© Libro N° 14249. Incidentes. Barthes, Roland. Emancipación. Septiembre 6 de 2025
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INCIDENTES
Roland Barthes
Incidentes
Roland Barthes
La luz del Suroeste
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Hoy, 17 de julio, el tiempo es espléndido. Sentado en el banco del jardín y entornando los ojos para borrar toda perspectiva, como hacen los niños, veo una margarita en el parterre, aplanada contra el prado al otro lado del camino.
Este camino fluye como un río tranquilo; de vez en cuando lo recorre una moto o un tractor (éstos son ahora los verdaderos sonidos del campo, en definitiva no menos poéticos que el canto de los pájaros: infrecuentes, subrayan el silencio de la naturaleza y lo marcan con los discretos signos de la actividad humana). El camino riega todo un barrio periférico del pueblo. Porque, aunque modesto, este pueblo tiene sus barrios excéntricos. ¿No es el pueblo, en Francia, siempre un espacio contradictorio? Limitado, centrado, sin embargo se extiende bastante lejos; el mío, de manera muy clásica, tiene una plaza, una iglesia, una panadería, una farmacia, dos tiendas de comestibles (hoy habría que decir, dos supermercados); pero también tiene—una especie de capricho que desafía las leyes aparentes de la geografía humana—dos peluqueros y dos médicos. ¿Francia, el país del juste milieu? Más bien—y esto en todos los niveles de la vida nacional—el país de las proporciones complejas.
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Mi Suroeste es igualmente extensible, como la margarita y como todas las imágenes que cambian de sentido según el nivel de percepción donde elija situarlas. Por ejemplo, puedo distinguir, subjetivamente, tres Suroestes.
El primero es enorme (un cuarto de Francia), y un obstinado sentimiento de solidaridad lo identifica instintivamente para mí (ciertamente nunca lo he recorrido todo): cualquier noticia que me llega de este espacio me toca de manera personal. Reflexionando, parece que lo que unifica este gran Suroeste es su lengua: no el dialecto (pues no conozco la lengua de oc) sino el acento, sin duda porque el acento del Suroeste ha formado los modelos de entonación que marcaron mi primera infancia. Distingo este acento gascón (hablando en términos amplios) de otro acento meridional, el del Mediterráneo, el Midi, que en la Francia actual tiene algo de triunfante: todo un folclore del cine (Raimu, Fernandel), de la publicidad (aceite de oliva, jugo de limón) y del turismo lo sostiene; el acento del Suroeste (quizás más pesado, menos cantarín) carece de esos signos de modernidad; sólo las entrevistas a jugadores de fútbol lo ilustran. Yo mismo no tengo acento; desde la infancia, sin embargo, he conservado un “meridionalismo”: digo “socializme” y no “socialissme” (¿quién sabe?, quizá eso haga dos socialismos).
Mi segundo Suroeste no es una región, sino una línea, una trayectoria vivida. Cada vez que bajo en coche desde París (he hecho este trayecto mil veces) paso por Angulema, donde hay una señal que me indica que he cruzado el umbral y entro en el país de mi infancia: un pinar a un lado de la carretera, una palmera en un patio, cierta altura de las nubes que da al paisaje la movilidad de un rostro. Entonces comienza la gran luz del Suroeste, noble
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y sutil al mismo tiempo; nunca gris, nunca baja (incluso cuando el sol no brilla), es una luz-espacio, definida menos por los colores que confiere a las cosas (como en el otro Midi) que por la cualidad eminentemente habitable que comunica a la tierra. No encuentro otra manera de decirlo: es una luz luminosa. Hay que ver esta luz (casi diría: oírla, tan musical es su cualidad) en otoño, que es la estación soberana de este país; líquida, radiante, desgarradora puesto que es la última luz hermosa del año, ilumina cada cosa en su diferencia (el Suroeste es el país de los microclimas), salva a este país de toda vulgaridad, de toda “gregariedad” también, haciéndolo inadecuado para un turismo fácil y revelando su profunda aristocracia (no cuestión de clase sino de carácter). Al rendir tal homenaje, me sorprendo preguntándome: ¿nunca hay momentos desagradables en este tiempo del Suroeste? Claro que sí, pero para mí no son los (bastante frecuentes) momentos de lluvia o de tormenta; ni siquiera los cielos cubiertos; los accidentes de la luz, aquí, no engendran spleen; no afectan al “alma”, sólo al cuerpo, a veces pegajoso de humedad, embriagado de clorofila, o lánguido, agotado por el viento de España que acerca tanto los Pirineos, tan púrpuras: un sentimiento ambiguo, en el que la fatiga acaba teniendo algo delicioso, como sucede cada vez que es mi cuerpo (y no mi mirada) el que se conmueve.
Mi tercer Suroeste es todavía más pequeño: es la ciudad donde pasé mi infancia, luego mis vacaciones de adolescente (Bayona), es el pueblo al que regreso cada año, es la trayectoria que une a ambos y que he recorrido tantas veces, para comprar cigarros o papelería en la ciudad, o para encontrarme con un amigo en la estación. Tengo a mi disposición varias carreteras;
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la más larga cruza los campos a través de un paisaje hibridado entre Bearne y el País Vasco; otra, una deliciosa carretera de campo, sigue la cresta de las colinas sobre el Adour; del otro lado del río, veo una orilla continua de árboles, oscuros en la distancia: son los pinos de Las Landas; una tercera, bastante reciente (de este año), se abre paso por la ribera izquierda del Adour: sin interés, salvo por la rapidez del trayecto y algún que otro vistazo al río ancho y apacible salpicado con las pequeñas velas blancas de un club náutico. Pero mi camino preferido, al que a menudo me permito entregarme, es el que sigue la ribera derecha del Adour; es un antiguo camino de sirga, que pasa por muchas granjas y casas hermosas. Probablemente me gusta tanto porque es tan natural, con ese equilibrio de nobleza y familiaridad tan característico del Suroeste; se podría decir que, al contrario de su rival en la otra orilla, éste sigue siendo un camino real, no sólo un medio funcional de comunicación sino una especie de experiencia compleja en la que ocurren simultáneamente un espectáculo continuo (el Adour es un río muy hermoso, poco apreciado) y la memoria de una práctica ancestral, la de caminar, la penetración lenta y rítmica del paisaje, que entonces asume distintas proporciones; aquí se regresa a lo que decía antes, que es básicamente el poder que tiene este país de evadir la inmovilidad de las postales: no trates demasiado de tomar fotografías: para juzgarlo, para amarlo, hay que venir y quedarse, de modo que se pueda saborear la variedad de sitios, estaciones, climas y luces.
Alguien dirá: todo de lo que hablas son cosas como el tiempo, impresiones vagamente estéticas o en todo caso puramente subjetivas.
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¿Y la gente, sus relaciones, industrias, comercio, problemas…? Aunque sólo seas un residente, ¿no ves nada de eso?—Entro en esas regiones de la realidad a mi manera, es decir, con mi cuerpo; y mi cuerpo es mi infancia, tal como la historia la ha hecho. Esa historia me dio una juventud provinciana, meridional, burguesa. Para mí, estos tres componentes son indistintos; para mí, la burguesía son las provincias, y las provincias son Bayona; el campo (de mi infancia) es siempre el interior de Bayona, una red de excursiones, visitas e historias. Así, en la edad en que se forma la memoria, adquirí de esas “realidades” sólo la sensación que me proporcionaban: olores, cansancios, sonidos de voces, recados, luces cambiantes, todo aquello que, respecto a la realidad, es de algún modo irresponsable y no tiene otro sentido que formar, más tarde, la memoria del tiempo perdido (enteramente distinta de mi infancia parisina: llena de dificultades materiales, aquella infancia tuvo, por así decirlo, la abstracción dura de la pobreza, y del París de aquel tiempo casi no conservo “impresiones”). Si hablo de este Suroeste tal como la memoria lo refracta en mí, es porque confío en la fórmula de Joubert: “No te expreses como sientes, sino como recuerdas”.
Estas insignificancias, entonces, son una especie de puerta de entrada a esa vasta región de la que se ocupan los datos sociológicos y el análisis político. Nada, por ejemplo, tiene para mí más importancia en el recuerdo que los olores de aquel viejo barrio, entre el Nive y el Adour, que se llama le petit Bayonne: todos los objetos del pequeño comercio se mezclaban allí para constituir una fragancia inimitable: la cuerda para hacer sandalias (aquí no se usa la palabra espadrilles) trenzada por ancianos vascos, el chocolate caliente, el aceite de oliva español, el aspecto congestionado de las tiendas oscuras y de las calles estrechas, el papel manchado de moscas de los libros de la biblioteca municipal—todo ello funcionaba como la fórmula química de un comercio desaparecido (aunque ese barrio conserva todavía un poco del antiguo encanto), o, más exactamente, funciona hoy como la fórmula de esa desaparición. Por su olor puedo detectar el cambio real de un cierto tipo de consumo: las sandalias (con suelas patéticamente forradas de goma) ya no se hacen a mano, el chocolate y el aceite de oliva se compran fuera de la ciudad, en un supermercado. Los olores se han acabado—como si, paradójicamente, el aumento de la polución urbana hubiera expulsado los olores domésticos, como si la “pureza” fuera una forma pérfida de contaminación.
