigilante como un tigre en un charco.

Algo se estaba agitando. De modo que sir Lancelot se aprestaba a partir, a salir en busca de algo más raro que el Grial. Un pecado.

 

 

 

«Elgin, ¿qué te parecería hacer una película?».

 

Elgin sonrió.

 

«Merlin ya me lo propuso».

 

«Participar en una. Lo que yo te pido es hacer una película, no participar en la de Merlin. Mía. Voy a hacer una película».

«¿Sí?».

 

«Y tú vas a ayudarme».

 

 

 

 

 

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«¿De verdad?».

 

«Escucha, Elgin…». Rodeé la mesa y, hundidas las manos en los bolsillos, permanecí de pie, mirando a Elgin. Estaba sentado perfectamente simétrico, apoyados los brazos en ángulo sobre los de la silla, entrelazados los dedos, clavada la mirada al frente, con una tenue sonrisa en los labios. «Te estoy pidiendo un favor. Necesito que alguien me ayude y la única persona que puede hacerlo eres tú. Hay dos razones para esto. Una es que sólo tú posees la capacidad técnica para ayudarme. La otra es que eres una de las dos o tres personas del mundo en quien confío. Las otras son probablemente tu madre y tu padre. Debo decirte que se trata de un favor importante, porque lo harás sin saber por qué. Aunque lo que te pido no es ilegal, tampoco tienes por qué conocer los motivos. ¿Comprendes?».

 

«Sí».

 

«¿Y bien?».

 

«De acuerdo». Aún evitando mi mirada, respondió inmediatamente.

 

Era como si ya supiese lo que yo quería.

 

«Aquí está el problema técnico. Si he de serte sincero, no sé cómo puede resolverse. Desde luego, no tengo la más remota idea de cómo entendérmelas con él». Saqué el plano de la segunda planta de Belle Isle. «¿Ves estas cinco habitaciones? La de Margot y la de Raine están a un lado del pasillo, separadas por la chimenea y el montaplatos. En la otra parte del corredor están estas tres habitaciones, aquí la de Troy Dana, la de Merlin aquí y la de Janos Jacoby aquí. Volverán a la casa mañana, como había previsto».

Elgin parpadeó una vez, cuando mencioné el nombre de Margot. De otro lado, su expresión no cambió.

Elgin no se movía, pero sus ojos se desenfocaron.

 

«Esto es lo que deseo. Quiero que se monte una cámara oculta en cada una de las habitaciones y que se registre todo lo que ocurra en esos cuartos entre la medianoche y las cinco de la madrugada. Durante una, tal vez dos noches. Tres, como máximo».

«No hay forma», dictaminó Elgin al final.

 

Pero incluso mientras lo decía, meneando la cabeza y sonriendo, le estaba dando vueltas al asunto en el cerebro… alegremente. ¡Feliz el hombre que puede vivir con problemas! Precisamente con eso había contado yo, con que el problema, su pura imposibilidad, le hechizase de

 

 

 

 

 

 

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inmediato, de forma que no dispusiera de dos segundos para meditar acerca de lo que le estaba pidiendo.

 

Mientras sonreía y sacudía la cabeza, le daba vueltas al asunto. Era como un montañero, sujeto a los clavos, ligado a la cuerda, que alzase la vista hacia la cumbre pelada del risco. No era posible coronarlo. Por otra parte, quizás…

«No hay forma». Repitió la imposibilidad, la saboreó.

 

«¿Por qué no?».

 

«Por tres razones al menos. No hay suficiente luz. El ruido de la cámara. Y no existe cámara que filme durante cinco horas seguidas».

«Comprendo».

 

Esperé, mientras le veía subirse las gafas con el pulgar, puente de la nariz arriba, y rascarse la cabeza.

Una idea extraña: Recuerdo que en aquel momento pensé que nada cambia realmente, ni siquiera Elgin, pasando de niño negro a muchacho listo en el I.T.M. Porque, ya ves, incluso haciendo eso y no dedicándose a la búsqueda de la solución técnica, seguía siendo en cierto sentido «mi negro»; y el contemplarle y esperar constituía parte integrante de la vieja costumbre que teníamos de atribuirles poderes maravillosos, si «aquellos» negros eran «nuestros». ¿No recuerdas lo que mi abuelo solía decir del viejo Fluker, el padre de Ellis? Afirmaba que si salíamos a cazar codornices y nos llevábamos a Fluker no necesitábamos perros para levantar las piezas, ya que Fluker sabía dónde se encontraban las aves.

Eso formaba parte del asunto, desde luego… no que Elgin tuviese algo de perro perdiguero, sino que al ser inteligentes y mediante algún privilegio especial, acaso temerosos de nuestra misma necesidad e impotencia, podíamos confiar en ellos para cualquier cosa, no sólo para que venteasen codornices, sino también para que el chico fuera del I.T.M., listo, más listo que nosotros, judío listo, no, más listo que los judíos. Podía oír a mi abuelo: En cualquier momento haré competir a ese Elgin con un judío, con cualquier judío. Ve a elegir tu judío.

 

«¿Tiene que ser por fuerza una película?». Elgin alzó la cabeza para mirarme y desplazó la lengua lateralmente. Comprendí que se le había ocurrido una idea.

«¿Qué otra cosa…?».

 

«¿Qué me dice de una cinta?».

 

«Quiero imagen, no sonido».

 

 

 

 

 

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«Cinta de video».

 

«¿Cómo funciona eso?».

 

«Como una cámara de televisión de circuito cerrado que se ven en los grandes almacenes. Sólo que…».

«¿Qué?».

 

«Está bien. Mire. ¿Qué le parece esto?». Se volvió hacia la mesa y cogió mi lápiz. Bailaron sus negros ojos. Había acudido a su mente, ¡la solución! «Utilizaremos cinco cámaras minicompactas, situadas aquí y aquí». Trazó sendas X en las salidas del montaplatos que daban a las habitaciones de Margot y de Raine, «Ya pensé en eso. ¿Pero qué hay de las tres habitaciones del otro lado del pasillo?».

«Aprovecharemos los orificios de ventilación de los A/C.».

 

«¿El aire acondicionado?».

 

«Exacto. Emplearemos minicompactas con objetivo de veinticinco milímetros… lo bastante pequeñas como para ver a través de una ranura del enrejado».

«¿Y el zumbido de la cámara?».

 

«No hay zumbido. No hay película. Se trata de cámaras de televisión».

 

«¿Y la oscuridad?».

 

«Emplearemos un tubo electrónico captor “Vidicon”, un intensificador luminoso de doble paso “Philips”… ya sabe, funciona sobre el principio de nervio óptico, puede captar un simple cuanto de luz, un fotón».

 

«Entonces necesitaremos algo de luz».

 

«Ayudará la de la luna».

 

Consulté el calendario.

 

«La luna está en cuarto».

 

«Puedo usar infrarrojos». Elgin recogió sus gafas.

 

«Estupendo».

 

«Lo único que necesito es una sala de control. Podría ser en cualquier parte».

«¿Qué te parece la biblioteca de mi padre?».

 

«¿No la usan el señor Tex y Siobhan? Tenemos que disponer de un lugar donde nadie moleste para nada».

«Lo único que tengo que hacer es trasladar el televisor. Lo pondré en el cuarto de Siobhan».

«Perfecto. Podría tender cables de entrada desde el montaplatos y los conductos del aire acondicionado por la vía del tercer piso».

 

 

 

 

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«¿Y que estarás haciendo allí?».

 

«Grabaré cinco cintas. Necesitaré un monitor “Conrac”».

 

«¿Cuánto tardarás en montar todo el tinglado?».

 

«Bueno, tendré que ir a Nueva Orleans para agenciarme el equipo». Consultó su reloj. «Mañana. Luego, me llevará todo el día siguiente instalarlo todo… si no hay nadie por allí».

«No habrá nadie. Las próximas cuarenta y ocho horas rodarán en la ciudad. Una escena en el tribunal y una escena de amor en la biblioteca».

«Muy bien. Supongo que, en el mejor de los casos, podremos hacerlo pasado mañana por la noche… eso contando con que todo salga bien y consiga el equipo. Pero estoy seguro de que lo conseguiré».

«Así lo espero. Porque empezarán a rodar en Belle Isle dentro de dos o tres días. Entonces será demasiado tarde».

«Podemos lograrlo. Todo lo que hay que hacer es encargarse de que la casa esté vacía mañana y pasado mañana y que la biblioteca esté libre por la noche».

«¿Cuánto costará todo ese material?».

 

«El intensificador de luz es caro, unos cuatro mil. En conjunto, no creo que ascienda a más de ocho o diez mil, a lo sumo».

«Diez mil», repetí. «Tengo eso en la cuenta de la casa. Creo que lo mejor será que te entregue dinero en efectivo. El banco abre a las nueve. A las nueve y media podrás estar en camino».

«Vale».

 

«Muy bien. Luego, ¿con qué terminarás?».

 

«Con cinco cintas. Algo como esto». Cogió un cartucho de ocho pistas con los últimos cuartetos de Beethoven. Durante los últimos meses, había comprobado que me era posible disfrutar de una moderada felicidad si, simultáneamente, (1) bebía, (2) leía a Raymond Chandler y (3) escuchaba a Beethoven.

«Sólo que hay un problema», dijo Elgin, mientras le daba vueltas a la cinta magnetofónica.

«¿De qué se trata?».

 

«Tiempo. Ni siquiera esto grabará cinco horas. ¡Ah!». La tenía, la solución. Embalado ahora en una especie de exaltación inventiva, a Elgin le era suficiente expresar el problema en palabras. Exponerlo de viva voz era solucionarlo. Hasta chasqueó los dedos. «Tendremos que utilizar el nuevo activador de movimiento “Subiru”».

 

 

 

 

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«¿Qué es eso?».

 

En su tono un poco destemplado capté el entusiasmo, el efecto tónico de su sabiduría y competencia. Se encogió de hombros ante mi pregunta.

«¿No conoce la grabadora de cinta magnetofónica que se activa al sonido de la voz? Sólo funciona cuando se producen ruidos».

«¿Como la que tenía el presidente?».

 

«Sí». Se sentía demasiado feliz para notar la ironía. «El mismo principio. Transferido a la luz. La cinta sólo corre cuando algo o alguien se mueve delante de la cámara».

«Algo o alguien. ¿Eso quiere decir que no registrará la imagen de una persona dormida?».

«Sólo cuando él o ella se dé la vuelta. Lo único que tiene que hacer esa persona es moverse… o hablar».

Cuando algo o alguien se moviese. Si, eso era. Eso era lo que yo deseaba. Quién se movía, hacia quién, con quién.

 

 

 

Fue necesario visitar el plato, cosa que yo nunca hacía, a fin de comprobar cuánto tiempo duraría el rodaje allí y avisar a Elgin, en caso de que mis invitados decidiesen volver a Belle Isle de forma prematura. Elgin debía disponer de tiempo para preparar su propio «plató», instalar y conectar sus cámaras.

 

No hubiera hecho falta que me preocupase. Se pasaron toda la jornada con una breve escena entre Margot y Dana. Quince o veinte veces tuvo Dana a Margot contra las estanterías de la biblioteca, repitiendo el «coito simulado». Se enfocaba a Dana desde atrás, haciendo algo que Margot realizaba con soltura y rapidez. Dana estaba vestido.

Merlin se sorprendió al verme, pero, como de costumbre, se mostró amable y locuaz. Le dije que había ido a darle la bienvenida a Belle Isle y a que me confirmase si se habían trasladado definitivamente del parador. Aunque el peligro de un huracán era bastante remoto, el motel estaba construido en terreno de marismas y podía haber una inundación.

«¡Eres un muchacho estupendo!». Merlin se acercó y me cogió del brazo. Tenía una forma especial de conseguir que todo encuentro entre nosotros excluyera a los demás. Sus ojos azules irradiaban afecto; el nervio blanco hacía que el iris girase con vertiginoso aprecio. «Sería verdaderamente extraordinario que se acercase un huracán auténtico al

 

 

 

 

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mismo tiempo que nosotros preparamos uno fingido. Sin embargo, la verdad es que esta escena no tiene nada que ver con el huracán».

 

«Quiero oír la cremallera», aleccionó Janos Jacoby a Dana.

 

«El plato era la pequeña biblioteca pública del lugar. Los habitantes de la ciudad miraban, de pie, con los brazos cruzados, sentados en sillas de aluminio, en la acera, sobre la hierba, ante la puerta de entrada. En el interior, la biblioteca era un pandemónium; parecía que el huracán se hubiese abatido ya sobre ella. Se había apartado todo para poder filmar a Margot y Dana entre los estantes de libros. Las luces de tonalidad azul-blanca producían una claridad y un calor más intensos que los que reinaban en la calle. Gruesos cables serpenteaban sobre la pisoteada hierba como si aquello fuera el recinto de una feria. Entre una y otra toma, Dana se subía la cremallera de la bragueta, se retiraba, se limpiaba las uñas y escuchaba a Jacoby, sin prestarle atención. Margot, en su papel de bibliotecaria en la película, llevaba unas gafas sujetas alrededor del cuello, blusa blanca, chaqueta de cachemira, arremangada. No estaba a gusto. Su rostro tenía expresión descarada y sus movimientos eran acartonados. Me di cuenta al instante de que distaba mucho de ser una buena actriz. Lo que estaba haciendo no era representar un papel» es decir, imitar a otra persona, sino actuar como una actriz que imitase a otra persona. Ya había tenido que abandonar una vez la profesión de actriz.

 

Dana era algo digno de verse: descalzo, ajustados pantalones vaqueros con cinturón de hebilla plateada, una especie de jersey-camisa de fabricación casera, cadena colgada del cuello, con una piedra de jade, perfecto casco de pelo amarillo, perfectas facciones regulares, perfectas cejas derechas que relucían como alas. Se movía bien y no le faltaba gracia. Era un idiota, pero tenía gracia. Era un espacio en blanco relleno con la idea de otro. Era un buen actor. Sus ojos se los arreglaban para dar la impresión de que acumulaban luz y brillaban por sí mismos. Los vecinos de la urbe le contemplaban boquiabiertos como si perteneciera a otra especie. Tal vez era así. Acaso en algún punto de las doradas arenas de California se había engendrado una nueva raza de criaturas perfectas, jóvenes y áureas.

 

Margot no podía verme. Las luces eran deslumbrantes.

 

«Esta es una escena muy corta, pero muy crítica», explicó Merlin. «Se trata de la liberación sexual de Sarah».

«¿Liberación sexual?».

 

 

 

 

 

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«Sí. Recuerda. Dana es el forastero que llega a la ciudad, procedente de no se sabe dónde, y que posee un talento extraordinario… todo el mundo se da cuenta de ello inmediatamente. Gracias a Dios, se trata de una película, ¿talento Dana? A duras penas tuvo suficiente sentido común para no ahogarse cuando se cayó al agua de la plancha de deslizamiento, en Beach Blanket Bingo. Pero míralo ¿no es algo impresionante? Podemos crearle desde el principio como a una muñeca. Yo creé a Dana… Dana en sí mismo no es nada, un perfecto cero a la izquierda. Ese personaje, ese forastero se hace notar enseguida por todos como algo distinto, tomemos, por ejemplo, sus ojos, hay en ellos luz interior, es una criatura luminosa. Obsérvalo. Su temperatura normal anda por los treinta y ocho grados. La verdad es que rutila. Y lo que es más importante, es libre. Todo el mundo está aquí estancado… de hecho, todos lo estamos, tú estás estancado, yo estoy estancado. ¿De acuerdo? Sarah es un tipo Joanne Woodward — aunque lo cierto es que Margot resulta un poco demasiado joven y guapa —, pero nunca ha llegado a saber en qué consiste ser mujer. Ya sabes, su marido, Lipscomb, está también un poco al margen. Permanece sentado, retorciéndose las manos, mientras la plantación se precipita hacia la ruina. Ella, la mujer, evita el derrumbamiento total de las cosas, gana un sueldo de hambre en la biblioteca. Lipscomb está estancado. Todo el mundo está estancado. Los aparceros, el blanco y el negro, estancados en la pobreza y la ignorancia. Los ciudadanos, estancados en el fanatismo intolerante. Y así sucesivamente. El forastero no sólo es libre, sino que también está capacitado para liberar a los demás. Lo envuelve cierta aureola de lejanía, la sensación de que procede de un lugar muy distante, acaso del Este, quizás de un punto remoto. Tal vez es un dios. Al menos, es una especie de imagen tipo Jesucristo.

 

»Satisface a la gente. Satisface los anhelos de los aparceros de poseer sus propias tierras… descubre que la familia de Raine, de Ella, es propietaria de la tierra. Reconcilia al blanco y al negro… que comprenden su común humanidad durante el huracán. Incluso llega al sheriff (¡Dios, lo que me hubiese gustado disponer de Pat Hingle!), que en contra de sí mismo se siente tremendamente impresionado por aquella criatura radiante, vibrante, no violenta… A decir verdad, se sugiere de un modo bastante intenso aquí la homosexualidad del sheriff sureño, ¿no? El forastero casi convence a Lipscomb, que ha perdido sus lazos con la tierra, la naturaleza, su propia sexualidad. Se hace con Sarah. Entra en la

 

 

 

 

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biblioteca y mientras la mujer se queda con la boca abierta, él se limita a dirigirse al anaquel, coge el Rig-Veda y lee el gran pasaje que empieza: “El Deseo penetró en el Uno en el primer momento”. Luego, aún sin pronunciar palabra, coge la mano de Sarah, lleva a la mujer detrás de las estanterías y allí la hace suya, de pie, contra los viejos libros rancios — Thackeray, Dickens, etcétera— que representan el agostamiento de la savia occidental. Hay un estupendo primer plano de Sarah mientras hace el amor con la espalda apoyada en una colección de polvorientas novelas del Waverley. ¿Formidable? El forastero es el principio vivificante, los libros están muertos, todo el mundo está muerto, Thackeray está muerto, Scott está muerto, la ciudad está muerta, Lipscomb está muerto, ella está muerta, o, mejor dicho, nunca ha vivido. De modo que lo que tratamos de hacer entender es que no se trata de un simple acto carnal, aunque eso tampoco tiene nada de malo, sino de una especie de sacramento y celebración de la vida. El forastero lo mismo podía ser un sumo sacerdote de Mitras. ¿Comprendes a dónde queremos ir a parar?».

 

Algo no iba bien. Jacoby pidió una cámara manual «Arriflex» y su ayudante Lionel no lograba dar con ella. Jacoby se acercó a decirle algo a Merlin. Más o menos automáticamente, extendí la mano… no es que deseara estrechar la mano de Jacoby, pero en el Sur no ignoramos que el verdadero objetivo de los buenos modales consiste en hacer la vida más fácil para todos, más fácil para no intimar excesivamente con los demás y para evitar el intercambio soliviantador de groserías e incluso insultos. O uno le estrecha la mano a alguien, o le ignora, o le mata. ¿Qué otra cosa ocurría allí? Jacoby me ignoró. Su aturdida mirada me atravesó y pasó de largo. Creo que no se trataba de ningún insulto, sino más bien de que no me veía. En su reconcentración, yo formaba parte del decorado de la ciudad, era uno más de sus vecinos. Merlin se percató de la omisión y se sintió violento, se aclaró la garganta, sin saber qué hacer. Ahí está la función de los modales: sin ellos, nadie sabría qué hacer en cada momento.

 

Rescaté a Merlin mediante el procedimiento de preguntarle si iban a trabajar mucho aquel día.

«¡Oh, hasta tarde! ¡Muy tarde!», exclamó Merlin cordialmente. «Y gracias por habernos dado alojamiento…». Lo dijo mirando a Jacoby para que éste también me diese las gracias, pero Jacoby se limitó a inclinar la cabeza ambiguamente. Escapé y fui a la parte de atrás, al despacho de la bibliotecaria.

 

 

 

 

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Raine, Lucy y la señorita Maude, la bibliotecaria, estaban allí. Raine me besó con todas las apariencias de sentirse encantadísima… ¿Qué es Raine? ¿actriz? ¿coqueta? ¿juguetona? ¿una chica cariñosa y simpática? Lucy imitó su ejemplo, con aire un tanto distraído. Había perdido la chaveta por Raine de tal modo que casi ni siquiera reparó en mí.

 

«¿No es emocionante?», inquirió Raine, mientras apoyaba sus manos en mis hombros, me balanceaba un poco y me rozaba con sus rodillas. Una rodilla se introdujo entre mis piernas.

«¿Qué?».

 

«¡El huracán!».

 

«No creo que llegue aquí».

 

«¡Pero la luz! ¿No has notado ese peculiar tono amarillo de la luz y la calma siniestra que lo envuelve todo? ¿No suele ser eso preanuncio de los huracanes?».

«Supongo que sí. La verdad es que no había reparado en ello».

 

«Le estaba diciendo a Lucy que aquí hay algo más que coincidencia».

 

«¿Cómo es eso?».

 

«¿Es posible que sea una coincidencia el hecho de que, precisamente mientras realizamos una película sobre un huracán, venga aquí un huracán de verdad?».

«Bueno, todo podría ser. Esta es la estación de los huracanes». «¿Cuáles son las probabilidades matemáticas? ¿Una entre un millón?

Aquí interviene algo más que la meteorología. Interviene algo más que la luz. Adivino la convergencia de todas nuestras separadas líneas de fuerza. ¿No percibes que algo ha cambiado en el aire entre todos nosotros?».

«Pues…».

 

«¡Yo sí, Raine!», exclamó Lucy, y se cogió del brazo de Raine. Teñidas de intenso color las mejillas, Raine me hablaba con la cabeza

gacha, tan coquetamente como Siobhan. ¿Era su modo de manifestarse tímida respecto a sus convicciones místicas?

«Hay un campo de fuerza alrededor de todos nosotros, aumentando y menguando», dijo Raine con voz ausente, declinando de súbito ella misma, perdiendo interés en el asunto. Habló un poco más, pero distraídamente.

«Es posible que tengas razón, Raine». Nunca he podido entender el entusiasmo de la gente del cine. Era como si se viesen poseídos a rachas

 

 

 

 

 

 

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por determinados demonios, demonios de una categoría inferior, a los que uno no necesitaba prestar una atención estricta.

 

La señorita Maude, lo mismo que Lucy, miraba fijamente a Raine, fulgurantes los ojos.

Entró Dana con paso lento, engarriados los pulgares en el pantalón tejano. Se desorbitaron los ojos de la señorita Maude. El muchacho era algo digno de verse. Tal vez era el nuevo dios iluminado por el sol, que llegaba para salvar a la triste ciudad. Pero cuando, sin hacer caso de nosotros, empezó a hablar con Raine, el tema fue… ¡sus inversiones! Malas noticias de Londres, donde había comprado una taberna con la que se ganaba dinero, ¡pero el gobierno se llevaba el noventa por ciento de los beneficios! «Santo Dios, si hubiese escuchado a Bob cuando me propuso lo de Caimán»… y así, ¡irritante!, contrariados los ojos por la preocupación por el mantenimiento y los impuestos, y de pronto uno se daba cuenta de que todo era una ilusión óptica, un truco, que su hermosura no sólo era accidental y en ella no tenía el muchacho arte ni parte, sino que ni siquiera él contaba con la misma. Era como un podenco adornado con un collar de diamantes.

 

La señorita Maude se vio repentinamente poseída por un demonio personal e intransferible. Implorante, casi lacrimógenamente, reluciéndole los ojos, brindó su casa a Raine para la escena entre Lipscomb, el decadente plantador, y su tía, un personaje aristócrata y fuerte («¡Cristo, no puedes imaginarte a Ouspenskaya haciéndolo!», dijo Merlin) que manifiesta al hombre que su auténtica energía procede de la tierra. «¡Siempre tienes la tierra! ¡La tierra es eterna!» y todo eso. La señorita Maude parecía conocer cuanto se relacionaba con la película.

 

«Gracias, Maude», repuso Raine, y le dio un abrazo. «Se lo diré a Jan y a Bob».

Observé que Raine se encontraba en una especie de éxtasis de benevolencia. La complacía mostrarse agradable con la señorita Maude. La cara de Raine resplandecía como la de una santa o como la de Ingrid Bergman. ¿Era el huracán lo que estimulaba o era la exaltación de ser una estrella cinematográfica y ver su estrellato confirmado en los rostros de las personas corrientes y molientes?

Parpadeé. De golpe y porrazo, la señorita Maude, a quien conocía de toda la vida o pensaba que la conocía, perdió un tornillo. O acaso ese

 

 

 

 

 

 

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tomillo llevaba cuarenta años faltándole y lo había encontrado por fin. De hecho, eso fue lo que dijo.

 

Su semblante se arrugó repentinamente y adoptó el aspecto de una ciruela pasa. Al principio, creí que estaba llorando, pero no era aflicción, era felicidad, gratitud. Retorcía un pañuelo entre las manos.

«No puedo expresar con palabras lo que significa para mí», dijo la señorita Maude, mientras movía sus cansadas manos atrás y adelante.

 

«Raine consiguió que Jan diese a la señorita Maude un papel de figurante en la escena de la biblioteca», me explicó Lucy.

«¿Hay algún modo en que pueda explicárselo?», imploró la señorita Maude, al tiempo que se acercaba más a Raine y se retorcía las manos, dominada por el frenesí de una emoción que ni siquiera podía denominar.

«Hizo usted un buen trabajo», alabó Raine, retrocediendo, al resultarle la cosa peor de lo que había esperado. «Es usted una persona magnífica, Maude».

«Oh, Raine, Raine, Raine», repitió Maude, y echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Miré asombrado a Maude. ¿Es que todos los habitantes de la ciudad se habían vuelto locos o es que se me escapaba algo? Estaba acostumbrado ya al delirio especial de los peliculeros, pero ahora la ciudad entera había enloquecido. Personas normales de la población, no sólo Maude, se comportaban como si toda su vida se hubiera desarrollado en una atmósfera de sibilino acertijo, representando una función de sombras chinescas en la que las sombras eran esas mismas personas, y ahora, de súbito, aparecían en su medio, como por arte de magia, aquellos seres esplendorosos y más importantes que la propia vida. Ella, Maude, no lograba hacerse a la idea: no sólo entraron en su biblioteca, dando lustre a los velados anaqueles con la luminosidad de oro que aquellos seres irradiaban, sino que, por unos momentos, ¡Maude había sido uno de tales seres!

 

En aquel instante, la señora Robichaux, esposa de un dentista, a la que siempre, durante todos aquellos años, consideré una linda personita apacible, surgió de la nada y dijo a Raine que haría cualquier cosa, cualquier cosa, por la compañía: «¡hasta trasladar reflectores!».

 

El mundo se había vuelto loco, dijo el demente en su celda. Lo demencial era que la gente del cine traficaba con ilusiones en un mundo

 

 

 

 

 

 

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real, pero el mundo real pensaba que su realidad sólo podía encontrarse en las ilusiones. Dos hatajos de maníacos.

 

De un modo u otro, había lanzado, la pelota entre ellos.

 

Se acercó Lionel con la cámara «Arriflex» acomodada en el hombro. Dana avanzó otra vez hacia Margot. Su mirada se hundía directamente en los ojos de Margot, indolente y sin la menor dificultad. A ella sí le costaba trabajo devolver esa mirada. Tres focos se reflejaban en sus pupilas.

Jacoby puso las manos dobladas sobre los hombros de ambos actores, la vista clavada en el suelo, como un árbitro que diera instrucciones a los boxeadores.

«Querida», le dijo a Margot, «esta vez lo intentaremos de otro modo.

 

Quiero que tus piernas se enrosquen alrededor de él».

 

No es de Polonia, pensé. Ha vuelto a perder el acento.

 

«¿Cómo?», preguntó Margot débilmente.

 

«¿Que cómo? Cristo, hazlo y nada más. De algo servirá. Él te cogerá por las nalgas y evitará que vayas a parar al suelo. No te preocupes».

«Está bien».

 

«Y cuando digas tu frase: “no me harás daño, ¿verdad?”, quiero que en tu voz haya miedo y ternura al mismo tiempo. ¿Podrás hacerlo, querida?».

«Lo intentaré».

 

«Sí, muy bien. ¿Listos? Recuerda, Dana, quiero oír la cremallera. Es importante».

«Sí. Conforme».

 

 

 

«Merlin, pregunté, ¿qué ocurre al final con, ah, Lipscomb?».

 

Merlin se encogió de hombros.

 

«Lo que cualquiera puede suponer. Casi se deja convencer para la salvación, primero por el forastero, después por su propia tía. Pero al final se aleja de ambos. Se desliza poco a poco por la pendiente que conduce al alcohol y a Chopin. Sarah opta por la vida, él por la muerte. Al forastero lo inmola una turba de ciudadanos que creen odiarle, aunque en realidad a lo que odian es a las fuerzas de la vida que el forastero despierta dentro de ellos. Es el nuevo Jesucristo, naturalmente».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Regresé a Belle Isle a pie por el dique. Desde luego, la atmósfera se había tornado pesada y quieta. Sin embargo, en las alturas, a lo lejos, se acumulaban negros nubarrones, que se desplazaban hacia el norte por su propio impulso, como mirlos que elevaran el vuelo desde la marisma alarmada. Una claridad amarilla llenaba el espacio entre la tierra y las nubes, como si ya estuviesen encendidas las fogatas de Navidad.

