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Libro N° 14256. La Ciudad Esmeralda de Oz. Baum, L. Frank.


© Libro N° 14256. La Ciudad Esmeralda de Oz. Baum, L. Frank.  Emancipación. Septiembre 13 de 2025

 

Título Original: © La Ciudad Esmeralda de Oz. L. Frank Baum

 

Versión Original: © La Ciudad Esmeralda de Oz. L. Frank Baum

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Baum, L. Frank. La Ciudad Esmeralda de Oz. Chicago: The Reilly & Britton Co., 1910. Versión traducida al español


 

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Portada E.O. de:  Imagen con ChatGPT GMM

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA CIUDAD ESMERALDA DE OZ

L. Frank Baum



La Ciudad Esmeralda de Oz

L. Frank Baum




















La Ciudad Esmeralda de Oz

Por L. Frank Baum

(Traducción al español, 2025)

________________________________________










Introducción del autor

Quizá algunos de mis jóvenes lectores quieran saber qué fue de Dorothy después de sus aventuras en El Camino a Oz.

En aquel entonces, ella todavía vivía en la humilde granja de Kansas, con su tía Em y su tío Henry. Pero los tiempos eran difíciles para ellos, y la vida se volvió cada vez más dura.

Por eso decidí escribir este libro, para contar cómo Dorothy encontró un nuevo hogar en la maravillosa Ciudad Esmeralda y cómo sus queridos tíos pudieron compartir con ella la seguridad y la felicidad del País de Oz.

Es una historia de cambios, de descubrimientos y de nuevas maravillas, que espero alegren el corazón de quienes me acompañan en este viaje.

L. Frank Baum, 1910

________________________________________








Capítulo I: Cómo la tía Em se preocupó

La tía Em, delgada y de rostro cansado, se sentó en el umbral de la granja en Kansas y suspiró profundamente.

El sol ardía sobre las tierras secas, y el viento levantaba polvo por doquier.

—Henry —dijo con voz apagada—, temo que no podremos resistir mucho más. La tierra ya no da lo suficiente, las deudas crecen y apenas tenemos para comer.

El tío Henry, un hombre callado y de cabello gris, asintió con gesto sombrío.

—Lo sé, Em. He hecho todo lo posible, pero la sequía ha acabado con nuestras cosechas.

Dorothy, que escuchaba desde la puerta, se acercó con Toto en brazos.

—Tía Em, tío Henry… quizá podamos encontrar otra manera de vivir.

La mujer sonrió débilmente y acarició el cabello de la niña.

—Eres buena, Dorothy, siempre esperanzada. Pero la realidad es dura, y temo que pronto no tendremos más remedio que abandonar la granja.

La niña bajó la mirada, pensando en el maravilloso País de Oz, donde la comida abundaba y nadie sufría carencias.

Pero sabía que sus tíos jamás aceptarían dejar su hogar, a menos que no quedara otra salida.

Esa noche, mientras Dorothy se acostaba junto a Toto, pensó en su amiga Ozma, la bondadosa soberana de la Ciudad Esmeralda.

—Quizás algún día —murmuró Dorothy, medio dormida— pueda llevar a tía Em y al tío Henry conmigo a Oz. Allí estarían felices y seguros para siempre.


Capítulo II: Cómo el tío Henry fue obligado a emprender un viaje

Pasaron los días, y las preocupaciones aumentaron en la pequeña granja de Kansas. Las deudas se acumulaban, y el banco, que había prestado dinero a la familia para salvar la cosecha anterior, comenzó a exigir el pago.

Una mañana llegó una carta con un sello oficial. El tío Henry la abrió lentamente, con el ceño fruncido, mientras Dorothy y la tía Em lo observaban con ansiedad.

—¿Qué dice, Henry? —preguntó la tía Em con voz temblorosa.

El hombre suspiró y respondió:

—El banco me cita en la ciudad para discutir el pago de nuestra hipoteca. Dicen que si no llevo el dinero, perderemos la granja.

La tía Em palideció, y Dorothy lo miró con grandes ojos preocupados.

—¿Y tienes el dinero? —preguntó la niña.

El tío Henry negó con la cabeza.

—No, Dorothy. Apenas tenemos para alimentarnos. Pero debo ir de todas formas; quizá pueda convencerlos de darnos más tiempo.

La tía Em se llevó un pañuelo a los ojos.

—¡Oh, Henry! ¿Y si te dicen que no?

El hombre se irguió, aunque se le notaba abatido.

—Entonces tendremos que enfrentar lo que venga. No quiero que te preocupes, Em, ni tampoco tú, Dorothy. Pase lo que pase, lo llevaremos con valentía.

Al día siguiente, el tío Henry se preparó para su viaje. Dorothy lo ayudó a empacar una pequeña maleta, mientras Toto lo observaba curioso desde el umbral.

—¿Volverás pronto, tío? —preguntó la niña, abrazándolo fuerte.

—Tan pronto como pueda, querida —respondió él con una sonrisa cansada—. Y reza para que traiga buenas noticias.

Dorothy lo acompañó hasta el camino polvoriento y agitó la mano mientras lo veía partir. Cuando el tío Henry desapareció en la distancia, la niña suspiró profundamente y se quedó pensando en el País de Oz, donde no había bancos ni deudas, y donde su querida Ozma reinaba con justicia y bondad.

—Ojalá pudiera llevarlos allí de inmediato —murmuró Dorothy, acariciando a Toto—. Ojalá Ozma supiera de nuestras penas…


Capítulo III: Cómo Dorothy visitó al Mago

Mientras el tío Henry viajaba hacia la ciudad, la tía Em permanecía preocupada, y Dorothy buscaba alguna manera de consolarla. Pero, en el fondo, también sentía inquietud.

Una tarde, mientras paseaba con Toto por el camino que conducía al molino abandonado, Dorothy pensaba en sus amigos del País de Oz.

—Si pudiera ver al Mago otra vez —dijo en voz alta—, seguro encontraría una solución para ayudarnos.

Apenas terminó de pronunciar esas palabras, una brisa ligera sopló alrededor de ella, y Toto ladró con entusiasmo. Dorothy levantó la vista, y con gran sorpresa vio al mismísimo Mago de Oz acercándose por el sendero.

No llevaba ya la apariencia misteriosa de antaño, sino que era un hombrecillo de rostro bondadoso y ojos vivaces, vestido con una chaqueta azul brillante y un sombrero puntiagudo.

—¡Dorothy, querida niña! —exclamó el Mago, extendiendo los brazos.

—¡Oh, Mago! —gritó Dorothy corriendo hacia él—. ¡Qué alegría verte de nuevo!

Se saludaron con afecto, y Toto saltó alrededor de ellos, moviendo la cola.

—¿Qué haces aquí, tan lejos de la Ciudad Esmeralda? —preguntó Dorothy, maravillada.

El Mago sonrió.

—Ozma me envió a visitarte. Ella sabe de tus preocupaciones y quiere ayudarte. Además, pensó que yo podría traerte buenas noticias.

Los ojos de Dorothy brillaron de esperanza.

—¿De verdad? ¿Ozma sabe lo que pasa con el tío Henry y la tía Em?