Una inducción más: en mi infancia conocí muchas familias de la burguesía bayonesa (había algo bastante balzaquiano en la Bayona de aquellos tiempos); conocía sus hábitos, sus rituales, sus conversaciones, su modo de vida. Esa burguesía liberal estaba atestada de prejuicios, no de bienes; había una especie de distorsión entre la ideología de esa clase (francamente reaccionaria) y su situación económica (a veces trágica). Esa distorsión nunca la registra el análisis sociológico o político, que funciona como un filtro muy grueso y pierde las “sutilezas” de la dialéctica social. Ahora bien, esas sutilezas—o esas paradojas de la Historia—aunque no pudiera formularlas, yo las sentía: ya estaba “leyendo” el Suroeste, recorría el texto que va de la luz de un paisaje, de la languidez de un día oprimido por el viento de España, hasta todo un tipo de discurso, social y provincial. Porque “leer” un país es, ante todo, percibirlo en términos del cuerpo y de la memoria, en términos de la memoria del cuerpo. Creo que a este vestíbulo
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del saber y del análisis es al que está asignado el escritor: más consciente que competente, consciente de los mismos intersticios de la competencia. Por eso la infancia es el camino real por el cual conocemos mejor a un país. En última instancia, no hay País sino el de la infancia.
Incidentes
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En Marruecos, no hace mucho tiempo...
El camarero, en un restaurante de estación, salió a arrancar un geranio rojo y lo puso en un vaso de agua, entre la cafetera y el fregadero lleno de tazas y platillos sucios.
En la plaza frente al Zoco, con los faldones de su camisa azul volando, emblema del Desorden, un muchacho furioso (lo que en este país significa un muchacho con todos los rasgos de la locura) gesticula e increpa a un europeo (¡Vete a casa!). Luego desaparece. Segundos después, el sonido de cánticos anuncia la llegada de un entierro; aparece el cortejo. Entre los portadores (en relevos) del ataúd, el mismo muchacho, momentáneamente apaciguado.
Escuché al primo del rey, que es muy moreno, hacerse pasar por un negro americano (fingiendo no saber árabe).
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Persecución tonsorial: Rafaelito afirma que su padre le cortó el cabello mientras dormía. Otros chicos dicen que la policía los rapa cada vez que puede atraparlos en la calle: rebelión y represión a nivel del cabello negro de los muchachos.
Dos ancianas estadounidenses toman del brazo a un alto ciego aún mayor que ellas y lo ayudan a cruzar la calle entre ambas. Pero lo que él quería, este Edipo, era dinero: dinero, dinero, no asistencia.
Un chico delicado, casi suave, con las manos ya algo toscas, de repente hace el gesto de gatillo que revela al joven gamberro: sacude la ceniza de su cigarrillo con el dorso de una uña.
Abder pide una toalla limpia, que, por temor religioso a la contaminación, debe mantenerse junto a la cama, para purificarse después del amor.
Un venerable hachí con barba gris corta y cuidadosamente recortada, manos perfectamente cuidadas, artísticamente envuelto en una chilaba blanca de tela finísima, bebiendo un vaso de leche.
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Y sin embargo: una mancha, un leve borrón de algo, quizá excremento de paloma, en su inmaculada capucha.
Una mujer europea, ya no joven, muy maquillada, sucia, ridículamente envuelta en cuanto tela se balancea y deshilacha, con trenzas en el cabello, flecos en capa, bolso y faldas, atraviesa el Zoco. Esta Maravilla Pendulante (me dice un chico sin pestañear) es una “bruja soviética”.
El niño que encuentro en el pasillo dormía en una vieja caja de cartón, con la cabeza sobresaliendo como si se la hubieran cortado.
Cerca del Zoco, una pareja europea ha montado un puesto de comida rápida para hippies. Un cartel dice: La higiene es nuestra especialidad . Y la mujer vacía su cenicero en la calle —lo cual no es muy británico.
Una niña es castigada en público por su madre, una campesina. La hija grita. La madre está serena, persistente; le ha agarrado el cabello como si fuera un trozo de tela y procede a darle una serie de golpes regulares en la cabeza. Enseguida se forma un círculo. El juicio del masajista: la madre tiene razón.—¿Por qué?—La chica es una puta (aunque en realidad no sabe nada de ella).
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El niño —no debe tener más de cinco años— en pantalones cortos y gorro: llama a una puerta—escupe—se ajusta la entrepierna.
Un viejo mendigo ciego con barba blanca, vestido con chilaba: magistral, impasible, clásico, teatral, sofocleo, mientras el rostro del adolescente que pide limosna por él asume toda la carga expresiva que tal situación permite: facciones angustiadas, contorsionadas por un mohín ceñudo, exhiben sufrimiento, pobreza, injusticia, destino: ¡Miren! ¡miren! dice el rostro del niño, miren a este hombre que ya no puede ver.
Las niñas que venden ilícitamente menta, limón (Virgilio). El vil policía de paisano parece muy duro; las insulta, las maltrata, pero las deja escapar.
Dulce fantasía: cierto Mohamed de manos suaves, que trabaja en la fábrica textil, insiste en que la mezquita de los judíos está oscura los sábados; me la señala: es la iglesia de los capuchinos españoles; dice que los judíos la usan (les ha sido prestada) para sus servicios.
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Un adolescente negro con impermeable miserable y sombrero azul brillante, y una chica hippie, descalza en la acera inmunda, pasan frente a los nativos del Café Central: el chico ha conseguido una chica, pero públicamente sacrifica en honor a un occidentalismo insensato.
La funcionaria de Iberia no sonríe. Tiene una voz perentoria, maquillaje pesado (aunque seco), uñas larguísimas pintadas de rojo sangre—estas uñas barajan los largos billetes, doblándolos con un gesto experimentado y autoritario...
Una tetera de metal repujado para té de menta, sin tapón de plástico, comprada con la ayuda del campeón marroquí de boxeo de peso medio.
Como tuve la previsión de advertir al primo del rey que le sería totalmente inútil, me tranquiliza: podría aconsejarlo sobre cómo invertir los millones que piensa ganar con su destilería de ginebra.
Abdessalam, un interno en Tetuán, parece haber venido esta mañana a Tánger (nuestro encuentro fue totalmente accidental) a comprar un ungüento contra el reumatismo y un silbato para su tetera.
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― 18 ―
Un joven negro, camisa color crema de menta, pantalones verde almendra, calcetines naranjas y aparentemente zapatos rojos muy blandos.
Al ver a un hombre barbudo bailar, el primo del rey me informa de que se trata de un filósofo. Para ser filósofo, dice, se necesitan cuatro cosas:
(1) tener un diploma en árabe;
(2) viajar mucho;
(3) tener contactos con otros filósofos;
(4) estar alejado de la realidad, por ejemplo, en la playa.
Un joven negro que parece estar empolvado de blanco, con un anorak fosforescente.
En el Zoco, en julio, la terraza está llena de gente. Un grupo de hippies toma una mesa, entre ellos una pareja: el marido es un rubio rollizo que no lleva nada bajo el peto; la esposa, con un largo camisón wagneriano; sostiene la mano de una diminuta niña blanca, flácida, a la que anima a defecar en la acera, entre las piernas de sus compañeros, que no reaccionan.
Vano intento de encontrar una chilaba azul. Comentario de Siri: no hay ovejas azules.
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― 19 ―
Mustafá está enamorado de su gorra. No se la quita ni para hacer el amor.
En el patio del Hotel Minzah, una mujer bastante demacrada, con un largo vestido rojo, me lanza una mirada aguda y pregunta por “les cabinets”.
Demostración de pertinencia fonológica: un joven vendedor del bazar (con mirada atractiva):
tu/ti (tú/ti: no pertinente) veux tapis/taper (quieres alfombra/quieres follar: pertinente)?
Aliwa (un buen nombre para repetir una y otra vez) gusta de pantalones blancos inmaculados (tarde en la temporada), pero, siendo los retretes lo que son, siempre hay una mancha en esas prendas blancas como la leche.
En la playa de Tánger (familias, maricas, chicos), unos viejos obreros, como insectos antiquísimos y lentísimos, rastrillan la arena.
