© Libro N° 14255. El Camino A Oz. Baum, L. Frank. Emancipación. Septiembre 13 de 2025
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EL CAMINO A OZ
L. Frank Baum
EL CAMINO A OZ
L. Frank Baum
EL CAMINO A OZ
L. Frank Baum
📖 Créditos editoriales
Título original: The Road to Oz
Autor: L. Frank Baum
Primera edición: 1909 (Reilly & Britton, Chicago)
Estado legal: Obra en dominio público
Título en español: El Camino a Oz
Autor: L. Frank Baum
Traducción al español: ChatGPT (2025)
Edición digital: Documento en formato DOCX para uso personal y académico
________________________________________
Nota legal
Esta traducción es una adaptación contemporánea al español, realizada con fines educativos, culturales y de difusión del patrimonio literario universal.
La obra original en inglés se encuentra en dominio público y puede ser reproducida libremente.
No se reclama derecho alguno sobre el texto original de L. Frank Baum. La presente traducción puede citarse libremente, siempre que se haga referencia a la fuente:
Baum, L. Frank (1909). El Camino a Oz. Traducción al español por ChatGPT (2025).
Índice
Capítulo I: El hombre de la chaqueta con botones brillantes
Capítulo II: Dorothy se pone en camino
Capítulo III: El Shaggy Man
Capítulo IV: Polychrome, la hija del Arcoíris
Capítulo V: Un viaje curioso
Capítulo VI: Los animales habladores
Capítulo VII: En el País de Foxville
Capítulo VIII: En el País de Dunkiton
Capítulo IX: El encuentro con Tik-Tok
Capítulo X: La llegada de Ozma
Capítulo XI: El banquete en la Ciudad Esmeralda
Capítulo XII: El desfile de cumpleaños
Capítulo XIII: El final del viaje
Apéndice: Notas sobre L. Frank Baum y la Saga de Oz
L. Frank Baum y la Saga de Oz
Lyman Frank Baum (1856-1919) fue un escritor estadounidense famoso por crear la serie de Oz. Publicó catorce novelas de Oz, comenzando con 'El maravilloso mago de Oz' en 1900. El Camino a Oz (1909) fue el quinto libro de la saga, escrito con motivo del cumpleaños de la princesa Ozma. La serie de Oz se convirtió en uno de los primeros universos de fantasía modernos, con personajes recurrentes, nuevos mundos y una mitología expansiva.
El Camino a Oz
Capítulo I: El hombre de la chaqueta con botones brillantes
El sol de una tarde de verano brillaba intensamente sobre Kansas, y Dorothy, cansada de jugar con Toto en el patio, se había sentado sobre la cerca que bordeaba el camino polvoriento. De pronto, vio venir a lo lejos a un extraño personaje. Caminaba con paso tranquilo y silbando alegremente, como si no tuviera prisa alguna en el mundo.
Cuando se acercó lo suficiente, Dorothy notó que llevaba una chaqueta muy rara: estaba cubierta de botones de todos los tamaños, colores y formas. Había botones de nácar, de bronce, de cobre, de madera pintada y hasta de vidrio. Algunos eran grandes como un dólar de plata, otros tan pequeños que apenas se veían. El sol, al reflejarse en ellos, hacía que el muchacho pareciera rodeado de chispas de luz.
Dorothy lo observó con curiosidad, y cuando llegó frente a la cerca, el joven se detuvo, se quitó el sombrero y saludó con una profunda reverencia.
—Buenos días, señorita —dijo con voz cordial.
—Buenos días —respondió Dorothy, sonriendo—. ¿Quién eres?
—Me llaman Botón Brillante —contestó el muchacho—, porque mi chaqueta está adornada con botones que recolecté en mis viajes.
Dorothy abrió los ojos con asombro.
—¡Qué chaqueta tan bonita! —exclamó—. ¿Y vienes de muy lejos?
—Oh, sí —respondió Botón Brillante con aire despreocupado—. He caminado por muchos países, aunque nunca sé a dónde voy hasta que llego.
—Eso debe ser bastante divertido —dijo Dorothy, que empezaba a sentirse interesada en aquel extraño visitante.
—Lo es —replicó el muchacho—. Y aunque no siempre tengo un destino claro, de alguna manera mis pies me llevan justo donde debo estar.
Dorothy rio suavemente y pensó que aquel muchacho era, sin duda, el compañero más raro que había conocido desde que viajara a la Tierra de Oz.