—Sí —asintió el Mago—. Ozma es muy sabia y conoce tus pensamientos más profundos. Ella sabe que deseas llevar a tu familia a Oz, donde nunca más tendrían que sufrir por la pobreza ni las deudas.

Dorothy se llevó las manos al pecho, emocionada.

—¡Oh, eso sería maravilloso! Pero… ¿crees que tía Em y el tío Henry aceptarían?

—Eso lo veremos pronto —dijo el Mago con serenidad—. De momento, debo llevarte a la Ciudad Esmeralda, pues Ozma quiere hablar contigo directamente.

Dorothy miró hacia la granja, pensando en su tía.

—No puedo irme sin despedirme…

—No te preocupes —dijo el Mago, con una chispa traviesa en los ojos—. En Oz el tiempo corre de manera distinta. Volverás antes de que alguien note tu ausencia.

Dicho esto, el Mago sacó de su bolsillo una cajita dorada, la abrió y esparció un polvo brillante sobre el suelo. En un instante, se levantó una nube resplandeciente que envolvió a Dorothy, a Toto y al propio Mago.

Cuando la neblina se disipó, ya no estaban en Kansas. Se encontraban en un camino de mármol blanco que conducía directamente hacia las murallas verdes de la Ciudad Esmeralda.

Dorothy dio un grito de alegría.

—¡Estoy en Oz otra vez!


Capítulo IV: Cómo fueron a la Ciudad Esmeralda

Dorothy miraba todo a su alrededor con renovada admiración. El aire era fresco y dulce, las flores brillaban con colores imposibles, y el mármol blanco del camino resplandecía bajo el sol. Toto corría alegre, como si recordara cada rincón de aquel país maravilloso.

El Mago caminaba junto a Dorothy con paso ligero.

—He aprendido mucho desde que regresé a Oz —dijo él con orgullo—. Ya no soy un farsante, como antes. He practicado magia verdadera, bajo la guía de Glinda la Buena, y ahora sé realizar encantamientos útiles.

Dorothy lo miró con ojos brillantes.

—¡Qué bien, Mago! Estoy segura de que ahora eres un verdadero ayudante para Ozma.

Mientras avanzaban por el camino, Dorothy preguntó:

—¿Crees que Ozma permitirá que tía Em y el tío Henry vengan a vivir aquí?

El Mago asintió con calma.

—Ese es justamente el deseo de Ozma. Ella quiere que tú seas feliz, Dorothy, y sabe que tu felicidad depende de tu familia. Pero antes de tomar una decisión, quiere hablar contigo y mostrarte cómo se vive en la Ciudad Esmeralda.

A lo lejos, comenzaron a ver las murallas verdes que protegían la ciudad. Las torres de esmeralda brillaban como fuego bajo el sol, y los muros parecían engastados de piedras preciosas.

Al llegar a las enormes puertas, fueron recibidos por el Guardián de las Puertas, quien vestía un uniforme verde con botones dorados.

—¡Dorothy! —exclamó al reconocerla—. ¡Qué alegría verte de nuevo!

—Gracias, señor Guardián —respondió la niña con una sonrisa—. Es un placer regresar.

El Guardián abrió las puertas con solemnidad, y Dorothy entró a la ciudad, acompañada por el Mago y Toto.

El espectáculo la dejó sin aliento: las calles eran de mármol pulido, las casas brillaban con tonos verdes, y la gente iba vestida con ropas de seda y terciopelo. Todos parecían felices, ocupados en sus oficios y juegos, sin preocupaciones ni tristezas.

—Es aún más hermoso de lo que recordaba —murmuró Dorothy.

El Mago la condujo hasta el Palacio Real, cuyas altas torres estaban cubiertas de esmeraldas tan grandes como puños. Allí, en la entrada, la esperaba una figura luminosa: la Princesa Ozma.

Su belleza era tan serena que parecía irradiar paz. Llevaba una corona dorada con una sola gema centelleante, y sus ojos reflejaban bondad infinita.

—Bienvenida, Dorothy —dijo Ozma con una voz suave y melodiosa—. Mi querida amiga, te esperaba.

Dorothy corrió hacia ella y la abrazó con ternura, como si abrazara a una hermana mayor.

—¡Oh, Ozma! Estoy tan feliz de volver a verte.

—Y yo también, querida —respondió la princesa—. Ven, tenemos mucho de qué hablar.


Capítulo V: Cómo Dorothy se maravilló de la vida en la Ciudad Esmeralda

Una vez dentro del palacio, Dorothy no podía dejar de mirar a su alrededor. Cada salón estaba adornado con tapices de seda, lámparas resplandecientes y mosaicos de piedras preciosas que brillaban como estrellas. Los pisos de mármol eran tan pulidos que reflejaban los pasos como espejos.

Ozma la tomó de la mano y la condujo hacia la sala del trono, donde ya la esperaban algunos de sus viejos amigos. Allí estaba el Espantapájaros, vestido con un elegante traje nuevo relleno de paja fresca; el León Cobarde, de melena lustrosa y con una cadena dorada alrededor del cuello; y el Hombre de Hojalata, brillante como plata recién pulida.

—¡Dorothy! —gritaron todos, corriendo hacia ella.

La niña los abrazó uno por uno, llena de alegría. Toto ladraba y saltaba, igual de contento por el reencuentro.

—Me alegra mucho verlos a todos —dijo Dorothy—. Nunca me olvido de mis amigos de Oz.

Ozma sonrió con dulzura.

—Y ellos nunca se olvidan de ti, querida Dorothy. Este es tu hogar tanto como lo es para nosotros.

Durante los días siguientes, Dorothy recorrió la Ciudad Esmeralda y vio cómo sus habitantes vivían en paz y abundancia. Nadie era pobre ni sufría hambre, pues Ozma se aseguraba de que todos tuvieran lo necesario. Los niños jugaban en los jardines, los adultos trabajaban con alegría en sus oficios, y no había disputas ni injusticias.

El Mago mostró a Dorothy su taller, donde practicaba encantamientos y construía pequeños inventos mágicos. Allí tenía una mesa llena de polvos de colores, varitas y artefactos curiosos.

—Ya no hago trucos de feria, Dorothy —le explicó—. Ahora utilizo mi magia para ayudar a la gente.

Dorothy aplaudió con entusiasmo.

—¡Estoy tan orgullosa de ti, Mago!

Una tarde, mientras paseaban por los jardines del palacio, Dorothy se sentó junto a Ozma bajo un rosal cargado de flores.

—Ozma —dijo la niña con voz seria—, ¿crees que el tío Henry y la tía Em podrían venir a vivir aquí? La vida en Kansas es muy dura para ellos, y temo que pronto perderán la granja.

Ozma la miró con ternura.

—Ese es precisamente el motivo por el que te hice llamar. Quiero que tu familia viva contigo en Oz, donde estarán seguros y felices. Nadie aquí carece de nada, y todos serán bien recibidos.

Dorothy sintió un nudo de emoción en la garganta.

—¡Oh, Ozma! No sabes cuánto significa eso para mí.

—Sí lo sé —respondió la princesa—. Porque tus deseos siempre están llenos de amor por los demás.