Selam, un veterano de Tánger, estalla de risa porque conoció a tres italianos que no le sirvieron de nada: “¡Pensaban que yo era afeminado!”
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― 20 ―
Un viejo campesino con chilaba marrón (el color profundo de los harapos) lleva al hombro una enorme trenza de cebollas españolas de color rosa viejo.
“Papá”, un encantador y loco anciano inglés, en señal de simpatía renuncia a su almuerzo durante el Ramadán (en solidaridad con los niñitos circuncidados).
A las nueve de la mañana, un joven feroz atraviesa el Zoco con una oveja viva sobre los hombros, las pezuñas atadas al frente (una actitud pastoral y bíblica). Una niña pasa acariciando una gallina en sus brazos.
Desde la ventana del hotel, en el paseo marítimo bastante desierto (aún es temprano en la mañana del domingo: a lo lejos, unos chicos van a la playa a jugar al balón), veo una oveja y un perrito de cola en abanico; la oveja lo sigue de cerca; finalmente intenta montarlo.
Desde el tren que acaba de dejar en una estación desierta (Arcila), lo vi correr por el camino, solo bajo la lluvia, abrazando la caja de cigarros vacía que me había pedido para “guardar sus papeles”.
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Es un texto muy largo, así que lo traduciré en varias entregas consecutivas hasta llegar al final.
Ya tienes traducidas las páginas ― 13 ―, ― 14 ―, ― 15 ― y parte de la ― 16 ―.
Voy a continuar ahora desde la mitad de la página 16 hasta unas cuantas páginas más adelante.
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― 16 ― (continuación)
...pasan frente a los nativos del Café Central: el chico ha conseguido a una chica, pero públicamente sacrifica todo a un occidentalismo insensato.
La empleada de Iberia no sonríe. Tiene una voz perentoria, maquillaje pesado (aunque seco), uñas larguísimas pintadas de rojo sangre; esas uñas barajan los largos billetes, doblándolos con un gesto autoritario y experto...
Una tetera para té de menta, hecha de metal martillado sin tapón de plástico, comprada con la ayuda del campeón marroquí de boxeo de peso medio.
Como tuve la previsión de advertir al primo del rey que yo no le sería de ninguna utilidad, él me tranquiliza: yo podría aconsejarle cómo invertir los millones que planea ganar con su destilería de ginebra.
Abdessalam, un interno de Tetuán, parece haber venido a Tánger esta mañana (nuestro encuentro fue enteramente accidental) para comprar un ungüento contra el reumatismo y un silbato para su tetera.
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― 18 ―
Un joven negro, con camisa color crema de menta, pantalones verde almendra, calcetines naranjas y aparentemente zapatos rojos muy blandos.
Observando a un hombre barbudo que baila, el primo del rey me informa de que se trata de un filósofo. Para ser filósofo, dice, se necesitan cuatro cosas: (1) tener un diploma en árabe; (2) viajar mucho; (3) tener contactos con otros filósofos; (4) estar alejado de la realidad, por ejemplo, en la playa.
Un joven negro que parece empolvado de blanco, con un anorak fosforescente.
En el Zoco, en julio, la terraza está llena de gente. Un grupo de hippies ocupa una mesa, entre ellos una pareja: el marido es un rubio gordo que no lleva nada bajo el peto; la esposa viste un largo camisón wagneriano; sostiene de la mano a una niña blanca, flácida y diminuta, a la que anima a defecar en la acera, entre las piernas de sus compañeros, que no reaccionan.
Vano intento de encontrar una chilaba azul. Comentario de Siri: no existen ovejas azules.
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― 19 ―
Mustafá está enamorado de su gorra. No se la quita ni para hacer el amor.
En el patio del Hotel Minzah, una mujer bastante demacrada, con un largo vestido rojo, me lanza una mirada penetrante y pregunta por “les cabinets” (los baños).
Una demostración de pertinencia fonológica: un joven vendedor del bazar (con mirada seductora):
tu/ti (tú/ti: no pertinente) veux tapis/taper (quieres una alfombra/quieres follar: pertinente)?
Aliwa (un buen nombre para repetir sin cesar) gusta de los pantalones blancos impecables (ya entrada la temporada), pero, siendo los baños como son, siempre hay una mancha en esas prendas blanco-leche.
En la playa de Tánger (familias, maricas, chicos), algunos viejos obreros, como insectos antiquísimos y muy lentos, rastrillan la arena.
Selam, un veterano de Tánger, estalla en carcajadas porque se ha topado con tres italianos que no le sirvieron para nada: “¡Se creyeron que yo era femenino!”
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― 20 ―
Un viejo campesino con chilaba marrón (del color profundo de los harapos) carga al hombro una enorme trenza de cebollas españolas color rosa viejo.
“Papa”, un encantador y loco anciano inglés, por simpatía renuncia a su almuerzo durante el Ramadán (en simpatía con los niños circuncidados).
A las nueve de la mañana, un joven feroz cruza el Zoco con una oveja viva sobre los hombros, las patas atadas al frente (una actitud pastoral y bíblica). Pasa una niña acariciando una gallina en sus brazos.
Desde la ventana del hotel, en el paseo bastante desierto (aún es temprano en la mañana de domingo: a lo lejos, los chicos van a la playa a jugar a la pelota), veo una oveja y un perrito de cola en abanico; la oveja sigue al perro muy de cerca; finalmente intenta montarlo.
Desde el tren que acaba de dejar en una estación desierta (Arcila), lo vi correr por el camino, solo bajo la lluvia, abrazando la caja vacía de puros que me había pedido para “guardar sus papeles”.
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En una calle de Salé, alguien dice que va a haber una redada policial, todos los harapientos huyen. Un chico de catorce años está sentado, con una bandeja de pastelillos viejos en el regazo. Un enorme policía militar va directo hacia él, le golpea el vientre con la rodilla y le arrebata la bandeja, sin detenerse ni volverse, sin decir palabra (los policías ciertamente se comerán los pasteles). El rostro del chico se contrae, pero logra no llorar; vacila, luego desaparece. —La presencia de dos amigos me avergüenza y me impide darle dos mil francos.
Una apertura raciniana: con dulzura voluntaria: “¿Me ves? ¿Quieres tocarme?”
Un joven apuesto, bien vestido con un traje gris y un brazalete de oro, manos delicadas y limpias, fumando una cajetilla de Olympics rojos, bebiendo té, hablando intensamente (¿algún tipo de funcionario? ¿de los que revisan expedientes?), deja caer un hilo de saliva sobre su rodilla; su compañero se lo señala.
Limpia enérgicamente el bidé con el pequeño cepillo del baño. Cuando comento esto: “¡Sólo para el bidé!”
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En un concierto (alemán, por supuesto), dos jóvenes árabes hablan muy seriamente en el vestíbulo (conscientes de ser observados y, por lo tanto, sin mirar hacia atrás); uno lleva chaqueta de pana y una pipa en la boca.
En un restaurante de Rabat, cuatro hombres del campo —entre salsas, ensaladas, carnes y trajes de tres botones— beben leche azucarada y mastican lentamente pan arrancado de una enorme hogaza.
Un tal Ahmed, cerca de la estación, lleva un suéter azul celeste con una fina mancha naranja en el frente.
Una multitud, en realidad un gentío: pancartas, banderas, silbatos de policía a lo lejos. ¿Una huelga, una manifestación política? No, una patética ceremonia de iniciación en la Escuela Mohammedia de Ingenieros: una chica en minifalda sobre un camión, canciones francesas, eslóganes edificantes: “Sabemos que tenemos trabajo por hacer”, “Hoy novatos, mañana ingenieros”.
Farid, encontrado en Jour et Nuit, insulta a un mendigo que primero me pide un cigarrillo, luego, al conseguirlo, dinero “para comer”. Este esquema gradual de explotación (aunque bastante banal) indigna a Farid: “¡Así te agradece que le hayas dado algo!”. Luego, un minuto después, cuando me despido de él, le doy mi paquete entero de cigarrillos, que guarda sin una palabra de agradecimiento; enseguida le oigo pedirme cinco mil francos “para comer”. Cuando estallo en risa, alega la diferencia (aquí todos se afirman como diferentes, porque se conciben no como personas, sino como necesidades).
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Abdelatif —un chico voluptuoso— justifica perentoriamente las ejecuciones de Bagdad. La culpabilidad de los acusados es evidente, puesto que el juicio fue tan rápido: el caso estaba claro. Contradicción entre la brutalidad de esta necedad y el calor fresco de su cuerpo, la disponibilidad de sus manos, que sigo, algo aturdido, sosteniendo y acariciando mientras él derrama su catecismo vengativo.
