© Libro N° 14230. Dark. Diéguez Casal, Ernesto. Emancipación. Septiembre 6 de 2025
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Publicada en 2010 en la web Sitio de Ciencia-Ficción: http://www.ciencia-ficcion.com
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A modo de prólogo
La literatura de catástrofes es un clásico dentro de la ciencia-ficción. Cualquier mero aficionado podría nombrar decenas de títulos en donde una catástrofe de cualquier tipo asola la Tierra, obligando a los seres humanos a enfrentarse a situaciones para las cuales no estaban preparados y ante las cuales deberán adaptarse, normalmente cuanto antes. Ya sea por una invasión alienígena, por el impacto de asteroides y/o cometas, por virus o por guerras nucleares, o por algún fenómeno desconocido, los autores de ciencia- ficción se han afanado durante años por eliminar a gran parte de la especie humana y someter a los supervivientes a penurias varias. Sin embargo, en una gran mayoría de estas obras, el ser humano acaba triunfando de alguna forma, saliendo del atolladero en donde normalmente se ha metido, y fundando un lugar mejor, o como poco, sobreviviendo. Esas salidas pueden ser más o menos épicas o gloriosas o felices, pero el rayo de esperanza suele estar casi invariablemente presente. Recuerdo la primera vez que leí LA GUERRA DE LOS MUNDOS, en donde la naturaleza termina por echar una mano al ser humano eliminando a aquellos marcianos de aspecto cefalopoide, cuando ya todo estaba perdido, o SOY LEYENDA, donde el protagonista cede su propia vida para otorgar a la Humanidad un futuro mejor.
Sin embargo, lo menos habitual es que se presente una catástrofe de la cual el ser humano no puede huir de ningún modo. Una situación en la que no tienen más remedio que cruzarse de brazos y esperar a la parca con actitudes más o menos resignadas. Son esos momentos en donde aflora una filosofía extraña, liberada de ataduras materiales y centrada en la propia naturaleza de la existencia.
DARK es una historia que muchos encuadrarían en la ciencia-ficción hard, por la sencilla razón de la plausibilidad del argumento central del relato: que un agujero negro se cruce en el destino del Sistema Solar. Una situación de la que nadie, hoy en día, podría huir: no hay lugar seguro, no hay escapatoria posible. Y luego, la forma en que una sociedad se desmorona, las actitudes de las personas ante la muerte inminente. DARK huye, en parte, del tópico de que siempre hay una salida, y busca también convertir una historia de ciencia-ficción en una historia realista.
Y en la realidad, a veces las cosas no tienen solución.
© Ernesto Diéguez Casal, 29 de agosto de 2010
Mark respiró hondo. En su interior se libraba una batalla, pero de antemano sabía quién era el ganador. En la guerra entre sus motivaciones personales y profesionales, estas últimas siempre salían victoriosas. Miró a su alrededor, buscando ayuda. Pero su despacho no ofrecía nada de lo que necesitaba. Las paredes estaban cubiertas de paneles con notas, de posters de conferencias y artículos, y de estanterías repletas de libros. Su mesa, de plástico gris, era un mar de folios garabateados, y la pantalla plana de su computadora palpitaba frente a él, llamándolo. Finalmente, tomó el teléfono y marcó el número de su casa. Mientras llegaba el tono, miró la hora en la esquina de la pantalla de su ordenador. Eran más de las nueve.
—¿Sí? —dijo una voz al otro lado. Su mujer.
—Hola, cariño —dijo, intentando sonar conciliador.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, cortante y marcando las distancias. Últimamente, siempre era así.
—Creo que voy a tener que trabajar hasta tarde.
—Como siempre —dijo ella.
—Cariño... —suplicó Mark. Ella colgó sin decir nada más.
Mark suspiró. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? Ella no podía entenderlo, no entendía sus motivaciones. Solamente veía que su marido se quedaba a trabajar hasta tarde, ignorándolas, a ella y a su hija. Pero había algo dentro de sí mismo que lo llamaba, que hacía que se quedase muchas noches hasta tarde, incluso durmiendo en su despacho. El afán de conocer, la curiosidad innata de los primates, palpitaba en el interior de su mente, llamándolo como una voz hipnótica y a la que no podía oponerse. Tablas, datos, resultados, mediciones,... números y letras, ecuaciones, girando en el interior de su cabeza,
cruzándose y construyendo hipótesis. ¿Por qué no podía entenderlo ella? «Por qué tiene una maldita mente práctica e insulsa», se dijo, amargado. Trabajaba en una maldita oficina, diseñando marketing para empresas... ¿Publicidad? ¿A quién le importaba eso? A nadie, se dijo. Pero sabía que se mentía. Eran sus trabajos los que no interesaban a nadie. Y el marketing, y la publicidad, movían el mundo. ¿Física, astronomía? Bobadas.
Se levantó y salió del despacho. El pasillo estaba vacío, como a él le gustaba. Silencioso, siniestro, apacible. Sacó un café de la máquina, maravillándose del torrente turbulento de café hirviendo que salía del diminuto grifo. Lo tomó, y volvió a su despacho, el único lugar en la Tierra en el que se sentía seguro. Y en paz, muchas veces.
Se sentó, y seleccionó unas cuantas tablas de datos que llevaba varias horas repasando. Formarían parte de su nuevo trabajo.
Mientras leía y releía los datos, un paquete de información golpeó en la puerta de su pantalla. Venía de uno de los satélites con los que habitualmente trabajaba. El MSK-332. Aceptó el paquete de datos, y
vio como estos se abrían como una flor en el centro de su pantalla. Olvidó lo que estaba haciendo, y se centró en ellos. Y a medida que los datos se iban ordenando en su mente, dibujando formas y estableciéndose... a medida que eso ocurría, Mark comenzó a inquietarse.
—Esto tiene que estar mal —dijo. su voz sonó extraña en el despachó, demasiado fuerte, elevándose sobre el runrún del ordenador.
El café se consumió en su boca, y su sabor amargo permaneció unos instantes.
Había algo en ese conjunto de datos que no le gustaba ni un pelo. Pidió permiso a Central, y reorientó el satélite ligeramente. Un proceso de rutina. Le indicó a la IA del aparato que activase todos sus sistemas de medida, que previamente no habían sido utilizados, y esperó a que el satélite le enviase nuevos paquetes de datos, más específicos y precisos que el paquete inicial. Durante los siguientes ciento noventa y un minutos, Mark se olvidó de aquella información extraña, y probablemente errónea, y siguió con sus tablas. Necesitaba que aceptasen su nuevo artículo. De lo contrario, perdería
la subvención estatal y su carrera profesional sufriría un varapalo del que quizá no fuese capaz de recuperarse. Y a saber qué opinaría de eso Dana. Quizá fuese la gota que colmase el vaso. Quizá fuese el final.
Ya de madrugada, un nuevo paquete de datos, mucho mayor que el anterior, llegó a su ordenador. Lo abrió con un bostezo, y les echó un vistazo. Esta vez había mucha más información. Abrió una docena de programas de cálculo, y los puso a trabajar. Necesitaba eliminar el ruido de aquella marabunta de información, quedarse con lo esencial, y poder extraer unas conclusiones. Además de darle un respiro a su cerebro abotargado.
—Pero, ¿qué cojones...? —exclamó, acercándose a la pantalla del ordenador como si eso fuese a hacer cambiar los resultados.
Un escalofrío recorrió su espalda, y sintió que comenzaba a sudar en frío.
—No puede ser —dijo, negando con la cabeza. Comenzó a calcular el momento angular, la
intensidad de emisión de rayos X, posición y velocidad, rotación.
Pero los ordenadores no se equivocaban. Nunca lo hacían. Y menos un ordenador como el suyo. Los programas tenían una fiabilidad total, y si debían sumar dos y dos, el resultado era cuatro invariablemente. Y daba igual que fuesen sumas sencillas o complejas ecuaciones. No fallaba. Pero los resultados... eran...
Tomó lápiz y papel, y se dispuso a comprobarlos por sí mismo. Su cociente de ciento noventa no solía fallar casi nunca. Su mente era... diferente. Siempre lo había sido.
Los garabatos fueron surgiendo, casi con levedad, sobre el papel, a lo largo de los minutos. La mente de Mark, ausente del mundo exterior, no era ahora más que el instrumento de un objetivo, y la mano su instrumento ejecutor. Ni siquiera un gran terremoto lo habría sacado de su ensimismamiento. Cuando al fin terminó, se dio cuenta, con horror, que los resultados que había obtenido eran los mismos que la primera vez.
—No puede ser, no puede ser —se repitió.
Terco, le pidió al ordenador que repitiese los cálculos, y él mismo lo hizo de nuevo en el papel. Comprobó los resultados, cuando ambos terminaron. Cuatro de cuatro.
—Cuatro de cuatro —repitió, en voz alta. Sintió que el mundo se derrumbaba en torno a sí—. No puede ser, dios mío.
Y hundió la cara entre sus manos.
Asustado, inició la segunda fase de los cálculos. Mientras lo hacía, su corazón latía cada vez con mayor ferocidad, incontrolado, y el sudor perlaba la piel pálida de su rostro. De cuando en cuando, se repetía que no podía ser. Y, no obstante, sabía que el ordenador no fallaba dos veces consecutivas. Una, quizá, cada mil millones de operaciones. Y estaba seguro de sus cálculos. Podía fallar una vez, pero no dos, y mucho menos consecutivas.
Cuando al fin terminó los cálculos, se derrumbó sobre su escritorio.
—Es el fin —murmuró.
Absolutamente deprimido, Mark pulsó el botón de enviar. No faltaba mucho para el amanecer, aunque su despacho no tenía ventanas. Se reclinó en su silla. Había elaborado un informe preliminar acerca de su terrible descubrimiento, y se lo había enviado a media docena de colegas, tan capaces como él de llevar a cabo los cálculos. Sabía, sin embargo, que sus resultados estaban bien. No se había equivocado. No con algo tan grande. Quizá por ello, entre los destinatarios de su informe se encontraba un hombre llamado Charles Finn. Físico de renombre, era la mano derecha del Director General de la NASA. Un científico en el que se podía confiar.
Durante unos minutos, tuvo dudas acerca de qué hacer. Pero pronto las despejó. Siempre había sido un hombre de decisiones rápidas. Quizá no siempre acertadas, pero si rápidas. Como la gran mayoría de los genios, sabían qué querían, sin dudas al respecto. Se aseguró que su informe hubiese llegado a los destinatarios, y luego se levantó y salió del despacho. Fuera, todavía el pasillo, y en realidad casi el
edificio entero, era como un castillo solitario. Atravesó el pasillo y salió al exterior. La noche
estrellada perdía oscuridad, a medida que el amanecer se acercaba paulatinamente. No obstante, las estrellas todavía alumbraban con eficacia el cielo nocturno sin Luna. Miró a su alrededor. El aparcamiento del edificio estaba completamente vacío, a excepción de su todoterreno gris, aparcado en una esquina, y de la furgoneta roja y gastada del agente de seguridad. Lo vio dentro de su cabina, en la entrada a las instalaciones. Parecía dormido. Sobre el edificio, de tres plantas, vio la figura cercana del gran telescopio y los edificios que lo rodeaban. Allí sí que habría gente trabajando. Decenas de personas, escrutando la noche en busca de... ¿de qué? se preguntó.
—Inconscientes —dijo, y su aliento expulsado formó nubecillas de vapor en torno a sí. Hacía fresco. Abrió la puerta de su coche, y se sentó. Arrancó el motor, y dejó que se le calentase durante unos instantes. Mientras, tomó su móvil e hizo una
llamada. En su casa, saltó el contestador:
—Residencia de los Wilson, deje un mensaje tras la señal.
Mark esperó pacientemente a que sonase la señal, pensando en lo triste que era todo ahora que sabía que el final estaba cerca. El pitido lo pilló casi desprevenido.
—Oh, hola, Dana, cariño —dijo, sintiéndose torpe. Siempre había sido así, torpe en las relaciones humanas. Así era Mark—. Sé que... que esto no es demasiado... ortodoxo. Pero yo no lo soy, ¿no? Vale, vale, esto es... una especie de despedida. Quizá no entiendas lo que voy a hacer. No busques culpables. No es por ti, no es por Juliette, ni siquiera por nuestra relación, o por el trabajo. Simplemente... mira, el final está cerca. Suena apocalíptico, ¿eh? Lo es, ciertamente. Y nadie puede escapar. Y yo no podré vivir sabiéndolo, ¿entiendes? —hizo una pausa—. No, seguramente no entiendas. Pero lo harás, a su debido tiempo. No mucho, de todas formas. Intenta disfrutar de la vida que te queda, pues pronto ya no habrá nada. Y recuerda que te quiero. Siempre te he querido, desde aquel primer extraño momento. Y adoro a nuestra hija. Pensar en que pronto todos habremos muertos, me hace desesperar. Espero que logres entenderme algún día —hizo una nueva pausa,
diciéndose que era una despedida cuasi patética—. Adiós.
Colgó, y maniobró el coche para salir del aparcamiento. Esperó ante la barrera bajada, con la esperanza de que el ruido de su motor despertase al agente de seguridad, que, ahora sí estaba claro, dormía apaciblemente en su sillón. Al fin, se vio obligado a hacer sonar la bocina. El sonido agudo se perdió en el bosque de pinos que rodeaba el edificio. El agente de seguridad se despertó, y le miró. Saludó con un movimiento de cabeza, y levantó la barrera. Mark arrancó haciendo derrapar las ruedas traseras en la gravilla, y desapareció, dejando aquel edificio a sus espaldas.
La carretera era sinuosa, girando ciento ochenta grados cada pocos centenares de metros, con el objetivo de asumir la marcada pendiente descendente. Los pinos se elevaban por todas partes, meciéndose con la brisa matutina, que llegaba procedente del lejano océano. Las vistas, cuando el bosque lo permitía, eran magníficas: una gran pendiente
atiborrada de pinos, y luego una llanura oscura cubierta de las luces de la ciudad. Miles de farolas cubriendo la tierra. Más allá, sobre el horizonte, una fina línea dorada anunciaba el amanecer.
Mark maniobraba con temeridad en las curvas, sintiendo como las ruedas derrapaban y resbalaban sobre el asfalto nuevo y cubierto del rocío de la noche. Frenaba sólo muy ligeramente al fin de la recta, y cuando aún el automóvil no había perdido del todo su aceleración, pisaba a fondo el acelerador, metiendo marcha y sintiendo como la inercia del coche se transmitía por todo su cuerpo. Sentía, por encima de todo, el regusto amargo y placentero de la adrenalina, que rezumaba por los poros de su piel como la espuma de un cappuccino.
Conocía el lugar preciso en donde lo haría, y sabía que se acercaba a cada curva que tomaba. Podrías quedarte, se dijo, girando en una curva y a punto de perder el control del coche. Claro que podría. Podría quedarse y esperar su destino, común al del resto de seres vivos de la Tierra. Y, ya puestos, común al del resto del Sistema Solar. Miró el cielo estrellado mientras aceleraba en la recta. Las estrellas, tan
inalcanzables, tan brillantes, tan... ellas serían las únicas que quedarían cuando ellos se hubiesen ido.
«Nuestras únicas testigos», se dijo.
Aceleró aún más, quitándose de la cabeza las dudas. La vida era un drama. Siempre lo había sido. Desde el primer momento del alumbramiento de la inteligencia y del arte en el alma de los primitivos antepasados del hombre, el drama se había erigido en paladín de las vidas. No la muerte. La muerte no era más que... la mano ejecutora. Era el drama, la desgracia, el terror,... lo que dominaba la vida. Y, una vez más, se comprobaba. Un final sin salida. Sonrió un instante. No habría ni ricos ni pobres, ni sanos ni enfermos... no habría primeros ni últimos, no habría afortunados y derrotados..., el fin, ese Fin, los uniría a todos para siempre. Los igualaría.
Vio el lugar, y aceleró hasta que creyó que la carrocería se iba a desprender del chasis. La aguja marcaba una velocidad imposible, y Mark sintió como los latidos acelerados de su corazón se acompasaban con los pistones del motor, palpitantes y gemelos. Llegó la curva, pero las manos de Mark se mantuvieron rectas sobre el volante. Sintió el coche
pisando la gravilla del arcén, y como luego el parachoques destrozaba la maleza y alcanzaba el quitamiedos y lo partía. El coche saltó sobre el borde del precipicio, y cayó hacia el vacío profundo y oscuro.
Cientos de metros más tarde, una bola de fuego estalló en el fondo.
«Adiós, mundo», murmuró Mark segundos antes.
Dana se despertó, y lo primero que vio fue la cama vacía. Mark no había regresado a casa esa noche. No era una novedad. Últimamente, Mark andaba metido en algo, siguiendo la estela de una idea, y cuando eso ocurría, todo el Universo dejaba de existir. Ella, la primera otrora, pasaba a un plano más que secundario. Suspiró, enrollándose en las sábanas, esperando a que sonase el despertador. Ya había amanecido, pero todavía tenía unos minutos de descanso.
Despierta, pero aún adormecida, se quedó mirando a la ventana. Las cortinas, ondeando levemente, atenuaban los dorados rayos solares, que se
desperdigaban por encima del mar de valles y montañas que era la cama. Pensó en el Sol, en los amaneceres, y en detalles ínfimos de su niñez. Luego, aburrida, y temiendo un mal día, se levantó y fue a la cocina. Por el camino, vio que la pequeña luz roja del teléfono parpadeaba silenciosamente. Dedujo que seguramente se tratase de otro mensaje de Mark, y aburrida, lo ignoró. Entró en la cocina, y comenzó a preparar el desayuno. Tendría que despertar a María en menos de diez minutos.
Entonces, sonó el teléfono. Corrió hacia él, y se dijo que mataría a Mark por llamar a esas horas de la mañana. Y por no haber dormido en casa. Y por no ser el que era. Y por no dedicarle apenas más de un par de minutos al día. Y por convertir su vida en.
—¿Diga? —dijo, notando como su voz somnolienta atravesaba el cable telefónico, hasta el otro lado.
—¿Señora Wilson? —dijo una voz extraña, y grave.