Capítulo VI: Cómo Dorothy se sorprendió con la magia de Ozma

Una mañana, Ozma invitó a Dorothy a su salón privado, un lugar lleno de luz y de objetos maravillosos. En las paredes colgaban espejos mágicos que mostraban escenas de lugares lejanos, y sobre una mesa reposaba un gran libro encuadernado en oro y piedras preciosas.

—Este es el Gran Libro de los Recuerdos de Oz —explicó Ozma, colocando su mano sobre la tapa—. En él aparece, día tras día, todo lo que ocurre en cualquier parte del mundo.

Dorothy abrió los ojos de asombro.

—¿De veras? ¿Puedes ver lo que sucede en Kansas?

—Sí —respondió Ozma con calma—. Si lo deseas, podemos mirar ahora mismo.

Abrió el libro en una página reciente, y allí apareció, como escrita por una mano invisible, la imagen del tío Henry llegando a la ciudad para visitar al banco. Se veía cómo hablaba con hombres de aspecto severo y cómo salía luego con el rostro preocupado.

Dorothy suspiró.

—¡Oh, Ozma! Parece que no le han dado buenas noticias.

—Lo sé —dijo Ozma con suavidad—, pero no debes temer. Muy pronto podremos traerlo aquí, junto a tu tía Em.

Dorothy abrazó a su amiga con gratitud.

Luego, la princesa le mostró otro de sus tesoros: un espejo ovalado enmarcado en plata.

—Este es el Espejo de la Verdad. Nunca miente. Quien se mire en él verá su interior, más allá de las apariencias.

Dorothy se inclinó tímidamente y miró en el espejo. Para su sorpresa, no vio a la niña de Kansas con vestido sencillo, sino a una figura resplandeciente, con un corazón puro que brillaba como una estrella.

—¡Qué raro! —dijo Dorothy—. Nunca pensé que pudiera verme así.

Ozma sonrió.

—Así es como te vemos todos en Oz.

Por último, la princesa mostró a Dorothy su Cetro Real, un bastón adornado con una gema que brillaba con fuego interno.

—Con este cetro —explicó— puedo proteger la Ciudad Esmeralda y a todos sus habitantes. La magia que contiene es poderosa, pero siempre la uso para el bien.

Dorothy observaba todo con admiración creciente.

—Ozma, ¡eres la más maravillosa de las reinas!

La princesa la tomó de la mano.

—Y tú, Dorothy, eres la amiga más querida que podría tener.


Capítulo VII: Cómo los gnomos tramaron un plan contra Oz

Mientras Dorothy disfrutaba de la paz y la alegría en la Ciudad Esmeralda, en lo profundo de las montañas subterráneas reinaba un personaje muy distinto: el Rey de los Gnomos.

Este monarca, de barba enmarañada y ojos centelleantes, había jurado vengarse de Oz y de sus habitantes. Nunca había olvidado cómo Ozma y sus amigos frustraron sus intentos de conquistar la superficie.

—¡Bah! —gruñó golpeando su trono de piedra—. Esos habitantes de Oz creen que su país es invencible, pero esta vez encontraré la manera de someterlos.

A su alrededor, los gnomos lo escuchaban en silencio. Eran pequeños, de piel grisácea y manos fuertes como rocas, pues estaban acostumbrados a excavar túneles y a forjar metales preciosos.

El Rey se levantó y comenzó a pasear por la sala.

—Poseen tesoros infinitos, campos fértiles y ciudades hermosas. ¿Por qué ellos y no nosotros? ¡Quiero sus riquezas, quiero su poder!

Uno de los gnomos más viejos se atrevió a hablar:

—Majestad, sus muros de esmeralda son altos, y sus defensas mágicas, impenetrables. ¿Cómo podremos vencerlos?

El Rey de los Gnomos sonrió con malicia.

—Con astucia, no con fuerza. He estado espiando a Ozma y sé que permite la entrada a cualquiera que venga en son de paz. Si logramos engañarla, podremos invadir la Ciudad Esmeralda desde dentro.

Los gnomos murmuraron, sorprendidos por la audacia del plan.

—¿Y cómo lo haremos, señor?

El Rey respondió:

—Llamaremos a nuestros aliados: los Whimsies, criaturas grandes de cuerpo pero con cabezas pequeñas, que usan máscaras aterradoras; los Phanfasmas, que se vuelven invisibles a voluntad; y los Growleywogs, poderosos y salvajes. Juntos formaremos un ejército imparable.

Los gnomos golpearon sus martillos contra el suelo en señal de aprobación.

—¡Guerra contra Oz! —gritaron.

El Rey alzó los brazos con gesto triunfal.

—¡Sí, guerra contra Oz! Esta vez no fallaremos. Pronto esa orgullosa ciudad verde será nuestra.

Y en aquel instante, en lo profundo de las cavernas, comenzó a urdirse la conspiración más peligrosa que jamás amenazara al País de Oz.


Capítulo VIII: Cómo los gnomos reunieron a sus aliados

El Rey de los Gnomos no perdió tiempo en poner en marcha su plan. En las cavernas subterráneas, hizo enviar mensajeros por túneles secretos que conectaban con los rincones más extraños del mundo.

Primero llegaron los Whimsies. Eran criaturas enormes, de cuerpos desproporcionadamente grandes pero con cabezas diminutas como nueces. Para ocultar esa debilidad, usaban máscaras de rostro gigantesco y aterrador, con narices largas, bocas abiertas y ojos desmesurados pintados de colores brillantes. Con aquellas máscaras parecían monstruos formidables.

—Salud, Rey de los Gnomos —dijo el jefe de los Whimsies con voz grave—. Hemos venido porque nos prometiste poder y riquezas.

—Así es —respondió el Rey, acariciándose la barba—. Si me ayudáis a conquistar Oz, os daré tierras, tesoros y esclavos que trabajen para vosotros.

Los Whimsies aplaudieron y rieron, agitando sus máscaras horribles.

Después llegaron los Growleywogs, un pueblo salvaje y guerrero, de piel morena y músculos poderosos. Iban armados con lanzas, garrotes y piedras afiladas. Su jefe rugió con fiereza:

—¡Queremos luchar! ¡Queremos destruir!

El Rey de los Gnomos sonrió satisfecho.

—Tendréis lucha en abundancia, y al final, riquezas como jamás habéis soñado.

Finalmente aparecieron los Phanfasmas, seres misteriosos capaces de volverse invisibles cuando lo deseaban. Eran engañosos y astutos, y su líder habló con voz fría como el viento:

—Si nos unimos a ti, ¿qué garantía tenemos de que cumplirás tu palabra?

El Rey de los Gnomos levantó una piedra brillante de su tesoro: una gran esmeralda que emitía destellos verdes.

—Por esta gema juro que mi promesa será cumplida. Con vuestra ayuda, Oz será nuestro, y lo repartiremos entre todos.

Los Phanfasmas intercambiaron miradas sombrías, luego asintieron en silencio.

Así, en aquel salón cavernoso, se selló la alianza: gnomos, Whimsies, Growleywogs y Phanfasmas unirían sus fuerzas para marchar contra la Ciudad Esmeralda.

El Rey de los Gnomos levantó su copa de hierro y bramó:

—¡A la conquista de Oz!