Capítulo II: Dorothy se pone en camino
Dorothy se levantó temprano a la mañana siguiente. El aire estaba tibio y perfumado, y el cielo lucía tan azul y despejado que parecía imposible que algo malo pudiera ocurrir en todo el mundo.
Toto corría alegremente por el patio, persiguiendo a las gallinas, cuando Dorothy escuchó un silbido familiar proveniente del camino. Al mirar, vio que Botón Brillante se acercaba otra vez, siempre con su chaqueta deslumbrante y su sonrisa amplia.
—Buenos días, Dorothy —saludó él—. ¿Te gustaría dar un paseo conmigo?
Dorothy pensó un momento. Tenía sus quehaceres, como siempre en la granja de la tía Em, pero el muchacho parecía tan amistoso y encantador que no pudo resistirse.
—Creo que sí —contestó—, pero debo llevar a Toto conmigo.
—Perfecto —replicó Botón Brillante—. Yo también disfruto de la compañía de los animales.
Así que Dorothy tomó a Toto en brazos y caminó junto a su nuevo amigo por el sendero que conducía lejos de la casa. Charlaban animadamente, y el tiempo pasaba sin que lo notaran. Pronto, el paisaje empezó a cambiar: los campos se volvían más verdes y los árboles más altos y frondosos.
Dorothy miró a su alrededor con sorpresa.
—Qué raro —murmuró—. Este camino no parece el de siempre.
—No importa hacia dónde vayamos —dijo Botón Brillante con una sonrisa tranquila—. Al final siempre llegamos justo donde debemos estar.
Dorothy se detuvo un instante, insegura. Algo en aquel sendero tenía un aire misterioso, como si los estaba guiando fuera de Kansas, hacia un mundo que ella conocía muy bien.
—Toto, creo que otra aventura está por comenzar… —susurró, mientras el perrito movía la cola con entusiasmo.
Y así, sin darse cuenta del todo, Dorothy se puso en camino hacia el más extraño de los viajes, uno que la llevaría una vez más al maravilloso país de Oz.
Capítulo III: El Shaggy Man
Dorothy y Botón Brillante caminaban alegremente, cuando, al doblar una curva del sendero, se toparon con un hombre muy extraño. Era alto, delgado y andrajoso: su ropa estaba tan gastada que apenas conservaba forma, y sus cabellos y barba eran tan enmarañados que parecía un arbusto ambulante.
El desconocido llevaba un palo a modo de bastón y caminaba con aire tranquilo, como si no le preocupara en absoluto su aspecto.
—Buenos días —dijo sonriente al ver a Dorothy—. Me alegra encontrarlos.
Dorothy lo miró con sorpresa, aunque sin miedo, pues había aprendido que las apariencias en los caminos mágicos nunca eran lo que parecían.
—Buenos días —respondió ella cortésmente—. ¿Quién es usted?
—Todos me llaman el Shaggy Man —contestó, tocándose la barba con un gesto de orgullo—. Y como ven, es un buen nombre para alguien tan desaliñado como yo.
Botón Brillante rió alegremente.
—Pues sí —dijo—, no podría haber un nombre más acertado.
Dorothy, sin embargo, tenía otra curiosidad.
—¿A dónde se dirige, señor Shaggy Man?
—No lo sé con exactitud —repuso él con calma—. En realidad, nunca me preocupo por los caminos. Siempre termino en el lugar donde debo estar.
Al oír eso, Dorothy lo miró sorprendida, porque eran casi las mismas palabras que había dicho Botón Brillante poco antes.
—Entonces —dijo la niña—, ¿por qué no se une a nosotros? También estamos caminando sin un destino claro.
—Con mucho gusto —contestó el Shaggy Man, inclinándose en una cómica reverencia—. Pero deben saber algo: llevo conmigo una piedra mágica que puede causar problemas.
—¿Problemas? —preguntó Dorothy, alarmada.
El hombre sacó de su bolsillo un objeto redondo, liso y brillante.
—Es un Besopiedra —explicó—. Cualquiera que lo mire siente un deseo irresistible de besar al primero que encuentre.
Botón Brillante soltó una carcajada y Dorothy abrió mucho los ojos, entre asombrada y divertida.
—¡Qué cosa tan rara! —exclamó ella—. Pero supongo que, bien usada, no puede ser peligrosa.