—Soy yo. ¿Quién es?
—Soy del Departamento de Policía.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Dana, presintiendo la desgracia en el aire de la mañana. Un aire que se volvió tenso y eléctrico.
—Su marido ha tenido un accidente —dijo el hombre, y haciendo una pausa, añadió—: ha fallecido.
Dana soltó el teléfono, mientras escuchaba, de lejos, como el hombre seguía hablando. Su voz formaba un murmullo siniestro. ¿Qué ha muerto?
¿Cómo puede ser? se dijo. Eso es imposible. Muerto. Muerto.
Muerto.
Finalmente, sus rodillas se doblaron, y cayó al suelo sobre ellas. Extendió su mano y tomó de nuevo el teléfono. Colgó al hombre, que todavía continuaba parloteando al otro lado, y pulsó Escuchar mensajes.
Apenas un minuto más tarde, dejó el teléfono a un lado, y se derrumbó.
Sus lágrimas cubrieron el suelo del pasillo.
—¡Maldito cobarde! —gritó.
Charles Finn entró en su despacho, malhumorado. Solía estarlo por las mañanas, a primera hora, hasta que no se metía entre pecho y espalda un par de cafés solos y sin azúcar. Dejó su maletín sobre una de las sillas de su despacho, y se sentó. Algo palpitaba en su cabeza. Los cimientos de un gran dolor de cabeza. Lo sabía, siempre ocurría igual. Se pasó las manos por la cabeza, desde la frente amplia, pasando por la región donde en otra época peinaba pelo y ahora ya no, y siguió hasta la coronilla, acariciando el pelo escaso y blanco.
Decidido a convertir el día que tan mal había empezado en algo más favorable, conectó su ordenador personal. Mientras éste se iniciaba, salió a buscar sus cafés. Esperó ante la máquina durante unos minutos. Tras él, pasaban a cada momento empleados del edificio de Dirección. Todos le saludaban educadamente, y Charles respondía con la misma educación, a pesar de que no conociese prácticamente a ninguno de ellos. Sus caras no le eran más familiares que cualquier otra. La máquina terminó al fin, y recogió sus dos vasos de café, regresando rápidamente al despacho. Cerró la puerta
tras de sí, y dejó los vasos sobre la mesa. Se sentó. El fluorescente del techo le molestaba en los ojos, y los apretó con fuerza.
Suspiró y echó un vistazo a la pantalla del ordenador. Había terminado de encenderse, y sobre la pantalla parpadeaba el aviso de su correo electrónico.
—Empieza el baile —se dijo.
Conectó un poco de música, con un volumen ínfimo, y con la esperanza evidente de calmar los nervios. Abrió el correo electrónico, y descubrió treinta y dos mensajes nuevos. Lo mismo cada día, se dijo. Leyó el asunto de los mensajes. Al menos la mitad no le interesaba. Basura informática. Los borró sin parpadear, y echó un vistazo al resto. El primero de ellos, enviado hacía unas horas, todavía de madrugada, era especialmente turbador. Su asunto era TREMENDAMENTE URGENTE, y lo había enviado un tal Mark Wilson.
—¿Mark Wilson? —dijo Charles en voz alta.
«¿De qué me suena?» pensó. Su mente divagó. En otros tiempos, cuando solamente era un doctor en física cósmica, su lista de contactos era muy
reducida. Unos cuantos colegas en conferencias esporádicas, y los rostros sin importancia de sus alumnos. Ahora, mano derecha del Director General de la NASA, debía conocer a tanta gente que, de hecho, no conocía a nadie. Pensó durante un instante, hasta que cayó en la cuenta. Mark Wilson era un prometedor físico, especializado en fenómenos cósmicos turbulentos, como supernovas o agujeros negros.
Abrió el mensaje, extrañado por la urgencia del remite.
—No puede ser —dijo, tras leerlo.
—Cariño, tengo que contarte algo.
Dana vio el rostro dormido de su hija, que se erguía con dificultad, envuelta todavía en las sábanas con dibujos de los personajes del Rey León.
—¿Qué? —dijo, con una vocecita aguda.
—Papá ha tenido un accidente.
El rostro infantil de María se transformó en una mueca de preocupación y, sobre todo, incomprensión.
—¿Está bien?
Dana meneó la cabeza negativamente, sintiendo que las lágrimas afloraban en sus ojos. Y María, con esa manera de ser tan extraña que a veces mostraba, se lanzó hacia su madre y la abrazó.
—Ha muerto, ¿verdad? —preguntó.
En un primer momento, Charles Finn se había mostrado incrédulo. ¿Un agujero negro errante? ¿Y en dirección al Sistema Solar? ¿Menos de dos meses? No podía ser. ¿Qué tonterías son esas? se preguntó. No había oído jamás una historia semejante. Su primer impulso fue borrar el mensaje, y a otra cosa. Pero se trataba de Mark Wilson. Era un físico que se iba ganando un nombre en el mundo científico, y estaba seguro de que nunca enviaría un correo como aquel sin justificación. Algo así podía echar a perder el prestigio de un científico para toda su vida. Nadie con dos dedos de frente gastaría una broma semejante. Leyó el informe que Mark Wilson había escrito, y la cantidad de datos y cálculos le sobrepasaron. Era demasiado preciso para tratarse de una broma. Además, el informe incluía las referencias
del satélite con el que Wilson había trabajado, y el físico le retaba a comprobar sus resultados.
—Pues eso es lo que haré —dijo.
Tomó las tablas de datos, y se dispuso a repetir los mismos cálculos que Wilson había realizado horas antes. Al terminar, y obtener los mismos resultados, el dolor de cabeza de Charles Finn había desaparecido. Ahora sentía como si mil cables de alta tensión rodeasen su cuerpo, y como si alguien estuviese a punto de presionar el interruptor y freírlo.
Intentando mantenerse lo más tranquilo posible, entró en la red interna de satélites, y comprobó que los datos hubiesen sido tomados tal y como Wilson afirmaba en su informe. Número a número, decimal a decimal, tabla a tabla, descubrió que no había ni un solo error en los datos de Wilson. Agarrándose a un clavo ardiendo, llamó a uno de los técnicos encargados del control del satélite MSK-322. Le ordenó que realizase un chequeo completo de las funciones del satélite, incluyendo el control de todos y cada uno de los aparatos de medición. Tras eso, le dejó indicaciones sobre qué datos quería y cómo los quería.
Colgó el teléfono y se recostó contra el respaldo de su silla, mirando el techo de color claro. La espera duraría todo el día, y se sentía sin fuerzas ya en ese momento. ¿Quizá asumía la realidad que Wilson le había revelado? Sintiéndose estúpido por no haberlo pensado antes, llamó a su secretaria y le pidió que encontrase el número de teléfono de Mark Wilson. Ella se lo dio menos de un minuto más tarde. Sin pararse a pensar sobre cómo había logrado encontrar el número en tan poco tiempo, lo marcó en su teléfono. Comunicaba. Lo intentó un par de veces más, y al fin desistió. Sin darse por vencido, consiguió el número de teléfono del pequeño centro en el que trabajaba el físico.
—Buenos días —dijo una voz, al otro lado.
—Soy Charles Finn, Subdirector Adjunto de la NASA, y necesito hablar inmediatamente con Mark Wilson.
La voz pareció cambiar.
—Me temo que eso no será posible, señor —dijo.
—¿Por qué?
—Mark Wilson está muerto.
Logró balbucear una disculpa, y colgó.
—Entonces, es cierto —murmuró.
El técnico controlador del MSK-332 le llamó a media tarde. Charles Finn tomó el teléfono como quien sabe que pronto estará muerto. La sensación era... terrible.
—Aquí Finn —dijo, notando la tensión en su voz.
—Soy Raid Spin. He realizado el cheking que usted me pidió.
—¿Y bien? Tres, dos, uno.
—El satélite está en perfectas condiciones. Lo cual no me extraña, pues ha sido lanzado apenas hace un año y medio. Sus aparatos muestran una fiabilidad total, y los datos que usted me pidió que comprobara son exactos —dijo el hombre—. Ni un fallo — añadió, lleno de orgullo.
—Muchas gracias —balbuceó Charles Finn—. Buen trabajo.
Y colgó.
Inmediatamente, llamó a su secretaria. Ella apareció en el umbral de la puerta, y miró el rostro lívido de su jefe.
—Nataly —dijo Finn—, tengo que hablar con el presidente.
—Tiene el teléfono del señor Timson en su agenda particular, señor Finn.
Charles Finn negó con las manos.
—No el presidente de la NASA —dijo—. Nuestro Presidente.
«Menudo momento», pensó, mientras veía como Nataly desaparecía tras la puerta, casi tan aterrorizada como él.
«¿Cómo puede ser?» pensó. «¿Cuántas posibilidades había? ¿Una frente mil millones de millones?».
«Qué más da ahora», sentenció mentalmente. Todo daba igual.
Charles Finn se levantó de su silla, y se puso tras ella, apoyando las manos en el respaldo. Ante él, una larga mesa de madera oscura, y brillante. Había al menos
veinte personas. La más importante era el Presidente que, obviamente, presidía la reunión. Pero también había altos cargos del gobierno, del ejército, y de otros poderes fácticos, como el FBI, la CIA, el director del MIT... Ni que decir tiene que Charles no conocía a nadie más que al Director General de la NASA, Robin McGuire. Los demás le habían sido presentados con la levedad de algo que no importaba.
Suspiró. Había hablado decenas de veces ante públicos mucho mayores, pero nunca con tanta trascendencia. ¿Cómo comparar a centenares de estudiantes con esa gente que ahora le miraba con expectación? Eran los que manejaban los hilos del país, y también de parte del mundo. La inteligencia brillaba en sus ojos, y también un instinto de supervivencia y competencia que les había llevado a sus actuales puestos.
Suspiró de nuevo. Y, «¿qué más da, de todas formas?» se dijo finalmente, tratando de tranquilizarse.
—Me llamo Charles Finn —comenzó, algo inseguro—. Intentaré ser lo más breve y explícito posible. La situación, no en vano, me obliga a ello —
hizo una pausa—. El satélite MSK-322, un satélite de observación cósmica, detectó hace dos días algo realmente preocupante. En realidad, fue un físico de un instituto ligado a la NASA quien detectó... el problema —dijo. No sabía muy bien cómo definirlo
—. Su nombre es Mark Wilson, y desgraciadamente, se suicidó al conocer lo que iba a ocurrir. En cualquier caso, me informó antes de hacerlo, con lo cual nos ha legado una importante información que, de otro modo, se habría perdido —hizo una breve pausa, y continuó—: La realidad, simplificada, es la siguiente: lo que Mark Wilson detectó fue un agujero negro. Les ahorraré los detalles técnicos, pues la gran mayoría de ustedes no sabría interpretarlos. El agujero negro, bautizado como Agujero Wilson, es de un tipo que apenas había sido observado en el pasado. Algunos le llaman, informalmente, agujero negro errante. Como no sé qué nivel tienen sus conocimientos sobre los agujeros negros, les proporcionaré una definición rápida. Se trata de objetos estelares con una gran cantidad de masa, tan compacta que su gravedad es inmensamente alta. Eso hace que nada pueda escapar de su superficie, ni
siquiera la luz, de ahí su nombre. El hecho de que se trate de un agujero negro errante, únicamente indica que el agujero negro no tiene una ubicación fija, sino que vaga por el Universo, de un lugar a otro, a gran velocidad en este caso.
Se detuvo un instante y miró los rostros que le observaban. Iban desde una incomprensión aburrida a una expectación preocupada. Pero todavía no veía la desesperación en sus miradas. Pronto haría aparición, no en vano.
—Se lo diré fácil y rápido: el Agujero Wilson viene hacia el Sistema Solar. Y no hay escapatoria.
—Explique eso —exigió el Presidente, con voz grave y preocupada.
—Verá, señor Presidente —comenzó Charles—. Esto no es como si viniese un cometa hacia la Tierra, o un asteroide, en cuyo caso habría salidas viables. Desviarlo, destruirlo, afrontar el impacto,... tampoco es... un fenómeno solar turbulento,... se trata de un agujero negro. Es... es... —no supo cómo explicarlo
—. Es una catástrofe. Nada sobrevivirá. Un agujero negro es como una gran aspiradora, tan potente que
nada puede escapar. Los técnicos han realizado los cálculos un millón de veces, y los resultados son tan correctos como los que arrojaron los cálculos de Mark Wilson. El agujero negro viene hacia aquí. Y cuando llegue —suspiró—. Cuando llegue, lo aspirará todo. El Sol, los planetas, el hidrógeno, el cinturón de asteroides..., por eso decía lo de que no hay escapatoria —miró a su público. Ahora si vio la desesperación—. No hay salida.
El Presidente exigió la revisión de los resultados, y máximo secreto, lo cual ya de por sí había sido un requerimiento básico. Hubo algunas voces que se alzaron, escandalizadas, cuando Charles Finn se sentó en su butaca, pero no le afectaron lo más mínimo. No era más que la ignorancia, que reaccionaba ante la magia de la destrucción desconocida, lanzando sus iras a lo primero que veían. Sin embargo, el director del MIT, un científico, se había derrumbado sobre sus papeles, incrédulo y al mismo tiempo aterrorizado.
—El Presidente quiere verte —dijo un hombre trajeado.
Charles Finn se levantó y lo siguió, hasta llegar a un pequeño despacho. Allí solamente estaba el
Presidente y su más importante asesor. Ambos le tendieron la mano, y Charles Finn se las estrechó, y se sentó ante un gesto invitador del Presidente. Tenía el semblante serio y grave, pero parecía tranquilo.
—¿Está completamente seguro de lo que ha dicho hace unos minutos, señor Finn? —le preguntó. Charles asintió.
—Yo mismo he realizado los cálculos, pero también lo hizo cuatro veces el difundo señor Wilson, así como todos los físicos que conozco en los Estados Unidos. Y también un centenar de nuestras mejores computadoras —y añadió, solemne—: Es definitivo.
—Oh, Dios —murmuró el Presidente. Su asesor puso cara de circunstancias.
—Los... —comenzó Charles, y comenzó a balbucear—... calculamos que los primeros... efectos comenzarán... en un par de meses, quizá menos.
—¿Acaso no hay escapatoria posible? ¿Ninguna?
—preguntó el Presidente. Charles Finn notó la desesperación en su voz.
—A menos que usted sepa algo que yo no sé... con lo que yo conozco, la respuesta es no —y sintió que
la esperanza renacía levemente, ascuas débiles—.
¿Hay algo que yo no sepa? El Presidente sonrió, triste.
—Me temo que no, señor Finn.
—Todo el Sistema Solar desaparecerá. Y luego el agujero negro seguirá su camino, destruyendo otros lugares —dijo Charles—. En realidad, es sencillo.
—¿Cómo será?
—¿El qué?
—Nuestra muerte, la caída de la Humanidad.
—Es difícil aventurarse —dijo Charles Finn, concentrándose en el problema como si fuese un ejercicio teórico y no una hipótesis sobre su muerte
—. No hace tanto que los físicos nos dedicamos a estudiar los agujeros negros. Faltan por saber muchas cosas. En esencia, y para ser científicamente rigurosos, solamente puedo decirle que la Tierra será absorbida más allá del horizonte de sucesos y.
—¿Qué es eso del horizonte?
—Bien... eh... Como dije antes, el agujero negro no es más que una gran cantidad de masa compacta, con una gravedad altísima. Sin embargo, la gravedad
tiene una extensión limitada, una cantidad de espacio sobre la cual ejerce. Más allá, no tiene efectos. El límite entre ambas zonas es lo que se llama horizonte de sucesos —y añadió, como si estuviese dando una clase para profanos—. El verdadero problema es que no sabemos qué ocurre más allá del horizonte de sucesos. Solamente podemos hacer suposiciones. La gravedad es tan grande que ni siquiera la luz es capaz de escapar, con su inverosímil velocidad. Eso significa, además, que aunque dispusiésemos de una nave espacial, ésta tendría que desplazarse más rápido que la luz para que pudiésemos escapar del agujero negro. Otro tema aparte sería a dónde nos dirigiríamos. A nivel teórico, es difícil saber que hay más allá del horizonte de sucesos. Luz atrapada, radiaciones, y una increíble gravedad que mana del centro del cuerpo celeste.
—Es decir —tanteó el Presidente—, que lo más probable es que la Tierra, una vez dentro del... horizonte de sucesos, se estrelle contra la superficie de esa... cosa, el agujero negro.
—Bueno... yo diría que nadie estará aquí para verlo. Pero no son más que hipótesis. Lo único que
no es una suposición es nuestra muerte —sentenció
—. Nuestra muerte es una certeza.
El Presidente estaba solo, en un pequeño despacho de la Casa Blanca. No era el conocido Despacho Oval. A pesar de que todo el mundo pensaba que cuando estaba en la Casa Blanca se encontraba en la famosa sala, no era así en absoluto. Su pequeña oficina, varios pisos por debajo del Despacho Oval, estaba protegida de mil y un peligros, completamente vigilada, y, sobre todo, era mucho más cálida y acogedora. Aunque en ese justo momento, era un lugar tan... deprimente como cualquier otro.
—Presidente Chalmers —dijo alguien, golpeando la puerta abierta. Era Bear, su principal asesor. Un as.
—Dime, Bear.
El hombre alto y espigado entró y se sentó, nervioso.
—Tiene que tomar una decisión cuanto antes —le dijo.
—¿Con respecto a qué?
—Bueno..., la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿Debe saberlo la gente? Y cualesquiera sea la respuesta, ¿por qué?
—No es fácil, Bear.
—Lo entiendo, señor Presidente.
—Debo pensar.
