© Libro N° 14229. El Convoy. Muñoz Vivas, Jacinto. Emancipación. Septiembre 6 de 2025
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EL CONVOY
Jacinto Muñoz Vivas
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Jacinto Muñoz Vivas
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EL CONVOY
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EL CONVOY
© Jacinto Muñoz Vivas 2010
Publicada en 2010 en la web Sitio de Ciencia-Ficción: http://www.ciencia-ficcion.com
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A modo de prólogo
La felicidad, una insigne palabras, cantada, llorada y perseguida como aspiración última del ser humano, el culmen de cualquier vida. Suele definirse con bienestar, alegría, satisfacción, gozo, plenitud... y aunque nadie sepa muy bien lo que es o como se alcanza, todos la desean y la buscan. Yo por mi parte creo que algunas veces la he encontrado, unas, trabajando con premeditación y alevosía, otras, la mayoría, como inesperados regalos.
Sonrío feliz al recordar momentos de mi existencia que no os voy contar por pertenecer a mi intimidad y a la de terceras personas o por ser sencillos y banales como la vida misma. Elegiré otro, otros pues es un momento repetido, que puedo compartir sin menoscabo de mi privacidad ni excesos verbales, es mas, estoy convencido de que algunos de los que leáis estas líneas también recordaréis tardes como las mías.
Son tardes de sábado, domingo, vacaciones o de cualquier día tranquilo. La tarea no exige mucho, tan sólo un rincón, un refugió donde nadie interrumpa el instante (salvo quizá nuestra madre con algún mandado ¡Como llegué a odiar aquellos pasos por la escalera!) y un libro, un cómic, una historia. Después, silencio, tensión y un universo nuevo tras cada portada, un universo recorrido paso a paso con el tacto del papel entre los dedos.
Tardes enteras, horas o unos pocos minutos de felicidad. Mi infancia y adolescencia están plagadas de esos momentos y en mi adultez, aunque con otros ojos menos inocentes, también se cuanta alguno. Literatura de evasión, es el adjetivo que se suele usar, así, con su carga de desprecio, trabajo sin provecho, una pérdida de tiempo y dinero. Quien sabe, no se si perdí más de la cuenta de uno y otro, lo que si se es que a día de hoy no me arrepiento de haberlo hecho.
Las historias fueron muchas y variadas y entre ellas, por las casualidades del destino, ocuparon un lugar primordial las aventuras en el espacio sideral, la ciencia-ficción en las viejas novelas de a duro y otras posteriores bastante más caras. Son las que estaban en mi cabeza cundo me dio por escribir este relato y EL CONVOY sólo intenta ser eso, una aventurilla espacial de corte clásico. Si en sus páginas encontráis el eco de aquellos días que sin saberlo compartimos, habrá cumplido de sobra su objetivo.
© Jacinto Muñoz Vivas, 2 de noviembre de 2010
Si no has vivido una batalla en medio del espacio, puedes imaginarla como las luces de una fiesta parpadeando en la oscuridad. Artillería que avanza en apretadas falanges, haces de partículas cruzando la oscuridad y naves que reflejan a cada impacto el arco iris en un gigantesco espectáculo de burbujas de colores.
Si navegas con escudo activado, mas allá de su horizonte, la realidad sólo será una ilusión, ondas de probabilidad y datos estimados. Si estás al mando de una flotilla, enfrentado a un despliegue enemigo completo y con tus piezas durmiendo en sus cunas, la fiesta la disfrutaran otros, tú rogarás para que el escudo aguante y en esas, los ruegos no sirven de nada.
—Estabilidad del escudo al quince por ciento. Tiempo para el colapso: dos minutos, treinta segundos.
—Inmersión en dos minutos, veinticinco segundos.
El panel táctico decía con puntitos verdes que nuestras naves aguantaban. A saber.
—Colapso en veinticinco segundos, veinticuatro, veintitrés..,
—Inmersión en diecinueve, dieciocho, diecisiete.
Ambos sistemas solaparon sus cuentas. Las alarmas saltaron y los trajes entraron en modo autónomo enmascarando el miedo de mis hombres tras la coraza de noofibra endurecida.
—Diez, nueve.
—Acumuladores SD cargados.
—Tres, dos.
—¡Activando burbuja!
—Uno.
—¡Inmersión!
Las ráfagas enemigas atravesaron el vacío donde una milésima de segundo antes estaba nuestro acorazado. La sirena cesó, la luz recobró su
intensidad habitual y los uniformes volvieron al modo de faena dejando paso a una bonita colección de rostros demudados. Tres cuartas partes de los indicadores biomédicos danzaban sin control.
—Informe de daños —pregunté con calma.
—Todos los sistemas en funcionamiento óptimo.
—¿Estimación de bajas?
—Entre uno y dos destructores y ningún carguero. El escudo había aguantado hasta el final.
Seguíamos enteros porque la distancia en superficie
había sido inusualmente corta. Pura suerte.
No quedaba mucho más que hacer allí.
—Sanmartín, tome el mando —ordené a mi segundo.
—A la orden, almirante —Contestó hosco. Le devolví una mirada fría y abandoné el puente.
Un grupo enemigo desplegado a una inmersión de Beta. Lo que mas temía, lo que el Cabrón de Héctor sabía y se negaba a aceptar.
El dictador era la última persona que esperaba ver bajar de la lanzadera que aterrizó en la inaccesible plataforma. De hecho, no esperaba a ver ninguna. Venía sólo y se acercó despacio, simulando admirar el paisaje de rocas peladas y viento. Le observé de reojo y continué con la reliquia de papel encuadernada en cuero rojo que estaba leyendo.
—Hemos perdido el contacto con Domus Prima — anunció por todo saludo.
Encajé la noticia tan quieto como las piedras que me rodeaban.
—Desde hace dos meses —añadió—, casi toda flota estaba allí.
¡Casi toda la flota! lo soltó sin una palabra más alta que otra y se quedó de pié esperando.
Cerré los ojos, el libro y le miré. Aguanté las ganas de darle un puñetazo y como si mi arrepentimiento hubiese desactivado una barrera de seguridad, se dejó caer en un sillón y se sirvió una copa sin preguntar, dos dedos de ron añejo, solo, de las bodegas de mi familia, lo mejor que se podía encontrar en el planeta.
La apuró de un trago largo y se quedó observando el vaso.
Esperé a que continuara con las buenas noticias.
—Lanzaron un nuevo ataque, las sibilas —se detuvo y sonrió, una curva incongruente con las aristas angulosas de su cara. Una vieja broma compartida hacía mucho tiempo, cuando el sobrenombre de las computadoras cognitivas se hizo oficial y nos tocó bregar con los nuevos algoritmos de decisión diseñados por Tales de Rota, destacado augur de la marina. Nos corrimos unas cuantas juergas a cuenta de la cara que puso cuando le dijimos que se cambiara el apellido o se dedicara a otro negocio y de su voz chillona defendiendo una sangre que le unía al ultimo reducto que resistió en la lucha fraticida que terminó con nuestros antepasados derrotados y expulsados de la Tierra. Eran tiempos en los que el rostro del dictador no juntaba tantos filos ni sus ojos tanto hielo.
—Las sibilas —continuó—, estimaron unas fuerzas similares y decidí jugármelo todo, acabar con la guerra de una vez —no estaba buscando justificaciones, era un simple resumen de los hechos
— les dimos una buena paliza, aproveché la oportunidad y ordené perseguirlos hasta mucho más allá de la frontera.
Volvió a agitar el vaso y los restos del ron giraron ascendiendo por las paredes de cristal.
—Desde entonces, el EPR está mudo. Ya sabes como son esos chismes —explicó quitándole importancia—, cada dos por tres pierden el Enlace.
Cada dos por tres, pero dos meses era tiempo suficiente para Domus enviara noticias por medio de una nave correo.
Tardó unos segundos en afrontar la otra posibilidad: la derrota. Y no lo hizo de forma directa.
—Supongo que debí hacerte caso e invertir más esfuerzos en localizar su sistema de origen.
Suponía bien y aquel tono desapasionado era lo más cerca que iba a estar de una disculpa. No teníamos ni puta idea de quienes eran, que pensaban ni de donde venían. Un mal día, treinta años atrás, llegaron y atacaron; sin preguntar, sin exigir nada. Plasma incandescente y naves reducidas a polvo, fue su invariable respuesta a nuestros intentos de
comunicación. Nunca había rendido una nave ni aceptado una rendición. Ni siquiera teníamos un nombre que darles, sólo sabíamos que sus buques se movían por los mismos principios que los nuestros y sus tácticas de combate eran parecidas.
Cuando, con mi apoyo, reunió en el senado los votos suficientes para ser elegido Dictador, optó por la carrera armamentística. Poco importaba qué o quiénes fueran, la victoria sería para quien pusiese en liza más acorazados y más artillería. Ya encontraríamos las respuestas si quedaba alguno para responder a las preguntas.
Para él la estrategia funcionaba, seguíamos vivos, manteníamos al enemigo lejos y la ubicación de Roma tan en secreto como ellos la de su planeta de origen. Todo a cambio treinta años de guerra sin descanso con la mayor parte de nuestros recursos quemados en ella.
Se encogió de hombros, un gesto que, en esas circunstancias, me resultó obsceno.
—¿A qué coño has venido? —pregunté rompiendo mi silencio. Yo estaba allí aislado de todo y de todos
por oponerme a su continuidad en el cargo, por una trampa urdida por él y una orden firmada por su mano.
—He venido a encomendarte una misión —dijo, como si los últimos ocho años no hubiesen transcurrido.
Lucio Mercier, nuestro augur terminó su exposición con aires de empollón satisfecho. Me habría reído con ganas, su fatuidad engolada lo merecía. Lo habría hecho en otras circunstancias, en esas no.
—También nos estarán esperando en la próxima salida —sentencié y todos se agitaron en un curioso movimiento coordinado, como si me hicieran la ola.
Nunca conoces bien a un hombre hasta que no le has visto enfrentarse a la muerte al menos dos veces, los oficiales de mi estado mayor habían sudado mucho en la primera y no parecían muy ansiosos de afrontar la segunda.
—Con todo respeto, almirante —Lucio verbalizó lo que casi todos pensaban: que el viejo chocheaba—, las conclusiones de las sibilas son claras, las opciones
de un nuevo encuentro con el enemigo son despreciables.
Le dediqué la misma mueca que usaba con los reclutas en mis tiempos de instructor, con el mismo efecto, se encogió en su asiento y comenzó a mirar a todos lados buscando ayuda. La encontró en Máximo Sanmartín.
—El augur tiene razón —gruñó el segundo oficial
—, cualquier cadete sabe que aunque nos sigan por la misma trayectoria, que ya sería casualidad, es imposible que nos adelanten y otra alternativa, les llevará muy lejos de nuestra zona de salida. Tendremos tiempo de sobra para llegar al siguiente punto de inmersión sin problemas.
Cualquier cadete. Otro que buscaba amigos. Un tipo curioso Máximo Sanmartín, rígido y eficaz, rezaba mi informe privado, arrogante añadía yo, y un odio que excedía el comprensible rencor por verse privado del mando de la flota un día antes de la partida.
Se volvió hacía la oficial jefe de navegación, una tercera opinión que terminara con mi absurdo pronóstico.
—¿No es así Helena? —preguntó seco.
—No dispongo de ningún dato fiable para contradecir al almirante —respondió la chica inclinando la cabeza en mi dirección.
¡Por todos los dioses habidos y por haber! Helena Tsartaris, veinticinco, piel clara, ojos azules, cabello negro, recogido según las ordenanzas dejando a la vista un cuello que daban ganas de besar, y un cuerpo que despertaba unos instintos reprimidos durante ocho años de encierro.
Máximo Sanmartín no tenía el mismo problema que yo.
—¿Que no dispones de qué? ¡Está en los manuales de física elemental!
Llamar elemental a la física del gigaverso era mucho llamar. Helena no se ofendió.
—El enemigo estaba encima de nosotros y no hay ninguna explicación convincente para ese hecho — replicó muy tranquila.
Por fin una muestra de inteligencia en la sala.
—Una casualidad —bufó Lucio, bastante más atrevido con su compañera que conmigo.
—¿Con toda su artillería desplegada? —Helena se mantuvo en su sitio.
—Ya has visto el análisis de las sibilas —Lucio desplegó de nuevo la proyección con que un momento antes nos había ilustrado— La curva de probabilidades indica, con un noventa y ocho por ciento de certeza —recalcó—, que se trataba de un grupo de combate estándar en maniobras de rutina, de ahí el despliegue de su artillería. No es una casualidad tan remota si tenemos en cuenta que todas las rutas a Domus son sectores de riesgo.
—¿Incluidas las zonas anteriores a Beta? Fue la segunda muestra de inteligencia.
Tomó un sorbo de su copa y me tendió un documento poco después de anunciarme el final de mi ostracismo.
—¿Qué es?
—Ábrelo, está codificado para ti.
