© Libro N° 14304. La Habitación Enorme. Cummings, E. E. Emancipación. Septiembre 27 de 2025
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LA HABITACIÓN ENORME
E. E. Cummings
La Habitación Enorme
E. E. Cummings
E. E. Cummings
La Habitación Enorme
Traducción del inglés
Juan Antonio Santos Ramírez
Prólogo
Susan Cheever
Ilustraciones
E. E. Cummings
The Enormous Room
Copyright © 1978 by the Trustees for the E. E. Cummings Trust Publicado por W.W.Norton & Company Ltd. Liveright Publishing Corporation All rights reserved
© de la traducción: Juan Antonio Santos Ramírez, 2019
© del prólogo: Susan Cheever, 2014
© de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L. c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid info@nocturnaediciones.com www.nocturnaediciones.com
Primera edición en Nocturna: octubre de 2019
Preimpresión: Elena Sanz Matilla
Impreso en España / Printed in Spain
Técnica Digital Press, S.L.
Código IBIC: FA
ISBN: 978-84-16858-73-6
Depósito Legal: M-31071-2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
NOTA DEL TRADUCTOR
En su versión original, La habitación enorme incluye algunas peculia-ridades formales que acaso sorprendan a veces al lector. Entre ellas cabe destacar la supresión de comas, la abundancia de mayúsculas, la contracción de palabras, la sustitución de sustantivos por iniciales y, sobre todo, la profusión de expresiones francesas y en otras lenguas sin subrayar. Todo ello ha sido conservado en la traducción, para la que se ha utilizado la edición de Liveright de 1978, primera que si-gue fielmente los manuscritos de Cummings.
NOTA DEL EDITOR
Como muy pronto descubrirá el lector, La habitación enorme man-tiene muchas de las peculiaridades de la escritura de E. E. Cum-mings. En esta edición se han conservado esas peculiaridades, tratando además de ofrecer un texto de ágil lectura.
Todos los términos en francés que aparecen en la obra figuran también traducidos (en su primera aparición) al final del libro me-diante notas separadas por capítulos. Cabe, por otra parte, advertir que algunas expresiones francesas estaban originalmente mal escritas.
Además, salvo en los contados casos en que hacerlo dificultaba la lectura, se ha mantenido el singular uso de la puntuación de Cum-mings, así como su criterio especial para las mayúsculas y las minús-culas. No obstante, sí se han convertido las unidades, generalmente de longitud, al sistema métrico decimal, con el fin de que el lector tenga noción de la cantidad a la que el autor se está refiriendo.
PRÓLOGO
Susan Cheever
El 7 de abril de 1917, un día después de que los Estados Unidos entraran en la Primera Guerra Mundial, E. E. Cummings hizo lo que se esperaba de un joven en la flor de la edad. Dado que era un licenciado de Harvard de veintitrés años que sabía conducir, se alistó en el Cuerpo de Ambulancias Norton-Harjes y partió hacia los cam-pos de batalla de Francia. Todo lo que ocurrió después fue comple-tamente inesperado.
Rumbo a Europa, a bordo del La Touraine, el mareado Edward Estlin Cummings se hizo amigo de otro universitario de la Ivy League llamado William Slater Brown, un rico estudiante de la Escuela de Periodismo de Columbia que compartía su sentido rebelde de la tra-vesura. Brown y Cummings pasaron cinco semanas esperando en París el final de abril y mayo hasta que los equiparon con uniformes y los enviaron al Frente Occidental a servir a las órdenes de Harry Anderson, un mecánico de automóviles del Bronx a quien le caían mal los franceses.
Cummings y Brown adoraban a los franceses. Ya habían apren-dido a hablar un buen francés y se lo habían pasado de maravilla en París. Les caían bien los soldados franceses acantonados en las cerca-nías de su campamento, entre Ham y San Quintín, y se hicieron amigos de ellos. El Cuerpo de Ambulancias Norton-Harjes, fundado por un rico hombre de Harvard, Richard Norton, para acoger bási-camente a otros hombres de Harvard, contaba con unas cincuenta personas para ambulancias y unos veinte vehículos, la mayoría Ford y FIAT.
Aunque ahora Cummings estaba en el Frente Occidental y a po-cas millas del Somme, que era entonces uno de los lugares más peli-grosos de la Tierra para un poeta (Rupert Brooke ya había muerto allí el año anterior y Wilfred Owen le seguiría poco antes del Armis-ticio), en el verano de 1917 hubo una pausa en los combates. Cum-mings y Brown, ambos copiosos escritores de misivas, escribían a sus casas sin recato alguno, describiendo la desmoralización entre las tropas francesas y la incompetencia de los oficiales estadounidenses. Brown, en particular, no ocultaba su desprecio por los Aliados. Am-bos se mostraban desafiantes e irritados con sus superiores. No tar-daron mucho los oficiales franceses y americanos en empezar a escudriñar sus cartas en busca de indicios de traición.
Cummings siempre reaccionaba con rebeldía ante la autoridad, por lo que enseguida se enemistó con Anderson, su superior inme-diato. Tanto Cummings como Brown no tardaron en cambiar de cometido, pasando de conducir ambulancias a lavarlas y abrillantar-las. Cuando Anderson negó a Cummings y Brown un permiso para ir a París, Cummings se puso furioso. «Formé una bocanada de humo y se la arrojé directamente a la cara», escribió a su madre.
Finalmente, un día en que el Cuerpo estaba acampado en Ollezy, a Cummings y a Brown les arrestaron e interrogaron. A Cummings le pidieron que dijera que odiaba a los alemanes. «Quiero mucho a los franceses», fue todo lo que se avino a decir. Le pidieron que con-viniera en que Brown era desleal con los Aliados; se negó. Quedó arrestado, lo trasladaron en coche y después en tren al oeste, y acabó en un campo de detención en Normandía: le Dépôt de Triage de La Ferté-Macé.
Llegó de noche al Dépôt, un lúgubre edificio que había sido un seminario, y lo llevaron a una habitación tan oscura que no veía ab-solutamente nada. Pero en aquella oscuridad oía los ruidos de mu-chos hombres; una tos cascada aquí, un crujido de paja allá cuando alguien se revolvía en su jergón, el chapoteo del agua en un cubo: era verdaderamente una habitación enorme, de unos veinticinco por doce metros, en la que él y Brown pasarían los siguientes tres meses con otros cuarenta y tantos hombres como los presos más literarios, animosos y despreocupados del mundo.
Aunque, al haber sido trasladados al oeste, lejos del Somme, Cummings y Brown estaban mucho más seguros que en los espanto-sos campos de batalla del Frente Occidental, las condiciones en La Ferté-Macé eran muy severas. Aquel centro de detención para doce-nas de tipos diferentes (desertores, pacifistas, agitadores o personas que habían estado en el lugar y el momento equivocados) disponía de escasas provisiones para sus internos, que dormían en la misma habitación sobre jergones infestados de chinches, con cubos que ha-cían las veces de letrinas. El suelo estaba frío; las paredes, húmedas por la condensación en aquella vieja capilla. La rutina diaria empe-zaba a las seis y media e incluía un rato de ejercicio en un patio y dos comidas de sopa aguada. Cummings y Brown, que habían acabado milagrosamente en el mismo lugar, se mostraron animosos como siempre y fingieron estar encantados con el giro de los acontecimien-tos que había dado con sus huesos en la cárcel.
Cummings actuó durante toda su vida como si el mundo fuera un lugar alegre y despreocupado, que recompensaría su animosa fe con recursos y benevolencia. Su actitud, más que a una actitud aris-tocrática de noblesse oblige1, obedecía a su convicción de que el delei-te y la generosidad le serían pagados con seguridad. Se asomaba al universo con una confianza que a veces parecía arriesgada, pero que siempre le recompensaba.
Como resultado de ello, el preso Cummings lo pasó mejor que sus preocupados padres en el lejano y confortable Cambridge. «No te puedes imaginar, madre mía, la vida tan interesante que llevo aquí», escribió a Rebecca Cummings. Tras describir los ronquidos por la noche en la habitación y los olores que, si les hubieran permi-tido tener uno, habrían podido cortar con un cuchillo, bromeaba: «No lo cambiaría por nada del mundo… ¡Estoy seguro de que me creerás si te repito que me lo estoy pasando mejor que nunca!». Al fin, pensaba Cummings, Brown y él se habían librado de la estupidez brutal de Harry Anderson y del sistema militar de castas, y estaban libres para disfrutar de la diversidad del mundo… Libres, claro está, en sentido figurado.
En las cartas que escribía a casa, Cummings describía alegremen-te tanto los cubos-retrete como la panoplia de personajes con que se encontró en el campo de detención. Conoció a un hombre llamado conde Charles Bragard que había conocido al pintor Paul Cézanne; a Fritz, un fogonero de barco noruego; a un apuesto gitano barbudo que Cummings apodó «El Vagabundo»; y al «Oso», un apuesto po-laco. Otro preso, que había sido un brillante retratista ecuestre, preguntó a Cummings si conocía a su amigo Cornelius Vanderbilt. «Tenía ante mí un tipo perfecto —escribió jocosamente Cummings en su memoria—, la apoteosis de la nobleza ofendida, la víctima humillada por circunstancias completamente desgraciadas, el caba-llero digno de todo respeto que había conocido mejores días».
Mientras Cummings bebía café aguado, se rascaba la piel cubierta de sarpullidos y alternaba con exóticos extranjeros, su padre se iba su-miendo en el tipo de cólera imponente y temible en que se puede sumir un catedrático de Harvard y ministro de la Iglesia Unitaria. Tras recibir un telegrama de Richard Norton, fundador del cuerpo de am-bulancias, en el que le decía que su hijo estaba en un campo de con-centración, Edward Cummings entró en acción. Primero escribió a la Embajada americana en París, luego al Departamento de Estado de los Estados Unidos, que enseguida lo abarcó al retortero burocrático. Na-die sabía dónde estaba su hijo; era tiempo de guerra en Francia.
El 26 de octubre, el Departamento de Estado cometió un error que exacerbó la furia de Edward Cummings: recibió un telegrama en el que le informaban de que su hijo, un tal H. H. Cummings, se había hundido con el buque Antilles, torpedeado por los alemanes. En los dos días que tardaron en corregir este error, la cólera de Ed-ward Cummings se redobló. Finalmente, escribió una carta al presi-dente Wilson, el alegato de un padre a otro, pidiendo información sobre el paradero de su hijo. Ya fuera porque esta carta surtió efecto o porque La Ferté-Macé estaba concebida para estancias de tres me-ses, el caso es que al final liberaron a Cummings, y en enero lo man-daron a casa.
Pese a todo su coraje y a todas sus alharacas sobre las delicias de la cárcel, Cummings llegó a casa escuálido y enfermo, exhausto y
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deprimido, desnutrido y atormentado por varias infecciones cutá-neas. Su amiga Hildegarde Watson, que dio un banquete en Nueva York para celebrar su regreso, advirtió que su amigo Estlin Cum-mings había perdido la sonrisa.
Mientras tanto, Edward Cummings no había perdido la rabia. Pensaba entablar una demanda judicial internacional contra la Cruz Roja, el Gobierno francés y, quizás, el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Afortunadamente para nosotros, E. E. Cum-mings no estaba tan enfermo para darse cuenta de la futilidad de la cólera de su padre. En lugar de una demanda judicial, le sugirió que escribiera un libro que fuera una acusación contra los poderes fácti-cos y un informe furioso sobre la terrible manera en que habían tratado a la familia Cummings. Edward se mostró de acuerdo e, in-cluso, se ofreció a pagar a su hijo por escribirlo.
La habitación enorme es una memoria vívida y detallada de tres meses, pero de alguna manera es también la clave de toda la volumi-nosa obra de Cummings en prosa y poesía. Aquí están los detalles físicos descritos de una forma tan gráfica que el lector se siente ham-briento, eufórico y débil. Aquí está el deleite en todas las cosas que otros ven como adversidad. Aquí está la colisión de un código caba-lleresco de aristócratas yanquis con la penalidad física. Aquí están la fuerza del carácter, la elegancia furiosa y la presunción de que el mundo es bueno, asuntos que inspirarían todo lo escrito por E. E. Cummings en los cuarenta años que aún tenía por delante.
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PRÓLOGO
a la primera edición de 1922
«Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado».
Se había perdido en el Cuerpo de Ambulancias Norton-Harjes. Estaba oficialmente muerto por obra de un error de información
oficial.
Lo había sepultado el Gobierno francés.
Se tardó casi tres meses en encontrarle y devolverle a la vida… con la ayuda de amigos poderosos y voluntariosos a ambos lados del Atlántico. Los documentos siguientes cuentan la historia.
104 Irving Street, Cambridge
8 de diciembre de 1917
Presidente Woodrow Wilson
Casa Blanca
Washington D. C.
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Señor Presidente:
Parece criminal reclamar un solo instante de su tiempo, pero, según me aconsejan encarecidamente, sería más criminal demorarse en llamar su atención sobre un crimen contra la ciudadanía america-na en el que el Gobierno francés ha persistido durante muchas semanas, a pesar de las constantes apelaciones dirigidas al embajador america-no en París y a pesar de las consiguientes gestiones realizadas por el De-partamento de Estado en Washington a instancias de mi amigo el Honorable Señor…
Las víctimas son dos conductores americanos de ambulancia: Ed-ward Estlin Cummings, de Cambridge, Massachussets, y W… S… B… Hace dos meses estos dos jóvenes fueron arrestados, sometidos a numerosas indignidades, arrastrados por Francia como criminales y encerrados a cal y canto en un campo de concentración en La Ferté-Macé, donde, según las últimas informaciones, permanecen todavía a la espera de que el ministro del Interior tome una decisión defini-tiva sobre las conclusiones de una Comisión que juzgó sus casos en
una fecha tan lejana como el 17 de octubre.
Las personas consultadas en París, tanto en privado como a títu-lo oficial, coinciden en que no se ha formulado ningún cargo en absoluto contra Cummings. Ha sido sometido a este trato ultrajante únicamente por su estrecha amistad con el joven B…, cuyo único delito, por lo que se sabe, es que algunas cartas que escribió a amigos suyos en los Estados Unidos fueron malinterpretadas por el exceso de celo de un censor francés.
No hace sino redoblar la indignidad y la ironía de la situación el hecho de que el joven Cummings sea un amante entusiasta de Francia, y tan leal a los amigos que ha hecho entre los soldados franceses que, aun cuando su salud se resiente de su injusto encarcelamiento, discul-pa la ingratitud del país en el que ha servido y por el que ha arriesgado su vida llamando la atención sobre la atmósfera de intensa sospecha y recelo que han provocado de forma natural las penosas experiencias que ha tenido Francia con los expedicionarios extranjeros.
Tenga la seguridad, señor Presidente, de que he esperado mucho tiempo —parecen siglos— y he agotado todos los demás recursos disponibles antes de aventurarme a molestarle.
1. Tras muchas semanas de vanos esfuerzos por conseguir una acción efectiva por parte del embajador americano en París, Richard Norton, del Cuerpo de Ambulancias Norton-Harjes, al que pertenecen los muchachos, quedó completamente des-moralizado y me aconsejó que buscara ayuda aquí.
2. Los esfuerzos del Departamento de Estado en Washington tuvieron el siguiente resultado:
a. Un telegrama de París en el que se decía que no se había presentado ningún cargo contra Cummings y se daba a entender que sería rápidamente puesto en libertad.
b. Poco después, un segundo telegrama en el que se notifi-caba que Edward Estlin Cummings se había embarcado en el Antilles y había sido dado por desaparecido.
c. Una semana más tarde, un tercer telegrama en el que se corregía este error cruel y se aseguraba que la Embajada estaba haciendo todo lo posible por localizar a Cum-mings…, pues, al parecer, todavía ignoraban incluso el lugar de su encarcelamiento.