Bear asintió y salió del despacho, cerrando la puerta. El chasquido de la puerta le convirtió en un hombre solitario. Apoyó los codos sobre la bonita mesa de caoba, como si fuese a ponerse a estudiar. Eso le retrotrajo, durante unos minutos, a su adolescencia y a sus estudios universitarios. ¿Cuántas horas de su vida había gastado plantado ante un libro o unos apuntes, estudiando? ¿Cuántas viendo la televisión? ¿Cuántas haciendo el amor? ¿Cuántas...? Todo esto no tiene sentido, pensó. Era capaz de asimilar su muerte, el fin de sus días. Pero, ¿de toda la Humanidad? ¿De la Tierra? Era demasiado para un solo hombre. En eso tienes razón, pensó, sonriendo ante la ironía. ¿Cómo aceptar que todo lo que una vez había conocido desaparecería? No solo sus huesos, su cuerpo, su materia gastada e inservible, sino
también... los lagos y los ríos, los océanos, las montañas y las islas, los volcanes,... los animales y plantas, hasta las bacterias, todo... ¿absorbido? ¿Era esa la palabra más correcta? Ni siquiera soy creyente, pensó. Había mentido toda su vida, pues nadie llegaba lejos en Estados Unidos si no adoraba un Dios políticamente correcto. Pero no podía creer. Ni había creído antes, ni lo haría ahora, en la antesala de su muerte. ¿Para qué? Mark Wilson, se dijo, tú sí que has sido listo. Comprendía perfectamente al difunto físico. Aterrado por su descubrimiento, decidió que no sería capaz de enfrentarse al corto futuro que le esperaba. No quería el horror del Apocalipsis, le llegaba su propio fin. El fin de un hombre, el todo y la nada, pero, en el fondo, una minucia. Pero toda la Tierra... eran palabras mayores.
Garabateó con su pluma sobre un folio en blanco. Al paso de los minutos, la superficie otrora impecable del folio se transformó en un mar de espirales, que crecían desde el exterior hasta colapsarse. Vio con tristeza que sus espirales inconscientes no podían ser una metáfora mejor de un agujero negro. Una espiral cósmica.
—¿Qué hacer, Chalmers? ¿Qué hacer? —murmuró, sintiendo que nadie escuchaba sus palabras.
No era una decisión fácil. Pero, en el fondo, ¿para qué elegir en el inminente final? ¿Por qué debía hacerlo? Su cargo ya era una farsa. La muerte borra todo lo que hace el hombre, pensó. No quería elegir. Pero debía hacerlo, sin duda. No era una decisión fácil, pero nunca había tomado una sola decisión fácil.
Y en este caso, las opciones estaban claras. Diáfanas. Comunicar el destino a la Humanidad, o no hacerlo. Comunicarlo ofrecía una serie de problemas. El principal era el colapso de la civilización, y quizá ya no quedase mucha Humanidad por eliminar para cuando llegase el agujero negro. Todo el mundo abandonaría sus puestos de trabajo, se dejaría llevar por la desesperación, por la ira, por la rabia, por la locura... comenzarían los saqueos, desaparecerían los servicios..., sería un caos. Ciudades inundadas, hospitales vacíos, el fin del agua corriente, del combustible, de la electricidad..., estallidos de reactores nucleares por todas partes, las comunicaciones, desaparecidas..., sintió un escalofrío
mientras pensaba en todas las posibles derivaciones. Y mientras lo hacía, de forma errática, su mente viajó cuarenta años atrás. Una vez, había tenido un primo llamado Poul. Su primo siempre había tenido cierto retraso mental, a causa de una meningitis mal curada, pero era un tipo franco y divertido. Incapaz mentalmente, a los quince años había comenzado a trabajar en una pizzería, limpiando cuando todos los demás se iban a casa. El día antes de su muerte, Poul había trabajado hasta la una de la madrugada, dejando como los chorros del oro la pizzería. Al salir, un borracho le atropelló y murió casi en el instante.
¿Qué merecían los millones de personas de su país?
¿Una muerte así? ¿Merecían desempeñar sus trabajos sin conocer la tragedia de su destino? ¿O quizá olvidarlo todo y largarse a esperar la muerte en un prado cercano?
—Joder —dijo.
Sabía cuál era la respuesta adecuada, pero quizá no fuese el momento de escoger lo más adecuado, sino lo mejor. Si tuviese que elegir, preferiría morir en su casa, sentado con su familia, y no en aquel maldito despacho. Pero, ¿qué debía hacer? ¿Dejarse llevar por
sus instintos, o por sus deseos más primordiales, o hacer que todo siguiese igual hasta el último momento? ¿Ofrecer la capacidad de decisión al pueblo significaba someterse a ellos? Y nadie sabía si podían asumir la capacidad de decisión. Morirá gente, pensó. Eso era inevitable. A pesar de que la muerte se aproximase, algunos harían que estuviese todavía más cerca de sus cabezas.
Además, la catástrofe se haría evidente en muy poco tiempo. Cualquiera con un equipo de observación medianamente avanzado no tardaría mucho en detectar los indicios y deducir lo mismo que sus propios astrónomos. Sonrió amargamente, Estados Unidos era la potencia hegemónica de la Tierra, la que dictaba el destino de miles de millones de personas. Resultaría ridículo que rusos, chinos o europeos se les adelantaran anunciando el Fin del Mundo.
Durante un buen rato, al igual que muchas otras veces durante su legislatura, deseó formar parte de la plebe y no dirigirla.
Cuando Bear preguntó de nuevo, ya había tomado una decisión.
La mejor decisión.
—¿Está seguro de esto, señor Presidente? —le preguntó Bear.
—Completamente.
—Necesitaremos tiempo para ordenarlo todo y diseñar un discurso, señor.
—Compatriotas, compañeros.—comenzó el Presidente. Todas las cadenas estaban emitiendo su discurso, y todo el país estaba expectante. Sabía que estaba ocurriendo algo parecido en el resto del mundo, con los respectivos líderes a quien él mismo había informado. Aún así, a pesar de que había millones de personas escuchando sus palabras, se sentía absolutamente solo en aquel despacho—. Esta gran nación, y la Humanidad entera, deberán enfrentarse a un cruel y pronto destino. No es mi deseo alargarme demasiado, aunque no por ello ahorraré palabras. Hace tan sólo tres días, mi grupo de asesores, mi equipo de gobierno y yo, recibimos una trágica noticia. Algo que afecta a toda la Humanidad por igual, y que hace que desaparezcan
las fronteras que durante siglos nos han separado. Se nos ha hecho saber que un objeto celeste, llamado agujero negro, se dirige hacia el Sistema Solar. Yo soy tan profano como ustedes, pero les diré que el poder destructivo de un agujero negro excede con mucho lo que la imaginación de la gran mayoría puede. Puedo asegurarles que no hay opción de salvación posible, y que en menos de dos meses, todos nosotros habremos perecido, igual que la Tierra y probablemente todo el Sistema Solar, tal y como lo conocemos. Desearía decirles que hay una opción, aún si solamente fuese para unos pocos, pero no está en mi derecho mentirles. Yo y mi equipo hemos discutido arduamente si debíamos contarles la verdad, o por el contrario dejar que viviesen sus últimos días en la inconsciencia de la rutina diaria. Yo, y asumo todas las consecuencias de mis actos y disposiciones, decidí que no era justo que ustedes viviesen sus últimos días de vida sin saber que debían aprovecharlos hasta el último momento. Han de saber que permaneceré en mi puesto, en esta sala, hasta el último segundo de mi vida, y espero que ustedes hagan lo mismo que yo. Sé que es duro exigirles
nada, ahora que sus vidas terminan, pero es necesario para que la civilización no caiga antes de que llegue el Apocalipsis. Necesario para que todos nosotros podamos disfrutar de nuestras familias. Les ruego que actúen dentro de la ley, y que no caigan en la desesperación. No agredan a sus semejantes, no maten, pues tales actos son innecesarios ahora que conocen su destino —hizo una pequeña pausa—. Les ruego que, en los días que faltan para el fin, sean ustedes más humanos de lo que ya lo han sido hasta ahora. Si hemos de caer, que sea con honor —paró de nuevo—. No deseo alargarme más. Ya termino. Les deseo la mayor felicidad durante... el tiempo que nos queda.
Fin de la transmisión.
Arrodillada ante el televisor, Dana se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente. Su hija, María, apareció en el umbral de la puerta, y corrió hasta su madre.
—¿Qué te pasa, mamá? —preguntó la niña, mientras también manaban lágrimas de su rostro.
Pero Dana no podía dejar de llorar.
—Moriremos todos —murmuró, entre el llanto.
—Mamá, ¿qué dices? —preguntó María.
—Nada, cariño, vete a tu habitación, anda, corre — dijo.
Dana logró controlar el llanto, exhibió una pobre y corta sonrisa, e intentó tranquilizar a su hija con una mirada aterrorizada.
—Mamá... —gimoteó ella.
—Tranquila, María, anda, vete a tu habitación.
La niña, obediente a pesar de todo lo que había ocurrido en los últimos días, salió de allí. Dana, secándose las lágrimas, se levantó y cerró la puerta, inquieta. Paseó ante la televisión, nerviosa.
—Maldito cobarde —masculló, llena de rabia—. Preferiste la muerte, ¿eh, cobarde? La muerte antes de enfrentar la realidad con tu familia —murmuró—.
¡Maldito cobarde! —gritó.
Y cayó de nuevo ante el televisor, de rodillas. Golpeó el suelo enmoquetado con sus manos, y al fin se dejó caer, enrollándose hasta alcanzar una posición
fetal, deseando que hubiese alguien para arrullarla y hacer desaparecer sus temores.
Pero no había nadie en aquella habitación, nada más que un espíritu que se esfumaba como el humo de un cigarrillo.
Igual que de rápido se irán nuestras almas, se dijo.
—Ese era tu motivo —murmuró.
Ante las primeras noticias, el Presidente Chalmers hizo llamar a su asesor, Bear. Le miró mientras se sentaba. Movimientos limpios, metódicos. Y un rostro tranquilo y pausado, siempre atento. Era un buen ayudante. Lo tenía todo, pero le gustaría sabe qué pasaba por su mente, escondido por ese rostro enmascarado, preciso e inmutable.
—¿Qué desea, señor Presidente? —preguntó, segundos más tarde ante el silencio de su Presidente.
—¿Crees que he hecho lo correcto, Bear? — preguntó Chalmers.
Bear tardó unos segundos en responder.
—Es una pregunta de difícil respuesta —dijo, finalmente—. Señor, francamente, cualquier decisión hubiese sido igual de correcta o incorrecta.
Chalmers exigió una explicación con la mirada.
—Verá —comenzó Bear, directo—. Esta es... una situación tan extraordinaria, e irrepetible, que cualquier decisión hubiese sido... igual.
—¿Me estás diciendo que da igual que yo haya elegido algo?
—No —exclamó Bear—. Solamente digo... que alguien tenía que elegir, pero que el resultado de la decisión no era... determinante —comenzaba a sentirse aturullado—. No me malinterprete, señor. Yo habría hecho lo mismo que usted. Si me quedasen dos meses de vida, me gustaría que mi médico me lo dijese. ¿Cuál es la opción? ¿Seguir a lo mismo sin saber que tu vida se va? Ahora, cada cual podrá hacer lo que le plazca con lo que le queda de vida.
—Entiendo.
—Lo que yo no puedo hacer —siguió Bear—, es decirle si su decisión fue buena o no. Eso solamente se lo pueden decir sus propios motivos.
El Presidente pensó en su primo Poul, y durante una milésima de segundo, se dedicó a razonar si su existencia, o más concretamente, su muerte, constituían un motivo válido.
Y, de todas formas, ¿qué más daba ya ahora? Se levantó, y le dijo a Bear, con una sonrisa.
—Creo que es el momento de tomarse unas vacaciones, ¿no cree usted, Bear?
Bear se levantó también, y tendió su mano. Se la estrecharon con fuerza.
—Creo que esa si es una decisión correcta.
Ray Billups alzó el cubo de basura, y lo lanzó contra el escaparate. La superficie acristalada se hizo añicos con un estruendo afilado. Mientras grandes pedazos de cristal caían al suelo, escuchó un ruido a su izquierda. Alerta, se lanzó al suelo, rodando sobre pedazos de cristal. Levantó la vista, y vio acercarse una moto, a gran velocidad, entre los coches abandonados. Pasó a su lado, y desapareció más allá, entre la fachada de los edificios. Billups se erguió, y miró la oquedad que había creado con su acto vandálico. En el interior, vislumbró un mar de
estanterías blanquecinas, en las cuales se amontonaban decenas de DVD de películas. Saltó adentro, esquivando por poco los cristales que todavía pendían, como fauces. Se escurrió entre las estanterías, penetrando hacia lo más hondo de la tienda, allí donde más oscuridad había. Al fin, se acuclilló frente a uno de los estantes. Y mientras su mirada se perdía por los títulos de las películas, caviló con tristeza. «Yo no soy así», se dijo, lanzando su mirada hacia la cristalera destrozada. No, no lo era, pero los últimos meses habían sacado a la luz cosas por las cuales quizá no fuese tan malo que un agujero negro fuera a tragarse el Sistema Solar. Violencia, destrucción..., el caos. A pesar del llamamiento del Presidente Chalmers, honorable pero inocente, la gente había abandonado sus trabajos.
¿Cómo permanecer en tu puesto, mientras el mundo caminaba hacia un fin terrible? ¿Qué tipo de alma cándida perseveraría limpiando oficinas si a la vuelta de la esquina le esperaba la muerte igual que al resto? Y más teniendo en cuenta que el dinero había perdido todo su valor. «Esto es el Apocalipsis, y no lo que vendrá», pensó. Se sentó en el suelo lleno de
suciedad, apoyando su espalda en uno de los estantes, que tembló con su peso. Suspiró, sintiendo como el aire viciado penetraba en sus pulmones, con ese oxígeno exiguo que los latidos de su corazón distribuirían por todo su cuerpo. Todo había comenzado un par de días después de que el Presidente Chalmers hiciese su declaración. En las primeras horas, muchos reaccionaron con escepticismo. A pesar de que el Gobierno había hecho oficial la tragedia, ofreciendo todos los datos de los que disponía, y a pesar también de la declaración de varios cargos científicos, muchos habían pensado que se estaba ocultando algo. Los paranoicos creyentes de la Teoría de la Conspiración habían lanzado sus verdades al mundo. Hubo quien creyó que si había una salida, y que los poderes fácticos del mundo la estaban usando para huir de la Tierra a otra dimensión, a otro lugar, en donde fundarían la Nueva Tierra. Pero eso solamente había durado unos días. A medida que la comunidad científica mundial se reafirmaba en sus resultados, pocos fueron los que resistieron e insistieron en sus increíbles conspiraciones. Y después, la simiente del caos había
germinado, rauda y veloz. A decir verdad, con una facilidad increíble. La masa poblacional había sido la primera en caer. Todos aquellos que tenían trabajos basura, los abandonaron. Cesaron los suministros de alimentos, y otros artículos de primera necesidad, y comenzaron a producirse los primeros saqueos, y las primeras batallas callejeras. Muchas ciudades costeras se inundaron, debido a que los equipos municipales que cada día luchaban para evitar que el mar penetrase en las urbes habían abandonado sus puestos. La gente comenzó a huir de las ciudades, y las carreteras se colapsaron casi de inmediato, poblándose de millones de automóviles. Aproximadamente una semana más tarde del anuncio, las grandes compañías aéreas dejaron de funcionar. Los países productores de petróleo dejaron de hacerlo, y alrededor de una semana y media después del anuncio del Presidente Chalmers, pocos eran los que podían arrancar sus coches. También cayeron las grandes compañías de telecomunicaciones. A pesar de que los satélites eran automáticos, nadie quería seguir transmitiendo. Desaparecieron técnicos de sonido, realizadores,
presentadores de informativos..., la televisión desapareció, y también la radio e internet, y con ello, la distribución de las noticias. Por tanto, diez días después del anuncio, uno solamente podía conocer lo que ocurría en su ambiente más inmediato. Las últimas noticias que Ray había escuchado, trataban de grandes suicidios colectivos, de profetas que se adueñaban de las calles repletas de fieles enloquecidos, de matanzas genocidas en cualquier lugar del mundo..., el suministro de agua funcionó en muchos lugares, pues los sistemas eran automáticos, pero en muchos otros las tuberías se atascaron, y la gente comenzó a pelear por el agua, o a beber de la primera fuente que encontraban. Surgieron las primeras enfermedades, que crecieron hasta convertirse en verdaderas epidemias. Y las epidemias se descontrolaron, pues los hospitales habían quedado vacíos, al huir médicos y demás personal sanitario. Nadie quería quedarse en sus puestos. Nadie... todo el mundo huía. En el sur del país, y en otros muchos lugares del mundo, la ausencia de humanos provocó la fusión o el apagado de muchos reactores en centrales nucleares, y esto provocó los primeros
cortes en el suministro eléctrico. Hasta que todo se apagó.
—Su velocidad no es constante —dijo uno de los físicos. Charles Finn le miró, concentrado.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
—Significa que no podemos precisar el momento en que ocurrirá todo —respondió el hombre. Sudaba visiblemente.
—¿Ni siquiera un cálculo aproximado? —insistió Charles.
—Oh, bueno —balbuceó el hombre—, podría darle algunos datos... por ejemplo... ah, si, el Agujero Wilson accederá al Sistema Solar con una trayectoria oblicua..., creemos que no seremos los primeros afectados... antes... si, bien, antes vendrán varios planetas gaseosos... Plutón puede que tarde un poco más, por su inclinación... no, si, si, exacto.
—¿Qué ocurrirá cuando llegue nuestro turno? — preguntó Charles, agotado por el nerviosismo del hombre.
—Bien... no estamos seguros de ello... es difícil, nunca ha pasado —respondió—. Puede que el Sol ya haya caído para entonces... y la rotación de la Tierra... sería caótica. Al igual que nuestra órbita. Si, si, lo tengo aquí anotado —dijo, rebuscando entre unos papeles—. Probablemente nuestra velocidad de rotación aumente, y... no haya luz, por lo del Sol... y cuando estemos cerca del horizonte de sucesos... bien, es difícil, señor, aventurar nada. Puede que choquemos con algún otro cuerpo celeste... Marte estará bastante cerca de nosotros, y no digamos la Luna. Puede que para cuando el agujero nos atrape, la Tierra no sea ya más que un montón de rocas sueltas. En cualquier caso..., si la Tierra llegase intacta al horizonte de sucesos... bien, yo y varios más suponemos que la atmósfera se perderá... aunque no tenemos tiempo a revisar todo eso, señor, es un montón de trabajo, y no tenemos suficientes computadoras... y... y.
