© Libro N° 14306. El Origen Del Hombre. Darwin, Charles. Emancipación. Septiembre 27 de 2025
Título Original: © El Origen Del Hombre. Charles Darwin
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL ORIGEN DEL HOMBRE
Charles Darwin
El Origen Del
Hombre
Charles Darwin
Título: El Origen Del Hombre
Autor: Charles Darwin
Fecha de lanzamiento: 28 de noviembre de 1999 [eBook n.° 2300]
[Última actualización: 27 de diciembre de 2021]
Idioma: Inglés
Codificación del conjunto de caracteres: UTF-8
Producido por: Sue Asscher y David Widger
CONTENIDO
PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN.
Durante las sucesivas reimpresiones
de la primera edición de esta obra, publicada en 1871, pude introducir varias
correcciones importantes; y ahora que ha transcurrido más tiempo, he procurado
aprovechar la ardua prueba por la que ha pasado el libro y he aprovechado todas
las críticas que me parecen acertadas. También estoy enormemente agradecido a
un gran número de corresponsales por la comunicación de una sorprendente
cantidad de nuevos datos y observaciones. Estos han sido tan numerosos que solo
he podido utilizar los más importantes; y de estos, así como de las
correcciones más importantes, adjuntaré una lista. Se han añadido algunas
ilustraciones nuevas y cuatro de los dibujos antiguos han sido reemplazados por
otros mejores, realizados del natural por el Sr. T. W. Wood. Debo destacar
especialmente algunas observaciones que debo a la amabilidad del profesor
Huxley (incluidas como suplemento al final de la Parte I), sobre la naturaleza
de las diferencias entre el cerebro humano y el de los simios superiores. Me ha
complacido especialmente presentar estas observaciones porque durante los
últimos años han aparecido en el continente varias memorias sobre el tema y, en
algunos casos, su importancia ha sido muy exagerada por escritores populares.
Aprovecho esta oportunidad para
señalar que mis críticos suelen asumir que atribuyo todos los cambios en la
estructura corporal y la capacidad mental exclusivamente a la selección natural
de las variaciones que a menudo se denominan espontáneas; mientras que, incluso
en la primera edición de «El origen de las especies», afirmé claramente que
debe atribuirse gran importancia a los efectos hereditarios del uso y el
desuso, tanto en el cuerpo como en la mente. También atribuí cierta cantidad de
modificación a la acción directa y prolongada de las condiciones de vida
cambiantes. También debe tenerse en cuenta la reversión ocasional de la
estructura; no debemos olvidar lo que he llamado crecimiento «correlacionado»,
lo que significa que diversas partes del organismo están conectadas de alguna
manera desconocida, de modo que cuando una parte varía, también lo hacen las
demás; y si las variaciones en una se acumulan por selección, otras partes se
modificarán. Además, varios críticos han dicho que cuando descubrí que muchos
detalles de la estructura humana no podían explicarse mediante la selección
natural, inventé la selección sexual; Sin embargo, presenté un esbozo bastante
claro de este principio en la primera edición de El origen de las especies, y
allí afirmé que era aplicable al hombre. Este tema de la selección sexual se ha
tratado con todo detalle en la presente obra, simplemente porque se me brindó
la oportunidad. Me ha sorprendido la similitud de muchas de las críticas poco
favorables sobre la selección sexual con las que surgieron inicialmente sobre
la selección natural; por ejemplo, que explicaría algunos detalles, pero que
ciertamente no era aplicable en la medida en que la he empleado. Mi convicción
del poder de la selección sexual permanece inquebrantable; pero es probable, o
casi seguro, que varias de mis conclusiones se consideren erróneas en el
futuro; esto es inevitable en la primera aproximación a un tema. Cuando los
naturalistas se familiaricen con la idea de la selección sexual, creo que será
mucho más aceptada; y ya ha sido recibida plena y favorablemente por varios
expertos competentes.
DOWN, BECKENHAM, KENT, septiembre de
1874.
Primera edición 24 de febrero de
1871. Segunda edición septiembre de 1874.
PARTE I. EL DESCENDENCIA U ORIGEN DEL HOMBRE.
CAPÍTULO I.
LA EVIDENCIA DE LA DESCENDENCIA DEL HOMBRE DE UNA FORMA INFERIOR.
Naturaleza de la evidencia relacionada con el origen del hombre — Estructuras
homólogas en el hombre y los animales inferiores — Puntos de correspondencia
diversos — Desarrollo — Estructuras rudimentarias, músculos, órganos
sensoriales, cabello, huesos, órganos reproductivos, etc. — La relación de
estas tres grandes clases de hechos con el origen del hombre.
CAPÍTULO II.
SOBRE LA FORMA DE DESARROLLO DEL HOMBRE A PARTIR DE UNA FORMA INFERIOR.
Variabilidad del cuerpo y la mente en el hombre—Herencia—Causas de la
variabilidad—Las leyes de variación son las mismas en el hombre que en los
animales inferiores—Acción directa de las condiciones de vida—Efectos del
aumento del uso y desuso de las partes—Desarrollo detenido—Reversión—Variación
correlacionada—Tasa de crecimiento—Frena el crecimiento—Selección natural—El
hombre, el animal más dominante del mundo—Importancia de su estructura
corpórea—Las causas que han llevado a que se vuelva erecto—Cambios consecuentes
en la estructura—Disminución del tamaño de los caninos—Aumento del tamaño y
alteración de la forma del cráneo—Desnudez —Ausencia de cola—Condición de
indefensión del hombre.
CAPÍTULO III.
COMPARACIÓN DE LAS CAPACIDADES MENTALES DEL HOMBRE Y LOS ANIMALES INFERIORES.
La enorme diferencia de capacidad mental entre el simio superior y el salvaje
inferior — Instintos comunes — Emociones — Curiosidad — Imitación — Atención —
Memoria — Imaginación — Razón — Perfeccionamiento progresivo — Herramientas y
armas utilizadas por los animales — Abstracción, autoconciencia — Lenguaje —
Sentido de la belleza — Creencia en Dios, agentes espirituales, supersticiones.
CAPÍTULO IV.
COMPARACIÓN DE LAS FACULTADES MENTALES DEL HOMBRE Y LOS ANIMALES INFERIORES
(continuación).
El sentido moral — Proposición fundamental — Las cualidades de los animales
sociales — Origen de la sociabilidad — Lucha entre instintos opuestos — El
hombre, animal social — Los instintos sociales más perdurables vencen a otros
menos persistentes — Las virtudes sociales consideradas exclusivamente por los
salvajes — Las virtudes egoístas adquiridas en una etapa posterior del
desarrollo — La importancia del juicio de los miembros de una misma comunidad
sobre la conducta — Transmisión de las tendencias morales — Resumen.
CAPÍTULO V.
SOBRE EL DESARROLLO DE LAS FACULTADES INTELECTUALES Y MORALES EN ÉPOCAS
PRIMITIVAS Y CIVILIZADAS.
Desarrollo de las facultades intelectuales mediante la selección natural —
Importancia de la imitación — Facultades sociales y morales — Su desarrollo
dentro de la misma tribu — La selección natural y su efecto en las naciones
civilizadas — Pruebas de que las naciones civilizadas fueron en el pasado
bárbaras.
CAPÍTULO VI.
SOBRE LAS AFINIDADES Y LA GENEALOGÍA DEL HOMBRE.
Posición del hombre en la serie animal—El sistema genealógico
natural—Caracteres adaptativos de escaso valor—Diversas pequeñas semejanzas
entre el hombre y los cuadrumanos—Rango del hombre en el sistema natural—Lugar
de nacimiento y antigüedad del hombre—Ausencia de vínculos fósiles—Estadios
inferiores en la genealogía del hombre, inferidos primero de sus afinidades y
segundo de su estructura—Condición andrógina temprana de los
vertebrados—Conclusión.
CAPÍTULO VII.
SOBRE LAS RAZAS DEL HOMBRE.
Naturaleza y valor de los caracteres específicos—Aplicación a las razas del
hombre—Argumentos a favor y en contra de clasificar las llamadas razas del
hombre como especies distintas—Subespecies—Monogenistas y
poligenistas—Convergencia de caracteres—Numerosos puntos de semejanza en cuerpo
y mente entre las razas más distintas del hombre—El estado del hombre cuando se
extendió por la tierra—Cada raza no desciende de una sola pareja—La extinción
de las razas—La formación de las razas—Los efectos del cruzamiento—Leve
influencia de la acción directa de las condiciones de vida—Leve o nula
influencia de la selección natural—Selección sexual.
CAPÍTULO VIII.
PRINCIPIOS DE LA SELECCIÓN SEXUAL.
Caracteres sexuales secundarios—Selección sexual—Modo de acción—Exceso de
machos—Poligamia—Solo el macho se modifica generalmente mediante selección
sexual—Afán del macho—Variabilidad del macho—Elección ejercida por la
hembra—Selección sexual comparada con la selección natural—Herencia en períodos
correspondientes de la vida, en estaciones correspondientes del año y según lo
limitado por el sexo—Relaciones entre las diversas formas de herencia—Causas
por las que un sexo y las crías no se modifican mediante selección
sexual—Suplemento sobre los números proporcionales de los dos sexos en todo el
reino animal—La proporción de los sexos en relación con la selección natural.
CAPÍTULO IX.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS EN LAS CLASES INFERIORES DEL REINO ANIMAL.
Estos caracteres están ausentes en las clases inferiores: colores brillantes;
moluscos; anélidos; crustáceos; caracteres sexuales secundarios muy
desarrollados; dimorfismo; color; caracteres no adquiridos antes de la madurez;
arañas; colores sexuales; estridulación en los machos; miriápodos.
CAPÍTULO X.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LOS INSECTOS.
Estructuras diversificadas que poseen los machos para capturar a las hembras.
Diferencias entre los sexos, cuyo significado se desconoce. Diferencia de
tamaño entre los sexos. Tisanuros. Dípteros. Hemípteros. Homópteros: facultades
musicales exclusivas de los machos. Ortópteros: instrumentos musicales de los
machos, muy diversificados en su estructura; pugnacidad; colores. Neurópteros:
diferencias sexuales en el color. Himenópteros: pugnacidad y olores. Coleópteros:
colores; provistos de grandes cuernos, aparentemente como adorno; batallas;
órganos estriduladores generalmente comunes a ambos sexos.
CAPÍTULO XI.
INSECTOS, continuación. ORDEN LEPIDOPTERA. (MARIPOSAS Y POLILLAS.)
Cortejo de las mariposas—Batallas—Ruido de tictac—Colores comunes a ambos
sexos, o más brillantes en los machos—Ejemplos—No debido a la acción directa de
las condiciones de vida—Colores adaptados para la protección—Colores de las
polillas—Exhibición—Poderes perceptivos de los lepidópteros—Variabilidad—Causas
de la diferencia de color entre machos y hembras—Mimetismo, mariposas hembras
de colores más brillantes que los machos—Colores brillantes de las
orugas—Resumen y observaciones finales sobre el carácter sexual secundario de
los insectos—Comparación de aves e insectos.
CAPÍTULO XII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE PECES, ANFIBIOS Y REPTILES.
Peces: Cortejo y batallas de los machos—Mayor tamaño de las hembras—Machos,
colores brillantes y apéndices ornamentales; otros caracteres extraños—Colores
y apéndices adquiridos por los machos solo durante la época reproductiva—Peces
con ambos sexos de colores brillantes—Colores protectores—Los colores menos
llamativos de la hembra no pueden explicarse por el principio de
protección—Peces machos que construyen nidos y se hacen cargo de los óvulos y
las crías. ANFIBIOS: Diferencias en la estructura y el color entre los
sexos—Órganos vocales. REPTILES: Quelonios—Cocodrilos—Serpientes, colores en
algunos casos protectores—Lagartos, batallas de—Apéndices
ornamentales—Diferencias extrañas en la estructura entre los
sexos—Colores—Diferencias sexuales casi tan grandes como en las aves.
CAPÍTULO XIII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LAS AVES.
Diferencias sexuales—Ley de batalla—Armas especiales—Órganos vocales—Música
instrumental—Payasadas y danzas amorosas—Adornos permanentes y
estacionales—Mudas anuales dobles y simples—Exhibición de adornos por parte de
los machos.
CAPÍTULO XIV.
AVES (continuación).
Elección de la hembra. Duración del cortejo. Aves sin pareja. Cualidades
mentales y gusto por lo bello. Preferencia o antipatía de la hembra por ciertos
machos. Variabilidad de las aves. Variaciones a veces abruptas. Leyes de
variación. Formación de los ocelos. Gradaciones de carácter. Caso del pavo
real, el faisán argo y el urosticte.
CAPÍTULO XV.
AVES (continuación).
Análisis de por qué solo los machos de algunas especies, y ambos sexos de
otras, presentan colores brillantes. Sobre la herencia sexualmente limitada,
aplicada a diversas estructuras y al plumaje de colores brillantes.
Nidificación en relación con el color. Pérdida del plumaje nupcial durante el
invierno.
CAPÍTULO XVI.
AVES—conclusión.
El plumaje inmaduro en relación con el carácter del plumaje en ambos sexos en
la edad adulta—Seis clases de casos—Diferencias sexuales entre los machos de
especies estrechamente afines o representativas—La hembra que asume los
caracteres del macho—Plumaje de las crías en relación con el plumaje de verano
e invierno de los adultos—Sobre el aumento de la belleza en las aves del
mundo—Coloración protectora—Aves de colores llamativos—Novedad
apreciada—Resumen de los cuatro capítulos sobre aves.
CAPÍTULO XVII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LOS MAMÍFEROS.
La ley de la batalla—Armas especiales, reservadas a los machos—Causa de la
ausencia de armas en la hembra—Armas comunes a ambos sexos, aunque adquiridas
principalmente por el macho—Otros usos de dichas armas—Su gran
importancia—Mayor tamaño del macho—Medios de defensa—Sobre la preferencia
mostrada por cada sexo en el apareamiento de cuadrúpedos.
CAPÍTULO XVIII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LOS MAMÍFEROS (continuación).
Voz—Peculiaridades sexuales notables en las focas—Olor—Desarrollo del
pelaje—Color del pelaje y la piel—Caso anómalo: la hembra es más ornamentada
que el macho—Color y ornamentaciones debidas a la selección sexual—Color
adquirido por protección—Color, aunque común a ambos sexos, a menudo debido a
la selección sexual—Sobre la desaparición de manchas y rayas en los cuadrúpedos
adultos—Sobre los colores y ornamentaciones de los cuadrúmanos—Resumen.
PARTE III. SELECCIÓN SEXUAL EN RELACIÓN CON EL
HOMBRE Y CONCLUSIÓN.
CAPÍTULO XIX.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DEL HOMBRE.
Diferencias entre el hombre y la mujer—Causas de dichas diferencias y de
ciertos caracteres comunes a ambos sexos—Ley de la batalla—Diferencias en las
facultades mentales y la voz—Sobre la influencia de la belleza en la
determinación de los matrimonios de la humanidad—Atención de los salvajes a los
adornos—Sus ideas sobre la belleza en las mujeres—La tendencia a exagerar cada
peculiaridad natural.
CAPÍTULO XX.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DEL HOMBRE (continuación).
Sobre los efectos de la continua selección de las mujeres según un estándar de
belleza diferente en cada raza. Sobre las causas que interfieren con la
selección sexual en naciones civilizadas y salvajes. Condiciones favorables a
la selección sexual durante las épocas primigenias. Sobre la forma en que la
selección sexual actúa en la humanidad. Sobre el poder de las mujeres en tribus
salvajes para elegir a sus maridos. Ausencia de vello corporal y desarrollo de
la barba. Color de la piel. Resumen.
CAPÍTULO XXI.
GENERALIDADES. RESUMEN Y CONCLUSIÓN.
Conclusión principal: el hombre desciende de una forma inferior. Forma de
desarrollo. Genealogía del hombre. Facultades intelectuales y morales.
Selección sexual. Observaciones finales.
EL DESCENDENCIA DEL HOMBRE; Y LA SELECCIÓN EN RELACIÓN CON EL SEXO.
La naturaleza de la siguiente obra se
comprenderá mejor con una breve descripción de cómo se escribió. Durante muchos
años recopilé notas sobre el origen o la descendencia del hombre, sin intención
de publicar sobre el tema, sino con la determinación de no hacerlo, pues creía
que así solo contribuiría a los prejuicios contra mis opiniones. Me pareció
suficiente indicar, en la primera edición de mi «Origen de las Especies», que
con esta obra «se arrojaría luz sobre el origen del hombre y su historia»; lo
que implica que el hombre debe incluirse junto con otros seres orgánicos en
cualquier conclusión general sobre su aparición en la Tierra. Ahora, el caso
presenta un aspecto completamente diferente. Cuando un naturalista como Carl
Vogt se aventura a decir en su discurso como presidente de la Institución
Nacional de Ginebra (1869): «personne, en Europe au moins, n'ose plus soutenir
la creation indépendante et de toutes pièces, des espèces», es evidente que al
menos un gran número de naturalistas debe admitir que las especies son
descendientes modificados de otras especies; y esto es especialmente cierto
entre los naturalistas más jóvenes y emergentes. La mayoría acepta la
intervención de la selección natural; aunque algunos argumentan, si con
justicia lo decidirá el futuro, que he sobreestimado enormemente su
importancia. De los líderes más veteranos y honorables de las ciencias
naturales, muchos, lamentablemente, todavía se oponen a la evolución en todas
sus formas.
Como consecuencia de las opiniones
adoptadas actualmente por la mayoría de los naturalistas, y que en última
instancia, como en cualquier otro caso, serán seguidas por otros no
científicos, me he visto obligado a recopilar mis notas para ver hasta qué punto
las conclusiones generales a las que llegué en mis trabajos anteriores eran
aplicables al hombre. Esto me pareció aún más conveniente, ya que nunca había
aplicado deliberadamente estas opiniones a una especie individualmente. Cuando
limitamos nuestra atención a una sola forma, nos vemos privados de los sólidos
argumentos derivados de la naturaleza de las afinidades que conectan a grupos
enteros de organismos: su distribución geográfica en el pasado y el presente, y
su sucesión geológica. Quedan por considerar la estructura homológica, el
desarrollo embrionario y los órganos rudimentarios de una especie, ya sea el
hombre o cualquier otro animal al que se dirija nuestra atención; pero estos
grandes conjuntos de hechos ofrecen, en mi opinión, una evidencia amplia y
concluyente a favor del principio de la evolución gradual. Sin embargo, siempre
debemos tener presente el sólido respaldo derivado de los demás argumentos.
El único objetivo de esta obra es
considerar, en primer lugar, si el hombre, como cualquier otra especie,
desciende de alguna forma preexistente; en segundo lugar, la forma de su
desarrollo; y en tercer lugar, el valor de las diferencias entre las llamadas
razas humanas. Como me limitaré a estos puntos, no será necesario describir en
detalle las diferencias entre las diversas razas, un tema enorme que ha sido
descrito con detalle en muchas obras valiosas. La gran antigüedad del hombre ha
sido demostrada recientemente por los trabajos de una multitud de hombres
eminentes, comenzando por M. Boucher de Perthes; y esta es la base
indispensable para comprender su origen. Por lo tanto, daré por sentada esta
conclusión y puedo remitir a mis lectores a los admirables tratados de Sir
Charles Lyell, Sir John Lubbock y otros. No tendré ocasión de hacer más que
aludir a la magnitud de la diferencia entre el hombre y los simios
antropomorfos; Porque el profesor Huxley, en opinión de los jueces más
competentes, ha demostrado de manera concluyente que en cada carácter visible
el hombre difiere menos de los simios superiores que éstos de los miembros
inferiores del mismo orden de primates.
Esta obra apenas contiene datos
originales sobre el hombre; pero como las conclusiones a las que llegué, tras
redactar un borrador, me parecieron interesantes, pensé que podrían interesar a
otros. Se ha afirmado con frecuencia y con seguridad que el origen del hombre
nunca podrá conocerse; pero la ignorancia genera más confianza que el
conocimiento: son quienes saben poco, y no quienes saben mucho, quienes afirman
con tanta convicción que este o aquel problema nunca será resuelto por la
ciencia. La conclusión de que el hombre es codescendiente, junto con otras
especies, de alguna forma antigua, inferior y extinta, no es nueva en absoluto.
Lamarck llegó hace mucho tiempo a esta conclusión, que recientemente ha sido
sostenida por varios eminentes naturalistas y filósofos. por ejemplo, por
Wallace, Huxley, Lyell, Vogt, Lubbock, Buchner, Rolle, etc. (1. Como las obras
de los primeros autores son tan conocidas, no necesito dar los títulos; pero
como las de los últimos son menos conocidas en Inglaterra, los daré: 'Sechs
Vorlesungen über die Darwin'sche Theorie:' zweite Auflage, 1868, von Dr L.
Buchner; traducido al francés bajo el título 'Conférences sur la Théorie
Darwinienne', 1869. 'Der Mensch im Lichte der Darwin'sche Lehre', 1865, von Dr
F. Rolle. No intentaré dar referencias a todos los autores que han tomado el
mismo lado de la cuestión. Así, G. Canestrini ha publicado ('Annuario della
Soc. d. Nat.', Modena, 1867, página 81) un artículo muy curioso sobre
caracteres rudimentarios, como relacionados con el origen del hombre. Otra obra
ha sido publicada (1869) por el Dr. Francesco Barrago, que lleva en italiano el
título de "El hombre, hecho a imagen de Dios, también fue hecho a imagen
del mono."), y especialmente por Haeckel. Este último naturalista, además
de su gran obra, 'Generelle Morphologie' (1866), ha publicado recientemente
(1868, con una segunda edición en 1870), su 'Natürliche Schöpfungsgeschichte',
en la que discute completamente la genealogía del hombre. Si esta obra hubiera
aparecido antes de que se hubiera escrito mi ensayo, probablemente nunca lo
habría terminado. Casi todas las conclusiones a las que he llegado las
encuentro confirmadas por este naturalista, cuyo conocimiento en muchos puntos
es mucho más completo que el mío. Dondequiera que he añadido algún hecho o
punto de vista de los escritos del profesor Haeckel, doy su autoridad en el
texto; Las demás afirmaciones las dejo tal como estaban originalmente en mi
manuscrito, incluyendo ocasionalmente en las notas a pie de página referencias
a sus obras, como confirmación de los puntos más dudosos o interesantes.
Durante muchos años me ha parecido
muy probable que la selección sexual haya desempeñado un papel importante en la
diferenciación de las razas humanas; pero en mi «Origen de las Especies»
(primera edición, página 199) me contenté con simplemente aludir a esta
creencia. Al aplicar esta perspectiva al hombre, me pareció indispensable
tratar el tema en su totalidad con todo detalle. (2. El profesor Haeckel era el
único autor que, en la época de la publicación de esta obra, había tratado el
tema de la selección sexual y comprendido su plena importancia desde la
publicación de «Origen»; y lo hizo con gran habilidad en sus diversas obras).
En consecuencia, la segunda parte de la presente obra, que trata de la
selección sexual, se ha extendido excesivamente en comparación con la primera;
pero esto era inevitable.
Tenía la intención de añadir a este
volumen un ensayo sobre la expresión de las diversas emociones en el hombre y
los animales inferiores. Hace muchos años, la admirable obra de Sir Charles
Bell me llamó la atención sobre este tema. Este ilustre anatomista sostiene que
el hombre está dotado de ciertos músculos únicamente para expresar sus
emociones. Dado que esta perspectiva se opone claramente a la creencia de que
el hombre desciende de alguna forma inferior, me vi obligado a considerarla.
Asimismo, deseaba determinar hasta qué punto las emociones se expresan de la
misma manera en las diferentes razas humanas. Sin embargo, debido a la
extensión de este trabajo, he considerado mejor reservar mi ensayo para una
publicación aparte.
PARTE I.
EL DESCENDENCIA U ORIGEN DEL HOMBRE.
CAPÍTULO I.
LA EVIDENCIA DE LA DESCENSO DEL HOMBRE DE ALGUNA FORMA INFERIOR.
Naturaleza de la evidencia
relacionada con el origen del hombre—Estructuras homólogas en el hombre y los
animales inferiores—Puntos de correspondencia diversos—Desarrollo—Estructuras
rudimentarias, músculos, órganos sensoriales, cabello, huesos, órganos reproductivos,
etc.—La relación de estas tres grandes clases de hechos con el origen del
hombre.
Quien desee determinar si el hombre
es el descendiente modificado de alguna forma preexistente, probablemente se
preguntaría primero si varía, aunque sea mínimamente, en su estructura corporal
y sus facultades mentales; y, de ser así, si las variaciones se transmiten a su
descendencia de acuerdo con las leyes que prevalecen en los animales
inferiores. Además, ¿son las variaciones el resultado, hasta donde nuestra
ignorancia nos permite juzgar, de las mismas causas generales y se rigen por
las mismas leyes generales que en el caso de otros organismos; por ejemplo, por
correlación, los efectos heredados del uso y el desuso, etc.? ¿Está el hombre
sujeto a malformaciones similares, resultado de un desarrollo detenido, de la
reduplicación de partes, etc., y muestra en alguna de sus anomalías una
reversión a algún tipo de estructura anterior y antigua? También cabría
preguntarse si el hombre, como tantos otros animales, ha dado lugar a
variedades y subrazas que difieren apenas entre sí, o a razas que difieren tanto
que deben clasificarse como especies dudosas? ¿Cómo se distribuyen estas razas
en el mundo? ¿Y cómo, al cruzarse, reaccionan entre sí en la primera generación
y las siguientes? Y lo mismo ocurre con muchos otros puntos.
El investigador abordaría ahora el
importante punto de si el hombre tiende a crecer a un ritmo tan rápido que
conduce a ocasionales y severas luchas por la existencia; y, en consecuencia, a
que se preserven las variaciones beneficiosas, tanto en el cuerpo como en la
mente, y se eliminen las perjudiciales. ¿Acaso las razas o especies humanas,
cualquiera que sea el término aplicado, se superponen y reemplazan entre sí, de
modo que algunas finalmente se extinguen? Veremos que todas estas preguntas,
como es evidente en la mayoría de ellas, deben responderse afirmativamente, al
igual que con los animales inferiores. Pero las diversas consideraciones recién
mencionadas pueden posponerse por un momento: primero veremos hasta qué punto
la estructura corporal del hombre muestra rastros, más o menos claros, de su
descendencia de alguna forma inferior. En capítulos posteriores se considerarán
las facultades mentales del hombre en comparación con las de los animales
inferiores.
LA ESTRUCTURA CORPORAL DEL HOMBRE.
Es notorio que el hombre está
construido sobre el mismo tipo o modelo general que otros mamíferos. Todos los
huesos de su esqueleto pueden compararse con los huesos correspondientes de un
mono, un murciélago o una foca. Lo mismo ocurre con sus músculos, nervios,
vasos sanguíneos y vísceras internas. El cerebro, el más importante de todos
los órganos, sigue la misma ley, como lo demostraron Huxley y otros
anatomistas. Bischoff (1. 'Grosshirnwindungen des Menschen', 1868, pág. 96. Las
conclusiones de este autor, así como las de Gratiolet y Aeby, relativas al
cerebro, serán discutidas por el profesor Huxley en el Apéndice al que se alude
en el Prefacio de esta edición), quien es un testigo hostil, admite que cada
fisura y pliegue principal en el cerebro del hombre tiene su analogía con el
del orangután; pero añade que en ningún período de desarrollo sus cerebros
concuerdan perfectamente; ni podría esperarse una concordancia perfecta, pues
de lo contrario sus capacidades mentales habrían sido las mismas. Vulpian (2.
'Lec. sur la Phys.' 1866, página 890, citado por M. Dally, 'L'Ordre des
Primates et le Transformisme', 1868, página 29.), comenta: “Les différences
réelles qui existente entre l'encephale de l'homme et celui des singes
supérieurs, sont bien minimes. Il ne faut pas se faire d'illusions a cet égard.
L'homme est bien plus près des singes antropomorphes par les caractères
anatomiques de son cerveau que ceux-ci ne le sont non soloment des autres
mammifères, mais même de sures quadrumanos, des guenons et des macaques.” Pero
sería superfluo aquí dar más detalles sobre la correspondencia entre el hombre
y los mamíferos superiores en la estructura del cerebro y de todas las demás
partes del cuerpo.
Sin embargo, puede que valga la pena
especificar algunos puntos, no conectados directa ni obviamente con la
estructura, mediante los cuales esta correspondencia o relación queda bien
demostrada.
El hombre es propenso a recibir de
los animales inferiores y a comunicarles ciertas enfermedades, como la
hidrofobia, la viruela, el muermo, la sífilis, el cólera, el herpes, etc. (3.
El Dr. W. Lauder Lindsay ha tratado este tema con cierta extensión en el
'Journal of Mental Science', julio de 1871; y en la 'Edinburgh Veterinary
Review', julio de 1858.); y este hecho prueba la estrecha similitud (4. Un
revisor ha criticado ('British Quarterly Review', 1 de octubre de 1871, página
472) lo que he dicho aquí con mucha severidad y desprecio; pero como no uso el
término identidad, no puedo ver que esté muy equivocado. Me parece que hay una
fuerte analogía entre la misma infección o contagio que produce el mismo
resultado, o uno muy similar, en dos animales distintos, y la prueba de dos
fluidos distintos con el mismo reactivo químico.) de sus tejidos y sangre,
tanto en estructura como en composición minuciosas, mucho más claramente que su
comparación bajo el mejor microscopio o con la ayuda del mejor análisis químico.
Los monos son propensos a muchas de las mismas enfermedades no contagiosas que
nosotros; Así, Rengger (5. 'Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay',
1830, s. 50), quien observó cuidadosamente durante mucho tiempo al Cebus azarae
en su tierra natal, lo encontró propenso al catarro, con los síntomas
habituales, que, al ser recurrentes, conducían a la tuberculosis. Estos monos
también sufrían de apoplejía, inflamación intestinal y cataratas oculares. Los
más jóvenes, al mudar los dientes de leche, a menudo morían de fiebre. Las
medicinas producían el mismo efecto en ellos que en nosotros. Muchas especies
de monos tienen un gusto intenso por el té, el café y las bebidas espirituosas;
también, como he visto, fuman tabaco con placer. (6. Los mismos gustos son
comunes a algunos animales de niveles mucho más bajos. El Sr. A. Nichols me
informa que crió en Queensland, Australia, tres individuos de Phaseolarctus
cinereus; y que, sin haber recibido ninguna enseñanza, adquirieron un fuerte
gusto por el ron y por fumar tabaco.) Brehm afirma que los nativos del noreste
de África capturan a los babuinos salvajes exponiendo recipientes con cerveza
fuerte, con la que se emborrachan. Ha visto a algunos de estos animales, que
mantuvo en confinamiento, en este estado; y ofrece un relato risible de su
comportamiento y extrañas muecas. A la mañana siguiente estaban muy enfadados y
tristes; se sujetaban la cabeza dolorida con ambas manos y tenían una expresión
deplorable; cuando se les ofrecía cerveza o vino, se alejaban con disgusto,
pero saboreaban el jugo de limón. (7. Brehm, 'Thierleben', B. i. 1864, s. 75,
86. Sobre los Ateles, s. 105. Para otras afirmaciones análogas, véanse s. 25,
107.) Un mono americano, un Ateles, tras emborracharse con brandy, nunca más lo
probó, y por lo tanto era más sabio que muchos hombres. Estos insignificantes
hechos demuestran cuán similares deben ser los nervios del gusto en los monos y
en el hombre, y cuán similarmente se ve afectado todo su sistema nervioso.
El hombre está infestado de parásitos
internos, que a veces causan efectos fatales; y está plagado de parásitos
externos, todos los cuales pertenecen a los mismos géneros o familias que los
que infestan a otros mamíferos, y en el caso de la sarna a la misma especie.
(8. Dr. W. Lauder Lindsay, 'Edinburgh Vet. Review', julio de 1858, página 13).
El hombre está sujeto, como otros mamíferos, aves e incluso insectos (9. Con
respecto a los insectos, véase el Dr. Laycock, "On a General Law of Vital
Periodicity", 'British Association', 1842. El Dr. Macculloch, 'Silliman's
North American Journal of Science', vol. XVII, página 305, ha visto a un perro
que sufría de fiebre terciana. Más adelante volveré a este tema.), a esa
misteriosa ley, que hace que ciertos procesos normales, como la gestación, así
como la maduración y duración de varias enfermedades, sigan períodos lunares.
Sus heridas se curan mediante el mismo proceso de curación; y los muñones que
quedan tras la amputación de sus extremidades, especialmente durante el período
embrionario temprano, poseen ocasionalmente cierta capacidad regenerativa, como
en los animales inferiores. (10. He presentado la evidencia sobre este punto en
mi «Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación», vol. ii, pág. 15, y
podría añadirse más).
Todo el proceso de esa función tan
importante, la reproducción de la especie, es sorprendentemente igual en todos
los mamíferos, desde el primer acto de cortejo por parte del macho (11. Mares e
diversis generibus Quadrumanorum sine dubio dignoscunt feminas humanas a
maribus. Primum, credo, odoratu, posteaspectu. Sr. Youatt, qui diu in Hortis
Zoologicis (Bestiariis) medicus animalium erat, vir in rebus observandis cautus
et sagax, hoc mihi certissime probavit, et curatores ejusdem loci et alii e
ministris confirmaverunt en furorem incidere aspectu feminarum aliquarem, sed
nequaquam accendi tanto furore ab omnibus. Semper eligebat juniores, et
dignoscebat in turba, et advocabat voce gestuque.), al nacimiento y crianza de
las crías. Los monos nacen en un estado casi tan indefenso como nuestros
propios bebés; y en ciertos géneros, las crías difieren tanto en apariencia de
los adultos como nuestros hijos de sus padres adultos. (12. Esta observación se
hace con respecto a Cynocephalus y los simios antropomorfos por Geoffroy
Saint-Hilaire y F. Cuvier, 'Histoire Nat. des Mammifères', tom. i. 1824.)
Algunos escritores han insistido, como una distinción importante, en que con el
hombre las crías llegan a la madurez a una edad mucho más tardía que con
cualquier otro animal: pero si observamos las razas de la humanidad que habitan
países tropicales la diferencia no es grande, pues se cree que el orangután no
es adulto hasta la edad de diez a quince años. (13. Huxley, 'Man's Place in
Nature', 1863, pág. 34.) El hombre difiere de la mujer en tamaño, fuerza
corporal, vellosidad, etc., así como en mente, de la misma manera que lo hacen
los dos sexos de muchos mamíferos. De modo que la correspondencia en la
estructura general, en la estructura minuciosa de los tejidos, en la composición
química y en la constitución, entre el hombre y los animales superiores,
especialmente los monos antropomorfos, es extremadamente estrecha.
DESARROLLO EMBRIONARIO.
Fig. 1. Muestra un embrión humano, de
Ecker, y un embrión canino, de Bischoff. En cada uno se indican las siguientes
características:
a. Prosencéfalo, hemisferios
cerebrales, etc. b. Mesencéfalo, cuerpos cuadrigéminos. c. Rombencéfalo,
cerebelo, bulbo raquídeo. d. Ojo. e. Oído. f. Primer arco visceral. g. Segundo
arco visceral. H. Columnas vertebrales y músculos en desarrollo. i. Extremidades
anteriores. K. Extremidades posteriores. L. Cola u cóccix.
El hombre se desarrolla a partir de
un óvulo, de aproximadamente 125 de pulgada de diámetro, que no difiere en nada
de los óvulos de otros animales. El embrión en sí, en una etapa muy temprana,
apenas puede distinguirse del de otros miembros del reino vertebrado. En este
período, las arterias discurren en ramas arqueadas, como para transportar la
sangre a las branquias que no están presentes en los vertebrados superiores,
aunque las hendiduras a los lados del cuello aún permanecen (véase f, g, fig.
1), que marcan su posición anterior. En una etapa algo posterior, cuando las
extremidades se desarrollan, «los pies de lagartos y mamíferos», como señala el
ilustre Von Baer, «las alas y los pies de las aves, al igual que las manos y
los pies del hombre, surgen todos de la misma forma fundamental». Según el
profesor Huxley (14. «El lugar del hombre en la naturaleza», 1863, pág. 67),
«es en las últimas etapas de su desarrollo cuando el joven ser humano presenta
marcadas diferencias con el joven simio, mientras que este último se aleja
tanto del perro en su desarrollo como el hombre. Por sorprendente que parezca
esta última afirmación, es demostrablemente cierta».
Como algunos de mis lectores quizá
nunca hayan visto un dibujo de un embrión, he incluido uno de un hombre y otro
de un perro, aproximadamente en la misma fase temprana de desarrollo,
cuidadosamente copiados de dos obras de indudable precisión. (15. El embrión
humano (fig. superior) proviene de Ecker, 'Icones Phys.', 1851-1859, tab. xxx,
fig. 2. Este embrión tenía diez líneas de longitud, por lo que el dibujo está
muy ampliado. El embrión del perro proviene de Bischoff,
'Entwicklungsgeschichte des Hunde-Eies', 1845, tab. xi, fig. 42B. Este dibujo
está cinco veces ampliado, ya que el embrión tiene veinticinco días. Se han
omitido las vísceras internas y se han eliminado los apéndices uterinos en
ambos dibujos. El profesor Huxley, de cuya obra 'El lugar del hombre en la
naturaleza', tomé la idea de presentarlas, me dirigió a estas figuras. Haeckel
también ha presentado dibujos análogos en su 'Schopfungsgeschichte'.)
Tras las anteriores declaraciones de
tan altas autoridades, sería superfluo por mi parte aportar algunos detalles
adicionales que demuestran que el embrión humano se asemeja mucho al de otros
mamíferos. Cabe añadir, sin embargo, que el embrión humano también se asemeja a
ciertas formas inferiores en la edad adulta en diversos aspectos estructurales.
Por ejemplo, el corazón existe inicialmente como un simple vaso pulsátil; las
excretas se evacuan a través de una cloaca; y el hueso coxal se proyecta como una
verdadera cola, extendiéndose considerablemente más allá de las patas
rudimentarias. (16. Prof. Wyman en 'Proceedings of the American Academy of
Sciences', vol. iv, 1860, pág. 17). En los embriones de todos los vertebrados
que respiran aire, ciertas glándulas, llamadas cuerpos wolffianos, se
corresponden con los riñones de los peces adultos y actúan como ellos. (17.
Owen, 'Anatomía de los Vertebrados', vol. ip. 533.) Incluso en un período
embrionario posterior, se pueden observar algunas semejanzas sorprendentes
entre el hombre y los animales inferiores. Bischoff afirma que «las
circunvoluciones cerebrales de un feto humano, al final del séptimo mes,
alcanzan aproximadamente la misma etapa de desarrollo que las de un babuino en
la edad adulta». (18. 'Die Grosshirnwindungen des Menschen', 1868, s. 95.) El
dedo gordo del pie, como señala el profesor Owen (19. 'Anatomía de los
Vertebrados', vol. ii, p. 553), «que constituye el punto de apoyo al estar de
pie o al caminar, es quizás la peculiaridad más característica de la estructura
humana». pero en un embrión, de aproximadamente una pulgada de largo, el
profesor Wyman (20. 'Proc. Soc. Nat. Hist.' Boston, 1863, vol. ix, pág. 185)
encontró “que el dedo gordo era más corto que los demás; y, en lugar de ser
paralelo a ellos, se proyectaba en ángulo desde el costado del pie,
correspondiendo así con la condición permanente de esta parte en el
cuadrúmano”. Concluiré con una cita de Huxley (21. 'El lugar del hombre en la
naturaleza', pág. 65), quien, tras preguntar si el hombre se origina de manera
diferente a un perro, un pájaro, una rana o un pez, dice: “la respuesta no es
dudosa ni por un momento; sin duda, el modo de origen y las primeras etapas del
desarrollo del hombre son idénticos a los de los animales inmediatamente
inferiores a él en la escala: sin duda, en estos aspectos, está mucho más cerca
de los simios que los simios del perro”.
RUDIMENTOS.
Este tema, aunque no es
intrínsecamente más importante que los dos últimos, por varias razones será
tratado aquí con más detalle. (22. Había escrito un borrador de este capítulo
antes de leer un valioso artículo, “Caratteri rudimentali in ordine all' origine
dell' uomo” ('Annuario della Soc. d. Naturalisti', Módena, 1867, pág. 81), de
G. Canestrini, a cuyo artículo le debo considerablemente. Haeckel ha dado
admirables discusiones sobre todo este tema, bajo el título de Dysteleology, en
su 'Generelle Morphologie' y 'Schöpfungsgeschichte'). No se puede nombrar a
ninguno de los animales superiores que no tenga alguna parte en una condición
rudimentaria; y el hombre no constituye una excepción a la regla. Los órganos
rudimentarios deben distinguirse de los que son nacientes; aunque en algunos
casos la distinción no es fácil. Los primeros son completamente inútiles, como
las mamas de los cuadrúpedos machos o los incisivos de los rumiantes, que nunca
atraviesan las encías; o bien son de tan escasa utilidad para sus actuales
poseedores, que difícilmente podemos suponer que se desarrollaron en las
condiciones actuales. Los órganos en este último estado no son estrictamente
rudimentarios, pero tienden en esa dirección. Los órganos nacientes, por otro
lado, aunque no están completamente desarrollados, son de gran utilidad para
sus poseedores y son capaces de un mayor desarrollo. Los órganos rudimentarios
son eminentemente variables; y esto es parcialmente comprensible, ya que son
inútiles, o casi inútiles, y, en consecuencia, ya no están sujetos a la
selección natural. A menudo se suprimen por completo. Cuando esto ocurre, son
susceptibles de reaparición ocasional por reversión, una circunstancia que
merece atención.
Los principales factores que provocan
que los órganos se vuelvan rudimentarios parecen haber sido el desuso en el
período de la vida en que el órgano se utiliza principalmente (generalmente
durante la madurez), y también la herencia en un período correspondiente. El
término "desuso" no se refiere simplemente a la disminución de la
actividad muscular, sino que incluye una disminución del flujo sanguíneo a una
parte u órgano, por estar sometido a menos alternancias de presión o por
volverse menos activo habitualmente. Sin embargo, pueden presentarse rudimentos
en un sexo de las partes que normalmente están presentes en el otro; y tales
rudimentos, como veremos más adelante, a menudo se han originado de una manera
distinta a las aquí mencionadas. En algunos casos, los órganos se han reducido
mediante selección natural, al haberse vuelto perjudiciales para la especie
debido a cambios en los hábitos de vida. El proceso de reducción probablemente
se ve facilitado a menudo por los dos principios de compensación y economía de
crecimiento. pero las etapas posteriores de reducción, una vez que el desuso ha
hecho todo lo que se le puede atribuir con justicia, y cuando el ahorro que se
lograría por la economía del crecimiento sería muy pequeño (23. Los señores
Murie y Mivart han hecho algunas buenas críticas sobre este tema en 'Transact.
Zoological Society', 1869, vol. vii, pág. 92), son difíciles de entender. La
supresión final y completa de una parte, ya inútil y muy reducida en tamaño, en
cuyo caso ni la compensación ni la economía pueden entrar en juego, es quizás
inteligible con la ayuda de la hipótesis de la pangénesis. Pero como todo el
tema de los órganos rudimentarios ha sido discutido e ilustrado en mis obras
anteriores (24. 'Variación de animales y plantas bajo domesticación', vol. ii,
págs. 317 y 397. Véase también 'Origen de las especies', 5.ª edición, pág.
535), no necesito decir más sobre este punto.
Se han observado rudimentos de varios
músculos en muchas partes del cuerpo humano (25. Por ejemplo, M. Richard
('Annales des Sciences Nat.', 3ª serie, Zoolog. 1852, tom. xviii. pág. 13)
describe y figura rudimentos de lo que él llama el "músculo pedieux de la
main", que dice que a veces es "infiniment petit". Otro músculo,
llamado "le tibial posterieur", generalmente está bastante ausente en
la mano, pero aparece de vez en cuando en una condición más o menos
rudimentaria.); y no pocos músculos, que están presentes regularmente en
algunos de los animales inferiores, ocasionalmente se pueden detectar en el
hombre en una condición muy reducida. Todos deben haber notado el poder que
muchos animales, especialmente los caballos, poseen de mover o contraer su piel;
y esto se efectúa por el panículo carnoso. Los restos de este músculo en un
estado eficiente se encuentran en varias partes de nuestro cuerpo; por ejemplo,
el músculo de la frente, por el cual se levantan las cejas. El platisma
mioides, bien desarrollado en el cuello, pertenece a este sistema. El profesor
Turner, de Edimburgo, ha detectado ocasionalmente, según me informa, fascículos
musculares en cinco situaciones diferentes: en las axilas, cerca de las
escápulas, etc., todos los cuales deben atribuirse al sistema del panículo.
También ha demostrado (26. Prof. W. Turner, «Actas de la Real Sociedad de
Edimburgo», 1866-67, pág. 65) que el músculo esternal o esternal brutorum, que
no es una extensión del recto abdominal, sino que está estrechamente relacionado
con el panículo, se presentaba en una proporción de aproximadamente el tres por
ciento en más de 600 cuerpos. Añade que este músculo ofrece «una excelente
ilustración de la afirmación de que las estructuras ocasionales y rudimentarias
son especialmente propensas a la variación en su disposición».
Algunas personas poseen la capacidad
de contraer los músculos superficiales del cuero cabelludo; estos músculos se
encuentran en una condición variable y parcialmente rudimentaria. MA de
Candolle me ha comunicado un curioso ejemplo de la persistencia o herencia
prolongada de esta capacidad, así como de su inusual desarrollo. Conoce una
familia en la que un miembro, el actual cabeza de familia, podía, de joven,
lanzar varios libros pesados de su cabeza con solo el movimiento del cuero
cabelludo; y ganaba apuestas con esta hazaña. Su padre, tío, abuelo y sus tres
hijos poseen la misma capacidad en el mismo grado inusual. Esta familia se
dividió hace ocho generaciones en dos ramas; de modo que el cabeza de la rama
mencionada es primo en séptimo grado del cabeza de la otra rama. Este primo
lejano reside en otra parte de Francia; y al preguntársele si poseía la misma
facultad, inmediatamente la manifestó. Este caso ilustra bien cuán persistente
puede ser la transmisión de una facultad absolutamente inútil, probablemente
derivada de nuestros remotos progenitores semihumanos. ya que muchos monos
tienen, y frecuentemente usan, la capacidad de mover considerablemente su cuero
cabelludo hacia arriba y hacia abajo. (27. Véase mi 'Expresión de las emociones
en el hombre y los animales', 1872, pág. 144.)
Los músculos extrínsecos que sirven
para mover el oído externo, y los músculos intrínsecos que mueven las
diferentes partes, se encuentran en una condición rudimentaria en el hombre, y
todos pertenecen al sistema del panículo; también son variables en desarrollo,
o al menos en función. He visto a un hombre que podía llevar toda la oreja
hacia adelante; otros hombres pueden llevarla hacia arriba; otro que podía
llevarla hacia atrás (28. Canestrini cita a Hyrtl. ('Annuario della Soc. dei
Naturalisti', Módena, 1867, p. 97) en el mismo sentido.); y por lo que una de
estas personas me dijo, es probable que la mayoría de nosotros, tocándonos
frecuentemente las orejas y dirigiendo así nuestra atención hacia ellas,
pudiéramos recuperar algo de capacidad de movimiento mediante repetidos
intentos. La capacidad de erguir y dirigir la concha de las orejas hacia los
diversos puntos cardinales es sin duda de gran utilidad para muchos animales,
ya que así perciben la dirección del peligro; Pero nunca he oído, con pruebas
suficientes, de un hombre que poseyera esta facultad, la que podría serle útil.
Toda la concha externa puede considerarse un rudimento, junto con los diversos
pliegues y prominencias (hélix y antihélix, trago y antitrago, etc.) que en los
animales inferiores fortalecen y sostienen la oreja cuando está erecta, sin
añadir mucho peso. Algunos autores, sin embargo, suponen que el cartílago de la
concha sirve para transmitir vibraciones al nervio acústico; pero el Sr.
Toynbee (29. «Las enfermedades del oído», por J. Toynbee, FRS, 1860, pág. 12.
Un distinguido fisiólogo, el profesor Preyer, me informa que últimamente ha
estado experimentando con la función de la concha del oído y ha llegado a una
conclusión casi idéntica a la que se da aquí), tras recopilar toda la evidencia
conocida al respecto, concluye que la concha externa no tiene una utilidad
específica. Las orejas del chimpancé y del orangután son curiosamente similares
a las del hombre, y sus músculos propios están también muy poco desarrollados.
(30. Prof. A. Macalister, 'Anales y Revista de Historia Natural', vol. VII,
1871, pág. 342). Los cuidadores del Zoológico también me aseguran que estos
animales nunca mueven ni erigen las orejas; por lo tanto, se encuentran en una
condición tan rudimentaria como las del hombre en cuanto a su función. No
podemos explicar por qué estos animales, al igual que los progenitores del
hombre, perdieron la capacidad de erguir las orejas. Es posible, aunque no
estoy convencido de esta opinión, que debido a sus hábitos arbóreos y su gran
fuerza estuvieran poco expuestos al peligro, y por eso, durante un período
prolongado, movieron las orejas muy poco, perdiendo así gradualmente la
capacidad de moverlas. Este sería un caso paralelo al de aquellas aves grandes
y pesadas que, al habitar islas oceánicas, no han estado expuestas a los
ataques de las bestias rapaces y, en consecuencia, han perdido la capacidad de
usar sus alas para volar. Sin embargo, la incapacidad de mover las orejas en el
hombre y varios simios es...Esto se compensa en parte con la libertad con la
que pueden mover la cabeza horizontalmente, lo que les permite captar sonidos
de todas direcciones. Se ha afirmado que solo el oído humano posee un lóbulo;
pero «se encuentra un rudimento del mismo en el gorila» (31. Sr. St. George
Mivart, «Anatomía Elemental», 1873, pág. 396); y, según me ha dicho el profesor
Preyer, no es raro que esté ausente en el negro.
Fig. 2. Oído humano, modelado y
dibujado por el Sr. Woolner. El punto saliente se denomina a.
El célebre escultor, Sr. Woolner, me
informa de una pequeña peculiaridad en el pabellón auricular, que ha observado
con frecuencia tanto en hombres como en mujeres, y de la cual percibió su pleno
significado. El tema le llamó la atención por primera vez mientras trabajaba en
su figura de Puck, a la que le había dado orejas puntiagudas. Esto le llevó a
examinar las orejas de varios monos, y posteriormente con mayor detenimiento
las del hombre. La peculiaridad consiste en una pequeña punta roma que sobresale
del borde plegado hacia adentro, o hélix. Cuando está presente, se desarrolla
al nacer y, según el profesor Ludwig Meyer, es más frecuente en hombres que en
mujeres. El Sr. Woolner hizo un modelo exacto de uno de estos casos y me envió
el dibujo adjunto (Fig. 2). Estas puntas no solo se proyectan hacia el centro
de la oreja, sino que a menudo se extienden ligeramente hacia afuera de su
plano, de modo que son visibles cuando se mira la cabeza directamente desde
delante o desde atrás. Son variables en tamaño y posición, siendo ligeramente
más altas o más bajas. y a veces se presentan en una oreja y no en la otra. No
se limitan a la humanidad, pues observé un caso en uno de los monos araña
(Ateles beelzebuth) en nuestro Jardín Zoológico; y el Sr. E. Ray Lankester me
informa de otro caso en un chimpancé en los jardines de Hamburgo. El hélix
obviamente consiste en el margen extremo de la oreja doblado hacia adentro; y
este pliegue parece estar de alguna manera conectado con todo el oído externo
que está permanentemente presionado hacia atrás. En muchos monos, que no ocupan
un lugar alto en el orden, como los babuinos y algunas especies de macacos (32.
Véanse también algunas observaciones y los dibujos de las orejas de los
Lemuroidea, en el excelente artículo de los Sres. Murie y Mivart en
'Transactions of the Zoological Society', vol. VII, 1869, págs. 6 y 90), la
porción superior de la oreja es ligeramente puntiaguda, y el margen no está
doblado en absoluto hacia adentro; Pero si el margen se doblara así, una ligera
punta se proyectaría necesariamente hacia el centro y probablemente un poco
hacia afuera del plano de la oreja; y creo que este es su origen en muchos
casos. Por otro lado, el profesor L. Meyer, en un artículo de gran calidad
publicado recientemente (33. «Über das Darwin'sche Spitzohr», Archiv fur Path.
Anat. und Phys., 1871, pág. 485), sostiene que todo se debe a la mera
variabilidad; y que las proyecciones no son reales, sino que se deben a que el
cartílago interno a cada lado de las puntas no se ha desarrollado
completamente. Estoy totalmente dispuesto a admitir que esta es la explicación
correcta en muchos casos, como en los descritos por el profesor Meyer, en los
que hay varias puntas diminutas o todo el margen es sinuoso. Yo mismo he visto,
gracias a la amabilidad del Dr. L. Down, la oreja de un idiota microcéfalo, en
la que hay una proyección en la parte exterior del hélix, y no en el borde
plegado hacia adentro, por lo que este punto no puede tener relación con un
ápice anterior de la oreja. Sin embargo, en algunos casos, mi visión
original,Aún me parece probable que las puntas sean vestigios de las puntas de
orejas anteriormente erectas y puntiagudas. Lo creo así por la frecuencia de su
aparición y por la correspondencia general en posición con la de la punta de
una oreja puntiaguda. En un caso, del cual me enviaron una fotografía, la
proyección es tan grande que, suponiendo, según la opinión del profesor Meyer,
que la oreja se perfecciona mediante el desarrollo uniforme del cartílago en
todo el margen, habría cubierto un tercio de toda la oreja. Me han comunicado
dos casos, uno en Norteamérica y el otro en Inglaterra, en los que el margen
superior no está doblado hacia adentro, sino que es puntiagudo, de modo que se
asemeja mucho a la oreja puntiaguda de un cuadrúpedo común en su contorno. En
uno de estos casos, el de un niño pequeño, el padre comparó la oreja con el
dibujo que he presentado (34. «La expresión de las emociones», pág. 136) de la
oreja de un mono, el Cynopithecus niger, y afirma que sus contornos son muy
similares. Si, en estos dos casos, el borde se hubiera doblado hacia adentro de
la manera habitual, se habría formado una proyección hacia adentro. Debo añadir
que en otros dos casos el contorno aún permanece algo puntiagudo, aunque el borde
de la parte superior de la oreja está normalmente doblado hacia adentro; en uno
de ellos, sin embargo, muy estrecho. [Fig. 3. Feto de un orangután (?)]. Copia
exacta de una fotografía que muestra la forma de la oreja a esta temprana
edad.] La siguiente xilografía (n.° 3) es una copia exacta de una fotografía
del feto de un orangután (que amablemente me envió el Dr. Nitsche), en la que
se aprecia la diferencia entre el contorno puntiagudo de la oreja en este
período y su condición adulta, cuando guarda un gran parecido general con la
del hombre. Es evidente que el pliegue de la punta de dicha oreja, a menos que
haya cambiado mucho durante su desarrollo posterior, daría lugar a una punta
que se proyecta hacia adentro. En general, me parece probable que las puntas en
cuestión sean, en algunos casos, tanto en el hombre como en los simios,
vestigios de una condición anterior.«La expresión de las emociones», pág. 136)
de la oreja de un mono, el Cynopithecus niger, y afirma que sus contornos son
muy similares. Si, en estos dos casos, el borde se hubiera doblado hacia
adentro de la forma habitual, se habría formado una proyección hacia adentro.
Debo añadir que en otros dos casos el contorno aún permanece algo puntiagudo,
aunque el borde de la parte superior de la oreja está normalmente doblado hacia
adentro; en uno de ellos, sin embargo, muy estrecho. [Fig. 3. Feto de un
orangután (?). Copia exacta de una fotografía que muestra la forma de la oreja
a esta temprana edad.] La siguiente xilografía (n.º 3) es una copia exacta de
una fotografía del feto de un orangután (que amablemente me envió el Dr.
Nitsche), en la que se puede apreciar cuán diferente es el contorno puntiagudo
de la oreja en este período de su condición adulta, cuando guarda un gran
parecido general con el del hombre. Es evidente que el plegado de la punta de
dicha oreja, a menos que haya cambiado significativamente durante su desarrollo
posterior, daría lugar a una punta que se proyecta hacia adentro. En general,
me parece probable que las puntas en cuestión sean, en algunos casos, tanto en
humanos como en simios, vestigios de una condición anterior.«La expresión de
las emociones», pág. 136) de la oreja de un mono, el Cynopithecus niger, y
afirma que sus contornos son muy similares. Si, en estos dos casos, el borde se
hubiera doblado hacia adentro de la forma habitual, se habría formado una
proyección hacia adentro. Debo añadir que en otros dos casos el contorno aún
permanece algo puntiagudo, aunque el borde de la parte superior de la oreja
está normalmente doblado hacia adentro; en uno de ellos, sin embargo, muy
estrecho. [Fig. 3. Feto de un orangután (?). Copia exacta de una fotografía que
muestra la forma de la oreja a esta temprana edad.] La siguiente xilografía
(n.º 3) es una copia exacta de una fotografía del feto de un orangután (que
amablemente me envió el Dr. Nitsche), en la que se puede apreciar cuán
diferente es el contorno puntiagudo de la oreja en este período de su condición
adulta, cuando guarda un gran parecido general con el del hombre. Es evidente
que el plegado de la punta de dicha oreja, a menos que haya cambiado
significativamente durante su desarrollo posterior, daría lugar a una punta que
se proyecta hacia adentro. En general, me parece probable que las puntas en
cuestión sean, en algunos casos, tanto en humanos como en simios, vestigios de
una condición anterior.
La membrana nictitante, o tercer
párpado, con sus músculos accesorios y otras estructuras, está especialmente
desarrollada en las aves y es de gran importancia funcional para ellas, ya que
puede extenderse rápidamente a lo largo de todo el globo ocular. Se encuentra
en algunos reptiles y anfibios, y en ciertos peces, como los tiburones. Está
bastante desarrollada en las dos divisiones inferiores de la serie de los
mamíferos, a saber, en los monotremas y marsupiales, y en algunos mamíferos
superiores, como la morsa. Pero en el hombre, los cuadrumanos y la mayoría de
los demás mamíferos, existe, como admiten todos los anatomistas, como un mero
rudimento, llamado pliegue semilunar. (35. Muller, 'Elementos de fisiología',
traducción inglesa, 1842, vol. ii, pág. 1117. Owen, 'Anatomía de los
vertebrados', vol. iii, pág. 260; ibid. sobre la morsa, 'Actas de la Sociedad
Zoológica', 8 de noviembre de 1854. Véase también R. Knox, 'Grandes artistas y
anatomistas', pág. 106. Este rudimento, al parecer, es algo mayor en los negros
y australianos que en los europeos; véase Carl Vogt, 'Conferencias sobre el
hombre', traducción inglesa, pág. 129.)
El sentido del olfato es de suma
importancia para la mayoría de los mamíferos: para algunos, como los rumiantes,
les advierte del peligro; para otros, como los carnívoros, les ayuda a
encontrar a sus presas; para otros, como el jabalí, para ambos propósitos
combinados. Pero el olfato es de muy poca utilidad, si es que la tiene, incluso
para las razas humanas de piel oscura, en quienes está mucho más desarrollado
que en las razas blancas y civilizadas. (36. El relato de Humboldt sobre el
poder del olfato que poseían los nativos de Sudamérica es bien conocido y ha
sido confirmado por otros. M. Houzeau ('Études sur les Facultés Mentales',
etc., tom. i. 1872, pág. 91) afirma que hizo experimentos repetidamente y
demostró que los negros y los indios podían reconocer a las personas en la
oscuridad por su olor. El Dr. W. Ogle ha hecho algunas observaciones curiosas
sobre la conexión entre el poder del olfato y la materia colorante de la
membrana mucosa de la región olfatoria, así como de la piel del cuerpo. Por lo
tanto, he hablado en el texto de que las razas de color oscuro tienen un
sentido del olfato más fino que las razas blancas. Véase su artículo,
'Medico-Chirurgical Transactions', Londres, vol. liii. 1870, pág. 276.) Sin
embargo, no les advierte del peligro ni los guía hacia su comida; Tampoco
impide que los esquimales duerman en la atmósfera más fétida, ni que muchos
salvajes coman carne medio podrida. En los europeos, la capacidad difiere mucho
entre individuos, como me asegura un eminente naturalista que posee este
sentido muy desarrollado y que ha estudiado el tema. Quienes creen en el
principio de la evolución gradual no admitirán fácilmente que el sentido del
olfato en su estado actual fue adquirido originalmente por el hombre, tal como
existe ahora. Hereda la capacidad en una condición debilitada y hasta ahora
rudimentaria, de algún progenitor primitivo, a quien le fue muy útil y por
quien la utilizó continuamente. En los animales que tienen este sentido muy
desarrollado, como los perros y los caballos, el recuerdo de personas y lugares
está fuertemente asociado con su olor; y así podemos quizás entender cómo es
que, como bien ha señalado el Dr. Maudsley (37. 'La fisiología y patología de
la mente', 2.ª ed. 1868, pág. 134), el sentido del olfato en el hombre "es
singularmente eficaz para recordar vívidamente las ideas e imágenes de escenas
y lugares olvidados".
El hombre se diferencia notablemente
de los demás primates por estar casi desnudo. Sin embargo, en el hombre se
encuentran algunos pelos cortos y dispersos en la mayor parte del cuerpo, y en
la mujer, un vello fino. Las diferentes razas difieren mucho en cuanto a la
vellosidad; y en individuos de la misma raza, el vello es muy variable, no solo
en abundancia, sino también en posición: así, en algunos europeos los hombros
están completamente desnudos, mientras que en otros presentan densos mechones
de pelo. (38. Escrito, Über die Richtung der Haare am menschlichen Körper,
'Archiv fur Anat. und Phys.' de Müller, 1837, pág. 47. Tendré que referirme a
menudo a este curioso artículo). No cabe duda de que los pelos así dispersos
por el cuerpo son los rudimentos del manto piloso uniforme de los animales
inferiores. Esta opinión se hace aún más probable, ya que se sabe que los pelos
finos, cortos y de color pálido en las extremidades y otras partes del cuerpo,
ocasionalmente se convierten en “pelos oscuros, gruesos, largos y bastante
gruesos”, cuando se nutren anormalmente cerca de superficies inflamadas
antiguas. (39. Paget, 'Lectures on Surgical Pathology', 1853, vol. ip 71.)
Sir James Paget me informa que, a
menudo, varios miembros de una familia tienen algunos pelos en las cejas mucho
más largos que los demás; por lo que incluso esta pequeña peculiaridad parece
ser hereditaria. Estos pelos también parecen tener sus representantes; pues en
el chimpancé y en ciertas especies de macacos, hay pelos dispersos de
considerable longitud que surgen de la piel desnuda sobre los ojos, y que
corresponden a nuestras cejas; pelos largos similares sobresalen de la cubierta
peluda de las crestas superciliares en algunos babuinos.
El fino vello similar a la lana, o
llamado lanugo, con el que el feto humano está densamente cubierto durante el
sexto mes, ofrece un caso más curioso. Se desarrolla por primera vez, durante
el quinto mes, en las cejas y la cara, y especialmente alrededor de la boca,
donde es mucho más largo que el de la cabeza. Un bigote de este tipo fue
observado por Eschricht (40. Eschricht, ibid. s. 40, 47.) en un feto femenino;
pero esto no es una circunstancia tan sorprendente como podría parecer a
primera vista, ya que los dos sexos generalmente se parecen en todas las
características externas durante un período temprano de crecimiento. La
dirección y disposición del vello en todas las partes del cuerpo fetal son las
mismas que en el adulto, pero están sujetas a mucha variabilidad. Toda la
superficie, incluyendo incluso la frente y las orejas, está así densamente
cubierta; Pero es un hecho significativo que las palmas de las manos y las
plantas de los pies estén completamente desnudas, al igual que las superficies inferiores
de las cuatro extremidades en la mayoría de los animales inferiores. Como esto
difícilmente puede ser una coincidencia accidental, la cubierta lanosa del feto
probablemente representa la primera capa permanente de pelo en aquellos
mamíferos que nacen con pelo. Se han registrado tres o cuatro casos de personas
que nacieron con todo el cuerpo y la cara cubiertos de pelos largos y finos; y
esta extraña condición es fuertemente hereditaria y se correlaciona con una
condición anormal de la dentadura. (41. Véase mi 'Variación de Animales y
Plantas bajo Domesticación', vol. ii, pág. 327. El profesor Alex. Brandt me ha
enviado recientemente un caso adicional de un padre y un hijo, nacidos en
Rusia, con estas peculiaridades. He recibido dibujos de ambos desde París). El
profesor Alex. Brandt me informa que ha comparado el pelo de la cara de un
hombre así caracterizado, de treinta y cinco años, con el lanugo de un feto, y
encuentra que su textura es bastante similar. Por lo tanto, como él mismo
señala, el caso puede atribuirse a una detención del desarrollo del cabello,
junto con su crecimiento continuo. Muchos niños delicados, como me aseguró un
cirujano de un hospital infantil, tienen la espalda cubierta de pelos sedosos
bastante largos; y estos casos probablemente se engloban en la misma categoría.
Parece que las muelas del juicio o
molares posteriores tienden a volverse rudimentarias en las razas humanas más
civilizadas. Estos dientes son bastante más pequeños que los demás molares, al
igual que los correspondientes en el chimpancé y el orangután; y solo tienen
dos colmillos separados. No atraviesan las encías hasta alrededor de los
diecisiete años, y me han asegurado que son mucho más propensas a las caries y
se pierden antes que las demás piezas dentales; pero algunos dentistas
eminentes lo niegan. También son mucho más propensas a variar, tanto en
estructura como en su período de desarrollo, que las demás piezas dentales.
(42. Dr. Webb, «Los dientes en el hombre y los simios antropoides», citado por
el Dr. C. Carter Blake en Anthropological Review, julio de 1867, pág. 299). En
las razas melaninas, por otro lado, las muelas del juicio suelen tener tres
colmillos separados y generalmente están sanas; También difieren de los demás
molares en tamaño, menos que en las razas caucásicas. (43. Owen, 'Anatomía de
los vertebrados', vol. iii, págs. 320, 321 y 325). El profesor Schaaffhausen
explica esta diferencia entre las razas por "la porción dental posterior
de la mandíbula siempre acortada" en aquellos que son civilizados (44.
'Sobre la forma primitiva del cráneo', traducción al inglés, en
'Anthropological Review', octubre de 1868, pág. 426), y este acortamiento
puede, supongo, atribuirse a los hombres civilizados que habitualmente se
alimentan de alimentos blandos y cocidos, y por lo tanto usan menos sus mandíbulas.
El Sr. Brace me informa que se está volviendo una práctica bastante común en
los Estados Unidos extraer algunos de los molares de los niños, ya que la
mandíbula no crece lo suficiente para el desarrollo perfecto del número normal.
(45. El profesor Montegazza me escribe desde Florencia que últimamente ha
estado estudiando los últimos molares en las diferentes razas del hombre y ha
llegado a la misma conclusión que la que se da en mi texto, es decir, que en
las razas superiores o civilizadas están en camino hacia la atrofia o
eliminación.)
Con respecto al tubo digestivo, solo
he encontrado un rudimento: el apéndice vermiforme del ciego. El ciego es una
rama o divertículo del intestino que termina en un fondo de saco y es
extremadamente largo en muchos mamíferos vegetales inferiores. En el koala
marsupial, su longitud es más del triple que la de todo el cuerpo. (46. Owen,
«Anatomía de los Vertebrados», vol. iii, págs. 416, 434, 441). A veces se
desarrolla en una punta larga que se estrecha gradualmente, y a veces se
estrecha en algunas partes. Parece que, como consecuencia de cambios en la
dieta o los hábitos, el ciego se ha acortado considerablemente en varios
animales, quedando el apéndice vermiforme como un rudimento de la parte
acortada. Que este apéndice es un rudimento se puede inferir de su pequeño
tamaño y de la evidencia que el profesor Canestrini (47. 'Annuario della Soc.
d. Nat.', Módena, 1867, pág. 94) ha recopilado sobre su variabilidad en el ser
humano. En ocasiones, está completamente ausente o, de nuevo, muy desarrollado.
El conducto a veces está completamente cerrado en la mitad o dos tercios de su
longitud, y la parte terminal consiste en una expansión sólida y aplanada. En
la naranja, este apéndice es largo y enrevesado; en el ser humano, surge del
extremo del ciego corto y suele tener de cuatro a cinco pulgadas de largo, con
solo un tercio de pulgada de diámetro. No solo es inútil, sino que a veces es
causa de muerte, de lo cual he oído hablar recientemente en dos casos: esto se
debe a pequeños cuerpos duros, como semillas, que entran en el conducto y
causan inflamación. (48. MC Martins (“De l'Unité Organique”, en “Revue des Deux
Mondes”, 15 de junio de 1862, pág. 16) y Haeckel (“Generelle Morphologie”, B.
ii. s. 278), han señalado el hecho singular de que este rudimento a veces causa
la muerte.)
En algunos de los cuadrumanos
inferiores, en los lémures y carnívoros, así como en muchos marsupiales, existe
un conducto cerca del extremo inferior del húmero, llamado agujero
supracondíleo, por donde pasan el nervio mayor de la extremidad anterior y, a
menudo, la arteria mayor. En el húmero humano, generalmente se conservan
rastros de este conducto, a veces bastante desarrollado, formado por una
prolongación ósea en forma de gancho, rematada por una banda de ligamentos. El
Dr. Struthers (49. Con respecto a la herencia, véase al Dr. Struthers en
'Lancet', 15 de febrero de 1873, y otro artículo importante, ibid. 24 de enero
de 1863, pág. 83. El Dr. Knox, según tengo informado, fue el primer anatomista
que llamó la atención sobre esta estructura peculiar en el hombre; véase su
'Grandes artistas y anatomistas', pág. 63. Véase también una importante memoria
sobre este proceso por el Dr. Gruber, en el 'Bulletin de l'Acad. Imp. de St.
Petersbourg', tomo xii. 1867, pág. 448.), quien ha estudiado de cerca el tema,
ha demostrado ahora que esta peculiaridad a veces se hereda, como ha ocurrido
en un padre, y en no menos de cuatro de sus siete hijos. Cuando está presente,
el gran nervio invariablemente pasa a través de él; Esto indica claramente que
es homólogo y rudimento del agujero supracondíleo de los animales inferiores.
El profesor Turner estima, según me informa, que se presenta en aproximadamente
el uno por ciento de los esqueletos recientes. Pero si el desarrollo ocasional
de esta estructura en el hombre se debe, como parece probable, a una reversión,
se trata de un retorno a un estado muy antiguo, ya que en los cuadrumanos
superiores está ausente.
Existe otro agujero o perforación en
el húmero, ocasionalmente presente en el ser humano, que podría denominarse
intercondíleo. Esto ocurre, aunque no constantemente, en varios simios
antropoides y otros (50. Sr. St. George Mivart, 'Transactions Phil. Soc.',
1867, pág. 310), y también en muchos animales inferiores. Es notable que esta
perforación parezca haber estado presente en el ser humano con mucha más
frecuencia en la antigüedad que en tiempos recientes. El Sr. Busk (51. “Sobre
las cuevas de Gibraltar”, “Transacciones del Congreso Internacional de
Arqueología Prehistórica”, Tercera sesión, 1869, pág. 159. El profesor Wyman ha
demostrado recientemente (Cuarto informe anual, Museo Peabody, 1871, pág. 20)
que esta perforación está presente en el treinta y uno por ciento de algunos
restos humanos de antiguos montículos en el oeste de los Estados Unidos y en
Florida. Se presenta con frecuencia en los negros). Ha recopilado la siguiente
evidencia sobre este tema: el profesor Broca “observó la perforación en el
cuatro y medio por ciento de los huesos de los brazos recogidos en el
“Cimetière du Sud” de París; y en la Gruta de Orrony, cuyo contenido se refiere
al período de Bronce, hasta ocho húmeros de treinta y dos estaban perforados;
pero esta extraordinaria proporción, cree él, podría deberse a que la caverna
había sido una especie de “bóveda familiar”. Además, M. Dupont encontró un
treinta por ciento de huesos perforados en las cuevas del Valle de Lesse,
pertenecientes al período del reno; mientras que M. Leguay, en una especie de
dolmen en Argenteuil, observó un veinticinco por ciento perforados; y M.
Pruner-Bey encontró un veintiséis por ciento en el mismo estado en huesos de
Vaureal. Cabe destacar que M. Pruner-Bey afirma que esta condición es común en
los esqueletos guanches. Es interesante que las razas antiguas, en este y otros
casos, presenten con mayor frecuencia estructuras que se asemejan a las de los
animales inferiores que las modernas. Una de las principales causas parece ser
que las razas antiguas se sitúan algo más cerca, en la larga línea de
descendencia, de sus remotos progenitores de aspecto animal.
En el hombre, el coxis, junto con
otras vértebras que se describirán más adelante, aunque no funcionan como cola,
representan claramente esta parte en otros animales vertebrados. En un período
embrionario temprano, es libre y se proyecta más allá de las extremidades
inferiores, como se puede ver en el dibujo (Fig. 1) de un embrión humano.
Incluso después del nacimiento, se ha sabido, en ciertos casos raros y anómalos
(52. Quatrefages ha recopilado recientemente la evidencia sobre este tema.
'Revue des Cours Scientifiques', 1867-1868, p. 625. En 1840, Fleischmann
exhibió un feto humano con una cola libre, que, como no siempre es el caso,
incluía cuerpos vertebrales; y esta cola fue examinada críticamente por los
numerosos anatomistas presentes en la reunión de naturalistas en Erlangen
(véase Marshall en Niederlandischen Archiv für Zoologie, diciembre de 1871).),
que forma un pequeño rudimento externo de una cola. El cóccix es corto, y suele
incluir solo cuatro vértebras, todas anquilosadas entre sí. Estas se encuentran
en estado rudimentario, pues, con excepción de la basal, están compuestas
únicamente por el centro. (53. Owen, «Sobre la naturaleza de las extremidades»,
1849, pág. 114). Están dotadas de pequeños músculos; uno de los cuales, según
me informa el profesor Turner, ha sido descrito expresamente por Theile como
una repetición rudimentaria del extensor de la cola, un músculo muy
desarrollado en muchos mamíferos.
La médula espinal en el hombre se
extiende solo hasta la última vértebra dorsal o la primera vértebra lumbar;
pero una estructura filiforme (el filum terminale) recorre el eje de la parte
sacra del canal espinal, e incluso a lo largo de la parte posterior de los
huesos coccígeos. La parte superior de este filamento, como me informa el
profesor Turner, es indudablemente homóloga a la médula espinal; pero la parte
inferior aparentemente consiste simplemente en la piamadre, o membrana
vascular. Incluso en este caso, se puede decir que el hueso coccígeo posee un
vestigio de una estructura tan importante como la médula espinal, aunque ya no
está encerrado dentro de un canal óseo. El siguiente hecho, por el cual también
estoy en deuda con el profesor Turner, muestra cuán estrechamente se
corresponde el hueso coccígeo con la cola verdadera en los animales inferiores:
Luschka ha descubierto recientemente en la extremidad de los huesos coccígeos
un cuerpo contorneado muy peculiar, que se continúa con la arteria sacra media;
Y este descubrimiento llevó a Krause y Meyer a examinar la cola de un mono
(Macacus) y de un gato, en ambos encontraron un cuerpo similarmente
convolucionado, aunque no en la extremidad.
El sistema reproductivo ofrece
diversas estructuras rudimentarias; pero estas difieren en un aspecto
importante de los casos anteriores. Aquí no nos ocupamos del vestigio de una
parte que no pertenece a la especie en estado de eficiencia, sino de una parte
eficiente en un sexo y representada en el otro por un simple rudimento. Sin
embargo, la aparición de tales rudimentos es tan difícil de explicar, basándose
en la creencia de la creación separada de cada especie, como en los casos
anteriores. Más adelante, volveré a estos rudimentos y demostraré que su
presencia generalmente depende meramente de la herencia, es decir, de que las
partes adquiridas por un sexo se hayan transmitido parcialmente al otro. En
este lugar, solo daré algunos ejemplos de tales rudimentos. Es bien sabido que
en los machos de todos los mamíferos, incluido el hombre, existen mamas
rudimentarias. Estas, en varios casos, se han desarrollado bien y han producido
una abundante producción de leche. Su identidad esencial en ambos sexos se demuestra
igualmente por la ocasional dilatación simpática en ambos durante un ataque de
sarampión. La vesícula prostática, observada en muchos mamíferos machos, es
ahora universalmente reconocida como homóloga del útero femenino, junto con el
conducto conexo. Es imposible leer la competente descripción de Leuckart de
este órgano y su razonamiento sin admitir la justeza de su conclusión. Esto es
especialmente evidente en el caso de aquellos mamíferos en los que el verdadero
útero femenino se bifurca, pues en los machos de estos mamíferos la vesícula
también se bifurca. (54. Leuckart, en Todd's 'Cyclopaedia of Anatomy' 1849-52,
vol. iv, pág. 1415. En el hombre, este órgano tiene solo de tres a seis líneas
de longitud, pero, como tantas otras partes rudimentarias, es variable en su
desarrollo, así como en otros caracteres.) Podrían haberse aducido aquí otras
estructuras rudimentarias pertenecientes al sistema reproductor. (55. Véase,
sobre este tema, Owen, 'Anatomy of Vertebrates', vol. iii, págs. 675, 676, 706.)
La relación de las tres grandes
clases de hechos que se presentan es inequívoca. Pero sería superfluo
recapitular con detalle la línea argumental expuesta en mi «Origen de las
Especies». La construcción homológica de toda la estructura en los miembros de
la misma clase es inteligible si admitimos su descendencia de un progenitor
común, junto con su posterior adaptación a condiciones diversas. Desde
cualquier otro punto de vista, la similitud de patrón entre la mano de un
hombre o un mono, la pata de un caballo, la aleta de una foca, el ala de un
murciélago, etc., es completamente inexplicable. (56. El profesor Bianconi, en
una obra publicada recientemente, ilustrada con admirables grabados ('La
Théorie Darwinienne et la création dite indépendante', 1874), intenta demostrar
que las estructuras homológicas, en los casos anteriores y en otros, pueden
explicarse completamente mediante principios mecánicos, de acuerdo con sus
usos. Nadie ha demostrado tan bien cuán admirablemente se adaptan dichas
estructuras a su propósito final; y esta adaptación puede, según creo,
explicarse mediante la selección natural. Al considerar el ala de un
murciélago, plantea (pág. 218) lo que me parece (para usar las palabras de
Auguste Comte) un mero principio metafísico, a saber, la preservación "en
su integridad de la naturaleza mamífera del animal". Solo en unos pocos
casos analiza los rudimentos, y solo aquellas partes que son parcialmente
rudimentarias, como las pequeñas pezuñas del cerdo y el buey, que no tocan el suelo;
muestra claramente que estas son útiles para el animal. Es una lástima que no
considerara casos como los diminutos dientes, que nunca atraviesan la mandíbula
del buey, o las mamas de los cuadrúpedos machos, o las alas de ciertos
escarabajos, que existen bajo las cubiertas alares soldadas, o los vestigios
del pistilo y los estambres en diversas flores, y muchos otros casos similares.
Aunque admiro enormemente el trabajo del profesor Bianconi, me parece que la
creencia actual de la mayoría de los naturalistas de que las estructuras
homológicas son inexplicables basándose en el principio de la mera adaptación
sigue siendo inquebrantable. Afirmar que todas se han formado según el mismo
plan ideal no constituye una explicación científica. Con respecto al
desarrollo, podemos entender claramente, basándose en el principio de que las
variaciones sobrevienen en un período embrionario bastante tardío y se heredan
en un período correspondiente, cómo es que los embriones de formas
maravillosamente diferentes conservan, de forma más o menos perfecta, la
estructura de su progenitor común. Nunca se ha dado otra explicación del
maravilloso hecho de que los embriones de un hombre, un perro, una foca, un
murciélago, un reptil, etc., apenas puedan distinguirse entre sí al principio.
Para comprender la existencia de órganos rudimentarios, basta con suponer que
un progenitor anterior poseía las partes en cuestión en perfecto estado, y que,
al cambiar los hábitos de vida, se redujeron considerablemente, ya sea por
simple desuso,o bien mediante la selección natural de aquellos individuos que
estuvieran menos cargados de una parte superflua, ayudados por los otros medios
anteriormente indicados.
Así, podemos comprender cómo el
hombre y todos los demás animales vertebrados han sido construidos según el
mismo modelo general, por qué pasan por las mismas etapas tempranas de
desarrollo y por qué conservan ciertos rudimentos en común. En consecuencia,
debemos admitir francamente su comunidad de descendencia: adoptar cualquier
otro punto de vista es admitir que nuestra propia estructura, y la de todos los
animales que nos rodean, es una mera trampa tendida para entorpecer nuestro
juicio. Esta conclusión se refuerza enormemente si examinamos a los miembros de
toda la serie animal y consideramos la evidencia derivada de sus afinidades o
clasificación, su distribución geográfica y sucesión geológica. Es solo nuestro
prejuicio natural, y la arrogancia que llevó a nuestros antepasados a
declarar que descendían de semidioses, lo que nos lleva a objetar a esta
conclusión. Pero pronto llegará el día en que se considerará asombroso que los
naturalistas, que conocían bien la estructura y el desarrollo comparativos del
hombre y otros mamíferos, creyeran que cada uno era obra de un acto de creación
independiente.
CAPÍTULO II.
DEL MODO DE DESARROLLO DEL HOMBRE A PARTIR DE UNA FORMA INFERIOR.
Variabilidad del cuerpo y la mente en
el hombre—Herencia—Causas de la variabilidad—Las leyes de variación son las
mismas en el hombre que en los animales inferiores—Acción directa de las
condiciones de vida—Efectos del aumento del uso y desuso de las partes—Desarrollo
detenido—Reversión—Variación correlacionada—Tasa de aumento—Frena el
aumento—Selección natural—El hombre, el animal más dominante del
mundo—Importancia de su estructura corpórea—Las causas que han llevado a que se
vuelva erecto—Cambios consecuentes en la estructura—Disminución del tamaño de
los caninos—Aumento del tamaño y alteración de la forma del cráneo—Desnudez
—Ausencia de cola—Condición indefensa del hombre.
Es evidente que el hombre actual está
sujeto a una gran variabilidad. No hay dos individuos de la misma raza que sean
exactamente iguales. Podemos comparar millones de rostros, y cada uno será
distinto. Existe una diversidad igualmente grande en las proporciones y
dimensiones de las distintas partes del cuerpo; la longitud de las piernas es
uno de los puntos más variables. (1. 'Investigations in Military and
Anthropological Statistics of American Soldiers', de B. A. Gould, 1869, pág.
256). Aunque en algunas partes del mundo predomina un cráneo alargado y en
otras un cráneo corto, existe una gran diversidad de formas incluso dentro de
una misma raza, como ocurre con los aborígenes de América y Australia
Meridional —esta última una raza «probablemente tan pura y homogénea en sangre,
costumbres e idioma como cualquier otra existente»— e incluso entre los
habitantes de una zona tan limitada como las Islas Sandwich. (2. Con respecto a
las “Formas craneales de los aborígenes americanos”, véase al Dr. Aitken Meigs
en 'Proc. Acad. Nat. Sci.' Filadelfia, mayo de 1868. Sobre los australianos,
véase a Huxley, en 'Antiquity of Man' de Lyell, 1863, pág. 87. Sobre los
isleños de Sandwich, el Prof. J. Wyman, 'Observations on Crania', Boston, 1868,
pág. 18.) Un eminente dentista me asegura que hay casi tanta diversidad en los
dientes como en los rasgos. Las arterias principales discurren con tanta
frecuencia en trayectos anormales, que se ha encontrado útil para fines
quirúrgicos calcular, a partir de 1040 cadáveres, con qué frecuencia prevalece
cada trayecto. (3. «Anatomía de las Arterias», de R. Quain. Prefacio, vol. i.,
1844.) Los músculos son eminentemente variables: así, el profesor Turner (4.
«Transacciones de la Real Sociedad de Edimburgo», vol. xxiv, págs. 175, 189) descubrió
que los del pie no eran estrictamente iguales en dos de cincuenta cuerpos; y en
algunos casos las desviaciones eran considerables. Añade que la capacidad para
realizar los movimientos apropiados debió modificarse en función de las
diversas desviaciones. El Sr. J. Wood ha registrado (5. 'Proceedings Royal
Society', 1867, pág. 544; también 1868, pp. 483, 524. Hay un artículo anterior,
1866, pág. 229.) la ocurrencia de 295 variaciones musculares en treinta y seis
sujetos, y en otro conjunto del mismo número no menos de 558 variaciones, las
que ocurren en ambos lados del cuerpo se cuentan como una sola. En el último
conjunto, ningún cuerpo de los treinta y seis fue "encontrado totalmente
carente de desviaciones de las descripciones estándar del sistema muscular
dadas en los libros de texto de anatomía". Un solo cuerpo presentó el
extraordinario número de veinticinco anormalidades distintas. El mismo músculo
a veces varía de muchas maneras: así, el Prof. Macalister describe (6. 'Proc.
R. Irish Academy', vol. x. 1868, pág. 141.) no menos de veinte variaciones
distintas en el palmar accesorio.
El famoso y antiguo anatomista Wolff
(7. «Act. Acad. St. Petersburg», 1778, parte ii, pág. 217) insiste en que las
vísceras internas son más variables que las externas: «Nulla particula est quae
non aliter et aliter in aliis se habeat hominibus». Incluso escribió un tratado
sobre la elección de ejemplos típicos de vísceras para su representación. Una
discusión sobre el ideal del hígado, los pulmones, los riñones, etc., así como
sobre el rostro humano divino, nos resulta extraña.
La variabilidad o diversidad de las
facultades mentales en los hombres de una misma raza, por no mencionar las
mayores diferencias entre hombres de distintas razas, es tan notoria que no es
necesario decir nada al respecto. Lo mismo ocurre con los animales inferiores.
Todos los que han tenido zoológicos admiten este hecho, y lo vemos claramente
en nuestros perros y otros animales domésticos. Brehm insiste especialmente en
que cada mono de los que mantuvo domesticados en África tenía su propia
disposición y temperamento peculiares: menciona un babuino notable por su gran
inteligencia; y los cuidadores del Zoológico me señalaron un mono,
perteneciente a la división del Nuevo Mundo, igualmente notable por su
inteligencia. Rengger también insiste en la diversidad de los diversos
caracteres mentales de los monos de la misma especie que mantuvo en Paraguay; y
esta diversidad, como añade, es en parte innata y en parte resultado de la
forma en que han sido tratados o educados. (8. Brehm, 'Thierleben', B. i. ss. 58,
87. Rengger, 'Säugethiere von Paraguay', s. 57.)
He tratado en otro lugar (9.
"Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación", vol. ii, cap.
xii) el tema de la herencia tan extensamente que apenas necesito añadir nada
aquí. Se ha recopilado mayor cantidad de datos con respecto a la transmisión de
los caracteres más insignificantes, así como de los más importantes, en el
hombre que en cualquiera de los animales inferiores; aunque los datos son
bastante abundantes con respecto a estos últimos. Así, en cuanto a las
cualidades mentales, su transmisión es evidente en nuestros perros, caballos y
otros animales domésticos. Además de los gustos y hábitos especiales, la
inteligencia general, el coraje, el mal y el buen carácter, etc., se transmiten
sin duda. En el hombre, observamos hechos similares en casi todas las familias;
y ahora sabemos, gracias a los admirables trabajos del Sr. Galton (10.
"Genio Hereditario: una Investigación sobre sus Leyes y
Consecuencias", 1869), que el genio, que implica una combinación
maravillosamente compleja de altas facultades, tiende a ser heredado; y, por
otra parte, es demasiado cierto que la locura y el deterioro de las facultades
mentales también se dan en familias.
Respecto a las causas de la
variabilidad, en todos los casos somos muy ignorantes; pero podemos ver que,
tanto en el hombre como en los animales inferiores, estas guardan cierta
relación con las condiciones a las que cada especie ha estado expuesta durante
varias generaciones. Los animales domésticos varían más que los animales en
estado natural; esto se debe aparentemente a la naturaleza diversificada y
cambiante de las condiciones a las que han estado sometidos. En este sentido,
las diferentes razas humanas se asemejan a los animales domésticos, al igual
que los individuos de la misma raza cuando habitan una zona muy extensa, como
la de América. Vemos la influencia de la diversidad de condiciones en las
naciones más civilizadas; pues los miembros que pertenecen a diferentes rangos
y desempeñan diferentes ocupaciones presentan una mayor variedad de caracteres
que los miembros de las naciones bárbaras. Pero la uniformidad de los salvajes
se ha exagerado a menudo, y en algunos casos difícilmente puede afirmarse que
exista. (11. El Sr. Bates señala ('The Naturalist on the Amazons', 1863, vol.
ii pág. 159), con respecto a los indios de la misma tribu sudamericana,
"ninguno de ellos era del todo similar en la forma de la cabeza; un hombre
tenía un rostro ovalado con rasgos finos, y otro era bastante mongol en anchura
y prominencia de mejillas, extensión de fosas nasales y oblicuidad de
ojos"). Sin embargo, es un error hablar del hombre, incluso si solo
consideramos las condiciones a las que ha estado expuesto, como "mucho más
domesticado" (12. Blumenbach, 'Tratados de Antropología'. Trad. inglesa,
1865, pág. 205) que cualquier otro animal. Algunas razas salvajes, como los
australianos, no están expuestas a condiciones más diversificadas que muchas
especies que tienen una amplia distribución. En otro aspecto mucho más
importante, el hombre difiere ampliamente de cualquier animal estrictamente
domesticado; pues su crianza nunca ha estado controlada por mucho tiempo, ni
por selección metódica ni inconsciente. Ninguna raza ni grupo de hombres ha
sido tan completamente subyugado por otros hombres, como para que ciertos
individuos fueran preservados, y así seleccionados inconscientemente, para que
no sobresalieran en utilidad para sus amos. Tampoco se ha escogido y emparejado
intencionalmente a ciertos individuos, machos y hembras, excepto en el conocido
caso de los granaderos prusianos; y en este caso el hombre obedeció, como era
de esperar, la ley de la selección metódica; pues se afirma que muchos hombres
altos fueron criados en las aldeas habitadas por los granaderos y sus esposas
altas. En Esparta, también se siguió una forma de selección, pues se decretó
que todos los niños debían ser examinados poco después del nacimiento; los bien
formados y vigorosos se preservaban, los demás se dejaban morir. (13. Historia
de Grecia, de Mitford, vol. ip 282. También se desprende de un pasaje de
Memorabilia, de Jenofonte, B. ii. 4 (al que me llamó la atención el reverendo
JN Hoare), que era un principio bien reconocido entre los griegos que los
hombres debían seleccionar a sus esposas teniendo en cuenta la salud y el vigor
de sus hijos.El poeta griego Teognis, que vivió en el año 550 a. C., comprendió
claramente la importancia de la selección, si se aplica con cuidado, para el
progreso de la humanidad. Asimismo, observó que la riqueza a menudo frena la
correcta acción de la selección sexual. Así, escribe:
“¡Con vacas y caballos, Kurnus! Procedemos
Por reglas razonables, y elegir una raza
Para obtener ganancias y aumento, a cualquier precio:
De buena cepa, sin defecto ni vicio.
Pero, en los partidos diarios que hacemos,
El precio lo es todo: por el bien del dinero,
Los hombres se casan: las mujeres se encuentran en el matrimonio dado
El patán o rufián, que en la riqueza ha prosperado,
Puede unir a su descendencia con la raza más orgullosa:
¡Así todo es una mezcla, lo noble y lo vil!
Si entonces en la manera exterior, forma y mente,
Nos encuentras como una especie degradada y abigarrada,
No te preguntes más, amigo mío, la causa es clara.
Y lamentar las consecuencias es en vano”.
(Las obras de J. Hookham Frere, vol.
ii. 1872, pág. 334.))
Si consideramos todas las razas
humanas como una sola especie, su distribución es enorme; pero algunas razas,
como los americanos y los polinesios, tienen áreas de distribución muy amplias.
Es bien sabido que las especies con una amplia distribución son mucho más
variables que las especies con áreas de distribución restringidas; y la
variabilidad del hombre puede compararse con mayor exactitud con la de las
especies con una amplia distribución que con la de los animales domésticos.
No solo parece que la variabilidad en
el hombre y los animales inferiores se debe a las mismas causas generales, sino
que en ambos casos las mismas partes del cuerpo se ven afectadas de forma muy
análoga. Esto ha sido demostrado con tanto detalle por Godron y Quatrefages,
que solo necesito referirme aquí a sus obras. (14. Godron, «De l'Espèce», 1859,
tomo ii. libro 3. Quatrefages, «Unité de l'Espèce Humaine», 1861. También
Lecciones de Antropología, impartidas en la «Revue des Cours Scientifiques»,
1866-1868). Las monstruosidades, que presentan ligeras variaciones, son
igualmente tan similares en el hombre y los animales inferiores, que la misma
clasificación y los mismos términos pueden emplearse para ambas, como ha
demostrado Isidore Geoffroy St.-Hilaire. (15. 'Hist. Gen. et Part. des
Anomalies de l'Organisation', en tres volúmenes, tomo I, 1832.) En mi trabajo
sobre la variación de los animales domésticos, he intentado organizar de manera
rudimentaria las leyes de la variación bajo los siguientes títulos: La acción
directa y definida de las condiciones cambiadas, como lo exhiben todos o casi
todos los individuos de la misma especie, variando de la misma manera bajo las
mismas circunstancias. Los efectos del uso o desuso prolongado de partes. La
cohesión de partes homólogas. La variabilidad de partes múltiples. La
compensación del crecimiento; pero de esta ley no he encontrado un buen ejemplo
en el caso del hombre. Los efectos de la presión mecánica de una parte sobre
otra; como de la pelvis sobre el cráneo del infante en el útero. Detenciones
del desarrollo, que conducen a la disminución o supresión de partes. La
reaparición de caracteres perdidos hace mucho tiempo a través de la reversión.
Y finalmente, la variación correlacionada. Todas estas supuestas leyes se
aplican por igual al hombre y a los animales inferiores; y la mayoría incluso a
las plantas. Sería superfluo analizarlas todas aquí (16. He analizado estas
leyes en detalle en mi «Variación de los Animales y las Plantas bajo la
Domesticación», vol. II, cap. XXII y XXIII. M. J. P. Durand publicó
recientemente (1868) un valioso ensayo, «De l'Influence des Milieux», etc. En
el caso de las plantas, hace mucho hincapié en la naturaleza del suelo). Sin
embargo, varias son tan importantes que requieren un análisis extenso.
LA ACCIÓN DIRECTA Y DEFINITIVA DE LAS
CONDICIONES CAMBIADAS.
Este es un tema sumamente
desconcertante. Es innegable que las condiciones cambiantes producen cierto
efecto, en ocasiones considerable, en organismos de todo tipo; y, a primera
vista, parece probable que, con el tiempo suficiente, este sería el resultado
invariable. Sin embargo, no he logrado obtener pruebas claras que respalden
esta conclusión; y se pueden aducir razones válidas en contra, al menos en lo
que respecta a las innumerables estructuras adaptadas a fines específicos. Sin
embargo, no cabe duda de que las condiciones cambiantes inducen una
variabilidad fluctuante casi indefinida, lo que hace que todo el organismo se
vuelva, en cierto grado, plástico.
En Estados Unidos, se midieron más de
un millón de soldados que sirvieron en la última guerra, y se registraron los
estados donde nacieron y se criaron. (17. 'Investigations in Military and
Anthrop. Statistics', etc., 1869, por B. A. Gould, págs. 93, 107, 126, 131,
134). Esta asombrosa cantidad de observaciones demuestra que ciertas
influencias locales influyen directamente en la estatura; además, aprendemos
que «el estado donde se ha producido el mayor crecimiento físico y el estado de
nacimiento, que indica la ascendencia, parecen ejercer una marcada influencia
en la estatura». Por ejemplo, se establece que «residir en los estados del
oeste, durante los años de crecimiento, tiende a producir un aumento de
estatura». Por otro lado, es cierto que, en el caso de los marineros, la vida
retrasa su crecimiento, como lo demuestra la gran diferencia de estatura entre
soldados y marineros a los diecisiete y dieciocho años. El Sr. B. A. Gould se
esforzó por determinar la naturaleza de las influencias que, de este modo,
actúan sobre la estatura; pero solo llegó a resultados negativos: que no
guardaban relación con el clima, la altitud del terreno, el suelo, ni siquiera
con la abundancia o la necesidad de comodidades. Esta última conclusión se
opone directamente a la de Villerme, a partir de las estadísticas sobre la
estatura de los reclutas en diferentes partes de Francia. Español Cuando
comparamos las diferencias de estatura entre los jefes polinesios y las clases
bajas dentro de las mismas islas, o entre los habitantes de las fértiles islas
volcánicas y las bajas islas coralinas estériles del mismo océano (18. Para los
polinesios, véase Prichard, 'Historia física de la humanidad', vol. v. 1847,
pp. 145, 283. También Godron, 'De l'Espèce', tomo ii, p. 289. También hay una
notable diferencia de apariencia entre los hindúes, estrechamente relacionados,
que habitan el Alto Ganges y Bengala; véase Elphinstone, 'Historia de la
India', vol. ip. 324.) o de nuevo entre los fueguinos en las costas oriental y
occidental de su país, donde los medios de subsistencia son muy diferentes, es
casi imposible evitar la conclusión de que una mejor alimentación y una mayor
comodidad influyen en la estatura. Pero las afirmaciones anteriores muestran lo
difícil que es llegar a un resultado preciso. El Dr. Beddoe ha demostrado
recientemente que, en el caso de los habitantes de Gran Bretaña, la residencia
en ciudades y ciertas ocupaciones tienen un efecto negativo en la estatura; e
infiere que el resultado es, hasta cierto punto, hereditario, como ocurre
también en Estados Unidos. El Dr. Beddoe cree además que dondequiera que una
raza alcanza su máximo desarrollo físico, alcanza su máximo nivel de energía y
vigor moral. (19. «Memorias, Sociedad Antropológica», vol. iii. 1867-69, págs.
561, 565, 567).
Se desconoce si las condiciones
externas producen algún otro efecto directo en el hombre. Cabría esperar que
las diferencias climáticas tuvieran una marcada influencia, ya que los pulmones
y los riñones se activan a bajas temperaturas, y el hígado y la piel a altas.
(20. Dr. Brakenridge, «Teoría de la diátesis», «Medical Times», 19 de junio y
17 de julio de 1869). Antiguamente se creía que el color de la piel y la
naturaleza del cabello estaban determinados por la luz o el calor; y aunque es
difícil negar que esto produce algún efecto, casi todos los observadores
coinciden ahora en que el efecto ha sido muy leve, incluso después de una
exposición prolongada. Pero este tema se abordará con mayor profundidad cuando
tratemos las diferentes razas humanas. En nuestros animales domésticos hay
motivos para creer que el frío y la humedad afectan directamente el crecimiento
del cabello; pero no he encontrado ninguna evidencia al respecto en el caso del
hombre.
EFECTOS DEL AUMENTO DEL USO Y DESUSO
DE PIEZAS.
Es bien sabido que el uso fortalece
los músculos del individuo, y la falta total de uso, o la destrucción del
nervio propio, los debilita. Cuando el ojo se destruye, el nervio óptico a
menudo se atrofia. Cuando se liga una arteria, los canales laterales aumentan
no solo en diámetro, sino también en grosor y fuerza de sus membranas. Cuando
un riñón deja de funcionar por enfermedad, el otro aumenta de tamaño y realiza
un doble trabajo. Los huesos aumentan no solo en grosor, sino también en
longitud, al soportar un mayor peso. (21. He dado autoridades para estas
diversas afirmaciones en mi 'Variación de animales y plantas bajo
domesticación', vol. ii, págs. 297-300. Dr. Jaeger, “Über das Langenwachsthum
der Knochen”, 'Jenäischen Zeitschrift', B. v. Heft. i.) Diferentes ocupaciones,
seguidas habitualmente, conducen a proporciones modificadas en varias partes
del cuerpo. Así, la Comisión de los Estados Unidos (22. «Investigaciones»,
etc., de B. A. Gould, 1869, pág. 288) determinó que las piernas de los marineros
empleados en la guerra tardía eran 0,217 pulgadas más largas que las de los
soldados, aunque los marineros eran, en promedio, hombres más bajos; mientras
que sus brazos eran 1,09 pulgadas más cortos y, por lo tanto,
desproporcionadamente, más cortos en relación con su menor estatura. Esta
brevedad de los brazos se debe aparentemente a su mayor uso, y es un resultado
inesperado; pero los marineros usan principalmente sus brazos para tirar, y no
para sostener pesos. En los marineros, la circunferencia del cuello y la
profundidad del empeine son mayores, mientras que la circunferencia del pecho,
la cintura y las caderas es menor que en los soldados.
Se desconoce si las diversas
modificaciones anteriores se volverían hereditarias si se mantuvieran los
mismos hábitos de vida durante muchas generaciones, pero es probable. Rengger
(23. 'Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 4) atribuye las piernas delgadas y
los brazos gruesos de los indígenas payaguas a generaciones sucesivas que
pasaron casi toda su vida en canoas, con las extremidades inferiores inmóviles.
Otros autores han llegado a una conclusión similar en casos análogos. Según
Cranz (24. 'Historia de Groenlandia', traducción al inglés, 1767, vol. ip.
230), quien vivió mucho tiempo con los esquimales, «los nativos creen que el
ingenio y la destreza en la captura de focas (su arte y virtud más elevadas)
son hereditarios; realmente hay algo de cierto en ello, pues el hijo de un
célebre cazador de focas se distinguirá, aunque haya perdido a su padre en la
infancia». Pero en este caso, es la aptitud mental, tanto como la estructura
corporal, lo que parece heredarse. Se afirma que las manos de los trabajadores
ingleses son al nacer más grandes que las de la nobleza. (25. «Intermarriage»,
de Alex. Walker, 1838, pág. 377). A partir de la correlación que existe, al
menos en algunos casos (26. «The Variation of Animals under Domestication»,
vol. ip. 173), entre el desarrollo de las extremidades y de las mandíbulas, es
posible que en aquellas clases que no trabajan mucho con las manos y los pies,
las mandíbulas se reduzcan de tamaño por esta causa. Es cierto que generalmente
son más pequeñas en los hombres refinados y civilizados que en los hombres
trabajadores o salvajes. Pero en los salvajes, como ha señalado el Sr. Herbert
Spencer (27. «Principios de Biología», vol. ip. 455), el mayor uso de las
mandíbulas para masticar alimentos gruesos y crudos actuaría directamente sobre
los músculos masticatorios y los huesos a los que están unidos. En los bebés,
mucho antes de nacer, la piel de las plantas de los pies es más gruesa que la
de cualquier otra parte del cuerpo (28. Paget, «Conferencias sobre Patología
Quirúrgica», vol. ii, 1853, p. 209), y es indudable que esto se debe a los
efectos heredados de la presión durante una larga serie de generaciones.
Es bien sabido que los relojeros y
grabadores son propensos a la miopía, mientras que los hombres que viven mucho
al aire libre, y especialmente los salvajes, suelen ser hipermétropes. (29. Es
un hecho singular e inesperado que los marineros sean inferiores a los hombres
de tierra en su distancia media de visión nítida. El Dr. B. A. Gould ('Sanitary
Memoirs of the War of the Rebellion', 1869, pág. 530), ha demostrado que este
es el caso; y lo explica por el rango de visión ordinario de los marineros, que
está "restringido a la eslora del buque y a la altura de los
mástiles"). La miopía y la hipermetropía ciertamente tienden a ser
hereditarias. (30. 'The Variation of Animals under Domestication', vol. ip 8.)
La inferioridad de los europeos, en comparación con los salvajes, en la vista y
en los demás sentidos, es sin duda el efecto acumulado y transmitido de un uso
disminuido durante muchas generaciones; para Rengger (31. 'Säugethiere von
Paraguay,' s. 8, 10. He tenido buenas oportunidades de observar el extraordinario
poder de la vista en los fueguinos. Véase también Lawrence ('Lectures on
Physiology,' etc., 1822, p. 404) sobre este mismo tema. M. Giraud-Teulon ha
recopilado recientemente ('Revue des Cours Scientifiques,' 1870, p. 625) un
gran y valioso cuerpo de evidencia que prueba que la causa de la miopía,
"C'est le travail assidu, de près.") afirma que ha observado
repetidamente a los europeos, que habían sido criados y pasado toda su vida con
los indios salvajes, que sin embargo no los igualaron en la agudeza de sus
sentidos. El mismo naturalista observa que las cavidades en el cráneo para la
recepción de los diversos órganos sensoriales son más grandes en los aborígenes
americanos que en los europeos; Esto probablemente indica una diferencia
correspondiente en las dimensiones de los propios órganos. Blumenbach también
ha destacado el gran tamaño de las cavidades nasales en los cráneos de los
aborígenes americanos, y relaciona este hecho con su notable agudeza olfativa.
Los mongoles de las llanuras del norte de Asia, según Pallas, poseen sentidos
extraordinariamente perfectos; y Prichard cree que la gran anchura de sus
cráneos a través de los cigomas se debe a sus órganos sensoriales altamente
desarrollados. (32. Prichard, «Historia Física de la Humanidad», con la
autoridad de Blumenbach, vol. i. 1851, p. 311; para la declaración de Pallas,
vol. iv. 1844, p. 407).
Los indígenas quechuas habitan las
elevadas mesetas del Perú; y Alcide d'Orbigny afirma (33. Citado por Prichard,
'Investigaciones sobre la Historia Física de la Humanidad', vol. vp. 463) que,
al respirar continuamente una atmósfera altamente enrarecida, han adquirido
tórax y pulmones de dimensiones extraordinarias. Además, las células pulmonares
son más grandes y numerosas que en los europeos. Estas observaciones han sido
puestas en duda, pero el Sr. D. Forbes midió cuidadosamente a muchos aymaras,
una raza afín, que viven a una altitud de entre 10.000 y 15.000 pies; y me
informa (34. El valioso artículo del Sr. Forbes se publica ahora en la 'Revista
de la Sociedad Etnológica de Londres', nueva serie, vol. ii. 1870, p. 193) que
difieren notablemente de los hombres de todas las demás razas que observó en la
circunferencia y la longitud de sus cuerpos. En su tabla de medidas, la
estatura de cada hombre se toma en 1000, y las demás medidas se reducen a este
estándar. Se observa aquí que los brazos extendidos de los aymaras son más
cortos que los de los europeos, y mucho más cortos que los de los negros. Las
piernas también son más cortas; y presentan la notable peculiaridad de que, en
cada aymara medido, el fémur es en realidad más corto que la tibia. En promedio,
la longitud del fémur a la tibia es de 211 a 252; mientras que en dos europeos,
medidos al mismo tiempo, la longitud del fémur a la tibia era de 244 a 230; y
en tres negros, de 258 a 241. El húmero también es más corto en relación con el
antebrazo. Este acortamiento de la parte de la extremidad más cercana al cuerpo
parece ser, como me sugirió el Sr. Forbes, un caso de compensación en relación
con la longitud considerablemente mayor del tronco. Los aymaras presentan otros
puntos singulares de estructura, por ejemplo, la muy pequeña proyección del
talón.
Estos hombres están tan completamente
aclimatados a su fría y elevada morada que, cuando fueron llevados por los
españoles a las llanuras orientales bajas, y ahora, tentados por los altos
salarios, a bajar a los lavaderos de oro, sufren una tasa de mortalidad
alarmante. Sin embargo, el Sr. Forbes encontró algunas familias puras que
habían sobrevivido durante dos generaciones, y observó que aún heredaban sus
peculiaridades características. Pero era evidente, incluso sin medición, que
estas peculiaridades habían disminuido; y al medirlas, se descubrió que sus
cuerpos no eran tan alargados como los de los hombres del altiplano; mientras
que sus fémures se habían alargado algo, al igual que sus tibias, aunque en
menor medida. Las medidas exactas pueden consultarse en las memorias del Sr.
Forbes. A partir de estas observaciones, creo que no cabe duda de que residir
durante muchas generaciones a gran altitud tiende, tanto directa como
indirectamente, a inducir modificaciones hereditarias en las proporciones corporales.
(35. El Dr. Wilckens ('Landwirthschaft. Wochenblatt', No. 10, 1869) ha
publicado recientemente un interesante ensayo que muestra cómo los animales
domésticos que viven en regiones montañosas tienen su estructura modificada.)
Aunque el hombre no haya sufrido
grandes modificaciones durante las últimas etapas de su existencia debido al
aumento o la disminución del uso de sus partes, los hechos actuales demuestran
que su capacidad a este respecto no se ha perdido; y sabemos con certeza que la
misma ley se aplica a los animales inferiores. Por consiguiente, podemos
inferir que cuando, en una época remota, los progenitores del hombre se
encontraban en un estado de transición y cambiaban de cuadrúpedos a bípedos, la
selección natural probablemente se vio muy favorecida por los efectos
hereditarios del aumento o la disminución del uso de las diferentes partes del
cuerpo.
DETENCIONES DEL DESARROLLO.
Existe una diferencia entre el
desarrollo detenido y el crecimiento detenido, ya que las partes en el primer
estado continúan creciendo mientras conservan su condición original. Diversas
monstruosidades se incluyen en esta categoría; y se sabe que algunas, como el
paladar hendido, son hereditarias ocasionalmente. Para nuestro propósito,
bastará con referirnos al desarrollo cerebral detenido de los idiotas
microcéfalos, como se describe en las memorias de Vogt. (36. 'Mémoire sur les
Microcephales', 1867, págs. 50, 125, 169, 171, 184-198). Sus cráneos son más
pequeños y las circunvoluciones cerebrales son menos complejas que en los
hombres normales. El seno frontal, o la proyección sobre las cejas, está
ampliamente desarrollado, y las mandíbulas son prognáticas hasta un grado de
"effrayant"; por lo que estos idiotas se asemejan en cierta medida a
los tipos inferiores de la humanidad. Su inteligencia, y la mayoría de sus
facultades mentales, son extremadamente débiles. No pueden adquirir la facultad
del habla y son totalmente incapaces de mantener una atención prolongada, pero
son muy dados a la imitación. Son fuertes y notablemente activos, retozando y
saltando continuamente, y haciendo muecas. A menudo suben escaleras a gatas; y
les encanta trepar a muebles o árboles. Esto nos recuerda el placer que
muestran casi todos los niños al trepar a los árboles; y esto a su vez nos
recuerda cómo los corderos y cabritos, animales originariamente alpinos,
disfrutan retozando en cualquier montículo, por pequeño que sea. Los idiotas
también se asemejan a los animales inferiores en otros aspectos; así, se
registran varios casos en los que huelen cuidadosamente cada bocado de comida
antes de comerlo. Se describe a un idiota que a menudo usaba la boca como ayuda
para las manos mientras buscaba piojos. Suelen ser sucios en sus hábitos y
carecen de sentido de la decencia; y se han publicado varios casos en los que
sus cuerpos son notablemente peludos. (37. El profesor Laycock resume el
carácter de los idiotas con aspecto de brutos llamándolos "teroide";
'Journal of Mental Science', julio de 1863. El Dr. Scott ('The Deaf and Dumb',
2.ª ed., 1870, pág. 10) ha observado a menudo al imbécil oliendo su comida.
Véase, sobre este mismo tema y sobre la vellosidad de los idiotas, el Dr.
Maudsley, 'Body and Mind', 1870, págs. 46-51. Pinel también ha descrito un caso
sorprendente de vellosidad en un idiota.)
REVERSIÓN.
Muchos de los casos que se presentan
aquí podrían haberse presentado en el último apartado. Cuando una estructura se
detiene en su desarrollo, pero continúa creciendo hasta asemejarse mucho a una
estructura correspondiente en algún miembro inferior y adulto del mismo grupo,
puede considerarse, en cierto sentido, un caso de reversión. Los miembros
inferiores de un grupo nos dan una idea de cómo probablemente se construyó el
progenitor común; y es difícilmente creíble que una parte compleja, detenida en
una fase temprana del desarrollo embrionario, continúe creciendo hasta alcanzar
su función adecuada, a menos que haya adquirido dicha capacidad durante un
estado anterior de existencia, cuando la estructura actual, excepcional o
detenida, era normal. El cerebro simple de un idiota microcéfalo, en la medida
en que se asemeja al de un simio, puede considerarse, en este sentido, un caso
de reversión. (38. En mi 'Variación de los animales domesticados' (vol. ii,
pág. 57), atribuí los casos no muy raros de mamas supernumerarias en mujeres a
la reversión. Llegué a esta conclusión como probable, porque las mamas
adicionales generalmente se ubicaban simétricamente en el pecho; y más
especialmente a partir de un caso, en el que una sola mama eficiente se
encontraba en la región inguinal de una mujer, hija de otra mujer con mamas
supernumerarias. Pero ahora encuentro (véase, por ejemplo, el profesor Preyer,
'Der Kampf um das Dasein', 1869, s. 45) que las mamas erráticas se presentan en
otras situaciones, como en la espalda, en la axila y en el muslo; las mamas en
este último caso dieron tanta leche que el niño fue así nutrido. La
probabilidad de que las mamas adicionales se deban a la reversión se debilita
mucho; sin embargo, todavía me parece probable, porque a menudo se encuentran
dos pares Simétricamente en el pecho; y de esto he recibido información en
varios casos. Es bien sabido que algunos lémures normalmente tienen dos pares
de mamas en el pecho. Se han registrado cinco casos de la presencia de más de
un par de mamas (por supuesto, rudimentarias) en el sexo masculino; véase
«Journal of Anat. and Physiology», 1872, pág. 56, para un caso presentado por
el Dr. Handyside, en el que dos hermanos exhibieron esta peculiaridad; véase
también un artículo del Dr. Bartels, en «Reichert's and du Bois-Reymond's
Archiv.», 1872, pág. 304. En uno de los casos a los que alude el Dr. Bartels,
un hombre tenía cinco mamas, una medial y situada por encima del ombligo;
Meckel von Hemsbach cree que este último caso se ilustra con una mama medial
presente en ciertos quirópteros. En general, podemos dudar de si las mamas
adicionales se habría desarrollado jamás en ambos sexos de la humanidad si sus
primeros progenitores no hubieran contado con más de un par.
En la obra mencionada (vol. ii, pág.
12), también atribuí, aunque con mucha vacilación, los frecuentes casos de
polidactilia en humanos y diversos animales a la reversión. En parte, llegué a
esta conclusión gracias a la afirmación del profesor Owen de que algunos
ictiopterigios poseen más de cinco dedos y, por lo tanto, como suponía, habían
conservado una condición primordial; sin embargo, el profesor Gegenbaur
('Jenaischen Zeitschrift', B. v. Heft 3, s. 341) rebate la conclusión de Owen.
Por otro lado, según la opinión recientemente presentada por el Dr. Gunther
sobre la paleta de Ceratodus, provista de radios óseos articulados a ambos
lados de una cadena central de huesos, no parece haber gran dificultad en
admitir que seis o más dedos, en un lado o en ambos, podrían reaparecer por
reversión. El Dr. Zouteveen me informa que existe un caso registrado de un
hombre con veinticuatro dedos en las manos y veinticuatro en los pies. Llegué a
la conclusión de que la presencia de dedos supernumerarios podría deberse a la
reversión, debido principalmente a que dichos dedos no solo son hereditarios,
sino que, como creía entonces, tenían la capacidad de regenerarse tras la
amputación, al igual que los dedos normales de los vertebrados inferiores. Sin
embargo, en la segunda edición de mi "Variación bajo domesticación"
he explicado por qué ahora doy poca importancia a los casos registrados de tal
regeneración. No obstante, cabe destacar que, dado que el desarrollo detenido y
la reversión son procesos íntimamente relacionados, diversas estructuras en
estado embrionario o detenido, como el paladar hendido, el útero bífido, etc.,
suelen ir acompañadas de polidactilia. Meckel e Isidore Geoffroy St.-Hilaire
han insistido firmemente en esto. Pero por el momento, lo más seguro es
abandonar por completo la idea de que exista alguna relación entre el
desarrollo de dedos supernumerarios y la reversión a algún progenitor inferior
organizado del hombre. Existen otros casos que se enmarcan más estrictamente en
nuestro actual concepto de reversión. Ciertas estructuras, presentes
regularmente en los miembros inferiores del grupo al que pertenece el hombre,
ocasionalmente aparecen en él, aunque no se encuentren en el embrión humano
normal; o, si están presentes normalmente en el embrión humano, se desarrollan
anormalmente, aunque de una manera normal en los miembros inferiores del grupo.
Estas observaciones se aclararán con los siguientes ejemplos.
En varios mamíferos, el útero
evoluciona de un órgano doble con dos orificios y dos conductos distintos, como
en los marsupiales, a un órgano único, que no es doble en absoluto, salvo por
un ligero pliegue interno, como en los simios superiores y el hombre. Los
roedores exhiben una serie perfecta de gradaciones entre estos dos estados
extremos. En todos los mamíferos, el útero se desarrolla a partir de dos
trompas primitivas simples, cuyas porciones inferiores forman los cuernos; y
es, en palabras del Dr. Farre, «por la coalescencia de los dos cuernos en sus
extremos inferiores que se forma el cuerpo del útero en el hombre; mientras que
en aquellos animales en los que no existe una porción media o cuerpo, los
cuernos permanecen sin unir. A medida que avanza el desarrollo del útero, los
dos cuernos se acortan gradualmente, hasta que finalmente se pierden o, por así
decirlo, se absorben en el cuerpo del útero». Los ángulos del útero todavía se
convierten en cuernos, incluso en animales tan superiores en la escala como los
simios inferiores y los lémures.
Ahora bien, en las mujeres, no son
infrecuentes los casos anómalos en los que el útero maduro está provisto de
cuernos o parcialmente dividido en dos órganos; y estos casos, según Owen,
repiten el grado de desarrollo concentrado alcanzado por ciertos roedores.
Quizás estemos ante un ejemplo de una simple detención del desarrollo
embrionario, con posterior crecimiento y perfecto desarrollo funcional; pues
ambos lados del útero parcialmente doble son capaces de realizar la función
propia de la gestación. En otros casos más raros, se forman dos cavidades
uterinas distintas, cada una con su orificio y conducto correspondientes. (39.
Véase el conocido artículo del Dr. A. Farre en la 'Cyclopaedia of Anatomy and
Physiology', vol. v. 1859, pág. 642. Owen, 'Anatomy of Vertebrates', vol. iii.
1868, pág. 687. Profesor Turner, en 'Edinburgh Medical Journal', febrero de
1865.) Ninguna etapa de este tipo se atraviesa durante el desarrollo ordinario
del embrión; y es difícil creer, aunque quizás no imposible, que los dos tubos
simples, diminutos y primitivos sepan cómo (si se puede usar tal expresión)
crecer en dos úteros distintos, cada uno con un orificio y un pasaje bien
construidos, y cada uno provisto de numerosos músculos, nervios, glándulas y
vasos, si no hubieran pasado anteriormente por un curso de desarrollo similar,
como en el caso de los marsupiales actuales. Nadie pretenderá que una
estructura tan perfecta como el útero doble anormal en la mujer pueda ser el
resultado de la mera casualidad. Pero el principio de reversión, por el cual
una estructura perdida hace mucho tiempo vuelve a la existencia, podría servir
como guía para su pleno desarrollo, incluso después de transcurrido un enorme
intervalo de tiempo.
El profesor Canestrini, después de
discutir los casos precedentes y varios análogos, llega a la misma conclusión
que la acaba de exponer. Aduce otro ejemplo, en el caso del hueso malar (40.
'Annuario della Soc. dei Naturalisti', Módena, 1867, pág. 83. El profesor
Canestrini da extractos sobre este tema de varias autoridades. Laurillard
señala que, como ha encontrado una similitud completa en la forma, proporciones
y conexión de los dos huesos malares en varios sujetos humanos y en ciertos
simios, no puede considerar esta disposición de las partes como simplemente
accidental. Otro artículo sobre esta misma anomalía ha sido publicado por el
Dr. Saviotti en la 'Gazzetta delle Cliniche', Turín, 1871, donde dice que se
pueden detectar rastros de la división en aproximadamente el dos por ciento de
los cráneos adultos; también señala que ocurre con mayor frecuencia en cráneos
prognáticos, no de la raza aria, que en otros. Véase también G. Delorenzi sobre
el mismo tema; 'Tre nuovi casi d'anomalia dell' osso malare', Turín, 1872.
También, E. Morselli, «Sopra una rara anomalia dell' osso malare», Módena,
1872. Más recientemente, Gruber escribió un panfleto sobre la división de este
hueso. Incluyo estas referencias porque un revisor, sin fundamento ni
escrúpulos, ha puesto en duda mis afirmaciones.), que, en algunos cuadrumanos y
otros mamíferos, normalmente consta de dos porciones. Esta es su condición en
el feto humano a los dos meses de edad; y debido a una detención del
desarrollo, a veces permanece así en el hombre adulto, más especialmente en las
razas prognáticas inferiores. Por lo tanto, Canestrini concluye que algún
antiguo progenitor del hombre debió tener este hueso normalmente dividido en
dos porciones, que posteriormente se fusionaron. En el hombre, el hueso frontal
consta de una sola pieza, pero en el embrión, en los niños y en casi todos los
mamíferos inferiores, consta de dos piezas separadas por una sutura distinta.
Esta sutura ocasionalmente persiste de forma más o menos clara en el hombre
después de la madurez; y con mayor frecuencia en cráneos antiguos que en
cráneos recientes, especialmente, como ha observado Canestrini, en aquellos
exhumados de la Deriva, pertenecientes al tipo braquicéfalo. Aquí nuevamente
llega a la misma conclusión que en el caso análogo de los huesos malares. En
este y otros ejemplos que se presentarán próximamente, la causa de que las
razas antiguas se acerquen a los animales inferiores en ciertas características
con mayor frecuencia que las razas modernas parece ser que estas últimas se
encuentran a una distancia algo mayor en la larga línea de descendencia de sus
primeros progenitores semihumanos.
Diversos autores han propuesto en el
hombre otras anomalías más o menos análogas a las anteriores como casos de
reversión, pero éstas no parecen poco dudosas, pues tenemos que descender
extremadamente bajo en la serie de los mamíferos antes de encontrar tales
estructuras normalmente presentes. (41. Isidore Geoffroy St.-Hilaire, 'Hist.
des Anomalies', tomo iii, pág. 437, ofrece toda una serie de casos. Un crítico
('Journal of Anatomy and Physiology', 1871, pág. 366) me critica mucho por no
haber analizado los numerosos casos que se han registrado de diversas partes
detenidas en su desarrollo. Dice que, según mi teoría, "toda condición
transitoria de un órgano, durante su desarrollo, no es solo un medio para un
fin, sino que una vez fue un fin en sí mismo". Esto no me parece
necesariamente válido. ¿Por qué no deberían ocurrir variaciones durante un
período temprano del desarrollo, sin relación con la reversión; sin embargo,
tales variaciones podrían conservarse y acumularse, si de alguna manera fueran
útiles, por ejemplo, para acortar y simplificar el curso del desarrollo? Y, de
nuevo, ¿por qué no deberían ocurrir anormalidades perjudiciales, como partes
atrofiadas o hipertrofiadas, que no tienen relación con un estado anterior de
existencia, en ¿en un período temprano, así como durante la madurez?)
En el hombre, los caninos son
instrumentos perfectamente eficientes para la masticación. Pero su verdadera
naturaleza canina, como señala Owen (42. 'Anatomía de los Vertebrados', vol.
iii. 1868, pág. 323), «se indica por la forma cónica de la corona, que termina
en una punta obtusa, es convexa hacia afuera y plana o subcóncava hacia
adentro, en cuya base hay una débil prominencia. La forma cónica se expresa
mejor en las razas melaninas, especialmente en la australiana. El canino está
implantado más profundamente y posee un colmillo más fuerte que los incisivos».
Sin embargo, este diente ya no sirve al hombre como arma especial para
desgarrar a sus enemigos o presas; por lo tanto, en lo que respecta a su
función propia, puede considerarse rudimentario. En toda gran colección de
cráneos humanos se pueden encontrar algunos, como observa Haeckel (43.
«Generelle Morphologie», 1866, B. ii. s. clv.), con los caninos sobresaliendo
considerablemente de los demás, de la misma manera que en los simios
antropomorfos, pero en menor medida. En estos casos, se dejan espacios abiertos
entre los dientes de una mandíbula para la recepción de los caninos de la
mandíbula opuesta. Un espacio intermedio de este tipo en un cráneo de cafre,
ilustrado por Wagner, es sorprendentemente amplio. (44. «Lectures on Man» de
Carl Vogt, traducción al inglés, 1864, pág. 151). Considerando la escasez de
cráneos antiguos examinados, en comparación con los cráneos recientes, resulta
interesante que en al menos tres casos los caninos sobresalgan considerablemente;
y en la mandíbula de Naulette se habla de ellos como enormes. (45. C. Carter
Blake, sobre una mandíbula de La Naulette, 'Anthropological Review', 1867, pág.
295. Schaaffhausen, ibid. 1868, pág. 426.)
De los simios antropomorfos, solo los
machos tienen sus caninos completamente desarrollados; pero en la gorila
hembra, y en menor medida en la naranja hembra, estos dientes sobresalen
considerablemente de los demás; por lo tanto, el hecho, del que me han
asegurado, de que las mujeres a veces tengan caninos considerablemente
prominentes no constituye una objeción seria a la creencia de que su ocasional
gran desarrollo en el hombre se deba a una reversión a un progenitor simiesco.
Quien rechace con desprecio la creencia de que la forma de sus propios caninos,
y su ocasional gran desarrollo en otros hombres, se deban a que nuestros
antepasados primitivos contaron con estas formidables armas, probablemente
revelará, con una mueca de desprecio, su linaje. Porque aunque ya no tiene
intención ni poder de usar esos dientes como armas, inconscientemente retraerá
sus “músculos gruñones” (así los llamó Sir C. Bell) (46. The Anatomy of
Expression, 1844, pp. 110, 131), para exponerlos listos para la acción, como un
perro preparado para pelear.
En el hombre se desarrollan
ocasionalmente muchos músculos propios de los cuadrumanos o de otros mamíferos.
El profesor Vlacovich (47. Citado por el profesor Canestrini en el 'Annuario
della Soc. dei Naturalisti', 1867, pág. 90) examinó a cuarenta varones y
encontró un músculo, llamado isquiopúbico, en diecinueve de ellos; en otros
tres había un ligamento que representaba este músculo; y en los dieciocho
restantes no había rastro de él. Solo en dos de treinta mujeres se desarrolló
este músculo en ambos lados, pero en otras tres estaba presente el ligamento
rudimentario. Por lo tanto, este músculo parece ser mucho más común en el sexo
masculino que en el femenino; y, según la creencia en la descendencia del
hombre de una forma inferior, el hecho es comprensible, pues se ha detectado en
varios animales inferiores, y en todos ellos sirve exclusivamente para ayudar
al macho en el acto reproductivo.
El Sr. J. Wood, en su valiosa serie
de artículos (48. Estos artículos merecen un estudio cuidadoso por parte de
cualquiera que desee aprender con qué frecuencia varían nuestros músculos y, al
variar, llegan a parecerse a los de los Quadrumana. Las siguientes referencias
se relacionan con los pocos puntos tocados en mi texto: 'Proc. Royal Soc.' vol.
xiv. 1865, pp. 379-384; vol. xv. 1866, pp. 241, 242; vol. xv. 1867, p. 544;
vol. xvi. 1868, p. 524. Aquí puedo agregar que el Dr. Murie y el Sr. St. George
Mivart han demostrado en sus Memorias sobre los Lemuroidea ('Transactions,
Zoological Society', vol. vii. 1869, p. 96), cuán extraordinariamente variables
son algunos de los músculos en estos animales, los miembros inferiores de los
Primates. Las gradaciones musculares, que conducen a estructuras presentes en
animales de niveles inferiores, son numerosas en los lemuroides. Se ha descrito
detalladamente una gran cantidad de variaciones musculares en el hombre, que se
asemejan a las estructuras normales de los animales inferiores. Los músculos
que se asemejan a los que se encuentran habitualmente en nuestros parientes más
cercanos, los cuadrumanos, son demasiado numerosos para ser siquiera
especificados aquí. En un solo sujeto masculino, con una constitución corporal
fuerte y un cráneo bien formado, se observaron no menos de siete variaciones
musculares, todas las cuales representaban claramente músculos propios de
diversas clases de simios. Este hombre, por ejemplo, tenía a ambos lados del
cuello un auténtico y poderoso elevador de la clavícula, como el que se
encuentra en todas las clases de simios, y que se dice que se presenta en
aproximadamente uno de cada sesenta sujetos humanos. (49. Véase también al
Prof. Macalister en 'Proceedings, Royal Irish Academy', vol. x. 1868, pág.
124.) De nuevo, este hombre tenía "un abductor especial del hueso
metatarsiano del quinto dedo, tal como el Profesor Huxley y el Sr. Flower han
demostrado que existe uniformemente en los simios superiores e
inferiores". Daré solo dos casos adicionales; el músculo acromiobasilar se
encuentra en todos los mamíferos por debajo del hombre, y parece estar
correlacionado con una marcha cuadrúpeda, (50. Sr. Champneys en 'Journal of
Anatomy and Physiology', noviembre de 1871, pág. 178.) y se presenta en
aproximadamente uno de cada sesenta sujetos humanos. En las extremidades
inferiores, el Sr. Bradley (51. Ibid. mayo de 1872, pág. 421.) encontró un
abductor ossis metatarsi quinti en ambos pies del hombre; Este músculo no se
había registrado hasta entonces en la humanidad, pero siempre está presente en
los simios antropomorfos. Los músculos de las manos y los brazos —partes tan
eminentemente características del hombre— son extremadamente propensos a
variar, hasta asemejarse a los músculos correspondientes en los animales
inferiores. (52. El profesor Macalister (ibid., pág. 121) ha tabulado sus
observaciones y halla que las anomalías musculares son más frecuentes en los
antebrazos, en segundo lugar, en la cara, en tercer lugar, en el pie, etc.).
Estas semejanzas son perfectas o imperfectas; sin embargo, en este último caso,
son manifiestamente de naturaleza transitoria. Ciertas variaciones son más
comunes en el hombre y otras en la mujer, sin que podamos atribuir ninguna
razón. El Sr. Wood, tras describir numerosas variaciones, hace la siguiente
observación significativa.“Las desviaciones notables del tipo ordinario de las
estructuras musculares discurren en surcos o direcciones que deben
interpretarse como indicadores de algún factor desconocido, de mucha importancia
para un conocimiento integral de la anatomía general y científica”. (53. El
reverendo Dr. Haughton, después de dar ('Proc. R. Irish Academy', 27 de junio
de 1864, pág. 715) un caso notable de variación en el flexor largo del pulgar
humano, agrega: "Este notable ejemplo muestra que el hombre a veces puede
poseer la disposición de los tendones del pulgar y los dedos característica del
macaco; pero no puedo comprometerme a decir si tal caso debe considerarse como
un macaco que pasa hacia arriba a un hombre, o un hombre que pasa hacia abajo a
un macaco, o como un capricho congénito de la naturaleza". Es
satisfactorio escuchar a un anatomista tan capaz, y a un oponente tan amargado
del evolucionismo, admitir incluso la posibilidad de cualquiera de sus primeras
proposiciones. El profesor Macalister también ha descrito ('Proceedings Royal
Irish Academy', vol. x. 1864, pág. 138) variaciones en el flexor largo del
pulgar, notables por sus relaciones con el mismo músculo en el cuadrumano).
Que este factor desconocido sea la
reversión a un estado anterior de existencia puede admitirse como muy probable.
(54. Desde que apareció la primera edición de este libro, el Sr. Wood ha
publicado otra memoria en Philosophical Transactions, 1870, pág. 83, sobre las
variedades de los músculos del cuello, hombro y pecho humanos. Aquí muestra
cuán extremadamente variables son estos músculos, y cuán a menudo y cuán
estrechamente las variaciones se asemejan a los músculos normales de los
animales inferiores. Resumió diciendo: "Será suficiente para mi propósito
si he tenido éxito en mostrar las formas más importantes que, cuando ocurren
como variedades en el sujeto humano, tienden a exhibir de una manera
suficientemente marcada lo que puede considerarse como pruebas y ejemplos del
principio darwiniano de reversión, o ley de herencia, en este departamento de
la ciencia anatómica"). Es bastante increíble que un hombre, por mero
accidente, se parezca anormalmente a ciertos simios en no menos de siete de sus
músculos, si no hubiera habido conexión genética entre ellos. Por otra parte,
si el hombre desciende de alguna criatura parecida a un simio, no se puede dar
ninguna razón válida para que ciertos músculos no reaparezcan repentinamente
después de un intervalo de muchos miles de generaciones, de la misma manera que
en los caballos, asnos y mulas, las rayas de color oscuro reaparecen
repentinamente en las piernas y los hombros, después de un intervalo de
cientos, o más probablemente de miles de generaciones.
Estos diversos casos de reversión
están tan estrechamente relacionados con los de órganos rudimentarios
presentados en el primer capítulo, que muchos de ellos podrían haber sido
introducidos indistintamente tanto allí como aquí. Así, se puede decir que un
útero humano provisto de cuernos representa, en estado rudimentario, el mismo
órgano en su estado normal en ciertos mamíferos. Algunas partes rudimentarias
en el hombre, como el coxis en ambos sexos y las mamas en el sexo masculino,
siempre están presentes; mientras que otras, como el agujero supracondíleo,
solo aparecen ocasionalmente y, por lo tanto, podrían haber sido introducidas
bajo el concepto de reversión. Estas diversas estructuras reversionarias, así
como las estrictamente rudimentarias, revelan de manera inequívoca la
descendencia del hombre de una forma inferior.
VARIACIÓN CORRELACIONADA.
En el hombre, como en los animales
inferiores, muchas estructuras están tan íntimamente relacionadas que, cuando
una parte varía, también lo hace otra, sin que, en la mayoría de los casos,
podamos atribuir ninguna razón. No podemos decir si una parte gobierna a la
otra o si ambas son gobernadas por alguna parte desarrollada previamente.
Diversas monstruosidades, como insiste repetidamente I. Geoffroy, están así
íntimamente conectadas. Las estructuras homólogas son particularmente propensas
a cambiar juntas, como vemos en los lados opuestos del cuerpo y en las
extremidades superiores e inferiores. Meckel comentó hace mucho tiempo que
cuando los músculos del brazo se desvían de su tipo propio, casi siempre imitan
a los de la pierna; y lo mismo, a la inversa, ocurre con los músculos de las
piernas. Los órganos de la vista y el oído, los dientes y el cabello, el color
de la piel y del cabello, el color y la constitución, están más o menos
correlacionados. (55. Las autoridades para estas diversas afirmaciones se dan
en mi 'Variación de los animales bajo domesticación', vol. ii, págs. 320-335.)
El profesor Schaaffhausen llamó primero la atención sobre la relación
aparentemente existente entre una estructura muscular y las crestas
supraorbitales fuertemente pronunciadas, que son tan características de las
razas inferiores del hombre.
Además de las variaciones que pueden
agruparse con mayor o menor probabilidad bajo los encabezamientos anteriores,
existe una amplia clase de variaciones que, provisionalmente, pueden
calificarse de espontáneas, pues, según nuestra ignorancia, parecen surgir sin
causa alguna. Sin embargo, se puede demostrar que dichas variaciones, ya sean
ligeras diferencias individuales o desviaciones estructurales marcadas y
abruptas, dependen mucho más de la constitución del organismo que de la
naturaleza de las condiciones a las que ha estado sometido. (56. Todo este tema
se ha tratado en el capítulo xxiii, vol. ii, de mi «Variación de Animales y
Plantas bajo Domesticación»).
TASA DE AUMENTO.
Se sabe que, en condiciones
favorables, como en Estados Unidos, las poblaciones civilizadas han duplicado
su número en veinticinco años; y, según un cálculo de Euler, esto podría
ocurrir en poco más de doce años. (57. Véase el siempre memorable «Ensayo sobre
el principio de la población», del reverendo T. Malthus, vol. I, 1826, págs. 6,
517). Al ritmo anterior, la población actual de Estados Unidos (treinta
millones) cubriría en 657 años todo el globo terráqueo con tanta densidad que
cuatro hombres tendrían que estar de pie en cada metro cuadrado de superficie.
El obstáculo principal o fundamental para el continuo crecimiento de la
población es la dificultad de ganarse la vida y vivir con comodidad. Podemos
inferir que este es el caso de lo que observamos, por ejemplo, en Estados
Unidos, donde la subsistencia es fácil y hay mucho espacio. Si tales medios se
duplicaran repentinamente en Gran Bretaña, nuestro número se duplicaría
rápidamente. En las naciones civilizadas, este freno primario actúa principalmente
al restringir los matrimonios. La mayor tasa de mortalidad infantil en las
clases más pobres también es muy importante, así como la mayor mortalidad, por
diversas enfermedades, entre los habitantes de hogares hacinados y miserables,
a todas las edades. Los efectos de las epidemias y guerras graves se compensan
rápidamente, y con creces, en las naciones en condiciones favorables. La
emigración también ayuda como freno temporal, pero, en el caso de las clases
extremadamente pobres, no en gran medida.
Hay motivos para sospechar, como
Malthus ha señalado, que la capacidad reproductiva es en realidad menor en las
razas bárbaras que en las civilizadas. No sabemos nada con certeza al respecto,
pues no se ha realizado ningún censo de los salvajes; pero del testimonio
concurrente de misioneros y de otras personas que han residido durante mucho
tiempo con estos pueblos, parece que sus familias suelen ser pequeñas y las
numerosas, rara vez. Esto puede explicarse en parte, como se cree, por la
lactancia materna prolongada de las mujeres; pero es muy probable que los
salvajes, que a menudo sufren muchas penurias y no obtienen tantos alimentos
nutritivos como los hombres civilizados, sean en realidad menos prolíficos. He
demostrado en una obra anterior (58. «Variación de animales y plantas
domesticadas», vol. ii, págs. 111-113, 163) que todos nuestros cuadrúpedos y
aves domesticados, así como todas nuestras plantas cultivadas, son más fértiles
que las especies correspondientes en estado natural. No es una objeción válida
a esta conclusión que los animales, al ser repentinamente alimentados con un
exceso de alimento o al engordar mucho, se vuelvan más o menos estériles, al
ser trasladados repentinamente de un suelo muy pobre a uno muy rico. Por lo
tanto, cabría esperar que los hombres civilizados, que en cierto sentido están
altamente domesticados, fueran más prolíficos que los hombres salvajes. También
es probable que la mayor fertilidad de las naciones civilizadas se convirtiera,
como en el caso de nuestros animales domésticos, en un rasgo hereditario: al
menos se sabe que en la humanidad la tendencia a tener gemelos es hereditaria.
(59. Sr. Sedgwick, 'British and Foreign Medico-Chirurgical Review', julio de
1863, pág. 170.)
Aunque los salvajes parecen ser menos
prolíficos que las personas civilizadas, sin duda aumentarían rápidamente si su
número no se controlara estrictamente. Los santali, o tribus montañesas de la
India, han sido un buen ejemplo reciente de este hecho; pues, como lo demuestra
el Sr. Hunter (60. «The Annals of Rural Bengal», de W. W. Hunter, 1868, pág.
259), han aumentado a un ritmo extraordinario desde que se introdujo la
vacunación, se mitigaron otras pestes y se reprimió severamente la guerra. Sin
embargo, este aumento no habría sido posible si esta gente ruda no se hubiera
extendido a los distritos adyacentes y trabajado a sueldo. Los salvajes casi
siempre se casan; sin embargo, existe cierta prudencia, ya que no suelen
hacerlo a la edad más temprana posible. A los jóvenes se les exige a menudo que
demuestren que pueden mantener a una esposa; y generalmente primero tienen que
ganar el precio con el que comprarla a sus padres. En el caso de los salvajes,
la dificultad para subsistir limita ocasionalmente su número de forma mucho más
directa que en el de los pueblos civilizados, pues todas las tribus sufren
periódicamente hambrunas severas. En tales épocas, se ven obligados a ingerir
abundante comida en mal estado, y su salud casi siempre se ve perjudicada. Se
han publicado numerosos relatos sobre sus estómagos prominentes y extremidades
demacradas después y durante las hambrunas. Además, se ven obligados a vagar
mucho y, como me aseguraron en Australia, sus crías mueren en grandes
cantidades. Dado que las hambrunas son periódicas y dependen principalmente de
las estaciones extremas, todas las tribus deben fluctuar en número. No pueden
aumentar de forma constante y regular, ya que no existe un aumento artificial
en el suministro de alimentos. Los salvajes, cuando se ven en apuros, invaden
los territorios de los demás, y el resultado es la guerra; pero, de hecho, casi
siempre están en guerra con sus vecinos. Son propensos a sufrir muchos
accidentes en tierra y agua en su búsqueda de alimento; y en algunos países sufren
mucho a causa de las grandes bestias de presa. Incluso en la India, hay
distritos que han quedado despoblados por los estragos de los tigres.
Malthus ha analizado estos diversos
frenos, pero no hace suficiente hincapié en el que probablemente sea el más
importante de todos, a saber, el infanticidio, especialmente de niñas, y el
hábito de provocar abortos. Estas prácticas prevalecen actualmente en muchas
partes del mundo; y el infanticidio parece haber prevalecido en el pasado, como
ha demostrado el Sr. M'Lennan (61. «Matrimonio primitivo», 1865), a una escala
aún más extensa. Estas prácticas parecen tener su origen en los salvajes que
reconocieron la dificultad, o mejor dicho, la imposibilidad, de mantener a
todos los niños que nacen. El libertinaje también puede añadirse a los frenos
anteriores; pero esto no se debe a la escasez de medios de subsistencia; aunque
hay razones para creer que en algunos casos (como en Japón) se ha fomentado
intencionalmente como medio para controlar la población.
Si nos remontamos a una época
extremadamente remota, antes de que el hombre alcanzara la dignidad de hombre,
se habría guiado más por el instinto y menos por la razón que los salvajes más
abyectos de la actualidad. Nuestros primeros progenitores semihumanos no
habrían practicado el infanticidio ni la poliandria; porque los instintos de
los animales inferiores nunca están tan pervertidos (62. Un escritor en el
'Spectator' (12 de marzo de 1871, pág. 320) comenta lo siguiente sobre este
pasaje: "El Sr. Darwin se ve obligado a reintroducir una nueva doctrina de
la caída del hombre. Demuestra que los instintos de los animales superiores son
mucho más nobles que los hábitos de las razas salvajes de hombres, y se ve, por
lo tanto, obligado a reintroducir, en una forma de la ortodoxia sustancial de
la que parece ser completamente inconsciente, y a introducir como hipótesis
científica la doctrina de que la adquisición de CONOCIMIENTO por parte del
hombre fue la causa de un deterioro moral temporal pero duradero, como lo
indican las muchas costumbres inmundas, especialmente en cuanto al matrimonio,
de las tribus salvajes. ¿Qué afirma la tradición judía de la degeneración moral
del hombre a través de su arrebato de un conocimiento que le prohíbe su
instinto más alto más allá de esto?") como para llevarlos regularmente a
destruir su propia descendencia, o estar completamente desprovistos de celos.
No habría habido ninguna restricción prudencial al matrimonio, y los sexos se
habrían unido libremente a una edad temprana. Por lo tanto, los progenitores
del hombre habrían tendido a aumentar rápidamente; pero algún tipo de freno, ya
sea periódico o constante, debieron haber reducido su número, incluso más
severamente que entre los salvajes existentes. La naturaleza precisa de estos
frenos no es posible precisarla, como tampoco lo es para la mayoría de los
demás animales. Sabemos que los caballos y el ganado vacuno, que no son
animales extremadamente prolíficos, cuando se liberaron por primera vez en
Sudamérica, crecieron a un ritmo enorme. El elefante, el animal conocido de
reproducción más lenta, en unos pocos miles de años poblaría el mundo entero.
El aumento de cada especie de mono debe ser frenado por algún medio; pero no,
como señala Brehm, por los ataques de animales de presa. Nadie asumirá que la
capacidad reproductiva real de los caballos y el ganado vacuno salvajes de
América aumentó al principio de forma significativa; o que, a medida que cada
región se llenaba de animales, esta misma capacidad disminuyó. Sin duda, en este
caso, y en todos los demás, concurren muchos obstáculos, y diferentes
obstáculos en diferentes circunstancias; las escaseces periódicas, dependientes
de estaciones desfavorables, son probablemente las más importantes de todas.
Así debió ocurrir con los primeros progenitores del hombre.
SELECCIÓN NATURAL.
Hemos visto que el hombre es variable
en cuerpo y mente; y que estas variaciones son inducidas, directa o
indirectamente, por las mismas causas generales y obedecen a las mismas leyes
generales que en los animales inferiores. El hombre se ha extendido ampliamente
por la faz de la tierra y, durante sus incesantes migraciones (63. Véanse
algunas buenas observaciones al respecto de W. Stanley Jevons, “Una deducción
de la teoría de Darwin”, 'Nature', 1869, pág. 231), debió estar expuesto a las
condiciones más diversas. Los habitantes de Tierra del Fuego, el Cabo de Buena
Esperanza y Tasmania, en un hemisferio, y de las regiones árticas, en el otro,
debieron haber pasado por diversos climas y cambiado sus hábitos muchas veces
antes de llegar a sus hogares actuales. (64. Latham, «El hombre y sus
migraciones», 1851, pág. 135.) Los primeros progenitores del hombre también
debieron tender, como todos los demás animales, a multiplicarse más allá de sus
medios de subsistencia; por lo tanto, debieron verse expuestos ocasionalmente a
una lucha por la existencia y, en consecuencia, a la rígida ley de la selección
natural. De este modo, las variaciones beneficiosas de todo tipo, ya sea
ocasional o habitualmente, se habrán conservado y las perjudiciales se habrán
eliminado. No me refiero a desviaciones estructurales muy marcadas, que ocurren
solo a largos intervalos de tiempo, sino a meras diferencias individuales.
Sabemos, por ejemplo, que los músculos de nuestras manos y pies, que determinan
nuestros poderes de movimiento, son propensos, como los de los animales
inferiores, (65. Los señores Murie y Mivart en su 'Anatomía de los Lemuroidea'
('Transact. Zoolog. Soc.' vol. vii. 1869, pp. 96-98) dicen, "algunos
músculos son tan irregulares en su distribución que no pueden clasificarse bien
en ninguno de los grupos anteriores". Estos músculos difieren incluso en
los lados opuestos del mismo individuo.) a una variabilidad incesante. Si
entonces los progenitores del hombre que habitan cualquier distrito,
especialmente uno que experimenta algún cambio en sus condiciones, se
dividieran en dos cuerpos iguales, la mitad que incluía a todos los individuos
mejor adaptados por sus poderes de movimiento para ganarse la subsistencia o
para defenderse, en promedio sobreviviría en mayor número y procrearía más
descendencia que la otra mitad, menos dotada.
El hombre, en su estado más
rudimentario actual, es el animal más dominante que jamás haya aparecido sobre
la tierra. Se ha expandido más que cualquier otra forma altamente organizada, y
todas las demás han cedido ante él. Debe manifiestamente esta inmensa
superioridad a sus facultades intelectuales, a sus hábitos sociales, que lo
llevan a ayudar y defender a sus semejantes, y a su estructura corporal. La
suprema importancia de estas características ha sido demostrada por el
arbitraje final de la batalla por la vida. Gracias a su intelecto, se ha
desarrollado un lenguaje articulado; y de esto ha dependido principalmente su
maravilloso avance. Como señala el Sr. Chauncey Wright (66. Limits of Natural
Selection, 'North American Review', octubre de 1870, pág. 295): «Un análisis
psicológico de la facultad del lenguaje muestra que incluso la más mínima
competencia en ella podría requerir mayor capacidad cerebral que la mayor
competencia en cualquier otra dirección». Ha inventado y es capaz de usar
diversas armas, herramientas, trampas, etc., con las que se defiende, mata o
captura presas y obtiene alimento. Ha construido balsas o canoas para pescar o
cruzar a islas fértiles vecinas. Ha descubierto el arte de hacer fuego,
mediante el cual las raíces duras y fibrosas se pueden digerir, e inocuas las
raíces o hierbas venenosas. Este descubrimiento del fuego, probablemente el más
grande jamás realizado por el hombre, exceptuando el lenguaje, data de antes
del amanecer de la historia. Estas diversas invenciones, por las cuales el
hombre, en su estado más rudimentario, se ha vuelto tan preeminente, son el
resultado directo del desarrollo de sus facultades de observación, memoria,
curiosidad, imaginación y razonamiento. Por lo tanto, no puedo comprender cómo
es que el Sr. Wallace (67. 'Quarterly Review', abril de 1869, pág. 392. Este
tema se analiza con más detalle en 'Contribuciones a la teoría de la selección
natural' del Sr. Wallace, 1870, en el que se vuelven a publicar todos los
ensayos a los que se hace referencia en esta obra. El 'Ensayo sobre el hombre'
ha sido hábilmente criticado por el profesor Claparede, uno de los zoólogos más
distinguidos de Europa, en un artículo publicado en la 'Bibliotheque
Universelle', junio de 1870. La observación citada en mi texto sorprenderá a
todo aquel que haya leído el célebre artículo del Sr. Wallace sobre 'El origen
de las razas humanas deducido de la teoría de la selección natural', publicado
originalmente en 'Anthropological Review', mayo de 1864, pág. clviii. No puedo
resistirme a citar aquí una observación muy justa de Sir J. Lubbock
('Prehistoric Times', 1865, pág. 479) en referencia a este artículo, a saber,
que el Sr. Wallace, “con su característico altruismo, atribuye (es decir, la
idea de la selección natural) sin reservas al Sr. Darwin, aunque, como es bien
sabido, él eliminó la idea de forma independiente y la publicó, aunque no con
la misma elaboración, al mismo tiempo.”) sostiene que “la selección natural
solo pudo haber dotado al salvaje con un cerebro un poco superior al de un
simio”.
Aunque las facultades intelectuales y
los hábitos sociales del hombre son de suma importancia para él, no debemos
subestimar la importancia de su estructura corporal, a cuyo tema se dedicará el
resto de este capítulo; el desarrollo de las facultades intelectuales y
sociales o morales se tratará en un capítulo posterior.
Incluso martillar con precisión no es
tarea fácil, como admitirá cualquiera que haya intentado aprender carpintería.
Lanzar una piedra con la misma precisión que un fueguino al defenderse o al
matar pájaros requiere la máxima perfección en la acción correlativa de los
músculos de la mano, el brazo y el hombro, y, además, un fino sentido del
tacto. Al lanzar una piedra o una lanza, y en muchas otras acciones, un hombre
debe mantenerse firme sobre sus pies; y esto, a su vez, exige la perfecta
coordinación de numerosos músculos. Desbastar un pedernal para convertirlo en
la herramienta más rudimentaria, o formar una lanza con púas o un gancho a
partir de un hueso, exige el uso de una mano perfecta; pues, como juez muy
capaz, el Sr. Schoolcraft (68. Citado por el Sr. Lawson Tait en su 'Ley de la
Selección Natural', 'Dublin Quarterly Journal of Medical Science', febrero de
1869. El Dr. Keller también es citado en el mismo sentido.), observa que la
conformación de fragmentos de piedra en cuchillos, lanzas o puntas de flecha,
muestra "habilidad extraordinaria y larga práctica". Esto se prueba
en gran medida por el hecho de que los hombres primitivos practicaban una
división del trabajo; cada hombre no fabricaba sus propias herramientas de
sílex o cerámica tosca, pero ciertos individuos parecen haberse dedicado a tal
trabajo, sin duda recibiendo a cambio el producto de la caza. Los arqueólogos
están convencidos de que transcurrió un enorme intervalo de tiempo antes de que
nuestros antepasados pensaran en moler sílex astillado en herramientas lisas.
Es difícil dudar que un animal similar al hombre, con una mano y un brazo lo
suficientemente perfectos como para lanzar una piedra con precisión o convertir
un pedernal en una herramienta rudimentaria, podría, con suficiente práctica,
en lo que respecta únicamente a la habilidad mecánica, fabricar casi cualquier
cosa que un hombre civilizado pueda hacer. La estructura de la mano, en este
sentido, puede compararse con la de los órganos vocales, que en los simios se
utilizan para emitir diversos gritos de señal o, como en un género, cadencias
musicales; pero en el hombre, los órganos vocales, muy similares, se han
adaptado, mediante la herencia del uso, para la expresión de lenguaje
articulado.
Volviendo ahora a los parientes más
cercanos del hombre, y por lo tanto a los mejores representantes de nuestros
primeros progenitores, encontramos que las manos de los cuadrumanos siguen el
mismo patrón general que las nuestras, pero están mucho menos adaptadas a
diversos usos. Sus manos no se desplazan tan bien como las patas de un perro,
como puede observarse en monos como el chimpancé y el orangután, que caminan
sobre los bordes exteriores de las palmas o los nudillos. (69. Owen, «Anatomía
de los Vertebrados», vol. iii, pág. 71). Sin embargo, sus manos están
admirablemente adaptadas para trepar a los árboles. Los monos agarran ramas
delgadas o cuerdas con el pulgar de un lado y los dedos y la palma del otro, de
la misma manera que nosotros. Así, también pueden llevarse a la boca objetos
bastante grandes, como el cuello de una botella. Los babuinos revuelven piedras
y arrancan raíces con las manos. Cogen nueces, insectos u otros objetos
pequeños con el pulgar en oposición a los demás dedos, y sin duda así extraen
huevos y crías de los nidos de las aves. Los monos americanos golpean las
naranjas silvestres en las ramas hasta que la cáscara se agrieta, y luego la
arrancan con los dedos de ambas manos. En estado salvaje, rompen frutos duros
con huesos. Otros monos abren las conchas de mejillones con los pulgares. Con
los dedos extraen espinas y abrojos, y cazan los parásitos de los demás. Hacen
rodar piedras o se las lanzan a sus enemigos; sin embargo, son torpes en estas
diversas acciones y, como yo mismo he visto, son completamente incapaces de
lanzar una piedra con precisión.
Me parece lejos de ser cierto que,
dado que los monos agarran los objetos con torpeza, un órgano de prensión mucho
menos especializado les habría servido igualmente (70. 'Quarterly Review',
abril de 1869, pág. 392) con sus manos actuales. Por el contrario, no veo
motivos para dudar de que unas manos más perfectas les habrían resultado
ventajosas, siempre que no se les hiciera menos aptos para trepar a los
árboles. Podemos sospechar que una mano tan perfecta como la del hombre habría
sido desventajosa para trepar; pues los monos más arborícolas del mundo, a
saber, los ateles en América, los colobos en África y los hylobates en Asia,
carecen de pulgares o sus dedos están parcialmente unidos, de modo que sus
extremidades se convierten en simples ganchos de agarre. (71. En Hylobates
syndactylus, como lo expresa su nombre, dos de los dedos se unen regularmente;
y esto, como me informa el Sr. Blyth, es ocasionalmente el caso de los dedos de
H. agilis, lar y leuciscus. Colobus es estrictamente arbóreo y extraordinariamente
activo (Brehm, 'Thierleben', B. es 50), pero no sé si es un mejor trepador que
las especies de los géneros relacionados. Merece la pena destacar que los pies
de los perezosos, los animales más arbóreos del mundo, son maravillosamente
como ganchos.
Tan pronto como algún miembro antiguo
de la gran serie de los primates se volvió menos arbóreo, debido a un cambio en
su forma de subsistir o a algún cambio en las condiciones ambientales, su forma
habitual de progresión se habría modificado, volviéndose así más estrictamente
cuadrúpedo o bípedo. Los babuinos frecuentan zonas montañosas y rocosas, y solo
por necesidad trepan a árboles altos (72. Brehm, «Thierleben», B. es 80.); y
han adquirido casi el andar de un perro. Solo el hombre se ha vuelto bípedo; y
creo que podemos ver en parte cómo ha llegado a asumir su postura erguida, que
constituye una de sus características más conspicuas. El hombre no podría haber
alcanzado su actual posición dominante en el mundo sin el uso de sus manos, que
están admirablemente adaptadas para actuar en obediencia a su voluntad. Sir C.
Bell (73. 'La Mano', etc., 'Tratado de Bridgewater', 1833, pág. 38) insiste en
que «la mano proporciona todos los instrumentos y, por su correspondencia con
el intelecto, le otorga dominio universal». Pero las manos y los brazos
difícilmente habrían llegado a ser lo suficientemente perfectos como para
fabricar armas o lanzar piedras y lanzas con precisión mientras se usaron
habitualmente para la locomoción y para soportar todo el peso del cuerpo, o,
como se comentó antes, mientras estuvieron especialmente capacitados para
trepar a los árboles. Un trato tan rudo también habría embotado el sentido del
tacto, del cual depende en gran medida su delicado uso. Tan solo por estas
causas, habría sido una ventaja para el hombre convertirse en bípedo; pero para
muchas acciones es indispensable que los brazos y toda la parte superior del
cuerpo estén libres; y para este fin debe mantenerse firmemente sobre sus pies.
Para obtener esta gran ventaja, los pies se han vuelto planos; El dedo gordo
del pie se ha modificado de forma peculiar, aunque esto ha conllevado la
pérdida casi total de su capacidad de prensión. Concuerda con el principio de
la división del trabajo fisiológico, vigente en todo el reino animal, que, al
perfeccionarse las manos para la prensión, los pies también se perfeccionaron
para el soporte y la locomoción. Sin embargo, en algunos salvajes, el pie no ha
perdido del todo su capacidad de prensión, como lo demuestra su forma de trepar
a los árboles y utilizarlos de otras maneras. (74. Haeckel tiene una excelente
discusión sobre los pasos por los cuales el hombre se volvió bípedo:
'Natürliche Schöpfungsgeschichte', 1868, pág. 507. El Dr. Buchner ('Conférences
sur la Théorie Darwinienne', 1869, pág. 135) ha dado buenos casos del uso del
pie como órgano prensil por el hombre; y también ha escrito sobre la manera de
progresión de los simios superiores, a lo que aludo en el siguiente párrafo:
véase también Owen ('Anatomy of Vertebrates', vol. iii, pág. 71) sobre este
último tema.)
Si para el hombre es ventajoso
mantenerse firme y tener las manos y los brazos libres, de lo cual no cabe
duda, dado su destacado éxito en la lucha por la vida, entonces no veo razón
por la que no hubiera sido ventajoso para los progenitores del hombre volverse
cada vez más erguidos o bípedos. Así, habrían sido más capaces de defenderse
con piedras o garrotes, de atacar a sus presas o de obtener alimento de otras
maneras. Los individuos mejor formados, a la larga, habrían tenido más éxito y
habrían sobrevivido en mayor número. Si el gorila y algunas formas afines se
hubieran extinguido, se podría haber argumentado, con gran fuerza y aparente
verdad, que un animal no podría haberse convertido gradualmente de cuadrúpedo a
bípedo, ya que todos los individuos en una condición intermedia habrían estado
miserablemente mal preparados para la progresión. Pero sabemos (y esto merece
la pena reflexionar) que los simios antropomorfos se encuentran ahora en una
condición intermedia; y nadie duda de que, en general, estén bien adaptados a
sus condiciones de vida. Así, el gorila corre con un paso lateral y
tambaleante, pero más comúnmente progresa apoyándose en sus manos dobladas. Los
simios de brazos largos ocasionalmente usan sus brazos como muletas,
balanceando sus cuerpos hacia adelante entre ellos, y algunas clases de
Hylobates, sin haber sido enseñadas, pueden caminar o correr erguidos con una
rapidez tolerable; sin embargo, se mueven torpemente y con mucha menos
seguridad que el hombre. Vemos, en resumen, en los monos actuales una forma de
progresión intermedia entre la de un cuadrúpedo y un bípedo; pero, como insiste
un juez imparcial (75. Prof. Broca, La Constitution des Vertèbres caudales; 'La
Revue d'Anthropologie', 1872, p. 26, (copia aparte).), los simios antropomorfos
se aproximan en estructura más al tipo bípedo que al cuadrúpedo.
A medida que los progenitores del
hombre se volvieron cada vez más erguidos, con manos y brazos cada vez más
modificados para la prensión y otros propósitos, con pies y piernas al mismo
tiempo transformados para un soporte firme y progresión, se habrían hecho
necesarios otros innumerables cambios de estructura. La pelvis tendría que
ensancharse, la columna vertebral peculiarmente curvada y la cabeza fijada en
una posición alterada, todos los cuales cambios han sido alcanzados por el
hombre. El profesor Schaaffhausen (76. 'Sobre la forma primitiva del cráneo',
traducido en 'Anthropological Review', octubre de 1868, pág. 428. Owen
('Anatomía de los vertebrados', vol. ii. 1866, pág. 551) sobre los procesos
mastoides en los simios superiores) sostiene que "los poderosos procesos
mastoides del cráneo humano son el resultado de su posición erguida"; y
estos procesos están ausentes en el orangután, el chimpancé, etc., y son más
pequeños en el gorila que en el hombre. Varias otras estructuras, que parecen
estar relacionadas con la postura erguida del hombre, podrían haberse añadido
aquí. Es muy difícil determinar hasta qué punto estas modificaciones
correlacionadas son resultado de la selección natural y hasta qué punto de los
efectos hereditarios del mayor uso de ciertas partes, o de la acción de una
parte sobre otra. Sin duda, estos mecanismos de cambio a menudo cooperan: así,
cuando ciertos músculos y las crestas óseas a las que se unen se agrandan por
el uso habitual, esto demuestra que ciertas acciones se realizan habitualmente
y deben ser útiles. Por lo tanto, los individuos que las realizaron mejor
tenderían a sobrevivir en mayor número.
El libre uso de brazos y manos, en
parte causa y en parte resultado de la postura erguida del hombre, parece haber
conducido indirectamente a otras modificaciones estructurales. Los primeros
antepasados masculinos del hombre, como se mencionó anteriormente,
probablemente poseían grandes caninos; pero a medida que adquirieron el hábito
de usar piedras, garrotes u otras armas para luchar contra sus enemigos o
rivales, usaron cada vez menos sus mandíbulas y dientes. En este caso, las
mandíbulas, junto con los dientes, se redujeron de tamaño, como podemos estar
casi seguros a partir de innumerables casos análogos. En un capítulo posterior,
nos encontraremos con un caso muy similar: la reducción o desaparición completa
de los caninos en rumiantes machos, aparentemente en relación con el desarrollo
de sus cuernos; y en caballos, en relación con su hábito de luchar con sus
incisivos y pezuñas.
En los simios antropomorfos machos
adultos, como han insistido Rutimeyer (77. «Die Grenzen der Thierwelt, eine
Betrachtung zu Darwin's Lehre», 1868, pág. 51) y otros, es el efecto en el
cráneo del gran desarrollo de los músculos mandibulares lo que lo hace tan
diferente en muchos aspectos del del hombre, y ha dado a estos animales «una
fisonomía verdaderamente aterradora». Por lo tanto, a medida que las mandíbulas
y los dientes de los progenitores del hombre se reducen gradualmente de tamaño,
el cráneo adulto se habría parecido cada vez más al del hombre actual. Como
veremos más adelante, una gran reducción de los caninos en los machos casi con
certeza afectaría a la dentadura de las hembras por herencia.
A medida que las diversas facultades
mentales se desarrollaran gradualmente, el cerebro casi con toda seguridad
aumentaría de tamaño. Supongo que nadie duda de que la gran proporción que el
cerebro humano guarda con su cuerpo, comparada con la misma proporción en el
gorila o el orangután, esté estrechamente relacionada con sus facultades
mentales superiores. Encontramos hechos muy similares en los insectos, pues en
las hormigas los ganglios cerebrales son de dimensiones extraordinarias, y en
todos los himenópteros estos ganglios son mucho más grandes que en los órdenes
menos inteligentes, como los escarabajos. (78. Dujardin, 'Annales des Sciences
Nat.' 3ra serie, Zoolog., tom. xiv. 1850, p. 203. Véase también Sr. Lowne,
'Anatomy and Phys. of the Musca vomitoria', 1870, p. 14. Mi hijo, Sr. F.
Darwin, diseccionó para mí los ganglios cerebrales de la Formica rufa.) Por
otra parte, nadie supone que el intelecto de cualesquiera dos animales o de
cualesquiera dos hombres pueda calibrarse con precisión por el contenido cúbico
de sus cráneos. Es cierto que puede haber una actividad mental extraordinaria
con una masa absoluta extremadamente pequeña de materia nerviosa: así, los
instintos, poderes mentales y afectos maravillosamente diversificados de las
hormigas son notorios, pero sus ganglios cerebrales no son tan grandes como la
cuarta parte de la cabeza de un alfiler pequeño. Bajo este punto de vista, el
cerebro de una hormiga es uno de los átomos de materia más maravillosos del
mundo, quizás más que el cerebro de un hombre.
La creencia de que existe en el ser
humano una estrecha relación entre el tamaño del cerebro y el desarrollo de las
facultades intelectuales se sustenta en la comparación de los cráneos de razas
salvajes y civilizadas, de pueblos antiguos y modernos, y en la analogía con
toda la serie de vertebrados. El Dr. J. Barnard Davis ha demostrado (79.
«Philosophical Transactions», 1869, pág. 513), mediante numerosas mediciones
minuciosas, que la capacidad interna media del cráneo en los europeos es de
92,3 pulgadas cúbicas; en los americanos, de 87,5; en los asiáticos, de 87,1; y
en los australianos, de tan solo 81,9 pulgadas cúbicas. El profesor Broca (80.
«Les Selections», M.P. Broca, «Revue d'Anthropologies», 1873; véase también,
citado en «Lectures on Man», de C. Vogt, traducción al inglés, 1864, págs. 88,
90; Prichard, «Physical History of Mankind», vol. i. 1838, pág. 305) descubrió
que los cráneos del siglo XIX hallados en tumbas parisinas eran mayores que los
de las bóvedas del siglo XII, en una proporción de 1484 a 1426; y que el
aumento de tamaño, según las mediciones, se concentraba exclusivamente en la
parte frontal del cráneo, sede de las facultades intelectuales. Prichard está
convencido de que los habitantes actuales de Gran Bretaña tienen «cráneos mucho
más amplios» que los de la antigüedad. Sin embargo, hay que admitir que algunos
cráneos de gran antigüedad, como el famoso de Neandertal, están bien
desarrollados y son espaciosos. (81. En el interesante artículo recién
mencionado, el profesor Broca ha señalado acertadamente que, en las naciones
civilizadas, la capacidad media del cráneo debe reducirse por la conservación
de un número considerable de individuos, débiles de mente y cuerpo, que habrían
sido rápidamente eliminados en el estado salvaje. Por otro lado, con los
salvajes, el promedio incluye solo a los individuos más capaces, que han podido
sobrevivir en condiciones de vida extremadamente duras. Broca explica así el
hecho, de otro modo inexplicable, de que la capacidad media del cráneo de los antiguos
trogloditas de Lozere es mayor que la de los franceses modernos.) Con respecto
a los animales inferiores, ME Lartet (82. 'Comptes-rendus des Sciences', etc.,
1 de junio de 1868), al comparar los cráneos de mamíferos terciarios y
recientes pertenecientes a los mismos grupos, ha llegado a la notable
conclusión de que el cerebro es generalmente más grande y las circunvoluciones
son más complejas en las formas más recientes. Por otra parte, he demostrado
(83. La 'Variación de los Animales y las Plantas bajo Domesticación', vol. i,
págs. 124-129) que los cerebros de los conejos domésticos son considerablemente
más pequeños en comparación con los del conejo o la liebre salvajes; y esto
puede atribuirse a que han estado estrechamente confinados durante muchas
generaciones, de modo que han ejercido su intelecto, instintos, sentidos y
movimientos voluntarios muy poco.
El peso gradualmente creciente del
cerebro y el cráneo en el hombre debió haber influido en el desarrollo de la
columna vertebral, especialmente durante su erección. Al producirse este cambio
de posición, la presión interna del cerebro también influyó en la forma del
cráneo; pues muchos hechos demuestran la facilidad con la que este se ve
afectado. Los etnólogos creen que se modifica según el tipo de cuna en la que
duermen los bebés. Los espasmos musculares habituales y la cicatriz de una
quemadura grave han modificado permanentemente los huesos faciales. En los
jóvenes cuyas cabezas se han quedado fijas, ya sea de lado o hacia atrás,
debido a una enfermedad, uno de los dos ojos ha cambiado de posición y la forma
del cráneo se ha alterado, aparentemente, por la presión del cerebro en una
nueva dirección. (84. Schaaffhausen cita de Blumenbach y Busch los casos de
espasmos y cicatrices en 'Anthropological Review', octubre de 1868, pág. 420.
El Dr. Jarrold ('Anthropologia', 1808, pp. 115, 116) cita de Camper y de sus
propias observaciones casos de modificación del cráneo por estar la cabeza
fijada en una posición antinatural. Cree que en ciertos oficios, como el de
zapatero, donde la cabeza se mantiene habitualmente hacia adelante, la frente
se vuelve más redondeada y prominente.) He demostrado que en los conejos de
orejas largas, incluso una causa tan insignificante como el corte de una oreja
hacia adelante arrastra hacia adelante casi todos los huesos del cráneo de ese
lado; de modo que los huesos del lado opuesto ya no corresponden estrictamente.
Finalmente, si cualquier animal aumentara o disminuyera considerablemente su
tamaño general, sin que se produjeran cambios en sus facultades mentales, o si
estas aumentaran o disminuyeran considerablemente, sin que se produjeran
grandes cambios en el tamaño del cuerpo, la forma del cráneo casi con seguridad
se alteraría. Deduzco esto de mis observaciones en conejos domésticos, algunos
de los cuales se han vuelto mucho más grandes que los animales salvajes,
mientras que otros han conservado casi el mismo tamaño, pero en ambos casos el
cerebro se ha reducido considerablemente en relación con el tamaño del cuerpo.
Al principio me sorprendió mucho descubrir que en todos estos conejos el cráneo
se había alargado o dolicocefálico; por ejemplo, de dos cráneos de casi igual
anchura, uno de un conejo salvaje y el otro de una especie doméstica grande, el
primero medía 3,15 y el segundo 4,3 pulgadas de longitud. (85. 'Variación de
animales y plantas domesticadas', vol. ip. 117, sobre el alargamiento del
cráneo; p. 119, sobre el efecto del corte de una oreja). Una de las
distinciones más marcadas en las diferentes razas humanas es que el cráneo en
algunas es alargado y en otras redondeado; y aquí la explicación sugerida por
el caso de los conejos puede ser válida; pues Welcker encuentra que los hombres
bajos "tienden más a la braquicefalia, y los altos a la
dolicocefalia" (86. Citado por Schaaffhausen, en 'Anthropological Review',
octubre de 1868, p. 419); y los hombres altos pueden compararse con los conejos
más grandes y de cuerpo más largo,Todos ellos tienen cráneos alargados o son
dolicocefálicos.
De estos diversos hechos podemos
comprender, hasta cierto punto, los medios por los cuales el hombre ha
adquirido el gran tamaño y la forma más o menos redondeada del cráneo; y estos
son caracteres eminentemente distintivos suyos en comparación con los animales
inferiores.
Otra diferencia notable entre el
hombre y los animales inferiores es la desnudez de su piel. Las ballenas y las
marsopas (cetáceos), los dugongos (sirenios) y los hipopótamos están desnudos;
esto puede serles ventajoso para deslizarse por el agua; no les perjudicaría la
pérdida de calor, ya que las especies que habitan las regiones más frías están
protegidas por una gruesa capa de grasa, que cumple la misma función que el
pelaje de las focas y las nutrias. Los elefantes y los rinocerontes son casi
lampiños; y como ciertas especies extintas, que antiguamente vivían en climas
árticos, estaban cubiertas de lana o pelo largo, casi parecería que las
especies actuales de ambos géneros hubieran perdido su cobertura peluda por la
exposición al calor. Esto parece más probable, ya que los elefantes de la
India, que viven en zonas elevadas y frescas, son más peludos (87. Owen,
«Anatomía de los vertebrados», vol. iii, pág. 619) que los de las tierras
bajas. ¿Podemos entonces inferir que el hombre se despojó de pelo por haber
habitado originariamente alguna tierra tropical? El hecho de que el pelo se
conserve principalmente en el sexo masculino en el pecho y la cara, y en ambos
sexos en la unión de las cuatro extremidades con la trompa, favorece esta
inferencia, suponiendo que el pelo se perdió antes de que el hombre se erizara;
pues las partes que ahora conservan más pelo habrían estado entonces más
protegidas del calor del sol. La coronilla, sin embargo, ofrece una curiosa
excepción, ya que en todo momento debe haber sido una de las partes más
expuestas, aunque está densamente cubierta de pelo. El hecho, sin embargo, de
que los otros miembros del orden de los Primates, al que pertenece el hombre,
aunque habitan varias regiones cálidas, están bien cubiertos de pelo, generalmente
más grueso en la superficie superior (88. Isidore Geoffroy St.-Hilaire comenta
('Histoire Nat. Generale', tom. ii. 1859, pp. 215-217) que la cabeza del hombre
está cubierta de pelo largo; también que las superficies superiores de los
monos y de otros mamíferos están más densamente cubiertas que las superficies
inferiores. Esto también ha sido observado por varios autores. El profesor P.
Gervais ('Histoire Nat. des Mammifères', tom. i. 1854, p. 28), sin embargo,
afirma que en el gorila el pelo es más fino en la espalda, donde se desprende
parcialmente, que en la superficie inferior.), se opone a la suposición de que
el hombre se desnudó por la acción del sol. El Sr. Belt cree (89. El
'Naturalista en Nicaragua', 1874, pág. 209. Como confirmación de la opinión del
Sr. Belt, puedo citar el siguiente pasaje de Sir W. Denison (Varieties of
Vir-Regal Life, vol. i. 1870, pág. 440): "Se dice que es una práctica
entre los australianos, cuando las alimañas se vuelven problemáticas,
quemarse.") que dentro de los trópicos es una ventaja para el hombre estar
desprovisto de pelo, ya que así puede liberarse de la multitud de garrapatas
(ácaros) y otros parásitos, con los que a menudo está infestado y que a veces
causan ulceración.Pero cabe dudar de si este mal es de la magnitud suficiente
como para haber provocado la denudación de su cuerpo por selección natural, ya
que, hasta donde sé, ninguno de los numerosos cuadrúpedos que habitan los
trópicos ha adquirido medios especializados de alivio. La opinión que me parece
más probable es que el hombre, o mejor dicho, principalmente la mujer, se
despojó de su pelo con fines ornamentales, como veremos en el apartado sobre
selección sexual; y, según esta creencia, no sorprende que el hombre difiera
tanto en vellosidad de todos los demás primates, pues las características
adquiridas por selección sexual a menudo difieren extraordinariamente en formas
estrechamente relacionadas.
Según la impresión popular, la
ausencia de cola es un rasgo distintivo del hombre; pero como los simios más
cercanos carecen de este órgano, su desaparición no se limita exclusivamente al
hombre. La cola suele presentar diferencias notables en longitud dentro del
mismo género: así, en algunas especies de macacos es más larga que todo el
cuerpo y está formada por veinticuatro vértebras; en otras consiste en un muñón
apenas visible, con solo tres o cuatro vértebras. En algunas especies de
babuinos hay veinticinco, mientras que en el mandril hay diez vértebras
caudales muy pequeñas y atrofiadas, o, según Cuvier (90. Sr. St. George Mivart,
'Proc. Zoolog. Soc.' 1865, pp. 562, 583. Dr. JE Gray, 'Cat. Brit. Mus.:
'Skeletons'. Owen, 'Anatomy of Vertebrates', vol. ii, p. 517. Isidore Geoffroy,
'Hist. Nat. Gen.' tom. ii, p. 244.), a veces solo cinco. La cola, ya sea larga
o corta, casi siempre se estrecha hacia el final; y esto, supongo, se debe a la
atrofia de los músculos terminales, junto con sus arterias y nervios, por
desuso, lo que lleva a la atrofia de los huesos terminales. Pero por el momento
no se puede dar una explicación de la gran diversidad que a menudo ocurre en su
longitud. Aquí, sin embargo, estamos más especialmente interesados en la
desaparición externa completa de la cola. El profesor Broca ha demostrado
recientemente (91. 'Revue d'Anthropologie', 1872; 'La Constitution des
vertèbres caudales.') que la cola en todos los cuadrúpedos consiste en dos
porciones, generalmente separadas abruptamente una de la otra; la porción basal
consiste en vértebras, más o menos perfectamente acanaladas y provistas de
apófisis como las vértebras ordinarias; mientras que las de la porción terminal
no están acanaladas, son casi lisas y apenas se parecen a las vértebras
verdaderas. Una cola, aunque no visible externamente, está realmente presente
en el hombre y los simios antropomorfos, y está construida exactamente sobre el
mismo patrón en ambos. En la porción terminal las vértebras, que constituyen el
os coccyx, son bastante rudimentarias, siendo muy reducidas en tamaño y número.
En la porción basal, las vértebras son igualmente pocas, están unidas
firmemente entre sí y están detenidas en el desarrollo; Pero se han vuelto
mucho más anchas y planas que las vértebras correspondientes en las colas de
otros animales: constituyen lo que Broca llama las vértebras sacras accesorias.
Estas tienen importancia funcional al sostener ciertas partes internas y de
otras maneras; y su modificación está directamente relacionada con la postura
erecta o semierecta del hombre y los simios antropomorfos. Esta conclusión es
tanto más fiable cuanto que Broca anteriormente sostuvo una opinión diferente,
que ahora ha abandonado. Por lo tanto, la modificación de las vértebras
caudales basales en el hombre y los simios superiores puede haberse efectuado,
directa o indirectamente, mediante la selección natural.
Pero ¿qué decir de las vértebras
rudimentarias y variables de la porción terminal de la cola, que forman el
hueso coxal? Una idea que a menudo ha sido, y sin duda volverá a ser,
ridiculizada, a saber, que la fricción ha tenido algo que ver con la desaparición
de la porción externa de la cola, no es tan ridícula como parece a primera
vista. El Dr. Anderson (92. 'Proceedings Zoological Society', 1872, pág. 210)
afirma que la cola extremadamente corta del Macacus brunneus está formada por
once vértebras, incluyendo las basales incrustadas. La extremidad es tendinosa
y no contiene vértebras; a esta le suceden cinco vértebras rudimentarias, tan
diminutas que juntas solo miden una línea y media de longitud, y estas están
permanentemente dobladas hacia un lado en forma de gancho. La parte libre de la
cola, de solo un poco más de una pulgada de largo, incluye solo cuatro
vértebras más pequeñas. Esta cola corta se lleva erguida; Pero aproximadamente
una cuarta parte de su longitud total se dobla sobre sí misma hacia la
izquierda; y esta parte terminal, que incluye la porción en forma de gancho,
sirve para rellenar el espacio entre la porción divergente superior de las
callosidades; de modo que el animal se sienta sobre ella, volviéndola áspera y
callosa. El Dr. Anderson resume así sus observaciones: «Estos hechos me parecen
tener una sola explicación; esta cola, debido a su corto tamaño, estorba al
mono cuando se sienta, y con frecuencia se coloca debajo del animal mientras
está en esta postura; y dado que no sobrepasa el extremo de las tuberosidades
isquiáticas, parece como si la cola se hubiera doblado originalmente por
voluntad del animal, en el espacio entre las callosidades, para evitar ser
presionada entre ellas y el suelo, y que con el tiempo la curvatura se volvió
permanente, adaptándose por sí sola cuando el órgano se sienta sobre ella». En
estas circunstancias, no es sorprendente que la superficie de la cola se haya
vuelto áspera y callosa, y el Dr. Murie (93. 'Proceedings Zoological Society',
1872, pág. 786), quien observó cuidadosamente esta especie en el Jardín
Zoológico, así como otras tres formas estrechamente relacionadas con colas
ligeramente más largas, dice que cuando el animal se sienta, la cola "está
necesariamente empujada hacia un lado de las nalgas; y, ya sea larga o corta,
su raíz es, en consecuencia, propensa a frotarse o rasparse". Como ahora
tenemos evidencia de que las mutilaciones ocasionalmente producen un efecto
hereditario (94. Me refiero a las observaciones del Dr. Brown-Sequard sobre el
efecto transmitido de una operación que causa epilepsia en cobayas, y también
más recientemente sobre los efectos análogos de cortar el nervio simpático en
el cuello. Más adelante tendré ocasión de referirme al interesante caso del Sr.
Salvin sobre los efectos aparentemente hereditarios de los mot-mots al morderse
las púas de sus propias plumas de la cola. Véase también sobre el tema general
'Variación de animales y plantas bajo domesticación', vol. ii, págs. 22-24.),No
es muy improbable que en los monos de cola corta, la parte saliente de la cola,
al ser funcionalmente inútil, se haya vuelto rudimentaria y distorsionada tras
muchas generaciones debido al roce y la fricción constantes. Observamos la
parte saliente en esta condición en el Macacus brunneus, y completamente
abortada en el M. ecaudatus y en varios de los simios superiores. Finalmente,
según nuestro criterio, la cola ha desaparecido en el hombre y los simios
antropomorfos debido a que la porción terminal se ha dañado por fricción
durante un largo período de tiempo; la porción basal e incrustada se ha
reducido y modificado para adaptarse a la posición erguida o semierecta.
He intentado demostrar que algunos de
los caracteres más distintivos del hombre probablemente se adquirieron, ya sea
directamente o, más comúnmente, indirectamente, mediante la selección natural.
Debemos tener presente que las modificaciones en la estructura o constitución
que no sirven para adaptar un organismo a sus hábitos de vida, a los alimentos
que consume o, pasivamente, a las condiciones ambientales, no pueden haberse
adquirido de esta manera. Sin embargo, no debemos confiarnos demasiado al decidir
qué modificaciones son útiles para cada ser: debemos recordar lo poco que
sabemos sobre el uso de muchas partes, o qué cambios en la sangre o los tejidos
pueden servir para adaptar un organismo a un nuevo clima o a nuevos tipos de
alimento. Tampoco debemos olvidar el principio de correlación, por el cual,
como Isidore Geoffroy ha demostrado en el caso del hombre, muchas extrañas
desviaciones estructurales están relacionadas. Independientemente de la
correlación, un cambio en una parte a menudo conduce, mediante el aumento o la
disminución del uso de otras partes, a otros cambios de naturaleza
completamente inesperada. También conviene reflexionar sobre hechos como el
maravilloso crecimiento de agallas en las plantas causado por el veneno de un
insecto, y sobre los notables cambios de color en el plumaje de los loros al
ser alimentados con ciertos peces o inoculados con veneno de sapos (95.
«Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación», vol. ii, págs. 280, 282);
pues así podemos ver que los fluidos del sistema, si se alteran con algún
propósito específico, podrían inducir otros cambios. Debemos tener
especialmente presente que las modificaciones adquiridas y utilizadas
continuamente durante épocas pasadas con algún propósito útil, probablemente
quedarían firmemente fijadas y podrían heredarse durante mucho tiempo.
Así pues, se puede dar con seguridad
una extensión amplia, aunque indefinida, a los resultados directos e indirectos
de la selección natural; pero admito ahora, tras leer el ensayo de Nageli sobre
las plantas y las observaciones de varios autores respecto a los animales, en
especial las recientes del profesor Broca, que en las ediciones anteriores de
mi «Origen de las Especies» quizá atribuí demasiado a la acción de la selección
natural o a la supervivencia del más apto. He modificado la quinta edición de «Origen»
para limitar mis observaciones a los cambios adaptativos de la estructura; pero
estoy convencido, a partir de la luz obtenida incluso durante los últimos años,
de que muchas estructuras que ahora nos parecen inútiles, en el futuro
demostrarán ser útiles y, por lo tanto, entrarán en el ámbito de la selección
natural. Sin embargo, anteriormente no consideré suficientemente la existencia
de estructuras que, hasta donde podemos juzgar actualmente, no son ni
beneficiosas ni perjudiciales; y creo que este es uno de los mayores descuidos
detectados hasta ahora en mi obra. Se me permitirá decir, como excusa, que
tenía dos objetivos distintos en mente: primero, demostrar que las especies no
se habían creado por separado, y segundo, que la selección natural había sido
el principal agente del cambio, aunque en gran medida ayudada por los efectos
heredados del hábito y ligeramente por la acción directa de las condiciones
ambientales. Sin embargo, no pude anular la influencia de mi creencia anterior,
entonces casi universal, de que cada especie había sido creada a propósito; y
esto me llevó a la suposición tácita de que cada detalle de la estructura,
excepto los rudimentos, tenía alguna utilidad especial, aunque no reconocida.
Cualquiera con esta suposición en mente naturalmente extendería demasiado la
acción de la selección natural, tanto en el pasado como en el presente. Algunos
de los que admiten el principio de la evolución, pero rechazan la selección
natural, parecen olvidar, al criticar mi libro, que tenía los dos objetivos
anteriores en mente; Por tanto, si he cometido un error al atribuir a la
selección natural un gran poder, cosa que estoy muy lejos de admitir, o al
haber exagerado su poder, lo que es en sí mismo probable, al menos he hecho,
como espero, un buen servicio al contribuir a derribar el dogma de las
creaciones separadas.
Es probable, como ahora puedo ver,
que todos los seres orgánicos, incluido el hombre, posean peculiaridades
estructurales que no les son ni les fueron útiles en el pasado, y que, por lo
tanto, carecen de importancia fisiológica. Desconocemos qué produce las
innumerables y sutiles diferencias entre los individuos de cada especie, pues
la reversión solo retrocede un poco el problema, pero cada peculiaridad debe
haber tenido su causa eficiente. Si estas causas, cualesquiera que sean,
actuaran de forma más uniforme y enérgica durante un período prolongado (y no
se puede argumentar en contra), el resultado probablemente no sería una mera y
leve diferencia individual, sino una modificación marcada y constante, aunque
sin importancia fisiológica. Las estructuras modificadas, que no son en
absoluto beneficiosas, no pueden mantenerse uniformes mediante la selección
natural, aunque así se eliminarán las perjudiciales. Sin embargo, la
uniformidad de carácter se derivaría naturalmente de la supuesta uniformidad de
las causas desencadenantes, así como del libre cruzamiento de muchos
individuos. Durante períodos sucesivos, el mismo organismo podría adquirir así
modificaciones sucesivas, que se transmitirían de forma casi uniforme mientras
las causas excitantes permanecieran inalteradas y existiera un libre
entrecruzamiento. Respecto a las causas excitantes, solo podemos decir, como
cuando hablamos de las llamadas variaciones espontáneas, que se relacionan
mucho más estrechamente con la constitución del organismo variable que con la
naturaleza de las condiciones a las que ha estado sometido.
-CONCLUSIÓN-
En este capítulo hemos visto que, así
como el hombre actual es susceptible, como cualquier otro animal, a diferencias
individuales multiformes o ligeras variaciones, sin duda lo fueron sus primeros
progenitores; las variaciones fueron inducidas anteriormente por las mismas
causas generales y regidas por las mismas leyes generales y complejas que en la
actualidad. Como todos los animales tienden a multiplicarse más allá de sus
medios de subsistencia, así debió ser con los progenitores del hombre; y esto inevitablemente
conduciría a una lucha por la existencia y a la selección natural. Este último
proceso se vería enormemente favorecido por los efectos hereditarios del mayor
uso de las partes, y ambos procesos reaccionarían incesantemente entre sí.
Parece, también, como veremos más adelante, que el hombre ha adquirido diversos
caracteres sin importancia mediante la selección sexual. Un residuo
inexplicable de cambio debe atribuirse a la supuesta acción uniforme de esos
agentes desconocidos, que ocasionalmente inducen desviaciones estructurales muy
marcadas y abruptas en nuestras producciones domésticas.
A juzgar por los hábitos de los
salvajes y de la mayor parte de los cuadrumanos, los hombres primitivos, e
incluso sus progenitores simiescos, probablemente vivieron en sociedad. En los
animales estrictamente sociales, la selección natural a veces actúa sobre el
individuo, mediante la preservación de variaciones beneficiosas para la
comunidad. Una comunidad que incluye un gran número de individuos bien dotados
aumenta en número y triunfa sobre otros menos favorecidos; aun cuando cada
miembro por separado no obtenga ventaja sobre los demás de la misma comunidad.
Los insectos asociados han adquirido así muchas estructuras notables, que son
de poca o ninguna utilidad para el individuo, como el aparato recolector de
polen, el aguijón de la abeja obrera o las grandes mandíbulas de las hormigas
soldado. En los animales sociales superiores, no tengo conocimiento de que
ninguna estructura se haya modificado únicamente para el bien de la comunidad,
aunque algunas le son de utilidad secundaria. Por ejemplo, los cuernos de los
rumiantes y los grandes caninos de los babuinos parecen haber sido adquiridos
por los machos como armas para la lucha sexual, pero se utilizan para la
defensa de la manada o grupo. En cuanto a ciertas facultades mentales, como
veremos en el capítulo quinto, la situación es completamente diferente; pues
estas facultades se han adquirido principalmente, o incluso exclusivamente,
para beneficio de la comunidad, y sus individuos, al mismo tiempo, han obtenido
una ventaja indirecta.
A menudo se ha objetado a opiniones
como la anterior, que el hombre es una de las criaturas más indefensas del
mundo; y que durante su etapa temprana y menos desarrollada, habría sido aún
más indefenso. El duque de Argyll, por ejemplo, insiste (96. «El hombre
primigenio», 1869, pág. 66) en que «la constitución humana se ha desviado de la
de los animales, en dirección a una mayor indefensión y debilidad física. Es
decir, es una divergencia que, de todas las demás, es imposible atribuir a la
mera selección natural». Aduce el estado desnudo y desprotegido del cuerpo, la
ausencia de grandes dientes o garras para defenderse, la escasa fuerza y
velocidad del hombre, y su escasa capacidad para encontrar alimento o evitar
el peligro mediante el olfato. A estas deficiencias podría añadirse una aún más
grave: su incapacidad para trepar con rapidez y así escapar de los enemigos. La
pérdida de cabello no habría sido un gran daño para los habitantes de un país
cálido. Sabemos que los fueguinos, sin ropa, pueden sobrevivir en un clima
desastroso. Al comparar el estado de indefensión del hombre con el de los
simios, debemos recordar que los grandes caninos de los que estos últimos están
provistos son poseídos en su máximo desarrollo por los machos, y los utilizan
principalmente para luchar con sus rivales; sin embargo, las hembras, que no
cuentan con estos colmillos, logran sobrevivir.
En cuanto al tamaño o la fuerza
corporal, desconocemos si el hombre desciende de una especie pequeña, como el
chimpancé, o de una tan poderosa como el gorila; por lo tanto, no podemos
afirmar si el hombre se ha vuelto más grande y fuerte, o más pequeño y débil,
que sus antepasados. Sin embargo, debemos tener presente que un animal de gran
tamaño, fuerza y ferocidad, y que, como el gorila, pudiera defenderse de
todos sus enemigos, tal vez no se habría vuelto sociable; y esto habría frenado
considerablemente la adquisición de cualidades mentales superiores, como la
compasión y el amor a sus semejantes. Por lo tanto, podría haber sido una
inmensa ventaja para el hombre haber surgido de una criatura comparativamente
débil.
La escasa fuerza y velocidad del
hombre, su falta de armas naturales, etc., se ven más que compensadas, en
primer lugar, por sus facultades intelectuales, gracias a las cuales ha forjado
armas, herramientas, etc., aunque aún permanece en un estado bárbaro, y, en
segundo lugar, por sus cualidades sociales, que lo llevan a brindar y recibir
ayuda de sus semejantes. Ningún país del mundo abunda en mayor medida de
animales peligrosos que el sur de África; ningún país presenta mayores
dificultades físicas que las regiones árticas; sin embargo, una de las razas
más débiles, la de los bosquimanos, se mantiene en el sur de África, al igual
que los esquimales enanos en las regiones árticas. Los antepasados del hombre
fueron, sin duda, inferiores en intelecto, y probablemente en disposición
social, a los salvajes más abyectos existentes; Pero es muy concebible que
hubieran existido, o incluso prosperado, si hubieran avanzado en intelecto,
mientras perdían gradualmente sus poderes brutos, como el de trepar a los árboles,
etc. Pero estos antepasados no habrían estado expuestos a ningún peligro
especial, aunque mucho más indefensos que cualquier salvaje actual, si hubieran
habitado algún continente cálido o una gran isla, como Australia, Nueva Guinea
o Borneo, que ahora es el hogar del orangután. Y la selección natural derivada
de la competencia entre tribus, en un área tan extensa como una de estas, junto
con los efectos heredados del hábito, habría bastado, en condiciones
favorables, para elevar al hombre a su actual posición elevada en la escala
orgánica.
CAPÍTULO III.
COMPARACIÓN DE LAS FACULTADES MENTALES DEL HOMBRE Y DE LOS ANIMALES INFERIORES.
La diferencia en poder mental entre
el simio más alto y el salvaje más bajo, inmensa—Ciertos instintos en común—Las
emociones—Curiosidad—Imitación—Atención—Memoria—Imaginacion—Razon—Mejora
progresiva —Herramientas y armas utilizadas por los animales—Abstracción,
Autoconciencia—Lenguaje—Sentido de la belleza—Creencia en Dios, agencias
espirituales, supersticiones.
Hemos visto en los dos últimos
capítulos que el hombre lleva en su estructura corporal claras huellas de su
descendencia de alguna forma inferior; pero se puede argumentar que, dado que
el hombre difiere tanto en su capacidad mental de todos los demás animales,
debe haber algún error en esta conclusión. Sin duda, la diferencia en este
aspecto es enorme, incluso si comparamos la mente de uno de los salvajes más
inferiores, que no tiene palabras para expresar ningún número superior a
cuatro, y que apenas utiliza términos abstractos para los objetos comunes o
para las afecciones (1. Véase la evidencia sobre estos puntos, según lo
proporcionado por Lubbock, 'Prehistoric Times', p. 354, etc.), con la del simio
más altamente organizado. La diferencia, sin duda, seguiría siendo inmensa,
incluso si uno de los simios superiores hubiera sido mejorado o civilizado
tanto como un perro en comparación con su forma progenitora, el lobo o el
chacal. Los fueguinos se encuentran entre los bárbaros más inferiores; Pero me
asombraba constantemente lo mucho que se parecían a nosotros los tres nativos a
bordo del HMS "Beagle", que habían vivido algunos años en Inglaterra
y hablaban un poco de inglés, en disposición y en la mayoría de nuestras
facultades mentales. Si ningún ser orgánico, excepto el hombre, hubiera poseído
capacidad mental, o si sus facultades hubieran sido de una naturaleza
completamente diferente a las de los animales inferiores, nunca habríamos
podido convencernos de que nuestras facultades superiores se habían desarrollado
gradualmente. Pero se puede demostrar que no existe una diferencia fundamental
de este tipo. También debemos admitir que existe una diferencia mucho mayor en
la capacidad mental entre uno de los peces inferiores, como una lamprea o una
anguila, y uno de los simios superiores, que entre un simio y el hombre; sin
embargo, esta diferencia se completa con innumerables gradaciones.
Tampoco es pequeña la diferencia en
la disposición moral entre un bárbaro, como el hombre descrito por el viejo
navegante Byron, quien estrelló a su hijo contra las rocas por dejar caer una
cesta de erizos de mar, y un Howard o un Clarkson; ni en el intelecto, entre un
salvaje que apenas usa términos abstractos y un Newton o un Shakespeare.
Diferencias de este tipo entre los hombres más destacados de las razas más
elevadas y los salvajes más inferiores están conectadas por sutiles
gradaciones. Por lo tanto, es posible que puedan transmitirse y desarrollarse
mutuamente.
Mi objetivo en este capítulo es
demostrar que no existe una diferencia fundamental entre el hombre y los
mamíferos superiores en cuanto a sus facultades mentales. Cada división del
tema podría haberse desarrollado en un ensayo aparte, pero aquí debe tratarse
brevemente. Dado que ninguna clasificación de las facultades mentales ha sido
universalmente aceptada, organizaré mis observaciones en el orden que mejor me
convenga y seleccionaré los hechos que más me han impactado, con la esperanza
de que puedan tener algún efecto en el lector.
Con respecto a los animales de rango
inferior, presentaré algunos datos adicionales en el apartado de Selección
Sexual, que demuestran que sus facultades mentales son mucho mayores de lo que
cabría esperar. La variabilidad de las facultades en individuos de la misma
especie es un punto importante para nosotros, y aquí se darán algunos ejemplos.
Sin embargo, sería superfluo entrar en muchos detalles sobre este punto, pues
he comprobado, tras frecuentes investigaciones, que la opinión unánime de
quienes han estudiado durante mucho tiempo animales de diversas clases,
incluidas las aves, es que los individuos difieren enormemente en cada
característica mental. Cómo se desarrollaron inicialmente las facultades
mentales en los organismos inferiores es una investigación tan desesperada como
cómo se originó la vida misma. Estos son problemas para un futuro lejano, si es
que el hombre los resuelve.
Como el hombre posee los mismos
sentidos que los animales inferiores, sus intuiciones fundamentales deben ser
las mismas. El hombre también comparte algunos instintos, como el de
autoconservación, el amor sexual, el amor de la madre por su cría recién nacida,
el deseo de esta de mamar, etc. Pero el hombre, quizás, posee menos instintos
que los animales que le siguen en la serie. El orangután de las islas
orientales y el chimpancé de África construyen plataformas para dormir; y, como
ambas especies tienen el mismo hábito, podría argumentarse que esto se debe al
instinto, pero no podemos estar seguros de que no sea el resultado de que ambos
animales tengan necesidades similares y posean capacidades de razonamiento
similares. Estos simios, como podemos suponer, evitan las numerosas frutas
venenosas de los trópicos, y el hombre no tiene tal conocimiento; pero como
nuestros animales domésticos, al ser llevados a tierras extranjeras y liberados
en primavera, suelen comer hierbas venenosas, que luego evitan, no podemos
estar seguros de que los simios no aprendan de su propia experiencia o de la de
sus padres qué frutas seleccionar. Sin embargo, es cierto, como veremos
enseguida, que los simios tienen un miedo instintivo a las serpientes y
probablemente a otros animales peligrosos.
La escasez y la relativa simplicidad
de los instintos en los animales superiores son notables en contraste con los
de los animales inferiores. Cuvier sostenía que el instinto y la inteligencia
guardan una relación inversa; y algunos han pensado que las facultades
intelectuales de los animales superiores se han desarrollado gradualmente a
partir de sus instintos. Pero Pouchet, en un interesante ensayo (2. «L'Instinct
chez les Insectes», «Revue des Deux Mondes», febrero de 1870, pág. 690), ha
demostrado que tal relación inversa no existe realmente. Los insectos que
poseen los instintos más extraordinarios son, sin duda, los más inteligentes.
En el grupo de los vertebrados, los menos inteligentes, a saber, los peces y
los anfibios, no poseen instintos complejos; y entre los mamíferos, el animal
más notable por sus instintos, el castor, es sumamente inteligente, como
admitirá cualquiera que haya leído la excelente obra del Sr. Morgan (3. «The
American Beaver and His Works», 1868).
Aunque los primeros albores de la
inteligencia, según el Sr. Herbert Spencer (4. «Los principios de la
psicología», 2.ª edición, 1870, págs. 418-443), se han desarrollado mediante la
multiplicación y coordinación de acciones reflejas, y aunque muchos de los
instintos más simples se convierten gradualmente en acciones reflejas y apenas
pueden distinguirse de ellas, como en el caso de la lactancia en animales
jóvenes, los instintos más complejos parecen haberse originado
independientemente de la inteligencia. Sin embargo, estoy muy lejos de negar
que las acciones instintivas puedan perder su carácter fijo e innato y ser
reemplazadas por otras realizadas con la ayuda del libre albedrío. Por otro
lado, algunas acciones inteligentes, tras ser realizadas durante varias
generaciones, se convierten en instintos y se heredan, como cuando las aves en
islas oceánicas aprenden a evitar al hombre. Se puede decir entonces que estas
acciones han perdido su carácter, pues ya no se realizan mediante la razón ni
la experiencia. Pero la mayor parte de los instintos más complejos parecen
haberse adquirido de una manera completamente diferente, mediante la selección
natural de variaciones de acciones instintivas más simples. Dichas variaciones
parecen surgir de las mismas causas desconocidas que actúan sobre la
organización cerebral, las cuales inducen ligeras variaciones o diferencias
individuales en otras partes del cuerpo; y se dice a menudo que estas
variaciones, debido a nuestra ignorancia, surgen espontáneamente. Creo que no podemos
llegar a otra conclusión respecto al origen de los instintos más complejos,
cuando reflexionamos sobre los maravillosos instintos de las hormigas obreras y
las abejas estériles, que no dejan descendencia que herede los efectos de la
experiencia y de los hábitos modificados.
Aunque, como aprendemos de los
insectos y el castor mencionados, un alto grado de inteligencia es ciertamente
compatible con instintos complejos, y aunque las acciones, al principio
aprendidas voluntariamente, pueden pronto, por hábito, realizarse con la
rapidez y certeza de un acto reflejo, no es improbable que exista cierta
interferencia entre el desarrollo de la inteligencia libre y el del instinto,
lo cual implica alguna modificación hereditaria del cerebro. Se sabe poco sobre
las funciones del cerebro, pero podemos percibir que, a medida que las
facultades intelectuales se desarrollan altamente, las diversas partes del
cerebro deben estar conectadas por canales muy intrincados de la más libre
intercomunicación; y, como consecuencia, cada parte separada quizás tendería a
estar menos preparada para responder a sensaciones o asociaciones particulares
de una manera definida y heredada, es decir, instintiva. Incluso parece existir
cierta relación entre un bajo grado de inteligencia y una fuerte tendencia a la
formación de hábitos fijos, aunque no heredados; Porque, como me comentó un
médico sagaz, las personas ligeramente imbéciles tienden a actuar en todo por
rutina o hábito, y se vuelven mucho más felices si se les fomenta esto.
He considerado que vale la pena hacer
esta digresión, ya que podemos subestimar fácilmente las facultades mentales de
los animales superiores, y especialmente del hombre, al comparar sus acciones
basadas en la memoria de sucesos pasados, la previsión, la razón y la
imaginación, con acciones exactamente similares realizadas instintivamente por
los animales inferiores. En este último caso, la capacidad de realizar tales
acciones se ha adquirido, paso a paso, mediante la variabilidad de los órganos
mentales y la selección natural, sin ninguna inteligencia consciente por parte
del animal durante cada generación sucesiva. Sin duda, como ha argumentado el
Sr. Wallace (5. «Contribuciones a la teoría de la selección natural», 1870,
pág. 212), gran parte del trabajo inteligente realizado por el hombre se debe a
la imitación y no a la razón; pero existe esta gran diferencia entre sus
acciones y muchas de las realizadas por los animales inferiores: el hombre no
puede, en su primer intento, fabricar, por ejemplo, un hacha de piedra o una
canoa mediante su capacidad de imitación. Tiene que aprender su trabajo con la
práctica. un castor, por otra parte, puede hacer su presa o canal, y un pájaro
su nido, tan bien o casi tan bien, y una araña su maravillosa tela, igualmente
bien (6. Para la evidencia a este respecto, véase la obra más interesante de
Mr. J. Traherne Moggridge, 'Harvesting Ants and Trap-Door Spiders', 1873, pp.
126, 128.), la primera vez que lo intenta como cuando es viejo y experimentado.
Volviendo a nuestro tema inmediato:
los animales inferiores, como el hombre, manifiestan placer y dolor, felicidad
y miseria. La felicidad nunca se manifiesta mejor que en animales jóvenes, como
cachorros, gatitos, corderos, etc., cuando juegan juntos, como nuestros propios
hijos. Incluso los insectos juegan juntos, como lo describió el excelente
observador P. Huber (7. «Recherches sur les Moeurs des Fourmis», 1810, p. 173),
quien vio a las hormigas persiguiéndose y fingiendo morderse, como si fueran cachorros.
El hecho de que los animales
inferiores se excitan por las mismas emociones que nosotros está tan bien
establecido que no será necesario cansar al lector con muchos detalles. El
terror actúa en ellos de la misma manera que en nosotros, provocando temblores
musculares, palpitaciones cardíacas, relajación de esfínteres y erización del
cabello. La sospecha, hija del miedo, es característica de la mayoría de los
animales salvajes. Creo que es imposible leer el relato de Sir E. Tennent sobre
el comportamiento de las elefantas utilizadas como señuelos sin admitir que
engañan intencionalmente y saben bien lo que hacen. El coraje y la timidez son
cualidades extremadamente variables en individuos de la misma especie, como se
observa claramente en nuestros perros. Algunos perros y caballos son de mal
carácter y se enfadan fácilmente; otros son de buen carácter; y estas
cualidades son, sin duda, hereditarias. Todos sabemos lo propensos que son los
animales a la furia y con qué claridad la manifiestan. Se han publicado muchas
anécdotas, probablemente ciertas, sobre la artificiosa y demorada venganza de
diversos animales. Los acertados Rengger y Brehm (8. Todas las siguientes
declaraciones, dadas con la autoridad de estos dos naturalistas, están tomadas
de «Naturgesch. der Säugethiere von Paraguay» de Rengger, 1830, s. 41-57, y de
«Thierleben» de Brehm, B. 10-87.) afirman que los monos americanos y africanos
que mantenían domesticados ciertamente se vengaban. Sir Andrew Smith, un
zoólogo cuya escrupulosa precisión era conocida por muchos, me contó la
siguiente historia, de la que él mismo fue testigo presencial: en el Cabo de
Buena Esperanza, un oficial había molestado con frecuencia a cierto babuino, y
el animal, al verlo acercarse un domingo para el desfile, echó agua en un
agujero y rápidamente formó un lodo espeso, que esparció hábilmente sobre el
oficial al pasar, para diversión de muchos transeúntes. Durante mucho tiempo
después, el babuino se regocijaba y triunfaba cada vez que veía a su víctima.
El amor de un perro por su amo es
notorio; como dice pintorescamente un viejo escritor (9. Citado por el Dr.
Lauder Lindsay, en su 'Fisiología de la mente en los animales inferiores',
'Journal of Mental Science', abril de 1871, pág. 38), "Un perro es lo
único en esta tierra que te ama más que a sí mismo".
Se sabe que en la agonía de la muerte
un perro acarició a su amo, y todos han oído hablar del perro que sufrió una
vivisección y lamió la mano del operador; este hombre, a menos que la operación
estuviera plenamente justificada por un aumento de nuestro conocimiento, o a
menos que tuviera un corazón de piedra, debe haber sentido remordimiento hasta
la última hora de su vida.
Como bien ha preguntado Whewell (10.
'Bridgewater Treatise', pág. 263): "¿Quién, al leer los conmovedores
ejemplos de afecto maternal, tan a menudo relatados sobre mujeres de todas las
naciones y hembras de todos los animales, puede dudar de que el principio de
acción sea el mismo en ambos casos?". Vemos el afecto maternal manifestado
en los detalles más insignificantes; así, Rengger observó a una mona americana
(un Cebus) ahuyentando cuidadosamente las moscas que plagaban a su cría; y
Duvaucel vio a un Hylobates lavando la cara de sus crías en un arroyo. Tan
intenso es el dolor de las monas por la pérdida de sus crías, que
invariablemente causaba la muerte de ciertas especies mantenidas en
confinamiento por Brehm en el norte de África. Los monos huérfanos siempre eran
adoptados y cuidadosamente custodiados por los demás monos, tanto machos como
hembras. Una hembra de babuino tenía un corazón tan grande que no solo adoptaba
crías de otras especies, sino que robaba perros y gatos jóvenes, que llevaba
consigo continuamente. Su amabilidad, sin embargo, no llegó al extremo de
compartir su comida con su descendencia adoptada, lo cual sorprendió a Brehm,
ya que sus monos siempre dividían todo de forma bastante justa con sus propias
crías. Un gatito adoptado arañó a este cariñoso babuino, quien ciertamente
tenía un intelecto fino, pues se sorprendió mucho al ser arañado, e
inmediatamente examinó las patas del gatito, y sin más preámbulos le arrancó
las garras de un mordisco. (11. Un crítico, sin ningún fundamento ('Quarterly
Review', julio de 1871, pág. 72), cuestiona la posibilidad de este acto tal
como lo describe Brehm, con el fin de desacreditar mi trabajo. Por lo tanto, lo
intenté y descubrí que podía agarrar fácilmente con mis propios dientes las
pequeñas y afiladas garras de un gatito de casi cinco semanas). En el Jardín
Zoológico, escuché del cuidador que un viejo babuino (C. chacma) había adoptado
un mono Rhesus; Pero cuando colocaron en la jaula a un joven dril y a un
mandril, pareció percibir que estos monos, aunque de especies distintas, eran
sus parientes más cercanos, pues rechazó de inmediato al rhesus y los adoptó a
ambos. El joven rhesus, como vi, se sentía muy descontento por ser rechazado,
y, como un niño travieso, molestaba y atacaba al dril y al mandril siempre que
podía hacerlo sin peligro; esta conducta provocaba gran indignación en el viejo
babuino. Según Brehm, los monos también defienden a su amo cuando es atacado
por alguien, así como a los perros a los que les tienen cariño, de los ataques de
otros perros. Pero aquí nos centraremos en los temas de la simpatía y la
fidelidad, a los que volveré. Algunos de los monos de Brehm disfrutaban mucho
molestando a cierto perro viejo que les disgustaba, así como a otros animales,
de diversas maneras ingeniosas.
La mayoría de las emociones más
complejas son comunes a los animales superiores y a nosotros mismos. Todos
hemos visto cuán celoso es un perro del afecto de su amo, si este se prodiga en
cualquier otra criatura; y he observado lo mismo con los monos. Esto demuestra
que los animales no solo aman, sino que desean ser amados. Los animales
manifiestan emulación. Aman la aprobación o el elogio; y un perro que lleva una
cesta para su amo exhibe en gran medida autocomplacencia u orgullo. Creo que no
cabe duda de que un perro siente vergüenza, a diferencia del miedo, y algo muy
parecido a la modestia cuando mendiga comida con demasiada frecuencia. Un perro
grande desdeña los gruñidos de un perro pequeño, y esto podría llamarse
magnanimidad. Varios observadores han afirmado que a los monos ciertamente les
desagrada que se rían de ellos; y a veces inventan ofensas imaginarias. En el
Zoológico vi a un babuino que siempre montaba en cólera cuando su cuidador
sacaba una carta o un libro y se lo leía en voz alta; Y su furia era tan
violenta que, como presencié en una ocasión, se mordió la pierna hasta que le
salió sangre. Los perros demuestran lo que podría llamarse con justicia sentido
del humor, algo que va más allá del simple juego; si se le lanza un palo u otro
objeto similar, a menudo lo arrastra a una corta distancia; y luego,
agachándose con él en el suelo, muy cerca de él, espera a que su amo se acerque
para quitárselo. El perro entonces lo agarra y sale corriendo triunfante,
repitiendo la misma maniobra, y evidentemente disfrutando de la broma.
Ahora nos centraremos en las
emociones y facultades más intelectuales, que son muy importantes, pues forman
la base para el desarrollo de las facultades mentales superiores. Los animales
manifiestamente disfrutan de la excitación y sufren de aburrimiento, como puede
observarse en los perros y, según Rengger, en los monos. Todos los animales
sienten asombro y muchos muestran curiosidad. A veces sufren de esta última
cualidad, como cuando el cazador hace travesuras y así los atrae; he
presenciado esto con los ciervos, y lo mismo ocurre con las cautelosas gamuzas
y con algunas especies de patos salvajes. Brehm ofrece una curiosa descripción
del temor instintivo que sus monos mostraban a las serpientes; pero su
curiosidad era tan grande que no podían dejar de saciar ocasionalmente su
horror de la forma más humana, levantando la tapa de la caja donde guardaban
las serpientes. Su relato me sorprendió tanto que llevé una serpiente disecada
y enrollada al criadero de monos del Zoológico, y la excitación que esto causó
fue uno de los espectáculos más curiosos que jamás haya presenciado. Tres
especies de Cercopithecus fueron las más alarmadas; corrían por sus jaulas y
emitían agudos gritos de peligro, que los demás monos comprendían. Solo unos
pocos monos jóvenes y un viejo babuino Anubis no se fijaron en la serpiente.
Entonces coloqué el ejemplar disecado en el suelo, en uno de los compartimentos
más grandes. Al cabo de un rato, todos los monos se reunieron a su alrededor en
un gran círculo y, mirándolo fijamente, presentaron un aspecto de lo más
ridículo. Se pusieron extremadamente nerviosos; tanto que cuando una bola de
madera, con la que estaban familiarizados como juguete, se movió
accidentalmente en la paja, bajo la cual estaba parcialmente oculta, todos se
asustaron al instante. Estos monos se comportaron de forma muy diferente cuando
les colocaban en sus jaulas un pez muerto, un ratón (12. He descrito brevemente
su comportamiento en esta ocasión en mi «Expresión de las emociones en el
hombre y los animales», pág. 43), una tortuga viva y otros objetos nuevos;
pues, aunque al principio se asustaron, pronto se acercaron, los manipularon y
los examinaron. Entonces coloqué una serpiente viva en una bolsa de papel, con
la boca ligeramente cerrada, en uno de los compartimentos más grandes. Uno de
los monos se acercó de inmediato, abrió un poco la bolsa con cautela, echó un
vistazo y salió corriendo. Entonces presencié lo que Brehm ha descrito: mono
tras mono, con la cabeza bien alta y ladeada, no pudieron resistirse a echar un
vistazo momentáneo al interior de la bolsa, al espantoso objeto que yacía
inmóvil en el fondo. Casi parecería que los monos tuvieran alguna noción de
afinidades zoológicas, pues los criados por Brehm mostraban un extraño, aunque
equivocado, temor instintivo a los inocentes lagartos y ranas. También se sabe
que un orangután se alarma mucho al ver por primera vez una tortuga. (13. WCL
Martin, 'Historia natural de los mamíferos', 1841, pág. 405.)
El principio de imitación es fuerte
en el ser humano, y especialmente, como he observado personalmente, en los
salvajes. En ciertos estados mórbidos del cerebro, esta tendencia se acentúa
extraordinariamente: algunos pacientes hemipléjicos y otros, al inicio de un
debilitamiento inflamatorio cerebral, imitan inconscientemente cada palabra
pronunciada, ya sea en su propio idioma o en uno extranjero, y cada gesto o
acción que se realiza cerca de ellos. (14. Dr. Bateman, «Sobre la afasia»,
1870, pág. 110). Desor (15. Citado por Vogt, «Mémoire sur les Microcephales»,
1867, pág. 168) ha señalado que ningún animal imita voluntariamente una acción
realizada por el ser humano, hasta que, en la escala ascendente, llegamos a los
monos, conocidos por su ridiculización. Los animales, sin embargo, a veces
imitan las acciones de los demás: así, dos especies de lobos, que habían sido
criados por perros, aprendieron a ladrar, como lo hace a veces el chacal (16.
La 'Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación', vol. ip 27.), pero si
esto puede llamarse imitación voluntaria es otra cuestión. Los pájaros imitan
los cantos de sus padres, y a veces de otros pájaros; y los loros son notorios
imitadores de cualquier sonido que oigan a menudo. Dureau de la Malle da cuenta
(17. 'Annales des Sciences Nat.' (1.ª Serie), tom. xxii. p. 397.) de un perro
criado por un gato, que aprendió a imitar la conocida acción de un gato
lamiéndose las patas, y así lavando sus orejas y cara; esto también fue
presenciado por el célebre naturalista Audouin. He recibido varios relatos
confirmatorios; En uno de estos casos, un perro no había sido amamantado por
una gata, sino criado con una, junto con gatitos, y así adquirió el hábito
mencionado, que practicó durante sus trece años de vida. El perro de Dureau de
la Malle también aprendió de los gatitos a jugar con una pelota haciéndola
rodar con sus patas delanteras y saltando sobre ella. Un corresponsal me
asegura que una gata de su casa solía meter las patas en jarras de leche, ya
que tenía la boca demasiado estrecha para la cabeza. Un gatito de esta gata
pronto aprendió el mismo truco y lo practicó desde entonces, siempre que tenía
oportunidad.
Se puede decir que los padres de
muchos animales, confiando en el principio de imitación de sus crías, y más
especialmente en sus tendencias instintivas o heredadas, las educan. Vemos esto
cuando una gata lleva un ratón vivo a sus gatitos; y Dureau de la Malle ha dado
un curioso relato (en el artículo citado) de sus observaciones sobre halcones,
que enseñaron a sus crías destreza, así como a calcular distancias, primero
lanzando al aire ratones y gorriones muertos, que las crías generalmente no
lograban atrapar, y luego llevándoles aves vivas y soltándolas.
Pocas facultades son más importantes
para el progreso intelectual del hombre que la ATENCIÓN. Los animales
manifiestan claramente esta facultad, como cuando un gato observa junto a una
madriguera y se prepara para saltar sobre su presa. Los animales salvajes a
veces se absorben tanto en esta actividad que es fácil acercarse a ellos. El
Sr. Bartlett me ha dado una curiosa prueba de la variabilidad de esta facultad
en los monos. Un hombre que entrena monos para actuar en obras de teatro solía
comprar ejemplares comunes a la Sociedad Zoológica a cinco libras cada uno;
pero ofrecía el doble si podía quedarse con tres o cuatro durante unos días
para elegir uno. Cuando le preguntaban cómo era posible que supiera tan pronto
si un mono en particular se convertiría en un buen actor, respondía que todo
dependía de su capacidad de atención. Si, al hablarle o explicarle algo a un
mono, este se distraía fácilmente, como por una mosca en la pared u otro objeto
insignificante, el caso era desesperado. Si intentaba castigar a un mono
distraído, este se volvía malhumorado. Por otra parte, un mono que lo atienda
con atención siempre podrá ser entrenado.
Es casi superfluo afirmar que los
animales tienen una excelente memoria para personas y lugares. Un babuino en el
Cabo de Buena Esperanza, según me informó Sir Andrew Smith, lo reconoció con
alegría tras una ausencia de nueve meses. Yo tenía un perro salvaje y reacio a
los desconocidos, y a propósito puse a prueba su memoria tras una ausencia de
cinco años y dos días. Me acerqué al establo donde vivía y le grité a mi manera
de siempre; no mostró alegría, sino que al instante me siguió y me obedeció,
tal como si me hubiera separado de él hacía solo media hora. Una serie de
antiguas asociaciones, latentes durante cinco años, se habían despertado así
instantáneamente en su mente. Incluso las hormigas, como ha demostrado
claramente P. Huber (18. «Les Moeurs des Fourmis», 1810, pág. 150), reconocían
a sus compañeras pertenecientes a la misma comunidad tras una separación de
cuatro meses. Los animales ciertamente pueden, de alguna manera, calcular los
intervalos de tiempo entre eventos recurrentes.
La imaginación es una de las mayores
prerrogativas del hombre. Mediante esta facultad, une imágenes e ideas previas,
independientemente de la voluntad, creando así resultados brillantes y
novedosos. Un poeta, como señala Jean Paul Richter (19. Citado en 'Fisiología y
patología de la mente' del Dr. Maudsley, 1868, págs. 19, 220), «que debe
reflexionar sobre si debe hacer que un personaje diga sí o no, al diablo con
él; no es más que un cadáver estúpido». Soñar nos da la mejor noción de este
poder; como dice Jean Paul: «El sueño es un arte involuntario de la poesía». El
valor de los productos de nuestra imaginación depende, por supuesto, de la
cantidad, precisión y claridad de nuestras impresiones, de nuestro juicio y
gusto al seleccionar o rechazar las combinaciones involuntarias y, en cierta
medida, de nuestra capacidad para combinarlas voluntariamente. Como los perros,
gatos, caballos y probablemente todos los animales superiores, incluso las aves
(20. Dr. Jerdon, «Aves de la India», vol. i. 1862, p. xxi. Houzeau dice que sus
periquitos y canarios soñaban: «Estudios sobre las facultades mentales de los
animales», tomo ii, p. 136) tienen sueños vívidos, y esto se demuestra por sus
movimientos y los sonidos que emiten, debemos admitir que poseen cierta capacidad
de imaginación. Debe haber algo especial que haga que los perros aúllen por la
noche, y especialmente a la luz de la luna, de esa manera tan notable y
melancólica llamada aullido. No todos los perros lo hacen; y, según Houzeau
(21. ibíd. 1872, tomo ii, p. 181), no miran entonces a la luna, sino a un punto
fijo cerca del horizonte. Houzeau cree que su imaginación se ve perturbada por
los contornos vagos de los objetos que los rodean y evocan ante ellos imágenes
fantásticas: si esto es así, sus sentimientos casi pueden llamarse
supersticiosos.
De todas las facultades de la mente
humana, supongo que se admitirá que la RAZÓN ocupa el primer lugar. Solo unas
pocas personas discuten actualmente que los animales posean cierta capacidad de
razonamiento. Se puede ver a los animales constantemente detenerse, deliberar y
resolver. Es un hecho significativo que cuanto más estudia un naturalista los
hábitos de un animal en particular, más atribuye a la razón y menos a instintos
no aprendidos. (22. La obra del Sr. L. H. Morgan sobre «El castor americano»,
1868, ofrece un buen ejemplo de esta observación. Sin embargo, no puedo evitar
pensar que se excede al subestimar el poder del instinto). En próximos
capítulos veremos que algunos animales, en niveles extremadamente bajos de la
escala, aparentemente muestran cierta capacidad de razonamiento. Sin duda, a
menudo es difícil distinguir entre la capacidad de la razón y la del instinto.
Por ejemplo, el Dr. Hayes, en su obra "El Mar Polar Abierto", comenta
repetidamente que sus perros, en lugar de seguir tirando de los trineos en
grupo compacto, divergían y se separaban al llegar a una capa delgada de hielo,
para distribuir mejor su peso. Esta era a menudo la primera advertencia que
recibían los viajeros de que el hielo se estaba volviendo delgado y peligroso.
Ahora bien, ¿actuaban así los perros por experiencia propia, por el ejemplo de
los perros más viejos y sabios, o por un hábito heredado, es decir, por
instinto? Este instinto podría haber surgido desde la época, hace mucho tiempo,
en que los nativos emplearon por primera vez perros para tirar de sus trineos;
o los lobos árticos, linaje progenitor del perro esquimal, podrían haber
adquirido un instinto que les impulsó a no atacar a sus presas en grupo cerrado
cuando se encontraban en una capa delgada de hielo.
Solo podemos juzgar por las
circunstancias en las que se realizan las acciones, si se deben al instinto, a
la razón o a la mera asociación de ideas: este último principio, sin embargo,
está íntimamente relacionado con la razón. El profesor Mobius (23. «Die
Bewegungen der Thiere», etc., 1873, pág. 11) relató un caso curioso: un lucio,
separado por una placa de cristal de un acuario contiguo lleno de peces, se
estrellaba con tanta violencia contra el cristal al intentar atrapar a los
demás peces que a veces quedaba completamente aturdido. El lucio continuó así
durante tres meses, pero finalmente aprendió a ser precavido y dejó de hacerlo.
Entonces se retiró la placa de cristal, pero el lucio no atacaba a estos peces
en particular, aunque sí devoraba a otros que se le introdujeron
posteriormente; tan fuerte era la idea de una descarga violenta asociada en su
débil mente con el atentado contra sus antiguos vecinos. Si un salvaje, que
nunca hubiera visto un gran ventanal, se estrellara contra él, aunque fuera una
sola vez, asociaría durante mucho tiempo el impacto con el marco de una
ventana; pero, a diferencia del lucio, probablemente reflexionaría sobre la
naturaleza del impedimento y se mostraría cauteloso en circunstancias análogas.
Ahora bien, en el caso de los monos, como veremos enseguida, una impresión
dolorosa o simplemente desagradable, derivada de una acción realizada, a veces
basta para impedir que el animal la repita. Si atribuimos esta diferencia entre
el mono y el lucio únicamente a que la asociación de ideas es mucho más fuerte
y persistente en uno que en el otro, aunque el lucio a menudo sufriera lesiones
mucho más graves, ¿podemos sostener, en el caso del hombre, que una diferencia
similar implica la posesión de una mente fundamentalmente distinta?
Houzeau relata (24. «Études sur les
Facultés Mentales des Animaux», 1872, tomo ii, pág. 265) que, mientras cruzaban
una amplia y árida llanura de Texas, sus dos perros sufrieron mucha sed, y que
entre treinta y cuarenta veces se precipitaron por las hondonadas en busca de
agua. Estas hondonadas no eran valles, y no había árboles en ellas, ni ninguna
otra diferencia en la vegetación, y como estaban completamente secas, no podía
haber olor a tierra húmeda. Los perros se comportaban como si supieran que una
depresión en el suelo les ofrecía la mejor oportunidad de encontrar agua, y
Houzeau ha presenciado a menudo el mismo comportamiento en otros animales.
He visto, y supongo que otros
también, que cuando se lanza un objeto pequeño al suelo, fuera del alcance de
un elefante en el Zoológico, este sopla con su trompa en el suelo, más allá del
objeto, de modo que la corriente reflejada por todos lados lo lleva a su
alcance. Además, un conocido etnólogo, el Sr. Westropp, me informa que observó
en Viena a un oso creando deliberadamente con su pata una corriente en el agua,
cerca de los barrotes de su jaula, para atraer un trozo de pan flotante a su
alcance. Estas acciones del elefante y del oso difícilmente pueden atribuirse
al instinto o a un hábito heredado, ya que serían de poca utilidad para un
animal en estado natural. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre tales
acciones, cuando las realiza un hombre inculto y las realiza un animal
superior?
El salvaje y el perro a menudo han
encontrado agua a un nivel bajo, y la coincidencia en tales circunstancias se
ha convertido en una idea recurrente en sus mentes. Un hombre culto quizá
formularía una proposición general sobre el tema; pero por todo lo que sabemos
de los salvajes, es extremadamente dudoso que lo hicieran, y un perro
ciertamente no lo haría. Pero tanto un salvaje como un perro buscarían de la
misma manera, aunque frecuentemente decepcionados; y en ambos parece ser
igualmente un acto de razón, independientemente de si se plantean
conscientemente o no una proposición general sobre el tema. (25. El profesor
Huxley ha analizado con admirable claridad los pasos mentales mediante los
cuales un hombre, al igual que un perro, llega a una conclusión en un caso
análogo al que se presenta en mi texto. Véase su artículo, "Los críticos
del Sr. Darwin", en la "Contemporary Review", noviembre de 1871,
pág. 462, y en sus "Críticas y ensayos", 1873, pág. 279). Lo mismo se
aplicaría al elefante y al oso que crean corrientes en el aire o el agua. El
salvaje, sin duda, no sabría ni le importaría qué ley se sigue para los
movimientos deseados; sin embargo, su acto estaría guiado por un rudimentario
proceso de razonamiento, tan seguramente como lo haría un filósofo en su más
larga cadena de deducciones. Sin duda, existiría esta diferencia entre él y uno
de los animales superiores: que prestaría atención a circunstancias y
condiciones mucho más sutiles, y observaría cualquier conexión entre ellas
después de mucha menos experiencia, y esto sería de suma importancia. Llevaba
un registro diario de las acciones de uno de mis bebés, y cuando tenía unos
once meses, y antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, me asombraba
constantemente la mayor rapidez con la que asociaba todo tipo de objetos y
sonidos en su mente, en comparación con la de los perros más inteligentes que
he conocido. Pero los animales superiores difieren exactamente de la misma
manera en esta capacidad de asociación de los de menor nivel, como el lucio,
así como en la de inferir y observar.
El impulso de la razón, tras una
breve experiencia, queda bien demostrado por las siguientes acciones de los
monos americanos, que ocupan un lugar bajo en su orden. Rengger, un observador
muy cuidadoso, afirma que cuando les dio huevos por primera vez a sus monos en
Paraguay, los rompieron, perdiendo gran parte de su contenido; después,
golpearon suavemente un extremo contra algún cuerpo duro y arrancaron los
trozos de cáscara con los dedos. Tras cortarse solo una vez con algún objeto
afilado, no volvieron a tocarlo o lo manipularon con suma precaución. A menudo
les daban terrones de azúcar envueltos en papel; y Rengger a veces ponía una
avispa viva en el papel, de modo que al desdoblarlo apresuradamente, les
picaba; después de esto, siempre se acercaban el paquete a las orejas para
detectar cualquier movimiento en su interior. (26. El Sr. Belt, en su obra más
interesante, 'El naturalista en Nicaragua', 1874, (pág. 119), describe asimismo
varias acciones de un Cebus domesticado, que, creo, muestran claramente que
este animal poseía cierto poder de razonamiento.)
Los siguientes casos se relacionan
con perros. El Sr. Colquhoun (27. «El páramo y el lago», pág. 45. El coronel
Hutchinson sobre «Doma de perros», 1850, pág. 46) abatió dos patos salvajes,
que cayeron al otro lado de un arroyo; su perra perdiguera intentó atraparlos a
ambos a la vez, pero no lo logró; entonces, aunque nunca antes se le había
visto erizar una pluma, mató deliberadamente a uno, trajo al otro y regresó por
el ave muerta. El coronel Hutchinson relata que dos perdices fueron abatidas a
la vez, una murió y la otra resultó herida; esta última huyó y fue atrapada por
la perdiguera, quien a su regreso encontró el ave muerta. Se detuvo,
evidentemente muy desconcertada, y tras uno o dos intentos, al darse cuenta de
que no podía levantarla sin permitir que el ave alada escapara, reflexionó un
momento, la mató deliberadamente con un fuerte crujido y después se llevó a
ambas presas juntas. Este fue el único caso conocido de que haya herido
intencionadamente a una presa. Aquí tenemos una razón, aunque no del todo
perfecta, pues el cobrador podría haber traído primero al ave herida y luego
haber regresado por la muerta, como en el caso de los dos patos salvajes.
Presento los casos anteriores como si se basaran en el testimonio de dos
testigos independientes, y porque en ambos casos los cobradores, tras
deliberar, rompieron un hábito heredado (el de no matar a la presa recuperada),
y porque demuestran la fuerza que debió tener su capacidad de razonamiento para
superar un hábito arraigado.
Concluiré citando una observación del
ilustre Humboldt (28. «Narrativa personal», traducción inglesa, vol. iii, pág.
106): «Los arrieros de Sudamérica dicen: «No te daré la mula que ande más
fácil, sino la más racional, la que razona mejor»»; y, como añade, «esta
expresión popular, dictada por una larga experiencia, combate el sistema de las
máquinas animadas, quizás mejor que todos los argumentos de la filosofía
especulativa». Sin embargo, algunos escritores aún niegan que los animales
superiores posean un vestigio de razón; y se esfuerzan por explicar, mediante
lo que parece ser mera verborrea, (29. Me alegra encontrar que un razonador tan
agudo como el Sr. Leslie Stephen ('Darwinismo y Divinidad, Ensayos sobre el
Libre Pensamiento', 1873, pág. 80), al hablar de la supuesta barrera
infranqueable entre las mentes del hombre y los animales inferiores, dice:
"Las distinciones, de hecho, que se han establecido, nos parecen no
descansar sobre una base mejor que muchas otras distinciones metafísicas; es decir,
la suposición de que porque puedes dar a dos cosas nombres diferentes, deben
tener naturalezas diferentes. Es difícil entender cómo alguien que haya tenido
un perro o haya visto un elefante, puede tener alguna duda sobre el poder de un
animal para realizar los procesos esenciales del razonamiento.") todos los
hechos como los dados anteriormente.
Creo que se ha demostrado que el
hombre y los animales superiores, especialmente los primates, comparten algunos
instintos. Todos comparten los mismos sentidos, intuiciones y sensaciones;
pasiones, afectos y emociones similares, incluso las más complejas, como los
celos, la sospecha, la emulación, la gratitud y la magnanimidad; practican el
engaño y son vengativos; a veces son susceptibles al ridículo e incluso tienen
sentido del humor; sienten asombro y curiosidad; poseen las mismas facultades
de imitación, atención, deliberación, elección, memoria, imaginación,
asociación de ideas y razonamiento, aunque en grados muy diferentes. Los
individuos de la misma especie evolucionan en intelecto desde la imbecilidad
absoluta hasta la excelencia. También son propensos a la locura, aunque con
mucha menos frecuencia que el hombre. (30. Véase «Locura en los animales», del
Dr. W. Lauder Lindsay, en «Journal of Mental Science», julio de 1871). Sin
embargo, muchos autores han insistido en que el hombre está separado por una
barrera insuperable de todos los animales inferiores en sus facultades
mentales. Anteriormente recopilé más de una veintena de tales aforismos, pero
son casi inútiles, pues su amplia diferencia y número prueban la dificultad, si
no la imposibilidad, del intento. Se ha afirmado que solo el hombre es capaz de
mejorar progresivamente; que solo él utiliza herramientas o fuego, domestica
otros animales o posee propiedades; que ningún animal tiene la capacidad de
abstracción o de formar conceptos generales, es autoconsciente y se comprende a
sí mismo; que ningún animal emplea el lenguaje; que solo el hombre tiene
sentido de la belleza, es propenso al capricho, tiene el sentimiento de
gratitud, misterio, etc.; cree en Dios o está dotado de conciencia. Me aventuraré
a hacer algunas observaciones sobre los puntos más importantes e interesantes.
El arzobispo Sumner sostuvo
anteriormente (31. Citado por Sir C. Lyell, «Antigüedad del Hombre», pág. 497)
que solo el hombre es capaz de mejorar progresivamente. Que es capaz de mejorar
incomparablemente más y con mayor rapidez que cualquier otro animal es
indiscutible; y esto se debe principalmente a su capacidad de hablar y
transmitir el conocimiento adquirido. En el caso de los animales, considerando
primero al individuo, todo aquel que tenga experiencia en la colocación de
trampas sabe que los animales jóvenes pueden ser atrapados con mucha más
facilidad que los viejos; y que un enemigo puede acercarse a ellos con mucha
más facilidad. Incluso con respecto a los animales viejos, es imposible atrapar
a muchos en el mismo lugar y con el mismo tipo de trampa, o destruirlos con el
mismo tipo de veneno; sin embargo, es improbable que todos hayan participado
del veneno, e imposible que todos hayan sido atrapados en una trampa. Deben
aprender a ser cautelosos al ver a sus hermanos atrapados o envenenados. En Norteamérica,
donde los animales de piel han sido perseguidos durante mucho tiempo, muestran,
según el testimonio unánime de todos los observadores, una sagacidad, cautela y
astucia casi increíbles; pero la caza con trampas se ha practicado durante
tanto tiempo que es posible que la herencia haya entrado en juego. He recibido
varios informes de que, cuando se instalan los telégrafos por primera vez en
cualquier región, muchas aves se matan al volar contra los cables, pero que en
pocos años aprenden a evitar este peligro, al ver, al parecer, cómo matan a sus
compañeros. (32. Para más información, con más detalles, véase M. Houzeau,
«Études sur les Facultés Mentales des Animaux», tomo ii, 1872, pág. 147).
Si observamos las generaciones
sucesivas, o la raza, no hay duda de que las aves y otros animales gradualmente
adquieren y pierden cautela en relación con el hombre u otros enemigos (33.
Véase, con respecto a las aves en islas oceánicas, mi 'Journal of Researches
during the Voyage of the “Beagle”,' 1845, p. 398. 'Origin of Species,' 5.ª ed.
p. 260.); y esta cautela es ciertamente en parte un hábito o instinto heredado,
pero en parte el resultado de la experiencia individual. Un buen observador,
Leroy (34. 'Lettres Phil. sur l'Intelligence des Animaux,' nouvelle edit.,
1802, p. 86.), afirma que en los distritos donde los zorros son muy cazados,
los jóvenes, al salir por primera vez de sus madrigueras, son
incontestablemente mucho más cautelosos que los viejos en distritos donde no
son muy molestados.
Español Nuestros perros domésticos
descienden de lobos y chacales (35. Véase la evidencia sobre este punto en el
cap. i. vol. i., 'Sobre la variación de animales y plantas bajo
domesticación.'), y aunque puede que no hayan ganado en astucia, y puede que hayan
perdido en cautela y sospecha, sin embargo han progresado en ciertas cualidades
morales, como en afecto, confiabilidad, temperamento y probablemente en
inteligencia general. La rata común ha conquistado y vencido a varias otras
especies en toda Europa, en partes de América del Norte, Nueva Zelanda y
recientemente en Formosa, así como en la China continental. El Sr. Swinhoe (36.
'Proceedings Zoological Society', 1864, p. 186), quien describe estos dos
últimos casos, atribuye la victoria de la rata común sobre la gran Mus coninga
a su astucia superior; Y esta última cualidad probablemente pueda atribuirse al
ejercicio habitual de todas sus facultades para evitar ser exterminada por el
hombre, así como a que casi todas las ratas menos astutas o de mente débil
fueron destruidas continuamente por él. Sin embargo, es posible que el éxito de
la rata común se deba a que poseía mayor astucia que sus congéneres antes de
asociarse con el hombre. Sostener, independientemente de cualquier evidencia
directa, que ningún animal a lo largo de los siglos ha progresado en intelecto
u otras facultades mentales, es plantear la cuestión de la evolución de las
especies. Hemos visto que, según Lartet, los mamíferos actuales pertenecientes
a varios órdenes tienen cerebros más grandes que sus antiguos prototipos
terciarios.
Se ha dicho a menudo que ningún
animal usa herramientas; pero el chimpancé, en estado natural, casca una fruta
nativa, parecida a una nuez, con un hueso. (37. Savage y Wyman en 'Boston
Journal of Natural History', vol. iv. 1843-44, pág. 383). Rengger (38.
'Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 51-56) enseñó fácilmente a un mono
americano a romper así duras nueces de palma; y después, por iniciativa propia,
utilizó piedras para abrir otros tipos de nueces, así como cajas. De esta
manera, también extraía la cáscara blanda de la fruta, que tenía un sabor
desagradable. A otro mono se le enseñó a abrir la tapa de una caja grande con
un palo, y después lo utilizó como palanca para mover cuerpos pesados; y yo
mismo he visto a un joven naranjo introducir un palo en una grieta, deslizar la
mano por el otro extremo y usarlo adecuadamente como palanca. Es bien sabido
que los elefantes domesticados de la India arrancan ramas de árboles y las usan
para ahuyentar moscas; este mismo acto se ha observado en un elefante en estado
salvaje. (39. The Indian Field, 4 de marzo de 1871). He visto a una cría de
orangután, cuando creía que la iban a azotar, cubrirse y protegerse con una
manta o paja. En estos casos, se emplearon piedras y palos como herramientas;
pero también se usan como armas. Brehm (40. «Thierleben», B. 11, pp. 79, 82)
afirma, basándose en la autoridad del conocido viajero Schimper, que en
Abisinia, cuando los babuinos de una especie (C. gelada) descienden en grupos
de las montañas para saquear los campos, a veces se encuentran con grupos de
otra especie (C. hamadryas), y entonces se produce una pelea. Los geladas hacen
rodar grandes piedras, que los hamadryas intentan evitar, y entonces ambas
especies, armando un gran alboroto, se lanzan furiosamente una contra la otra.
