© Libro N° 14352. El Hombre Y La Cultura. Leontiev, Alexei. Emancipación. Octubre 11 de 2025
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EL HOMBRE Y LA CULTURA
Alexei Leontiev
El Hombre Y
La Cultura
Alexei Leontiev
Alexei Leontiev
El Hombre Y La
Cultura
Escrito: Sin fecha
Fuente de esta irecci: El texto corresponde al capítulo 3 del libro
El hombre nuevo, editado por Martínez Roca, S.A. Barcelona, 1969. [en Pdf]
Fuente digital de la irecci al español:Omegalfa.es
HTML: Rodrigo Cisterna, Enero de 2015
HACE ya mucho
tiempo que se considera al hombre como un ser aparte, cualitativamente
diferenciado de los animales. La acumulación de conocimientos biológicos le
permitió a Charles Darwin elaborar su célebre teoría de la evolución. Esta
teoría hizo triunfar la idea de que el hombre es el producto del desa- rrollo
gradual del mundo animal, que su origen es animal. Lue- go, la anatomía
comparada, la paleontología, la embriología y la antropología proporcionaron
innumerables pruebas nuevas en apoyo de ese hecho.
Sin embargo, el
pensamiento de que el hombre difiere de mo- do esencial de los animales, aun de
los más desarrollados, ha seguido manteniéndose con solidez en la ciencia. Por
el contra- rio, las opiniones difieren cuando se trata de definir esa dife-
rencia y de explicarla.
Las principales
controversias científicas han tenido por objeto el papel de las
particularidades y de las propiedades biológicas innatas del hombre. La
exageración grosera de ese papel ha servido de base teórica a las concepciones
más reaccionarias; una visión exclusivamente biológica del hombre conduce al
racismo. La ciencia progresista toma, por el contrario, como punto de partida,
el hecho de que el hombre es, fundamental- mente, un ser social, que todo
cuanto en él es “humano” pro- viene de su vida en la sociedad, en el seno de la
cultura creada por la humanidad.
En el último siglo,
poco después de la publicación de El origen de las especies, Engels sostuvo la
idea del origen animal del hombre y mostró, al mismo tiempo, que éste difería
en forma profunda de sus antepasados animales, cuya hominización efec- tuóse cuando
pasaron a la vida en sociedad basada en el traba- jo, y que el paso cambió su
naturaleza y señaló el comienzo de un desarrollo que, contrariamente a lo que
ocurre en los anima– les, no está ya sometido a las leyes biológicas, sino a
leyes nuevas; leyes socio-históricas. [Ver: F. Engels; Dialéctica de la
naturaleza. Ed. Problemas, Buenos Aires, 1947.]
Los últimos
descubrimientos de la antropología permiten afir- mar que el paso del animal al
hombre es un proceso muy largo que comprende toda una serie de estadios. El
primero de éstos es el de la preparación biológica del hombre. Comienza a fines
del terciario y llega hasta los comienzos del cuaternario. Los irecciónecos,
que vivían en ese período, eran animales que andaban de manera vertical al modo
de la vida gregaria; em- pleaban útiles groseros y no trabajados. Probablemente
cono- cían algunos medios rudimentarios para comunicarse entre ellos. En este
estadio aún reinaban, únicas, las leyes de la bio- logía.
El segundo estadio
importante, que comprende una serie de grandes etapas, puede considerarse como
el del paso al hom- bre. Va desde la aparición del pitecántropo hasta la época
del hombre de Neanderthal, inclusive. En este período es cuando aparecen algunos
útiles, así como formas embrionarias de tra- bajo y de sociedad. La evolución
del hombre continúa sometida a las leyes biológicas, es decir, se manifiesta,
como antes, por modificaciones anatómicas transmitidas de generación en gene-
ración bajo la acción de la herencia. Pero al mismo tiempo se advierten algunos
elementos nuevos. Se trata de cambios en la estructura anatómica humana que
interesan al ireccio, los ór- ganos de los sentidos, las manos y los órganos
vocales. Estos cambios se producen, pues, bajo la creciente influencia del
trabajo y de los intercambios verbales que aquéllos engendran. En resumen, el
desarrollo biológico del hombre se cumple bajo la influencia del desarrollo de
la producción. Pero la produc- ción es, desde su comienzo, un proceso social
que se desarrolla según sus propias leyes objetivas, que son leyes
sociohistóricas.
Por eso la biología
se “inscribe” en la estructura anatómica del hombre cuando comienza la historia
de la sociedad humana. Así convertido en sujeto del proceso social del trabajo,
el hom bre evolucionó bajo la influencia de dos tipos de leyes; en pri- mer
lugar, las leyes biológicas, en virtud de las cuales operóse la adaptación de
sus órganos a las condiciones y las exigencias de la producción; en segundo
lugar, por intermedio de esas leyes iniciales, otras leyes -sociohistóricas-,
que rigieron el desarrollo de la producción y los fenómenos engendrados por
ésta.
Subrayemos que
muchos autores contemporáneos estiman que toda la historia del hombre sigue
sometida a esos dos tipos de leyes. En seguida de Spencer hay quienes afirman
que el desa- rrollo de la sociedad -o, como prefieren decir, del medio “su-
praorgánico” (es decir, social)- tiene por único objeto la crea- ción de las
condiciones de existencia particularmente comple- jas, a las que los hombres se
adaptan de manera biológica. Esta hipótesis no resiste el examen. En realidad,
la formación del hombre pasó, además, por otro estadio -el tercero-, en el que
el respectivo papel de las leyes biológicas y sociales sufrió una nueva
modificación. Se trata de la aparición del hombre contemporáneo, el "homo
sapiens". Es el giro capital en la evo- lución humana, que se libera de
modo definitivo de su depen- dencia frente a los cambios biológicos,
necesariamente lentos, hereditariamente transmitidos. En adelante, la evolución
queda sometida, en forma exclusiva, a las leyes sociohistóricas. El an-
tropólogo soviético I. Roguinski describe ese giro de la siguien- te manera:
“De aquel lado de
la frontera, es decir, en el hombre en forma- ción, la actividad de trabajo
estaba íntimamente ligada a la evo- lución morfológica. De este lado de la
frontera, en el hombre contemporáneo, “completamente formado”, la actividad de
tra- bajo se efectúa independientemente de la evolución morfológi- ca.” “26 [L
Roguinski y M. Levin, Osnovy antropologuii (Los fundamentos de la
antropología), Moscú, 1955.]
Ello significa que
el hombre definitivamente formado ya posee todas las propiedades biológicas
necesarias para que su desa- rrollo sociohistórico posterior sea ilimitado. En
otros términos, el hombre ya no necesita sufrir cambios biológicos hereditarios
para adquirir una civilización cada vez más elevada. De acuer- do con la
expresión de A. Vandel, “la humanidad se ha liberado del despotismo de la
herencia” y puede desarrollarse a un ritmo que el mundo animal no conoce.27 [A.