—¿Qué ocurre?
—Yo... señor... me gustaría irme a mi casa... para pasar allí los últimos momentos.
—Por supuesto —respondió Charles Finn, suspirando—. Le entiendo perfectamente. Vaya, vaya con su familia, doctor.
—Yo... yo no tengo familia, señor.
—En todo caso... váyase —dijo, parpadeando, y pensando en su propia soledad—. Gracias por su trabajo.
Ray Billups parpadeó. Había estado a punto de quedarse dormido. Escuchó el sonido de la muchedumbre en la calle, y decidió que debía volver cuanto antes a su casa. Cogió una docena de películas, sin fijarse apenas en los títulos, y las guardó en su mochila. Luego salió a la calle con cuidado, evitando golpearse contra los cristales. Una vez en la acera, sintió el peso de las películas en su mochila. Se detuvo, mientras su cerebro rumiaba algo. «Yo no soy así», escupió finalmente.
—Yo no soy un maldito ladrón.
No lo era, pero, ¿qué más daba? A nadie le importaría, eso estaba claro. Por todas partes, se sucedían los saqueos. La gente robaba coches, robaba
yates, robaba joyas,... ¿para qué? ¿A dónde se las llevarían? El dinero no valía nada, la propiedad tampoco, y Ray Billups tenía la impresión de que los saqueos y la violencia no eran más que un modo de pasar el tiempo. Pero... «Yo no soy así, joder», pensó. Se quitó la mochila, la abrió, y vació las películas sobre el suelo. Las tomó entre sus manos, y entró de nuevo en la tienda. Las dejó en el suelo, demasiado cansado para llevarlas al estante, y volvió a salir a la calle, sintiéndose como un imbécil. ¿De qué sirve la honradez? se preguntó. Había cometido una estupidez, pero se sentía mejor consigo mismo al hacerlo, y no había cosa mejor que sentirse bien en los últimos momentos de su vida.
Miró a ambos lados. Anochecía en la ciudad, y ese era un momento terriblemente peligroso. De hecho, no sabía que estaba haciendo, allí de pie en el medio de la acera, mientras los peligros surgían de todas partes. Una parte de su mente rió aparatosamente.
¿Qué peligros? ¿Qué podía haber más peligroso que un agujero negro errante? ¿Y qué si le mataban? De todas formas, moriría pronto. Y ese pronto significaba menos de un día y medio. Había llevado la cuenta
con los últimos pronósticos que las noticias habían proporcionado antes del gran apagón.
Alzó la cabeza. Sobre él, una parte del cielo todavía conservaba parte de su color celeste, entre la cima de los rascacielos, pero la oscuridad se cernía por todas partes. Allí, en la acera, al nivel del suelo, la penumbra era más que intensa. Sin las farolas encendidas, ni los neones de los establecimientos; sin la luz en las ventanas, sin las luces de los coches; sin toda aquella gran cantidad de luz, la ciudad no era más que un mar de sombras. Y entre las sombras asomaban terribles peligros.
Echó a andar, hacia la izquierda. Su casa no estaba muy lejos, no más que cinco o seis manzanas. Una vez allí, estaría seguro. Por alguna extraña razón, su mente se las había ingeniado para hacerle salir del entorno cálido y protegido de su hogar, llevándole a aquella tienda. ¿Para qué? ¿Para robar películas antiguas? ¡Menuda estupidez! Y de nuevo la risa en su cabeza. «Uy, si, te pueden matar».
Se detuvo en una esquina, y apretó las manos contra su cabeza. Sentía que se estaba volviendo loco. Respiró hondo, y cruzó la calle, esquivando los
múltiples coches varados. Escuchó los sonidos del atardecer. La cultura popular decía que la noche sacaba lo peor de las grandes urbes: drogas, palizas, violaciones, negocios oscuros..., demonios, en fin. Pero eso existía también durante el día. Tan solo la ausencia de luz insuflaba el miedo en los corazones solitarios.
Una bandada de gorriones cayó desde una cornisa de piedra, hacia el suelo de la calle. Ray miró en esa dirección, hasta encontrar lo que había llamado la atención de los pajarillos. No era más que un pedazo de barra de pan. En unos segundos, una gran bandada de palomas cayó sobre el diminuto pedazo de comida, y una gran batalla de picotazos y arrullos llenó el aire tenso del anochecer. A cada paso que daba, la luz iba desapareciendo, y todo lo que unas horas antes había sido claro y diáfano se cubría de una capa de oscuridad, amaneciendo el reinado de las siluetas y las sombras.
Apuró el paso, sin dejar de mirar a su alrededor. En cualquier momento, alguien podía aparecer y lanzarse hacia él. La señora Green, su vecina de arriba, le había dicho que alguien le había contado que se
habían sucedido casos de canibalismo en las calles, por falta de alimento. Ray no daba mucha credibilidad a ese tipo de rumores, pero no quería comprobarlo en sus carnes. Afortunadamente, había logrado aprovisionarse durante los primeros días, y con un régimen medido no pasaría hambre... en lo que le quedaba de vida. Y, atrincherado en su casa, esperaría el fin con la tranquilidad de quien... su cara dibujó una mueca de dolor, y supo que algo no iba bien. ¿Era eso su vida? ¿A eso se reducía? ¿Un par de habitaciones modestamente decoradas? ¿Un puñado de botes de conservas? ¿Un ordenador personal que hacía funcionar con una pequeña batería? ¿Una bicicleta estropeada? ¿La luz débil que entraba por un ventanuco? ¿Era eso todo? ¿No había más?
El fragor de una muchedumbre cortó el devenir de sus pensamientos. La acera terminó en una esquina, y se asomó con cuidado a la bocacalle. Lo que vio le hizo expulsar todo el aire de sus pulmones. Sintió que se aceleraba el pulso.
—Puedo ocultarme, puedo ocultarme —susurró, mirando a todas partes.
Allí, a un centenar de metros de él, una marabunta de personas enloquecidas alzaba antorchas caseras, y la luz del fuego alumbraba de forma siniestra la fachada de los edificios. No gritaban, pero el rumor de sus voces se elevaba como un gran grito colectivo, por encima de sus cabezas, chillándole al mundo que la Humanidad había caído al fin.
Pensó, durante unos segundos, qué hacer. Para llegar a su casa debía cruzar la calle, y era seguro que le verían. Sin embargo, podía dar media vuelta, u ocultarse bajo algún coche. Se asomó de nuevo, sin saber qué hacer, y vio que la muchedumbre estaba a menos de cuarenta metros del fin de la calle. «Podría unirme a ellos», pensó. al instante, desechó la idea, viendo sus rostros. Eran caras escuálidas, sucias, lugares oscuros en donde lo único que relucía eran sus ojos blancos como perlas. Habían enloquecido, sin duda.
Y al fin, estuvieron tan cerca, que varios integrantes de la muchedumbre le vieron. Ray, que se había asomado más de la cuenta, dio vuelta sobre sus pasos, sintiendo que todos los poros de su piel transpiraban y respirando ruidosamente.
La multitud gritaba «¡Allí!», y «¡Le he visto!», y sus palabras hacían que Ray no supiese qué hacer. al fin, la gente estuvo a una veintena de metros de Ray, e hizo lo único que sabían hacer los animales acorralados y asustados: correr. Tras él, la masa de gente enloquecida también comenzó a correr. Su delgadez no era equivalente a debilidad física, y pronto sintió que le pisaban los talones. La sensación era horrible. Y además de aquella muchedumbre enfurecida, que se lanzaba contra él como tuviese la culpa de algo de lo que estaba ocurriendo, también le perseguía la idea de morir aplastado por un millón de pies.
Y la oscuridad era cada vez mayor, tan imperiosa como la caída del día. Un tropezón, y todo habría terminado. Vislumbró la esquina de la manzana, y aceleró para llegar cuanto antes a ella, a pesar de que sus pulmones restallaban. Giró como pudo, percibiendo como sus zapatillas se deslizaban peligrosamente, y continuó corriendo, con la pericia de saber saltar una farola caída que se cruzaba en su camino. La muchedumbre giró también, tras él, y la persecución siguió tal y como lo había hecho hasta
entonces, con la sutil diferencia de que Ray comenzaba a sentirse agotado. Vislumbró un callejón estrecho a su izquierda, que penetraba en los edificios alejándose de la calle principal y, por alguna razón, giró bruscamente y entró en él. Una vez allí, siguió corriendo, evitando contenedores caídos y aparatos de aire acondicionado que alguien había amontonado. Había charcos por todas partes, pues el agua rezumaba de las alcantarillas atascadas, y una gran escalera de incendios pendía peligrosamente, parcialmente desenganchada del edificio. Echó un vistazo tras él, y vio como la multitud entraba en el callejón. Y comprobó que la desesperación era algo físico, al chocar con una pared. Aturdido, alzó la cabeza, al tiempo que caía sangre de su nariz. Un callejón sin salida.
Miró a ambos lados, y descubrió un par de puertas metálicas. Se lanzó hacia una de ellas, mientras aquellos locos corrían hacia él. la empujó hasta darse cuenta de que estaba cerrada. Corrió hacia la otra, y vio que pasaba lo mismo. La golpeó, enfurecido, cansado, desesperado, aterrorizado,.
Y entonces, de pronto, escuchó un clic, y como la puerta cedía. Saltó adentro sin mirar atrás, escuchando como la puerta se cerraba.
Cerró los ojos, a gatas sobre el suelo. Respiró hondo, sintiendo el aire cargado de olores que no podía detectar, pues pequeñas gotas de sangre caían de su nariz. Mientras escuchaba como una miríada de puños se cerraban contra la puerta, una gran pregunta apareció en el centro de su mente: «¿Dónde estoy?». Alzó la cabeza lentamente, mirando a su alrededor. Descubrió un par de zapatos oscuros, y unas piernas que nacían de ellos y ascendían. Encontró la falda, y luego un jersey fino y verde. Y, finalmente, el rostro de la mujer. ¿Su salvadora?
—Hola, encanto —dijo ella, sonriendo con simpatía y exhibiendo una ristra de dientes increíblemente blancos.
Ray, aturdido, no respondió nada. Solamente se echó la mano a la nariz goteante, mientras no dejaba de escuchar el sonido de los puños y las patadas, los gruñidos, tras él, sobre la puerta. La mujer le tendió
un pañuelo, y Ray se lo puso bajo la nariz, mientras se erguía. Miró a su alrededor. Unas escaleras sencillas a un lado, que subían y que también descendían. Un largo pasillo lleno de sombras, y unas cuantas puertas laterales, la mayoría cerradas. La más cercana, una de las pocas abiertas, dejaba ver una especie de sala de estar.
—¿Tienes nombre? —insistió la mujer. Ray le tendió la mano.
—Me llamo Ray Billups.
—Linda Anderson —dijo ella, respondiendo al apretón—. Vamos, pasa a la sala —dijo, añadiendo a sus palabras un gesto acogedor—. Ha faltado poco.
Unos segundos más tarde, Ray estuvo sentado en un cómodo sofá de cuero oscuro. La sala no tenía nada de especial. Un largo sofá, dos butacas color canela. Una alfombra, una mesita, y varias estanterías cubiertas de fotos, libros. Un televisor, frente al sofá, con la pantalla inerte. Había docenas de velas encendidas por todas partes, que arrojaban una luz amarillenta y... y vieja.
—¿Vives aquí? —preguntó Ray.
—Si —dijo ella, sentándose a su lado—. desde hace un par de años. El callejón es una mierda, pero es lo único que podía pagar.
—Ya.
—¿Tú donde vives?
—En la Tercera con la Sexta. Un piso pequeño —y que, de repente, añoraba brutalmente.
—¿Por qué te perseguían? —preguntó Linda. Ray se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Simplemente, me vieron, y corrieron tras de mí.
—Ya.
—Los peligros de salir a la calle.
—Yo no salgo nunca —dijo ella, categórica—. Tengo reservas de sobra aquí, y también agua corriente. Todo lo que pueda necesitar, lo obtengo pasando de edificio en edificio, a través de las azoteas. Y lo que no puedo conseguir así, es que no era tan importante.
—Yo no podría quedarme en mi piso tanto tiempo... no... no lo soportaría —aunque ahora quisiese volver.
—De todas formas, ya pronto todo acabará —dijo ella, y añadió—: ¿Vives solo en tu casa?
—Si —respondió—. De hecho, si.
Y entonces, sintió la insinuación en las palabras de Linda. La miró. Le había parecido más mayor en el pasillo, pero ahora que la veía a la luz tintineante de las velas, se daba cuenta que no debía tener más de treinta años. Estaba bastante delgada, y pudo leer en sus ojos la enfermedad. No todos los locos estaban fuera, en el callejón.
—¿Te gustaría quedarte aquí? —preguntó ella. Ray se sintió tremendamente incómodo.
—Creo que no —dijo, y añadió—: no tendría mucho sentido.
—Para mí sí —repuso ella.
—Pero para mí no —negó Ray.
Se retiró el paño de la nariz, y comprobó que ya no manaba sangre. No obstante, se le estaba hinchando, y pronto solamente podría respirar por la boca. Se levantó, dispuesto a irse de la casa de esa mujer.
—Podrías quedarte —dijo ella—, aunque sólo fuese un rato.
—Creo que... tengo que irme.
Ella se levantó, y su rostro se pobló de sombras.
—¿Y a dónde tienes que irte? —le gritó. Ray sintió una punzada de miedo—. ¿A tu piso, ese lugar que no te gusta? ¿Eh? ¿Por qué no quieres quedarte? ¿No te gusto?
—Yo no.
Y entonces, se quitó el jersey. Debajo no llevaba nada, y le mostró su pecho desnudo. Sus senos, curvos y pequeños, temblaron. Y la piel de su torso se encrespó ante el frío del aire.
—¡Tócame! ¡Vamos! —gritó, agarrándole una mano e intentando llevarla hasta sus pechos—. A todos los hombres os gusta, ¿no? ¿Por qué a ti no?
¡Vamos!
—Yo... no soy así —balbuceó Ray, incómodo—. Y tengo que irme, de veras. Hay una anciana que necesita mi ayuda.
—No te irás —respondió ella.
Se agachó, y metió la mano bajo el sofá. Ray no reaccionó, extrañamente hipnotizado por los movimientos de Linda. Pero en cuanto ella se erguió
de nuevo, alzando en su mano un cuchillo, dio dos pasos atrás, tropezando con una de las butacas. El filo del cuchillo, de unos diez centímetros de largo, brillaba por la luz de las velas, intermitente. Linda lo alzó hacia él.
—No te muevas de aquí, o te lo clavo —dijo, fríamente.
La imagen, una mujer con el pecho al aire, el pelo enredado y el rostro enloquecido, alzando un cuchillo... era más que curiosa, era surrealista. «El fin del mundo ya ha llegado», pensó Ray, sin saber qué hacer.
—Me voy a ir —balbuceó.
Ella se acercó un par de pasos, con el cuchillo por delante. Ray retrocedió un poco más, hasta chocar con la pared. Una estantería repleta de figuritas de porcelana tembló.
—No te irás a ningún lado. te quedarás aquí, a mi lado —dijo.
—Me tengo que ir —gritó Ray, y al momento se percató de su error.
Linda soltó un grito desgarrador, y se lanzó contra él. Ray vio venir el filo, como si fuese una bala, hacia su vientre, y la realidad pareció acelerarse. Se lanzó a un lado, mientras escuchaba como el cuchillo se clavaba en el papel pintado de la pared. Al volverse, vio como Linda intentaba arrancarlo, sin éxito. Ray alzó un brazo, temblando, y la golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas. Ella tembló un segundo, y luego se desplomó, con la mirada en blanco.
—Oh, dios mío —gimió Ray, echándose las manos a la cabeza—. ¿Qué he hecho?
Dio un par de pasos por la sala, sin saber hacia dónde ir, completamente fuera de sí. «Le he pegado a una mujer, joder», pensaba. Se acercó a ella, y se acuclilló a su lado. Le miró el pulso. Latía, aunque débilmente. Y también respiraba. Durante unos segundos, miró el cuerpo débil y frágil, que solamente pretendía un poco de compañía en el fin de su vida. Algo que él no podía ni quería darle. Salió de la sala, y se detuvo en el pasillo. ¿Qué mundo es este? se preguntó. Tanto dolor, tanta... soledad. ¿Por qué la gente solamente quiere lo que no tiene, y desprecia lo que posee? ¿Por qué el que adora la
soledad se ve abocado a la compañía, y aquel que añora el abrazo cariñoso de un amante se hunde en la profunda soledad?
—¿Qué mundo es este? —dijo, al aire del pasillo.
Los golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos apocalípticos. «Ponte en marcha». Miró en todas direcciones, tratando de escoger. La puerta al callejón se descartaba sola, con los sonidos de la muchedumbre al otro lado. Lo que no terminaba de entender era por qué no derribaban la puerta.
«Quizá estén a punto de hacerlo, así que apúrate», se dijo.
Miró el fondo del pasillo, y se decidió por esa vía. Corrió.
El ex-presidente Chalmers se asomó a la ventana de su dormitorio. Había caído la noche, y el mundo era un lugar lleno de sombras. ¿Durante cuánto tiempo más? se preguntaba. Realmente, le daba igual. Ya había asumido su destino. Apoyado en el marco de la ventana, sintió como la brisa marina entraba en la habitación, removiendo las cortinas y haciéndolas
volar. «Volar», pensó. Debía ser una sensación grandiosa. Durante la noche, las gaviotas desaparecían, a saber dónde, pero durante el día, se congratulaba de verlas luchar contra las potentes rachas de viento, girando sus alas, modificando su posición en el aire, todo con el único objetivo de lograr la mejor aerodinámica. Las aves eran bellas.