Brehm, acompañando al duque de Coburgo-Gotha, colaboró en un ataque con armas
de fuego contra una tropa de babuinos en el paso de Mensa, en Abisinia. Los
babuinos, a su vez, hicieron rodar tantas piedras montaña abajo, algunas tan
grandes como la cabeza de un hombre, que los atacantes tuvieron que retirarse
apresuradamente; y el paso quedó cerrado a la caravana durante un tiempo. Cabe
destacar que estos babuinos actuaron de esta manera en conjunto. El Sr. Wallace
(41. 'El Archipiélago Malayo', vol. i. 1869, p. 87) vio en tres ocasiones a
naranjas hembra, acompañadas de sus crías, «rompiendo ramas y el gran fruto
espinoso del durián, con toda la apariencia de furia; provocando tal lluvia de
proyectiles que nos impidió acercarnos demasiado al árbol». Como he visto
repetidamente, un chimpancé arrojará cualquier objeto que tenga a mano a una
persona que lo ofenda; y el babuino antes mencionado en el Cabo de Buena
Esperanza preparó barro para ese propósito.
En el Zoológico, un mono, con los
dientes débiles, solía partir nueces con una piedra; y los cuidadores me
aseguraron que, después de usarla, la escondía en la paja y no dejaba que
ningún otro mono la tocara. Aquí, pues, tenemos la idea de propiedad; pero esta
idea es común a todo perro con un hueso, y a la mayoría o a todas las aves con
sus nidos.
El Duque de Argyll (42. «El Hombre
Primitivo», 1869, págs. 145, 147) señala que la fabricación de un instrumento
para un propósito específico es absolutamente peculiar del hombre; y considera
que esto crea una enorme diferencia entre él y los animales. Sin duda, se trata
de una distinción muy importante; pero me parece muy cierta la sugerencia de
Sir J. Lubbock (43. «Tiempos Prehistóricos», 1865, pág. 473, etc.) de que,
cuando el hombre primitivo utilizó por primera vez piedras de sílex para
cualquier propósito, las astillaba accidentalmente y luego utilizaba los
fragmentos afilados. A partir de este paso, romper las piedras de sílex a
propósito sería un paso pequeño, y no un paso muy amplio para tallarlas
toscamente. Este último avance, sin embargo, pudo haber llevado siglos, a
juzgar por el inmenso intervalo de tiempo transcurrido antes de que los hombres
del Neolítico se dedicaran a moler y pulir sus herramientas de piedra. Al
romper los pedernales, como también señala Sir J. Lubbock, se habrían emitido
chispas, y al molerlas se habría generado calor: así, pudieron haberse
originado los dos métodos habituales para obtener fuego. La naturaleza del
fuego habría sido conocida en las numerosas regiones volcánicas donde la lava
fluye ocasionalmente a través de los bosques. Los simios antropomorfos, guiados
probablemente por el instinto, construyen plataformas temporales para sí
mismos; pero como muchos instintos están en gran medida controlados por la
razón, los más simples, como el de construir una plataforma, podrían fácilmente
convertirse en un acto voluntario y consciente. Se sabe que el orangután se
cubre por la noche con las hojas del pandano; y Brehm afirma que uno de sus
babuinos solía protegerse del calor del sol cubriéndose la cabeza con una
estera de paja. En estos diversos hábitos, probablemente vemos los primeros
pasos hacia algunas de las artes más simples, como la arquitectura y la
vestimenta rudimentarias, tal como surgieron entre los primeros progenitores
del hombre.
ABSTRACCIÓN, CONCEPCIONES GENERALES,
AUTOCONCIENCIA, INDIVIDUALIDAD MENTAL.
Sería muy difícil para alguien con
mucho más conocimiento del que yo poseo determinar hasta qué punto los animales
exhiben rastros de estas altas facultades mentales. Esta dificultad surge de la
imposibilidad de juzgar lo que pasa por la mente de un animal; y, además, el
hecho de que los autores difieren en gran medida en el significado que
atribuyen a los términos anteriores, causa una dificultad adicional. A juzgar
por diversos artículos publicados recientemente, el mayor énfasis parece recaer
en la supuesta ausencia total en los animales de la capacidad de abstracción o
de formar conceptos generales. Pero cuando un perro ve a otro perro a
distancia, a menudo es evidente que percibe que se trata de un perro en
abstracto; pues al acercarse, su comportamiento cambia repentinamente si el
otro perro es un amigo. Un autor reciente señala que, en todos estos casos, es
una pura suposición afirmar que el acto mental no es esencialmente de la misma
naturaleza en el animal que en el hombre. Si uno de ellos atribuye lo que
percibe con sus sentidos a un concepto mental, entonces ambos lo hacen. (44. El
Sr. Hookham, en una carta al Prof. Max Muller, en el 'Birmingham News', mayo de
1873.) Cuando le digo a mi terrier con voz ansiosa (y lo he intentado muchas
veces), «¡Hola, hola! ¿Dónde está?», lo interpreta de inmediato como una señal
de que hay algo que cazar, y generalmente primero mira rápidamente a su
alrededor y luego corre al matorral más cercano en busca de presas, pero al no
encontrar nada, busca una ardilla en cualquier árbol cercano. ¿Acaso estas
acciones no demuestran claramente que tenía en mente la idea o el concepto
general de que hay algún animal que descubrir y cazar?
Se puede admitir libremente que
ningún animal es autoconsciente, si con este término se implica que reflexiona
sobre cuestiones como de dónde viene o adónde irá, o qué es la vida y la
muerte, etc. Pero ¿cómo podemos estar seguros de que un perro viejo con
excelente memoria y cierta capacidad de imaginación, como lo demuestran sus
sueños, nunca reflexiona sobre sus placeres o dolores pasados en la caza? Y
esto sería una forma de autoconsciencia. Por otro lado, como Buchner (45.
'Conférences sur la Théorie Darwinienne', traducción al francés de 1869, pág.
132) ha señalado, cuán poco puede la esposa trabajadora de un salvaje
australiano degradado, que usa muy pocas palabras abstractas y no puede contar
más de cuatro, ejercer su autoconsciencia o reflexionar sobre la naturaleza de
su propia existencia. Se admite generalmente que los animales superiores poseen
memoria, atención, asociación e incluso algo de imaginación y razón. Si estas
facultades, que difieren mucho entre animales, son susceptibles de mejora, no
parece muy improbable que facultades más complejas, como las formas superiores
de abstracción y la autoconciencia, etc., se hayan desarrollado mediante el
desarrollo y la combinación de las más simples. Se ha argumentado en contra de
las opiniones aquí sostenidas que es imposible determinar en qué punto de la
escala ascendente los animales adquieren la capacidad de abstracción, etc.;
pero ¿quién puede determinar a qué edad ocurre esto en nuestros niños pequeños?
Al menos, observamos que tales facultades se desarrollan en los niños de forma
gradual e imperceptible.
Que los animales conservan su
individualidad mental es incuestionable. Cuando mi voz despertó una serie de
antiguas asociaciones en la mente del perro antes mencionado, debió haber
conservado su individualidad mental, aunque cada átomo de su cerebro probablemente
había experimentado cambios más de una vez durante el intervalo de cinco años.
Este perro podría haber presentado el argumento recientemente esgrimido para
aplastar a todos los evolucionistas, y haber dicho: «Permanezco en medio de
todos los estados mentales y todos los cambios materiales... La enseñanza de
que los átomos dejan sus impresiones como legados a otros átomos que ocupan los
lugares que han desocupado contradice la expresión de la conciencia y, por lo
tanto, es falsa; pero es la enseñanza que exige el evolucionismo; en
consecuencia, la hipótesis es falsa». (46. El Rev. Dr. J. M'Cann,
«Antidarwinismo», 1869, pág. 13).
IDIOMA.
Esta facultad ha sido considerada con
razón como una de las principales distinciones entre el hombre y los animales
inferiores. Pero el hombre, como señala un juez altamente competente, el
arzobispo Whately, «no es el único animal que puede usar el lenguaje para
expresar lo que pasa por su mente y puede comprender, en mayor o menor medida,
lo expresado por otro». (47. Citado en «Anthropological Review», 1864, pág.
158). En Paraguay, el Cebus azarae, cuando se excita, emite al menos seis
sonidos distintos que provocan emociones similares en otros monos. (48.
Rengger, ibíd., s. 45). Los movimientos de los rasgos y gestos de los monos son
comprendidos por nosotros, y ellos comprenden parcialmente los nuestros, como
afirman Rengger y otros. Es un hecho aún más notable que el perro, desde que
fue domesticado, ha aprendido a ladrar (49. Véase mi «Variación de animales y
plantas bajo domesticación», vol. ip. 27) en al menos cuatro o cinco tonos
distintos. Aunque ladrar es un arte nuevo, sin duda las especies salvajes
progenitoras del perro expresaban sus sentimientos mediante diversos tipos de
gritos. En el perro doméstico encontramos el ladrido de afán, como en la caza;
el de ira, así como el gruñido; el aullido de desesperación, como cuando se le
encierra; el ladrido nocturno; el ladrido de alegría, como al salir a pasear
con su amo; y el ladrido, muy característico, de demanda o súplica, como cuando
se desea que se abra una puerta o una ventana. Según Houzeau, quien dedicó
especial atención al tema, las aves domésticas emiten al menos una docena de
sonidos significativos. (50. «Facultés Mentales des Animaux», tomo ii, 1872,
págs. 346-349).
El uso habitual del lenguaje
articulado es, sin embargo, peculiar del hombre; pero, al igual que los
animales inferiores, utiliza gritos inarticulados para expresar lo que quiere
decir, con la ayuda de gestos y movimientos faciales. (51. Véase una discusión
sobre este tema en la interesantísima obra del Sr. E.B. Tylor, «Investigaciones
sobre la Historia Temprana de la Humanidad», 1865, caps. ii a iv). Esto se
aplica especialmente a los sentimientos más simples y vívidos, poco conectados
con nuestra inteligencia superior. Nuestros gritos de dolor, miedo, sorpresa e
ira, junto con sus acciones correspondientes, y el murmullo de una madre a su
hijo amado, son más expresivos que cualquier palabra. Lo que distingue al
hombre de los animales inferiores no es la comprensión de los sonidos
articulados, pues, como es sabido, los perros comprenden muchas palabras y
frases. En este sentido, se encuentran en la misma etapa de desarrollo que los
bebés, entre los diez y los doce meses, quienes comprenden muchas palabras y frases
cortas, pero aún no pueden pronunciar una sola palabra. No es la mera
articulación lo que nos distingue, pues los loros y otras aves poseen esta
facultad. Tampoco es la mera capacidad de conectar sonidos definidos con ideas
concretas; pues es cierto que algunos loros, a los que se les ha enseñado a
hablar, conectan infaliblemente las palabras con las cosas y las personas con
los acontecimientos. (52. He recibido varios relatos detallados a este efecto.
El almirante Sir BJ Sulivan, a quien sé que es un observador cuidadoso, me
asegura que un loro africano, mantenido durante mucho tiempo en la casa de su
padre, invariablemente llamaba a ciertas personas de la casa, así como a los
visitantes, por sus nombres. Les decía "buenos días" a todos en el
desayuno y "buenas noches" a cada uno cuando salían de la habitación
por la noche, y nunca invertía estos saludos. Al padre de Sir BJ Sulivan, solía
agregarle a los "buenos días" una frase corta, que nunca se repitió
después de la muerte de su padre. Regañó violentamente a un perro extraño que
entró en la habitación por la ventana abierta; y regañó a otro loro (diciéndole
"travieso polly") que se había salido de su jaula y estaba comiendo
manzanas en la mesa de la cocina. Véase también, en el mismo sentido, Houzeau
sobre loros, 'Facultés Mentales', tom. ii. pág. 309. Dr. A. Moschkau me informa
que conocía a un estornino que nunca se equivocaba al decir en alemán «buenos
días» a quienes llegaban y «adiós, viejo» a quienes se marchaban. Podría añadir
varios casos similares. Los animales inferiores se diferencian del hombre
únicamente en su capacidad casi infinitamente mayor para asociar los sonidos e
ideas más diversos; y esto, obviamente, depende del alto desarrollo de sus
facultades mentales.
Como observa Horne Tooke, uno de los
fundadores de la noble ciencia de la filología, el lenguaje es un arte, como la
elaboración de cerveza o la panadería; pero escribir habría sido un símil más
adecuado. Ciertamente no es un verdadero instinto, pues todo idioma debe
aprenderse. Sin embargo, difiere ampliamente de todas las artes comunes, pues
el hombre tiene una tendencia instintiva a hablar, como vemos en el balbuceo de
nuestros niños pequeños; mientras que ningún niño tiene una tendencia
instintiva a elaborar cerveza, hornear o escribir. Además, ningún filólogo
supone ahora que un idioma haya sido inventado deliberadamente; se ha
desarrollado lenta e inconscientemente a través de múltiples etapas. (53.
Véanse algunas buenas observaciones sobre este tema del profesor Whitney en sus
«Estudios orientales y lingüísticos» de 1873, pág. 354. Observa que el deseo de
comunicación entre los hombres es la fuerza vital que, en el desarrollo del
lenguaje, «actúa tanto consciente como inconscientemente; conscientemente en
cuanto al fin inmediato que se ha de alcanzar; inconscientemente en cuanto a
las consecuencias ulteriores del acto».) Los sonidos emitidos por los pájaros
ofrecen en varios aspectos la analogía más cercana al lenguaje, pues todos los
miembros de la misma especie emiten los mismos gritos instintivos que expresan
sus emociones; y todas las especies que cantan ejercen su poder
instintivamente; pero el canto propiamente dicho, e incluso las notas de
llamada, se aprenden de sus padres o padres adoptivos. Estos sonidos, como
Daines Barrington (54. Hon. Daines Barrington en 'Philosoph. Transactions',
1773, pág. 262. Véase también Dureau de la Malle, en 'Ann. des. Sc. Nat.' 3.ª
serie, Zoolog., tom. xp 119.) ha demostrado, "no son más innatos que el
lenguaje lo es en el hombre". Los primeros intentos de cantar "pueden
compararse con el esfuerzo imperfecto de un niño por balbucear". Los
machos jóvenes continúan practicando, o como dicen los cazadores de pájaros,
"grabando", durante diez u once meses. Sus primeros ensayos apenas
muestran un rudimento del futuro canto; pero a medida que crecen podemos
percibir lo que pretenden; y finalmente se dice que "cantan su canción en
círculo". Los polluelos que han aprendido el canto de una especie
distinta, como los canarios educados en el Tirol, enseñan y transmiten su nuevo
canto a sus crías. Las ligeras diferencias naturales en el canto de las mismas
especies que habitan en diferentes distritos pueden compararse apropiadamente,
como señala Barrington, con los dialectos provinciales; y los cantos de
especies afines, aunque distintas, pueden compararse con los lenguajes de
distintas razas humanas. He dado los detalles anteriores para demostrar que la
tendencia instintiva a adquirir un arte no es exclusiva del hombre.
Con respecto al origen del lenguaje
articulado, tras haber leído, por un lado, las interesantísimas obras del Sr.
Hensleigh Wedgwood, el Reverendo F. Farrar y el Profesor Schleicher (55. 'Sobre
el origen del lenguaje', por H. Wedgwood, 1866. 'Capítulos sobre el lenguaje',
por el Reverendo F.W. Farrar, 1865. Estas obras son sumamente interesantes.
Véase también 'De la Phys. et de Parole', por Albert Lemoine, 1865, pág. 190.
La obra sobre este tema, del difunto Profesor Aug. Schleicher, ha sido
traducida al inglés por el Dr. Bikkers, bajo el título de 'Darwinismo probado
por la ciencia del lenguaje', 1869), y por otro lado, las célebres conferencias
del Profesor Max Muller, no puedo dudar de que el lenguaje debe su origen a la
imitación y modificación de diversos sonidos naturales, las voces de otros
animales y los propios gritos instintivos del hombre. Con la ayuda de signos y
gestos. Al tratar la selección sexual, veremos que el hombre primitivo, o mejor
dicho, algún progenitor temprano del hombre, probablemente utilizó por primera
vez su voz para producir verdaderas cadencias musicales, es decir, para cantar,
como lo hacen algunos monos gibones en la actualidad. Y, a partir de una
analogía ampliamente difundida, podemos concluir que este poder se habría ejercido
especialmente durante el cortejo de los sexos; habría expresado diversas
emociones, como el amor, los celos y el triunfo, y habría servido como desafío
a los rivales. Por lo tanto, es probable que la imitación de gritos musicales
mediante sonidos articulados haya dado lugar a palabras que expresan diversas
emociones complejas. La fuerte tendencia de nuestros parientes más cercanos,
los monos, en los idiotas microcéfalos (56. Vogt, 'Mémoire sur les
Microcephales', 1867, pág. 169. Respecto a los salvajes, he aportado algunos
datos en mi 'Journal of Researches', etc., 1845, pág. 206), y en las razas
bárbaras de la humanidad, a imitar todo lo que oyen merece mención, ya que se
relaciona con el tema de la imitación. Dado que los monos ciertamente comprenden
mucho de lo que les dice el hombre, y cuando están salvajes, emiten gritos de
advertencia de peligro para sus congéneres (57. Véase clara evidencia al
respecto en las dos obras tan citadas, de Brehm y Rengger). Y dado que las aves
emiten advertencias claras de peligro en tierra, o en el cielo, por parte de
los halcones (ambos, además de un tercer grito, inteligible para los perros)
(58. Houzeau ofrece un relato muy curioso de sus observaciones sobre este tema
en sus «Facultés Mentales des Animaux», tomo ii, pág. 348), ¿no podría algún
animal simiesco inusualmente astuto haber imitado el gruñido de una bestia de
presa, informando así a sus compañeros monos de la naturaleza del peligro
inminente? Este habría sido un primer paso en la formación de un lenguaje.
A medida que la voz se usaba cada vez
más, los órganos vocales se habrían fortalecido y perfeccionado mediante el
principio de los efectos hereditarios del uso; y esto habría repercutido en la
capacidad del habla. Pero la relación entre el uso continuo del lenguaje y el
desarrollo del cerebro ha sido sin duda mucho más importante. Las facultades
mentales de algún progenitor temprano del hombre debieron estar más
desarrolladas que las de cualquier simio actual, incluso antes de que se
pudiera usar la forma más imperfecta del habla; pero podemos creer con
seguridad que el uso y desarrollo continuos de esta facultad habrían
repercutido en la mente misma, permitiéndole y animándola a mantener largas
cadenas de pensamiento. Una cadena de pensamiento compleja es tan insostenible
sin la ayuda de las palabras, ya sean habladas o silenciosas, como un cálculo
largo sin el uso de cifras o álgebra. Parece, además, que incluso una cadena de
pensamiento ordinaria casi requiere, o se ve facilitada en gran medida por, alguna
forma de lenguaje, pues se observó que Laura Bridgman, una niña muda, sorda y
ciega, usaba los dedos mientras soñaba. (59. Véanse las observaciones sobre
este punto del Dr. Maudsley, «Fisiología y Patología de la Mente», 2.ª ed.,
1868, pág. 199). Sin embargo, una larga sucesión de ideas vívidas y conectadas
puede pasar por la mente sin la ayuda de ninguna forma de lenguaje, como
podemos inferir de los movimientos de los perros durante sus sueños. También
hemos visto que los animales son capaces de razonar hasta cierto punto,
manifiestamente sin la ayuda del lenguaje. La íntima conexión entre el cerebro,
tal como se desarrolla actualmente en nosotros, y la facultad del habla queda
bien demostrada por esos curiosos casos de enfermedad cerebral en los que el
habla se ve especialmente afectada, como cuando se pierde la capacidad de
recordar sustantivos, mientras que otras palabras pueden usarse correctamente,
o cuando se olvidan sustantivos de cierta clase, o todos excepto las iniciales
de los sustantivos y los nombres propios. (60. Se han registrado muchos casos
curiosos. Véase, por ejemplo, Dr. Bateman, 'Sobre la afasia', 1870, págs. 27,
31, 53, 100, etc. También, 'Investigaciones sobre las facultades
intelectuales', por Dr. Abercrombie, 1838, pág. 150.) No hay mayor
improbabilidad en que el uso continuo de los órganos mentales y vocales
conduzca a cambios hereditarios en su estructura y funciones que en el caso de
la escritura a mano, que depende en parte de la forma de la mano y en parte de
la disposición mental; y la escritura a mano es ciertamente hereditaria. (61.
'La variación de animales y plantas bajo domesticación', vol. ii, pág. 6.)
Varios escritores, más especialmente
el profesor Max Muller (62. Lecciones sobre 'La filosofía del lenguaje del Sr.
Darwin', 1873), han insistido últimamente en que el uso del lenguaje implica el
poder de formar conceptos generales; y que como no se supone que ningún animal
posea este poder, se forma una barrera infranqueable entre ellos y el hombre.
(63. El juicio de un distinguido filólogo, como el profesor Whitney, tendrá
mucho más peso en este punto que cualquier cosa que yo pueda decir. Él señala ('Oriental
and Linguistic Studies', 1873, pág. 297), al hablar de las opiniones de Bleek:
"Porque a gran escala el lenguaje es el auxiliar necesario del
pensamiento, indispensable para el desarrollo del poder de pensar, para la
distinción, variedad y complejidad de las cogniciones para el pleno dominio de
la conciencia; por lo tanto, de buena gana haría que el pensamiento fuera
absolutamente imposible sin el habla, identificando la facultad con su
instrumento. Podría afirmar con la misma razón que la mano humana no puede
actuar sin una herramienta. Con tal doctrina para partir, no puede dejar de
lado las peores paradojas de Max Muller, que un bebé (en abanicos, no en habla)
no es un ser humano, y que los sordomudos no adquieren razón hasta que aprenden
a retorcer los dedos para imitar las palabras habladas". Max Muller da en
cursiva ('Lectures on Mr. Darwin's Philosophy of Lenguaje', 1873, tercera
conferencia) este aforismo: «No hay pensamiento sin palabras, así como no hay
palabras sin pensamiento». ¡Qué extraña definición debe darse aquí a la palabra
pensamiento! Respecto a los animales, ya he intentado demostrar que poseen esta
facultad, al menos en un grado rudimentario e incipiente. En cuanto a los bebés
de diez a once meses y a los sordomudos, me parece increíble que puedan
conectar ciertos sonidos con ciertas ideas generales con tanta rapidez, a menos
que dichas ideas ya estuvieran formadas en sus mentes. La misma observación
puede extenderse a los animales más inteligentes; como observa el Sr. Leslie
Stephen (64. «Ensayos sobre el libre pensamiento», etc., 1873, pág. 82): «Un
perro se forma un concepto general de gatos u ovejas, y conoce las palabras
correspondientes tan bien como un filósofo. Y la capacidad de comprender es una
prueba tan buena de inteligencia vocal, aunque en un grado inferior, como la
capacidad de hablar».
No es difícil comprender por qué los
órganos que ahora se utilizan para el habla se perfeccionaron originalmente
para este propósito, en lugar de cualquier otro. Las hormigas poseen
considerables poderes de intercomunicación mediante sus antenas, como lo
demuestra Huber, quien dedica un capítulo entero a su lenguaje. Podríamos haber
utilizado nuestros dedos como instrumentos eficientes, pues una persona con
práctica puede comunicar a un sordo cada palabra de un discurso pronunciado
rápidamente en una reunión pública; pero la pérdida de nuestras manos, al
emplearlas así, habría sido un serio inconveniente. Dado que todos los
mamíferos superiores poseen órganos vocales, construidos según el mismo plan
general que los nuestros, y utilizados como medio de comunicación, era
obviamente probable que estos mismos órganos se desarrollaran aún más si se
hubiera mejorado la capacidad de comunicación; y esto se ha logrado con la
ayuda de partes adyacentes y bien adaptadas, a saber, la lengua y los labios.
(65. Véanse algunas observaciones acertadas al respecto del Dr. Maudsley, «La
fisiología y patología de la mente», 1868, pág. 199). El hecho de que los
simios superiores no utilicen sus órganos vocales para el habla se debe sin
duda a que su inteligencia no estaba lo suficientemente desarrollada. La
posesión de órganos que, con una práctica prolongada, podrían haberles servido
para el habla, aunque no lo hayan hecho, tiene su paralelo en el caso de muchas
aves que poseen órganos aptos para el canto, aunque nunca lo hacen. Así, el
ruiseñor y el cuervo tienen órganos vocales de estructura similar; el primero
los utiliza para un canto diverso, mientras que el segundo solo para graznar.
(66. Macgillivray, 'Hist. of British Birds', vol. ii. 1839, pág. 29. Un
excelente observador, el Sr. Blackwall, señala que la urraca aprende a
pronunciar palabras sueltas, e incluso frases cortas, con mayor facilidad que
casi cualquier otra ave británica; sin embargo, como añade, después de
investigar larga y minuciosamente sus hábitos, nunca la ha visto, en estado
natural, mostrar ninguna capacidad inusual para la imitación. 'Researches in
Zoology', 1834, pág. 158.) Si se pregunta por qué los simios no han
desarrollado su intelecto al mismo grado que el del hombre, solo se pueden
asignar causas generales como respuesta, y es irrazonable esperar algo más
definido, considerando nuestra ignorancia con respecto a las sucesivas etapas
de desarrollo por las que ha pasado cada criatura.
La formación de diferentes lenguas y
de especies distintas, y las pruebas de que ambas se han desarrollado mediante
un proceso gradual, son curiosamente paralelas. (67. Véase el interesantísimo
paralelismo entre el desarrollo de las especies y las lenguas, dado por Sir C.
Lyell en 'The Geological Evidences of the Antiquity of Man', 1863, cap. xxiii).
Pero podemos rastrear la formación de muchas palabras antes que la de las
especies, pues podemos percibir cómo surgieron realmente de la imitación de
varios sonidos. Encontramos en distintas lenguas homologías sorprendentes
debido a la comunidad de descendencia, y analogías debido a un proceso similar
de formación. La manera en que ciertas letras o sonidos cambian cuando otros
cambian es muy similar al crecimiento correlacionado. Tenemos en ambos casos la
reduplicación de partes, los efectos del uso continuado durante mucho tiempo,
etc. La frecuente presencia de rudimentos, tanto en las lenguas como en las
especies, es aún más notable. La letra m en la palabra am, significa yo; De
modo que en la expresión "yo soy", se ha conservado un rudimento
superfluo e inútil. También en la ortografía de las palabras, las letras a
menudo permanecen como rudimentos de antiguas formas de pronunciación. Las
lenguas, como los seres orgánicos, pueden clasificarse en grupos dentro de
grupos; y pueden clasificarse ya sea de forma natural según la descendencia, o
artificialmente por otros caracteres. Las lenguas y dialectos dominantes se
difunden ampliamente y conducen a la extinción gradual de otras lenguas. Una
lengua, como una especie, una vez extinta, nunca, como señala Sir C. Lyell,
reaparece. La misma lengua nunca tiene dos lugares de nacimiento. Las lenguas
distintas pueden cruzarse o mezclarse. (68. Véanse los comentarios al respecto
del reverendo F. W. Farrar, en un interesante artículo titulado "Filología
y darwinismo", en "Nature", 24 de marzo de 1870, pág. 528).
Vemos variabilidad en cada lengua, y continuamente surgen nuevas palabras; Pero
como la memoria tiene un límite, las palabras sueltas, al igual que los idiomas
enteros, se extinguen gradualmente. Como bien señaló Max Muller (69. 'Nature',
6 de enero de 1870, pág. 257): «Una lucha constante por la supervivencia se
libra entre las palabras y las formas gramaticales de cada idioma. Las formas
mejores, más cortas y más fáciles se imponen constantemente, y deben su éxito a
su propia virtud inherente». A estas causas más importantes de la supervivencia
de ciertas palabras, cabe añadir la mera novedad y la moda; pues existe en la
mente humana un profundo deseo de pequeños cambios en todas las cosas. La
supervivencia o preservación de ciertas palabras favoritas en la lucha por la
existencia es la selección natural.
La construcción perfectamente regular
y maravillosamente compleja de las lenguas de muchas naciones bárbaras se ha
presentado a menudo como prueba, ya sea del origen divino de estas lenguas, o
del alto arte y la civilización anterior de sus fundadores. Así, F. von
Schlegel escribe: «En aquellas lenguas que parecen estar en el grado más bajo
de cultura intelectual, con frecuencia observamos un grado muy alto y elaborado
de arte en su estructura gramatical. Este es especialmente el caso del vasco y
el lapón, y de muchas de las lenguas americanas». (70. Citado por C. S. Wake,
«Capítulos sobre el Hombre», 1868, pág. 101). Pero es sin duda un error hablar
de cualquier lengua como un arte, en el sentido de haber sido formada de forma
elaborada y metódica. Los filólogos admiten ahora que las conjugaciones,
declinaciones, etc., existieron originalmente como palabras distintas, que
luego se unieron; y como tales palabras expresan las relaciones más obvias
entre objetos y personas, no es sorprendente que hayan sido utilizadas por los
hombres de la mayoría de las razas durante las épocas más tempranas. Con
respecto a la perfección, la siguiente ilustración mostrará mejor con qué
facilidad podemos errar: un crinoideo a veces consta de no menos de 150.000
piezas de concha (71. Buckland, «Bridgewater Treatise», pág. 411), todas
dispuestas con perfecta simetría en líneas radiales; pero un naturalista no
considera que un animal de esta clase sea más perfecto que uno bilateral con
comparativamente pocas partes, y ninguna de estas partes es igual, excepto en
los lados opuestos del cuerpo. Con razón considera la diferenciación y
especialización de los órganos como la prueba de la perfección. Lo mismo ocurre
con las lenguas: las más simétricas y complejas no deben clasificarse por
encima de las lenguas irregulares, abreviadas y bastardizadas, que han tomado
prestadas palabras expresivas y formas útiles de construcción de diversas razas
conquistadoras, conquistadas o inmigrantes.
De estas pocas e imperfectas
observaciones concluyo que la construcción extremadamente compleja y regular de
muchas lenguas bárbaras no es prueba de que deban su origen a un acto especial
de creación. (72. Véanse algunas buenas observaciones sobre la simplificación
de las lenguas, por Sir J. Lubbock, 'Origen de la civilización', 1870, pág.
278.) Tampoco, como hemos visto, la facultad de articular el habla en sí misma
ofrece una objeción insuperable a la creencia de que el hombre se ha
desarrollado a partir de una forma inferior.
SENTIDO DE LA BELLEZA.
Se ha declarado que este sentido es
peculiar del hombre. Me refiero aquí solo al placer que producen ciertos
colores, formas y sonidos, y que con razón podría llamarse sentido de la
belleza; sin embargo, en los hombres cultos, tales sensaciones están íntimamente
asociadas con ideas y líneas de pensamiento complejas. Cuando contemplamos a un
pájaro macho exhibiendo elaboradamente sus elegantes plumas o espléndidos
colores ante la hembra, mientras que otras aves, no tan adornadas, no hacen tal
despliegue, es imposible dudar de que ella admire la belleza de su compañero.
Como las mujeres de todo el mundo se adornan con estas plumas, la belleza de
tales adornos es indiscutible. Como veremos más adelante, los nidos de los
colibríes y los pasadizos de juego de los pájaros jardineros están
elegantemente adornados con objetos de colores alegres; esto demuestra que
deben obtener algún tipo de placer de la vista de tales cosas. Sin embargo, en
la gran mayoría de los animales, el gusto por lo bello se limita, hasta donde
podemos juzgar, a las atracciones del sexo opuesto. Las dulces melodías que
emiten muchos machos durante la época del amor son ciertamente admiradas por
las hembras, como se demostrará más adelante. Si las hembras hubieran sido
incapaces de apreciar los hermosos colores, los adornos y las voces de sus
parejas, todo el esfuerzo y la ansiedad que estas exhibieron al exhibir sus
encantos ante las hembras se habrían desperdiciado; y esto es imposible de
admitir. Supongo que no se puede explicar por qué ciertos colores brillantes
provocan placer, como tampoco por qué ciertos sabores y aromas son agradables;
pero la costumbre influye en el resultado, pues lo que al principio resulta
desagradable a nuestros sentidos, con el tiempo se vuelve placentero, y los hábitos
se heredan. Respecto a los sonidos, Helmholtz ha explicado, hasta cierto punto,
con principios fisiológicos, por qué las armonías y ciertas cadencias son
agradables. Pero además, los sonidos que se repiten con frecuencia a intervalos
irregulares son sumamente desagradables, como admitirá cualquiera que haya
escuchado por la noche el aleteo irregular de una cuerda a bordo de un barco.
El mismo principio parece aplicarse a la visión, ya que el ojo prefiere la
simetría o las figuras con cierta recurrencia regular. Incluso los salvajes más
atrasados emplean patrones de este tipo como adornos; y se han desarrollado
mediante selección sexual para el adorno de algunos animales machos.
Independientemente de si podemos explicar el placer que se deriva de la vista y
el oído, el hombre y muchos animales inferiores se complacen por igual con los
mismos colores, las formas y los matices elegantes, y los mismos sonidos.
El gusto por lo bello, al menos en lo
que respecta a la belleza femenina, no es de naturaleza especial en la mente
humana; pues difiere ampliamente entre las diferentes razas humanas y no es del
todo igual ni siquiera entre las distintas naciones de una misma raza. A juzgar
por los horribles adornos y la música igualmente horrible que admiran la
mayoría de los salvajes, podría argumentarse que su facultad estética no estaba
tan desarrollada como en ciertos animales, por ejemplo, las aves. Obviamente,
ningún animal sería capaz de admirar escenas como el cielo nocturno, un paisaje
hermoso o música refinada; pero estos gustos elevados se adquieren mediante la
cultura y dependen de asociaciones complejas; no los disfrutan los bárbaros ni
las personas sin educación.
Muchas de las facultades que han sido
de inestimable utilidad para el progreso del hombre, como la imaginación, el
asombro, la curiosidad, un sentido indefinido de la belleza, la tendencia a la
imitación y el amor por la emoción o la novedad, difícilmente podrían dejar de
conducir a cambios caprichosos en las costumbres y modas. He aludido a este
punto porque un escritor reciente (73. 'The Spectator', 4 de diciembre de 1869,
pág. 1430) ha señalado curiosamente el capricho como una de las diferencias más
notables y típicas entre salvajes y bestias. Pero no solo podemos comprender
parcialmente cómo el hombre se vuelve caprichoso debido a diversas influencias
contradictorias, sino que los animales inferiores son, como veremos más
adelante, igualmente caprichosos en sus afectos, aversiones y sentido de la
belleza. También hay motivos para sospechar que aman la novedad por sí misma.
CREENCIA EN DIOS—RELIGIÓN.
No hay evidencia de que el hombre
estuviera dotado originariamente de la creencia ennoblecedora en la existencia
de un Dios Omnipotente. Por el contrario, hay amplia evidencia, derivada no de
viajeros apresurados, sino de hombres que han convivido durante mucho tiempo
con salvajes, de que han existido, y aún existen, numerosas razas que
desconocen la existencia de uno o más dioses y que carecen de palabras en sus
lenguas para expresar tal idea. (74. Véase un excelente artículo sobre este
tema del reverendo F. W. Farrar, en la 'Anthropological Review', agosto de
1864, pág. ccxvii. Para más información, véase Sir J. Lubbock, 'Prehistoric
Times', 2.ª edición, 1869, pág. 564; y especialmente los capítulos sobre
religión en su 'Origen de la Civilización', 1870). La cuestión es, por
supuesto, completamente distinta de aquella superior: si existe un Creador y
Gobernante del universo; Y esto ha sido respondido afirmativamente por algunos
de los intelectos más elevados que jamás han existido.
Sin embargo, si incluimos bajo el
término «religión» la creencia en agentes invisibles o espirituales, el caso es
completamente diferente; pues esta creencia parece ser universal entre las
razas menos civilizadas. No es difícil comprender cómo surgió. Tan pronto como
las importantes facultades de la imaginación, el asombro y la curiosidad, junto
con cierta capacidad de razonamiento, se desarrollaron parcialmente, el hombre
anhelaba naturalmente comprender lo que sucedía a su alrededor y especulaba
vagamente sobre su propia existencia. Como señaló el Sr. M'Lennan (75. 'El
culto a los animales y las plantas', en la 'Fortnightly Review', 1 de octubre
de 1869, pág. 422): «Para que el hombre pueda encontrar una explicación de los
fenómenos de la vida, y a juzgar por su universalidad, la hipótesis más
sencilla, y la primera que se le ocurrió, parece haber sido que los fenómenos
naturales son atribuibles a la presencia en los animales, las plantas y las
cosas, y en las fuerzas de la naturaleza, de espíritus que incitan a la acción,
tal como los hombres son conscientes de poseer». También es probable, como ha
demostrado el Sr. Tylor, que los sueños hayan dado origen a la noción de
espíritus, pues los salvajes no distinguen fácilmente entre impresiones
subjetivas y objetivas. Cuando un salvaje sueña, se cree que las figuras que
aparecen ante él provienen de lejos y están de pie sobre él; o “el alma del
soñador emprende su viaje y regresa a casa con el recuerdo de lo que ha visto”.
(76. Tylor, 'Historia temprana de la humanidad', 1865, pág. 6. Véanse también
los tres sorprendentes capítulos sobre el 'Desarrollo de la religión', en 'El
origen de la civilización' de Lubbock, 1870. De manera similar, el Sr. Herbert
Spencer, en su ingenioso ensayo en 'Fortnightly Review' (1 de mayo de 1870,
pág. 535), explica las primeras formas de creencia religiosa en todo el mundo,
por el hombre que fue llevado a través de sueños, sombras y otras causas, a
verse a sí mismo como una doble esencia, corpórea y espiritual. Como se supone
que el ser espiritual existe después de la muerte y es poderoso, se le propicia
con diversos regalos y ceremonias, y se invoca su ayuda. Luego demuestra además
que los nombres o apodos dados de algún animal u otro objeto, a los primeros
progenitores o fundadores de una tribu, se supone que después de un largo
intervalo representan al verdadero progenitor de la tribu; y tal animal u
objeto es entonces Naturalmente, todavía se cree que existe como espíritu, se
considera sagrado y se venera como un dios. Sin embargo, no puedo evitar
sospechar que existe una etapa aún más temprana y rudimentaria, en la que se
cree que todo lo que manifiesta poder o movimiento está dotado de alguna forma
de vida y de facultades mentales análogas a las nuestras. Pero hasta que las
facultades de imaginación, curiosidad, razón, etc., no se desarrollaron
suficientemente en la mente del hombre, sus sueños no lo habrían llevado a
creer en espíritus, como tampoco en el caso de un perro.
La tendencia de los salvajes a
imaginar que los objetos y agentes naturales están animados por esencias
espirituales o vivas, quizás se ilustra con un pequeño hecho que observé una
vez: mi perro, un animal adulto y muy sensible, estaba tumbado en el césped
durante un día caluroso y tranquilo; pero a poca distancia, una ligera brisa
movía ocasionalmente una sombrilla abierta, que el perro habría ignorado por
completo si alguien hubiera estado cerca. De hecho, cada vez que la sombrilla
se movía levemente, el perro gruñía y ladraba ferozmente. Creo que debió
razonar para sí mismo, de forma rápida e inconsciente, que un movimiento sin
causa aparente indicaba la presencia de algún extraño ser vivo, y que ningún
extraño tenía derecho a estar en su territorio.
La creencia en agentes espirituales
se transformaría fácilmente en la creencia en la existencia de uno o más
dioses. Pues los salvajes atribuirían naturalmente a los espíritus las mismas
pasiones, el mismo amor a la venganza o la forma más simple de justicia, y los
mismos afectos que ellos mismos sienten. Los fueguinos parecen estar en este
aspecto en una situación intermedia, pues cuando el cirujano a bordo del
"Beagle" disparó a unos patitos jóvenes como especímenes, York
Minster declaró con la mayor solemnidad: "¡Oh, Sr. Bynoe, mucha lluvia,
mucha nieve, mucho viento!"; y esto era evidentemente un castigo por
desperdiciar alimento humano. Así que volvió a relatar cómo, cuando su hermano
mató a un "salvaje", las tormentas rugieron durante largo tiempo, y
cayó mucha lluvia y nieve. Sin embargo, nunca pudimos descubrir que los
fueguinos creyeran en lo que llamaríamos un Dios, ni que practicaran ritos
religiosos; y Jemmy Button, con justificable orgullo, sostuvo con firmeza que
no había diablo en su tierra. Esta última afirmación es la más notable, ya que
entre los salvajes la creencia en espíritus malos es mucho más común que en
espíritus buenos.
El sentimiento de devoción religiosa
es sumamente complejo y consiste en amor, sumisión total a un superior exaltado
y misterioso, un fuerte sentido de dependencia (77. Véase un excelente artículo
sobre los «Elementos físicos de la religión», del Sr. L. Owen Pike, en
«Anthropological Review», abril de 1870, pág. lxiii), miedo, reverencia,
gratitud, esperanza en el futuro y quizás otros elementos. Ningún ser podría
experimentar una emoción tan compleja hasta que sus facultades intelectuales y
morales alcancen al menos un nivel moderadamente alto. Sin embargo, vemos una
aproximación lejana a este estado mental en el profundo amor de un perro por su
amo, asociado con sumisión total, algo de miedo y quizás otros sentimientos. El
comportamiento de un perro al regresar con su amo tras una ausencia, y, como
puedo añadir, el de un mono hacia su amado cuidador, es muy diferente al de sus
compañeros. En este último caso, los arrebatos de alegría parecen ser algo
menores, y la sensación de igualdad se manifiesta en cada acción. El profesor
Braubach llega incluso a afirmar que un perro considera a su amo como a un
dios. (78. 'Religión, moral, etc., der Darwin'schen Art-Lehre', 1869, pág. 53.
Se dice (Dr. W. Lauder Lindsay, 'Journal of Mental Science', 1871, pág. 43) que
Bacon, hace mucho tiempo, y el poeta Burns, sostuvieron la misma idea.)
Las mismas elevadas facultades
mentales que llevaron al hombre a creer en agentes espirituales invisibles,
luego en el fetichismo, el politeísmo y, finalmente, en el monoteísmo, lo
conducirían infaliblemente, mientras su capacidad de razonamiento permaneciera
poco desarrollada, a diversas supersticiones y costumbres extrañas. Muchas de
estas son terribles de pensar —como el sacrificio de seres humanos a un dios
sanguinario; el juicio de inocentes mediante la ordalía del veneno o el fuego;
la brujería, etc.—; sin embargo, conviene reflexionar de vez en cuando sobre
estas supersticiones, pues nos muestran la infinita deuda de gratitud que
tenemos con el perfeccionamiento de nuestra razón, la ciencia y el conocimiento
acumulado. Como bien ha observado Sir J. Lubbock (79. 'Tiempos Prehistóricos',
2.ª edición, pág. 571. En esta obra (pág. 571) se encontrará un excelente
relato de las muchas costumbres extrañas y caprichosas de los salvajes),
"no es exagerado decir que el horrible temor al mal desconocido se cierne
como una espesa nube sobre la vida salvaje y amarga todo placer". Estas
miserables e indirectas consecuencias de nuestras facultades superiores pueden
compararse con los errores incidentales y ocasionales de los instintos de los
animales inferiores.
CAPÍTULO IV.
COMPARACIÓN DE LAS FACULTADES MENTALES DEL HOMBRE Y DE LOS ANIMALES INFERIORES
(continuación).
El sentido moral—Proposición
fundamental—Las cualidades de los animales sociales—Origen de la
sociabilidad—Lucha entre instintos opuestos—El hombre, animal social—Los
instintos sociales más duraderos vencen a otros instintos menos
persistentes—Las virtudes sociales consideradas únicamente por los salvajes—Las
virtudes egoístas adquiridas en una fase posterior del desarrollo—La
importancia del juicio de los miembros de una misma comunidad sobre la
conducta—Transmisión de las tendencias morales—Resumen.
Suscribo plenamente el criterio de
aquellos escritores (1. Véase, por ejemplo, sobre este tema, Quatrefages,
'Unité de l'Espèce Humaine', 1861, pág. 21, etc.) que sostienen que, de todas
las diferencias entre el hombre y los animales inferiores, el sentido moral o
la conciencia es, con mucho, la más importante. Este sentido, como señala
Mackintosh (2. 'Dissertation on Ethical Philosophy', 1837, pág. 231, etc.),
«tiene una legítima supremacía sobre cualquier otro principio de la acción
humana»; se resume en esa breve pero imperiosa palabra «deber», tan llena de
gran significado. Es el más noble de todos los atributos del hombre, que lo
lleva sin dudarlo un instante a arriesgar su vida por la de un semejante; o,
tras la debida deliberación, impulsado simplemente por el profundo sentimiento
del derecho o del deber, a sacrificarla por una gran causa. Immanuel Kant
exclama: “¡Deber! Maravilloso pensamiento, que no obra mediante insinuaciones
cariñosas, adulación ni amenazas, sino simplemente sosteniendo tu ley desnuda
en el alma, y así exigiendo para ti siempre reverencia, si no siempre
obediencia; ante quien todos los apetitos enmudecen, por muy secretamente que
se rebelen; ¿de dónde proviene tu origen?” (3. «Metafísica de la Ética»,
traducido por J. W. Semple, Edimburgo, 1836, pág. 136).
Esta gran cuestión ha sido discutida
por muchos escritores (4. El Sr. Bain da una lista ('Mental and Moral Science',
1868, pp. 543-725) de veintiséis autores británicos que han escrito sobre este
tema, y cuyos nombres son familiares para cualquier lector; a estos, se
podrían agregar el propio nombre del Sr. Bain y los del Sr. Lecky, el Sr.
Shadworth Hodgson, Sir J. Lubbock y otros). de consumada habilidad; y mi única
excusa para tocarla es la imposibilidad de pasarla por alto aquí; y porque,
hasta donde sé, nadie la ha abordado exclusivamente desde el lado de la
historia natural. La investigación posee, también, algún interés independiente,
como un intento de ver hasta qué punto el estudio de los animales inferiores
arroja luz sobre una de las facultades psíquicas más altas del hombre.
La siguiente proposición me parece
muy probable, a saber, que cualquier animal, dotado de instintos sociales bien
marcados (5. Sir B. Brodie, después de observar que el hombre es un animal
social ('Psychological Enquiries', 1854, pág. 192), plantea la importante
pregunta: "¿no debería esto resolver la controvertida cuestión de la
existencia de un sentido moral?". Ideas similares probablemente se les han
ocurrido a muchas personas, como se le ocurrieron hace mucho tiempo a Marco
Aurelio. El Sr. JS Mill habla, en su célebre obra, 'Utilitarianism' (1864, pp.
45, 46), de los sentimientos sociales como un "poderoso sentimiento
natural" y como "la base natural del sentimiento para la moral
utilitaria". Además, dice: "Al igual que las otras capacidades
adquiridas mencionadas anteriormente, la facultad moral, si bien no es parte de
nuestra naturaleza, es una consecuencia natural de ella; capaz, como ellas, en
cierto grado pequeño de surgir espontáneamente". Pero en oposición a todo
esto, también Observa: «Si, como creo, los sentimientos morales no son innatos,
sino adquiridos, no por ello son menos naturales». Dudo en discrepar de un
pensador tan profundo, pero es difícil discutir que los sentimientos sociales
son instintivos o innatos en los animales inferiores; ¿y por qué no habrían de
serlo en el hombre? El Sr. Bain (véase, por ejemplo, «Las emociones y la
voluntad», 1865, pág. 481) y otros creen que cada individuo adquiere el sentido
moral durante su vida. Según la teoría general de la evolución, esto es al menos
extremadamente improbable. El desconocimiento de todas las cualidades mentales
transmitidas se considerará, en mi opinión, una gravísima mancha en las obras
del Sr. Mill.), al incluirse aquí los afectos paternos y filiales,
inevitablemente adquiriría un sentido o conciencia moral tan pronto como sus
facultades intelectuales se desarrollaran tan bien, o casi tan bien, como en el
hombre. Pues, en primer lugar, los instintos sociales llevan al animal a
disfrutar de la compañía de sus semejantes, a sentir cierta simpatía por ellos
y a prestarles diversos servicios. Estos servicios pueden ser de naturaleza
definida y evidentemente instintiva; o puede existir solo un deseo y
disposición, como en la mayoría de los animales sociales superiores, a ayudar a
sus semejantes de ciertas maneras generales. Pero estos sentimientos y
servicios no se extienden en absoluto a todos los individuos de la misma
especie, sino solo a aquellos de la misma asociación. En segundo lugar, tan
pronto como las facultades mentales se han desarrollado al máximo, las imágenes
de todas las acciones y motivos pasados pasan incesantemente por el cerebro
de cada individuo; y ese sentimiento de insatisfacción, o incluso de miseria,
que invariablemente resulta, como veremos más adelante, de cualquier instinto
insatisfecho, surge tan pronto como se percibe que el instinto social,
perdurable y siempre presente, ha cedido ante otro instinto, en ese momento más
fuerte, pero ni duradero en su naturaleza ni dejando una huella muy vívida.
Está claro que muchos deseos instintivos,Las emociones, como la del hambre,
son, por naturaleza, de corta duración; y, una vez satisfechas, no se recuerdan
con facilidad ni intensidad. EN TERCERO, una vez adquirido el dominio del
lenguaje y capaces de expresar los deseos de la comunidad, la opinión común
sobre cómo cada miembro debe actuar por el bien común se convertiría
naturalmente, en un factor primordial, en la guía de la acción. Pero debe
tenerse presente que, por mucho que atribuyamos a la opinión pública, nuestra
consideración por la aprobación o desaprobación de nuestros semejantes depende
de la simpatía, que, como veremos, forma parte esencial del instinto social y,
de hecho, es su piedra angular. POR ÚLTIMO, el hábito individual desempeñaría,
en última instancia, un papel muy importante en la guía de la conducta de cada
miembro; pues el instinto social, junto con la simpatía, se ve, como cualquier
otro instinto, fortalecido en gran medida por el hábito, y, en consecuencia, lo
sería la obediencia a los deseos y al juicio de la comunidad. Estas diversas
proposiciones secundarias deben analizarse ahora, algunas de ellas con
considerable extensión.
Tal vez convenga comenzar por la
premisa de que no pretendo afirmar que cualquier animal estrictamente social,
si sus facultades intelectuales se volvieran tan activas y desarrolladas como
las del hombre, adquiriría exactamente el mismo sentido moral que nosotros. De
la misma manera que diversos animales poseen cierto sentido de la belleza,
aunque admiren objetos muy diferentes, también podrían tener un sentido del
bien y del mal, aunque este los lleve a seguir líneas de conducta muy
distintas. Si, por ejemplo, para tomar un caso extremo, los hombres fueran
criados en las mismas condiciones que las abejas de las colmenas, difícilmente
cabe duda de que nuestras hembras solteras, al igual que las abejas obreras,
considerarían un deber sagrado matar a sus hermanos, y las madres se
esforzarían por matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le ocurriría
intervenir. (6. El Sr. H. Sidgwick señala, en una hábil discusión sobre este
tema (la 'Academia', 15 de junio de 1872, pág. 231), "una abeja superior,
podemos estar seguros, aspiraría a una solución más suave de la cuestión de la
población". Sin embargo, a juzgar por los hábitos de muchos o la mayoría
de los salvajes, el hombre resuelve el problema mediante el infanticidio
femenino, la poliandria y las relaciones sexuales promiscuas; por lo tanto,
puede dudarse que sea por un método más suave. La Srta. Cobbe, al comentar
('Darwinism in Morals', 'Theological Review', abril de 1872, pp. 188-191) sobre
la misma ilustración, dice que los PRINCIPIOS del deber social se invertirían
de esta manera; y con esto, supongo, quiere decir que el cumplimiento de un
deber social tendería al daño de los individuos; pero pasa por alto el hecho,
que sin duda admitiría, de que los instintos de la abeja se han adquirido para
Bien de la comunidad. Llega incluso a afirmar que si la teoría ética defendida
en este capítulo fuera generalmente aceptada, "¡No puedo sino creer que en
la hora de su triunfo sonaría el toque de difuntos de la virtud de la
humanidad!". Es de esperar que la creencia en la permanencia de la virtud
en esta tierra no sea sostenida por muchas personas con una base tan débil. Sin
embargo, la abeja, o cualquier otro animal social, adquiriría en nuestro
supuesto caso, según me parece, algún sentido del bien o del mal, o una conciencia.
Pues cada individuo tendría la sensación interna de poseer ciertos instintos
más fuertes o duraderos, y otros menos fuertes o duraderos; de modo que a
menudo habría una lucha en cuanto a qué impulso seguir; y se sentiría
satisfacción, insatisfacción o incluso miseria, al comparar impresiones pasadas
durante su incesante paso por la mente. En este caso, un monitor interno le
diría al animal que habría sido mejor haber seguido un impulso que el otro. Se
debería haber seguido un camino, y no el otro; Uno habría sido correcto y el
otro incorrecto; pero volveré a estos términos.
SOCIABILIDAD.
Animals of many kinds are social; we
find even distinct species living together; for example, some American monkeys;
and united flocks of rooks, jackdaws, and starlings. Man shews the same feeling
in his strong love for the dog, which the dog returns with interest. Every one
must have noticed how miserable horses, dogs, sheep, etc., are when separated
from their companions, and what strong mutual affection the two former kinds,
at least, shew on their reunion. It is curious to speculate on the feelings of
a dog, who will rest peacefully for hours in a room with his master or any of
the family, without the least notice being taken of him; but if left for a
short time by himself, barks or howls dismally. We will confine our attention
to the higher social animals; and pass over insects, although some of these are
social, and aid one another in many important ways. The most common mutual
service in the higher animals is to warn one another of danger by means of the
united senses of all. Every sportsman knows, as Dr. Jaeger remarks (7. ‘Die
Darwin’sche Theorie,’ s. 101.), how difficult it is to approach animals in a
herd or troop. Wild horses and cattle do not, I believe, make any
danger-signal; but the attitude of any one of them who first discovers an
enemy, warns the others. Rabbits stamp loudly on the ground with their
hind-feet as a signal: sheep and chamois do the same with their forefeet,
uttering likewise a whistle. Many birds, and some mammals, post sentinels,
which in the case of seals are said (8. Mr. R. Brown in ‘Proc. Zoolog. Soc.’
1868, p. 409.) generally to be the females. The leader of a troop of monkeys
acts as the sentinel, and utters cries expressive both of danger and of safety.
(9. Brehm, ‘Thierleben,’ B. i. 1864, s. 52, 79. For the case of the monkeys
extracting thorns from each other, see s. 54. With respect to the Hamadryas
turning over stones, the fact is given (s. 76), on the evidence of Alvarez,
whose observations Brehm thinks quite trustworthy. For the cases of the old
male baboons attacking the dogs, see s. 79; and with respect to the eagle, s.
56.) Social animals perform many little services for each other: horses nibble,
and cows lick each other, on any spot which itches: monkeys search each other
for external parasites; and Brehm states that after a troop of the
Cercopithecus griseo-viridis has rushed through a thorny brake, each monkey
stretches itself on a branch, and another monkey sitting by, “conscientiously”
examines its fur, and extracts every thorn or burr.
Los animales también se prestan
servicios más importantes entre sí: así, los lobos y otras bestias de presa
cazan en manadas y se ayudan entre sí para atacar a sus víctimas. Los pelícanos
pescan en concierto. Los babuinos Hamadryas voltean piedras para encontrar
insectos, etc.; y cuando llegan a una grande, todos los que pueden rodearla, la
voltean juntos y comparten el botín. Los animales sociales se defienden
mutuamente. Los bisontes machos en América del Norte, cuando hay peligro,
conducen a las vacas y los terneros al centro de la manada, mientras defienden
el exterior. También en un capítulo futuro daré cuenta de dos machos salvajes
jóvenes en Chillingham que atacaron a uno viejo en concierto, y de dos
sementales que intentaron ahuyentar a un tercer semental de una manada de
yeguas. En Abisinia, Brehm se encontró con una gran manada de babuinos que
cruzaban un valle: algunos ya habían ascendido la montaña opuesta y otros aún
estaban en el valle; Estos últimos fueron atacados por los perros, pero los machos
viejos inmediatamente bajaron de las rocas y, con las bocas abiertas, rugieron
tan temerosamente que los perros retrocedieron rápidamente. Se animaron de
nuevo al ataque; pero para entonces todos los babuinos habían vuelto a ascender
a las alturas, excepto un joven, de unos seis meses, quien, pidiendo ayuda a
gritos, trepó a un bloque de roca y fue rodeado. Entonces uno de los machos más
grandes, un verdadero héroe, bajó de nuevo de la montaña, se acercó lentamente
al joven, lo persuadió y se lo llevó triunfalmente; los perros estaban
demasiado asombrados como para atacar. No puedo resistirme a relatar otra
escena presenciada por este mismo naturalista: un águila atrapó a un joven
Cercopithecus, que, al aferrarse a una rama, no fue arrebatado de inmediato;
Gritó con fuerza pidiendo ayuda, ante lo cual los demás miembros de la tropa,
con gran alboroto, acudieron al rescate, rodearon al águila y le arrancaron
tantas plumas que ya no pensaba en su presa, sino solo en cómo escapar. Esta
águila, como señala Brehm, seguramente nunca volvería a atacar a un solo mono
de la tropa. (10. El Sr. Belt menciona el caso de un mono araña (Ateles) en
Nicaragua, al que se le escuchó chillar durante casi dos horas en el bosque, y
fue encontrado con un águila posada cerca. Al parecer, el ave temía atacar
mientras permaneciera frente a frente; y el Sr. Belt cree, por lo que ha visto
de las costumbres de estos monos, que se protegen de las águilas manteniendo
dos o tres juntos. 'El Naturalista en Nicaragua', 1874, pág. 118.)
Es cierto que los animales asociados
tienen un sentimiento de amor mutuo, que no sienten los animales adultos no
sociales. Hasta qué punto en la mayoría de los casos realmente simpatizan con
los dolores y placeres de los demás, es más dudoso, especialmente con respecto
a los placeres. Sin embargo, el Sr. Buxton, quien tenía excelentes medios de
observación (11. 'Annals and Magazine of Natural History', noviembre de 1868,
pág. 382), afirma que sus guacamayos, que vivían libres en Norfolk, tenían
"un interés extravagante" en una pareja con un nido; y siempre que la
hembra lo abandonaba, estaba rodeada por una tropa "que gritaba horribles
aclamaciones en su honor". A menudo es difícil juzgar si los animales
tienen algún sentimiento por el sufrimiento de otros de su especie. ¿Quién
puede decir qué sienten las vacas cuando rodean y miran fijamente a un
compañero moribundo o muerto? Al parecer, sin embargo, como señala Houzeau, no
sienten lástima. Que los animales a veces están lejos de sentir ninguna
compasión es demasiado cierto; Pues expulsan a un animal herido de la manada, o
lo cornean o lo torturan hasta la muerte. Este es casi el hecho más sombrío de
la historia natural, a menos que, de hecho, sea cierta la explicación sugerida:
que su instinto o razón los lleva a expulsar a un compañero herido, para que
las bestias de presa, incluido el hombre, no se sientan tentadas a seguir a la
manada. En este caso, su conducta no es mucho peor que la de los indígenas
norteamericanos, que abandonan a sus débiles compañeros a perecer en las
llanuras; o la de los fiyianos, que, cuando sus padres envejecen o enferman,
los entierran vivos. (12. Sir J. Lubbock, «Prehistoric Times», 2.ª ed., pág.
446).
Sin embargo, muchos animales se
solidarizan con la angustia o el peligro de los demás. Esto ocurre incluso con
las aves. El capitán Stansbury (13. Citado por el Sr. L. H. Morgan, «The
American Beaver», 1868, pág. 272. El capitán Stansbury también ofrece un
interesante relato de cómo un pelícano muy joven, arrastrado por una fuerte
corriente, fue guiado y animado en sus intentos de llegar a la orilla por media
docena de aves adultas). Encontró en un lago salado de Utah un pelícano viejo y
completamente ciego, muy gordo, que debió de haber sido bien alimentado durante
mucho tiempo por sus compañeros. El Sr. Blyth, según me informa, vio a cuervos
indios alimentando a dos o tres de sus compañeros ciegos; y he oído hablar de
un caso análogo con el gallo doméstico. Si queremos, podemos llamar a estas
acciones instintivas; pero estos casos son demasiado raros para el desarrollo
de un instinto especial. (14. Como dice el Sr. Bain, “la ayuda eficaz a un
paciente surge de la simpatía propiamente dicha”: 'Mental and Moral Science',
1868, pág. 245.) Yo mismo he visto a un perro, que nunca pasaba junto a un gato
enfermo en una canasta, y era un gran amigo suyo, sin darle algunas lamidas con
la lengua, la señal más segura de sentimiento bondadoso en un perro.
Hay que llamar compasión a lo que
lleva a un perro valiente a atacar a cualquiera que golpee a su amo, como sin
duda hará. Vi a una persona fingiendo golpear a una señora que tenía un perrito
muy tímido en su regazo, algo que nunca antes se había hecho; el pequeño animal
saltó al instante, pero tras la fingida paliza, fue realmente patético ver con
qué perseverancia intentó lamerle la cara a su ama y consolarla. Brehm (15.
«Thierleben», B. es 85.) afirma que cuando un babuino confinado fue perseguido
para castigarlo, los demás intentaron protegerlo. En los casos mencionados,
debió ser la compasión lo que llevó a los babuinos y cercopitecos a defender a
sus jóvenes camaradas de los perros y el águila. Solo daré otro ejemplo de
conducta compasiva y heroica: el caso de un pequeño mono americano. Hace varios
años, un cuidador del Zoológico me mostró unas heridas profundas y apenas
cicatrizadas en la nuca, que le infligió un feroz babuino mientras estaba
arrodillado en el suelo. El pequeño mono americano, gran amigo del cuidador,
vivía en el mismo compartimento grande y le tenía un miedo terrible al gran
babuino. Sin embargo, en cuanto vio a su amigo en peligro, corrió al rescate y,
entre gritos y mordiscos, distrajo tanto al babuino que logró escapar, tras,
según el cirujano, correr un gran riesgo de muerte.
Además del amor y la simpatía, los
animales exhiben otras cualidades relacionadas con los instintos sociales, que
en nosotros llamaríamos morales; y estoy de acuerdo con Agassiz (16. 'De
l'Espèce et de la Classe', 1869, pág. 97) en que los perros poseen algo muy
parecido a una conciencia.
Los perros poseen cierta capacidad de
autocontrol, y esto no parece deberse exclusivamente al miedo. Como señala
Braubach (17. «Die Darwin'sche Art-Lehre», 1869, pág. 54), se abstendrán de
robar comida en ausencia de su amo. Desde hace tiempo se les ha considerado un
símbolo de fidelidad y obediencia. Pero el elefante también es muy fiel a su
conductor o cuidador, y probablemente lo considera el líder de la manada. El
Dr. Hooker me informa que un elefante que montaba en la India se quedó tan
atascado que permaneció atrapado hasta el día siguiente, cuando fue rescatado
por hombres con cuerdas. En tales circunstancias, los elefantes agarran con sus
trompas cualquier objeto, vivo o muerto, para colocarlo bajo sus rodillas y
evitar hundirse aún más en el barro; y el conductor temía terriblemente que el
animal atrapara al Dr. Hooker y lo aplastara hasta la muerte. Pero el propio
conductor, como le aseguraron al Dr. Hooker, no corría ningún riesgo. Esta
paciencia en una emergencia tan terrible para un animal pesado es una
maravillosa prueba de noble fidelidad. (18. Véase también «Himalayan Journals»
de Hooker, vol. ii. 1854, pág. 333).
Todos los animales que viven en
grupo, que se defienden o atacan a sus enemigos en conjunto, deben ser, en
efecto, fieles entre sí en cierto grado; y aquellos que siguen a un líder deben
ser, en cierto grado, obedientes. Cuando los babuinos de Abisinia (19. Brehm,
«Thierleben», B. es 76.) saquean un jardín, siguen en silencio a su líder; y si
un animal joven imprudente hace ruido, recibe una bofetada de los demás para
enseñarle silencio y obediencia. El Sr. Galton, quien ha tenido excelentes
oportunidades de observar al ganado semisalvaje en Sudáfrica, afirma (20. Véase
su interesantísimo artículo sobre «Gregariousness in Cattle, and in Man»,
«Macmillan's Magazine», febrero de 1871, pág. 353) que no pueden soportar ni
siquiera una separación momentánea de la manada. Son esencialmente serviles y
aceptan la determinación común, sin buscar mejor suerte que ser guiados por
cualquier buey con la suficiente confianza en sí mismo para aceptar la
posición. Los hombres que doman estos animales para arreos vigilan con asiduidad
a aquellos que, al pastar separados, demuestran una disposición autosuficiente,
y a estos los entrenan como bueyes delanteros. El Sr. Galton añade que estos
animales son raros y valiosos; y si nacieran muchos, pronto serían eliminados,
ya que los leones siempre están al acecho de los individuos que se alejan de la
manada.
Respecto al impulso que lleva a
ciertos animales a asociarse y a ayudarse mutuamente de diversas maneras,
podemos inferir que, en la mayoría de los casos, los impulsa la misma sensación
de satisfacción o placer que experimentan al realizar otras acciones
instintivas; o la misma sensación de insatisfacción que experimentan cuando se
les frena. Vemos esto en innumerables ejemplos, y se ilustra de forma
sorprendente en los instintos adquiridos de nuestros animales domésticos; así,
un joven perro pastor se deleita en conducir y correr alrededor de un rebaño de
ovejas, pero no en molestarlas; un joven perro de caza se deleita en cazar un
zorro, mientras que otras clases de perros, como he visto, los ignoran por
completo. ¡Qué fuerte sentimiento de satisfacción interior debe impulsar a un
ave, tan activa, a empollar sus huevos día tras día! Las aves migratorias se
sienten muy mal si se les impide migrar; quizás disfrutan iniciando su largo
vuelo; Pero es difícil creer que el pobre ganso de alas atadas, descrito por
Audubon, que partió a pie en el momento oportuno para su viaje de probablemente
más de mil millas, pudiera haber sentido alegría al hacerlo. Algunos instintos
están determinados únicamente por sentimientos dolorosos, como el miedo, que
conduce a la autoconservación, y en algunos casos se dirige hacia enemigos
específicos. Nadie, supongo, puede analizar las sensaciones de placer o dolor.
En muchos casos, sin embargo, es probable que los instintos se sigan
persistentemente por la mera fuerza de la herencia, sin el estímulo ni del
placer ni del dolor. Un joven pointer, cuando olfatea la presa por primera vez,
aparentemente no puede evitar señalar. Una ardilla enjaulada que acaricia las
nueces que no puede comer, como si las enterrara, difícilmente puede pensarse
que actúe así, ni por placer ni por dolor. Por lo tanto, la suposición común de
que los hombres deben verse impulsados a toda acción por experimentar algún
placer o dolor puede ser errónea. Aunque un hábito puede seguirse ciega e
implícitamente, independientemente del placer o dolor que se sienta en el
momento, si se lo frena de manera brusca y forzada, generalmente se experimenta
una vaga sensación de insatisfacción.
A menudo se ha asumido que los
animales se volvieron sociales, y que, en consecuencia, se sienten incómodos
cuando están separados y cómodos cuando están juntos; pero es más probable que
estas sensaciones se desarrollaran inicialmente para que los animales que se
beneficiarían de la vida en sociedad se vieran inducidos a vivir juntos, de la
misma manera que la sensación de hambre y el placer de comer se adquirieron,
sin duda, para inducir a los animales a comer. El sentimiento de placer por la
sociedad es probablemente una extensión de los afectos paternos o filiales, ya
que el instinto social parece desarrollarse cuando las crías permanecen mucho
tiempo con sus padres; y esta extensión puede atribuirse en parte al hábito,
pero principalmente a la selección natural. En los animales que se beneficiaban
de la vida en estrecha asociación, los individuos que disfrutaban más de la
sociedad eran los que mejor escapaban a diversos peligros, mientras que
aquellos que menos se preocupaban por sus compañeros y vivían solos perecían en
mayor número. Respecto al origen de los afectos paternales y filiales, que
aparentemente se encuentran en la base de los instintos sociales, desconocemos
los pasos por los cuales se han adquirido; pero podemos inferir que ha sido en
gran medida por selección natural. Lo mismo ha sucedido casi con certeza con el
inusual y opuesto sentimiento de odio entre los parientes más cercanos, como en
el caso de las abejas obreras que matan a sus hermanos zánganos, y en el de las
abejas reinas que matan a sus reinas hijas; el deseo de destruir a sus
parientes más cercanos, en este caso, fue un servicio a la comunidad. El afecto
paternal, o algún sentimiento que lo reemplaza, se ha desarrollado en ciertos
animales de escala muy inferior, por ejemplo, en las estrellas de mar y las
arañas. También está presente ocasionalmente en algunos miembros de un grupo
completo de animales, como en el género Forficula o tijeretas.
La emoción fundamental de la
compasión es distinta del amor. Una madre puede amar apasionadamente a su bebé
dormido y pasivo, pero difícilmente puede decirse que en esos momentos siente
compasión por él. El amor de un hombre por su perro es distinto de la
compasión, al igual que el de un perro por su amo. Adam Smith argumentó
anteriormente, al igual que el Sr. Bain recientemente, que la base de la
compasión reside en nuestra fuerte capacidad de retención de estados previos de
dolor o placer. Por lo tanto, «ver a otra persona sufriendo hambre, frío o
fatiga nos reaviva el recuerdo de estos estados, que son dolorosos incluso en
la idea». Así, nos vemos impulsados a aliviar el sufrimiento ajeno, para que
nuestros propios sentimientos dolorosos se alivien al mismo tiempo. De igual
manera, nos sentimos impulsados a participar de los placeres ajenos. (21.
Véase el primer y sorprendente capítulo de la «Teoría de los sentimientos
morales» de Adam Smith. También «La ciencia mental y moral del Sr. Bain», 1868,
págs. 244 y 275-282. El Sr. Bain afirma que «la simpatía es, indirectamente,
una fuente de placer para el simpatizante»; y explica esto mediante la
reciprocidad. Observa que «la persona beneficiada, u otros en su lugar, pueden
compensar, mediante la simpatía y los buenos oficios a cambio, todo el
sacrificio». Pero si, como parece ser el caso, la simpatía es estrictamente un
instinto, su ejercicio daría placer directo, de la misma manera que el
ejercicio, como se señaló antes, de casi cualquier otro instinto.) Pero no
puedo ver cómo esta opinión explica el hecho de que la simpatía se excita, en
un grado inconmensurablemente más fuerte, por una persona amada, que por una
persona indiferente. La mera visión del sufrimiento, independientemente del
amor, bastaría para evocar en nosotros vívidos recuerdos y asociaciones. La
explicación podría residir en que, en todos los animales, la compasión se
dirige únicamente a los miembros de la misma comunidad y, por lo tanto, a
miembros conocidos y más o menos queridos, pero no a todos los individuos de la
misma especie. Este hecho no es más sorprendente que el hecho de que los
temores de muchos animales se dirijan a enemigos específicos. Las especies no
sociales, como los leones y los tigres, sin duda sienten compasión por el
sufrimiento de sus propias crías, pero no por el de ningún otro animal. En la
humanidad, el egoísmo, la experiencia y la imitación probablemente contribuyen,
como ha demostrado el Sr. Bain, al poder de la compasión; pues la esperanza de
recibir un bien a cambio nos lleva a realizar actos de bondad compasiva con los
demás; y la compasión se fortalece considerablemente con el hábito. Por muy
complejo que sea el origen de este sentimiento, ya que es de suma importancia
para todos los animales que se ayudan y defienden mutuamente, se habrá
incrementado mediante la selección natural. porque aquellas comunidades que
incluyeran el mayor número de miembros más comprensivos florecerían mejor y
criarían el mayor número de descendientes.
Sin embargo, en muchos casos es
imposible determinar si ciertos instintos sociales se adquirieron por selección
natural o son el resultado indirecto de otros instintos y facultades, como la
simpatía, la razón, la experiencia y la tendencia a la imitación; o si son
simplemente el resultado de un hábito prolongado. Un instinto tan notable como
el de colocar centinelas para advertir a la comunidad del peligro difícilmente
pudo haber sido el resultado indirecto de alguna de estas facultades; por lo
tanto, debió haber sido adquirido directamente. Por otro lado, el hábito de los
machos de algunos animales sociales de defender a la comunidad y de atacar a
sus enemigos o presas en conjunto, quizás se originó en la simpatía mutua; pero
el coraje, y en la mayoría de los casos la fuerza, debieron haber sido
adquiridos previamente, probablemente por selección natural.
De los diversos instintos y hábitos,
algunos son mucho más fuertes que otros; es decir, algunos proporcionan más
placer en su ejecución y más angustia en su prevención que otros; o, lo que
probablemente sea igual de importante, se siguen con mayor persistencia por
herencia, sin despertar ningún sentimiento especial de placer o dolor. Somos
conscientes de que algunos hábitos son mucho más difíciles de curar o cambiar
que otros. Por lo tanto, a menudo se observa una lucha en los animales entre
diferentes instintos, o entre un instinto y alguna disposición habitual; como
cuando un perro corre tras una liebre, es reprendido, se detiene, duda, vuelve
a perseguir o regresa avergonzado a su amo; o como entre el amor de una perra
por sus cachorros y por su amo, pues se la puede ver escabullirse hacia ellos,
como si se avergonzara de no acompañar a su amo. Pero el ejemplo más curioso
que conozco de un instinto que supera a otro es el instinto migratorio que
vence al instinto maternal. El primero es maravillosamente fuerte; Un ave
confinada, en la época adecuada, golpea su pecho contra los alambres de su
jaula hasta dejarlo vacío y ensangrentado. Esto provoca que los salmonetes
salten del agua dulce, donde podrían seguir existiendo, y así, sin querer, se
suiciden. Todos sabemos lo fuerte que es el instinto maternal, que lleva
incluso a las aves más tímidas a afrontar grandes peligros, aunque con
vacilación y en oposición al instinto de conservación. Sin embargo, el instinto
migratorio es tan poderoso que, a finales de otoño, las golondrinas, los
aviones comunes y los vencejos abandonan con frecuencia a sus tiernos
polluelos, dejándolos morir miserablemente en sus nidos. (22. Este hecho,
afirma el reverendo L. Jenyns (véase su edición de 'White's Nat. Hist. of
Selborne', 1853, pág. 204) fue registrado por primera vez por el ilustre
Jenner, en 'Phil. Transact.' 1824, y desde entonces ha sido confirmado por
varios observadores, especialmente por el Sr. Blackwall. Este último observador
cuidadoso examinó, a finales de otoño, durante dos años, treinta y seis nidos;
encontró que doce contenían pájaros jóvenes muertos, cinco contenían huevos a
punto de eclosionar y tres, huevos casi incubados. Muchas aves, que aún no
tienen la edad suficiente para un vuelo prolongado, también son abandonadas y
dejadas atrás. Véase Blackwall, 'Researches in Zoology', 1834, págs. 108, 118.
Para alguna evidencia adicional, aunque no se desea, véase Leroy, 'Lettres
Phil.' 1802, pág. 217. Para los vencejos, Gould's Introducción a las aves de
Gran Bretaña, 1823, pág. 5. Casos similares se han observado en Canadá por el
Sr. Adams; Pop. Science Review, julio de 1873, pág. 283.
Podemos percibir que un impulso
instintivo, si es de algún modo más beneficioso para una especie que otro
instinto opuesto, se convertiría en el más potente de los dos mediante la
selección natural; pues los individuos que lo tuvieran más desarrollado sobrevivirían
en mayor número. Cabe dudar de si esto ocurre con el instinto migratorio en
comparación con el maternal. La gran persistencia o la acción constante del
primero en ciertas estaciones del año durante todo el día puede conferirle una
fuerza suprema durante un tiempo.
EL HOMBRE UN ANIMAL SOCIAL.
Todo el mundo admite que el hombre es
un ser social. Esto se refleja en su aversión a la soledad y en su deseo de
compañía más allá de la de su propia familia. El aislamiento es uno de los
castigos más severos que se pueden infligir. Algunos autores suponen que el
hombre primitivamente vivía en familias unifamiliares; pero en la actualidad,
aunque familias unifamiliares, o solo dos o tres juntas, vagan por las
soledades de algunas tierras salvajes, siempre, según he podido averiguar,
mantienen relaciones amistosas con otras familias que habitan la misma región.
Estas familias ocasionalmente se reúnen en consejo y se unen para su defensa
común. No es un argumento en contra de que el hombre salvaje sea un animal
social el que las tribus que habitan regiones adyacentes estén casi siempre en
guerra entre sí, pues los instintos sociales nunca se extienden a todos los
individuos de la misma especie. A juzgar por la analogía de la mayoría de los
cuadrumanos, es probable que los primeros progenitores simiescos del hombre
fueran igualmente sociales; pero esto no tiene mucha importancia para nosotros.
Aunque el hombre, tal como existe ahora, posee pocos instintos especiales,
habiendo perdido los que sus primeros progenitores pudieron haber poseído, esto
no es razón para que no haya conservado desde una época extremadamente remota
cierto grado de amor instintivo y compasión por sus semejantes. De hecho, todos
somos conscientes de que poseemos tales sentimientos de compasión (23. Hume
señala ('Una investigación sobre los principios de la moral', edición de 1751,
pág. 132): «Parece necesario confesar que la felicidad y la miseria de los
demás no son espectáculos del todo indiferentes para nosotros, sino que la
visión de la primera... comunica una alegría secreta; la aparición de la
segunda... arroja una melancolía sobre la imaginación»); pero nuestra
conciencia no nos dice si son instintivos, habiéndose originado hace mucho
tiempo de la misma manera que en los animales inferiores, o si los hemos
adquirido cada uno de nosotros durante nuestra infancia. Como el hombre es un
animal social, es casi seguro que heredaría la tendencia a ser fiel a sus
compañeros y obediente al líder de su tribu; pues estas cualidades son comunes
a la mayoría de los animales sociales. En consecuencia, poseería cierta
capacidad de autocontrol. Por una tendencia heredada, estaría dispuesto a
defender, en conjunto con otros, a sus semejantes y estaría dispuesto a
ayudarlos de cualquier manera que no interfiriera demasiado con su propio
bienestar ni con sus propios deseos.
Los animales sociales que se
encuentran en la base de la escala se guían casi exclusivamente, y los que se
encuentran en la cima, en gran medida por instintos especiales en la ayuda que
prestan a los miembros de la misma comunidad; pero también se ven impulsados
en parte por el amor y la compasión mutuos, aparentemente apoyados por cierta
dosis de razón. Aunque el hombre, como se acaba de señalar, carece de instintos
especiales que le indiquen cómo ayudar a sus semejantes, aún posee el impulso,
y con sus facultades intelectuales desarrolladas, se dejaría guiar naturalmente
en gran medida por la razón y la experiencia. La compasión instintiva también
le haría valorar mucho la aprobación de sus semejantes; pues, como ha
demostrado claramente el Sr. Bain (24. 'Ciencia Mental y Moral', 1868, pág.
254), el amor por la alabanza, el intenso sentimiento de gloria y el horror aún
más intenso al desprecio y la infamia, «se deben a la acción de la compasión».
En consecuencia, el hombre se vería influenciado en gran medida por los deseos,
la aprobación y la censura de sus semejantes, expresados por sus gestos y
lenguaje. Así, los instintos sociales, que debieron haber sido adquiridos por
el hombre en un estado muy rudo, y probablemente incluso por sus primeros progenitores
simiescos, aún impulsan algunas de sus mejores acciones; pero sus acciones
están determinadas en mayor medida por los deseos y el juicio expresados por
sus semejantes, y, lamentablemente, muy a menudo por sus propios y fuertes
deseos egoístas. Pero a medida que el amor, la compasión y el autocontrol se
fortalecen con el hábito, y a medida que la capacidad de razonamiento se
aclara, de modo que el hombre puede valorar con justicia los juicios de sus
semejantes, se sentirá impulsado, al margen de cualquier placer o dolor
transitorio, a ciertas líneas de conducta. Podría entonces declarar —no es que
cualquier hombre bárbaro o inculto pudiera pensar así—: «Soy el juez supremo de
mi propia conducta, y en palabras de Kant, no violaré en mi propia persona la
dignidad de la humanidad».
LOS INSTINTOS SOCIALES MÁS DURADEROS
VENCEN A LOS INSTINTOS MENOS PERSISTENTES.
Sin embargo, aún no hemos considerado
el punto principal sobre el que, desde nuestra perspectiva actual, gira toda la
cuestión del sentido moral. ¿Por qué un hombre debería sentir que debe obedecer
a un deseo instintivo en lugar de a otro? ¿Por qué se arrepiente amargamente de
haber cedido a un fuerte instinto de supervivencia y no haber arriesgado su
vida para salvar la de un semejante? ¿O por qué se arrepiente de haber robado
comida al hambre?
Es evidente, en primer lugar, que en
la humanidad los impulsos instintivos tienen distintos grados de fuerza; un
salvaje arriesgará su vida para salvar la de un miembro de su comunidad, pero
se mostrará completamente indiferente ante un extraño; una madre joven y
tímida, impulsada por el instinto maternal, sin dudarlo un instante, correrá el
mayor peligro por su propia cría, pero no por un simple semejante. Sin embargo,
muchos hombres, o incluso niños, civilizados, que nunca antes habían arriesgado
su vida por otro, pero llenos de valentía y compasión, han ignorado el instinto
de conservación y se han lanzado de inmediato a un torrente para salvar a un
hombre que se ahogaba, aunque fuera un extraño. En este caso, el hombre se ve
impulsado por el mismo motivo instintivo que llevó al heroico monito americano,
antes descrito, a salvar a su cuidador atacando al gran y temido babuino.
Acciones como las mencionadas parecen ser el simple resultado de la mayor
fuerza de los instintos sociales o maternales, más que de cualquier otro
instinto o motivo. pues se realizan demasiado instantáneamente para que se
reflexione, o para que se sienta placer o dolor en el momento; aunque, si
alguna causa lo impide, se podría sentir angustia o incluso miseria. En un
hombre tímido, por otro lado, el instinto de autoconservación podría ser tan
fuerte que sería incapaz de obligarse a correr tal riesgo, tal vez ni siquiera
por su propio hijo.
Soy consciente de que algunas
personas sostienen que las acciones realizadas impulsivamente, como en los
casos mencionados, no caen bajo el dominio del sentido moral y no pueden
llamarse morales. Limitan este término a las acciones realizadas deliberadamente,
tras vencer deseos opuestos o impulsadas por algún motivo exaltado. Pero parece
casi imposible trazar una línea clara de distinción de este tipo. (25. Me
refiero aquí a la distinción entre lo que se ha llamado moralidad MATERIAL y
FORMAL. Me complace encontrar que el profesor Huxley ('Critiques and
Addresses', 1873, p. 287) tiene la misma opinión sobre este tema que yo. El Sr.
Leslie Stephen señala ('Essays on Freethinking and Plain Speaking', 1873, p.
83), "la distinción metafísica entre moralidad material y formal es tan
irrelevante como otras distinciones similares".) En lo que respecta a los
motivos exaltados, se han registrado muchos casos de salvajes, desprovistos de
cualquier sentimiento de benevolencia general hacia la humanidad y no guiados
por ningún motivo religioso, que han sacrificado deliberadamente sus vidas como
prisioneros. (26. He dado un caso así, a saber, el de tres indios patagónicos
que prefirieron ser fusilados, uno tras otro, a traicionar los planes de sus
compañeros de guerra ('Journal of Researches', 1845, p. 103).), en lugar de que
traicionar a sus compañeros; y sin duda su conducta debe considerarse moral. En
cuanto a la deliberación y la victoria sobre motivos opuestos, se puede ver a
los animales dudando entre instintos opuestos al rescatar a sus crías o
compañeros del peligro; sin embargo, sus acciones, aunque realizadas por el
bien de los demás, no se consideran morales. Además, cualquier cosa que
realicemos con frecuencia, al final se realizará sin deliberación ni vacilación,
y entonces difícilmente podrá distinguirse de un instinto; sin embargo, nadie
pretenderá que tal acción deje de ser moral. Al contrario, todos creemos que un
acto no puede considerarse perfecto, ni realizado de la manera más noble, a
menos que se realice impulsivamente, sin deliberación ni esfuerzo, de la misma
manera que lo hace un hombre con las cualidades requeridas innatas. Quien se ve
obligado a superar su miedo o falta de compasión antes de actuar, merece, sin
embargo, en cierto modo, mayor crédito que quien tiene una disposición innata
que lo lleva a una buena acción sin esfuerzo. Como no podemos distinguir entre
motivos, clasificamos todas las acciones de cierta clase como morales, si son
realizadas por un ser moral. Un ser moral es aquel que es capaz de comparar sus
acciones o motivos pasados y futuros, y de aprobarlos o desaprobarlos. No
tenemos motivos para suponer que ningún animal inferior tenga esta capacidad;
por lo tanto, cuando un perro de Terranova saca a un niño del agua, o un mono
se enfrenta al peligro para rescatar a su compañero, o se hace cargo de un mono
huérfano, no llamamos moral a su conducta. Pero en el caso del hombre, el único
que puede clasificarse con certeza como un ser moral, las acciones de cierta
clase se consideran morales, ya sean realizadas deliberadamente,después de una
lucha con motivos opuestos, o impulsivamente por instinto, o por los efectos de
un hábito adquirido lentamente.
Pero volvamos a nuestro tema más
inmediato. Aunque algunos instintos son más poderosos que otros y, por lo
tanto, conducen a acciones correspondientes, es insostenible que en el hombre
los instintos sociales (incluyendo el amor a la alabanza y el temor a la
censura) posean mayor fuerza, o la hayan adquirido, por un largo hábito, que
los instintos de autoconservación, el hambre, la lujuria, la venganza, etc.
¿Por qué, entonces, el hombre lamenta, aun intentando desterrar dicho
arrepentimiento, haber seguido un impulso natural en lugar del otro; y por qué
siente, además, que debería arrepentirse de su conducta? En este aspecto, el
hombre difiere profundamente de los animales inferiores. No obstante, creo que
podemos ver con cierta claridad la razón de esta diferencia.
El hombre, debido a la actividad de
sus facultades mentales, no puede evitar la reflexión: impresiones e imágenes
pasadas recorren su mente incesante y claramente. Ahora bien, en los animales
que viven permanentemente en un cuerpo, los instintos sociales están siempre
presentes y persistentes. Estos animales siempre están listos para dar la señal
de peligro, defender a la comunidad y prestar ayuda a sus semejantes según sus
hábitos; sienten en todo momento, sin el estímulo de ninguna pasión o deseo
especial, cierto grado de amor y simpatía por ellos; se sienten infelices si se
les separa mucho tiempo de ellos, y siempre felices de estar de nuevo en su
compañía. Lo mismo ocurre con nosotros. Incluso cuando estamos completamente
solos, ¿con qué frecuencia pensamos con placer o dolor en lo que los demás
piensan de nosotros, en su aprobación o desaprobación imaginaria? Y todo esto
se deriva de la simpatía, un elemento fundamental de los instintos sociales. Un
hombre que no poseyera rastro alguno de tales instintos sería un monstruo
antinatural. Por otro lado, el deseo de saciar el hambre, o cualquier pasión
como la venganza, es por naturaleza temporal y puede satisfacerse plenamente
durante un tiempo. No es fácil, quizá imposible, evocar con total intensidad el
sentimiento, por ejemplo, del hambre; ni, de hecho, como se ha señalado a
menudo, el de cualquier sufrimiento. El instinto de conservación no se siente
excepto en presencia del peligro; y muchos cobardes se han creído valientes
hasta que se han encontrado cara a cara con su enemigo. El deseo de poseer la
propiedad ajena es quizás un deseo tan persistente como cualquier otro; pero
incluso en este caso, la satisfacción de la posesión real suele ser un
sentimiento más débil que el deseo: muchos ladrones, si no los habituales, tras
el éxito se han preguntado por qué robaron algo. (27. La enemistad o el odio
también parecen ser un sentimiento muy persistente, quizás más que cualquier
otro que pueda nombrarse. La envidia se define como el odio a otro por alguna excelencia
o éxito; y Bacon insiste (Ensayo ix.): "De todos los demás afectos, la
envidia es la más importuna y continua". Los perros son muy propensos a
odiar tanto a los hombres como a los perros extraños, especialmente si viven
cerca, pero no pertenecen a la misma familia, tribu o clan; este sentimiento
parecería ser innato y ciertamente muy persistente. Parece ser el complemento y
el reverso del verdadero instinto social. Por lo que oímos de los salvajes,
parecería que algo similar ocurre con ellos. Si esto es así, sería un pequeño
paso para cualquiera transferir tales sentimientos a cualquier miembro de la
misma tribu si le hubiera hecho daño y se hubiera convertido en su enemigo.
Tampoco es probable que la conciencia primitiva reprochara a un hombre por herir
a su enemigo; más bien lo reprocharía si no se hubiera vengado. Hacer el bien A
cambio del mal, amar al enemigo es una cima de moralidad a la que es dudoso que
los instintos sociales, por sí solos, nos hubieran llevado alguna vez. Es
necesario que estos instintos, junto con la compasión,debería haber sido
altamente cultivada y extendida con la ayuda de la razón, la instrucción y el
amor o temor de Dios, antes de que alguna regla de oro de ese tipo fuera
pensada y obedecida.)
Un hombre no puede evitar que las
impresiones del pasado resurjan con frecuencia en su mente; por lo tanto, se
verá impulsado a comparar las impresiones del hambre pasada, la venganza
satisfecha o el peligro evitado a costa de otros, con el instinto casi
omnipresente de la compasión y con su precoz conocimiento de lo que otros
consideran digno de elogio o censurable. Este conocimiento no puede ser
desterrado de su mente, y la compasión instintiva se considera de gran
importancia. Entonces sentirá como si se le hubiera impedido seguir un instinto
o hábito presente, y esto, en todos los animales, causa insatisfacción o
incluso sufrimiento.
El caso de la golondrina, mencionado
anteriormente, ilustra, aunque de forma inversa, cómo un instinto temporal,
aunque por el momento muy persistente, vence a otro instinto, que suele
predominar sobre todos los demás. En la época adecuada, estas aves parecen
estar constantemente imbuidas del deseo de migrar; sus hábitos cambian; se
vuelven inquietas, ruidosas y se congregan en bandadas. Mientras la madre
alimenta o cuida a sus polluelos, el instinto maternal es probablemente más
fuerte que el migratorio; pero el instinto más persistente triunfa, y
finalmente, en un momento en que sus crías no están a la vista, emprende el
vuelo y las abandona. Al llegar al final de su largo viaje, y cuando el
instinto migratorio ha cesado, ¡qué agonía de remordimiento sentiría el ave si,
dotada de una gran actividad mental, no pudiera evitar la imagen constante de
sus crías pereciendo en el desolado norte de frío y hambre!
Al momento de actuar, el hombre sin
duda tenderá a seguir el impulso más fuerte; y aunque esto ocasionalmente lo
impulse a las acciones más nobles, con mayor frecuencia lo llevará a satisfacer
sus propios deseos a expensas de otros. Pero después de su satisfacción, cuando
las impresiones pasadas y más débiles se juzgan por el siempre perdurable
instinto social y por su profundo respeto por la buena opinión de sus
semejantes, seguramente vendrá la retribución. Sentirá entonces remordimiento,
arrepentimiento, remordimiento o vergüenza; este último sentimiento, sin
embargo, se relaciona casi exclusivamente con el juicio de los demás. En
consecuencia, resolverá con mayor o menor firmeza actuar de manera diferente en
el futuro; y esto es la conciencia; pues la conciencia mira hacia atrás y sirve
de guía para el futuro.
La naturaleza y la intensidad de los
sentimientos que llamamos arrepentimiento, vergüenza, arrepentimiento o
remordimiento dependen aparentemente no solo de la fuerza del instinto violado,
sino también en parte de la fuerza de la tentación y, a menudo, aún más, del
juicio de nuestros semejantes. La medida en que cada persona valora el aprecio
ajeno depende de la fuerza de su sentimiento innato o adquirido de compasión y
de su propia capacidad para razonar las consecuencias remotas de sus actos.
Otro elemento fundamental, aunque no necesario, es la reverencia o el temor a
los dioses o espíritus en los que cada persona cree; y esto aplica
especialmente en casos de remordimiento. Varios críticos han objetado que, si
bien la perspectiva defendida en este capítulo puede explicar un ligero
arrepentimiento o remordimiento, es imposible explicar así el sentimiento de
remordimiento que conmueve el alma. Pero no le veo mucha fuerza a esta
objeción. Mis críticos no definen qué entienden por remordimiento, y no encuentro
ninguna definición que implique más que un abrumador sentimiento de
arrepentimiento. El remordimiento parece guardar la misma relación con el
arrepentimiento que la rabia con la ira, o la agonía con el dolor. No es
extraño que un instinto tan fuerte y tan admirado como el amor maternal, de ser
desobedecido, conduzca a la más profunda miseria, tan pronto como se debilita
la impresión de la causa pasada de la desobediencia. Incluso cuando una acción
no se opone a ningún instinto en particular, el mero hecho de saber que
nuestros amigos e iguales nos desprecian por ello basta para causar una gran
miseria. ¿Quién puede dudar de que la negativa a batirse en duelo por miedo ha
causado a muchos hombres una agonía de vergüenza? Se dice que muchos hindúes se
han sentido profundamente conmovidos por haber ingerido alimentos impuros. He
aquí otro caso de lo que, en mi opinión, debe llamarse remordimiento. El Dr.
Landor actuó como magistrado en Australia Occidental y relata (28. 'Insanity in
Relation to Law', Ontario, Estados Unidos, 1871, pág. 1) que un nativo de su
granja, tras perder a una de sus esposas por una enfermedad, acudió y dijo que
«iba a una tribu lejana a lancear a una mujer, para satisfacer su deber hacia
su esposa. Le dije que si lo hacía, lo enviaría a prisión de por vida.
Permaneció en la granja durante algunos meses, pero adelgazó muchísimo y se
quejaba de que no podía descansar ni comer, de que el espíritu de su esposa lo
perseguía porque no había tomado una vida por la de ella. Fui inexorable y le
aseguré que nada lo salvaría si lo hacía». Sin embargo, el hombre desapareció
durante más de un año y luego regresó en buen estado; y su otra esposa le contó
al Dr. Landor que su esposo había matado a una mujer perteneciente a una tribu
lejana; pero fue imposible obtener pruebas legales del acto. La violación de
una regla considerada sagrada por la tribu dará lugar, según parece, a los
sentimientos más profundos, y esto al margen de los instintos sociales, salvo
en la medida en que la regla se base en el juicio de la comunidad.No sabemos
cómo han surgido tantas supersticiones extrañas en todo el mundo; ni podemos
explicar cómo algunos crímenes reales y graves, como el incesto, han llegado a
ser considerados con aborrecimiento (que, sin embargo, no es del todo
universal) por los más abyectos salvajes. Incluso es dudoso que en algunas
tribus el incesto se considerara con mayor horror que el matrimonio de un
hombre con una mujer del mismo nombre, aunque no sea pariente. Violar esta ley
es un crimen que los australianos aborrecen con suma gravedad, coincidiendo en
esto con ciertas tribus de Norteamérica. Cuando se plantea la pregunta en
cualquiera de los dos distritos: ¿es peor matar a una joven de una tribu
extranjera o casarse con una joven de la propia?, se daría sin dudar una
respuesta totalmente opuesta a la nuestra. (29. EB Tylor, en 'Contemporary
Review', abril de 1873, pág. 707.) Por lo tanto, podemos rechazar la creencia,
recientemente defendida por algunos escritores, de que el aborrecimiento del
incesto se debe a nuestra posesión de una conciencia especial, inculcada por
Dios. En general, es comprensible que un hombre impulsado por un sentimiento
tan poderoso como el remordimiento, aunque surja como se explicó anteriormente,
se vea inducido a actuar de una manera que se le ha enseñado a creer que sirve
como expiación, como entregarse a la justicia.
El hombre, impulsado por su
conciencia, adquirirá, mediante un hábito prolongado, un dominio de sí mismo
tan perfecto que sus deseos y pasiones cederán al instante y sin lucha ante sus
simpatías e instintos sociales, incluyendo su sensibilidad al juicio de sus
semejantes. El hombre que aún tiene hambre o aún es vengativo no pensará en
robar comida ni en vengarse. Es posible, o como veremos más adelante, incluso
probable, que el hábito del dominio de sí mismo, como otros hábitos, sea
hereditario. Así, finalmente, el hombre llega a sentir, mediante un hábito
adquirido y quizás heredado, que lo mejor para él es obedecer a sus impulsos
más persistentes. La imperiosa palabra «debería» parece simplemente implicar la
conciencia de la existencia de una regla de conducta, sea cual sea su origen.
Antiguamente, se debió insistir con vehemencia en que un caballero insultado
DEBÍA batirse en duelo. Incluso decimos que un pointer DEBÍA señalar, y un
retriever, recuperar la presa. Si no lo hacen, incumplen su deber y actúan
incorrectamente.
Si algún deseo o instinto que conduce
a una acción opuesta al bien ajeno aún aparece, al recordarlo, tan fuerte o más
que el instinto social, un hombre no sentirá un profundo arrepentimiento por
haberlo seguido; pero será consciente de que si su conducta fuera conocida por
sus semejantes, se encontraría con su desaprobación; y pocos son tan
desprovistos de compasión como para no sentirse incómodos al darse cuenta de
esto. Si no tiene tal compasión, y si sus deseos que conducen a malas acciones
son en ese momento fuertes, y al recordarlos no son dominados por los
persistentes instintos sociales y el juicio de los demás, entonces es
esencialmente un hombre malo (30. El Dr. Prosper Despine, en su Psychologie
Naturelle, 1868 (tom. ip 243; tom. ii. p. 169) da muchos casos curiosos de los
peores criminales, que aparentemente han estado completamente desprovistos de
conciencia). y el único motivo restrictivo que le queda es el miedo al castigo
y la convicción de que a largo plazo será mejor para sus propios intereses
egoístas considerar el bien de los demás antes que el suyo propio.
Es obvio que cada uno puede, con la
conciencia tranquila, satisfacer sus propios deseos, siempre que no interfieran
con sus instintos sociales, es decir, con el bien ajeno; pero para estar
completamente libre de reproches, o al menos de ansiedad, es casi necesario
evitar la desaprobación, razonable o no, de sus semejantes. Tampoco debe romper
con los hábitos de vida, especialmente si estos se basan en la razón; pues si
lo hace, seguramente sentirá insatisfacción. Asimismo, debe evitar la
reprobación del único dios o dioses en quienes, según su conocimiento o
superstición, crea; pero en este caso, a menudo sobreviene el temor adicional
al castigo divino.
LAS VIRTUDES ESTRICTAMENTE SOCIALES
SOLO SE CONSIDERAN PRIMERO.
La visión anterior sobre el origen y
la naturaleza del sentido moral, que nos dice qué debemos hacer, y de la
conciencia que nos reprende si lo desobedecemos, concuerda bien con lo que
vemos de la condición temprana y subdesarrollada de esta facultad en la
humanidad. Las virtudes que deben ser practicadas, al menos generalmente, por
los hombres rudos, para que puedan asociarse, son aquellas que aún se reconocen
como las más importantes. Pero se practican casi exclusivamente en relación con
los hombres de la misma tribu; y sus opuestos no se consideran delitos en
relación con los hombres de otras tribus. Ninguna tribu podría mantenerse unida
si el asesinato, el robo, la traición, etc., fueran comunes; En consecuencia,
tales crímenes dentro de los límites de la misma tribu “están marcados con
infamia eterna” (31. Véase un artículo competente en la 'North British Review',
1867, pág. 395. Véanse también los artículos del Sr. W. Bagehot sobre la
importancia de la obediencia y la coherencia para el hombre primitivo, en la
'Fortnightly Review', 1867, pág. 529, y 1868, pág. 457, etc.); pero no
despiertan tal sentimiento más allá de estos límites. Un indio norteamericano
se siente muy satisfecho de sí mismo y es honrado por los demás cuando decapita
a un hombre de otra tribu; y un dayak corta la cabeza de una persona inocente y
la seca como trofeo. El asesinato de niños ha prevalecido en la mayor escala en
todo el mundo (32. El relato más completo que he encontrado es el del Dr.
Gerland, en su 'Über den Aussterben der Naturvölker', 1868; pero tendré que
volver al tema del infanticidio en un capítulo futuro), y no ha recibido ningún
reproche; pero se ha pensado que el infanticidio, especialmente de niñas, es
bueno para la tribu, o al menos no perjudicial. El suicidio en la antigüedad no
se consideraba generalmente un delito (33. Véase la interesantísima discusión
sobre el suicidio en "Historia de la moral europea" de Lecky, vol. i.
1869, pág. 223. Respecto a los salvajes, el Sr. Winwood Reade me informa que los
negros de África occidental se suicidan a menudo. Es bien sabido lo común que
era entre los miserables aborígenes de Sudamérica después de la conquista
española. Para Nueva Zelanda, véase el viaje del Novara, y para las Islas
Aleutianas, Müller, citado por Houzeau, "Les Facultés Mentales",
etc., tomo ii, pág. 136), sino más bien, por el coraje demostrado, como un acto
honorable; y todavía lo practican algunas naciones semicivilizadas y salvajes
sin reproche, pues obviamente no afecta a otros miembros de la tribu. Se cuenta
que un matón indio lamentaba concienzudamente no haber robado y estrangulado a
tantos viajeros como lo hizo su padre antes que él. En un estado de
civilización rudimentario, el robo a extraños se considera, de hecho,
generalmente honorable.
La esclavitud, aunque en cierto modo
beneficiosa en la antigüedad (34. Véase Sr. Bagehot, «Física y Política», 1872,
pág. 72), es un gran delito; sin embargo, no se consideraba así hasta hace muy
poco, ni siquiera en las naciones más civilizadas. Y esto era especialmente así
porque los esclavos pertenecían, en general, a una raza diferente a la de sus
amos. Como los bárbaros no tienen en cuenta la opinión de sus mujeres, estas
suelen ser tratadas como esclavas. La mayoría de los salvajes son completamente
indiferentes al sufrimiento de los extraños, o incluso se deleitan en
presenciarlo. Es bien sabido que las mujeres y los niños de los indios
norteamericanos ayudaban a torturar a sus enemigos. Algunos salvajes disfrutan
enormemente de la crueldad con los animales (35. Véase, por ejemplo, el relato
del Sr. Hamilton sobre los cafres, «Anthropological Review», 1870, pág. xv), y
la humanidad es una virtud desconocida. Sin embargo, además de los afectos
familiares, la amabilidad es común, especialmente durante la enfermedad, entre
los miembros de una misma tribu, y a veces se extiende más allá de estos
límites. El conmovedor relato de Mungo Park sobre la amabilidad que le
mostraron las mujeres negras del interior es bien conocido. Se podrían citar
muchos ejemplos de la noble fidelidad de los salvajes entre sí, pero no hacia
los desconocidos; la experiencia común justifica la máxima del español: «Nunca,
nunca confíes en un indio». No puede haber fidelidad sin verdad; y esta virtud
fundamental no es rara entre los miembros de una misma tribu: así, Mungo Park
escuchó a las mujeres negras enseñar a sus hijos pequeños a amar la verdad.
Esta, de nuevo, es una de las virtudes que se arraiga tan profundamente en la
mente, que a veces la practican los salvajes, incluso a un alto precio, hacia
los desconocidos; pero mentir al enemigo rara vez se ha considerado un pecado,
como lo demuestra con demasiada claridad la historia de la diplomacia moderna.
Tan pronto como una tribu tiene un líder reconocido, la desobediencia se convierte
en un delito, e incluso la sumisión más abyecta se considera una virtud
sagrada.
Como en épocas difíciles nadie puede
ser útil ni fiel a su tribu sin coraje, esta cualidad se ha situado
universalmente en el primer plano; y aunque en países civilizados un hombre
bueno, aunque tímido, puede ser mucho más útil a la comunidad que uno valiente,
no podemos evitar honrar instintivamente a este último por encima de un
cobarde, por muy benévolo que sea. La prudencia, en cambio, que no se preocupa
por el bienestar ajeno, aunque es una virtud muy útil, nunca ha sido muy
apreciada. Como nadie puede practicar las virtudes necesarias para el bienestar
de su tribu sin abnegación, dominio propio y resistencia, estas cualidades han
sido en todo momento muy y con justicia valoradas. El salvaje americano se
somete voluntariamente a las torturas más horrendas sin un gemido, para probar
y fortalecer su fortaleza y coraje; y no podemos evitar admirarlo, o incluso a
un faquir indio, que, por un absurdo motivo religioso, se balancea suspendido
de un gancho clavado en su carne.
Las demás virtudes, supuestamente
egoístas, que no afectan obviamente, aunque en realidad, el bienestar de la
tribu, nunca han sido estimadas por los salvajes, aunque ahora son muy
apreciadas por las naciones civilizadas. La mayor intemperancia no es reprochable
para los salvajes. El libertinaje absoluto y los crímenes contra la naturaleza
prevalecen en proporciones asombrosas. (36. El Sr. M'Lennan ha aportado
(«Matrimonio primitivo», 1865, pág. 176) una buena recopilación de datos sobre
este tema). Sin embargo, tan pronto como el matrimonio, ya sea polígamo o
monógamo, se generalice, los celos conducirán a la inculcación de la virtud
femenina; y esta, al ser respetada, tenderá a extenderse a las mujeres
solteras. Hoy en día, vemos con qué lentitud se extiende al sexo masculino. La
castidad requiere eminentemente autocontrol; por lo tanto, ha sido respetada
desde una época muy temprana en la historia moral del hombre civilizado. Como
consecuencia de esto, la práctica insensata del celibato se ha considerado, desde
tiempos remotos, una virtud. (38. Lecky, «Historia de la moral europea», vol.
i. 1869, pág. 109). El odio a la indecencia, que nos parece tan natural que se
considera innato, y que constituye una valiosa ayuda para la castidad, es una
virtud moderna, propia exclusivamente, como señala Sir G. Staunton (38.
«Embajada en China», vol. ii. pág. 348), de la vida civilizada. Esto se
evidencia en los antiguos ritos religiosos de diversas naciones, en los dibujos
de los muros de Pompeya y en las prácticas de muchos salvajes.
Hemos visto que los salvajes, y
probablemente el hombre primitivo también, consideran las acciones como buenas
o malas únicamente en la medida en que afectan claramente al bienestar de la
tribu, no al de la especie ni al de un miembro individual de la tribu. Esta
conclusión concuerda con la creencia de que el llamado sentido moral se deriva
originariamente de los instintos sociales, pues ambos se relacionan
inicialmente exclusivamente con la comunidad.
Las principales causas de la baja
moralidad de los salvajes, según nuestro criterio, son, en primer lugar, la
limitación de la simpatía hacia la misma tribu. En segundo lugar, la
insuficiencia de la capacidad de razonamiento para reconocer la influencia de
muchas virtudes, especialmente las egoístas, en el bienestar general de la
tribu. Los salvajes, por ejemplo, no logran identificar los múltiples males
derivados de la falta de templanza, castidad, etc. Y, en tercer lugar, la
debilidad del autocontrol, pues este poder no se ha fortalecido mediante
hábitos, instrucción y religión prolongados, quizás heredados.
He entrado en los detalles anteriores
sobre la inmoralidad de los salvajes (39. Véase sobre este tema abundante
evidencia en el cap. VII de Sir J. Lubbock, 'Origen de la Civilización', 1870),
porque algunos autores han tenido recientemente una opinión elevada de su
naturaleza moral, o han atribuido la mayoría de sus crímenes a una benevolencia
equivocada. (40. Por ejemplo, Lecky, 'Historia de la Moral Europea', vol. ip
124). Estos autores parecen basar su conclusión en que los salvajes poseen
aquellas virtudes que son útiles, o incluso necesarias, para la existencia de
la familia y de la tribu, cualidades que sin duda poseen, y a menudo en alto
grado.
CONSIDERACIONES FINALES.
Anteriormente, los filósofos de la
escuela moral derivada (41. Este término se utiliza en un artículo relevante en
la 'Westminster Review', octubre de 1869, pág. 498. Para el "principio de
la mayor felicidad", véase JS Mill, "Utilitarianism", pág. 17)
asumían que el fundamento de la moral residía en una forma de egoísmo; pero más
recientemente, el "principio de la mayor felicidad" ha cobrado
protagonismo. Sin embargo, es más correcto hablar de este último principio como
la norma, y no como el motivo de la conducta. Sin embargo, todos los autores
cuyas obras he consultado, con unas pocas excepciones (42. Mill reconoce
('System of Logic', vol. ii, pág. 422) de la manera más clara, que las acciones
pueden realizarse por hábito sin la anticipación del placer. El Sr. H. Sidgwick
también, en su Ensayo sobre el placer y el deseo ('The Contemporary Review',
abril de 1872, pág. 671), señala: "Para resumir, en contravención de la
doctrina de que nuestros impulsos activos conscientes siempre se dirigen hacia la
producción de sensaciones agradables en nosotros mismos, yo mantendría que
encontramos en todas partes en la conciencia un impulso extraconsciente,
dirigido hacia algo que no es placer; que en muchos casos el impulso es tan
incompatible con la autoconsciencia que los dos no coexisten fácilmente en el
mismo momento de conciencia". Una vaga sensación de que nuestros impulsos
no surgen siempre de ningún placer contemporáneo o anticipado, ha sido, no
puedo sino pensar, una de las principales causas de la aceptación de la teoría
intuitiva de La moralidad y el rechazo de la teoría utilitarista o de la
"máxima felicidad". Con respecto a esta última teoría, el criterio y
el motivo de la conducta sin duda se han confundido a menudo, pero en realidad
están en cierta medida combinados.), escriben como si debiera haber un motivo
distinto para cada acción, y que este debiera estar asociado con algún placer o
displacer. Pero el hombre parece actuar a menudo impulsivamente, es decir, por
instinto o hábito arraigado, sin ninguna conciencia de placer, de la misma
manera que probablemente lo hace una abeja o una hormiga cuando sigue
ciegamente sus instintos. En circunstancias de extremo peligro, como durante un
incendio, cuando un hombre intenta salvar a su prójimo sin dudarlo un instante,
apenas puede sentir placer; y aún menos tiene tiempo para reflexionar sobre la
insatisfacción que podría experimentar posteriormente si no lo intentara. Si
después reflexionara sobre su propia conducta, sentiría que reside en él una
fuerza impulsiva muy diferente de la búsqueda del placer o la felicidad; y este
parece ser el instinto social profundamente arraigado.
En el caso de los animales
inferiores, parece mucho más apropiado hablar de sus instintos sociales, como
desarrollados para el bien común, más que para la felicidad general de la
especie. El término «bien común» puede definirse como la crianza del mayor número
posible de individuos en pleno vigor y salud, con todas sus facultades
perfeccionadas, en las condiciones a las que están sometidos. Dado que los
instintos sociales, tanto del hombre como de los animales inferiores, se han
desarrollado sin duda siguiendo pasos prácticamente iguales, sería aconsejable,
si fuera posible, utilizar la misma definición en ambos casos y tomar como
criterio de moralidad el bien común o el bienestar de la comunidad, más que la
felicidad general; pero esta definición quizá requiera alguna limitación por
razones de ética política.
Cuando un hombre arriesga su vida
para salvar la de un semejante, parece más correcto decir que actúa por el bien
común, más que por la felicidad general de la humanidad. Sin duda, el bienestar
y la felicidad individual suelen coincidir; y una tribu satisfecha y feliz
prosperará mejor que una descontenta e infeliz. Hemos visto que, incluso en las
primeras etapas de la historia de la humanidad, los deseos expresados por la
comunidad influyeron naturalmente en gran medida en la conducta de cada
miembro; y como todo deseo de felicidad, el principio de la mayor felicidad se
convirtió en una guía y un objetivo secundario de suma importancia; sin
embargo, el instinto social, junto con la compasión (que nos lleva a considerar
la aprobación y la desaprobación de los demás), sirvió como impulso y guía
principal. Así, se elimina el reproche de cimentar la parte más noble de
nuestra naturaleza en el principio básico del egoísmo; a menos que, en efecto,
la satisfacción que todo animal siente cuando sigue sus instintos y la
insatisfacción que siente cuando se le impide, se consideren egoístas.
Los deseos y opiniones de los
miembros de una misma comunidad, expresados primero oralmente, pero luego
también por escrito, constituyen la única guía de nuestra conducta o refuerzan
considerablemente los instintos sociales; sin embargo, dichas opiniones a veces
tienden directamente a contradecir estos instintos. Este último hecho queda
bien ejemplificado por la LEY DEL HONOR, es decir, la ley de la opinión de
nuestros iguales, y no de todos nuestros compatriotas. El incumplimiento de
esta ley, incluso cuando se sabe que es estrictamente conforme con la verdadera
moral, ha causado a muchos más sufrimiento que un delito real. Reconocemos la
misma influencia en la profunda vergüenza que la mayoría hemos sentido, incluso
después de años, al recordar alguna infracción accidental de una regla de
etiqueta insignificante, aunque fija. El juicio de la comunidad generalmente se
guiará por la experiencia rudimentaria de lo que es mejor a largo plazo para
todos los miembros; pero este juicio no rara vez se basará en la ignorancia y
la debilidad de su razonamiento. De ahí que las costumbres y supersticiones más
extrañas, en total oposición al verdadero bienestar y la felicidad de la
humanidad, se hayan vuelto omnipotentes en todo el mundo. Vemos esto en el
horror que siente un hindú que rompe su casta, y en muchos otros casos
similares. Sería difícil distinguir entre el remordimiento que siente un hindú
que ha cedido a la tentación de comer alimentos impuros y el que siente tras
cometer un robo; pero el primero probablemente sería el más severo.
Cómo se originaron tantas reglas de
conducta absurdas, así como tantas creencias religiosas absurdas, es algo que
desconocemos; ni cómo se han grabado tan profundamente en la mente humana en
todo el mundo; pero cabe destacar que una creencia inculcada constantemente
durante los primeros años de vida, mientras el cerebro es impresionable, parece
adquirir casi la naturaleza de un instinto; y la esencia misma de un instinto
es que se sigue con independencia de la razón. Tampoco podemos explicar por qué
ciertas virtudes admirables, como el amor a la verdad, son mucho más apreciadas
por algunas tribus salvajes que por otras (43. Buenos ejemplos los ofrece el
Sr. Wallace en «Scientific Opinion», 15 de septiembre de 1869; y con más
detalle en «Contributions to the Theory of Natural Selection», 1870, pág. 353);
ni, de nuevo, por qué prevalecen diferencias similares incluso entre naciones
altamente civilizadas. Sabiendo cuán firmemente se han arraigado muchas
costumbres y supersticiones extrañas, no debemos sorprendernos de que las
virtudes egoístas, apoyadas como están por la razón, nos parezcan ahora tan
naturales que podemos considerarlas innatas, aunque el hombre no las valorara
en su condición primitiva.
A pesar de las muchas fuentes de
duda, el hombre puede distinguir, en general y con facilidad, entre las normas
morales superiores e inferiores. Las superiores se basan en los instintos
sociales y se relacionan con el bienestar ajeno. Se sustentan en la aprobación
de nuestros semejantes y en la razón. Las normas inferiores, aunque algunas de
ellas, al implicar autosacrificio, difícilmente merecen ser llamadas
inferiores, se relacionan principalmente con el yo y surgen de la opinión
pública, madurada por la experiencia y el cultivo; pues no son practicadas por
tribus rudas.
A medida que el hombre avanza en la
civilización y pequeñas tribus se unen en comunidades más grandes, la razón más
simple indicaría que cada individuo debería extender sus instintos sociales y
simpatías a todos los miembros de la misma nación, aunque no los conozca
personalmente. Una vez alcanzado este punto, solo existe una barrera artificial
que impide que sus simpatías se extiendan a los hombres de todas las naciones y
razas. Si, en efecto, tales hombres están separados de él por grandes
diferencias en apariencia o hábitos, la experiencia, por desgracia, nos muestra
cuánto tiempo pasa antes de que los consideremos nuestros semejantes. La
simpatía más allá de los confines del hombre, es decir, la humanidad hacia los
animales inferiores, parece ser una de las últimas adquisiciones morales.
Aparentemente, los salvajes no la sienten, excepto hacia sus mascotas. Lo poco
que los antiguos romanos sabían de ella se demuestra en sus aborrecibles
exhibiciones de gladiadores. La idea misma de humanidad, hasta donde pude
observar, era nueva para la mayoría de los gauchos de las Pampas. Esta virtud,
una de las más nobles con las que está dotado el hombre, parece surgir
incidentalmente de nuestras simpatías, que se vuelven más tiernas y se difunden
más ampliamente, hasta extenderse a todos los seres sintientes. Tan pronto como
esta virtud es honrada y practicada por unos pocos hombres, se extiende
mediante la instrucción y el ejemplo a los jóvenes, y finalmente se incorpora a
la opinión pública.
La etapa más elevada de la cultura
moral es cuando reconocemos que debemos controlar nuestros pensamientos y no
recordar, ni siquiera en lo más profundo de nuestro ser, los pecados que
hicieron que el pasado fuera tan placentero para nosotros. (44. Tennyson,
Idilios del Rey, pág. 244). Todo lo que familiariza la mente con cualquier mala
acción, facilita considerablemente su ejecución. Como dijo Marco Aurelio hace
mucho tiempo: «Tales como sean tus pensamientos habituales, así será también el
carácter de tu mente; pues el alma se tiñe con los pensamientos». (45. «Los
Pensamientos del Emperador Marco Aurelio Antonino», traducción al inglés, 2.ª
edición, 1869, pág. 112. Marco Aurelio nació en el año 121 d. C.)
Nuestro gran filósofo, Herbert
Spencer, ha explicado recientemente sus opiniones sobre el sentido moral. Dice
(46. Carta al Sr. Mill en 'Mental and Moral Science' de Bain, 1868, pág. 722):
«Creo que las experiencias de utilidad organizadas y consolidadas a lo largo de
todas las generaciones pasadas de la raza humana han producido modificaciones
correspondientes que, mediante la transmisión y acumulación continuas, se han
convertido en nosotros en ciertas facultades de intuición moral: ciertas
emociones que responden a la conducta correcta e incorrecta, que no tienen base
aparente en las experiencias individuales de utilidad». No hay la menor
improbabilidad inherente, según me parece, en que las tendencias virtuosas se
hereden con mayor o menor fuerza; pues, por no mencionar las diversas
disposiciones y hábitos transmitidos por muchos de nuestros animales domésticos
a sus crías, he oído hablar de casos auténticos en los que el deseo de robar y
la tendencia a mentir parecían darse en familias de los estratos superiores; Y
como robar es un delito poco común en las clases pudientes, difícilmente
podemos explicar por coincidencia accidental la tendencia que se presenta en
dos o tres miembros de la misma familia. Si las malas tendencias se transmiten,
es probable que también se transmitan las buenas. Que el estado del cuerpo, al
afectar al cerebro, tiene gran influencia en las tendencias morales es algo que
saben la mayoría de quienes han sufrido trastornos crónicos de la digestión o
el hígado. El mismo hecho lo demuestra la «perversión o destrucción del sentido
moral, que a menudo es uno de los primeros síntomas del trastorno mental» (47.
Maudsley, «Cuerpo y Mente», 1870, pág. 60); y es notorio que la locura suele
ser hereditaria. Excepto a través del principio de la transmisión de las
tendencias morales, no podemos comprender las diferencias que se cree que
existen a este respecto entre las diversas razas de la humanidad.
Incluso la transmisión parcial de
tendencias virtuosas sería de gran ayuda para el impulso primario derivado
directa e indirectamente de los instintos sociales. Admitiendo por un momento
que las tendencias virtuosas se heredan, parece probable, al menos en casos
como la castidad, la templanza, la humanidad hacia los animales, etc., que se
impriman primero en la organización mental a través del hábito, la instrucción
y el ejemplo, continuados durante varias generaciones en la misma familia, y en
un grado bastante menor, o incluso nulo, por los individuos que poseen tales
virtudes, habiendo tenido el mejor éxito en la lucha por la vida. Mi principal
fuente de duda con respecto a dicha herencia es que las costumbres,
supersticiones y gustos insensatos, como el horror de un hindú a la comida
impura, deban transmitirse por el mismo principio. No he encontrado ninguna
evidencia que respalde la transmisión de costumbres supersticiosas o hábitos
insensatos, aunque en sí misma quizás no sea menos probable que el que los
animales adquieran gustos heredados por ciertos tipos de alimentos o el miedo a
ciertos enemigos.
Finalmente, los instintos sociales,
que sin duda fueron adquiridos por el hombre, al igual que por los animales
inferiores, para el bien de la comunidad, le habrán infundido desde el
principio un deseo de ayudar a sus semejantes, un sentimiento de compasión, y
le habrán obligado a considerar su aprobación y desaprobación. Tales impulsos
le habrán servido, en una época muy temprana, como una regla rudimentaria del
bien y del mal. Pero a medida que el hombre fue progresando en capacidad
intelectual y fue capaz de rastrear las consecuencias más remotas de sus
acciones; a medida que adquirió suficiente conocimiento para rechazar
costumbres y supersticiones nefastas; a medida que preocupó cada vez más no
solo por el bienestar, sino también por la felicidad de sus semejantes; a
medida que, por hábito, siguiendo la experiencia beneficiosa, la instrucción y
el ejemplo, sus simpatías se volvieron más tiernas y se extendieron a hombres
de todas las razas, a los imbéciles, mutilados y otros miembros inútiles de la
sociedad, y finalmente a los animales inferiores, así también el nivel de su
moralidad se elevaría cada vez más. Y los moralistas de la escuela derivativa y
algunos intuicionistas admiten que el nivel de moralidad ha aumentado desde un
período temprano en la historia de la humanidad. (48. Un escritor de la 'North
British Review' (julio de 1869, pág. 531), muy capaz de formarse un juicio
sólido, se expresa firmemente a favor de esta conclusión. El Sr. Lecky
('Historia de la Moral', vol. ip. 143) parece coincidir en cierta medida con
ella.)
Como a veces se puede observar una
lucha entre los diversos instintos de los animales inferiores, no es
sorprendente que exista una lucha en el hombre entre sus instintos sociales,
con sus virtudes derivadas, y sus impulsos o deseos inferiores, aunque momentáneamente
más fuertes. Esto, como ha señalado el Sr. Galton (49. Véase su notable obra
sobre 'Hereditary Genius', 1869, pág. 349. El Duque de Argyll ('Primeval Man',
1869, pág. 188) tiene algunas buenas observaciones sobre la lucha en la
naturaleza humana entre el bien y el mal.), es tanto menos sorprendente, ya que
el hombre ha emergido de un estado de barbarie en un período comparativamente
reciente. Después de haber cedido a alguna tentación, sentimos una sensación de
insatisfacción, vergüenza, arrepentimiento o remordimiento, análoga a los
sentimientos que causan otros instintos o deseos poderosos, cuando quedan
insatisfechos o frustrados. Comparamos la impresión debilitada de una tentación
pasada con los instintos sociales siempre presentes, o con los hábitos
adquiridos en la juventud y fortalecidos durante toda la vida, hasta llegar a
ser casi tan fuertes como los instintos. Si, ante la tentación aún presente, no
cedemos, es porque el instinto social o alguna costumbre predomina en ese
momento, o porque hemos aprendido que en el futuro nos parecerá más fuerte que
la impresión debilitada de la tentación, y nos damos cuenta de que violarla nos
causaría sufrimiento. Mirando hacia las generaciones futuras, no hay motivo
para temer que los instintos sociales se debiliten, y podemos esperar que los
hábitos virtuosos se fortalezcan, llegando quizás a heredarse. En este caso, la
lucha entre nuestros impulsos superiores e inferiores será menos severa, y la
virtud triunfará.
RESUMEN DE LOS DOS ÚLTIMOS CAPÍTULOS.
No cabe duda de que la diferencia
entre la mente del hombre más humilde y la del animal más elevado es inmensa.
Un simio antropomorfo, si pudiera considerar su propio caso desapasionadamente,
admitiría que, si bien podría idear un ingenioso plan para saquear un jardín,
si bien podría usar piedras para pelear o para romper nueces, la idea de
convertir una piedra en una herramienta estaba completamente fuera de su
alcance. Menos aún, como admitiría, podría seguir un razonamiento metafísico,
resolver un problema matemático, reflexionar sobre Dios o admirar un magnífico
paisaje natural. Algunos simios, sin embargo, probablemente declararían que
podían admirar, y de hecho admiraban, la belleza de la piel y el pelaje
coloreados de sus parejas. Admitirían que, si bien podían hacer que otros
simios comprendieran mediante gritos algunas de sus percepciones y necesidades
más simples, la noción de expresar ideas definidas mediante sonidos definidos
nunca se les había pasado por la cabeza. Podrían insistir en que estaban
dispuestos a ayudar a sus compañeros simios de la misma tropa de muchas
maneras, a arriesgar sus vidas por ellos y a hacerse cargo de sus huérfanos;
pero se verían obligados a reconocer que el amor desinteresado hacia todas las
criaturas vivientes, el atributo más noble del hombre, estaba más allá de su
comprensión.
Sin embargo, la diferencia mental
entre el hombre y los animales superiores, por grande que sea, es ciertamente
de grado y no de tipo. Hemos visto que los sentidos e intuiciones, las diversas
emociones y facultades, como el amor, la memoria, la atención, la curiosidad,
la imitación, la razón, etc., de las que se jacta el hombre, pueden encontrarse
en un estado incipiente, o incluso a veces en un estado bien desarrollado, en
los animales inferiores. También son capaces de cierta mejora hereditaria, como
vemos en el perro doméstico comparado con el lobo o el chacal. Si pudiera
probarse que ciertas facultades mentales elevadas, como la formación de
conceptos generales, la autoconciencia, etc., fueran absolutamente peculiares
del hombre, lo cual parece extremadamente dudoso, no es improbable que estas
cualidades sean simplemente el resultado incidental de otras facultades
intelectuales muy avanzadas; y estas, a su vez, principalmente el resultado del
uso continuo de un lenguaje perfecto. ¿A qué edad posee el recién nacido la
capacidad de abstracción, o se vuelve autoconsciente y reflexiona sobre su
propia existencia? No podemos responder; Tampoco podemos responder respecto a
la escala orgánica ascendente. El lenguaje, mitad arte, mitad instinto, aún
lleva el sello de su evolución gradual. La creencia ennoblecedora en Dios no es
universal en el hombre; y la creencia en agentes espirituales se deriva
naturalmente de otras facultades mentales. El sentido moral quizás ofrezca la
mejor y más alta distinción entre el hombre y los animales inferiores; pero no
necesito decir nada al respecto, ya que recientemente me he esforzado por
demostrar que los instintos sociales —el principio fundamental de la
constitución moral del hombre (50. «Los pensamientos de Marco Aurelio», etc.,
pág. 139)—, con la ayuda de las facultades intelectuales activas y los efectos
del hábito, conducen naturalmente a la regla de oro: «Como queráis que los
hombres os traten, haced vosotros con ellos de igual modo», y esto yace en la
base de la moralidad.
En el próximo capítulo haré algunas
observaciones sobre los probables pasos y medios por los cuales las diversas
facultades mentales y morales del hombre han evolucionado gradualmente. Que tal
evolución sea al menos posible no debe negarse, pues vemos a diario el
desarrollo de estas facultades en cada niño; y podemos trazar una gradación
perfecta desde la mente de un completo idiota, inferior a la de un animal de
bajo nivel, hasta la mente de un Newton.
CAPÍTULO V.
DEL DESARROLLO DE LAS FACULTADES INTELECTUALES Y MORALES EN LOS TIEMPOS
PRIMIGIOS Y CIVILIZADOS.
Avance de las facultades
intelectuales mediante la selección natural—Importancia de la
imitación—Facultades sociales y morales—Su desarrollo dentro de los límites de
la misma tribu—La selección natural y su efecto sobre las naciones
civilizadas—Evidencia de que las naciones civilizadas alguna vez fueron
bárbaras.
Los temas que se tratarán en este
capítulo son de sumo interés, pero los he tratado de forma imperfecta y
fragmentaria. El Sr. Wallace, en un admirable artículo ya mencionado (1.
Anthropological Review, mayo de 1864, pág. clviii), argumenta que el hombre,
tras haber adquirido parcialmente las facultades intelectuales y morales que lo
distinguen de los animales inferiores, habría sido poco susceptible a
modificaciones corporales por selección natural o por cualquier otro medio.
Pues sus facultades mentales le permiten al hombre «mantener un cuerpo
inalterado en armonía con el universo cambiante». Tiene un gran poder para
adaptar sus hábitos a las nuevas condiciones de vida. Inventa armas,
herramientas y diversas estratagemas para procurarse alimento y defenderse.
Cuando migra a un clima más frío, usa ropa, construye cobertizos y enciende
fogatas; y con la ayuda del fuego cocina alimentos que de otro modo serían
indigeribles. Ayuda a sus semejantes de muchas maneras y anticipa los
acontecimientos futuros. Incluso en una época remota practicaba cierta división
del trabajo.
Los animales inferiores, por otro
lado, deben modificar su estructura corporal para sobrevivir en condiciones muy
diferentes. Deben fortalecerse o adquirir dientes o garras más eficaces para
defenderse de nuevos enemigos; o bien, reducir su tamaño para evitar ser
detectados y el peligro. Cuando migran a un clima más frío, deben cubrirse con
un pelaje más denso o modificar su constitución. Si no se modifican así,
dejarán de existir.
El caso, sin embargo, es muy
diferente, como ha insistido con razón el Sr. Wallace, en relación con las
facultades intelectuales y morales del hombre. Estas facultades son variables;
y tenemos todas las razones para creer que las variaciones tienden a ser
hereditarias. Por lo tanto, si anteriormente fueron de gran importancia para el
hombre primitivo y sus progenitores simiescos, se habrían perfeccionado o
desarrollado mediante la selección natural. De la gran importancia de las
facultades intelectuales no cabe duda, pues el hombre debe principalmente a
ellas su posición predominante en el mundo. Podemos ver que, en el estado más
rudimentario de la sociedad, los individuos más sagaces, los que inventaron y
utilizaron las mejores armas o trampas, y los que mejor se defendían, criarían
el mayor número de descendientes. Las tribus, que incluían el mayor número de
hombres así dotados, aumentarían en número y suplantarían a otras tribus. La
cantidad de personas depende principalmente de los medios de subsistencia, y
esto depende en parte de la naturaleza del país, pero en un grado mucho mayor
de las artes que allí se practican. A medida que una tribu crece y triunfa, a
menudo crece aún más mediante la absorción de otras tribus. (2. Después de un
tiempo, los miembros o tribus que son absorbidas por otra tribu asumen, como
señala Sir Henry Maine ('Ancient Law', 1861, pág. 131), que son codescendientes
de los mismos antepasados). La estatura y la fuerza de los hombres de una tribu
también son importantes para su éxito, y estas dependen en parte de la
naturaleza y la cantidad de alimentos que se puedan obtener. En Europa, los
hombres del Período de Bronce fueron suplantados por una raza más poderosa y, a
juzgar por las empuñaduras de sus espadas, con manos más grandes (3. Morlot,
'Soc. Vaud. Sc. Nat.', 1860, pág. 294). Pero su éxito probablemente se debió
aún más a su superioridad en las artes.
Todo lo que sabemos sobre los
salvajes, o lo que podemos inferir de sus tradiciones y de antiguos monumentos,
cuya historia ha sido completamente olvidada por los habitantes actuales,
demuestra que, desde tiempos remotos, tribus prósperas han suplantado a otras
tribus. Se han descubierto reliquias de tribus extintas u olvidadas en todas
las regiones civilizadas de la Tierra, en las agrestes llanuras de América y en
las islas aisladas del Océano Pacífico. Hoy en día, las naciones civilizadas
están suplantando a las naciones bárbaras en todas partes, excepto donde el
clima se opone a una barrera mortal; y lo logran principalmente, aunque no
exclusivamente, gracias a sus artes, que son producto del intelecto. Por lo
tanto, es muy probable que en la humanidad las facultades intelectuales se
hayan perfeccionado principal y gradualmente mediante la selección natural; y
esta conclusión es suficiente para nuestro propósito. Sin duda, sería
interesante rastrear el desarrollo de cada facultad por separado desde el estado
en que se encuentra en los animales inferiores hasta el que se encuentra en el
hombre; pero ni mi capacidad ni mis conocimientos me permiten intentarlo.
Cabe destacar que, tan pronto como
los progenitores del hombre se volvieron sociales (y esto probablemente ocurrió
en un período muy temprano), el principio de imitación, razón y experiencia
habrían aumentado, modificando considerablemente las facultades intelectuales
de una manera de la que solo vemos rastros en los animales inferiores. Los
simios son muy dados a la imitación, al igual que los salvajes más abyectos; y
el simple hecho mencionado anteriormente, de que después de un tiempo ningún
animal puede ser atrapado en el mismo lugar con el mismo tipo de trampa,
demuestra que los animales aprenden por experiencia e imitan la cautela de
otros. Ahora bien, si un hombre de una tribu, más sagaz que los demás,
inventara una nueva trampa, arma u otro medio de ataque o defensa, el más
evidente interés propio, sin la ayuda de mucha capacidad de razonamiento,
impulsaría a los demás miembros a imitarlo; y todos se beneficiarían así. La
práctica habitual de cada nuevo arte debe, asimismo, fortalecer ligeramente el
intelecto. Si el nuevo invento fuera importante, la tribu aumentaría en número,
se expandiría y suplantaría a otras tribus. En una tribu así multiplicada,
siempre habría una mayor probabilidad de que nacieran otros miembros superiores
e ingeniosos. Si estos hombres dejaran hijos que heredaran su superioridad
mental, la probabilidad de que nacieran miembros aún más ingeniosos sería algo
mayor, y en una tribu muy pequeña, mucho mayor. Incluso si no dejaran hijos, la
tribu seguiría incluyendo a sus parientes consanguíneos; y los agricultores han
comprobado (4. He dado ejemplos en mi obra Variation of Animals under
Domestication, vol. ii, pág. 196) que al preservar y criar animales de la
familia de un animal que, al ser sacrificado, se consideraba valioso, se ha
obtenido la característica deseada.
Volviendo ahora a las facultades
sociales y morales. Para que los hombres primitivos, o sus progenitores
simiescos, se volvieran sociables, debieron adquirir los mismos sentimientos
instintivos que impulsan a otros animales a vivir en comunidad; y sin duda
exhibieron la misma disposición general. Se habrían sentido incómodos al
separarse de sus compañeros, por quienes habrían sentido cierto cariño; se
habrían advertido mutuamente del peligro y se habrían ayudado mutuamente en
ataque o defensa. Todo esto implica cierto grado de simpatía, fidelidad y
valentía. Estas cualidades sociales, cuya importancia primordial para los
animales inferiores nadie discute, fueron sin duda adquiridas por los
progenitores del hombre de manera similar, es decir, mediante la selección
natural, con la ayuda de la costumbre heredada. Cuando dos tribus de hombres
primitivos, que vivían en el mismo país, entraban en competencia, si (en
igualdad de circunstancias) una de ellas contaba con un gran número de miembros
valientes, compasivos y fieles, siempre dispuestos a advertirse mutuamente del
peligro, a ayudarse y defenderse mutuamente, esta tribu tendría más éxito y
vencería a la otra. Recordemos la importancia crucial que deben tener la
fidelidad y el coraje en las incesantes guerras de los salvajes. La ventaja que
tienen los soldados disciplinados sobre las hordas indisciplinadas se deriva
principalmente de la confianza que cada hombre siente en sus camaradas. La
obediencia, como bien ha demostrado el Sr. Bagehot (5. Véase una notable serie
de artículos sobre «Física y Política» en la «Fortnightly Review», noviembre de
1867; 1 de abril de 1868; 1 de julio de 1869, posteriormente publicados por
separado), es de suma importancia, pues cualquier forma de gobierno es mejor
que ninguna. Las personas egoístas y contenciosas no se cohesionan, y sin
coherencia nada puede lograrse. Una tribu rica en las cualidades mencionadas se
extendería y triunfaría sobre otras; pero con el tiempo, a juzgar por la
historia pasada, sería superada por otra tribu aún mejor dotada. Así, las
cualidades sociales y morales tenderían a progresar lentamente y a difundirse
por todo el mundo.
Pero cabe preguntarse cómo, dentro de
los límites de la misma tribu, un gran número de miembros se dotó inicialmente
de estas cualidades sociales y morales, y cómo se elevó el estándar de
excelencia. Es extremadamente dudoso que los hijos de los padres más compasivos
y benévolos, o de aquellos que fueron más fieles a sus camaradas, fueran
criados en mayor número que los hijos de padres egoístas y traidores
pertenecientes a la misma tribu. Quien estuviera dispuesto a sacrificar su
vida, como muchos salvajes, antes que traicionar a sus camaradas, a menudo no
dejaría descendencia que heredara su noble naturaleza. Los hombres más
valientes, que siempre estaban dispuestos a ir al frente en la guerra y que
arriesgaban libremente sus vidas por los demás, perecerían, en promedio, en
mayor número que otros hombres. Por lo tanto, parece poco probable que el
número de hombres dotados de tales virtudes, o que el estándar de su
excelencia, pudiera aumentarse mediante la selección natural, es decir,
mediante la supervivencia de los más aptos. Porque no estamos hablando aquí de
una tribu victoriosa sobre otra.
Aunque las circunstancias que
llevaron al aumento del número de personas así dotadas dentro de la misma tribu
son demasiado complejas para seguirlas con claridad, podemos rastrear algunos
de los pasos probables. En primer lugar, a medida que la capacidad de
razonamiento y la previsión de los miembros mejoraron, cada uno pronto
aprendería que si ayudaba a sus semejantes, recibiría ayuda a cambio. A partir
de este bajo motivo, podría adquirir el hábito de ayudar a sus semejantes; y el
hábito de realizar acciones benévolas ciertamente fortalece el sentimiento de
compasión que impulsa a las acciones benévolas. Además, los hábitos mantenidos
durante muchas generaciones probablemente tienden a heredarse.
Pero otro estímulo mucho más poderoso
para el desarrollo de las virtudes sociales lo proporcionan los elogios y las
críticas de nuestros semejantes. Como ya hemos visto, el instinto de compasión
se debe principalmente a que habitualmente elogiamos y criticamos a los demás,
mientras que amamos los primeros y tememos los segundos cuando se aplican a
nosotros mismos; y este instinto, sin duda, se adquirió originalmente, como
todos los demás instintos sociales, mediante la selección natural. No podemos
decir, por supuesto, a qué edad los progenitores del hombre, en el curso de su
desarrollo, se volvieron capaces de sentir y ser impulsados por los elogios o
las críticas de sus semejantes. Pero parece que incluso los perros aprecian el
estímulo, los elogios y las críticas. Los salvajes más rudos sienten el
sentimiento de gloria, como lo demuestran claramente al conservar los trofeos
de su destreza, por su hábito de jactarse excesivamente e incluso por el
extremo cuidado que ponen en su apariencia y adornos personales; pues si no
tuvieran en cuenta la opinión de sus compañeros, tales hábitos carecerían de
sentido.
Ciertamente sienten vergüenza por
infringir algunas de sus reglas menores, y aparentemente remordimiento, como lo
demuestra el caso del australiano que adelgazó y no pudo contenerse tras haber
demorado el asesinato de otra mujer para apaciguar el alma de su difunta
esposa. Aunque no he encontrado ningún otro caso registrado, resulta difícil
creer que un salvaje que sacrificaría su vida antes que traicionar a su tribu,
o que se entregaría como prisionero antes que quebrantar su palabra (6. El Sr.
Wallace cita ejemplos en sus «Contribuciones a la teoría de la selección
natural», 1870, pág. 354), no sintiera remordimiento en lo más profundo de su
alma si hubiera incumplido un deber que consideraba sagrado.
Por lo tanto, podemos concluir que el
hombre primitivo, en una época muy remota, se vio influenciado por el elogio y
la crítica de sus semejantes. Es obvio que los miembros de una misma tribu
aprobaban la conducta que consideraban beneficiosa para todos y reprobaban la
que parecía malvada. Hacer el bien a los demás —tratar a los demás como
quisieras que te hicieran a ti— es la piedra angular de la moralidad. Por lo
tanto, es difícil exagerar la importancia, en tiempos difíciles, del amor a la
alabanza y el temor a la crítica. Un hombre que no se sintiera impulsado por un
sentimiento profundo e instintivo a sacrificar su vida por el bien ajeno, pero
que sí lo inspiraba un sentimiento de gloria, con su ejemplo despertaría el
mismo deseo de gloria en otros y fortalecería, mediante el ejercicio, el noble
sentimiento de admiración. De este modo, podría hacer mucho más bien a su tribu
que engendrando descendencia con tendencia a heredar su propio carácter noble.
Con mayor experiencia y razón, el
hombre percibe las consecuencias más remotas de sus acciones, y las virtudes
egoístas, como la templanza, la castidad, etc., que en sus inicios, como ya
hemos visto, eran completamente ignoradas, llegan a ser altamente estimadas o
incluso sagradas. No es necesario, sin embargo, repetir lo que dije sobre este
tema en el capítulo cuarto. En última instancia, nuestro sentido moral o
conciencia se convierte en un sentimiento sumamente complejo, originado en los
instintos sociales, guiado en gran medida por la aprobación de nuestros
semejantes, regido por la razón, el interés propio y, posteriormente, por
profundos sentimientos religiosos, y confirmado por la instrucción y la
costumbre.
No debe olvidarse que, si bien un
alto nivel de moralidad otorga poca o ninguna ventaja a cada individuo y a sus
hijos sobre los demás hombres de la misma tribu, un aumento en el número de
hombres bien dotados y un avance en el nivel de moralidad sin duda otorgarán
una inmensa ventaja a una tribu sobre otra. Una tribu con muchos miembros que,
por poseer un alto grado de patriotismo, fidelidad, obediencia, coraje y
compasión, siempre estuvieran dispuestos a ayudarse mutuamente y a sacrificarse
por el bien común, triunfaría sobre la mayoría de las demás tribus; y esto
sería selección natural. En todo el mundo, las tribus han suplantado a otras
tribus; y como la moralidad es un elemento importante de su éxito, el nivel de
moralidad y el número de hombres bien dotados tenderán a elevarse y aumentar en
todas partes.
Sin embargo, es muy difícil juzgar
por qué una tribu en particular, y no otra, ha tenido éxito y ha ascendido en
la escala de la civilización. Muchos salvajes se encuentran en las mismas
condiciones que cuando fueron descubiertos hace varios siglos. Como señaló el
Sr. Bagehot, tendemos a considerar el progreso como algo normal en la sociedad
humana; pero la historia lo refuta. Los antiguos ni siquiera consideraron la
idea, ni tampoco las naciones orientales en la actualidad. Según otra
autoridad, Sir Henry Maine (7. «Ancient Law», 1861, pág. 22. Para las
observaciones del Sr. Bagehot, «Fortnightly Review», 1 de abril de 1868, pág.
452), «la mayor parte de la humanidad nunca ha mostrado el menor deseo de que
sus instituciones civiles mejoren». El progreso parece depender de muchas
condiciones favorables concurrentes, demasiado complejas para ser analizadas a
fondo. Pero se ha señalado a menudo que un clima fresco, que propicia la
industria y las diversas artes, ha sido muy favorable para ello. Los esquimales,
presionados por la necesidad, han logrado muchos inventos ingeniosos, pero su
clima ha sido demasiado severo para un progreso continuo. Las costumbres
nómadas, ya sea en extensas llanuras, a través de los densos bosques tropicales
o a lo largo de las costas, han sido en todos los casos sumamente
perjudiciales. Al observar a los bárbaros habitantes de Tierra del Fuego, me di
cuenta de que la posesión de alguna propiedad, una residencia fija y la unión
de muchas familias bajo un jefe eran requisitos indispensables para la
civilización. Tales costumbres casi requieren el cultivo de la tierra; y los
primeros pasos en el cultivo probablemente resultarían, como he demostrado en
otra parte (8. «La variación de animales y plantas bajo domesticación», vol.
ip. 309), de algún accidente como que las semillas de un árbol frutal cayeran
en un montón de desechos y produjeran una variedad excepcionalmente fina. Sin
embargo, el problema del primer avance de los salvajes hacia la civilización es
actualmente demasiado difícil de resolver.
LA SELECCIÓN NATURAL AFECTA A LAS
NACIONES CIVILIZADAS.
Hasta ahora solo he considerado la
evolución del hombre desde una condición semihumana hasta la del salvaje
moderno. Sin embargo, conviene añadir algunas observaciones sobre la acción de
la selección natural en las naciones civilizadas. Este tema ha sido discutido
hábilmente por el Sr. WR Greg (9. 'Fraser's Magazine', septiembre de 1868, pág.
353. Este artículo parece haber impactado a muchas personas y ha dado lugar a
dos ensayos notables y una réplica en el 'Spectator', 3 y 17 de octubre de
1868. También ha sido discutido en el 'Quarterly Journal of Science', 1869,
pág. 152, y por el Sr. Lawson Tait en el 'Dublin Quarterly Journal of Medical
Science', febrero de 1869, y por el Sr. E. Ray Lankester en su 'Comparative
Longevity', 1870, pág. 128. Opiniones similares aparecieron previamente en el
'Australasian', 13 de julio de 1867. He tomado prestadas ideas de varios de
estos escritores), y anteriormente por el Sr. Wallace y el Sr. Galton. (10.
Para el Sr. Wallace, véase 'Anthropological Review', ya citada. Sr. Galton en
'Macmillan's Magazine', agosto de 1865, pág. 318; también su gran obra,
'Hereditary Genius', 1870). La mayoría de mis observaciones provienen de estos
tres autores. Entre los salvajes, los débiles de cuerpo o mente son rápidamente
eliminados; y los que sobreviven suelen exhibir un estado de salud vigoroso.
Nosotros, los hombres civilizados, en cambio, nos esforzamos al máximo por
frenar el proceso de eliminación; construimos asilos para los imbéciles, los
mutilados y los enfermos; instauramos leyes para los pobres; y nuestros médicos
se esfuerzan al máximo para salvar la vida de todos hasta el último momento.
Hay razones para creer que la vacunación ha preservado a miles de personas que,
por una constitución débil, antes habrían sucumbido a la viruela. Así, los
miembros débiles de las sociedades civilizadas se propagan. Nadie que haya
estudiado la cría de animales domésticos dudará de que esto es sumamente
perjudicial para la raza humana. Es sorprendente la rapidez con la que la falta
de cuidado, o un cuidado mal dirigido, conduce a la degeneración de una raza
doméstica; pero, salvo en el caso del propio hombre, casi nadie es tan
ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan.
La ayuda que nos sentimos impulsados
a brindar a los desvalidos es principalmente un resultado incidental del
instinto de compasión, adquirido originalmente como parte de los instintos
sociales, pero que posteriormente, como se indicó anteriormente, se volvió más
tierno y se difundió más ampliamente. Ni siquiera podríamos contener nuestra
compasión, ni siquiera a instancias de la razón, sin deteriorar la parte más
noble de nuestra naturaleza. El cirujano puede endurecerse al operar, pues sabe
que actúa por el bien de su paciente; pero si descuidáramos intencionalmente a
los débiles e indefensos, solo podría ser por un beneficio contingente, con un
daño presente abrumador. Por lo tanto, debemos soportar los indudablemente
malos efectos de que los débiles sobrevivan y se propaguen; pero parece haber
al menos un freno a la acción constante: los miembros más débiles e inferiores
de la sociedad no se casan con tanta libertad como los sanos; y este freno
podría verse indefinidamente incrementado si los débiles de cuerpo o mente se
abstuvieran de casarse, aunque esto es más deseable de lo esperado.
En todo país con un gran ejército
permanente, los jóvenes más destacados son reclutados o alistados. Así, se
exponen a una muerte prematura durante la guerra, a menudo se ven tentados a
caer en el vicio y se les impide casarse en la flor de la vida. Por otro lado,
los hombres de baja estatura y más débiles, con una constitución frágil, se
quedan en casa y, en consecuencia, tienen muchas más posibilidades de casarse y
reproducirse. (11. El profesor H. Fick («Einfluss der Naturwissenschaft auf das
Recht», junio de 1872) ofrece algunas observaciones acertadas sobre este y
otros puntos similares).
El hombre acumula propiedades y las
lega a sus hijos, de modo que los hijos de los ricos tienen ventaja sobre los
pobres en la carrera por el éxito, independientemente de su superioridad física
o mental. Por otro lado, los hijos de padres efímeros, y por lo tanto, en
promedio, deficientes en salud y vigor, heredan sus propiedades antes que otros
hijos, y es probable que se casen antes y dejen una mayor cantidad de
descendientes que hereden sus constitución inferior. Pero la herencia de
propiedades en sí misma está muy lejos de ser un mal; pues sin la acumulación
de capital, las artes no podrían progresar; y es principalmente gracias a su
poder que las razas civilizadas se han extendido, y ahora están extendiendo su
alcance por todas partes, hasta ocupar el lugar de las razas inferiores. La
acumulación moderada de riqueza tampoco interfiere en el proceso de selección.
Cuando un hombre pobre se vuelve moderadamente rico, sus hijos se dedican a
oficios o profesiones en los que hay suficiente esfuerzo, de modo que los
capaces física y mentalmente tienen más éxito. La presencia de un grupo de
hombres bien instruidos, que no tienen que trabajar para ganarse el pan de cada
día, es de una importancia inestimable; ya que todo trabajo intelectual elevado
es realizado por ellos, y de dicho trabajo depende principalmente el progreso
material de todo tipo, por no mencionar otras ventajas superiores. Sin duda, la
riqueza, cuando es muy abundante, tiende a convertir a los hombres en inútiles,
pero su número nunca es grande; y en este caso se produce cierto grado de
eliminación, pues a diario vemos a hombres ricos, que resultan ser necios o
despilfarradores, malgastando su riqueza.
La primogenitura con mayorazgos es un
mal más directo, aunque antiguamente pudo haber sido una gran ventaja al crear
una clase dominante, y cualquier gobierno es mejor que ninguno. La mayoría de
los hijos mayores, aunque sean débiles física o mentalmente, se casan, mientras
que los hijos menores, por superiores que sean en estos aspectos, no suelen
hacerlo. Tampoco los hijos mayores indignos con mayorazgos pueden malgastar su
riqueza. Pero aquí, como en otras partes, las relaciones de la vida civilizada
son tan complejas que intervienen algunos frenos compensatorios. Los hombres
ricos por primogenitura pueden seleccionar, generación tras generación, a las
mujeres más hermosas y encantadoras; y estas deben ser, por lo general,
saludables de cuerpo y de mente activa. Las malas consecuencias, cualesquiera
que sean, de la preservación continua de la misma línea de descendencia, sin
selección alguna, son frenada por hombres de rango que siempre desean aumentar
su riqueza y poder; y esto lo logran casándose con herederas. Pero las hijas de
padres que han tenido un solo hijo, son ellas mismas, como ha demostrado el Sr.
Galton (12. 'Hereditary Genius', 1870, pp. 132-140), propensas a ser estériles;
y así las familias nobles son continuamente cortadas en la línea directa, y su
riqueza fluye hacia algún canal lateral; pero desafortunadamente este canal no
está determinado por superioridad de ningún tipo.
Aunque la civilización frena así de
muchas maneras la acción de la selección natural, aparentemente favorece un
mejor desarrollo corporal mediante una buena alimentación y la ausencia de
dificultades ocasionales. Esto se puede inferir del hecho de que los hombres
civilizados, en todas partes, han demostrado ser físicamente más fuertes que
los salvajes. (13. Quatrefages, 'Revue des Cours Scientifiques', 1867-68, pág.
659). Parecen también tener la misma capacidad de resistencia, como se ha
demostrado en numerosas expediciones aventureras. Incluso el gran lujo de los
ricos puede ser poco perjudicial; pues la esperanza de vida de nuestra
aristocracia, a todas las edades y de ambos sexos, es muy similar a la de las
vidas saludables de las clases bajas inglesas. (14. Véanse las columnas quinta
y sexta, compiladas por fuentes confiables, en la tabla que aparece en
'Comparative Longevity', del Sr. E.R. Lankester, 1870, pág. 115).
Ahora examinaremos las facultades
intelectuales. Si en cada grado de la sociedad los miembros se dividieran en
dos cuerpos iguales, uno que incluyera a los intelectualmente superiores y el
otro a los inferiores, cabe duda de que los primeros tendrían más éxito en
todas las ocupaciones y criarían a un mayor número de hijos. Incluso en los
estratos más bajos de la vida, la habilidad y la destreza deben ser una
ventaja; aunque en muchas ocupaciones, debido a la gran división del trabajo,
una muy pequeña. Por lo tanto, en las naciones civilizadas habrá cierta
tendencia a un aumento tanto en el número como en el nivel de las personas
intelectualmente capaces. Pero no pretendo afirmar que esta tendencia no pueda
ser más que contrarrestada de otras maneras, como por la multiplicación de los
imprudentes e imprudentes; pero incluso para ellos, la habilidad debe ser una
ventaja.
A menudo se ha objetado a opiniones
como la anterior, que los hombres más eminentes de la historia no han dejado
descendencia que herede su gran intelecto. El Sr. Galton afirma: «Lamento no
poder resolver la sencilla cuestión de si, y en qué medida, los hombres y
mujeres que son prodigios de genio son infértiles. Sin embargo, he demostrado
que los hombres eminentes no lo son en absoluto». (15. «Genio hereditario»,
1870, pág. 330). Los grandes legisladores, los fundadores de religiones
benéficas, los grandes filósofos y los descubridores de la ciencia contribuyen
al progreso de la humanidad en un grado mucho mayor con sus obras que dejando
una progenie numerosa. En el caso de las estructuras corpóreas, es la selección
de los individuos ligeramente mejor dotados y la eliminación de los ligeramente
menos dotados, y no la preservación de anomalías muy marcadas y raras, lo que
conduce al avance de una especie. (16. 'Origen de las especies' (quinta
edición, 1869), pág. 104.) Lo mismo ocurrirá con las facultades intelectuales,
ya que los hombres algo más capaces en cada grado de la sociedad tienen más
éxito que los menos capaces y, en consecuencia, aumentan en número, si no se
les impide de otra manera. Cuando en cualquier nación el nivel de intelecto y
el número de hombres intelectuales han aumentado, podemos esperar, de la ley de
la desviación de un promedio, que los prodigios de genio aparecerán, como lo
demostró el Sr. Galton, con algo más de frecuencia que antes.
En cuanto a las cualidades morales,
incluso en las naciones más civilizadas, siempre se está eliminando alguna de
las peores disposiciones. Los malhechores son ejecutados o encarcelados durante
largos periodos, para que no puedan transmitir libremente sus malas cualidades.
Las personas melancólicas y dementes son confinadas o se suicidan. Los hombres
violentos y pendencieros a menudo tienen un final sangriento. Los inquietos que
no buscan una ocupación estable —y esta reliquia de la barbarie es un gran obstáculo
para la civilización (17. «Hereditary Genius», 1870, pág. 347)— emigran a
países de reciente colonización, donde resultan ser pioneros útiles. La
intemperancia es tan destructiva que la esperanza de vida de los intemperantes,
por ejemplo, a los treinta años, es de tan solo 13,8 años; mientras que para
los trabajadores rurales de Inglaterra a la misma edad es de 40,59 años. (18.
E. Ray Lankester, 'Comparative Longevity', 1870, pág. 115. La tabla de los
intemperantes proviene de 'Vital Statistics' de Neison. Con respecto al
despilfarro, véase Dr. Farr, 'Influence of Marriage on Mortality', 'Nat. Assoc.
for the Promotion of Social Science', 1858.) Las mujeres despilfarradoras
tienen pocos hijos, y los hombres despilfarradores rara vez se casan; ambos padecen
enfermedades. En la cría de animales domésticos, la eliminación de aquellos
individuos, aunque pocos en número, que son notablemente inferiores, no es en
absoluto un elemento sin importancia para el éxito. Esto se aplica
especialmente a los caracteres perjudiciales que tienden a reaparecer por
reversión, como la negrura en las ovejas; y en la humanidad, algunas de las
peores disposiciones, que ocasionalmente, sin causa aparente, hacen su
aparición en las familias, tal vez sean reversiones a un estado salvaje, del
que no nos hemos alejado por muchas generaciones. Esta visión parece de hecho
reconocida en la expresión común de que estos hombres son la oveja negra de la
familia.
En las naciones civilizadas, en lo
que respecta a un nivel elevado de moralidad y a un mayor número de personas
relativamente buenas, la selección natural parece tener poco efecto, aunque los
instintos sociales fundamentales se adquirieron originalmente de esta manera.
Pero ya he dicho bastante, al tratar de las razas inferiores, sobre las causas
que conducen al avance de la moralidad, a saber: la aprobación de nuestros
semejantes, el fortalecimiento de nuestras simpatías por la costumbre, el
ejemplo y la imitación, la razón, la experiencia e incluso el interés propio,
la instrucción durante la juventud y los sentimientos religiosos.
Un obstáculo muy importante en los
países civilizados para el aumento del número de hombres de una clase superior
ha sido fuertemente insistido por el Sr. Greg y el Sr. Galton (19. 'Fraser's
Magazine', septiembre de 1868, pág. 353. 'Macmillan's Magazine', agosto de
1865, pág. 318. El reverendo F. W. Farrar ('Fraser's Magazine', agosto de 1870,
pág. 264) tiene una opinión diferente), a saber, el hecho de que los muy pobres
e imprudentes, que a menudo son degradados por el vicio, casi invariablemente
se casan jóvenes, mientras que los cuidadosos y frugales, que generalmente son
virtuosos en otros aspectos, se casan tarde en la vida, para poder mantenerse a
sí mismos y a sus hijos con comodidad. Quienes se casan jóvenes producen en un
período determinado no solo un mayor número de generaciones, sino que, como lo
demuestra el Dr. Duncan (20. 'Sobre las leyes de la fertilidad de las mujeres',
en 'Transacciones de la Royal Society', Edimburgo, vol. xxiv, pág. 287; ahora
publicado por separado bajo el título 'Fecundidad, fertilidad y esterilidad',
1871. Véase también 'Genio hereditario', págs. 352-357, del Sr. Galton, para
observaciones al respecto), tienen muchos más hijos. Además, los niños que
nacen de madres en la flor de la vida son más pesados y grandes, y por lo
tanto probablemente más vigorosos, que los nacidos en otros períodos. Así, los
miembros imprudentes, degradados y a menudo viciosos de la sociedad tienden a
aumentar a un ritmo más rápido que los miembros previsores y generalmente
virtuosos. O como lo expresa el Sr. Greg: «El irlandés descuidado, miserable y
sin aspiraciones se multiplica como conejos; el escocés frugal, previsor,
respetuoso y ambicioso, severo en su moralidad, espiritual en su fe, sagaz y
disciplinado en su inteligencia, pasa sus mejores años luchando y en celibato,
se casa tarde y deja pocos descendientes. Dada una tierra originalmente poblada
por mil sajones y mil celtas, y en una docena de generaciones, cinco sextos de
la población serían celtas, pero cinco sextos de la propiedad, del poder, del
intelecto, pertenecerían a la sexta parte de los sajones que quedaran. En la
eterna 'lucha por la existencia', sería la raza inferior y MENOS favorecida la
que prevaleciera, y prevaleció no en virtud de sus buenas cualidades, sino de
sus defectos».
Sin embargo, existen algunos frenos a
esta tendencia descendente. Hemos visto que los intemperantes sufren una alta
tasa de mortalidad, y los extremadamente despilfarradores dejan pocos hijos.
Las clases más pobres se agolpan en las ciudades, y el Dr. Stark ha demostrado
a partir de las estadísticas de diez años en Escocia (21. 'Décimo Informe Anual
de Nacimientos, Defunciones, etc., en Escocia', 1867, pág. xxix), que a todas
las edades la tasa de mortalidad es más alta en las ciudades que en los distritos
rurales, "y durante los primeros cinco años de vida la tasa de mortalidad
en las ciudades es casi exactamente el doble que en los distritos
rurales". Como estos datos incluyen tanto a los ricos como a los pobres,
sin duda se requeriría más del doble del número de nacimientos para mantener el
número de habitantes muy pobres en las ciudades, en relación con los del campo.
En el caso de las mujeres, el matrimonio a una edad demasiado temprana es
altamente perjudicial; Se ha descubierto que en Francia mueren al año el doble
de esposas menores de veinte años que de la misma cantidad de solteros. La
mortalidad de los maridos menores de veinte años también es excesivamente alta
(22. Estas citas provienen de nuestra máxima autoridad en estas cuestiones, el
Dr. Farr, en su artículo «Sobre la influencia del matrimonio en la mortalidad
del pueblo francés», leído ante la Asociación Nacional para la Promoción de las
Ciencias Sociales, 1858), pero parece dudoso cuál sea la causa. Por último, si
los hombres que prudentemente retrasan el matrimonio hasta poder criar a sus
familias con comodidad, eligieran, como suelen hacer, mujeres en la flor de la
vida, la tasa de crecimiento en la clase acomodada solo disminuiría
ligeramente.
Español Se estableció a partir de un
enorme cuerpo de estadísticas, tomadas durante 1853, que los hombres solteros
en toda Francia, entre las edades de veinte y ochenta años, mueren en una
proporción mucho mayor que los casados: por ejemplo, de cada 1000 hombres
solteros, entre las edades de veinte y treinta, 11.3 murieron anualmente,
mientras que de los casados, solo murieron 6.5. (23. Dr. Farr, ibid. Las citas
que se dan a continuación se extrajeron del mismo artículo impactante). Una ley
similar se demostró que era válida, durante los años 1863 y 1864, con toda la
población mayor de veinte años en Escocia: por ejemplo, de cada 1000 hombres
solteros, entre las edades de veinte y treinta, 14.97 murieron anualmente,
mientras que de los casados solo murieron 7.24, es decir, menos de la mitad.
(24. He tomado la media de las medias quinquenales, dadas en 'El décimo informe
anual de nacimientos, muertes, etc., en Escocia', 1867. La cita del Dr. Stark
está copiada de un artículo en el 'Daily News', 17 de octubre de 1868, que el
Dr. Farr considera muy cuidadosamente escrito.) El Dr. Stark comenta sobre
esto: "La soltería es más destructiva para la vida que los oficios más
insalubres, o que la residencia en una casa o distrito insalubres donde nunca
ha habido el más remoto intento de mejora sanitaria". Considera que la
menor mortalidad es el resultado directo del "matrimonio y los hábitos
domésticos más regulares que acompañan a ese estado". Admite, sin embargo,
que las clases intemperantes, libertinas y criminales, cuya duración de vida es
baja, no se casan comúnmente; Asimismo, debe admitirse que los hombres con una
constitución débil, mala salud o cualquier afección grave, física o mental, a
menudo no desean casarse o son rechazados. El Dr. Stark parece haber llegado a
la conclusión de que el matrimonio en sí mismo es una causa principal de
prolongación de la vida, al descubrir que los hombres casados de edad
avanzada aún tienen una ventaja considerable en este aspecto sobre los solteros
de la misma edad avanzada; pero todos deben haber conocido ejemplos de hombres
que, con mala salud durante la juventud, no se casaron, y sin embargo han
sobrevivido hasta la vejez, aunque permaneciendo débiles y, por lo tanto,
siempre con menores posibilidades de vida o de casarse. Existe otra
circunstancia notable que parece respaldar la conclusión del Dr. Stark: las
viudas y los viudos en Francia sufren, en comparación con los casados, una tasa
de mortalidad muy alta; pero el Dr. Farr atribuye esto a la pobreza y los malos
hábitos derivados de la desintegración familiar, y al dolor. En general,
podemos concluir con el Dr. Farr que la menor mortalidad de los hombres casados
que de los solteros, que parece ser una ley general, «se debe principalmente
a la constante eliminación de los tipos imperfectos y a la hábil selección de
los mejores individuos de cada generación sucesiva»; esta selección se refiere
únicamente al estado civil y afecta a todas las cualidades corporales,
intelectuales y morales. (25. El Dr. Duncan comenta («Fecundidad, Fertilidad,
etc.», 1871, pág. 334) sobre este tema:“A cualquier edad, los sanos y bellos
pasan del lado de los solteros al de los casados, dejando las columnas de
solteros repletas de enfermos y desafortunados.”) Podemos, por tanto, inferir
que los hombres sanos y buenos que por prudencia permanecen solteros durante un
tiempo, no sufren una alta tasa de mortalidad.
Si los diversos obstáculos
especificados en los dos últimos párrafos, y quizás otros aún desconocidos, no
impiden que los miembros imprudentes, viciosos y, por lo demás, inferiores de
la sociedad progresen a un ritmo más rápido que la clase superior, la nación
retrocederá, como ha ocurrido con demasiada frecuencia en la historia del
mundo. Debemos recordar que el progreso no es una regla invariable. Es muy
difícil explicar por qué una nación civilizada prospera, se vuelve más poderosa
y se extiende más que otra; o por qué una misma nación progresa más rápidamente
en un momento que en otro. Solo podemos decir que depende del aumento de la
población, del número de hombres dotados de altas facultades intelectuales y
morales, así como de su nivel de excelencia. La estructura corporal parece
tener poca influencia, salvo en la medida en que el vigor del cuerpo conduce al
vigor de la mente.
Varios autores han argumentado que,
dado que las altas capacidades intelectuales son ventajosas para una nación,
los antiguos griegos, que ocupaban grados superiores de intelecto que cualquier
otra raza que haya existido jamás (26. Véase el ingenioso y original argumento
sobre este tema del Sr. Galton, «Hereditary Genius», págs. 340-342), deberían,
si el poder de la selección natural fuera real, haber ascendido aún más en la
escala, haber aumentado en número y haber poblado toda Europa. Aquí tenemos la suposición
tácita, tan a menudo hecha con respecto a las estructuras corporales, de que
existe una tendencia innata hacia el desarrollo continuo de la mente y el
cuerpo. Pero el desarrollo de todo tipo depende de muchas circunstancias
favorables concurrentes. La selección natural actúa solo provisionalmente. Los
individuos y las razas pueden haber adquirido ciertas ventajas indiscutibles y,
sin embargo, haber perecido por fallas en otras características. Los griegos
pueden haber retrocedido debido a la falta de coherencia entre los numerosos
estados pequeños, al reducido tamaño de su país, a la práctica de la esclavitud
o a una sensualidad extrema; pues no sucumbieron hasta que «se vieron
debilitados y corrompidos hasta la médula». (27. Sr. Greg, «Fraser's Magazine»,
septiembre de 1868, pág. 357.) Las naciones occidentales de Europa, que ahora
superan inconmensurablemente a sus antiguos progenitores salvajes y se sitúan
en la cima de la civilización, deben poco o nada de su superioridad a la
herencia directa de los antiguos griegos, aunque deben mucho a las obras
escritas de ese maravilloso pueblo.
¿Quién puede decir con certeza por
qué la nación española, tan dominante en su momento, se ha visto rezagada en la
carrera? El despertar de las naciones europeas de la Edad Media es un problema
aún más desconcertante. En esa época temprana, como ha señalado el Sr. Galton,
casi todos los hombres de carácter apacible, aquellos dados a la meditación o
al cultivo de la mente, no tenían refugio excepto en el seno de una Iglesia que
exigía el celibato (28. 'Hereditary Genius', 1870, págs. 357-359. El reverendo
F. W. Farrar ('Fraser's Magazine', agosto de 1870, pág. 257) presenta
argumentos en contra. Sir C. Lyell ya había ('Principles of Geology', vol. ii.
1868, pág. 489), en un impactante pasaje, llamado la atención sobre la
perniciosa influencia de la Santa Inquisición al haber, mediante la selección,
rebajado el nivel general de inteligencia en Europa.); Y esto difícilmente pudo
haber tenido una influencia desastrosa en cada generación sucesiva. Durante
este mismo período, la Santa Inquisición seleccionó con sumo cuidado a los
hombres más libres y audaces para quemarlos o encarcelarlos. Solo en España,
algunos de los mejores hombres —aquellos que dudaban y cuestionaban, y sin
dudar no puede haber progreso— fueron eliminados durante tres siglos a un ritmo
de mil al año. El daño que la Iglesia Católica ha causado así es incalculable,
aunque sin duda compensado en cierta medida, quizás en gran medida, de otras
maneras; sin embargo, Europa ha progresado a un ritmo sin precedentes.
El notable éxito de los ingleses como
colonos, en comparación con otras naciones europeas, se ha atribuido a su
"energía audaz y persistente"; un resultado que queda bien ilustrado
al comparar el progreso de los canadienses de ascendencia inglesa y francesa;
pero ¿quién puede decir cómo los ingleses adquirieron su energía?
Aparentemente, hay mucha verdad en la creencia de que el maravilloso progreso
de los Estados Unidos, así como el carácter de su gente, son resultado de la
selección natural; pues los hombres más enérgicos, inquietos y valientes de
toda Europa han emigrado durante las últimas diez o doce generaciones a ese
gran país, donde han tenido el mayor éxito. (29. Sr. Galton, 'Macmillan's
Magazine', agosto de 1865, pág. 325. Véase también, 'Nature', 'On Darwinism and
National Life', diciembre de 1869, pág. 184.) Mirando hacia el futuro lejano,
no creo que el reverendo Sr. Zincke adopte una visión exagerada cuando dice
(30. 'Last Winter in the United States', 1868, pág. 29.): "Todas las demás
series de acontecimientos —como los que dieron lugar a la cultura de la mente
en Grecia y los que dieron lugar al imperio de Roma— solo parecen tener
propósito y valor cuando se los considera en conexión con, o más bien como
subsidiarios de... la gran corriente de emigración anglosajona hacia el
oeste". Por oscuro que sea el problema del avance de la civilización, al
menos podemos ver que una nación que produjera durante un período prolongado la
mayor cantidad de hombres altamente intelectuales, enérgicos, valientes,
patriotas y benévolos, generalmente prevalecería sobre las naciones menos
favorecidas.
La selección natural surge de la
lucha por la existencia; y esto, de un rápido ritmo de crecimiento. Es
imposible no lamentar amargamente, pero si con sabiduría es otra cuestión, el
ritmo al que el hombre tiende a crecer; pues esto conduce en las tribus bárbaras
al infanticidio y a muchos otros males, y en las naciones civilizadas a la
pobreza extrema, el celibato y a los matrimonios tardíos de los prudentes. Pero
como el hombre padece los mismos males físicos que los animales inferiores, no
tiene derecho a esperar inmunidad frente a los males derivados de la lucha por
la existencia. Si no hubiera estado sujeto a la selección natural durante los
tiempos primitivos, seguramente nunca habría alcanzado su rango actual. Dado
que en muchas partes del mundo vemos enormes extensiones de tierra fértil
capaces de albergar numerosos hogares felices, pero habitadas solo por unos
pocos salvajes errantes, podría argumentarse que la lucha por la existencia no
fue lo suficientemente intensa como para impulsar al hombre a alcanzar su
máximo potencial. A juzgar por todo lo que sabemos del hombre y los animales
inferiores, siempre ha existido suficiente variabilidad en sus facultades
intelectuales y morales para un avance constante mediante la selección natural.
Sin duda, dicho avance exige la concurrencia de muchas circunstancias
favorables; pero cabe dudar de que las más favorables hubieran bastado si el
ritmo de crecimiento no hubiera sido rápido y la consiguiente lucha por la
existencia extremadamente dura. Incluso, por lo que observamos, por ejemplo, en
partes de Sudamérica, parece que un pueblo que podría considerarse civilizado,
como los colonos españoles, es propenso a la indolencia y al retrógrado cuando
las condiciones de vida son muy fáciles. En las naciones altamente civilizadas,
el progreso continuo depende en menor medida de la selección natural; pues
estas naciones no se suplantan ni se exterminan entre sí como lo hacen las
tribus salvajes. Sin embargo, los miembros más inteligentes de una misma
comunidad tendrán más éxito a largo plazo que los inferiores y dejarán una
descendencia más numerosa, lo que constituye una forma de selección natural.
Las causas más eficientes del progreso parecen consistir en una buena educación
durante la juventud, mientras el cerebro es impresionable, y en un alto nivel
de excelencia, inculcado por los hombres más capaces y mejores, plasmado en las
leyes, costumbres y tradiciones de la nación, e impuesto por la opinión
pública. Sin embargo, debe tenerse presente que el fortalecimiento de la
opinión pública depende de nuestra apreciación de la aprobación y desaprobación
de los demás; y esta apreciación se basa en nuestra compasión, la cual, sin
duda, se desarrolló originalmente mediante la selección natural como uno de los
elementos más importantes de los instintos sociales. (31. Estoy en deuda con el
Sr. John Morley por algunas buenas críticas sobre este tema: véase también
Broca, «Les Selections», «Revue d'Anthropologie», 1872).
SOBRE LA EVIDENCIA DE QUE TODAS LAS
NACIONES CIVILIZADAS FUERON ALGUNA VEZ BÁRBARAS.
El presente tema ha sido tratado de
manera tan completa y admirable por Sir J. Lubbock (32. «Sobre el origen de la
civilización», «Actas de la Sociedad Etnológica», 26 de noviembre de 1867), el
Sr. Tylor, el Sr. M'Lennan y otros, que aquí solo necesito ofrecer un breve
resumen de sus conclusiones. Los argumentos presentados recientemente por el
Duque de Argyll (33. «El hombre primigenio», 1869) y anteriormente por el
Arzobispo Whately, a favor de la creencia de que el hombre vino al mundo como
un ser civilizado y que todos los salvajes han sufrido degradación desde
entonces, me parecen débiles en comparación con los presentados en sentido
contrario. Sin duda, muchas naciones han perdido la civilización, y algunas
pueden haber caído en la barbarie absoluta, aunque sobre este último punto no
he encontrado ninguna prueba. Los fueguinos probablemente fueron obligados por
otras hordas conquistadoras a establecerse en su inhóspito país, y es posible
que en consecuencia se hayan degradado un poco más; pero sería difícil probar
que han caído muy por debajo de los botocudos, que habitan las mejores partes
de Brasil.
La evidencia de que todas las
naciones civilizadas son descendientes de bárbaros consiste, por un lado, en
claros rastros de su antigua condición inferior en las costumbres, creencias,
idioma, etc., aún existentes; y por otro, en pruebas de que los salvajes son
capaces de ascender por sí mismos algunos peldaños en la escala de la
civilización, y que, de hecho, han ascendido. La evidencia del primer punto es
extremadamente curiosa, pero no puede presentarse aquí: me refiero a casos como
el del arte de la enumeración, que, como el Sr. Tylor demuestra claramente con
referencia a las palabras que aún se usan en algunos lugares, se originó al
contar los dedos, primero de una mano, luego de la otra, y finalmente de los
dedos de los pies. Tenemos rastros de esto en nuestro propio sistema decimal y
en los números romanos, donde, después de la V, que se supone es una
representación abreviada de una mano humana, pasamos a la VI, etc., cuando sin
duda se usó la otra mano. Así pues, de nuevo, «cuando hablamos de setenta y
uno, contamos según el sistema vigesimal, y cada veintena así formada
idealmente representa 20 —por 'un hombre', como diría un mexicano o un
caribe—». (34. «Royal Institution of Great Britain», 15 de marzo de 1867.
También, «Investigaciones sobre la historia temprana de la humanidad», 1865).
Según una escuela de filólogos numerosa y en expansión, toda lengua lleva las
marcas de su evolución lenta y gradual. Lo mismo ocurre con el arte de la
escritura, pues las letras son rudimentos de representaciones pictóricas. Es
casi imposible leer la obra del Sr. M'Lennan (35. 'Matrimonio primitivo', 1865.
Véase, asimismo, un excelente artículo, evidentemente del mismo autor, en
'North British Review', julio de 1869. También, el Sr. LH Morgan, 'Una solución
conjetural del origen del sistema de clase de relación', en 'Proc. American
Acad. of Sciences', vol. vii. febrero de 1868. El profesor Schaaffhausen
('Anthropolog. Review', octubre de 1869, pág. 373) comenta sobre "los
vestigios de sacrificios humanos encontrados tanto en Homero como en el Antiguo
Testamento") y no admitir que casi todas las naciones civilizadas aún
conservan rastros de hábitos tan rudos como la captura forzosa de esposas. ¿Qué
nación antigua, como pregunta el mismo autor, puede nombrarse que fuera
originalmente monógama? La idea primitiva de justicia, como lo demuestran las
leyes de la batalla y otras costumbres de las que aún quedan vestigios, era
igualmente rudimentaria. Muchas supersticiones existentes son vestigios de
antiguas creencias religiosas falsas. La forma más elevada de religión —la gran
idea de que Dios odia el pecado y ama la justicia— era desconocida en los
tiempos primitivos.
En cuanto al otro tipo de evidencia,
Sir J. Lubbock ha demostrado que algunos salvajes han mejorado recientemente en
algunas de sus artes más sencillas. A partir de su curioso relato sobre las
armas, herramientas y artes utilizadas por los salvajes en diversas partes del
mundo, no cabe duda de que casi todos han sido descubrimientos independientes,
con la posible excepción del arte de hacer fuego. (36. Sir J. Lubbock, «Tiempos
Prehistóricos», 2.ª edición, 1869, caps. XV y XVI y demás. Véase también el excelente
capítulo 9 de «Historia Temprana de la Humanidad» de Tylor, 2.ª edición, 1870).
El bumerán australiano es un buen ejemplo de uno de estos descubrimientos
independientes. Los tahitianos, cuando fueron visitados por primera vez, habían
avanzado en muchos aspectos más que los habitantes de la mayoría de las demás
islas polinesias. No existen fundamentos válidos para creer que la alta cultura
de los nativos peruanos y mexicanos provenga del extranjero (37. El Dr. F.
Müller ha hecho algunas observaciones acertadas al respecto en 'Reise der
Novara: Anthropolog. Theil', Abtheil. iii. 1868, s. 127); allí se cultivaban
muchas plantas nativas y se domesticaban algunos animales. Debemos tener en
cuenta que, a juzgar por la escasa influencia de la mayoría de los misioneros,
una tripulación errante procedente de una tierra semicivilizada, de haber
llegado a las costas de América, no habría tenido un efecto notable en los
nativos, a menos que ya se hubieran vuelto algo avanzados. Si nos remontamos a
un período muy remoto de la historia del mundo, encontramos, para usar la
conocida terminología de Sir J. Lubbock, un período paleolítico y neolítico; y
nadie pretenderá que el arte de afilar herramientas de sílex toscas fuera un
arte prestado. En toda Europa, desde Grecia hasta Palestina, India, Japón,
Nueva Zelanda y África, incluyendo Egipto, se han descubierto abundantes
herramientas de sílex; y los habitantes actuales no conservan ninguna tradición
sobre su uso. También existe evidencia indirecta de su uso anterior por parte
de los chinos y los antiguos judíos. Por lo tanto, es difícil dudar de que los
habitantes de estos países, que abarcan casi todo el mundo civilizado, vivieron
en una época en una condición bárbara. Creer que el hombre fue civilizado en
sus orígenes y luego sufrió una degradación total en tantas regiones es tener
una visión lastimosamente baja de la naturaleza humana. Aparentemente, es una
visión más verdadera y optimista que el progreso ha sido mucho más general que
el retroceso; que el hombre ha ascendido, aunque a pasos lentos e
interrumpidos, desde una condición humilde hasta el nivel más alto alcanzado
hasta la fecha en conocimiento, moral y religión.
CAPÍTULO VI.
DE LAS AFINIDADES Y GENEALOGÍA DEL HOMBRE.
Posición del hombre en la serie
animal—El sistema natural genealógico—Caracteres adaptativos de escaso
valor—Varios pequeños puntos de semejanza entre el hombre y los
cuadrumanos—Rango del hombre en el sistema natural—Lugar de nacimiento y
antigüedad del hombre—Ausencia de vínculos fósiles de conexión—Etapas
inferiores en la genealogía del hombre, tal como se infiere, en primer lugar,
de sus afinidades y, en segundo lugar, de su estructura—Condición andrógina
temprana de los vertebrados—Conclusión.
Aun si se acepta que la diferencia
entre el hombre y sus aliados más cercanos es tan grande en estructura corpórea
como sostienen algunos naturalistas, y aunque debemos aceptar que la diferencia
entre ellos es inmensa en poder mental, aún así los hechos dados en los
capítulos anteriores parecen declarar, de la manera más clara, que el hombre
desciende de alguna forma inferior, a pesar de que hasta ahora no se han
descubierto vínculos de conexión.
El hombre está sujeto a numerosas,
sutiles y diversificadas variaciones, inducidas por las mismas causas generales
y regidas y transmitidas de acuerdo con las mismas leyes generales que en los
animales inferiores. El hombre se ha multiplicado tan rápidamente que se ha
visto necesariamente expuesto a la lucha por la existencia y, en consecuencia,
a la selección natural. Ha dado origen a numerosas razas, algunas de las cuales
difieren tanto entre sí que los naturalistas las han clasificado a menudo como
especies distintas. Su cuerpo está construido según el mismo plan homológico
que el de otros mamíferos. Pasa por las mismas fases de desarrollo embrionario.
Conserva muchas estructuras rudimentarias e inútiles, que sin duda alguna
fueron útiles en su momento. Ocasionalmente, reaparecen en él características
que, según nuestras razones, poseían sus primeros progenitores. Si el origen
del hombre hubiera sido completamente diferente al de todos los demás animales,
estas diversas apariencias serían meros engaños; pero tal reconocimiento es
increíble. Estas apariciones, por otra parte, son inteligibles, al menos en
gran medida, si el hombre es co-descendiente con otros mamíferos de alguna
forma desconocida e inferior.
Algunos naturalistas, profundamente
impresionados por las facultades mentales y espirituales del hombre, han
dividido el mundo orgánico en tres reinos: el humano, el animal y el vegetal,
otorgando así al hombre un reino aparte. (1. Isidore Geoffroy St.-Hilaire
ofrece una descripción detallada de la posición que diversos naturalistas
asignan al hombre en sus clasificaciones: 'Hist. Nat. Gen.' tomo ii. 1859, pp.
170-189). El naturalista no puede comparar ni clasificar las facultades
espirituales, pero puede intentar demostrar, como yo lo he hecho, que las
facultades mentales del hombre y de los animales inferiores no difieren en
naturaleza, aunque sí en grado. Una diferencia de grado, por grande que sea, no
justifica que clasifiquemos al hombre en un reino distinto, como quizá se
ilustre mejor comparando las facultades mentales de dos insectos, a saber, un
coco o cochinilla y una hormiga, que sin duda pertenecen a la misma clase. La
diferencia aquí es mayor, aunque de un tipo algo distinto, que la que existe entre
el hombre y el mamífero superior. La hembra del coco, de joven, se adhiere a
una planta por su probóscide; chupa la savia, pero no se mueve; es fecundada y
pone huevos; y esta es toda su historia. Por otro lado, describir los hábitos y
las capacidades mentales de las hormigas obreras requeriría, como ha demostrado
Pierre Huber, un gran volumen; sin embargo, puedo especificar brevemente
algunos puntos. Las hormigas ciertamente se comunican información entre sí, y
varias se unen para el mismo trabajo o para jugar. Reconocen a sus compañeras
hormigas después de meses de ausencia y sienten compasión mutua. Construyen
grandes edificios, los mantienen limpios, cierran las puertas al anochecer y
colocan centinelas. Construyen caminos, túneles bajo los ríos y puentes
temporales sobre ellos, aferrándose entre sí. Recolectan alimento para la
comunidad, y cuando un objeto demasiado grande para entrar en el nido es
llevado, agrandan la puerta y luego la reconstruyen. Almacenan semillas, cuya
germinación impide, y que, si están húmedas, sacan a la superficie para
secarlas. Crían pulgones y otros insectos como vacas lecheras. Salen a la
batalla en grupos regulares y sacrifican libremente sus vidas por el bien
común. Emigran según un plan preestablecido. Capturan esclavos. Trasladan los
huevos de sus pulgones, así como sus propios huevos y capullos, a zonas cálidas
del nido para que eclosionen rápidamente; y se podrían mencionar innumerables
hechos similares. (2. Algunos de los datos más interesantes jamás publicados sobre
los hábitos de las hormigas son dados por el Sr. Belt, en su 'Naturalista en
Nicaragua', 1874. Véase también la admirable obra del Sr. Moggridge,
'Harvesting Ants', etc., 1873, también 'L'Instinct chez les Insectes', por M.
George Pouchet, 'Revue des Deux Mondes', febrero de 1870, pág. 682.) En
general, la diferencia en poder mental entre una hormiga y un coco es inmensa;
sin embargo, nadie ha soñado jamás con colocar a estos insectos en clases
distintas, mucho menos en reinos distintos.Sin duda, la diferencia es
compensada por otros insectos; y este no es el caso del hombre y los simios
superiores. Pero tenemos motivos para creer que las rupturas en la serie son
simplemente el resultado de la extinción de muchas formas.
El profesor Owen, basándose
principalmente en la estructura del cerebro, ha dividido la serie de mamíferos
en cuatro subclases. Una de ellas la dedica al hombre; en otra, ubica tanto a
los marsupiales como a los monotremas; de modo que distingue al hombre de todos
los demás mamíferos en la medida en que estos dos últimos grupos se unen. Esta
opinión no ha sido aceptada, que yo sepa, por ningún naturalista capaz de
formarse un juicio independiente, por lo que no es necesario profundizar en
ella.
Podemos entender por qué una
clasificación basada en un solo carácter u órgano —incluso un órgano tan
maravillosamente complejo e importante como el cerebro— o en el alto desarrollo
de las facultades mentales, es casi seguro que resultará insatisfactoria. Este
principio se ha probado con insectos himenópteros; pero al clasificarlos así
según sus hábitos o instintos, la organización resultó completamente
artificial. (3. Westwood, 'Modern Classification of Insects', vol. ii. 1840,
pág. 87). Las clasificaciones pueden, por supuesto, basarse en cualquier
carácter, como el tamaño, el color o el elemento habitado; pero los
naturalistas han tenido desde hace mucho tiempo la profunda convicción de que
existe un sistema natural. Este sistema, ahora se admite generalmente, debe
ser, en la medida de lo posible, genealógico en su organización; es decir, los
codescendientes de la misma forma deben mantenerse juntos en un grupo,
separados de los codescendientes de cualquier otra forma; Pero si las formas
progenitoras están relacionadas, también lo estarán sus descendientes, y los
dos grupos juntos formarán un grupo mayor. La magnitud de las diferencias entre
los diversos grupos —es decir, la magnitud de las modificaciones que cada uno
ha experimentado— se expresa mediante términos como géneros, familias, órdenes
y clases. Como no tenemos registro de las líneas de descendencia, el pedigrí
solo puede descubrirse observando los grados de semejanza entre los seres que
se van a clasificar. Para este objeto, numerosos puntos de semejanza son de
mucha mayor importancia que la magnitud de la similitud o disimilitud en unos
pocos puntos. Si se descubriera que dos lenguas se asemejan entre sí en una
multitud de palabras y puntos de construcción, se reconocería universalmente
que surgieron de una fuente común, a pesar de que difirieran considerablemente
en algunas pocas palabras o puntos de construcción. Pero en los seres
orgánicos, las semejanzas no deben consistir en adaptaciones a hábitos de vida
similares: dos animales, por ejemplo, pueden haber modificado su estructura
para vivir en el agua, y sin embargo, no se aproximarán más en el sistema
natural. De ahí que las semejanzas en estructuras insignificantes, en órganos
inútiles y rudimentarios, o en órganos que no son funcionalmente activos, o en
estado embrionario, sean, con mucho, las más útiles para la clasificación; pues
difícilmente pueden deberse a adaptaciones de un período posterior; y, por lo
tanto, revelan las antiguas líneas de descendencia o la verdadera afinidad.
Podemos ver, además, por qué una gran
modificación en un carácter no debería llevarnos a separar ampliamente dos
organismos. Una parte que ya difiere mucho de la misma parte en otras formas
afines ya ha variado mucho, según la teoría de la evolución; en consecuencia,
mientras el organismo permanezca expuesto a las mismas condiciones de
excitación, estaría sujeta a variaciones adicionales del mismo tipo; y estas,
si fueran beneficiosas, se conservarían y, por lo tanto, se incrementarían
continuamente. En muchos casos, el desarrollo continuo de una parte, por
ejemplo, del pico de un ave o de los dientes de un mamífero, no ayudaría a la
especie a obtener su alimento ni a ningún otro fin; pero en el caso del hombre
no vemos un límite definido para el desarrollo continuo del cerebro y las
facultades mentales, en lo que respecta a las ventajas. Por lo tanto, al
determinar la posición del hombre en el sistema natural o genealógico, el
desarrollo extremo de su cerebro no debería prevalecer sobre una multitud de semejanzas
en otros puntos menos importantes o completamente irrelevantes.
La mayoría de los naturalistas que
han considerado la estructura completa del hombre, incluyendo sus facultades
mentales, han seguido a Blumenbach y Cuvier, y han clasificado al hombre en un
orden aparte, bajo el título de Bimana, y por lo tanto en igualdad de
condiciones con los órdenes de Quadrumana, Carnivora, etc. Recientemente,
muchos de nuestros mejores naturalistas han recurrido a la opinión propuesta
inicialmente por Linneo, tan notable por su sagacidad, y han clasificado al
hombre en el mismo orden que los Quadrumana, bajo el título de Primates. Se
admitirá la justicia de esta conclusión, pues, en primer lugar, debemos tener
presente la relativa insignificancia para la clasificación del gran desarrollo
del cerebro en el hombre, y que las marcadas diferencias entre los cráneos del
hombre y los Quadrumana (recientemente insistidos por Bischoff, Aeby y otros)
aparentemente se derivan de sus cerebros con diferente desarrollo. En segundo
lugar, debemos recordar que casi todas las demás diferencias, y más importantes,
entre el hombre y los cuadrumanos son manifiestamente adaptativas por
naturaleza, y se relacionan principalmente con la posición erguida del hombre,
como la estructura de su mano, pie y pelvis, la curvatura de su columna
vertebral y la posición de su cabeza. La familia de las focas ofrece un buen
ejemplo de la poca importancia de los caracteres adaptativos para la
clasificación. Estos animales difieren de todos los demás carnívoros en la
forma de sus cuerpos y en la estructura de sus extremidades, mucho más de lo
que lo hace el hombre de los simios superiores; sin embargo, en la mayoría de
los sistemas, desde el de Cuvier hasta el más reciente del Sr. Flower (4.
'Proceedings Zoological Society', 1863, pág. 4), las focas se clasifican como
una mera familia en el orden de los carnívoros. Si el hombre no hubiera sido su
propio clasificador, nunca habría pensado en fundar un orden separado para su
propia clasificación.
Estaría fuera de mis límites, y
completamente fuera de mi conocimiento, incluso mencionar los innumerables
puntos de estructura en los que el hombre coincide con los demás primates.
Nuestro gran anatomista y filósofo, el profesor Huxley, ha analizado a fondo
este tema (5. «Evidencia sobre el lugar del hombre en la naturaleza», 1863,
pág. 70 y siguientes), y concluye que el hombre, en todos los aspectos de su
organización, difiere menos de los simios superiores que estos de los miembros
inferiores del mismo grupo. En consecuencia, no hay justificación para
clasificar al hombre en un orden distinto.
En una parte inicial de este trabajo,
presenté diversos hechos que demostraban la estrecha similitud entre la
constitución humana y la de los mamíferos superiores; y esta coincidencia debe
depender de nuestra estrecha similitud en la estructura y composición química.
Di como ejemplos nuestra propensión a las mismas enfermedades y a los ataques
de parásitos afines; nuestro gusto común por los mismos estimulantes y los
efectos similares que producen, así como por diversas drogas, y otros hechos
similares.
Dado que las pequeñas semejanzas
insignificantes entre el hombre y los cuadrumanos no suelen notarse en las
obras sistemáticas, y que, cuando son numerosas, revelan claramente nuestro
parentesco, especificaré algunas. La posición relativa de nuestros rasgos es
manifiestamente la misma; y las diversas emociones se manifiestan mediante
movimientos casi similares de los músculos y la piel, principalmente por encima
de las cejas y alrededor de la boca. Algunas expresiones son, de hecho, casi
iguales, como en el llanto de ciertas especies de monos y en la risa de otros,
durante la cual las comisuras de la boca se retraen y los párpados inferiores
se arrugan. Las orejas externas son curiosamente parecidas. En el hombre, la
nariz es mucho más prominente que en la mayoría de los monos; pero podemos
rastrear el comienzo de una curvatura aguileña en la nariz del gibón Hoolock; y
esto en el Semnopithecus nasica se lleva a un extremo ridículo.
Los rostros de muchos monos están
adornados con barbas, patillas o bigotes. El pelo de la cabeza crece mucho en
algunas especies de Semnopithecus (6. Isidore Geoffroy St.-Hilaire, 'Hist. Nat.
Gen.' tom. ii. 1859, p. 217); y en el mono Bonnet (Macacus radiatus) irradia
desde un punto en la coronilla, con una raya en medio. Se dice comúnmente que
la frente da al hombre su apariencia noble e intelectual; pero el pelo espeso
de la cabeza del mono Bonnet termina hacia abajo abruptamente, y es reemplazado
por pelo tan corto y fino que a poca distancia la frente, con la excepción de
las cejas, parece completamente desnuda. Se ha afirmado erróneamente que ningún
mono tiene cejas. En la especie recién mencionada, el grado de desnudez de la
frente difiere en los distintos individuos; y Eschricht afirma (7. 'Über die
Richtung der Haare,' etc., Müller's 'Archiv fur Anat. und Phys.' 1837, s. 51.)
que en nuestros niños el límite entre el cuero cabelludo peludo y la frente
desnuda a veces no está bien definido; de modo que aquí parecemos tener un caso
insignificante de reversión a un progenitor, en quien la frente aún no estaba
completamente desnuda.
Es bien sabido que el vello de
nuestros brazos tiende a converger desde arriba hacia abajo hasta un punto en
el codo. Esta curiosa disposición, tan distinta a la de la mayoría de los
mamíferos inferiores, es común en el gorila, el chimpancé, el orangután,
algunas especies de Hylobates e incluso en algunos monos americanos. Pero en el
Hylobates agilis, el vello del antebrazo se dirige hacia abajo o hacia la
muñeca de la manera habitual; y en el H. lar es casi erecto, con solo una
ligera inclinación hacia adelante; por lo que en esta última especie se
encuentra en un estado de transición. Es indudable que, en la mayoría de los
mamíferos, el grosor del vello del dorso y su dirección están adaptados para
repeler la lluvia; incluso los pelos transversales de las patas delanteras de
un perro pueden servir para este fin cuando duerme enroscado. El Sr. Wallace,
quien ha estudiado cuidadosamente los hábitos del orangután, señala que la
convergencia del pelo hacia el codo en los brazos del orangután puede explicarse
como una forma de repeler la lluvia, ya que este animal, durante la lluvia, se
sienta con los brazos flexionados y las manos entrelazadas alrededor de una
rama o sobre la cabeza. Según Livingstone, el gorila también se sienta bajo la
lluvia torrencial con las manos sobre la cabeza. (8. Citado por Reade, 'The
African Sketch Book', vol. i. 1873, p. 152). Si la explicación anterior es
correcta, como parece probable, la dirección del pelo en nuestros brazos ofrece
un curioso registro de nuestro estado anterior; pues nadie supone que ahora
sirva para repeler la lluvia; ni, en nuestra posición actual, está
correctamente orientado para este propósito.
Sin embargo, sería precipitado
confiar demasiado en el principio de adaptación respecto a la dirección del
cabello en el ser humano o en sus primeros progenitores; pues es imposible
estudiar las cifras proporcionadas por Eschricht sobre la disposición del
cabello en el feto humano (siendo esta la misma que en el adulto) y no
coincidir con este excelente observador en que han intervenido otras causas más
complejas. Los puntos de convergencia parecen guardar cierta relación con
aquellos puntos del embrión que se cierran por última vez durante el
desarrollo. También parece existir cierta relación entre la disposición del
cabello en las extremidades y el recorrido de las arterias medulares. (9. Sobre
el pelo de Hylobates, véase 'Historia natural de los mamíferos', de CL Martin,
1841, pág. 415. También, Isidore Geoffroy sobre los monos americanos y otras
especies, 'Hist. Nat. Gen.' vol. ii. 1859, págs. 216, 243. Eschricht, ibid. s.
46, 55, 61. Owen, 'Anatomía de los vertebrados', vol. iii. pág. 619. Wallace, 'Contribuciones
a la teoría de la selección natural', 1870, pág. 344.)
No debe suponerse que las semejanzas
entre el hombre y ciertos simios en lo anterior y en muchos otros puntos —como
tener la frente descubierta, largas trenzas en la cabeza, etc.— sean
necesariamente el resultado de una herencia ininterrumpida de un progenitor
común o de una reversión posterior. Muchas de estas semejanzas se deben más
probablemente a una variación análoga, que se produce, como he intentado
demostrar en otra parte (10. «Origen de las especies», 5.ª edición, 1869, pág.
194; «La variación de los animales y las plantas bajo domesticación», vol. ii,
1868, pág. 348), a partir de organismos codecesionarios con una constitución
similar y que han sido afectados por causas similares que inducen
modificaciones similares. Con respecto a la dirección similar del pelo en los
antebrazos del hombre y ciertos monos, dado que este carácter es común a casi
todos los simios antropomorfos, probablemente pueda atribuirse a la herencia;
Pero esto no es seguro, ya que algunos monos americanos muy distintos se caracterizan
así.
Aunque, como hemos visto, el hombre
no tiene derecho a formar un orden independiente para su propia recepción,
quizá pueda reivindicar un suborden o familia distinto. El profesor Huxley, en
su última obra (11. «Introducción a la clasificación de los animales», 1869,
pág. 99), divide a los primates en tres subórdenes: los antrópidos, con el
hombre solo; los simiados, que incluyen monos de todo tipo; y los lémures, con
los diversos géneros de lémures. En cuanto a las diferencias en ciertos puntos
importantes de su estructura, el hombre puede sin duda reivindicar con razón el
rango de suborden; y este rango es demasiado bajo si nos fijamos principalmente
en sus facultades mentales. Sin embargo, desde un punto de vista genealógico,
parece que este rango es demasiado alto, y que el hombre debería formar
simplemente una familia, o incluso una subfamilia. Si imaginamos tres líneas de
descendencia que proceden de un tronco común, es perfectamente concebible que,
con el paso del tiempo, dos de ellas sufran modificaciones tan leves que
perduren como especies del mismo género, mientras que la tercera línea podría
modificarse tanto que merezca ser clasificada como una subfamilia, familia o
incluso un orden distinto. Pero en este caso, es casi seguro que la tercera
línea aún conservaría, por herencia, numerosas pequeñas semejanzas con las
otras dos. Aquí, pues, surgiría la dificultad, actualmente insoluble, de
determinar cuánto peso debemos asignar en nuestras clasificaciones a las
diferencias marcadas en algunos puntos, es decir, al grado de modificación
sufrida; y cuánto a las semejanzas cercanas en numerosos puntos sin
importancia, como indicadores de las líneas de descendencia o genealogía. Dar
mucha importancia a las pocas pero marcadas diferencias es la opción más obvia
y quizás la más segura, aunque parece más correcto prestar mayor atención a las
numerosas semejanzas menores, ya que proporcionan una clasificación
verdaderamente natural.
Para formarnos una opinión sobre este
tema en relación con el hombre, debemos revisar la clasificación de los
Simiadae. Casi todos los naturalistas dividen a esta familia en el grupo de los
catarrinos, o monos del Viejo Mundo, que se caracterizan (como su nombre lo
indica) por la peculiar estructura de sus fosas nasales y por tener cuatro
premolares en cada mandíbula; y en el grupo de los platirrinos, o monos del
Nuevo Mundo (que incluye dos subgrupos muy distintos), que se caracterizan por
fosas nasales de diferente construcción y por tener seis premolares en cada
mandíbula. Cabe mencionar otras pequeñas diferencias. Ahora bien, el hombre
pertenece indudablemente, en su dentición, en la estructura de sus fosas
nasales y en algunos otros aspectos, a la división catarrina o del Viejo Mundo;
y no se asemeja más a los platirrinos que a los catarrinos en ningún carácter,
salvo en algunos pocos de poca importancia y aparentemente de naturaleza
adaptativa. Por lo tanto, es improbable que alguna especie del Nuevo Mundo haya
variado anteriormente y producido una criatura similar al hombre, con todos los
caracteres distintivos propios de la división del Viejo Mundo; perdiendo al
mismo tiempo todos sus propios caracteres distintivos. En consecuencia, es casi
indudable que el hombre es un descendiente del tronco simio del Viejo Mundo; y
que, desde un punto de vista genealógico, debe clasificarse dentro de la
división catarrina. (12. Esta es prácticamente la misma clasificación adoptada
provisionalmente por el Sr. St. George Mivart ('Transactions, Philosophical
Society', 1867, pág. 300), quien, tras separar a los Lemuridae, divide al resto
de los Primates en Hominidae, Simiadae (que corresponden a los Catarrhinos),
Cebidae y Hapalidae (estos dos últimos grupos corresponden a los Platyrrhinos).
El Sr. Mivart aún mantiene la misma opinión; véase 'Nature', 1871, pág. 481).
La mayoría de los naturalistas
separan a los simios antropomorfos, a saber, el gorila, el chimpancé, el
orangután y los hilobatos, de los demás monos del Viejo Mundo como un subgrupo
distinto. Soy consciente de que Gratiolet, basándose en la estructura cerebral,
no admite la existencia de este subgrupo, y sin duda se trata de uno
fragmentado. Así, el orangután, como señala el Sr. St. G. Mivart, «es una de
las formas más peculiares y aberrantes que se encuentran en el Orden». (13.
«Transactions, Zoolog. Soc.», vol. vi. 1867, pág. 214). Algunos naturalistas
dividen a los restantes monos no antropomorfos del Viejo Mundo en dos o tres
subgrupos más pequeños; el género Semnopithecus, con su peculiar estómago
saculado, es el tipo de uno de ellos. Pero de los maravillosos descubrimientos
de M. Gaudry en el Ática se desprende que durante el Mioceno existía allí una
forma que conectaba a Semnopithecus y Macacus; y esto probablemente ilustra la
manera en que los otros grupos superiores alguna vez se mezclaron.
Si se admite que los simios
antropomorfos forman un subgrupo natural, dado que el hombre concuerda con
ellos, no solo en todos los caracteres que posee en común con todo el grupo
catarrino, sino también en otros peculiares, como la ausencia de cola y de callosidades,
y en la apariencia general, podemos inferir que algún miembro antiguo del
subgrupo antropomorfo dio origen al hombre. No es probable que, mediante la ley
de variación análoga, un miembro de uno de los otros subgrupos inferiores haya
dado origen a una criatura antropomorfa, similar a los simios antropomorfos
superiores en tantos aspectos. Sin duda, el hombre, en comparación con la
mayoría de sus parientes, ha experimentado una extraordinaria cantidad de
modificaciones, principalmente como consecuencia del gran desarrollo de su
cerebro y su posición erguida; sin embargo, debemos tener presente que «es solo
una de varias formas excepcionales de primates». (14. Sr. St. G. Mivart,
'Transacciones de la Sociedad Filosófica', 1867, pág. 410.)
Todo naturalista que crea en el
principio de la evolución admitirá que las dos divisiones principales de los
simiados, a saber, los monos catarrinos y platirrinos, con sus subgrupos,
provienen de un único progenitor extremadamente antiguo. Los primeros descendientes
de este progenitor, antes de divergir considerablemente entre sí, habrían
formado un único grupo natural; pero algunas especies o géneros incipientes ya
habrían comenzado a indicar, mediante sus caracteres divergentes, las futuras
marcas distintivas de las divisiones catarrinas y platirrinas. Por lo tanto,
los miembros de este supuesto grupo antiguo no habrían sido tan uniformes en su
dentición, o en la estructura de sus fosas nasales, como lo son los monos
catarrinos existentes en un sentido y los platirrinos en otro, sino que se
habrían parecido en este aspecto a los Lemuridae relacionados, que difieren
mucho entre sí en la forma de sus hocicos (15. Los señores Murie y Mivart sobre
los Lemuroidea, 'Transactions, Zoological Society', vol. vii, 1869, pág. 5.), y
en un grado extraordinario en su dentición.
Los monos catarrinos y platirrinos
concuerdan en una multitud de caracteres, como lo demuestra su incuestionable
pertenencia a un mismo orden. Los numerosos caracteres que poseen en común
difícilmente pudieron haber sido adquiridos independientemente por tantas
especies distintas; por lo tanto, estos caracteres debieron haber sido
heredados. Pero un naturalista, sin duda, habría clasificado como simio o mono,
una forma antigua que poseía muchos caracteres comunes a los monos catarrinos y
platirrinos, otros caracteres en una condición intermedia y algunos, quizás,
distintos de los que se encuentran actualmente en ambos grupos. Y como el
hombre, desde un punto de vista genealógico, pertenece al linaje catarrino o
del Viejo Mundo, debemos concluir, por mucho que esta conclusión nos indigne,
que nuestros primeros progenitores habrían sido apropiadamente designados así.
(16. Haeckel ha llegado a esta misma conclusión. Véase 'Über die Entstehung des
Menschengeschlechts', en 'Sammlung. gemein. wissen. Vorträge' de Virchow, 1868,
pág. 61. También su 'Natürliche Schöpfungsgeschichte', 1868, en el que da en
detalle sus puntos de vista sobre la genealogía del hombre.) Pero no debemos
caer en el error de suponer que el progenitor temprano de todo el linaje simio,
incluido el hombre, era idéntico a, o incluso muy parecido a, cualquier simio o
mono existente.
SOBRE EL LUGAR DE NACIMIENTO Y LA
ANTIGÜEDAD DEL HOMBRE.
Naturalmente, nos vemos obligados a
preguntarnos dónde nació el hombre en esa etapa de su descendencia cuando
nuestros progenitores se separaron del linaje catarrino. El hecho de que
pertenecieran a este linaje demuestra claramente que habitaron el Viejo Mundo;
pero no Australia ni ninguna isla oceánica, como podemos inferir de las leyes
de la distribución geográfica. En cada gran región del mundo, los mamíferos
vivos están estrechamente relacionados con las especies extintas de la misma
región. Por lo tanto, es probable que África estuviera habitada anteriormente
por simios extintos estrechamente emparentados con el gorila y el chimpancé; y
como estas dos especies son ahora las aliadas más cercanas del hombre, es algo
más probable que nuestros primeros progenitores vivieran en el continente
africano que en cualquier otro lugar. Pero es inútil especular sobre este tema;
para dos o tres simios antropomorfos, uno el Dryopithecus (17. Dr. C. Forsyth
Major, 'Sur les Singes fossiles trouvés en Italie:' 'Soc. Ital. des Sc. Nat.'
tom. xv. 1872.) de Lartet, casi tan grande como un hombre, y estrechamente
relacionado con Hylobates, existió en Europa durante el Mioceno; y desde un
período tan remoto la tierra ciertamente ha experimentado muchas grandes
revoluciones, y ha habido tiempo suficiente para la migración en la mayor
escala.
En el período y lugar, cuando y
dondequiera que fuese, cuando el hombre perdió por primera vez su cubierta
peluda, probablemente habitaba una región cálida; una circunstancia favorable
para la dieta frugífera con la que, a juzgar por la analogía, subsistía.
Estamos lejos de saber cuánto tiempo hace que el hombre se separó por primera
vez del linaje catarrino; pero pudo haber ocurrido en una época tan remota como
el Eoceno; pues la existencia del Dryopithecus demuestra que los simios
superiores se separaron de los simios inferiores ya en el Mioceno Superior.
También ignoramos por completo la rapidez con la que los organismos, ya sean de
rango superior o inferior, pueden modificarse en circunstancias favorables;
sabemos, sin embargo, que algunos han conservado la misma forma durante un
enorme lapso de tiempo. De lo que observamos en la domesticación, aprendemos
que algunos de los codescendientes de la misma especie pueden no haber cambiado
en absoluto, algunos poco y otros mucho, todo dentro del mismo período. Así
pudo haber sucedido con el hombre, que sufrió una gran cantidad de
modificaciones en ciertos caracteres en comparación con los simios superiores.
La gran ruptura en la cadena orgánica
entre el hombre y sus parientes más cercanos, insalvable para cualquier
especie, extinta o viva, se ha presentado a menudo como una grave objeción a la
creencia de que el hombre desciende de una forma inferior; pero esta objeción
no tendrá mucho peso para quienes, por razones generales, creen en el principio
general de la evolución. Las rupturas ocurren a menudo en todas las partes de
la serie, algunas amplias, nítidas y definidas, otras menos en diversos grados;
como entre el orangután y sus parientes más cercanos —entre el tarso y los
demás lémures—, entre el elefante y, de forma más marcada, entre el
ornitorrinco o equidna y todos los demás mamíferos. Pero estas rupturas
dependen simplemente del número de formas relacionadas que se han extinguido.
En algún período futuro, no muy lejano en siglos, las razas humanas civilizadas
casi con certeza exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes en todo el
mundo. Al mismo tiempo, los simios antropomorfos, como ha señalado el profesor
Schaaffhausen (18. 'Anthropological Review', abril de 1867, pág. 236), serán
sin duda exterminados. La brecha entre el hombre y sus aliados más cercanos
será entonces más amplia, pues se establecerá entre el hombre en un estado más
civilizado, como podemos esperar, incluso que el caucásico, y algún simio tan
inferior como un babuino, en lugar de, como ocurre ahora, entre el negro o el
australiano y el gorila.
Respecto a la ausencia de restos
fósiles que permitan conectar al hombre con sus progenitores simiescos, nadie
que lea la discusión de Sir C. Lyell (19. «Elementos de Geología», 1865, págs.
583-585; «Antigüedad del Hombre», 1863, pág. 145), donde demuestra que en todas
las clases de vertebrados el descubrimiento de restos fósiles ha sido un
proceso muy lento y fortuito. No debe olvidarse que las regiones con mayor
probabilidad de encontrar restos que conecten al hombre con alguna criatura
simiesca extinta aún no han sido exploradas por los geólogos.
ETAPAS INFERIORES EN LA GENEALOGÍA
DEL HOMBRE.
Hemos visto que el hombre parece
haberse separado de la división catarrina o del Viejo Mundo de los Simiadae,
después de que estos se separaran de la división del Nuevo Mundo. Ahora
intentaremos rastrear los rastros remotos de su genealogía, basándonos principalmente
en las afinidades mutuas entre las diversas clases y órdenes, con una ligera
referencia a los períodos, hasta donde se conoce, de su sucesiva aparición en
la Tierra. Los Lemuridae se sitúan por debajo y cerca de los Simiadae, y
constituyen una familia muy distinta de primates o, según Haeckel y otros, un
Orden distinto. Este grupo está extraordinariamente diversificado y
fragmentado, e incluye muchas formas aberrantes. Por lo tanto, probablemente ha
sufrido una gran extinción. La mayoría de los remanentes sobreviven en islas,
como Madagascar y el archipiélago malayo, donde no han estado expuestos a una
competencia tan severa como la que habrían experimentado en continentes con una
población abundante. Este grupo presenta asimismo múltiples gradaciones, que
conducen, como señala Huxley (20. «El lugar del hombre en la naturaleza», pág.
105), «insensiblemente desde la cima de la creación animal hasta criaturas de
las que solo hay un paso, al parecer, hasta los mamíferos placentarios más
bajos, diminutos e ininteligentes». A partir de estas diversas consideraciones,
es probable que los Simiadae se desarrollaran originalmente a partir de los
progenitores de los Lemuridae existentes; y estos, a su vez, a partir de formas
que se encuentran en un nivel muy inferior en la serie de los mamíferos.
Los marsupiales se sitúan, en muchos
aspectos importantes, por debajo de los mamíferos placentarios. Aparecieron en
un período geológico anterior, y su distribución era mucho más extensa que la
actual. Por ello, se suele suponer que los placentados derivan de los
implacentatos o marsupiales; no de formas muy parecidas a los marsupiales
actuales, sino de sus primeros progenitores. Los monotremas están claramente
emparentados con los marsupiales, formando una tercera división, aún inferior,
en la gran serie de mamíferos. Actualmente, están representados únicamente por
el ornitorrinco y el equidna; y estas dos formas pueden considerarse con
seguridad reliquias de un grupo mucho mayor, cuyos representantes se han
conservado en Australia gracias a una concurrencia favorable de circunstancias.
Los monotremas son sumamente interesantes, ya que, en varios aspectos
estructurales importantes, se alinean con la clase de los reptiles.
Al intentar rastrear la genealogía de
los mamíferos, y por ende del hombre, en etapas posteriores de la serie, nos
vemos envueltos en una oscuridad cada vez mayor; pero, como ha señalado un
experto, el Sr. Parker, tenemos buenas razones para creer que ninguna ave o
reptil auténtico interviene en la línea directa de descendencia. Quien desee
ver el efecto del ingenio y el conocimiento, puede consultar las obras del
profesor Haeckel. (21. Se dan tablas elaboradas en su 'Generelle Morphologie'
(B. ii. s. cliii. y s. 425); y con referencia más especial al hombre en su
'Natürliche Schöpfungsgeschichte', 1868. El profesor Huxley, al reseñar este
último trabajo ('The Academy', 1869, pág. 42) dice que considera que el filo o
líneas de descendencia de los vertebrados están admirablemente discutidas por
Haeckel, aunque difiere en algunos puntos. Expresa, también, su alta estimación
del tenor general y el espíritu de todo el trabajo.) Me contentaré con unas
pocas observaciones generales. Todo evolucionista admitirá que las cinco
grandes clases de vertebrados, a saber, mamíferos, aves, reptiles, anfibios y
peces, descienden de algún prototipo; porque tienen mucho en común,
especialmente durante su estado embrionario. Como la clase de los peces es la
de organización más baja y apareció antes que las demás, podemos concluir que
todos los miembros del reino vertebrado derivan de algún animal parecido a un
pez. La creencia de que animales tan distintos como un mono, un elefante, un
colibrí, una serpiente, una rana y un pez, etc., pudieran haber descendido de
los mismos progenitores, parecerá monstruosa a quienes no hayan prestado
atención al progreso reciente de la historia natural. Pues esta creencia
implica la existencia anterior de vínculos que unían estrechamente a todas estas
formas, ahora tan completamente dispares.
Sin embargo, es cierto que han
existido, o existen ahora, grupos de animales que sirven para conectar varias
de las grandes clases de vertebrados de manera más o menos estrecha. Hemos
visto que el Ornithorhynchus se gradúa hacia los reptiles; y el profesor Huxley
ha descubierto, y es confirmado por el Sr. Cope y otros, que los Dinosaurios
son en muchos caracteres importantes intermedios entre ciertos reptiles y
ciertas aves: las aves a las que se hace referencia son la tribu de los
avestruces (en sí misma evidentemente un remanente ampliamente difundido de un
grupo más grande) y el Archaeopteryx, esa extraña ave secundaria, con una larga
cola similar a la de un lagarto. Además, según el profesor Owen (22.
'Palaeontology' 1860, p. 199), los Ictiosaurios (grandes lagartos marinos
provistos de remos) presentan muchas afinidades con los peces, o más bien,
según Huxley, con los anfibios; Una clase que, incluyendo en su división
superior a las ranas y sapos, está claramente emparentada con los peces
ganoides. Estos últimos peces proliferaron durante los primeros períodos
geológicos y se construyeron sobre lo que se denomina un tipo generalizado, es
decir, presentaban afinidades diversificadas con otros grupos de organismos. El
lepidosiren también está tan estrechamente emparentado con los anfibios y los
peces, que los naturalistas discutieron durante mucho tiempo en cuál de estas
dos clases clasificarlo; este, y también algunos pocos peces ganoides, se han
preservado de la extinción total al habitar ríos, que son puertos de refugio y
están relacionados con las grandes aguas del océano de la misma manera que las
islas lo están con los continentes.
Finalmente, un solo miembro de la
inmensa y diversa clase de peces, el anfioxo, es tan diferente de todos los
demás peces que Haeckel sostiene que debería formar una clase distinta en el
reino de los vertebrados. Este pez destaca por sus características negativas;
difícilmente se puede decir que posea cerebro, columna vertebral o corazón,
etc.; por lo que fue clasificado por los naturalistas más antiguos entre los
gusanos. Hace muchos años, el profesor Goodsir percibió que el anfioxo
presentaba ciertas afinidades con las ascidias, criaturas marinas
invertebradas, hermafroditas, permanentemente adheridas a un soporte.
Difícilmente se parecen a animales, y consisten en una simple, resistente y
correosa bolsa, con dos pequeños orificios salientes. Pertenecen a los
Mulluscoida de Huxley, una división inferior del gran reino de los moluscos;
pero recientemente algunos naturalistas los han incluido entre los Vermes o
gusanos. Sus larvas se parecen un poco a los renacuajos en forma (23. En las
Islas Malvinas tuve la satisfacción de ver, en abril de 1833, y por lo tanto
algunos años antes que cualquier otro naturalista, las larvas locomotoras de
una ascidia compuesta, estrechamente relacionada con Synoicum, pero
aparentemente genéricamente distinta de ella. La cola era aproximadamente cinco
veces más larga que la cabeza oblonga y terminaba en un filamento muy fino.
Estaba, como lo dibujé bajo un microscopio simple, claramente dividida por
particiones transversales opacas, que presumo representan las grandes células
imaginadas por Kovalevsky. En una etapa temprana del desarrollo, la cola estaba
estrechamente enrollada alrededor de la cabeza de la larva.), y tienen el poder
de nadar libremente. El Sr. Kovalevsky (24. 'Memorias de la Academia de
Ciencias de San Petersburgo', tomo x, n.º 15, 1866) ha observado recientemente
que las larvas de ascidias están emparentadas con los vertebrados en su
desarrollo, la posición relativa del sistema nervioso y su estructura, muy
similar a la de la cuerda dorsal de los vertebrados; y esto ha sido confirmado
posteriormente por el profesor Kupffer. El Sr. Kovalevsky me escribe desde
Nápoles que ha profundizado aún más en estas observaciones y que, de
confirmarse sus resultados, el conjunto constituirá un descubrimiento de gran
valor. Así pues, si nos basamos en la embriología, la guía más fiable para la
clasificación, parece que por fin hemos obtenido una pista sobre el origen de
los vertebrados. (25. Pero debo agregar que algunos jueces competentes
cuestionan esta conclusión; por ejemplo, M. Giard, en una serie de artículos en
los 'Archives de Zoologie Experimentale', de 1872. Sin embargo, este
naturalista observa, p. 281, “L'organisation de la larve ascidienne en dehors
de toute hypothèse et de toute théorie, nous montre comment la Nature peut
produire la disposition fundamentale du type vertébré (l'existence d'une corde
dorsale) chez un invertébré par la seule condition vitale de l'adaptation, et
esta simple posibilidad de pasaje supprime l'abîme entre les deux
sous-règnes,Tendríamos entonces razón para creer que en un período
extremadamente remoto existió un grupo de animales, parecidos en muchos
aspectos a las larvas de nuestras ascidias actuales, que divergieron en dos
grandes ramas: una que retrocedió en su desarrollo y produjo la clase actual de
ascidias, y la otra que ascendió a la corona y cumbre del reino animal al dar
origen a los vertebrados.
Hasta ahora nos hemos esforzado por
trazar, a grandes rasgos, la genealogía de los vertebrados mediante sus
afinidades mutuas. Ahora examinaremos al hombre tal como existe; y creo que
podremos restaurar parcialmente la estructura de nuestros primeros progenitores,
durante períodos sucesivos, aunque no en el orden cronológico debido. Esto
puede lograrse mediante los rudimentos que el hombre aún conserva, mediante los
caracteres que ocasionalmente aparecen en él por reversión, y con la ayuda de
los principios de la morfología y la embriología. Los diversos hechos a los que
aludiré aquí se han presentado en los capítulos anteriores.
Los primeros progenitores del hombre
debieron estar cubiertos de pelo, y ambos sexos tenían barba; sus orejas
probablemente eran puntiagudas y móviles; y sus cuerpos contaban con una cola,
dotada de la musculatura adecuada. Sus extremidades y cuerpos también contaban
con numerosos músculos que ahora solo reaparecen ocasionalmente, pero que
normalmente están presentes en los cuadrumanos. En este período o en uno
anterior, la gran arteria y el nervio del húmero discurrían por un agujero
supracondíleo. El intestino producía un divertículo o ciego mucho más grande
que el actual. El pie era entonces prensil, a juzgar por el estado del dedo
gordo del feto; y nuestros progenitores, sin duda, eran arborícolas y
frecuentaban tierras cálidas y boscosas. Los machos poseían grandes caninos,
que les servían como armas formidables. En un período mucho más temprano, el
útero era doble; las excretas se evacuaban a través de una cloaca; y el ojo
estaba protegido por un tercer párpado o membrana nictitante. En un período aún
más temprano, los progenitores del hombre debieron ser acuáticos en sus
hábitos; pues la morfología nos indica claramente que nuestros pulmones
consisten en una vejiga natatoria modificada, que antaño sirvió como flotador.
Las hendiduras del cuello en el embrión humano muestran dónde existieron las
branquias. En los períodos lunares o semanales recurrentes de algunas de
nuestras funciones, aparentemente aún conservamos vestigios de nuestro lugar de
nacimiento primordial, una costa bañada por las mareas. Aproximadamente en este
mismo período temprano, los verdaderos riñones fueron reemplazados por los
cuerpos wolffianos. El corazón existía como un simple vaso pulsátil; y la
cuerda dorsal ocupó el lugar de la columna vertebral. Estos primeros ancestros
del hombre, vistos así en los oscuros recovecos del tiempo, debieron haber
tenido una organización tan simple, o incluso más simple, que la lanceola o el
anfioxo.
Hay otro punto que merece una
atención más detallada. Se sabe desde hace tiempo que, en el reino vertebrado,
un sexo posee rudimentos de diversas partes accesorias, pertenecientes al
sistema reproductivo, que pertenecen propiamente al sexo opuesto; y ahora se ha
comprobado que, en un período embrionario muy temprano, ambos sexos poseen
glándulas masculinas y femeninas. Por lo tanto, algún progenitor remoto de todo
el reino vertebrado parece haber sido hermafrodita o andrógino. (26. Esta es la
conclusión del profesor Gegenbaur, una de las más altas autoridades en anatomía
comparada: véase 'Grundzüge der vergleich. Anat.' 1870, s. 876. Se ha llegado
al resultado principalmente a partir del estudio de los anfibios; pero parece a
partir de las investigaciones de Waldeyer (como se cita en 'Journal of Anat.
and Phys.' 1869, p. 161), que los órganos sexuales incluso de "los
vertebrados superiores son, en su condición temprana, hermafroditas".
Algunos autores han sostenido puntos de vista similares durante mucho tiempo,
aunque hasta hace poco sin una base firme.) Pero aquí encontramos una
dificultad singular. En la clase de los mamíferos, los machos poseen rudimentos
de un útero con el pasaje adyacente, en sus vesículas prostáticas; también
tienen rudimentos de mamas, y algunos marsupiales machos tienen rastros de un
saco marsupial. (27. El macho del lobo marsupial ofrece el mejor ejemplo. Owen,
«Anatomía de los Vertebrados», vol. iii, pág. 771.) Podrían añadirse otros
hechos análogos. ¿Debemos, entonces, suponer que algún mamífero extremadamente
antiguo continuó siendo andrógino tras haber adquirido las principales
distinciones de su clase y, por lo tanto, tras divergir de las clases
inferiores del reino vertebrado? Esto parece muy improbable, pues debemos
recurrir a los peces, la clase inferior de todas, para encontrar formas
andróginas aún existentes. (28. Se ha observado hermafroditismo en varias
especies de Serranus, así como en algunos otros peces, donde es normal y
simétrico, o anormal y unilateral. El Dr. Zouteveen me ha proporcionado
referencias sobre este tema, más especialmente un artículo del Prof.
Halbertsma, en la 'Transact. of the Dutch Acad. of Sciences', vol. XVI. El Dr.
Gunther duda del hecho, pero ya ha sido registrado por demasiados buenos
observadores como para seguir discutiéndolo. El Dr. M. Lessona me escribe que
ha verificado las observaciones hechas por Cavolini sobre Serranus. El Prof.
Ercolani ha demostrado recientemente ('Accad. delle Scienze', Bolonia, 28 de
diciembre de 1871) que las anguilas son andróginas.) El hecho de que varias
partes accesorias, propias de cada sexo, se encuentren en una condición
rudimentaria en el sexo opuesto, puede explicarse por el hecho de que dichos
órganos fueron adquiridos gradualmente por un sexo y luego transmitidos en un
Un estado más o menos imperfecto se transmite al otro. Al tratar la selección
sexual, encontraremos innumerables ejemplos de esta forma de transmisión, como
en el caso de los espolones, las plumas y los colores brillantes, adquiridos
por los machos para la batalla o como ornamento, y heredados por las hembras en
un estado imperfecto o rudimentario.
La posesión por parte de los
mamíferos machos de órganos mamarios funcionalmente imperfectos es, en ciertos
aspectos, especialmente curiosa. Los monotremas poseen glándulas mamarias con
orificios, pero carecen de pezones; y dado que estos animales se sitúan en la
base de la serie de los mamíferos, es probable que los progenitores de la clase
también tuvieran glándulas mamarias, pero no pezones. Esta conclusión se
sustenta en lo que se conoce sobre su desarrollo; pues el profesor Turner me
informa, basándose en Kolliker y Langer, que en el embrión las glándulas
mamarias pueden rastrearse claramente antes de que los pezones sean siquiera
visibles; y el desarrollo de las sucesivas partes en el individuo generalmente
representa y concuerda con el desarrollo de seres sucesivos en la misma línea
de descendencia. Los marsupiales se diferencian de los monotremas por poseer
pezones; por lo tanto, probablemente estos órganos fueron adquiridos por
primera vez por los marsupiales, tras divergir de los monotremas y superarlos,
y luego transmitidos a los mamíferos placentarios. (29. El profesor Gegenbaur
ha demostrado ('Jenäische Zeitschrift', Bd. vii. pág. 212) que dos tipos
distintos de pezones prevalecen en los diversos órdenes de mamíferos, pero que
es bastante inteligible cómo ambos podrían haberse derivado de los pezones de
los marsupiales, y el último de los de los monotremas. Véase, también, una
memoria del Dr. Max Huss, sobre las glándulas mamarias, ibid. B. viii. pág.
176.) Nadie supondrá que los marsupiales todavía permanecieron andróginos,
después de que aproximadamente adquirieron su estructura actual. ¿Cómo podemos
explicar entonces que los mamíferos machos posean mamas? Es posible que se
desarrollaran primero en las hembras y luego se transfirieran a los machos,
pero de lo que sigue esto es poco probable.
Se puede sugerir, como otro punto de
vista, que mucho después de que los progenitores de toda la clase de los
mamíferos hubieran dejado de ser andróginos, ambos sexos produjeron leche y así
alimentaron a sus crías; y en el caso de los marsupiales, ambos sexos llevaron
a sus crías en sacos marsupiales. Esto no parecerá del todo improbable si
consideramos que los machos de los peces signatos actuales reciben los huevos
de las hembras en sus bolsas abdominales, los incuban y después, como creen
algunos, nutren a las crías (30. El Sr. Lockwood cree (citado en 'Quart.
Journal of Science', abril de 1868, pág. 269), a partir de lo que ha observado
del desarrollo del hipocampo, que las paredes de la bolsa abdominal del macho
proporcionan de alguna manera alimento. Sobre los peces machos que incuban los
huevos en sus bocas, véase un artículo muy interesante del Prof. Wyman, en
'Proc. Boston Soc. of Nat. Hist.', 15 de septiembre de 1857; también el Prof.
Turner, en 'Journal of Anatomy and Physiology', 1 de noviembre de 1866, pág.
78. El Dr. Gunther también ha descrito casos similares); que otros peces machos
incuban los huevos dentro de sus bocas o branquias cavidades; que ciertos sapos
machos toman los huevos de las hembras y los enrollan alrededor de sus muslos,
manteniéndolos allí hasta que nacen los renacuajos; que ciertos pájaros machos
se encargan de toda la tarea de la incubación, y que los pichones, al igual que
las hembras, alimentan a sus polluelos con una secreción de su buche. Pero la
sugerencia anterior se me ocurrió por primera vez al considerar que las
glándulas mamarias de los mamíferos machos están mucho más desarrolladas que
los rudimentos de las demás partes reproductoras accesorias, que se encuentran
en un sexo aunque son propias del otro. Las glándulas mamarias y los pezones,
tal como existen en los mamíferos machos, difícilmente pueden considerarse
rudimentarios; simplemente no están completamente desarrollados y no son
funcionalmente activos. Se ven afectados por el sistema simpático bajo la influencia
de ciertas enfermedades, al igual que los mismos órganos en la hembra. A menudo
secretan unas gotas de leche al nacer y en la pubertad; este último hecho
ocurrió en el curioso caso, antes mencionado, de un joven que poseía dos pares
de mamas. En el hombre y otros mamíferos machos, se sabe que, ocasionalmente,
estos órganos se desarrollan tanto durante la madurez que producen una buena
cantidad de leche. Si suponemos que, durante un período prolongado, los
mamíferos machos ayudaron a las hembras a amamantar a sus crías (31. La
señorita C. Royer sugirió una opinión similar en su obra «Origine de l'homme»,
etc., 1870), y que posteriormente, por alguna causa (como la producción de un
menor número de crías), los machos dejaron de prestar esta ayuda, la falta de
uso de los órganos durante la madurez provocaría su inactividad; y, según dos
principios hereditarios bien conocidos, este estado de inactividad
probablemente se transmitiría a los machos en la edad de madurez
correspondiente. Sin embargo, a una edad más temprana, estos órganos no se
verían afectados, de modo que estarían casi igualmente desarrollados en las
crías de ambos sexos.
-CONCLUSIÓN-
Von Baer ha definido el avance o
progreso en la escala orgánica mejor que nadie, como basado en el grado de
diferenciación y especialización de las diversas partes de un ser —cuando
alcanza la madurez, como me inclinaría a añadir—. Ahora bien, a medida que los
organismos se han adaptado lentamente a líneas de vida diversificadas mediante
la selección natural, sus partes se habrán diferenciado y especializado cada
vez más para diversas funciones gracias a la ventaja obtenida mediante la
división del trabajo fisiológico. A menudo, la misma parte parece haber sido
modificada primero para un propósito, y mucho después para otro completamente
distinto; y así todas las partes se vuelven cada vez más complejas. Pero cada
organismo aún conserva el tipo general de estructura del progenitor del que
derivó originalmente. De acuerdo con esta perspectiva, si recurrimos a la
evidencia geológica, parece que la organización en general ha avanzado en todo
el mundo a pasos lentos e interrumpidos. En el gran reino de los vertebrados,
ha culminado en el hombre. Sin embargo, no debe suponerse que los grupos de
seres orgánicos siempre son suplantados y desaparecen tan pronto como dan
origen a otros grupos más perfectos. Estos últimos, aunque victoriosos sobre
sus predecesores, pueden no haberse adaptado mejor a todos los lugares de la
economía natural. Algunas formas antiguas parecen haber sobrevivido habitando
sitios protegidos, donde no han estado expuestas a una competencia muy severa;
y estas a menudo nos ayudan a construir nuestras genealogías, al darnos una
idea precisa de las poblaciones antiguas y desaparecidas. Pero no debemos caer
en el error de considerar a los miembros actuales de cualquier grupo poco
organizado como representantes perfectos de sus antiguos predecesores.
Los progenitores más antiguos del
reino de los vertebrados, a los que podemos echar un vistazo vago,
aparentemente consistieron en un grupo de animales marinos (32). Los habitantes
de la costa deben verse muy afectados por las mareas; los animales que viven
cerca de la línea media de pleamar o de la línea media de bajamar pasan por un
ciclo completo de cambios de marea en quince días. En consecuencia, su
suministro de alimentos experimentará cambios marcados semana a semana. Las
funciones vitales de tales animales, que viven en estas condiciones durante
muchas generaciones, difícilmente pueden dejar de seguir su curso en períodos
semanales regulares. Ahora bien, es un hecho misterioso que en los vertebrados
superiores y ahora terrestres, así como en otras clases, muchos procesos
normales y anormales tienen una o más semanas completas como sus períodos; esto
se volvería inteligible si los vertebrados descienden de un animal emparentado
con las ascidias mareales existentes. Se podrían dar muchos ejemplos de tales
procesos periódicos, como la gestación de los mamíferos, la duración de las
fiebres, etc. La eclosión de los huevos También ofrece un buen ejemplo, pues,
según el Sr. Bartlett ('Land and Water', 7 de enero de 1871), los huevos de
paloma eclosionan en dos semanas; los de ave, en tres; los de pato, en cuatro;
los de ganso, en cinco; y los de avestruz, en siete semanas. Hasta donde
sabemos, un período recurrente, si tiene una duración aproximada a la adecuada
para cualquier proceso o función, no estaría sujeto a cambios una vez obtenido;
en consecuencia, podría transmitirse así a través de casi cualquier número de
generaciones. Pero si la función cambiara, el período tendría que cambiar, y
podría cambiar casi abruptamente en una semana entera. Esta conclusión, de ser
acertada, es sumamente notable; pues el período de gestación en cada mamífero,
la eclosión de los huevos de cada ave y muchos otros procesos vitales nos
revelan así el lugar de nacimiento primordial de estos animales), asemejándose
a las larvas de las ascidias actuales. Estos animales probablemente dieron
origen a un grupo de peces, tan poco organizados como la lanceolada; Y de estos
debieron desarrollarse los ganoides y otros peces como los lepidosiren. A
partir de estos peces, un pequeño avance nos llevaría a los anfibios. Hemos
visto que las aves y los reptiles estuvieron antaño íntimamente relacionados; y
los monotremas ahora conectan a los mamíferos con los reptiles en un ligero
grado. Pero nadie puede decir actualmente por qué línea de descendencia las
tres clases superiores y relacionadas, a saber, mamíferos, aves y reptiles,
derivaron de las dos clases inferiores de vertebrados, a saber, anfibios y
peces. En la clase de los mamíferos, no es difícil concebir los pasos que
condujeron desde los antiguos monotremas a los antiguos marsupiales; y de estos
a los primeros progenitores de los mamíferos placentarios. Podemos así ascender
a los lemúridos; y el intervalo no es muy amplio desde estos hasta los
simiados. Los simiados se ramificaron entonces en dos grandes troncos,los monos
del Nuevo Mundo y del Viejo Mundo; y de estos últimos, en un período remoto,
procedió el Hombre, maravilla y gloria del Universo.
Así, hemos dado al hombre un linaje
de prodigiosa longitud, pero no, podría decirse, de noble calidad. El mundo,
como se ha comentado a menudo, parece como si se hubiera estado preparando
durante mucho tiempo para la llegada del hombre: y esto, en cierto sentido, es
estrictamente cierto, pues debe su nacimiento a una larga línea de
progenitores. Si un solo eslabón de esta cadena nunca hubiera existido, el
hombre no habría sido exactamente lo que es ahora. A menos que cerremos los
ojos voluntariamente, podemos, con nuestro conocimiento actual, reconocer
aproximadamente nuestro origen; y no tenemos por qué avergonzarnos de ello. El
organismo más humilde es algo mucho más elevado que el polvo inorgánico bajo
nuestros pies; y nadie con una mente imparcial puede estudiar a cualquier
criatura viviente, por humilde que sea, sin entusiasmarse con su maravillosa
estructura y propiedades.
CAPÍTULO VII.
DE LAS RAZAS DEL HOMBRE.
La naturaleza y el valor de los
caracteres específicos—Aplicación a las razas humanas—Argumentos a favor y en
contra de clasificar las llamadas razas humanas como especies
distintas—Subespecies—Monogenistas y poligenistas—Convergencia de
caracteres—Numerosos puntos de semejanza en cuerpo y mente entre las razas más
distintas del hombre—El estado del hombre cuando se extendió por primera vez
sobre la tierra—Cada raza no desciende de una sola pareja—La extinción de las
razas—La formación de las razas—Los efectos del cruzamiento—Ligera influencia
de la acción directa de las condiciones de vida—Ligera o nula influencia de la
selección natural—Selección sexual.
No es mi intención describir aquí las
diversas llamadas razas humanas; pero me propongo investigar cuál es el valor
de las diferencias entre ellas desde un punto de vista clasificatorio y cómo se
originaron. Para determinar si dos o más formas afines deben clasificarse como
especies o variedades, los naturalistas se guían prácticamente por las
siguientes consideraciones: la magnitud de las diferencias entre ellas, si
dichas diferencias se relacionan con pocos o muchos puntos estructurales y si
son de importancia fisiológica; pero, más especialmente, si son constantes. La
constancia de carácter es lo que los naturalistas valoran y buscan
principalmente. Siempre que se pueda demostrar, o hacer probable, que las
formas en cuestión han permanecido distintas durante un largo período, esto se
convierte en un argumento de gran peso a favor de tratarlas como especies.
Incluso un ligero grado de esterilidad entre dos formas cualesquiera en el
primer cruce, o en su descendencia, se considera generalmente una prueba decisiva
de su distinción específica. y su persistencia continua sin mezclarse dentro de
la misma área, se acepta generalmente como evidencia suficiente, ya sea de
algún grado de esterilidad mutua, o en el caso de animales de cierta
repugnancia mutua al apareamiento.
Independientemente de la fusión por
cruzamiento, la ausencia total, en una región bien investigada, de variedades
que vinculen dos formas estrechamente relacionadas es probablemente el criterio
más importante para determinar su distinción específica; y esta consideración
es algo distinta a la mera constancia del carácter, pues dos formas pueden ser
muy variables y, sin embargo, no producir variedades intermedias. La
distribución geográfica a menudo influye inconscientemente, y a veces
conscientemente; de modo que las formas que viven en dos áreas muy separadas,
donde la mayoría de los demás habitantes son específicamente distintos, suelen
considerarse distintas; pero, en realidad, esto no ayuda a distinguir las razas
geográficas de las llamadas especies buenas o verdaderas.
Apliquemos ahora estos principios
generalmente admitidos a las razas humanas, considerándolas con la misma
perspectiva que un naturalista consideraría a cualquier otro animal. Respecto a
la magnitud de las diferencias entre las razas, debemos tener en cuenta nuestra
capacidad de discriminación, adquirida mediante la prolongada observación de
nosotros mismos. En la India, como señala Elphinstone, aunque un europeo recién
llegado no puede distinguir al principio las diversas razas nativas, pronto le
parecen extremadamente disímiles (1. «Historia de la India», 1841, vol. ip.
323. El padre Ripa hace exactamente la misma observación con respecto a los
chinos); y los hindúes no pueden percibir al principio ninguna diferencia entre
las diversas naciones europeas. Incluso las razas humanas más distintas se
parecen mucho más entre sí en forma de lo que se supondría a primera vista;
deben exceptuarse ciertas tribus negras, mientras que otras, como me escribe el
Dr. Rohlfs, y como he podido comprobar personalmente, tienen rasgos caucásicos.