Y un rugido ensordecedor resonó en las profundidades de la tierra, como un presagio de la tormenta que se avecinaba.


Capítulo IX: Cómo los habitantes de Oz vivían sin preocupaciones

Mientras en las oscuras cavernas se tramaban planes de guerra, en la brillante y alegre tierra de Oz la vida transcurría en perfecta calma.

Los campos estaban siempre verdes, las flores nunca se marchitaban, y los frutos crecían en abundancia. Nadie sufría hambre ni frío, porque Ozma se aseguraba de que cada persona tuviera cuanto necesitara.

En las aldeas, los niños jugaban bajo el sol, riendo y cantando canciones felices. Los granjeros cuidaban de sus cosechas, no por necesidad, sino por gusto, pues el trabajo en Oz era más un juego que una obligación. Los carpinteros construían casas, los sastres cosían vestidos de vivos colores, y los panaderos horneaban pasteles dorados que compartían con todos.

En la Ciudad Esmeralda, las calles de mármol resplandecían como espejos. Los carruajes estaban adornados con piedras preciosas, y la gente paseaba tranquilamente, vistiendo trajes de seda verde, sombreros adornados con plumas y zapatos relucientes.

El Espantapájaros, con su ingenio, solía entretener a los niños contándoles historias de su propia vida, exagerando siempre con gracia. El Hombre de Hojalata, reluciente como plata bajo el sol, administraba con justicia su reino en el País de los Winkies, aunque visitaba a menudo la Ciudad Esmeralda para ver a Dorothy y a Ozma.

El León Cobarde descansaba en los jardines del palacio, orgulloso de su melena lustrosa, pero siempre dispuesto a demostrar su valentía cuando era necesario.

Dorothy, por su parte, se sentía cada vez más unida a ese mundo maravilloso. Paseaba con Toto por las avenidas, charlaba con los jardineros, aprendía canciones de las niñas esmeralda y pasaba tardes enteras junto a Ozma, conversando bajo los rosales.

Nadie en Oz sabía de los planes que se urdían en las profundidades de la tierra. Vivían sin miedo, seguros bajo el gobierno justo de Ozma, convencidos de que ningún peligro podía amenazar su felicidad.

Pero, mientras tanto, en los salones subterráneos, el Rey de los Gnomos reunía a sus aliados y fortalecía su ejército, decidido a acabar con esa paz tan perfecta.


Capítulo X: Cómo los gnomos comenzaron su marcha contra Oz

En las profundidades de su reino subterráneo, el Rey de los Gnomos reunió a su ejército. El estrépito de martillos y picos resonaba en los túneles mientras los gnomos forjaban armas de hierro, puntas de lanza y cascos pesados.

Los Whimsies, con sus enormes cuerpos y sus grotescas máscaras de rostros descomunales, practicaban marchas de guerra, agitando sus garrotes y lanzando gritos terribles que hacían eco en las cavernas.

Los Growleywogs, salvajes y musculosos, entrenaban saltando sobre rocas, derribando árboles y lanzando piedras como proyectiles, demostrando su fuerza bruta.

Los Phanfasmas, invisibles cuando lo deseaban, espiaban y se deslizaban entre los demás ejércitos, causando inquietud a quienes sentían su presencia sin poder verlos.

Cuando todo estuvo preparado, el Rey de los Gnomos se puso de pie sobre un peñasco oscuro, con su corona de hierro sobre la frente, y gritó con voz que retumbó como un trueno:

—¡Ha llegado la hora! ¡El País de Oz será nuestro!

Un rugido ensordecedor respondió. Los gnomos golpearon el suelo con sus picos, los Whimsies agitaron sus máscaras horrendas, los Growleywogs lanzaron gritos salvajes, y los Phanfasmas desaparecieron de la vista como humo.

Así comenzó la marcha. Los túneles secretos se abrieron paso bajo las montañas, extendiéndose hacia las fronteras de Oz. El ejército avanzaba oculto, como una sombra que crece sin ser vista, decidido a surgir de improviso en el corazón mismo de la tierra mágica.

Pero, mientras tanto, en la superficie, Dorothy y sus amigos seguían disfrutando de la paz, sin sospechar que una terrible amenaza avanzaba contra ellos desde el subsuelo.

Capítulo XI: Cómo Dorothy desafió al Gran Gigante

Mientras el ejército de los gnomos avanzaba en secreto, Dorothy y sus amigos continuaban explorando los rincones maravillosos de Oz. Una tarde, durante una de sus excursiones, llegaron a un valle rodeado de colinas rocosas.

Allí se encontraron con un gigante de tamaño colosal. Dormía tendido en el suelo, y cada vez que respiraba, el aire soplaba como un fuerte viento. Su cuerpo era tan grande que parecía una montaña viva, y su ronquido retumbaba como un trueno.

—¡Oh, cielos! —exclamó Dorothy, aferrándose al brazo del Espantapájaros—. ¡Es el gigante más enorme que he visto jamás!

El Espantapájaros, aunque relleno de paja, intentó mantener la calma.

—No debemos despertarlo —susurró—. Si abre los ojos, podríamos estar en serios problemas.

Pero Toto, curioso como siempre, ladró y corrió alrededor del gigante. El sonido despertó al coloso, que abrió lentamente los párpados. Sus ojos eran como enormes faroles encendidos, y su voz tronó como un tambor:

—¿Quién osa molestar mi descanso?

Dorothy, aunque temblaba un poco, dio un paso al frente y dijo con firmeza:

—Somos viajeros de Oz y no queremos hacerte daño. Solo pedimos que nos dejes pasar.

El gigante soltó una carcajada que hizo temblar la tierra.

—¡Nadie pasa por mi valle sin pagar tributo! —rugió—. ¡Y ustedes me parecen un banquete delicioso!

El León Cobarde se irguió con valentía, mostrando los dientes, mientras el Hombre de Hojalata levantaba su hacha reluciente.

Dorothy, con gran presencia de ánimo, alzó la mano y exclamó:

—¡No tienes derecho a hacernos daño! Ozma es nuestra reina, y ella protege a todos los que habitan estas tierras.

El gigante dudó. Había oído hablar de Ozma y de su magia poderosa. Con un gruñido, bajó la mirada hacia la pequeña niña que lo desafiaba sin miedo.

—Eres muy valiente para ser tan pequeña —dijo al fin—. Pueden pasar, pero recuerden: este es mi valle, y yo soy su amo.

Dorothy asintió, agradecida, y guio a sus amigos fuera del valle. El corazón de todos latía con fuerza, pero se sentían orgullosos de la determinación de la niña.

—¡Dorothy, estuviste maravillosa! —dijo el Espantapájaros.

Y así, habiendo enfrentado al Gran Gigante, continuaron su viaje, sin saber que aún mayores peligros los esperaban.


Capítulo XII: Cómo se desató la guerra subterránea

Bajo la tierra, en los túneles sombríos, el ejército del Rey de los Gnomos avanzaba con paso firme. El eco de los martillos, las armas chocando y los gritos de guerra llenaban las cavernas.

El Rey, con su corona de hierro, caminaba al frente, iluminado por antorchas de fuego azul. A su lado marchaban los jefes de los Whimsies, los Growleywogs y los Phanfasmas, cada uno ansioso por comenzar la invasión.