Miró el mar. A pesar de que ya era de noche, el cuarto creciente llenaba de luz la noche, arrojando luz sobre la superficie color platino del mar, y sobre la arena de la playa. Esta se extendía a ambos lados de la casa, hasta perderse de vista, oculta tras los árboles que la flanqueaban. El romper de las olas le relajaba. Era como si el mar le enviase un mensaje, con cada ola, que dijese «Todo va bien, cierra los ojos, todo va bien». Era maravilloso.
No había estado en ella durante años. Treinta y cinco, a decir verdad. Su padre la había comprado hacía muchos años, como residencia de verano para la familia, pero no habían llegado a usarla demasiado. Una verdadera pena. Y aunque era muy grande para él, había decidido que sería un buen lugar para pasar
los últimos momentos de su vida. La playa, el viento, la arena. Si, era una idea perfecta. Un buen lugar.
Durante unos instantes, se dejó llevar por la nostalgia, y los recuerdos cayeron sobre él como si fuese carnaza para los buitres. Les dejó acercarse, consciente de que pronto él mismo se convertiría en un recuerdo. Sus padres, sus hermanos, sus amigos, sus novias,... realmente, los malos recuerdos cubrían con su oscuridad a los buenos, aunque estos intentasen brillar. La muerte de sus padres y sus hermanos en un accidente, el distanciamiento con sus amigos, en pos de su profesión, y las discusiones que siempre habían alejado a las mujeres de su lado. Y, aún así, se sentía agradecido. Y satisfecho. Y no podía haber nada mejor. Ahora, en las postrimerías de su vida, y de la vida de toda la Humanidad, se sentía a gusto en aquella casa vacía, vieja y solitaria, que se alzaba sobre la costa, sumergida en un mar de hierba y pinos. Ante el gran océano, el océano oscuro.
¿Cómo será morirse? se preguntó, alejando a los recuerdos y centrándose en esa nueva cuestión. En otros tiempos, se habría angustiado, pero ahora ya no. No en vano, la cercanía de la muerte, y su
inevitabilidad, se habían hecho más reales. «Cuando eres joven la muerte no es más que algo distante. Cuando sabes que no te separan del vacío más que un par de días, la angustia de pensar en ello se convierte en curiosidad», pensó. ¿Será un vacío? pensó. ¿Cómo es no existir? siguió.
Cerró la ventana, y se metió en cama. El trasiego de las olas, el impacto del viento sobre la fachada de la casa..., le arrullaron.
«¿Permaneceré?» pensó antes de quedarse dormido.
Abrió la puerta de su casa, entró, y la cerró tras de sí sin preocuparse de dar un portazo. Y, pegado a ella, se escurrió hasta llegar al suelo.
Recuperó el aliento. Había logrado salir de un laberinto de pasillos y escaleras, hasta alcanzar la calle. Con prudencia y el corazón en la boca, se había desplazado por las calles oscuras, entre coches varados y cadáveres caídos, hasta llegar a su casa. Ahora estaba a salvo.
Se levantó y fue a la cocina. Bebió un poco de agua. Luego fue al salón, y se dejó caer sobre su pequeño sofá, sin poder sacarse de la cabeza todo lo que había vivido en las últimas horas. «¿Es que la gente no puede enfrentarse a la muerte con dignidad, sin volverse loca?» se preguntó, hastiado. Y una voz respondió dentro de su cabeza: «¿Y es que no estás tú también un poco loco, Ray? ¿Quién si no saldría a la calle mientras anochece, a buscar unas películas?
¿Eh?».
Tres golpes espaciados sobre la puerta. Se levantó, y echó un ojo por la mirilla, a pesar de que sabía que se trataba de la señora Green. Habían pactado esa señal de llamada hacía semanas, cuando el edificio se quedara vacío. Abrió la puerta.
—Hola, Ray —dijo ella.
Era bajita, rechoncha, y de rostro afable. Para ella, el fin del mundo no era... quizá no significaba tanto como para otra gente. Para Ray, era el fin de su vida. Y para ella... para ella también, pero de otro modo muy diferente.
—Hola, señora Green —dijo—. ¿Cómo ha pasado el día?
—Bien, bien —dijo ella—. He estado leyendo unas revistas, he hecho la comida.
—Lo mismo que cualquier otro día, entonces.
—Exacto —respondió ella—. He escuchado como volvías corriendo al piso. ¿Te encuentras bien?
—Si, solamente he tenido un incidente en la calle, con unos energúmenos.
—Oh —dijo ella—, la gente se está volviendo loca. Ray no respondió, y ambos se quedaron allí de pie. Era como una especie de ritual. En ocasiones, quizá tres a la semana, la señora Green sentía la necesidad de hablar. Bajaba hasta el piso de Ray, y se quedaba plantada hasta que este le ofrecía un café. Ella negaba, y decía que sería mejor un té. La hacía pasar,
y ella se pasaba una hora hablándole de su vida, de su difunto marido, de sus hijos..., era tan enternecedor como inevitable.
—¿Le gustaría tomar un café? —preguntó, sin poder evitar sonreír.
—Oh, no, no, no —dijo ella—. No tomo café. Me pone mal el estómago. Pero si tomaría un té.
—Adelante, entonces —dijo Ray, abriéndole la puerta.
Y durante la siguiente hora, mientras la señora Green hablaba y hablaba y él asentía, algo comenzó a germinar en su mente. Quizá ya hubiera estado allí antes, pero no tenía forma de saberlo. Era... la sensación de que estaba haciendo algo mal. Como cuando, de pequeño, debía hacer una operación matemática, y aunque creía seguir correctamente los pasos, el resultado no era el correcto. ¿Era eso? ¿No le gustaba el resultado de las cosas? Bien, su vida no había sido una carrera a la fama y al dinero, ni siquiera a la felicidad, pero no estaba del todo insatisfecho. Era cierto que no tenía pareja, ni hijos, y que sus amigos se contaban con los dedos de una mano, pero, ¿era el único? ¿No estaba poblado el mundo de ciudades saturadas llenas de hombres y mujeres solos? ¿Era la globalización y toda esa mierda algo más que un anuncio publicitario? La gente vivía sola y moría sola en todas partes, y aunque había miles de millones de personas en el
mundo, la soledad era... la reina del lugar. «Quizá sea la ciudad», pensó, en un determinado momento. Para entonces, la señora Green había callado y bebía un poco del té de su taza, ya frío.
—¿Qué revolotea en tu cabeza, Ray? —le preguntó, pillándole desprevenido.
—No mucho, a decir verdad —respondió.
—Vamos, Ray, he sido madre —dijo ella—. Sé cuando alguien le da vueltas a algo. ¿Qué es?
—Ni siquiera yo lo sé —murmuró—. Supongo que hay algo que no va bien, aunque no sabría decir qué es.
El rostro de la mujer, afable y luminoso aunque apenas hubiese luz en su piso, se volvió sombrío.
—Es la ciudad —masculló, mirando alrededor.
—¿Qué? —respondió Ray, sorprendido. ¿Le había leído el pensamiento?
—Esta ciudad es un cáncer, Ray —murmuró ella, como si quisiese guardar un secreto—. Un maldito cáncer. Chupa la vida a la gente, la sume en la ansiedad, la obliga a vivir... a vivir mal —hizo una pausa, y bebió un poco de té. Mientras, Ray la miró,
sin decir nada—. ¿No ves a la gente por la calle? caminan, suben al bus, al metro..., la gente ya no se mira a la cara. solamente buscan las salidas fáciles. Ya nadie... —y se quedó callada.
—¿Nadie qué? —insistió Ray.
—Ya nadie se comprende —respondió la anciana.
Y ambos se quedaron callados, sumidos en un silencio que nada rompía. Nunca antes la ciudad había estado tan silenciosa. ¿Era el silencio previo a la muerte? ¿Preveían sus almas la llegada del fin?
¿Un sentimiento orgánico y comunitario?
—Debo irme —murmuró Ray.
—¿Qué? —preguntó la señora Green.
—Debo irme de la ciudad —dijo. Ahora que lo había dicho, se había convertido en una realidad física y que escocía en el interior de su cráneo—. Cuanto antes.
—¿Has pensado en lo que te he dicho, eh? — preguntó la señora Green—. A veces no digo más que tonterías, Ray. Solo soy una vieja pocha.
—No diga eso, señora Green —le cortó Ray.
«Necesito irme de aquí», se dijo.
—Si quieres irte, puedes coger la moto de uno de mis hijos —dijo ella. Ray la miró—. La compró cuando era muy jovencito, y no llegó a usarla porque encontró pronto trabajo y compro un coche. Ni siquiera fue capaz de venderla, el muy imbécil.
—¿Me la prestaría?
—Te la regalaría —dijo—. ¿Estás seguro que quieres irte de noche? Será peligroso.
—¿Más peligroso que la propia vida? —preguntó Ray.
—No —respondió finalmente la anciana—. No hay nada más peligroso que la vida.
Y tan solo una hora más tarde, Ray sintió la potencia de una vieja Ducati de importación bajo sus huesos, mientras aceleraba entre el tráfico congelado.
«Gracias, señora Green», dijo, mentalmente, justo antes de preguntarse a dónde iría.
¿Y qué más da? se dijo.
Pero luego se lo pensó mejor. «¿Qué tal al norte, y al mar?».
Ese sería un gran lugar.
Dejó la moto apoyada en una farola, y se pasó las manos por el pelo, sin dejar de mirarla. Había conducido durante toda la noche, sin parar ni un solo instante, pues no había tiempo que perder. Sentía el reloj de arena en el centro de su mente, con las microscópicas piedrecillas escurriéndose entre el vidrio. Respiró hondo. Lo había logrado. La ciudad había quedado atrás, en su montículo de rascacielos y edificios, hacinados, y todas las almas perdidas que vagaban entre las calles repletas de chatarra. Había dejado atrás ese rencor que resquebrajaba su alma. Lo había dejado todo atrás, y ahora era alguien libre. El hecho de que la muerte inevitable no estuviese muy lejos era... banal. Había logrado la libertad, y eso era suficiente.
Miró a su alrededor. A pesar de la distancia, el rumor de las olas era perfectamente audible, arrastrado por el viento. El cielo, limpio y claro, brillaba como nunca lo había hecho antes. Dejó atrás la moto, y caminó por una solitaria explanada cubierta de hierba. A cada paso, sentía el roce de la vegetación con su pantalón, y por alguna extraña razón era una sensación tremendamente agradable. A
lo lejos se erguía una casa solitaria, de fachada blanquecina, pero parecía abandonada, y no había más edificaciones junto a la playa. Alcanzó una delgada línea de árboles, paralela a la orilla, y por fin se dejó resbalar por una pequeña pendiente de arena, hasta encontrarse en la playa. Miró a ambos lados. La lengua de arena, de unos cincuenta metros de altura, se extendía a izquierda y derecha hasta que la vista se perdía. El mar, el gran océano, gris, y oscuro, rompía feroz contra la orilla continuamente erosionada. El viento potente llegaba desde mar adentro, intentando arrastrarlo, pero solamente lograba aplastar las ropas contra su cuerpo. Caminó hacia la orilla, mientras alzaba la vista para ver una bandada de gaviotas ruidosas, que surcaban penosamente la costa.
Al fin, estuvo a unos metros de la orilla. Se sentó en el suelo, agarrándose las rodillas con las manos, y respiró hondo, bien hondo, sintiendo como el salitre entraba en sus pulmones. Cerró los ojos. La luz del Sol, el rumor de las olas, las salpicaduras del mar, el tacto cálido de la arena, el olor de las aguas..., sintió que su alma se adormecía y al mismo tiempo se
expandía, más allá de su cuerpo, dejándolo todo atrás y conquistando el cosmos.
«He tomado la decisión correcta», pensó.
Salió por la parte trasera de la casa, la que se enfrentaba al mar, y bajó las escaleras por las que se podía acceder a la playa. Pronto, sus pies descalzos se dejaban acariciar por la arena. Chalmers miró a lo lejos, a su derecha. Desde la ventana, le había parecido ver una persona en la playa. Una figura solitaria que se acercaba a la orilla y que se sentaba, observando el océano. Y dado que hacía semanas que no hablaba con nadie, sentía una mezcla de curiosidad y necesidad de conversación.
Sin duda, había alguien en la orilla, así que Chalmers caminó hacia allí lentamente, disfrutando de cada paso. «Este es un lugar maravilloso», se dijo, mirando su propia sombra. Admiraba la forma en la que, a pesar de la luminosidad del día, la oscuridad encontraba el modo de expresarse y gritar su opinión. La sombra... la eterna contraposición. ¿Cuántas veces, a lo largo de una vida, podía un hombre caer
en la duda y elegir la sombra, la parte de atrás de la mente? Quizá tantas como segundos tenía una vida, o quizá tantas como latidos.
—¡Saludos! —gritó Chalmers, a unos veinte metros del hombre, que seguía sentado en la orilla.
Debido a su grito, alzó la cabeza.
Ray se levantó, turbado por aquel hombre que se acercaba a él levantando un brazo.
—Hola —dijo Ray.
Se sentía algo amodorrado. Pero se recuperó al instante al ver el rostro del hombre que se acercaba a él.
—Usted... —comenzó— es.
—Lo era —cortó Chalmers—. Ahora no soy más que Bob.
Chalmers llegó a la altura del hombre, y extendió su mano. Ray se la apretó durante unos segundos.
—Presidente Chalmers —murmuró Ray, impresionado.
—Solamente Bob, de veras —insistió Chalmers—.
¿Qué le trae por aquí, amigo...?
—Ray —respondió—. Ray Billups —una pausa—. Huí de la ciudad.
El rostro del ex-presidente Chalmers se ensombreció durante unos segundos.
—¿Está todo muy mal? —preguntó.
—Creí que usted lo sabría —dijo Ray.
—Llevo aquí semanas —dijo Chalmers—. Y sólo soy una persona, nada más.
—No hay luz, no hay agua, no hay mucha comida, no hay... no hay nada. La gente se muere de hambre, o de alguna enfermedad, y los que no mueren, o se vuelven locos o.
—Vale, vale —le cortó Chalmers—, es suficiente
—y añadió—: y usted, ¿está loco?
—Probablemente no lo suficiente —murmuró Ray, mirando las olas. Era algo... grandioso, la forma en la que una pared de agua se elevaba, desafiando la gravedad, efervescente en lo alto, y como luego la gravedad volvía a tomar el control y hacía caer las aguas contra la orilla... simplemente grandioso.
Ambos se quedaron callados.
—¿Sabe cuánto nos queda? —preguntó Ray, segundos más tarde. Bob Chalmers le miró durante un instante.
—Según mis cuentas... —dudó un instante—. Horas, y no muchas.
—Vaya —atinó a responder Ray. Sintió que la fuerza de sus piernas se le escapaba. La oscuridad se adivinó en la esquina de su mirada. Logró controlarse.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Chalmers.
—Si —balbuceó Ray, mareado—. Simplemente... se me va un poco la cabeza.
—Vayamos a la sombra de los árboles, quizá haya tomado mucho Sol.
—No moriré de cáncer de piel, en todo caso — bromeó Ray, caminando con Chalmers.
Un minuto más tarde, estaban los dos al pie de un gran pino, que hundía sus raíces en el límite de la tierra con la playa, asomando parte de ellas fuera de la tierra.
—¿Se encuentra mejor? —preguntó Chalmers.
—Si —asintió Ray, notando el fresco del aire en su rostro—. ¿Sabe? Ha sido duro —añadió. Chalmers le miró.
—¿El qué?
—Existir.
—¿Existir?
—La vida es difícil —dijo, sintiéndose... ligero—. Es una jodida pelea entre lo que quieres hacer y lo que puedes hacer, con esos putos momentos en los que no estás seguro de que nada merezca la pena... — Chalmers callaba—. Una vez escuché una canción que decía: todo el mundo quiere una buena casa, en un buen barrio... sentarse en su sofá, rodeado de su familia, y dejar pasar los días. No sé si es cierto, pero... todas esas imágenes falsas que nos lanzaban... lo que está bien y lo que está mal, lo que.
—No se maltrate, hijo —dijo Chalmers—. Todos vivimos la desgracia.
—Y hace dos meses, todo se volvió más fácil.
—¿De veras cree que... ha sido fácil?
—Si —se reafirmó Ray—. Si te duele mucho la barriga, pínchate un dedo con un alfiler. Durante unos
segundos, la barriga no te dolerá —hizo una pausa, reordenado sus pensamientos—. Cuando hizo su anuncio, hace casi dos meses..., todas las preocupaciones, los objetivos, los sueños, los problemas... desaparecieron. Se esfumaron. La gente solamente tuvo que elegir entre la desesperación y la aceptación. Los desesperados se volvieron locos, y los que aceptaron disfrutaron de cada día del que dispusieron.
—Es una forma de verlo, supongo —dijo Chalmers, cauteloso—. ¿Es usted de los que aceptaron?
Ray se lo pensó unos segundos. Al final, asintió. Y justo en el momento en que iba a hablar, la sensación de ligereza volvió. Era como si hubiesen llenado su cuerpo con un gas más ligero que el aire, como si quisiese abandonar la tierra y alcanzar el cielo.
—¿Usted también siente eso? —preguntó. Chalmers le miró, y asintió, con seriedad.
—Me temo que... —comenzó a decir.
—¡Mire! —gritó Ray, señalando la orilla. Los dos se quedaron... impresionados.
En la orilla, se alzaba una gran ola, de metros y metros de altura. La pared de agua, inmóvil sobre la orilla, ocultaba parte del cielo, y su espuma se escapaba hacia arriba, flotando. Por momentos, un poco de pared se derrumbaba, dejando ver a su través.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Ray.
Ray se levantó, y caminó unos metros hacia la orilla. El agua de la ola ascendía hacia el cielo, y por todas partes ocurría algo parecido, hasta donde su vista alcanzaba.
—¡El agua flota! —gritó Ray, sintiéndose ligero como un pájaro.
Comenzó a pegar saltos. Mientras, Chalmers lo observaba todo apoyado en el pino. Y, de repente, las aguas crepitaron sonoramente, y cayeron de nuevo contra la orilla con un estruendo ensordecedor.
—Es increíble —susurró Ray—. ¡No se quede ahí!