Tras unas experiencias tan penosas y desconcertantes, me dirijo a usted, aun sabiendo como sé que tiene que cargar, en esta crisis mundial, con la tarea más onerosa que jamás haya caído sobre los hombros de hombre alguno.
Pero tengo otra razón para pedir este favor. No hablo sólo por mi hijo, o sólo por él y su amigo. Mi hijo tiene una madre, tan valerosa y patriótica como cualquier otra madre que haya entregado un hijo único a una gran causa. Las madres de nuestros hijos en Francia tienen dere-chos, como los tienen los propios muchachos. La madre de mi hijo tiene el derecho a estar protegida contra las semanas de la horrible ansiedad e incertidumbre causadas por su inexplicable arresto y encarcelamiento. La madre de mi hijo tiene el derecho de ahorrarse la suprema agonía causa-da por un torpe telegrama de París en el que se decía que se había aho-gado tras el ataque de un submarino. (Un error que el señor Norton, según me cablegrafió posteriormente, había descubierto seis semanas antes). La madre de mi hijo y todas las madres americanas tienen el de-recho de estar protegidas contra toda ansiedad y dolor innecesarios.
Perdóneme, señor Presidente, pero si yo fuera presidente y su hijo estuviera padeciendo una injusticia tan prolongada a manos de Francia, y si la madre de su hijo hubiera tenido que vivir innecesaria-mente tantas semanas en el infierno como ha tenido que vivir la madre del mío, haría algo para que la ciudadanía americana fuera tan sagrada a los ojos de los franceses como lo era la ciudadanía romana a los ojos del mundo antiguo. Entonces bastaba con hacer la pregun-ta: «¿Es legal azotar a un hombre que es romano y no ha sido conde-nado?». ¡Ahora, en Francia, parece legal tratar como a un criminal condenado a un hombre que es americano, no ha sido condenado y al que se reconoce como inocente!
Muy respetuosamente,
Edward Cummings
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Esta carta se recibió en la Casa Blanca. Todavía es un misterio si se recibió con simpatía o con callada desaprobación. Un funcionario de Washington, amigo en la adversidad y amigo de verdad durante esta dura experiencia, tuvo la precaución de hacerla entregar por mensa-jero. De otro modo, el temor de que se «perdiera en el correo» hu-biera añadido otra punzada de incertidumbre a las prolongadas y refinadas torturas infligidas a los padres por la alternancia de infor-maciones erróneas y el silencio oficial. No cabe duda de que el este-toscopio oficial estaba entonces auscultando el corazón del mundo y quizá fuera mucho esperar que malgastaran siquiera una postalita en dolores de corazón privados.
En cualquier caso, la carta indicaba dónde había que buscar a los chicos perdidos, algo que el Gobierno francés no podía o no quería revelar, a pesar de la presión constante de la Embajada americana en París y de los esfuerzos constantes de mi amigo Richard Norton, que era el jefe del destacamento de ambulancias Norton-Herjes donde habían sido secuestrados.
No tardaron en ser liberados, como se cuenta en la siguiente carta dirigida al comandante…, miembro del equipo del juez aboga-do general en París.
20 de febrero de 1918
Estimado señor…:
Esta mañana ha llegado su carta del 30 de enero, que había esta-do esperando con gran interés desde que recibí su telegrama. Mi hijo
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llegó a Nueva York el 1 de enero. Estaba en mala forma física como resultado de su encarcelamiento: muy por debajo de su peso, padecía una aguda infección cutánea que había contraído en el campo de concentración. No obstante, habida cuenta de las extraordinarias fa-cilidades que ofrecía el campo de detención para contraer enferme-dades peligrosas, debe sin duda felicitarse por haber salido de allí con una de las menos dañinas. La atención médica en el campo estaba totalmente a la altura de las condiciones higiénicas generales del lu-gar, por lo que sólo tuvo alguna posibilidad de mejorar cuando em-pezó a recibir un tratamiento médico competente tras su liberación y a bordo del barco. Un mes de tratamiento médico competente aquí parece haberle librado de ese penoso recordatorio de la hospitalidad oficial. En este momento está visitando a unos amigos en Nueva York. Si estuviera aquí, estoy seguro de que se uniría a mí y a su ma-dre en la expresión de nuestro agradecimiento por el interés que se ha tomado y los esfuerzos que ha hecho.
Me alegra decir de W… S… B… que se espera que llegue esta semana a Nueva York a bordo del S. S. Niagara. La noticia de su libe-ración y posterior partida nos llegó por telegrama. Lo que dice usted sobre el estrés nervioso que padecía, como explicación de las cartas censuradas por las autoridades, lo respaldan enteramente informacio-nes de primera mano. El tipo de acoso al que el joven estaba sometido era suficiente para trastornar un temperamento menos sensible. Dice mucho de la índole de su entorno que este trato sólo provocara el re-sentimiento de uno de sus compañeros y que incluso esta manifesta-ción de simpatía humana normal se considerase «sospechosa». Si está usted en lo cierto al caracterizar el estado de B… como más o menos histérico, ¿qué cabría decir del estado de cosas que hizo posible el trato
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que ambos recibieron? Me alegro de que B… escribiera a la Embajada la carta tan sensata y viril que menciona usted. Cuando haya tenido la oportunidad de hablar con él, estaré en una mejor posición para llegar a una conclusión sobre determinadas cuestiones respecto a las cuales me abstengo ahora de expresar una opinión.
Sólo añadiré que no comparto en absoluto su complacencia con respecto al trato que recibió mi hijo. El hecho mismo de que, como dice, no se presentara ningún cargo contra él y de que no siguiera detenido bajo sospecha durante muchas semanas después de que la Comisión juzgara su caso y notificara al ministro del Interior que debía ser puesto en libertad me lleva a una conclusión exactamente contraria a la que usted expresa. Me parece imposible que cualquier gobierno cabal no reconozca que esa medida resultaba del todo irra-cional. Además, la «detención bajo sospecha» fue sólo una pequeña parte de lo que en realidad ocurrió. Por poner un único ejemplo, recordará usted que, tras muchas semanas de persistentes esfuerzos por conseguir información, la Embajada seguía ignorando los he-chos, hasta tal punto que cablegrafió la noticia de que mi hijo se había embarcado en el Antilles y había sido dado por desaparecido. Y, cuando se convenció de ese error, la Embajada cablegrafió que estaba haciendo todo lo posible por localizar a mi hijo. Parece que hasta ese momento las autoridades no habían siquiera condescendido a informar a la Embajada de los Estados Unidos sobre el lugar donde estaba encarcelado este inocente ciudadano americano, por lo que una notificación errónea de su muerte se consideró una explicación adecuada de su desaparición. Si yo hubiera aceptado esta notificación y no hubiera emprendido otras gestiones, no es en modo alguno se-guro que ahora no estuviera muerto.
Soy libre de decir que, en mi opinión, ningún gobierno que se respete debería permitir que uno de sus ciudadanos, contra el que no se ha formulado ninguna acusación, se vea sometido a tan prolonga-dos perjuicios e indignidades por parte de un gobierno amigo sin elevar una protesta enérgica. Considero un deber patriótico, además de una cuestión de amor propio, hacer todo lo que se pueda para que esa protesta se presente. Sigo teniendo una opinión demasiado eleva-da de mi propio Gobierno y del Gobierno de Francia como para creer que un incidente tan desafortunado dejará de recibir la aten-ción que merece. Si estoy equivocado, y los ciudadanos americanos deben esperar sufrir tales perjuicios e indignidades a manos de otros gobiernos sin que el suyo propio haga ningún esfuerzo por protestar y obtener un desagravio, creo que el público debería conocer la hu-millante verdad. Sería una lectura muy interesante. Le toca decidir a mi hijo las medidas que emprenderá.
Me alegra saber que su hijo también va a volver. Espero tener el gran placer de conversar con él.
No tengo palabras para expresar mi gratitud a usted y otros amigos por la simpatía y la ayuda que he recibido. Si se ha incurrido en algún gasto por mi causa o la de mi hijo, le ruego me permita tener el placer de reembolsarlo. En el mejor de los casos, quedo para siempre deudor suyo.
Deseándole lo mejor, le saluda cordialmente
Edward Cummings
No voy a la zaga de nadie en mi entusiasmo por la causa de Francia. Su causa fue la nuestra y la de la civilización, y lo trágico es que tardáramos tanto en descubrirlo. Yo hubiera arriesgado mi vida de buen grado por ella, como mi hijo arriesgó la suya, y como hubiera vuelto a arriesgarla si la partida de su regimiento hacia Europa no hubiera sido suspendida por el Armisticio.
Francia estaba asediada por enemigos, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Algunos de los «sospechosos» eran miembros de sus estamentos oficiales. Su ministro del Interior acabó en la cárcel. Es-taba obnubilada por el miedo. Su existencia estaba en peligro. En tales circunstancias cabía esperar que se cometieran excesos. Pero es precisamente en momentos así cuando más necesitan y más derecho tienen los ciudadanos americanos a la protección de su Gobierno.
Edward Cummings
https://www.nocturnaediciones.com/capitulos/216.pdf
I
COMIENZO UNA PEREGRINACIÓN
Mi amigo B. y yo habíamos logrado prescindir de casi tres de nuestros seis meses de compromiso como Conductores Voluntarios, Sección Sanitaria Vingt-et-Un, Ambulancia Norton Harjes, Croix Rouge Américaine, y en el momento que la experiencia posterior sirvió para capitalizar, acabábamos de terminar la desagradable tarea de limpiar y engrasar ( la palabra correcta es «nettoyer ») el propio flivver privado del jefe de sección, un caballero con el conveniente nombre de Sr. A. Para tomar prestada una cadencia característica de Nuestro Gran Presidente: la viva satisfacción que podríamos sospechar que derivaba del cumplimiento de una tarea tan importante para salvar a la civilización de las garras de la tiranía prusiana se vio en cierto grado inhibida, por desgracia, por la completa ausencia de relaciones cordiales entre el hombre que el destino nos había puesto sobre nosotros y nosotros mismos. O, para usar el vulgar idioma estadounidense, B., yo y el Sr. A. no nos llevábamos bien. Estábamos en desacuerdo fundamental sobre la actitud que nosotros, los estadounidenses, debíamos mantener hacia el poilus en cuyo nombre habíamos ofrecido nuestra ayuda. El Sr. A. sostenía: «Chicos, manténganse alejados de esos sucios franceses» y «estamos aquí para mostrarles a esos cabrones cómo se hacen las cosas en Estados Unidos», a lo que respondimos aprovechando cualquier oportunidad para confraternizar. Dado que ocho sucios franceses estaban asignados a la sección en diversas funciones (cocinero, abastecedor, chófer, mecánico, etc.), y que la propia sección estaba afiliada a una rama del ejército francés, la confraternización era fácil. Al ver que no teníamos la menor intención de adoptar sus ideales, el Sr. A. (junto con el subteniente que le servía de traductor —pues el conocimiento del francés del chef , adquirido durante varios años de heroico servicio, consistía principalmente en «Sar var», «Sar marche» y «Deet donk moan vieux») limitó sus esfuerzos a negarnos el privilegio de actuar como conductores, alegando que nuestra apariencia personal era una vergüenza para la sección. Con esto, debo decir, el Sr. A. no hacía más que mantener la tradición concebida originalmente por su predecesor, un tal Sr. P., un estudiante de Harvard, quien, hasta su partida de Vingt-et-Un, logró hacernos la vida absolutamente miserable a B. y a mí. Antes de dejar este doloroso tema, me permito señalar que, al menos en lo que a mí respecta, la tradición tenía una base sólida en mi propia predisposición a la grosería, además de lo que Le Matin (si no recordamos mal) ingeniosamente denominó La Boue Héroïque.
Tras realizar el nettoyage (al que ya éramos expertos, gracias a la costumbre del Sr. A. de encargarnos la limpieza de cualquier coche que su conductor y ayudante consideraran demasiado sucio para sus propias manos), fuimos en busca de un poco de agua para uso personal. B. terminó rápidamente sus abluciones. Yo caminaba despreocupadamente y solo desde el carro de la cocina hacia una de las dos tiendas —que, en protesta, albergaban a unos cuarenta estadounidenses apiñados por la noche—, con un histórico morceau de chocolat en la mano, cuando un caballero, por no decir lacio, con un uniforme francés sospechosamente discreto, se dejó llevar hasta la oficina por dos pulcros soldados con bombines de hojalata, en un Renault cuya penosa limpieza avergonzaba mis recientes esfuerzos. «Debía de ser un general, al menos», pensé, lamentando la extrema desnudez de mi uniforme, que consistía en un mono y un cigarrillo.
Tras observar furtivamente cómo el caballero descendía y recibía la ceremoniosa bienvenida del chef y del mencionado teniente francés, que acompañaba a la sección por motivos de traducción, me dirigí apresuradamente a una de las tiendas, donde encontré a B. arrastrando todas sus pertenencias hasta un montón central de proporciones aterradoras. Estaba rodeado por un grupo de compañeros héroes que aclamaron mi llegada con considerable entusiasmo. «Su litera se va», dijo alguien. «Voy a París», ofreció un hombre que llevaba tres meses intentando llegar allí. «Querrá decir a la cárcel», comentó un optimista convencido, cuyo carácter había resentido los efectos del clima francés.
Aunque confundido por la elocuencia del inalterable silencio de B., inmediatamente asocié su actual situación con la llegada del misterioso desconocido, y me lancé a exigir a uno de los derbis la alta identidad y la sagrada misión de este personaje. Sabía que, con excepción de nosotros, todos en la sección habían recibido su permiso de sept jours , incluso dos hombres que habían llegado después que nosotros y cuyo turno debía haber llegado después del nuestro. También sabía que en la sede de la Ambulancia, 7 rue François Premier, se encontraba Monsieur Norton, el jefe supremo de la fraternidad Norton Harjes, quien había conocido a mi padre en otros tiempos. Atando cabos, decidí que este potentado había enviado un emisario al Sr. A. para exigir una explicación de los diversos insultos e indignidades a los que mi amigo y yo habíamos sido sometidos, y más concretamente para obtener nuestro tan postergado permiso. Por consiguiente, estaba de muy buen humor mientras corrí hacia la oficina.
No tuve que ir muy lejos. El misterioso, conversando con el señor subteniente, me encontró a mitad de camino. Capté sus palabras: «Y Cummings [la primera y última vez que un francés pronunció mi nombre correctamente], ¿dónde está?».
—Presente —dije, haciendo un saludo al que ninguno de los dos prestó la menor atención.
—Ah, sí —comentó impenetrablemente el misterioso en un inglés absolutamente higiénico—. Mete todo tu equipaje en el coche de inmediato. —Luego, dirigiéndose a Tin-Derby-el-Primero, quien apareció de forma oculta junto a su amo— : Allez avec lui, chercher ses affaires, de suite.