Lo desenrollé y la lámina cobró vida en cuanto mis dedos presionaron en la banda de identificación. Fue consolador saber que en alguna parte aún se guardaban mis registros, uno nunca deja de existir mientras quede constancia de sus parámetros biológicos. Era mi nombramiento como comandante de una flotilla, la lista de naves, la carga y la tripulación.
—El convoy se dirigía a Domus —explicó Héctor
—. Alimentos, maquinaria, colonos, todo lo necesario para reconstruir el asentamiento después de nuestra victoria. He desembarcado a los colonos y cargado enlaces de repuesto para el EPR.
Repasé el rol, la mayoría eran cadetes ascendidos a oficiales por necesidades de guerra, el resto marinería de la flota mercante.
—Son lo mejor que tengo —dijo advirtiendo mis recelos.
La desaparición de la flota no sólo significaba la pérdida de naves.
Me fijé en el nombre al que iba a relegar al segundo puesto, el único con unos meses de
experiencia en combate. Su apellido resonó en mi memoria, un recuerdo que no acerté a centrar.
—¿Quien es?
—¿Máximo Sanmartín? No lo sé, fue recomendado por el departamento de personal.
Una respuesta demasiado rápida a la que no di importancia en ese momento.
—Parece un chico listo, déjale el mando.
El dictador apuró el ron y me miró por encima del borde del vaso.
—Tal vez si Domus... —no se atrevió a terminar la frase— Después de mi, eres el único capaz de entrar y salir con garantías— afirmó sin ningún sarcasmo.
Mi carcajada fue espontánea. Héctor, siempre Héctor por delante. Él y su maldito ego se irían juntos a al tumba.
—El Eneas es la mejor nave que hemos construido
—continuó sin prestar atención a mi reacción—, un acorazado de última generación, recién salido de los astilleros, ni siquiera hemos tenido tiempo de probar toda su potencia.
¡Qué consolador!
—Eneas —dije sirviéndome un largo vaso de ron, el primero— curioso nombre.
Tomé el libro que estaba leyendo y se lo pasé. Era un mediocre poema épico escrito para halagar a un gobernante de una antigua cultura del Mediterráneo terrestre, la misma donde hundía sus raíces la nuestra y parte de cuyos valores, tradiciones y estructura social, habían rescatado nuestros antepasados durante el viaje al exilio.
Sociólogos, psicólogos y demás analistas explicaban aquella vuelta atrás, desempolvar y volver a vestir viejos y heroicos mitos, como un recurso común en tiempos de crisis. Yo estaba convencido de que en nuestro caso la explicación era mucho más simple, el líder más influyente de la diáspora había sido un iluminado y un fanático de aquellos antiguos imperios. Conocía la vida y obras de mi antepasado a fondo, ocho años de encierro dan para mucho.
Lucio seguía dale que te pego, Helena replicaba, yo me aburría.
Apoyé los codos sobre la mesa y junté las yemas de los dedos, despacio, una detrás de otra. La navegante, que no dejaba de lanzarme miraditas de soslayo, se calló, el augur tardo unos segundos en comprender que estaba hablando solo y dejó a medias una parrafada sobre las bondades proféticas de las sibilas y los métodos de combate enemigo.
Comencé mi discurso como la personificación de la paciencia.
—Lo primero que cualquier cadete un poco avispado aprende en las clases de táctica —una miradita para Máximo— es que un plan de acción se establece considerando las peores circunstancias posibles por muy despreciables que sean en el espectro de probabilidad —otra para Lucio— En nuestro caso, significa planificar la estrategia para afrontar una nueva emboscada en cuanto asomemos la nariz en el universo normal —la tercera fue para todos—. Y eso es lo que vais a hacer.
—¿Zenón? —el ingeniero jefe era, según su ficha, un lumbreras que estaba allí por haber formado parte del equipo de diseño del Eneas. Según mi opinión, un grano en el culo.
Por su palidez aún debía estar recuperándose del susto de unas horas antes.
—¿Zenón? —insistí.
—¿Sí? —respondió con cara de pasmo.
—El Eneas es el mejor acorazado que hemos construido.
—Es nuestro último modelo, se supone que debe ser el mejor.
Una notable transición del miedo a la petulancia sin emociones intermedias.
—Necesito un resumen completo de cada uno de sus sistemas y tu valoración personal. Límites probados, estimados como seguros y máximos. Cualquier factor que pueda suponer una ventaja táctica en combate.
—Todo está en los informes técnicos del departamento de ingeniería naval. Sí necesita que le traduzca algún dato que no comprenda...
Como decía, un grano en el culo.
—¿Tu valoración personal está en los informes técnicos del departamento de ingeniería naval?
La sorna habría estado clara para cualquiera, él dudó.
—No, creo que no —respondió al fin.
—Gracias Zenón, Atia —Atia Andrade, rubia, bajita y afilada, la comandante de artillería era de las dispuestas—, ¿Qué hay de la artillería?
—Sus tiempos de respuesta son bajos —explicó sin vacilar—, estoy convencida de que puedo mejorar tanto su velocidad de despliegue como el comportamiento en el cuerpo a cuerpo.
La modestia tampoco era su fuerte, tendría oportunidad de justificar por qué.
—Hazlo.
—Lo haré.
Sonreí y fui a por la hierática comandante de la Legión.
—Cornelia, quiero que tus hombres no tengan un segundo de aburrimiento.
La arcaica legión de marina es una carga inútil de soldados aburridos y pendencieros el noventa por ciento de las veces, pero la vieja y fiel infantería obedece sin rechistar.
—Délo por hecho, almirante, sudarán sangre. La creí.
—Helena —la mirada que me dedicó exigió un duro ejercicio de autocontrol—, revisa cada parámetro de las ecuaciones de ruta busca, cualquier resquicio por pequeño que sea que nos permita jugársela al Enemigo.
—Puede contar conmigo —bajó la vista como avergonzada y mis pensamientos volaron a lugares muy distintos del interior de una nave de guerra.
Maldita imaginación.
—Máximo tú te encargarás de coordinarlos a todos.
—A sus ordenes, almirante.
«Estas bajo ellas, por mucho que te joda», le indiqué sin palabras, antes de que saliera de la sala.
—Impactos en sectores uno, cinco, diez.
Las marcas de daños se reprodujeron en la esfera virtual como una plaga de pústulas rojizas.
—Baterías uno a cinco saliendo —informó la CC.
El plan consistía en lanzar a toda velocidad y combatir a pelo, sumando a la lucha la potencia de fuego de nuestras baterías de superficie. No era nuevo, yo lo había puesto en práctica en más de una ocasión, ganando batallas, fama y perdiendo casi todas mis naves. Podía funcionar si las fuerzas estaban equilibradas, contabas con suficientes reservas de condensado de materia y tiempo para que la noofibra reparase las brechas.
No era nuestro caso. Con la realidad despejada, sin las interferencias del escudo, las pantallas exhibían en toda su crudeza la masacre de nuestra artillería a manos de un enemigo con todas sus piezas desplegadas.
—Baterías uno a cinco fuera, baterías seis a diez saliendo.
—Impactos en sectores, uno, cinco, seis.
Hay pocas cosas más aterradoras que una falange de arietes avanzando en tu dirección sin nada que interponer entre sus bocas de fuego y el casco de tu nave. Los nuestros apenas lograban formar pequeños cuadros que se arrojaban a la lucha para ser
diezmados tras devolver una o dos miserables andanadas.
—Baterías seis a diez fuera, baterías once a quince, saliendo.
Un sacrificio inútil que sólo lograría retrasar lo inevitable o con mucha suerte dar tiempo a algún carguero a llegar la zona de inmersión.
—Baterías once a quince fuera, baterías dieciséis a veinte saliendo.
Según las sibilas las opciones eran una entre cincuenta.
—Baterías dieciséis a veinte fuera, despliegue completado.
De las cuarenta mil piezas, cinco mil continuaban activas, con lo que quedaba del acorazado, diez mil frente a cincuenta mil contrarias.
—Impactos en sectores uno, cinco, diez, quince, veinte, veintidós.
Nuestro último ariete desapareció con un triste parpadeo en el monitor táctico.
—Impactos en...
Las alarmas gritaron, los trajes recargaron sus reservas y se desconectaron de los sistemas de la nave.
—Activando escudo.
Cuatro nodos fallaron, el escudo no funcionó.
El enemigo nunca había rendido una nave, nunca había aceptado una rendición.
Dos segundos más tarde el Eneas estalló en millones de millones de microscópicos pedazos.
—Estamos muertos.
Máximo Sanmartín no encajó la ironía. Se había pasado la última semana jodiéndome, cumpliendo mis órdenes al límite del reglamento, agotando a los hombres con ejercicios continuos y dejando claro a todo el mundo que la culpa era de las paranoias del almirante. El resultado estaba a la vista.
—Es lo que hay —dijo—. En la mejor estimación, necesitamos veinte minutos para desplegar la artillería y activar el escudo. La probabilidad de recibir daños en los nodos es del cien por cien. Alzarlos nada mas salir, tampoco conduce a nada —
añadió—, sin cobertura será un tiro al blanco y no aguantarán. Helena puede confirmar —la señaló con leve ademán desdeñoso— que la distancia en superficie es tres veces superior al anterior intervalo. Esa supuesta fuerza enemiga que nos espera tendrá tiempo para machacarnos a gusto.
Lucio Mercier me dedicó una sonrisa pegajosa antes de intentar justificar la parte que le tocaba a él y a su querida sibila del resultado de la simulación.
—Uno o dos destructores y los cargueros podrían pasar, hemos considerado todas las.
Su voz se fue apagando conforme mi boca se torcía.
Máximo volvió a la carga.
—La otra alternativa es una doble I.
—¡Eso es una locura! —El gritó histérico de Zenón casi hizo saltar la alarma de colisión—. Suponiendo que no entremos por un punto de colapso, una probabilidad de diez sobre cien, una inmersión inmediata puede llevarnos a cualquier parte del universo o dejarnos varados en medio del gigaverso,
es imprescindible alcanzar la zona de probabilidad máxima y...
—Hay otra alternativa.
Música celestial anunciando la entrada a los Campos Elíseos. Fue la imagen que me vino a la cabeza para describir la cadenciosa voz de Helena Tsartaris interrumpiendo los agudos del ingeniero.
Buscó mi aprobación antes de explicarse. Se la di sin dudar, su rostro y el del Zenón tampoco admitían comparaciones.
—En el próximo intervalo se abre una ventana de microsalto —dijo proyectando una enmarañada gráfica donde resaltaba una línea roja—, he realizado algunos cálculos preliminares y creo que puedo renormalizar las ecuaciones hasta lograr una probabilidad de un sesenta por ciento de inmersión segura.
Máximo resopló, Lucio bufó y Zenón volvió a saltar.
—¡Sesenta por ciento! ¿También usted se ha vuelto loca?
Un microsalto nunca lleva más allá de un par de millones de kilómetros y un sesenta está fuera de todos los márgenes de seguridad. También era la oportunidad de lanzar la artillería y alzar el escudo a cubierto. Helena lo había considerado.
—Si funciona podremos desplegar la artillería y alzar el escudo a salvo.
—¿Si funciona? —clamó Lucio— No se puede decidir una táctica con un «si funciona».
—Funcionará —afirmó Helena.
—¿Por intuición femenina?
—Sesenta por ciento es bastante más de lo que nos ha dado tu simulación.
Un golpe al mentón. El augur rebotó.
—¿Has considerado en tu plan qué pasará con el resto de la flota? ¿Les dejamos tirados para que se las apañen solos? Las interferencias SD no les permitirán detectarnos a tanta distancia, ¿Qué harán cuando crean que hemos desaparecido? ¿Qué crees que hará el Enemigo con ellos sin la protección de nuestro acorazado?
La chica lo tenía todo pensado.
—Actuarán siguiendo el protocolo, si les atacan en superioridad continuarán con los escudos y esperarán un tiempo prudencial antes de tomar decisiones drásticas. A nosotros sólo nos llevará unos minutos regresar.
—¿Unos minutos? ¿Dos millones de kilómetros?
—profirió el augur con ademanes exagerados.
Atia, ante la perspectiva de desplegar sus baterías sin riesgo, se alineó con su compañera.
—Mis chicos pueden recorrer un millón de kilómetros en veinte.
—¿Tus chicos? ¿Desde cuándo se han vuelto humanos?
Lucio estaba desbocado y no calibró las consecuencias de atacar a la comandante de artillería.
—Uno sólo de mis arietes es el doble de listo que cualquiera de tus sibilas ¡Gilipollas!
Ese era mi estado mayor, todo un espectáculo.
—¡Quieren comenzar a comportarse como los oficiales que son!
Atia gruñó, Lucio bajo la vista, Helena enrojeció y pudimos ir a los hechos.
—¿De cuánto tiempo disponemos para aprovechar esa ventana?
—Diez segundos —respondió Helena de inmediato.
Diez segundos, poco, muy poco, una vez programado habría que zambullirse en ella sin tiempo para rectificar, jugándonos todo al sesenta cuarenta.