 

 

 

No podía soportarlo. Aún no puedo soportarlo. No puedo soportar la forma en que son las cosas. No aguanto esta época. Es más, no lo haré. Ese fue mi descubrimiento: que no tenía que hacerlo.

Si tú estuvieras en lo cierto, podría soportarlo. Si tu Jesucristo fuese rey y todo eso en lo que crees —por Dios, ¿todavía crees en ello?— fuese verdad, podría soportarlo. Pero tú ni siquiera crees en ello, ¿verdad? En lo único que piensas es en esa chica del dique. No me extraña que no tengas tiempo para rezar por los muertos. No piensas más que en coger a esa chica en el dique y llevártela a los sauces.

 

¿No? Pero si fuese verdad eso en lo que creíste en otro tiempo, yo podría soportar las cosas tal como son ahora.

O si mi tatarabuelo tuviese razón, yo podría convivir con eso. ¿Sabes lo que hizo? ¡Se batió a duelo! Nada de caballeresco affaire d’honneur bajo los robles de Audubon en Nueva Orleans, sino una lucha a muerte con puños y cuchillos, lo mismo que Jim Bowie, ciertamente en la misma barra de arena. Había ganado un montón de dinero en una partida de póker, en Alexandria. El perdedor se tomó la cosa muy a mal, era mucho lo que se le había escapado del bolsillo, y empezó a murmurar alusiones a estafa. Aquello ya resultaba bastante malo. Pero encima cometió un error grave. Sacó a relucir el nombre de la madre de mi pariente. Era una D’Arbouche de New Roads. Bueno, mi tatarabuelo era un hombre atezado; parecía Jean Lafitte. «¿Qué es lo que has dicho?», preguntó al individuo, quien contestó algo así como: «Oíste perfectamente el nombre que dije». «¿Y cuál es ese nombre?», insistió mi antepasado placenteramente. «Pues, D’Arbouche, ¿no? ¿O es Tarbrouche?». Lo que equivalía a decir que mi antepasado tenía ciertas pinceladas genéticas oscuras, lo que significaba a su vez que la madre de mi tatarabuelo, una dama criolla muy blanca, había

 

 

 

 

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mantenido relaciones sexuales con un negro, y resultaba difícil determinar qué injuria era más terrible: si la de que la mujer hubiese mantenido relaciones sexuales con un hombre que no era su marido o la de que ese hombre fuese negro. «Comprendo», dijo mi antepasado. «Bueno, te propongo una cosa. Tú y yo nos veremos las caras dentro de unas horas, o sea, al amanecer, en el banco de arena de Vidalia, que se encuentra fuera de la jurisdicción de Luisiana y de Mississippi. Con un cuchillo Bowie cada uno. Sin padrinos». Se vieron las caras. Acudieron espectadores, pero estaban asustados y se escondieron entre los sauces. Los contendientes lucharon. Mi tatarabuelo mató a su adversario, sufrió feas heridas en los brazos y en la cara, pero se las arregló para llevarse por delante a su enemigo, al que cortó el cuello de oreja a oreja. Luego mandó en busca de un hacha, decapitó, desmembró, descuartizó el cadáver y echó los trozos a los bagres. Se lavó en el río, se curó las heridas y, acompañado de sus amigos, remó en bote hasta Natchez-under-the-Hill, donde se regalaron con un abundante desayuno.

 

Yo podría vivir de ese modo, con todo lo brutal que era, aunque no creo que los hombres tengan que desollarse entre sí como animales. Pero al menos es un modo de vida. Uno sabe a qué atenerse y qué puede hacer. Hasta la derrota es mejor que la ignorancia.

 

También podría vivir a tu modo si ese modo fuera auténtico.

 

Lo que no puedo soportar es la forma en que están las cosas ahora. Es más, no lo aguantaré.

¿Aguantar qué?, preguntas. Bueno, te daré un ejemplo insignificante. Eso que estás mirando. ¿Ves el cartel de la película que está al otro lado de la calle? ¿Los del 69? ¿Hombres y mujeres en interacción ying-yang, practicando felaciones y cunilinguos en la esquina de las calles de la Felicidad y de la Anunciación? ¿Qué haría al respecto? Sencillamente, eso es algo que tendría que suprimirse.

Acércate, Percival, quiero decirte una cosa. No es una confesión, sino un secreto. No se trata de ningún pecado porque ignoro qué es pecado. Entiendo que, antes de que uno pueda pecar, ha de saber qué es pecado… Bendíceme, padre, porque he hecho algo que no entiendo. Sé qué es una infracción, un agravio o un insulto… algo que hay que regular. Así que te digo lo siguiente y, confesión o no, te considero ligado por los lazos de la amistad, ya que no por los del confesionario.

 

 

 

 

 

 

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Ven aquí. Olvídate de la ventana. Mírame. Hemos convivido a través de un sinfín de situaciones y cosas: colegio, guerra, charla, putas, fútbol, chicas decentes, calientabraguetas, así que como me entiendes y conoces mi pasado —aparte de ti, no hay nadie en esas condiciones— voy a contarte mis planes para el futuro. Va a surgir un nuevo orden de cosas y yo seré parte del mismo. No lo confundas con nada que hayas oído antes. Desde luego, no con tu Sociedad del Nombre Sagrado o Cristianos en Lucha contra la Obscenidad. Esto no tiene nada que ver con Jesucristo ni con el boicoteo. No lo confundas con los nazis. Eran unos estúpidos. Si es cierto que hacía falta limpiar la República de Weimar y si es cierto que tomaron parte en ello, lo estropearon todo al meterse con los judíos. ¡Qué estupidez! Los judíos no tenían la culpa. Los nazis se comportaron como patanes, fueron unos bestias. Lo que debieron hacer era atraerse a los judíos. La mitad de los judíos se hubiera unido a ellos… como hicieron la mitad de los católicos. No lo confundas con el Klan, esos pobres ignorantes bastardos. Negros, judíos, católicos… todos quedan un poco al margen; culparles sólo sirve para poner confusión en el asunto. Los invitaremos a ellos y a ti. No lo confundas con la política sureña de Wallace relativa a los blancos pobres. No tiene nada que ver con la política.

 

No es ninguna de esas cosas. ¿Qué es, entonces?

 

Simplemente esto: una convicción y una liberación. La convicción: no toleraré esta época. La liberación: libertad para actuar de acuerdo con mi convicción. Y actuaré. Nadie más tiene la convicción y la liberación. Muchos opinan lo mismo que yo, tienen la convicción, pero no actuarán. Hay quien actúa, asesina, tira bombas, incendia, etcétera, pero están locos. Actos dementes realizados por dementes. ¿Y si uno, un hombre sobrio, razonable y honorable actuase y lo hiciera con estricta sobriedad, raciocinio y honor? Entonces tendrías el inicio de una nueva época. Empezaremos un nuevo orden de cosas.

 

¿Nosotros? ¿Quiénes somos nosotros? No constituiremos siquiera una sociedad secreta en el sentido que tú le das a esas organizaciones. Los miembros se reconocerán unos a otros sin símbolos ni contraseñas. Nada de discursos, congresos ni asambleas políticas. No harán falta tales cosas. Un hombre actuará. Otro hombre actuará. Nos conoceremos unos a otros como los caballeros solían reconocerse entre sí —no, no caballeros en el antiguo sentido—, no hablo de clases sociales. Hablo de algo que todos los

 

 

 

 

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hombres tienen en común, gentiles, judíos, griegos, romanos, esclavos, libres, blancos, negros, y así se reconocerán entre ellos: un código de austeridad, ternura hacia el elemento femenino e intolerancia en cuanto a lo canallesco, celebración de consejos y, por encima de todo, disposición a actuar y actuar individualmente si es necesario —ahí está el Ingrediente esencial—, porque en este preciso momento ni uno solo, entre doscientos millones de norteamericanos, está preparado para actuar desde la base de una sobriedad y libertad perfectas. Si un hombre es libre para actuar individualmente, uno no necesita la sociedad para nada. ¿Cómo nos conoceremos entre nosotros? Del mismo modo que el general Lee y el general Forrest se reconocerían mutuamente en una convención de tratantes de coches de segunda mano en la calle Borbón: Lee era un caballero en el viejo sentido. Forrest, no, pero en esta generación de víboras se reconocerían instantáneamente el uno al otro.

 

Vosotros tenéis vuestro Sagrado Corazón. Nosotros tenernos a Lee. Somos la Tercera Revolución. Triunfó la primera revolución, en 1776, contra los estúpidos británicos. Fracasó la segunda revolución, la de 1886, contra el codicioso Norte… era inevitable, porque nos quedamos atascados en el asunto de los negros y, desde luego, fue culpa nuestra. La Tercera Revolución triunfará. ¿Qué es la Tercera Revolución? Verás.

 

No puedo tolerar esta época. Y no lo haré. Puede que os hubiese tolerado a ti y a tu Iglesia Católica, e incluso que me hubiera unido a vosotros, de haber permanecido tú fiel a ti mismo. Ahora formas parte de la época. Tienes las mismas pulgas que los perros con los que te has acostado. Me habría sentido a gusto en Mont-Saint-Michel, el Monte del Arcángel de la espada llameante, o con Ricardo Corazón de León, en Acre. Ellos creían en un Dios que afirmaba que sólo mediante la espada podía conseguirse la paz. ¿Haz el amor, no la guerra? Yo prefiero la guerra a lo que esta época llama amor. ¿Qué mundo es mejor, esta Felicilandia de Estados Unidos saturada de porculina, anilinguo, mamada y bajada al pilón o el de una legión romana al mando de Marco Aurelio Antonino? ¿Qué es peor, morir con T. J. Jackson, en Chancellorsville o vivir con Johnny Carson en Burbank?

 

Sí, estaré fuera de aquí dentro de un mes o dos. ¿Preguntas qué pensamos hacer? ¿Nosotros? Yo sólo puedo hablar por mí. Los demás harán lo que les parezca. Pero permíteme que te dé un ejemplo de mi vida futura. ¡Sí! Es posible que tenga dudas respecto al pasado, acerca de lo que

 

 

 

 

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sucedió —todo está muy confuso, mejor dicho, no quiero pensar en ello—, pero sé muy bien cómo será el futuro, el nuevo orden y mi vida. El nuevo orden no se basará en el catolicismo, comunismo, fascismo, liberalismo, capitalismo ni en ningún ismo, sino simplemente en la rectitud austera apreciada por la nueva raza y marcada por la violencia que acompañará a su aparición. No toleraremos esta época. No me hables de amor cristiano. ¿Qué ha producido? Te diré lo que ha producido. Consiguió que hablaran de él por la radio, por la televisión y desde el púlpito y ése fue su final. Los judíos sabían muy bien lo que llevaban entre manos. Billy Graham anduvo con Nixon y salió con una especie distinta de pulgas, pero los profetas judíos vivían en desiertos y soledades y no alternaban con reyes corruptos. Profetizaré: Este país va a meterse en un desierto y no será mala cosa. La sed y el hambre son mejores que la putrefacción de la selva. Empezaremos en la Sociedad donde Lee perdió. Los desiertos son lugares limpios. Los cadáveres quedan convertidos rápidamente en simples sustancias químicas y puras.

 

¿Cómo viviremos entonces sin amor cristiano? Uno trabajará y se cuidará de sí mismo, vivir y dejar vivir, y su conducta será la de un respeto decente hacia el prójimo. Si no puede haber amor allí —¿llamas amor a eso de ahí fuera?—, habrá entre los hombres una cortesía silenciosa. Y caballerosidad hacia las mujeres. Hay que salvar a las mujeres del putaísmo que han elegido. Las mujeres volverán a ser fuertes y castas. Los niños serán felices porque sabrán qué tienen que hacer.

Ah, ¿quieres saber cómo será mi propia vida? (Mírate, de pronto abstraído, comprensivo, tratando de engatusarme, todo oídos como cualquiera de esos psicólogos: ¿por qué no podéis los sacerdotes seguir ceñidos a vuestra condición de sacerdotes para variar?). Muy bien, te lo diré. Proyecto casarme con Anna, la muchacha de la habitación contigua. Creo que ella me aceptará. Tú puedes oficiar la boda, si quieres. La amaré y la protegeré. Puedo hacerle mucho bien. Puedo hacerlo, igual que sé que puedo hacer lo que me decida a hacer. Anna ya está mucho mejor. Ayer contemplamos las nubes que surcaban el cielo y sonrió. Es la primera mujer del nuevo orden. Porque, por decirlo así, ha resistido lo peor de esta época y lo ha sobrevivido, ha sufrido la violación máxima y ha salido de ella no sólo intacta, sino en cierto modo purificada, inocente. ¿Qué otra podía ser la nueva Virgen, sino una asistenta social forzada por una

 

 

 

 

 

 

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pandilla? No bromeo. Su calvario la ha transformado en una criatura de diez años.

 

Viviremos en estas vecindades. Me gusta este lugar. Nueva Orleans es un sitio pobretón, amable y benévolo. Compraremos una casita victoriana bajo el dique y llevaremos una vida sencilla.

Pero no      toleraremos estos tiempos.      No     basta con    destruirlos.

 

Construiremos un orden nuevo.

 

A decir verdad, no tienes por qué preocuparte. No hará falta recurrir a los homicidios. He descubierto algo. Me he dado cuenta de que, incluso en este manicomio, si le dices una cosa a alguien, cara a cara, con perfecta seriedad, sin emoción, mirándole directamente, te creerá. Lo único que uno necesita es hablar con autoridad. ¿No fue ése el rasgo nuevo que la gente observó en tu Señor, que hablaba con autoridad?

La cuestión es que no estoy dispuesto a tolerar esta época. Hay millones que opinan lo mismo que yo y me consta que esta época no es tolerable, pero nadie actuará, salvo los locos y ellos forman parte de la época. Los Manson dementes no son más que el último espasmo-orgasmo de un mundo que agoniza. Sólo quedamos aquí nosotros para asestar el coup de grâce. No esperaremos a que se ulcere y se pudra más. Acabaremos con ella.

Me estás contemplando, para variar. Bueno. Por lo menos no me sonríes. Sí, soy un paciente en un sanatorio mental, más que eso, soy un prisionero. Sí, me doy cuenta de que estás acostumbrado a los desvaríos de los locos. Sí, comprendo que te has percatado de que me concedo la licencia de soltar locuras, por así decirlo. Hasta es posible que esté bromeando. Pero también observo cierto recelo en tus ojos, lo que me indica que no estás completamente seguro de que no hablo en serio. Debes decidirlo por ti mismo.

¿Qué por qué te digo esto? En plan de advertencia. Si te place, puedes poner la advertencia en circulación. Queda muy poco tiempo. Tal vez es cuestión de meses. Sería mejor que quitaran el cartel de Los del 69. Pero, naturalmente, no lo harán.

No toleraremos que sigan las cosas como están.

 

¿Qué ocurre? Por primera vez, desde que empezaste a venir aquí, pareces afectado. Ja, ja, de modo que por fin he conseguido que reacciones.

¿Qué has dicho? ¿Que qué me pasó?

 

 

 

 

 

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¿A qué te refieres? ¿Quieres decir que qué sucedió en Belle Isle? Eso pertenece al pasado. A mí me parece que eso ya da lo mismo. ¿Quieres saber qué ocurrió?

 

Hummm. Es penoso recordarlo. Jesús, déjame pensar. Me duele la cabeza. Me siento hecho un asco. Me tumbaré un rato. Tú tampoco tienes un aspecto muy saludable que digamos. Estás tan pálido como un fantasma.

Vuelve mañana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo es que hoy te presentas vestido con el uniforme de cura? ¿Te has ceñido tus armas para la batalla o te has puesto de gala como Lee para la rendición?

 

No importa. De todas formas, no estaba pensando en ti, sino en Margot.

«Vosotros los hombres os creéis más de lo que sois», recuerdo que me dijo Margot. «No sois tan importantes para nosotras».

¿Vosotros los hombres? ¿Nosotras? ¿Clases? ¿Categorías? ¿A eso teníamos que llegar?

Cristo, ¿de qué hablábamos? Ah, sí, Percival, querías saber qué ocurrió, ¿no? Jesús, ¿qué más da? Sí, tienes razón. Dije que había algo que aún me preocupa. ¿Qué? ¿El pecado? ¿La incertidumbre de que exista tal cosa? No me acuerdo. De todas maneras, no parece muy interesante.

 

Vaya día más tristón. Ya ha llegado la lluvia invernal. Tengo entendido que hay depresión en el Golfo. Un poco tarde para los huracanes, ¿no? ¿No estamos en noviembre?

Pero sería apropiado, ¿verdad? Un huracán presentándose ahora, precisamente cuando te hablo del huracán «María», que llegó hace un año, ¡mientras sobre Belle Isle se abatía un ciclón artificial creado para la película!

Realmente me encantaría que hubiese otro huracán. Disfrutaba lo mío con los huracanes. A la mayoría de la gente le sucede lo mismo, aunque se nieguen a reconocerlo, la verdad es que le ocurre a todo el mundo, salvo a unas cuantas personas cuerdas, porque, después de todo, considerados desde cualquier nivel de cordura, los huracanes son algo muy desagradable. ¿Pero qué demuestra eso, excepto que la mayor parte de la gente actual está loca? Teóricamente, yo estoy loco, pero un indicio de mi recuperada cordura lo constituye el hecho de qué ni por asomo me ilusiona

 

 

 

 

 

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la idea de que se presente un huracán. Conocí a un matrimonio que estaban hastiados de la vida, se profesaban una acentuada antipatía recíproca, odiaban sus propias existencias y se sentían desdichados… salvo durante los huracanes. Entonces se sentaban en su casa de Pass Christian, colocaban una botella entre ambos, experimentaban una oleada de felicidad, se hablaban con sinceridad y alegría, bromeaban, reían, empinaban el codo e incluso hacían el amor. Pero eso es una locura. ¿Por qué la gente ha de sentirse desgraciada durante el buen tiempo y feliz cuando el tiempo es malo? Seguramente no porque sean pecadores durante el buen tiempo y santos cuando la meteorología pone cara de perro. Cierto, las personas se ayudan unas a otras en las catástrofes. Pero su satisfacción interior no la produce el hecho que se ayuden entre sí. Se ayudan porque se sienten satisfechos. No, es porque nos ha sucedido algo tan funesto que ni siquiera hay palabra que lo exprese. La palabra pecado no sirve. Tu Jesucristo no había barruntado nada como esto, ¿verdad? Los huracanes, que son algo aciago, neutralizan la otra perversidad que carece de nombre, para que uno pueda respirar tranquilo, volver a ser libre para pecar o no pecar. La pareja de que te hablo sólo era libre y feliz durante el paso del ojo del huracán, es decir, capaz de odiar y amar (normalmente estaban insensibles, se movían como fantasmas), de mostrarse sinceros y de mentir. Al marido le era posible decir: «A menudo, deseaba en secreto que hubieses muerto. La verdad es que hace una hora, antes de que se desencadenase el ciclón sobre esta zona, estaba pensando que no sería mala cosa que el huracán se llevase por delante el mirador, contigo dentro… me arriesgaría». (¿Eso es pecado?). «Lo cierto es que me imaginaba mi nueva vida en plan de viudo. No es una mala perspectiva. Piensa en las mujeres de que podía disfrutar aquí, en Pass Christian, si tú no anduvieras por los alrededores». El viento hizo añicos el cristal de una ventana y una lluvia de fragmentos cortantes cayó sobre ellos. El hombre se miró la sangre. «Pero ahora puedo decir con toda franqueza que resulta estupendo que estemos juntos. Si el vendaval te llevase, iría detrás de ti». A lo que la esposa respondió: «Desde luego, estoy hasta las narices de guisar para ti y de arreglar la casa. Si sobrevivimos a esto, creo que saldré a buscar un empleo. Tal vez nos iremos juntos. Entonces será formidable verte por la noche. Antes solíamos pasar buenos ratos. Me gustabas. Bueno, me siento mejor. Deja que te cure esas heridas y tomemos un trago». Tomaron varias copas. El viento aullaba y ellos rieron como

 

 

 

 

 

 

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chiquillos. La casa se agitaba como una hoja. Hicieron el amor mientras soplaba un vendaval con ráfagas de más de doscientos cincuenta kilómetros por hora.

 

A decir verdad, no les salió bien, después de todo. O quizás sí. De cualquier modo, un soleado domingo por la mañana, pasado el ciclón, se echaron una mirada a fondo, larga y recíproca, y se divorciaron.

 

 

 

Encontré a Margot en el mirador que coronaba Belle Isle, dedicada a asegurar los ventanales contra los embates del huracán «María». Pareció sorprenderse de verme allí, me miró de soslayo, al resplandor de los relámpagos, como si no pudiera situarme. Resultaba una especie de sobresalto para ella comprobar que yo había abandonado mi acostumbrada hornacina en tiempo y lugar. La gente se pone nerviosa cuando uno se aparta de su papel. Para Margot, me había convertido en parte del mobiliario de Belle Isle, una pieza como la consola con espejo.

 

«¿Qué haces aquí?», interrogó, y enseguida volvió a su expresión de desconcierto, producida por haber formulado tan extraña pregunta. ¿Por qué no iba a estar allí, en mi propia casa?

«¿Y tú?».

 

«No consigo bajar esta maldita ventana».

 

El mirador, con su galería exterior con barandilla, parecía la cabina de pasajeros de un pequeño transbordador. Bancos y ventanales se alineaban a lo largo de los cuatro lados.

Mientras la ayudaba a bajar el cristal de la ventana, me encontré pensando cómo, a pesar de sus diversas transformaciones, Margot conservaba buena parte de la moza rural de Texas que siempre fue. Incluso después de que se convirtiese en beldad sureña, matrona de martes de carnaval, ama de Belle Isle, a veces se olvidaba de todo y maldecía como un vaquero… bastaba para ello con un poco de dolor, pillarse un dedo con la portezuela del automóvil «ranchera»: «¡Rayos del infierno!». O se mostraba impaciente y brusca con los negros: «¿Qué diablos crees que estás haciendo, muchacho?», le gritaba a Fluker, que se hacía el remolón a la hora de barrer y al que Margot dejaba todavía más boquiabierto al arrebatarle la escoba y ponerse a accionarla como una esposa de la frontera. Perspicaz, observadora y dotada de gran rapidez para captar e imitar, sólo cometía deslices de ordinariez cuando se le iba el santo al cielo

 

 

 

 

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y se le escapaban tacos o se sonaba los mocos. De vez en cuando, carraspeaba y escupía. En cierta ocasión, al salir de Le Début des Jeunes Filies dé Nouvelle Orleans, una vez franqueada la puerta y a salvo en la oscuridad, Margot se inclinó sobre el bordillo de la acera de la calle Real y se sonó la nariz con los dedos, arrojando expertamente los mocos al arroyo. Me la podía imaginar en su época senil, desprendiéndose de todos sus tapujos modernos, maldiciendo y malhumorada en una clínica de reposo.

 

Con la misma rapidez con que asimiló los buenos modales de la pequeña aristocracia, aprendió también la mala educación de los peliculeros, aunque lo hizo en plan jovial, como si aquellas transformaciones fuesen imprescindibles, pero no dignas de tomarse en serio. Lo que resultó asombroso fue la celeridad con que se impuso en los lunáticos matices lingüísticos de los actores y demás. En cuestión de semanas, Margot se desembarazó de su arrastrar las palabras, pronunciación típica de Texas, para adquirir el redondo y desarraigado tono de campanilla con que hablaba Raine Robinette, quien, como June Allyson (dijo Merlin), procedía de Washington Heights, incluida la elegante nota aguda y quejumbrosa con que remataba cada frase, distintivo personal de Raine, de modo que Merlin tuvo que corregirla —se desprendió de ello enseguida— y la forma que tenían los actores de zumbar monótonamente en su fingido entusiasmo por simulados proyectos. Jacoby se instalaría en Luisiana y montaría un vivero de cangrejos de agua dulce; lo explicaba con gran lujo de pormenores acerca de su comercialización y distribución, aunque lo hacía distraídamente, como si el único objetivo de aquella perorata consistiera en escuchar su propia voz. También resultaba sorprendente lo bien que se le daba a Margot conducirse como un miembro más de aquel equipo y lo poco actriz que era en cuanto las cámaras empezaban a filmar.

 

Al resplandor de los relámpagos, la observé y pensé en lo mucho que la quería. ¿«Quererla»? Estar «enamorado». ¿Qué significa eso? Significa que yo vivía para el amor. «Vivía para el amor». ¿Qué significa eso? Significa sencillamente que ella era mi felicidad y que sin Margot yo no podía ser feliz. Como suele decirse, no supe qué era la felicidad hasta que conocí, en este caso, a Margot. ¿Te das cuenta de que es imposible hablar de amor sin parecer un cursi? A pesar de todo, es verdad. No puedo vivir sin ti. Dios santo, ¿hay otro modo de decirlo? Podía haberme sentido

 

 

 

 

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satisfecho con mi infelicidad, de no haber conocido a Margot, como esos peces abisales que carecen de ojos y no echan de menos el sol.

 

Pero, si la amaba, ¿por qué el descubrimiento de su infidelidad puso un ramalazo de placer en mi interior?

Antes de que nos casáramos, Margot se presentaba a media tarde en mi despacho, para recogerme. Ni por asomo hubiera aceptado un no por respuesta.

«Pero, Margot, estoy abrumado…».

 

Yo, un topo, un topo chirriante, liberal, vestido de sirsaca, que pasaba los días investigando títulos, arreglando derechos de herencia de propiedades y tratando de conseguir la integración en los colegios de la Parroquia Feliciana. Tal vez eso creía que era la felicidad: conservar intactas las propiedades de Caminó del Río para los pequeños aristócratas blancos y dedicarme por la noche a solucionar las cosas en pro y ayuda de los negros.

Nos íbamos por el camino del Río, en una u otra dirección, Margot al volante de su pequeño «Mercedes» de veinte mil dólares, yo a su lado, parpadeando como un topo recién salido a la claridad del sol de octubre, con polvo del Código Comentado de Luisiana, olfateando la cálida tapicería alemana y la fragancia que le arrancaba el sol, porque la capota iba bajada.

Extraño: Era casi como si Margot fuese el hombre y yo la mujer, ya que todas las iniciativas las tomaba ella, accionaba la radio, conducía el automóvil como un hombre, tamborileaba en el volante con las uñas, estimaba el tránsito, lanzaba una rápida mirada hacia atrás, por encima de mi hombro, para cambiar de carril, proyectaba su mente hacia el punto de destino y el trayecto que íbamos a seguir, todo mientras yo permanecía hundido en el asiento, junto a ella, con las manos en el regazo, igual que una estúpida alumna de escuela mixta.

 

Digo que era como un hombre, salvo cuando inclinaba la cabeza y sus ojos caían sobre mí, entornados los párpados, comprimidos los labios, con aire grave y a la vez nada serio, como ningún hombre habría hecho nunca. O cuando, para sentirse más cómoda bajo el caluroso sol de la tarde, levantaba las posaderas del asiento, en cuestión de un segundo (podía vestirse en treinta segundos: me dijo que, de niña, solía ir andando a la ciudad, con el uniforme del colegio, y se cambiaba de ropa en los aseos de la gasolinera), y se levantaba las faldas con rápido movimiento, dejando

 

 

 

 

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las piernas al aire. Y yo pensaba, aturdido aún por el trabajo y ebrio del sol de octubre, al ver aquella suave y espléndida convergencia de la parte interior de los muslos: ahí es donde quiero vivir, convertir eso en mi morada.

 

«¿Y bien?», preguntaba Margot, tras conducir hasta el dique, frenar, inclinarse sobre el volante albergado en el hueco de las manos (como un hombre) y mirarme de soslayo, mientras gotitas de sudor que parecían diamantes rutilaban en su labio superior.

¡Ajá! Ha aparcado. ¿Y ahora qué? Yo sentía un cosquilleo ascendente en la parte posterior de las piernas. Me preguntaba si aquello era lo que sentía una mujer cuando el hombre aparcaba el coche. Hummm. ¡Hemos aparcado! ¿Qué viene ahora?

«¿Sabes qué eres?», preguntaba Margot.

 

«No. ¿Qué?».

 

«Un gran Sterling Hayden venido a menos».

 

«Sterling Hayden regenta un bar en Macao, vestido de sirsaca».

 

«¿Eso es bueno?».

 

Eran hermosos días de octubre. ¿Sabes que hice uno de los descubrimientos más importantes de mi vida? Es el más simple de todos los descubrimientos, pero has de saber que incluso hoy ignoro si fui el último hombre bajo la capa del cielo que lo hizo o si fui el único hombre. ¿Era yo el hombre más estúpido del mundo o el más afortunado? Se trata de esto: Hay una vida por delante y la alegría de vivirla, y esa alegría no tiene nada que ver con nuestros delirantes ligues estudiantiles ni con mi demente sueño romántico de amor con Lucy en Highlands. No, era mucho más simple que eso. Era sencillamente que existe lo que se llama un hermoso día por el que adentrarse, una carretera que recorrer, buena comida que consumir cuando uno tiene hambre, vino para beber cuando uno tiene sed, y, lo principal de todo, un noventa y nueve por ciento del total, no: un ciento por ciento: una mujer que amar.