Visita de un chico desconocido, enviado por su amigo: “¿Qué quieres? ¿Por qué estás aquí?” —“¡Es la naturaleza!” (Otro chico, en otra ocasión: “¡Es el amor!”).
Parque de Chella: un joven alto, de cabello liso, vestido todo de blanco, botas hasta el tobillo bajo los jeans blancos, acompañado de sus dos hermanas veladas, me mira fijamente y escupe: ¿rechazo o contingencia?
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Difícil traer de París un “souvenir” para este chico que me lo pidió: ¿Qué bagatela agradable se le puede dar a alguien totalmente indigente? ¿Un encendedor? —¿para encender qué cigarrillos? Opto por un souvenir codificado, en otras palabras, excesivamente inútil: una Torre Eiffel de bronce.
Un francés, un despojo del Protectorado (ferretería), afásico (culatazo en la cara, tartamudea dolorosamente), pero también atáxico, escarbando lentamente dos mechas para mi lámpara de butano, de pronto encuentra una voz clara y fuerte para gritarle a su perro (que no ha hecho nada más que estar ahí), dos veces: ¡Maldita perra!
Driss A. no sabe que al semen se le llama semen: lo llama mierda. “Cuidado, que la mierda va a salir ahora”: nada más traumatizante.
Otro chico, Slaui (Mohamed Gimnasia), dice seca y precisamente: eyacular: “Cuidado, que voy a eyacular”.
Bajando las escaleras, le entrego mis sandalias a Mustafá (encantador, sonriente, ardiente, honesto) para que las lleve, mientras saco mi llave (“Toma, sujétalas”). Más tarde me doy cuenta de que se las ha quedado (supresión del préstamo).
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En el banco: un mendigo ciego entra tambaleándose, su bastón tantea puertas, mostradores, ventanillas. Un cliente le da una moneda. El cajero: “No haga eso, los acostumbrará”.
En Jour et Nuit, un limpiabotas: espléndidos ojos y sonrisa, diligente. Se llama Driuish (pequeño derviche). Al irme, ya a cierta distancia, me hace un saludo amistoso.
Lahucine, en la casa. Está sentado frente a mí, inerte, plácido, toda la mañana. Nunca unas manos estuvieron tan en reposo: sólo un pintor podría mostrarlo. En su presencia, yo estoy excesivamente activo: constantemente haciendo algo, cambiando sin cesar de actividad: escribo, leo un periódico, afilo un lápiz, pongo otro disco, etc.
Mulay, el portero del edificio, me hace saber con un gesto imperioso que, mientras yo esté ausente, su joven esposa Aisha, para salvaguardar el apartamento contra “ladrones”, dormirá en el suelo, aquí en la entrada, sobre la estera junto al sofá (pequeña estera, del tamaño de una alfombra de baño sobre las baldosas).
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El joven pied-noir, un pequeño burgués reconstruido, lleva suéter sobre los hombros, mangas anudadas delante; deja caer sus llaves de coche sobre la mesa del café; su acento es áspero y rápido, como bruscamente cortado.
Dos estudiantes de derecho:
Uno, Abdelatif (derecho francés), occidentalizado, dos años en Suiza (al parecer), elegante (suéter azul, traje de pana beige caro), acento refinado, un mentiroso (dice estar en segundo año, lo cual sé que es falso), me da la rutina del Aburrimiento (escapar de este país) y pregunta: ¿Qué piensa de Pompidou?
El otro, Najib, encontrado al día siguiente en el mismo lugar, sustituyendo al primer chico, estudiante de derecho árabe, naturalmente elegante pero mal vestido (camiseta blanca, pantalones de pana marrón pesado, zapatos gastados con hebillas), de ojos cálidos, manos frescas y delicadas, sin dramatizar su aburrimiento, dice que su vocación es ser ministro. Me pide que le explique si los ministros, al cambiar de cargo, están especializados, específicamente formados o no (sin intención crítica).
La Tesorería General, un banco-fortaleza al estilo francés, está continuamente rodeada de una horda de lisiados, saltando como gorriones sobre un montón de estiércol: un tullido sin piernas, aparentemente guardián de bicicletas, arremete con vehemencia contra un pobre cliente...
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...mientras otro tullido, un hombre con los pies intactos pero con los brazos inútiles, saca un papel de su bolsillo con la boca y lo ofrece con los dientes a los transeúntes.
En el Café de París, un grupo de jóvenes bien vestidos, con camisas de seda y relojes dorados, hablan en francés sobre la importancia de casarse “a tiempo” para no caer en la miseria.
Un hombre mayor, vendedor ambulante de alfombras, recita versos de un poeta clásico árabe para justificar el precio exorbitante de una vieja pieza raída.
En la calle principal, un burro se asusta por el claxon de un coche americano; el animal retrocede bruscamente y derriba una pila de naranjas que ruedan hasta los pies de los transeúntes.
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Una niña descalza, con un vestido demasiado grande para su cuerpo, arrastra una muñeca sin cabeza amarrada con un cordel.
En el puerto, dos jóvenes marineros discuten violentamente, uno en español, el otro en árabe, sin entenderse. Finalmente se ríen y comparten un cigarrillo.
Un anciano judío, con kipá y barba blanca, cruza lentamente el mercado; un muchacho musulmán le escupe a los pies, pero el viejo sigue caminando como si nada.
Unos turistas alemanes, con cámaras colgadas al cuello, se maravillan de los mendigos como si fueran parte del folclore local.
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Una pelea en la playa: dos adolescentes marroquíes se golpean con piedras mientras los demás forman un círculo y gritan. La policía llega tarde, y los muchachos ya se han reconciliado, riendo.
En la terraza de un café, un joven de mirada intensa escribe en un cuaderno escolar. Cuando me acerco para mirar, descubro que está copiando frases enteras de un manual de francés.
Un vendedor de té ambulante, con su tetera de metal y vasos sucios, grita en voz aguda: “¡Té, té, té!” durante horas sin cansarse.
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En un burdel clandestino, una prostituta demasiado maquillada canta canciones francesas desafinadas mientras fuma.
Un borracho europeo, rojo de cara, vomita en un callejón; un grupo de niños lo rodea y se burla de él imitando sus gestos.
En el cine, lleno de humo, los espectadores aplauden a mitad de la película cuando aparece un héroe árabe en pantalla.
Un joven elegante, con traje oscuro y corbata, me explica en serio que algún día será ministro de Cultura.
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Un mendigo sin piernas, arrastrándose sobre una tabla con ruedas, se aferra a mis pantalones suplicando una moneda.
En la estación, un policía golpea con su porra a un niño vendedor de cacahuetes. El chico huye dejando el saco en el suelo; el policía lo recoge y se lo queda.
Un burro muerto yace a un lado de la carretera; los niños lo rodean y juegan saltando sobre el cadáver.
En un café barato, los hombres hablan interminablemente sobre fútbol y política, pero ninguno parece escuchar al otro.
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Un joven me pregunta en francés: “¿Qué piensa usted de De Gaulle?”. Antes de que pueda responder, él mismo contesta: “¡Un gran hombre!”.
Una mujer, con un velo desordenado, alimenta a su bebé con pan empapado en té.
En la playa, un grupo de muchachos entierra a uno de ellos en la arena hasta el cuello y lo dejan allí riendo cruelmente.
Un camello, cargado con sacos de trigo, se arrodilla de golpe en mitad de la calle, causando un atasco monumental.
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Un anciano predicador, con voz cascada, grita versos del Corán en la plaza mientras los niños se burlan imitando sus gestos.
Un hippie americano toca la guitarra en un rincón del zoco; los jóvenes marroquíes lo rodean fascinados, aunque ninguno entiende la letra.
Un policía de paisano sigue a un grupo de prostitutas; una de ellas lo reconoce y le sonríe descaradamente.
En el café, un chico escribe mi nombre en árabe en la mesa con la ceniza de su cigarrillo.
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Un burro cargado con ladrillos se derrumba exhausto; el dueño lo golpea hasta que el animal se levanta temblando.
Un niño, con una caja de zapatos colgada al cuello, me limpia los zapatos ya limpios con un trapo sucio y después me exige dinero.
Una mujer europea, con sombrero extravagante, se queja del calor mientras un grupo de niños la sigue riéndose.
Un anciano, apoyado en su bastón, se detiene para escuchar a un flautista callejero, y luego le da una moneda con solemnidad.
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En la terraza de un café, un grupo de estudiantes recita poemas revolucionarios en árabe; los camareros los escuchan con desdén.
Un mendigo ciego, con la cara marcada de cicatrices, recita oraciones a cambio de unas monedas.
Un joven me ofrece hachís con la misma naturalidad con la que se ofrece un cigarrillo.
En la calle, dos mujeres discuten violentamente tirándose del cabello; los hombres se ríen en lugar de separarlas.