—le gritó a Chalmers.
—Creo que debería usted quedarse... —comenzó este.
Un nuevo estruendo se llevó las palabras. El viento, enfurecido y caótico, giró en torno a la orilla, levantando toneladas de arena. Los minúsculos granos flotaron en el aire durante un instante, y luego cayeron de nuevo contra el suelo.
—Increíble —dijo Ray, sonriendo y mirándolo todo.
El oleaje había desaparecido por completo, y el océano era una gran balsa de agua, plana y repleta de espuma.
Y entonces, comenzó el show. Ray tropezó y cayó al suelo, rodando por la arena. Su mirada enfocó al horizonte del océano. Un poco por encima, el Sol brillaba cubierto por un extraño velo de niebla.
De súbito, el Sol desapareció, y el cielo se volvió oscuro. Las estrellas aparecieron bruscamente, y tanto Ray como Chalmers parpadearon unas cuantas veces, acostumbrándose a la ausencia de luz. A sus espaldas, un cuarto de luna creciente se distinguía, extrañamente débil. La luz volvió a surgir, las estrellas se fueron, aunque puntearon durante unos
instantes en sus ojos. El Sol brillaba de nuevo por encima del mar.
—¿Qué es esto? —gritó Ray.
Sintió que su ligereza se volvía contra él, y el estómago giró como la centrifugadora de una lavadora. Notó el ascenso de la arcada, y vomitó sobre la arena de la playa. Luego no se sintió mucho mejor. El Sol desapareció de nuevo, dando paso a la oscuridad, y esta de nuevo a la luz, y luego otra vez la oscuridad, y así sin cesar durante un tiempo que parecía alargarse y extenderse hacia el infinito. El efecto era el mismo que el de estar en una discoteca, en donde los focos se encendían y apagaban a cada segundo, dibujando una sensación caleidoscópica. Aturdido, Ray intentó levantarse, pero cayó de nuevo al suelo, mareado. Respiró hondo, y sintió que le faltaba el aire. Daba bocanadas como un pez fuera del agua.
—¿Qué está ocurriendo? —gritó.
—Es el fin —murmuró Chalmers, que se había agarrado a una de las raíces del pino.
Vio como las aguas se alzaban de nuevo, con los ciclos de luz y oscuridad alternándose en el lapso de segundos, como si de una película se tratase. Durante una milésima de segundo, recordó todo aquello que le habían dicho los expertos, antes de que se retirase a la casa de la playa. La pérdida de la órbita, la rotación caótica, la desaparición momentánea del campo gravitatorio... un físico de cara pálida le había dicho que imaginaba las aguas alzándose hacia el espacio exterior, y con ellas a todas las personas que no estuviesen bien sujetas. Y luego, la atmósfera desprendiéndose de la Tierra. Así, la asfixia sería el final para la gran mayoría de los habitantes del planeta.
«Y está llegando», se dijo.
Ray logró levantarse al fin. Y lo hizo con una facilidad fuera de lo común. En el cielo, oscuro y claro casi al mismo tiempo, el Sol parecía jugar a saltar sobre el mar y luego hundirse de nuevo en el horizonte.
Intentó respirar hondo, pero sus bocanadas desesperadas no encontraban aire alrededor. «Oh, dios, está llegando», pensó. Sintió una punzada de miedo en su interior, y tuvo el impulso infantil de cerrar los ojos con fuerza. Pero se obligó a abrirlos, a ver su propia muerte, a disfrutar de sus últimos segundos de vida. ¿Te hubiera gustado estar tirado en el sofá, mientras el aire se escapaba de tus pulmones?
Sintió como sus pies se despegaban de la arena, y como su cuerpo levitaba sobre el suelo. Miró a Chalmers. El ex-presidente del país se había amarrado a las raíces de un árbol, y aunque sus piernas se alzaban hacia el cielo, resistía, todavía agarrado. Le saludó con una mano. Chalmers le respondió con la mirada.
Y luego, Ray levantó la cabeza, hacia el cielo, que tornaba a cada momento, transformándose en un mar de estrellas o en un cielo azulado, celeste. Extendió los brazos, y sintió como una extraña fuerza levantaba su cuerpo, alejándolo de la superficie. Notaba que el aire se escurría a su alrededor, arrastrado como su cuerpo, que se iba, e intentó respirar hondo una vez más, paladear el dulce sabor
de aire de nuevo en su organismo. El corazón le latía veloz, y se sentía inflado, lleno de... energía. Dejó que el aire penetrase en sus pulmones, y luego cerró la boca, impidiendo que saliese.
Miró abajo, y distinguió la curvatura del planeta. Miles de formas grisáceas despegaban de la superficie, por todas partes.
Sintió que era el momento. El Sol brillaba frente a él, y a pesar de ello, el cielo era un océano de estrellas, que brillaban y le enviaban su luz.
Exhaló el aire que había aspirado, y sintió una gran presión en el interior de su cuerpo.
«Oh, Dios, estoy satisfecho», murmuró. Estalló.
Chalmers vio como Ray se alejaba, flotando en la atmósfera errática. Pronto estuvo tan alto que no podía verlo. «Eso es volar», pensó, nostálgico por un instante. El cielo ya era completamente oscuro, y su azul celeste, que tantas veces había visto y olvidado, era ya un recuerdo. Paladeó, abriendo la boca, tratando de encontrar una brizna de aire a su
alrededor, pero ya no había. Sintió como sus pulmones ardían. Frente a él, las aguas del océano se erguían hacia el cielo, dibujando columnas grisáceas. Las salpicaduras caían hacia él, y flotaban frente a sus ojos. Sintió que una fuerza trataba de arrastrarlo hacia el cielo, con más fuerza que hasta ese momento, y se amarró todavía más a las raíces del pino.
«Este es el lugar en el que moriré», pensó.
No hubo una ristra de fotogramas con las imágenes de su vida, ni un cúmulo de emociones que se peleasen por salir de su pecho. Ni siquiera hubo una lágrima. Solamente un sentimiento de vacío.
«Yo quería vivir», pensó. «Yo quería vivir más, más aún».
Boqueó una vez más, sintiendo que su pecho se inflamaba. Trató de gritar, pero no escuchó más que un gemido débil.
El cielo no estaba. El agua se iba. La atmósfera se escurría. A su alrededor, la playa solitaria. Más allá del horizonte, en todas direcciones, la vida moría. Era el fin.
«Goodnight and farewell». Fin de la Historia.
Frederik Brithson flotó hacia su arriba, y surgió desde un túbulo lateral por una esclusa abierta. Se detuvo junto a una mesa baja, gracias a los enganches de velcro, y miró a su compañero, Colin Rowling. El inglés, de melena rubiazca y claros rasgos anglosajones, le miró con pesar en su mirada.
—¿Has comprobado los sistemas? —preguntó, con voz apagada.
—Si —respondió Brithson.
Miró a su alrededor. La ISS, su hogar. Y su tumba. Las líneas rectas, blanquecinas y grisáceas, los paneles repletos de luces, los cables colgando, los discos duros de las computadoras emitiendo molestos bip-bip, y el zumbido eterno de los sistemas de ventilación. Y la claustrofobia... «Este no es el futuro que había imaginado Arthur C. Clarke», pensó con tristeza. Recordó aquellos momentos de su infancia, en los que gastaba su tiempo leyendo novelas del espacio. Estaciones espaciales inmensas y giratorias,
anillos orbitales, ascensores, colonias en la Luna y en Marte, computadoras que imitaban en comportamiento humano..., pensó en HAL y la odisea, y se sintió estafado al comprobar que la ISS no era todo lo que él hubiese imaginado. En este caso, la realidad no era tan extraordinaria como la ficción. Suspiró, e intentó dejar atrás ese tipo de pensamientos, pero estos volvían incesantemente. Siempre había sido un gran aficionado a la ciencia- ficción, con las ventajas e inconvenientes que esto traía. De joven, y no tan joven, había disfrutado con la creatividad de los grandes autores, de escritores de imaginación fulgurante, capaces de transportarlo a realidades alternativas. Al principio, la inocencia de su infancia le había hecho soñar con que, en un futuro, viviría esas aventuras. A medida que crecía, y se desentrañaba para él la maraña de la verdadera realidad, aquellas historias fantásticas iban quedando relegadas... al territorio de los sueños. El transbordador Endevour era ciencia, no ficción. Y no podía compararse con ninguna de las naves espaciales que, otrora, había imaginado. No se movía con energía iónica, o con antimateria, ni siquiera con
energía nuclear... solamente la energía química permitía al hombre superar la velocidad de escape de la Tierra y pasear por el Cosmos. Lo cual era mucho decir. Haberse pisado la Luna, posarse en Marte..., pero eminentemente, dedicarse a repartir satélites en órbitas bajas... no podía considerarse la conquista del espacio. Muchos decían, «Por algo se empieza», pero tras el comunicado del presidente, el empieza se había transformado en el acaba. Lo que una vez fuera... la época del cambio, se había convertido en la época del fin. «Y yo, ¿qué hago aquí?», pensó.
—Esto es una mierda, Fred —dijo Colin. Frederik alzó la cabeza, mirando al inglés.
—¿Qué ocurre?
—¿Estás seguro de que ha sido buena idea quedarse aquí?
No respondió.
Dos días después de que el presidente Chalmers comunicase al mundo que el fin estaba cerca, la NASA les había comunicado que enviarían al transbordador para recogerlos. En eses momentos, había en la ISS cuatro personas. Dos de ellas
decidieron volver a la Tierra. Las otras dos, quedarse en la estación. «¿Y por qué?», se preguntó otra vez Frederik. No había una respuesta fácil para esa pregunta, pero por alguna oscura razón, o por un cúmulo de ellas, tanto Frederik Brithson como Colin Rowling habían decidido quedarse en la ISS... hasta el fin. La NASA había insistido, y ellos habían insistido también. Y, de todos modos, no tenían forma de obligarlos a bajar. Así, el transbordador había llegado, había recogido a Linsay Dawking, y a Maurice Indo, y había regresado a la Tierra. ¿Para qué volver a la Tierra? ¿Qué o quién les esperaba allí? en el caso de Frederik, no más que sus padres y su gato Reg. Nada más. ¿Volver? ¿A qué? A visitar los mismos lugares de siempre, o los lugares de la infancia, someterse a un proceso de tortura nostálgica, a un baño de recuerdos sin fin, a... no, no, se había negado a ello. Se había despedido de sus padres cuando las comunicaciones comenzaban a ser intermitentes, y esperaba que su Reg hubiese sabido buscarse la vida. De todos modos, poca le quedaba. Pero, ¿era eso? ¿No había nada más? Obviamente, estar en la ISS le ofrecía un observatorio sin igual. A
aquella altura, sobre el planeta azul, podría ver como el Agujero de Wilson entraba en el Sistema Solar como un elefante en una cacharrería, destrozando y absorbiéndolo todo... la ISS no escaparía del agujero negro, eso también era obvio, pero... pero, ¿qué?
¿Había verdadera-mente alguna razón para quedarse allí? objetivamente.
—Yo que sé, Colin, cada uno tendrá sus motivos — respondió, finalmente. El inglés le miró.
—¡Tú me convenciste! —exclamó él—. Dijiste que aquí estaríamos mejor que en la Tierra, que.
—No digas sandeces —le cortó Fred—. Te quedaste aquí por qué te dio la santa gana, y nada más. Y, de todas formas, estamos más seguros. En la Tierra no tienen nada. Ni agua, ni electricidad, ni... viven en la barbarie. ¿O no has visto las imágenes por satélite? Vamos, Colin, las has visto igual que yo. Ciudades ardiendo, y grandes incendios por todas partes. Hay humaredas en el sur de Houston, allí donde el petróleo y el gas se han incendiado. Tormentas, ciclones..., aquí al menos tenemos comida y agua, electricidad..., y hasta entretenimiento.
—Bah —exclamó Colin, quitando importancia con un gesto. Y luego, frustrado, se agarró la cabeza con las manos, y se dejó flotar. Comenzó a llorar.
Frederik bajó la mirada y no dijo nada. Él también estaba angustiado por la cercanía de la muerte, por la proximidad del fin. ¿Y cómo no estarlo? La muerte daba miedo. ¿Qué había más allá? Y, ¿dolería? Cuantas preguntas y qué pocas respuestas. Frederik temía la llegada del momento, ese segundo en el que su vida se extinguiría, el momento justo en el que moriría. ¿Cómo era ese instante? ¿Era fugaz, como el aleteo de una mosca, o lento como el movimiento de las placas tectónicas? Esa delgada línea que separaba el todo de la nada, lo lleno del vacío, la vida y la muerte. ¿Y qué había más allá? No creía en Dios, al menos en ninguno conocido, pero siempre había tenido la impresión de que en la vida había más que casualidades, azar y probabilidades, que no todo era tan... matemático. No creía en deidades, ni en grandes mitos, no creía. Pero... ¿había algo más? ¿Algo más, más allá del límite? ¿Había un paraíso, había un cieno? ¿Había respuestas? Quizá solamente hubiera
silencio. Un silencio tan grande y profundo que nada podía huir de él... como un agujero negro.
Colin bufó, hastiado por el silencio absorto de Frederik, y desapareció en otra de las estancias. Frederik siguió con su línea de pensamiento. Una vez, había leído que, al morir, el Universo desaparecía. Que cuando tu vida terminaba, el Universo que se había creado en torno a ti se extinguía con ella. ¿Sería cierto?
Intentó pensar en cosas más alegres, en algo menos... y pensó en el agujero negro. Frederik no era más que un ingeniero aeronáutico, pero siempre había estado al tanto de los grandes avances científicos, de las noticias y de los descubrimientos. Sobre los agujeros negros, concretamente, había muchas respuestas pero aún más interrogantes. Y uno de ellos le parecía realmente intrigante... ¿Qué ocurría en el interior de un agujero negro? Nadie podría descubrirlo en la Tierra, pues probablemente se quedase sin atmósfera antes de ingresar más allá del horizonte de sucesos, pero ellos, en el interior de la ISS, tendrían una mínima oportunidad. Cuanto durase esta, no lo sabía. Pero merecería la pena. Era dar el
último paso de la ciencia humana... penetrar en un agujero negro... algunos decían que el interior era un horno de radiaciones, en donde la energía de las emisiones electromagnéticas convertiría cualquier cosa que penetrase en plasma. Las teorías eran tan variopintas... Frederik no creía en nada, pero vería con sus propios ojos el interior de un agujero negro.
Quizá.
Y entonces, tuvo una idea.
Había cruzado su mente como una estrella fugaz... pero la había cogido al vuelo.
¿Por qué no?
Esa misma noche, durante la cena, Colin le leyó las últimas mediciones del agujero negro. Los últimos cálculos llegados desde la Tierra indicaban que no restaban más de doce horas para que el agujero negro alcanzase la vertical del Sistema Solar. Pero Colin creía que quedaban menos de diez horas. Mientras hablaba, solamente una parte de la mente de Frederik le atendía.
—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? — preguntó Colin, y se calló.
Con el paso de los segundos, Frederik se percató de que el inglés le estaba mirando, molesto, y sonrió débilmente.
—Estaba un poco... ido —dijo, y añadió, con seriedad—: Discúlpame.
—Decía que en diez horas estaremos muertos.
—Oh —dijo Frederik.
—¿A qué le estás dando vueltas?
—Quiero salir.
—¿Salir? ¿A qué? ¿A dónde?
—Fuera —dijo, señalando con sus brazos el exterior.
—Pero, ¿para qué? —preguntó Colin, incrédulo—. No hay nada que falle.
—Ya lo sé. Pero... —se detuvo—. Quiero estar fuera cuando todo termine.
—¿Qué dices? Pero... —Colin se revolvió en el aire ingrávido—. ¿Estás loco? Joder, estás... enfermo.
¿Para qué quieres estar fuera?
—Yo... simplemente me parece una buena idea.
—Si querías disfrutar del ambiente, haberte vuelto a la Tierra —gritó Colin.
—Colin, ¿qué es lo que te molesta? —preguntó Frederik, tranquilamente.
—¡Que te comportes como un jodido héroe, Fred!
¿A quién quieres impresionar? ¿Eh?
—A nadie —y añadió, secamente—: Solamente quiero elegir cómo morir —y añadió—: Ah, y no te estoy pidiendo permiso. Voy a hacerlo.
Colin tardó unos segundos en reaccionar.
—Muy bien —dijo.
Frederik se puso el traje espacial, lentamente, comprobando cada uno de los anclajes, de las cremalleras, de los remaches. Tal y como le habían enseñado durante el largo período de aprendizaje. El voluminoso traje le hacía sentirse inflado, atrapado, y estar dentro de él era angustioso. Recordó los
«paseos» espaciales que había realizado, meses atrás. En el interior del traje, se sentía como si estuviese viendo una película muy real, como si estuviese en un magnífico programa de realidad virtual... no se sentía
él. Pero era más real que nada que hubiese podido hacer en la Tierra, con su cuerpo a menos de cinco centímetros de la muerte, protegido tan sólo por un complejo conglomerado de materiales. Y luego, la salida al exterior. La completa ausencia de gravedad, la falta total, por un instante, de un sistema de referencias, la lucha contra el sistema del equilibrio, atolondrado y confuso, y una miríada de estrellas fulgurantes y brillantes, en cualquier dirección. Durante un instante..., oh, era una sensación maravillosa. Luego, se convertía en un infierno. Frederik recordaba con una mezcla de amargura y excitación las horas de trabajo en el exterior de la ISS, fijando alguna placa solar o reparando algún tornillo que se hubiese soltado como por arte de magia. Horas y horas de tensión, controlando absolutamente todos los parámetros, sin dejar escapar tan sólo uno... y ante él, siempre, la plácida estampa de la Tierra, con su azul cruzado de nubes blancas.
Colin apareció antes de que se colocase el casco. Ambos flotando, el inglés le miró con cara de pocos amigos.
—Todavía no entiendo por qué sales —dijo.
Frederik intentó encogerse de hombros, pero era algo inútil con el traje.
—Ahí afuera, tu muerte será.