 

Qué otra cosa hay realmente en la vida, querido Percival, que el amor, un día de octubre, un declive de dique, labios cálidos que besar, y aquella graciosa criatura hombre-mujer tendida a mi lado que fue primordialmente masculina mientras conducía el coche hasta el momento en que la besé, cuando de súbito se transformó en mujer total y noté que su cuello cedía a una dulce flexión-extensión que ninguna vértebra de hombre podía

 

 

 

 

 

 

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ejecutar, y su cuerpo, por su propio impulso y en toda su encantadora amplitud, giró hacia mí, para saludarme, para darme la bienvenida.

 

Sí, ella me amaba, pues. ¿Que cómo lo sé? Porque al fin salí de mi estupor, me desperté y, acordándome de lo que era hacer la corte, la cortejé. Henchido de amor, fui en coche a Nueva Orleans para sacarla de una convención de Damas Coloniales (por algún motivo, resultó importante para ella ser Dama y maldito si no me arrastró a la fuerza hasta Carolina del Sur para localizar y fotografiar la tumba de su único antepasado anglosajón protestante blanco) (¡ningún Reilly en aquella guerra!, un Johnson… no cabía duda, un tal ¡soldado raso Aaron Johnson que resultó muerto en la batalla de Cowpens!). Entré en la sala de baile de St. Charles, anduve de un extremo a otro del pasillo y traté de localizar a Margot entre la multitud formada por dos mil Damas blancas como azucenas, que escuchaban el parlamento de otra Dama sobre la preservación de los ideales estadounidenses y todo eso. Localicé a Margot, la hice una seña mediante un perentorio movimiento de cabeza y ella salió, al principio temerosa: ¿Había muerto alguien?… luego batió palmas alegremente, me abrazó y me besó: «¡Oh, lo contenta que estoy de verte! ¡Has venido a buscarme! ¿Por mí? Oh, oh…».

 

Estar «enamorado» significa que el corazón saltaba en mi pecho al ver a Margot. También me entraban ganas de batir palmas. ¿Por qué ella y no otra mujer? Margot tenía dos ojos, nariz, boca, piernas como mil millones de otras mujeres… como un millón de otras mujeres guapas, y, sin embargo, adquirió para mí un valor inapreciable. Elizabeth Taylor, con todo lo preciosa que era entonces, podía haber pasado por allí y no hubiese vuelto la cabeza para mirarla otra vez. Era algo casi religioso. Las cosas que le pertenecían eran como santas reliquias. El lugar donde vivía con Tex, la enorme casa del Garden District, se convirtió para mí en un santuario —podía rodear en el coche aquella manzana, una y otra vez, y notar el hormigueo en las piernas en cuanto veía la casa—, un Taj Mahal que albergaba a mi princesa viva.

 

¿Era posible que un hombre fuese tan feliz durante una tarde y que hubiese tantas tardes? ¡Resultaba todo tan sencillo! Conducíamos hasta un paraje bonito, un trecho de dique, un prado junto a la Ruta de Natchez. Paseábamos hasta sentirnos cansados, bebíamos, comíamos, nos besábamos, ¡la fiesta!

 

 

 

 

 

 

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Una confesión: Margot llevó la iniciativa la primera vez. No, la primera, no. La segunda. La primera vez fue cuando acababa de conocerla, descalza y completamente manchada de barro, en Belle Isle, y mi comportamiento no dejó de ser un tanto brusco, con sobo por debajo del miriñaque, besuqueo y todo lo demás.

 

Aquel día habíamos comido cangrejos de agua dulce étouffés y gumbo, sopa de pescado con hibisco, habíamos bebido dos botellas de vino, nos sentíamos satisfechos y felices y salimos zumbando camino del Río arriba, bajo el crepúsculo de octubre, y yo iba pensando en algún punto donde aparcar, tal vez un prado en el que tumbarnos. Pero Margot dijo: «Vamos a la cama». Tragué saliva y estuve a punto de decir Viva viva o algo por el estilo, ya ves, un hombre de treinta y cinco años: viva viva. Ahora, cualquier jovencito de dieciocho años se reiría de mí. Sí, pero observa que los jóvenes de hoy en día no son tan felices con sus chicas, al menos no tan felices como yo lo era. «¿Conoces algún sitio?», me preguntó. Afortunadamente, lo conocía, en Asphodel, una pequeña quinta turística establecida en una cañada cerca de la Ruta. Me temblaba la mano mientras nos inscribíamos. Margot se desnudó sin molestarse en apagar la luz (con la misma rapidez que en los servicios de la Texaco de Odessa: ¡zis! ¡zas! ¡despelotada!). Desnuda, se colocó ante el espejo, con las manos en la cabeza, doblada una rodilla, en escorzo la pelvis. Se volvió hacia mí, introdujo las manos por debajo de mi chaqueta y, con su estilo desenfadado, me pellizcó en los costados. Viva viva. ¿Cómo era posible que una mujer fuese tan encantadora? Era como un festín. Era un festín. Deseé comérmela. Me la comí.

 

Aquella fue mi primera comunión, padre… no se trata de ninguna irreverencia, no pretendo insultar, aquel dulce santuario oscuro protegido por las gruesas columnas doradas de los muslos de Margot, su Arca de la Alianza.

 

 

 

La ayudé con los ventanales del mirador. No era aún el huracán, sino una tronada corriente. Desde aquella altura podía apreciarse al resplandor de las cabezas blancas de los relámpagos en el río y la orilla del otro lado. Era como el mar.

 

Margot se sentó en un banco, fija la mirada al frente como un pasajero mareado.

 

 

 

 

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«Vayámonos, Margot».

 

«¿Cómo?». Retumbó el estrépito de un trueno.

 

«Cojamos el coche y marchémonos a Carolina del Norte. Ahora

 

mismo. Lo tenemos todo de cara. Siobhan está con Tex, Lucy vuelve

 

mañana al colegio».

 

Guardó silencio.

 

«Piénsalo. Podremos alejamos del huracán, llegar a Atlanta a las dos». Mi imaginación se recreaba en el instante de mi entrada con Margot en un motel, el momento en que ella siempre hacía una pausa delante del espejo y se llevaba las manos a la cabellera. También intentaba recordar la última vez que dormí con Margot. ¿Qué había sucedido para que no nos acostásemos juntos? ¿Qué estaba haciendo yo, alojado en un edificio auxiliar, fuera de la casa? Me esforcé en recordar.

«No». Tuve que sentarme cerca de ella para oír lo que decía, ya que hablaba sin levantar la voz, perdida la mirada, sin parpadear. «La compañía se marcha pasado mañana. No podemos… no pueden permitirse el lujo de perder dos o tres días por culpa de un huracán. Y tampoco necesitan perderlos. Las dos o tres escenas interiores lo mismo pueden rodarse en Belle Isle que en cualquier otra parte».

«Ya lo sé. Por eso podemos marcharnos».

 

«No». Los noes de Margot repicaban como campanas. Luego añadió en el mismo tono de voz, sin mover los ojos: «Jan me necesita para que trabaje con él en su versión cinematográfica de Casa de muñecas».

«¿Casa de muñecas?».

 

«Será la primera película importante de Jan… la primera que puede hacer exactamente como quiere».

«¿Y tú? ¿Cuál es tu parte en eso?».

 

No me entendió bien. Me refería a su parte con Jacoby. Qué era él para ella, ella para él.

«Soy Nora, Lance». Me miró por primera vez. La tormenta estaba ya muy cerca y los relámpagos centelleaban como resplandores de un estroboscopio. Los ojos de Margot parecían rápidas saetas.

«¿Nora?».

 

«La protagonista principal, ¿no te acuerdas?».

 

«Sí, me acuerdo».

 

Batió palmas.

 

 

 

 

 

 

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«Soy buena, Lance. ¡Realmente buena! Y me siento muy feliz. Nunca supe qué era tener talento y desarrollarlo. ¡Funcionar! Funcionar como… un reloj perfecto. Actuar como Olivier o la Hepburn».

 

«El dinero lo pones tú».

 

«Sí, y jamás hice una inversión mejor. Las ideas de Jan son estimulantes. El cine no es para él simplemente otro medio. Tienes que entender la teoría de la comunicación. La cinematografía es, para nuestra época, el medio por excelencia».

La cinematografía. Cinco años atrás, Margot habría dicho: «Vamos al cine». Y hubiéramos ido a ver a Steve McQueen. Habríamos comido palomitas de maíz y, cuando se me hubiesen acabado, habría introducido mis grasientos dedos entre las piernas de Margot.

 

«¿Por qué Jacoby y tú necesitáis hacer un guión? ¿Es que Ibsen no es lo bastante bueno?».

«No lo entiendes. Lo mismo que a Ibsen, nos interesan principalmente las ideas. Se trata del relato y de Nora como persona. Jan cree…».

«Marchémonos enseguida, Margot. Podríamos conducir toda la noche. ¿No te acuerdas que otras veces hemos hecho lo mismo y luego nos tumbamos a dormir en un prado, junto al río Shenandoah?».

 

«No. Me debo esto a mí misma. Pero déjame que te explique. La teoría de Jan es que por su misma naturaleza, el medio cinematográfico no debiera tener relación alguna con las ideas. El significado de una película se deriva del propio relato. Narración y personaje lo son todo. Es más, el tratamiento ha de prepararse antes en Inglaterra».

 

«¿Inglaterra?».

 

«Allí es donde vamos a rodarla».

 

«¿Pretendes decir que piensas irte a Inglaterra?».

 

«Allí rodaremos la película. El presupuesto se reducirá a la mitad».

 

«¿Entonces te vas a Inglaterra?».

 

«¿Crees que dejaría pasar la oportunidad de interpretar el papel de Nora?».

«¿Estás segura de que vas a ir?».

 

«Acabo de decirte que… Ah. ¿Insinúas que Jan va a aceptar mi dinero y después me dará la patada?».

«¿Qué opina Tex del asunto?». Seguramente el astuto-estúpido viejo se daría cuenta del trasfondo del asunto.

«Tex y Siobhan están fuera de sí».

 

 

 

 

 

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«¿Se irán?».

 

«¿Te imaginas a Tex quedándose?».

 

«Creo que hubieras debido tenerme al corriente de tus planes».

 

«Iba a hacerlo, cariño. Lo decidimos anoche». Guardé silencioso durante unos segundos. Margot añadió: «No te preocupes, Lance, no me van a timar. No conoces a Jan. Es tan…».

«¿Tú sí le conoces?».

 

«Le conozco. Le conozco como…». Hizo una pausa.

 

«¿Amante?».

 

«Amante. Claro que le quiero. Quiero a Bob Merlin. Te quiero a ti.

 

Quiero a Siobhan. Quiero a Tex. Pero todo es distinto».

 

«No me refería a eso».

 

«Oh muchacho, oh muchacho, oh muchacho. Ya sabes que eso no es tan importante».

«¿Qué es lo que no es importante?».

 

«El sexo. Los hombres concedéis mucha importancia al sexo. En fin, presumís demasiado. No tiene tanta importancia».

¿Por qué no me atrevía a preguntarle lo que deseaba saber?

 

«¿Te…?».

 

«¿Qué?».

 

«Nada». No podía preguntárselo.

 

«No me he liado con nadie y tú lo sabes. Lo creas o no, he encontrado algo mucho más importante que el pene todopoderoso».

Creo que me puse colorado. Hubiese preferido que no dijese pene. Sonaba blanco y fláccido. ¿Pero qué otro término hubiese podido apuntarle? ¿polla? ¿cipote? ¿verga? ¿tranca?

¿Puedes hacerte idea de lo aliviado que me sentí? Aliviado al escuchar de sus propios labios y con tanta soltura que no tenía amantes. Tal forma de decirlo, sin el menor asomo de solemnidad, valía tanto como cien juramentos. ¡Era verdad! ¿Pero y el padre de Siobhan? Hasta la ciencia puede cometer errores.

Sin embargo, la verdadera cuestión es ésta: ¿Deseaba yo que fuese culpable o que fuera inocente? Y si era culpable y yo lo sabía —y lo sabía con la misma certeza que sé que mi tipo de sangre A más B no puede equivaler al 0 de Siobhan—, ¿por qué deseaba oírselo decir a ella? ¿Por qué daba crédito a su negativa? ¿Qué es mejor, tener un dolor y no encontrar la causa o localizar el absceso, limpiar el pus?

 

 

 

 

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Arreciaba la tempestad. El mirador traqueteaba, se bamboleaba como la Tennessee Belle. Los relámpagos eran casi continuos. Una chispa eléctrica alcanzó el pararrayos. La deslumbrante claridad azul se deslizó a lo largo de la galería exterior, pasando por delante de los ventanales como una pelota de yesca encendida.

 

Margot estaba aterrada. Se agarró a mí.

 

«Santo Dios, Lance, vamos a acabar muertos».

 

Sí que llevaba encima un susto de muerte. Quería que la mantuviese abrazada. Lo hice.

«Acostémonos aquí».

 

Se apresuró a desasirse, se apartó bruscamente de mí.

 

«El banco es demasiado estrecho».

 

«En el suelo».

 

«Está húmedo».

 

«De pie, entonces. Te sostendré como Dana».

 

«Ese muñeco…».

 

«Bueno…».

 

«Tengo que irme. Estoy hecha polvo. ¿Querrás creer que actuar ante las cámaras es más agotador que cavar zanjas?».

Puede que no lo creas. No lo sabía a ciencia cierta. Pero estaba dispuesto a averiguarlo.

 

 

 

¿Opinas que estoy loco? Mírame.

 

¿Oyes a los arrendajos y a los niños que alborotan en la calle? El alma y la música de las tardes de otoño, después de la salida del colegio. Escucha. Cantan canciones mientras saltan a la comba.

 

Charlie Chaplin marchó a Francia

 

a enseñar a las chicas una danza.

 

Y así les enseñaba:

 

Hula hula,

 

Ponchatula,

 

saluda al capitán.

 

Ante la reina te has de inclinar,

 

al submarino de espaldas te volverás.

 

Charlie Chaplin sobre un alfiler se sentó.

 

 

 

 

 

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¿Cuántos centímetros en la carne se lo clavó?

 

Medio, uno, dos…

 

 

Cuentan. A eso se le llamaba «afanar».

 

La inocencia de la infancia. ¿No dijo tu Dios que a menos que uno se vuelva tan inocente como cualquiera de esos chiquillos no podrá entrar en el reino de los cielos?

Sí, ¿pero qué significa?

 

Salta a la vista que, o cometió un error o nos gastó una buena jugarreta. Sí, recuerdo la inocencia de la infancia. ¡Estupendo! Pero al cabo de cierto tiempo, uno descubre algo. Uno se da cuenta de que hay un pequeño secreto en el que Dios no nos permitió penetrar. Uno descubre que tu Jesucristo no nos habló de ello. Sin embargo, el propio Dios lo arregló todo para que una buena mañana te despiertes con la picha erecta y vibrante y el exclusivo deseo de disponer de un coño agradable y cálido en el que meterla, arrojar al suelo a una chica, cualquier chica, ¿y dónde está la inocencia de eso? ¿Es eso parte de la inocencia? En tal caso, debió advertirlo. Pasar de niño a agresor, sin hacer nada por cuenta propia… ¿es eso lo que Dios quiere para nosotros? Maldito seas tú… y tu Dios. Entre los dos deberíais poner las cosas claras, en un sentido o en otro. O es bueno o es malo, aclaradlo de una vez, decidlo, rayos. Pero no lo hacéis. Perdéis el tiempo lastimosamente en algún punto intermedio. Dejáis la cuestión en el aire: es bueno, pero… —en tal y cual caso es malo—, claro que si… Total, que jorobáis a base de bien, nos jorobáis a todos y, desde luego, me jorobasteis a mí. Te citaré, por ejemplo, el caso de los romanos o el de los antiguos israelitas, a quienes las mujeres no les preocupaban lo más mínimo. David tenía trescientas mujeres, pero deseaba una más. Dios no se lo echó en cara.

 

Sólo hay tres caminos que seguir. Uno es el de la gente de ahí fuera, el enorme lupanar y mariconería de Norteamérica. No lo tomaré. El segundo lo constituye el dulce Jesús Baptista y tampoco lo seguiré. Diablos, si el cielo está lleno de báptistas sureños, prefiero pudrirme en el infierno con Saladino y Aquiles. Sólo queda un camino y podríamos avanzar por él si vosotros los católicos no lo hubieseis destrozado: el camino de los antiguos católicos. Yo, Lancelot, tú, Percival, las dos únicas personas que vieron el Grial, si lo recuerdas. ¿Encontraste el Grial? No parece que lo encontrases. Entonces sabíamos qué aspecto debía tener una mujer, tu

 

 

 

 

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dama, y qué aspecto debía tener un hombre, tu señor. Yo habría luchado por tu dama, porque Cristo tenía la ancha espada. Ahora te has desembarazado de tu dama y le has arrancado la espada a Cristo.

 

Yo no lo haré. No seguiré tu Camino ni el de ellos, el de la gente. No tomaré tu camino con su Dios-bendice-todas-las-cosas-porque-son-buenas-y-se-abstiene-salvo-cuando-lo-que-haces-no-es-tan-malo. Dime simplemente si un agradable y cálido coño es bueno o no lo es. No seguiré tu camino ni tampoco el de ellos, sino el nuevo camino. Una generación ebria, drogada y caliente y devaluada, pichas tras coños, pichas tras pichas, coños tras coños. Pero más que nada coños tras pichas. ¡Cristo, qué país! Una nación de cien millones de coños voraces. No permitiré que mi hijo o mi hija crezcan en semejante mundo. Cuando digo que no lo permitiré, hablo en serio. No lo permitiré. No voy a permitir que mi hijo… Muy bien, haré otra confesión: Mi hijo es ahora homosexual y comprendo muy bien el motivo. Me dijo que le aterraba el acoso de tanta vagina. Todas las chicas querían follar y eso lo asustó. Piensa en ello. Todos esos pequeños coños calientes a la espera de que él se pusiera a su servicio. Bueno, el muchacho le era imposible atenderlas, estaba demasiado asustado. Le resultó más fácil, a ese pequeño pene aterrado unirse a otros pequeños penes aterrados. Y no puedo decir que se lo reproche. Ahora están allí los cuatro, cuatro estupendos jovencitos asustados que viven juntos en el Barrio Frances, recamando sillas Luis XV.

 

Así que tú enredaste todo el asunto y vamos a tener que quitártelo de las manos. ¿Nosotros? ¿Que quienes somos? Pronto te enterarás. Bástete saber cómo va a ocurrir, porque nosotros constituimos la nueva Reforma, lo que equivale a decir que vamos a contarte algo y a enseñarte algo que tú deberías conocer desde el principio.

 

Vamos a establecer las cosas por ti, determinar qué es bueno y qué es malo, sin adornarlo con hueca retórica judeocristiana. Somos la última carta de Occidente. Somos lo mejor de ti, Percival, y lo mejor de mí, Lancelot, y de Lee, Ricardo, Saladino, Leónidas, Héctor, Agamenón, Richtofén, Carlomagno, Clovis y Martel. Lo mismo que ellos, podremos incluso aceptar tu Jesucristo, pero sin deteriorarlo ni deteriorarnos. Tomaremos el Grial que no lograste encontrar, pero conservaremos la ancha espada y el gran guerrero arcángel de Mont-Saint-Michel y nuestro Cristo será el austero Cristo de la Sixtina. En cuanto a tu dulce Jesús,

 

 

 

 

 

 

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rasqueo de guitarra y monjas contoneando el trasero, y tus fiestas de amor y besos de paz: no existe la paz.

 

Si fuese judío, sabría qué hacer. Es fácil. Estaría en Israel con los sabras. Son de mi clase. La única diferencia entre ellos y los cruzados es que los cruzados perdieron. Ja, pensándolo bien, ¿no es toda una ironía… el que los únicos cruzados que quedan en todo el mundo occidental sean los israelíes, los judíos, que durante dos mil años han permanecido acurrucados, encogidos, sonriendo y asintiendo? Los judíos son afortunados. Saben quiénes son y tienen su Israel. Nosotros hemos de agenciamos nuestro Israel, pero sabemos quiénes somos.

 

Conocemos nuestra identidad y nuestra situación. Habrá dirigentes y habrá seguidores. Los hay ya, sólo que ni uno ni otro sabe qué es qué. Habrá hombres que son fuertes y puros de corazón, no por amor a Cristo, sino en beneficio propio. Habrá mujeres virtuosas ufanas de su virtud y habrá busconas callejeras que se plantarán en las esquinas y todo el mundo sabrá cuál es cuál. Hoy en día no es posible distinguir a una puta de una dama, pero entonces podrá hacerse. Uno obrará con rectitud, no merced, a los mandamientos judeocristianos, sino porque nosotros diremos qué está bien. Habrá hombres honorables y habrá delincuentes, lo mismo que ahora, pero la diferencia estriba en que uno sabrá qué es cada cual y no habrá confusión, ni ladrones buenos, ni honorable Mafia. No seremos muchos, pero como estamos dispuestos a morir, cosa que no le ocurre a nadie, nos impondremos.

 

¿Mujeres? ¿Qué pasa con las mujeres? Escúchame. Un hombre, un joven, un muchacho sabrá qué mujeres están ahí para que las cabalguen y cuáles han de respetarse y uno sabrá a quién follar y a quién honrar.

¿Libertad? La mujer nueva disfrutará de absoluta libertad. Elegirá libremente ser dama o ser ramera.

¿Que las mujeres no tienen voz ni voto en esto? Naturalmente. Y el valor que les asignaremos será exactamente el que se asignen ellas mismas. ¿Dices que no les gustará mucho el plan? Al diablo con ellas. No tendrán nada que decir. No se trata sólo de que no son lo bastante fuertes. Es que tampoco se toman suficiente interés, no se preocupan. Ginebra no dudó gran cosa a la hora del adulterio. Fue Lancelot, pobre bastardo, quien se marchó a meditar tristemente en los bosques.

 

Se acabó el perder el tiempo acerca de quién jode y quién es víctima o elemento pasivo de esa jodienda. Las mejores mujeres serán las que

 

 

 

 

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solíamos llamar damas, como tu Virgen. Nuestra Señora. ¿Los hombres? Los mejores serán fuertes, valerosos y puros de corazón, no por el amor de Cristo, sino como un joven apache o lacedemonio que se niega a sí mismo ser fuerte. Los otros pueden ir de putas y fornicar a quien prefieran. Pero nosotros prevaleceremos.

 

No, no eres tú quien me ofrece algo a mí, salvación, opción, lo que sea. Soy yo quien te ofrece a ti una elección. ¿Quieres convertirte en uno de los nuestros? Puedes hacerlo sin renunciar a una sola de tus creencias, salvo la mariposería. Repito, fue tu Señor quien dijo que vino a traer, no la paz, sino la espada. Nosotros podemos incluso salvar tu Iglesia para ti.

Estás pálido como un fantasma. ¿Qué murmuras? ¿Amor? ¿Que estoy saturado de odio, de furia? No me hables de amor hasta que hayamos quitado con la pala toda la mierda.

¿Qué? ¿Que qué sucedió después? No pongas esa cara de susto. Nada.

 

Vi una película porno y eso fue todo.

 

 

 

Viernes por la tarde, en el cine. Así debería llamar al pase de la peliculita o videocinta que Elgin, mi cineasta, filmó como producto de nuestra pequeña empresa cinematográfica, en un descanso de sus tareas cotidianas.

 

Todo fue muy sencillo. Elgin llegó al palomar después del almuerzo, entró con el dinamismo propio de un vendedor de aspiradoras, con demasiado dinamismo, cargado con un cajón que parecía una maleta y una caja de bobinas, y, sin mirarme, dejó la maleta encima de la mesa escritorio, la abrió, enchufó dos cables en la parte posterior de mi televisor, me enseñó la forma de colocar las bobinas y, sin alzar la cabeza una sola vez, hizo ademán de marcharse.

 

«Elgin. Aguarda».

 

Se detuvo en el umbral, como inmovilizado en una foto fija, a la espera de que yo apretase un botón y lo pusiera en movimiento.

«Elgin, la productora se va mañana. Así que podrás llevarte hoy mismo tu equipo. Te avisaré cuando haya visto este material».

«Ya desmonté la instalación», dijo Elgin, sin dinamismo ni viveza, sino en tono hosco, como si yo hubiese violado algún acuerdo tácito. ¿Qué acuerdo?

«Luego tú…».

 

 

 

 

 

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«No necesitará más grabaciones».

 

Me lo quedé mirando.

 

«Comprendo. Se acabó. Ve a ponerte la chaqueta de guía turístico». Me miró de un modo extraño, al principio pensé que adustamente,

 

después me di cuenta de que estaba avergonzado. Experimenté una rabia repentina. Otra confesión que dice poco en mi favor, pero es importante que te diga la verdad. Tuve que reconocer que me sentí enfurecido porque Elgin había mirado. Había visto la videocinta. Era, pues, que había descubierto en mí lo que despreciaba en los demás. Porque había esperado que Elgin hiciese lo que dije que hiciera, que se limitase a ser un espía tecnológico, pero que no escuchase ni mirase. Más aún: había esperado que, de un modo u otro, Elgin no pudiese mirar… lo mismo que los patanes a los que yo menospreciaba creían que, mediante algún privilegio mágico o por lo menos providencial, el botones negro no pueda ver a la mujer blanca que está desnuda en la misma habitación del hotel en que se encuentra el mozo. Que ni siquiera puede verla aunque lo desee: por algún sortilegio, la mujer blanca es invisible para él.

 

No hay nada como un liberal que se agria.

 

Pero me equivocaba. Elgin estaba avergonzado, no de lo que había visto, sino lo que consideraba un fallo suyo. Un fallo técnico. Debí haberlo comprendido.

«Lo lamento», se excusó, caída la cabeza.

 

«Yo también». Por mi parte, seguía pensando que su sentimiento era porque miró la cinta.

«Lo que no puedo explicar es esa impresión de negativo».

 

«¿Impresión de negativo?».

 

«¿Ha probado alguna vez a apoyar un imán en la pantalla de un televisor?».

«No».

 

«Deforma las imágenes… ya que las imágenes no son más que electrones, claro».

«Sí, electrones».

 

«Sólo he visto lo suficiente para comprobar que el efecto es un poco irreal… Pero creo que, a pesar de todo, tendrá usted lo que desea».

 

«Gracias». Ja. Así que, al fin y a la postre, era mi negro, y, aunque pudiese mirar, no lo haría, no lo hizo. Mejor aún, buscó razones técnicas para abstenerse de mirar. Era el negro perfecto.

 

 

 

 

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Cerró la puerta despacio, pero la volvió a abrir enseguida. De nuevo era un Buell que aún contaba con la capacidad de dejar las cosas bien sentadas.

 

Elgin no me miró. Todo lo que dijo, cortés la expresión de su rostro inclinado en el hueco de la puerta, tan cortés como un botones de hotel que indicara: «Ya ve, ni siquiera miro», todo lo que dijo fue: «Señor Lance, avíseme para cualquier cosa que necesite».

«De acuerdo».

 

Observa la exquisita cortesía del «cualquier cosa que necesite». No dijo: Avíseme si necesita ayuda, le echaré una mano. A juzgar por sus palabras, podía entenderse que se brindaba a traerme un vaso de agua o una copa de aguardiente de maíz. Corría de mi cuenta imaginar el resto.

Entonces me miró. Me miró tan apesadumbradamente como tú… al diablo con Elgin.

 

 

 

Una noche, durante la cena, en un intervalo de la conversación, Lucy, mi hija, que había hablado muy poco, si es que dijo algo, experimentó la acumulada necesidad de expresar alguna idea conveniente, vio la oportunidad de hacerlo y, fruncido el entrecejo y agachada la cabeza castaño oscura, manifestó en tono serio: «Se me ocurrió anoche: aquí estoy yo, un ser humano adulto, una persona, y nunca me he visto la propia nuca».

 

Se produjo un silencio prolongado. Me di cuenta de que me inquietaba más por la preocupación de Lucy, por su vacilante irrupción en la charla, que por el hecho de que no pudiera contemplarse la nuca. Pero Raine y Dana asintieron con aire reflexivo e incluso, observé, con cierta amabilidad y benevolencia, como si tratasen de alentar la tímida incursión de Lucy en la animada tertulia. Raine pasó un brazo en torno a Lucy, la dio un apretoncito y me dijo:

«¡Imagínate! ¡Una mujer madura que no se ha visto la propia nuca!».

 

Medité en ello.

 

Merlin, al que Raine no le caía simpática, no se metió con Lucy, sino con Raine: «¿Y qué? Tampoco yo no me he visto nunca el culo. ¿Qué tiene eso de particular?».

Pero fue Lucy quien se puso colorada y agachó la cabeza todavía más.