—¿Cuántos vectores debe cubrir la flota enemiga en este tramo?
—Entre ochenta y cien —respondió con la misma rapidez, sin dudas, sin apartar la vista de mi.
Cien, una cantidad ridícula comparada con las miles de variantes de la parte central de la ruta.
¿Habría tantos grupos enemigos en la zona anterior a Beta? ¿Buscándonos a nosotros? El Enemigo siempre trabaja con orden, sin espacio para el azar. Era un principio del que podía dar fe.
—Tenéis tres días para repetir todo el trabajo contando con esa ventana —ordené, dando por terminada la reunión.
Sanmartín no lo entendió así.
—Con todo el respeto, almirante —su tono no indicaba demasiado—. ¿Piensa poner en peligro la integridad de esta nave y la misión por una posibilidad tan remota que nadie en su sano juicio tendría en cuenta?
Lucio le apoyó con grandes aspavientos y Zenón con otros más leves.
—¿Nadie en su sano juicio? —les miré a la cara, a los tres la vez, una habilidad que puede desarrollarse con un poco de práctica—. Anotaré en la bitácora esa opinión y está en su derecho presentar un informe alternativo al estado mayor central a nuestro regreso, pueden firmar los tres si es su deseo, de momento, les he dado una orden y espero que se cumpla.
No fue necesario alzar la voz, no tuvieron huevos, Máximo se levantó de mala gana, seguido de cerca por Lucio. «Se ha vuelto loco» le oí murmurar antes de desaparecer por la puerta.
En el fondo era injusto, habría sido más fácil si les hubiese contado la verdad.
—He mandado a muchos hombres a la muerte, es parte del oficio, puedo enviar a otros tantos sin problemas, manejo con soltura todas las justificaciones conocidas: morir por la patria, unos caen para que otros sigan, la guerra es una realidad inevitable y brutal.
—El cinismo autocompasivo no es lo tuyo.
Héctor sostenía su quinta copa sin que las cuatro anteriores le afectasen de forma visible.
—Sí, esa siempre fue tu especialidad. Yo apuré la mía, la segunda.
Él volvió a encogerse de hombros o algo parecido.
—No deberíais tener dificultades hasta llegar a Beta, con un poco de suerte allí os encontraréis con alguna patrulla.
—Las cosas nunca salen como deben.
—El Enemigo no puede haber destruido toda nuestra flota y las defensas de Domus Prima en dos meses.
—¿No? ¿Es una corazonada o tienes algo con que apoyarlo?
—Con el resultado de los cálculos de mi estado mayor. Una derrota de ese calibre supondría que su fuerza se ha multiplicado por diez de la noche a la mañana. No se puede improvisar una flota así.
—¿A quién quieres engañar?
—Los cálculos son fiables —insistió.
Esta vez fui yo quien se encogió de hombros.
—¿Vas a informar a la tripulación o lo hago yo?
—No informaremos a nadie.
Durante unos instantes, la coraza de fatalismo que le envolvía flaqueó dejando a la vista al hombre que podía ser el responsable directo de la mayor catástrofe de nuestra historia.
—No tiene sentido extender el derrotismo por culpa de un simple fallo en las comunicaciones. Oficialmente sólo seréis un convoy con repuestos EPR para Domus. Llegado el caso la decisión de contárselo es tuya.
Asentí a medias.
—Estoy convencido que sólo será eso, un fallo de comunicaciones y un retraso del correo, pero, si... — tampoco esta vez se atrevió a pronunciar la palabra
fatídica. Apretó los labios antes de soltar lo que guardaba desde el principio—. Sigue siendo esencial mantener en secreto la ruta de Roma.
¡Hijo de puta! Traduje su frase: no es necesario que volváis para informar con el enemigo pegado al culo. Ya imaginaremos lo que ha pasado si no estáis de vuelta en un par de meses.
Sin problemas antes de Beta. Imposible destruir toda nuestra flota y las defensas de Domus Prima en dos meses. El ataque sufrido podía ser una casualidad, como opinaba Lucio, o la confirmación definitiva de un viaje a la boca del lobo.
Eran los cálculos de su estado mayor. De haber seguido sus recomendaciones mis átomos habrían pasado tiempo ha por la gran factoría de reciclaje cósmica.
El misterio no tardaría en desvelarse y lo mejor para espantar los malos augurios es mortificar a alguien.
El ingeniero tardó un par de minutos en conectarse.
—Zenón —pedí afable—, quiero hablar un momento contigo. Sube a mi camarote, por favor.
Lo hizo más molesto que preocupado.
—El informe que te encargué es demasiado complejo para mí —era un resumen para tontos sin ninguna utilidad—, quizá puedas aclararme algunos puntos.
—Será un placer. Pregunte lo que quiera.
Una capa de vanidad demasiado gruesa como para captar una sencilla ironía. Me aseguré con la mueca adecuada de que a la segunda, captaba el mensaje.
—Tal vez no me he explicado bien. Después de estudiarlo detenidamente, no he encontrado nada en nuestro mejor acorazado que le distinga de los peores, el escudo es como todos, la velocidad la de siempre, la potencia de fuego la habitual. Sé que formaste parte del equipo de diseño lo que no sé es si os limitasteis a copiar un proyecto anterior para cumplir los plazos de entrega, la marina a veces se pone muy pesada con ellos.
Lo captó y se irguió en su asiento cargándose de mucha, mucha, dignidad.
—Lo que no sabe es nada de ingeniería —me espetó—, nada. Para ustedes los militares es todo muy sencillo, tan sencillo como dar una orden. Hace falta algo más para generar una singularidad Sánchez-Dikoudis de tipo uno, eso que llaman escudo
—explicó con desdén—. Es necesario lograr la colisión de múltiples haces de partículas en medio del vacío con una precisión absoluta, la complejidad de las ecuaciones y el número de parámetros que se manejan exceden con mucho la capacidad de comprensión media. Por no hablar del aporte energético necesario para producirla y mantenerla estable. Cualquier desviación, cualquier variación no confirmada en un laboratorio supone un riesgo inadmisible. Como ingeniero jefe me opondré a ello e informaré al estado mayor a nuestro regreso.
Me estaba amenazando y hasta se atrevió a poner cara de ello.
—Tal vez tenga que recordarle también —continuó
— la potencia de cálculo que se precisa para reajustarla y transformarla en un tipo dos, lo que ustedes —repitió el pronombre con desprecio— llaman burbuja de inmersión—. Si me está pidiendo
que modifique los protocolos certificados por el departamento de ingeniería naval de los astilleros centrales de Roma es que no tiene usted ni idea ni de ingeniería ni de física del gigaverso.
Ni tú, pensé. Sólo con el auxilio de gigantescas CC que procesaban interminables ristras de ecuaciones, nuestra tecnología era capaz de sacarle partido. Por algo lo llamábamos física aberrante, por mucho que Zenón y sus congéneres se negaran a usar tal nombre.
El ingeniero se cruzó de brazos y me desafió a replicarle.
Yo sonreí.
—¡Me importan un carajo todos los certificados emitidos por el departamento central de ingeniería naval!
Su indignación creció hasta un tamaño planetario.
—Si en la próxima salida no disponemos de un plan eficaz tendrás que recurrir a toda tu física para encontrar las partículas de esta nave y las de cada uno de sus tripulantes incluidas las tuyas.
—No es mi cometido entrar en cuestiones de estrategia.
—¿Y cuál es tu cometido? Llevas dos semanas tocándote los cojones y ahora me los quieres tocar a mí.
—¡Cómo se atreve a... a...!
—Ya no estás en Roma, eres un oficial, uno más de esos ignorantes militares en medio de una maldita guerra. Aquí incumplir una sencilla orden supone un consejo sumarísimo y mi orden fue que realizarás un estudio en profundidad de las capacidades de esta nave. ¡Quiero ese estudio y lo quiero ya!
Abrió la boca y la cerró sin emitir ningún sonido. Puestos a apretar apreté a fondo.
—Una cosa más, en la simulación de Lucio, la noofibra ha sido incapaz de contener el fuego concentrado de cincuenta mil piezas enemigas.
Abrió los ojos como un besugo escandalizado.
—No puede pretender que... Es...
—¿Imposible? —Las amenazas que estas dispuesto a cumplir no hay que pronunciarlas, basta una mirada suave y fría.
Comenzó a sudar, el pobre tenía razón, lo que le pedía era imposible, ningún metamaterial conocido
puede resistir tal avalancha de fuego, pero estaba seguro de que aquella gran cabeza suya funcionaba mejor con una cuerda apretada al cuello y una silla temblando bajo sus pies.
Señalé la puerta.
—Puedes retirarte.
Y lo hizo como si estuviese huyendo de las parcas.
Helena Tsartaris casi chocó con el ingeniero en el pasillo, encontró la puerta abierta y me pilló con la sonrisa dibujada en la cara. Enarcó un ceja, miró hacía atrás y se cuadró.
No esperaba su visita y no voy a negar que me alegró.
—¿Da su permiso?
—Adelante.
—A la orden de vuecencia, almirante.
Dio un único paso, se cuadró y se quedó quieta, en posición de firmes, con el uniforme ajustado, marcando cada una de sus curvas, mirándome con un brillo de... ¿admiración?
—Adelante —repetí procurando disimular mi estulticia— Descanse.
—Antes de nada me gustaría decir que es un orgullo servir a sus órdenes y que nunca me creí las falsedades que inventaron contra usted.
¡Me admiraba! La comprensión se abrió en mi cerebro empapado de hormonas. ¿Qué edad tendría ella cuando mi cara y el relato de mis victorias abarrotaron los medios? ¿Dieciséis? El arquetipo del héroe exhibido en una campaña diseñada para elevar la moral de la población, una campaña que me aportó una legión de incondicionales seguidores entre los adolescentes de Roma.
Tres años después todo el aparato de propaganda del estado crujió a punto de romperse para lograr ensuciar mi nombre.
—Gracias —respondí con la boca seca—, siéntate por favor —más que cortesía fue la necesidad de dejar de mirarla como un viejo sátiro.
Lo notó, no era tonta y comprobarlo no le preocupó en absoluto.
—¿Qué quería decirme? —pregunté seco, reprimiendo un torrente de fantasías impropias de un almirante en presencia de un subordinado.
Encajó mi repentina seriedad sin inmutarse, desplegó su lámina de órdenes y proyectó una gráfica de navegación.
—Es nuestra ruta, centrada en nuestra próxima salida, el foco Beta —señaló el lugar donde las miles de variantes de la zona central confluían hasta quedar en un único punto antes de volver a expandirse en un haz mucho mas estrecho en dirección a Domus— Este tipo de proyecciones tridimensionales, no muestran con claridad la estructura multidimensional que hay detrás, es posible que una nave se cruce con nosotros en cualquier punto sin que quiera decir que sigan el mismo camino, las trayectorias pueden entrelazarse en un acercamiento a Domus desde extremos opuestos del universo.
No suele gustarme que me expliquen lo que ya sé, en su caso hice una excepción y la animé a seguir.
—El encuentro del otro día entra dentro de lo posible, un fenómeno de este tipo podría explicarlo.
—Sí, el augur insistió mucho en ello.
Arrugó al nariz al recordar la discusión con Lucio. Un mohín delicioso.
—He estado revisando los anales de la Marina. Desde el primer contacto con el enemigo, encuentros así se han producido en cuatro ocasiones sobre un total de treinta mil ochocientas sesenta expediciones de todo tipo entre Roma y Domus Prima. Una probabilidad de uno coma tres por diez elevado a menos cuatro.
—Pequeña, no nula.
—No, no es nula, el encuentro entra dentro de lo posible, no de lo probable. Ese único dato no demuestra nada, lo que me preocupa es lo que está mas allá de mis competencias como oficial jefe de navegación —acompañó sus palabras con una mirada azul donde sumergirse y perderse.
—¿Qué quiere decir? —repliqué sin convencimiento, sacudiéndome el influjo de sus ojos.
—Hago bien mi trabajo, almirante y sé aceptar una orden, también sé que no se saca a un héroe del ostracismo —dijo héroe y se lo creía— para ponerle
al frente de un simple convoy de carga un día antes de su partida.
Una chica lista, tal vez demasiado.
—¿No le parece mucho atrevimiento cuestionar las órdenes del dictador?
—Como he dicho sé aceptar una orden, puede confiar en mí, si no, da igual, yo confiaré en usted.
Ningún hombre hubiese podido resistir esa declaración, expresada con esa sinceridad, aquella cara de niña buena y aquel cuerpo.
—Hace dos meses, perdimos el contacto con Domus Prima. Casi toda nuestra flota estaba allí.
Lo solté del tirón como un pipiolo en su primera cita. «¿En qué te han convertido los años?» Me dije y continué cantando.
—Hubo un nuevo intento de invasión a gran escala, lo rechazamos y sus restos huyeron en desbandada hasta más allá de la frontera. Era una ocasión única de aniquilarles y toda la flota salió tras ellos. No sabemos nada más.