Vandel, “Le processus de l’hominisation”, en Le phénomène humain, París,
1958.28]
En efecto, durante
las cuatro o cinco decenas de milenios que nos separan de la aparición de los
primeros representantes de la especie horno sapiens, la vida de los hombres ha
sufrido, con un ritmo cada vez más acelerado modificaciones sin prece- dente. Pero
las particularidades biológicas de la especie no se han reformado, o, con más
exactitud, las modificaciones no han traspuesto los límites de las variaciones
reducidas, sin mayor importancia en las condiciones de la vida social.
De ninguna manera
pretendemos que las leyes que rigen la variación y la herencia dejan por
completo de actuar y que la naturaleza del hombre, una vez constituida, no
sufre cambio alguno. El hombre no se ha sustraído del todo al campo de acción
de las leyes biológicas. Y deseamos decir algo más; las modificaciones
biológicas transmisibles por la herencia no de- terminan el desarrollo social e
histórico del hombre y de la humanidad. Este se produce merced a fuerzas que no
son la variación y la herencia biológicas. El biólogo ruso Timiriazev, en su
libro consagrado a la evolución expresó muy bien este pensamiento cuando
escribió:
“La teoría de la
lucha por la existencia se detiene en el umbral de la civilización. Toda la
actividad razonable del hombre está constituida por un combate constante, el
combate contra la lucha por la existencia, para que todas las personas de la
tierra puedan satisfacer sus necesidades, para que no conozcan la privación, el
hambre ni la muerte lenta”...[ K. Timiriazev, Istoricheski metod v biologuii
(El método histórico en biología), Obras escogidas, t. III, Moscú, 1949.]
II
La “hominización”,
como proceso que implica importantes mo- dificaciones en la organización física
del hombre, concluye con el advenimiento de la historia social de la humanidad.
Hoy esta idea ya no parece paradójica. Baste con decir, por ejemplo, que
durante el simposio científico acerca del problema de la “homi- nización”,
llevado a cabo recientemente en París,29 [El autor se refiere al año 1961. (N.
del E.)] fue soste- nida por la mayoría de los especialistas.
Entonces, ¿cómo se
efectúa la evolución de los hombres y cuál es su “mecanismo”? En efecto,
también el hombre y sus condi- ciones de vida han seguido transformándose en el
curso de la historia. Las adquisiciones acumuladas durante la evolución se han
transmitido de generación en generación, que era lo único que podía asegurar la
continuidad del progreso histórico. Y esas adquisiciones han sido, por lo
tanto, fijadas. Pero si ello no pudo ocurrir bajo la acción de la herencia
biológica, como ya vimos, ¿de qué modo puede explicarse la fijación? Pues
porque se produjo de una manera absolutamente nueva, que apareció por primera
vez con la sociedad humana; bajo la forma de fe- nómenos externos de la cultura
material y espiritual. Esta forma particular de fijación y de transmisión a las
generaciones poste- riores de las adquisiciones de la evolución debe su
aparición al hecho de que la actividad del hombre, diferente de la del ani-
mal, es creadora y productiva. Lo cual es cierto, sobre todo, respecto de su
principal actividad; el trabajo.
Los hombres, en su
actividad, no se conforman con adaptarse a la naturaleza. Transforman a esta en
función de sus necesidades en evolución. Inventan objetos capaces de
satisfacerlos, y crean medios para producir estos objetos; herramientas y luego
má- quinas muy complejas. Construyen viviendas, tejen vestidos, producen otros
valores materiales. La cultura espiritual de los hombres se desarrolla con el
progreso de la producción de bienes materiales; sus conocimientos acerca del
mundo circun- dante y acerca de ellos mismos aumentan, y la ciencia y el arte
adquieren vigor. En el curso de esa actividad, sus aptitudes, sus conocimientos
y su habilidad, cristalizan, por así decir, en los productos materiales y
espirituales. Por eso todo progreso en el perfeccionamiento de las
herramientas, por ejemplo, puede considerarse desde este punto de vista, como
el hito de un nue- vo grado en el desarrollo histórico de las aptitudes
motrices del hombre. La gradual complicación de la fonética en las lenguas es,
en este sentido, la encarnación de los éxitos obtenidos en la articulación de
los sonidos y el oído verbales. El progreso de las bellas artes es la
encarnación del desarrollo estético, etc.
En la vida cada
generación comienza en un mundo de objetos y fenómenos creados por las
generaciones precedentes. Asimila estas riquezas con su participación en el
trabajo, en la produc- ción y en las diversas formas de la actividad social que
han cristalizado, que se han encarnado en este mundo. Hasta la capacidad de
emplear un lenguaje articulado sólo de forma, para los representantes de cada
generación, mediante la asimi- lación de una lengua históricamente formada y en
función de sus particularidades objetivas. Lo mismo ocurre con el desarro- llo
del pensamiento y la adquisición de los conocimientos. Nin- guna experiencia
individual, por rica que fuere,- puede irec- cir por sí sola a la formación de
un pensamiento abstracto lógi- co o matemático, o a la formación espontánea del
sistema de conceptos correspondiente. Para ello sería menester no una vida,
sino miles y miles de vidas. De hecho, los hombres sólo pueden adquirir la
facultad de pensar y los conocimientos gra- cias a la asimilación de lo que ya
adquirieron las generaciones anteriores.
La ciencia dispone,
ahora, de la suficiente cantidad de hechos verificados para afirmar que si
algunos niños se desarrollaran desde su más tierna edad al margen de la
sociedad y de los fenómenos engendrados por ésta, permanecerían en el nivel
animal. No sólo no adquirirían la palabra ni el pensamiento, sino que además
sus movimientos no tendrían nada humano. Baste decir que ni siquiera poseerían
el andar erecto propio del ser humano. Y se conocen algunos casos a la inversa.
Trátase de niños provenientes de poblaciones que se encuentran en el más bajo
nivel de desarrollo económico y cultural; se les ha educado, desde muy
temprano, en medio de una civilización avanzada. Y se han formado todas las
aptitudes necesarias para integrarse a ésta. He de referirme al ejemplo que
cita H. Pié- ron.30 [H. Piéron, De l'actinie a l'homme, v. 2, P.U.F., París,
1959] Los guayaquiles, una tribu del Paraguay, pertenecen a una de las
poblaciones más atrasadas que en la actualidad se conocen. A su modo de vida se
le ha dado el nombre de civili- zación “de la miel” porque uno de los medios de
existencia es la búsqueda de la miel silvestre. Es muy difícil entrar en
contacto con ellos, pues carecen de un irecci fijo. Apenas se les acerca un
extraño huyen a la selva. No obstante, pudo atraerse a uno de sus niños, de
siete años. Esto permitió conocer su lengua, que se consideró extremadamente
primitiva. Más tarde, el etnó- logo francés Vellard encontró una chiquilla de
dos años más o menos en un campamento abandonado. Su educación confióse a la
madre del científico. Al cabo de veinte años (1958), su ni- vel intelectual en
nada se distinguía del de una europea culta. Ahora es etnógrafa y habla el
francés, el español y el portu- gués.