 

 

 

 

 

 

 

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8

 

 

 

 

VIERNES POR LA TARDE EN EL CINE:

 

PROGRAMA DOBLE

 

Lo que recuerdo principalmente de las cintas no son las cintas en sí, sino el ambiente que reinaba aquel día en el exterior. Las videocintas, que pasaron el minúsculo «Trinitron» igual que películas y que contemplé con la misma solemnidad con que solía ver las reposiciones de La ley del revólver que daban en la sobremesa, se me representan ahora como algo proyectado en una diminuta salita dispuesta en una inmensa tarde etérea, entre el alborotado sonsonete de los mirlos. La tronada se había desvanecido, el huracán era aún una enorme rueda catalina que giraba lentamente en el Golfo y arrojaba su capa de viento y lluvia trescientos kilómetros por delante, hacia el nordeste, mientras su cuadrante noroccidental aspiraba el otoño del norte, el profundamente claro aire canadiense descendía en forma de embudo, los cirros salpicaban el cielo a ocho kilómetros de altura. No había la menor señal de ciclón, salvo cierta sugerencia de perentoriedad latente y una alta conmoción en la atmósfera. Inquietos mirlos daban muestras de alarma, subían en bandadas desde las marismas, volvían a posarse, se remontaban en el aire otra vez.

 

Verdaderamente, algo falló en la cámara de Elgin. Las figuras, figurillas liliputienses, eran rojizas, como personas en una sala oscura de revelado, y parecían encontrarse, fundirse, fluir una a través de otra. Luces y oscuridades estaban invertidas como un negativo, las bocas se abrían sobre la claridad, los ojos eran cuencas blancas. Los actores vestidos parecían desnudos y los desnudos parecían vestidos. Las figuras daban la impresión de verse agitadas por un viento electrónico. Cuerpos encorvados, fragmentos arrebatados. El pelo bailoteaba en la parte superior de las cabezas como la llama de una vela. Miré fijamente. ¿No dijo Elgin que las figuras no eran más que electrones?

 

 

 

 

 

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PRIMERA PELÍCULA:

 

HABITACIÓN DE LA SEÑORITA MARGOT

 

¿Quiénes eran aquellas dos borrosas figuras rosadas que se movían silenciosamente en un mar encamado?

 

Rebobiné el carrete y examiné el envase de la cinta. La etiqueta estaba pulcramente escrita, habitación de la señorita Margot, igual que los probos y escrupulosos rótulos colocados en los postes metálicos que sostenían prendas de terciopelo en Belle Isle.

Dos figuras estaban de pie, conversando. No aparecían desnudas. Sus ropas eran claras y sus rostros oscuros. Se trataba de Merlin y Margot. Reconocí el tupé en forma de cresta de gallo de la pelambrera de Merlin, aunque vacilaba sobre su cabeza como una lengua de fuego de Pentecostés. A Margot la conocí al instante merced a las orejeras que constituían los rizos de su pelo sobre los oídos y al estilo masculinoide y a pesar de todo lleno de femineidad con que apoyaba el puño en la cadera.

Cuando hablaban, sus bocas se abrían a la claridad.

 

Se abrazaron.

 

El sonoro no era mucho mejor que la imagen. Las voces llegaban ásperas e irregulares y no parecía que procedieran de la habitación, sino del cielo. Su tono se elevaba y descendía como el sonsonete de los mirlos inquietos. Cuando las figuras se volvían, sus voces se alejaban. Las frases se desvanecían, quedaban a medias, como la imagen de los cuerpos al difuminarse.

Volvieron a abrazarse, por la cintura. Merlin separó a Margot y sus cuerpos formaron una Y.

MERLIN: Sabes que siempre… (pausa)… Te deseo toda…

 

(¿Sabes que siempre te querré? ¿Te deseo toda la felicidad del mundo?).

 

MARGOT: (Murmullo de asentimiento).

 

MERLIN: ¡Pero qué iro… Oh, Dios santo… acabar… por culpa de una dolencia fís…

 

(¿¡Pero qué ironía! Oh, Dios Santo, que esto tenga que acabar por culpa de una dolencia física?).

MARGOT:…acabó.

 

(¿No acabó?).

 

 

 

 

 

 

 

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MERLIN:…una desproporción como la de que Lee perdiese en Gettysburg por culpa de la di…

 

(¿Diarrea?).

 

MARGOT: No seas…

 

MERLIN: Resulta sencilla y con… inac… Jesús.

 

(¿Resulta sencilla y condenadamente inaceptable, Jesús?).

 

MARGOT: Jesús, hombres. Sois todos tan…

 

(¿Jesús qué?).

 

¿Hablaban de mí?

 

No.

 

Volvieron a abrazarse. Pompas como senos se hincharon sobre el hombro de Merlin y volaron hacia Margot.

MERLIN: Temo por… Pero os deseo a ambos to…

 

(Temo por ti. Pero os deseo a ambos toda la felicidad posible).

 

¿Ambos? ¿Yo? No.

 

MARGOT: (Murmullo desaprobador).

 

MERLIN: Te quiero tant(?)… tan t(?)…

 

(¿Te quiero tanto? ¿tan tremendamente? Es muy probable que sea lo primero, teniendo en cuenta la articulación de dos sílabas).

 

MARGOT: Yo te quiero… oh m…(?)… oh mi… (?)

 

(Yo te quiero también. Oh, mucho, mucho. O:

 

Yo te quiero también. Oh, maldición, ¿o maldita sea?, o mierda. Probablemente lo último, dos articulaciones, dos sílabas… y conociendo a Margot…).

MERLIN: Crees que te quiero… lo bastante… ¿verdad?

 

(???)

 

MARGOT: (Murmullo cauteloso).

 

MERLIN: Por qué… me gustaría saber… (???)

 

MARGOT: ¿Qué te gustaría saber?

 

MERLIN:…podría estar explot…

 

(¿Él podría estar explotándote?).

 

MARGOT: (Se aparta: se separan y la Y se convierte en II.).

 

MERLIN: (Una protesta).

 

MARGOT: !

 

 

 

 

 

 

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MERLIN:…din…

 

(? ? ?). (¿Dinero?).

 

MARGOT: No.

 

MERLIN: Cristo… ni siquiera… seguro… papel.

 

(¿Cristo, ni siquiera es seguro que te den el papel?).

 

MARGOT: Bas…

 

(Bastardo).

 

MERLIN: ¿Y bien…?

 

MARGOT: Tú… ides, bas…

 

(Tú decides, bastardo).

 

MERLIN: Oh, Jesús… me gustaría… tú.

 

(¿Oh, Jesús, no sabes lo que me gustaría que decidieses tú?).

 

MARGOT: (Murmullo de indiferencia).

 

MERLIN: Además está… básica incapacidad… íntimas…

 

(¿Además está, esa básica incapacidad suya para las relaciones íntimas?).

 

MARGOT: No me importa.

 

MERLIN: Qué puñetero tren raudo y fogoso.

 

(¿Qué puñetero triángulo amoroso? Estoy razonablemente seguro de esta frase: no fue un fallo del equipo de Elgin, sino que el propio Merlin dijo «tren raudo y fogoso» en vez de «triángulo amoroso». Una especie de infecto retruécano. Sí, estoy seguro en un noventa y nueve por ciento).

 

MARGOT: ¿Crees que todavía… de ti? (¿Crees que todavía estoy enamorada de ti?). MERLIN: Oh, Cr…

MARGOT: ¡Ch… ch… ch…!

 

(¿Chitón chitón chitón? ¿O chorradas chorradas chorradas? Chorradas chorradas chorradas).

 

Las diminutas figurillas se enlazaron otra vez y trozos de sus troncos fluctuaron como seudópodos de amebas. Sus cuerpos parecían tener propiedades magnéticas.

MERLIN:…deseo… felicidad comp…

 

(Te deseo una felicidad completa. ¿O te deseo a ti una felicidad completa? ¿Lo primero? Merlin no caería en la redundancia del «a ti»).

 

Merlin se desvanece. Margot se queda inmóvil desmadejada, como un títere suspendido de su cuerda.

 

 

 

 

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Es un triángulo. Al principio, pensé que formaba parte de ese triángulo, que era el ángulo perdedor, así:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luego comprendo que no hablaban de mí, ni mucho menos, que se trata de un triángulo distinto:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se materializa otra figura (parece que no utilizan puertas). Es Jacoby. Se le reconoce exclusivamente por su corta talla, la complexión robusta y la enorme cabeza, que lleva confiadamente asentada entre los hombros. Como muchos hombres rechonchos es de una pieza, cuerpo, cerebro y órganos formando un tono compacto y operando en íntima relación. Uno comprende que todo estaría bien respecto a él, si no fuera porque es más bajo que Margot. Compensa esta desventaja echando hacia atrás la cabeza, con gesto que parece irradiar cierta seguridad en sí mismo. Es su sistema para no tener que alzar la vista al mirar a Margot; la mantiene a distancia como diciendo: Bueno, querida, deja que te eche una ojeada.

 

 

 

 

 

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Forman así una Y que se junta al nivel de la cintura.

 

No hablan, pero sus bocas y ojos se abren a la luz. ¿Acaso susurran? Se visten, ponen oscuridad sobre la claridad. No, se desnudan, porque

oscuridad es claridad y claridad es oscuridad. Se despojan de la claridad de la ropa y se quedan en la oscuridad de su piel.

Se acercan el uno al otro. Partes de sus cuerpos se destacan y se alejan.

 

Otras secciones extienden seudópodos.

 

Se dan la vuelta, el pelo se ahueca y agita lateralmente en un viento electrónico. Hay dos cuencas de claridad en la parte posterior de Margot. Son, los reconozco, los dos hoyuelos que tiene Margot uno a cada lado del sacro.

Margot está tendida a través de la cama y tira de Jacoby, atrayéndole sobre ella. Jacoby la contempla. La cabeza de Margot rebasa el borde de la cama y cae hacia atrás hasta quedar mirando boca abajo a la cámara. Los ojos están cerrados sobre la luz, pero la boca se abre y permite el paso de la claridad.

Aún no hay conversación, pero entonces se oye una voz, que al principio creo que brota de la misma habitación o incluso que procede del cielo, como un gorjeo de los mirlos: Oh oh oh ah ah aaah, oh Dios mío oh ah ah sh… sh… sh…

? ? ?

 

Pero, momentáneamente, la voz no puede identificarse como la de Margot ni como la de Jacoby, ya que es más ronca que la de Margot y más aguda que la de Jacoby.

¿Una oración?

 

DESCANSO

 

Desconecto el aparato y salgo a dar un paseo y que me envuelva la claridad del etéreo día. Experimento la deslumbrante y cegadora sensación de dolor de cabeza que se abate sobre uno cuando sale del cine por la tarde. Los mirlos remontan el vuelo y se posan otra vez, se ha levantado viento pero es un aire a intervalos, que agita y lleva de un lado para otro las hojas de sicomoro por la minúscula galería de mi palomar.

 

Me siento en el porche y contemplo a los mirlos que suben y bajan y las nubes que se desplazan veloces en dirección al huracán como si se apresuraran, temerosas de llegar tarde al saque inicial.

 

 

 

 

 

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Los mirlos se quedan silenciosos. Las nubes se reorganizan y forman una línea. El cielo se torna liso y amarillo. La vista que se observa desde el porche es muy sencilla. Hay seis líneas paralelas horizontales: la barandilla inferior de la cerca de hierro, la barandilla superior, el borde más próximo del camino del Río, la orilla contraria, la superficie del dique, la línea recta constituida por la parte inferior de las nubes. Hay muchas líneas verticales cortas: las barras de hierro de la verja. Hay una sola línea oblicua: la del sendero de gravilla que parte del camino del Río y pasa por encima del dique. Encima del dique están los triángulos de las fogatas. El inclinado botalón de un barco se cruza con el triángulo de las fogatas y forma trapezoides y triángulos más pequeños.

 

Arranca la máquina creadora de huracanes. Los robles americanos se ven sacudidos furiosamente. Es necesario emplear el armatoste de huracanes incluso aunque un ciclón auténtico se esté aproximando, no sólo porque el huracán verdadero aún no ha llegado, sino también porque, aunque estuviese allí, no sería tan adecuado para los propósitos de la película como el ciclón artificial.

 

SEGUNDA PELÍCULA:

 

HABITACIÓN DE LA SEÑORITA RAINE

 

Hay tres figuras rojas sobre el lecho rosado. Trozos de cuerpo, torsos, costillas, muslos, se separan de un cuerpo y se unen a otro cuerpo. Las cabelleras se agitan impulsadas por un viento magnético. Bocas y ojos se abren a la luz. Claros triángulos púbicos revolotean como móviles, ora estrechándose, ora ensanchándose, cambiando de triángulos equiláteros a triángulos isósceles, según las líneas luminosas. Los postes de la cama forman un marco.

 

Lucy está tendida a lo largo en el centro del lecho. Se la reconoce merced al rizo en forma de llama que dibuja su pelo debajo de las orejas, a sus grandes senos y a la todavía ligeramente inmadura y no curvada del todo línea de sus pantorrillas. Lucy tiene el mismo aspecto de una paciente. Se realizan sobre ella ciertas operaciones. Las otras dos figuras la manipulan con eficiencia de enfermeras expertas. Raine es esbelta y ágil, se mueve con tal rapidez que su cuerpo deja detrás ectoplasma. Dana está desnudo y musita algo junto a la cama, se pasa una mano por el hombro como un atleta en el vestuario.

 

 

 

 

 

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Los tres se tienden juntos. Sus cuerpos se fusionan, pero las extremidades anteriores se mueven como si el conjunto constituyese un Siva de seis brazos.

 

Ahora hacen otra cosa. Dana se arrodilla en plano horizontal, coge con ambas manos la cabeza de Lucy y la conduce hacia él. Raine se mueve con mucha más rapidez. Su lustrosa cabeza se yergue y luego va a amadrigarse en el estómago de Lucy.

Las figuras forman un tosco triángulo gamado:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elgin tiene razón. La banda sonora es fatal. Las palabras resultan inaudibles, salvo al final, cuando suena una voz irreconocible que no es definídamente masculina ni femenina y que parece surgir de la nada y de todas partes… y sólo fragmentos como: Oh Cristo querido dulce Jesús oh oh…

 

¿Otra oración?

 

 

 

Los grajos emprenden vuelo hacia el norte de cara al viento. No es corriente ver grajos en tal cantidad, en bandadas como los mirlos. Después se esparcen a lo largo de kilómetro y medio. Ellis Buell dice que los grajos son los pájaros más pequeños de todos. Probablemente es verdad. Lo que sí sé con certeza es que conocen el alcance de cualquier escopeta (Fluker asegura que son capaces de distinguir un calibre veinte de un calibre doce y que luego se limitan a ponerse fuera del alcance del arma). La única vez en mi vida que maté un grajo fue por pura suerte y con un rifle del 22. El pájaro volaba a una altura de por lo menos ciento cincuenta metros. Sin ostentación ni esperanza, dejé que se confiara y se acercase y, cuando lo

 

 

 

 

 

 

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tuve a tiro, le metí una bala en la cabeza. Sorprendido, cayó a mis pies con sordo ruido. El rubí de una gota de sangre colgaba de su negro pico.

 

 

 

¡Aún tenía que ver el telediario de las cinco y media!

 

Quité la videocinta y sintonicé el programa de televisión. La vigilancia del huracán había desembocado en un aviso de ciclón. «María», a trescientos kilómetros rumbo sur, se dirigía ahora hacia el norte. Llenaba todo el Golfo. Era necesario llevar a cabo los preparativos para la evacuación.

Todo el mundo se puso grave y feliz.

 

Los tenderos, entre graves y felices, cubrieron con tablas los escaparates de sus establecimientos. Entre graves y felices, grupos de voluntarios amontonaban sacos de arena en el dique. Los consumidores adquirían, entre graves y felices, radios de transistores, pilas, linternas, lámparas Coleman, quinqués de petróleo, queroseno, velas, latas de conserva, leche en polvo, orejones, barras «Hershey», pasas de Corinto.

Los más graves y felices de todos eran los propietarios de refugios antinucleares excavados durante la época en que, largos años atrás, imperaba el miedo a la bomba atómica. Refugios que no llegaron a utilizarse. Felices familias se agrupaban en sótanos, alrededor del televisor, cuya pantalla mostraba los giros del ciclón «María», cada vez más cerca.

Felices aficionados a echar un trago ocupaban su asiento en las tabernas y bares de la parte baja del dique, dedicados a trasegar cerveza «Dixie» y rememorar otros huracanes. Dueños de casitas de una planta abandonaban felices sus hogares y se dirigían a moteles establecidos en las colinas de Mississippi. Normalmente aburridos policías recorrían dichosos las carreteras y marismas de la región para advertir a la gente que debía evacuar.

También yo hice determinados preparativos. También elaboré una lista de artículos, pero, a diferencia de otros compradores, descarté primero ciertos objetos, antes de adquirir otros. Recogí las cámaras de video, los chasis, las cintas, la grabadora, el amplificador —cuyo valor total aproximado era de cuatro mil quinientos dólares—, lo metí todo en una bolsa Gladstone y, a la caída de la noche, lo acarreé por el dique hasta un bote que tenía atado a un ciprés en la restinga, remé cosa de doscientos

 

 

 

 

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metros y tiré la bolsa al canal. Cuando regresé al bajío, salí ochocientos metros corriente abajo, pero resultó fácil remar por aquellas aguas muertas.

 

Sólo entonces redacté mi lista de compras. Aparte de los acostumbrados productos con vistas al huracán, comprendía:

 

1 Llave inglesa «Stillson» de 45 centímetros.

 

4 Secciones de tubo de plástico «Gerona», de 3 metros de longitud y

 

7,60 centímetros de diámetro.

 

4 Manguitos de 7,60 centímetros.

 

1 Codo de 90º.

 

1 Codo de 45º.

 

1 Manguito de unión, de 7,60 centímetros (30 centímetros de longitud).

 

1 Reductor de 7,60 a 2,50 centímetros.

 

1 Libra de selladora PBC.

 

1 Rollo de cinta conductora.

 

2 Quinqués de petróleo.

 

1 Galón de petróleo.

 

 

Durante la filmación y antes de dirigirme a la ferretería, visité a Tex y Siobhan. Se atacaban los nervios el uno a la otra, y viceversa, con más ferocidad que nunca. Ambos se aprestaron enseguida a ponerme a mí también los nervios de punta.

 

Siobhan se me colgó del cuello y empezó a aporrearme los costados con sus puños. No quedaba más remedio que hacer algo respecto a Siobhan. Era necesario desde hacía algún tiempo. La diferencia estribaba en que ya era no posible hacer ese algo.

A Siobhan le gustaba la música y tomaba lecciones en la vieja espineta francesa. Tex prometió comprarle un nuevo «piano».

«Voy a comprarte el mayor piano “Steinway” que haya en Nueva Orleans. ¿Tocarás el nuevo piano para Tex?».

«No», replicó la niña, sin mirar a Tex, mientras sus delgadas piernas sometían mi muslo a una presa de tijeras, a la vez que me golpeaba con impaciencia. «¿De verdad va a comprarme un piano?».

«¡Totalmente verdad!», exclamó Tex.

 

 

 

 

 

 

 

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Entonces tuve un pequeño golpe de suerte, A su modo cargante y reiterativo, se vino a mí y empezó a aguijonearme de la misma manera que Siobhan me golpeaba con los puños, atizándome con las cosas que tan a menudo me había dicho en ocasiones anteriores y que ni siquiera se escuchaba.

 

«Te lo repito, muchacho, lo mejor que puedes hacer es cambiar esa vieja tubería negra que hay debajo de la casa. Ese material se pudre como madera. Ayer olí un escape de gas».

«¿Cómo pudo olerlo? No tiene captan. El metano carece de olor».

 

«¡Lo olí!».

 

No lo había olido. No escuchaba sus propias palabras. Ni siquiera sabía lo que decía en ese momento.

«Voy a la ferretería. Ahora escúcheme, Tex. Esto es lo que quiero que haga».

Por primera vez, mi tono le impulsó a prestarme atención, un poco asustado, era como si alguien le hubiese sacudido hasta despertarle de un largo y tedioso sueño. ¡Escuchaba! Yo iba a decirle lo que tenía que hacer. Se daba cuenta de ello y sabía que iba a obedecer.

«¿Qué?».

 

«Lleva bastante tiempo deseando llevarse a Siobhan a Odessa, para visitar a sus parientes».

«Sí…», repuso, todo oídos.

 

«Quiero que la niña salga de aquí esta noche. Esa tempestad es mala. Los dos se pondrán en camino ahora. Y quiero decir ahora mismo. Puede conducir hasta Nueva Orleans y coger allí un avión hasta Texas o puede recorrer todo el trayecto en automóvil, lo que guste, pero emprendan la marcha antes de una hora».

Era lo mejor que podía hacer: Siobhan, creo que el viejo bastardo tiene buenas intenciones, sólo confío en que no te vuelva loca o no te mate de aburrimiento.

«¿Verdad que preferimos ir en coche todo el camino, Siobhan? Jugaremos a contar animales. Yo contaré “muuuus” y “miaus” y tú contarás “guaus guaus” y “tocotón tocotón”».

«¡No es justo!», protestó Siobhan, pero me soltó y fue hacia Tex. La seducía la idea de un viaje. «Hay más vacas y gatos que perros y caballos».

 

 

 

 

 

 

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Se marcharían y ésta era la cuestión. He aquí un descubrimiento incidental: Si le dices a alguien lo que ha de hacer, ese alguien lo hará. Lo único que te corresponde a ti es saber qué ha de hacerse, Porque nadie más lo sabe.

 

 

 

La compañía cinematográfica rodaba la última escena antes del huracán. El plató era la galería frontal de Belle Isle. Era la única escena que faltaba, de las que no podían filmarse en Burbank. Una vez concluida la toma, a gusto del director, el personal proyectaba cargar sus furgonetas y marcharse a casa.

 

No era una escena larga, pero requirió muchas tomas. En la escena, el aparcero, interpretado por Elgin, y el sheriff, papel que representaba el actor que se parecía a Pat Hingle, llegaban a Belle Isle acompañados del forastero hippy con aspecto de Jesucristo, que encarnaba Dana, quien había reconciliado a aparceros blancos pobres, aparceros negros pobres, capataces, representantes de la ley, blancos, negros y muchacha mestiza, a la que no aceptaba ni una ni otra raza. Iban a rescatar al plantador, interpretado por Merlin, y a su hija, la bibliotecaria, Margot, del huracán. Sin embargo, el plantador, aferrado a sus viejos prejuicios y secretamente deseoso de vivir la furia apocalíptica del ciclón, decide quedarse. Confía también en que su hija se quede con él. La hija opta por abandonar al padre y marcharse con el forastero. Se trata, pues, de una escena de despedida entre padre e hija. Tras decirse adiós, el plantador, en realidad más cargado de indiferencia que de prejuicios y en el que influye más la estética que las preocupaciones sociales, vuelve solo a la casa, a su órgano.

 

Los acordes de una polonesa de Chopin se funden en el creciente furor del huracán.

«Quiero, sobre todo, un impresionante efecto tipo Lear, Bob», dijo Jacoby, después de una de las numerosas tomas, dirigiéndose a la máquina que fabricaba el huracán. «Ya sabes, rey enloquecido en el brezal, selvática la mirada, agitado el pelo a impulsos del aire».

«Sí, bueno, Lear, vale», dijo Merlin en tono irónico, pero Jacoby no captó la ironía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Antes de que empezara el rodaje, fui al banco y retiré setenta y cinco mil dólares de la cuenta corriente indistinta, a nombre de Margot y mío.

 

«¿A qué viene eso, Lance?», se extrañó Macklin Maury Lamar, mi primo, que era presidente del banco.

«Vamos a entregarlos a la Fundación del Colegio Mayor Norteamericano para Negros».

«Ah».

 

Le di esa explicación por dos motivos. Uno estribaba en que era la única razón que iba a creer, convencido como estaba de que yo aún era liberal y, por lo tanto, capaz de cualquier chifladura. (Y, a pesar de todo, curiosamente, resultaba para él una chifladura comprensible: ya sabes cómo es el viejo Lance, etcétera, etcétera).

El otro motivo consistía en que, en cierto modo, mi explicación era verídica.

«Si», dijo Macklin. «Una causa estupenda. La verdad es que estoy de acuerdo contigo, eso es lo que necesitan».

Lo que preocupaba a Macklin no era aquella particular retirada de fondos, sino la posibilidad de perder el depósito de medio millón de dólares que Margot y yo teníamos en la cuenta. O mi solicitud de que pagara intereses.

«¿Cómo lo quieres, Lance?».

 

«En efectivo. En billetes del valor que te parezca».

 

«¿Por qué en efectivo, Lance?», preguntó Macklin, al tiempo que soltaba una carcajada cordial, inquietos los ojos.

«Temo que tu banco se desmorone esta noche. El dinero estará más seguro en Belle Isle».

«¡Vaya con Lance! Ja, ja». Macklin siguió con su hilaridad, mientras se golpeaba el costado, sin quitarme de encima su mirada aguda, trataba de analizar locura y extravagancia, se preguntaba si era mi estado normal de chaladura o si estaba poseído por alguna demencia nueva.

Me dio los setenta y cinco mil dólares en billetes de a cien, en una bolsa de lona con cerradura. Me entregó por separado el llavín metálico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando el rodaje hubo terminado en Belle Isle y el personal estaba atareado desmontando el armatoste de huracanes artificiales y cargando las furgonetas, convoqué a Elgin en el palomar y le hice entrega de los setenta y cinco mil dólares. Abrió la bolsa utilizando la pequeña llave metálica. Contempló los billetes.

 

«¿Cuánto dinero hay aquí?».

 

«Setenta y cinco mil dólares».

 

«¿Para qué son?».

 

«Muy sencillo. Tengo una barbaridad de dinero, más del que puedo gastar y hay dos cosas que tú deseas».

«¿Ah, sí?».

 

«Una es rematar tus estudios en el I.T.M., pese a que se haya acabado tu beca».

«Sí».

 

«La otra cosa que quieres es casarte con tu condiscípula Ethel Shapiro y comprar una casa en Woodale, subdivisión de Concord, que aunque es cuna de las libertades norteamericanas no está nada dispuesta a vender casas a los negros o judíos y mucho menos a negros casados con judíos. Y tú estás decidido a comprar una casa allí, a pesar de todos los obstáculos».

 

«A pesar, no. A causa de ellos». Elgin contempló el dinero. «Está bien. Pero usted no me debe nada. De todos modos, lo habría hecho por usted. Era un problema interesante. Lamento que la calidad de la cinta dejara tanto que desear. El color era defectuoso».

«Me gustó así».

 

«Y el sonoro era un asco también. Jesús, no sabe lo que lo he sentido».

 

«No te preocupes. Todo estuvo bien».

 

«Bueno…», dijo Elgin, de pie en el umbral. Siempre parecía estar de pie en el hueco de la puerta.

«¿Sí?».

 

«Tengo la sensación de que hay algo más. Tal vez una condición».

 

«¿Una condición?».

 

«Algo que usted quiere que yo haga».

 

«Sólo dos cosas».

 

«¿Cuáles?».

 

«Que te marches enseguida».

 

 

 

 

 

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«¿Ahora?».

 

«Ya. En el plazo de una hora».

 

«¿Y la otra es que no vuelva?».

 

«Exacto».

 

«Muy bien». Lo mismo podíamos estar tratando de las tareas de la jornada.

«Ah, sí. Otra cosa. Lleva a Ellis y Suellen a Magnolia (Mississippi), donde tienen familiares. Está en la 1-55, en tu camino hacia el norte. Pueden volver después de la tempestad. No te costará mucho convencerlos. Tienen encima un susto de muerte. Los dos. Son las únicas personas de por aquí con sentido común».

«Está bien. ¿Nada más?».

 

«Eso es todo».

 

«¿Qué va a hacer usted?».

 

«¿Yo? Me encuentro estupendamente, Elgin».

 

«¿No necesita que le eche una mano para largar a toda esa gente?».

 

«No».

 

«Conforme. Bueno…».

 

Nos estrechamos la mano. Me dirige una mirada de frente. Ha visto demasiadas películas. La mirada de frente, al mismo nivel, significa que nos comprendemos el uno al otro, que nos han reconciliado, quizás por la intervención del forastero con aspecto de Jesucristo que interpretaba Dana. Cuando la verdad es que nadie comprende a nadie y que nadie se reconcilia, porque nadie sabe qué motivo hay para reconciliarse. O, si hay algo por lo que reconciliarse, los sistemas que emplean en las películas, apretones de manos, miradas de frente, expresiones de mutuo entendimiento, en la vida real no resultan.

 

¿No estás de acuerdo? ¿No? ¿Crees de veras que las personas pueden reconciliarse?

«Una cosa más, Elgin».

 

«Sí». Estaba otra vez en el umbral, en la postura que había aprendido de Jacoby. Era el modo en que un actor se mantenía en el umbral de una puerta, a la hora de la despedida, sutiles los ojos, en escorzo el semblante.

 

«Cuando estreches a alguien la mano, aprieta con energía».

 

«Muy bien». Arrugó el ceño. Se retiró ligeramente ofendido.