Esta similitud general queda bien demostrada por las fotografías francesas de
la Colección Antropológica del Museo de París de hombres pertenecientes a
diversas razas, la mayoría de los cuales podrían pasar por europeos, como han
comentado muchas personas a quienes se las he mostrado. Sin embargo, estos
hombres, vistos en vivo, sin duda parecerían muy distintos, de modo que, en
nuestra opinión, el simple color de la piel y el cabello, las ligeras
diferencias en los rasgos y la expresión influyen considerablemente.
Sin embargo, no hay duda de que las
diversas razas, cuando se comparan y miden cuidadosamente, difieren mucho entre
sí, como en la textura del cabello, las proporciones relativas de todas las
partes del cuerpo (2. Un gran número de medidas de blancos, negros e indios se
dan en las 'Investigaciones en las estadísticas militares y antropológicas de
los soldados estadounidenses', por B. A. Gould, 1869, págs. 298-358; 'Sobre la
capacidad de los pulmones', pág. 471. Véanse también las numerosas y valiosas
tablas del Dr. Weisbach, a partir de las observaciones del Dr. Scherzer y el
Dr. Schwarz, en 'Reise der Novara: Anthropolog. Theil', 1867.), la capacidad de
los pulmones, la forma y capacidad del cráneo e incluso en las circunvoluciones
del cerebro. (3. Véase, por ejemplo, el relato del Sr. Marshall sobre el
cerebro de una mujer de la selva amazónica, en 'Philosophical Transactions',
1864, pág. 519). Pero sería interminable especificar las numerosas diferencias.
Las razas difieren también en constitución, aclimatación y propensión a ciertas
enfermedades. Sus características mentales son igualmente muy distintas;
principalmente, como se desprende de sus facultades emocionales, pero también
en parte, de sus facultades intelectuales. Cualquiera que haya tenido la oportunidad
de comparar, se habrá sorprendido por el contraste entre los taciturnos,
incluso taciturnos, aborígenes de Sudamérica y los negros, desenfadados y
habladores. Existe un contraste casi similar entre los malayos y los papúes (4.
Wallace, 'The Malay Archipelago', vol. ii. 1869, pág. 178), quienes viven en
las mismas condiciones físicas y están separados entre sí solo por una estrecha
franja de mar.
Consideraremos primero los argumentos
que pueden esgrimirse a favor de clasificar las razas humanas como especies
distintas, y luego los argumentos en contra. Si un naturalista, que nunca antes
hubiera visto a un negro, un hotentote, un australiano o un mongol, los
comparara, percibiría de inmediato que difieren en multitud de caracteres,
algunos leves y otros de considerable importancia. Al investigar, descubriría
que están adaptados a vivir en climas muy diferentes y que difieren ligeramente
en constitución física y disposición mental. Si se le dijera entonces que se
pueden traer cientos de especímenes similares de los mismos países, con
seguridad declararía que son especies tan buenas como muchas a las que ha
tenido la costumbre de asignar nombres específicos. Esta conclusión se vería
reforzada en cuanto comprobara que todas estas formas han conservado el mismo
carácter durante muchos siglos; y que los negros, aparentemente idénticos a los
negros actuales, vivieron hace al menos 4000 años. (5. Con respecto a las
figuras de las famosas cuevas egipcias de Abu-Simbel, M. Pouchet dice ('La
pluralidad de las razas humanas', traducción al inglés, 1864, pág. 50), que
estaba lejos de encontrar representaciones reconocibles de la docena o más de
naciones que algunos autores creen poder reconocer. Incluso algunas de las
razas más marcadas no pueden identificarse con ese grado de unanimidad que
podría haberse esperado de lo que se ha escrito sobre el tema. Así, los señores
Nott y Gliddon ('Tipos de humanidad', pág. 148), afirman que Ramsés II, o el
Grande, tiene rasgos magníficamente europeos; mientras que Knox, otro firme
creyente en la distinción específica de las razas del hombre ('Razas del
hombre', 1850, pág. 201), hablando del joven Memnón (el mismo que Ramsés II,
según me informa el señor Birch), insiste de la manera más enérgica en que Es
idéntico en carácter a los judíos de Amberes. De nuevo, cuando observé la
estatua de Amunof III, coincidí con dos funcionarios del establecimiento, ambos
jueces competentes, en que tenía rasgos de tipo negro muy marcados; pero los
señores Nott y Gliddon (ibid. p. 146, fig. 53) lo describen como un híbrido,
pero no como una «mezcla de negros». También escucharía, con la autoridad de un
excelente observador, el Dr. Lund (6. Según lo citado por Nott y Gliddon,
«Types of Mankind», 1854, p. 439. También aportan pruebas corroborativas; pero
C. Vogt cree que el tema requiere mayor investigación), que los cráneos humanos
encontrados en las cuevas de Brasil, sepultados junto con muchos mamíferos
extintos, pertenecían al mismo tipo que el que prevalece actualmente en todo el
continente americano.
Nuestro naturalista quizás se
centraría entonces en la distribución geográfica, y probablemente declararía
que esas formas deben ser especies distintas, que difieren no solo en
apariencia, sino que son aptas para países cálidos, húmedos o secos, y para las
regiones árticas. Podría apelar al hecho de que ninguna especie del grupo
próximo al hombre —a saber, los cuadrumanos— puede resistir bajas temperaturas
ni cambios considerables de clima; y que las especies más cercanas al hombre
nunca han sido criadas hasta la madurez, ni siquiera en el clima templado de
Europa. Quedaría profundamente impresionado por el hecho, observado por primera
vez por Agassiz (7. «Diversidad del origen de las razas humanas», en el
«Christian Examiner», julio de 1850), de que las diferentes razas humanas se
distribuyen por el mundo en las mismas provincias zoológicas que aquellas
habitadas por especies y géneros de mamíferos indudablemente distintos. Este es
manifiestamente el caso de las razas humanas australiana, mongola y negra; de
manera menos marcada, de los hotentotes; pero claramente con los papúes y
malayos, quienes están separados, como ha demostrado el Sr. Wallace, por casi
la misma línea que divide las grandes provincias zoológicas malaya y
australiana. Los aborígenes de América se extienden por todo el continente; y
esto a primera vista parece opuesto a la regla anterior, pues la mayoría de las
producciones de las mitades sur y norte difieren ampliamente; sin embargo,
algunas pocas formas de vida, como la zarigüeya, se extienden de una a otra,
como lo hicieron antiguamente algunos de los gigantescos desdentados. Los
esquimales, al igual que otros animales árticos, se extienden por todas las
regiones polares. Cabe observar que la magnitud de las diferencias entre los
mamíferos de las diversas provincias zoológicas no se corresponde con el grado
de separación entre estas últimas; por lo que difícilmente puede considerarse
una anomalía que el negro difiera más, y el americano mucho menos, de las demás
razas humanas, que los mamíferos de los continentes africano y americano de los
mamíferos de las otras provincias. Cabe añadir que el hombre no parece haber
habitado originariamente ninguna isla oceánica y, en este aspecto, se parece a
los demás miembros de su clase.
Al determinar si las supuestas
variedades de un mismo tipo de animal doméstico deben clasificarse como tales,
o como específicamente distintas, es decir, si alguna de ellas desciende de
especies silvestres distintas, todo naturalista haría mucho hincapié en el
hecho de que sus parásitos externos sean específicamente distintos. Se haría
aún más hincapié en este hecho, ya que sería excepcional; pues el Sr. Denny me
informa que las más diversas clases de perros, aves y palomas en Inglaterra
están infestadas por la misma especie de pedículos o piojos. Ahora bien, el Sr.
A. Murray ha examinado cuidadosamente los pedículos recolectados en diferentes
países de las distintas razas humanas (8. «Transactions of the Royal Society of
Edinburgh», vol. xxii, 1861, pág. 567); y descubre que difieren, no solo en el
color, sino también en la estructura de sus garras y extremidades. En todos los
casos en que se obtuvieron muchos especímenes, las diferencias fueron
constantes. El cirujano de un barco ballenero en el Pacífico me aseguró que
cuando los piojos, que invadían a algunos isleños de Sandwich a bordo, se
acercaron a los cuerpos de los marineros ingleses, estos murieron en el
transcurso de tres o cuatro días. Estos piojos eran de color más oscuro y
parecían diferentes a los propios de los nativos de Chiloé, en Sudamérica, de
los cuales me proporcionó especímenes. Estos, a su vez, parecían más grandes y
mucho más suaves que los piojos europeos. El Sr. Murray obtuvo cuatro tipos de
piojos de África: de los negros de las costas oriental y occidental, de los
hotentotes y los cafres; dos tipos de los nativos de Australia; dos de América
del Norte y dos de América del Sur. En estos últimos casos, se puede presumir
que los piojos provenían de nativos que habitaban en diferentes distritos. En
los insectos, las ligeras diferencias estructurales, si son constantes,
generalmente se consideran de valor específico, y el hecho de que las razas
humanas estén infestadas por parásitos que parecen ser específicamente
distintos podría utilizarse como argumento para afirmar que las razas mismas
deberían clasificarse como especies distintas.
Nuestro supuesto naturalista,
habiendo llegado hasta este punto en su investigación, se preguntaría a
continuación si las razas humanas, al cruzarse, eran estériles en algún grado.
Podría consultar la obra (9. «Sobre los fenómenos de hibridación en el género
Homo», traducción al inglés, 1864) del profesor Broca, un observador cauto y
filosófico, y en ella encontraría pruebas convincentes de que algunas razas
eran bastante fértiles juntas, pero evidencia de una naturaleza opuesta con
respecto a otras. Así, se ha afirmado que las mujeres nativas de Australia y
Tasmania rara vez tienen hijos con hombres europeos; sin embargo, la evidencia
en este sentido ha demostrado ser prácticamente inválida. Los mestizos son
asesinados por los negros puros; y recientemente se ha publicado un relato de
once jóvenes mestizos asesinados y quemados al mismo tiempo, cuyos restos
fueron encontrados por la policía. (10. Véase la interesante carta del Sr. TA
Murray, en 'Anthropological Review', abril de 1868, pág. liii. En esta carta,
se refuta la declaración del conde Strzelecki de que las mujeres australianas
que han tenido hijos con un hombre blanco, son luego estériles con su propia
raza. MA de Quatrefages también ha recopilado (Revue des Cours Scientifiques,
marzo de 1869, pág. 239) mucha evidencia de que los australianos y los europeos
no son estériles cuando se cruzan.) Además, se ha dicho a menudo que cuando los
mulatos se casan entre sí, producen pocos hijos; Por otra parte, el Dr.
Bachman, de Charleston (11. «An Examination of Prof. Agassiz's Sketch of the
Nat. Provinces of the Animal World», Charleston, 1855, pág. 44), afirma
categóricamente haber conocido familias mulatas que se han casado entre sí
durante varias generaciones y han mantenido, en promedio, una fertilidad tan
alta como la de los blancos o los negros puros. Las investigaciones realizadas
anteriormente por Sir C. Lyell sobre este tema lo llevaron, según me informa, a
la misma conclusión. (12. El Dr. Rohlfs me escribe que encontró las razas
mixtas en el Gran Sahara, derivadas de árabes, bereberes y negros de tres
tribus, extraordinariamente fértiles. Por otro lado, el Sr. Winwood Reade me
informa que los negros en la Costa de Oro, aunque admiran a los hombres blancos
y mulatos, tienen una máxima de que los mulatos no deben casarse entre sí, ya
que los niños son pocos y enfermizos. Esta creencia, como señala el Sr. Reade,
merece atención, ya que los hombres blancos han visitado y residido en la Costa
de Oro durante cuatrocientos años, de modo que los nativos han tenido tiempo
suficiente para adquirir conocimientos a través de la experiencia.) En los
Estados Unidos, el censo para el año 1854 incluyó, según el Dr. Bachman,
405,751 mulatos; y este número, considerando todas las circunstancias del caso,
parece pequeño; pero esto puede explicarse en parte por la posición degradada y
anómala de la clase, y por el despilfarro de las mujeres. Siempre debe haber
una cierta absorción de mulatos por parte de los negros; y esto llevaría a una
aparente disminución de los primeros. La vitalidad inferior de los mulatos se
menciona en una obra fidedigna (13).'Estadísticas Militares y Antropológicas de
Soldados Americanos', de B. A. Gould, 1869, pág. 319) como un fenómeno bien
conocido; y esto, aunque es una consideración distinta de su menor fertilidad,
quizá pueda presentarse como prueba de la distinción específica de las razas
progenitoras. Sin duda, tanto los híbridos animales como los vegetales, al
provenir de especies extremadamente distintas, son propensos a la muerte
prematura; pero los progenitores mulatos no pueden clasificarse en la categoría
de especies extremadamente distintas. La mula común, tan conocida por su larga
vida y vigor, y sin embargo tan estéril, muestra la escasa conexión necesaria
que existe en los híbridos entre la menor fertilidad y la vitalidad; podrían
citarse otros casos análogos.
Incluso si en el futuro se demostrara
que todas las razas humanas eran perfectamente fértiles juntas, quien, por
otras razones, se inclinara a clasificarlas como especies distintas, podría
argumentar con razón que la fertilidad y la esterilidad no son criterios
seguros de distinción específica. Sabemos que estas cualidades se ven
fácilmente afectadas por las condiciones de vida cambiantes o por el
cruzamiento estrecho, y que se rigen por leyes muy complejas, por ejemplo, la
de la fertilidad desigual en los cruces inversos entre las mismas dos especies.
Con las formas que deben clasificarse como especies indudables, existe una
serie perfecta desde aquellas que son absolutamente estériles al cruzarse hasta
aquellas que son casi o completamente fértiles. Los grados de esterilidad no
coinciden estrictamente con los grados de diferencia entre los progenitores en
cuanto a estructura externa o hábitos de vida. El hombre puede compararse en
muchos aspectos con aquellos animales que han sido domesticados desde hace mucho
tiempo, y se puede presentar una gran cantidad de evidencia a favor de la
doctrina pallasiana (14. La 'Variación de animales y plantas bajo
domesticación', vol. ii, pág. 109). Puedo recordar aquí al lector que la
esterilidad de las especies cuando se cruzan no es una cualidad especialmente
adquirida, sino que, como la incapacidad de ciertos árboles para ser
injertados, es incidental en otras diferencias adquiridas. La naturaleza de
estas diferencias es desconocida, pero se relacionan más especialmente con el
sistema reproductivo, y mucho menos con la estructura externa o las diferencias
ordinarias en la constitución. Un elemento importante en la esterilidad de las
especies cruzadas aparentemente radica en que una o ambas se han habituado
durante mucho tiempo a condiciones fijas; porque sabemos que las condiciones
cambiantes tienen una influencia especial en el sistema reproductivo, y tenemos
buenas razones para creer (como se señaló antes) que las condiciones
fluctuantes de la domesticación tienden a eliminar esa esterilidad que es tan
general en las especies, en estado natural, cuando se cruzan. En otra parte he
demostrado (ibid. vol. ii. pág. 185, y 'Origen de las Especies', 5.ª edición,
pág. 317), que la esterilidad de las especies cruzadas no se ha adquirido
mediante selección natural: podemos ver que cuando dos formas ya se han vuelto
muy estériles, es casi imposible que su esterilidad aumente por la preservación
o supervivencia de los individuos cada vez más estériles; pues, a medida que
aumenta la esterilidad, se producirá cada vez menos descendencia para
reproducirse, y finalmente solo se producirán individuos únicos en intervalos
muy raros. Pero existe un grado de esterilidad aún mayor. Tanto Gartner como
Kolreuter han demostrado que en géneros de plantas, incluyendo muchas especies,
se puede formar una serie desde especies que, al cruzarse, producen cada vez
menos semillas, hasta especies que nunca producen una sola semilla, pero que,
sin embargo, se ven afectadas por el polen de la otra especie, como lo
demuestra la hinchazón del germen. En este caso, es manifiestamente imposible
seleccionar los individuos más estériles.que ya han dejado de producir
semillas; por lo que el punto máximo de esterilidad, cuando solo el germen se
ve afectado, no puede haberse obtenido mediante selección. Este punto máximo, y
sin duda los demás grados de esterilidad, son el resultado incidental de
ciertas diferencias desconocidas en la constitución del sistema reproductivo de
las especies que se cruzan. La domesticación tiende a eliminar la esterilidad,
resultado tan general del cruce de especies en estado natural. A partir de
estas diversas consideraciones, se puede argumentar con justicia que la
fertilidad perfecta de las razas humanas cruzadas, de establecerse, no nos
impediría en absoluto clasificarlas como especies distintas.
Independientemente de la fertilidad,
se ha considerado que los caracteres que presenta la descendencia de un cruce
indican si las formas progenitoras deben clasificarse como especies o
variedades; sin embargo, tras un cuidadoso estudio de la evidencia, he llegado
a la conclusión de que no se puede confiar en reglas generales de este tipo. El
resultado habitual de un cruce es la producción de una forma mezclada o
intermedia; pero en ciertos casos, algunos de los descendientes se asemejan
mucho a una forma progenitora, y otros a la otra. Esto es especialmente
probable cuando los progenitores difieren en caracteres que inicialmente
aparecieron como variaciones repentinas o monstruosidades. (15. «La variación
de los animales», etc., vol. ii, pág. 92). Me refiero a este punto porque el
Dr. Rohlfs me informa que ha visto con frecuencia en África la descendencia de
negros cruzados con miembros de otras razas, ya sea completamente negros o
completamente blancos, o raramente moteados. Por otro lado, es notorio que en América
los mulatos suelen presentar una apariencia intermedia.
Hemos visto que un naturalista podría
sentirse plenamente justificado al clasificar las razas humanas como especies
distintas, pues ha descubierto que se distinguen por numerosas diferencias en
estructura y constitución, algunas de ellas importantes. Estas diferencias,
además, se han mantenido casi constantes durante largos períodos de tiempo.
Nuestro naturalista se habrá visto influenciado en cierta medida por la enorme
diversidad del hombre, lo cual constituye una gran anomalía en la clase de los
mamíferos si se considera a la humanidad como una sola especie. Le habrá
sorprendido la distribución de las diversas llamadas razas, que concuerda con
la de otras especies de mamíferos indudablemente distintas. Finalmente, podría
argumentar que la fertilidad mutua de todas las razas aún no se ha demostrado
plenamente, e incluso si se demostrara, no constituiría una prueba absoluta de
su identidad específica.
Por otro lado, si nuestro supuesto
naturalista investigara si las formas del hombre se distinguen como las
especies comunes al mezclarse en grandes cantidades en un mismo país,
descubriría de inmediato que no es así. En Brasil, observaría una inmensa población
mestiza de negros y portugueses; en Chiloé y otras partes de Sudamérica, vería
a toda la población compuesta por indígenas y españoles mezclados en diversos
grados. (16. M. de Quatrefages ha publicado ('Anthropological Review', enero de
1869, pág. 22) un interesante relato del éxito y la energía de los paulistas en
Brasil, una raza muy cruzada de portugueses e indígenas, con sangre de otras
razas). En muchas partes del mismo continente, encontraría los cruces más
complejos entre negros, indígenas y europeos; y, a juzgar por el reino vegetal,
estos cruces triples constituyen la prueba más rigurosa de la fertilidad mutua
de las formas progenitoras. En una isla del Pacífico encontraría una pequeña
población con sangre polinesia e inglesa; y en el archipiélago de Fiji, una
población de polinesios y negritos, cruzados en todos los grados. Se podrían
añadir muchos casos análogos; por ejemplo, en África. Por lo tanto, las razas
humanas no son lo suficientemente distintas como para habitar el mismo país sin
fusión; y la ausencia de fusión ofrece la prueba habitual y mejor de distinción
específica.
Nuestro naturalista también se
sentiría muy perturbado al percibir la gran variabilidad de los caracteres
distintivos de todas las razas. Este hecho sorprende a cualquiera al observar
por primera vez a los esclavos negros en Brasil, importados de todas partes de
África. La misma observación es válida para los polinesios y para muchas otras
razas. Cabe dudar de que pueda identificarse un carácter distintivo de una raza
y que sea constante. Los salvajes, incluso dentro de los límites de una misma
tribu, no son tan uniformes en carácter como se ha afirmado a menudo. Las
mujeres hotentotes presentan ciertas peculiaridades, más marcadas que las de
cualquier otra raza, pero se sabe que no son constantes. En las diversas tribus
americanas, el color y la vellosidad difieren considerablemente; al igual que
el color, en cierta medida, y la forma de los rasgos en gran medida, en los
negros de África. La forma del cráneo varía mucho en algunas razas (17. Por
ejemplo, con los aborígenes de América y Australia, el profesor Huxley dice
('Transact. Internat. Congress of Prehist. Arch.' 1868, p. 105), que los
cráneos de muchos alemanes del sur y suizos son "tan cortos y anchos como
los de los tártaros", etc.); y lo mismo ocurre con cualquier otro
carácter. Ahora bien, todos los naturalistas han aprendido por experiencia
propia lo temerario que es intentar definir las especies con la ayuda de
caracteres inconstantes.
Pero el argumento más sólido contra
el tratamiento de las razas humanas como especies distintas es que se integran
gradualmente entre sí, independientemente en muchos casos, hasta donde podemos
juzgar, de haberse cruzado. El hombre ha sido estudiado con más detenimiento
que cualquier otro animal, y sin embargo, existe la mayor diversidad posible
entre los expertos en la materia sobre si debe clasificarse como una sola
especie o raza, o como dos (Virey), tres (Jacquinot), cuatro (Kant), cinco
(Blumenbach), seis (Buffon), siete (Hunter), ocho (Agassiz), once (Pickering),
quince (Bory St. Vincent), dieciséis (Desmoulins), veintidós (Morton), sesenta
(Crawfurd) o sesenta y tres, según Burke. (18. Véase una buena discusión sobre
este tema en Waitz, 'Introducción a la Antropología', traducción al inglés,
1863, págs. 198-208, 227. He tomado algunas de las afirmaciones anteriores de
'Origen y antigüedad del hombre físico' de H. Tuttle, Boston, 1866, pág. 35.)
Esta diversidad de juicio no prueba que las razas no deban clasificarse como
especies, pero muestra que se gradúan entre sí y que es casi imposible
descubrir caracteres distintivos claros entre ellas.
Todo naturalista que ha tenido la
desgracia de emprender la descripción de un grupo de organismos muy variados se
ha encontrado con casos (hablo por experiencia propia) precisamente similares
al del hombre; y si es cauteloso, acabará uniendo todas las formas que se
integran gradualmente en una sola especie; pues se dirá a sí mismo que no tiene
derecho a dar nombres a objetos que no puede definir. Casos de este tipo se dan
en el orden que incluye al hombre, concretamente en ciertos géneros de monos;
mientras que en otros géneros, como en Cercopithecus, la mayoría de las
especies pueden determinarse con certeza. En el género americano Cebus, algunos
naturalistas clasifican las diversas formas como especies, mientras que otros
las clasifican como meras razas geográficas. Ahora bien, si se recolectaran
numerosos especímenes de Cebus de toda Sudamérica, y se descubriera que las
formas que actualmente parecen ser específicamente distintas se integran
gradualmente en una sola especie, normalmente se clasificarían como meras
variedades o razas; y esta es la línea que han seguido la mayoría de los
naturalistas con respecto a las razas del hombre. Sin embargo, hay que confesar
que hay formas, al menos en el reino vegetal (19. El profesor Nageli ha
descrito cuidadosamente varios casos sorprendentes en sus 'Botanische
Mittheilungen', B. ii. 1866, ss. 294-369. El profesor Asa Gray ha hecho
observaciones análogas sobre algunas formas intermedias en las compuestas de
Norteamérica), que no podemos evitar nombrar como especies, pero que están
conectadas entre sí por innumerables gradaciones, independientemente del
entrecruzamiento.
Algunos naturalistas han empleado
recientemente el término "subespecie" para designar formas que poseen
muchas de las características de las verdaderas especies, pero que difícilmente
merecen un rango tan alto. Si reflexionamos sobre los sólidos argumentos
expuestos para elevar las razas humanas a la dignidad de especie, y las
insuperables dificultades que, por otro lado, presenta su definición, parece
que el término "subespecie" podría emplearse aquí con propiedad.
Pero, por un largo hábito, quizá siempre se empleará el término
"raza". La elección de términos solo tiene su importancia, ya que es
deseable usar, en la medida de lo posible, los mismos términos para los mismos
grados de diferencia. Desafortunadamente, esto rara vez se puede lograr: los
géneros más grandes generalmente incluyen formas estrechamente afines, que solo
se distinguen con mucha dificultad, mientras que los géneros más pequeños
dentro de la misma familia incluyen formas perfectamente distintas; sin
embargo, todas deben clasificarse por igual como especies. Por lo tanto, las
especies dentro de un mismo género grande no se parecen en absoluto entre sí en
el mismo grado; por el contrario, algunas de ellas generalmente pueden
organizarse en pequeños grupos alrededor de otras especies, como satélites
alrededor de planetas. (20. 'Origen de las especies', 5ª edición, pág. 68.)
La cuestión de si la humanidad se
compone de una o varias especies ha sido ampliamente debatida en los últimos
años por los antropólogos, divididos en las escuelas de monogenistas y
poligenistas. Quienes no admiten el principio de la evolución deben considerar
las especies como creaciones separadas, o de alguna manera como entidades
distintas; y deben decidir qué formas de hombre considerarán como especies por
analogía con el método comúnmente utilizado para clasificar a otros seres
orgánicos como especies. Pero es inútil decidir este punto hasta que se acepte
generalmente una definición del término "especie"; y esta definición
no debe incluir un elemento indeterminado como un acto de creación. Podríamos
intentar, sin ninguna definición, decidir si un cierto número de casas debería
llamarse aldea, pueblo o ciudad. Tenemos un ejemplo práctico de la dificultad
en las interminables dudas sobre si muchos mamíferos, aves, insectos y plantas
estrechamente relacionados, que se representan mutuamente en Norteamérica y
Europa, deberían clasificarse como especies o razas geográficas. Y lo mismo
puede decirse de las producciones de muchas islas situadas a poca distancia del
continente más cercano.
Por otro lado, aquellos naturalistas
que admiten el principio de la evolución, y esto es admitido actualmente por la
mayoría de los hombres en ascenso, no dudarán de que todas las razas humanas
descienden de un único tronco primitivo; consideren o no adecuado designar las
razas como especies distintas para expresar su grado de diferencia. (21. Véase
al respecto el profesor Huxley en la «Fortnightly Review», 1865, pág. 275). En
el caso de nuestros animales domésticos, la cuestión de si las diversas razas
han surgido de una o más especies es algo diferente. Si bien puede admitirse
que todas las razas, así como todas las especies naturales dentro del mismo
género, han surgido del mismo tronco primitivo, es un tema de debate si todas
las razas domésticas del perro, por ejemplo, han adquirido su grado actual de
diferencia desde que una especie fue domesticada por primera vez por el hombre;
o si deben algunas de sus características a la herencia de especies distintas,
que ya se habían diferenciado en estado natural. Con el hombre no puede surgir
tal pregunta, pues no se puede decir que haya sido domesticado en ningún
período determinado.
Durante una etapa temprana de la
divergencia de las razas humanas a partir de un tronco común, las diferencias
entre las razas y su número debieron ser pequeñas; por consiguiente, en cuanto
a sus caracteres distintivos, tenían menos derecho a ser clasificadas como
especies distintas que las llamadas razas existentes. Sin embargo, el término
«especie» es tan arbitrario que algunas razas primitivas quizás habrían sido
clasificadas por algunos naturalistas como especies distintas si sus
diferencias, aunque extremadamente leves, hubieran sido más constantes que en
la actualidad y no se hubieran integrado gradualmente.
Sin embargo, es posible, aunque poco
probable, que los primeros progenitores del hombre hayan divergido mucho en
carácter, hasta llegar a ser más distintos entre sí que cualquier raza actual;
pero que posteriormente, como sugiere Vogt (22. «Lectures on Man», traducción
al inglés, 1864, pág. 468), convergieran en carácter. Cuando el hombre
selecciona la descendencia de dos especies distintas para el mismo objetivo, a
veces induce una convergencia considerable en cuanto a la apariencia general.
Este es el caso, como lo demuestra von Nathusius (23. 'Die Rassen des
Schweines', 1860, s. 46. 'Vorstudien für Geschichte', etc., Schweinesschädel,
1864, s. 104. Con respecto al ganado, véase M. de Quatrefages, 'Unité de
l'Espèce Humaine', 1861, p. 119), con las razas mejoradas del cerdo, que
descienden de dos especies distintas; y de manera menos marcada con las razas
mejoradas de ganado. Un gran anatomista, Gratiolet, mantiene que los simios
antropomorfos no forman un subgrupo natural; sino que el orangután es un gibón
o semnopithecus altamente desarrollado, el chimpancé un macaco altamente
desarrollado y el gorila un mandril altamente desarrollado. Si se acepta esta
conclusión, que se basa casi exclusivamente en las características cerebrales,
tendríamos un caso de convergencia, al menos en las características externas,
pues los simios antropomorfos se parecen ciertamente más entre sí en muchos
aspectos que a otros simios. Todas las semejanzas analógicas, como la de una
ballena con un pez, pueden considerarse casos de convergencia; pero este
término nunca se ha aplicado a semejanzas superficiales y adaptativas. Sin
embargo, sería extremadamente precipitado atribuir a la convergencia una
estrecha similitud de carácter en muchos aspectos estructurales entre los
descendientes modificados de seres muy distintos. La forma de un cristal está
determinada únicamente por las fuerzas moleculares, y no es sorprendente que
sustancias disímiles a veces adopten la misma forma; Pero con los seres
orgánicos debemos tener presente que la forma de cada uno depende de una
infinidad de relaciones complejas, a saber, de variaciones debidas a causas
demasiado intrincadas para ser rastreadas; de la naturaleza de las variaciones
preservadas, que dependen de las condiciones físicas, y aún más de los
organismos circundantes que compiten con cada una; y, por último, de la
herencia (en sí misma un elemento fluctuante) de innumerables progenitores,
cuyas formas han sido determinadas por relaciones igualmente complejas. Parece
increíble que los descendientes modificados de dos organismos, si estos
diferían entre sí de manera marcada, convergieran después tan estrechamente
como para llevar a una aproximación casi idéntica en toda su organización. En
el caso de las razas convergentes de cerdos antes mencionadas, la evidencia de
su descendencia de dos linajes primitivos se conserva, según von Nathusius,
claramente en ciertos huesos de sus cráneos. Si las razas humanas hubieran
descendido, como suponen algunos naturalistas,Si se tratara de dos o más especies
que difirieran entre sí tanto o casi tanto como el orangután del gorila,
difícilmente puede dudarse que aún podrían descubrirse diferencias marcadas en
la estructura de ciertos huesos en el hombre tal como existe hoy.
Aunque las razas humanas existentes
difieren en muchos aspectos, como el color, el cabello, la forma del cráneo,
las proporciones corporales, etc., si se considera su estructura completa, se
observa que se asemejan mucho entre sí en multitud de puntos. Muchos de estos
son de tan poca importancia o de una naturaleza tan singular, que es
extremadamente improbable que hayan sido adquiridos independientemente por
especies o razas aborígenes distintas. La misma observación es válida con igual
o mayor fuerza respecto a las numerosas similitudes mentales entre las razas
humanas más distintas. Los aborígenes americanos, los negros y los europeos son
tan diferentes entre sí en cuanto a su mentalidad como cualquier otra raza; sin
embargo, mientras vivía con los fueguinos a bordo del "Beagle", me
impresionaban constantemente los numerosos pequeños rasgos de carácter que
demostraban cuán similares eran sus mentes a las nuestras; y lo mismo me
ocurrió con un negro de pura sangre con quien tuve una relación íntima.
Quien lea las interesantes obras del
Sr. Tylor y Sir J. Lubbock (24. «Historia temprana de la humanidad» de Tylor,
1865; con respecto al lenguaje gestual, véase pág. 54. «Tiempos prehistóricos»
de Lubbock, 2.ª edición, 1869) quedará profundamente impresionado por la
estrecha similitud entre los hombres de todas las razas en gustos,
disposiciones y hábitos. Esto se demuestra en el placer que todos experimentan
al bailar, la música rudimentaria, la actuación, la pintura, los tatuajes y
otras formas de adornarse; en su mutua comprensión del lenguaje gestual, en la
misma expresión en sus rasgos y en los mismos gritos inarticulados cuando son
excitados por las mismas emociones. Esta similitud, o más bien identidad, es
sorprendente al contrastarla con las diferentes expresiones y gritos de las
distintas especies de monos. Hay buena evidencia de que el arte de disparar con
arcos y flechas no ha sido transmitido de un progenitor común de la humanidad,
sin embargo, como Westropp y Nilsson han señalado (25. 'Sobre formas análogas
de implementos', en 'Memorias de la sociedad antropológica' por HM Westropp.
'Los habitantes primitivos de Escandinavia', traducción al inglés, editado por
Sir J. Lubbock, 1868, pág. 104.), las puntas de flecha de piedra, traídas de
las partes más distantes del mundo y fabricadas en los períodos más remotos,
son casi idénticas; y este hecho solo puede explicarse por las diversas razas
que tienen poderes inventivos o mentales similares. Los arqueólogos han hecho
la misma observación (26. Westropp, «Sobre los crómlechs», etc., «Journal of
Ethnological Soc.», como aparece en «Scientific Opinion», 2 de junio de 1869,
pág. 3) con respecto a ciertos ornamentos muy comunes, como los zigzags, etc.;
y con respecto a diversas creencias y costumbres sencillas, como el entierro de
los muertos bajo estructuras megalíticas. Recuerdo haber observado en
Sudamérica (27. «Journal of Researches: Voyage of the “Beagle”, pág. 46) que
allí, como en tantas otras partes del mundo, los hombres generalmente han
elegido las cimas de altas colinas para erigir montones de piedras, ya sea como
testimonio de algún acontecimiento notable o para enterrar a sus muertos.
Ahora bien, cuando los naturalistas
observan una estrecha concordancia en numerosos pequeños detalles de hábitos,
gustos y disposiciones entre dos o más razas domésticas, o entre formas
naturales casi afines, utilizan este hecho como argumento de que descienden de
un progenitor común dotado de esta manera; y, en consecuencia, que todas
deberían clasificarse bajo la misma especie. El mismo argumento puede aplicarse
con mucha fuerza a las razas humanas.
Como es improbable que las numerosas
y poco importantes semejanzas entre las diversas razas humanas en cuanto a
estructura corporal y facultades mentales (no me refiero aquí a costumbres
similares) se hayan adquirido independientemente, debieron heredarse de
progenitores que poseían estas mismas características. De este modo, obtenemos
una idea del estado primitivo del hombre, antes de que se extendiera
gradualmente por la faz de la tierra. La expansión del hombre a regiones
ampliamente separadas por el mar, sin duda, precedió a una gran divergencia de
carácter entre las diversas razas; pues de lo contrario, a veces encontraríamos
la misma raza en distintos continentes; lo cual nunca ocurre. Sir J. Lubbock,
tras comparar las artes que ahora practican los salvajes en todas partes del
mundo, especifica aquellas que el hombre no pudo haber conocido al alejarse por
primera vez de su lugar de nacimiento; pues si las hubiera aprendido, nunca las
habría olvidado. (28. 'Tiempos Prehistóricos', 1869, pág. 574.) Demuestra así
que «la lanza, que no es más que una evolución de la punta de cuchillo, y la
maza, que no es más que un martillo largo, son lo único que queda». Admite, sin
embargo, que el arte de hacer fuego probablemente ya se había descubierto, pues
es común a todas las razas actuales y era conocido por los antiguos habitantes
de las cavernas europeas. Quizás el arte de construir toscas canoas o balsas
también se conocía; pero como el hombre existió en una época remota, cuando la
tierra en muchos lugares se encontraba a un nivel muy diferente del actual,
habría podido, sin la ayuda de las canoas, extenderse ampliamente. Sir J.
Lubbock señala además lo improbable que es que nuestros primeros antepasados
pudieran haber «contado hasta diez, considerando que tantas razas actuales no
pueden pasar de cuatro». Sin embargo, en este período temprano, las facultades
intelectuales y sociales del hombre difícilmente podrían haber sido inferiores
en ningún grado extremo a las que poseen en la actualidad los salvajes más bajos;
de lo contrario, el hombre primitivo no podría haber tenido un éxito tan
eminente en la lucha por la vida, como lo demuestra su temprana y amplia
difusión.
De las diferencias fundamentales
entre ciertas lenguas, algunos filólogos han inferido que, cuando el hombre se
difundió ampliamente, no era un animal hablante; pero cabe sospechar que
podrían haberse usado lenguas mucho menos perfectas que las habladas actualmente,
con la ayuda de gestos, sin dejar rastro en lenguas posteriores y más
desarrolladas. Sin el uso de alguna lengua, por imperfecta que fuera, parece
dudoso que el intelecto del hombre hubiera podido alcanzar el nivel que
implicaba su posición dominante en una época temprana.
Si el hombre primitivo, cuando poseía
pocas artes, y las más rudimentarias, y cuando su capacidad de lenguaje era
extremadamente imperfecta, habría merecido ser llamado hombre, dependerá de la
definición que empleemos. En una serie de formas que se gradúan insensiblemente
desde una criatura simiesca hasta el hombre tal como existe actualmente, sería
imposible determinar con precisión dónde debería usarse el término «hombre».
Pero esto es un asunto de muy poca importancia. Por lo tanto, es casi indiferente
si las llamadas razas humanas se designan así o se clasifican como especies o
subespecies; pero este último término parece el más apropiado. Finalmente,
podemos concluir que cuando el principio de la evolución sea generalmente
aceptado, como seguramente lo será en poco tiempo, la disputa entre
monogenistas y poligenistas morirá silenciosamente y sin ser observada.
Otra cuestión que no debe pasarse por
alto es si, como a veces se supone, cada subespecie o raza humana proviene de
una sola pareja de progenitores. En nuestros animales domésticos, una nueva
raza puede formarse fácilmente combinando cuidadosamente la descendencia
variable de una sola pareja, o incluso de un solo individuo con alguna
característica nueva; pero la mayoría de nuestras razas se han formado, no
intencionalmente a partir de una pareja seleccionada, sino inconscientemente
mediante la preservación de muchos individuos que han variado, aunque sea
ligeramente, de alguna manera útil o deseada. Si en un país se preferieran
habitualmente caballos más fuertes y pesados, y en otro los más ligeros y
veloces, podemos estar seguros de que con el tiempo se producirían dos subrazas
distintas, sin que ninguna pareja se hubiera separado ni criado en ninguno de
los dos países. Muchas razas se han formado así, y su proceso de formación es
muy similar al de las especies naturales. Sabemos, también, que los caballos llevados
a las Islas Malvinas, durante generaciones sucesivas, se han vuelto más
pequeños y débiles, mientras que los que han corrido salvajemente por las
Pampas han adquirido cabezas más grandes y toscas; y estos cambios se deben
manifiestamente, no a una sola pareja, sino a que todos los individuos han
estado sometidos a las mismas condiciones, ayudados, quizás, por el principio
de reversión. En estos casos, las nuevas subrazas no descienden de una sola
pareja, sino de muchos individuos que han variado en distintos grados, pero de
la misma manera general; y podemos concluir que las razas humanas se han
producido de forma similar, siendo las modificaciones el resultado directo de
la exposición a diferentes condiciones o el resultado indirecto de alguna forma
de selección. Pero volveremos a este último tema en breve.
SOBRE LA EXTINCIÓN DE LAS RAZAS
HUMANAS.
La extinción parcial o total de
muchas razas y subrazas humanas es históricamente conocida. Humboldt vio en
Sudamérica un loro, el único ser vivo capaz de hablar una palabra del idioma de
una tribu extinta. Antiguos monumentos e instrumentos de piedra hallados en
todo el mundo, sobre los cuales los habitantes actuales no han conservado
ninguna tradición, indican una gran extinción. Algunas tribus pequeñas y
fragmentadas, remanentes de razas anteriores, aún sobreviven en distritos
aislados y generalmente montañosos. En Europa, las razas antiguas eran todas,
según Shaaffhausen (29. Traducción en 'Anthropological Review', octubre de
1868, pág. 431), «de menor escala que los salvajes vivos más rudos»; por lo
tanto, debieron diferir, en cierta medida, de cualquier raza existente. Los
restos descritos por el profesor Broca en Les Eyzies, aunque lamentablemente
parecen haber pertenecido a una sola familia, indican una raza con una
combinación singular de características bajas o simias y altas. Esta raza es
“completamente diferente de cualquier otra, antigua o moderna, de la que
hayamos oído hablar”. (30. 'Transactions, International Congress of Prehistoric
Archaeology' 1868, pp. 172-175. Véase también Broca (tr.) en 'Anthropological
Review', octubre de 1868, p. 410.) Se diferenciaba, por lo tanto, de la raza
cuaternaria de las cavernas de Bélgica.
El hombre puede resistir durante
mucho tiempo condiciones que parecen extremadamente desfavorables para su
existencia. (31. Dr. Gerland, 'Últimos abismos de los animales de la
naturaleza', 1868, pág. 82). Ha vivido durante mucho tiempo en las regiones más
extremas del norte, sin madera para sus canoas ni aperos, con solo grasa de
ballena como combustible y nieve derretida como bebida. En el extremo sur de
América, los fueguinos sobreviven sin la protección de la ropa ni de ninguna
construcción digna de llamarse choza. En Sudáfrica, los aborígenes vagan por
llanuras áridas, donde abundan animales peligrosos. El hombre puede soportar la
influencia letal del Terai, al pie del Himalaya, y las costas pestilentes del
África tropical.
La extinción se deriva principalmente
de la competencia entre tribus y entre razas. Diversos obstáculos están siempre
en acción, contribuyendo a reducir el número de cada tribu salvaje, como las
hambrunas periódicas, los hábitos nómadas y la consiguiente muerte de infantes,
la lactancia prolongada, las guerras, los accidentes, las enfermedades, el
libertinaje, el robo de mujeres, el infanticidio y, sobre todo, la disminución
de la fertilidad. Si alguno de estos obstáculos aumenta su poder, aunque sea levemente,
la tribu afectada tiende a decrecer; y cuando de dos tribus contiguas una se
vuelve menos numerosa y menos poderosa que la otra, la contienda se resuelve
pronto mediante la guerra, la matanza, el canibalismo, la esclavitud y la
absorción. Incluso cuando una tribu más débil no es aniquilada de forma tan
abrupta, si una vez comienza a decrecer, generalmente continúa decreciendo
hasta extinguirse. (32. Gerland (ibid. s. 12) aporta datos que respaldan esta
afirmación).
Cuando las naciones civilizadas
entran en contacto con los bárbaros, la lucha es breve, excepto cuando un clima
mortífero favorece a la raza nativa. De las causas que conducen a la victoria
de las naciones civilizadas, algunas son sencillas y claras, otras complejas y
oscuras. Podemos ver que el cultivo de la tierra será fatal en muchos sentidos
para los salvajes, pues no pueden o no quieren cambiar sus hábitos. Nuevas
enfermedades y vicios han resultado en algunos casos altamente destructivos; y
parece que una nueva enfermedad a menudo causa muchas muertes, hasta que
aquellos más susceptibles a su influencia destructiva son gradualmente
eliminados (33. Véanse comentarios al respecto en "Medical Notes and
Reflections" de Sir H. Holland, 1839, pág. 390); y lo mismo puede ocurrir
con los efectos nocivos de las bebidas espirituosas, así como con el gusto
indomable por ellas que muestran tantos salvajes. Además, parece, por
misterioso que sea el hecho, que el primer encuentro entre personas distintas y
separadas genera enfermedades. (34. He recopilado ('Journal of Researches:
Voyage of the “Beagle”,' p. 435) muchos casos relacionados con este tema; véase
también Gerland, ibid. s. 8. Poeppig habla del “aliento de la civilización como
venenoso para los salvajes.”) El Sr. Sproat, quien en la isla de Vancouver
prestó mucha atención al tema de la extinción, creía que los cambios en los
hábitos de vida, consecuentes con la llegada de los europeos, inducen mucha
mala salud. También pone gran énfasis en la causa aparentemente insignificante
de que los nativos se vuelvan “desconcertados y aburridos por la nueva vida que
los rodea; pierden los motivos para el esfuerzo y no encuentran otros nuevos en
su lugar.” (35. Sproat, 'Scenes and Studies of Savage Life', 1868, p. 284.)
El grado de civilización parece ser
un elemento fundamental para el éxito de las naciones competidoras. Hace unos
siglos, Europa temía la invasión de los bárbaros orientales; hoy, tal temor
sería ridículo. Es aún más curioso, como ha señalado el Sr. Bagehot, que los
salvajes no se consumieran antes ante las naciones clásicas, como ocurre ahora
ante las naciones civilizadas modernas; de haberlo hecho, los antiguos
moralistas habrían reflexionado sobre el suceso; pero ningún escritor de esa
época lamenta la desaparición de los bárbaros. (36. Bagehot, «Física y
Política», «Fortnightly Review», 1 de abril de 1868, pág. 455). La causa más
importante de extinción parece ser, en muchos casos, la disminución de la
fertilidad y la mala salud, especialmente en los niños, derivadas del cambio de
condiciones de vida, aunque estas no sean perjudiciales en sí mismas. Agradezco
enormemente al Sr. H. H. Howorth por haber llamado mi atención sobre este tema
y por haberme proporcionado información al respecto. He recopilado los
siguientes casos.
Cuando Tasmania fue colonizada por
primera vez, algunos estimaron que los nativos eran aproximadamente 7000 y
otros, 20 000. Su número pronto se redujo considerablemente,
principalmente por las luchas con los ingleses y entre ellos. Tras la famosa cacería
de todos los colonos, cuando los nativos restantes se entregaron al gobierno,
solo quedaban 120 individuos (37. Todas las declaraciones aquí presentadas se
tomaron de «The Last of the Tasmanians», de J. Bonwick, 1870), quienes en 1832
fueron transportados a la isla Flinders. Esta isla, situada entre Tasmania y
Australia, tiene sesenta y cinco kilómetros de largo y entre doce y dieciocho
kilómetros de ancho: parece saludable, y los nativos fueron bien tratados. Sin
embargo, su salud se vio gravemente afectada. En 1834, consistían (Bonwick,
pág. 250) en cuarenta y siete hombres adultos, cuarenta y ocho mujeres adultas
y dieciséis niños, o en total, 111 almas. En 1835, solo quedaban cien. Como su
número seguía disminuyendo rápidamente, y como ellos mismos creían que no
perecerían tan rápidamente en otros lugares, fueron trasladados en 1847 a
Oyster Cove, en el sur de Tasmania. En aquel entonces (20 de diciembre de 1847)
estaban compuestos por catorce hombres, veintidós mujeres y diez niños. (38.
Esta es la declaración del Gobernador de Tasmania, Sir W. Denison, «Variedades
de la Vida Virrey», 1870, vol. ip. 67). Pero el cambio de ubicación no les
sirvió de nada. La enfermedad y la muerte seguían persiguiéndolos, y en 1864
solo sobrevivieron un hombre (que falleció en 1869) y tres mujeres mayores. La
infertilidad de las mujeres es un hecho aún más notable que la propensión de
todos a la mala salud y la muerte. En ese momento, cuando sólo quedaban nueve
mujeres en Oyster Cove, le dijeron al Sr. Bonwick (p. 386) que sólo dos habían
tenido hijos: ¡y estas dos juntas habían producido sólo tres hijos!
Con respecto a la causa de este
extraordinario estado de cosas, el Dr. Story señala que la muerte siguió a los
intentos de civilizar a los nativos. «Si se les hubiera permitido vagar
libremente como solían y sin ser molestados, habrían criado más hijos y habría
habido menos mortalidad». Otro observador minucioso de los nativos, el Sr.
Davis, señala: «Los nacimientos han sido escasos y las muertes numerosas. Esto
puede haberse debido en gran medida a su cambio de vida y alimentación; pero
más aún a su destierro del continente de la Tierra de Van Diemen y al
consiguiente desánimo» (Bonwick, págs. 388, 390).
Se han observado hechos similares en
dos partes muy diferentes de Australia. El célebre explorador, Sr. Gregory, le
dijo al Sr. Bonwick que en Queensland «la falta de reproducción ya se sentía
entre los negros, incluso en las zonas de asentamiento más reciente, y que la
decadencia se avecinaba». De trece aborígenes de la Bahía Shark que visitaron
el río Murchison, doce murieron de tuberculosis en tres meses. (39. Para estos
casos, véase «Daily Life of the Tasmanians» de Bonwick, 1870, pág. 90; y «Last
of the Tasmanians» de 1870, pág. 386).
La disminución de los maories de
Nueva Zelanda ha sido cuidadosamente investigada por el Sr. Fenton en un
admirable informe, del cual se extraen todas las siguientes afirmaciones, con
una excepción. (40. «Observaciones sobre los habitantes aborígenes de Nueva
Zelanda», publicado por el Gobierno en 1859). La disminución numérica desde
1830 es reconocida por todos, incluidos los propios nativos, y sigue en
constante progreso. Si bien hasta ahora ha sido imposible realizar un censo
real de los nativos, su número fue estimado cuidadosamente por residentes de
muchos distritos. El resultado parece confiable y muestra que durante los
catorce años anteriores a 1858, la disminución fue del 19,42 %. Algunas de las
tribus, examinadas con tanto cuidado, vivían a más de cien millas de distancia,
algunas en la costa, otras en el interior; y sus medios de subsistencia y
hábitos diferían en cierta medida (pág. 28). Se creía que el número total en
1858 era de 53.700, y en 1872, tras un segundo intervalo de catorce años, se realizó
otro censo, y la cifra se cifra en tan solo 36.359, lo que muestra una
disminución del 32,29 %. (41. «Nueva Zelanda», de Alex Kennedy, 1873, pág. 47).
El Sr. Fenton, tras mostrar en detalle la insuficiencia de las diversas causas
que se suelen atribuir para explicar esta extraordinaria disminución, como las
nuevas enfermedades, el libertinaje de las mujeres, la embriaguez, las guerras,
etc., concluye con fundamento que depende principalmente de la improductividad
de las mujeres y de la extraordinaria mortalidad de los niños pequeños (págs.
31, 34). Como prueba de ello, demuestra (pág. 33) que en 1844 había un no
adulto por cada 2,57 adultos; mientras que en 1858 había solo un no adulto por
cada 3,27 adultos. La mortalidad de los adultos también es alta. Él aduce como
una causa adicional de la disminución la desigualdad de los sexos; pues nacen
menos mujeres que hombres. A este último punto, dependiendo quizás de una causa
muy distinta, volveré en un capítulo futuro. El Sr. Fenton contrasta con asombro
la disminución en Nueva Zelanda con el aumento en Irlanda; países no muy
diferentes en clima, y donde los habitantes ahora siguen hábitos casi
similares. Los propios maories (p. 35) “atribuyen su decadencia, en cierta
medida, a la introducción de nuevos alimentos y vestimentas, y al consiguiente
cambio de hábitos”; y se verá, cuando consideremos la influencia de las
condiciones cambiadas en la fertilidad, que probablemente tengan razón. La
disminución comenzó entre los años 1830 y 1840; El Sr. Fenton muestra (pág. 40)
que alrededor de 1830 se descubrió y practicó ampliamente el arte de fabricar
maíz podrido mediante una larga maceración en agua; esto demuestra que se
estaba iniciando un cambio de hábitos entre los nativos, incluso cuando Nueva
Zelanda estaba escasamente poblada por europeos. Cuando visité la Bahía de las
Islas en 1835, la vestimenta y la alimentación de los habitantes ya habían
cambiado mucho: cultivaban papas, maíz y otros productos agrícolas.y los
cambiaron por productos manufacturados ingleses y tabaco.
Es evidente a partir de muchas
declaraciones en la vida del obispo Patteson (42. 'Vida de JC Patteson', por CM
Younge, 1874; ver más especialmente vol. ip 530.), que los melanesios de las
Nuevas Hébridas y archipiélagos vecinos, sufrieron en un grado extraordinario
en su salud, y perecieron en gran número, cuando fueron trasladados a Nueva
Zelanda, la Isla Norfolk y otros lugares salubres, para ser educados como
misioneros.
La disminución de la población nativa
de las Islas Sandwich es tan
tan notorio como el de Nueva Zelanda.
Se ha estimado aproximadamente por aquellos
El más capaz de juzgar es que cuando
Cook descubrió las Islas en 1779,
La población ascendía a unos 300.000
habitantes. Según un censo informal de 1823,
Las cifras entonces eran 142.050. En
1832, y en varios períodos posteriores,
No se realizó oficialmente un censo
preciso, pero he podido obtenerlo
Sólo se devuelven las siguientes:
Población nativa Tasa anual de
disminución
por
ciento, suponiendo que
(Excepto durante 1832 y han sido
uniformes entre
1836, cuando se hicieron los
pocos censos sucesivos;
extranjeros en las islas estos
censos se están realizando
Los años se incluyeron a intervalos irregulares.
1832 130.313
4.46
1836 108.579
2.47
1853 71.019
0,81
1860 67.084
2.18
1866 58.765
2.17
1872 51.531
Aquí vemos que en el intervalo de
cuarenta años, entre 1832 y 1872, la población ha disminuido no menos del
sesenta y ocho por ciento. La mayoría de los escritores han atribuido esto al
despilfarro de las mujeres, a las sangrientas guerras del pasado, al duro
trabajo impuesto a las tribus conquistadas y a las enfermedades recién
introducidas, que en varias ocasiones han sido extremadamente destructivas. Sin
duda, estas y otras causas similares han sido muy eficaces y pueden explicar la
extraordinaria tasa de disminución entre los años 1832 y 1836; pero la más
potente de todas parece ser la disminución de la fertilidad. Según el Dr.
Ruschenberger, de la Marina de los EE. UU., quien visitó estas islas entre 1835
y 1837, en un distrito de Hawái, solo veinticinco hombres de 1134, y en otro
distrito solo diez de 637, tenían una familia con al menos tres hijos. De
ochenta mujeres casadas, solo treinta y nueve habían tenido hijos; y “el
informe oficial da un promedio de medio hijo por cada matrimonio en toda la isla”.
Este es casi exactamente el mismo promedio que el de los tasmanos en Oyster
Cove. Jarves, quien publicó su Historia en 1843, dice que “las familias que
tienen tres hijos están exentas de todos los impuestos; aquellas que tienen
más, son recompensadas con donaciones de tierras y otros incentivos”. Esta
promulgación sin precedentes del gobierno muestra bien cuán infértil se había
vuelto la raza. El reverendo A. Bishop declaró en el 'Spectator' hawaiano en
1839 que una gran proporción de los niños mueren a edades tempranas, y el
obispo Staley me informa que este sigue siendo el caso, al igual que en Nueva
Zelanda. Esto se ha atribuido al descuido de los niños por parte de las
mujeres, pero probablemente se deba en gran parte a la debilidad innata de la
constitución en los niños, en relación con la menor fertilidad de sus padres.
Existe, además, una semejanza adicional con el caso de Nueva Zelanda, en el
hecho de que existe un gran exceso de nacimientos de hombres sobre mujeres: el
censo de 1872 arroja 31.650 hombres por cada 25.247 mujeres de todas las
edades, es decir, 125,36 hombres por cada 100 mujeres; mientras que en todos
los países civilizados las mujeres superan a los hombres. Sin duda, el
despilfarro de las mujeres puede explicar en parte su baja fertilidad; pero sus
nuevos hábitos de vida son una causa mucho más probable, y que a su vez
explicará el aumento de la mortalidad, especialmente infantil. Las islas fueron
visitadas por Cook en 1779, Vancouver en 1794 y, posteriormente, con frecuencia
por balleneros. En 1819, llegaron misioneros y descubrieron que la idolatría ya
había sido abolida y que el rey había efectuado otros cambios. Tras este
período, se produjo un rápido cambio en casi todos los hábitos de vida de los
nativos, quienes pronto se convirtieron en los isleños del Pacífico más
civilizados. Uno de mis informantes, el Sr. Coan, nacido en las islas, comenta
que los nativos han experimentado un cambio mayor en sus hábitos de vida en
cincuenta años que los ingleses en mil. Según información recibida del obispo
Staley,No parece que las clases más pobres hayan cambiado mucho su dieta,
aunque se han introducido muchas nuevas frutas y la caña de azúcar es de uso
universal. Sin embargo, debido a su pasión por imitar a los europeos,
modificaron su forma de vestir desde una época temprana, y el consumo de
bebidas alcohólicas se generalizó. Aunque estos cambios parecen
insignificantes, creo, por lo que se sabe sobre los animales, que podrían
bastar para reducir la fertilidad de los nativos. (43. Las declaraciones
anteriores se tomaron principalmente de las siguientes obras: Jarves, 'Historia
de las islas hawaianas', 1843, págs. 400-407. Cheever, 'Vida en las islas
Sandwich', 1851, pág. 277. Ruschenberger es citado por Bonwick, 'El último de
los tasmanos', 1870, pág. 378. Bishop es citado por Sir E. Belcher, 'Viaje
alrededor del mundo', 1843, vol. ip 272. Debo el censo de varios años a la
amabilidad del Sr. Coan, a petición del Dr. Youmans de Nueva York; y en la
mayoría de los casos he comparado las cifras de Youmans con las que se dan en
varias de las obras mencionadas anteriormente. He omitido el censo de 1850, ya
que he visto dos números muy diferentes dados.)
Finalmente, el Sr. Macnamara afirma
(44. 'The Indian Medical Gazette', 1 de noviembre de 1871, pág. 240) que los
habitantes de las Islas Andamán, en la costa este del Golfo de Bengala, son
«extremadamente susceptibles a cualquier cambio de clima: de hecho, si se los
aleja de sus hogares isleños, es casi seguro que morirán, independientemente de
su dieta o influencias externas». Afirma además que los habitantes del Valle de
Nepal, que es extremadamente caluroso en verano, y también las diversas tribus
montañeras de la India, padecen disentería y fiebre en las llanuras; y mueren
si intentan pasar allí todo el año.
Vemos así que muchas de las razas
humanas más salvajes tienden a sufrir mucho de salud al verse sometidas a
cambios en las condiciones o hábitos de vida, y no exclusivamente por ser
trasladadas a un nuevo clima. Sencillas alteraciones de hábitos, que no parecen
perjudiciales en sí mismas, parecen tener el mismo efecto; y en varios casos,
los niños son particularmente propensos a sufrir. Se ha dicho a menudo, como
señala el Sr. Macnamara, que el hombre puede resistir con impunidad las mayores
diversidades climáticas y otros cambios; pero esto solo es cierto en el caso de
las razas civilizadas. El hombre en su estado salvaje parece ser, en este
sentido, casi tan susceptible como sus parientes más cercanos, los simios
antropoides, que nunca han sobrevivido mucho tiempo tras ser retirados de su
país de origen.
La disminución de la fertilidad
debido a cambios en las condiciones, como en el caso de los tasmanos, maoístas,
isleños de Sandwich y, al parecer, los australianos, es aún más interesante que
su propensión a la mala salud y la muerte; pues incluso un grado leve de
infertilidad, combinado con las otras causas que tienden a frenar el
crecimiento de toda población, tarde o temprano conduciría a la extinción. La
disminución de la fertilidad puede explicarse en algunos casos por el
despilfarro de las mujeres (como hasta hace poco entre los tahitianos), pero el
Sr. Fenton ha demostrado que esta explicación no es en absoluto suficiente ni
para los neozelandeses ni para los tasmanos.
En el artículo citado, el Sr.
Macnamara da razones para creer que los habitantes de distritos propensos a la
malaria tienden a ser estériles; pero esto no es aplicable a varios de los
casos mencionados. Algunos autores han sugerido que los aborígenes de las islas
han sufrido problemas de fertilidad y salud debido al mestizaje prolongado;
pero en los casos mencionados, la infertilidad ha coincidido demasiado
estrechamente con la llegada de los europeos como para que podamos admitir esta
explicación. Tampoco tenemos actualmente motivos para creer que el hombre sea
muy sensible a los efectos nocivos del mestizaje, especialmente en zonas tan
extensas como Nueva Zelanda y el archipiélago de Sandwich, con sus estaciones
diversificadas. Por el contrario, se sabe que los habitantes actuales de la
Isla Norfolk son casi todos primos o parientes cercanos, al igual que los Todas
en la India y los habitantes de algunas de las islas occidentales de Escocia;
y, sin embargo, no parecen haber sufrido problemas de fertilidad. (45. Sobre la
estrecha relación de los habitantes de las islas Norfolk, Sir W. Denison,
'Varieties of Vice-Regal Life', vol. i. 1870, pág. 410. Para las Todas, véase
la obra del coronel Marshall de 1873, pág. 110. Para las islas occidentales de
Escocia, el Dr. Mitchell, 'Edinburgh Medical Journal', marzo a junio de 1865.)
Una visión mucho más probable se
sugiere mediante la analogía de los animales inferiores. Se puede demostrar que
el sistema reproductivo es extremadamente susceptible (aunque desconocemos por
qué) a las condiciones de vida cambiantes; y esta susceptibilidad conlleva
resultados tanto beneficiosos como perjudiciales. Una amplia recopilación de
datos sobre este tema se presenta en el capítulo XVIII del volumen II de mi
obra «Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación». Aquí solo puedo
ofrecer un breve resumen; cualquier persona interesada en el tema puede
consultar la obra mencionada. Cambios muy leves aumentan la salud, el vigor y
la fertilidad de la mayoría o de todos los seres orgánicos, mientras que se
sabe que otros cambios esterilizan a un gran número de animales. Uno de los
casos más conocidos es el de los elefantes domesticados que no se reproducen en
la India; aunque a menudo se reproducen en Ava, donde se permite que las
hembras deambulen por los bosques hasta cierto punto, y así se encuentran en
condiciones más naturales. El caso de varios monos americanos, cuyos dos sexos
han permanecido juntos durante muchos años en sus respectivos países, y sin
embargo rara vez o nunca se han reproducido, es un ejemplo más apropiado,
debido a su relación con el hombre. Es notable cómo un pequeño cambio en las
condiciones a menudo induce esterilidad en un animal salvaje al ser capturado;
y esto es aún más extraño dado que todos nuestros animales domésticos se han
vuelto más fértiles que en estado natural; y algunos de ellos pueden resistir
las condiciones más antinaturales sin disminuir su fertilidad. (46. Para más
información sobre este tema, véase «Variación de los Animales», etc., vol. ii,
pág. 111). Ciertos grupos de animales son mucho más propensos que otros a verse
afectados por el cautiverio; y generalmente todas las especies de un mismo
grupo se ven afectadas de la misma manera. Pero a veces una sola especie de un
grupo se vuelve estéril, mientras que las demás no; por otro lado, una sola
especie puede conservar su fertilidad mientras que la mayoría de las demás no
logran reproducirse. Los machos y las hembras de algunas especies, cuando están
confinados o cuando se les permite vivir casi, pero no del todo libres, en su
país de origen, nunca se unen; otros, en esas circunstancias, se unen con
frecuencia, pero nunca producen descendencia; otros, en cambio, producen alguna
descendencia, pero menos que en estado natural; y en relación con los casos del
hombre antes mencionados, es importante señalar que las crías tienden a ser
débiles y enfermizas, o malformadas, y a morir a una edad temprana.
Considerando lo general que es esta
ley de la susceptibilidad del sistema reproductivo a las condiciones cambiantes
de vida, y que se aplica a nuestros aliados más cercanos, los cuadrumanos,
difícilmente puedo dudar de que se aplique al hombre en su estado primigenio.
Por lo tanto, si los salvajes de cualquier raza se ven inducidos repentinamente
a cambiar sus hábitos de vida, se vuelven más o menos estériles, y sus crías
sufren problemas de salud, de la misma manera y por la misma causa, que el
elefante y el leopardo cazador en la India, muchos monos en América y una
multitud de animales de todo tipo, al ser separados de sus condiciones
naturales.
Podemos comprender por qué los
aborígenes, que han habitado islas durante mucho tiempo y que debieron haber
estado expuestos durante mucho tiempo a condiciones casi uniformes, se ven
especialmente afectados por cualquier cambio en sus hábitos, como parece ser el
caso. Las razas civilizadas pueden resistir cambios de todo tipo mucho mejor
que los salvajes; y en este sentido se asemejan a los animales domésticos, pues
si bien estos últimos a veces sufren problemas de salud (por ejemplo, los
perros europeos en la India), rara vez se vuelven estériles, aunque se han
registrado algunos casos similares. (47. «Variación de los Animales», etc.,
vol. ii, pág. 16). La inmunidad de las razas civilizadas y los animales
domésticos se debe probablemente a que han estado sometidos en mayor medida, y
por lo tanto, se han acostumbrado algo más, a condiciones diversas o variables
que la mayoría de los animales salvajes; y a que anteriormente habían inmigrado
o sido transportados de un país a otro, y a que se habían cruzado con
diferentes familias o subrazas. Parece que un cruce con razas civilizadas
otorga inmediatamente a una raza aborigen inmunidad frente a las consecuencias
negativas del cambio de condiciones. Así, la descendencia cruzada de tahitianos
e ingleses, al establecerse en la isla Pitcairn, aumentó tan rápidamente que la
isla pronto se vio sobrepoblada; y en junio de 1856 fueron trasladados a la
isla Norfolk. En aquel entonces, constaban de 60 personas casadas y 134 hijos,
lo que sumaba un total de 194. Aquí también aumentaron tan rápidamente que,
aunque dieciséis de ellos regresaron a la isla Pitcairn en 1859, en enero de
1868 sumaban 300 almas; los hombres y las mujeres eran exactamente iguales.
¡Qué contraste presenta este caso con el de los tasmanos! Los isleños de
Norfolk aumentaron en tan solo doce años y medio, de 194 a 300; mientras que
los tasmanos disminuyeron durante quince años, de 120 a 46, de los cuales solo
diez eran niños. (48. Estos detalles fueron tomados de 'The Mutineers of the
“Bounty”', de Lady Belcher, 1870; y de 'Pitcairn Island', cuya impresión ordenó
la Cámara de los Comunes el 29 de mayo de 1863. Las siguientes declaraciones
sobre los habitantes de las Islas Sandwich son de 'Honolulu Gazette' y del Sr.
Coan.)
Así también en el intervalo entre el
censo de 1866 y 1872 los nativos de sangre pura en las Islas Sandwich
disminuyeron en 8.081, mientras que los mestizos, que se cree que son más
sanos, aumentaron en 847; pero no sé si este último número incluye a los descendientes
de los mestizos o sólo a los mestizos de la primera generación.
Los casos que he presentado aquí se
refieren a aborígenes sometidos a nuevas condiciones como resultado de la
inmigración de hombres civilizados. Sin embargo, la esterilidad y la mala salud
probablemente se producirían si los salvajes se vieran obligados por cualquier
causa, como la invasión de una tribu conquistadora, a abandonar sus hogares y
cambiar sus hábitos. Es interesante que el principal obstáculo para la
domesticación de los animales salvajes —lo que implica su capacidad de
reproducirse libremente al ser capturados— y el principal obstáculo para que
los hombres salvajes, al entrar en contacto con la civilización, sobrevivan
para formar una raza civilizada, sea el mismo: la esterilidad derivada de las
nuevas condiciones de vida.
Finalmente, aunque la disminución
gradual y la extinción final de las razas humanas es un problema sumamente
complejo, que depende de múltiples causas que difieren en distintos lugares y
épocas; es el mismo problema que presenta la extinción de uno de los animales
superiores: el caballo fósil, por ejemplo, que desapareció de Sudamérica y fue
reemplazado poco después, en las mismas regiones, por innumerables grupos del
caballo español. El neozelandés parece consciente de este paralelismo, pues
compara su destino futuro con el de la rata nativa, ahora casi exterminada por
la rata europea. Aunque la dificultad es grande para nuestra imaginación, y
realmente grande, si deseamos determinar las causas precisas y su mecanismo de
acción, no debería serlo para nuestra razón, siempre que tengamos presente que
el crecimiento de cada especie y cada raza se ve constantemente frenado de
diversas maneras; de modo que si se añade cualquier nuevo obstáculo, incluso
uno leve, la raza seguramente disminuirá en número; y la disminución en el
número, tarde o temprano, conducirá a la extinción. El final, en la mayoría de
los casos, está determinado rápidamente por las incursiones de las tribus
conquistadoras.
SOBRE LA FORMACIÓN DE LAS RAZAS DEL
HOMBRE.
En algunos casos, el cruce de razas
distintas ha dado lugar a la formación de una nueva raza. El singular hecho de
que los europeos y los hindúes, que pertenecen al mismo linaje ario y hablan
una lengua fundamentalmente idéntica, difieran ampliamente en apariencia,
mientras que los europeos difieren muy poco de los judíos, que pertenecen al
linaje semítico y hablan una lengua completamente distinta, ha sido explicado
por Broca (49. 'Sobre la antropología', traducción, 'Anthropological Review',
enero de 1868, pág. 38), a través de ciertas ramas arias que fueron ampliamente
cruzadas por tribus indígenas durante su amplia difusión. Cuando dos razas en
estrecho contacto se cruzan, el primer resultado es una mezcla heterogénea:
así, el Sr. Hunter, al describir a los santali o tribus de las colinas de la
India, dice que se pueden rastrear cientos de gradaciones imperceptibles «desde
las tribus negras y rechonchas de las montañas hasta el alto brahmán de color
oliva, con su frente intelectual, ojos tranquilos y cabeza alta pero estrecha»;
de modo que es necesario en los tribunales de justicia preguntar a los testigos
si son santalis o hindúes. (50. 'The Annals of Rural Bengal', 1868, pág. 134).
No se sabe a partir de evidencia directa si un pueblo heterogéneo, como los
habitantes de algunas islas polinesias, formado por el cruce de dos razas
distintas, con pocos o ningún miembro puro restante, llegaría a ser homogéneo.
Pero al igual que con nuestros animales domésticos, un cruce ciertamente puede
fijarse y uniformizarse mediante una selección cuidadosa (51. 'The Variation of
Animals and Plants under Domestication', vol. ii, pág. 95). En el transcurso de
unas pocas generaciones, podemos inferir que el libre cruzamiento de una mezcla
heterogénea durante una larga descendencia supliría el lugar de la selección y
superaría cualquier tendencia a la reversión; de modo que la raza cruzada
finalmente se volvería homogénea, aunque podría no participar en un grado igual
de los caracteres de las dos razas progenitoras.
De todas las diferencias entre las
razas humanas, el color de la piel es la más evidente y una de las más
marcadas. Anteriormente se creía que diferencias de este tipo se debían a la
larga exposición a diferentes climas; pero Pallas fue el primero en demostrar
que esto no es sostenible, y desde entonces casi todos los antropólogos lo han
seguido. (52. Pallas, «Act. Acad. St. Petersburg», 1780, parte ii, pág. 69. Le
siguió Rudolphi en su «Beytrage zur Anthropologie», 1812. Godron ofrece un
excelente resumen de la evidencia en «De l'Espèce», 1859, vol. ii, pág. 246,
etc.). Esta opinión ha sido rechazada principalmente porque la distribución de
las razas de diversos colores, la mayoría de las cuales deben haber habitado
durante mucho tiempo sus hogares actuales, no coincide con las correspondientes
diferencias climáticas. Se puede dar poca importancia a casos como el de las
familias holandesas, quienes, según fuentes confiables (53. Sir Andrew Smith,
citado por Knox, «Races of Man», 1850, pág. 473), no han experimentado el más
mínimo cambio de color tras residir tres siglos en Sudáfrica. Un argumento
similar se puede extraer de la apariencia uniforme en diversas partes del mundo
de gitanos y judíos, aunque la uniformidad de estos últimos se ha exagerado un
poco. (54. Véase De Quatrefages sobre este tema, «Revue des Cours
Scientifiques», 17 de octubre de 1868, pág. 731). Se ha supuesto que una
atmósfera muy húmeda o muy seca influye más en la modificación del color de la
piel que el simple calor; pero como D'Orbigny en Sudamérica y Livingstone en
África llegaron a conclusiones diametralmente opuestas con respecto a la
humedad y la sequedad, cualquier conclusión al respecto debe considerarse muy
dudosa. (55. 'Travels and Researches in S. Africa' de Livingstone, 1857, págs.
338, 339. D'Orbigny, citado por Godron, 'De l'Espece', vol. ii. p. 266.)
Diversos hechos, que he mencionado en
otras ocasiones, demuestran que el color de la piel y el cabello a veces se
correlaciona de manera sorprendente con una inmunidad completa a la acción de
ciertos venenos vegetales y a los ataques de ciertos parásitos. Por lo tanto,
se me ocurrió que los negros y otras razas oscuras podrían haber adquirido sus
tonos oscuros al escapar de la influencia letal del miasma de sus países de
origen, durante una larga serie de generaciones.
Posteriormente descubrí que esta
misma idea se le había ocurrido hacía mucho tiempo al Dr. Wells. (56. Véase un
trabajo presentado ante la Royal Society en 1813 y publicado en sus Ensayos en
1818. He expuesto las opiniones del Dr. Wells en el Bosquejo Histórico (pág.
xvi) de mi «Origen de las Especies». Diversos casos de coloración
correlacionados con peculiaridades constitucionales se presentan en mi
«Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación», vol. ii, págs. 227, 335).
Se sabe desde hace tiempo que los negros, e incluso los mulatos, están casi
completamente exentos de la fiebre amarilla, tan destructiva en la América
tropical. (57. Véase, por ejemplo, Nott y Gliddon, 'Types of Mankind', pág.
68.) Asimismo, escapan en gran medida a las fiebres intermitentes mortales que
prevalecen a lo largo de al menos 2600 millas de las costas de África y que
anualmente causan la muerte de una quinta parte de los colonos blancos y el
regreso a casa inválido de otra quinta parte. (58. Mayor Tulloch, en un documento
leído ante la Sociedad Estadística, el 20 de abril de 1840, y publicado en el
'Athenaeum', 1840, pág. 353.) Esta inmunidad en el negro parece ser en parte
inherente, dependiente de alguna peculiaridad desconocida de su constitución, y
en parte resultado de la aclimatación. Pouchet (59. 'La pluralidad de la raza
humana' (trad.), 1864, pág. 60) afirma que los regimientos negros reclutados
cerca de Sudán y tomados del virrey de Egipto para la guerra con México
escaparon de la fiebre amarilla casi en la misma medida que los negros traídos
originalmente de diversas partes de África y acostumbrados al clima de las
Indias Occidentales. Que la aclimatación juega un papel, lo demuestran los
numerosos casos en que los negros se han vuelto algo propensos a las fiebres
tropicales, después de haber residido durante algún tiempo en un clima más
frío. (60. Quatrefages, 'Unité de l'Espèce Humaine', 1861, pág. 205. Waitz,
'Introducción a la Antropología', trad., vol. i. 1863, pág. 124. Livingstone da
casos análogos en sus 'Viajes'.) La naturaleza del clima bajo el cual las razas
blancas han residido por largo tiempo, igualmente tiene cierta influencia sobre
ellas; pues durante la terrible epidemia de fiebre amarilla en Demerara en
1837, el Dr. Blair encontró que la tasa de mortalidad de los inmigrantes era
proporcional a la latitud del país de donde habían venido. Con los negros la
inmunidad, en la medida en que es resultado de la aclimatación, implica
exposición durante un período prodigioso; pues los aborígenes de la América
tropical que han residido allí desde tiempos inmemoriales, no están exentos de
la fiebre amarilla; y el reverendo HB Tristram afirma que hay distritos en el
norte de África que los habitantes nativos se ven obligados a abandonar
anualmente, aunque los negros pueden permanecer con seguridad.
Que la inmunidad del negro esté
relacionada en algún grado con el color de su piel es una mera conjetura:
podría estar relacionada con alguna diferencia en su sangre, sistema nervioso u
otros tejidos. Sin embargo, a partir de los hechos antes mencionados, y de la
aparente conexión existente entre la complexión y la tendencia a la
tuberculosis, la conjetura me pareció bastante probable. En consecuencia, me
esforcé, con poco éxito (61. En la primavera de 1862 obtuve permiso del
Director General del Departamento Médico del Ejército, para transmitir a los
cirujanos de los diversos regimientos en servicio en el extranjero una tabla en
blanco, con las siguientes observaciones adjuntas, pero no he recibido
respuesta. “Como se han registrado varios casos bien marcados con nuestros
animales domésticos de una relación entre el color de los apéndices dérmicos y
la constitución; y siendo notorio que existe un grado limitado de relación
entre el color de las razas humanas y el clima que habitan; la siguiente
investigación parece digna de consideración. A saber, si existe alguna relación
en los europeos entre el color de su cabello y su propensión a las enfermedades
de los países tropicales. Si los cirujanos de los diversos regimientos, cuando
están estacionados en distritos tropicales insalubres, serían tan amables de
contar primero, como estándar de comparación, cuántos hombres, en la fuerza de
donde provienen los enfermos, tienen cabello oscuro y claro, y cabello de
tintes intermedios o dudosos; y Si los mismos médicos llevaran un registro
similar de todos los hombres que padecían malaria, fiebre amarilla o
disentería, pronto se haría evidente, tras contabilizar miles de casos, si
existe alguna relación entre el color del cabello y la predisposición a
contraer enfermedades tropicales. Quizás no se descubra tal relación, pero vale
la pena investigarla. De obtenerse algún resultado positivo, podría ser de
utilidad práctica para seleccionar hombres para cualquier servicio específico.
En teoría, el resultado sería de gran interés, ya que indicaría un medio por el
cual una raza de hombres que habitaron desde tiempos remotos un clima tropical
insalubre pudo haber adquirido una tez oscura gracias a la mejor conservación
de individuos de cabello o tez oscuros durante una larga sucesión de
generaciones. El difunto Dr. Daniell, quien vivió durante mucho tiempo en la
costa occidental de África, me dijo que no creía en tal relación. Él mismo era
excepcionalmente rubio y había resistido el clima de forma admirable. Cuando
llegó a la costa siendo niño, un jefe negro anciano y experimentado predijo,
por su apariencia, que así sería. El Dr. Nicholson, de Antigua, tras haber
estudiado este tema, me escribe que los europeos de piel oscura escapan a la
fiebre amarilla con mayor frecuencia que los de piel clara. Sr. JMHarris niega
rotundamente que los europeos de pelo oscuro soporten mejor que otros hombres
un clima cálido: al contrario, la experiencia le ha enseñado a elegir, al hacer
una selección de hombres para el servicio en la costa de África, a elegir a los
de pelo rojo. (62. 'Anthropological Review', enero de 1866, pág. xxi. El Dr.
Sharpe también dice, con respecto a la India ('Man a Special Creation', 1873,
pág. 118), "que algunos médicos han notado que los europeos con cabello
claro y tez rubicunda sufren menos enfermedades de los países tropicales que
las personas con cabello oscuro y tez cetrina; y, hasta donde sé, parece haber
buenos motivos para esta observación". Por otro lado, el Sr. Heddle, de
Sierra Leona, "que ha tenido más empleados asesinados bajo su mando que
cualquier otro hombre", por el clima de la costa occidental africana (W.
Reade, 'African Sketch Book', vol. ii, pág. 522), sostiene una opinión
directamente opuesta, al igual que el Capitán Burton.) En lo que respecta, por
lo tanto, a estas ligeras indicaciones, no parece haber fundamento para la
hipótesis de que la negrura sea el resultado de que los individuos cada vez más
oscuros hayan sobrevivido mejor durante la exposición prolongada al miasma
generador de fiebre.
El Dr. Sharpe señala (63. 'El hombre,
una creación especial', 1873, pág. 119) que el sol tropical, que quema y
ampolla la piel blanca, no daña en absoluto la piel negra; y, como él mismo
añade, esto no se debe a la costumbre individual, pues los niños de tan solo
seis u ocho meses suelen ir desnudos y no les afecta. Un médico me aseguró que
hace algunos años, durante cada verano, pero no durante el invierno, sus manos
se marcaban con manchas de color marrón claro, parecidas a pecas, aunque más
grandes, y que estas manchas nunca se vieron afectadas por las quemaduras
solares, mientras que las partes blancas de su piel se han inflamado y
ampollado considerablemente en varias ocasiones. En los animales inferiores
también existe una diferencia constitucional en la susceptibilidad a la acción
del sol entre las partes de la piel cubiertas de pelo blanco y las demás. (64.
'Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación', vol. ii, págs. 336, 337.)
No puedo juzgar si la preservación de la piel de ser quemada de esta manera es
de suficiente importancia como para explicar la adquisición gradual de un tono
oscuro por parte del hombre mediante selección natural. De ser así, deberíamos
asumir que los nativos de la América tropical han vivido allí durante mucho
menos tiempo que los negros en África o los papúes en las zonas meridionales
del archipiélago malayo, al igual que los hindúes, de piel más clara, han
residido en la India durante menos tiempo que los aborígenes de piel más oscura
del centro y sur de la península.
Aunque con nuestro conocimiento
actual no podemos explicar las diferencias de color entre las razas humanas, ya
sea por las ventajas obtenidas de este modo o por la acción directa del clima,
no debemos ignorar por completo este último factor, pues existen buenas razones
para creer que se produce algún efecto hereditario. (65. Véase, por ejemplo,
Quatrefages ('Revue des Cours Scientifiques', 10 de octubre de 1868, pág. 724)
sobre los efectos de la residencia en Abisinia y Arabia, y otros casos
análogos. El Dr. Rolle ('Der Mensch, seine Abstammung', etc., 1865, s. 99)
afirma, basándose en Khanikof, que la mayor parte de las familias alemanas
asentadas en Georgia han adquirido cabello y ojos oscuros en el transcurso de
dos generaciones. El Sr. D. Forbes me informa que los quichuas de los Andes
varían mucho en color de piel, según la ubicación de los valles que habitan).
Hemos visto en el segundo capítulo
que las condiciones de vida afectan directamente el desarrollo de la estructura
corporal y que sus efectos se transmiten. Así, como se admite generalmente, los
colonos europeos en Estados Unidos experimentan un cambio de apariencia leve
pero extraordinariamente rápido. Sus cuerpos y extremidades se alargan; y me ha
contado el coronel Bernys que, durante la última guerra en Estados Unidos, la
ridícula apariencia que presentaban los regimientos alemanes, vestidos con ropa
confeccionada para el mercado estadounidense, que era demasiado larga para los
hombres en todos los sentidos, fue una buena prueba de ello. Existe, además,
una considerable cantidad de evidencia que demuestra que en los estados del sur
los esclavos domésticos de la tercera generación presentan una apariencia
marcadamente diferente a la de los esclavos del campo. (66. Harlan,
«Investigaciones Médicas», pág. 532. Quatrefages («Unidad de la Espèce
Humaine», 1861, pág. 128) ha recopilado abundante evidencia al respecto).
Sin embargo, si consideramos las
razas humanas distribuidas por el mundo, debemos inferir que sus diferencias
características no pueden explicarse por la acción directa de las diferentes
condiciones de vida, incluso después de una exposición a ellas durante un
período enorme. Los esquimales se alimentan exclusivamente de alimentos
animales; visten un pelaje grueso y están expuestos a un frío intenso y a una
oscuridad prolongada; sin embargo, no difieren en grado extremo de los
habitantes del sur de China, quienes se alimentan exclusivamente de alimentos
vegetales y están expuestos casi desnudos a un clima cálido y abrasador. Los
fueguinos, desnudos, viven de los productos marinos de sus inhóspitas costas;
los botocudos de Brasil deambulan por los cálidos bosques del interior y se
alimentan principalmente de productos vegetales; sin embargo, estas tribus se
parecen tanto entre sí que algunos brasileños confundieron a los fueguinos a
bordo del "Beagle" con botocudos. Los botocudos, al igual que los
demás habitantes de la América tropical, son completamente diferentes de los
negros que habitan las orillas opuestas del Atlántico, están expuestos a un
clima casi similar y siguen casi los mismos hábitos de vida.
Las diferencias entre las razas
humanas tampoco pueden explicarse por los efectos hereditarios del aumento o
disminución del uso de las partes, salvo en un grado insignificante. Los
hombres que viven habitualmente en canoas pueden tener las piernas algo atrofiadas;
quienes habitan en regiones elevadas pueden tener el pecho ensanchado; y
quienes utilizan constantemente ciertos órganos sensoriales pueden tener las
cavidades en las que se alojan algo más grandes, y sus rasgos, en consecuencia,
ligeramente modificados. En las naciones civilizadas, la reducción del tamaño
de las mandíbulas debido al menor uso —la actividad habitual de diferentes
músculos que sirve para expresar diferentes emociones— y el aumento del tamaño
del cerebro debido a una mayor actividad intelectual, han producido
conjuntamente un efecto considerable en su apariencia general en comparación
con los salvajes. (67. Véase Prof. Schaaffhausen, traducido, en
'Anthropological Review', octubre de 1868, pág. 429.) El aumento de la estatura
corporal, sin ningún aumento correspondiente en el tamaño del cerebro, puede (a
juzgar por el caso previamente aducido de los conejos), haber dado a algunas
razas un cráneo alargado de tipo dolicocefálico.
Por último, el principio poco
comprendido del desarrollo correlacionado ha entrado en acción en ocasiones,
como en el caso del gran desarrollo muscular y las crestas supraorbitales
fuertemente proyectadas. El color de la piel y el pelo están claramente correlacionados,
al igual que la textura del pelo con su color en los mandanes de Norteamérica.
(68. El Sr. Catlin afirma ('N. American Indians', 3.ª ed., 1842, vol. ip 49)
que en toda la tribu de los mandanes, aproximadamente uno de cada diez o doce
miembros, de todas las edades y de ambos sexos, tiene pelo gris plateado
brillante, lo cual es hereditario. Ahora bien, este pelo es tan áspero y áspero
como el de la crin de un caballo, mientras que el pelo de otros colores es fino
y suave). El color de la piel y el olor que desprende también están
relacionados de alguna manera. En las razas de ovejas, el número de pelos en un
espacio determinado y el número de poros excretores están relacionados. (69.
Sobre el olor de la piel, Godron, 'Sur l'Espèce', tom. ii. p. 217. Sobre los
poros de la piel, Dr. Wilckens, 'Die Aufgaben der Landwirth. Zootechnik', 1869,
s. 7.) Si podemos juzgar por la analogía de nuestros animales domésticos,
muchas modificaciones de la estructura en el hombre probablemente caen bajo
este principio de desarrollo correlacionado.
Hemos visto que las diferencias
características externas entre las razas humanas no pueden explicarse
satisfactoriamente por la acción directa de las condiciones de vida, ni por los
efectos del uso continuo de las partes, ni mediante el principio de correlación.
Por lo tanto, nos vemos obligados a preguntarnos si las pequeñas diferencias
individuales, a las que el hombre es eminentemente susceptible, no podrían
haberse conservado y aumentado durante una larga serie de generaciones mediante
la selección natural. Pero aquí nos encontramos de inmediato con la objeción de
que solo las variaciones beneficiosas pueden conservarse de esta manera; y,
hasta donde podemos juzgar, aunque siempre podemos equivocarnos en este punto,
ninguna de las diferencias entre las razas humanas le aporta ningún beneficio
directo o especial. Las facultades intelectuales, morales o sociales deben, por
supuesto, exceptuarse de esta observación. La gran variabilidad de todas las
diferencias externas entre las razas humanas indica asimismo que no pueden ser
de gran importancia; pues si lo fueran, hace mucho tiempo que se habrían fijado
y conservado, o se habrían eliminado. En este aspecto el hombre se asemeja a
aquellas formas llamadas por los naturalistas proteicas o polimórficas, que han
permanecido extremadamente variables, debido, según parece, a que tales
variaciones son de naturaleza indiferente y a que han escapado así a la acción
de la selección natural.
Hasta ahora hemos fracasado en todos
nuestros intentos de explicar las diferencias entre las razas humanas; pero
queda un factor importante, la selección sexual, que parece haber actuado
poderosamente en el hombre, como en muchos otros animales. No pretendo afirmar
que la selección sexual explique todas las diferencias entre las razas. Queda
un residuo inexplicable, sobre el cual solo podemos decir, en nuestra
ignorancia, que, como los individuos nacen continuamente con, por ejemplo,
cabezas un poco más redondas o más estrechas, y con narices un poco más largas
o más cortas, estas ligeras diferencias podrían volverse fijas y uniformes si
los factores desconocidos que las indujeron actuaran de manera más constante,
con la ayuda de un cruzamiento prolongado. Dichas variaciones se clasifican
como provisionales, a las que se alude en nuestro segundo capítulo, y que, a
falta de un término mejor, a menudo se denominan espontáneas. Tampoco pretendo
que los efectos de la selección sexual puedan indicarse con precisión
científica; Pero se puede demostrar que sería un hecho inexplicable si el
hombre no hubiera sido modificado por este agente, que parece haber actuado
poderosamente en innumerables animales. Además, se puede demostrar que las
diferencias entre las razas humanas, como en color, vellosidad, forma de los
rasgos, etc., son de un tipo que podría haberse esperado que se debieran a la
influencia de la selección sexual. Pero para tratar este tema adecuadamente, he
considerado necesario repasar todo el reino animal. Por lo tanto, le he
dedicado la segunda parte de esta obra. Al final, volveré al hombre y, tras
intentar demostrar hasta qué punto ha sido modificado por la selección sexual,
ofreceré un breve resumen de los capítulos de esta primera parte.
NOTA SOBRE LAS SEMEJANZAS Y
DIFERENCIAS EN LA ESTRUCTURA Y EL DESARROLLO DEL CEREBRO EN EL HOMBRE Y LOS
SIMIOS POR EL PROFESOR HUXLEY, FRS
La controversia sobre la naturaleza y
el alcance de las diferencias en la estructura cerebral del hombre y los
simios, que surgió hace unos quince años, aún no ha concluido, aunque el tema
de la disputa es, en la actualidad, totalmente distinto al anterior. Se afirmó
y reafirmó originalmente, con singular pertinacia, que el cerebro de todos los
simios, incluso los superiores, difiere del del hombre en la ausencia de
estructuras tan conspicuas como los lóbulos posteriores de los hemisferios
cerebrales, con el cuerno posterior del ventrículo lateral y el hipocampo
menor, contenidos en dichos lóbulos, que son tan evidentes en el hombre.
Pero la verdad de que las tres
estructuras en cuestión están tan desarrolladas en el cerebro de los simios
como en el humano, o incluso mejor; y que es característico de todos los
primates (si excluimos a los lémures) tener estas partes bien desarrolladas, se
sostiene actualmente sobre una base tan sólida como cualquier proposición en
anatomía comparada. Además, todos los anatomistas que, en los últimos años, han
prestado especial atención a la disposición de los complejos surcos y
circunvoluciones que aparecen en la superficie de los hemisferios cerebrales
del hombre y de los simios superiores admiten que están dispuestos siguiendo el
mismo patrón en él que en ellos. Cada circunvolución y surco principal del
cerebro de un chimpancé está claramente representado en el de un hombre, de
modo que la terminología que se aplica a uno equivale a la otra. Sobre este
punto no hay diferencia de opinión. Hace algunos años, el profesor Bischoff
publicó unas memorias (70. 'Die Grosshirn-Windungen des Menschen'; 'Abhandlungen
der K. Bayerischen Akademie', B. x. 1868) sobre las circunvoluciones cerebrales
del hombre y de los simios; y como el propósito de mi erudito colega no era
ciertamente disminuir el valor de las diferencias entre los simios y los
hombres a este respecto, me complace hacer una cita suya.
Que los simios, y especialmente el
orangután, el chimpancé y el gorila, se asemejan mucho al hombre en su
organización, mucho más que a cualquier otro animal, es un hecho bien conocido,
que nadie discute. Considerando el asunto únicamente desde el punto de vista de
la organización, probablemente nadie habría cuestionado la opinión de Linneo de
que el hombre debería situarse, simplemente como especie peculiar, a la cabeza
de los mamíferos y de esos simios. Ambos muestran, en todos sus órganos, una
afinidad tan estrecha que se requiere la investigación anatómica más precisa
para demostrar las diferencias que realmente existen. Lo mismo ocurre con los
cerebros. Los cerebros del hombre, el orangután, el chimpancé y el gorila, a
pesar de todas las importantes diferencias que presentan, se asemejan mucho
entre sí (loc. cit., p. 101).
No existe, pues, ninguna controversia
sobre la semejanza en caracteres fundamentales entre el cerebro del simio y el
del hombre, ni sobre la asombrosa similitud entre el chimpancé, el orangután y
el hombre, ni siquiera en los detalles de la disposición de las
circunvoluciones y surcos de los hemisferios cerebrales. En cuanto a las
diferencias entre los cerebros de los simios superiores y el del hombre,
tampoco hay duda seria sobre la naturaleza y el alcance de estas diferencias.
Se admite que los hemisferios cerebrales del hombre son absoluta y
relativamente mayores que los del orangután y el chimpancé; que sus lóbulos
frontales están menos excavados por la protuberancia ascendente del techo de
las órbitas; que sus circunvoluciones y surcos están, por regla general,
dispuestos de forma menos simétrica y presentan un mayor número de plicaturas
secundarias. Se admite que, por regla general, en el ser humano, la fisura
temporooccipital o «perpendicular externa», característica generalmente tan
marcada del cerebro del simio, es apenas visible. Sin embargo, también es
evidente que ninguna de estas diferencias constituye una demarcación nítida
entre el cerebro humano y el del simio. Respecto a la fisura perpendicular
externa de Gratiolet, por ejemplo, en el cerebro humano, el profesor Turner
señala: (71. «Convoluciones del cerebro humano consideradas topográficamente»,
1866, pág. 12).
En algunos cerebros aparece
simplemente como una hendidura en el borde del hemisferio, pero en otros se
extiende transversalmente hacia afuera. La observé en el hemisferio derecho de
un cerebro femenino extenderse más de cinco centímetros hacia afuera; y en otro
espécimen, también del hemisferio derecho, se extendía 10,25 centímetros hacia
afuera y luego descendía hasta el borde inferior de la superficie externa del
hemisferio. La definición imperfecta de esta fisura en la mayoría de los
cerebros humanos, en comparación con su notable distinción en el cerebro de la
mayoría de los cuadrumanos, se debe a la presencia, en el primero, de ciertas
circunvoluciones secundarias superficiales y bien marcadas que la conectan con
el lóbulo parietal. Cuanto más cerca se encuentre la primera de estas
circunvoluciones de la fisura longitudinal, más corta será la fisura
parietooccipital externa (loc. cit., p. 12).
La obliteración de la cisura
perpendicular externa de Gratiolet, por lo tanto, no es una característica
constante del cerebro humano. Por otro lado, su desarrollo completo no es una
característica constante del cerebro de los simios superiores. Pues, en el
chimpancé, la obliteración más o menos extensa del surco perpendicular externo
por circunvoluciones puente, en uno u otro lado, ha sido observada
repetidamente por el profesor Rolleston, el señor Marshall, el señor Broca y el
profesor Turner. Al final de un artículo especial sobre este tema, este último
escribe: (72. Notas, más específicamente, sobre las circunvoluciones puente en
el cerebro del chimpancé, «Actas de la Real Sociedad de Edimburgo», 1865-6).
Los tres especímenes de cerebro de
chimpancé que acabamos de describir demuestran que la generalización que
Gratiolet intentó extraer de la ausencia total de la primera circunvolución de
conexión y la ocultación de la segunda, como rasgos característicos esenciales
del cerebro de este animal, no es en absoluto de aplicación universal. Solo en
un espécimen, el cerebro, en estos detalles, siguió la ley expresada por
Gratiolet. En cuanto a la presencia de la circunvolución puente superior, me
inclino a pensar que ha existido en al menos un hemisferio en la mayoría de los
cerebros de este animal que, hasta ahora, se han descrito. La posición
superficial de la segunda circunvolución puente es evidentemente menos
frecuente y, hasta ahora, creo que solo se ha observado en el cerebro (A)
registrado en esta comunicación. La disposición asimétrica de las
circunvoluciones de ambos hemisferios, a la que se han referido observadores
anteriores en sus descripciones, también queda bien ilustrada en estos
especímenes (págs. 8 y 9).
Incluso si la presencia del surco
temporooccipital, o perpendicular externo, fuera una marca distintiva entre los
simios superiores y el hombre, el valor de tal característica distintiva sería
muy dudoso debido a la estructura cerebral de los simios platirrinos. De hecho,
si bien el surco temporooccipital es uno de los más constantes en los simios
catarrinos, o del Viejo Mundo, nunca está muy desarrollado en los simios del
Nuevo Mundo; está ausente en los platirrinos más pequeños; es rudimentario en
Pithecia (73. Flower, «Sobre la anatomía de Pithecia monachus», «Actas de la
Sociedad Zoológica», 1862); y está prácticamente obliterado por
circunvoluciones puente en Ateles.
Un carácter tan variable dentro de
los límites de un solo grupo no puede tener gran valor taxonómico.
Se establece además que el grado de
asimetría de la circunvolución de ambos lados del cerebro humano está sujeto a
una gran variación individual; y que, en los individuos de la raza bosquimana
examinados, las circunvoluciones y surcos de ambos hemisferios son
considerablemente menos complejos y más simétricos que en el cerebro europeo,
mientras que, en algunos chimpancés, su complejidad y asimetría se hacen
notables. Este es particularmente el caso del cerebro de un chimpancé macho
joven representado por M. Broca («L'ordre des Primates», pág. 165, fig. 11).
De nuevo, en lo que respecta a la
cuestión del tamaño absoluto, se establece que la diferencia entre el cerebro
humano sano más grande y el más pequeño es mayor que la diferencia entre el
cerebro humano sano más pequeño y el cerebro más grande del chimpancé o del
orangután.
Además, hay una circunstancia en la
que los cerebros del orangután y del chimpancé se parecen al del hombre, pero
en la que difieren de los de los simios inferiores, y es la presencia de dos
cuerpos candicantia (los cinomorfos sólo tienen uno).
En vista de estos hechos, no dudo en
este año 1874 en repetir e insistir en la proposición que enuncié en 1863: (74.
'El lugar del hombre en la naturaleza', pág. 102.)
“En lo que respecta a la estructura
cerebral, está claro que el hombre difiere menos del chimpancé o del orangután
que estos de los monos, y que la diferencia entre el cerebro del chimpancé y el
del hombre es casi insignificante comparada con la que existe entre el cerebro
del chimpancé y el de un lémur”.
En el artículo al que me he referido,
el profesor Bischoff no niega la segunda parte de esta afirmación, pero primero
hace la observación irrelevante de que no es sorprendente que los cerebros de
un orangután y un lémur sean muy diferentes; y en segundo lugar, continúa
afirmando que, "Si comparamos sucesivamente el cerebro de un hombre con el
de un orangután; el cerebro de este con el de un chimpancé; de este con el de
un gorila, y así sucesivamente de un Hylobates, Semnopithecus, Cynocephalus,
Cercopithecus, Macacus, Cebus, Callithrix, Lemur, Stenops, Hapale, no
encontraremos una ruptura mayor, o incluso tan grande, en el grado de
desarrollo de las circunvoluciones, como la que encontramos entre el cerebro de
un hombre y el de un orangután o un chimpancé".
A lo cual respondo, en primer lugar,
que, sea esta afirmación verdadera o falsa, no tiene nada que ver con la
proposición enunciada en «El lugar del hombre en la naturaleza», que no se
refiere únicamente al desarrollo de las circunvoluciones, sino a la estructura
de todo el cerebro. Si el profesor Bischoff se hubiera tomado la molestia de
referirse a la pág. 96 de la obra que critica, de hecho, habría encontrado el
siguiente pasaje: «Y es una circunstancia notable que, si bien, hasta donde
alcanza nuestro conocimiento actual, existe una verdadera ruptura estructural
en la serie de formas cerebrales de los simios, esta ruptura no se encuentra
entre el hombre y los simios similares al hombre, sino entre los simios
inferiores y los inferiores, o en otras palabras, entre los simios y monos del
Viejo y del Nuevo Mundo y los lémures. De hecho, todo lémur examinado hasta
ahora tiene su cerebelo parcialmente visible desde arriba; y su lóbulo
posterior, con el cuerno posterior y el hipocampo menor, es más o menos rudimentario.
Todo tití, mono americano, mono del Viejo Mundo, babuino o simio similar al
hombre, por el contrario, tiene su cerebelo completamente oculto,
posteriormente, por los lóbulos cerebrales, y posee un gran cuerno posterior
con un hipocampo menor bien desarrollado».
Esta afirmación fue una descripción
estrictamente exacta de lo que se sabía cuando se hizo; y no me parece que esté
más que aparentemente debilitada por el descubrimiento posterior del desarrollo
relativamente pequeño de los lóbulos posteriores en el siamang y en el mono
aullador. A pesar de la excepcional brevedad de los lóbulos posteriores en
estas dos especies, nadie pretenderá que sus cerebros, en el más mínimo grado,
se acerquen a los de los lémures. Y si, en lugar de colocar al hapale fuera de
su lugar natural, como el profesor Bischoff hace de la manera más inexplicable,
escribimos la serie de animales que ha elegido mencionar de la siguiente
manera: Homo, Pithecus, Troglodytes, Hylobates, Semnopithecus, Cynocephalus,
Cercopithecus, Macacus, Cebus, Callithrix, Hapale, Lemur, Stenops, me atrevo a
reafirmar que la gran ruptura en esta serie se encuentra entre Hapale y Lemur,
y que esta ruptura es considerablemente mayor que la entre cualesquiera otros
dos términos de esa serie. El profesor Bischoff ignora el hecho de que mucho
antes de que él escribiera, Gratiolet había sugerido la separación de los
lémures de los otros primates sobre la base misma de la diferencia en sus
caracteres cerebrales; y que el profesor Flower había hecho las siguientes
observaciones en el curso de su descripción del cerebro del loris de Java: (75.
'Transactions of the Zoological Society', vol. v. 1862.)
“Y es especialmente notable que, en
el desarrollo de los lóbulos posteriores, no hay aproximación al cerebro
lemurino, de hemisferio corto, en aquellos monos que comúnmente se supone que
se aproximan a esta familia en otros aspectos, a saber, los miembros inferiores
del grupo platirrino”.
En lo que respecta a la estructura
del cerebro adulto, los considerables avances en nuestro conocimiento,
aportados por las investigaciones de tantos investigadores durante los últimos
diez años, justifican plenamente la afirmación que hice en 1863. Sin embargo,
se ha dicho que, admitiendo la similitud entre los cerebros adultos del hombre
y el de los simios, en realidad son muy diferentes, ya que presentan
diferencias fundamentales en su modo de desarrollo. Nadie estaría más dispuesto
que yo a admitir la solidez de este argumento, si tales diferencias
fundamentales de desarrollo realmente existieran. Pero niego que existan. Por
el contrario, existe una coincidencia fundamental en el desarrollo del cerebro
del hombre y el de los simios.
Gratiolet originó la afirmación de
que hay una diferencia fundamental en el desarrollo del cerebro de los simios y
el del hombre, que consiste en que, en los simios, los surcos que primero
aparecen están situados en la región posterior de los hemisferios cerebrales,
mientras que, en el feto humano, los surcos se hacen visibles primero en los
lóbulos frontales. (76. Chez tous les singes, les plis postérieurs se
development les premiers; les plis antérieurs se developmentpent plus tard,
aussi la vertèbre occipitale et la parietal sont-elles relativament
tres-grandes chez le fetus. L'Homme présente una excepción remarquable quant a
l'époque de l'aparition des plis frontaux, qui sont les premiers indiqués; mais
le développement general du lobe frontal, previsto solo par rapport a son
volume, suit les mêmes lois que dans les singes: Gratiolet, 'Mémoire sur les
plis cérèbres de l'Homme et des Primateaux', p.
Esta afirmación general se basa en
dos observaciones, la de un Gibón casi listo para nacer, en el que las
circunvoluciones posteriores estaban “bien desarrolladas”, mientras que las de
los lóbulos frontales estaban “apenas indicadas” (77. Las palabras de Gratiolet
son (loc. cit. p. 39): “Dans le fetus dont il s'agit les plis cérébraux
posterieurs sont bien developmentpés, tandis que les plis du lobe frontal sont
a peine indiqués". La figura, sin embargo (Pl. iv, fig. 3), muestra la
fisura de Rolando y uno de los surcos frontales con bastante claridad. Sin
embargo, M. Alix, en su 'Notice sur les travaux antropologiques de Gratiolet'
('Mem. de la Societé d'Anthropologie de Paris', 1868, página 32), escribe así:
"Gratiolet a eu entre les cable de red Cerveau d'un fetus de Gibbon, singe
eminemment supérieur, et tellement rapproché de l'orang, que des naturalistes
tres-competents l'ont range parmi les antropoides. M. Huxley, por ejemplo,
n'hesite pas sur ce point. Eh bien, c'est sur le cerveau d'un fetus de Gibbon
que Gratiolet a vu LES CIRCONVOLUTIONS DU LOBE TEMPORO-SPHENOIDAL DÉJÀ
DEVELOPPÉES LORSQU'IL N'EXISTENT PAS ENCORE DE PLIS SUR LE LOBE FRONTAL. Il
etait donc bien autorisé a dire que, chez l'homme les circonvolutions
apparaissent d'a en w, tandis que chez les singes elles se developmentpent d'w
en a”), y el otro de un feto humano en el Semana 22 o 23 de úterogestación, en
la que Gratiolet señala que la ínsula estaba descubierta, pero que, sin
embargo, "des incisures sement de lobe anterieur, une scissure peu
profonde indica la separation du lobe occipital, tres-reduit, d'ailleurs dès
cette époque. Le reste de la Surface cérébrale est encore absolument
lisse".
En la Lámina II, figs. 1, 2, 3, de la
obra citada se presentan tres vistas de este cerebro, mostrando las vistas
superior, lateral e inferior de los hemisferios, pero no la vista interna. Cabe
destacar que la figura no confirma en absoluto la descripción de Gratiolet, ya
que la fisura (anterotemporal) en la mitad posterior de la cara del hemisferio
es más marcada que cualquiera de las vagamente indicadas en la mitad anterior.
Si la figura es correcta, de ninguna manera justifica la conclusión de Gratiolet:
«Il ya donc entre ces cerveaux [these of a Callithrix and of a Gibbon] et celui
du foetus humain une différence fondamental. Chez celui-ci, longtemps avant que
les plis temporaux apparaissent, les plis frontaux, ESSAYENT d'exister».
Sin embargo, desde la época de
Gratiolet, el desarrollo de las circunvoluciones y los surcos del cerebro ha
sido objeto de una renovada investigación por parte de Schmidt, Bischoff,
Pansch (78. 'Ueber die typische Anordnung der Furchen und Windungen auf den
Grosshirn-Hemisphären des Menschen und der Affen,' 'Archiv für Anthropologie',
iii. 1868.), y más particularmente por Ecker (79. 'Zur Entwicklungs Geschichte
der Furchen und Windungen der Grosshirn-Hemisphären im Fetus des Menschen',
'Archiv für Anthropologie', iii. 1868.), cuyo trabajo no sólo es la memoria más
reciente, sino con diferencia la más completa sobre el tema.
Los resultados finales de sus
investigaciones pueden resumirse de la siguiente manera: 1. En el feto humano,
la cisura de Silvio se forma durante el tercer mes de gestación uterina. En
este mes, y en el cuarto, los hemisferios cerebrales son lisos y redondeados
(con excepción de la depresión de Silvio) y se proyectan hacia atrás mucho más
allá del cerebelo.
2. Los surcos, propiamente dichos,
comienzan a aparecer en el intervalo comprendido entre el final del cuarto y el
comienzo del sexto mes de vida fetal, pero Ecker señala con cuidado que tanto
el momento como el orden de su aparición están sujetos a considerables
variaciones individuales. Sin embargo, en ningún caso, ni el surco frontal ni
el temporal son los más tempranos.
El primero que aparece, de hecho, se
encuentra en la cara interna del hemisferio (por lo que sin duda Gratiolet,
quien no parece haber examinado esa cara en su feto, la pasó por alto), y es la
perpendicular interna (occipitoparietal) o el surco calcarino, ambos próximos
entre sí y que finalmente se unen. Por regla general, el occipitoparietal es el
primero de los dos.
3. En la última parte de este
período, se desarrolla otro surco, el «posterior-parietal» o «fisura de
Rolando», seguido, durante el sexto mes, por los demás surcos principales de
los lóbulos frontal, parietal, temporal y occipital. Sin embargo, no hay evidencia
clara de que uno de estos aparezca constantemente antes que el otro; y es
notable que, en el cerebro del período descrito y representado por Ecker (loc.
cit. págs. 212-213, Taf. II, figs. 1, 2, 3, 4), el surco anterotemporal (cisura
paralela), tan característico del cerebro del simio, esté tan desarrollado, si
no mejor, que la fisura de Rolando, y sea mucho más marcado que los surcos
frontales propiamente dichos.
Tomando los hechos tal como están
ahora, me parece que el orden de aparición de los surcos y giros en el cerebro
humano fetal está en perfecta armonía con la doctrina general de la evolución y
con la opinión de que el hombre ha evolucionado a partir de alguna forma
parecida a un simio; aunque no puede haber duda de que esa forma era, en muchos
aspectos, diferente de la de cualquier miembro de los primates que viven hoy en
día.
Von Baer nos enseñó, hace medio
siglo, que, en el curso de su desarrollo, los animales emparentados adquieren
inicialmente las características de los grupos mayores a los que pertenecen y,
gradualmente, asumen aquellas que los restringen dentro de los límites de su
familia, género y especie; y demostró, al mismo tiempo, que ninguna etapa del
desarrollo de un animal superior es exactamente similar a la condición adulta
de cualquier animal inferior. Es totalmente correcto decir que una rana pasa
por la condición de pez, ya que en un período de su vida el renacuajo posee
todas las características de un pez, y si no progresara más, tendría que ser
agrupado entre los peces. Pero es igualmente cierto que un renacuajo es muy
diferente de cualquier pez conocido.
De igual manera, el cerebro de un
feto humano, al quinto mes, puede considerarse correctamente no solo el cerebro
de un simio, sino también el de un arctopiteco o mono similar a un tití; pues
sus hemisferios, con su gran langosta posterior y sin surcos aparte del
silviano y el calcarino, presentan características que solo se encuentran en el
grupo de los primates arctopitecos. Pero es igualmente cierto, como señala
Gratiolet, que, en su cisura silviana, ampliamente abierta, difiere del cerebro
de cualquier tití real. Sin duda, sería mucho más similar al cerebro de un feto
avanzado de tití. Pero desconocemos por completo el desarrollo cerebral en los
titíes. En los Platyrrhini propiamente dichos, la única observación de la que
tengo conocimiento se debe a Pansch, quien encontró en el cerebro de un feto de
Cebus Apella, además de la cisura de Silvio y la cisura calcarina profunda,
sólo una fisura anterotemporal muy superficial (cisura paralela de Gratiolet).
Ahora bien, este hecho, junto con la
circunstancia de que el surco anterotemporal está presente en platirrinos como
los saimiri, que presentan meros rastros de surcos en la mitad anterior del
exterior de los hemisferios cerebrales, o ninguno, sin duda, en la medida de lo
posible, proporciona una prueba fehaciente a favor de la hipótesis de Gratiolet
de que los surcos posteriores aparecen antes que los anteriores en el cerebro
de los platirrinos. Pero de ello no se deduce en absoluto que la regla que podría
ser válida para los platirrinos se extienda a los catarrinos. No disponemos de
información alguna sobre el desarrollo del cerebro en los cinomorfos; y, en
cuanto a los antropomorfos, solo la descripción del cerebro del gibón, cerca
del nacimiento, ya mencionada. Actualmente, no existe la menor evidencia que
demuestre que los surcos del cerebro de un chimpancé u orangután no aparecen en
el mismo orden que los del hombre.
Gratiolet abre su prefacio con el
aforismo: «Es peligroso en las ciencias de concluir demasiado». Me temo que
olvidó esta acertada máxima al llegar al análisis de las diferencias entre
hombres y simios, en el cuerpo de su obra. Sin duda, el excelente autor de una
de las contribuciones más notables a la comprensión cabal del cerebro de los
mamíferos, habría sido el primero en admitir la insuficiencia de sus datos si
hubiera vivido para aprovechar el avance de la investigación. La desgracia es
que sus conclusiones han sido utilizadas por personas incompetentes para
apreciar su fundamento como argumentos a favor del oscurantismo. (80. Por
ejemplo, el señor Abbé Lecomte en su terrible panfleto, «El darwinismo y el
origen del hombre», 1873).
Pero es importante destacar que,
independientemente de si Gratiolet tenía razón o no en su hipótesis respecto al
orden relativo de aparición de los surcos temporales y frontales, el hecho es
que antes de que aparezcan los surcos temporales o frontales, el cerebro fetal
del hombre presenta caracteres que se encuentran sólo en el grupo inferior de
los primates (dejando fuera a los lémures); y que esto es exactamente lo que
deberíamos esperar que fuera el caso, si el hombre ha resultado de la
modificación gradual de la misma forma de la que han surgido los otros
primates.
CAPÍTULO VIII.
PRINCIPIOS DE LA SELECCIÓN SEXUAL.
Caracteres sexuales
secundarios—Selección sexual—Modo de acción—Exceso de machos—Poligamia—Solo el
macho se modifica generalmente a través de la selección sexual—Entusiasmo del
macho—Variabilidad del macho—Elección ejercida por la hembra—Selección sexual
comparada con selección natural—Herencia, en períodos correspondientes de la
vida, en estaciones correspondientes del año y según lo limitado por el
sexo—Relaciones entre las diversas formas de herencia—Causas por las que un
sexo y las crías no se modifican a través de la selección sexual—Suplemento
sobre los números proporcionales de los dos sexos en todo el reino animal—La
proporción de los sexos en relación con la selección natural.
En los animales con sexos separados,
los machos difieren necesariamente de las hembras en sus órganos reproductivos;
estos son los caracteres sexuales primarios. Sin embargo, los sexos a menudo
difieren en lo que Hunter ha llamado caracteres sexuales secundarios, que no
están directamente relacionados con el acto reproductivo; por ejemplo, el macho
posee ciertos órganos sensoriales o de locomoción de los que la hembra carece
por completo, o los tiene más desarrollados, para poder encontrarla o alcanzarla
fácilmente; o bien, el macho posee órganos especiales de prensión para
sujetarla con seguridad. Estos últimos órganos, de tipos infinitamente
diversos, se convierten en los que comúnmente se clasifican como primarios, y
en algunos casos difícilmente pueden distinguirse de ellos; vemos ejemplos de
esto en los complejos apéndices en el ápice del abdomen de los insectos machos.
A menos que limitemos el término «primario» a las glándulas reproductivas, es
difícil decidir cuáles deben llamarse primarios y cuáles secundarios.
La hembra a menudo se diferencia del
macho en poseer órganos para la nutrición o protección de sus crías, como las
glándulas mamarias de los mamíferos y los sacos abdominales de los marsupiales.
En algunos casos, el macho también posee órganos similares, ausentes en la
hembra, como los receptáculos para los óvulos en ciertos peces machos y los
desarrollados temporalmente en ciertas ranas macho. Las hembras de la mayoría
de las abejas están provistas de un aparato especial para recolectar y
transportar el polen, y su ovipositor está modificado en forma de aguijón para
la defensa de las larvas y la comunidad. Se podrían mencionar muchos casos
similares, pero no nos interesan aquí. Sin embargo, existen otras diferencias
sexuales completamente ajenas a los órganos reproductores primarios, y son
estas las que nos interesan especialmente, como el mayor tamaño, fuerza y
agresividad del macho, sus armas ofensivas o medios de defensa contra
rivales, su colorido vistoso y diversos adornos, su capacidad para cantar y otras
características similares.
Además de las diferencias sexuales
primarias y secundarias, como las mencionadas, los machos y las hembras de
algunos animales difieren en estructuras relacionadas con diferentes hábitos de
vida, y no en absoluto, o solo indirectamente, con las funciones reproductivas.
Así, las hembras de ciertas moscas (Culicidae y Tabanidae) son chupadoras de
sangre, mientras que los machos, que viven en flores, tienen bocas desprovistas
de mandíbulas. (1. Westwood, 'Modern Classification of Insects', vol. ii. 1840,
p. 541. Por la declaración sobre Tanais, mencionada más adelante, estoy en
deuda con Fritz Muller). Los machos de ciertas polillas y de algunos crustáceos
(p. ej., Tanais) tienen bocas imperfectas y cerradas, y no pueden alimentarse.
Los machos complementarios de ciertos cirrípedos viven como plantas epífitas,
ya sea en la forma femenina o hermafrodita, y carecen de boca y de extremidades
prensiles. En estos casos, es el macho el que se ha modificado y ha perdido
ciertos órganos importantes que poseen las hembras. En otros casos, es la
hembra la que ha perdido dichas partes; por ejemplo, la luciérnaga hembra
carece de alas, al igual que muchas polillas hembra, algunas de las cuales
nunca abandonan sus capullos. Muchos crustáceos parásitos hembra han perdido
sus patas natatorias. En algunos gorgojos (Curculionidae) existe una gran
diferencia entre el macho y la hembra en la longitud del rostro o hocico (2.
Kirby y Spence, 'Introducción a la Entomología', vol. iii. 1826, p. 309); pero
el significado de esta y muchas diferencias análogas no se comprende en
absoluto. Las diferencias estructurales entre ambos sexos en relación con los
distintos hábitos de vida se limitan generalmente a los animales inferiores;
pero en algunas aves, el pico del macho difiere del de la hembra. En la huia de
Nueva Zelanda, la diferencia es asombrosamente grande, y el Dr. Buller (3.
'Aves de Nueva Zelanda', 1872, pág. 66) nos dice que el macho usa su fuerte
pico para extraer larvas de insectos de la madera podrida, mientras que la
hembra explora las partes más blandas con su pico, mucho más largo, curvado y
flexible, y así se ayudan mutuamente. En la mayoría de los casos, las
diferencias estructurales entre los sexos están más o menos directamente
relacionadas con la propagación de la especie: así, una hembra, que debe nutrir
una gran cantidad de óvulos, requiere más alimento que el macho y, en
consecuencia, requiere medios especiales para obtenerlo. Un macho, que vive muy
poco tiempo, podría perder sus órganos para obtener alimento por desuso, sin
perjuicio alguno; pero conservaría sus órganos locomotores en perfecto estado
para poder alcanzar a la hembra. La hembra, en cambio, podría perder sin
problemas sus órganos para volar, nadar o caminar si gradualmente adquiriera
hábitos que inutilizaran dichas facultades.
Sin embargo, aquí nos ocupamos
únicamente de la selección sexual. Esta depende de la ventaja que ciertos
individuos tienen sobre otros del mismo sexo y especie únicamente en lo que
respecta a la reproducción. Cuando, como en los casos mencionados, los dos
sexos difieren en estructura en relación con diferentes hábitos de vida, sin
duda han sido modificados por selección natural y por herencia limitada a un
mismo sexo. Así, de nuevo, los órganos sexuales primarios, y los destinados a
nutrir o proteger a las crías, están bajo la misma influencia; pues aquellos
individuos que generaron o nutrieron mejor a su descendencia, heredarían,
ceteris paribus, la mayor cantidad de ellos; mientras que aquellos que
generaron o nutrieron mal a su descendencia, heredarían muy pocos de sus
capacidades más débiles. Como el macho tiene que encontrar a la hembra,
necesita órganos sensoriales y de locomoción, pero si estos órganos son
necesarios para los demás fines de la vida, como suele ser el caso, se habrán
desarrollado mediante selección natural. Cuando el macho ha encontrado a la
hembra, a veces necesita absolutamente órganos prensiles para sujetarla; Así,
el Dr. Wallace me informa que los machos de ciertas polillas no pueden unirse
con las hembras si tienen rotos los tarsos o las patas. Los machos de muchos
crustáceos oceánicos, en su edad adulta, tienen las patas y antenas modificadas
de forma extraordinaria para la prensión de la hembra; por lo tanto, podemos
sospechar que, debido a que estos animales son arrastrados por las olas del mar
abierto, necesitan estos órganos para propagar su especie; de ser así, su
desarrollo ha sido el resultado de la selección natural. Algunos animales de
escalas muy inferiores han sido modificados para este mismo propósito; así, los
machos de ciertos gusanos parásitos, al alcanzar la madurez, tienen la
superficie inferior de la parte terminal de su cuerpo rugosa como una escofina,
y con esto se enroscan alrededor de las hembras y las sujetan permanentemente.
(4. M. Perrier presenta este caso ('Revue Scientifique', 1 de febrero de 1873,
pág. 865) como uno fatal para la creencia en la elección sexual, ya que supone
que atribuyo todas las diferencias entre los sexos a la selección sexual. Por
lo tanto, este distinguido naturalista, como tantos otros franceses, no se ha
tomado la molestia de comprender siquiera los primeros principios de la
selección sexual. ¡Un naturalista inglés insiste en que los ganchos de ciertos
animales machos no podrían haberse desarrollado a través de la elección de la
hembra! Si no me hubiera encontrado con esta observación, no habría creído
posible que alguien leyera este capítulo y se imaginara que sostengo que la
elección de la hembra tuvo algo que ver con el desarrollo de los órganos
prensiles en el macho.)
Cuando ambos sexos siguen exactamente
los mismos hábitos de vida, y el macho posee órganos sensoriales o locomotores
más desarrollados que los de la hembra, puede ser que la perfección de estos
sea indispensable para que el macho encuentre a la hembra; pero en la gran
mayoría de los casos, solo sirven para dar ventaja a un macho sobre otro, pues
con el tiempo suficiente, los machos menos dotados lograrían aparearse con las
hembras; y a juzgar por la estructura de la hembra, estarían en todos los demás
aspectos igualmente bien adaptados a sus hábitos de vida ordinarios. Dado que
en tales casos los machos han adquirido su estructura actual, no por estar
mejor preparados para sobrevivir en la lucha por la existencia, sino por haber
obtenido una ventaja sobre otros machos y haberla transmitido únicamente a su
descendencia masculina, la selección sexual debió haber entrado en acción. Fue
la importancia de esta distinción la que me llevó a denominar esta forma de
selección como Selección Sexual. Así pues, si el principal servicio que prestan
los órganos prensiles al macho es impedir que la hembra escape antes de la
llegada de otros machos o cuando es atacada por ellos, estos órganos se habrán
perfeccionado mediante la selección sexual, es decir, por la ventaja adquirida
por ciertos individuos sobre sus rivales. Pero en la mayoría de los casos de
este tipo es imposible distinguir entre los efectos de la selección natural y
la sexual. Se podrían llenar capítulos enteros con detalles sobre las
diferencias entre los sexos en sus órganos sensoriales, locomotores y
prensiles. Sin embargo, como estas estructuras no son más interesantes que
otras adaptadas a los fines cotidianos de la vida, las omitiré casi por
completo, presentando solo unos pocos ejemplos de cada clase.
Existen muchas otras estructuras e
instintos que debieron desarrollarse mediante selección sexual, como las armas
ofensivas y los medios de defensa de los machos para luchar y ahuyentar a sus
rivales; su valentía y pugnacidad; sus diversos adornos; sus artilugios para
producir música vocal o instrumental; y sus glándulas odoríferas; la mayoría de
estas últimas estructuras solo sirven para atraer o excitar a la hembra. Es
evidente que estos caracteres son resultado de la selección sexual y no de la
selección ordinaria, ya que los machos desarmados, sin adornos o poco
atractivos tendrían el mismo éxito en la lucha por la vida y en dejar una
progenie numerosa, de no ser por la presencia de machos mejor dotados. Podemos
inferir que este sería el caso, ya que las hembras, desarmadas y sin adornos,
son capaces de sobrevivir y procrear a su especie. Los caracteres sexuales
secundarios, como los que acabamos de mencionar, se analizarán a fondo en los
siguientes capítulos, por ser interesantes en muchos aspectos, pero
especialmente por depender de la voluntad, la elección y la rivalidad de los
individuos de ambos sexos. Cuando observamos a dos machos luchando por la
posesión de la hembra, o a varios machos exhibiendo su magnífico plumaje y
realizando extrañas travesuras ante un grupo de hembras reunidas, no dudamos de
que, aunque guiados por el instinto, saben lo que hacen y ejercen
conscientemente sus poderes mentales y físicos.
Así como el hombre puede mejorar las
razas de sus gallos de pelea seleccionando a las aves que triunfan en la
gallera, parece que los machos más fuertes y vigorosos, o aquellos con las
mejores armas, han prevalecido en la naturaleza y han contribuido al mejoramiento
de la raza o especie natural. Un ligero grado de variabilidad que conduzca a
alguna ventaja, por mínima que sea, en repetidas contiendas mortales bastaría
para el trabajo de selección sexual; y es cierto que los caracteres sexuales
secundarios son eminentemente variables. Así como el hombre puede embellecer,
según su gusto, a sus aves macho, o, más estrictamente, modificar la belleza
originalmente adquirida por la especie progenitora, puede dar al gallo Sebright
un plumaje nuevo y elegante, un porte erguido y peculiar; así también parece
que las hembras en estado natural, mediante una larga selección de los machos
más atractivos, han aumentado su belleza u otras cualidades atractivas. Sin
duda, esto implica una capacidad de discriminación y gusto por parte de la
hembra que, a primera vista, parecerá extremadamente improbable. Pero con los
hechos que se presentarán más adelante, espero poder demostrar que las hembras
realmente poseen estas facultades. Sin embargo, cuando se dice que los animales
inferiores tienen sentido de la belleza, no debe suponerse que dicho sentido
sea comparable al de un hombre culto, con sus ideas multiformes y complejas
asociadas. Una comparación más justa sería entre el gusto por lo bello en los
animales y el de los salvajes más inferiores, que admiran y se adornan con
cualquier objeto brillante, reluciente o curioso.
Debido a nuestra ignorancia sobre
varios puntos, la manera precisa en que actúa la selección sexual es algo
incierta. Sin embargo, si los naturalistas que ya creen en la mutabilidad de
las especies leen los siguientes capítulos, creo que coincidirán conmigo en que
la selección sexual ha desempeñado un papel importante en la historia del mundo
orgánico. Es cierto que en casi todos los animales existe una lucha entre los
machos por la posesión de la hembra. Este hecho es tan notorio que sería
superfluo dar ejemplos. Por lo tanto, las hembras tienen la oportunidad de
seleccionar a uno de varios machos, suponiendo que su capacidad mental sea
suficiente para ejercer una elección. En muchos casos, circunstancias
especiales tienden a hacer que la lucha entre los machos sea particularmente
intensa. Así, los machos de nuestras aves migratorias generalmente llegan a sus
lugares de reproducción antes que las hembras, de modo que muchos machos están
listos para competir por cada hembra. El señor Jenner Weir me ha informado de
que los cazadores de pájaros afirman que esto sucede invariablemente con el
ruiseñor y la curruca capirotada, y con respecto a esta última él mismo puede
confirmar dicha afirmación.
El Sr. Swaysland, de Brighton, ha
tenido la costumbre, durante los últimos cuarenta años, de capturar nuestras
aves migratorias en su primera llegada, y nunca ha sabido de hembras de ninguna
especie que lleguen antes que sus machos. Durante una primavera, abatió treinta
y nueve machos de lavandera de Ray (Budytes raii) antes de ver una sola hembra.
El Sr. Gould ha comprobado, mediante la disección de las agachadizas que llegan
primero a este país, que los machos llegan antes que las hembras. Y lo mismo ocurre
con la mayoría de las aves migratorias de Estados Unidos. (5. J. A. Allen,
sobre «Mamíferos y aves invernantes de Florida», Boletín de Zoología Comparada,
Harvard College, pág. 268). La mayoría de los salmones machos de nuestros ríos,
al salir del mar, están listos para reproducirse antes que las hembras. Parece
que ocurre lo mismo con las ranas y los sapos. En toda la gran clase de
insectos, los machos casi siempre son los primeros en emerger del estado de
pupa, por lo que generalmente abundan durante un tiempo antes de que se puedan
ver hembras. (6. Incluso en plantas con sexos separados, las flores masculinas
suelen madurar antes que las femeninas. Como demostró por primera vez C. K.
Sprengel, muchas plantas hermafroditas son dicógamas; es decir, sus órganos
masculinos y femeninos no están listos al mismo tiempo, por lo que no pueden
autofecundarse. Ahora bien, en estas flores, el polen suele madurar antes que
el estigma, aunque hay casos excepcionales en los que los órganos femeninos lo
hacen antes). La causa de esta diferencia entre machos y hembras en sus
períodos de llegada y madurez es bastante obvia. Los machos que emigraban
anualmente primero a algún país, o que en primavera eran los primeros en
reproducirse, o eran los más ávidos, dejarían la mayor cantidad de crías; y
estas tenderían a heredar instintos y constituciones similares. Hay que tener
presente que habría sido imposible modificar significativamente el momento de
la madurez sexual de las hembras sin interferir simultáneamente con el período
de reproducción de las crías, un período que debe estar determinado por las
estaciones del año. En general, no cabe duda de que en casi todos los animales
con sexos separados existe una lucha constante entre los machos por la posesión
de las hembras.
Nuestra dificultad con respecto a la
selección sexual radica en comprender cómo es que los machos que conquistan a
otros machos, o aquellos que resultan más atractivos para las hembras, dejan un
mayor número de crías para heredar su superioridad que sus rivales derrotados y
menos atractivos. A menos que este resultado se dé, los caracteres que dan a
ciertos machos una ventaja sobre otros, no podrían perfeccionarse ni aumentarse
mediante la selección sexual. Cuando los sexos existen en números exactamente
iguales, los machos peor dotados (excepto donde prevalece la poligamia)
finalmente encontrarán hembras y dejarán tanta descendencia, tan apta para sus
hábitos generales de vida, como los machos mejor dotados. A partir de diversos
hechos y consideraciones, anteriormente deduje que en la mayoría de los
animales, en los que los caracteres sexuales secundarios están bien
desarrollados, los machos superaban considerablemente a las hembras en número;
pero esto no siempre es cierto. Si los machos y las hembras fueran de dos a
uno, o de tres a dos, o incluso en una proporción algo menor, todo el asunto
sería simple; Los machos mejor armados o más atractivos dejarían la mayor
cantidad de crías. Pero tras investigar, en la medida de lo posible, la
proporción numérica de los sexos, no creo que exista comúnmente una gran
desigualdad numérica. En la mayoría de los casos, la selección sexual parece
haber sido efectiva de la siguiente manera.
Tomemos cualquier especie, por
ejemplo un ave, y dividamos las hembras que habitan un distrito en dos grupos
iguales: uno formado por los individuos más vigorosos y mejor nutridos, y el
otro por los menos vigorosos y saludables. Los primeros, sin duda, estarían
listos para reproducirse en primavera antes que los demás; y esta es la opinión
del Sr. Jenner Weir, quien ha estudiado cuidadosamente los hábitos de las aves
durante muchos años. Tampoco cabe duda de que las hembras más vigorosas, mejor
nutridas y precoces criarían, en promedio, el mayor número de crías excelentes.
(7. Aquí hay una excelente evidencia sobre el carácter de la descendencia de un
ornitólogo experimentado. El Sr. JA Allen, al hablar ('Mammals and Winter Birds
of E. Florida', pág. 229) de las crías posteriores, después de la destrucción
accidental de la primera, dice que estas "son más pequeñas y de color más
pálido que las que nacieron antes en la temporada. En los casos en que se crían
varias crías cada año, por regla general, las aves de las crías anteriores
parecen en todos los aspectos las más perfectas y vigorosas"). Los machos,
como hemos visto, generalmente están listos para reproducirse antes que las
hembras; los más fuertes, y en algunas especies los mejor armados de los machos,
ahuyentan a los más débiles; y los primeros se unirían entonces con las hembras
más vigorosas y mejor nutridas, porque son las primeras en reproducirse. (8.
Hermann Müller llegó a la misma conclusión respecto de las abejas hembras que
son las primeras en emerger de la pupa cada año. Véase su notable ensayo,
'Anwendung der Darwin'schen Lehre auf Bienen', 'Verh. d. V. Jahrg.' xxix, pág.
45.) Esas parejas vigorosas seguramente criarían un mayor número de crías que
las hembras retardadas, que se verían obligadas a unirse con los machos
conquistados y menos poderosos, suponiendo que los sexos fueran numéricamente
iguales; y esto es todo lo que se necesita para añadir, en el curso de
generaciones sucesivas, al tamaño, la fuerza y el coraje de los machos, o para
mejorar sus armas.
Pero en muchos casos, los machos que
conquistan a sus rivales no se apoderan de las hembras, independientemente de
la elección de estas. El cortejo animal no es tan sencillo ni breve como podría
pensarse. Las hembras se excitan más o prefieren aparearse con los machos más
ornamentados, o con aquellos que cantan mejor o hacen las mejores travesuras;
pero es evidentemente probable que también prefieran a los machos más vigorosos
y vivaces, y esto se ha confirmado en algunos casos mediante la observación directa.
(9. Con respecto a las aves de corral, he recibido información, que se
proporcionará más adelante, al respecto. Incluso en aves como las palomas, que
se aparean de por vida, la hembra, según me ha contado el Sr. Jenner Weir,
abandonará a su pareja si este se lesiona o se debilita). Así, las hembras más
vigorosas, que son las primeras en reproducirse, podrán elegir entre muchos
machos; y aunque no siempre seleccionen a los más fuertes o mejor armados, sí
seleccionarán a los vigorosos y bien armados, y en otros aspectos, los más
atractivos. Por lo tanto, ambos sexos de estas parejas tempranas tendrían, como
se explicó anteriormente, una ventaja sobre los demás en la crianza de los
hijos; y esto aparentemente ha bastado durante un largo período de generaciones
para aumentar no solo la fuerza y la capacidad de lucha de los machos, sino
también sus diversos adornos u otros atractivos.
En el caso inverso, mucho más raro,
de que los machos seleccionen hembras específicas, es evidente que aquellas más
vigorosas y que hayan conquistado a otras tendrían mayor libertad de elección;
y es casi seguro que seleccionarían hembras tanto vigorosas como atractivas.
Estas parejas tendrían ventaja en la crianza de las crías, sobre todo si el
macho pudiera defender a la hembra durante la época de apareamiento, como
ocurre con algunos animales superiores, o si la ayudara a cuidar de las crías.
Los mismos principios se aplicarían si cada sexo prefiriera y seleccionara a
ciertos individuos del sexo opuesto; suponiendo que seleccionaran no solo a los
más atractivos, sino también a los más vigorosos.
PROPORCIÓN NUMÉRICA DE LOS DOS SEXOS.
He observado que la selección sexual
sería sencilla si los machos fueran considerablemente más numerosos que las
hembras. Por lo tanto, me vi obligado a investigar, en la medida de lo posible,
las proporciones entre los dos sexos de tantos animales como fuera posible;
pero la información es escasa. Aquí solo presentaré un breve resumen de los
resultados, reservando los detalles para una discusión adicional, a fin de no
interferir en el desarrollo de mi argumentación. Solo los animales domésticos
ofrecen los medios para determinar las proporciones al nacer; pero no se han
conservado registros específicos para este fin. Sin embargo, indirectamente, he
recopilado un conjunto considerable de estadísticas, de las cuales se desprende
que, en la mayoría de nuestros animales domésticos, los sexos son casi iguales
al nacer. Así, se han registrado 25.560 nacimientos de caballos de carreras
durante veintiún años, y la proporción de nacimientos de machos a hembras fue
de 99,7 a 100. En los galgos, la desigualdad es mayor que en cualquier otro
animal, pues de 6.878 nacimientos durante doce años, la proporción de
nacimientos de machos a hembras fue de 110,1 a 100. Sin embargo, es dudoso que
sea seguro inferir que la proporción sería la misma en condiciones naturales
que en condiciones de domesticación, ya que pequeñas y desconocidas diferencias
en las condiciones afectan la proporción de los sexos. Así, en la humanidad,
los nacimientos de machos en Inglaterra son de 104,5, en Rusia de 108,9 y entre
los judíos de Livonia de 120 por cada 100 de hembras. Pero volveré a este
curioso punto del exceso de nacimientos de machos en el suplemento de este
capítulo. Sin embargo, en el Cabo de Buena Esperanza, durante varios años han
nacido niños de ascendencia europea en una proporción de entre 90 y 99 por cada
100 niñas.
Para nuestro propósito actual, nos
ocupamos de las proporciones de los sexos, no solo al nacer, sino también en la
madurez, lo que añade otro elemento de duda; pues es un hecho bien comprobado
que, en el ser humano, el número de machos que mueren antes o durante el parto,
y durante los dos primeros años de infancia, es considerablemente mayor que el
de hembras. Lo mismo ocurre casi con certeza con los corderos machos, y
probablemente con algunos otros animales. Los machos de algunas especies se
matan entre sí luchando; o se acosan mutuamente hasta quedar muy demacrados.
Además, deben estar expuestos a diversos peligros mientras vagan en busca de
las hembras. En muchas especies de peces, los machos son mucho más pequeños que
las hembras, y se cree que a menudo son devorados por estas últimas o por otros
peces. Las hembras de algunas aves parecen morir antes que los machos; también
son propensas a ser destruidas en sus nidos o mientras cuidan a sus crías. En
los insectos, las larvas hembra suelen ser más grandes que las de los machos y,
por lo tanto, tienen mayor probabilidad de ser devoradas. En algunos casos, las
hembras maduras son menos activas y menos rápidas en sus movimientos que los
machos, y no podrían escapar tan bien del peligro. Por lo tanto, en animales en
estado natural, debemos basarnos en la mera estimación para juzgar las
proporciones de los sexos en la madurez; y esto es poco fiable, excepto cuando
la desigualdad es muy marcada. Sin embargo, hasta donde se puede formarse un
juicio, podemos concluir de los datos presentados en el suplemento que los
machos de algunos mamíferos, de muchas aves, de algunos peces e insectos, son
considerablemente más numerosos que las hembras.
La proporción entre sexos fluctúa
ligeramente a lo largo de los años: así, en los caballos de carreras, por cada
100 yeguas nacidas, la proporción de sementales variaba de 107,1 en un año a
92,6 en otro, y en los galgos, de 116,3 a 95,3. Pero si se hubieran tabulado
números mayores en un área más extensa que Inglaterra, estas fluctuaciones
probablemente habrían desaparecido; y, tal como están, difícilmente serían
suficientes para conducir a una selección sexual efectiva en estado natural. No
obstante, en el caso de algunos animales salvajes, como se muestra en el
suplemento, las proporciones parecen fluctuar, ya sea durante diferentes
estaciones o en diferentes localidades, en un grado suficiente para conducir a
dicha selección. Cabe señalar que cualquier ventaja obtenida durante ciertos
años o en ciertas localidades por los machos que lograron vencer a sus rivales,
o que fueron los más atractivos para las hembras, probablemente se transmitiría
a la descendencia y no se eliminaría posteriormente. Durante las estaciones
siguientes, cuando, gracias a la igualdad de sexos, cada macho podía conseguir
una hembra, los machos más fuertes o más atractivos producidos previamente
tendrían al menos la misma probabilidad de dejar descendencia que los más
débiles o menos atractivos.
POLIGAMIA.
La práctica de la poligamia conduce a
los mismos resultados que se derivarían de una desigualdad real en el número de
sexos; pues si cada macho consigue dos o más hembras, muchos machos no pueden
aparearse; y estas últimas seguramente serán los individuos más débiles o menos
atractivos. Muchos mamíferos y algunas aves son polígamos, pero en animales
pertenecientes a las clases inferiores no he encontrado evidencia de este
hábito. Las capacidades intelectuales de estos animales quizás no sean
suficientes para llevarlos a reunir y proteger un harén de hembras. Parece casi
seguro que existe alguna relación entre la poligamia y el desarrollo de
caracteres sexuales secundarios; esto respalda la opinión de que una
preponderancia numérica de machos sería eminentemente favorable a la acción de
la selección sexual. Sin embargo, muchos animales estrictamente monógamos,
especialmente las aves, presentan caracteres sexuales secundarios muy marcados;
mientras que algunos animales polígamos no presentan tales caracteres.
Primero repasaremos brevemente los
mamíferos y luego nos centraremos en las aves. El gorila parece ser polígamo, y
el macho difiere considerablemente de la hembra; lo mismo ocurre con algunos
babuinos, que viven en manadas con el doble de hembras adultas que de machos.
En Sudamérica, el Mycetes caraya presenta diferencias sexuales bien marcadas en
color, barba y órganos vocales; y el macho generalmente vive con dos o tres
esposas; el macho del Cebus capucinus difiere ligeramente de la hembra y parece
ser polígamo. (10. Sobre el gorila, Savage y Wyman, 'Boston Journal of Natural
History', vol. v. 1845-47, pág. 423. Sobre Cynocephalus, Brehm, 'Thierleben',
B. i. 1864, s. 77. Sobre Mycetes, Rengger, 'Naturgeschichte der Säugethiere von
Paraguay', 1830, ss. 14, 20. Sobre Cebus, Brehm, ibid. s. 108.) Se sabe poco
sobre este tema con respecto a la mayoría de los demás monos, pero algunas
especies son estrictamente monógamas. Los rumiantes son eminentemente polígamos
y presentan diferencias sexuales con más frecuencia que casi cualquier otro
grupo de mamíferos; esto es cierto, especialmente en sus armas, pero también en
otros caracteres. La mayoría de los ciervos, el ganado vacuno y las ovejas son
polígamos; al igual que la mayoría de los antílopes, aunque algunos son
monógamos. Sir Andrew Smith, hablando de los antílopes de Sudáfrica, afirma que
en manadas de aproximadamente una docena rara vez había más de un macho adulto.
El antílope asiático saiga parece ser el polígamo más desmesurado del mundo;
pues Pallas (11. Pallas, 'Spicilegia Zoolog., Fasc.' xii. 1777, pág. 29. Sir
Andrew Smith, 'Illustrations of the Zoology of S. Africa', 1849, pl. 29, sobre
el Kobus. Owen, en su 'Anatomy of Vertebrates' (vol. iii. 1868, pág. 633)
ofrece una tabla que muestra incidentalmente qué especies de antílopes son
gregarias.) afirma que el macho ahuyenta a todos sus rivales y reúne una manada
de unas cien hembras y crías; la hembra no tiene cuernos y tiene el pelo más
suave, pero en otros aspectos no difiere mucho del macho. El caballo salvaje de
las Islas Malvinas y de los estados occidentales de Norteamérica es polígamo,
pero, salvo por su mayor tamaño y las proporciones de su cuerpo, difiere poco
de la yegua. El jabalí presenta características sexuales bien marcadas, como
sus grandes colmillos y otras puntas. En Europa y la India, lleva una vida
solitaria, excepto durante la época reproductiva; pero, como cree Sir W.
Elliot, quien ha tenido numerosas oportunidades de observar a este animal en la
India, se aparea en esta época con varias hembras. Es dudoso que esto sea así
en Europa, pero está respaldado por cierta evidencia. El elefante indio macho
adulto, al igual que el jabalí, pasa gran parte de su tiempo en soledad; pero,
como afirma el Dr. Campbell, cuando está con otros, «es raro encontrar más de
un macho con una manada completa de hembras»; los machos más grandes expulsan o
matan a los más pequeños y débiles. El macho se diferencia de la hembra en sus
inmensos colmillos, mayor tamaño y fuerza.y resistencia; tan grande es la diferencia
en estos aspectos que los machos, cuando son capturados, son valorados en una
quinta parte más que las hembras. (12. Dr. Campbell, en 'Proc. Zoolog. Soc.'
1869, pág. 138. Véase también un interesante artículo del teniente Johnstone,
en 'Proceedings, Asiatic Society of Bengal', mayo de 1868). Los sexos de otros
animales paquidermatosos difieren muy poco o nada en absoluto, y, hasta donde
se sabe, no son polígamos. Tampoco he oído hablar de ninguna especie en los
órdenes de Cheiroptera, Edentata, Insectivora y Roedores que sea polígama,
excepto que entre los roedores, la rata común, según algunos cazadores de
ratas, vive con varias hembras. Sin embargo, los dos sexos de algunos perezosos
(Edentata) difieren en el carácter y el color de ciertas manchas de pelo en sus
hombros. (13. Dr. Gray, en 'Anales y Revista de Historia Natural', 1871, pág.
302.) Y muchas especies de murciélagos (Cheiroptera) presentan diferencias
sexuales bien marcadas, principalmente en que los machos poseen glándulas y
bolsas odoríferas, y por su coloración más clara. (14. Véase el excelente
artículo del Dr. Dobson en 'Actas de la Sociedad Zoológica', 1873, pág. 241.)
En el gran orden de los roedores, hasta donde he podido saber, los sexos rara
vez difieren, y cuando lo hacen, es solo ligeramente en el tono del pelaje.
Según me ha contado Sir Andrew Smith,
el león de Sudáfrica a veces vive con una sola hembra, pero generalmente con
más, y en un caso se encontró con hasta cinco hembras; por lo tanto, es
polígamo. Hasta donde he podido averiguar, es el único polígamo entre todos los
carnívoros terrestres, y solo él presenta caracteres sexuales bien marcados.
Sin embargo, si nos fijamos en los carnívoros marinos, como veremos más
adelante, el caso es muy diferente; pues muchas especies de focas presentan
diferencias sexuales extraordinarias y son eminentemente polígamas. Así, según
Peron, el elefante marino macho del Océano Antártico siempre tiene varias
hembras, y se dice que el león marino de Forster está rodeado por entre veinte
y treinta hembras. En el norte, el oso marino macho de Steller está acompañado
por un número aún mayor de hembras. Es un hecho interesante, como señala el Dr.
Gill (15. 'The Eared Seals', American Naturalist, vol. iv, enero de 1871), que
en las especies monógamas, "o aquellas que viven en pequeñas comunidades,
hay poca diferencia de tamaño entre machos y hembras; en las especies sociales,
o mejor dicho, aquellas en las que los machos tienen harenes, los machos son
mucho más grandes que las hembras".
Entre las aves, muchas especies,
cuyos sexos difieren considerablemente entre sí, son ciertamente monógamas. En
Gran Bretaña observamos diferencias sexuales muy marcadas, por ejemplo, en el
pato silvestre, que se aparea con una sola hembra, el mirlo común y el
camachuelo común, del que se dice que se aparea de por vida. El Sr. Wallace me
informa que ocurre lo mismo con los cotíngidos de Sudamérica y con muchas otras
aves. En varios grupos no he podido determinar si las especies son polígamas o
monógamas. Lesson afirma que las aves del paraíso, tan notables por sus
diferencias sexuales, son polígamas, pero el Sr. Wallace duda de tener pruebas
suficientes. El Sr. Salvin me comenta que le han hecho creer que los colibríes
son polígamos. El macho de la viuda negra, notable por sus plumas caudales,
ciertamente parece ser polígamo. (16. 'El Ibis', vol. iii. 1861, pág. 133,
sobre la viuda de Progne. Véase también sobre la Vidua axillaris, ibid. vol.
ii. 1860, pág. 211. Sobre la poligamia del urogallo y la avutarda, véase L.
Lloyd, 'Aves de caza de Suecia', 1867, págs. 19 y 182. Montagu y Selby hablan
del urogallo negro como polígamo y del urogallo rojo como monógamo.) El Sr.
Jenner Weir y otros me han asegurado que es bastante común que tres estorninos
frecuenten el mismo nido; pero no se ha determinado si se trata de un caso de
poligamia o poliandria.
Las Gallináceas presentan diferencias
sexuales casi tan marcadas como las aves del paraíso o los colibríes, y muchas
especies son, como es bien sabido, polígamas; otras son estrictamente
monógamas. ¡Qué contraste se presenta entre los sexos del pavo real o el faisán
polígamos y los de la pintada o la perdiz monógamas! Se podrían citar muchos
casos similares, como en la tribu del urogallo, donde los machos del urogallo y
el gallo lira polígamos difieren mucho de las hembras; mientras que los sexos
del urogallo rojo y la perdiz nival monógamas difieren muy poco. En las aves
Cursores, excepto entre las avutardas, pocas especies presentan diferencias
sexuales marcadas, y se dice que la avutarda común (Otis tarda) es polígama. En
las Grallatores, muy pocas especies difieren sexualmente, pero el combatiente
(Machetes pugnax) constituye una marcada excepción, y Montagu cree que esta
especie es polígama. Por lo tanto, parece que entre las aves suele existir una
estrecha relación entre la poligamia y el desarrollo de marcadas diferencias
sexuales. Le pregunté al Sr. Bartlett, del Jardín Zoológico, quien tiene una
amplia experiencia con aves, si el tragopán macho (una de las Gallináceas) era
polígamo, y me sorprendió su respuesta: «No lo sé, pero supongo que sí por sus
espléndidos colores».
Cabe destacar que el instinto de
apareamiento con una sola hembra se pierde fácilmente durante la domesticación.
El pato salvaje es estrictamente monógamo, mientras que el pato doméstico es
altamente polígamo. El reverendo WD Fox me informa que, de unos patos salvajes
a medio domar, en un gran estanque cercano, el guardabosques abatió tantos
ánades reales que solo quedó uno por cada siete u ocho hembras; sin embargo, se
criaron nidadas inusualmente numerosas. La pintada es estrictamente monógama;
pero el Sr. Fox descubre que sus aves prosperan mejor cuando cría un macho con
dos o tres hembras. Los canarios se aparean en estado natural, pero los
criadores en Inglaterra logran aparear un macho con cuatro o cinco hembras. He
observado estos casos, lo que indica la probabilidad de que las especies
silvestres monógamas puedan volverse fácilmente polígamas, ya sea temporal o
permanentemente.
Se sabe muy poco sobre los hábitos de
los reptiles y los peces como para poder hablar de sus acuerdos matrimoniales.
Sin embargo, se dice que el espinoso (Gasterosteus) es polígamo (17. Noel
Humphreys, 'River Gardens', 1857); y el macho, durante la época reproductiva,
difiere notablemente de la hembra.
Para resumir los medios a través de
los cuales, hasta donde sabemos, la selección sexual ha conducido al desarrollo
de caracteres sexuales secundarios, se ha demostrado que el mayor número de
crías vigorosas se obtendrá del apareamiento de los machos más fuertes y mejor
armados, victoriosos en las competencias contra otros machos, con las hembras
más vigorosas y mejor nutridas, que son las primeras en reproducirse en
primavera. Si estas hembras seleccionan a los machos más atractivos y a la vez
vigorosos, criarán un mayor número de crías que las hembras retardadas, que
deben aparearse con los machos menos vigorosos y menos atractivos. Lo mismo
ocurrirá si los machos más vigorosos seleccionan a las hembras más atractivas y
a la vez sanas y vigorosas; y esto será especialmente cierto si el macho
defiende a la hembra y ayuda a alimentar a las crías. La ventaja así obtenida
por las parejas más vigorosas en la crianza de un mayor número de crías
aparentemente ha bastado para que la selección sexual sea eficiente. Pero una
gran preponderancia numérica de varones sobre mujeres será aún más eficiente,
ya sea que la preponderancia sea sólo ocasional y local o permanente; ya sea
que ocurra en el nacimiento o después, debido a la mayor destrucción de las
mujeres, o ya sea que se derive indirectamente de la práctica de la poligamia.
EL MACHO GENERALMENTE MAS MODIFICADO
QUE LA HEMBRA.
En todo el reino animal, cuando los
sexos difieren en apariencia externa, es, con raras excepciones, el macho el
que ha sido más modificado; pues, por lo general, la hembra conserva un mayor
parecido con las crías de su especie y con otros miembros adultos del mismo
grupo. La causa de esto parece residir en que los machos de casi todos los
animales tienen pasiones más fuertes que las hembras. De ahí que sean los
machos los que luchan juntos y exhiben con asiduidad sus encantos ante las
hembras; y los vencedores transmiten su superioridad a sus descendientes. Más
adelante se considerará por qué ambos sexos no adquieren así las
características de sus progenitores. Que los machos de todos los mamíferos
persiguen con avidez a las hembras es bien conocido. Lo mismo ocurre con las
aves; pero muchos machos no persiguen tanto a la hembra, sino que exhiben su
plumaje, realizan extrañas travesuras y emiten sus cantos en su presencia. El
macho de los pocos peces observados parece mucho más ansioso que la hembra; y lo
mismo ocurre con los caimanes, y aparentemente con los batracios. En la enorme
clase de insectos, como señala Kirby, «la ley es que el macho buscará a la
hembra». (18. Kirby y Spence, «Introducción a la Entomología», vol. iii. 1826,
pág. 342). Dos autoridades competentes, el Sr. Blackwall y el Sr. C. Spence
Bate, me dicen que los machos de arañas y crustáceos son más activos y
erráticos en sus hábitos que las hembras. Cuando los órganos sensoriales o de
locomoción están presentes en un sexo de insectos y crustáceos y ausentes en el
otro, o cuando, como suele ocurrir, están más desarrollados en uno que en el
otro, es, hasta donde he podido descubrir, casi invariablemente el macho quien
conserva dichos órganos o los tiene más desarrollados; y esto demuestra que el
macho es el miembro más activo en el cortejo de los sexos. (19. Un insecto
himenóptero parásito (Westwood, 'Modern Class. of Insects', vol. ii, pág. 160)
constituye una excepción a la regla, ya que el macho tiene alas rudimentarias y
nunca abandona la celda en la que nace, mientras que la hembra tiene alas bien
desarrolladas. Audouin cree que las hembras de esta especie son fecundadas por
los machos que nacen en las mismas celdas que ellas; pero es mucho más probable
que las hembras visiten otras celdas, de modo que se evita así el mestizaje
cercano. De aquí en adelante nos encontraremos en varias clases, con algunos
casos excepcionales, en los que la hembra, en lugar del macho, es la buscadora
y pretendiente.)
La hembra, por otro lado, salvo raras
excepciones, es menos ansiosa que el macho. Como observó hace tiempo el ilustre
Hunter (20. 'Ensayos y Observaciones', editado por Owen, vol. i. 1861, p. 194),
generalmente "requiere ser cortejada"; es tímida y a menudo se la
puede ver intentando escapar del macho durante mucho tiempo. Cualquier
observador de los hábitos animales podrá recordar ejemplos de este tipo.
Diversos hechos, que se exponen a continuación, y los resultados atribuibles a
la selección sexual demuestran que la hembra, aunque comparativamente pasiva,
generalmente elige y prefiere a un macho a otros. O puede aceptar, como a veces
nos hacen creer las apariencias, no al macho que le resulte más atractivo, sino
al que le resulte menos desagradable. El ejercicio de la elección por parte de
la hembra parece una ley casi tan general como el anhelo del macho.
Naturalmente, nos vemos obligados a
preguntarnos por qué el macho, en tantas y tan distintas clases, se ha vuelto
más ávido que la hembra, de modo que la busca y desempeña un papel más activo
en el cortejo. No sería ninguna ventaja, y sí cierta pérdida de poder, que cada
sexo buscara al otro; pero ¿por qué debería ser el macho casi siempre el
buscador? Los óvulos de las plantas, después de la fecundación, deben nutrirse
durante un tiempo; por lo tanto, el polen es necesariamente llevado a los
órganos femeninos, colocándose en el estigma, por medio de insectos o el
viento, o por los movimientos espontáneos de los estambres; y en las algas,
etc., por la fuerza locomotora de los anterozooides. En los animales acuáticos
de baja organización, permanentemente fijados en el mismo lugar y con sus sexos
separados, el elemento masculino es invariablemente llevado a la hembra; y de
esto podemos ver la razón, pues incluso si los óvulos se desprendieran antes de
la fertilización y no requirieran nutrición o protección posterior, habría aún
mayor dificultad en transportarlos que el elemento masculino, porque, al ser
más grandes que estos últimos, se producen en cantidades mucho menores. De modo
que muchos de los animales inferiores son, en este sentido, análogos a las plantas.
(21. El profesor Sachs ('Lehrbuch der Botanik', 1870, pág. 633) al hablar de
las células reproductoras masculinas y femeninas, comenta: "verhält sich
die eine bei der Vereinigung activ,...die andere erscheint bei der Vereinigung
passiv".) Los machos de los animales fijados y acuáticos habiendo sido
inducidos a emitir su elemento fertilizante de esta manera, es natural que
cualquiera de sus descendientes, que ascendió en la escala y se volvió
locomotor, debería conservar el mismo hábito; y se acercarían a la hembra lo
más posible, para no arriesgarse a perder el elemento fertilizante en un largo
viaje a través del agua. En algunos animales inferiores, solo las hembras son
fijas, y los machos deben ser los buscadores. Pero es difícil entender por qué
los machos de especies cuyos progenitores eran originariamente libres,
invariablemente habrían adquirido el hábito de acercarse a las hembras, en
lugar de ser abordados por ellas. Pero en todos los casos, para que los machos
buscaran eficientemente, sería necesario que estuvieran dotados de fuertes
pasiones; y la adquisición de tales pasiones se derivaría naturalmente de que
los más ansiosos dejaran un mayor número de crías que los menos ansiosos.
El gran entusiasmo de los machos ha
llevado indirectamente a que desarrollen caracteres sexuales secundarios con
mucha mayor frecuencia que las hembras. Pero el desarrollo de dichos caracteres
se vería muy favorecido si los machos fueran más propensos a la variación que
las hembras —como concluí que lo eran— tras un largo estudio de animales
domésticos. Von Nathusius, con amplia experiencia, comparte firmemente la misma
opinión. (22. «Vorträge uber Viehzucht», 1872, pág. 63). Una buena evidencia
que apoya esta conclusión también puede obtenerse mediante una comparación de
los dos sexos en la humanidad. Durante la expedición de Novara (23. 'Reise der
Novara: Anthropolog. Theil', 1867, ss. 216-269. Los resultados fueron
calculados por el Dr. Weisbach a partir de mediciones realizadas por los Dres.
K. Scherzer y Schwarz. Sobre la mayor variabilidad de los machos de los
animales domésticos, véase mi 'Variación de animales y plantas bajo
domesticación', vol. ii. 1868, pág. 75), se realizó un gran número de mediciones
de varias partes del cuerpo en diferentes razas, y se encontró que los hombres
en casi todos los casos presentaban un mayor rango de variación que las
mujeres; pero tendré que volver a este tema en un capítulo futuro. El Sr. J.
Wood (24. 'Proceedings of the Royal Society', vol. xvi, julio de 1868, págs.
519 y 524), quien ha estudiado cuidadosamente la variación de los músculos en
el hombre, concluye en cursiva que "el mayor número de anormalidades en
cada sujeto se encuentra en los varones". Anteriormente había señalado que
"en total, en 102 sujetos, se encontró que las variedades de redundancia
eran la mitad que en las mujeres, lo que contrasta ampliamente con la mayor
frecuencia de deficiencia en las mujeres descrita anteriormente". El profesor
Macalister también señala (25. 'Proc. Royal Irish Academy', vol. x, 1868, pág.
123) que las variaciones en los músculos "son probablemente más comunes en
los varones que en las mujeres". Ciertos músculos que normalmente no están
presentes en la humanidad también se desarrollan con mayor frecuencia en el
sexo masculino que en el femenino, aunque se dice que ocurren excepciones a
esta regla. El Dr. Burt Wilder (26. 'Massachusetts Medical Society', vol. ii.
n.º 3, 1868, pág. 9) ha tabulado los casos de 152 individuos con dedos
supernumerarios, de los cuales 86 eran varones y 39, o menos de la mitad,
mujeres; los 27 restantes eran de sexo desconocido. Sin embargo, no debe
pasarse por alto que las mujeres se esfuerzan más por ocultar una deformidad de
este tipo que los hombres. Asimismo, el Dr. L. Meyer afirma que las orejas del
hombre son más variables en forma que las de la mujer. (27. 'Archiv für Path.
Anat. und Phys.', 1871, pág. 488). Por último, la temperatura es más variable
en el hombre que en la mujer. (28. Las conclusiones a las que llegó
recientemente el Dr. J. Stockton Hough sobre la temperatura del hombre aparecen
en la revista 'Pop. Sci. Review', 1 de enero de 1874, pág. 97.)
Se desconoce la causa de la mayor
variabilidad general en el sexo masculino que en el femenino, salvo que los
caracteres sexuales secundarios son extraordinariamente variables y suelen
limitarse a los machos; y, como veremos enseguida, este hecho es, hasta cierto
punto, comprensible. Mediante la selección sexual y natural, los machos se han
vuelto, en muchos casos, muy diferentes de sus hembras; pero independientemente
de la selección, ambos sexos, al diferir constitucionalmente, tienden a variar
de forma algo distinta. La hembra debe gastar mucha materia orgánica en la
formación de sus óvulos, mientras que el macho gasta mucha energía en feroces
combates con sus rivales, en deambular en busca de la hembra, en emitir su voz,
en la emisión de secreciones odoríferas, etc.; y este gasto generalmente se
concentra en un corto período. El gran vigor del macho durante la época de celo
parece a menudo intensificar sus colores, independientemente de cualquier
diferencia marcada con la hembra. (29. El profesor Mantegazza se inclina a
creer ('Lettera a Carlo Darwin', 'Archivio per l'Anthropologia', 1871, pág.
306) que los colores brillantes, comunes en tantos animales machos, se deben a
la presencia y retención por ellos del fluido espermático; pero esto
difícilmente puede ser el caso; porque muchos pájaros machos, por ejemplo los
faisanes jóvenes, se vuelven de colores brillantes en el otoño de su primer
año.) En la humanidad, e incluso tan abajo en la escala orgánica como en los
lepidópteros, la temperatura del cuerpo es más alta en el macho que en la
hembra, acompañada en el caso del hombre por un pulso más lento. (30. Para la
humanidad, véase el Dr. J. Stockton Hough, cuyas conclusiones aparecen en la
'Popular Science Review', 1874, pág. 97. Véanse las observaciones de Girard
sobre los lepidópteros, tal como aparecen en el 'Zoological Record', 1869, pág.
347.) En general, el gasto de materia y fuerza por parte de los dos sexos es
probablemente casi igual, aunque se efectúa de maneras muy diferentes y a
ritmos diferentes.
Por las causas recién especificadas,
es difícil que los dos sexos difieran ligeramente en constitución, al menos
durante la época reproductiva; y, aunque estén sujetos a las mismas
condiciones, tenderán a variar de forma distinta. Si estas variaciones no
benefician a ninguno de los sexos, no se acumularán ni aumentarán por selección
sexual o natural. Sin embargo, pueden volverse permanentes si la causa que las
provoca actúa de forma permanente; y, de acuerdo con una forma frecuente de
herencia, pueden transmitirse únicamente al sexo en el que aparecieron primero.
En este caso, los dos sexos presentarán diferencias de carácter permanentes,
aunque insignificantes. Por ejemplo, el Sr. Allen demuestra que, en un gran
número de aves que habitan el norte y el sur de Estados Unidos, los ejemplares
del sur son de color más oscuro que los del norte; y esto parece ser el
resultado directo de la diferencia de temperatura, luz, etc., entre ambas
regiones. Ahora bien, en algunos casos, los dos sexos de la misma especie parecen
haber sido afectados de forma diferente; En Agelaeus phoeniceus, los machos han
visto sus colores muy intensificados en el sur; mientras que en Cardinalis
virginianus son las hembras las que se han visto afectadas de esta manera; en
Quiscalus major, las hembras han presentado una tonalidad extremadamente
variable, mientras que los machos permanecen casi uniformes. (31. 'Mamíferos y
aves del este de Florida', págs. 234, 280, 295.)
Se dan algunos casos excepcionales en
diversas clases de animales, en los que las hembras, en lugar de los machos,
han adquirido caracteres sexuales secundarios muy pronunciados, como colores
más brillantes, mayor tamaño, fuerza o belicosidad. En las aves, a veces se ha
producido una transposición completa de los caracteres comunes propios de cada
sexo: las hembras se han vuelto más entusiastas en el cortejo, mientras que los
machos se mantienen relativamente pasivos, pero aparentemente seleccionan a las
hembras más atractivas, como podemos inferir de los resultados. De este modo,
ciertas hembras se han vuelto más coloridas o adornadas de otras maneras, así
como más poderosas y belicosas que los gallos; estos caracteres se transmiten
únicamente a las crías hembras.
Se podría sugerir que en algunos
casos se ha llevado a cabo un doble proceso de selección: que los machos han
seleccionado a las hembras más atractivas, y estas a los machos más atractivos.
Este proceso, sin embargo, aunque podría conducir a la modificación de ambos
sexos, no haría que uno fuera diferente del otro, a menos que sus gustos por lo
bello difirieran; pero esta es una suposición demasiado improbable como para
que valga la pena considerarla en el caso de cualquier animal, excepto el
hombre. Sin embargo, existen muchos animales en los que los sexos se parecen,
pues ambos poseen los mismos adornos, lo cual, por analogía, nos llevaría a
atribuir a la selección sexual. En tales casos, se podría sugerir con mayor
verosimilitud que ha habido un proceso doble o mutuo de selección sexual: las
hembras más vigorosas y precoces seleccionan a los machos más atractivos y
vigorosos, mientras que estos últimos rechazan a todos excepto a las hembras
más atractivas. Pero, según lo que sabemos de los hábitos de los animales, esta
opinión es poco probable, ya que el macho generalmente está ansioso por
aparearse con cualquier hembra. Es más probable que los adornos comunes a ambos
sexos fueran adquiridos por uno de ellos, generalmente el macho, y luego
transmitidos a la descendencia de ambos sexos. Si, de hecho, durante un período
prolongado los machos de cualquier especie superaran considerablemente a las
hembras en número, y luego, durante otro período prolongado, pero en
condiciones diferentes, ocurriera lo contrario, podría fácilmente producirse un
proceso doble, aunque no simultáneo, de selección sexual, mediante el cual los
dos sexos podrían resultar muy diferentes.
Más adelante veremos que existen
muchos animales en los que ninguno de los dos sexos presenta colores brillantes
ni ornamentos especiales. Sin embargo, los miembros de ambos sexos o de uno
solo probablemente hayan adquirido colores simples, como el blanco o el negro,
mediante selección sexual. La ausencia de tonos brillantes u otros ornamentos
puede deberse a que nunca se produjeron variaciones adecuadas, o a que los
propios animales prefirieron el blanco o el negro lisos. Los tonos oscuros se
han desarrollado a menudo mediante selección natural con fines de protección, y
la adquisición de colores llamativos mediante selección sexual parece haberse
visto a veces frenada por el peligro que ello implicaba. Pero en otros casos,
los machos pueden haber luchado entre sí durante largos períodos por la
posesión de las hembras, y sin embargo no se habría producido ningún efecto, a
menos que los machos más exitosos hayan dejado un mayor número de crías para
heredar su superioridad que los menos exitosos. Y esto, como se ha demostrado
previamente, depende de muchas contingencias complejas.
La selección sexual actúa de forma
menos rigurosa que la selección natural. Esta última produce sus efectos
mediante la vida o la muerte, a cualquier edad, de los individuos más o menos
exitosos. De hecho, la muerte no es infrecuente debido a los conflictos entre
machos rivales. Pero, por lo general, el macho menos exitoso simplemente no
consigue una hembra, o consigue una hembra retardada y menos vigorosa más tarde
en la temporada, o, si es polígamo, consigue menos hembras; de modo que deja
menos crías, menos vigorosas o ninguna. En cuanto a las estructuras adquiridas
mediante selección ordinaria o natural, existe en la mayoría de los casos,
mientras las condiciones de vida se mantengan iguales, un límite a la cantidad
de modificación ventajosa en relación con ciertos propósitos especiales; pero
en cuanto a las estructuras adaptadas para que un macho triunfe sobre otro, ya
sea en la lucha o en el encantamiento de la hembra, no existe un límite
definido a la cantidad de modificación ventajosa; de modo que, mientras surjan
las variaciones adecuadas, el trabajo de la selección sexual continuará. Esta
circunstancia puede explicar en parte la frecuente y extraordinaria
variabilidad que presentan los caracteres sexuales secundarios. Sin embargo, la
selección natural determinará que tales caracteres no sean adquiridos por los
machos victoriosos si resultan altamente perjudiciales, ya sea por consumir
demasiado sus energías vitales o por exponerlos a un gran peligro. Sin embargo,
el desarrollo de ciertas estructuras —de los cuernos, por ejemplo, en ciertos
ciervos— se ha llevado a un extremo asombroso; y en algunos casos a un extremo
que, en lo que respecta a las condiciones generales de vida, debe ser
ligeramente perjudicial para el macho. De este hecho aprendemos que las
ventajas que los machos favorecidos obtienen al conquistar a otros machos en
batalla o cortejo, y así dejar una progenie numerosa, son a la larga mayores
que las derivadas de una adaptación bastante más perfecta a sus condiciones de
vida. Veremos además, y nunca se podría haber anticipado, que el poder de
cautivar a la hembra a veces ha sido más importante que el poder de conquistar
a otros machos en batalla.
LEYES DE HERENCIA.
Para comprender cómo la selección
sexual ha actuado en muchos animales de diversas clases, y cómo a lo largo de
los siglos ha producido resultados notables, es necesario tener presentes las
leyes de la herencia, hasta donde se conocen. El término "herencia"
incluye dos elementos distintos: la transmisión y el desarrollo de caracteres;
pero como estos generalmente van de la mano, la distinción a menudo se pasa por
alto. Observamos esta distinción en aquellos caracteres que se transmiten
durante los primeros años de vida, pero se desarrollan solo en la madurez o en
la vejez. Vemos la misma distinción con mayor claridad en los caracteres
sexuales secundarios, pues estos se transmiten a través de ambos sexos, aunque
se desarrollan solo en uno. Su presencia en ambos sexos se manifiesta cuando se
cruzan dos especies con caracteres sexuales muy marcados, pues cada una
transmite los caracteres propios de su sexo masculino y femenino a la
descendencia híbrida de cualquiera de los dos sexos. El mismo hecho es igualmente
evidente cuando los caracteres propios del macho se desarrollan ocasionalmente
en la hembra al envejecer o enfermar, como, por ejemplo, cuando la gallina
común adquiere las plumas de la cola, el pelo, la cresta, los espolones, la voz
e incluso la agresividad del gallo. A la inversa, lo mismo es evidente, con
mayor o menor claridad, con los machos castrados. Además, independientemente de
la vejez o la enfermedad, los caracteres se transfieren ocasionalmente del
macho a la hembra, como cuando, en ciertas razas de aves, los espolones
aparecen regularmente en las hembras jóvenes y sanas. Pero, en realidad,
simplemente se desarrollan en la hembra; pues en cada raza, cada detalle de la
estructura del espolón se transmite a través de la hembra a su descendencia
masculina. Más adelante se presentarán muchos casos en los que la hembra
exhibe, con mayor o menor perfección, caracteres propios del macho, en quien
debieron desarrollarse primero y luego transferirse a la hembra. El caso
inverso del primer desarrollo de caracteres en la hembra y su transferencia al
macho es menos frecuente. Por lo tanto, conviene dar un ejemplo llamativo. En
las abejas, el aparato recolector de polen lo utiliza solo la hembra para
recolectar polen para las larvas; sin embargo, en la mayoría de las especies
está parcialmente desarrollado en los machos, para quienes es completamente
inútil, y está perfectamente desarrollado en los machos de Bombus o el
abejorro. (32. H. Muller, 'Anwendung der Darwin'schen Lehre', etc., Verh. dn V.
Jahrg., xxix. pág. 42.) Como ningún otro insecto himenóptero, ni siquiera la
avispa, estrechamente emparentada con la abeja, posee un aparato recolector de
polen, no tenemos motivos para suponer que las abejas macho recolectaran polen
primordialmente tan bien como las hembras; aunque sí tenemos motivos para
sospechar que los mamíferos machos amamantaban primordialmente a sus crías tan
bien como las hembras. Por último, en todos los casos de reversión, los
caracteres se transmiten a través de dos, tres o muchas más generaciones y
luego se desarrollan en ciertas condiciones favorables desconocidas.Esta
importante distinción entre transmisión y desarrollo se tendrá mejor presente
con la ayuda de la hipótesis de la pangénesis. Según esta hipótesis, cada
unidad o célula del cuerpo desprende gémulas o átomos no desarrollados, que se
transmiten a la descendencia de ambos sexos y se multiplican por autodivisión.
Pueden permanecer sin desarrollarse durante los primeros años de vida o durante
generaciones sucesivas; y su desarrollo en unidades o células, como aquellas de
las que derivaron, depende de su afinidad y unión con otras unidades o células
previamente desarrolladas en el orden de crecimiento adecuado.
HERENCIA EN PERIODOS CORRESPONDIENTES
DE LA VIDA.
Esta tendencia está bien establecida.
Un nuevo carácter que aparece en un animal joven, ya sea que perdure toda la
vida o sea solo transitorio, generalmente reaparecerá en la descendencia a la
misma edad y durará el mismo tiempo. Si, por otro lado, un nuevo carácter
aparece en la madurez, o incluso en la vejez, tiende a reaparecer en la
descendencia a la misma edad avanzada. Cuando se producen desviaciones de esta
regla, los caracteres transmitidos aparecen con mucha más frecuencia antes que
después de la edad correspondiente. Como ya he tratado este tema con suficiente
detalle en otra obra (33. La «Variación de los Animales y las Plantas bajo
Domesticación», vol. ii. 1868, pág. 75. En el penúltimo capítulo se explica con
detalle la hipótesis provisional de la pangénesis, antes mencionada), aquí solo
citaré dos o tres ejemplos para recordar el tema al lector. En varias razas de
aves, los pollos cubiertos de plumón, los polluelos en su primer plumaje
verdadero y los adultos difieren considerablemente entre sí, así como de su
progenitor común, el Gallus bankiva; y estas características se transmiten
fielmente de cada raza a sus crías en las etapas correspondientes de su vida.
Por ejemplo, los pollos de Hamburgo moteados, aunque cubiertos de plumón,
presentan algunas manchas oscuras en la cabeza y la grupa, pero no están
rayados longitudinalmente, como en muchas otras razas; en su primer plumaje
verdadero, presentan un hermoso plumaje a lápiz, es decir, cada pluma está
marcada transversalmente por numerosas barras oscuras; pero en su segundo
plumaje, todas las plumas se vuelven moteadas o terminadas en una mancha
redonda oscura. (34. Estos datos se dan con la alta autoridad de un gran
criador, el Sr. Teebay; véase 'Poultry Book' de Tegetmeier, 1868, pág. 158. Sobre
las características de los pollos de diferentes razas, y sobre las razas de
palomas, a las que se alude en el párrafo siguiente, véase 'Variation of
Animals', etc., vol. i, págs. 160, 249; vol. ii, pág. 77.) Por lo tanto, en
esta raza se han producido variaciones en, y se han transmitido a, tres
períodos distintos de la vida. La paloma ofrece un caso más notable, porque la
especie parental aborigen no sufre ningún cambio de plumaje con el avance de la
edad, excepto que en la madurez el pecho se vuelve más iridiscente; sin
embargo, hay razas que no adquieren sus colores característicos hasta que han
mudado dos, tres o cuatro veces; y estas modificaciones del plumaje se
transmiten regularmente.
HERENCIA EN LAS ESTACIONES
CORRESPONDIENTES DEL AÑO.
En los animales en estado natural, se
dan innumerables casos de caracteres que aparecen periódicamente en diferentes
estaciones. Vemos esto en los cuernos del ciervo y en el pelaje de los animales
árticos, que se vuelve denso y blanco durante el invierno. Muchas aves
adquieren colores brillantes y otras decoraciones solo durante la época
reproductiva. Pallas afirma (35. «Novae species Quadrupedum e Glirium ordine»,
1778, pág. 7. Sobre la transmisión del color por el caballo, véase «Variación
de animales y plantas en domesticación», vol. ip. 51. También vol. ii. pág. 71,
para una discusión general sobre «La herencia limitada por el sexo»), que en
Siberia, el ganado y los caballos domésticos se aclaran durante el invierno; y
yo mismo he observado y oído hablar de cambios de color similares, muy
marcados, es decir, de un color crema parduzco o pardo rojizo a un blanco
perfecto, en varios ponis de Inglaterra. Aunque desconozco si esta tendencia a
cambiar el color del pelaje según la estación se transmite, probablemente lo
sea, ya que el caballo hereda firmemente todos los matices de color. Esta forma
de herencia, limitada por las estaciones, no es más notable que su limitación
por la edad o el sexo.
HERENCIA LIMITADA POR EL SEXO. — La
transmisión equitativa de caracteres a ambos sexos es la forma más común de
herencia, al menos en aquellos animales que no presentan diferencias sexuales
marcadas, y de hecho en muchos de ellos. Sin embargo, con cierta frecuencia,
los caracteres se transfieren exclusivamente al sexo en el que aparecen
primero. Se ha presentado amplia evidencia al respecto en mi trabajo sobre
«Variación bajo la domesticación», pero aquí se pueden citar algunos ejemplos.
Existen razas de ovejas y cabras en las que los cuernos del macho difieren
mucho en forma de los de la hembra; y estas diferencias, adquiridas durante la
domesticación, se transmiten regularmente al mismo sexo. Por regla general,
solo las hembras de los gatos son de color carey, mientras que el color
correspondiente en los machos es rojo óxido. En la mayoría de las razas de aves
de corral, los caracteres propios de cada sexo se transmiten solo al mismo
sexo. Esta forma de transmisión es tan generalizada que resulta anómalo que las
variaciones en ciertas razas se transmitan por igual a ambos sexos. También
existen ciertas subrazas de aves en las que los machos apenas se distinguen
entre sí, mientras que las hembras difieren considerablemente en color. Los
sexos de la paloma en la especie progenitora no difieren en ninguna
característica externa; sin embargo, en ciertas razas domesticadas, el macho
tiene un color distinto al de la hembra. (36. Dr. Chapuis, «Le Pigeon Voyageur
Belge», 1865, pág. 87. Boitard et Corbie, «Les Pigeons de Volière», etc., 1824,
pág. 173. Véase también, sobre diferencias similares en ciertas razas de
Módena, «Le variazioni dei Colombi domestici», de Paolo Bonizzi, 1873). La
carúncula de la paloma mensajera inglesa y el buche de la buchona están más
desarrollados en el macho que en la hembra; y aunque estos caracteres han sido
adquiridos mediante una selección prolongada y continua por parte del hombre,
las ligeras diferencias entre los sexos se deben enteramente a la forma de
herencia que ha prevalecido, pues han surgido no de, sino más bien en oposición
a, el deseo del criador.
La mayoría de nuestras razas
domésticas se han formado mediante la acumulación de muchas variaciones
sutiles; y como algunos de los pasos sucesivos se han transmitido a un solo
sexo y otros a ambos, encontramos en las diferentes razas de la misma especie
todos los grados entre una gran disimilitud sexual y una similitud completa. Ya
se han dado ejemplos con las razas de aves de corral y palomas, y en la
naturaleza son comunes casos análogos. En los animales domesticados (aunque no
me atreveré a decir si en la naturaleza ocurre así), un sexo puede perder
caracteres propios y, por lo tanto, llegar a parecerse un poco al sexo opuesto;
por ejemplo, los machos de algunas razas de aves de corral han perdido sus
plumas y el pelo masculinos. Por otro lado, las diferencias entre los sexos
pueden aumentar durante la domesticación, como en el caso de las ovejas
merinas, donde las ovejas han perdido sus cuernos. Asimismo, caracteres propios
de un sexo pueden aparecer repentinamente en el otro, como en las subrazas de
aves de corral en las que las gallinas adquieren espolones durante su juventud.
o, como en ciertas subrazas polacas, en las que las hembras, según se cree,
adquirieron originalmente una cresta y posteriormente la transfirieron a los
machos. Todos estos casos son comprensibles desde la hipótesis de la
pangénesis, pues dependen de que las gémulas de ciertas partes, aunque
presentes en ambos sexos, se vuelvan, por influencia de la domesticación,
latentes o desarrolladas en ambos sexos.
Hay una cuestión difícil que conviene
dejar para un capítulo posterior: si un carácter inicialmente desarrollado en
ambos sexos podría, mediante selección, limitarse a un solo sexo. Si, por
ejemplo, un criador observara que algunas de sus palomas (cuyos caracteres
suelen transferirse por igual a ambos sexos) variaban hacia el azul pálido,
¿podría, mediante una selección prolongada, crear una raza en la que solo los
machos fueran de este color, mientras que las hembras permanecieran
inalteradas? Diré únicamente que esto, aunque quizás no imposible, sería
extremadamente difícil, ya que el resultado natural de la crianza a partir de
machos azul pálido sería cambiar toda la estirpe de ambos sexos a este color.
Sin embargo, si aparecieran variaciones del color deseado, cuyo desarrollo se
limitara inicialmente al sexo masculino, no habría la menor dificultad en crear
una raza con ambos sexos de diferente color, como de hecho se ha logrado con
una raza belga, en la que solo los machos son veteados de negro. De manera
similar, si apareciera alguna variación en una paloma hembra, cuyo desarrollo
sexual se limitó desde el principio a las hembras, sería fácil crear una raza
caracterizada únicamente por las hembras; pero si la variación no estuviera
originalmente limitada, el proceso sería extremadamente difícil, quizás
imposible. (37. Desde la publicación de la primera edición de esta obra, me ha
resultado muy satisfactorio encontrar las siguientes observaciones (en 'Field',
septiembre de 1872) de un criador tan experimentado como el Sr. Tegetmeier.
Tras describir algunos casos curiosos en palomas, sobre la transmisión del
color por un solo sexo y la formación de una subraza con esta característica,
afirma: «Es una circunstancia singular que el Sr. Darwin sugiriera la posibilidad
de modificar los colores sexuales de las aves mediante selección artificial.
Cuando lo hizo, desconocía estos hechos que he relatado; pero es notable la
precisión con la que sugirió el método correcto».
SOBRE LA RELACIÓN ENTRE EL PERIODO DE
DESARROLLO DE UN CARÁCTER Y SU TRANSMISIÓN A UN SEXO O A AMBOS SEXOS.
En la mayoría de los casos, se
desconoce por qué ciertos caracteres se heredan en ambos sexos y otros en uno
solo, es decir, en el sexo en el que aparecieron por primera vez. Ni siquiera
podemos conjeturar por qué, en ciertas subrazas de palomas, las estrías negras,
aunque transmitidas por la hembra, se desarrollan solo en el macho, mientras
que todos los demás caracteres se transfieren por igual a ambos sexos. Por qué,
en los gatos, el color carey, con raras excepciones, se desarrolla solo en la
hembra. Un mismo carácter, como los dedos deficientes o supernumerarios, el
daltonismo, etc., puede, en la humanidad, ser heredado solo por los machos de
una familia, y en otra familia solo por las hembras, aunque en ambos casos se
transmite tanto por el sexo opuesto como por el mismo. (38. Se dan referencias
en mi obra «Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación», vol. ii, pág.
72). Aunque ignoramos esto, las dos reglas siguientes parecen ser válidas: las
variaciones que aparecen por primera vez en cualquiera de los sexos en una
etapa tardía de la vida tienden a desarrollarse solo en el mismo sexo; mientras
que las variaciones que aparecen por primera vez en la vida en cualquiera de
los sexos tienden a desarrollarse en ambos. Sin embargo, estoy lejos de suponer
que esta sea la única causa determinante. Como no he tratado este tema en otro
lugar, y tiene una importante influencia en la selección sexual, debo entrar
aquí en detalles extensos y algo intrincados.
Es probable que cualquier carácter
que aparezca a una edad temprana tienda a ser heredado por igual por ambos
sexos, pues los sexos no difieren mucho en constitución antes de adquirir la
capacidad reproductiva. Por otro lado, una vez adquirida esta capacidad y
constitución diferente, las gémulas (si se me permite usar el término
pangénesis) que se desprenden de cada parte variable de un sexo tendrían muchas
más probabilidades de poseer las afinidades adecuadas para unirse con los
tejidos del mismo sexo y, por lo tanto, desarrollarse, que con los del sexo
opuesto.
La primera razón por la que inferí
que existe una relación de este tipo fue que, siempre y en cualquier forma en
que el macho adulto difiere de la hembra adulta, difiere de la misma manera de
las crías de ambos sexos. La generalidad de este hecho es bastante notable: se
aplica a casi todos los mamíferos, aves, anfibios y peces; también a muchos
crustáceos, arañas y algunos insectos, como ciertos ortópteros y libélulas. En
todos estos casos, las variaciones, mediante cuya acumulación el macho adquirió
sus caracteres masculinos propios, debieron ocurrir en un período algo tardío
de su vida; de lo contrario, los machos jóvenes habrían tenido características
similares; y, de acuerdo con nuestra regla, las variaciones se transmiten y
desarrollan solo en los machos adultos. Cuando, por otro lado, el macho adulto
se parece mucho a las crías de ambos sexos (que, con raras excepciones, son
parecidas), generalmente se parece a la hembra adulta; En la mayoría de estos
casos, las variaciones mediante las cuales los jóvenes y los viejos adquirieron
sus caracteres actuales probablemente ocurrieron, según nuestra regla, durante
la juventud. Sin embargo, cabe duda, ya que los caracteres a veces se
transfieren a la descendencia a una edad más temprana que la de su aparición en
los padres, de modo que estos pueden haber variado en la edad adulta y haber
transferido sus caracteres a sus hijos durante la juventud. Además, existen
muchos animales en los que los dos sexos se parecen mucho, pero ambos difieren
de sus crías; en este caso, los caracteres de los adultos deben haberse
adquirido en etapas tardías de la vida; sin embargo, estos caracteres, en
aparente contradicción con nuestra regla, se transfieren a ambos sexos. Sin
embargo, no debemos pasar por alto la posibilidad, o incluso la probabilidad,
de que ocurran variaciones sucesivas de la misma naturaleza, bajo exposición a
condiciones similares, simultáneamente en ambos sexos en una etapa bastante
tardía de la vida; en este caso, las variaciones se transferirían a la descendencia
de ambos sexos a una edad tardía correspondiente; y entonces no habría una
verdadera contradicción con la regla de que las variaciones que ocurren en
etapas tardías de la vida se transfieren exclusivamente al sexo en el que
aparecieron por primera vez. Esta última regla parece ser más válida que la
segunda, a saber, que las variaciones que ocurren en ambos sexos en las
primeras etapas de la vida tienden a transferirse a ambos. Como era obviamente
imposible siquiera estimar en qué número de casos en todo el reino animal se
cumplían estas dos proposiciones, se me ocurrió investigar algunos ejemplos
sorprendentes o cruciales y basarme en el resultado.
La familia de los ciervos ofrece un
excelente ejemplo de investigación. En todas las especies, excepto una, los
cuernos se desarrollan solo en los machos, aunque ciertamente se transmiten a
través de las hembras y son susceptibles de un desarrollo anormal en ellas. En
el reno, por otro lado, la hembra está provista de cuernos; por lo que en esta
especie, los cuernos deberían, según nuestra regla, aparecer temprano en la
vida, mucho antes de que ambos sexos maduren y difieran significativamente en
constitución. En todas las demás especies, los cuernos deberían aparecer más
tarde en la vida, lo que llevaría a su desarrollo solo en ese sexo, en el que
aparecieron por primera vez en el progenitor de toda la familia. Ahora bien, en
siete especies, pertenecientes a distintas secciones de la familia y que
habitan en diferentes regiones, donde solo los ciervos tienen cuernos,
encuentro que los cuernos aparecen por primera vez en períodos que varían desde
los nueve meses después del nacimiento en el corzo, hasta los diez, doce o
incluso más meses en los ciervos de las otras seis especies, y de mayor tamaño.
(39. Estoy muy agradecido al Sr. Cupples por haber hecho averiguaciones por mí
con respecto al corzo y el ciervo rojo de Escocia al Sr. Robertson, el
experimentado jefe forestal del Marqués de Breadalbane. Con respecto al gamo,
tengo que agradecer al Sr. Eyton y otros por la información. Para el Cervus
alces de América del Norte, véase 'Land and Water', 1868, págs. 221 y 254; y
para el C. Virginianus y el strongyloceros del mismo continente, véase JD
Caton, en 'Ottawa Acad. of Nat. Sc.' 1868, pág. 13. Para el Cervus Eldi de
Pegu, véase el teniente Beaven, 'Proccedings of the Zoological Society', 1867,
pág. 762.) Pero con el reno el caso es muy diferente; Pues, según me ha contado
el profesor Nilsson, quien tuvo la amabilidad de realizar averiguaciones
especiales para mí en Laponia, los cuernos aparecen en los animales jóvenes
entre cuatro y cinco semanas después del nacimiento, y al mismo tiempo en ambos
sexos. De modo que aquí tenemos una estructura desarrollada a una edad
inusualmente temprana en una especie de la familia, y también común a ambos
sexos en esta única especie.
En varias especies de antílopes, solo
los machos poseen cuernos, mientras que la mayoría de ambos sexos los poseen.
Respecto al período de desarrollo, el Sr. Blyth me informa que en el Zoológico
hubo una cría de kudú (Ant. strepsiceros), de la cual solo los machos poseen
cuernos, y también crías de una especie estrechamente emparentada, el eland
(Ant. oreas), en la cual ambos sexos poseen cuernos. Ahora bien, en estricta
conformidad con nuestra regla, en el kudú macho joven, a pesar de tener diez
meses, los cuernos eran notablemente pequeños, considerando el tamaño que
finalmente alcanzaron; mientras que en el eland macho joven, a pesar de tener
solo tres meses, los cuernos ya eran mucho más grandes que en el kudú. También
es un hecho notable que en el antílope berrendo (40. Antilocapra americana.
Debo agradecer al Dr. Canfield por la información con respecto a los cuernos de
la hembra: véase también su artículo en 'Proceedings of the Zoological
Society', 1866, pág. 109. También Owen, 'Anatomy of Vertebrates', vol. iii,
pág. 627), solo unas pocas de las hembras, aproximadamente una de cada cinco,
tienen cuernos, y estos se encuentran en un estado rudimentario, aunque a veces
miden más de cuatro pulgadas de largo: de modo que en lo que respecta a la
posesión de cuernos solo por parte de los machos, esta especie está en una
condición intermedia, y los cuernos no aparecen hasta aproximadamente cinco o
seis meses después del nacimiento. Por lo tanto, en comparación con lo poco que
sabemos sobre el desarrollo de los cuernos en otros antílopes, y con lo que
sabemos sobre los cuernos de ciervos, ganado vacuno, etc., los del antílope
berrendo aparecen en un período intermedio de la vida; es decir, ni muy
temprano, como en el ganado vacuno y ovino, ni muy tardío, como en los ciervos
y antílopes más grandes. Los cuernos de las ovejas, cabras y ganado vacuno, que
están bien desarrollados en ambos sexos, aunque no son del mismo tamaño, pueden
palparse, o incluso verse, al nacer o poco después. (41. Me han asegurado que los
cuernos de las ovejas en el norte de Gales siempre se pueden sentir, y a veces
tienen incluso una pulgada de largo, al nacer. Youatt dice ('Cattle', 1834,
pág. 277), que la prominencia del hueso frontal en el ganado penetra el cutis
al nacer, y que la materia córnea se forma pronto sobre él.) Nuestra regla, sin
embargo, parece fallar en algunas razas de ovejas, por ejemplo los merinos, en
los que sólo los carneros tienen cuernos; porque no puedo encontrarlo tras la
investigación (42. Estoy en gran deuda con el profesor Victor Carus por haber
hecho averiguaciones por mí, de las más altas autoridades, con respecto a las
ovejas merinas de Sajonia. En la costa de Guinea en África hay, sin embargo,
una raza de ovejas en la que, al igual que con las merinas, solo los carneros
tienen cuernos; y el Sr. Winwood Reade me informa que en un caso observado por
él, un carnero joven, nacido el 10 de febrero, mostró sus primeros cuernos el 6
de marzo, de modo que en este caso, de conformidad con la regla, el desarrollo
de los cuernos ocurrió en un período posterior de la vida que en las ovejas
galesas, en las que ambos sexos tienen cuernos.),Que los cuernos se desarrollan
más tarde en esta raza que en las ovejas comunes, en las que ambos sexos poseen
cuernos. Sin embargo, en las ovejas domésticas, la presencia o ausencia de
cuernos no es un carácter fijo; una cierta proporción de las ovejas merinas
tienen cuernos pequeños, y algunos carneros carecen de ellos; y en la mayoría
de las razas, ocasionalmente se crían ovejas sin cuernos.
El Dr. W. Marshall ha realizado
recientemente un estudio especial sobre las protuberancias tan comunes en la
cabeza de las aves (43. «Über die knochernen Schädelhöcker der Vögel», en
«Niederland. Archiv fur Zoologie», Bi Heft 2, 1872), y llega a la siguiente
conclusión: en las especies donde se limitan a los machos, se desarrollan en
etapas tardías de la vida; mientras que en las especies donde son comunes a
ambos sexos, se desarrollan en una etapa muy temprana. Esto constituye, sin
duda, una confirmación contundente de mis dos leyes de la herencia.
En la mayoría de las especies de la
espléndida familia de los faisanes, los machos difieren notablemente de las
hembras y adquieren sus adornos en una etapa bastante tardía de su vida. Sin
embargo, el faisán orejudo (Crossoptilon auritum) ofrece una notable excepción,
pues ambos sexos poseen las finas plumas caudales, los grandes mechones
auriculares y el terciopelo carmesí alrededor de la cabeza. Considero que todas
estas características aparecen muy temprano en la vida, de acuerdo con la
regla. Sin embargo, el macho adulto se distingue de la hembra adulta por la
presencia de espolones; y, de acuerdo con nuestra regla, estos no comienzan a
desarrollarse antes de los seis meses, según me asegura el Sr. Bartlett, e
incluso a esta edad, es difícil distinguir ambos sexos. (44. En el pavo real
común (Pavo cristatus) solo el macho posee espolones, mientras que ambos sexos
del pavo real de Java (P. muticus) ofrecen el caso inusual de estar provistos
de espolones. Por lo tanto, esperaba plenamente que en esta última especie se
hubieran desarrollado antes en la vida que en el pavo real común; pero M. Hegt
de Amsterdam me informa que con pájaros jóvenes del año anterior, de ambas
especies, comparados el 23 de abril de 1869, no había diferencia en el
desarrollo de los espolones. Sin embargo, los espolones todavía estaban
representados solo por ligeras protuberancias o elevaciones. Supongo que me
habrían informado si se hubiera observado posteriormente alguna diferencia en
la tasa de desarrollo.) El pavo real macho y la hembra difieren notablemente
entre sí en casi todas las partes de su plumaje, excepto en la elegante cresta
de la cabeza, que es común a ambos sexos; y esta se desarrolla muy temprano en
la vida, mucho antes que los otros adornos, que se limitan al macho. El pato
salvaje ofrece un caso análogo, ya que el hermoso espejo verde de las alas es
común a ambos sexos, aunque más opaco y algo más pequeño en la hembra, y se
desarrolla temprano en la vida, mientras que las plumas rizadas de la cola y
otros adornos del macho se desarrollan más tarde. (45. En algunas otras
especies de la familia de los patos, el espéculo difiere en mayor grado en
ambos sexos; pero no he podido descubrir si su desarrollo completo ocurre más
tarde en la vida en los machos de dichas especies que en el macho del pato
común, como debería ser el caso según nuestra regla. Con el pariente Mergus
cucullatus tenemos, sin embargo, un caso de este tipo: los dos sexos difieren
notablemente en el plumaje general y en un grado considerable en el espéculo,
que es blanco puro en el macho y blanco grisáceo en la hembra. Ahora bien, los
machos jóvenes al principio se parecen completamente a las hembras y tienen un
espéculo blanco grisáceo, que se vuelve blanco puro a una edad más temprana que
aquella en la que el macho adulto adquiere sus otras diferencias sexuales más
marcadas: véase Audubon, 'Ornithological Biography', vol. iii. 1835, págs.
249-250.) Entre estos casos extremos de gran parecido sexual y amplia
disimilitud, como los del Crossoptilon y el pavo real,Se podrían dar muchas
reglas intermedias, en las que los personajes sigan nuestras dos reglas en su
orden de desarrollo.
Dado que la mayoría de los insectos
emergen del estado de pupa en la madurez, es dudoso que el período de
desarrollo pueda determinar la transferencia de sus caracteres a uno o ambos
sexos. Sin embargo, desconocemos que las escamas coloreadas, por ejemplo, en
dos especies de mariposas, una con sexos de diferente color, mientras que la
otra es similar, se desarrollen a la misma edad relativa en el capullo. Tampoco
sabemos si todas las escamas se desarrollan simultáneamente en las alas de la
misma especie de mariposa, en la que ciertas marcas de color se limitan a un
sexo, mientras que otras son comunes a ambos. Una diferencia de este tipo en el
período de desarrollo no es tan improbable como podría parecer a primera vista;
pues en los ortópteros, que alcanzan su estado adulto no mediante una única
metamorfosis, sino mediante una sucesión de mudas, los machos jóvenes de
algunas especies se parecen inicialmente a las hembras y adquieren sus
caracteres masculinos distintivos solo en una muda posterior. Casos estrictamente
análogos ocurren en las mudas sucesivas de ciertos crustáceos machos.
Hasta ahora hemos considerado la
transferencia de caracteres, en relación con su período de desarrollo, solo en
especies en estado natural; ahora nos centraremos en los animales domésticos y
abordaremos primero las monstruosidades y las enfermedades. La presencia de
dedos supernumerarios y la ausencia de ciertas falanges debe determinarse en un
período embrionario temprano —la tendencia al sangrado profuso es al menos
congénita, al igual que probablemente el daltonismo—; sin embargo, estas
peculiaridades, y otras similares, suelen limitarse a un sexo; por lo que la
regla de que los caracteres, desarrollados en un período temprano, tienden a
transmitirse a ambos sexos, falla por completo en este caso. Pero esta regla,
como se mencionó anteriormente, no parece ser tan general como la inversa, es
decir, que los caracteres que aparecen en etapas tardías de la vida en un sexo
se transmiten exclusivamente al mismo. Del hecho de que las peculiaridades
anormales mencionadas se asocian a un sexo, mucho antes de que las funciones
sexuales estén activas, podemos inferir que debe haber alguna diferencia entre
los sexos a una edad extremadamente temprana. Con respecto a las enfermedades
de transmisión sexual, sabemos muy poco sobre su período de origen como para
extraer conclusiones fiables. La gota, sin embargo, parece estar dentro de
nuestro ámbito de aplicación, ya que generalmente se debe a la intemperancia
durante la edad adulta y se transmite de padre a hijo de forma mucho más
marcada que a hija.
En las diversas razas domésticas de
ovejas, cabras y vacas, los machos difieren de sus respectivas hembras en la
forma o desarrollo de sus cuernos, frente, crin, papada, cola y joroba; y estas
peculiaridades, de acuerdo con nuestra regla, no se desarrollan completamente
hasta una etapa bastante avanzada de la vida. Los sexos de los perros no
difieren, excepto que en ciertas razas, especialmente en el lebrel escocés, el
macho es mucho más grande y pesado que la hembra; y, como veremos en un
capítulo posterior, el macho aumenta de tamaño hasta una etapa inusualmente
avanzada de la vida, lo que, según la regla, explicaría que su mayor tamaño se
transmitiera únicamente a sus crías. Por otro lado, el color carey, exclusivo
de las gatas, es bastante distintivo al nacer, y este caso viola la regla.
Existe una raza de palomas en la que solo los machos presentan vetas negras, y
estas vetas pueden detectarse incluso en los polluelos. Pero se vuelven más
visibles en cada muda sucesiva, por lo que este caso se opone y apoya en parte
la regla. En las palomas mensajeras y buchonas inglesas, el desarrollo completo
de la carúncula y el buche ocurre bastante tarde en la vida, y conforme a la
regla, estos caracteres se transmiten en su totalidad solo a los machos. Los
siguientes casos quizás se encuentren dentro de la clase a la que se alude
previamente, en la que ambos sexos han variado de la misma manera en un período
bastante tardío de la vida, y en consecuencia han transferido sus nuevos
caracteres a ambos sexos en un período tardío correspondiente. Y si es así,
estos casos no se oponen a nuestra regla: existen subrazas de paloma, descritas
por Neumeister (46. «Das Ganze der Taubenzucht», 1837, ss. 21, 24. Para el caso
de las palomas rayadas, véase Dr. Chapuis, «Le pigeon voyageur Belge», 1865,
pág. 87), en las que ambos sexos cambian de color durante dos o tres mudas
(como también ocurre con la volteadora almendrada); sin embargo, estos cambios,
aunque ocurren bastante tarde en la vida, son comunes a ambos sexos. Una variedad
de canario, concretamente la paloma premio de Londres, ofrece un caso casi
análogo.
En las razas de aves de corral, la
herencia de diversos caracteres por uno o ambos sexos parece estar generalmente
determinada por el período en que se desarrollan. Así, en todas las razas en
las que el macho adulto difiere considerablemente en color de la hembra, así
como de la especie progenitora silvestre, también difiere del macho joven, por
lo que los caracteres recién adquiridos deben haber aparecido en una etapa
bastante tardía de la vida. Por otro lado, en la mayoría de las razas en las
que ambos sexos se parecen, las crías tienen un color de piel casi idéntico al
de sus progenitores, lo que hace probable que sus colores aparecieran por
primera vez en etapas tempranas de la vida. Tenemos ejemplos de este hecho en
todas las razas blancas y negras, en las que los jóvenes y los adultos de ambos
sexos son iguales; no se puede afirmar que haya algo peculiar en un plumaje
blanco o negro que lleve a su transferencia a ambos sexos; pues solo los machos
de muchas especies naturales son negros o blancos, mientras que las hembras
tienen un color diferente. En las subrazas de aves llamadas Cuckoo, cuyas
plumas están transversalmente marcadas con rayas oscuras, ambos sexos y los
polluelos presentan una coloración prácticamente idéntica. El plumaje en
cascada del gallo Sebright es idéntico en ambos sexos, y en los polluelos
jóvenes las plumas de las alas presentan una coloración distintiva, aunque
imperfecta. Sin embargo, los Hamburgo Spangled ofrecen una excepción parcial;
ambos sexos, aunque no del todo iguales, se parecen más que los sexos de las
especies progenitoras aborígenes; sin embargo, adquieren su plumaje
característico en etapas tardías de la vida, ya que los polluelos presentan una
cresta claramente marcada. Respecto a otras características además del color,
en las especies progenitoras silvestres y en la mayoría de las razas
domésticas, solo los machos poseen una cresta bien desarrollada; sin embargo,
en las crías de la gallina española, esta se desarrolla en gran medida a una
edad muy temprana y, en consonancia con este desarrollo temprano en el macho,
es de un tamaño inusual en la hembra adulta. En las razas de caza, la
pugnacidad se desarrolla a una edad sorprendentemente temprana, de la que se
han obtenido pruebas curiosas; y este carácter se transmite a ambos sexos, de
modo que las gallinas, debido a su extrema pugnacidad, ahora suelen exhibirse
en corrales separados. En las razas polacas, la protuberancia ósea del cráneo
que sostiene la cresta se desarrolla parcialmente incluso antes de que los pollos
nazcan, y la cresta misma pronto comienza a crecer, aunque al principio
débilmente (47. Para detalles completos y referencias sobre todos estos puntos
respecto a las diversas razas de aves, véase «Variación de Animales y Plantas
bajo Domesticación», vol. i, págs. 250, 256. Respecto a los animales
superiores, las diferencias sexuales surgidas durante la domesticación se
describen en la misma obra bajo el epígrafe de cada especie). En esta raza, los
adultos de ambos sexos se caracterizan por una gran protuberancia ósea y una
cresta inmensa.
Finalmente, a partir de lo que hemos
visto sobre la relación que existe en muchas especies naturales y razas
domesticadas entre el período de desarrollo de sus caracteres y la forma de
transmisión —por ejemplo, el sorprendente hecho del crecimiento temprano de los
cuernos en el reno, donde ambos sexos los poseen, en comparación con su
crecimiento mucho más tardío en las otras especies, donde solo el macho los
posee—, podemos concluir que una causa, aunque no la única, de que los
caracteres se hereden exclusivamente por un sexo es su desarrollo a una edad
tardía. Y, en segundo lugar, que una causa, aunque aparentemente menos
eficiente, de que los caracteres se hereden por ambos sexos es su desarrollo a
una edad temprana, a pesar de que los sexos difieren poco en constitución. Sin
embargo, parece que debe existir alguna diferencia entre los sexos incluso
durante un período embrionario muy temprano, ya que los caracteres
desarrollados a esta edad no rara vez se asocian a un sexo.
RESUMEN Y OBSERVACIONES FINALES.
Del análisis anterior sobre las
diversas leyes de la herencia, aprendemos que los caracteres de los
progenitores a menudo, o incluso generalmente, tienden a desarrollarse en la
descendencia del mismo sexo, a la misma edad y periódicamente en la misma época
del año en que aparecieron por primera vez en ellos. Pero estas reglas, debido
a causas desconocidas, distan mucho de ser fijas. Por lo tanto, durante la
modificación de una especie, los cambios sucesivos pueden transmitirse
fácilmente de diferentes maneras: algunos a un sexo y otros a ambos; algunos a
la descendencia de una edad y otros a la descendencia de todas las edades. No
solo son extremadamente complejas las leyes de la herencia, sino también las
causas que inducen y gobiernan la variabilidad. Las variaciones así inducidas
se conservan y acumulan mediante la selección sexual, que es en sí misma un
proceso extremadamente complejo, ya que depende del ardor amoroso, la valentía
y la rivalidad de los machos, así como de la capacidad de percepción, el gusto
y la voluntad de la hembra. La selección sexual también estará ampliamente
dominada por la selección natural, que tiende al bienestar general de la
especie. Por lo tanto, la manera en que los individuos de uno o ambos sexos han
sido afectados por la selección sexual no puede dejar de ser compleja en el más
alto grado.
Cuando las variaciones ocurren en
etapas tardías de la vida en un sexo y se transmiten al mismo sexo a la misma
edad, el otro sexo y las crías no se modifican. Cuando ocurren en etapas
tardías de la vida, pero se transmiten a ambos sexos a la misma edad, solo las
crías no se modifican. Sin embargo, las variaciones pueden ocurrir en cualquier
período de la vida en un sexo o en ambos, y transmitirse a ambos sexos a
cualquier edad, y entonces todos los individuos de la especie se modifican de
manera similar. En los siguientes capítulos se verá que todos estos casos
ocurren con frecuencia en la naturaleza.
La selección sexual nunca puede
actuar sobre ningún animal antes de la edad reproductiva. Debido al gran afán
del macho, generalmente ha actuado sobre este sexo y no sobre las hembras. Así,
los machos se han dotado de armas para luchar con sus rivales, de órganos para
descubrir y sujetar firmemente a la hembra, y para excitarla o cautivarla.
Cuando los sexos difieren en estos aspectos, también es, como hemos visto, una
ley extremadamente general que el macho adulto difiere más o menos del macho
joven; y de este hecho podemos concluir que las variaciones sucesivas, por las
cuales el macho adulto se modificó, generalmente no ocurrieron mucho antes de
la edad reproductiva. Siempre que algunas o muchas de las variaciones
ocurrieron en etapas tempranas de la vida, los machos jóvenes compartieron en
mayor o menor medida las características de los machos adultos; y diferencias
de este tipo entre los machos viejos y los jóvenes pueden observarse en muchas
especies animales.
Es probable que los machos jóvenes
hayan tendido a variar de una manera que no solo les habría sido inútil a una
edad temprana, sino que incluso les habría resultado perjudicial, como la
adquisición de colores brillantes que los harían visibles a sus enemigos, o la
adquisición de estructuras, como grandes cuernos, que consumirían mucha energía
vital en su desarrollo. Variaciones de este tipo que se producen en los machos
jóvenes casi con seguridad serían eliminadas por la selección natural. En
cambio, en los machos adultos y experimentados, las ventajas derivadas de la
adquisición de tales caracteres compensarían con creces la exposición al
peligro y la pérdida de energía vital.
Dado que las variaciones que otorgan
al macho una mayor probabilidad de conquistar a otros machos, o de encontrar,
asegurar o cautivar al sexo opuesto, de surgir en la hembra, no le serían
útiles, ya que no se conservarían mediante la selección sexual. También tenemos
buena evidencia en animales domésticos de que las variaciones de todo tipo, si
no se seleccionan cuidadosamente, se pierden pronto por cruzamiento y muertes
accidentales. Por consiguiente, en estado natural, si variaciones como las
mencionadas surgieran por casualidad en la línea femenina y se transmitieran
exclusivamente en esta, serían extremadamente susceptibles de perderse. Sin
embargo, si las hembras variaran y transmitieran sus caracteres recién
adquiridos a sus descendientes de ambos sexos, los caracteres que eran
ventajosos para los machos serían conservados por estos mediante la selección
sexual, y ambos sexos, en consecuencia, se modificarían de la misma manera,
aunque dichos caracteres no fueran útiles para las hembras; pero más adelante
tendré que recurrir a estas contingencias más complejas. Por último, las
hembras pueden adquirir, y al parecer a menudo han adquirido por transferencia,
caracteres del sexo masculino.
Dado que las variaciones que ocurren
más tarde en la vida y se transmiten solo a un sexo, se han aprovechado y
acumulado incesantemente mediante la selección sexual en relación con la
reproducción de la especie, a primera vista parece inexplicable que variaciones
similares no se hayan acumulado con frecuencia mediante la selección natural en
relación con los hábitos de vida ordinarios. Si esto hubiera ocurrido, los dos
sexos a menudo se habrían modificado de forma diferente, por ejemplo, para
capturar presas o escapar del peligro. Diferencias de este tipo entre ambos
sexos ocurren ocasionalmente, especialmente en las clases inferiores. Pero esto
implica que ambos sexos siguen hábitos diferentes en su lucha por la
existencia, lo cual es una circunstancia poco común en los animales superiores.
Sin embargo, el caso es muy distinto con las funciones reproductivas, en las
que los sexos necesariamente difieren. Pues las variaciones estructurales
relacionadas con estas funciones a menudo han resultado valiosas para un sexo
y, al haber surgido en un período tardío de la vida, se han transmitido solo a
uno; y tales variaciones, así preservadas y transmitidas, han dado lugar a
caracteres sexuales secundarios.
En los siguientes capítulos, trataré
los caracteres sexuales secundarios en animales de todas las clases, y
procuraré aplicar en cada caso los principios explicados en el presente
capítulo. Las clases inferiores nos detendrán brevemente, pero los animales
superiores, especialmente las aves, deben ser tratados con considerable
extensión. Cabe recordar que, por las razones ya expuestas, pretendo presentar
solo algunos ejemplos ilustrativos de las innumerables estructuras mediante las
cuales el macho encuentra a la hembra o, una vez encontrada, la retiene. Por
otro lado, todas las estructuras e instintos mediante los cuales el macho
conquista a otros machos y seduce o excita a la hembra, se analizarán a fondo,
ya que son, en muchos sentidos, los más interesantes.
SUPLEMENTO SOBRE LOS NÚMEROS
PROPORCIONALES DE LOS DOS SEXOS EN ANIMALES PERTENECIENTES A DISTINTAS CLASES.
Como nadie, hasta donde sé, ha
prestado atención a las cifras relativas de ambos sexos en el reino animal,
presentaré aquí la información que he podido recopilar, aunque es
extremadamente imperfecta. Consisten en solo unos pocos ejemplos de enumeración
real, y las cifras no son muy grandes. Dado que las proporciones solo se
conocen con certeza en la humanidad, las presentaré primero como referencia de
comparación.
HOMBRE.
En Inglaterra, durante diez años (de
1857 a 1866), el promedio anual de nacimientos fue de 707.120, con una
proporción de 104,5 varones por cada 100 mujeres. Sin embargo, en 1857, los
nacimientos de varones en toda Inglaterra fueron de 105,2, y en 1865, de 104,0
por cada 100. Por distritos, en Buckinghamshire (donde nacen anualmente unos
5.000 niños), la proporción media de nacimientos de varones y de mujeres,
durante los diez años mencionados, fue de 102,8 por cada 100. Español mientras
que en el norte de Gales (donde el promedio de nacimientos anuales es de
12.873) fue tan alta como 106,2 a 100. Tomando un distrito aún más pequeño, a
saber, Rutlandshire (donde el promedio de nacimientos anuales es de solo 739),
en 1864 los nacimientos varones fueron de 114,6, y en 1862 de solo 97,0 a 100;
pero incluso en este pequeño distrito el promedio de los 7385 nacimientos
durante los diez años completos fue de 104,5 a 100: es decir, la misma
proporción que en toda Inglaterra. (48. 'Vigésimo noveno informe anual del Registrador
General para 1866'. En este informe (pág. xii) se da una tabla decenal
especial). Las proporciones a veces se alteran ligeramente por causas
desconocidas; Así, el profesor Faye afirma que «en algunos distritos de Noruega
ha habido, durante un decenio, una constante deficiencia de niños, mientras que
en otros ha existido la situación contraria». En Francia, durante cuarenta y
cuatro años, la proporción de nacimientos de niños por cada 100 niñas ha sido
de 106,2; pero durante este período, en un departamento y en seis ocasiones en
otro, los nacimientos de niñas han superado a los de niños. En Rusia la
proporción media es tan alta como 108,9, y en Filadelfia en los Estados Unidos
como 110,5 a 100. (49. Para Noruega y Rusia, véase el resumen de las investigaciones
del profesor Faye, en 'British and Foreign Medico-Chirurg. Review', abril de
1867, págs. 343, 345. Para Francia, el 'Annuaire pour l'An 1867', pág. 213.
Para Filadelfia, el Dr. Stockton Hough, 'Social Science Assoc.' 1874. Para el
Cabo de Buena Esperanza, Quetelet según lo citado por el Dr. HH Zouteveen, en
la traducción holandesa de esta obra (vol. ip 417), donde se da mucha
información sobre la proporción de los sexos.) El promedio para Europa,
deducido por Bickes de alrededor de setenta millones de nacimientos, es de 106
varones por 100 mujeres. Por otro lado, entre los niños blancos nacidos en el
Cabo de Buena Esperanza, la proporción de varones es tan baja que fluctúa
durante años sucesivos entre 90 y 99 varones por cada 100 mujeres. Es un hecho
singular que entre los judíos la proporción de nacimientos de varones sea
claramente mayor que entre los cristianos: así, en Prusia la proporción es de
113, en Breslavia de 114 y en Livonia de 120 a 100; los nacimientos de
cristianos en estos países son los mismos de siempre; por ejemplo, en Livonia,
de 104 a 100. (50. Sobre los judíos, véase M. Thury, «La Loi de Production des
Sexes», 1863, pág. 25).
El profesor Faye señala que «se
encontraría una preponderancia aún mayor de varones si la muerte afectara a
ambos sexos en igual proporción en el útero y durante el parto. Pero lo cierto
es que, por cada 100 niñas que nacen muertas, en varios países tenemos entre
134,6 y 144,9 varones que nacen muertos. Además, durante los primeros cuatro o
cinco años de vida, mueren más niños que niñas; por ejemplo, en Inglaterra,
durante el primer año, mueren 126 niños por cada 100 niñas, una proporción que
en Francia es aún más desfavorable». (51. 'British and Foreign Medico-Chirurg.
Review', abril de 1867, pág. 343. El Dr. Stark también señala ('Décimo informe
anual de nacimientos, muertes, etc., en Escocia', 1867, pág. xxviii.) que
"Estos ejemplos pueden ser suficientes para demostrar que, en casi todas
las etapas de la vida, los varones en Escocia tienen una mayor propensión a la
muerte y una tasa de mortalidad más alta que las mujeres. Sin embargo, el hecho
de que esta peculiaridad se desarrolle con más fuerza en ese período infantil
de la vida cuando la vestimenta, la comida y el trato general de ambos sexos
son iguales, parece demostrar que la mayor tasa de mortalidad masculina es una
peculiaridad impresa, natural y constitucional debida únicamente al
sexo"). El Dr. Stockton Hough explica estos hechos en parte por el
desarrollo defectuoso más frecuente de los varones que de las mujeres. Hemos
visto antes que el sexo masculino es más variable en estructura que el
femenino; y las variaciones en los órganos importantes generalmente serían
perjudiciales. Pero el tamaño del cuerpo, y especialmente de la cabeza, mayor
en los niños que en las niñas es otra causa: los niños son más propensos a
sufrir lesiones durante el parto. En consecuencia, los niños nacidos muertos
son más numerosos; y, como cree un juez muy competente, el Dr. Crichton Browne
(52. «West Riding Lunatic Asylum Reports», vol. i. 1871, pág. 8. Sir J. Simpson
ha demostrado que la cabeza del niño varón supera a la de la niña en 3/8 de
pulgada de circunferencia y en 1/8 de diámetro transversal. Quetelet ha
demostrado que la mujer nace más pequeña que el hombre; véase Dr. Duncan,
«Fecundity, Fertility, and Sterility», 1871, pág. 382), los niños varones
suelen sufrir problemas de salud durante algunos años después del nacimiento.
Debido a este exceso en la tasa de mortalidad de los niños varones, tanto al
nacer como durante algún tiempo después, y debido a la exposición de los
hombres adultos a diversos peligros y a su tendencia a emigrar, se ha
descubierto que las mujeres en todos los países antiguos donde se han mantenido
registros estadísticos predominan considerablemente sobre los hombres. (53.
Entre los salvajes guaraníes del Paraguay, según el preciso Azara ('Voyages
dans l'Amerique merid.' tom. ii. 1809, pp. 60, 179), las mujeres están en
proporción con los hombres de 14 a 13.)
Español A primera vista, parece un
hecho misterioso que en diferentes naciones, bajo diferentes condiciones y
climas, en Nápoles, Prusia, Westfalia, Holanda, Francia, Inglaterra y los
Estados Unidos, el exceso de nacimientos de varones sobre mujeres sea menor
cuando son ilegítimos que cuando son legítimos. (54. Babbage, 'Edinburgh
Journal of Science', 1829, vol. ip 88; también pág. 90, sobre niños nacidos
muertos. Sobre niños ilegítimos en Inglaterra, véase 'Informe del Registrador
General de 1866', pág. xv). Esto ha sido explicado por diferentes escritores de
muchas maneras diferentes, como por ejemplo, porque las madres son generalmente
jóvenes, por la gran proporción de primeros embarazos, etc. Pero hemos visto
que los niños varones, debido al gran tamaño de sus cabezas, sufren más que las
niñas durante el parto; Y como las madres de hijos ilegítimos deben ser más
propensas que otras mujeres a sufrir malos partos, por diversas causas, como
intentos de ocultarlos con lazos apretados, trabajo duro, angustia mental,
etc., sus hijos varones sufrirían proporcionalmente. Y esta es probablemente la
más eficiente de todas las causas de que la proporción de machos y hembras
nacidos vivos sea menor entre los hijos ilegítimos que entre los legítimos. En
la mayoría de los animales, el mayor tamaño del macho adulto que de la hembra
se debe a que los machos más fuertes han conquistado a los más débiles en sus
luchas por la posesión de las hembras, y sin duda se debe a este hecho que los
dos sexos de al menos algunos animales difieren en tamaño al nacer. Así,
tenemos el curioso hecho de que podemos atribuir las muertes más frecuentes de
bebés varones que de hembras, especialmente entre los ilegítimos, al menos en
parte a la selección sexual.
A menudo se ha supuesto que la edad
relativa de ambos progenitores determina el sexo de la descendencia; y el
profesor Leuckart (55. Leuckart, en Wagner 'Handwörterbuch der Phys.' B. iv.
1853, s. 774.) ha presentado lo que considera evidencia suficiente, con
respecto al hombre y ciertos animales domésticos, de que este es un factor
importante, aunque no el único, en el resultado. De nuevo, algunos han
considerado que el período de fecundación en relación con el estado de la
hembra es la causa eficiente; pero observaciones recientes desmienten esta
creencia. Según el doctor Stockton Hough (56. 'Social Science Association of
Philadelphia', 1874.), la estación del año, la pobreza o riqueza de los padres,
la residencia en el campo o en las ciudades, el cruce de inmigrantes
extranjeros, etc., influyen en la proporción de los sexos. En la humanidad,
también se ha supuesto que la poligamia conduce al nacimiento de una mayor
proporción de niñas; Pero el Dr. J. Campbell (57. 'Anthropological Review',
abril de 1870, pág. cviii) abordó cuidadosamente este tema en los harenes de
Siam y concluye que la proporción de nacimientos de machos y hembras es la
misma que la de las uniones monógamas. Casi ningún animal se ha vuelto tan
polígamo como el caballo de carreras inglés, y veremos inmediatamente que su
descendencia, macho y hembra, es casi exactamente igual en número. A
continuación, presentaré los datos que he recopilado respecto a la proporción
de sexos en varios animales; y luego analizaré brevemente hasta qué punto la selección
ha influido en la determinación del resultado.
CABALLOS.
El señor Tegetmeier ha tenido la
amabilidad de tabular para mí, a partir del 'Calendario de Carreras', los
nacimientos de caballos de carreras durante un período de veintiún años, a
saber, de 1846 a 1867, omitiendo el año 1849 porque no se publicaron resultados
ese año. El total de nacimientos fue de 25.560 (58. Durante once años se
mantuvo un registro del número de yeguas que resultaron estériles o que
tuvieron potros prematuramente; y merece la pena mencionar, ya que muestra cuán
infértiles se han vuelto estos animales altamente criados y tan estrechamente
cruzados, que no lejos de un tercio de las yeguas no produjeron potros vivos.
Así, durante 1866, nacieron 809 potros machos y 816 potras hembras, y 743
yeguas no produjeron descendencia. Durante 1867, nacieron 836 machos y 902
hembras, y 794 yeguas fallaron.), que consiste en 12.763 machos y 12.797
hembras, o en la proporción de 99,7 machos por 100 hembras. Dado que estas
cifras son bastante elevadas y proceden de todas partes de Inglaterra durante
varios años, podemos concluir con gran seguridad que, en el caso del caballo
doméstico, o al menos del caballo de carreras, ambos sexos se reproducen en
cantidades casi iguales. Las fluctuaciones en las proporciones durante años
sucesivos son muy similares a las que se producen en la especie humana, cuando
se considera una zona pequeña y escasamente poblada; así, en 1856, los machos
eran 107,1, y en 1867, tan solo 92,6 por cada 100 hembras. En los datos
tabulados, las proporciones varían cíclicamente, pues los machos superaron a
las hembras durante seis años consecutivos; y las hembras superaron a los
machos durante dos períodos de cuatro años cada uno; esto, sin embargo, podría
ser accidental; al menos no he detectado nada parecido en el caso del ser
humano en la tabla decenal del Informe del Registrador de 1866.
PERROS.
Durante un período de doce años, de
1857 a 1868, se enviaron al periódico Field los nacimientos de un gran número
de galgos de toda Inglaterra; y agradezco nuevamente al Sr. Tegetmeier la
cuidadosa tabulación de los resultados. Se registraron 6878 nacimientos, de los
cuales 3605 eran machos y 3273 hembras, es decir, una proporción de 110,1
machos por cada 100 hembras. Las mayores fluctuaciones se produjeron en 1864,
cuando la proporción fue de 95,3 machos, y en 1867, de 116,3 machos por cada
100 hembras. La proporción superior a la media de 110,1 por cada 100 es
probablemente casi correcta en el caso del galgo, pero es dudoso que se
mantenga en otras razas domésticas. El Sr. Cupples ha preguntado a varios
grandes criadores de perros y ha descubierto que todos, sin excepción, creen
que se producen hembras en exceso; pero sugiere que esta creencia puede haber
surgido de que las hembras son menos valoradas y de que la consiguiente
decepción produce una impresión más fuerte en la mente.
OVEJA.
Los agricultores no determinan el
sexo de las ovejas hasta varios meses después del nacimiento, en el momento de
la castración de los machos; por lo tanto, los siguientes datos no reflejan las
proporciones al nacer. Además, he observado que varios importantes criadores de
Escocia, que crían anualmente unos miles de ovejas, están firmemente
convencidos de que una mayor proporción de machos que de hembras mueren durante
el primer o segundo año. Por lo tanto, la proporción de machos sería algo mayor
al nacer que a la edad de castración. Esta es una notable coincidencia con lo
que, como hemos visto, ocurre en la humanidad, y ambos casos probablemente se
deben a la misma causa. He recibido datos de cuatro caballeros en Inglaterra
que han criado ovejas de las tierras bajas, principalmente de la raza
Leicester, durante los últimos diez a dieciséis años; en total, ascienden a
8965 nacimientos, de los cuales 4407 machos y 4558 hembras; es decir, en una
proporción de 96,7 machos por cada 100 hembras. Con respecto a las ovejas
Cheviot y de cara negra criadas en Escocia, he recibido informes de seis
criadores, dos de ellos a gran escala, principalmente para los años 1867-1869,
pero algunos informes se remontan a 1862. El número total registrado asciende a
50.685, de los cuales 25.071 machos y 25.614 hembras, es decir, en una
proporción de 97,9 machos por cada 100 hembras. Si consideramos los informes
ingleses y escoceses en conjunto, el número total asciende a 59.650, de los
cuales 29.478 machos y 30.172 hembras, es decir, 97,7 por cada 100. Por lo
tanto, en las ovejas en edad de castración, las hembras ciertamente superan a
los machos, pero probablemente esto no se mantenga al nacer. (59. Estoy en
deuda con el Sr. Cupples por haberme proporcionado los informes mencionados de
Escocia, así como algunos de los siguientes informes sobre ganado. El Sr. R.
Elliot, de Laighwood, fue el primero en llamar mi atención sobre las muertes
prematuras de los machos, una declaración posteriormente confirmada por el Sr.
Aitchison y otros. A este último caballero y al Sr. Payan les debo mi
agradecimiento por los grandes informes sobre ovejas.)
En cuanto al ganado vacuno, he
recibido informes de nueve caballeros sobre 982 nacimientos, demasiado pocos
para ser confiables; estos consistieron en 477 terneros machos y 505 hembras;
es decir, en una proporción de 94,4 machos por cada 100 hembras. El reverendo
WD Fox me informa que en 1867, de 34 terneros nacidos en una granja de
Derbyshire, solo uno era macho. El Sr. Harrison Weir ha consultado a varios
criadores de cerdos, y la mayoría estima que la proporción de nacimientos de
machos por hembra es de aproximadamente 7 a 6. Este mismo caballero ha criado
conejos durante muchos años y ha observado que se produce un número mucho mayor
de machos que de hembras. Pero las estimaciones son de poca utilidad.
He podido aprender muy poco sobre los
mamíferos en estado natural. Respecto a la rata común, he recibido información
contradictoria. El Sr. R. Elliot, de Laighwood, me informa que un cazador de
ratas le aseguró que siempre había encontrado un gran número de machos, incluso
con las crías en el nido. Por ello, el propio Sr. Elliot examinó posteriormente
un centenar de ratas viejas y comprobó la veracidad de la afirmación. El Sr. F.
Buckland ha criado un gran número de ratas blancas y también cree que los machos
superan con creces a las hembras. Respecto a los topos, se dice que «los machos
son mucho más numerosos que las hembras» (60. Bell, «Historia de los
cuadrúpedos británicos», pág. 100): y como la caza de estos animales es una
ocupación especial, tal vez se pueda confiar en la afirmación. Sir A. Smith, al
describir un antílope de Sudáfrica (61. 'Ilustraciones de la zoología de
Sudáfrica', 1849, lám. 29) (Kobus ellipsiprymnus), señala que en las manadas de
esta y otras especies, los machos son pocos en comparación con las hembras: los
nativos creen que nacen en esta proporción; otros creen que los machos más
jóvenes son expulsados de las manadas, y Sir A. Smith afirma que, aunque él
mismo nunca ha visto manadas compuestas solo por machos jóvenes, otros afirman
que esto sí ocurre. Parece probable que las crías, al ser expulsadas de la
manada, a menudo cayeran presa de las numerosas fieras de la región.
AVES.
Con respecto a las aves de corral,
solo he recibido un informe: de 1001 pollos de una raza de Cochin de alta
calidad, criados durante ocho años por el Sr. Stretch, 487 resultaron ser
machos y 514 hembras; es decir, una proporción de 94,7 a 100. En cuanto a las
palomas domésticas, existen pruebas sólidas de que los machos se reproducen en
exceso o de que viven más; pues estas aves invariablemente se aparean, y los
machos solteros, como me informa el Sr. Tegetmeier, siempre se pueden comprar
más baratos que las hembras. Por lo general, los dos pájaros criados de los dos
huevos puestos en el mismo nido son un macho y una hembra; pero el Sr. Harrison
Weir, quien ha sido un destacado criador, afirma que a menudo ha criado dos
machos del mismo nido, y rara vez dos hembras; además, la gallina suele ser la
más débil de las dos y la más propensa a morir.
Con respecto a las aves en estado
natural, el Sr. Gould y otros (62. Brehm ('Thierleben,' B. iv. s. 990) llega a
la misma conclusión.) están convencidos de que los machos son generalmente más
numerosos; y como los machos jóvenes de muchas especies se parecen a las
hembras, estas últimas parecerían naturalmente ser más numerosas. El Sr. Baker
de Leadenhall cría grandes cantidades de faisanes a partir de huevos puestos
por aves silvestres, e informa al Sr. Jenner Weir que generalmente se producen
cuatro o cinco machos por hembra. Un observador experimentado comenta (63.
Sobre la autoridad de L. Lloyd, 'Game Birds of Sweden', 1867, pp. 12, 132.),
que en Escandinavia las nidadas del urogallo y el gallo negro contienen más
machos que hembras; y que con el Dal-ripa (una especie de perdiz nival) más
machos que hembras asisten a los leks o lugares de cortejo; Pero algunos
observadores atribuyen esta última circunstancia a la mayor cantidad de
gallinas muertas por alimañas. De diversos datos aportados por White de Selborne
(64. «Nat. Hist. of Selborne», carta xxix. edición de 1825, vol. ip. 139),
parece claro que los machos de perdiz deben ser considerablemente abundantes en
el sur de Inglaterra; y me han asegurado que este es el caso en Escocia. El Sr.
Weir, al preguntar a los comerciantes, que en ciertas temporadas reciben
grandes cantidades de combatientes (Machetes pugnax), le dijeron que los machos
son mucho más numerosos. Este mismo naturalista también preguntó por mí a los
pajareros, quienes anualmente capturan una asombrosa cantidad de diversas
especies pequeñas vivas para el mercado londinense, y un hombre mayor y
confiable le respondió sin vacilar que, en el caso del pinzón vulgar, los
machos son muy abundantes: calculó que la proporción era de hasta dos machos
por cada hembra, o al menos de cinco por tres. (65. El Sr. Jenner Weir recibió
información similar al realizar averiguaciones al año siguiente. Para mostrar
la cantidad de pinzones vivos capturados, cabe mencionar que en 1869 hubo un
encuentro entre dos expertos, y uno capturó en un día 62 pinzones machos y otro
40. El mayor número jamás capturado por un solo hombre en un solo día fue de
70). Los machos del mirlo, sostuvo también, eran con mucho los más numerosos,
ya fueran capturados con trampas o con redes por la noche. Estas afirmaciones
parecen ser confiables, ya que este mismo hombre afirmó que los sexos son
prácticamente iguales en la alondra, el pardillo común (Linaria montana) y el
jilguero. Por otro lado, está seguro de que en el pardillo común predominan las
hembras, pero de forma desigual según el año; en algunos años ha encontrado una
proporción de hembras a machos de cuatro a uno. Sin embargo, debe tenerse en
cuenta que la temporada principal de captura de aves no comienza hasta
septiembre, por lo que en algunas especies pueden haber comenzado migraciones
parciales, y las bandadas en este período suelen estar compuestas solo por
hembras. El Sr. Salvin prestó especial atención a los sexos de los colibríes en
Centroamérica.y está convencido de que en la mayoría de las especies los machos
son excesivos; así, un año obtuvo 204 especímenes pertenecientes a diez
especies, que consistían en 166 machos y solo 38 hembras. En otras dos
especies, las hembras eran excesivas; pero las proporciones aparentemente
varían según la estación o la localidad; pues en una ocasión, los machos de
Campylopterus hemileucurus eran de 5 a 2 hembras, y en otra ocasión (66.
'Ibis', vol. ii, pág. 260, citado en 'Trochilidae' de Gould, 1861, pág. 52. Por
las proporciones anteriores, agradezco al Sr. Salvin la tabla de sus
resultados). En relación con este último punto, debo añadir que el Sr. Powys
observó que en Corfú y Epiro los pinzones se mantenían separados por sexos, y
que las hembras eran, con mucho, las más numerosas; mientras que en Palestina,
el Sr. Tristram observó que las bandadas de machos parecían superar con creces
a las de hembras (67. 'Ibis', 1860, pág. 137; y 1867, pág. 369). De nuevo, con
el Quiscalus major, el Sr. G. Taylor afirma que en Florida había muy pocas hembras
en proporción a los machos (68. 'Ibis', 1862, pág. 187), mientras que en
Honduras la proporción era la contraria, pues la especie presentaba allí
características polígamas.
PEZ.
En los peces, la proporción de sexos
solo se puede determinar capturándolos en estado adulto o casi adulto; y
existen muchas dificultades para llegar a una conclusión precisa. (69. Leuckart
cita a Bloch (Wagner, 'Handwörterbuch der Phys.' B. iv. 1853, s. 775), quien
afirma que en los peces hay el doble de machos que de hembras). Las hembras
infértiles podrían confundirse fácilmente con machos, como me comentó el Dr.
Gunther respecto a la trucha. Se cree que en algunas especies los machos mueren
poco después de fecundar los óvulos. En muchas especies, los machos son mucho
más pequeños que las hembras, por lo que un gran número de machos escaparía de
la misma red con la que se capturaron las hembras. M. Carbonnier (70. Citado en
el 'Farmer', 18 de marzo de 1869, pág. 369), quien ha estudiado especialmente
la historia natural del lucio (Esox lucius), afirma que muchos machos, debido a
su pequeño tamaño, son devorados por las hembras de mayor tamaño; y cree que
los machos de casi todos los peces están expuestos, por esta misma causa, a
mayor peligro que las hembras. Sin embargo, en los pocos casos en los que se
han observado las proporciones reales, los machos parecen ser muy superiores.
Así, el Sr. R. Buist, superintendente de los experimentos de Stormontfield,
afirma que en 1865, de los 70 salmones desembarcados inicialmente para obtener
los huevos, más de 60 eran machos. En 1867, volvió a llamar la atención sobre
la enorme desproporción entre machos y hembras. Al principio, teníamos al menos
diez machos por cada hembra. Posteriormente, se consiguieron suficientes
hembras para obtener óvulos. Añade: «Debido a la gran proporción de machos,
estos se pelean y se desgarran constantemente en los bancos de desove». (71.
«The Stormontfield Piscicultural Experiments», 1866, pág. 23. Periódico
«Field», 29 de junio de 1867). Esta desproporción, sin duda, puede explicarse
en parte, aunque es dudoso que sea total, por el hecho de que los machos
remontan los ríos antes que las hembras. El Sr. F. Buckland señala, respecto a la
trucha, que «es curioso que los machos preponderen en gran medida en número
sobre las hembras. Sucede invariablemente que, cuando los primeros peces se
lanzan a la red, se encuentran al menos siete u ocho machos por cada hembra
cautiva. No puedo explicar esto con exactitud; o bien los machos son más
numerosos que las hembras, o bien estas últimas buscan refugio ocultándose en
lugar de huir». Luego añade que, buscando cuidadosamente en las orillas, se
pueden encontrar suficientes hembras para obtener óvulos. (72. 'Tierra y Agua',
1868, pág. 41.) El Sr. H. Lee me informa que de 212 truchas capturadas para
este propósito en el parque de Lord Portsmouth, 150 eran machos y 62 hembras.
Los machos de los ciprínidos también
parecen ser abundantes; pero varios miembros de esta familia, como la carpa, la
tenca, el besugo y el piscardo, parecen seguir regularmente la práctica, poco
común en el reino animal, de la poliandria; pues la hembra, durante el desove,
siempre está acompañada por dos machos, uno a cada lado, y en el caso del
besugo, por tres o cuatro machos. Este hecho es tan conocido que siempre se
recomienda poblar un estanque con dos tencas machos por cada hembra, o al menos
con tres machos por cada dos hembras. En el caso del piscardo, un excelente
observador afirma que en las zonas de desove los machos son diez veces más
numerosos que las hembras; cuando una hembra se acerca a los machos,
«inmediatamente es presionada por un macho a cada lado; y cuando llevan un
tiempo en esa situación, son reemplazados por otros dos machos». (73. Yarrell,
'Hist. British Fishes', vol. i. 1826, pág. 307; sobre el Cyprinus carpio, pág.
331; sobre la Tinca vulgaris, pág. 331; sobre el Abramis brama, pág. 336.
Véase, para el pececillo (Leuciscus phoxinus), 'Loudon's Magazine of Natural
History', vol. v. 1832, pág. 682.)
INSECTOS.
En esta gran clase, casi solo los
lepidópteros permiten calcular la proporción de sexos; han sido recolectados
con especial cuidado por muchos buenos observadores y se han criado
principalmente a partir del estado de huevo u oruga. Esperaba que algunos criadores
de polillas de seda llevaran un registro exacto, pero tras escribir a Francia e
Italia y consultar diversos tratados, no encuentro que esto se haya hecho
nunca. La opinión general parece ser que los sexos son casi iguales, pero en
Italia, según me dice el profesor Canestrini, muchos criadores están
convencidos de que se produce un exceso de hembras. Este mismo naturalista, sin
embargo, me informa que en las dos nidadas anuales de la polilla de seda
Ailanthus (Bombyx cynthia), los machos predominan considerablemente en la
primera, mientras que en la segunda los dos sexos son casi iguales, o las
hembras, en exceso.
Respecto a las mariposas en estado
natural, varios observadores se han sorprendido por la aparente enorme
preponderancia de los machos. (74. Leuckart cita a Meinecke (Wagner,
'Handwörterbuch der Phys.' B. iv. 1853, s. 775) que dice que los machos de las mariposas
son tres o cuatro veces más numerosos que las hembras.) Así, el Sr. Bates (75.
'The Naturalist on the Amazons', vol. ii. 1863, pp. 228, 347), al hablar de
varias especies, alrededor de cien en número, que habitan en el Amazonas
superior, dice que los machos son mucho más numerosos que las hembras, incluso
en la proporción de cien a uno. En Norteamérica, Edwards, quien tenía gran
experiencia, estima en el género Papilio los machos a las hembras como cuatro a
uno; El Sr. Walsh, quien me informó de esta afirmación, afirma que con P.
turnus este es ciertamente el caso. En Sudáfrica, el Sr. R. Trimen encontró un
exceso de machos en 19 especies (76. Cuatro de estos casos los menciona el Sr.
Trimen en su obra «Rhopalocera Africae Australis»); y en una de ellas, que
pulula en lugares abiertos, estimó el número de machos en cincuenta por cada
hembra. En otra especie, donde los machos son numerosos en ciertas localidades,
recolectó solo cinco hembras durante siete años. En la isla de Borbón, M.
Maillard afirma que los machos de una especie de Papilio son veinte veces más
numerosos que las hembras. (77. Citado por Trimen, 'Transactions of the Ent.
Society', vol. v, parte iv, 1866, pág. 330.) El Sr. Trimen me informa que,
según lo que ha visto personalmente o escuchado de otros, es raro que las
hembras de cualquier mariposa superen en número a los machos; pero tres
especies sudafricanas quizás constituyan una excepción. El Sr. Wallace (78.
