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Libro N° 14248. La Luz Del Sudeste. Barthes, Roland.


© Libro N° 14248. La Luz Del Sudeste. Barthes, Roland. Emancipación. Septiembre 6 de 2025

 

Título Original: © La Luz Del Sudeste. Roland Barthes

 

Versión Original: © La Luz Del Sudeste. Roland Barthes

 

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Guillermo Molina Miranda




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LA LUZ DEL SUDESTE

Roland Barthes





La Luz Del Sudeste

Roland Barthes





La luz del Suroeste

― 3 ―

Hoy, 17 de julio, el tiempo es espléndido. Sentado en el banco del jardín y entornando los ojos para borrar toda perspectiva, como hacen los niños, veo una margarita en el parterre, aplanada contra el prado al otro lado del camino.

Este camino fluye como un río tranquilo; de vez en cuando lo recorre una moto o un tractor (éstos son ahora los verdaderos sonidos del campo, en definitiva no menos poéticos que el canto de los pájaros: infrecuentes, subrayan el silencio de la naturaleza y lo marcan con los discretos signos de la actividad humana). El camino riega todo un barrio periférico del pueblo. Porque, aunque modesto, este pueblo tiene sus barrios excéntricos. ¿No es el pueblo, en Francia, siempre un espacio contradictorio? Limitado, centrado, sin embargo se extiende bastante lejos; el mío, de manera muy clásica, tiene una plaza, una iglesia, una panadería, una farmacia, dos tiendas de comestibles (hoy habría que decir, dos supermercados); pero también tiene—una especie de capricho que desafía las leyes aparentes de la geografía humana—dos peluqueros y dos médicos. ¿Francia, el país del juste milieu? Más bien—y esto en todos los niveles de la vida nacional—el país de las proporciones complejas.

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Mi Suroeste es igualmente extensible, como la margarita y como todas las imágenes que cambian de sentido según el nivel de percepción donde elija situarlas. Por ejemplo, puedo distinguir, subjetivamente, tres Suroestes.

El primero es enorme (un cuarto de Francia), y un obstinado sentimiento de solidaridad lo identifica instintivamente para mí (ciertamente nunca lo he recorrido todo): cualquier noticia que me llega de este espacio me toca de manera personal. Reflexionando, parece que lo que unifica este gran Suroeste es su lengua: no el dialecto (pues no conozco la lengua de oc) sino el acento, sin duda porque el acento del Suroeste ha formado los modelos de entonación que marcaron mi primera infancia. Distingo este acento gascón (hablando en términos amplios) de otro acento meridional, el del Mediterráneo, el Midi, que en la Francia actual tiene algo de triunfante: todo un folclore del cine (Raimu, Fernandel), de la publicidad (aceite de oliva, jugo de limón) y del turismo lo sostiene; el acento del Suroeste (quizás más pesado, menos cantarín) carece de esos signos de modernidad; sólo las entrevistas a jugadores de fútbol lo ilustran. Yo mismo no tengo acento; desde la infancia, sin embargo, he conservado un “meridionalismo”: digo “socializme” y no “socialissme” (¿quién sabe?, quizá eso haga dos socialismos).

Mi segundo Suroeste no es una región, sino una línea, una trayectoria vivida. Cada vez que bajo en coche desde París (he hecho este trayecto mil veces) paso por Angulema, donde hay una señal que me indica que he cruzado el umbral y entro en el país de mi infancia: un pinar a un lado de la carretera, una palmera en un patio, cierta altura de las nubes que da al paisaje la movilidad de un rostro. Entonces comienza la gran luz del Suroeste, noble

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y sutil al mismo tiempo; nunca gris, nunca baja (incluso cuando el sol no brilla), es una luz-espacio, definida menos por los colores que confiere a las cosas (como en el otro Midi) que por la cualidad eminentemente habitable que comunica a la tierra. No encuentro otra manera de decirlo: es una luz luminosa. Hay que ver esta luz (casi diría: oírla, tan musical es su cualidad) en otoño, que es la estación soberana de este país; líquida, radiante, desgarradora puesto que es la última luz hermosa del año, ilumina cada cosa en su diferencia (el Suroeste es el país de los microclimas), salva a este país de toda vulgaridad, de toda “gregariedad” también, haciéndolo inadecuado para un turismo fácil y revelando su profunda aristocracia (no cuestión de clase sino de carácter). Al rendir tal homenaje, me sorprendo preguntándome: ¿nunca hay momentos desagradables en este tiempo del Suroeste? Claro que sí, pero para mí no son los (bastante frecuentes) momentos de lluvia o de tormenta; ni siquiera los cielos cubiertos; los accidentes de la luz, aquí, no engendran spleen; no afectan al “alma”, sólo al cuerpo, a veces pegajoso de humedad, embriagado de clorofila, o lánguido, agotado por el viento de España que acerca tanto los Pirineos, tan púrpuras: un sentimiento ambiguo, en el que la fatiga acaba teniendo algo delicioso, como sucede cada vez que es mi cuerpo (y no mi mirada) el que se conmueve.