Estos ejemplos y
muchos otros muestran con claridad que las aptitudes y propiedades que
caracterizan al hombre no se transmiten a título de herencia biológica, sino
que se forman en el curso de la vida merced a la asimilación de la cultura
creada por las generaciones precedentes. De ahí que todos los hom- bres
contemporáneos (normales, se entiende), cualquiera que sea el grupo étnico a
que pertenezcan, posean las posibilidades adquiridas a raíz de la formación del
hombre, que permiten, si se cuenta con las condiciones necesarias, el
desarrollo que el mundo animal conoce.
Pude decirse que
cada individuo, tomado aparte, aprende a convertirse en hombre. Para vivir en
sociedad no le basta con lo que la naturaleza le otorga al nacer. Debe asimilar
lo que ha alcanzado la humanidad en el curso de su desarrollo ‘histórico.
El individuo halla
en sí todo un océano de riquezas acumuladas a lo largo de los siglos por
innumerables generaciones de hom- bres, que en nuestro planeta son los únicos
seres creadores. Las generaciones desaparecen y se suceden, pero lo que crean
pasa a las siguientes, que, a su vez, multiplican y perfeccionan la herencia de
la humanidad.
Marx fue quien
primero suministró un análisis teórico de la naturaleza social del hombre y de
su evolución socio-histórica. Escribe: “Cada una de sus relaciones [del hombre]
humanas con el mundo -la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto, el pen-
samiento, la contemplación, el sentimiento, la voluntad, la acti- vidad, el
amor- en resumen, todos los órganos de su indivi- dualidad son, de inmediato,
sociales; son, en su comportamien- to objetivo o en su relación con el objeto,
la apropiación de éste, de la realidad humana”.31 [C. Marx, Manuscrita del
1844, Ed. Sociales, 1962, p. 91.] Estas líneas tienen más de un siglo, pero
constituyen la más profunda reflexión que nunca se haya hecho acerca de la
verdadera naturaleza de las aptitudes humanas, o como decía Marx, de las “fuerzas
esenciales del hombre”.
III
El problema de la
evolución del hom“re, considerado en su vincula”ión con el de la cultura
social, plantea toda una serie de problemas. Trátase en primer término, de
definir en qué consiste la asimilación por parte del individuo de los
resultados del desarrollo de la sociedad, y cómo se produce. Ya hemos visto que
la experiencia sociohistórica de la humanidad se acumula en forma de fenómenos
del mundo exterior objetivo. Este último -el mundo de la industria, de la
ciencia y del arte -expresa la verdadera historia de la naturaleza humana, el
re- sultado de su transformación histórica. El mundo es quien le entrega al
hombre lo que es humano. Pero ¿en qué consiste el proceso de asimilación del
mundo creado por la historia humana, proceso que es, al mismo tiem- po el de la
formación en el hombre de las facultades específi- camente humanas?
En primer lugar hay
que subrayar que este proceso siempre es activo. Para asimilar los objetos o
los fenómenos creados por la historia es necesario desplegar una actividad que
de alguna manera reproduce en sí los rasgos esenciales de la evolución encarnada,
acumulada en el objeto mismo.
A fin de hacerme
comprender tomaré un ejemplo muy sencillo; ¿cómo aprender a valerse de una
herramienta?
La herramienta es
el producto de la cultura material que posee, en la forma más evidente y
material, los principales rasgos de las creaciones humanas. No es sólo un
objeto poseedor de de- terminada forma y de ciertas propiedades físicas; es, al
mismo tiempo, un objeto social en el que se han concretado y fijado operaciones
de trabajo históricamente elaboradas. La presencia de esos rasgos sociales y al
mismo tiempo ideales la diferencian de las “herramientas” que emplean los
animales y con las que también ejecutan ciertas operaciones. Los monos, por
ejemplo, pueden aprender a valerse de un palo para alcanzar la fruta.
Pero estas
operaciones no se fijan en herramientas como futu- ros encargados permanentes
de tales operaciones. Una vez que el palo ha cumplido su misión en la mano del
mono vuélvese indiferente para éste. Por eso los animales no conservan sus “herramientas”
y no las transmiten de una generación a otra. No pueden pues, efectuar esa “acumulación”
de las funciones que caracteriza a la cultura (J. Bernal).32 [J. D. Bernal,
Science in History, Londres, 1954.] Esto explica, igualmente, por qué los
animales no pueden asimilar el empleo de sus “he- rramientas”; el empleo de la
misma no forma una nueva opera- ción motriz; está sometido a los movimientos
naturales e instin- tivos en el sistema a que se integra.
Por el contrario,
el empleo de las herramientas por el hombre tiene un carácter completamente
distinto. La mano forma parte del sistema -desarrollado en el curso de la
historia social- de las operaciones encarnadas por la herramienta, y está
sometida a ella. Con la asimilación de la utilización de las herramientas, el
hombre modifica sus movimientos naturales e instintivos y adquiere, en el curso
de su vida, nuevas facultades motrices más perfeccionadas. “Para un individuo
-escribe Marx- asimi- lar el empleo de cierto conjunto de herramientas equivale
a desarrollar cierto número de aptitudes.”
Asimilar el empleo
de una herramienta significa, por lo tanto, para el hombre asimilar las
operaciones motrices encargadas en esa herramienta. Este proceso es, al mismo
tiempo, el de la formación en el hombre de aptitudes nuevas y superiores -lo
que se denomina funciones psicomotrices que humanizan su campo motor. Esto es
igualmente cierto en lo que atañe a la asimilación de los fenómenos en el campo
de la cultura espiri- tual. Así, aprender una lengua no es sólo aprender a
efectuar con palabras las operaciones históricamente fijadas en su signi-
ficación, es también asimilar la fonética del lenguaje que se produce al
aprender las operaciones que realizan la constancia del sistema fonológico
objetivo de esa lengua. En el curso de esos procesos el hombre adquiere sus
funciones de articulación y de locución-audición, así como la actividad
cerebral central que los fisiólogos llaman “segundo sistema de señalización”
(Pavlov).
Todos estos rasgos
psicofisiológicos no son innatos sino que los forma el lenguaje. Si conocéis
los rasgos específicos de la len- gua, podéis estar seguros de describir
algunos de ellos sin ne- cesidad de efectuar una investigación. De modo que si
sabéis que la lengua materna de un grupo de individuos pertenece a la categoría
tonal, podéis estar seguros de que todos poseen una audición tonal muy
desarrollada (Taylor, Leontiev, Guip- penreuter).33 [J. G. Taylor, “Towards a
science of mind”, en Mind, v. LXVI, n.° 264, 1957; A. Leontiev H.
Guippenreuter, “La influencia de la lengua materna en la formación del oído”
(en ruso), en Doklady Akademii Pedagoguicheskij naúk, 1952, 2.]
Lo que caracteriza
sobre todo la asimilación (o la apropiación) de la cultura es, por
consiguiente, el hecho de que crea en el hombre nuevas aptitudes, nuevas
funciones intelectuales. Gra- cias a eso difiere de modo fundamental del
aprendizaje animal. En tanto que este último es el resultado de una adaptación
in- dividual del comportamiento de la especie a condiciones de existencia
cambiantes y complejas, la asimilación es para el hombre un proceso de
reproducción, en las aptitudes del indi- viduo, de las propiedades
históricamente formadas de la espe- cie humana. Un autor moderno tiene absoluta
razón cuando dice, a este propósito, que el animal se limita a desarrollar su
naturaleza, mientras que el hombre construye en forma activa la suya.