—¡Pronto llegaremos a la frontera de Oz! —tronó el monarca—. ¡La Ciudad Esmeralda será nuestra antes de que el sol se ponga tres veces!

Los Whimsies levantaron sus máscaras monstruosas y rugieron de alegría.

Los Growleywogs golpearon sus garrotes contra el suelo, haciendo vibrar la tierra.

Los Phanfasmas desaparecieron, tornándose invisibles para practicar sus artes engañosas.

Mientras tanto, en la superficie, Ozma celebraba un festival en el Palacio Esmeralda. Había música, danzas y risas, sin que nadie imaginara que un ejército oscuro se acercaba bajo sus pies.

El Espantapájaros y el Hombre de Hojalata bebían limonada en los jardines, Dorothy paseaba con Toto y el León Cobarde dormía perezosamente a la sombra de un árbol. Todo era calma y alegría.

Pero de pronto, el suelo tembló levemente. Nadie le dio importancia: pensaron que era un trueno lejano o un movimiento natural. Solo Glinda, la sabia Bruja Buena del Sur, percibió el peligro.

Desde su palacio de mármol rosado, abrió su Gran Libro de Magia, en el que se registraban todos los sucesos del mundo. Al leer sus páginas, frunció el ceño.

—El Rey de los Gnomos marcha contra Oz —murmuró—. Su ejército ya está en camino.

Y cerró el libro con gravedad, sabiendo que pronto tendría que advertir a Ozma y preparar la defensa de la tierra encantada.


Capítulo XIII: Cómo Glinda reveló la verdad

Glinda, la sabia y bondadosa Bruja del Sur, permaneció sentada junto a su Gran Libro de Magia. Sus ojos recorrían las páginas que se escribían solas, registrando todo lo que ocurría en el mundo. Allí estaba escrito, con letras brillantes como fuego:

"El Rey de los Gnomos marcha hacia Oz con un gran ejército de aliados. Su propósito es conquistar la Ciudad Esmeralda y destruir la paz del país."

Glinda suspiró, cerró el libro y dio órdenes a sus doncellas mágicas. En pocos instantes, un carro adornado con piedras preciosas fue preparado, tirado por leones alados que relinchaban como caballos.

—Debo ir al Palacio Esmeralda —dijo Glinda con voz firme—. La Reina Ozma debe conocer la verdad.

El carro voló veloz por los cielos y pronto descendió en los jardines del palacio. La gente se inclinó con respeto, pues Glinda era amada y venerada por todos en Oz.

Ozma salió a recibirla, acompañada por Dorothy, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata.

—Querida amiga —dijo Ozma—, ¿qué te trae con tanta urgencia?

Glinda miró a todos con seriedad y respondió:

—He visto en mi Gran Libro lo que ocurre. El Rey de los Gnomos ha reunido a un ejército terrible: gnomos, Whimsies, Growleywogs y Phanfasmas. Ya marchan bajo tierra hacia nuestras fronteras.

Un silencio cayó sobre el grupo. Dorothy apretó la mano de Ozma con preocupación, y el León Cobarde se erizó como si ya oliera el peligro.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó Ozma con calma.

—Prepararnos —contestó Glinda—. Convoca a tus consejeros, reúne a tus amigos más valientes y refuerza las defensas de la Ciudad Esmeralda. Si actuamos con sabiduría, la maldad no triunfará.

El Espantapájaros, que rara vez perdía la compostura, exclamó con entusiasmo:

—¡Tengo un plan magnífico! ¡Deja que use mi cerebro de paja para engañar a esos brutos!

El Hombre de Hojalata alzó su hacha brillante.

—Y yo protegeré a Oz con todas mis fuerzas.

—Yo lucharé también —dijo el León Cobarde, con voz profunda—, aunque mi corazón tiemble de miedo.

Ozma sonrió agradecida y, tomando la mano de Glinda, declaró:

—No temáis. Mientras estemos unidos, Oz permanecerá a salvo.

Pero en lo profundo de la tierra, el ejército enemigo seguía avanzando, y la sombra de la guerra se acercaba cada vez más.

Capítulo XIV: Cómo los invasores llegaron a las fronteras de Oz

En las cavernas subterráneas, el ejército del Rey de los Gnomos avanzaba sin descanso. Día y noche, los túneles se extendían bajo colinas y ríos, siempre dirigiéndose hacia el corazón de la tierra de Oz.

Los Whimsies agitaban sus máscaras grotescas para darse ánimo.

Los Growleywogs marchaban con pasos pesados que hacían vibrar la roca.

Los Phanfasmas, invisibles casi todo el tiempo, se deslizaban como sombras, adelantándose para explorar el camino.

Por fin, tras largas jornadas, llegaron a un punto donde la tierra se volvía más blanda y ligera. El Rey de los Gnomos levantó su mano y ordenó detenerse.

—Aquí estamos bajo las fronteras de Oz —anunció—. Arriba, la hierba crece verde y los pájaros cantan. Pero pronto todo eso será nuestro.

Los jefes de las tribus aliadas sonrieron con malicia. El jefe de los Growleywogs rugió:

—¡Deja que salgamos a la superficie y destruyamos lo que encontremos!

—Paciencia —replicó el Rey de los Gnomos—. El momento aún no ha llegado. Primero debemos preparar la salida de los túneles y sorprenderlos antes de que sospechen.

Los gnomos comenzaron a excavar rampas y pasajes que ascendían poco a poco hacia la superficie. Cada golpe de pico los acercaba más a las praderas doradas y a las ciudades brillantes de Oz.

Mientras tanto, arriba, los habitantes de Oz vivían sin preocupación. Los niños corrían entre los campos de amapolas, las doncellas recogían flores para adornar los palacios y las fuentes de la Ciudad Esmeralda cantaban bajo el sol. Nadie sabía que justo debajo de sus pies un ejército oscuro se preparaba para irrumpir.

Solo Glinda y Ozma, en consejo con el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata, Dorothy y el León Cobarde, aguardaban con seriedad. Habían dispuesto centinelas mágicos en los límites del reino y conjuros protectores alrededor del palacio.

Y así, en silencio y oscuridad, los invasores llegaron a las fronteras de Oz, listos para lanzar la guerra más terrible que la tierra encantada hubiera conocido.


Capítulo XV: Cómo se preparó la defensa de la Ciudad Esmeralda

En el Palacio Esmeralda, Ozma convocó a un gran consejo. En la sala del trono se reunieron Glinda, la Bruja Buena del Sur; el Espantapájaros; el Hombre de Hojalata; el León Cobarde; Dorothy y muchos otros amigos leales.

La reina habló con serenidad, aunque sus ojos brillaban con determinación:

—El enemigo está en nuestras fronteras. No podemos atacarlos en su terreno, pero sí podemos defendernos con justicia. Quiero que todo Oz permanezca unido.

Glinda desplegó un rollo de pergamino donde había escrito conjuros poderosos.

—He colocado hechizos alrededor de la Ciudad Esmeralda —explicó—. Ningún ser maligno podrá entrar sin enfrentarse a ellos. Pero debemos estar preparados para resistir.

El Espantapájaros se levantó con entusiasmo.