Mis asuntos se desarrollaban principalmente cerca de la cocina, donde se alojaban el cuisinier, el mécanicien, el menuisier, etc., quienes me habían hecho sitio (hacía unos diez días) por iniciativa propia, evitándome así la humillación de dormir con diecinueve estadounidenses en una tienda de campaña que siempre estaba dos tercios llena de barro. Allí llevé al cochero, que lo examinó todo con sorprendente interés. Reuní mis asuntos a toda prisa (incluyendo algunos accesorios menores que iba a dejar atrás, pero que el td me pidió que incluyera) y salí con una bolsa de lona bajo un brazo y un petate bajo el otro, para encontrarme con mis excelentes amigos, los ya mencionados franceses sucios. Todos salieron a la vez por una puerta, con aspecto bastante asombrado. Sin duda, se requería una explicación, además de una despedida, así que pronuncié un discurso en mi mejor francés:
'Caballeros, amigos, camaradas, me voy inmediatamente y seré guillotinado mañana',
---"Oh, casi diría que fue guillotinado", comentó td con una voz que me heló la médula, a pesar de mi buen humor; mientras el cocinero y el carpintero se quedaban boquiabiertos audiblemente y el mecánico se agarraba a un carburador irremediablemente destrozado para sostenerse.
Uno de los coches de la sección , un Fiat, estaba listo. El general Nemo me prohibió severamente acercarme al Renault (donde ya estaba depositado el equipaje de B.) y me indicó que me subiera a la cama del Fiat, con saco de dormir incluido; tras lo cual, td saltó y se sentó frente a mí en una postura de total tranquilidad que, a pesar de mi ya mencionada alegría por abandonar la sección en general y al Sr. A. en particular, me pareció casi amenazante. Por la ventanilla delantera vi a mi amigo alejarse con el td número 2 y Nemo; luego, tras despedirme apresuradamente de todos los americanos que conocía —tres en total— y tras intercambiar afectuosos saludos con el Sr. A. (quien admitió que lamentaba mucho perdernos), sentí el tirón del embrague y partimos en su persecución.
'Cualesquiera que hayan sido los presentimientos inspirados por la actitud del td número 1, fueron completamente aniquilados por la emocionante alegría que experimenté al perder de vista la sección maldita y sus estúpidos habitantes, por la indiscutible y auténtica emoción de ir a algún lugar y a ningún lugar bajo los auspicios milagrosos de alguien y de nadie, de ser arrancado de las banalidades putrefactas de una inexistencia oficial hacia una aventura elevada y clara, por un deus ex machina con un uniforme gris azulado y un par de zapatos derby. Silbé, canté y grité a mi vis-à-vis: “A propósito, ¿quién es ese distinguido caballero que ha sido tan amable de llevarnos a mi amigo y a mí a este pequeño paseo?”, a lo que, entre sacudidas del rugiente FIAT, respondí con pavor, agarrándose a la ventana para recuperar el equilibrio: “Señor Ministro de Seguridad de Noyon”.
Sin darme cuenta de lo que esto podría significar, sonreí. Una sonrisa receptiva, que visitó informalmente las mejillas cansadas de mi colega, terminó por conectar francamente con sus dignas y enormes orejas, opacadas por el enorme casco. Mis ojos, saltando de esos coches, se posaron en ese casco y noté por primera vez un emblema, una especie de pequeña explosión floreciente, o un mechón de cabello desenfrenado. Me pareció muy jovial y un poco absurdo.
—Entonces, ¿vamos camino de Noyon?
Td se encogió de hombros.
En ese momento, el sombrero del conductor voló. Lo oí maldecir y vi el sombrero flotando en nuestra estela. Me puse de pie de un salto cuando el Fiat se detuvo de golpe y arranqué para aterrizar; luego, detuve mi vuelo en el aire y aterricé en el asiento, completamente asombrado. El revólver de Td, que había saltado de su funda con mi primer movimiento, volvió a su sitio. El dueño del revólver murmuraba algo bastante desagradable. El conductor (siendo un estadounidense de veintiún años) retrocedía en lugar de recoger su gorra en persona. Sentí como si me hubieran dado marcha atrás de repente. Reflexioné y no dije nada.
De nuevo, más rápido, para recuperar el tiempo perdido. Suponiendo correctamente que td no entiende inglés, el conductor pasa la hora por la ventana de minutos:
—Por el amor de Dios, Cummings, ¿qué pasa?
"Me atrapaste", dije, riéndome de la delicada ingenuidad de la pregunta.
'¿Hiciste algo para que te pellizcaran?'
—Probablemente —respondí con importancia y vagancia, sintiendo una nueva dignidad.
—Bueno, si no lo hiciste tú, tal vez B---- lo hizo.
"Quizás", repliqué, intentando disimular mi entusiasmo. De hecho, nunca me había sentido tan emocionado y orgulloso. ¡Era, sin duda, un criminal! Bueno, bueno, gracias a Dios que eso resolvió una cuestión para siempre: ¡se acabó la sección sanitaria para mí! Se acabaron el Sr. A. y sus sermones diarios sobre limpieza, comportamiento, etc. A mi pesar, empecé a cantar. El conductor me interrumpió:
—Te oí preguntarle algo a la tapadera en francés. ¿Qué dices?
'Dijo que el idiota del Renault es el jefe de policía de Noyon', respondí al azar.
BUENAS NOCHES. Quizás sea mejor que nos retiremos, o te meterás en un lío con... —indicó a td con un gesto de la cabeza que se comunicó al coche en un magnífico derrape; y el bombín de td resonó cuando el derrape se extendió a lo largo del FIAT.
—Entonces tocaste el timbre —recomendé, y luego a td—: «Buen coche para que viajen los heridos», comenté cortésmente. Td no respondió nada...
Mediodía.
Nos dirigimos directamente a algo que se parece desagradablemente a una mazmorra feudal. Le dicen al conductor que esté en algún lugar a cierta hora y que, mientras tanto, coma con el jefe de policía, que puede estar a la vuelta de la esquina... (Estoy traduciendo...) Y, ah, sí; parece que el jefe de policía ha solicitado especialmente la compañía de este distinguido estadounidense para la hora del desayuno.
"¿Se refiere a mí?" preguntó inocentemente el conductor.
«Claro», le dije.
No se dice nada de B. ni de mí.
Ahora, con cautela, td primero y yo a paso lento después, descendemos. El Fiat se aleja con estruendo, con la cabeza del distinguido, mirando hacia atrás, asomada un metro más o menos, y ese rostro distinguido tan entregado a la confusión que me provocó una carcajada.
'Vous avez faim?'
Era el otrora feroz hablar. Un criminal, recordé, es alguien contra quien todo lo que dice y hace se utiliza con gran astucia. Tras reflexionar sobre el asunto durante unos instantes, decidí decir la verdad a toda costa y respondí:
'Podría comerme un elefante'
Entonces me condujo a la cocina, me sentó a comer en un taburete y amonestó al cocinero con voz feroz:
'¡Dadle de comer a este gran criminal en nombre de la República Francesa!'
Y por primera vez en tres meses probé comida.
Td se sentó a mi lado, abrió una enorme navaja y se puso a trabajar, después de quitarse el sombrero hongo y aflojarse el cinturón.
Uno de los recuerdos más agradables asociados a aquella comida irrevocable es el de una mujer grande, gentil y fuerte que entró apresuradamente y, al verme, gritó:
'¿Qué es?'
"Es americana, mi madre", respondió mientras comía patatas fritas.
—¿Por qué es esto ? —La mujer me tocó el hombro y se convenció de que yo era real.
—Sin duda, Dios conoce la explicación —dijo Td con amabilidad—. No siendo yo el...
«Ah, mon pauvre», dijo esta hermosa mujer. «Vas a ser prisionera aquí. Cada prisionera tiene una marraine, ¿entiendes? Yo soy su marraine. Las amo y las cuido. Bueno, escucha: yo también seré tu marraine ».
Hice una reverencia y busqué con la mirada algo que pudiera jurarle. Td me observaba. Mi vista se posó en un vaso enorme de vino tinto. «Sí, bebe», dijo mi captor con una sonrisa. Levanté mi enorme vaso.
'A la santé de ma marraine charmante'.
---Esta hazaña de caballeros convenció al cocinero (un francés pequeño y ágil), quien atiborró mi plato, ya vacío, con varias raciones de patatas. El cocinero también lo aprobó: «Así es, come, bebe, quizá lo necesites más tarde». Y su cuchillo guillotinó otro delicioso trozo de pan blanco.
Por fin, saciado de lujos, me despedí de mi esposa y permití que me acompañara (yo primero, como siempre) arriba, a un pequeño estudio cuyo interior contaba con dos colchones, un hombre sentado a la mesa y un periódico en sus manos.
«Cest un Américain», decía a modo de introducción. El periódico se desprendió del hombre, quien dijo: «Bienvenido sea; siéntase como en casa, señor americano», y se marchó. Mi captor se desplomó inmediatamente en un colchón.
Pedí permiso para hacer lo mismo con el otro, favor que me fue concedido soñoliento. Con los ojos entornados, mi Ego yacía reflexionando: la deliciosa comida que acababa de disfrutar; lo que estaba por venir; las alegrías de ser un gran criminal... luego, sin ganas de dormir, leí Le Petit Parisien de principio a fin, hasta Les Voies Urinaires.
"Eso me recordó y me desperté y pregunté: '¿Puedo visitar la vespasiana?'
—Abajo —respondió confusamente, y reacomodó su sueño.
No había nadie moviéndose en el pequeño patio. Me detuve un rato mientras subía las escaleras. Estaban anormalmente sucias. Cuando volví a entrar, td estaba rugiendo para sí mismo. Volví a leer el diario. Debían de ser alrededor de las tres.
De repente td se despertó, enderezó y abrochó su personalidad, y murmuró: 'Es hora, vamos'.
La oficina del señor ministro estaba a la vuelta de la esquina, como se demostró. Frente a la puerta se encontraba el paciente Fiat. td nos informó ceremoniosamente que esperaríamos en la escalera.
¡Bueno! ¿Sabía algo más? —quiso saber el conductor estadounidense.
Habiendo comprobado a mi propia satisfacción que mis dedos aún podían liar un buen cigarrillo, respondí: "No", entre bocanadas.
El americano se acercó y susurró espectacularmente: «Tu amigo está arriba. Creo que lo están examinando». Lo captó; y aunque su dignidad rehabilitada había aceptado el «makin's» de su prisionero, se indignó de inmediato.
«Ya basta», dijo con severidad.
Y me arrastró escaleras arriba, donde me encontré con B. y su TD saliendo por la puerta del despacho . B. parecía extrañamente alegre. «Creo que iremos a la cárcel, sin duda», me aseguró.
Animado por esta noticia, empujado desde atrás por mi td y saludado desde delante por el propio M. le Ministre, floté vagamente hacia una habitación muy limpia, ordenada, de aspecto profesional y completamente americana, de proporciones modestas, cuya puerta fue inmediatamente cerrada y custodiada por dentro por mi escolta.
El señor Ministro dijo:
'Levanta los brazos.'
Luego revisó mis bolsillos. Encontró cigarrillos, lápices, una navaja y varios francos. Dejó sus tesoros sobre una mesa limpia y dijo: «No puede quedarse con esto. Yo me hago responsable». Luego me miró fríamente a los ojos y me preguntó si tenía algo más.
Le dije que creía que tenía un pañuelo.
Me preguntó: '¿Tienes algo en tus zapatos?'
«Mis pies», dije suavemente.
—Pase por aquí —dijo con frialdad, abriendo una puerta que no había visto. Hice una reverencia en señal de agradecimiento y entré en la habitación número 2.
Miré a seis ojos que estaban sentados en un escritorio.
Dos pertenecían a un abogado vestido de civil, con expresión aburrida y un bigote de proporciones soñadoras con el que imitaba constantemente a un caballero que pedía una copa. Dos pertenecían a un espléndido viejo chocho (con cara de trampolines y toboganes), en cuyo prominente pecho se asentaba pomposamente la escarapela de la Legión. Los números cinco y seis se referían a Monsieur, quien se había sentado antes de que yo tuviera tiempo de enfocar mi mirada ligeramente perpleja.
El señor hablaba un inglés sanitario, como ya he dicho.
'¿Cuál es tu nombre?'---'Edward E. Cummings.'---'Tu
¿Segundo nombre? —Estlin —le escribí—. ¿Cómo se dice? —No entendí—. ¿Cómo se dice tu nombre? —Ah —dije, y lo pronuncié. Le explicó en francés al bigote que mi nombre era Edouard, mi segundo «As-tay-l-ee-n» y mi tercero «Say-u-deux m-ee-n-zhay-s»—, y el bigote lo anotó todo. Entonces el señor se volvió hacia mí una vez más:
—¿Es usted irlandés? —No —dije—. Americano. —¿Es usted irlandés de familia? —No, escocés. —¿Está seguro de que nunca hubo un irlandés en sus padres? —Que yo sepa —dije—, nunca hubo un irlandés allí. —¿Quizás hace cien años? —insistió. —Ni hablar —dije con decisión. Pero Monsieur no se dejó llevar: —¿Su nombre es irlandés? —Cummings es un apellido escocés muy antiguo —le dije con fluidez—; antes era Comyn. Un escocés llamado El Comyn Rojo fue asesinado por Robert Bruce en una iglesia. Era mi antepasado y un hombre muy conocido. —Pero su segundo nombre, ¿de dónde lo sacó? —De un inglés, amigo de mi padre. Esta declaración pareció causar una muy buena impresión en el caso de la roseta, quien murmuró: «¡Un amigo de su padre, un inglés, qué bien!» varias veces. El señor, visiblemente decepcionado, le dijo al bigote en francés que anotara que yo negaba mi ascendencia irlandesa; lo cual el bigote hizo.
¿Qué hace tu padre en América? —Es ministro del Evangelio —respondí—. ¿Qué iglesia? —Unitaria. Esto lo desconcertó. Al cabo de un momento, tuvo una inspiración: —¿Eso es lo mismo que un librepensador? —Le expliqué en francés que no, que mi padre era un hombre santo. Finalmente, el señor le dijo al bigote que escribiera «protestante»; y el bigote obedeció.
A partir de ese momento, nuestra conversación se desarrolló en francés, para disgusto del señor, pero con la alegría de la roseta y la aprobación del bigote. En respuesta a mis preguntas, les informé que había sido estudiante durante cinco años en Harvard (expresando gran sorpresa al descubrir que nunca habían oído hablar de Harvard), que había venido a Nueva York a estudiar pintura, que me había alistado en Nueva York como conductor voluntario, embarcándome para Francia poco después, a mediados de abril.
El señor preguntó: "¿Conociste a B---- en el pacquebot?". Le dije que sí.
El señor miró significativamente a su alrededor. La roseta asintió varias veces. El bigote resonó.
Comprendí que esta gente amable planeaba hacerme pasar por la víctima inocente de un villano astuto, y no pude evitar sonreír. «C'est rigolo», me dije; se lo pasarán genial haciéndolo.
¿Tú y tu amiga estuvieron juntos en París? Dije: «Sí». ¿Cuánto tiempo? Un mes, mientras esperábamos nuestros uniformes.
Una mirada significativa por parte del señor, que encuentra eco en sus compañeros.
Inclinándose hacia delante, el señor preguntó con frialdad y cuidado: «¿Qué hiciste en París?», a lo que respondí breve y cálidamente: «Lo pasamos bien».
Esta respuesta le agradó enormemente al escarapela. Meneó la cabeza tanto que pensé que se le caería. Incluso el bigote parecía divertido. El señor ministro de Seguridad de Noyon se mordió el labio. «No se moleste en escribir eso», le indicó al abogado. Luego, volviendo a la acusación:
'¿Tuviste muchos problemas con el teniente A.?'
Me reí a carcajadas ante esa nomenclatura elogiosa. «Sí, claro que lo hicimos».
Preguntó: "¿Por qué?", así que describí al "Teniente" A. con gran viveza, usando ciertas expresiones selectas que me había proporcionado uno de los "sucios franceses" de la sección, un parisino experto en jerga . Mi fraseología sorprendió a mis examinadores, uno de los cuales (creo que el del bigote) comentó con sarcasmo que había aprovechado bien mi tiempo en París.