 

Si alguna vez te has parado a considerar esos casos de negros que llegan a la conclusión de que quieren conducirse como blancos y son muy

 

 

 

 

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observadores y se les da estupendamente actuar así (nos imitan incluso mucho mejor que los japoneses… hasta el punto de que Elgin puede comportarse en el papel de Mannix mejor que Mannix), ¿se te ha ocurrido que por muy observador que se sea, no es posible mediante la observación sólo calcular el grado de energía que ha de imprimirse al apretón de manos y ni siquiera estar seguro de que hay que apretar?

 

Me había equivocado en una cosa. Resultó que Merlin también tenía sentido común y los huracanes no le hacían ninguna gracia. Iba a marcharse.

Por una vez me sorprendí a mí mismo: ¡Deseaba que se fuese! Quería que se marchase, que escapara, el hombre que hizo el amor a mi esposa en el Roundtowner Motor Lodge, de Arlington (Texas), aproximadamente el 15 de julio de 1968, y engendró a mi hija Siobhan.

 

¿Por qué?

 

Porque Merlin, pobre hombre, había llegado a un punto tan aciago como el más infeliz podía llegar. Volver a África para reencontrar su juventud. Ver leopardos. Era como si yo saliese disparado hacia Asheville en busca de la difunta Lucy. Un hombre entrado en años debe descubrir cosas nuevas. Rodar era demasiado bueno para él. De todas formas, me caía simpático y yo le caía simpático a él.

Le encontré en la galería, por la que paseaba inquietamente, después de que el resto del personal se hubiese retirado.

«Trabajaba en la autopista de los Cayos cuando ese hijo de perra (por aquel entonces no asignaban nombres de mujer a los huracanes) se desencadenó en 1928. No fue ninguna broma y preferiría no presenciar otro».

«¿Hubo víctimas?».

 

«Unos quinientos muertos. Cristo, lo que no habré visto en la vida. Lo que no habré hecho. Adoraba tres cosas: las mujeres, la vida y el arte».

«¿Por ese orden?».

 

«Por ese orden».

 

«Bueno, todavía te queda vida a raudales».

 

Me lanzó una mirada, y luego otra.

 

«¡Sí, señor!», convino. «Y estoy en buena forma. Tengo un cuerpo estupendo. Palpa, Lance», invitó, ofreciendo el bícep.

«Bien. Menuda bola».

 

«Es el brazo de un hombre joven. Toca la barriga».

 

 

 

 

 

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«Lisa y dura».

 

«Sacúdeme».

 

«No hace falta».

 

«Vamos, golpéame. No puedes hacerme daño».

 

«Te creo».

 

«Puedo vencer a cualquiera de aquí… salvo a ti, Lance. Me parece que tú me ganarías».

«Lo dudo. Estoy en bajísima forma».

 

«¿Quieres que echemos un pulso?».

 

«No».

 

«Tienes un cuerpo espléndido. ¿Sabes lo que deberías hacer?».

 

«No».

 

«Kung Fu. Se te daría fenómeno. Eres un atleta nato, tienes la gracia y fortaleza del atleta. Sería estupendo para ti».

«Puede que tengas razón, Merlin. ¿Sabes lo que deberías hacer tú?».

 

«¿Qué?».

 

«Irte de aquí».

 

«Será lo primero que hagamos mañana por la mañana. Esos otros chalados quieren gozarla esta noche».

«El “María” llega esta noche. Puede que mañana te resulte imposible marchar».

«Ya lo sé. Pero esos bastardos están locos por convertirlo en una fiesta.

 

Margot debería ser más sensata».

 

«Si yo fuese tú, emprendería la marcha ahora mismo. A mí me da lo mismo». Así era.

Paseó por la galería, fruncido el entrecejo y observó el cielo amarillo.

 

«¿O todavía es Jacoby el director?».

 

«¡Jacoby! Ese hijo de tal no podría dirigir el tránsito en Boutee (Luisiana)».

«¿Y bien?».

 

Chasqueó los dedos.

 

«¡Me iré, por Dios!». Sus ojos con nervios blancos miraron más allá de mí, adentrándose en el futuro. Volvió a chasquear los dedos. «¿Sabes lo que voy a hacer?».

«No».

 

«Iré en dirección norte y saldré de esta marisma. Conduciré en línea lo más recta posible hacia Virginia, subiré hasta el valle del Shenandoah y

 

 

 

 

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recogeré a Frances, que tiene un haras en Lexington. Le diré: Volvamos a Tanzania, Frances. Estuvimos allí una vez. Vivíamos en un “Land Rover”. Vimos leopardos. Frances es como un soldado, una buena chica. Incluso puede… Siempre ha sido mi amor. La llevé una vez a España y la enseñé el Ebro, en cuyo frente luché. Sí, por Dios, también hice eso. ¿Puedes creerlo? Es una buena chica, un camarada. Es compañero, hermano, hija, amante para mí. Lo único que tengo que hacer es decirle: Cariño, volvamos a las tierras altas, y se pondrá en camino. Jesús, ¡qué idea me has dado! Incluso es posible que haga una película. ¿Qué te parece una película sobre un hombre y una mujer que son buenos camaradas, van de caza y luego disfrutan juntos de una buena sesión de sexo?».

 

«Suena muy bien».

 

«Si tan estupendo es, ¿por qué me siento tan fatal? Siempre he sido un hombre con unos deseos enormes de vivir y de gozar del amor, Lance. ¿Entiendes eso?».

«Sí».

 

«Me consta que las cosas volverían a ser estupendas entre Frances y yo».

«Es posible».

 

«Háblame sinceramente».

 

«Puede ser».

 

«Sería formidable incluso aunque…».

 

«Sí, lo sería».

 

«Ahora me siento despreciable, pero podría arreglarse todo entre nosotros. ¿Qué opinas?».

«Creo que las cosas podrían ser estupendas entre vosotros».

 

«Frances me conoce mejor que cualquier otra mujer».

 

«Estoy seguro de ello».

 

«Ella y yo siempre lo pasamos maravillosamente juntos».

 

«Eso es bueno».

 

«Podríamos volver a disfrutar juntos».

 

«No me cabe la menor duda».

 

«Puedo hacer algo, preparar una historia, algo, acerca de la agonía del ñu y la muerte también del amor humano y luego la renovación y reverdecimiento, un reverdecimiento y un regreso al condenado Sahara, que avanza. ¿Entiendes?».

«Sí».

 

 

 

 

 

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«El Sahara del alma también».

 

«Sí, pero en lo que debes pensar en este momento es en marcharte de aquí».

«Me voy. Hablaré con los demás».

 

«¿Qué tienen que ver los demás?», pregunté, con un pequeño nudo de ansiedad en la garganta.

«Sólo es para despedirme de ellos. Cristo, ni por soñación Se les ocurriría irse ahora. ¿Sabes qué están haciendo?».

«No».

 

«Raine está llevando bocadillos y champán a tu mirador. Van a celebrar una fiesta llamada Adiós, película, hola, “María”».

Debí de adoptar una expresión extraña, porque explicó:

 

«Adiós, huracán de cine, hola, ciclón auténtico».

 

«Es un buen sitio para encontrar la muerte. Demasiado cristal».

 

«Intenta hacérselo comprender».

 

«Trataré de convencer a Margot».

 

«Pensándolo bien, ¿por qué no me despides de ella? En cuanto a los demás, me tiene sin cuidado que el “María” los arroje al río, con el culo por delante. ¿Sabes lo que están haciendo esos cerebros de mosquito?».

«No».

 

«Están sacando píldoras y subiendo anís y tequila al mirador. Van a celebrar una fiesta».

«Ya lo sé».

 

Merlin me dio un apretón con ambas manos y me dirigió una larga mirada de frente, velados los ojos por ocultos propósitos. Llevaba demasiado tiempo en el mundillo de las películas.

 

 

 

«Lucy, sube a tu “Porsche” y sal disparada a la escuela. Dispones de treinta minutos».

 

«¡Papaaau!». Prolongó la última sílaba en un timbre musical alto-bajo, reproducción exacta del conocido hábito de Raine.

«Ya me has oído».

 

«Quiero quedarme con Raine durante el huracán».

 

«No, maldita sea. En marcha ahora mismo».

 

Lucy se quedó sorprendidísima. Todo el mundo reaccionaba como si yo fuera un antepasado salido de su retrato para empezar a dar órdenes.

 

 

 

 

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Todos obedecían impulsados por la pura sorpresa.

 

Posteriormente, oí a Lucy preguntar a Suellen, que cargaba sus latas de azúcar en el «Plymouth Charger» de Elgin: «¿Qué mosca le ha picado a papá?».

«El señor Lance sabe lo que está haciendo, niña», respondió Suellen en tono convencional, aunque realmente aliviada por el hecho de que alguien, quienquiera que fuese, tomase las riendas.

«¿A qué viene tanta prisa, papá?», me interrogó Lucy, con la imaginación puesta otra vez en Raine.

«Bueno, sin ir más lejos, te necesitan en la casa Tri-Phi. Acabo de hablar con la señora Davaux. El pánico empieza a cundir entre los estudiantes de primer curso, a pesar de que la tormenta sólo los rozará. La señora Davaux cree que tú eres la única persona capaz de tranquilizarlos. Afirma que tienes verdaderas dotes de mando. Por otra parte, vas a perder la mitad de tus votos para el Chi O… cuyos veteranos han vuelto todos». (Había hablado con la señora Davaux y dijo algo parecido).

Ah, eso es harina de otro costal. Uña elección difícil entre Raine, Troy y él huracán, y el apuntalamiento de unos votos Tri-Phi que se tambaleaban. Su lealtad al Tri-Phi se habría impuesto, creo, incluso sin mis órdenes.

«De cualquier modo, Raine no se va. Estará por aquí durante algún tiempo».

Era verdad, en cierto sentido.

 

«Está bien, papá. Si he de serte sincera, estoy un poco asustada».

 

«Bueno, bueno. Ahora, ponte en camino».

 

«De acuerdo, papá».

 

Apoyó las manos en mis hombros, me mantuvo un poco apartado y ladeó la cabeza tal como hacía Raine. Jesucristo, las películas.

«Papá, te quiero».

 

«Yo también te quiero».

 

 

 

El viento estaba cobrando fuerza. Ahora se apoyaba en ráfagas intermitentes. Salí a las galerías, cerré las contraventanas y corrí los gruesos pestillos. Se cerraban por fuera.

 

Al volver a entrar, me tropecé en el vestíbulo con Raine, que, cargada con una bandeja, se disponía a subir al mirador.

 

 

 

 

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«¿Qué te ocurre, Lance?».

 

«No sé a qué te refieres».

 

«Tienes un aspecto espantoso».

 

«Estoy cansado».

 

«Vamos. Aquí llevo algo de beber».

 

«No, gracias».

 

«Entonces prueba un par de estas píldoras. Una ahora y otra después». Me entregó dos cápsulas. «Son lo mejor que hay. Te dejan relajado, pero eufórico. Experimentas una libertad absoluta para elegir, hacer planes y actuar. Puedes optar por dormir o no dormir. Te conviertes de verdad en ti mismo».

La miré.

 

«Muy bien».

 

A decir verdad, necesitaba algo. Notaba que una fría sensación entorpecedora iba extendiéndose por mi cuerpo, desde la boca del estómago. Lo que realmente deseaba era un trago.

Raine depositó la bandeja y me sirvió un vaso de agua. Me tragué las dos píldoras. Raine me miró. «¿Por qué no nos vemos después, entrada la noche?».

«Muy bien».

 

Empezó a subir la escalera que llevaba al ático.

 

«Yo no me quedaría mucho tiempo allá arriba, Raine. Se espera que el viento supere los cien. A lo peor los cristales no resisten».

«No estaremos mucho tiempo. Sólo vamos a disfrutar un poco del precioso cielo, de la maravillosa vista de las nubes y los relámpagos. ¿Has contemplado alguna vez un cielo así? ¿Por qué no subes con nosotros?».

«Ahora, no. Pero hazme el favor de decir a Margot que baje. Quiero hablar con ella».

Margot bajó. Se quedó de pie en la penumbra del vestíbulo, en ángulo recto respecto a mí, con los brazos cruzados y ladeado el pie sobre el tacón.

«Margot, ¿te vendrás conmigo ahora? Podemos marcharnos a cualquier sitio que te guste».

«No».

 

«Entonces, ¿querrás pasar la noche junto a mí?».

 

«No».

 

«¿Así están las cosas?».

 

 

 

 

 

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«Así están las cosas».

 

«¿Y qué significa eso?».

 

«Te quiero, Lance».

 

«Pero…».

 

«Nada de peros. Te quiero como siempre te he querido, con mi viejo yo. Pero tengo otros yo. Una se desarrolla».

«Quiéreme entonces con el viejo yo».

 

«¿Qué puedo hacer?». Margot se encogió de hombros. Estaba vagamente distraída. Tenía la cabeza un poco inclinada, como si tratase de percibir alguna nueva vibración en la tormenta. «El sentimiento no está ahí. Una no puede disponer de sus sentimientos».

 

Ahuecó la boca y ladeó la cabeza. No me era posible oírla, ya que el estruendo de la tempestad lo ahogaba, pero adivinaba que la lengua de Margot producía un repetido toc, toc al chocar contra el paladar.

 

Algo me dio vueltas en la boca del estómago. Encontré un asidero y me aferré a él. Comprendí que era la droga, que se engranaba en mi cuerpo como una rueda dentada.

Margot se movió frente a mí, con las manos en las caderas. Manteniéndose muy erguida, adelantó un pie, que desvió ligeramente hacia fuera. Su semblante era austero, sin pintar, escandinavo. Cristo, ya era Nora Helmer en Casa de muñecas.

«¿Qué piensas hacer, Margot?», pregunté como en sueños.

 

«¿Qué pienso hacer?». Toc, toc. «Bueno, te diré una cosa que no pienso hacer. No voy a quedarme aquí año tras año, dedicada a encerar muebles y contemplar cómo florecen las camelias. De eso puedes estar seguro».

«Claro. Vayámonos entonces a… ah, Virginia».

 

«¿Virginia?». Su rostro se desplazó dos grados hacia mí.

 

«No sé por qué he dicho Virginia», articulé, mientras notaba que una extraña y nada desagradable distancia se abría en mi cabeza. «Si no te parece bien Virginia, entonces a cualquier otro lugar que te plazca».

 

«No, lo siento, cariño». Me abrazó y me besó distraídamente. Al apretarme, noté que su diafragma se mantenía alto. Margot respiraba de cierta manera especial. Encarnaba el papel de Nora.

La droga empezaba a surtir efecto. Entre mi persona y mi ego se establecía una separación. Eso era lo que yo esperaba de las píldoras: un pequeño espacio entre el dolor y yo. Comprendía las palabras de Margot,

 

 

 

 

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pero no me era posible soportarlas. Sin embargo, ¿cómo convivir con algo que uno no puede soportar? ¿Cómo sentirse cómodo con una espada atravesándole los intestinos? Yo no esperaba solución, ni siquiera alivio. Sólo quería contar con un pequeño distanciamiento: ¿cómo se las arregla uno para sobrellevarlo?… ¿del mismo modo que un borracho sobrelleva la circunstancia de ser un borracho o un delincuente la de ser un delincuente? ¡No hay problema! Envidiaba a ambos. ¡Pero aquello! ¿Cómo sobrellevar aquello: tener el dolor clavado, como una cucaracha atravesada por un alfiler? La droga lo arregló: antes, yo era parte integrante del dolor, no había escapatoria. Ahora disponía de cierta separación. El dolor continuaba allí, pero yo estaba un poco distanciado. Se convirtió en un problema que resolver. Hummm, ¿qué hacer con el dolor? Quién sabe, es posible que incluso tenga solución. Tal vez uno pueda hacer algo para aliviarlo. Veamos.

 

«¿Por qué no subes con nosotros al mirador? Es algo lo que se dice espectacular».

«No. Tengo unas cuantas cosas que hacer».

 

«Muy bien». Volvió a besarme con aire ausente, el sonoro chasquido del beso que se da a un familiar. Toc, toc.

Cuando terminé de cerrar los postigos, volví al palomar. Uno tenía que doblarse para resistir el viento del sur. Entre una ráfaga y otra, el aire parecía recuperar fuerzas. La tormenta era como un hombre al que le faltara el aliento.

Se ampliaba el espacio entre mi ser y yo mismo. Permanecía sentado en la mecedora de plantación, notando ese ensanchamiento en mi cabeza.

Cuando volví a tomar conciencia de la realidad, seguía sentado en la mecedora. Brillaba afuera la claridad lunar. Una claridad que se filtraba hacia el interior. Me levanté y abrí la puerta. Reinaba la calma. Una luna anaranjada ascendía por detrás de la Costa Inglesa. Un enorme frente de nubes amarillas cubría toda la parte occidental del cielo, al otro lado del dique. Aquella muralla parecía tan sólida como los Andes y presentaba cumbres, valles, glaciares y grietas de glaciar.

 

Dejé la puerta abierta, volví a sentarme en la mecedora y me dediqué a no pensar en nada. Respiraba. Mis ojos siguieron la línea interpuesta entre el resplandor de la luna y la sombra de la jamba de la puerta, que se deslizaba a través del suelo de baldosas St-Joseph colocadas en espiga.

 

 

 

 

 

 

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NUESTRA DAMA DE LAS CAMELIAS

 

Debí de quedarme traspuesto, porque el siguiente recuerdo que tengo consiste en cierta sensación de que en la estancia había alguien más, aparte de mí mismo. Ningún misterio: la miraba directamente, Lo que significa que sin duda me quedé adormilado, de otro modo, habría visto entrar a aquella persona. Pero el intervalo debió de ser muy breve, ya que no había cambiado el ángulo de la luz de la luna sobre las baldosas.

 

Allí, en una silla de respaldo recto situada al otro lado de la mesa, estaba sentada una señora a la que yo parecía conocer o, al menos, parecía darse por supuesto que la conocía. Ella me conocía a mí. Me sobresalté culpablemente, sonreí e incliné la cabeza para disimular mis poco educados modales. Cristo, acuérdate, Percival; en esa parroquia hay por lo menos cuarenta mujeres de cierta edad, que tienen aproximadamente el mismo aspecto y determinada relación con la familia de uno, pero cuyos nombres no hay forma de retener en la memoria. No son ni viejas ni jóvenes. Lo mismo pueden tener treinta y cinco que cincuenta y cinco años. Durante treinta años, presentan la misma apariencia. ¿Era la señorita Irma, la prima Callie o la señora Jenny James? Son de tez morena, tienen figura regordeta y cierta reputación de pasado. Les había ocurrido algo, pero no hablábamos de ello… el padre de una las sacó del apuro. Ah, acuérdate de lo que le pasó a Callie. Me parece que se fugó con un hombre casado de bastante más edad que ella. Durante los cuarenta años siguientes se las arreglaron bien. De vez en cuando les caía algún empleo de tipo político en el juzgado, o vendían «Tupperware»… quizás la prima Callie fue amante del juez Jones durante veinte años. De cualquier modo, sobrevivieron a todos. Tenían una salud de hierro. Aparecían en funerales, bodas y recepciones de Año Nuevo. Uno no puede imaginarse qué hacían entre una celebración y otra.

 

De lo único que estaba seguro era de que aquella persona parecía tener perfecto derecho a encontrarse allí, en mi palomar. Y de que me conocía y daba por supuesto que yo la conocía a ella. Me sonrió con absoluta familiaridad. Sin duda había acudido en busca de refugio frente al huracán, ya que Belle Isle era el edificio más sólido y resistente dé los alrededores.

 

Aunque rígida y derecha en la silla, la mujer no dejaba de irradiar cierta gracia, mientras se alisaba y ceñía el vestido a la cintura, de modo

 

 

 

 

 

 

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que sus formas causaran buen efecto estético. Era un vestido de punto, perfectamente ajustado a los redondos senos y caderas.

 

La mujer se arqueó hacia atrás y quedó aún más erguida en la silla. Ni por asomo se me hubiese ocurrido preguntar: «¿Quién es usted y qué desea?».

Su cabello era Oscuro, quizás con algunas hebras grises, espeso, largo, rizado en tomo a su cabeza de una manera no exenta de atractivo. No se había lavado la cabeza recientemente. Percibí un efluvio, no desagradable, de pelo femenino sin lavar.

La miré. Me sonrió, me dirigió una sonrisa encantadora y sus ojos rutilaron. Era esa clase de mujer, Percival, que recuerdas desde la infancia, que siempre se mostraba extraordinariamente simpática contigo, que hablaba bien de tus padres, que se hacía lenguas de lo guapo que eras. Y, sin embargo, cuando salía a relucir el nombre de esa mujer, tus padres intercambiaban una rápida mirada y guardaban silencio.

Pertenecía también a ese tipo de señora que muy bien puedes recordar si no has olvidado lo que una voluptuosa mujer de cuarenta años atraía a un muchacho de quince, hasta el punto de que, cuando habíamos hecho un alto en el partido de fútbol y descansábamos tendidos sobre la hierba, sudorosos, cansados y alegremente impúdicos, si una mujer así pasaba por la calle, erguida, turgentes los muslos y estrecha la cintura, nos quedábamos silenciosos hasta el inevitable: ¿Qué tal nos sentaría algo como eso?

Observé entonces la camelia que llevaba prendida en la parte lateral de la pechera —y, al mismo tiempo, comprendí que aún no había llegado la temporada de las camelias—, una enorme flor abierta, de color carne, con un haz de minúsculos tallos en el centro, donde se albergaban estambres, pistilos, polen, vainas, óvulos.

La mujer era bastante real, creo, aunque no puedo explicar la camelia. La leve sensación de molestia producida por no conseguir recordar el nombre de la mujer era algo que resultaba totalmente familiar y no tenía nada de sueño. Dijo que había ido allí en busca de abrigo (¿no demuestra esto que la mujer era real?, en los sueños no hacen falta las explicaciones), pero que había cambiado de idea. No deseaba imponernos su presencia. Quizá fuese mejor que se quedara en casa de una pariente que tenía en la ciudad, la prima Maybelle.

 

¿Pero de dónde había sacado la camelia?

 

 

 

 

 

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La mujer seguía hablando bien de todas las personas que la rodeaban.

 

«Tu padre era un perfecto caballero en toda la extensión de la palabra.

 

¡Qué tacto y comprensión!».

 

«¿Comprensión?».

 

«Comprensivo con Lily. Tu madre. ¡Oh, Lily! ¡Qué criatura más encantadoramente delicada! Como una palomita. No como yo. Tengo más de gorrión que de paloma. Sencillo, pero duro».

«¿Cómo una palomita?».

 

«Tal vez sea mejor decir que como un periquito. Vivía para el amor. Literalmente. A menos que la amasen, se marchitaba y moría. Maury se hizo cargo de ello, ¡Santo Dios, qué comprensivo era! También comprendió y aceptó sus propias limitaciones. Comprendió las relaciones de Lily con Harry y lo aceptó. Aquel hombre era un santo».

 

«¿Qué relaciones tuvo ella con Harry?».

 

«Bromeas. Vaya, no era ningún secreto».

 

«¿Fueron amantes?».

 

«Durante años. Todo el mundo lo sabía. ¡Tan romántico! Eran como Camille y Robert Taylor».

Todo el mundo, menos yo. ¿Es que todo el mundo, menos yo, tiene que saber las cosas?

«¿Eso fue después del… ejem… procesamiento de mi padre?».

 

«Sí. El pobre Maury quedó destrozado, aunque iodo fuera cosa de la sucia política y no se demostró nada. Siempre he creído que su enfermedad tuvo algo que ver con lo que él consideraba su desgracia. Ufff, los hombres son ridículos. Y él era… sensiblero. ¡Aunque tan aristocrático!».

 

 

 

Estaba mirando en el cajón de los calcetines de mi padre, buscando dinero suelto del que solía guardar en las cajitas empotradas donde se ponían los botones de los cuellos de camisa, y entonces vi algo debajo de los calcetines con dibujo de rombos. Allí estaban, los diez mil dólares, billetes nuevos, de color verde oscuro, con una cinta de goma rodeándolos y ajustados como un libro, y allí estaba, el dulce ramalazo de horror que me sacudió el corazón. Conté el dinero. Los billetes tenían tacto de pétalos rígidos, no parecían papel, sino más bien hojas cubiertas de polen. El corazón me latía despacio y con fuerza. Extraño: tuve conciencia de que

 

 

 

 

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mis ojos estaban haciendo algo más que viendo: no parpadeaban, estaban fijos y ligeramente saltones. «Absorbían», es decir, devoraban. Porque allí estaba la agradable esencia vergonzosa de algo, el secreto. Durante varios minutos reinó la percepción consciente de mis ojos que devoraban el dinero colocado debajo de los calcetines, que efectuaban pequeños movimientos exploratorios, tal como los ojos qué asimilan un gran cuadro. El deshonor es más dulce y misterioso que el honor. Retiene un secreto. No hay secreto en el honor. Si uno lograra descubrir el secreto que se anida en el núcleo central del deshonor…

 

 

 

Harry Wills, concluido el baile, se estaba quitando el traje de duque, en los vestuarios del auditorio. Como de costumbre, se bebía, se bromeaba y se reía. Harry Wills no era precisamente un Robert Taylor; entradito en años, tenía mandíbulas azuladas, enorme nariz, pecho velludo, barriga pronunciada y flacas piernas. Ya no era un vendedor de Realsilk, sino un distribuidor de Schenley: ¡un viajante de comercio! Los vasos de whisky habían dejado rielantes círculos húmedos en el banco, junto a él. Con la salvedad del casco de seda verde, el tahalí de la espada y las botas altas de cuero artificial rojo, estaba desnudo. Su genital aparecía retraído, un gran botón encima de una bola veteada. En el momento en que se apercibió de mi presencia, me le quedé mirando, profundicé en sus ojos y vi que su cerebro efectuaba dos lentas conexiones. Una era: Vaya, hombre, un joven caballero Comus, el mismo que corrió los cien metros contra Alabama. La otra: Ahí iba yo también, el hijo de Lily. (Jesús, ¿sería yo también hijo suyo?). Las dos revelaciones se fundieron en un único y gran resplandor rosado de whisky «Four Roses» y afecto, quizás cariño. (¿Amor de padre?). Se incorporó vacilante, me pasó el brazo en torno al cuello y anunció al grupo: «¡Ya sabéis quién es este muchacho! ¡Es Lancelot Lamar y ya sabéis lo que hizo!». Lo sabían y ello confirmó la terrible emoción que se apoderaba de Harry. De todas formas, lo enunció: «Este muchacho no sólo se encargó de ejecutar aquel despeje de cien metros. Recibió por lo menos un golpe de cada uno de los miembros del equipo de Alabama… y algunos le sacudieron dos veces. ¿No habéis visto todos la película?». Los otros duques asintieron con aire solemne. La habían visto. Bebieron, me invitaron a una copa y me estrecharon la mano. Sin soltarme

 

 

 

 

 

 

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el cuello, Harry se sentó, arrastrándome hacia una bocanada de aguardiente de maíz, humo de cigarrillo y almizcleño olor genital.

 

«Jesús», articuló Harry, al tiempo que sacudía la cabeza ante el prodigio y maldecía impulsado por la misma incipiencia de la terrible sensación anónima. «¡Tomemos un trago! ¡Maldita sea…!».

 

 

 

¿Te acuerdas de mi madre? Cuando pienso en ella, su imagen nunca me parece «hermosa» o «guapa», sino que la veo más bien excesivamente pálida, con aquellas espesas cejas sin depilar que le daban aspecto de muchacho. ¿Opinas que era hermosa? Quizás no la recuerdo después de que empezase a beber. Luego se tornó furtiva e incluso un poco voluptuosa. Al cabo de unos años de beber a escondidas, en su rostro apareció cierta tirantez y cierto brillo satinado. Se le hundió un poco la barbilla. En sus ojos hubo fulgor, opacidad y travesura, como si supiese algún chiste sobre cada una de las personas que conocía. Verás, desde entonces he tropezado con numerosas amables damas aficionadas a la botella, señoras que habían adquirido ese aspecto de brillo satinado y esa carencia de mentón. ¿Es un síndrome facial de las mujeres alcohólicas? ¿Se trata de cierta clase de dama infeliz sureña? ¿O ambas cosas?

 

De la época anterior, la recuerdo, no como «hermosa», sino como esquelética, vivaracha y alegre. Irradiaba una especie de nerviosa agresividad burlona. Le gustaba «pelear» conmigo. En las mañanas frescas, cuando todo el mundo estaba serio, deprimido y fastidiado por tenerse que levantar para ir al trabajo o al colegio, mi madre anunciaba: «Voy a acabar contigo», y se me venía encima, con los puños por delante, unos pequeños y agudos puños que se me clavaban en las costillas. Aquello pasaba de broma, la insistencia con que taladraban los puños se hacía molesta. No había forma de que suspendiera el juego.