—¡Tengo un plan magnífico! —dijo—. Propongo que fabriquemos soldados de paja, miles de ellos, para confundir al enemigo.

—Una idea brillante —aprobó Ozma—. Ordenaré que todos los ciudadanos nos ayuden a rellenar sacos y muñecos de paja.

El Hombre de Hojalata alzó su hacha reluciente.

—Yo y mis Winkies traeremos armas de metal. Si alguien intenta dañar Oz, se enfrentará a nosotros.

El León Cobarde rugió con fuerza, aunque su cola temblaba un poco.

—¡Yo lucharé al frente! ¡Que vengan los invasores, les mostraré qué significa desafiar al rey de las bestias!

Dorothy, con voz dulce pero firme, añadió:

—Y yo haré todo lo que pueda para animar a los demás. En Oz nadie debería sentir miedo mientras estemos juntos.

Así, en los días siguientes, la Ciudad Esmeralda se llenó de actividad. Los hombres y mujeres trabajaban construyendo barricadas de flores encantadas que despedían luces cegadoras. Los niños rellenaban muñecos de paja que luego se alineaban como un ejército en las murallas.

Los magos menores reforzaban las calles con encantamientos que volvían resbaladizas las piedras, para que los enemigos cayeran si intentaban correr.

Todo era bullicio y esperanza. A pesar del peligro, nadie en Oz perdía la confianza, pues sabían que tenían a Ozma, Glinda y sus amigos al mando.

Y mientras tanto, en las cavernas subterráneas, el Rey de los Gnomos y sus aliados se impacientaban, preparando el asalto final.


Capítulo XVI: Cómo los gnomos lanzaron su primer ataque

En lo profundo de los túneles, el Rey de los Gnomos dio la orden que sus soldados habían estado esperando.

—¡Es hora! —rugió—. ¡Que los gnomos salgan primero y abran el camino hacia Oz!

Un estrépito ensordecedor recorrió las cavernas. Los gnomos, armados con picos y martillos, comenzaron a trepar por los túneles ascendentes. Pronto, las primeras cabezas surgieron a la superficie, entre colinas y bosques del reino de Oz.

Pero lo que hallaron los dejó atónitos. Frente a ellos se alzaba un ejército interminable de soldados de paja, alineados en filas perfectas, con lanzas en mano y rostros severos pintados en sus cabezas de saco.

—¡Un ejército gigantesco! —gritaron algunos gnomos, retrocediendo.

—¡Avancen, cobardes! —tronó el Rey desde atrás—. ¡Son solo muñecos!

Los gnomos, armándose de valor, cargaron contra las filas de paja. Golpearon, empujaron, derribaron muñecos que caían sin resistencia, pero al mirar a su alrededor veían siempre más y más soldados inmóviles, firmes como si fueran reales.

La confusión aumentó. Los Whimsies, que salieron tras los gnomos, quedaron también impresionados por aquella multitud de figuras.

—Jamás podremos vencer a tantos —se quejó uno, agitando su garrote.

Entretanto, desde las murallas de la Ciudad Esmeralda, el Espantapájaros observaba la escena y reía con satisfacción.

—¡Funciona a la perfección! —exclamó—. Mis soldados de paja han detenido su primer ataque.

El Hombre de Hojalata, alzando su hacha brillante, añadió:

—¡Que se acerquen más! ¡Pronto aprenderán que Oz no se rinde!

Los invasores retrocedieron momentáneamente para reorganizarse. El Rey de los Gnomos, furioso, gritó:

—¡No se dejen engañar por esa artimaña! ¡Preparen el segundo ataque!

Y así, aunque la primera embestida había fracasado, el peligro no había pasado. La batalla apenas comenzaba.


Capítulo XVII: Cómo los Phanfasmas usaron sus trucos

Después del fracaso del primer ataque, el Rey de los Gnomos reunió a sus aliados en un claro cercano a los túneles. Golpeó el suelo con su cetro de hierro y bramó:

—¡No seremos derrotados por muñecos de paja! ¡Ahora les toca a los Phanfasmas mostrar su astucia!

Los Phanfasmas sonrieron con frialdad. Eran maestros del engaño, capaces de volverse invisibles a voluntad.

—Déjanos actuar —dijo su jefe, con voz suave pero inquietante—. Los habitantes de Oz nunca podrán resistir lo que no pueden ver.

Y de inmediato desaparecieron.

Como un viento helado, se deslizaron hacia la Ciudad Esmeralda. Invisible, uno de ellos abrió las puertas de los establos y soltó a los caballos alados, que corrieron despavoridos. Otro arrojó piedras contra las ventanas, haciendo que la gente creyera que había espíritus furiosos. Algunos susurraban palabras de miedo al oído de los centinelas, que temblaban sin saber de dónde provenían aquellas voces.

Pero Glinda había previsto este engaño. Desde las torres del palacio, agitó su varita y pronunció un conjuro que hizo brillar el aire con destellos plateados.

—¡Que toda falsedad se vuelva visible! —proclamó.

Y al instante, los Phanfasmas perdieron su invisibilidad. Sus figuras sombrías quedaron expuestas ante todos, revelando sus rostros engañosos y sus cuerpos alargados como sombras vivientes.

Los habitantes de Oz lanzaron un grito de triunfo. El León Cobarde rugió y los persiguió por las calles, mientras el Hombre de Hojalata blandía su hacha y los Phanfasmas huían despavoridos.

El Espantapájaros, riendo, exclamó:

—¡De nada sirve la astucia cuando se enfrenta a la magia de Glinda!

Humillados y derrotados, los Phanfasmas corrieron a reunirse con el Rey de los Gnomos, quien los recibió con un gesto de rabia.

—¡Inútiles! —tronó—. ¡Si queremos conquistar Oz, debemos luchar con más fuerza que nunca!

Y así, aunque su segundo intento había fallado, el ejército oscuro se preparó para lanzar un ataque aún más feroz.


Capítulo XVIII: Cómo los Growleywogs mostraron su fuerza bruta

Tras el fracaso de los Phanfasmas, el Rey de los Gnomos estaba furioso. Golpeaba las rocas con su cetro y gritaba de rabia.

—¡Si la astucia no ha servido, entonces probaremos la fuerza! —rugió—. ¡Que los Growleywogs tomen la delantera!

Los Growleywogs eran criaturas enormes, de músculos abultados y brazos tan gruesos como troncos. Sus cuerpos eran pura fuerza bruta, y se enorgullecían de no temer a nada ni a nadie.

—¡Déjanos pasar! —clamó su jefe, levantando un garrote gigantesco—. ¡Arrasaremos con todo lo que encontremos en nuestro camino!

Con gritos salvajes, los Growleywogs avanzaron hacia la Ciudad Esmeralda. Saltaban sobre los campos, arrancaban árboles de raíz para usarlos como armas y golpeaban las rocas hasta hacerlas polvo.

Al verlos venir, muchos habitantes de Oz se asustaron. Eran realmente terribles, y cada pisada suya hacía temblar la tierra.

Pero Ozma y Glinda estaban preparadas. La bruja buena levantó los brazos y pronunció un conjuro antiguo:

—¡Que la fuerza bruta se vuelva débil ante la bondad de Oz!