¿De qué modo puede
ser posible este proceso en el plano fisio- lógico? ¿Cómo se desarrolla?
Estamos ante un problema muy difícil. Por una parte los hechos muestran que las
aptitudes y las funciones que se han desarrollado en el curso de la historia
social de la humanidad no se ha fijado en el cerebro de los hombres y no se
transmiten bajo la acción de las leyes de la herencia. Por otra parte, es del
todo evidente que ninguna apti- tud o función puede ser nada más que la función
de un o de un conjunto de órganos. Uno de los éxitos más importantes de la
investigación fisiológica y psicológica de nuestra época es haber hallado la
solución de esta contradicción.
Desde los trabajos
de Wundt nos encontramos con la idea de que el carácter específico de la
actividad puede explicarse por el hecho de que se basa, no en las funciones
fisiológicas ele- mentales del cerebro, sino en las combinaciones formadas en
el curso de desarrollo individual. [W. Wundt, Grundzüge der physiologischen
Psychologie, Bd. I, 1908.35] Pavlov dio un paso nuevo y decisivo en la solución
del problema al descubrir el principio del trabajo de los sistemas de los
grandes hemisferios cerebra- les. [Pavlov, Dvatsatitetnii opyt (Veinte años de
experiencia), en Obras Com- pletas, t. III, libro I, Moscú, 1951.] A. Ujtomski,
contemporáneo de Pavlov formuló la idea de que había órganos fisiológicos o
funcionales especiales en el sistema nervioso: “Tenemos la costumbre de pensar
que un órgano es algo morfológicamente constante [...] No creo que eso sea del
todo necesario. Estaría de acuerdo con el espíritu de la ciencia moderna
estimar que no es obligatorio.” 36. [A. Ujtomski, Dominanta Kak factor
povedenia (La dominante como fac- tor del comportamiento), en Obras, t. I,
Leningrado, 1950.]
¿Qué son los
órganos funcionales del cerebro? Son órganos que funcionan de la misma manera
que los habituales, morfológi- camente permanentes. La diferencia estriba en
que son neofor- irecció aparecidas durante el desarrollo individual (ontogené-
tico). Constituyen el sustrato material de las aptitudes y funcio- nes
específicas que se forman cuando el hombre asimila el mundo de los objetos y de
los fenómenos creados por el hom- bre, es decir, las obras de la cultura. Hoy
por hoy sabemos lo bastante de las particularidades y los mecanismos formadores
de esos órganos para crear sus “modelos” experimentales en el laboratorio. Por
otra parte, podemos representamos con más claridad en quése ha expresado la
hominización del cerebro, qué ha permitido el desarrollo ulterior del hombre a
las leyes sociohistóricas, y por consiguiente, acelerarlo de modo conside-
rable; se ha expresado por el hecho de que la corteza cerebral, con sus quince
mil millones de células nerviosas, se ha conver- tido en un órgano capaz de formar
a su vez órganos funciona- les.
IV
Hasta aquí hemos
considerado el proceso de asimilación como el resultado de la actividad del
individuo respecto de los obje- tos y fenómenos del mundo circundante creado
por el desarro- llo de la cultura humana. Hemos dicho que esta acción debe ser
adecuada, vale decir, que debe reproducir los rasgos de la actividad humana que
ha cristalizado (acumulada) en el objeto o el fenómeno dado, o, con más
precisión, en los sistemas que forman. ¿Podemos deducir de ello que esa
actividad adecuada se forma en el hombre o en el niño bajo la influencia de los
objetos o de los fenómenos en sí? Semejante conclusión sería evidentemente
falsa. El hombre no está simplemente a solas con su medio circundante. Sus
relaciones con el mundo son siempre mediatizadas por sus relaciones con los
demás hom- bres. Su actividad siempre está inserta en una comunicación, aun
cuando esté exteriormente solo. Esta comunicación, ya sea en su forma exterior
original de actividad en común, o como cambios verbales, o simplemente
mentales, es la condición ne- irecci y específica de la vida del hombre en
sociedad. Es tam- ire la condición necesaria para la formación en el niño, en
todo individuo, de una actividad adecuada, que de alguna ma- nera implican en
sí los objetos y los fenómenos que fijan las adquisiciones de la cultura
material y espiritual de la humani- dad. La comunicación es pues la segunda
condición necesaria para la asimilación. Constituye su “mecanismo” exterior.
Expresemos eso
mismo con otros términos. Las adquisiciones del desarrollo histórico de la
humanidad no son simplemente dadas al hombre en los fenómenos objetivos de la
cultura mate- rial y espiritual que las encarnan; sólo le son ofrecidas en
ellos. Para asimilarlas, para hacer de ellas sus propias aptitudes, los “órganos
de su individualidad”, el niño debe entrar en relación con los fenómenos del
mundo circundante por medio de otros hombres, es decir, debe comunicarse con
ellos. Debido a este proceso, el hombre hace el aprendizaje de una actividad
ade- cuada. Este proceso es, por consiguiente, debido a su función, un proceso
de educación.
Por supuesto, puede
el proceso revestir formas muy diversas.
En un comienzo, en
las primerísimas etapas del desarrollo de la sociedad humana, tal cual como en
los niños muy pequeños, es una simple imitación de los actos del contorno, pero
que se operan bajo su control y con su intervención. Luego, ello se torna más
complejo y especializado. Aparecen formas como la educación escolar, distintos
géneros de instrucción superior, y por último, la autoeducación. Pero lo
esencial consiste en que el proceso es obligatorio, porque de otra manera la
transmisión de las adquisiciones del desarrollo social e histórico de la hu-
manidad a las generaciones siguientes sería imposible, y esto haría imposible
la continuidad de la historia.
Para ilustrar esta
idea tomaré un ejemplo sacado del libro de Henri Piéron que cité antes. Si a
nuestro planeta le ocurriera una catástrofe a la que sólo sobrevivieran los
niños pequeños, el género humano no desaparecería, pero la historia de la hu-
manidad se vería inevitablemente interrumpida. Los tesoros de la cultura
continuarían materialmente existiendo, pero no habría quien les descubriera su
uso a las jóvenes generaciones. Las máquinas quedarían inactivas, los libros no
serían leídos, las producciones artísticas perderían su función estética. La
historia de la humanidad debería recomenzar por el principio.
El progreso de la
historia es, por lo tanto, imposible sin la transmisión activa de las
adquisiciones de la cultura humana a las generaciones nuevas; es imposible sin
la educación.