—No lo es —dijo el Shaggy Man—, siempre que no caiga en manos equivocadas.
Y así, entre risas y charlas, los tres siguieron caminando juntos por el sendero que se extendía hacia lo desconocido.
Capítulo IV: Polychrome, la hija del Arcoíris
El camino por el que avanzaban Dorothy, Botón Brillante y el Shaggy Man se volvió más áspero y pedregoso. A lo lejos se alzaban colinas cubiertas de nubes suaves que parecían flotar sobre la tierra.
De repente, una ráfaga de viento más fuerte que las anteriores sopló a su alrededor. Dorothy se cubrió los ojos con la mano, y Toto ladró, sobresaltado. Cuando el aire se aclaró, vieron a una joven de extraordinaria belleza que yacía sobre la hierba, como si hubiera caído del cielo.
Tenía el rostro delicado, los cabellos brillantes como hebras de oro, y vestía un traje vaporoso hecho de finas telas de todos los colores, que parecían brillar y cambiar con la luz.
La joven se levantó suavemente y los miró con una sonrisa radiante.
—¡Oh! —exclamó Dorothy maravillada—. ¡Qué bonita eres!
—Soy Polychrome, hija del Arcoíris —dijo la doncella con voz melodiosa—. Estaba bailando en las nubes con mis hermanas, cuando de pronto el viento me arrojó aquí abajo.
El Shaggy Man la observaba curioso.
—Eso explica tu vestido de colores —dijo—. Parece que llevaras el arcoíris entero contigo.
Polychrome rio suavemente.
—Es verdad —respondió—. Pero lo extraño es que ahora estoy atrapada en la tierra, y no sé cómo volver con mi padre, el Arcoíris.
Dorothy se acercó y la tomó de la mano con ternura.
—No te preocupes —dijo la niña—. Vamos hacia un país maravilloso donde quizá puedan ayudarte a regresar. Ven con nosotros.
Los ojos de Polychrome se iluminaron agradecidos.
—¡Qué amables son! —exclamó—. Me uniré a ustedes en su viaje.
Y así, los cuatro caminaban ahora juntos: Dorothy con Toto, Botón Brillante con sus botones centelleantes, el Shaggy Man con su piedra mágica y Polychrome, que parecía iluminar el sendero con los colores del arcoíris.
Capítulo V: Un viaje curioso
El sendero que seguían nuestros amigos se volvió cada vez más extraño. A ratos era ancho y llano como una carretera, luego se estrechaba tanto que apenas podían pasar en fila. A veces subía colinas empinadas, otras descendía en zigzag hacia valles llenos de flores silvestres.
Dorothy observaba todo con atención, preguntándose si aquel camino acabaría llevándolos de nuevo al País de Oz. Toto trotaba alegremente a su lado, olfateando cada rincón como si descubriera un mundo nuevo a cada paso.
Botón Brillante silbaba una melodía despreocupada y el Shaggy Man caminaba en silencio, como si meditara en sus propios pensamientos. Polychrome, ligera como una brisa, danzaba de un lado a otro del sendero, riendo y cantando, lo que hacía que el viaje pareciera menos cansado.
—Qué maravilla es este mundo —exclamó Polychrome—. Todo aquí tiene un encanto que jamás había visto desde las nubes.
—Sí, es bonito —replicó Dorothy—, pero un poco misterioso también. Nunca sabemos qué aparecerá tras la próxima curva.
En ese momento, como para confirmar sus palabras, encontraron un campo donde crecían árboles frutales de formas extrañas. Había manzanas con forma de estrellas, peras cuadradas y ciruelas tan grandes como melones.
El Shaggy Man tomó una fruta y la mordió con entusiasmo.
—¡Excelente! —dijo con la boca llena—. Tal vez el camino quiera recompensarnos con un banquete.
Dorothy también probó una, y aunque su aspecto era raro, el sabor era delicioso. Polychrome apenas rozó una fruta con los labios, pues no necesitaba más que un poco de rocío para alimentarse, pero aun así sonrió con placer.
Mientras descansaban bajo los árboles, Botón Brillante señaló hacia adelante:
—¡Miren! El sendero sigue más allá, pero parece dividirse en varios caminos.
Todos se levantaron, un poco preocupados.
—¿Cuál debemos tomar? —preguntó Dorothy.
El Shaggy Man encogió los hombros.
—Cualquiera nos llevará a donde debamos ir. Los caminos siempre saben más que nosotros.