El señor Ministro preguntó: «¿Era cierto ( a ) que B. y yo siempre estábamos juntos y ( b ) preferíamos la compañía de los franceses asignados a la de nuestros compatriotas estadounidenses?». Respondí afirmativamente. «¿Por qué?», quiso saber. Así que le expliqué que creíamos que cuanto más francés supiéramos y mejor conociéramos a los franceses, mejor para nosotros; explayándome un poco sobre la necesidad de un completo entendimiento mutuo entre las razas latina y anglosajona para alcanzar la victoria.
Nuevamente la roseta asintió con aprobación.
El señor Ministro quizá creyó perder el caso, pues jugó inmediatamente su carta del triunfo: «Usted sabe que su amigo ha escrito cartas muy malas a sus amigos de América y a su familia». «No es cierto», dije.
En un instante comprendí el motivo de la visita de Monsieur a Vingt-et-Un: el censor francés había interceptado algunas cartas de B. y había notificado al Sr. A. y a su traductor, quienes, agradecidos, habían testificado sobre el mal carácter de B. y (deseando, como es natural, librarse de ambos de inmediato) habían afirmado además que siempre estábamos juntos y que, por consiguiente, yo podía ser considerado sospechoso. Recibieron instrucciones de retenernos en la sección hasta que Noyon llegara y se hiciera cargo, de ahí que no obtuviéramos el permiso que tanto tiempo debíamos.
«Su amigo», dijo Monsieur en inglés, «llegó hace un rato. Le pregunté si, estando en el avión que sobrevolaba a los alemanes, les lanzaría las bombas, y me dijo que no, que no les lanzaría ninguna».
Ante esta falsedad (tal como resultó ser), confieso que me quedé perplejo. En primer lugar, en ese momento era inocente de métodos de tercer grado. En segundo lugar, recordé que, aproximadamente una semana antes, B., yo y otro estadounidense de la sección habíamos escrito una carta que, siguiendo el consejo del subteniente que acompañaba a Vingt-et-Un como traductor, habíamos dirigido al Subsecretario de Estado de Aviación Francesa, solicitando que, dado que el gobierno estadounidense estaba a punto de asumir el control de la Cruz Roja (lo que significaba que todas las secciones sanitarias estarían afiliadas al ejército estadounidense y ya no al francés), a nosotros tres, al menos, se nos permitiera continuar nuestra asociación con los franceses alistandonos en la Esquadrille Lafayette. Uno de los «sucios franceses» nos había escrito la carta en el mejor lenguaje imaginable, basándose en datos proporcionados por nosotros mismos.
¿Tu amigo y tú escribís una carta a la aviación francesa?
Aquí lo corregí: éramos tres, y ¿por qué no mandó arrestar al tercer culpable, si se me permite preguntar? Pero ignoró esta pequeña digresión y quiso saber: ¿Por qué no la aviación estadounidense? A lo que respondí: Ah, pero como mi amigo me ha dicho tantas veces, los franceses son, después de todo, la mejor gente del mundo.
Este doble golpe detuvo a Noyon, pero sólo por un segundo.
¿Escribió tu amigo esta carta? —No —respondí con sinceridad—. ¿Quién la escribió? —Uno de los franceses asignados a la sección—. ¿Cómo se llama? —No lo sé —respondí, jurando mentalmente que, pasara lo que pasara, el escriba no sufriría—. A petición mía urgente —añadí.
Volviendo al francés, Monsieur me preguntó si dudaría en bombardear a los alemanes. Dije que no. ¿Y por qué suponía que era apto para ser aviador? Porque, le dije, pesaba 61 kilos y podía conducir cualquier tipo de coche o motocicleta. (Esperaba que me obligara a demostrarlo, en cuyo caso me prometí no parar hasta llegar a Múnich; pero no).
—¿Quiere decir que mi amigo no solo intentaba evitar servir en el ejército estadounidense, sino que también estaba considerando la traición? —pregunté.
—Bueno, eso sería todo, ¿no? —respondió con frialdad. Luego, inclinándose de nuevo, me disparó—: ¿Por qué le escribiste a un funcionario de tan alto rango?
Ante esto, me reí a carcajadas. «Porque el excelente subteniente que traducía cuando el señor teniente A. no entendía nos lo aconsejó».
Tras esta salida, me dirigí al bigote: «Escribe esto en el testimonio: que yo, aquí presente, me niego rotundamente a creer que mi amigo no sea un amante tan sincero de Francia y del pueblo francés como cualquier hombre vivo. ¡Dile que lo escriba!», le ordené a Noyon con severidad. Pero Noyon negó con la cabeza, diciendo: «Tenemos las mejores razones para suponer que tu amigo no es amigo de Francia». Respondí: «Eso no es asunto mío. Quiero que conste por escrito mi opinión sobre mi amigo, ¿lo entiendes?». «Es razonable», murmuró la escarapela; y el bigote la anotó.
—¿Por qué crees que nos ofrecimos como voluntarios? —pregunté con sarcasmo, al terminar el testimonio.
El señor Ministro se sentía evidentemente incómodo. Se retorció un poco en su silla y se torció la barbilla tres o cuatro veces. La roseta y el bigote intercambiaban frases animadas. Por fin, Noyon, pidiendo silencio y hablando con un tono casi desesperado, exigió:
'¿Est-ce-que vous détestez les boches?'
Había ganado mi propio caso. La pregunta era puramente superficial. Para salir de la sala como un hombre libre, solo tenía que decir que sí. Mis examinadores estaban seguros de mi respuesta. El escarapela se inclinaba hacia adelante y sonreía alentadoramente. El bigote dibujaba pequeños "oui" en el aire con su pluma. Y Noyon había perdido toda esperanza de convertirme en un criminal. Podría ser imprudente, pero era inocente; víctima de una inteligencia superior y maligna. Probablemente me advertirían que la próxima vez eligiera a mis amigos con más cuidado, y eso sería todo...
Deliberadamente, formulé la respuesta:
No. J'aime beaucoup les français.'
Ágil como una comadreja, el señor Ministro se me echaba encima: «Es imposible amar a los franceses y no odiar a los alemanes».
Su triunfo no me importó en lo más mínimo. La incomodidad de la roseta simplemente me divirtió. La sorpresa del bigote me pareció muy agradable.
¡Pobre Rosette! Murmuraba desesperado: «Aprecia a su amigo, con razón. Se equivocó, claro, qué lástima, pero con buenas intenciones».
'Con una expresión sumamente desagradable en su rostro inmaculado, el victorioso Ministro de Seguridad presionó a su víctima con recobrada seguridad: 'Pero, sin duda, ¿está usted al tanto de las atrocidades cometidas por los boches?'
"He leído sobre ellos", respondí alegremente.
'¿No lo crees?'
'Ça se peut.'
«Y si así fuera, y por supuesto que lo es» (tono de profunda convicción), «¿no detestáis a los alemanes?»
«Oh, en ese caso, por supuesto que cualquiera debe detestarlos», afirmé con perfecta cortesía.
Y mi caso estaba perdido, perdido para siempre. Respiré con tranquilidad una vez más. Todo mi nerviosismo había desaparecido. El intento de los tres caballeros sentados frente a mí de darnos a mi amigo y a mí destinos diferentes había fracasado irrevocablemente.
Al final de una breve conferencia el señor me dijo:
'Lo siento por ti, pero por culpa de tu amigo estarás retenido un poco.'
Pregunté: ¿Varias semanas?
«Es posible», dijo el señor.
Con esto concluyó el juicio.
El señor Ministro me condujo de nuevo a la habitación número 1. «Como ya le he quitado los cigarrillos y se los guardaré, le daré un poco de tabaco. ¿Prefiere el inglés o el francés?»
Como el francés (paquet bleu) es más fuerte y él esperaba que dijera inglés, dije "francés".
Con expresión triste, Noyon se acercó a una especie de librero y sacó un paquete azul. Creo que le pedí cerillas, o me había devuelto las pocas que encontró en mi ropa.
Noyon, td y el gran criminal (alias I) descendieron solemnemente al FIAT. El conductor , cada vez más desconcertado, nos condujo un corto trecho hasta lo que obviamente era un patio de prisión. El señor Ministro me observó mientras bajaba mi voluminoso equipaje.
Esto fue examinado cuidadosamente por el señor en la oficina de la prisión. El señor me hizo ponerlo todo patas arriba. El señor se mostró muy sorprendido al ver una enorme coquille: ¿de dónde la saqué? —Dije que me la dio un soldado francés como recuerdo—. ¿Y varias têtes d'obus? —También recuerdos —le aseguré alegremente—. ¿ Acaso el señor creía que me habían pillado haciendo estallar el gobierno francés, o qué exactamente? —Pero aquí hay una docena de cuadernos de bocetos, ¿qué contienen? —Ay, señor, me halaga: dibujos—. ¿De fortificaciones? —Para nada; de poilus, niños y otras ruinas—. Mmm. (El señor examinó los dibujos y comprobó que había dicho la verdad). El señor mete todas estas bagatelas en una pequeña bolsa que me había proporcionado (además de la enorme bolsa de lona) el generoso Crois Rouge. Las etiqueta (en francés): «Artículos encontrados en el equipaje de Cummings y considerados inútiles para el caso en cuestión». Esto deja en la bolsa de lona mencionada: mi abrigo de piel, que traje de Nueva York, mi cama, mantas y saco de dormir, mi ropa de civil y unos diez kilos de ropa blanca sucia. «Puede llevarse el saco de dormir y la cama plegable a su celda». El resto de mis cosas permanecerán a buen recaudo en la oficina.
"Ven conmigo", graznó con tristeza una desgarbada criatura.
Con saco de dormir y cama en mano, me acerqué.
Nos quedaba poco camino; varios pasos, de hecho. Recuerdo que doblamos una esquina y, de alguna manera, avistamos una especie de plaza cerca de la prisión. Una banda militar tocaba para el impasible deleite de un puñado de civiles harapientos. Mi nuevo captor se detuvo un momento; quizá su alma patriótica se conmovió. Luego cruzamos un callejón con puertas cerradas a ambos lados y nos detuvimos frente a la última puerta a la derecha. Una llave la abrió. La música aún se oía con claridad.
La puerta abierta mostraba una habitación de unos cinco metros y medio de altura y un metro y medio de ancho, con un montón de paja al fondo. Mi ánimo se había ido recuperando poco a poco de la banalidad de su examen; y fue con una emoción genuina e inolvidable que comenté, al cruzar lo que podría haber sido el umbral: «Mais , on est bien ici?»
Un estruendo espantoso cortó la última palabra. Supuse que toda la prisión había sido destruida por el terremoto, pero solo fue mi puerta cerrándose...
.
II
EN RUTA
Dejé el petate. Me puse de pie.
Yo era yo mismo.
Una alegría incontrolable me desgarró después de tres meses de humillación, de ser mandado, acorralado, intimidado e insultado. Era yo mismo y mi propio amo.
En ese delirio de alivio (sin apenas darme cuenta de lo que hacía) inspeccioné el montón de paja, decidí no hacerlo, preparé mi cama, coloqué el rollo sobre ella y comencé a examinar mi celda.
Ya he mencionado la longitud y el ancho. La celda era ridículamente alta; quizá de tres metros. El extremo con la puerta era peculiar. La puerta no estaba situada en el centro de este extremo, sino a un lado, lo que permitía el paso de una enorme lata de hierro, que llegaba hasta la cintura y se encontraba en la otra esquina. Sobre la puerta y a lo largo del extremo, se extendía una reja. Siempre se veía una rendija de cielo.
Silbando alegremente para mí mismo, di tres pasos que me llevaron al final de la puerta. La puerta era maciza, toda de hierro o acero, diría yo: me encantó. La lata despertó mi curiosidad. Miré por el borde . En el fondo yacía reposando un nuevo ser humano.
Tengo una manía furtiva por las xilografías, sobre todo cuando se usan para ilustrar la indispensable crisis psicológica de algún romance trillado. En este momento tengo en mi poder una representación magistral de un hombre alto, barbudo y horrorizado que, vestido con un anónimo atuendo de pieles de cabra, con un fantástico paraguas agarrado débilmente en una enorme pata, se inclina para examinar un indicio de humanidad en la naturaleza salvaje, algo cubista, de la que se creía dueño...
Fue entonces cuando me fijé en las paredes. Estaban cubiertas de diseños, lemas e imágenes, que me llegaban hasta el brazo. Todo el dibujo estaba hecho a lápiz. Decidí pedir un lápiz en cuanto pudiera.
Había alemanes y franceses encarcelados en esta celda. En la pared derecha, cerca de la puerta, había una larga selección de Goethe, laboriosamente copiada. Cerca del otro extremo de la pared se extendía un paisaje satírico. La técnica de este paisaje me asustó. Había casas, hombres, niños. Y árboles. Empecé a preguntarme cómo sería un árbol y me reí a carcajadas.
La pared del fondo tenía un retrato grande y exquisito de un oficial alemán.
La pared izquierda estaba adornada con un yate, con el número 13 en la mano. Debajo, estaba escrito en alemán: «Mi amado barco». A continuación, el busto de un soldado alemán, muy idealizado, lleno de valentía. Tras esto, una crudeza magistral: un jinete con cuerpo de rosquilla, deslizándose con temible rapidez por el agudo lomo de un caballo con forma de salchicha, totalmente transparente, que se movía simultáneamente en cinco direcciones. El jinete tenía expresión aburrida mientras sujetaba las rígidas riendas con un puño. Su otra pierna le ayudaba a huir. Llevaba una gorra de soldado alemán y fumaba. Decidí copiar al caballo y al jinete de inmediato, tan pronto como conseguí un lápiz.
Por último, encontré un dibujo rodeado de un lema en espiral. El dibujo era una planta en maceta con cuatro flores. Las cuatro flores estaban minuciosamente muertas. Su muerte fue dibujada con un cuidado temible. Una oscura deliberación se revelaba en la representación de sus pétalos caídos. La maceta se tambaleaba muy torcida sobre una especie de mesa, hasta donde alcanzaba la vista. Alrededor corría un pergamino fúnebre. Leí: « Mes dernières adieux à ma femme aimée, Gaby». Una letra feroz, totalmente distinta de la anterior, escribió con letras orgullosas encima: «Tombé pour désert. Six ans de prison---dégradation militaire».
Debían ser las cinco. Pasos. Un gran desorden en el exterior de la puerta... ¿quién? Whang abre la puerta. Un ser de confianza me ofrece un trozo de chocolate con extrema y hosca cautela. Digo «Merci» y agarro el chocolate. Klang cierra la puerta.
Estoy tumbado boca arriba, el crepúsculo hace milagros azulados y brumosos a través de la rendija sobre el whang-klang. Apenas puedo ver hojas, es decir, árboles.
Entonces, desde la izquierda y muy lejos, se oyó débilmente un silbido suave, fresco como una rama de sauce pelada, y me encontré escuchando una melodía de Pétrouchka, Pétrouchka, que vimos en París en el Châtelet, mon ami et moi...
La voz se detuvo a la mitad y terminé la emisión. Este código continuó durante media hora.
Estaba oscuro.
Había dejado un trozo de mi chocolate en el alféizar de la ventana. Mientras estaba boca arriba, una pequeña silueta se acercó al alféizar y se comió ese trozo, tardando unos cuatro minutos en hacerlo. Luego me miró, le sonreí y nos despedimos, cada uno más feliz que antes.
Mi celular estaba fresco y me dormí fácilmente.
(Pensando en París.)