'Transactions, Linnean Society', vol. xxv, pág. 37) afirma que las hembras de
Ornithoptera croesus, en el archipiélago malayo, son más comunes y fáciles de
capturar que los machos; pero esta es una mariposa rara. Debo añadir que, en
Hyperythra, un género de polillas, Guenee afirma que se envían de cuatro a
cinco hembras en colecciones desde la India por cada macho.
Cuando se planteó este tema de la
proporción de sexos en los insectos ante la Sociedad Entomológica (79. «Actas
de la Sociedad Entomológica», 17 de febrero de 1868), se admitió generalmente
que los machos de la mayoría de los lepidópteros, en estado adulto o de imago,
se capturan en mayor número que las hembras. Sin embargo, diversos observadores
atribuyeron este hecho a los hábitos más retraídos de las hembras y a que los
machos emergen antes del capullo. Es bien sabido que esta última circunstancia
ocurre con la mayoría de los lepidópteros, así como con otros insectos. De modo
que, como señala M. Personnat, los machos del Bombyx Yamamai domesticado son
inútiles al principio de la temporada, y las hembras al final, debido a la
falta de pareja. (80. Citado por el Dr. Wallace en 'Proceedings, Entomological
Society', 3.ª serie, vol. v. 1867, pág. 487.) Sin embargo, no puedo convencerme
de que estas causas basten para explicar el gran exceso de machos en los casos
mencionados de ciertas mariposas extremadamente comunes en sus países de
origen. El Sr. Stainton, quien ha dedicado muchos años a la observación de las
polillas más pequeñas, me informa que cuando las recolectó en estado de imago,
creía que los machos eran diez veces más numerosos que las hembras, pero que,
dado que las ha criado a gran escala desde el estado de oruga, está convencido
de que las hembras son más numerosas. Varios entomólogos coinciden con esta
opinión. El Sr. Doubleday, sin embargo, y algunos otros, opinan lo contrario y
están convencidos de que han criado a partir de huevos y orugas una mayor
proporción de machos que de hembras.
Además de los hábitos más activos de
los machos, su salida precoz del capullo y, en algunos casos, su frecuentación
de lugares más abiertos, se pueden atribuir otras causas a una diferencia
aparente o real en el número proporcional de sexos de los lepidópteros, cuando
se capturan en estado de imago y cuando se crían desde el huevo o la oruga. El
profesor Canestrini me ha contado que muchos criadores en Italia creen que la
oruga hembra de la polilla de seda sufre más de esta enfermedad reciente que el
macho; y el Dr. Staudinger me informa que, al criar lepidópteros, mueren más
hembras en el capullo que machos. En muchas especies, la oruga hembra es más
grande que el macho, y un coleccionista elegiría naturalmente los mejores
ejemplares, recolectando así, sin querer, un mayor número de hembras. Tres
coleccionistas me han comentado que esta era su práctica; pero el Dr. Wallace
está seguro de que la mayoría de los coleccionistas se llevan todos los
ejemplares que encuentran de las especies más raras, que por sí solas merecen
la pena criar. Las aves, al estar rodeadas de orugas, probablemente devorarían
a las más grandes; y el profesor Canestrini me informa que en Italia algunos
criadores creen, aunque con pruebas insuficientes, que en las primeras nidadas
de la polilla de seda Ailanthus, las avispas destruyen un mayor número de
orugas hembra que de machos. El Dr. Wallace señala además que las orugas
hembra, al ser más grandes que los machos, requieren más tiempo para su
desarrollo y consumen más alimento y humedad; por lo tanto, estarían expuestas
durante más tiempo al peligro de icneumones, aves, etc., y en épocas de escasez
perecerían en mayor número. Por lo tanto, parece muy posible que, en estado
natural, menos lepidópteros hembras alcancen la madurez que machos; y para
nuestro objetivo específico, nos interesa su número relativo en la madurez,
cuando los sexos están listos para propagar su especie.
La forma en que los machos de ciertas
polillas se congregan en cantidades extraordinarias alrededor de una sola
hembra aparentemente indica un gran exceso de machos, aunque este hecho quizás
se explique por la salida temprana de los machos de sus capullos. El Sr.
Stainton me informa que a menudo se pueden ver de doce a veinte machos
congregados alrededor de una hembra de Elachista rufocinerea. Es bien sabido
que si una Lasiocampa quercus o Saturnia carpini virgen se expone en una jaula,
una gran cantidad de machos se reúnen a su alrededor, y si se confina en una
habitación, incluso bajan por la chimenea hacia ella. El Sr. Doubleday cree
haber visto de cincuenta a cien machos de ambas especies atraídos en un solo
día por una hembra en confinamiento. En la Isla de Wight, el Sr. Trimen expuso
una caja en la que una hembra de Lasiocampa había estado confinada el día
anterior, y cinco machos pronto intentaron entrar. En Australia, el Sr.
Verreaux, tras haber colocado la hembra de un pequeño Bombyx en una caja en su
bolsillo, fue seguido por una multitud de machos, de modo que unos 200 entraron
en la casa con él. (81. Blanchard, 'Metamorfosis, Moeurs des Insectes', 1868,
págs. 225-226.)
El Sr. Doubleday me ha llamado la
atención sobre la lista de lepidópteros de M. Staudinger (82.
'Lepidopteren-Doubletten Liste', Berlín, n.° x. 1866), que presenta los precios
de los machos y las hembras de 300 especies o variedades bien definidas de mariposas
(Rhopalocera). Los precios para ambos sexos de las especies más comunes son,
por supuesto, los mismos; pero en 114 de las especies más raras difieren; los
machos son, en todos los casos, excepto uno, los más baratos. En promedio,
considerando los precios de las 113 especies, el precio del macho con respecto
al de la hembra es de 100 a 149; esto aparentemente indica que, inversamente,
los machos superan a las hembras en la misma proporción. Se han catalogado unas
2000 especies o variedades de polillas (Heterocera), excluyéndose aquí aquellas
con hembras sin alas debido a la diferencia de hábitos entre ambos sexos. De
estas 2000 especies, 141 difieren en precio según el sexo; los machos de 130
son más baratos y los de solo 11 son más caros que las hembras. El precio
promedio de los machos de las 130 especies, en comparación con el de las
hembras, es de 100 a 143. Con respecto a las mariposas de esta lista de
precios, el Sr. Doubleday opina (y nadie en Inglaterra tiene más experiencia)
que no hay nada en los hábitos de las especies que explique la diferencia de
precios entre ambos sexos, y que esta solo se debe a un exceso en el número de
machos. Sin embargo, debo añadir que el Dr. Staudinger me informa que él mismo
opina diferente. Cree que los hábitos menos activos de las hembras y la
aparición más temprana de los machos explican que sus coleccionistas consigan
un mayor número de machos que de hembras y, en consecuencia, los precios más
bajos de los primeros. Con respecto a los especímenes criados desde el estado
de oruga, el Dr. Staudinger cree, como se indicó anteriormente, que mueren más
hembras que machos mientras están confinadas en los capullos. Añade que, en
ciertas especies, un sexo parece predominar sobre el otro durante ciertos años.
De las observaciones directas sobre
los sexos de lepidópteros criados a partir de huevos u orugas, sólo he recibido
los pocos casos siguientes: (Véase la siguiente tabla.)
De modo que en estos ocho lotes de
capullos y huevos, se produjo un exceso de machos. En conjunto, la proporción
de machos es de 122,7 por cada 100 hembras. Sin embargo, las cifras no son lo
suficientemente grandes como para ser fiables.
En general, de estas diversas fuentes
de evidencia, todas apuntando en la misma dirección, deduzco que en la mayoría
de las especies de lepidópteros los machos maduros generalmente superan a las
hembras en número, cualesquiera sean las proporciones en su primera emergencia
del huevo.
Hombres Mujeres
El reverendo J. Hellins* de Exeter crió, durante
1868, imagos de 73 especies, que
Consistía en 153 137
El señor Albert Jones de Eltham crió, durante
1868, imagos de 9 especies, que
Consistía en 159 126
Durante 1869 crió imagos de 4 especies.
compuesto por 114 112
El señor Buckler de Emsworth, Hants, durante 1869,
imagos criados de 74 especies,
compuesto por 180 169
El Dr. Wallace de Colchester se crio en una
cría de Bombyx cynthia 52 48
El Dr. Wallace crió, a partir de capullos de Bombyx
Pernyi enviado desde China, durante 1869 224 123
El Dr. Wallace recaudó, durante 1868 y 1869, de
dos lotes de capullos de Bombyx yamamai 52 46
Total 934 761
(*83. Este naturalista ha tenido la
amabilidad de enviarme algunos resultados de años anteriores, en los que las
hembras parecían predominar; pero muchas de las cifras eran estimaciones, por
lo que me resultó imposible tabularlas.)
Con respecto a los demás órdenes de
insectos, he podido recopilar muy poca información fiable. En el caso del
ciervo volante (Lucanus cervus), «los machos parecen ser mucho más numerosos
que las hembras»; pero cuando, como señaló Cornelius en 1867, apareció un
número inusual de estos escarabajos en una zona de Alemania, las hembras
parecían superar a los machos en una proporción de seis a uno. Con uno de los
Elateridae, se dice que los machos son mucho más numerosos que las hembras, y
"a menudo se encuentran dos o tres unidos con una hembra (84. 'Registro de
literatura zoológica' de Gunther, 1867, pág. 260. Sobre el exceso de hembras de
Lucanus, ibid, pág. 250. Sobre los machos de Lucanus en Inglaterra, Westwood,'
'Clasificación moderna de insectos', vol. ip 187. Sobre Siagonium, ibid. pág.
172.); de modo que aquí parece prevalecer la poliandria". Con Siagonium
(Staphylinidae), en el que los machos están provistos de cuernos, "las
hembras son mucho más numerosas que el sexo opuesto". El Sr. Janson
declaró en la Sociedad Entomológica que las hembras de Tomicus villosus, que se
alimenta de corteza, son tan comunes que son una plaga, mientras que los machos
son tan raros que apenas se los conoce.
No vale la pena mencionar la
proporción de sexos en ciertas especies e incluso grupos de insectos, ya que
los machos son desconocidos o muy raros, y las hembras son partenogenéticas, es
decir, fértiles sin unión sexual; varios cinípidos ofrecen ejemplos de ello.
(85. Walsh en 'The American Entomologist', vol. i. 1869, pág. 103. F. Smith,
'Record of Zoological Lit.' 1867, pág. 328.) En todos los cinípidos productores
de agallas conocidos por el Sr. Walsh, las hembras son cuatro o cinco veces más
numerosas que los machos; y lo mismo ocurre, según me informa, con los dípteros
productores de agallas Cecidomyiidae. Con algunas especies comunes de moscas
sierra (Tenthredinae), el Sr. F. Smith ha criado cientos de especímenes a
partir de larvas de todos los tamaños, pero nunca ha criado un solo macho; Por
otro lado, Curtis dice (86. 'Insectos de granja', págs. 45-46) que, en ciertas
especies (Athalia), criadas por él, la proporción de machos a hembras era de
seis a uno; mientras que con los insectos maduros de la misma especie
capturados en los campos ocurría exactamente lo contrario. En la familia de las
abejas, Hermann Müller (87. 'Anwendung der Darwin'schen Lehre', Verh. dn
Jahrg., xxiv) recolectó una gran cantidad de especímenes de muchas especies,
crió otros a partir de los capullos y contó los sexos. Descubrió que los machos
de algunas especies superaban con creces a las hembras; en otras ocurría lo
contrario; y en otras los dos sexos eran casi iguales. Pero como en la mayoría
de los casos los machos emergen de los capullos antes que las hembras, al
comienzo de la época reproductiva son prácticamente excesivos. Müller también
observó que el número relativo de ambos sexos en algunas especies difería mucho
en distintas localidades. Pero, como el propio H. Müller me comentó, estas
observaciones deben tomarse con cautela, ya que un sexo podría pasar
desapercibido con mayor facilidad que el otro. Así, su hermano Fritz Müller
observó en Brasil que los dos sexos de la misma especie de abeja a veces
frecuentan diferentes tipos de flores. Con respecto a los ortópteros, apenas sé
nada sobre el número relativo de sexos: Korte (88. 'Die Strich, Zug oder
Wanderheuschrecke', 1828, pág. 20), sin embargo, afirma que, de 500 langostas
que examinó, la proporción de machos a hembras era de cinco a seis. En el caso
de los neurópteros, el Sr. Walsh afirma que en muchas especies del grupo de los
odonatos, aunque no en todas, existe un gran excedente de machos: en el género
Hetaerina, además, los machos suelen ser al menos cuatro veces más numerosos
que las hembras. En ciertas especies del género Gomphus, los machos son
igualmente excesivos, mientras que en otras dos especies, las hembras son el
doble o el triple. En algunas especies europeas de Psocus se pueden recolectar
miles de hembras sin un solo macho, mientras que en otras especies del mismo
género ambos sexos son comunes. (89. «Observaciones sobre neurópteros
norteamericanos», por H. Hagen y BD Walsh, «Proceedings, Ent. Soc.
Philadelphia», octubre de 1863, págs. 168, 223, 239). En Inglaterra, el
Sr.MacLachlan ha capturado cientos de hembras de Apatania muliebris, pero nunca
ha visto al macho; y de Boreus hyemalis solo se han visto aquí cuatro o cinco
machos. (90. 'Proceedings, Ent. Soc. London', 17 de febrero de 1868.) Con la
mayoría de estas especies (excepto Tenthredinae) no hay en la actualidad
evidencia de que las hembras estén sujetas a partenogénesis; y así vemos cuán
ignorantes somos de las causas de la aparente discrepancia en la proporción de
los dos sexos.
En las demás clases de Articulata he
podido recopilar aún menos información. En el caso de las arañas, el Sr.
Blackwall, quien ha estudiado cuidadosamente esta clase durante muchos años, me
escribe que los machos, debido a sus hábitos más erráticos, se ven con mayor
frecuencia y, por lo tanto, parecen ser más numerosos. De hecho, esto ocurre
con algunas especies; pero menciona varias especies en seis géneros, en las que
las hembras parecen ser mucho más numerosas que los machos. (91. Otra gran
autoridad con respecto a esta clase, el profesor Thorell de Upsala ('Sobre las
arañas europeas', 1869-70, parte ip 205), habla como si las arañas hembras
fueran generalmente más comunes que los machos). El pequeño tamaño de los
machos en comparación con las hembras (una peculiaridad que a veces se lleva al
extremo), y su apariencia tan diferente, pueden explicar en algunos casos su
rareza en las colecciones. (92. Véase, sobre este tema, al Sr. OP Cambridge,
citado en 'Quarterly Journal of Science', 1868, página 429.)
Algunos de los crustáceos inferiores
son capaces de propagar su especie sexualmente, y esto explicaría la extrema
rareza de los machos; así, von Siebold (93. 'Beiträge zur Parthenogenesis', p.
174) examinó cuidadosamente no menos de 13.000 especímenes de Apus de veintiún
localidades, y entre estos encontró solo 319 machos. Con algunas otras formas
(como Tanais y Cypris), como me informa Fritz Müller, hay razones para creer
que los machos tienen una vida mucho más corta que las hembras; y esto
explicaría su escasez, suponiendo que los dos sexos sean inicialmente iguales
en número. Por otro lado, Müller ha capturado invariablemente muchos más machos
que hembras de Diastylidae y de Cypridina en las costas de Brasil: así, con una
especie de este último género, 63 especímenes capturados el mismo día incluían
57 machos; Pero sugiere que esta preponderancia podría deberse a alguna
diferencia desconocida en los hábitos de ambos sexos. Con uno de los cangrejos
brasileños superiores, concretamente un Gelasimus, Fritz Müller descubrió que
los machos eran más numerosos que las hembras. Según la amplia experiencia del
Sr. C. Spence Bate, lo contrario parece ocurrir con seis cangrejos británicos
comunes, cuyos nombres me ha proporcionado.
LA PROPORCIÓN DE LOS SEXOS EN
RELACIÓN CON LA SELECCIÓN NATURAL.
Hay motivos para sospechar que, en
algunos casos, el hombre, mediante selección, ha influido indirectamente en su
capacidad para reproducirse. Ciertas mujeres tienden a tener, a lo largo de su
vida, más hijos de un sexo que del otro; y lo mismo ocurre con muchos animales,
como las vacas y los caballos. Así, el Sr. Wright, de Yeldersley House, me
informa que una de sus yeguas árabes, tras ser puesta siete veces con
diferentes caballos, tuvo siete potras. Aunque tengo muy pocas pruebas al
respecto, la analogía llevaría a creer que la tendencia a reproducirse de uno u
otro sexo se heredaría, como casi cualquier otra peculiaridad, por ejemplo, la
de tener gemelos. Respecto a esta tendencia, una autoridad reconocida, el Sr.
J. Downing, me ha comunicado hechos que parecen demostrar que esto ocurre en
ciertas familias de ganado de cuernos cortos. El Coronel Marshall (94. 'The
Todas', 1873, págs. 100, 111, 194, 196) descubrió recientemente, tras un examen
minucioso, que los Todas, una tribu montañesa de la India, están compuestos por
112 varones y 84 mujeres de todas las edades, es decir, en una proporción de
133,3 varones por cada 100 mujeres. Los Todas, que practican la poliandria en
sus matrimonios, en el pasado practicaban invariablemente el infanticidio
femenino; pero esta práctica se ha interrumpido desde hace un tiempo
considerable. De los niños nacidos en los últimos años, los varones son más
numerosos que las mujeres, en una proporción de 124 a 100. El Coronel Marshall
explica este hecho de la siguiente manera ingeniosa. A modo de ejemplo, tomemos
tres familias como promedio de toda la tribu. Supongamos que una madre da a luz
seis hijas y ningún hijo varón; una segunda madre solo tiene seis hijos,
mientras que la tercera tiene tres hijos y tres hijas. La primera madre,
siguiendo la costumbre tribal, mata a cuatro hijas y conserva dos. La segunda
conserva a sus seis hijos. La tercera mata a dos hijas y se queda con una, así
como con sus tres hijos. Tenemos entonces, de las tres familias, nueve hijos y
tres hijas, con los que continuar la reproducción. Pero mientras que los
varones pertenecen a familias con una alta tendencia a tener hijos varones, las
mujeres son de las que tienen la tendencia contraria. Así, la tendencia se
fortalece con cada generación, hasta que, como observamos, las familias llegan
a tener habitualmente más hijos varones que hijas.
Parece casi seguro que este resultado
se derivaría de la forma de infanticidio antes mencionada; esto es, si asumimos
que la tendencia a la reproducción sexual es hereditaria. Pero como las cifras
anteriores son tan extremadamente escasas, he buscado evidencia adicional, pero
no puedo decidir si lo que he encontrado es confiable; no obstante, quizás
valga la pena presentar los hechos. Los maories de Nueva Zelanda han practicado
el infanticidio durante mucho tiempo; y el Sr. Fenton (95. 'Habitantes aborígenes
de Nueva Zelanda: Informe del Gobierno', 1859, pág. 36) afirma que "se ha
encontrado con casos de mujeres que han destruido cuatro, seis e incluso siete
hijos, en su mayoría niñas. Sin embargo, el testimonio universal de aquellos
mejor calificados para juzgar es concluyente en que esta costumbre ha estado
casi extinta durante muchos años. Probablemente el año 1835 pueda considerarse
el período de su desaparición". Ahora bien, entre los neozelandeses, al
igual que entre los todas, los nacimientos de varones son considerablemente
excesivos. El Sr. Fenton señala (pág. 30): «Un hecho es cierto: si bien no se
puede determinar con certeza el período exacto del inicio de esta singular
condición de desproporción entre los sexos, es evidente que esta tendencia decreciente
se manifestó plenamente entre 1830 y 1844, cuando se produjo la población no
adulta de 1844, y ha continuado con gran dinamismo hasta la actualidad». Las
siguientes declaraciones provienen del Sr. Fenton (pág. 26), pero como las
cifras no son elevadas y el censo no fue preciso, no se pueden esperar
resultados uniformes. Debe tenerse presente en este y los siguientes casos que
el estado normal de toda población es un exceso de mujeres, al menos en todos
los países civilizados, debido principalmente a la mayor mortalidad masculina
durante la juventud y, en parte, a accidentes de todo tipo en etapas
posteriores de la vida. En 1858, se estimaba que la población nativa de Nueva
Zelanda estaba compuesta por 31.667 hombres y 24.303 mujeres de todas las edades,
es decir, una proporción de 130,3 hombres por cada 100 mujeres. Sin embargo,
durante ese mismo año, y en ciertos distritos limitados, las cifras se
determinaron con mucho cuidado, y los hombres de todas las edades eran 753 y
las mujeres 616; es decir, una proporción de 122,2 hombres por cada 100
mujeres. Es más importante para nosotros que, durante ese mismo año de 1858, se
encontró que los varones NO ADULTOS dentro del mismo distrito eran 178 y las
mujeres NO ADULTAS 142, es decir, una proporción de 125,3 a 100. Cabe agregar
que en 1844, período en el que el infanticidio femenino había cesado
recientemente, los varones NO ADULTOS en un distrito eran 281 y las mujeres NO
ADULTAS solo 194, es decir, una proporción de 144,8 varones por cada 100
mujeres.
En las Islas Sandwich, la cantidad de
hombres supera a la de mujeres. El infanticidio se practicaba allí antiguamente
en proporciones alarmantes, pero no se limitaba en absoluto a las niñas, como
demuestra el Sr. Ellis (96. «Narrativa de un viaje por Hawái», 1826, pág. 298),
y según me han informado el obispo Staley y el reverendo Sr. Coan. Sin embargo,
otro escritor aparentemente confiable, el Sr. Jarves (97. «Historia de las
Islas Sandwich», 1843, pág. 93), cuyas observaciones se aplican a todo el archipiélago,
señala: «Se encuentran numerosas mujeres que confiesan el asesinato de entre
tres y seis u ocho niños», y añade: «Las mujeres, al ser consideradas menos
útiles que los hombres, eran destruidas con mayor frecuencia». Por lo que se
sabe que ocurre en otras partes del mundo, esta afirmación es probable; pero
debe tomarse con mucha cautela. La práctica del infanticidio cesó alrededor del
año 1819, cuando se abolió la idolatría y los misioneros se establecieron en
las islas. Un censo minucioso de 1839 de los hombres y mujeres adultos y
sujetos a impuestos en la isla de Kauai y en un distrito de Oahu (Jarves, pág.
404) arroja 4723 hombres y 3776 mujeres; es decir, una proporción de 125,08 a
100. Al mismo tiempo, el número de hombres menores de catorce años en Kauai y
menores de dieciocho en Oahu era de 1797, y el de mujeres de la misma edad, de
1429; lo que da como resultado una proporción de 125,75 hombres por cada 100
mujeres.
En un censo de todas las islas en
1850 (98. Esto se da en 'La vida en las Islas Sandwich' del reverendo HT
Cheever, 1851, pág. 277), los hombres de todas las edades ascienden a 36.272 y
las mujeres a 33.128, o como 109,49 a 100. Los hombres menores de diecisiete
años ascendieron a 10.773 y las mujeres menores de la misma edad a 9.593, o
como 112,3 a 100. Del censo de 1872, la proporción de hombres de todas las
edades (incluidos los mestizos) a mujeres, es de 125,36 a 100. Debe tenerse en
cuenta que todos estos retornos para las Islas Sandwich dan la proporción de
hombres vivos a mujeres vivas, y no de los nacimientos; Y a juzgar por todos
los países civilizados, la proporción de varones habría sido considerablemente
mayor si las cifras se hubieran referido a los nacimientos. (99. El Dr.
Coulter, al describir ('Journal R. Geograph. Soc.' vol. v. 1835, pág. 67) el
estado de California alrededor del año 1830, dice que los nativos, recuperados
por los misioneros españoles, casi todos han perecido o están pereciendo,
aunque bien tratados, no expulsados de su tierra natal y alejados del uso de
bebidas alcohólicas. Atribuye esto, en gran parte, al hecho indudable de que
los hombres superan en gran medida a las mujeres en número; pero no sabe si
esto se debe a una falta de descendencia femenina o a que más mujeres mueren
durante la primera juventud. La última alternativa, según toda analogía, es muy
improbable. Agrega que "el infanticidio, propiamente dicho, no es común,
aunque se recurre con mucha frecuencia al aborto". Si el Dr. Coulter tiene
razón sobre el infanticidio, este caso no puede presentarse en apoyo de la
opinión del coronel Marshall. A partir de la rápida disminución de los nativos
recuperados, podemos sospechar que, como en los casos Últimamente, su
fertilidad se ha visto disminuida debido a los cambios en sus hábitos de vida.
Esperaba obtener más información
sobre este tema a partir de la cría de perros, ya que en la mayoría de las
razas, con la posible excepción de los galgos, se sacrifican muchas más hembras
que machos, al igual que ocurre con las crías de Toda. El Sr. Cupples me
asegura que esto es habitual en los galgos escoceses. Desafortunadamente,
desconozco la proporción de sexos en ninguna raza, excepto en los galgos, y en
ellas la proporción de nacimientos de machos respecto a las de hembras es de
110,1 a 100. Ahora bien, tras consultar a numerosos criadores, parece que las
hembras son en algunos aspectos más valoradas, aunque por lo demás resultan
problemáticas; y no parece que las hembras de los perros de mejor raza se
sacrifiquen sistemáticamente más que los machos, aunque esto a veces ocurre de
forma limitada. Por lo tanto, no puedo determinar si, con base en los
principios anteriores, podemos explicar la preponderancia de nacimientos de
machos en los galgos. Por otra parte, hemos visto que en el caso de los caballos,
el ganado y las ovejas, que son demasiado valiosos para destruir a las crías de
ambos sexos, si hay alguna diferencia, las hembras sobran ligeramente.)
De los diversos casos anteriores,
tenemos razones para creer que el infanticidio, practicado de la manera antes
explicada, tiende a generar una raza productora de machos; pero estoy lejos de
suponer que esta práctica, en el caso del hombre, o algún proceso análogo en
otras especies, haya sido la única causa determinante de un exceso de machos.
Podría existir alguna ley desconocida que conduzca a este resultado, la
disminución de razas, que ya se han vuelto algo infértiles. Además de las
diversas causas mencionadas, la mayor facilidad de parto entre los salvajes y
las menores lesiones consiguientes a sus crías machos, tenderían a aumentar la
proporción de machos nacidos vivos respecto a las hembras. Sin embargo, no
parece haber una conexión necesaria entre la vida salvaje y un marcado exceso
de machos; esto es, a juzgar por las características de la escasa descendencia
de los tasmanos recientemente existentes y de la descendencia cruzada de los
tahitianos que ahora habitan la Isla Norfolk.
Dado que los machos y las hembras de
muchos animales difieren en sus hábitos y están expuestos al peligro en
distintos grados, es probable que, en muchos casos, se destruya habitualmente a
más individuos de un sexo que del otro. Pero, según mi capacidad para rastrear
la complejidad de las causas, una destrucción indiscriminada, aunque a gran
escala, de cualquiera de los dos sexos no tendería a modificar la capacidad de
reproducción sexual de la especie. En animales estrictamente sociales, como las
abejas o las hormigas, que producen una gran cantidad de hembras estériles y
fértiles en comparación con los machos, y para quienes esta preponderancia es
de suma importancia, podemos observar que aquellas comunidades prosperarían
mejor si contaran con hembras con una fuerte tendencia hereditaria a producir
cada vez más hembras; y en tales casos, una tendencia desigual a la
reproducción sexual se obtendría finalmente mediante la selección natural. En
animales que viven en manadas o grupos, donde los machos van al frente y
defienden la manada, como en el caso de los bisontes de Norteamérica y ciertos
babuinos, es concebible que una tendencia a la reproducción masculina se
adquiriera mediante selección natural. pues los individuos de los rebaños mejor
defendidos dejarían descendientes más numerosos. En el caso de la humanidad, se
supone que la ventaja derivada de la preponderancia de hombres en la tribu es
una de las principales causas de la práctica del infanticidio femenino.
En ningún caso, hasta donde sabemos,
una tendencia hereditaria a producir ambos sexos en igual número o a producir
un sexo en exceso constituiría una ventaja o desventaja directa para ciertos
individuos más que para otros; por ejemplo, un individuo con tendencia a
producir más machos que hembras no tendría mayor éxito en la lucha por la vida
que un individuo con una tendencia opuesta; y, por lo tanto, una tendencia de
este tipo no podría obtenerse mediante selección natural. Sin embargo, hay
ciertos animales (por ejemplo, peces y cirrípedos) en los que dos o más machos
parecen ser necesarios para la fecundación de la hembra; y, en consecuencia,
los machos predominan ampliamente, pero no es en absoluto evidente cómo pudo
adquirirse esta tendencia a producir machos. Anteriormente pensaba que cuando
una tendencia a producir los dos sexos en igual número era ventajosa para la
especie, se derivaría de la selección natural, pero ahora veo que todo el
problema es tan complejo que es mejor dejar su solución para el futuro.
CAPÍTULO IX.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS EN LAS CLASES INFERIORES DEL REINO ANIMAL.
Estos caracteres están ausentes en
las clases más bajas—Colores brillantes—Moluscos—Anélidos—Crustáceos,
caracteres sexuales secundarios fuertemente desarrollados; dimorfismo; color;
caracteres no adquiridos antes de la madurez—Arañas, colores sexuales de;
estridulación de los machos—Miriápodos.
En los animales pertenecientes a las
clases inferiores, no es raro que los dos sexos se encuentren unidos en un
mismo individuo, por lo que no pueden desarrollarse caracteres sexuales
secundarios. En muchos casos, cuando los sexos están separados, ambos se
aferran permanentemente a algún soporte, y uno no puede buscar ni luchar por el
otro. Además, es casi seguro que estos animales tienen sentidos demasiado
imperfectos y facultades mentales demasiado bajas para apreciar la belleza u
otros atractivos del otro, o para sentir rivalidad.
Por lo tanto, en estas clases o
subreinos, como los protozoos, celentéreos, equinodermos y escólecidos, no se
presentan caracteres sexuales secundarios como los que nos ocupa. Este hecho
concuerda con la creencia de que dichos caracteres en las clases superiores se
han adquirido mediante selección sexual, que depende de la voluntad, el deseo y
la elección de ambos sexos. Sin embargo, existen algunas excepciones aparentes;
así, según me ha dicho el Dr. Baird, los machos de ciertos entozoos, o gusanos
parásitos internos, difieren ligeramente en color de las hembras; pero no
tenemos motivos para suponer que tales diferencias se hayan incrementado
mediante selección sexual. Los mecanismos mediante los cuales el macho retiene
a la hembra, indispensables para la propagación de la especie, son
independientes de la selección sexual y se han adquirido mediante selección
ordinaria.
Muchos animales inferiores, ya sean
hermafroditas o con sexos separados, están ornamentados con los más brillantes
tintes, o sombreados y rayados de forma elegante; por ejemplo, muchos corales y
anémonas de mar (Actiniae), algunas medusas (Medusae, Porpita, etc.), algunas
planarias, muchas estrellas de mar, equinos, ascidias, etc.; pero podemos
concluir, por las razones ya indicadas —a saber, la unión de los dos sexos en
algunos de estos animales, la condición fija permanente de otros y la baja
capacidad mental de todos—, que tales colores no ejercen atracción sexual ni se
han adquirido por selección sexual. Debe tenerse presente que en ningún caso
tenemos evidencia suficiente de que los colores se hayan adquirido de esta
manera, excepto cuando un sexo presenta colores mucho más brillantes o visibles
que el otro, y cuando no existe una diferencia de hábitos entre los sexos
suficiente para explicar sus diferentes colores. Pero la evidencia se vuelve
tan completa como puede serlo, solo cuando los individuos más ornamentados,
casi siempre los machos, exhiben voluntariamente sus atractivos ante el sexo
opuesto; pues no podemos creer que tal exhibición sea inútil, y si es
ventajosa, la selección sexual se producirá casi inevitablemente. Sin embargo,
podemos extender esta conclusión a ambos sexos, cuando tienen el mismo color,
si sus colores son claramente análogos a los de un solo sexo en ciertas otras
especies del mismo grupo.
¿Cómo, entonces, podemos explicar los
hermosos, o incluso suntuosos, colores de muchos animales de las clases más
bajas? Parece dudoso que tales colores sirvan a menudo como protección; pero
cualquiera que lea el excelente ensayo del Sr. Wallace sobre este tema admitirá
que podemos equivocarnos fácilmente. Por ejemplo, a nadie se le ocurriría en un
principio que la transparencia de las medusas les sea de la mayor utilidad como
protección; pero cuando Haeckel nos recuerda que no solo las medusas, sino también
muchos moluscos flotantes, crustáceos e incluso pequeños peces oceánicos
comparten esta misma apariencia vítrea, a menudo acompañada de colores
prismáticos, difícilmente podemos dudar de que así escapen a la atención de las
aves pelágicas y otros enemigos. M. Giard también está convencido (1. «Archives
de Zoolog. Exper.», octubre de 1872, pág. 563) de que los brillantes tonos de
ciertas esponjas y ascidias sirven como protección. Los colores llamativos
también son beneficiosos para muchos animales, pues sirven de advertencia a sus
posibles devoradores de que son desagradables o de que poseen algún medio
especial de defensa, pero este tema se tratará más detalladamente más adelante.
En nuestra ignorancia de la mayoría
de los animales inferiores, solo podemos decir que sus brillantes tonos
resultan de la naturaleza química o de la minuciosa estructura de sus tejidos,
independientemente de cualquier beneficio derivado de ello. Casi ningún color
es más fino que el de la sangre arterial; pero no hay razón para suponer que el
color de la sangre sea en sí mismo una ventaja; y aunque realza la belleza de
las mejillas de la doncella, nadie pretenderá que se haya adquirido para este
propósito. De igual manera, en muchos animales, especialmente en los
inferiores, la bilis es de un color intenso; así, según me informa el Sr.
Hancock, la extrema belleza de los eólidos (babosas marinas desnudas) se debe
principalmente a que las glándulas biliares se ven a través de sus tegumentos
translúcidos; esta belleza probablemente no les sea útil. Los tonos de las
hojas en descomposición de un bosque americano son descritos por todos como
magníficos; sin embargo, nadie supone que estos tonos sean de la menor ventaja
para los árboles. Teniendo en cuenta cuántas sustancias muy análogas a los
compuestos orgánicos naturales han sido formadas recientemente por los
químicos, y que exhiben los colores más espléndidos, habría sido un hecho
extraño si sustancias de colores similares no se hubieran originado a menudo,
independientemente de cualquier fin útil así obtenido, en el complejo
laboratorio de organismos vivos.
EL SUBREINO DE LOS MOLUSCOS.
En toda esta gran división del reino
animal, hasta donde he podido descubrir, nunca se presentan caracteres sexuales
secundarios, como los que estamos considerando. Tampoco cabría esperarlos en
las tres clases inferiores, a saber, en las ascidias, los polizoos y los
braquiópodos (que constituyen los moluscos de algunos autores), pues la mayoría
de estos animales están permanentemente fijados a un soporte o tienen sus sexos
unidos en el mismo individuo. En los lamelibranquios, o conchas de bivalvos, el
hermafroditismo no es raro. En la clase inmediatamente superior de los
gasterópodos, o conchas de univalvos, los sexos están unidos o separados. Pero
en este último caso, los machos nunca poseen órganos especiales para encontrar,
asegurar o encantar a las hembras, ni para luchar con otros machos. Según me
informa el Sr. Gwyn Jeffreys, la única diferencia externa entre los sexos
consiste en que la concha a veces difiere un poco en forma; Por ejemplo, la
concha del macho de la vincapervinca (Littorina littorea) es más estrecha y
tiene una espira más alargada que la de la hembra. Sin embargo, cabe presumir
que diferencias de esta naturaleza están directamente relacionadas con el
proceso reproductivo o con el desarrollo de los óvulos.
Los gasterópodos, aunque capaces de
locomoción y con ojos imperfectos, no parecen estar dotados de suficientes
facultades mentales como para que los miembros del mismo sexo puedan luchar
juntos en rivalidad y, por lo tanto, adquirir caracteres sexuales secundarios.
Sin embargo, en el caso de los gasterópodos pulmoníferos, o caracoles
terrestres, el apareamiento es precedido por el cortejo; pues estos animales,
aunque hermafroditas, se ven obligados por su estructura a aparearse. Agassiz
comenta: «Quienquiera que sea la ocasión de observar los amores de los
linchamientos, no duda en poner en práctica la seducción en los movimientos y
atractivos que preparan y logran el doble embrujo de estos hermafroditas». (2.
'De l'Espèce et de la Class.' etc., 1869, pág. 106.) Estos animales también
parecen susceptibles de cierto grado de apego permanente: un observador
preciso, el Sr. Lonsdale, me informa que colocó una pareja de caracoles
terrestres (Helix pomatia), uno de los cuales estaba débil, en un jardín
pequeño y descuidado. Al poco tiempo, el ejemplar, fuerte y sano, desapareció,
y su rastro de baba sobre un muro lo identificó hasta un jardín contiguo bien
abastecido. El Sr. Lonsdale concluyó que había abandonado a su pareja enferma;
pero tras una ausencia de veinticuatro horas, regresó y, al parecer, comunicó
el resultado de su exitosa exploración, pues ambos siguieron el mismo rastro y
desaparecieron sobre el muro.
Incluso en la clase superior de los
moluscos, los cefalópodos o sepias, cuyos sexos están separados, no se
presentan caracteres sexuales secundarios de la especie presente, según he
podido averiguar. Esta es una circunstancia sorprendente, ya que estos animales
poseen órganos sensoriales altamente desarrollados y considerables facultades
mentales, como admitirá cualquiera que haya observado sus ingeniosos esfuerzos
por escapar de un enemigo. (3. Véase, por ejemplo, el relato que di en mi
«Journal of Researches», 1845, pág. 7). Sin embargo, ciertos cefalópodos se
caracterizan por un carácter sexual extraordinario: el elemento masculino se
acumula en uno de los brazos o tentáculos, que luego se desprende y,
aferrándose a la hembra mediante sus discos succionadores, vive durante un
tiempo una vida independiente. El brazo desprendido se asemeja tanto a un
animal independiente, que Cuvier lo describió como un gusano parásito con el
nombre de Hectocotyle. Pero esta maravillosa estructura puede clasificarse como
un carácter sexual primario más bien que secundario.
Aunque en los moluscos la selección
sexual no parece haber influido, muchas conchas univalvas y bivalvas, como
volutas, conos, vieiras, etc., presentan hermosos colores y formas. En la
mayoría de los casos, los colores no parecen ser de utilidad como protección;
probablemente sean el resultado directo, como en las clases más bajas, de la
naturaleza de los tejidos; los patrones y la escultura de la concha dependen de
su forma de crecimiento. La cantidad de luz parece influir hasta cierto punto;
pues, si bien, como ha afirmado repetidamente el Sr. Gwyn Jeffreys, las conchas
de algunas especies que viven a grandes profundidades presentan colores
brillantes, generalmente observamos las superficies inferiores, así como las
partes cubiertas por el manto, con colores menos intensos que las superficies
superiores y expuestas. (4. He dado ('Observaciones geológicas en islas
volcánicas', 1844, pág. 53) un ejemplo curioso de la influencia de la luz en
los colores de una incrustación frondosa, depositada por la resaca en las rocas
costeras de Ascensión y formada por la solución de conchas marinas trituradas).
En algunos casos, como con las conchas que viven entre corales o algas marinas
de colores brillantes, los colores brillantes pueden servir como protección.
(5. El Dr. Morse ha discutido recientemente este tema en su artículo sobre la
'Coloración adaptativa de los moluscos', 'Proc. Boston Soc. of Nat. Hist.' vol.
xiv, abril de 1871). Pero que muchos de los nudibranquios Mollusca, o babosas
marinas, tienen colores tan hermosos como cualquier concha, se puede ver en el
magnífico trabajo de los Sres. Alder y Hancock; Y según la información que
amablemente me proporcionó el Sr. Hancock, parece extremadamente dudoso que
estos colores sirvan habitualmente de protección. Con algunas especies, esto
podría ser así, como con una especie que vive en las hojas verdes de las algas
y es de un verde brillante. Pero muchas especies de colores brillantes, blancas
o de otro tipo, no buscan ocultarse; mientras que algunas especies igualmente
llamativas, así como otras de colores apagados, viven bajo piedras y en
rincones oscuros. Así pues, en estos moluscos nudibranquios, el color
aparentemente no guarda una estrecha relación con la naturaleza de los lugares
que habitan.
Estas babosas marinas desnudas son
hermafroditas, pero se aparean, al igual que los caracoles terrestres, muchos
de los cuales poseen conchas extremadamente hermosas. Es concebible que dos
hermafroditas, atraídos por la mayor belleza del otro, se unan y dejen
descendencia que herede la mayor belleza de sus padres. Pero con criaturas tan
poco organizadas, esto es extremadamente improbable. Tampoco es del todo obvio
cómo la descendencia de las parejas de hermafroditas más hermosas tendría
alguna ventaja sobre la de las menos hermosas, aumentando así en número, a
menos que el vigor y la belleza coincidieran en general. No nos encontramos
ante el caso de varios machos que maduren antes que las hembras, siendo los
machos más hermosos seleccionados por las hembras más vigorosas. Si, de hecho,
los colores brillantes beneficiaran a un animal hermafrodita en relación con
sus hábitos generales de vida, los individuos de tonos más brillantes tendrían
más éxito y aumentarían en número; pero esto sería un caso de selección
natural, no sexual.
SUBREINO DE LOS VERMES: CLASE
ANÉLIDOS (O GUSANOS MARINOS).
En esta clase, aunque los sexos, al
estar separados, a veces difieren entre sí en caracteres tan importantes que se
han clasificado en géneros o incluso familias distintos, las diferencias no
parecen ser del tipo que pueda atribuirse con seguridad a la selección sexual.
Estos animales suelen presentar hermosos colores, pero como los sexos no
difieren en este aspecto, nos interesan poco. Incluso los nemertianos, aunque
de organización tan baja, «compiten en belleza y variedad de colorido con
cualquier otro grupo de la serie de invertebrados»; sin embargo, el Dr.
McIntosh (6. Véase su hermosa monografía sobre «Anélidos británicos», parte I,
1873, pág. 3) no puede descubrir que estos colores sean de alguna utilidad. Los
anélidos sedentarios adquieren un color más apagado, según M. Quatrefages (7.
Véase M. Perrier: «L'Origine de l'Homme d'après Darwin», «Revue Scientifique»,
febrero de 1873, pág. 866), tras el período reproductivo; y supongo que esto
puede atribuirse a su menor vigor en esa época. Todos estos animales
vermiformes aparentemente ocupan un lugar demasiado bajo en la escala como para
que los individuos de ambos sexos puedan elegir pareja, o para que los
individuos del mismo sexo puedan competir entre sí.
SUBREINO DE LOS ARTRÓPODOS: CLASE
CRUSTÁCEOS.
En esta gran clase, encontramos por
primera vez caracteres sexuales secundarios indudables, a menudo desarrollados
de manera notable. Desafortunadamente, los hábitos de los crustáceos se conocen
muy poco, y no podemos explicar el uso de muchas estructuras peculiares de un
sexo. En las especies parásitas inferiores, los machos son de tamaño pequeño y
solo ellos están dotados de patas natatorias, antenas y órganos sensoriales
perfectos; las hembras carecen de estos órganos, y sus cuerpos a menudo
consisten en una simple masa distorsionada. Pero estas extraordinarias
diferencias entre ambos sexos se relacionan sin duda con sus hábitos de vida
muy distintos, y por lo tanto no nos conciernen. En varios crustáceos,
pertenecientes a familias distintas, las antenas anteriores están dotadas de
cuerpos filiformes peculiares, que se cree que actúan como órganos olfativos, y
estos son mucho más numerosos en los machos que en las hembras. Como los
machos, sin un desarrollo inusual de sus órganos olfativos, casi con toda seguridad
podrían, tarde o temprano, encontrar a las hembras, el mayor número de hilos
olfativos probablemente se haya adquirido mediante selección sexual, ya que los
machos mejor dotados han tenido más éxito en encontrar parejas y en tener
descendencia. Fritz Müller ha descrito una notable especie dimórfica de Tanais,
en la que el macho está representado por dos formas distintas, que nunca se
transforman. En una forma, el macho está provisto de hilos olfativos más
numerosos, y en la otra forma, de quelas o pinzas más potentes y alargadas, que
sirven para sujetar a la hembra. Fritz Müller sugiere que estas diferencias
entre las dos formas masculinas de la misma especie pueden haberse originado en
que ciertos individuos variaron en el número de hilos olfativos, mientras que
otros individuos variaron en la forma y el tamaño de sus quelas; De modo que,
de los primeros, aquellos que mejor pudieron encontrar a la hembra, y de los
segundos, aquellos que mejor pudieron retenerla, dejaron la mayor cantidad de
descendencia para heredar sus respectivas ventajas. (8. «Hechos y argumentos a
favor de Darwin», traducción al inglés, 1869, pág. 20. Véase la discusión
previa sobre los hilos olfativos. Sars ha descrito un caso algo análogo (citado
en «Nature», 1870, pág. 455) en un crustáceo noruego, la Pontoporeia affinis).
Fig. 4. Labidocera Darwinii (de
Lubbock). Se indican: a. Parte de la antena anterior derecha del macho, que
forma un órgano prensil. b. Par posterior de patas torácicas del macho. c. Idem
de la hembra.
En algunos crustáceos inferiores, la
antena anterior derecha del macho difiere considerablemente en estructura de la
izquierda; esta última se asemeja, en sus articulaciones cónicas simples, a las
antenas de la hembra. En el macho, la antena modificada está abultada en el
centro, curvada angularmente o convertida (Fig. 4) en un elegante y, a veces,
complejo órgano prensil. (9. Véase Sir J. Lubbock en 'Annals and Mag. of Nat.
Hist.' vol. xi. 1853, lám. i. y x.; y vol. xii. (1853), lám. vii. Véase también
Lubbock en 'Transactions, Entomological Society', vol. iv. nueva serie,
1856-1858, pág. 8. Con respecto a las antenas en zigzag mencionadas a
continuación, véase Fritz Müller, 'Facts and Arguments for Darwin', 1869, pág.
40, nota al pie). Sirve, según me ha dicho Sir J. Lubbock, para sujetar a la
hembra, y para este mismo propósito una de las dos patas posteriores (b) del
mismo lado del cuerpo se convierte en unas pinzas. En otra familia, las antenas
inferiores o posteriores están "curiosamente en zigzag" solo en los
machos.
Fig. 5. Parte anterior del cuerpo de
Callianassa (de Milne-Edwards), que muestra las quelas derecha e izquierda del
macho, desiguales y de diferente constitución. Nota: El artista, por error,
invirtió el dibujo y aumentó el tamaño de la quela izquierda.
Fig. 6. Segunda pata de Orchestia
tucuratinga macho (de Fritz Müller).
Fig. 7. Ídem de la hembra.]
En los crustáceos superiores, las
patas anteriores se desarrollan en quelas o pinzas; estas son generalmente más
grandes en el macho que en la hembra, tanto que el valor comercial del cangrejo
comestible macho (Cancer pagurus), según el Sr. C. Spence Bate, es cinco veces
mayor que el de la hembra. En muchas especies, las quelas son de tamaño
desigual en el lado opuesto del cuerpo; la derecha es, según me informa el Sr.
Bate, generalmente, aunque no invariablemente, la más grande. Esta desigualdad
también suele ser mucho mayor en el macho que en la hembra. Las dos quelas del
macho a menudo difieren en estructura (Figs. 5, 6 y 7), siendo la más pequeña
similar a la de la hembra. Se desconoce qué ventaja se obtiene de su
desigualdad de tamaño en los lados opuestos del cuerpo, y de que esta
desigualdad sea mucho mayor en el macho que en la hembra; y por qué, cuando son
del mismo tamaño, ambas suelen ser mucho más grandes en el macho que en la
hembra. Según me ha dicho el Sr. Bate, las quelas a veces son tan largas y
grandes que no pueden usarse para llevar alimento a la boca. En los machos de
ciertos camarones de agua dulce (Palaemon), la pata derecha es incluso más
larga que todo el cuerpo. (10. Véase un artículo del Sr. C. Spence Bate, con
figuras, en «Proceedings, Zoological Society», 1868, pág. 363; y sobre la
nomenclatura del género, ibíd., pág. 585. Estoy en deuda con el Sr. Spence Bate
por casi todas las afirmaciones anteriores sobre las quelas de los crustáceos
superiores). El gran tamaño de la pata con sus quelas puede ayudar al macho a
luchar con sus rivales; pero esto no explica la desigualdad en la hembra en los
lados opuestos del cuerpo. En Gelasimus, según una declaración citada por Milne
Edwards (11. 'Hist. Nat. des Crust.' tom. ii. 1837, p. 50), el macho y la
hembra viven en la misma madriguera, lo que demuestra que se aparean; el macho
cierra la boca de la madriguera con una de sus quelas, enormemente
desarrollada, de modo que en este caso sirve indirectamente como medio de
defensa. Sin embargo, su principal función es probablemente capturar y asegurar
a la hembra, y se sabe que esto ocurre en algunos casos, como en el de
Gammarus. El macho del cangrejo ermitaño o soldado (Pagurus) lleva consigo
durante semanas la concha habitada por la hembra. (12. Sr. C. Spence Bate,
'Asociación Británica, Cuarto Informe sobre la Fauna del Sur de Devon.') Sin
embargo, los sexos del cangrejo de costa común (Carcinus maenas), como me
informa el Sr. Bate, se unen directamente después de que la hembra ha mudado su
caparazón duro, cuando es tan blando que se lastimaría si fuera agarrado por
las fuertes pinzas del macho; pero como el macho la atrapa y la lleva de un
lado a otro antes de mudar, podría entonces ser atrapada con impunidad.
[Fig. 8. Orchestia Darwinii (de Fritz
Müller), que muestra las quelas de diferente construcción de las dos formas
masculinas.]
Fritz Müller afirma que ciertas
especies de Melita se distinguen de todos los demás anfípodos porque las
hembras tienen "las láminas coxales del penúltimo par de patas producidas
en procesos similares a ganchos, de los cuales los machos se sujetan con las
manos del primer par". El desarrollo de estos procesos similares a ganchos
probablemente se deba a que las hembras se sujetaban con mayor firmeza durante
el acto reproductivo, habiendo dejado el mayor número de crías. Otro anfípodo
brasileño (véase Orchestia darwinii, Fig. 8) presenta un caso de dimorfismo,
como el de Tanais; pues hay dos formas masculinas, que difieren en la
estructura de sus quelas. (13. Fritz Müller, 'Hechos y argumentos para Darwin',
1869, pp. 25-28). Como cualquiera de las quelas sería suficiente para sujetar a
la hembra (ya que ambas se utilizan actualmente para este propósito), las dos
formas masculinas probablemente se originaron porque algunas variaron de una
manera y otras de otra; ambas formas derivan ciertas ventajas especiales, pero
casi iguales, de sus órganos de formas diferentes.
No se sabe si los crustáceos machos
luchan entre sí por la posesión de las hembras, pero probablemente sea así;
pues en la mayoría de los animales, cuando el macho es más grande que la
hembra, parece deber su mayor tamaño a que sus ancestros lucharon con otros
machos durante muchas generaciones. En la mayoría de los órdenes, especialmente
en el superior o Brachyura, el macho es más grande que la hembra; sin embargo,
deben exceptuarse los géneros parásitos en los que los sexos siguen hábitos de
vida diferentes, y la mayoría de los Entomostraca. Las quelas de muchos
crustáceos son armas muy adecuadas para la lucha. Así, cuando un hijo del Sr.
Bate vio a un cangrejo diablo (Portunus puber) peleando con un Carcinus maenas,
este último fue rápidamente derribado y le arrancaron todas las extremidades.
Cuando Fritz Müller colocó varios machos de un Gelasimus brasileño, una especie
provista de enormes pinzas, en un recipiente de vidrio, se mutilaron y se
mataron mutuamente. El Sr. Bate colocó un macho grande de Carcinus maenas en
una palangana con agua, habitada por una hembra que estaba emparejada con un
macho más pequeño; pero este último fue pronto desposeído. El Sr. Bate añade:
«Si lucharon, la victoria fue incruenta, pues no vi heridas». Este mismo
naturalista separó a un macho de saltarina arenosa (tan común en nuestras
costas), Gammarus marinus, de su hembra, y ambos fueron encerrados en la misma
palangana con muchos individuos de la misma especie. La hembra, al separarse,
pronto se unió a las demás. Al cabo de un tiempo, el macho fue devuelto a la
misma palangana; y este, tras nadar un rato, se abalanzó sobre la multitud y,
sin oponer resistencia, se llevó a su esposa. Este hecho demuestra que en los
anfípodos, un orden inferior en la escala, los machos y las hembras se
reconocen y se apegan mutuamente.
Las facultades mentales de los
crustáceos son probablemente superiores a lo que a primera vista parece.
Cualquiera que intente capturar un cangrejo de orilla, tan común en las costas
tropicales, percibirá lo cautelosos y alertas que son. Existe un cangrejo
grande (Birgus latro), que se encuentra en las islas coralinas, que forma una
gruesa capa con las fibras del coco en el fondo de una profunda madriguera. Se
alimenta del fruto caído de este árbol, arrancando la cáscara, fibra a fibra; y
siempre comienza por el extremo donde se encuentran las tres depresiones en
forma de ojos. Luego, rompe uno de estos ojos martillando con sus pesadas
pinzas delanteras y, al girar, extrae el núcleo albuminoso con sus estrechas
pinzas traseras. Sin embargo, estas acciones son probablemente instintivas, por
lo que serían realizadas tanto por un animal joven como por uno viejo. El
siguiente caso, sin embargo, difícilmente puede considerarse así: un
naturalista confiable, el Sr. Gardner (14. «Viajes por el interior de Brasil»,
1846, pág. 111. En mi «Diario de investigaciones», pág. 463, he descrito las
costumbres del Birgus), mientras observaba a un cangrejo de orilla (Gelasimus)
excavando su madriguera, arrojó algunas conchas hacia el agujero. Una rodó
hacia adentro, y otras tres quedaron a pocos centímetros de la boca. En unos
cinco minutos, el cangrejo sacó la concha que había caído y la llevó a una
distancia de un pie; entonces vio las otras tres conchas cerca y, evidentemente
pensando que también podrían rodar hacia adentro, las llevó al lugar donde
había depositado la primera. Creo que sería difícil distinguir este acto de uno
realizado por el hombre con la ayuda de la razón.
El Sr. Bate no conoce ningún caso
claro de diferencia de color entre los dos sexos de nuestros crustáceos
británicos, aspecto en el que los sexos de los animales superiores suelen
diferir. Sin embargo, en algunos casos, los machos y las hembras difieren ligeramente
en tono, pero el Sr. Bate cree que solo se debe a sus diferentes hábitos de
vida, como que el macho deambula más y, por lo tanto, está más expuesto a la
luz. El Dr. Power intentó distinguir por el color los sexos de las diversas
especies que habitan en Mauricio, pero fracasó, excepto con una especie de
Squilla, probablemente S. stylifera, cuyo macho se describe como «de un hermoso
verde azulado», con algunos apéndices rojo cereza, mientras que la hembra está
teñida de marrón y gris, «con un rojo a su alrededor mucho menos intenso que el
del macho». (15. Sr. Ch. Fraser, en 'Proc. Zoolog. Soc.', 1869, pág. 3.
Agradezco al Sr. Bate la declaración del Dr. Power). En este caso, podemos
sospechar la intervención de la selección sexual. A partir de las observaciones
de M. Bert sobre Daphnia, al colocarla en un recipiente iluminado por un
prisma, tenemos razones para creer que incluso los crustáceos más inferiores
pueden distinguir colores. En Saphirina (un género oceánico de Entomostraca),
los machos están provistos de diminutos escudos o cuerpos celulares, que
exhiben hermosos colores cambiantes; estos están ausentes en las hembras y en
ambos sexos de una especie. (16. Claus, 'Die freilebenden Copepoden', 1863, s.
35). Sin embargo, sería extremadamente precipitado concluir que estos curiosos
órganos sirven para atraer a las hembras. Fritz Müller me informa que la hembra
de una especie brasileña de Gelasimus tiene el cuerpo entero de un marrón
grisáceo casi uniforme. En el macho, la parte posterior del cefalotórax es de
un blanco puro, con la parte anterior de un verde intenso que se torna marrón
oscuro; es notable que estos colores puedan cambiar en cuestión de minutos: el
blanco se vuelve gris sucio o incluso negro, y el verde pierde gran parte de su
brillo. Cabe destacar que los machos no adquieren sus colores brillantes hasta
la madurez. Parecen ser mucho más numerosos que las hembras; también se
diferencian por el mayor tamaño de sus quelas. En algunas especies del género,
probablemente en todas, ambos sexos se aparean y habitan la misma madriguera.
Son también, como hemos visto, animales muy inteligentes. A partir de estas
diversas consideraciones, parece probable que el macho de esta especie se haya
adornado con colores llamativos para atraer o excitar a la hembra.
Se acaba de afirmar que el macho de
Gelasimus no adquiere sus llamativos colores hasta la madurez y casi listo para
reproducirse. Esta parece ser una regla general en toda la clase con respecto a
las numerosas y notables diferencias estructurales entre los sexos. De aquí en
adelante, encontraremos que la misma ley prevalece en todo el gran subreino de
los vertebrados; y en todos los casos es eminentemente distintiva de los
caracteres adquiridos por selección sexual. Fritz Müller (17. «Hechos y
argumentos», etc., pág. 79) ofrece algunos ejemplos sorprendentes de esta ley;
así, el macho de la cigarra (Orchestia) no adquiere sus grandes pinzas hasta
casi alcanzar la madurez sexual, cuya estructura es muy diferente a la de la
hembra; durante la juventud, sus pinzas se asemejan a las de la hembra.
CLASE, ARÁCNIDOS (ARAÑAS).
Los sexos no suelen diferir mucho en
color, pero los machos suelen ser más oscuros que las hembras, como puede verse
en la magnífica obra del Sr. Blackwall. (18. 'Una historia de las arañas de
Gran Bretaña', 1861-64. Para los siguientes datos, véanse las págs. 77, 88,
102). En algunas especies, sin embargo, la diferencia es evidente: así, la
hembra de Sparassus smaragdulus es de un verde apagado, mientras que el macho
adulto tiene el abdomen de un amarillo fino, con tres franjas longitudinales de
un rojo intenso. En ciertas especies de Thomisus, los sexos se parecen mucho,
en otras difieren mucho; y casos análogos se dan en muchos otros géneros. A
menudo es difícil decir cuál de los dos sexos se aleja más de la coloración
ordinaria del género al que pertenece la especie; pero el Sr. Blackwall cree
que, por regla general, es el macho. y Canestrini (19. Este autor ha publicado
recientemente un valioso ensayo sobre los «Caratteri sessuali secondarii degli
Arachnidi» en «Atti della Soc. Veneto-Trentina di Sc. Nat. Padova», vol. i.
Fasc. 3, 1873) señala que en ciertos géneros los machos pueden distinguirse
fácilmente, pero las hembras con gran dificultad. El Sr. Blackwall me informa
que los sexos, mientras son jóvenes, suelen parecerse entre sí; y ambos a
menudo experimentan grandes cambios de color durante sus mudas sucesivas, antes
de llegar a la madurez. En otros casos, solo el macho parece cambiar de color.
Así, el macho del Sparassus de colores brillantes mencionado anteriormente al
principio se parece a la hembra, y adquiere sus tintes peculiares solo cuando
es casi adulto. Las arañas poseen sentidos agudos y exhiben mucha inteligencia;
como es bien sabido, las hembras a menudo muestran el mayor afecto por sus
huevos, que llevan envueltos en una red de seda. Los machos buscan con avidez a
las hembras, y Canestrini y otros los han visto pelear por ellas. Este mismo
autor afirma que la unión de ambos sexos se ha observado en unas veinte
especies; y afirma con certeza que la hembra rechaza a algunos machos que la cortejan,
los amenaza con abrirles las mandíbulas y, finalmente, tras largas
vacilaciones, acepta al elegido. A partir de estas diversas consideraciones,
podemos admitir con cierta confianza que las marcadas diferencias de color
entre los sexos de ciertas especies son resultado de la selección sexual;
aunque no contamos con la mejor evidencia: la exhibición de adornos por parte
del macho. Dada la extrema variabilidad de color en los machos de algunas
especies, por ejemplo, de Theridion lineatum, parecería que estos caracteres
sexuales de los machos aún no se han consolidado. Canestrini llega a la misma
conclusión del hecho de que los machos de ciertas especies presentan dos
formas, que difieren entre sí en el tamaño y la longitud de sus mandíbulas; y
esto nos recuerda los casos anteriores de crustáceos dimórficos.
El macho es generalmente mucho más
pequeño que la hembra, a veces en un grado extraordinario (20 de agosto).
Vinson ('Araneides des Iles de la Reunion', pl. vi. figs. 1 y 2) da un buen
ejemplo del pequeño tamaño del macho, en Epeira nigra. En esta especie, como
puedo añadir, el macho es testáceo y la hembra negra con patas con bandas
rojas. Se han registrado otros casos aún más llamativos de desigualdad de
tamaño entre los sexos ('Quarterly Journal of Science', julio de 1868, pág.
429); pero no he visto los relatos originales), y se ve obligado a ser
extremadamente cauteloso al hacer sus avances, ya que la hembra a menudo lleva
su timidez a un punto peligroso. De Geer vio a un macho que "en medio de
sus caricias preparatorias fue atrapado por el objeto de sus atenciones,
envuelto por ella en una red y luego devorado, una visión que, como él mismo
añade, lo llenó de horror e indignación". (21. Kirby y Spence,
'Introducción a la entomología', vol. i. 1818, pág. 280.) El reverendo OP
Cambridge (22. 'Proceedings, Zoological Society', 1871, pág. 621.) explica de
la siguiente manera el tamaño extremadamente pequeño del macho en el género
Nephila. El Sr. Vinson describe gráficamente la ágil forma en que el diminuto
macho escapa de la ferocidad de la hembra, deslizándose y jugando al escondite
sobre su cuerpo y sus gigantescas extremidades. En tal persecución, es evidente
que las posibilidades de escape favorecerían a los machos más pequeños,
mientras que los más grandes caerían prematuramente víctimas. Así, gradualmente,
se seleccionaría una raza diminuta de machos, hasta que finalmente se
reducirían al tamaño más pequeño posible compatible con el ejercicio de sus
funciones reproductivas; de hecho, probablemente al tamaño que ahora los vemos,
es decir, tan pequeños que serían una especie de parásito para la hembra, y o
bien pasarían desapercibidos para ella, o bien serían demasiado ágiles y
pequeños para que ella los atrapara sin gran dificultad.
Westring ha hecho el interesante
descubrimiento de que los machos de varias especies de Theridion (23. Theridion
(Asagena, Sund.) serratipes, 4-punctatum et guttatum; ver Westring, en Kroyer,
'Naturhist. Tidskrift,' vol. iv. 1842-1843, pág. 349; y vol. ii. 1846-1849,
pág. 342. Ver, también, para otras especies, 'Araneae Suecicae,' pág. 184.)
tienen el poder de hacer un sonido estridente, mientras que las hembras son
mudas. El aparato consiste en una cresta dentada en la base del abdomen, contra
la cual se frota la parte posterior dura del tórax; y de esta estructura no se
puede detectar ni un rastro en las hembras. Cabe destacar que varios
escritores, incluido el conocido aracnólogo Walckenaer, han declarado que las
arañas se sienten atraídas por la música. (24. El Dr. HH van Zouteveen, en su
traducción al holandés de esta obra (vol. ip 444), recopiló varios casos). A
partir de la analogía entre ortópteros y homópteros, que se describirá en el
próximo capítulo, podemos estar casi seguros de que la estridulación sirve,
como también cree Westring, para llamar o excitar a la hembra; y este es el
primer caso que conozco en la escala ascendente del reino animal de sonidos
emitidos con este propósito. (25. Hilgendorf, sin embargo, ha llamado la
atención recientemente sobre una estructura análoga en algunos crustáceos
superiores, que parece adaptada para producir sonido; véase 'Zoological
Record', 1869, pág. 603).
CLASE, MIRIÁPODOS.
En ninguno de los dos órdenes de esta
clase, los milpiés y los ciempiés, encuentro ejemplos bien marcados de
diferencias sexuales que nos interesan más. Sin embargo, en Glomeris limbata, y
quizás en algunas otras especies, los machos difieren ligeramente en coloración
de las hembras; pero esta especie de Glomeris es muy variable. En los machos de
Diplopoda, las patas, pertenecientes a uno de los segmentos anterior o
posterior del cuerpo, están modificadas en ganchos prensiles que sirven para
sujetar a la hembra. En algunas especies de Iulus, los tarsos del macho están
provistos de ventosas membranosas con el mismo propósito. Como veremos al
tratar los insectos, es mucho más inusual que sea la hembra de Lithobius la que
esté provista de apéndices prensiles en la extremidad de su cuerpo para sujetar
al macho. (26. Walckenaer et P. Gervais, 'Hist. Nat. des Insectes: Apteres',
tom. iv. 1847, págs. 17, 19, 68.)
CAPÍTULO X.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LOS INSECTOS.
Estructuras diversificadas que poseen
los machos para apoderarse de las hembras—Diferencias entre los sexos, cuyo
significado no se entiende—Diferencia de tamaño entre los
sexos—Tisanuros—Dípteros—Hemípteros—Homópteros, poderes musicales que poseen
sólo los machos—Ortópteros, instrumentos musicales de los machos, muy
diversificados en estructura; pugnacidad; colores—Neuropteros, diferencias
sexuales en color—Himenópteros, pugnacidad y olores—Coleópteros, colores;
provistos de grandes cuernos, aparentemente como adorno; batallas, órganos
estriduladores generalmente comunes a ambos sexos.
En la inmensa clase de los insectos,
los sexos a veces difieren en sus órganos locomotores y, a menudo, en sus
órganos sensoriales, como en las antenas pectinadas y hermosamente plumosas de
los machos de muchas especies. En Chloeon, una de las Ephemerae, el macho tiene
grandes ojos en forma de columna, de los que la hembra carece por completo. (1.
Sir J. Lubbock, 'Transact. Linnean Soc.' vol. XXV, 1866, pág. 484. Con respecto
a los Mutillidae, véase Westwood, 'Modern Class. of Insects', vol. II, pág. 213).
Los ocelos están ausentes en las hembras de ciertos insectos, como en los
Mutillidae; y en este caso, las hembras tampoco tienen alas. Pero nos interesan
principalmente las estructuras que permiten a un macho vencer a otro, ya sea en
batalla o en el cortejo, mediante su fuerza, beligerancia, adornos o música.
Por lo tanto, podemos pasar por alto brevemente los innumerables artificios
mediante los cuales el macho es capaz de apoderarse de la hembra. Además de las
complejas estructuras en el ápice del abdomen, que tal vez deberían
clasificarse como órganos primarios (2. Estos órganos en el macho a menudo
difieren en especies estrechamente relacionadas y proporcionan excelentes
caracteres específicos. Pero su importancia, desde un punto de vista funcional,
como me ha comentado el Sr. R. MacLachlan, probablemente ha sido sobrevalorada.
Se ha sugerido que ligeras diferencias en estos órganos bastarían para evitar
el entrecruzamiento de variedades bien marcadas o especies incipientes, y
ayudarían así a su desarrollo. Que este difícilmente puede ser el caso, podemos
inferir de los muchos casos registrados (véase, por ejemplo, Bronn, 'Geschichte
der Natur,' B. ii. 1843, s. 164; y Westwood, 'Transact. Ent. Soc.' vol. iii.
1842, p. 195) de especies distintas que se han observado en unión. El Sr.
MacLachlan me informa (vide 'Stett. Ent. Zeitung,' 1867, s. 155) que cuando
varias especies de Phryganidae, que presentan diferencias fuertemente
pronunciadas de este tipo, fueron confinadas juntas por el Dr. Aug. Meyer, SE ACOPLARON,
y una pareja produjo óvulos fértiles.), "es asombroso", como el Sr.
BD Walsh (3. 'The Practical Entomologist', Filadelfia, vol. ii. mayo de 1867,
p. 88.) ha señalado, "cuántos órganos diferentes son trabajados por la
naturaleza para el aparentemente insignificante objetivo de permitir que el
macho agarre a la hembra firmemente". Las mandíbulas o quijadas se usan a
veces para este propósito; así el macho Corydalis cornutus (un insecto
neuróptero en cierto grado relacionado con las libélulas, etc.) tiene inmensas
mandíbulas curvas, muchas veces más largas que las de la hembra; y son lisas en
lugar de ser dentadas, de modo que le permite agarrarla sin daño. (4. Sr.
Walsh, ibíd., pág. 107.) Uno de los ciervos volantes de Norteamérica (Lucanus
elaphus) utiliza sus mandíbulas, mucho más grandes que las de la hembra, con el
mismo propósito, pero probablemente también para luchar. En una avispa de arena
(Ammophila), las mandíbulas de ambos sexos son muy parecidas, pero se utilizan
para propósitos muy diferentes: los machos, como observa el profesor Westwood,
«son extremadamente ardientes,“agarrando a sus parejas por el cuello con sus
mandíbulas en forma de hoz” (5. 'Clasificación moderna de los insectos', vol.
ii. 1840, págs. 205, 206. El Sr. Walsh, quien me llamó la atención sobre el
doble uso de las mandíbulas, dice que ha observado repetidamente este hecho);
mientras que las hembras usan estos órganos para excavar en bancos de arena y
hacer sus nidos.
[Fig. 9. Crabro cribarius. Figura
superior: macho; figura inferior: hembra.]
Los tarsos de las patas delanteras
están dilatados en muchos escarabajos machos o están provistos de amplios
cojines de pelos; y en muchos géneros de escarabajos acuáticos, están provistos
de una ventosa redonda y plana, para que el macho pueda adherirse al cuerpo
resbaladizo de la hembra. Es mucho más inusual que las hembras de algunos
escarabajos acuáticos (Dytiscus) tengan sus élitros profundamente surcados, y
en Acilius sulcatus, densamente cubiertos de pelos, para ayudar al macho. Las
hembras de otros escarabajos acuáticos (Hydroporus) tienen sus élitros
perforados con el mismo propósito. (6. Tenemos aquí un caso curioso e
inexplicable de dimorfismo, pues algunas de las hembras de cuatro especies
europeas de Dytiscus, y de ciertas especies de Hydroporus, tienen sus élitros
lisos; y no se han observado gradaciones intermedias entre los élitros sulcados
o punteados, y los completamente lisos. Véase al Dr. H. Schaum, citado en el
'Zoologist', vols. v.-vi. 1847-48, pág. 1896. También Kirby y Spence, 'Introducción
a la entomología', vol. iii. 1826, pág. 305.) En el macho de Crabro cribrarius
(Fig. 9), es la tibia la que está dilatada en una amplia placa córnea, con
diminutos puntos membranosos, que le dan una apariencia singular como la de una
adivinanza. (7. Westwood, 'Modern Class.' vol. ii. pág. 193. La siguiente
declaración sobre Penthe, y otros entre comillas, se toma del Sr. Walsh,
'Practical Entomologist', Filadelfia, vol. iii. pág. 88.) En el macho de Penthe
(un género de escarabajos) algunas de las articulaciones medias de las antenas
están dilatadas y provistas en la superficie inferior de cojines de pelo,
exactamente como los de los tarsos de los Carabidae, "y obviamente para el
mismo fin". En las libélulas macho, "los apéndices en la punta de la
cola están modificados en una variedad casi infinita de patrones curiosos para
permitirles abrazar el cuello de la hembra". Por último, en los machos de
muchos insectos, las patas están provistas de espinas, protuberancias o
espolones peculiares; o toda la pata está arqueada o engrosada, pero esto de
ninguna manera es invariablemente un carácter sexual; o un par, o los tres
pares son alargados, a veces a una longitud extravagante. (8. Kirby y Spence,
'Introducción', etc., vol. iii, págs. 332-336.)
Fig. 10. Taphroderes distortus
(ampliado). Figura superior: macho; figura inferior: hembra.
Los sexos de muchas especies en todos
los órdenes presentan diferencias, cuyo significado se desconoce. Un caso
curioso es el de un escarabajo (Fig. 10), cuyo macho tiene la mandíbula
izquierda muy agrandada, de modo que la boca está muy deformada. En otro
escarabajo carabídeo, Eurygnathus (9. 'Insecta Maderensia', 1854, pág. 20),
tenemos el caso, único hasta donde el Sr. Wollaston conoce, de una cabeza de la
hembra mucho más ancha y grande, aunque en grado variable, que la del macho. Se
podrían citar numerosos casos similares. Abundan en los lepidópteros: uno de
los más extraordinarios es que ciertas mariposas macho tienen las patas
delanteras más o menos atrofiadas, con las tibias y los tarsos reducidos a
meros bultos rudimentarios. Las alas, también, en los dos sexos a menudo
difieren en neuración (10. E. Doubleday, 'Annals and Mag. of Nat. Hist.' vol.
i. 1848, pág. 379. Puedo agregar que las alas en ciertos himenópteros (ver
Shuckard, 'Fossorial Hymenoptera', 1837, pp. 39-43) difieren en neuración según
el sexo), y a veces considerablemente en contorno, como en el Aricoris epitus,
que me mostró el Sr. A. Butler en el Museo Británico. Los machos de ciertas
mariposas sudamericanas tienen mechones de pelo en los márgenes de las alas y
excrecencias córneas en los discos del par posterior. (11. HW Bates, en
'Journal of Proc. Linn. Soc.' vol. vi. 1862, pág. 74. Las observaciones del Sr.
Wonfor se citan en 'Popular Science Review', 1868, pág. 343.) En varias
mariposas británicas, como lo demuestra el Sr. Wonfor, sólo los machos están en
partes revestidos de escamas peculiares.
El uso de la luz brillante de la
luciérnaga hembra ha sido objeto de mucha discusión. El macho es débilmente
luminoso, al igual que las larvas e incluso los huevos. Algunos autores han
supuesto que la luz sirve para ahuyentar a los enemigos, y otros para guiar al
macho hacia la hembra. Finalmente, el Sr. Belt (12. «El Naturalista en
Nicaragua», 1874, págs. 316-320. Sobre la fosforescencia de los huevos, véase
«Anales y Revista de Historia Natural», noviembre de 1871, pág. 372) parece
haber resuelto el problema: descubre que todos los Lampyridae que ha probado
son sumamente desagradables para los mamíferos y aves insectívoros. Por lo
tanto, coincide con la opinión del Sr. Bates, que se explicará más adelante,
que muchos insectos imitan fielmente a los Lampyridae para ser confundidos con
ellos y así evitar su destrucción. Cree además que las especies luminosas se
benefician al ser reconocidas de inmediato como desagradables. Es probable que
la misma explicación se extienda a los eláteres, cuyos dos sexos son muy
luminosos. Se desconoce por qué las alas de la luciérnaga hembra no se han
desarrollado; pero en su estado actual se asemeja mucho a una larva, y dado que
las larvas son presa frecuente de muchos animales, podemos comprender por qué
se ha vuelto mucho más luminosa y visible que el macho; y por qué las larvas
mismas son igualmente luminosas.
DIFERENCIA DE TAMAÑO ENTRE LOS SEXOS.
En insectos de todo tipo, los machos
suelen ser más pequeños que las hembras; esta diferencia suele detectarse
incluso en el estado larvario. La diferencia entre los capullos de macho y
hembra de la polilla de seda (Bombyx mori) es tan considerable que en Francia
se separan mediante un método particular de pesaje. (13. Robinet, «Vers a
Soie», 1848, pág. 207). En las clases inferiores del reino animal, el mayor
tamaño de las hembras parece depender generalmente de que desarrollan una
enorme cantidad de óvulos; y esto puede ser cierto en cierta medida en el caso
de los insectos. Pero el Dr. Wallace ha sugerido una explicación mucho más
probable. Tras observar cuidadosamente el desarrollo de las orugas de Bombyx
cynthia y yamamai, y especialmente el de algunas orugas enanas criadas a partir
de una segunda nidada con alimento artificial, descubre que, a medida que la
polilla individual es más fina, el tiempo requerido para su metamorfosis es
mayor; y por esta razón, la hembra, que es el insecto más grande y pesado, al
tener que llevar sus numerosos huevos, será precedida por el macho, que es más
pequeño y tiene menos tiempo para madurar. (14. 'Transact. Ent. Soc.' 3.ª
serie, vol. vp 486.) Ahora bien, como la mayoría de los insectos tienen una
vida corta y están expuestos a muchos peligros, sería manifiestamente ventajoso
para la hembra quedar embarazada lo antes posible. Este fin se lograría si los
machos maduraran primero en gran número, listos para la llegada de las hembras;
y esto también se seguiría naturalmente, como ha señalado el Sr. AR Wallace
(15. 'Journal of Proc. Ent. Soc.' 4 de febrero de 1867, pág. lxxi), a través de
la selección natural; porque los machos más pequeños madurarían primero, y así
procrearían un gran número de crías que heredarían el tamaño reducido de sus
padres machos, mientras que los machos más grandes, al madurar más tarde,
dejarían menos crías.
Sin embargo, existen excepciones a la
regla de que los insectos machos sean más pequeños que las hembras, y algunas
de estas excepciones son comprensibles. El tamaño y la fuerza serían una
ventaja para los machos, que luchan por la posesión de las hembras; y en estos
casos, como en el caso del ciervo volante (Lucanus), los machos son más grandes
que las hembras. Sin embargo, existen otros escarabajos que no se sabe que
luchen juntos, en los cuales los machos superan en tamaño a las hembras; y se
desconoce el significado de este hecho; pero en algunos de estos casos, como en
el caso de los enormes Dynastes y Megasoma, al menos podemos ver que no habría
necesidad de que los machos fueran más pequeños que las hembras para madurar
antes que ellas, ya que estos escarabajos no tienen una vida corta, y habría
tiempo suficiente para el apareamiento de los sexos. Así también, las libélulas
macho (Libellulidae) son a veces sensiblemente más grandes, y nunca más
pequeñas, que las hembras (16. Para esta y otras afirmaciones sobre el tamaño
de los sexos, véase Kirby y Spence, ibid. vol. iii. pág. 300; sobre la duración
de la vida en los insectos, véase pág. 344); y como cree el Sr. MacLachlan,
generalmente no se aparean con las hembras hasta que transcurre una o dos semanas,
y hasta que han adquirido sus colores masculinos propios. Pero el caso más
curioso, que muestra de qué relaciones complejas y fácilmente pasadas por alto,
un carácter tan insignificante como puede depender la diferencia de tamaño
entre los sexos, es el de los himenópteros aculeados; pues el Sr. F. Smith me
informa que en casi todo este gran grupo, los machos, de acuerdo con la regla
general, son más pequeños que las hembras y emergen aproximadamente una semana
antes que ellas; Pero entre las abejas, los machos de Apis mellifica, Anthidium
manicatum y Anthophora acervorum, y entre las fossores, los machos de Methoca
ichneumonides, son más grandes que las hembras. La explicación de esta anomalía
radica en que el vuelo nupcial es absolutamente necesario en estas especies, y
el macho requiere gran fuerza y tamaño para transportar a la hembra por el
aire. En este caso, el aumento de tamaño se ha producido en contra de la
relación habitual entre tamaño y período de desarrollo, ya que los machos,
aunque más grandes, emergen antes que las hembras, más pequeñas.
A continuación, revisaremos los
distintos órdenes, seleccionando los datos que nos interesan más. Los
lepidópteros (mariposas y polillas) se dedicarán a un capítulo aparte.
ORDEN, THYSANURA.
Los miembros de este orden, de
organización inferior, son insectos diminutos, sin alas y de colores apagados,
con cabezas y cuerpos feos y casi deformes. Sus sexos no difieren, pero
resultan interesantes, pues nos muestran que los machos cortejan diligentemente
a las hembras incluso en los niveles inferiores de la escala animal. Sir J.
Lubbock (17. 'Transact. Linnean Soc.' vol. xxvi. 1868, pág. 296) dice: «Es muy
divertido ver a estas pequeñas criaturas (Smynthurus luteus) coqueteando. El
macho, mucho más pequeño que la hembra, corre a su alrededor, y se chocan,
quedándose frente a frente y moviéndose hacia adelante y hacia atrás como dos
corderitos juguetones. Entonces la hembra finge huir y el macho corre tras ella
con una extraña expresión de enfado, se coloca delante y se queda de nuevo
frente a ella; entonces ella se da la vuelta tímidamente, pero él, más rápido y
activo, también se escabulle y parece azotarla con sus antenas; luego, por un
momento, se quedan frente a frente, juegan con sus antenas y parecen estar
completamente unidos».
ORDEN, DIPTERA (MOSCAS).
Los sexos difieren poco en color. La
mayor diferencia, conocida por el Sr. F. Walker, se encuentra en el género
Bibio, en el que los machos son negruzcos o completamente negros, y las hembras
de un oscuro color marrón anaranjado. El género Elaphomyia, descubierto por el
Sr. Wallace (18. 'The Malay Archipelago', vol. ii. 1869, p. 313) en Nueva
Guinea, es sumamente notable, ya que los machos están provistos de cuernos, de
los cuales las hembras carecen por completo. Los cuernos surgen de debajo de
los ojos y curiosamente se asemejan a los de un ciervo, ya sea ramificados o
palmeados. En una de las especies, igualan la longitud del cuerpo entero.
Podría pensarse que están adaptados para la lucha, pero como en otra especie
son de un hermoso color rosa, bordeado de negro, con una franja central pálida,
y como estos insectos tienen en conjunto una apariencia muy elegante, es quizás
más probable que sirvan como adornos. Es cierto que los machos de algunos
dípteros luchan entre sí; El profesor Westwood (19. «Modern Classification of
Insects», vol. ii. 1840, pág. 526) ha observado esto varias veces con las
tipulas. Los machos de otros dípteros aparentemente intentan conquistar a las
hembras mediante su canto: H. Müller (20. «Anwendung», etc., «Verh. dn V.
Jahrg.», xxix. pág. 80. Mayer, en «American Naturalist», 1874, pág. 236)
observó durante un rato a dos machos de una eristalis cortejando a una hembra;
revoloteaban sobre ella y volaban de un lado a otro, emitiendo simultáneamente
un agudo zumbido. Los jejenes y mosquitos (Culicidae) también parecen atraerse
entre sí mediante su canto; El profesor Mayer ha comprobado recientemente que
los pelos de las antenas del macho vibran al unísono con las notas de un
diapasón, dentro del rango de los sonidos emitidos por la hembra. Los pelos más
largos vibran en sintonía con las notas más graves, y los más cortos con las
más agudas. Landois también afirma haber atraído repetidamente una bandada de
mosquitos emitiendo una nota específica. Cabe añadir que las facultades
mentales de los dípteros son probablemente superiores a las de la mayoría de
los demás insectos, debido a su sistema nervioso altamente desarrollado. (21.
Véase la interesante obra del Sr. BT Lowne, «Sobre la anatomía de la mosca
azul, Musca vomitoria», 1870, pág. 14. Comenta (pág. 33) que «las moscas
capturadas emiten una nota lastimera peculiar, y que este sonido hace que otras
moscas desaparezcan»).
ORDEN HEMIPTERA (CHINCHETAS DE
CAMPO).
El Sr. J. W. Douglas, quien se ha
dedicado especialmente al estudio de las especies británicas, tuvo la
amabilidad de explicarme sus diferencias sexuales. Los machos de algunas
especies poseen alas, mientras que las hembras carecen de ellas; los sexos difieren
en la forma de sus cuerpos, élitros, antenas y tarsos; pero como se desconoce
el significado de estas diferencias, podemos pasarlas por alto. Las hembras son
generalmente más grandes y robustas que los machos. En las especies británicas
y, según el conocimiento del Sr. Douglas, en las exóticas, los sexos no suelen
diferir mucho en color; pero en unas seis especies británicas, el macho es
considerablemente más oscuro que la hembra, y en unas cuatro especies más, la
hembra es más oscura que el macho. Ambos sexos de algunas especies presentan
hermosos colores; y como estos insectos emiten un olor extremadamente
nauseabundo, sus llamativos colores podrían indicar que son desagradables para
los animales insectívoros. En algunos casos sus colores parecen ser directamente
protectores: así, el profesor Hoffmann me informa que apenas pudo distinguir
una pequeña especie rosada y verde de los brotes de los troncos de los tilos,
que frecuenta este insecto.
Algunas especies de Reduvidae emiten
un sonido estridulante; y, en el caso de Pirates stridulus, se dice (22.
Westwood, «Clasificación Moderna de Insectos», vol. ii, pág. 473) que esto se
produce mediante el movimiento del cuello dentro de la cavidad protorácica.
Según Westring, Reduvius personatus también estridula. Pero no tengo motivos
para suponer que se trate de una característica sexual, salvo que en los
insectos no sociales los órganos productores de sonido parecen no tener ninguna
utilidad, a menos que sea como llamada sexual.
ORDEN: HOMOPTERA.
Cualquiera que haya vagado por un
bosque tropical debe haberse asombrado por el estruendo de las cigarras macho.
Las hembras son mudas; como dice el poeta griego Xenarchus: «Felices las
cigarras, pues todas tienen esposas mudas». El ruido así producido se oía
claramente a bordo del «Beagle», anclado a un cuarto de milla de la costa de
Brasil; y el capitán Hancock afirma que se puede oír a una milla de distancia.
Los griegos antiguamente mantenían, y los chinos ahora mantienen, a estos
insectos en jaulas por su canto, así que debe ser agradable a los oídos de
algunos hombres. (23. Estos detalles se tomaron de la «Clasificación moderna de
insectos» de Westwood, vol. ii. 1840, pág. 422. Véase también, sobre los
fulgórides, Kirby y Spence, «Introducción», vol. ii. pág. 401). Las cicadidae
suelen cantar durante el día, mientras que los fulgórides parecen ser cantores
nocturnos. El sonido, según Landois (24. «Zeitschrift für wissenschaft.
Zoolog.», vol. xvii. 1867, ss. 152-158), se produce por la vibración de los labios
de los espiráculos, que se ponen en movimiento mediante una corriente de aire
emitida por las tráqueas; pero esta opinión ha sido recientemente cuestionada.
El Dr. Powell parece haber demostrado (25. «Transacciones del Instituto de
Nueva Zelanda», vol. v. 1873, pág. 286) que se produce por la vibración de una
membrana, activada por un músculo especial. En el insecto vivo, al estridular,
se puede ver vibrar esta membrana; y en el insecto muerto, el sonido propio se
oye si se tira del músculo, ligeramente seco y endurecido, con la punta de un
alfiler. En la hembra, todo el complejo aparato musical está presente, pero
está mucho menos desarrollado que en el macho y nunca se utiliza para producir
sonido.
Con respecto al objeto de la música,
el Dr. Hartman, al hablar de la Cicada septemdecim de Estados Unidos, dice (26.
Agradezco al Sr. Walsh el envío de este extracto de 'A Journal of the Doings of
Cicada septemdecim', del Dr. Hartman): «Los tambores se escuchan ahora (6 y 7
de junio de 1851) en todas direcciones. Creo que este es el llamado matrimonial
de los machos. De pie entre los espesos brotes de castaño casi tan altos como
mi cabeza, donde había cientos a mi alrededor, observé a las hembras acercarse a
los machos que tamborileaban». Añade: «Esta temporada (agosto de 1868), un
peral enano de mi jardín produjo unas cincuenta larvas de Cic. pruinosa; y
varias veces noté que las hembras se posaban cerca de un macho mientras este
emitía sus notas sonoras». Fritz Müller me escribe desde el sur de Brasil que
ha escuchado con frecuencia una competencia musical entre dos o tres machos de
una especie con una voz particularmente fuerte, sentados a una distancia
considerable el uno del otro: en cuanto uno terminaba su canto, otro comenzaba
inmediatamente, y luego otro. Dada la gran rivalidad entre los machos, es
probable que las hembras no solo los detecten por sus cantos, sino que, al
igual que las hembras, se sientan excitadas o atraídas por el macho con la voz más
atractiva.
No he oído hablar de ningún caso
claro de diferencias ornamentales entre los sexos de los homópteros. El Sr.
Douglas me informa que hay tres especies británicas en las que el macho es
negro o está marcado con bandas negras, mientras que las hembras son pálidas o
de color oscuro.
ORDEN ORTHOPTERA (GRILLOS Y
SALTAMONTES).
Los machos de las tres familias
saltatorias de este orden destacan por su capacidad musical: los Achetidae o
grillos, los Locustidae, para los cuales no existe un nombre equivalente en
inglés, y los Acridiidae o saltamontes. La estridulación que producen algunos
Locustidae es tan fuerte que puede oírse durante la noche a una milla de
distancia (27. L. Guilding, «Transactions of the Linnean Society», vol. XV,
pág. 154); y la de ciertas especies es musical incluso para el oído humano, por
lo que los indígenas del Amazonas los mantienen en jaulas de mimbre. Todos los
observadores coinciden en que los sonidos sirven para llamar o excitar a las
hembras mudas. Con respecto a las langostas migratorias de Rusia, Korte ha
presentado (28. Afirmo esto con la autoridad de Koppen, 'Über die Heuschrecken
in Südrussland', 1866, p. 32, pues he intentado en vano obtener el trabajo de
Korte) un caso interesante de selección por parte de la hembra de un macho. Los
machos de esta especie (Pachytylus migratorius), mientras están acoplados con
la hembra, estridulan por ira o celos si se les acercan otros machos. El grillo
doméstico, al ser sorprendido por la noche, usa su canto para advertir a sus
compañeros. (29. Gilbert White, 'Historia natural de Selborne', vol. ii. 1825,
pág. 262.) En Norteamérica, el saltamontes (Platyphyllum concavum, una de las
locustidae) se describe (30. Harris, 'Insectos de Nueva Inglaterra', 1842, pág.
128.) como trepando a las ramas superiores de un árbol, y al anochecer
comenzando "su ruidoso parloteo, mientras notas rivales salen de los
árboles vecinos, y las arboledas resuenan con el llamado de Katy-did-she-did la
larga noche". El Sr. Bates, al hablar del grillo de campo europeo (uno de
los aquétidos), dice "se ha observado que el macho se coloca al anochecer
a la entrada de su madriguera y estridula hasta que se acerca una hembra,
cuando las notas más fuertes son sucedidas por un tono más apagado, mientras el
exitoso músico acaricia con sus antenas a la pareja que ha ganado". (31.
«El naturalista sobre las amazonas», vol. i. 1863, pág. 252. El Sr. Bates
ofrece una interesante discusión sobre las gradaciones del aparato auditivo de
las tres familias. Véase también Westwood, «Clasificación moderna de los
insectos», vol. ii, págs. 445 y 453.) El Dr. Scudder logró incitar a uno de
estos insectos a responderle frotando una lima con una pluma. (32. «Actas de la
Sociedad de Historia Natural de Boston», vol. xi, abril de 1868.) Von Siebold
descubrió un notable aparato auditivo en ambos sexos, situado en las patas
delanteras. (33. «Nuevo Manuel de Anatomía» (traducción al francés), tomo 1,
1850, pág. 567.)
Fig. 11. Gryllus campestris (de
Landois). Figura derecha: parte inferior de la nervadura del ala, muy ampliada,
mostrando los dientes (d). Figura izquierda: superficie superior del opérculo
alar, con la nervadura lisa y saliente (d), a través de la cual se raspan los
dientes (d).
Fig.12. Dientes de Nervure de Gryllus
domesticus (de Landois).]
En las tres familias, los sonidos se
producen de forma diferente. En los machos de Achetidae, ambas cubiertas alares
poseen el mismo aparato; y en el grillo campestre (véase Gryllus campestris,
fig. 11), este consiste, como describe Landois (34. «Zeitschrift für
wissenschaft. Zoolog.» B. xvii. 1867, s. 117), en entre 131 y 138 crestas o
dientes transversales afilados (st) en la cara inferior de una de las
nervaduras de la cubierta alar. Esta nervadura dentada se raspa rápidamente
sobre una nervadura saliente, lisa y dura (r) en la superficie superior del ala
opuesta. Primero, se frota un ala sobre la otra y luego se invierte el
movimiento. Ambas alas se elevan ligeramente al mismo tiempo para aumentar la
resonancia. En algunas especies, las cubiertas alares de los machos están
provistas en la base de una placa similar al talco. (35. Westwood, 'Modern
Classification of Insects', vol. ip 440.) Aquí presento un dibujo (Fig. 12) de
los dientes en la cara inferior de la nervadura de otra especie de Gryllus, a saber,
G. domesticus. Con respecto a la formación de estos dientes, el Dr. Gruber ha
demostrado (36. 'Ueber der Tonapparat der Locustiden, ein Beitrag zum
Darwinismus', 'Zeitschrift für wissenschaft. Zoolog.' B. xxii. 1872, p. 100.)
que se han desarrollado mediante selección, a partir de las diminutas escamas y
pelos que cubren las alas y el cuerpo, y llegué a la misma conclusión con
respecto a los de los coleópteros. Pero el Dr. Gruber demuestra además que su
desarrollo se debe en parte directamente al estímulo de la fricción de un ala
sobre la otra.
[Fig. 13. Chlorocoelus Tanana (de
Bates). a, b. Lóbulos de las cubiertas alares opuestas.]
En los Locustidae, las cubiertas de
las alas opuestas difieren entre sí en su estructura (Fig. 13), y la acción no
puede, como en la última familia, invertirse. El ala izquierda, que actúa como
arco, reposa sobre el ala derecha, que sirve de violín. Una de las nervaduras
(a) en la superficie inferior de la primera es finamente dentada y se extiende
a través de las nervaduras prominentes en la superficie superior del ala
opuesta o derecha. En nuestra Phasgonura viridissima británica, me pareció que
la nervadura dentada se frota contra la esquina posterior redondeada del ala
opuesta, cuyo borde es engrosado, de color marrón y muy afilado. En el ala
derecha, pero no en la izquierda, hay una pequeña placa, tan transparente como
el talco, rodeada de nervaduras, y llamada espéculo. En Ephippiger vitium, un
miembro de esta misma familia, tenemos una curiosa modificación subordinada;
porque las cubiertas de las alas son muy reducidas en tamaño, pero “la parte
posterior del protórax está elevada en una especie de cúpula sobre las
cubiertas de las alas, y que probablemente tiene el efecto de aumentar el
sonido”. (37. Westwood 'Modern Classification of Insects', vol. ip 453.)
Así, vemos que el aparato musical
está más diferenciado o especializado en los Locustidae (que incluyen, creo, a
los intérpretes más potentes del orden) que en los Achetidae, en los que ambos
opérculos alares tienen la misma estructura y la misma función. (38. Landois,
'Zeitschrift für wissenschaft. Zoolog.' B. xvii. 1867, ss. 121, 122.) Landois,
sin embargo, detectó en uno de los Locustidae, concretamente en Decticus, una
hilera corta y estrecha de dientes pequeños, meros rudimentos, en la superficie
inferior del opérculo alar derecho, que se encuentra debajo del otro y nunca se
utiliza como arco. Observé la misma estructura rudimentaria en la parte
inferior del opérculo alar derecho en Phasgonura viridissima. Por lo tanto,
podemos inferir con seguridad que los Locustidae descienden de una forma en la
que, al igual que en los Achetidae actuales, ambas cubiertas alares presentaban
nervaduras dentadas en la superficie inferior y podían usarse indistintamente
como arco; pero que en los Locustidae las dos cubiertas alares se diferenciaron
y perfeccionaron gradualmente, según el principio de la división del trabajo,
una para actuar exclusivamente como arco y la otra como violín. El Dr. Gruber
opina lo mismo y ha demostrado que es común encontrar dientes rudimentarios en
la superficie inferior del ala derecha. Desconocemos cómo se originó el aparato
más simple en los Achetidae, pero es probable que las porciones basales de las
cubiertas alares se superpusieran originalmente como lo hacen actualmente; y
que la fricción de las nervaduras produjera un sonido chirriante, como ocurre
actualmente con las cubiertas alares de las hembras. (39. El Sr. Walsh también
me informa que ha notado que la hembra del Platyphyllum concavum, "cuando
es capturada, produce un débil ruido chirriante al juntar las cubiertas de sus
alas"). Un sonido chirriante producido ocasional y accidentalmente por los
machos, si les servía aunque fuera mínimamente como llamada de amor a las
hembras, podría haberse intensificado fácilmente mediante la selección sexual,
al haberse conservado continuamente variaciones en la rugosidad de las
nervaduras.
[Fig. 14. Pata trasera de
Stenobothrus pratorum: der., la cresta estridulante; figura inferior, los
dientes que forman la cresta, muy ampliados (de Landois).
Fig. 15. Pneumora (de ejemplares del
Museo Británico). Figura superior: macho; figura inferior: hembra.
En la última y tercera familia, los
Acrídidos o saltamontes, la estridulación se produce de forma muy diferente y,
según el Dr. Scudder, no es tan estridente como en las familias anteriores. La
superficie interna del fémur (Fig. 14, r) está provista de una hilera
longitudinal de diminutos, elegantes, lanceolados y elásticos, de 85 a 93 en
número (40. Landois, ibíd., s. 113); estos se raspan a través de las nervaduras
afiladas y salientes de las cubiertas alares, que así vibran y resuenan. Harris
(41. 'Insectos de Nueva Inglaterra', 1842, pág. 133) afirma que, cuando uno de
los machos empieza a tocar, primero «dobla la pata trasera por debajo del
muslo, donde se aloja en un surco diseñado para ello, y luego mueve la pata con
fuerza hacia arriba y hacia abajo. No toca ambos violines a la vez, sino
alternativamente, primero en uno y luego en el otro». En muchas especies, la
base del abdomen está ahuecada en una gran cavidad que se cree que actúa como
una caja de resonancia. En Pneumora (Fig. 15), un género sudafricano
perteneciente a la misma familia, encontramos una modificación nueva y notable;
en los machos, una pequeña cresta dentada se proyecta oblicuamente desde cada
lado del abdomen, contra la cual se frotan los fémures traseros. (42. Westwood,
'Modern Classification', vol. ip. 462.) Dado que el macho está provisto de alas
(la hembra carece de ellas), es notable que los muslos no se froten de la forma
habitual contra las cubiertas alares; pero esto quizás se explique por el
tamaño inusualmente pequeño de las patas traseras. No he podido examinar la
superficie interna de los muslos, que, por analogía, estaría finamente
aserrada. Las especies de Pneumora han sido modificadas más profundamente para
la estridulación que cualquier otro insecto ortóptero; pues en el macho todo el
cuerpo se ha convertido en un instrumento musical, distendido con aire, como
una gran vejiga translúcida, para aumentar la resonancia. El Sr. Trimen me
informa que en el Cabo de Buena Esperanza estos insectos producen un ruido
extraordinario durante la noche.
En las tres familias anteriores, las
hembras casi siempre carecen de un aparato musical eficiente. Sin embargo,
existen algunas excepciones a esta regla, ya que el Dr. Gruber ha demostrado
que ambos sexos de Ephippiger vitium poseen este aparato; aunque los órganos
difieren en cierta medida entre el macho y la hembra. Por lo tanto, no podemos
suponer que se hayan transferido del macho a la hembra, como parece haber
ocurrido con los caracteres sexuales secundarios de muchos otros animales.
Deben haberse desarrollado independientemente en ambos sexos, que sin duda se
llaman mutuamente durante la época de amor. En la mayoría de los demás
Locustidae (pero no según Landois en Decticus), las hembras presentan
rudimentos de los órganos estriduladores propios del macho, de quien es
probable que se hayan transferido. Landois también encontró dichos rudimentos
en la superficie inferior de las cubiertas alares de las hembras de Achetidae y
en los fémures de las hembras de Acridiidae. También en los homópteros las hembras
poseen el aparato musical propio en estado de ausencia de función, y en
adelante encontraremos en otras divisiones del reino animal muchos ejemplos de
estructuras propias del macho presentes en condición rudimentaria en la hembra.
Landois ha observado otro hecho
importante: en las hembras de los acridíidos, los dientes estriduladores de los
fémures permanecen durante toda la vida en el mismo estado en que aparecen por
primera vez durante la etapa larvaria en ambos sexos. En los machos, en cambio,
se desarrollan aún más y adquieren su estructura perfecta en la última muda,
cuando el insecto está maduro y listo para reproducirse.
A partir de los hechos presentados,
vemos que los medios por los cuales los machos de los ortópteros producen sus
sonidos son extremadamente diversos y completamente diferentes a los empleados
por los homópteros. (43. Landois ha encontrado recientemente en ciertos
ortópteros estructuras rudimentarias muy similares a los órganos productores de
sonido de los homópteros; y este es un hecho sorprendente. Véase 'Zeitschrift
für wissenschaft, Zoolog.' B. xxii. Heft 3, 1871, p. 348.) Pero en todo el
reino animal a menudo encontramos el mismo objetivo obtenido por los medios más
diversos; esto parece deberse a que toda la organización ha experimentado
múltiples cambios a lo largo de las épocas, y a que parte tras parte se
aprovecharon diversas variaciones para el mismo propósito general. La
diversidad de medios para producir sonido en las tres familias de ortópteros y
homópteros nos hace comprender la gran importancia de estas estructuras para
los machos, ya que les permiten llamar o atraer a las hembras. No debe sorprendernos
la cantidad de modificaciones que han experimentado los ortópteros en este
sentido, como sabemos ahora, gracias al notable descubrimiento del Dr. Scudder
(44. «Transactions, Entomological Society», 3.ª serie, vol. ii. («Journal of
Proceedings», p. 117).), de que ha transcurrido tiempo más que suficiente. Este
naturalista ha encontrado recientemente un insecto fósil en la formación
devónica de Nuevo Brunswick, provisto del conocido tímpano o aparato
estridulante del macho de Locustidae. El insecto, aunque en la mayoría de los
aspectos está relacionado con los neurópteros, parece, como suele ocurrir con
formas muy antiguas, conectar los dos órdenes relacionados de los neurópteros y
los ortópteros.
Tengo poco más que decir sobre los
ortópteros. Algunas especies son muy belicosas: cuando dos grillos de campo
machos (Gryllus campestris) se encuentran juntos, luchan hasta que uno mata al
otro; y se describe que las especies de mantis maniobran con sus extremidades
delanteras en forma de espada, como húsares con sus sables. Los chinos
mantienen a estos insectos en pequeñas jaulas de bambú y los aparean como
gallos de pelea. (45. Westwood, «Clasificación moderna de insectos», vol. ip.
427; para grillos, p. 445). En cuanto al color, algunas langostas exóticas
están bellamente ornamentadas; las alas posteriores están marcadas con rojo,
azul y negro; pero como en todo el orden los sexos rara vez difieren mucho en
color, no es probable que deban sus brillantes matices a la selección sexual.
Los colores llamativos pueden ser útiles para estos insectos, ya que indican
que son desagradables al paladar. Así, se ha observado (46. Sr. Ch. Horne, en
«Proceedings of the Entomological Society», 3 de mayo de 1869, pág. xii) que
una langosta india de colores brillantes era invariablemente rechazada al ser
ofrecida a aves y lagartijas. Sin embargo, se conocen algunos casos de
diferencias sexuales de color en este orden. El macho de un grillo americano
(47. El Oecanthus nivalis, Harris, «Insectos de Nueva Inglaterra», 1842, pág.
124. Los dos sexos del OE. pellucidus de Europa difieren, según Victor Carus,
de casi la misma manera.) se describe como blanco como el marfil, mientras que
la hembra varía de casi blanco a amarillo verdoso u oscuro. El Sr. Walsh me
informa que el macho adulto de Spectrum femoratum (una de las Phasmidae) “es de
un brillante color amarillo parduzco; la hembra adulta es de un marrón opaco,
apagado y cinéreo; las crías de ambos sexos son verdes”. Por último, cabe
mencionar que el macho de una curiosa especie de grillo (48. Platyblemnus:
Westwood, 'Modern Classification', vol. ip 447) está provisto de “un largo
apéndice membranoso que cubre la cara como un velo”; pero se desconoce su uso.
ORDEN, NEURÓPTEROS.
Poco es necesario decir aquí, salvo
en lo referente al color. En las Ephemeridae, los sexos a menudo difieren
ligeramente en sus oscuros tonos (49. BD Walsh, los 'Pseudo-neuroptera de
Illinois', en 'Proceedings of the Entomological Society of Philadelphia', 1862,
pág. 361); pero no es probable que los machos resulten así atractivos para las
hembras. Las Libellulidae, o libélulas, están ornamentadas con espléndidos
tonos metálicos verdes, azules, amarillos y bermellones; y los sexos a menudo
difieren. Así, como señala el profesor Westwood (50. 'Modern Classification',
vol. ii, pág. 37), los machos de algunas Agrionidae «son de un azul intenso con
alas negras, mientras que las hembras son de un verde fino con alas incoloras».
Pero en Agrion Ramburii, estos colores están exactamente invertidos en ambos
sexos. (51. Walsh, ibid. p. 381. Agradezco a este naturalista los siguientes
datos sobre Hetaerina, Anax y Gomphus.) En el extenso género norteamericano de
Hetaerina, solo los machos tienen una hermosa mancha carmín en la base de cada
ala. En Anax junius, la parte basal del abdomen en el macho es de un azul
ultramar intenso, y en la hembra, verde hierba. En el género afín Gomphus, por
otro lado, y en algunos otros géneros, los sexos difieren muy poco en color. En
formas estrechamente relacionadas en todo el reino animal, casos similares de
sexos que difieren mucho, muy poco o nada en absoluto, son de ocurrencia
frecuente. Aunque hay una diferencia tan amplia en el color entre los sexos de
muchos Libellulidae, a menudo es difícil decir cuál es el más brillante; y la
coloración ordinaria de los dos sexos está invertida, como acabamos de ver, en
una especie de Agrion. No es probable que sus colores se hayan adquirido como
protección. El Sr. MacLachlan, quien ha estudiado de cerca a esta familia, me
escribe que las libélulas —las tiranas del mundo de los insectos— son los
insectos menos propensos a ser atacados por aves u otros enemigos, y cree que
sus brillantes colores ejercen una atracción sexual. Al parecer, ciertas libélulas
se sienten atraídas por colores específicos: el Sr. Patterson observó (52.
«Transactions, Ent. Soc.», vol. i. 1836, p. lxxxi) que las Agriónidas, cuyos
machos son azules, se posaron en grandes cantidades sobre el flotador azul de
un sedal; mientras que otras dos especies se sintieron atraídas por los
brillantes colores blancos.
Es un hecho interesante, observado
por primera vez por Schelver, que en varios géneros pertenecientes a dos
subfamilias, los machos, al emerger por primera vez del estado de pupa,
presentan el mismo color que las hembras; pero sus cuerpos, al poco tiempo,
adquieren un llamativo tono azul lechoso debido a la exudación de un tipo de
aceite soluble en éter y alcohol. El Sr. MacLachlan cree que, en el macho de
Libellula depressa, este cambio de color no ocurre hasta casi dos semanas
después de la metamorfosis, cuando ambos sexos están listos para aparearse.
Ciertas especies de Neurothemis
presentan, según Brauer (53. Véase el resumen en el 'Zoological Record' de
1867, pág. 450), un curioso caso de dimorfismo: algunas hembras tienen alas
comunes, mientras que otras las tienen "muy ricamente reticuladas, como en
los machos de la misma especie". Brauer "explica el fenómeno
basándose en principios darwinianos suponiendo que la densa red de las venas es
un carácter sexual secundario en los machos, que se ha transferido abruptamente
a algunas hembras, en lugar de, como suele ocurrir, a todas". El Sr.
MacLachlan me informa de otro ejemplo de dimorfismo en varias especies de
Agrion, en el que algunos individuos son de color naranja, y estas son
invariablemente hembras. Probablemente se trate de un caso de reversión, pues
en las Libellulae verdaderas, cuando los sexos difieren en color, las hembras
son anaranjadas o amarillas; De modo que, suponiendo que Agrion desciende de
alguna forma primordial que se asemeja a la típica Libellulae en sus caracteres
sexuales, no sería sorprendente que una tendencia a variar de esta manera se
produjera sólo en las hembras.
Aunque muchas libélulas son insectos
grandes, poderosos y feroces, el Sr. MacLachlan no ha observado que los machos
peleen entre sí, excepto, según cree, en algunas especies más pequeñas de
Agrion. En otro grupo de este orden, las termitas u hormigas blancas, se puede
ver a ambos sexos corriendo durante la enjambrazón: «el macho tras la hembra, a
veces dos persiguiendo a una hembra, y compitiendo con gran entusiasmo por
quién ganará el premio». (54. Kirby y Spence, «Introducción a la Entomología»,
vol. ii. 1818, p. 35). Se dice que la Atropos pulsatorius emite un sonido con
sus mandíbulas, al que responden otros individuos. (55. Houzeau, «Les Facultés
Mentales», etc., tomo ip 104).
ORDEN, HIMENÓPTEROS.
Ese inimitable observador, M. Fabre
(56. Véase un interesante artículo, 'The Writings of Fabre', en 'Nat. Hist.
Review', abril de 1862, pág. 122), al describir los hábitos de Cerceris, un
insecto parecido a una avispa, comenta que «con frecuencia se producen peleas
entre los machos por la posesión de alguna hembra en particular, que se sienta
como una observadora aparentemente despreocupada de la lucha por la supremacía,
y cuando la victoria está decidida, vuela silenciosamente en compañía del
conquistador». Westwood (57. 'Journal of Proceedings of Entomological Society',
7 de septiembre de 1863, pág. 169) dice que los machos de una de las moscas
sierra (Tenthredinae) «se han encontrado peleando entre sí, con sus mandíbulas
trabadas». Como M. Fabre habla de los machos de Cerceris que luchan por obtener
una hembra en particular, conviene recordar que los insectos pertenecientes a
este orden tienen la capacidad de reconocerse entre sí tras largos intervalos
de tiempo y están profundamente unidos. Por ejemplo, Pierre Huber, cuya
precisión nadie duda, separó algunas hormigas y, al encontrarse, tras un
intervalo de cuatro meses, con otras que anteriormente pertenecían a la misma
comunidad, se reconocieron y se acariciaron con sus antenas. De no ser
conocidas, habrían luchado juntas. Asimismo, cuando dos comunidades se
enfrentan, las hormigas del mismo bando a veces se atacan entre sí en la
confusión general, pero pronto se dan cuenta de su error y una hormiga apacigua
a la otra. (58. P. Huber, «Recherches sur les Moeurs des Fourmis», 1810, págs.
150, 165).
En este orden, son comunes las
ligeras diferencias de color según el sexo, pero las diferencias notables son
raras, excepto en la familia de las abejas; sin embargo, ambos sexos de ciertos
grupos presentan colores tan brillantes (por ejemplo, en Chrysis, donde
predominan los verdes bermellón y metálicos) que nos vemos tentados a atribuir
el resultado a la selección sexual. En los icneumónidos, según el Sr. Walsh
(59. «Actas de la Sociedad Entomológica de Filadelfia», 1866, págs. 238, 239),
los machos son casi universalmente de color más claro que las hembras. Por otro
lado, en los tentredínidos los machos son generalmente más oscuros que las
hembras. En los sirícidos, los sexos difieren con frecuencia; así, el macho de
Sirex juvencus presenta bandas anaranjadas, mientras que la hembra es de color
púrpura oscuro; pero es difícil determinar qué sexo presenta mayor
ornamentación. En Tremex columbae, la hembra presenta colores mucho más
brillantes que el macho. El Sr. F. Smith me informa que las hormigas macho de
varias especies son negras y las hembras son testáceas.
En la familia de las abejas,
especialmente en las especies solitarias, según me ha dicho el mismo
entomólogo, los sexos suelen diferir en color. Los machos suelen ser más
brillantes, y tanto en Bombus como en Apathus, su color es mucho más variable
que el de las hembras. En Anthophora retusa, el macho es de un intenso marrón
leonado, mientras que la hembra es completamente negra. Lo mismo ocurre con las
hembras de varias especies de Xylocopa, siendo los machos de un amarillo
brillante. Por otro lado, las hembras de algunas especies, como Andraena fulva,
son mucho más brillantes que los machos. Estas diferencias de color
difícilmente se pueden explicar por la indefensión de los machos, que requieren
protección, mientras que las hembras están bien protegidas por sus aguijones.
H. Müller (60. 'Anwendung der Darwinschen Lehre auf Bienen', Verh. dn V. Jahrg.
xxix.), quien ha estudiado particularmente los hábitos de las abejas, atribuye
estas diferencias de color principalmente a la selección sexual. Es cierto que las
abejas tienen una percepción aguda del color. Dice que los machos buscan con
avidez y luchan por la posesión de las hembras; y explica por estas
competencias que las mandíbulas de los machos sean en ciertas especies más
grandes que las de las hembras. En algunos casos, los machos son mucho más
numerosos que las hembras, ya sea a principios de la temporada, o en todo
momento y lugar, o localmente; mientras que las hembras en otros casos son
aparentemente excesivas. En algunas especies, los machos más hermosos parecen
haber sido seleccionados por las hembras; y en otras, las hembras más hermosas
por los machos. En consecuencia, en ciertos géneros (Müller, p. 42), los machos
de las diversas especies difieren mucho en apariencia, mientras que las hembras
son casi indistinguibles; En otros géneros ocurre lo contrario. H. Müller cree
(p. 82) que los colores adquiridos por un sexo mediante selección sexual a
menudo se han transferido en grado variable al otro sexo, al igual que el
aparato recolector de polen de la hembra a menudo se ha transferido al macho,
para quien es absolutamente inútil. (61. M. Perrier en su artículo 'La
Selection sexuelle d'après Darwin' ('Revue Scientifique', feb. 1873, p. 868),
sin haber reflexionado mucho al parecer sobre el tema, objeta que, como se sabe
que los machos de las abejas sociales se producen a partir de óvulos no
fertilizados, no podrían transmitir nuevos caracteres a su descendencia
masculina. Esta es una objeción extraordinaria. Una abeja hembra fertilizada
por un macho, que presentara algún carácter que facilitara la unión de los
sexos o lo hiciera más atractivo para la hembra, pondría huevos que producirían
solo hembras; pero estas hembras jóvenes producirían machos al año siguiente;
¿y se pretenderá que dichos machos no heredarían los caracteres de sus abuelos
masculinos? Para tomar un caso con animales ordinarios lo más parecido posible
al paralelo: si una hembra de cualquier cuadrúpedo o ave blanca se cruzara con
un macho de una raza negra, y las crías macho y hembra se aparearan,¿Se
pretenderá que los nietos no heredarán la tendencia a la negritud de su abuelo
varón? La adquisición de nuevos caracteres por parte de las abejas obreras
estériles es un caso mucho más complejo, pero en mi «Origen de las Especies» he
intentado demostrar cómo estos seres estériles están sujetos al poder de la
selección natural.
La Mutilla Europaea emite un sonido
estridente; y según Goureau (62. Citado por Westwood, 'Modern Classification of
Insects', vol. ii, pág. 214), ambos sexos poseen esta capacidad. Él atribuye el
sonido a la fricción del tercer segmento abdominal y del anterior, y encuentro
que estas superficies están marcadas con crestas concéntricas muy finas; al
igual que el collar torácico saliente en el que se articula la cabeza, y este
collar, al rascarse con la punta de una aguja, emite el sonido apropiado. Resulta
bastante sorprendente que ambos sexos posean la capacidad de estridular, ya que
el macho es alado y la hembra áptima. Es notorio que las abejas expresan
ciertas emociones, como la ira, mediante el tono de su zumbido; y según H.
Müller (pág. 80), los machos de algunas especies emiten un peculiar sonido de
canto mientras persiguen a las hembras.
ORDEN COLEOPTERA (ESCARABAJOS).
Muchos escarabajos tienen colores que
se asemejan a las superficies que frecuentan habitualmente, y así escapan a la
detección de sus enemigos. Otras especies, como los escarabajos diamante, están
ornamentados con espléndidos colores, que a menudo se disponen en rayas,
manchas, cruces y otros elegantes patrones. Dichos colores difícilmente pueden
servir como protección directa, excepto en el caso de ciertas especies que se
alimentan de flores; pero pueden servir como advertencia o medio de
reconocimiento, siguiendo el mismo principio que la fosforescencia de la
luciérnaga. Dado que en los escarabajos los colores de ambos sexos son
generalmente iguales, no tenemos evidencia de que se hayan obtenido por
selección sexual; pero esto es al menos posible, ya que se han desarrollado en
un sexo y luego transferido al otro; y esta opinión es incluso hasta cierto
punto probable en aquellos grupos que poseen otros caracteres sexuales
secundarios bien marcados. Los escarabajos ciegos, que, por supuesto, no pueden
apreciar la belleza del otro, nunca, según me ha dicho el Sr. Waterhouse, hijo,
exhiben colores brillantes, aunque a menudo tienen pelajes pulidos. Pero la
explicación de su oscuridad puede ser que generalmente habitan cuevas y otros
lugares oscuros.
Algunos longicornios, especialmente
ciertos priónidos, constituyen una excepción a la regla de que los sexos de los
escarabajos no difieren en color. La mayoría de estos insectos son grandes y de
espléndidos colores. Los machos del género Pyrodes (63. Pyrodes pulcherrimus,
en el que los sexos difieren notablemente, han sido descritos por el Sr. Bates
en 'Transact. Ent. Soc.' 1869, pág. 50. Especificaré los pocos otros casos en
los que he oído hablar de una diferencia de color entre los sexos de los escarabajos.
Kirby y Spence ('Introducción a la entomología', vol. iii, pág. 301) mencionan
un Cantharis, Meloe, Rhagium y Leptura testacea; el macho de este último es
testáceo, con un tórax negro, y la hembra de un rojo apagado por todas partes.
Estos dos últimos escarabajos pertenecen a la familia de los Longicornios. Los
Sres. R. Trimen y Waterhouse, jun., me informan de dos Lamellicornios, a saber,
un Peritrichia y un Trichius, siendo el macho de este último de color más
oscuro que La hembra. En Tillus elongatus, el macho es negro, y la hembra
siempre, según se cree, de color azul oscuro, con el tórax rojo. El macho de
Orsodacna atra, según me ha dicho el Sr. Walsh, también es negro, mientras que
la hembra (la llamada O. ruficollis) tiene el tórax rojizo.), que vi en la
colección del Sr. Bates, son generalmente más rojas, pero algo más apagadas que
las hembras, estas últimas de un verde dorado más o menos espléndido. Por otro
lado, en una especie, el macho es verde dorado, mientras que la hembra presenta
una rica coloración roja y púrpura. En el género Esmeralda, los sexos difieren
tanto en color que se han clasificado como especies distintas; en una especie,
ambos son de un hermoso verde brillante, pero el macho tiene el tórax rojo. En
general, hasta donde pude juzgar, las hembras de aquellos Prionidae en los que
los sexos difieren tienen un color más intenso que los machos, y esto no
concuerda con la regla común respecto del color cuando se adquiere a través de
la selección sexual.
Fig. 16. Atlas de Chalcosoma. Figura
superior: macho (reducido); figura inferior: hembra (tamaño natural).
Figura 17. Copris isidis.
Figura 18. Fauno Phanaeus.
Figura 19. Dipelicus cantori.
Fig. 20. Onthophagus rangifer,
ampliado. (En las figuras 17 a 20, las figuras de la izquierda son machos).
Una distinción muy notable entre los
sexos de muchos escarabajos se presenta en los grandes cuernos que surgen de la
cabeza, el tórax y el clípeo de los machos; y en algunos casos, de la
superficie inferior del cuerpo. Estos cuernos, en la gran familia de los
Lamelicornios, se asemejan a los de varios cuadrúpedos, como ciervos,
rinocerontes, etc., y son admirables tanto por su tamaño como por sus diversas
formas. En lugar de describirlos, he presentado figuras de los machos y las
hembras de algunas de las formas más notables (Figs. 16 a 20). Las hembras
generalmente presentan rudimentos de los cuernos en forma de pequeñas
protuberancias o crestas; pero algunas carecen incluso del más mínimo
rudimento. Por otro lado, los cuernos están casi tan desarrollados en la hembra
como en el macho de Phanaeus lancifer; y solo un poco menos desarrollados en
las hembras de algunas otras especies de este género y de Copris. El Sr. Bates
me informa que los cuernos no difieren de ninguna manera que corresponda con
las diferencias características más importantes entre las distintas
subdivisiones de la familia: así, dentro de la misma sección del género
Onthophagus, hay especies que tienen un solo cuerno y otras que tienen dos.
En casi todos los casos, los cuernos
se distinguen por su excesiva variabilidad, de modo que se puede formar una
serie gradual, desde los machos más desarrollados hasta otros tan degenerados
que apenas se distinguen de las hembras. El Sr. Walsh (64. «Actas de la
Sociedad Entomológica de Filadelfia», 1864, pág. 228) descubrió que en Phanaeus
carnifex los cuernos eran tres veces más largos en algunos machos que en otros.
El Sr. Bates, tras examinar más de cien machos de Onthophagus rangifer (Fig.
20), creyó haber descubierto por fin una especie en la que los cuernos no
variaban; pero investigaciones posteriores demostraron lo contrario.
El extraordinario tamaño de los
cuernos y su estructura tan diferente en formas estrechamente afines indican
que se formaron con algún propósito; sin embargo, su excesiva variabilidad en
los machos de la misma especie lleva a la inferencia de que este propósito no
puede ser de naturaleza definida. Los cuernos no muestran marcas de fricción,
como si se usaran para cualquier trabajo ordinario. Algunos autores suponen
(65. Kirby y Spence, «Introducción a la Entomología», vol. iii, pág. 300) que,
dado que los machos deambulan mucho más que las hembras, necesitan cuernos para
defenderse de sus enemigos; pero como los cuernos suelen ser romos, no parecen
estar bien adaptados para la defensa. La conjetura más obvia es que los machos
los utilizan para luchar entre sí; pero nunca se ha observado a los machos
luchando; y el Sr. Bates, tras un cuidadoso examen de numerosas especies,
tampoco pudo encontrar evidencia suficiente, en su estado mutilado o roto, de
haber sido utilizados para tal fin. Si los machos hubieran sido luchadores
habituales, el tamaño de sus cuerpos probablemente habría aumentado mediante
selección sexual, hasta superar al de las hembras; pero el Sr. Bates, tras
comparar ambos sexos en más de cien especies de Copridae, no encontró ninguna
diferencia marcada a este respecto entre individuos bien desarrollados. Además,
en Lethrus, un escarabajo perteneciente a la misma gran división de los
Lamellicorns, se sabe que los machos luchan, pero no están provistos de
cuernos, aunque sus mandíbulas son mucho más grandes que las de las hembras.
La conclusión de que los cuernos se
adquirieron como adornos es la que mejor concuerda con el hecho de que se han
desarrollado de forma tan inmensa, aunque no fija, como lo demuestra su extrema
variabilidad en la misma especie y su gran diversidad en especies estrechamente
afines. Esta opinión parecerá a primera vista extremadamente improbable; pero
más adelante descubriremos que, en muchos animales de rango superior, como
peces, anfibios, reptiles y aves, se han desarrollado diversos tipos de
crestas, protuberancias, cuernos y crestas aparentemente con este único
propósito.
[Fig.21. Onitis furcifer, macho visto
desde abajo.
Fig. 22. Onitis furcifer. Figura
izquierda: macho, vista lateral. Figura derecha: hembra. a. Rudimento del
cuerno cefálico. b. Rastro del cuerno o cresta torácica.
Los machos de Onitis furcifer (Fig.
21), y de algunas otras especies del género, presentan proyecciones singulares
en sus fémures anteriores y una gran horquilla o par de cuernos en la
superficie inferior del tórax. A juzgar por otros insectos, estos pueden ayudar
al macho a adherirse a la hembra. Aunque los machos no presentan rastro alguno
de cuerno en la superficie superior del cuerpo, las hembras exhiben claramente
un rudimento de un solo cuerno en la cabeza (Fig. 22, a) y una cresta (b) en el
tórax. Es evidente que la ligera cresta torácica de la hembra es un rudimento
de una proyección propia del macho, aunque completamente ausente en el macho de
esta especie en particular: la hembra de Bubas bison (un género que pertenece a
Onitis) tiene una ligera cresta similar en el tórax, y el macho presenta una
gran proyección en la misma situación. Así pues, de nuevo, casi no puede haber
ninguna duda de que el pequeño punto (a) en la cabeza de la hembra de Onitis
furcifer, así como en la cabeza de las hembras de dos o tres especies afines,
es un representante rudimentario del cuerno cefálico, que es común a los machos
de tantos escarabajos Lamellicorn, como en Phanaeus (Fig. 18).
La antigua creencia de que los
rudimentos se crearon para completar el esquema de la naturaleza dista mucho de
ser válida en este caso, ya que nos encontramos ante una inversión completa del
estado ordinario de cosas en la familia. Podemos sospechar razonablemente que
los machos originalmente portaron cuernos y los transfirieron a las hembras en
estado rudimentario, como en tantos otros lamelicornios. Desconocemos por qué
los machos perdieron posteriormente sus cuernos; pero esto pudo deberse al
principio de compensación, debido al desarrollo de los grandes cuernos y las
proyecciones en la superficie inferior; y como estos se limitan a los machos,
los rudimentos de los cuernos superiores de las hembras no se habrían borrado
de esta manera.
Fig. 23. Bledius taurus, ampliado.
Figura izquierda: macho; figura derecha: hembra.
Los casos presentados hasta ahora se
refieren a los Lamelicornios, pero los machos de algunos otros escarabajos,
pertenecientes a dos grupos muy distintos, a saber, los Curculiónidos y los
Estafilínidos, presentan cuernos: los primeros en la superficie inferior del
cuerpo (66. Kirby y Spence, «Introducción a la Entomología», vol. iii, pág.
329), y los segundos en la superficie superior de la cabeza y el tórax. En los
Estafilínidos, los cuernos de los machos son extraordinariamente variables en
la misma especie, tal como hemos visto con los Lamelicornios. En Siagonium
tenemos un caso de dimorfismo, ya que los machos pueden dividirse en dos
grupos, que difieren enormemente en el tamaño de sus cuerpos y en el desarrollo
de sus cuernos, sin gradaciones intermedias. En una especie de Bledius (Fig.
23), también perteneciente a Staphylinidae, el profesor Westwood afirma que “se
pueden encontrar ejemplares macho en la misma localidad en los que el cuerno
central del tórax es muy grande, pero los cuernos de la cabeza bastante
rudimentarios; y otros, en los que el cuerno torácico es mucho más corto,
mientras que las protuberancias de la cabeza son largas”. (67. 'Modern
Classification of Insects', vol. ip 172: Siagonium, pág. 172. En el Museo
Británico noté un ejemplar macho de Siagonium en una condición intermedia, de
modo que el dimorfismo no es estricto). Aquí aparentemente tenemos un caso de
compensación, que arroja luz sobre lo que se acaba de dar, de la supuesta
pérdida de los cuernos superiores por parte de los machos de Onitis.
LEY DE BATALLA.
Algunos escarabajos macho, que
parecen poco aptos para la lucha, se enzarzan en conflictos por la posesión de
las hembras. El Sr. Wallace (68. 'El Archipiélago Malayo', vol. ii. 1869, pág.
276. Riley, Sexto 'Informe sobre Insectos de Misuri', 1874, pág. 115) observó a
dos machos de Leptorhynchus angustatus, un escarabajo lineal con un rostro muy
alargado, «luchando por una hembra, que estaba cerca, ocupada en su
perforación. Se empujaron con sus rostros, arañando y golpeando, aparentemente
enfurecidos». El macho, más pequeño, sin embargo, «pronto huyó, dándose por
vencido». En algunos casos, los escarabajos machos están bien adaptados para la
lucha, al poseer grandes mandíbulas dentadas, mucho más grandes que las de las
hembras. Este es el caso del ciervo volante común (Lucanus cervus), cuyos
machos emergen del estado de pupa aproximadamente una semana antes que el otro
sexo, por lo que a menudo se puede ver a varios persiguiendo a la misma hembra.
En esta época se involucran en feroces conflictos. Cuando el Sr. AH Davis (69.
'Entomological Magazine', vol. i. 1833, p. 82. Véase también sobre los
conflictos de esta especie, Kirby y Spence, ibíd., vol. iii., p. 314; y
Westwood, ibíd., vol. ip. 187.) encerró a dos machos con una hembra en una
caja, el macho más grande pellizcó severamente al más pequeño, hasta que este
renunció a sus pretensiones. Un amigo me cuenta que, de niño, solía juntar a
los machos para verlos pelear, y notó que eran mucho más audaces y feroces que
las hembras, al igual que ocurre con los animales superiores. Los machos le
agarrarían el dedo si lo sostenían frente a ellos, pero no así las hembras, a
pesar de tener mandíbulas más fuertes. Los machos de muchos lucánidos, así como
del ya mencionado leptorrinco, son insectos más grandes y poderosos que las
hembras. Los dos sexos de Lethrus cephalotes (uno de los lamelicornios) habitan
la misma madriguera; y el macho tiene mandíbulas más grandes que la hembra. Si,
durante la época reproductiva, un macho desconocido intenta entrar en la
madriguera, es atacado; la hembra no permanece pasiva, sino que cierra la boca
de la madriguera y anima a su compañero empujándolo continuamente por detrás; y
la batalla dura hasta que el agresor muere o huye. (70. Citado de Fischer, en
'Dict. Class. d'Hist. Nat.' tom. xp. 324.) Los dos sexos de otro escarabajo
Lamelicornio, el Ateuchus cicatricosus, viven en parejas y parecen estar muy
unidos; el macho incita a las hembras a rodar las bolas de estiércol donde se
depositan los huevos; y si la hembra es retirada, se pone muy nervioso. Si el
macho es retirado, la hembra cesa todo trabajo y, según cree M. Brulerie,
permanece en el mismo lugar hasta morir. (71. 'Ann. Soc. Entomolog. France',
1866, citado en 'Journal of Travel', de A. Murray, 1868, p. 135.)
Fig. 24. Chiasognathus Grantii,
reducido. Figura superior: macho; figura inferior: hembra.
Las grandes mandíbulas de los machos
de Lucanidae son extremadamente variables tanto en tamaño como en estructura, y
en este sentido se asemejan a los cuernos de la cabeza y el tórax de muchos
machos de Lamelicornio y Estafilínido. Se puede formar una serie perfecta desde
los machos mejor dotados hasta los peor dotados o degenerados. Aunque las
mandíbulas del ciervo volante común, y probablemente de muchas otras especies,
se utilizan como armas eficaces para la lucha, es dudoso que su gran tamaño
pueda explicarse por ello. Hemos visto que el Lucanus elaphus de Norteamérica
las utiliza para atrapar a la hembra. Al ser tan llamativas y elegantemente
ramificadas, y debido a su gran longitud, no son adecuadas para pellizcar, he
sospechado que también podrían servir como adorno, como los cuernos de la
cabeza y el tórax de las diversas especies descritas anteriormente. El macho de
Chiasognathus grantii del sur de Chile —un espléndido escarabajo perteneciente
a la misma familia— posee mandíbulas enormemente desarrolladas (Fig. 24); es
audaz y belicoso; cuando se siente amenazado, se gira, abre sus grandes
mandíbulas y, al mismo tiempo, emite un fuerte estridulado. Sin embargo, las
mandíbulas no eran lo suficientemente fuertes como para pincharme el dedo hasta
causarme dolor.
La selección sexual, que implica la
posesión de considerables facultades perceptivas y fuertes pasiones, parece
haber sido más efectiva con los Lamelicornios que con cualquier otra familia de
escarabajos. En algunas especies, los machos están provistos de armas para la
lucha; algunos viven en parejas y se muestran afecto mutuo; muchos tienen la
capacidad de estridar cuando se excitan; muchos están provistos de cuernos
extraordinarios, aparentemente con fines ornamentales; y algunos, de hábitos
diurnos, presentan colores suntuosos. Por último, varios de los escarabajos más
grandes del mundo pertenecen a esta familia, que Linneo y Fabricio colocaron
como cabeza del orden. (72. Westwood, «Clasificación Moderna», vol. ip. 184).
ÓRGANOS ESTRIDULANTES.
Los escarabajos pertenecientes a
familias muy distintas poseen estos órganos. El sonido así producido puede a
veces oírse a distancias de varios pies o incluso yardas (73. Wollaston, «Sobre
ciertos curculiónidos musicales», «Anales y revista de historia natural», vol.
vi. 1860, pág. 14), pero no es comparable al de los ortópteros. La escofina
generalmente consiste en una superficie estrecha y ligeramente elevada,
atravesada por nervaduras paralelas muy finas, a veces tan finas que producen
colores iridiscentes, y que presenta una apariencia muy elegante al
microscopio. En algunos casos, como en el caso del tifón, se pueden observar
diminutas prominencias erizadas o escamosas, que cubren toda la superficie
circundante con líneas aproximadamente paralelas, que pasan a las nervaduras de
la escofina. La transición se produce al volverse confluentes y rectas, y al
mismo tiempo más prominentes y lisas. Una cresta dura en una parte adyacente
del cuerpo sirve como raspador para la escofina, pero en algunos casos este
raspador ha sido modificado específicamente para este propósito. Se mueve
rápidamente sobre la escofina, o viceversa, la escofina sobre el raspador.
Fig. 25. Necróforo (de Landois). Der.
Las dos escofinas. Figura de la izquierda, parte de la escofina muy ampliada.
Estos órganos se sitúan en posiciones
muy diferentes. En los escarabajos carroñeros (Necrophorus), dos raspas
paralelas (r, Fig. 25) se encuentran en la superficie dorsal del quinto
segmento abdominal. Cada raspa (74. Landois, 'Zeitschrift für wissenschaft
Zoolog.' B. xvii. 1867, s. 127) consta de entre 126 y 140 costillas finas.
Estas costillas se raspan contra los márgenes posteriores de los élitros, una
pequeña porción de los cuales sobresale del contorno general. En muchos
Crioceridae, y en Clythra 4-punctata (uno de los Chrysomelidae), y en algunos
Tenebrionidae, etc. (75. Estoy muy agradecido al Sr. GR Crotch por haberme
enviado muchos especímenes preparados de varios escarabajos pertenecientes a
estas tres familias y a otras, así como por la valiosa información. Él cree que
el poder de estridulación en Clythra no se ha observado previamente. También
estoy muy agradecido al Sr. EW Janson, por la información y los especímenes.
Debo agregar que mi hijo, el Sr. F. Darwin, encuentra que Dermestes murinus estridula,
pero buscó en vano el aparato. Scolytus ha sido descrito recientemente por el
Dr. Chapman como un estridulador, en la 'Entomologist's Monthly Magazine', vol.
vi, p. 130.), la escofina se asienta en el ápice dorsal del abdomen, en el
pigidio o pro-pigidio, y se raspa de la misma manera con los élitros. En
Heterocerus, que pertenece a otra familia, las raspas se ubican a los lados del
primer segmento abdominal y se raspan con las crestas de los fémures. (76.
Schiodte, traducido, en 'Annals and Magazine of Natural History', vol. xx.
1867, pág. 37.) En ciertos Curculionidae y Carabidae (77. Westring ha descrito
(Kroyer, 'Naturhist. Tidskrift', B. ii. 1848-49, pág. 334) los órganos
estriduladores en estas dos, así como en otras familias. En Carabidae he
examinado Elaphrus uliginosus y Blethisa multipunctata, que me envió el Sr.
Crotch. En Blethisa, las crestas transversales en el borde surcado del segmento
abdominal no entran, hasta donde pude juzgar, en juego al raspar las escofinas
en los élitros.), las partes están completamente invertidas en posición, ya que
las escofinas se asientan en la superficie inferior de los élitros, cerca de
sus ápices, o a lo largo de sus márgenes externos, y los bordes de los
abdominales Los segmentos sirven como raspadores. En Pelobius Hermanni (uno de
los Dytiscidae o escarabajos acuáticos), una cresta pronunciada corre paralela
y cerca del margen sutural de los élitros, y está atravesada por costillas,
gruesas en la parte media, que se van afinando gradualmente en ambos extremos,
especialmente en el superior. Cuando este insecto se mantiene bajo el agua o en
el aire, se produce un ruido estridente al raspar el borde córneo del abdomen
contra las escofinas. En un gran número de escarabajos de cuernos largos
(Longicornia), los órganos se ubican de forma bastante diferente, ya que la
escofina se encuentra en el mesotórax, que se frota contra el protórax; Landois
contabilizó 238 costillas muy finas en la escofina de Cerambyx heros.
[Figura 26. Pata trasera de Geotrupes
stercorarius (de Landois). r. Raspar. do. Coxa. F. Fémur. t. Tibia. tr.
Tarsos.]
Muchos Lamellicorns tienen la
capacidad de estridular, y la posición de sus órganos difiere
considerablemente. Algunas especies estridulan muy ruidosamente, de modo que
cuando el Sr. F. Smith atrapó un Trox sabulosus, un guardabosques que se
encontraba allí creyó haber atrapado un ratón; pero no logré descubrir los
órganos adecuados en este escarabajo. En Geotrupes y Typhoeus, una cresta
estrecha corre oblicuamente a través (r, Fig. 26) de la coxa de cada pata
trasera (que tiene en G. stercorarius 84 costillas), que es raspada por una
parte especialmente saliente de uno de los segmentos abdominales. En el casi
emparentado Copris lunaris, una escofina fina excesivamente estrecha corre a lo
largo del margen sutural de los élitros, con otra escofina corta cerca del
margen basal externo; Pero en otros Coprinos, la escofina se asienta, según
Leconte (78. Agradezco al Sr. Walsh, de Illinois, el envío de extractos de la
«Introducción a la Entomología» de Leconte, págs. 101, 143), en la superficie
dorsal del abdomen. En Oryctes, se asienta en el propigidio; y, según el mismo
entomólogo, en otros Dynastini, en la superficie inferior de los élitros. Por
último, Westring afirma que en Omaloplia brunnea la escofina se sitúa en el
proesternón y el raspador en el metaesternón, ocupando así la superficie
inferior del cuerpo, en lugar de la superficie superior, como en los
Longicornios.
Así, vemos que en las diferentes
familias de coleópteros los órganos estriduladores presentan una notable
diversidad en su posición, pero no en su estructura. Dentro de una misma
familia, algunas especies poseen estos órganos, mientras que otras carecen de
ellos. Esta diversidad es comprensible si suponemos que originalmente varios
escarabajos producían un ruido de arrastre o silbante al frotar las partes
duras y ásperas de sus cuerpos que estaban en contacto; y que, al ser útil de
alguna manera el ruido así producido, las superficies ásperas se transformaron
gradualmente en órganos estriduladores regulares. Algunos escarabajos, al
moverse, ahora producen, intencional o involuntariamente, un ruido de arrastre,
sin poseer órganos adecuados para tal fin. El Sr. Wallace me informa que el
Euchirus longimanus (un Lamellicorn, con las patas anteriores maravillosamente
alargadas en el macho) «emite, al moverse, un silbido bajo mediante la
protrusión y contracción del abdomen; y al ser atrapado, produce un chirrido al
frotar sus patas traseras contra los bordes de los élitros». El silbido se debe
claramente a una estrecha raspa que recorre el margen sutural de cada élitro; y
yo también pude producir el chirrido frotando la superficie áspera del fémur
contra el margen granulado del élitro correspondiente; pero no pude detectar
ninguna raspadura adecuada; ni es probable que la hubiera pasado por alto en un
insecto tan grande. Tras examinar el Cychrus y leer lo que Westring ha escrito
sobre este escarabajo, parece muy dudoso que posea una raspadura auténtica,
aunque tiene la capacidad de emitir un sonido.
Por la analogía de los ortópteros y
homópteros, esperaba encontrar que los órganos estriduladores de los
coleópteros difirieran según el sexo; pero Landois, quien ha examinado
cuidadosamente varias especies, no observó tal diferencia; ni Westring, ni el Sr.
GR Crotch al preparar los numerosos especímenes que tuvo la amabilidad de
enviarme. Cualquier diferencia en estos órganos, aunque leve, sería, sin
embargo, difícil de detectar, debido a su gran variabilidad. Así, en el primer
par de especímenes de Necrophorus humator y de Pelobius que examiné, la
escofina era considerablemente mayor en el macho que en la hembra; pero no así
en los especímenes posteriores. En Geotrupes stercorarius, la escofina me
pareció más gruesa, opaca y prominente en tres machos que en el mismo número de
hembras; Para descubrir si los sexos diferían en su capacidad de estridular, mi
hijo, el Sr. F. Darwin, recolectó cincuenta y siete especímenes vivos, que
separó en dos grupos, según emitieran mayor o menor ruido al sostenerlos de la
misma manera. Luego examinó todos estos especímenes y descubrió que los machos
y las hembras se encontraban en una proporción casi igual en ambos grupos. El
Sr. F. Smith ha conservado numerosos especímenes de Monoynchus pseudacori
(Curculionidae) y está convencido de que ambos sexos estridulan, aparentemente
en igual medida.
Sin embargo, la capacidad de
estridular es ciertamente una característica sexual en algunos coleópteros. El
Sr. Crotch descubrió que solo los machos de dos especies de Heliopathes
(Tenebrionidae) poseen órganos estridulares. Examiné cinco machos de H. gibbus,
y en todos ellos había una escofina bien desarrollada, parcialmente dividida en
dos, en la superficie dorsal del segmento abdominal terminal; mientras que en
el mismo número de hembras no había ni siquiera un rudimento de la escofina, la
membrana de este segmento es transparente y mucho más delgada que en el macho.
En H. cribratostriatus el macho tiene una escofina similar, excepto que no está
parcialmente dividida en dos porciones, y la hembra está completamente
desprovista de este órgano; el macho además tiene en los márgenes apicales de
los élitros, a cada lado de la sutura, tres o cuatro crestas longitudinales
cortas, que están cruzadas por costillas extremadamente finas, paralelas y
parecidas a las de la escofina abdominal; No pude decidir si estas crestas
sirven como una escofina independiente o como un raspador para la escofina
abdominal: la hembra no muestra ningún rastro.
de esta última estructura.
De nuevo, en tres especies del género
Lamellicorn, Oryctes, tenemos un caso casi paralelo. En las hembras de O.
gryphus y nasicornis, las costillas de la raspa del propigidio son menos
continuas y menos definidas que en los machos; pero la principal diferencia
radica en que toda la superficie superior de este segmento, al observarse con
la luz adecuada, se observa revestida de pelos, que en los machos están
ausentes o están representados por un plumón excesivamente fino. Cabe destacar
que en todos los coleópteros la parte activa de la raspa carece de pelos. En O.
senegalensis, la diferencia entre los sexos es más marcada, y esto se aprecia
mejor al limpiar el segmento abdominal propiamente dicho y observarlo como un
objeto transparente. En la hembra, toda la superficie está cubierta de pequeñas
crestas separadas, con espinas; mientras que en el macho, estas crestas, al
avanzar hacia el ápice, se vuelven cada vez más confluentes, regulares y
desnudas. De modo que tres cuartas partes del segmento están cubiertas de
costillas paralelas extremadamente finas, completamente ausentes en la hembra.
Sin embargo, en las hembras de las tres especies de Oryctes, se produce un
ligero chirrido o estridulación al empujar el abdomen de un ejemplar
reblandecido hacia adelante y hacia atrás.
En el caso de los Heliopathes y los
Oryctes, es difícil dudar de que los machos estridulcen para llamar o excitar a
las hembras; pero en la mayoría de los escarabajos, la estridulación
aparentemente sirve a ambos sexos como llamada mutua. Los escarabajos
estridulcen bajo diversas emociones, de la misma manera que las aves usan su
voz para muchos propósitos además de cantar a sus parejas. El gran
Chiasognathus estridula en señal de ira o desafío; muchas especies hacen lo
mismo por angustia o miedo, si se les sujeta de forma que no puedan escapar;
golpeando los troncos huecos de los árboles en las Islas Canarias, los Sres.
Wollaston y Crotch pudieron descubrir la presencia de escarabajos
pertenecientes al género Acalles por su estridulación. Por último, el macho de
Ateuchus estridula para animar a la hembra en su trabajo y por angustia cuando
esta es retirada. (79. MP de la Brulerie, citado en 'Journal of Travel', A.
Murray, vol. i. 1868, p. 135.) Algunos naturalistas creen que los escarabajos
emiten este ruido para ahuyentar a sus enemigos; pero no creo que un cuadrúpedo
o un ave, capaz de devorar un escarabajo grande, se asuste ante un sonido tan
leve. La creencia de que la estridulación funciona como una llamada sexual se
sustenta en el hecho de que las garrapatas de la muerte (Anobium tessellatum)
son bien conocidas por responder al tictac de las demás y, como he observado
personalmente, a un golpeteo artificial. El Sr. Doubleday también me informa
que a veces ha observado a una hembra haciendo tictac (80. Según el Sr.
Doubleday, "el ruido es producido por el insecto elevándose sobre sus
patas lo más alto que puede, y luego golpeando su tórax cinco o seis veces, en
rápida sucesión, contra la sustancia sobre la que está sentado". Para
referencias sobre este tema, véase Landois, 'Zeitschrift für wissen. Zoolog.'
B. xvii. s. 131. Olivier dice (citado por Kirby y Spence, 'Introducción a la
entomología', vol. ii. pág. 395) que la hembra de Pimelia striata produce un
sonido bastante fuerte al golpear su abdomen contra cualquier sustancia dura,
"y que el macho, obediente a este llamado, pronto la atiende, y se
aparean").), y en una o dos horas después la ha encontrado unida a un
macho, y en una ocasión rodeada de varios machos. Finalmente, es probable que los
dos sexos de muchas clases de escarabajos pudieran al principio encontrarse
entre sí por el ligero ruido producido por el roce de las partes duras
adyacentes de sus cuerpos; y que como los machos o las hembras que hacían el
mayor ruido eran los que mejor lograban encontrar pareja, las rugosidades en
varias partes de sus cuerpos se desarrollaron gradualmente, por medio de la
selección sexual, hasta convertirse en verdaderos órganos estriduladores.
CAPÍTULO XI.
INSECTOS (continuación). ORDEN LEPIDOPTERA (MARIPOSAS Y POLILLAS).
Cortejo de las
mariposas—Batallas—Ruido de tictac—Colores comunes a ambas
sexos, o más brillantes en los
machos—Ejemplos—No debido a la acción directa de las condiciones de
vida—Colores adaptados para la protección—Colores de las
polillas—Exhibición—Poderes perceptivos de los lepidópteros—Variabilidad—Causas
de la diferencia de color entre machos y hembras—Mimetismo, mariposas hembras
de colores más brillantes que los machos—Colores brillantes de las
orugas—Resumen y observaciones finales sobre los caracteres sexuales
secundarios de los insectos—Aves e insectos comparados.
En este gran orden, los puntos más
interesantes para nosotros son las diferencias de color entre los sexos de la
misma especie y entre las distintas especies del mismo género. Casi todo el
siguiente capítulo se dedicará a este tema; pero primero haré algunas
observaciones sobre uno o dos puntos más. A menudo se puede ver a varios machos
persiguiendo y apiñándose alrededor de la misma hembra. Su cortejo parece ser
prolongado, pues con frecuencia he visto a uno o más machos haciendo piruetas
alrededor de una hembra hasta el cansancio, sin ver el final del cortejo. El
Sr. AG Butler también me informa que ha visto varias veces a un macho
cortejando a una hembra durante un cuarto de hora; pero ella lo rechazó
obstinadamente, y finalmente se posó en el suelo y cerró las alas para escapar
de sus insinuaciones.
Aunque las mariposas son criaturas
débiles y frágiles, son belicosas, y una mariposa emperador (1. Apatura Iris:
'The Entomologist's Weekly Intelligence', 1859, pág. 139. Para las mariposas de
Borneo, véase C. Collingwood, 'Rambles of a Naturalist', 1868, pág. 183) fue
capturada con las puntas de las alas rotas tras un conflicto con otro macho. El
Sr. Collingwood, al hablar de las frecuentes batallas entre las mariposas de
Borneo, dice: «Se arremolinan unas sobre otras con la mayor rapidez y parecen
estar incitadas por la mayor ferocidad».
La Ageronia feronia produce un ruido
similar al de una rueda dentada al pasar por debajo de un cierre de resorte,
que se puede oír a varios metros de distancia. Observé este sonido en Río de
Janeiro solo cuando dos de estas mariposas se perseguían en una trayectoria
irregular, por lo que probablemente se produce durante el cortejo. (2. Véase mi
«Journal of Researches», 1845, pág. 33. El Sr. Doubleday ha detectado («Proc.
Ent. Soc.», 3 de marzo de 1845, pág. 123) un peculiar saco membranoso en la
base de las alas delanteras, probablemente relacionado con la producción del
sonido. Para el caso de Thecophora, véase «Zoological Record», 1869, pág. 401.
Para las observaciones del Sr. Buchanan White, el Scottish Naturalist, julio de
1872, pág. 214.)
Algunas polillas también producen
sonidos; por ejemplo, los machos de Theocophora fovea. En dos ocasiones, el Sr.
F. Buchanan White (3. 'The Scottish Naturalist', julio de 1872, pág. 213) oyó
un ruido agudo y rápido emitido por el macho de Hylophila prasinana, que cree
que se produce, como en la cigarra, por una membrana elástica provista de un
músculo. Cita también a Guenee, quien afirma que Setina produce un sonido
similar al tictac de un reloj, aparentemente con la ayuda de «dos grandes
vesículas timpánicas, situadas en la región pectoral»; y estas «están mucho más
desarrolladas en el macho que en la hembra». Por lo tanto, los órganos
productores de sonido en los lepidópteros parecen estar relacionados con las
funciones sexuales. No he mencionado el conocido ruido de la esfinge de la
calavera, ya que generalmente se oye poco después de que la polilla emerge de
su capullo.
Giard siempre ha observado que el
olor almizclado que emiten dos especies de polillas esfinge es peculiar de los
machos (4. 'Zoological Record', 1869, pág. 347); y en las clases superiores
encontraremos muchos casos en los que sólo los machos son odoríferos.
Todos deben haber admirado la extrema
belleza de muchas mariposas y algunas polillas; y cabe preguntarse: ¿son sus
colores y patrones diversos el resultado de la acción directa de las
condiciones físicas a las que estos insectos han estado expuestos, sin que esto
les haya aportado ningún beneficio? ¿O se han acumulado y determinado
variaciones sucesivas como protección, con algún propósito desconocido, o para
que un sexo resulte atractivo al otro? Y, además, ¿qué significa que los
colores sean tan diferentes en los machos y las hembras de ciertas especies, y
similares en los dos sexos de otras especies del mismo género? Antes de
intentar responder a estas preguntas, es necesario presentar una serie de
hechos.
En nuestras hermosas mariposas
inglesas, la almirante, la pavo real y la dama pintada (Vanessae), así como en
muchas otras, los sexos son idénticos. Esto también ocurre con las magníficas
helicónidas y la mayoría de las danáidas en los trópicos. Pero en otros grupos
tropicales, y en algunas de nuestras mariposas inglesas, como la emperador
púrpura, la arborícola, etc. (Apatura iris y Anthocharis cardamines), los sexos
difieren mucho o poco en color. Ningún idioma es suficiente para describir el
esplendor de los machos de algunas especies tropicales. Incluso dentro del
mismo género, a menudo encontramos especies que presentan diferencias
extraordinarias entre los sexos, mientras que otras tienen sexos muy similares.
Así, en el género sudamericano Epicalia, el Sr. Bates, a quien debo la mayoría
de los siguientes datos y la revisión de toda esta discusión, me informa que
conoce doce especies, cuyos dos sexos frecuentan las mismas estaciones (y esto
no siempre ocurre con las mariposas), y que, por lo tanto, no pueden haber sido
afectadas de manera diferente por las condiciones externas. (5. Véase también
el artículo del Sr. Bates en 'Proc. Ent. Soc. of Philadelphia', 1865, pág. 206.
También el Sr. Wallace sobre el mismo tema, en relación con Diadema, en
'Transactions, Entomological Society of London', 1869, pág. 278.) En nueve de
estas doce especies, los machos se encuentran entre los más brillantes de todas
las mariposas y difieren tanto de las hembras, comparativamente sencillas, que
anteriormente se clasificaban en géneros distintos. Las hembras de estas nueve
especies se parecen entre sí en su tipo general de coloración; Asimismo, se
asemejan a ambos sexos de la especie en varios géneros afines que se encuentran
en diversas partes del mundo. Por lo tanto, podemos inferir que estas nueve
especies, y probablemente todas las demás del género, descienden de una forma
ancestral con colores casi idénticos. En la décima especie, la hembra conserva
la misma coloración general, pero el macho se le asemeja, de modo que su color
es mucho menos llamativo y contrastado que el de los machos de la especie
anterior. En la undécima y duodécima especie, las hembras se apartan del tipo
habitual, pues presentan una decoración alegre, casi igual que la de los
machos, aunque en menor medida. Por lo tanto, en estas dos últimas especies,
los colores brillantes de los machos parecen haberse transferido a las hembras;
mientras que en la décima especie, el macho ha conservado o recuperado los
colores lisos de la hembra, así como de la forma progenitora del género. Los
sexos en estos tres casos se han vuelto así casi iguales, aunque de manera
opuesta. En el género emparentado Eubagis, ambos sexos de algunas especies
presentan colores lisos y son casi iguales; mientras que en la mayoría de los
casos, los machos presentan hermosos tonos metálicos de forma diversa y
difieren considerablemente de las hembras. Las hembras de todo el género
conservan el mismo estilo general de coloración, por lo que se parecen mucho
más entre sí que a sus propios machos.
En el género Papilio, todas las
especies del grupo Aeneas destacan por sus colores llamativos y fuertemente
contrastados, e ilustran la frecuente tendencia a la gradación en la diferencia
entre los sexos. En algunas especies, por ejemplo, en P. ascanius, los machos y
las hembras son iguales; en otras, los machos son un poco más brillantes o
mucho más espléndidos que las hembras. El género Junonia, emparentado con
nuestras Vanessae, ofrece un caso casi paralelo, pues si bien los sexos de la
mayoría de las especies se parecen y carecen de colores vivos, en ciertas
especies, como en J. oenone, el macho es bastante más brillante que la hembra,
y en algunas (por ejemplo, en J. andremiaja) el macho es tan diferente de la
hembra que podría confundirse con una especie completamente distinta.
El Sr. A. Butler me señaló otro caso
sorprendente en el Museo Británico: una de las teclas tropicales americanas, en
la que ambos sexos son casi iguales y de una belleza maravillosa. En otra
especie, el macho presenta un colorido igualmente vistoso, mientras que la
hembra presenta un color marrón uniforme y opaco. Nuestras pequeñas mariposas
azules inglesas, comunes del género Lycaena, ilustran las diversas diferencias
de color entre los sexos casi tan bien, aunque no de forma tan llamativa, como
los géneros exóticos mencionados. En Lycaena agestis, ambos sexos tienen alas
marrones, bordeadas de pequeñas manchas naranjas oceladas, por lo que son
iguales. En L. oegon, las alas de los machos son de un azul intenso, bordeadas
de negro, mientras que las de la hembra son marrones, con un borde similar, muy
parecidas a las alas de L. agestis. Por último, en L. arion ambos sexos son de
color azul y son muy similares, aunque en la hembra los bordes de las alas son
más bien más oscuros, con las manchas negras más claras; y en una especie india
de color azul brillante ambos sexos son aún más similares.
He dado los detalles anteriores para
mostrar, en primer lugar, que cuando los sexos de las mariposas difieren, el
macho, por regla general, es el más bello y se aleja más del tipo de coloración
habitual del grupo al que pertenece la especie. Por lo tanto, en la mayoría de
los grupos, las hembras de las distintas especies se parecen mucho más que los
machos. Sin embargo, en algunos casos, a los que me referiré más adelante, las
hembras tienen colores más espléndidos que los machos. En segundo lugar, estos
detalles se han dado para aclarar que, dentro de un mismo género, los dos sexos
presentan con frecuencia toda clase de gradaciones, desde la ausencia de
diferencia de color hasta una diferencia tan grande que pasó mucho tiempo antes
de que los entomólogos los clasificaran en el mismo género. En tercer lugar,
hemos visto que cuando los sexos se parecen mucho, esto parece deberse a que el
macho ha transferido sus colores a la hembra, o a que este ha conservado, o
quizás recuperado, los colores originales del grupo. También cabe destacar que,
en los grupos con sexos diferentes, las hembras suelen parecerse bastante a los
machos, de modo que, cuando los machos son extraordinariamente bellos, las
hembras casi invariablemente exhiben cierto grado de belleza. A partir de los
numerosos casos de gradación en la diferencia entre los sexos y de la
prevalencia del mismo tipo general de coloración en todo el grupo, podemos
concluir que las causas que han determinado la brillante coloración de los
machos solo en algunas especies y de ambos sexos en otras han sido, en general,
las mismas.
Dado que tantas mariposas hermosas
habitan los trópicos, a menudo se ha supuesto que deben sus colores al intenso
calor y la humedad de estas zonas; pero el Sr. Bates (6. «El naturalista del
Amazonas», vol. i. 1863, pág. 19) ha demostrado, mediante la comparación de
varios grupos de insectos estrechamente relacionados de las regiones templadas
y tropicales, que esta opinión no puede sostenerse; y la evidencia se vuelve
concluyente cuando machos de colores brillantes y hembras de colores lisos de
la misma especie habitan la misma región, se alimentan del mismo alimento y
siguen exactamente los mismos hábitos de vida. Incluso cuando los sexos se
parecen, difícilmente podemos creer que sus colores brillantes y bellamente
dispuestos sean el resultado sin propósito de la naturaleza de los tejidos y de
la acción de las condiciones ambientales.
En animales de todo tipo, siempre que
se ha modificado el color con algún propósito especial, esto ha sido, según
nuestro criterio, para protección directa o indirecta, o como atracción entre
los sexos. En muchas especies de mariposas, la parte superior de las alas es
oscura; y esto, con toda probabilidad, las hace inaccesibles. Pero las
mariposas serían especialmente propensas a ser atacadas por sus enemigos cuando
están en reposo; y la mayoría de las especies, mientras descansan, levantan las
alas verticalmente sobre el dorso, de modo que solo la parte inferior queda
expuesta a la vista. Por lo tanto, es este lado el que a menudo se colorea para
imitar los objetos sobre los que estos insectos suelen posarse. Creo que el Dr.
Rossler fue el primero en notar la similitud de las alas cerradas de ciertas
vanessas y otras mariposas con la corteza de los árboles. Se podrían citar
muchos hechos análogos y sorprendentes. El más interesante es el registrado por
el Sr. Wallace (7. Véase el interesante artículo en la 'Westminster Review',
julio de 1867, pág. 10. El Sr. Wallace ofrece una xilografía de la Kallima en
'Hardwicke's Science Gossip', septiembre de 1867, pág. 196). De una mariposa
común de la India y Sumatra (Kallima), la cual desaparece como por arte de magia
al posarse en un arbusto, pues esconde la cabeza y las antenas entre sus alas
cerradas, que, en forma, color y nervadura, son indistinguibles de una hoja
marchita con su pedúnculo. En otros casos, la parte inferior de las alas
presenta colores brillantes y, sin embargo, es protectora; así, en Thecla rubi,
las alas, cuando están cerradas, son de un verde esmeralda y se asemejan a las
hojas jóvenes de la zarza, sobre las que a menudo se puede ver posada en
primavera. También es notable que en muchas especies en las que los sexos
difieren mucho en el color de su superficie superior, la superficie inferior es
muy similar o idéntica en ambos sexos y sirve de protección. (8. Sr. G. Fraser,
en 'Nature', abril de 1871, pág. 489.)
Aunque los oscuros matices tanto del
dorso como del envés de muchas mariposas sin duda sirven para ocultarlas, no
podemos extender esta visión a los brillantes y llamativos colores del dorso de
especies como nuestras vanessas almirante y pavo real, nuestras mariposas de la
col blanca (Pieris) o la gran Papilio cola de golondrina que frecuenta los
pantanos abiertos, ya que estas mariposas se hacen visibles a todo ser vivo. En
estas especies, ambos sexos son iguales; pero en la mariposa azufrada común (Gonepteryx
rhamni), el macho es de un amarillo intenso, mientras que la hembra es mucho
más pálida; y en la mariposa de puntas anaranjadas (Anthocharis cardamines),
solo los machos tienen las alas con las puntas de un naranja brillante. En
estos casos, tanto los machos como las hembras son llamativos, y no es creíble
que su diferencia de color tenga relación alguna con la protección ordinaria.
El profesor Weismann señala (9. «Einfluss der Isolirung auf die Artbildung»,
1872, pág. 58) que la hembra de una de las Lycaenae extiende sus alas marrones
al posarse en el suelo, siendo entonces casi invisible; el macho, en cambio,
como consciente del peligro que supone el azul brillante de la superficie
superior de sus alas, permanece con ellas cerradas; esto demuestra que el color
azul no puede ser en modo alguno protector. Sin embargo, es probable que los
colores llamativos beneficien indirectamente a muchas especies, como
advertencia de su indiferencia. En otros casos, la belleza se ha obtenido
mediante la imitación de otras especies hermosas que habitan la misma zona y
gozan de inmunidad al ser, de algún modo, ofensivas para sus enemigos; pero
entonces debemos explicar la belleza de la especie imitada.
Como me comentó el Sr. Walsh, las
hembras de nuestra mariposa de puntas anaranjadas, mencionada anteriormente, y
de una especie americana (Anth. genutia) probablemente nos muestran los colores
originales de las especies progenitoras del género; pues ambos sexos de cuatro
o cinco especies ampliamente distribuidas presentan colores prácticamente
idénticos. Como en varios casos anteriores, podemos inferir que son los machos
de Anth. cardamines y genutia los que se han desviado del tipo habitual del
género. En la Anth. sara de California, las puntas anaranjadas de las alas
están parcialmente desarrolladas en la hembra; pero son más pálidas que en el
macho y ligeramente diferentes en otros aspectos. En una forma india
emparentada, la Iphias glaucippe, las puntas anaranjadas están completamente
desarrolladas en ambos sexos. En esta Iphias, como me señaló el Sr. A. Butler,
la superficie inferior de las alas se asemeja maravillosamente a una hoja
pálida; y en nuestra mariposa inglesa de punta anaranjada, la superficie
inferior se asemeja a la cabeza de la flor del perejil silvestre, sobre la que
la mariposa suele posarse por la noche. (10. Véanse las interesantes
observaciones de T.W. Wood, «The Student», septiembre de 1868, pág. 81). La
misma razón que nos obliga a creer que las superficies inferiores se han
coloreado aquí con fines de protección nos lleva a negar que las alas se hayan
coloreado con las puntas de un naranja brillante con el mismo propósito,
especialmente cuando esta característica se limita a los machos.
La mayoría de las polillas permanecen
inmóviles durante todo el día o la mayor parte del mismo con las alas
deprimidas; y toda la superficie superior suele estar sombreada y coloreada de
forma admirable, como ha señalado el Sr. Wallace, para pasar desapercibidas.
Las alas delanteras de los Bombycidae y Noctuidae (11. Sr. Wallace en
'Hardwicke's Science Gossip', septiembre de 1867, pág. 193), cuando descansan,
generalmente se superponen y ocultan las alas traseras; de modo que estas
últimas podrían presentar colores brillantes sin mayor riesgo; y, de hecho, a
menudo presentan ese color. Durante el vuelo, las polillas a menudo podrían
escapar de sus enemigos; sin embargo, como las alas traseras quedan entonces
completamente expuestas a la vista, sus brillantes colores deben haber sido
adquiridos generalmente con poco riesgo. Pero el siguiente hecho demuestra la
cautela que debemos tener al sacar conclusiones sobre este punto. Las comunes
mariposas de alas inferiores amarillas (Triphaena) suelen volar durante el día
o al atardecer, y en ese momento se distinguen por el color de sus alas
traseras. Naturalmente, se pensaría que esto representaría un peligro; pero el
Sr. J. Jenner Weir cree que, en realidad, les sirve como vía de escape, ya que
las aves atacan estas superficies frágiles y de colores brillantes, en lugar de
atacar el cuerpo. Por ejemplo, el Sr. Weir introdujo en su aviario un vigoroso
ejemplar de Triphaena pronuba, que fue perseguido instantáneamente por un
petirrojo; pero, al ser captada la atención del ave por las alas coloreadas, la
polilla no fue capturada hasta después de unos cincuenta intentos, y pequeños
fragmentos de las alas se rompieron repetidamente. Intentó el mismo experimento
al aire libre con una golondrina y T. fimbria; pero el gran tamaño de esta
polilla probablemente impidió su captura. (12. Véase también, sobre este tema,
el artículo del Sr. Weir en 'Transactions, Entomological Society', 1869, pág.
23). Esto nos recuerda una afirmación del Sr. Wallace (13. 'Westminster
Review', julio de 1867, pág. 16), a saber, que en los bosques brasileños y las
islas malayas, muchas mariposas comunes y profusamente decoradas son poco
voladoras, aunque poseen alas amplias; y «a menudo son capturadas con las alas
perforadas y rotas, como si hubieran sido capturadas por aves de las que se
hubieran escapado: si las alas hubieran sido mucho más pequeñas en proporción
al cuerpo, parece probable que el insecto hubiera sido golpeado o perforado con
mayor frecuencia en una parte vital, y por lo tanto, la mayor extensión de las
alas podría haber sido indirectamente beneficiosa».
MOSTRAR.
Los brillantes colores de muchas
mariposas y algunas polillas están especialmente dispuestos para su fácil
visualización. Durante la noche, los colores no son visibles, y sin duda las
polillas nocturnas, en conjunto, presentan una decoración mucho menos vistosa
que las mariposas, todas ellas de hábitos diurnos. Sin embargo, las polillas de
ciertas familias, como las Zygaenidae, varias Sphingidae, Uraniidae, algunas
Arctiidae y Saturniidae, vuelan durante el día o al atardecer, y muchas de
ellas son extremadamente hermosas, con colores mucho más brillantes que las
especies estrictamente nocturnas. Sin embargo, se han registrado algunos casos
excepcionales de especies nocturnas de colores brillantes. (14. Por ejemplo,
Lithosia; pero el profesor Westwood ('Modern Class. of Insects', vol. ii, pág.
390) parece sorprendido por este caso. Sobre los colores relativos de los
lepidópteros diurnos y nocturnos, véase ibid., págs. 333 y 392; también Harris,
'Treatise on the Insects of New England', 1842, pág. 315.)
Existe evidencia de otro tipo en
cuanto a su apariencia. Las mariposas, como se mencionó anteriormente, elevan
sus alas en reposo, pero al tomar el sol, a menudo las suben y bajan
alternativamente, exponiendo así ambas superficies a la vista. Si bien la superficie
inferior suele estar coloreada de forma oscura como protección, en muchas
especies está tan decorada como la superior, y a veces de forma muy diferente.
En algunas especies tropicales, la superficie inferior presenta colores incluso
más brillantes que la superior. (15. Estas diferencias entre la superficie
superior e inferior de las alas de varias especies de Papilio pueden apreciarse
en las hermosas láminas de la «Memoria sobre los Papiliónidos de la Región
Malaya» del Sr. Wallace, en «Transacciones de la Sociedad Linneana», vol. XXV,
parte I, 1865). En las fritilarias inglesas (Argynnis), solo la superficie
inferior está ornamentada con plata brillante. Sin embargo, por regla general,
la superficie superior, que probablemente está más expuesta, presenta colores
más brillantes y diversos que la inferior. Por lo tanto, la superficie inferior
suele ser la característica más útil para que los entomólogos detecten las
afinidades entre las distintas especies. Fritz Müller me informa que se
encuentran tres especies de Castnia cerca de su casa en el sur de Brasil: dos
de ellas tienen las alas traseras oscuras y siempre están cubiertas por las
delanteras cuando descansan; pero la tercera especie tiene alas traseras
negras, bellamente moteadas de rojo y blanco, que se despliegan completamente
cuando la mariposa descansa. Se podrían añadir otros casos similares.
Si nos centramos ahora en el enorme
grupo de polillas que, según me ha dicho el Sr. Stainton, no suelen exponer
completamente el envés de sus alas, rara vez encontramos este lado coloreado
con un brillo mayor o incluso igual al del haz. Cabe destacar algunas
excepciones a la regla, ya sean reales o aparentes, como el caso de la
Hypopyra. (16. Véase al Sr. Wormald sobre esta polilla: «Proceedings of the
Entomological Society», 2 de marzo de 1868). El Sr. Trimen me informa que en la
gran obra de Guenee se representan tres polillas cuyo envés es mucho más
brillante. Por ejemplo, en la Gastrophora australiana, el haz del ala anterior
es de un ocre grisáceo pálido, mientras que el envés está magníficamente
ornamentado por un ocelo azul cobalto, situado en medio de una mancha negra,
rodeado de amarillo anaranjado y, a su vez, de blanco azulado. Pero se
desconocen los hábitos de estas tres polillas, por lo que no se puede dar una
explicación de su inusual estilo de coloración. El Sr. Trimen también me
informa que la superficie inferior de las alas en ciertas otras Geometrae (17.
Véase también una descripción del género sudamericano Erateina (una de las
Geometrae) en 'Transactions, Ent. Soc.' nueva serie, vol. v. pl. xv. y xvi.) y
Noctuae cuadrífidas es más abigarrada o de colores más brillantes que la
superficie superior; pero algunas de estas especies tienen la costumbre de
"mantener sus alas completamente erguidas sobre sus espaldas,
manteniéndolas en esta posición durante un tiempo considerable", exponiendo
así la superficie inferior a la vista. Otras especies, cuando se establecen en
el suelo o la hierba, de vez en cuando levantan repentina y ligeramente sus
alas. Por lo tanto, que la superficie inferior de las alas sea más brillante
que la superficie superior en ciertas polillas no es tan anómala como parece a
primera vista. Las Saturniidae incluyen algunas de las polillas más hermosas de
todas, con alas decoradas, como en nuestra polilla emperador británica, con
finos ocelos; y el Sr. T.W. Wood (18. 'Proc Ent. Soc. of London', 6 de julio de
1868, pág. xxvii) observa que se parecen a las mariposas en algunos de sus
movimientos; "por ejemplo, en el suave movimiento de las alas hacia arriba
y hacia abajo como para exhibirse, que es más característico de los lepidópteros
diurnos que de los nocturnos".
Es un hecho singular que ninguna
polilla británica de colores brillantes, y, hasta donde he podido averiguar,
casi ninguna especie extranjera, difiere mucho en color según el sexo; aunque
esto ocurre con muchas mariposas brillantes. Sin embargo, el macho de una
polilla americana, la Saturnia Io, se describe con alas anteriores de color
amarillo intenso, curiosamente marcadas con manchas rojo violáceo; mientras que
las alas de la hembra son de color marrón violáceo, marcadas con líneas grises.
(19. Harris, «Treatise», etc., editado por Flint, 1862, pág. 395). Las polillas
británicas que difieren sexualmente en color son todas marrones, o de diversos
tonos amarillo apagado, o casi blancas. En varias especies, los machos son
mucho más oscuros que las hembras (20. Por ejemplo, observo en el gabinete de
mi hijo que los machos son más oscuros que las hembras en Lasiocampa quercus,
Odonestis potatoria, Hypogymna dispar, Dasychira pudibunda y Cycnia mendica. En
esta última especie, la diferencia de color entre los dos sexos es muy marcada;
y el Sr. Wallace me informa que tenemos aquí, según cree, un ejemplo de
mimetismo protector confinado a un sexo, como se explicará más adelante con más
detalle. La hembra blanca de Cycnia se parece a la muy común Spilosoma menthrasti,
cuyos sexos son blancos; y el Sr. Stainton observó que esta última polilla fue
rechazada con absoluto disgusto por toda una camada de pavos jóvenes, a los que
les gustaba comer otras polillas; de modo que si las aves británicas confundían
comúnmente a Cycnia con la Spilosoma, evitaría ser devorada, y su engañoso
color blanco sería así altamente beneficiosos), y estos pertenecen a grupos que
generalmente vuelan por la tarde. Por otro lado, en muchos géneros, como me
informa el Sr. Stainton, los machos tienen las alas traseras más blancas que
las de las hembras, de lo cual Agrotis exclamationis ofrece un buen ejemplo. En
la polilla fantasma (Hepialus humuli), la diferencia es más marcada; los machos
son blancos y las hembras amarillas con manchas más oscuras. (21. Es notable
que en las Islas Shetland el macho de esta polilla, en lugar de diferir
ampliamente de la hembra, con frecuencia se le parece mucho en color (véase el
Sr. MacLachlan, 'Transactions, Entomological Society', vol. ii. 1866, pág.
459). El Sr. G. Fraser sugiere ('Nature', abril de 1871, pág. 489) que en la
época del año en que la polilla fantasma aparece en estas islas del norte, la
blancura de los machos no sería necesaria para hacerlos visibles a las hembras
en la noche crepuscular). Es probable que en estos casos los machos se vuelvan
más visibles y más fáciles de ver por las hembras mientras vuelan al anochecer.
De los diversos hechos anteriores, es
imposible admitir que los brillantes colores de las mariposas, y de algunas
polillas, se hayan adquirido comúnmente para protegerse. Hemos visto que sus
colores y elegantes patrones se disponen y exhiben como si fueran para
exhibición. Por lo tanto, me inclino a creer que las hembras prefieren o se
sienten más atraídas por los machos más brillantes; pues, en cualquier otra
suposición, los machos, hasta donde sabemos, estarían ornamentados en vano.
Sabemos que las hormigas y ciertos escarabajos Lamellicorn son capaces de
sentir afecto mutuo, y que las hormigas reconocen a sus congéneres tras un
intervalo de varios meses. Por lo tanto, no hay ninguna improbabilidad
abstracta en que los lepidópteros, que probablemente ocupan un lugar casi o tan
alto en la escala como estos insectos, tengan la capacidad mental suficiente
para admirar los colores brillantes. Ciertamente, descubren las flores por el
color. A menudo se puede ver al colibrí esfinge descender en picado desde la distancia
sobre un ramo de flores en medio del follaje verde; Dos personas en el
extranjero me han asegurado que estas polillas visitan repetidamente flores
pintadas en las paredes de una habitación e intentan en vano insertar su
probóscide en ellas. Fritz Müller me informa que varias especies de mariposas
en el sur de Brasil muestran una inconfundible preferencia por ciertos colores
sobre otros: observó que visitaban con frecuencia las flores rojas brillantes
de cinco o seis géneros de plantas, pero nunca las especies con flores blancas
o amarillas del mismo género y de otros que crecen en el mismo jardín; y he
recibido otros relatos similares. Según me ha dicho el Sr. Doubleday, la
mariposa blanca común a menudo vuela hasta un trozo de papel en el suelo, sin
duda confundiéndolo con una de su propia especie. El Sr. Collingwood (22.
'Divagaciones de un naturalista en los mares chinos', 1868, pág. 182), al
hablar de la dificultad de recolectar ciertas mariposas en el archipiélago
malayo, afirma que «un ejemplar muerto clavado en una ramita visible a menudo
detendrá a un insecto de la misma especie en su vuelo precipitado y lo dejará
al alcance de la red, especialmente si es del sexo opuesto».
El cortejo de las mariposas es, como
ya se ha comentado, un asunto prolongado. Los machos a veces luchan entre sí en
rivalidad; y se puede ver a muchos persiguiendo o apiñándose alrededor de la
misma hembra. A menos que las hembras prefieran a un macho, el apareamiento
debe dejarse al azar, lo cual no parece probable. Si, por otro lado, las
hembras prefieren habitualmente, o incluso ocasionalmente, a los machos más
bellos, los colores de estos últimos se habrán vuelto gradualmente más
brillantes y se habrán transmitido a ambos sexos o a uno solo, según la ley de
herencia vigente. El proceso de selección sexual se habrá facilitado
considerablemente, si se puede confiar en la conclusión, a la que se llega a
partir de diversas pruebas del suplemento del capítulo noveno, a saber, que los
machos de muchos lepidópteros, al menos en estado de imago, superan con creces
a las hembras en número.
Sin embargo, algunos hechos
contradicen la creencia de que las mariposas hembras prefieren a los machos más
bellos; así, como me han asegurado varios coleccionistas, es frecuente ver
hembras jóvenes apareadas con machos maltratados, descoloridos o sucios; pero
esta circunstancia era inevitable porque los machos emergen de sus capullos
antes que las hembras. En las polillas de la familia Bombycidae, los sexos se
aparean inmediatamente después de asumir el estado de imago, ya que no pueden
alimentarse debido a la rudimentaria condición de sus bocas. Las hembras, como
me han comentado varios entomólogos, se encuentran en un estado casi aletargado
y no parecen mostrar la menor preferencia con respecto a sus parejas. Este es
el caso de la polilla de seda común (B. mori), según me han comentado algunos
criadores continentales e ingleses. El Dr. Wallace, con amplia experiencia en
la cría de Bombyx cynthia, está convencido de que las hembras no muestran
ninguna preferencia. Ha mantenido juntas más de 300 de estas polillas y a
menudo ha encontrado a las hembras más vigorosas apareándose con machos
atrofiados. Lo contrario parece ocurrir rara vez; pues, según él, los machos
más vigorosos ignoran a las hembras más débiles y se sienten atraídos por las
más vitales. Sin embargo, los Bombycidae, aunque de colores oscuros, suelen ser
hermosos a la vista por sus elegantes y moteados tonos.
Hasta ahora solo me he referido a las
especies en las que los machos tienen colores más brillantes que las hembras, y
he atribuido su belleza a que durante muchas generaciones las hembras han
elegido y se han emparejado con los machos más atractivos. Pero ocurren casos
inversos, aunque raros, en los que las hembras son más brillantes que los
machos; y en este caso, según creo, los machos han seleccionado a las hembras
más hermosas, aumentando así gradualmente su belleza. No sabemos por qué en
diversas clases de animales los machos de algunas especies han seleccionado a
las hembras más hermosas en lugar de aceptar con gusto a cualquier hembra, como
parece ser la regla general en el reino animal; pero si, contrariamente a lo
que suele ocurrir con los lepidópteros, las hembras fueran mucho más numerosas
que los machos, estos últimos probablemente elegirían a las hembras más
hermosas. El Sr. Butler me mostró varias especies de Callidryas en el Museo
Británico, en algunas de las cuales las hembras igualaban y en otras superaban
con creces a los machos en belleza. pues solo las hembras tienen los bordes de
las alas teñidos de carmesí y naranja, y salpicados de negro. Los machos, más
sencillos, de estas especies se parecen mucho entre sí, lo que demuestra que en
este caso las hembras han sido modificadas; mientras que en los casos en que
los machos son más ornamentados, son estos los que han sido modificados,
permaneciendo las hembras muy parecidas.
En Inglaterra tenemos algunos casos
análogos, aunque no tan marcados. Solo las hembras de dos especies de Thecla
presentan una mancha púrpura o naranja brillante en las alas anteriores. En
Hipparchia, los sexos no difieren mucho; pero es la hembra de H. janira la que
presenta una llamativa mancha marrón claro en las alas; y las hembras de
algunas otras especies son de colores más brillantes que los machos. Asimismo,
las hembras de Colias edusa y hyale presentan manchas anaranjadas o amarillas
en el borde marginal negro, representadas en los machos solo por finas vetas; y
en Pieris, son las hembras las que están adornadas con manchas negras en las
alas anteriores, que solo están presentes parcialmente en los machos. Ahora
bien, se sabe que los machos de muchas mariposas sostienen a las hembras
durante su vuelo nupcial; pero en la especie recién mencionada son las hembras
las que sostienen a los machos; de modo que el papel que desempeñan ambos sexos
se invierte, al igual que su belleza relativa. En todo el reino animal, los
machos suelen participar más activamente en el cortejo, y su belleza parece
haber aumentado gracias a que las hembras han aceptado a los individuos más
atractivos; pero en el caso de estas mariposas, las hembras participan más
activamente en la ceremonia nupcial final, por lo que podemos suponer que
también lo hacen en el cortejo; y en este caso podemos entender cómo se han
vuelto más hermosas. El Sr. Meldola, de quien se han extraído las declaraciones
anteriores, concluye: «Aunque no estoy convencido de la acción de la selección
sexual en la producción de los colores de los insectos, no se puede negar que
estos hechos corroboran notablemente las opiniones del Sr. Darwin». (23.
'Nature', 27 de abril de 1871, pág. 508. El Sr. Meldola cita a Donzel, en 'Soc.
Ent. de France', 1837, pág. 77, sobre el vuelo de las mariposas durante el
apareamiento. Véase también el Sr. G. Fraser, en 'Nature', 20 de abril de 1871,
pág. 489, sobre las diferencias sexuales de varias mariposas británicas.)
Como la selección sexual depende
principalmente de la variabilidad, conviene añadir algunas palabras sobre este
tema. Respecto al color, no hay dificultad, pues se podrían nombrar numerosos
lepidópteros muy variables. Un buen ejemplo bastará. El Sr. Bates me mostró una
serie completa de ejemplares de Papilio sesostris y P. childrenae; en este
último, los machos variaban mucho en la extensión de la hermosa mancha verde
esmaltada de las alas anteriores, en el tamaño de la marca blanca y en la
espléndida franja carmesí de las alas posteriores; de modo que existía un gran
contraste entre los machos, entre los más y los menos llamativos. El macho de
Papilio sesostris es mucho menos bello que el de P. childrenae; y también varía
un poco en el tamaño de la mancha verde de las alas anteriores y en la
aparición ocasional de la pequeña franja carmesí de las alas posteriores,
tomada, al parecer, de su propia hembra. Las hembras de esta y muchas otras
especies del grupo Eneas poseen esta franja carmesí. Por lo tanto, entre los
ejemplares más brillantes de P. sesostris y los más apagados de P. childrenae,
solo había una pequeña diferencia; y era evidente que, en cuanto a la mera
variabilidad, no habría dificultad en aumentar permanentemente la belleza de
cualquiera de las dos especies mediante la selección. En este caso, la
variabilidad se limita casi exclusivamente al sexo masculino. pero el Sr.
Wallace y el Sr. Bates han demostrado (24. Wallace sobre los Papilionidae de la
región malaya, en 'Transact. Linn. Soc.' vol. xxv. 1865, pp. 8, 36. Un caso
sorprendente de una variedad rara, estrictamente intermedia entre otras dos
variedades femeninas bien marcadas, es dado por el Sr. Wallace. Véase también
el Sr. Bates, en 'Proc. Entomolog. Soc.' 19 de noviembre de 1866, p. xl.) que
las hembras de algunas especies son extremadamente variables, siendo los machos
casi constantes. En un capítulo futuro tendré ocasión de demostrar que las
hermosas manchas similares a ojos, u ocelos, que se encuentran en las alas de
muchos lepidópteros, son eminentemente variables. Aquí puedo agregar que estos
ocelos ofrecen una dificultad en la teoría de la selección sexual; porque
aunque nos parecen tan ornamentales, nunca están presentes en un sexo y
ausentes en el otro, ni difieren mucho en los dos sexos. (25. El Sr. Bates tuvo
la amabilidad de plantear este tema ante la Sociedad Entomológica, y he
recibido respuestas a este efecto de varios entomólogos.) Este hecho es
inexplicable en la actualidad; pero si en el futuro se descubriera que la formación
de un ocelo se debe a algún cambio en los tejidos de las alas, por ejemplo, que
ocurre en un período muy temprano del desarrollo, podríamos esperar, a partir
de lo que sabemos de las leyes de la herencia, que se transmitiría a ambos
sexos, aunque surgiera y se perfeccionara en uno solo.
En general, aunque se puedan plantear
muchas objeciones serias, parece probable que la mayoría de las especies de
lepidópteros de colores brillantes deban sus colores a la selección sexual,
salvo en ciertos casos, que se mencionarán a continuación, en los que se han
obtenido colores llamativos mediante mimetismo como protección. Debido al ardor
del macho en todo el reino animal, generalmente está dispuesto a aceptar a
cualquier hembra; y es la hembra la que suele ejercer la elección. Por lo
tanto, si la selección sexual ha sido eficaz con los lepidópteros, el macho,
cuando los sexos difieren, debería ser el de colores más brillantes, y sin duda
así es. Cuando ambos sexos son de colores brillantes y se parecen, los
caracteres adquiridos por los machos parecen haberse transmitido a ambos. A
esta conclusión nos llevan los casos, incluso dentro del mismo género, de
gradación desde una extraordinaria diferencia hasta la identidad de color entre
los dos sexos.
Pero cabe preguntarse si la
diferencia de color entre los sexos no puede explicarse por otros medios además
de la selección sexual. Así, se sabe que en varios casos los machos y las
hembras de la misma especie de mariposa (26. H. W. Bates, «The Naturalist on
the Amazons», vol. ii. 1863, pág. 228. AR Wallace, en «Transactions, Linnean
Society», vol. xxv. 1865, pág. 10) habitan lugares diferentes: los primeros
suelen tomar el sol, las segundas frecuentan bosques sombríos. Por lo tanto, es
posible que las diferentes condiciones de vida hayan influido directamente en
ambos sexos; pero esto no es probable (27. Sobre este tema, véase «The
Variation of Animals and Plants under Domestication», 1868, vol. ii, cap.
xxiii), ya que en el estado adulto están expuestos a diferentes condiciones
durante un período muy breve; y las larvas de ambos están expuestas a las
mismas condiciones. El Sr. Wallace cree que la diferencia entre los sexos se
debe no tanto a que los machos hayan sido modificados, sino a que las hembras,
en todos o casi todos los casos, han adquirido colores apagados para
protegerse. Por el contrario, me parece mucho más probable que sean los machos
los que se hayan modificado principalmente por selección sexual, mientras que
las hembras han sufrido cambios comparativamente menores. Así, podemos
comprender cómo las hembras de especies afines se parecen mucho más entre sí
que los machos. De este modo, nos muestran aproximadamente la coloración
original de las especies progenitoras del grupo al que pertenecen. Sin embargo,
casi siempre han sido algo modificadas por la transferencia de algunas de las
variaciones sucesivas, cuya acumulación hizo hermosos a los machos. Pero no
quiero negar que solo las hembras de algunas especies puedan haber sido
modificadas específicamente para protegerse. En la mayoría de los casos, los
machos y las hembras de especies distintas habrán estado expuestos durante su
prolongado estado larvario a condiciones diferentes, y podrían haber sido
afectados por ello. Aunque en los machos, cualquier ligero cambio de color así
causado generalmente habrá sido enmascarado por los brillantes matices
obtenidos mediante la selección sexual. Cuando tratemos de aves, tendré que
analizar la cuestión completa: hasta qué punto las diferencias de color entre
los sexos se deben a que los machos fueron modificados mediante selección
sexual con fines ornamentales, o a que las hembras fueron modificadas mediante
selección natural con fines de protección, por lo que aquí diré poco sobre el
tema.
En todos los casos en los que ha
prevalecido la forma más común de herencia igualitaria entre ambos sexos, la
selección de machos de colores brillantes tendería a hacer que las hembras
también lo fueran; y la selección de hembras de colores apagados tendería a
hacer que los machos fueran apagados. Si ambos procesos se llevaran a cabo
simultáneamente, tenderían a contrarrestarse mutuamente; y el resultado final
dependería de si un mayor número de hembras, al estar bien protegidas por
colores oscuros, o un mayor número de machos, al ser de colores brillantes y
así encontrar pareja, lograran tener una descendencia más numerosa.
Para explicar la frecuente
transmisión de caracteres a un solo sexo, el Sr. Wallace opina que la forma más
común de herencia igualitaria entre ambos sexos puede transformarse mediante
selección natural en herencia unisexual, pero no encuentro ninguna prueba que
respalde esta opinión. Sabemos, por lo que ocurre durante la domesticación, que
a menudo aparecen nuevos caracteres, que inicialmente se transmiten a un solo
sexo; y mediante la selección de tales variaciones no habría la menor
dificultad en dar colores brillantes solo a los machos, y, al mismo tiempo o
posteriormente, colores apagados solo a las hembras. De esta manera, es
probable que las hembras de algunas mariposas y polillas se hayan vuelto
discretas para su protección, y muy diferentes de sus machos.
Sin embargo, sin pruebas claras, no
estoy dispuesto a admitir que dos complejos procesos de selección, cada uno de
los cuales requiere la transferencia de nuevos caracteres a un solo sexo, se
hayan llevado a cabo en multitud de especies: que los machos se hayan vuelto
más brillantes al vencer a sus rivales, y las hembras, más apagadas al escapar
de sus enemigos. El macho, por ejemplo, de la mariposa común del azufre
(Gonepteryx), es de un amarillo mucho más intenso que la hembra, aunque es
igualmente llamativa; y no parece probable que haya adquirido sus tonos pálidos
específicamente como protección, aunque es probable que el macho haya adquirido
sus colores brillantes como atracción sexual. La hembra de Anthocharis
cardamines no posee las hermosas puntas anaranjadas de las alas del macho; por
lo tanto, se parece mucho a las mariposas blancas (Pieris), tan comunes en
nuestros jardines; pero no tenemos pruebas de que este parecido le sea
beneficioso. Como, por otra parte, se parece a ambos sexos de varias otras
especies del género que habitan en diversas partes del mundo, es probable que
simplemente haya conservado en gran medida sus colores primordiales.
Finalmente, como hemos visto,
diversas consideraciones llevan a la conclusión de que, en la mayor parte de
los lepidópteros de colores brillantes, el macho es el que se ha modificado
principalmente mediante la selección sexual; la magnitud de la diferencia entre
los sexos depende principalmente de la forma de herencia predominante. La
herencia se rige por tantas leyes o condiciones desconocidas que nos parece que
actúa de forma caprichosa (28. «Variación de animales y plantas bajo
domesticación», vol. ii, cap. xii, pág. 17); y así podemos comprender, hasta
cierto punto, cómo es que, en especies estrechamente afines, los sexos difieren
de forma asombrosa o son idénticos en color. Dado que todos los pasos sucesivos
del proceso de variación se transmiten necesariamente a través de la hembra, un
mayor o menor número de estos pasos podría desarrollarse fácilmente en ella; y
así podemos comprender las frecuentes gradaciones, desde una diferencia extrema
hasta la ausencia total, entre los sexos de especies afines. Cabe añadir que
estos casos de gradación son demasiado comunes para favorecer la suposición de
que aquí vemos a las hembras realmente atravesando el proceso de transición y
perdiendo su brillo en aras de su protección, ya que tenemos todas las razones
para concluir que en cualquier momento dado la mayor cantidad de especies se
encuentran en una condición fija.
MIMETISMO.
Este principio fue aclarado por
primera vez en un admirable artículo del Sr. Bates (29. 'Transact. Linn. Soc.'
vol. xxiii. 1862, p. 495), quien arrojó luz sobre muchos problemas oscuros.
Previamente se había observado que ciertas mariposas en Sudamérica,
pertenecientes a familias muy distintas, se parecían tanto a las Heliconidae en
cada raya y tono de color, que solo un entomólogo experimentado podría
distinguirlas. Como las Heliconidae tienen su coloración habitual, mientras que
las demás se apartan de la coloración habitual de los grupos a los que
pertenecen, es evidente que estas últimas son las imitadoras y las Heliconidae
las imitadas. El Sr. Bates observó además que las especies imitadoras son
comparativamente raras, mientras que las imitadas abundan, y que ambos grupos
viven mezclados. Del hecho de que los helicónidos son insectos conspicuos y
hermosos, y a la vez tan numerosos en individuos y especies, concluyó que
debían estar protegidos de los ataques de sus enemigos mediante alguna
secreción u olor; conclusión que ha sido ampliamente confirmada (30. 'Proc.
Entomological Soc.', 3 de diciembre de 1866, pág. xlv.), especialmente por el
Sr. Belt. De ahí que el Sr. Bates dedujera que las mariposas que imitan a las
especies protegidas han adquirido su actual apariencia, maravillosamente
engañosa, mediante variación y selección natural, para ser confundidas con las
especies protegidas y así evitar ser devoradas. No se intenta aquí explicar los
brillantes colores de las mariposas imitadas, sino solo los de las imitadoras.
Debemos explicar los colores de las primeras de la misma manera general, como
en los casos previamente analizados en este capítulo. Desde la publicación del
artículo del Sr. Bates, el Sr. Wallace en la región malaya, el Sr. Trimen en
Sudáfrica y el Sr. Riley en Estados Unidos han observado hechos similares e
igualmente sorprendentes. (31. Wallace, 'Transact. Linn. Soc.' vol. xxv. 1865
pi; también, 'Transact. Ent. Soc.' vol. iv. (3.ª serie), 1867, pág. 301.
Trimen, 'Linn. Transact.' vol. xxvi. 1869, pág. 497. Riley, 'Tercer informe
anual sobre los insectos nocivos de Misuri', 1871, págs. 163-168. Este último
ensayo es valioso, ya que el Sr. Riley aquí analiza todas las objeciones que se
han planteado contra la teoría del Sr. Bates).
Dado que algunos autores han tenido
mucha dificultad para comprender cómo se pudieron haber efectuado los primeros
pasos del proceso de mimetismo mediante la selección natural, conviene señalar
que el proceso probablemente comenzó hace mucho tiempo entre formas con colores
no muy diferentes. En este caso, incluso una ligera variación sería beneficiosa
si hiciera que una especie se pareciera más a la otra; posteriormente, las
especies imitadas podrían modificarse drásticamente mediante selección sexual u
otros medios, y si los cambios fueran graduales, los imitadores podrían
fácilmente seguir el mismo camino, hasta que difirieran en un grado igualmente
extremo de su condición original; y así, finalmente, asumirían una apariencia o
coloración completamente distinta a la de los demás miembros del grupo al que
pertenecían. Cabe recordar también que muchas especies de lepidópteros son
propensas a variaciones de color considerables y abruptas. Se han mencionado
algunos ejemplos en este capítulo; y se pueden encontrar muchos más en los
artículos del Sr. Bates y el Sr. Wallace.
En varias especies, los sexos son
similares e imitan los dos sexos de otra especie. Pero el Sr. Trimen menciona,
en el artículo ya mencionado, tres casos en los que los sexos de la forma
imitada difieren entre sí en color, y los sexos de la forma imitadora difieren
de manera similar. También se han registrado varios casos en los que solo las
hembras imitan especies protegidas y de colores brillantes, mientras que los
machos conservan el aspecto normal de sus congéneres inmediatos. Es evidente
que las variaciones sucesivas que modificaron a la hembra se transmitieron solo
a ella. Sin embargo, es probable que algunas de las muchas variaciones
sucesivas se hubieran transmitido y desarrollado en los machos si estos no
hubieran sido eliminados, haciéndolos menos atractivos para las hembras; de
modo que solo se conservaron las variaciones cuya transmisión se limitó
estrictamente al sexo femenino desde un principio. Tenemos una ilustración
parcial de estas observaciones en una declaración del Sr. Belt (32. 'El Naturalista
en Nicaragua', 1874, pág. 385). Que los machos de algunas especies de
Leptalides, que imitan especies protegidas, aún conservan de forma disimulada
algunas de sus características originales. Así, en los machos, «la mitad
superior del ala inferior es de un blanco puro, mientras que el resto de las
alas está barrado y moteado de negro, rojo y amarillo, como la especie que
imitan. Las hembras no tienen esta mancha blanca, y los machos suelen
disimularla cubriéndola con la parte superior del ala, por lo que no puedo
imaginar que les sirva de otra manera que como atractivo durante el cortejo,
cuando se la muestran a las hembras, satisfaciendo así su arraigada preferencia
por el color normal del orden al que pertenecen las Leptalides».
COLORES BRILLANTES DE LAS ORUGAS.
Mientras reflexionaba sobre la
belleza de muchas mariposas, se me ocurrió que algunas orugas tenían colores
espléndidos; y como la selección sexual no podía haber actuado en este caso, me
pareció imprudente atribuir la belleza del insecto adulto a este factor, a
menos que los brillantes colores de sus larvas pudieran explicarse de alguna
manera. En primer lugar, cabe observar que los colores de las orugas no guardan
una estrecha correlación con los del insecto adulto. En segundo lugar, sus
brillantes colores no sirven de protección de ninguna manera. El Sr. Bates me
informa, como ejemplo de esto, que la oruga más llamativa que jamás vio (la de
una esfinge) vivía en las grandes hojas verdes de un árbol en los llanos
abiertos de Sudamérica; medía unas cuatro pulgadas de largo, estaba cruzada por
bandas negras y amarillas, y su cabeza, patas y cola eran de un rojo brillante.
Por lo tanto, llamaba la atención de cualquiera que pasara, incluso a muchos
metros de distancia, y sin duda de cualquier ave que pasara.
Entonces recurrí al Sr. Wallace,
quien posee un talento innato para resolver dificultades. Tras reflexionar un
momento, respondió: «La mayoría de las orugas requieren protección, como se
puede inferir de que algunas especies están provistas de espinas o pelos
irritantes, y de que muchas son de color verde como las hojas de las que se
alimentan, o curiosamente se parecen a las ramas de los árboles en los que
viven». Cabe añadir otro ejemplo de protección, proporcionado por el Sr. J.
Mansel Weale, a saber, que existe una oruga de polilla que vive en las mimosas
de Sudáfrica y se fabrica un cuerpo completamente indistinguible de las espinas
circundantes. A partir de estas consideraciones, el Sr. Wallace consideró
probable que las orugas de colores llamativos estuvieran protegidas por su
sabor nauseabundo; pero como su piel es extremadamente sensible y sus
intestinos sobresalen fácilmente de una herida, un ligero picotazo del pico de
un pájaro sería tan fatal para ellas como si hubieran sido devoradas. Por lo
tanto, como señala el Sr. Wallace, «la repugnancia por sí sola no bastaría para
proteger a una oruga a menos que alguna señal externa indicara a su posible
destructor que su presa era un bocado repugnante». En estas circunstancias,
sería muy ventajoso para una oruga ser reconocida instantánea y certeramente
como desagradable por todas las aves y demás animales. Así, los colores más
llamativos serían útiles, y podrían haberse obtenido mediante la variación y la
supervivencia de los individuos más fácilmente reconocibles.
Esta hipótesis parece a primera vista
muy atrevida, pero cuando se presentó ante la Sociedad Entomológica (33. «Actas
de la Sociedad Entomológica», 3 de diciembre de 1866, pág. xlv. y 4 de marzo de
1867, pág. lxxx.), fue respaldada por diversas declaraciones; y el Sr. J.
Jenner Weir, quien mantiene una gran cantidad de aves en un aviario, me informa
que ha realizado numerosos ensayos y no encuentra excepción a la regla de que
todas las orugas de hábitos nocturnos y retraídos, con piel lisa, todas de color
verde y todas que imitan ramitas, son devoradas con avidez por sus aves. Las
especies peludas y espinosas son invariablemente rechazadas, al igual que
cuatro especies de colores llamativos. Cuando las aves rechazaron una oruga,
mostraron claramente, sacudiendo la cabeza y limpiándose el pico, que les
disgustaba el sabor. (34. Véase el artículo del Sr. J. Jenner Weir sobre
insectos y aves insectívoras, en 'Transact. Ent. Soc.' 1869, pág. 21; también
el artículo del Sr. Butler, ibid. pág. 27. El Sr. Riley ha dado hechos análogos
en el 'Tercer informe anual sobre los insectos nocivos de Missouri', 1871, pág.
148. Sin embargo, el Dr. Wallace y MH d'Orville dan algunos casos opuestos;
véase 'Zoological Record', 1869, pág. 349.) El Sr. A. Butler también dio tres tipos
conspicuos de orugas y polillas a algunos lagartos y ranas, y fueron
rechazados, aunque otros tipos fueron comidos con avidez. Así se confirma la
probabilidad de la opinión del Sr. Wallace, a saber, que ciertas orugas se han
hecho visibles por su propio bien, para que sus enemigos las reconozcan
fácilmente, basándose prácticamente en el mismo principio que utilizan los
boticarios para vender venenos en frascos de colores para beneficio del hombre.
Sin embargo, por el momento no podemos explicar así la elegante diversidad de
colores de muchas orugas; pero cualquier especie que en algún momento anterior
hubiera adquirido una apariencia opaca, moteada o rayada, ya sea por imitación
de los objetos circundantes o por la acción directa del clima, etc., casi con
certeza no alcanzaría un color uniforme al volverse sus tonos intensos y
brillantes; pues para que una oruga fuera simplemente visible, no habría
selección en una dirección definida.
RESUMEN Y OBSERVACIONES FINALES SOBRE
LOS INSECTOS.
Al analizar los diversos órdenes,
observamos que los sexos a menudo difieren en diversas características, cuyo
significado no se comprende en absoluto. Los sexos también suelen diferir en
sus órganos sensoriales y medios de locomoción, de modo que los machos pueden
descubrir y alcanzar rápidamente a las hembras. Difieren aún más a menudo en
que los machos poseen diversos mecanismos para retener a las hembras cuando las
encuentran. Sin embargo, aquí nos ocupamos solo de forma secundaria de las
diferencias sexuales de este tipo.
En casi todos los órdenes, se sabe
que los machos de algunas especies, incluso de las más débiles y delicadas, son
muy belicosos; y algunos están equipados con armas especiales para luchar
contra sus rivales. Pero la ley de la batalla no prevalece tan ampliamente en
los insectos como en los animales superiores. De ahí probablemente se deduzca
que solo en unos pocos casos los machos se han vuelto más grandes y fuertes que
las hembras. Por el contrario, suelen ser más pequeños, para que puedan
desarrollarse en menos tiempo y estar listos en gran número para la emergencia
de las hembras.
En dos familias de homópteros y tres
de ortópteros, solo los machos poseen órganos productores de sonido en un
estado eficiente. Estos se utilizan incesantemente durante la época
reproductiva, no solo para llamar a las hembras, sino aparentemente para cautivarlas
o excitarlas en la rivalidad con otros machos. Nadie que admita la existencia
de un mecanismo de selección, tras leer la discusión anterior, cuestionará que
estos instrumentos musicales se adquieran mediante selección sexual. En otros
cuatro órdenes, los miembros de un sexo, o más comúnmente de ambos, están
provistos de órganos para producir diversos sonidos, que aparentemente sirven
simplemente como notas de llamada. Cuando ambos sexos están provistos de estos
órganos, los individuos capaces de producir el sonido más fuerte o continuo
obtendrían parejas antes que los menos ruidosos, por lo que sus órganos
probablemente se obtuvieron mediante selección sexual. Resulta instructivo
reflexionar sobre la maravillosa diversidad de medios para producir sonido, que
poseen los machos solos, o ambos sexos, en no menos de seis órdenes. De este
modo, aprendemos cuán eficaz ha sido la selección sexual al producir
modificaciones que a veces, como en el caso de los homópteros, se relacionan
con partes importantes de la organización.
Por las razones expuestas en el
capítulo anterior, es probable que los grandes cuernos que poseen los machos de
muchos Lamellicorn y algunos otros escarabajos hayan sido adquiridos como
adornos. Dado el pequeño tamaño de los insectos, tendemos a subestimar su
apariencia. Si pudiéramos imaginar un Chalcosoma macho (Fig. 16), con su cota
de malla pulida y bronceada, y sus enormes y complejos cuernos, aumentados al
tamaño de un caballo, o incluso de un perro, sería uno de los animales más
imponentes del mundo.
La coloración de los insectos es un
tema complejo y poco claro. Cuando el macho difiere ligeramente de la hembra y
ninguno presenta colores brillantes, es probable que los sexos hayan variado de
forma ligeramente distinta, y que las variaciones se hayan transmitido de cada
sexo al mismo, sin que esto haya resultado en beneficio o perjuicio alguno.
Cuando el macho presenta colores brillantes y difiere notablemente de la
hembra, como ocurre con algunas libélulas y muchas mariposas, es probable que
deba sus colores a la selección sexual; mientras que la hembra ha conservado un
tipo de coloración primigenio o muy antiguo, ligeramente modificado por los
factores ya explicados. Pero en algunos casos, la hembra aparentemente se ha
oscurecido mediante variaciones transmitidas solo a ella, como medida de
protección directa; y es casi seguro que en ocasiones se la ha oscurecido para
imitar a otras especies protegidas que habitan la misma región. Cuando los
sexos se parecen y ambos presentan colores oscuros, no cabe duda de que, en
muchos casos, se les ha teñido así con fines de protección. Así ocurre en
algunos casos cuando ambos presentan colores brillantes, pues imitan especies
protegidas o se asemejan a objetos circundantes como flores; o advierten a sus
enemigos de su indiferencia. En otros casos, cuando los sexos se parecen y
ambos son brillantes, especialmente cuando los colores se disponen para su
exhibición, podemos concluir que el sexo masculino los ha adquirido como
atractivo y los ha transferido a la hembra. Llegamos a esta conclusión
especialmente cuando el mismo tipo de coloración prevalece en todo un grupo, y
observamos que los machos de algunas especies difieren ampliamente en color de
las hembras, mientras que otras difieren poco o nada en absoluto, con gradaciones
intermedias que conectan estos estados extremos.
De la misma manera que los colores
brillantes se han transferido parcialmente de los machos a las hembras, ha
ocurrido lo mismo con los extraordinarios cuernos de muchos Lamelicornio y
otros escarabajos. De igual manera, los órganos productores de sonido propios
de los machos de los homópteros y ortópteros se han transferido generalmente en
un estado rudimentario, o incluso casi perfecto, a las hembras; sin embargo, no
lo suficientemente perfectos como para ser de alguna utilidad. También es un
hecho interesante, en relación con la selección sexual, que los órganos
estriduladores de ciertos ortópteros machos no se desarrollan completamente
hasta la última muda; y que los colores de ciertas libélulas macho no se
desarrollan completamente hasta poco después de emerger del estado de pupa,
cuando están listos para reproducirse.
La selección sexual implica que los
individuos más atractivos son preferidos por el sexo opuesto; y, como en los
insectos, cuando los sexos difieren, es el macho el que, con raras excepciones,
es el más ornamentado y se aleja más del tipo al que pertenece la especie; y
como es el macho quien busca con avidez a la hembra, debemos suponer que las
hembras, habitual u ocasionalmente, prefieren a los machos más bellos, y que
estos han adquirido así su belleza. Que las hembras, en la mayoría o en todos
los órdenes, tengan la capacidad de rechazar a cualquier macho en particular es
probable debido a las múltiples y singulares estrategias que poseen los machos,
como grandes mandíbulas, almohadillas adhesivas, espinas, patas alargadas,
etc., para atrapar a la hembra; pues estas estrategias muestran cierta
dificultad en el acto, por lo que su concurrencia parecería necesaria. A juzgar
por lo que sabemos de las facultades perceptivas y las afecciones de varios
insectos, no hay antecedentes de improbabilidad en que la selección sexual haya
influido en gran medida; Pero aún no tenemos evidencia directa al respecto, y
algunos hechos contradicen esta creencia. Sin embargo, cuando vemos a muchos
machos persiguiendo a la misma hembra, nos cuesta creer que el emparejamiento se
deje al azar, que la hembra no ejerza ninguna elección y no se deje influenciar
por los magníficos colores u otros adornos con los que se adorna el macho.
Si admitimos que las hembras de los
homópteros y ortópteros aprecian los tonos musicales de sus parejas masculinas,
y que los diversos instrumentos se han perfeccionado mediante selección sexual,
es poco improbable que las hembras de otros insectos aprecien la belleza en la
forma o el color, y en consecuencia, que tales características hayan sido
adquiridas por los machos. Pero debido a la variabilidad del color y a su
frecuente modificación para su protección, es difícil determinar en qué
proporción de casos ha intervenido la selección sexual. Esto es especialmente
difícil en órdenes como los ortópteros, himenópteros y coleópteros, donde los
dos sexos rara vez difieren mucho en color; pues entonces nos vemos obligados a
una mera analogía. En el caso de los coleópteros, sin embargo, como ya se ha
comentado, es en el gran grupo de los lamelicornios, situado por algunos
autores a la cabeza del orden, y en el que a veces observamos una afinidad
mutua entre los sexos, donde encontramos a los machos de algunas especies con
armas para la lucha sexual, otros provistos de maravillosos cuernos, muchos con
órganos estriduladores, y otros ornamentados con espléndidos tintes metálicos.
Por lo tanto, parece probable que todos estos caracteres se hayan obtenido por
el mismo medio, es decir, la selección sexual. En el caso de las mariposas,
tenemos la mejor evidencia, ya que los machos a veces se esfuerzan por exhibir
sus hermosos colores; y no podemos creer que actuaran así a menos que esta
exhibición les fuera útil en su cortejo.
Al tratar las aves, veremos que
presentan, en sus caracteres sexuales secundarios, la analogía más estrecha con
los insectos. Así, muchos machos son muy belicosos, y algunos están equipados
con armas especiales para luchar con sus rivales. Poseen órganos que utilizan
durante la época reproductiva para producir música vocal e instrumental. Con
frecuencia se adornan con crestas, cuernos, carúnculas y plumas de los más
diversos tipos, y están decorados con hermosos colores, todo ello evidentemente
con fines ostentosos. Descubriremos que, al igual que ocurre con los insectos,
ambos sexos en ciertos grupos son igualmente bellos y están igualmente
provistos de adornos que suelen estar reservados al sexo masculino. En otros
grupos, ambos sexos son igualmente de colores lisos y sin adornos. Por último,
en algunos casos anómalos, las hembras son más hermosas que los machos. A
menudo, en el mismo grupo de aves, encontraremos toda la gama de diferencias,
desde la ausencia total de diferencias entre los sexos hasta una diferencia
extrema. Veremos que las hembras de las aves, al igual que las hembras de los
insectos, a menudo poseen rastros o rudimentos más o menos claros de caracteres
que pertenecen propiamente a los machos y que solo les son útiles. De hecho, la
analogía entre aves e insectos en todos estos aspectos es curiosamente
estrecha. Cualquier explicación que se aplique a una clase probablemente se
aplique a la otra; y esta explicación, como intentaremos demostrar con más
detalle más adelante, es la selección sexual.
CAPÍTULO XII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE PECES, ANFIBIOS Y REPTILES.
PECES: Cortejo y batallas de los
machos—Mayor tamaño de las hembras—Machos, colores brillantes y apéndices
ornamentales; otros caracteres extraños—Colores y apéndices adquiridos por los
machos solo durante la temporada de cría—Peces con ambos sexos de colores
brillantes—Colores protectores—Los colores menos llamativos de la hembra no
pueden explicarse por el principio de protección—Peces machos construyendo
nidos y encargándose de los óvulos y las crías.
ANFIBIOS: Diferencias en estructura y
color entre los sexos—Órganos vocales.
REPTILES:
Quelonios—Cocodrilos—Serpientes, colores en algunos casos protectores—Lagartos,
batallas de—Apéndices ornamentales—Extrañas diferencias en la estructura entre
los sexos—Colores—Diferencias sexuales casi tan grandes como en las aves.
Hemos llegado al gran subreino de los
vertebrados y comenzaremos con la clase inferior, la de los peces. Los machos
de los peces plagiostomos (tiburones, rayas) y de los peces quimeroides poseen
pinzas que sirven para retener a la hembra, al igual que las diversas
estructuras que poseen muchos animales inferiores. Además de las pinzas, los
machos de muchas rayas poseen grupos de fuertes espinas afiladas en la cabeza y
varias filas a lo largo de la superficie superior externa de las aletas
pectorales. Estas están presentes en los machos de algunas especies, que tienen
otras partes del cuerpo lisas. Solo se desarrollan temporalmente durante la
época reproductiva; y el Dr. Gunther sospecha que actúan como órganos prensiles
mediante la duplicación hacia adentro y hacia abajo de ambos lados del cuerpo.
Es notable que las hembras, y no los machos, de algunas especies, como la Raia
clavata, tengan el dorso salpicado de grandes espinas en forma de gancho. (1.
'Hist. of British Fishes' de Yarrell, vol. ii. 1836, págs. 417, 425, 436. El
Dr. Gunther me informa que las espinas de R. clavata son propias de la hembra.)
Solo los machos del capelán (Mallotus
villosus, una especie de salmónidos) poseen una cresta de escamas densas y
similares a cepillos, con la ayuda de la cual dos machos, uno a cada lado,
sujetan a la hembra mientras esta corre velozmente por la arena de la playa y
deposita allí sus huevos. (2. The 'American Naturalist', abril de 1871, pág.
119). El Monacanthus scopas, ampliamente diferenciado, presenta una estructura
similar. El macho, según me informa el Dr. Gunther, tiene un grupo de espinas
rígidas y rectas, como las de un peine, a los lados de la cola; estas, en un
ejemplar de quince centímetros de largo, medían casi cuatro centímetros y
medio; la hembra tiene en el mismo lugar un grupo de cerdas que se asemejan a
las de un cepillo de dientes. En otra especie, M. peronii, el macho tiene un
cepillo similar al de la hembra de la especie anterior, mientras que los lados
de la cola de la hembra son lisos. En algunas otras especies del mismo género
se puede percibir la cola un poco rugosa en el macho y perfectamente lisa en la
hembra; y por último en otras ambos sexos tienen los lados lisos.
Los machos de muchos peces luchan por
la posesión de las hembras. Así, el macho del pez espinoso (Gasterosteus
leiurus) ha sido descrito como "loco de alegría" cuando la hembra
sale de su escondite y observa el nido que le ha hecho. "La rodea en todas
direcciones, luego a los materiales acumulados para el nido, y luego regresa en
un instante; y como ella no avanza, intenta empujarla con el hocico y luego
intenta jalarla por la cola y la espina lateral hacia el nido". (3. Véanse
los interesantes artículos del Sr. R. Warington en 'Annals and Magazine of
Natural History', octubre de 1852 y noviembre de 1855). Se dice que los machos
son polígamos (4. Noel Humphreys, 'River Gardens', 1857); son
extraordinariamente audaces y belicosos, mientras que "las hembras son
bastante pacíficas". Sus batallas son a veces desesperadas; Estos débiles
combatientes se aferran con fuerza durante varios segundos, dando vueltas una y
otra vez hasta que sus fuerzas parecen agotarlas por completo. Con el espinoso
de cola áspera (G. trachurus), los machos, mientras luchan, nadan en círculos,
mordiéndose e intentando perforarse con sus espinas laterales elevadas. El
mismo escritor añade (5. Loudon's 'Magazine of Natural History', vol. iii.
1830, p. 331): «La mordedura de estas pequeñas furias es muy severa. Además,
usan sus espinas laterales con un efecto tan fatal que he visto a uno durante
una batalla desgarrar por completo a su oponente, dejándolo caer al fondo y
morir». Cuando un pez es conquistado, «su porte gallardo lo abandona; sus
alegres colores se desvanecen; y oculta su desgracia entre sus pacíficos
compañeros, pero durante un tiempo es objeto constante de la persecución de su
conquistador».
El salmón macho es tan belicoso como
el pequeño espinoso; y también lo es la trucha macho, según me cuenta el Dr.
Gunther. El Sr. Shaw presenció una violenta contienda entre dos salmones machos
que duró todo el día; y el Sr. R. Buist, Superintendente de Pesca, me informa
que ha observado a menudo desde el puente de Perth cómo los machos ahuyentaban
a sus rivales mientras las hembras desovaban. Los machos «se pelean y se
desgarran constantemente en los bancos de desove, y muchos se lastiman tanto
que causan la muerte de varios ejemplares; muchos son vistos nadando cerca de
las orillas del río exhaustos, aparentemente moribundos». (6. The 'Field', 29
de junio de 1867. Para la declaración del Sr. Shaw, véase 'Edinburgh Review',
1843. Otro observador experimentado ('Days of Salmon Fishing' de Scrope, pág.
60) señala que, al igual que el ciervo, el macho, si pudiera, mantendría
alejados a todos los demás machos.) El Sr. Buist me informa que, en junio de
1868, el cuidador de los estanques de cría de Stormontfield visitó el norte del
Tyne y encontró alrededor de 300 salmones muertos, todos los cuales, con una
excepción, eran machos; y estaba convencido de que habían perdido la vida
luchando.
Fig. 27. Cabeza de salmón común macho
(Salmo salar) durante la época reproductiva. Este dibujo, al igual que todos
los demás del presente capítulo, fue realizado por el reconocido artista Sr. G.
Ford a partir de ejemplares del Museo Británico, bajo la amable supervisión del
Dr. Gunther.
Fig. 28. Cabeza de salmón hembra.]
El punto más curioso sobre el salmón
macho es que durante la época de cría, además de un ligero cambio de color, “la
mandíbula inferior se alarga, y una proyección cartilaginosa gira hacia arriba
desde la punta, que, cuando las mandíbulas están cerradas, ocupa una cavidad
profunda entre los huesos intermaxilares de la mandíbula superior”. (7.
Yarrell, 'Historia de los peces británicos', vol. ii. 1836, pág. 10.) (Figs. 27
y 28.) En nuestro salmón, este cambio de estructura dura solo durante la época
de cría; pero en el Salmo lycaodon del noroeste de América, el cambio, como
cree el Sr. J. K. Lord (8. 'El naturalista en la isla de Vancouver', vol. i.
1866, pág. 54.), es permanente y más marcado en los machos mayores que han
ascendido previamente los ríos. En estos machos viejos, la mandíbula se
desarrolla hasta convertirse en una inmensa proyección en forma de gancho, y
los dientes se transforman en colmillos regulares, a menudo de más de media
pulgada de largo. En el salmón europeo, según el Sr. Lloyd (9. «Scandinavian
Adventures», vol. i. 1854, págs. 100, 104), la estructura temporal en forma de
gancho sirve para fortalecer y proteger las mandíbulas cuando un macho embiste
a otro con asombrosa violencia; pero los dientes, muy desarrollados, del salmón
americano macho pueden compararse con los colmillos de muchos mamíferos machos,
e indican una función ofensiva más que protectora.
El salmón no es el único pez en el
que los dientes difieren entre ambos sexos, como ocurre con muchas rayas. En la
Raia clavata, el macho adulto posee dientes afilados y puntiagudos, dirigidos
hacia atrás, mientras que los de la hembra son anchos y planos, formando un
pavimento. Por lo tanto, estos dientes difieren entre ambos sexos de la misma
especie más de lo habitual en géneros distintos de la misma familia. Los
dientes del macho se afilan solo en la edad adulta; de joven, son anchos y
planos como los de la hembra. Como ocurre frecuentemente con los caracteres
sexuales secundarios, ambos sexos de algunas especies de rayas (por ejemplo, R.
batis), en la edad adulta, poseen dientes afilados y puntiagudos; y en este
caso, un carácter propio y adquirido principalmente por el macho, parece
haberse transmitido a la descendencia de ambos sexos. Los dientes también son
puntiagudos en ambos sexos de R. maculata, pero solo en la edad adulta; los
machos los adquieren a una edad más temprana que las hembras. Más adelante
encontraremos casos análogos en ciertas aves, en las que el macho adquiere el
plumaje común a ambos sexos en la edad adulta, a una edad algo más temprana que
la hembra. En otras especies de rayas, los machos, incluso de edad avanzada,
nunca poseen dientes afilados, por lo que los adultos de ambos sexos poseen
dientes anchos y planos, como los de los jóvenes y los de las hembras adultas
de las especies mencionadas. (10. Véase la descripción de Yarrell sobre las
rayas en su «Historia de los peces británicos», vol. ii. 1836, pág. 416, con
una excelente figura, y págs. 422 y 432). Dado que las rayas son peces audaces,
fuertes y voraces, podemos sospechar que los machos necesitan sus afilados
dientes para luchar con sus rivales; pero como poseen muchas partes modificadas
y adaptadas para la prensión de la hembra, es posible que sus dientes se
utilicen para este fin.
En cuanto al tamaño, M. Carbonnier
(11. Citado en 'The Farmer', 1868, pág. 369) sostiene que la hembra de casi
todos los peces es más grande que el macho; y el Dr. Gunther no conoce ningún
caso en el que el macho sea realmente más grande que la hembra. En algunos
ciprinodontos, el macho no es ni la mitad de grande. Como en muchos tipos de
peces los machos luchan habitualmente entre sí, es sorprendente que no se hayan
vuelto generalmente más grandes y fuertes que las hembras por efecto de la
selección sexual. Los machos sufren por su pequeño tamaño, pues según M.
Carbonnier, son propensos a ser devorados por las hembras de su propia especie
cuando son carnívoras, y sin duda por otras especies. El aumento de tamaño debe
ser, de alguna manera, más importante para las hembras que la fuerza y el
tamaño para los machos al luchar con otros machos; y esto quizás se deba a que
permite la producción de una gran cantidad de óvulos.
Fig. 29. Callionymus lyra. Figura
superior: macho; figura inferior: hembra. Nota: La figura inferior es más
reducida que la superior.
En muchas especies, solo el macho
está adornado con colores brillantes; o estos son mucho más brillantes en el
macho que en la hembra. El macho, también, a veces está provisto de apéndices
que parecen no serle de mayor utilidad para los propósitos ordinarios de la
vida, que las plumas de la cola para el pavo real. Estoy en deuda por la
mayoría de los siguientes datos a la amabilidad del Dr. Gunther. Hay razones
para sospechar que muchos peces tropicales difieren sexualmente en color y
estructura; y hay algunos casos sorprendentes con nuestros peces británicos. El
macho de Callionymus lyra ha sido llamado el dragonete gemmeous "por sus
brillantes colores como gemas". Cuando se captura fresco del mar, el
cuerpo es amarillo de varios tonos, rayado y moteado con un azul vivo en la
cabeza; las aletas dorsales son de color marrón pálido con bandas
longitudinales oscuras; las aletas ventral, caudal y anal son de color negro
azulado. La hembra, o dragonete sórdido, fue considerada por Linneo, y por muchos
naturalistas posteriores, como una especie distinta; Es de un marrón rojizo
sucio, con la aleta dorsal marrón y las demás aletas blancas. Los sexos
difieren también en el tamaño proporcional de la cabeza y la boca, y en la
posición de los ojos (12. He elaborado esta descripción a partir de 'British
Fishes' de Yarrell, vol. i. 1836, págs. 261 y 266); pero la diferencia más
llamativa es la extraordinaria elongación de la aleta dorsal en el macho (Fig.
29). El Sr. W. Saville Kent comenta que este «apéndice singular parece, según
mis observaciones de la especie en confinamiento, estar subordinado al mismo
fin que las carúnculas, crestas y otros accesorios anormales del macho en las
aves gallináceas, con el propósito de fascinar a sus parejas». (13. 'Nature',
julio de 1873, pág. 264). Los machos jóvenes se parecen a las hembras adultas
en estructura y color. En todo el género Callionymus (14. 'Catálogo de peces de
acanto en el Museo Británico', por el Dr. Gunther, 1861, págs. 138-151), el
macho generalmente tiene manchas mucho más brillantes que la hembra y, en
varias especies, no solo la aleta dorsal, sino también la anal, son mucho más
alargadas en los machos.
El macho del Cottus scorpius, o
escorpión marino, es más delgado y pequeño que la hembra. También existe una
gran diferencia de color entre ellos. Es difícil, como señala el Sr. Lloyd (15.
'Game Birds of Sweden', etc., 1867, pág. 466), «para quien no haya visto este
pez durante la época de desove, cuando sus tonos son más brillantes, concebir
la mezcla de brillantes colores con la que, por lo demás tan feo, se adorna en
esa época». Ambos sexos del Labrus mixtus, aunque de color muy diferente, son
hermosos; el macho es naranja con brillantes rayas azules, y la hembra, rojo
brillante con algunas manchas negras en el dorso.
[Fig. 30. Xiphophorus Hellerii.
Figura superior: macho; figura inferior: hembra.]
En la familia muy distinta de los
Cyprinodontidae —habitantes de aguas dulces de tierras extranjeras— los sexos a
veces difieren mucho en diversas características. En el macho de Mollienesia
petenensis (16. Con respecto a esta y las siguientes especies, agradezco la
información del Dr. Gunther: véase también su artículo sobre «Peces de América
Central» en «Transact. Zoological Soc.», vol. vi. 1868, pág. 485), la aleta
dorsal está muy desarrollada y presenta una hilera de manchas grandes,
redondas, oceladas y de colores brillantes; mientras que en la hembra, la misma
aleta es más pequeña, de forma diferente y solo presenta manchas marrones de
curvatura irregular. En el macho, el margen basal de la aleta anal también está
poco desarrollado y es de color oscuro. En el macho de una forma afín, el
Xiphophorus Hellerii (Fig. 30), el margen inferior de la aleta caudal se
desarrolla en un largo filamento que, según me ha dicho el Dr. Gunther,
presenta rayas de colores brillantes. Este filamento no contiene músculos y, al
parecer, no puede ser de utilidad directa para el pez. Al igual que en el caso
del Callionymus, los machos jóvenes se parecen a las hembras adultas en color y
estructura. Diferencias sexuales como estas pueden compararse estrictamente con
las que son tan frecuentes en las aves gallináceas. (17. El Dr. Gunther hace
esta observación; «Catálogo de Peces del Museo Británico», vol. iii. 1861, pág.
141).
Fig. 31. Plecostomus barbatus. Figura
superior: cabeza de macho; figura inferior: hembra.
En un pez siluroide que habita las
aguas dulces de Sudamérica, el Plecostomus barbatus (18. Véase al Dr. Gunther
sobre este género en «Proceedings of the Zoological Society», 1868, pág. 232)
(Fig. 31), el macho tiene la boca y el interopérculo bordeados por una barba de
pelos rígidos, de la que la hembra apenas muestra rastros. Estos pelos son
escamas. En otra especie del mismo género, tentáculos suaves y flexibles
sobresalen de la parte frontal de la cabeza del macho, ausentes en la hembra.
Estos tentáculos son prolongaciones de la piel verdadera y, por lo tanto, no
son homólogos de los pelos rígidos de la especie anterior; pero es difícil
dudar de que ambos tengan la misma función. Es difícil conjeturar cuál sea esta
función; el adorno no parece probable en este caso, pero difícilmente podemos
suponer que los pelos rígidos y los filamentos flexibles puedan ser útiles de
forma ordinaria solo para los machos. En ese extraño monstruo, la Chimaera
monstrosa, el macho tiene un hueso en forma de gancho en la parte superior de
la cabeza, dirigido hacia adelante, con su extremo redondeado y cubierto de
espinas afiladas; en la hembra, esta corona está completamente ausente, pero se
desconoce por completo su utilidad para el macho. (19. F. Buckland, en 'Tierra
y Agua', julio de 1868, pág. 377, con una figura. Se podrían añadir muchos
otros casos de estructuras peculiares del macho, de las cuales se desconocen
sus usos).
Las estructuras mencionadas hasta
ahora son permanentes en el macho tras alcanzar la madurez; sin embargo, en
algunos blenios y en otro género afín (20. Dr. Gunther, «Catálogo de Peces»,
vol. iii, págs. 221 y 240), el macho desarrolla una cresta en la cabeza solo
durante la época reproductiva, adquiriendo al mismo tiempo un color más
brillante. Es indudable que esta cresta sirve como adorno sexual temporal, ya
que la hembra no la presenta. En otras especies del mismo género, ambos sexos
poseen cresta, y al menos en una especie, ninguno de los dos sexos la posee. En
muchos de los Chromidae, por ejemplo en Geophagus y especialmente en Cichla,
los machos, según me cuenta el profesor Agassiz (21. Véase también 'Un viaje a
Brasil', del profesor y la señora Agassiz, 1868, pág. 220), presentan una
protuberancia notable en la frente, que falta por completo en las hembras y en
los machos jóvenes. El profesor Agassiz añade: «He observado a menudo a estos
peces en la época del desove, cuando la protuberancia es mayor, y en otras
épocas cuando falta por completo, y los dos sexos no muestran ninguna
diferencia en el contorno del perfil de la cabeza. Nunca he podido determinar
si cumple alguna función especial, y los indígenas del Amazonas desconocen su
uso». Estas protuberancias se asemejan, en su aparición periódica, a los
carbunclos carnosos de la cabeza de ciertas aves; pero por el momento es dudoso
que sirvan como adornos.
He oído del profesor Agassiz y del
Dr. Gunther que los machos de estos peces, cuyo color difiere permanentemente
del de las hembras, suelen volverse más brillantes durante la época de cría.
Esto también ocurre con una multitud de peces, cuyos sexos son idénticos en
color en todas las demás estaciones del año. La tenca, el rutilo y la perca
pueden citarse como ejemplos. El salmón macho en esta época tiene las mejillas
marcadas con rayas anaranjadas, que le dan la apariencia de un Labrus, y el
cuerpo presenta un matiz naranja dorado. Las hembras son de color oscuro y se
las suele llamar peces negros. (22. Yarrell, 'Historia de los peces
británicos', vol. ii. 1836, págs. 10, 12, 35). Un cambio análogo, e incluso
mayor, se produce con el Salmo eriox o trucha toro; Los machos del salvelino
(S. umbla) también presentan en esta época un color más vivo que las hembras.
(23. W. Thompson, en 'Annals and Magazine of Natural History', vol. vi. 1841,
pág. 440). Los colores del lucio (Esox reticulatus) de Estados Unidos, especialmente
los del macho, se vuelven, durante la época reproductiva, extremadamente
intensos, brillantes e iridiscentes. (24. 'The American Agriculturalist', 1868,
pág. 100). Otro ejemplo sorprendente, entre muchos, lo ofrece el macho del
espinoso (Gasterosteus leiurus), descrito por el Sr. Warington (25. 'Annals and
Mag. of Nat. Hist.', oct. 1852), como de una belleza indescriptible. El dorso y
los ojos de la hembra son simplemente marrones, y el vientre blanco. Los ojos
del macho, por otro lado, son de un verde espléndido, con un brillo metálico
similar al de las plumas verdes de algunos colibríes. La garganta y el vientre
son de un carmesí brillante, el dorso de un verde ceniciento, y todo el pez
parece algo translúcido y brilla con una incandescencia interna. Tras la época
reproductiva, estos colores cambian: la garganta y el vientre se vuelven de un
rojo más pálido, el dorso más verde y los tonos brillantes se desvanecen.
Con respecto al cortejo de los peces,
se han observado otros casos desde la publicación de la primera edición de este
libro, además del ya mencionado del espinoso. El Sr. WS Kent afirma que el
macho del Labrus mixtus, que, como hemos visto, difiere en color de la hembra,
hace «un profundo hoyo en la arena del acuario y luego intenta de la manera más
persuasiva convencer a una hembra de la misma especie para que lo comparta con
él, nadando de un lado a otro entre ella y el nido terminado, y mostrando claramente
su gran deseo de que ella lo siga». Los machos del Cantharus lineatus
adquieren, durante la época reproductiva, un color negro plomizo intenso; luego
se retiran del banco y excavan un hoyo a modo de nido. Cada macho monta ahora
una guardia vigilante sobre su respectivo hueco, atacando y ahuyentando
vigorosamente a cualquier otro pez del mismo sexo. Con sus compañeros del sexo
opuesto, su comportamiento es muy diferente; muchos de estos últimos están
ahora hinchados de huevos, y se esfuerza por todos los medios a su alcance por
atraerlos individualmente a su hueco preparado, para depositar allí la miríada
de huevos que los recubren, los cuales luego protege y custodia con el mayor
cuidado. (26. 'Nature', mayo de 1873, pág. 25).
Un ejemplo más sorprendente de
cortejo, así como de exhibición, por parte de los machos de un Macropus chino,
fue presentado por M. Carbonnier, quien observó cuidadosamente a estos peces en
confinamiento. (27. 'Bulletin de la Societé d'Acclimat'. París, julio de 1869 y
enero de 1870). Los machos presentan una coloración bellísima, incluso más que
las hembras. Durante la época reproductiva, compiten por la posesión de las
hembras; y, en el acto de cortejo, expanden sus aletas, que están moteadas y
adornadas con rayos de brillantes colores, de la misma manera, según M.
Carbonnier, que el pavo real. Luego también saltan alrededor de las hembras con
mucha vivacidad, y aparecen por "l'étalage de leurs vivas couleurs
chercher a attirer l'attention des femelles, lesquelles ne paraissaient
indifférentes a ce manège, elles nageaient avec une molle lenteur vers les
males et semblaient se complaire dans leur voisinage". Después de que el
macho ha conquistado a su novia, hace un pequeño disco de espuma soplando aire
y moco de su boca. Luego recoge los óvulos fertilizados, dejados caer por la
hembra, en su boca; y esto causó mucha alarma al Sr. Carbonnier, ya que pensó
que iban a ser devorados. Pero el macho pronto los deposita en el disco de
espuma, después los protege, repara la espuma y cuida de las crías cuando
nacen. Menciono estos detalles porque, como veremos enseguida, hay peces cuyos
machos incuban sus huevos en la boca; y quienes no creen en el principio de la
evolución gradual podrían preguntar cómo pudo originarse tal hábito; pero la
dificultad disminuye mucho cuando sabemos que hay peces que recogen y
transportan los huevos de esta manera; pues si por alguna causa se hubiera
demorado en depositarlos, se podría haber adquirido el hábito de incubarlos en
la boca.
Volviendo a nuestro tema más
inmediato, el caso es el siguiente: las hembras, según tengo entendido, nunca
desovan voluntariamente excepto en presencia de los machos; y los machos nunca
fecundan los óvulos excepto en presencia de las hembras. Los machos luchan por
la posesión de las hembras. En muchas especies, los machos, durante su
juventud, se parecen a las hembras en color; pero al alcanzar la edad adulta,
se vuelven mucho más brillantes y conservan sus colores durante toda la vida.
En otras especies, los machos se vuelven más brillantes que las hembras y, por
lo demás, más ornamentados, solo durante la época de amor. Los machos cortejan
diligentemente a las hembras y, en un caso, como hemos visto, se esmeran en
exhibir su belleza ante ellas. ¿Es posible creer que actuarían así en vano
durante el cortejo? Y esto sería así, a menos que las hembras ejerzan cierta
selección y seleccionen a los machos que más les agradan o excitan. Si la
hembra ejerce dicha selección, todos los hechos anteriores sobre la ornamentación
de los machos se hacen inmediatamente comprensibles gracias a la selección
sexual.
A continuación, debemos investigar si
esta idea de que los colores brillantes de ciertos peces machos se adquieren
mediante selección sexual puede, mediante la ley de la transmisión equitativa
de caracteres a ambos sexos, extenderse a aquellos grupos en los que los machos
y las hembras son brillantes en el mismo grado o casi en el mismo. En un género
como el Labrus, que incluye algunos de los peces más espléndidos del mundo —por
ejemplo, el Labrus pavo real (L. pavo), descrito (28. Bory Saint Vincent, en 'Dict.
Class. d'Hist. Nat.' tom. ix. 1826, p. 151.), con perdonable exageración, como
formado por escamas pulidas de oro, con incrustaciones de lapislázuli, rubíes,
zafiros, esmeraldas y amatistas— podemos, con gran probabilidad, aceptar esta
creencia; pues hemos visto que los sexos en al menos una especie del género
difieren mucho en color. En algunos peces, como en muchos de los animales
inferiores, los colores espléndidos pueden ser el resultado directo de la
naturaleza de sus tejidos y de las condiciones ambientales, sin intervención de
ningún tipo de selección. El pez dorado (Cyprinus auratus), a juzgar por la
analogía con la variedad dorada de la carpa común, es quizás un buen ejemplo,
ya que podría deber sus espléndidos colores a una única variación abrupta,
debida a las condiciones a las que este pez ha estado sometido en
confinamiento. Sin embargo, es más probable que estos colores se hayan
intensificado mediante selección artificial, ya que esta especie ha sido criada
cuidadosamente en China desde tiempos remotos. (29. Debido a algunas
observaciones sobre este tema, hechas en mi obra 'Sobre la variación de los
animales bajo domesticación', el Sr. WF Mayers ('Notas y consultas chinas',
agosto de 1868, pág. 123) ha buscado en las antiguas enciclopedias chinas.
Encuentra que los peces dorados se criaron por primera vez en confinamiento
durante la dinastía Sung, que comenzó en el año 960 d. C. En el año 1129
abundaban estos peces. En otro lugar se dice que desde el año 1548 se ha
"producido en Hangchow una variedad llamada pez de fuego, por su color
rojo intenso. Es universalmente admirado, y no hay un hogar donde no se
cultive, EN RIVALIDAD EN CUANTO A SU COLOR, y como fuente de ganancias".)
En condiciones naturales no parece probable que seres tan altamente organizados
como los peces, y que viven bajo relaciones tan complejas, se vuelvan de
colores brillantes sin sufrir algún mal o recibir algún beneficio de tan gran
cambio y, en consecuencia, sin la intervención de la selección natural.
¿Qué podemos concluir, entonces,
respecto a los numerosos peces, cuyos dos sexos presentan espléndidos colores?
El Sr. Wallace (30. 'Westminster Review', julio de 1867, pág. 7) cree que las
especies que frecuentan los arrecifes, donde abundan los corales y otros
organismos de vivos colores, presentan colores brillantes para evitar ser
detectadas por sus enemigos; pero, según recuerdo, esto las hacía muy visibles.
En las aguas dulces de los trópicos no hay corales ni otros organismos de vivos
colores a los que los peces se parezcan; sin embargo, muchas especies del
Amazonas presentan hermosos colores, y muchos de los ciprínidos carnívoros de
la India están ornamentados con brillantes líneas longitudinales de diversos
matices. (31. 'Ciprínidos de la India', por el Sr. M'Clelland, 'Investigaciones
Asiáticas', vol. XIX, parte II, 1839, pág. 230.) El Sr. M'Clelland, al
describir estos peces, llega incluso a suponer que «el peculiar brillo de sus
colores» sirve como «una mejor señal para martines pescadores, charranes y
otras aves destinadas a controlar la población de estos peces»; pero hoy en
día, pocos naturalistas admiten que se haya hecho visible a algún animal para
contribuir a su propia destrucción. Es posible que ciertos peces se hayan hecho
visibles para advertir a las aves y animales de presa de su indigestión, como
se explicó al tratar el tema de las orugas; pero no creo que se sepa que algún
pez, al menos ningún pez de agua dulce, sea rechazado por ser desagradable para
los animales devoradores de peces. En general, la opinión más probable con
respecto a los peces, cuyos ambos sexos son de colores brillantes, es que sus
colores fueron adquiridos por los machos como adorno sexual y fueron
transferidos igualmente, o casi, al otro sexo.