 

Tío Harry, jovial vendedor de Schenley y primo tercero otrora eliminado, amigo y benefactor de la familia, que me llevaba regalos — incluso en días corrientes de entre semana, imagínate, una pistola de cristal llena de dulces me llevó un martes por la tarde, o una navaja suiza, de militar, con veintidós hojas—, que no sólo era bueno conmigo, sino que también llevaba a Lily, delicadísima por aquel entonces y necesitada de una barbaridad de descanso, a «pasear en coche» hasta el río False —«¡Sácala de casa, Harry!», decía mi padre—, dejándole a él, a mi padre,

 

 

 

 

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envuelto en su amado sosiego. Una vez, él, mi padre, pintó un cuadro místico de nuestro paseo de robles americanos, en el que se representaba el perpetuo crepúsculo cubriendo los árboles, incluso al mediodía, y, por encinta, grandes espacios abovedados, que surcaba un único y extraviado rayo de luz solar, y fue un cuadro que mi padre tituló «¡Oh sola beatitudo! ¡Oh beata solitudo!». Escribió un poema con ese mismo título. Era Poeta Laureado de la Parroquia Feliciana, los masones locales así le designaron, tendido en su reclinatorio en la sombreada galería superior soñando en su manuscrito histórico, soñando no tanto en un pasado real como en lo que tuvo que haber sido, debiera de ser ahora y acaso todavía pudiese serlo: una adorable áurea iluminada por el sol de Luisiana de riachuelos y robles americanos y verdes sabanas húmedas, Feliciana, una tierra feliz de personas decentes; divertidas costumbres populares y apacibles remansos, todo ello bañado por la placentera rectitud episcopaliana.

 

Tío Harry entonces y Lily entraban en una cabaña turística situada a orillas del río False, en la soleada pero glacial tarde, la escarcha blanquea el dique exterior, el áspero susurro del gas lanza su latigazo calorífero hacia las piernas y los ojos, el clemente frío atrapado aún en las pieles de Lily, las sábanas uniformemente frescas y desabridas.

 

Pero ahora, en el palomar y en el ojo de la tormenta, por fin la sensación de acercarse a ello, el dulce secreto de la maldad, la espantosa efervescencia, la impresión aceleradora de los latidos cardíacos de estar a punto de tropezar con algo, el amado y preciso corazón de la oscuridad… ah, allí era donde todo estaba bien.

Tú siempre lo retrasas: no estás nunca dispuesto a buscar indicios que conduzcan a la existencia de Dios, nadie ha encontrado nada en ese sentido y Dios menos que nadie. Desde el principio, tú y yo hemos sido distintos. Tú estabas obsesionado con Dios. A mí me obsesionaba… ¿qué? ¿Oscuros billetes nuevos de color gris verdoso debajo de calcetines de punto con dibujo de rombos? ¿Tío Harry y Lily en la cabaña turística con frió linóleo y calor de estufa de gas?

 

 

 

La luna fue haciéndose más brillante y más pequeña. El gran bastión de nubes giraba despacio. Cumbres, mesetas y glaciares andinos se desplazaban lentamente al otro lado de mi ventana. Tenía la boca abierta. Me percaté de que experimentaba cierta dificultad respiratoria, como si

 

 

 

 

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tuviese asma. No padezco asma. Miré la estación meteorológica de mesa, «Abercrombie y Fitch», regalo navideño de Margot. El barómetro indicaba 28,96. Fui hasta la puerta abierta. Bajo el luminoso resplandor de la luna, niños y adolescentes jugaban en el dique. Parecía estimularles la calma de la gran tormenta giratoria. Algunos se tomaban muy en serio la tarea de añadir a las fogatas leña de sauce y neumáticos para producir humo. Otros daban volteretas, permanecían estirados o rodaban dique abajo. Una jovencita de largo vestido blanco bailaba una versión francesa dé la danza de figuras, un Fats do-do, avanzando y retrocediendo, inclinando la cabeza primero a un lado y después al otro, habiendo reverencias, extendiendo con las manos los pliegues de la falda. A través del aire tenue y yerto, apagados y lejanos llegaron unos gritos hasta mí. Me di cuenta de que era la voz de la niña. Cantaba. La voz se imponía sobre el aire silente. Era una vieja canción de antiguos inmigrados franceses que yo solía oír en Breaux Bridge.

 

 

Mouton, mouton —et où vas-tu?

 

A     l’abatoire. Quand tu reviens? Jamais —Baa!

 

Resultaba curioso. Allí, en la Costa Inglesa, no había ninguna familia de descendientes de antiguos inmigrantes franceses, sólo unos cuantos negros de piel clara y apellido francés, a los que llamábamos «librejacks» porque los libertó el general Jackson por los servicios que prestaron en la Batalla de Nueva Orleans.

 

¿De dónde era la jovencita?

 

 

 

En 1862 mi tatarabuelo Manson Maury Lamar, capitán de infantería en el Decimocuarto de Virginia, tropezó en el valle del Shenandoah con un destacamento de A. P. Hill, que cercaba Harper’s Ferry, cogió trece mil prisioneros, tuvo noticia del ataque de McClellan sobre Lee en Sharpsburg, a veintisiete kilómetros de distancia, emprendió el trote, recorrió los veintisiete kilómetros, llegó en el preciso momento en que empezaba a ceder el flanco derecho de Lee y se lanzó a la batalla a tumba

 

 

 

 

 

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abierta. Fue la jornada más sangrienta de la guerra. Según decían, nunca habló de aquello. Claro que tampoco habló nunca de ninguna otra cosa. No dijo nada. Mi tío luchó en el Argonne. Dijo que fue algo horrible por demás. Pero también dijo que tardaría cuarenta años en volver a sentir la realidad.

 

Mi hijo se negó a ir a Vietnam, se metió en el underground, un clandestino de Nueva Orleans, vivió en un tranvía viejo, escribió versos, hizo varias clases de amor. ¿Tenía razón él, la tengo yo o la tienes tú?

 

 

 

Esta mañana fui a ver a Anna. Conversamos. Se sentó en una silla. Va a recuperarse del todo. Habla despacio y en un solo tono, elige las palabras con sumo cuidado, como alguien que se recobra de una apoplejía. Pero va a ponerse bien del todo. Se había peinado, llevaba una falda y se bajaba el borde de la misma para que le cubriese las rodillas, como una recatada muchacha de Georgia. Le dije que yo iba a abandonar pronto el hospital y le pedí que me acompañase.

 

«¿A dónde vas?».

 

«No lo sé».

 

«Ya».

 

Al cabo de un momento, añadió: «Y quieres que vaya contigo».

 

«Sí».

 

«¿Por qué?».

 

«¿No es suficiente? Quiero que vengas conmigo».

 

«¿Estás enamorado de mí?».

 

«No estoy seguro de lo que eso significa. Perote necesito y tú me necesitas a mí. Tendré a Siobhan conmigo».

«Comprendo». Parecía estar enterada de todo lo referente a Siobhan.

 

¿La informaste tú? Ella asintió. «Una nueva familia. Una nueva vida».

 

Eso es todo lo que dijo. Luego se limitó a asentir con la cabeza. Por mi parte, ni siquiera estaba seguro de que me escuchase. ¿Piensas que lo decía en serio?

 

 

 

¿Oyes el sonido de música lejana? ¿No? Quizás me lo imaginé, sin duda fue el eco de un sueño o más bien una visión que me llegó con retraso, Pero juro que oía el ruido de jóvenes que marchaban y cantaban

 

 

 

 

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una rítmica y alegre canción de desfiles. ¿Una banda de martes de carnaval que desfilaba por St. Charles? No. Tienes razón, estamos en noviembre, falta mucho para el martes de carnaval. Aparte de que tampoco se parecía a una banda de instituto de segunda enseñanza. Eran hombres jóvenes que cantaban y desfilaban. Era un conjunto enormemente más serio y jubiloso a la vez que una orquesta de instituto de enseñanza media.

 

Anna recibió hoy una mala noticia. Su padre ha muerto de un ataque cardíaco. Ella se encuentra ahora sola en el mundo, lo mismo que yo. El hombre no le deja más que una cabaña, un establo y unas veinte hectáreas de terreno en la Blue Ridge, no lejos de Lexington (Virginia). Bueno, eso lo deja todo resuelto. Nada de Gran Sur, después de todo, afortunada o desgraciadamente. Be hecho, es una especie de símbolo. Virginia es el lugar que se supone nos corresponde. Ahora lo veo con toda claridad.

 

¿Virginia?

 

Sí, ¿no lo comprendes? Virginia será el punto de partida. Y allí es donde se encuentran los hombres que lo llevarán a cabo. Igual que fue en Virginia donde todo empezó o, al menos, a donde fueron los hombres encargados de concebirlo, la gran Revolución, la lucha, el triunfo y la puesta en marcha de todo. Iniciaron la Segunda Revolución y perdimos. Tal vez la Tercera Revolución acabe de modo distinto.

 

No será California, al fin y al cabo. Se establecerá en Virginia, donde empezó.

¡Virginia!

 

¿No te das cuenta? Virginia no es Norte ni Sur, sino ambos y ninguno. Entre lo uno y lo otro. Una isla en medio de dos desastres. Frente a ambos: el exánime mancillado hundido Norte y el floreciente corrupto Sur impetrador de Jesucristo. El norteño es en el fondo un pornógrafo. Un cerebro abstracto con un genital acoplado. Su alma está en Harvard, una inmensa, abstracta y estéril universidad encerrada en sí misma y cuya divisa es la verdad pero que no ha descubierto una sola verdad importante en cien años. Su cuerpo vive en la calle Cuarenta y dos. ¿Crees que no hay relación alguna entre Harvard y la calle Cuarenta y dos? Una es el trasero de la otra. ¿El sureño? El sureño empezó como jeffersoniano escéptico y luego se transformó en retorcido cristiano. Lo que equivale a decir que se está aproximando y casi ha alcanzado su esencia, que consiste en ser cada vez más retorcido y más cristiano. ¿Quieres un retrato del nuevo sureño? Es Billy Graham el domingo y Richard Nixon el resto de la semana. Reza

 

 

 

 

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y roba, está metido en negocios, está metido en política. En Luisiana todo el mundo roba a todo el mundo. Por eso la Mafia se traslada al Sur: porque a la Mafia le hace más feliz robar que explotar la pornografía. La Mafia y los camioneros acabarán siendo dueños del Sur, los pornógrafos poseerán el Norte, las películas, los libros, las obras dramáticas, los talleres, y en adelante todo el mundo vivirá dichoso.

 

¿California? ¿El Oeste? Ahí es donde los dos se cruzan: Billy Graham, Richard Nixon, Las Vegas, drogas, pornografía y toda descamada idea abstracta que se le haya ocurrido alguna vez al hombre vagabundo de las soledades, en busca de albergue.

Washington, el país, está en el sumidero. Todos lo saben. El pueblo lo ha perdido a manos de políticos, burócratas, congresistas borrachos, presidentes embusteros, predicadores de la Casa Blanca, C.I.A., F.B.I., Mafia, pornógrafos, salteadores, granujas, sobornadores, aceptadores de soborno, deshonestos vaqueros ricos, sureños escleróticos, acaudalados yanquis de integridad moral más que dudosa, libros indecentes, películas indecentes, comedias indecentes, conferencias indecentes, seriales radiofónicos indecentes, maricones, lesbianas, abortistas, voceadores de Jesucristo, voceadores anti-Jesucristo, ciudades moribundas, colegios agonizantes, cursillos de vida sexual que enseñan a los alumnos de primera enseñanza el arte de joder.

 

¿El virginiano? Puede que todavía no lo comprenda, pero es la última esperanza de la Tercera Revolución. La Primera Revolución sé ganó en Yorktown. La Segunda Revolución se perdió en Appomattox. La Tercera Revolución empezará allí, en el valle del Shenandoah.

Ahora recuerdo dónde oí la música. ¿Crees en los sueños? Es decir, ¿crees que un sueño puede ser profético? Sonríes. Cristo, ¿ya no crees en nada? Sonríes. Tu Dios solía enviar mensajes a través de los sueños, ¿no? No, esto no fue un mensaje que me envió Dios, sino mi propia visión cierta de lo que va a suceder. Sé lo que va a suceder. Lo soñé, pero también es algo que va a ocurrir.

Un joven está de pie en un paso de montaña, sobre el valle de Shenandoah. Cuelga un fusil a su espalda. Es un muchacho muy bronceado. Salta a la vista que ha vivido largo tiempo en el bosque. Aunque el día es caluroso, el joven se mantiene completamente inmóvil, bajo un brezo, mientras el sol se pone por el oeste. Espera y vigila, al acecho de algo. ¿Qué? ¿Una señal? ¿Quién es? ¿Un virginiano blanco,

 

 

 

 

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anglosajón, protestante? ¿Irlandés de Nueva Inglaterra? ¿Criollo de Luisiana? ¿Judío? ¿Negro? ¿Dónde vive? Imposible determinarlo. Es moreno, negro quemado como un indio. Podría tratarse de un sabra de kíbbutz. Lo único que puede asegurarse con certeza es que se muestra sumamente cuidadoso, que una idea le bulle en la cabeza, que está vigilando y aguardando. ¿Qué espera ver? Esto: en aquel instante percibe algo, un espejo refleja los últimos rayos solares y envía el destello desde la montaña, a través del North Fork. El muchacho aguarda un poco más. El sol se pone. Oscurece con rapidez. El joven se pone de cara al nordeste y observa la tenue luminiscencia verde que brota de las grandes urbes moribundas del Norte, de Washington a Boston.

 

Tan velozmente como apareció, el muchacho se desvanece.

 

Llega ahora un sonido lejano de hombres jóvenes que cantan. El sonido tiene una cadencia y una progresiva reducción de volumen indicadora de alejamiento. ¿Están los jóvenes en marcha?

 

Oh, Shenandoah, contemplarte es nuestro anhelo.

 

Con toda el alma adoramos tus aguas cabrilleantes.

 

Para tus hijas somos platónicos amantes,

 

desde estas colinas verdes hasta el remoto horizonte a través del Missouri anchuroso.

 

Oh, Columbio, nuestra bendita madre.

 

Sabes que no aguardamos más que tu norte y guía, la señal de que marchas en nuestra compañía desde estas colinas verdes hasta el remoto horizonte a través del Missouri anchuroso.

 

¿Cómo? ¿Que qué hay respecto a las mujeres?

 

¿Mujeres? ¿Que cómo será para las mujeres?

 

Para entender eso, primero debes comprender el extraño acontecimiento ocurrido a la raza humana. Un suceso del que teníais una idea vaga, pero que luego se volvió del revés y boca abajo, en cuanto a vuestros propósitos.

Me refiero al secreto de la vida, el secreto más asombroso y mejor guardado de todos los tiempos y, sin embargo, tan evidente como la nariz que tienes en la cara, a la vista de todo el mundo.

 

 

 

 

 

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Salisteis con vuestra doctrina del Pecado Original. Pero lo que conseguisteis fue precisamente retrasar el asunto. El pecado original no es algo que el hombre hizo a Dios, sino algo que Dios hizo al hombre, algo tan monstruoso que ni siquiera hoy puede el hombre comprender qué le ocurrió. Sacude la cabeza con gesto de aturdimiento y se frota los ojos saturado de incredulidad.

 

El gran secreto de los siglos es que el hombre ha evolucionado, nace, vive y muere con un objetivo, para una sola finalidad: llevar a cabo una agresión sexual contra otro ser humano o ser víctima de tal agresión.

Todo lo que el hombre hace viene a ser como una emboscada y tú lo sabes, yo lo sé y todo el mundo lo sabe.

Las mujeres acaban de descubrir ahora el secreto, o parte de él, su espantoso absurdo. ¿Puedes reprocharles que se las atropelle? Sin embargo, todavía son más absurdos sus patéticos intentos, una vez hecho el descubrimiento que los hombres son demasiado estúpidos para hacer, destinadas a fingir que no es así, a disimularlo o a echar la culpa del asunto a los hombres.

Lo que las pobrecillas descubrieron es la monstruosa verdad que reside en el mismo núcleo central de la vida: que su felicidad y el propio significado de la vida consiste en sufrir la agresión de un hombre.

 

Ah, dulce misterio de la vida, verdaderamente, sí, verdaderamente, sí, exactamente, que estriba justamente en eso: ser estrujada, trabajada, golpeada, apuñalada, inmovilizada, empalada, atravesada, en una palabra:

Violada, Por fin está claro el significado, meta y punto omega de evolución. En las épocas pretéritas lo oscurecía la servidumbre del hombre. El pobre desgraciado se encontraba tan atareadísimo sobreviviendo y principalmente no sobreviviendo, muriéndose de hambre y agonizando, que hasta hace muy poco no ha llegado a darse cuenta de que constituye un aparato de lo más extraordinario. Era decente porque le abrumaba el exceso de trabajo.

Pascal sólo dijo la mitad de la historia. Dijo que el hombre era una caña pensante. En realidad, el hombre es una caña pensante y un genital ambulante.

¿Por qué me miras de esa forma? Después de todo, son datos elementales. Se trata de cosas que todo estudiante de biología conoce: de los tres millones de especies que existen en la Tierra, la hembra humana es

 

 

 

 

 

 

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la única capaz de vivir en estado de constante estro; disfrutar de orgasmo; hacer el amor cara a cara con su compañero.

 

Ja, no deja de ser gracioso en cierto sentido, las mujeres liberadas y educadas, libres por fin de conocer la verdad, ¿y la verdad? ¡Qué es la única criatura, sobre la Tierra, en celo perpetuo! ¡Vaya descubrimiento! Que ella, la mujer, sólo sirve para una cosa.

Mirada de inteligencia, frente a frente, mejilla contra mejilla, vientre contra vientre, pecho contra pecho, un día sí y otro también, en celo todo el año… ¡ahí está el punto omega de evolución! Cómico, ¿verdad?, las mujeres tratando de eludir eso. Es como una gallina deseando ser un gavilán. Una leona, sí, una leona puede soslayarlo, porque es león durante la mayor parte del tiempo, luchador y cazador, y sólo periódicamente parchea la cola.

¿Pero la mujer? Es tu punto omega. Toma esa especie, la humana, asígnale un trabajo de dos horas a la semana y una expectativa vital de cien años y no se necesita ser un genio para comprender qué intenciones tiene Dios respecto al hombre.

¿Qué había preparado Dios? Hummm, sí.

 

De súbito, todo queda claro. La pornografía de la vida norteamericana no es obra de hombres malvados. No, es la razonable tarea de hombres inteligentes que por fin han adivinado el designio de Dios para el hombre.

A propósito, no es cierto que los norteamericanos sean por naturaleza las personas más pornográficas existentes bajo la capa del cielo. Lo que pasa es que los chinos y los rusos están un poco atrasados, se dedican afanosamente a ponerse al día. Ja, espera a que estos fulanos consigan la semana de cuarenta y cuatro horas.

 

EL GRAN SECRETO DE LA VIDA

 

El proyecto secreto que Dios destinó al hombre estriba en que la felicidad del hombre reside en la práctica de la violencia por parte de los hombres sobre las mujeres y en que la felicidad de la mujer reside en someterse a esa violencia.

 

El secreto de la vida es violencia y violación, y su evangelio es la pornografía. La cuestión es: ¿Podremos soportar el descubrimiento del secreto?

 

 

 

 

 

 

 

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¿Tenemos que aceptar el veredicto de evolución, que el punto omega es el ataque sexual, perpetrarlo o sufrirlo?

 

En el Antiguo Testamento, los judíos conocían el secreto: se concibe al hombre en pecado.

¿Qué haremos, pues, al respecto?

 

Dices que estamos redimidos. Echa un vistazo afuera. ¿Presenta eso el aspecto de que estamos redimidos?

 

 

 

¿La tempestad? No te gusta mi teología. Comprendo. Ah, quieres saber qué ocurrió aquella noche. Sí. Bueno, eso puedo contártelo en un momento. Lo cierto es que ahora ya carece de importancia.

Cuando me desperté, el ojo ya había pasado y la pared sur se cerraba retumbante con lo que sin duda era una línea de tornados. Por debajo del ululante lamento del vendaval llegó un ruido nuevo, como de mil remolcadores diésel tronando río abajo. El viento silbaba a través de las aspilleras del palomar como una tribuna de órgano. Vi Belle Isle al resplandor de un relámpago. Los robles aparecían vueltos del revés, blancos como abedules, pero Belle Isle aguantaba firme y serena. Pensé en las viejas vigas del ático, de más de treinta y cinco centímetros de grosor, que se tensarían y chirriarían contra las bandas y pernos de hierro que las sujetaban.

 

 

 

La mujer continuaba allí. Se había puesto en pie. Observé, sin excesivo interés, que parecía algo distinta. En vez de una pariente más o menos lejana, una voluptuosa tía de mediana edad y que sobrevivió a alguna desgracia olvidada, ahora tenía un aire a… ¡mi madre! Mejor dicho, a una fotografía de mi madre que recuerdo observaba yo siendo chiquillo. Me miraba con una expresión afable, tranquila, incluso ligeramente maliciosa. La instantánea mostraba a varios cadetes V.M.I., formando grupo con sus chicas, inclinados hacia adelante en los asientos de un turismo «Franklin» modelo 1925. Se trata de una foto tomada tras una entrega de despachos y la ceremonia de una boda militar. Los novios están de cara al fotógrafo. Ella luce un vestido poco ajustado, que le llega exactamente hasta la rótula, con amplio cuello de encaje. El pelo le cae sobre los hombros, donde se ensortijan los rizos. Los labios de las otras muchachas están

 

 

 

 

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pintados en forma de arco, pero la boca de mi madre no tiene carmín. Sus anchas cejas aparecen sin depilar. Con su estilo travieso, ofrece al fotógrafo una espada desenvainada (¿la de su pareja? ¿la del novio?). La espada está vertical, sostenida la hoja con las manos, la guarda formando una cruz. ¿Presenta una imitación de Juana de Arco a la cabeza de su ejército, enarbolada la cruz? Siempre que se referían a mi madre, sus amigas solían emplear términos tales como «maravilloso sentido del humor», «payasa de categoría», «diablillo», etcétera. Tenía dos amigas íntimas. Se llamaban a sí mismas las Tres Mosqueteras.

 

La mujer permanecía de pie. Era la misma mujer. Estaba diciendo algo, sus labios se movían, pero con el fragor de la tormenta no me fue posible oírla. Su expresión daba a entender que era algo rutinario, una excusa o lamento autocompasivo como: «Muchas gracias, pero no deseo ser una molestia». Se volvió y trató de abrir la puerta, pero no pudo. Fue entonces cuando me entregó la espada…

¿La espada? Ja, ja. Era el cuchillo Bowie.

 

De nuevo tenía la apariencia de mi madre y, al ofrecerme el cuchillo Bowie, lo cogió de la mesa y lo alargó hacia mí con la punta por delante, en la misma forma que empleaba mi madre con aquella broma insistente de clavarme los afilados puños en mis costillas.

Nuevamente trató la mujer de abrir la puerta. Debía de ser el viento, pensé, lo que la mantenía cerrada. Pero cuando intenté abrirla yo, vi que un roble, una densa maleza de ramas y hojas, había caído contra la puerta.

 

Ah, la mujer me había dado el cuchillo para que cortase las numerosas ramas que obstruían la salida, dejando ésta expedita.

No puede marcharse ahora, grité por encima del ulular del viento y el rugido de los motores diésel del río. Ella se encogió de hombros y asintió con la cabeza, gestos que tomé por: Muy bien, me quedaré en Belle Isle.

Muy bien, la alojaré. Pero luego se me ocurrió otra cosa. No, quédese aquí, es más seguro, hay menos árboles y se cuenta con la protección del dique.

A pesar de todo, seguí haciendo lo que ella me pedía, de esa manera servicial, ya sabes, en que uno hace algo cuando se lo pide la señorita Mengana, y, agachada la cabeza, continué con mis intentos de abrir la puerta e introduje el hombro por un hueco.

Lo siento, dije, pero…

 

 

 

 

 

 

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Al incorporarme, sin embargo, la mujer había desaparecido. Como no deseaba representar una molestia, debió de pasar por detrás de mí y marcharse.

 

Yo estaba de pie, meditando y contemplando el cuchillo que tenía en la mano. Eran las tres. En las alturas celestes del sur se veía el cañoneo anaranjado de los relámpagos, pero el ruido de la tormenta no llegaba. Ante mis ojos estalló la última estructura de fogata, un fuerte armazón simétrico, levantado con gruesos sauces y que tenía forma de cabaña, rematada en punta, con las cuatro esquinas afirmadas mediante troncos de nueve metros de altura, tan rectos como postes de teléfono. Reventó, explotó silenciosa y lentamente, las maderas se desmoronaron como una torre de palillos.

Estaba sentado a la mesa escritorio, dedicado a juguetear con el cuchillo. Me sentía un poco aturdido, pero con esa impresión de libertad que tiene uno cuando se recupera de una fiebre alta. Es posible, comprende uno entonces, ponerse en pie, caminar en cualquier dirección y hacer algo. ¿Esa sensación tiene algo que ver con la baja presión? El barómetro que me había regalado Margot señalaba 27,65 pulgadas. Una presión bajísima, pensé mientras jugueteaba con el lápiz. Nada tenía de particular que me sintiese extraño.

 

Me levanté y fui a buscar una cazadora de amplios bolsillos laterales y un zurrón en la parte de atrás. Puse una linterna en uno de los bolsillos. Si se abría la puerta unos centímetros resultaba posible utilizar el cuchillo a guisa de machete e intentar cortar la rama de roble que se apoyaba contra la hoja de madera. ¿Cómo salió la mujer? A la luz de los relámpagos, el cuchillo despidió reflejos áureos. Pasé el dedo por el filo. Como una cuchilla de afeitar. ¿Quién lo había afilado? Miré el cuchillo y lo puse en el zurrón de la cazadora, con la punta hacia abajo, sobre un rincón, y la cinta de cierre atada a través de la parte llana de la hoja.

Salí del palomar. El ruido era espantoso, pero el viento fue soportable hasta que llegué a la esquina. Un ramalazo me dejó boquiabierto, me ahuecó las mejillas y produjo en mi boca un ruido como si yo estuviese vociferando. Caí contra el suelo. Por encima de mí escuché los sonidos de órgano que originaba el viento en los agujeros del desván. Sin duda, los cristales habían saltado hechos pedazos. Después de varios intentos de levantarme, descubrí que era posible andar poniéndose de lado respecto al aire y plantando un pie por delante. Era como descender por una montaña

 

 

 

 

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ENTRADA  5

empinada. Algo me cortaba la mejilla. Debía de ser la lluvia, porque no hacía frío. Otro ramalazo de viento me obligó de nuevo a abrir la boca y caí otra vez contra el suelo, pero logré arrastrarme hasta el abrigo que ofrecía el tocón, de un gran roble. No recordaba la existencia de aquel tocón. Ya no sonaban rugidos ni rumores gemebundos. Todo había desembocado en falta de presión, en vacío, en silencio. Permanecí sentado un momento en medio del rugiente silencio. El tocón era alto. No recordaba el árbol al que pertenecía. Debió de ser uno de los robles del paseo. Parecía que lo había segado un proyectil de artillería, a una altura de cuatro metros y medio del suelo. Encendí la linterna y proyecté su luz sobre el letrero de la zona de aparcamiento para turistas.

 

DÓLARES. Una aguja de pino lo había atravesado. Dediqué unos segundos a intentar comprender la física de aquello, cómo es posible que una cimbreante aguja de pino atraviese de parte a parte una tabla.

 

Las puertas del sótano estaban en el protegido lado norte de la casa, por lo que fue posible abrir una. Bajé a oscuras, sin emplear la linterna al principio. Las paredes de ladrillo, de sesenta centímetros de espesor, eran como terraplenes. La tempestad quedó súbitamente reducida a un tumulto apagado, una prolongada y uniforme exhalación. Pero se percibía otro ruido, un chirriar y gemir, como el del maderamen de un barco en un mar borrascoso. Comprendí que se trataba de las vigas de la buhardilla.

Anduve despacio hacia el árbol de Navidad, tanteando con el pie en busca de la concavidad. Cuando llegué a ella, me senté en el borde de hormigón y aguardé, con la esperanza de que, pese a aquella oscuridad, pudiese distinguir algo. Al cabo de un rato me fue posible vislumbrar cierto tenue resplandor de tuberías. De pie, busqué a tientas el manómetro superior y mantuve la linterna encendida ante él. Indicaba 38 P.S.I. (38 libras por pulgada cuadrada). Cerré la válvula de abajo y vi descender la aguja hasta el cero. Apoyé la linterna, inclinada, en la rueda de la válvula de desvío. La enorme llave inglesa «Stillson» tardó lo suyo en empezar a mover el manómetro. Temí que iba a acabar rompiéndolo, pero al final lo conseguí agarrar en la guarnición de debajo del manómetro. Para que empezara a girar necesité todas mis fuerzas. Cuando se desprendió, probé a ajustar el manguito de unión. Ahí estaba la dificultad. Naturalmente, la boquilla de plástico no encajaba en el manguito de metal ensartado, sino que simplemente empalmaban por contacto. El tubo Gerona no podía encajar, de modo que lo único posible era hacer una tosca unión por

 

 

 

 

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simple contacto, sellarla lo mejor que se pudiera con el compuesto PBC y asegurar el hermetismo del empalme con vueltas y vueltas de la cinta conductora. Una verdadera chapuza, pero aguantaría mientras la presión fuese baja.