Helena apagó la proyección y asintió en silencio mientras sacudía la cabeza con movimientos lentos y reflexivos.
—No hay que ser alarmistas, lo normal es que se trate de un fallo en el transmisor.
La mentira era difícil de colar y no tragó.
—Dos meses es tiempo más que suficiente para una nave correo.
—Con una batalla entre manos un retraso es comprensible. Ya lo verás, llegaremos a Domus, descargaremos los repuestos para el EPR y de vuelta a casa.
—Las normas exigen el envío inmediato de un correo ante cualquier fallo en las transmisiones. Prioridad uno.
Su rostro, retándome a replicar con más ingenuidades, aparentaba el coraje ficticio de un oficial recién graduado en su primera misión.
Me acerqué y apoyé una mano en su hombro. No se apartó.
«No sigas por ahí», avisó una voz en mi cabeza. No le hice caso, puesto a cagarla, la cagué del todo.
—No pasará nada —insistí—, llegaremos, veremos y regresaremos para informar.
—¿Un acorazado, veinte destructores y diez cargueros contra toda la flota enemiga?
—No exageres tu pesimismo, una flota como la nuestra no se destruye de un plumazo, puede que estén bloqueados y rodeados de enemigos, no muertos. Además he entrado y salido de sitios peores.
Sus facciones se contrajeron en un delicioso gesto de incredulidad.
—Créeme.
Puso su mano sobre la mía.
—Confío en usted —afirmó por segunda vez y mis últimas defensas se derrumbaron.
La voz de mi cabeza gritó: «¡Qué estas haciendo insensato! aléjate, no puedes abusar de ella, recupera el discurso racional».
Intenté hacerle caso. Carraspeé.
—El microsalto no puede fallar, necesito que lo revises hasta el último decimal.
—No fallará —respondió levantándose.
Su cara quedó a la altura de la mía.
Maldije mi entrepierna, a su espíritu libre, a las ordenanzas que prohibían las relaciones entre un superior y sus inferiores a bordo de un navío, a los ocho años de abstinencia a...
No se trataba de la situación, ni de la diferencia de edad, entre los veinte y los ciento veinte la ciencia todo lo iguala, ni del reglamento, ni de... Ella no era más que una veinteañera deslumbrada por el héroe al que idolatró en su adolescencia. Uno no debe aprovecharse de eso.
Busqué alguna palabra amable de despedida, era imprescindible que se marchara.
Cuando abrí la boca para pronunciarla, la suya estaba demasiado cerca.
A mi edad soy muy capaz de pergeñar argumentos de sobra para justificar mi comportamiento: los años de soledad, las situaciones de tensión extrema, la limpia belleza de... La parte de mí educada en el respeto a las tradiciones y el sentido del deber no se creyó ninguno, a la otra le dio igual. La primera insistió en
que dado el desliz con una oficial inferior, no era apropiado mantener fuera del secreto al segundo al mando. La otra decidió que era la oportunidad de confirmar una sospecha. Ambas coincidieron en que afrontar el problema de Máximo Sanmartín era fundamental para el buen fin de la misión.
Lo hice sin prisas, esperé y observé hasta el día anterior a emerger en el universo normal.
Llamó a la puerta, esperó mi permiso, se cuadró frente a mi mesa y optó por un seguimiento estricto del reglamento.
—A la orden de vuecencia, almirante.
El mismo saludo en el mismo lugar que Helena Tsartaris unos días antes. Hasta ahí las comparaciones. Lo suyo no era admiración por mi pasado, claro que tampoco su físico tenía nada que ver.
Lo dejé de pie, con mi cara más amable, estudiando con detalle sus facciones. Era su hijo, sin ninguna duda.
Sanmartín, Lucrecia Sanmartín, joven, plebeya, ambiciosa y casi tan bonita como Helena. Fuimos
amantes durante el tiempo que tardó en convencerse de que no me dejaría manipular. No era una mujer que aceptara un rechazo, tampoco que se enredase en lamer sus heridas. Poco después cambió de objetivo. Lo que más me sorprendía era que Héctor me hubiese ocultado la existencia de su hijo en la época en que aún éramos amigos, también que no le hubiese reconocido, un prejuicio de clase que no imaginaba en él.
Máximo aguantó el escrutinio sin mover un músculo.
—Descanse.
Se relajó, no demasiado y no tomó asiento, tampoco se lo había ordenado.
¿El hijo secreto del dictador enviado a una misión suicida? ¿Quería promocionarle o quitárselo de en medio? A él y a mí de un solo golpe.
—Los hombres están inquietos.
Un comentario de tanteo que podía recibir muchas respuestas. La suya fue agresiva.
—Les ha hecho trabajar muy duro estas dos últimas semanas y los rumores se han disparado, es normal que estén inquietos.
La soberbia de su padre y la mala leche de su madre. Quien les había hecho sudar durante las últimas semanas no había sido yo.
Crucé las manos aparentando reflexionar y ataqué.
—¿Piensas encabezar un motín?
Golpeé de nuevo sin darle tiempo a replicar.
—No, supongo que no —agité la mano en el aire borrando el absurdo comentario—, tu madre era ambiciosa, no estúpida, imagino que educó bien a su hijo.
Mentarle a la madre a un tipo como Máximo Sanmartín trae consecuencias.
—¡No tiene ningún derecho a hablar de mi madre!
—avanzó hacía mi— ¡Usted menos que nadie!
De modo que era eso, la explicación sencilla: el odio de una mujer despechada heredado por su hijo. Jamás se me habría pasado por la cabeza que aquella olvidada relación volvería para fastidiarme en el momento más oportuno. A saber que versión de la
realidad habría mamado Máximo Sanmartín. No sería yo quien dedicase tiempo a desmentirla.
Aún quedaba una segunda prueba.
—Tampoco creo que lo hiciera tu padre.
—¡Mi padre es otro patricio presuntuoso que cree que su mierda huele mejor que la de los demás!
Perdía los papeles con demasiada facilidad para ser un buen oficial.
—Siéntese.
No lo hizo. Apretó los puños, dio un nuevo paso hacia delante y los apoyó sobre la mesa acercando su cara desencajada a medio metro de la mía.
—¡Siéntese! —repetí sin inmutarme.
Continuó de pie, resoplando como un toro a punto de embestir.
—¿Quiere que le encierre por atacar a un superior?
¿A tanto llega su estupidez? ¿Tanto como para faltar a su deber de oficial romano?
Sentí su conflicto proyectado en cada tic, los nudillos blancos, la respiración jadeante, los ojos encendidos.
—Mira Sanmartín —dije muy tranquilo—, me la suda lo muy desgraciada que fue su madre porque dos patricios engreídos se la follaron dejándola tirada y me la suda más su triste infancia sin padre. Es usted el segundo miembro de esta tripulación que se empeña en tocarme los cojones y al que tengo que recordar que en una nave de guerra lo único que importa es cumplir las órdenes y combatir al enemigo.
—Mañana no habrá más enemigos que los de su imaginación —masculló rechinando los dientes.
—Si mañana no encontramos al Enemigo, le daré un besito a la sibila de Lucio y a ustedes dos les palmearé la espalda en reconocimiento de su sabiduría, pero su pasado me la sudará igual y seguiré esperando que se cumplan mis órdenes.
—¡Aunque sus órdenes nos lleven al desastre!
—Aunque mis órdenes nos lleven al desastre.
Se apartó si dejar de desafiarme. A esas alturas de mi vida no me iba a dejar ganar en un duelo de miradas.
Se sentó.
—Piensa un poco, Máximo ¿Crees que yo tenía algún interés en despojarte del mando? ¿Que lo tenía tu padre? Si no eres capaz de ver más allá de tu odio, no me sirves de nada ni a mí ni a los hombres bajo tu mando.
La segunda apelación a su condición de oficial dio mejor resultado y a continuación, el argumento esgrimido por Helena logró que su parte racional despertara.
—¿Por qué crees que me sacaron del ostracismo?
¿Para ponerme al frente de un convoy de carga?
Se sosegó y dejó de mirarme como a su peor enemigo limitándose a hacerlo con desconfianza.
—Hace dos meses, enviamos el grueso de la flota a Domus Prima.
Escuchó hasta el final sin abrir la boca. Después hizo su pregunta.
—¿Por qué se me ha mantenido al margen? —la última reticencia, el reducto en el que podía acorazar sus suspicacias.
—Porque yo lo decidí así —No era el momento de inventar excusas, buscaba oficiales fiables, no amigos.
Puede que lo entendiera como el final de un periodo de prueba. Puede que no. Su silencio no me permitió apreciarlo.
—Hasta que no sepamos que ha pasado —un último aviso antes de terminar por si le daba por reforzar alianzas contra mí o malmeter a la tripulación—, no sirve de nada extender rumores derrotistas y desmoralizar a los hombres. Sólo tú y yo lo sabemos.
En situaciones de riesgo las mentiras están permitidas.
—Cinco minutos para superficie. Alerta dos. Verificación de sistemas completada.
—Cuatro minutos para superficie. Todos los sistemas en funcionamiento óptimo.
La sibila insistía en que todo iba bien repitiendo su matraca con sensual voz de mujer. Sólo a alguien
como a Lucio se le podía ocurrir programar con ella la interfaz de la sibila.
Le miré, me vio y se rascó el cogote como si temiese una colleja.
—Un minuto.
Ocho de cada diez indicadores biomédicos daban miedo.
—Veintinueve segundos, veintiocho.
—Uniformes en modo de combate. Murmullos, chasquidos y aire sibilante.
—Alerta nivel uno, emergiendo.
Luces atenuadas y cuerpos envueltos en corazas de noofibra.
—Entrando en el universo normal. Maniobra completada, diez segundos para inmersión.
—¿Lucio? —El microsalto apenas dejaba margen para ver lo que teníamos delante.
—Todos los sensores al máximo, almirante.
—Inmersión —la cálida voz lo anunció como una promesa de refinados placeres.
—¿Tenemos algo, Lucio?
—Estoy analizando la información.
—Un minuto para superficie —informó la madame.
—Almirante, hay un cincuenta por ciento de probabilidad de presencia de fuerzas enemigas, pero seguimos procesando.
Lo mismo que podía haber vaticinado yo.
—Superficie en veinte segundos, diecinueve, dieciocho.
Un cuarenta sobre cien de emerger en la otra punta del universo o de reventar a manos de las leyes de una física desconocida.
—Uno.
—Emergiendo.
—¿Lucio? —pregunté por tercera y última vez.
—Un momento, almirante —el encefalograma del augur ejecutaba una danza de difícil interpretación mientras los sensores se esforzaban con la inutilidad habitual por obtener algo fiable más allá del horizonte SD.
—Cincuenta y cinco por ciento de encontrarnos entre uno y cinco millones de kilómetros del punto de entrada —informó por fin— diez por ciento de...
—Abajo el escudo— ordené, acordándome de las madres de todo el colegio de augures.
—Almirante —objetó Lucio alarmado—, hay un cuarenta por ciento de probabilidades de presencia de artillería enemiga. Necesito más tiempo para poder garantizar nuestra seguridad.
—Abajo el escudo ¡Ya! Sensores al máximo.
Hay pocas sensaciones más liberadoras que el repliegue de un escudo, la difusa cortina que te envuelve como un sudario desaparece dejando paso a la realidad en todo su esplendor, el vacío sin límites y la inmensa negrura del espacio con su fondo de estrellas.
Por fin las sibilas comenzaron a responder con datos en condiciones.
—Navegando en el universo normal. Eso era bueno.
—Detectadas signaturas SD a dos coma un millones de kilómetros. Diez transportes y veinte destructores. Identificación: naves romanas.
El microsalto había funcionado y la flota estaba intacta, ninguna baja en el último combate. Eso también era bueno.
—Localizadas fuerzas enemigas. Composición: un acorazado clase espiral y veinte destructores. Distancia: tres millones de kilómetros.
Tal como había previsto. Uno termina cansándose de ser el jodido listo que siempre acierta.
—Estaban justo detrás, por eso no...
—Déjalo, Lucio, ¿Han desplegado la artillería?
—Sí —musitó.
—Tiempo para distancia de ataque: cinco minutos
—confirmó la sibila igual que si presentara modelos de lencería.
—¿Te importaría cambiar esa voz? —La armadura de Lucio se giró un segundo en mi dirección y regresó a su consola.
—¿Cuántas piezas? —pregunté.
—Es imposible determinarlo con exactitud a esta distancia —respondió nervioso—, avanzan en formación cerrada. De treinta a cincuenta mil.
¿Es que nuca sería capaz de darme una cifra exacta?
—¿Cuál es la carga máxima de un grupo de combate? —gruñí.
—Alrededor de cincuenta mil —contestó.
Estaba claro, lo de evaluar con exactitud debía ser una incapacidad natural exigida para acceder a la carrera de augur. Acepté la cifra como válida. Cincuenta mil dejaba las fuerzas igualadas con un pequeño margen a nuestro favor. Todo dependía de lo que aguantase el convoy.