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Un niño arrastra una cabra con una cuerda; el animal se resiste y el niño lo golpea con un palo.
En el zoco, un vendedor de especias canta los precios como si fueran versos de una canción.
Un policía, aburrido, bosteza mientras controla el tráfico caótico.
Un grupo de turistas franceses pide Coca-Cola; el camarero les trae Pepsi y se produce una discusión absurda.
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Un joven de ojos oscuros me mira fijamente y me dice: “¿Quieres ser mi hermano?”.
Un mendigo sin brazos lleva colgado un cartel escrito a mano: “Dios es grande”.
Un grupo de niños juega al fútbol con una lata aplastada.
Una mujer, cubierta de joyas baratas, entra en un taxi con gesto altivo como si fuera una reina.
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Un anciano cuenta la misma historia a todo el que pasa: que en su juventud conoció al rey. Nadie le cree, pero todos lo escuchan.
En la plaza, un grupo de soldados fuma en silencio, con el fusil entre las piernas.
Un joven de traje blanco impecable se sienta en la terraza y no pide nada: sólo espera que alguien lo mire.
Un burro rebuzna tan fuerte que hace reír a toda la calle.
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Un niño me ofrece una postal sucia de la Torre Eiffel.
En la playa, dos chicos se bañan desnudos mientras sus amigos vigilan que no venga la policía.
Un anciano francés, que nunca regresó a su país después del Protectorado, habla un árabe torpe que hace reír a los marroquíes.
Un joven me pregunta con total seriedad: “¿París está cerca de Nueva York?”.
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En el tren, un vendedor ambulante grita: “¡Naranjas, plátanos, cacahuetes!”. Nadie compra, pero él sigue.
Una pareja de hippies, sucios y sonrientes, mendigan dinero para “volver a casa”.
Un policía revisa mi pasaporte durante diez minutos, luego me lo devuelve sin mirarme.
Un niño canta en voz alta una canción francesa aprendida de memoria, sin entender nada.
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En la estación, una mujer llora sola en un banco mientras la gente pasa sin mirarla.
Un joven, con un sombrero ridículo, me ofrece “amor” por dinero.
En la plaza, un anciano toca un violín desafinado; su música es insoportable pero la multitud lo escucha fascinada.
Un niño, con mirada seria, me pregunta: “¿Eres feliz?”.
Esta noche en Le Palace...
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Confieso que soy incapaz de interesarme por la belleza de un lugar si no hay gente en él (no me gustan los museos vacíos); y, a la inversa, para descubrir el interés de un rostro, de una figura, de una prenda, para saborear el encuentro, necesito que el lugar de ese descubrimiento tenga también su interés y su sabor. Quizá por eso Le Palace me seduce. Allí me siento relajado. Es moderno —¿incluso muy moderno?— y, sin embargo, reconozco en él el viejo poder de la auténtica arquitectura, que consiste a la vez en realzar los cuerpos que se mueven y bailan, y en animar los espacios y las estructuras.
Hoy en día, los teatros mueren fácilmente. La sala donde vi mi primer Beckett es ahora un garaje; otros se convierten en cines, o dan paso a apartamentos. Le Palace es un teatro rescatado: en primer lugar, porque allí se siguen dando espectáculos; luego, porque del teatro que originalmente fue (y varias veces) todo ha sido preservado: escenario, telón, balcón, orquesta (transformada en una espléndida pista de baile, desde la cual también se puede ver el espectáculo, de pie o sentado sobre cojines), los grandes pliegues de terciopelo rojo: emoción inveterada: subir una escalera y desembocar en un espacio inmenso, surcado de luces y sombras, entrar de golpe, como un iniciado, en el
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espacio sagrado de la representación (incluso, y sobre todo, cuando, como aquí, el espectáculo ocupa toda la sala). Teatro: esta palabra griega proviene de un verbo que significa “ver”. Le Palace es, ciertamente, un lugar consagrado a la mirada: uno pasa allí el tiempo mirando la sala; y, cuando se vuelve de la pista de baile, se sigue mirando.
Le Palace está bien proporcionado. Eso significa que aquí no se siente miedo (uno no tendría inconveniente en dormir allí): demasiado pequeño, un teatro asfixia; demasiado grande, enfría. Aquí se puede circular —arriba, abajo, cambiando de sitio según el capricho—, una libertad siempre frustrada en otros teatros, donde cada cual tiene un asiento asignado, correspondiente a su dinero. Pero la libertad no basta para hacer un buen espacio. Ciertos experimentos han demostrado que el ratón blanco sufre una gran ansiedad cuando se le coloca en una arena vacía sin ningún punto de referencia. Para sentirme cómodo en un espacio, debo poder pasar de un punto de referencia a otro, habitar tanto un rincón como una plataforma y, como Robinson feliz en su isla, recorrer con comodidad de un domicilio a otro. En Le Palace, los lugares familiares son muchos: un salón para charlar, bares donde encontrarse, donde descansar entre bailes, un mirador desde el cual contemplar, a través de los intervalos de las balaustradas, el inmenso espectáculo de luces que juegan sobre los cuerpos. Desde cada sitio en el que me instalo, tengo la deliciosa impresión de ocupar una especie de palco imperial, desde el cual puedo dominar lo que ocurre.
¿No es acaso la gran materia prima del arte moderno, de nuestro arte cotidiano —no es acaso, en esta época, la luz? En los teatros corrientes, la luz está distante, fija en el escenario. En Le Palace, todo el teatro es escenario; aquí la luz ocupa un espacio profundo, en el cual cobra vida y actúa como un actor; un
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láser inteligente, con una mente complicada y refinada, como un expositor de esculturas abstractas, produce trazos enigmáticos, con mutaciones súbitas: círculos, rectángulos, elipses, pistas, cables, galaxias, flecos. Lo notable no es la destreza tecnológica (aunque esta es rara en París), sino la aparición de un arte nuevo, tanto en su materia (una luz móvil) como en su práctica; pues se trata en realidad de un arte público, en la medida en que se realiza entre el público y no frente a él, y de un arte total (el viejo sueño griego y wagneriano), donde se unen fulgor, música y deseo. Esto significa que el “arte”, sin romper con la cultura pasada (la escultura del espacio por medio del láser puede recordar ciertos esfuerzos plásticos de la modernidad), desborda las constricciones de la formación cultural: una liberación confirmada por un nuevo modo de consumo: miramos las luces, las sombras, los decorados, pero también hacemos otra cosa al mismo tiempo (bailamos, hablamos, nos miramos): una práctica ya conocida por el teatro antiguo.
En Le Palace, no estoy obligado a bailar para mantener una relación viva con este lugar. Solo, o al menos algo apartado, puedo “soñar”. En este espacio humanizado, puedo exclamarme de vez en cuando: “¡Qué extraño es todo esto!”. Extraño, el viejo telón de escenario, donde leo un anuncio de la French Line: Le Havre-Plymouth-Nueva York (bizarro: en esta cadena de lugares, es Plymouth lo que me hace soñar: ¿quizá el mito romántico de la escala marítima?). Extraños, los bailarines oscuros (a contraluz) en la bruma que momentáneamente cubre la pista, articulados como marionetas bajo un techo de rayos rojos y verdes. Extraño, el espejo giratorio. Extraños, los frescos tiznados, helenoides, que corren como una castidad algo anticuada a lo largo de las paredes altas.
Le Palace no es una boîte, una “caja”, como llamamos en Francia a una discoteca: reúne en un mismo lugar original placeres que ordinariamente están dispersos: el del teatro como edificio amorosamente conservado, el placer de lo visto; la excitación de lo moderno, la exploración de nuevas sensaciones visuales gracias a nuevas tecnologías; la dicha del baile, el encanto de los encuentros posibles. Todo esto junto crea algo muy antiguo, que se llama la Fiesta y que es muy distinto de la Diversión o el Entretenimiento: todo un dispositivo de sensaciones destinado a hacer felices a los hombres, durante el intervalo de una noche. Lo nuevo es esta impresión de síntesis, de totalidad, de complejidad: estoy en un lugar suficiente para sí mismo. Es por este suplemento que Le Palace no es una simple empresa, sino una obra, y que quienes lo concibieron pueden considerarse con razón artistas.
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¿Le habría gustado a Proust? No lo sé: ya no existen duquesas. Y, sin embargo, inclinado sobre la pista de baile de Le Palace, palpitante de haces de colores y siluetas danzantes, adivinando a mi alrededor, en la sombra de los niveles y de los palcos abiertos, una ebullición entera de cuerpos jóvenes ocupados en circuitos insospechados, me pareció reconocer, traspuesto a lo moderno, algo que había leído en Proust: aquella velada en la Ópera, donde la sala y los palcos forman, bajo la mirada apasionada del joven Narrador, un medio acuático, suavemente iluminado por aigrettes, por miradas, por joyas, por rostros, por gestos que evocaban los de divinidades submarinas, en medio de las cuales se entronizaba la duquesa de Guermantes. Nada más que una metáfora, después de todo, que viaja desde el fondo de mi memoria y llega para embellecer Le Palace con un encanto final: aquel que nos viene de las ficciones de la cultura.