—Como la tuya, Colin. No alcanzó a imaginar cómo, pero no será pero que la tuya —y aprovechando el silencio de su compañero, añadió—: tienes miedo a morir solo, ¿no?
Colin retiró la mirada. Cuando le miró de nuevo, estaba llorando.
—Es solo que... que... —dijo.
—No morirás solo, Colin, yo estaré ahí, al otro lado de la radio, justo por encima de la estación.
—No será lo mismo —dijo él. Frederik asintió.
—No, no será igual.
Unos segundos más tarde, Colin rompió el silencio.
—¿Crees que dolerá?
—Creo que el dolor es lo que menos nos debe preocupar —respondió Frederik, sonriendo—. y no me preguntes ahora sí creo que hay un cielo.
—No iba a hacerlo —respondió el inglés, sonriendo también.
Extendió una mano, y Colin respondió el apretón. Luego se abrazaron.
—Comprobaré tu traje —dijo Colin, comenzando a flotar alrededor de él.
Frederik alzó el casco, y se lo puso en la cabeza, ajustándolo con las ranuras del anillo de cierre. Escuchó un ligero clic.
—Nadie sabrá de nuestra gesta —murmuró Colin.
—Es cierto —respondió Frederik, a través de la radio—. Nadie más que nosotros mismos.
—Ya —dijo Colin, con tristeza, y bufando al apretar una tira corrediza—. No habrá poemas que canten nuestro fin, ni leyendas que pasen de generación en generación,.
—Te sobra romanticismo anglosajón —dijo Frederik, pero él pensaba lo mismo.
—Puede que sí —asintió Colin—. Pero no habría estado mal morir por algo.
—Al menos... —comenzó Frederik—, veremos el interior del agujero.
—Y no saldremos en los libros de historia.
Colin dejó de asegurar su traje, y flotó frente a él.
—Supongo que la presión colapsará la estación sobre mí, y que una masa de metal, plástico y órganos se estrellará contra la superficie de la estrella negra,
¿no?
—Nadie ha estado dentro, Colin —dijo Frederik—. Esa es la gracia. No sabemos qué vamos a encontrarnos.
—La muerte —dijo Colin—. Nos encontraremos la muerte.
Aseguró el cierre hermético a sus espaldas, y flotó en la antesala, esperando a que la bomba hidráulica extrajese todo el aire de la pequeña estancia. Cuando el piloto rojo se apagó, pulsó el botón verde, y la esclusa se abrió. Un círculo negro, punteado de estrellas, apareció ante él. En el margen inferior, un panel solar de la ISS rompía aquella grandiosa uniformidad. Se impulsó con los pies en la pared, y flotó fuera de la estación. Pronto, se vio rodeado de oscuridad pero también de luz. La luz solar reverberaba en las blancas estructuras de la estación, convirtiéndola en un albor. El cable que lo unía a la
estación se fue desenrollando lentamente, y Frederik se alejó una decena de metros de la ISS.
—Aquí Colin —dijo una voz, en un lateral de su cabeza. Reprimió el impulso de girarla.
—Aquí Fred, todo bien —respondió.
—Controlas el cable, ¿vale? Yo estaré aquí todo el tiempo, si necesitas algo, conecta la radio o hazme una señal con la mano, ¿de acuerdo?
—Bien, gracias.
La radio se cortó, y Frederik se enfrentó a un único sonido, el de su respiración entrecortada. Observó la Tierra. Recorrió con la mirada la costa este de Norteamérica, y luego saltó el océano Atlántico hasta llegar a Europa, parcialmente cubierta de nubes. Giró levemente, hasta enfrentarse a la luz del Sol. Y entonces, quedó perplejo.
—Joder.
El Sol estaba... siendo absorbido. Había una gran masa oscura junto a él, una gran mancha que ocultaba las estrellas que había tras ella, y que debía cuadriplicar la masa solar. ¿Cuánto abarcaba? imposible saberlo. Lo que si era perceptible era un
gran brazo de fuego, que surgía directamente de lo alto del Sol y caía en la oscuridad, desapareciendo.
Se dejó flotar unos metros más, captando la espectacularidad de la situación. El Sol, tragado por un gran agujero negro... ¿Había soñado alguien con una cosa así? Quizá algún escritor de imaginación desbordante, o algún científico tras tomarse unas copas... pero nadie lo había tomado jamás en serio. Algo así... ¿cuántas probabilidades había? ¿Una entre mil billones? Y sin embargo, algunos habían llegado a decir que era un fenómeno frecuente en el cosmos. No en vano, el centro de casi todas las galaxias conocidas estaba ocupado por un agujero negro. La causa de ello era desconocida, pero era un dato real. Los agujeros negros errantes eran menos abundantes, pero se sabía también de su existencia. Y ahora, todo un gran sistema planetario, el suyo, estaba desapareciendo. Se preguntó, por un instante, qué planetas habrían sido absorbidos ya. Y durante otro instante, se preguntó cuánto tardaría la Tierra en ser atraída hacia aquellas fauces invisibles pero certeras. Era inexorable.
Inevitable: algo que no se podía parar.
Eso es lo que era aquel agujero negro.
A medida que las horas fueron pasando, a Frederik se le terminó el agua. Colin le dijo que podía regresar a por más, pero le respondió que podría vivir unas cuantas horas sin beber.
Ahora, varios brazos de fuego salían directamente desde el Sol, para caer más allá del horizonte de sucesos, y la masa negra que ocultaba las estrellas parecía estar mucho más cerca de la Tierra. Quizá lo estuviese.
Y menos de un segundo, algo cambió. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero... la Tierra giraba... de forma anómala. Y con ella, la ISS también lo hacía. El Sol aparecía y desaparecía en el visor de su casco, mientras que la luna se dejaba adivinar en contraposición a la estrella. Sintió como se mareaba, y como la última comida —su última cena—, se revolvía en el estómago y luchaba por salir al exterior. Intentó evitarlo con todas sus fuerzas, mientras el mundo, el cosmos, todo el Universo, giraba erráticamente a su alrededor —aunque fuese
Frederik el que girase—. Vomitar en el espacio podía ser una tragedia, inundando de vómito el caso de cristal. Tendría que regresar a la estación, y quizá ya no pudiese salir de nuevo. Se tragó lo que sabía que tenía que tragarse, e intentó estabilizar su posición. Durante unos segundos, luchó por recuperar una posición, ajeno a la gravedad terrestre. Fue inútil. Se dejó llevar al menos durante un par de minutos, cerrando los ojos e imaginándose que permanecía inmóvil sobre una cama, tal y como hacía durante el período de adiestramiento. Pensó en la gente de la Tierra. ¿Cómo estarían viviendo eso? Abrió los ojos, y enfocó la Tierra, relativamente inmóvil en su propio horizonte vital. «Se asfixian», murmuró. El eco de sus palabras rebotó débilmente con la cara interna del cristal. La atmósfera, una capa a veces brillante y a veces transparente, se escindía de la superficie terrestre, en inmensas bolsas de aire... desde allí... era como si la atmósfera estuviese lloviendo hacia el exterior, lanzando su aire al espacio. Era un espectáculo sobrecogedor.
—Colin, ¿estás viendo eso? —preguntó. El inglés tardó unos instantes en responder.
—¡La atmósfera se separa de la Tierra! —exclamó Colin—. Oh, dios, se están quedando sin aire.
—Y nosotros no dejamos de girar, ¿te has dado cuenta? El centro de gravedad de la Tierra... está cambiando.
—Estamos demasiado cerca del horizonte de sucesos —informó Colin—. Eso significa...
—Es el fin —asintió Frederik.
Cerró de nuevo los ojos, pues volvía a marearse. Mientras trataba de convencer a su estómago de alcanzar una tregua, se dejó llevar, extendiendo los brazos, como cuando de pequeño iba a la playa y se hacía el muerto, sobre las aguas. Aquella sensación, placentera, de que el Sol le caía sobre el cuerpo, mientas que en su espalda el agua acariciaba su piel... llegó a él como una ola gigante, y se estremeció.
«Ahora me voy a morir», pensó. Y se repitió a sí mismo la pregunta que Colin había hecho:
«¿Dolerá?». Aunque quizá no fuese la pregunta indicada. Había otras todavía más acuciantes e interesantes... pero habría tiempo para responderlas.
Y aunque no fuese así, el solo hecho de que hubiesen sido formuladas justificaría la ausencia de respuestas. Abrió los ojos, y lo único que vio fue una gran mancha oscura que ocultaba las estrellas. Era mayor
que minutos antes. Tomó una decisión.
—Colin, voy a liberarme —dijo. Espero la objeción del inglés.
—De acuerdo —dijo este, sorprendiéndole.
—Eres un buen tipo, Colin —dijo Frederik, mientras veía como uno de los paneles solares se liberaba de sus anclajes y salía disparado, lejos de la estación—. De lo mejor. Ha sido un honor.
—Gracias, Fred —respondió Colin, y añadió, socarronamente—: disfruta de la fiesta.
—Lo haré. Adiós.
Desenganchó el cable, y este se perdió hacia la estación, como un látigo tensionado. Golpeó un panel de comunicaciones, y lo hizo pedazos. Frederik se estabilizó gracias a la inercia del golpe final del cable de sujeción. Vio como tanto la ISS como la Tierra giraban sin control. El espectáculo era pavoroso, y quizá fuese el único humano que lo estuviese viendo.
De repente, todo se tiñó de oscuridad. El Sol había desaparecido, más allá de la mancha oscura que era el agujero negro, o más probablemente, absorbido del todo por él. Tembló en el interior del traje, sintiendo unas fuerzas extrañas que tiraban de él. La Luna surgió por encima de la Tierra, y por primera vez desde hacía millones de años, se liberó del abrazo gravitatorio del planeta que la mantenía cautiva, y salió despedida, como una bola de billar hacia su agujero. Frederik alzó la cabeza, con una curiosidad... innata. La Luna, que giraba sin control y a gran velocidad, se alejaba de la Tierra, igual que lo hacía él mismo. Y, en menos de un segundo, desapareció. Fue como un parpadeo. En un momento estaba, y al siguiente ya no... Era la imagen más clara de la muerte que había visto nunca. Ahora sí, y ahora no.
Observó la ISS. Estaba a unos kilómetros de su posición, visible como una pequeña mancha blanca a pesar de que ya no hubiese Sol para iluminarla. Era lo más a lo que había llegado el hombre en el espacio, la niña de sus ojos, el máximo exponente de la tecnología humana, y de su propia inteligencia. Allí se quedarían sus adelantos médicos, su búsqueda de
la vida extraterrestre, la exploración espacial..., y también las guerras y las hambrunas, las injusticias sociales y la destrucción del medio ambiente... allí se quedaría todo. Tras la mancha que era la ISS, la Tierra se mostraba ya como una roca baldía y oscura. Su superficie... yerma y baldía. En un segundo, fue consciente de que quizá él y Colin fuesen los últimos humanos vivos. Los últimos.
Suspiró muy hondo.
«Eso es todo lo que somos», se dijo, mirando la Tierra.
Vio de nuevo la ISS, y se preguntó si Colin estaría bien. Intentó el contacto por radio, pero ya estaba muy lejos de la estación, y además, el agujero negro estaba muy cerca y probablemente las ondas se viesen afectadas de una forma inconcebible.
¿Y era así como acababa? ¿No hay un gran epílogo? ¿Nadie que cante una última canción a la desaparición del hombre? ¿Absolutamente nadie?
Todo lo que una vez habían sido se iba. Y también aquello en lo que jamás se podrían convertir ya.
Vio como la Tierra era lanzada brutalmente hacia delante, desapareciendo en pocos segundos más allá del horizonte de sucesos. Sintió una punzada de miedo, y los latidos de su corazón, que alocado, golpeaba sin compasión la parte interna del traje. Ya solo quedaban segundos. La ISS, todavía atrapada por la débil gravedad terrestre, fue tras ella, como si estuviesen atadas por un fino pero resistente hilo de plata. Desapareció en un segundo, con su imagen estirándose como si estuviese hecha de chicle.
«Ahora sí soy el último», pensó Frederik, recordando fugazmente a Colin. Sólo fugazmente. Lo que estaba viviendo eliminaba cualquier recuerdo. Ahora, más que nunca, solamente el presente importaba.
Sintió una gran fuerza que tiraba de él, con fuerza, en una dirección que conocía. Se acercó a la oscuridad total, que ahora le envolvía casi por completo, hasta que alcanzó el horizonte de sucesos... invisible para él, pero real.
Y lo sobrepasó.
No cerró los ojos en ningún momento. Y así pudo ver la luz. Era tan brillante que sus ojos le quemaban, pero no bajó los párpados. Había... puntos de luz por todas partes, flotando como luciérnagas en una noche de verano, temblando como péndulos. Y también había una gran cantidad de sombras, redondeadas pero también irregulares. Se preguntó cuál de esos bultos era la Tierra. Los objetos trataban de ocultar la luz, sin llegar a conseguirlo. Algo pareció explotar. Ahora la luz ya no era blanca, sino azulada, muy azulada, como las aguas del océano iluminadas por el Sol. Y aquel mar de luz azulada se bifurcaba formando brazos de luz, espirales y círculos, que giraban y se enrollaban sin cesar, como un nido de serpientes.
«¿Estoy muerto ya?», pensó, sintiendo un fuerte calor en su pecho.
La luz cambió hacia el verde, y Frederik recordó la selva. En menos de un segundo, la masa de luz mutó hacia el rojo, y finalmente, una ola de luz estalló y se expandió hacia él, arrasándolo todo.
Observador Externo sintió algo extraño que pasaba no muy lejos de él. Giró entre un pequeño asteroide recubierto de hielo, y lanzó todos sus sentidos hacia aquello que le había llamado la atención. No tuvo que atisbar mucho entre las estrellas para encontrarlo. Se trataba de un pequeño espíritu, una entidad cósmica recicladora. La observó durante un pequeño lapso de tiempo, recreándose en todas las emisiones del espíritu, y luego se acercó prudentemente a él. Otros observadores externos, más ancianos que Observador Externo, le habían prevenido de los espíritus recicladores. Creían que no eran más que demonios del universo, pequeños espíritus que se dedicaban a la destrucción. En su largo tránsito por el cosmos, atravesaban insondables distancias, devorando estrellas y planetas. Los objetos celestes desaparecían a su paso con una velocidad terrible. Decían, «algo que traga la luz y la hace desaparecer, no puede ser una fuerza sagrada». Los observadores más ancianos prohibían a los jóvenes penetrar en el interior de los espíritus recicladores, pero Observador Externo sabía que podría hacerlo si quisiera. Nadie podía impedírselo, y realmente sentía una gran curiosidad.
En su mundo cuasi eterno, la curiosidad era lo único que movía el interior de su alma.
Giró a una distancia prudente del espíritu reciclador, con un debate interno que elevaba su ya de por sí alta temperatura. El espíritu reciclador estaba cayendo hacia un pequeño sistema planetario, y en esos momentos absorbía con fiereza el fuego de la diminuta estrella central. Una gran esquirla de material incandescente se escapaba del sol, flotando en el vacío, y desapareciendo en la nada. Los espíritus recicladores no dejaban escapar nada, absolutamente nada. Los observadores externos más ancianos, decían que una vez dentro del espíritu reciclador, era imposible escapar, pues ni siquiera la luz, con toda su fogosidad, podía hacerlo. Pero Observador Externo sabía que no era del todo cierto. Había varios tipos de espíritus recicladores. Algunos de ellos, los cerrados, eran como una trampa celeste. Todo lo que entraba no volvía a salir jamás, incluida la luz. Los otros, los abiertos, eran algo diferentes. Por alguna razón, en su interior se abría una puerta, un hueco estrecho que conducía a otro lugar de la galaxia, ignorando las reglas del tiempo.
Observador externo se acercó aún más al espíritu, dejando suficiente espacio de seguridad. El punto sin retorno, tras el cual quedaría atrapado por el espíritu, estaba todavía lejos. Admiró el modo en el que el espíritu se abalanzaba sobre el sistema planetario. Se centró en los planetas, y vio como giraban al son de las corrientes gravitatorias generadas por el espíritu. Bailaban confusos, con sus órbitas desfiguradas. Alguno de ellos se estaba incluso fragmentando. Observó como un pequeño satélite desaparecía en las entrañas del espíritu.
¿Y si entrase? se preguntó. Su temperatura se elevó considerablemente al barajar la posibilidad. El hecho de saber que no era recomendable hacerlo le impulsaba más a dar el paso, y curiosear. Se imaginó las reprimendas de los observadores externos más ancianos. Pero, al margen de lo que ellos pudiesen opinar, podía correr un gran peligro. Si el interior del espíritu reciclador era cerrado, una puerta sin salida, se quedaría atrapado en él durante un tiempo. Por boca de otros observadores externos jóvenes, sabía que aunque los ancianos decían que nada podía huir del interior de una entidad recicladora, no era del
todo verdad. Aunque, si quedaba atrapado, no podría salir a menos que alguien fuese a buscarlo. Con el tiempo, alguien percibiría su ausencia, y seguiría su rastro hasta encontrarlo. El modo en el que los ancianos podían sacar a un igual del interior de un espíritu reciclador, lo desconocía. Y si el espíritu era de interior abierto, temblaba de emoción al imaginarse en el interior del túbulo de salida, surgiendo al exterior entre una nube de hidrógeno, en otro lugar del cosmos. Era... emocionante.
Se acercó aún más al espíritu reciclador, observando las hordas de emisiones que se arremolinaban a su alrededor. Un planeta fue absorbido, desapareciendo en el interior. Intentó comunicarse con la entidad recicladora, pero, tal y como le habían dicho, esta no respondió. Era como un gran monstruo ciego, furioso pero a la vez... ignorante de lo que le rodeaba, que reaccionaba con rabia e ira al más mínimo contacto.
«¿Lo hago?» se dijo. En lo más hondo de sí mismo, Observador Externo sintió que su alma se volvía incandescente. El Cosmos podía ser un lugar absolutamente aburrido. Los observadores externos
ancianos recomendaban tal y tal cosa, viviendo en sus eternas conversaciones. Pero los más jóvenes, como Observador Externo, se aburrían al poco rato, y huían de allí, en busca de aventuras. Si uno era imprudente, el Universo era un lugar más divertido.