—¿Cuánto resistirán los nuestros?
—Entre treinta minutos y una hora —la voz del augur fue un hilo a través del canal principal.
Suspiré.
—¿Pueden detectar nuestra presencia?
—¿Con los escudos levantados y a esta distancia? Imposible.
—¿Helena? —no fue necesario especificar la pregunta.
—Treinta y cinco minutos a la máxima potencia. Abrí el canal de la sala de máquinas.
—Zenón, máxima potencia a los motores.
—¿Atia?
La artillera tampoco necesitó explicaciones.
—En catorce minutos, todo fuera. Un cálculo muy optimista.
—Comienza a lanzar a mitad de camino.
—Lucio vigila a esos cabrones. Avísame si se desplazan una sola micra y rastrea cualquier signatura SD.
—Ya lo hago —replicó quejoso.
—La artillería enemiga ha abierto fuego —informó la sibila con la vibrante voz metálica de toda la vida.
El convoy, cumpliendo el protocolo, avanzaba con la parsimonia impuesta por el escudo activado, para cuando llegáramos bien podían estar todos de vuelta a la espuma cuántica.
—Almirante —Helena estaba pensando lo mismo
—. Si no frenamos, llegaremos en veinte minutos, pasaríamos de largo pero podemos lanzar unas andanadas.
Suficiente para que los nuestros supieran que no estaban solos.
—De acuerdo. Atia reajusta el lanzamiento, quiero que vean bien lo que tenemos. Helena, adelante sin frenos.
Hasta a mí me resultó tonta la gracia.
El Enemigo no prestó mucha atención a nuestro avance y siguió a los suyo: machacar el convoy con su flota al pairo, observando a distancia prudencial.
—Tiempo para distancia de fuego: catorce minutos
—anunció la CC de navegación.
—Baterías uno a cinco saliendo —añadió la artillera.
—Fuerzas enemigas: treinta y cinco mil arietes y trece mil escorpiones.
Por fin una cifra redonda. Las imágenes mostraron con claridad sus apretados cuadros descerrajando disparos con total impunidad.
—Ocho minutos para distancia de fuego.
—Lucio, ¿Qué pasa con esas naves?
—Siguen quietas, almirante.
—Bien. ¿Alguna SD?
—Todo limpio.
—Mejor.
—Tres minutos para distancia de fuego.
—Baterías dieciséis a veinte fuera, despliegue completado —dijo Atia sin disimular la chulería. Justificada, era el despliegue más rápido que había visto en toda mi vida.
El Eneas no esperó, dejó atrás a la artillería y se lanzó contra la formación enemiga.
—Diez segundos para distancia de fuego, nueve, ocho.
—¡Fuego a discreción! —grité. Todas las bocas del acorazado comenzaron a disparar antes de terminar mi primera palabra. Las malditas computadoras cognitivas son rápidas si saben lo que tienen que hacer.
La andanada era lejana y fue poco efectiva, suficiente, esperaba, para dejar patente nuestra presencia e intenciones.
—¿Cuánto tiempo les queda?
—No se puede afirmar con seguridad, almirante —
¡Qué novedad!— quince minutos, puede que media hora.
Desmintiendo las previsiones del augur una de las burbujas SD se esfumó dejando al descubierto el casco grisáceo de un carguero. Su blindaje no resistió más de treinta segundos el fuego a bocajarro.
Un instante después, el destructor que cerraba la marcha desapareció.
—Una doble I —comentó Sanmartín— esperemos que no cunda el ejemplo —añadió con desdén.
—¿Helena?
—Veinte minutos y estaremos de vuelta.
—¿Atia?
—En formación cerrada y avanzando, almirante, llegarán en diez minutos.
—Iniciando maniobra de frenado.
—No se preocupe, almirante, mis chicos se las apañarán solos.
No tenía mas remedio que confiar en ella.
—Distancia de fuego eficaz en cinco minutos.
El Enemigo afrontó nuestro ataque reagrupándose y formando un paraboloide abierto con los escorpiones en los extremos.
Clásicos y previsibles.
—Distancia de fuego efectivo en tres minutos.
Les imitamos, a falta de genialidades hay que acogerse a las buenas costumbres de toda la vida.
—Acumuladores SD al máximo —informó Zenón.
No tenía intención de perderme el espectáculo detrás de una cortina.
—Todos para ti, Atia.
Atia no nos privó de la tradición y la queja del ingeniero murió ahogada entre los acordes de una marcha guerrera, tambores, timbales y trompetas a todo volumen.
Un sonido rítmico, primitivo y visceral.
—Diez, nueve, ocho...,
Ambas falanges acometieron a toda velocidad.
—¡Fuego!
Cien mil bocas entraron en acción, cien mil invisibles chorros de energía cruzando el espacio vacío, cien mil haces de partículas colisionando en mitad de la nada, convirtiendo materia en energía y energía en materia, un caldo primigenio que ningún físico habría sabido explicar con propiedad. A la vista
un globo de luz y oscuridad, alimentado con todo lo que cada bando era capaz de poner en juego.
El primero que flaqueara estaba listo.
La marcha guerrera bajó hasta convertirse en música de fondo y a su ritmo, golpe a golpe, la balanza se inclinó de nuestro lado.
—¡Ahora verán esos malnacidos! —gritó Atia entusiasmada.
Su formación cedió y los nuestros cargaron.
La música bramó de nuevo y comenzó la fiesta.
Golpea primero, hazlo bien y podrás repetir una segunda vez y una tercera.
Diezmadas y desorganizadas las piezas enemigas no pudieron evitar nuestra maniobra. Los escorpiones más ligeros y rápidos buscaron su espalda, los arietes, atacaron de frente.
Si la primera parte de una batalla tradicional es un pulso de pura fuerza, la segunda es una pelea de legionarios borrachos, donde los trucos más sucios son los que valen. Imaginé a Cornelia envidiando a los cilindros grises que guiñaban y saltaban buscando al enemigo, unos verdaderos hijos de puta cuyo único
propósito consistía en disparar contra todo lo que no emitiera la identificación correcta o si haciéndolo se cruzaba en un mal momento en su línea de tiro. No conviene fiarse de nadie que apunte en tu dirección, aunque se anuncie con una ristra de código cifrado cantando que es tu amigo. A fin de cuentas los arietes y los escorpiones sólo son máquinas sin conciencia, por mucho que el rostro de Atia se contrajera ante cada dígito que sumaba una baja en el monitor táctico. Dos por una para nosotros, tres por una, poco después.
En superioridad, los nuestros formaban grupos compactos que golpeaban con precisión los núcleos de resistencia enemiga.
Una vez que comienzas a rodar cuesta abajo, si nadie te para, ruedas hasta el final.
Diez minutos después todo terminó.
Dos mil piezas enemigas lograron huir, treinta mil romanas quedaron dueñas del campo, poco más de un tercio de bajas, que se jodieran Lucio, sus sibilas y sus vaticinios.
Busqué a Atia señalando con el pulgar hacia arriba, ella respondió con gesto casi despectivo, como si llevase toda la vida de aplastante victoria en aplastante victoria.
No hubo lugar para celebraciones.
—La flota enemiga se mueve —era Lucio ¿quién si no?
—¿Hacia dónde? —pregunté paciente, imaginando la respuesta.
Los veinte destructores y la espiral venían en nuestra dirección a todo trapo.
Contando a ojo les aventajábamos en dieciséis mil bocas de fuego.
Nunca habían destacado por su cobardía. Tampoco por su afán suicida.
—Diez minutos para distancia de...
—¿Qué opinas, Máximo?
—¿Morir matando?
—No suelen hacerlo sin devolver lo que reciben — repliqué.
—Cinco minutos para distancia de fuego.
—Están acelerando, no van a frenar —dijo Helena.
—¿Los cargueros?
Los transportes aguardaban un poco más atrás con el escudo activado y aunque lograran cruzar nuestras líneas no tendrían tiempo de destruir ninguno antes de que acudiéramos en su ayuda.
—No —dije— van pasar a la distancia justa, largaran una andanada y huirán.
Helena lo confirmó.
—Se desvían.
—Dos minutos para distancia.
—Acumuladores SD.
—¡Zenón, cállate! Atia, quiero a esa espiral, olvídate de lo demás y concentra todo sobre ella.
—Almirante, la sibila recomienda alzar el escudo, la probabilidad de daños masivos sobre el acorazado es de.
Lucio, siempre Lucio.
—Alerta uno —le corté—, vacía todas las secciones exteriores y refuerza el casco, preparados para impacto directo. ¿Lista Atia?
—Del todo, almirante.
—Treinta segundos para distancia de fuego, veintinueve, veintiocho,.
Silencio tenso, trajes en modo de combate y luces atenuadas.
—¡Fuego!
Los hijos de mala madre tuvieron la misma idea. Ya lo había dicho: «devuelven lo que reciben». El ochenta por ciento de sus disparos se concentraron en el Eneas.
—Impactos en...
Todas las alarmas saltaron a la vez y las marcas de daño dibujaron una brecha vertical que amenazaba con partirnos como un melón.
Los compensadores inerciales fluctuaron, la vibración se trasmitió por la estructura sacudiendo el puente, las imágenes comenzaron a ondular, la realidad virtual falló y los monitores desaparecieron uno tras otro dejando el centro de mando reducido a una simple habitación de paredes verdes.
Los sistemas del traje tomaron el control.
La mitad de la dotación del puente por el suelo. La otra mitad se aferró a las barras de seguridad como si les fuera la vida en ello.
—Impacto en blindaje interior.
Malo, muy malo, si el núcleo central de la nave cedía...
Se acabó.
El Eneas había recibido durante dos minutos el fuego directo de cuarenta mil bocas de gran calibre y seguía entero y funcionando. Buena máquina.
Ellos no podían decir lo mismo, los veinte destructores continuaron la huida, intactos, una mitad de la espiral había desaparecido, la otra continuaba navegando arrastrada por la inercia.
¡A la deriva! El sistema de autodestrucción que activaban siempre, incluso en los pecios más destartalados, debía de haber fallado ¡Era la primera vez en la historia que se nos presentaba la oportunidad de abordar los restos de una nave enemiga!
—¡Lucio hay que llegar hasta esa espiral!
—¿Eh...?
—Maldita sea, lanza todas las sondas que tengas.
¡Ya! Y vigila esos destructores.
—¿Estimación de bajas?
—Concentraron todo su fuego en el Eneas, apenas hemos sufrido pérdidas —respondió Atia.
—¿Daños?
Una incomprensible farfulla llegó desde la sala de máquinas. Los ingenieros tenían su cubículo bajo la esfera que protegía el corazón de la nave, al otro lado del último punto de impacto, me figuré a Zenón en posición fetal, abrazado a una columna, y busqué yo mismo la información. El Eneas funcionaba pero una brecha de treinta metros de ancho, trescientos de largo y varios niveles de compartimentos volatilizados no encajaban en el adjetivo entero.
Ninguna baja, una compañía de legionarios saludaba con manos enguantadas desde su alojamiento abierto al espacio como si estuvieran de jarana. El resto de los problemas afectaban a almacenes de suministros. La habitual telaraña de filamentos de noofibra comenzó crecer taponando la brecha. Íbamos a emplear tiempo y casi todas de las
reservas de condensado de materia para volver a estar en condiciones de combatir. Poco más.
—Lucio, esas sondas.
—Lanzadas, almirante, tardarán un rato en llegar. Un rato ¿Qué mierda de cifra era esa?
—Dame imagen.
Los realidad virtual volvió a rellenar el puente.
Las imágenes eran imprecisas, un hueco oscuro, restos similares al interior de cualquier otra nave. Un poco de suerte, rogué, algo se movía en su interior, parecía... ¿Un traje de vacío?
La explosión no dejó ver nada más, la onda expansiva alcanzó a las sondas y la transmisión se cortó.
—¿Han sobrevivido?
—No lo creo, estaban muy cerca, su blindaje no está diseñado para resistir una explosión así.
—¿Y quién coño las ha diseñado tan mal?
—Son modelos estándar, construidos en Roma — seguro que el augur sudaba dentro del traje— quizá le interese saber que los destructores enemigos se han largado.
—¡No! No me interesa en absoluto. Abrí el canal de ingeniería.
—Zenón quiero la nave lista para sumergirse.
El ingeniero balbució algo sobre nodos dañados y reparaciones de cubiertas.
—Máximo en cuanto Zenón termine, sácanos de aquí.
—¿Qué dice la adivina? —fui a por Lucio nada más comenzar, no pude evitarlo.
El augur torció la boca, amaba a su máquina, a continuación tragó saliva.
—Las conclusiones no son claras.
—¿Y puedes adelantarnos alguna, por oscura que sea?
—Otro grupo en maniobras de rutina... —no se lo creía ni él— La otra opción.
—La otra opción —repetí.
—Lo único que puede explicar dos encuentros en las inmediaciones de Beta es una gran concentración de naves enemigas en torno a Domus Prima.