VOGUE-HOMMES, mayo de 1978
Soirées de París
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Así que, nos hemos librado de eso.
Schopenhauer (en una hoja suelta, antes de morir)
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24 DE AGOSTO DE 1979
Anoche.) En el Flore, donde hojeaba Le Monde (ninguna novedad), a mi lado dos chicos (a uno lo conozco de vista, incluso nos saludamos con un gesto; agradable, de rasgos regulares, aunque con uñas bastas) discutían largamente sobre el servicio de llamadas para despertarse por teléfono: suena dos veces, pero si no te despiertas ya no hay remedio; ahora todo eso está informatizado, etc. En el metro, bastante lleno, me pareció ver muchos extranjeros jóvenes (quizás venidos de la Gare du Nord y la Gare de l’Est); un guitarrista (canciones folk americanas) pasaba el sombrero en un vagón; yo elegí con cuidado el siguiente, pero en Odéon cambió de coche y entró en el mío (probablemente recorre todo el tren); al verlo, me bajé de inmediato y regresé al vagón que él acababa de dejar (ese pasar la gorra siempre me incomoda: me parece una forma de histeria y de chantaje, además de una arrogancia, como si fuera evidente que esa música —o cualquier música— tuviera necesariamente que darme placer). Me bajé en Strasbourg–Saint-Denis, donde resonaba un solo de saxofón; en un recodo vi a un joven negro, delgado, produciendo ese ruido enorme, “desconsiderado”.
24 DE AGOSTO DE 1979
Anoche.) En el Flore, donde leía Le Monde (ninguna noticia), a mi lado dos chicos (a uno lo conozco de vista e incluso nos saludamos con la cabeza; de facciones regulares, atractivo, aunque con uñas bastas) discutían largamente sobre el servicio de llamadas para despertarse por teléfono: suena dos veces, pero si no te despiertas, mala suerte; ahora todo eso lo hace un ordenador, etc. En el metro, bastante lleno, me pareció repleto de jóvenes extranjeros (quizás venidos de la Gare du Nord o de la Gare de l’Est); un guitarrista (canciones folk americanas) pasaba el sombrero en un vagón; escogí con cuidado el siguiente, pero en Odéon cambió de coche y entró en el mío (seguro recorre todo el tren); al verlo, bajé en seguida y regresé al vagón que él acababa de dejar (ese pasar la gorra siempre me incomoda: me parece una forma de histeria y de chantaje, y también de arrogancia, como si fuera evidente que esa música —o cualquier música— tuviera necesariamente que darme placer). Me bajé en Strasbourg–Saint-Denis, la estación resonaba con un solo de saxofón; en un recodo vi a un joven negro y delgado produciendo ese ruido enorme, “desconsiderado”.
El barrio, decadente. Tomé la Rue d’Aboukir, pensando en Charlus, que la menciona; no sabía que desembocaba tan cerca de los Bulevares. Aún no eran las ocho y media; demoré un poco para no llegar con exactitud a la hora a las 104, donde Patricia L. tendría que bajar a abrirme. El barrio estaba desierto, sucio, un viento fuerte levantaba montones de papeles y cajas vacías, desechos de las fábricas de la zona; descubrí una placita triangular (creo que Rue d’Alexandrie); era encantadora y sórdida a la vez: tres plátanos viejos (me solidaricé con su falta de aire), unos bancos extraños con forma de cubas, y a un lado un edificio bajo, pintado con colores vivos —pensé que podría ser un music-hall pequeño y miserable, pero no, era otra fábrica de cajas—; al lado, en un muro, un enorme cartel de cine (Peter Ustinov flanqueado por dos jóvenes); seguí hacia la Rue Saint-Denis, pero había tantas prostitutas que era imposible “pasear” sin dar a entender otra cosa; volví sobre mis pasos, aburrido, sin escaparates para mirar, y me senté un instante en uno de los bancos de la plaza; unos niños jugaban al fútbol, gritando; otros se lanzaban sobre los montones de papeles que el viento empezaba a dispersar. Pensé: ¡qué cosa tan de película! Debería filmarlo, meterlo en una cinta; fantaseé un poco, imaginando una técnica que me permitiera grabar la escena de inmediato (una cámara perfecta en el segundo botón de mi camisa), y otra que hiciera de esta plaza, barrida por el viento, un decorado donde situar a un personaje a posteriori. Finalmente fui al 104, todavía abstraído, inquieto por el poder lúgubre de este rincón de París, pasando frente al hotel Royal-Aboukir (¡qué nombre!). Todo aquello parecía un barrio desheredado de Nueva York, en escala parisina.
En la cena (un buen risotto, pero la carne, por supuesto, nada cocida), me sentí cómodo con los amigos: A.C., Philippe Roger, Patricia, y una joven, Frédérique, que llevaba un vestido más bien formal, de un azul insólito y apacible; habló poco, pero estaba allí, y pensé que esas presencias atentas y marginales eran necesarias para la buena economía de una velada (aunque André T. exagera). Hablaron de lo que llamaban shaggy-dog stories (“En Victoria Station, en Inglaterra, conocí a una española que hablaba francés”), discutiendo animadamente sobre la definición del concepto; y luego de Jomeini (dije cuánto lamentaba no tener estos días más que boletines de noticias, nunca análisis; nadie nos dice, por ejemplo, qué pasa con la lucha de clases en Irán, en esto Marx brilla por su ausencia), después de Napoleón (porque estoy leyendo a Chateaubriand). Me fui primero, hacia las once y media, con muchísimas ganas de orinar y temiendo no encontrar taxi y tener que tomar el metro; entré en un bistró del bulevar frente a la Porte Saint-Denis; en un rincón, acurrucados junto a la puerta del retrete que apenas podía abrir, tres criaturas indefinibles (medio chulos, medio locas) hablaban de una prostituta de Marsella (al menos eso me pareció entender); un apuesto asiático tatuado (vi los tatuajes azul verdoso bajo las mangas cortas de su camiseta) jugaba al pinball con un amigo. El camarero y la patrona, vulgares, cansados, amables: pensé, ¡qué trabajo! El taxi apestaba a suciedad y a un olor farmacéutico—y eso que el cartel de prohibido fumar era explícito. En la cama, mientras Germaine Tailleferre exponía con entusiasmo sus lugares comunes y vanidades con una voz y una dicción que me encantan, esperaba impaciente que terminaran los discos de Stravinsky y Satie para poder oír más de ella; ya en la cama hojeé las primeras páginas de un texto, M/S, recién publicado por Seuil (F.W. me había hablado de él), preguntándome qué podría decir: aunque estaba bien escrito y era simpático, no me arrancaba más que un “sí, sí”; luego seguí, fascinado, con la historia de Napoleón en las Mémoires d’outre-tombe. Al apagar la luz, volví un rato a la radio: una soprano agria y frágil cantaba una insípida aria clásica (algo como Campra, todos iguales), apagué.
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25 DE AGOSTO DE 1979
En el Flore con Eric M., pedimos huevos pasados por agua y salchichas, y un vaso de burdeos. Nadie que mirar. Un argentino de pelo canoso y barba se me acerca para renovar una invitación que dice haberme hecho ya: ir, con todos los gastos pagados, a su Instituto de Comunicación; como me muestro evasivo, añade de pronto algo así como: “Somos políticamente muy independientes” (yo no pensaba en eso, sino en el tedio de soportar varias cenas con él en Buenos Aires—además tendríamos que comunicarnos en inglés). Entró un muchacho y se sentó solo; imposible adivinar su nacionalidad (solo los ojos almendrados eran extranjeros); su chaqueta entallada era oscura, formal, el cuello arrugado sobre una corbata fina y muy apretada, el conjunto rematado (¿o inaugurado?) por unos peculiares zapatos rojos de ante. Pasó el vendedor del Charlie-Hebdo; en la portada, con el gusto estúpido de ese periódico, una cesta de cabezas verdosas como lechugas: “2 Francos la cabeza camboyana”; y justo en ese momento un joven camboyano entró en el café, vio el dibujo, visiblemente impactado, turbado, compró el periódico: ¡cabezas camboyanas! Durante todo esto, Eric y yo hablamos de la cuestión de los diarios; le digo que quiero dedicarle el texto que acabo de escribir para Tel Quel, y su alegría espontánea me conmovió (la recompensa de la noche). Me acompañó a casa por la Rue de Rennes, sorprendido por la densidad de chaperos, su belleza (yo soy más reservado); me contó que se había sentido herido por Y., que le había dicho que P. lo menospreciaba (un episodio de red de relaciones, en el estilo manipulador de Y.). En la cama, con la música de El cascanueces (emitida para ilustrar la noción de “fantasía musical”), leí un poco más del último Yves Navarre (mejor que los anteriores) y de M/S (“sí, sí”); pero ambos me parecieron obligaciones, y tan pronto cumplí con ellas, las dejé de lado y me volví con alivio a Chateaubriand, el verdadero libro. Siempre esta idea: ¿y si los Modernos estuvieran equivocados? ¿Y si, simplemente, no tuvieran talento?