Cuanto más progrese
la humanidad, más ricos serán los resulta- dos acumulados por la práctica
social e histórica, y más impor- tante será el papel de la educación, así como
más compleja su tarea. Por eso toda etapa nueva en el desarrollo de la humani-
dad, como en el de todo pueblo en particular, requiere de mo- do inevitable una
etapa nueva en el desarrollo de la educación de las generaciones en ascenso. La
sociedad concede más tiempo al período de formación, y aparecen
establecimientos de enseñanza. La instrucción adquiere formas especializadas, y
se diferencian las profesiones del educador y el docente. Se enriquecen los
programas, se mejoran los métodos de enseñan- za, y la ciencia pedagógica se
desarrolla. El lazo entre el pro- greso histórico y el de la educación es tan
fuerte, que se puede definir el nivel de la educación por el del desarrollo
histórico de la sociedad, y viceversa.
La educación, el
aprendizaje y la instrucción, así como historia, sus rasgos específicos y lo
que se aguarda de ellos en la época contemporánea; todo forma un tema
particular, muy vasto, por lo demás. Claro está que no puedo examinarlo en sus
detalles. Mi finalidad ha consistido sólo en mostrar el papel de la educa- ción
(considerada en su acepción amplia) en el desarrollo de la humanidad. Pero ello
no agota, desde luego, el problema del hombre y la cultura. Otros problemas se
plantean. Uno de los más importantes es el de la desigualdad cultural entre los
pue- blos, y a él paso de inmediato.
V
Hasta ahora hemos
examinado el desarrollo de un individuo humano que llega indefenso al mundo y
que sólo posee al na- cer nada más que una aptitud que lo hace fundamentalmente
distinto de sus antepasados animales: la capacidad de formarse aptitudes específicamente
humanas. Si no está desprovisto de disposiciones innatas que lo individualicen
y signen su desarro- llo con su tilde, aquello no se expresa de modo directo en
el contenido o el nivel de su desarrollo intelectual, sino sólo en algunos
rasgos especiales, principalmente dinámicos de su acti- vidad; tal es el caso,
por ejemplo, de los tipos congénitos de actividad nerviosa superior.
Por otra parte, ya
vimos cuál es la única fuente verdadera que le permite al hombre desarrollar
sus poderes y aptitudes que resultan del desarrollo histórico y social. Son los
objetos que contienen en sí la actividad de las generaciones anteriores, que son
el resultado del desarrollo intelectual de la especie humana, del desarrollo
del hombre en cuanto a ser genérico (Marx).
Pero también este
concepto contiene cierta abstracción científi- ca, del mismo modo que los
conceptos de “humanidad, “cultura humana”, “genio humano”. Cierto es que
podemos representar- nos las conquistas inagotables del desarrollo de la
humanidad, que han multiplicado miles y miles de veces las fuerzas físicas e
intelectuales del hombre, o bien los conocimientos acumulados por el hombre y
que penetran los más recónditos secretos del universo, o bien las obras de
arte, que elevan los sentimientos. Pero ¿están estas adquisiciones al alcance
de todos los hom- bres? No; sabemos muy bien que no es así, que a menudo son,
para muchos de ellos, inalcanzables.
A esta altura debo
retomar el paralelo entre la evolución irec- gica y el progreso histórico,
entre la naturaleza animal y la del hombre.
La perfección de la
adaptación de los animales al medio, y la “sabiduría”, la riqueza y la
complejidad de sus instintos y de su comportamiento son impresionantes. Todo
ello proviene de su evolución específica, de la acumulación de la especie.
Claro está que parecería muy poca cosa en comparación con el desa- rrollo
histórico del hombre; pero si se hace abstracción de las pequeñas variaciones
individuales sin importancia, esas adqui- siciones son el hecho de todos los
individuos de una especie determinada, y al naturalista le basta con estudiar
uno o varios de éstos para tener una noción correcta de la especie en su
conjunto. Para el hombre la situación es totalmente diferente. La unidad de la
especie humana parece que no existiera. Esto no deriva, desde luego, de las
diferencias en el color de la piel, la forma de los ojos ni otros rasgos
puramente exteriores, sino de las grandes diferencias que existen en las
condiciones y los modos de vida, la riqueza de la actividad material y mental
de los hombres y el nivel de desarrollo de sus fuerzas y aptitudes
intelectuales.
Si un ser
inteligente llegado de otro planeta describiera, al visi- tar la Tierra, las
aptitudes físicas, mentales y estéticas, las cuali- dades morales y las
particularidades del comportamiento de la gente que vive en las distintas
regiones y países del mundo y que irección a distintas clases o capas sociales,
apenas podría creer que se trata de individuos de una sola y misma especie. La
desigualdad no estriba en diferencias biológicas naturales. Es creada por la
desigualdad económica, la desigualdad de clase y la diversidad consecutiva de
las relaciones que las vinculan a las adquisiciones que encarnan el conjunto de
las fuerzas y de las aptitudes de la naturaleza humana formadas en el curso del
proceso sociohistórico.
El hecho de que
estas adquisiciones se fijen en los productos objetivos de la actividad humana
cambia de modo total, como hemos visto, el tipo mismo del desarrollo. Este se
evade de la dominación de las leyes biológicas, se acelera y ve cómo se le
abren prespectivas inimaginables en las condiciones de una evolución que haya
madurado por las leyes de la variación y la herencia. Pero este mismo hecho
conduce a que los resultados del desarrollo histórico puedan separarse de los
hombres, que son sus creadores. Esta separación adquiere, en primer término,
una forma práctica que es la de la alienación económica de los medios de
elaboración y de los productos del trabajo frente a los productores inmediatos.
Lo cual comienza con el principio de la división social del trabajo, de las
formas de propiedad privada y de la lucha de clases.
La causa estriba,
pues, en las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad, independientes de
la conciencia y de la voluntad de los hombres.
La división social
del trabajo transforma el resultado del trabajo en un objeto de cambio, y este
hecho modifica de modo radical la relación entre el obrero y el producto que
éste ha fabricado. Este último, aunque haya sido fabricado por el hombre, pierde
su carácter completamente impersonal y comienza a tener una existencia especial
independiente del hombre; es una mercan- cía. Al mismo tiempo, la división
social del trabajo induce a una situación en la que la actividad intelectual y
material, el goce y el trabajo, la producción y la consumición están separados
en- tré sí y corresponden a diferentes personas. Por eso, mientras en la
actividad global de los hombres se hace cada vez más rica y diversificada, la
de cada individuo, considerado aparte, ad- quiere un carácter limitado y se
empobrece. La limitación y el empobrecimiento pueden tornarse extremos cuando
un obrero, por ejemplo, gasta todas sus fuerzas en efectuar una operación
cualquiera y única que se repite de manera continua miles y miles de veces.
En el capitalismo,
hasta esta actividad limitada y unilateral es enajenada del hombre, como si
perdiera la riqueza de su con- tenido. Los obreros fabrican máquinas, palacios,
libros, etc., se convierten para ellos en cierto número de productos de primera
necesidad. No ocurre de modo distinto, desde este punto de vista, en el otro
polo social del capital. Para el capitalista, la empresa que él posee no es una
empresa que produzca tal o cual mercancía, sino una empresa que produce
ganancia. Por eso está dispuesto a producir cualquier cosa, inclusive los me-
dios de destrucción más terribles cuya utilización pueda tener consecuencias
que recaigan también sobre él.