Ahora debemos considerar si, cuando
el macho difiere notablemente de la hembra en color u otros adornos, solo él ha
sido modificado, heredando estas variaciones solo su descendencia masculina; o
si la hembra ha sido especialmente modificada y se ha vuelto discreta para su
protección, heredando estas modificaciones solo las hembras. Es indudable que
muchos peces han adquirido color como protección: nadie puede examinar la
superficie superior moteada de un lenguado y pasar por alto su parecido con el
fondo arenoso del mar en el que vive. Además, ciertos peces pueden, mediante la
acción del sistema nervioso, cambiar su color para adaptarse a los objetos
circundantes, y esto en poco tiempo. (32. G. Pouchet, 'L'Institut.' 1 de
noviembre de 1871, pág. 134.) Uno de los ejemplos más sorprendentes jamás
registrados de un animal protegido por su color (hasta donde se puede juzgar en
especímenes preservados), así como por su forma, es el dado por el Dr. Gunther
(33. 'Proc. Zoolog. Soc.' 1865, pág. 327, láms. xiv y xv) de un pez pipa, que,
con sus filamentos rojizos ondulantes, es difícilmente distinguible del alga a
la que se aferra con su cola prensil. Pero la cuestión que ahora se considera
es si solo las hembras han sido modificadas para este objeto. Podemos ver que
un sexo no será modificado por selección natural con el fin de protegerse más
que el otro, suponiendo que ambos varíen, a menos que un sexo esté expuesto al
peligro durante un período más largo, o tenga menos capacidad de escapar de
dicho peligro que el otro; y no parece que en los peces los sexos difieran en
estos aspectos. En la medida en que exista alguna diferencia, los machos, por
ser generalmente más pequeños y por vagar más, están expuestos a mayor peligro
que las hembras; y, sin embargo, cuando los sexos difieren, los machos son casi
siempre los de color más llamativo. Los óvulos se fecundan inmediatamente
después de ser depositados; y cuando este proceso dura varios días, como en el
caso del salmón (34. Yarrell, 'British Fishes', vol. ii, pág. 11), la hembra,
durante todo el tiempo, es atendida por el macho. Después de que los óvulos se
fecundan, en la mayoría de los casos, quedan desprotegidos por ambos
progenitores, de modo que los machos y las hembras, en lo que respecta a la
oviposición, están igualmente expuestos al peligro, y ambos son igualmente
importantes para la producción de óvulos fértiles; En consecuencia, los
individuos de ambos sexos con colores más o menos brillantes estarían
igualmente expuestos a ser destruidos o preservados, y ambos tendrían una
influencia igual en los colores de su descendencia.
Ciertos peces, pertenecientes a
varias familias, construyen nidos, y algunos cuidan de sus crías una vez que
nacen. Ambos sexos de los brillantes Crenilabrus massa y melops trabajan juntos
en la construcción de sus nidos con algas, conchas, etc. (35. Según las
observaciones de M. Gerbe; véase Gunther's 'Record of Zoolog. Literature',
1865, pág. 194). Pero los machos de ciertos peces hacen todo el trabajo y
después se encargan exclusivamente de las crías. Este es el caso de los gobios
de color apagado (36. Cuvier, 'Regne Animal', vol. ii. 1829, pág. 242), en los
que no se sabe que los sexos difieran en color, y lo mismo ocurre con los
espinosos (Gasterosteus), cuyos machos adquieren colores brillantes durante la
época de desove. El macho del espinoso de cola lisa (G. leiurus) desempeña las
funciones de nodriza con un cuidado y una vigilancia ejemplares durante mucho
tiempo, y se dedica continuamente a guiar con cuidado a las crías de vuelta al
nido cuando se alejan demasiado. Ahuyenta con valentía a todos los enemigos,
incluidas las hembras de su especie. Sería un gran alivio para el macho si la
hembra, tras depositar sus huevos, fuera devorada inmediatamente por algún
enemigo, ya que se ve obligado a expulsarla del nido constantemente. (37. Véase
la interesantísima descripción del Sr. Warington sobre los hábitos del
Gasterosteus leiurus en «Annals and Magazine of Nat. History», noviembre de
1855).
Los machos de ciertos peces que
habitan Sudamérica y Ceilán, pertenecientes a dos órdenes distintos, tienen la
extraordinaria costumbre de incubar en sus bocas o cavidades branquiales los
huevos puestos por las hembras. (38. Prof. Wyman, en 'Proc. Boston Soc. of Nat.
Hist.', 15 de septiembre de 1857. También Prof. Turner, en 'Journal of Anatomy
and Physiology', 1 de noviembre de 1866, pág. 78. El Dr. Gunther ha descrito
otros casos). El profesor Agassiz me informa que los machos de las especies
amazónicas que siguen este hábito, "no solo son generalmente más
brillantes que las hembras, sino que la diferencia es mayor en la época de
desove que en cualquier otro momento". Las especies de Geophagus actúan de
la misma manera; y en este género, una protuberancia conspicua se desarrolla en
la frente de los machos durante la época de reproducción. En las diversas
especies de cromidos, como también me informa el profesor Agassiz, se pueden
observar diferencias de color entre los sexos, ya sea que pongan sus huevos en
el agua entre plantas acuáticas, los depositen en agujeros, dejándolos salir
sin más cuidados, o construyan nidos poco profundos en el lodo del río, sobre
los cuales se sientan, como hace nuestro Pomotis. Cabe destacar también que
estos nidos se encuentran entre las especies más brillantes de sus respectivas
familias; por ejemplo, Hygrogonus es de color verde brillante, con grandes
ocelos negros, rodeados de un rojo resplandeciente. Se desconoce si en todas
las especies de cromidos es solo el macho quien se pone sobre los huevos. Sin
embargo, es evidente que el hecho de que los huevos estén protegidos o no por
los padres ha tenido poca o ninguna influencia en las diferencias de color
entre los sexos. Es además manifiesto, en todos los casos en que los machos
toman a su cargo en forma exclusiva los nidos y las crías, que la destrucción
de los machos de colores más brillantes tendría mucha más influencia en el
carácter de la raza que la destrucción de las hembras de colores más
brillantes; pues la muerte del macho durante el período de incubación o
lactancia conllevaría la muerte de las crías, de modo que no podrían heredar
sus peculiaridades; sin embargo, en muchos de estos mismos casos los machos
tienen colores más visibles que las hembras.
En la mayoría de los lofobranquios
(peces pipa, hipocampos, etc.), los machos presentan sacos marsupiales o
depresiones hemisféricas en el abdomen, donde eclosionan los óvulos puestos por
la hembra. Los machos también muestran un gran apego a sus crías. (39. Yarrell,
«Historia de los peces británicos», vol. ii. 1836, págs. 329, 338). Los sexos
no suelen diferir mucho en coloración; pero el Dr. Gunther cree que los
hipocampos machos son bastante más brillantes que las hembras. El género
Solenostoma, sin embargo, ofrece un caso excepcional y curioso (40. El Dr.
Gunther, desde la publicación de una descripción de esta especie en «Los peces
de Zanzíbar», del coronel Playfair, 1866, pág. 137, ha reexaminado los
especímenes y me ha proporcionado la información anterior), pues la hembra
presenta colores y manchas mucho más vivos que el macho, y solo ella posee un
saco marsupial y eclosiona los huevos; de modo que la hembra de Solenostoma se
diferencia de todos los demás lofobranquios en este último aspecto, y de casi
todos los demás peces, por tener colores más brillantes que el macho. Es
improbable que esta notable doble inversión de caracteres en la hembra sea una
coincidencia accidental. Dado que los machos de varios peces, que se encargan
exclusivamente de los huevos y las crías, presentan colores más brillantes que
las hembras, y como en este caso la hembra de Solenostoma asume la misma
responsabilidad y es más brillante que el macho, podría argumentarse que los
colores llamativos del sexo más importante para el bienestar de las crías deben
ser, de alguna manera, protectores. Sin embargo, dado el gran número de peces
cuyos machos son permanente o periódicamente más brillantes que las hembras,
pero cuya vida no es en absoluto más importante para el bienestar de la especie
que la de la hembra, esta opinión difícilmente puede sostenerse. Al tratar las
aves, nos encontraremos con casos análogos, donde se ha producido una inversión
completa de los atributos habituales de ambos sexos, y entonces daremos lo que
parece ser la explicación probable: que los machos han seleccionado a las
hembras más atractivas, en lugar de que estas últimas hayan seleccionado, de
acuerdo con la regla habitual en el reino animal, a los machos más atractivos.
En general, podemos concluir que, en
la mayoría de los peces cuyos sexos difieren en color u otras características
ornamentales, los machos variaron originalmente, transmitiéndose sus
variaciones al mismo sexo y acumulándose mediante selección sexual al atraer o
excitar a las hembras. En muchos casos, sin embargo, dichas características se
han transferido, parcial o totalmente, a las hembras. En otros casos, ambos
sexos han sido coloreados de la misma manera para protegerlos; pero en ningún
caso parece que solo la hembra haya tenido sus colores u otras características
modificadas específicamente para este último propósito.
El último punto que debe destacarse
es que se sabe que los peces emiten diversos ruidos, algunos de los cuales se
describen como musicales. El Dr. Dufosse, quien ha estudiado especialmente este
tema, afirma que los sonidos son producidos voluntariamente de diversas maneras
por diferentes peces: por la fricción de los huesos faríngeos, por la vibración
de ciertos músculos unidos a la vejiga natatoria, que actúa como una tabla de
resonancia, y por la vibración de los músculos intrínsecos de la vejiga natatoria.
Por este último medio, el Trigla produce sonidos puros y prolongados que
abarcan casi una octava. Pero el caso más interesante para nosotros es el de
dos especies de Ophidium, en las que solo los machos poseen un aparato
productor de sonido, compuesto por pequeños huesos móviles, con músculos
propios, en conexión con la vejiga natatoria. (41. 'Comptes-Rendus', tom. xlvi.
1858, pág. 353; tom. xlvii. 1858, pág. 916; tom. liv. 1862, pág. 393. Algunos
autores dicen que el ruido que hacen las Umbrinas (Sciaena aquila) se parece
más al de una flauta u órgano que al de un tambor: el Dr. Zouteveen, en la
traducción holandesa de esta obra (vol. ii. pág. 36), da algunos detalles
adicionales sobre los sonidos que hacen los peces). Se dice que el tamborileo
de las Umbrinas en los mares europeos es audible desde una profundidad de
veinte brazas; y los pescadores de Rochelle afirman "que solo los machos
hacen el ruido durante la época de desove; y que es posible imitándolo,
capturarlos sin cebo". (42. El reverendo C. Kingsley, en 'Nature', mayo de
1870, pág. 40.) De esta afirmación, y más especialmente del caso de Ophidium,
es casi seguro que en esta, la clase más baja de los vertebrados, como en
tantos insectos y arañas, los instrumentos productores de sonido se han desarrollado,
al menos en algunos casos, a través de la selección sexual, como un medio para
unir los sexos.
ANFIBIOS.
URODELA.
Fig. 32. Tritón cristatus (a la mitad
de su tamaño natural, de «Reptiles Británicos» de Bell). Figura superior: macho
en época reproductiva; figura inferior: hembra.
Comenzaré con los anfibios con cola.
Los sexos de las salamandras o tritones suelen diferir mucho tanto en color
como en estructura. Algunas especies desarrollan garras prensiles en las patas
delanteras de los machos durante la época reproductiva; en esta época, el macho
de Triton palmipes posee una membrana nasa en las patas traseras, que se
absorbe casi por completo durante el invierno; de modo que sus pies se asemejan
a los de la hembra. (43. Bell, «Historia de los reptiles británicos», 2.ª ed.,
1849, págs. 156-159). Esta estructura sin duda facilita al macho la búsqueda y
persecución de la hembra. Mientras la corteja, vibra rápidamente la punta de su
cola. Nuestros tritones comunes (Triton punctatus y cristatus) desarrollan una
cresta profunda y muy dentada a lo largo del lomo y la cola durante la época
reproductiva, que desaparece durante el invierno. El Sr. St. George Mivart me
informa que no está provisto de músculos y, por lo tanto, no puede utilizarse
para la locomoción. Dado que durante la época de cortejo se tiñe de brillantes
colores, es difícil dudar de que se trate de un adorno masculino. En muchas
especies, el cuerpo presenta tonos muy contrastados, aunque chillones, que se
intensifican durante la época reproductiva. El macho, por ejemplo, de nuestro
tritón común (Triton punctatus) es de color gris parduzco por encima, pasando a
amarillo por debajo, que en primavera se torna de un naranja intenso y
brillante, con manchas redondas y oscuras por todas partes. El borde de la
cresta también presenta una punta de color rojo brillante o violeta. La hembra
suele ser de color marrón amarillento con puntos marrones dispersos, y la
superficie inferior suele ser bastante lisa. (44. Bell, 'Historia de los
Reptiles Británicos', 2.ª ed., 1849, págs. 146, 151). Las crías presentan tonos
oscuros. Los óvulos se fecundan durante la puesta y no son atendidos
posteriormente por ninguno de los progenitores. Por lo tanto, podemos concluir
que los machos han adquirido sus colores marcados y sus apéndices ornamentales
mediante selección sexual; estos se transmiten solo a la descendencia masculina
o a ambos sexos.
ANURA O BATRAQUIA.
En muchas ranas y sapos, los colores
sirven evidentemente como protección, como los brillantes tonos verdes de las
ranas arbóreas y las oscuras tonalidades moteadas de muchas especies
terrestres. El sapo de colores más llamativos que he visto, el Phryniscus
nigricans (45. «Zoología del viaje del “Beagle”», 1843. Bell, ibíd., pág. 49),
tenía toda la parte superior del cuerpo negra como la tinta, con las plantas de
los pies y partes del abdomen manchadas de un bermellón brillante. Se
arrastraba por las llanuras arenosas o herbosas de La Plata bajo un sol
abrasador, y no dejaba de llamar la atención de todo el que pasaba. Estos
colores probablemente son beneficiosos, ya que hacen que este animal sea
conocido por todas las aves rapaces como un bocado nauseabundo.
En Nicaragua hay una ranita “vestida
con una brillante librea de rojo y azul” que no se oculta como la mayoría de
las otras especies, sino que salta durante el día. El Sr. Belt dice (46. 'El
Naturalista en Nicaragua', 1874, pág. 321) que, en cuanto vio su feliz
sensación de seguridad, tuvo la certeza de que no era comestible. Tras varios
intentos, logró tentar a un pato joven para que atrapara a otro, pero este lo
rechazó al instante; y el pato “andaba sacudiendo la cabeza, como si intentara
quitarse un sabor desagradable”.
Con respecto a las diferencias
sexuales de color, el Dr. Gunther no conoce ningún ejemplo llamativo ni en
ranas ni en sapos; sin embargo, a menudo puede distinguir al macho de la hembra
por la intensidad de los tonos del primero. Tampoco conoce ninguna diferencia
notable en la estructura externa entre los sexos, salvo las prominencias que se
desarrollan durante la época reproductiva en las patas delanteras del macho,
que le permiten sujetar a la hembra. (47. Solo el macho de Bufo sikimmensis
(Dr. Anderson, 'Proc. Zoolog. Soc.' 1871, pág. 204) presenta dos callosidades
en forma de placa en el tórax y ciertas rugosidades en los dedos, que quizás
cumplen la misma función que las prominencias mencionadas). Es sorprendente que
estos animales no hayan adquirido caracteres sexuales más marcados; pues,
aunque son de sangre fría, sus pasiones son intensas. El Dr. Gunther me informa
que ha encontrado varias veces una desafortunada hembra de sapo muerta y
asfixiada tras haber sido abrazada tan estrechamente por tres o cuatro machos.
El profesor Hoffman ha observado ranas en Giessen peleando todo el día durante
la época de cría, con tanta violencia que una de ellas sufrió un desgarro en el
cuerpo.
Las ranas y los sapos ofrecen una
interesante diferencia sexual: la capacidad musical de los machos; pero hablar
de música, aplicado a los sonidos discordantes y abrumadores emitidos por las
ranas toro macho y algunas otras especies, parece, según nuestro gusto, una
expresión singularmente inapropiada. Sin embargo, ciertas ranas cantan de una
manera decididamente agradable. Cerca de Río de Janeiro, solía sentarme al
atardecer a escuchar a varias pequeñas hilas, posadas en briznas de hierba
cerca del agua, que emitían dulces y armoniosos gorjeos. Los diversos sonidos
son emitidos principalmente por los machos durante la época reproductiva, como
en el caso del croar de nuestra rana común. (48. Bell, 'History British
Reptiles', 1849, pág. 93). En consecuencia, los órganos vocales de los machos
están más desarrollados que los de las hembras. En algunos géneros, solo los
machos poseen sacos que desembocan en la laringe. (49. J. Bishop, en 'Todd's
Cyclopaedia of Anatomy and Physiology', vol. iv, pág. 1503.) Por ejemplo, en la
rana comestible (Rana esculenta), «los sacos son característicos de los machos
y, al llenarse de aire al croar, se convierten en grandes vejigas globulares,
una a cada lado de la cabeza, cerca de las comisuras de la boca». El croar del
macho se vuelve así extremadamente potente, mientras que el de la hembra es
solo un leve gemido. (50. Bell, ibíd., págs. 112-114.) En los diversos géneros
de la familia, los órganos vocales difieren considerablemente en estructura, y
su desarrollo en todos los casos puede atribuirse a la selección sexual.
REPTILES.
QUELONIA.
Las tortugas terrestres y galápagos
no presentan diferencias sexuales muy marcadas. En algunas especies, la cola
del macho es más larga que la de la hembra. En otras, el plastrón o superficie
inferior del caparazón del macho es ligeramente cóncavo con respecto a la
espalda de la hembra. El macho de la tortuga de fango de Estados Unidos
(Chrysemys picta) tiene garras en las patas delanteras el doble de largas que
las de la hembra; estas se utilizan cuando los sexos se unen. (51. Sr. C.J.
Maynard, «The American Naturalist», diciembre de 1869, pág. 555). Se dice que
los machos de la enorme tortuga de las Islas Galápagos (Testudo nigra) alcanzan
un tamaño mayor que las hembras: durante la época de apareamiento, y en ningún
otro momento, el macho emite un bramido ronco, que puede oírse a más de cien
yardas de distancia; la hembra, en cambio, nunca utiliza su voz. (52. Véase mi
«Diario de investigaciones durante el viaje del “Beagle”», 1845, pág. 384.)
En el caso del Testudo elegans de la
India, se dice que “los combates de los machos pueden oírse a cierta distancia,
por el ruido que producen al chocar entre sí”. (53. Dr. Gunther, 'Reptiles de
la India Británica', 1864, pág. 7.)
COCODRILO.
Aparentemente, los sexos no difieren
en color; tampoco tengo constancia de que los machos peleen entre sí, aunque es
probable, pues algunas especies realizan un despliegue prodigioso ante las
hembras. Bartram (54. «Viajes por Carolina», etc., 1791, pág. 128) describe al
caimán macho intentando conquistar a la hembra chapoteando y rugiendo en medio
de una laguna. «Hinchado hasta el punto de reventar, con la cabeza y la cola
levantadas, salta o da vueltas sobre la superficie del agua, como un jefe indio
ensayando sus hazañas de guerra». Durante la época de amor, las glándulas
submaxilares del cocodrilo emiten un olor almizclado que impregna sus guaridas.
(55. Owen, «Anatomía de los Vertebrados», vol. I, 1866, pág. 615).
OFIDIA.
El Dr. Gunther me informa que los
machos son siempre más pequeños que las hembras y, por lo general, tienen colas
más largas y delgadas; pero no conoce ninguna otra diferencia en la estructura
externa. En cuanto al color, casi siempre puede distinguir al macho de la
hembra por sus tonos más pronunciados; así, la banda negra en zigzag en el lomo
de la víbora inglesa macho está más definida que en la hembra. La diferencia es
mucho más evidente en las serpientes de cascabel de Norteamérica, cuyo macho,
como me mostró el cuidador del Zoológico, se distingue inmediatamente de la
hembra por tener un amarillo más intenso en todo el cuerpo. En Sudáfrica, el
Bucephalus capensis presenta una diferencia análoga, pues la hembra «nunca
presenta una coloración amarilla tan intensa en los costados como el macho».
(56. Sir Andrew Smith, 'Zoología de Sudáfrica: Reptilia', 1849, lám. x.) El
macho de la Dipsas cynodon india, por otro lado, es de color marrón negruzco,
con el vientre parcialmente negro, mientras que la hembra es rojiza o verde
oliva amarillento, con el vientre amarillento uniforme o jaspeado de negro. En
la Tragops dispar de la misma región, el macho es verde brillante y la hembra
de color bronce. (57. Dr. A. Gunther, 'Reptiles de la India Británica', Ray
Soc., 1864, pp. 304, 308.) Sin duda, los colores de algunas serpientes son
protectores, como lo demuestran los tintes verdes de las serpientes arbóreas y
los diversos tonos moteados de las especies que viven en lugares arenosos; pero
es dudoso que los colores de muchas especies, por ejemplo, de la serpiente y la
víbora inglesas comunes, sirvan para ocultarlos; Y esto es aún más dudoso con
las numerosas especies extranjeras que presentan colores de extrema elegancia.
Los colores de ciertas especies son muy diferentes en la edad adulta y en la
juventud. (58. Dr. Stoliczka, «Journal of Asiatic Society of Bengal», vol.
xxxix, 1870, págs. 205, 211).
Durante la época reproductiva, las
glándulas odoríferas anales de las serpientes están en función activa (59.
Owen, 'Anatomía de los vertebrados', vol. i. 1866, p. 615); y lo mismo ocurre
con las mismas glándulas en los lagartos, y como hemos visto con las glándulas
submaxilares de los cocodrilos. Como los machos de la mayoría de los animales
buscan a las hembras, estas glándulas odoríferas probablemente sirven para
excitar o encantar a la hembra, en lugar de guiarla al lugar donde puede
encontrarse el macho. Las serpientes macho, aunque parecen tan perezosas, son
amorosas; pues se ha observado a muchos apiñándose alrededor de la misma
hembra, e incluso alrededor de su cadáver. No se sabe que luchen entre sí por
rivalidad. Sus capacidades intelectuales son superiores a las que se podría
haber anticipado. En los jardines zoológicos pronto aprenden a no golpear la
barra de hierro con la que se limpian sus jaulas; El Dr. Keen, de Filadelfia,
me informa que algunas serpientes que él tenía aprendieron, tras cuatro o cinco
intentos, a evitar el lazo, con el que al principio eran fáciles de atrapar. Un
excelente observador de Ceilán, el Sr. E. Layard, vio (60. «Paseos por Ceilán»,
en «Anales y Revista de Historia Natural», 2.ª serie, vol. ix. 1852, pág. 333)
cómo una cobra metía la cabeza por un estrecho agujero y se tragaba un sapo.
«Con este estorbo, no pudo retirarse; al encontrarlo, de mala gana vomitó el
preciado bocado, que empezó a alejarse; esto fue demasiado para la filosofía de
las serpientes, y el sapo fue atrapado de nuevo, y de nuevo la serpiente, tras
violentos esfuerzos por escapar, se vio obligada a desprenderse de su presa.
Esta vez, sin embargo, aprendió una lección, y el sapo fue agarrado por una
pata, retirado y luego tragado triunfalmente».
El cuidador del Zoológico está
convencido de que ciertas serpientes, como el Crótalo y la Pitón, lo distinguen
de todas las demás personas. Las cobras que se mantienen juntas en la misma
jaula parecen sentir cierto apego entre sí. (61. Dr. Gunther, «Reptiles de la
India Británica», 1864, pág. 340).
Sin embargo, no se sigue que las
serpientes tengan cierta capacidad de razonamiento, fuertes pasiones y afecto
mutuo, que también estén dotadas de suficiente gusto para admirar los colores
brillantes en sus parejas, como para conducir al adorno de la especie a través
de la selección sexual. Sin embargo, es difícil explicar de otra manera la
extrema belleza de ciertas especies; por ejemplo, de las serpientes de coral de
Sudamérica, que son de un rojo intenso con bandas transversales negras y
amarillas. Recuerdo bien cuánta sorpresa sentí ante la belleza de la primera
serpiente de coral que vi deslizándose por un sendero en Brasil. Las serpientes
coloreadas de esta manera peculiar, como afirma el Sr. Wallace con la autoridad
del Dr. Gunther (62. 'Westminster Review', 1 de julio de 1867, pág. 32), no se
encuentran en ningún otro lugar del mundo excepto en Sudamérica, y aquí se dan
no menos de cuatro géneros. Uno de ellos, Elaps, es venenoso; Un segundo
género, muy distinto, es dudoso de su veneno, y los otros dos son completamente
inofensivos. Las especies pertenecientes a estos géneros distintos habitan las
mismas zonas y son tan parecidas entre sí que solo un naturalista distinguiría
las especies inofensivas de las venenosas. Por lo tanto, como cree el Sr. Wallace,
las especies inocuas probablemente adquirieron sus colores como protección, por
imitación, pues sus enemigos las considerarían peligrosas. Sin embargo, la
causa de los brillantes colores de los venenosos Elaps aún no se ha explicado,
y quizás se deba a la selección sexual.
Las serpientes producen otros sonidos
además del silbido. La mortal Echis carinata tiene en sus costados unas hileras
oblicuas de escamas de una estructura peculiar con bordes dentados; y cuando
esta serpiente se excita, estas escamas se frotan entre sí, lo que produce un
curioso sonido prolongado, casi silbante. (63. Dr. Anderson, 'Proc. Zoolog.
Soc.' 1871, pág. 196). Respecto al cascabel de la serpiente de cascabel, por
fin tenemos información definitiva: el profesor Aughey afirma (64. The
'American Naturalist', 1873, pág. 85) que en dos ocasiones, sin ser visto,
observó desde cierta distancia una serpiente de cascabel enroscada con la
cabeza erguida, que continuó cascabelando a intervalos cortos durante media
hora; y finalmente vio acercarse otra serpiente, y al encontrarse se aparearon.
Por lo tanto, está convencido de que una de las funciones del cascabel es unir
a los sexos. Lamentablemente, no pudo determinar si era el macho o la hembra el
que permanecía inmóvil y llamaba al otro. Pero de lo anterior no se deduce en
absoluto que el cascabel no pueda ser útil para estas serpientes de otras
maneras, como advertencia a animales que, de otro modo, las atacarían. Tampoco
puedo dudar de los diversos relatos que han aparecido sobre cómo paralizan a
sus presas por miedo. Otras serpientes también producen un ruido distintivo al
vibrar rápidamente sus colas contra los tallos de las plantas circundantes; y
yo mismo lo he oído en el caso de una Trigonocephalus en Sudamérica.
LACERTILIA.
Los machos de algunos, probablemente
de muchos tipos de lagartos, luchan entre sí por rivalidad. Así, el Anolis
cristatellus arbóreo de Sudamérica es extremadamente belicoso: «Durante la
primavera y principios del verano, dos machos adultos rara vez se encuentran
sin una competencia. Al verse por primera vez, mueven la cabeza tres o cuatro
veces, expandiendo al mismo tiempo la bolsa debajo de la garganta; sus ojos
brillan de rabia, y tras agitar la cola de un lado a otro durante unos
segundos, como para reunir energía, se lanzan furiosamente el uno contra el
otro, rodando una y otra vez, sujetándose firmemente con los dientes. El
conflicto generalmente termina con uno de los combatientes perdiendo la cola,
que a menudo es devorada por el vencedor». El macho de esta especie es
considerablemente más grande que la hembra (65. El Sr. NL Austen mantuvo vivos
a estos animales durante un tiempo considerable; véase «Tierra y Agua», julio
de 1867, pág. 9). Y esto, según ha podido determinar el Dr. Gunther, es la regla
general en lagartos de todo tipo. Solo el macho del Cyrtodactylus rubidus de
las Islas Andamán posee poros preanales; y estos poros, por analogía,
probablemente sirven para emitir un olor. (66. Stoliczka, «Journal of the
Asiatic Society of Bengal», vol. xxxiv, 1870, pág. 166).
Fig. 33. Sitana minor. Macho con la
bolsa gular expandida (de 'Reptiles de la India' de Gunther)
Los sexos suelen diferir
considerablemente en diversas características externas. El macho del Anolis
mencionado anteriormente posee una cresta que recorre el lomo y la cola, y
puede erguirla a voluntad; sin embargo, la hembra no presenta rastro alguno de
esta cresta. En el Cophotis ceylanica indio, la hembra posee una cresta dorsal,
aunque mucho menos desarrollada que la del macho; y lo mismo ocurre, según me
informa el Dr. Gunther, con las hembras de muchas iguanas, camaleones y otros
lagartos. Sin embargo, en algunas especies, la cresta está igualmente
desarrollada en ambos sexos, como en la Iguana tuberculata. En el género
Sitana, solo los machos poseen una gran bolsa gular (Fig. 33), que puede
plegarse como un abanico y es de color azul, negro y rojo; pero estos
espléndidos colores solo se exhiben durante la época de apareamiento. La hembra
no posee ni siquiera un rudimento de este apéndice. En el Anolis cristatellus,
según el Sr. Austen, la bolsa de la garganta, de color rojo brillante jaspeado
de amarillo, está presente en la hembra, aunque en estado rudimentario.
Asimismo, en otros lagartos, ambos sexos presentan bolsas en la garganta
igualmente abundantes. Aquí, en especies pertenecientes al mismo grupo, como en
tantos casos anteriores, observamos la misma característica, ya sea limitada a
los machos, o más desarrollada en ellos que en las hembras, o igualmente
desarrollada en ambos sexos. Los pequeños lagartos del género Draco, que
planean por el aire sobre sus paracaídas sostenidos por las costillas, y cuya
belleza de colores es indescriptible, están provistos de delgados apéndices en
la garganta «como las carúnculas de las aves gallináceas». Estos se erigen
cuando el animal está excitado. Se presentan en ambos sexos, pero alcanzan su
máximo desarrollo cuando el macho alcanza la madurez, edad en la que el
apéndice medio a veces es el doble de largo que la cabeza. La mayoría de las
especies también presentan una cresta baja que recorre el cuello; y esto está
mucho más desarrollado en los machos adultos que en las hembras o los machos
jóvenes. (67. Todas las declaraciones y citas anteriores, con respecto a
Cophotis, Sitana y Draco, así como los siguientes hechos con respecto a
Ceratophora y Chamaeleon, son del propio Dr. Gunther, o de su magnífica obra sobre
los 'Reptiles de la India Británica', Ray Soc., 1864, págs. 122, 130, 135.)
Se dice que una especie china vive en
parejas durante la primavera; «y si una es capturada, la otra cae del árbol al
suelo y se deja capturar impunemente», supongo que por desesperación. (68. Sr.
Swinhoe, «Proc. Zoolog. Soc.», 1870, pág. 240).
[Fig. 34. Ceratophora Stoddartii.
Figura superior; figura inferior, hembra.]
Existen otras diferencias mucho más
notables entre los sexos de ciertos lagartos. El macho de Ceratophora aspera
presenta en el extremo del hocico un apéndice de la mitad de largo que la
cabeza. Es cilíndrico, cubierto de escamas, flexible y aparentemente capaz de
erección; en la hembra, es bastante rudimentario. En una segunda especie del
mismo género, una escama terminal forma un cuerno diminuto en la cima del
apéndice flexible; y en una tercera especie (C. Stoddartii, fig. 34), todo el
apéndice se transforma en un cuerno, que suele ser blanco, pero adquiere un
tono violáceo cuando el animal está excitado. En el macho adulto de esta última
especie, el cuerno mide media pulgada de largo, pero es bastante diminuto en la
hembra y en las crías. Estos apéndices, como me comentó el Dr. Gunther, pueden
compararse con las crestas de las gallináceas y aparentemente sirven como
adornos.
[Fig. 35. Chamaeleo bifurcus. Figura
superior, macho; figura inferior, hembra.
Fig. 36. Chamaeleo Owenii. Figura
superior: macho; figura inferior: hembra.
En el género Chamaeleon llegamos al
punto culminante de la diferencia entre los sexos. La parte superior del cráneo
del macho de C. bifurcus (Fig. 35), habitante de Madagascar, se desarrolla en
dos grandes proyecciones óseas sólidas, cubiertas de escamas como el resto de
la cabeza; y de esta notable modificación estructural, la hembra solo exhibe un
rudimento. Por otro lado, en Chamaeleo Owenii (Fig. 36), procedente de la costa
occidental de África, el macho presenta en el hocico y la frente tres curiosos
cuernos, de los cuales la hembra no conserva rastro alguno. Estos cuernos
consisten en una excrecencia ósea recubierta de una vaina lisa, que forma parte
de los tegumentos generales del cuerpo, por lo que su estructura es idéntica a
la de un toro, una cabra u otro rumiante con cuernos envainados. Aunque los
tres cuernos difieren tanto en apariencia de las dos grandes prolongaciones del
cráneo de C. bifurcus, difícilmente podemos dudar de que cumplan la misma
función general en la economía de estos dos animales. La primera conjetura, que
a todos se les ocurre, es que los machos los utilizan para pelear entre sí; y
como estos animales son muy pendencieros (69. Dr. Buchholz, «Monatsbericht K.
Preuss. Akad.», enero de 1874, pág. 78), esta es probablemente la opinión
correcta. El Sr. T. W. Wood también me informa que una vez observó a dos
individuos de C. pumilus peleando violentamente en la rama de un árbol;
agitaron las cabezas e intentaron morderse; luego descansaron un rato y luego
continuaron su batalla.
En muchos lagartos, los sexos
difieren ligeramente en color, siendo los tintes y las rayas de los machos más
brillantes y claramente definidos que en las hembras. Este es, por ejemplo, el
caso del mencionado Cophotis y del Acanthodactylus capensis de Sudáfrica. En un
Cordylus de este último país, el macho es mucho más rojo o más verde que la
hembra. En el Calotes nigrilabris de la India existe una diferencia aún mayor;
los labios del macho también son negros, mientras que los de la hembra son
verdes. En nuestro pequeño lagarto vivíparo común (Zootoca vivipara), «la parte
inferior del cuerpo y la base de la cola en el macho son de color naranja
brillante, con manchas negras; en la hembra, estas partes son de color verde
grisáceo pálido sin manchas». (70. Bell, «Historia de los reptiles británicos»,
2.ª ed., 1849, pág. 40). Hemos visto que solo los machos de Sitana poseen una
bolsa en la garganta; Este está espléndidamente teñido de azul, negro y rojo.
En el Proctotretus tenuis de Chile, solo el macho presenta manchas azules,
verdes y rojo cobrizo. (71. Para el Proctotretus, véase «Zoología del viaje del
“Beagle”; Reptiles», del Sr. Bell, pág. 8. Para los lagartos de Sudáfrica,
véase «Zoología de Sudáfrica: Reptiles», de Sir Andrew Smith, láms. 25 y 39.
Para los calotes indios, véase «Reptiles de la India Británica», del Dr.
Gunther, pág. 143). En muchos casos, los machos conservan los mismos colores
durante todo el año, pero en otros se vuelven mucho más brillantes durante la
época reproductiva; puedo citar como ejemplo adicional el Calotes maria, que en
esta época tiene la cabeza de un rojo brillante, mientras que el resto del
cuerpo es verde. (72. Gunther en 'Proceedings, Zoological Society', 1870, pág.
778, con una figura coloreada.)
En muchas especies, ambos sexos
presentan hermosos colores exactamente iguales; y no hay razón para suponer que
estos colores sean protectores. Sin duda, en las especies de color verde
brillante que viven en medio de la vegetación, este color sirve para ocultarlas;
y en la Patagonia septentrional vi un lagarto (Proctotretus multimaculatus)
que, al asustarse, aplanaba el cuerpo, cerraba los ojos y, debido a sus tonos
moteados, apenas se distinguía de la arena circundante. Pero los colores
brillantes con los que se adornan tantos lagartos, así como sus diversos y
curiosos apéndices, probablemente fueron adquiridos por los machos como una
atracción, y luego transmitidos a sus crías masculinas solas o a ambos sexos.
De hecho, la selección sexual parece haber desempeñado un papel casi tan
importante en los reptiles como en las aves; y los colores menos llamativos de
las hembras en comparación con los machos no pueden explicarse, como cree el
Sr. Wallace en el caso de las aves, por la mayor exposición de las hembras al
peligro durante la incubación.
CAPÍTULO XIII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LAS AVES.
Diferencias sexuales—Ley de
batalla—Armas especiales—Órganos vocales—Música instrumental—Payasadas y danzas
amorosas—Decoraciones permanentes y estacionales—Mudas anuales dobles y
simples—Exhibición de ornamentos por parte de los machos.
Los caracteres sexuales secundarios
son más diversos y conspicuos en las aves, aunque quizás no impliquen cambios
estructurales más importantes que en cualquier otra clase de animales. Por lo
tanto, trataré el tema con considerable extensión. Los machos a veces, aunque
rara vez, poseen armas especiales para luchar entre sí. Encantan a la hembra
con música vocal o instrumental de los más variados tipos. Están adornados con
todo tipo de crestas, carúnculas, protuberancias, cuernos, sacos distendidos,
moños, plumas desnudas, penachos y plumas alargadas que brotan con gracia de
todas partes del cuerpo. El pico, la piel desnuda alrededor de la cabeza y las
plumas suelen presentar colores magníficos. Los machos a veces rinden homenaje
a su amada con danzas o con fantásticas travesuras realizadas en el suelo o en
el aire. En un caso, al menos, el macho emite un olor almizclado que podemos
suponer sirve para encantar o excitar a la hembra; pues ese excelente
observador, el Sr. Ramsay (1. 'Ibis', vol. iii. (nueva serie), 1867, pág. 414),
dice del pato almizclero australiano (Biziura lobata) que "el olor que
emite el macho durante los meses de verano se limita a ese sexo, y en algunos
individuos se conserva durante todo el año; nunca, ni siquiera en la temporada de
cría, he disparado a una hembra que tuviera olor a almizcle". Tan poderoso
es este olor durante la temporada de apareamiento, que puede detectarse mucho
antes de que se pueda ver al ave. (2. Gould, 'Handbook of the Birds of
Australia', 1865, vol. ii, pág. 383). En general, las aves parecen ser los
animales más estéticos, exceptuando, por supuesto, al hombre, y tienen casi el
mismo gusto por lo bello que nosotros. Esto se demuestra en nuestro disfrute
del canto de los pájaros, y en nuestras mujeres, tanto civilizadas como
salvajes, que se adornan la cabeza con plumas prestadas y usan gemas de colores
apenas más brillantes que la piel desnuda y las carúnculas de ciertas aves. En
el hombre, sin embargo, cuando se cultiva, el sentido de la belleza es
manifiestamente un sentimiento mucho más complejo y se asocia con diversas
ideas intelectuales.
Antes de abordar los caracteres
sexuales que nos interesan más específicamente, quisiera mencionar ciertas
diferencias entre los sexos que aparentemente dependen de sus hábitos de vida;
pues estos casos, aunque comunes en las clases inferiores, son raros en las
superiores. Dos colibríes del género Eustephanus, que habitan la isla de Juan
Fernández, se consideraron durante mucho tiempo específicamente distintos, pero
ahora se sabe, según me informa el Sr. Gould, que son macho y hembra de la
misma especie, y difieren ligeramente en la forma del pico. En otro género de
colibríes (Grypus), el pico del macho es aserrado en el borde y ganchudo en la
extremidad, lo que lo hace muy diferente del de la hembra. En los neomorfos de
Nueva Zelanda, existe, como hemos visto, una diferencia aún mayor en la forma
del pico en relación con la alimentación de ambos sexos. Algo similar se ha
observado con el jilguero (Carduelis elegans), pues el Sr. J. Jenner Weir me
asegura que los cazadores de pájaros pueden distinguir a los machos por sus
picos ligeramente más largos. Las bandadas de machos suelen alimentarse de las
semillas del cardo (Dipsacus), que alcanzan con sus picos alargados, mientras
que las hembras se alimentan más comúnmente de las semillas de la betónica o
Scrophularia. Con una ligera diferencia de este tipo como base, podemos ver
cómo los picos de ambos sexos podrían diferir considerablemente mediante la
selección natural. En algunos de los casos mencionados, sin embargo, es posible
que los picos de los machos se hayan modificado inicialmente en relación con
sus competencias con otros machos, y que esto posteriormente haya dado lugar a
hábitos de vida ligeramente diferentes.
LEY DE BATALLA.
Casi todos los pájaros machos son
extremadamente belicosos, usando sus picos, alas y patas para pelear. Vemos
esto cada primavera con nuestros petirrojos y gorriones. El pájaro más pequeño
de todos, el colibrí, es uno de los más pendencieros. El Sr. Gosse (3. Citado
por el Sr. Gould, 'Introducción a los Trochilidae', 1861, pág. 29) describe una
pelea en la que una pareja se agarró del pico y giró en círculos hasta casi
caer al suelo; y el Sr. Montes de Oca, hablando de otro género de colibrí, dice
que dos machos rara vez se encuentran sin un feroz encuentro aéreo: cuando se
mantienen en jaulas, «su pelea suele terminar con la lengua partida de uno de
los dos, que luego muere por incapacidad para alimentarse». (4. Gould, ibíd.,
pág. 52.) Con las aves zancudas, los machos de la gallina de agua común
(Gallinula chloropus) “al aparearse, luchan violentamente por las hembras: se
mantienen casi erguidas en el agua y golpean con las patas”. Se vio a dos de
ellos en esta lucha durante media hora, hasta que uno agarró la cabeza del
otro, que habría muerto de no haber intervenido el observador; la hembra
observaba todo el tiempo como una espectadora silenciosa. (5. W. Thompson,
'Historia Natural de Irlanda: Aves', vol. ii. 1850, pág. 327.) El Sr. Blyth me
informa que los machos de un ave afín (Gallicrex cristatus) son un tercio más
grandes que las hembras, y son tan belicosos durante la época reproductiva que
los nativos de Bengala Oriental los mantienen para pelear. En la India se crían
otras aves con el mismo propósito, como por ejemplo los bulbuls (Pycnonotus
hoemorrhous), que “luchan con gran brío”. (6. Jerdon, 'Aves de la India', 1863,
vol. ii, pág. 96.)
[Fig. 37. El combatiente o Machetes
pugnax (de 'Thierleben' de Brehm).]
El gorguera polígamo (Machetes
pugnax, Fig. 37) es conocido por su extrema belicosidad; y en primavera, los
machos, considerablemente más grandes que las hembras, se congregan día tras
día en un lugar determinado, donde las hembras se proponen poner sus huevos.
Los cazadores descubren estos lugares al pisotear la hierba, que está un poco
desnuda. Aquí luchan de forma muy parecida a los gallos de pelea, agarrándose
con el pico y golpeando con las alas. La gran gorguera de plumas alrededor del
cuello se erige entonces y, según el coronel Montagu, «barre el suelo como un
escudo para defender las partes más sensibles»; y este es el único ejemplo que
conozco de aves con cualquier estructura que sirva de escudo. Sin embargo, la
gorguera de plumas, debido a sus variados y ricos colores, probablemente sirve
principalmente como adorno. Como la mayoría de las aves belicosas, parecen
siempre listas para pelear, y cuando están muy juntas, a menudo se matan entre
sí. pero Montagu observó que su pugnacidad se hace mayor durante la primavera,
cuando las largas plumas de sus cuellos están completamente desarrolladas; y en
este período el más mínimo movimiento de cualquier ave provoca una batalla
general. (7. Macgillivray, 'Historia de las aves británicas', vol. iv. 1852, pp.
177-181.) De la pugnacidad de las aves palmeadas, dos ejemplos serán
suficientes: en la Guayana, "se producen peleas sangrientas durante la
temporada de cría entre los machos del pato almizclero salvaje (Cairina
moschata); y donde han ocurrido estas peleas el río está cubierto de plumas por
cierta distancia". (8. Sir R. Schomburgk, en 'Revista de la Real Sociedad
Geográfica', vol. xiii. 1843, p. 31.) Las aves que parecen mal adaptadas para
la lucha se involucran en conflictos feroces; Así, los machos más fuertes del
pelícano ahuyentan a los más débiles, mordiendo con sus enormes picos y
asestando fuertes golpes con sus alas. Los machos de agachadiza común luchan
entre sí, «tirándose y empujándose con sus picos de la manera más curiosa
imaginable». Se cree que algunas aves nunca se pelean; este es el caso, según
Audubon, de uno de los pájaros carpinteros de Estados Unidos (Picu sauratus),
aunque «las hembras son seguidas incluso por media docena de sus alegres
pretendientes». (9. «Ornithological Biography», vol. ip. 191. Para pelícanos y
agachadizas comunes, véase vol. iii, págs. 138, 477).
Los machos de muchas aves son más
grandes que las hembras, lo que sin duda se debe a la ventaja que los machos,
más grandes y fuertes, han adquirido sobre sus rivales durante muchas
generaciones. La diferencia de tamaño entre ambos sexos es extrema en varias
especies australianas; así, el macho de pato almizclero (Biziura) y el macho de
Cincloramphus cruralis (pariente de nuestros bisbitas) miden el doble que sus
respectivas hembras. (10. Gould, «Handbook of Birds of Australia», vol. ip.
395; vol. ii. p. 383). En muchas otras aves, las hembras son más grandes que
los machos; y, como se mencionó anteriormente, la explicación que se suele dar,
a saber, que las hembras son las que más trabajo realizan al alimentar a sus
crías, no es suficiente. En algunos casos, como veremos más adelante, las
hembras aparentemente han adquirido su mayor tamaño y fuerza para conquistar a
otras hembras y apoderarse de los machos.
Los machos de muchas gallináceas,
especialmente las polígamas, están provistos de armas especiales para luchar
contra sus rivales: espuelas, que pueden usarse con efectos temibles. Un
escritor confiable (11. Sr. Hewitt, en el «Libro de Aves de Corral» de
Tegetmeier, 1866, pág. 137) ha registrado que en Derbyshire una milana atacó a
una gallina de caza acompañada de sus polluelos, cuando el gallo acudió al
rescate y clavó su espuela en el ojo y el cráneo de la agresora. Con
dificultad, la milana se separó del cráneo, y como la milana, aunque muerta,
retuvo su presa, las dos aves quedaron firmemente atrapadas; pero el gallo, al
liberarse, sufrió muy pocas lesiones. El coraje invencible del gallo de pelea
es notorio: un caballero que presenció hace mucho tiempo la brutal escena me
contó que un ave se rompió ambas patas por un accidente en la gallera, y el
dueño apostó que si lograban empalmarlas para que el ave se mantuviera erguida,
seguiría luchando. Esto se efectuó en el acto, y el ave luchó con un coraje inquebrantable
hasta recibir el golpe mortal. En Ceilán, se sabe que una especie silvestre
estrechamente emparentada, el Gallus Stanleyi, lucha desesperadamente "en
defensa de su serrallo", por lo que con frecuencia se encuentra muerto a
uno de los combatientes. (12. Layard, 'Annals and Magazine of Natural History',
vol. xiv, 1854, pág. 63). Una perdiz india (Ortygornis gularis), cuyo macho
está provisto de espolones fuertes y afilados, es tan pendenciera "que las
cicatrices de peleas anteriores desfiguran el pecho de casi todas las aves que
se matan". (13. Jerdon, 'Aves de la India', vol. iii, pág. 574.)
Los machos de casi todas las
gallináceas, incluso las que no tienen espolones, se enzarzan en feroces
combates durante la época reproductiva. El urogallo y el gallo negro (Tetrao
urogallus y T. tetrix), ambos polígamos, tienen lugares fijos donde se congregan
en grandes grupos durante varias semanas para luchar juntos y exhibir sus
encantos ante las hembras. El Dr. W. Kovalevsky me informa que en Rusia ha
visto la nieve ensangrentada en las arenas donde han luchado los urogallos; y
los gallos negros hacen volar las plumas en todas direcciones cuando varios se
enzarzan en una batalla campal. El padre Brehm ofrece una curiosa descripción
del Balz, como se llaman en Alemania las danzas y canciones de amor del gallo
negro. El ave emite casi continuamente sonidos extraños: «Levanta la cola y la
extiende como un abanico, levanta la cabeza y el cuello con todas las plumas
erguidas y extiende las alas. Luego da algunos saltos en diferentes
direcciones, a veces en círculo, y presiona la parte inferior del pico con tanta
fuerza contra el suelo que se arranca las plumas de la barbilla. Durante estos
movimientos, bate las alas y da vueltas y vueltas. Cuanto más apasionado se
vuelve, más vivaz se vuelve, hasta que finalmente el ave parece una criatura
frenética». En esos momentos, los gallos negros están tan absortos que se
vuelven casi ciegos y sordos, pero menos que el urogallo: por lo tanto, pueden
disparar a un pájaro tras otro en el mismo lugar, o incluso atraparlos con la
mano. Tras estas travesuras, los machos comienzan a pelear: y el mismo gallo
negro, para demostrar su fuerza sobre varios antagonistas, visitará en una
mañana varios lugares de Balz, que permanecen invariables durante años
sucesivos. (14. Brehm, 'Thierleben', 1867, B. iv. s. 351. Algunas de las afirmaciones
anteriores están tomadas de L. Lloyd, 'The Game Birds of Sweden', etc., 1867,
pág. 79.)
El pavo real con su larga cola parece
más un dandy que un guerrero, pero a veces se involucra en feroces combates: el
reverendo W. Darwin Fox me informa que a poca distancia de Chester dos pavos
reales se excitaron tanto mientras luchaban, que volaron sobre toda la ciudad,
todavía comprometidos, hasta que se posaron en la cima de la torre de St. John.
El espolón, en las gallináceas así
provistas, suele ser único; pero el Polyplectron (Fig. 51) tiene dos o más en
cada pata; y se ha observado un faisán de sangre (Ithaginis cruentus) con cinco
espolones. Los espolones suelen estar limitados al macho, representando meros
bultos o rudimentos en la hembra; sin embargo, las hembras del pavo real de
Java (Pavo muticus) y, según me informa el Sr. Blyth, las del pequeño faisán de
lomo de fuego (Euplocamus erythrophthalmus) poseen espolones. En Galloperdix,
es habitual que los machos tengan dos espolones y las hembras solo uno en cada
pata. (15. Jerdon, «Aves de la India»: sobre Ithaginis, vol. iii, pág. 523;
sobre Galloperdix, pág. 541). Por lo tanto, los espolones pueden considerarse
una estructura masculina, que en ocasiones se ha transferido en mayor o menor
medida a las hembras. Como la mayoría de los demás caracteres sexuales
secundarios, los espolones son muy variables, tanto en número como en
desarrollo, en la misma especie.
[Fig. 38. Palamedea cornuta (de
Brehm), que muestra los espolones alares dobles y el filamento en la cabeza.]
Varias aves tienen espolones en las
alas. Pero el ganso egipcio (Chenalopex aegyptiacus) solo tiene protuberancias
obtusas y desnudas, y estas probablemente nos muestran los primeros pasos en el
desarrollo de espolones verdaderos en otras especies. En el ganso de alas
espuelas, Plectropterus gambensis, los machos tienen espolones mucho más
grandes que las hembras; y los utilizan, según me informa el Sr. Bartlett, para
luchar entre sí, de modo que, en este caso, los espolones alares sirven como
armas sexuales; pero según Livingstone, se utilizan principalmente para la
defensa de las crías. El Palamedea (Fig. 38) está armado con un par de
espolones en cada ala; y estas son armas tan formidables que se sabe que un
solo golpe puede ahuyentar a un perro aullando. Pero no parece que los
espolones en este caso, ni en el de algunos rascones de alas espuelas, sean más
grandes en el macho que en la hembra. (16. Para el ganso egipcio, véase
Macgillivray, 'British Birds', vol. iv, pág. 639. Para Plectropterus, Livingstone's
'Travels', pág. 254. Para Palamedea, Brehm's 'Thierleben', B. iv, s. 740. Véase
también sobre esta ave Azara, 'Voyages dans l'Amerique merid', tom. iv, 1809,
pp. 179, 253.) Sin embargo, en ciertos chorlitos, los espolones alares deben
considerarse como un carácter sexual. Así, en el macho de nuestro pichón común
(Vanellus cristatus), el tubérculo en el hombro del ala se vuelve más
prominente durante la época de cría, y los machos luchan entre sí. En algunas
especies de Lobivanellus, un tubérculo similar se desarrolla durante la época
de cría "en un espolón córneo corto". En el L. lobatus australiano,
ambos sexos tienen espolones, pero estos son mucho más grandes en los machos
que en las hembras. En un ave emparentada, el Hoplopterus armatus, los
espolones no aumentan de tamaño durante la época reproductiva; sin embargo, en
Egipto se ha observado a estas aves luchando entre sí, al igual que nuestros
pícaros, girando repentinamente en el aire y golpeándose lateralmente, a veces
con resultados fatales. De esta manera, también ahuyentan a otros enemigos.
(17. Véase, en nuestra opinión, al Sr. R. Carr en 'Land and Water', 8 de agosto
de 1868, pág. 46. Con respecto a Lobivanellus, véase Jerdon's 'Birds of India',
vol. iii, pág. 647, y Gould's 'Handbook of Birds of Australia', vol. ii, pág.
220. Para Hoplopterus, véase al Sr. Allen en 'Ibis', vol. v. 1863, pág. 156.)
La época del amor es la de la
batalla; pero los machos de algunas aves, como el gallo de pelea y el
combatiente, e incluso los machos jóvenes del pavo salvaje y el urogallo (18.
Audubon, 'Ornithological Biography', vol. ii, pág. 492; vol. i, págs. 4-13),
están listos para luchar en cuanto se encuentran. La presencia de la hembra es
la teterrima belli causa. Los babúes bengalíes hacen que los pequeños y bonitos
machos del amadavat (Estrelda amandava) luchen entre sí colocando tres pequeñas
jaulas en fila, con una hembra en el medio; al poco tiempo, los dos machos son
liberados, y de inmediato se desata una batalla desesperada. (19. Sr. Blyth,
'Tierra y agua', 1867, pág. 212.) Cuando muchos machos se congregan en el mismo
lugar designado y pelean juntos, como en el caso del urogallo y varias otras
aves, generalmente son atendidos por las hembras (20. Richardson sobre Tetrao
umbellus, 'Fauna Bor. Amer.: Birds', 1831, pág. 343. L. Lloyd, 'Game Birds of
Sweden', 1867, pp. 22, 79, sobre el urogallo y el gallo negro. Brehm, sin
embargo, afirma ('Thierleben', B. iv. s. 352) que en Alemania las gallinas
grises no suelen asistir al Balzen de los gallos negros, pero esta es una
excepción a la regla común; posiblemente las gallinas pueden estar escondidas
en los arbustos circundantes, como se sabe que es el caso de las gallinas
grises en Escandinavia y con otras especies en Norteamérica), que
posteriormente se aparean con los combatientes victoriosos. Pero en algunos
casos, el apareamiento precede al combate en lugar de sucederlo: así, según
Audubon (21. 'Ornithological Biography', vol. ii, pág. 275), varios machos del
urogallo virginiano (Caprimulgus virgianus) «cortejan, de forma muy
entretenida, a la hembra, y tan pronto como ella elige, su macho favorito
persigue a todos los intrusos y los expulsa fuera de sus dominios».
Generalmente, los machos intentan ahuyentar o matar a sus rivales antes de
aparearse. Sin embargo, no parece que las hembras prefieran invariablemente a
los machos victoriosos. De hecho, el Dr. W. Kovalevsky me ha asegurado que la
hembra del urogallo a veces se escapa con un macho joven que no se ha atrevido
a entrar en la arena con los machos mayores, de la misma manera que ocurre
ocasionalmente con las hembras del ciervo rojo en Escocia. Cuando dos machos
compiten en presencia de una sola hembra, el vencedor, sin duda, suele
conseguir su objetivo; pero algunas de estas batallas son causadas por machos
errantes que intentan perturbar la paz de una pareja ya apareada. (22. Brehm,
'Thierleben', etc., vol. iv. 1867, pág. 990. Audubon, 'Ornithological
Biography', vol. ii, pág. 492.)
Incluso en las especies más
belicosas, es probable que el apareamiento no dependa exclusivamente de la
fuerza y el coraje del macho; estos machos suelen adornarse con diversos
adornos, que a menudo se vuelven más brillantes durante la época reproductiva y
que exhiben con asiduidad ante las hembras. Los machos también se esfuerzan por
cautivar o excitar a sus parejas con notas de amor, cantos y travesuras; y el
cortejo es, en muchos casos, un asunto prolongado. Por lo tanto, no es probable
que las hembras sean indiferentes a los encantos del sexo opuesto ni que se
vean invariablemente obligadas a ceder ante los machos victoriosos. Es más
probable que las hembras se sientan excitadas, ya sea antes o después del
conflicto, por ciertos machos, y por lo tanto, inconscientemente, los
prefieran. En el caso del Tetrao umbellus, un buen observador (23. 'Tierra y
Agua', 25 de julio de 1868, pág. 14) llega a creer que las batallas del macho
«son todas una farsa, llevadas a cabo para mostrarse con la mayor ventaja posible
ante las admiradas hembras que se reúnen a su alrededor; pues nunca he podido
encontrar un héroe mutilado, y rara vez algo más que una pluma rota». Tendré
que volver a este tema, pero puedo añadir que, en el caso del Tetrao cupido de
Estados Unidos, alrededor de una veintena de machos se reúnen en un punto
determinado y, pavoneándose, hacen resonar el aire con sus extraordinarios
ruidos. A la primera respuesta de una hembra, los machos empiezan a luchar
furiosamente, y los más débiles ceden; pero entonces, según Audubon, tanto los
vencedores como los vencidos buscan a la hembra, de modo que las hembras deben
entonces elegir, o bien la batalla debe reanudarse. Así, nuevamente, con uno de
los estorninos campestres de los Estados Unidos (Sturnella ludoviciana), los
machos se involucran en feroces conflictos, “pero al ver una hembra, todos
huyen tras ella como locos”. (24. Biografía ornitológica de Audubon; sobre
Tetrao cupido, vol. ii, pág. 492; sobre Sturnus, vol. ii, pág. 219.)
MÚSICA VOCAL E INSTRUMENTAL.
En las aves, la voz sirve para
expresar diversas emociones, como angustia, miedo, ira, triunfo o simplemente
felicidad. Al parecer, a veces se usa para provocar terror, como en el caso del
silbido de algunos polluelos. Audubon (25. «Biografía Ornitológica», vol. VP
601), relata que una garza nocturna (Ardea nycticorax, Linn.), que mantenía
domesticada, solía esconderse cuando se acercaba un gato y luego «de repente se
levantaba lanzando uno de los gritos más espantosos, aparentemente disfrutando
de la alarma y la huida del gato». El gallo doméstico común cloquea a la
gallina, y la gallina a sus polluelos, cuando encuentra un bocado exquisito. La
gallina, al poner un huevo, “repite la misma nota con frecuencia y concluye con
la sexta anterior, que mantiene durante más tiempo” (26. El Honorable Daines
Barrington, 'Philosophical Transactions', 1773, pág. 252); y así expresa su
alegría. Algunas aves sociales parecen llamarse entre sí en busca de ayuda; y
al revolotear de árbol en árbol, la bandada se mantiene unida mediante el
chirrido que se responde al chirrido. Durante las migraciones nocturnas de
gansos y otras aves acuáticas, se pueden oír en la oscuridad los sonoros
sonidos de la cola, respondidos por sonidos en la parte trasera. Ciertos gritos
sirven como señales de peligro, que, como bien sabe el cazador, son
comprendidos por la misma especie y por otras. El gallo doméstico canta y el
colibrí gorjea triunfantes sobre un rival derrotado. Sin embargo, el verdadero
canto de la mayoría de las aves y varios gritos extraños se emiten
principalmente durante la temporada de reproducción y sirven como un encanto, o
simplemente como una nota de llamada, para el otro sexo.
Los naturalistas están muy divididos
respecto al propósito del canto de las aves. Pocos observadores tan minuciosos
han existido como Montagu, quien sostenía que «los machos de las aves cantoras
y de muchas otras no suelen buscar a la hembra, sino que, por el contrario, su
actividad en primavera es posarse en algún lugar visible, emitiendo sus notas
plenas y amorosas, que, por instinto, la hembra conoce y acude al lugar para
elegir a su pareja». (27. 'Diccionario Ornitológico', 1833, pág. 475). El Sr. Jenner
Weir me informa que este es sin duda el caso del ruiseñor. Bechstein, quien
tuvo aves durante toda su vida, afirma que la canaria siempre elige al mejor
cantor, y que en estado natural la hembra del pinzón selecciona al macho, entre
cien, cuyas notas le agradan más. (28. 'Naturgeschichte der Stubenvögel', 1840,
s. 4. El Sr. Harrison Weir también me escribe: «Tengo entendido que los machos
que mejor cantan suelen conseguir pareja primero, cuando se reproducen en la
misma habitación».) No cabe duda de que las aves prestan mucha atención al
canto de las demás. El Sr. Weir me ha contado el caso de un camachuelo común al
que le habían enseñado a tocar un vals alemán con la flauta, y que era tan buen
intérprete que costó diez guineas; cuando este pájaro fue introducido por
primera vez en una habitación donde se guardaban otras aves y comenzó a cantar,
todos los demás, unos veinte pardillos y canarios, se colocaron en el lado más
cercano de sus jaulas y escucharon con sumo interés. Al nuevo intérprete.
Muchos naturalistas creen que el canto de las aves es casi exclusivamente
«efecto de la rivalidad y la emulación», y no para cautivar a sus parejas. Esta
era la opinión de Daines Barrington y White de Selborne, quienes se dedicaron
especialmente a este tema. (29. «Philosophical Transactions», 1773, pág. 263.
«Natural History of Selborne» de White, 1825, vol. ip. 246). Barrington, sin
embargo, admite que «la superioridad en el canto otorga a las aves una
asombrosa superioridad sobre las demás, como bien saben los pajareros».
Es cierto que existe una intensa
rivalidad entre los machos en su canto. Los aficionados a las aves compiten
entre sí para ver cuál canta más tiempo; y el Sr. Yarrell me comentó que un ave
de primera a veces canta hasta caer casi muerta, o según Bechstein (30.
«Naturgesch. der Stubenvögel», 1840, pág. 252), completamente muerta por la
ruptura de un vaso sanguíneo pulmonar. Sea cual sea la causa, los machos, según
me dice el Sr. Weir, suelen morir repentinamente durante la época de canto. Que
el hábito de cantar a veces es completamente independiente del amor es
evidente, pues se ha descrito a un canario híbrido estéril (31. Sr. Bold,
«Zoologist», 1843-44, pág. 659) cantando mientras se miraba en un espejo y
luego se abalanzó sobre su propia imagen; asimismo, atacó con furia a una
canaria hembra al ser puesta en la misma jaula. Los cazadores de pájaros se
aprovechan constantemente de los celos que despierta el acto de cantar; un
macho, con buen canto, se esconde y protege, mientras que un ave disecada, rodeada
de ramitas encaladas, queda expuesta a la vista. De esta manera, según me
informa el Sr. Weir, un hombre ha capturado en un solo día cincuenta pinzones
machos, y en una ocasión, setenta. La capacidad y la inclinación para cantar
difieren tanto entre las aves que, aunque el precio de un pinzón macho común es
de solo seis peniques, el Sr. Weir vio un ave por la que el cazador pidió tres
libras; la prueba de un buen cantor es que seguirá cantando mientras la jaula
gira alrededor de la cabeza del dueño.
Que los machos canten tanto por
emulación como para cautivar a la hembra no es en absoluto incompatible; y
cabría esperar que estos dos hábitos coincidieran, al igual que los de
exhibición y pugnacidad. Sin embargo, algunos autores argumentan que el canto
del macho no puede cautivar a la hembra, ya que las hembras de algunas
especies, como el canario, el petirrojo, la alondra y el camachuelo común,
especialmente cuando están viudas, como señala Bechstein, emiten melodías
bastante melodiosas. En algunos de estos casos, el hábito de cantar puede
atribuirse en parte a que las hembras han estado bien alimentadas y confinadas
(32. D. Barrington, 'Philosophical Transactions', 1773, pág. 262. Bechstein,
'Stubenvögel', 1840, s. 4), ya que esto altera todas las funciones relacionadas
con la reproducción de la especie. Ya se han dado muchos ejemplos de la
transferencia parcial de caracteres masculinos secundarios a la hembra, por lo
que no sorprende en absoluto que las hembras de algunas especies posean el don
del canto. También se ha argumentado que el canto del macho no puede servir
como amuleto, ya que los machos de ciertas especies, como el petirrojo, cantan
durante el otoño. (33. Esto también ocurre con el mirlo acuático; véase al Sr.
Hepburn en el 'Zoologist', 1845-46, pág. 1068). Pero nada es más común que los
animales disfruten practicando cualquier instinto que sigan en otras ocasiones
para algún bien real. ¿Con qué frecuencia vemos aves que vuelan con facilidad,
planeando y surcando el aire obviamente por placer? El gato juega con el ratón
capturado, y el cormorán con el pez capturado. El tejedor (Ploceus), cuando
está confinado en una jaula, se divierte tejiendo cuidadosamente briznas de
hierba entre los alambres de su jaula. Las aves que habitualmente pelean
durante la época de cría suelen estar dispuestas a pelear en todo momento; y
los machos del urogallo a veces celebran sus balzen o leks en el lugar habitual
de reunión durante el otoño. (34. L. Lloyd, 'Game Birds of Sweden', 1867, pág.
25.) Por lo tanto, no es de extrañar que los machos sigan cantando para su
propia diversión una vez finalizada la temporada de cortejo.
Como se mostró en un capítulo
anterior, el canto es hasta cierto punto un arte y se mejora mucho con la
práctica. A los pájaros se les pueden enseñar diversas melodías, e incluso el
soso gorrión ha aprendido a cantar como un pardillo. Adquieren el canto de sus
padres adoptivos (35. Barrington, ibíd. pág. 264, Bechstein, ibíd. s. 5.), y a
veces el de sus vecinos. (36. Dureau de la Malle da un curioso ejemplo
('Annales des Sc. Nat.' 3.ª serie, Zoolog., tomo xp. 118) de unos mirlos
silvestres en su jardín de París, que naturalmente aprendieron un aire
republicano de un pájaro enjaulado). Todos los cantores comunes pertenecen al
orden de los Insesores, y sus órganos vocales son mucho más complejos que los
de la mayoría de las demás aves; Sin embargo, es un hecho singular que algunos
de los Insessores, como los cuervos, cornejas y urracas, poseen el aparato
vocal adecuado (37. Bishop, en 'Todd's Cyclopaedia of Anatomy and Physiology',
vol. iv, pág. 1496), aunque nunca cantan ni modulan sus voces de forma natural
en gran medida. Hunter afirma (38. Según Barrington en 'Philosophical
Transactions', 1773, pág. 262) que en los verdaderos cantores, los músculos de
la laringe son más fuertes en los machos que en las hembras; pero con esta
pequeña excepción, no hay diferencia en los órganos vocales de ambos sexos,
aunque los machos de la mayoría de las especies cantan mucho mejor y con mayor
continuidad que las hembras.
Es notable que solo las aves pequeñas
canten correctamente. Sin embargo, el género australiano Menura debe
exceptuarse; pues la Menura Alberti, que tiene aproximadamente el tamaño de un
pavo adulto, no solo se burla de otras aves, sino que «su propio silbido es
sumamente hermoso y variado». Los machos se congregan y forman «lugares de
apoyo», donde cantan, levantando y extendiendo la cola como pavos reales y
bajando las alas. (39. Gould, «Handbook to the Birds of Australia», vol. i.
1865, págs. 308-310. Véase también al Sr. T. W. Wood en «Student», abril de
1870, pág. 125). También es notable que las aves que cantan bien rara vez estén
decoradas con colores brillantes u otros adornos. De nuestras aves británicas,
exceptuando el camachuelo común y el jilguero común, las mejores cantoras son
de colores lisos. El martín pescador, el abejaruco, la carraca, la abubilla,
los pájaros carpinteros, etc., emiten gritos ásperos; y las brillantes aves de
los trópicos casi nunca cantan. (40. Véanse comentarios al respecto en la
«Introducción a los Tróquidos» de Gould, 1861, pág. 22). Por lo tanto, los
colores brillantes y el poder del canto parecen reemplazarse mutuamente.
Podemos percibir que si el plumaje no variara en brillo, o si los colores
brillantes fueran peligrosos para la especie, se emplearían otros medios para
cautivar a las hembras; y la melodía de la voz ofrece uno de ellos.
[Fig. 39. Tetrao cupido: macho. (TW
Wood.)]
En algunas aves, los órganos vocales
difieren considerablemente entre los sexos. En el Tetrao cupido (Fig. 39), el
macho posee dos sacos desnudos de color naranja, uno a cada lado del cuello;
estos se inflan considerablemente cuando el macho, durante la época
reproductiva, emite su curioso sonido hueco, audible a gran distancia. Audubon
demostró que el sonido estaba íntimamente relacionado con este aparato (que nos
recuerda a los sacos de aire a cada lado de la boca de ciertas ranas macho),
pues descubrió que el sonido se atenuaba considerablemente al pinchar uno de
los sacos de un ave domesticada, y al pincharlos ambos, se detenía por
completo. La hembra posee un espacio de piel desnuda en el cuello algo similar,
aunque más pequeño; pero este no es capaz de inflarse. (41. 'The Sportsman and
Naturalist in Canada', por el Mayor W. Ross King, 1866, págs. 144-146. El Sr.
TW Wood da en 'Student' (abril de 1870, pág. 116) un excelente relato de la
actitud y los hábitos de esta ave durante su cortejo. Afirma que los penachos
de las orejas o plumas del cuello están erguidos, de modo que se encuentran
sobre la coronilla de la cabeza. Véase su dibujo, Fig. 39.) El macho de otra
clase de urogallo (Tetrao urophasianus), mientras corteja a la hembra, tiene su
"esófago amarillo desnudo inflado a un tamaño prodigioso, la mitad del
tamaño del cuerpo"; y luego emite varios tonos chirriantes, profundos y
huecos. Con las plumas del cuello erguidas, las alas bajadas y zumbando en el
suelo, y su cola larga y puntiaguda extendida como un abanico, muestra una
variedad de actitudes grotescas. El esófago de la hembra no presenta ningún
rasgo destacable. (42. Richardson, 'Fauna Bor. Americana: Birds', 1831, pág.
359. Audubon, ibid. vol. iv, pág. 507.)
[Fig. 40. El pájaro paraguas o
Cephalopterus ornatus, macho (de Brehm).]
Ahora parece estar bien establecido
que la gran bolsa de la garganta de la avutarda europea macho (Otis tarda), y
de al menos otras cuatro especies, no sirve, como se suponía anteriormente,
para retener agua, sino que está relacionada con la emisión durante la
temporada de reproducción de un sonido peculiar parecido a "roble".
(43. Los siguientes artículos se han escrito recientemente sobre este tema:
Prof. A. Newton, en 'Ibis', 1862, pág. 107; Dr. Cullen, ibid., 1865, pág. 145;
Sr. Flower, en 'Proc. Zool. Soc.', 1865, pág. 747; y Dr. Murie, en 'Proc. Zool.
Soc.', 1868, pág. 471. En este último artículo se da una excelente figura de la
avutarda australiana macho en pleno despliegue con el saco distendido. Es un
hecho singular que el saco no esté desarrollado en todos los machos de la misma
especie.) Un ave parecida a un cuervo que habita en América del Sur (véase
Cephalopterus ornatus, Fig. 40) se llama pájaro paraguas, por su inmenso nudo
superior, formado por púas blancas desnudas rematadas por penachos azul oscuro,
que puede elevar en una gran cúpula no menos De más de cinco pulgadas de
diámetro, cubre toda la cabeza. Esta ave tiene en el cuello un apéndice
carnoso, largo, delgado y cilíndrico, densamente cubierto de plumas azules
escamosas. Probablemente sirve en parte como adorno, pero también como aparato
resonante; pues el Sr. Bates descubrió que está relacionado con un desarrollo
inusual de la tráquea y los órganos vocales. Se dilata cuando el ave emite su
singularmente profunda, fuerte y sostenida nota aflautada. La cresta de la
cabeza y el apéndice del cuello son rudimentarios en la hembra. (44. Bates,
'The Naturalist on the Amazons', 1863, vol. ii, pág. 284; Wallace, en
'Proceedings, Zoological Society', 1850, pág. 206. Recientemente se ha
descubierto una nueva especie, con un apéndice del cuello aún más grande (C.
penduliger); véase 'Ibis', vol. ip 457).
Los órganos vocales de diversas aves
palmeadas y zancudas son extraordinariamente complejos y difieren hasta cierto
punto entre ambos sexos. En algunos casos, la tráquea es contorneada, como una
trompa, y está profundamente incrustada en el esternón. En el cisne salvaje
(Cygnus ferus), está más incrustada en el macho adulto que en la hembra adulta
o en el macho joven. En el serreta macho, la porción ensanchada de la tráquea
cuenta con un par de músculos adicionales. (45. Bishop, en Todd's 'Cyclopaedia
of Anatomy and Physiology', vol. iv, p. 1499). Sin embargo, en uno de los
patos, concretamente en Anas punctata, el ensanchamiento óseo está solo un poco
más desarrollado en el macho que en la hembra. (46. Prof. Newton, 'Proc.
Zoolog. Soc.' 1871, pág. 651.) Pero no se entiende el significado de estas
diferencias en la tráquea de los dos sexos de las anátidas; pues el macho no
siempre es más vociferante; así, con el pato común, el macho silba, mientras
que la hembra emite un fuerte graznido. (47. La espátula (Platalea) tiene su
tráquea contorneada en forma de ocho, y sin embargo, esta ave (Jerdon, 'Aves de
la India', vol. iii, pág. 763) es muda; pero el Sr. Blyth me informa que las
convoluciones no están presentes constantemente, de modo que quizás ahora
tienden al aborto.) En ambos sexos de una de las grullas (Grus virgo) la
tráquea penetra el esternón, pero presenta "ciertas modificaciones
sexuales". En el macho de la cigüeña negra también hay una diferencia
sexual bien marcada en la longitud y curvatura de los bronquios. (48.
'Elementos de anatomía comparada', por R. Wagner, trad. inglesa, 1845, pág.
111. Con respecto al cisne, como se indica más arriba, 'Historia de las aves
británicas' de Yarrell, 2.ª edición, 1845, vol. iii, pág. 193.) Por lo tanto,
en estos casos se han modificado estructuras muy importantes según el sexo.
A menudo es difícil conjeturar si los
numerosos y extraños cantos y notas que emiten los machos durante la época
reproductiva sirven como amuleto o simplemente como un llamado para la hembra.
Se puede presumir que el suave arrullo de la tórtola y de muchas palomas agrada
a la hembra. Cuando la hembra del pavo salvaje emite su llamado por la mañana,
el macho responde con una nota que difiere del ruido de gorgoteo que emite
cuando, con las plumas erizadas, el susurro de las alas y las carúnculas
distendidas, resopla y se pavonea ante ella. (49. CL Bonaparte, citado en la
'Biblioteca Naturalista: Aves', vol. xiv, pág. 126). El canto del gallo negro
ciertamente sirve como llamado para la hembra, pues se sabe que ha atraído a
cuatro o cinco hembras a distancia hacia un macho confinado; Pero como el gallo
negro continúa su canto durante horas durante días sucesivos, y en el caso del
urogallo "con una agonía de pasión", nos lleva a suponer que las
hembras presentes están así encantadas. (50. L. Lloyd, 'The Game Birds of
Sweden', etc., 1867, págs. 22, 81). Se sabe que la voz del grajo común cambia
durante la época de cría y, por lo tanto, es en cierto modo sexual. (51.
Jenner, 'Philosophical Transactions', 1824, pág. 20). Pero ¿qué diremos de los
ásperos gritos de, por ejemplo, algunas especies de guacamayos? ¿Acaso estas
aves tienen tan mal gusto por los sonidos musicales como aparentemente lo
tienen por el color, a juzgar por el contraste inarmónico de su brillante
plumaje amarillo y azul? Es posible, en efecto, que sin que de ello se obtenga
ninguna ventaja, las fuertes voces de muchos pájaros machos puedan ser el
resultado de los efectos heredados del uso continuado de sus órganos vocales
cuando son excitados por las fuertes pasiones del amor, los celos y la rabia;
pero volveremos a este punto cuando tratemos de los cuadrúpedos.
Hasta ahora solo hemos hablado de la
voz, pero los machos de varias aves practican, durante su cortejo, lo que
podría llamarse música instrumental. Los pavos reales y las aves del paraíso
entrechocan sus púas. Los pavos machos raspan sus alas contra el suelo, y
algunas especies de urogallos producen así un zumbido. Otro urogallo
norteamericano, el Tetrao umbellus, cuando con la cola erguida y el cuello
desplegando, «muestra su gala a las hembras, que se esconden en los
alrededores», tamborilea golpeando rápidamente sus alas sobre su espalda, según
el Sr. R. Haymond, y no, como creía Audubon, golpeándolas contra sus costados.
El sonido así producido es comparado por algunos con un trueno lejano, y por
otros con el rápido redoble de un tambor. La hembra nunca tamborilea, «sino que
vuela directamente al lugar donde el macho está ocupado». El macho del faisán
Kalij, en el Himalaya, suele producir un singular tamborileo con las alas,
similar al sonido que se produce al agitar un trozo de tela rígida. En la costa
occidental de África, los pequeños tejedores negros (¿Ploceus?) se congregan en
pequeños grupos sobre los arbustos que rodean un pequeño espacio abierto, y
cantan y planean por el aire con alas temblorosas, que emiten un rápido zumbido
como el sonajero de un niño. Un ave tras otra realizan este acto durante horas,
pero solo durante la época de cortejo. En esta época, y en ninguna otra, los
machos de ciertos chotacabras (Caprimulgus) producen un extraño ruido
retumbante con las alas. Las diversas especies de pájaros carpinteros golpean
una rama sonora con el pico, con un movimiento vibratorio tan rápido que la
cabeza parece estar en dos lugares a la vez. El sonido así producido es audible
a una distancia considerable, pero indescriptible; y estoy seguro de que su
origen jamás sería conjeturado por quien lo oye por primera vez. Dado que este
sonido discordante se produce principalmente durante la época reproductiva, se
ha considerado un canto de amor; pero quizás sea más estrictamente una llamada
de amor. Se ha observado que la hembra, al ser expulsada de su nido, llama así
a su pareja, quien responde de la misma manera y aparece al poco tiempo. Por
último, el macho de abubilla (Upupa epops) combina música vocal e instrumental;
pues durante la época reproductiva, como observó el Sr. Swinhoe, esta ave
primero inhala y luego golpea la punta de su pico perpendicularmente contra una
piedra o el tronco de un árbol, «cuando la respiración, al ser forzada a bajar
por el pico tubular, produce el sonido correcto». Si el pico no se golpea
contra algún objeto, el sonido es muy diferente. Al mismo tiempo, se traga
aire, lo que provoca una gran hinchazón del esófago; esto probablemente actúa
como resonador, no solo en la abubilla, sino también en las palomas y otras
aves. (52. Para los datos anteriores, véase, sobre las aves del paraíso, Brehm,
«Thierleben», Band. iii, s. 325. Sobre el urogallo, Richardson, «Fauna Bor.
Americ.: Birds», págs. 343 y 359; Mayor W. Ross King, «The Sportsman in
Canada», 1866, pág. 156; Sr. Haymond, en «Geol. Survey of Indiana», del
profesor Cox.' pág. 227; Audubon, 'American Ornitholog. Biograph.' vol. ip 216.
Sobre el faisán Kalij, Jerdon, 'Birds of India', vol. iii. pág. 533. Sobre los
tejedores, 'Expedition to the Zambesi' de Livingstone, 1865, pág. 425. Sobre
los pájaros carpinteros, Macgillivray, 'Hist. of British Birds', vol. iii.
1840, pp. 84, 88, 89 y 95. Sobre la abubilla, Sr. Swinhoe, en 'Proc. Zoolog.
Soc.' 23 de junio de 1863 y 1871, pág. 348. Sobre el chotacabras, Audubon,
ibid. vol. ii. pág. 255, y 'American Naturalist', 1873, pág. 672. El
chotacabras inglés también produce en primavera un ruido curioso durante su
rápido vuelo.
[Fig. 41. Pluma exterior de la cola
de Scolopax gallinago (de 'Proc. Zool. Soc.' 1858).
Fig. 42. Pluma exterior de la cola de
Scolopax frenata.
Fig. 43. Pluma exterior de la cola de
Scolopax javensis.]
En los casos anteriores, los sonidos
se producen con la ayuda de estructuras ya presentes y necesarias; pero en los
casos siguientes, ciertas plumas han sido especialmente modificadas con el
propósito expreso de producir sonidos. El tamborileo, balido, relincho o ruido
atronador (expresado por diferentes observadores) que emite la agachadiza común
(Scolopax gallinago) debe haber sorprendido a cualquiera que la haya escuchado.
Esta ave, durante la temporada de apareamiento, vuela a "quizás mil pies de
altura" y, tras zigzaguear durante un tiempo, desciende al suelo en línea
curva, con la cola extendida y las alas temblorosas, a una velocidad
sorprendente. El sonido se emite solo durante este rápido descenso. Nadie pudo
explicar la causa hasta que M. Meves observó que a cada lado de la cola las
plumas externas tienen una forma peculiar (Fig. 41), con un mango rígido en
forma de sable, con púas oblicuas de una longitud inusual, y las membranas
externas están fuertemente unidas. Descubrió que soplando estas plumas, o
sujetándolas a un palo largo y delgado y moviéndolas rápidamente en el aire,
podía reproducir el sonido de tamborileo del ave viva. Ambos sexos poseen estas
plumas, pero generalmente son más grandes en el macho que en la hembra y emiten
un tono más grave. En algunas especies, como en S. frenata (Fig. 42), cuatro
plumas, y en S. javensis (Fig. 43), no menos de ocho a cada lado de la cola
están muy modificadas. Las plumas de las distintas especies emiten diferentes
tonos al agitarse en el aire; y el Scolopax Wilsonii de Estados Unidos emite un
sonido oscilante al descender rápidamente. (53. Véase el interesante artículo
de M. Meves en 'Proc. Zool. Soc.' 1858, pág. 199. Para los hábitos de la
agachadiza, Macgillivray, 'History of British Birds', vol. iv, pág. 371. Para
la agachadiza americana, el capitán Blakiston, 'Ibis', vol. v. 1863, pág. 131.)
[Fig. 44. Pluma primaria del ala de
un colibrí, el Selasphorus platycercus (de un boceto del Sr. Salvin). Figura
superior, la del macho; figura inferior, la pluma correspondiente a la hembra.]
En el macho de Chamaepetes unicolor
(una gran ave gallinácea americana), la primera pluma primaria del ala está
arqueada hacia la punta y es mucho más atenuada que en la hembra. En una ave
emparentada, la Penélope nigra, el Sr. Salvin observó un macho que, mientras
volaba hacia abajo con las alas extendidas, emitía un ruido como de crujido,
como el de un árbol al caer. (54. Sr. Salvin, en 'Proceedings, Zoological
Society', 1867, pág. 160. Agradezco enormemente a este distinguido ornitólogo
los bocetos de las plumas de Chamaepetes y otra información). Solo el macho de
una avutarda india (Sypheotides auritus) tiene las plumas primarias del ala muy
acuminadas; y se sabe que el macho de una especie emparentada emite un zumbido
mientras corteja a la hembra. (55. Jerdon, 'Aves de la India', vol. iii, págs.
618, 621.) En un grupo muy diferente de aves, los colibríes, solo los machos de
ciertas especies tienen los tallos de las plumas primarias del ala muy
dilatados o las membranas interdigitales abruptamente extirpadas hacia la
extremidad. El macho, por ejemplo, de Selasphorus platycercus, en su etapa
adulta, tiene la primera pluma primaria del ala (Fig. 44), así extirpada. Al
volar de flor en flor, emite un sonido agudo, casi silbante (56. Gould,
'Introducción a los Trochilidae', 1861, pág. 49. Salvin, 'Actas de la Sociedad
Zoológica', 1867, pág. 160); pero al Sr. Salvin no le pareció que el sonido
fuera intencional.
Fig. 45. Plumas secundarias del ala
de Pipra deliciosa (del Sr. Sclater, en 'Proc. Zool. Soc.', 1860). Las tres
plumas superiores, a, b, c, del macho; las tres plumas inferiores
correspondientes, d, e, f, de la hembra. a y d, quinta pluma secundaria del ala
del macho y la hembra, cara superior. b y e, sexta secundaria, cara superior. c
y f, séptima secundaria, cara inferior.
Por último, en varias especies de un
subgénero de Pipra o Saltarín, los machos, según lo descrito por el Sr.
Sclater, presentan las plumas secundarias de las alas modificadas de una manera
aún más notable. En la brillantemente coloreada P. deliciosa, las tres primeras
secundarias tienen un tallo grueso y se curvan hacia el cuerpo; en la cuarta y
la quinta (Fig. 45, a) el cambio es mayor; y en la sexta y la séptima (b, c) el
cuerpo está extraordinariamente engrosado, formando una masa córnea sólida. Las
barbas también presentan una forma muy diferente a la de las plumas
correspondientes (d, e, f) en la hembra. Incluso los huesos del ala, que
sostienen estas singulares plumas en el macho, son, según el Sr. Fraser, muy
engrosados. Estas pequeñas aves emiten un ruido extraordinario, cuya primera
nota aguda se asemeja al chasquido de un látigo. (57. Sclater, en 'Proceedings,
Zoological Society', 1860, pág. 90, y en 'Ibis', vol. iv, 1862, pág. 175.
También Salvin, en 'Ibis', 1860, pág. 37.)
La diversidad de sonidos, tanto
vocales como instrumentales, emitidos por los machos de muchas aves durante la
época reproductiva, y la diversidad de medios para producirlos, son sumamente
notables. De este modo, obtenemos una idea clara de su importancia para fines
sexuales y recordamos la conclusión a la que se llegó respecto a los insectos.
No es difícil imaginar los pasos mediante los cuales las notas de un ave,
utilizadas principalmente como un simple llamado o para algún otro propósito,
podrían haberse mejorado hasta convertirse en una melodiosa canción de amor. En
el caso de las plumas modificadas, mediante las cuales se producen los ruidos
de tamborileo, silbido o rugido, sabemos que algunas aves, durante su cortejo,
revolotean, agitan o hacen sonar sus plumas no modificadas; y si se indujera a
las hembras a seleccionar a los mejores intérpretes, los machos con las plumas
más fuertes, más gruesas o más atenuadas, situadas en cualquier parte del
cuerpo, serían los más exitosos; y así, poco a poco, las plumas podrían
modificarse en casi cualquier grado. Las hembras, por supuesto, no percibirían
cada leve alteración sucesiva en la forma, sino solo los sonidos así
producidos. Es curioso que, en la misma clase de animales, sonidos tan
diferentes como el tamborileo de la cola de la agachadiza, el golpeteo del pico
del pájaro carpintero, el áspero canto de trompeta de ciertas aves acuáticas,
el arrullo de la tórtola y el canto del ruiseñor, sean todos agradables para
las hembras de las distintas especies. Pero no debemos juzgar los gustos de las
distintas especies con un criterio uniforme; ni debemos juzgar con el criterio
del gusto humano. Incluso con el hombre, debemos recordar qué ruidos
discordantes, el batir de los tam-tams y las agudas notas de los juncos,
agradan a los oídos de los salvajes. Sir S. Baker señala (58. 'Los afluentes
del Nilo de Abisinia', 1867, pág. 203) que “así como el estómago del árabe
prefiere la carne cruda y el hígado apestoso extraídos calientes del animal, su
oído prefiere su música igualmente áspera y discordante a todas las demás”.
ME ENCANTAN LAS PAYASADAS Y LOS
BAILES.
Los curiosos gestos amorosos de
algunas aves ya se han mencionado de pasada, por lo que no es necesario añadir
nada más. En Norteamérica, grandes grupos de urogallos, el Tetrao phasianellus,
se reúnen cada mañana durante la época reproductiva en un lugar llano y
selecto, y allí corren en círculos de unos cuatro o seis metros de diámetro, de
modo que el suelo queda completamente desnudo, como un circo. En estas danzas
de la perdiz, como las llaman los cazadores, las aves adoptan las actitudes más
extrañas y corren en círculo, algunas a la izquierda y otras a la derecha.
Audubon describe a los machos de garza (Ardea herodias) caminando con gran
dignidad ante las hembras, desafiando a sus rivales. Con respecto a uno de los
repugnantes buitres carroñeros (Cathartes jota), el mismo naturalista afirma
que «las gesticulaciones y el desfile de los machos al comienzo de la época
amorosa son extremadamente ridículos». Ciertas aves realizan sus travesuras
amorosas en vuelo, como hemos visto con el tejedor negro africano, en lugar de
hacerlo en el suelo. Durante la primavera, nuestra pequeña curruca zarcera
(Sylvia cinerea) a menudo se eleva unos metros o yardas sobre algún arbusto y
revolotea con un movimiento irregular y fantástico, cantando constantemente,
para luego descender a su percha. La avutarda común adopta posturas
indescriptiblemente extrañas mientras corteja a la hembra, como ha sido
descrito por Wolf. Una avutarda india (Otis bengalensis), emparentada con ella,
en esos momentos, se eleva perpendicularmente en el aire con un aleteo
apresurado, levantando la cresta e inflando las plumas del cuello y el pecho, y
luego desciende al suelo; repite esta maniobra varias veces, al mismo tiempo
que zumba con un tono peculiar. Las hembras que se encuentran cerca obedecen a
su llamado saltatorio, y cuando se acercan, arrastra las alas y extiende la
cola como un pavo. (59. Para Tetrao phasianellus, véase Richardson, 'Fauna,
Bor. America', pág. 361, y para más detalles, Cap. Blakiston, 'Ibis', 1863,
pág. 125. Para Cathartes y Ardea, Audubon, 'Ornithological Biography', vol. ii,
pág. 51, y vol. iii, pág. 89. Sobre la curruca zarcera, Macgillivray, 'History
of British Birds', vol. ii, pág. 354. Sobre la avutarda india, Jerdon, 'Birds
of India', vol. iii, pág. 618.)
[Fig. 46. Pájaro jardinero,
Chlamydera maculata, con emparrado (de Brehm).]
Pero el caso más curioso lo ofrecen
tres géneros afines de aves australianas, los famosos pájaros jardineros, sin
duda codescendientes de algunas especies antiguas que adquirieron el extraño
instinto de construir cenadores para sus travesuras amorosas. Los cenadores
(Fig. 46), que, como veremos más adelante, están decorados con plumas, conchas,
huesos y hojas, se construyen en el suelo con el único propósito del cortejo,
ya que sus nidos se forman en los árboles. Ambos sexos ayudan en la
construcción de los cenadores, pero el macho es el principal constructor. Este
instinto es tan fuerte que se practica en confinamiento, y el Sr. Strange ha
descrito (60. Gould, 'Handbook to the Birds of Australia', vol. i, págs. 444,
449, 455. El emparrado del pájaro jardinero satinado puede verse en los
jardines de la Sociedad Zoológica, Regent's Park.) los hábitos de algunos
pájaros jardineros satinados que mantenía en un aviario en Nueva Gales del Sur.
"A veces, el macho persigue a la hembra por todo el aviario, luego va al
emparrado, recoge una pluma alegre o una hoja grande, emite un curioso sonido,
eriza todas sus plumas, corre alrededor del emparrado y se excita tanto que
parece que sus ojos están a punto de saltar de su cabeza; continúa abriendo
primero un ala y luego la otra, emitiendo un sonido bajo y silbante, y, como el
gallo doméstico, parece estar recogiendo algo del suelo, hasta que finalmente
la hembra se dirige suavemente hacia él". El capitán Stokes ha descrito
los hábitos y las "casas de juego" de otra especie, el gran pájaro
jardinero, al que se le vio "divirtiéndose volando de un lado a otro,
tomando una concha alternativamente de cada lado y llevándola a través del arco
en su boca". Estas curiosas estructuras, diseñadas únicamente como salas
de reunión, donde ambos sexos se divierten y se cortejan, deben de costarles
mucho trabajo a las aves. El cenador, por ejemplo, de la especie de pecho
leonado, mide casi cuatro pies de largo y dieciocho pulgadas de alto, y se alza
sobre una gruesa plataforma de palos.
DECORACIÓN.
Primero analizaré los casos en los
que los machos están ornamentados, ya sea de forma exclusiva o en mucha mayor
medida que las hembras, y en un capítulo posterior, aquellos en los que ambos
sexos están igualmente ornamentados, y finalmente, los raros casos en los que
la hembra presenta colores algo más brillantes que el macho. Al igual que con
los adornos artificiales utilizados por los hombres salvajes y civilizados, con
los adornos naturales de las aves, la cabeza es el principal centro de la
decoración. (61. Véanse las observaciones al respecto en «El sentimiento de la
belleza entre los animales», del Sr. J. Shaw, en el «Athenaeum», 24 de
noviembre de 1866, pág. 681). Los adornos, como se mencionó al comienzo de este
capítulo, son maravillosamente diversos. Las plumas en la parte frontal o
posterior de la cabeza consisten en plumas de diversas formas, a veces capaces
de erección o expansión, lo que permite exhibir plenamente sus hermosos
colores. Ocasionalmente, se presentan elegantes mechones en las orejas (Fig.
39). La cabeza a veces está cubierta de un vello aterciopelado, como en el
faisán; o está desnuda y de vivos colores. La garganta también a veces está
adornada con barba, carúnculas o barbas. Estos apéndices son generalmente de
colores brillantes y sin duda sirven como adornos, aunque no siempre
ornamentales a nuestros ojos; pues mientras el macho corteja a la hembra, a
menudo se hinchan y adquieren tonos vivos, como en el pavo macho. En esos
momentos, los apéndices carnosos que rodean la cabeza del faisán tragopán macho
(Ceriornis temminckii) se hinchan formando una gran solapa en la garganta y dos
cuernos, uno a cada lado del espléndido moño; y estos adquieren entonces el
color azul más intenso que jamás haya visto. (62. Véase el relato del Dr. Murie
con figuras coloreadas en 'Proceedings, Zoological Society', 1872, pág. 730.)
El cálao africano (Bucorax abyssinicus) infla la carúncula escarlata en forma
de vejiga en su cuello, y con las alas caídas y la cola extendida, "da una
apariencia bastante majestuosa". (63. Sr. Monteiro, 'Ibis', vol. iv. 1862,
pág. 339.) Incluso el iris del ojo a veces es más brillante en el macho que en
la hembra; y esto es frecuente en el pico, por ejemplo, en nuestro mirlo común.
En Buceros corrugatus, todo el pico y el inmenso casco son más visiblemente
coloreados en el macho que en la hembra; y "los surcos oblicuos a los
lados de la mandíbula inferior son característicos del sexo masculino".
(64. 'Tierra y agua', 1868, pág. 217.)
La cabeza, además, suele sostener
apéndices carnosos, filamentos y protuberancias sólidas. Estas, si bien no son
comunes a ambos sexos, siempre se limitan a los machos. Las protuberancias
sólidas han sido descritas en detalle por el Dr. W. Marshall (65. «Ueber die
Schädelhöcker», etc., «Niederland. Archiv. fur Zoologie», BI Heft 2, 1872),
quien demuestra que están formadas por hueso cancelado recubierto de piel o por
tejidos dérmicos y de otro tipo. En los mamíferos, los cuernos verdaderos
siempre se apoyan en los huesos frontales, pero en las aves se han modificado
diversos huesos para este propósito; y en especies del mismo grupo, las
protuberancias pueden tener núcleos óseos o carecer de ellos, con gradaciones
intermedias que conectan estos dos extremos. Por lo tanto, como bien señala el
Dr. Marshall, variaciones de los más diversos tipos han contribuido al
desarrollo, mediante selección sexual, de estos apéndices ornamentales. Plumas
o penachos alargados surgen de casi todo el cuerpo. Las plumas de la garganta y
el pecho a veces se desarrollan formando hermosos collares. Las plumas de la
cola suelen aumentar de longitud, como se observa en las coberteras caudales
del pavo real y en la propia cola del faisán Argus. En el pavo real, incluso
los huesos de la cola se han modificado para soportar las pesadas coberteras.
(66. Dr. W. Marshall, «Über den Vogelschwanz», ibíd. BI Heft 2, 1872). El
cuerpo del Argus no es mayor que el de un ave; sin embargo, la longitud desde
la punta del pico hasta la extremidad de la cola no es inferior a cinco pies y
tres pulgadas (67. Jardine's «Naturalist Library: Birds», vol. xiv, pág. 166),
y la de las plumas secundarias del ala, bellamente oceladas, es de casi tres
pies. En un pequeño chotacabras africano (Cosmetornis vexillarius), una de las
plumas primarias del ala, durante la época reproductiva, alcanza una longitud
de 66 cm, mientras que el ave en sí mide solo 25 cm. En otro género de
chotacabras estrechamente relacionado, los tallos de las alargadas plumas del
ala están desnudos, excepto en el extremo, donde hay un disco. (68. Sclater, en
el «Ibis», vol. vi. 1864, pág. 114; Livingstone, «Expedición al Zambesi», 1865,
pág. 66). Además, en otro género de chotacabras, las plumas de la cola están
aún más desarrolladas. En general, las plumas de la cola suelen ser más
alargadas que las de las alas, ya que cualquier alargamiento excesivo de estas
últimas dificulta el vuelo. De este modo, observamos que en aves estrechamente
relacionadas los machos han obtenido adornos del mismo tipo mediante el
desarrollo de plumas muy diferentes.
Es curioso que las plumas de especies
pertenecientes a grupos muy distintos se hayan modificado de forma casi
idéntica. Así, las plumas de las alas de uno de los chotacabras mencionados
están desnudas a lo largo del cuerpo y terminan en un disco; o tienen, como a
veces se les llama, forma de cuchara o raqueta. Plumas de este tipo se
encuentran en la cola de un momoto (Eumomota superciliaris), de un martín
pescador, un pinzón, un colibrí, un loro, varios drongos indios (Dicrurus y
Edolius, en uno de los cuales el disco es vertical), y en la cola de ciertas
aves del paraíso. En estas últimas, plumas similares, bellamente oceladas,
adornan la cabeza, al igual que en algunas gallináceas. En una avutarda india
(Sypheotides auritus), las plumas que forman los mechones de las orejas, que
miden unos diez centímetros de largo, también terminan en discos. (69. Jerdon,
'Aves de la India', vol. iii, pág. 620.) Es un hecho muy singular que los
momotos, como ha demostrado claramente el Sr. Salvin (70. 'Proceedings, Zoological
Society', 1873, pág. 429.), dan a las plumas de la cola la forma de raqueta al
morder las púas y, además, que esta mutilación continua ha producido una cierta
cantidad de efecto hereditario.
[Fig. 47. Paradisea Papuana (TW
Wood).]
Además, las púas de las plumas en
diversas aves muy distintas son filamentosas o plumosas, como en algunas
garzas, ibis, aves del paraíso y gallináceas. En otros casos, las púas
desaparecen, dejando los tallos desnudos de punta a punta; y estas, en la cola
de Paradisea apoda, alcanzan una longitud de 96 cm (71. Wallace, en «Annals and
Magazine of Natural History», vol. xx. 1857, p. 416, y en su «Malay
Archipelago», vol. ii. 1869, p. 390). En P. Papuana (Fig. 47), son mucho más
cortas y delgadas. Las plumas más pequeñas, al estar así desnudas, parecen
cerdas, como en el pecho del pavo. Así como cualquier moda pasajera en el
vestir llega a ser admirada por el hombre, en las aves, cualquier cambio en la
estructura o coloración de las plumas del macho parece haber sido admirado por
la hembra. El hecho de que las plumas de grupos tan distintos se hayan
modificado de forma análoga depende, sin duda, principalmente de que todas
ellas tienen una estructura y un desarrollo prácticamente idénticos, y, en
consecuencia, tienden a variar de la misma manera. A menudo observamos una
tendencia a la variabilidad análoga en el plumaje de nuestras razas domésticas
pertenecientes a especies distintas. Así, han aparecido moños en varias
especies. En una variedad extinta de pavo, el moño consistía en púas desnudas
rematadas con plumas de plumón, de modo que se asemejaban en cierta medida a
las plumas en forma de raqueta descritas anteriormente. En ciertas razas de
paloma y ave, las plumas son plumosas, con cierta tendencia a estar desnudas en
los tallos. En el ganso de Sebastopol, las plumas de la escápula son muy
alargadas, rizadas o incluso retorcidas en espiral, con los márgenes plumosos.
(72. Véase mi obra sobre «La variación de animales y plantas en domesticación»,
vol. I, págs. 289, 293).
En cuanto al color, casi no hace
falta decir nada, pues todos sabemos lo espléndidos que son los matices de
muchas aves y la armonía con la que se combinan. Los colores suelen ser
metálicos e iridiscentes. Las manchas circulares a veces están rodeadas por una
o más zonas de diferentes tonos, convirtiéndose así en ocelos. Tampoco es
necesario mencionar la asombrosa diferencia entre los sexos de muchas aves. El
pavo real común ofrece un ejemplo sorprendente. Las hembras del ave del paraíso
son de colores oscuros y carecen de todo adorno, mientras que los machos son
probablemente los más adornados de todas las aves, y de tantas maneras
diferentes que hay que verlos para apreciarlos. Las plumas alargadas de color
naranja dorado que brotan de debajo de las alas de la Paradisea apoda, cuando
se erigen verticalmente y se hacen vibrar, se describen como formando una
especie de halo, en cuyo centro la cabeza «parece un pequeño sol esmeralda con
sus rayos formados por las dos plumas». (73. Citado de M. de Lafresnaye en
'Annals and Mag. of Natural History', vol. xiii. 1854, pág. 157: véase también
el relato mucho más completo del Sr. Wallace en el vol. xx. 1857, pág. 412, y
en su 'Malay Archipelago'). En otra especie bellísima, la cabeza es calva,
"y de un intenso azul cobalto, cruzada por varias líneas de plumas negras
aterciopeladas". (74. Wallace, 'The Malay Archipelago', vol. ii. 1869,
pág. 405).
[Fig. 48. Lophornis ornatus, macho y
hembra (de Brehm).
Fig. 49. Spathura underwoodi, macho y
hembra (de Brehm).]
Los colibríes machos (Figs. 48 y 49)
casi rivalizan en belleza con las aves del paraíso, como admitirá cualquiera
que haya visto los espléndidos volúmenes del Sr. Gould o su rica colección. Es
notable la diversidad de formas en que estas aves están ornamentadas. Casi toda
la parte de su plumaje ha sido aprovechada y modificada; y las modificaciones
se han llevado, como me mostró el Sr. Gould, a un extremo asombroso en algunas
especies pertenecientes a casi todos los subgrupos. Estos casos son curiosamente
similares a los que observamos en nuestras razas de fantasía, criadas por el
hombre con fines ornamentales; ciertos individuos variaban originalmente en una
característica, y otros individuos de la misma especie en otras; y estas han
sido aprovechadas por el hombre y ampliadas considerablemente, como lo
demuestran la cola de la paloma colipavo, la capucha del jacobino, el pico y la
carúncula del mensajero, etc. La única diferencia entre estos casos es que en
uno el resultado se debe a la selección del hombre, mientras que en el otro,
como en los colibríes, las aves del paraíso, etc., se debe a la selección por
parte de las hembras de los machos más bellos.
Mencionaré solo otra ave, notable por
el extremo contraste de color entre los sexos: el famoso pájaro campana
(Chasmorhynchus niveus) de Sudamérica, cuyo canto se distingue a casi tres
millas de distancia y asombra a cualquiera al oírlo por primera vez. El macho
es blanco puro, mientras que la hembra es verde oscuro; el blanco es un color
muy raro en especies terrestres de tamaño moderado y hábitos inofensivos. El
macho, también, como lo describe Waterton, tiene un tubo espiral de casi tres
pulgadas de largo que se eleva desde la base del pico. Es de color negro
azabache, salpicado de diminutas plumas suaves. Este tubo se puede inflar con
aire, a través de una comunicación con el paladar; cuando no está inflado,
cuelga hacia un lado. El género consta de cuatro especies, cuyos machos son muy
distintos, mientras que las hembras, como describe el Sr. Sclater en un
artículo muy interesante, se parecen mucho entre sí, ofreciendo así un
excelente ejemplo de la regla común de que dentro del mismo grupo los machos difieren
mucho más entre sí que las hembras. En una segunda especie (C. nudicollis), el
macho es igualmente blanco como la nieve, con la excepción de una gran área de
piel desnuda en la garganta y alrededor de los ojos, que durante la época
reproductiva es de un hermoso color verde. En una tercera especie (C.
tricarunculatus), solo la cabeza y el cuello del macho son blancos, el resto
del cuerpo es de color castaño rojizo, y el macho de esta especie está provisto
de tres proyecciones filamentosas de la mitad de la longitud del cuerpo: una
que se eleva desde la base del pico y las otras dos desde las comisuras de la
boca. (75. Sr. Sclater, 'Intellectual Observer', enero de 1867. Waterton's
'Wanderings', pág. 118. Véase también el interesante artículo del Sr. Salvin,
con una lámina, en 'Ibis', 1865, pág. 90.)
El plumaje coloreado y ciertos otros
adornos de los machos adultos se conservan de por vida o se renuevan
periódicamente durante el verano y la época reproductiva. En esta misma época,
el pico y la piel desnuda alrededor de la cabeza cambian de color con
frecuencia, como en algunas garzas, ibis, gaviotas, uno de los pájaros campana
que acabamos de mencionar, etc. En el ibis blanco, las mejillas, la piel
hinchable de la garganta y la porción basal del pico se tornan carmesí. (76.
'Land and Water', 1867, pág. 394). En uno de los rascones, Gallicrex cristatus,
se desarrolla una gran carúncula roja durante este período en la cabeza del
macho. Lo mismo ocurre con una delgada cresta córnea en el pico de uno de los
pelícanos, P. erythrorhynchus; porque, después de la época de cría, estas
crestas córneas se desprenden, como los cuernos de las cabezas de los ciervos,
y se encontró la orilla de una isla en un lago de Nevada cubierta de estas
curiosas exuvias. (77. Sr. DG Elliot, en 'Proc. Zool. Soc.' 1869, pág. 589.)
Los cambios de color del plumaje
según la estación dependen, en primer lugar, de una doble muda anual; en
segundo lugar, de un cambio de color en las propias plumas; y, en tercer lugar,
de la caída periódica de sus márgenes opacos, o de la combinación de estos tres
procesos. La caída de los márgenes deciduos puede compararse con la caída del
plumón en las aves muy jóvenes, ya que, en la mayoría de los casos, el plumón
surge de las puntas de las primeras plumas verdaderas. (78. «Pterilografía» de
Nitzsch, editado por PL Sclater, Ray Society, 1867, pág. 14).
Respecto a las aves que experimentan
una doble muda anual, existen, en primer lugar, algunas especies, como las
agachadizas, los chorlitos golondrina (glareolae) y los zarapitos, en las que
ambos sexos se parecen y no cambian de color en ninguna estación. Desconozco si
el plumaje invernal es más denso y cálido que el estival, pero el calor parece
ser el objetivo más probable de una doble muda, donde no hay cambio de color.
En segundo lugar, existen aves, como ciertas especies de Totanus y otros
Grallatores, cuyos sexos se parecen, pero en los que el plumaje de verano e
invierno difiere ligeramente de color. Sin embargo, la diferencia en estos
casos es tan pequeña que difícilmente puede ser una ventaja para ellas; y
quizás pueda atribuirse a la acción directa de las diferentes condiciones a las
que están expuestas las aves durante las dos estaciones. En tercer lugar, hay
muchas otras aves cuyos sexos son similares, pero cuyo plumaje de verano e
invierno difiere considerablemente. En cuarto lugar, hay aves cuyos sexos
difieren en color; pero las hembras, aunque mudan dos veces, conservan los
mismos colores durante todo el año, mientras que los machos experimentan un
cambio de color, a veces considerable, como en el caso de ciertas avutardas. En
quinto y último lugar, hay aves cuyos sexos difieren en su plumaje tanto de
verano como de invierno; pero el macho experimenta un cambio mayor en cada
estación recurrente que la hembra, de la cual el combatiente (Machetes pugnax)
es un buen ejemplo.
Con respecto a la causa o propósito
de las diferencias de color entre el plumaje de verano y el de invierno, esto
puede, en algunos casos, como en el caso de la perdiz nival (79. El plumaje de
verano moteado marrón de la perdiz nival es de tanta importancia para ella,
como protección, como el plumaje blanco de invierno; pues en Escandinavia
durante la primavera, cuando la nieve ha desaparecido, se sabe que esta ave
sufre mucho por las aves rapaces, antes de haber adquirido su aderezo de
verano: véase Wilhelm von Wright, en Lloyd, 'Game Birds of Sweden', 1867, pág.
125), servir durante ambas estaciones como protección. Cuando la diferencia
entre los dos plumajes es leve, tal vez pueda atribuirse, como ya se señaló, a
la acción directa de las condiciones de vida. Pero con muchas aves,
difícilmente puede haber duda de que el plumaje de verano es ornamental,
incluso cuando ambos sexos son iguales. Podemos concluir que este es el caso de
muchas garzas, garcetas, etc., pues adquieren sus hermosos penachos solo durante
la época de cría. Además, estas plumas, moños, etc., aunque presentes en ambos
sexos, a veces están un poco más desarrolladas en el macho que en la hembra; y
se asemejan a las plumas y adornos que poseen solo los machos de otras aves.
También se sabe que el confinamiento, al afectar el sistema reproductivo de los
machos, frena con frecuencia el desarrollo de sus caracteres sexuales
secundarios, pero no tiene influencia inmediata en ningún otro carácter; y el
Sr. Bartlett me informa que ocho o nueve ejemplares de correlimos (Tringa
canutus) conservaron su plumaje invernal sin adornos en el Zoológico durante
todo el año, de lo cual podemos inferir que el plumaje de verano, aunque común
a ambos sexos, comparte la naturaleza del plumaje exclusivamente masculino de
muchas otras aves. (80. Con respecto a las afirmaciones anteriores sobre la
muda, véase, sobre las agachadizas, etc., Macgillivray, 'Hist. Brit. Birds',
vol. iv, pág. 371; sobre las glareolas, zarapitos y avutardas, Jerdon, 'Birds
of India', vol. iii, págs. 615, 630, 683; sobre Totanus, ibid, pág. 700; sobre
las plumas de las garzas, ibid, pág. 738, y Macgillivray, vol. iv, págs. 435 y
444, y el Sr. Stafford Allen, en 'Ibis', vol. v. 1863, pág. 33.)
De los hechos anteriores, más
especialmente del hecho de que ninguno de los sexos de ciertas aves cambia de
color durante la muda anual, o lo hace tan ligeramente que el cambio
difícilmente puede serles de alguna utilidad, y del hecho de que las hembras de
otras especies mudan dos veces pero conservan los mismos colores durante todo
el año, podemos concluir que el hábito de mudar dos veces anualmente no ha sido
adquirido para que el macho asuma un carácter ornamental durante la temporada
de cría, sino que la doble muda, habiendo sido adquirida originalmente para
algún propósito distinto, ha sido posteriormente aprovechada en ciertos casos
para obtener un plumaje nupcial.
A primera vista, parece sorprendente
que algunas especies estrechamente relacionadas experimenten regularmente una
doble muda anual, mientras que otras solo una. La perdiz nival, por ejemplo,
muda dos o incluso tres veces al año, y el gallo negro solo una: algunos de los
espléndidos chupadores de miel (Nectariniae) de la India y algunos subgéneros
de bisbitas de colores oscuros (Anthus) presentan una muda doble, mientras que
otros solo una. (81. Sobre la muda de la perdiz nival, véase Gould, 'Birds of Great
Britain'. Sobre los mieleros, Jerdon, 'Birds of India', vol. i, págs. 359, 365,
369. Sobre la muda del Anthus, véase Blyth, en 'Ibis', 1867, pág. 32.) Pero las
gradaciones en la forma de muda, que se sabe que ocurren en varias aves, nos
muestran cómo las especies, o grupos enteros, podrían haber adquirido
originalmente su doble muda anual, o haberla perdido una vez adquirida. En
ciertas avutardas y chorlitos, la muda primaveral dista mucho de ser completa,
ya que algunas plumas se renuevan y otras cambian de color. También hay razones
para creer que en ciertas avutardas y aves similares a los rascones, que
experimentan una doble muda, algunos de los machos mayores conservan su plumaje
nupcial durante todo el año. Algunas plumas muy modificadas pueden simplemente
añadirse al plumaje durante la primavera, como ocurre con las plumas
discoidales de la cola de ciertos drongos (Bhringa) en la India, y con las
plumas alargadas del dorso, cuello y cresta de ciertas garzas. Con estos pasos,
la muda primaveral podría volverse cada vez más completa, hasta alcanzar una
muda doble perfecta. Algunas aves del paraíso conservan sus plumas nupciales
durante todo el año, por lo que solo mudan una vez; otras las mudan
inmediatamente después de la época reproductiva, por lo que tienen una muda
doble; y otras las mudan de nuevo en esta época durante el primer año, pero no
después; de modo que estas últimas especies presentan un proceso de muda
intermedio. También existe una gran diferencia en muchas aves en el tiempo que
conservan los dos plumajes anuales; de modo que uno podría conservarse durante
todo el año y el otro perderse por completo. Así, en primavera, el Machetes
pugnax conserva su gorguera durante apenas dos meses. En Natal, el macho de la
viuda negra (Chera progne) adquiere su fino plumaje y las largas plumas de la
cola en diciembre o enero, y las pierde en marzo; por lo que las conserva solo
durante unos tres meses. La mayoría de las especies, que experimentan una doble
muda, conservan sus plumas ornamentales durante unos seis meses. Sin embargo,
el macho del Gallus bankiva silvestre conserva el pelo del cuello durante nueve
o diez meses; y cuando lo pierde, las plumas negras subyacentes del cuello
quedan completamente expuestas. Sin embargo, en el descendiente domesticado de
esta especie, el pelo del cuello del macho es reemplazado inmediatamente por
uno nuevo; por lo que aquí vemos, en lo que respecta a parte del plumaje, una
doble muda transformada durante la domesticación en una muda única. (82.)Para
las declaraciones anteriores con respecto a las mudas parciales y a los machos
viejos que conservan su plumaje nupcial, véase Jerdon, sobre avutardas y
chorlitos, en 'Birds of India', vol. iii. págs. 617, 637, 709, 711. También
Blyth en 'Land and Water', 1867, pág. 84. Sobre la muda de Paradisea, véase un
interesante artículo del Dr. W. Marshall, 'Archives Neerlandaises', tom. vi.
1871. Sobre la Vidua, 'Ibis', vol. iii. 1861, pág. 133. Sobre los alcaudones
drongo, Jerdon, ibid. vol. ip 435. Sobre la muda primaveral de Herodias
bubulcus, Sr. SS Allen, en 'Ibis', 1863, pág. 33. Sobre Gallus bankiva, Blyth,
en 'Annals and Mag. of Natural History', vol. i. 1848, p. 455; véase también,
sobre este tema, mi 'Variation of Animals under Domestication', vol. i. p.
236.)
Es bien sabido que el macho común
(Anas boschas), tras la época reproductiva, pierde su plumaje masculino durante
tres meses, tiempo durante el cual adopta el de la hembra. El pato rabudo macho
(Anas acuta) pierde su plumaje durante un período más breve, de seis semanas a
dos meses; y Montagu señala que «esta doble muda en tan poco tiempo es una
circunstancia extraordinaria que parece desafiar todo razonamiento humano».
Pero quien crea en la modificación gradual de las especies no se sorprenderá al
encontrar gradaciones de todo tipo. Si el macho rabudo adquiriera su nuevo
plumaje en un período aún más corto, las nuevas plumas masculinas casi
necesariamente se mezclarían con las antiguas, y ambas con algunas propias de
la hembra; y este parece ser el caso del macho de un ave similar, la serreta
serradora, pues se dice que los machos «experimentan un cambio de plumaje que
los asimila en cierta medida a la hembra». Con una ligera aceleración adicional
del proceso, la doble muda se perdería por completo. (83. Véase Macgillivray,
'Hist. British Birds' (vol. v. págs. 34, 70 y 223), sobre la muda de las
anátidas, con citas de Waterton y Montagu. También Yarrell, 'History of British
Birds', vol. iii. pág. 243.)
Algunos machos, como se mencionó
anteriormente, adquieren colores más brillantes en primavera, no por una muda
primaveral, sino por un cambio de color en las plumas o por la caída de sus
oscuros bordes deciduos. Estos cambios de color pueden durar más o menos. En el
Pelecanus onocrotalus, un hermoso tono rosado, con manchas color limón en el
pecho, cubre todo el plumaje en primavera; pero estos tonos, como afirma el Sr.
Sclater, «no duran mucho, desapareciendo generalmente entre seis semanas y dos
meses después de su adquisición». Algunos pinzones mudan los bordes de sus
plumas en primavera y luego adquieren un color más brillante, mientras que
otros no experimentan tal cambio. Así, la Fringilla tristis de Estados Unidos
(así como muchas otras especies americanas) exhibe sus brillantes colores solo
al final del invierno, mientras que nuestro jilguero, que representa fielmente
a esta ave en hábitos, y nuestro jilguero, que la representa aún más en
estructura, no experimentan dicho cambio anual. Pero una diferencia de este
tipo en el plumaje de especies afines no es sorprendente, ya que en el pardillo
común, que pertenece a la misma familia, la frente y el pecho carmesí solo se
muestran durante el verano en Inglaterra, mientras que en Madeira estos colores
se conservan durante todo el año. (84. Sobre el pelícano, véase Sclater, en
'Proc. Zool. Soc.' 1868, pág. 265. Sobre los pinzones americanos, véase
Audubon, 'Ornithological Biography', vol. i, págs. 174, 221, y Jerdon, 'Birds
of India', vol. ii, pág. 383. Sobre la Fringilla cannabina de Madeira, el Sr.
E. Vernon Harcourt, 'Ibis', vol. v. 1863, pág. 230.)
EXHIBICIÓN DE SU PLUMAJE POR PARTE DE
LOS PÁJAROS MACHO.
Los machos exhiben con asiduidad
adornos de todo tipo, ya sean permanentes o temporales, que aparentemente
sirven para excitar, atraer o fascinar a las hembras. Sin embargo, a veces los
machos exhiben sus adornos cuando no están en presencia de las hembras, como
ocurre ocasionalmente con el urogallo en sus nidos, y como puede observarse en
el pavo real; este último, sin embargo, evidentemente busca un espectador y,
como he visto a menudo, presume de sus adornos ante las aves de corral, o
incluso ante los cerdos. (85. Véase también «Aves de corral ornamentales», del
Rev. ES Dixon, 1848, pág. 8). Todos los naturalistas que han estudiado de cerca
los hábitos de las aves, ya sea en estado natural o en confinamiento, coinciden
en que los machos se deleitan exhibiendo su belleza. Audubon menciona con
frecuencia que el macho intenta de diversas maneras cautivar a la hembra. El
Sr. Gould, tras describir algunas peculiaridades del colibrí macho, afirma no
tener duda de que posee la capacidad de exhibirlas con la mayor ventaja ante la
hembra. El Dr. Jerdon (86. «Aves de la India», introducción, vol. ip. xxiv;
sobre el pavo real, vol. iii. pág. 507. Véase «Introducción a los Trochilidae»
de Gould, 1861, pp. 15 y 111) insiste en que el hermoso plumaje del macho sirve
para «fascinar y atraer a la hembra». El Sr. Bartlett, del Jardín Zoológico, se
expresó conmigo con la mayor vehemencia en el mismo sentido.
[Fig. 50. Rupicola crocea, macho (TW
Wood).]
Debe ser un espectáculo grandioso en
los bosques de la India "aparecer de repente en veinte o treinta pavos
reales, los machos exhibiendo sus hermosas colas y pavoneándose con toda la
pompa del orgullo ante las hembras satisfechas". El pavo salvaje erige su
brillante plumaje, expande su cola finamente zonificada y las plumas barradas
de las alas, y en conjunto, con sus carúnculas carmesí y azules, crea una
apariencia soberbia, aunque, a nuestros ojos, grotesca. Ya se han dado hechos
similares con respecto al urogallo de varias clases. Pasando a otro orden: El
macho de Rupicola crocea (Fig. 50) es una de las aves más hermosas del mundo,
siendo de un naranja espléndido, con algunas de las plumas curiosamente
truncadas y plumosas. La hembra es de color verde parduzco, sombreada con rojo,
y tiene una cresta mucho más pequeña. Sir R. Schomburgk ha descrito su cortejo;
Encontró uno de sus lugares de reunión donde había diez machos y dos hembras.
El espacio tenía de cuatro a cinco pies de diámetro, y parecía haber sido
despejado de cada brizna de hierba y alisado como por manos humanas. Un macho
"estaba brincando, para aparente deleite de varios otros. Ya extendiendo
sus alas, levantando la cabeza o abriendo la cola como un abanico; ya
pavoneándose con un paso saltón hasta que se cansaba, cuando farfullaba alguna
nota y era relevado por otra. Así, tres de ellos ocuparon sucesivamente el
campo, y luego, con autoaprobación, se retiraron a descansar". Los indios,
para obtener sus pieles, esperaban en uno de los lugares de reunión hasta que
las aves se dedicaban con entusiasmo a bailar, y entonces podían matar con sus
flechas envenenadas a cuatro o cinco machos, uno tras otro. (87. 'Journal of R.
Geograph. Soc.' vol. x. 1840, pág. 236.) Con las aves del paraíso, una docena o
más de machos de plumaje completo se congregan en un árbol para celebrar una
fiesta de baile, como la llaman los nativos. Allí vuelan, alzan las alas,
elevan sus exquisitas plumas y las hacen vibrar, y todo el árbol parece, como
señala el Sr. Wallace, estar lleno de plumas ondulantes. En esta actividad, se
absorben tanto que un arquero hábil puede disparar a casi todo el grupo. Se
dice que estas aves, cuando se mantienen en confinamiento en el archipiélago
malayo, se esmeran en mantener sus plumas limpias; a menudo las extienden, las
examinan y eliminan hasta la última mota de suciedad. Un observador, que
mantuvo vivas varias parejas, no dudó de que la exhibición del macho tenía como
objetivo complacer a la hembra. (88. 'Annals and Mag. of Nat. Hist.' vol. xiii.
1854, pág. 157; también Wallace, ibid. vol. xx. 1857, pág. 412, y 'The Malay
Archipelago', vol. ii. 1869, pág. 252. También Dr. Bennett, citado por Brehm,
'Thierleben', B. iii. s. 326.)
[Fig. 51. Chinquis poliplectrón,
macho (TW Wood).]
Durante el cortejo, los faisanes
dorado y de Amherst no solo expanden y elevan sus espléndidos volantes, sino
que los retuercen, como he visto, oblicuamente hacia la hembra,
independientemente del lado en que se encuentre, obviamente para desplegar una
gran superficie ante ella. (89. El Sr. T. W. Wood ha descrito detalladamente
(en 'The Student', abril de 1870, pág. 115) esta forma de exhibición, tanto del
faisán dorado como del faisán japonés, Ph. versicolor; y la denomina exhibición
lateral o unilateral). Asimismo, giran ligeramente sus hermosas colas y
coberteras caudales hacia el mismo lado. El Sr. Bartlett ha observado un
Polyplectron macho (Fig. 51) en el acto de cortejo y me ha mostrado un ejemplar
disecado en la misma postura. La cola y las plumas de las alas de esta ave
están adornadas con hermosos ocelos, similares a los de la cola del pavo real.
Cuando el pavo real se exhibe, extiende y erige su cola transversalmente a su
cuerpo, pues se sitúa frente a la hembra y debe exhibir, al mismo tiempo, su garganta
y pecho de un azul intenso. Pero el pecho del Polyplectron es de color oscuro,
y los ocelos no se limitan a las plumas de la cola. En consecuencia, el
Polyplectron no se sitúa frente a la hembra, sino que erige y extiende las
plumas de la cola un poco oblicuamente, bajando el ala extendida del mismo lado
y levantando la del lado opuesto. En esta actitud, los ocelos de todo el cuerpo
quedan expuestos al mismo tiempo ante los ojos de la admirada hembra en una
gran extensión salpicada de lentejuelas. Hacia cualquier lado que gire, las
alas extendidas y la cola, oblicuamente sostenida, se vuelven hacia ella. El
faisán tragopán macho actúa casi de la misma manera, pues levanta las plumas
del cuerpo, aunque no las del ala misma, del lado opuesto a la hembra, y que de
otra manera quedaría oculto, de modo que casi todas las plumas bellamente
moteadas se exhiben al mismo tiempo.
Fig. 52. Vista lateral de un faisán
Argus macho, exhibiéndose ante la hembra. Observado y dibujado del natural por
T.W. Wood.
El faisán Argus ofrece un ejemplo
mucho más notable. Las plumas secundarias del ala, inmensamente desarrolladas,
se limitan al macho; cada una está ornamentada con una hilera de veinte a
veintitrés ocelos, de más de una pulgada de diámetro. Estas plumas también
están elegantemente marcadas con rayas oblicuas e hileras de manchas oscuras,
como las de la piel de un tigre y un leopardo combinados. Estos hermosos
adornos permanecen ocultos hasta que el macho se exhibe ante la hembra.
Entonces, eriza la cola y extiende las plumas del ala formando un gran abanico
o escudo circular, casi vertical, que lleva delante del cuerpo. El cuello y la
cabeza se mantienen a un lado, de modo que quedan ocultos por el abanico; pero
el ave, para ver a la hembra, ante la cual se exhibe, a veces mete la cabeza
entre dos de las largas plumas del ala (como ha visto el Sr. Bartlett), y
entonces presenta una apariencia grotesca. Este debe ser un hábito frecuente en
el ave en estado salvaje, pues el Sr. Bartlett y su hijo, al examinar unas
pieles perfectas enviadas desde Oriente, encontraron un espacio entre dos
plumas muy deshilachado, como si la cabeza hubiera sido atravesada con
frecuencia. El Sr. Wood cree que el macho también puede mirar a la hembra por
un lado, más allá del borde del abanico.
Los ocelos de las plumas de las alas
son objetos maravillosos; pues están tan sombreados que, como señala el Duque
de Argyll (90. «The Reign of Law», 1867, pág. 203), sobresalen como bolas
sueltas dentro de sus cavidades. Sin embargo, cuando observé el ejemplar del
Museo Británico, que está montado con las alas extendidas y colgando hacia
abajo, me decepcioné enormemente, pues los ocelos parecían planos, o incluso
cóncavos. Pero el Sr. Gould pronto me lo explicó, pues sostuvo las plumas
erguidas, en la posición en la que se expondrían naturalmente, y ahora, a la
luz que las iluminaba desde arriba, cada ocelo se asemejaba al instante al
ornamento llamado bola y cavidad. Estas plumas se han mostrado a varios
artistas, y todos han expresado su admiración por la perfección del sombreado.
Cabe preguntarse: ¿podrían haberse formado estos ornamentos artísticamente
sombreados mediante selección sexual? Pero será conveniente aplazar la
respuesta a esta pregunta hasta que tratemos en el próximo capítulo el principio
de gradación.
Las observaciones anteriores se
refieren a las plumas secundarias del ala, pero las plumas primarias, que en la
mayoría de las gallináceas presentan un color uniforme, son igualmente
maravillosas en el faisán Argus. Son de un suave tono marrón con numerosas
manchas oscuras, cada una de las cuales consta de dos o tres puntos negros con
una zona oscura circundante. Pero el adorno principal es un espacio paralelo al
cuerpo azul oscuro, cuyo contorno forma una segunda pluma perfecta que se
encuentra dentro de la pluma verdadera. Esta parte interna es de un castaño más
claro y está densamente salpicada de diminutos puntos blancos. He mostrado esta
pluma a varias personas, y muchos la han admirado incluso más que las plumas
esféricas, y han declarado que se asemeja más a una obra de arte que a la
naturaleza. Ahora bien, estas plumas están completamente ocultas en situaciones
normales, pero se muestran plenamente, junto con las largas plumas secundarias,
cuando se despliegan juntas formando el gran abanico o escudo.
El caso del faisán Argos macho es
sumamente interesante, pues demuestra que la belleza más refinada puede servir
como atractivo sexual, y no para ningún otro propósito. Debemos concluir que
así es, ya que las plumas secundarias y primarias del ala no se exhiben en
absoluto, y los adornos esféricos no se exhiben en su máxima perfección hasta
que el macho adopta la actitud de cortejo. El faisán Argos no posee colores
brillantes, por lo que su éxito en el amor parece depender del gran tamaño de
sus plumas y de la elaboración de los patrones más elegantes. Muchos afirmarán
que es absolutamente increíble que una hembra sea capaz de apreciar los
delicados sombreados y los patrones exquisitos. Sin duda, es un hecho
maravilloso que posea este grado de gusto casi humano. Quien crea poder evaluar
con seguridad la discriminación y el gusto de los animales inferiores puede
negar que la hembra del faisán Argos pueda apreciar una belleza tan refinada;
pero entonces se verá obligado a admitir que las actitudes extraordinarias que
asume el macho durante el acto de cortejo, mediante las cuales se muestra
plenamente la maravillosa belleza de su plumaje, no tienen ningún propósito; y
esta es una conclusión que yo, por mi parte, nunca admitiré.
Aunque muchos faisanes y gallináceas
afines exhiben cuidadosamente su plumaje ante las hembras, es notable, como me
informa el Sr. Bartlett, que este no sea el caso de los faisanes orejudo y de
Cheer, de colores apagados (Crossoptilon auritum y Phasianus wallichii); por lo
que estas aves parecen conscientes de su escasa belleza. El Sr. Bartlett nunca
ha visto a los machos de ninguna de estas especies pelear entre sí, aunque no
ha tenido tan buenas oportunidades de observar al Cheer como al faisán orejudo.
El Sr. Jenner Weir también observa que todos los machos con plumaje rico o
marcado son más pendencieros que las especies de colores apagados
pertenecientes al mismo grupo. El jilguero, por ejemplo, es mucho más belicoso
que el pardillo común, y el mirlo común que el zorzal común. Las aves que
experimentan un cambio estacional de plumaje también se vuelven mucho más
belicosas en la época en que lucen más vistosos. Sin duda, los machos de
algunas aves de colores oscuros luchan desesperadamente entre sí, pero parece
que cuando la selección sexual ha sido muy influyente y ha otorgado colores
brillantes a los machos de cualquier especie, también ha conferido con
frecuencia una fuerte tendencia a la belicosidad. Encontraremos casos casi
análogos al tratar con mamíferos. Por otro lado, en las aves, el canto y los
colores brillantes rara vez han sido adquiridos simultáneamente por los machos
de la misma especie; pero en este caso, la ventaja obtenida habría sido la
misma: el éxito en cautivar a la hembra. No obstante, cabe reconocer que los
machos de varias aves de colores brillantes han modificado especialmente sus
plumas para producir música instrumental, aunque la belleza de esto no puede
compararse, al menos según nuestro gusto, con la de la música vocal de muchos
cantores.
Ahora nos centraremos en los machos
que no están muy ornamentados, pero que, sin embargo, muestran durante el
cortejo cualquier atractivo que puedan poseer. Estos casos son, en algunos
aspectos, más curiosos que los anteriores y han pasado desapercibidos. Debo los
siguientes datos al Sr. Weir, quien ha mantenido en confinamiento durante mucho
tiempo aves de diversas especies, incluyendo todos los fringílidos y
emberícidos británicos. Los datos han sido seleccionados de una extensa
colección de valiosas notas que amablemente me envió. El camachuelo se acerca a
la hembra y luego infla el pecho, de modo que se ven a la vez muchas más plumas
carmesí de las que se verían de otro modo. Al mismo tiempo, retuerce e inclina
su cola negra de un lado a otro de forma ridícula. El pinzón macho también se
sitúa frente a la hembra, mostrando así su pecho rojo y su "campana
azul", como llaman los aficionados a su cabeza; las alas, al mismo tiempo,
están ligeramente expandidas, y las bandas blancas puras de los hombros se hacen
así visibles. El pardillo común distiende su pecho rosado y extiende
ligeramente sus alas y cola marrones para realzarlas exhibiendo sus bordes
blancos. Sin embargo, debemos ser cautelosos al concluir que las alas se
extienden solo para exhibirse, como hacen algunas aves cuyas alas no son
hermosas. Este es el caso del gallo doméstico, pero siempre es el ala del lado
opuesto a la hembra la que se extiende y, al mismo tiempo, la que raspa el
suelo. El jilguero macho se comporta de manera diferente a los demás pinzones:
sus alas son hermosas, con los hombros negros, con las plumas de las alas con
puntas oscuras moteadas de blanco y ribeteadas de amarillo dorado. Cuando
corteja a la hembra, balancea su cuerpo de un lado a otro y rápidamente gira
sus alas ligeramente extendidas, primero a un lado y luego al otro, con un
efecto de destellos dorados. El Sr. Weir me informa que ningún otro pinzón
británico se gira de este modo de un lado a otro durante su cortejo, ni
siquiera el jilguero macho, su pariente más cercano, ya que no añadiría tal
belleza.
La mayoría de los escribanos
británicos son aves de color liso; pero en primavera, las plumas de la cabeza
del escribano palustre macho (Emberiza schoeniculus) adquieren un fino color
negro por la abrasión de las puntas oscuras; estas se erizan durante el
cortejo. El Sr. Weir ha conservado dos especies de Amadina de Australia: el A.
castanotis es un pinzón muy pequeño y de color casto, con cola oscura,
rabadilla blanca y coberteras supracaudales de color negro azabache, cada una
de estas últimas marcada por tres grandes y llamativas manchas ovaladas
blancas. (91. Para la descripción de estas aves, véase el «Manual de las aves
de Australia» de Gould, vol. I, 1865, pág. 417). Esta especie, al cortejar a la
hembra, extiende ligeramente y hace vibrar estas coberteras caudales bicolores
de una manera muy peculiar. El macho de Amadina Lathami se comporta de forma
muy diferente, exhibiendo ante la hembra su pecho brillantemente moteado, su
rabadilla escarlata y sus coberteras superiores de la cola también escarlatas.
Cabe añadir, según el Dr. Jerdon, que el bulbul indio (Pycnonotus hoemorrhous)
tiene las coberteras inferiores de la cola de color carmesí, y estas, podría
pensarse, nunca se exhibirían bien; pero el ave, «cuando está excitada, a
menudo las extiende lateralmente, de modo que pueden verse incluso desde
arriba». (92. «Aves de la India», vol. ii, pág. 96). Las coberteras inferiores
de la cola de color carmesí de otras aves, como la de un pájaro carpintero,
Picus major, pueden verse sin tal despliegue. La paloma común tiene plumas
iridiscentes en el pecho, y todos deben haber visto cómo el macho infla el
pecho mientras corteja a la hembra, mostrándolas así de forma espectacular. Una
de las hermosas palomas de alas bronceadas de Australia (Ocyphaps lophotes) se
comporta, según me lo describió el Sr. Weir, de manera muy diferente: el macho,
de pie frente a la hembra, baja la cabeza casi hasta el suelo, extiende y
levanta la cola, y extiende las alas hasta la mitad. Luego, alternada y
lentamente, sube y baja el cuerpo, de modo que las plumas metálicas
iridiscentes se ven todas a la vez y brillan al sol.
Se han aportado suficientes datos
para demostrar el cuidado con el que los machos exhiben sus diversos encantos,
y lo hacen con suma destreza. Mientras se acicalan las plumas, tienen
frecuentes oportunidades de admirarse y de estudiar la mejor manera de exhibir
su belleza. Pero como todos los machos de la misma especie se exhiben de la
misma manera, parece que las acciones, al principio quizás intencionales, se
han vuelto instintivas. De ser así, no deberíamos acusar a las aves de vanidad
consciente; sin embargo, cuando vemos a un pavo real pavoneándose, con las
plumas de la cola extendidas y temblorosas, parece el símbolo mismo del orgullo
y la vanidad.
Los diversos adornos que poseen los
machos son sin duda de suma importancia para ellos, ya que en algunos casos los
han adquirido a costa de una gran limitación en su capacidad de vuelo o de
correr. El chotacabras africano (Cosmetornis), que durante la época de
apareamiento desarrolla una de sus plumas primarias del ala en una bandada de
gran longitud, ve por ello un vuelo muy retardado, aunque en otras ocasiones
destaca por su rapidez. Se dice que el "tamaño difícil de manejar" de
las plumas secundarias del ala del faisán Argus macho "casi le impide
volar". Las finas plumas de los machos de las aves del paraíso les
dificultan el vuelo durante los vientos fuertes. Las larguísimas plumas de la
cola de los machos de las viudas (Vidua) del África austral hacen que su vuelo
sea pesado; pero en cuanto se desprenden de ellas, vuelan tan bien como las
hembras. Como las aves siempre se reproducen cuando el alimento es abundante,
los machos probablemente no sufren muchos inconvenientes en la búsqueda de alimento
debido a su limitada capacidad de movimiento. Pero es difícil dudar de que sean
mucho más propensos a ser derribados por aves rapaces. Tampoco podemos dudar de
que la larga cola del pavo real y la larga cola y plumas del faisán Argus los
convierten en una presa más fácil para cualquier gato tigre merodeador. Incluso
los brillantes colores de muchos machos los hacen visibles para sus enemigos de
todo tipo. Por lo tanto, como ha señalado el Sr. Gould, es probable que estas
aves sean generalmente tímidas, como si fueran conscientes de que su belleza
representa una fuente de peligro, y sean mucho más difíciles de descubrir o
acercarse que las hembras de colores sombríos y relativamente mansas, o que los
machos jóvenes y aún sin adornos. (93. Sobre el Cosmetornis, véase Livingstone,
'Expedition to the Zambesi', 1865, pág. 66. Sobre el faisán de Argus, Jardine,
'Nat. Hist. Lib.: Birds', vol. xiv, pág. 167. Sobre las aves del paraíso,
Lesson, citado por Brehm, 'Thierleben', B. iii, s. 325. Sobre el pájaro viudo,
Barrow, 'Travels in Africa', vol. ip. 243, e 'Ibis', vol. iii, 1861, pág. 133.
El Sr. Gould, sobre la timidez de los pájaros machos, 'Handbook to Birds of
Australia', vol. i, 1865, pp. 210, 457.)
Es aún más curioso que los machos de
algunas aves, provistas de armas especiales para la batalla y que en estado
natural son tan belicosos que a menudo se matan entre sí, sufran por poseer
ciertos adornos. Los gallos de pelea recortan el pelo y cortan las crestas y
las branquias de sus gallos; y se dice que entonces las aves son domadas. Un
gallo sin domar, como insiste el Sr. Tegetmeier, «se encuentra en una terrible
desventaja; la cresta y las branquias ofrecen un fácil agarre al pico de su
adversario, y como un gallo siempre ataca donde agarra, una vez que ha atrapado
a su enemigo, lo tiene completamente en su poder. Incluso suponiendo que el ave
no muera, la pérdida de sangre que sufre un gallo sin domar es mucho mayor que
la que sufre uno con el pico cortado». (94. Tegetmeier, 'The Poultry Book',
1866, pág. 139.) Los pavos jóvenes, al pelear, siempre se agarran las barbas; y
supongo que los machos viejos pelean de la misma manera. Quizás se objete que
la cresta y las barbas no son ornamentales y no pueden serles útiles de esta
manera; pero incluso a nuestros ojos, la belleza del gallo español negro
brillante se ve muy realzada por su cara blanca y cresta carmesí; y nadie que
haya visto las espléndidas barbas azules del faisán tragopán macho, distendidas
durante el cortejo, puede dudar ni por un instante de que la belleza es el
objetivo. De lo anterior se desprende claramente que las plumas y otros adornos
de los machos deben ser de suma importancia para ellos; y además, vemos que la
belleza a veces es incluso más importante que el éxito en la batalla.
CAPÍTULO XIV.
AVES—continuación.
Elección ejercida por la
hembra—Duración del cortejo—Aves no apareadas—Cualidades mentales y gusto por
lo bello—Preferencia o antipatía que muestra la hembra por determinados
machos—Variabilidad de las aves—Variaciones a veces abruptas—Leyes de variación—Formación
de los ocelos—Gradaciones de carácter—Caso del pavo real, el faisán Argus y el
urosticte.
Cuando los sexos difieren en belleza,
en la capacidad de cantar o en la producción de lo que he llamado música
instrumental, es casi invariablemente el macho quien supera a la hembra. Estas
cualidades, como acabamos de ver, son evidentemente de gran importancia para el
macho. Cuando se adquieren solo durante una parte del año, siempre es antes de
la época reproductiva. Es solo el macho quien exhibe elaboradamente sus
variados atractivos y, a menudo, realiza extrañas travesuras en tierra o en el
aire, en presencia de la hembra. Cada macho ahuyenta, o si puede, mata, a sus
rivales. Por lo tanto, podemos concluir que el objetivo del macho es inducir a
la hembra a aparearse con él, y para ello intenta excitarla o cautivarla de
diversas maneras; y esta es la opinión de todos aquellos que han estudiado
cuidadosamente los hábitos de las aves actuales. Pero queda una pregunta
crucial para la selección sexual: ¿todos los machos de la misma especie excitan
y atraen a la hembra por igual? ¿O ella elige y prefiere a ciertos machos? Esta
última pregunta puede responderse afirmativamente con abundante evidencia
directa e indirecta. Es mucho más difícil determinar qué cualidades determinan
la elección de las hembras; pero aquí también tenemos evidencia directa e
indirecta de que se debe en gran medida a los atractivos externos del macho;
aunque sin duda su vigor, coraje y otras cualidades mentales influyen.
Comenzaremos con la evidencia indirecta.
DURACIÓN DEL NOVIAZGO.
El período prolongado durante el cual
ambos sexos de ciertas aves se reúnen día tras día en un lugar determinado
probablemente depende en parte de que el cortejo sea un asunto prolongado y en
parte de la reiteración del acto de apareamiento. Así, en Alemania y
Escandinavia, los balzen o leks de los gallos negros duran desde mediados de
marzo hasta abril y mayo. Hasta cuarenta o cincuenta, o incluso más aves, se
congregan en los leks; y el mismo lugar suele ser frecuentado durante años
sucesivos. El lek del urogallo dura desde finales de marzo hasta mediados o
incluso finales de mayo. En Norteamérica, los bailes de la perdiz del Tetrao
phasianellus duran un mes o más. Otras clases de urogallos, tanto en
Norteamérica como en Siberia Oriental (1. Nordman describe ('Bull. Soc. Imp.
des Nat. Moscou,' 1861, tom. xxxiv. p. 264) el balzen de Tetrao urogallus en la
Tierra de Amur. Calculó el número de aves reunidas en más de cien, sin contar
las hembras, que se esconden en los arbustos circundantes. Los ruidos emitidos
difieren de los de T. urogallus.), siguen casi los mismos hábitos. Los
cazadores descubren los montículos donde se congregan los combatientes por la
hierba que está siendo pisoteada, y esto demuestra que el mismo lugar es
frecuentado desde hace mucho tiempo. Los indios de Guayana están bien
familiarizados con las arenas despejadas, donde esperan encontrar los hermosos
gallos de la Roca; y los nativos de Nueva Guinea conocen los árboles donde se
congregan de diez a veinte aves del paraíso macho en pleno plumaje. En este
último caso, no se indica expresamente que las hembras se encuentren en los
mismos árboles, pero los cazadores, si no se les pregunta específicamente,
probablemente no mencionarían su presencia, ya que sus pieles carecen de valor.
Pequeños grupos de tejedores africanos (Ploceus) se congregan durante la época
reproductiva y realizan durante horas sus elegantes evoluciones. Grandes
cantidades de agachadizas solitarias (Scolopax major) se reúnen al anochecer en
una ciénaga; y el mismo lugar es frecuentado con el mismo propósito durante
años sucesivos; aquí se les puede ver correteando como ratas gigantes,
desplegando sus plumas, batiendo las alas y emitiendo los gritos más extraños.
(2. Con respecto a las asociaciones del urogallo antes mencionado, véase Brehm,
'Thierleben', B. iv. s. 350; también L. Lloyd, 'Game Birds of Sweden', 1867,
pp. 19, 78. Richardson, 'Fauna Bor. Americana: Birds', p. 362. Ya se han dado
referencias con respecto a las asociaciones de otras aves. Sobre Paradisea,
véase Wallace, en 'Annals and Mag. of Nat. Hist.' vol. xx. 1857, p. 412. Sobre
la agachadiza, Lloyd, ibid. p. 221.)
Algunas de las aves mencionadas —el
gallo negro, el urogallo, el gallo lira, el combatiente, la agachadiza
solitaria y quizás otras— son, según se cree, polígamas. Con estas aves, se
podría pensar que los machos más fuertes simplemente habrían ahuyentado a los
más débiles y se habrían apoderado de tantas hembras como fuera posible; pero
si es indispensable que el macho excite o complazca a la hembra, podemos
comprender la duración del cortejo y la congregación de tantos individuos de
ambos sexos en el mismo lugar. Ciertas especies estrictamente monógamas también
celebran reuniones nupciales; este parece ser el caso en Escandinavia con una
de las perdices nivales, y sus leks duran desde mediados de marzo hasta
mediados de mayo. En Australia, el ave lira (Menura superba) forma pequeños
montículos redondos, y el M. Alberti excava agujeros poco profundos o, como los
llaman los nativos, lugares de corroboración, donde se cree que ambos sexos se
reúnen. Las reuniones del M. superba a veces son muy grandes; y recientemente
se ha publicado un relato (3. Citado por el Sr. T.W. Wood, en el 'Student',
abril de 1870, pág. 125) de un viajero que escuchó en un valle bajo él,
densamente cubierto de matorrales, un estruendo que lo asombró por completo. Al
avanzar arrastrándose, contempló, para su asombro, unos ciento cincuenta
magníficos gallos lira, dispuestos en orden de batalla y luchando con una furia
indescriptible. Los cenadores de los pájaros jardineros son el refugio de ambos
sexos durante la época de reproducción; y “aquí los machos se encuentran y
compiten por los favores de la hembra, y aquí estas se reúnen y coquetean con
los machos”. Con dos de los géneros, se recurre al mismo emparrado durante
muchos años. (4. Gould, 'Handbook to the Birds of Australia', vol. i, págs.
300, 308, 448, 451. Sobre la perdiz nival, mencionada anteriormente, véase
Lloyd, ibíd., pág. 129).
La urraca común (Corvus pica, Linn.),
según me informó el reverendo W. Darwin Fox, solía reunirse desde todas partes
del bosque de Delamere para celebrar la "gran boda de la urraca".
Hace algunos años, estas aves abundaban en cantidades extraordinarias, tanto
que un guardabosques mató en una mañana a diecinueve machos, y otro de un solo
disparo a siete aves juntas en el dormidero. Tenían entonces la costumbre de
reunirse muy temprano en la primavera en lugares específicos, donde se las
podía ver en bandadas, parloteando, a veces peleándose, bullendo y revoloteando
entre los árboles. Evidentemente, las aves consideraban todo el evento de suma
importancia. Poco después de la reunión, todas se separaron, y el Sr. Fox y
otros las observaron mientras se apareaban para la temporada. En cualquier
distrito donde una especie no exista en grandes cantidades, por supuesto, no se
pueden realizar grandes reuniones, y la misma especie puede tener diferentes
hábitos en diferentes países. Por ejemplo, sólo he oído hablar de un caso, del
Sr. Wedderburn, de una reunión regular de animales de caza negra en Escocia,
aunque estas reuniones son tan conocidas en Alemania y Escandinavia que han
recibido nombres especiales.
AVES SIN EMPAREJAMIENTO.
De los hechos expuestos, podemos
concluir que el cortejo entre aves pertenecientes a grupos muy diferentes suele
ser un asunto prolongado, delicado y problemático. Incluso hay motivos para
sospechar, por improbable que parezca a primera vista, que algunos machos y
hembras de la misma especie, que habitan la misma región, no siempre se
complacen mutuamente y, en consecuencia, no se aparean. Se han publicado
numerosos relatos de machos o hembras de una pareja que fueron abatido y
rápidamente reemplazados por otros. Esto se ha observado con más frecuencia en
la urraca que en cualquier otra ave, debido quizás a su llamativa apariencia y
nido. El ilustre Jenner afirma que en Wiltshire, a un miembro de la pareja se
le disparaba diariamente no menos de siete veces consecutivas, «pero todo fue
en vano, pues la urraca restante pronto encontró otra pareja»; y la última
pareja crió a sus crías. Generalmente se encuentra una nueva pareja al día
siguiente; pero el Sr. Thompson cita el caso de uno que fue reemplazado al anochecer
del mismo día. Incluso después de la eclosión de los huevos, si una de las aves
viejas es sacrificada, a menudo se encuentra pareja; esto ocurrió tras un
intervalo de dos días, en un caso observado recientemente por uno de los
cuidadores de Sir J. Lubbock. (5. Sobre las urracas, Jenner, en 'Philosophical
Transactions', 1824, pág. 21. Macgillivray, 'Hist. British Birds', vol. ip.
570. Thompson, en 'Annals and Magazine of Natural History', vol. viii. 1842,
pág. 494.) La primera y más obvia conjetura es que las urracas macho deben ser
mucho más numerosas que las hembras; y que en los casos anteriores, así como en
muchos otros que podrían mencionarse, solo los machos fueron sacrificados. Esto
parece ser cierto en algunos casos, ya que los guardabosques del bosque de
Delamere aseguraron al Sr. Fox que las urracas y cornejas negras que antes
mataban sucesivamente en grandes cantidades cerca de sus nidos eran todos
machos; y lo explicaron porque los machos se mataban fácilmente mientras
llevaban comida a las hembras que estaban sentadas. Macgillivray, sin embargo,
cita, con la autoridad de un excelente observador, un ejemplo de tres urracas
muertas sucesivamente en el mismo nido, todas hembras; y otro caso de seis
urracas muertas sucesivamente mientras estaban empollando los mismos huevos, lo
que hace probable que la mayoría fueran hembras; aunque, según me ha dicho el
Sr. Fox, el macho empollará los huevos cuando la hembra sea sacrificada.
El guardabosques de Sir J. Lubbock ha
disparado repetidamente, aunque no podría decir con cuántas, a un arrendajo
(Garrulus glandarius) de una pareja, y nunca ha fallado al poco tiempo de
encontrar al superviviente emparejado. El Sr. Fox, el Sr. F. Bond y otros han
disparado a un ejemplar de una pareja de cornejas negras (Corvus corone), pero
el nido pronto fue ocupado de nuevo por una pareja. Estas aves son bastante
comunes; pero el halcón peregrino (Falco peregrinus) es raro; sin embargo, el
Sr. Thompson afirma que en Irlanda «si un macho o una hembra viejos mueren en
la época de cría (una circunstancia bastante común), se encuentra otra pareja a
los pocos días, de modo que los nidos, a pesar de tales bajas, seguramente
producirán su dotación de crías». El Sr. Jenner Weir ha experimentado lo mismo
con los halcones peregrinos en Beachy Head. El mismo observador me informa que
tres cernícalos (Falco tinnunculus), todos machos, fueron abatidos uno tras
otro mientras cuidaban el mismo nido; dos de ellos estaban en su plumaje
adulto, pero el tercero tenía el plumaje del año anterior. Incluso con la rara
águila real (Aquila chrysaetos), un guardabosques de confianza en Escocia le
aseguró al Sr. Birkbeck que si uno muere, pronto se encuentra otro. Así, con el
búho blanco (Strix flammea), «el superviviente encontró pareja enseguida, y el
caos continuó».
White de Selborne, quien menciona el
caso del búho, añade que conoció a un hombre que, creyendo que las perdices, al
aparearse, se molestaban por las peleas de los machos, solía dispararles; y
aunque había enviudado a la misma hembra varias veces, esta siempre encontraba
pareja. Este mismo naturalista ordenó que se disparara a los gorriones que
privaban a los aviones comunes de sus nidos; pero el que quedaba, «ya fuera
macho o hembra, enseguida conseguía pareja, y así varias veces». Podría añadir
casos análogos relacionados con el pinzón vulgar, el ruiseñor y el colirrojo
real. Con respecto a esta última ave (Phoenicura ruticilla), un escritor
expresa su gran sorpresa al ver que la hembra posada podía haber avisado tan
pronto de que era viuda, ya que la especie no era común en la zona. El Sr.
Jenner Weir me ha mencionado un caso casi similar; En Blackheath, nunca ve ni
oye el canto del camachuelo silvestre; sin embargo, cuando uno de sus machos
enjaulados muere, uno silvestre, en pocos días, suele posarse cerca de la
hembra viuda, cuyo canto no es fuerte. Solo daré un dato más, basado en la
autoridad de este mismo observador: un estornino (Sturnus vulgaris) de una
pareja fue abatido por la mañana; al mediodía se encontró una nueva pareja;
esta fue abatida de nuevo, pero antes del anochecer la pareja estaba completa;
de modo que el desconsolado viudo o viuda fue consolado tres veces en el mismo
día. El Sr. Engleheart también me informa que durante varios años abatió a uno
de una pareja de estorninos que se había construido en un agujero en una casa
en Blackheath; pero la pérdida siempre era reparada de inmediato. Durante una
temporada, llevó un registro y descubrió que había abatido a treinta y cinco
pájaros del mismo nido; Estos consistían tanto de machos como de hembras, pero
no pudo precisar en qué proporción. Sin embargo, tras toda esta destrucción, se
crió una nidada. (6. Sobre el halcón peregrino, véase Thompson, «Nat. Hist. of
Ireland: Birds», vol. i. 1849, pág. 39. Sobre búhos, gorriones y perdices, véase
White, «Nat. Hist. of Selborne», edición de 1825, vol. i. 139. Sobre los
fenicios, véase Loudon, «Mag. of Nat. Hist.», vol. vii. 1834, pág. 245. Brehm
(«Thierleben», B. iv. s. 991) también alude a casos de aves que se aparearon
tres veces en un mismo día).
Estos hechos merecen atención. ¿Cómo
es posible que haya suficientes aves dispuestas a reemplazar de inmediato a una
pareja perdida de cualquier sexo? Urracas, arrendajos, cornejas negras,
perdices y algunas otras aves siempre se ven durante la primavera en parejas, y
nunca solas; y estas ofrecen, a primera vista, los casos más desconcertantes.
Pero aves del mismo sexo, aunque, por supuesto, no estén realmente emparejadas,
a veces viven en parejas o en pequeños grupos, como se sabe que ocurre con las
palomas y las perdices. Las aves también viven a veces en tríos, como se ha
observado con estorninos, cornejas negras, loros y perdices. En el caso de las
perdices, se ha sabido que dos hembras viven con un macho y dos machos con una
hembra. En todos estos casos, es probable que la unión se rompa fácilmente; y
uno de los tres se aparearía fácilmente con una viuda o un viudo.
Ocasionalmente, se puede escuchar a los machos de ciertas aves entonar su canto
de amor mucho después de la fecha indicada, lo que indica que han perdido o
nunca han encontrado pareja. La muerte por accidente o enfermedad de uno de los
miembros de la pareja dejaría al otro libre y soltero; y hay razones para creer
que las hembras durante la época reproductiva son especialmente propensas a la
muerte prematura. Además, las aves cuyos nidos han sido destruidos, o las
parejas estériles, o los individuos con retraso reproductivo, se verían
fácilmente inducidos a abandonar a sus parejas y probablemente estarían
encantados de compartir lo que pudieran los placeres y deberes de criar a sus
crías, aunque no las suyas. (7. Véase White ('Nat. Hist. of Selborne', 1825,
vol. ip 140) sobre la existencia, a principios de la temporada, de pequeñas
bandadas de perdices macho, de cuyo hecho he oído otros ejemplos. Véase Jenner,
sobre el estado retardado de los órganos generativos en ciertas aves, en 'Phil.
Transact.' 1824. Con respecto a las aves que viven en tríos, debo al Sr. Jenner
Weir los casos de los estorninos y los loros, y al Sr. Fox, de las perdices;
sobre las cornejas negras, véase 'Field', 1868, pág. 415. Sobre varios pájaros
machos que cantan después del período adecuado, véase Rev. L. Jenyns,
'Observations in Natural History', 1846, pág. 87.) Contingencias como estas
probablemente explican la mayoría de los casos anteriores. (8. El siguiente
caso ha sido dado ('The Times', 6 de agosto de 1868) por el reverendo FO
Morris, con la autoridad del honorable y reverendo OW Forester. “El
guardabosques de aquí encontró un nido de halcón este año, con cinco crías en
él. Tomó cuatro y los mató, pero dejó a uno con las alas cortadas como señuelo
para destruir a los viejos. Ambos fueron disparados al día siguiente, en el
acto de alimentar a la cría, y el guardabosques pensó que se había acabado. Al
día siguiente regresó y encontró otros dos halcones caritativos, que habían
venido con un sentimiento adoptado de socorrer al huérfano. A estos dos los
mató, y luego abandonó el nido. Al regresar después, encontró a dos individuos
caritativos más en la misma misión de misericordia. A uno de estos los mató; al
otro también le disparó, pero no pudo encontrarlo. No vinieron más en la misma
misión infructuosa.”) Sin embargo,Es curioso que, en un mismo distrito, durante
el apogeo de la temporada reproductiva, haya tantos machos y hembras siempre
dispuestos a reparar la pérdida de un ave apareada. ¿Por qué estas aves
sobrantes no se aparean de inmediato? ¿Acaso no tenemos motivos para sospechar,
y el Sr. Jenner Weir ya lo ha sospechado, que así como el cortejo de las aves
suele ser prolongado y tedioso, a veces ocurre que ciertos machos y hembras no
logran, durante la temporada adecuada, despertar el amor mutuo y, en
consecuencia, no se aparean? Esta sospecha resultará menos improbable después
de ver las fuertes antipatías y preferencias que las hembras a veces
manifiestan hacia ciertos machos.
CUALIDADES MENTALES DE LAS AVES Y SU
GUSTO POR LO BELLO.
Antes de continuar analizando si las
hembras seleccionan a los machos más atractivos o aceptan al primero que
encuentran, conviene considerar brevemente la capacidad mental de las aves. Su
razonamiento se considera generalmente, y quizás con razón, poco relevante; sin
embargo, se podrían aportar algunos datos que llevarían a la conclusión
contraria. (9. Estoy en deuda con el profesor Newton por el siguiente pasaje de
'Travels of a Naturalist', del Sr. Adam, 1870, pág. 278. Hablando de los
nogales japoneses en confinamiento, dice: "En lugar del fruto más
productivo del tejo, que es el alimento habitual del nogal de Japón, en una
ocasión sustituí por avellanas duras. Como el pájaro no podía romperlas, las
colocó una a una en su vaso de agua, evidentemente con la idea de que con el
tiempo se ablandarían, una prueba interesante de inteligencia por parte de
estos pájaros"). Sin embargo, los bajos poderes de razonamiento son
compatibles, como vemos en la humanidad, con fuertes afectos, percepción aguda
y un gusto por lo bello; y es con estas últimas cualidades que nos ocupamos
aquí. A menudo se ha dicho que los loros se encariñan tanto entre sí que cuando
uno muere el otro se consume durante mucho tiempo; Pero el Sr. Jenner Weir cree
que, en la mayoría de las aves, la intensidad de su afecto ha sido exagerada.
Sin embargo, cuando un miembro de una pareja en estado salvaje ha sido abatido,
se ha escuchado al sobreviviente emitir un canto lastimero durante días; y el
Sr. St. John aporta varios datos que demuestran el afecto entre las aves
apareadas. (10. 'Un recorrido por Sutherlandshire', vol. i. 1849, pág. 185. El
Dr. Buller dice ('Aves de Nueva Zelanda', 1872, pág. 56) que un lori rey macho
fue asesinado; y la hembra "se inquietó y se deprimió, rechazó su comida y
murió con el corazón roto"). El Sr. Bennett relata (11. 'Paseando por
Nueva Gales del Sur', vol. ii. 1834, pág. 62) que en China, después de que un
macho de la hermosa cerceta mandarina fuera robado, el pato permaneció
desconsolado, aunque fue cortejado asiduamente por otro macho mandarín, quien
mostró ante ella todos sus encantos. Después de un intervalo de tres semanas,
el macho robado fue recuperado, e instantáneamente la pareja se reconoció con
extrema alegría. Por otro lado, los estorninos, como hemos visto, pueden ser
consolados tres veces en el mismo día por la pérdida de sus parejas. Las
palomas tienen una memoria local tan excelente que se sabe que han regresado a
sus antiguos hogares después de un intervalo de nueve meses; sin embargo, según
me dice el Sr. Harrison Weir, si una pareja que naturalmente permanecería
apareada de por vida se separa durante algunas semanas durante el invierno y
luego se la empareja con otras aves, cuando se vuelven a juntar, rara vez, o
nunca, se reconocen.
Las aves a veces muestran
sentimientos benévolos; alimentan a las crías abandonadas, incluso de especies
distintas, pero esto quizás deba considerarse un instinto erróneo. Alimentan,
como se mostró en una parte anterior de esta obra, a aves adultas de su propia
especie que se han quedado ciegas. El Sr. Buxton ofrece un curioso relato sobre
un loro que cuidó a un ave de otra especie, lisiada y congelada, le limpió las
plumas y la defendió de los ataques de los otros loros que vagaban libremente
por su jardín. Es aún más curioso que estas aves aparentemente muestren cierta
simpatía por los placeres de sus congéneres. Cuando una pareja de cacatúas hizo
un nido en una acacia, «era ridículo ver el interés desmesurado que mostraban
los demás de la misma especie». Estos loros, además, mostraban una curiosidad
desbordante y claramente tenían «la idea de propiedad y posesión». (12.
'Aclimatación de los loros', por C. Buxton, MP, 'Annals and Mag. of Nat.
Hist.', noviembre de 1868, pág. 381.) Tienen buena memoria, pues en el Jardín
Zoológico han reconocido claramente a sus antiguos amos después de un intervalo
de algunos meses.
Las aves poseen una gran capacidad de
observación. Toda ave apareada, por supuesto, reconoce a su compañera. Audubon
afirma que cierto número de sinsontes (Mimus polyglottus) permanecen todo el
año en Luisiana, mientras que otros migran a los estados del este; estos
últimos, a su regreso, son reconocidos al instante y siempre atacados por sus
congéneres del sur. Las aves confinadas distinguen a las personas, como lo
demuestra la fuerte y permanente antipatía o afecto que muestran, sin causa
aparente, hacia ciertos individuos. He oído hablar de numerosos casos con
arrendajos, perdices, canarios y, sobre todo, camachuelos. El Sr. Hussey ha
descrito la extraordinaria manera en que una perdiz domesticada reconocía a
todos: sus gustos y disgustos eran muy marcados. Esta ave parecía «aficionada a
los colores alegres, y no podía ponerse ningún vestido o gorro nuevo sin llamar
su atención». (13. El Zoólogo, 1847-48, pág. 1602.) El Sr. Hewitt describió las
costumbres de algunos patos (descendientes recientes de aves silvestres) que,
al acercarse un perro o gato desconocido, se precipitaban al agua y se agotaban
intentando escapar; pero conocían tan bien a los perros y gatos del Sr. Hewitt
que se tumbaban a tomar el sol cerca de ellos. Siempre se alejaban de cualquier
hombre desconocido, y lo mismo hacían de la señora que los atendía si hacía
algún cambio importante en su vestimenta. Audubon relata que crió y amansó un
pavo salvaje que siempre huía de cualquier perro desconocido; este pájaro se
escapó al bosque, y unos días después Audubon vio, según creyó, un pavo salvaje
e hizo que su perro lo persiguiera; pero, para su asombro, el pájaro no huyó, y
el perro, al acercarse, no lo atacó, pues se reconocieron mutuamente como
viejos amigos. (14. Hewitt sobre los patos salvajes, 'Journal of Horticulture',
13 de enero de 1863, pág. 39. Audubon sobre el pavo salvaje, 'Ornithological
Biography', vol. ip 14. Sobre el sinsonte, ibid. vol. ip 110.)
El Sr. Jenner Weir está convencido de
que las aves prestan especial atención a los colores de otras aves, a veces por
celos y a veces como señal de parentesco. Así, llevó un escribano palustre
(Emberiza schoeniculus), que había adquirido su penacho negro, a su aviario, y
el recién llegado no fue detectado por ningún ave, excepto por un camachuelo,
que también tiene la cabeza negra. Este camachuelo era un ave muy tranquila y
nunca antes se había peleado con ninguno de sus compañeros, incluyendo a otro
escribano palustre, que aún no tenía la cabeza negra; pero el escribano
palustre con la cabeza negra fue tratado tan despiadadamente que tuvo que ser
eliminado. La Spiza cyanea, durante la época reproductiva, es de un color azul
brillante; y aunque generalmente pacífica, atacó a S. ciris, que solo tiene la
cabeza azul, y le arrancó el cuero cabelludo por completo. El Sr. Weir también
se vio obligado a criar un petirrojo, ya que atacaba ferozmente a todas las
aves de su aviario con plumaje rojo, pero a ninguna de otras especies; incluso
mató a un piquituerto pechirrojo y casi a un jilguero. Por otro lado, ha
observado que algunas aves, al ser introducidas por primera vez, vuelan hacia
las especies que más se les parecen en color y se posan a su lado.
Dado que los machos exhiben su fino
plumaje y otros adornos con tanto esmero ante las hembras, es evidentemente
probable que estas aprecien la belleza de sus pretendientes. Sin embargo, es
difícil obtener evidencia directa de su capacidad para apreciar la belleza.
Cuando las aves se miran en un espejo (de lo cual se han registrado numerosos
casos), no podemos estar seguros de que no sea por celos de un supuesto rival,
aunque esta no es la conclusión de algunos observadores. En otros casos, es
difícil distinguir entre mera curiosidad y admiración. Quizás sea el primer
sentimiento el que, como afirmó Lord Lilford (15. The 'Ibis', vol. ii. 1860, p.
344), atrae al gorguera hacia cualquier objeto brillante, de modo que, en las
Islas Jónicas, «se lanza hacia un pañuelo de colores brillantes, a pesar de los
repetidos disparos». La alondra común es atraída desde el cielo y capturada en
grandes cantidades por un pequeño espejo que se mueve y brilla al sol. ¿Es la
admiración o la curiosidad lo que lleva a la urraca, al cuervo y a algunas
otras aves a robar y esconder objetos brillantes, como artículos de plata o
joyas?
El Sr. Gould afirma que ciertos
colibríes decoran el exterior de sus nidos «con sumo gusto; instintivamente
fijan en ellos hermosos trozos de liquen plano, los más grandes en el centro y
los más pequeños en la parte unida a la rama. De vez en cuando, una bonita
pluma se entrelaza o se fija a los lados exteriores, estando el tallo siempre
colocado de tal manera que la pluma sobresalga de la superficie». Sin embargo,
la mejor evidencia de este gusto por lo bello la ofrecen los tres géneros de
colibríes australianos ya mencionados. Sus glorietas (Fig. 46), donde ambos
sexos se congregan y realizan extrañas travesuras, tienen una construcción
diversa, pero lo que más nos interesa es que las decoran las distintas especies
de forma diferente. El colibrí satinado colecciona objetos de colores
vibrantes, como las plumas azules de la cola de los periquitos, huesos
blanqueados y conchas, que pega entre las ramitas o coloca en la entrada. El
Sr. Gould encontró en una glorieta un tomahawk de piedra pulcramente tallado y un
trozo de algodón azul, evidentemente procedente de un campamento indígena.
Estos objetos son reorganizados continuamente y llevados por las aves mientras
juegan. La glorieta del pájaro moteado "está bellamente forrada con
hierbas altas, dispuestas de tal manera que las cabezas casi se tocan, y la
decoración es muy profusa". Se utilizan piedras redondas para mantener los
tallos de las hierbas en su lugar y para crear senderos divergentes que
conducen a la glorieta. Las piedras y las conchas a menudo se traen de lejos.
El pájaro regente, según lo describe el Sr. Ramsay, adorna su corta glorieta
con conchas terrestres blanqueadas pertenecientes a cinco o seis especies, y
con "bayas de varios colores, azules, rojas y negras, que le dan una
apariencia muy bonita cuando está fresca. Además, había varias hojas recién
cortadas y brotes jóvenes de color rosado, todo ello mostrando un marcado gusto
por lo bello". Con razón el Sr. Gould afirma que «estos salones de
reunión, profusamente decorados, deben considerarse los ejemplos más
maravillosos de arquitectura aviar descubiertos hasta la fecha»; y, como vemos,
el gusto de las distintas especies difiere. (16. Sobre los nidos ornamentados
de los colibríes, Gould, «Introducción a los Trochilidae», 1861, pág. 19. Sobre
los pájaros jardineros, Gould, «Manual de las aves de Australia», 1865, vol. i,
págs. 444-461. Ramsay, en «Ibis», 1867, pág. 456.)
PREFERENCIA POR UNOS DETERMINADOS
MACHOS POR PARTE DE LAS HEMBRAS.
Tras estas observaciones preliminares
sobre la discriminación y el gusto de las aves, presentaré todos los datos que
conozco que influyen en la preferencia de la hembra por ciertos machos. Es
cierto que, ocasionalmente, especies distintas de aves se aparean en estado
natural y producen híbridos. Se podrían citar muchos ejemplos: Macgillivray
relata cómo un mirlo macho y una hembra de tordo se enamoraron y tuvieron
descendencia. (17. 'Historia de las aves británicas', vol. ii, pág. 92). Hace
varios años se registraron dieciocho casos de híbridos entre el gallo lira y el
faisán en Gran Bretaña (18. 'Zoólogo', 1853-1854, pág. 3946); pero la mayoría
de estos casos quizás se deban a que las aves solitarias no encuentran un
ejemplar de su propia especie con quien aparearse. En el caso de otras aves,
como cree el Sr. Jenner Weir, los híbridos a veces son resultado de la
interacción casual entre aves que viven en estrecha proximidad. Pero estas
observaciones no se aplican a los numerosos casos registrados de aves domesticadas
o domesticadas, pertenecientes a especies distintas, que han quedado
absolutamente fascinadas entre sí, a pesar de vivir con su propia especie. Así,
Waterton (19. Waterton, 'Essays on Nat. Hist.', 2.ª serie, págs. 42 y 117. Para
las siguientes afirmaciones, véase sobre el ánade silbón, 'Loudon's Mag. of
Nat. Hist.', vol. ix, pág. 616; L. Lloyd, 'Scandinavian Adventures', vol. i,
1854, pág. 452. Dixon, 'Ornamental and Domestic Poultry', pág. 137; Hewitt, en
'Journal of Horticulture', 13 de enero de 1863, pág. 40; Bechstein,
'Stubenvögel', 1840, s. 230. El Sr. J. Jenner Weir me ha dado recientemente un
caso análogo con patos de dos especies.) afirma que de una bandada de
veintitrés gansos canadienses, una hembra apareada con un bernículo solitario El
ganso, a pesar de su gran diferencia en apariencia y tamaño, produjo crías
híbridas. Se sabe que un macho de ánade silbón (Mareca penelope), que convive
con hembras de la misma especie, se apareó con un pato rabudo (Querquedula
acuta). Lloyd describe el notable apego entre un pato escudo (Tadorna
vulpanser) y un pato común. Se podrían citar muchos ejemplos más; y el
reverendo ES Dixon señala que «quienes han criado muchas especies diferentes de
gansos juntos saben bien los inexplicables apegos que suelen formar, y que es
tan probable que se apareen y críen con individuos de una raza (especie)
aparentemente más extraña a ellos como con su propia estirpe».
El reverendo WD Fox me informa que
poseía simultáneamente una pareja de gansos chinos (Anser cygnoides) y un ganso
común con tres gansos. Los dos grupos se mantuvieron separados hasta que el
ganso chino sedujo a uno de los gansos comunes para que viviera con él. Además,
de las crías nacidas de los huevos de los gansos comunes, solo cuatro eran
puras, mientras que las otras dieciocho eran híbridas; por lo que el ganso
chino parece haber tenido un encanto superior al del ganso común. Mencionaré
solo otro caso. El Sr. Hewitt afirma que un pato salvaje, criado en cautiverio,
«tras reproducirse un par de temporadas con su propio ánade real, lo desprendió
de inmediato cuando coloqué un ánade rabudo macho en el agua. Fue evidentemente
un flechazo, pues nadó acariciando al recién llegado, aunque este parecía
alarmado y reacio a sus muestras de afecto. Desde ese momento, se olvidó de su
antiguo compañero. Pasó el invierno, y la primavera siguiente el ánade rabudo
pareció haberse convertido en un adepto a sus halagos, pues anidaron y tuvieron
siete u ocho crías».
Cuál pudo haber sido el encanto en
estos diversos casos, más allá de la mera novedad, es algo que ni siquiera
podemos conjeturar. Sin embargo, el color a veces influye; pues para criar
híbridos de jilguero (Fringilla spinus) y canario, según Bechstein, la mejor
estrategia es, con mucho, juntar aves del mismo color. El Sr. Jenner Weir
introdujo una canaria hembra en su aviario, donde había pardillos machos,
jilgueros, jilgueros, verderones, pinzones y otras aves, para ver cuál elegía;
pero nunca hubo duda, y el verderón triunfó. Se aparearon y produjeron crías
híbridas.
El hecho de que la hembra prefiera
aparearse con un macho en lugar de con otro de la misma especie no suele llamar
la atención, como cuando esto ocurre, como acabamos de ver, entre especies
distintas. Los primeros casos se observan mejor en aves domésticas o criadas en
confinamiento; pero estas suelen ser mimadas por la alimentación abundante y, a
veces, ven sus instintos extremadamente viciados. De este último hecho podría
dar suficientes pruebas con palomas, y especialmente con aves de corral, pero
no puedo relatarlas aquí. Los instintos viciados también pueden explicar
algunas de las uniones híbridas mencionadas; pero en muchos de estos casos, se
permitió que las aves deambularan libremente por grandes estanques, y no hay
razón para suponer que la alimentación abundante las estimulara de forma
antinatural.
Con respecto a las aves en estado
natural, la primera y más obvia suposición que se nos ocurre a todos es que la
hembra, en la época adecuada, acepta al primer macho que encuentra; pero al
menos tiene la oportunidad de elegir, ya que casi invariablemente es perseguida
por muchos machos. Audubon —y debemos recordar que dedicó una larga vida a
rondar los bosques de Estados Unidos y observar las aves— no duda de que la
hembra elige deliberadamente a su pareja; así, hablando de un pájaro
carpintero, dice que la hembra es seguida por media docena de alegres
pretendientes, que continúan realizando extrañas travesuras, «hasta que se
muestra una marcada preferencia por uno». La hembra del estornino de alas rojas
(Agelaeus phoeniceus) también es perseguida por varios machos, «hasta que,
fatigada, se posa, recibe sus indicaciones y pronto elige». También describe
cómo varios chotacabras machos se lanzan repetidamente por el aire con
asombrosa rapidez, girando repentinamente y emitiendo un ruido singular; «pero
tan pronto como la hembra elige, los demás machos son ahuyentados». Con uno de
los buitres (Cathartes aura) de Estados Unidos, grupos de ocho, diez o más
machos y hembras se reúnen en troncos caídos, «mostrando el mayor deseo de
complacerse mutuamente», y tras muchas caricias, cada macho guía a su pareja al
vuelo. Audubon también observó atentamente las bandadas salvajes de gansos
canadienses (Anser canadensis) y ofrece una gráfica descripción de sus
travesuras amorosas. Dice que las aves que se habían apareado previamente
“renovaron su cortejo ya en enero, mientras que las demás competían o
coqueteaban durante horas todos los días, hasta que todas parecían satisfechas
con la elección que habían hecho, después de lo cual, aunque permanecían
juntas, cualquiera podía percibir fácilmente que se cuidaban de mantenerse en
parejas. También he observado que cuanto más viejas eran las aves, más breves
eran los preliminares de su cortejo. Los solteros y las solteronas, ya sea por
arrepentimiento o por no querer ser molestados por el bullicio, se apartaban
silenciosamente y se tumbaban a cierta distancia del resto”. (20. Audubon,
'Ornithological Biography', vol. i. págs. 191, 349; vol. ii. págs. 42, 275;
vol. iii. pág. 2). Se podrían citar muchas afirmaciones similares con respecto
a otras aves de este mismo observador.
Pasando ahora a las aves domesticadas
y confinadas, comenzaré presentando lo poco que he aprendido sobre el cortejo
de las aves. He recibido extensas cartas sobre este tema de los señores Hewitt
y Tegetmeier, y casi un ensayo del difunto Sr. Brent. Todos admitirán que estos
caballeros, tan conocidos por sus obras publicadas, son observadores cuidadosos
y experimentados. No creen que las hembras prefieran a ciertos machos por la
belleza de su plumaje; pero hay que tener en cuenta el estado artificial en el
que se han mantenido estas aves durante tanto tiempo. El Sr. Tegetmeier está
convencido de que un gallo de pelea, aunque desfigurado por el arponamiento y
con el pelo recortado, sería aceptado con la misma facilidad que un macho que
conserva todos sus adornos naturales. El Sr. Brent, sin embargo, admite que la
belleza del macho probablemente contribuya a excitar a la hembra; y su
aquiescencia es necesaria. El Sr. Hewitt está convencido de que la unión no se
deja al azar, pues la hembra casi invariablemente prefiere al macho más
vigoroso, desafiante y tenaz; por lo tanto, es casi inútil, como él mismo
señala, «intentar una crianza pura si un gallo de pelea en buen estado de salud
domina la zona, pues casi todas las gallinas, al abandonar el dormidero, recurrirán
al gallo de pelea, aunque este no pueda ahuyentar al macho de su propia
especie». En circunstancias normales, los machos y las hembras parecen llegar a
un entendimiento mutuo mediante ciertos gestos, que me describió el Sr. Brent.
Pero las gallinas a menudo evitan las atenciones oficiosas de los machos
jóvenes. Las gallinas viejas y las de carácter belicoso, como me informa el
mismo autor, detestan a los machos desconocidos y no cederán hasta que se les
domine. Ferguson, sin embargo, describe cómo una gallina pendenciera fue
sometida por el suave cortejo de un gallo de Shangai. (21. 'Aves de corral
raras y premiadas', 1854, pág. 27.)
Hay razones para creer que las
palomas de ambos sexos prefieren aparearse con aves de la misma raza; y a las
palomas de palomar les desagradan todas las razas altamente mejoradas. (22.
'Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación', vol. ii, pág. 103). El
Sr. Harrison Weir ha escuchado recientemente de un observador confiable, que
cría palomas azules, que estas ahuyentan a todas las demás variedades de color,
como la blanca, roja y amarilla; y de otro observador, que una hembra mensajera
parda no pudo, tras repetidos intentos, aparearse con un macho negro, sino que
fue inmediatamente apareada con un pardo. Por otra parte, el Sr. Tegetmeier
tenía una hembra de turbita azul que se negaba obstinadamente a aparearse con
dos machos de la misma raza, que estuvieron encerrados sucesivamente con ella
durante semanas; pero al ser liberada, habría aceptado de inmediato al primer
dragón azul que se le ofreciera. Como era un ave valiosa, la encerraron durante
muchas semanas con un macho plateado (es decir, de un azul muy pálido), y
finalmente se aparearon. Sin embargo, por regla general, el color parece tener
poca influencia en el apareamiento de las palomas. El Sr. Tegetmeier, a
petición mía, tiñó algunas de sus palomas de magenta, pero las demás no las
notaron.
Las palomas hembras ocasionalmente
sienten una fuerte antipatía hacia ciertos machos, sin causa aparente. Por lo
tanto, MM. Boitard y Corbie, cuya experiencia se extendió a lo largo de
cuarenta y cinco años, afirman: “Quand une femelle éprouve de l'antipathie pour
un mâle avec lequel on veut l'ac Coupler, malgré tous les feux de l'amour,
malgré l'alpiste et le chenevis dont on la nourrit pour augmenter son ardeur,
malgré un emprisonnement de six mois et même d'un an, elle negar constamment
ses caricias; les avances empressées, les agaceries, les tournoiemens, les
tendres roucoulemens, rien ne peut lui plaire ni l'émouvoir, boudeuse, blottie
dans un coin de sa prisión, elle n'en sort que pour boire et manger, ou pour
repousser avec une espèce; de rabia des caricias devenues trop pressantes.”
(23. Boitard y Corbie, 'Les Pigeons', etc., 1824, pág. 12. Prosper Lucas
('Traité de l'Héréd. Nat.' tom. ii. 1850, pág. 296) ha observado hechos casi
similares con las palomas.) Por otro lado, el Sr. Harrison Weir ha observado, y
ha escuchado de varios criadores, que una paloma hembra ocasionalmente sentirá
una fuerte atracción por un macho en particular y abandonará a su propia pareja
por él. Algunas hembras, según otro observador experimentado, Riedel (24. Die
Taubenzucht, 1824, s. 86.), son de disposición despilfarradora y prefieren a
casi cualquier extraño a su propia pareja. Algunos machos amorosos, llamados
por nuestros aficionados ingleses “pájaros alegres”, tienen tanto éxito en sus
travesuras que, como me informa el Sr. H. Weir, deben ser encerrados debido al
daño que causan.
Los pavos salvajes en Estados Unidos,
según Audubon, «a veces se dirigen a las hembras domesticadas, y generalmente
son recibidos por ellas con gran agrado». De modo que, al parecer, estas
hembras prefieren los animales salvajes a sus propios machos. (25.
«Ornithological Biography», vol. ip. 13. Véase, en el mismo sentido, el Dr.
Bryant, en «Mammals and Birds of Florida» de Allen, p. 344).
He aquí un caso aún más curioso. Sir
R. Heron, durante muchos años, llevó un registro de los hábitos de los pavos
reales, que criaba en grandes cantidades. Afirma que «las gallinas suelen tener
gran preferencia por un pavo real en particular. Todas sentían tanto cariño por
un viejo gallo pío que, un año, cuando estaba confinado, aunque aún a la vista,
se congregaban constantemente cerca de los muros de celosía de su prisión y no
permitían que un pavo real japonés las tocara. Al salir en otoño, la gallina más
vieja lo cortejó al instante y tuvo éxito en su cortejo. Al año siguiente, lo
encerraron en un establo, y entonces todas las gallinas cortejaron a su rival».
(26. 'Proceedings, Zoological Society', 1835, pág. 54. El pavo real japonés es
considerado por el Sr. Sclater como una especie distinta, y ha sido llamado
Pavo nigripennis; pero la evidencia me parece mostrar que es solo una
variedad.) Este rival era un pavo real japonés o de alas negras, a nuestros
ojos un ave más hermosa que la especie común.
Lichtenstein, buen observador y con
excelentes oportunidades de observación en el Cabo de Buena Esperanza, aseguró
a Rudolphi que la hembra de faisán plateado (Chera progne) reniega del macho
cuando le roban las largas plumas de la cola con las que se adorna durante la
época reproductiva. Supongo que esta observación se realizó en aves en
confinamiento. (27. Rudolphi, 'Beiträge zur Anthropologie', 1812, s. 184.) He
aquí un caso análogo: el Dr. Jaeger (28. 'Die Darwin'sche Theorie, und ihre
Stellung zu Moral und Religion', 1869, s. 59.), director del Jardín Zoológico
de Viena, afirma que un faisán plateado macho, que había triunfado sobre todos
los demás machos y era el amante aceptado de las hembras, perdió su plumaje
ornamental. Inmediatamente después, fue reemplazado por un rival, que tomó la
delantera y pasó a liderar el rebaño.
Es un hecho notable, que demuestra la
importancia del color en el cortejo de las aves, que el Sr. Boardman,
reconocido coleccionista y observador de aves durante muchos años en el norte
de Estados Unidos, nunca haya visto, en su amplia experiencia, un albino
apareado con otra ave; sin embargo, ha tenido la oportunidad de observar muchos
albinos de diversas especies. (29. Esta afirmación la hace el Sr. A. Leith
Adams en su libro "Field and Forest Rambles", 1873, pág. 76, y
concuerda con su propia experiencia). Difícilmente se puede afirmar que los
albinos en estado natural sean incapaces de reproducirse, ya que pueden criarse
con la mayor facilidad en confinamiento. Por lo tanto, parece que debemos
atribuir el hecho de que no se apareen al rechazo de sus compañeros de color
natural.
Las hembras no solo ejercen su
elección, sino que en algunos casos cortejan al macho o incluso luchan por su
posesión. Sir R. Heron afirma que, en el caso del pavo real, la hembra siempre
da el primer paso; algo similar ocurre, según Audubon, con las hembras mayores
del pavo salvaje. En el caso del urogallo, las hembras revolotean alrededor del
macho mientras este se pasea en uno de los lugares de reunión, solicitando su
atención. (30. Con respecto al pavo real, véase Sir R. Heron, 'Proc. Zoolog.
Soc.' 1835, pág. 54, y el Rev. ES Dixon, 'Ornamental Poultry', 1848, pág. 8.
Para el pavo, Audubon, ibid. pág. 4. Para el urogallo, Lloyd, 'Game Birds of
Sweden', 1867, pág. 23.) Hemos visto que un pato salvaje domesticado sedujo a
un macho rabudo reacio después de un largo cortejo. El Sr. Bartlett cree que el
Lophophorus, como muchas otras aves gallináceas, es naturalmente polígamo, pero
dos hembras no pueden ser colocadas en la misma jaula con un macho, ya que
pelean mucho entre sí. El siguiente ejemplo de rivalidad es más sorprendente en
lo que respecta a los camachuelos, que suelen aparearse de por vida. El Sr.
Jenner Weir introdujo una hembra fea y de color apagado en su aviario, la cual
inmediatamente atacó a otra hembra apareada con tanta crueldad que esta tuvo
que ser separada. La nueva hembra se encargó del cortejo y finalmente tuvo
éxito, pues se apareó con el macho; pero después de un tiempo, recibió una
justa retribución, pues, al dejar de ser belicosa, fue reemplazada por la
hembra anterior, y el macho abandonó a su nueva hembra y regresó con su antiguo
amor.
En todos los casos comunes, el macho
está tan ansioso que acepta a cualquier hembra y, hasta donde sabemos, no
prefiere a una sobre la otra; pero, como veremos más adelante, aparentemente se
dan excepciones a esta regla en algunos grupos. En aves domésticas, solo he
oído hablar de un caso de machos que muestran preferencia por ciertas hembras,
a saber, el del gallo doméstico, quien, según la alta autoridad del Sr. Hewitt,
prefiere a las hembras más jóvenes a las mayores. Por otro lado, al realizar
uniones híbridas entre el faisán macho y las hembras comunes, el Sr. Hewitt
está convencido de que el faisán invariablemente prefiere a las aves mayores.
No parece estar influenciado en lo más mínimo por su color; pero "es muy
caprichoso en sus apegos" (31. Sr. Hewitt, citado en 'Poultry Book' de
Tegetmeier, 1866, pág. 165): por alguna causa inexplicable, muestra la más
decidida aversión a ciertas gallinas, que ningún cuidado por parte del criador
puede superar. El Sr. Hewitt me informa que algunas gallinas son bastante poco
atractivas incluso para los machos de su propia especie, de modo que pueden
mantenerse con varios gallos durante toda una temporada, y ni un huevo de
cuarenta o cincuenta resultará fértil. Por otro lado, con el pato de cola larga
(Harelda glacialis), "se ha observado", dice M. Ekstrom, "que
ciertas hembras son mucho más cortejadas que el resto. Con frecuencia, de
hecho, uno ve a un individuo rodeado de seis u ocho machos amorosos". Si
esta afirmación es creíble, no lo sé; Pero los cazadores nativos cazan a estas
hembras para disecarlas y usarlas como señuelos. (32. Citado en Lloyd's 'Game
Birds of Sweden', pág. 345.)
Con respecto a la preferencia de las
hembras por machos específicos, debemos tener presente que solo podemos juzgar
la elección por analogía. Si un habitante de otro planeta observara a varios
jóvenes campesinos en una feria cortejando a una bella joven y discutiendo por
ella como pájaros en uno de sus lugares de reunión, inferiría, por el afán de
los pretendientes por complacerla y exhibir sus galas, que ella tenía el poder
de elección. Ahora bien, con las aves, la evidencia es la siguiente: poseen una
aguda capacidad de observación y parecen tener cierto gusto por lo bello, tanto
en color como en sonido. Es cierto que las hembras ocasionalmente exhiben, por
causas desconocidas, fuertes antipatías y preferencias por machos específicos.
Cuando los sexos difieren en color u otros adornos, los machos, con raras
excepciones, son los más adornados, ya sea de forma permanente o temporal
durante la época reproductiva. Exhiben con asiduidad sus diversos adornos,
hacen alarde de sus voces y realizan extrañas travesuras en presencia de las
hembras. Incluso los machos bien armados, cuyo éxito, podría pensarse,
dependería por completo de las leyes de la batalla, suelen estar profusamente
adornados; y sus adornos se han adquirido a costa de cierta pérdida de poder.
En otros casos, los adornos se han adquirido a costa de un mayor riesgo ante
aves y animales de presa. En diversas especies, muchos individuos de ambos
sexos se congregan en el mismo lugar, y su cortejo es un asunto prolongado.
Incluso hay motivos para sospechar que los machos y las hembras de la misma
región no siempre logran complacerse mutuamente y aparearse.
¿Qué debemos concluir, entonces, de
estos hechos y consideraciones? ¿Acaso el macho exhibe sus encantos con tanta
pompa y rivalidad sin ningún propósito? ¿No tenemos razón al creer que la
hembra ejerce una elección y que recibe las insinuaciones del macho que más le
agrada? No es probable que delibere conscientemente; pero se siente más
excitada o atraída por los machos más bellos, melodiosos o galantes. Tampoco
hay que suponer que la hembra estudie cada franja o mancha de color; que la
pava real, por ejemplo, admire cada detalle de la suntuosa cola del pavo real;
probablemente solo le impacte el efecto general. Sin embargo, después de
escuchar con qué cuidado el faisán Argos macho exhibe sus elegantes plumas
primarias y erige sus plumas oceladas en la posición correcta para lograr su
máximo efecto; o, de nuevo, cómo el jilguero macho exhibe alternativamente sus
alas doradas, no deberíamos estar demasiado seguros de que la hembra no preste
atención a cada detalle de belleza. Como ya se ha señalado, solo podemos juzgar
la elección ejercida por analogía; y las facultades mentales de las aves no
difieren fundamentalmente de las nuestras. De estas diversas consideraciones
podemos concluir que el apareamiento de las aves no se deja al azar, sino que
los machos que, gracias a sus diversos encantos, son más capaces de complacer o
excitar a la hembra son aceptados en circunstancias normales. Si se admite
esto, no es difícil comprender cómo los machos han adquirido gradualmente sus
caracteres ornamentales. Todos los animales presentan diferencias individuales,
y así como el hombre puede modificar sus aves domésticas seleccionando los
individuos que le parecen más bellos, la preferencia habitual o incluso
ocasional de la hembra por los machos más atractivos casi con seguridad
conduciría a su modificación; y dichas modificaciones podrían, con el tiempo,
aumentarse hasta casi cualquier grado compatible con la existencia de la
especie.
VARIABILIDAD DE LAS AVES, Y
ESPECIALMENTE DE SUS CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS.
La variabilidad y la herencia son los
fundamentos del trabajo de selección. Es cierto que las aves domésticas han
variado enormemente, siendo sus variaciones heredadas. Que las aves en estado
natural se han modificado en razas distintas es ahora universalmente admitido.
(33. Según el Dr. Blasius ('Ibis', vol. ii. 1860, p. 297), hay 425 especies
indudables de aves que se reproducen en Europa, además de sesenta formas, que a
menudo se consideran especies distintas. De estas últimas, Blasius cree que
solo diez son realmente dudosas, y que las otras cincuenta deberían unirse con
sus parientes más cercanos; pero esto demuestra que debe haber una cantidad
considerable de variación en algunas de nuestras aves europeas. También es un
punto sin resolver entre los naturalistas si varias aves norteamericanas deben
clasificarse como específicamente distintas de las especies europeas
correspondientes. Así, de nuevo, muchas formas norteamericanas que hasta hace
poco se denominaban especies distintas, ahora se consideran razas locales). Las
variaciones pueden dividirse en dos clases; aquellas que a nuestra ignorancia
parecen surgir espontáneamente, y aquellas que están directamente relacionadas
con las condiciones circundantes, de modo que todos o casi todos los individuos
de la misma especie están modificados de manera similar. Casos de este último
tipo han sido observados recientemente con cuidado por el Sr. JA Allen (34.
'Mamíferos y aves del este de Florida', también un 'Reconocimiento ornitológico
de Kansas', etc. A pesar de la influencia del clima en los colores de las aves,
es difícil explicar los tintes apagados u oscuros de casi todas las especies
que habitan ciertos países, por ejemplo, las Islas Galápagos bajo el ecuador,
las amplias llanuras templadas de la Patagonia y, según parece, Egipto (véase
el Sr. Hartshorne en el 'Naturalista americano', 1873, pág. 747). Estos países
son abiertos y ofrecen poco refugio a las aves; pero parece dudoso que la
ausencia de especies de colores brillantes pueda explicarse por el principio de
protección, ya que en las Pampas, que son igualmente abiertas, aunque cubiertas
de hierba verde, y donde las aves estarían igualmente expuestas al peligro, son
comunes muchas especies brillantes y de colores llamativos. A veces he
especulado si los tintes apagados predominantes de El paisaje de los países
mencionados puede no haber afectado la apreciación de los colores brillantes
por parte de las aves que los habitan.), quien demuestra que en Estados Unidos
muchas especies de aves adquieren gradualmente colores más intensos al
desplazarse hacia el sur y colores más claros al desplazarse hacia el oeste,
hacia las áridas llanuras del interior. Ambos sexos parecen verse generalmente
afectados de forma similar, pero a veces uno más que el otro. Este resultado no
es incompatible con la creencia de que los colores de las aves se deben
principalmente a la acumulación de variaciones sucesivas mediante la selección
sexual; pues incluso después de que los sexos se hayan diferenciado
considerablemente, el clima podría producir un efecto igual en ambos sexos, o
un efecto mayor en uno que en el otro.debido a alguna diferencia
constitucional.
Se admite que las diferencias
individuales entre los miembros de una misma especie ocurren en estado natural.
Las variaciones repentinas y muy marcadas son raras; también es dudoso que, de
ser beneficiosas, se conserven mediante selección y se transmitan a las
generaciones sucesivas. (35. 'Origen de las especies', quinta edición, 1869,
pág. 104. Siempre había percibido que las desviaciones estructurales raras y
muy marcadas, que merecen ser llamadas monstruosidades, rara vez podían
preservarse mediante la selección natural, y que la preservación incluso de
variaciones altamente beneficiosas dependería hasta cierto punto del azar.
También había apreciado plenamente la importancia de las meras diferencias
individuales, y esto me llevó a insistir con tanta fuerza en la importancia de
esa forma inconsciente de selección por parte del hombre, que se deriva de la
preservación de los individuos más valiosos de cada raza, sin ninguna intención
por su parte de modificar los caracteres de la raza. Pero hasta que leí un
artículo competente en la 'North British Review' (marzo de 1867, pág. 289 y
siguientes), que me ha sido de más utilidad que cualquier otra revista, no vi
cuán grandes eran las probabilidades en contra de la preservación de
variaciones, ya fueran leves o muy pronunciadas, que ocurrieran solo en
individuos únicos). Sin embargo, puede que valga la pena dar los pocos casos
que he podido para coleccionar, relacionado principalmente con el color,
excluyendo el albinismo simple y el melanismo. El Sr. Gould es bien conocido
por admitir la existencia de pocas variedades, pues considera que las
diferencias muy leves son específicas; sin embargo, afirma (36. 'Introducción a
los Tróclidos', pág. 102) que cerca de Bogotá ciertos colibríes pertenecientes
al género Cynanthus se dividen en dos o tres razas o variedades, que difieren
entre sí en la coloración de la cola: «algunos tienen todas las plumas azules,
mientras que otros tienen las ocho centrales con las puntas de un hermoso
verde». No parece que se hayan observado gradaciones intermedias en este o los
siguientes casos. Solo en los machos de uno de los periquitos australianos,
«los muslos en algunos son escarlata, en otros verde hierba». En otro periquito
del mismo país, «algunos individuos tienen la banda que cruza las coberteras
alares de color amarillo brillante, mientras que en otros la misma parte está
teñida de rojo». (37. Gould, 'Handbook to Birds of Australia', vol. ii, págs.
32 y 68). En Estados Unidos, algunos machos de tangara escarlata (Tanagra
rubra) presentan una hermosa banda transversal de color rojo brillante en las
coberteras alares menores (38. Audubon, 'Ornithological Biography', 1838, vol.
iv, pág. 389); sin embargo, esta variación parece ser bastante rara, por lo que
su conservación mediante selección sexual solo se produciría en circunstancias
generalmente favorables. En Bengala, el busardo abejero (Pernis cristata)
presenta una pequeña cresta rudimentaria en la cabeza o ninguna; sin embargo,
una diferencia tan leve no habría merecido la pena destacar.“Si esta misma
especie no hubiera poseído en el sur de la India una cresta occipital bien
marcada formada por varias plumas graduadas” (39. Jerdon, 'Birds of India',
vol. ip 108; y el Sr. Blyth, en 'Land and Water', 1868, pág. 381).
El siguiente caso es en algunos
aspectos más interesante. Una variedad de cuervo, con cabeza, pecho, abdomen y
partes de las alas y plumas de la cola blancas, se encuentra confinada en las
Islas Feroe. No es muy rara allí, pues Graba vio durante su visita de ocho a
diez ejemplares vivos. Aunque las características de esta variedad no son del
todo constantes, varios ornitólogos distinguidos la han clasificado como una
especie distinta. El hecho de que las aves de cuervo fueran perseguidas con
gran alboroto por los demás cuervos de la isla fue la principal causa que llevó
a Brunnich a concluir que eran específicamente distintas; pero ahora se sabe
que esto es un error. (40. Graba, 'Tagebuch Reise nach Faro', 1830, ss. 51-54.
Macgillivray, 'History of British Birds', vol. iii. pág. 745, 'Ibis', vol. v.
1863, pág. 469.) Este caso parece análogo al que se dio recientemente de
pájaros albinos que no se aparearon por ser rechazados por sus compañeros.
En diversas partes de los mares del
norte se encuentra una notable variedad del arao común (Uria troile); y en
Feroe, una de cada cinco aves, según la estimación de Graba, presenta esta
variación. Se caracteriza (41. Graba, ibid. s. 54. Macgillivray, ibid. vol. vp.
327.) por un anillo blanco puro alrededor del ojo, con una estrecha línea
blanca curva, de una pulgada y media de longitud, que se extiende hacia atrás
desde el anillo. Esta característica conspicua ha hecho que el ave sea
clasificada por varios ornitólogos como una especie distinta bajo el nombre de
U. lacrymans, pero ahora se sabe que es simplemente una variedad. A menudo se
aparea con la especie común, aunque nunca se han observado gradaciones
intermedias. Esto no es sorprendente, pues las variaciones que aparecen
repentinamente, a menudo, como he demostrado en otra parte (42. «Variación de
Animales y Plantas bajo Domesticación», vol. ii, pág. 92), se transmiten
inalteradas o no se transmiten en absoluto. Vemos así que dos formas distintas
de la misma especie pueden coexistir en la misma región, y no dudamos que si
una hubiera tenido alguna ventaja sobre la otra, pronto se habría multiplicado,
excluyendo a esta última. Si, por ejemplo, los cuervos machos, en lugar de ser
perseguidos por sus compañeros, hubieran sido muy atractivos (como el pavo real
mencionado) para las hembras negras, su número habría aumentado rápidamente. Y
esto habría sido un caso de selección sexual.
Respecto a las ligeras diferencias
individuales comunes, en mayor o menor grado, a todos los miembros de una misma
especie, tenemos motivos para creer que son, con mucho, las más importantes
para la selección. Los caracteres sexuales secundarios son muy susceptibles a
la variación, tanto en animales en estado natural como en domesticados. (43.
Sobre estos puntos, véase también «Variación de Animales y Plantas en
Domesticación», vol. ip. 253; vol. ii. págs. 73, 75). También hay motivos para
creer, como hemos visto en el capítulo octavo, que las variaciones son más
propensas a ocurrir en el sexo masculino que en el femenino. Todas estas
contingencias son muy favorables para la selección sexual. Que los caracteres
así adquiridos se transmitan a uno o a ambos sexos depende, como veremos en el
capítulo siguiente, del tipo de herencia predominante.
A veces es difícil opinar si ciertas
ligeras diferencias entre los sexos de las aves son simplemente resultado de la
variabilidad con herencia sexualmente limitada, sin la ayuda de la selección
sexual, o si se han incrementado mediante este último proceso. No me refiero
aquí a los numerosos casos en los que el macho exhibe espléndidos colores u
otros adornos, de los que la hembra participa en un ligero grado; pues estos se
deben casi con certeza a caracteres adquiridos principalmente por el macho que
se han transferido en mayor o menor medida a la hembra. Pero ¿qué debemos
concluir con respecto a ciertas aves en las que, por ejemplo, los ojos difieren
ligeramente en color en ambos sexos? (44. Véase, por ejemplo, sobre el iris de
un Podica y Gallicrex en 'Ibis', vol. ii. 1860, pág. 206; y vol. v. 1863, pág.
426). En algunos casos, los ojos difieren notablemente; Así, en las cigüeñas
del género Xenorhynchus, los ojos del macho son de color avellana negruzco,
mientras que los de las hembras son de color amarillo gamboge; en muchos cálaos
(Buceros), según me ha contado el Sr. Blyth (45. Véase también Jerdon, «Aves de
la India», vol. i, págs. 243-245), los machos tienen ojos de un intenso
carmesí, mientras que los de las hembras son blancos. En el Buceros bicornis,
el borde posterior del casco y una raya en la cresta del pico son negros en el
macho, pero no en la hembra. ¿Debemos suponer que estas marcas negras y el
color carmesí de los ojos se han conservado o aumentado mediante la selección
sexual en los machos? Esto es muy dudoso; pues el Sr. Bartlett me mostró en el
Zoológico que el interior de la boca de este Buceros es negro en el macho y de
color carne en la hembra; y su apariencia externa o belleza no se verían
afectadas de esta manera. Observé en Chile (46. 'Zoología del viaje del HMS
“Beagle”,' 1841, pág. 6.) que el iris del cóndor, cuando tiene alrededor de un
año, es marrón oscuro, pero cambia en la madurez a marrón amarillento en el
macho y a rojo brillante en la hembra. El macho también tiene una cresta o
cresta pequeña, longitudinal, de color plomizo y carnosa. La cresta de muchas
aves gallináceas es muy ornamental y adquiere colores vivos durante el acto de
cortejo; pero ¿qué debemos pensar de la cresta de color apagado del cóndor, que
no nos parece en lo más mínimo ornamental? La misma pregunta puede hacerse con
respecto a varias otras características, como la protuberancia en la base del
pico del ganso chino (Anser cygnoides), que es mucho más grande en el macho que
en la hembra. No se puede dar una respuesta segura a estas preguntas; pero
debemos ser cautelosos al suponer que los bultos y los diversos apéndices
carnosos no pueden ser atractivos para la mujer, cuando recordamos que entre
las razas salvajes del hombre varias deformidades horribles (cicatrices
profundas en la cara con la carne levantada en protuberancias, el tabique de la
nariz perforado por palos o huesos, agujeros en las orejas y labios ampliamente
abiertos) son todas admiradas como ornamentales.
Independientemente de que diferencias
insignificantes entre los sexos, como las que acabamos de mencionar, se hayan
conservado o no mediante la selección sexual, estas diferencias, al igual que
todas las demás, deben depender principalmente de las leyes de variación. Según
el principio de desarrollo correlacionado, el plumaje a menudo varía de la
misma manera en diferentes partes del cuerpo, o en todo el cuerpo. Esto se ve
claramente ilustrado en ciertas razas de aves. En todas las razas, las plumas
del cuello y el lomo de los machos son alargadas y se denominan hackles; cuando
ambos sexos adquieren un moño, una característica nueva en el género, las
plumas de la cabeza del macho adquieren forma de hackle, evidentemente según el
principio de correlación; mientras que las de la cabeza de la hembra mantienen
la forma habitual. El color de las plumas que forman el moño del macho suele
correlacionarse con el de las plumas del cuello y el lomo, como puede
observarse al comparar estas plumas en las razas Polaca de lentejuelas doradas
y plateadas, Houdan y Creve-coeur. En algunas especies naturales podemos
observar exactamente la misma correlación en los colores de estas mismas
plumas, como en los machos de los espléndidos faisanes Dorado y Amherst.
La estructura de cada pluma
individual generalmente hace que cualquier cambio en su coloración sea
simétrico; esto lo observamos en las diversas razas de aves con plumas de
encaje, lentejuelas y lápiz; y, por el principio de correlación, las plumas de
todo el cuerpo suelen tener el mismo color. Esto nos permite, sin mayor
dificultad, criar razas con un plumaje marcado casi tan simétricamente como en
las especies naturales. En las aves con plumas de encaje y lentejuelas, los
bordes coloreados de las plumas están abruptamente definidos; pero en un
mestizo criado por mí, a partir de un gallo español negro con brillo verde y
una gallina de caza blanca, todas las plumas eran de color negro verdoso,
excepto en las extremidades, que eran de color blanco amarillento; pero entre
las extremidades blancas y las bases negras, había en cada pluma una zona
simétrica y curva de color marrón oscuro. En algunos casos, el cuerpo de la
pluma determina la distribución de los matices; Así, en las plumas corporales
de un mestizo del mismo gallo español negro y una gallina polaca con moteado
plateado, el cuerpo, junto con un estrecho espacio a cada lado, era de color
negro verdoso, rodeado por una zona regular de color marrón oscuro, bordeada de
blanco parduzco. En estos casos, tenemos plumas con tonos simétricos, como las
que confieren tanta elegancia al plumaje de muchas especies naturales. También
he observado una variedad de paloma común con las barras alares con zonas
simétricas de tres tonos brillantes, en lugar de ser simplemente negras sobre
un fondo azul pizarra, como en la especie progenitora.
En muchos grupos de aves, el plumaje
presenta colores diferentes según la especie, aunque todas conservan ciertas
manchas, marcas o rayas. Casos análogos se dan en las razas de palomas, que
suelen conservar las dos barras alares, aunque pueden ser de color rojo,
amarillo, blanco, negro o azul, mientras que el resto del plumaje presenta un
tono completamente distinto. Aquí se presenta un caso más curioso, en el que se
conservan ciertas marcas, aunque coloreadas de una manera casi exactamente
opuesta a la natural: la paloma aborigen tiene la cola azul, con las mitades
terminales de las membranas externas de las dos plumas externas de la cola
blancas; existe una subvariedad que tiene la cola blanca en lugar de azul, con
precisamente la parte negra que es blanca en la especie progenitora. (47.
Bechstein, 'Naturgeschichte Deutschlands', B. iv. 1795, s. 31, sobre una
subvariedad de la paloma Monck).
FORMACIÓN Y VARIABILIDAD DE LOS
OCELOS O MANCHAS SIMILARES A OJOS EN EL PLUMAJE DE LAS AVES.
[Fig. 53. Cyllo leda, Linn., de un
dibujo del Sr. Trimen, que muestra la gran variedad de ocelos. A. Ejemplar de
Mauricio, superficie superior del ala anterior. A1. Ejemplar de Natal, idem. B.
Ejemplar de Java, superficie superior del ala posterior. B1. Ejemplar de
Mauricio, idem.]
Como ningún adorno es más hermoso que
los ocelos en las plumas de varias aves, en los pelajes de algunos mamíferos,
en las escamas de reptiles y peces, en la piel de los anfibios, en las alas de
muchos lepidópteros y otros insectos, merecen ser especialmente notados. Un
ocelo consiste en una mancha dentro de un anillo de otro color, como la pupila
dentro del iris, pero la mancha central a menudo está rodeada por zonas
concéntricas adicionales. Los ocelos en las coberteras de la cola del pavo real
ofrecen un ejemplo familiar, así como aquellos en las alas de la mariposa pavo
real (Vanessa). El Sr. Trimen me ha dado una descripción de una polilla
sudafricana (Gynanisa isis), emparentada con nuestra polilla emperador, en la
que un magnífico ocelo ocupa casi toda la superficie de cada ala trasera;
Consiste en un centro negro, que incluye una marca semitransparente en forma de
medialuna, rodeada de zonas sucesivas de color amarillo ocre, negro, amarillo
ocre, rosa, blanco, rosa, marrón y blanquecino. Aunque desconocemos los pasos
mediante los cuales se han desarrollado estos ornamentos maravillosamente
bellos y complejos, el proceso probablemente ha sido sencillo, al menos en el
caso de los insectos; pues, como me escribe el Sr. Trimen, «ningún carácter de
mera marca o coloración es tan inestable en los lepidópteros como los ocelos,
tanto en número como en tamaño». El Sr. Wallace, quien primero me llamó la
atención sobre este tema, me mostró una serie de ejemplares de nuestra mariposa
común de pradera (Hipparchia janira) que exhiben numerosas gradaciones, desde
una simple mancha negra diminuta hasta un ocelo elegantemente sombreado. En una
mariposa sudafricana (Cyllo leda, Linn.), perteneciente a la misma familia, los
ocelos son aún más variables. En algunos ejemplares (A, Fig. 53), grandes
espacios en la superficie superior de las alas son de color negro e incluyen
marcas blancas irregulares; a partir de este estado, se puede trazar una
gradación completa hasta un ocelo bastante perfecto (A1), resultado de la contracción
de las manchas irregulares de color. En otra serie de ejemplares, se puede
seguir una gradación desde puntos blancos extremadamente diminutos, rodeados
por una línea negra apenas visible (B), hasta ocelos grandes y perfectamente
simétricos (B1). (48. Esta xilografía se ha grabado a partir de un hermoso
dibujo que el Sr. Trimen tuvo la amabilidad de realizar para mí; véase también
su descripción de la notable variación en la coloración y forma de las alas de
esta mariposa, en su obra «Rhopalocera Africae Australis», pág. 186). En casos
como estos, el desarrollo de un ocelo perfecto no requiere un largo proceso de
variación y selección.
En las aves y muchos otros animales,
la comparación entre especies afines parece indicar que las manchas circulares
suelen generarse por la fragmentación y contracción de las rayas. En el faisán
Tragopán, las tenues líneas blancas de la hembra representan las hermosas
manchas blancas del macho (49. Jerdon, «Aves de la India», vol. iii, pág. 517);
algo similar puede observarse en ambos sexos del faisán Argus. Sea como fuere,
las apariencias apoyan firmemente la creencia de que, por un lado, una mancha
oscura suele formarse cuando el colorante se dirige hacia un punto central
desde una zona circundante, que se aclara; y, por otro lado, una mancha blanca
suele formarse cuando el color se aleja de un punto central, acumulándose en
una zona circundante más oscura. En ambos casos, el resultado es un ocelo. El
colorante parece estar en una cantidad casi constante, pero se redistribuye, ya
sea centrípeta o centrífugamente. Las plumas de la pintada común ofrecen un
buen ejemplo de manchas blancas rodeadas de zonas más oscuras; y donde las
manchas blancas son grandes y están próximas, las zonas oscuras circundantes
confluyen. En la misma pluma del ala del faisán Argus, se pueden observar
manchas oscuras rodeadas de una zona pálida, y manchas blancas de una zona
oscura. Así, la formación de un ocelo en su estado más elemental parece
sencilla. No pretendo decir mediante qué pasos posteriores se han generado los
ocelos más complejos, rodeados de muchas zonas sucesivas de color. Pero la
distribución zonal de las plumas de los mestizos de aves de diferente color, y
la extraordinaria variabilidad de los ocelos en muchos lepidópteros, nos llevan
a concluir que su formación no es un proceso complejo, sino que depende de un
cambio leve y gradual en la naturaleza de los tejidos adyacentes.
GRADUACIÓN DE LOS CARACTERES SEXUALES
SECUNDARIOS.
[Fig. 54. Pluma de pavo real, de
aproximadamente dos tercios de su tamaño natural, dibujada por el Sr. Ford. La
zona transparente está representada por la zona blanca más externa, limitada al
extremo superior del disco.]
Los casos de gradación son
importantes, ya que nos muestran que se pueden adquirir ornamentos muy
complejos mediante pequeños pasos sucesivos. Para descubrir los pasos exactos
por los cuales el macho de cualquier ave actual ha adquirido sus magníficos colores
u otros ornamentos, deberíamos observar la larga línea de sus progenitores
extintos; pero esto es obviamente imposible. Sin embargo, generalmente podemos
obtener una pista comparando todas las especies del mismo grupo, si es grande;
pues algunas de ellas probablemente conservarán, al menos parcialmente, rastros
de sus caracteres anteriores. En lugar de entrar en tediosos detalles sobre
diversos grupos, en los que se podrían dar ejemplos sorprendentes de gradación,
parece más conveniente tomar uno o dos casos muy marcados, por ejemplo, el del
pavo real, para ver si se puede arrojar luz sobre los pasos por los cuales esta
ave ha llegado a estar tan espléndidamente decorada. El pavo real destaca
principalmente por la extraordinaria longitud de sus coberteras caudales; la
cola en sí no es muy alargada. Las barbas a lo largo de casi toda la longitud
de estas plumas están separadas o descompuestas; este es el caso de las plumas
de muchas especies, y de algunas variedades de aves domésticas y palomas. Las
barbas se unen hacia el extremo del cuerpo formando el disco ovalado u ocelo,
que es sin duda uno de los objetos más bellos del mundo. Consiste en un centro
iridiscente, de un azul intenso y dentado, rodeado por una zona verde intenso,
esta por una amplia zona marrón cobrizo, y esta por otras cinco zonas estrechas
de tonos iridiscentes ligeramente diferentes. Una pequeña característica del
disco merece mención: las barbas, en un espacio a lo largo de una de las zonas
concéntricas, están prácticamente desprovistas de bárbulas, de modo que una
parte del disco está rodeada por una zona casi transparente, lo que le confiere
un aspecto muy refinado. Pero he descrito en otra parte (50. 'Variación de
Animales y Plantas bajo Domesticación', vol. ip 254) una variación exactamente
análoga en las plumas de una subvariedad del gallo de pelea, en la que las
puntas, con un brillo metálico, «están separadas de la parte inferior de la
pluma por una zona transparente simétrica, compuesta por las porciones desnudas
de las barbas». El margen inferior o base del centro azul oscuro del ocelo está
profundamente dentado en la línea del cuerpo. Las zonas circundantes también
muestran rastros, como puede verse en el dibujo (Fig. 54), de hendiduras, o más
bien roturas. Estas hendiduras son comunes en los pavos reales de la India y
Java (Pavo cristatus y P. muticus); y parecen merecer especial atención, ya que
probablemente están relacionadas con el desarrollo del ocelo; pero durante
mucho tiempo no pude conjeturar su significado.
Si admitimos el principio de la
evolución gradual, debieron existir antiguamente muchas especies que
presentaban cada paso sucesivo entre las maravillosamente alargadas coberteras
de la cola del pavo real y las cortas coberteras de la cola de todas las aves
comunes; y de nuevo entre los magníficos ocelos del primero y los ocelos más
simples o simples manchas de color en otras aves; y lo mismo ocurre con todas
las demás características del pavo real. Busquemos en las Gallinaceae, afines,
cualquier gradación aún existente. Las especies y subespecies de Polyplectron
habitan en territorios adyacentes a la tierra natal del pavo real; y se parecen
tanto a esta ave que a veces se les llama faisanes-pavo real. El Sr. Bartlett
también me ha informado que se parecen al pavo real en su canto y en algunos de
sus hábitos. Durante la primavera, los machos, como se describió anteriormente,
se pavonean ante las hembras, de color relativamente liso, expandiendo y
erguindo las plumas de la cola y las alas, que están adornadas con numerosos
ocelos. Solicito al lector que vuelva al dibujo (Fig. 51) de un Polyplectron.
En P. napoleonis, los ocelos se limitan a la cola, y el dorso es de un intenso
azul metálico; en este aspecto, esta especie se asemeja al pavo real de Java.
P. hardwickii posee un peculiar moño, similar al del pavo real de Java. En
todas las especies, los ocelos de las alas y la cola son circulares u ovalados,
y consisten en un hermoso disco iridiscente de color azul verdoso o púrpura
verdoso, con un borde negro. En P. chinquis, este borde se torna marrón, con
bordes de color crema, de modo que el ocelo está rodeado de zonas concéntricas
de diversos tonos, aunque no brillantes. La inusual longitud de las coberteras
caudales es otra característica destacable del Polyplectron; en algunas
especies miden la mitad, y en otras dos tercios, de las plumas de la cola. Las
coberteras caudales son oceladas, como en el pavo real. De este modo, las
distintas especies de Polyplectron se acercan manifiestamente al pavo real de
forma gradual en la longitud de sus coberteras caudales, en la zonificación de
los ocelos y en algunos otros caracteres.
[Fig. 55. Parte de una cobertera
caudal de Polyplectron chinquis, con los dos ocelos de tamaño natural.
Fig. 56. Parte de una cobertera
caudal de Polyplectron malaccense, con los dos ocelos, parcialmente
confluentes, de tamaño natural.]
A pesar de este enfoque, la primera
especie de Polyplectron que examiné casi me hizo desistir de la búsqueda; pues
descubrí no solo que las verdaderas plumas de la cola, que en el pavo real son
bastante simples, estaban ornamentadas con ocelos, sino que los ocelos en todas
las plumas diferían fundamentalmente de los del pavo real, al haber dos en la
misma pluma (Fig. 55), uno a cada lado del cuerpo. Por lo tanto, concluí que
los primeros progenitores del pavo real no podrían haberse parecido a un Polyplectron.
Pero al continuar mi búsqueda, observé que en algunas especies los dos ocelos
estaban muy cerca uno del otro; que en las plumas de la cola de P. hardwickii
se tocaban; y, finalmente, que en las coberteras de la cola de esta misma
especie, así como de P. malaccense (Fig. 56), eran de hecho confluentes. Como
solo la parte central es confluente, se deja una hendidura tanto en los
extremos superior como inferior; y las zonas coloreadas circundantes también
están dentadas. De este modo, se forma un solo ocelo en cada cobertera caudal,
aunque sigue delatando claramente su doble origen. Estos ocelos confluentes
difieren del ocelo único del pavo real en que tienen una hendidura en ambos
extremos, en lugar de solo en el extremo inferior o basal. Sin embargo, la
explicación de esta diferencia no es difícil; en algunas especies de
Polyplectron, los dos ocelos ovalados de la misma pluma son paralelos entre sí;
en otras especies (como en P. chinquis) convergen hacia un extremo; ahora bien,
la confluencia parcial de dos ocelos convergentes dejaría manifiestamente una
hendidura mucho más profunda en el extremo divergente que en el convergente.
También es evidente que si la convergencia fuera muy pronunciada y la
confluencia completa, la hendidura en el extremo convergente tendería a
desaparecer.
Las plumas de la cola de ambas
especies de pavo real carecen por completo de ocelos, lo que aparentemente se
debe a que están cubiertas y ocultas por las largas coberteras de la cola. En
este sentido, difieren notablemente de las plumas de la cola de Polyplectron,
que en la mayoría de las especies están ornamentadas con ocelos más grandes que
los de las coberteras de la cola. Por lo tanto, me vi obligado a examinar
cuidadosamente las plumas de la cola de las distintas especies para descubrir
si sus ocelos mostraban alguna tendencia a desaparecer; y para mi gran
satisfacción, así fue. Las plumas centrales de la cola de P. napoleonis tienen
los dos ocelos a cada lado del cuerpo perfectamente desarrollados; pero el
ocelo interno se vuelve cada vez menos visible en las plumas de la cola más
externas, hasta que queda una mera sombra o rudimento en la cara interna de la
pluma más externa. Por otro lado, en P. malaccense, los ocelos de las
coberteras de la cola son, como hemos visto, confluentes; Estas plumas tienen
una longitud inusual, dos tercios de la longitud de las plumas de la cola, de
modo que en ambos aspectos se asemejan a las coberteras de la cola del pavo
real. En P. malaccense, solo las dos plumas centrales de la cola están
ornamentadas, cada una con dos ocelos de colores brillantes, ya que el ocelo
interno ha desaparecido por completo de las demás plumas de la cola. En
consecuencia, las coberteras y plumas de la cola de esta especie de
Polyplectron se asemejan en estructura y ornamentación a las plumas correspondientes
del pavo real.
En la medida en que la gradación
arroja luz sobre los pasos por los cuales se ha adquirido la magnífica cola del
pavo real, no se necesita mucho más. Si nos imaginamos un progenitor del pavo
real en una condición casi exactamente intermedia entre el pavo real actual,
con sus coberteras caudales enormemente alargadas, ornamentadas con un solo
ocelo, y una gallinácea común con coberteras caudales cortas, simplemente
moteadas con algo de color, veremos un ave emparentada con Polyplectron; es
decir, con coberteras caudales capaces de erección y expansión, ornamentadas
con dos ocelos parcialmente confluentes, y lo suficientemente largas como para
ocultar casi las plumas de la cola, ya que estas últimas ya han perdido
parcialmente sus ocelos. La hendidura del disco central y de las zonas
circundantes del ocelo, en ambas especies de pavo real, habla claramente a
favor de esta opinión, y es de otro modo inexplicable. Los machos de
Polyplectron son sin duda aves hermosas, pero su belleza, vista a corta
distancia, no se compara con la del pavo real. Muchas progenitoras del pavo
real, a lo largo de su larga descendencia, debieron apreciar esta superioridad;
pues inconscientemente, mediante su continua preferencia por los machos más
bellos, convirtieron al pavo real en la más espléndida de las aves vivientes.
FAISÁN ARGUS.
Otro excelente ejemplo de
investigación lo ofrecen los ocelos de las plumas del faisán de Argos, cuyo
sombreado es tan maravilloso que semeja bolas sueltas en sus cavidades y, en
consecuencia, difiere de los ocelos comunes. Supongo que nadie atribuirá el
sombreado, que ha despertado la admiración de muchos artistas experimentados,
al azar, a la combinación fortuita de átomos de materia colorante. Que estos
adornos se hayan formado mediante la selección de muchas variaciones sucesivas,
ninguna de las cuales originalmente pretendía producir el efecto de rótula,
parece tan increíble como que una de las Madonas de Rafael se haya formado
mediante la selección de pinceladas aleatorias de pintura realizadas por una
larga sucesión de jóvenes artistas, ninguno de los cuales pretendió
inicialmente dibujar la figura humana. Para descubrir cómo se han desarrollado
los ocelos, no podemos buscar en una larga línea de progenitores ni en muchas
formas estrechamente relacionadas, pues no existen en la actualidad. Pero afortunadamente
las diversas plumas en el ala son suficientes para darnos una pista del
problema, y demuestran que al menos es posible una gradación desde una simple
mancha hasta un ocelo en bola y cavidad terminado.
Fig. 57. Parte de la pluma secundaria
del ala de un faisán de Argos, que muestra dos ocelos perfectos, a y b. A, B,
C, D, etc., son franjas oscuras que corren oblicuamente hacia abajo, cada una
hasta un ocelo. Gran parte de la membrana a ambos lados, especialmente a la
izquierda del asta, ha sido eliminada.
Fig. 59. Porción de una de las plumas
secundarias del ala cerca del cuerpo, que muestra los llamados adornos
elípticos. La figura de la derecha se presenta simplemente como diagrama para
facilitar la referencia. A, B, C, D, etc. Filas de manchas que descienden hasta
los adornos elípticos y los forman. b. Mancha o marca más baja de la fila B. c.
La siguiente mancha o marca en la misma fila. d. Aparentemente una prolongación
rota de la mancha c. en la misma fila B.
Las plumas del ala, que albergan los
ocelos, están cubiertas de franjas oscuras (Fig. 57) o de filas de manchas
oscuras (Fig. 59). Cada franja o fila de manchas discurre oblicuamente por el
exterior del eje hasta uno de los ocelos. Las manchas suelen alargarse en una
línea transversal a la fila en la que se encuentran. A menudo confluyen en la
línea de la fila —formando entonces una franja longitudinal— o
transversalmente, es decir, con las manchas de las filas adyacentes, formando
entonces franjas transversales. A veces, una mancha se fragmenta en manchas más
pequeñas, que permanecen en su lugar.
Será conveniente primero describir un
ocelo enartrosis perfecto. Este consiste en un anillo circular de un negro
intenso que rodea un espacio sombreado de forma que se asemeja exactamente a
una bola. La figura que se presenta aquí ha sido admirablemente dibujada por el
Sr. Ford y bien grabada, pero una xilografía no puede exhibir el exquisito
sombreado del original. El anillo casi siempre está ligeramente roto o
interrumpido (Fig. 57) en un punto de la mitad superior, ligeramente a la
derecha y por encima de la sombra blanca de la bola; también a veces está roto
hacia la base en la mano derecha. Estas pequeñas roturas tienen un significado
importante. El anillo siempre está muy engrosado, con los bordes mal definidos
hacia la esquina superior izquierda, mientras que la pluma se mantiene erguida,
en la posición en la que se dibuja aquí. Debajo de esta parte engrosada, en la
superficie de la bola, hay una marca oblicua de color blanco casi puro, que se
difumina hacia abajo hasta un tono plomizo pálido, y este a tonos amarillentos
y marrones, que se oscurecen gradualmente hacia la parte inferior de la bola.
Es este sombreado el que produce tan admirablemente el efecto de la luz
brillando sobre una superficie convexa. Si se examina una de las bolas, se verá
que la parte inferior es de un tono marrón y está indistintamente separada por
una línea oblicua curva de la parte superior, que es más amarilla y plomiza;
esta línea oblicua curva corre perpendicularmente al eje mayor de la mancha
blanca de luz, y de hecho de todo el sombreado; pero esta diferencia de color,
que por supuesto no se puede mostrar en la xilografía, no interfiere en lo más
mínimo con el sombreado perfecto de la bola. Debe observarse particularmente
que cada ocelo se encuentra en conexión obvia ya sea con una franja oscura, o
con una fila longitudinal de manchas oscuras, ya que ambas ocurren
indistintamente en la misma pluma. Así, en la Fig. 57, la franja A corre hacia
el ocelo a; la B corre hacia el ocelo b; la franja C está rota en la parte superior
y corre hacia el ocelo siguiente, no representado en la xilografía. D a la
inmediatamente inferior, y así con las rayas E y F. Por último, los diversos
ocelos están separados entre sí por una superficie pálida con marcas negras
irregulares.
[Fig. 58. Parte basal de la pluma
secundaria del ala, más cercana al cuerpo.]
A continuación, describiré el otro
extremo de la serie, es decir, el primer rastro de un ocelo. La corta pluma
secundaria del ala (Fig. 58), más cercana al cuerpo, presenta, al igual que las
demás plumas, hileras oblicuas, longitudinales y bastante irregulares de
manchas muy oscuras. La mancha basal, o la más cercana al cuerpo, en las cinco
hileras inferiores (excluyendo la inferior) es un poco más grande que las demás
manchas de la misma fila y un poco más alargada transversalmente. Se diferencia
también de las demás por estar bordeada en su parte superior por un sombreado
leonado opaco. Sin embargo, esta mancha no es en absoluto más notable que las
del plumaje de muchas aves y podría pasar desapercibida fácilmente. La
siguiente mancha superior no difiere en absoluto de las superiores de la misma
fila. Las manchas basales más grandes ocupan exactamente la misma posición
relativa en estas plumas que los ocelos perfectos en las plumas del ala más
largas.
Al observar las dos o tres plumas del
ala siguientes, se puede rastrear una gradación absolutamente imperceptible
desde una de las manchas basales descritas en último lugar, junto con la
inmediatamente superior en la misma fila, hasta un curioso adorno, que no puede
llamarse ocelo, y que denominaré, a falta de un término mejor, «adorno
elíptico». Estos se muestran en la figura adjunta (Fig. 59). Aquí vemos varias
filas oblicuas, A, B, C, D, etc. (véase el diagrama con letras a la derecha),
de manchas oscuras del carácter habitual. Cada fila de manchas desciende hasta
uno de los adornos elípticos y se conecta con él, exactamente de la misma
manera que cada franja de la Fig. 57 desciende hasta uno de los ocelos
esféricos y se conecta con él. Al observar cualquier fila, por ejemplo, la B,
en la Fig. 59, la marca inferior (b) es más gruesa y considerablemente más
larga que las manchas superiores, y tiene su extremo izquierdo puntiagudo y
curvado hacia arriba. Esta marca negra está bordeada abruptamente en su parte
superior por una amplia zona de tonos intensamente sombreados, comenzando con
una estrecha zona marrón que se transforma en naranja, y esta a un tono plomizo
pálido, con el extremo hacia el cuerpo mucho más pálido. Estos tonos
sombreados, en conjunto, llenan todo el espacio interior del adorno elíptico.
La marca (b) se corresponde en todos los aspectos con la mancha sombreada basal
de la pluma simple descrita en el párrafo anterior (Fig. 58), pero es más
desarrollada y de color más brillante. Por encima y a la derecha de esta mancha
(b, Fig. 59), con su sombreado brillante, hay una marca negra larga y estrecha
(c), perteneciente a la misma fila, y ligeramente arqueada hacia abajo para
mirar hacia (b). Esta marca a veces se divide en dos partes. También tiene un
borde estrecho en la parte inferior con un tono leonado. A la izquierda y por
encima de c, en la misma dirección oblicua, pero siempre más o menos distinta
de ella, hay otra marca negra (d). Esta marca es generalmente subtriangular e
irregular, pero en la que aparece en el diagrama es inusualmente estrecha,
alargada y regular. Aparentemente consiste en una prolongación lateral y
quebrada de la marca (c), junto con su confluencia con una parte quebrada y
prolongada de la mancha inmediatamente superior; pero no estoy seguro de ello.
Estas tres marcas, b, c y d, con los tonos brillantes que las intercalan,
forman juntas el llamado ornamento elíptico. Estos ornamentos, colocados
paralelos al fuste, corresponden manifiestamente en posición con los ocelos en
forma de rótula. Su aspecto extremadamente elegante no se puede apreciar en el
dibujo, ya que los tonos naranja y plomizo, que contrastan tan bien con las
marcas negras, no se pueden mostrar.
[Fig. 60. Un ocelo en un estado
intermedio entre el ornamento elíptico y el ocelo esférico perfecto.]
Entre uno de los ornamentos elípticos
y un ocelo esférico perfecto, la gradación es tan perfecta que resulta casi
imposible decidir cuándo debe usarse este último término. El paso de uno a otro
se efectúa mediante la elongación y mayor curvatura en direcciones opuestas de
la marca negra inferior (b, Fig. 59), y más especialmente de la superior (c),
junto con la contracción de la marca subtriangular alargada o estrecha (d), de
modo que finalmente estas tres marcas confluyen, formando un anillo elíptico irregular.
Este anillo se vuelve gradualmente más circular y regular, aumentando al mismo
tiempo su diámetro. He incluido aquí un dibujo (Fig. 60) del tamaño natural de
un ocelo aún no del todo perfecto. La parte inferior del anillo negro es mucho
más curvada que la marca inferior en el ornamento elíptico (b, Fig. 59). La
parte superior del anillo consta de dos o tres porciones separadas; y solo hay
un rastro del engrosamiento de la porción que forma la marca negra sobre el
tono blanco. Este tono blanco en sí no está aún muy concentrado; y debajo de él
la superficie es de un color más brillante que en un ocelo esférico perfecto.
Incluso en los ocelos más perfectos, a menudo se pueden detectar rastros de la
unión de tres o cuatro marcas negras alargadas, por las cuales se ha formado el
anillo. La marca subtriangular irregular o estrecha (d, Fig. 59), forma
manifiestamente, por su contracción e igualación, la porción engrosada del
anillo sobre el tono blanco en un ocelo esférico perfecto. La parte inferior
del anillo es invariablemente un poco más gruesa que las otras partes (Fig.
57), y esto se desprende de que la marca negra inferior del adorno elíptico (b,
Fig. 59) originalmente era más gruesa que la marca superior (c). Cada paso
puede seguirse en el proceso de confluencia y modificación; El anillo negro que
rodea la bola del ocelo se forma, sin duda, por la unión y modificación de las
tres marcas negras, b, c, d, del ornamento elíptico. Las marcas negras
irregulares en zigzag entre los ocelos sucesivos (Fig. 57) se deben claramente
a la ruptura de las marcas algo más regulares, pero similares, entre los
ornamentos elípticos.
Los pasos sucesivos en el sombreado
de los ocelos esféricos se pueden seguir con igual claridad. Las estrechas
zonas marrones, anaranjadas y plomizas, que bordean la marca negra inferior del
ornamento elíptico, se ven gradualmente suavizadas y sombreadas, mientras que
la parte superior, más clara hacia la esquina izquierda, se aclara aún más,
hasta volverse casi blanca, y al mismo tiempo se contrae. Pero incluso en los
ocelos esféricos más perfectos, se puede percibir una ligera diferencia en los
tonos, aunque no en el sombreado, entre las partes superior e inferior de la
bola, como se observó anteriormente; y la línea de separación es oblicua, en la
misma dirección que los brillantes matices de los ornamentos elípticos. Así,
casi cada pequeño detalle en la forma y el colorido de los ocelos esféricos se
deriva de cambios graduales en los ornamentos elípticos. y el desarrollo de
este último se puede rastrear mediante pasos igualmente pequeños a partir de la
unión de dos manchas casi simples, la inferior (Fig. 58) con un sombreado
apagado de color fulvioso en su lado superior.
Fig. 61. Porción cerca de la cima de
una de las plumas secundarias del ala, con ocelos enartrosis perfectos. a.
Parte superior ornamentada. b. Ocelo superior enartrosis imperfecto. (El
sombreado sobre la marca blanca en la cima del ocelo es un poco oscuro). c.
Ocelo perfecto.)
Las extremidades de las plumas
secundarias más largas, que albergan los ocelos en forma de bola y cavidad,
están peculiarmente ornamentadas (Fig. 61). Las franjas longitudinales oblicuas
cesan repentinamente hacia arriba y se confunden; y por encima de este límite,
todo el extremo superior de la pluma (a) está cubierto de puntos blancos,
rodeados de pequeños anillos negros, sobre un fondo oscuro. La franja oblicua
del ocelo superior (b) está apenas representada por una marca negra irregular
muy corta con la base transversal curva habitual. Al estar esta franja cortada
abruptamente, tal vez podamos comprender, a partir de lo anterior, por qué la
parte superior engrosada del anillo está ausente; pues, como se mencionó
anteriormente, esta parte engrosada aparentemente guarda cierta relación con
una prolongación rota del punto inmediatamente superior. Debido a la ausencia
de la parte superior y engrosada del anillo, el ocelo superior, aunque perfecto
en todos los demás aspectos, parece como si su parte superior hubiera sido
seccionada oblicuamente. Creo que resultaría desconcertante para quien creyera
que el plumaje del faisán de Argos se creó tal como lo vemos ahora, explicar la
condición imperfecta del ocelo superior. Debo añadir que en la pluma secundaria
del ala, más alejada del cuerpo, todos los ocelos son más pequeños y menos
perfectos que en las demás plumas, y presentan la parte superior del anillo
deficiente, como en el caso mencionado. Esta imperfección parece estar
relacionada con el hecho de que las manchas de esta pluma muestran menos
tendencia de lo habitual a unirse en rayas; por el contrario, a menudo se
dividen en manchas más pequeñas, de modo que dos o tres filas descienden hasta
el mismo ocelo.
Aún queda otro punto muy curioso,
observado por primera vez por el Sr. T. W. Wood (51. The 'Field', 28 de mayo de
1870), que merece atención. En una fotografía que me proporcionó el Sr. Ward,
de un ejemplar montado como si estuviera en exhibición, se puede ver que en las
plumas, colocadas perpendicularmente, las marcas blancas de los ocelos, que
representan la luz reflejada desde una superficie convexa, están en el extremo
superior, es decir, dirigidas hacia arriba; y el ave, al exhibirse en el suelo,
estaría naturalmente iluminada desde arriba. Pero aquí viene el punto curioso:
las plumas exteriores se colocan casi horizontalmente, y sus ocelos también
deberían aparecer como iluminados desde arriba; por lo tanto, las marcas
blancas deberían estar ubicadas en la parte superior de los ocelos; y, por
asombroso que sea el hecho, ¡están así ubicadas! Por lo tanto, los ocelos de
las distintas plumas, aunque ocupan posiciones muy diferentes con respecto a la
luz, parecen todos iluminados desde arriba, tal como un artista los habría
sombreado. Sin embargo, no están iluminadas desde el mismo punto exacto como
deberían; pues las marcas blancas en los ocelos de las plumas, que se mantienen
casi horizontales, están demasiado hacia el extremo; es decir, no son lo suficientemente
laterales. Sin embargo, no tenemos derecho a esperar perfección absoluta en una
parte ornamental por selección sexual, como tampoco la tenemos en una parte
modificada por selección natural para un uso real; por ejemplo, en ese
maravilloso órgano que es el ojo humano. Y sabemos lo que Helmholtz, la máxima
autoridad europea en la materia, dijo sobre el ojo humano: que si un óptico le
hubiera vendido un instrumento fabricado con tan poco cuidado, se habría
sentido plenamente justificado al devolverlo. (52. «Conferencias populares
sobre temas científicos», traducción inglesa, 1873, págs. 219, 227, 269, 390).
Hemos visto que se puede seguir una
serie perfecta, desde simples manchas hasta los maravillosos adornos en forma
de rótula. El Sr. Gould, quien amablemente me regaló algunas de estas plumas,
coincide plenamente conmigo en la completitud de la gradación. Es obvio que las
etapas de desarrollo que presentan las plumas de una misma ave no
necesariamente nos muestran los pasos seguidos por los progenitores extintos de
la especie; pero probablemente nos dan la clave de los pasos reales, y al menos
demuestran que una gradación es posible. Teniendo en cuenta el cuidado con el
que el faisán Argus macho exhibe sus plumas ante la hembra, así como los
numerosos hechos que hacen probable que las hembras prefieran a los machos más
atractivos, nadie que admita la intervención de la selección sexual negará que
una simple mancha oscura con un ligero matiz leonado podría convertirse,
mediante la aproximación y modificación de dos manchas adyacentes, junto con un
ligero aumento de color, en uno de los llamados adornos elípticos. Estos
últimos adornos se han mostrado a muchas personas, y todas han admitido su
belleza, incluso más que los ocelos esféricos. A medida que las plumas
secundarias se alargaron por selección sexual y los adornos elípticos
aumentaron de diámetro, sus colores aparentemente se volvieron menos
brillantes; por lo que la ornamentación de las plumas tuvo que lograrse
mediante una mejora en el diseño y el sombreado; y este proceso se prolongó
hasta que finalmente se desarrollaron los maravillosos ocelos esféricos. Así
podemos comprender —y no de otra manera, según me parece— el estado actual y el
origen de los adornos de las plumas del ala del faisán Argus.
Gracias a la luz que nos proporciona
el principio de gradación, a lo que conocemos de las leyes de la variación, a
los cambios que se han producido en muchas de nuestras aves domésticas y, por
último, a las características (como veremos más adelante) del plumaje inmaduro
de las aves jóvenes, a veces podemos indicar, con cierta seguridad, los pasos
probables por los cuales los machos han adquirido su brillante plumaje y sus
diversos adornos; sin embargo, en muchos casos estamos sumidos en una completa
oscuridad. El Sr. Gould me señaló hace varios años un colibrí, el Urosticte
benjamini, notable por las curiosas diferencias entre los sexos. El macho,
además de una espléndida gorguera, tiene plumas de la cola de color negro
verdoso, con las cuatro centrales con la punta blanca; en la hembra, como en la
mayoría de las especies afines, las tres plumas exteriores de la cola a cada
lado tienen la punta blanca, de modo que el macho tiene las cuatro centrales,
mientras que la hembra tiene las seis plumas exteriores con la punta blanca. Lo
que hace que el caso sea más curioso es que, aunque el color de la cola difiere
notablemente en ambos sexos de muchas clases de colibríes, el Sr. Gould no
conoce una sola especie, además del Urosticte, en la que el macho tenga las cuatro
plumas centrales con puntas blancas.