De pronto, los Growleywogs comenzaron a sentir que sus músculos se volvían pesados como plomo. Cuanto más intentaban correr, más lentos se volvían. Sus garrotes se les escapaban de las manos, y algunos se dejaban caer al suelo, jadeando como si hubieran cargado un peso imposible.

El León Cobarde se lanzó sobre ellos con un rugido, mientras los habitantes de Oz los rodeaban. Al verse vencidos, los gigantes comenzaron a retroceder.

—¡Esto es brujería! —gritaban, cayendo uno tras otro.

El jefe, avergonzado, ordenó la retirada.

Cuando volvieron ante el Rey de los Gnomos, éste los miró con desprecio.

—¡Ni con su fuerza inútil pudieron vencer a los habitantes de Oz! —tronó—. ¡Pero aún no hemos terminado!

Y con ojos encendidos de ira, juró que lanzaría un ataque aún más terrible contra la Ciudad Esmeralda.


Capítulo XIX: Cómo Ozma mostró la grandeza de la paz

En medio de la tensión, cuando el enemigo parecía dispuesto a lanzar un ataque aún más brutal, la Reina Ozma reunió a sus consejeros en la sala del trono. Había escuchado con calma los informes de cada enfrentamiento, y su mirada permanecía serena.

—Amigos míos —dijo con voz suave, pero firme—, no deseo que la tierra de Oz se convierta en un campo de sangre. La fuerza y la astucia ya han sido derrotadas por nuestra unidad. Es tiempo de mostrar que la paz es más poderosa que la guerra.

El Espantapájaros ladeó la cabeza, sorprendido.

—¿Quieres decir que no vamos a luchar más?

—Exactamente —respondió Ozma—. La bondad es nuestra mayor arma.

Con estas palabras, ordenó abrir las puertas de la Ciudad Esmeralda. Los habitantes, aunque con temor, obedecieron, y la reina salió al encuentro del ejército enemigo acompañada solo por Dorothy, Glinda, el Hombre de Hojalata, el León Cobarde y el Espantapájaros.

Cuando el Rey de los Gnomos vio a la pequeña figura de Ozma avanzando sin armas, estalló en carcajadas.

—¡Miren! —gritó a sus tropas—. ¡La niña viene a rendirse!

Pero Ozma levantó la mano con dignidad, y su voz resonó clara como una campana:

—¡Rey de los Gnomos! ¡Aliados del mal! No hemos alzado nuestras armas contra ustedes, sino que hemos respondido con ingenio, magia y defensa justa. Les digo ahora: no ganarán nada con la guerra. En cambio, si se retiran, prometo que Oz nunca buscará venganza ni dañará sus tierras.

Los ejércitos enemigos murmuraron entre sí. Los Whimsies recordaron cómo habían sido engañados por los muñecos de paja, los Growleywogs aún sentían sus músculos debilitados, y los Phanfasmas sabían que su invisibilidad había sido rota. Ninguno quería volver a ser humillado.

El jefe de los Whimsies habló primero:

—No queremos luchar más. Volvamos a nuestras montañas.

El jefe de los Growleywogs gruñó, pero asintió:

—Nuestra fuerza nada puede contra la magia de Oz.

Incluso algunos gnomos empezaron a retroceder, cansados y desanimados.

El Rey de los Gnomos bramó de furia, pero comprendió que había perdido el apoyo de sus aliados. Su rostro se volvió sombrío y, con un gesto brusco, ordenó la retirada.

Ozma los observó alejarse, con el corazón lleno de compasión. Y volviéndose hacia sus amigos, dijo:

—Hoy hemos aprendido que la paz verdadera es más poderosa que cualquier ejército.

Dorothy sonrió, orgullosa de su amiga, y todos regresaron juntos a la Ciudad Esmeralda, donde los habitantes los recibieron con vítores de alegría.

Capítulo XX: Cómo el Reino de Oz celebró la victoria

La noticia de la retirada del ejército invasor se extendió rápidamente por toda la tierra de Oz. Desde las colinas del Munchkinland hasta los valles de los Winkies, desde los bosques de los Gillikins hasta las praderas de los Quadlings, todos celebraban la victoria de la paz.

En la Ciudad Esmeralda, las calles se llenaron de guirnaldas, cintas de colores y faroles mágicos que brillaban como estrellas. La gente salió a cantar, bailar y agradecer a Ozma y a sus amigos por haber salvado el reino sin derramamiento de sangre.

El Espantapájaros fue llevado en hombros por un grupo de niños, que lo aclamaban como el héroe de la inteligencia.

El Hombre de Hojalata marchó al frente de una banda de música, su cuerpo reluciendo bajo los rayos del sol.

El León Cobarde, algo apenado por tanto ruido, recibió una corona de flores por su valentía.

Dorothy caminaba con Toto en brazos, saludando a todos con una sonrisa.

Glinda, serena, contemplaba la fiesta, satisfecha de que la magia hubiese sido usada para el bien.

En el palacio, Ozma organizó un gran banquete. Las mesas estaban cubiertas con frutas, pasteles, dulces y bebidas frescas que no se agotaban nunca gracias a los encantamientos de la cocina mágica. Los invitados reían, contaban historias y compartían la alegría de vivir en una tierra donde la bondad triunfaba sobre el mal.

Cuando terminó el banquete, Ozma se levantó y habló con voz clara:

—Amigos míos, hemos enfrentado la amenaza más grande que Oz haya conocido. Pero aprendimos que el amor, la unidad y la paz son más fuertes que la guerra. Que este día quede grabado en nuestros corazones, para que nunca olvidemos que la verdadera grandeza no está en destruir, sino en construir.

Los habitantes de Oz aplaudieron con entusiasmo, y los fuegos mágicos iluminaron el cielo nocturno con destellos verdes y dorados que parecían estrellas danzantes.

Así concluyó la gran amenaza del Rey de los Gnomos y sus aliados, y así la Ciudad Esmeralda brilló más resplandeciente que nunca, como un símbolo eterno de paz, esperanza y alegría.



Capítulo XXI: Cómo el Rey de los Gnomos volvió a su guarida

El Rey de los Gnomos, lleno de furia y vergüenza, regresó a través de los túneles oscuros de la tierra. Su ejército lo seguía en silencio: los Whimsies, con sus grandes máscaras colgando, cabizbajos por la derrota; los Growleywogs, avergonzados de que su fuerza hubiera sido inútil; y los Phanfasmas, invisibles, pero abatidos.

Cuando al fin llegaron a la gran cámara subterránea del rey, éste lanzó su corona al suelo y rugió con cólera:

—¡Me han traicionado! ¡Me han fallado todos!

Uno de los jefes Whimsies respondió con voz temblorosa:

—Majestad, no fue culpa nuestra. La magia de Oz es demasiado poderosa para cualquiera.

Los Growleywogs gruñeron en señal de acuerdo. Los Phanfasmas, que se enorgullecían de su astucia, reconocieron que incluso sus trucos no podían vencer la pureza del reino de Oz.

El Rey golpeó las paredes de piedra con su cetro de hierro, haciendo que chispas azules iluminaran la caverna.

—¡Juro que algún día encontraré la manera de derrotar a Oz! —bramó—. ¡Y entonces todos temblarán ante mí!