En tales
condiciones, todo toma, a los ojos de los hombres, un doble carácter, una doble
faz; lo que adquiere rasgos de limita- cion y de “desintegración” es, no sólo
el mundo de los fenóme- nos que los rodean y que ellos mismos han creado, sino
tam- ire su propia actividad y su propia conciencia.
Igualmente se
asiste al mismo tiempo a la concentración de la cultura espiritual. Aunque las
creaciones de esta última parece que existieran para todos, sólo una ínfima
minoría dispone del tiempo y de las posibilidades materiales necesarias para
obtener la instrucción deseable, enriquecer en forma sistemática sus
conocimientos y dedicarse al arte. La inmensa mayoría de la población, sobre
todo en el campo, debe conformarse con el mínimo de desarrollo cultural que
necesita la producción de los valores materiales dentro del marco de las
funciones de trabajo que le han sido impuestas.
Como la minoría
dominante posee no sólo los medios de pro- ducción material sino también la
mayor parte de los medios de producción y de difusión de la cultura espiritual,
que ella se esfuerza porque sirvan a sus intereses, se produce una estratifi-
cación de la cultura en sí. Si en el campo de la ciencia que ase- gura los
progresos de la tecnología, se asiste a un rápido au- mento de los
conocimientos positivos, en el de las ideas sobre el hombre y la sociedad, su
naturaleza y carácter, las fuerzas que los mueven y sus perspectivas, así como
en el campo de los ideales estéticos y morales, el desarrollo se produce de
acuerdo con los lineamientos totalmente distintos. Por una par- te, se observa
la acumulación de valores intelectuales (concep- ciones, conocimientos e
ideales) que encarnan lo que es verda- deramente humano en el hombre y que
alumbran los caminos del progreso histórico. Esta línea refleja los intereses y
las aspi- raciones de la mayoría. Por otra parte, otra línea procura crear
concepciones cognoscitivas, morales y estéticas que sirvan los intereses de las
clases dirigentes y que justifiquen y perpetúen el sistema social existente;
que además aparten a las masas de su lucha por la justicia, la igualdad y la
libertad, y que ador- mezcan y paralicen su voluntad. El choque de estos dos irec-
mientos engendra lo que se llama la lucha ideológica.
De modo que el
proceso de alienación causado por el de- sarrollo de la división social del
trabajo y las relaciones de pro- piedad privada, no sólo han apartado a las
masas de la cultura espiritual, sino que también han dividido a esta misma
cultura en elementos progresistas y democráticos, que sirven al progre- so de
la humanidad, y en elementos que obstaculizan el pro- greso cuando penetran en
las masas y que forman el contenido de la sociedad.
La concentración y
la estratificación de la cultura se producen no sólo dentro de cada país o
nación. La desigualdad del desa- rrollo cultural es aún más evidente si se la
considera a escala mundial, a escala de toda la humanidad.
Precisamente esta
desigualdad es la que más se utiliza para justificar la división de los hombres
en razas “inferiores” y “supe- riores”. En este sentido, los esfuerzos más
grandes se cumplen en los países donde las clases dirigentes tienen particular
inte- rés en justificar, en el plano ideológico, su derecho a someter a los
pueblos atrasados desde el punto de vista económico y cul- tural. No ha de
imputarse al azar el hecho de que el país en donde primero se procuró demostrar
que estos pueblos se en- cuentran en un nivel biológico diferente y pertenecen
a una variedad humana particular (subespecie) fue Inglaterra (La- wrence, G.
Smith y, en la segunda mitad del siglo pasado, G. Kent y sus discípulos).
Tampoco se debió al
azar que se comprobara un fuerte au- mento de la propaganda racista en Estados
Unidos en un mo- mento en que nacía el movimiento por la liberación de los ne-
gros. He aquí lo que a este respecto escribía el demócrata revo- lucionario ruso
Chernishevki (1828-1889):
“Cuando los colonos
de los Estados del Sur empezaron a temer por su posición de propietarios de
esclavos, las teorías en favor de la esclavitud tomaron con rapidez la forma
que necesitaba su lucha contra las ideas del partido que los amenazaba... En el
plano de la palabra, de la prensa y de la ciencia dispusieron de fuerzas tan
considerables que enseguida se continuaron en el plano militar”. [N.
Chernishevski, O rassaj (Acerca de las razas), en Obras Escogidas, t. X, Mosc”,
1951.] Se sabe, por último, que con el aumento de las pretensiones
colonialistas de Alemania el racismo militante con- virtióse cada vez más en la
ideología de sus medios militaristas, hasta alcanzar su forma extrema en el
fascismo.
Dos tipos de
argumentos se utilizan para darle apariencia cientí- fica a la supuesta
imperfección natural de las razas “inferiores”: los que atañen a la morfología
comparativa y los de orden ge- nético.
A la primera
categoría pertenecen las insistentes tentativas de demostrar la presencia de
diferencias anatómicas en el cerebro de los hombres que pertenecen a diferentes
razas. Pero estas tentativas han fracasado de modo infalible. Así es como, por
ejemplo, el volumen medio del cerebro de ciertas tribus negras ha demostrado
ser, con motivo de investigaciones muy minu- ciosas, superior al volumen medio
del cerebro de los blancos (escoceses). Igual es la situación por lo que hace
al resultado de las investigaciones acerca de las particularidades de la es-
tructura fina del cerebro. A este respecto, los hechos que men- ciona O.
Klineberg en su libro sobre la psicología social [O. Klineberg, Social
Psychology, Nueva York, 1954.] son característicos: Bean, un colaborador del
Instituto de Anatomía de la Universidad norteamericana John Hopkins, había
publica- do el resultado de experiencias que mostraban que las partes frontales
de la corteza cerebral de los negros eran relativamente menos desarrolladas que
las de los blancos, y que el cerebro de los negros poseía ciertas
particularidades estructurales que ve- nían a confirmar “el hecho establecido”,
según la expresión de Bean, de la inferioridad intelectual de los negros. Como
a Mall, director del citado Instituto, no lo convencían los argumentos de Bean,
investig” por su cuenta en la misma colección de c e- rebros, pero sin saber, a
diferencia de B”an, cuáles pertenecían a negros y cuáles a blancos. Así que
Mall y sus colaboradores los clasificaron en dos grupos según los caracteres
indicados por el propio Bean, y así que determinaron luego la raza de los
individuos a que pertenecía cada uno de los cerebros, compro- bóse que la
distribución en aquellos dos grupos era casi idénti- ca. Las conclusiones de
Bean quedaron, pues, invalidadas. “Es probable -subraya Klineberg- que, seguro
de encontrar sig- nos de inferioridad en los negros y sabedor, además, de los
individuos a que pertenecían los cerebros, Bean “descubriese” entre ellos una
diferencia que, de hecho, no existía.”
Consideremos ahora
los argumentos de tipo genético. Su análi- sis es particularmente interesante,
porque atañe de modo direc- to al problema del desarrollo cultural desigual de
los diferentes pueblos. Están basados en la hipótesis del “poligenetismo”. Este
se limita a decir que las razas humanas tienen orígenes inde- pendientes, esto
es, que provienen de diferentes antepasados. Así se explica una presunta
diferencia insuperable entre ellas no sólo para el nivel ya alcanzado sino
además para las posibi- lidades de desarrollo posterior. Pero el progreso de la
paleonto- logía humana ha hecho cada vez menos verosímil esta teoría, y la
mayoría de los científicos contemporáneos adoptan una po- irecc opuesta a ella.