Polychrome dio una vuelta graciosa sobre sí misma y añadió:
—¡Pues entonces, que el viento nos guíe!
Y así, con renovado ánimo, los viajeros emprendieron otra vez su marcha, sin saber aún las aventuras que les aguardaban más adelante.
Capítulo VI: Los animales habladores
El sendero llevó a Dorothy y a sus compañeros hacia una pradera abierta donde pastaban algunos animales. A primera vista, parecían ser bueyes y caballos comunes, pero al acercarse, sucedió algo sorprendente: ¡los animales comenzaron a hablar entre ellos con toda naturalidad!
—Buenos días —dijo un buey, inclinando la cabeza hacia los viajeros—. Qué agradable sorpresa ver visitantes por estos parajes.
Dorothy se detuvo de inmediato, maravillada.
—¡Oh! —exclamó—. ¡Animales que hablan!
—¿Y por qué no habríamos de hablar? —replicó el caballo con cierta dignidad—. Tenemos lengua y pensamientos como cualquier otro ser.
Toto gruñó y movió la cola con emoción, como si quisiera unirse a la conversación, pero sus ladridos eran incomprensibles para los demás.
Polychrome se rió suavemente.
—Me encantan estos lugares de la tierra —dijo—. Cada rincón guarda una sorpresa.
El Shaggy Man, siempre curioso, se acercó al buey.
—Dime, amigo —preguntó—, ¿sabes hacia dónde conduce este camino?
El animal rumiaba lentamente antes de contestar:
—El sendero cambia a voluntad. Algunos que lo siguen llegan a ciudades hermosas; otros, a bosques oscuros. Solo depende de quién camina sobre él.
Botón Brillante, que escuchaba con atención, exclamó:
—¡Entonces estamos destinados a encontrar lo que cada uno necesita!
Dorothy suspiró, un poco ansiosa.
—Yo solo espero que nos lleve de nuevo a la Ciudad Esmeralda.
—Todo es posible —respondió el caballo, con voz profunda—. Pero recuerden: el camino es sabio, y a veces pone pruebas antes de revelar su destino.
Los viajeros agradecieron la cortesía de los animales, y tras despedirse, continuaron su marcha. Dorothy se sentía más segura, convencida de que el sendero los estaba guiando hacia una gran aventura.
Capítulo VII: En el País de Foxville
Después de caminar varias horas, el grupo llegó a un valle donde las casas tenían techos puntiagudos y chimeneas retorcidas. Las calles eran estrechas y polvorientas, pero muy ordenadas, como si los habitantes fueran meticulosos en exceso.
Al acercarse más, Dorothy y sus amigos descubrieron con asombro que los habitantes de aquel lugar eran… zorros. No zorros comunes, sino criaturas que caminaban erguidas sobre dos patas, vestidas con chaquetas, sombreros y zapatos, y que hablaban entre ellos con gran solemnidad.
—¡Bienvenidos a Foxville! —anunció un zorro anciano, que llevaba un bastón y una levita—. Somos un pueblo sabio y orgulloso, y rara vez recibimos visitantes.
Dorothy hizo una reverencia cortés.
—Gracias por recibirnos —dijo—. Solo estamos de paso, siguiendo el camino.
El zorro anciano entrecerró los ojos y asintió lentamente.
—Si están de paso, serán nuestros huéspedes por un rato. Pero deben saber que en Foxville todo se hace con gran astucia y prudencia, pues nadie en el mundo es tan listo como nosotros los zorros.
Botón Brillante sonrió con picardía.
—Bueno, yo no sé si soy tan astuto, pero mis botones brillan en cualquier parte.
Los pequeños zorros que escuchaban rieron y corrieron a rodearlo, fascinados por la chaqueta llena de adornos relucientes.
El Shaggy Man, mientras tanto, observaba con atención.
—La sabiduría es buena —dijo—, pero el orgullo excesivo suele traer problemas.
El anciano zorro frunció el ceño, como si no estuviera acostumbrado a recibir consejos de forasteros. Sin embargo, Polychrome intervino con una sonrisa luminosa:
—Su pueblo es encantador —dijo con dulzura—, y nos sentimos honrados de estar aquí, aunque sea brevemente.
Su voz musical pareció suavizar los ánimos, y el anciano se inclinó respetuosamente.
—Bien —dijo—. Entonces aceptaremos su visita. Descansen y repongan fuerzas antes de continuar.