El Duque de Argyll, al comentar este
caso (53. 'The Reign of Law', 1867, pág. 247), pasa por alto la selección
sexual y pregunta: "¿Qué explicación da la ley de la selección natural
para variedades tan específicas como estas?". Responde: "Ninguna en
absoluto"; y estoy totalmente de acuerdo con él. Pero ¿puede decirse esto
con tanta seguridad de la selección sexual? Viendo las múltiples diferencias
entre las plumas de la cola de los colibríes, ¿por qué no habrían variado las
cuatro plumas centrales en esta única especie, hasta adquirir puntas blancas?
Las variaciones pueden haber sido graduales o algo abruptas, como en el caso
recientemente presentado de los colibríes cerca de Bogotá, en el que solo
ciertos individuos tienen las "plumas centrales de la cola con las puntas
de un hermoso verde". En la hembra del Urosticte observé puntas blancas
extremadamente diminutas o rudimentarias en las dos exteriores de las cuatro
plumas centrales de la cola; de modo que aquí tenemos un indicio de algún tipo de
cambio en el plumaje de esta especie. Si aceptamos la posibilidad de que las
plumas centrales de la cola del macho varíen en blancura, no hay nada extraño
en que tales variaciones hayan sido seleccionadas sexualmente. Las puntas
blancas, junto con los pequeños mechones blancos de las orejas, ciertamente
añaden, como admite el Duque de Argyll, belleza al macho; y la blancura es
aparentemente apreciada por otras aves, como se puede inferir de casos como el
del macho blanco como la nieve del pájaro campana. No debe olvidarse la
afirmación de Sir R. Heron, a saber, que sus pavas reales, al ser privadas del
acceso al pavo real bicolor, no se unieron con ningún otro macho, y durante esa
temporada no tuvieron descendencia. Tampoco es extraño que las variaciones en
las plumas de la cola del Urosticte hayan sido seleccionadas específicamente
con fines ornamentales, ya que el género siguiente en la familia toma su nombre
de Metallura del esplendor de estas plumas. Además, tenemos buena evidencia de
que los colibríes se esmeran en exhibir sus plumas de la cola; El Sr. Belt (54.
'El Naturalista en Nicaragua', 1874, pág. 112), tras describir la belleza de la
Florisuga mellivora, afirma: «He visto a la hembra sentada en una rama y a dos
machos exhibiendo sus encantos frente a ella. Uno se elevaba como un cohete,
desplegando repentinamente su cola blanca como la nieve, como un paracaídas
invertido, descendiendo lentamente frente a ella, girando gradualmente para
mostrar la parte trasera y delantera... La cola blanca expandida cubría más
espacio que el resto del ave y era, evidentemente, la protagonista del
espectáculo. Mientras un macho descendía, el otro se elevaba y descendía
lentamente expandido. El espectáculo terminaba en una pelea entre los dos
artistas; pero no sé si el más hermoso o el más belicoso era el pretendiente
aceptado». El Sr. Gould, tras describir el peculiar plumaje del Urosticte,
añade: «No me cabe duda de que el adorno y la variedad son el único objetivo».
(55. 'Introducción a los Trochilidae', 1861, pág. 110.) Si se admite
esto,podemos percibir que los machos que en tiempos pasados estaban ataviados
de la manera más elegante y novedosa habrían ganado una ventaja, no en la lucha
ordinaria por la vida, sino en la rivalidad con otros machos, y habrían dejado
un mayor número de descendientes para heredar su belleza recién adquirida.
CAPÍTULO XV.
AVES—continuación.
Discusión sobre por qué sólo los
machos de algunas especies, y ambos sexos de otras, son de colores
brillantes—Sobre la herencia limitada sexualmente, tal como se aplica a varias
estructuras y al plumaje de colores brillantes—Nidificación en relación con el
color—Pérdida del plumaje nupcial durante el invierno.
En este capítulo, analizaremos por
qué las hembras de muchas aves no han adquirido los mismos adornos que el
macho; y por qué, en cambio, ambos sexos de muchas otras aves presentan la
misma o casi la misma ornamentación. En el siguiente capítulo, consideraremos
los pocos casos en los que la hembra presenta una coloración más llamativa que
el macho.
En mi «Origen de las Especies» (1.ª
Cuarta edición, 1866, pág. 241), sugerí brevemente que la cola larga del pavo
real resultaría incómoda y el llamativo color negro del urogallo macho
peligroso para la hembra durante el período de incubación; y, en consecuencia,
que la transmisión de estos caracteres de la descendencia masculina a la
femenina se había frenado mediante selección natural. Sigo pensando que esto
pudo haber ocurrido en algunos casos; pero tras una profunda reflexión sobre
todos los datos que he podido recopilar, ahora me inclino a creer que, cuando
los sexos difieren, las variaciones sucesivas generalmente se han transmitido,
desde el principio, al mismo sexo en el que surgieron. Desde que aparecieron
mis observaciones, el tema de la coloración sexual ha sido discutido en algunos
artículos muy interesantes por el Sr. Wallace (2. 'Westminster Review', julio
de 1867. 'Journal of Travel', vol. i. 1868, pág. 73), quien cree que en casi
todos los casos las variaciones sucesivas tendieron al principio a transmitirse
por igual a ambos sexos; pero que la hembra se salvó, a través de la selección
natural, de adquirir los colores llamativos del macho, debido al peligro en que
habría incurrido durante la incubación.
Este punto de vista requiere una
discusión tediosa sobre un punto difícil: si la transmisión de un carácter,
inicialmente heredado por ambos sexos, puede posteriormente limitarse a un solo
sexo mediante la selección natural. Debemos tener presente, como se mostró en
el capítulo preliminar sobre selección sexual, que los caracteres cuyo
desarrollo se limita a un sexo siempre están latentes en el otro. Una
ilustración imaginaria nos ayudará a comprender la dificultad del caso;
supongamos que un aficionado desea crear una raza de palomas en la que solo los
machos sean de color azul pálido, mientras que las hembras conserven su antiguo
tono grisáceo. Dado que en las palomas los caracteres de todo tipo suelen
transmitirse por igual a ambos sexos, el aficionado tendría que intentar
convertir esta última forma de herencia en una transmisión sexualmente
limitada. Todo lo que podría hacer sería perseverar en la selección de todos
los machos que tuvieran un mínimo de azul pálido. Y el resultado natural de
este proceso, si se mantiene de forma constante durante mucho tiempo, y si las
variaciones pálidas se heredan con fuerza o se repiten con frecuencia, sería
que toda su estirpe sea de un azul más claro. Pero nuestro aficionado se vería
obligado a cruzar, generación tras generación, sus machos azul pálido con
hembras pizarrosas, pues desea conservar estas últimas de este color. El
resultado generalmente sería la producción de una camada mestiza de pájaros
moteados, o más probablemente, la pérdida rápida y completa del tinte azul
pálido; pues el color pizarroso primordial se transmitiría con fuerza
prepotente. Suponiendo, sin embargo, que algunos machos azul pálido y hembras
pizarrosas se produjeran durante cada generación sucesiva, y siempre se
cruzaran entre sí, entonces las hembras pizarrosas tendrían, si se me permite
la expresión, mucha sangre azul en sus venas, pues sus padres, abuelos, etc.,
habrían sido todos pájaros azules. En estas circunstancias, es concebible
(aunque no conozco hechos concretos que lo hagan probable) que las hembras
pizarrosas adquieran una tendencia latente tan fuerte al azul pálido que no
destruyan este color en sus crías machos, ya que sus crías hembras aún heredan
el tinte pizarroso. De ser así, se podría lograr el objetivo de crear una raza
con ambos sexos con un color permanentemente diferente.
La extrema importancia, o más bien la
necesidad en el caso anterior, de que el carácter deseado, a saber, el azul
pálido, esté presente, aunque de forma latente, en la hembra, para que la
descendencia macho no se deteriore, se apreciará mejor de la siguiente manera:
el macho del faisán de Soemmerring tiene una cola de 94 cm de largo, mientras
que la de la hembra mide solo 20 cm; la cola del faisán común macho mide unos
50 cm, y la de la hembra, 30 cm. Ahora bien, si la hembra del faisán de
Soemmerring, con su cola corta, se cruzara con el macho del faisán común, no
cabe duda de que la descendencia híbrida masculina tendría una cola mucho más
larga que la de la descendencia pura del faisán común. Por otro lado, si la
hembra del faisán común, con una cola mucho más larga que la del faisán de
Soemmerring, se cruzara con el macho de este último, la descendencia híbrida
masculina tendría una cola mucho más corta que la de la descendencia pura del
faisán de Soemmerring. (3. Temminck afirma que la cola de la hembra del
Phasianus Soemmerringii mide solo quince centímetros de largo, 'Planches
coloriées', vol. v. 1838, págs. 487 y 488: las medidas mencionadas fueron
tomadas para mí por el Sr. Sclater. Para el faisán común, véase Macgillivray,
'History of British Birds', vol. i, págs. 118-121).
Nuestro aficionado, para crear su
nueva raza con machos de color azul pálido y hembras inalteradas, tendría que
seguir seleccionando machos durante muchas generaciones; y cada etapa de
palidez tendría que ser fija en los machos y latente en las hembras. La tarea
sería extremadamente difícil y nunca se ha intentado, pero podría llevarse a
cabo con éxito. El principal obstáculo sería la pérdida temprana y completa del
color azul pálido, debido a la necesidad de cruces repetidos con la hembra
pizarrosa, ya que esta última no presenta inicialmente ninguna tendencia
LATENTE a producir crías de color azul pálido.
Por otro lado, si uno o dos machos
variaran mínimamente en palidez, y las variaciones se limitaran desde el
principio a su transmisión al sexo masculino, la tarea de crear una nueva raza
del tipo deseado sería fácil, pues dichos machos simplemente tendrían que ser
seleccionados y emparejados con hembras comunes. Un caso análogo ha ocurrido,
pues existen razas de palomas en Bélgica (4. Dr. Chapuis, 'Le Pigeon Voyageur
Belge', 1865, pág. 87) en las que solo los machos están marcados con estrías
negras. De nuevo, el Sr. Tegetmeier ha demostrado recientemente (5. The
'Field', septiembre de 1872) que los dragones no rara vez producen aves de
color plateado, que casi siempre son gallinas; y él mismo ha criado diez
hembras de este tipo. Por otro lado, es un evento muy inusual cuando se produce
un macho plateado; Así que nada sería más fácil, si se deseara, que crear una
raza de dragones con machos azules y hembras plateadas. Esta tendencia es tan
fuerte que cuando el Sr. Tegetmeier finalmente consiguió un macho plateado y lo
emparejó con una de las hembras plateadas, esperaba obtener una raza con ambos
sexos de ese color; sin embargo, se decepcionó, pues el macho joven revirtió al
color azul de su abuelo, siendo solo la hembra joven plateada. Sin duda, con
paciencia, esta tendencia a la reversión en los machos, criados a partir de un
macho plateado ocasional emparejado con una hembra plateada, podría eliminarse,
y entonces ambos sexos tendrían el mismo color; y este mismo proceso ha sido
seguido con éxito por el Sr. Esquilant en el caso de los turbits plateados.
En las aves de corral, las
variaciones de color, limitadas en su transmisión al sexo masculino, ocurren
habitualmente. Cuando prevalece esta forma de herencia, es posible que algunas
de las variaciones sucesivas se transfieran a la hembra, quien entonces se
asemejaría ligeramente al macho, como ocurre en algunas razas. O bien, la mayor
parte, pero no la totalidad, de los pasos sucesivos podrían transferirse a
ambos sexos, y la hembra entonces se asemejaría mucho al macho. Es indudable
que esta es la causa de que el macho de la paloma buchona tenga un buche algo
más grande, y de que el macho de la paloma mensajera tenga carúnculas algo más
grandes que sus respectivas hembras; pues los aficionados no han seleccionado
un sexo más que el otro, ni han deseado que estas características se
manifiesten con mayor intensidad en el macho que en la hembra; sin embargo,
este es el caso en ambas razas.
Se debería seguir el mismo proceso y
encontrarse con las mismas dificultades si se quisiera hacer una raza sólo con
hembras de algún nuevo color.
Finalmente, nuestro aficionado podría
desear crear una raza con dos sexos diferentes, y ambos de la especie
progenitora. En este caso, la dificultad sería extrema, a menos que las
variaciones sucesivas estuvieran limitadas sexualmente desde la primera, en
cuyo caso no habría dificultad. Vemos esto con las aves; así, los dos sexos de
los Hamburghs de plumaje difieren enormemente entre sí, y de los dos sexos del
Gallus bankiva aborigen; y ambos se mantienen ahora constantes en su estándar
de excelencia mediante selección continua, lo cual sería imposible a menos que
se limitara la transmisión de los caracteres distintivos de ambos.
La gallina española ofrece un caso
más curioso; el macho posee una cresta inmensa, pero algunas de las variaciones
sucesivas, por cuya acumulación se adquirió, parecen haberse transferido a la
hembra; pues esta posee una cresta mucho más grande que la de las hembras de la
especie progenitora. Sin embargo, la cresta de la hembra difiere en un aspecto
de la del macho: tiende a desmocharse; y en épocas recientes, la fantasía ha
ordenado que esto siempre sea así, y el éxito ha seguido rápidamente esta orden.
Ahora bien, la desmocha de la cresta debe estar limitada sexualmente en su
transmisión; de lo contrario, impediría que la cresta del macho estuviera
perfectamente erguida, lo cual sería aborrecible para cualquier aficionado. Por
otro lado, la erección de la cresta en el macho también debe ser una
característica limitada sexualmente; de lo contrario, impediría que la cresta
de la hembra se desmochase.
De los ejemplos anteriores, vemos que
incluso con un tiempo casi ilimitado a disposición, sería un proceso
extremadamente difícil y complejo, quizás imposible, cambiar una forma de
transmisión a otra mediante la selección. Por lo tanto, sin evidencia clara en
cada caso, no estoy dispuesto a admitir que esto se haya logrado en especies
naturales. Por otro lado, mediante variaciones sucesivas, que fueron desde el
principio
sexualmente limitadas en su
transmisión, no habría la menor dificultad en hacer que un pájaro macho sea muy
diferente en color o en cualquier otro carácter de la hembra; esta última
podría dejarse inalterada, o ligeramente alterada, o especialmente modificada
para el bien de su protección.
Dado que los colores brillantes son
útiles para los machos en su rivalidad con otros machos, estos colores serían
seleccionados independientemente de si se transmitían exclusivamente al mismo
sexo. En consecuencia, cabría esperar que las hembras compartieran a menudo el
brillo de los machos en mayor o menor medida; y esto ocurre en numerosas
especies. Si todas las variaciones sucesivas se transmitieran por igual a ambos
sexos, las hembras serían indistinguibles de los machos; y esto también ocurre
en muchas aves. Sin embargo, si los colores apagados fueran de gran importancia
para la seguridad de la hembra durante la incubación, como ocurre en muchas
aves terrestres, las hembras que variaran en brillo, o que heredaran de los
machos un aumento notable de brillo, tarde o temprano serían destruidas. Pero
la tendencia de los machos a transmitir indefinidamente a sus crías hembras su
propio brillo tendría que eliminarse mediante un cambio en la forma de
herencia; y esto, como se muestra en nuestro ejemplo anterior, sería
extremadamente difícil. El resultado más probable de la destrucción prolongada
de las hembras de colores más brillantes, suponiendo que prevaleciera la misma
forma de transmisión, sería la disminución o aniquilación de los colores
brillantes de los machos, debido a su cruce continuo con las hembras más
apagadas. Sería tedioso analizar todos los demás resultados posibles; pero
recuerdo al lector que si se produjeran variaciones de brillo sexualmente
limitadas en las hembras, incluso si no les fueran perjudiciales y, en
consecuencia, no se eliminaran, no serían favorecidas ni seleccionadas, ya que
el macho suele aceptar a cualquier hembra y no selecciona a los individuos más
atractivos; por consiguiente, estas variaciones estarían sujetas a perderse y
tendrían poca influencia en el carácter de la raza; y esto ayudará a explicar
por qué las hembras suelen tener colores más apagados que los machos.
En el capítulo octavo se dieron
ejemplos, a los que se podrían añadir muchos más, de variaciones que ocurren a
distintas edades y se heredan a la edad correspondiente. También se demostró
que las variaciones que ocurren en etapas tardías de la vida suelen
transmitirse al mismo sexo en el que aparecen por primera vez; mientras que las
variaciones que ocurren en etapas tempranas de la vida tienden a transmitirse a
ambos sexos; no todos los casos de transmisión sexualmente limitada pueden
explicarse de esta manera. Se demostró además que si un ave macho variaba
volviéndose más brillante durante su juventud, tales variaciones no serían
útiles hasta que llegara la edad reproductiva y existiera competencia entre
machos rivales. Pero en el caso de las aves que viven en el suelo y que
comúnmente necesitan la protección de colores apagados, los tonos brillantes
serían mucho más peligrosos para las crías e inexpertas que para los machos
adultos. En consecuencia, los machos que variaban en brillo durante su juventud
sufrirían mucha destrucción y serían eliminados por selección natural. Por otro
lado, los machos que variaron de esta manera cuando estaban cerca de la
madurez, a pesar de estar expuestos a algún peligro adicional, podrían
sobrevivir y, al ser favorecidos por la selección sexual, procrearían su
especie. Como a menudo existe una relación entre el período de variación y la
forma de transmisión, si los machos jóvenes de colores brillantes fueran
destruidos y los maduros tuvieran éxito en su cortejo, solo los machos
adquirirían colores brillantes y los transmitirían exclusivamente a sus
descendientes. Pero de ninguna manera pretendo afirmar que la influencia de la
edad en la forma de transmisión sea la única causa de la gran diferencia de
brillantez entre los sexos de muchas aves.
Cuando los sexos de las aves difieren
en color, es interesante determinar si solo los machos han sido modificados por
selección sexual, dejando a las hembras sin cambios, o si solo han sido
modificados de forma parcial e indirecta; o si las hembras han sido modificadas
específicamente por selección natural con fines de protección. Por lo tanto,
analizaré esta cuestión con cierta extensión, incluso más de lo que merece su
importancia intrínseca, ya que así se podrán considerar convenientemente varios
puntos colaterales curiosos.
Antes de abordar el tema del color,
especialmente en relación con las conclusiones del Sr. Wallace, puede ser útil
analizar otras diferencias sexuales desde una perspectiva similar. Antiguamente
existía en Alemania una raza de gallinas (6. Bechstein, 'Naturgeschichte
Deutschlands', 1793, B. iii. 339) en la que las gallinas estaban provistas de
espolones; eran buenas ponedoras, pero perturbaban tanto sus nidos con los
espolones que no se les permitía empollar. Por lo tanto, en algún momento me
pareció probable que en las hembras de las Gallináceas silvestres el desarrollo
de espolones se hubiera visto frenado por selección natural, debido a los daños
que esto causaba a sus nidos. Esto parecía aún más probable, ya que los
espolones alares, que no serían perjudiciales durante la incubación, suelen
estar tan bien desarrollados en la hembra como en el macho; aunque en no pocos
casos son bastante más grandes en el macho. Cuando el macho posee espolones en
las patas, la hembra casi siempre exhibe rudimentos de ellos, a veces
consistentes en una simple escama, como en Gallus. Por lo tanto, podría
argumentarse que las hembras originalmente contaban con espolones bien
desarrollados, pero que estos se perdieron posteriormente por desuso o
selección natural. Pero si se acepta esta opinión, habría que extenderla a
innumerables casos más; e implica que las progenitoras femeninas de las
especies actuales con espolones estuvieron en su día dotadas de un apéndice
perjudicial.
En algunos géneros y especies, como
Galloperdix, Acomus y el pavo real de Java (Pavo muticus), tanto las hembras
como los machos poseen espolones bien desarrollados. ¿Debemos inferir de esto
que construyen un nido diferente al de sus parientes más cercanos, y que no es
susceptible a ser dañado por sus espolones, de modo que estos no han sido
retirados? ¿O debemos suponer que las hembras de estas especies requieren
espolones especialmente para su defensa? Es más probable concluir que tanto la
presencia como la ausencia de espolones en las hembras se deben a que han
prevalecido diferentes leyes de herencia, independientemente de la selección
natural. Dado que muchas hembras presentan espolones como rudimentos, podemos
concluir que algunas de las variaciones sucesivas, mediante las cuales se
desarrollaron en los machos, ocurrieron en etapas muy tempranas de la vida y,
en consecuencia, se transfirieron a las hembras. En los otros casos, mucho más
raros, en que las hembras poseen espolones completamente desarrollados, podemos
concluir que todas las variaciones sucesivas les fueron transferidas y que
gradualmente adquirieron y heredaron el hábito de no perturbar sus nidos.
Los órganos vocales y las plumas,
modificadas de diversas maneras para producir sonido, así como los instintos
adecuados para usarlos, a menudo difieren en ambos sexos, pero a veces son los
mismos en ambos. ¿Pueden explicarse estas diferencias porque los machos han
adquirido estos órganos e instintos, mientras que las hembras se han salvado de
heredarlos, debido al peligro al que se habrían expuesto al atraer la atención
de aves o animales de presa? Esto no me parece probable, considerando la
multitud de aves que con impunidad alegran el campo con sus cantos durante la
primavera. (7. Daines Barrington, sin embargo, pensó que era probable
('Philosophical Transactions', 1773, p. 164) que pocas hembras canten, porque
el talento habría sido peligroso para ellas durante la incubación. Agrega que
una visión similar puede posiblemente explicar la inferioridad de la hembra
respecto del macho en el plumaje). Es una conclusión más segura que, como los
órganos vocales e instrumentales son de utilidad especial solo para los machos
durante su cortejo, estos órganos se desarrollaron a través de la selección
sexual y su uso constante solo en ese sexo, habiendo sido las variaciones
sucesivas y los efectos del uso desde el principio más o menos limitados en la
transmisión a la descendencia masculina.
Se podrían aducir muchos casos
análogos; por ejemplo, las plumas de la cabeza son generalmente más largas en
el macho que en la hembra, a veces de igual longitud en ambos sexos y
ocasionalmente ausentes en la hembra; estos casos ocurren en el mismo grupo de
aves. Sería difícil explicar tal diferencia entre los sexos por el hecho de que
la hembra se benefició de poseer una cresta ligeramente más corta que el macho,
y su consecuente disminución o supresión total por selección natural. Pero
tomaré un caso más favorable: la longitud de la cola. La larga cola del pavo
real habría sido no solo incómoda, sino también peligrosa para la pava real
durante el período de incubación y mientras acompañaba a sus crías. Por lo
tanto, no hay la menor improbabilidad a priori de que el desarrollo de su cola
haya sido frenado por selección natural. Pero las hembras de varios faisanes,
que aparentemente están expuestas en sus nidos abiertos a tanto peligro como la
pava real, tienen colas de longitud considerable. Tanto las hembras como los
machos de Menura superba tienen colas largas y construyen un nido abovedado, lo
cual constituye una gran anomalía en un ave tan grande. Los naturalistas se han
preguntado cómo la hembra de Menura podía mantener la cola durante la
incubación; pero ahora se sabe (8. Sr. Ramsay, en 'Proc. Zoolog. Soc.' 1868,
pág. 50) que «entra al nido de cabeza y luego gira con la cola, a veces sobre
el lomo, pero con mayor frecuencia doblada hacia un lado. Así, con el tiempo,
la cola se torce bastante, lo que indica considerablemente el tiempo que el ave
ha permanecido posada». Ambos sexos del martín pescador australiano
(Tanysiptera sylvia) tienen las plumas medias de la cola muy alargadas, y la
hembra construye su nido en un agujero; y, según me informa el Sr. R.B. Sharpe,
estas plumas se arrugan mucho durante la incubación.
En estos dos últimos casos, la gran
longitud de las plumas de la cola debe ser, en cierta medida, incómoda para la
hembra; y como en ambas especies las plumas de la cola de la hembra son algo
más cortas que las del macho, podría argumentarse que su desarrollo completo se
vio impedido por la selección natural. Pero si el desarrollo de la cola de la
pava real se hubiera frenado solo cuando se volvió inoportuna o peligrosamente
grande, habría conservado una cola mucho más larga de la que realmente posee; pues
su cola no es tan larga, en relación con el tamaño de su cuerpo, como la de
muchas hembras de faisán, ni más larga que la de la hembra de pavo. También
debe tenerse en cuenta que, según esta opinión, tan pronto como la cola de la
pava real se volvió peligrosamente larga y su desarrollo se vio
consecuentemente frenado, habría repercutido continuamente en su descendencia
masculina, impidiendo así que el pavo real adquiriera su magnífica cola actual.
Por lo tanto, podemos inferir que la longitud de la cola en el pavo real y su
brevedad en la pava real son el resultado de las variaciones requeridas en el
macho que se transmitieron desde el principio solo a la descendencia masculina.
Llegamos a una conclusión casi
similar con respecto a la longitud de la cola en las diversas especies de
faisanes. En el faisán orejudo (Crossoptilon auritum), la cola tiene la misma
longitud en ambos sexos, concretamente entre dieciséis y diecisiete pulgadas;
en el faisán común, mide aproximadamente veinte pulgadas en el macho y doce en
la hembra; en el faisán de Soemmerring, treinta y siete pulgadas en el macho y
solo ocho en la hembra; y, por último, en el faisán de Reeve, a veces llega a
medir setenta y dos pulgadas en el macho y dieciséis en la hembra. Así, en las
diversas especies, la cola de la hembra difiere mucho en longitud,
independientemente de la del macho. y esto se puede explicar, según me parece,
con mucha más probabilidad, por las leyes de la herencia, es decir, por las
variaciones sucesivas que desde el principio han estado más o menos limitadas
en su transmisión al sexo masculino que por la acción de la selección natural,
como resultado de que la longitud de la cola sea más o menos perjudicial para
las hembras de estas diversas especies afines.
Podemos ahora considerar los
argumentos del Sr. Wallace respecto a la coloración sexual de las aves. Él cree
que los tonos brillantes adquiridos originalmente por los machos mediante
selección sexual se habrían transmitido, en todos o casi todos los casos, a las
hembras, a menos que la transferencia se hubiera frenado mediante selección
natural. Cabe recordar al lector que ya se han presentado varios hechos que
contradicen esta opinión en el estudio de reptiles, anfibios, peces y
lepidópteros. El Sr. Wallace basa su creencia principalmente, pero no
exclusivamente, como veremos en el próximo capítulo, en la siguiente afirmación
(9. «Journal of Travel», editado por A. Murray, vol. I, 1868, pág. 78): cuando
ambos sexos tienen colores muy visibles, el nido oculta al ave posada; pero
cuando hay un marcado contraste de color entre los sexos, siendo el macho
alegre y la hembra opaca, el nido está abierto y expone al ave posada a la
vista. Esta coincidencia, en su caso, ciertamente parece favorecer la creencia
de que las hembras que se instalan en nidos abiertos han sido modificadas
específicamente para su protección; pero pronto veremos que existe otra
explicación más probable: que las hembras llamativas han adquirido el instinto
de construir nidos abovedados con mayor frecuencia que las aves de colores
apagados. El Sr. Wallace admite que existen, como era de esperar, algunas
excepciones a sus dos reglas, pero la pregunta es si estas excepciones no son
tan numerosas como para invalidarlas seriamente.
En primer lugar, hay mucha verdad en
la observación del Duque de Argyll (10. «Journal of Travel», editado por A.
Murray, vol. i. 1868, p. 281) de que un nido grande y abovedado es más visible
para un enemigo, especialmente para todos los animales carnívoros que habitan
en los árboles, que un nido abierto más pequeño. No debemos olvidar que, en
muchas aves que construyen nidos abiertos, el macho incuba los huevos y ayuda a
la hembra a alimentar a las crías: este es el caso, por ejemplo, de Pyranga
aestiva (11. Audubon, «Ornithological Biography», vol. i. 233), una de las aves
más espléndidas de Estados Unidos, siendo el macho bermellón y la hembra verde
parduzco claro. Ahora bien, si los colores brillantes hubieran sido
extremadamente peligrosos para las aves mientras incubaban sus nidos abiertos,
los machos en estos casos habrían sufrido mucho. Sin embargo, podría ser de tal
importancia para el macho tener un color brillante, para poder vencer a sus
rivales, que esto podría haber compensado con creces algún peligro adicional.
El Sr. Wallace admite que, en el caso
de los cuervos reales (Dicrurus), los oropéndolas y las pítidas, las hembras
presentan colores llamativos, pero construyen nidos abiertos; pero sostiene que
las aves del primer grupo son muy belicosas y podrían defenderse; que las del
segundo grupo tienen sumo cuidado al ocultar sus nidos abiertos, pero esto no
siempre es así (12. Jerdon, «Aves de la India», vol. ii, pág. 108; Gould,
«Manual de las aves de Australia», vol. ip. 463); y que en el caso de las aves
del tercer grupo, las hembras presentan colores brillantes, principalmente en
la superficie inferior. Además de estos casos, las palomas, que a veces
presentan colores brillantes, y casi siempre llamativos, y que son notoriamente
propensas a los ataques de aves rapaces, constituyen una grave excepción a la
regla, ya que casi siempre construyen nidos abiertos y expuestos. En otra gran
familia, la de los colibríes, todas las especies construyen nidos abiertos; sin
embargo, en algunas de las especies más hermosas, los sexos son iguales; y en
la mayoría, las hembras, aunque menos brillantes que los machos, presentan
colores brillantes. Tampoco se puede afirmar que todas las hembras de colibrí,
que presentan colores brillantes, pasen desapercibidas por sus tonos verdes, ya
que algunas exhiben en la superficie superior rojo, azul y otros colores. (13.
Por ejemplo, la hembra de Eupetomena macroura tiene la cabeza y la cola de
color azul oscuro con el lomo rojizo; la hembra de Lampornis porphyrurus tiene
el lomo verde negruzco, con el lomo y los lados de la garganta carmesí; la
hembra de Eulampis jugularis tiene la parte superior de la cabeza y el dorso
verdes, pero el lomo y la cola son carmesí. Se podrían citar muchos otros
ejemplos de hembras muy llamativas. Véase el magnífico trabajo del Sr. Gould
sobre esta familia).
Respecto a las aves que construyen
nidos en agujeros o abovedados, se obtienen otras ventajas, como señala el Sr.
Wallace, además del ocultamiento, como refugio de la lluvia, mayor calor y, en
países cálidos, protección del sol (14. El Sr. Salvin notó en Guatemala
('Ibis', 1864, pág. 375) que los colibríes eran mucho menos dispuestos a
abandonar sus nidos durante el clima muy caluroso, cuando el sol brillaba
intensamente, como si sus huevos se dañaran, que durante el clima frío, nublado
o lluvioso); de modo que no es una objeción válida a su opinión de que muchas
aves que tienen ambos sexos de colores oscuros construyen nidos ocultos. (15.
Puedo especificar, como ejemplos de pájaros de colores apagados que construyen
nidos ocultos, las especies pertenecientes a ocho géneros australianos
descritos en el 'Handbook of the Birds of Australia' de Gould, vol. i, págs.
340, 362, 365, 383, 387, 389, 391, 414.) La hembra del bucero (Buceros), por
ejemplo, de la India y África, está protegida durante la incubación con extraordinario
cuidado, pues recubre con sus propios excrementos el orificio del agujero en el
que se sienta sobre sus huevos, dejando solo un pequeño orificio por el que el
macho la alimenta; de esta manera, se la mantiene prisionera durante todo el
período de incubación (16. Sr. C. Horne, 'Proc. Zoolog. Soc.' 1869, pág. 243);
sin embargo, las hembras del bucero no tienen colores más llamativos que muchas
otras aves del mismo tamaño que construyen nidos abiertos. Una objeción más
seria a la opinión del Sr. Wallace, como él mismo admite, es que en algunos
grupos los machos presentan colores brillantes y las hembras oscuras, y sin
embargo, estas últimas incuban sus huevos en nidos abovedados. Este es el caso
de las gralinas de Australia, las currucas soberbias (malúridas) del mismo
país, los pájaros sol (nectarínias) y varios melifágidos australianos. (17.
Sobre la nidificación y los colores de estas últimas especies, véase el «Manual
de las aves de Australia» de Gould, vol. I, págs. 504, 527).
Si observamos las aves de Inglaterra,
veremos que no existe una relación estrecha y general entre los colores de la
hembra y la naturaleza del nido que construye. Unas cuarenta de nuestras aves
británicas (excluyendo las de gran tamaño que podrían defenderse) construyen
nidos en agujeros en terraplenes, rocas o árboles, o en forma de cúpula. Si
tomamos los colores de la hembra de jilguero, camachuelo o mirlo como
referencia para determinar su grado de visibilidad, que no es muy peligroso
para la hembra posada, entonces, de las cuarenta aves mencionadas, solo doce
hembras pueden considerarse peligrosamente visibles, mientras que las
veintiocho restantes son poco visibles. (18. He consultado, sobre este tema,
'British Birds' de Macgillivray, y aunque en algunos casos se pueden tener
dudas con respecto al grado de ocultación del nido y al grado de visibilidad de
la hembra, las siguientes aves, que ponen sus huevos en agujeros o nidos
abovedados, difícilmente pueden considerarse, según el estándar anterior, como visibles:
Passer, 2 especies; Sturnus, cuya hembra es considerablemente menos brillante
que el macho; Cinclus; Motallica boarula (?); Erithacus (?); Fruticola, 2 sp.;
Saxicola; Ruticilla, 2 sp.; Sylvia, 3 sp.; Parus, 3 sp.; Mecistura; Anorthura;
Certhia; Sitta; Yunx; Muscicapa, 2 sp.; Hirundo, 3 sp.; y Cypselus. Las hembras
de las siguientes 12 aves pueden considerarse visibles. Según el mismo
estándar, a saber, Pastor, Motacilla alba, Parus major y P. caeruleus, Upupa,
Picus, 4 sp., Coracias, Alcedo y Merops. Tampoco existe una relación estrecha
dentro del mismo género entre una diferencia de color bien pronunciada entre
los sexos y la naturaleza del nido construido. Así, el gorrión común macho
(Passer domesticus) difiere mucho de la hembra, el gorrión molinero macho (P.
montanus) casi nada, y sin embargo ambos construyen nidos bien ocultos. Los dos
sexos del papamoscas común (Muscicapa grisola) apenas se pueden distinguir,
mientras que los sexos del papamoscas cerrojillo (M. luctuosa) difieren
considerablemente, y ambas especies construyen en agujeros u ocultan sus nidos.
La hembra del mirlo común (Turdus merula) difiere mucho, la hembra del mirlo
capiblanco (T. torquatus) difiere menos, y la hembra del zorzal común (T.
musicus) prácticamente nada de sus respectivos machos; sin embargo, todos
construyen nidos abiertos. Por otro lado, el mirlo acuático (Cinclus
aquaticus), pariente cercano, construye un nido abovedado, y los sexos difieren
casi tanto como en el mirlo capiblanco. El gallo lira y el urogallo colorado
(Tetrao tetrix y T. scoticus) construyen nidos abiertos en lugares igualmente
ocultos, pero en una especie los sexos difieren mucho, y en la otra muy poco.
A pesar de las objeciones anteriores,
tras leer el excelente ensayo del Sr. Wallace, no dudo de que, considerando las
aves del mundo, la gran mayoría de las especies en las que las hembras
presentan colores llamativos (y en este caso, los machos, con raras
excepciones, son igualmente llamativos), construyen nidos ocultos para
protegerse. El Sr. Wallace enumera (19. «Journal of Travel», editado por A.
Murray, vol. ip. 78) una larga serie de grupos en los que esta regla se cumple;
Pero bastará aquí con dar, como ejemplos, los grupos más conocidos de martines
pescadores, tucanes, trogones, pájaros bufadores (Capitonidae), comedores de
plátano (Musophagae), pájaros carpinteros y loros. El Sr. Wallace cree que en
estos grupos, a medida que los machos adquirieron gradualmente mediante
selección sexual sus colores brillantes, estos se transfirieron a las hembras y
no fueron eliminados por selección natural, debido a la protección que ya
disfrutaban de su forma de nidificación. Según esta opinión, su forma actual de
anidación se adquirió antes de sus colores actuales. Pero me parece mucho más
probable que, en la mayoría de los casos, a medida que las hembras se volvieron
gradualmente más y más brillantes al participar de los colores del macho,
gradualmente fueron llevadas a cambiar sus instintos (suponiendo que
originalmente construyeron nidos abiertos) y a buscar protección construyendo
nidos abovedados u ocultos. Nadie que estudie, por ejemplo, el relato de
Audubon sobre las diferencias en los nidos de la misma especie en el norte y el
sur de los Estados Unidos (20. Véanse muchas afirmaciones en la 'Biografía
ornitológica'. Véanse también algunas observaciones curiosas sobre los nidos de
las aves italianas de Eugenio Bettoni, en 'Atti della Società Italiana', vol. xi.
1869, pág. 487.), encontrarán grandes dificultades para admitir que las aves,
ya sea por un cambio (en el sentido estricto de la palabra) de sus hábitos, o
por la selección natural de las llamadas variaciones espontáneas del instinto,
podrían fácilmente ser llevadas a modificar su manera de anidar.
Esta perspectiva de la relación, en
la medida en que sea válida, entre los brillantes colores de las hembras y su
forma de anidar, se ve respaldada por ciertos casos ocurridos en el desierto
del Sahara. Aquí, como en la mayoría de los desiertos, diversas aves y muchos
otros animales han adaptado sus colores de forma excepcional a los matices de
la superficie circundante. Sin embargo, según me informa el reverendo Sr.
Tristram, existen algunas curiosas excepciones a la regla; así, el macho de la
Monticola cyanea destaca por su brillante color azul, y la hembra casi igual de
destacada por su plumaje moteado de marrón y blanco; ambos sexos de dos
especies de Dromolaea son de un negro brillante; de modo que estas tres
especies están lejos de recibir protección de sus colores, pero logran
sobrevivir, pues han adquirido la costumbre de refugiarse del peligro en
agujeros o grietas de las rocas.
Con respecto a los grupos
mencionados, en los que las hembras presentan colores llamativos y construyen
nidos ocultos, no es necesario suponer que cada especie tuviera su instinto de
nidificación especialmente modificado; solo que los primeros progenitores de
cada grupo fueron gradualmente inducidos a construir nidos abovedados o
ocultos, y posteriormente transmitieron este instinto, junto con sus colores
brillantes, a sus descendientes modificados. Hasta donde se puede confiar, la
conclusión es interesante: la selección sexual, junto con una herencia igual o
casi igual entre ambos sexos, ha determinado indirectamente la forma de
nidificación de grupos enteros de aves.
Según el Sr. Wallace, incluso en los
grupos en los que las hembras, al estar protegidas en nidos abovedados durante
la incubación, no han perdido sus colores brillantes por selección natural, los
machos a menudo difieren ligeramente, y en ocasiones considerablemente, de las
hembras. Este hecho es significativo, ya que tales diferencias de color deben
explicarse por el hecho de que algunas de las variaciones en los machos se
transmitieron desde el principio al mismo sexo; ya que difícilmente se puede
sostener que estas diferencias, especialmente cuando son muy leves, sirvan de
protección a la hembra. Así, todas las especies del espléndido grupo de los
trogones construyen en madrigueras; y el Sr. Gould proporciona cifras (21.
Véase su Monografía de los Trogonidae, 1.ª edición) de ambos sexos de
veinticinco especies, en todas las cuales, con una excepción parcial, los sexos
difieren a veces ligeramente, a veces notablemente, en color, siendo los machos
siempre más hermosos que las hembras, aunque estas últimas son igualmente
hermosas. Todas las especies de martines pescadores construyen madrigueras, y
en la mayoría de ellas los sexos son igualmente brillantes, y hasta aquí se
cumple la regla del Sr. Wallace; pero en algunas especies australianas, los
colores de las hembras son menos vivos que los del macho; y en una especie de
espléndidos colores, los sexos difieren tanto que al principio se pensó que
eran específicamente distintos. (22. A saber, Cyanalcyon, Gould's 'Handbook to
the Birds of Australia', vol. ip 133; véanse también las págs. 130, 136). El
Sr. R. B. Sharpe, quien ha estudiado especialmente este grupo, me ha mostrado
algunas especies americanas (Ceryle) en las que el pecho del macho está
cubierto de negro. Además, en Carcineutes, la diferencia entre los sexos es
evidente: en el macho, la superficie superior es de un azul apagado con bandas
negras, la superficie inferior es parcialmente de color leonado, y hay mucho
rojo alrededor de la cabeza. En la hembra, la superficie superior es de color
marrón rojizo con bandas negras, y la inferior blanca con marcas negras. Es
interesante observar que, como muestra de cómo el mismo estilo peculiar de
coloración sexual a menudo caracteriza a formas afines, en tres especies de
Dacelo el macho difiere de la hembra únicamente en que la cola es de color azul
opaco con bandas negras, mientras que la de la hembra es marrón con barras
negruzcas; de modo que, en este caso, la cola difiere en color en ambos sexos
exactamente de la misma manera que toda la superficie superior en ambos sexos
de Carcineutes.
En los loros, que también construyen
madrigueras, encontramos casos análogos: en la mayoría de las especies, ambos
sexos presentan colores brillantes e indistinguibles, pero en no pocas especies
los machos presentan colores más vivos que las hembras, o incluso muy
diferentes. Así, además de otras diferencias marcadas, toda la superficie
inferior del macho del Lori Real (Aprosmictus scapulatus) es escarlata,
mientras que la garganta y el pecho de la hembra son verdes con tintes rojizos.
En el Euphema splendida existe una diferencia similar; además, la cara y las
coberteras alares de la hembra son de un azul más pálido que las del macho.
(23. En los loros australianos se puede seguir cualquier gradación de
diferencia entre los sexos. Véase Gould's 'Handbook', etc., vol. ii, págs.
14-102.) En la familia de los herrerillos (Parinae), que construyen nidos
ocultos, la hembra de nuestro herrerillo común (Parus caeruleus) tiene colores
mucho menos brillantes que el macho; y en el magnífico herrerillo amarillo sultán
de la India, la diferencia es mayor. (24. Macgillivray's 'British Birds', vol.
ii, pág. 433. Jerdon, 'Birds of India', vol. ii, pág. 282.)
Además, en el gran grupo de los
pájaros carpinteros (25. Todos los datos siguientes se tomaron de la magnífica
«Monografía de los Picidios» de M. Malherbe, 1861), los sexos son generalmente
casi iguales, pero en el Megapicus validus todas las partes de la cabeza, el
cuello y el pecho, que son carmesí en el macho, son marrón pálido en la hembra.
Dado que en varios pájaros carpinteros la cabeza del macho es de un carmesí
brillante, mientras que la de la hembra es lisa, se me ocurrió que este color
podría hacer que la hembra llamara la atención peligrosamente cada vez que
sacara la cabeza del agujero que contenía su nido, y que, en consecuencia, este
color, de acuerdo con la creencia del Sr. Wallace, había sido eliminado. Esta
opinión se ve reforzada por lo que afirma Malherbe con respecto a Indopicus
carlotta; a saber, que las hembras jóvenes, al igual que los machos jóvenes,
tienen algo de carmesí alrededor de la cabeza, pero que este color desaparece
en la hembra adulta, mientras que se intensifica en el macho adulto. Sin
embargo, las siguientes consideraciones hacen que esta opinión sea
extremadamente dudosa: el macho toma una parte justa en la incubación (26.
Audubon's 'Ornithological Biography', vol. ii, pág. 75; véase también 'Ibis',
vol. ip. 268), y por lo tanto estaría expuesto casi por igual al peligro; ambos
sexos de muchas especies tienen la cabeza de un carmesí igualmente brillante;
en otras especies, la diferencia entre los sexos en la cantidad de escarlata es
tan leve que difícilmente puede hacer una diferencia apreciable en el peligro
que corren; y, por último, la coloración de la cabeza en los dos sexos a menudo
difiere ligeramente en otros aspectos.
Los casos, hasta ahora conocidos, de
diferencias de color leves y graduales entre machos y hembras en grupos donde,
por regla general, los sexos se parecen, se refieren a especies que construyen
nidos abovedados o ocultos. Sin embargo, también pueden observarse gradaciones
similares en grupos donde, por regla general, los sexos se parecen, pero que
construyen nidos abiertos.
Como ya he mencionado a los loros
australianos, aquí puedo mencionar, sin entrar en detalles, a las palomas
australianas. (27. Gould's 'Handbook to the Birds of Australia', vol. ii, págs.
109-149). Cabe destacar que, en todos estos casos, las ligeras diferencias de
plumaje entre los sexos son de la misma naturaleza general que las diferencias
ocasionalmente mayores. Un buen ejemplo de este hecho lo ofrecen los martines
pescadores, en los que la cola sola o toda la superficie superior del plumaje
difieren de la misma manera en ambos sexos. Casos similares se observan en
loros y palomas. Las diferencias de color entre los sexos de la misma especie
son, también, de la misma naturaleza general que las diferencias de color entre
las distintas especies del mismo grupo. Pues cuando, en un grupo en el que los
sexos suelen ser similares, el macho difiere considerablemente de la hembra, su
coloración no es completamente nueva. De aquí podemos inferir que dentro del
mismo grupo, los colores especiales de ambos sexos cuando son iguales, y los
colores del macho, cuando difiere ligeramente o incluso considerablemente de la
hembra, han sido determinados en la mayoría de los casos por la misma causa
general; ésta es la selección sexual.
No es probable, como ya se ha
señalado, que las diferencias de color entre los sexos, cuando son muy leves,
puedan servir de protección a la hembra. Suponiendo, sin embargo, que sean
útiles, podrían considerarse casos de transición; pero no tenemos motivos para
creer que muchas especies estén cambiando simultáneamente. Por lo tanto,
difícilmente podemos admitir que las numerosas hembras que difieren muy
ligeramente en color de sus machos estén comenzando a oscurecerse para
protegerse. Incluso si consideramos diferencias sexuales algo más marcadas, ¿es
probable, por ejemplo, que la cabeza de la hembra del pinzón vulgar, el carmesí
del pecho de la hembra del camachuelo común, el verde de la hembra del verderón
común, la cresta de la hembra del cucarachero cresta dorada, se hayan vuelto
menos brillantes por el lento proceso de selección para protegerse? No lo creo;
y menos aún con las ligeras diferencias entre los sexos de las aves que
construyen nidos ocultos. Por otra parte, las diferencias de color entre los sexos,
ya sean grandes o pequeñas, pueden explicarse en gran medida por el principio
de que las variaciones sucesivas, adquiridas por los machos mediante selección
sexual, han sido desde el principio más o menos limitadas en su transmisión a
las hembras. Que el grado de limitación difiera entre las distintas especies
del mismo grupo no sorprenderá a nadie que haya estudiado las leyes de la
herencia, pues son tan complejas que, en nuestra ignorancia, nos parecen
caprichosas en su acción. (28. Véanse las observaciones al respecto en
«Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación», vol. II, cap. XII).
Hasta donde he podido averiguar,
existen pocos grupos grandes de aves en los que todas las especies tengan ambos
sexos iguales y colores brillantes, pero según me ha dicho el Sr. Sclater, este
parece ser el caso de los Musophagae o comedores de plátano. Tampoco creo que
exista ningún grupo grande en el que los sexos de todas las especies sean muy
diferentes en color: el Sr. Wallace me informa que los cotingidae de Sudamérica
ofrecen uno de los mejores ejemplos; pero en algunas especies, donde el macho tiene
un espléndido pecho rojo, la hembra exhibe algo de rojo en él; y las hembras de
otras especies muestran rastros del verde y otros colores de los machos. No
obstante, nos encontramos cerca de una estrecha similitud o disimilitud sexual
en varios grupos; y esto, a juzgar por lo que se acaba de mencionar sobre la
naturaleza fluctuante de la herencia, es una circunstancia algo sorprendente.
Pero que las mismas leyes prevalezcan en gran medida en animales afines no es
sorprendente. Las aves domésticas han producido un gran número de razas y
subrazas, y en estas los sexos generalmente difieren en plumaje; por lo que se
ha observado como una circunstancia inusual que en ciertas subrazas se
parezcan. Por otro lado, la paloma doméstica también ha producido un gran
número de razas y subrazas distintas, y en estas, con raras excepciones, los
dos sexos son idénticos.
Por lo tanto, si otras especies de
Gallus y Columba fueran domesticadas y variadas, no sería precipitado predecir
que reglas similares de similitud y disimilitud sexual, dependiendo de la forma
de transmisión, se aplicarían en ambos casos. De igual manera, la misma forma
de transmisión ha prevalecido generalmente en la naturaleza en los mismos
grupos, aunque existen marcadas excepciones a esta regla. Así, dentro de la
misma familia o incluso género, los sexos pueden ser idénticos o muy diferentes
en color. Ya se han dado ejemplos en el mismo género, como en el caso de
gorriones, papamoscas, zorzales y urogallos. En la familia de los faisanes, los
sexos de casi todas las especies son sorprendentemente diferentes, pero son
bastante similares en el faisán orejudo o Crossoptilon auritum. En dos especies
de Chloephaga, un género de gansos, el macho no se distingue de las hembras,
excepto por el tamaño; mientras que en otras dos, los sexos son tan diferentes
que podrían confundirse fácilmente con especies distintas. (29. El 'Ibis', vol.
vi. 1864, p. 122.)
Las leyes de la herencia son las
únicas que pueden explicar los siguientes casos, en los que la hembra adquiere,
en etapas tardías de su vida, ciertos caracteres propios del macho y,
finalmente, llega a parecerse a él de forma más o menos completa. En este caso,
la protección difícilmente pudo haber entrado en juego. El Sr. Blyth me informa
que las hembras de Oriolus melanocephalus y de algunas especies afines, cuando
alcanzan la madurez suficiente para reproducirse, difieren considerablemente en
el plumaje de los machos adultos; pero después de la segunda o tercera muda,
solo difieren en que sus picos tienen un ligero tinte verdoso. En el avetoro
enano (Ardetta), según la misma autoridad, «el macho adquiere su librea
definitiva en la primera muda, la hembra no antes de la tercera o cuarta muda;
mientras tanto, presenta un atavío intermedio, que finalmente se intercambia
por la misma librea que la del macho». De nuevo, la hembra de Falco peregrinus
adquiere su plumaje azul más lentamente que el macho. El Sr. Swinhoe afirma
que, en el caso de un alcaudón drongo (Dicrurus macrocercus), el macho, casi un
polluelo, muda su suave plumaje marrón y adquiere un color negro verdoso
uniforme y brillante; sin embargo, la hembra conserva durante mucho tiempo las
estrías y manchas blancas en las plumas axilares, y no adquiere completamente
el color negro uniforme del macho hasta tres años después. El mismo excelente
observador señala que, en la primavera del segundo año, la hembra de la
espátula (Platalea) de China se asemeja al macho del primer año, y que, al
parecer, no es hasta la tercera primavera que adquiere el mismo plumaje adulto
que poseía el macho a una edad mucho más temprana. La hembra de Bombycilla
carolinensis difiere muy poco del macho, pero los apéndices, que como cuentas
de lacre rojo adornan las plumas de las alas (30. Cuando el macho corteja a la
hembra, estos adornos vibran y “se lucen con gran ventaja” en las alas
extendidas: A. Leith Adams, 'Field and Forest Rambles', 1873, pág. 153.), no se
desarrollan en ella tan temprano en la vida como en el macho. En el macho de un
periquito indio (Palaeornis javanicus) la mandíbula superior es de color rojo
coral desde su más temprana juventud, pero en la hembra, como el Sr. Blyth ha
observado con aves enjauladas y salvajes, al principio es negra y no se vuelve
roja hasta que el ave tiene al menos un año de edad, edad a la que los sexos se
parecen entre sí en todos los aspectos. Ambos sexos del pavo salvaje están
finalmente provistos de un penacho de cerdas en el pecho, pero en aves de dos
años el penacho mide aproximadamente cuatro pulgadas de largo en el macho y
apenas es aparente en la hembra; sin embargo, cuando esta última ha cumplido su
cuarto año, mide de cuatro a cinco pulgadas de largo. (31. Sobre Ardetta, Traducción
de 'Regne Animal' de Cuvier, por el Sr. Blyth, nota al pie, pág. 159. Sobre el
halcón peregrino, el Sr. Blyth, en 'Mag. of Nat. Hist.' de Charlesworth, vol.
i. 1837, pág. 304. Sobre Dicrurus, 'Ibis', 1863, pág. 44. Sobre Platalea,
'Ibis', vol. vi. 1864, pág. 366. Sobre Bombycilla, 'Ornitholog. Biography' de
Audubon, vol. i. 229. Sobre Palaeornis, véase también,Jerdon, 'Aves de la
India', vol. ip. 263. Sobre el pavo salvaje, Audubon, ibíd., vol. ip. 15; pero
he oído del juez Caton que en Illinois la hembra rara vez desarrolla un
penacho. Casos análogos con las hembras de Petrocossyphus los presenta el Sr.
R. Sharpe, 'Actas de la Sociedad Zoológica', 1872, pág. 496.
Estos casos no deben confundirse con
aquellos en los que las hembras enfermas o viejas asumen anormalmente
caracteres masculinos, ni con aquellos en los que las hembras fértiles,
mientras son jóvenes, adquieren los caracteres del macho, a través de variación
o alguna causa desconocida. (32. De estos últimos casos, el Sr. Blyth ha
registrado (Traducción de 'Regne Animal' de Cuvier, pág. 158) varios casos con
Lanius, Ruticilla, Linaria y Anas. Audubon también ha registrado un caso
similar ('Ornitholog. Biography', vol. vp 519) con Pyranga aestiva.) Pero todos
estos casos tienen tanto en común que dependen, según la hipótesis de la
pangénesis, de que las gémulas derivadas de cada parte del macho estén
presentes, aunque latentes, en la hembra; su desarrollo sigue a algún ligero
cambio en las afinidades electivas de sus tejidos constituyentes.
Cabe añadir algunas palabras sobre
los cambios de plumaje según la estación del año. Por las razones expuestas,
cabe duda de que las elegantes plumas, las largas plumas colgantes, las
crestas, etc., de las garcetas, garzas y muchas otras aves, que se desarrollan
y conservan solo durante el verano, tienen fines ornamentales y nupciales,
aunque son comunes a ambos sexos. De este modo, la hembra se vuelve más visible
durante el período de incubación que durante el invierno; pero aves como las
garzas y garcetas podrían defenderse. Sin embargo, como las plumas
probablemente serían incómodas y, desde luego, inútiles durante el invierno, es
posible que el hábito de mudar dos veces al año se haya adquirido gradualmente
por selección natural para desprenderse de adornos incómodos durante el
invierno. Sin embargo, esta opinión no puede extenderse a las numerosas aves
limícolas, cuyos plumajes de verano e invierno difieren muy poco en color. En
especies indefensas, en las que ambos sexos, o solo los machos, se vuelven extremadamente
visibles durante la época reproductiva, o cuando los machos adquieren en esta
época plumas en las alas o la cola tan largas que les impiden volar, como en el
caso de Cosmetornis y Vidua, parece a primera vista muy probable que la segunda
muda se haya realizado con el propósito específico de desprenderse de estos
adornos. Sin embargo, debemos recordar que muchas aves, como algunas aves del
paraíso, el faisán argénteo y el pavo real, no mudan sus plumas durante el
invierno; y difícilmente se puede afirmar que la constitución de estas aves, al
menos de las Gallináceas, imposibilite una doble muda, ya que la perdiz nival
muda tres veces al año. (33. Véase 'Aves de Gran Bretaña' de Gould.) Por lo
tanto, debe considerarse dudoso que las muchas especies que mudan sus plumas
ornamentales o pierden sus colores brillantes durante el invierno hayan
adquirido este hábito debido a los inconvenientes o peligros que de otro modo
habrían sufrido.
Concluyo, por lo tanto, que el hábito
de mudar dos veces al año se adquirió inicialmente, en la mayoría de los casos,
con un propósito específico, quizás para obtener un abrigo invernal más cálido;
y que las variaciones en el plumaje que se producen durante el verano se
acumularon mediante selección sexual y se transmitieron a la descendencia en la
misma época del año; que dichas variaciones fueron heredadas por ambos sexos o
solo por los machos, según el tipo de herencia predominante. Esto parece más probable
que la idea de que las especies, en todos los casos, tendieran originalmente a
conservar su plumaje ornamental durante el invierno, pero se salvaron de esto
mediante selección natural, como resultado de la inconveniencia o el peligro
que esto causó.
En este capítulo he intentado
demostrar que los argumentos a favor de la idea de que las armas, los colores
brillantes y los diversos adornos se limitan ahora a los machos debido a la
conversión, por selección natural, de la transmisión equitativa de caracteres a
ambos sexos a una transmisión exclusiva al sexo masculino. También es dudoso
que los colores de muchas hembras se deban a la preservación, con fines de
protección, de variaciones que desde un principio se transmitieron
exclusivamente al sexo femenino. Sin embargo, será conveniente aplazar
cualquier discusión adicional sobre este tema hasta que trate, en el siguiente
capítulo, las diferencias en el plumaje entre jóvenes y adultos.
CAPÍTULO XVI.
AVES—conclusión.
El plumaje inmaduro en relación con
el carácter del plumaje en ambos sexos cuando son adultos—Seis clases de
casos—Diferencias sexuales entre los machos de especies estrechamente
relacionadas o representativas—La hembra asumiendo los caracteres del macho—Plumaje
de los jóvenes en relación con el plumaje de verano e invierno de los
adultos—Sobre el aumento de la belleza en las aves del mundo—Coloración
protectora—Aves de colores llamativos—Novedad apreciada—Resumen de los cuatro
capítulos sobre Aves.
Ahora debemos considerar la
transmisión de caracteres, limitada por la edad, en relación con la selección
sexual. No es necesario discutir aquí la veracidad e importancia del principio
de la herencia a edades correspondientes, pues ya se ha dicho bastante sobre el
tema. Antes de presentar las diversas reglas o clases de casos, bastante
complejas, bajo las cuales se pueden incluir las diferencias de plumaje entre
jóvenes y viejos, según mi conocimiento, conviene hacer algunas observaciones
preliminares.
En animales de todo tipo, cuando los
adultos difieren en color de las crías, y los colores de estas últimas no son,
hasta donde sabemos, de ninguna utilidad especial, generalmente pueden
atribuirse, al igual que diversas estructuras embriológicas, a la conservación
de un carácter anterior. Pero esta opinión solo puede sostenerse con certeza
cuando las crías de varias especies se parecen mucho entre sí y también a otras
especies adultas pertenecientes al mismo grupo; pues estas últimas son la
prueba viviente de que tal estado de cosas era posible en el pasado. Los leones
y pumas jóvenes presentan marcas tenues o hileras de manchas, y como muchas
especies afines, tanto jóvenes como adultas, presentan marcas similares, ningún
defensor de la evolución dudará de que el progenitor del león y el puma fue un
animal rayado, y que las crías han conservado vestigios de las rayas, como los
gatitos de los gatos negros, que no presentan ninguna raya al crecer. Muchas
especies de ciervos, que en la madurez no presentan manchas, están cubiertas de
manchas blancas durante su juventud, al igual que algunas especies en la edad
adulta. De igual manera, las crías de toda la familia de los suidos, y de
ciertos animales lejanamente emparentados, como el tapir, presentan rayas longitudinales
oscuras; pero aquí tenemos un carácter aparentemente derivado de un progenitor
extinto, y ahora preservado únicamente por las crías. En todos estos casos, los
ejemplares viejos han cambiado de color con el paso del tiempo, mientras que
las crías han permanecido prácticamente sin cambios, y esto se ha debido al
principio de la herencia a edades correspondientes.
Este mismo principio se aplica a
muchas aves pertenecientes a diversos grupos, en las que las crías se parecen
mucho entre sí y difieren mucho de sus respectivos progenitores adultos. Las
crías de casi todas las Gallináceas, y de algunas aves lejanamente
emparentadas, como los avestruces, están cubiertas de plumón rayado
longitudinalmente; pero esta característica nos remite a un estado de cosas tan
remoto que apenas nos concierne. Los piquituertos jóvenes (Loxia) tienen al
principio picos rectos como los de otros pinzones, y en su plumaje estriado
inmaduro se asemejan al palo rojo adulto y a la hembra del jilguero, así como a
las crías del jilguero, el verderón y algunas otras especies afines. Las crías
de muchos tipos de escribanos (Emberiza) se parecen entre sí, al igual que la
edad adulta del escribano común, E. miliaria. En casi todo el gran grupo de los
zorzales, las crías tienen el pecho moteado, una característica que muchas
especies conservan durante toda su vida, pero que otras, como el Turdus migratorius,
pierden por completo. De nuevo, con muchos zorzales, las plumas del dorso están
moteadas antes de su primera muda, y esta característica se conserva de por
vida en ciertas especies orientales. Las crías de muchas especies de alcaudones
(Lanius), de algunos pájaros carpinteros y de una paloma india (Chalcophaps
indicus), presentan rayas transversales en la superficie inferior; y ciertas
especies afines o géneros completos presentan marcas similares en la edad
adulta. En algunos resplandecientes cucos indios (Chrysococcyx), estrechamente
emparentados, las especies maduras difieren considerablemente entre sí en
color, pero las crías no se pueden distinguir. Las crías de un ganso indio
(Sarkidiornis melanonotus) se parecen mucho en plumaje a un género afín,
Dendrocygna, cuando maduran. (1. Con respecto a los zorzales, alcaudones y
pájaros carpinteros, véase al Sr. Blyth, en 'Mag. of Nat. Hist.' de
Charlesworth, vol. i. 1837, pág. 304; también nota a pie de página de su
traducción de 'Regne Animal' de Cuvier, pág. 159. Cito el caso de Loxia con la
información del Sr. Blyth. Sobre los zorzales, véase también Audubon, 'Ornith.
Biog.' vol. ii. pág. 195. Sobre Chrysococcyx y Chalcophaps, Blyth, como se cita
en 'Birds of India' de Jerdon, vol. iii. pág. 485. Sobre Sarkidiornis, Blyth,
en 'Ibis', 1867, pág. 175.) De aquí en adelante se darán hechos similares con
respecto a ciertas garzas. Los gallos lira jóvenes (Tetrao tetrix) se parecen
tanto a los jóvenes como a los adultos de otras especies, como el gallo rojo o
T. scoticus. Finalmente, como bien ha señalado el Sr. Blyth, quien ha estudiado
detenidamente este tema, las afinidades naturales de muchas especies se
manifiestan mejor en su plumaje inmaduro; y como las verdaderas afinidades de
todos los seres orgánicos dependen de su descendencia de un progenitor común,
esta observación confirma firmemente la creencia de que el plumaje inmaduro nos
muestra aproximadamente la condición anterior o ancestral de la especie.
Aunque muchas aves jóvenes,
pertenecientes a diversas familias, nos permiten vislumbrar el plumaje de sus
progenitores remotos, existen muchas otras aves, tanto de colores apagados como
brillantes, cuyas crías se parecen mucho a sus progenitores. En tales casos,
las crías de las diferentes especies no pueden parecerse más entre sí que sus
progenitores; ni pueden asemejarse notablemente a formas afines cuando son
adultas. Nos ofrecen poca información sobre el plumaje de sus progenitores,
salvo que, cuando las crías y los adultos presentan la misma coloración general
en todo un grupo de especies, es probable que sus progenitores tuvieran una
coloración similar.
Podemos ahora considerar las clases
de casos bajo las cuales se pueden agrupar las diferencias y semejanzas entre
el plumaje de los jóvenes y los viejos, en ambos sexos o en uno solo. Reglas de
este tipo fueron enunciadas por primera vez por Cuvier; pero con el progreso
del conocimiento requieren alguna modificación y ampliación. Esto lo he
intentado hacer, en la medida en que la extrema complejidad del tema lo
permite, a partir de información derivada de diversas fuentes; pero un ensayo
completo sobre este tema por parte de un ornitólogo competente es muy
necesario. Para determinar hasta qué punto prevalece cada regla, he tabulado
los datos dados en cuatro grandes obras, a saber, por Macgillivray sobre las
aves de Gran Bretaña, Audubon sobre las de Norteamérica, Jerdon sobre las de la
India y Gould sobre las de Australia. Aquí puedo partir de la premisa, primero,
de que los diversos casos o reglas se gradúan entre sí; y en segundo lugar, que
cuando se dice que las crías se parecen a sus padres, no se quiere decir que
sean idénticamente iguales, pues sus colores son casi siempre menos vivos y las
plumas son más suaves y a menudo de forma diferente.
REGLAS O CLASES DE CASOS.
I. Cuando el macho adulto es más
bello o llamativo que la hembra adulta, las crías de ambos sexos en su primer
plumaje se parecen mucho a la hembra adulta, como sucede con el gallo común y
el pavo real; o, como ocurre ocasionalmente, se parecen a ella mucho más que al
macho adulto.
II. Cuando la hembra adulta es más
visible que el macho adulto, como ocurre a veces, aunque raramente, las crías
de ambos sexos en su primer plumaje se parecen al macho adulto.
III. Cuando el macho adulto se parece
a la hembra adulta, las crías de ambos sexos tienen un primer plumaje peculiar,
como en el caso del petirrojo.
IV. Cuando el macho adulto se parece
a la hembra adulta, las crías de ambos sexos en su primer plumaje se parecen a
los adultos, como ocurre con el martín pescador, muchos loros, cuervos y
currucas.
V. Cuando los adultos de ambos sexos
presentan un plumaje invernal y estival distintivo, independientemente de si el
macho difiere de la hembra, las crías se asemejan a los adultos de ambos sexos
en su apareamiento invernal, o mucho más raramente en su apareamiento estival,
o se asemejan únicamente a las hembras. O bien, las crías pueden presentar un
carácter intermedio; o bien, pueden diferir considerablemente de los adultos en
ambos plumajes estacionales.
VI. En algunos casos, las crías en su
primer plumaje difieren entre sí según el sexo; los machos jóvenes se parecen
más o menos a los machos adultos, y las hembras jóvenes a las hembras adultas.
CLASE I. — En esta clase, las crías
de ambos sexos se parecen más o menos a la hembra adulta, mientras que el macho
adulto difiere de la hembra adulta, a menudo de forma muy notoria. Se podrían
citar innumerables ejemplos en todos los órdenes; basta con recordar el faisán
común, el pato y el gorrión común. Los casos de esta clase se clasifican en
otras. Así, los dos sexos en la edad adulta pueden diferir tan ligeramente, y
las crías tan poco de los adultos, que es dudoso que tales casos deban
clasificarse en la clase actual, o en la tercera o cuarta. De igual modo, las
crías de ambos sexos, en lugar de ser muy parecidas, pueden diferir ligeramente
entre sí, como en nuestra sexta clase. Sin embargo, estos casos de transición
son escasos, o al menos no muy pronunciados, en comparación con los que se
clasifican estrictamente en la clase actual.
La fuerza de la presente ley se
demuestra bien en aquellos grupos en los que, por regla general, los dos sexos
y las crías son todos iguales, pues cuando en estos grupos el macho difiere de
la hembra, como ocurre con ciertos loros, martines pescadores, palomas, etc.,
las crías de ambos sexos se parecen a la hembra adulta. (2. Véase, por ejemplo,
el relato del Sr. Gould ('Handbook to the Birds of Australia', vol. ip 133)
sobre Cyanalcyon (uno de los martines pescadores), en el que, sin embargo, el
macho joven, aunque se parece a la hembra adulta, tiene un color menos
brillante. En algunas especies de Dacelo, los machos tienen colas azules y las
hembras marrones; y el Sr. RB Sharpe me informa que la cola del macho joven de
D. gaudichaudi es al principio marrón. El Sr. Gould ha descrito (ibid. vol. ii.
págs. 14, 20, 37) los sexos y las crías de ciertas cacatúas negras y del lori
real, con los que prevalece la misma regla. También Jerdon ('Birds of India',
vol. ip 260) sobre Palaeornis rosa, en el que las crías se parecen más a la
hembra que al macho. Véase Audubon ('Ornithological Biography', vol. ii. (p.
475) sobre los dos sexos y las crías de Columba passerina.) Vemos el mismo
hecho exhibido aún más claramente en ciertos casos anómalos; así, el macho de
Heliothrix auriculata (uno de los colibríes) difiere notablemente de la hembra
al tener una espléndida gorguera y finos penachos en las orejas, pero la hembra
es notable por tener una cola mucho más larga que la del macho; ahora bien, las
crías de ambos sexos se parecen (con la excepción del pecho que está manchado
de bronce) a la hembra adulta en todos los demás aspectos, incluida la longitud
de su cola, de modo que la cola del macho en realidad se vuelve más corta a
medida que alcanza la madurez, lo cual es una circunstancia muy inusual. (3.
Debo esta información al Sr. Gould, quien me mostró los especímenes; véase
también su «Introducción a los Trochilidae», 1861, pág. 120). Además, el
plumaje del macho de serreta grande (Mergus serreta) presenta colores más llamativos
que el de la hembra, con la escápula y las plumas secundarias del ala mucho más
largas. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre, que yo sepa, en cualquier
otra ave, la cresta del macho adulto, aunque más ancha que la de la hembra, es
considerablemente más corta, con apenas poco más de una pulgada de longitud; la
cresta de la hembra mide dos pulgadas y media. Ahora bien, las crías de ambos
sexos se parecen mucho a la hembra adulta, de modo que sus crestas son, de
hecho, más largas, aunque más estrechas, que las del macho adulto. (4.
Macgillivray, «Hist. Brit. Birds», vol. v. págs. 207-214).
Cuando las crías y las hembras se
parecen mucho y ambas difieren de los machos, la conclusión más obvia es que
solo los machos han sido modificados. Incluso en los casos anómalos de
Heliothrix y Mergus, es probable que originalmente ambos sexos adultos estuvieran
dotados —una especie con una cola muy alargada y la otra con una cresta muy
alargada—, caracteres que los machos adultos perdieron parcialmente por alguna
causa inexplicable y que se transmitieron en su estado disminuido solo a sus
crías machos, al alcanzar la edad de madurez correspondiente. La creencia de
que en la clase actual solo el macho ha sido modificado, en lo que respecta a
las diferencias entre el macho y la hembra junto con sus crías, está
fuertemente apoyada por algunos hechos notables registrados por el Sr. Blyth
(5. Véase su admirable artículo en el 'Journal of the Asiatic Soc. of Bengal',
vol. xix. 1850, pág. 223; véase también Jerdon, 'Birds of India', vol. i.
introducción, pág. xxix. Con respecto a Tanysiptera, el profesor Schlegel le
dijo al Sr. Blyth que podía distinguir varias razas distintas, únicamente
comparando los machos adultos.), con respecto a especies estrechamente
relacionadas que se representan entre sí en distintos países. Porque con varias
de estas especies representativas, los machos adultos han sufrido una cierta
cantidad de cambio y pueden distinguirse; las hembras y las crías de los
distintos países son indistinguibles y, por lo tanto, absolutamente
inalteradas. Es el caso de ciertas aves indias (Thamnobia), de ciertos mieleros
(Nectarinia), de los alcaudones (Tephrodornis), de ciertos martines pescadores
(Tanysiptera), de los faisanes de Kalij (Gallophasis) y de las perdices
arbóreas (Arboricola).
En algunos casos análogos,
concretamente en aves con plumaje de verano e invierno diferente, pero con
ambos sexos prácticamente idénticos, ciertas especies estrechamente
relacionadas pueden distinguirse fácilmente en su plumaje de verano o nupcial,
pero son indistinguibles tanto en su plumaje de invierno como en su plumaje
inmaduro. Este es el caso de algunas de las Motacillae, estrechamente
relacionadas. El Sr. Swinhoe (6. Véase también el Sr. Swinhoe, en 'Ibis', julio
de 1863, pág. 131; y un artículo anterior, con un extracto de una nota del Sr.
Blyth, en 'Ibis', enero de 1861, pág. 25) me informa que tres especies de
Ardeola, un género de garzas, que se representan mutuamente en continentes
separados, son notablemente diferentes cuando están adornadas con sus plumas de
verano, pero son difícilmente distinguibles, o incluso indistinguibles, durante
el invierno. Las crías de estas tres especies, en su plumaje inmaduro, se
parecen mucho a los adultos con su apareamiento invernal. Este caso es aún más
interesante, ya que en otras dos especies de Ardeola, ambos sexos conservan,
durante el invierno y el verano, casi el mismo plumaje que poseen las tres
primeras especies durante el invierno y en su estado inmaduro; y este plumaje,
común a varias especies distintas en diferentes edades y estaciones,
probablemente nos muestra cómo eran coloreados los progenitores del género. En
todos estos casos, el plumaje nupcial, que podemos suponer fue adquirido
originalmente por los machos adultos durante la época reproductiva y
transmitido a los adultos de ambos sexos en la época correspondiente, se ha
modificado, mientras que los plumajes invernales e inmaduros se han mantenido
inalterados.
Surge naturalmente la pregunta: ¿cómo
es que en estos últimos casos el plumaje invernal de ambos sexos, y en los
primeros, el plumaje de las hembras adultas, así como el plumaje inmaduro de
las crías, no se han visto afectados en absoluto? Las especies que se
representan mutuamente en distintos países casi siempre habrán estado expuestas
a condiciones algo diferentes, pero difícilmente podemos atribuir a esta acción
la modificación del plumaje solo en los machos, ya que las hembras y las crías,
aunque expuestas de forma similar, no se han visto afectadas. Casi ningún hecho
nos muestra con mayor claridad la importancia secundaria de la acción directa
de las condiciones de vida, en comparación con la acumulación por selección de
variaciones indefinidas, que la sorprendente diferencia entre los sexos de
muchas aves; pues ambas habrán consumido el mismo alimento y estado expuestas
al mismo clima. Sin embargo, no nos impide creer que, con el tiempo, nuevas
condiciones puedan producir algún efecto directo en ambos sexos, o que, a
partir de sus diferencias constitucionales, afecte principalmente a uno de
ellos. Solo vemos que esto es de importancia secundaria a los resultados
acumulados de la selección. Sin embargo, a juzgar por una analogía
generalizada, cuando una especie migra a un nuevo país (y esto debe preceder a
la formación de especies representativas), las condiciones cambiantes a las que
casi siempre habrá estado expuesta provocarán cierta variabilidad fluctuante.
En este caso, la selección sexual, que depende de un elemento susceptible de
cambio —el gusto o la admiración de la hembra— habrá tenido nuevos matices de
color u otras diferencias sobre las que actuar y acumular; y como la selección
sexual siempre está activa, sería sorprendente (según lo que sabemos de los
resultados de la selección involuntaria del hombre en los animales domésticos)
que los animales que habitan en regiones separadas, que nunca pueden cruzarse
y, por lo tanto, mezclar sus caracteres recién adquiridos, no se modificaran de
forma diferente después de un lapso de tiempo suficiente. Estas observaciones
también se aplican al plumaje nupcial o de verano, ya sea exclusivo de los
machos o común a ambos sexos.
Aunque las hembras de las especies
representativas o estrechamente relacionadas mencionadas, junto con sus crías,
apenas difieren entre sí, de modo que solo los machos pueden distinguirse, las
hembras de la mayoría de las especies dentro del mismo género obviamente
difieren entre sí. Sin embargo, las diferencias rara vez son tan grandes como
entre los machos. Vemos esto claramente en toda la familia de las Gallinaceae:
las hembras, por ejemplo, del faisán común y del faisán japonés, y
especialmente del faisán dorado y del faisán de Amherst, del faisán plateado y
del gallo silvestre, se parecen mucho entre sí en color, mientras que los
machos difieren en un grado extraordinario. Lo mismo ocurre con las hembras de
la mayoría de las familias Cotingidae, Fringillidae y muchas otras. De hecho,
no puede haber duda de que, como regla general, las hembras han sido menos
modificadas que los machos. Sin embargo, algunas pocas aves ofrecen una
excepción singular e inexplicable; Así, las hembras de Paradisea apoda y P. papuana
difieren entre sí más que sus respectivos machos (7. Wallace, 'The Malay
Archipelago', vol. ii. 1869, pág. 394); la hembra de esta última especie tiene
la superficie inferior de color blanco puro, mientras que la hembra de P. apoda
es de color marrón oscuro por debajo. Así, de nuevo, según me dice el profesor
Newton, los machos de dos especies de Oxynotus (alcaudones), que se representan
mutuamente en las islas Mauricio y Borbón (8. Estas especies se describen con
figuras coloreadas por MF Pollen en 'Ibis', 1866, pág. 275), difieren poco en
color, mientras que las hembras difieren mucho. En la especie Borbón, la hembra
parece haber conservado parcialmente una condición inmadura del plumaje, ya que
a primera vista "podría confundirse con las crías de la especie
mauriciana". Estas diferencias pueden compararse con aquellas
inexplicables que ocurren independientemente de la selección humana en ciertas
subrazas de aves de pelea, en las que las hembras son muy diferentes, mientras
que los machos apenas pueden distinguirse. (9. 'Variación de los animales',
etc., vol. ip 251.)
Dado que atribuyo en gran medida las
diferencias entre los machos de especies afines a la selección sexual, ¿cómo
pueden explicarse las diferencias entre las hembras en todos los casos
ordinarios? No es necesario considerar aquí las especies que pertenecen a
géneros distintos; pues en estas, la adaptación a diferentes hábitos de vida y
otros factores habrán entrado en juego. En cuanto a las diferencias entre las
hembras dentro del mismo género, me parece casi seguro, tras examinar varios
grupos grandes, que el factor principal ha sido la mayor o menor transferencia
a la hembra de los caracteres adquiridos por los machos mediante selección
sexual. En los diversos pinzones británicos, los dos sexos difieren muy poco o
considerablemente; y si comparamos las hembras del verderón, el pinzón vulgar,
el jilguero, el camachuelo común, el piquituerto, el gorrión, etc., veremos que
difieren principalmente entre sí en los puntos en que se asemejan parcialmente
a sus respectivos machos; y los colores de los machos pueden atribuirse con
seguridad a la selección sexual. En muchas especies de gallináceas, los sexos
difieren enormemente, como en el pavo real, el faisán y el gallo, mientras que
en otras especies se ha observado una transferencia parcial o incluso completa
de caracteres del macho a la hembra. Las hembras de varias especies de
Polyplectron exhiben, aunque tenues, y principalmente en la cola, los
espléndidos ocelos de los machos. La perdiz hembra se diferencia del macho
únicamente en que la marca roja del pecho es más pequeña; y la hembra del pavo
salvaje solo en que sus colores son mucho más apagados. En la pintada, los dos
sexos son indistinguibles. No es improbable que el plumaje, sencillo aunque
peculiarmente moteado, de esta última ave haya sido adquirido por selección
sexual por los machos y luego transmitido a ambos sexos; pues no difiere
esencialmente del plumaje moteado, mucho más hermoso, característico únicamente
de los machos de los faisanes de Tragopán.
Cabe observar que, en algunos casos,
la transferencia de caracteres del macho a la hembra se ha producido
aparentemente en un período remoto, habiendo experimentado el macho grandes
cambios posteriormente, sin transferir a la hembra ninguno de los caracteres
adquiridos posteriormente. Por ejemplo, la hembra y las crías del gallo lira
(Tetrao tetrix) se parecen bastante a ambos sexos y a las crías del gallo rojo
(T. scoticus); por lo tanto, podemos inferir que el gallo lira desciende de una
especie antigua, cuyos dos sexos presentaban una coloración prácticamente
idéntica a la del gallo rojo. Dado que ambos sexos de esta última especie
presentan un barrado más marcado durante la época reproductiva que en cualquier
otro momento, y que el macho difiere ligeramente de la hembra en sus tonos
rojos y marrones más pronunciados (10. Macgillivray, «Historia de las aves
británicas», vol. i, págs. 172-174), podemos concluir que su plumaje ha sido
influenciado por la selección sexual, al menos hasta cierto punto. De ser así,
podemos inferir además que la hembra del gallo lira presentó un plumaje casi
similar en algún período anterior. Sin embargo, desde entonces, el gallo lira
macho ha adquirido su fino plumaje negro, con las plumas de la cola bifurcadas
y curvadas hacia afuera; pero estas características apenas se han transmitido a
la hembra, salvo que muestra en su cola un rastro de la horquilla curvada.
Por lo tanto, podemos concluir que
las hembras de especies distintas, aunque afines, a menudo han visto su plumaje
más o menos diferente debido a la transferencia, en diversos grados, de
caracteres adquiridos por los machos mediante selección sexual, tanto en épocas
pasadas como recientes. Sin embargo, cabe destacar que los colores brillantes
se han transferido con mucha menos frecuencia que otros tonos. Por ejemplo, el
macho de Cyanecula suecica (Pteropus suecica) tiene el pecho azul intenso, que
incluye una marca roja subtriangular; ahora se han transferido marcas de forma
casi idéntica a la hembra, pero el espacio central es leonado en lugar de rojo,
y está rodeado de plumas moteadas en lugar de azules. Las gallináceas ofrecen
muchos casos análogos; pues ninguna de las especies, como las perdices, las
codornices, las pintadas, etc., en las que los colores del plumaje se han
transferido en gran medida del macho a la hembra, presenta colores brillantes.
Esto se ejemplifica bien con los faisanes, en los que el macho es generalmente
mucho más brillante que la hembra. Sin embargo, en los faisanes orejudo y
alegre (Crossoptilon auritum y Phasianus wallichii), los sexos se parecen mucho
y sus colores son apagados. Podemos llegar a creer que si alguna parte del plumaje
de los machos de estos dos faisanes hubiera sido de colores brillantes, no se
habría transferido a las hembras. Estos hechos respaldan firmemente la opinión
del Sr. Wallace de que, en las aves expuestas a mucho peligro durante la
incubación, la transferencia de colores brillantes del macho a la hembra se ha
frenado mediante la selección natural. Sin embargo, no debemos olvidar que es
posible otra explicación, ya presentada: los machos que variaron y se volvieron
brillantes, siendo jóvenes e inexpertos, se habrían visto expuestos a mucho
peligro y, en general, habrían sido destruidos; por otro lado, los machos
mayores y más cautelosos, si hubieran variado de manera similar, no solo
habrían podido sobrevivir, sino que se habrían visto favorecidos en su rivalidad
con otros machos. Ahora bien, las variaciones que se producen en etapas tardías
de la vida tienden a transmitirse exclusivamente al mismo sexo, por lo que, en
este caso, los tonos extremadamente brillantes no se habrían transmitido a las
hembras. Por otro lado, los adornos menos llamativos, como los que poseen los
faisanes orejudo y de orejas, no habrían sido peligrosos, y si aparecieran
durante la juventud temprana, generalmente se habrían transmitido a ambos
sexos.
Además de los efectos de la
transferencia parcial de caracteres de los machos a las hembras, algunas de las
diferencias entre las hembras de especies estrechamente afines pueden
atribuirse a la acción directa o definida de las condiciones de vida. (11. Véase,
sobre este tema, el cap. xxiii en «Variación de Animales y Plantas bajo
Domesticación».) En los machos, dicha acción habría sido generalmente
enmascarada por los brillantes colores obtenidos mediante selección sexual;
pero no así en las hembras. Cada una de las infinitas diversidades de plumaje
que observamos en nuestras aves domésticas es, por supuesto, el resultado de
alguna causa definida; y en condiciones naturales y más uniformes, algún tinte,
suponiendo que no fuera perjudicial, casi con toda seguridad prevalecería tarde
o temprano. El libre cruzamiento de los numerosos individuos pertenecientes a
la misma especie tendería, en última instancia, a uniformizar cualquier cambio
de color así inducido.
Nadie duda de que ambos sexos de
muchas aves han adaptado sus colores para su protección; y es posible que solo
las hembras de algunas especies hayan sido modificadas con este fin. Aunque
sería un proceso difícil, quizás imposible, como se mostró en el capítulo
anterior, convertir una forma de transmisión en otra mediante selección, no
habría la menor dificultad en adaptar los colores de la hembra,
independientemente de los del macho, a los objetos circundantes, mediante la
acumulación de variaciones cuya transmisión al sexo femenino estuvo limitada
desde un principio. Si las variaciones no estuvieran así limitadas, los
brillantes tonos del macho se deteriorarían o destruirían. Actualmente es muy
dudoso que solo las hembras de muchas especies hayan sido modificadas de esta
manera. Ojalá pudiera seguir al Sr. Wallace en toda su extensión; pues
admitirlo eliminaría algunas dificultades. Cualquier variación que no sirviera
a la hembra como protección se eliminaría de inmediato, en lugar de perderse
simplemente por no ser seleccionada, por cruzamiento libre o por ser eliminada
al transferirse al macho y perjudicarlo de alguna manera. Así, el plumaje de la
hembra se mantendría constante. También sería un alivio admitir que los oscuros
tonos de ambos sexos de muchas aves se adquirieron y conservaron con fines de
protección, como por ejemplo, el del carricerín común o el cucarachero común
(Accentor modularis y Troglodytes vulgaris), respecto a los cuales no tenemos
suficiente evidencia de la acción de la selección sexual. Sin embargo, debemos
ser cautelosos al concluir que los colores que nos parecen apagados no son
atractivos para las hembras de ciertas especies; debemos tener en cuenta casos
como el del gorrión común, en el que el macho difiere mucho de la hembra, pero
no exhibe tonos brillantes. Probablemente nadie discutirá que muchas
gallináceas que viven en campo abierto han adquirido sus colores actuales, al
menos en parte, con fines de protección. Sabemos lo bien que se ocultan de esta
manera; sabemos que las perdices nivales, al cambiar de su plumaje de invierno
a su plumaje de verano, ambos con fines protectores, sufren mucho a causa de
las aves rapaces. Pero ¿podemos creer que las sutiles diferencias en los tonos
y las marcas entre, por ejemplo, la hembra del gallo lira y el gallo rojo
sirven de protección? ¿Están las perdices, con su color actual, mejor
protegidas que si se hubieran parecido a las codornices? ¿Sirven de protección
las sutiles diferencias entre las hembras del faisán común, el faisán japonés y
el faisán dorado, o no podrían haber intercambiado sus plumajes con impunidad?
A partir de lo que el Sr. Wallace ha observado sobre los hábitos de ciertas
gallináceas en Oriente, cree que estas sutiles diferencias son beneficiosas.
Por mi parte, solo diré que no estoy convencido.
Anteriormente, cuando me inclinaba a
enfatizar la protección como causa de los colores más apagados de las hembras,
se me ocurrió que posiblemente ambos sexos y las crías pudieran haber tenido
originalmente colores igualmente brillantes; pero que posteriormente, las
hembras, debido al peligro que corrían durante la incubación, y las crías, por
su inexperiencia, se habían vuelto opacas como protección. Pero esta opinión no
está respaldada por ninguna evidencia y no es probable; pues así, en la
imaginación, expusimos en el pasado a las hembras y a las crías a peligros, de
los cuales posteriormente ha sido necesario proteger a sus descendientes
modificados. Además, tenemos que reducir, mediante un proceso gradual de
selección, a las hembras y a las crías a casi exactamente los mismos tonos y
marcas, y transmitirlos al sexo y período de vida correspondientes. Suponiendo
que las hembras y las crías hayan participado durante cada etapa del proceso de
modificación de una tendencia a tener colores tan brillantes como los machos,
también resulta un hecho un tanto extraño que las hembras nunca hayan adquirido
colores apagados sin que las crías participen en el mismo cambio; pues no
existen ejemplos, hasta donde he podido averiguar, de especies con hembras de
colores apagados y crías de colores brillantes. Sin embargo, una excepción
parcial la ofrecen las crías de ciertos pájaros carpinteros, pues tienen «toda
la parte superior de la cabeza teñida de rojo», que posteriormente disminuye a
una simple línea roja circular en los adultos de ambos sexos o desaparece por
completo en las hembras adultas. (12. Audubon, «Ornith. Biography», vol. ip.
193. Macgillivray, «History of British Birds», vol. iii. p. 85. Véase también
el caso mencionado de Indopicus carlotta).
Finalmente, con respecto a nuestra
clase actual de casos, la opinión más probable parece ser que solo se han
conservado las variaciones sucesivas de brillo u otros caracteres ornamentales,
que se produjeron en los machos en una etapa bastante tardía de su vida; y que
la mayoría o la totalidad de estas variaciones, debido a la etapa tardía en la
que aparecieron, se han transmitido desde el principio únicamente a la
descendencia masculina adulta. Cualquier variación de brillo que se produjera
en las hembras o en las crías no les habría sido útil y no habría sido
seleccionada; además, de ser peligrosa, habría sido eliminada. Por lo tanto,
las hembras y las crías se habrían mantenido inalteradas o (como es mucho más
común) se habrían modificado parcialmente al recibir, por transferencia, de los
machos algunas de sus variaciones sucesivas. Ambos sexos quizás hayan sido
influenciados directamente por las condiciones de vida a las que han estado
expuestos durante mucho tiempo; pero las hembras, al no haber sido modificadas
significativamente en otros aspectos, exhibirán mejor estos efectos. Estos
cambios y todos los demás se habrán mantenido uniformes mediante el libre
cruzamiento de muchos individuos. En algunos casos, especialmente en aves
terrestres, es posible que las hembras y las crías hayan sido modificadas,
independientemente de los machos, con fines de protección, de modo que hayan
adquirido el mismo plumaje de color opaco.
CLASE II. — CUANDO LA HEMBRA ADULTA
ES MÁS VISTA QUE EL MACHO ADULTO, LAS CRIATURAS DE AMBOS SEXOS EN SU PRIMER
PLUMAJE SE PARECEN AL MACHO ADULTO.
Esta clase es exactamente la
contraria a la anterior, pues las hembras son de colores más brillantes o más
llamativas que los machos; y las crías, hasta donde se sabe, se parecen a los
machos adultos en lugar de a las hembras adultas. Pero la diferencia entre los
sexos nunca es tan grande como en muchas aves de la primera clase, y los casos
son comparativamente raros. El Sr. Wallace, quien fue el primero en llamar la
atención sobre la singular relación que existe entre los colores menos
brillantes de los machos y su desempeño en la incubación, hace gran hincapié en
este punto (13. 'Westminster Review', julio de 1867, y A. Murray, 'Journal of
Travel', 1868, pág. 83), como prueba crucial de que los colores oscuros se han
adquirido para protegerse durante el período de anidación. Me parece más
probable una opinión diferente. Dado que los casos son curiosos y no numerosos,
presentaré brevemente todo lo que he podido encontrar.
En una sección del género Turnix,
aves parecidas a las codornices, la hembra es invariablemente más grande que el
macho (siendo casi el doble de grande en una de las especies australianas), y
esta es una circunstancia inusual con las Gallinaceae. En la mayoría de las
especies, la hembra tiene colores más distintivos y es más brillante que el
macho (14. Para las especies australianas, véase Gould's 'Handbook', etc., vol.
ii. págs. 178, 180, 186 y 188. En el Museo Británico se pueden ver especímenes
del Australian Plain-wanderer (Pedionomus torquatus), que muestran diferencias
sexuales similares.), pero en algunas pocas especies los sexos son iguales. En
Turnix taigoor de la India, el macho "quiere el negro en la garganta y el
cuello, y todo el tono del plumaje es más claro y menos pronunciado que el de
la hembra". La hembra parece ser más ruidosa y ciertamente es mucho más
belicosa que el macho; De modo que los nativos suelen mantener a las hembras, y
no a los machos, para pelear, como gallos de pelea. Así como los pajareros
ingleses exponen a los machos como señuelo cerca de una trampa para atrapar a
otros machos estimulando su rivalidad, las hembras de este Turnix se emplean en
la India. Al ser expuestas así, las hembras pronto comienzan su "fuerte
ronroneo, que se puede oír a lo lejos, y cualquier hembra que esté al alcance
del oído corre rápidamente al lugar y comienza a pelear con el ave
enjaulada". De esta manera, se pueden capturar de doce a veinte aves,
todas hembras reproductoras, en un solo día. Los nativos afirman que, tras
poner sus huevos, las hembras se asocian en bandadas y dejan que los machos se
incuben sobre ellas. No hay razón para dudar de la veracidad de esta
afirmación, que se ve respaldada por algunas observaciones realizadas en China
por el Sr. Swinhoe. (15. Jerdon, 'Birds of India', vol. iii, pág. 596. El Sr.
Swinhoe, en 'Ibis', 1865, pág. 542; 1866, pp. 131, 405.) El Sr. Blyth cree que
las crías de ambos sexos se parecen al macho adulto.
[Fig. 62. Rhynchaea capensis (de
Brehm).]
Las hembras de las tres especies de
agachadizas pintadas (Rhynchaea, fig. 62) no solo son más grandes, sino también
mucho más ricas en color que los machos. (16. Jerdon, 'Aves de la India', vol.
iii, pág. 677). En todas las demás aves cuya tráquea difiere en estructura en
ambos sexos, es más desarrollada y compleja en el macho que en la hembra; pero
en la Rhynchaea australis es simple en el macho, mientras que en la hembra
realiza cuatro circunvoluciones distintas antes de entrar en los pulmones. (17.
Gould, 'Manual de las aves de Australia', vol. ii, pág. 275). Por lo tanto, la
hembra de esta especie ha adquirido un carácter eminentemente masculino. El Sr.
Blyth determinó, mediante el examen de numerosos especímenes, que la tráquea no
presenta curvaturas en ninguno de los dos sexos de R. bengalensis, especie que
se asemeja tanto a R. australis que apenas se distingue, salvo por sus dedos
más cortos. Este hecho constituye otro ejemplo notable de la ley según la cual
los caracteres sexuales secundarios suelen ser muy diferentes en formas
estrechamente relacionadas, aunque es muy raro que tales diferencias se
relacionen con el sexo femenino. Se dice que las crías de ambos sexos de R.
bengalensis, en su primer plumaje, se parecen al macho adulto. (18. 'The Indian
Field', septiembre de 1858, pág. 3). También hay motivos para creer que el
macho se encarga de la incubación, ya que el Sr. Swinhoe (19. 'Ibis', 1866,
pág. 298) encontró a las hembras antes del final del verano agrupadas en
bandadas, como ocurre con las hembras del Turnix.
Las hembras de Phalaropus fulicarius
y P. hyperboreus son más grandes y, en su plumaje de verano, lucen un atuendo
más vistoso que los machos. Sin embargo, la diferencia de color entre los sexos
no es nada evidente. Según el profesor Steenstrup, solo el macho de P.
fulicarius se encarga de la incubación; esto también se evidencia por el estado
de las plumas pectorales durante la época reproductiva. La hembra del chorlito
chorlito (Eudromias morinellus) es más grande que el macho y presenta los tonos
rojos y negros en la superficie inferior, la media luna blanca en el pecho y
las rayas sobre los ojos más pronunciadas. El macho también participa en la
eclosión de los huevos; pero la hembra también se encarga de las crías. (20.
Para estas diversas afirmaciones, véase 'Aves de Gran Bretaña' del Sr. Gould.
El profesor Newton me informa que desde hace tiempo está convencido, por sus
propias observaciones y por las de otros, de que los machos de las especies
antes mencionadas se encargan de la totalidad o de una gran parte de las tareas
de incubación, y que "muestran mucha mayor devoción hacia sus crías,
cuando están en peligro, que las hembras". Lo mismo ocurre, según me
informa, con Limosa lapponica y algunas otras aves zancudas, en las que las
hembras son más grandes y tienen colores más contrastantes que los machos). No
he podido descubrir si en estas especies las crías se parecen más a los machos
adultos que las hembras adultas; pues la comparación es algo difícil de hacer
debido a la doble muda.
Volviendo ahora al orden de los
avestruces: el macho del casuario común (Casuarius galeatus) sería considerado
por cualquiera como la hembra, por su menor tamaño y por los apéndices y la
piel desnuda alrededor de su cabeza que son de colores mucho menos brillantes;
y el Sr. Bartlett me informa que en los Jardines Zoológicos, es ciertamente el
macho solo quien se sienta sobre los huevos y cuida de las crías. (21. Los
nativos de Ceram (Wallace, 'Archipiélago Malayo', vol. ii, pág. 150) afirman
que el macho y la hembra se sientan alternativamente sobre los huevos; pero
esta afirmación, como piensa el Sr. Bartlett, puede explicarse por la visita de
la hembra al nido para poner sus huevos). El Sr. TW Wood dice que la hembra
exhibe durante la temporada de reproducción una disposición más belicosa; y sus
carúnculas se agrandan y adquieren colores más brillantes. De nuevo, la hembra
de uno de los emús (Dromoeus irroratus) es considerablemente más grande que el
macho y posee un ligero moño, pero por lo demás es indistinguible del plumaje.
Sin embargo, parece "tener mayor poder, cuando está enojada o excitada, de
erizar, como un pavo, las plumas de su cuello y pecho. Suele ser más valiente y
pugilística. Emite un profundo y hueco estallido gutural, especialmente de
noche, que suena como un pequeño gong. El macho tiene una estructura más
esbelta y es más dócil, sin voz más allá de un silbido reprimido cuando está
enojado, o un croar". No solo realiza toda la tarea de la incubación, sino
que tiene que defender a las crías de su madre; “Pues en cuanto ve a sus crías,
se agita violentamente y, a pesar de la resistencia del padre, parece hacer
todo lo posible por destruirlas. Durante meses, no es seguro juntar a los
padres, pues las peleas violentas son el resultado inevitable, en el que la
hembra generalmente sale victoriosa”. (23. Véase el excelente relato de los
hábitos de esta ave en confinamiento, por el Sr. A.W. Bennett, en 'Land and
Water', mayo de 1868, pág. 233). De modo que con este emú tenemos una inversión
completa no solo de los instintos parentales y de incubación, sino también de
las cualidades morales habituales de ambos sexos; las hembras son salvajes,
pendencieras y ruidosas, mientras que los machos son mansos y bondadosos. El
caso es muy diferente con el avestruz africano, pues el macho es algo más
grande que la hembra y tiene plumas más finas con colores más contrastantes;
sin embargo, asume toda la tarea de la incubación. (24. El Sr. Sclater, sobre
la incubación de los Struthiones, 'Proc. Zool. Soc.', 9 de junio de 1863. Lo
mismo ocurre con el Rhea darwinii: el capitán Musters dice ('At Home with the
Patagonians', 1871, pág. 128) que el macho es más grande, más fuerte y más
rápido que la hembra, y de colores ligeramente más oscuros; sin embargo, se
encarga exclusivamente de los huevos y de las crías, tal como lo hace el macho
de la especie común de Rhea.)
Especificaré los pocos casos que
conozco, en los que la hembra presenta una coloración más llamativa que el
macho, aunque no se sabe nada sobre el método de incubación. Con el gavilán
carroñero de las Islas Malvinas (Milvago leucurus), me sorprendió mucho
descubrir por disección que los individuos con todos sus tintes muy
pronunciados, con la cera y las patas de color naranja, eran las hembras
adultas; mientras que aquellos con plumaje más apagado y patas grises eran los
machos o las crías. En un trepador australiano (Climacteris erythrops), la
hembra se diferencia del macho en que está adornada con hermosas marcas rojizas
radiadas en la garganta, mientras que el macho tiene esta parte bastante
simple. Por último, en un chotacabras australiano, la hembra siempre supera al
macho en tamaño y brillo de sus tintes; los machos, en cambio, tienen dos
manchas blancas en las primarias más llamativas que en la hembra. (25. Para el
Milvago, véase 'Zoología del viaje del “Beagle”, Aves', 1841, pág. 16. Para el
Climacteris y el chotacabras (Eurostopodus), véase 'Manual de las aves de
Australia' de Gould, vol. i, págs. 602 y 97. El Tadorna variegata de Nueva
Zelanda ofrece un caso bastante anómalo; la cabeza de la hembra es de un blanco
puro y su espalda es más roja que la del macho; la cabeza del macho es de un
rico color bronce oscuro y su espalda está cubierta de plumas de color pizarra
finamente dibujadas a lápiz, de modo que en conjunto puede considerarse como el
más hermoso de los dos. Es más grande y más belicoso que la hembra y no se
sienta sobre los huevos. De modo que en todos estos aspectos esta especie entra
en nuestra primera clase de casos; pero el Sr. Sclater ('Actas de la Sociedad
Zoológica', (1866, pág. 150) se sorprendió mucho al observar que las crías de
ambos sexos, cuando tenían unos tres meses de edad, se parecían en sus cabezas
y cuellos oscuros a los machos adultos, en lugar de a las hembras adultas; de
modo que parecería en este caso que las hembras han sido modificadas, mientras
que los machos y las crías han conservado un estado anterior de plumaje.)
Así, vemos que los casos en que las
hembras presentan una coloración más llamativa que los machos, y las crías, con
su plumaje inmaduro, se asemejan a los machos adultos en lugar de a las hembras
adultas, como en la clase anterior, no son numerosos, aunque se distribuyen en
varios órdenes. Además, la diferencia entre los sexos es incomparablemente
menor que la que se observa con frecuencia en la clase anterior; por lo que la
causa de la diferencia, sea cual sea, ha actuado en este caso sobre las hembras
con menor energía o persistencia que sobre los machos de la clase anterior. El
Sr. Wallace cree que se ha atenuado la coloración de los machos para
protegerlos durante el período de incubación; pero la diferencia entre los
sexos en casi ninguno de los casos anteriores parece lo suficientemente grande
como para aceptar esta opinión con seguridad. En algunos casos, los tonos más
brillantes de la hembra se limitan casi por completo a la superficie inferior,
y los machos, de tener esta coloración, no habrían estado expuestos a peligro
mientras incubaban los huevos. También debe tenerse en cuenta que los machos no
solo tienen un color ligeramente menos llamativo que las hembras, sino que son
más pequeños y débiles. Además, no solo han adquirido el instinto maternal de
incubación, sino que son menos belicosos y vociferantes que las hembras, e
incluso, en un caso, poseen órganos vocales más simples. Así, se ha producido
una transposición casi completa de los instintos, hábitos, disposición, color,
tamaño y algunos aspectos de la estructura entre ambos sexos.
Ahora bien, si asumimos que los
machos de la clase actual han perdido parte de ese ardor habitual en su sexo,
de modo que ya no buscan con avidez a las hembras; o si asumimos que las
hembras se han vuelto mucho más numerosas que los machos —y en el caso de un
Turnix indio, se dice que las hembras son «mucho más comunes que los machos»
(26. Jerdon, «Aves de la India», vol. iii, pág. 598)—, entonces no es
improbable que las hembras se hayan visto inducidas a cortejar a los machos, en
lugar de ser cortejadas por ellos. De hecho, este es el caso, hasta cierto
punto, de algunas aves, como hemos visto con la pava real, el pavo salvaje y
ciertas especies de urogallo. Si tomamos como guía los hábitos de la mayoría de
los machos, el mayor tamaño y fuerza, así como la extraordinaria pugnacidad de
las hembras de Turnix y emú, debe significar que intentan ahuyentar a las
hembras rivales para apoderarse del macho; Desde esta perspectiva, todos los
hechos se aclaran; pues los machos probablemente se sentirían más cautivados o
excitados por las hembras, que les resultaban más atractivas por sus colores
brillantes, otros adornos o su capacidad vocal. La selección sexual entonces
obraría su efecto, aumentando constantemente el atractivo de las hembras; los
machos y las crías no se modificarían en absoluto, o se modificarían muy poco.
CLASE III. — CUANDO EL MACHO ADULTO
SE PARECE A LA HEMBRA ADULTA, LAS CRIATURAS DE AMBOS SEXOS TIENEN UN PRIMER
PLUMAJE PECULIAR PROPIO.
En esta clase, los sexos en la edad
adulta se parecen y difieren de los jóvenes. Esto ocurre en muchas aves de
diversas especies. El petirrojo macho apenas se distingue de la hembra, pero
los jóvenes son muy diferentes, con su plumaje moteado de oliva oscuro y
marrón. El macho y la hembra del espléndido ibis escarlata son iguales,
mientras que los jóvenes son marrones; y el color escarlata, aunque común a
ambos sexos, es aparentemente un carácter sexual, ya que no se desarrolla bien
en ninguno de los dos sexos durante el confinamiento; y los machos brillantes
suelen perder el color cuando están confinados. En muchas especies de garzas,
los jóvenes difieren mucho de los adultos; y el plumaje de verano de estos
últimos, aunque común a ambos sexos, tiene claramente un carácter nupcial. Los
cisnes jóvenes son de color pizarra, mientras que los adultos son de un blanco
puro; pero sería superfluo dar más ejemplos. Estas diferencias entre los
jóvenes y los adultos aparentemente dependen, como en las dos últimas clases,
de que los jóvenes han conservado un plumaje anterior o antiguo, mientras que
los adultos de ambos sexos han adquirido uno nuevo. Cuando los adultos
presentan colores brillantes, podemos concluir, a partir de las observaciones
anteriores en relación con el ibis escarlata y muchas garzas, y de la analogía
con las especies de la primera clase, que dichos colores han sido adquiridos
por selección sexual por los machos casi maduros; pero que, a diferencia de lo
que ocurre en las dos primeras clases, la transmisión, aunque limitada a la
misma edad, no se ha limitado al mismo sexo. En consecuencia, los sexos en la
madurez se parecen y difieren de los jóvenes.
CLASE IV. — CUANDO EL MACHO ADULTO SE
PARECE A LA HEMBRA ADULTA, LAS CRIATURAS DE AMBOS SEXOS EN SU PRIMER PLUMAJE SE
PARECE A LOS ADULTOS.
En esta clase, las crías y los
adultos de ambos sexos, ya sean de colores brillantes u oscuros, se parecen
entre sí. Estos casos son, creo, más comunes que los de la clase anterior. En
Inglaterra, encontramos ejemplos en el martín pescador, algunos pájaros
carpinteros, el arrendajo, la urraca, el cuervo y muchas aves pequeñas de
colores apagados, como la curruca común o el cucarachero. Sin embargo, la
similitud en el plumaje entre las crías y los adultos nunca es completa, y se
va convirtiendo gradualmente en disimilitud. Así, las crías de algunos miembros
de la familia del martín pescador no solo tienen colores menos vivos que los
adultos, sino que muchas de las plumas del envés tienen bordes marrones (27.
Jerdon, «Aves de la India», vol. i, págs. 222, 228. Gould, «Manual de las aves
de Australia», vol. i, págs. 124, 130), probablemente un vestigio de un estado
anterior del plumaje. Con frecuencia, en un mismo grupo de aves, incluso dentro
del mismo género, por ejemplo, en un género australiano de periquitos
(Platycercus), las crías de algunas especies se parecen mucho, mientras que las
de otras difieren considerablemente, de sus progenitores de ambos sexos, que
son idénticos. (28. Gould, ibíd., vol. ii, págs. 37, 46, 56.) Ambos sexos y las
crías del arrendajo común son muy similares; pero en el arrendajo canadiense
(Perisoreus canadensis), las crías difieren tanto de sus progenitores que
antiguamente se describían como especies distintas. (29. Audubon, «Ornith.
Biography», vol. ii, pág. 55.)
Debo señalar antes de continuar que,
en el presente y en los dos siguientes casos, los hechos son tan complejos y
las conclusiones tan dudosas que cualquiera que no tenga un interés especial en
el tema haría bien en pasarlos por alto.
Los colores brillantes o llamativos
que caracterizan a muchas aves de la presente clase rara vez les sirven de
protección; por lo que probablemente los machos los adquirieron mediante
selección sexual y luego los transfirieron a las hembras y a las crías. Sin
embargo, es posible que los machos seleccionaran a las hembras más atractivas;
y si estas transmitieron sus caracteres a sus crías de ambos sexos, se
obtendrían los mismos resultados que si las hembras seleccionaran a los machos
más atractivos. Sin embargo, existen pruebas de que esta contingencia rara vez,
o nunca, ha ocurrido en ninguno de los grupos de aves en los que los sexos son
generalmente similares; pues, si tan solo algunas de las variaciones sucesivas
no se hubieran transmitido a ambos sexos, las hembras habrían superado
ligeramente a los machos en belleza. En la naturaleza, ocurre exactamente lo
contrario; pues, en casi todos los grupos grandes en los que los sexos se
parecen, los machos de algunas especies tienen colores ligeramente más brillantes
que las hembras. Es posible, de nuevo, que las hembras hayan seleccionado a los
machos más bellos, y que estos, a su vez, hayan seleccionado a las hembras más
bellas; pero es dudoso que este doble proceso de selección sea probable, debido
al mayor afán de un sexo que del otro, y que sea más eficiente que la selección
unilateral. Por lo tanto, la opinión más probable es que la selección sexual
haya actuado, en la clase actual, en lo que respecta a los caracteres
ornamentales, de acuerdo con la regla general en todo el reino animal, es
decir, sobre los machos; y que estos hayan transmitido sus colores adquiridos
gradualmente, por igual o casi por igual, a sus descendientes de ambos sexos.
Otro punto es más dudoso: si las
variaciones sucesivas aparecieron por primera vez en los machos casi maduros o
en su juventud. En cualquier caso, la selección sexual debió actuar sobre el
macho cuando tuvo que competir con rivales por la posesión de la hembra; y en
ambos casos, los caracteres así adquiridos se transmitieron a ambos sexos y a
todas las edades. Pero si estos caracteres fueron adquiridos por los machos en
la edad adulta, podrían haberse transmitido primero solo a los adultos y,
posteriormente, a las crías. Es sabido que, cuando falla la ley de la herencia
a edades correspondientes, la descendencia suele heredar caracteres a una edad
más temprana que aquella en que aparecieron por primera vez en sus
progenitores. (30. «Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación», vol.
ii, pág. 79). Se han observado casos aparentemente similares en aves en estado
natural. Por ejemplo, el Sr. Blyth ha visto ejemplares de Lanius rufus y de
Colymbus glacialis que, de jóvenes, habían adoptado, de forma bastante anómala,
el plumaje adulto de sus padres. (31. 'Charlesworth's Magazine of Natural
History', vol. i. 1837, págs. 305, 306). Asimismo, las crías del cisne común
(Cygnus olor) no pierden sus plumas oscuras y se vuelven blancas hasta los
dieciocho meses o dos años; pero el Dr. F. Forel ha descrito el caso de tres
vigorosos polluelos, de una camada de cuatro, que nacieron completamente
blancos. Estos polluelos no eran albinos, como lo demuestra el color de sus
picos y patas, que casi se asemejaban a las mismas partes de los adultos. (32.
'Bulletin de la Soc. Vaudoise des Sc. Nat.' vol. x. 1869, pág. 132. Las crías
del cisne polaco, Cygnus immutabilis de Yarrell, son siempre blancas; pero se
cree que esta especie, según me informa el Sr. Sclater, no es más que una
variedad del cisne doméstico (Cygnus olor).)
Puede que valga la pena ilustrar los
tres modos anteriores por los cuales, en la presente clase, los dos sexos y las
crías pueden haber llegado a parecerse entre sí, mediante el curioso caso del
género Passer. (33. Estoy en deuda con el Sr. Blyth por la información con
respecto a este género. El gorrión de Palestina pertenece al subgénero
Petronia). En el gorrión doméstico (P. domesticus), el macho difiere mucho de
la hembra y de las crías. Las crías y las hembras son iguales, y se parecen en
gran medida a ambos sexos y a las crías del gorrión de Palestina (P.
brachydactylus), así como a las de algunas especies afines. Por lo tanto,
podemos suponer que la hembra y las crías del gorrión doméstico nos muestran
aproximadamente el plumaje del progenitor del género. Ahora bien, en el gorrión
molinero (P. montanus), ambos sexos y las crías se parecen mucho al macho del
gorrión doméstico; De modo que todos se han modificado de la misma manera y
todos difieren de la coloración típica de su progenitor primitivo. Esto pudo
deberse a que un antepasado macho del gorrión molinero varió, primero, cuando
estaba casi maduro; segundo, siendo muy joven, y en ambos casos transmitió su
plumaje modificado a las hembras y a las crías; o, tercero, pudo haber variado
en la edad adulta y transmitido su plumaje a ambos sexos adultos, y, debido al
incumplimiento de la ley de herencia a edades correspondientes, en algún
período posterior a sus crías.
Es imposible determinar cuál de estos
tres modos ha prevalecido generalmente en el presente grupo de casos. Lo más
probable es que los machos variaran durante su juventud y transmitieran sus
variaciones a sus crías de ambos sexos. Debo añadir que, con poco éxito, he
intentado, consultando diversas obras, determinar hasta qué punto el período de
variación en las aves ha determinado generalmente la transmisión de caracteres
a un sexo o a ambos. Las dos reglas, a menudo referidas (a saber, que las
variaciones que ocurren tarde en la vida se transmiten a uno y el mismo sexo,
mientras que las que ocurren temprano en la vida se transmiten a ambos sexos),
aparentemente son válidas en la primera (34. Por ejemplo, los machos de Tanagra
aestiva y Fringilla cyanea requieren tres años, el macho de Fringilla ciris
cuatro años, para completar su hermoso plumaje. (Véase Audubon, 'Ornith.
Biography', vol. i. págs. 233, 280, 378). El pato arlequín tarda tres años
(ibid. vol. iii. pág. 614). El macho del faisán dorado, según escuché del Sr.
Jenner Weir, se puede distinguir de la hembra cuando tiene unos tres meses de
edad, pero no adquiere su esplendor completo hasta finales de septiembre del
año siguiente.), segunda y cuarta clases de casos; pero fallan en el tercero, a
menudo en el quinto (35. Así, el Ibis tantalus y el Grus americanus tardan
cuatro años, el Flamingo varios años y la Ardea ludovicana dos años, antes de
adquirir su plumaje perfecto. Véase Audubon, ibid. vol. ip 221; vol. iii. pp.
133, 139, 211.), y en la sexta clase pequeña. Sin embargo, hasta donde puedo
juzgar, se aplican a una considerable mayoría de las especies; y no debemos
olvidar la sorprendente generalización del Dr. W. Marshall con respecto a las
protuberancias en las cabezas de las aves. Independientemente de si las dos
reglas se mantienen generalmente, podemos concluir de los hechos dados en el
octavo capítulo que el período de variación es un elemento importante para
determinar la forma de transmisión.
En las aves, es difícil decidir con
qué criterio debemos juzgar la precocidad o la tardanza del período de
variación, ya sea por la edad en relación con la duración de la vida, la
capacidad de reproducción o el número de mudas por las que pasa la especie. La
muda de las aves, incluso dentro de la misma familia, a veces difiere mucho sin
causa aparente. Algunas mudan tan temprano que casi todas las plumas del cuerpo
se desprenden antes de que las primeras plumas de las alas estén completamente
desarrolladas; y no podemos creer que este fuera el estado original de las
cosas. Cuando el período de muda se ha acelerado, la edad en que se desarrollan
los colores del plumaje adulto nos parecerá erróneamente anterior a la real.
Esto puede ilustrarse con la práctica de algunos aficionados a las aves, que
extraen algunas plumas del pecho de los polluelos de camachuelo y de la cabeza
o el cuello de los jóvenes faisanes dorados para determinar su sexo; pues en
los machos, estas plumas son reemplazadas inmediatamente por plumas de color.
(36. Sr. Blyth, en la Revista de Historia Natural de Charlesworth, vol. I.
1837, pág. 300. El Sr. Bartlett me ha informado sobre los faisanes dorados). La
duración real de la vida se conoce en muy pocas aves, por lo que difícilmente
podemos juzgarla con este criterio. Y, en cuanto al período en que se adquiere
la capacidad de reproducción, es notable que varias aves ocasionalmente se
reproduzcan conservando su plumaje inmaduro. (37. He observado los siguientes
casos en 'Ornith. Biography' de Audubon. El colirrojo real de América
(Muscapica ruticilla, vol. ip 203). El Ibis tantalus tarda cuatro años en
alcanzar la madurez completa, pero a veces se reproduce en el segundo año (vol.
iii. pág. 133). El Grus americanus tarda el mismo tiempo, pero se reproduce
antes de adquirir su plumaje completo (vol. iii. pág. 211). Los adultos de
Ardea caerulea son azules y los jóvenes blancos; y se pueden ver pájaros
blancos, moteados y azules maduros reproduciéndose juntos (vol. iv. pág. 58):
pero el Sr. Blyth me informa que ciertas garzas aparentemente son dimórficas,
ya que se pueden observar individuos blancos y de color de la misma edad. El
pato arlequín (Anas histrionica, Linn.) tarda tres años en adquirir su plumaje
completo, aunque muchos pájaros se reproducen en el segundo año (vol. iii. pág.
614). Se sabe también que el águila de cabeza blanca (Falco leucocephalus, vol.
iii, pág. 210) se reproduce en su estado inmaduro. Algunas especies de Oriolus
(según el Sr. Blyth y el Sr. Swinhoe, en «Ibis», julio de 1863, pág. 68)
también se reproducen antes de alcanzar su plumaje completo.
El hecho de que las aves se
reproduzcan en su plumaje inmaduro parece contradecir la creencia de que la
selección sexual ha desempeñado un papel tan importante, como creo, en otorgar
colores ornamentales, plumas, etc., a los machos y, por igual transmisión, a
las hembras de muchas especies. La objeción sería válida si los machos más
jóvenes y menos ornamentados tuvieran tanto éxito en conquistar hembras y
propagar su especie como los machos mayores y más hermosos. Pero no tenemos
motivos para suponer que este sea el caso. Audubon considera la reproducción de
los machos inmaduros de Ibis tantalus un evento excepcional, al igual que el
Sr. Swinhoe con respecto a los machos inmaduros de Oriolus. (38. Véase la nota
37 más arriba.) Si las crías de cualquier especie en su plumaje inmaduro
tuvieran más éxito en conseguir parejas que los adultos, el plumaje adulto
probablemente se perdería pronto, ya que prevalecerían los machos, que
conservaron su plumaje inmaduro durante el período más largo, y así el carácter
de la especie finalmente se modificaría. (39. Otros animales, pertenecientes a
clases muy distintas, son capaces de reproducirse habitual u ocasionalmente
antes de haber adquirido plenamente sus caracteres adultos. Este es el caso de
los machos jóvenes del salmón. Se sabe que varios anfibios se reproducen
conservando su estructura larvaria. Fritz Müller ha demostrado ('Hechos y
argumentos a favor de Darwin', trad. inglesa 1869, pág. 79) que los machos de
varios crustáceos anfípodos alcanzan la madurez sexual siendo jóvenes; y
deduzco que este es un caso de reproducción prematura, porque aún no han
adquirido sus pinzas completamente desarrolladas. Todos estos hechos son muy
interesantes, ya que se refieren a un medio por el cual las especies pueden
sufrir grandes modificaciones de carácter.) Si, por otro lado, los jóvenes
nunca lograran obtener una hembra, el hábito de la reproducción temprana quizá
se eliminaría tarde o temprano, por ser superfluo y entrañar un desperdicio de
energía.
El plumaje de ciertas aves continúa
aumentando en belleza durante muchos años después de su madurez; este es el
caso de la cola del pavo real, de algunas aves del paraíso y de la cresta y las
plumas de ciertas garzas, por ejemplo, la Ardea ludovicana. (40. Jerdon, 'Birds
of India', vol. iii, pág. 507, sobre el pavo real. El Dr. Marshall cree que los
machos más viejos y brillantes de las aves del paraíso tienen una ventaja sobre
los machos más jóvenes; véase 'Archives Neerlandaises', tomo vi, 1871.—Sobre
Ardea, Audubon, ibíd., vol. iii, pág. 139). Pero es dudoso que el desarrollo
continuo de tales plumas sea el resultado de la selección de sucesivas
variaciones beneficiosas (aunque esta es la opinión más probable en el caso de
las aves del paraíso) o simplemente del crecimiento continuo. La mayoría de los
peces continúan aumentando de tamaño mientras gocen de buena salud y tengan
suficiente alimento; Y una ley algo similar puede prevalecer con las plumas de
los pájaros.
CLASE V. — CUANDO LOS ADULTOS DE
AMBOS SEXOS TIENEN UN PLUMAJE DE INVIERNO Y DE VERANO DISTINTO, YA SEA QUE EL
MACHO DIFIERA O NO DE LA HEMBRA, LOS CRIADOS SE PARECEN A LOS ADULTOS DE AMBOS
SEXOS EN SU VESTIMENTA DE INVIERNO, O MUCHO MÁS RARA VEZ EN SU VESTIMENTA DE
VERANO, O SE PARECEN SOLO A LAS HEMBRAS. O LOS CRIADOS PUEDEN TENER UN CARÁCTER
INTERMEDIO; O, ASIMISMO, PUEDEN DIFERIR MUCHO DE LOS ADULTOS EN AMBOS PLUMAGES
ESTACIONALES.
Los casos de esta clase son
singularmente complejos; esto no es sorprendente, ya que dependen de la
herencia, limitada en mayor o menor grado de tres maneras diferentes: sexo,
edad y estación del año. En algunos casos, los individuos de la misma especie pasan
por al menos cinco estados distintos de plumaje. En las especies en las que el
macho difiere de la hembra solo durante el verano, o, lo que es más raro,
durante ambas estaciones (41. Para casos ilustrativos, véase el vol. iv de la
«Historia de las aves británicas» de Macgillivray; sobre Tringa, etc., págs.
229, 271; sobre los Machetes, pág. 172; sobre el Charadrius hiaticula, pág.
118; sobre el Charadrius pluvialis, pág. 94), las crías generalmente se parecen
a las hembras, como en el caso del llamado jilguero norteamericano y, al
parecer, en el espléndido Maluri australiano. (42. Para el jilguero
norteamericano, Fringilla tristis, Linn., véase Audubon, 'Ornithological
Biography', vol. ip. 172. Para el Maluri, Gould's 'Handbook of the Birds of
Australia', vol. ip. 318.) En aquellas especies cuyos sexos son iguales tanto
en verano como en invierno, las crías pueden parecerse a los adultos, primero,
en su pelaje invernal; segundo, y esto ocurre con mucha menor frecuencia, en su
pelaje estival; tercero, pueden ser intermedios entre estos dos estados; y,
cuarto, pueden diferir mucho de los adultos en todas las estaciones. Tenemos un
ejemplo del primero de estos cuatro casos en una garceta de la India (Buphus
coromandus), en la que las crías y los adultos de ambos sexos son blancos
durante el invierno, y los adultos se vuelven de color ante dorado durante el
verano.
Con el ave boquiabierta (Anastomus
oscitans) de la India tenemos un caso similar, pero los colores están
invertidos: las crías y los adultos de ambos sexos son grises y negros durante
el invierno, y los adultos se vuelven blancos durante el verano. (43. Estoy en
deuda con el Sr. Blyth por la información sobre el Buphus; véase también
Jerdon, 'Birds of India', vol. iii, pág. 749. Sobre el Anastomus, véase Blyth,
en 'Ibis', 1867, pág. 173.) Como ejemplo del segundo caso, las crías del alca
torda (Alca torda, Linn.), en un estado inicial de plumaje, tienen el mismo
color que los adultos durante el verano; y las crías del gorrión coroniblanco
de Norteamérica (Fringilla leucophrys), tan pronto como empluman, tienen
elegantes rayas blancas en la cabeza, que pierden las crías y los adultos
durante el invierno. (44. Sobre el Alca, véase Macgillivray, 'Hist. Brit.
Birds', vol. vp 347. Sobre la Fringilla leucophrys, Audubon, ibid. vol. ii,
pág. 89. Más adelante me referiré a las crías de ciertas garzas y garcetas que
son blancas). Con respecto al tercer caso, es decir, el de las crías que tienen
un carácter intermedio entre los plumajes adultos de verano e invierno, Yarrell
(45. 'History of British Birds', vol. i. 1839, pág. 159) insiste en que esto
ocurre con muchas aves limícolas. Por último, con respecto a las grandes
diferencias entre ambos sexos en sus plumajes adultos de verano e invierno,
esto ocurre con algunas garzas y garcetas de América del Norte y la India,
siendo solo las crías blancas.
Haré solo algunas observaciones sobre
estos casos complejos. Cuando las crías se parecen a las hembras en su
apareamiento de verano, o a los adultos de ambos sexos en su apareamiento de
invierno, los casos difieren de los descritos en las Clases I y III únicamente
en los caracteres adquiridos originalmente por los machos durante la época
reproductiva, cuya transmisión se limita a la época correspondiente. Cuando los
adultos tienen un plumaje de verano e invierno diferenciado, y las crías
difieren de ambos, el caso es más difícil de comprender. Podemos admitir como
probable que las crías hayan conservado un plumaje antiguo; podemos explicar
por selección sexual el plumaje de verano o nupcial de los adultos, pero ¿cómo
explicaremos su plumaje invernal diferenciado? Si admitiéramos que este plumaje
sirve en todos los casos como protección, su adquisición sería sencilla; pero
no parece haber una buena razón para esta admisión. Se podría sugerir que las
condiciones de vida tan diferentes durante el invierno y el verano han actuado
directamente sobre el plumaje; Esto pudo haber tenido algún efecto, pero no
confío mucho en que una diferencia tan grande como la que a veces observamos
entre ambos plumajes se deba a esta causa. Una explicación más probable es que
un estilo antiguo de plumaje, parcialmente modificado mediante la transferencia
de algunos caracteres del plumaje de verano, haya sido conservado por los
adultos durante el invierno. Finalmente, todos los casos de nuestra clase
actual aparentemente dependen de caracteres adquiridos por los machos adultos,
cuya transmisión se ha visto limitada de forma variable según la edad, la
estación y el sexo; pero no valdría la pena intentar investigar estas complejas
relaciones.
CLASE VI. — LOS CRIADOS EN SU PRIMER
PLUMAJE SE DIFIEREN ENTRE SÍ SEGÚN EL SEXO; LOS MACHOS JÓVENES SE PARECEN MÁS O
MENOS A LOS MACHOS ADULTOS, Y LAS HEMBRAS JÓVENES MÁS O MENOS A LAS HEMBRAS
ADULTAS.
Los casos en la presente clase,
aunque se presentan en varios grupos, no son numerosos; sin embargo, parece
natural que las crías se parezcan al principio a los adultos del mismo sexo y
gradualmente se asemejen cada vez más. El macho adulto de curruca capirotada
(Sylvia atricapilla) tiene la cabeza negra, mientras que la de la hembra es
marrón rojiza; y el Sr. Blyth me informa que las crías de ambos sexos pueden
distinguirse por esta característica incluso siendo polluelos. En la familia de
los zorzales se ha observado un número inusual de casos similares; así, el
mirlo macho (Turdus merula) puede distinguirse de la hembra en el nido. Los dos
sexos del sinsonte (Turdus polyglottus, Linn.) difieren muy poco entre sí; sin
embargo, los machos pueden distinguirse fácilmente de las hembras a una edad
muy temprana por mostrar un blanco más puro. (46. Audubon, 'Ornith. Biography',
vol. ip 113.) Los machos de un zorzal de bosque y de un zorzal roquero
(Orocetes erythrogastra y Petrocincla cyanea) tienen gran parte de su plumaje
de un azul fino, mientras que las hembras son marrones; y los polluelos machos
de ambas especies tienen las plumas principales de las alas y la cola bordeadas
de azul, mientras que las de la hembra tienen bordes marrones. (47. Sr. CA
Wright, en 'Ibis', vol. vi. 1864, pág. 65. Jerdon, 'Birds of India', vol. ip
515. Véase también sobre el mirlo, Blyth en 'Magazine of Natural History' de
Charlesworth, vol. i. 1837, pág. 113.) En el mirlo joven, las plumas de las
alas asumen su carácter maduro y se vuelven negras después de las otras; Por
otro lado, en las dos especies mencionadas, las plumas de las alas se tornan
azules antes que las demás. La hipótesis más probable, con referencia a los
casos de la presente clase, es que los machos, a diferencia de lo que ocurre en
la Clase I, transmitieron sus colores a sus descendientes machos a una edad más
temprana que la que adquirieron inicialmente; pues, si los machos hubieran
variado siendo muy jóvenes, sus caracteres probablemente se habrían transmitido
a ambos sexos. (48. Se pueden mencionar los siguientes casos adicionales: los
machos jóvenes de Tanagra rubra se pueden distinguir de las hembras jóvenes
(Audubon, 'Ornith. Biography', vol. iv, pág. 392), y lo mismo ocurre con los
polluelos de un trepador azul, Dendrophila frontalis de la India (Jerdon,
'Birds of India', vol. ip 389). El Sr. Blyth también me informa que los sexos
de la tarabilla común, Saxicola rubicola, se pueden distinguir a una edad muy
temprana. El Sr. Salvin da ('Proc. Zoolog. Soc.' 1870, pág. 206) el caso de un
colibrí, como el siguiente de Eustephanus.)
En el colibrí Aithurus polytmus, el
macho presenta un espléndido color negro y verde, y dos de las plumas de la
cola son enormemente alargadas; la hembra tiene una cola común y colores
discretos; ahora bien, los machos jóvenes, en lugar de parecerse a la hembra
adulta, como es habitual, comienzan desde el principio a adoptar los colores
propios de su sexo, y sus plumas de la cola pronto se alargan. Debo esta
información al Sr. Gould, quien me ha proporcionado el siguiente caso, aún más
sorprendente y aún inédito. Dos colibríes pertenecientes al género Eustephanus,
ambos de hermosos colores, habitan la pequeña isla de Juan Fernández y siempre
se han clasificado como específicamente distintos. Sin embargo, recientemente
se ha comprobado que el de un intenso color castaño rojizo con la cabeza de
color rojo dorado es el macho, mientras que el otro, elegantemente jaspeado de
verde y blanco con la cabeza de color verde metálico, es la hembra. Ahora bien,
los jóvenes desde el principio se parecen un poco a los adultos del sexo
correspondiente, volviéndose el parecido cada vez más completo.
Al considerar este último caso, si,
como antes, nos guiamos por el plumaje de las crías, parecería que ambos sexos
se han embellecido independientemente; y no que un sexo haya transferido
parcialmente su belleza al otro. El macho aparentemente ha adquirido sus
brillantes colores mediante selección sexual, de la misma manera que, por
ejemplo, el pavo real o el faisán en nuestra primera clase de casos; y la
hembra, de la misma manera que la hembra de Rhynchaea o Turnix en nuestra
segunda clase de casos. Sin embargo, resulta muy difícil comprender cómo pudo
ocurrir esto simultáneamente con los dos sexos de la misma especie. El Sr.
Salvin afirma, como hemos visto en el capítulo octavo, que en ciertos colibríes
los machos superan con creces a las hembras en número, mientras que en otras
especies que habitan en el mismo territorio las hembras superan con creces a
los machos. Si, entonces, asumiéramos que durante un período prolongado
anterior los machos de la especie Juan Fernández habían superado con creces a las
hembras en número, pero que durante otro período prolongado las hembras habían
superado con creces a los machos, podríamos comprender cómo los machos, en un
momento dado, y las hembras, en otro, pudieron embellecerse mediante la
selección de los individuos de colores más brillantes de ambos sexos; ambos
sexos transmitieron sus caracteres a sus crías a una edad bastante más temprana
de lo habitual. No pretendo afirmar si esta es la verdadera explicación; pero
el caso es demasiado notable como para pasarlo por alto.
Hemos visto en las seis clases que
existe una estrecha relación entre el plumaje de las crías y el de los adultos,
ya sea de un sexo o de ambos. Estas relaciones se explican bastante bien con el
principio de que un sexo —en la gran mayoría de los casos, el macho— adquirió
inicialmente, mediante variación y selección sexual, colores brillantes u otros
adornos, y los transmitió de diversas maneras, de acuerdo con las leyes
reconocidas de la herencia. Desconocemos por qué se han producido variaciones
en diferentes períodos de la vida, incluso a veces entre especies del mismo
grupo, pero con respecto a la forma de transmisión, una causa determinante
importante parece ser la edad a la que aparecen las variaciones.
Del principio de herencia a edades
correspondientes, y de que las variaciones de color que se produjeron en los
machos a una edad temprana no fueron seleccionadas entonces, sino que, por el
contrario, a menudo se eliminaron por peligrosas, mientras que variaciones
similares que ocurrieron durante o cerca del período reproductivo se
conservaron, se deduce que el plumaje de las crías a menudo se mantuvo
inalterado o apenas modificado. De este modo, obtenemos una idea de la
coloración de los progenitores de nuestras especies actuales. En un gran número
de especies, en cinco de nuestras seis clases de casos, los adultos de uno o
ambos sexos presentan colores brillantes, al menos durante la época
reproductiva, mientras que las crías invariablemente presentan colores menos
brillantes que los adultos, o son de colores bastante apagados; pues no se
conoce ningún caso, hasta donde he podido averiguar, de crías de especies de
colores apagados que presenten colores brillantes, ni de crías de especies de
colores brillantes que sean más brillantes que sus progenitores. Sin embargo,
en la cuarta clase, donde los jóvenes y los viejos se parecen, hay muchas
especies (aunque no todas) en las que los jóvenes son de colores brillantes, y
como estos forman grupos antiguos, podemos inferir que sus primeros
progenitores también lo eran. Con esta excepción, si observamos las aves del
mundo, parece que su belleza ha aumentado mucho desde ese período, del cual su
plumaje inmaduro nos da un registro parcial.
SOBRE EL COLOR DEL PLUMAJE EN
RELACIÓN CON LA PROTECCIÓN.
Se habrá visto que no puedo seguir al
Sr. Wallace en la creencia de que los colores apagados, cuando se limitan a las
hembras, se han obtenido en la mayoría de los casos específicamente para fines
de protección. Sin embargo, no cabe duda, como se comentó anteriormente, de que
ambos sexos de muchas aves han modificado sus colores para pasar desapercibidos
para sus enemigos; o en algunos casos, para acercarse a sus presas sin ser
observados, al igual que a los búhos se les ha suavizado el plumaje para que no
se les oiga su vuelo. El Sr. Wallace comenta (49. 'Westminster Review', julio
de 1867, pág. 5) que «solo en los trópicos, entre bosques que nunca pierden su
follaje, encontramos grupos enteros de aves cuyo color principal es el verde».
Cualquiera que lo haya intentado admitirá lo difícil que es distinguir loros en
un árbol cubierto de hojas. Sin embargo, debemos recordar que muchos loros
presentan tonos carmesí, azul y naranja, que difícilmente pueden ser
protectores. Los pájaros carpinteros son eminentemente arbóreos, pero además de
las especies verdes, existen muchas especies negras y blanco y negro; todas
ellas están aparentemente expuestas a casi los mismos peligros. Por lo tanto,
es probable que las aves arborícolas adquieran colores muy pronunciados mediante
selección sexual, pero que el tono verde se haya adquirido con mayor frecuencia
que cualquier otro, gracias a la ventaja adicional de la protección.
En cuanto a las aves terrestres,
todos admiten que su color imita la superficie circundante. Es difícil ver una
perdiz, una agachadiza, una becada, ciertos chorlitos, alondras y chotacabras
agazapados en el suelo. Los animales que habitan en desiertos ofrecen los
ejemplos más sorprendentes, pues la superficie desnuda no ofrece ningún
escondite, y casi todos los cuadrúpedos, reptiles y aves más pequeños dependen
de sus colores para su seguridad. El Sr. Tristram ha señalado, respecto a los
habitantes del Sahara, que todos están protegidos por su color isabelino o
arena. (50. 'Ibis', 1859, vol. ip 429, et seq. El Dr. Rohlfs, sin embargo, me
comenta en una carta que, según su experiencia en el Sahara, esta afirmación es
demasiado fuerte). Recordando las aves del desierto de Sudamérica, así como la
mayoría de las aves terrestres de Gran Bretaña, me pareció que ambos sexos en
tales casos suelen tener colores casi iguales. En consecuencia, me dirigí al
Sr. Tristram con respecto a las aves del Sahara, y él amablemente me
proporcionó la siguiente información. Hay veintiséis especies pertenecientes a
quince géneros, que manifiestamente tienen su plumaje coloreado de manera
protectora; y esta coloración es aún más llamativa, ya que en la mayoría de
estas aves difiere de la de sus congéneres. Ambos sexos de trece de las
veintiséis especies tienen colores de la misma manera; Pero estas pertenecen a
géneros donde esta regla prevalece comúnmente, por lo que no nos dicen nada
sobre la uniformidad de los colores protectores en ambos sexos de las aves del
desierto. De las otras trece especies, tres pertenecen a géneros donde los
sexos suelen diferir, pero en este caso son idénticos. En las diez especies
restantes, el macho difiere de la hembra; pero la diferencia se limita principalmente
a la superficie inferior del plumaje, que queda oculta cuando el ave se agacha
en el suelo; la cabeza y el dorso son del mismo color arena en ambos sexos. De
modo que en estas diez especies, las superficies superiores de ambos sexos han
sido influenciadas y se han vuelto iguales, mediante selección natural, con
fines de protección; mientras que solo las superficies inferiores de los machos
se han diversificado, mediante selección sexual, con fines ornamentales. En
este caso, como ambos sexos están igualmente bien protegidos, vemos claramente
que la selección natural no ha impedido que las hembras hereden los colores de
sus progenitores masculinos; por lo tanto, debemos recurrir a la ley de la
transmisión sexual limitada.
En todo el mundo, ambos sexos de
muchas aves de pico blando, especialmente aquellas que frecuentan juncos o
juncias, presentan colores oscuros. Sin duda, si sus colores hubieran sido
brillantes, habrían sido mucho más visibles para sus enemigos; pero, a mi
juicio, es bastante dudoso que sus tonos apagados se hayan obtenido
específicamente para protegerse. Es aún más dudoso que tales tonos apagados se
hayan obtenido con fines ornamentales. Sin embargo, debemos tener en cuenta que
los machos, aunque de colores apagados, a menudo difieren mucho de sus hembras
(como en el caso del gorrión común), lo que lleva a creer que dichos colores se
obtuvieron por selección sexual, en lugar de ser atractivos. Muchas de las aves
de pico blando son cantoras; y no debe olvidarse una discusión en un capítulo
anterior, donde se demostró que las mejores aves cantoras rara vez están
adornadas con tonos brillantes. Parece que las hembras, por regla general, han
seleccionado a sus parejas por sus dulces voces o sus alegres colores, pero no
por ambos atractivos combinados. Algunas especies, que se colorean
manifiestamente con fines de protección, como la agachadiza común, la becada y
el chotacabras, también están marcadas y sombreadas, según nuestro gusto, con
extrema elegancia. En tales casos, podemos concluir que tanto la selección
natural como la sexual han actuado conjuntamente para protección y
ornamentación. Cabe dudar de si existe algún ave que no posea algún atractivo
especial para cautivar al sexo opuesto. Cuando ambos sexos tienen colores tan
oscuros que sería imprudente asumir la acción de la selección sexual, y cuando
no se puede presentar evidencia directa de que dichos colores sirvan como
protección, es mejor ignorar por completo la causa o, lo que es prácticamente
lo mismo, atribuir el resultado a la acción directa de las condiciones de vida.
Ambos sexos de muchas aves presentan
colores llamativos, aunque no brillantes, como las numerosas especies negras,
blancas o moteadas; y estos colores probablemente sean resultado de la
selección sexual. En el mirlo común, el urogallo, el gallo lira, el negrón
negro (Oidemia) e incluso en una de las aves del paraíso (Lophorina atra), solo
los machos son negros, mientras que las hembras son marrones o moteadas; y es
difícil dudar de que la negrura en estos casos haya sido un carácter
sexualmente seleccionado. Por lo tanto, es hasta cierto punto probable que la
negrura total o parcial de ambos sexos en aves como cuervos, ciertas cacatúas,
cigüeñas, cisnes y muchas aves marinas, sea también resultado de la selección
sexual, acompañada de una transmisión igual a ambos sexos; pues la negrura
difícilmente puede servir como protección. En varias aves, en las que solo el
macho es negro, y en otras en las que ambos sexos lo son, el pico o la piel que
rodea la cabeza presenta colores brillantes, y el contraste que esto crea
aumenta considerablemente su belleza; lo vemos en el pico amarillo brillante
del mirlo macho, en la piel carmesí sobre los ojos del gallo lira y el
urogallo, en el pico de vivos y variados colores del macho negro (Oidemia), en
el pico rojo de la chova piquirroja (Corvus graculus, Linn.), del cisne negro y
de la cigüeña negra. Esto me lleva a señalar que no es de extrañar que los
tucanes deban el enorme tamaño de sus picos a la selección sexual, para exhibir
las variadas y vívidas franjas de color con las que adornan estos órganos. (51.
Nunca se ha ofrecido una explicación satisfactoria del inmenso tamaño, y menos
aún de los brillantes colores, del pico del tucán. El Sr. Bates ('The
Naturalist on the Amazons', vol. ii. 1863, pág. 341) afirma que usan sus picos
para alcanzar la fruta en las puntas de las ramas; y asimismo, como afirman
otros autores, para extraer huevos y polluelos de los nidos de otras aves.
Pero, como admite el Sr. Bates, el pico "apenas puede considerarse un
instrumento muy perfectamente formado para el fin al que se aplica". La
gran masa del pico, como se muestra por su anchura, profundidad y longitud, no
es inteligible desde la perspectiva de que sirve simplemente como un órgano de
prensión. El Sr. Belt cree ('The Naturalist in Nicaragua', pág. 197) que el uso
principal del pico es como defensa contra los enemigos, especialmente para la
hembra mientras anida en un agujero en un árbol). La piel desnuda, también en
la base del pico y alrededor de los ojos, suele presentar colores brillantes; y
el Sr. Gould, al hablar de una especie (52. Rhamphastos carinatus, 'Monografía
de Ramphastidae' de Gould), afirma que los colores del pico «están sin duda en
su mejor estado y más brillantes durante el apareamiento». No es más improbable
que los tucanes tengan picos enormes, aunque su estructura anulada los haga lo
más claros posible.para la exhibición de bellos colores (un objeto que
falsamente nos parece sin importancia), que el faisán Argus macho y algunas
otras aves sean obstaculizados con plumas tan largas como para impedir su
vuelo.
De la misma manera, así como solo los
machos de varias especies son negros, mientras que las hembras son de color
apagado, en algunos casos solo los machos son total o parcialmente blancos,
como en el caso de varios pájaros campana de Sudamérica (Chasmorhynchus), el
ganso antártico (Bernicla antarctica), el faisán plateado, etc., mientras que
las hembras son marrones o presentan un moteado oscuro. Por lo tanto, siguiendo
el mismo principio anterior, es probable que ambos sexos de muchas aves, como
las cacatúas blancas, varias garcetas con sus hermosos penachos, ciertos ibis,
gaviotas, charranes, etc., hayan adquirido su plumaje más o menos completamente
blanco mediante selección sexual. En algunos de estos casos, el plumaje se
vuelve blanco solo en la madurez. Este es el caso de ciertos alcatraces, aves
tropicales, etc., y del ánsar nival (Anser hyperboreus). Dado que este último
se reproduce en terrenos áridos, cuando no está cubierto de nieve, y al migrar
hacia el sur durante el invierno, no hay razón para suponer que su plumaje
adulto, blanco como la nieve, le sirva de protección. En el Anastomus oscitans,
tenemos aún mejor evidencia de que el plumaje blanco es un carácter nupcial,
pues se desarrolla solo durante el verano; las crías en su estado inmaduro y
los adultos en su apareamiento invernal son grises y negros. En muchas especies
de gaviotas (Larus), la cabeza y el cuello se vuelven completamente blancos
durante el verano, y grises o moteados durante el invierno y en su etapa
juvenil. Por otro lado, en las gaviotas más pequeñas, o gaviotas marinas
(Gavia), y en algunos charranes (Sterna), ocurre exactamente lo contrario; las
cabezas de las crías durante el primer año y de los adultos durante el invierno
son completamente blancas o de un color mucho más pálido que durante la época
reproductiva. Estos últimos casos ofrecen otro ejemplo de la forma caprichosa
en que la selección sexual parece haber actuado a menudo. (53. Sobre Larus,
Gavia y Sterna, véase Macgillivray, 'History of British Birds', vol. v, págs.
515, 584, 626. Sobre el Anser hyperboreus, Audubon, 'Ornithological Biography',
vol. iv, pág. 562. Sobre el Anastomus, el Sr. Blyth, en 'Ibis', 1867, pág.
173.)
El hecho de que las aves acuáticas
hayan adquirido un plumaje blanco con mucha más frecuencia que las terrestres
probablemente se deba a su gran tamaño y a su gran capacidad de vuelo, lo que
les permite defenderse o escapar fácilmente de las aves rapaces, a las que,
además, no están muy expuestas. Por consiguiente, la selección sexual no se ha
visto interferida ni guiada en este caso con fines de protección. Sin duda, en
las aves que deambulan por el océano abierto, los machos y las hembras podrían
encontrarse mucho más fácilmente si se destacaran por ser completamente blancos
o intensamente negros; por lo que estos colores posiblemente tengan la misma
finalidad que los cantos de muchas aves terrestres. (54. Cabe señalar que,
entre los buitres, que revolotean a lo largo y ancho del cielo, como las aves
marinas sobre el océano, tres o cuatro especies son casi totalmente blancas, y
muchas otras son negras. De modo que, nuevamente, los colores llamativos
podrían ayudar a los sexos a encontrarse durante la época reproductiva.) Un ave
blanca o negra, al descubrir y volar hacia un cadáver flotando en el mar o
arrojado a la playa, será vista desde gran distancia y guiará a otras aves de
la misma especie y de otras hacia la presa; pero como esto sería una desventaja
para los primeros en encontrarlo, los individuos más blancos o más negros no
obtendrían más alimento que los de color menos intenso. Por lo tanto, los
colores llamativos no pueden haberse adquirido gradualmente para este propósito
mediante selección natural.
Como la selección sexual depende de
un elemento tan fluctuante como el gusto, podemos comprender cómo, dentro del
mismo grupo de aves con hábitos prácticamente idénticos, existen especies
blancas o casi blancas, así como negras o casi negras; por ejemplo, cacatúas,
cigüeñas, ibis, cisnes, charranes y petreles, tanto blancos como negros. Las
aves moteadas también se encuentran a veces en los mismos grupos junto con
especies blancas y negras; por ejemplo, el cisne de cuello negro, ciertos
charranes y la urraca común. Que un fuerte contraste de color resulta agradable
para las aves se puede concluir al examinar cualquier colección extensa, ya que
los sexos a menudo difieren entre sí: el macho tiene las partes pálidas de un
blanco más puro y las partes oscuras de diversos colores, de tonos aún más
oscuros que la hembra.
Incluso parecería que la mera
novedad, o los pequeños cambios por el simple hecho de cambiar, han tenido a
veces un efecto mágico en las hembras, como en nuestro caso, los cambios de
moda. Así, los machos de algunos loros difícilmente pueden considerarse más
bellos que las hembras, al menos según nuestro gusto, pero difieren en aspectos
como tener un collar rosa en lugar de un «collar estrecho verde esmeralda
brillante»; o que el macho tiene un collar negro en lugar de un «collar
semi-amarillo al frente», con una cabeza rosada pálida en lugar de azul
ciruela. (55. Véase Jerdon sobre el género Palaeornis, «Aves de la India», vol.
i, págs. 258-260). Como muchos machos tienen plumas o crestas alargadas en la
cola como adorno principal, la cola acortada, anteriormente descrita en el
macho de un colibrí, y la cresta acortada del macho de la mergosa, parecen ser
uno de los muchos cambios de moda que admiramos en nuestra vestimenta.
Algunos miembros de la familia de las
garzas ofrecen un ejemplo aún más curioso de novedad en cuanto a coloración, ya
que, al parecer, se han apreciado por sí mismos. Las crías de la Ardea asha son
blancas, mientras que los adultos son de color pizarra oscuro; y no solo las
crías, sino también los adultos en su plumaje invernal, de la especie
emparentada Buphus coromandus, son blancos, color que cambia a un intenso ante
dorado durante la época reproductiva. Es increíble que las crías de estas dos
especies, así como de algunos otros miembros de la misma familia (56. Las crías
de Ardea rufescens y A. caerulea de los Estados Unidos son igualmente blancas,
los adultos están coloreados de acuerdo con sus nombres específicos. Audubon
('Ornithological Biography', vol. iii. pág. 416; vol. iv. pág. 58) parece
bastante complacido con la idea de que este notable cambio de plumaje
"desconcertará enormemente a los sistemáticos".), deberían haber sido
pintadas de blanco puro para cualquier propósito especial y así hacerse visibles
para sus enemigos; o que los adultos de una de estas dos especies deberían
haber sido pintados de blanco especialmente durante el invierno en un país que
nunca está cubierto de nieve. Por otro lado, tenemos buenas razones para creer
que muchas aves han adquirido la blancura como adorno sexual. Por lo tanto,
podemos concluir que algún progenitor temprano de Ardea asha y Buphus adquirió
un plumaje blanco para propósitos nupciales y transmitió este color a sus
crías; de modo que tanto los jóvenes como los viejos se volvieron blancos como
ciertas garcetas existentes; y que la blancura fue posteriormente retenida por
los jóvenes, mientras que fue intercambiada por los adultos por tintes más
pronunciados. Pero si pudiéramos mirar aún más atrás a los progenitores aún más
tempranos de estas dos especies, probablemente veríamos a los adultos de color
oscuro. Deduzco que este sería el caso, de la analogía de muchas otras aves,
que son oscuras cuando son jóvenes, y blancas cuando son adultas; y más
especialmente del caso de la Ardea gularis, cuyos colores son los opuestos a
los de la A. asha, pues los jóvenes son de color oscuro y los adultos blancos,
habiendo conservado los jóvenes un estado anterior de plumaje. Parece por lo
tanto que, durante una larga línea de descendencia, los progenitores adultos de
la Ardea asha, los Buphus, y de algunos parientes, han experimentado los
siguientes cambios de color: primero, un tono oscuro; segundo, blanco puro; y
en tercer lugar, debido a otro cambio de moda (si se me permite expresarme
así), sus actuales tonos pizarrosos, rojizos o dorados. Estos cambios sucesivos
son inteligibles solo por el principio de que la novedad ha sido admirada por
las aves por sí misma.
Varios autores han objetado la teoría
de la selección sexual en su conjunto, asumiendo que, en animales y salvajes,
el gusto de la hembra por ciertos colores u otros adornos no se mantendría
constante durante muchas generaciones; que primero admiraría un color y luego
otro, y, en consecuencia, que no se produciría un efecto permanente. Podemos
admitir que el gusto fluctúa, pero no es del todo arbitrario. Depende en gran
medida del hábito, como vemos en la humanidad; y podemos inferir que esto
también se aplicaría a las aves y otros animales. Incluso en nuestra
vestimenta, el carácter general perdura, y los cambios son, hasta cierto punto,
graduales. En dos lugares de un capítulo posterior se presentará abundante
evidencia de que salvajes de muchas razas han admirado durante muchas
generaciones las mismas cicatrices en la piel, los mismos labios, fosas nasales
u orejas horriblemente perforados, cabezas deformadas, etc.; y estas
deformidades presentan cierta analogía con los adornos naturales de diversos animales.
Sin embargo, entre los salvajes, estas modas no perduran para siempre, como
podemos inferir de las diferencias al respecto entre tribus aliadas del mismo
continente. De igual manera, los criadores de animales de fantasía ciertamente
han admirado durante muchas generaciones y aún admiran las mismas razas; desean
fervientemente pequeños cambios, que se consideran mejoras, pero cualquier
cambio grande o repentino se considera la mayor imperfección. En el caso de las
aves en estado natural, no tenemos motivos para suponer que admirarían un
estilo de coloración completamente nuevo, incluso si se produjeran variaciones
grandes y repentinas con frecuencia, lo cual dista mucho de ser el caso.
Sabemos que los palomares no se asocian de buena gana con las razas de fantasía
de variados colores; que las aves albinas no suelen casarse; y que los cuervos
negros de las Islas Feroe ahuyentan a sus hermanos moteados. Pero esta aversión
a un cambio repentino no les impediría apreciar los cambios leves, como tampoco
lo hace en el caso del hombre. Por lo tanto, con respecto al gusto, que depende
de muchos elementos, pero en parte del hábito y en parte del amor a la novedad,
no parece improbable que los animales admiren durante un período muy largo el
mismo estilo general de ornamentación u otras atracciones y, sin embargo,
aprecien ligeros cambios en los colores, la forma o el sonido.
RESUMEN DE LOS CUATRO CAPÍTULOS SOBRE
LAS AVES.
La mayoría de los machos son muy
belicosos durante la época reproductiva, y algunos poseen armas adaptadas para
luchar con sus rivales. Pero los machos más belicosos y mejor armados rara vez
o nunca dependen del éxito únicamente de su capacidad para ahuyentar o matar a
sus rivales, sino que poseen medios especiales para cautivar a la hembra. En
algunos casos, se trata del canto, de emitir gritos extraños o de música
instrumental, y, en consecuencia, los machos difieren de las hembras en sus
órganos vocales o en la estructura de ciertas plumas. Gracias a la curiosa
diversidad de medios para producir diversos sonidos, obtenemos una idea clara
de la importancia de este método de cortejo. Muchas aves intentan cautivar a
las hembras mediante danzas amorosas o travesuras, realizadas en tierra o en el
aire, y a veces en lugares preparados. Pero los adornos de diversos tipos, los
tintes más brillantes, las crestas y las carúnculas, los hermosos penachos, las
plumas alargadas, los moños, etc., son, con mucho, los medios más comunes. En
algunos casos, la mera novedad parece haber actuado como amuleto. Los adornos
de los machos deben ser de suma importancia para ellos, pues en no pocos casos
los han adquirido a costa de un mayor peligro por parte de los enemigos, e incluso
de cierta pérdida de poder en la lucha contra sus rivales. Los machos de muchas
especies no adoptan su atavío ornamental hasta la madurez, o lo hacen solo
durante la época reproductiva, o entonces los tonos se vuelven más intensos.
Ciertos apéndices ornamentales se agrandan, se tornan turgentes y adquieren
colores brillantes durante el cortejo. Los machos exhiben sus encantos con sumo
cuidado y con el mayor efecto; y esto lo hacen en presencia de las hembras. El
cortejo a veces es prolongado, y muchos machos y hembras se reúnen en un lugar
designado. Suponer que las hembras no aprecian la belleza de los machos es
admitir que sus espléndidas decoraciones, toda su pompa y ostentación, son
inútiles; y esto es increíble. Las aves tienen un gran poder de discriminación,
y en algunos casos se puede demostrar que tienen gusto por lo bello. Además, se
sabe que en ocasiones las hembras muestran una marcada preferencia o antipatía
por ciertos machos.
Si se admite que las hembras
prefieren o se sienten inconscientemente excitadas por los machos más bellos,
entonces estos se volverían cada vez más atractivos mediante la selección
sexual, de forma lenta pero segura. Que este sexo es el que se ha modificado
principalmente se puede inferir del hecho de que, en casi todos los géneros
donde los sexos difieren, los machos difieren mucho más entre sí que las
hembras; esto se observa claramente en ciertas especies representativas
estrechamente relacionadas, en las que las hembras apenas se distinguen,
mientras que los machos son muy distintos. Las aves en estado natural ofrecen
diferencias individuales que bastarían para la selección sexual; pero hemos
visto que ocasionalmente presentan variaciones más marcadas, que se repiten con
tanta frecuencia que se fijarían de inmediato si sirvieran para atraer a la
hembra. Las leyes de la variación deben determinar la naturaleza de los cambios
iniciales y habrán influido en gran medida en el resultado final. Las gradaciones
que se pueden observar entre los machos de especies relacionadas indican la
naturaleza de las etapas por las que han pasado. También explican de forma
sumamente interesante el origen de ciertos caracteres, como los ocelos dentados
en las plumas de la cola del pavo real y los ocelos esféricos en las plumas de
las alas del faisán Argus. Es evidente que los colores brillantes, los moños,
las finas plumas, etc., de muchos machos no pueden haber sido adquiridos como
protección; de hecho, a veces conllevan peligro. Podemos estar seguros de que
no se deben a la acción directa y definida de las condiciones de vida, ya que
las hembras han estado expuestas a las mismas condiciones y, sin embargo, a
menudo difieren enormemente de los machos. Si bien es probable que las
condiciones cambiantes durante un período prolongado hayan producido en algunos
casos un efecto definido en ambos sexos, o a veces en uno solo, el resultado
más importante habrá sido una mayor tendencia a variar o a presentar
diferencias individuales más marcadas; y tales diferencias habrán proporcionado
una excelente base para la acción de la selección sexual.
Las leyes de la herencia,
independientemente de la selección, parecen haber determinado si los caracteres
adquiridos por los machos para el adorno, la producción de diversos sonidos y
la lucha conjunta se transmitieron solo a los machos o a ambos sexos, ya sea de
forma permanente o periódica durante ciertas estaciones del año. En la mayoría
de los casos, no se sabe por qué se transmitieron diversos caracteres a veces
de una manera y a veces de otra; pero el período de variabilidad parece haber
sido a menudo la causa determinante. Cuando ambos sexos heredan todos los
caracteres en común, necesariamente se asemejan; pero como las variaciones
sucesivas pueden transmitirse de forma diferente, se pueden encontrar todas las
gradaciones posibles, incluso dentro del mismo género, desde la similitud más
cercana hasta la mayor disimilitud entre los sexos. En muchas especies
estrechamente relacionadas, con hábitos de vida prácticamente idénticos, los
machos se han diferenciado entre sí principalmente por la acción de la
selección sexual; mientras que las hembras se han diferenciado principalmente
por participar en mayor o menor medida de los caracteres así adquiridos por los
machos. Además, los efectos de la acción definida de las condiciones de vida no
se habrán visto enmascarados en las hembras, como en los machos, por la
acumulación, mediante selección sexual, de colores y otros adornos muy
marcados. Los individuos de ambos sexos, independientemente de su influencia,
se habrán mantenido casi uniformes en cada período sucesivo gracias al libre
cruzamiento de numerosos individuos.
En especies donde los sexos difieren
en color, es posible o probable que algunas de las variaciones sucesivas
tendieran a transmitirse por igual a ambos sexos; pero que, cuando esto
ocurría, las hembras no podían adquirir los colores brillantes de los machos
debido a la destrucción que sufrían durante la incubación. No hay evidencia de
que la selección natural pueda convertir una forma de transmisión en otra. Sin
embargo, no habría la menor dificultad en convertir a una hembra en una de
color apagado, manteniendo el macho brillante, mediante la selección de
variaciones sucesivas, cuya transmisión se limitó desde el principio al mismo
sexo. Actualmente, es dudoso que las hembras de muchas especies hayan sido
realmente modificadas de esta manera. Cuando, mediante la ley de la transmisión
igualitaria de caracteres a ambos sexos, las hembras adquirieron colores tan
llamativos como los machos, sus instintos parecen haberse modificado a menudo,
de modo que se vieron inducidas a construir nidos abovedados o ocultos.
En un pequeño y curioso grupo de
casos, los caracteres y hábitos de ambos sexos se han transpuesto por completo,
pues las hembras son más grandes, más fuertes, más vociferantes y de colores
más brillantes que los machos. Además, se han vuelto tan pendencieras que a
menudo luchan entre sí por la posesión de los machos, como los machos de otras
especies belicosas por la posesión de las hembras. Si, como parece probable,
estas hembras ahuyentan habitualmente a sus rivales y, mediante la exhibición
de sus brillantes colores u otros encantos, intentan atraer a los machos,
podemos comprender cómo, mediante la selección sexual y la transmisión sexual
limitada, se han vuelto gradualmente más hermosas que los machos, permaneciendo
estos últimos inalterados o solo ligeramente modificados.
Siempre que prevalece la ley de la
herencia a edades correspondientes, pero no la de transmisión sexual limitada,
si los progenitores varían en etapas avanzadas de la vida —y sabemos que esto
ocurre constantemente en nuestras aves de corral y, ocasionalmente, en otras
aves—, las crías no se verán afectadas, mientras que los adultos de ambos sexos
sí lo harán. Si ambas leyes de la herencia prevalecen y uno de los sexos varía
en etapas avanzadas de la vida, solo ese sexo se modificará, mientras que el
otro sexo y las crías no se verán afectados. Cuando las variaciones en el
brillo o en otros caracteres notables ocurren en etapas tempranas de la vida,
como sin duda sucede a menudo, la selección sexual no las modificará hasta que
llegue el período reproductivo; por consiguiente, si son peligrosas para las
crías, se eliminarán mediante selección natural. Así, podemos comprender cómo
las variaciones que surgen en etapas avanzadas de la vida se han conservado tan
a menudo para la ornamentación de los machos, mientras que las hembras y las
crías permanecen prácticamente intactas y, por lo tanto, se asemejan entre sí.
En especies que tienen un plumaje de verano e invierno distinto, y cuyos machos
se parecen o difieren de las hembras durante ambas estaciones o solo durante el
verano, los grados y tipos de parecido entre los jóvenes y los viejos son
extremadamente complejos; y esta complejidad aparentemente depende de
caracteres, adquiridos primero por los machos, que se transmiten de varias
formas y grados, según lo limitado por la edad, el sexo y la estación.
Dado que las crías de tantas especies
han sido poco modificadas en color y otros adornos, podemos formarnos una idea
del plumaje de sus primeros progenitores; y podemos inferir que la belleza de
nuestras especies actuales, si consideramos toda la clase, ha aumentado
considerablemente desde ese período, del cual el plumaje inmaduro nos
proporciona un registro indirecto. Muchas aves, especialmente las que viven
mucho en el suelo, sin duda han sido coloreadas de forma oscura para su
protección. En algunos casos, la superficie superior expuesta del plumaje ha
sido coloreada de esta manera en ambos sexos, mientras que la superficie
inferior, solo en los machos, ha sido ornamentada de forma diversa mediante
selección sexual. Finalmente, de los datos presentados en estos cuatro
capítulos, podemos concluir que las armas de batalla, los órganos para producir
sonido, los adornos de diversos tipos, los colores brillantes y llamativos,
generalmente han sido adquiridos por los machos mediante variación y selección
sexual, y se han transmitido de diversas maneras según las diversas leyes de la
herencia, quedando las hembras y las crías relativamente poco modificadas. (57.
Agradezco enormemente la amabilidad del Sr. Sclater por haber revisado estos
cuatro capítulos sobre aves y los dos siguientes sobre mamíferos. De esta
manera, me he ahorrado cometer errores en los nombres de las especies y afirmar
como un hecho algo que este distinguido naturalista sabe que es erróneo. Pero,
por supuesto, él no es responsable en absoluto de la exactitud de las
afirmaciones que he citado de diversas autoridades.)
CAPÍTULO XVII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LOS MAMÍFEROS.
La ley de la batalla—Armas
especiales, restringidas a los varones—Causa de la ausencia de armas en la
mujer—Armas comunes a ambos sexos, aunque adquiridas principalmente por el
hombre—Otros usos de tales armas—Su gran importancia—Mayor tamaño del hombre—Medios
de defensa—Sobre la preferencia mostrada por uno u otro sexo en el apareamiento
de cuadrúpedos.
En los mamíferos, el macho parece
conquistar a la hembra mucho más mediante la ley de la batalla que mediante el
despliegue de sus encantos. Los animales más tímidos, al no contar con armas
especiales para la lucha, se enzarzan en conflictos desesperados durante la
época del amor. Se ha visto a dos liebres macho pelear hasta que una muere; los
topos machos suelen pelear, a veces con resultados fatales; las ardillas macho
participan en frecuentes enfrentamientos, «y a menudo se hieren gravemente»; al
igual que los castores machos, de modo que «casi ninguna piel está libre de
cicatrices». (1. Véase el relato de Waterton sobre dos liebres peleando,
'Zoologist', vol. i. 1843, pág. 211. Sobre los topos, Bell, 'Hist. of British
Quadrupeds', 1.ª ed., pág. 100. Sobre las ardillas, Audubon y Bachman,
Viviparous Quadrupeds of N. America, 1846, pág. 269. Sobre los castores, el Sr.
AH Green, en 'Journal of Linnean Society, Zoology', vol. x. 1869, pág. 362.)
Observé el mismo hecho con las pieles de los guanacos en la Patagonia; y en una
ocasión varios estaban tan absortos en la pelea que se abalanzaron sin miedo
cerca de mí. Livingstone habla de los machos de los muchos animales del sur de
África como casi invariablemente mostrando las cicatrices recibidas en peleas
anteriores.
La ley de la batalla prevalece tanto
en los mamíferos acuáticos como en los terrestres. Es notoria la desesperada
lucha de las focas macho, tanto con dientes como con garras, durante la época
reproductiva; y su piel también suele estar cubierta de cicatrices. Los
cachalotes machos son muy celosos en esta época; y en sus batallas, a menudo
cierran las mandíbulas, se giran de lado y se retuercen, de modo que sus
mandíbulas inferiores suelen deformarse. (2. Sobre las batallas de las focas,
véase al capitán C. Abbott en 'Proc. Zool. Soc.' 1868, pág. 191; Sr. R. Brown,
ibid. 1868, pág. 436; también L. Lloyd, 'Game Birds of Sweden', 1867, pág. 412;
también Pennant. Sobre el cachalote, véase al Sr. JH Thompson, en 'Proc. Zool.
Soc.' 1867, pág. 246.)
Se sabe que todos los machos
equipados con armas especiales para la lucha participan en feroces batallas. El
coraje y los desesperados enfrentamientos de los ciervos se han descrito con
frecuencia; sus esqueletos se han encontrado en diversas partes del mundo con
los cuernos inextricablemente unidos, lo que muestra la miserable muerte del
vencedor y del vencido. (3. Véase Scrope ('Art of Deer-stalking', pág. 17)
sobre el cruce de cuernos con el Cervus elaphus. Richardson, en 'Fauna Bor.
Americana', 1829, pág. 252, afirma que se han encontrado el wapiti, el alce y
el reno así unidos. Sir A. Smith encontró en el Cabo de Buena Esperanza los
esqueletos de dos ñus en el mismo estado). Ningún animal en el mundo es tan
peligroso como un elefante en celo. Lord Tankerville me ha dado una gráfica
descripción de las batallas entre los toros salvajes del Parque Chillingham,
descendientes, degenerados en tamaño pero no en coraje, del gigantesco Bos
primigenius. En 1861, varios compitieron por el dominio; y se observó que dos
de los toros más jóvenes atacaron en conjunto al antiguo líder de la manada,
derribándolo e incapacitándolo, de modo que los cuidadores creyeron que yacía
mortalmente herido en un bosque cercano. Pero pocos días después, uno de los
toros jóvenes se acercó solo al bosque; y entonces el "monarca de la
caza", que se había estado azotando con ansias de venganza, salió y, en
poco tiempo, mató a su antagonista. Entonces, discretamente, se unió a la
manada y mantuvo durante mucho tiempo un dominio indiscutible. El almirante Sir
B. J. Sulivan me informa que, cuando vivía en las Islas Malvinas, importó un
joven semental inglés que frecuentaba las colinas cercanas a Port William con
ocho yeguas. En estas colinas había dos sementales salvajes, cada uno con una
pequeña manada de yeguas; y es seguro que estos sementales jamás se habrían
acercado sin luchar. Ambos habían intentado, uno por uno, luchar contra el
caballo inglés y ahuyentar a sus yeguas, pero fracasaron. Un día, se unieron y
lo atacaron. Esto fue presenciado por el capitán a cargo de los caballos,
quien, al llegar al lugar, encontró a uno de los dos sementales enfrascado en
la lucha contra el caballo inglés, mientras que el otro ahuyentaba a las
yeguas, y ya había separado a cuatro de los demás. El capitán resolvió el
asunto llevando a todo el grupo al corral, pues los sementales salvajes no
querían separarse de las yeguas.
Los animales machos que cuentan con
dientes cortantes o desgarradores eficientes para las actividades cotidianas,
como los carnívoros, insectívoros y roedores, rara vez cuentan con armas
especialmente adaptadas para luchar contra sus rivales. La situación es muy
diferente en los machos de muchos otros animales. Vemos esto en los cuernos de
los ciervos y de ciertas clases de antílopes cuyas hembras carecen de cuernos.
En muchos animales, los caninos de la mandíbula superior o inferior, o de
ambas, son mucho más grandes en los machos que en las hembras, o están ausentes
en estas últimas, con la excepción a veces de un rudimento oculto. Algunos
antílopes, como el ciervo almizclero, el camello, el caballo, el jabalí, varios
simios, las focas y la morsa, ofrecen ejemplos. En las hembras de morsa, los
colmillos a veces están completamente ausentes. (4. El Sr. Lamont ('Seasons
with the Sea-Horses', 1861, pág. 143) dice que un buen colmillo de la morsa
macho pesa 4 libras y es más largo que el de la hembra, que pesa alrededor de 3
libras. Se describe a los machos como peleando ferozmente. Sobre la ausencia
ocasional de colmillos en la hembra, véase el Sr. R. Brown, 'Proceedings,
Zoological Society', 1868, pág. 429.) En el elefante macho de la India y en el
dugongo macho (5. Owen, 'Anatomy of Vertebrates', vol. iii, pág. 283.) los
incisivos superiores forman armas ofensivas. En el narval macho, solo el canino
izquierdo se desarrolla en el conocido cuerno en espiral, que a veces mide de
nueve a diez pies de largo. Se cree que los machos usan estos cuernos para
pelear juntos; porque “rara vez se puede conseguir uno intacto, y
ocasionalmente se puede encontrar uno con la punta de otro encajada en el lugar
roto”. (6. Sr. R. Brown, en 'Proc. Zool. Soc.' 1869, pág. 553. Véase al Prof.
Turner, en 'Journal of Anat. and Phys.' 1872, pág. 76, sobre la naturaleza
homológica de estos colmillos. También el Sr. JW Clarke sobre dos colmillos
desarrollados en los machos, en 'Proceedings of the Zoological Society', 1871,
pág. 42). El diente en el lado opuesto de la cabeza en el macho consiste en un
rudimento de aproximadamente diez pulgadas de largo, que está incrustado en la
mandíbula; pero a veces, aunque rara vez, ambos están igualmente desarrollados
en los dos lados. En la hembra, ambos son siempre rudimentarios. El cachalote
macho tiene una cabeza más grande que la de la hembra, y sin duda lo ayuda en
sus batallas acuáticas. Por último, el macho adulto de ornithorhynchus posee un
aparato notable: un espolón en la pata delantera, muy similar al colmillo
venenoso de una serpiente venenosa; sin embargo, según Harting, la secreción de
la glándula no es tóxica; y la hembra presenta una cavidad en la pata,
aparentemente para alojar el espolón. (7. Owen sobre el cachalote y el
ornithorhynchus, ibíd., vol. iii, págs. 638 y 641. Harting es citado por el Dr.
Zouteveen en la traducción al holandés de esta obra, vol. ii, pág. 292).
Cuando los machos reciben armas que
las hembras no poseen, es difícil dudar de que estas sirven para luchar con
otros machos; que fueron adquiridas por selección sexual y transmitidas
únicamente al sexo masculino. No es probable, al menos en la mayoría de los
casos, que a las hembras se les haya impedido adquirir dichas armas por ser
inútiles, superfluas o perjudiciales. Por el contrario, dado que los machos las
utilizan a menudo para diversos fines, especialmente como defensa contra sus
enemigos, resulta sorprendente que estén tan poco desarrolladas, o incluso
ausentes, en las hembras de tantos animales. En las hembras de ciervo, el
desarrollo de grandes cuernos ramificados durante cada temporada recurrente, y
en las hembras de elefante, el desarrollo de inmensos colmillos, sería un gran
desperdicio de energía vital, suponiendo que no les fueran de utilidad. En
consecuencia, habrían tendido a ser eliminadas en la hembra por selección
natural. Es decir, si las variaciones sucesivas se hubieran limitado en su transmisión
al sexo femenino, pues de lo contrario, las armas de los hombres se habrían
visto afectadas, lo que habría supuesto un mal mayor. En general, y
considerando los siguientes hechos, parece probable que, cuando las diversas
armas difieren en ambos sexos, esto generalmente haya dependido del tipo de
transmisión prevaleciente.
Dado que el reno es la única especie
de la familia de los ciervos cuya hembra posee cuernos, aunque son algo más
pequeños, delgados y menos ramificados que los del macho, cabría pensar que, al
menos en este caso, le deben ser de alguna utilidad especial. La hembra
conserva sus cuernos desde que están completamente desarrollados, concretamente
en septiembre, durante todo el invierno hasta abril o mayo, cuando pare a sus
crías. El Sr. Crotch realizó averiguaciones específicas para mí en Noruega, y
parece que en esta época las hembras se ocultan durante unas dos semanas para
parir a sus crías y luego reaparecen, generalmente sin cuernos. Sin embargo, en
Nueva Escocia, según me ha dicho el Sr. H. Reeks, la hembra a veces conserva
los cuernos durante más tiempo. El macho, en cambio, pierde los suyos mucho
antes, hacia finales de noviembre. Dado que ambos sexos tienen las mismas
necesidades y hábitos de vida, y dado que el macho carece de cuernos durante el
invierno, es improbable que estos puedan ser de alguna utilidad especial para
la hembra durante esta época, que abarca la mayor parte del tiempo en que posee
cuernos. Tampoco es probable que haya heredado los cuernos de algún antiguo
progenitor de la familia de los ciervos, pues, dado que las hembras de tantas especies
en todo el mundo carecen de cuernos, podemos concluir que esta era la
característica primordial del grupo. (8. Sobre la estructura y la muda de los
cuernos del reno, Hoffberg, 'Amoenitates Acad.' vol. iv. 1788, p. 149. Véase
Richardson, 'Fauna Bor. Americana', p. 241, respecto a la variedad o especie
americana; también Mayor W. Ross King, 'The Sportsman in Canada', 1866, p. 80.
Los cuernos del reno se desarrollan a
una edad inusualmente temprana; pero se desconoce la causa. Aparentemente, el
efecto ha sido la transferencia de los cuernos a ambos sexos. Debemos tener en
cuenta que los cuernos siempre se transmiten a través de la hembra, y que esta
posee una capacidad latente para su desarrollo, como se observa en hembras
mayores o enfermas. (9. Isidore Geoffroy St.-Hilaire, 'Essais de Zoolog.
Générale', 1841, pág. 513. Otros caracteres masculinos, además de los cuernos,
a veces se transfieren de manera similar a la hembra; así, el Sr. Boner, al
hablar de una vieja hembra de rebeco ('Chamois Hunting in the Mountains of
Bavaria', 1860, 2.ª ed., pág. 363), dice: "no solo la cabeza parecía muy
masculina, sino que a lo largo de la espalda había una cresta de pelo largo,
que generalmente se encuentra solo en los ciervos machos"). Además, las
hembras de algunas otras especies de ciervos exhiben, ya sea normal u
ocasionalmente, rudimentos de cuernos; así, la hembra de Cervulus moschatus
tiene "mechones erizados, que terminan en una protuberancia, en lugar de
un cuerno"; y "en la mayoría de los especímenes de la hembra de
wapiti (Cervus canadensis) hay una protuberancia ósea afilada en el lugar del
cuerno". (10. Sobre el Cervulus, Dr. Gray, 'Catálogo de mamíferos en el
Museo Británico', parte iii, pág. 220. Sobre el Cervus canadensis o wapiti,
véase Hon. JD Caton, 'Academia de Ciencias Naturales de Ottawa', mayo de 1868,
pág. 9.) De estas diversas consideraciones podemos concluir que la posesión de
cuernos bastante bien desarrollados por parte de las hembras de reno se debe a
que los machos los adquirieron primero como armas para luchar con otros machos;
y secundariamente a su desarrollo por alguna causa desconocida a una edad
inusualmente temprana en los machos, y su consiguiente transferencia a ambos
sexos.
Volviendo a los rumiantes de cuernos
envainados: con los antílopes se puede formar una serie graduada, empezando con
especies cuyas hembras están completamente desprovistas de cuernos, pasando a
aquellas que tienen cuernos tan pequeños que son casi rudimentarios (como con
la Antilocapra americana, en cuya especie están presentes solo en una de cada
cuatro o cinco hembras (11. Estoy en deuda con el Dr. Canfield por esta
información; véase también su artículo en 'Proceedings of the Zoological
Society', 1866, pág. 105.)), hasta aquellas que tienen cuernos bastante
desarrollados, pero manifiestamente más pequeños y delgados que en el macho y a
veces de una forma diferente (12. Por ejemplo, los cuernos de la hembra de Ant.
euchore se parecen a los de una especie distinta, a saber, la Ant. dorcas var.
Corine, véase Desmarest, 'Mammalogie', pág. 455.), y terminando con aquellas en
las que ambos sexos tienen cuernos de igual tamaño. Al igual que en el caso del
reno, en el de los antílopes existe, como se ha demostrado previamente, una
relación entre el período de desarrollo de los cuernos y su transmisión a uno o
ambos sexos; por lo tanto, es probable que su presencia o ausencia en las
hembras de algunas especies, y su condición más o menos perfecta en las hembras
de otras, dependa, no de su utilidad específica, sino simplemente de la
herencia. Concuerda con esta opinión que, incluso en el mismo género
restringido, ambos sexos de algunas especies, y solo los machos de otras, estén
provistos de estos cuernos. También es notable que, aunque las hembras de
Antilope bezoartica normalmente carecen de cuernos, el Sr. Blyth haya visto no
menos de tres hembras con estos cuernos; y no había razón para suponer que
fueran viejas o enfermas.
En todas las especies silvestres de
cabras y ovejas, los cuernos son más grandes en los machos que en las hembras,
y a veces están completamente ausentes en estas últimas. (13. Gray, 'Catálogo
de Mamíferos, Museo Británico', parte iii. 1852, pág. 160). En varias razas
domésticas de estos dos animales, solo los machos presentan cuernos; y en
algunas razas, por ejemplo, en las ovejas del norte de Gales, aunque ambos
sexos presentan cuernos, las hembras son muy propensas a carecer de ellos. Un
testigo fidedigno, que inspeccionó deliberadamente un rebaño de estas mismas
ovejas durante la época de partos, me informó que los cuernos al nacer suelen
estar más desarrollados en los machos que en las hembras. El Sr. J. Peel cruzó
sus ovejas Lonk, cuyos dos sexos siempre presentan cuernos, con ovejas
Leicester y Shropshire Downs sin cuernos; y el resultado fue que las crías
machos presentaban cuernos considerablemente reducidos, mientras que las
hembras carecían por completo de ellos. Estos diversos hechos indican que en
las ovejas los cuernos son un carácter mucho menos firmemente fijado en las
hembras que en los machos, y esto nos lleva a considerar los cuernos como de
origen propiamente masculino.
En el buey almizclero adulto (Ovibos
moschatus), los cuernos del macho son más grandes que los de la hembra, y en
esta última las bases no se tocan. (14. Richardson, 'Fauna Bor. Americana',
pág. 278). Respecto al ganado común, el Sr. Blyth señala: «En la mayoría de los
bovinos salvajes, los cuernos son más largos y gruesos en el macho que en la
hembra, y en el banteng (Bos sondaicus) los cuernos son notablemente pequeños y
muy inclinados hacia atrás. En las razas domésticas de ganado, tanto con joroba
como sin joroba, los cuernos son cortos y gruesos en el macho, más largos y
delgados en la hembra y el buey; y en el búfalo indio, son más cortos y gruesos
en el macho, más largos y delgados en la hembra. En el gaour salvaje (B.
gaurus), los cuernos son generalmente más largos y gruesos en el macho que en
la hembra». (15. 'Tierra y Agua', 1867, pág. 346.) El Dr. Forsyth Major también
me informa que se ha encontrado en el Valle de Arno un cráneo fósil, que se
cree pertenece a la hembra de Bos etruscus, y que carece por completo de
cuernos. En el Rhinoceros simus, cabe añadir, los cuernos de la hembra son
generalmente más largos, pero menos potentes, que los del macho; y en algunas
otras especies de rinoceronte se dice que son más cortos en la hembra. (16. Sir
Andrew Smith, 'Zoología de Sudáfrica', lám. xix. Owen, 'Anatomía de los
Vertebrados', vol. iii, pág. 624.) De estos diversos hechos podemos inferir
como probable que los cuernos de todo tipo, incluso cuando están igualmente
desarrollados en ambos sexos, fueron adquiridos principalmente por el macho
para conquistar a otros machos, y se han transferido de forma más o menos
completa a la hembra.
Los efectos de la castración merecen
mención, ya que arrojan luz sobre este mismo punto. Los ciervos, después de la
operación, nunca renuevan sus cuernos. Sin embargo, debe exceptuarse al reno
macho, ya que sí los renueva tras la castración. Este hecho, así como la
posesión de cuernos por ambos sexos, parece demostrar a primera vista que los
cuernos en esta especie no constituyen un carácter sexual (17. Esta es la
conclusión de Seidlitz, «Die Darwinsche Theorie», 1871, pág. 47); pero como se
desarrollan a una edad muy temprana, antes de que los sexos difieran en
constitución, no es sorprendente que no se vean afectados por la castración,
incluso si fueron adquiridos originalmente por el macho. En las ovejas, ambos
sexos presentan cuernos; y tengo información de que en las ovejas galesas, los
cuernos de los machos se reducen considerablemente por la castración; pero el
grado depende en gran medida de la edad a la que se realiza la operación, como
ocurre también en otros animales. Los carneros merinos tienen cuernos grandes,
mientras que las ovejas, en general, carecen de ellos; y en esta raza, la
castración parece producir un efecto algo mayor, de modo que, si se realiza a
una edad temprana, los cuernos permanecen casi sin desarrollar. (18. Agradezco
mucho al profesor Victor Carus por haberme indagado en Sajonia sobre este tema.
H. von Nathusius ('Viehzucht', 1872, pág. 64) afirma que los cuernos de las
ovejas castradas a una edad temprana desaparecen por completo o permanecen como
meros rudimentos; pero desconozco si se refiere a los merinos o a las razas
comunes). En la costa de Guinea existe una raza en la que las hembras nunca
presentan cuernos y, como me informa el Sr. Winwood Reade, los carneros, tras
la castración, carecen por completo de ellos. En el ganado vacuno, los cuernos
de los machos se ven muy alterados por la castración; En lugar de ser cortos y
gruesos, se vuelven más largos que los de la vaca, pero por lo demás se parecen
a ellos. El Antilope bezoartica ofrece un caso bastante análogo: los machos
tienen cuernos largos, rectos y espirales, casi paralelos entre sí y dirigidos
hacia atrás; las hembras ocasionalmente tienen cuernos, pero estos, cuando
están presentes, tienen una forma muy diferente, pues no son espirales, sino
que se extienden ampliamente y se curvan con las puntas hacia adelante. Ahora
bien,
Es notable que, según me informa el
Sr. Blyth, en el macho castrado los cuernos tengan la misma forma peculiar que
en la hembra, pero más largos y gruesos. Si juzgamos por analogía, la hembra
probablemente nos muestra, en estos dos casos de ganado y antílope, la
condición anterior de los cuernos en algún progenitor temprano de cada especie.
Pero no se puede explicar con certeza por qué la castración conduce a la
reaparición de una condición temprana de los cuernos. Sin embargo, parece
probable que, de forma casi idéntica a como la alteración constitucional en la
descendencia, causada por un cruce entre dos especies o razas distintas, a
menudo conduzca a la reaparición de caracteres perdidos hace mucho tiempo (19).
He presentado diversos experimentos y otras pruebas que demuestran que este es
el caso en mi «Variación de animales y plantas bajo domesticación», vol. ii.
1868, págs. 39-47.). Así también aquí, la perturbación en la constitución del
individuo, resultante de la castración, produce el mismo efecto.
Los colmillos del elefante, en las
diferentes especies o razas, difieren según el sexo, casi como los cuernos de
los rumiantes. En la India y Malaca, solo los machos poseen colmillos bien
desarrollados. El elefante de Ceilán es considerado por la mayoría de los
naturalistas como una raza distinta, pero algunos lo consideran una especie
distinta, y aquí «ni uno de cada cien posee colmillos; los pocos que los poseen
son exclusivamente machos». (20. Sir J. Emerson Tennent, «Ceylon», 1859, vol.
ii, pág. 274. Para Malaca, «Journal of Indian Archipelago», vol. iv, pág. 357).
El elefante africano es indudablemente distinto, y la hembra posee colmillos
grandes y bien desarrollados, aunque no tan grandes como los del macho.
Estas diferencias en los colmillos de
las distintas razas y especies de elefantes—la gran variabilidad de los cuernos
de los ciervos, especialmente en los renos salvajes—la presencia ocasional de
cuernos en la hembra de Antilope Bezoartica y su frecuente ausencia en la
hembra de Antilocapra americana—la presencia de dos colmillos en algunos pocos
narvales machos—la ausencia completa de colmillos en algunas morsas hembras—son
todos ejemplos de la extrema variabilidad de los caracteres sexuales secundarios
y de su tendencia a diferir en formas estrechamente relacionadas.
Aunque los colmillos y los cuernos
parecen haber sido desarrollados principalmente como armas sexuales, a menudo
cumplen otros propósitos. El elefante usa sus colmillos para atacar al tigre;
según Bruce, raya los troncos de los árboles hasta que pueden derribarse
fácilmente, y de igual manera extrae los corazones harinosos de las palmeras;
en África, a menudo usa un colmillo, siempre el mismo, para sondear el suelo y
así determinar si soportará su peso. El macho común defiende la manada con sus
cuernos; y se sabe que el alce en Suecia, según Lloyd, mata a un lobo de un
solo golpe con sus grandes cuernos. Se podrían mencionar muchos hechos
similares. Uno de los usos secundarios más curiosos que pueden darse
ocasionalmente a los cuernos de un animal es el observado por el capitán Hutton
(21. 'Calcutta Journal of Natural History', vol. ii, 1843, pág. 526) con la
cabra montés (Capra aegagrus) del Himalaya y, como también se dice del íbice,
cuando el macho cae accidentalmente desde una altura, dobla la cabeza hacia
adentro y, al apoyarse en sus enormes cuernos, amortigua el impacto. La hembra
no puede usar así sus cuernos, que son más pequeños, pero debido a su carácter
más tranquilo, no necesita tanto este extraño tipo de escudo.
Cada macho usa sus armas a su manera.
El carnero común embiste y embiste con tanta fuerza con la base de sus cuernos
que he visto a un hombre corpulento caer como un niño. Las cabras y ciertas
especies de ovejas, por ejemplo, el Ovis cycloceros de Afganistán (22. Sr.
Blyth, en 'Land and Water', marzo de 1867, pág. 134, con la autoridad del
capitán Hutton y otros. Para las cabras salvajes de Pembrokeshire, véase
'Field', 1869, pág. 150), se encabritan sobre sus patas traseras y luego no
solo embisten, sino que "efectúan un corte hacia abajo y un tirón hacia
arriba, con la parte delantera acanalada de su cuerno en forma de cimitarra,
como con un sable. Cuando el O. cycloceros atacó a un gran carnero doméstico,
que era un conocido matón, lo venció por la pura novedad de su forma de luchar,
siempre acercándose de inmediato a su adversario, golpeándolo en la cara y la
nariz con un brusco tirón de la cabeza, y luego saltando fuera del camino antes
de que pudiera devolver el golpe". En Pembrokeshire, se sabe que un macho
cabrío, dueño de un rebaño que durante varias generaciones había estado
salvaje, mató a varios machos en combate singular. Este macho cabrío poseía
enormes cuernos, que medían 90 centímetros en línea recta de punta a punta. El
toro común, como todos saben, cornea y derriba a su oponente; pero se dice que
el búfalo italiano nunca usa sus cuernos: asesta un tremendo golpe con su
frente convexa y luego pisotea a su enemigo caído con las rodillas, un instinto
que el toro común no posee. (23. MEM Bailly, “Sur l'usage des cornes”, etc.,
Anales de Ciencias Naturales, tomo ii. 1824, pág. 369). Por lo tanto, un perro
que agarra a un búfalo por la nariz es aplastado inmediatamente. Sin embargo,
debemos recordar que el búfalo italiano ha sido domesticado desde hace mucho
tiempo, y no es en absoluto seguro que su progenitor salvaje tuviera cuernos
similares. El Sr. Bartlett me informa que, cuando una hembra de búfalo africano
(Bubalus caffer) fue encerrada en un recinto con un macho de la misma especie,
esta lo atacó, y él, a su vez, la empujó con gran violencia. Pero al Sr.
Bartlett le quedó claro que, si el macho no hubiera mostrado una digna
paciencia, fácilmente podría haberla matado de un solo golpe lateral con sus
inmensos cuernos. La jirafa usa sus cuernos cortos y peludos, que son bastante
más largos en el macho que en la hembra, de una manera curiosa; pues, con su
largo cuello, balancea la cabeza a ambos lados, casi boca abajo, con tal fuerza
que he visto una tabla dura profundamente hundida de un solo golpe.
[Fig. 63. Oryx leucoryx, macho (de la
Casa de fieras de Knowsley).]
En el caso de los antílopes, a veces
resulta difícil imaginar cómo pueden usar sus cuernos de curiosa forma; así, el
gacela saltarina (Ant. euchore) tiene cuernos bastante cortos y erguidos, con
las puntas afiladas dobladas hacia adentro casi en ángulo recto, de modo que se
enfrentan entre sí. El Sr. Bartlett desconoce cómo se usan, pero sugiere que
infligirían una terrible herida a cada lado de la cara de su adversario. Los
cuernos ligeramente curvados del Oryx leucoryx (Fig. 63) están dirigidos hacia atrás
y son tan largos que sus puntas sobrepasan la mitad de la espalda, sobre la
cual se extienden en líneas casi paralelas. Por lo tanto, parecen singularmente
inadecuados para el combate; pero el Sr. Bartlett me informa que cuando dos de
estos animales se preparan para la batalla, se arrodillan, con la cabeza entre
las patas delanteras, y en esta actitud los cuernos quedan casi paralelos y
cerca del suelo, con las puntas dirigidas hacia adelante y ligeramente hacia
arriba. Los combatientes se acercan gradualmente, intentando colocar las puntas
hacia arriba bajo el cuerpo del otro. Si uno lo consigue, se levanta de
repente, levantando la cabeza al mismo tiempo, pudiendo herir o incluso
atravesando a su antagonista. Ambos animales se arrodillan constantemente para
protegerse lo más posible de esta maniobra. Se ha registrado que uno de estos
antílopes ha usado su cuerno con éxito incluso contra un león; sin embargo, al
verse obligado a colocar la cabeza entre las patas delanteras para adelantar
las puntas de los cuernos, generalmente se encontraría en gran desventaja al
ser atacado por cualquier otro animal. Por lo tanto, no es probable que los
cuernos hayan sido modificados a su gran longitud y peculiar posición actual
para protegerse de las bestias de presa. Sin embargo, podemos observar que, tan
pronto como algún antiguo progenitor macho del órix adquirió cuernos
moderadamente largos, ligeramente dirigidos hacia atrás, se vio obligado, en
sus batallas con machos rivales, a inclinar la cabeza ligeramente hacia adentro
o hacia abajo, como lo hacen ahora ciertos ciervos; y no es improbable que haya
adquirido el hábito de arrodillarse primero ocasionalmente y luego con
regularidad. En este caso, es casi seguro que los machos con los cuernos más
largos habrían tenido una gran ventaja sobre otros con cuernos más cortos; y
luego, los cuernos se habrían alargado gradualmente, mediante selección sexual,
hasta alcanzar su extraordinaria longitud y posición actuales.
En ciervos de diversas especies, las
ramas de los cuernos presentan un curioso caso de dificultad; pues, sin duda,
una sola punta recta infligiría una herida mucho más grave que varias
divergentes. En el museo de Sir Philip Egerton se conserva un cuerno de ciervo
rojo (Cervus elaphus), de treinta pulgadas de largo, con «no menos de quince
ramas»; y en Moritzburg aún se conserva un par de astas de ciervo rojo, abatida
en 1699 por Federico I, una de las cuales presenta la asombrosa cantidad de
treinta y tres ramas y la otra veintisiete, lo que suma un total de sesenta.
Richardson calcula un par de astas de reno salvaje con veintinueve puntas. (24.
Sobre los cuernos del ciervo rojo, Owen, 'British Fossil Mammals', 1846, pág.
478; Richardson sobre los cuernos del reno, 'Fauna Bor. Americana', 1829, pág.
240. Estoy en deuda con el profesor Victor Carus, por el caso de Moritzburg.)
Por la forma en que se ramifican los cuernos, y más especialmente porque se
sabe que los ciervos a veces luchan entre sí pateando con sus patas delanteras
(25. Hon. JD Caton ('Ottawa Acad. of Nat. Science', mayo de 1868, pág. 9) dice
que los ciervos americanos luchan con sus patas delanteras, después de que
"la cuestión de la superioridad haya sido una vez resuelta y reconocida en
la manada". Bailly, 'Sur l'Usage des cornes', 'Annales des Sciences Nat.'
tom. ii. 1824, pág. 371.), M. Bailly llega a la conclusión de que sus cuernos
les son más perjudiciales que útiles. Pero este autor pasa por alto las
encarnizadas batallas entre machos rivales. Como me sentía muy perplejo sobre
el uso o la ventaja de las ramas, contacté al Sr. McNeill de Colonsay, quien ha
observado con atención y durante mucho tiempo las costumbres del ciervo rojo, y
me informó que nunca había visto usar algunas de las ramas, pero que las astas
de la frente, al inclinarse hacia abajo, constituyen una gran protección para
la frente, y sus puntas también se utilizan en el ataque. Sir Philip Egerton
también me informa, tanto del ciervo rojo como del gamo, que, al luchar, se lanzan
repentinamente uno contra el otro y, al clavar sus cuernos en el cuerpo del
otro, se produce una lucha desesperada. Cuando uno finalmente se ve obligado a
ceder y darse la vuelta, el vencedor intenta hundir las astas de la frente en
su enemigo derrotado. Por lo tanto, parece que las ramas superiores se utilizan
principal o exclusivamente para empujar y hacer esgrima. Sin embargo, en
algunas especies, las ramas superiores se utilizan como armas ofensivas; cuando
un hombre fue atacado por un ciervo wapití (Cervus canadensis) en el parque del
juez Caton en Ottawa, y varios hombres intentaron rescatarlo, el ciervo «nunca
levantó la cabeza del suelo; de hecho, mantuvo la cara casi plana en el suelo,
con la nariz casi entre las patas delanteras, excepto cuando giró la cabeza
hacia un lado para observar de nuevo antes de lanzarse». En esta posición, las
puntas de los cuernos apuntaban contra sus adversarios. «Al girar la cabeza,
necesariamente la levantaba un poco,Porque sus astas eran tan largas que no
podía girar la cabeza sin levantarlas de un lado, mientras que del otro tocaban
el suelo. Con este procedimiento, el ciervo hizo retroceder gradualmente al
grupo de rescatadores a una distancia de 150 o 200 pies; y el hombre atacado
murió. (26. Véase un relato muy interesante en el Apéndice del trabajo del
Honorable J.D. Caton, citado anteriormente).
[Fig. 64. Strepsiceros Kudu (de
'Zoología de Sudáfrica' de Sir Andrew Smith).
Aunque las astas de ciervo son armas
eficaces, creo que no cabe duda de que una sola punta habría sido mucho más
peligrosa que una cornamenta ramificada; y el juez Caton, con amplia
experiencia con ciervos, coincide plenamente con esta conclusión. Las astas
ramificadas, aunque muy importantes como defensa contra ciervos rivales, no
parecen perfectamente adecuadas para este propósito, ya que tienden a
entrelazarse. Por lo tanto, he sospechado que podrían servir en parte como
adornos. Que las astas ramificadas de ciervo, así como los elegantes cuernos
lirados de ciertos antílopes, con su elegante doble curvatura (Fig. 64), sean
ornamentales para nosotros, es indiscutible. Si, entonces, las astas, como los
espléndidos atavíos de los antiguos caballeros, realzan la noble apariencia de
ciervos y antílopes, es posible que hayan sido modificadas en parte para este
propósito, aunque principalmente para su uso en la batalla. Pero no tengo
ninguna evidencia que apoye esta creencia.
Recientemente se ha publicado un caso
interesante, del cual se desprende que los cuernos de un ciervo en un distrito
de Estados Unidos se están modificando mediante selección sexual y natural. Un
escritor de una excelente revista estadounidense (27. The 'American
Naturalist', diciembre de 1869, pág. 552) afirma haber cazado durante los
últimos veintiún años en las Adirondacks, donde abunda el Cervus virginianus.
Hace unos catorce años oyó hablar por primera vez de los ciervos de cuernos
puntiagudos. Estos se hicieron cada vez más comunes; hace unos cinco años
abatió a uno, y después a otro, y ahora los mata con frecuencia. El cuerno
puntiagudo difiere mucho de la cornamenta común del C. virginianus. Consiste en
una sola púa, más delgada que la cornamenta y de apenas la mitad de longitud,
que se proyecta hacia adelante desde la frente y termina en una punta muy
afilada. Esto le otorga una ventaja considerable sobre el ciervo común. Además
de permitirle correr más rápido a través de bosques espesos y maleza (todo
cazador sabe que las hembras y los ciervos jóvenes corren mucho más rápido que
los ciervos grandes cuando están armados con sus robustas astas), el cuerno
puntiagudo es un arma más efectiva que la cornamenta común. Con esta ventaja,
los ciervos con cuerno puntiagudo están ganando terreno a los ciervos comunes
y, con el tiempo, podrían reemplazarlos por completo en las Adirondacks. Sin
duda, el primer ciervo con cuerno puntiagudo fue simplemente un capricho
accidental de la naturaleza. Pero sus cuernos puntiagudos le dieron una ventaja
y le permitieron propagar su peculiaridad. Sus descendientes, con una ventaja
similar, han propagado la peculiaridad en una proporción cada vez mayor, hasta
que poco a poco desplazan a los ciervos astados de la región que habitan. Un
crítico ha objetado con razón esta explicación al preguntar por qué, si los
cuernos simples son ahora tan ventajosos, ¿se desarrollaron las astas
ramificadas de la forma progenitora? A esto solo puedo responder señalando que
un nuevo modo de ataque con nuevas armas podría ser una gran ventaja, como lo
demuestra el caso del Ovis cycloceros, que así conquistó a un carnero doméstico
famoso por su potencia de combate. Aunque las astas ramificadas de un ciervo
están bien adaptadas para luchar con sus rivales, y aunque podría ser una
ventaja para la variedad de cuernos largos y ramificados adquirir lentamente
cuernos largos y ramificados, si tuviera que luchar solo con otros de la misma
especie, de ninguna manera se deduce que los cuernos ramificados sean los más
adecuados para vencer a un enemigo con armas diferentes. En el caso antes
mencionado del Oryx leucoryx, es casi seguro que la victoria recaería en un
antílope que tuviera cuernos cortos y que, por lo tanto, no necesitara
arrodillarse, aunque un órix podría beneficiarse al tener cuernos aún más
largos, si luchaba solo con sus rivales adecuados.
Los cuadrúpedos machos, provistos de
colmillos, los usan de diversas maneras, como en el caso de los cuernos. El
jabalí ataca lateralmente y hacia arriba; el ciervo almizclero, hacia abajo,
con gran impacto. (28. Pallas, 'Spicilegia Zoologica', fasc. xiii. 1779, pág.
18). La morsa, a pesar de tener un cuello tan corto y un cuerpo tan torpe,
«puede atacar hacia arriba, hacia abajo o hacia los lados con igual destreza».
(29. Lamont, 'Seasons with the Sea-Horses', 1861, pág. 141). El difunto Dr.
Falconer me informó que el elefante indio lucha de forma diferente según la
posición y la curvatura de sus colmillos. Cuando los dirige hacia adelante y
hacia arriba, puede lanzar a un tigre a gran distancia, se dice que incluso a
nueve metros; Cuando son cortos y están vueltos hacia abajo, intenta
repentinamente inmovilizar al tigre contra el suelo y, en consecuencia, es
peligroso para el jinete, que puede ser arrancado del howdah. (30. Véase
también Corse ('Philosophical Transactions', 1799, pág. 212) sobre la forma en
que la variedad Mooknah de colmillos cortos ataca a otros elefantes).
Muy pocos cuadrúpedos machos poseen
armas de dos tipos distintos, especialmente adaptadas para luchar contra machos
rivales. El ciervo muntjac macho (Cervulus), sin embargo, constituye una
excepción, ya que posee cuernos y caninos erectos. De lo que sigue se desprende
que un tipo de arma ha sido a menudo reemplazado con el paso del tiempo por
otro. En los rumiantes, el desarrollo de los cuernos generalmente es inverso al
de los caninos, incluso moderadamente desarrollados. Así, los camellos,
guanacos, chevrotains y ciervos almizcleros carecen de cuernos y poseen caninos
eficientes; estos dientes son «siempre de menor tamaño en las hembras que en
los machos». Los camélidos poseen, además de sus caninos verdaderos, un par de
incisivos con forma de canino en la mandíbula superior. (31. Owen, 'Anatomía de
Vertebrados', vol. iii, pág. 349.) Los ciervos y antílopes machos, por otro
lado, poseen cuernos, y rara vez presentan caninos; y estos, cuando están
presentes, siempre son pequeños, por lo que es dudoso que sean de alguna
utilidad en sus batallas. En Antilope montana, solo existen como rudimentos en
el macho joven, desapareciendo con la edad; y están ausentes en la hembra a
todas las edades; pero se sabe que las hembras de otros antílopes y de ciertos
ciervos ocasionalmente presentan rudimentos de estos dientes. (32. Véase
Ruppell (en 'Proc. Zoolog. Soc.' 12 de enero de 1836, pág. 3) sobre los caninos
en ciervos y antílopes, con una nota del Sr. Martin sobre una cierva americana
hembra. Véase también Falconer ('Palaeont. Memoirs and Notes', vol. i. 1868,
pág. 576) sobre los caninos en una cierva adulta. En los machos viejos del
ciervo almizclero, los caninos (Pallas, 'Spic. Zoolog.' fasc. xiii. 1779, pág.
18) a veces crecen hasta una longitud de tres pulgadas, mientras que en las
hembras viejas un rudimento se proyecta apenas media pulgada por encima de las
encías). Los sementales tienen pequeños dientes caninos, que están
completamente ausentes o son rudimentarios en la yegua; Sin embargo, no parecen
usarse en combates, ya que los sementales muerden con sus incisivos y no abren
la boca como los camellos y los guanacos. Siempre que el macho adulto posea
caninos, ahora ineficaces, mientras que la hembra carece de ellos o solo posee
rudimentos, podemos concluir que el progenitor macho primitivo de la especie
estaba provisto de caninos eficaces, que se han transferido parcialmente a las
hembras. La reducción de estos dientes en los machos parece deberse a algún
cambio en su forma de luchar, a menudo (pero no en el caballo) causado por el
desarrollo de nuevas armas.
Los colmillos y cuernos son
manifiestamente de gran importancia para quienes los poseen, ya que su
desarrollo consume mucha materia organizada. Se sabe que un solo colmillo del
elefante asiático —una de las especies lanudas extintas— y del elefante africano
pesan, respectivamente, 150, 160 y 180 libras; algunos autores han estimado
pesos incluso mayores. (33. Emerson Tennent, «Ceylon», 1859, vol. ii, pág. 275;
Owen, «British Fossil Mammals», 1846, pág. 245). En el caso del ciervo, cuyos
cuernos se renuevan periódicamente, el desgaste físico debe ser mayor; los
cuernos, por ejemplo, del alce pesan entre cincuenta y sesenta libras, y los
del alce irlandés extinto, entre sesenta y setenta libras; el cráneo de este
último pesa, en promedio, solo cinco libras y cuarto. Aunque los cuernos de las
ovejas no se renuevan periódicamente, su desarrollo, en opinión de muchos
agricultores, supone una pérdida considerable para el criador. Además, los
ciervos, al escapar de las bestias de presa, cargan con un peso adicional para
la carrera y se retrasan considerablemente al atravesar zonas boscosas. El
alce, por ejemplo, con cuernos que se extienden cinco pies y medio de punta a
punta, aunque es tan hábil en su uso que no toca ni rompe una ramita al caminar
tranquilamente, no puede actuar con la misma destreza al escapar corriendo de
una manada de lobos. «Durante su avance, mantiene el hocico levantado, de modo
que los cuernos quedan horizontalmente hacia atrás; y en esta postura no puede
ver el suelo con claridad». (34. Richardson, «Fauna Bor. Americana», sobre el
alce Alces palmata, págs. 236, 237; sobre la extensión de los cuernos, «Tierra
y Agua», 1869, pág. 143. Véase también Owen, «Mamíferos fósiles británicos»,
sobre el alce irlandés, págs. 447, 455.) Las puntas de los cuernos del gran
alce irlandés estaban separadas por ocho pies. Si bien los cuernos están
cubiertos de terciopelo, que en el ciervo rojo dura unas doce semanas, son
extremadamente sensibles a los golpes; por lo que en Alemania los ciervos en
esta época cambian un poco sus hábitos y, evitando los bosques densos,
frecuentan bosques jóvenes y matorrales bajos. (35. 'Forest Creatures', de C.
Boner, 1861, pág. 60.) Estos hechos nos recuerdan que los pájaros machos han
adquirido plumas ornamentales a costa de un vuelo retardado, y otros adornos a
costa de cierta pérdida de poder en sus batallas con los machos rivales.
En los mamíferos, cuando, como suele
ocurrir, los sexos difieren en tamaño, los machos casi siempre son más grandes
y fuertes. El Sr. Gould me informa que esto se aplica notablemente a los
marsupiales de Australia, cuyos machos parecen seguir creciendo hasta una edad
inusualmente avanzada. Pero el caso más extraordinario es el de una foca
(Callorhinus ursinus), una hembra adulta que pesa menos de una sexta parte de
un macho adulto. (36. Véase el interesantísimo artículo del Sr. JA Allen en
'Bull. Mus. Comp. Zoology of Cambridge, United States', vol. ii. n.º 1, pág.
82. Los pesos fueron determinados por un observador cuidadoso, el capitán
Bryant. El Dr. Gill en 'The American Naturalist', enero de 1871, el profesor
Shaler sobre el tamaño relativo de los sexos de las ballenas, 'American
Naturalist', enero de 1873.) El Dr. Gill señala que es en las focas polígamas,
cuyos machos son bien conocidos por luchar ferozmente entre sí, que los sexos
difieren mucho en tamaño; las especies monógamas difieren muy poco. Las ballenas
también proporcionan evidencia de la relación existente entre la pugnacidad de
los machos y su gran tamaño en comparación con el de la hembra; los machos de
las ballenas francas no luchan entre sí, y no son más grandes, sino más bien
más pequeños, que sus hembras; Por otro lado, los cachalotes machos luchan
mucho juntos, y sus cuerpos "a menudo se encuentran marcados con la huella
de los dientes de su rival", y son el doble de grandes que las hembras. La
mayor fuerza del macho, como Hunter señaló hace mucho tiempo (37. 'Animal
Economy', pág. 45), se manifiesta invariablemente en las partes del cuerpo que
entran en acción al luchar con machos rivales; por ejemplo, en el enorme cuello
del toro. Los machos cuadrúpedos también son más valientes y combativos que las
hembras. Es indudable que estas características se han adquirido, en parte
mediante la selección sexual, debido a una larga serie de victorias, de los
machos más fuertes y valientes sobre los más débiles, y en parte mediante los
efectos heredados del uso. Es probable que las variaciones sucesivas en fuerza,
tamaño y coraje, ya sea debidas a la mera variabilidad o a los efectos del uso,
por cuya acumulación los cuadrúpedos machos han adquirido estas cualidades
características, ocurrieron bastante tarde en la vida y, en consecuencia,
estuvieron en gran medida limitadas en su transmisión al mismo sexo.
A partir de estas consideraciones,
ansiaba obtener información sobre el lebrel escocés, cuyos sexos difieren más
en tamaño que los de cualquier otra raza (aunque los sabuesos difieren
considerablemente), o que los de cualquier especie canina salvaje que conozca.
Por consiguiente, me dirigí al Sr. Cupples, reconocido por su éxito con esta
raza, quien ha pesado y medido a muchos de sus propios perros y quien, con gran
amabilidad, ha recopilado para mí la siguiente información de diversas fuentes.
Los machos de buena calidad, medidos a la cruz, miden desde 71 cm (28
pulgadas), que es bajo, hasta 83 o incluso 86 cm (33 o incluso 34 pulgadas) de
altura; y pesan desde 36 kg (80 libras), que es ligero, hasta 54 kg (120
libras), o incluso más. Las hembras miden desde 58 cm (23 a 27, o incluso 28
pulgadas); y pesan desde 22,5 a 27, o incluso 36 kg (50 a 70, o incluso 36 kg).
(38. Véase también el 'Manual on the Dog' de Richardson, pág. 59. El Sr.
McNeill, quien fue el primero en llamar la atención sobre la desigualdad de
tamaño entre los sexos, en 'Art of Deer-Stalking' de Scrope, proporciona mucha
información valiosa sobre el lebrel escocés. Espero que el Sr. Cupples mantenga
su intención de publicar un relato completo e historia de esta famosa raza). El
Sr. Cupples concluye que de 95 a 100 libras para el macho y 70 para la hembra
sería un promedio seguro; pero hay razones para creer que antiguamente ambos
sexos alcanzaban un peso mayor. El Sr. Cupples ha pesado cachorros cuando
tenían quince días; en una camada, el peso promedio de cuatro machos excedió al
de dos hembras por seis onzas y media; en otra camada, el peso promedio de
cuatro machos excedió al de una hembra por menos de una onza; Los mismos
machos, a las tres semanas de edad, superaban a la hembra en siete onzas y
media, y a las seis semanas en casi catorce onzas. El Sr. Wright, de Yeldersley
House, en una carta al Sr. Cupples, dice: «He tomado nota del tamaño y el peso
de los cachorros de muchas camadas y, según mi experiencia, los cachorros de
perro, por regla general, difieren muy poco de las hembras hasta que llegan a
los cinco o seis meses de edad; y entonces los machos empiezan a crecer,
superando a las hembras tanto en peso como en tamaño. Al nacer, y durante
varias semanas después, un cachorro de perra a veces será más grande que
cualquiera de los perros, pero invariablemente son superados por ellos más
tarde». El Sr. McNeill, de Colonsay, concluye que «los machos no alcanzan su
crecimiento completo hasta después de los dos años, aunque las hembras lo alcanzan
antes». Según la experiencia del Sr. Cupples, los perros machos crecen en
estatura hasta los doce o dieciocho meses, y en peso hasta los dieciocho o
veinticuatro meses; mientras que las hembras dejan de crecer en estatura entre
los nueve y los catorce o quince meses, y en peso entre los doce y los quince
meses. De estas diversas afirmaciones se desprende claramente que la diferencia
total de tamaño entre el lebrel escocés macho y la hembra no se adquiere hasta
una edad bastante avanzada. Los machos se utilizan casi exclusivamente para la
caza, ya que, según me informa el Sr. McNeill,Las hembras no tienen la fuerza
ni el peso suficientes para derribar a un ciervo adulto. De los nombres usados
en antiguas leyendas, según me cuenta el Sr. Cupples, parece que, en una
época muy antigua, los machos eran los más célebres, y las hembras solo se
mencionaban como madres de perros famosos. Por lo tanto, durante muchas
generaciones, el macho ha sido el que se ha probado principalmente en fuerza,
tamaño, velocidad y coraje, y de él se habrán criado los mejores. Sin embargo,
como los machos no alcanzan su tamaño completo hasta una edad bastante
avanzada, habrán tendido, de acuerdo con la ley a menudo indicada, a transmitir
sus características solo a sus crías masculinas; y así probablemente se
explique la gran desigualdad de tamaño entre los sexos del lebrel escocés.
[Fig. 65. Cabeza de jabalí común, en
la flor de la vida (de Brehm).]
Los machos de algunos cuadrúpedos
poseen órganos o partes desarrolladas exclusivamente como medio de defensa
contra los ataques de otros machos. Algunas especies de ciervos utilizan, como
hemos visto, las ramas superiores de sus cuernos principal o exclusivamente
para defenderse; y el antílope órix, según me informa el Sr. Bartlett, practica
la esgrima con gran destreza con sus cuernos largos y suavemente curvados; pero
estos también se utilizan como órganos de ataque. El mismo observador señala
que los rinocerontes, al luchar, paran los golpes laterales con sus cuernos,
que chocan con fuerza, al igual que los colmillos de los jabalíes. Aunque los
jabalíes luchan desesperadamente, rara vez, según Brehm, reciben heridas
mortales, ya que los golpes caen sobre los colmillos del otro, o sobre la capa
cartilaginosa que cubre el hombro, llamada escudo por los cazadores alemanes; y
aquí tenemos una parte especialmente modificada para la defensa. En los
jabalíes en la flor de la vida (Fig. 65), los colmillos de la mandíbula
inferior se utilizan para la lucha, pero con la vejez, como afirma Brehm, se
curvan tanto hacia adentro y hacia arriba sobre el hocico que ya no pueden
utilizarse de esta manera. Sin embargo, aún pueden servir, e incluso con mayor
eficacia, como medio de defensa. En compensación por la pérdida de los
colmillos inferiores como armas ofensivas, los de la mandíbula superior, que
siempre sobresalen ligeramente lateralmente, aumentan con la edad tanto en
longitud y se curvan tanto hacia arriba que pueden utilizarse para el ataque.
No obstante, un jabalí viejo no es tan peligroso para el hombre como uno de
seis o siete años. (39. Brehm, 'Thierleben', B. ii. ss. 729-732.)
[Higo. 66. Cráneo del cerdo Babirusa
(del 'Archipiélago malayo' de Wallace).]
En el cerdo Babirusa macho adulto de
Célebes (Fig. 66), los colmillos inferiores son armas formidables, como los del
jabalí europeo en la flor de la vida, mientras que los superiores son tan
largos y tienen las puntas tan curvadas hacia adentro, que a veces incluso
rozan la frente, que resultan completamente inútiles como armas de ataque. Se
asemejan más a cuernos que a dientes, y son tan manifiestamente inútiles como
dientes que antiguamente se suponía que el animal apoyaba la cabeza
enganchándolos en una rama. Sin embargo, sus superficies convexas, si la cabeza
se mantuviera ligeramente lateral, servirían como una excelente protección; y
quizás por eso, en animales viejos, «generalmente se rompen, como si se tratara
de una pelea». (40. Véase el interesante relato de este animal del Sr. Wallace,
'El archipiélago malayo', 1869, vol. ip 435.) Aquí, pues, tenemos el curioso
caso de los colmillos superiores del Babirusa que regularmente asumen durante
la flor de la vida una estructura que aparentemente los hace aptos sólo para la
defensa; mientras que en el jabalí europeo los colmillos inferiores asumen en
menor grado y sólo durante la vejez casi la misma forma, y entonces sirven de
la misma manera únicamente para la defensa.
[Fig. 67. Cabeza de jabalí etíope
hembra, de «Proc. Zool. Soc.» 1869, que muestra las mismas características que
el macho, aunque a escala reducida. Nota: Cuando se realizó el grabado por
primera vez, tuve la impresión de que representaba al macho.]
En el jabalí verrugoso (véase
Phacochoerus aethiopicus, Fig. 67), los colmillos de la mandíbula superior del
macho se curvan hacia arriba durante la juventud y, al ser puntiagudos, sirven
como armas formidables. Los colmillos de la mandíbula inferior son más afilados
que los de la superior, pero debido a su corta longitud, parece difícil que
puedan usarse como armas de ataque. Sin embargo, deben reforzar
considerablemente los de la mandíbula superior, al estar afilados para
ajustarse perfectamente a sus bases. Ni los colmillos superiores ni los
inferiores parecen haber sido modificados específicamente para actuar como
defensas, aunque sin duda se utilizan hasta cierto punto para este propósito.
Pero el jabalí verrugoso no carece de otros medios especiales de protección, ya
que tiene, a cada lado de la cara, debajo de los ojos, una almohadilla
cartilaginosa oblonga, bastante rígida pero flexible (Fig. 67), que sobresale
cinco o siete centímetros hacia afuera; Al observar al animal vivo, tanto al
Sr. Bartlett como a mí nos pareció que estas almohadillas, al ser golpeadas
desde abajo por los colmillos de un oponente, se doblaban hacia arriba,
protegiendo así admirablemente los ojos, algo prominentes. Puedo añadir, con la
autoridad del Sr. Bartlett, que estos jabalíes, al pelear, se colocan cara a
cara.
Por último, el potamoquero africano
(Potomochoerus penicillatus) presenta una protuberancia cartilaginosa dura a
cada lado de la cara, debajo de los ojos, que corresponde a la almohadilla
flexible del jabalí verrugoso. También presenta dos prominencias óseas en la
mandíbula superior, sobre las fosas nasales. Un jabalí de esta especie,
presente en el Jardín Zoológico, irrumpió recientemente en la jaula del jabalí
verrugoso. Lucharon toda la noche y a la mañana siguiente fueron encontrados
muy exhaustos, pero no gravemente heridos. Es un hecho significativo, que
demuestra la función de las proyecciones y excrecencias descritas, que estas
estaban cubiertas de sangre y presentaban marcas y abrasiones extraordinarias.
Aunque los machos de tantos miembros
de la familia de los cerdos están provistos de armas, y como acabamos de ver,
de medios de defensa, estas armas parecen haber sido adquiridas en un período
geológico bastante tardío. El Dr. Forsyth Major especifica (41. 'Atti della
Soc. Italiana di Sc. Nat.' 1873, vol. xv. fasc. iv.) varias especies del
Mioceno, en ninguna de las cuales los colmillos parecen haber estado muy
desarrollados en los machos; y el profesor Rutimeyer ya había quedado
impresionado por este mismo hecho.
La melena del león constituye una
buena defensa contra los ataques de leones rivales, el único peligro al que
está expuesto; pues los machos, según me informa Sir A. Smith, se enzarzan en
terribles batallas, y un león joven no se atreve a acercarse a uno viejo. En
1857, un tigre en Bromwich irrumpió en la jaula de un león y se produjo una
escena aterradora: «La melena del león salvó su cuello y cabeza de sufrir
graves heridas, pero el tigre finalmente logró desgarrarle el vientre, y en
pocos minutos murió». (42. 'The Times', 10 de noviembre de 1857. Respecto al
lince canadiense, véase Audubon y Bachman, 'Quadrupeds of North America', 1846,
pág. 139). El amplio collar alrededor de la garganta y la barbilla del lince
canadiense (Felis canadensis) es mucho más largo en el macho que en la hembra;
pero desconozco si sirve como defensa. Las focas macho son bien conocidas por
pelear desesperadamente entre sí, y los machos de ciertas especies (Otaria
jubata) (43. Dr. Murie, sobre Otaria, 'Proc. Zoolog. Soc.' 1869, pág. 109. El
Sr. JA Allen, en el artículo citado anteriormente (pág. 75), duda que el pelo,
que es más largo en el cuello en el macho que en la hembra, merezca ser llamado
melena.) tienen grandes melenas, mientras que las hembras tienen pequeñas o
ninguna. El babuino macho del Cabo de Buena Esperanza (Cynocephalus porcarius)
tiene una melena mucho más larga y colmillos más grandes que la hembra; y la
melena probablemente sirve como protección, ya que, al preguntar a los
cuidadores del Jardín Zoológico, sin darles ninguna pista sobre mi objetivo, si
alguno de los monos se atacaba especialmente por la nuca, me respondieron que
este no era el caso, excepto con el babuino mencionado anteriormente. En el
babuino Hamadryas, Ehrenberg compara la melena del macho adulto con la de un
león joven, mientras que en las crías de ambos sexos y en la hembra la melena
está casi ausente.
Me pareció probable que la inmensa y
lanuda crin del bisonte americano macho, que llega casi hasta el suelo y es
mucho más desarrollada en los machos que en las hembras, les sirviera de
protección en sus terribles batallas; pero un cazador experimentado le dijo al
juez Caton que nunca había observado nada que confirmara esta creencia. El
semental tiene una crin más espesa y densa que la yegua; y he consultado en
detalle a dos grandes entrenadores y criadores que han cuidado muchos caballos
enteros, y me han asegurado que «invariablemente intentan agarrarse por el
cuello». Sin embargo, de lo anterior no se desprende que, cuando el pelo del
cuello sirve como defensa, se haya desarrollado originalmente con este fin,
aunque esto es probable en algunos casos, como en el del león. El Sr. McNeill
me informa que los pelos largos de la garganta del ciervo (Cervus elaphus) le
sirven de gran protección cuando es cazado, pues los perros generalmente
intentan agarrarlo por el cuello; pero no es probable que estos pelos estuvieran
especialmente desarrollados para este propósito; de lo contrario, los jóvenes y
las hembras habrían estado igualmente protegidos.
ELECCIÓN DE EMPAREJAMIENTO POR
CUALQUIER SEXO DE CUADRUPEDOS.
Antes de describir en el siguiente
capítulo las diferencias entre los sexos en cuanto a voz, olores emitidos y
adornos, conviene considerar si los sexos ejercen alguna elección en sus
uniones. ¿Prefiere la hembra a algún macho en particular, ya sea antes o
después de que los machos hayan luchado juntos por la supremacía? ¿O es el
macho, cuando no es polígamo, quien selecciona a alguna hembra en particular?
La impresión general entre los criadores parece ser que el macho acepta a
cualquier hembra; y esto, debido a su afán, es probablemente cierto en la
mayoría de los casos. Es mucho más dudoso que la hembra, por regla general,
acepte con indiferencia a cualquier macho. En el capítulo decimocuarto, sobre
las Aves, se presentó una considerable cantidad de evidencia directa e
indirecta que demuestra que la hembra selecciona a su pareja; y sería una
extraña anomalía que las hembras cuadrúpedas, que ocupan un lugar más alto en
la escala social y poseen mayores facultades mentales, no ejercieran
generalmente, o al menos a menudo, alguna elección. La hembra podría, en la
mayoría de los casos, escapar si es cortejada por un macho que no la complace
ni la excita. Y cuando era perseguida por varios machos, como suele ocurrir, a
menudo tenía la oportunidad, mientras peleaban, de escapar con uno de ellos, o
al menos de aparearse temporalmente con él. Esta última contingencia se ha
observado a menudo en Escocia con hembras de ciervo rojo, según me informan Sir
Philip Egerton y otros. (44. El Sr. Boner, en su excelente descripción de las
costumbres del ciervo rojo en Alemania ('Forest Creatures', 1861, pág. 81),
dice: «Mientras el ciervo defiende sus derechos contra un intruso, otro invade
el santuario de su harén y se lleva trofeo tras trofeo». Exactamente lo mismo
ocurre con las focas; véase Sr. J. A. Allen, ibíd., pág. 100).
Es difícil saber mucho sobre las
hembras cuadrúpedas en estado natural que toman decisiones sobre sus uniones
matrimoniales. Los siguientes detalles curiosos sobre el cortejo de una foca
orejuda (Callorhinus ursinus) se dan (45. Sr. J. A. Allen en 'Bull. Mus. Comp.
Zoolog. of Cambridge, United States', vol. ii. n.° 1, p. 99) con la autoridad
del capitán Bryant, quien tuvo amplias oportunidades de observación. Dice:
“Muchas hembras, al llegar a la isla donde se reproducen, parecen deseosas de
regresar con algún macho en particular y con frecuencia trepan a las rocas
periféricas para contemplar las colonias, llamando y escuchando como si
buscaran una voz familiar. Luego, al cambiar de lugar, repiten el mismo
procedimiento... En cuanto una hembra llega a la orilla, el macho más cercano
baja a recibirla, emitiendo un sonido similar al cloqueo de una gallina a sus
polluelos. Se inclina ante ella y la persuade hasta interponerse entre ella y
el agua para que no pueda escapar. Luego cambia de actitud y, con un gruñido
áspero, la conduce a un lugar en su harén. Esto continúa hasta que la fila
inferior de harenes está casi llena. Entonces, los machos de las zonas más
altas eligen el momento en que sus vecinos más afortunados están desprevenidos
para robarles a sus esposas. Lo hacen tomándolas en la boca, levantándolas por
encima de las cabezas de las otras hembras y colocándolas cuidadosamente en su
propio harén, llevándolas como los gatos a sus crías. Los que están aún más
arriba las persiguen. El mismo método hasta que todo el espacio está ocupado.
Con frecuencia se produce una lucha entre dos machos por la posesión de la
misma hembra, y ambos, al apoderarse de ella a la vez, la parten en dos o la
desgarran terriblemente con los dientes. Cuando el espacio está ocupado, el
macho viejo pasea con complacencia revisando a su familia, regañando a quienes
se amontonan o molestan a los demás y ahuyentando ferozmente a los intrusos.
Esta vigilancia siempre lo mantiene ocupado.
Como se sabe tan poco sobre el
cortejo de los animales en estado natural, me he esforzado por descubrir hasta
qué punto nuestros cuadrúpedos domésticos muestran cierta predisposición a
elegir en sus uniones. Los perros ofrecen la mejor oportunidad para la
observación, ya que se les cuida con esmero y se les comprende bien. Muchos
criadores han expresado una opinión firme al respecto. Así, el Sr. Mayhew
comenta: «Las hembras son capaces de otorgar su afecto; y los recuerdos tiernos
son tan poderosos sobre ellas como se sabe que lo son en otros casos, cuando se
trata de animales superiores. Las hembras no siempre son prudentes en sus
amores, sino que tienden a entregarse a perros de baja estatura. Si se crían
con un compañero de apariencia vulgar, a menudo surge entre la pareja una
devoción que el tiempo no puede dominar. La pasión, como realmente es, se
convierte en una resistencia más que romántica». El Sr. Mayhew, quien se dedicó
principalmente a las razas más pequeñas, está convencido de que las hembras se sienten
fuertemente atraídas por los machos de gran tamaño. (46. 'Dogs: their
Management', por E. Mayhew, MRCVS, 2.ª ed., 1864, págs. 187-192.) El conocido
veterinario Blaine afirma (47. Citado por Alex. Walker, 'On Intermarriage',
1838, pág. 276; véase también pág. 244.) que su propia perra pug se encariñó
tanto con un spaniel, y una setter con un cur, que en ninguno de los dos casos
se aparearon con un perro de su misma raza hasta pasadas varias semanas. Me han
dado dos relatos similares y fiables sobre una perra retriever y un spaniel,
que se enamoraron de los terrier.
El Sr. Cupples me informa que puede
dar fe personalmente de la veracidad del siguiente caso, aún más notable, en el
que una valiosa y maravillosamente inteligente terrier hembra sentía tal cariño
por un retriever de un vecino que a menudo era necesario separarla a rastras.
Tras su separación definitiva, aunque mostraba repetidamente leche en sus
pezones, nunca reconoció el cortejo de ningún otro perro y, para pesar de su
dueño, nunca tuvo cachorros. El Sr. Cupples también afirma que, en 1868, una
lebrel hembra de su perrera tuvo tres cachorros, y en cada ocasión mostró una
marcada preferencia por uno de los cuatro lebreles que vivían con ella, todos
en la flor de la vida, aunque no el más entusiasta. El Sr. Cupples ha observado
que la hembra generalmente prefiere a un perro con el que ha estado en contacto
y que conoce; su timidez y recelo al principio la inclinan hacia un perro
desconocido. El macho, por el contrario, parece más inclinado hacia las hembras
desconocidas. Parece ser raro que el macho rechace a una hembra en particular,
pero el Sr. Wright, de Yeldersley House, un gran criador de perros, me informa
que ha conocido algunos casos; cita el caso de uno de sus perros de caza que no
se fijó en una hembra de mastín en particular, por lo que tuvo que emplear
otro. Sería superfluo citar, como podría, otros ejemplos, y solo añadiré que el
Sr. Barr, quien ha criado cuidadosamente muchos perros de caza, afirma que en
casi todos los casos, individuos de sexos opuestos muestran una marcada
preferencia mutua. Finalmente, el Sr. Cupples, tras dedicar un año más a este
tema, me ha escrito: «He confirmado plenamente mi afirmación anterior: los
perros en edad reproductiva tienen preferencias mutuas, a menudo influenciadas
por el tamaño, el color brillante y las características individuales, así como
por el grado de familiaridad previa».
En cuanto a los caballos, el Sr.
Blenkiron, el mejor criador de caballos de carreras del mundo, me informa que
los sementales son tan a menudo caprichosos en su elección, rechazando a una
yegua y, sin motivo aparente, adoptando otra, que se ven obligados a recurrir a
diversos artificios. El famoso Monarque, por ejemplo, jamás se fijaría en la
madre de Gladiateur, y hubo que recurrir a un truco. Podemos comprender en
parte por qué los valiosos sementales de carreras, cuya demanda es tal que casi
se agotan, son tan meticulosos en su selección. El Sr. Blenkiron nunca ha
conocido a una yegua rechazar a un caballo; pero esto ha ocurrido en el establo
del Sr. Wright, por lo que la yegua tuvo que ser engañada. Prosper Lucas (48.
'Traité de l'Héréd. Nat.' tom. ii. 1850, p. 296.) cita varias declaraciones de
autoridades francesas y comenta: "On voit des étalons qui s'eprennent
d'une jument, et negligent toutes les autres". Da, basándose en la
autoridad de Baelen, hechos similares con respecto a los toros; y el señor H.
Reeks me asegura que un famoso toro de cuernos cortos perteneciente a su padre
“invariablemente se negaba a ser emparejado con una vaca negra”. Hoffberg, al
describir los renos domesticados de Laponia, dice: "Foeminae majores et
fortiores mares prae caeteris admittunt, ad eos confugiunt, a junioribus
agitatae, qui hos in fugam conjiciunt". (49. 'Amoenitates Acad.' vol. iv.
1788, pág. 160.) Un clérigo, que ha criado muchos cerdos, afirma que las cerdas
a menudo rechazan un verraco e inmediatamente aceptan otro.
A partir de estos hechos, no cabe
duda de que, en la mayoría de nuestros cuadrúpedos domésticos, se manifiestan
con frecuencia fuertes antipatías y preferencias individuales, mucho más
comúnmente por parte de las hembras que por los machos. Siendo así, es
improbable que las uniones de cuadrúpedos en estado natural se dejen al mero
azar. Es mucho más probable que las hembras se sientan atraídas o excitadas por
machos particulares, que poseen ciertas características en mayor grado que
otros machos; pero cuáles son estas características rara vez o nunca podemos
descubrirlas con certeza.
CAPÍTULO XVIII.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DE LOS MAMÍFEROS—continuación.
Voz—Particularidades sexuales
notables en las focas—Olor—Desarrollo del pelo—Color del pelo y de la piel—Caso
anómalo de la hembra más ornamentada que el macho—Color y ornamentos debidos a
la selección sexual—Color adquirido con fines de protección—Color, aunque común
a ambos sexos, a menudo debido a la selección sexual—Sobre la desaparición de
manchas y rayas en los cuadrúpedos adultos—Sobre los colores y ornamentos de
los cuadrúmanos—Resumen.
Los cuadrúpedos usan su voz con
diversos fines: como señal de peligro, como llamada de un miembro de la manada
a otro, de la madre a su cría perdida, o de esta última a su madre para
protegerla; pero no es necesario considerar aquí estos usos. Nos ocupamos
únicamente de la diferencia entre las voces de los sexos, por ejemplo, entre la
del león y la leona, o la del toro y la vaca. Casi todos los machos usan su voz
mucho más durante la época de celo que en cualquier otro momento; y se dice que
algunos, como la jirafa y el puercoespín (1. Owen, «Anatomía de los
Vertebrados», vol. iii, pág. 585), son completamente mudos, excepto en esta
época. Dado que las gargantas (es decir, la laringe y los cuerpos tiroideos (2.
Ibíd., pág. 595)) de los ciervos se agrandan periódicamente al comienzo de la
época reproductiva, podría pensarse que sus potentes voces deben ser de gran
importancia para ellos. Pero esto es muy dudoso. Según la información que me
dieron dos observadores experimentados, el Sr. McNeill y Sir P. Egerton, parece
que los ciervos jóvenes menores de tres años no rugen ni braman; y que los
viejos empiezan a bramar al comienzo de la época reproductiva, al principio
solo ocasional y moderadamente, mientras deambulan inquietos en busca de las
hembras. Sus batallas son precedidas por fuertes y prolongados bramidos, pero
durante el conflicto real permanecen en silencio. Animales de todo tipo que
habitualmente usan sus voces emiten diversos ruidos ante cualquier emoción
fuerte, como cuando están enfurecidos y se preparan para luchar; pero esto
puede ser simplemente el resultado de la excitación nerviosa, que lleva a la
contracción espasmódica de casi todos los músculos del cuerpo, como cuando un
hombre rechina los dientes y aprieta los puños en señal de rabia o agonía. Sin
duda, los ciervos se desafían a un combate mortal bramando; Pero aquellos con
voces más potentes, a menos que al mismo tiempo fueran más fuertes, mejor
armados y más valientes, no obtendrían ninguna ventaja sobre sus rivales.
Es posible que el rugido del león le
sea útil al infundir terror en su adversario; pues, cuando se enfurece, también
eriza su melena, intentando así, instintivamente, parecer lo más terrible
posible. Pero difícilmente se puede suponer que el bramido del ciervo, incluso
si le fuera útil de esta manera, haya sido lo suficientemente importante como
para provocar el agrandamiento periódico de la garganta. Algunos autores
sugieren que el bramido sirve como reclamo para la hembra; pero los
experimentados observadores citados me informan que las hembras de ciervo no
buscan al macho, aunque los machos sí buscan con avidez a las hembras, como
cabría esperar de lo que conocemos sobre los hábitos de otros cuadrúpedos
machos. La voz de la hembra, por otro lado, atrae rápidamente a uno o más
ciervos (3. Véase, por ejemplo, al Mayor W. Ross King ('The Sportsman in
Canada', 1866, pp. 53, 131) sobre los hábitos del alce y el reno salvaje), como
bien saben los cazadores que en países salvajes imitan su grito. Si pudiéramos
creer que el macho tiene el poder de excitar o atraer a la hembra con su voz,
el agrandamiento periódico de sus órganos vocales sería inteligible según el
principio de la selección sexual, junto con la herencia limitada al mismo sexo
y la estación; pero no tenemos evidencia que apoye esta opinión. Tal como están
las cosas, la voz fuerte del ciervo durante la época de reproducción no parece
serle de ninguna utilidad especial, ni durante su cortejo o batallas, ni de
ninguna otra manera. Pero ¿no podríamos creer que el uso frecuente de la voz,
bajo la intensa excitación del amor, los celos y la ira, continuado durante
muchas generaciones, pudo haber producido finalmente un efecto hereditario en
los órganos vocales del ciervo, así como en otros animales machos? Esta me
parece, según nuestro estado actual de conocimiento, la opinión más probable.
La voz del gorila macho adulto es
potente y está provisto de una bolsa laríngea, al igual que la del orangután
macho adulto. (4. Owen, «Anatomía de los Vertebrados», vol. iii, pág. 600). Los
gibones se encuentran entre los monos más ruidosos, y la especie de Sumatra
(Hylobates syndactylus) también posee una bolsa aérea; pero el Sr. Blyth, quien
ha tenido la oportunidad de observar, no cree que el macho sea más ruidoso que
la hembra. Por lo tanto, estos últimos monos probablemente usan sus voces como
una llamada mutua; y este es ciertamente el caso de algunos cuadrúpedos, por
ejemplo, el castor. (5. Sr. Green, en 'Journal of Linnean Society', vol. x,
'Zoology', 1869, nota 362.) Otro gibón, el H. agilis, es notable por su
capacidad de emitir una octava completa y correcta de notas musicales (6. CL
Martin, 'General Introduction to the Natural History of Mamm. Animals', 1841,
pág. 431), lo que podemos sospechar razonablemente que sirve como amuleto
sexual; pero tendré que volver a este tema en el próximo capítulo. Los órganos
vocales del Mycetes caraya americano son un tercio más grandes en el macho que
en la hembra, y son extraordinariamente potentes. En climas cálidos, estos
monos hacen resonar los bosques por la mañana y por la tarde con sus imponentes
voces. Los machos comienzan el temible concierto y a menudo lo continúan
durante muchas horas, a veces uniéndose las hembras con sus voces menos
potentes. Un excelente observador, Rengger (7. 'Naturgeschichte der Säugethiere
von Paraguay', 1830, ss. 15, 21), no pudo percibir que estuvieran motivados a
comenzar por alguna causa especial; cree que, como muchas aves, se deleitan con
su propia música y tratan de superarse mutuamente. No pretendo afirmar si la
mayoría de los monos mencionados adquirieron sus potentes voces para vencer a
sus rivales y cautivar a las hembras, o si sus órganos vocales se fortalecieron
y agrandaron mediante los efectos heredados del uso prolongado sin que se
obtuviera ningún beneficio particular; pero la primera opinión, al menos en el
caso del Hylobates agilis, parece la más probable.
Cabe mencionar aquí dos
peculiaridades sexuales muy curiosas que se presentan en las focas, ya que
algunos autores han supuesto que afectan a la voz. La nariz del elefante marino
macho (Macrorhinus proboscideus) se alarga considerablemente durante la época
reproductiva y puede entonces erguirse. En este estado, a veces alcanza los 30
cm de longitud. La hembra no tiene esta característica en ningún período de su
vida. El macho emite un ruido ronco y gorgoteante, audible a gran distancia,
que se cree que se ve reforzado por la probóscide; la voz de la hembra es
diferente. Lesson compara la erección de la probóscide con la hinchazón de las
carúnculas de los machos de las gallináceas durante el cortejo. En otra especie
de foca afín, la foca de nariz vesical (Cystophora cristata), la cabeza está
cubierta por una gran capucha o vejiga. Esta se sostiene por el tabique nasal,
que se proyecta muy hacia atrás y se eleva hasta una cresta interna de 18 cm de
altura. La capucha está cubierta de pelo corto y es musculosa; ¡puede inflarse
hasta alcanzar un tamaño mayor al de la cabeza! Los machos, durante el celo,
luchan furiosamente en el hielo, y se dice que su rugido a veces es tan fuerte
que se oye a cuatro millas de distancia. Cuando son atacados, también rugen o
braman; y cuando se irritan, la vejiga se infla y tiembla. Algunos naturalistas
creen que así se fortalece la voz, pero se le han atribuido otros usos a esta
extraordinaria estructura. El Sr. R. Brown cree que sirve como protección
contra accidentes de todo tipo; pero esto no es probable, ya que, como me
asegura el Sr. Lamont, quien mató a 600 de estos animales, la capucha es
rudimentaria en las hembras y no se desarrolla en los machos durante la
juventud. (8. Sobre el elefante marino, véase un artículo de Lesson en 'Dict.
Class. Hist. Nat.' tomo xiii, pág. 418. Para el Cystophora o Stemmatopus, véase
Dr. Dekay, 'Annals of Lyceum of Nat. Hist.' Nueva York, vol. i, 1824, pág. 94.
Pennant también ha recopilado información de los cazadores de focas sobre este
animal. El relato más completo lo ofrece el Sr. Brown en 'Proc. Zoolog. Soc.'
1868, pág. 435.)
OLOR.
En algunos animales, como la famosa
mofeta americana, el intenso olor que emiten parece servir exclusivamente como
defensa. En el caso de las musarañas (Sorex), ambos sexos poseen glándulas
odoríferas abdominales, y, dado el rechazo de sus cuerpos por parte de aves y
animales de presa, cabe duda de que el olor es protector; sin embargo, las
glándulas se agrandan en los machos durante la época reproductiva. En muchos
otros cuadrúpedos las glándulas son del mismo tamaño en ambos sexos (9. Al
igual que con el castóreo del castor, véase la obra más interesante del Sr. LH
Morgan, 'The American Beaver', 1868, pág. 300. Pallas ('Spic. Zoolog.' fasc.
viii. 1779, pág. 23) ha discutido bien las glándulas odoríferas de los
mamíferos. Owen ('Anat. of Vertebrates', vol. iii. pág. 634) también da cuenta
de estas glándulas, incluyendo las del elefante, y (pág. 763) las de los
ratones musaraña. Sobre los murciélagos, el Sr. Dobson en 'Proceedings of the
Zoological Society' 1873, pág. 241.), pero sus usos no son conocidos. En otras
especies las glándulas están confinadas a los machos, o están más desarrolladas
que en las hembras; Y casi siempre se vuelven más activos durante la época de
celo. En este período, las glándulas a los lados de la cara del elefante macho
se agrandan y emiten una secreción con un fuerte olor a almizcle. Los machos, y
raramente las hembras, de muchas especies de murciélagos tienen glándulas y
sacos protuberantes situados en diversas partes; se cree que estos son
odoríferos.