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26 DE AGOSTO DE 1979
En el Bonaparte, donde debía cenar con Claude J., me topé con Gérard L. (detesto estos encuentros imprevistos, prefiero estar solo en un café para observar, pensar en mi trabajo, etc.): está más desastrado que nunca; incoherente, balbuceante, sonriendo dulcemente bajo su cabello rizado y sus ojos azules (miopes o asombrados detrás de sus gafas redondas), me cuenta que ha dejado su habitación para compartir el apartamento de un tipo, con la esperanza de tener un lugar donde pintar mientras la Escuela de Bellas Artes está cerrada (por el verano); ahora resulta que ese tipo está loco, haciéndoles la vida imposible a ambos. ¿Qué edad tiene? Veinticuatro, pintor. ¿Te tira los tejos? No, precisamente (como si eso fuera lo que le preocupaba), está loco, etc. Me parece tan absolutamente incoherente, tan incondicionalmente necesitado, que resulta excitante, como tener a un esclavo a disposición, y esa confusión me conmueve, al pensar la alegría, el alivio que sentiría si yo le dijera de pronto: está bien, ven a mi casa. No hice nada de eso, sería una locura.—Llegó Claude J., con un jersey; llovía fuerte y hacía frío. Dudamos interminablemente sobre el restaurante; me ofrece generosamente elegir, pero esa libertad me resulta un regalo excesivo, no sé qué hacer con ella; menciona un “restaurante de carnes” cerca del Collège de France; aunque la idea me repugna y temo que esté lleno (detesto los restaurantes atiborrados), estoy tan cansado de caminar bajo la lluvia que prefiero un lugar más lejos (y habrá que ir en coche); por suerte el restaurante de carnes estaba cerrado, así que no quedaba más opción que ir a Bofinger (que era lo que quería desde el principio, pues últimamente me siento muy a gusto en esa brasserie, excelente aunque cara). El maître me llamó por mi nombre, lo que me halagó y me avergonzó a la vez; la ensalada de berros estaba excelente y había (algo que aprendí a amar desde mis primeros viajes a Italia) pescado y verduras al vapor que rocié con vinagreta. Claude J. me contó su viaje a Turquía con su amigo J.-P.; parecía una sucesión de noches en el coche, llegando a pueblos desconocidos a la una de la madrugada, once mil kilómetros en veinte días, algo que me sería imposible. Al principio tuve ganas de hablar de mis problemas de trabajo, pero como siempre que anticipo una conversación, me vuelvo cohibido y no digo nada. Al final despaché el asunto (que hubiera dado para toda una charla) en una sola frase.
Entró un grupo de hombres, dos de ellos cincuentones barbudos, gemelos a juzgar por el aspecto, la Naturaleza intentando corregir su primer intento fallido; uno me saludó con la mano—el argentino de ayer (en el Flore); el otro me resultaba vagamente familiar, un crítico de arte. En otra mesa, más allá, nos sorprendió ver a dos chicos comiendo juntos: parecían pobres, mal vestidos, enfermizos; uno parecía magrebí, el otro, con gafas oscuras, tenía las manos toscas y sucias de un obrero. ¿Qué hacían allí? ¿Dos compañeros de trabajo, dándose un lujo?
Me alegré de tener que limitarme a volver a casa y meterme en la cama. En la radio, una voz femenina aguda y sin vibrato, aburrida y “retrasada”, encadenaba una sonata de Beethoven (tocada, eso sí, por el argentino encarcelado: un toque de demagogia) con una interminable grabación de un orador japonés y luego, también interminable, la voz áspera de un cantante indio. Todo esto como si fuera lo más natural: programas locos, aburridos, con transiciones oscuras. Continué con placer las Mémoires d’outre-tombe, donde ya he llegado a los “Cien Días”.
27 DE AGOSTO DE 1979
De nuevo en Bofinger (con M. y su amiga C. de Pau, joven agraciada, rostro recto y tranquilo, sin alegría pero tampoco sin encanto, tal vez un poco rígida). Me molestó, sin que tuviera la culpa, pues naturalmente M. no podía invitarme, que yo me sintiera fuera de lugar en medio de toda esta cortesía: sonrió con dulzura, “aceptó” todo, pero se me antojaba un poco embalsamada.
De regreso, mientras esperaba en el coche frente a un semáforo rojo, apareció de pronto, cruzando apresuradamente, con sus gafas y su expresión siempre alerta, como un pequeño animal acorralado, Y. Me vio. Sonrió, pero la sonrisa fue helada, irónica. Esa mirada me persiguió todo el camino de vuelta.
En la radio, una emisión en que viejos marineros de Bretaña, ancianos de manos callosas y ropas desgastadas, contaban sus recuerdos: tormentas, naufragios, la dureza del trabajo. ¡Qué belleza en esas voces ásperas, sin afectación! Todo eso me conmovió profundamente.
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28 DE AGOSTO DE 1979
En el metro, una mujer joven, muy guapa, rasgos italianos, estaba sola en el andén; de pronto, en el silencio, lanzó un grito, sin motivo, un grito fuerte y largo. Todos la miramos: ella no dijo nada, siguió esperando el tren, como si no hubiera pasado nada.
En el Flore, nada interesante. El barrio desierto, aún más que de costumbre. Una languidez pesada me invade; es agosto, la ciudad está vacía.
Por la tarde, cine en el Barrio Latino, una película sueca sin interés; me aburrí. Caminando de regreso, al caer la noche, pensé en mi soledad: cada día tengo la impresión de que me acerco a un punto de cristalización, de que la soledad ya no es simplemente una condición, sino un destino.
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29 DE AGOSTO DE 1979
Por la mañana, al hojear Le Monde, pensé en esta extraña costumbre que tengo de esperar siempre en los periódicos algo que me concierna personalmente, como si algún día fuera a encontrar allí una alusión, un guiño, un secreto mensaje dirigido solo a mí. Evidentemente, nunca sucede.
Por la tarde, encuentro con F.W. en el barrio de Montparnasse; me dijo que había leído M/S y lo encontraba flojo. Yo, sin embargo, sigo con mis “sí, sí”. F.W. parecía cansado, pero amable, atento. Terminamos hablando de la fotografía: él piensa que la foto ya no puede decir nada nuevo, que está agotada. Yo no sé.
En casa, televisión: un debate político sobre Afganistán; voces monótonas, nada esclarecedor. Luego música ligera, sin interés.
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30 DE AGOSTO DE 1979
Soñé que estaba en una especie de prisión, aunque no demasiado hostil: las celdas estaban abiertas, podíamos circular. En una galería, un hombre joven me miraba fijamente; no decía nada, pero su mirada era intensa, casi peligrosa. Me desperté inquieto.
En el metro, dos turistas japoneses, con sus cámaras colgadas del cuello, se reían sin parar, fotografiando todo. Esa ligereza me exasperó.
En la cena, con A.C., conversación animada: hablamos de Gide, de las cartas, de la imposibilidad de escribir hoy con esa seguridad, esa especie de franqueza altiva.
De regreso a casa, leí un poco más de Chateaubriand: los Cien Días. Pensé que quizá toda mi vida no sea más que una nota al pie en ese libro inmenso que me acompaña.
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31 DE AGOSTO DE 1979
En el Flore, un joven rubio, de unos veinte años, sentado solo frente a un café, hojeaba un cuaderno con dibujos: bocetos rápidos, cabezas, perfiles. Los trazos eran seguros, pero no “bellos”. Me produjo un extraño sentimiento: admiración y, al mismo tiempo, la sensación de estar frente a algo que jamás me pertenecería.
Más tarde, fui a caminar hasta el Sena. El agua estaba pesada, gris verdosa, inmóvil. Una barcaza pasó lentamente; el ruido del motor resonaba en la noche casi desierta. Me detuve en un puente, observando. Una pareja de adolescentes se besaba sin prestarme atención. Yo miraba el agua oscura, pensando: ¿y si todo acabara aquí, ahora?