Los viajeros agradecieron la hospitalidad y pasaron el resto del día entre los zorros de Foxville, maravillados por sus costumbres extrañas y su aire de falsa solemnidad.
Capítulo VIII: En el País de Dunkiton
Al dejar atrás Foxville, el camino los condujo a través de colinas suaves hasta llegar a un valle sombrío. Allí las casas eran toscas, construidas con barro endurecido, y las calles estaban llenas de polvo.
Los habitantes de aquel lugar eran animales que parecían burros humanizados: andaban en dos patas, vestían con ropas gastadas y tenían largas orejas que se movían con cada palabra.
—Bienvenidos a Dunkiton —dijo uno de ellos, con voz grave y cansada—. Aquí todos somos sabios y solemnes, aunque algo desdichados.
Dorothy sintió compasión por ellos, pues su expresión era triste y sus movimientos torpes.
—¿Por qué están tan apenados? —preguntó.
El burro suspiró.
—Porque nuestra sabiduría nos muestra lo dura que es la vida. Sabemos demasiado, y ese conocimiento nos agobia.
Polychrome inclinó la cabeza con ternura.
—Pero también deberían reír y bailar un poco. La alegría aligera cualquier carga.
Los burros la miraron asombrados, como si jamás hubieran escuchado tales palabras.
El Shaggy Man comentó en voz baja:
—Esto contrasta mucho con los zorros de Foxville. Allí el orgullo era excesivo; aquí, la tristeza. Ambos extremos son un peso para el espíritu.
Botón Brillante, intentando animar el ambiente, hizo brillar sus botones al sol, provocando destellos de colores. Los pequeños burros se acercaron a mirar, fascinados, y algunos incluso sonrieron tímidamente.
—Quizás no sea malo —dijo Dorothy— recordar que, aunque la vida tiene dificultades, también está llena de maravillas.
El jefe de los burros asintió lentamente.
—Tal vez tienen razón, forasteros. Tal vez deberíamos aprender a mirar el lado luminoso de las cosas.
Y así, tras compartir un rato con los habitantes de Dunkiton, los viajeros se despidieron con afecto y siguieron su camino, dejando tras de sí un leve destello de esperanza en aquel pueblo melancólico.
Capítulo IX: Encuentro con un viejo amigo
El sendero los condujo fuera del valle sombrío de Dunkiton y, tras una larga caminata, apareció ante ellos un paraje soleado, cubierto de flores silvestres y arroyos cristalinos. El ambiente era tan alegre que todos respiraron aliviados.
De pronto, Dorothy dio un grito de sorpresa y alegría.
—¡Oh, miren! ¡Es el León Cobarde!
En efecto, a lo lejos se acercaba un enorme león dorado, con melena brillante y ojos bondadosos. Al ver a Dorothy, corrió hacia ella con un rugido que sonó más a saludo que a amenaza.
—¡Querida Dorothy! —exclamó el León, inclinándose para que la niña lo abrazara—. ¡Qué felicidad volver a encontrarte!
—¡Y yo a ti, viejo amigo! —respondió Dorothy, acariciando su melena—. Estoy en un nuevo viaje, y estos son mis compañeros.
El León saludó con cortesía al Shaggy Man, a Botón Brillante y a Polychrome, quien le dedicó una reverencia graciosa. Toto ladró con entusiasmo, recordando las aventuras compartidas en el pasado.
—¿Y qué te trae por aquí? —preguntó Dorothy.
El León suspiró.
—He estado recorriendo los bosques y praderas, intentando ser valiente. Todavía soy llamado el “León Cobarde”, aunque en el País de Oz todos me respetan. Pero aún lucho con mis temores.
El Shaggy Man sonrió con comprensión.
—La verdadera valentía no está en no tener miedo —dijo—, sino en enfrentarlo con dignidad.
El León asintió pensativo.
—Quizás tengas razón. Y ahora que me he encontrado contigo, Dorothy, ¿me permitirías acompañarlos? El viaje parece prometedor.
—¡Por supuesto! —respondió la niña con entusiasmo—. Sería maravilloso tenerte otra vez con nosotros.
Así, el grupo creció con un nuevo y poderoso compañero. Y mientras continuaban su camino, Dorothy se sintió más segura que nunca: con Toto, Botón Brillante, el Shaggy Man, Polychrome y ahora el León, nada podría detenerlos en su marcha hacia lo desconocido.