Una conclusión bastante razonable. El Augur no parecía muy convencido. Supuse porqué.
—¿Cómo de grande?
—¿Diez mil grupos de combate?
—¿Me lo preguntas a mí? —demasiado cerca de la verdad para admitirla. Buscó una salida aún más inverosímil.
—También es posible que la estructura del gigaverso se halla plegado provocando nuevos entrelazamientos y reduciendo significativamente las variantes en la ruta Roma-Domus Prima.
La física aberrante sirve para justificar cualquier cosa. Helena no le dejó escaparse por ese lado.
—La ruta Roma-Domus Prima es estable —dijo. Una afirmación exagerada.
—La pautas de vibración cambian —se defendió Lucio.
—Pero nunca han afectado al número de variantes de forma significativa —refutó Helena.
—Dejadlo ya, por favor —un estéril debate científico entre navegación y táctica era lo último que estaba dispuesto a soportar—. Nos quedan dos
intervalos antes de Domus. ¿Qué probabilidades tenemos de que sean cortos?
El augur se calló, Helena respondió con seguridad.
—Casi del noventa por cien.
—Bien, a las malas cruzaremos con escudo, y ya veremos en Domus. Nada más. Dad un poco de respiro a los hombres —añadí —, sin excesos.
Máximo me agarró del brazo y me llevó aparte.
—¿Ya veremos? ¿Qué pasará si Domus está plagada de enemigos?
—Que tendremos lo que hemos venido a buscar y saldremos de allí cagando leches.
—¿Ese es el plan?
—No tengo otro Máximo, pero aceptaré cualquier sugerencia sensata.
Su mano aumentó la presión mientras buscaba indicios de engaño en mi rostro. Le dejé hacer, era su última oportunidad, o se fiaba o se jodía.
Acariciar su piel y respirar su olor, todo el universo reducido a unas nalgas firmes, una espalda, un cuello
y una melena negra. Sin Máximos ni Lucios ni enemigos, nadie excepto ella.
Le había pedido un estudio detallado sobre las opciones que tenía el enemigo de localizar la ruta de Roma y las fuerzas necesarias para la tarea. Una excusa convincente para cualquiera que revisase la bitácora, de no ser por que mi camarote estaba sellado y el contenido de la «reunión» no constaría en ella. Una prerrogativa del cargo que usaba por primera vez en mi carrera. «Jamás he tenido nada que ocultar, toda mi vida al servicio de Roma está grabada en los registros de las naves donde he servido». Así lo dije en un emotivo alegato durante el proceso que me montaron.
Vanas presunciones de juventud.
A medias una excusa real, en cualquier caso, en ese instante, no tenía ningún deseo de comenzar a hablar de navegación interestelar.
Helena se giró, abrió los ojos y arruinó el momento.
—Lucio está trabajando a ciegas.
—Sschh —susurré con un dedo en su boca.
—Le estás escamoteando datos —era una mujer insistente.
—Lucio siempre trabaja a ciegas —rezongué comenzando a jugar con uno de sus pezones.
Ella apartó mi mano y se sentó en el borde de la cama, desnuda, preciosa.
—Eso es una estupidez y lo sabes. Conseguirás que pierda la confianza en si mismo y te buscarás un enemigo.
—Tonterías —seguí tumbado, contemplando el paisaje de curvas y picos sonrosados—, un augur jamás pierde la confianza en sus vaticinios, los fabrican así de serie.
—Estoy hablando en serio —tiró de la sábana se tapó y me privó de mi última esperanza.
Empezaba pronto con los reproches. ¿Dónde estaba su admiración y fe ciega en el gran héroe? Gruñí, me levanté y alcancé mi ropa.
—¿A qué diablos viene este repentino interés por un tipo que no te traga?
—Táctica no puede obtener planes fiables si no cuenta con toda la información.
—Táctica nunca obtiene nada fiable, sólo colecciona porcentajes, cuarenta, sesenta, veinte — imité la voz del augur terminando en un gallo.
—Estás siendo muy injusto.
—No, estoy intentando que mi augur madure y sea capaz de parir ideas propias.
—Ya tiene ideas propias.
—Dime una.
No le di tiempo a pensarlo mucho.
—Ves, es incapaz. Si su maquinita dice A Lucio dice A, si dice B, B. Se limita a jugar con su consola y hablar de curvas de probabilidad.
Alzó una ceja a medio camino de la perplejidad y la diversión. Un gesto encantador.
—¡No soportas a las sibilas! —exclamó— Las odias.
—No se puede odiar a las sibilas, no se odia a las máquinas.
—No soportas a las computadoras cognitivas — insistió tan contenta— ¿Temes que sean más listas que tú?
—No seas idiota.
Sus ojos brillaron divertidos.
—El gran almirante se guía por sus paranoias.
—No son paranoias —resoplé— son hechos comprobados, hoy ha tenido la verdad delante de sus narices y no ha sido capaz de afrontarla.
—¿Qué quieres decir? —comprendió y recuperó la seriedad— ¡Diez mil grupos de combate!
—Exacto.
—No puede ser —lo mismo que el augur, lo mismo que Héctor. A Lucio se le podía perdonar, él no disponía de todos los datos.
—Entonces serán los plegamientos de las estructuras multidimensionales del gigaverso — ironicé.
—No puede ser —repitió — ¿De dónde los han sacado?
—Por lo que sabemos de ellos, del mismo sitio de donde vinieron.
—Eso es absurdo, ¿Por qué iban a esperar treinta años?
—¿Qué quieres que te diga? Nunca han tenido la delicadeza de explicarse.
—¿Diez mil? Domus no puede resistir un ataque de esa magnitud, ni Domus ni Roma.
—Antes de enterrarnos hay que confirmar esa hipótesis y no lo haremos hasta llegar a Domus — también yo me resistía a admitir la derrota.
—¿Quieres que revise los cálculos de Lucio?
—No sólo eso, quiero que busques una forma segura de entrar en un sistema ocupado por el enemigo.
—Una puerta trasera.
Sin pensarlo dos veces, desplegó su lámina y comenzó trabajar, tan concentrada que dejó caer la sábana.
Yo aún no había terminado de vestirme.
—No es necesario que sea ahora —susurré en mi mejor versión de seductor.
—Tienes razón —dijo— mi turno comienza en media hora.
Me besó en la frente, se vistió y se fue dejándome con esa cara que se nos queda a los hombres en esas ocasiones.
¡Media hora da para mucho!
—Nada, almirante.
—Vuelve a buscar.
—Nada —repitió Lucio dolido. Era la tercera vez que se lo ordenaba, también la tercera en todo el viaje que me daba respuestas precisas— el resto de la flota informa del mismo resultado.
Encontrar un intervalo tranquilo en la parte del viaje que se suponía infectada de unidades enemigas, no entraba en mis previsiones.
—Nos vendrá bien recargar condensado y reforzar el blindaje —comenté.
—Quedarnos es abusar de la suerte. Yo seguiría adelante —recomendó Helena.
Los resultados de sus análisis asumiendo la existencia de los diez mil no eran muy optimistas.
—Zenón, ¿Cómo está la nave?
—La nave está en perfectas condiciones, todas las reparaciones esenciales han sido completadas —la respuesta del ingeniero desde su escondrijo fue clara e inmediata. Tenía prisa por seguir huyendo.
—Está bien —ya tentaríamos a la suerte más adelante— continuamos.
—Completamente vacío.
Lucio lo había verificado hasta seis veces sin que yo se lo pidiera.
Otro intervalo en paz, demasiadas casualidades a favor.
—¿Qué opinas, Helena?
—No lo sé, puede que estén probando con inmersiones largas.
La siguiente etapa era Domus y en Domus nos esperaba el Enemigo. Era el momento de contar la verdad.
—En diez minutos, todos a la sala de reuniones.
—¡Es intolerable! —exclamó Lucio convertido en el paradigma de la indignación— durante todo este tiempo se ha dedicado a despreciar el trabajo de mi departamento mientras ocultaba deliberadamente información esencial para un análisis correcto de la situación. ¡Intolerable! —repitió— presentaré una queja a, a... Ahí cayó en la cuenta del las alturas desde las que venía la orden de secreto y enmudeció.
El resto reaccionó dentro de lo previsible: Atia silenciosa, tal vez resentida, Cornelia apretaba los puños buscando alguien contra quién estrellarlos, Zenón parpadeaba, pálido y enfermizo, Helena, había jugado su papel haciéndose de nuevas, mostrando moderada preocupación y Máximo era una estatua.
—Tranquilízate Lucio, no es el momento de cuestionar mis razones sino de centrarnos en lo que tenemos por delante.
—Puedo suponer que la información de que dispongo es toda la que hay o guarda más sorpresas.
Ofendido y exigente. Un cambio notable en la actitud del augur, casi agradable. Zenón, que no había mejorado mucho, no me dejó replicar.
—La salida está muy clara —el ingeniero se frotó las manos con nerviosismo— debemos regresar a Roma inmediatamente e informar de la situación.
—¿De qué situación?
—De esta situación. La sibila lo ha dicho. Unas fuerzas diez veces superiores a las previstas, incluso navegación está de acuerdo ¿Qué más necesitan para
comprender que nos han derrotado? Hay que avisar a Roma.
—Eso, querido Zenón, no son más que suposiciones con algo de fundamento y Roma es muy capaz de llegar a la misma conclusión sin nuestra ayuda. Nuestra misión es llegar a Domus Prima y eso es lo que haremos.
—¡Nadie más se da cuenta! No tenemos ninguna posibilidad contra diez mil grupos de combate. Obligarnos a ir a Domus es enviarnos a todos a la muerte.
«¿Cosas de la guerra, querido Zenón?» No se lo dije, ni le dediqué más atención.
—¿Helena, que decías antes de inmersiones largas?
Estaba enfrascada en sus ecuaciones y tardó en responder, por primera vez con dudas.
—Es sólo una hipótesis.
—Todas son bienvenidas.
—Si... —le costó decirlo con todas las letras, aún en condicional— Si el Enemigo ha aniquilado nuestra
flota, es de suponer que su siguiente objetivo será Roma.
La animé a continuar.
—Una suposición razonable.
—No sabemos hasta que punto han avanzado en esa dirección, no hay constancia de ningún avance enemigo más allá de unos pocos encuentros casuales. Todo indica que sigue siendo un secreto bien guardado. Sin más referencias que el punto de partida el único sistema para trazar la ruta es llevar a cabo inmersiones al azar que establezcan intervalos seguros. Dependiendo de los medios que dediquen, puede llevarles años.
—Eso ya lo sabemos ¿y qué? —Lucio se impacientaba, su intervención sólo consiguió avivar a Helena.
—Que hasta que no encuentren otras referencias la profundidad de sus inmersiones será aleatoria, y por lo visto hasta ahora esas pruebas les están llevando hasta mas allá de Beta.
—Eso no tiene ningún fundamento —la réplica del augur fue más por reivindicarse que por convencimiento.
—O sea que según tú —intervine para cortar otra estúpida discusión—, Beta, este intervalo y el anterior, son seguros.
—Sí.
Me gustó su teoría, descartaba la suerte como explicación a la placidez de la última parte del viaje y abría una salida al dilema que rondaba por mi cabeza.
—Es inútil preguntar por el tiempo que durará esa seguridad.
—Sí —Una respuesta tajante.
—Confiemos en que dure lo suficiente. ¿Has terminado los cálculos que te pedí?
La pregunta provocó que Máximo Sanmartín se uniera a las suspicacias de Lucio ¿Qué secretitos se traían entre manos el Viejo y la insoportable navegante? Si ellos supieran. De no estar tan centrados en sus egos, hasta el mas tonto se habría dado cuenta. Creo que Atia y Cornelia lo sabían
desde el principio. Las mujeres trabajan con otro nivel de percepción en esos temas.
Helena proyectó una imagen del sistema Domus Prima salpicado de líneas entrecruzadas y cuatro zonas coloreadas en azul.
—Ésta es la situación estimada de las terminales de Domus, su posición varía entre uno coma cinco y dos unidades astronómicas desde la órbita de Limes dependiendo de las perturbaciones gravitatorias. Son las únicas zonas seguras más cercanas para emerger.
—Era uno de sus pocos defectos, contar, con excesos didácticos, lo que todo el mundo sabía—. Lo normal es que estén vigiladas —ahí Zenón volvió a inquietarse y cambió de postura en su asiento—, entrar por cualquiera de ellas sería un suicidio.
Lucio entendiendo que navegación se entrometía en la cuestiones tácticas, garabateó algunas órdenes en su lámina y se estiró, en espera de su oportunidad.
—La única opción de entrar sin ser vistos es acercarnos a la órbita de Magno.
Magno, además de una muestra de ingenio a la hora de bautizar cuerpos celestes, era el cuarto planeta del
sistema, un gigante gaseoso que se movía a cinco UA de la estrella en su trayectoria mas alejada.
El augur entendió que era su momento.