Admiten el origen común de todas las razas, que sólo son desde el punto de
vista biológico, va riantes de una sola especie; el homo sapiens. Esto es lo
que muestra sobre todo, el hecho de que los caracteres raciales sean muy poco
fundamentales y varíen fuertemente, y eso es lo que ex plica que el límite
entre las diferentes razas no sea muy preciso y que haya entre ellas una
imperceptible gradación. Los datos actuales muestran que en ciertas
condiciones, como por ejem- plo una migración a otras regiones geográficas,
algunos de esos caracteres raciales pueden modificarse de modo harto sensible
en el lapso de una sola generación. Otra prueba del origen común de las razas
humanas la da el hecho de que ciertos ca- racteres raciales tomados por
separado, cuyo conjunto constitu- ye la especificidad de la raza, se encuentran
en diferentes com- binaciones en individuos de diferentes razas. Por último y
esto tiene especial importancia, las principales particularidades del hombre
contemporáneo “acabado” (el alto nivel de desarrollo del cerebro y las
relaciones correlativas entre los huesos cra- neanos y faciales, la estructura
característica de la mano, las particularidades del esqueleto adaptado al andar
erecto, el débil desarrollo del sistema piloso, etc.), son comunes a todas las
razas humanas sin excepción.
Hay motivos para
pensar que las diferencias entre las razas apa- recieron cuando la humanidad
primitiva, al distribuirse sobre la Tierra, se dividió en grupos separados que
luego se desarrolla- ron bajo la influencia de condiciones naturales
diferentes. Así adquirieron determinadas particularidades, que sólo tienen no
obstante, significación adaptativa con relación a los factores naturales
directamente actuantes (por ejemplo, la pigmentación de la piel provocada por
la acción intensa de los rayos solares). El aislamiento de esos grupos reforzó,
naturalmente, la acumu- lacion hereditaria de ese tipo de particularidades
biológicas, porque, como ya dijimos, la acción de las leyes de la herencia no
cesa en forma total, sino sólo en lo que atañe a la consoli- dación y la
transmisión de las adquisiciones sociales e irección de la humanidad. Pero aquí
es, justamente, donde se observan las mayores diferencias.
Resulta evidente
que el relativo aislamiento y la diversidad de las condiciones y circunstancias
del progreso económico y so- cial pudieron crear, en grupos humanos
establecidos en dife- rentes regiones del mundo, cierta desigualdad de
desarrollo. Pero la diferencia enorme que existe entre el nivel material y
cultural de las diversas razas y de los distintos pueblos no pue- de explicarse
sólo por la acción de esos factores. En el curso del desarrollo de la humanidad
se han visto aparecer y desarro- llar con rapidez, en efecto, los medios de
comunicación y los vínculos económicos y culturales entre los pueblos. Esto
debe- ría haber ejercido una acción opuesta, vale decir, provocar un
igualamiento del nivel de desarrollo de los diferentes pueblos y llevar a los
países atrasados al nivel de los más adelantados. Puesto que la concentración
de la cultura mundial no ha hecho, por el contrario, más que reforzarse, de
manera que ciertos pueblos han sido sus principales receptores y. en otros esa
cul- tura ha sido asfixiada, quiere decir que las relaciones entre los países
se han desarrollado, no sobre la base de la igualdad en el derecho, de la
cooperación y de la ayuda mutua, sino sobre la de la dominación del más fuerte
sobre el más débil.
La ocupación de los
territorios, el saqueo de las poblaciones indígenas en los países atrasados y
su posterior esclavitud, la transformación de estos países en colonias; todo
provocó una detención de su desarrollo y una regresión de su cultura. Y ello se
explica por el hecho de que esos pueblos fueron privados de las condiciones
materiales más elementales, indispensables para el desarrollo de su cultura, y
además porque se construye- ron barreras artificiales que los separaron de la
cultura mundial. Por mucho que los colonizadores siempre hayan recubierto sus
verdaderos objetivos con frases acerca de su misión cultural y civilizadora, de
hecho redujeron países enteros a la miseria inte- lectual. Y si alguna vez
llevaron a las colonias ciertos valores culturales, estos fueron siempre
valores ficticios que no repre- sentaban la verdadera cultura, sino sólo la
espuma que navega en la superficie.
La concentración de
la cultura y su apartamiento del hombre se han producido, por consiguiente, no
sólo en la historia de de- terminados países, sino además, bajo una forma aún
más fran- ca, en la historia de la humanidad.
La consecuencia de
esta alienación de la cultura ha sido la for- irecc de un abismo entre las
inmensas posibilidades abiertas por el desarrollo de la humanidad por una
parte, y por otra, la pobreza y las limitaciones que, aunque en diversos
grados, sig- nan el desarrollo del individuo. No obstante, ese abismo no está
destinado a existir por toda la eternidad, como tampoco han de ser eternas las
relaciones socioeconómicas que lo en- gendraron. El problema de su total
desaparición es lo que cons- tituye el contenido del problema acerca de las
perspectivas de desarrollo del hombre.
VI
El problema del
posterior desarrollo del hombre es uno de los que atraen la atención, con igual
intensidad, del antropólogo, del psicólogo y del sociólogo. Para resolverlo se
asiste al cho- que de las mismas concepciones -biológica y sociohistórica- que se
oponen respecto de la naturaleza del hombre y de la solución de los demás
problemas de la antropología histórica. Es evidente que esa oposición no se
desarrolló sólo en un plano puramente abstracto. Ambas concepciones atañen a
pro- blemas sociales importantes y sirven de fundamento a medios radicalmente
opuestos parar resolver aquéllos en la práctica. Los partidarios de la primera
concepción, puramente biologista -que considera el desarrollo del hombre como
un proceso que continúa de modo directo la evolución biológica-, no quieren ver
las modificaciones que se han efectuado en el tipo mismo de su desarrollo,
durante la última etapa de la formación del hombre. Imaginan al hombre futuro
extrapolando, lisa y llanamente, los cambios morfológicos que se produjeron en
los períodos preparatorios y primitivos de la formación humana, y se valen,
también, de la observación de variaciones de caracte- res particulares en el
hombre contemporáneo, que unos consi- deran, sin reserva alguna, como atávicas,
y otros como progre- sivas y proféticas, es decir, como índices de la irección
del desarrollo ulterior.