El efluvio fétido del macho cabrío es
bien conocido, y el de ciertos ciervos machos es extraordinariamente fuerte y
persistente. En las orillas del Plata percibí el aire impregnado del olor del
Cervus campestris macho, a media milla a sotavento de una manada; y un pañuelo
de seda en el que llevé a casa una piel, aunque usada y lavada con frecuencia,
retuvo, al abrirlo por primera vez, rastros del olor durante un año y siete
meses. Este animal no emite su fuerte olor hasta después de cumplir un año, y
si se castra de joven, nunca lo emite. (10. Rengger, 'Naturgeschichte der
Säugethiere von Paraguay', 1830, pág. 355. Este observador también proporciona
algunos detalles curiosos sobre el olor). Además del olor general, que impregna
todo el cuerpo de ciertos rumiantes (por ejemplo, Bos moschatus) en la época
reproductiva, muchos ciervos, antílopes, ovejas y cabras poseen glándulas
odoríferas en diversas situaciones, sobre todo en la cara. Las llamadas bolsas
lacrimales, o fosas suborbitales, se incluyen en este grupo. Estas glándulas
secretan una sustancia fétida semilíquida que a veces es tan abundante que
mancha toda la cara, como he observado personalmente en un antílope. Suelen ser
más grandes en el macho que en la hembra, y su desarrollo se ve frenado por la
castración. (11. Owen, 'Anatomía de vertebrados', vol. iii, pág. 632. Véase
también las observaciones del Dr. Murie sobre dichas glándulas en 'Proc.
Zoolog. Soc.', 1870, pág. 340. Desmarest, 'Sobre el Antilope subgutturosa',
'Mammalogie', 1820, pág. 455.) Según Desmarest, están completamente ausentes en
la hembra de Antilope subgutturosa. Por lo tanto, no puede haber duda de que
están en estrecha relación con las funciones reproductivas. También están a
veces presentes y a veces ausentes en formas casi afines. En el ciervo
almizclero macho adulto (Moschus moschiferus), un espacio desnudo alrededor de
la cola está rociado con un fluido oloroso, mientras que en la hembra adulta, y
en el macho hasta los dos años de edad, este espacio está cubierto de pelo y no
es oloroso. El saco almizclero propio de este ciervo, debido a su posición, se
limita necesariamente al macho y constituye un órgano olfativo adicional. Es
curioso que la materia secretada por esta última glándula no cambie de
consistencia ni aumente en cantidad, según Pallas, durante la época de celo;
sin embargo, este naturalista admite que su presencia está relacionada de
alguna manera con el acto reproductivo. Sin embargo, solo ofrece una
explicación conjetural e insatisfactoria de su uso. (12. Pallas, 'Spicilegia
Zoolog.' fasc. xiii. 1799, p. 24; Desmoulins, 'Dict. Class. d'Hist. Nat.' tom.
iii. p. 586.)
En la mayoría de los casos, cuando
solo el macho emite un olor fuerte durante la época reproductiva, probablemente
sirva para excitar o atraer a la hembra. No debemos juzgar esto según nuestro
gusto, pues es bien sabido que las ratas se sienten atraídas por ciertos
aceites esenciales, y los gatos por la valeriana, sustancias que no nos
resultan agradables; y que los perros, aunque no comen carroña, la huelen y se
revuelcan en ella. Por las razones expuestas al hablar de la voz del ciervo,
podemos rechazar la idea de que el olor sirva para atraer a las hembras a
distancia hacia los machos. En este caso, no puede haber influido un uso activo
y prolongado, como en el caso de los órganos vocales. El olor emitido debe ser
de considerable importancia para el macho, ya que en algunos casos se han
desarrollado glándulas grandes y complejas, provistas de músculos para la
eversión del saco y para cerrar o abrir el orificio. El desarrollo de estos
órganos es inteligible a través de la selección sexual, si los machos más
olorosos son los más exitosos en ganar a las hembras y dejar descendencia que
herede sus glándulas y olores gradualmente perfeccionados.
DESARROLLO DEL CABELLO.
Hemos visto que los machos
cuadrúpedos suelen tener el pelo del cuello y los hombros mucho más
desarrollado que las hembras; y se podrían citar muchos ejemplos adicionales.
Esto a veces sirve como defensa al macho durante sus batallas; pero es muy
dudoso que, en la mayoría de los casos, el pelo haya sido desarrollado
específicamente para este propósito. Podemos estar casi seguros de que esto no
es así, cuando solo una cresta delgada y estrecha recorre la espalda; pues una
cresta de este tipo apenas ofrecería protección, y la cresta de la espalda no
es un lugar propenso a sufrir lesiones; sin embargo, estas crestas a veces se
limitan a los machos, o están mucho más desarrolladas en ellos que en las
hembras. Dos antílopes, el Tragelaphus scriptus (13. Dr. Gray, «Gleanings from
the Menagerie at Knowsley», lám. 28) (Fig. 70) y el Portax picta, pueden
citarse como ejemplos. Español Cuando los ciervos y los machos de la cabra
montés se enfurecen o aterrorizan, estas crestas se erigen (14. Juez Caton
sobre el Wapiti, 'Transact. Ottawa Acad. Nat. Sciences', 1868, pp. 36, 40;
Blyth, 'Land and Water', sobre Capra aegagrus 1867, p. 37.); pero no se puede
suponer que hayan sido desarrolladas simplemente para excitar el miedo en sus
enemigos. Uno de los antílopes antes mencionados, el Portax picta, tiene un
gran cepillo bien definido de pelo negro en la garganta, y este es mucho más
grande en el macho que en la hembra. En el Ammotragus tragelaphus del norte de
África, un miembro de la familia de las ovejas, las patas delanteras están casi
ocultas por un extraordinario crecimiento de pelo, que cuelga del cuello y las
mitades superiores de las patas; Pero el señor Bartlett no cree que este manto
sea de la menor utilidad para el macho, en quien está mucho más desarrollado
que en la hembra.
[Fig. 68. Pithecia satanas, macho (de
Brehm).]
Los cuadrúpedos machos de muchas
especies se diferencian de las hembras en que tienen más pelo, o pelo de
diferente naturaleza, en ciertas partes de la cara. Así, solo el macho tiene
pelo rizado en la frente. (15. Ensayos y observaciones de Hunter, editado por
Owen, 1861, vol. ip. 236). En tres subgéneros estrechamente relacionados de la
familia de las cabras, solo los machos poseen barba, a veces de gran tamaño; en
otros dos subgéneros ambos sexos tienen barba, pero esta desaparece en algunas
razas domésticas de la cabra común; y ninguno de los sexos del Hemitragus tiene
barba. En el íbice, la barba no se desarrolla durante el verano, y es tan
pequeña en otras épocas que puede considerarse rudimentaria. (16. Véase el
Catálogo de mamíferos en el Museo Británico del Dr. Gray, parte iii. 1852, pág.
144). En algunos monos, la barba se limita al macho, como en el orangután; o es
mucho más grande en el macho que en la hembra, como en el Mycetes caraya y el
Pithecia satanas (Fig. 68). Lo mismo ocurre con los bigotes de algunas especies
de macacos (17. Rengger, «Säugethiere», etc., pág. 14; Desmarest, «Mammalogie»,
pág. 86), y, como hemos visto, con las crines de algunas especies de babuinos.
Pero en la mayoría de los monos, los mechones de pelo que rodean la cara y la
cabeza son iguales en ambos sexos.
Los machos de varios miembros de la
familia de los bueyes (Bovidae) y de ciertos antílopes están provistos de una
papada, o gran pliegue de piel en el cuello, que está mucho menos desarrollado
en la hembra.
Ahora bien, ¿qué debemos concluir con
respecto a diferencias sexuales como estas? Nadie pretenderá que las barbas de
ciertos machos cabríos, ni las papadas de los toros, ni las crestas de pelo a
lo largo del lomo de ciertos antílopes machos, les sean de alguna utilidad en
sus hábitos cotidianos. Es posible que la inmensa barba del macho Pithecia y la
gran barba del macho orangután les protejan la garganta durante las peleas;
pues los cuidadores del Zoológico me informan que muchos monos se atacan por la
garganta; pero no es probable que la barba se haya desarrollado con un
propósito distinto al de los bigotes, patillas y otros mechones de pelo de la
cara; y nadie supondrá que estos sean útiles como protección. ¿Debemos atribuir
todos estos apéndices de pelo o piel a una mera variabilidad sin propósito en
el macho? No se puede negar que esto es posible; porque en muchos cuadrúpedos
domésticos, ciertos caracteres, aparentemente no derivados por reversión de
ninguna forma parental salvaje, están confinados a los machos, o están más
desarrollados en ellos que en las hembras—por ejemplo, la joroba en el ganado
cebú macho de la India, la cola de los carneros de cola gruesa, el contorno
arqueado de la frente en los machos de varias razas de ovejas, y por último, la
crin, los pelos largos de las patas traseras, y la papada del macho de la cabra
Berbura. (18. Véanse los capítulos sobre estos diversos animales en el vol. i.
de mi «Variación de los animales en la domesticación»; también el vol. ii, pág.
73; y el cap. xx, sobre la práctica de la selección por parte de pueblos
semicivilizados. Para la cabra Berbura, véase el «Catálogo» del Dr. Gray,
ibíd., pág. 157). La crin, que solo se presenta en los carneros de una raza
africana de ovejas, es un auténtico carácter sexual secundario, pues, según me
ha dicho el Sr. Winwood Reade, no se desarrolla si el animal está castrado.
Aunque debemos ser extremadamente cautelosos, como se muestra en mi obra sobre
«Variación en la domesticación», al concluir que cualquier carácter, incluso en
animales criados por pueblos semicivilizados, no ha sido sometido a la
selección humana y, por lo tanto, no se ha incrementado, sin embargo, en los
casos que acabo de especificar esto es improbable; más aún porque los
caracteres se limitan a los machos o están más desarrollados en ellos que en
las hembras. Si se supiera positivamente que el carnero africano antes
mencionado es descendiente del mismo linaje primitivo que las otras razas de
ovejas, y si el macho cabrío Berbura con su crin, papada, etc., desciende del
mismo linaje que otras cabras, entonces, suponiendo que no se ha aplicado la
selección a estos caracteres, deben deberse a una simple variabilidad, junto
con una herencia limitada sexualmente.
Por lo tanto, parece razonable
extender esta misma perspectiva a todos los casos análogos con animales en
estado natural. Sin embargo, no puedo convencerme de que sea generalmente
válida, como en el caso del extraordinario desarrollo del pelo en la garganta y
las patas delanteras del macho Ammotragus, o en el de la inmensa barba del
macho Pithecia. El estudio que he podido realizar de la naturaleza me lleva a
creer que partes u órganos altamente desarrollados fueron adquiridos en algún
período para un propósito específico. En los antílopes, en los que el macho
adulto tiene una coloración más intensa que la hembra, y en los monos, en los
que el pelo de la cara está elegantemente dispuesto y coloreado de forma
diversa, parece probable que las crestas y mechones de pelo se adquirieran como
adornos; y sé que esta es la opinión de algunos naturalistas. De ser esto
correcto, caben pocas dudas de que se adquirieron o al menos modificaron
mediante selección sexual; pero es dudoso hasta qué punto esta misma perspectiva
puede extenderse a otros mamíferos.
COLOR DEL CABELLO Y DE LA PIEL
DESNUDA.
Primero, presentaré brevemente todos
los casos que conozco de cuadrúpedos machos que difieren en color de las
hembras. En los marsupiales, según me informa el Sr. Gould, los sexos rara vez
difieren en este aspecto; pero el gran canguro rojo ofrece una notable
excepción, ya que «el azul delicado es el tono predominante en las partes de la
hembra que son rojas en el macho». (19. Osphranter rufus, Gould, «Mammals of
Australia», 1863, vol. ii. Sobre el Didelphis, Desmarest, «Mammalogie», pág.
256). Se dice que en la zarigüeya Didelphis de Cayena, la hembra es un poco más
roja que el macho. Sobre los roedores, el Dr. Gray comenta: «Las ardillas
africanas, especialmente las que se encuentran en las regiones tropicales,
tienen el pelaje mucho más brillante y vívido en algunas estaciones del año que
en otras, y el pelaje del macho es generalmente más brillante que el de la
hembra». (20. 'Anales y Revista de Historia Natural', noviembre de 1867, pág.
325. Sobre el Mus minutus, Desmarest, 'Mammalogie', pág. 304.) El Dr. Gray me
informa que especificó las ardillas africanas porque, debido a sus colores
inusualmente brillantes, son las que mejor muestran esta diferencia. La hembra
del Mus minutus de Rusia tiene un tono más pálido y oscuro que el macho. En un
gran número de murciélagos, el pelaje del macho es más claro que el de la
hembra. (21. JA Allen, en 'Bulletin of Mus. Comp. Zoolog. of Cambridge, United
States', 1869, pág. 207. El Sr. Dobson sobre los caracteres sexuales en los
quirópteros, 'Proceedings of the Zoological Society', 1873, pág. 241. El Dr.
Gray sobre los perezosos, ibid. 1871, pág. 436.) El Sr. Dobson también señala,
con respecto a estos animales: "Las diferencias, que dependen parcial o
totalmente de la posesión por parte del macho de pelaje de un tono mucho más
brillante, o que se distingue por diferentes marcas o por la mayor longitud de
ciertas porciones, se encuentran solo, en un grado apreciable, en los
murciélagos frugívoros en los que el sentido de la vista está bien
desarrollado". Esta última observación merece atención, ya que tiene que
ver con la cuestión de si los colores brillantes son útiles a los animales
machos por ser ornamentales. En un género de perezosos, se ha establecido, como
afirma el Dr. Gray, que los machos tienen una ornamentación diferente a la de
las hembras; es decir, tienen una mancha de pelo corto y suave entre los
hombros, generalmente de color más o menos naranja, y en una especie, de color
blanco puro. Las hembras, por el contrario, carecen de esta marca.
Los carnívoros e insectívoros
terrestres rara vez presentan diferencias sexuales de ningún tipo, incluyendo
el color. El ocelote (Felis pardalis), sin embargo, es excepcional, pues los
colores de la hembra, comparados con los del macho, son «menos aparentes, el
leonado, más terco, el blanco menos purpúreo, las rayas menos grandes y las
manchas menos diamétricas». (22. Desmarest, «Mammalogie», 1820, pág. 220. Sobre
Felis mitis, Rengger, ibíd., s. 194.) Los sexos de su pariente Felis mitis
también difieren, pero en menor grado; los tonos generales de la hembra son
bastante más pálidos que los del macho, con manchas menos negras. Los
carnívoros marinos o focas, por otro lado, a veces difieren considerablemente
en color y presentan, como ya hemos visto, otras diferencias sexuales notables.
Así, el macho de la Otaria nigrescens del hemisferio sur presenta un intenso
tono marrón en la parte superior; mientras que la hembra, que adquiere sus
tonos adultos a una edad más temprana que el macho, presenta un color gris oscuro
en la parte superior, y las crías de ambos sexos son de un intenso color
chocolate. El macho de la Phoca groenlandica del norte es gris leonado, con una
curiosa mancha oscura en forma de silla de montar en el dorso; la hembra es
mucho más pequeña y tiene una apariencia muy diferente, siendo de color blanco
opaco o paja amarillento, con un tono leonado en el dorso; las crías, al
principio, son de un blanco puro y apenas se distinguen entre los montículos
helados y la nieve, lo que les protege. (23. Dr. Murie sobre Otaria,
'Proceedings Zoological Society', 1869, pág. 108. Sr. R. Brown sobre P.
groenlandica, ibid. 1868, pág. 417. Véase también sobre los colores de las
focas, Desmarest, ibid. pp. 243, 249.)
En los rumiantes, las diferencias de
color sexual son más comunes que en cualquier otro orden. Una diferencia de
este tipo es general en los antílopes estrepsicerenos; así, el macho nilghau
(Portax picta) es de color gris azulado y mucho más oscuro que la hembra, con
la mancha blanca cuadrada en la garganta, las marcas blancas en los menudillos
y las manchas negras en las orejas mucho más definidas. Hemos observado que en
esta especie las crestas y los mechones de pelo están igualmente más
desarrollados en el macho que en la hembra sin cuernos. El Sr. Blyth me informa
que el macho, sin mudar el pelo, se oscurece periódicamente durante la época
reproductiva. Los machos jóvenes no se distinguen de las hembras jóvenes hasta
aproximadamente los doce meses de edad; y si el macho es castrado antes de este
período, nunca, según la misma fuente, cambia de color. La importancia de este
último hecho, como evidencia de que la coloración del Portax es de origen
sexual, se hace evidente cuando escuchamos (24. Judge Caton, en 'Transactions
of the Ottawa Academy of Natural Sciences', 1868, p. 4) que ni el pelaje rojo
de verano ni el pelaje azul de invierno del ciervo de Virginia se ven afectados
en absoluto por la emasculación. En la mayoría o en todas las especies de Tragelaphus
altamente ornamentadas, los machos son más oscuros que las hembras sin cuernos,
y sus crestas de pelo están más desarrolladas. En el macho de ese magnífico
antílope, el eland de Derby, el cuerpo es más rojo, todo el cuello mucho más
negro y la banda blanca que separa estos colores es más ancha que en la hembra.
En el eland del Cabo, también, el macho es ligeramente más oscuro que la
hembra. (25. Dr. Gray, 'Cat. of Mamm. in Brit. Mus.' parte iii. 1852, págs.
134-142; también Dr. Gray, 'Gleanings from the Menagerie of Knowsley', en el
que hay un espléndido dibujo del Oreas derbianus: véase el texto sobre
Tragelaphus. Para el eland del Cabo (Oreas canna), véase Andrew Smith, 'Zoology
of S. Africa', láms. 41 y 42. También hay muchos de estos antílopes en los
Jardines Zoológicos.)
En el antílope negro indio (A.
bezoartica), que pertenece a otra tribu de antílopes, el macho es muy oscuro,
casi negro; mientras que la hembra sin cuernos es leonada. Nos encontramos en
esta especie, según me informa el Sr. Blyth, con una serie de hechos
exactamente similares a los del Portax picta, a saber, en el macho que cambia
periódicamente de color durante la época reproductiva, en los efectos de la
emasculación en este cambio, y en que las crías de ambos sexos son
indistinguibles entre sí. En el Antilope niger, el macho es negro, la hembra,
así como las crías de ambos sexos, son marrones; en el A. sing-sing, el macho
es mucho más brillante que la hembra sin cuernos, y su pecho y vientre son más
negros; en el macho del A. caama, las marcas y líneas que aparecen en varias
partes del cuerpo son negras, en lugar de marrones como en la hembra. en el ñu
moteado (A. gorgon) “los colores del macho son casi iguales a los de la hembra,
solo que más profundos y de un tono más brillante”. (26. Sobre el Ant. niger,
véase 'Proc. Zool. Soc.' 1850, pág. 133. Con respecto a una especie
relacionada, en la que hay una diferencia sexual igual en color, véase Sir S.
Baker, 'The Albert Nyanza', 1866, vol. ii, pág. 627. Para el A. sing-sing,
Gray, 'Cat. B. Mus.' pág. 100. Desmarest, 'Mammalogie', pág. 468, sobre el A.
caama. Andrew Smith, 'Zoology of S. Africa', sobre el ñu). Se podrían agregar
otros casos análogos.
El macho banteng (Bos sondaicus) del
archipiélago malayo es casi negro, con patas y nalgas blancas; la hembra es de
un pardo brillante, al igual que los machos jóvenes hasta aproximadamente los
tres años, cuando cambian de color rápidamente. El macho castrado recupera el
color de la hembra. La hembra de cabra kemas es más pálida, y se dice que tanto
ella como la hembra de Capra aegagrus tienen un color más uniforme que sus
machos. Los ciervos rara vez presentan diferencias sexuales en el color. Sin
embargo, el juez Caton me informa que en los machos de ciervo wapiti (Cervus
canadensis) el cuello, el vientre y las patas son mucho más oscuros que en la
hembra; pero durante el invierno, los tonos más oscuros se desvanecen
gradualmente y desaparecen. Cabe mencionar que el juez Caton tiene en su parque
tres razas de ciervo virginiano, que difieren ligeramente en color, pero las
diferencias se limitan casi exclusivamente al pelaje azul de invierno o de
cría; de modo que este caso puede compararse con los dados en un capítulo
anterior de especies de aves estrechamente relacionadas o representativas, que
difieren entre sí solo en su plumaje nupcial. (27. 'Ottawa Academy of
Sciences', 21 de mayo de 1868, págs. 3, 5.) Las hembras de Cervus paludosus de
Sudamérica, así como las crías de ambos sexos, no poseen las rayas negras en la
nariz ni la línea marrón negruzca en el pecho, que son características de los
machos adultos. (28. S. Muller, sobre los banteng, 'Zoog. Indischen Archipel',
1839-1844, tab. 35; véase también Raffles, citado por el Sr. Blyth, en 'Land
and Water', 1867, pág. 476. Sobre las cabras, el Dr. Gray, 'Catálogo del Museo
Británico', pág. 146; Desmarest, 'Mammalogie', pág. 482. Sobre el Cervus
paludosus, Rengger, ibid. s. 345.) Por último, como me informa el Sr. Blyth, el
macho adulto del ciervo axis, de bellos colores y manchas, es considerablemente
más oscuro que la hembra, y el macho castrado nunca adquiere este tono.
El último orden que debemos
considerar es el de los primates. El macho del lémur macaco es generalmente
negro carbón, mientras que la hembra es marrón. (29. Sclater, 'Proc. Zool.
Soc.' 1866, pág. 10). El mismo hecho también ha sido plenamente comprobado por
MM. Pollen y van Dam. Véase, también, Dr. Gray en 'Annals and Magazine of
Natural History', mayo de 1871, pág. 340). De los cuadrumanos del Nuevo Mundo,
las hembras y las crías de Mycetes caraya son de color amarillo grisáceo y se
parecen entre sí; en el segundo año, el macho joven se vuelve marrón rojizo; en
el tercero, negro, excepto el vientre, que, sin embargo, se vuelve
completamente negro en el cuarto o quinto año. También hay una marcada
diferencia de color entre los sexos de Mycetes seniculus y Cebus capucinus; las
crías de la primera, y creo que de la segunda especie, se parecen a las
hembras. En Pithecia leucocephala, las crías también se parecen a las hembras,
que son de color negro parduzco por encima y rojo óxido claro por debajo; los
machos adultos son negros. El pelo que rodea la cara de Ateles marginatus es
amarillo en el macho y blanco en la hembra. En el Viejo Mundo, los machos de
Hylobates hoolock son siempre negros, con la excepción de una franja blanca
sobre las cejas; las hembras varían del marrón blanquecino a un tono oscuro
mezclado con negro, pero nunca son completamente negras. (30. Sobre Mycetes,
Rengger, ibid. s. 14; y Brehm, 'Thierleben', B. is 96, 107. Sobre Ateles
Desmarest, 'Mammalogie', p. 75. Sobre Hylobates, Blyth, 'Land and Water', 1867,
p. 135. Sobre Semnopithecus, S. Muller, 'Zoog. Indischen Archipel.' tab. x.) En
el hermoso Cercopithecus diana, la cabeza del macho adulto es de un negro
intenso, mientras que la de la hembra es gris oscuro; en el primero, el pelaje
entre los muslos es de un elegante color leonado, en el último es más pálido.
En el hermoso y curioso mono bigotudo (Cercopithecus cephus) la única
diferencia entre los sexos es que la cola del macho es castaña y la de la
hembra gris; Pero el Sr. Bartlett me informa que todos los tonos se acentúan en
el macho durante la edad adulta, mientras que en la hembra se mantienen como en
la juventud. Según las figuras coloreadas proporcionadas por Solomon Muller, el
macho de Semnopithecus chrysomelas es casi negro, mientras que la hembra es
marrón pálido. En el Cercopithecus cynosurus y el Griseo-viridis, una parte del
cuerpo, exclusiva del macho, es de un azul o verde brillante, y contrasta
notablemente con la piel desnuda de la parte posterior del cuerpo, que es de un
rojo intenso.
[Higo. 69. Cabeza de mandril macho
(de Gervais, 'Hist. Nat. des Mammifères').]
Por último, en la familia de los
babuinos, el macho adulto de Cynocephalus hamadryas se diferencia de la hembra
no solo por su inmensa melena, sino también ligeramente por el color del pelo y
de las callosidades desnudas. En el dril (C. leucophaeus), las hembras y las
crías son mucho más pálidas, con menos verde, que los machos adultos. Ningún
otro miembro de la clase de mamíferos presenta una coloración tan
extraordinaria como la del mandril macho adulto (C. mormon). A esta edad, el
rostro adquiere un azul intenso, con la cresta y la punta de la nariz de un
rojo brillante. Según algunos autores, el rostro también presenta rayas
blanquecinas y está sombreado en algunas partes con negro, pero los colores
parecen ser variables. En la frente hay una cresta de pelo y en la barbilla una
barba amarilla. “Toutes les Parties supérieures de leurs cuisses et le grand
espace nu de leurs fesses sont également colorés du rouge le plus vif, avec un
mélange de bleu qui ne manque reellement pas d'élégance.” (31. Gervais, 'Hist.
Nat. des Mammifères', 1854, p. 103. Se dan figuras del cráneo del macho.
También Desmarest, 'Mammalogie', p. 70. Geoffroy St.-Hilaire y F. Cuvier,
'Hist. Nat. des Mammifères', 1824, tom. i.) Cuando el animal está excitado,
todos los desnudos las partes se tiñen mucho más vívidamente. Varios autores
han utilizado expresiones muy fuertes para describir estos colores
resplandecientes, que comparan con los de los pájaros más brillantes. Otra
peculiaridad notable es que, cuando los grandes caninos están completamente
desarrollados, se forman inmensas protuberancias óseas en cada mejilla,
profundamente surcadas longitudinalmente, y la piel desnuda que las recubre
presenta un color brillante, como se acaba de describir. (Fig. 69). En las
hembras adultas y en las crías de ambos sexos, estas protuberancias son apenas
perceptibles; las partes desnudas presentan un color mucho menos brillante,
siendo la cara casi negra, con un matiz azul. En la hembra adulta, sin embargo,
la nariz, a intervalos regulares, se tiñe de rojo.
En todos los casos descritos hasta
ahora, el macho presenta una coloración más intensa o brillante que la hembra,
lo que difiere de las crías de ambos sexos. Pero, al igual que en algunas aves,
la hembra presenta una coloración más brillante que el macho, en el mono Rhesus
(Macacus rhesus) la hembra presenta una gran superficie de piel desnuda
alrededor de la cola, de un rojo carmín brillante, que, según me aseguraron los
cuidadores del Zoológico, periódicamente se vuelve aún más intenso, y su rostro
también es de un rojo pálido. Por otro lado, en el macho adulto y en las crías
de ambos sexos (como observé en el Zoológico), ni la piel desnuda del extremo
posterior del cuerpo ni la cara presentan rastros de rojo. Sin embargo, según
algunos relatos publicados, el macho sí presenta ocasionalmente, o durante
ciertas estaciones, algunos rastros de rojo. Aunque está menos ornamentado que
la hembra, tiene un cuerpo más grande, caninos más grandes, bigotes más
desarrollados y crestas superciliares más prominentes, lo que le confiere la
regla común de que el macho supera a la hembra.
He presentado todos los casos que
conozco de diferencia de color entre los sexos de los mamíferos. Algunos pueden
ser resultado de variaciones limitadas a un sexo y transmitidas al mismo, sin
beneficio alguno y, por lo tanto, sin la ayuda de la selección. Tenemos
ejemplos de esto en nuestros animales domésticos, como en el caso de los machos
de ciertos gatos, que son de color rojo óxido, mientras que las hembras son de
color caparazón de tortuga. Casos análogos ocurren en la naturaleza: el Sr.
Bartlett ha visto muchas variedades negras de jaguar, leopardo, falangero
vulpino y wombat; y está seguro de que todos, o casi todos, estos animales eran
machos. Por otro lado, en el caso de lobos, zorros y, aparentemente, ardillas
americanas, ambos sexos nacen ocasionalmente negros. Por lo tanto, es muy
posible que en algunos mamíferos la diferencia de color entre los sexos,
especialmente cuando es congénita, pueda ser simplemente el resultado, sin la
ayuda de la selección, de la aparición de una o más variaciones, cuya
transmisión, desde el principio, estuvo limitada sexualmente. Sin embargo, es
improbable que los colores variados, vivos y contrastados de ciertos
cuadrúpedos, por ejemplo, de los monos y antílopes mencionados, puedan
explicarse de esta manera. Debemos tener en cuenta que estos colores no
aparecen en el macho al nacer, sino solo en la madurez o cerca de ella; y que,
a diferencia de las variaciones comunes, se pierden si el macho es castrado. En
general, es probable que los colores marcados y otros caracteres ornamentales
de los cuadrúpedos machos les sean beneficiosos en su rivalidad con otros
machos y, en consecuencia, se hayan adquirido mediante selección sexual. Esta
opinión se ve reforzada por las diferencias de color entre los sexos que se
presentan casi exclusivamente, como se desprende de los detalles anteriores, en
aquellos grupos y subgrupos de mamíferos que presentan otros caracteres
sexuales secundarios marcados; estos también se deben a la selección sexual.
Los cuadrúpedos se fijan
manifiestamente en el color. Sir S. Baker observó repetidamente que el elefante
africano y el rinoceronte atacaban a los caballos blancos o grises con especial
furia. He demostrado en otra parte (32. The 'Variation of Animals and Plants
under Domestication', 1868, vol. ii, págs. 102, 103) que los caballos
semisalvajes aparentemente prefieren aparearse con los del mismo color, y que
las manadas de gamos de diferentes colores, aunque viven juntas, se han
mantenido separadas durante mucho tiempo. Es un hecho más significativo que una
cebra hembra no admitiera las insinuaciones de un asno macho hasta que este
fuera pintado para parecerse a una cebra, y entonces, como señala John Hunter,
«lo recibió con mucha facilidad. En este curioso hecho, tenemos un instinto
excitado por el mero color, que tuvo un efecto tan fuerte que superó todo lo
demás. Pero el macho no lo requirió; la hembra, al ser un animal algo similar a
él, fue suficiente para despertarlo». (33. 'Ensayos y observaciones', de J.
Hunter, editado por Owen, 1861, vol. ip 194.)
En un capítulo anterior vimos que las
facultades mentales de los animales superiores no difieren en especie, aunque
sí en grado, de las facultades correspondientes del hombre, especialmente de
las razas inferiores y bárbaras; y parece que incluso su gusto por lo bello no
difiere mucho del de los cuadrumanos. Así como el negro africano levanta la
carne de su rostro en crestas paralelas «o cicatrices, muy por encima de la
superficie natural, cuyas antiestéticas deformidades se consideran grandes
atractivos personales» (34. Sir S. Baker, «Los afluentes del Nilo de Abisinia»,
1867); así como los negros y salvajes en muchas partes del mundo se pintan la
cara con barras rojas, azules, blancas o negras, el mandril macho de África
parece haber adquirido su rostro profundamente surcado y de colores llamativos
al haber sido así hecho atractivo para la hembra. Sin duda, nos parece una idea
grotesca que la parte posterior del cuerpo deba colorearse, por motivos
ornamentales, incluso con mayor brillo que la cara; Pero esto no es más extraño
que el hecho de que las colas de muchos pájaros estén especialmente decoradas.
En el caso de los mamíferos,
actualmente no disponemos de ninguna evidencia de que los machos se esfuercen
por exhibir sus encantos ante la hembra; y la elaborada manera en que lo hacen
los machos de las aves y otros animales es el argumento más sólido a favor de
la creencia de que las hembras admiran o se excitan con los adornos y colores
que se exhiben ante ellas. Sin embargo, existe un sorprendente paralelismo
entre mamíferos y aves en todos sus caracteres sexuales secundarios,
concretamente en sus armas para luchar contra machos rivales, en sus apéndices
ornamentales y en sus colores. En ambas clases, cuando el macho difiere de la
hembra, las crías de ambos sexos casi siempre se parecen entre sí, y en la gran
mayoría de los casos se asemejan a la hembra adulta. En ambas clases, el macho
adquiere los caracteres propios de su sexo poco antes de la edad reproductiva;
y si se castra a una edad temprana, los pierde. En ambas clases, el cambio de
color a veces es estacional, y los tonos de las partes desnudas a veces se
vuelven más intensos durante el cortejo. En ambas clases, el macho casi siempre
presenta colores más vivos o intensos que la hembra, y está adornado con
crestas más grandes de pelo o plumas, u otros apéndices similares. En algunos
casos excepcionales, la hembra de ambas clases presenta mayor ornamentación que
el macho. En muchos mamíferos, y al menos en el caso de una ave, el macho es
más oloroso que la hembra. En ambas clases, la voz del macho es más potente que
la de la hembra. Considerando este paralelismo, caben pocas dudas de que la
misma causa, sea cual sea, ha actuado sobre mamíferos y aves; y el resultado,
en lo que respecta a los caracteres ornamentales, puede atribuirse, en mi
opinión, a la prolongada preferencia de los individuos de un sexo por ciertos
individuos del sexo opuesto, combinada con su éxito al dejar una mayor cantidad
de descendientes que hereden sus atractivos superiores.
TRANSMISIÓN IGUALITARIA DE CARACTERES
ORNAMENTALES A AMBOS SEXOS.
En muchas aves, los adornos, que por
analogía nos lleva a creer que adquirieron principalmente los machos, se han
transmitido por igual, o casi por igual, a ambos sexos; y ahora podemos
preguntarnos hasta qué punto esta opinión se aplica a los mamíferos. En un
número considerable de especies, especialmente de las más pequeñas, ambos sexos
han sido coloreados, independientemente de la selección sexual, con fines de
protección; pero no, hasta donde puedo juzgar, en tantos casos, ni de una
manera tan llamativa, como en la mayoría de las clases inferiores. Audubon
comenta que a menudo confundía a la rata almizclera (35. Fiber zibethicus,
Audubon y Bachman, 'The Quadrupeds of North America', 1846, pág. 109), mientras
estaba sentada en la orilla de un arroyo fangoso, con un terrón de tierra, tan
completo era el parecido. La liebre en su forma es un ejemplo familiar de
ocultación mediante el color; Sin embargo, este principio falla parcialmente en
una especie estrechamente relacionada, el conejo, pues al correr a su
madriguera, se hace visible para el cazador, y sin duda para todos los animales
de presa, por su cola blanca vuelta hacia arriba. Nadie duda de que los
cuadrúpedos que habitan regiones nevadas han sido blanqueados para protegerlos
de sus enemigos o para facilitar su ataque a sus presas. En regiones donde la
nieve nunca permanece mucho tiempo, un pelaje blanco sería perjudicial; en
consecuencia, las especies de este color son extremadamente raras en las zonas
más cálidas del mundo. Cabe destacar que muchos cuadrúpedos que habitan
regiones moderadamente frías, aunque no adoptan un pelaje blanco en invierno,
palidecen durante esta estación; y esto aparentemente es el resultado directo
de las condiciones a las que han estado expuestos durante mucho tiempo. Pallas
(36. «Novae species Quadrupedum e Glirium ordine», 1778, pág. 7. Lo que he
llamado corzo es el Capreolus sibiricus subecaudatus de Pallas). Afirma que en
Siberia se produce un cambio de esta naturaleza en el lobo, dos especies de
Mustela, el caballo doméstico, el Equus hemionus, la vaca doméstica, dos
especies de antílopes, el ciervo almizclero, el corzo, el alce y el reno. El
corzo, por ejemplo, tiene un pelaje rojo en verano y uno blanco grisáceo en
invierno; y este último quizás le sirva de protección mientras deambula por los
matorrales deshojados, salpicados de nieve y escarcha. Si los animales antes
mencionados extendieran gradualmente su hábitat a regiones perpetuamente
cubiertas de nieve, sus pálidos pelajes invernales probablemente se volverían cada
vez más blancos, por selección natural, hasta llegar a ser tan blancos como la
nieve.
El Sr. Reeks me ha dado un curioso
ejemplo de un animal que se beneficia de su color peculiar. Criaba entre
cincuenta y sesenta conejos pintos, blancos y marrones, en un gran huerto
amurallado; y al mismo tiempo tenía algunos gatos de color similar en su casa.
Estos gatos, como he observado a menudo, son muy visibles durante el día; pero
como solían acechar al anochecer en la entrada de las madrigueras, los conejos
aparentemente no los distinguieron de sus hermanos de colores. El resultado fue
que, en dieciocho meses, todos estos conejos de colores fueron destruidos; y
hay evidencia de que esto fue obra de los gatos. El color parece ser ventajoso
para otro animal, la mofeta, de una manera que hemos visto muchos casos en
otras especies. Ningún animal atacará voluntariamente a una de estas criaturas
debido al espantoso olor que emiten cuando se irritan; pero al anochecer no
sería fácil reconocerla y podría ser atacada por una bestia de presa. De ahí
que, como cree el Sr. Belt (37. 'El naturalista en Nicaragua', pág. 249), el
zorrillo esté provisto de una gran cola blanca y tupida que le sirve de
advertencia visible.
[Fig. 70. Tragelaphus scriptus, macho
(de la Casa de fieras de Knowsley).
Fig. 71. Damalis pygarga, macho (de
la Casa de fieras de Knowsley).]
Aunque debemos admitir que muchos
cuadrúpedos han recibido sus tintes actuales como protección o como ayuda para
conseguir presas, en muchas especies los colores son demasiado llamativos y
están dispuestos de forma tan singular que no nos permiten suponer que sirvan
para estos fines. Podemos tomar como ejemplo a ciertos antílopes; cuando vemos
la mancha blanca cuadrada en la garganta, las marcas blancas en los menudillos
y las manchas negras redondas en las orejas, todas más nítidas en el macho de
Portax picta que en la hembra; cuando vemos que los colores son más vivos, que
las estrechas líneas blancas en el flanco y la ancha barra blanca en el hombro
son más nítidas en el macho de Oreas derbyanus que en la hembra; cuando
observamos una diferencia similar entre los sexos del curiosamente ornamentado
Tragelaphus scriptus (Fig. 70), no podemos creer que diferencias de este tipo
sean útiles para ninguno de los dos sexos en sus hábitos de vida diarios.
Parece mucho más probable concluir que las diversas marcas fueron adquiridas
primero por los machos y sus colores se intensificaron mediante selección
sexual, para luego ser transferidos parcialmente a las hembras. Si se admite
esta opinión, caben pocas dudas de que los colores y marcas igualmente
singulares de muchos otros antílopes, aunque comunes a ambos sexos, se han
adquirido y transmitido de forma similar. Por ejemplo, ambos sexos del kudú
(Strepsiceros kudu) (Fig. 64) presentan estrechas líneas verticales blancas en
los flancos traseros y una elegante marca blanca angular en la frente. Ambos
sexos del género Damalis presentan una coloración muy peculiar; en D. pygarga,
la espalda y el cuello son de color rojo violáceo, con matices negros en los
flancos; estos colores se separan abruptamente del vientre blanco y de un gran
espacio blanco en las nalgas; la cabeza presenta una coloración aún más
peculiar: una gran máscara blanca oblonga, con bordes negros estrechos, cubre
el rostro hasta los ojos (Fig. 71); Hay tres franjas blancas en la frente y las
orejas están marcadas con blanco. Los cervatillos de esta especie son de un
marrón amarillento pálido uniforme. En Damalis albifrons, la coloración de la
cabeza difiere de la de la última especie en que una sola franja blanca
reemplaza las tres franjas y en que las orejas son casi completamente blancas.
(38. Véanse las excelentes láminas en «Zoología de Sudáfrica» de A. Smith y
«Recopilación de la colección de animales de Knowsley» del Dr. Gray). Tras
haber estudiado al máximo las diferencias sexuales de los animales de todas las
clases, no puedo evitar la conclusión de que la curiosa disposición de colores
de muchos antílopes, aunque común a ambos sexos, es resultado de la selección
sexual aplicada principalmente al macho.
La misma conclusión podría quizás
extenderse al tigre, uno de los animales más hermosos del mundo, cuyos sexos no
pueden distinguirse por el color, ni siquiera por los comerciantes de animales
salvajes. El Sr. Wallace cree (39. 'Westminster Review', 1 de julio de 1867,
pág. 5) que el pelaje rayado del tigre «se asimila tanto a los tallos
verticales del bambú que lo ayuda a ocultarse de su presa». Pero esta opinión
no me parece satisfactoria. Tenemos alguna ligera evidencia de que su belleza
puede deberse a la selección sexual, pues en dos especies de Felis las marcas y
colores análogos son bastante más brillantes en el macho que en la hembra. La
cebra tiene rayas llamativas, y las rayas no ofrecen ninguna protección en las
llanuras abiertas de Sudáfrica. Burchell (40. 'Viajes por Sudáfrica', 1824,
vol. ii, pág. 315), al describir una manada, dice: «Sus elegantes costillas
brillaban al sol, y el brillo y la regularidad de sus pelajes rayados
presentaban una imagen de extraordinaria belleza, en la que probablemente
ningún otro cuadrúpedo los supere». Pero como en todo el grupo de los équidos
los sexos son idénticos en color, no tenemos aquí evidencia de selección
sexual. No obstante, quien atribuya las rayas verticales blancas y oscuras en
los flancos de varios antílopes a este proceso, probablemente extenderá la
misma opinión al tigre real y a la hermosa cebra.
Hemos visto en un capítulo anterior
que cuando los animales jóvenes pertenecientes a cualquier clase siguen hábitos
de vida prácticamente idénticos a los de sus progenitores, y sin embargo
presentan una coloración diferente, se puede inferir que han conservado la
coloración de algún progenitor antiguo y extinto. En la familia de los cerdos y
en los tapires, las crías presentan rayas longitudinales, lo que las diferencia
de todas las especies adultas existentes en estos dos grupos. En muchas
especies de ciervos, las crías presentan elegantes manchas blancas, de las que
sus progenitores no presentan rastro alguno. Se puede seguir una serie gradual
desde el ciervo axis, cuyos dos sexos presentan hermosas manchas en todas las
edades y estaciones (el macho presenta una coloración bastante más intensa que
la hembra), hasta especies en las que ni los adultos ni los jóvenes presentan
manchas. Especificaré algunos de los pasos de esta serie. El ciervo de
Manchuria (Cervus mantchuricus) presenta manchas durante todo el año, pero,
como he visto en el Zoológico, estas son mucho más evidentes durante el verano,
cuando el color general del pelaje es más claro, que durante el invierno,
cuando el color general es más oscuro y los cuernos están completamente
desarrollados. En el ciervo porcino (Hyelaphus porcinus), las manchas son
extremadamente visibles durante el verano, cuando el pelaje es marrón rojizo,
pero desaparecen por completo durante el invierno, cuando el pelaje es marrón.
(41. Dr. Gray, «Gleanings from the Menagerie of Knowsley», pág. 64. El Sr.
Blyth, al hablar («Land and Water», 1869, pág. 42) del ciervo porcino de
Ceilán, afirma que presenta manchas blancas más brillantes que el ciervo
porcino común, en la época en que renueva sus cuernos). En ambas especies, las
crías presentan manchas. En el ciervo de Virginia, las crías también presentan
manchas, y aproximadamente el cinco por ciento de los animales adultos que
viven en el parque del juez Caton, según me informa él mismo, presentan
temporalmente, durante el período en que el pelaje rojo de verano da paso al
azulado de invierno, una hilera de manchas en cada flanco, siempre iguales en
número, aunque con una nitidez muy variable. De esta condición a la ausencia
total de manchas en los adultos en todas las estaciones, hay un pequeño paso;
y, finalmente, a su ausencia en todas las edades y estaciones, como ocurre en
ciertas especies. Dada la existencia de esta serie perfecta, y más
especialmente de que los cervatillos de tantas especies presenten manchas,
podemos concluir que los miembros actuales de la familia de los ciervos son
descendientes de alguna especie antigua que, como el ciervo axis, presentaba
manchas en todas las edades y estaciones. Un progenitor aún más antiguo
probablemente se parecía un poco al Hyomoschus aquaticus, pues este animal
presenta manchas, y los machos sin cuernos poseen grandes caninos erectos, de
los cuales algunos ciervos auténticos aún conservan rudimentos. Hyomoschus
también ofrece uno de esos ejemplos interesantes de una forma que conecta dos
grupos, pues presenta ciertas características osteológicas intermedias entre
los paquidermos y los rumiantes, que antes se consideraban bastante distintos.
(42)Falconer y Cautley, 'Proc. Geolog. Soc.', 1843; y 'Pal. Memoirs' de
Falconer, vol. ip 196.)
Aquí surge una curiosa dificultad. Si
admitimos que las manchas y rayas de colores se adquirieron inicialmente como
adornos, ¿cómo es posible que tantos ciervos actuales, descendientes de un
animal originariamente manchado, y todas las especies de cerdos y tapires,
descendientes de un animal originariamente rayado, hayan perdido en la edad
adulta sus antiguos adornos? No puedo responder satisfactoriamente a esta
pregunta. Podemos estar casi seguros de que las manchas y rayas desaparecieron
en la madurez o cerca de ella en los progenitores de nuestra especie actual, de
modo que aún las conservaban las crías; y, debido a la ley de la herencia a
edades correspondientes, se transmitieron a las crías de todas las generaciones
sucesivas. Puede haber sido una gran ventaja para el león y el puma, debido a
la naturaleza abierta de sus guaridas habituales, haber perdido sus rayas y,
por lo tanto, haber sido menos visibles para sus presas; y si las variaciones
sucesivas, mediante las cuales se logró este fin, ocurrieron bastante tarde en
la vida, las crías habrían conservado sus rayas, como ocurre actualmente. En
cuanto a los ciervos, cerdos y tapires, Fritz Müller me ha sugerido que estos
animales, al haber perdido sus manchas o rayas por selección natural, habrían
sido menos fáciles de ver para sus enemigos; y que habrían requerido
especialmente esta protección tan pronto como los carnívoros aumentaron en
tamaño y número durante el período terciario. Esta podría ser la verdadera
explicación, pero resulta bastante extraño que las crías no hayan sido
protegidas de esta manera, y más aún que los adultos de algunas especies hayan
conservado sus manchas, parcial o totalmente, durante parte del año. Sabemos
que, cuando el asno doméstico varía y se vuelve marrón rojizo, gris o negro,
las rayas en los hombros e incluso en la columna vertebral desaparecen con
frecuencia, aunque no podemos explicar la causa. Muy pocos caballos, excepto
los de color pardo, tienen rayas en alguna parte del cuerpo; sin embargo,
tenemos buenas razones para creer que el caballo aborigen tenía rayas en las
patas y la columna vertebral, y probablemente en los hombros. (43. La
'Variación de Animales y Plantas bajo Domesticación', 1868, vol. i, págs.
61-64.) Por lo tanto, la desaparición de las manchas y rayas en los ciervos,
cerdos y tapires adultos actuales puede deberse a un cambio en el color general
de su pelaje; pero es imposible determinar si este cambio se produjo por
selección sexual o natural, si se debió a la acción directa de las condiciones
de vida o a alguna otra causa desconocida. Una observación del Sr. Sclater
ilustra bien nuestra ignorancia de las leyes que regulan la aparición y
desaparición de las rayas: las especies de Asinus que habitan el continente
asiático carecen de rayas, y ni siquiera tienen la franja cruzada en el hombro,
mientras que las que habitan en África presentan rayas visibles, con la
excepción parcial de A. taeniopus.que solo presenta la franja cruzada del
hombro y, generalmente, algunas barras tenues en las patas; esta especie habita
la región casi intermedia del Alto Egipto y Abisinia. (44. 'Proc. Zool. Soc.'
1862, pág. 164. Véase también Dr. Hartmann, 'Ann. d. Landw.' Bd. xliii. s.
222.)
CUADRUMANA.
Fig. 72. Cabeza de Semnopithecus
rubicundus. Esta figura y las siguientes (del profesor Gervais) se presentan
para mostrar la peculiar disposición y desarrollo del pelo en la cabeza.
Fig. 73. Cabeza de Semnopithecus
comatus.
Fig. 74. Cabeza de Cebus capucinus.
Fig. 75. Cabeza de Ateles marginatus.
Fig. 76. Cabeza de Cebus vellerosus.]
Antes de concluir, conviene añadir
algunas observaciones sobre los adornos de los monos. En la mayoría de las
especies, los sexos se parecen en color, pero en algunas, como hemos visto, los
machos difieren de las hembras, especialmente en el color de las partes
desnudas de la piel, en el desarrollo de la barba, los bigotes y la crin.
Muchas especies presentan colores tan extraordinarios o tan hermosos, y están
provistas de crestas de pelo tan curiosas y elegantes, que difícilmente podemos
evitar considerar estas características como si se hubieran obtenido con fines
ornamentales. Las figuras adjuntas (Figs. 72 a 76) sirven para mostrar la
disposición del pelo en la cara y la cabeza en varias especies. Es difícil
concebir que estas crestas de pelo y los colores tan contrastantes del pelaje y
la piel puedan ser resultado de la mera variabilidad sin la ayuda de la
selección; y es inconcebible que puedan ser de utilidad habitual para estos
animales. De ser así, probablemente se obtuvieron mediante selección sexual,
aunque se transmitieron por igual, o casi por igual, a ambos sexos. En muchos
de los cuadrumanos, tenemos evidencia adicional de la acción de la selección
sexual en el mayor tamaño y fuerza de los machos, y en el mayor desarrollo de
sus caninos, en comparación con las hembras.
[Fig. 77. Cercopithecus petaurista
(de Brehm).]
Unos pocos ejemplos bastarán para
ilustrar la extraña coloración de ambos sexos en algunas especies y la belleza
de otras. El rostro del Cercopithecus petaurista (Fig. 77) es negro, con
bigotes y barba blancos, y una mancha blanca redonda y definida en la nariz,
cubierta de pelo corto blanco, lo que le da al animal un aspecto casi ridículo.
El Semnopithecus frontatus también tiene el rostro negruzco con una larga barba
negra y una gran mancha blanca azulada en la frente. El rostro del Macacus
lasiotus es de color carne sucio, con una mancha roja definida en cada mejilla.
El aspecto del Cercocebus aethiops es grotesco, con su rostro negro, bigotes y
collar blancos, cabeza castaña y una gran mancha blanca desnuda sobre cada
párpado. En muchas especies, la barba, los bigotes y las crestas de pelo
alrededor de la cara son de un color diferente al del resto de la cabeza, y
cuando son diferentes, siempre son de un tono más claro (45. Observé este hecho
en el Jardín Zoológico; y se pueden ver muchos casos en las láminas coloreadas
de Geoffroy St.-Hilaire y F. Cuvier, 'Histoire Nat. des Mammifères', tomo i.
1824), siendo a menudo blanco puro, a veces amarillo brillante o rojizo. Toda
la cara del Brachyurus calvus sudamericano es de un "tono escarlata
brillante"; pero este color no aparece hasta que el animal está casi
maduro. (46. Bates, 'The Naturalist on the Amazons', 1863, vol. ii, pág. 310).
La piel desnuda de la cara difiere maravillosamente en color en las diversas
especies. Suele ser marrón o de color carne, con partes perfectamente blancas,
y a menudo tan negras como las del negro más holliniento. En el Brachyurus, el
tono escarlata es más brillante que el de la damisela caucásica más sonrojada.
A veces es más claramente naranja que en cualquier mongol, y en varias especies
es azul, pasando al violeta o al gris. En todas las especies conocidas por el
Sr. Bartlett, en las que los adultos de ambos sexos tienen la cara de color
intenso, los colores son apagados o ausentes durante la primera juventud. Esto
también ocurre con el mandril y el Rhesus, en los que la cara y las partes
posteriores del cuerpo son de color brillante en un solo sexo. En estos últimos
casos, tenemos razones para creer que los colores se adquirieron por selección
sexual; y naturalmente, nos vemos obligados a extender la misma opinión a las
especies mencionadas, aunque ambos sexos en la edad adulta tienen la cara de
coloración similar.
[Fig. 78. Cercopithecus diana (de
Brehm).]
Aunque muchos tipos de monos distan
mucho de ser bellos para nuestro gusto, otras especies son universalmente
admiradas por su elegante apariencia y brillantes colores. El Semnopithecus
nemaeus, aunque de color peculiar, se describe como extremadamente bello; su
cara anaranjada está rodeada de largos bigotes de un blanco brillante, con una
línea de color rojo castaño sobre las cejas; el pelaje del lomo es de un gris
delicado, con una mancha cuadrada en el lomo, la cola y los antebrazos son de
un blanco puro; una gorguera castaña corona el pecho; los muslos son negros,
con las patas de color rojo castaño. Mencionaré solo otros dos monos por su
belleza; los he seleccionado por presentar ligeras diferencias sexuales en el
color, lo que hace hasta cierto punto probable que ambos sexos deban su
elegante apariencia a la selección sexual. En el mono bigotudo (Cercopithecus
cephus), el color general del pelaje es verdoso moteado con la garganta blanca;
En el macho, la punta de la cola es castaña, pero la cara es la parte más
ornamentada, con la piel predominantemente gris azulada, matizándose en un
tinte negruzco bajo los ojos, con el labio superior de un delicado azul,
revestido en el borde inferior con un fino bigote negro; los bigotes son de
color naranja, con la parte superior negra, formando una banda que se extiende
hacia atrás hasta las orejas, estas últimas revestidas de pelos blanquecinos.
En los Jardines de la Sociedad Zoológica a menudo he escuchado a los visitantes
admirar la belleza de otro mono, merecidamente llamado Cercopithecus diana
(Fig. 78); el color general del pelaje es gris; el pecho y la superficie
interna de las patas delanteras son blancos; un gran espacio triangular
definido en la parte posterior de la espalda es de un castaño intenso; en el
macho, la parte interna de los muslos y el abdomen son de un delicado color
leonado, y la parte superior de la cabeza es negra. La cara y las orejas son de
un negro intenso, que contrasta sutilmente con una cresta transversal blanca
sobre las cejas y una barba larga y puntiaguda, cuya porción basal es negra.
(47. He visto la mayoría de los monos mencionados en los Jardines de la
Sociedad Zoológica. La descripción del Semnopithecus nemaeus está tomada de la
obra del Sr. W. C. Martin, «Historia Natural de los Mamíferos», 1841, pág. 460;
véanse también las págs. 475 y 523).
En estos y muchos otros monos, la
belleza y la singular disposición de sus colores, y aún más la diversificada y
elegante disposición de las crestas y mechones de pelo en sus cabezas, me hacen
creer que estos caracteres han sido adquiridos a través de la selección sexual
exclusivamente como adornos.
UN RESUMEN.
La ley de la lucha por la posesión de
la hembra parece prevalecer en toda la gran clase de mamíferos. La mayoría de
los naturalistas admiten que el mayor tamaño, fuerza, coraje y agresividad del
macho, sus armas especiales de ataque, así como sus medios especiales de
defensa, se han adquirido o modificado mediante esa forma de selección que he
llamado sexual. Esto no depende de ninguna superioridad en la lucha general por
la vida, sino de que ciertos individuos de un sexo, generalmente el macho,
logren conquistar a otros machos y dejen una mayor cantidad de descendientes
que hereden su superioridad que los machos menos exitosos.
Existe otro tipo de competencia más
pacífica, en la que los machos intentan excitar o seducir a las hembras
mediante diversos encantos. Esto probablemente se lleva a cabo en algunos casos
mediante los potentes olores que emiten los machos durante la época
reproductiva; las glándulas odoríferas se adquirieron mediante selección
sexual. Es dudoso que esta misma opinión pueda extenderse a la voz, ya que los
órganos vocales de los machos deben haberse fortalecido con el uso durante la
madurez, bajo las intensas excitaciones del amor, los celos o la ira, y, en
consecuencia, se habrán transmitido al mismo sexo. Diversas crestas, mechones y
mantos de pelo, que se limitan al macho o están más desarrollados en este sexo
que en la hembra, parecen en la mayoría de los casos ser meramente
ornamentales, aunque a veces sirven como defensa contra machos rivales. Incluso
hay motivos para sospechar que los cuernos ramificados de los ciervos y los
elegantes cuernos de ciertos antílopes, aunque sirven como armas de ataque o
defensa, han sido parcialmente modificados con fines ornamentales.
Cuando el macho difiere en color de
la hembra, generalmente exhibe tonos más oscuros y de mayor contraste. En esta
clase no encontramos los espléndidos tonos rojos, azules, amarillos y verdes,
tan comunes en los machos de las aves y muchos otros animales. Sin embargo,
deben exceptuarse las partes desnudas de ciertos cuadrumanos; pues dichas
partes, a menudo ubicadas de forma extraña, presentan colores brillantes en
algunas especies. En otros casos, los colores del macho pueden deberse a una
simple variación, sin la ayuda de la selección. Pero cuando los colores son
diversos y muy pronunciados, cuando no se desarrollan hasta cerca de la madurez
y cuando se pierden tras la emasculación, difícilmente podemos evitar la
conclusión de que se han adquirido mediante selección sexual con fines
ornamentales y se han transmitido exclusivamente, o casi exclusivamente, al
mismo sexo. Cuando ambos sexos presentan la misma coloración, y los colores son
llamativos o están curiosamente dispuestos, sin que tengan la menor utilidad
aparente como protección, y especialmente cuando se asocian con otros apéndices
ornamentales, llegamos por analogía a la misma conclusión: que se han adquirido
por selección sexual, aunque se transmiten a ambos sexos. Que los colores
llamativos y diversos, ya sean exclusivos de los machos o comunes a ambos
sexos, se asocian por regla general en los mismos grupos y subgrupos con otros
caracteres sexuales secundarios que sirven para la guerra o como adorno, se
comprobará si revisamos los diversos casos presentados en este capítulo y en el
anterior.
La ley de la transmisión equitativa
de caracteres a ambos sexos, en lo que respecta al color y otros adornos, ha
prevalecido mucho más ampliamente en los mamíferos que en las aves; pero armas
como cuernos y colmillos se han transmitido a menudo de forma exclusiva o mucho
más perfecta a los machos que a las hembras. Esto es sorprendente, pues, como
los machos generalmente usan sus armas para defenderse de enemigos de todo
tipo, sus armas habrían sido útiles para las hembras. Hasta donde sabemos, su
ausencia en este sexo solo se explica por la forma de herencia que ha
prevalecido. Finalmente, en los cuadrúpedos, la contienda entre individuos del
mismo sexo, ya sea pacífica o sangrienta, se ha limitado, con raras
excepciones, a los machos; de modo que estos últimos se han modificado mediante
selección sexual, con mucha más frecuencia que las hembras, ya sea para luchar
entre sí o para atraer al sexo opuesto.
PARTE III.
SELECCIÓN SEXUAL EN RELACIÓN CON EL HOMBRE Y CONCLUSIÓN.
CAPÍTULO XIX.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DEL HOMBRE.
Diferencias entre el hombre y la
mujer—Causas de tales diferencias y de ciertos caracteres comunes a ambos
sexos—Ley de la batalla—Diferencias en los poderes mentales y la voz—Sobre la
influencia de la belleza en la determinación de los matrimonios de la
humanidad—Atención prestada por los salvajes a los ornamentos—Sus ideas sobre
la belleza en la mujer—La tendencia a exagerar cada peculiaridad natural.
En la humanidad, las diferencias
entre los sexos son mayores que en la mayoría de los cuadrumanos, pero no tan
marcadas como en algunos, por ejemplo, el mandril. El hombre, en promedio, es
considerablemente más alto, corpulento y fuerte que la mujer, con hombros más
cuadrados y músculos más marcados. Debido a la relación entre el desarrollo
muscular y la proyección de las cejas (1. Schaaffhausen, traducción en
'Anthropological Review', octubre de 1868, págs. 419, 420, 427), la cresta
superciliar es generalmente más marcada en el hombre que en la mujer. Su
cuerpo, y especialmente su rostro, es más velludo, y su voz tiene un tono
diferente y más potente. En ciertas razas, se dice que las mujeres difieren
ligeramente del tono de los hombres. Por ejemplo, Schweinfurth, al hablar de
una negra perteneciente a los Monbuttoo, que habitan el interior de África a
pocos grados al norte del ecuador, dice: «Como toda su raza, tenía la piel
varios tonos más clara que la de su marido, algo así como el color del café a medio
tostar». (2. «El corazón de África», traducción al inglés de 1873, vol. ip.
544). Como las mujeres trabajan en el campo y están completamente desnudas, no
es probable que difieran en color de los hombres debido a la menor exposición a
la intemperie. Las mujeres europeas son quizás las de color más brillante de
ambos sexos, como se puede observar cuando ambos han estado igualmente
expuestos.
El hombre es más valiente, combativo
y enérgico que la mujer, y posee un genio más inventivo. Su cerebro es, en
términos absolutos, más grande, pero creo que no se ha determinado por completo
si es proporcional a su cuerpo, que es mayor. En la mujer, el rostro es más
redondo; las mandíbulas y la base del cráneo, más pequeñas; los contornos del
cuerpo, más redondos y, en algunas partes, más prominentes; y su pelvis es más
ancha que en el hombre (3. Ecker, traducción, en 'Anthropological Review',
octubre de 1868, págs. 351-356. Welcker ha seguido con mucho cuidado la
comparación de la forma del cráneo en hombres y mujeres); pero este último
rasgo quizá pueda considerarse más bien un rasgo sexual primario que
secundario. Alcanza la madurez a una edad más temprana que el hombre.
Al igual que en los animales de todas
las clases, en el hombre los caracteres distintivos del sexo masculino no se
desarrollan plenamente hasta que alcanza la madurez; y si se castra, nunca
aparecen. La barba, por ejemplo, es un rasgo secundario.
Carácter sexual, y los niños varones
son imberbes, aunque a temprana edad poseen abundante cabello. Probablemente se
deba a la aparición bastante tardía de las sucesivas variaciones mediante las
cuales el hombre ha adquirido sus caracteres masculinos, que estos se
transmiten únicamente al sexo masculino. Los niños varones y las niñas se
parecen mucho entre sí, como las crías de tantos otros animales en los que los
sexos adultos difieren ampliamente; asimismo, se parecen mucho más a la hembra
adulta que al macho adulto. La hembra, sin embargo, finalmente asume ciertos
caracteres distintivos, y en la formación de su cráneo se dice que es
intermedia entre la niña y el hombre. (4. Ecker y Welcker, ibíd., págs. 352,
355; Vogt, «Lectures on Man», traducción al inglés, pág. 81). Además, así como
las crías de especies estrechamente relacionadas, aunque distintas, no difieren
tanto entre sí como los adultos, ocurre lo mismo con los hijos de las
diferentes razas humanas. Algunos incluso han sostenido que no se pueden detectar
diferencias raciales en el cráneo infantil. (5. Schaaffhausen, 'Anthropolog.
Review', ibíd., pág. 429). En cuanto al color, el recién nacido negro es de
color castaño rojizo, que pronto se torna gris pizarra; el color negro se
desarrolla plenamente al año en Sudán, pero no hasta los tres años en Egipto.
Los ojos del negro son inicialmente azules, y el cabello castaño más bien que
negro, siendo rizado solo en las puntas. Los niños australianos, inmediatamente
después de nacer, son de color marrón amarillento y se oscurecen con el tiempo.
Los de los guaraníes de Paraguay son de color amarillo blanquecino, pero en
pocas semanas adquieren el tono marrón amarillento de sus padres. Se han
realizado observaciones similares en otras partes de América. (6. Pruner-Bey,
sobre los infantes negros según lo citado por Vogt, 'Lectures on Man',
traducción inglesa, 1864, pág. 189: para más datos sobre los infantes negros,
según lo citado por Winterbottom y Camper, véase Lawrence, 'Lectures on
Physiology', etc., 1822, pág. 451. Para los infantes de los guaraníes, véase
Rengger, 'Säugethiere', etc., pág. 3. Véase también Godron, 'De l'Espèce', tomo
ii, 1859, pág. 253. Para los australianos, Waitz, 'Introduction to
Anthropology', traducción inglesa, 1863, pág. 99.)
He especificado las diferencias
anteriores entre el sexo masculino y femenino en la humanidad, porque son
curiosamente similares a las de los cuadrumanos. En estos animales, la hembra
alcanza la madurez sexual a una edad más temprana que el macho; al menos, este
es el caso del Cebus azarae. (7. Rengger, 'Säugethiere', etc., 1830, pág. 49).
Los machos de la mayoría de las especies son más grandes y fuertes que las
hembras, como lo demuestra el gorila. Incluso en una característica tan
insignificante como la mayor prominencia de la cresta superciliar, los machos
de ciertos monos difieren de las hembras (8. Como en Macacus cynomolgus
(Desmarest, 'Mammalogie', pág. 65), y en Hylobates agilis (Geoffroy St.-Hilaire
y F. Cuvier, 'Histoire Nat. des Mammifères', 1824, tom. ip 2)., y concuerdan en
este aspecto con la humanidad. En el gorila y algunos otros monos, el cráneo
del macho adulto presenta una cresta sagital fuertemente marcada, que está
ausente en la hembra; y Ecker encontró un rastro de una diferencia similar
entre los dos sexos en los australianos. (9. 'Anthropological Review', octubre
de 1868, pág. 353). En los monos, cuando hay alguna diferencia en la voz, la
del macho es la más potente. Hemos visto que ciertos machos Los monos tienen
una barba bien desarrollada, que es bastante deficiente, o mucho menos
desarrollada, en las hembras. No se conoce ningún caso de barba, patillas o
bigote más grandes en la hembra que en el macho. Incluso en el color de la
barba existe un curioso paralelismo entre el hombre y los cuadrumanos, pues en
el hombre, cuando la barba difiere en color del cabello, como es común, creo
que casi siempre es de un tono más claro, a menudo rojizo. He observado este
hecho repetidamente en Inglaterra; pero dos caballeros me han escrito recientemente,
diciéndome que constituyen una excepción a la regla. Uno de estos caballeros lo
explica por la gran diferencia de color del cabello entre las ramas paterna y
materna de su familia. Ambos conocían desde hacía tiempo esta peculiaridad (uno
de ellos había sido acusado a menudo de teñirse la barba), y por ello, al
observar a otros hombres, estaban convencidos de que las excepciones eran muy
raras. El Dr. Hooker se ocupó de este pequeño detalle en mi caso en Rusia y no
encontró ninguna excepción a la regla. En Calcuta, El Sr. J. Scott, del Jardín
Botánico, tuvo la amabilidad de observar las numerosas razas humanas que se
veían allí, así como en otras partes de la India, a saber, dos razas de sijíes:
los bhoteas, los hindúes, los birmanos y los chinos, la mayoría de las cuales
tienen muy poco pelo en la cara; y siempre descubrió que, cuando había alguna
diferencia de color entre el pelo de la cabeza y la barba, esta última era
invariablemente más clara. Ahora bien, en los monos, como ya se ha dicho, la
barba con frecuencia difiere notablemente en color del pelo de la cabeza, y en
tales casos siempre es de un tono más claro, a menudo blanco puro, a veces
amarillo o rojizo. (10. El Sr. Blyth me informa que solo ha visto un caso de
barba,bigotes, etc., en un mono que se vuelve blanco con la edad, como es tan
común entre nosotros. Esto, sin embargo, ocurrió en un viejo Macacus
cynomolgus, confinado, cuyos bigotes eran «extraordinariamente largos y
parecidos a los de un humano». En conjunto, este viejo mono presentaba un
parecido ridículo con uno de los monarcas reinantes de Europa, de quien recibió
un apodo universal. En ciertas razas humanas, el cabello casi nunca encanece;
por lo tanto, el Sr. D. Forbes nunca ha visto, según me informa, un caso con
los aymaras y quichuas de Sudamérica.
En cuanto a la vellosidad general del
cuerpo, las mujeres de todas las razas son menos peludas que los hombres; y en
algunos cuadrumanos, la parte inferior del cuerpo de la hembra es menos peluda
que la del macho. (11. Este es el caso de las hembras de varias especies de
Hylobates; véase Geoffroy St.-Hilaire y F. Cuvier, 'Hist. Nat. des Mamm.' tomo
I. Véase también, sobre H. lar, 'Penny Cyclopedia', vol. II, págs. 149, 150).
Por último, los monos machos, al igual que los hombres, son más audaces y feroces
que las hembras. Lideran la tropa y, en caso de peligro, se sitúan al frente.
Vemos así cuán estrecho es el paralelismo entre las diferencias sexuales del
hombre y los cuadrumanos. Sin embargo, en algunas especies, como en ciertos
babuinos, el orangután y el gorila, hay una diferencia considerablemente mayor
entre los sexos, como en el tamaño de los dientes caninos, en el desarrollo y
color del pelo y, especialmente, en el color de las partes desnudas de la piel,
que en la humanidad.
Todos los caracteres sexuales
secundarios del hombre son muy variables, incluso dentro de una misma raza; y
difieren mucho entre ellas. Estas dos reglas se aplican generalmente en todo el
reino animal. En las excelentes observaciones realizadas a bordo del Novara
(12. Los resultados fueron deducidos por el Dr. Weisbach a partir de las
mediciones realizadas por los Dres. K. Scherzer y Schwarz, véase «Reise der
Novara: Anthropolog. Theil», 1867, ss. 216, 231, 234, 236, 239, 269), se
encontró que los machos australianos superaban a las hembras en solo 65 mm en
altura, mientras que en los javaneses el exceso promedio era de 218 mm; de modo
que en esta última raza la diferencia de altura entre los sexos es más del
triple que en los australianos. Se realizaron numerosas mediciones minuciosas
de la estatura, la circunferencia del cuello y el pecho, la longitud de la
columna vertebral y de los brazos en diversas razas; y casi todas estas
mediciones muestran que los machos difieren mucho más entre sí que las hembras.
Este hecho indica que, en lo que respecta a estos caracteres, es el macho el
que se ha modificado principalmente desde que las diversas razas se separaron
de su tronco común.
El desarrollo de la barba y la
vellosidad corporal difieren notablemente en hombres de distintas razas, e
incluso en diferentes tribus o familias de la misma raza. Los europeos lo vemos
entre nosotros. En la isla de St. Kilda, según Martin (13. «Voyage to St.
Kilda» (3.ª ed., 1753), pág. 37), los hombres no desarrollan barba hasta los
treinta años o más, e incluso entonces son muy ralas. En el continente
europeo-asiático, las barbas prevalecen hasta que pasamos más allá de la India;
aunque entre los nativos de Ceilán suelen estar ausentes, como lo observó
Diodoro en la antigüedad. (14. Sir JE Tennent, «Ceylon», vol. ii. 1859, pág.
107). Al este de la India, las barbas desaparecen, como entre los siameses,
malayos, calmucos, chinos y japoneses; Sin embargo, los ainos (15. Quatrefages,
'Revue des Cours Scientifiques', 29 de agosto de 1868, pág. 630; Vogt,
'Lectures on Man', trad. inglesa, pág. 127), que habitan las islas más
septentrionales del archipiélago japonés, son los hombres más peludos del
mundo. En los negros, la barba es escasa o inexistente, y rara vez tienen
patillas; en ambos sexos, el cuerpo suele estar casi desprovisto de vello fino.
(16. Sobre las barbas de los negros, Vogt, 'Lectures,' etc. p. 127; Waitz,
'Introduct. to Anthropology,' trad. inglesa 1863, vol. ip 96. Es notable que en
los Estados Unidos ('Investigations in Military and Anthropological Statistics
of American Soldiers,' 1869, p. 569) los negros puros y sus descendientes
cruzados parecen tener cuerpos casi tan peludos como los europeos.) Por otro
lado, los papúes del archipiélago malayo, que son casi tan negros como los
negros, poseen barbas bien desarrolladas. (17. Wallace, 'The Malay Arch.' vol.
ii. 1869, p. 178.) En el océano Pacífico, los habitantes del archipiélago de
Fiji tienen barbas grandes y pobladas, mientras que los de los no distantes
archipiélagos de Tonga y Samoa no tienen barba; pero estos hombres pertenecen a
razas distintas. En el grupo Ellice, todos los habitantes pertenecen a la misma
raza; sin embargo, en una sola isla, concretamente Nunemaya, «los hombres
tienen barbas espléndidas»; mientras que en las demás islas «tienen, por regla
general, una docena de pelos desorganizados por barba». (18. Dr. J. Barnard
Davis sobre las razas oceánicas, en 'Anthropological Review', abril de 1870,
págs. 185, 191.)
En todo el gran continente americano,
se puede decir que los hombres carecen de barba; pero en casi todas las tribus,
es probable que aparezcan algunos pelos cortos en la cara, especialmente en la
vejez. En las tribus de Norteamérica, Catlin estima que dieciocho de cada
veinte hombres carecen completamente de barba; pero ocasionalmente se puede ver
a un hombre que no se ha depilado en la pubertad, con una barba suave de una o
dos pulgadas de largo. Los guaraníes del Paraguay se diferencian de todas las tribus
circundantes por tener una barba corta, e incluso algo de pelo en el cuerpo,
pero sin patillas. (19. Catlin, 'North American Indians', 3.ª ed. 1842, vol.
ii, pág. 227. Sobre los guaraníes, véase Azara, 'Voyages dans l'Amérique
Merid.' tom. ii, 1809, pág. 85; también Rengger, 'Säugethiere von Paraguay', s.
3.) El Sr. D. Forbes, quien se ocupó especialmente de este punto, me informa
que los aymaras y quichuas de la Cordillera son notablemente lampiños, aunque
en la vejez ocasionalmente aparecen algunos pelos sueltos en la barbilla. Los
hombres de estas dos tribus tienen muy poco pelo en las distintas partes del
cuerpo donde el pelo crece abundantemente en los europeos, y las mujeres no
tienen ninguno en las partes correspondientes. Sin embargo, el pelo en la
cabeza alcanza una longitud extraordinaria en ambos sexos, llegando a menudo
casi al suelo; y esto es igualmente el caso de algunas de las tribus
norteamericanas. En cuanto a la cantidad de pelo y la forma general del cuerpo,
los sexos de los aborígenes americanos no difieren tanto entre sí como en la
mayoría de las demás razas. (20. El profesor y la señora Agassiz («Viaje a
Brasil», pág. 530) señalan que los sexos de los indígenas americanos difieren
menos que los de los negros y las razas superiores. Véase también Rengger,
ibíd., pág. 3, sobre los guaraníes). Este hecho es análogo a lo que ocurre con
algunos monos estrechamente emparentados; así, los sexos del chimpancé no son
tan diferentes como los del orangután o el gorila. (21. Rutimeyer, «Los límites
del mundo; una interpretación de la enseñanza de Darwin», 1868, s. 54).
En los capítulos anteriores hemos
visto que, en mamíferos, aves, peces, insectos, etc., muchos caracteres, que
con toda razón se cree que se adquirieron principalmente mediante selección
sexual en un sexo, se han transferido al otro. Dado que esta misma forma de
transmisión aparentemente ha prevalecido en gran medida en la humanidad,
evitaremos repeticiones innecesarias si analizamos el origen de los caracteres
propios del sexo masculino junto con otros caracteres comunes a ambos sexos.
LEY DE BATALLA.
Entre los salvajes, por ejemplo, los
australianos, las mujeres son causa constante de guerra, tanto entre miembros
de la misma tribu como entre tribus distintas. Así sin duda lo fue en la
antigüedad: «nam fuit ante Helenam mulier teterrima belli causa». Entre algunos
indígenas norteamericanos, la contienda se reduce a un sistema. Ese excelente
observador, Hearne (22. 'Un viaje desde Prince of Wales Fort', 8vo. ed. Dublín,
1796, pág. 104. Sir J. Lubbock ('Origen de la civilización', 1870, pág. 69) da
otros casos similares en América del Norte. Para los Guanas de América del Sur,
véase Azara, 'Voyages', etc. tom. ii. pág. 94.), dice: "Siempre ha sido
costumbre entre estas personas que los hombres luchen por cualquier mujer a la
que estén unidos; y, por supuesto, el más fuerte siempre se lleva el premio. A
un hombre débil, a menos que sea un buen cazador y muy amado, rara vez se le
permite mantener una esposa que un hombre más fuerte considere digna de su
atención. Esta costumbre prevalece en todas las tribus y causa un gran espíritu
de emulación entre sus jóvenes, quienes en toda ocasión, desde su infancia,
están probando su fuerza y habilidad en la lucha libre". Con los guanas
de América del Sur, Azara afirma que los hombres rara vez se casan antes de los
veinte años o más, pues antes de esa edad no pueden conquistar a sus rivales.
Podrían darse otros hechos similares;
pero incluso si no tuviéramos evidencia al respecto, podríamos estar casi
seguros, a partir de la analogía de los cuadrumanos superiores (23. Sobre la
lucha de los gorilas machos, véase al Dr. Savage, en 'Boston Journal of Natural
History', vol. v. 1847, pág. 423. Sobre Presbytis entellus, véase 'Indian
Field', 1859, pág. 146), de que la ley de la batalla había prevalecido en el
hombre durante las primeras etapas de su desarrollo. La aparición ocasional en
la actualidad de colmillos que sobresalen de los demás, con rastros de un
diastema o espacio abierto para la recepción de los caninos opuestos, es con
toda probabilidad un caso de reversión a un estado anterior, cuando los
progenitores del hombre contaban con estas armas, como tantos cuadrumanos
machos existentes. Se comentó en un capítulo anterior que, a medida que el
hombre se erguía gradualmente y usaba continuamente sus manos y brazos para
luchar con palos y piedras, así como para otros fines vitales, habría usado cada
vez menos sus mandíbulas y dientes. Las mandíbulas, junto con sus músculos, se
habrían reducido por desuso, al igual que los dientes debido a los principios
poco comprendidos de correlación y economía del crecimiento; pues vemos en
todas partes que las partes que ya no son útiles se reducen de tamaño. Con
estas medidas, la desigualdad original entre las mandíbulas y los dientes en
ambos sexos de la humanidad finalmente se habría eliminado. El caso es casi
paralelo al de muchos rumiantes machos, en los que los caninos se han reducido
a meros rudimentos o han desaparecido, aparentemente como consecuencia del
desarrollo de los cuernos. Como la prodigiosa diferencia entre los cráneos de
los dos sexos en el orangután y el gorila está en estrecha relación con el
desarrollo de los inmensos caninos en los machos, podemos inferir que la
reducción de las mandíbulas y los dientes en los primeros progenitores
masculinos del hombre debe haber conducido a un cambio muy sorprendente y
favorable en su apariencia.
No cabe duda de que el mayor tamaño y
fuerza del hombre, en comparación con la mujer, junto con sus hombros más
anchos, músculos más desarrollados, silueta robusta, mayor coraje y
agresividad, se deben principalmente a la herencia de sus antepasados masculinos
semihumanos. Sin embargo, estas características se habrían conservado o incluso
aumentado durante las largas eras del salvajismo humano, gracias al éxito de
los hombres más fuertes y audaces, tanto en la lucha por la vida como en sus
contiendas por las esposas; un éxito que les habría asegurado una descendencia
más numerosa que la de sus hermanos menos favorecidos. No es probable que la
mayor fuerza del hombre se adquiriera principalmente por los efectos heredados
de haber trabajado más duro que la mujer para su propia subsistencia y la de su
familia; pues las mujeres en todas las naciones bárbaras se ven obligadas a
trabajar al menos tan duro como los hombres. Entre los pueblos civilizados, el
arbitraje de la batalla por la posesión de las mujeres ha cesado hace mucho
tiempo; Por otra parte, los hombres, por regla general, tienen que trabajar más
duro que las mujeres para su subsistencia conjunta, y de esta manera se habrá
mantenido su mayor fuerza.
DIFERENCIA EN LAS PODERES MENTALES DE
LOS DOS SEXOS.
Con respecto a las diferencias de
esta naturaleza entre el hombre y la mujer, es probable que la selección sexual
haya desempeñado un papel fundamental. Soy consciente de que algunos autores
dudan de la existencia de tal diferencia inherente; pero esto es al menos
probable a partir de la analogía de los animales inferiores que presentan otros
caracteres sexuales secundarios. Nadie discute que el toro difiere en
disposición de la vaca, el jabalí de la cerda, el semental de la yegua y, como
bien saben los cuidadores de animales salvajes, los machos de los simios
mayores de las hembras. La mujer parece diferir del hombre en disposición
mental, principalmente en su mayor ternura y menor egoísmo; y esto se aplica
incluso a los salvajes, como lo demuestra un conocido pasaje de los Viajes de
Mungo Park y las declaraciones de muchos otros viajeros. La mujer, debido a sus
instintos maternales, muestra estas cualidades hacia sus crías en grado
eminente; por lo tanto, es probable que a menudo las extienda a sus semejantes.
El hombre es el rival de otros hombres; Se deleita en la competencia, lo que
lleva a la ambición, que fácilmente se transforma en egoísmo. Estas últimas
cualidades parecen ser su innato y desafortunado derecho de nacimiento.
Generalmente se admite que en la mujer la intuición, la percepción rápida y
quizás la imitación son más marcadas que en el hombre; pero al menos algunas de
estas facultades son características de las razas inferiores y, por lo tanto,
de un estado de civilización pasado e inferior.
La principal distinción en las
facultades intelectuales de ambos sexos se evidencia en que el hombre alcanza
una mayor eminencia que la mujer en cualquier actividad que emprende, ya sea
que requiera reflexión profunda, razón o imaginación, o simplemente el uso de
los sentidos y las manos. Si se hicieran dos listas de los hombres y mujeres
más eminentes en poesía, pintura, escultura, música (incluyendo composición e
interpretación), historia, ciencia y filosofía, con media docena de nombres en
cada materia, las dos listas serían incompatibles. También podemos inferir, de
la ley de la desviación de los promedios, tan bien ilustrada por el Sr. Galton
en su obra "El genio hereditario", que si los hombres son capaces de
una marcada preeminencia sobre las mujeres en muchas materias, el promedio de
capacidad mental en el hombre debe ser superior al de la mujer.
Entre los progenitores semihumanos
del hombre, y entre los salvajes, ha habido luchas entre los machos durante
muchas generaciones por la posesión de las hembras. Pero la mera fuerza y el
tamaño corporales no bastan para obtener la victoria, a menos que se asocien
con coraje, perseverancia y energía decidida. En los animales sociales, los
machos jóvenes deben superar numerosas contiendas antes de conquistar una
hembra, y los machos mayores deben retenerlas mediante nuevas batallas.
También, en el caso de la humanidad, deben defender a sus hembras, así como a
sus crías, de enemigos de todo tipo y cazar para su subsistencia conjunta. Pero
evitar a los enemigos o atacarlos con éxito, capturar animales salvajes y
fabricar armas, requiere la ayuda de las facultades mentales superiores: la
observación, la razón, la invención o la imaginación. Estas diversas facultades
se habrán puesto a prueba y seleccionado continuamente durante la edad adulta;
además, se habrán fortalecido con el uso durante este mismo período de la vida.
Por consiguiente, de acuerdo con el principio a menudo aludido, podríamos
esperar que al menos tenderían a transmitirse principalmente a la descendencia
masculina en el período correspondiente de la edad adulta.
Ahora bien, cuando dos hombres
compiten, o un hombre con una mujer, ambos con igual perfección en todas las
cualidades mentales, salvo que uno posee mayor energía, perseverancia y coraje,
esta última generalmente se destacará en cada actividad y alcanzará la
supremacía. (24. J. Stuart Mill señala ('The Subjection of Women', 1869, pág.
122): «Las cosas en las que el hombre supera a la mujer son aquellas que
requieren mayor esfuerzo y una larga insistencia en un solo pensamiento». ¿Qué
es esto sino energía y perseverancia?). Se puede decir que posee genio, pues
una gran autoridad ha declarado que el genio es paciencia; y paciencia, en este
sentido, significa perseverancia inquebrantable e intrépida. Pero esta visión
del genio es quizás deficiente; pues sin las facultades superiores de la
imaginación y la razón, no se puede alcanzar un éxito notable en muchas áreas.
Estas últimas facultades, al igual que las primeras, se habrán desarrollado en
el hombre, en parte mediante la selección sexual, es decir, mediante la
competencia entre machos rivales, y en parte mediante la selección natural, es
decir, por el éxito en la lucha general por la vida; y como en ambos casos la
lucha habrá tenido lugar durante la madurez, los caracteres adquiridos se
habrán transmitido más plenamente a la descendencia masculina que a la
femenina. Concuerda de forma sorprendente con esta visión de la modificación y
el refuerzo de muchas de nuestras facultades mentales por selección sexual, en
primer lugar, que experimenten un cambio considerable en la pubertad (25.
Maudsley, 'Mind and Body', pág. 31), y, en segundo lugar, que los eunucos
permanezcan a lo largo de la vida inferiores en estas mismas cualidades. Así,
el hombre finalmente se ha vuelto superior a la mujer. Es, en efecto, afortunado
que la ley de la transmisión igualitaria de caracteres a ambos sexos prevalezca
en los mamíferos; De lo contrario, es probable que el hombre hubiera llegado a
ser tan superior en dotación mental a la mujer, como el pavo real lo es en
plumaje ornamental a la pava real.
Debe tenerse presente que la
tendencia de los caracteres adquiridos por ambos sexos en etapas tardías de la
vida a transmitirse al mismo sexo a la misma edad, y la de los caracteres
adquiridos tempranamente a transmitirse a ambos sexos, son reglas que, aunque
generales, no siempre se cumplen. Si siempre se mantuvieran vigentes, podríamos
concluir (pero aquí excedo mis límites) que los efectos heredados de la
educación temprana de niños y niñas se transmitirían por igual a ambos sexos;
de modo que la actual desigualdad en capacidad mental entre los sexos no se
eliminaría con una formación temprana similar; ni puede haber sido causada por
una formación temprana desigual. Para que la mujer alcance el mismo nivel que
el hombre, debería, casi adulta, ser educada en la energía y la perseverancia,
y tener su razón e imaginación ejercitadas al máximo; y entonces probablemente
transmitiría estas cualidades principalmente a sus hijas adultas. Sin embargo,
no todas las mujeres podrían ser criadas de esta manera, a menos que durante
muchas generaciones aquellas que sobresalieran en las virtudes robustas
mencionadas se casaran y tuvieran una descendencia mayor que otras mujeres.
Como se mencionó anteriormente sobre la fuerza corporal, aunque los hombres ya
no luchan por sus esposas, y esta forma de selección ha desaparecido, durante
la edad adulta generalmente se enfrentan a una dura lucha para mantenerse a sí
mismos y a sus familias; esto tenderá a mantener o incluso aumentar sus
capacidades mentales y, en consecuencia, la desigualdad actual entre los sexos.
(26. Una observación de Vogt se refiere a este tema: «Es notable que la
diferencia entre los sexos, en lo que respecta a la cavidad craneal, aumente
con el desarrollo de la raza, de modo que el hombre europeo supera mucho más a
la mujer que el negro a la negra. Welcker confirma esta afirmación de Huschke
con sus mediciones de cráneos de negros y alemanes». Pero Vogt admite
(«Lectures on Man», traducción al inglés, 1864, pág. 81) que se requieren más
observaciones sobre este punto.
VOZ Y PODERES MUSICALES.
En algunas especies de cuadrumanos
existe una gran diferencia entre los sexos adultos, en la potencia de sus voces
y en el desarrollo de los órganos vocales; y el hombre parece haber heredado
esta diferencia de sus primeros progenitores. Sus cuerdas vocales son
aproximadamente un tercio más largas que en la mujer o que en los niños; y la
emasculación produce el mismo efecto en él que en los animales inferiores, pues
«detiene el crecimiento prominente de la tiroides, etc., que acompaña a la
elongación de las cuerdas». (27. Owen, «Anatomía de los Vertebrados», vol. iii,
pág. 603). Con respecto a la causa de esta diferencia entre los sexos, no tengo
nada que añadir a las observaciones del capítulo anterior sobre los probables
efectos del uso prolongado de los órganos vocales por parte del macho bajo la
excitación del amor, la rabia y los celos. Según Sir Duncan Gibb (28. 'Journal
of the Anthropological Society', abril de 1869, págs. lvii. y lxvi.), la voz y
la forma de la laringe difieren en las distintas razas de la humanidad; pero
entre los tártaros, los chinos, etc., se dice que la voz del hombre no difiere
tanto de la de la mujer, como en la mayoría de las otras razas.
La capacidad y el amor por el canto o
la música, aunque no son características sexuales del hombre, no deben pasarse
por alto. Si bien los sonidos emitidos por animales de todo tipo sirven para
diversos propósitos, se puede argumentar con solidez que los órganos vocales se
utilizaron y perfeccionaron principalmente para la propagación de la especie.
Los insectos y algunas arañas son los animales inferiores que producen
voluntariamente algún sonido; y esto generalmente se logra con la ayuda de
órganos estriduladores de hermosa construcción, que a menudo se limitan a los
machos. Los sonidos así producidos consisten, creo que en todos los casos, en
la misma nota, repetida rítmicamente (29. Dr. Scudder, «Notes on Stridulation»,
en «Proc. Boston Soc. of Nat. Hist.», vol. xi, abril de 1868); y esto a veces
resulta placentero incluso para el oído humano. El propósito principal, y en
algunos casos exclusivo, parece ser atraer o cautivar al sexo opuesto.
Se dice que, en algunos casos, los
sonidos producidos por los peces son emitidos únicamente por los machos durante
la época reproductiva. Todos los vertebrados que respiran aire poseen
necesariamente un aparato para inhalar y exhalar, con un tubo que se puede
cerrar en un extremo. Por lo tanto, cuando los miembros primitivos de esta
clase estaban fuertemente excitados y sus músculos se contraían violentamente,
casi con seguridad habrían producido sonidos sin propósito; y estos, si
hubieran resultado ser útiles, podrían haberse modificado o intensificado
fácilmente mediante la preservación de variaciones adecuadamente adaptadas. Los
vertebrados inferiores que respiran aire son los anfibios; y de estos, las
ranas y los sapos poseen órganos vocales, que se utilizan incesantemente
durante la época reproductiva y que a menudo están más desarrollados en el
macho que en la hembra. Solo el macho de la tortuga emite un sonido, y esto
solo durante la época de amor. Los caimanes machos rugen o braman durante la
misma época. Todos sabemos cuánto utilizan las aves sus órganos vocales como
medio de cortejo; Y algunas especies también interpretan lo que podría llamarse
música instrumental.
En la clase de los mamíferos, que nos
ocupa más específicamente, los machos de casi todas las especies utilizan su
voz durante la época reproductiva mucho más que en cualquier otra época; y
algunos son completamente mudos, excepto en esta época. En otras especies,
ambos sexos, o solo las hembras, utilizan su voz como llamada de amor.
Considerando estos hechos, y que los órganos vocales de algunos cuadrúpedos
están mucho más desarrollados en los machos que en las hembras, ya sea de forma
permanente o temporal durante la época reproductiva; y considerando que en la
mayoría de las clases inferiores los sonidos producidos por los machos no solo
sirven para llamar, sino también para excitar o seducir a la hembra, resulta
sorprendente que aún no tengamos pruebas fehacientes de que los mamíferos
machos utilicen estos órganos para cautivar a las hembras. El Mycetes caraya
americano quizás constituya una excepción, al igual que el Hylobates agilis, un
simio emparentado con el hombre. Este gibón posee una voz extremadamente fuerte
pero musical. El Sr. Waterhouse afirma (30. Dado en 'Introducción general a la
historia natural de los mamíferos' de WCL Martin, 1841, pág. 432; Owen,
'Anatomía de los vertebrados', vol. iii, pág. 600), "Me pareció que al
ascender y descender la escala, los intervalos siempre eran exactamente
semitonos; y estoy seguro de que la nota más alta era la octava exacta a la más
baja. La calidad de las notas es muy musical; y no dudo de que un buen
violinista podría dar una idea correcta de la composición del gibón, excepto en
lo que respecta a su volumen". El Sr. Waterhouse luego da las notas. El
profesor Owen, que es músico, confirma la declaración anterior y comenta,
aunque erróneamente, que este gibón "es el único de los mamíferos brutos
que puede decirse que canta". Parece estar muy excitado después de su
actuación. Desafortunadamente, sus hábitos nunca se han observado de cerca en
estado natural; Pero por analogía con otros animales, es probable que utilice
sus poderes musicales más especialmente durante la época de cortejo.
Este gibón no es la única especie del
género que canta, pues mi hijo, Francis Darwin, escuchaba atentamente en el
Zoológico al H. leuciscus mientras cantaba una cadencia de tres notas, con
intervalos musicales auténticos y un tono musical claro. Es aún más
sorprendente que ciertos roedores emitan sonidos musicales. Se ha mencionado y
exhibido a menudo a ratones cantores, pero comúnmente se ha sospechado de
impostura. Sin embargo, por fin tenemos un relato claro de un conocido
observador, el reverendo S. Lockwood (31. The 'American Naturalist', 1871, pág.
761), sobre las facultades musicales de una especie americana, el Hesperomys
cognatus, perteneciente a un género distinto al del ratón inglés. Este pequeño
animal estuvo confinado, y su interpretación se escuchó repetidamente. En una
de las dos canciones principales, “el último compás se prolongaba con
frecuencia a dos o tres; y a veces cambiaba de do sostenido y re a do natural y
re, luego gorjeaba en estas dos notas un rato y terminaba con un rápido chirrido
en do sostenido y re. La distinción entre los semitonos era muy marcada y
fácilmente apreciable para un buen oído”. El Sr. Lockwood presenta ambas
canciones en notación musical; y añade que, aunque esta pequeña ratoncita “no
tenía oído para el tiempo, se mantenía en la tonalidad de si (dos bemoles) y
estrictamente en una tonalidad mayor”... “Su voz suave y clara desciende una
octava con toda la precisión posible; luego, al subir el tono, vuelve a
ascender en un trino muy rápido en do sostenido y re”.
Un crítico ha preguntado cómo el oído
humano, y debería haber añadido el de otros animales, pudo haberse adaptado por
selección para distinguir notas musicales. Pero esta pregunta genera cierta
confusión en el tema; un ruido es la sensación resultante de la coexistencia de
varias "vibraciones simples" aéreas de diversos períodos, cada una de
las cuales se interrumpe con tanta frecuencia que no puede percibirse su
existencia por separado. Solo en la falta de continuidad de tales vibraciones y
en su falta de armonía entre sí, un ruido se diferencia de una nota musical.
Por lo tanto, para que un oído sea capaz de discriminar ruidos —y la gran
importancia de esta capacidad para todos los animales es reconocida por todos—
debe ser sensible a las notas musicales. Tenemos evidencia de esta capacidad
incluso en los niveles más bajos de la escala animal: así, los crustáceos están
provistos de pelos auditivos de diferentes longitudes, que se ha observado que
vibran al tocar las notas musicales adecuadas. (32. Helmholtz, 'Theorie Phys.
de la Musique', 1868, pág. 187.) Como se mencionó en un capítulo anterior, se
han realizado observaciones similares en los pelos de las antenas de los
mosquitos. Algunos buenos observadores han afirmado con certeza que las arañas
se sienten atraídas por la música. También es bien sabido que algunos perros
aúllan al oír ciertos tonos. (33. Se han publicado varios relatos al respecto.
El Sr. Peach me escribe que un perro suyo aúlla cuando se toca si bemol en la
flauta, y no con ninguna otra nota. Debo añadir otro ejemplo de un perro que
siempre gemía cuando se tocaba una nota desafinada en una concertina). Al
parecer, las focas aprecian la música, y su afición por ella «era bien conocida
por los antiguos, y los cazadores actuales la aprovechan a menudo». (34. Sr. R.
Brown, en 'Proc. Zool. Soc.' 1868, pág. 410.)
Por lo tanto, en lo que respecta a la
mera percepción de las notas musicales, no parece haber ninguna dificultad
especial en el caso del hombre ni de ningún otro animal. Helmholtz ha
explicado, basándose en principios fisiológicos, por qué las concordancias son
agradables y las discordancias desagradables al oído humano; pero a nosotros
nos interesan poco, ya que la música en armonía es una invención posterior. Nos
interesa más la melodía, y aquí, de nuevo, según Helmholtz, es comprensible por
qué se utilizan las notas de nuestra escala musical. El oído analiza todos los
sonidos en sus «vibraciones simples» componentes, aunque no seamos conscientes
de este análisis. En una nota musical, la más grave de estas suele predominar,
y las otras, menos marcadas, son la octava, la duodécima, la segunda octava,
etc., todas armonías de la nota fundamental predominante; dos notas
cualesquiera de nuestra escala tienen muchos de estos sobretonos armónicos en
común. Parece bastante claro entonces que si un animal quisiera cantar siempre
exactamente la misma canción, se guiaría haciendo sonar sucesivamente aquellas
notas que poseen muchos armónicos en común, es decir, elegiría para su canto
notas que pertenecen a nuestra escala musical.
Pero si se pregunta además por qué
los tonos musicales en cierto orden y ritmo causan placer al hombre y a otros
animales, no podemos dar más razón que la del placer de ciertos sabores y
olores. Que sí causan placer a los animales se puede inferir de que son
producidos durante la época de cortejo por muchos insectos, arañas, peces,
anfibios y aves; pues a menos que las hembras pudieran apreciar tales sonidos y
se sintieran excitadas o encantadas por ellos, los esfuerzos perseverantes de
los machos, y las complejas estructuras que a menudo poseen solo ellos, serían
inútiles; y esto es imposible de creer.
Se admite generalmente que el canto
humano es la base u origen de la música instrumental. Dado que ni el placer ni
la capacidad de producir notas musicales son facultades de la menor utilidad
para el hombre en su vida cotidiana, deben considerarse entre las más
misteriosas de las que está dotado. Están presentes, aunque en un estado muy
rudimentario, en hombres de todas las razas, incluso en los más salvajes; pero
el gusto de las distintas razas es tan diferente que nuestra música no agrada a
los salvajes, y su música nos resulta, en la mayoría de los casos, horrible y
carente de significado. El Dr. Seemann, en algunas observaciones interesantes
sobre este tema (35. 'Journal of Anthropological Society', octubre de 1870,
pág. clv. Véanse también los varios capítulos posteriores en 'Prehistoric
Times' de Sir John Lubbock, 2.ª ed. 1869, que contienen un admirable relato de
los hábitos de los salvajes), "duda de que incluso entre las naciones de
Europa Occidental, íntimamente conectadas como están por un intercambio cercano
y frecuente, la música de una sea interpretada en el mismo sentido por las
otras. Al viajar hacia el este, descubrimos que ciertamente hay un lenguaje
musical diferente. Las canciones de alegría y los acompañamientos de baile ya
no se escuchan, como entre nosotros, en tonos mayores, sino siempre en tonos
menores". Ya sea que los progenitores semihumanos del hombre poseyeran o
no, como los gibones cantores, la capacidad de producir, y por lo tanto sin
duda de apreciar, notas musicales, sabemos que el hombre poseía estas
facultades en un período muy remoto. M. Lartet ha descrito dos flautas hechas
de huesos y cuernos de reno, halladas en cuevas junto con herramientas de sílex
y restos de animales extintos. Las artes del canto y la danza también son muy
antiguas, y ahora las practican todas o casi todas las razas inferiores de la
humanidad. La poesía, que puede considerarse descendiente del canto, es
igualmente tan antigua que muchas personas se han asombrado de que haya surgido
durante las épocas más tempranas de las que tenemos registro.
Vemos que las facultades musicales,
que no son del todo deficientes en ninguna raza, son capaces de un desarrollo
rápido y elevado, pues hotentotes y negros se han convertido en excelentes
músicos, aunque en sus países de origen rara vez practican algo que
consideremos música. Schweinfurth, sin embargo, se complacía con algunas de las
melodías sencillas que escuchaba en el interior de África. Pero no hay nada
anómalo en las facultades musicales latentes en el hombre: algunas especies de
aves que nunca cantan por naturaleza pueden aprender a hacerlo sin mucha
dificultad; así, un gorrión común ha aprendido el canto de un pardillo común.
Como estas dos especies son estrechamente emparentadas y pertenecen al orden de
los Insesores, que incluye a casi todas las aves cantoras del mundo, es posible
que un progenitor del gorrión haya sido un cantor. Es aún más notable que a los
loros, pertenecientes a un grupo distinto de los Insessores y con órganos
vocales de construcción diferente, se les pueda enseñar no solo a hablar, sino
también a tocar la flauta o silbar melodías inventadas por el hombre, por lo
que deben poseer cierta capacidad musical. Sin embargo, sería muy imprudente
suponer que los loros descienden de alguna forma antigua de cantor. Se podrían
mencionar muchos casos de órganos e instintos originalmente adaptados para un
propósito, que se utilizaron para uno específico. (36. Desde que se imprimió
este capítulo, he visto un valioso artículo del Sr. Chauncey Wright ('North
American Review', octubre de 1870, página 293), quien, al discutir el tema
anterior, señala: "Hay muchas consecuencias de las leyes últimas o
uniformidades de la naturaleza, a través de las cuales la adquisición de un
poder útil traerá consigo muchas ventajas resultantes, así como desventajas
limitantes, reales o posibles, que el principio de utilidad puede no haber
comprendido en su acción". Como he intentado mostrar en un capítulo
anterior de esta obra, este principio tiene una relación importante con la
adquisición por parte del hombre de algunas de sus características mentales.)
Por lo tanto, la capacidad para el alto desarrollo musical que poseen las razas
salvajes del hombre, puede deberse a la práctica por parte de nuestros
progenitores semihumanos de alguna forma ruda de música, o simplemente a que
hayan adquirido los órganos vocales adecuados para un propósito diferente. Pero
en este último caso debemos asumir, como en el ejemplo anterior de los loros, y
como parece ocurrir con muchos animales, que ya poseían algún sentido de la melodía.
La música despierta en nosotros
diversas emociones, pero no las más terribles: horror, miedo, rabia, etc.
Despierta los sentimientos más suaves de ternura y amor, que fácilmente se
transforman en devoción. En los anales chinos se dice: «La música tiene el
poder de hacer descender el cielo a la tierra». Asimismo, despierta en nosotros
la sensación de triunfo y el glorioso ardor por la guerra. Estos sentimientos
poderosos y combinados bien pueden dar lugar a la sensación de sublimidad.
Podemos concentrar, como observa el Dr. Seemann, mayor intensidad de
sentimiento en una sola nota musical que en páginas escritas. Es probable que
las aves sientan emociones casi iguales, pero mucho más débiles y menos
complejas, cuando el macho emite su canto a todo volumen, en rivalidad con
otros machos, para cautivar a la hembra. El amor sigue siendo el tema más común
de nuestros cantos. Como señala Herbert Spencer, «la música despierta
sentimientos latentes cuya posibilidad desconocíamos y cuyo significado
desconocemos; o, como dice Richter, nos habla de cosas que no hemos visto ni
veremos». Por el contrario, cuando el orador siente y expresa emociones
intensas, o incluso en el habla común, se utilizan instintivamente las
cadencias y el ritmo musicales. El negro africano, cuando se emociona, suele
ponerse a cantar; «otro responde cantando, mientras la compañía, como conmovida
por una onda musical, murmura un coro al unísono». (37. Winwood Reade, «El
martirio del hombre», 1872, pág. 441, y «Libro de bocetos africanos», 1873, vol.
ii, pág. 313). Incluso los monos expresan sentimientos intensos en diferentes
tonos: la ira y la impaciencia en tonos bajos, el miedo y el dolor en tonos
altos. (38. Rengger, 'Säugethiere von Paraguay', pág. 49.) Las sensaciones e
ideas que la música suscita en nosotros o que se expresan mediante las
cadencias de la oratoria aparecen, por su vaguedad y, al mismo tiempo, por su
profundidad, como reversiones mentales a las emociones y pensamientos de una
época ya pasada.
Todos estos hechos relativos a la
música y el habla apasionada se hacen comprensibles hasta cierto punto si
asumimos que nuestros antepasados semihumanos utilizaban tonos y ritmos
musicales durante la época de cortejo, cuando animales de todo tipo se excitan
no solo por el amor, sino también por las intensas pasiones de los celos, la
rivalidad y el triunfo. A partir del arraigado principio de las asociaciones
heredadas, los tonos musicales en este caso probablemente evocarían vaga e
indefinidamente las intensas emociones de una época lejana. Dado que tenemos
motivos para suponer que el habla articulada es una de las artes más recientes,
y sin duda la más elevada, adquirida por el hombre, y dado que el poder
instintivo de producir notas y ritmos musicales se desarrolla en etapas
inferiores de la serie animal, sería totalmente contrario al principio de la
evolución admitir que la capacidad musical del hombre se ha desarrollado a
partir de los tonos utilizados en el habla apasionada. Debemos suponer que los
ritmos y las cadencias de la oratoria derivan de facultades musicales
previamente desarrolladas. (39. Véase la interesantísima discusión sobre el
«Origen y función de la música» del Sr. Herbert Spencer, en sus «Ensayos»
recopilados, 1858, pág. 359. El Sr. Spencer llega a una conclusión exactamente
opuesta a la mía. Concluye, como lo hizo Diderot anteriormente, que las
cadencias utilizadas en el habla emocional proporcionan la base a partir de la
cual se ha desarrollado la música; mientras que yo concluyo que las notas
musicales y el ritmo fueron adquiridos por primera vez por los progenitores
masculinos o femeninos de la humanidad con el fin de encantar al sexo opuesto.
Así, los tonos musicales se asociaron firmemente con algunas de las pasiones
más fuertes que un animal es capaz de sentir y, en consecuencia, se utilizan
instintivamente o por asociación cuando se expresan emociones fuertes en el
habla. El Sr. Spencer no ofrece ninguna explicación satisfactoria, ni yo puedo,
de por qué las notas altas o bajas deberían ser expresivas, tanto en el hombre
como en los animales inferiores, de ciertas emociones. El Sr. Spencer también
ofrece una interesante discusión sobre las relaciones entre la poesía, el
recitativo y la canción). Podemos así entender cómo es que la música, la danza,
la canción y la poesía son tales Artes muy antiguas. Podemos ir incluso más
allá y, como se señaló en un capítulo anterior, creer que los sonidos musicales
constituyeron una de las bases para el desarrollo del lenguaje. (40. Encuentro
en «El origen del lenguaje» de Lord Monboddo, vol. I, 1774, pág. 469, que el
Dr. Blacklock también creía «que el primer lenguaje entre los hombres fue la
música, y que antes de que nuestras ideas se expresaran mediante sonidos
articulados, se comunicaban mediante tonos que variaban según diferentes grados
de gravedad y agudeza».)
Dado que los machos de varios
animales cuadrumanos tienen sus órganos vocales mucho más desarrollados que las
hembras, y como el gibón, uno de los simios antropomorfos, emite una octava
completa de notas musicales y puede decirse que canta, parece probable que los
progenitores del hombre, ya sean machos, hembras o ambos sexos, antes de
adquirir la capacidad de expresar su amor mutuo mediante un lenguaje
articulado, se esforzaran por cautivarse mutuamente con notas musicales y
ritmo. Se sabe tan poco sobre el uso de la voz de los cuadrumanos durante la
época del amor, que no tenemos forma de juzgar si el hábito de cantar fue
adquirido primero por nuestros antepasados masculinos o femeninos.
Generalmente se cree que las mujeres poseen voces más dulces que los hombres, y
si esto sirve de guía, podemos inferir que adquirieron inicialmente la
capacidad musical para atraer al sexo opuesto. (41. Véase una interesante
discusión sobre este tema por Haeckel, 'Génerelle Morphologie', B. ii. 1866, s.
246.) Pero si así fuera, esto debió ocurrir hace mucho tiempo, antes de que
nuestros antepasados se volvieran lo suficientemente humanos como para tratar
y valorar a sus mujeres simplemente como esclavas útiles. El orador, bardo o
músico apasionado, cuando con sus variados tonos y cadencias despierta las
emociones más intensas en sus oyentes, poco sospecha que utiliza los mismos
medios por los cuales sus antepasados semihumanos, hace mucho tiempo,
despertaron mutuamente sus ardientes pasiones durante su cortejo y rivalidad.
LA INFLUENCIA DE LA BELLEZA EN LA
DETERMINACIÓN DE LOS MATRIMONIOS DE LA HUMANIDAD.
En la vida civilizada, el hombre se
ve influenciado en gran medida, aunque no exclusivamente, por la apariencia
externa al elegir a su esposa; pero nos interesan principalmente los tiempos
primitivos, y nuestra única forma de formarnos un juicio al respecto es
estudiar las costumbres de las naciones semicivilizadas y salvajes existentes.
Si se puede demostrar que los hombres de diferentes razas prefieren mujeres con
características diversas, o viceversa, debemos entonces indagar si dicha
elección, continuada durante muchas generaciones, produciría algún efecto
significativo en la raza, ya sea en un sexo o en ambos, según la forma de
herencia que haya prevalecido.
Será bueno mostrar primero con algún
detalle que los salvajes prestan la mayor atención a su apariencia personal.
(42. Un relato completo y excelente de la manera en que los salvajes en todas
partes del mundo se adornan, lo da el viajero italiano, profesor Mantegazza,
'Rio de la Plata, Viaggi e Studi', 1867, pp. 525-545; todas las afirmaciones
siguientes, cuando no se dan otras referencias, se tomaron de esta obra. Véase,
también, Waitz, 'Introducción a la Antropología', traducción al inglés, vol. i.
1863, p. 275, y demás. Lawrence también da detalles muy completos en sus
'Lectures on Physiology', 1822. Desde que se escribió este capítulo, Sir J.
Lubbock ha publicado su 'Origen de la Civilización', 1870, en el que hay un
capítulo interesante sobre el presente tema, y del cual (pp. 42, 48) he
tomado algunos datos sobre los salvajes que se tiñen los dientes y el cabello,
y se perforan los dientes). Que Su pasión por la ornamentación es notoria; y un
filósofo inglés llega incluso a sostener que la ropa se hizo inicialmente para
adornar y no para abrigarse. Como señala el profesor Waitz, «por muy pobre y
miserable que sea el hombre, encuentra placer en adornarse». La extravagancia
de los indios desnudos de Sudamérica al adornarse se demuestra «por un hombre
de gran estatura que, con el trabajo de quince días, gana con dificultad
suficiente para obtener a cambio la chica necesaria para pintarse de rojo».
(43. Humboldt, «Narrativa personal», traducción al inglés, vol. iv, pág. 515;
sobre la imaginación mostrada al pintarse el cuerpo, pág. 522; sobre la
modificación de la forma de la pantorrilla, pág. 466). Los antiguos bárbaros de
Europa, durante la época de los renos, llevaban a sus cuevas cualquier objeto
brillante o singular que encontraban. Los salvajes de hoy en día se adornan por
doquier con plumas, collares, brazaletes, pendientes, etc. Se pintan de las
maneras más diversas. «Si las naciones pintadas», como observa Humboldt, «se
hubieran examinado con la misma atención que las naciones vestidas, se habría percibido
que la imaginación más fértil y el capricho más cambiante han creado las modas
de la pintura, así como las de la vestimenta».
En una parte de África, los párpados
se tiñen de negro; en otra, las uñas de amarillo o morado. En muchos lugares,
el cabello se tiñe de diversos tonos. En diferentes países, los dientes se
tiñen de negro, rojo, azul, etc., y en el archipiélago malayo se considera
vergonzoso tener dientes blancos "como los de un perro". No se puede
nombrar un solo país, desde las regiones polares del norte hasta Nueva Zelanda
del sur, donde los aborígenes no se tatúen. Esta práctica era seguida por los
judíos de antaño y por los antiguos británicos. En África, algunos nativos se
tatúan, pero es mucho más común levantar protuberancias frotando sal en
incisiones realizadas en diversas partes del cuerpo; y estas son consideradas
por los habitantes de Kordofán y Darfur "como grandes atractivos
personales". En los países árabes, ninguna belleza puede ser perfecta
hasta que se hayan cortado las mejillas o las sienes. (44. 'The Nile
Tributaries', 1867; 'The Albert N'yanza', 1866, vol. ip 218.) En Sudamérica,
como señala Humboldt, "una madre sería acusada de indiferencia culpable
hacia sus hijos, si no empleara medios artificiales para moldear la pantorrilla
de la pierna según la moda del país". En el Viejo y el Nuevo Mundo, la
forma del cráneo se modificaba antiguamente durante la infancia de la manera
más extraordinaria, como todavía sucede en muchos lugares, y tales deformidades
se consideran ornamentales. Por ejemplo, los salvajes de Colombia (45. Citado
por Prichard, 'Physical History of Mankind', 4.ª ed. vol. i. 1851, p. 321) consideran
que una cabeza muy aplanada es "un punto esencial de belleza".
El cabello se trata con especial
cuidado en varios países; se deja crecer hasta alcanzar toda su longitud, hasta
el suelo, o se peina en una «melena compacta y rizada, que es el orgullo y la
gloria del papú». (46. Sobre los papúes, Wallace, «El archipiélago malayo»,
vol. ii, pág. 445. Sobre el peinado de los africanos, Sir S. Baker, «El Albert
N'yanza», vol. ip. 210). En el norte de África, «un hombre necesita un período
de ocho a diez años para perfeccionar su peinado». En otras naciones, se afeita
la cabeza, y en algunas partes de Sudamérica y África incluso se eliminan las
cejas y las pestañas. Los nativos del Alto Nilo se arrancan los cuatro dientes
frontales, diciendo que no quieren parecer brutos. Más al sur, los batokas solo
se arrancan los dos incisivos superiores, lo que, como señala Livingstone (47.
«Viajes», pág. 533), da al rostro un aspecto horrible debido a la prominencia
de la mandíbula inferior; pero a estos pueblos les parece muy desagradable la
presencia de los incisivos, y al ver a algunos europeos, exclamaron: «¡Miren
qué dientes tan grandes!». El jefe sebituani intentó en vano cambiar esta
costumbre. En diversas partes de África y en el archipiélago malayo, los
nativos liman los incisivos con puntas como las de una sierra o les hacen agujeros
donde insertan clavos.
Así como entre nosotros el rostro se
admira principalmente por su belleza, entre los salvajes es el principal foco
de mutilación. En todo el mundo se perfora el tabique nasal, y más raramente
las aletas nasales; se insertan anillos, palos, plumas y otros adornos en los
agujeros. Las orejas se perforan en todas partes y se adornan de forma similar,
y entre los botocudos y lenguas de Sudamérica, el agujero se agranda
gradualmente hasta que el borde inferior toca el hombro. En América del Norte y
del Sur, así como en África, se perfora el labio superior o inferior; y entre
los botocudos, el agujero en el labio inferior es tan grande que se coloca en
él un disco de madera de diez centímetros de diámetro. Mantegazza ofrece un
curioso relato de la vergüenza que sintió un nativo sudamericano y del ridículo
que provocó al vender su tembeta, el gran trozo de madera coloreada que se pasa
por el agujero. En África Central, las mujeres se perforan el labio inferior y
llevan un cristal que, con el movimiento de la lengua, produce “un movimiento
serpenteante, indescriptiblemente ridículo durante la conversación”. La esposa
del jefe de Latooka le dijo a Sir S. Baker (49. 'The Albert N'yanza', 1866,
vol. ip 217) que Lady Baker “mejoraría mucho si se extrajera los cuatro dientes
frontales de la mandíbula inferior y llevara el cristal largo, puntiagudo y
pulido en el labio inferior”. Más al sur, con los Makalolo, se perfora el labio
superior y se lleva en el agujero un gran anillo de metal y bambú, llamado
pelele. “Esto provocó que, en un caso, el labio sobresaliera dos pulgadas de la
punta de la nariz; y cuando la mujer sonreía, la contracción de los músculos lo
elevaba por encima de los ojos. '¿Por qué llevan estas cosas las mujeres?' Se
le preguntó al venerable jefe Chinsurdi. Evidentemente sorprendido por una
pregunta tan absurda, respondió: «¡Por belleza! Son las únicas cosas hermosas
que tienen las mujeres; los hombres tienen barba, las mujeres no. ¿Qué clase de
persona sería sin el pelele? No sería una mujer en absoluto con una boca como
la de un hombre, pero sin barba». (49. Livingstone, «British Association»,
1860; informe publicado en el «Athenaeum», 7 de julio de 1860, pág. 29).
Casi ninguna parte del cuerpo que
pueda modificarse de forma antinatural ha escapado. El sufrimiento causado
debió ser extremo, pues muchas de las operaciones requieren varios años para su
realización, por lo que la idea de su necesidad es imperiosa. Los motivos son
diversos; los hombres se pintan el cuerpo para parecer terribles en la batalla;
ciertas mutilaciones están relacionadas con ritos religiosos, marcan la
pubertad, el rango del hombre o sirven para distinguir a las tribus. Entre los
salvajes, las mismas modas prevalecen durante largos periodos (50. Sir S. Baker
(ibid. vol. ip 210), hablando de los nativos de África Central, dice: «cada
tribu tiene una forma distinta e inmutable de peinarse». Véase Agassiz («Viaje
a Brasil», 1868, p. 318) sobre la invariabilidad del tatuaje de los indígenas
amazónicos), y así, las mutilaciones, independientemente de su causa original,
pronto llegan a ser valoradas como marcas distintivas. Pero el embellecimiento
personal, la vanidad y la admiración ajena parecen ser los motivos más comunes.
Con respecto a los tatuajes, los misioneros de Nueva Zelanda me contaron que,
cuando intentaron persuadir a algunas chicas para que abandonaran la práctica,
respondieron: «Solo necesitamos tener unas pocas líneas en los labios; si no,
cuando envejezcamos, seremos muy feas». En cuanto a los hombres de Nueva
Zelanda, un juez muy competente (51. Rev. R. Taylor, 'New Zealand and its
Inhabitants', 1855, pág. 152) dice: «Tener rostros bien tatuados era la gran
ambición de los jóvenes, tanto para hacerse atractivos a las damas como para
destacar en la guerra». Una estrella tatuada en la frente y una mancha en la
barbilla son consideradas por las mujeres de cierta parte de África como
atractivos irresistibles. (52. Mantegazza, 'Viaggi e Studi', pág. 542.) En la
mayor parte del mundo, aunque no en todas, los hombres se adornan más que las
mujeres, y a menudo de forma diferente; a veces, aunque rara vez, las mujeres
apenas se adornan. Dado que los salvajes obligan a las mujeres a realizar la mayor
parte del trabajo, y como no se les permite comer los mejores alimentos,
concuerda con el egoísmo característico del hombre que no se les permita
obtener ni usar los adornos más finos. Por último, es un hecho notable, como lo
demuestran las citas anteriores, que las mismas modas en la modificación de la
forma de la cabeza, la ornamentación del cabello, la pintura, los tatuajes, la
perforación de la nariz, los labios o las orejas, la extracción o limado de los
dientes, etc., prevalecen ahora, y han prevalecido desde hace mucho tiempo, en
los lugares más remotos del mundo. Es extremadamente improbable que estas
prácticas, seguidas por tantas naciones distintas, se deban a una tradición de
origen común. Indican la estrecha similitud de la mente del hombre con la raza
a la que pertenece, tal como lo hacen los hábitos casi universales de bailar,
mascararse y hacer representaciones rudas.
Tras estas observaciones preliminares
sobre la admiración que sienten los salvajes por diversos adornos y por las
deformidades más desagradables a nuestros ojos, veamos hasta qué punto los
hombres se sienten atraídos por la apariencia de sus mujeres y cuáles son sus
ideas sobre la belleza. He oído afirmar que los salvajes son bastante
indiferentes a la belleza de sus mujeres, valorándolas únicamente como
esclavas; por lo tanto, conviene observar que esta conclusión no concuerda en
absoluto con el cuidado que las mujeres ponen en adornarse ni con su vanidad.
Burchell (53. «Viajes por Sudáfrica», 1824, vol. ip. 414) ofrece un divertido
relato de una mujer de la selva que usaba tanta grasa, ocre rojo y polvos
brillantes «como habría arruinado a cualquiera que no fuera un marido muy
rico». También mostraba «mucha vanidad y una conciencia demasiado evidente de
su superioridad». El Sr. Winwood Reade me informa que los negros de la Costa
Oeste a menudo hablan de la belleza de sus mujeres. Algunos observadores competentes
han atribuido la temible práctica del infanticidio en parte al deseo de las
mujeres de conservar su belleza. (54. Véase, para referencias, Gerland, 'Ueber
das Aussterben der Naturvölker', 1868, ss. 51, 53, 55; también Azara,
'Voyages', etc., tomo ii, pág. 116). En varias regiones, las mujeres usan
amuletos y filtros de amor para ganarse el afecto de los hombres; y el Sr.
Brown enumera cuatro plantas utilizadas con este fin por las mujeres del
noroeste americano. (55. Sobre los productos vegetales utilizados por los
indígenas del noroeste americano, véase 'Pharmaceutical Journal', vol. x).
Hearne (56. 'Un viaje desde Prince of
Wales Fort', 8vo. ed. 1796, pág. 89), un excelente observador que vivió muchos
años con los indios americanos, dice, al hablar de las mujeres:
"Pregúntale a un indio del norte qué es la belleza, y te responderá: una
cara ancha y plana, ojos pequeños, pómulos altos, tres o cuatro líneas negras
anchas en cada mejilla, una frente baja, un mentón grande y ancho, una nariz
aguileña y tosca, una piel leonada y pechos que cuelgan hasta la cintura".
Pallas, quien visitó las partes septentrionales del imperio chino, dice:
"Se prefieren aquellas mujeres que tienen la forma Mandschu; es decir, una
cara ancha, pómulos altos, narices muy anchas y orejas enormes" (57.
Citado por Prichard, 'Historia física de la humanidad', 3.ª ed. vol. iv. 1844,
pág. 519; Vogt, 'Lectures on Man', traducción al inglés, pág. 129. Sobre la
opinión de los chinos sobre los cingaleses, E. Tennent, 'Ceylon', 1859, vol.
ii, pág. 107); y Vogt señala que la oblicuidad del ojo, propia de los chinos y
japoneses, se exagera en sus cuadros con el propósito, según parece, de exhibir
su belleza, en contraste con el ojo de los bárbaros pelirrojos. Es bien sabido,
como Huc señala repetidamente, que los chinos del interior consideran horribles
a los europeos, con su piel blanca y narices prominentes. Según nuestras ideas,
la nariz no es ni mucho menos demasiado prominente en los nativos de Ceilán;
sin embargo, «los chinos del siglo VII, acostumbrados a los rasgos planos de
las razas mongolas, se sorprendieron de las narices prominentes de los
cingaleses; y Thsang los describió como con 'el pico de un pájaro, con el
cuerpo de un hombre'».
Finlayson, tras describir
minuciosamente a los habitantes de Cochinchina, afirma que sus cabezas y
rostros redondeados son sus principales características; y añade: «La redondez
del rostro es más llamativa en las mujeres, que se consideran hermosas en proporción
a su forma de rostro». Los siameses tienen narices pequeñas con fosas nasales
divergentes, boca ancha, labios bastante gruesos, un rostro notablemente
grande, con pómulos muy altos y anchos. Por lo tanto, no es de extrañar que «la
belleza, según nuestra concepción, les sea desconocida. Sin embargo, consideran
a sus propias mujeres mucho más hermosas que las de Europa». (58. Prichard,
tomado de Crawfurd y Finlayson, «Phys. Hist. of Mankind», vol. iv, págs. 534,
535).
Es bien sabido que en muchas mujeres
hotentotes la parte posterior del cuerpo se proyecta de forma maravillosa; son
esteatopigotas; y Sir Andrew Smith está seguro de que esta peculiaridad es muy
admirada por los hombres. (59. Idem illustrissimus viator dixit mihi
praecinctorium vel tabulam foeminae, quod nobis teterrimum est, quondam
permagno aestimari ab hominibus in hac gente. Nunc res mutata est, et censent
talem conformationem minime optandam esse.) Una vez vio a una mujer que era
considerada una belleza, y tenía un trasero tan inmensamente desarrollado, que
cuando estaba sentada en terreno llano no podía levantarse y tenía que
empujarse hasta llegar a una pendiente. Algunas mujeres de varias tribus negras
tienen la misma peculiaridad; Y, según Burton, se dice que los hombres somalíes
eligen a sus esposas alineándolas y escogiendo a la que sobresale más a tergo.
Nada puede ser más odioso para un negro que la forma opuesta. (60. The
'Anthropological Review', noviembre de 1864, pág. 237. Para más referencias,
véase Waitz, 'Introducción a la Antropología', traducción al inglés, 1863, vol.
ip 105).
En cuanto al color, los negros
alababan a Mungo Park por la blancura de su piel y la prominencia de su nariz,
ambas consideradas "formas antiestéticas y antinaturales". Él, a su
vez, elogiaba el lustroso azabache de sus pieles y la encantadora depresión de
sus narices; lo calificaban de "boca de miel", pero aun así le daban
de comer. Los moros africanos, también, "fruncieron el ceño y parecieron
estremecerse" ante la blancura de su piel. En la costa este, los jóvenes
negros, al ver a Burton, exclamaron: "¡Miren al hombre blanco! ¿No parece
un mono blanco?". En la costa oeste, según me informa el Sr. Winwood
Reade, los negros admiran más una piel muy negra que una de un tono más claro.
Pero su horror a la blancura puede atribuirse, según este mismo viajero, en
parte a la creencia de la mayoría de los negros de que los demonios y los
espíritus son blancos, y en parte a que la consideran un signo de mala salud.
Los banyai de la zona más meridional
del continente son negros, pero «muchos de ellos son de un color café claro con
leche, y, de hecho, este color se considera atractivo en todo el país»; así que
aquí tenemos un estándar de gusto diferente. Entre los kafires, que difieren
mucho de los negros, «la piel, excepto entre las tribus cercanas a la bahía de
Delagoa, no suele ser negra; el color predominante es una mezcla de negro y
rojo, siendo el tono más común el chocolate. Las tez oscura, al ser las más comunes,
se tienen naturalmente en la más alta estima. Que le digan que es de piel
clara, o como un hombre blanco, sería considerado un cumplido muy pobre por
parte de un kafire. He oído hablar de un hombre desafortunado que era tan rubio
que ninguna chica quería casarse con él». Uno de los títulos del rey zulú es
«Tú que eres negro». (61. 'Viajes por África' de Mungo Park, 4to. 1816, págs.
53, 131. La declaración de Burton es citada por Schaaffhausen, 'Archiv. fur
Anthropologie', 1866, s. 163. Sobre los Banyai, Livingstone, 'Viajes', pág. 64.
Sobre los Kafires, el Rev. J. Shooter, 'Los Kafires de Natal y el País Zulú',
1857, pág. 1.) El Sr. Galton, al hablarme sobre los nativos de Sudáfrica,
comentó que sus ideas de belleza parecen muy diferentes de las nuestras; porque
en una tribu dos muchachas delgadas, ligeras y bonitas no fueron admiradas por
los nativos.
Volviendo a otras partes del mundo,
en Java, una chica amarilla, no blanca, se considera, según Madame Pfeiffer,
una belleza. Un hombre de Cochinchina «habló con desprecio de la esposa del
embajador inglés, diciendo que tenía dientes blancos como los de un perro y un
color rosado como el de las flores de patata». Hemos visto que a los chinos les
disgusta nuestra piel blanca, y que los norteamericanos admiran «una piel
leonada». En Sudamérica, los yuracaras, que habitan las laderas boscosas y
húmedas de la Cordillera Oriental, son notablemente pálidos, como lo expresa su
nombre en su propia lengua; sin embargo, consideran a las mujeres europeas muy
inferiores a las suyas. (62. Para los javaneses y los cochinchinos, véase
Waitz, 'Introducción a la antropología', traducción inglesa, vol. ip. 305.
Sobre los yuracaras, A. d'Orbigny, citado en Prichard, 'Historia física de la
humanidad', vol. v. 3.ª ed., pág. 476.)
En varias tribus de Norteamérica, el
cabello crece hasta alcanzar una longitud admirable; y Catlin da una curiosa
prueba de su gran estima, pues el jefe de los Crows fue elegido para este cargo
por tener el cabello más largo de la tribu, concretamente tres metros y medio.
Los aymaras y quichuas de Sudamérica también tienen el cabello larguísimo; y
esto, según me informa el Sr. D. Forbes, se valora tanto como una belleza, que
cortárselo era el castigo más severo que podía infligirles. Tanto en el norte como
en el sur del continente, los nativos a veces aumentan la longitud aparente de
su cabello entretejiendo fibras. Aunque el cabello de la cabeza se aprecia así,
el del rostro es considerado por los indígenas norteamericanos como "muy
vulgar", y cada cabello es cuidadosamente extirpado. Esta práctica
prevalece en todo el continente americano, desde la isla de Vancouver, al
norte, hasta Tierra del Fuego, al sur. Cuando York Minster, un fueguino a bordo
del "Beagle", fue llevado de regreso a su país, los nativos le
dijeron que debía arrancarse los pocos pelos cortos de la cara. También
amenazaron a un joven misionero, que se quedó un tiempo con ellos, con
desnudarlo y arrancarle el pelo de la cara y el cuerpo, aunque estaba lejos de
ser un hombre velludo. Esta moda se ha extendido tanto que los indígenas de
Paraguay se arrancan las cejas y las pestañas, alegando que no quieren ser como
los caballos. (63. 'North American Indians', de G. Catlin, 3.ª ed., 1842, vol.
ip. 49; vol. ii, p. 227. Sobre los nativos de la isla de Vancouver, véase
Sproat, 'Scenes and Studies of Savage Life', 1868, p. 25. Sobre los indios de
Paraguay, Azara, 'Voyages', tomo ii, p. 105.)
Es notable que en todo el mundo las
razas que carecen casi por completo de barba detesten el vello facial y
corporal, y se esfuercen por erradicarlo. Los calmucos no tienen barba y son
bien conocidos, al igual que los estadounidenses, por arrancarse todo el vello
rebelde; al igual que los polinesios, algunos malayos y los siameses. El Sr.
Veitch afirma que las mujeres japonesas «se oponían a nuestras patillas,
considerándolas muy feas, y nos decían que nos las cortáramos y fuéramos como
los hombres japoneses». Los neozelandeses tienen barbas cortas y rizadas; sin
embargo, antes se arrancaban el vello facial. Tenían un dicho: «No hay mujer
para un hombre velludo»; pero parece que la moda ha cambiado en Nueva Zelanda,
quizás debido a la presencia de europeos, y me han asegurado que ahora los
maoríes admiran las barbas. (64. Sobre los siameses, Prichard, ibid. vol. iv,
pág. 533. Sobre los japoneses, Veitch en 'Gardeners' Chronicle', 1860, pág.
1104. Sobre los neozelandeses, Mantegazza, 'Viaggi e Studi', 1867, pág. 526.
Para las otras naciones mencionadas, véanse las referencias en Lawrence,
'Lectures on Physiology', etc., 1822, pág. 272.)
Por otro lado, las razas barbudas
admiran y valoran enormemente sus barbas; entre los anglosajones, cada parte
del cuerpo tenía un valor reconocido; «la pérdida de la barba se estimaba en
veinte chelines, mientras que la fractura de un muslo se fijaba en solo doce».
(65. Lubbock, «Origen de la Civilización», 1870, pág. 321). En Oriente, los
hombres juran solemnemente por sus barbas. Hemos visto que Chinsurdi, el jefe
de los makalolo en África, consideraba las barbas un gran adorno. En el
Pacífico, la barba del fiyiano es «profusa y espesa, y constituye su mayor
orgullo»; mientras que los habitantes de los archipiélagos adyacentes de Tonga
y Samoa son imberbes y aborrecen una barbilla áspera. En una sola isla del
grupo Ellice, «los hombres llevan una barba poblada y se enorgullecen de ello».
(66. El Dr. Barnard Davis cita al Sr. Prichard y a otros sobre estos hechos con
respecto a los polinesios, en 'Anthropolog. Review', abril de 1870, págs. 185,
191.)
Vemos así cuán diferentes son las
razas humanas en su gusto por la belleza. En toda nación lo suficientemente
avanzada como para haber hecho efigies de sus dioses o de sus gobernantes
deificados, los escultores sin duda se han esforzado por expresar su máximo
ideal de belleza y grandeza. (67. Ch. Comte hace observaciones al respecto en
su «Traité de Législation», 3.ª ed. 1837, pág. 136). Desde esta perspectiva,
conviene comparar mentalmente al Júpiter o Apolo de los griegos con las
estatuas egipcias o asirias; y estas con los horribles bajorrelieves de los
edificios en ruinas de Centroamérica.
He encontrado muy pocas declaraciones
que contradigan esta conclusión. Sin embargo, el Sr. Winwood Reade, quien ha
tenido amplias oportunidades de observación, no solo con los negros de la costa
oeste de África, sino también con los del interior que nunca han tenido tratos
con europeos, está convencido de que sus ideas de belleza son, en general, las
mismas que las nuestras; y el Dr. Rohlfs me escribe en el mismo sentido con
respecto a Bornu y las tierras habitadas por las tribus Pullo. El Sr. Reade se encontró
de acuerdo con los negros en su apreciación de la belleza de las muchachas
nativas; y que su apreciación de la belleza de las mujeres europeas coincidía
con la nuestra. Admiran el cabello largo y usan medios artificiales para que
parezca abundante; también admiran la barba, aunque ellos mismos la tienen muy
escasa. El Sr. Reade duda qué tipo de nariz es la más apreciada; se le ha oído
decir a una muchacha: «No quiero casarme con él, no tiene nariz»; y esto
demuestra que una nariz muy plana no es admirada. Sin embargo, debemos tener
presente que las narices hundidas y anchas, y las mandíbulas prominentes de los
negros de la Costa Oeste son excepcionales entre los habitantes de África. A
pesar de lo anterior, el Sr. Reade admite que a los negros «no les gusta el
color de nuestra piel; miran con aversión los ojos azules y piensan que
nuestras narices son demasiado largas y nuestros labios demasiado finos». No
cree probable que los negros prefieran jamás a la mujer europea más bella, por
el mero hecho de admirar su físico, a una negra atractiva. (68. The 'African
Sketch Book', vol. ii. 1873, págs. 253, 394, 521. Los fueguinos, según me
informó un misionero que residió mucho tiempo con ellos, consideran a las
mujeres europeas extremadamente hermosas; pero por lo que hemos visto del
juicio de los demás aborígenes de América, no puedo sino pensar que esto debe
ser un error, a menos que, de hecho, la afirmación se refiera a los pocos
fueguinos que han vivido durante algún tiempo con los europeos y que deben considerarnos
seres superiores. Debo agregar que un observador muy experimentado, el capitán
Burton, cree que una mujer a quien consideramos hermosa es admirada en todo el
mundo. 'Anthropological Review', marzo de 1864, pág. 245.)
Español La verdad general del
principio, insistida hace mucho tiempo por Humboldt (69. 'Narrativa personal',
traducción al inglés, vol. iv, pág. 518, y en otras partes. Mantegazza, en sus
'Viaggi e Studi', insiste firmemente en este mismo principio), de que el hombre
admira y a menudo intenta exagerar cualquier carácter que la naturaleza le haya
dado, se muestra de muchas maneras. La práctica de las razas imberbes de
extirpar todo rastro de barba, y a menudo todo el pelo del cuerpo, ofrece un
ejemplo. El cráneo ha sido muy modificado durante los tiempos antiguos y
modernos por muchas naciones; y no cabe duda de que esto se ha practicado,
especialmente en América del Norte y del Sur, para exagerar alguna peculiaridad
natural y admirada. Se sabe que muchos indígenas americanos admiran una cabeza
tan extremadamente aplanada que nos parece idiota. Los nativos de la costa
noroeste comprimen la cabeza en un cono puntiagudo; Y es su práctica constante
recoger el cabello en un moño en la parte superior de la cabeza, con el fin,
como señala el Dr. Wilson, de «aumentar la elevación aparente de su forma
conoide favorita». Los habitantes de Arakhan admiran una frente amplia y lisa,
y para lograrla, fijan una placa de plomo en la cabeza de los recién nacidos.
Por otro lado, «un occipucio ancho y bien redondeado se considera una gran
belleza» para los nativos de las Islas Fiyi. (70. Sobre los cráneos de las
tribus americanas, véase Nott y Gliddon, 'Types of Mankind', 1854, pág. 440;
Prichard, 'Physical History of Mankind', vol. i, 3.ª ed., pág. 321; sobre los
nativos de Arakhan, ibid., vol. iv, pág. 537. Wilson, 'Physical Ethnology',
Smithsonian Institution, 1863, pág. 288; sobre los fiyianos, pág. 290. Sir J.
Lubbock ('Prehistoric Times', 2.ª ed., 1869, pág. 506) ofrece un excelente
resumen sobre este tema.)
Al igual que con el cráneo, ocurre
con la nariz; los antiguos hunos, durante la época de Atila, solían aplanar la
nariz de sus bebés con vendas, «para exagerar su conformación natural». Entre
los tahitianos, ser llamado «nariz larga» se considera un insulto, y comprimen
la nariz y la frente de sus hijos por belleza. Lo mismo ocurre con los malayos
de Sumatra, los hotentotes, ciertos negros y los nativos de Brasil. (71. Sobre
los hunos, Godron, 'De l'Espèce', tom. ii. 1859, pág. 300. Sobre los tahitianos,
Waitz, 'Antropología', trad. inglesa, vol. ip. 305. Marsden, citado por
Prichard, 'Phys. Hist. of Mankind', 3.ª edición, vol. vp. 67. Lawrence,
'Lectures on Physiology', pág. 337.) Los chinos tienen por naturaleza pies
inusualmente pequeños (72. Este hecho fue constatado en 'Reise der Novara:
Anthropolog. Theil'. Dr. Weisbach, 1867, s. 265.); y es bien sabido que las
mujeres de las clases altas distorsionan sus pies para hacerlos aún más
pequeños. Por último, Humboldt cree que los indios americanos prefieren teñirse
el cuerpo con pintura roja para exagerar su tono natural; Y hasta hace poco,
las mujeres europeas añadían a sus colores naturalmente brillantes el rubor y
los cosméticos blancos; pero se puede dudar de que las naciones bárbaras hayan
tenido en general esa intención al pintarse.
En la moda de nuestra vestimenta
vemos exactamente el mismo principio y el mismo deseo de llevar cada punto al
extremo; exhibimos, también, el mismo espíritu de emulación. Pero las modas de
los salvajes son mucho más permanentes que las nuestras; y siempre que sus
cuerpos son modificados artificialmente, esto sucede necesariamente. Las
mujeres árabes del Alto Nilo dedican unos tres días a peinarse; nunca imitan a
otras tribus, «sino que simplemente compiten entre sí en la superlatividad de
su propio estilo». El Dr. Wilson, al hablar de los cráneos comprimidos de
varias razas americanas, añade: «tales costumbres se encuentran entre las más
difíciles de erradicar y sobreviven durante mucho tiempo al impacto de las
revoluciones que cambian dinastías y borran peculiaridades nacionales más
importantes». (73. «Smithsonian Institution», 1863, pág. 289. Sobre la moda de
las mujeres árabes, Sir S. Baker, «The Nile Tributaries», 1867, pág. 121). El
mismo principio se aplica al arte de la crianza; Y así podemos comprender, como
he explicado en otra parte (74. La «Variación de Animales y Plantas bajo
Domesticación», vol. ip. 214; vol. ii. p. 240), el maravilloso desarrollo de
las numerosas razas de animales y plantas, que se han mantenido meramente como
ornamento. Los aficionados siempre desean que cada carácter se mejore un poco;
no admiran un estándar medio; ciertamente no desean ningún cambio grande y
abrupto en el carácter de sus razas; admiran únicamente lo que les es familiar,
pero desean ardientemente ver cada rasgo característico un poco más
desarrollado.
Los sentidos del hombre y de los
animales inferiores parecen estar constituidos de tal manera que los colores
brillantes y ciertas formas, así como los sonidos armoniosos y rítmicos, causan
placer y se consideran bellos; pero desconocemos por qué. Ciertamente no es
cierto que exista en la mente humana un estándar universal de belleza con
respecto al cuerpo humano. Sin embargo, es posible que ciertos gustos se
hereden con el tiempo, aunque no hay evidencia que respalde esta creencia; y de
ser así, cada raza poseería su propio estándar ideal innato de belleza. Se ha
argumentado (75. Schaaffhausen, 'Archiv. für Anthropologie', 1866, pág. 164)
que la fealdad consiste en una aproximación a la estructura de los animales
inferiores, y sin duda esto es parcialmente cierto en las naciones más
civilizadas, donde se valora mucho el intelecto; pero esta explicación
difícilmente se aplicará a todas las formas de fealdad. Los hombres de cada
raza prefieren lo que están acostumbrados; no soportan grandes cambios; pero les
gusta la variedad y admiran cada característica llevada a un extremo moderado.
(76. El Sr. Bain ha recopilado ('Mental and Moral Science', 1868, pp. 304-314)
alrededor de una docena de teorías más o menos diferentes sobre la idea de
belleza; pero ninguna es exactamente igual a la que aquí se presenta). Los
hombres acostumbrados a un rostro casi ovalado, a rasgos rectos y regulares y a
colores brillantes, admiran, como sabemos los europeos, estos puntos cuando
están fuertemente desarrollados. Por otro lado, los hombres acostumbrados a un
rostro ancho, con pómulos altos, nariz hundida y piel negra, admiran estas
peculiaridades cuando están fuertemente marcadas. Sin duda, los caracteres de
todo tipo pueden estar demasiado desarrollados para la belleza. Por lo tanto,
una belleza perfecta, que implica muchos caracteres modificados de una manera
particular, será en cada raza un prodigio. Como dijo hace mucho tiempo el gran
anatomista Bichat, si todos fueran moldeados en el mismo molde, no existiría la
belleza. Si todas nuestras mujeres llegasen a ser tan bellas como la Venus de
Médici, estaríamos encantados por un tiempo; pero pronto desearíamos variedad;
y tan pronto como la hubiéramos obtenido, desearíamos ver ciertos caracteres un
poco exagerados más allá del estándar común entonces existente.
CAPÍTULO XX.
CARACTERES SEXUALES SECUNDARIOS DEL HOMBRE—continuación.
Sobre los efectos de la continua
selección de mujeres según un estándar diferente de belleza en cada raza—Sobre
las causas que interfieren en la selección sexual en las naciones civilizadas y
salvajes—Condiciones favorables a la selección sexual durante los tiempos
primitivos—Sobre la forma de acción de la selección sexual en la
humanidad—Sobre las mujeres en las tribus salvajes que tienen cierto poder para
elegir a sus maridos—Ausencia de vello en el cuerpo y desarrollo de la
barba—Color de la piel—Resumen.
Hemos visto en el capítulo anterior
que, en todas las razas bárbaras, los adornos, la vestimenta y la apariencia
externa son altamente valorados; y que los hombres juzgan la belleza de sus
mujeres con criterios muy diferentes. Debemos investigar a continuación si esta
preferencia y la consiguiente selección, durante muchas generaciones, de
aquellas mujeres que a los hombres de cada raza les parecen más atractivas, ha
alterado el carácter de las hembras solas o de ambos sexos. En los mamíferos,
la regla general parece ser que los caracteres de todo tipo se heredan por
igual entre machos y hembras; por lo tanto, cabría esperar que, en la
humanidad, cualquier carácter adquirido por las hembras o por los machos
mediante selección sexual se transmita comúnmente a la descendencia de ambos
sexos. Si se ha producido algún cambio, es casi seguro que las diferentes razas
se modificarán de forma diferente, ya que cada una tiene su propio criterio de
belleza.
En la humanidad, especialmente en los
salvajes, muchas causas interfieren en la acción de la selección sexual en lo
que respecta a la constitución corporal. Los hombres civilizados se sienten
atraídos en gran medida por el atractivo mental de las mujeres, su riqueza y,
especialmente, su posición social; pues rara vez se casan con alguien de un
rango mucho más bajo. Quienes logran obtener mujeres más hermosas no tendrán
más posibilidades de dejar una larga descendencia que otros hombres con esposas
más sencillas, salvo los pocos que heredan su fortuna según la primogenitura.
Con respecto a la forma opuesta de selección, es decir, la de los hombres más
atractivos por parte de las mujeres, si bien en las naciones civilizadas las
mujeres tienen libre o casi libre elección, a diferencia de las razas bárbaras,
su elección está ampliamente influenciada por la posición social y la riqueza
de los hombres; y el éxito de estos últimos en la vida depende en gran medida
de sus facultades y energía intelectuales, o de los frutos de estas mismas
facultades en sus antepasados. No hay excusa para tratar este tema con cierto
detalle. Pues, como señala el filósofo alemán Schopenhauer, «el fin último de
todas las intrigas amorosas, ya sean cómicas o trágicas, es en realidad más
importante que cualquier otro fin en la vida humana. Todo gira en torno a nada
menos que la composición de la próxima generación... No es la felicidad ni la
desgracia de ningún individuo, sino la de la raza humana venidera, lo que está
en juego». (1. «Schopenhauer y el darwinismo», en «Journal of Anthropology»,
enero de 1871, pág. 323.)
Sin embargo, hay razones para creer
que en ciertas naciones civilizadas y semicivilizadas la selección sexual ha
modificado la constitución física de algunos miembros. Muchas personas están
convencidas, y me parece con razón, de que nuestra aristocracia, que incluye
bajo este término a todas las familias adineradas en las que la primogenitura
ha prevalecido durante mucho tiempo, al haber elegido durante muchas
generaciones de todas las clases a las mujeres más hermosas como esposas, se ha
vuelto más atractiva, según el estándar europeo, que la clase media; sin
embargo, esta se encuentra en condiciones de vida igualmente favorables para el
perfecto desarrollo del cuerpo. Cook señala que la superioridad en la
apariencia personal «que se observa en los nobles de todas las demás islas (del
Pacífico) se encuentra en las Islas Sandwich»; pero esto puede deberse
principalmente a su mejor alimentación y estilo de vida.
El viejo viajero Chardin, al
describir a los persas, dice que su «sangre está ahora altamente refinada por
las frecuentes mezclas con los georgianos y circasianos, dos naciones que
superan a todo el mundo en belleza personal. Apenas hay un hombre de rango en
Persia que no haya nacido de madre georgiana o circasiana». Añade que heredan
su belleza, «no de sus antepasados, pues sin la mezcla mencionada, los hombres
de rango en Persia, descendientes de los tártaros, serían extremadamente feos».
(2. Estas citas están tomadas de Lawrence ('Lectures on Physiology', etc.,
1822, pág. 393), quien atribuye la belleza de las clases altas en Inglaterra a
que los hombres habían seleccionado durante mucho tiempo a las mujeres más
hermosas). He aquí un caso más curioso: las sacerdotisas que asistían al templo
de Venus Ericina en San Giuliano, Sicilia, fueron seleccionadas por su belleza
de toda Grecia; No eran vírgenes vestales, y Quatrefages (3. «Anthropologie»,
«Revue des Cours Scientifiques», octubre de 1868, pág. 721), quien menciona el
hecho anterior, afirma que las mujeres de San Giuliano son ahora famosas como
las más hermosas de la isla y son buscadas como modelos por artistas. Pero es
obvio que la evidencia en todos los casos mencionados es dudosa.
El siguiente caso, aunque relacionado
con salvajes, bien vale la pena mencionarlo por su curiosidad. El Sr. Winwood
Reade me informa que los Jollofs, una tribu de negros en la costa occidental de
África, "son notables por su apariencia uniformemente fina". Un amigo
suyo le preguntó a uno de estos hombres: "¿Cómo es que todos los que
conozco son tan bien parecidos, no solo sus hombres sino también sus
mujeres?". El Jollof respondió: "Es muy fácil de explicar: siempre ha
sido nuestra costumbre seleccionar a nuestros esclavos de peor aspecto y
venderlos". No es necesario agregar que con todos los salvajes, las
esclavas sirven como concubinas. Que este negro haya atribuido, con o sin
razón, la buena apariencia de su tribu a la eliminación continuada de las
mujeres feas no es tan sorprendente como podría parecer a primera vista; porque
he demostrado en otra parte (4. 'Variación de animales y plantas bajo
domesticación', vol. ip 207) que los negros aprecian plenamente la importancia
de la selección en la crianza de sus animales domésticos, y podría
proporcionar, a partir del Sr. Reade, evidencia adicional sobre este punto.
LAS CAUSAS QUE IMPIDEN O FRENAN LA
ACCIÓN DE LA SELECCIÓN SEXUAL EN LOS SALVAJES.
Las causas principales son, en primer
lugar, los llamados matrimonios comunales o relaciones sexuales promiscuas; en
segundo lugar, las consecuencias del infanticidio femenino; en tercer lugar,
los compromisos matrimoniales precoces; y, por último, la baja estima en que se
tiene a las mujeres, considerándolas meras esclavas. Estos cuatro puntos deben
considerarse con cierto detalle.
Es obvio que mientras el apareamiento
del hombre, o de cualquier otro animal, se deje al mero azar, sin que ninguno
de los sexos ejerza elección, no puede haber selección sexual; y no se
producirá ningún efecto en la descendencia por el hecho de que ciertos
individuos hayan tenido ventaja sobre otros en su cortejo. Se afirma que en la
actualidad existen tribus que practican lo que Sir J. Lubbock llama, por
cortesía, matrimonios comunales; es decir, todos los hombres y mujeres de la
tribu son esposos y esposas entre sí. El libertinaje de muchos salvajes es sin
duda asombroso, pero me parece que se requieren más pruebas antes de admitir
plenamente que sus relaciones sexuales son, en cualquier caso, promiscuas. Sin
embargo, todos aquellos que han estudiado el tema más de cerca (5. Sir J.
Lubbock, 'El origen de la civilización', 1870, cap. iii, especialmente págs.
60-67. El Sr. M'Lennan, en su valiosísima obra sobre 'Matrimonio primitivo',
1865, pág. 163, habla de la unión de los sexos "en los primeros tiempos como
laxa, transitoria y en cierto grado promiscua". El Sr. M'Lennan y Sir J.
Lubbock han recopilado mucha evidencia sobre el extremo libertinaje de los
salvajes en la actualidad. El Sr. LH Morgan, en sus interesantes memorias del
sistema clasificatorio de parentesco ("Actas de la Academia Americana de
Ciencias", vol. vii, febrero de 1868, pág. 475), concluye que la poligamia
y todas las formas de matrimonio durante los tiempos primitivos eran
esencialmente desconocidas. Parece también, de la obra de Sir J. Lubbock
Trabajo, que Bachofen igualmente cree que las relaciones comunitarias
prevalecieron originalmente.), y cuyo juicio vale mucho más que el mío, creen
que el matrimonio comunitario (expresión que se guarda de diversas maneras) fue
la forma original y universal en todo el mundo, incluyendo allí el matrimonio
entre hermanos y hermanas. El difunto Sir A. Smith, quien había viajado
extensamente por Sudáfrica y conocía mucho sobre las costumbres de los salvajes
allí y en otros lugares, me expresó la opinión más firme de que no existe
ninguna raza en la que la mujer sea considerada propiedad de la comunidad. Creo
que su juicio estuvo determinado en gran medida por lo que implica el término
matrimonio. A lo largo de la siguiente discusión, uso el término en el mismo
sentido que cuando los naturalistas hablan de animales como monógamos, es
decir, que el macho es aceptado o elegido por una sola hembra, y vive con ella
ya sea durante la época reproductiva o durante todo el año, manteniéndola en
posesión por la ley de la fuerza; o, como cuando hablan de una especie
polígama, que significa que el macho vive con varias hembras. Este tipo de
matrimonio es lo único que nos interesa aquí, ya que basta para el proceso de
selección sexual. Pero sé que algunos de los escritores mencionados
anteriormente implican con el término matrimonio un derecho reconocido y
protegido por la tribu.
La evidencia indirecta que apoya la
creencia de la antigua prevalencia de los matrimonios comunales es sólida y se
basa principalmente en los términos de parentesco empleados entre los miembros
de una misma tribu, lo que implica una conexión con la tribu y no con ninguno
de los progenitores. Pero el tema es demasiado amplio y complejo para siquiera
presentarlo aquí en resumen, por lo que me limitaré a unas pocas observaciones.
Es evidente que en el caso de tales matrimonios, o cuando el vínculo matrimonial
es muy laxo, no se puede conocer la relación del niño con su padre. Sin
embargo, parece casi increíble que la relación del niño con su madre se ignore
por completo, especialmente cuando las mujeres de la mayoría de las tribus
salvajes amamantan a sus bebés durante mucho tiempo. En consecuencia, en muchos
casos, las líneas de descendencia se trazan solo a través de la madre,
excluyendo al padre. Pero en otros casos, los términos empleados expresan una
conexión solo con la tribu, excluyendo incluso a la madre. Parece posible que
la conexión entre los miembros emparentados de la misma tribu bárbara,
expuestos a todo tipo de peligros, pueda ser mucho más importante, debido a la
necesidad de protección y ayuda mutuas, que la existente entre la madre y su
hijo, como para llevar al uso exclusivo de términos expresivos de las
relaciones anteriores; pero el Sr. Morgan está convencido de que esta visión no
es de ninguna manera suficiente.
Los términos de parentesco utilizados
en diferentes partes del mundo pueden dividirse, según el autor citado, en dos
grandes clases: el clasificatorio y el descriptivo, siendo este último el
empleado por nosotros. Es el sistema clasificatorio el que tan firmemente lleva
a la creencia de que el matrimonio comunal y otras formas de matrimonio
extremadamente laxas fueron originalmente universales. Pero, por lo que veo, no
hay necesidad, por este motivo, de creer en relaciones sexuales absolutamente
promiscuas; y me complace saber que esta es la opinión de Sir J. Lubbock.
Hombres y mujeres, como muchos animales inferiores, podrían haber entrado en
uniones estrictas, aunque temporales, para cada nacimiento, y en este caso
habría surgido casi tanta confusión en los términos de parentesco como en el
caso de las relaciones sexuales promiscuas. En cuanto a la selección sexual,
basta con que la elección se ejerza antes de la unión de los padres, y poco
importa que las uniones duren toda la vida o solo una temporada.
Además de la evidencia derivada de
los términos del parentesco, otras líneas de razonamiento indican la amplia
prevalencia anterior del matrimonio comunal. Sir J. Lubbock explica la extraña
y extendida costumbre de la exogamia —es decir, que los hombres de una tribu
tomaran esposas de otra tribu— alegando que el comunismo era la forma original
de relaciones sexuales; de modo que un hombre nunca obtenía una esposa a menos
que la capturara de una tribu vecina y hostil, en cuyo caso ella se habría
convertido naturalmente en su única y valiosa propiedad. Así, la práctica de
capturar esposas pudo haber surgido; y, a partir del honor así obtenido, podría
haberse convertido en una costumbre universal. Según Sir J. Lubbock (6.
«Discurso a la Asociación Británica sobre la Condición Social y Religiosa de
las Razas Inferiores del Hombre», 1870, pág. 20), también podemos entender «la
necesidad de la expiación para el matrimonio como una violación de los ritos
tribales, ya que, según las ideas antiguas, un hombre no tenía derecho a
apropiarse de lo que pertenecía a toda la tribu». Sir J. Lubbock aporta además
un curioso conjunto de hechos que demuestran que, en la antigüedad, se concedía
gran honor a las mujeres que eran completamente licenciosas; y esto, como
explica, es comprensible si admitimos que la promiscuidad sexual era la
costumbre aborigen, y por lo tanto venerada durante mucho tiempo, de la tribu.
(7. «Origen de la Civilización», 1870, pág. 86. En las diversas obras citadas,
se encontrará abundante evidencia de parentesco exclusivamente a través de las
mujeres, o exclusivamente con la tribu).
Aunque la manera de desarrollo del
vínculo matrimonial es un tema oscuro, como podemos inferir de las opiniones
divergentes sobre varios puntos entre los tres autores que lo han estudiado más
de cerca, a saber, el Sr. Morgan, el Sr. M'Lennan y Sir J. Lubbock, sin
embargo, de lo anterior y de varias otras líneas de evidencia parece probable
(8. El Sr. C. Staniland Wake argumenta firmemente ('Anthropologia', marzo de
1874, pág. 197) contra las opiniones sostenidas por estos tres escritores sobre
la antigua prevalencia de relaciones casi promiscuas; y cree que el sistema de
clasificación de relaciones se puede explicar de otra manera.) que el hábito
del matrimonio, en cualquier sentido estricto de la palabra, se ha desarrollado
gradualmente; y que las relaciones casi promiscuas o muy laxas alguna vez
fueron extremadamente comunes en todo el mundo. Sin embargo, dada la intensidad
del sentimiento de celos en todo el reino animal, así como la analogía con los
animales inferiores, en particular con los más cercanos al hombre, no puedo
creer que la promiscuidad absoluta prevaleciera en tiempos pasados, poco antes
de que el hombre alcanzara su rango actual en la escala zoológica. El hombre,
como he intentado demostrar, desciende sin duda de alguna criatura simiesca. En
los cuadrumanos actuales, según se conocen sus hábitos, los machos de algunas
especies son monógamos, pero viven solo una parte del año con las hembras; el
orangután parece ser un ejemplo de ello. Varias especies, como algunos monos
indios y americanos, son estrictamente monógamas y se asocian con sus esposas
durante todo el año. Otras son polígamas, como el gorila y varias especies
americanas, y cada familia vive por separado. Incluso cuando esto ocurre, las
familias que habitan en la misma región probablemente sean algo sociables; el
chimpancé, por ejemplo, se encuentra ocasionalmente en grandes grupos. De
nuevo, otras especies son polígamas, pero varios machos, cada uno con sus
propias hembras, viven asociados en un cuerpo, como con varias especies de babuinos.
(9. Brehm ('Thierleben', B. ip 77) dice que Cynocephalus hamadryas vive en
grandes tropas que contienen el doble de hembras adultas que machos adultos.
Véase Rengger sobre las especies polígamas americanas, y Owen ('Anatomy of
Vertebrates', vol. iii, pág. 746) sobre las especies monógamas americanas. Se
podrían añadir otras referencias.) De hecho, podemos concluir de lo que sabemos
de los celos de todos los cuadrúpedos machos, armados, como muchos de ellos lo
están, con armas especiales para luchar con sus rivales, que las relaciones
sexuales promiscuas en un estado natural son extremadamente improbables. El
apareamiento puede no durar toda la vida, sino solo para cada nacimiento; Sin
embargo, si los machos, que son los más fuertes y más capaces de defender o
ayudar de otro modo a sus hembras y crías, seleccionaran a las hembras más
atractivas, esto sería suficiente para la selección sexual.
Por lo tanto, retrocediendo lo
suficiente en el tiempo y a juzgar por los hábitos sociales del hombre actual,
la opinión más probable es que viviera originariamente en pequeñas comunidades,
cada una con una sola esposa, o si era poderoso, con varias, a las que protegía
celosamente de todos los demás hombres. O bien, puede que no fuera un animal
social, y sin embargo, viviera con varias esposas, como el gorila; pues todos
los nativos «coinciden en que solo se ve un macho adulto en una manada; cuando
el macho joven crece, se produce una competencia por el dominio, y el más
fuerte, matando y expulsando a los demás, se establece como líder de la
comunidad». (10. Dr. Savage, en «Boston Journal of Natural History», vol. v.
1845-47, p. 423). Los machos más jóvenes, así expulsados y vagando, al
finalmente encontrar pareja, evitarían el mestizaje demasiado cercano dentro de
la misma familia.
Aunque los salvajes son ahora
extremadamente licenciosos, y aunque los matrimonios comunales pudieron haber
prevalecido antiguamente, muchas tribus practican alguna forma de matrimonio,
pero de una naturaleza mucho más laxa que la de las naciones civilizadas. La
poligamia, como se acaba de mencionar, es practicada casi universalmente por
los líderes de cada tribu. Sin embargo, hay tribus, que se sitúan casi en la
parte inferior de la escala, que son estrictamente monógamas. Este es el caso
de los veddas de Ceilán: tienen un dicho, según Sir J. Lubbock (11.
'Prehistoric Times', 1869, p. 424), "que solo la muerte puede separar a
marido y mujer". Un inteligente jefe kandiano, por supuesto polígamo,
"se escandalizó profundamente ante la absoluta barbarie de vivir con una
sola esposa y no separarse nunca hasta que la muerte los separa". Era,
dijo, "igual que los monos Wanderoo". No pretendo conjeturar si los
salvajes que ahora contraen alguna forma de matrimonio, ya sea polígamo o
monógamo, han conservado este hábito desde tiempos primitivos, o si han
regresado a alguna forma de matrimonio, después de pasar por una etapa de
relaciones promiscuas.
INFANTICIDIO.
Esta práctica es ahora muy común en
todo el mundo, y hay razones para creer que prevaleció mucho más extensamente
en épocas pasadas. (12. Sr. M'Lennan, 'Primitive Marriage', 1865. Véase
especialmente sobre exogamia e infanticidio, págs. 130, 138, 165). A los
bárbaros les resulta difícil mantenerse a sí mismos y a sus hijos, y matar a
sus bebés es un plan simple. En Sudamérica, algunas tribus, según Azara,
antiguamente mataban a tantos bebés de ambos sexos que estuvieron al borde de
la extinción. En las islas de Polinesia, se sabe que las mujeres mataban de
cuatro o cinco, e incluso diez, de sus hijos; y Ellis no pudo encontrar una
sola mujer que no hubiera matado al menos a uno. En una aldea en la frontera
oriental de la India, el coronel MacCulloch no encontró ni una sola niña.
Dondequiera que prevalezca el infanticidio (13. El Dr. Gerland ('Ueber das
Aussterben der Naturvölker', 1868) ha recopilado mucha información sobre el
infanticidio, véanse especialmente los arts. 27, 51, 54. Azara ('Voyages', etc.,
tom. ii. págs. 94, 116) detalla los motivos. Véase también M'Lennan (ibid. pág.
139) para casos de la India. En las reimpresiones anteriores de la 2.ª edición
de este libro, por desgracia, se incluía una cita incorrecta de Sir G. Grey en
el pasaje anterior, que ahora se ha eliminado del texto.), la lucha por la
existencia será, en ese sentido, menos severa, y todos los miembros de la tribu
tendrán casi la misma probabilidad de criar a sus pocos hijos supervivientes.
En la mayoría de los casos, se destruye un mayor número de niñas que de niños,
pues es obvio que estos últimos son de mayor valor para la tribu, ya que, al
crecer, contribuirán a su defensa y podrán mantenerse a sí mismos. Pero las
dificultades que experimentan las mujeres al criar a sus hijos, su consiguiente
pérdida de belleza, la mayor estima que se les tiene cuando son pocos y su
destino más feliz son atribuidos por las propias mujeres y por diversos
observadores como motivos adicionales para el infanticidio.
Cuando, debido al infanticidio
femenino, las mujeres de una tribu eran escasas, surgía naturalmente la
costumbre de capturar esposas de tribus vecinas. Sin embargo, como hemos visto,
Sir J. Lubbock atribuye esta práctica principalmente a la antigua existencia
del matrimonio comunal y a que los hombres, en consecuencia, capturaban mujeres
de otras tribus para mantenerlas como propiedad exclusiva. Se podrían atribuir
otras causas, como el hecho de que las comunidades fueran muy pequeñas, en cuyo
caso, las mujeres casaderas solían ser escasas. Que esta costumbre se
practicaba con mayor frecuencia en épocas pasadas, incluso por los antepasados
de las naciones civilizadas, queda claramente demostrado por la conservación
de muchas costumbres y ceremonias curiosas, de las que el Sr. M'Lennan ha dado
un interesante relato. En nuestros propios matrimonios, el padrino parece haber
sido originalmente el principal instigador del novio en el acto de captura.
Ahora bien, mientras los hombres se procuraban esposas habitualmente mediante
la violencia y la astucia, habrían estado encantados de apoderarse de cualquier
mujer y no habrían seleccionado a las más atractivas. Pero tan pronto como la
práctica de conseguir esposas de una tribu distinta se efectuó mediante
trueque, como ocurre ahora en muchos lugares, las mujeres más atractivas
generalmente se habrían comprado. Sin embargo, el cruce incesante entre tribus,
que necesariamente se deriva de cualquier forma de este hábito, tendería a
mantener un carácter casi uniforme entre todos los habitantes del mismo país; y
esto interferiría con el poder de la selección sexual para diferenciar las
tribus.
La escasez de mujeres, consecuencia
del infanticidio femenino, conduce también a otra práctica, la poliandria, aún
común en varias partes del mundo y que antiguamente, según cree el Sr.
M'Lennan, prevalecía casi universalmente. Sin embargo, el Sr. Morgan y Sir J.
Lubbock ponen en duda esta última conclusión. (14. «Matrimonio primitivo», pág.
208; Sir J. Lubbock, «Origen de la civilización», pág. 100. Véase también el
Sr. Morgan, loc. cit., sobre la prevalencia anterior de la poliandria). Siempre
que dos o más hombres se ven obligados a casarse con una mujer, es seguro que
todas las mujeres de la tribu se casarán, y los hombres no seleccionarán a las
mujeres más atractivas. Pero en estas circunstancias, las mujeres sin duda
tendrán el poder de elección y preferirán a los hombres más atractivos. Azara,
por ejemplo, describe con qué cuidado una mujer guana negocia todo tipo de
privilegios antes de aceptar uno o más esposos; y, en consecuencia, los hombres
cuidan excepcionalmente su apariencia personal. Así, entre los todas de la
India, que practican la poliandria, las muchachas pueden aceptar o rechazar a
cualquier hombre. (15. Azara, «Viajes», etc., tomo ii, págs. 92-95; Coronel
Marshall, «Entre los todas», pág. 212). En estos casos, un hombre muy feo
podría fracasar por completo en su intento de conseguir esposa, o conseguirla
más adelante; pero los hombres más apuestos, aunque con más éxito en conseguir
esposas, no dejarían, hasta donde sabemos, más descendencia que heredara su
belleza que los maridos menos apuestos de las mismas mujeres.
COMPROMISOS TEMPRANOS Y ESCLAVITUD DE
LAS MUJERES.
Muchos salvajes tienen la costumbre
de desposar a las hembras mientras son bebés; esto evitaría eficazmente que se
ejerciera preferencia por ambos lados según su apariencia personal. Sin
embargo, no impediría que las mujeres más atractivas fueran posteriormente
robadas o arrebatadas por la fuerza a sus maridos por hombres más poderosos; y
esto sucede a menudo en Australia, América y otros lugares. Las mismas
consecuencias con respecto a la selección sexual se derivarían, hasta cierto
punto, cuando las mujeres son valoradas casi exclusivamente como esclavas o
bestias de carga, como sucede con muchos salvajes. Sin embargo, los hombres
siempre preferirían a las esclavas más hermosas según su estándar de belleza.
Así, vemos que prevalecen varias
costumbres entre los salvajes que deben interferir en gran medida, o detener
por completo, la acción de la selección sexual. Por otro lado, las condiciones
de vida a las que están expuestos los salvajes, y algunos de sus hábitos, son
favorables a la selección natural; y esto entra en juego al mismo tiempo que la
selección sexual. Se sabe que los salvajes sufren severamente hambrunas
recurrentes; no aumentan su alimento por medios artificiales; rara vez se
abstienen de casarse (16. Burchell dice ('Travels in S. Africa', vol. ii. 1824,
p. 58), que entre las naciones salvajes del África austral, ni hombres ni
mujeres pasan sus vidas en estado de celibato. Azara ('Voyages dans l'Amérique
Merid.', tom. ii. 1809, p. 21) hace precisamente la misma observación con
respecto a los indígenas salvajes de Sudamérica), y generalmente se casan
siendo jóvenes. Por lo tanto, deben ser sometidos a duras luchas ocasionales
por la existencia, y sólo los individuos favorecidos sobrevivirán.
En una época muy temprana, antes de
que el hombre alcanzara su rango actual en la escala social, muchas de sus
condiciones serían diferentes a las que prevalecen entre los salvajes. A juzgar
por la analogía con los animales inferiores, viviría con una sola hembra o
sería polígamo. Los machos más poderosos y hábiles tendrían más éxito en
conseguir hembras atractivas. También tendrían mayor éxito en la lucha por la
vida y en defender a sus hembras, así como a sus crías, de todo tipo de
enemigos. En esta época temprana, los antepasados del hombre no tendrían un
intelecto lo suficientemente avanzado como para anticipar contingencias
lejanas; no preverían que la crianza de todos sus hijos, especialmente de las
hembras, haría más dura la lucha por la vida para la tribu. Se guiarían más por
sus instintos y menos por su razón que los salvajes actuales. En esa época no
habrían perdido parcialmente uno de los instintos más fuertes, común a todos
los animales inferiores, a saber, el amor por sus crías; y, en consecuencia, no
habrían practicado el infanticidio femenino. Las mujeres no habrían escaseado
de esta manera, ni se habría practicado la poliandria; pues casi ninguna otra
causa, salvo la escasez de mujeres, parece suficiente para quebrantar el
sentimiento natural y ampliamente extendido de celos y el deseo de cada hombre
de poseer una hembra. La poliandria sería un paso natural hacia los matrimonios
comunitarios o las relaciones sexuales casi promiscuas; aunque las autoridades
más competentes creen que este último hábito precedió a la poliandria. Durante
los tiempos primigenios no habría compromisos matrimoniales precoces, pues esto
implica previsión. Tampoco se valoraría a las mujeres simplemente como esclavas
útiles o animales de carga. Ambos sexos, si tanto a las mujeres como a los
hombres se les permitiera elegir, elegirían a sus parejas no por sus encantos
intelectuales, propiedades o posición social, sino casi exclusivamente por la
apariencia externa. Todos los adultos se casarían o aparearían, y toda la descendencia,
en la medida de lo posible, sería criada; de modo que la lucha por la
existencia sería periódicamente excesivamente severa. Así, durante estos
tiempos, todas las condiciones para la selección sexual habrían sido más
favorables que en un período posterior, cuando el hombre había avanzado en sus
facultades intelectuales pero había retrocedido en sus instintos. Por lo tanto,
cualquiera que haya sido la influencia de la selección sexual en la producción
de las diferencias entre las razas humanas, y entre el hombre y los cuadrumanos
superiores, esta influencia habría sido más poderosa en un período remoto que
en la actualidad, aunque probablemente aún no se haya perdido por completo.
LA FORMA DE ACTUAR DE LA SELECCIÓN
SEXUAL EN LA HUMANIDAD.
Con el hombre primitivo, en las
condiciones favorables que acabamos de mencionar, y con aquellos salvajes que
en la actualidad contraen matrimonio, la selección sexual probablemente actuó
de la siguiente manera, sujeta a mayor o menor interferencia del infanticidio
femenino, los compromisos matrimoniales precoces, etc. Los hombres más fuertes
y vigorosos —aquellos que mejor podían defender y cazar para sus familias, que
contaban con las mejores armas y poseían la mayor cantidad de propiedades, como
una gran cantidad de perros u otros animales— lograban criar un promedio mayor
de descendientes que los miembros más débiles y pobres de las mismas tribus.
Además, no cabe duda de que tales hombres generalmente podían seleccionar a las
mujeres más atractivas. Actualmente, los jefes de casi todas las tribus del
mundo logran tener más de una esposa. He oído del Sr. Mantell que, hasta hace
poco, casi todas las muchachas de Nueva Zelanda que eran bonitas, o prometían
serlo, eran tapu de algún jefe. En el caso de los kafires, como afirma el Sr.
C. Hamilton (17. 'Anthropological Review', enero de 1870, pág. xvi), «los jefes
suelen tener a su disposición a las mujeres más elegidas en muchos kilómetros a
la redonda y son muy perseverantes en establecer o confirmar su privilegio».
Hemos visto que cada raza tiene su propio estilo de belleza, y sabemos que es
natural que el hombre admire cada rasgo característico de sus animales
domésticos, vestimenta, adornos y apariencia personal, cuando se lleva un poco
más allá de la media. Si se admiten las diversas proposiciones anteriores, y no
veo que sean dudosas, sería inexplicable que la selección de las mujeres más
atractivas por parte de los hombres más poderosos de cada tribu, quienes
criarían en promedio un mayor número de hijos, no modificara en algo el
carácter de la tribu después de muchas generaciones.
Cuando una raza extranjera de
nuestros animales domésticos se introduce en un nuevo país, o cuando una raza
autóctona se cuida con esmero durante mucho tiempo, ya sea para uso o como
adorno, se observa, tras varias generaciones, que ha experimentado cambios
mayores o menores, siempre que existan medios de comparación. Esto se deriva de
la selección inconsciente durante una larga serie de generaciones —es decir, la
preservación de los individuos más aptos— sin ningún deseo ni expectativa de
tal resultado por parte del criador. De igual modo, si durante muchos años dos
criadores cuidadosos crían animales de la misma familia y no los comparan entre
sí ni con un estándar común, se descubre que los animales se han vuelto, para
sorpresa de sus dueños, ligeramente diferentes. (18. La «Variación de los
Animales y las Plantas bajo la Domesticación», vol. ii, págs. 210-217). Cada
criador ha impreso, como bien lo expresa von Nathusius, el carácter de su
propia mente —su propio gusto y juicio— en sus animales. ¿Qué razón, entonces,
puede atribuirse a que no se produzcan resultados similares de la selección
continua de las mujeres más admiradas por parte de los hombres de cada tribu
capaces de criar el mayor número de hijos? Esta sería una selección
inconsciente, pues se produciría un efecto independientemente de cualquier
deseo o expectativa por parte de los hombres que preferían a ciertas mujeres
sobre otras.
Supongamos que los miembros de una
tribu, practicando alguna forma de matrimonio, se extendieran por un continente
desocupado. Pronto se dividirían en hordas distintas, separadas entre sí por
diversas barreras, y aún más eficazmente por las incesantes guerras entre todas
las naciones bárbaras. Las hordas se verían así expuestas a condiciones y
hábitos de vida ligeramente diferentes, y tarde o temprano llegarían a diferir
ligeramente. Tan pronto como esto ocurriera, cada tribu aislada formaría para
sí misma un estándar de belleza ligeramente distinto (19. Un ingenioso escritor
argumenta, a partir de una comparación de las pinturas de Rafael, Rubens y
artistas franceses modernos, que la idea de belleza no es absolutamente la
misma ni siquiera en toda Europa: véase las «Vidas de Haydn y Mozart», de
Bombet (también conocido como M. Beyle), traducción al inglés, p. 278). Y
entonces entraría en acción la selección inconsciente a través de los hombres
más poderosos y dirigentes que preferirían a ciertas mujeres sobre otras. De
este modo, las diferencias entre las tribus, al principio muy leves, irían
aumentando poco a poco e inevitablemente.
En los animales en estado natural,
muchos caracteres propios de los machos, como el tamaño, la fuerza, las armas
especiales, el coraje y la combatividad, se han adquirido mediante la ley de la
batalla. Los progenitores semihumanos del hombre, al igual que sus aliados los
cuadrumanos, casi con certeza se habrán modificado de esta manera; y, como los
salvajes aún luchan por la posesión de sus mujeres, es probable que un proceso
similar de selección se haya llevado a cabo en mayor o menor medida hasta nuestros
días. Otros caracteres propios de los machos de los animales inferiores, como
los colores brillantes y diversos adornos, han sido adquiridos por los machos
más atractivos, al ser preferidos por las hembras. Sin embargo, existen casos
excepcionales en los que los machos son los que seleccionan, en lugar de haber
sido seleccionados. Reconocemos estos casos porque las hembras están más
ornamentadas que los machos, pues sus caracteres ornamentales se han
transmitido exclusiva o principalmente a sus descendientes hembras. Un caso
similar se ha descrito en el orden al que pertenece el hombre: el del mono
Rhesus.
El hombre es más poderoso en cuerpo y
mente que la mujer, y en estado salvaje la mantiene en un estado de esclavitud
mucho más abyecto que el macho de cualquier otro animal; por lo tanto, no es
sorprendente que haya adquirido el poder de la selección. Las mujeres son
conscientes en todas partes del valor de su propia belleza; y cuando tienen los
medios, se deleitan más en adornarse con todo tipo de adornos que los hombres.
Toman prestadas las plumas de los pájaros machos, con las que la naturaleza ha
adornado a este sexo, para encantar a las hembras. Como las mujeres han sido
seleccionadas desde hace mucho tiempo por su belleza, no es sorprendente que
algunas de sus variaciones sucesivas se hayan transmitido exclusivamente al
mismo sexo; en consecuencia, que hayan transmitido la belleza en un grado algo
mayor a su descendencia femenina que a su descendencia masculina, y así se han
vuelto más hermosas, según la opinión general, que los hombres. Las mujeres,
sin embargo, ciertamente transmiten la mayoría de sus caracteres, incluyendo
algo de belleza, a su descendencia de ambos sexos; de modo que la continua
preferencia de los hombres de cada raza por las mujeres más atractivas, según
su estándar de gusto, habrá tendido a modificar de la misma manera a todos los
individuos de ambos sexos pertenecientes a la raza.
Con respecto a la otra forma de
selección sexual (que es mucho más común en los animales inferiores), a saber,
cuando las hembras son las que seleccionan y aceptan solo a los machos que más
las excitan o les encantan, tenemos razones para creer que antiguamente actuó
sobre nuestros progenitores. El hombre, con toda probabilidad, debe su barba, y
quizás algunas otras características, a la herencia de un antiguo progenitor
que así obtuvo sus adornos. Pero esta forma de selección pudo haber actuado
ocasionalmente en épocas posteriores; pues en tribus completamente bárbaras,
las mujeres tienen más poder de lo que cabría esperar para elegir, rechazar y
tentar a sus amantes, o para cambiar posteriormente de marido. Dado que este es
un punto de cierta importancia, detallaré la evidencia que he podido recopilar.
Hearne describe cómo una mujer de una
tribu de la América ártica huía repetidamente de su marido y se unía a su
amante; y entre los charrúas de Sudamérica, según Azara, el divorcio es
opcional. Entre los abipones, al elegir esposa, un hombre negocia el precio con
sus padres. Pero «con frecuencia ocurre que la joven rescinde lo acordado entre
los padres y el novio, rechazando obstinadamente la sola mención del
matrimonio». A menudo huye, se esconde y así elude al novio. El capitán
Musters, que vivió con los patagones, afirma que sus matrimonios siempre se
deciden por inclinación; «si los padres hacen un matrimonio contrario a la
voluntad de la hija, ella se niega y nunca se ve obligada a hacerlo». En Tierra
del Fuego, un joven primero obtiene el consentimiento de los padres
prestándoles algún servicio, y luego intenta secuestrar a la joven; Pero si no
está dispuesta, se esconde en el bosque hasta que su admirador se cansa de
buscarla y abandona la persecución; pero esto rara vez ocurre. En las Islas
Fiyi, el hombre se apodera de la mujer que desea como esposa mediante la
fuerza, real o fingida; pero al llegar a casa de su secuestrador, si ella no
aprueba el matrimonio, corre a buscar a alguien que pueda protegerla; si, sin
embargo, está satisfecha, el asunto se resuelve de inmediato. Entre los
calmucos hay una carrera regular entre la novia y el novio, en la que el
primero tiene una ventaja considerable; y a Clarke le aseguraron que no se da
ningún caso de que una joven sea atrapada, a menos que tenga predilección por
el perseguidor. Entre las tribus salvajes del archipiélago malayo también hay
una carrera de caballos; y del relato de M. Bourien, como señala Sir J.
Lubbock, se desprende que la carrera no es para los veloces, ni la batalla para
los fuertes, sino para el joven que tiene la buena fortuna de complacer a su
futura esposa. Una costumbre similar, con el mismo resultado, prevalece entre
los Koraks del noreste de Asia.
Volviendo a África: los kafires
compran a sus esposas, y las muchachas son brutalmente golpeadas por sus padres
si no aceptan al marido elegido; pero es evidente, a partir de muchos hechos
aportados por el reverendo Sr. Shooter, que tienen un considerable poder de
elección. Así, se sabe de hombres muy feos, aunque ricos, que no consiguen
esposa. Las muchachas, antes de consentir en el compromiso, obligan a los
hombres a exhibirse primero por delante y luego por detrás, y a "mostrar
sus pasos". Se sabe que han propuesto matrimonio a un hombre, y no es raro
que se fuguen con un amante predilecto. Por otra parte, el Sr. Leslie, quien
conocía íntimamente a los kafires, dice: "Es un error imaginar que una
muchacha es vendida por su padre de la misma manera y con la misma autoridad
con la que vendería una vaca". Entre los bosquimanos degradados de
Sudáfrica, “cuando una muchacha se convierte en mujer sin haber estado
comprometida, lo que, sin embargo, no sucede a menudo, su amante debe obtener
su aprobación, así como la de los padres”. (20. Azara, 'Voyages', etc., tom.
ii. pág. 23. Dobrizhoffer, 'An Account of the Abipones', vol. ii. 1822, pág.
207. Capt. Musters, en 'Proc. R. Geograph. Soc.' vol. xv. pág. 47. Williams
sobre los isleños de Fiji, citado por Lubbock, 'Origin of Civilisation', 1870,
pág. 79. Sobre los fueguinos, King y Fitzroy, 'Voyages of the “Adventure” and
“Beagle”', vol. ii. 1839, pág. 182. Sobre los calmucos, citado por M'Lennan,
'Primitive Marriage', 1865, pág. 32. Sobre los malayos, Lubbock, ibid. pág. 76.
El reverendo J. Shooter, 'Sobre los Kafirs de Natal', 1857, págs. 52-60. Sr. D.
Leslie, 'Carácter y costumbres kafir', 1871, pág. 4. Sobre los bosquimanos,
Burchell, 'Viajes por Sudáfrica', ii. 1824, pág. 59. Sobre los Koraks, por
McKennan, citado por el Sr. Wake, en 'Antropología', octubre de 1873, pág. 75.
El Sr. Winwood Reade me hizo averiguaciones sobre los negros de África
Occidental, y me informó que «las mujeres, al menos entre las tribus paganas
más inteligentes, no tienen dificultad para conseguir los maridos que desean,
aunque se considera impropio de una mujer pedirle matrimonio a un hombre. Son
muy capaces de enamorarse y de formar vínculos tiernos, apasionados y fieles».
Se podrían citar más casos.
Vemos así que, entre los salvajes,
las mujeres no se encuentran en una situación tan precaria en relación con el
matrimonio como a menudo se ha supuesto. Pueden tentar a los hombres que
prefieren y, a veces, rechazar a los que les desagradan, ya sea antes o después
del matrimonio. La preferencia femenina, actuando constantemente en una
dirección, afectaría en última instancia el carácter de la tribu; pues las
mujeres generalmente elegirían no solo a los hombres más atractivos, según su
gusto, sino también a aquellos que, al mismo tiempo, fueran más capaces de
defenderlas y apoyarlas. Estas parejas bien dotadas comúnmente criarían una
mayor cantidad de hijos que las menos favorecidas. El mismo resultado se
produciría, obviamente, de manera aún más marcada, si hubiera selección por
ambas partes; es decir, si los hombres más atractivos, y a la vez más
poderosos, prefirieran, y fueran preferidos, por las mujeres más atractivas. Y
esta doble forma de selección parece haber ocurrido, especialmente durante los
primeros períodos de nuestra larga historia.
Ahora examinaremos con más
detenimiento algunos de los caracteres que distinguen a las diversas razas
humanas entre sí y de los animales inferiores, a saber, la mayor o menor
deficiencia de vello corporal y el color de la piel. No hace falta mencionar la
gran diversidad en la forma de los rasgos y del cráneo entre las diferentes
razas, ya que hemos visto en el capítulo anterior cuán diferente es el estándar
de belleza en estos aspectos. Por lo tanto, estos caracteres probablemente se
deban a la selección sexual; pero no tenemos forma de juzgar si han sido
principalmente masculinos o femeninos. Las facultades musicales del hombre
también se han analizado.
AUSENCIA DE PELO EN EL CUERPO Y SU
DESARROLLO EN LA CARA Y LA CABEZA.
De la presencia del pelo lanoso o
lanugo en el feto humano y de pelos rudimentarios dispersos por el cuerpo
durante la madurez, podemos inferir que el hombre desciende de algún animal que
nació con vello y lo conservó durante su vida. La pérdida de cabello es un
inconveniente y probablemente un perjuicio para el hombre, incluso en climas
cálidos, pues queda expuesto al sol abrasador y a escalofríos repentinos,
especialmente durante la lluvia. Como señala el Sr. Wallace, los nativos de
todos los países se alegran de proteger sus espaldas y hombros desnudos con
alguna prenda ligera. Nadie supone que la desnudez de la piel represente una
ventaja directa para el hombre; por lo tanto, su cuerpo no puede haber sido
despojado de vello por selección natural. (21. 'Contribuciones a la teoría de
la selección natural', 1870, pág. 346. El Sr. Wallace cree (pág. 350) "que
algún poder inteligente ha guiado o determinado el desarrollo del hombre";
y considera que la condición sin pelo de la piel cae bajo este encabezado. El
reverendo TR Stebbing, al comentar sobre este punto de vista ('Transactions of
Devonshire Association for Science', 1870) señala que si el Sr. Wallace
"hubiera empleado su ingenio habitual en la cuestión de la piel sin pelo
del hombre, podría haber visto la posibilidad de su selección a través de su
belleza superior o la salud asociada a la limpieza superior"). Tampoco,
como se muestra en un capítulo anterior, tenemos evidencia alguna de que esto
pueda deberse a la acción directa del clima, o que sea el resultado de un
desarrollo correlacionado.
La ausencia de vello corporal es,
hasta cierto punto, una característica sexual secundaria, pues en todo el mundo
las mujeres son menos peludas que los hombres. Por lo tanto, podemos sospechar
razonablemente que esta característica se ha adquirido mediante selección
sexual. Sabemos que los rostros de varias especies de monos, y grandes
superficies en la parte posterior del cuerpo de otras especies, han sido
despojados de vello; y esto podemos atribuirlo con seguridad a la selección
sexual, pues estas superficies no solo presentan colores vivos, sino que a
veces, como en el caso del mandril macho y la hembra del macaco rhesus, son
mucho más vivos en un sexo que en el otro, especialmente durante la época
reproductiva. El Sr. Bartlett me informa que, a medida que estos animales
alcanzan la madurez, las superficies desnudas se hacen más grandes en
comparación con el tamaño de sus cuerpos. Sin embargo, el vello parece haber
sido eliminado, no para lograr la desnudez, sino para que el color de la piel
se exhiba con mayor intensidad. De igual manera, en muchas aves, parece como si
la cabeza y el cuello hubieran sido despojados de plumas mediante selección
sexual para exhibir la piel de colores brillantes.
Como el cuerpo de la mujer es menos
velloso que el del hombre, y como esta característica es común a todas las
razas, podemos concluir que fueron nuestras antepasadas semihumanas las
primeras en perder pelo, y que esto ocurrió en un período extremadamente
remoto, antes de que las diversas razas divergieran de un tronco común.
Mientras nuestras antepasadas adquirían gradualmente esta nueva característica
de desnudez, debieron transmitirla casi por igual a sus descendientes de ambos
sexos durante la juventud; de modo que su transmisión, al igual que ocurre con
los adornos de muchos mamíferos y aves, no se ha visto limitada ni por el sexo
ni por la edad. No es sorprendente que la pérdida parcial del pelo haya sido
considerada un adorno por nuestros progenitores simiescos, pues hemos visto que
innumerables características extrañas han sido consideradas así por animales de
todo tipo, y, en consecuencia, adquiridas mediante selección sexual. Tampoco es
sorprendente que se haya adquirido así una característica ligeramente
perjudicial; pues sabemos que este es el caso de las plumas de ciertas aves y
de los cuernos de ciertos ciervos.
Las hembras de algunos simios
antropoides, como se mencionó en un capítulo anterior, son algo menos peludas
en la superficie inferior que los machos; y aquí tenemos lo que podría haber
dado inicio al proceso de denudación. Respecto a la culminación del proceso
mediante la selección sexual, conviene recordar el proverbio neozelandés: «No
hay mujer para un hombre peludo». Cualquiera que haya visto fotografías de la
familia peluda siamesa admitirá lo ridículamente horrible que es el extremo
opuesto de la excesiva vellosidad. Y el rey de Siam tuvo que sobornar a un
hombre para que se casara con la primera mujer peluda de la familia; y ella
transmitió esta característica a sus crías de ambos sexos. (22. «La variación
de animales y plantas bajo domesticación», vol. ii. 1868, pág. 237).
Algunas razas son mucho más peludas
que otras, especialmente los machos; pero no debe asumirse que las razas más
peludas, como la europea, hayan conservado su condición primigenia con mayor
precisión que las razas desnudas, como los calmucos o los americanos. Es más
probable que la vellosidad de las primeras se deba a una reversión parcial,
pues los caracteres que se han heredado durante mucho tiempo en algún período
anterior siempre tienden a retornar. Hemos visto que los idiotas suelen ser muy
peludos y tienden a revertir en otros caracteres a un tipo animal inferior. No
parece que el clima frío haya influido en este tipo de reversión; excepto
quizás con los negros, que han sido criados durante varias generaciones en los
Estados Unidos (23. 'Investigaciones sobre estadísticas militares y
antropológicas de soldados estadounidenses', por B.A. Gould, 1869, pág. 568: Se
hicieron observaciones cuidadosas sobre la vellosidad de 2129 soldados negros y
de color, mientras se bañaban; y al consultar la tabla publicada, "es
evidente a simple vista que hay poca, si es que hay alguna, diferencia entre
las razas blanca y negra a este respecto". Sin embargo, es cierto que los
negros en su tierra natal y mucho más cálida de África, tienen cuerpos
notablemente lisos. Debe observarse particularmente que tanto los negros puros
como los mulatos se incluyeron en la enumeración anterior; y esta es una
circunstancia desafortunada, ya que de acuerdo con un principio, cuya verdad he
demostrado en otra parte, las razas cruzadas de hombres serían eminentemente
propensas a volver al carácter peludo primordial de sus primeros progenitores
simiescos), y posiblemente con el Ainos, que habitan las islas septentrionales
del archipiélago japonés. Pero las leyes de la herencia son tan complejas que
rara vez podemos comprender su acción. Si la mayor vellosidad de ciertas razas
es resultado de la reversión, sin control de selección alguna, su extrema
variabilidad, incluso dentro de los límites de la misma raza, deja de ser
notable. (24. Pocas opiniones presentadas en esta obra han recibido tanta
desaprobación (véase, por ejemplo, Sprengel, «Die Fortschritte des
Darwinismus», 1874, pág. 80) como la explicación anterior de la pérdida de
cabello en la humanidad por selección sexual; pero ninguno de los argumentos
opuestos me parece de mucho peso, en comparación con los hechos que demuestran
que la desnudez de la piel es, hasta cierto punto, una característica sexual
secundaria en el hombre y en algunos cuadrumanos).
Con respecto a la barba en el hombre,
si recurrimos a nuestra mejor guía, los cuadrumanos, encontramos barbas
igualmente desarrolladas en ambos sexos de muchas especies, pero en algunas, o
bien limitadas a los machos, o bien más desarrolladas en ellos que en las
hembras. A partir de este hecho y de la curiosa disposición, así como de los
brillantes colores del pelo alrededor de las cabezas de muchos monos, es muy
probable, como se explicó antes, que los machos adquirieran primero sus barbas
mediante selección sexual como un adorno, transmitiéndolas en la mayoría de los
casos, por igual o casi, a su descendencia de ambos sexos. Sabemos por
Eschricht (25. 'Ueber die Richtung der Haare am Menschlichen Körper', en
Müller's 'Archiv. für Anat. und Phys.' 1837, s. 40.) que en la humanidad, tanto
el feto femenino como el masculino está provisto de mucho pelo en la cara,
especialmente alrededor de la boca; Esto indica que descendemos de progenitores
con barba en ambos sexos. Por lo tanto, a primera vista parece probable que el
hombre haya conservado su barba desde una época muy temprana, mientras que la
mujer la perdió al mismo tiempo que su cuerpo quedó casi completamente
despojado de pelo. Incluso el color de nuestras barbas parece haber sido
heredado de un progenitor simiesco; pues cuando hay alguna diferencia de tono
entre el pelo de la cabeza y el de la barba, esta última es más clara en todos
los monos y en el hombre. En aquellos cuadrumanos en los que el macho tiene una
barba más grande que la de la hembra, esta se desarrolla completamente solo en
la madurez, al igual que en la humanidad; y es posible que el hombre solo haya
conservado las últimas etapas de desarrollo. En contraposición a esta idea de
la conservación de la barba desde una época temprana se encuentra su gran
variabilidad en diferentes razas, e incluso dentro de la misma raza; pues esto
indica una reversión, pues los caracteres perdidos hace mucho tiempo son muy
propensos a variar al reaparecer.
Tampoco debemos pasar por alto el
papel que la selección sexual pudo haber desempeñado en épocas posteriores;
pues sabemos que, entre los salvajes, los hombres de las razas imberbes se
esmeran en erradicar cada pelo de sus rostros como algo odioso, mientras que
los hombres de las razas barbudas sienten el mayor orgullo por sus barbas. Las
mujeres, sin duda, participan de estos sentimientos, y de ser así, la selección
sexual difícilmente pudo haber dejado de tener algún efecto en el transcurso de
épocas posteriores. También es posible que el hábito prolongado de erradicar el
pelo haya producido un efecto hereditario. El Dr. Brown-Sequard ha demostrado
que si ciertos animales son operados de una manera particular, su descendencia
se ve afectada. Se podría aportar más evidencia de la herencia de los efectos
de las mutilaciones; pero un hecho recientemente constatado por el Sr. Salvin
(26. Sobre las plumas de la cola de los momotos, 'Actas de la Sociedad
Zoológica', 1873, pág. 429) tiene una relación más directa con la presente
cuestión; pues ha demostrado que los momotos, conocidos por arrancarse las púas
de las dos plumas centrales de la cola, tienen las púas de estas plumas algo
reducidas de forma natural. (27. El Sr. Sproat ha sugerido ('Escenas y estudios
de la vida salvaje', 1868, pág. 25) esta misma opinión. Algunos etnólogos
distinguidos, entre ellos M. Gosse de Ginebra, creen que las modificaciones
artificiales del cráneo tienden a ser hereditarias). Sin embargo, en la
humanidad, el hábito de erradicar la barba y el vello corporal probablemente no
habría surgido hasta que estos ya se hubieran reducido de alguna manera.
Es difícil juzgar cómo el cabello de
la cabeza se desarrolló hasta su gran longitud actual en muchas razas.
Eschricht (28. 'Ueber die Richtung', ibíd., s. 40) afirma que en el feto
humano, el cabello de la cara durante el quinto mes es más largo que el de la
cabeza; esto indica que nuestros progenitores semihumanos no tenían largas
trenzas, lo cual debió ser, por lo tanto, una adquisición tardía. Esto también
lo indica la extraordinaria diferencia en la longitud del cabello entre las
diferentes razas: en el negro, el cabello forma una simple mata rizada; entre
nosotros es de gran longitud, y entre los nativos americanos no es raro que
llegue hasta el suelo. Algunas especies de Semnopithecus tienen la cabeza
cubierta de pelo moderadamente largo, que probablemente sirve como adorno y se
adquirió mediante selección sexual. La misma opinión podría extenderse a la
humanidad, pues sabemos que las largas trenzas son, y fueron, muy admiradas
ahora y en el pasado, como se puede observar en las obras de casi todos los poetas.
San Pablo dice: “Si una mujer tiene cabello largo, es una gloria para ella”; y
hemos visto que en América del Norte un jefe era elegido únicamente por el
largo de su cabello.
COLOR DE LA PIEL.
La mejor evidencia de que en el
hombre el color de la piel se haya modificado mediante selección sexual es
escasa; pues en la mayoría de las razas los sexos no difieren en este aspecto,
y solo ligeramente, como hemos visto, en otras. Sin embargo, sabemos por los
numerosos hechos ya aportados que el color de la piel es considerado por los
hombres de todas las razas como un elemento fundamental de su belleza; por lo
tanto, es un carácter que probablemente se haya modificado mediante selección,
como ha ocurrido en innumerables casos con los animales inferiores. A primera
vista, parece una suposición monstruosa que el negro azabache del negro se haya
obtenido mediante selección sexual; pero esta opinión se sustenta en diversas
analogías, y sabemos que los negros admiran su propio color. En los mamíferos,
cuando los sexos difieren en color, el macho suele ser negro o mucho más oscuro
que la hembra; y depende simplemente de la forma de herencia si este u otro
tono se transmite a ambos sexos o solo a uno. El parecido con un negro en
miniatura de Pithecia satanas, con su piel negra azabache, sus globos oculares
blancos y giratorios y su cabello partido en la parte superior de la cabeza, es
casi ridículo.
El color de la cara difiere mucho más
entre las distintas especies de monos que entre las razas humanas; y tenemos
razones para creer que los tonos rojos, azules, anaranjados, casi blancos y
negros de su piel, incluso cuando son comunes a ambos sexos, así como los
colores brillantes de su pelaje y los mechones ornamentales alrededor de la
cabeza, se adquirieron mediante selección sexual. Dado que el orden de
desarrollo durante el crecimiento generalmente indica el orden en que se
desarrollaron y modificaron los caracteres de una especie durante generaciones
anteriores; y dado que los recién nacidos de las diversas razas humanas no
difieren tanto en color como los adultos, aunque sus cuerpos estén
completamente desprovistos de pelo, tenemos cierta evidencia de que los tonos
de las diferentes razas se adquirieron en un período posterior a la depilación,
lo que debió ocurrir en un período muy temprano en la historia de la humanidad.
UN RESUMEN.
Podemos concluir que el mayor tamaño,
fuerza, coraje, agresividad y energía del hombre, en comparación con la mujer,
se adquirieron durante los tiempos primitivos y se han incrementado
posteriormente, principalmente mediante las competencias entre machos rivales
por la posesión de las hembras. El mayor vigor intelectual y poder de invención
en el hombre probablemente se deba a la selección natural, combinada con los
efectos heredados del hábito, pues los hombres más capaces habrán tenido mejor
éxito en la defensa y el sustento de sí mismos, de sus esposas y descendencia.
Hasta donde la complejidad del tema nos permite juzgar, parece que nuestros
progenitores simiescos masculinos adquirieron la barba como adorno para
encantar o excitar al sexo opuesto, y la transmitieron únicamente a su
descendencia masculina. Al parecer, las hembras primero se despojaron del vello
corporal, también como adorno sexual; pero transmitieron esta característica
casi por igual a ambos sexos. No es improbable que las hembras se modificaran
en otros aspectos con el mismo propósito y por los mismos medios; de modo que
las mujeres han adquirido voces más dulces y se han vuelto más hermosas que los
hombres.
Cabe destacar que, en la humanidad,
las condiciones fueron, en muchos aspectos, mucho más favorables para la
selección sexual durante un período muy temprano, cuando el hombre apenas había
alcanzado la madurez, que en épocas posteriores. Pues, como podemos concluir
con seguridad, se habría guiado más por sus pasiones instintivas que por la
previsión o la razón. Habría protegido celosamente a su esposa o esposas. No
habría practicado el infanticidio; ni las habría valorado simplemente como
esclavas útiles; ni se habría comprometido con ellas durante la infancia. De
ahí que podamos inferir que las razas humanas se diferenciaron, en lo que
respecta a la selección sexual, principalmente en una época muy remota; y esta
conclusión arroja luz sobre el hecho notable de que, en el período más antiguo,
del que aún no tenemos registro alguno, las razas humanas ya habían llegado a
diferir casi tanto como lo hacen en la actualidad.
Las opiniones aquí presentadas sobre
el papel de la selección sexual en la historia del hombre carecen de precisión
científica. Quien no admita esta influencia en el caso de los animales
inferiores, ignorará todo lo que he escrito en los capítulos posteriores sobre
el hombre. No podemos afirmar con certeza que este carácter, pero no aquel, se
haya modificado de esta manera; sin embargo, se ha demostrado que las razas
humanas difieren entre sí y de sus parientes más cercanos en ciertos caracteres
que no les son útiles en sus hábitos de vida cotidianos, y que es
extremadamente probable que se hayan modificado mediante la selección sexual.
Hemos visto que, en los salvajes más atrasados, los miembros de cada tribu
admiran sus propias cualidades características: la forma de la cabeza y el
rostro, la cuadratura de los pómulos, la prominencia o depresión de la nariz,
el color de la piel, la longitud del cabello, la ausencia de vello facial y
corporal, o la presencia de una gran barba, etc. Por lo tanto, estos y otros
puntos similares difícilmente podrían dejar de ser exagerados lenta y
gradualmente, por los hombres más poderosos y capaces de cada tribu, quienes
lograrían criar el mayor número de descendientes, tras haber seleccionado
durante muchas generaciones como esposas a las mujeres con características más
fuertes y, por lo tanto, las más atractivas. Por mi parte, concluyo que, de
todas las causas que han provocado las diferencias en la apariencia externa
entre las razas humanas, y hasta cierto punto entre el hombre y los animales
inferiores, la selección sexual ha sido la más eficiente.
CAPÍTULO XXI.
GENERALIDADES. RESUMEN Y CONCLUSIÓN.
Conclusión principal: El hombre
desciende de una forma inferior—Modo de desarrollo—Genealogía del
hombre—Facultades intelectuales y morales—Selección sexual—Observaciones
finales.
Un breve resumen bastará para
recordar al lector los puntos más destacados de esta obra. Muchas de las
opiniones presentadas son altamente especulativas, y algunas sin duda
resultarán erróneas; pero en todos los casos he expuesto las razones que me han
llevado a una opinión en lugar de otra. Me pareció que valía la pena intentar
comprender hasta qué punto el principio de la evolución podría arrojar luz
sobre algunos de los problemas más complejos de la historia natural del hombre.
Los hechos falsos son sumamente perjudiciales para el progreso de la ciencia,
pues suelen perdurar; pero las opiniones falsas, si se sustentan en alguna
evidencia, son poco perjudiciales, pues a todos les produce un placer saludable
demostrar su falsedad; y cuando esto se hace, se cierra un camino hacia el
error y, a menudo, se abre el camino hacia la verdad.
La principal conclusión a la que se
llegó aquí, y que ahora sostienen muchos naturalistas con la capacidad de
formarse un juicio sólido, es que el hombre desciende de una forma menos
organizada. Los fundamentos de esta conclusión serán inquebrantables, pues la
estrecha similitud entre el hombre y los animales inferiores en el desarrollo
embrionario, así como en innumerables aspectos de su estructura y constitución,
tanto de gran importancia como de mínima importancia —los rudimentos que
conserva y las reversiones anormales a las que ocasionalmente es propenso— son
hechos indiscutibles. Se conocen desde hace mucho tiempo, pero hasta hace poco
no nos decían nada sobre el origen del hombre. Ahora, al considerarlos a la luz
de nuestro conocimiento de todo el mundo orgánico, su significado es
inequívoco. El gran principio de la evolución se mantiene claro y firme cuando
estos grupos o hechos se consideran en relación con otros, como las afinidades
mutuas de los miembros del mismo grupo, su distribución geográfica en el pasado
y en el presente, y su sucesión geológica. Es increíble que todos estos hechos
sean falsos. Quien no se contenta con observar, como un salvaje, los fenómenos
de la naturaleza como algo desconectado, ya no puede creer que el hombre sea
obra de un acto de creación independiente. Se verá obligado a admitir que la
estrecha semejanza del embrión humano con el de, por ejemplo, un perro —la
construcción de su cráneo, extremidades y estructura completa siguiendo el
mismo plan que la de otros mamíferos, independientemente del uso que se les dé
a las partes—, la reaparición ocasional de diversas estructuras, por ejemplo,
de varios músculos, que el hombre no posee normalmente, pero que son comunes a
los cuadrumanos —y una multitud de hechos análogos—, todo apunta de la manera
más clara a la conclusión de que el hombre es codescendiente, junto con otros
mamíferos, de un progenitor común.
Hemos visto que el hombre presenta
incesantemente diferencias individuales en todas las partes de su cuerpo y en
sus facultades mentales. Estas diferencias o variaciones parecen estar
inducidas por las mismas causas generales y obedecer a las mismas leyes que en
los animales inferiores. En ambos casos prevalecen leyes de herencia similares.
El hombre tiende a crecer a un ritmo mayor que sus medios de subsistencia; en
consecuencia, ocasionalmente se ve sometido a una dura lucha por la existencia,
y la selección natural habrá afectado todo lo que esté a su alcance. Una
sucesión de variaciones marcadas de naturaleza similar no es en absoluto
necesaria; ligeras diferencias fluctuantes en el individuo bastan para el
trabajo de la selección natural; no es que tengamos razón alguna para suponer
que, en la misma especie, todas las partes del organismo tiendan a variar en el
mismo grado. Podemos estar seguros de que los efectos heredados del uso o
desuso prolongado de partes habrán contribuido en gran medida a la selección
natural. Las modificaciones que antes eran importantes, aunque ya no tengan una
utilidad especial, se heredan a largo plazo. Cuando una parte se modifica,
otras cambian mediante el principio de correlación, del cual tenemos ejemplos
en muchos casos curiosos de monstruosidades correlacionadas. Algo puede
atribuirse a la acción directa y definida de las condiciones ambientales de
vida, como la abundancia de alimento, calor o humedad; y, por último, muchos
caracteres de escasa importancia fisiológica, algunos incluso de considerable
importancia, se han obtenido mediante selección sexual.
Sin duda, el hombre, al igual que
cualquier otro animal, presenta estructuras que, según nuestro limitado
conocimiento, no parecen serle de utilidad en la actualidad ni lo fueron en el
pasado, ni para las condiciones generales de vida ni para las relaciones entre
los sexos. Dichas estructuras no pueden explicarse por ninguna forma de
selección ni por los efectos hereditarios del uso y desuso de partes. Sabemos,
sin embargo, que en ocasiones aparecen muchas peculiaridades estructurales
extrañas y marcadas en nuestros animales domésticos, y si sus causas
desconocidas actuaran de manera más uniforme, probablemente se volverían
comunes a todos los individuos de la especie. Podemos esperar comprender en el
futuro las causas de tales modificaciones ocasionales, especialmente mediante
el estudio de las monstruosidades: por lo tanto, los trabajos de
experimentadores, como los de M. Camille Dareste, son muy prometedores para el
futuro. En general, solo podemos decir que la causa de cada pequeña variación y
de cada monstruosidad reside mucho más en la constitución del organismo que en
la naturaleza de las condiciones ambientales. Aunque las condiciones nuevas y
modificadas ciertamente juegan un papel importante en cambios orgánicos
emocionantes de muchos tipos.
Mediante los medios que acabamos de
especificar, con la ayuda quizás de otros aún no descubiertos, el hombre ha
llegado a su estado actual. Pero desde que alcanzó la madurez, se ha dividido
en razas distintas, o como se les podría llamar más apropiadamente,
subespecies. Algunas de estas, como la negra y la europea, son tan distintas
que, si se hubieran llevado ejemplares a un naturalista sin más información,
sin duda los habría considerado como especies verdaderas. Sin embargo, todas
las razas coinciden en tantos detalles estructurales insignificantes y en
tantas peculiaridades mentales que estas solo pueden explicarse por la herencia
de un progenitor común; y un progenitor así caracterizado probablemente
merecería ser considerado hombre.
No debe suponerse que la divergencia
de cada raza respecto a las demás, y de todas a partir de un tronco común,
pueda atribuirse a un único par de progenitores. Por el contrario, en cada
etapa del proceso de modificación, todos los individuos mejor adaptados a sus
condiciones de vida, aunque en diferentes grados, habrían sobrevivido en mayor
número que los menos adaptados. El proceso habría sido similar al seguido por
el hombre, que no selecciona intencionalmente individuos particulares, sino que
se reproduce a partir de todos los individuos superiores y descuida a los
inferiores. Así, lenta pero seguramente, modifica su tronco y forma
inconscientemente una nueva cepa. Así, con respecto a las modificaciones
adquiridas independientemente de la selección, y debidas a variaciones
derivadas de la naturaleza del organismo y la acción de las condiciones
ambientales, o de cambios en los hábitos de vida, ningún par se habrá
modificado mucho más que los demás pares que habitan el mismo territorio, pues
todos se habrán mezclado continuamente mediante el libre cruzamiento.
Al considerar la estructura
embriológica del hombre —las homologías que presenta con los animales
inferiores, los rudimentos que conserva y las reversiones a las que es
propenso—, podemos recordar parcialmente en la imaginación la condición
anterior de nuestros primeros progenitores y ubicarlos aproximadamente en su
lugar apropiado en la serie zoológica. Así, aprendemos que el hombre desciende
de un cuadrúpedo peludo y con cola, probablemente de hábitos arbóreos,
habitante del Viejo Mundo. Si un naturalista hubiera examinado su estructura
completa, esta criatura habría sido clasificada entre los cuadrumanos, tan
seguramente como el progenitor aún más antiguo de los monos del Viejo y del
Nuevo Mundo. Los cuadrumanos y todos los mamíferos superiores probablemente
derivan de un antiguo animal marsupial, y esto, a través de una larga línea de
formas diversificadas, de alguna criatura similar a un anfibio, y esta a su vez
de algún animal similar a un pez. En la tenue oscuridad del pasado, podemos ver
que el progenitor primitivo de todos los vertebrados debió ser un animal
acuático, provisto de branquias, con ambos sexos unidos en el mismo individuo y
con los órganos más importantes del cuerpo (como el cerebro y el corazón)
imperfectamente desarrollados o inexistentes. Este animal parece haberse
parecido más a las larvas de las ascidias marinas actuales que cualquier otra
forma conocida.
El alto nivel de nuestras facultades
intelectuales y disposición moral es la mayor dificultad que se presenta,
después de haber llegado a esta conclusión sobre el origen del hombre. Pero
quien admita el principio de la evolución debe ver que las facultades mentales
de los animales superiores, que son de la misma clase que las del hombre,
aunque tan diferentes en grado, son capaces de progresar. Así, la diferencia
entre las facultades mentales de un simio superior y las de un pez, o entre las
de una hormiga y una cochinilla, es inmensa; sin embargo, su desarrollo no
ofrece ninguna dificultad especial; pues en nuestros animales domésticos, las
facultades mentales son ciertamente variables, y las variaciones se heredan.
Nadie duda de que son de suma importancia para los animales en estado natural.
Por lo tanto, las condiciones son favorables para su desarrollo mediante la
selección natural. La misma conclusión puede extenderse al hombre; El intelecto
debe haber sido muy importante para él, incluso en un período muy remoto, ya
que le permitió inventar y usar el lenguaje, fabricar armas, herramientas,
trampas, etc., por lo que, con la ayuda de sus hábitos sociales, hace mucho
tiempo se convirtió en la más dominante de todas las criaturas vivientes.
Un gran avance en el desarrollo del
intelecto se habrá producido tan pronto como se haya comenzado a usar el
lenguaje, mitad arte y mitad instinto; pues el uso continuado del lenguaje
habrá repercutido en el cerebro y producido un efecto hereditario; y esto, a su
vez, habrá repercutido en el perfeccionamiento del lenguaje. Como bien señaló
el Sr. Chauncey Wright (1. «Sobre los límites de la selección natural», en
«North American Review», octubre de 1870, pág. 295), el tamaño del cerebro
humano en relación con su cuerpo, en comparación con los animales inferiores,
puede atribuirse principalmente al uso temprano de una forma sencilla de
lenguaje, ese maravilloso mecanismo que asigna signos a todo tipo de objetos y
cualidades, y suscita cadenas de pensamiento que nunca surgirían de la mera
impresión de los sentidos, o que, si surgieran, no podrían seguirse. Las
facultades intelectuales superiores del hombre, como las de raciocinio,
abstracción, autoconciencia, etc., probablemente son consecuencia del continuo
mejoramiento y ejercicio de las demás facultades mentales.
El desarrollo de las cualidades
morales es un problema más interesante. Su fundamento reside en los instintos
sociales, incluyendo bajo este término los lazos familiares. Estos instintos
son sumamente complejos y, en el caso de los animales inferiores, confieren
tendencias especiales hacia ciertas acciones definidas; pero los elementos más
importantes son el amor y la simpatía. Los animales dotados de instintos
sociales disfrutan de la compañía mutua, se advierten del peligro, se defienden
y se ayudan mutuamente de diversas maneras. Estos instintos no se extienden a
todos los individuos de la especie, sino solo a los de la misma comunidad. Dado
que son altamente beneficiosos para la especie, con toda probabilidad se han
adquirido mediante selección natural.
Un ser moral es aquel capaz de
reflexionar sobre sus acciones pasadas y sus motivos, de aprobar algunas y
desaprobar otras; y el hecho de que el hombre sea el único ser que ciertamente
merece esta designación constituye la mayor distinción entre él y los animales
inferiores. Pero en el cuarto capítulo me he esforzado por demostrar que el
sentido moral se deriva, en primer lugar, de la naturaleza perdurable y
omnipresente de los instintos sociales; en segundo lugar, de la apreciación que
el hombre hace de la aprobación y desaprobación de sus semejantes; y en tercer
lugar, de la elevada actividad de sus facultades mentales, con impresiones
pasadas extremadamente vívidas; y en estos últimos aspectos se diferencia de
los animales inferiores. Debido a esta condición mental, el hombre no puede
evitar mirar tanto hacia atrás como hacia adelante, y comparar impresiones
pasadas. Por lo tanto, después de que algún deseo o pasión temporal haya
dominado sus instintos sociales, reflexiona y compara la impresión, ahora debilitada,
de dichos impulsos pasados con los instintos sociales omnipresentes; Y
entonces siente esa sensación de insatisfacción que dejan tras de sí todos los
instintos insatisfechos, por lo que decide actuar de forma diferente en el
futuro; esto es la conciencia. Cualquier instinto, permanentemente más fuerte o
más duradero que otro, da lugar a un sentimiento que expresamos diciendo que
debe ser obedecido. Un perro de muestra, si pudiera reflexionar sobre su
conducta pasada, se diría a sí mismo: «Debería (como de hecho decimos de él)
haber apuntado a esa liebre y no haber cedido a la tentación pasajera de
cazarla».
Los animales sociales se ven
impulsados en parte por el deseo de ayudar a los miembros de su comunidad de
manera general, pero más comúnmente por realizar ciertas acciones definidas. El
hombre se ve impulsado por el mismo deseo general de ayudar a sus semejantes;
pero posee pocos o ningún instinto especial. Se diferencia también de los
animales inferiores en la capacidad de expresar sus deseos con palabras, que
así se convierten en una guía para la ayuda requerida y otorgada. El motivo
para brindar ayuda también ha cambiado mucho en el hombre: ya no consiste
únicamente en un impulso instintivo ciego, sino que está muy influenciado por
el elogio o la crítica de sus semejantes. Tanto la apreciación como la
concesión de elogios y críticas se basan en la compasión; y esta emoción, como
hemos visto, es uno de los elementos más importantes de los instintos sociales.
La compasión, aunque se adquiere como instinto, también se fortalece
considerablemente con el ejercicio o el hábito. Como todos los hombres desean
su propia felicidad, se conceden elogios o críticas a las acciones y motivos,
según conduzcan a este fin; Y como la felicidad es parte esencial del bien
común, el principio de la máxima felicidad sirve indirectamente como un
criterio casi seguro para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. A
medida que la capacidad de razonamiento avanza y se adquiere experiencia, se
perciben los efectos más remotos de ciertas conductas en el carácter individual
y en el bien común; y entonces las virtudes egoístas entran en el ámbito de la
opinión pública y reciben elogios, mientras que sus contrarias son censuradas.
Pero en las naciones menos civilizadas, la razón suele yerra, y muchas malas
costumbres y viles supersticiones entran en el mismo ámbito, considerándose entonces
virtudes elevadas y su violación, delitos graves.
Las facultades morales se consideran,
general y justamente, de mayor valor que las facultades intelectuales. Pero
debemos tener presente que la actividad mental de recordar vívidamente las
impresiones pasadas es una de las bases fundamentales, aunque secundarias, de
la conciencia. Esto constituye el argumento más sólido para educar y estimular
de todas las maneras posibles las facultades intelectuales de todo ser humano.
Sin duda, una persona con una mente torpe, si sus afectos y simpatías sociales
están bien desarrollados, se verá inducida a buenas acciones y puede tener una
conciencia bastante sensible. Pero todo lo que haga más vívida la imaginación y
fortalezca el hábito de recordar y comparar impresiones pasadas, hará más
sensible la conciencia e incluso podrá compensar en cierta medida la debilidad
de los afectos y simpatías sociales.
La naturaleza moral del hombre ha
alcanzado su nivel actual, en parte gracias al desarrollo de su capacidad de
razonamiento y, en consecuencia, a una opinión pública justa, pero
especialmente a que sus simpatías se han vuelto más sensibles y ampliamente difundidas
gracias al hábito, el ejemplo, la instrucción y la reflexión. No es improbable
que, tras una larga práctica, se hereden tendencias virtuosas. En las razas más
civilizadas, la convicción de la existencia de una Deidad omnisciente ha tenido
una poderosa influencia en el avance de la moralidad. En última instancia, el
hombre no acepta la alabanza ni la censura de sus semejantes como única guía,
aunque pocos escapan a esta influencia, sino que sus convicciones habituales,
controladas por la razón, le ofrecen la regla más segura. Su conciencia se
convierte entonces en el juez y monitor supremo. No obstante, el fundamento u
origen del sentido moral reside en los instintos sociales, incluida la
simpatía; y estos instintos, sin duda, se adquirieron principalmente, como en
el caso de los animales inferiores, mediante la selección natural.
La creencia en Dios se ha presentado
a menudo como la distinción más importante, y también la más completa, entre el
hombre y los animales inferiores. Sin embargo, como hemos visto, es imposible
sostener que esta creencia sea innata o instintiva en el hombre. Por otro lado,
la creencia en agentes espirituales omnipresentes parece ser universal; y
aparentemente se deriva de un avance considerable en la razón humana y de un
avance aún mayor en sus facultades de imaginación, curiosidad y asombro. Soy
consciente de que la supuesta creencia instintiva en Dios ha sido utilizada por
muchas personas como argumento a favor de su existencia. Pero este es un
argumento precipitado, ya que nos veríamos obligados a creer en la existencia
de muchos espíritus crueles y malignos, apenas un poco más poderosos que el
hombre; pues la creencia en ellos es mucho más generalizada que en una Deidad
benéfica. La idea de un Creador universal y benéfico no parece surgir en la
mente del hombre hasta que ha sido elevado por una cultura prolongada.
Quien cree en el progreso del hombre
a partir de una forma organizada inferior, naturalmente se preguntará qué
relación tiene esto con la creencia en la inmortalidad del alma. Las razas
bárbaras, como ha demostrado Sir J. Lubbock, carecen de una creencia clara de
este tipo; pero los argumentos derivados de las creencias primigenias de los
salvajes son, como acabamos de ver, de poca o ninguna utilidad. Pocas personas
sienten inquietud ante la imposibilidad de determinar en qué período preciso
del desarrollo del individuo, desde el primer vestigio de una diminuta vesícula
germinal, el hombre se convierte en un ser inmortal; y no hay mayor motivo de
inquietud porque dicho período no pueda determinarse en la escala orgánica
gradualmente ascendente. (2. El reverendo J. A. Picton analiza este tema en su
obra «Nuevas teorías y la antigua fe», 1870).
Soy consciente de que las
conclusiones a las que se llega en esta obra serán denunciadas por algunos como
altamente irreligiosas; pero quien las denuncia está obligado a demostrar por
qué es más irreligioso explicar el origen del hombre como especie distinta por
descendencia de una forma inferior, mediante las leyes de la variación y la
selección natural, que explicar el nacimiento del individuo mediante las leyes
de la reproducción ordinaria. El nacimiento tanto de la especie como del
individuo son igualmente partes de esa gran secuencia de eventos, que nuestras
mentes se niegan a aceptar como resultado de la casualidad ciega. El
entendimiento se rebela ante tal conclusión, seamos o no capaces de creer que
cada pequeña variación estructural —la unión de cada pareja en matrimonio, la
diseminación de cada semilla— y otros eventos similares, hayan sido ordenados
para un propósito especial.
La selección sexual se ha tratado
extensamente en esta obra; pues, como he intentado demostrar, ha desempeñado un
papel importante en la historia del mundo orgánico. Soy consciente de que aún
quedan muchas dudas, pero he procurado ofrecer una visión justa del caso en su
conjunto. En las divisiones inferiores del reino animal, la selección sexual
parece no haber tenido ningún efecto: estos animales a menudo están fijados de
por vida en el mismo lugar, o tienen los sexos combinados en el mismo
individuo, o lo que es aún más importante, sus facultades perceptivas e
intelectuales no están lo suficientemente desarrolladas como para permitirles
sentir amor y celos, o ejercer la capacidad de elección. Sin embargo, cuando
llegamos a los artrópodos y los vertebrados, incluso a las clases más bajas de
estos dos grandes subreinos, la selección sexual ha tenido un gran impacto.
En las diversas grandes clases del
reino animal —mamíferos, aves, reptiles, peces, insectos e incluso crustáceos—,
las diferencias entre los sexos siguen prácticamente las mismas reglas. Los
machos son casi siempre los pretendientes; y solo ellos están armados con armas
especiales para luchar con sus rivales. Generalmente son más fuertes y grandes
que las hembras, y están dotados de las cualidades necesarias de valentía y
pugnacidad. Están provistos, ya sea exclusivamente o en un grado mucho mayor
que las hembras, de órganos para la música vocal o instrumental, y de glándulas
odoríferas. Están adornados con apéndices infinitamente diversos y con los
colores más brillantes o llamativos, a menudo dispuestos en elegantes diseños,
mientras que las hembras no presentan adornos. Cuando los sexos difieren en
estructuras más importantes, es el macho el que está provisto de órganos
sensoriales especiales para descubrir a la hembra, órganos locomotores para
alcanzarla y, a menudo, órganos prensiles para sujetarla. Estas diversas
estructuras para cautivar o conquistar a la hembra suelen desarrollarse en el
macho solo durante una parte del año, concretamente durante la época
reproductiva. En muchos casos, se han transferido en mayor o menor medida a las
hembras; y en estas últimas, suelen aparecer en ella como meros rudimentos. Los
machos las pierden o nunca las adquieren tras la emasculación. Generalmente, no
se desarrollan en el macho durante la primera juventud, sino que aparecen poco
antes de la edad reproductiva. Por lo tanto, en la mayoría de los casos, las
crías de ambos sexos se parecen entre sí; y la hembra se parece algo a sus
crías durante toda la vida. En casi todas las grandes clases se dan algunos
casos anómalos, donde se ha producido una transposición casi completa de los
caracteres propios de ambos sexos; las hembras adquieren caracteres que
pertenecen propiamente a los machos. Esta sorprendente uniformidad en las leyes
que regulan las diferencias entre los sexos en tantas clases tan distantes
entre sí, es comprensible si admitimos la acción de una causa común: la
selección sexual.
La selección sexual depende del éxito
de ciertos individuos sobre otros del mismo sexo, en relación con la
propagación de la especie; mientras que la selección natural depende del éxito
de ambos sexos, a cualquier edad, en relación con las condiciones generales de
vida. La lucha sexual es de dos tipos: en uno, se da entre individuos del mismo
sexo, generalmente los machos, para ahuyentar o matar a sus rivales, mientras
que las hembras permanecen pasivas; mientras que en el otro, la lucha se da
también entre individuos del mismo sexo, para excitar o encantar a los del sexo
opuesto, generalmente las hembras, que ya no permanecen pasivas, sino que
seleccionan a las parejas más agradables. Este último tipo de selección es muy
similar a la que el hombre, involuntariamente, pero eficazmente, aplica a sus
producciones domesticadas, al preservar durante un largo período a los
individuos más agradables o útiles, sin ningún deseo de modificar la raza.
Las leyes de la herencia determinan
si los caracteres adquiridos mediante selección sexual por uno de los sexos se
transmiten al mismo sexo o a ambos, así como la edad a la que se desarrollan.
Parece que las variaciones que surgen en etapas tardías de la vida se
transmiten comúnmente a un mismo sexo. La variabilidad es la base necesaria
para la acción de la selección y es totalmente independiente de ella. De ello
se deduce que variaciones de la misma naturaleza general a menudo se han
aprovechado y acumulado mediante selección sexual en relación con la
propagación de las especies, así como mediante selección natural en relación
con los propósitos generales de la vida. Por lo tanto, los caracteres sexuales
secundarios, cuando se transmiten por igual a ambos sexos, solo pueden
distinguirse de los caracteres específicos ordinarios mediante analogía. Las
modificaciones adquiridas mediante selección sexual suelen ser tan pronunciadas
que ambos sexos se han clasificado con frecuencia como especies distintas, o incluso
como géneros distintos. Estas marcadas diferencias deben ser, de alguna manera,
muy importantes; y sabemos que, en algunos casos, se han adquirido a costa no
solo de inconvenientes, sino también de la exposición a peligros reales.
La creencia en el poder de la
selección sexual se basa principalmente en las siguientes consideraciones.
Ciertos caracteres se limitan a un sexo; y esto por sí solo hace probable que,
en la mayoría de los casos, estén relacionados con el acto reproductivo. En
innumerables casos, estos caracteres se desarrollan plenamente solo en la
madurez, y a menudo solo durante una parte del año, que siempre coincide con la
época de reproducción. Los machos (salvo algunos casos excepcionales) son los
más activos en el cortejo; están mejor armados y se vuelven más atractivos de
diversas maneras. Cabe destacar que los machos exhiben su atractivo con gran
cuidado en presencia de las hembras; y que rara vez o nunca lo hacen, excepto
durante la época de amor. Es increíble que todo esto sea inútil. Por último,
tenemos evidencia clara en algunos cuadrúpedos y aves de que los individuos de
un sexo son capaces de sentir una fuerte antipatía o preferencia por ciertos
individuos del otro sexo.
Teniendo en cuenta estos hechos y los
notables resultados de la selección inconsciente del hombre, aplicados a
animales domésticos y plantas cultivadas, me parece casi seguro que si los
individuos de un sexo, durante una larga serie de generaciones, prefirieran
aparearse con ciertos individuos del otro sexo, caracterizados de alguna manera
peculiar, la descendencia se modificaría lenta pero seguramente de la misma
manera. No he intentado ocultar que, salvo cuando los machos son más numerosos
que las hembras o cuando prevalece la poligamia, es dudoso que los machos más
atractivos logren dejar una gran cantidad de descendientes que hereden su
superioridad en adornos u otros encantos sobre los machos menos atractivos;
pero he demostrado que esto probablemente se deba a que las hembras,
especialmente las más vigorosas, que serían las primeras en reproducirse,
prefieren no solo a los machos más atractivos, sino también a los más vigorosos
y victoriosos.
Aunque tenemos evidencia fehaciente
de que las aves aprecian los objetos brillantes y bellos, como las aves
jardineras australianas, y aunque ciertamente aprecian el poder del canto,
admito plenamente que es asombroso que las hembras de muchas aves y algunos
mamíferos tengan el gusto suficiente para apreciar los adornos, algo que con
razón atribuimos a la selección sexual; y esto es aún más asombroso en el caso
de reptiles, peces e insectos. Pero en realidad sabemos poco sobre la mente de
los animales inferiores. No se puede suponer, por ejemplo, que los machos de
las aves del paraíso o los pavos reales se tomen tantas molestias en erigir,
extender y vibrar sus hermosas plumas ante las hembras sin ningún propósito.
Debemos recordar el hecho, mencionado con excelente autoridad en un capítulo
anterior, de que varias pavas reales, al ser privadas de un macho admirado,
permanecieron viudas durante toda una temporada en lugar de aparearse con otra
ave.
Sin embargo, no conozco ningún hecho
en la historia natural más maravilloso que el hecho de que la hembra del faisán
Argos aprecie el exquisito sombreado de los adornos en forma de rótula y los
elegantes diseños de las plumas de las alas del macho. Quien piense que el
macho fue creado tal como existe ahora debe admitir que las grandes plumas, que
impiden que las alas se usen para volar, y que se exhiben durante el cortejo y
en ningún otro momento de una manera peculiar de esta especie, le fueron
otorgadas como adorno. De ser así, debe admitir también que la hembra fue
creada y dotada con la capacidad de apreciar tales adornos. Solo difiero en la
convicción de que el macho del faisán Argos adquirió su belleza gradualmente,
mediante la preferencia de las hembras durante muchas generaciones por los
machos más ornamentados; la capacidad estética de las hembras se ha
desarrollado mediante el ejercicio o la costumbre, al igual que nuestro gusto
se perfecciona gradualmente. En el macho, gracias a la afortunada casualidad de
que algunas plumas se mantuvieran sin cambios, podemos rastrear claramente cómo
manchas simples con un ligero sombreado leonado en un lado pueden haberse
desarrollado en pequeños pasos hasta convertirse en los maravillosos adornos en
forma de bola y cavidad; y es probable que en realidad se hayan desarrollado
así.
Todo aquel que admita el principio de
la evolución, y sin embargo tenga gran dificultad para admitir que las hembras
de mamíferos, aves, reptiles y peces hayan adquirido el elevado gusto que
implica la belleza de los machos, y que generalmente coincide con nuestro
propio estándar, debería reflexionar que las células nerviosas del cerebro,
tanto en los miembros superiores como en los inferiores de la serie de los
vertebrados, derivan de las del progenitor común de este gran reino. Así,
podemos ver cómo ciertas facultades mentales, en diversos y muy distintos
grupos de animales, se han desarrollado prácticamente de la misma manera y en
casi el mismo grado.
El lector que se haya tomado la
molestia de leer los diversos capítulos dedicados a la selección sexual podrá
juzgar hasta qué punto las conclusiones a las que he llegado están respaldadas
por evidencia suficiente. Si acepta estas conclusiones, creo que puede
extenderlas con seguridad a la humanidad; pero sería superfluo repetir aquí lo
que he dicho recientemente sobre cómo la selección sexual aparentemente ha
actuado en el hombre, tanto en el sexo masculino como en el femenino, causando
que ambos sexos difieran en cuerpo y mente, y que las diversas razas difieran
entre sí en diversos caracteres, así como de sus antiguos y modestos
progenitores.
Quien admita el principio de la
selección sexual llegará a la notable conclusión de que el sistema nervioso no
solo regula la mayoría de las funciones corporales existentes, sino que también
ha influido indirectamente en el desarrollo progresivo de diversas estructuras
corporales y de ciertas cualidades mentales. El coraje, la pugnacidad, la
perseverancia, la fuerza y el tamaño corporal, las armas de todo tipo, los
órganos musicales, tanto vocales como instrumentales, los colores brillantes y
los adornos ornamentales han sido adquiridos indirectamente por uno u otro
sexo, mediante la elección, la influencia del amor y los celos, y la
apreciación de la belleza en el sonido, el color o la forma; y estas facultades
de la mente dependen manifiestamente del desarrollo del cerebro.
El hombre examina con escrupuloso
cuidado el carácter y el pedigrí de sus caballos, ganado y perros antes de
emparejarlos; pero cuando llega el momento de casarse, rara vez, o nunca,
presta la misma atención. Lo impulsan casi los mismos motivos que a los
animales inferiores, cuando se les deja a su libre albedrío, aunque él es tan
superior a ellos que valora mucho los encantos y las virtudes mentales. Por
otro lado, se siente fuertemente atraído por la mera riqueza o el rango. Sin
embargo, mediante la selección, podría hacer algo no solo por la constitución
física y la estructura de su descendencia, sino también por sus cualidades
intelectuales y morales. Ambos sexos deberían abstenerse del matrimonio si son
notablemente inferiores física o mentalmente; pero tales esperanzas son
utópicas y nunca se realizarán, ni siquiera parcialmente, hasta que se conozcan
a fondo las leyes de la herencia. Todo aquel que contribuye a este fin presta
un buen servicio. Cuando se comprendan mejor los principios de la crianza y la
herencia, no escucharemos a miembros ignorantes de nuestra legislatura rechazar
con desprecio un plan para determinar si los matrimonios consanguíneos son o no
perjudiciales para el hombre.
El avance del bienestar de la
humanidad es un problema sumamente complejo: todos aquellos que no puedan
evitar la pobreza extrema para sus hijos deberían abstenerse de casarse; pues
la pobreza no solo es un gran mal, sino que tiende a su propio aumento al
conducir a la imprudencia en el matrimonio. Por otro lado, como ha señalado el
Sr. Galton, si los prudentes evitan el matrimonio, mientras que los imprudentes
se casan, los miembros inferiores tienden a suplantar a los mejores miembros de
la sociedad. El hombre, como cualquier otro animal, sin duda ha ascendido a su
actual condición superior mediante una lucha por la existencia derivada de su
rápida multiplicación; y si ha de ascender aún más, es de temer que deba seguir
sujeto a una lucha severa. De lo contrario, se hundiría en la indolencia, y los
hombres más dotados no tendrían más éxito en la batalla de la vida que los
menos dotados. Por lo tanto, nuestra tasa natural de crecimiento, aunque
conlleva muchos y obvios males, no debe verse disminuida en gran medida bajo
ningún concepto. Debería haber una competencia abierta para todos los hombres;
Y las leyes o costumbres no deberían impedir que los más capaces triunfen y
críen el mayor número de descendientes. Si bien la lucha por la existencia ha
sido y sigue siendo importante, en lo que respecta a la parte más elevada de la
naturaleza humana, existen otros factores más importantes. Pues las cualidades
morales se desarrollan, directa o indirectamente, mucho más por los efectos del
hábito, la capacidad de razonamiento, la instrucción, la religión, etc., que
por la selección natural; aunque a esta última pueden atribuirse con seguridad
los instintos sociales, que sentaron las bases para el desarrollo del sentido
moral.
La principal conclusión a la que se
llega en esta obra, a saber, que el hombre desciende de una forma organizada
inferior, lamento pensar que resultará sumamente desagradable para muchos. Pero
es difícil dudar de que descendemos de bárbaros. El asombro que sentí al ver
por primera vez a un grupo de fueguinos en una costa salvaje y quebrada nunca
lo olvidaré, pues la reflexión me asaltó de inmediato: así eran nuestros
antepasados. Estos hombres estaban completamente desnudos y embadurnados de
pintura, con el pelo largo enredado, la boca llena de espuma por la excitación
y una expresión salvaje, sobresaltada y desconfiada. Apenas poseían artes
marciales y, como animales salvajes, vivían de lo que podían atrapar; carecían
de gobierno y eran despiadados con todo aquel que no perteneciera a su propia
tribu. Quien haya visto a un salvaje en su tierra natal no sentirá mucha
vergüenza si se ve obligado a reconocer que por sus venas corre la sangre de
una criatura más humilde. Por mi parte, preferiría descender de aquel heroico
monito que se enfrentó a su temible enemigo para salvar la vida de su cuidador,
o de aquel viejo babuino que, descendiendo de las montañas, se llevó en triunfo
a su joven camarada de entre una multitud de perros atónitos, como de un
salvaje que se deleita en torturar a sus enemigos, ofrece sacrificios
sangrientos, practica el infanticidio sin remordimientos, trata a sus esposas
como esclavas, no conoce la decencia y está acosado por las más groseras
supersticiones.
Se puede disculpar al hombre por
sentir cierto orgullo por haber ascendido, aunque no por su propio esfuerzo, a
la cima misma de la escala orgánica; y el hecho de haberlo hecho así, en lugar
de haber sido colocado allí originalmente, puede darle esperanzas de un destino
aún más elevado en un futuro lejano. Pero aquí no nos ocupamos de esperanzas ni
temores, solo de la verdad, hasta donde nuestra razón nos permite descubrirla;
y he presentado la evidencia lo mejor que he podido. Sin embargo, debemos reconocer,
según me parece, que el hombre, con todas sus nobles cualidades, con la
compasión que siente por los más degradados, con la benevolencia que se
extiende no solo a los demás hombres sino a la criatura viviente más humilde,
con su intelecto divino que ha penetrado en los movimientos y la constitución
del sistema solar —con todos estos poderes exaltados—, aún lleva en su
estructura corporal la huella indeleble de su origen humilde.
NOTA COMPLEMENTARIA.
SOBRE LA SELECCIÓN SEXUAL EN RELACIÓN
CON LOS MONOS.
Reimpreso de NATURE, 2 de noviembre
de 1876, pág. 18.
En la discusión sobre la selección
sexual en mi libro "El origen del hombre", ningún caso me interesó ni
me dejó tan perplejo como los brillantes colores de las extremidades traseras y
las partes adyacentes de ciertos monos. Como estas partes son más brillantes en
un sexo que en el otro, y se vuelven más brillantes durante la época del amor,
concluí que los colores se habían adquirido como atracción sexual. Sabía
perfectamente que así me exponía al ridículo; aunque, de hecho, no es más
sorprendente que un mono exhiba su brillante rojo trasero que que un pavo real
exhiba su magnífica cola. Sin embargo, en ese momento no tenía evidencia de que
los monos exhibieran esta parte de su cuerpo durante el cortejo; y tal
exhibición en el caso de las aves constituye la mejor prueba de que los adornos
de los machos les son útiles al atraer o excitar a las hembras. Recientemente
he leído un artículo de Joh. von Fischer, de Gotha, publicó en 'Der Zoologische
Garten', abril de 1876, sobre la expresión de los monos bajo diversas
emociones, un artículo que merece la pena estudiar para cualquier persona
interesada en el tema y que demuestra que el autor es un observador cuidadoso y
agudo. En este artículo se describe el comportamiento de un joven mandril macho
cuando se vio por primera vez en un espejo, y se añade que, tras un tiempo, se
giró y presentó su trasero rojo al espejo. En consecuencia, escribí al señor J.
von Fischer para preguntarle qué suponía que significaba esta extraña acción, y
me envió dos largas cartas llenas de detalles nuevos y curiosos, que espero se
publiquen más adelante. Comenta que al principio él mismo se sintió perplejo
por la acción mencionada, lo que le llevó a observar con atención a varios
individuos de otras especies de monos, que ha mantenido durante mucho tiempo en
su casa. Descubre que no solo el mandril (Cynocephalus mormon), sino también el
dril (C. leucophaeus) y otras tres especies de babuinos (C. hamadryas, C.
esfinge y C. babuino), así como el Cynopithecus niger, el Macacus rhesus y el
Macacus nemestrinus, giran esta parte de su cuerpo, que en todas estas especies
presenta colores más o menos brillantes, hacia él cuando les agrada, y hacia
otras personas a modo de saludo. Se esforzó por corregir este hábito indecoroso
de un Macacus rhesus, que había tenido durante cinco años, y finalmente lo
logró. Estos monos son particularmente propensos a actuar de esta manera,
sonriendo al mismo tiempo, cuando se les presenta por primera vez a un mono
nuevo, pero a menudo también a sus viejos amigos monos; y tras esta exhibición
mutua, comienzan a jugar juntos. El joven mandril dejó de actuar así
espontáneamente con su amo, von Fischer, después de un tiempo, pero continuó
haciéndolo con desconocidos y con monos nuevos. Un joven Cynopithecus niger
nunca actuó así, salvo en una ocasión, con su amo, pero sí con frecuencia con
desconocidos, y continúa haciéndolo hasta la actualidad.A partir de estos
hechos, Von Fischer concluye que los monos que se comportaron de esta manera
ante un espejo (a saber, el mandril, el dril, el Cynopithecus niger, el Macacus
rhesus y el nemestrinus) actuaron como si su reflejo fuera un nuevo conocido.