—Me ha parecido oír que las terminales son las únicas zonas seguras.
—Son las zonas seguras más cercanas. No las únicas.
—O sea que cuanto mas lejos, menos perturbaciones gravitatorias y mas fiabilidad.
—Sí.
—Y al contrario, cuanto mas cerca de Magno, peor.
—Es evidente —Helena no era tonta y la estrategia del augur muy previsible.
—¿Cuánto peor?
—Un noventa por ciento de salir rebotados.
—Perdone, almirante —Lucio buscó mi aprobación ante la barbaridad que terminaba de oír— ¿No pensará llevarnos allí con ese margen?
—No con ese margen, no. Sonrió satisfecho.
—Y entiendo que ella tampoco —añadí cortando cualquier comentario.
Helena aprovechó para terminar su exposición.
—Conociendo la situación de cada uno de los planetas, con tiempo suficiente y la potencia de cálculo combinada de todas las CC de la nave, incluida la sibila, puedo ajustar las ecuaciones hasta lograr un treinta por ciento.
—¿Cómo has dicho? —exclamó el augur.
—¡Qué, qué, qué! —gritó Zenón.
—Un treinta por ciento.
La sonrisa contenida de Lucio augur era de victoria cuando planteó su alternativa.
—La sibila recomienda emerger en un punto lejano, ver lo que hay y decidir entonces —después de dos meses a mis órdenes, seguía sin captar lo que me importaban las sugerencias de su sibila.
Lo siento, decía la mirada de Helena, no he podido llegar a más.
Yo tenía la solución para consolarla.
—Comprendo que es muy complicado meter treinta y un buques de un golpe en las cercanías de Magno
¿y sólo el Eneas ? Zenón salto de su silla.
—¿De qué está hablando? ¡Ni veinte ni una! Nunca se ha intentado algo así porque es imposible! ¿No lo ve? Nos va a matar a todos.
—¡Siéntate Zenón! — Mascullé.
—¡Por los dioses, almirante! es...
Máximo le agarró del uniforme y le sentó de un golpe. Sólo le faltó abofetearle. El ingeniero cerró la boca.
Helena ya estaba trabajando con la CC.
—Una primera estimación nos acerca al sesenta, como en el microsalto.
—Ya gastamos nuestra carambola —Lucio no se rendía—. No ganaremos la misma apuesta dos veces.
—En cada paso de esta misión nos la estamos jugando, Lucio, sesenta es una buena cifra.
—¿Y el convoy? —terció Máximo.
—El convoy retrocederá hasta Beta y esperará allí
—El punto donde todas las variantes confluían era la
única forma de garantizar que volveríamos a encontrarnos—. Tú te quedarás al mando.
El mando le tentaba, quedarse fuera de juego no. La decisión estaba tomada y negarse no era una alternativa.
—Ese es el plan —concluí.
—Supongamos que funciona —fue la última intentona de Lucio—. ¿Han pensado en cómo saldremos de allí?
—Buena pregunta —dije—.Vete buscando una buena respuesta.
—Máximo, espera un momento, por favor.
La reunión había terminado con el reparto de órdenes, los demás ya estaban fuera y él se dirigía a informar a los capitanes y a disponer su traslado al Escipión.
Le indiqué un asiento vacío.
—Siéntate, hay tiempo para una pequeña charla.
«¿Más secretos?» Preguntó en silencio antes de sentarse observándome entre la expectación y la desconfianza.
—Tranquilo, iré directo al grano —no era de los que dedican mucho tiempo a las despedidas ni a la fraseología inútil—. Ya has oído a Helena, encontrar el camino a Roma puede llevarles años. Roma necesitará todo ese tiempo y más para recuperarse y resistir. La ruta debe seguir siendo un secreto, todo lo demás es secundario, incluidos nosotros. No podemos correr ningún riesgo por absurdo que parezca.
Le di unos segundos para pensar, necesitaba que tuviese muy claro lo que iba a pedirle.
—Ya estamos corriendo riesgos, toda la misión es un riesgo.
—Me refiero a revelar al Enemigo cualquier dato, cualquier indicio que les permita saber que van en la dirección correcta.
—¿Revelar al enemigo? ¿Quién? ¿Cómo? — preguntó.
No eran los espías lo que me preocupaba.
—En esta guerra la falta de información ha sido siempre nuestro punto débil. Por eso me opuse a Héctor hace años y por eso acepté esta misión. Treinta años después, estamos como al principio,
ignoramos sus causas, quiénes nos atacan y de qué son capaces. Por lo que sabemos lo mismo pueden rastrear una nave hasta Roma que descifrar o leer la información de nuestras computadoras cognitivas.
—Es físicamente imposible rastrear mas allá de una inmersión, tampoco es posible romper un encriptado cuántico.
—¿Y construir un flota de diez mil grupos de combate en dos meses?
Comenzó a comprender.
—Ningún riesgo por absurdo que parezca —repetí
—, quiero que programes un sistema de autodestrucción en todas las naves.
No éramos amigos, el odio recalentado durante años no se disipa en dos meses de campaña, pero cuando se fue, supe que cumpliría con su deber.
Helena volvió a lograrlo, una maniobra que pasaría a los manuales de navegación de la Armada. El Eneas emergió al lado de Magno, soportó turbulencias gravitatorias que habrían despedazado a cualquier otra nave y corrió a ocultarse en su espesa atmósfera.
Una maniobra arriesgada e innecesaria.
Lucio me lo hizo saber con una mueca torcida cuando informó de los resultados recogidos por los sensores y confirmados por un par de sondas enviadas mas allá de la capa de gases.
—Nada, almirante. El sistema está muerto — Insistió.
No sabía hasta que punto era verdad.
Ni flota enemiga ni propia. Ni patrullas de vigilancia, ni estaciones orbitales, ni factorías planetarias, ni señales de radio, ni restos de civilización. Nada.
—¿Estamos en el lugar correcto?
—Con absoluta certeza, esto es Magno y aquí está Domus Prima.
Helena amplió la imagen del telescopio enfocado sobre el planeta.
El espacio es un erial y la vida una increíble casualidad. Fue una de las grandes sorpresas que nos llevamos cuando comenzamos a explorar las estrellas. Encontramos carbono, incluso formando moléculas complejas, pero la combinación final, la
chispa que trasformaba largas cadenas de átomos en mecanismos capaces de reproducirse y adaptarse parecía ser exclusiva de la Tierra. Roma, el lugar que convertimos en nuestra casa tras cientos de inmersiones al azar y siglos de esfuerzos, era poco más que una roca del tamaño adecuado, en la órbita adecuada, con un satélite semejante a la Luna y una geología estable. Trabajamos, prosperamos, crecimos y decidimos seguir buscando, no podíamos aceptar la idea de que entre tantos miles de millones de mundos, la autoconciencia fuese un milagro exclusivo del Sistema Solar.
Y de repente, un día descubrimos el edén.
Los datos iniciales fueron tan asombrosos que enviamos dos sondas más a verificarlos y algunos no se convencieron hasta la primera expedición tripulada. Un planeta azul y una luna blanca, una copia de la Tierra con océanos y continentes rebosantes de vida de carbono.
La inteligencia seguía siendo don exclusivo del hombre, ninguna de las especies halladas en Domus podía ser equiparada con él, esto nos permitió comenzar la colonización de inmediato sin trabas
morales. Un mundo virgen listo para habitar con poco más que analizar los riesgos biológicos.
En veinte años Domus era un sistema casi tan próspero como Roma. A los veintidós, se desveló el segundo misterio, no éramos los únicos seres racionales en el universo, una patrulla comprobó en carne propia lo hija de puta que la inteligencia superior puede llegar a ser, y eso que contábamos con una larga experiencia de tal cualidad entre los humanos.
A los cincuenta y cinco, Domus Prima era una bola humeante.
No perdí el tiempo en lamentaciones, si no había nadie, mejor. Abandonamos el escondrijo y nos dirigimos al planeta.
—Los sensores no obtienen nada fiable, almirante, demasiadas interferencias, eso de ahí abajo es un horno radiactivo.
—Tendremos que bajar.
—¿Bajar? —se extrañó Lucio.
—Sí, bajar. Una sección de la legión puede acompañarme, dile a Cornelia que se prepare.
—¿Piensa bajar en persona?
—¿Por qué no? —respondí quitándole importancia.
—Perdone, almirante. No me parece apropiado que el oficial al mando encabece una misión de este tipo.
—Ahí no hay otro peligro que la radiación, los trajes nos protegerán sin problemas.
—Eso no lo sabemos —¿Lucio se preocupaba por mi salud?— Tampoco creo que sea necesario arriesgar hombres en una tarea que pueden realizar las sondas robot.
—También enviaremos sondas, es un planeta muy grande, yo iré a la capital.
—Insisto, no veo necesario.
—Está decidido. Avisa a Cornelia.
Lucio obedeció reacio, los legionarios exultantes. Su entusiasmo terminó de disipar mis dudas.
—Dispuestos y a la orden, almirante, todos mis hombres están listos.
—Cincuenta serán suficientes.
—Almirante —suplicó Cornelia— todos son voluntarios. Déjelos bajar, llevan mucho tiempo encerrados aquí.
—He dicho cincuenta, elígelos tú o échalo a suertes.
Cortó la comunicación con un gruñido.
—¿Dónde crees que vas? —Helena se presentó en el hangar con un tono que no tenía mucho que ver con el respeto debido a su oficial en jefe—. ¿Estás tan loco como para pensar que tus ojos ven mejor que una cámara de alta resolución? ¿Hasta dónde vas a llevar tus paranoias con las CC?
Demasiado cerca de la verdad y de una riña de pareja. Lucio, Cornelia y todos los legionarios se dieron cuenta.
No podía permitirlo.
—¡Comandante Tsartaris! —rugí— Esta decisión no compete a su departamento y por lo que sé aún estoy al mando de esta nave.
Se paró en seco, se cuadró, saludó y me clavó un mirada asesina. Yo respiré hondo y activé el modo de combate del traje para ocultar mi rostro tras el casco.
—¿Cornelia?
—A la orden, Almirante —gritó.
Los cincuenta hombres embutidos en armaduras dieron un paso al frente.
—En marcha.
Fila a fila los legionarios fueron absorbidos por el casco y arrojados al vacío. Lucio nos despidió en silencio, Helena ya no estaba.
Enlazamos los trajes formando una cuña y picamos hacía la oscuridad de un mundo espeluznante.
Las memorias de la guerra en la Tierra, hablan de inviernos nucleares, cielos grises, noches eternas y continentes devastados. El viejo planeta sufrió un cataclismo sin igual en su historia, pero ambos bandos mantuvieron un resto de cordura, la certeza de que el vencedor tendría que seguir viviendo sobre los restos de su victoria. Domus no se levantaría de aquellas cenizas. Toda vida, todo signo de civilización había sido sistemáticamente eliminado, derretido, volatilizado, como si un gigantesco arado de plasma hubiese recorrido su superficie de punta a punta, sin dejar un sólo centímetro sano. No, Domus no se levantaría de aquellas cenizas y yo quise saber
por qué, mirar a la cara a los causantes y arrancarles la respuesta a puñetazos.
Buscamos la capital en silencio, acompañados por el ruido de la estática que invadía todas las frecuencias de la radio, siguiendo a las sondas que abrían el camino. Mas de dos horas recorriendo la costa del continente principal hasta llegar a la bahía, el signo mas claro entre tanta destrucción para localizar su emplazamiento. Ni la forma ni el tamaño de los montes que la rodearon tenía nada que ver con el antiguo paisaje, el actual era resultado de una mano ciclópea que lo hubiese aplastado y amasado.
—¿Seguro que es aquí? —la pregunta de Cornelia me llegó entre chasquidos.
—Es lo más parecido que tenemos —respondí—. Habrá que asegurarse, desplegaos y buscad.
—¿Qué?
—Cualquier cosa que recuerde que aquí hubo una ciudad humana. El refugio que se construyó bajo el palacio del gobernador fue diseñado para resistir durante años, si el reactor aún funciona podremos detectar sus emisiones.
—¡A la orden, Jefe! —Ni siquiera aquel infierno podía socavar la alegría de estar fuera de la nave, en una misión de verdad—. Ya habéis oído panda de vagos, a buscar y que nadie se haga el listo, si veis algo sospechoso, avisad antes de tocarlo.
Marcó un perímetro más o menos al azar y el pelotón se desplegó con la precisión de muchos años de entrenamiento. Yo me detuve en mitad de la nada, a dos metros del suelo y esperé ¿Qué? Helena tenía razón en lo de mis paranoias, el descenso al planeta era una fantasía, la fantasía de que mis sentidos humanos percibirían mas allá del umbral al que llegaba la tecnología. ¿Percibir qué? ¿las almas de miles de muertos gritando en el hades? Ridículo, hacía falta una legión de expertos y meses de excavar y filtrar con analizadores moleculares, para encontrar un mínimo indicio de que allí se había alzado una joven y bulliciosa urbe.