... Despertado por una conversación cuyas vibraciones sentí claramente a través de la pared izquierda:
Criatura llave en mano: '¿Qué?'
Una voz mohosa y desmoronada, que sugiere tractos y orificios putrefactos, responde con una paciencia de telaraña tan desesperada que resulta indescriptible: 'La soupe'.
—Bueno, la sopa, te la acabo de dar, señor Savy.
Necesito algo más. Mi dinero está en casa del director. Por favor, tome mi dinero, que está en casa del director, y deme lo que sea.
—Muy bien, la próxima vez que venga a verte hoy te traeré una ensalada, una rica ensalada, señor.
—Gracias, señor —dijo la voz con voz apagada.
¡Klang!---y le dice el tc a otra persona; mientras gira la cerradura de la puerta del señor Savy; esforzándose por levantar la voz para que el señor Savy no se pierda ni una sola palabra a través de la ranura sobre el whang-klang del señor Savy:
¡Ese viejo tonto! Siempre pide cosas. ¿Cuándo crees que se dará cuenta de que nunca va a conseguir nada?
Escarbando en mi puerta. ¡Whang!
Los rostros estaban en la puerta, mirándome. La expresión de la cara es idénticamente pretenciosa, es decir, estúpidamente regodeándose, pesada e imperturbablemente cosquilleada. Mira quién está aquí, quién dejó entrar eso.
El cuerpo derecho se desplomó lo suficiente como para depositar un cuenco justo dentro.
Sonreí y dije: «Buenos días, señores. La lata apesta».
No sonrieron y dijeron: «Claro». Sonreí y dije: «Por favor, denme un lápiz. Quiero pasar el rato». No sonrieron y dijeron: «Directamente».
Sonreí y dije: "Quiero un poco de agua, por favor".
Cerraron la puerta y dijeron: "Más tarde".
Sonido y pasos.
Contemplo el cuenco, que me contempla. Una capa de grasa verdosa sella el misterio de su contenido.
Introduzco dos dedos en el sello. Me traen una loncha plana de choux y una judía grande, dura, pensativa, solemne y cruda. Para vaciar el agua (está tibia y pegajosa) sin causar molestias, hay que levantar la tapa del Ça Pue... Lo hice .
Así que me quedé con frijoles y col en rodajas. Los comí a toda prisa, temiendo una reacción abdominal.
Paso mucho tiempo maldiciéndome por el lápiz, mirando mis paredes, mi interior único.
De repente, me doy cuenta de la indiscutible influencia de la naturaleza. En tales casos, uno se pone de pie sobre Ça Pue . Al terminar, jadeando por el mal olor, me desplomo en la cama y pienso en mi siguiente paso.
La pajita servirá. ¡Ay, qué sucia está! Pasan varias horas...
Pasos y titubeos. Klang. Repetición de la promesa al señor Savy, etc.
De la misma manera. Un cuerpo se desploma lo suficiente como para depositar un trozo de pan y un trozo de agua.
'Dame tu cuenco.'
Se lo di, sonreí y dije: "Bueno, ¿qué tal ese lápiz?"
'¿Lápiz?' Tc miró a Tc.
Recitaron entonces la siguiente palabra: «Mañana». Klangandfootsteps.
Así que tomé cerillas, las quemé, y con solo 60 escribí la primera estrofa de una balada. Mañana escribiré la segunda. Pasado mañana la tercera. Al día siguiente el estribillo. Después... bueno.
Mi silbido de Pétrouchka no obtuvo respuesta esta noche.
Así que subí a Ça Pue , a quien ahora miraba con total amistad; la luna nueva estaba abriendo sus alas pegajosas en el crepúsculo, un ruido lejano de las cosas cercanas.
Canté una canción que nos enseñaron los "sucios franceses", "mon ami et moi". La canción dice "Bon soir, Madame de la Lune...". No la canté en voz alta, simplemente porque la luna era como una mademoiselle y no quería ofenderla. Mis amigas: la silueta y la luna, sin contar a Ça Pue, a quien consideraba casi parte de mí.
Entonces me acosté y oí (pero no pude ver) la silueta comer algo o a alguien... y vi, pero no pude oír, el incienso de Ça Pue subir lentamente sobre el aire del crepúsculo.
Al día siguiente. ---Promesa al Sr. Savy. Whang. "¿Mi lápiz?" ---"No necesitas lápiz, te vas." ---¿Cuándo? ---"¡Directamente!" ---"¿Cómo directamente? ------ "En una o dos horas: tu amigo ya se fue. Prepárate."
Klangandsteps.
Todos están muy molestos conmigo. Sin embargo , no estoy mal .
Una hora, supongo.
Pasos. Puerta que se abre de golpe. Pausa.
'Sal, americano.'
Al salir, cargando con la cama y el saco de dormir, comenté: "Lamento dejarte", lo que hizo que Tc se mordiera furiosamente su insignificante bigote.
Me escoltaron hasta la oficina, donde me entregaron a un gendarme muy gordo.
—Este es el americano. —El veterano me miró fijamente, y leí mis pecados en sus ojos de cerdo—. Date prisa, tenemos que caminar —se aventuró a decir con tono hosco y autoritario.
Él mismo se agachó, resoplando, para recoger el saco de dormir. Y yo puse mi cama, el petate, las mantas y la amplia pelliza bajo un brazo, y mi bolsa de lona de unos 70 kilos bajo el otro; entonces me detuve. Entonces pregunté: "¿Dónde está mi bastón?".
El vfg aquí tenía una especie de ajuste, que le sentaba perfectamente.
Repetí suavemente: “Cuando llegué al buró tenía un bastón”.
'Estoy loco por la caña', balbuceó mi nuevo captor con voz espumosa, mientras sus malvados ojos rosados se hinchaban de ira.
—Me quedo —respondí con calma, y me senté en el bordillo, en medio de mis pesados adornos.
Se reunió una banda de gendarmes. Nadie llevaba bastón a la cárcel (me alegró saber adónde iba y le di las gracias a este comunicativo caballero); o a los delincuentes no se les permitía llevar bastones; o ¿dónde creía que estaba exactamente, en las Tullerías?, pregunta un policía patán de película.
«Muy bien, caballeros», dije. «Permítanme decirles algo». (Estaba colorado.) «En América no se hace como es debido».
Esta arrogante inexactitud produjo un efecto asombroso: la desaparición prestidigitatoria del vfg. Sus numerosos compañeros parecían asustados y se retorcían los bigotes.
Me senté en la acera y comencé a llenar un periódico con algo que encontré en mis bolsillos, ciertamente no tabaco.
Balbuceando, balbuceando, burbujeando, cagando, el vfg ha vuelto, con mi gran rama de roble en la mano alzada, arrastrando oprobio y sobre todo llorando: "¿Ese enorme trozo de madera es lo que llaman bastón? ¿Lo es? ¿Lo es? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué demonios?", y así sucesivamente.
Le sonreí, le di las gracias y le expliqué que un "sucio francés" me lo había dado como recuerdo y que ahora debía continuar.
Girando el asa del asa de mi saco, y alzando el enorme paquete bajo el brazo, intenté dos veces cargarlo a la espalda. Esto con el acompañamiento de ¡Rápido, rápido, rápido, rápido, rápido, rápido!... La tercera vez sudé y me puse de pie tambaleándome, completamente equipado.
Calle abajo. Entrando en la ciudad . Miradas curiosas de algunos peatones. Un conductor detiene su carreta para observar la araña y su mosca estrafalaria. Me reí al pensar cuánto tiempo hacía que no me lavaba ni me afeitaba. Entonces casi me caigo, me tambaleé en unos escalones y dejé las dos cargas.
Quizás era culpa de la dieta estrictamente vegetariana. En cualquier caso, no podía dar un paso más con mis bultos. El sol me hacía cosquillas en la nariz con el sudor. Tenía los ojos ciegos.
Entonces sugerí que el vfg llevara parte de uno de mis bultos conmigo, y recibí la respuesta: "Ya estoy haciendo demasiado para ti . Ningún gendarme debería llevar el equipaje de un prisionero".
Dije entonces: “Estoy demasiado cansado”.
Él respondió: 'Puedes dejar aquí todo lo que no quieras llevar contigo; yo me encargaré de ello'.
Miré al gendarme. Lo miré a varias cuadras de distancia. Mi labio hizo una mueca de desprecio. Mis manos se cerraron como puños.
En medio de esta crisis, aparece un niño. Que Dios bendiga a todos los varones de entre siete y diez años en Francia.
El gendarme me ofreció una sugerencia: "¿Tiene cambio?". Sabía, por supuesto, que el primer acto del funcionario sanitario había sido robarme hasta el último centavo. Los ojos del gendarme eran hermosos. Me recordaban a... no importa. "Si tiene cambio", dijo, "podría contratar a este chico para que le lleve parte del equipaje". Luego encendió una pipa hecha a su imagen y semejanza y sonrió con desdén.
Pero en ese momento, el VFG había roto su jarra de leche. Hay una abertura en el uniforme de su criminal, en el lado derecho, completamente cubierta por el cinturón que siempre usa. Su criminal había burlado así a la fraternidad de detectives.
El gosse apenas podía equilibrar mi paquete más pequeño, pero después de tres descansos logró llevarlo hasta el andén de la estación; allí le di una propina de algo así como dos centavos (todo lo que tenía), que él tomó con ojos grandes como dólares y salió corriendo.
Un apache corpulento y bien cuidado, con olor a colonia y cebolla, saludó a mi VFG con ese afecto propio de los gendarmes. Me miró con cinismo y luego se burló con franqueza.
Con un pequeño chirrido, el tren entró tambaleándose. Mis captores se habían esforzado por colocarse en el extremo equivocado del andén. Ahora me animaban a darme prisa, darme prisa.
Conseguí meterme debajo de la carga y recorrí el tren con dificultad hasta un vagón especialmente reservado. Había otro delincuente, un hombre bajito y de hermosa sonrisa, con una manta muy fina envuelta en una funda impermeable de hule. Nos sonreímos (el saludo más cordial, por cierto, que he intercambiado en mi vida) y nos sentamos uno frente al otro: él, con mi equipaje, que me ayudó a subir, en un asiento; el gendarme, del que yo era la pieza clave, en el otro.
El motor arrancó tras varias fintas, lo que complació tanto a los alemanes que enviaron siete aviones de reconocimiento sobre la estación, tren, nosotros y todo. Todos los cañones antiaéreos franceses dispararon a la vez para mostrar compasión; los guardianes de la paz entrecerraron los ojos con cautela desde sus respectivas ventanas y luego iniciaron un debate sobre el número de enemigos mientras sus prisioneros se sonreían con admiración.
«Il fait chaud», dijo este hombre divino, prisionero, criminal o lo que fuera, mientras me ofrecía una copa de vino en forma de una enorme copa de hojalata que rebosaba del bidón, en su mano ligeramente temblorosa y delicada. Es belga. Se presentó voluntario al comienzo de la guerra. Permiso en París, pero se quedó un día más de lo debido. Cuando se presentó ante su oficial, este le anunció que era un desertor. «Le dije: «Es curioso. Es curioso que haya regresado, por voluntad propia, a mi compañía. Habría pensado que, siendo un desertor, habría preferido quedarme en París». El vino estaba terriblemente frío, y di las gracias a mi divino anfitrión.
Nunca he probado un vino así.
Me habían dado un trozo de pan de guerra como bendición al salir de Noyon. Lo mordí con renovadas fuerzas. Pero el hombre divino frente a mí sacó inmediatamente una salchicha, la mitad de la cual puso simplemente sobre mi rodilla. La partió por la mitad con un gran y afilado couture de peilu.
Desde entonces no he vuelto a probar una salchicha.
Los cerdos a mi lado ya habían superado sus respectivas inercias y devoraban trozos desgarradores. Tenían una disposición bastante peculiar, un almuerzo de picnic, lo suficientemente elaborado como para reyes o incluso presidentes. El vfg, en particular, me molestaba con sus alternados mordiscos y eructos. Mantuvo los ojos entrecerrados todo el tiempo que comía; una niebla cubría las sensuales praderas de su rostro tosco.
Sus dos ojos rojizos giraron devoradores hacia la manta enrollada en su rollo impermeable. Tras un buen trago de vino, dijo con voz pastosa (pues su enorme bigote estaba cubierto de restos de comida medio humedecidos y teñidos de saliva): «Esa máquina no te servirá de nada , là-bas. Te lo van a quitar todo cuando llegues, ¿sabes? Me vendría bien. Llevo mucho tiempo queriendo un trozo de caucho así para hacerme impermeable. ¿Lo ves?» (Trago saliva.)
Aquí tuve una inspiración. Salvaría la manta atrayendo la atención de estos bandidos. Al mismo tiempo, saciaría mi gusto innato por lo ridículo. "¿Tienes un lápiz?", dije. "Porque soy artista en mi país y haré tu dibujo".
Me dio un lápiz. No recuerdo de dónde sacó el papel. Lo puse en una postura porcina, y el retrato le hizo morderse el bigote. Al apache le pareció muy gracioso. Debería retratarlo también, de inmediato. Hice lo mejor que pude; aunque protesté diciendo que era demasiado guapo para mi lápiz, a lo que él respondió murmurando (mientras se enroscaba el bigote un poco más): «No importa, lo intentarás». Ah, sí, lo intentaría, claro que sí. Recuerdo que se opuso a la nariz.
Para entonces, el divino desertor se retorcía de alegría. «Si me lo permite, señor», susurró radiante, «sería un honor demasiado grande, pero si pudiera... me sentiría abrumado...».
Por alguna extraña razón se me saltaron las lágrimas.
Trató su retrato con santidad, lo criticó con precisión y cuidado, y finalmente lo guardó en su bolsillo interior. Luego bebimos. Sucedió que el tren se detuvo y el apache fue persuadido para salir a llenar el bidón de su prisionero . Luego bebimos de nuevo.
Sonrió al decirme que le caerían diez años. ¿Tres años de aislamiento, y siete trabajando en una cuadrilla en la carretera? No estaría tan mal. Ojalá no estuviera casado, que no tuviera un hijo pequeño. «Los solteros tienen suerte en esta guerra», sonrió.
Ahora los gendarmes comenzaron a limpiarse la barba, cepillarse el estómago, abrir las piernas y recoger su equipaje. Los ojos rojizos, pequeños y crueles, despertaron del trance digestivo y se posaron con ferocidad sobre su presa. «No servirá de nada...»
En silencio, las manos sensibles y delicadas del divino prisionero deshicieron la manta. En silencio, los brazos largos, cansados y bien formados se la entregaron al bandido a mi izquierda. Con un gruñido de satisfacción, el bandido la metió en una gran bolsa, procurando que no se viera. En silencio, los ojos divinos preguntaron a los míos: "¿Qué podemos hacer, criminales?". Y nos sonreímos por última vez, los ojos y los míos.
Una estación. El apache desciende. Lo sigo con mis numerosos asuntos. El hombre divino me sigue, el vfg.
El rollo de manta que contenía mi gran abrigo de piel se fue desenrollando cada vez más; al final no pude sostenerlo.
Se cayó. Para recogerlo, tengo que quitarme el saco de la espalda.
Entonces se oye una voz: «Permítame, por favor, señor», y el saco ha desaparecido. A ciegas y en silencio, seguí tropezando con el rollo; y así, al fin, llegamos al patio de una pequeña prisión; y el hombre divino se inclinó bajo mi gran saco... No le di las gracias. Cuando me di la vuelta, se lo habían llevado, y el saco permanecía acusador a mis pies.