El mandril y el dril, que tienen sus extremidades traseras especialmente
ornamentadas, lo exhiben incluso de jóvenes, con mayor frecuencia y ostentación
que las otras especies. Le sigue el Cynocephalus hamadryas, mientras que las
otras especies actúan de esta manera con menos frecuencia. Sin embargo, los
individuos de la misma especie varían en este aspecto, y algunos, que eran muy tímidos,
nunca exhibieron sus extremidades traseras. Cabe destacar especialmente que Von
Fischer nunca ha visto a ninguna especie exhibir deliberadamente la parte
trasera de su cuerpo, ni siquiera coloreada. Esta observación se aplica a
muchos individuos de Macacus cynomolgus y Cercocebus radiatus (que es
estrechamente emparentado con M. rhesus), a tres especies de Cercopithecus y a
varios monos americanos. La costumbre de girar los cuartos traseros como saludo
a un viejo amigo o a un nuevo conocido, que nos parece tan extraña, no es en
realidad más extraña que las costumbres de muchos salvajes, por ejemplo, la de
frotarse el vientre con las manos o frotarse las narices. El hábito del mandril
y el taladro parece ser instintivo o heredado, ya que era adoptado por animales
muy jóvenes; pero se modifica o guía, como tantos otros instintos, por la
observación, pues Von Fischer dice que se esfuerzan por exhibir su instinto con
plenitud; y si lo hacen ante dos observadores, se vuelven hacia el que parece
prestar más atención.pues Von Fischer dice que se esfuerzan por hacer su
exhibición completa, y si la hacen delante de dos observadores, se vuelven
hacia aquel que parece prestar más atención.pues Von Fischer dice que se
esfuerzan por hacer su exhibición completa, y si la hacen delante de dos
observadores, se vuelven hacia aquel que parece prestar más atención.
Respecto al origen del hábito, Von
Fischer comenta que a sus monos les gusta que les acaricien el trasero desnudo,
y que luego gruñen de placer. A menudo también les ofrecen esta parte del
cuerpo a otros monos para que les quiten la suciedad, lo que sin duda se
relacionaría con las espinas. Pero este hábito en los animales adultos está
relacionado en cierta medida con las sensaciones sexuales, pues Von Fischer
observó a través de una puerta de cristal a una hembra de Cynopithecus niger, y
ella durante varios días, “umdrehte und dem Männchen mit gurgelnden Tönen die
stark geröthete Sitzflache zeigte, was ich früher nie an diesem Thier bemerkt
hatte. Gegenstandes erregte sich das Männchen sichtlich, denn es polterte
heftig an den Stäben, ebenfalls gurgelnde Laute ausstossend.” Como todos los
monos que tienen las partes posteriores del cuerpo de colores más o menos
brillantes viven, según Von Fischer, en lugares abiertos y rocosos, piensa que
estos colores sirven para hacer que un sexo sea visible a distancia respecto
del otro; Pero, como los monos son animales tan gregarios, habría pensado que
no era necesario que los sexos se reconocieran a distancia. Me parece más
probable que los colores brillantes, ya sea en la cara o en el trasero, o, como
en el mandril, en ambos, sirvan como adorno y atractivo sexual. En cualquier
caso, como ahora sabemos que los monos tienen la costumbre de girar el trasero
hacia otros monos, deja de ser sorprendente que esta parte de su cuerpo haya
sido más o menos decorada. El hecho de que solo los monos así caracterizados,
hasta donde se sabe actualmente, actúen de esta manera como saludo hacia otros
monos hace dudoso si el hábito se adquirió primero por alguna causa
independiente, y si posteriormente las partes en cuestión se colorearon como
adorno sexual; o si el colorido y el hábito de girar se adquirieron primero por
variación y selección sexual, y si posteriormente el hábito se conservó como
señal de placer o como saludo, mediante el principio de asociación hereditaria.
Este principio aparentemente entra en juego en muchas ocasiones: así, se admite
generalmente que los cantos de los pájaros sirven principalmente como atracción
durante la temporada de amor, y que los leks, o grandes congregaciones de
gallos lira, están relacionados con su cortejo; pero algunos pájaros han
conservado el hábito de cantar cuando se sienten felices, por ejemplo el
petirrojo común, y el gallo lira ha conservado el hábito de congregarse durante
otras estaciones del año.
Me permito referirme a otro punto en
relación con la selección sexual. Se ha objetado que esta forma de selección,
en lo que respecta a los adornos de los machos, implica que todas las hembras
de una misma región deben poseer y practicar exactamente el mismo gusto. Sin
embargo, cabe observar, en primer lugar, que si bien el rango de variación de
una especie puede ser muy amplio, no es en absoluto indefinido. En otro lugar
he dado un buen ejemplo de este hecho en la paloma, de la cual existen al menos
cien variedades con amplias diferencias de color, y al menos veinte variedades
de aves con diferencias similares; pero la gama de color en estas dos especies
es extremadamente distinta. Por lo tanto, las hembras de las especies naturales
no pueden tener un espectro ilimitado para su gusto. En segundo lugar, supongo
que ningún defensor del principio de selección sexual cree que las hembras
seleccionen puntos de belleza particulares en los machos; simplemente se
sienten más excitadas o atraídas por un macho que por otro, y esto parece
depender a menudo, especialmente en las aves, de la brillante coloración. Ni
siquiera el hombre, exceptuando quizás a un artista, analiza las sutiles
diferencias en los rasgos de la mujer que admira, de las cuales depende su
belleza. El mandril macho no solo tiene la parte trasera de su cuerpo, sino
también su rostro magníficamente coloreado y marcado con crestas oblicuas,
barba amarilla y otros adornos. Podemos inferir de lo que observamos sobre la
variación de los animales domesticados que los diversos adornos del mandril
fueron adquiridos gradualmente por un individuo que variaba ligeramente en un
aspecto y otro individuo en otro. Los machos que eran más hermosos o más
atractivos para las hembras se apareaban con más frecuencia y dejaban bastante
más descendencia que otros machos. La descendencia de los primeros, aunque
cruzada de diversas maneras, heredaba las peculiaridades de sus padres o
transmitía una mayor tendencia a variar de la misma manera. En consecuencia,
todo el conjunto de machos que habitaban la misma región tendía, por los
efectos del cruzamiento constante, a modificarse casi uniformemente, a veces un
poco más en un carácter y a veces en otro, aunque a un ritmo extremadamente
lento. Todo esto, en última instancia, se vuelve más atractivo para las
hembras. El proceso es similar al que he llamado selección inconsciente por
parte del hombre, y del cual he dado varios ejemplos. En un país, los
habitantes valoran un perro o caballo veloz o ligero, y en otro, uno más pesado
y poderoso; en ninguno de los dos países se seleccionan animales individuales
con cuerpos y extremidades más ligeros o fuertes; sin embargo, después de un
período considerable de tiempo, se descubre que los individuos se han
modificado de la manera deseada de manera casi uniforme, aunque de manera
diferente en cada país. En dos países absolutamente distintos habitados por la
misma especie,cuyos individuos nunca podrían haber migrado ni cruzado durante
largos períodos, y donde, además, las variaciones probablemente no hayan sido
idénticas, la selección sexual podría causar diferencias entre los machos.
Tampoco me parece del todo fantasiosa la creencia de que dos grupos de hembras,
rodeadas de un entorno muy distinto, sean propensas a adquirir gustos
ligeramente distintos en cuanto a forma, sonido o color. Sea como fuere, en mi
«Descendencia del Hombre» he dado ejemplos de aves estrechamente emparentadas
que habitan países distintos, de las cuales no se pueden distinguir las crías
de las hembras, mientras que los machos adultos difieren considerablemente, y
esto puede atribuirse con gran probabilidad a la acción de la selección sexual.
ÍNDICE. — Abad, C., sobre las
batallas de las focas.
Abductor del quinto metatarsiano,
presencia de, en el hombre.
Abercrombie, Dr., sobre la enfermedad
del cerebro que afecta el habla.
Abipones, costumbres matrimoniales de
los.
Aborto, prevalencia de su práctica.
Abu Simbel, cuevas de.
Abramis brama.
Abstracción, poder de, en los
animales.
Acalles, estridulación de.
Acanthodactylus capensis, diferencias
sexuales de color en.
Acentor Modularis.
Aclimatación, diferencia de, en
diferentes razas de hombres.
Achetidae, estridulación de los;
órganos estriduladores rudimentarios en la hembra.
Acilius sulcatus, élitros de la
hembra.
Acomus, desarrollo de espolones en la
hembra de.
Acridiidae, estridulación de los;
órganos estriduladores rudimentarios en la hembra.
Músculo acromio-basilar y marcha
cuadrúpeda.
Interino.
Actiniae, colores brillantes de.
Adams, Sr., migración de aves;
información sobre la eclosión de nueces; sobre la Bombycilla carolinensis.
Mariposa almirante.
Adopción de crías de otros animales
por monas.
Avance en la escala orgánica,
definición de Von Baer.
Aeby, sobre la diferencia entre los
cráneos del hombre y los cuadrumanos.
Facultad estética, poco desarrollada
en los salvajes.
Afecto maternal; manifestación de los
animales; paternal y filial, en parte resultado de la selección natural; mutuo,
de las aves; mostrado por las aves en confinamiento, hacia ciertas personas.
África, probablemente la cuna del
hombre; Sur, población cruzada de; Sur, conservación del color por los
holandeses en; Sur, proporción de los sexos en las mariposas de; tatuaje
practicado en; Norte, peinado de los nativos de.
Agassiz, L., sobre la conciencia en
los perros; sobre la coincidencia de las razas del hombre con las provincias
zoológicas; sobre el número de especies del hombre; sobre el cortejo de los
caracoles terrestres; sobre el brillo de los colores de los peces machos
durante la época de cría; sobre la protuberancia frontal de los machos de
Geophagus y Cichla; peces machos que eclosionan sus huevos en la boca;
diferencias sexuales en el color de los cromidos; sobre las ligeras diferencias
sexuales de los sudamericanos; sobre los tatuajes de los indios amazónicos.
Edad, en relación con la transmisión
de caracteres en las aves; variación de acuerdo con, en las aves.
Agelaeus phoeniceus.
Ageronia feronia, ruido producido
por.
Agrión, dimorfismo en.
Agrion Ramburii, sexos de.
Agrionidae, diferencia en los sexos
de.
Agrotis exclamationis.
Fiebre paludista, terciaria, perro
que padece de.
Ainos, vellosidad de la.
Aitchison, Sr., sobre las ovejas.
Aithurus polytmus, cría de.
Aves albinas.
Alca torda, joven de.
Alces palmata.
Alder y Hancock, MM., sobre los
moluscos nudibranquios.
Allen, JA, vigor de las aves que
nacen más temprano; efecto de la diferencia de temperatura, luz, etc., sobre
las aves; colores de las aves; sobre el tamaño relativo de los sexos de
Callorhinus ursinus; sobre el nombre de Otaria jubata; sobre el apareamiento de
las focas; sobre las diferencias sexuales en el color de los murciélagos.
Allen, S., sobre los hábitos de
Hoplopterus; sobre las plumas de las garzas; sobre la muda primaveral de
Herodius bubulcus.
Caimán, cortejo del macho; rugido del
macho.
Amadavat, pugnacidad del macho.
Amadina Lathami, exhibición de
plumaje por parte del macho.
Amadina castanotis, exhibición de
plumaje por parte del macho.
Amazonas, mariposas de las; peces de
las.
América, variación en los cráneos de
los aborígenes de; amplia gama de aborígenes de; piojos de los nativos de;
imberbe general de los nativos de.
América del Norte, mariposas de;
indios de, mujeres, causa de conflicto entre los; indios de, sus nociones de
belleza femenina.
América del Sur, carácter de los
nativos de; población de partes de; montones de piedras en; extinción del
caballo fósil de; aves del desierto de; ligera diferencia sexual de los
aborígenes de; prevalencia del infanticidio en.
Lenguas americanas, a menudo muy
artificiales.
Americanos, amplia gama geográfica
de; nativos, variabilidad de; y negros, diferencia de; aversión de, al cabello
en la cara.
Ammophila, en las mandíbulas de.
Ammotragus tragelaphus, patas
delanteras peludas de.
Anfibios, afinidad de, con los peces
ganoides; órganos vocales de los.
Anfibios que se reproducen mientras
son inmaduros.
Anfioxo.
Anfípodos, los machos alcanzan la
madurez sexual cuando son jóvenes.
Amunoph III., carácter negro de,
rasgos de.
Apéndices anales de insectos.
Variación análoga en el plumaje de
las aves.
Anas.
Anas acuta, plumaje del macho.
Anas boschas, plumaje macho de.
Anas histriónica.
Anas punctata.
Anastomus oscitans, sexos y crías de;
plumaje nupcial blanco de.
Anatidae, voces de.
Anax junius, diferencias en los sexos
de.
Los isleños de Andamán, susceptibles
al cambio climático.
Anderson, Dr., en la cola de Macacus
brunneus; el Bufo sikimmensis; sonidos de Echis carinata.
Andreana fulva.
Anglosajones, estimación de la barba
entre los.
Animales domésticos, más fértiles que
los salvajes; crueldad de los salvajes hacia los animales; caracteres comunes
al hombre y a los animales domésticos; cambio de razas.
Annelida, colores de.
Anobium tessellatum, sonidos
producidos por.
Anolis cristatellus, macho, cresta
de; pugnacidad del macho; bolsa de la garganta de.
Anser canadensis.
Anset cygnoides; protuberancia en la
base del pico de.
Anser hyperboreus, blancura de.
Antílope, berrendo, cuernos de.
Antílopes, generalmente polígamos;
cuernos de; dientes caninos de algunos machos; uso de cuernos de; crestas
dorsales en; papadas de; cambio invernal de dos especies de; marcas peculiares
de.
Antenas, provistas de cojines en el
macho de Penthe.
Anthidium manicatum, macho grande de.
Anthocharis cardamines; diferencia
sexual de color en.
Anthocharis genutia.
Anthocharis sara.
Anthophora acervorum, macho grande
de.
Anthophora retusa, diferencia de
sexos en.
Antrópidos.
Anthus, muda de.
Payasadas de pájaros.
Antigua, Observaciones del Dr.
Nicholson sobre la fiebre amarilla en.
Antilocapra americana, cuernos de.
Antilope bezoartica, hembras con
cuernos; diferencia sexual en el color de.
Antilope Dorcas y euchore.
Antilope euchore, cuernos de.
Antilope montana, caninos
rudimentarios en el macho joven.
Antilope niger, sing-sing, caama y
gorgona, diferencias sexuales en los colores de.
Antilope oreas, cuernos de.
Antilope saiga, de hábitos polígamos.
Antilope strepsiceros, cuernos de.
Antilope subgutturosa, ausencia de
fosas suborbitales.
Antipatía que muestran los pájaros en
cautiverio hacia ciertas personas.
Hormigas, gran tamaño de los ganglios
cerebrales en; soldado, grandes mandíbulas de; jugando juntos; memoria en;
intercomunicación de, por medio de las antenas; hábitos de; diferencia de los
sexos en; reconocimiento mutuo por, después de la separación.
Hormigas Blancas, hábitos de.
Anura.
Apatania muliebris, macho
desconocido.
Apathus, diferencia de sexos en.
Apatura Iris.
Simios, diferencia de los jóvenes
respecto de los adultos; actitud semierecta de algunos; procesos mastoides de;
influencias de los músculos de la mandíbula en la fisonomía de; hembra,
desprovista de caninos grandes; plataformas de construcción; facultades
imitativas de; antropomorfo; probable exterminio rápido de los; Gratiolet en la
evolución de; dientes caninos del macho; hembras de algunos, menos peludas por
debajo que los machos.
Simios, de brazos largos, su modo de
progresión.
Afasia, Dr. Bateman sobre.
Apis mellifica, macho grande de.
Apolo, estatuas griegas de.
Apoplejía en Cebus Azarae.
Apéndices anales de insectos.
Aprobación, influencia del amor de.
Aprosmictus escapulatus.
Apus, proporción de sexos.
Aves acuáticas, frecuencia de plumaje
blanco en.
Águila crisaetos.
Mujeres árabes, peinado elaborado y
peculiar.
Árabes, fertilidad de cruces con
otras razas; cortes en mejillas y sienes entre ellos.
Arácnidos.
Arakhan, ensanchamiento artificial de
la frente realizado por los nativos de.
Arboricola, joven de.
Arqueoptérix.
Arctiidae, coloración de la.
Ardea asha, rufescens y coerulea,
cambio de color en.
Ardea coerulea, cría en plumaje
inmaduro.
Ardea gularis, cambio de plumaje en.
Ardea herodias, gestos amorosos del
varón.
Ardea ludoviciana, edad del plumaje
maduro en; crecimiento continuo de la cresta y plumas en el macho de.
Ardea nycticorax, gritos de.
Ardeola, joven de.
Ardetta, cambios de plumaje en.
Argenteuil.
Faisán Argus, exhibición del plumaje
del macho; manchas oceladas del; gradación de caracteres en el.
Argyll, duque de, sobre la debilidad
física del hombre; la fabricación de herramientas peculiares del hombre; sobre
la lucha en el hombre entre el bien y el mal; sobre la civilización primitiva
del hombre; sobre el plumaje del faisán Argus macho; sobre Urosticte Benjamini;
sobre los nidos de los pájaros.
Argynnis, coloración de la superficie
inferior de.
Aricoris epitus, diferencias sexuales
en las alas de.
Aristocracia, aumento de la belleza
de la.
Brazos, proporciones de, en soldados
y marineros; dirección del cabello en el.
Brazos y manos, libre uso de los
mismos, indirectamente correlacionado con disminución de caninos.
Detención del desarrollo.
Puntas de flecha, piedra, parecido
general a.
Flechas, uso de.
Arterias, variaciones en el recorrido
de las.
Arteria, efecto de la atadura, sobre
los canales laterales.
Artrópodos.
Artes practicadas por salvajes.
Ascensión, incrustaciones coloreadas
en las rocas de.
Ascidia, afinidad de la lanceta a;
larvas parecidas a renacuajos de.
Ascidias, algunos de colores
brillantes.
Asinus, especie asiática y africana
de.
Asinus taeniopus.
Asno, variaciones de color del.
Ateles, efectos del brandy en un;
ausencia del pulgar en.
Ateles beelzebuth, orejas de.
Ateles marginatus, color del collar
de; pelo de la cabeza de.
Ateuchus cicatricosus, hábitos de.
Ateuco, estridulación de.
Athalia, proporciones de los sexos
en.
Atropus pulsatorius.
Atención, manifestaciones de, en
animales.
Audouin, V., sobre un parásito
himenóptero con un macho sedentario.
Audubon, JJ, sobre el ganso pinado;
sobre el espéculo de Mergus cucullatus; sobre la pugnacidad de los pájaros
machos; sobre el cortejo de Caprimulgus; sobre Tetrao cupido; sobre Ardea
nycticorax; sobre Sturnella ludoviciana; sobre los órganos vocales de Tetra
cupido; sobre el tamborileo del macho Tetrao umbellus; sobre los sonidos
producidos por el chotacabras; sobre Ardea herodias y Cathartes jota; sobre
Mimus polyglottus; sobre la exhibición en los pájaros machos; sobre el cambio
de color primaveral en algunos pinzones; sobre la migración de los zorzales
sinsontes; reconocimiento de un perro por un pavo; selección de pareja por las
hembras; sobre el pavo; sobre la variación en el tángara escarlata macho; sobre
la rata almizclera; sobre los hábitos de Pyranga aestiva; sobre las diferencias
locales en los nidos de la misma especie de pájaros; sobre los hábitos de los
pájaros carpinteros; sobre Bombycilla carolinensis; sobre las hembras jóvenes
de Pyranga aestiva que adquieren caracteres masculinos; sobre el plumaje
inmaduro de los zorzales; sobre el plumaje inmaduro de las aves; sobre las aves
que se reproducen con plumaje inmaduro; sobre el crecimiento de la cresta y el
penacho en el macho de Ardea ludoviciana; sobre el cambio de color en algunas
especies de Ardea.
Audobon y Bachman, MM., sobre las
ardillas peleando; sobre el lince canadiense.
Aughey, Prof., sobre las serpientes
de cascabel.
Austen, NL, sobre Anolis
cristatellus.
Australia, no la cuna del hombre;
mestizos asesinados por los nativos de; piojos de los nativos de.
Australia, Sur, variación en los
cráneos de los aborígenes de.
Australianos, color de los recién
nacidos; altura relativa de los sexos de; mujeres, una causa de guerra entre
los.
Ciervo axis, diferencia sexual en el
color de la.
Aymaras, medidas de los; sin canas
entre los; falta de pelo en la cara en los; cabello largo de los.
Azara, sobre la proporción de hombres
y mujeres entre los guaraníes; sobre la Palamedea cornuta; sobre las barbas de
los guaraníes; sobre la lucha por las mujeres entre los guanas; sobre el
infanticidio; sobre la extirpación de las cejas y pestañas por los indios del
Paraguay; sobre la poliandria entre los guanas; el celibato desconocido entre
los salvajes de América del Sur; sobre la libertad del divorcio entre los
charrúas.
Babbage C., sobre la mayor proporción
de nacimientos ilegítimos de niñas.
Babirusa, colmillos de la.
Babuino, venganza en un; rabia
excitada en, por la lectura; manifestación de memoria por un; empleando una
estera como refugio contra el sol; protegido del castigo por sus compañeros.
Babuino, Cabo, melena del macho;
Hamadryas, melena del macho.
Babuino, efectos de licores
intoxicantes en; oídos de; diversidad de facultades mentales en; manos de;
hábitos de; variabilidad de la cola en; manifestación de afecto maternal por;
uso de piedras y palos como armas; cooperación de; silencio de, en expediciones
de saqueo; aparente poligamia de; hábitos polígamos y sociales de.
Babuinos, cortejo de.
Bachman, Dr., sobre la fertilidad de
las mulatas.
Baer, KE von, sobre el desarrollo
embrionario; definición de avance en la escala orgánica.
Bagehot, W., sobre las virtudes
sociales entre los hombres primitivos; la esclavitud antiguamente beneficiosa;
sobre el valor de la obediencia; sobre el progreso humano; sobre la
persistencia de las tribus salvajes en los tiempos clásicos.
Bailly, EM, sobre el modo de lucha
del búfalo italiano; sobre la lucha de los ciervos.
Bain, A., sobre el sentido del deber;
la ayuda que nace de la simpatía; sobre la base de la simpatía; sobre el amor a
la aprobación, etc.; sobre la idea de la belleza.
Baird, W., sobre una diferencia de
color entre los machos y las hembras de algunos Entozoa.
Baker, Sr., observación sobre la
proporción de sexos en los polluelos de faisán.
Baker, Sir S., sobre la afición de
los árabes por la música discordante; sobre la diferencia sexual en los colores
de un antílope; sobre el elefante y el rinoceronte que atacan a caballos
blancos o grises; sobre las desfiguraciones practicadas por los negros; sobre
los cortes en las mejillas y las sienes practicados en los países árabes; sobre
el peinado de los norteafricanos; sobre la perforación del labio inferior por
las mujeres de Latooka; sobre los caracteres distintivos del peinado de las
tribus de África central; sobre el peinado de las mujeres árabes.
“Balz” del gallo negro.
Bantam, Sebright.
Banteng, cuernos de; diferencias
sexuales en los colores de los.
Banyai, color del.
Barbarie, primitiva, de las naciones
civilizadas.
Púas filamentosas de las plumas en
ciertas aves.
Barr, Sr., sobre la preferencia
sexual en los perros.
Barrago, F., sobre las semejanzas
simiescas del hombre.
Barrington, Daines, sobre el lenguaje
de los pájaros; sobre el cacareo de la gallina; sobre el objeto del canto de
los pájaros; sobre el canto de las hembras; sobre los pájaros que adquieren los
cantos de otras aves; sobre los músculos de la laringe en los pájaros cantores;
sobre la falta de capacidad para cantar en las hembras.
Barrow, sobre el pájaro viudo.
Bartels, Dr., mamas supernumerarias
en los hombres.
Bartlett, d. C., período de eclosión
de los huevos de las aves; sobre el tragopán; sobre el desarrollo de los
espolones en Crossoptilon auritum; sobre las peleas de los machos de
Plectopterus gambensis; sobre el nudo; sobre la exhibición en los pájaros machos;
sobre la exhibición del plumaje por el macho de Polyplectron; sobre
Crossoptilon auritum y Phasianus Wallichii; sobre los hábitos de Lophophorus;
sobre el color de la boca en Buceros bicornis; sobre la incubación del
casuario; sobre el búfalo del Cabo; sobre el uso de los cuernos de los
antílopes; sobre las peleas de los jabalíes machos; sobre Ammotragus
tragelaphus; sobre los colores de Cercopithecus cephus; sobre los colores de
las caras de los monos; sobre las superficies desnudas de los monos.
Bartlett, sobre el cortejo del faisán
de Argos.
Bartram, sobre el cortejo del caimán
macho.
Lengua vasca, altamente artificial.
Bate, CS, sobre la actividad superior
de los crustáceos machos; sobre las proporciones de los sexos en los cangrejos;
sobre las quelas de los crustáceos; sobre el tamaño relativo de los sexos en
los crustáceos; sobre los colores de los crustáceos.
Bateman, Dr., tendencia a la
imitación en ciertos estados patológicos; sobre la afasia.
Bates, HW, sobre la variación en la
forma de la cabeza de los indios amazónicos; sobre la proporción de los sexos
entre las mariposas amazónicas; sobre las diferencias sexuales en las alas de
las mariposas; sobre el grillo de campo; sobre Pyrodes pulcherrimus; sobre los
cuernos de los escarabajos Lamellicorn; sobre los colores de Epicaliae, etc.;
sobre la coloración de las mariposas tropicales; sobre la variabilidad de
Papilio Sesostris y Childrenae; sobre las mariposas macho y hembra que habitan
diferentes estaciones; sobre el mimetismo; sobre la oruga de una esfinge; sobre
los órganos vocales del pájaro paraguas; sobre los tucanes; sobre Brackyurus
calvus.
Batokas, extirpación de dos incisivos
superiores.
Batraquia, afán del macho.
Murciélagos, glándulas odoríferas;
diferencias sexuales en el color; pelaje del macho frugívoro.
Batalla, ley de; entre escarabajos;
entre aves; entre mamíferos; en el hombre.
Pico, diferencia sexual en las formas
de los; en el color de los.
Picos de pájaros, de colores
brillantes.
Barba, desarrollo de la, en el
hombre; analogía de la, en el hombre y los cuadrumanos; variación del
desarrollo de la, en diferentes razas de hombres; estimación de, entre las
naciones barbudas; origen probable de la.
Barba, en monos; de mamíferos.
Hermoso, gusto por el, en los
pájaros; en los cuadrumanos.
Belleza, sentido de, en los animales;
apreciación de, por las aves; influencia de, variabilidad del estándar de.
Belleza, sentido de, suficientemente
permanente para la acción de la selección sexual.
Beaven, Teniente, sobre el desarrollo
de los cuernos en Cervus Eldi.
Castor, instinto e inteligencia del;
voz del; castóreo del.
Castores, batallas de machos.
Bechstein, sobre las hembras que
eligen a los mejores cantores entre los machos; sobre la rivalidad entre los
pájaros cantores; sobre el canto de las hembras; sobre los pájaros que
adquieren los cantos de otros pájaros; sobre el apareamiento del canario y el
jilguero; sobre una subvariedad de la paloma monje; sobre las gallinas con
espuelas.
Beddoe, Dr., sobre las causas de la
diferencia de estatura.
Abejaruco.
Abejas, cestas de polen y picaduras
de; destrucción de zánganos y reinas por; hembras, caracteres sexuales
secundarios de; proporción de sexos; diferencia de sexos en color y selección
sexual.
Escarabajo, larva luminosa de a.
Escarabajos, tamaño de los ganglios
cerebrales en; dilatación de los antetarsos en el macho; ciegos; estridulación
de.
Bélgica, antiguos habitantes de.
Bell, Sir C., sobre los músculos
emocionales en el hombre; “músculos gruñones”; sobre la mano.
Bell, T., sobre la proporción
numérica de los sexos en los topos; sobre los tritones; sobre el croar de la
rana; sobre la diferencia en la coloración de los sexos en Zootoca vivipara;
sobre las peleas de topos.
Pájaro campana, diferencia sexual en
el color de la.
Pájaros campana, colores de.
Belt, Sr., sobre la desnudez de la
humanidad tropical; sobre un mono araña y un águila; hábitos de las hormigas;
Lampridae desagradables para los mamíferos; mimetismo de Leptalides; colores de
las ranas nicaragüenses; exhibición de colibríes; sobre los tucanes; coloración
protectora de la mofeta.
Benevolencia, manifestada por los
pájaros.
Bennett, AW, adhesión de aves
apareadas; sobre los hábitos de Dromaeus irroratus.
Bennett, Dr., sobre las aves del
paraíso.
Bereberes, fertilidad de cruces con
otras razas.
Bernicla antarctica, colores de.
Ganso Bernicle apareándose con un
ganso canadiense.
Bert, M., los crustáceos distinguen
colores.
Bettoni, E., sobre las diferencias
locales en los nidos de las aves italianas.
Beyle, M., véase Bombet.
Bhoteas, color de la barba en.
Bhringa, plumas de la cola en forma
de disco.
Bianconi, Prof., sobre las
estructuras explicadas a través de principios mecánicos.
Bibio, diferencias sexuales en el
género.
Bichat, sobre la belleza.
Bickes, proporción de sexos en el
hombre.
Bilis coloreada presente en muchos
animales.
Bimana.
Aves, imitaciones de los cantos de
otras aves por; soñando; matado por cables telegráficos; lenguaje de; sentido
de la belleza en; placer de, en la incubación; macho, incubación por; y
reptiles, alianza de; diferencias sexuales en el pico de algunos; migratorio,
llegada del macho antes que la hembra; aparente relación entre poligamia y
marcadas diferencias sexuales en; monógamo, volviéndose polígamo bajo
domesticación; afán del macho en la búsqueda de la hembra; salvaje, proporción
numérica de los sexos en; caracteres sexuales secundarios de; diferencia de
tamaño en los sexos de; peleas del macho, presenciadas por hembras; exhibición
del macho, para cautivar a las hembras; mucha atención de, a los cantos de
otros; adquiriendo el canto de sus padres adoptivos; brillantes, rara vez
buenos cantores; travesuras y bailes amorosos de; coloración de; muda de; no
apareado; macho, cantando fuera de temporada; afecto mutuo de; en
confinamiento, distinguir personas; híbrido, producción de; albino; europeo,
número de especies de; variabilidad de; distribución geográfica de la
coloración; gradación de caracteres sexuales secundarios en; color oscuro,
construye nidos ocultos; hembra joven, adquiere caracteres masculinos; cría en
plumaje inmaduro; muda de; acuático, frecuencia de plumaje blanco en; cortejo
vocal de; piel desnuda de la cabeza y el cuello en.
Birgus latro, hábitos de.
Birkbeck, Sr., sobre la búsqueda de
nuevas parejas por parte de las águilas reales.
Cuna del hombre.
Nacimientos, proporciones numéricas
de los sexos en, en animales y en el hombre; macho y hembra, proporción
numérica de, en Inglaterra.
Bischoff, Prof., sobre la
concordancia entre el cerebro del hombre y el del orangután; figura del embrión
del perro; sobre las circunvoluciones del cerebro en el feto humano; sobre la
diferencia entre los cráneos del hombre y del cuadrúmano; semejanza entre el
del mono y el del hombre.
Bishop, J., sobre los órganos vocales
de las ranas; sobre los órganos vocales de los pájaros cérvidos; sobre la
tráquea del serreta común.
Bisonte americano, cooperación de;
melena del macho.
Avetoros enanos, coloración de los
sexos de.
Biziura lobata, olor almizclado del
macho; gran tamaño del macho.
Mirlo común, diferencias sexuales en
el; proporción de los sexos en el; adquisición de un canto por; color del pico
en los sexos del; apareamiento con un tordo; colores y nidificación de los;
crías del; diferencia sexual en la coloración de los.
Antílope negro, indio, diferencia
sexual en el color de la.
Curruca capirotada, llegada del
macho, antes que la hembra; crías de la.
Gallo negro, polígamo; proporción de
los sexos en el; pugnacidad y danza amorosa del; llamado del; muda del;
duración del cortejo del; y faisán, híbridos de; diferencia sexual en la
coloración del; cerebelo ocular carmesí del.
Urogallo negro, caracteres de cría.
Blacklock, Dr., sobre la música.
Blackwall, J., sobre el habla de la
urraca; sobre el abandono de sus crías por las golondrinas; sobre la actividad
superior de las arañas macho; sobre la proporción de sexos en las arañas; sobre
la variación sexual del color en las arañas; sobre las arañas macho.
Foca de vejiga-nariz, capucha de la.
Blaine, sobre el afecto de los
perros.
Blair, Dr., sobre la relativa
vulnerabilidad de los europeos a la fiebre amarilla.
Blake, CC, en la mandíbula de La
Naulette.
Blakiston, Capitán, sobre la
agachadiza americana; sobre las danzas del Tetrao phasianellus.
Blasius, Dr., sobre las especies de
aves europeas.
Bledius taurus, procesos córneos del
macho.
Sangrado, tendencia a profuso.
Blenkiron, Sr., sobre la preferencia
sexual en los caballos.
Blenios, cresta desarrollada en la
cabeza del macho, durante la temporada de reproducción.
Blethisa multipunctata, estridulación
de.
Bloch, sobre las proporciones de los
sexos en los peces.
Sangre, arterial, color rojo de.
Faisán de sangre, número de espolones
en.
Mosca azul, sonidos producidos por.
Pechiazul, gorgirojo, diferencias
sexuales de los.
Blumenbach, sobre el hombre; sobre el
gran tamaño de las fosas nasales en los aborígenes americanos; sobre la
posición del hombre; sobre el número de especies del hombre.
Blyth, E., sobre la estructura de la
mano en las especies de Hylobates; observaciones sobre los cuervos indios;
sobre el desarrollo de los cuernos en los antílopes Koodoo y Eland; sobre la
pugnacidad de los machos de Gallicrex cristatus; sobre la presencia de
espolones en las hembras de Euplocamus erythrophthalmus; sobre la pugnacidad
del amadavat; sobre la espátula; sobre la muda de Anthus; sobre la muda de
avutardas, chorlitos y Gallus bankiva; sobre el busardo moro indio; sobre las
diferencias sexuales en el color de los ojos de los cálaos; sobre Oriolus
melanocephalus; sobre Palaeornis javanicus; sobre el género Ardetta; sobre el
halcón peregrino; sobre las hembras jóvenes que adquieren caracteres
masculinos; sobre el plumaje inmaduro de las aves; sobre especies
representativas de aves; sobre las crías de Turnix; sobre crías anómalas de
Lanius rufus y Colymbus glacialis; sobre los sexos y crías de los gorriones;
sobre el dimorfismo en algunas garzas; sobre la determinación del sexo de los
polluelos de los camachuelos arrancando las plumas del pecho; sobre la cría de
oropéndolas con plumaje inmaduro; sobre los sexos y crías de Buphus y
Anastomus; sobre las crías de curruca capirotada y mirlo común; sobre las crías
de tarabilla común; sobre el plumaje blanco de Anastomus; sobre los cuernos de
los bovinos; sobre los cuernos de Antilope bezoartica; sobre el modo de pelea
de Ovis cycloceros; sobre la voz de los gibones; sobre la cresta de la cabra
montés macho; sobre los colores de Portax picta; sobre los colores de Antilope
bezoartica; sobre el color del ciervo axis; sobre la diferencia sexual de color
en Hylobates hoolock; sobre el ciervo porcino; en la barba y los bigotes de un
mono, volviéndose blancos con la edad.
Jabalí, salvaje, polígamo en la
India; uso de los colmillos por parte de; lucha de.
Boardman, Sr., Aves albinas en EE.UU.
Boitard y Corbie, MM., sobre la
transmisión de peculiaridades sexuales en las palomas; sobre la antipatía que
muestran algunas palomas hembras hacia ciertos machos.
Atrevido, señor, al hablar del canto
de un canario híbrido estéril.
Bombet, sobre la variabilidad del
estándar de belleza en Europa.
Bombus, diferencia de sexos en.
Bombycidae, coloración de;
emparejamiento de los; colores de.
Bombycilla carolinensis, apéndices
rojos de.
Bombyx cynthia, proporción de los
sexos en; apareamiento de.
Bombyx mori, diferencia de tamaño de
los capullos de macho y hembra; apareamiento de.
Bombyx Pernyi, proporción de sexos
de.
Bombyx Yamamai, M. Personnat on;
proporción de sexos de.
Bonaparte, CL, sobre las notas de
llamada del pavo salvaje.
Bond, F., sobre la búsqueda de nuevas
parejas por parte de los cuervos.
Hueso, herramientas de fabricación,
habilidad demostrada en su fabricación.
Boner, C., sobre la transferencia de
caracteres masculinos a una hembra de rebeco vieja; sobre los hábitos de los
ciervos; sobre el apareamiento del ciervo rojo.
Huesos, aumento de longitud y grosor,
al soportar un mayor peso.
Bonizzi, P., diferencia de color en
los sexos de las palomas.
Mono de capota.
Bonwick, J., extinción de los
tasmanos.
Bumerang.
Boreus hyemalis, escasez del macho.
Bory St. Vincent, sobre el número de
especies del hombre; sobre los colores del Labrus pavo.
Bosque etrusco.
Bos gaurus, cuernos de.
Bos moschatus.
Bosque primigenio.
Bos sondaicus, cuernos de, colores
de.
Botocudos, modo de vida de;
desfiguración de las orejas y del labio inferior del.
Boucher de Perthes, JC de, sobre la
antigüedad del hombre.
Borbón, proporción de los sexos en
una especie de Papilio de.
Bourien sobre las costumbres
matrimoniales de los salvajes del archipiélago malayo.
Bóvidos, papadas de.
Pájaros jardineros, hábitos de los;
lugares de juego ornamentados de.
Arcos, uso de.
Estructura braquicefálica, posible
explicación.
Brachyura.
Brachyurus calvus, cara escarlata.
Bradley, Sr., abductor ossis
metatarsi quinti en el hombre.
Cerebro del hombre, concordancia del
mismo con el de los animales inferiores; circunvoluciones del feto humano;
influencia del desarrollo de las facultades mentales sobre el tamaño del
cerebro; influencia del desarrollo del cerebro en la columna vertebral y el
cráneo; mayor en algunos mamíferos actuales que en sus prototipos terciarios;
relación del desarrollo del cerebro con el progreso del lenguaje; enfermedad
del cerebro que afecta al habla; diferencia en las circunvoluciones del cerebro
en diferentes razas humanas; suplemento del profesor Huxley; desarrollo de los
giros y surcos.
Brakenridge, Dr., sobre la influencia
del clima.
Brandt, A., sobre los hombres
peludos.
Braubach, Prof., sobre el sentimiento
casi religioso del perro hacia su amo; sobre el autocontrol de los perros.
Brauer, F., sobre el dimorfismo en
Neurothemis.
Brasil, cráneos encontrados en cuevas
de; población de; compresión de la nariz por los nativos de.
Ruptura entre el hombre y los simios.
Dorada, proporción de los sexos en
la.
Cría, edad de, en aves.
Época reproductiva, caracteres
sexuales que hacen su aparición en las aves.
Brehm, sobre los efectos de los
licores intoxicantes en los monos; sobre el reconocimiento de las mujeres por
los machos Cynocephali; sobre la diversidad de las facultades mentales de los
monos; sobre los hábitos de los babuinos; sobre la venganza de los monos; sobre
las manifestaciones de afecto maternal de monos y babuinos; sobre el miedo
instintivo de los monos a las serpientes; sobre el uso de piedras como
proyectiles por los babuinos; sobre un babuino que usa una estera para
protegerse del sol; sobre los gritos de señal de los monos; sobre los
centinelas apostados por los monos; sobre la cooperación de los animales; sobre
un águila que ataca a un joven Cercopithecus; sobre los babuinos en
confinamiento que protegen a uno de ellos del castigo; sobre los hábitos de los
babuinos al saquear; sobre la poligamia en Cynocephalus y Cebus; sobre la
proporción numérica de los sexos en las aves; sobre la danza del amor del gallo
lira; Palamedea cornuta; sobre los hábitos del urogallo negro; sobre los
sonidos producidos por las aves del paraíso; sobre las reuniones de urogallos;
sobre la búsqueda de nuevas parejas por parte de los pájaros; sobre las peleas
de jabalíes; sobre las diferencias sexuales en los micetos; sobre los hábitos
de Cynocephalus hamadryas.
Brent, Sr., sobre el cortejo de las
aves.
Breslau, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres.
Bridgeman, Laura.
Mariposa azufre, diferencia sexual de
color en el.
Británico, antiguo, tatuaje
practicado por.
Broca, Prof., sobre la aparición del
foramen supracondiloideo en el húmero humano; los simios antropomorfos más
bípedos que cuadrúpedos; sobre la capacidad de los cráneos parisinos en
diferentes períodos; comparación de cráneos modernos y medievales; sobre colas
de cuadrúpedos; sobre la influencia de la selección natural; sobre la hibridez
en el hombre; sobre restos humanos de Les Eyzies; sobre la causa de la
diferencia entre europeos e hindúes.
Brodie, Sir B., sobre el origen del
sentido moral en el hombre.
Bronn, HG, sobre la cópula de
insectos de distintas especies.
Periodo de bronce, hombres de, en
Europa.
Brown, R., centinelas de focas,
generalmente hembras; sobre las batallas de las focas; sobre el narval; sobre
la ausencia ocasional de colmillos en la morsa hembra; sobre la foca de nariz
de vejiga; sobre los colores de los sexos en Phoca Groenlandica; sobre la
apreciación de la música por las focas; sobre las plantas utilizadas como
filtros de amor por las mujeres de América del Norte.
Browne, Dr. Crichton, lesiones a
lactantes durante el parto.
Brown-Sequard, Dr., sobre la herencia
de los efectos de las operaciones realizadas con conejillos de indias.
Bruce, sobre el uso de los colmillos
del elefante.
Brulerie, P. de la, sobre los hábitos
de Ateuchus cicatricosus; sobre la estridulación de Ateuco.
Brunnich, sobre los cuervos de las
islas Feroe.
Bryant, Dr., preferencia de la paloma
domesticada por su pareja salvaje.
Bryant, Capitán, sobre el cortejo de
Callorhinus ursinus.
Bubas bison, proyección torácica de.
Bubalus caffer, uso de cuernos.
Bucephalus capensis, diferencia de
sexos, en color.
Buceros, nidificación e incubación
de.
Buceros bicornis, diferencias
sexuales en la coloración del casco, pico y boca.
Buceros corrugatus, diferencias
sexuales en el pico de.
Buchner, L., sobre el origen del
hombre; sobre el uso del pie humano como órgano prensil; sobre el modo de
progresión de los simios; sobre la falta de autoconciencia, etc., en los
salvajes.
Bucholz, Dr., peleas de camaleones.
Buckinghamshire, proporción numérica
de nacimientos de hombres y mujeres en.
Buckland, F., sobre la proporción
numérica de los sexos en ratas; sobre la proporción de los sexos en la trucha;
sobre Chimaera monstrosa.
Buckland, W., sobre la complejidad de
los crinoideos.
Buckler, W., proporción de sexos de
lepidópteros criados por.
Bucorax abyssinicus, inflación de la
carúncula del macho durante el cortejo.
Budytes Raii.
Búfalo, Cabo.
Búfalo, indio, cuernos de la.
Búfalo, italiano, modo de lucha de
los.
Buffon, sobre el número de especies
del hombre.
Bufo sikimmensis.
Insectos.
Buist, R., sobre la proporción de
sexos en el salmón; sobre la pugnacidad del salmón macho.
Bulbul, pugnacidad del macho;
exhibición de las coberteras infracaudales por parte del macho.
Toro, modo de lidia del; pelo frontal
rizado del.
Buller, Dr., sobre el Huia; la
adhesión de los pájaros.
Camachuelo común, diferencias
sexuales en el; flauta; hembra, canto del; cortejo del; viuda, búsqueda de una
nueva pareja; atacando a un escribano palustre; polluelo, sexo determinado
arrancando las plumas del pecho.
Camachuelos, personas distintivas;
rivalidad de hembras.
Toros, dos jovenes, atacando a uno
viejo; salvajes, batallas de.
Trucha toro, macho, coloración
durante la época reproductiva.
Escribano, junco, plumas de la cabeza
del macho; atacado por un camachuelo.
Banderines, personajes de jovenes.
Buphus coromandus, sexos y crías de;
cambio de color en.
Burchell, Dr., sobre la cebra; sobre
la extravagancia de una mujer de Sudáfrica al adornarse; el celibato
desconocido entre los salvajes de Sudáfrica; sobre las costumbres matrimoniales
de las mujeres de Sudáfrica.
Burke, sobre el número de especies
del hombre.
Birmano, color de la barba en.
Burton, Capitán, sobre las ideas de
los negros sobre la belleza femenina; sobre un ideal universal de belleza.
Bosquimanos, matrimonio entre.
Bushwoman, ornamentación extravagante
de una.
Mujeres del monte, cabello de;
costumbres matrimoniales de.
Avutarda, bolsa de la garganta del
macho; zumbido producido por un macho; avutarda india, mechones de las orejas.
Avutardas, aparición de diferencias
sexuales y de poligamia entre las; gestos amorosos del macho; doble muda en.
Butler, AG, sobre las diferencias
sexuales en las alas de Aricoris epitus; el cortejo de las mariposas; sobre la
coloración de los sexos en las especies de Thecla; sobre la semejanza de Iphias
glaucippe con una hoja; sobre el rechazo de ciertas polillas y orugas por
lagartijas y ranas.
Mariposa, ruido producido por una;
Emperador; marrón de los prados, inestabilidad de las manchas oceladas de.
Mariposas, proporción de los sexos
en; patas delanteras atrofiadas en algunos machos; diferencia sexual en la
neuración de las alas de; pugnacidad del macho; semejanzas protectoras de la
superficie inferior de; exhibición de las alas por; blanco, posándose sobre
pedazos de papel; atraído por un espécimen muerto de la misma especie; cortejo
de; macho y hembra, habitando estaciones diferentes.
Buxton, C., observaciones sobre
guacamayos; sobre un ejemplo de benevolencia en un loro.
Busardo ratonero, busardo indio;
variación en la cresta de.
Mariposas de la col.
Cachalote, cabeza grande del macho.
Cadencias musicales, percepción de
los animales.
Ciego, de gran tamaño, en los
primeros progenitores del hombre.
Cairina moschata, pugnacidad del
macho.
Indios de California, disminución de.
Callianassa, chelae de, figurada.
Callidryas, colores de sexos.
Callionymus lyra, caracteres del sexo
masculino.
Callorhinus ursinus, tamaño relativo
de los sexos; cortejo de.
Calotes maría.
Calotes nigrilabris, diferencia
sexual en el color de.
Cambridge, O. Pickard, sobre los
sexos de las arañas; sobre el tamaño de los machos de Nephila.
Camello, dientes caninos de macho.
Campbell, J., sobre el elefante
indio; sobre la proporción de nacimientos de machos y hembras en los harenes de
Siam.
Campylopterus hemileucurus.
Canarios distinguiendo personas.
Canario, poligamia del; cambio de
plumaje en, después de la muda; hembra, seleccionando el mejor macho cantor;
híbrido estéril, canto de un; hembra, canto del; seleccionando un verderón
común; y jilguero, apareamiento de.
Cáncer pagurus.
Canestrini, G., sobre los caracteres
rudimentarios y el origen del hombre; sobre los caracteres rudimentarios; sobre
el movimiento de la oreja en el hombre; de la variabilidad del apéndice
vermiforme en el hombre; sobre la división anormal del hueso malar en el
hombre; sobre las condiciones anormales del útero humano; sobre la persistencia
de la sutura frontal en el hombre; sobre la proporción de los sexos en las
polillas de seda; caracteres sexuales secundarios de las arañas.
Canfield, Dr., sobre los cuernos de
la Antilocapra.
Dientes caninos en el hombre,
disminución de, en el hombre; disminución de, en caballos; desaparición de, en
rumiantes machos; grandes en los primeros progenitores del hombre.
Caninos y cuernos, desarrollo inverso
de.
Canoas, uso de.
Cantharis, diferencia de color en los
sexos de una especie de.
Cantharus lineatus.
Urogallo, polígamo; proporción de los
sexos en el; pugnacidad del macho; apareamiento de los; encuentros otoñales de
los; llamada de los; duración del cortejo de los; comportamiento de la hembra;
inconveniencia del color negro para la hembra; diferencia sexual en la
coloración de los; cera de los ojos carmesí del macho.
Capitonidae, colores y nidificación
de los.
Capra aegagrus, cresta del macho;
diferencia sexual en el color de.
Capreolus Sibiricus subecaudatus.
Capricho, común al hombre y a los
animales.
Caprimulgus, ruido que hacen los
machos de algunas especies de, con sus alas.
Caprimulgus virginianus, pareja de.
Carábidos.
Carbonnier, sobre la historia natural
del lucio; sobre el tamaño relativo de los sexos en los peces; cortejo del
Macropus chino.
Carcineutes, diferencia sexual de
color en.
Carcinus moenas.
Cardenal virginiano.
Carduelis elegans, diferencias
sexuales del pico en.
Carnívoros, marinos, hábitos
polígamos; diferencias sexuales en los colores de.
Carpa, proporción numérica de los
sexos en la.
Carr, R., sobre el pájaro carpintero.
Paloma mensajera, desarrollo tardío
de la acacia en el.
Escarabajos carroñeros, estridulación
de.
Gavilán carroñero, hembra de colores
brillantes.
Carus, Prof. V., sobre el desarrollo
de los cuernos en ovejas merinas; sobre las astas del ciervo rojo.
Casuario, sexos e incubación del.
Castnia, modo de sostener las alas.
Castoreo.
Castración, efectos de.
Casuarius galeatus.
Gato, cuerpo contorsionado en la
extremidad de la cola de un; enfermo, simpatía de un perro con un.
Catarata en Cebus Azarae.
Catarro, responsabilidad de Cebus
Azarae.
Monos catarrinos.
Orugas, colores brillantes de.
Aura de Cathartes.
Cathartes jota, gestos amorosos del
varón.
Catlin, G., correlación del color y
la textura del cabello en los mandans; sobre el desarrollo de la barba entre
los indios norteamericanos; sobre la gran longitud del cabello en algunas
tribus norteamericanas.
Caton, JD, sobre el desarrollo de los
cuernos en Cervus virginianus y strongyloceros; sobre el pavo salvaje; sobre la
presencia de rastros de cuernos en el wapiti hembra; sobre las peleas de
ciervos; sobre la cresta del wapiti macho; sobre los colores del ciervo de
Virginia; sobre las diferencias sexuales de color en el wapiti; sobre las
manchas del ciervo de Virginia.
Gatos, soñando; carey; atraídos por
la valeriana; colores de.
Ganado vacuno, rápido aumento de, en
América del Sur; doméstico, más ligero en invierno en Siberia; cuernos de;
doméstico, diferencias sexuales de, desarrollado tardíamente; proporción
numérica de los sexos en.
Vértebras caudales, número de, en
macacos y babuinos; basales, en monos, incrustadas en el cuerpo.
Cavolini, observaciones sobre
Serranus.
Cebus, afecto maternal en una;
gradación de especies de.
Cebus Apella.
Cebus Azarae, susceptible a las
mismas enfermedades que el hombre; sonidos distintivos producidos por; madurez
temprana de la hembra.
Cebus capucinus, polígamo;
diferencias sexuales de color en; cabello en la cabeza de.
Cebus vellerosus, pelo en la cabeza
de.
Cecidomyiidae, proporciones de los
sexos en.
El celibato, desconocido entre los
salvajes de Sudáfrica y Sudamérica.
Ciempiés.
Cefalópodos, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
Cephalopterus ornatus.
Cephalopterus penduliger.
Cerambyx heros, órgano estridulante
de.
Ceratodus, paleta de.
Ceratophora aspera, apéndices nasales
de.
Ceratophora Stoddartii, cuerno nasal
de.
Cerceris, hábitos de.
Cercocebus aethiops, bigotes, etc.,
de.
Cercopithecus, joven, apresado por un
águila y rescatado por la tropa; definición de especie de.
Cercopithecus cephus, diferencia
sexual de color en.
Cercopithecus cynosurus y
griseo-viridis, color del escroto en.
Cercopithecus Diana, diferencias
sexuales de color en.
Cercopithecus griseo-viridis.
Cercopithecus petaurista, bigotes,
etc., de.
Ceres, de pájaros, colores brillantes
de.
Ceriornis Temminckii, hinchazón de
las carúnculas del macho durante el cortejo.
Cervulus, armas de.
Cervulus moschatus, cuernos
rudimentarios de la hembra.
Cervus alces.
Cervus campestris, olor de.
Cervus canadensis, rastros de cuernos
en la hembra; atacando a un hombre; diferencia sexual en el color de.
Cervus elaphus, batallas de macho;
cuernos de, con numerosas puntas; pelos largos en la garganta de.
Cervus Eldi.
Cervus mantchuricus.
Cervus paludosus, colores de.
Cervus strongyloceros.
Cervus virginianus, cuernos de, en
curso de modificación.
Ceryle, macho de cinturón negro en
algunas especies de.
Cetáceos, desnudez de.
Ceilán, frecuente ausencia de barba
en los nativos de.
Pinzón vulgar, proporción de los
sexos en el; cortejo de los.
Pinzones, nuevas parejas encontradas
por.
Chalcophaps indicus, caracteres de
joven.
Atlas de Chalcosoma, diferencias
sexuales de.
Chamaeleo, diferencias sexuales en el
género; combates de.
Camaleón bifurcus.
Camaleón owenii.
Camaleón pumilus.
Chamaepetes unicolor, pluma del ala
modificada en el macho.
Camaleones.
Rebecos, señales de peligro;
transferencia de caracteres masculinos a una hembra vieja.
Champneys, Sr., músculo
acromio-basilar y marcha cuadrúpeda.
Chapman, Dr., sobre la estridulación
en Scolytus.
Chapuis, Dr., sobre la transmisión de
peculiaridades sexuales en palomas; sobre palomas belgas rayadas.
Char, macho, coloración durante la
época reproductiva.
Caracteres, masculinos, desarrollados
en mujeres; sexuales secundarios, transmitidos a través de ambos sexos;
naturales, artificiales, exageración de, por el hombre.
Charadrus hiaticula y pluvialis,
sexos y crías de.
Chardin sobre los persas.
Amuletos usados por mujeres.
Charrúas, libertad de divorcio entre
los.
Chasmorhynchus, diferencia de color
en los sexos de; colores de.
Chasmorhynchus niveus.
Chasmorhynchus nudicollis.
Chasmorhynchus tricarunculatus.
Castidad, estimación temprana de.
Charlataneros, diferencias sexuales
en.
Cheever, Rev. HT, censo de las Islas
Sandwich.
Quirópteros, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
Quelas de crustáceos.
Chelonia, diferencias sexuales en.
Chenalopex aegyptiacus,
protuberancias de las alas.
Quera progne.
Pecho, proporciones de, en soldados y
marineros; grande, de los indios quechuas y aymaras.
Chevrotains, dientes caninos de.
Chiasognathus, estridulación de.
Chiasognathus Grantii, mandíbulas de.
Hijos, legítimos e ilegítimos,
proporción de los sexos en.
Chiloé, piojos de los indígenas de;
población de.
Chimaera monstrosa, proceso óseo en
la cabeza del macho.
Peces quimeroides, órganos prensiles
del macho.
Chimpancé, orejas de los;
representantes de las cejas en los; manos de los; ausencia de procesos
mastoides en los; plataformas construidas por los; cascar nueces con una
piedra; dirección del pelo en los brazos de los; supuesta evolución de los;
hábitos polígamos y sociales de los.
China, Norte, idea de la belleza
femenina en.
China, Sur, habitantes de.
Chino, uso de herramientas de
pedernal por parte de los; dificultad de distinguir las razas de los; color de
la barba en; imberbe general de los; opiniones de los, sobre la apariencia de
los europeos y cingaleses; compresión de los pies de.
Chinsurdi, su opinión sobre las
barbas.
Chlamydera maculata.
Cloeón, ojos pedunculados del macho
de.
Chloephaga, coloración de los sexos
en.
Clorocoelus Tanana.
Cuerda dorsal.
Chova piquirroja, de pico rojo.
Chromidae, protuberancia frontal en
el macho; diferencias sexuales en el color de.
Chrysemys picta, largas garras del
macho.
Crisócoco, caracteres de cría de.
Chrysomelidae, estridulación de.
Cigarra pruinosa.
Cigarra septendecim.
Cicadae, canciones de la; Órganos
sonoros rudimentarios en las hembras de.
Cicatriz de una quemadura, que
produce modificación de los huesos faciales.
Cichla, protuberancia frontal del
macho.
Cimetiere du Sud, París.
Cincloramphus cruralis, macho de gran
tamaño.
Cinclus aquaticus.
Cingalese, opinión china sobre la
apariencia de la.
Cirrípedos, machos complementarios
de.
Civilización, efectos de, sobre la
selección natural; influencia de, en la competencia de las naciones.
Sonido de gansos, etc.
Claparede, E., sobre la selección
natural aplicada al hombre.
Clarke, sobre las costumbres
matrimoniales de los calmucos.
Clasificación.
Claus, C., sobre los sexos de
Saphirina.
Paladar hendido, hereditario.
Climacteris erythrops, sexos de.
Clima fresco y favorable al progreso
humano; capacidad del hombre para soportar los extremos; falta de conexión con
el color; acción directa sobre los colores de los pájaros.
Cloaca, existencia de una, en los
primeros progenitores del hombre.
Pasaje cloacal existente en el
embrión humano.
Palos, utilizados como armas antes de
la dispersión de la humanidad.
Cacareo de aves.
Clythra 4-punctata, estridulación de.
Coan, Sr., Isleños de Sandwich.
Cobbe, Miss, sobre la moralidad en
una hipotética comunidad de abejas.
Cobra, ingenio de a.
Cocinero.
Cóccix, en el embrión humano; cuerpo
contorneado en la extremidad del; incrustado en el cuerpo.
Cochin-China, nociones de belleza de
sus habitantes.
Gallo ciego, alimentado por su
compañero; juego, matar un milano; cresta y barbillas del; preferencia mostrada
por el, por gallinas jóvenes; juego, zona transparente en las plumas de un.
Gallito de la roca.
Cacatúas, polluelos; plumaje negro
inmaduro.
Celenterata, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
El café, afición de los monos.
Frío, supuestos efectos de; poder de
soportar, por el hombre.
Coleópteros, estridulación de;
órganos estridulantes de, discutido.
Colias edusa y hyale.
Collingwood, C., sobre la pugnacidad
de las mariposas de Borneo; sobre las mariposas que se sienten atraídas por un
ejemplar muerto de la misma especie.
Colobo, ausencia del pulgar.
Colombia, cabezas aplanadas de
salvajes de.
Colonos, éxito de los ingleses como.
Coloración, protectora, en aves.
Color, supuestamente dependiente de
la luz y el calor; correlación de, con inmunidad a ciertos venenos y parásitos;
propósito de, en lepidópteros; relación de, con funciones sexuales, en peces;
diferencia de, en los sexos de las serpientes; diferencias sexuales de, en
lagartos; influencia de, en el apareamiento de aves de diferentes especies;
relación de, con la nidificación; diferencias sexuales de, en mamíferos;
reconocimiento de, por cuadrúpedos; de niños, en diferentes razas de hombres;
de la piel en el hombre.
Colores, admirados por igual por el
hombre y los animales; brillantes, debido a la selección sexual; brillantes,
entre los animales inferiores; brillantes, protectores para las mariposas y
polillas; brillantes, en los peces machos; transmisión, en las aves.
Colquhoun, ejemplo de razonamiento en
un retriever.
Columba passerina, cría de.
Colymbus glacialis, cría anómala de.
Peine, desarrollo de, en aves.
Crestas y barbillas en pájaros
machos.
Comunidad, preservación de
variaciones útiles para la, por selección natural.
Tez, diferente en hombres y mujeres,
en una tribu africana.
Compuestas, gradación de especies
entre las.
Comte, C., sobre la expresión del
ideal de belleza mediante la escultura.
Condiciones de vida, acción del
cambio, sobre el hombre; influencia del, sobre el plumaje de las aves.
Cóndor, ojos y peine del.
Conjugaciones, origen de.
Conciencia, ausencia de ella, en
algunos criminales.
Constitución, diferencia de, en
distintas razas de hombres.
Consumo, responsabilidad de Cebus
Azarae a; conexión entre complexión y.
Convergencia de caracteres.
Arrullo de palomas y tórtolas.
Cocinero, Capitán, sobre los nobles
de las Islas Sandwich.
Cope, ED, sobre los Dinosaurios.
Cophotis ceylanica, diferencias
sexuales de.
Copris.
Copris Isidis, diferencias sexuales
de.
Copris lunaris, estridulación de.
Corales, colores brillantes de.
Serpientes de coral.
Cordylus, diferencia sexual de
coloración en una especie de.
Corfú, hábitos del pinzón vulgar.
Cornelio, sobre las proporciones de
los sexos en Lucano Cervo.
Corpora Wolffiana, acuerdo de, con
los riñones de los peces.
Variación correlacionada.
Correlación, influencia de, en la
producción de razas.
Corse, sobre el modo de lucha del
elefante.
Corvus corona.
Corvus graculus, pico rojo de.
Corvus pica, ensamblaje nupcial de.
Corydalis cornutus, grandes
mandíbulas del macho.
Cosmetornis.
Cosmetornis vexillarius, alargamiento
de las plumas del ala en.
Cotingidae, diferencias sexuales en;
coloración de los sexos de; semejanza de las hembras de distintas especies de.
Cottus scorpius, diferencias sexuales
en.
Coulter, Dr., sobre los indios de
California.
Contar, origen de; poder limitado de,
en el hombre primitivo.
Coraje, variabilidad de, en la misma
especie; alta apreciación universal de; importancia de; característica de los
hombres.
Cortejo, mayor afán de los machos en;
de peces; de aves.
Vaca, cambio de color invernal.
Cangrejo, diablo.
Cangrejo, orilla, hábitos de.
Crabro cribrarius, tibias dilatadas
del macho.
Cangrejos, proporciones de los sexos
en.
Cranz, sobre la herencia de la
destreza en la captura de focas.
Crawfurd, sobre el número de especies
del hombre.
Crenilabrus massa y C. melops, nidos
construidos por.
Cresta, origen de, en aves polacas.
Crestas, de aves, diferencia de, en
los sexos; dorsal peluda, de mamíferos.
Cricket, campo-, estridulación del;
pugnacidad del macho.
Cricket, casa-, estridulación de la.
Grillos, diferencias sexuales en.
Crinoideos, complejidad de.
Crioceridae, estridulación de la.
Croar de ranas.
Cocodrilos, olor almizclado, durante
la temporada de cría.
Cocodrilos.
Piquituertos, personajes de cría.
Cruces en el hombre.
Cruce de razas, efectos de la.
Crossoptilon auritum, adorno de ambos
sexos; sexos iguales en.
Entrepierna, GR, sobre la
estridulación de los escarabajos; sobre la estridulación de Heliopathes; sobre
la estridulación de Acalles; hábito de las hembras de ciervo en época
reproductiva.
Cuervo, indios, pelo largo de los.
Cuervo, cría del.
Cuervos, órganos vocales de los;
viviendo en trillizos.
Cuervos, carroña, nuevas parejas
encontradas por.
Cuervos indios alimentando a sus
compañeros ciegos.
Crueldad de los salvajes hacia los
animales.
Crustáceos, parásitos, pérdida de
extremidades por parte de la hembra; patas y antenas prensiles de; macho, más
activo que la hembra; partenogénesis en; caracteres sexuales secundarios de;
anfípodo, los machos maduran sexualmente cuando son jóvenes; pelos auditivos
de.
Cristal que llevan en el labio
inferior algunas mujeres centroafricanas.
Gallinas cucú.
Culicidae, atraídos por el zumbido de
los demás.
Cullen, Dr., sobre la bolsa de la
garganta de la avutarda macho.
Cultivo de plantas, probable origen
de.
Cupples, Sr., sobre la proporción
numérica de los sexos en perros, ovejas y ganado; sobre el lebrel escocés;
sobre la preferencia sexual en los perros.
Curculionidae, diferencia sexual en
la longitud del hocico en algunos; procesos similares a cuernos en el macho;
musical.
Curiosidad, manifestaciones de, por
parte de los animales.
Zarapitos, doble muda.
Cursores, ausencia comparativa de
diferencias sexuales entre los.
Curtis, J., sobre la proporción de
los sexos en Athalia.
Cuvier, F., sobre el reconocimiento
de las mujeres por los cuadrumanos masculinos.
Cuvier, G., sobre el número de
vértebras caudales del mandril; sobre el instinto y la inteligencia; opiniones
sobre la posición del hombre; sobre la posición de las focas; sobre
Hectocotyle.
Cyanalcyon, diferencia sexual en
colores de; plumaje inmaduro de.
Cyanecula suecica, diferencias
sexuales de.
Cychrus, sonidos producidos por.
Cycnia mendica, diferencia sexual de,
en color.
Cygnus ferus, tráquea de.
Cygnus immutabilis.
Cygnus olor, cría blanca de.
Cyllo Leda, inestabilidad de las
manchas oceladas de.
Cynanthus, variación en el género.
Cynipidae, proporción de los sexos
en.
Cinocéfalo, diferencia del joven del
adulto; macho, reconocimiento de la mujer por; hábitos polígamos de la especie.
Cynocephalus babuino.
Cynocephalus chacma.
Cinocéfalo gelada.
Cynocephalus hamadryas, diferencia
sexual de color en.
Cynocephalus leucophaeus, colores de
los sexos de.
Cynocephalus mormon, colores del
macho.
Cynocephalus porcarius, melena del
macho.
Esfinge de cinocéfalo.
Cynopithecus niger, oreja de.
Cypridina, proporciones de los sexos
en.
Ciprínidos, proporción de los sexos
en el.
Ciprínidos de la India.
Cyprinodontidae, diferencias sexuales
en el.
Cyprinus auratus.
Cypris, relación de los sexos en.
Cyrtodactylus rubidus.
Cystophora cristata, capucha de.
Dacelo, diferencia sexual de color
en.
Dacelo Gaudichaudi, joven masculino
de.
Dal-ripa, una especie de perdiz
blanca.
Damalis albifrons, marcas peculiares
de.
Damalis pygarga, marcas peculiares
de.
Humedad del clima, supuesta
influencia de la misma, en el color de la piel.
Danaidae.
Danzas de pájaros.
Bailar, universalidad de.
Señales de peligro de los animales.
Daniell, Dr., su experiencia de
residencia en África Occidental.
Darfur, protuberancias producidas
artificialmente por los nativos de.
Darwin, F., sobre la estridulación de
Dermestes murinus.
Dasychira pudibunda, diferencia
sexual de color en.
Davis, AH, sobre la pugnacidad del
ciervo volante macho.
Davis, JB, sobre la capacidad del
cráneo en varias razas de hombres; sobre las barbas de los polinesios.
Esfinge de la Calavera.
La tasa de mortalidad es mayor en las
ciudades que en los distritos rurales.
Tic-tac de la muerte.
De Candolle, Alph., sobre un caso de
poder heredado de mover el cuero cabelludo.
Declinaciones, origen de.
Decoración en aves.
Decticus.
Ciervo, desarrollo de los cuernos en;
manchas de las crías; cuernos de; uso de los cuernos de; cuernos de un, en
curso de modificación; tamaño de los cuernos de; hembra, apareándose con un
macho mientras otros luchan por ella; macho, atraído por la voz de la hembra;
macho, olor emitido por.
Ciervo, Axis, diferencia sexual en el
color de la.
Ciervos, gamos, manadas de distintos
colores.
Ciervo manchuriano.
Ciervo, Virginiano, color del, no
afectado por la castración; colores de.
Deerhound, escocés, mayor tamaño del
macho.
Órdenes defensivas de mamíferos.
De Geer, C., sobre una araña hembra
que destruye a un macho.
Dr. Dekay, sobre el sello
vejiga-nariz.
Delorenzi, G., división del hueso
malar.
Demerara, fiebre amarilla en.
Dendrocygna.
Dendrophila frontalis, joven de.
Denison, Sir W., manera de librarse
de las alimañas entre los australianos; extinción de los tasmanos.
Denny, H., sobre los piojos de los
animales domésticos.
Dermestes murinus, estridulación de.
La descendencia se traza únicamente a
través de la madre.
Desiertos, coloración protectora de
los animales que habitan.
Desmarest, sobre la ausencia de fosas
suborbitales en Antilope subgutturosa; sobre los bigotes de Macacus; sobre el
color de la zarigüeya; sobre los colores de los sexos de Mus minutus; sobre la
coloración del ocelote; sobre los colores de las focas; sobre Antilope caama;
sobre los colores de las cabras; sobre la diferencia sexual de color en Ateles
marginatus; sobre el mandril; sobre Macacus cynomolgus.
Desmoulins, sobre el número de
especies del hombre; sobre el ciervo almizclero.
Desor, sobre la imitación del hombre
por los monos.
Despine, P., sobre los criminales
desprovistos de conciencia.
Desarrollo embrionario del hombre;
correlacionado.
Diablo, en el cual los fueguinos no
creen.
Cangrejo diablo.
Devónico, insecto fósil del.
Papadas de ganado vacuno y antílopes.
Diadema, diferencias sexuales de
coloración en las especies de.
Escarabajos de diamante, de colores
brillantes.
Diastema, aparición de, en el hombre.
Diastylidae, proporción de los sexos
en.
Dicrurus, plumas en forma de raqueta;
nidificación de.
Dicrurus macrocercus, cambio de
plumaje en.
Zarigüeya Didelphis, diferencia
sexual en el color de.
Diferencias, comparativas, entre
distintas especies de aves del mismo sexo.
Dígitos supernumerarios, más
frecuentes en hombres que en mujeres; supernumerario, herencia de;
supernumerario, desarrollo temprano de.
Dimorfismo en hembras de escarabajos
acuáticos; en Neurothemis y Agrion.
Diodoro, sobre la ausencia de barba
en los nativos de Ceilán.
Dipelicus Cantori, diferencias
sexuales de.
Diplopoda, extremidades prensiles del
macho.
Dipsas cynodon, diferencia sexual en
el color de.
Dípteros.
Enfermedad generada por el contacto
de distintos pueblos.
Enfermedades comunes al hombre y a
los animales inferiores; diferencia de propensión a ellas en diferentes razas
de hombres; nuevos efectos sobre los salvajes; sexualmente limitadas.
Exhibición, coloración de
lepidópteros para; del plumaje de los pájaros machos.
Distribución amplia del hombre;
geográfica, como evidencia de distinción específica en el hombre.
Desuso, efectos de, en la producción
de órganos rudimentarios; y uso de partes, efectos de; de partes, influencia
de, en las razas de los hombres.
Divorcio, libertad, entre los
Charrúas.
Dixon, ES, sobre el apareamiento de
diferentes especies de gansos; sobre el cortejo del pavo real.
Dobrizhoffer, sobre las costumbres
matrimoniales de los abipones.
Dobson, Dr., sobre los quirópteros;
glándulas odoríferas de los murciélagos; murciélagos frugívoros.
Perros, sufriendo de fiebre terciana;
memoria de; soñando; divergiendo al tirar trineos sobre hielo fino; ejercicio
de facultades de razonamiento por; doméstico, progreso de, en cualidades
morales; tonos distintos pronunciados por; paralelismo entre su afecto por su
amo y el sentimiento religioso; sociabilidad de; simpatía de, con un gato
enfermo; simpatía de, con su amo; su posesión de conciencia; posible uso del
pelo de las patas delanteras de; razas de; proporción numérica de nacimientos
de machos y hembras en; afecto sexual entre individuos de; aullar a ciertas
notas; revolcarse en carroña.
Estructura dolicocefálica, posible
causa de.
Delfines, desnudez de.
Animales domésticos, razas de; cambio
de razas de.
Domesticación, influencia de, en la
eliminación de la esterilidad de los híbridos.
D'Orbigny, A., sobre la influencia de
la humedad y la sequedad en el color de la piel; sobre los Yuracaras.
Chorlito carambolo.
Doubleday, E., sobre las diferencias
sexuales en las alas de las mariposas.
Doubleday, H., sobre la proporción de
los sexos en las polillas más pequeñas; machos de Lasiocampa quercus y sobre la
atracción de Saturnia carpini por la hembra; sobre la proporción de los sexos
en los lepidópteros; sobre el tictac de Anobium tesselatum; sobre la estructura
de Ageronia feronia; sobre mariposas blancas que se posan sobre el papel.
Douglas, JW, sobre las diferencias
sexuales de los hemípteros; colores de los homópteros británicos.
Abajo, de pájaros.
Draco, apéndices gulares de.
Dragonet, Gemmeous.
Libélulas, apéndices caudales del
macho; tamaño relativo de los sexos de; diferencia entre los sexos de; falta de
pugnacidad por parte del macho.
Drake, plumaje nupcial del.
Los sueños, posible fuente de la
creencia en agencias espirituales.
Taladro, diferencia sexual de color
en el.
Dromaeus irroratus.
Dromolaea, especie sahariana.
Alcaudón drongo.
Drongos, plumas en forma de raqueta
en las colas de.
Sequedad del clima, supuesta
influencia de la misma, en el color de la piel.
Dryopithecus.
Pato arlequín, edad del plumaje
maduro en el; cría en plumaje inmaduro.
Pato, cola larga, preferencia del
macho, por ciertas hembras.
Pato rabudo, en pareja con un silbón
europeo.
Pato, voz del; apareamiento con un
pato escudo; plumaje inmaduro del.
Pato salvaje, diferencias sexuales en
el; espéculo y caracteres masculinos de; apareamiento con un pato de cola de
alfiler.
Patos salvajes que se vuelven
polígamos bajo una domesticación parcial; perros y gatos reconocidos por...
Dufosse, Dr., Sonidos producidos por
los peces.
Dugongo, desnudez de; colmillos de.
Dujardin, sobre el tamaño relativo de
los ganglios cerebrales en insectos.
Duncan, Dr., sobre la fertilidad de
los matrimonios precoces; salud comparativa de casados y solteros.
Dupont, M., sobre la aparición del
foramen supracondiloideo en el húmero del hombre.
Durand, JP, sobre las causas de la
variación.
Dureau de la Malle, sobre el canto de
los pájaros; sobre la adquisición de un aire por los mirlos.
Holandés, conservación de su color
por el, en Sudáfrica.
Deber, sentido del.
Duvaucel, hembra de Hylobates lavando
a sus crías.
Dyaks, orgullo de, en el mero
homicidio.
Dynastes, gran tamaño de los machos
de.
Dynastini, estridulación de.
Dytiscus, dimorfismo de las hembras
de; élitros estriados de la hembra.
Águila, Cercopithecus joven
rescatado, por la tropa.
Águila de cabeza blanca, en período
reproductivo con plumaje inmaduro.
Águilas doradas, nuevas parejas
encontradas por.
Oído, movimiento del; caparazón
externo del, inútil en el hombre; punto rudimentario del, en el hombre.
Orejas, más variables en hombres que
en mujeres; perforación y ornamentación de las mismas.
Tijeretas, sentimiento paternal.
Equidna.
Echini, colores brillantes de
algunos.
Equinodermos, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
Echis carinata.
Ecker, figura del embrión humano;
sobre el desarrollo de los giros y surcos del cerebro; sobre las diferencias
sexuales en la pelvis en el hombre; sobre la presencia de una cresta sagital en
los australianos.
Edentata, antigua amplia
distribución, en América; ausencia de caracteres sexuales secundarios en.
Edolius, plumas en forma de raqueta.
Edwards, Sr., sobre la proporción de
sexos en las especies norteamericanas de Papilio.
Anguilas, hermafroditismo de.
Egerton, Sir P., sobre el uso de las
astas de los ciervos; sobre el apareamiento del ciervo rojo; sobre la brama de
los ciervos.
Huevos eclosionados por peces machos.
Garceta india, sexos y crías de.
Garcetas, plumaje nupcial de; blanco.
Ehrenberg, sobre la melena del
babuino Hamadryas macho.
Ekstrom, M., sobre Harelda glacialis.
Elachista rufocinerea, hábitos del
macho.
Eland, desarrollo de los cuernos del.
Elands, diferencias sexuales de color
en.
Elaphomyia, diferencias sexuales en.
Elaphrus uliginosus, estridulación
de.
Transcurre.
Elateridae, proporción de los sexos
en.
Elaters, luminosos.
Elefante, tasa de aumento de la;
desnudez de la; uso de un abanico; indio, paciencia hacia su cuidador; hábitos
polígamos de la; pugnacidad del macho; colmillos de; indio, modo de pelea de
la; macho, olor emitido por la; ataque a caballos blancos o grises.
Elevación de la morada, influencia
modificadora de.
Eliminación de individuos inferiores.
Alce, cambio de invierno del.
Alce, irlandés, cuernos de.
Islas Ellice, barbas de los nativos.
Elliot, DG, sobre Pelecanus
erythrorhynchus.
Elliot, R., sobre la proporción
numérica de los sexos en ratas jóvenes; sobre la proporción de los sexos en
ovejas.
Elliot, Sir W., sobre los hábitos
polígamos del jabalí indio.
Ellis, sobre la prevalencia del
infanticidio en Polinesia.
Elphinstone, Sr., sobre las
diferencias locales de estatura entre los hindúes; sobre la dificultad de
distinguir las razas nativas de la India.
Élitros, de las hembras de Dytiscus
Acilius, Hydroporus.
Emberiza, personajes de jovenes.
Emberiza miliaria.
Emberiza schoeniclus, plumas de la
cabeza del macho.
Embrión del hombre; del perro.
Embriones de mamíferos, parecidos a
los.
Emigración.
Emociones que experimentan los
animales inferiores en común con el hombre; manifestadas por los animales.
Mariposa emperador.
Polilla emperador.
Emú, sexos e incubación.
Emulación de pájaros cantores.
Resistencia, estimación de.
Energía, una característica de los
hombres.
Inglaterra, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres.
Engleheart, Sr., sobre el hallazgo de
nuevas parejas por parte de los estorninos.
Inglés:Inglés, éxito de, como
colonos.
Grabadores, miopes.
Entomostracios.
Entozoos, diferencia de color entre
los machos y hembras de algunos.
Medio ambiente, acción directa del
mismo, en la provocación de las diferencias entre los sexos.
Envidia, persistencia de.
Periodo Eoceno, posible divergencia
de los hombres durante el.
Eolidae, colores de, producidos por
las glándulas biliares.
Epeira nigra, tamaño pequeño del
macho de.
Efemérides.
Efeméridos.
Ephippiger vitium, órganos
estridulantes de.
Epicalia, diferencias sexuales de
coloración en las especies de.
Equus hemionus, cambio de invierno
de.
Erateina, coloración de.
Ercolani, Prof., hermafroditismo en
anguilas.
Actitud erguida del hombre.
Eristalis, cortejo de.
Escrito sobre el desarrollo del
cabello en el hombre; sobre un bigote lánguido en un feto femenino; sobre la
falta de definición entre el cuero cabelludo y la frente en algunos niños;
sobre la disposición del cabello en el feto humano; sobre la vellosidad de la
cara en el feto humano de ambos sexos.
Esmeralda, diferencia de color en los
sexos de.
Esox Lucius.
Esox reticulatus.
Esquimales, su creencia en la
herencia de la destreza en la captura de focas; modo de vida de.
Estrella amandava, pugnacidad del
macho.
Eubagis, diferencias sexuales de
coloración en las especies de.
Euchirus longimanus, sonido producido
por.
Eudromias morinellus.
Eulampis jugularis, colores de la
hembra.
Euler, sobre la tasa de crecimiento
en Estados Unidos.
Eunomota superciliaris, plumas en
forma de raqueta en la cola de.
Eupetomena macroura, colores de la
hembra.
Euphema splendida.
Euplocamus erythrophthalmus, posesión
de espolones por la hembra.
Europa, antiguos habitantes de.
Europeos, diferencia de los hindúes;
vellosidad de, probablemente debido a la reversión.
Eurostopodus, sexos de.
Eurygnathus, diferentes proporciones
de la cabeza en los sexos de.
Eustephanus, diferencias sexuales de
especies de; crías de.
Exageración de los caracteres
naturales por el hombre.
Exogamia.
Experiencia, adquisición de, por
parte de los animales.
Expresión, semejanzas entre el hombre
y los simios.
Extinción de razas, causas de.
Ojo, destrucción del; cambio de
posición en; oblicuidad de, considerado como una belleza por los chinos y los
japoneses.
Cejas, elevación de; desarrollo de
pelos largos en; en monos; erradicado en partes de América del Sur y África;
erradicación de, por los indios de Paraguay.
Pestañas, erradicación de, por los
indios del Paraguay.
Párpados de color negro, en parte de
África.
Ojos, columnares, del macho de
Cloeón; diferencia en el color de los sexos de las aves.
Eyton, TC, observaciones sobre el
desarrollo de los cuernos en el gamo.
Eyzies, Les, restos humanos de.
Fabre, M., sobre los hábitos de
Cerceris.
Huesos faciales, causas de
modificación de los.
Facultades, diversidad de, en la
misma raza de hombres; herencia de; diversidad de, en animales de la misma
especie; variación mental de, en la misma especie; de aves.
Faquires, indios, torturas sufridas
por.
Falco leucocephalus.
Falco peregrinus.
Falco tinnunclus.
Halcón peregrino y nueva pareja
encontrada por.
Falconer, H., sobre el modo de lucha
del elefante indio; sobre los caninos de una cierva; sobre Hyomoschus
aquaticus.
Islas Malvinas, caballos de.
Gamos, manadas de distintos colores.
Hambrunas, frecuencia de las mismas,
entre los salvajes.
Farr, Dr., sobre los efectos del
despilfarro; sobre la influencia del matrimonio en la mortalidad.
Farrar, FW, sobre el origen del
lenguaje; sobre el cruce o mezcla de lenguas; sobre la ausencia de la idea de
Dios en ciertas razas de hombres; sobre los matrimonios precoces de los pobres;
sobre la Edad Media.
Farre, Dr., sobre la estructura del
útero.
Modas, larga prevalencia, entre los
salvajes.
Faye, Prof., sobre la proporción
numérica de nacimientos de niños y niñas en Noruega y Rusia; sobre la mayor
mortalidad de niños varones en el momento del nacimiento y antes del mismo.
Plumas modificadas, que producen
sonidos; alargadas, en los pájaros machos; en forma de raqueta; sin púas y con
púas filamentosas en ciertas aves; desprendimiento de los márgenes de.
Alimentación, alta, probable
influencia de, en el apareamiento de aves de diferentes especies.
Pies, engrosamiento de la piel de las
plantas de los pies; modificación de, en el hombre.
Felis canadensis, gorrión de
garganta.
Felis pardalis y F. mitis, diferencia
sexual en la coloración de.
Hembra, comportamiento de la, durante
el cortejo.
Aves hembras, diferencias de.
Hembras, presencia de órganos
masculinos rudimentarios en; preferencia de, por ciertos machos; búsqueda de,
por los machos; aparición de caracteres sexuales secundarios en; desarrollo del
carácter masculino por.
Mujeres y hombres, número comparativo
de; mortalidad comparativa de, mientras eran jóvenes.
Fémur y tibia, proporciones de, en
los indios aymaras.
Fenton, Sr., disminución de los
maories; infanticidio entre los maories.
Ferguson, Sr., sobre el cortejo de
las aves.
Fecundación, fenómeno de, en las
plantas; en los animales inferiores.
La fertilidad disminuyó en
condiciones cambiantes.
Fiebres, inmunidad de los negros y
mulatos.
Fibra de zibethicus, coloración
protectora de la misma.
Fick, H., efecto del servicio militar
obligatorio.
Fidelidad, en el elefante; de los
salvajes entre sí; importancia de.
Esclavos del campo, diferencia de los
esclavos domésticos.
Archipiélago de Fiji, población de
la.
Islas Fiji, barbas de los nativos;
costumbres matrimoniales de los.
Fiyianos, enterrando vivos a sus
padres ancianos y enfermos; estimación de la barba entre los; admiración de,
por un occipucio ancho.
Afecto filial, en parte resultado de
la selección natural.
Filum terminale.
Pinzón, plumas en forma de raqueta en
la cola de un.
Pinzones, cambio de color en
primavera; británicos, hembras de los.
Dedos, parcialmente coherentes, en
especies de Hylobates.
Finlayson, sobre los chinos de
Cochin.
Fuego, uso de.
Fischer, sobre la pugnacidad del
macho de Lethrus cephalotes.
Fischer, F. Von, sobre la exhibición
de partes de colores brillantes por parte de los monos durante el cortejo.
Pescado, afán del macho; proporción
de los sexos en; sonidos producidos por.
Peces, riñones de, representados por
Corpora Wolffiana en el embrión humano; macho, incubando óvulos en sus bocas;
receptáculos para óvulos poseídos por; tamaño relativo de los sexos en; agua
dulce, de los trópicos; semejanzas protectoras en; cambio de color en;
construcción de nidos; desove de; sonidos producidos por; crecimiento continuo
de.
Flamenco, edad del plumaje maduro.
Flexor pollicis longus, variación
similar de, en el hombre.
Moscas, zumbido de.
Herramientas de sílex.
Pedernal, dificultad para darle
forma.
Florida, Quiscalus mayor en.
Florisuga mellivora.
Lenguado, coloración de la.
Flor, WH, sobre el abductor del
quinto metatarsiano en los simios; sobre la posición de las focas; sobre la
Pithecia monachu; sobre la bolsa de la garganta de la avutarda macho.
Papamoscas, colores y nidificación
de.
Feto humano, cubierta lanosa del;
disposición del pelo sobre.
Comida, influencia de la misma sobre
la estatura.
Pie, poder prensil del, retenido en
algunos salvajes; prensil, en los primeros progenitores del hombre.
Foramen supracondiloideo, de
aparición excepcional en el húmero del hombre; en los primeros progenitores del
hombre.
Forbes, D., sobre los indios aymaras;
sobre la variación local del color en los quichuas; sobre la falta de pelo en
los aymaras y quichuas; sobre el pelo largo de los aymaras y quichuas.
Forel, F., sobre cisnes blancos
jóvenes.
Forester, Hon. OW, sobre un halcón
huérfano.
Formica rufa, tamaño de los ganglios
cerebrales en.
Fósiles, ausencia de, conectando al
hombre con los simios.
Gallina, aparición de espolones en la
hembra; caza, pugnacidad temprana de; polaco, desarrollo temprano de
peculiaridades craneales de; variaciones en el plumaje de; ejemplos de
desarrollo correlacionado en; doméstico, razas y subrazas de.
Gallinas, Hamburgo moteado; herencia
de los cambios de plumaje por; peculiaridades sexuales en, transmitidas sólo al
mismo sexo; pérdida de caracteres sexuales secundarios por macho; polaco,
origen de la cresta en; período de herencia de caracteres por; cuco-;
desarrollo de la cresta en; proporción numérica de los sexos en; cortejo de;
mestizo, entre un gallo español negro y diferentes gallinas; Hamburgo a lápiz,
diferencia de los sexos en; español, diferencias sexuales de la cresta en;
espoleado, en ambos sexos.
Fox, WD, sobre algunos patos salvajes
medio domesticados que se vuelven polígamos, y sobre la poligamia en las
gallinas de guinea y los canarios; sobre la proporción de sexos en el ganado;
sobre la pugnacidad del pavo real; sobre una reunión nupcial de urracas; sobre
el hallazgo de nuevas parejas por los cuervos; sobre las perdices que viven en
trillizos; sobre el apareamiento de un ganso con un ganso chino.
Zorros, cautela de crías, en comarcas
de caza; color negro.
Fraser, C., sobre los diferentes
colores de los sexos en una especie de Squilla.
Fraser, G., colores de Tecla.
Frere, Hookham, citando a Teognis
sobre la selección en la humanidad.
Fringilla cannabina.
Fringilla ciris, edad de plumaje
maduro en.
Fringilla cyanea, edad de plumaje
maduro en.
Fringilla leucophrys, cría de.
Fringilla spinus.
Fringilla tristis, cambio de color
en, en primavera; crías de.
Fringillidae, parecido de las hembras
de distintas especies de.
Rana de colores brillantes y
desagradable para los pájaros.
Ranas macho; receptáculos temporales
para óvulos que poseen; listos para reproducirse antes que las hembras; lucha
de; órganos vocales de.
Hueso frontal, persistencia de la
sutura en.
Frutos venenosos que los animales
evitan.
Fueguinos, diferencia de estatura
entre los; poder de la vista en los; habilidad de, en el lanzamiento de
piedras; resistencia de los, a su clima severo; capacidad mental de los;
sentimientos cuasi-religiosos de los; semejanza de, en caracteres mentales, con
los europeos; modo de vida de los; aversión de, al cabello en la cara; se dice
que admira a las mujeres europeas.
Fulgoridae, cantos de los.
Pelaje, blancura de, en animales del
Ártico en invierno.
Animales de piel, adquirieron
sagacidad.
Gallicrex, diferencia sexual en el
color del iris en.
Gallicrex cristatus, pugnacidad del
macho; carbunco rojo que aparece en el macho durante la temporada de cría.
Gallinaceae, frecuencia de hábitos
polígamos y de diferencias sexuales en los; gestos amorosos de; plumas
descompuestas en; rayas de crías; diferencias sexuales comparativas entre las
especies de; plumaje de.
Aves gallináceas, armas del macho;
plumas en forma de raqueta en la cabeza de.
Gallinula chloropus, pugnacidad del
macho.
Galloperdix, espolones de; desarrollo
de espolones en la hembra.
Galophasis, joven de.
Agallas.
Gallus bankiva, pelos del cuello.
Gallus Stanleyi, pugnacidad del
macho.
Galton, Sr., sobre el genio
hereditario; el gregarismo y la independencia en los animales; sobre la lucha
entre los impulsos sociales y personales; sobre los efectos de la selección
natural en las naciones civilizadas; sobre la esterilidad de las hijas únicas;
sobre el grado de fertilidad de las personas de genio; sobre los matrimonios
precoces de los pobres; sobre los antiguos griegos; sobre la Edad Media; sobre
el progreso de los Estados Unidos; sobre las nociones sudafricanas de belleza.
Gammarus, uso de las quelas de.
Gammarus marino.
Alcatraces, blancos sólo cuando
maduran.
Peces ganoides.
Gaour, cuernos del.
Brecha entre el hombre y los simios.
Gaper, sexos y crías de.
Gardner, sobre un ejemplo de
racionalidad en un Gelasimus.
Garrulus glandarius.
Gartner, sobre la esterilidad de las
plantas híbridas.
Gasterópodos, pulmoníferos, cortejo
de.
Gasterosteus, nidificación de.
Gasterosteus leiurus.
Gasterosteus trachurus.
Gastrophora, alas de, brillantemente
coloreadas por debajo.
Gauchos, falta de humanidad entre
ellos.
Gaudry, M., sobre un mono fósil.
Gavia, cambio estacional de plumaje
en.
Gansos, ruido metálico producido por;
apareamiento de diferentes especies de; Canadá, selección de parejas por.
Gegenbaur, C., sobre el número de
dígitos en los ictiopterigios; sobre el hermafroditismo de los progenitores
remotos de los vertebrados; dos tipos de pezón en mamíferos.
Gelasimus, proporciones de los sexos
en una especie de; uso de las quelas agrandadas del macho; pugnacidad de los
machos de; acciones racionales de un; diferencia de color en los sexos de una
especie de.
Gémulas latentes en un sexo.
Genio, hereditario.
Genio, fertilidad del hombre y la
mujer.
Geoffroy St.-Hilaire, Isid., sobre el
reconocimiento de las mujeres por los cuadrumanos masculinos; sobre las
monstruosidades; coincidencias del desarrollo detenido con el polidactilismo;
sobre anomalías animalescas en la estructura humana; sobre la correlación de
las monstruosidades; sobre la distribución del pelo en el hombre y los monos;
sobre las vértebras caudales de los monos; sobre la variabilidad
correlacionada; sobre la clasificación del hombre; sobre el pelo largo en las
cabezas de las especies de Semnopithecus; sobre el pelo en los monos; sobre el
desarrollo de los cuernos en las ciervas; y F. Cuvier, sobre el mandril; sobre
Hylobates.
Distribución geográfica, como
evidencia de distinciones específicas en el hombre.
Geometrae, de colores brillantes por
debajo.
Geófago, protuberancia frontal del
macho; huevos eclosionados por el macho, en la boca o cavidad branquial.
Georgia, cambio de color en los
alemanes establecidos.
Geotrupes, estridulación de.
Gerbe, M., sobre la construcción de
nidos de Crenilabus massa y C. Melops.
Gerland, Dr., sobre la prevalencia
del infanticidio; sobre la extinción de las razas.
Gervais, P., sobre la vellosidad del
gorila; sobre el mandril.
Lenguaje gestual.
Polilla fantasma, diferencia sexual
de color en la.
Giard, M., cuestiona la descendencia
de los vertebrados de las ascidias; el color de las esponjas y las ascidias; el
olor almizclado de la esfinge.
Gibbon, voz de.
Gibón, Hoolock, nariz de.
Gibbs, Sir D., sobre las diferencias
de la voz en diferentes razas de hombres.
Gill, Dr., focas macho más grandes
que las hembras; diferencias sexuales en las focas.
Jirafa, su modo de utilizar los
cuernos; muda, excepto en la época de celo.
Giraud-Teulon, sobre la causa de la
miopía.
Muermo, transmisible al hombre desde
los animales inferiores.
Glándulas odoríferas en mamíferos.
Glareola, doble muda.
Glomeris limbata, diferencia de
coloración en los sexos de.
Luciérnaga, hembra, áptera;
luminosidad de la.
Mosquitos, danzas de; poderes
auditivos de.
Ñu, esqueletos de, encontrados
encerrados; diferencias sexuales en el color de los.
Cabra, macho, salvaje, cayendo sobre
sus cuernos; macho, olor emitido por; macho, salvaje, cresta de la; Berbura,
crin, papada, etc., del macho; Kemas, diferencia sexual en el color de la.
Cabras, diferencias sexuales en los
cuernos de; cuernos de; modo de lucha de; doméstico, diferencias sexuales de,
desarrollado tardíamente; barbas de.
Goatsucker, Virginiano, apareamiento
de los.
Gobios, nidificación de.
Dios, falta de la idea de, en algunas
razas de hombres.
Godron, M., sobre la variabilidad;
sobre la diferencia de estatura; sobre la falta de conexión entre el clima y el
color de la piel; sobre el color de la piel; sobre el color de los bebés.
Jilguero, proporción de los sexos en
el; diferencias sexuales del pico en el; cortejo de los.
Jilguero norteamericano, crías de.
Pez de colores.
Gomphus, proporciones de los sexos
en; diferencia en los sexos de.
Gonepteryx Rhamni, diferencia sexual
de color en.
Buen señor, Profesor, sobre la
afinidad de la lanceolada con las ascidias.
Gran sapo, joven de.
Ganso, Antártida, colores de la.
Ganso, Canadá, apareándose con un
ganso Bernicle.
Ganso chino, perilla en el pico del.
Ganso egipcio.
Ganso, Sebastopol, plumaje de.
Ganso, Nieve-, blancura de la.
Ganso de alas espuelas.
Gorila, actitud semierecta del;
procesos mastoides del; protegiéndose de la lluvia con las manos; manera de
sentarse; se supone que es una especie de mandril; poligamia del; voz del;
cráneo de; lucha del macho.
Gosse, PH, sobre la pugnacidad del
colibrí macho.
Gosse, M., sobre la herencia de las
modificaciones artificiales del cráneo.
Gould, BA, sobre la variación en la
longitud de las piernas en el hombre; medidas de los soldados americanos; sobre
las proporciones del cuerpo y la capacidad de los pulmones en diferentes razas
de hombres; sobre la vitalidad inferior de los mulatos.
Gould, J., sobre la migración de los
vencejos; sobre la llegada de las agachadizas macho antes que las hembras;
sobre la proporción numérica de los sexos en las aves; sobre Neomorpha Grypus;
sobre las especies de Eustephanus; sobre el pato almizclero australiano; sobre
el tamaño relativo de los sexos en Briziura lobata y Cincloramphus cruralis;
sobre Lobivanellus lobatus; sobre los hábitos de Menura Alberti; sobre la
rareza del canto en las aves brillantes; sobre Selasphorus platycerus; sobre
los pájaros jardineros; sobre el plumaje ornamental de los colibríes; sobre la
muda de la perdiz nival; sobre la exhibición de plumaje de los colibríes
machos; sobre la timidez de los pájaros machos adornados; sobre la decoración
de las glorietas de los pájaros jardineros; sobre la decoración de sus nidos
por los colibríes; sobre la variación en el género Cynanthus; sobre el color de
los muslos de un periquito macho; sobre Urosticte Benjamini; sobre la
nidificación de los oropéndolas; sobre pájaros de colores oscuros que
construyen nidos ocultos; sobre trogones y martines pescadores; sobre loros
australianos; sobre palomas australianas; sobre la muda de la perdiz nival;
sobre el plumaje inmaduro de las aves; sobre las especies australianas de
Turnix; sobre las crías de Aithurus polytmus; sobre los colores de los picos de
los tucanes; sobre el tamaño relativo de los sexos en los marsupiales de
Australia; sobre los colores de los marsupiales.
Goureaux, sobre la estridulación de
Mutilla europaea.
Gota, transmisión sexual.
Graba, sobre los cuervos de las Islas
Feroe; variedad del arao.
Gradación de caracteres sexuales
secundarios en aves.
Grallatores, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en; doble muda en algunos.
Grallina, nidificación de.
Saltamontes, estridulación de los.
Gratiolet, Prof., sobre los monos
antropomorfos; sobre la evolución de los monos antropomorfos; sobre la
diferencia en el desarrollo del cerebro de los monos y del hombre.
Gray, Asa, sobre la gradación de las
especies entre las Compositae.
Gray, JE, sobre las vértebras
caudales de los monos; sobre la presencia de rudimentos de cuernos en la hembra
de Cervulus moschatus; sobre los cuernos de cabras y ovejas; sobre las crestas
de los antílopes machos; sobre la barba del íbice; sobre la cabra Berbura;
sobre las diferencias sexuales en la coloración de los roedores; adornos del
perezoso macho; sobre los colores de los elands; sobre el antílope Sing-sing;
sobre los colores de las cabras; sobre el lémur macaco; sobre el ciervo
porcino.
“El principio de la mayor felicidad”.
Griegos, antiguos.
Green, AH, sobre los castores
peleando; sobre la voz del castor.
Verderón común, seleccionado por una
canaria hembra.
Greg, WR, sobre los efectos de la
selección natural en las naciones civilizadas; sobre los matrimonios precoces
de los pobres; sobre los antiguos griegos.
Granaderos prusianos.
Galgos, proporción numérica de los
sexos en; proporción numérica de nacimientos de machos y hembras en.
Urogallo rojo, monógamo; pugnacidad
del macho joven; producción de un sonido al batir sus alas; duración del
cortejo; colores y nidificación de.
Gruber, Dr., sobre la aparición del
foramen supracondiloideo en el húmero del hombre; sobre la división del hueso
malar; estridulación de la langosta; sobre el ephippiger.
Grus americanus, edad del plumaje
maduro; reproducción en plumaje inmaduro.
Grus virgo, tráquea de.
Gryllus campestris, pugnacidad del
macho.
Gryllus domesticus.
Grypus, diferencias sexuales en el
pico en.
Guanacos, batallas de; dientes
caninos de.
Guanas, lucha por las mujeres entre
los; poliandria entre los.
Esqueletos guanches, aparición del
agujero supracondiloideo en el húmero de.
Guaranys, proporción de hombres y
mujeres entre; color de los recién nacidos de los; barbas de los.
Guenee, A., sobre los sexos de
Hyperythra.
Guilding, L., sobre la estridulación
de las Locustidae.
Arao, variedad de.
Guinea, oveja de, con machos sólo con
cuernos.
Gallina de Guinea, monógama;
poligamia ocasional de la; marcas de la.
Conejillos de indias, herencia de los
efectos de las operaciones por.
Gaviotas, cambio estacional de
plumaje en; blanco.
Gunther, Dr., sobre la paleta de
Ceradotus; sobre el hermafroditismo en Serranus; sobre los peces machos que
incuban huevos en sus bocas; sobre la confusión de peces hembras infértiles con
machos; sobre los órganos prensiles de los peces Plagiostomous machos; espinas
y cepillos en los peces; sobre la pugnacidad del salmón y la trucha machos;
sobre el tamaño relativo de los sexos en los peces; sobre las diferencias
sexuales en los peces; sobre el género Callionymus; sobre el parecido protector
de un pez pipa; sobre el género Solenostoma; sobre la coloración de ranas y
sapos; el combate de Testudo elegans; sobre las diferencias sexuales en los
ofidios; sobre las diferencias de los sexos de los lagartos.
Gynanisa Isis, manchas oceladas de.
Gitanos, uniformidad de, en diversas
partes del mundo.
Hábitos malos facilitados por la
familiaridad; variabilidad de la fuerza de.
Haeckel, E., sobre el origen del
hombre; sobre los caracteres rudimentarios; sobre la muerte causada por la
inflamación del apéndice vermiforme; sobre los caninos en el hombre; sobre los
pasos por los cuales el hombre se convirtió en bípedo; sobre el hombre como
miembro del grupo de los catarrinos; sobre la posición de los lemúridos; sobre
la genealogía de los mamíferos; sobre la lanceta; sobre la transparencia de los
animales pelágicos; sobre los poderes musicales de las mujeres.
Hagen, H., y Walsh, BD, sobre los
neurópteros americanos.
Cabello, desarrollo de, en el hombre;
carácter de, supuestamente determinado por la luz y el calor; distribución de,
en el hombre; posiblemente eliminado con fines ornamentales; disposición y
dirección de; de los primeros progenitores del hombre; diferente textura de,
en distintas razas; y piel, correlación del color de; desarrollo de, en
mamíferos; manejo de, entre diferentes pueblos; gran longitud de, en algunas
tribus de América del Norte; alargamiento de, en la cabeza humana; posible
efecto hereditario de arrancarlo.
Vellosidad, diferencia de, en los
sexos en el hombre; variación de, en las razas de hombres.
Pelos y poros excretores, relación
numérica, en ovejas.
Familia peluda, siamés.
Halbertsma, Prof., hermafroditismo en
Serranus.
Babuino hamadryas, dando vuelta las
piedras; melena del macho.
Hamilton, C., sobre la crueldad de
los kafires hacia los animales; sobre el engullimiento de las mujeres por los
jefes kafires.
Martilleo, dificultad de.
Hancock, A., sobre los colores del
nudibranquio Mollusca.
Manos, más grandes al nacer, en los
hijos de trabajadores; estructura de, en los cuadrumanos; y brazos, libertad
de, indirectamente correlacionados con la disminución de los caninos.
Escritura a mano, heredada.
Handyside, Dr., mamas supernumerarias
en los hombres.
Harcourt, E. Vernon, sobre Fringilla
cannabina.
Liebre, coloración protectora de la.
Harelda glacialis.
Liebres, batallas de machos.
Harlan, Dr., sobre la diferencia
entre esclavos de campo y esclavos domésticos.
Harris, JM, sobre la relación entre
la complexión y el clima.
Harris, TW, sobre la langosta
Katy-did; sobre la estridulación de los saltamontes; sobre Oecanthus nivalis;
sobre la coloración de los lepidópteros; sobre la coloración de Saturnia Io.
Harting, espolón del Ornithorhynchus.
Hartman, Dr., sobre el canto de la
cigarra septendecim.
Odio, persistencia de.
Haughton, S., sobre una variación del
flexor largo del pulgar en el hombre.
Halcones, alimentando a un polluelo
huérfano.
Hayes, Dr., sobre la divergencia de
los perros de trineo en hielo fino.
Haymond, R., sobre el tamborileo del
macho de Tetrao umbellus; sobre el tamborileo de los pájaros.
Cabeza, posición alterada de, para
adaptarse a la actitud erguida del hombre; vellosidad de, en el hombre;
procesos de, en escarabajos machos; alteraciones artificiales de la forma de
la.
Hearne, sobre los conflictos en torno
a las mujeres entre los indios norteamericanos; sobre la noción de belleza
femenina entre los indios norteamericanos; y sobre las reiteradas fugas de una
mujer norteamericana.
Corazón, en el embrión humano.
Calor, supuestos efectos de.
Hectocotilo.
Curruca selvática, cría de la.
Talón, pequeña proyección del, en los
indios aymaras.
Hegt, M., sobre el desarrollo de los
espolones en los pavos reales.
Heliconidae, mimetismo de otras
mariposas.
Heliópatas, estridulación peculiar
del macho.
Heliothrix auriculata, cría de.
Helix pomatia, ejemplo de fijación
individual en.
Hellins, J., proporciones de sexos de
lepidópteros criados por.
Helmholtz, sobre el placer derivado
de las armonías; sobre el ojo humano; sobre la vibración de los pelos auditivos
de los crustáceos; la fisiología de la armonía.
Hemípteros.
Hemitrago, imberbe en ambos sexos.
Hemsbach, M. von, sobre la mama
medial en el hombre.
Gallina, cacareando.
Hepburn, Sr., sobre el canto otoñal
del mirlo acuático.
Hepialus humuli, diferencia sexual de
color en el.
Hierbas venenosas que los animales
evitan.
Hermafroditismo, de embriones; en
peces.
Herodias bubulcus, muda primaveral
de.
Heron, Sir R., sobre los hábitos del
pavo real.
Garzas, gestos de amor de; plumas
descompuestas en; plumaje nupcial de; crías de; a veces dimórficas; crecimiento
continuo de la cresta y las plumas en los machos de algunas; cambio de color en
algunas.
Hesperomys cognatus.
Hetaerina, proporción de los sexos
en; diferencia en los sexos de.
Heterocerus, estridulación de.
Hewitt, Sr., sobre un gallo de pelea
que mata a un milano; sobre el reconocimiento de perros y gatos por los patos;
sobre el apareamiento de un pato salvaje con un pato rabudo; sobre el cortejo
de las aves; sobre el apareamiento de faisanes con gallinas comunes.
Hilgendorf, sonidos producidos por
crustáceos.
Hindú, su horror a romper su casta.
Hindúes, diferencia local de estatura
entre; diferencia de, de los europeos; color de la barba en.
Hipparchia Janira, inestabilidad de
las manchas oceladas de.
Hipocampo, desarrollo de;
receptáculos marsupiales del macho.
Hipocampo menor.
Hipopótamo, desnudez de.
Caderas, proporciones de, en soldados
y marineros.
Hodgson, S., sobre el sentido del
deber.
Hoffberg, sobre los cuernos de los
renos; sobre las preferencias sexuales mostradas por los renos.
Hoffman, Prof., colores protectores;
lucha de ranas.
Cerdo, verruga-; río-.
Ciervo porcino.
Holland, Sir H., sobre los efectos de
las nuevas enfermedades.
Estructuras homólogas, variación
correlacionada de.
Homópteros, estridulación de los
mismos y ortópteros, discutidos.
Honduras, Quiscalus mayor en.
Busardo moro de la India, variación
en la cresta de.
Chupasueños, hembras y crías.
Chupasueños, muda de los;
australiano, nidificación de.
Honor, ley de.
Hooker, Dr., La paciencia del
elefante con su cuidador; sobre el color de la barba en el hombre.
Hookham, Sr., sobre los conceptos
mentales en los animales.
Gibón Hoolock, nariz de.
Abubilla, sonidos producidos por el
macho.
Hoplopterus armatus, espolones alares
de.
Cálao africano, inflación de la
carúncula del cuello del macho durante el cortejo.
Cálaos, diferencia sexual en el color
de los ojos; nidificación e incubación de.
Horne, C., sobre el rechazo de una
langosta de colores brillantes por parte de lagartijas y pájaros.
Cuernos, diferencias sexuales de, en
ovejas y cabras; pérdida de, en ovejas merinas hembras; desarrollo de, en
ciervos; desarrollo en antílopes; de la cabeza y el tórax, en escarabajos
machos; de ciervos; originalmente un carácter masculino en ovejas; y dientes
caninos, desarrollo inverso de.
Caballo, fósil, extinción del, en
América del Sur; polígamo; dientes caninos del macho; cambio de color en
invierno.
Caballos, aumento rápido de, en
América del Sur; disminución de los dientes caninos en; soñando; de las Islas
Malvinas y las Pampas; proporción numérica de los sexos, en; más claros en
invierno en Siberia; preferencias sexuales en; apareamiento preferencial con
aquellos del mismo color; proporción numérica de nacimientos de machos y
hembras en; anteriormente rayados.
Mujeres hotentotes, peculiaridades
de.
Hotentotes, piojos de; fácilmente se
convierten en músicos; nociones de belleza femenina de; compresión de la nariz
por.
Hough, Dr. S., la temperatura de los
hombres es más variable que la de las mujeres; proporción de sexos en el
hombre.
Esclavos domésticos, diferencia de
los esclavos del campo.
Houzeau, sobre el aullido del perro;
sobre la razón en los perros; pájaros muertos por cables telegráficos; sobre
los gritos de las aves domésticas y los loros; los animales no sienten piedad;
el suicidio en las Islas Aleutianas.
Howorth, HH, extinción de los
salvajes.
Huber, P., sobre las hormigas que
juegan juntas; sobre la memoria en las hormigas; sobre la intercomunicación de
las hormigas; sobre el reconocimiento mutuo por parte de las hormigas después
de la separación.
Huc, sobre las opiniones chinas sobre
la apariencia de los europeos.
Huia, la, de Nueva Zelanda.
Humano, hombre, clasificado solo en
un reino.
Sacrificios humanos.
Humanidad, desconocida entre algunos
salvajes; deficiencia de, entre salvajes.
Humboldt, A. von, sobre la
racionalidad de las mulas; sobre un loro que preserva el lenguaje de una tribu
perdida; sobre las artes cosméticas de los salvajes; sobre la exageración de
los caracteres naturales por el hombre; sobre la pintura roja de los indios
americanos.
Hume, D., sobre los sentimientos
simpáticos.
Colibrí, plumas en forma de raqueta
en la cola; exhibición de plumaje por parte del macho.
Colibríes, adornan sus nidos;
polígamos; proporción de los sexos en; diferencias sexuales en; pugnacidad del
macho; primarias modificadas del macho; coloración de los sexos de; exhibición
por; nidificación de los; colores de la hembra; crías de.
Humor, sentido del humor en los
perros.
Humphreys, HN, sobre los hábitos del
espinoso.
Hambre, instinto de.
Hunos, antiguos, aplanamiento de la
nariz por el.
Hunter, J., sobre el número de
especies del hombre; sobre los caracteres sexuales secundarios; sobre el
comportamiento general de las hembras durante el cortejo; sobre los músculos de
la laringe en los pájaros cantores; sobre la fuerza de los machos; sobre el
pelo frontal rizado del toro; sobre el rechazo de un asno por parte de una
cebra hembra.
Hunter, WW, sobre el reciente y
rápido aumento del Santali; sobre el Santali.
Huss, Dr. Max, sobre las glándulas
mamarias.
Hussey, señor, sobre una perdiz que
distingue a las personas.
Hutchinson, Col., ejemplo de
razonamiento en un retriever.
Hutton, Capitán, sobre el macho
cabrío salvaje que cae sobre sus cuernos.
Huxley, TH, sobre la concordancia
estructural del hombre con los simios; sobre la concordancia del cerebro del
hombre con el de los animales inferiores; sobre la edad adulta del orangután;
sobre el desarrollo embrionario del hombre; sobre el origen del hombre; sobre
la variación en los cráneos de los nativos de Australia; sobre el abductor del
quinto metatarsiano en los simios; sobre la naturaleza del poder de
razonamiento; sobre la posición del hombre; sobre los subórdenes de primates;
sobre los Lemuridae; sobre los Dinosauria; sobre las afinidades anfibias de los
ictiosaurios; sobre la variabilidad del cráneo en ciertas razas del hombre;
sobre las razas del hombre; Suplemento sobre el cerebro.
Aves híbridas, producción de.
Hidrofobia, transmisible entre el
hombre y los animales inferiores.
Hydroporus, dimorfismo de las hembras
de.
Hyelaphus porcinus.
Higrógono.
Hyla, especie cantora.
Hylobates, ausencia del pulgar en;
progresión vertical de algunas especies de; afecto maternal en una; dirección
del pelo en los brazos de especies de; hembras de, menos pilosas abajo que los
machos.
Hylobates agilis, pelo en los brazos
de; voz musical de la; cresta superciliar de; voz de.
Hylobates hoolock, diferencia sexual
de color en.
Hylobates lar, pelo en los brazos; la
hembra tiene menos pelo.
Hylobates leuciscus, canto de.
Hylobates syndactylus, saco laríngeo
de.
Hylophila prasinana.
Himenópteros, gran tamaño de los
ganglios cerebrales en; clasificación de; diferencias sexuales en las alas de;
aculeados, tamaño relativo de los sexos de.
Himenóptero parásito con macho
sedentario.
Hyomoschus aquaticus.
Hiperitra, proporción de los sexos
en.
Hypogymna dispar, diferencia sexual
de color en.
Hypopyra, coloración de.
Íbice, macho, cayendo sobre sus
cuernos; barba del.
Ibis, blanco, cambio de color de la
piel desnuda en, durante la época de cría; escarlata, jóvenes de la.
Ibis tantalus, edad del plumaje
maduro; reproducción en plumaje inmaduro.
Ibises, plumas descompuestas en;
blanco; y negro.
Ichneumonidae, diferencia de sexos
en.
Ictiopterigios.
Ictiosaurios.
Idiotas, microcéfalos, sus caracteres
y costumbres; vellosidad y naturaleza animal de sus acciones; microcéfalos,
facultades imitativas de.
Iguana tuberculata.
Iguanas.
Hijos ilegítimos y legítimos,
proporción de los sexos en.
Imaginación, existencia de, en los
animales.
Imitación, del hombre por los monos;
tendencia, en los monos, a los idiotas y salvajes microcéfalos; influencia de.
Plumaje inmaduro de aves.
Implantada.
Herramientas empleadas por los monos;
fabricación de las mismas, peculiar del hombre.
Impregnación, período de, influencia
de, sobre el sexo.
Mejora, progresista, algo que se
supone que sólo el hombre es capaz de hacer.
Dientes incisivos, arrancados o
limados por algunos salvajes.
Aumento, tasa de; necesidad de
controles.
Indecencia, odio a la virtud moderna.
India, dificultad de distinguir las
razas nativas de; Ciprínidos de; color de la barba en las razas de hombres de.
Indio, norteamericano, honrado por
arrancarle el cuero cabelludo a un hombre de otra tribu.
Individualidad, en los animales.
Indolencia del hombre, cuando está
libre de la lucha por la existencia.
Indopicus carlotta, colores de los
sexos de.
Infanticidio, prevalencia de;
supuesta causa de; prevalencia y causas de.
Inferioridad, supuesta física, del
hombre.
Inflamación de los intestinos,
aparición de, en Cebus Azarae.
Herencia, de la vista larga y corta;
de los efectos del uso de los órganos vocales y mentales; de las tendencias
morales; leyes de lo sexual; sexualmente limitado.
Inquisición, influencia de la.
Locura, hereditaria.
Insecto fósil del Devónico.
Insectívoros, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
Insectos, tamaño relativo de los
ganglios cerebrales en; macho, apariencia de, antes de las hembras; persecución
de la hembra, por los machos; período de desarrollo de los caracteres sexuales
en; caracteres sexuales secundarios de; mantenidos en jaulas; estridulación.
Insesores, órganos vocales de.
Empeine, profundidad de, en soldados
y marineros.
Instinto e inteligencia.
Instinto migratorio, vencedor del
maternal.
Acciones instintivas, fruto de la
herencia.
Impulsos instintivos, diferencia de
la fuerza; e impulsos morales, alianza de.
Instintos, origen complejo de, a
través de la selección natural; posible origen de algunos; adquiridos, de
animales domésticos; variabilidad de la fuerza de; diferencia de fuerza entre
lo social y lo otro; utilizados para nuevos propósitos.
Música instrumental de pájaros.
Intelecto, influencia de la selección
natural en la sociedad civilizada.
Facultades intelectuales, su
influencia en la selección natural en el hombre; probablemente perfeccionadas a
través de la selección natural.
Inteligencia, Sr. H. Spencer en los
albores de.
La intemperancia no es objeto de
reproche entre los salvajes; es destructiva.
Intoxicación en monos.
Iphias glaucippe.
Iris, diferencia sexual en el color
del, en las aves.
Músculo isquiopúbico.
Ithaginis cruentus, número de
espolones.
Iulus, ventosas tarsales de los
machos de.
Los chacales aprenden de los perros a
ladrar.
Agachadiza común, coloración de la.
Jacquinot, sobre el número de
especies del hombre.
Jaeger, Dr., longitud de los huesos
aumentada por llevar pesos; sobre la dificultad de acercarse a manadas de
animales salvajes; faisán plateado macho, rechazado cuando su plumaje se echó a
perder.
Jaguares, negros.
Janson, EW, sobre las proporciones de
los sexos en Tomicus villosus; sobre los escarabajos estridulantes.
Japón, fomento del libertinaje en.
Japonés, generalidad de la imberbe;
aversión a los bigotes.
Jardine, Sir W., sobre el faisán
Argus.
Jarrold, Dr., sobre las
modificaciones del cráneo inducidas por una posición antinatural.
Jarves, Sr., sobre el infanticidio en
las Islas Sandwich.
Javanes, altura relativa de los
sexos; nociones de belleza femenina.
Mandíbula, influencia de los músculos
de la misma, sobre la fisonomía de los simios.
Mandíbulas, más pequeñas
proporcionalmente a las extremidades; influencia de la comida sobre el tamaño
de; disminución de, en el hombre; en el hombre, reducida por correlación.
Jay, joven de el; Canadá, joven de
el.
Arrendajos, nuevas parejas
encontradas por; personas distintivas.
Jeffreys, J. Gwyn, sobre la forma de
la concha en los sexos de los Gasterópodos; sobre la influencia de la luz en
los colores de las conchas.
Medusas, algunas de colores
brillantes.
Jenner, Dr., sobre la voz de la
graja; sobre la búsqueda de nuevas parejas por las urracas; sobre el retraso de
las funciones generativas en las aves.
Jenyns, L., sobre el abandono de sus
crías por las golondrinas; sobre los pájaros machos que cantan después de la
temporada apropiada.
Jerdon, Dr., sobre el sueño de los
pájaros; sobre la pugnacidad del bulbul macho; sobre la pugnacidad del
Ortygornis gularis macho; sobre los espolones del Galloperdix; sobre los
hábitos del Lobivanellus; sobre la espátula; sobre el tamborileo del faisán de
Kalij; sobre las avutardas indias; sobre el Otis bengalensis; sobre los
penachos de las orejas del Sypheotides auritus; sobre las mudas dobles de
ciertos pájaros; sobre la muda de las madrescaras; sobre la muda de las
avutardas, chorlitos y drongos; sobre el cambio de color primaveral en algunos
pinzones; sobre la exhibición en los pájaros machos; sobre la exhibición de las
coberteras infracaudales por el bulbul macho; sobre el busardo abejero indio;
sobre las diferencias sexuales en el color de los ojos de los cálaos; sobre las
marcas del faisán tragopán; sobre la nidificación de los oropéndolas; sobre la
nidificación de los cálaos; sobre el herrerillo común; sobre Palaeornis
javanicus; sobre el plumaje inmaduro de las aves; sobre especies representativas
de aves; sobre los hábitos de Turnix; sobre el continuo aumento de la belleza
del pavo real; sobre la coloración en el género Palaeornis.
Jevons, WS, sobre las migraciones del
hombre.
Judíos, antiguo uso de herramientas
de pedernal por los; uniformidad de, en varias partes del mundo; proporción
numérica de nacimientos masculinos y femeninos entre los; antiguo, tatuaje
practicado por.
Johnstone, teniente, sobre el
elefante indio.
Jollofs, bella apariencia de la.
Jones, Albert, proporción de sexos de
lepidópteros criados por.
Juan Fernández, colibríes de.
Junonia, diferencias sexuales de
coloración en especies de.
Júpiter, comparación con las efigies
asirias.
Cráneo de kaffir, aparición del
diastema en a.
Los cafres, su crueldad hacia los
animales; los piojos de los; el color de los; el encubrimiento de las mujeres
más hermosas por los jefes de los; las costumbres matrimoniales de los.
Faisán kalij, tamborileo del macho;
crías de.
Kallima, semejanza de una hoja
marchita.
Kulmucks, imberbe general de;
aversión a, los pelos en la cara; costumbres matrimoniales de los.
Canguro, gran rojo, diferencia sexual
en el color de.
Kant, Imm., sobre el deber; sobre el
autocontrol; sobre el número de especies del hombre.
Katy-did, estridulación de la.
Keen, Dr., sobre los poderes mentales
de las serpientes.
Keller, Dr., sobre la dificultad de
fabricar herramientas de piedra.
Kent, WS, elongación de la aleta
dorsal de Callionymus lyra; cortejo de Labrus mixtus; colores y cortejo de
Cantharus lineatus.
Cernícalos, nuevas parejas
encontradas por.
Riñón, uno, haciendo doble trabajo en
la enfermedad.
King, WR, sobre los órganos vocales
del Tetrao cupido; sobre el tamborileo del urogallo; sobre el reno; sobre la
atracción de los ciervos machos por la voz de la hembra.
Rey y Fitzroy, sobre las costumbres
matrimoniales de los fueguinos.
Cangrejos reales, nidificación de.
Martín pescador, plumas en forma de
raqueta en la cola de un.
Martín pescador, colores y
nidificación de los; plumaje inmaduro de los; crías de los.
Lori Rey, plumaje inmaduro del.
Kingsley, C., sobre los sonidos
producidos por la Umbrina.
Kirby y Spence, sobre las diferencias
sexuales en la longitud del hocico en Curculionidae; sobre el cortejo de los
insectos; sobre los élitros de Dytiscus; sobre las peculiaridades de las patas
de los insectos machos; sobre el tamaño relativo de los sexos en los insectos;
sobre los Fulgoridae; sobre los hábitos de las termitas; sobre la diferencia de
color en los sexos de los escarabajos; sobre los cuernos de los escarabajos
lamelicornio machos; sobre los procesos córneos en los Curculionidae machos; sobre
la pugnacidad del ciervo volante macho.
Cometa muerta por un gallo de pelea.
Nudo, retención del plumaje invernal
por el.
Knox, R., sobre el pliegue semilunar;
sobre la aparición del agujero supracondiloideo en el húmero del hombre; sobre
las características del joven Memmon.
Koala, longitud del ciego en.
Kobus ellipsiprymnus, proporción de
los sexos en.
Kolreuter, sobre la esterilidad de
las plantas híbridas.
Koodoo, desarrollo de los cuernos
del; marcas del.
Koppen, FT, sobre la langosta
migratoria.
Koraks, costumbres matrimoniales de.
Kordofán, protuberancias producidas
artificialmente por los nativos de.
Korte, sobre la proporción de sexos
en las langostas; langostas rusas.
Kovalevsky, A., sobre la afinidad de
las ascidias con los vertebrados.
Kovalevsky, W., sobre la pugnacidad
del urogallo macho; sobre el apareamiento del urogallo.
Krause, sobre un cuerpo contorneado
en la extremidad de la cola en un macaco y un gato.
Kupffer, Prof., sobre la afinidad de
las ascidias con los vertebrados.
Labidocera Darwinii, órganos
prensiles del macho.
Labrus, espléndidos colores de la
especie de.
Labrus mixtus, diferencias sexuales
en.
Labrus pavo.
Lacertilia, diferencias sexuales de.
Lafresnaye, M. de, sobre las aves del
paraíso.
Lamarck, sobre el origen del hombre.
Lamelibranquias.
Escarabajos lamelicornio, procesos
parecidos a cuernos de la cabeza y el tórax; influencia de la selección sexual
en.
Lamellicornia, estridulación de.
Lamont, Sr., sobre los colmillos de
la morsa; sobre el uso de sus colmillos por la morsa; sobre la foca de nariz de
vejiga.
Lampornis porphyrurus, colores de la
hembra.
Lampyridae, desagradable para los
mamíferos.
Lanceleta.
Landois, H., mosquitos atraídos por
el sonido; sobre la producción de sonido por las cigarras; sobre el órgano
estridulante de los grillos; sobre Decticus; sobre los órganos estridulantes de
los Acridiidae; aparato estridulante en Orthoptera; sobre la estridulación de
Necrophorus; sobre el órgano estridulante de Cerambyx heros; sobre el órgano
estridulante de Geotrupes; sobre los órganos estridulantes en los coleópteros;
sobre el tictac de Anobium.
Dr. Landor, sobre el remordimiento
por no obedecer las costumbres tribales.
Lenguaje, un arte; articulado, origen
de; relación del progreso de, con el desarrollo del cerebro; efectos de la
herencia en la producción de; estructura compleja de, entre naciones bárbaras;
selección natural en; gesto; primigenio; de una tribu perdida preservada por un
loro.
Idiomas, presencia de rudimentos en;
clasificación de; variabilidad de; cruce o mezcla de; complejidad de, ninguna
prueba de perfección o prueba de creación especial; semejanza de, evidencia de
comunidad de origen.
Lenguas y especies, identidad de
evidencias de su desarrollo gradual.
Lanius, personajes de jovenes.
Lanius rufus, cría anómala de.
Lankester, ER, sobre la longevidad
comparativa; sobre los efectos destructivos de la intemperancia.
Lanugo del feto humano.
Lengua lapona, altamente artificial.
Alondra, proporción de los sexos en
el; hembra, canto de la.
Alondras atraídas por un espejo.
Lartet, E., comparación de las
capacidades craneales de cráneos de mamíferos recientes y terciarios; sobre el
tamaño del cerebro en mamíferos; sobre Dryopithecus; sobre flautas
prehistóricas.
Larus, cambio estacional de plumaje
en.
Larva luminosa de un escarabajo
brasileño.
Laringe, músculos de la, en pájaros
cantores.
Lasiocampa quercus, atracción de los
machos por la hembra; diferencia sexual de color en.
Latham, RG, sobre las migraciones del
hombre.
Latooka, perforación del labio
inferior por parte de las mujeres de.
Laurillard, sobre la división anormal
del hueso malar en el hombre.
Lawrence, W., sobre la superioridad
de los salvajes sobre los europeos en el poder de la vista; sobre el color de
los niños negros; sobre la afición de los salvajes por los ornamentos; sobre
las razas imberbes; sobre la belleza de la aristocracia inglesa.
Layard, EL, sobre la instancia de
racionalidad en una cobra; sobre la pugnacidad de Gallus Stanleyi.
Laycock, Dr., sobre la periodicidad
vital; naturaleza theroide de los idiotas.
Hojas, otoño, tintes inútiles.
Lecky, Sr., sobre el sentido del
deber; sobre el suicidio; sobre la práctica del celibato; su visión de los
crímenes de los salvajes; sobre el ascenso gradual de la moralidad.
Leconte, JL, sobre el órgano
estridulante en Coprini y Dynastini.
Lee, H., sobre la proporción numérica
de los sexos en la trucha.
Pierna, pantorrilla, modificada
artificialmente.
Hijos legítimos e ilegítimos,
proporción de los sexos en.
Piernas, variación de la longitud de
las mismas en el hombre; proporciones de las mismas en soldados y marineros;
parte frontal atrofiada en algunas mariposas macho; peculiaridades de las
mismas en los insectos machos.
Leguay, sobre la aparición del
foramen supracondiloideo en el húmero del hombre.
Lek del gallo negro y del urogallo.
Lemoine, Albert, sobre el origen del
lenguaje.
Lémur macaco, diferencia sexual de
color en.
Lemuridae, orejas de las;
variabilidad de los músculos de las; posición y derivación de las; su origen.
Lémures, útero en el.
Lenguas, desfiguración de las orejas
de las.
Leopardos, negros.
Lepidópteros, proporciones numéricas
de los sexos en la; coloración de; manchas oceladas de.
Lepidosirena.
Leptalides, mimetismo de.
Leptorhynchus angustatus, pugnacidad
del macho.
Leptura testacea, diferencia de
coloración en los sexos.
Leroy, sobre la cautela de los zorros
jóvenes en los distritos de caza; sobre el abandono de sus crías por las
golondrinas.
Leslie, D., costumbres matrimoniales
de los kafires.
Lesse, valle de la.
Lección sobre las aves del paraíso;
sobre el elefante marino.
Lessona, M., observaciones sobre
Serranus.
Lethrus cephalotes, pugnacidad de los
machos de.
Leuciscus phoxinus.
Leuckart, R., sobre la vesícula
prostática; sobre la influencia de la edad de los padres en el sexo de la
descendencia.
Músculo elevador de la clavícula.
Libellula depressa, color del macho.
Libellulidae, tamaño relativo de los
sexos de; diferencia en los sexos de.
Piojos de los animales domésticos y
del hombre.
El libertinaje es un control de la
población; su prevalencia entre los salvajes.
Lichtenstein, en Chera progne.
Vida, herencia en periodos
correspondientes de.
Luz, efectos sobre la tez; influencia
de la misma sobre los colores de las conchas.
Lilford, Señor, la gorguera se siente
atraída por los objetos brillantes.
Limosa lapponica.
Linaria.
Linaria montana.
Lindsay, Dr. WL, enfermedades
transmitidas de los animales al hombre; locura en los animales; el perro
considera a su amo su Dios.
Linneo, opiniones sobre la posición
del hombre.
Pardillo común, proporción numérica
de los sexos en el; frente y pecho carmesí del; cortejo del.
León, polígamo; melena de la,
defensiva; rugiente de la.
Leones, rayas de crías.
Labios, perforados por los salvajes.
Lithobius, apéndices prensiles de la
hembra.
Litosia, coloración en.
Littorina littorea.
Livingstone, Dr., manera de sentarse
del gorila; sobre la influencia de la humedad y la sequedad en el color de la
piel; sobre la propensión de los negros a las fiebres tropicales después de
residir en un clima frío; sobre el ganso de alas espuelas; sobre los pájaros
tejedores; sobre un chotacabras africano; sobre las cicatrices de batalla de
los mamíferos machos sudafricanos; sobre la extracción de los incisivos
superiores por los batokas; sobre la perforación del labio superior por los
makalolo; sobre los banyai.
Livonia, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres.
Lagartos, tamaño relativo de los
sexos; bolsas gulares de.
Lloyd, L., sobre la poligamia del
urogallo y la avutarda; sobre la proporción numérica de los sexos en el
urogallo y la gallineta; sobre el salmón; sobre los colores del escorpión
marino; sobre la pugnacidad del urogallo macho; sobre el urogallo y la gallineta;
sobre el canto del urogallo; sobre las reuniones de urogallo y agachadizas;
sobre el apareamiento de un pato escudo con un pato común; sobre las batallas
de las focas; sobre el alce.
Lobivanellus, espolones alares hacia
adentro.
Influencias locales, efecto de, sobre
la estatura.
Lockwood, Sr., sobre el desarrollo
del hipocampo.
Lockwood, Rev. S., ratón musical.
Langosta de colores brillantes,
rechazada por lagartos y pájaros.
Langosta migratoria; selección por
hembra.
Locustidae, estridulación de la;
descenso de la.
Langostas, proporción de sexos en;
estridulación de.
Escarabajos longicornio, diferencia
de sexos, en color; estridulación de.
Lonsdale, Sr., sobre un ejemplo de
apego personal en Helix pomatia.
Lophobranchii, receptáculos
marsupiales del macho.
Lophophorus, hábitos de.
Lophorina atra, diferencia sexual en
la coloración de.
Lophornis ornatus.
Señor, JK, sobre Salmo lycaodon.
Lori, Rey; plumaje inmaduro del.
Lory, Rey, constancia de.
Payasadas de amor y bailes de
pájaros.
Lowne, BT, sobre Musca vomitoria.
Loxia, personajes de jovenes de.
Lubbock, Sir J., sobre la antigüedad
del hombre; sobre el origen del hombre; sobre la capacidad mental de los
salvajes; sobre el origen de los instrumentos; sobre la simplificación de los
idiomas; sobre la ausencia de la idea de Dios entre ciertas razas de hombres;
sobre el origen de la creencia en agentes espirituales; sobre las
supersticiones; sobre el sentido del deber; sobre la práctica de enterrar a los
ancianos y enfermos entre los fiyianos; sobre la inmoralidad de los salvajes;
sobre la afirmación del Sr. Wallace sobre el origen de la idea de la selección
natural; sobre la antigua barbarie de las naciones civilizadas; sobre las
mejoras en las artes entre los salvajes; sobre las semejanzas de los caracteres
mentales en diferentes razas de hombres; sobre las artes practicadas por los
salvajes; sobre el poder de contar en el hombre primitivo; sobre los órganos
prensiles del macho Labidocera Darwinii; sobre Chloeon; sobre Smynthurus
luteus; búsqueda de nuevas parejas por los arrendajos; sobre las luchas por las
mujeres entre los indios norteamericanos; sobre la música; sobre las prácticas
ornamentales de los salvajes; sobre la valoración de la barba entre los
anglosajones; sobre la deformación artificial del cráneo; sobre los
“matrimonios comunales”; sobre la exogamia; sobre los veddas; sobre la
poliandria.
Lucanidae, variabilidad de las
mandíbulas en el macho.
Lucano, gran tamaño de los machos de.
Lucanus cervus, proporción numérica
de sexos de; armas del macho.
Lucanus elaphus, uso de mandíbulas
de; grandes mandíbulas del macho.
Lucas, Prosper, sobre las palomas;
sobre la preferencia sexual en caballos y toros.
Luminosidad en insectos.
Períodos lunares.
Lund, Dr., sobre cráneos encontrados
en cuevas brasileñas.
Pulmones, agrandamiento de los mismos
en los indios quichuas y aymaras; vejiga natatoria modificada; diferente
capacidad en las razas del hombre.
Luschka, Prof., sobre la terminación
del coxis.
Lujo, expectativa de vida no
influenciada por.
Lycaena, diferencias sexuales de
coloración en especies de.
Lycaenae, colores de.
Lyell, Sir C., sobre la antigüedad
del hombre; sobre el origen del hombre; sobre el paralelismo del desarrollo de
las especies y de las lenguas; sobre la extinción de las lenguas; sobre la
Inquisición; sobre los restos fósiles de vertebrados; sobre la fertilidad de
los mulatos.
Lince, gorrión canadiense.
Pájaro lira, asambleas de.
Macaco, orejas de; cuerpo contorneado
en la extremidad de la cola de; variabilidad de la cola en especies de; bigotes
de especies de.
Macaco brunneus.
Macacus cynomolgus, cresta
superciliar de; barba y bigotes de; volviéndose blancos con la edad.
Macaco ecaudatus.
Macacus lasiotus, manchas faciales
de.
Macaco nemestrinus.
Macaco radiatus.
Macacus rhesus, diferencia sexual en
el color de.
Macalister, Prof., sobre las
variaciones del músculo palmar accesorio; sobre las anomalías musculares en el
hombre; sobre la mayor variabilidad de los músculos en los hombres que en las
mujeres.
Guacamayos, observaciones del Sr.
Buxton sobre.
McCann, J., sobre la individualidad
mental.
McClelland, J., sobre los ciprínidos
indios.
Macculloch, Coronel, sobre una aldea
india sin niñas.
Macculloch, Dr., sobre la fiebre
terciaria en un perro.
Macgillivray, W., sobre los órganos
vocales de las aves; sobre el ganso egipcio; sobre los hábitos de los pájaros
carpinteros; sobre los hábitos de la agachadiza; sobre la curruca zarcera;
sobre la muda de las agachadizas; sobre la muda de las anátidas; sobre la
búsqueda de nuevas parejas por las urracas; sobre el apareamiento de un mirlo y
un tordo; sobre los cuervos comunes; sobre los araos comunes; sobre los colores
de los herrerillos; sobre el plumaje inmaduro de las aves.
Machetes, sexos y crías de.
Machetes pugnax, se supone polígamo;
proporción numérica de los sexos en; pugnacidad del macho; doble muda en.
McIntosh, Dr., colores de los
nemertianos.
McKennan, costumbres matrimoniales de
los Koraks.
Mackintosh, sobre el sentido moral.
MacLachlan, R., sobre Apatania
muliebris y Boreus hyemalis; sobre los apéndices anales de los insectos machos;
sobre el apareamiento de las libélulas; sobre las libélulas; sobre el
dimorfismo en Agrion; sobre la falta de pugnacidad en las libélulas macho;
color de la polilla fantasma en las Islas Shetland.
M'Lennan, Sr., sobre el infanticidio;
sobre el origen de la creencia en agentes espirituales; sobre la prevalencia
del libertinaje entre los salvajes; sobre la barbarie primitiva de las naciones
civilizadas; sobre las huellas de la costumbre de la captura forzosa de
esposas; sobre la poliandria.
Macnamara, Sr., susceptibilidad de
los isleños de Andamán y de los nepaleses al cambio.
Señor M'Neill, sobre el uso de las
astas de los ciervos; sobre el lebrel escocés; sobre los pelos largos de la
garganta del ciervo; sobre el bramido de los ciervos.
Macropus, cortejo de.
Macrorhinus proboscideus, estructura
de la nariz de.
Urraca, poder del habla de; órganos
vocales de la; asambleas nupciales de; nuevas parejas encontradas por; robar
objetos brillantes; crías de la; coloración de la.
Maillard, M., sobre la proporción de
los sexos en una especie de Papilio de Borbón.
Maine, Sir Henry, sobre la absorción
de una tribu por otra; un deseo de mejora no general.
Mayor, Dr. C. Forsyth, sobre simios
italianos fósiles; cráneo de Bos etruscus; colmillos de cerdos del Mioceno.
Makalolo, perforación del labio
superior por el.
Hueso malar, división anormal del
mismo, en el hombre.
Archipiélago malayo, costumbres
matrimoniales de los salvajes.
Malayos, línea de separación entre
los papúes y los; imberbe general de los; coloración de los dientes entre;
aversión de algunos, a los pelos en la cara.
Malayos y papúes, caracteres
contrastados.
Animales machos, luchas por la
posesión de las hembras; afán de cortejo; generalmente más modificados que las
hembras; se diferencian de la misma manera de las hembras y las crías.
Caracteres masculinos, desarrollados
en hembras; transferencia de éstos a aves hembras.
Macho sedentario de un parásito
himenóptero.
Malhechores.
Machos, presencia de órganos
femeninos rudimentarios en.
Machos y hembras, número comparativo
de; mortalidad comparativa de, mientras eran jóvenes.
Malherbe, sobre los pájaros
carpinteros.
Mallotus Peronii.
Mallotus villosus.
Malthus, T., sobre la tasa de aumento
de la población.
Maluridae, nidificación del.
Malurus, cría de.
Mamas rudimentarias en los mamíferos
machos; supernumerarias en las mujeres; del sujeto humano masculino.
Mammalia, clasificación del profesor
Owen; genealogía de los.
Mamíferos recientes y terciarios,
comparación de la capacidad craneal de; pezones de; persecución de la hembra
por los machos; caracteres sexuales secundarios de; armas de; tamaño relativo
de los sexos de; paralelismo de, con las aves en caracteres sexuales
secundarios; voces de, utilizadas especialmente durante la época reproductiva.
Hombre, variabilidad de; erróneamente
considerado como más domesticado que otros animales; migraciones de; amplia
distribución de; causas de la desnudez de; supuesta inferioridad física de; un
miembro del grupo catarrino; progenitores tempranos de; transición del mono a
indefinido; proporciones numéricas de los sexos en; diferencia entre los sexos;
proporción de sexos entre los ilegítimos; diferente complexión de los negros
machos y hembras; caracteres sexuales secundarios de; condición primigenia de.
Mandans, correlación del color y la
textura del cabello en el.
Mandíbula izquierda agrandada en el
macho de Taphroderes distortus.
Mandíbulas, uso de la, en Ammophila;
grande, de Corydalis cornutus; grande, del macho Lucanus elaphus.
Mandril, número de vértebras caudales
en el; colores del macho.
Mantegazza, Prof., sobre los últimos
molares del hombre; los colores brillantes en los animales machos; sobre los
ornamentos de los salvajes; sobre la imberbez de los neozelandeses; sobre la
exageración de los caracteres naturales por el hombre.
Mantell, W., sobre la captación de
muchachas bonitas por parte de los jefes de Nueva Zelanda.
Mantis, pugnacidad de las especies
de.
Maories, mortalidad; infanticidio y
proporción de sexos; aversión a la vellosidad entre los hombres.
Marco Aurelio, sobre el origen del
sentido moral; sobre la influencia de los pensamientos habituales.
Mareca penélope.
Marcas que se conservan en todos los
grupos de aves.
Matrimonio, restricciones sobre,
entre salvajes; influencia de, sobre la moral; influencia de, sobre la
mortalidad; desarrollo de.
Matrimonios, precoces; comunales.
Marshall, Dr. W., protuberancias en
la cabeza de las aves; sobre la muda de las aves; ventaja para las aves del
paraíso más viejas.
Marshall, Col., mestizaje entre
Todas; infanticidio y proporción de sexos con Todas; elección de marido entre
Todas.
Marshall, señor, en el cerebro de una
mujer de Bush.
Marsupiales, desarrollo de la
membrana nictitante en; útero de; posesión de pezones por; su origen a partir
de Monotremata; sacos abdominales de; tamaño relativo de los sexos de; colores
de.
Marsupio, rudimentario en los
marsupiales machos.
Martín, WCL, sobre la alarma
manifestada por un orangután al ver una tortuga; sobre el pelo de Hylobates;
sobre una hembra de ciervo americano; sobre la voz de Hylobates agilis; sobre
Semnopithecus nemaeus.
Martín, sobre las barbas de los
habitantes de St. Kilda.
Martines abandonando a sus crías.
Martins, C., sobre la muerte causada
por la inflamación del apéndice vermiforme.
Procesos mastoides en el hombre y en
los simios.
Maudsley, Dr., sobre la influencia
del sentido del olfato en el hombre; sobre los idiotas que huelen su comida;
sobre Laura Bridgman; sobre el desarrollo de los órganos vocales; el sentido
moral que falla en la locura incipiente; cambio de las facultades mentales en
la pubertad en el hombre.
Mayers, WF, sobre la domesticación
del pez dorado en China.
Mayhew, E., sobre el afecto entre
individuos de diferentes sexos en el perro.
Maynard, CJ, sobre los sexos de
Chrysemys picta.
Meckel, sobre la variación
correlacionada de los músculos del brazo y la pierna.
Medicamentos, efecto producido por,
el mismo en el hombre y en los monos.
Medusas, algunas de colores
brillantes.
Estructuras megalíticas, prevalencia
de.
Megapicus validus, diferencia sexual
de color en.
Megasoma, gran tamaño de los machos.
Meigs, Dr. A., sobre la variación en
los cráneos de los nativos de América.
Meinecke, sobre la proporción
numérica de los sexos en las mariposas.
Melanesios, disminución de.
Meldola, Señor, colores y vuelo
nupcial de Colias y Pieris.
Meliphagidae, australiano,
nidificación de.
Melita, personajes sexuales
secundarios de.
Meloe, diferencia de coloración en
los sexos de una especie de.
Memnón, joven.
Memoria, manifestaciones de, en
animales.
Caracteres mentales, diferencias en
diferentes razas de hombres.
Facultades mentales, diversidad de,
en la misma raza de hombres; herencia de; variación de, en la misma especie;
similitud de, en diferentes razas de hombres; de aves.
Poderes mentales, diferencia de, en
los dos sexos en el hombre.
Menura Alberti, canción de.
Menura superba, colas largas de ambos
sexos.
Merganser, tráquea del macho.
Merganser serrator, plumaje del
macho.
Mergus cucullatus, espéculo de.
Mergus merganser, cría de.
Metallura, espléndidas plumas de la
cola de.
Methoca ichneumonides, macho grande
de.
Meves, M., sobre el tamborileo de la
agachadiza.
Mexicanos, civilización de los, no
extranjera.
Meyer, sobre un cuerpo contorneado en
la extremidad de la cola en un macaco y un gato.
Meyer, Dr. A., sobre la cópula de
Phryganidae de distintas especies.
Meyer, Prof. L., sobre el desarrollo
de la hélice de la oreja; las orejas de los hombres son más variables que las
de las mujeres; antenas que sirven como orejas.
Migraciones del hombre, efectos de.
Instinto migratorio de las aves;
venciendo al maternal.
Mill, JS, sobre el origen del sentido
moral; sobre el “principio de la mayor felicidad”; sobre la diferencia de
poderes mentales en los sexos del hombre.
Milpiés.
Milne-Edwards, H., sobre el uso de
quelas agrandadas del Gelasimus macho.
Milvago leucurus, sexos y crías de.
Mimetismo.
Mimus polyglottus.
Mente, diferencia de, en el hombre y
los animales superiores; semejanza de, en diferentes razas.
Pececillo, proporción de los sexos en
el.
Espejo, comportamiento de los monos
antes.
Espejos, alondras atraídas por.
Mitchell, Dr., mestizaje en las
Hébridas.
Mitford, selección de niños en
Esparta.
Mivart, St. George, sobre la
reducción de los órganos; sobre las orejas de los lemuroideos; sobre la
variabilidad de los músculos en los lemuroideos; sobre las vértebras caudales
de los monos; sobre la clasificación de los primates; sobre el orangután y el
hombre; sobre las diferencias en los lemuroideos; sobre la cresta del tritón
macho.
Mobius, Prof., sobre los poderes de
razonamiento en una pica.
Sinsonte, migración parcial de; crías
de la.
Modificaciones, inservible.
Moggridge, JT, sobre los hábitos de
las arañas; sobre los hábitos de las hormigas.
Lunares, proporción numérica de los
sexos en; batallas de macho.
Mollienesia petenensis, diferencia
sexual en.
Moluscos, bellos colores y formas de;
ausencia de caracteres sexuales secundarios en los.
Moluscos.
Monacanthus scopas y M. Peronii.
Monboddo, Señor, sobre la música.
Mongoles, perfección de los sentidos
en.
Mono, protegiendo a su cuidador de un
babuino; gorro-; rhesus-, diferencia sexual en el color del; bigote-, colores
del.
Monos, propensión a las mismas
enfermedades que el hombre; macho, reconocimiento de las mujeres por;
diversidad de facultades mentales en; romper frutas duras con piedras; manos
de; vértebras caudales basales de, incrustadas en el cuerpo; venganza tomada
por; afecto maternal en; variabilidad de la facultad de atención en; americano,
manifestación de la razón en; uso de piedras y palos; facultades imitativas de;
gritos de señales de; bondades mutuas de; centinelas apostados por; caracteres
humanos de; americano, dirección del pelo en los brazos de algunos; gradación
de especies de; barbas de; caracteres ornamentales de; analogía de las
diferencias sexuales de, con las del hombre; diferentes grados de diferencia en
los sexos de; expresión de emociones por; hábitos generalmente monógamos de;
hábitos polígamos de algunos; superficies desnudas de; cortejo de.
Monogamia, no primitiva.
Monogenistas.
Mononychus pseudacori, estridulación
de.
Monotremas, desarrollo de la membrana
nictitante en; glándulas galactóforas de; que conectan mamíferos con reptiles.
Monstruosidades análogas en el hombre
y en los animales inferiores; causadas por detención del desarrollo;
correlación de; transmisión de.
Montagu, G., sobre los hábitos del
urogallo lira y del gallo lira; sobre la pugnacidad del combatiente; sobre el
canto de los pájaros; sobre la doble muda del pato macho.
Monteiro, Sr., sobre Bucorax
abyssinicus.
Montes de Oca, M., sobre la
pugnacidad de los colibríes machos.
Monticola cyanea.
Monumentos, como huellas de tribus
extintas.
Alce, batallas de; cuernos del, un
estorbo.
Impulsos morales e instintivos,
alianza de.
Facultades morales, su influencia en
la selección natural en el hombre.
Reglas morales, distinción entre lo
superior y lo inferior.
El sentido moral, así llamado, deriva
de los instintos sociales; origen de los mismos.
Tendencias morales, herencia de.
Moralidad, supuestamente fundada en
el egoísmo; prueba del bienestar general de la comunidad; ascenso gradual de;
influencia de un alto nivel de.
Morgan, LH, sobre el castor; sobre
los poderes de razonamiento del castor; sobre la captura forzosa de esposas;
sobre el castóreo del castor; el matrimonio desconocido en los tiempos
primitivos; sobre la poliandria.
Morley, J., sobre la apreciación del
elogio y el temor a la culpa.
Morris, FO, sobre halcones
alimentando a un polluelo huérfano.
Morse, Dr., colores de los moluscos.
Morselli, E., división del hueso
malar.
Mortalidad comparativa de mujeres y
hombres.
Morton sobre el número de especies
del hombre.
Moschkau, Dr. A., sobre un estornino
hablante.
Moschus moschiferus, órganos
odoríferos de.
Motacillae, india, cría de.
Polilla odorífera.
Polillas, ausencia de boca en algunos
machos; hembra áptera; macho, uso prensil de los tarsos por; macho, atraído por
las hembras; sonido producido por; coloración de; diferencias sexuales de color
en.
Motmot, herencia de la mutilación de
las plumas de la cola; plumas en forma de raqueta en la cola de un.
Muda, doble; doble anual, en aves.
Muda de aves.
Mudas parciales.
Ratón, canción de.
Mono-bigote, colores del.
Bigotes, en monos.
Tortuga de barro, garras largas del
macho.
Mulatos, fertilidad persistente de;
inmunidad de, de la fiebre amarilla.
Mula, esterilidad y fuerte vitalidad
de la.
Mulas, racionales.
Muller, Ferd., sobre los mexicanos y
los peruanos.
Muller, Fritz, sobre los machos
astomatosos de Tanais; sobre la desaparición de manchas y rayas en los
mamíferos adultos; sobre las proporciones de los sexos en algunos crustáceos;
sobre los caracteres sexuales secundarios en varios crustáceos; competencia
musical entre machos de cigarras; modo de sostener las alas en Castina; sobre
las aves que muestran preferencia por ciertos colores; sobre la madurez sexual
de los crustáceos anfípodos jóvenes.
Muller, Hermann, emergencia de las
abejas a partir de la pupa; recolección de polen por las abejas; proporción de
sexos en las abejas; cortejo de Eristalis; color y selección sexual en las
abejas.
Muller, J., sobre la membrana
nictitante y el pliegue semilunar.
Muller, Max, sobre el origen del
lenguaje; el lenguaje implica poder de concepción general; lucha por la vida
entre las palabras, etc., de los idiomas.
Muller, S., sobre el banteng; sobre
los colores de Semnopithecus chrysomelas.
Ciervo muntjac, armas del.
Murie, J., sobre la reducción de los
órganos; sobre las orejas de los Lemuroidea; sobre la variabilidad de los
músculos en los Lemuroidea; vértebras caudales basales de Macacus brunneus
incrustadas en el cuerpo; sobre la manera de sentarse de los simios de cola
corta; sobre las diferencias en los Lemuroidea; sobre la bolsa de la garganta
de la avutarda macho; sobre la melena de Otaria jubata; sobre las fosas
suborbitales de los rumiantes; sobre los colores de los sexos en Otaria
nigrescens.
Murray, A., sobre los pedículos de
diferentes razas de hombres.
Murray, TA, sobre la fertilidad de
las mujeres australianas con hombres blancos.
Mus coninga.
Mus minutus, diferencia sexual en el
color de.
Musca vomitoria.
Muscicapa grisola.
Muscicapa luctuosa.
Muscicapa ruticilla, cría en plumaje
inmaduro.
Músculo isquiopúbico.
Músculos rudimentarios, presencia de,
en el hombre; variabilidad de los; efectos del uso y desuso sobre;
anormalidades animales de, en el hombre; variación correlacionada de, en el
brazo y la pierna; variabilidad de, en las manos y los pies; de las mandíbulas,
influencia de, en la fisonomía de los simios; espasmos habituales de, causantes
de modificaciones de los huesos faciales, de los primeros progenitores del
hombre; mayor variabilidad de, en los hombres que en las mujeres.
Músculo esternal, Prof. Turner sobre
el.
Música, de pájaros; discordante, amor
de los salvajes por; razón del poder de percepción de notas en los animales;
poder de distinguir notas; su conexión con el habla primitiva; diferente
apreciación de, por diferentes pueblos; origen de; efectos de.
Cadencias musicales, percepción de,
por los animales; poderes del hombre.
Ciervo almizclero, colmillos del
macho; macho, órganos odoríferos del; muda invernal del.
Pato almizclero australiano; macho de
gran tamaño; de Guayana, pugnacidad del macho.
Buey almizclero, cuernos de.
Rata almizclera, semejanza protectora
de la, a un terrón de tierra.
Musófagos, colores y nidificación de
los mismos; ambos sexos, igualmente brillantes.
Mejillones abiertos por monos.
Mustela, cambio invernal de dos
especies de.
Musters, Capitán, sobre Rhea
Darwinii; matrimonios entre patagones.
Mutilaciones, curación de; herencia
de.
Mutilla europaea, estridulación de.
Mutillidae, ausencia de ocelos en la
hembra.
Mycetes caraya, polígamo; órganos
vocales de; barba de; diferencias sexuales de color en; voz de.
Mycetes seniculus, diferencias
sexuales de color en.
Miriápodos.
Nageli, sobre la influencia de la
selección natural en las plantas; sobre la gradación de las especies de
plantas.
Uñas de color amarillo o morado en
parte de África.
Narval, colmillos de la.
Cavidades nasales, de gran tamaño, en
los aborígenes americanos.
Órganos nacientes.
Nathusius, H. von, sobre las razas
mejoradas de cerdos; los animales domésticos machos más variables que las
hembras; cuernos de ovejas castradas; sobre la cría de animales domésticos.
Selección natural, sus efectos sobre
los primeros progenitores del hombre; influencia de, sobre el hombre;
limitación del principio; influencia de, sobre los animales sociales; El Sr.
Wallace sobre la limitación de, por la influencia de las facultades mentales en
el hombre; influencia de, en el progreso de los Estados Unidos; en relación con
el sexo.
Selección natural y selección sexual
en contraste.
Naulette, mandíbula de, gran tamaño
de los caninos en.
Cráneo de neandertal, capacidad de
la.
Cuello, proporción de, en soldados y
marineros.
Necróforo, estridulación de.
Nectarinia, cría de.
Nectariniae, muda de las;
nidificación de.
Negro, parecido a un europeo en
caracteres mentales.
Mujeres negras, su bondad hacia Mungo
Park.
Negros, rasgos caucásicos en;
carácter de; piojos de; fertilidad de, cuando se cruzan con otras razas;
negritud de; variabilidad de; inmunidad de, a la fiebre amarilla; diferencia
de, con los americanos; desfiguraciones de los; color de los niños recién nacidos
de; relativa imberbe de los; fácilmente se convierten en músicos; apreciación
de la belleza de sus mujeres por; idea de belleza entre; compresión de la nariz
por algunos.
Nemertianos, colores de.
Periodo Neolítico.
Neomorpha, diferencia sexual del pico
en.
Nephila, tamaño del macho.
Nidos hechos por peces; decoración de
ellos por colibríes.
Neumeister, sobre el cambio de color
en las palomas después de varias mudas.
Neuración, diferencia de, en los dos
sexos de algunas mariposas e himenópteros.
Neurópteros.
Neurotemis, dimorfismo en.
Nueva Zelanda, expectativa de los
nativos de, de su extinción; práctica de tatuarse en; aversión de los nativos
de, a los pelos en la cara; muchachas bonitas absorbidas por los jefes en.
Newton, A., sobre la bolsa gástrica
de la avutarda macho; sobre las diferencias entre las hembras de dos especies
de Oxynotus; sobre los hábitos del falaropo, el chorlito carambolo y la aguja
zarapita.
Tritones.
Nicholson, Dr., sobre la no inmunidad
de los europeos oscuros a la fiebre amarilla.
Membrana nictitante.
Nidificación de peces; relación de,
con el color; de aves británicas.
Garza nocturna, gritos de la.
Ruiseñor, llegada del macho antes que
la hembra; objeto del canto del.
Ruiseñores, nuevas parejas
encontradas por.
Chotacabras, selección de pareja por
la hembra; australiano, sexos de; coloración de la.
Chotacabras, ruido que hace algún
macho, con sus alas; plumas alargadas hacia dentro.
Nilghau, diferencias sexuales de
color en el.
Nilsson, Prof., sobre la semejanza de
las puntas de flecha de piedra de diversos lugares; sobre el desarrollo de los
cuernos del reno.
Pezones, ausencia de, en Monotremata.
Nitsche, Dr., oreja de feto de
naranja.
Nitzsch, CL, sobre el plumón de los
pájaros.
Noctuae, de colores brillantes por
debajo.
Noctuidae, coloración de.
Hábitos nómadas, desfavorables al
progreso humano.
Nordmann, A., sobre Tetrao
urogalloides.
Isla Norfolk, mestizos.
Noruega, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres.
Nariz, semejanza de, en el hombre y
los simios; perforación y ornamentación de la; muy plana, no admirada en los
negros; aplanamiento de la.
Nott y Gliddon, sobre los rasgos de
Ramsés II; sobre los rasgos de Amunof III; sobre los cráneos de las cuevas
brasileñas; sobre la inmunidad de los negros y mulatos a la fiebre amarilla;
sobre la deformación del cráneo entre las tribus americanas.
Novara, viaje de, suicidio en Nueva
Zelanda.
Moluscos nudibranquios, colores
brillantes de.
Números romanos.
Nunemaya, nativos de, barbudos.
Trepador azul, del Japón,
inteligencia de; India.
Obediencia, valor de.
Observación, poderes que poseen las
aves.
Las ocupaciones son a veces causa de
disminución de estatura; tienen su efecto sobre las proporciones del cuerpo.
Ocelos, ausencia de, en hembras
Mutilidae.
Ocelos de las aves, formación y
variabilidad de los.
Ocelote, diferencias sexuales en la
coloración de la.
Quizás lophotes.
Odonatos.
Odonestis potatoria, diferencia
sexual de color en.
Olor, correlación de, con color de
piel; de polillas; emitido por serpientes en la época de cría; de mamíferos.
Oecanthus nivalis, diferencia de
color en los sexos de.
Oecanthus pellucidus.
Ogle, Dr. W., Relación entre el color
y el poder del olfato.
Oidemia.
Oliver, sobre los sonidos producidos
por Pimelia striata.
Omaloplia brunnea, estridulación de.
Onitis furcifer, procesos de los
fémures anteriores del macho y en la cabeza y el tórax de la hembra.
Ontófago.
Onthophagus rangifer, diferencias
sexuales; variaciones en los cuernos del macho.
Ofidia, diferencias sexuales de.
Ofidio.
Zarigüeya, de amplia distribución, en
América.
Nervio óptico, atrofia del mismo,
causada por destrucción del ojo.
Orangután, Bischoff sobre la
concordancia del cerebro del, con el del hombre; edad adulta del; orejas del;
apéndice vermiforme del; manos del; ausencia de procesos mastoides en el;
plataformas construidas por el; alarmado al ver una tortuga; usando un palo
como palanca; usando proyectiles; usando las hojas del Pandanus como cubierta
nocturna; dirección del pelo en los brazos del; sus caracteres aberrantes;
supuesta evolución del; voz del; hábitos monógamos del; macho, barba del.
Naranjas, tratamiento de, por monos.
Mariposa de punta anaranjada.
Orchestia Darwinii, dimorfismo de los
machos de.
Orchestia Tucuratinga, extremidades
de.
Prueba, prueba por.
Oreas canna, colores de.
Oreas Derbianus, colores de.
Órganos prensiles; utilizados para
nuevos fines.
Escala orgánica, definición de
progreso de von Baer.
Orioles, nidificación de.
Oriolus, especie de, que se reproduce
en plumaje inmaduro.
Oriolus melanocephalus, coloración de
los sexos en.
Adornos, prevalencia de similares; de
pájaros machos; afición de los salvajes por.
Caracteres ornamentales, de
transmisión igual a ambos sexos, en mamíferos; de monos.
Ornithoptera creso.
Ornithorhynchus, tendencia reptiliana
de; espolón del macho.
Orocetes erythrogastra, cría de.
Orrony, Gruta de.
Orsodacna atra, diferencia de color
en los sexos de.
Orsodacna ruficollis.
Ortópteros, metamorfosis de; aparato
estridulante de; colores de; órganos estridulantes rudimentarios en la hembra;
estridulación de los, y Homópteros, discutido.
Ortygornis gularis, pugnacidad del
macho.
Oryctes, estridulación de;
diferencias sexuales en los órganos estridulantes de.
Oryx leucoryx, uso de los cuernos de.
Osphranter rufus, diferencia sexual
en el color de.
Avestruz africano, sexos e incubación
de los.
Avestruces, rayas de crías.
Otaria jubata, melena del macho.
Otaria nigrescens, diferencia en la
coloración de los sexos de.
Otis bengalensis, travesuras amorosas
del macho.
Otis tarda, bolsa faríngea del macho;
polígamo.
Mirlo, anillado, colores y
nidificación del.
Mirlo acuático, canto en otoño;
colores y nidificación del.
Ovibos moschatus, cuernos de.
Ovipositor de insectos.
Ovis cycloceros, modo de lucha de.
Óvulo del hombre.
Owen, Prof., sobre los Corpora
Wolffiana; sobre el dedo gordo del pie en el hombre; sobre la membrana
nictitante y el pliegue semilunar; sobre el desarrollo de los molares
posteriores en diferentes razas de hombres; sobre la longitud del ciego en el
koala; sobre las vértebras coccígeas; sobre las estructuras rudimentarias que
pertenecen al sistema reproductor; sobre las condiciones anormales del útero
humano; sobre el número de dígitos en los ictiopterigios; sobre los dientes
caninos en el hombre; sobre la marcha del chimpancé y el orangután; sobre los
procesos mastoides en los simios superiores; sobre la vellosidad de los
elefantes en distritos elevados; sobre las vértebras caudales de los monos;
clasificación de los mamíferos; sobre el pelo en los monos; sobre las
afinidades piscícolas de los ictiosaurios; sobre la poligamia y la monogamia
entre los antílopes; sobre los cuernos de Antilocapra americana; sobre el olor
almizclado de los cocodrilos durante la temporada de cría; sobre las glándulas
odoríferas de las serpientes; sobre el dugongo, el cachalote y el ornitorrinco;
sobre las astas del ciervo rojo; sobre la dentición de los camélidos; sobre los
cuernos del alce irlandés; sobre la voz de la jirafa, el puercoespín y el
ciervo; sobre el saco laríngeo del gorila y el orangután; sobre las glándulas
odoríferas de los mamíferos; sobre los efectos de la emasculación en los
órganos vocales de los hombres; sobre la voz del Hylobates agilis; sobre los
monos monógamos americanos.
Búhos blancos encuentran nuevas
parejas.
Oxynotus, diferencia de las hembras
de dos especies de.
Paquidermos.
Pachytylus migratorius.
Paget, sobre el desarrollo anormal
del pelo en el hombre; sobre el grosor de la piel de las plantas de los pies de
los niños.
Pagurus, llevando a la hembra.
Pintura, placer de salvajes en.
Palaemon, quelas de una especie de.
Palaeornis, diferencias sexuales de
color en.
Palaeornis javanicus, color del pico
de.
Palaeornis rosa, cría de.
Palamedea cornuta, espolones en las
alas.
Período Paleolítico.
Palestina, hábitos del pinzón vulgar.
Pallas, sobre la perfección de los
sentidos en los mongoles; sobre la falta de conexión entre el clima y el color
de la piel; sobre los hábitos polígamos del antílope saiga; sobre el color más
claro de los caballos y el ganado en invierno en Siberia; sobre los colmillos
del ciervo almizclero; sobre las glándulas odoríferas de los mamíferos; sobre
las glándulas odoríferas del ciervo almizclero; sobre los cambios de color en
los mamíferos en invierno; sobre el ideal de la belleza femenina en el norte de
China.
Palmaris accesorio, variaciones
musculares del.
Pampas, caballos de la.
Pangénesis, hipótesis de.
Panículo carnoso.
Pansch, en el cerebro de un feto de
Cebus apella.
Papilio, proporción de los sexos en
especies de América del Norte; diferencias sexuales de coloración en especies
de; coloración de las alas en especies de.
Papilio ascanio.
Papilio Sesostris y Childrenae,
variabilidad de.
Papilio Turno.
Papilionidae, variabilidad en el.
Papúas, línea de separación entre
los, y los malayos; barbas de los; dientes de.
Papúas y malayos, contraste en
caracteres de.
Paraíso, Aves de; supuestamente
polígamas según Lesson; ruido de sus púas por; plumas en forma de raqueta en;
diferencias sexuales en el color de; plumas descompuestas en; exhibición de
plumaje por parte del macho; diferencias sexuales en el color de.
Paradisea apoda, plumas sin púas en
la cola de; plumaje de; y P. papuana; divergencia de las hembras de; aumento de
la belleza con la edad.
Paradisea papuana, plumaje de.
Paraguay, indios de, erradicación de
cejas y pestañas por.
Paralelismo del desarrollo de
especies y lenguas.
Parásitos, en el hombre y los
animales; como evidencia de identidad o distinción específica; inmunidad a
ellos, correlacionada con el color.
Sentimiento paternal en tijeretas,
estrellas de mar y arañas; afecto, en parte resultado de la selección natural.
Padres, edad de los hijos, influencia
en el sexo de los hijos.
Parinas, diferencia sexual de color
en.
Park, Mungo, mujeres negras enseñando
a sus hijos a amar la verdad; su trato por parte de las mujeres negras; sobre
las opiniones de los negros sobre la apariencia de los hombres blancos.
Parker, señor, no hay ningún pájaro o
reptil en la línea de descendencia de los mamíferos.
Periquito, cría de; australiano,
variación en el color de los muslos de un macho.
Loro, plumas en forma de raqueta en
la cola de un; ejemplo de benevolencia en un.
Loros, cambio de color en; facultades
imitativas de; vivir en trillizos; afecto de; colores y nidificación de los;
plumaje inmaduro de los; colores de; diferencias sexuales de color en; poderes
musicales de.
Partenogénesis en Tenthredinae; en
Cynipidae; en Crustacea.
Perdiz, monógama; proporción de los
sexos en la; india; hembra.
Perdiz-“baila”.
Perdices que viven en tríos; bandadas
primaverales de machos; personas diferenciadas.
Parus coeruleus.
Pasajeros, sexos y crías de.
Pasador brachydactylus.
Transeúnte doméstico.
Pasador montano.
Patagones, autosacrificio por;
matrimonios de.
Patterson, Sr., sobre los Agriónidos.
Patteson, Obispo, disminución de los
melanesios.
Paulistas de Brasil.
Pavo cristatus.
Pavo muticus, posesión de espuelas
por la hembra.
Pavo nigripennis.
Indios Payaguas, de piernas delgadas
y brazos gruesos.
Payan, Sr., sobre la proporción de
sexos en las ovejas.
Pavo real, polígamo; caracteres
sexuales de; pugnacidad del; Java, poseedor de espuelas; ruido de las púas por;
coberteras caudales alargadas del; amor por la exhibición del; manchas oceladas
del; inconveniente de la cola larga del, para la hembra; continuo aumento de la
belleza del.
Mariposa pavo real.
Pavo real, preferencia de las hembras
por un macho en particular; primeros avances de la hembra.
Pediculos de los animales domésticos
y del hombre.
Pedigrí del hombre.
Pedionomus torquatus, sexos de.
Peel, J., sobre las ovejas con
cuernos.
Pirlucho, tubérculos alares del
macho.
Animales pelágicos, transparencia de.
Pelecanus erythrorhynchus, cresta
córnea en el pico del macho, durante la época reproductiva.
Pelecanus onocrotalus, plumaje
primaveral de.
Pelele, un adorno africano.
Pelícano ciego, alimentado por sus
compañeros; cría, guiada por aves viejas; pugnacidad del macho.
Pelícanos, pescando en concierto.
Pelobius Hermanni, estridulación de.
Pelvis, alteración de la, para
adaptarse a la actitud erecta del hombre; diferencias de la, en los sexos del
hombre.
Penélope nigra, sonido producido por
el macho.
Banderín, sobre las batallas de las
focas; sobre la foca de nariz de vejiga.
Penthe, almohadillas antenales del
macho.
Perca, brillo del macho, durante la
época reproductiva.
Halcón peregrino, nueva pareja
encontrada por.
Periodo de variabilidad, relación con
la selección sexual.
Periodicidad, vital, Dr. Laycock
sobre.
Periodos lunares seguidos de
funciones en el hombre y los animales.
Periodos de la vida, herencia en
correspondencia.
Perisoreus canadensis, cría de.
Peritrichia, diferencia de coloración
en los sexos de una especie de.
Bígaro.
Pernis cristata.
Perrier, M., sobre la selección
sexual; sobre las abejas.
La perseverancia, una característica
del hombre.
Persas, que se dice mejoraron
mediante la mezcla con georgianos y circasianos.
Personnat, M., sobre Bombyx Yamamai.
Peruanos, civilización de los, no
extranjeros.
Petreles, colores de.
Petrocincla cyanea, cría de.
Petrocossifo.
Petronia.
Pfeiffer, Ida, sobre las ideas
javanesas sobre la belleza.
Phacochoerus aethiopicus, colmillos y
almohadillas de.
Falangera, vulpina, variedades negras
del.
Phalaropus fulicarius.
Phalaropus hyperboreus.
Phanaeus.
Phanaeus carnifex, variación de los
cuernos del macho.
Phanaeus faunus, diferencias sexuales
de.
Phanaeus lancifer.
Phaseolarctus cinereus, gusto por el
ron y el tabaco.
Phasgonura viridissima, estridulación
de.
Phasianus soemmerringii.
Faisán versicolor.
Phasianus wallichii.
Faisán polígamo; y gallo lira,
híbridos de; producción de híbridos con el gallo común; plumaje inmaduro del.
Faisán, Amherst, exhibición de.
Faisán, Argus, exhibición del plumaje
por el macho; manchas oceladas del; gradación de caracteres en el.
Faisán, Sangre- Faisán, Alegría.
Faisán, Orejas, longitud de la cola
en el; sexos iguales en el.
Faisán de lomo de fuego, con
espuelas.
Faisán dorado, exhibición de plumaje
por el macho; edad del plumaje maduro en el; sexo de las crías, determinado
arrancando las plumas de la cabeza.
Faisán, Kalij, tamborileo del macho.
Faisán, Reeve, longitud de la cola
en.
Faisán plateado, macho triunfante,
depuesto por plumaje estropeado; coloración sexual del.
Faisán, Soemmerring's.
Faisán, Tragopán, exhibición del
plumaje por el macho; marcación de los sexos del.
Faisanes, período de adquisición de
caracteres masculinos en la familia de los; proporción de sexos en polluelos
de; longitud de la cola en.
Filtros, usados por mujeres.
Phoca groenlandica, diferencia sexual
en la coloración de.
Phoenicura ruticilla.
Fosforescencia de insectos.
Phryganidae, cópula de distintas
especies de.
Phryniscus nigricans.
Inferioridad física, supuesta, del
hombre.
Pickering, sobre el número de
especies del hombre.
Picton, JA, sobre el alma del hombre.
Picus auratus.
Pico mayor.
Pieris.
Paloma, hembra, abandona a su pareja
debilitada; portadora, desarrollo tardío de la carúncula en; buchona,
desarrollo tardío del buche en; doméstica, razas y subrazas de.
Palomas, polluelos, alimentados con
la secreción del buche de ambos padres;
cambios de plumaje en; transmisión de
peculiaridades sexuales en; belga, con machos con rayas negras; cambio de color
después de varias mudas; proporción numérica de los sexos en; arrullo de;
variaciones en el plumaje de; exhibición de plumaje por el macho; memoria local
de; antipatía de la hembra hacia ciertos machos; apareamiento de; macho y
hembra libertinos; barras en las alas y plumas de la cola de; raza supuesta de;
buchona y mensajera, peculiaridades de, predominante en los machos;
nidificación de; australiana; plumaje inmaduro de.
Cerdos, origen de las razas
mejoradas; proporción numérica de los sexos en; rayas de las crías; colmillos
del mioceno; preferencia sexual mostrada por.
Lucio americano, colores brillantes
del macho, durante la época reproductiva.
Lucio, capacidad de razonamiento;
macho, devorado por hembras.
Pike, LO, sobre los elementos
psíquicos de la religión.
Pimelia striata, sonidos producidos
por la hembra.
Pinel, vellosidad en los idiotas.
Ánade rabudo, pato macho, plumaje de;
apareándose con un pato salvaje.
Pato rabudo, en pareja con un silbón.
Pez pipa, filamentoso; receptáculos
marsupiales del macho.
Bisbitas, muda de la.
Pipra, plumas secundarias del ala
modificadas del macho.
Pipra deliciosa.
Piratas stridulus, estridulación de.
Isla Pitcairn, mestizos.
Pithecia leucocephala, diferencias
sexuales de color en.
Pithecia Satanas, barba de; parecido
con un negro.
Fosas suborbitales de Rumiantes.
Pittidae, nidificación de.
Placenta.
Peces plagiostomos.
Vagabundo de las llanuras,
australiano.
Planarias, colores brillantes de
algunas.
Comedores de plátano, colores y
nidificación de los; ambos sexos de, igualmente brillantes.
Plantas cultivadas, más fértiles que
las silvestres; Nageli, sobre la selección natural en; flores masculinas,
maduran antes que las femeninas; fenómenos de fertilización en.
Platalea, cambio de plumaje en.
Platyblemus.
Platycercus, cría de.
Platyphyllum concavum.
Monos platirrinos.
Platisma mioides.
Plecostomus, tentáculos de la cabeza
de los machos de una especie de.
Plecostomus barbatus, peculiar barba
del macho.
Plectropterus gambensis, alas
espolonadas de.
Ploceus.
Chorlitos, espolones alares de; muda
doble en.
Plumaje, cambios de, herencia de, por
aves; tendencia a la variación análoga en; exhibición de, por pájaros machos;
cambios de, en relación con la estación; inmaduro, de pájaros; color de, en
relación con la protección.
Plumas en la cabeza en las aves,
diferencia de, en los sexos.
Neumónica, estructura de.
Podica, diferencia sexual en el color
del iris.
Poeppig, sobre el contacto de las
razas civilizadas y salvajes.
Veneno, evitación de, por los
animales.
Frutas y hierbas venenosas que los
animales evitan.
Venenos, inmunidad a ellos,
correlacionado con el color.
Gallinas polacas, origen de la cresta
en.
Polen y van Dam, sobre los colores
del Lemur macaco.
Poliandria, en ciertos ciprínidos;
entre los elatéridos.
Polidactilismo en el hombre.
Poligamia, influencia de la selección
sexual; sobreinducida por la domesticación; supuesto aumento de la natalidad
femenina por... En el espinoso.
Poligenistas.
Polinesia, prevalencia del
infanticidio en.
Polinesios, amplia distribución
geográfica de; diferencia de estatura entre los; cruces de; variabilidad de;
heterogeneidad de los; aversión de, a los pelos en la cara.
Poliplectrón, número de espolones en;
exhibición de plumaje por el macho; gradación de caracteres en; hembra de.
Chinquis de poliplectrón.
Poliplectrón Hardwickii.
Poliplectrón malaccense.
Poliplectrón Napoleonis.
Polizoos.
Pomotis.
Pontoporeia affinis.
Puercoespín mudo, excepto en época de
celo.
Poros excretores, relación numérica
de los pelos en las ovejas.
Porpitas, algunos de colores
brillantes.
Portax picta, cresta dorsal y penacho
en la garganta; diferencias sexuales de color en.
Portunus puber, pugnacidad de.
Potamochoerus pencillatus, colmillos
y protuberancias faciales del.
Pouchet, G., la relación del instinto
con la inteligencia; sobre los instintos de las hormigas; sobre las cuevas de
Abu Simbel; sobre la inmunidad de los negros a la fiebre amarilla; cambio de
color en los peces.
Paloma buchona, desarrollo tardío del
buche grande en.
Powell, Dr., sobre la estridulación.
Power, Dr., sobre los diferentes
colores de los sexos en una especie de Squilla.
Powys, Sr., sobre los hábitos del
pinzón vulgar en Corfú.
Preeminencia del hombre.
Preferencia de las aves hacia los
machos; mostrada por los mamíferos en el apareamiento.
Órganos prensiles.
Presbytis entellus, lucha del macho.
Preyer, Dr., sobre la función de la
concha auricular; sobre las mamas supernumerarias en las mujeres.
Prichard, sobre la diferencia de
estatura entre los polinesios; sobre la conexión entre la anchura del cráneo de
los mongoles y la perfección de sus sentidos; sobre la capacidad de los cráneos
británicos de diferentes edades; sobre las cabezas aplanadas de los salvajes
colombianos; sobre las nociones siameses de belleza; sobre la imberbez de los
siameses; sobre la deformación de la cabeza entre las tribus americanas y los
nativos de Arakhan.
Órganos sexuales primarios.
Primates, diferencias sexuales de
color en.
Primogenitura, males de.
Prionidae, diferencia de sexos en
coloración.
Proctotretus multimaculatus.
Proctotretus tenuis, diferencia
sexual en el color de.
Libertinaje.
Progenitores, tempranos, del hombre.
El progreso no es la regla normal en
la sociedad humana; elementos de.
Antílope berrendo, cuernos de.
Proporciones, diferencia de, en
distintas razas.
Coloración protectora en mariposas;
en lagartos; en aves; en mamíferos.
Naturaleza protectora de la
coloración opaca de las hembras de lepidópteros.
Similitudes protectoras en los peces.
Protozoos, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
Pruner-Bey, sobre la aparición del
foramen supracondiloideo en el húmero del hombre; sobre el color de los niños
negros.
Prusia, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres en.
Psocus, proporciones de los sexos en.
Ptarmigan, monógamo; plumaje de
verano e invierno de los; conjuntos nupciales de los; muda triple de los;
coloración protectora de los.
Pájaros bufadores, colores y
nidificación de los.
Pugnacidad de los pájaros machos de
plumaje fino.
Pumas, rayas de jovenes.
Cachorros aprendiendo de los gatos a
limpiarse la cara.
Pycnonotus haemorrhous, pugnacidad
del macho; exhibición de coberteras infracaudales por parte del macho.
Pyranga aestiva, macho ayudando en la
incubación; caracteres masculinos en hembra de.
Pyrodes, diferencia de sexos en
color.
Quadrumana, manos de; diferencias
entre el hombre y el; diferencias sexuales de color en; caracteres ornamentales
de; analogía de las diferencias sexuales de, con las del hombre; lucha de los
machos por las hembras; hábitos monógamos de; barbas de los.
Quain, R., sobre la variación de los
músculos en el hombre.
Quatrefages, A. de, sobre la
aparición de una cola rudimentaria en el hombre; sobre la variabilidad; sobre
el sentido moral como distinción entre el hombre y los animales; los hombres
civilizados más fuertes que los salvajes; sobre la fertilidad de las mujeres
australianas con los hombres blancos; sobre los Paulistas de Brasil; sobre la
evolución de las razas de ganado; sobre los judíos; sobre la propensión de los
negros a las fiebres tropicales después de residir en un clima frío; sobre la
diferencia entre esclavos del campo y de la casa; sobre la influencia del clima
en el color; los colores de los anélidos; sobre los Ainos; sobre las mujeres de
San Giuliano.
Quechua, ver Quichua.
Querquedula acuta.
Quetelet, proporción de sexos en el
hombre; tamaño relativo en hombre y mujer.
Indios quichuas; variación local de
color en los; sin canas entre los; falta de pelo de los; pelo largo de los.
Quiscalus major, proporciones de los
sexos, en Florida y Honduras.
Conejo, cola blanca del.
Conejos domésticos, alargamiento del
cráneo en; modificación del cráneo en, por el corte de la oreja; señales de
peligro de; proporción numérica de los sexos en.
Razas, caracteres distintivos de; o
especies del hombre; cruzado, fertilidad o esterilidad de; del hombre,
variabilidad de la; del hombre, semejanza de, en caracteres mentales; formación
de; del hombre, extinción de; efectos del cruce de; del hombre, formación de
la; del hombre, hijos de la; imberbe, aversión de, a los pelos de la cara.
Raffles, Sir S., sobre el banteng.
Balsas, uso de.
Rabia, manifestada por los animales.
Raia batis, dientes de.
Raia clavata, hembra con espinas en
la espalda; diferencia sexual en los dientes de.
Raia maculata, dientes de.
Raíces de alas espuelas.
Carnero, modo de lucha del; africano,
melena de un; de cola gorda.
Ramsés II., características de.
Ramsay, Sr., sobre el pato almizclero
australiano; sobre el pájaro regente; sobre la incubación de Menura superba.
Rana esculenta, sacos vocales de.
Rata, común, dispersión general de,
consecuencia de una astucia superior; suplantación de la nativa en Nueva
Zelanda, por la rata europea; común, se dice que es polígama; proporción
numérica de los sexos en.
Ratas, atraídas por los aceites
esenciales.
Racionalidad de las aves.
Serpientes de cascabel, diferencia de
sexos en las; cascabeles como llamado.
Cuervo, órganos vocales del; ladrón
de objetos brillantes; pied, de las Islas Feroe.
Rayos, órganos prensiles del macho.
Alca común, crías de la.
Reade, Winwood, el suicidio entre los
salvajes de África; los mulatos no son prolíficos; el efecto de la castración
de las ovejas con cuernos; sobre la oveja de Guinea; sobre la aparición de una
melena en un carnero africano; sobre el canto de los negros; sobre la
apreciación de los negros de la belleza de sus mujeres; sobre la admiración de
los negros por la piel negra; sobre la idea de la belleza entre los negros;
sobre los Jollofs; sobre las costumbres matrimoniales de los negros.
La razón en los animales.
Colirrojo tizón americano, cría en
plumaje inmaduro.
Colirrojos, nuevas parejas
encontradas por.
Reduvidae, estridulación de.
Escribano palustre, plumas de la
cabeza del macho; atacado por un camachuelo.
Arrecifes, peces frecuentando.
Reeks, H., retención de cuernos por
ciervos reproductores; vaca rechazada por un toro; destrucción de conejos
moteados por gatos.
Regeneración, parcial, de partes
perdidas en el hombre.
Pájaro regente.
Reno, cuernos de la; batallas de;
cuernos de la hembra; astas de, con numerosas puntas; cambio invernal de la;
preferencias sexuales mostradas por.
Relación, términos de.
Religión, deficiencia de entre
ciertas razas; elementos psíquicos de.
Remordimiento, deficiencia de, entre
los salvajes.
Rengger, sobre las enfermedades de
Cebus Azarae; sobre la diversidad de las facultades mentales de los monos;
sobre los indios Payaguas; sobre la inferioridad de los europeos respecto de
los salvajes en sus sentidos; la venganza de los monos; sobre el afecto
maternal en un Cebus; sobre el poder de razonamiento de los monos americanos;
sobre el uso de piedras por los monos para romper nueces duras; sobre los
sonidos emitidos por Cebus Azarae; sobre los gritos de señal de los monos;
sobre los hábitos polígamos de Mycetes caraya; sobre la voz de los monos
aulladores; sobre el olor de Cervus campestris; sobre las barbas de Mycetes
caraya y Pithecia Satanas; sobre los colores de Felis mitis; sobre los colores
de Cervus paludosus; sobre las diferencias sexuales de color en Mycetes; sobre
el color de los guaranys bebés; sobre la madurez temprana de la hembra de Cebus
Azarae; sobre las barbas de los guaranys; sobre las notas emocionales empleadas
por los monos; sobre los monos polígamos americanos.
Especie representativa, de aves.
Reproducción, unidad de fenómenos de,
en todos los mamíferos; período de, en las aves.
Sistema reproductor, estructuras
rudimentarias en el; partes accesorias de.
Reptiles.
Reptiles y aves, alianza de.
Semejanzas, pequeñas, entre el hombre
y los simios.
Perros perdigueros, ejercicio de las
facultades de razonamiento por.
Venganza, manifestada por animales.
Reversión, quizás causa de algunas
malas disposiciones.
Rhagium, diferencia de color en los
sexos de una especie de.
Rhamphastos carinatus.
Rhea darwinii.
Rinoceronte, desnudez de; cuernos de;
cuernos de, usado defensivamente; atacando caballos blancos o grises.
Rhynchaea, sexos y crías de.
Rhynchaea australis.
Rhynchaea bengalensis.
Rhynchaea capensis.
Ritmo, percepción del mismo por los
animales.
Richard, M., sobre los músculos
rudimentarios en el hombre.
Richardson, Sir J., sobre el
apareamiento del Tetrao umbellus; sobre el Tetrao urophasianus; sobre el
tamborileo del urogallo; sobre las danzas del Tetrao phasianellus; sobre las
reuniones de urogallo; sobre las batallas de los ciervos machos; sobre el reno;
sobre los cuernos del buey almizclero; sobre las astas del reno con numerosas
puntas; sobre el alce; sobre el lebrel escocés.
Richter, Jean Paul, sobre la
imaginación.
Riedel, sobre las palomas libertinas.
Riley, Sr., sobre el mimetismo en las
mariposas; el disgusto de los pájaros ante el sabor de ciertas orugas.
Mirlo capiblanco, colores y
nidificación del.
Ripa, Padre, sobre la dificultad de
distinguir las razas de los chinos.
Rivalidad, en el canto, entre pájaros
machos.
Cerdo de río, africano, colmillos y
protuberancias de el.
Ríos, analogía de, islas.
Cucaracha, brillo del macho durante
la época reproductiva.
Robo a desconocidos considerado
honorable.
El Sr. Robertson comenta el
desarrollo de los cuernos en el corzo y el ciervo rojo.
Petirrojo, pugnacidad del macho;
canto otoñal del; canto de la hembra del; atacando a otras aves con rojo en su
plumaje; crías del.
Robinet, sobre la diferencia de
tamaño de los capullos macho y hembra de la polilla de seda.
Roedores, útero en el; ausencia de
caracteres sexuales secundarios en; diferencias sexuales en los colores de.
Corzo, cambios invernales del.
Rohfs, Dr., Rasgos caucásicos en los
negros; fertilidad de las razas mixtas en el Sahara; colores de las aves en el
Sahara; ideas de belleza entre los borneos.
Rolle, F., sobre el origen del
hombre; sobre el cambio en las familias alemanas asentadas en Georgia.
Rodillo, grito áspero de.
Romanos, antiguos, exhibiciones de
gladiadores.
Torre, voz de la.
Rossler, Dr., sobre la semejanza de
la superficie inferior de las mariposas con la corteza de los árboles.
Rostrum, diferencia sexual en la
longitud de algunos gorgojos.
Royer, Madlle., mamíferos dando
mamar.
Órganos rudimentarios, origen de.
Rudimentos, presencia de, en las
lenguas.
Rudolphi, sobre la falta de conexión
entre el clima y el color de la piel.
Ruff, se supone polígamo; proporción
de los sexos en el; pugnacidad de los; doble muda en; duración de las danzas de
los; atracción de los, a los objetos brillantes.
Rumiantes, machos, desaparición de
los caninos en; generalmente polígamos; fosas suborbitales de; diferencias
sexuales de color en.
Rupicola crocea, exhibición de
plumaje por parte del macho.
Ruppell, sobre los dientes caninos en
ciervos y antílopes.
Rusia, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres en.
Ruticilla.
Rutimeyer, Prof., sobre la fisonomía
de los simios; sobre los colmillos del jabalí del Mioceno; sobre las
diferencias sexuales de los monos.
Rutlandshire, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres.
Sachs, Prof., sobre el comportamiento
de los elementos masculinos y femeninos en la fertilización.
Sacrificios, humanos.
Cresta sagital en simios machos y
australianos.
Sahara, fertilidad de las razas
mezcladas en; aves del; animales habitantes del.
Marineros, crecimiento de, retrasado
por las condiciones de vida; hipermétrope.
Marineros y soldados, diferencia en
las proporciones de.
San Juan, Sr., sobre la unión de los
pájaros apareados.
St. Kilda, barbas de los habitantes
de.
Salmo eriox y Salmo umbla, coloración
del macho, durante la época reproductiva.
Salmo lycaodon.
Salmo salar.
Salmón, saltando fuera del agua
dulce; macho, listo para reproducirse antes que la hembra; proporción de los
sexos en; macho, pugnacidad del; macho, caracteres de, durante la temporada de
reproducción; desove del; reproducción del macho inmaduro.
Salvin, O., herencia de plumas
mutiladas; sobre los colibríes; sobre la proporción numérica de los sexos en
los colibríes; sobre Chamaepetes y Penelope; sobre Selasphorus platycercus;
Pipra deliciosa; sobre Chasmorhynchus.
Islas Samoa, imberbe de los nativos
de.
Saltamontes, machos.
Saltarín de arena.
Islas Sandwich, variación en los
cráneos de los nativos de las; disminución de la población nativa; población
de; superioridad de los nobles en las.
Isleños de Sandwich, piojos de.
San-Giuliano, mujeres de.
Santali, reciente aumento rápido de
la; Sr. Hunter en el.
Saphirina, personajes de los machos
de.
Sarkidiornis melanonotus, caracteres
de los jóvenes.
Sars, O., sobre Pontoporeia affinis.
Saturnia carpini, atracción de los
machos por la hembra.
Saturnia Io, diferencia de coloración
en los sexos de.
Saturniidae, coloración de la.
Savage, Dr., sobre las peleas de los
gorilas machos; sobre los hábitos del gorila.
Savage y Wyman sobre los hábitos
polígamos del gorila.
Salvajes, uniformidad de, exagerado;
hipermétrope; tasa de aumento entre, generalmente pequeña; retención del poder
prensil de los pies por; facultades imitativas de; causas de baja moralidad de;
tribus de, suplantándose unas a otras; mejoras en las artes entre; artes de;
afición de, por la música ruda; sobre modas duraderas entre; atención prestada
por, a la apariencia personal; relación de los sexos entre.
Saviotti, Dr., división del hueso
malar.
Mosca sierra, pugnacidad del macho.
Moscas sierra, proporciones de los
sexos en.
Saxicola rubicola, cría de.
Cuero cabelludo, movimiento del.
Glándulas olfativas en las
serpientes.
Schaaffhausen, Prof., sobre el
desarrollo de los molares posteriores en diferentes razas de hombres; sobre la
mandíbula de La Naulette; sobre la correlación entre la muscularidad y las
crestas supraorbitales prominentes; sobre los procesos mastoides del hombre;
sobre las modificaciones de los huesos del cráneo; sobre los sacrificios
humanos; sobre el probable exterminio rápido de los simios antropomorfos; sobre
los antiguos habitantes de Europa; sobre los efectos del uso y desuso de las
partes; sobre la cresta superciliar en el hombre; sobre la ausencia de
diferencias raciales en el cráneo infantil en el hombre; sobre la fealdad.
Schaum, H., sobre los élitros de
Dytiscus e Hydroporus.
Scherzer y Schwarz, mediciones de
salvajes.
Schelver, sobre las libélulas.
Schiodte, sobre la estridulación de
Heterocerus.
Schlegel, F. von, sobre la
complejidad de las lenguas de los pueblos incivilizados.
Schlegel, Prof., sobre Tanysiptera.
Schleicher, Prof., sobre el origen
del lenguaje.
Schomburgk, Sir R., sobre la
pugnacidad del pato almizclero macho de Guayana; sobre el cortejo de Rupicola
crocea.
Schoolcraft, Sr., sobre la dificultad
de fabricar herramientas de piedra.
Schopenhauer, sobre la importancia
del cortejo para la humanidad.
Schweinfurth, complexión de negros.
Sciaena aquila.
Sclater, PL, sobre las plumas
secundarias modificadas de las alas en los machos de Pipra; sobre las plumas
alargadas en los chotacabras; sobre las especies de Chasmorhynchus; sobre el
plumaje de Pelecanus onocrotalus; sobre los comedores de plátano; sobre los
sexos y las crías de Tadorna variegata; sobre los colores de Lemur macaco;
sobre las rayas en los asnos.
Scolecida, ausencia de caracteres
sexuales secundarios en.
Scolopax frenata, plumas de la cola
de;
Scolopax gallinago, tamborileo de.
Scolopax javensis, plumas de la cola
de.
Scolopax mayor, asambleas de.
Scolopax Wilsonii, sonido producido
por.
Escolito, estridulación de.
Negrón negro, diferencia sexual en la
coloración del pico del macho, brillante.
Dr. Scott, sobre los idiotas que
huelen su comida.
Scott, J., sobre el color de la barba
en el hombre.
Scrope, sobre la pugnacidad del
salmón macho; sobre las batallas de los ciervos.
Scudder, SH, imitación de la
estridulación de los Orthoptera; sobre la estridulación de los Acridiidae;
sobre un insecto del Devónico; sobre la estridulación.
Escultura, expresión del ideal de
belleza por.
Anémonas de mar, colores brillantes
de.
Oso marino, polígamo.
Elefante marino, macho, estructura de
la nariz del; polígamo.
León marino, polígamo.
Foca, nariz de vejiga.
Focas, sus centinelas generalmente
hembras; evidencia proporcionada por, sobre la clasificación; hábitos polígamos
de; batallas de los machos; dientes caninos de los machos; diferencias
sexuales; apareamiento de; peculiaridades sexuales de; en la coloración de;
apreciación de la música por.
Escorpión marino, diferencias
sexuales en.
Estación, cambios de color en las
aves, de acuerdo a la; cambios de plumaje de las aves en relación a.
Estaciones, herencia en
correspondencia.
Sebituani, jefe africano, intentando
alterar una moda.
Sebright Bantam.
Caracteres sexuales secundarios;
relaciones de la poligamia con; transmitido a través de ambos sexos; gradación
de, en aves.
Sedgwick, W., sobre la tendencia
hereditaria a producir gemelos.
Seemann, Dr., sobre las diferentes
apreciaciones de la música por parte de distintos pueblos; sobre los efectos de
la música.
Seidlitz, sobre cuernos de reno.
Selasphorus platycercus, primera
primaria acuminada del macho.
Selby, PJ, sobre los hábitos del
urogallo negro y rojo.
La selección aplicada al hombre
primitivo.
Selección, doble.
Selección, formas nocivas de, en las
naciones civilizadas.
Selección de pájaros machos por
hembras.
Selección metódica de granaderos
prusianos.
Selección sexual, explicación de;
influencia de, sobre la coloración de los lepidópteros.
Selección, sexual y natural,
contrastadas.
Autodominio, hábito de, heredado;
estimación de.
Autoconciencia, en los animales.
Autoconservación, instinto de.
Autosacrificio, por parte de los
salvajes; estimación de.
Pliegue semilunar.
Semnopithecus, pelos largos en la
cabeza de las especies de.
Semnopithecus chrysomelas,
diferencias sexuales de color en.
Semnopithecus comatus, pelo
ornamental en la cabeza de.
Semnopithecus frontatus, barba etc.,
de.
Semnopithecus nasica, nariz de.
Semnopithecus nemaeus, coloración de.
Semnopithecus rubicundus, pelo
ornamental en la cabeza de.
Sentidos, inferioridad de los
europeos respecto de los salvajes en el.
Centinelas, entre los animales.
Serpientes, instintivamente temidas
por los simios y los monos.
Serranus, hermafroditismo en.
Setina, ruido producido por.
Sexo, herencia limitada por.
Sexos, proporciones relativas de, en
el hombre; proporciones de, a veces influenciadas por la selección; probable
relación de, en el hombre primitivo.
Selección sexual y selección natural,
contrastadas.
Caracteres sexuales, efectos de la
pérdida de; limitación de.
Caracteres sexuales secundarios;
relaciones de la poligamia con; transmitidos a través de ambos sexos; gradación
de, en aves.
Diferencias sexuales en el hombre.
Selección sexual, explicación de;
influencia de, sobre la coloración de los lepidópteros; objeciones a; acción
de, en la humanidad.
Selección sexual en arañas.
Selección sexual, nota complementaria
sobre.
Similitud sexual.
Shaler, Prof., tamaños de los sexos
en las ballenas.
Lástima.
Tiburones, órganos prensiles del
macho.
Sharpe, Dr., Los europeos en los
trópicos.
Sharpe, RB, sobre Tanysiptera sylvia;
sobre Ceryle; sobre el macho joven de Dacelo Gaudi-chaudi.
Shaw, Sr., sobre la combatividad del
salmón macho.
Shaw, J., sobre las decoraciones de
las aves.
Ovejas, señales de peligro de;
diferencias sexuales en los cuernos de; cuernos de; domésticos, diferencias
sexuales de, desarrollados tardíamente; proporción numérica de los sexos en;
herencia de cuernos por un sexo; efecto de la castración; modo de pelea de;
frentes arqueadas de algunos.
Oveja, Merino, pérdida de cuernos en
hembras de; cuernos de.
Conchas, diferencia de forma, en
Gasterópodos machos y hembras; hermosos colores y formas de.
Pato escudo, apareándose con un pato
común; Nueva Zelanda, sexos y crías de.
Shooter, J., sobre los kafires; sobre
las costumbres matrimoniales de los kafires.
Ratones musaraña, olor a.
Alcaudón, Drongo.
Alcaudones, personajes de jovenes.
Shuckard, WE, sobre las diferencias
sexuales en las alas de los himenópteros.
Timidez de los pájaros machos
adornados;
Siagonium, proporciones de los sexos
en; dimorfismo en los machos de.
Siam, proporción de nacimientos de
hombres y mujeres.
Siamés, imberbe general de los;
nociones de belleza de los; peludos familia de.
Sidgwick, H., sobre la moralidad en
una comunidad hipotética de abejas; nuestras acciones no están enteramente
dirigidas por el dolor y el placer.
Siebold, CT, von, sobre la proporción
de sexos en los Apus; sobre el aparato auditivo de los ortópteros
estridulentos.
Vista, herencia de lo largo y lo
corto.
Gritos de señal de los monos.
Polilla de seda, proporción de sexos
en; Ailanthus, Prof. Canestrini, sobre la destrucción de sus larvas por
avispas; diferencia de tamaño de los capullos masculinos y femeninos de la;
apareamiento de la.
Simiadae, su origen y divisiones.
Similitud, sexual.
Canto de las cigarras y fulgóridas;
de las ranas arbóreas; de los pájaros, objeto de la.
Sirenia, desnudez de.
Sirex juvenil.
Siricidae, diferencia de sexos en.
Jilguero, apareándose con un canario.
Sitana, bolsa de la garganta de los
machos de.
Tamaño relativo de los sexos de los
insectos.
Piel de color oscuro, una protección
contra el calor.
Piel, movimiento de la; desnudez de,
en el hombre; color de la.
Piel y cabello, correlación del color
de.
Cráneo, variación de, en el hombre;
contenido cúbico de, no hay prueba absoluta del intelecto; neandertal,
capacidad de la; causas de la modificación de la; diferencia de, en forma y
capacidad, en diferentes razas de hombres; variabilidad de la forma de la;
diferencias de, en los sexos en el hombre; modificación artificial de la forma
de.
Zorrillo, olor emitido por la; cola
blanca de, protector.
Esclavitud, prevalencia de; de
mujeres.
Esclavos, diferencia entre esclavos
del campo y esclavos de la casa.
Pereza, adornos de macho.
Olfato, sentido del olfato, en el
hombre y en los animales.
Smith, Adam, sobre la base de la
simpatía.
Smith, Sir A., sobre el
reconocimiento de las mujeres por los cinocéfalos machos; sobre la venganza de
un babuino; sobre un ejemplo de memoria en un babuino; sobre la retención de su
color por los holandeses en Sudáfrica; sobre la poligamia de los antílopes
sudafricanos; sobre la poligamia del león; sobre la proporción de los sexos en
Kobus ellipsiprymnus; sobre Bucephalus capensis; sobre los lagartos
sudafricanos; sobre los ñus luchadores; sobre los cuernos de los rinocerontes;
sobre las peleas de leones; sobre los colores del eland del Cabo; sobre los
colores del ñu; sobre las nociones hotentotes de belleza; la incredulidad en
los matrimonios comunistas.
Smith, F., sobre Cynipidae y
Tenthredinidae; sobre el tamaño relativo de los sexos de Aculeate Hymenoptera;
sobre la diferencia entre los sexos de las hormigas y las abejas; sobre la
estridulación de Trox sabulosus; sobre la estridulación de Mononychus pseudacori.
Smynthurus luteus, cortejo de.
Serpientes, diferencias sexuales de;
poderes mentales de; macho, ardor de.
“Músculos gruñendo.”
Agachadiza común, tamborileo de la;
coloración de la.
Agachadiza, pintada, sexos y crías
de.
Agachadiza, solitaria, asambleas de.
Agachadiza común, llegada del macho
antes que la hembra; pugnacidad del macho; doble muda.
Ganso de nieve, blancura de la.
Sociabilidad, sentido del deber
relacionado con; impulso a, en los animales; manifestaciones de, en el hombre;
instinto de, en los animales.
Animales sociales, afecto mutuo;
defensa de, por parte de los machos.
Socialidad, probable, de los hombres
primitivos; influencia de, en el desarrollo de las facultades intelectuales;
origen de, en el hombre.
Soldados americanos, medidas de.
Soldados y marineros, diferencia en
las proporciones de.
Solenostoma, colores brillantes y
saco marsupial de las hembras de.
Canto de los pájaros machos apreciado
por sus hembras; falta de él en los pájaros de plumaje brillante; de pájaros.
Sorex, olor a.
Sonidos admirados por igual por el
hombre y los animales; producidos por los peces; producidos por las ranas y
sapos machos; producidos instrumentalmente por los pájaros.
España, decadencia de.
Sparassus smaragdulus, diferencia de
coloración en los sexos.
Gorrión, pugnacidad del macho;
adquisición del canto del pardillo por un; coloración del; plumaje inmaduro
del.
Gorrión coroniblanco, joven de el.
Gorriones, casa-y-árbol-.
Gorriones, nuevas parejas encontradas
por.
Gorriones, sexos y crías de;
aprendiendo a cantar.
Espátula Underwoodi.
Desove de peces.
Lanza, utilizada antes de la
dispersión del hombre.
Especies, causas del adelanto de;
caracteres distintivos de; o razas del hombre; esterilidad y fertilidad de,
cuando se cruzan; supuesto, del hombre; gradación de; dificultad de definición;
representativo, de las aves; de las aves, diferencias comparativas entre los
sexos de los distintos.
Espectro femoral, diferencia de color
en los sexos.
El habla, conexión entre el cerebro y
la facultad de; conexión de la entonación con la música.
Spel, del gallo negro.
Spencer, Herbert, sobre la influencia
de los alimentos en el tamaño de las mandíbulas; sobre el origen de la
inteligencia; sobre el origen de la creencia en las agencias espirituales;
sobre el origen del sentido moral; sobre la música.
Spengel no está de acuerdo con la
explicación de la falta de pelo en el hombre.
Cachalotes, batallas de machos.
Sphingidae, coloración de la.
Esfinge, Colibrí.
Esfinge, el Sr. Bates en la oruga de
una.
Polilla esfinge, olor almizclado.
Arañas, sentimiento paternal en;
macho, más activo que la hembra; proporción de los sexos en; caracteres
sexuales secundarios de; cortejo del macho; atraído por la música; macho,
tamaño pequeño de.
Spilosoma menthastri, rechazado por
los pavos.
Columna vertebral, alteración de la
misma, para adecuarla a la actitud erguida del hombre.
Espíritus, afición de los monos por.
Agencias espirituales, creencia en
ellas, casi universal.
Spiza cyanea y ciris.
Espátula china, cambio de plumaje en.
Manchas que se conservan en grupos de
aves y que desaparecen en mamíferos adultos.
Sprengel, CK, sobre la sexualidad de
las plantas.
Gacela saltarina, cuernos de la.
Sproat, Sr., sobre la extinción de
los salvajes en la isla de Vancouver; sobre la erradicación del vello facial
por los nativos de la isla de Vancouver; sobre la erradicación de la barba por
los indios de la isla de Vancouver.
Espuelas, presencia de, en gallinas
hembras; desarrollo de, en varias especies de Phasianidae; de aves
gallináceas; desarrollo de, en hembras de Gallinaceae.
Esquila, diferentes colores de los
sexos de una especie de.
Ardillas, batallas de machos;
africanos, diferencias sexuales en la coloración de; negro.
Ciervo, pelos largos de la garganta
de; cuernos del; batallas de; cuernos del, con numerosas ramas; bramido del;
cresta del.
Ciervo volante, proporción numérica
de sexos; uso de mandíbulas; gran tamaño del macho; armas del macho.
Stainton, HT, sobre la proporción
numérica de los sexos en las polillas más pequeñas; hábitos de Elachista
rufocinerea; sobre la coloración de las polillas; sobre el rechazo de Spilosoma
menthastri por los pavos; sobre los sexos de Agrotis exclamationis.
Staley, Bishop, Mortalidad de los
infantes maories.
Semental, crin de la.
Sementales, dos, atacando a un
tercero; peleando; pequeños colmillos de.
Stansbury, Capitán, observaciones
sobre los pelícanos.
Staphylinidae, procesos córneos en el
macho.
Estrellas de mar, sentimiento
paternal; colores brillantes de algunas.
Stark, Dr., sobre la tasa de
mortalidad en las ciudades y distritos rurales; sobre la influencia del
matrimonio en la mortalidad; sobre la mayor mortalidad de los varones en
Escocia.
Estornino pinto americano, pugnacidad
del macho.
Estornino pinto de alas rojas,
selección de pareja por parte de la hembra.
Estorninos, tres, frecuentando el
mismo nido; nuevas parejas encontradas por.
Estatuas griegas, egipcias, asirias,
etc., contrastadas.
Estatura, dependencia de, influencias
locales.
Staudinger, Dr., sobre la cría de
lepidópteros; su lista de lepidópteros.
Staunton, Sir G., el odio a la
indecencia, una virtud moderna.
Robo de objetos brillantes por parte
de aves.
Stebbing, TR, sobre la desnudez del
cuerpo humano.
Stemmatopus.
Stendhal, véase Bombet.
Stenobothrus pratorum, estridulación.
Stephen, Sr. L., sobre la diferencia
en las mentes de los hombres y los animales; sobre los conceptos generales en
los animales; distinción entre moralidad material y formal.
Esterilidad, general, de hijas
únicas; cuando se cruzan, un carácter distintivo de las especies; en
condiciones cambiadas.
Sterna, cambio estacional del plumaje
en.
Espinoso, polígamo; macho, cortejo
del; macho, coloración brillante de, durante la época reproductiva;
nidificación del.
Palos utilizados como herramientas y
armas por los monos.
Picadura de abejas.
Stokes, Capitán, sobre los hábitos
del gran pájaro jardinero.
Stoliczka, Dr., sobre los colores en
las serpientes.
Stoliczka, sobre los poros preanales
de los lagartos.
Tarabilla común, cría de la.
Herramientas de piedra, dificultad de
fabricación; como vestigios de tribus extintas.
Piedras, utilizadas por los monos
para romper frutas duras y como proyectiles; montones de.
Cigüeña, negra, diferencias sexuales
en los bronquios de la; pico rojo de la.
Cigüeñas, diferencia sexual en el
color de los ojos de.
Qué extraño, señor, lo del jardinero
satinado.
Strepsiceros kudu, cuernos de; marcas
de.
Exagere, señor, la proporción
numérica en los sexos de los pollos.
Estridulación, por machos de
Theridion; de Hemiptera; de los Orthoptera y Homoptera discutidos; de
escarabajos.
Rayas que se conservan en todos los
grupos de aves y que desaparecen en los mamíferos adultos.
Strix flammea.
Estructura, existencia de
modificaciones inservibles de.
Lucha por la existencia, en el
hombre.
Struthers, Dr., sobre la aparición
del agujero supracondiloideo en el húmero del hombre.
Sturnella ludoviciana, pugnacidad del
macho.
Sturnus vulgaris.
Subespecie.
Sufriendo, en los extraños, la
indiferencia de los salvajes hacia.
El suicidio, antes no se consideraba
un delito y rara vez se practicaba entre los salvajes más bajos.
Suidos, rayas de las crías.
Sulivan, Sir BJ, hablando de loros;
sobre dos sementales atacando a un tercero.
Sumatra, compresión de la nariz por
los malayos de.
Sumner, Archb., sólo el hombre es
capaz de mejorar progresivamente.
Pájaros solares, nidificación de.
Cresta superciliar en el hombre.
Dígitos supernumerarios, más
frecuentes en hombres que en mujeres; herencia de; desarrollo precoz de.
Supersticiones, prevalencia de.
Costumbres supersticiosas.
Foramen supracondiloideo en los
primeros progenitores del hombre.
Sospecha, prevalencia de, entre
animales.
Mariposa cola de golondrina.
Golondrinas abandonando a sus crías.
Cisne, negro, salvaje, tráquea del;
blanco, joven de; pico rojo del; de cuello negro.
Cisnes, jovenes.
Swaysland, Sr., sobre la llegada de
las aves migratorias.
Vencejos, migración de.
Swinhoe, R., sobre la rata común en
Formosa y China; comportamiento de los lagartos cuando son capturados; sobre
los sonidos producidos por la abubilla macho; sobre Dicrurus macrocercus y la
espátula; sobre las crías de Ardeola; sobre los hábitos de Turnix; sobre los
hábitos de Rhynchaea bengalensis; sobre los oropéndolas que se reproducen en
plumaje inmaduro.
Sylvia atricapilla, joven de.
Sylvia cinerea, danza amorosa aérea
del macho.
La simpatía entre los animales: su
supuesta base.
Simpatías, ampliación gradual de.
Peces syngnathous, bolsa abdominal en
el macho.
Sypheotides auritus, primarias
acuminadas del macho; penachos auriculares de.
Tabanidae, hábitos de.
Tadorna variegata, sexos y crías de.
Tadorna vulpanser.
Tahitianos, compresión de la nariz
por el.
Cola rudimentaria, presencia de, en
el hombre; cuerpo contorneado en la extremidad de la; ausencia de, en el hombre
y los simios superiores; variabilidad de, en especies de macacos y en babuinos;
presencia de, en los primeros progenitores del hombre; longitud de, en
faisanes; diferencia de longitud de, en los dos sexos de las aves.
Tait, Lawson, sobre los efectos de la
selección natural en las naciones civilizadas.
Tangara escarlata, variación en el
macho.
Tanagra aestiva, edad de plumaje
maduro en.
Tanagra rubra, joven de.
Tanais, ausencia de boca en los
machos de algunas especies de; relaciones de los sexos en; machos dimórficos de
una especie de.
Tankerville, Earl, sobre las batallas
de toros salvajes.
Tanysiptera, razas de, determinadas a
partir de machos adultos.
Tanysiptera sylvia, plumas de la cola
largas.
Taphroderes distortus, mandíbula
izquierda agrandada del macho.
Tapires, rayas longitudinales de
crías.
Tarsos, dilatación del frente, en
escarabajos machos.
Tarsio.
Tasmania, mestizos asesinados por los
nativos de.
Tasmanianos, extinción de.
El gusto, en la Quadrumana.
Tatuaje, universalidad de.
Taylor, G., sobre Quiscalus mayor.
Taylor, Rev. R., sobre los tatuajes
en Nueva Zelanda.
El té, afición de los monos.
Verde azulado, constancia de.
Sacos lacrimales de los rumiantes.
Teebay, Sr., sobre los cambios de
plumaje en las gallinas de Hamburgo con plumas moteadas.
Dientes, incisivos rudimentarios, en
rumiantes; molares posteriores, en el hombre; sabiduría; diversidad de; canino,
en los primeros progenitores del hombre; canino, de mamíferos machos; en el
hombre, reducido por correlación; tinción de los; frontales, arrancados o
limados por algunos salvajes.
Tegetmeier, Sr., sobre la transmisión
de colores en las palomas por un solo sexo; proporción numérica de nacimientos
de machos y hembras en perros; sobre la abundancia de palomas macho; sobre las
barbillas de los gallos de pelea; sobre el cortejo de las aves; sobre los
amores de las palomas; sobre las palomas teñidas; palomas dragón azules.
Tembeta, adorno sudamericano.
El temperamento, tanto en perros como
en caballos, es hereditario.
Tenca, proporciones de los sexos en
el; brillo del macho, durante la época reproductiva.
Tenebrionidae, estridulación de.
Tennent, Sir JE, sobre los colmillos
del elefante de Ceilán; sobre la frecuente ausencia de barba en los nativos de
Ceilán; sobre la opinión china sobre el aspecto de los cingaleses.
Tennyson, A., sobre el control del
pensamiento.
Tenthredinidae, proporciones de los
sexos en; hábitos de lucha del macho; diferencia de los sexos en.
Tephrodornis, cría de.
Terai, en la India.
Termitas, hábitos de.
Charranes, blancos y negros.
Charranes, cambio estacional del
plumaje en.
Terror, acción común de, sobre los
animales inferiores y el hombre.
Testudo elegans.
Testudo nigra.
Tetrao cupido, batallas de;
diferencia sexual en los órganos vocales de.
Tetrao phasianellus, danzas de;
duración de las danzas de.
Tetrao scoticus.
Tetrao tetrix, pugnacidad del macho.
Tetrao umbellus, apareamiento de;
batallas de; tamborileo del macho.
Tetrao urogalloides, danzas de.
Tetrao urogallus, pugnacidad del
macho.
Tetrao urophasianus, inflación del
esófago en el macho.
Thamnobia, joven de.
Tecla, diferencias sexuales de
coloración en especies de.
Thecla rubi, colorante protector de.
Thecophora fovea.
Teognis, la selección en la
humanidad.
Theridion, estridulación de los
machos de.
Theridion lineatum.
Thomisus citreus y Thomisus
floricolens, diferencia de color en los sexos.
Thompson, JH, sobre las batallas de
los cachalotes.
Thompson, W., sobre la coloración del
salvelino macho durante la época reproductiva; sobre la pugnacidad de los
machos de Gallinula chloropus; sobre la búsqueda de nuevas parejas por las
urracas; sobre la búsqueda de nuevas parejas por los halcones peregrinos.
Tórax, procesos de, en escarabajos
machos.
Thorell, T., sobre la proporción de
sexos en las arañas.
Espina dorsal, diferencia en los
dientes de los dos sexos de la.
Pensamientos, control de.
Zorzal, apareamiento con mirlo;
colores y nidificación del.
Zorzales, personajes de crías.
Matón, remordimiento de a.
Pulgar, ausencia de, en Ateles y
Hylobates.
Thury, M., sobre la proporción
numérica de nacimientos de hombres y mujeres entre los judíos.
Thylacinus, posesión del saco
marsupial por parte del macho.
Tisanura.
Tibia dilatada del macho de Crabro
cribrarius.
Tibia y fémur, proporciones de, en
los indios aymaras.
Tierra del Fuego, costumbres
matrimoniales de.
Tigre, colores y marcas del.
Tigres, despoblación de distritos
por, en la India.
Tillus elongatus, diferencia de
coloración en los sexos.
Timidez, variabilidad de, en la misma
especie.
Tinca vulgaris.
Tipula, pugnacidad del macho.
Tetas, diferencia sexual de color en.
Sapos, macho, tratamiento de óvulos
por algunos; macho, listo para reproducirse antes que la hembra.
Todas, infanticidio y proporción de
sexos; práctica de la poliandria; elección de maridos entre.
Dedo gordo del pie, estado del
embrión humano.
Tomicus villosus, proporción de los
sexos en.
Tomtit, azul, diferencia sexual de
color en el.
Islas Tonga, imberbe de los nativos
de.
Tooke, Horne, sobre el lenguaje.
Herramientas, pedernal; utilizadas
por monos; uso de.
Moños en las aves.
Tortuga, voz del macho.
Torturas a las que fueron sometidos
los salvajes americanos.
Totanus, doble muda.
Tucanes, colores y nidificación de
los; picos y ceras de los.
Ciudades, residencia en, una causa de
estatura disminuida.
Toynbee, J., sobre la capa externa
del oído en el hombre.
Tráquea, contorneada e incrustada en
el esternón, en algunas aves; estructura de la misma, en Rhynchaea.
Oficios que afectan la forma del
cráneo.
Tragelaphus, diferencias sexuales de
color en.
Tragelaphus scriptus, cresta dorsal
de; marcas de.
Tragopán, hinchazón de las carúnculas
del macho, durante el cortejo; exhibición del plumaje por el macho; marcación
de los sexos del.
Tragops dispar, diferencia sexual en
el color de.
Entrenamiento, efecto del mismo sobre
la diferencia mental entre los sexos del hombre.
Transferencia de caracteres
masculinos a aves hembras.
Transmisión, igual, de caracteres
ornamentales, a ambos sexos en mamíferos.
Trampas, evitación de, por animales;
uso de.
Traición, a camaradas, evasión, por
parte de salvajes.
Tremex columbae.
Tribus, extintas; extinción de.
Trichius, diferencia de color en los
sexos de una especie de.
Trigla.
Trigonocéfalo, ruido hecho por la
cola de.
Trimen, R., sobre la proporción de
los sexos en las mariposas sudafricanas; sobre la atracción de los machos por
las hembras de Lasiocampa quercus; sobre Pneumora; sobre la diferencia de color
en los sexos de los escarabajos; sobre las polillas brillantemente coloreadas
por debajo; sobre el mimetismo en las mariposas; sobre Gynanisa Isis y sobre
las manchas oceladas de los lepidópteros; sobre Cyllo Leda.
Tringa, sexos y crías de.
Tringa cornuta.
Triphaena, coloración de la especie
de.
Tristram, HB, sobre los distritos
insalubres del norte de África; sobre los hábitos del pinzón vulgar en
Palestina; sobre las aves del Sahara; sobre los animales que habitan el Sahara.
Tritón cristatus.
Tritón palmipes.
Tritón punctatus.
Cráneos trogloditas, más grandes que
los de los franceses modernos.
Troglodytes vulgaris.
Trogones, colores y nidificación de
los.
Aves tropicales, blancas sólo cuando
maduran.
Trópicos, peces de agua dulce del.
Trucha, proporción de los sexos en;
macho, pugnacidad de los.
Trox sabulosus, estridulación de.
Verdad, no rara entre miembros de una
misma tribu; más apreciada por ciertas tribus.
Tulloch, Mayor, sobre la inmunidad
del negro a ciertas fiebres.
Tumbler, almendra, cambio de plumaje
en el.
Turdus merula, cría de.
Turdus migratorius.
Turdus musicus.
Turdus polyglottus, cría de.
Turdus torquatus.
Pavo, salvaje, pugnacidad del macho
joven; salvaje, notas del; hinchazón de las carúnculas del macho; variedad de,
con un moño; reconocimiento de un perro por un; macho, salvaje, aceptable para
las hembras domesticadas; salvaje, primeros avances hechos por hembras mayores;
salvaje, mechón de cerdas del pecho.
Pavo, raspado de las alas de, sobre
el suelo; salvaje, exhibición de plumaje de; hábitos de pelea de.
Turner, Prof. W., sobre los
fascículos musculares en el hombre referentes al panículo carnoso; sobre la
aparición del agujero supracondiloideo en el húmero humano; sobre los músculos
unidos al cóccix en el hombre; sobre el filum terminale en el hombre; sobre la
variabilidad de los músculos; sobre las condiciones anormales del útero humano;
sobre el desarrollo de las glándulas mamarias; sobre los peces machos que
eclosionan óvulos en sus bocas; sobre la fisura perpendicular externa del
cerebro; sobre las circunvoluciones puente en el cerebro de un chimpancé.
Turnix, sexos de algunas especies de.
Tórtola, arrullo de la.
Tuttle, H., sobre el número de
especies del hombre.
Tylor, EB, sobre los gritos
emocionales, los gestos, etc., del hombre; sobre el origen de la creencia en
agencias espirituales; el remordimiento por la violación de los usos tribales
al casarse; sobre la barbarie primitiva de las naciones civilizadas; sobre el
origen del conteo; las invenciones de los salvajes; sobre las semejanzas de los
caracteres mentales en diferentes razas del hombre.
Tipo de estructura, prevalencia de.
Typhaeus, órganos estriduladores de;
estridulación de.
Gemelos, tendencia a producir,
hereditario.
Twite, proporción de los sexos en.
Fealdad, que se dice consiste en un
acercamiento a los animales inferiores.
Pájaro paraguas.
Umbrina, sonidos producidos por.
Estados Unidos, tasa de aumento de;
influencia de la selección natural en el progreso de; cambio experimentado por
los europeos en el.
Upupa epops, sonidos producidos por
el macho.
Uraniidae, coloración de la.
Uria troile, variedad de (=U.
lacrymans).
Urodelos.
Urosticte Benjamini, diferencias
sexuales en.
Uso y desuso de partes, efectos de;
influencia de, sobre las razas del hombre.
Útero, reversión en el; más o menos
dividido, en el sujeto humano; doble, en los primeros progenitores del hombre.
Vacunación, influencia de.
Isla de Vancouver, el Sr. Sproat
sobre los salvajes de; nativos de, erradicación del vello facial por el.
Vanellus cristatus, tubérculos del
ala del macho.
Vanessae, semejanza de la superficie
inferior con la corteza de los árboles.
Variabilidad, causas de; en el
hombre, análoga a la de los animales inferiores; de las razas del hombre; mayor
en los hombres que en las mujeres; período de, relación de la, con la selección
sexual; de las aves; de los caracteres sexuales secundarios en el hombre.
Variación, leyes de; correlacionado;
en el hombre; análogo; análogo, en el plumaje de las aves.
Variaciones, espontáneas.
Variedades, ausencia de, entre dos
especies, evidencia de su distinción.
Variedad, un objeto de la naturaleza.
Variola, transmisible entre el hombre
y los animales inferiores.
Vaureal, huesos humanos de.
Veddahs, hábitos monógamos de.
Veitch, Sr., sobre la aversión de las
damas japonesas a los bigotes.
Venganza, instinto de.
Venus Erycina, sacerdotisas de.
Vermes.
Apéndice vermiforme.
Verreaux, M., sobre la atracción de
numerosos machos por la hembra de un Bombyx australiano.
Vértebras caudales, en número de
macacos y babuinos; de monos, parcialmente incrustadas en el cuerpo.
Vertebrados, origen común de los;
progenitores más antiguos de; origen de la voz en la respiración aérea.
Vesicula prostatica, el homólogo del
útero.
Vibrisas, representadas por pelos
largos en las cejas.
Vidua.
Vidua axilar.
Villerme, M., sobre la influencia de
la abundancia sobre la estatura.
Vinson, agosto, cortejo de araña
macho; sobre el macho de Epeira nigra.
Víbora, diferencia de sexos en la.
Virey, sobre el número de especies
del hombre.
Virtudes, originalmente sólo
sociales; apreciación gradual de ellas.
Vísceras, variabilidad de, en el
hombre.
Vlacovich, Prof., sobre el músculo
isquiopúbico.
Música vocal de pájaros.
Órganos vocales del hombre; de los
pájaros; de las ranas; de los Insessores; diferencia de, en los sexos de los
pájaros; utilizado principalmente en relación con la propagación de las
especies.
Vogt, Karl, sobre el origen de las
especies; sobre el origen del hombre; sobre el pliegue semilunar en el hombre;
sobre los idiotas microcéfalos; sobre las facultades imitativas de los idiotas
microcéfalos; sobre los cráneos de las cavernas brasileñas; sobre la evolución
de las razas del hombre; sobre la formación del cráneo en las mujeres; sobre
los ainos y los negros; sobre la creciente diferencia craneal de los sexos en
el hombre con el desarrollo de la raza; sobre la oblicuidad del ojo en los
chinos y japoneses.
La voz en los mamíferos; en los monos
y en el hombre; en el hombre; origen de la misma, en los vertebrados que
respiran aire.
Von Baer, véase Baer.
Vulpian, Prof., sobre la semejanza
entre los cerebros del hombre y los simios superiores.
Buitres, selección de pareja por la
hembra; colores de.
Zancudos, crías de.
Wagner, R., sobre la aparición del
diastema en un cráneo de kaffir; sobre los bronquios de la cigüeña negra.
Lavandera, Ray, llegada del macho
antes que la hembra.
Lavanderas indias, crías de.
Cintura, proporciones de, en soldados
y marineros.
Waitz, Prof., sobre el número de
especies de hombres; sobre la propensión de los negros a las fiebres tropicales
después de residir en un clima frío; sobre el color de los niños australianos;
sobre la imberbez de los negros; sobre la afición de la humanidad por los
ornamentos; sobre las ideas de los negros sobre la belleza femenina; sobre las
ideas de los chinos de Java y Cochin sobre la belleza.
Waldeyer, M., sobre el
hermafroditismo del embrión vertebrado.
Gales, Norte, proporción numérica de
nacimientos de hombres y mujeres en.
Walkenaer y Gervais, araña atraída
por la música; sobre los miriápodos.
Walker, Alex., sobre el gran tamaño
de las manos de los hijos de los trabajadores.
Walker, F., sobre las diferencias
sexuales en los dípteros.
Wallace, Dr. A., sobre el uso prensil
de los tarsos en las polillas macho; sobre la cría de la polilla de seda
Ailanthus; sobre la cría de lepidópteros; proporción de sexos de Bombyx
cynthia, B. yamamai y B. Pernyi criados por; sobre el desarrollo de Bombyx
cynthia y B. yamamai; sobre el apareamiento de Bombyx cynthia.
Wallace, AR, sobre el origen del
hombre; sobre el poder de imitación en el hombre; sobre el uso de proyectiles
por el orangután; sobre la variable apreciación de la verdad entre diferentes
tribus; sobre los límites de la selección natural en el hombre; sobre la
aparición del remordimiento entre los salvajes; sobre los efectos de la
selección natural en las naciones civilizadas; sobre el uso de la convergencia
del pelo en el codo en el orangután; sobre el contraste en los caracteres de
los malayos y los papúes; sobre la línea de separación entre los papúes y los
malayos; sobre las aves del paraíso; sobre los sexos de Ornithoptera Croesus;
sobre semejanzas protectoras; sobre los tamaños relativos de los sexos de los
insectos; sobre Elaphomyia; sobre la pugnacidad de los machos de Leptorhynchus
angustatus; sobre los sonidos producidos por Euchirus longimanus; sobre los
colores de Diadema; sobre Kallima; sobre la coloración protectora de las
polillas; sobre la coloración brillante como protectora en las mariposas; sobre
la variabilidad en los Papilionidae; sobre las mariposas macho y hembra que
habitan en diferentes estaciones; sobre la naturaleza protectora de la
coloración opaca de las mariposas hembra; sobre el mimetismo en las mariposas;
sobre los colores brillantes de las orugas; sobre los peces de colores
brillantes que frecuentan los arrecifes; sobre las serpientes de coral; sobre
Paradisea apoda; sobre la exhibición del plumaje de los machos de las aves del
paraíso; sobre las asambleas de aves del paraíso; sobre la inestabilidad de las
manchas oceladas en Hipparchia Janira; sobre la herencia sexualmente limitada;
sobre la coloración sexual de las aves; sobre la relación entre los colores y
la nidificación de las aves; sobre la coloración de los Cotingidae; sobre las
hembras de Paradisea apoda y papuana; sobre la incubación del casuario; sobre
la coloración protectora en las aves; sobre la Babirusa; sobre las marcas del
tigre; sobre las barbas de los papúes; sobre el cabello de los papúes; sobre la
distribución del cabello en el cuerpo humano.
Morsa, desarrollo de la membrana
nictitante en los; colmillos de los; uso de los colmillos por los.
Walsh, BD, sobre la proporción de los
sexos en Papilio Turnus; sobre los Cynipidae y Cecidomyidae; sobre las
mandíbulas de Ammophila; sobre Corydalis cornutus; sobre los órganos prensiles
de los insectos machos; sobre las antenas de Penthe; sobre los apéndices
caudales de las libélulas; sobre Platyphyllum concavum; sobre los sexos de los
Ephemeridae; sobre la diferencia de color en los sexos de Spectrum femoratum;
sobre los sexos de las libélulas; sobre la diferencia de los sexos en los
Ichneumonidae; sobre los sexos de Orsodacna atra; sobre la variación de los
cuernos del macho de Phanaeas carnifex; sobre la coloración de las especies de
Anthocharis.
Wapiti, batallas de; rastros de
cuernos en la hembra; atacando a un hombre; cresta del macho; diferencia sexual
en el color de la.
Curruca, curruca de seto; crías de
la.
Currucas, soberbias, nidificación de.
Cautela adquirida por los animales.
Warington, R., sobre los hábitos del
espinoso; sobre los brillantes colores del espinoso macho durante la temporada
reproductiva.
Jabalí verrugoso, colmillos y
almohadillas del.
Relojeros, miopes.
Gallina de agua.
Waterhouse, CO, sobre escarabajos
ciegos; sobre la diferencia de color en los sexos de los escarabajos.
Waterhouse, GR, sobre la voz de
Hylobates agilis.
Mirlo acuático, canción de otoño.
Waterton, C., sobre el pájaro
campana; sobre el apareamiento de un ganso canadiense con un ganso de Bernicle;
sobre las peleas de liebres.
Carúnculas, desventajosas para los
pájaros machos en las peleas.
Weale, J., Mansel, sobre una oruga
sudafricana.
Riqueza, influencia de.
Armas, usadas por el hombre;
empleadas por los monos; ofensivas, de los machos; de los mamíferos.
Pájaro tejedor.
Pájaros tejedores, traqueteo de las
alas de; asambleas de.
Webb, Dr., sobre las muelas del
juicio.
Wedderburn, Sr., asamblea de caza
negra.
Wedgwood, Hensleigh, sobre el origen
del lenguaje.
Gorgojos, diferencia sexual en
longitud del hocico en algunos.
Weir, Harrison, sobre la proporción
numérica de los sexos en cerdos y conejos; sobre los sexos de los pichones;
sobre los cantos de los pájaros; sobre las palomas; sobre la aversión de las
palomas azules a otras variedades de color; sobre el abandono de sus parejas
por parte de las palomas hembras.
Weir, J. Jenner, sobre el ruiseñor y
la curruca capirotada; sobre la madurez sexual relativa de los pájaros machos;
sobre las palomas hembras que abandonan a una pareja débil; sobre tres
estorninos que frecuentan el mismo nido; sobre la proporción de los sexos en
Machetes pugnax y otras aves; sobre la coloración de las Triphaenae; sobre el
rechazo de ciertas orugas por las aves; sobre las diferencias sexuales del pico
en el jilguero; sobre un camachuelo silbador; sobre el objeto del canto del
ruiseñor; sobre los pájaros cantores; sobre la pugnacidad de los pájaros machos
de plumaje fino; sobre el cortejo de las aves; sobre el hallazgo de nuevas
parejas por halcones peregrinos y cernícalos; sobre el camachuelo y el
estornino; sobre la causa de que las aves permanezcan sin pareja; sobre
estorninos y loros que viven en trillizos; sobre el reconocimiento del color
por las aves; sobre los pájaros híbridos; sobre la selección de un verderón por
una canaria hembra; sobre un caso de rivalidad entre camachuelos hembras; sobre
la madurez del faisán dorado.
Weisbach, Dr., medición de hombres de
diferentes razas; sobre la mayor variabilidad de los hombres que de las
mujeres; sobre las proporciones relativas del cuerpo en los sexos de las
diferentes razas del hombre.
Weismann, Prof., colores de Lycaenae.
Welcker, M., sobre la braquicefalia y
la dolicocefalia; sobre las diferencias sexuales en el cráneo del hombre.
Wells, Dr., sobre la inmunidad de las
razas de color a ciertos venenos.
Westring, sobre la estridulación de
los machos de Theridion; sobre la estridulación de Reduvius personatus; sobre
la estridulación de los escarabajos; sobre la estridulación de Omaloplia
brunnea; sobre los órganos estriduladores de los coleópteros; sobre los sonidos
producidos por Cychrus.
Westropp, HM, sobre la razón en un
oso; sobre la prevalencia de ciertas formas de ornamentación.
Westwood, JO, sobre la clasificación
de los himenópteros; sobre los culícidos y tábanos; sobre un parásito
himenóptero con un macho sedentario; sobre las proporciones de los sexos en
Lucanus cervus y Siagonium; sobre la ausencia de ocelos en las hembras de
Mutillidae; sobre las mandíbulas de Ammophila; sobre la cópula de insectos de
especies distintas; sobre el macho de Crabro cribrarius; sobre la pugnacidad
del macho de Tipulae; sobre la estridulación de Pirates stridulus; sobre las
cigarras; sobre los órganos estriduladores del grillo; sobre Ephippiger vitium;
sobre Pneumora; sobre la pugnacidad de las mantis; sobre Platyblemnus; sobre la
diferencia en los sexos de los agriónidos; sobre la pugnacidad de los machos de
una especie de Tenthredinae; sobre la pugnacidad del ciervo volante macho;
sobre Bledius taurus y Siagonium; sobre los escarabajos lamelicornio; sobre la
coloración de Lithosia.
Ballena, esperma, batallas de machos.
Ballenas, desnudez de.
Whately, Arch., lenguaje no peculiar
del hombre; sobre la civilización primitiva del hombre.
Whewell, Prof., sobre el afecto
maternal.
Bigotes, en los monos.
Ruido blanco, FB, producido por
Hylophila.
White, Gilbert, sobre la proporción
de sexos en la perdiz; sobre el grillo doméstico; sobre el objeto del canto de
los pájaros; sobre la búsqueda de nuevas parejas por los búhos blancos; sobre
las bandadas primaverales de perdices macho.
Blancura, adorno sexual en algunas
aves; de mamíferos que habitan países nevados.
Curruca zarcera, danza amorosa aérea
del macho.
Whitney, Prof., sobre el desarrollo
del lenguaje; el lenguaje no es indispensable para el pensamiento.
Silbón europeo, en pareja con un pato
pintail.
Viuda común, polígama; plumaje
nupcial del macho; hembra, rechazando al macho sin adornos.
Viudas y viudos, mortalidad de.
Wilckens, Dr., sobre la modificación
de los animales domésticos en regiones montañosas; sobre una relación numérica
entre los pelos y los poros excretores en las ovejas.
Wilder, Dr. Burt, sobre la mayor
frecuencia de dígitos supernumerarios en hombres que en mujeres.
Williams, sobre las costumbres
matrimoniales de los fiyianos.
Wilson, Dr., sobre las cabezas
cónicas de los nativos del noroeste de África; sobre los fiyianos; sobre la
persistencia de la moda de comprimir el cráneo.
Espolones alares.
Alas, diferencias de, en los dos
sexos de mariposas e himenópteros; juego de, en el cortejo de las aves.
Invierno, cambio de coloración de los
mamíferos en.
Brujería.
Esposas, huellas de la captura
forzosa de.
Lobo, cambio de invierno del.
Wolff, sobre la variabilidad de las
vísceras en el hombre.
Wollaston, TV, sobre Eurygnathus;
sobre los musicales Curculionidae; sobre la estridulación de Acalles.
Lobos, aprendiendo a ladrar de los
perros; cazando en manadas.
Lobos, negros.
Wombat, variedades negras del.
Mujeres, distinguidas de los hombres
por los monos machos; preponderancia de, en número; selección de, por belleza;
efectos de la selección de, de acuerdo con diferentes estándares de belleza;
práctica de captura; compromisos precoces y esclavitud de; libertad de
selección por, en tribus salvajes.
Maravilla, manifestaciones de, por
los animales.
Wonfor, Señor, sobre las
peculiaridades sexuales, en las alas de las mariposas.
Wood, J., sobre las variaciones
musculares en el hombre; sobre la mayor variabilidad de los músculos en los
hombres que en las mujeres.
Wood, TW, sobre la coloración de la
mariposa de puntas anaranjadas; sobre los hábitos de las Saturniidae; peleas de
camaleones; sobre los hábitos de Menura Alberti; sobre Tetrao cupido; sobre la
exhibición del plumaje de los faisanes machos; sobre las manchas oceladas del
faisán Argus; sobre las peleas de Menura superba; sobre los hábitos del
casuario hembra.
Becada, coloración de la.
Pájaro carpintero, selección de
pareja por parte de la hembra.
Pájaros carpinteros, golpeteo de;
colores y nidificación de los; caracteres de las crías.
Woolner, Sr., observaciones sobre el
oído en el hombre.
Wormald, Sr., sobre la coloración de
Hypopyra.
Heridas, cicatrización de.
Reyezuelo, joven de el.
Wright, CA, sobre los jóvenes de
Orocetes y Petrocincla.
Wright, Chauncey, El gran poder
cerebral necesario para el lenguaje; sobre la adquisición correlativa; sobre la
ampliación del cerebro en el hombre.
Wright, Sr., sobre el lebrel escocés;
sobre la preferencia sexual en los perros; sobre el rechazo de un caballo por
parte de una yegua.
Wright, W. von, sobre el plumaje
protector del Ptarmigan.
Escribiendo.
Wyman, Prof., sobre la prolongación
del cóccix en el embrión humano; sobre la condición del dedo gordo del pie en
el embrión humano; sobre la aparición del agujero supracondiloideo en el húmero
del hombre; sobre la variación en los cráneos de los nativos de las Islas
Sandwich; sobre la eclosión de los huevos en las bocas y cavidades branquiales
de los peces machos.
Xenarchus, sobre las cigarras.
Jenofonte, defendido por la selección
en la humanidad.
Xenorhynchus, diferencia sexual en el
color de los ojos.
Xiphophorus Hellerii, peculiar aleta
anal del macho.
Xylocopa, diferencia de sexos en.
Yarrel, W., sobre los hábitos de los
ciprínidos; sobre la Raia clavata; sobre los caracteres del salmón macho
durante la época de cría; sobre los caracteres de las rayas; sobre el dragón
gemoso; sobre los colores del salmón; sobre el desove del salmón; sobre la
incubación de los lofobranquios; sobre la rivalidad en los pájaros cantores;
sobre la tráquea del cisne; sobre la muda de las anátidas; sobre las crías de
las aves limícolas.
Fiebre amarilla, inmunidad de los
negros y mulatos.
Youatt, Sr., sobre el desarrollo de
los cuernos en el ganado.
Yura-caras, sus nociones de belleza.
Cebra, rechazo de un asno por parte
de una hembra; rayas de la.
Cebúes, jorobas de.
Zigzags, prevalencia de, como
adornos.
Zincke, Sr., sobre la emigración
europea a América.
Zootoca vivipara, diferencia sexual
en el color de.
Zouteveen, Dr., polidactilismo;
proporción de sexos en el Cabo de Buena Esperanza; arañas atraídas por la
música; sobre los sonidos producidos por los peces.
Zygaenidae, coloración de la.
FIN

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