Capítulo X: En el País de los Juguetes
El sendero los condujo hacia un bosque extraño, donde los árboles parecían de madera pulida y el suelo estaba cubierto de arena brillante, como si fuera un enorme cajón de juegos.
De pronto, Dorothy y sus compañeros escucharon risas y voces agudas. Al mirar alrededor, vieron que por todas partes corrían, saltaban y bailaban juguetes vivos: muñecas de porcelana, soldados de plomo, caballos de madera, pelotas de colores y hasta un tren diminuto que silbaba alegremente al pasar.
—¡Qué lugar tan maravilloso! —exclamó Dorothy, maravillada—. Todo aquí parece un cuarto de juegos gigante.
Un soldado de hojalata, con casco reluciente, se acercó marcando el paso.
—Bienvenidos al País de los Juguetes —dijo con voz metálica—. Aquí todos somos felices, siempre que nadie nos rompa o nos pierda.
Polychrome rió, girando como una peonza brillante.
—Jamás había visto tanta diversión reunida en un solo lugar.
Los muñecos saludaban a los viajeros con gran entusiasmo. Una muñeca de trapo se prendió del brazo de Dorothy y dijo:
—¡Qué bien tener visitas humanas! Siempre soñamos con conocer a los niños de carne y hueso.
Toto ladraba con alegría, corriendo tras una pelota que rebotaba sola. Botón Brillante se vio rodeado por pequeños soldaditos que admiraban sus botones como si fueran medallas de honor.
Sin embargo, el Shaggy Man observaba con cierto recelo.
—Todo esto es encantador —dijo—, pero los juguetes son frágiles. La alegría aquí puede deshacerse en cualquier momento.
Un payaso de madera lo escuchó y replicó con voz chillona:
—¡Por eso reímos más fuerte! Nunca sabemos cuándo se nos quebrará un brazo o se nos borrará la pintura, así que aprovechamos cada instante.
El León Cobarde, aunque era enorme en comparación con los juguetitos, caminaba con cuidado para no aplastarlos.
—Debo decir —comentó— que la valentía de ustedes no es menor que la de cualquier bestia salvaje.
Tras un rato de juegos y conversaciones, el grupo comprendió que debía seguir su camino. Los juguetes se alinearon para despedirlos, saludando con alegría como un ejército festivo.
—¡Adiós, amigos! —gritó la muñeca de porcelana—. ¡No olviden que la vida también debe ser un juego!
Dorothy sonrió y agitó la mano mientras avanzaban de nuevo por el sendero.
Capítulo XI: El País de Utensia
El camino se volvió duro y metálico, como si hubieran dejado atrás la tierra para caminar sobre planchas de hierro. Dorothy levantó la vista y vio algo sorprendente: ¡casas hechas de cucharas gigantes, cercas de cuchillos y tenedores, y postes de señal en forma de abrelatas!
—¡Qué sitio tan curioso! —exclamó Dorothy.
—Bienvenidos a Utensia —anunció una voz ronca.
Ante ellos apareció un enorme abrelatas de hojalata, que caminaba erguido como una persona y llevaba un aire de autoridad.
—Yo soy el Gobernador del País de Utensia —declaró con solemnidad—. Aquí viven todos los utensilios de cocina que han cobrado vida.
Polychrome dio una risita ligera.
—¡Oh, qué lugar tan chispeante! He visto vajillas desde lo alto del cielo, pero jamás tan orgullosas como estas.
En efecto, pronto aparecieron cucharones marchando como soldados, sartenes que tintineaban al andar y cucharillas que conversaban entre ellas con tono agudo.
El Shaggy Man levantó una cuchara caída y la observó curioso.
—Nunca había visto a los utensilios tan animados —dijo—. ¡Hasta parecen tener más carácter que muchos humanos!
El abrelatas frunció el ceño de metal.
—¡Por supuesto que tenemos carácter! Cada uno de nosotros sirve a un propósito, y sin nosotros, ¿qué serían las cocinas del mundo?
El León Cobarde bufó suavemente.
—Bueno, supongo que también nosotros, los animales, servimos a propósitos, aunque no siempre tan ordenados.
Los utensilios mostraban tanto orgullo en su condición que Dorothy tuvo que sonreír. Aun así, después de un rato, comprendieron que debían seguir su viaje.