 

El resto fue sencillo: un codo de noventa grados y tres secciones de tubo de plástico Gerona, de tres metros de longitud cada una, y la tubería llegó a menos de treinta centímetros del conducto principal de entrada del nuevo «Carrier». Empleé el cuchillo Bowie para ir arrancando aislamiento de fibra de vidrio, hasta que el metal quedó a la vista. Luego, utilizando el cuchillo a guisa de escoplo y la «Stillson» como martillo, hice una X en la chapa metálica y doblé las esquinas hacia dentro. Introduje en la abertura un manguito —¡teniendo buen cuidado de que no se perdiera!— y la conecté con el sistema Gerona mediante otro manguito y una sección de tubo. Arranqué más fibra de vidrio, la apliqué a la tosca juntura, puse encima selladora PBC y lo envolví todo con el resto de la cinta conductora, unos quince metros aproximadamente. Lo difícil fue inclinar la linterna en el ángulo adecuado.

 

¡Qué extraña resulta la memoria! ¿Sabes cuál es, según mis recuerdos, la experiencia más desagradable de aquella noche? La maldita fibra de vidrio. Partículas de esa fibra de vidrio se me metieron por las mangas y por debajo del cuello de la camisa. Aún noto picor en los brazos y en la nuca, sólo con pensar en eso. La muerte es trivial, pero fibra de vidrio en la nuca es algo muy serio.

Apagué la luz y me senté, recostado contra la chimenea, perdida la mirada en la oscuridad y esperando a que fraguase la mezcla de la selladora.

Luego abrí la válvula. El gas no producía ruido alguno en el tubo. Al menos, yo no oía nada, aunque me pareció percibir cierta leve vibración en las secciones de tres metros de tubo Gerona. Naturalmente, no se apreciaba ningún olor, porque no se había agregado captan, que es lo que confiere al gas doméstico su emanación característica.

 

Guardé de nuevo en los bolsillos de la cazadora el cuchillo y la linterna, recogí las dos lámparas de petróleo y subí escaleras arriba, en la oscuridad.

Reinaba una negrura total en lo alto de la escalera suspendida que llevaba al pasillo superior. Pero yo conocía hasta el último centímetro de aquel terreno. A unos treinta centímetros (calculé) de la silla de cátedra

 

 

 

 

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deposité los quinqués y alargué las manos… sí, allí estaba la silla. Escuché. No se oía más que el murmullo de la tormenta y los chirridos y chasquidos secos de la madera del desván, como si Belle Isle navegase laboriosamente por mares encrespados. Se rompió el cristal de una ventana, vaya uno a saber dónde. No salía el menor sonido de los dormitorios.

 

Fui de una puerta a otra, la de Troy, la de Margot, la de Raine. En la puerta de Raine se percibía un rumor distinto, más a tono con la tempestad. A través del resquicio de la puerta se filtraba una tenue claridad acuosa.

Tanteé a lo largo de la pared hasta tocar el registro del acondicionador de aire. La mano no notó nada, pero al acercar el rostro, un soplo fresco me azotó la mejilla. Inodoro. Lo mismo podía ser aire.

 

Permanecí un buen rato de pie ante la puerta de Raine. No recuerdo si estaba allí escuchando, pensando o no haciendo nada. De lo que sí me acuerdo es de que posiblemente estuviera allí por lo menos veinte minutos, con las manos a los costados, sin experimentar cansancio alguno, captando las sensaciones de mi cuerpo. El corazón me latía despacio, la respiración era más profunda de lo normal… ¿Era a causa de la baja presión de la tormenta? La tempestad bramaba suavemente como una caracola que me hubiese puesto al oído. La fibra de vidrio empezaba a fastidiarme en el cuello.

Por último, tomándome treinta segundos para hacerlo, abrí la puerta. Conocía tan perfectamente cada rasgo peculiar, cada centímetro de Belle Isle, que sin tener que pensarlo, de modo inconsciente, tiré ligeramente hacia arriba al accionar el tirador de plata de la puerta, al tiempo que la abría, porque la pesada hoja de madera había movido las bisagras y costaba trabajo levantar el picaporte.

 

La puerta se abrió a una velocidad media de cosa de dos centímetros y medio cada cinco segundos. Lo primero que entró en mi campo visual fue el curioso armario que estaba junto a la chimenea, y luego una esquina de la cama. La luz probablemente procedía de un farol eléctrico de campaña que sin duda estaba situado en el suelo. La débil claridad parecía difundirse en rayos, como un dibujo de luz trazado por un niño.

Una vez, hace años, cuando pasaba por el corredor, oí a Elgin que, dentro de aquel dormitorio, decía a los ocho o diez turistas de Michigan para; los que actuaba de guía: «Este armario se cerró herméticamente antes

 

 

 

 

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de la guerra civil». Había en aquello cierta maravilla, que Elgin comprendió enseguida, que a los turistas les encantaba y que yo no adiviné hasta entonces… ¡aquel pequeño volumen de aire de 1850 atrapado y encerrado en cristal! Elgin estaba dotado del sentido de lo legendario. «Esos adornos que ven ahí tienen aún las huellas dactilares del general Beauregard». ¿Adornos? ¿De dónde los sacó? Debía de referirse a los «bibelots», aquellas figuritas y curiosidades.

 

La puerta se abría sin producir el menor ruido. O, si lo producía, resultaba inaudible. La tormenta, al otro lado de la cerrada ventana, era como un fuerte oleaje.

Allí estaba el farol «Ray-O-Vac», no en el suelo, sino encima de la mesilla de noche, despidiendo un pequeño cono de luz irradiada.

Troy Dana estaba tendido boca abajo en el lado contrario de la cama, desnudo, hundido el rostro en la almohada.

Raine se encontraba de pie junto a la ventana, a pesar de que las persianas estaban bajadas y cerradas. Los relámpagos trazaban rayas amarillas a través de las ranuras. Llevaba camisón corto —¿camisa?— que sólo le cubría hasta las caderas y, por lo tanto, dejaba al descubierto toda la longitud de sus piernas. Unas piernas no muy largas, pero sí bien desarrolladas. Parecía una chica de catorce años que se hubiera pasado doce bailando.

Me deslicé silenciosamente hasta llegar a su lado, pensé asustarla, pero se volvió hacia mí como si yo hubiese estado siempre allí.

 

«¿No es precioso?».

 

«¿Qué?».

 

«El huracán».

 

«Sí». Todo lo que podía verse a través de las persianas era la conmoción y blancura de los robles.

«Mira ese degenerado. Sin conocimiento. Fuera de juego. Y en medio de este hermoso huracán».

«¿Se recuperará?».

 

«Oh, claro que sí, por desgracia».

 

Observé que también ella estaba ebria de algo que no era alcohol. Su semblante se encontraba muy cerca debajo del mío y su aliento despedía un dulzón efluvio químico. No arrastraba las sílabas al hablar, sino que su voz era baja, con timbre de campanilla. A la claridad intermitente de los relámpagos, sus pupilas titilaban áureamente. El único síntoma de

 

 

 

 

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intoxicación era su incapacidad para la sorpresa. Sucediera lo que sucediese, para ella no pasarla de ser un motivo de inconexa maravilla, mi aparición… o la aparición del general Beauregard.

 

«¿Te has enterado de que fui a buscarte?».

 

«¿Cómo?», pregunté, mientras apartaba el oído de la tormenta.

 

«Ya sabes, ir en busca de alguien».

 

«¿Y me buscabas a mí?».

 

«¡Eres tan tonto! Y con todo eso en marcha…». (Agitó la mano ambiguamente en dirección al pasillo, en absoluto borracha, ni siquiera vacilante, sino sobre todo apagada y ajena a la sorpresa: para ella, una cosa era más o menos como otra, y podía hablarse del tema que fuera, en su voz baja de campanilla).

Puso las manos en la hebilla de mi cinturón, lo cogió introduciendo los dedos entre la correa y la camisa y me propinó un extraño empujoncito.

«¿No podías decirlo?».

 

«¿Decir qué?», clavé la mirada en sus ojos dorados.

 

Sus pupilas mansas y áureas se trasladaron con indiferencia de mí a Troy y luego al huracán.

«¡Dios mío, qué fantástico!». A través de las rendijas de la persiana vi una gran concavidad blanca, en el punto donde el ciclón había desgajado la rama de aquel roble. «¿Te desvió?».

«¿Hacia qué?».

 

«Hacia mí», dijo Raine como una soñolienta campanita de iglesia. Pasó los brazos alrededor de mi cintura, entrelazó las manos y me apretó con sorprendente fuerza. «Eres una gran madre».

Tiré de ella para levantarla hasta mi altura. Era Como una niña, pero mayor, una niña grande.

«Acostémonos», propuso Raine, al tiempo que tiraba de mi hebilla, con impaciencia. «Tengo sueño».

«Vamos», articulé, distraído. Me acordaba de que tenía que hacer algo.

 

«Recuerdo que tengo que hacer una cosa».

 

«¿Qué haces?», preguntó Raine desde la cama.

 

«No me gusta esta luz», respondí, mientras cogía la «Ray-O-Vac» irradiadora de tenue claridad blanca. El quinqué de petróleo estaba en el suelo.

«¡Oh, una lámpara de queroseno!». Tendida en la cama, batió palmas despacio y sin ruido. «Pero date prisa».

 

 

 

 

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Antes de encender el quinqué comprobé él acondicionador de aire. Estaba a bastante altura de la pared. Mi mano llegó hasta el registro, pero no pudo percibir el gas. La mejilla es más sensible. Me senté en el rincón opuesto al del acondicionador de aire, quité el tubo de cristal de la lámpara y saqué una cerilla. Levanté la mirada hacia la penumbra del techo, a cuatro metros veinte de altura. El aire frío desciende. El metano sube. Encendí la cerilla. Nada sucedió. Prendí la mecha, puse de nuevo en su sitio el tubo de cristal y apagué la «Ray-O-Vac». La suave luz amarilla se abrió como una flor y llenó la habitación.

 

Los labios de Raine formaron una palabra. Me hizo una seña. Transcurría el tiempo, pero resultaba difícil determinar la rapidez o

lentitud de su paso. Me encontraba de pie junto a la cama, mirando a Raine. Me indicó con un gesto que me acercase más y dijo algo. Apoyé una rodilla en el suelo, al borde del lecho, para oír lo que Raine decía. La almohada prensaba sus labios lateralmente, como los de una niña.

 

Una idea entró en mi cerebro. ¿Crees que pueda ser cierto que en el fondo de nuestro corazón sepamos siempre qué va a sucedemos? No se trata sólo de que una persona que agoniza en un hospital sepa perfectamente que va a morir, incluso aunque pueda no saber que lo sabe. No se trata sólo de que un pasajero a bordo de un avión que está a punto de saltar hecho pedazos sepa de algún modo, en alguna parte de su ser, lo que va a ocurrir.

Sea como fuere, Raine lo sabía. Mejor dicho, sabía algo.

 

Hablaba de su infancia. El quinqué de petróleo le había recordado su niñez y adolescencia en Virginia occidental. Su padre era un borrachín, antiguo minero de carbón, que padecía silicosis. Su madre permanecía fuera de casa hasta altas horas de la noche, la dejaba a ella, a Raine, con otros niños, y se iba con hombres. Raine tenía catorce años. Pensaba que su madre sacaba dinero a los hombres. Era verdad. Raine odiaba a su madre. Pero la madre hacía aquello para comprar a Raine su primer vestido de fiesta.

«Eso es lo más extraño», dijo Raine a través de sus famosos pero ahora aplastados labios, sin importarle su aspecto, con la mirada fija en la llama que ardía dentro del tubo del quinqué y cuyo invertido reflejo veía yo en las pupilas de la muchacha. «Cualquiera hubiese pensado que me sentía agradecida. Deja que te diga una cosa. El agradecimiento es una mierda. ¿Sabes cómo me sentía? feliz. Ni más ni menos. Y eso es lo mejor. Tener

 

 

 

 

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el vestido me hacía feliz. Y no me importaba cómo lo consiguió. Pero era lo que ella deseaba: verme feliz. De forma que, al fin y al cabo, todo estaba bien, ¿no? Yo era feliz y ella era feliz al verme a mí feliz».

 

El tiempo parecía discurrir despacio y, a la vez, a sacudidas. O quizás es que lo recuerdo así.

«Ven aquí», dijo Raine.

 

Me encontraba de pie ante ella. Raine yacía de bruces, separadas las desnudas piernas. Alargó torpemente una mano por detrás del cuerpo, tratando de cogerme. Me tocó.

Recuerdo que pensé: ¿Por qué lo real es tan distinto de la fantasía? ¿Te acuerdas de nuestras fantasías de vestuario? Cómo disfrutaría uno si tuviese a Ava Gardner aquí y ahora, con este día lluvioso, en este gimnasio, el gimnasio vacío, nadie salvo Ava y uno en el catre del portero en la sala de calderas, etcétera, etcétera. Pero un huracán, todavía es mejor, y allí estaba Raine Robinette en persona, buscándome a tientas, prensados contra la almohada sus célebres labios, ante mí sus afamados muslos. Y yo a solas con ella, o para el caso lo mismo, tal vez incluso mejor: Troy estaba allí, pero como si no, inconsciente y hecho un ovillo sobre el mismo borde del baldaquín de palo de rosa de Lucy.

¿Y yo? Estaba sentado, bajando la mirada sobre Raine, con la uña del pulgar contra los dientes, pensando en la singularidad del momento presente aquí y ahora. Otros instantes corresponden a alguien, a algo o a uno mismo y huelen a alguien, a algo o a uno mismo. El presente es otra cosa. Vivir en el pasado y en el futuro es fácil. Vivir en el presente es como enhebrar una aguja. Se me ocurrió: nuestra inmensa lujuria de vestuario no tenía ninguna relación con el presente. La lujuria es una función del futuro.

La mano de Raine, experta incluso aunque la estiraba torpemente a la espalda y ella estaba boca abajo, me tocaba. Por mi parte, seguía contemplándola, con la uña del pulgar en los dientes, sin mirar nada en particular.

No, nada, no. Miraba algo. Algo que parpadeaba de un dedo de la mano que tanteaba. Era el zafiro azul del anillo de Lucy. Raine llevaba el anillo de hermandad estudiantil Tri-Phi de mi hija Lucy. Holgado en el dedo corazón de Raine. Raine lo llevaba como una chica lleva un anillo de muchacho. Lucy tenía mano grande e inmadura de adolescente femenina.

 

 

 

 

 

 

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Mientras observaba el anillo que lucía la mano tanteante, empecé a sonreír. Mis ojos se concentraron y parecieron corresponder a los guiños del anillo. Una pequeña flecha de interés salió disparada por mi columna vertebral arriba. Sonreí y guié hacia mí la mano de Raine. Sabes por qué sonreía, ¿verdad? ¿No? Porque descubrí el secreto de amar. Es odiar. O, más bien, la posibilidad de odiar. La posibilidad de odiar rescataba la lujuria del futuro de vestuario y la devolvía al presente.

 

«Ven aquí», dije sonriente y, con ternura, levanté su cuerpo, pasé los brazos hacia la parte delantera de Raine y mis manos acariciaron las suaves crestas de su pelvis.

«¿Qué?», preguntó Raine. «¡Oh!».

 

Al principio, su rostro se mantuvo oprimido contra la almohada, aún más aplastados los labios. Yo estaba solo, muy por encima de ella, erguido y sonriente en la oscuridad.

Después, Raine quiso dar media vuelta.

 

«Ah», articuló. Nos miramos el uno al otro, ella desvió el rostro y luego volvió a mirarme, encendidos, relucientes los ojos en la tenue claridad. Nos encontrábamos a solas y vigilantes, es decir, cada uno de nosotros estaba solo y vigilaba al otro. Ya no éramos niños, sino adultos y vigilantes, consecuencia de ser adultos. ¿Qué nos tenía Dios reservado? De modo que era aquello. Porque lo que se deriva de ser adulto era aquel sondeo de Raine, en pos de su secreto, el secreto que yo tenía que descubrir y que ella deseaba que yo descubriese. Los judíos lo llamaban reconocimiento y yo sabía ya por qué. Pronto descubriría el secreto de Raine. Nos vigilábamos mutuamente. Íbamos a conocernos el uno al otro, pero uno llegaría antes al fondo de ese conocimiento y, en consecuencia, ganaría. Aquella vigilancia era una competición. Yo me acercaba cada vez más y más. Uno observaba la observación del otro. Era una contienda. Ella perdió. Cuando lo descubrí, el secreto, Raine cerró los párpados y se enroscó en mi cuerpo como una hoja ardiente.

 

La dejé dormida junto a Troy, ambos curvados como cucharas.

 

¿El resto? ¿Qué? Ah, sí. Bueno, seré breve. ¿Te importa que lo resuma? Recrearse en ello no constituye ningún placer. De cualquier forma, sucedió casi como una adicional idea repentina. Toda la cuestión no tardó más de quince minutos en quedar zanjada.

Al final, no vi lo que deseaba ver. ¿Qué deseaba ver? ¿El dinero en el cajón de los calcetines de mi padre? ¿Por qué era tan importante para mí

 

 

 

 

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verlos, a Margot y Jacoby? ¿Qué nueva revelación dulce-horrenda esperaba obtener convirtiéndome en testigo presencial de lo que ya sabía? ¿Era una especie de escoptofilia, de «voyeurismo»? ¿O se trataba del deseo de sentir el pinchazo de la lanceta en el mismo centro del absceso y dejar que saliera el pus? Aún lo ignoro. Lo único que sabía era que necesitaba enterarme, comprobarlo como sólo los ojos pueden comprobarlo. Los ojos tienen que saber.

 

Pero, al fin y a la postre, no los vi. Los sentí.

 

Entré en el dormitorio de Margot, quiero decir en el de Margot y mío. Sea como fuere, ya no parecía imprescindible adoptar precauciones. Tal vez se debiese a que la tempestad se encontraba en pleno apogeo. Se elevaba un chillido constante como si el huracán soplase a través del aparejo de acero. La oscuridad era completa. ¡De modo que no podía oírles ni verles! ¿Quién producía aquel chillido? ¿Ellos? ¿El huracán? ¿Unos y otro? Belle Isle gemía y porfiaba. El pesado maderamen emitía cánticos y chasquidos. Los relámpagos eran ahora menos frecuentes, pero más brillantes. Aguardé y conté durante los intervalos. Los centelleos se producían cada ocho o diez segundos.

 

El chillido era tan intenso que parecía hacer invisibles las cosas.

 

En el corto vestíbulo del dormitorio principal me arrodillé y encendí la segunda lámpara de petróleo. No volví a poner en su sitio el tubo de cristal. Empecé a preocuparme por haberlo dejado puesto en el quinqué de la habitación de Raine. Bajé la mecha al mínimo.

De pie, apoyado en la pared del vestíbulo, calculé que podría ver reflejados los pies de la cama en el espejo del gigantesco armario de caoba colocado contra la pared interior del dormitorio. Esperé, completamente inmóvil, con la espalda, la cabeza y las palmas de la mano tocando el frío yeso.

Cuando fulguraban los relámpagos, trazando rayas en la habitación al filtrarse la claridad por los resquicios de las persianas, me era posible ver los dos postes de la cama, listados como el distintivo de las barberías, reflejados en el espejo, aunque el paso del tiempo había empañado mucho la luna, cuyo azogue estaba bastante apolillado.

 

Era la gran cama Calhoun, que un antepasado mío mandó construir para que su amigo John C. Calhoun durmiese en ella en la Casa Blanca el año 1844. Pero Calhoun no llegó a dormir en la Casa Blanca, de modo que Royal Moultrie Lamar conservó aquel lecho. Era como una catedral, una

 

 

 

 

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cama gótica, de postes tan gruesos como troncos de árbol, labrados, estriados y rematados en chapiteles y gárgolas por encima del dosel. La tabla de la cabecera era tan impresionante y complicada como un fondo de altar. Paneles de enrejado enlazaban como arbotantes los postes y barandas.

 

Aprovechando la luz de los relámpagos, me encaminé sin prisas al callejón sin salida constituido entre el armario y la pared del fondo. Desde allí, uñó contemplaba directamente la mitad anterior de la cama. El chillido uniforme se hizo más agudo, pero se espació el relampagueo. Ya me impacientaba cuando llegó el siguiente, un fugaz destello parecido al de la bombilla fusible de una cámara fotográfica. Algo se movió. Pero mi campo visual quedaba obstruido por la pieza triangular de refuerzo situada entre el poste y la baranda lateral.

 

Rieló algo blanco a mis pies, sobre la alfombra de Aubusson. Lo recogí. ¿Un pañuelo? No, un par de pantalones cortos de jockey. Los observé soñadoramente. Había algo arcaico en aquella prenda, un objeto antiguo que era. Venía a ser como encontrar un artículo de tocador, un peine de arcilla roto, en una de las casas de Pompeya. Lo dejé caer a mi espalda y esperé.

Los relámpagos se interrumpieron del todo, pero el estruendo seguía siendo enorme, un bramido bajo y un agudo de soprano, que resultaba palpable, un espesamiento y solidificación de la oscuridad. Parecía natural abrir la boca y facilitar la circulación del sonido, permitirle que entrase por las orejas de uno y saliera por la boca. Me sentí invisible.

Luego, aunque no recuerdo cómo llegué hasta allí, me encontré de pie al lado de la cama, bajada la vista sobre ella. No se veía nada. Me arrodillé y apliqué el oído al enrejado del arbotante: sacerdote sin consagrar que escuchaba una confesión impenitente. Pero entonces, en un respiro de silencio, se oyó una voz. No me era posible distinguir las palabras, pero la voz subía y bajaba de volumen en una entonación propia de rezo.

Dios. Chsss… Dios. Chsss…

 

En mi confesionario, caí en la meditación. ¿Por qué requiere el amor las polaridades absolutas dé divinidad-obscenidad? Tenía yo razón respecto al amor: es un absoluto y, por lo tanto, está más allá de las categorías. ¿Qué otro, salvo Dios, disponía que el amor montase su tienda en el estercolero? ¿Por qué no, entonces, jurar e invocar a Dios en el curso de un acto de amor?

 

 

 

 

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Mis ojos empezaron a distinguir las cosas. No hay oscuridad absoluta. La llamita de la lámpara dejada en el vestíbulo producía sobre las paredes blancas un brillo trémulo prácticamente imperceptible. Era posible vislumbrar los contornos de la forma voluminosa de la cama. Yo estaba de pie. Una figura ocupaba la cama. Su piel tenía un tono más sombrío que el de las blancas sábanas. Pude verla ya: la más extraña de todas las bestias, con dos espaldas, una por delante y otra por detrás, cada una de ellas de distinto color, piel clara por un lado, piel oscura por el otro, la bestia bregaba consigo misma, discurseaba consigo misma intercambiando oraciones y maldiciones.

 

Ah, entonces, ¿era aquel el plan secreto de Dios para nosotros? (¿Qué decía tu Biblia hebrea acerca de que todos los hombres se conciben en pecado?). Un asombro reflexivo me inundó. Deslicé la uña del pulgar a lo ancho de mi dentadura.

Me dolía la cabeza y, sin embargo, me encontraba muy bien, fuerte y ligero, aunque un poco mareado. Mi cuerpo parecía flotar. Comprendí entonces que el metano había descendido. Después de saturar las alturas penumbrosas de la bóveda del cuarto había bajado lo bastante como para que lo respirase. Al principio, no me fue posible comprender por qué me latía el corazón más deprisa y la respiración me resultaba fatigosa, ya que me sentía a gusto. Luego me di cuenta. Era el metano. De pie, estaba erguido sobre ellos. Aquello. Discurrí: valía más que me agachara y me acercase. Reinaba la oscuridad.

 

Aunque sin duda me incliné, tuve la sensación de que flotaba sobre ellos. La espalda de Jacoby era una oscuridad dentro de las tinieblas. Pensativamente, la toqué, a la bestia.

«Oh, sí», articuló.

 

Se destacó el ángulo formado por un muslo y una rodilla blancos. Observé aquella extremidad, de la bestia, un pie, los dedos separados y encogidos… ¿no es eso lo que llaman un signo de Babinski, doctor, padre, lo que seas? Bueno, yo había visto eso antes, la forma en que los dedos de los pies de Margot se curvaban hacia fuera y hacia arriba, y siempre supuse que se trataría de algún indicio de sus orígenes comunes irlandeses o de la Texas rural, o de ambos. Recordé que mi madre decía que una dama siempre puntea con los dedos de los pies cuando baila. Mi mano comenzó a explorar el muslo blanco, buscó y encontró lo que ya conocía tan bien: la banda fibrosa que se deslizaba a lo largo de la parte exterior

 

 

 

 

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que envolvía la carne por encima y por debajo. Mis dedos recorrieron el trayecto de la fibra, hacia la rodilla, donde se encontraba la textura de nervio sedoso.

 

«Ah», exhaló la bestia.

 

Entonces, poco a poco, fui descendiendo sobre la bestia, que respiraba compleja y penosamente, una respiración en contrapuntó. También yo respiraba trabajosamente. El metano había llegado a la cama.

De súbito, la bestia se quedó completamente inmóvil, vigilante, a la escucha, levantada la cabeza como un ñu que olfatea el aire. Vuelto su súcubo, el de Margot, se mantuvo arqueada y apenas pude pasar los brazos en torno a la gruesa cintura y entrelazar las manos.

Comprimida en sus dos partes, la bestia trató de separarse.

 

«¿Qué diablos…?», exclamó Janos Jacoby.

 

«Oh, Dios mío», articuló Margot, ahogada, pero comprendiéndolo todo instantáneamente.

Aplastados uno contra otro, los dos ya no podrían separarse, no recuperarían su individualidad.

Yo continuaba oprimiéndoles, creo, respirando laboriosamente, pero sintiéndome muy fuerte y ligero, tan ligero que imaginaba que, de no tenerlos agarrados, flotaría hasta el techo. ¿Te acuerdas de cómo provocábamos «enrojecimientos visuales»? Cómo, si uno agarraba a alguien por detrás y apretaba con suficiente fuerza, ese alguien primero «se elevaba», después se enrojecía su campo visual y, finalmente, perdía el conocimiento. Yo podía estrujar a cualquiera del equipo hasta dejarlo inconsciente, incluido Fats Molydeux de Mamou, que pesaba ciento cuarenta kilos.

Es posible que dijese algo en voz baja. Dije: «Qué extraño que ya no se produzcan grandes acontecimientos históricos». En realidad, en eso era en lo que reflexionaba, en que no parecía tratarse de ningún gran momento, tanto si los estrujaba como si no los estrujaba.

«Qué extraño que ya no se produzcan grandes acontecimientos históricos», dije.

De todas formas, lo cierto es que al cabo de un rato Janos jadeó: «No me estás matando a mí, la estás matando a ella».

«Eso es verdad», convine, y solté la presa. Janos tenía razón. Había estado oprimiéndole contra la suavidad de Margot. Él era tan duro como el caparazón de una tortuga marina y el abrazo apenas le había afectado, pero

 

 

 

 

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Margot perdió el sentido. Sin embargo, en cuanto solté y en menos tiempo del que empleo en contártelo, Janos dio un salto y empezó a hacerme cosas, trastadas California —kung-fu— karate, rodillazo en la entrepierna, pulgar contra el ojo, golpes con el canto de la mano en mi nuez y todo eso. Hubo numerosos intentos hábiles y superficiales contra mi persona que registré puntual e incluso aprobadoramente. Me mantuve más bien pensativo. «La cama no es el sitio apropiado para una pelea», dije, y surcamos el aire hasta ir a chocar contra el armario. Janos debió encontrar el cuchillo que iba en mi zurrón, que había cortado la tela y del cual me había olvidado, porque cuando nos separamos, ante el armario, el hombre empuñaba el arma y comenzó a ejecutar cautelosos movimientos circulares, a hacer fintas y amagos como un actor de película que tuviese que interpretar la prueba de sangre de los apaches.

 

«¡Ah, vaya!», exclamé con alivio, al tiempo que avanzaba hacia él, encantado del giro que habían tomado los acontecimientos. «¡Ah!». ¡Una lucha!

Una lucha es un suceso sencillo. Resultar herido en una pelea no tiene nada de malo. Le obligaba a retroceder, a entrar de espaldas en el callejón sin salida constituido entre el armario y el rincón. Cuando notó la pared tras de sí, llevó a cabo una rápida maniobra de California, se revolvió, me asestó mía cuchillada en el hombro y me propinó un puntapié en la garganta. Me quedé sin respiración, pero eso no tenía mucha importancia ya que, de todas formas, respirábamos metano. Después de su rotación, debió de soltar el cuchillo, porque la parte plana de la hoja me golpeó en el pecho y el mango fue a parar a mi mano, tan limpiamente como si fuera un truco ensayado con anterioridad. De nuevo lo tuve cogido por la espalda. En aquella ocasión me di más perfecta cuenta de su desnudez y vulnerabilidad. Allí estaba, en mis brazos, un hijo de madre, nada atlético a pesar de sus habilidades en el terreno del kung-fu, sino, por el contrario, denotando cierta raquítica deformación pectoral y, desde luego, no acostumbrado a verse desnudo y a oler efluvios de sobaco y de Ban. Tal debió de ser el aspecto que sin duda presentó en la caja de reclutas del Bronx, un chico judío, un muchacho italiano, desnudo y vulnerable. No estaba acostumbrado a permanecer desnudo. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que nosotros pasábamos una barbaridad de tiempo desnudos, desnudos en el vestuario, desnudos en el río, bañándonos, desnudos

 

 

 

 

 

 

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tomando baños de sol en la galería? Desnudo, Janos estaba más desnudo de lo que nosotros hayamos estado jamás.