A través del completo desorden de mi mente entumecida, se filtran los latidos de lenguas extrañas. La voz de un chico presumido me interpela en belga, italiano, polaco, español y... un inglés precioso. «Oye, Jack, dame un cigarrillo, Jack...».
Levanto la vista. Estoy de pie en un pequeño espacio oblongo. Una especie de patio. Alrededor, barracones de madera de dos pisos. Pequeñas escaleras toscas conducen a puertas fuertemente encadenadas y con candados. Más parecidas a escaleras de mano que a escalones. Curiosas ventanas talladas, más pequeñas en proporción que las rendijas de una casa de muñecas. ¿Serán rostros tras las rendijas? Las puertas se abomban incesantemente bajo el impacto de los cuerpos que se lanzan contra ellas desde dentro. Todo el sucio negocio del nouveau a punto de derrumbarse.
Echa un vistazo.
Segunda mirada: justo delante de mí. Una pared con muchos barrotes fijos en una abertura diminuta. En la abertura, una docena, quince sonrisas. Sobre los barrotes, manos flacuchas y de un blanco azulado. A través de los barrotes, brazos delgados se extienden, estiramientos incesantes. Las sonrisas saltan hacia la ventana, sus manos se aferran, brazos de las manos se extienden en mi dirección... un instante; luego, nuevas sonrisas surgen desde atrás y derriban las primeras, que se derrumban con un frágil estruendo como un cristal roto: las manos se marchitan y se rompen, los brazos se pierden de vista, succionados hacia adentro.
En el enorme popurrí de miseria, una figura central se aferraba, conmocionada pero firme. Se aferraba como un mono a los barrotes centrales. Se aferraba como un ángel a un arpa. Llamaba amablemente con voz aguda y juvenil: «¡Jack, dame un cigarrillo!».
Un rostro hermoso, oscuro, sonrisa latina, dedos musicales fuertes.
De repente, me abrí paso entre un grupo de gendarmes (me rodeaban observando con desagradable curiosidad mi reacción). Caminé con paso decidido hacia la ventana.
Billones de manos.
Cuatrillones de dedos con picazón.
El ángel-mono recibió el paquete de cigarrillos cortésmente, desapareciendo con él en la oscuridad aullante. Oí su voz de chico alto distribuyendo cigarrillos. Entonces apareció de un salto, apoyado con gracia contra dos barras centrales, diciendo: «Gracias, Jack, buen chico». «Gracias, merci, gracias...». Un estruendo ensordecedor de gratitud resonó desde dentro.
—Deja tu equipaje aquí —dijo una voz enfadada—. No, no llevarás nada más que una manta a tu celda, ¿entiendes? —En francés. Evidentemente, era el jefe de la casa quien hablaba. Obedecí. Un soldado corpulento me condujo con aire de superioridad a mi celda. Mi celda está a dos puertas de la del ángel-mono, en el mismo lado. La aguda voz de niño, centralizada en un halo de estiramientos como un torrente, me siguió la espalda. El jefe mismo abrió una cerradura. Entré con frialdad. El soldado gordo cerró con llave y encadenó mi puerta. Cuatro pies se alejaron. Metí la mano en el bolsillo y encontré cuatro cigarrillos. Lamento no haberle dado también estos al mono, al ángel. Levanté la vista y vi mi propia arpa.
.
III
EL PROGRESO DE UN PEREGRINO
A través de los barrotes miré hacia el callejón sucio por el que había entrado; un centinela, con la pistola al hombro y un enorme revólver a la cadera, se movía monótonamente. A mi derecha había un viejo muro cubierto de musgo. De sus grietas brotaban algunas plantas. Sus hojas tienen un color refrescante. Me sentí singularmente feliz y, tirándome con cuidado sobre los tablones desnudos, canté una tras otra todas las canciones francesas que había aprendido durante mi estancia en la ambulancia: «La Madelon», «Avec avEC DU» y «Les Galiots sont Lourds dans l'Sac », concluyendo con una inspirada interpretación de «La Marsellesa», ante la cual el guardia (que había detenido su ronda varias veces en lo que prefiero interpretar como asombro) bajó los brazos y maldijo con admiración. Varios funcionarios de la cárcel pasaron junto a mí y a mis canciones; me daba igual. Dos o tres se pusieron a hablar, señalándome, y canté un poco más alto para su sorpresa. Finalmente, sin voz, me callé.
Era el crepúsculo.
Mientras yacía boca arriba, plácidamente, vi a través de los barrotes de mi puerta, cerrada con dos candados, a un niño y una niña de unos diez años. Los vi treparse al muro y jugar juntos, distraídos y exquisitos, en el aire que se oscurecía. Los observé durante muchos minutos; hasta que se apagó el último instante de luz; hasta que ellos y el muro mismo se disolvieron en un misterio común, dejando solo la silueta aburrida del soldado moviéndose imperceptible y cansadamente contra un trozo aún más sombrío de cielo otoñal.
Por fin supe que tenía mucha sed; y, saltando, empecé a gritar contra mis barrotes. «Quelque chose à boire, s'il vous plait ». Tras una larga discusión con el sargento de guardia, quien dijo con enfado: «Dáselo», un guardia aceptó mi petición y desapareció de mi vista, regresando con un guardia más armado y una taza de hojalata llena de agua. Uno de estos caballeros nos vigilaba el agua y a mí, mientras el otro forcejeaba con el candado. Al abrirse la puerta con cuidado, un guardia y el agua entraron con dificultad. El otro guardia permaneció en la puerta, con el arma preparada. Depositaron el agua y el que entró adoptó una postura perpendicular que consideré digna de reconocimiento; en consecuencia, dije «Merci» cortésmente, sin levantarme de los tablones. Inmediatamente empezó a darme un duro sermón sobre la probabilidad de que usara la taza de hojalata para abrirme paso; y elogió mi prisa sin dudarlo. Sonreí, pedí disculpas por mi innata estupidez (dicho comentario pareció enfurecerlo) y bebí a grandes tragos la supuesta agua sin mirarla, tras haber aprendido algo de Noyon. Tras una larga y amenazante mirada a su prisionero, los caballeros de la guardia se retiraron, con una cautela inconcebible al volver a cerrar la puerta. Reí y me quedé dormido.
Tras (según calculé) cuatro minutos de sueño, me despertaron al menos seis hombres de pie junto a mí. La oscuridad era intensa y hacía un frío infernal. Los miré con furia, intentando comprender qué nuevo crimen había cometido. Uno de los seis repetía: «Levántate, te vas. Cuatro horas». Tras varios intentos, me levanté. Formaron un círculo a mi alrededor; y juntos caminamos unos pasos hasta una especie de almacén, donde me entregaron mi saco grande, mi saco pequeño y mi abrigo. Un guardia de voz bastante agradable me entregó entonces media tarta de chocolate, diciendo (aunque con una severidad tolerable): «Vous en aurez besoin, croyez-moi». Encontré mi bastón, con el cual se entretuvieron un poco hasta que les enseñé su utilidad, enganchando la anilla de la boca de mi saco con el extremo curvo del bastón y balanceándolo todo sin ayuda sobre mi espalda. Dos nuevos guardias —o mejor dicho, gendarmes— quedaron oficialmente a cargo de mi persona; y los tres recorrimos el callejón, para gran interés del centinela, a quien le di un vívido y no correspondido adiós. Puedo verlo perfectamente mientras nos mira con expresión estúpida, una extraña figura en la penumbra, antes de darse la vuelta.
Nos dirigimos hacia la misma estación donde, unas horas después, había desembarcado con el desertor belga y mis antiguos acompañantes. Estaba aterido de frío y medio dormido, pero extrañamente emocionado. Los gendarmes a ambos lados se movían con aire serio, sin decir palabra; ni responder con monosílabos a mis pocas preguntas. Sí, íbamos a tomar el tren. ¿Iba a algún sitio, entonces? «B'en sûr ...» —¿Adónde? —Lo sabrás con el tiempo.
Tras unos minutos llegamos a la estación, que no reconocí. Los destellos amarillos de las farolas, enormes e informes en la niebla nocturna, algunas figuras moviéndose de un lado a otro en un pequeño andén, un murmullo de conversaciones: todo parecía ridículamente reprimido, hermosamente anormal, deliciosamente demente. Cada figura estaba envuelta en su fantasmalidad individual; varios fantasmas, cada uno en su propio paseo, pero cada uno por alguna razón eligiendo este rincón sobrenatural del mundo, esta penumbra pútrida e inquietante. Incluso mis guardias susurraban. «Vigílalo, yo me encargaré del tren». Así que uno se perdió en la niebla. Me apoyé, mareado, en la pared más cercana (después de haber dejado caer mi equipaje) y miré fijamente la oscuridad a mi lado, llena de sombras parlantes. Reconocí a oficiales ingleses deambulando desesperados de un lado a otro, apoyándose en sus bastones; tenientes franceses hablando entre sí, aquí y allá; el extraordinario jefe de estación, carente de sentido, que desde lejos parecía un cruce entre un saltador y un duende; grupos de permisarios que maldecían cansinamente o bromeaban desesperadamente entre sí o caminaban de un lado a otro con gesticulaciones imprecatorias. 'C'est d'la blague. Sais-tu, il n'y a plus de trains?---'Le conducteur est mort, j'connais sa sœur.'---'J'suis foutu, mon vieux!'---'Nous sommes tous perdus, dis-donc.'---Quelle heure?'---'Mon cher, il n'y a plus d'heures, le gouvernement français les défend.' De repente, de la locuaz opacidad, salieron a la superficie docenas de argelinos, con los pies pavoneándose por la fatiga, los ojos ardiendo, aparentemente solos, sin rostro en la niebla igualmente negra. De tres en tres y de cinco en cinco, atacaron al duende que gemía y les agitaba el puño marchito en la cara. No había tren. El gobierno francés se lo había quitado. «¿Cómo sé cómo los poilus pueden regresar a tiempo a sus regimientos? Claro que todos serán desertores, pero ¿es culpa mía?» (Pensé en mi amigo, el belga, que en ese momento yacía en un corral de la prisión que acababa de abandonar por algún milagro)... Una de estas buenas personas de la incivilizada, ignorante y poco guerrera Argelia estaba borracha y lo sabía, al igual que dos de sus excelentes amigos, quienes anunciaron que, como no había tren, dormiría tranquilamente en una granja cercana, granja que uno de ellos afirmaba vislumbrar a través de la noche impenetrable. El borracho fue escoltado a la oscuridad, mientras los pasos bruscos de sus amigos corrigían su propio proceder descuidado y descuidado, fuera del alcance del oído... Algunos negros se sentaron cerca de mí y fumaron. Sus enormes rostros, masas de oscuridad vital, se desplomaban por la fatiga. Sus manos grandes y delicadas se posaban ruidosamente sobre sus rodillas.
El gendarme que se había marchado regresó, con un sobresalto, de entre la niebla. El tren a París llegaría justo a tiempo. Llegamos justo a tiempo; hasta entonces, nuestros movimientos habían sido muy respetables. Todo iba bien. Hacía frío, ¿verdad?
Luego, con el espantoso rugido en miniatura de un juguete loco, el tren hacia París llegó torpemente y con cautela a la estación...
Subimos a bordo, con la debida precaución para que no escapara. De hecho, retrasé a los posibles pasajeros durante casi un minuto con mis intentos, sin ayuda, de subir mi tosco equipaje. Entonces, mis captores y yo entramos torpemente en un compartimento donde estaban sentados un inglés y dos francesas. Mis gendarmes se instalaron a ambos lados de la puerta, un proceso que despertó al anglosajón y provocó una breve pausa en la conversación en voz baja de las mujeres. ¡Despegue! ¡Partimos!
Me encuentro con una francesa a mi izquierda y un inglés a mi derecha. Este último ya se ha quedado dormido, sin comprender. La primera (una mujer de unos treinta años) habla amablemente con su amiga, a la que me enfrento. Debía de ser muy guapa antes de vestirse de negro. Su amiga también es veuve. ¡Qué agradablemente hablan de la guerra, de París, del mal servicio! Hablan con voces agradablemente moduladas, inclinándose un poco hacia adelante, sin querer molestar al idiota a mi derecha. El tren avanza lentamente. Los dos gendarmes duermen, uno con la mano agarrando automáticamente el pomo de la puerta. ¡Para que no me escape! Pruebo todo tipo de posturas, pues me siento muy cansado. Lo mejor es ponerme el bastón entre las piernas y apoyar la barbilla en él; pero incluso eso es incómodo, porque el inglés ya se ha retorcido sobre mí y ronca de forma digna de elogio. Lo observo; supongo que es un estudiante de Eton. Cierta buena crianza y buena alimentación. Excepto por la posición... bueno, c'est la guerre. Las mujeres hablan en voz baja. «¿Y sabes, querida, que volvieron a haber incursiones en París? Mi hermana me escribió». —«Siempre hay agitación en una gran ciudad, querida».
Bump, disminuyendo la velocidad. BUMP-BUMP.
Hay luz afuera. Se ve el mundo. Hay un mundo inmóvil, el gobierno francés no lo ha quitado, y el aire debe ser maravillosamente fresco. En el compartimento hace calor. Los gendarmes huelen peor. Sé cómo huelo. «Qué mujeres tan educadas».
Enfin, nous voilà. Mis guardias despertaron y bostezaron pretenciosamente. Para que no pensara que se habían quedado dormidos. Es París.
Algunos permisionarios gritaron «¡París!». La mujer frente a mí dijo: «¡París, París!». Un grito estridente surgió de cada mente adormilada y demente que había viajado con nosotros: un grito feroz y hermoso que recorrió todo el tren... París donde se olvida, París que es Placer, París en quien habitan nuestras almas, París la bella, París en fin.
El inglés se despertó y me dijo con voz pesada: "Oye, ¿dónde estamos?"
—París —respondí, caminando con cuidado sobre sus pies mientras salía del compartimento con mi equipaje. Era París.
Mis guardias me llevaron a toda prisa por la estación. Uno de ellos (al que vi por primera vez) era mayor que el otro, y bastante guapo, con su barba rizada y negra, al estilo Van Dyck. Dijo que era demasiado temprano para el metro, que estaba cerrado. Deberíamos tomar un coche. Nos llevaría a la otra estación , de donde salía nuestro siguiente tren. Deberíamos darnos prisa. Salimos de la estación y de su multitud de locos. Subimos a un coche que tenía un cartel. La revisora, una chica fuerte, de mejillas sonrosadas y bastante guapa, vestida de negro, me subió el equipaje con un gesto que me llenó de alegría. Le di las gracias y me sonrió. El coche siguió su camino durante toda la mañana.
Bajamos. Empezamos a pie. El coche no era el adecuado. Tendríamos que caminar hasta la estación. Estaba débil y casi muerto de cansancio, y me detuve cuando mi abrigo se cayó de mi brazo entumecido por segunda vez: "¿Cuánto falta?". El gendarme mayor respondió brevemente: "Vingt minutes". Le dije : "¿Me ayudas a llevar estas cosas?". Pensó, y le dijo al más joven que llevara mi pequeño saco lleno de papeles. Este último gruñó: "C'est défendu". Avanzamos un poco más y me derrumbé de nuevo. Me detuve en seco y dije: "No puedo ir más lejos". Era obvio para mis escoltas que no podía, así que no me molesté en explicarlo. Es más, estaba inexplicable.
El mayor se acarició la barba. «Bueno», dijo, «¿le gustaría pedir un fiacre?». Me limité a mirarlo. «Si desea pedir un fiacre, sacaré de su dinero, que tengo aquí y que no debo darle, la suma necesaria y la anotaré, restando de la cantidad original lo suficiente para nuestro viaje a la estación. En ese caso, no iremos andando a la estación, sino a caballo».