Pero en el fondo de su corazón, sabía que esa vez había sido vencido para siempre. La paz había triunfado, y ningún poder oscuro podía quebrantarla.

Los aliados del rey comenzaron a dispersarse, cada uno regresando a sus tierras. Los Whimsies volvieron a sus montañas, los Growleywogs regresaron a sus valles lejanos y los Phanfasmas se desvanecieron en los bosques sombríos.

Así, el Rey de los Gnomos quedó solo en su guarida subterránea, mascullando planes que jamás lograrían cumplirse.


Capítulo XXII: Cómo Ozma y sus amigos recibieron visitas agradecidas

En la Ciudad Esmeralda, la paz reinaba nuevamente. Las murallas estaban adornadas con banderas verdes, y las calles relucían bajo la luz del sol. La gente aún celebraba la victoria de Ozma y sus amigos cuando comenzaron a llegar visitantes de todas las regiones.

Primero vinieron los Munchkins, trayendo canastas de frutas y flores azules en señal de gratitud. Luego llegaron los Winkies, con sus sombreros amarillos brillantes, llevando presentes hechos de oro y plata. Tras ellos, se acercaron los Gillikins, que obsequiaron joyas talladas en amatistas y rubíes, y finalmente los Quadlings, que ofrecieron dulces y pasteles encantados que nunca se terminaban.

Todos querían agradecer a Ozma, a Dorothy y a los valientes compañeros que habían protegido el reino.

El Espantapájaros fue abrazado por los niños Munchkins, quienes lo miraban con admiración.

El Hombre de Hojalata recibió de los Winkies un nuevo hacha reluciente como símbolo de respeto.

El León Cobarde fue coronado por los Quadlings con una guirnalda de rosas rojas, y rugió agradecido, aunque un poco avergonzado por la atención.

Dorothy se sintió feliz al ver cómo todo Oz se unía en una sola celebración. Toto corría entre los visitantes, ladrando alegremente, y hasta el pequeño Polychrome, la hija del Arcoíris, apareció danzando con su risa musical.

Ozma, conmovida, se levantó en su trono y dijo:

—Amigos míos, no hicimos esto por gloria ni por recompensas. Nuestra verdadera victoria es que Oz siga siendo una tierra de bondad y alegría. ¡Que la paz que hoy celebramos dure para siempre!

Un aplauso ensordecedor llenó la sala del trono, y los visitantes regresaron a sus tierras con el corazón ligero, sabiendo que el Reino de Oz era un refugio seguro donde la justicia siempre prevalecería.

Capítulo XXIII: Cómo Dorothy se despidió de Ozma

Pasaron algunos días de paz y alegría en la Ciudad Esmeralda. Dorothy disfrutaba de cada momento junto a Ozma, paseando por los jardines, jugando con Toto en los prados verdes y conversando con el Espantapájaros, el León Cobarde y el Hombre de Hojalata.

Pero en su corazón, Dorothy sabía que tarde o temprano debía regresar a su hogar en Kansas. Una tarde, mientras el sol se ponía y teñía de oro las torres esmeralda del palacio, Dorothy se acercó a Ozma con una expresión seria.

—Querida Ozma —dijo suavemente—, he sido muy feliz aquí contigo y con todos mis amigos, pero el Tío Henry y la Tía Em me esperan en casa. Ellos me necesitan.

Los ojos de Ozma se entristecieron un instante, aunque enseguida sonrió con dulzura.

—Lo entiendo, Dorothy. Aunque me duele despedirme, sé que tu lugar está con tu familia. Pero recuerda que Oz siempre será tu segundo hogar.

—¡Oh, Ozma! —exclamó Dorothy abrazándola—. Nunca olvidaré todo lo que has hecho por mí.

Los amigos de Dorothy se reunieron para la despedida. El Espantapájaros le ofreció una nueva almohada de paja, diciendo que le daría suerte en los viajes.

El Hombre de Hojalata le regaló un pequeño medallón de plata en forma de hacha.

El León Cobarde lamió la mano de Dorothy con cariño, prometiendo rugir en su honor cuando sintiera nostalgia.

Finalmente, Glinda la Buena apareció con su libro mágico y un suave gesto con la varita.

—Cuando llegue el momento —dijo—, con solo desearlo volverás a Kansas, Dorothy. Y si alguna vez quieres regresar, las puertas de Oz estarán abiertas para ti.

Dorothy miró a todos una última vez, con lágrimas brillando en sus ojos, y susurró:

—Adiós, queridos amigos. Los llevaré siempre en mi corazón.

Y con ese deseo profundo, comenzó a prepararse para partir.


Capítulo XXIV: Cómo Dorothy regresó a casa

La mañana de la partida llegó. El cielo de la Ciudad Esmeralda estaba despejado, y una brisa suave agitaba las banderas verdes que ondeaban sobre las torres.

Dorothy, con Toto en brazos, se despidió una vez más de todos sus amigos. Ozma la abrazó con ternura, y Glinda la acompañó hasta los jardines del palacio.

—¿Estás lista, Dorothy? —preguntó la Bruja Buena.

—Sí, señora —respondió la niña con firmeza, aunque sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

Glinda sonrió y levantó la varita mágica. Con un gesto elegante y palabras susurradas, el hechizo comenzó a envolver a Dorothy en un resplandor rosado.

—Recuerda, Dorothy —dijo Ozma, alzando la voz para que su amiga la oyera—, siempre tendrás un lugar en Oz.

La luz mágica se intensificó, y de pronto Dorothy sintió como si flotara suavemente en el aire. Toto ladró una vez, y luego todo se volvió silencio.

Un instante después, la niña se encontró de pie en el humilde patio de la granja de Kansas. El sol brillaba sobre los campos dorados, y el viento agitaba suavemente la hierba.

—¡Dorothy! —gritó la Tía Em, corriendo hacia ella con los brazos abiertos—. ¡Has vuelto, querida niña!

Dorothy se lanzó al abrazo de su tía, mientras Toto corría feliz alrededor de ellos. El Tío Henry salió del establo, sorprendido pero sonriente.

—¡Gracias al cielo! —dijo con voz emocionada—. La casa vuelve a estar completa.

Dorothy, al mirar el cielo azul de Kansas, pensó en Ozma y en la Ciudad Esmeralda, en sus amigos el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde. Sonrió con ternura y susurró:

—No importa dónde esté… Oz siempre vivirá en mi corazón.

Y así terminó la maravillosa aventura, con Dorothy en casa, feliz y segura, y con el Reino de Oz brillando eternamente como un mundo de paz, magia y amistad.


Referencia bibliográfica (versión original en inglés):

Baum, L. Frank. The Emerald City of Oz. Chicago: The Reilly & Britton Co., 1910.

Referencia en español (traducción genérica, ya que hay múltiples ediciones):

Baum, L. Frank. La Ciudad Esmeralda de Oz. Trad. anónima. Diversas ediciones en castellano (Argentina, España, México, etc.), basadas en la edición original de 1910.

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Nota: Texto original de Baum: 24 capítulos.


Versiones expandidas o adaptadas: 27, 30 o incluso más, pero sin contenido adicional, solo divididos de forma diferente.




FIN

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