Miró uno de los planetas, que giraba sin control en las inmediaciones del espíritu. Tras él, su estrella era devorada eficazmente, entre pequeñas explosiones de hidrógeno y helio. Se acercó al planeta, convirtiéndose en un brillante satélite durante unos minutos. La estructura rocosa del planeta resistía fieramente el influjo del espíritu reciclador, pero había perdido su atmósfera y ya nada más que quedaban retazos de gases sobre su superficie. Lo que parecían haber sido océanos líquidos, estaban ahora congelados. Pensó un instante, hasta percatarse de que probablemente la atmósfera hubiese desaparecido tan velozmente que hubiese impedido la evaporación. Ahora, su superficie era un mosaico de lagos helados y tierra. Alzó la vista hacia el espíritu reciclador. Estaba temerariamente cerca del límite, y no faltaba mucho para sobrepasarlo y penetrar en el espíritu.
«Lo vas a hacer», se dijo. Si, lo iba a hacer. Se había decidido. ¿Qué era aquella existencia sin algún que otro riesgo? No era más que dejar pasar los segundos, uno a uno, incontable hasta un fin.
Rodeó un par de veces el planeta, cavilando e intentando encontrar una razón para no entrar en el interior de la entidad recicladora, cuyas fauces invisibles se alzaban ante él. Pero no había razones.
Se dejó llevar por las fuertes corrientes de gravedad, inflamado de emoción, observando al mismo tiempo como lo que quedaba de la estrella era absorbido. La luz de aquel sistema planetario moribundo se había ido. Ya nada permanecía. Miró el planeta una vez más, ahora más oscuro y gris por la ausencia de luz, y le comunicó que se convertiría en compañeros de viaje.
Y, en menos de un segundo, atravesó el límite. Estaba dentro del espíritu reciclador.
En el interior, todo era espectacular. Observador Externo sintió como las radiaciones rebotaban contra él, incrementando su temperatura. Se llenó de
energía. Y absorbió todo lo que podía observar. Había hordas de objetos celestes, atrapados por el espíritu cósmico en su andadura celeste. Los minúsculos átomos de hidrógeno flotaban por todas partes, chocando y uniéndose durante un breve período de tiempo, para a continuación desligarse y lanzarse a otro lugar. Giró, a sus espaldas, y observó algo que le sobrecogió. El firmamento, el universo, había desaparecido. Ya no había estrellas junto a él, no había más que una superficie oscura a la que ni siquiera alcanzaba la luz. Con una mezcla de curiosidad emocionada y temor, miró al interior del espíritu reciclador. Allí, una miríada de explosiones enviaba millares de emisiones hacia el exterior del espíritu, pero la propia fuerza de la entidad las reabsorbía sin dejar que llegaran muy lejos. Era un espectáculo de luz y color, de brazos de luz que giraban sin cesar, de partículas subatómicas jugando entre objetos celestes congelados o destruidos.
Se pegó a su compañero de viaje, el pequeño planeta rocoso, y se apuró a refugiarse en su superficie. Aunque, falto de órbita y de estrella que dominase su camino, giraba sin control, se
estabilizaba paulatinamente. Mientras se acercaba a la superficie, percibió que algo estallaba en el interior del espíritu reciclador, y que una horda de emisiones como nunca antes había detectado se acercaba al borde. Se protegió en la cara opuesta del planeta, y asustado, vio como la luz lo llenaba todo durante unos instantes, centelleando, y como perdía impulso a medida que intentaba escapar de la entidad. Al fin, se detuvo, durante un instante mágico, y cayó de nuevo hacia el interior de la entidad recicladora. Pero, a medida que lo hacía, una corriente de gravedad comenzó a arrastrar el planeta.
Observador Externo notó como el miedo crecía en su interior. Estaba en el interior de un demonio cósmico, sometido a sus designios furiosos, y no tenía ni idea de si se trataba de una entidad recicladora abierta o cerrada. Y temía salir de la protección del planeta y verse arrasado por un haz de luz. Su temperatura ya era suficientemente alta.
Mientras el planeta era arrastrado, al igual que otros muchos objetos que pululaban en el interior del espíritu, se deslizó por la superficie. En cuanto sobrevolaban los lagos helados, estos se
descongelaban debido a su alta temperatura, y las moléculas de agua se perdían en el vacío, mezclándose con el hidrógeno y rechazando el helio. Se alejó de las superficies heladas, y observó el resto. Con sorpresa curiosa, descubrió que aquel planeta había sido bendecido por la vida. Al principio, tuvo dudas, pero estas pronto se disiparon. Descubrió estructuras alargadas, unidas al suelo. Cubrían gran parte de la superficie, así que Observador Externo supuso que se trataba de la forma de vida más abundante. Estaban congeladas, desprovistas ya de vida, igual que otras muchas formas de vida que yacían en la superficie. Eran también abundantes, y parecían tener cuatro extremidades. Las había por todas partes, solitarias o en grandes grupos. Y en muchas ocasiones, en el interior de estructuras inorgánicas y elevadas. Atisbó todavía más en la superficie, comprimiéndose, y encontró una miríada de formas de vida, algunas de ellas todavía vivas. Era increíble que aún resistiesen las condiciones que se generaban en el interior de aquel demonio. Pese a ello, muchas de las que vivían estaban agonizando, y Observador Externo podía percibir sus invisibles
llamadas de socorro. Nadie podía ayudarlas, ni siquiera él. A pesar de su status, y de todas las capacidades que tenía, no podía hacer nada por ellas. La única ley que gobernaba su pueblo era la del libre albedrío, y por nada del mundo rompería esa regla sagrada. Pese a ello, sintió algo parecido a la pena por aquellos pequeños seres vivos. Con su forma alargada y ovalada, se apiñaban unos a otros, como intentando protegerse. Se expandió ligeramente, y aquellos pequeños seres desaparecieron, demasiado pequeños para que pudiese percibirlos. Apoyado contra la superficie de aquella cara del planeta, observó aquellos erguidos seres vivos. Aquellas formas de vida, perecederas... ¿tenían sentido? Sus vidas eran efímeras, acotaban un minúsculo fragmento del tiempo del cosmos, y eran tan ínfimas que apenas ellas mismas podían percibir su propia existencia.
¿Tenía esto sentido? Y sin embargo, sintió que había algo en aquella existencia fugaz que Observador Externo nunca podría poseer. No sabía exactamente a qué se refería, pero su alma ardió con fuerza durante unos instantes, nerviosa por un descubrimiento que ni siquiera terminaba de entender. Vagó por aquella
superficie, ajeno a lo que ocurría a su alrededor, en donde el planeta se veía arrastrado hacia una fuente de luz que parecía inundarlo todo. Llegó al borde de un lago congelado. Había una de aquellas estructuras inorgánicas, las que albergaban a las formas de vida con extremidades, y también una diminuta extensión de material granulado. También había un par de formas de vida alargadas. Descubrió a uno de los cuadrúpedos, sobre la superficie granulada, agarrado al pie de una de las formas de vida alargadas. Se acercó lo máximo. No estaba vivo, ni mucho menos. Entre sus extremidades, había un pequeño bubón. Estaba parcialmente recubierto de un material largo y fino, y había un sinfín de detalles que Observador Externo no sabía interpretar. Eran formas de vida demasiado primitivas, alejadas de él más que del mundo inorgánico. Y, aún así, sintió una punzada de nostalgia. Algo que se revolvía en su interior, infame y caótico.
Se alejó de allí, perturbado, y orbitó a cierta distancia del planeta. Allí había algo que le había turbado, que había abierto una línea de pensamiento que quizá no le gustase demasiado. ¿Para qué
torturarse con ello? Pero había asumido un riesgo, había emprendido una aventura, y debía aceptar todo lo que derivase de ella.
Algo centró su atención. El planeta, y todos los demás objetos que habían sido absorbidos por la entidad recicladora, eran ahora absorbidos hacia su núcleo. Y allí, la luz estallaba sin cesar, en torno a una diminuta esfera oscura, apenas perceptible entre la luz. De repente valiente, Observador Externo se alejó un poco más del planeta, exponiéndose al daño que el demonio cósmico podía causarle. Quería observarlo todo, quería correr todos los peligros, quería conocer, quería ser... curioso... quería.
Aquella pequeña esfera negra fue aumentando en tamaño, aunque lo que ocurría en realidad era que el planeta, y todo lo demás, era arrastrado a una velocidad inconcebible. Observador Externo sentía su alma trémula, encendida,... la sintió viva. Y eso era lo único que le importaba en ese momento.
La luz formaba bellos remolinos en torno a la esfera negra, y los extremos, mutados en radiaciones, escapaban incontenibles hacia regiones externas más alejadas. El tiempo, ahora, transcurría con una
lentitud casi exasperante, aunque los acontecimientos parecían sucederse por todas partes. A medida que se acercaban a la esfera negra, los planetas, asteroides, satélites... en fin, todo lo que el demonio había absorbido, se veía imbuido en el remolino de fuerzas gravitatorias, girando sin cesar entre las hordas de luz. Todos los objetos se acercaron, y algunos estallaban al colisionar, desperdigando fragmentos rocosos que asimismo eran también arrastrados. Con emoción, Observador Externo vio como un gran planeta rocoso desaparecía en el interior de un gigante gaseoso. Segundos más tarde, el gran planeta gaseoso estallaba en una bola de fuego, mientras que el planeta que había chocado con él se deshacía en fragmentos minúsculos. Todo se aceleraba. En torno a sí, las rocas chocaban unas con otras, desmenuzando la materia en pedazos cada vez más pequeños. Los trituraba.
«Es algo maligno», pensó Observador Externo.
Y no mucho más tarde, la esfera negra fue todo lo que se extendía en todas direcciones. Los brazos de luz, lejanos, flotaban ahora a mucha distancia. «¿Qué es esto?», se preguntó Observador Externo. ¿Qué
estaba pasando? Una gran masa de roca chocó contra su planeta acompañante, y este se fragmentó en al menos media docena de trozos. Y por todas partes ocurría lo mismo, aunque algunos planetas mantenían su integridad a duras penas.
Enfocó la esfera negra. No parecía ser un objeto celeste en sí mismo, pues no tenía superficie, ni brillaba, ni... ni tenía masa, ni emitía luz, ni... y entonces, pequeños puntos de luz blanca aparecieron en el interior de la esfera negra. Los puntos parpadeaban leve pero perfectamente perceptibles, como luces que se encendiesen y apagasen a cada segundo.
Finalmente, la masa de fragmentos absorbidos por el espíritu reciclador cayó hacia las luces, y Observador Externo con ellos. Para entonces, estaba tan nervioso que sentía que su temperatura subía y bajaba a cada instante. Pero, al mismo tiempo, deseaban saber qué iba a ocurrir. ¿Y si le esperaba la muerte? Los observadores externos eran casi inmortales. Gozaban de vidas tan largas que algunas se perdían en los orígenes del cosmos. Eran formas de vida privilegiadas, sin función alguna en el
universo..., pero podían morir. No ocurría con frecuencia, pero... ¿Y si él moría? ¿Cómo sería? Los observadores externos más ancianos debatían a menudo cuál era el sentido de la vida, y que había tras ella, pero jamás habían alcanzado una solución, no había respuestas sencillas a sus preguntas.
¿Desaparecería? ¿Simplemente eso? ¿Sin... sufrimiento?
Las luces parpadeantes incrementaron su número, haciendo que la esfera negra se convirtiese en un mar lleno de puntos de luz. Observador Externo sintió que algo le arrastraba con tanto fuerza que su esencia se alargó y pareció romperse. Pero no era así. No era él lo que se estiraba, sino el resto, lo que le rodeaba, era el tejido interno del espíritu reciclador, que se modificaba para... «Oh, gracias, es abierto». Aquello debía de tratarse de la salida del espíritu reciclador. Se sintió emocionado.
Se vio rodeado de fragmentos de roca, de hielo y de un sinfín de objetos que apenas podía reconocer. Millones de gotas de plasma brillaban alrededor de él, y las luces punteaban el túbulo de salida como si fuesen un microcosmos. La estructura del espíritu
reciclador se alargó aún más, y Observador Externo sintió un mar de placidez en su interior, y un mar de luz fuera de él. Las luces parpadearon más y asimismo se alargaron, dibujando líneas de luz. Infinitas.
El alma de Observador Externo se calentó tanto que dejó de ser consciente de su propia existencia.
Lo último que pensó era que había muerto.
Cuando volvió a pensar, se vio en un lugar diferente. Había masas de hidrógeno por todas partes, como nubes transparentes. Y una gran luz brillaba. Procedía de una pequeña estrella, brillante y ardiente, que no estaba muy lejos de Observador Externo. Confirmó que seguía vivo, y con una alegría que jamás había sentido, elevó su temperatura lo suficiente como para poder moverse por el vacío. Lo que pudo observar le dejó hipnotizado y aturdido.
Toda la masa de fragmentos con la que había viajado por el túbulo de salida del espíritu reciclador estaban allí, flotando ingrávidos entre pequeñas esquirlas de plasma que ya se iban esfumando.
Se alzó, alejándose de allí para tomar perspectiva. Era... grandioso. La masa de fragmentos cayó hacia un mar de trozos de roca, que giraba en torno a la estrella. Muchos de ellos chocaban entre sí, rompiéndose o tan solo rebotando y permaneciendo juntos durante un tiempo.
Allí, ante su mirada atenta y emocionada, se estaba produciendo un fenómeno mágico. Se estaban creando nuevos mundos, a la vera cálida de una estrella naciente, que enviaba sus renovados rayos hacia aquella nebulosa de fragmentos rocosos. Y por encima de él, caían más fragmentos, desde la boca de salida del espíritu reciclador.
Observó como los fragmentos comenzaban a girar rápidamente en torno a la estrella.
Pronto, aquellos fragmentos se unirían unos a otros, creando esferas cada vez más perfectas. Sus órbitas se estabilizarían en torno a la nueva estrella, y los vientos solares y gravitatorios chocarían contra su superficie, cargándola de energía. pronto, allí habría decenas de planetas, nuevos, completamente nuevos. Y un sinfín de posibilidades por delante. Era capaz de imaginar toda aquella masa de roca reorganizándose,
creando capas, apropiándose de los gases para construir atmósferas, protegiéndose del exterior, y atrapando a otros planetas menores, convertidos así en satélites. Era capaz de imaginar las charcas de líquido primordial en los valles abruptos de un mundo nuevo, y también a las moléculas inertes interaccionando entre sí. Llegarían después las moléculas orgánicas, y en algún momento, un fenómeno tan mágico como desconocido haría surgir la vida.
Enternecido, observó la nube de fragmentos, girando ya en torno a la estrella.
No estaba muerto, y por tanto, toda aquella experiencia había merecido la pena. Y Observador Externo tenía la impresión de que hubiera merecido la pena incluso si hubiese muerto.
Pues la muerte solamente era una experiencia más.
Observó las estrellas, a su alrededor, procurando identificar el lugar del cosmos en el que se encontraba. Reconoció un par de estrellas, y se lanzó hacia ellas.
Estaba contento.
El Ente observó a aquella pequeña forma de energía. Giraba con curiosidad alrededor de un espíritu del cosmos, sin saber qué hacer, temerosa de interactuar con él. Quizá temiese por su existencia, un concepto que para el Ente era completamente ridículo. Siguió los avances de la forma de energía hasta que esta se atrevió a penetrar en el interior del espíritu. Vio como, en su interior, se maravillaba de la luz, y como el miedo la hacía refugiarse tras un fragmento de roca. El espíritu del cosmos trató de comunicarse con aquella pequeña forma de energía, pero no sabía que había reglas físicas que impedían su comunicación. Los intentos finalizaron abruptamente cuando toda la materia fue succionada y enviada a otro lugar del cosmos. La aturdida forma de energía permaneció inmóvil durante un tiempo, demasiado confusa como para poder reaccionar, pero luego se recuperó y observó toda aquella materia en torno a la estrella nueva.
Sonrió mientas la forma de energía, maravillada por aquel espectáculo de génesis cósmica, lo observaba todo con sus primitivos sentidos. Y para provocar en aquella forma de energía todavía más fascinación,
alargó parte de su conciencia hasta aquel sistema planetario naciente, y empujó la masa de fragmentos de roca, haciéndolos girar alrededor de la estrella. Luego se retiró, satisfecho al sentir la emoción de la forma de energía.
Vio como esta se retiraba, y fijó su atención en el interior de sí mismo. pensó en si había sido algo diferente alguna vez. Algo como aquella forma de energía, o como alguna otra forma de vida inferior. Pero no había respuestas, pues no tenía recuerdos. No era más que un glóbulo de consciencia, inmenso y diminuto al mismo tiempo, cálido y gélido, carente de cualquier tipo de... no era más que vacío.
Y, aún así, ¿podía sentir? ¿Podía hacer algo más que existir?
¿Podía desaparecer?
Algo llamó su atención, y abandonó sus pensamientos. No en vano, eran inútiles. Pero, pese a ello, acudían a él sin cesar, y el Ente, que todo lo podía, era incapaz de controlarlos. El Ente, que podía manejar las estrellas y a cualquier espíritu del cosmos, así como a la materia y la energía, no podía
evitar que esas preguntas surgiesen de su más recóndito interior, perturbándolo y... se preguntaba, turbado, si había algo más en aquel lugar.
«¿Estoy solo aquí?».
«¿Completamente solo?».
Primera Edición
Editado y exportado a PDF con sWriter (OpenOffice.org 3.2.1) el 31 de octubre de 2010
1512 Se inauguran los frescos de la Capilla Sixtina, pintados por Miguel Ángel. 1795 Nace el poeta John Keats.
1904 John Fleming da a conocer la radio de válvulas. 1979 Teresa de Calcuta recibe el Premio Nobel de la Paz.
1991 La OTAN aprueba la eliminación del 80 % de su arsenal nuclear en Europa. 1993 Falleció Federico Fellini.
FIN

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