"S'il vous plait", fue todo lo que encontré para responder a esta elocuencia.
Varios fiacres libres habían pasado durante la perorata de la ley, y ninguno parecía ofrecerse. Sin embargo, después de unos minutos, apareció uno y fue debidamente saludado.
Nervioso (era tímido en la gran ciudad), el mayor preguntó si el cochero sabía dónde estaba la estación . «¿Qué?», preguntó el cochero con enfado. Y cuando le dijeron : «Naturellement, je connais, pourquoi pas?», subimos; me indicaron que me sentara en el centro, y mis dos maletas y el abrigo de piel se apilaron encima de todos.
Así condujimos por las calles en la frescura de la plena mañana, las calles llenas de unas cuantas personas divinas que me miraban y se daban empujoncitos, las calles de París... las formas soñolientas despertando con los cascos de los caballos, la gente levantando sus rostros para mirar.
Llegamos a la estación y la reconocí vagamente. "¿Era D'Orleans?". Desmontamos, y la tremenda transacción del pasaje fue aparentemente muy loablemente realizada por el mayor. El cochero me miró y comentó lo que sea que los cocheros parisinos comentan a los caballos-fiacre parisinos, tirando sordamente de las riendas. Entramos en la estación y me dejé caer cómodamente en un banco; el más joven, sentado con enorme pomposidad a mi lado, se ajustó la túnica con un gesto puramente femenino, expresivo a la vez de orgullo y nerviosismo. Gradualmente, mi visión se enfocó. La estación está llena de gente. El número aumenta momentáneamente. Muchas son chicas. Estoy en un mundo nuevo, un mundo de feminidad elegante. Mis ojos devoran los detalles inimitables del traje, los matices inexpresables de la pose, la indescriptible démarche de la minifalda. Se mantienen diferentes. Incluso tienen un toque de color llamativo aquí y allá en la falda, la blusa o el sombrero. No hablan de la guerra. Increíble. Se ven muy hermosas, estas parisinas.
Y simultáneamente con mi apreciación de las personas pulcras que me rodean, llega la apreciación, hasta ahora no reconocida, de mi rudeza. Mi barbilla le dice a mi mano que tengo un buen cuarto de pulgada de barba, cada pelo tieso de tierra. Puedo sentir los charcos de suciedad bajo mis ojos. Mis manos están ásperas por la suciedad. Mi uniforme está manchado y arrugado en cien mil direcciones. Mis polainas y zapatos tienen un aspecto prehistórico...
Mi primera petición fue permiso para visitar a la vespasiana. El menor no quería asumir responsabilidades innecesarias; debía esperar a que el mayor regresara. Allí estaba. Podía pedírselo. El mayor accedió benignamente a mi petición, haciendo un gesto significativo con la cabeza a su compañero de guardia, quien me escoltó a mi destino y posteriormente de vuelta a mi banco. «Al regresar, los gendarmes mantuvieron una consulta importantísima; en resumen, el tren que debía salir en ese momento (a las seis y pico) no funcionaba hoy. Así que deberíamos esperar al siguiente tren, que sale a las doce y pico». Entonces el mayor me observó y dijo casi con amabilidad: «¿Le apetece un café?». «Mucho», respondí con sinceridad. «Venga conmigo», me ordenó, retomando al instante su actitud formal. «Y usted» (al menor) «cuide su equipaje».
De todas las mujeres guapas que había visto, la más hermosa era la dama corpulenta y rechoncha que vendía una taza de café caliente y auténtico por dos sous , justo al borde de la estación, charlando animadamente con sus numerosos clientes. De todas las bebidas que he bebido, la suya era la más deliciosa. Llevaba, recuerdo, un ajustado vestido negro en el que sus enormes y generosos pechos se abultaban y hundían continuamente. Me detuve junto a mi pequeña taza, observando sus ágiles manos grandes, su rostro redondo y asintiendo, su amplia y repentina sonrisa. Tomé dos cafés e insistí en que mi dinero pagara las bebidas. De todos los obsequios que haré en mi vida, el obsequio a mi captor será único en placer. Incluso él apreció a medias el sentido del humor que implicaba; aunque su dignidad no le permitía un reconocimiento visible.
Señora vendedora de café, me acordaré de usted durante bastante tiempo.
Tras desayunar, mi tutor sugirió un paseo. Acepté. Sentí que tenía la fuerza de diez porque el café era puro. Además, sería una novedad, me gustaría dar un paseo sin más de 70 kilos de equipaje. Partimos.
Mientras caminábamos tranquilamente por las calles, ya concurridas , de los alrededores, mi guardia se entretuvo en una conversación agradable. ¿Conocía mucho París? Él lo sabía todo. Pero hacía varios años que no estaba en París (¿ocho?). Era un lugar bonito, una ciudad grande, sin duda. Pero siempre cambiante. ¿Había pasado un mes en París esperando mi uniforme y mi destino en una sección sanitaria? ¿ Y mi amigo estaba conmigo? ¡Mmm!
Un típico toro parisino enano nos miró fijamente. El mayor lo saludó con infinito respeto, el respeto de un diácono patán andrajoso por un ladrón bien vestido. Intercambiaron unas palabras bien escogidas, en francés, por supuesto. "¿Qué tienes ahí?", "Un americano", "¿Qué le pasa?", "Mmm", un misterioso encogimiento de hombros seguido de un susurro al oído del matón de la ciudad. Este se contentó con un "Ja-aaa", además de una mirada que pretendía borrarme de la faz de la tierra (mientras tanto, fingí estar estudiando la mañana). Luego seguimos adelante, seguidos por las feroces miradas del toro parisino. Evidentemente, me estaba volviendo más criminal a cada minuto; probablemente me fusilarían mañana, no (como había supuesto erróneamente) al día siguiente. Bebí la mañana con renovado vigor, agradeciendo al cielo por el café, París; y con plena confianza en mí mismo. Debería pronunciar un gran discurso (en francés del mediodía ). Debería decirle al pelotón de fusilamiento: «Caballeros, ¿es la bronca, su dicho? Yo, conozco a la hermana del conductor». ... Me preguntarían cuándo prefería morir. Debería responder: «Disculpen, ¿quieren preguntarme cuándo prefiero ser inmortal?». Debería responder: «¿Qué importa? Es igual, porque hace más de una hora que el gobierno francés los defiende».
Mi risa sorprendió considerablemente al mayor. Se habría asombrado aún más si hubiera cedido a la casi irreprimible inclinación que en ese momento me invadió de darle una palmadita en la espalda.
Todo era una farsa. El cochero, el café, la policía, la mañana y, por último, el excelente gobierno francés.
Habíamos caminado media hora o más. Mi guía y protector le preguntó a un obrero la ubicación de las carnicerías. «Hay una justo enfrente», le dijeron. Efectivamente, a menos de una cuadra. Volví a reír. Habían pasado ocho años, sí.
La mayor compró muchísimas cosas en los cinco minutos siguientes: salchicha, queso, pan, chocolate, pinard rouge. Una burguesa con cara de pocos amigos y la sospecha de mí escrita en titulares por toda la boca nos atendió con gestos breves y laconicos. La odiaba y, en consecuencia, rechacé el consejo de mi captor de comprar un poco de todo (con el argumento de que faltaba mucho para la siguiente comida), contentándome con un pastel de chocolate; un chocolate bastante malo, pero nada comparado con lo que debía comer durante los tres meses siguientes. Luego volvimos sobre nuestros pasos y llegamos a la estación, tras varios errores y averiguaciones, donde encontramos a la menor vigilando fielmente mis dos bolsas y mi abrigo.
El mayor y yo nos sentamos, y el menor tomó su turno para pasear. Me levanté para comprar un Fantasio en el puesto a diez pasos de distancia, y el mayor se levantó de un salto y me acompañó de ida y vuelta. Creo que le pregunté qué leería y dijo «Nada». Quizás le compré un periódico. Así que esperamos, observados por todos en la estación, ridiculizados por los oficiales y sus marineros, señalados por damas musculosas y hombres decrépitos : el centro de la diversión de toda la estación. A pesar de leer, me sentía claramente incómodo. ¿Nunca serían las doce? Ahí viene el menor, impecable, con aspecto bastante esterilizado. Se sienta a mi izquierda. Consultamos los relojes con ostentación. Es la hora. En avant. Me escondo bajo mis maletas.
—¿Adónde vamos ahora? —le pregunté al mayor. Rizándose las puntas del bigote, respondió: —Mah-say.
¡Marsella! Volví a ser feliz. Siempre había deseado ir a ese gran puerto del Mediterráneo, donde se encuentran nuevos colores y costumbres extrañas, y donde la gente canta al hablar. Pero qué extraordinario haber llegado a París... ¡y qué viaje nos esperaba! Estaba confuso con todo el asunto. Probablemente me deportarían. Pero ¿por qué de Marsella? ¿Dónde estaba Marsella, en fin? Probablemente me equivoqué por completo sobre su ubicación. ¿A quién le importaba, después de todo? Al menos dejábamos atrás los señalamientos, las burlas y las risitas a medias contenidas...
Dos hombres corpulentos y respetables , los dos gendarmes y yo, componíamos un compartimento. El primero hablaba animadamente, mientras que los guardias y yo permanecíamos en silencio. Observé el paisaje que se desvanecía y dormité plácidamente. Los gendarmes dormitaban, uno en cada puerta. El tren corría perezosamente por la tierra, entre granjas, adentrándose en campos, bordeando bosques... la luz del sol me golpeaba los ojos y llenaba de color mi mente soñolienta.
Me despertó el ruido de alguien comiendo. Mis protectores, cuchillo en mano, consumían la carne y el pan, levantando ocasionalmente sus bidones y absorbiendo los finos chorros que salían a borbotones. Probé un poco de chocolate. Los bonshommes ya estaban ocupados con su comida. El gendarme mayor me observó masticar el chocolate y luego ordenó: «Toma un poco de pan». Esto me asombró, lo confieso, más que cualquier otra cosa hasta entonces. Lo miré en silencio, preguntándome si el gobierno francés lo habría desquiciado. Se había relajado asombrosamente: su gorra estaba a su lado, su túnica estaba desabrochada, se encorvaba en una postura completamente indisciplinada; su rostro parecía haber cambiado por el de un campesino, con una expresión casi franca y casi completamente relajado. Agarré el trozo que me ofrecía y lo mastiqué vigorosamente. El pan era pan. El mayor parecía complacido con mi apetito; Su rostro se suavizó aún más al comentar: «El pan sin vino no sabe bien», y me ofreció su bidón. Bebí todo lo que me atreví y le di las gracias: «Ça va mieux». El pinard me subió directamente al cerebro, sentí una agradable calidez en mi mente, una gran satisfacción inundó mis pensamientos. El tren se detuvo y el más joven salió de un salto con los bidones vacíos de él y su compañero. Cuando regresaron, disfruté de otro golpe . Desde ese momento hasta que llegamos a nuestro destino, alrededor de las ocho, el mayor y yo nos llevamos extraordinariamente bien. Cuando los caballeros bajaron a su estación, se volvió casi familiar. Estaba de excelente humor; bastante borracho; extremadamente cansado. Ahora que los dos guardianes y yo estábamos solos en el compartimento, la curiosidad, hasta entonces sofocada por la etiqueta y el orgullo de la captura, salió rápidamente a la luz. «¿Por qué estaba aquí, de todos modos? Les pareció que estaba bastante bien... Porque mi amigo había escrito algunas cartas, les dije... Pero ¿yo no había hecho nada? Les expliqué que siempre estamos juntos, mi amigo y yo.Esa era la única razón que conocía. Fue muy gracioso ver cómo esta explicación mejoraba las cosas. El mayor, en particular, se sintió inmensamente aliviado. Sin duda, dijo, me liberarían inmediatamente después de mi llegada. El gobierno francés no mantenía a gente como yo en prisión. Me hicieron algunas preguntas sobre Estados Unidos, a las que respondí con imaginación. Creo que le dije al más joven que la altura media de los edificios en Estados Unidos era de novecientos metros. Se quedó mirando y negó con la cabeza, dubitativo, pero al final lo convencí. Entonces, a mi vez, hice preguntas, la primera fue: ¿Dónde estaba mi amigo? Parece que mi amigo había salido de Gré (o lo que fuera) la mañana del día que yo entré. ¿Sabían adónde iba mi amigo? No podían decirlo. Les habían dicho que era muy peligroso. Así que hablamos sin parar: ¿Cuánto tiempo había estudiado francés? Hablaba muy bien. ¿Fue difícil aprender inglés?
Sin embargo, cuando salí para hacer mis necesidades al costado del camino, uno de ellos estaba detrás de mí.
Finalmente, consultaron los relojes, se abrocharon las túnicas y se pusieron los sombreros. Me dijeron con voz áspera que me preparara; nos acercábamos al final de nuestro viaje. Al observar a los antiguos participantes en la conversación, apenas los reconocí. Sus gorras mostraban una ferocidad evidente. Empecé a creer que había soñado con los incidentes de las horas anteriores.
Bajamos en una estación diminuta y sucia que parecía haber sido dejada caer por error del estirón del gobierno francés. El mayor buscó al jefe de estación, quien, sin nada que hacer, se echaba una siesta en una pequeña sala de espera. El ambiente general del lugar era sumamente deprimente; pero intenté animarme pensando que, después de todo, esto no era más que un cruce de caminos, y que desde allí tomaríamos un tren a Marsella. El nombre de la estación, Briouse, me pareció algo deprimente. Y ahora el mayor regresaba con la noticia de que nuestro tren no funcionaba hoy, y que el siguiente no llegaba hasta la madrugada, y ¿debíamos caminar? Podría guardar mi mochila grande y mi abrigo. La mochila pequeña la llevaría conmigo; al fin y al cabo, era solo un paso.
Tras una mirada a la desolación de Briouse, acepté el paseo. Era una noche espléndida para un pequeño paseo; no demasiado fresca, y con la promesa de una luna incrustada en el cielo. El mayor me guardó el saco y el abrigo; el jefe de estación me miró y gruñó con altivez (al enterarse de que era estadounidense); y mis protectores y yo partimos.
Insistí en que paráramos en el primer café y tomáramos un vino por mi cuenta. Mis acompañantes accedieron, haciéndome ir diez pasos por delante y esperando a que terminara antes de acercarse a la barra; no por cortesía, claro, sino porque (como pronto comprendí) los gendarmes no eran muy populares en esta parte del mundo, y ver a dos gendarmes con un prisionero podría animar a los habituales a intentar rescatarlo. Además, al salir del café (un lugar desolado como nunca había visto, con una clientela temerosa), me ordenaron encarecidamente que me mantuviera cerca de ellos, pero que bajo ningún concepto me interpusiera entre ellos, ya que nos encontraríamos con varios aldeanos antes de llegar a la carretera a Marsella. Gracias a su previsión y a mi obediencia, el rescate no se produjo, ni nuestro grupo despertó la curiosidad de los escasos y empapados habitantes del desagradable pueblo de Briouse.