El Gobernador Abrelatas levantó su tapa como si fuera un sombrero y dijo:
—Pueden continuar, pero recuerden siempre la importancia de las cosas pequeñas. Hasta la cuchara más humilde puede sostener un banquete.
Dorothy agradeció con cortesía, y así, el grupo abandonó Utensia, reflexionando sobre las enseñanzas de aquel lugar insólito.
Capítulo XII: El cumpleaños de Ozma
El camino, por fin, los condujo a través de un arco de flores resplandecientes, y al otro lado se extendía la Ciudad Esmeralda, tan hermosa como Dorothy la recordaba. Sus muros brillaban bajo la luz del sol, y las torres parecían joyas gigantes.
En las calles los recibieron músicos, banderas y risas. Todos estaban de fiesta, pues se acercaba un día muy especial: el cumpleaños de la Princesa Ozma.
Dorothy corrió emocionada hacia el palacio, seguida por sus compañeros. En el salón real, Ozma misma salió a recibirlos: una joven de rostro dulce y corona delicada, que irradiaba bondad y nobleza.
—¡Dorothy, querida amiga! —exclamó, abrazándola—. ¡Qué alegría verte otra vez en mi cumpleaños!
—Y yo feliz de estar aquí —respondió Dorothy, con lágrimas de emoción en los ojos—. Traje conmigo a nuevos amigos que conocí en el camino.
Ozma los saludó uno por uno: al Shaggy Man, a Botón Brillante, a Polychrome y al fiel León Cobarde. Todos fueron recibidos con cariño y gratitud.
La ciudad entera se preparaba para la gran celebración, y Dorothy sintió que, al fin, su viaje había encontrado su propósito.
Capítulo XIII: La gran celebración
El día del cumpleaños de Ozma llegó con un resplandor especial. La Ciudad Esmeralda estaba adornada con guirnaldas de flores, cintas de seda y luces de colores. El aire estaba lleno de música y campanas.
Llegaron visitantes de todos los rincones de Oz: el Hombre de Hojalata, el Espantapájaros, Glinda la Buena, Jack Cabeza de Calabaza, Tik-Tok, los Woggle-Bugs, y muchos más. Todos deseaban rendir homenaje a su amada soberana.
Se celebró un banquete grandioso, con mesas interminables de frutas, pasteles, dulces y bebidas espumosas. Los invitados brindaban, reían y compartían historias de sus aventuras.
Polychrome danzó en el aire, dejando rastros de colores como si el arcoíris hubiera descendido para alegrar la fiesta. Botón Brillante entretuvo a los niños con el destello de sus botones mágicos, mientras que el Shaggy Man repartía sonrisas y palabras sabias.
El León Cobarde fue ovacionado por los habitantes de Oz, que lo admiraban por su fuerza y su noble corazón.
Finalmente, Dorothy tomó la mano de Ozma y dijo:
—Este viaje me ha mostrado que cada amigo nuevo es un regalo, y que en Oz siempre encuentro un hogar.
Ozma sonrió con dulzura.
—Y siempre lo tendrás, Dorothy. El País de Oz es tuyo tanto como mío.
Capítulo Final: Despedidas y promesas
Cuando la fiesta terminó, llegó el momento de las despedidas. Polychrome recibió la visita de un arcoíris brillante que descendió desde el cielo; su padre la llamaba de regreso.
—Gracias por su bondad —dijo la doncella, despidiéndose con una reverencia—. ¡Jamás olvidaré este viaje!
Botón Brillante regresó a su hogar con nuevas historias y el recuerdo de sus amigos.
El Shaggy Man, que había llegado casi por casualidad, sonrió y aseguró que nunca dejaría de vagar, pero que el recuerdo de Oz lo acompañaría siempre.
El León Cobarde volvió a los bosques y praderas, con renovada confianza en su valor.
Por último, Dorothy se abrazó con Ozma y todos sus viejos amigos.
—Ahora debo volver a Kansas —dijo con un nudo en la garganta—. Tía Em y el Tío Henry me esperan.
Ozma asintió con cariño.
—Cuando quieras regresar, Dorothy, los caminos mágicos siempre te traerán de vuelta.
Con un destello de magia, la niña apareció de nuevo en la tranquila pradera de Kansas, con Toto a su lado. El sol se ponía en el horizonte, y Dorothy suspiró feliz.
—No importa adónde vaya —dijo—, siempre habrá un camino que me lleve a Oz.
FIN

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