 

Nos hallábamos en el suelo. Mis piernas oprimían sus muslos en una presa de tijeras.

«Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo?».

 

«No gran cosa».

 

«Hay algo de lo que quisiera hablarte», manifestó, jadeante, aunque hablando con rapidez y sinceridad.

«¿De qué?».

 

«De lo absurdo de la vida. Me he dado cuenta de que tú también estás en ello».

«Ah».

 

«¿Qué?».

 

«Sí», dije, mientras me maravillaba de su cualidad de actor que le permitía hablar del modo en que lo hacía otra persona. Porque reconocí mi voz en la suya, el tono pensativo y atolondrado. Me observó, después de todo. ¿Estábamos ebrios de metano, se daba el caso verídico de que no había «grandes momentos» en la vida o eran ambas cosas?

«Conversemos. Hay una cosa que siempre he querido preguntarte».

 

«¿Sí?».

 

«Se relaciona con algo que siempre he deseado desesperadamente en la vida. Creo que a ti te ocurre lo mismo».

«¿Sí?».

 

«Quiero…».

 

Jamás sabremos lo que quería, porque su cabeza estaba echada hacia atrás y yo le cortaba el cuello, creo, en aquel momento. No, nada de «creo», estoy seguro. Más que el tajo degollador, lo que recuerdo es la sensación que experimentaba de andar a la caza del sentimiento adecuado que hiciese juego con la proeza. ¿No nos habían educado en la creencia de que las «grandes hazañas» se realizaban impulsadas por grandes sentimientos: furor, alegría, venganza, etcétera, etcétera? Recuerdo que busqué ese sentimiento a tono con la proeza y que no lo encontré. Sin embargo, tengo la certeza de que la hazaña se realizó, porque su voz cambió. A un palmo de la boca, su voz cayó hacia la tráquea y salió precipitadamente, en un soplo sin palabras que topó con mi mano, la que empuñaba el cuchillo. Janos se encontraba aún debajo de mí y no noté en la mano calor de sangre, sólo el soplo y borboteo de aire como si el

 

 

 

 

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cuchillo atravesara el cartílago. Le retuve durante unos segundos, hasta que el aire cálido dejó de agitar el vello del dorso de mi mano. Sí, estoy seguro de que eso es lo que sucedió.

 

 

 

De pie junto a la cama, bajé la mirada sobre Margot. No recuerdo la tempestad. Margot no estaba muerta, ni siquiera inconsciente. Me observaba, creo. La luz de queroseno daba a sus pómulos la impresión de estar vacíos, pómulos de india. Los ojos eran lagunas de oscuridad. Estaban abiertos, me parece. ¿Cómo iba a tener certeza de ello? Me senté en el borde de la cama, crucé el brazo sobre Margot y atraje su mejilla hacia mi rostro. Margot respiraba. Al parpadear, sus pestañas agitaban el aire contra mi mejilla. En medio del huracán percibí el minúsculo vendaval que proyectaban aquellas, pestañas sobre mi piel. Margot dijo algo. Noté bajo el brazo el movimiento de su diafragma.

 

«¿Qué?».

 

«¿Qué vamos a hacer?». Me habló al oído. «¿Está…?».

 

«Sí».

 

«¡Oh, no!», exclamó en tono de simple consternación, como si a Suellen se le hubiera caído de las manos el mejor jarrón de Sèvres.

A diferencia de mí, Margot tenía un sentimiento, aunque no era un sentimiento notable. Sólo desconsuelo por el hecho de que las riendas se le hubiesen escapado. Tal vez la casa había empezado a desmoronarse bajo el empuje del viento. Sería mejor que hiciésemos algo.

«¿Qué vamos a hacer?».

 

«¿Nosotros?».

 

«Tú».

 

«No lo sé».

 

«Oh oh oh», articuló, al tiempo que una mano cogía la otra y ambas empezaban a retorcerse. «¿Puedo hacer algo? Oh, Dios mío».

 

«Podrías».

 

«Yo. ¿Sólo yo?».

 

«Sí».

 

«¿Por qué yo?».

 

«Porque te quería». Que eso era bastante cierto yo lo sabía incluso aunque no lograba recordar en qué consistía amar a Margot.

«¿Me querías? ¿Amor?», preguntó.

 

 

 

 

 

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«Porque tú eres la única persona que conocías el sistema de transformarlo todo en amor».

 

«¿Amor?».

 

«Dulzura, cariño, inocencia, canto, risa. “Amor”».

 

«¿Risa?».

 

«Puede que ése fuera tu secreto. El modo que tenías de reír».

 

«Sí, ya lo sé. Voy a pedirte una cosa».

 

«¿Qué?».

 

«Quítame de encima un poco de tu peso. No puedo respirar».

 

«Ni yo tampoco. No estoy encima de ti. No es el peso».

 

«Oh, Dios. ¿Qué ocurre? No puedo respirar».

 

«No te preocupes de eso. Es la tormenta».

 

«Te propongo una cosa, Lance».

 

«¿Qué?».

 

«Vámonos».

 

«¿A dónde?».

 

«A cualquier sitio. Podemos emprender una nueva vida. Soy la única que puede hacerte feliz». No deja de ser extraño, pero hablaba con naturalidad, sin ceremonias, como si nada importase gran cosa. También estaba enterada de que ya no se producían «grandes momentos históricos». Hasta cogió la tela de mi cazadora y, como solía hacer en otro tiempo, tiró de un hilo suelto.

«Eso es verdad».

 

«Lo sé y sé cómo hacerte feliz y sabes que sé cómo».

 

«Sí».

 

Era cierto.

 

El metano debía de habernos envenenado, porque el rugido de la tempestad estaba dentro de mi cabeza y a duras penas oía a Margot. Deliraba. Volvía a hacer uso de la palabra, pero no me hablaba a mí, sino que rememoraba en voz baja cosas de su infancia en el campo de Texas, de cuando los sábados iba andando a la ciudad y llevaba sus zapatos buenos en una bolsa de papel. Se cambiaba de zapatos en el puente y escondía los viejos en una alcantarilla.

«No soy nada…», empezó luego Margot. «¿Qué me pasa?».

 

«¿Cómo?».

 

«Eso es lo que nunca supiste. Contigo yo tenía que ser eso… o lo otro… pero nunca una… ejem… mujer. Todo fue bien durante una

 

 

 

 

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temporada. Oooh. Todo se ha puesto negro. Me muero».

 

«No. Es que se ha apagado la lámpara».

 

Sentado en la cama, pensé: ¿Cómo es posible que se haya apagado la lámpara? Hoy en día sigo sin saberlo. Posiblemente la mecha estaba demasiado baja.

«Espera», dije a Margot, y anduve a gatas en busca del quinqué. ¿Por qué le dije eso a Margot? Espera. ¿Porque deseaba que ella me explicase cómo podríamos conseguirlo, empezarlo todo otra vez? Pero no de un modo serio. Sí. Yo también deliraba. Me había olvidado totalmente del metano y pensaba ya en el proyecto de un viaje con Margot.

Antes de encender la lámpara, me senté en el suelo, con el quinqué entre mi cuerpo y la cama, apoyada la espalda en la pared exterior.

 

«¿De veras crees que…?», empecé a decir, mientras subía la mecha y frotaba la cerilla. Durante una décima de segundo pude ver a Margot al resplandor de la llama, tendida de costado, como Anna, levantadas las rodillas, la parte lateral del rostro adosada a las manos juntas por las palmas, mirando hacia mí los ojos oscuros.

Sin que se produjera ruido alguno, el cuarto floreció. Todo fue luz, aire, color y movimiento, pero ni un sonido. Me vi desplazado. Es decir, por primera vez en treinta años fui apartado del mismo centro de mi vida. Ah, me dije mientras mi cuerpo se trasladaba, entonces quedan todavía grandes momentos. Giraba despacio a través de la noche como Lucifer disparado fuera del infierno hacia las alturas, desplegadas las enormes alas bajo el resplandor de las estrellas.

Yo lo sabía todo. Incluso lo que había sucedido. Belle Isle acababa de volar. ¿Por qué, me pregunté, mientras giraba, no estalló primero la habitación de Raine? ¿Fue porque el conducto era allí más estrecho o porque dejé puesto en la lámpara el tubo de cristal?

 

 

 

Sin duda salí despedido a través del muro, con el muro, porque descendí sobre la espesura exterior, en declive, de los grandes robles, donde las ramas llegan al suelo, lo tocan y vuelven a elevarse. Cuando recobré el sentido, noté en la mejilla el calor del fuego. Pero no había allí ningún infierno impresionante. El tejado y los pisos superiores habían desaparecido y las llamas que ardían eran bajas y estaban dispersas por puntos separados del edificio, parecían las de un quemador «Binasen». El

 

 

 

 

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viento sur del huracán alejaba el calor de mí. Me palpé. No tenía nada roto. Me miré. La mano y el hombro estaban ensangrentados. Pero no me dolía nada. Me puse en pie, por algún motivó, hundí las manos en los bolsillos y emprendí el ascenso de la escalinata frontal, como había hecho diez mil veces antes. El calor, que el viento se encargaba de alejar, no era grande. Tal vez estuve inconsciente mucho rato. La mayor parte de los muros de la planta baja se había derrumbado. Del primer piso no quedaba nada.

 

¿Qué has dicho? ¿Que cómo me quemé? Tenía que volver para recuperar el cuchillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Qué día más hermoso! ¿No opinas lo mismo? El último día de la estación de los ciclones. Ya ha pasado todo peligro de huracán. El sol de la mañana es luminoso, está en toda la altura de su esplendor y se refracta a través del claro prisma cristalino del aire del norte, con esa moderación especial, promesa cálida, de los estupendos días de noviembre de que goza Nueva Orleans. Todo es aquí apacible y normal, ¿no te parece?, incluso el tiempo meteorológico. Hacia las once, los borrachínes de la calle del Campamento saldrán arrastrándose de sus cubiles y se estirarán o se apelotonarán como gatos al sol en los umbrales de las casas, para descabezar un sueñecito. No es mala vida.

 

Deja de pasear de un lado a otro. El prisionero soy yo, no tú. ¿A qué viene esa cara larga, esa arruga de preocupación? Mira la calle. Hasta en el cementerio, especialmente en el cementerio, parece reinar la alegría. Los crisantemos están todavía frescos y amarillos. Las tumbas, impecablemente limpias, los árboles relucen como monedas de cobre nuevas. Ayer, unos jóvenes estuvieron cantando en la parte vieja. Algunos llegaron incluso a dormir en las criptas, apartaron los huesos y desplegaron sus sacos de dormir, un acomodo perfecto. Nueva Orleans tiene un rasgo extraño: los cementerios son aquí más alegres que los hoteles y que el Barrio Frances. Explícame por qué tiene que ser así, por qué dos mil criollos muertos han de estar más vivos que dos mil vendedores de automóviles «Buick».

 

Ah, se me olvidaba comunicarte mi buena noticia. Me marcho hoy. Me dan de alta y me ponen en libertad. Psiquiátricamente sano y legalmente inocente. Puedo demostrar que estoy cuerdo. ¿Y tú? ¿Por qué me miras de esa forma? ¿Crees que no debieran soltarme? Bueno, de cualquier modo, mi abogado consiguió una orden de habeas corpus y mi psiquiatra asegura que todos mis tornillos están en su sitio, que la verdad es que estoy más

 

 

 

 

 

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cuerdo que él… al pobre hombre le abruma el trabajo, la depresión se ceba con él y vive a fuerza de «Librium».

 

¡Imagínate! A las doce del mediodía, franquearé la puerta principal de este edificio por primera vez en un año, pasaré por delante de esa manzana de la calle de la Anunciación que tan minuciosamente he estudiado, doblaré la esquina de Tchoupitoulas y leeré ese dichoso letrero.

 

B

 

Ma

 

Franco y

 

Me enteraré por fin de lo que dice.

 

Luego me volveré y echaré un buen vistazo a esa ventana, invirtiendo la dirección de un millón de miradas en sentido contrario.

No es poca cosa volver la cabeza para lanzar una ojeada al lugar donde uno ha pasado un año de su vida.

Después cruzaré la calle hacia el Bar y Parrilla de La Branche (antiguamente de Zweig), entraré en la fresca penumbra del local donde Zweig, La Branche, friega el suelo de pequeñas baldosas hexagonales de cuarto de baño, me sentaré ante el mostrador y pediré un trago de Dixie y una ración de ostras «po’boy».

Luego cogeré mi maletín, que contiene todas mis pertenencias en este mundo: una muda de ropa interior, un traje, calcetines, jerseys, cuchillo Bowie y botas, me dirigiré a pie a St. Charles, cogeré el tranvía hasta la calle del Canal, cerraré mi cuenta bancada en el Whitney (unos cuatro mil dólares), me daré un paseo hasta la Union Terminal y subiré al «Southemer» que va a Richmond. Piensa en eso. El balanceo del viaje a través de las áridas soledades de Mississippi en este año del bicentenario de la Primera Revolución, para llegar a los tajos de arcilla roja de Alabama, deslizarse al atardecer dentro de la Estación Peachtree, en Atlanta, pedir unas copas en el coche bar mientras el tren traquetea hacia el norte, envuelto en el crepúsculo de Georgia. Luego, apearse en Richmond, en las frescas horas del amanecer, y subir a un vehículo de la Greyhound que le lleve a uno rumbo a las montañas.

 

¿Siobhan? Ahora que legalmente estoy cuerdo y gozo de competencia, puedo hacerme cargo de ella. Y tengo la intención de apartarla de Tex, de recuperarla, en cuanto me haya instalado en Virginia. Nos las arreglaremos

 

 

 

 

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estupendamente, si Tex no la ha matado de fastidio o la ha vuelto loca con sus «tocotón tocotón» y sus «coinquidinquis». Supongo que he de estarle agradecido. Al menos se cuidó de la niña. Pero ahora me arrepiento de no haberla dejado con Suellen. Algunos negros están cuerdos todavía.

 

¿Arma? Oh, se encuentra bien. Después de todo, no me va a acompañar. Me iré solo. Ha sido lo bastante generosa como para cederme su casa en la Blue Ridge hasta que encuentre mi propia parcelita.

¿Que qué le ha ocurrido a Anna? Realmente es increíble. Nunca entenderé a las mujeres. Íbamos a emprender juntos una nueva vida. Pensé que nos identificábamos a la perfección… cada uno de nosotros despojado del pasado, cada uno de nosotros dos consciente de que había llegado el fin de una etapa y de que tenía que haber un nuevo principio, como mi hombre y una mujer en pos del territorio extendido al otro lado del paso de Cumberland, allá por los viejos tiempos. Entonces, ante mi asombro, la ofendí mortalmente. Insinué que había sufrido la indignidad máxima, la peor violación que una mujer puede sufrir, verse forzada por varios hombres, obligada a la felación, etcétera, que yo también había sufrido mi propia catástrofe y que puesto que ambos habíamos sufrido lo peor que podía sucedemos y lo habíamos soportado, no sólo sobreviviendo, sino también sobreponiéndonos a ello, estábamos calificados como los nuevos Adán y Eva del mundo nuevo. Si nosotros no podíamos inventar un mundo nuevo y una nueva dignidad entre hombre y mujer, entonces nadie podría.

 

¿Querrás creer que se sintió ofendida? A decir verdad, se puso furiosa. «¿Pretendes sugerir», me soltó, «que un hombre puede violarme a mí, a mi persona? ¡Malditos hombres! ¿No sabes que en el mundo hay cosas

más importantes? A continuación, dirás que aquello me gustó, a pesar de mí misma».

No deja de haber algo de razón en lo que dijo. El otro día abrí La ciudad de Dios, de San Agustín, pensando encontrar en esa obra lo que algunos de vuestros mejores sabios tuviesen que decir acerca de las cuestiones importantes, Dios, el hombre y todo eso. ¿Y qué supones que encontré? El buen santo dedica página tras página a tranquilizar la conciencia de las monjas, vírgenes que los visigodos habían violado, actos de los que ellas disfrutaron aun en contra de su voluntad, a pesar de sí mismas. Sin duda aullaron de placer.

 

 

 

 

 

 

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Así que Anna me dijo eso para rechazarme. Muy bien. Me retiré. Tal vez sea mejor de este modo.

 

Esperé demasiado de ella. Confiaba en que hubiese hecho el mismo descubrimiento que hice ya, que hubiese averiguado el gran secreto de la vida, de la vieja existencia, claro, la ignominiosa alegría de violar y ser violado. Nosotros, pensé, ella y yo, íbamos a descubrir algo mejor. Y en el fondo de su corazón ella conoce el secreto tan bien como yo, pero no se atreve a admitirlo. ¿Se le puede reprochar? Sin embargo, hubiésemos sido unos estupendos pioneros de la vida nueva, porque ninguno de los dos podíamos soportar la vieja. Algún día las mujeres reconocerán la verdad, se negarán a aceptarla y entonces se convertirán en mis mejores reclutas.

Ah, Anna dijo otra cosa más. Retuvo mi mano durante un momento, después del apretón de despedida, y añadió: «Cuando llegues allí, a Virginia, encontrarás una casa medio derruida, pero también un pequeño y sólido establo construido hace doscientos años. Un lado de ese establo lo constituye el depósito de maíz y un espacio con desván, susceptible de convertirse en acogedor y precioso albergue en el que vivir durante el invierno, lo bastante grande para tres». Cristo, cualquiera creería que se trata de otra mujer tratando de acomodarme en un palomar. ¿Por qué será que los cobijos para animales parecen ahora más habitables que las casas corrientes? Hummm. Un destartalado silo de maíz. Pero ella dijo lo bastante grande para tres. Tuve la impresión de que si Anna pudiese cumplir su venganza, abatir el número suficiente de hombres como para desquitarse e igualar el tanteador, no sólo por ella, sino también por todas las sucias jugarretas que Dios, la biología, la evolución o lo que sea le han gastado a ella y a sus hermanas, entonces quizás se instalara conmigo en un establo y podríamos abrazamos como amantes, aferrarnos el uno al otro como chiquillos, mientras Siobhan retoza en el desván. ¿Crees que Anna acudirá allí?

 

Me miras de un modo extraño. Me parece que no te he dado las gracias por escucharme. Sabes que no podría haber contado esto a ninguna otra persona. Sí, ahora me encuentro perfectamente. No, no se aproxima ninguna confesión, padre, lo sabes muy bien. Pero hay una cosa… Hay una frialdad… ¿Conoces la sensación de entumecimiento y frialdad, no, sensación no, más bien carencia de sensación, insensibilidad, que he dicho experimenté durante los acontecimientos de Belle Isle? Te dije que pudo ser efecto del huracán, la baja presión, el metano, lo que fuera. Pero aún la

 

 

 

 

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siento. Es decir, hoy, ya no la siento. No siento nada… salvo una ligera curiosidad por lo que voy a ver al salir de aquí y echar a andar calle abajo. ¿Qué opinas de eso, de que haya cierta frialdad?… ¿La sientes?

 

Lo cierto es que durante el desarrollo de todos los terribles acontecimientos de aquella noche en Belle Isle, no sentí nada en absoluto. Nada bueno, nada malo, ni siquiera tuve sensación alguna de descubrimiento. Tampoco siento nada ahora, salivo una determinada frialdad.

Tengo un frío enorme, Percival.

 

Dime la verdad. ¿Tiene ahora frío todo el mundo o sólo yo?

 

¿Cómo? Me recuerdas que dije al principio que había algo que deseaba preguntarte. Ah, sí. Bueno, parece que ya no tiene importancia. Porque la pregunta carece de respuesta. ¿La pregunta? Muy bien. La pregunta es: ¿Por qué no descubrí nada en el corazón de la maldad? No había ningún «secreto» después de todo, nada que descubrir, ni el menor vestigio de interés, nada en absoluto, ni siquiera maldad alguna. No se produjo ninguna sensación de acercamiento a la «respuesta», como la hubo cuando descubrí el dinero expoliado que estaba oculto en el cajón de los calcetines de mi padre. Mientras tenía cogido por la garganta a aquel desdichado Jacoby, no sentía nada salvo la picazón de las partículas de fibra de vidrio que se introdujeron por debajo del cuello de mi camisa. De modo que no tengo nada que preguntarte, porque no hay contestación. No hay pregunta. No hay grial impío, de la misma manera que no había Santo Grial.

 

Ni siquiera el cuchillo en su garganta pareció afectar en algo las cosas. Todo se reducía a unas moléculas de acero penetrando en moléculas cutáneas, moléculas arteriales, células sanguíneas.

Me miras con tal… ¿qué? ¿Tristeza? ¿Cariño? ¿Qué pasa con el cariño? ¿Crees que pueda querer a alguien alguna vez? Explica la cuestión.

Pero eso no viene al caso. El asunto es que sé lo que necesito saber y lo que debo hacer. ¿Te lo digo? Cristo, tú eres la única persona capaz de entenderlo. Ven aquí y quédate conmigo junto a la ventana. Quiero enseñarte algo, varias cosas insignificantes en las que puede que no hayas reparado. ¿Por qué te muestras tan precavido? Te comportas como si yo fuese Satanás desplegando ante tus ojos los reinos del mundo, desde el pináculo del templo.

Escucha. ¿Los oyes? Jóvenes que cantan y ríen, que se divierten en la ciudad de los muertos. Acaso sepan algo que nosotros ignoramos.

 

 

 

 

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Soy como esas viejas señoras que atisban desde la ventana del otro lado de la calle. No se me escapan muchas cosas. Por ejemplo, te vi antes allá abajo. En el cementerio. ¿Sorprendido? Vi lo que hiciste, aunque te diste mucha prisa en hacerlo. Te paraste ante una tumba y rezaste una oración. ¿Un pariente? ¿Un amigo? ¿Un ruego? De modo que rezaste por los muertos. Ya ves, algo ha cambiado en ti. Tengo la impresión de que mientras yo hablaba y cambiaba, tú escuchabas y cambiabas. ¿Me equivoco o has adoptado ya una decisión vulgar? ¿No? ¿Me esperas a mí para acabar?

 

Echa un vistazo. ¿Qué es lo que ves? La misma escenita agradable que ya te enseñé el otro día. La misma calle, el mismo «Cadillac» destartalado modelo 1958, la misma película, el mismo cochecito «Volkswagen» con el lema de haz el amor, no la guerra, que arranca en este preciso momento, con la misma estudiantina al volante, la misma pareja de homosexuales que se cogen la mano en la puerta de al lado, una pareja tranquila y decente, a decir verdad, como cualquier otra pareja, violador y violada, con necesidades semejantes a las tuyas y las mías, más un eventual tubo de vaselina «K-Y».

 

Observa con atención y repararás que dos cambios insignificantes se han producido en las cosas que hay en la calle. Mira el nuevo adhesivo que’ luce el guardabarros del «Volkswagen»: si te parece bien. Percátate del cartel que hay cerca de la antigua entrada para gente de color del cine. Es nuevo. Deep Throat, donde antes se anunciaba Enrique V y Cayo Largo.

Sí, variaciones insignificantes, lo reconozco. En realidad, apenas ha cambiado nada, sino que todo está casi igual. Te encoges de hombros. ¿Qué más da? Sí, tienes razón. ¿Qué más da?

Dices que te gustaría saber qué pienso hacer. Muy bien. Te lo diré con mucho gusto porque cuando me desperté esta mañana supe por primera vez qué iba a hacer exactamente. La verdad que es muy sencillo. No puedo imaginarme por qué tenía que ir tan lejos para averiguarlo. Estuvo ante mis ojos desde el principio.

Sí, caí en la cuenta de pronto, la solución es tan clara y simple como un problema aritmético. Es realidad, eso es, ni más ni menos: una cuestión de lógica tan elemental como dos y dos. Comprendí exactamente cómo están las cosas y lo que debo hacer. Para tu buen gobierno, puedo exponértelo como un sencillo silogismo escolar.

 

 

 

 

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1.    Vivimos en Sodoma.

 

2.    No tengo intención de vivir en Sodoma ni de criar a mi hijo e hijas en Sodoma.

3.    O tu Dios existe o no existe.

 

4.    Si existe, no tolerará Sodoma durante mucho tiempo. La destruirá Él o dejará que la destruyan los rusos o los chinos, de la misma forma que lanzó a los asirios sobre los judíos y a Esparta contra Atenas. ¿Cuántos espartanos harían falta para prender a estos doscientos millones de atenienses? ¿Diez mil? ¿Un millar? ¿Cien? ¿Doce? ¿Uno?

 

5.    Si Dios no existe, entonces seré yo y no Dios quien no lo tolerará. Yo, una persona. Promoveré un mundo nuevo individualmente o con la colaboración de quienes, como yo, no estén dispuestos a tolerarlo. Pero la diferencia entre Dios y yo es que yo tampoco toleraré a los rusos ni a los chinos. Dios emplea instrumentos. Yo soy mi propio instrumento. Nada de rusos ni chinos en el valle del Shenandoah. Tampoco los toleraremos. No toleraremos a esa gente de ahí fuera y no toleraremos a los rusos. Sabemos lo que queremos. Y lo tendremos. Si es imprescindible la espada, utilizaremos la espada.

 

6.    Aguardé y consideré tiempo a tu Dios.

 

Callas. En tus ojos hay una mirada vaga.

 

¿Así que tus proyectos, padre, consisten en hacerte cargo de una pequeña iglesia en Alabama, predicar el Evangelio, convertir el pan en carne, perdonar los pecados de los traficantes en coches «Buick», administrar la comunión a las amas de casa de los suburbios?

Por fin me miras directamente a la cara, ¡pero de qué manera más extraña! Ah, de golpe ahora te entiendo. He penetrado en tu cerebro tan instantáneamente como en aquella época en que estábamos tan unidos. De súbito, nos comprendemos el uno al otro a la perfección, ¿verdad?

Dime si tengo razón o si estoy equivocado.

 

Sabes algo que crees que ignoro y quieres comunicármelo, pero titubeas.

Sí.

 

¡Habla! ¡En voz alta y clara! ¡Y mírame a los ojos!

 

Pero leo en los tuyos que ya todo es igual, en lo que se refiere a lo que va a suceder, que lo que tenga que ocurrir, ocurrirá, tanto si tú o yo creemos o no y si tu fe es la verdadera o no. ¿Correcto?

Sí.

 

 

 

 

 

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No vamos a hacerlo así, ¿verdad?

 

No.

 

Todo ha terminado, ¿cierto? Lo veo en tus ojos. Estamos de acuerdo, después de todo.

Sí.

 

¿Sí, pero? ¿Pero qué? Debe haber un nuevo principio, ¿no?

 

Sí…

 

¿Pero? ¿No te gusta el nuevo principio que propongo?

 

Guardas silencio. De modo que vas a ir a tu pequeña iglesia de Alabama y ya está, ¿no?

Sí.

 

¿Dónde está ahí el nuevo principio? ¿No equivale a seguir exactamente igual, a continuar por el mismo camino?

Callas.

 

Muy bien. ¡Pero entérate de esto! Uno de nosotros está equivocado.

 

Será tu sistema o será mi sistema.

 

Sí.

 

En lo único que estamos de acuerdo es en que no será el sistema de ellos. El de ahí fuera.

Sí.

 

No hay más procedimientos que el tuyo o el mío, ¿verdad?

 

Sí.

 

La última pregunta… y por alguna razón que desconozco me consta que sabes la respuesta. ¿Conoces a Anna?

Sí.

 

¿La conoces bien?

 

Sí.

 

¿Irá a reunirse conmigo en Virginia e iniciaremos allí una nueva vida Siobhan, Anna y yo?

Sí.

 

Muy bien. He terminado. ¿Deseas decirme algo antes de que me vaya? Sí.

 

 

 

 

 

 

 

WALKER PERCY (Birmingham, Alabama, 1916 - Covington, 1990) nació en el seno de una familia acomodada protestante marcada por el suicidio de su abuelo paterno en febrero de 1917. En 1929, el padre del joven Walker, que entonces tenía 13 años, también se suicidó. Dos años más tarde, su madre murió al perder el control de su vehículo, que cayó desde lo alto de un puente cerca de Leland, en el estado de Misisipi, un suceso que el escritor siempre consideró un suicidio encubierto.

 

Tras licenciarse en la Universidad de Carolina del Norte en 1937, ingresó en la Universidad de Columbia donde, en 1941, obtuvo el título de Doctor en Medicina. Su incipiente carrera como médico quedó interrumpida al año siguiente, al contraer tuberculosis. Durante su convalecencia leyó a Kierkegaard y Dostoyevski, autores que influirían en su obra posterior, y se replanteó su fe en la ciencia y en la medicina. Finalmente, este proceso introspectivo culminó con su conversión al catolicismo en 1947.

 

A Percy se le debe la publicación del superventas La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, pues fue su empeño el que consiguió que se editara un libro que había sido rechazado por muchas editoriales, y que finalmente se auparía al número uno de las listas de ventas de gran cantidad de países.

 



FIN

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