De tal manera ha
aparecido la idea de la transformación gra- dual del hombre contemporáneo en un
ser nuevo. Distintos autores describen a este ser nuevo -el homo
sapientissimus- de diferentes modos, pero siempre se lo representan de gran
estatura, de cráneo más redondo y mucho más voluminoso que el del hombre
contemporáneo, de rostro pequeño y chato, con un número menor de dientes y pies
de cuatro dedos. Si se con- sideran sus características psíquicas, la principal
sería una inte- ligencia poderosa y refinada. Por el contrario, sus sentidos se
debilitarían. [H. Shapiro, “Man 500.000 years from now., en Journal of the
American Museum of National History, nº. 6, 1933-]
Es evidente que el
aspecto esencial no estriba en estas concep ciones más o menos fantásticas
sobre el hombre futuro, sino sobre el modo de ver las leyes motrices del
desarrollo que se oculta en ellas, así como en las conclusiones, en el espíritu
de “darwinismo social”, que necesariamente se desprenden de aquél. Si se
admite, en efecto, que la evolución del hombre se produce por el desarrollo de
las propiedades concretas de la especie por vía de la herencia, sólo se puede
intervenir en el curso de este proceso gracias a medidas que mejoren esas pro-
piedades hereditarias. Y en esta idea se basa lo que se llama “la eugenética”,
es decir, la teoría del mejoramiento de la especie humana, que fue fundada a
principios de nuestro siglo por F. Galton, autor del libro El genio
hereditario, sus leyes y conse- cuencias. [Fº Galton, Hereditary genius, its
Laws and Consequences, Londres, 1869.]
A fin de conservar
y desarrollar las aptitudes humanas, los eu- genistas solicitan que se tomen
medidas tendientes a impedir que las personas y las razas “inferiores” se
multipliquen y mez- clen con los representantes superiores del género humano.
Proponen que se fomente la reproducción de los representantes de las clases
privilegiadas y de las razas superiores, y por el contrario, que se impida la
de las capas inferiores de la pobla- ción y de los pueblos “de color”. También
afirman que es indis- pensable recurrir a una selección sexual artificial tal
cual se hace para el mejoramiento de las especies de animales domés- ticos. Los
eugenistas más reaccionarios van más lejos y sostie- nen la necesidad de
esterilizar y hasta de suprimir físicamente a las personas “hereditariamente
deficientes” e incluso a pueblos enteros. Han visto en las guerras de
exterminio uno de los me- jores medios para mejorar al género humano. Como se
sabe, estas concepciones bárbaras e inhumanas no han quedado sólo en el papel.
Han hallado su aplicación práctica en los campos nazis de muerte y en los actos
de violencia que cometen los colonialistas racistas contemporáneos. De ahí que
la lucha con- tra esas concepciones y la denuncia de su esencia reaccionaria y
antipopular no sólo tengan una importancia teórica y abstrac- ta; además, son
indispensables para despejarle el camino al triunfo de las ideas de la
democracia, de la paz y del progreso de la humanidad.
El porvenir de la
humanidad es, en verdad, grandioso y está mucho más cerca de lo que creen
aquellos que basan sus espe- ranzas en los cambios de su naturaleza biológica.
Hoy por hoy, está a la vista; es la mañana de la historia de la humanidad.
El hombre no nace
provisto de todas las adquisiciones históri- cas de la humanidad. Aquéllas que
resultan del desarrollo de las generaciones humanas no están encarnadas en él,
en sus disposiciones naturales, sino que se encuentran en el mundo que rodea al
hombre, en las grandes obras de la cultura huma- na. Sólo después de todo un
proceso de apropiación de estas adquisiciones -el cual se desenvuelve en el
curso de su vi- da- puede el hombre adquirir de verdad propiedades y apti-
tudes humanas.
Ese proceso lo
pone, por así decir, sobre los hombres de las generaciones anteriores y lo
ubica muy por encima del mundo animal.
Pero en una
sociedad dividida en clases, las más altas conquis- tas de la humanidad se
encuentran, hasta por el reducido nú- mero de quienes pueden disponer de ellas,
limitadas por la estrechez y el carácter obligatoriamente unilateral de su
activi- dad. En cuanto a la inmensa mayoría de los hombres, la apro- piación de
tales adquisiciones sólo es accesible en una propor- ción miserable. Ya hemos
visto que ese es el resultado del pro- ceso de alienación que se efectúa tanto
en el campo económico como en el cultural de la vida humana. Y hemos visto
también, que la supresión de las relaciones sociales basadas en la explo-
tación del hombre por el hombre -que son las que engendran aquel proceso- es lo
único que puede disipar la alienación y devolverle al hombre, su naturaleza
humana en toda su ple- nitud y su diversidad.
Pero el desarrollo
de todas las actitudes humanas ¿es en el hombre un ideal accesible? Es tan
grande la fuerza del prejuicio clavado en las mentes que atribuye el desarrollo
intelectual del hombre a fuentes internas, que ella induce a considerar ese
desarrollo con la cabeza gacha; la condición para la formación de aptitudes
científicas no sería la asimilación de las adquisicio- nes de la ciencia, sino
que esta asimilación estaría condicionada por las aptitudes científicas; la
condición para el desarrollo del talento artístico no sería la asimilación del
arte, sino que la ad- quisición del arte estaría condicionada por el talento
artístico. De ordinario se recurre a los hechos que muestran la aptitud de unos
y la completa ineptitud de otros para tal o cual actividad.
Ni siquiera se
busca la fuente de estas aptitudes, y existe la costumbre de tomar el carácter
espontáneo de su aparición como una cosa innata. Pero ahora contamos con
pruebas irrefu- tables para demostrar que las aptitudes y en particular
aquéllas cuya índole está muy oculta, como por ejemplo las aptitudes musicales,
aparecen en el curso de la vida. Tal es lo que prueba la experiencia
consistente en proporcionar una educación mu- sical temprana a un gran conjunto
de niños no seleccionados antes. Éxito al ciento por ciento. Y tal es la
experiencia a la que se aplica, hace ya muchos años, M. Kravets en la escuela
musi- cal para niños Chkalov, cerca de Moscú. Análogos resultados ha obtenido
en Japón el pedagogo y psicólogo S. Sudzuki, quien comenzó en 1948 a efectuar
un trabajo experimental sistemático con numerosísimos niños pequeños. Baste con
decir que la orquesta que ha formado se compone de mil pequeños vio- linistas.
[A. Leontiev, .Lo biológico y lo social en el psiquismo humano”, en Voprossy
psijologuii, 1960, 6; S. Sudzuki, Los hombres y el talento (en japonés), Ed.
Kobunsa, 1958.]
El verdadero
problema no consiste, por lo tanto, en las aptitu- des o ineptitudes de las
personas para asimilar la cultura huma- na, para hacer de ellas adquisiciones
de su personalidad y con- tribuir a su enriquecimiento. El verdadero problema
consiste en que cada hombre, en que todos los hombres y todos los pue- blos,
obtengan la posibilidad práctica de tomar el camino de un desarrollo ilimitado.
Tal es el objetivo glorioso que ahora la humanidad, encaminada hacia el
progreso se propone. Este objetivo puede alcanzarse. Pero sólo es posible en
condiciones que puedan realmente liberar a los hombres de la carga de la
necesidad material, suprimir la mutilante división entre el traba- jo manual y
el intelectual y crear un sistema de enseñanza que asegure su desarrollo
multilateral y armonioso, que dé a cada cual la posibilidad de participar, de
un modo creador, en todas las manifestaciones de la vida humana. Y así ha de
ser el hombre de mañana.
FIN
FIN

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