Regresé tarde, con un malestar sordo. En la radio, un programa de jazz: saxofón y contrabajo, largas improvisaciones. Esa música no me dice nada, me aburre, me exaspera incluso.
1 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el mercado de la Place Saint-Sulpice, un niño gritaba sin cesar, caprichoso, insoportable; su madre, exhausta, no lo regañaba. Me aparté, molesto, con la sensación de que ese ruido iba a perseguirme todo el día.
En el Flore, un camarero nuevo, joven, muy delgado, rostro tenso y ojos brillantes, se movía con nerviosismo, como si temiera equivocarse en todo momento. Eso me enterneció un poco.
Por la tarde, cine: una película americana de acción, absurda, ruidosa. Me preguntaba qué placer podían sacar los demás espectadores de esas persecuciones, de esas explosiones. Yo me aburría soberanamente.
En casa, releí unas páginas de M/S, pero sin ganas. Volví, con alivio, a Chateaubriand.
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2 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Soñé con mi madre: estábamos en una casa antigua, ella cosía en silencio, y yo la observaba. No hablábamos. La escena estaba iluminada por una lámpara de aceite. Al despertar, me invadió una tristeza dulce, como si hubiera vuelto a verla realmente.
En el Bonaparte, un joven de cabello negro y piel muy blanca, quizá español, estaba sentado a dos mesas de distancia. Miraba fijamente hacia la calle, sin expresión. Esa figura inmóvil me fascinó: parecía habitada por un secreto absoluto.
Por la tarde, una larga caminata por Montparnasse; el barrio estaba desierto, las tiendas cerradas, los cafés medio vacíos. Me sentí completamente fuera del mundo.
En la radio, un concierto de música barroca, anónimo y agradable; una especie de consuelo sin trascendencia.
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3 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el metro, una mujer joven, elegante, de traje sastre, leía un informe mecanografiado lleno de cifras. Tenía un aire serio, concentrado, totalmente indiferente a lo que la rodeaba. Esa indiferencia me impresionó.
En el Flore, nada destacable: algunas caras familiares, clientes aburridos, camareros cansados. Todo parecía ralentizado, como si la ciudad aún no despertara del verano.
Por la tarde, recibí una carta de A.C.: tono afectuoso, amistoso. Me conmovió esa fidelidad. Contesté de inmediato, con gratitud.
En casa, televisión: un reportaje sobre Japón, imágenes de fábricas y de trenes que pasaban velocísimos. Sentí la tentación de ir allá, de sumergirme en esa alteridad total. Pero, ¿no sería una huida más?
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4 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Madrugué, extraño en mí. El cielo estaba gris, pesado; París parecía envuelto en una niebla sucia.
En el Flore, un hombre mayor, bien vestido, estaba sentado frente a un vaso de agua. No leía, no miraba a nadie. Permanecía absolutamente inmóvil. Esa inmovilidad me impresionó tanto que apenas pude concentrarme en lo que tenía delante.
Por la tarde, fui a la Biblioteca Nacional. Consulté algunos documentos para mi trabajo, pero mi atención era dispersa; me sorprendí copiando frases sin saber para qué.
En la radio, un programa sobre la música de Mahler: voces de críticos, pedantes, se superponían a fragmentos de sinfonías. Eso me exasperó. Mahler merece silencio, no parloteo.
Me acosté temprano, con un malestar indefinible.
5 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el Bonaparte, al lado mío, dos estudiantes discutían apasionadamente sobre Marx; uno agitaba las manos, exaltado, el otro escuchaba con una especie de paciencia irónica. Yo no podía evitar pensar: ¿y si en verdad Marx ya no dijera nada sobre nuestro presente?
Por la tarde, una visita breve de F.W., cansado, preocupado; hablamos poco, en voz baja. Se fue rápido. Su presencia, aunque breve, me reconfortó.
En la radio, un recital de Schubert: Lieder que me atravesaban como cuchilladas dulces.
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6 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Soñé con un cuarto pequeño, apenas iluminado; en una esquina, un hombre joven me miraba fijamente, sin decir nada. Me desperté con esa mirada clavada en mí.
En el Flore, un turista americano, gordo, sudoroso, consultaba un mapa; parecía perdido, irritado. Yo, a su lado, me sentía casi transparente.
Por la noche, televisión: una comedia ligera, ridícula. Apagué pronto. Volví a mis libros: Chateaubriand, siempre.
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7 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En la rue de Rennes, un grupo de adolescentes argelinos gritaba, se empujaba, reía. Su vitalidad me parecía tan lejana a la mía que casi me daba miedo.
En el Flore, nada especial. París parecía aún desierto.
Por la tarde, larga caminata por el barrio de la Ópera: calles iluminadas, turistas; me sentí extranjero entre ellos.
En casa, leí unas páginas de Stendhal, luego volví, como siempre, a Chateaubriand.
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8 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Soñé que estaba en un tren, de noche. A mi lado, un joven dormía con la cabeza apoyada en mi hombro. La sensación era dulce, consoladora. Al despertar, un vacío doloroso.
En el Bonaparte, un anciano de aspecto modesto leía un libro muy gastado, con gran concentración. Ese gesto humilde me conmovió.
Por la noche, radio: una sinfonía de Bruckner. Magnífica, aunque un poco aplastante.
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9 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el Flore, un joven de cabello claro escribía en un cuaderno. La concentración de su escritura me impresionó, como si se tratara de algo vital.
Por la tarde, una caminata hacia el Jardin du Luxembourg: niños que jugaban con barquitos en la fuente, risas, gritos. Me senté un largo rato a mirar. Pensé: “He aquí la vida, y yo, afuera.”
En la radio, un programa de música contemporánea: ruidos metálicos, estrépito. Lo soporté apenas unos minutos.
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10 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Desperté con una tristeza pesada.
En el Flore, nada que observar. El café estaba casi vacío.
Por la tarde, cine: una película italiana, aburrida, sin fuerza. Caminando de regreso, bajo una llovizna ligera, me sentí absolutamente solo.
En casa, reabrí al azar las Mémoires d’outre-tombe. Cada página me sostiene.
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11 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Soñé que estaba perdido en una ciudad extranjera, sin poder comunicarme. Preguntaba direcciones en francés, nadie entendía. La angustia me despertó.
En el Bonaparte, un camarero nuevo, torpe, derramó un vaso. Todos lo miraron con irritación. Yo sentí compasión.
En la radio, un concierto de piano: Mozart. Claro, luminoso. Me serenó un poco.
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12 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el metro, un hombre joven se subió con un perro grande, nervioso. El animal se agitaba, la gente se apartaba. Esa escena me puso incómodo.
Por la tarde, encuentro con A.C.; hablamos de libros, de proyectos. Su entusiasmo me reconfortó.
En la radio, un programa sobre poetas contemporáneos: versos leídos en voz alta, la mayoría insípidos.
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13 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el Flore, un joven rubio hojeaba un cómic. Su cara estaba iluminada por una sonrisa infantil. Esa inocencia me conmovió.
Por la tarde, caminata por el Quai de la Tournelle; el Sena estaba oscuro, pesado. El cielo se cubría de nubes. Sentí un malestar sordo.
En casa, leí a Stendhal, luego a Chateaubriand.
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14 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Soñé con un niño pequeño que me tomaba la mano. Al despertar, me invadió una nostalgia inexplicable.
En el Bonaparte, un hombre mayor hojeaba un álbum de fotos. No pude evitar mirar: eran imágenes de familia, niños, bodas, fiestas. Me sentí intruso y triste.
En la radio, una voz femenina cantaba melodías populares rusas: ásperas, melancólicas.
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15 DE SEPTIEMBRE DE 1979
En el Flore, dos jóvenes discutían de cine; hablaban con entusiasmo de Godard. Yo pensaba: Godard, ¿todavía?
Por la tarde, televisión: un documental sobre animales en África. Paisajes grandiosos, fieras. Todo eso me parecía lejano, irreal.
En la cama, releí a Chateaubriand. Cada vez más, su libro es mi único refugio.
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16 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Soñé con una casa vacía. Recorro habitaciones polvorientas, escucho mis propios pasos. El silencio es absoluto. Me desperté inquieto.
En el Bonaparte, un grupo de turistas italianos hablaba en voz alta, gesticulando. Yo me sentía invisible entre ellos.
En la radio, un cuarteto de cuerda de Beethoven. Sublime, casi insoportable.
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17 DE SEPTIEMBRE DE 1979
Por la mañana, un cielo gris. París parecía muerto.
En el Flore, nadie interesante.
Por la tarde, larga caminata por Saint-Germain. Las calles estaban vacías, como si la ciudad me rehusara.
En la radio, un programa banal. Apagué.
Me acosté temprano. Sentía un vacío inmenso.
FIN

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