El camino fácil ganó, y todos nos relajamos considerablemente. El saco lleno de cartas sospechosas que llevaba al hombro no era tan ligero como pensaba, pero la patada del pinard de Briouse me impulsó hacia adelante con fuerza. El camino estaba completamente desierto; la noche colgaba tenuemente a su alrededor, jirones aquí y allá por los rayos de luna que se movían. Lamenté un poco encontrar el camino accidentado y, en algunos tramos, mal parado; sin embargo, la desconocida aventura que me aguardaba y el delicioso silencio de la noche (en el que nuestras palabras tintineaban extrañamente como soldaditos de plomo en una caja forrada de felpa) me infundieron una misteriosa felicidad. Hablamos, el mayor y yo, de temas extraños. Como sospechaba, él no siempre había sido gendarme. Había servido entre los árabes. Siempre le habían gustado los idiomas y había aprendido árabe con gran facilidad, de lo cual estaba muy orgulloso. Por ejemplo, la forma árabe de decir «dame de comer» era esta; cuando querías vino, decías esto y aquello; «buen día» era otra. Pensó que podría aprenderlo, ya que lo había hecho con éxito con el francés. Estaba absolutamente seguro de que el inglés era mucho más fácil de aprender que el francés, y no se conmovía. Ahora bien, ¿cómo era el idioma americano? Le expliqué que era una especie de inglés argot. Cuando le di algunas frases, se quedó asombrado: "¡Suena a inglés!", exclamó, y me regaló su repertorio de frases en inglés para que las aprobara. Me esforcé por conseguir su entonación árabe, y él me ayudó con los sonidos difíciles. América debe ser un lugar extraño, pensó...
Tras dos horas de caminata, nos ordenó que nos detuviéramos y descansáramos. Todos nos tumbamos en la hierba junto al camino. La luna seguía luchando contra las nubes. La oscuridad de los campos a ambos lados era total. Me arrastré a gatas al son del agua plateada y encontré un pequeño arroyo de manantial. Tumbado, con el peso sobre los codos, bebí abundantemente de su perfecta negrura. Era gélido, parlanchín, diminuto y vital.
El mayor pronunció entonces un superficial «alors»; nos levantamos; me cargué al hombro mis expresiones sospechosas, que reconocieron la reanudación de las hostilidades con un latido neurálgico. Avancé con paso firme, con patas cada vez más grandes. Un pájaro, asustado, se abalanzó casi sobre mi cara. De vez en cuando, algún ruido nocturno abría un diminuto agujero en la enorme cortina de oscuridad húmeda. Ahora cuesta arriba. Con todos los músculos doloridos, la cabeza dándome vueltas, enderecé a medias mi cuerpo, ya inoperante; y salté: cara a cara con un hombrecito de madera colgado, solo, en un bosquecillo de árboles bajos.
El cuerpo de madera, torpe por el dolor, se desplomó en frágiles piernas con pies absurdamente grandes y dedos que se retorcían de forma extraña; sus bracitos rígidos formaban ángulos abruptos, crueles e iguales con el camino. Sobre sus atrofiados lomos se aferraba un pesado y jocoso fragmento de tela. En un hombro terriblemente frágil, el gracioso bulto de su cabeza sin cuello vivía ridículamente. Había en esta muñeca completamente silenciosa una horripilante verdad del instinto, un éxito de una intensidad sobrenatural, una ferocidad sobrenatural de emoción rectangular.
Durante quizás un minuto, mi rostro casi borrado y el mío se miraron en el silencio del otoño intolerable.
¿Quién era este hombre de madera? Como un grito agudo, negro y mecánico en el esponjoso organismo de la penumbra, se alzaba la tosca y repentina escultura de su tormento; la gran boca de la noche brotaba cuidadosamente el lenguaje angular y real de su cuerpo martirizado. Lo había visto antes en el sueño de algún santo medieval con un ladrón desplomado a cada lado, rodeado de ángeles vigorosos. Esta noche estaba solo; salvo por mí y la diminuta flor de la luna abriéndose paso entre losas de nubes fracturadas.
Me equivoqué, la luna, él y yo no estábamos solos... Una mirada al camino me permitió ver dos siluetas en pausa. Los gendarmes esperaban. Debía apresurarme para alcanzarlos o despertar sospechas por mi pereza. Me apresuré a avanzar, con una última mirada por encima del hombro... el hombre de madera nos observaba.
Cuando llegué a su altura, esperando ser insultados, me sorprendió que el mayor dijera en voz baja: "No tenemos que ir muy lejos", y se lanzara imperturbable hacia la noche.
No habíamos recorrido ni media hora cuando nos topamos con varias figuras oscuras y achaparradas: casas. Decidí que no me gustaban las casas, sobre todo porque el comportamiento de mis guardianes cambió bruscamente; una vez más, me abrocharon las túnicas, me ajustaron las pistoleras y me indicaron que caminara entre ellas y me mantuviera siempre al día con los demás. El camino se llenó de casas, aunque no tan grandes ni animadas como esperaba de mis sueños marselleses. De hecho, parecía que entrábamos en un pueblo extremadamente pequeño y bastante desagradable. Me atreví a preguntar cómo se llamaba. «Mah-say», fue la respuesta. Esto me dejó bastante perplejo. Sin embargo, la calle nos condujo a una plaza, y vi las torres de una iglesia en el cielo; entre ellas, la luna redonda, amarilla y grande parecía inmensa y pacíficamente consciente... nadie se movía en las callejuelas, todas las casas guardaban el secreto de la luna.
Seguimos caminando.
Estaba demasiado cansado para pensar. Simplemente sentía el pueblo como una irrealidad única. ¿Qué era? Lo sabía: la imagen lunar de un pueblo. Estas calles con sus casas no existían, no eran más que una proyección absurda de la suntuosa personalidad de la luna. Esta era una ciudad de fantasía, creada por el hipnotismo de la luz lunar. Sin embargo, cuando examinaba la luna, ella también parecía una pintura de una luna, y el cielo en el que vivía, un frágil eco de color. Si soplaba con fuerza, todo el tímido mecanismo se derrumbaría suavemente con un estruendo limpio y silencioso. No debía hacerlo, o lo perdería todo.
Doblamos una esquina, luego otra. Mis guías hablaron sobre la ubicación de algo, pero no pude distinguir qué. Entonces el anciano señaló con la cabeza una masa larga, aburrida y sucia a menos de cien metros, que (hasta donde pude ver) servía de iglesia o de tumba. Hacia allí giramos. Demasiado pronto distingui su exterior completamente lúgubre. Muros grises y largos de piedra, rodeados al lado de la calle por una valla de amplias proporciones y un color uniformemente apagado. Entonces me di cuenta de que nos dirigíamos hacia una puerta, singularmente estrecha e imponente, en el muro gris y largo. Ningún alma parecía habitar en aquella desolación.
El mayor llamó a la puerta. Un gendarme con un revólver respondió; y al poco rato lo dejaron entrar, dejándonos al menor y a mí a la espera. Y entonces empecé a comprender que se trataba de la gendarmería del pueblo, donde, para mi seguridad, me instalarían para pasar la noche. Confieso que me encogí de hombros al pensar en dormir en compañía de esa especie de humanidad que había llegado a detestar más que a nada en el infierno o en la tierra. Mientras tanto, el portero había regresado con el mayor, y me ordenaron con bastante rudeza que recogiera mi equipaje y me marchara. Seguí a mis guías por un pasillo, subí una escalera y entré en una habitación oscura y pequeña donde ardía una vela. Deslumbrado por la luz y aturdido por la fatiga de mi paseo de diez o doce millas, solté mi equipaje y me apoyé en una pared conveniente, intentando determinar quién era ahora mi torturador.
Frente a mí, sentado a una mesa, se encontraba un hombre de aproximadamente mi misma estatura, y que, según mi cálculo, tendría unos cuarenta años. Su rostro era descuidado, cetrino y largo. Tenía unas cejas pobladas y semicirculares, tan caídas que reducían sus ojos a simples rendijas parpadeantes. Sus mejillas estaban tan surcadas que se inclinaban hacia adentro. No tenía nariz propiamente dicha, sino un gran pico de una anchura absurda, que daba a todo su rostro la expresión de caer gravemente por las escaleras y ocultaba por completo la insignificante barbilla. Su boca estaba formada por dos labios largos e inseguros que se movían nerviosamente. Su cabello negro, corto y alborotado, llevaba la blusa, de la que colgaba una cruz de guerra, desabrochada; y sus piernas sin polainas remaban en pantuflas. Su físico me recordaba un poco a Ichabod Crane. Su cuello era exactamente como el de una gallina: estaba seguro de que, al beber, debía inclinar la cabeza hacia atrás, como hacen las gallinas, para que el líquido les corriera por la garganta. Pero su manera de mantenerse erguido, junto con ciertas contracciones espasmódicas de los dedos y el nervioso «uh-ah, uh-ah», que puntuaba sus frases inseguras como comas inciertas, se combinaban para dar la impresión de ser un gallo; un gallo bastante apolillado, que se tomaba a sí mismo tremendamente en serio y se pavoneaba ante un grupo imaginario de gallinas admiradoras, situado en algún lugar del fondo de su conciencia.
'¿Vous êtes uh-ah l'am-é-ri-cain?'
"Je suis américain", admití.
—Eh-bi-en uh-ah uh-ah ... Te estábamos esperando. —Me observó con gran interés.
Tras este personaje sórdido e inquieto, observé su imagen exacta, adornando una de las paredes. El gallo estaba fielmente representado a lo Rembrandt, de medio cuerpo, con la conmovedora apariencia de un esgrimista, florete en banda y enormes guantes. La ejecución de esta obra maestra dejaba mucho que desear; pero el conjunto delataba cierto brío y energía por parte del modelo, que me costó atribuir al ser que tenía delante.
'Vous êtes uh-ah KEW-MANGZ?'
"¿Qué?", dije, completamente desconcertado por ese extraordinario disílabo.
'Comprenez vous fran-çais?'
'Un peu.'
'Buen. Alors, vous vous ap-pel-lez KEW-MANGZ, n'est-ce-pas? Edrouard KEW-MANGZ.'
—Ah —dije aliviada—, sí. Era realmente asombroso cómo se retorcía alrededor de la G.
'¿Comment ça se prononce en inglés?'
Le dije.
Él respondió con benevolencia, algo preocupado: 'uh-ah uh-ah uh-ah---Pour-quoi êtes vous ici, KEW-MANGS?
Ante esta pregunta, por un momento me sentí más enojado que nunca en mi vida. Entonces comprendí lo absurdo de la situación y me reí. —No lo sé.
El cuestionario continuó:
'¿Estuvo usted en la Cruz Roja?'---'Seguramente, en la ambulancia Norton Harjes, Sección Sanitaria Vingt-et-Un.'--
—¿Tenías un amigo allí? —Claro. —Escribió, tu amigo de los bê-tises, ¿no es así? —Eso me dijeron . —¿Qué clase de persona era tu amigo? —Era una persona magnífica, siempre muy amable conmigo . —(Con un extraño fruncimiento, comentó el esgrimista) —Pero tu amigo te metió en muchos problemas. —(A lo que respondí con una amplia sonrisa) —N'importe, somos camaradas.
Una serie de exclamaciones de desconcierto siguieron a esta respuesta. El esgrimista, o gallo, o lo que fuera, finalmente, cogiendo la lámpara y el candado, dijo: «Alors, viens avec moi, KEW-MANGS». Empecé a recoger el saco, pero me dijo que lo guardarían en la oficina (estamos allí). Dije que había dejado un saco grande y mi abrigo de piel en Briouse, y me aseguró que los enviarían en tren. Despidió a los gendarmes, que habían estado escuchando con curiosidad el interrogatorio. Mientras me acompañaban desde la oficina, le pregunté sin rodeos: «¿Cuánto tiempo me quedaré aquí?», a lo que respondió: «Oh , peut-être un jour, deux jours, je ne sais pas».
Dos días en la gendarmería serían suficientes, pensé. Salimos.
Detrás de mí, el gallo con pantuflas se movía con un murmullo de asombro. Frente a mí, la enorme imitación de mí mismo brincaba torpemente. Bajó las escaleras, terriblemente desgastadas. Giró a la derecha y desapareció...
Estábamos parados en una capilla.
La luz menguante que sostenía mi guía se había vuelto repentinamente diminuta; golpeaba, sin sentido e inútil, con puños estridentes sobre una espesa y enorme humedad de penumbra. A izquierda y derecha, a través de delgados rectángulos de vidrieras, irrumpían sucios ladrones de luz de luna. La distancia húmeda y estúpida profería vagamente un conflicto misterioso: el silencioso murmullo de sombras brutales. Un lodo apiñado luchaba con mis pulmones. Mi nariz luchaba contra el monstruoso limo atmosférico que abrazaba un olor dulzón y desagradable. Mirando al frente, desenterré gradualmente la pálida carroña de la oscuridad: un altar, custodiado con la fealdad de velas apagadas, sobre el cual se alzaban inexorablemente los eficientes instrumentos para comer a Dios.
¿Debía confesarme, entonces, de mi mala conciencia antes de retirarme? Era un buen presagio para el día siguiente.
... el acento mesurado del esgrimista decía: «Prenez votre paillasse». Me giré. Estaba inclinado sobre una masa informe en un rincón de la habitación. La masa se extendía hasta la mitad del techo. Estaba hecha con formas de colchones. Tiré de una arpillera, rellena de paja espinosa. La puse sobre mi hombro. «Alors». Me acompañó hasta la puerta por la que habíamos entrado. (Me sentí bastante contento de irme del lugar).
Retrocedí, bajé por un pasillo y subí más escaleras; y nos encontramos con un par de puertas pequeñas y deterioradas de las que colgaban dos de los candados más grandes que jamás había visto. Al no poder seguir adelante, me detuve; él sacó un enorme manojo de llaves. Manipulé las cerraduras a tientas. Ningún sonido de vida: las llaves tintinearon en las cerraduras con sorprendente fuerza; estas cedieron con una gracia maligna; las dos puertecitas se abrieron de par en par.
Me tambaleé con mi paillasse en la oscuridad cuadrada . No había forma de calcular el tamaño de la habitación oscura, que no emitía ningún sonido. Frente a mí había un pilar. «Déjalo junto a ese poste y duerme allí esta noche; por la mañana, nous allons voir», ordenó el esgrimista. «No necesitarás una manta», añadió; y las puertas se cerraron con un ruido metálico, la luz y el esgrimista desaparecieron.
No necesité una segunda invitación para dormir. Completamente vestido, caí en mi cama con un cansancio que nunca antes había sentido ni volvería a sentir. Pero no cerré los ojos: a mi alrededor se alzaba un mar de sonidos extraordinarios... la habitación, hasta entonces vacía y diminuta, se volvió de repente enorme: gritos extraños, juramentos, risas, arrastrándola de un lado a otro, extendiéndola hasta una profundidad y anchura inconcebibles, telescopándola hasta una proximidad aterradora. Desde todas direcciones, al menos treinta voces en once idiomas (conté mientras yacía holandés, belga, español, turco, árabe, polaco, ruso, sueco, alemán, francés e inglés) a distancias que variaban entre los setenta pies y unos pocos centímetros, durante veinte minutos fui ferozmente bombardeado. Mi perplejidad no era puramente auditiva. Unos cinco minutos después de acostarme, vi (por un haz de luz hasta entonces inadvertido que brillaba cerca de las puertas por las que había entrado) dos figuras de aspecto extraordinario —uno un hombre corpulento con una gran barba negra, el otro un tísico calvo y un bigote enfermizo, ambos vestidos solo con sus camisas hasta las rodillas, con las piernas desnudas y los pies descalzos— deambular por la habitación y orinar profusamente en el rincón más cercano a mí. Una vez hecho esto, las figuras regresaron, recibidas con una lluvia de insultos efusivos por parte de los ocupantes invisibles de mi nuevo dormitorio; y desaparecieron en la oscuridad.
Me di cuenta de que los gendarmes de esta gendarmería estaban peculiarmente al tanto de los idiomas y se quedaron dormidos.
https://net.lib.byu.edu/estu/wwi/memoir/cummings/room1.htm
FIN

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