Mi tercer Suroeste es todavía más pequeño: es la ciudad donde pasé mi infancia, luego mis vacaciones de adolescente (Bayona), es el pueblo al que regreso cada año, es la trayectoria que une a ambos y que he recorrido tantas veces, para comprar cigarros o papelería en la ciudad, o para encontrarme con un amigo en la estación. Tengo a mi disposición varias carreteras;

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la más larga cruza los campos a través de un paisaje hibridado entre Bearne y el País Vasco; otra, una deliciosa carretera de campo, sigue la cresta de las colinas sobre el Adour; del otro lado del río, veo una orilla continua de árboles, oscuros en la distancia: son los pinos de Las Landas; una tercera, bastante reciente (de este año), se abre paso por la ribera izquierda del Adour: sin interés, salvo por la rapidez del trayecto y algún que otro vistazo al río ancho y apacible salpicado con las pequeñas velas blancas de un club náutico. Pero mi camino preferido, al que a menudo me permito entregarme, es el que sigue la ribera derecha del Adour; es un antiguo camino de sirga, que pasa por muchas granjas y casas hermosas. Probablemente me gusta tanto porque es tan natural, con ese equilibrio de nobleza y familiaridad tan característico del Suroeste; se podría decir que, al contrario de su rival en la otra orilla, éste sigue siendo un camino real, no sólo un medio funcional de comunicación sino una especie de experiencia compleja en la que ocurren simultáneamente un espectáculo continuo (el Adour es un río muy hermoso, poco apreciado) y la memoria de una práctica ancestral, la de caminar, la penetración lenta y rítmica del paisaje, que entonces asume distintas proporciones; aquí se regresa a lo que decía antes, que es básicamente el poder que tiene este país de evadir la inmovilidad de las postales: no trates demasiado de tomar fotografías: para juzgarlo, para amarlo, hay que venir y quedarse, de modo que se pueda saborear la variedad de sitios, estaciones, climas y luces.

Alguien dirá: todo de lo que hablas son cosas como el tiempo, impresiones vagamente estéticas o en todo caso puramente subjetivas.

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¿Y la gente, sus relaciones, industrias, comercio, problemas…? Aunque sólo seas un residente, ¿no ves nada de eso?—Entro en esas regiones de la realidad a mi manera, es decir, con mi cuerpo; y mi cuerpo es mi infancia, tal como la historia la ha hecho. Esa historia me dio una juventud provinciana, meridional, burguesa. Para mí, estos tres componentes son indistintos; para mí, la burguesía son las provincias, y las provincias son Bayona; el campo (de mi infancia) es siempre el interior de Bayona, una red de excursiones, visitas e historias. Así, en la edad en que se forma la memoria, adquirí de esas “realidades” sólo la sensación que me proporcionaban: olores, cansancios, sonidos de voces, recados, luces cambiantes, todo aquello que, respecto a la realidad, es de algún modo irresponsable y no tiene otro sentido que formar, más tarde, la memoria del tiempo perdido (enteramente distinta de mi infancia parisina: llena de dificultades materiales, aquella infancia tuvo, por así decirlo, la abstracción dura de la pobreza, y del París de aquel tiempo casi no conservo “impresiones”). Si hablo de este Suroeste tal como la memoria lo refracta en mí, es porque confío en la fórmula de Joubert: “No te expreses como sientes, sino como recuerdas”.

Estas insignificancias, entonces, son una especie de puerta de entrada a esa vasta región de la que se ocupan los datos sociológicos y el análisis político. Nada, por ejemplo, tiene para mí más importancia en el recuerdo que los olores de aquel viejo barrio, entre el Nive y el Adour, que se llama le petit Bayonne: todos los objetos del pequeño comercio se mezclaban allí para constituir una fragancia inimitable: la cuerda para hacer sandalias (aquí no se usa la palabra espadrilles) trenzada por ancianos vascos, el chocolate caliente, el aceite de oliva español, el aspecto congestionado de las tiendas oscuras y de las calles estrechas, el papel manchado de moscas de los libros de la biblioteca municipal—todo ello funcionaba como la fórmula química de un comercio desaparecido (aunque ese barrio conserva todavía un poco del antiguo encanto), o, más exactamente, funciona hoy como la fórmula de esa desaparición. Por su olor puedo detectar el cambio real de un cierto tipo de consumo: las sandalias (con suelas patéticamente forradas de goma) ya no se hacen a mano, el chocolate y el aceite de oliva se compran fuera de la ciudad, en un supermercado. Los olores se han acabado—como si, paradójicamente, el aumento de la polución urbana hubiera expulsado los olores domésticos, como si la “pureza” fuera una forma pérfida de contaminación.

Una inducción más: en mi infancia conocí muchas familias de la burguesía bayonesa (había algo bastante balzaquiano en la Bayona de aquellos tiempos); conocía sus hábitos, sus rituales, sus conversaciones, su modo de vida. Esa burguesía liberal estaba atestada de prejuicios, no de bienes; había una especie de distorsión entre la ideología de esa clase (francamente reaccionaria) y su situación económica (a veces trágica). Esa distorsión nunca la registra el análisis sociológico o político, que funciona como un filtro muy grueso y pierde las “sutilezas” de la dialéctica social. Ahora bien, esas sutilezas—o esas paradojas de la Historia—aunque no pudiera formularlas, yo las sentía: ya estaba “leyendo” el Suroeste, recorría el texto que va de la luz de un paisaje, de la languidez de un día oprimido por el viento de España, hasta todo un tipo de discurso, social y provincial. Porque “leer” un país es, ante todo, percibirlo en términos del cuerpo y de la memoria, en términos de la memoria del cuerpo. Creo que a este vestíbulo

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del saber y del análisis es al que está asignado el escritor: más consciente que competente, consciente de los mismos intersticios de la competencia. Por eso la infancia es el camino real por el cual conocemos mejor a un país. En última instancia, no hay País sino el de la infancia.


L’HUMANITÉ, 1977




FIN

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