Cerré los ojos y el cielo estalló sobre mi cabeza.
Todo se ralentizó, la realidad se convirtió en imágenes sueltas que llegaban sin ilación a mi cerebro, el golpe contra el suelo, el polvo
cubriéndome, el mundo girando, dos legionarios que me sujetaban y la voz de Cornelia entre la estática.
—¿Qué mierda... ?
—La sonda al... des... ido la sonda.
—Todo el... a cubierto... en ve algo?
—¿Qué coño es eso?
Eran dos pequeñas esferas negras, apenas visibles entre el humo, flotando a unos treinta metros de altura y desplazándose con lentitud. Se detuvieron sobre nosotros y comenzaron a girar sobre el eje horizontal. Husmeando.
—¡Salgamos de aquí! ¡Ahora! —grité.
Salté con los impulsores al máximo seguido por los dos legionarios justo antes de que dos chorros de plasma impactaran en nuestra posición, dos haces continuos que comenzaron a barrer el suelo, convirtiendo la roca en lava incandescente.
Cornelia y tres legionarios llegaron por el extremo opuesto y dispararon. Las esferas no resistieron dos impactos y la explosión nos arrastró otros diez metros dando tumbos.
—No parecen muy resistentes —comentó Cornelia poniéndose de rodillas, alerta.
—No, pero llevan un microreactor. Hay que tener cuidado cuando revientan.
—Mientras revienten con esa facilidad —terció un legionario.
—¿Qué ha pasado?
—Esos chismes se cargaron nuestras sondas.
—¿Alguna baja?
—No es tan fácil matarnos —estaba tan feliz—. Atentos muchachos —añadió, la acción era para ella como una buena borrachera— puede haber más de esas cosas.
Las había.
—¡Joder! —exclamó alguien.
—Mierda, mierda, mierda —coreó otro.
—A nuestra espalda, hacia las once —aclaró un tercero, más sensato.
Un enjambre de aquellas máquinas avanzaban desde el noroeste, cientos de ellas, moviéndose con calma, descargando sus cañones de plasma. El gigantesco arado era real. Un arado de fuego que
laminaba palmo a palmo toda la superficie del planeta. Sembrar la tierra de sal para que no vuelva a crecer la hierba. Un brutal desvarío. ¿Qué tipo de seres eran capaces de hacer algo así? ¿Qué ser se empeña treinta años en conquistar un sistema para dejarlo reducido a nada?
El Enemigo. Y había dejado un equipo de limpieza para asegurarse.
—Que todo el mundo busque protección y se ancle al suelo, vamos a enseñarles a esas alimañas como combate una legión romana.
Alargué el brazo y me uní a ellos.
Los trajes aguantaron la tormenta provocada por las explosiones y los hombres mantuvieron la línea sin dejar de disparar en medio del caos.
—Atención —avisó un centurión—, a nuestra izquierda.
Otra cortina de fuego venía en nuestra dirección y poco después, otra surgió a la derecha.
—¿Cornelia, tenemos comunicación con el Eneas?
—Imposible desde aquí, jefe.
—En ese caso, creo que ha llegado el momento de largarnos.
—¡Venga jefe! ahora que lo estamos pasando bien.
—No podremos contra todos sin apoyo de la artillería.
—Si se están dejando matar. —replicó— Y no hemos encontrado lo que vinimos a buscar.
—Aquí no queda nada que buscar. Ordena retirada.
Nos reagrupamos con rapidez, tampoco las máquinas enemigas tenía prisa, su objetivo principal no era atacarnos sino limpiar. Volvimos a montar la cuña uniendo los trajes y volamos en busca del Eneas.
A la vuelta nos esperaban más buenas noticias.
—Unos novecientos grupos.
—Se están moviendo deprisa.
—Llegan y se van, sin pausa. Comencé a detectarlos hace tres horas —Lucio ya no era la voz de la duda esencial, el día que aprendiera a decir
«cien por cien» o «sin duda», habría alcanzado la madurez—. Entre tres y cinco cada vez, las signaturas son claras en las cuatro terminales.
En las cuatro. Por fin, allí estaba la prueba, los famosos diez mil, bloqueando todas nuestras vías de escape.
—¿Has confirmado que son grupos distintos? Lucio no pudo afrontar tal petición de exactitud.
Respondió Helena, mirándome a los ojos y con una
voz que habría servido para enfriar todo el ron de las bodegas de mi familia.
—El rastro energético indica inmersiones largas, como supusimos.
Compartía el mérito, el augur tuvo la decencia de no apuntarse el mérito.
—Como supusiste.
—¡Qué más da! El caso es que son largas son largas, ninguno podría regresar en tan poco tiempo, son grupos distintos. Son grupos distintos, confirmado sin ninguna duda. —aseguró con mucho retintín.
—Entonces el convoy está a salvo.
—Todo indica que sí.
—Y nosotros atrapados aquí ¿Pueden detectarnos?
—Mientras sigamos dentro de esta atmósfera, no lo creo.
—En ese caso, contaremos hasta diez mil y esperaremos a que dejen un hueco.
Helena se marchó sin apreciar mi juego de palabras. Lucio esperó.
—¿Qué ha sucedido ahí abajo? Me encogí de hombros.
—Hemos visto el destino que les espera a los vencidos.
No tenía ganas de dar explicaciones y se dio cuenta.
Doce aburridas horas después la cuenta estaba en cinco mil. Pasadas diez más, cuando nos acercábamos a los nueve mil, llegaron los problemas.
—Uno de los grupos no ha vuelto a sumergirse y se está adentrando en el sistema —informó Lucio, con una tranquilidad pasmosa.
—¿Hacia aquí?
—Es pronto para saberlo. Se mueven despacio. Parece que buscan algo.
—Nos buscan a nosotros.
—Probablemente.
—Esos veinte destructores que dejamos escapar habrán informado. ¿Cuánto tardarán en localizarnos?
—No puedo asegurarlo —la madurez no llega de un día para otro— se lo toman con calma, si miran en la dirección adecuada, yo diría que en unas doce horas.
—¿Dirías o dices?
—Digo.
Muy bien, Lucio, poco a poco.
Dos lucecitas parpadearon en la imagen proyectada por la sibila.
—Hay dos grupos más — advirtió el augur—. Un tercer aviso se unió a los anteriores. Tres, uno cada terminal.
—Están cerrando el cerco.
—Exceptuando las terminales, el punto seguro más cercano está aquí, a cuatro ua de la órbita de Limes. Todas las trayectorias hasta él pueden ser interceptadas por el enemigo sin problemas. Estamos
a tiempo de escapar en otras direcciones pero no de calcular una inmersión sin que nos atrapen.
La actitud formal hasta el exceso de Helena, se estaba convirtiendo en un juego cansino. Lucio llevaba un buen rato trajinando con su amiga y deseé que por una vez corrigiera a la listilla de la navegante.
—¿Ofrece algo mejor la sibila? Negó con la cabeza contrariado.
Una pena, quedaba el recurso de otra genialidad del viejo almirante.
—Habrá que combatir.
Lo propuesta no les entusiasmó.
—Y sacrificar la artillería.
Atia desde su consola, apretó los dientes, se giró hacía mi y le dio un buen repaso a mi cara, dudando entre mandarme al carajo y esperar un explicación. Mi gesto seguro y confiado debió convencerla porque se inclinó por lo segundo.
—Hay un problema —objetó Helena. Respiré hondo antes de preguntar.
—¿Cuál?
—Están buscando con inmersiones largas que les llevan mas allá de Beta, tardarán en descubrir su error, si logramos escapar nos rastrearán y les ahorraremos más de un año de trabajo.
Mantener el secreto de la ruta de Roma. Ningún riesgo por absurdo que sea, todo lo demás es secundario, incluido nosotros. Eran mis propias palabras, palabras que me disponía a no cumplir.
¡Joder! ¡Beta no era Roma! No pensaba sacrificar a los hombres a mi mando.
No todavía.
—Correremos el riesgo.
—No es un riesgo, es una certeza — recalcó y mi solidaridad con el augur aumentó varios grados.
Nos descubrieron en cuanto asomamos la nariz fuera de la atmósfera y comenzó la persecución. La idea era dejar atrás a tres de los grupos lanzándonos contra el cuarto, quitarle de en medio y salir corriendo. Para ello, contaba con el informe de Zenón, el bueno, exhaustivo y repleto de alarmas en rojo chillón que alertaban sobre los apocalípticos peligros que nos amenazaban en caso de cruzar las
barreras certificadas por ingeniería naval si forzábamos los motores más allá de la línea roja.
Y cruzar la línea roja no era lo peor.
—¡Es un disparate, una locura, vamos a morir todos!
—¡Zenón, o te callas o te arresto! Ajusta ese blindaje.
—¿Atia?
—Arietes situándose en posición.
Para quitarnos del medio a una espiral con sus veinte compañeros, teníamos que desplegar por sorpresa y en minutos toda nuestra artillería. La solución: multiplicar el número de exclusas y reducir el grosor del casco al mínimo, desplazando el exceso de noofibra al blindaje del núcleo y a los almacenes. Las piezas, dispuestas a lo largo de la superficie interior sólo tendrían que atravesar unos pocos centímetros para entrar en acción. El riesgo: la curva que trazaríamos en nuestro acercamiento se acercaba a distancia de tiro, de hecho era la distancia necesaria para lanzar y provocar la confusión entre sus líneas. Con todos los arietes apiñados y una hoja de papel
como protección, un triste disparo bien dado nos mandaría de vuelta al caos original en un suspiro.
—Veinte minutos —informó Helena. Era el momento.
—Zenón, potencia al ciento diez por ciento.
El acorazado saltó hacia delante sin otras incidencias que el gemido que llegó por el canal de la sala de máquinas y el parpadear de múltiples avisos en rojo: reactor de aniquilación principal, impulsores de plasma, compensadores gravitacionales, según la CC de ingeniería todo estaba fuera de control.
—¿Alguna novedad, Lucio?
—De momento no, almirante.
Poco a poco a poco la CC se convenció de que nada estallaría y reajustó sus escalas de riesgo. Una a una las alarmas se apagaron.
Buena máquina. Si volvía a ver a Zenón en su sano juicio le reconocería el mérito que le correspondía como parte del equipo de diseño.
—Quince minutos —avisó Helena.
—Zenón, ciento veinte.
El gemido apenas llegó, pero las luces rojas volvieron a festejar el aumento de potencia.
—¿Atia?
—Todos los arietes en sus puestos.
—Cinco minutos.
—¿Lucio?
—El grupo enemigo mantiene el rumbo. Seguros y confiados, perfecto.
La computadora aún estaba convencida de que todo marchaba bien cuando volvimos a sorprenderla.
—Atia, comienza el lanzamiento. Zenón, ciento treinta.
La trayectoria del Eneas alcanzó el vértice de la curva y lanzamos. El despliegue más rápido jamás contemplado. Treinta mil arietes enviados al espacio en tres tandas a intervalos de un minuto, que, uniendo la fuerza centrífuga a sus propios motores, se arrojaron contra la formación enemiga como los arcaicos armatostes de los que heredaban el nombre.
El grupo enemigo no tuvo tiempo de desplegar la artillería móvil pero sus baterías de superficie
entraron en acción disparando contra nuestras piezas y contra el acorazado.
—Alerta uno, trajes en modo autónomo. preparados para impacto.
Dos de sus andanadas rozaron el casco y la noofibra se rajó.
No podíamos reforzar el blindaje a tiempo. Un disparo más y adiós.
—Zenón —grité—, ciento cincuenta.
Por una vez no lo dudo ¿disciplina o puro pánico?
Debió ser lo segundo, mi petición estaba fuera incluso de los márgenes más optimistas. Las alarmas pasaron al rojo chillón acompañadas de un impertinente pitido, una vibración que recorrió toda la estructura de la nave y un fallo en los sistemas de gravedad artificial que nos lanzó a unos contra otros.
—El casco no aguantará —gritó Lucio desde el suelo.
Una ráfaga acarició nuestra espalda, las siguientes quedaron lejos.
—¿Zenón?
El canal de ingeniería no respondió, pero los motores regresaron a una potencia razonable. El pitido cesó y la CC comenzó a relajarse.
—¿Atia?
Por respuesta señaló un panel. El Enemigo estaba desplegando sus piezas y nuestros arietes avanzaban en un único y apretado cuadro, disparando por todas sus bocas, afrontando el fuego de la espiral y los veinte destructores, buscando la muerte.
La muerte, un exceso verbal tratándose de máquinas por mucho que el semblante de la artillera recordase a una madre sacrificando a sus hijos.
En dos minutos perdimos la mitad en el brillante globo de luz que refulgía a nuestra espalda.
—¿Lucio?
—Creo que hemos destruido cinco destructores, el resto está desperdigado.
—¿Helena?
—Ganamos terreno, un poco más y lo conseguiremos.
Dos minutos después el globo de luz se extinguió tragándose a la última de nuestras piezas.
—Diez destructores —informó Lucio sin terminar de creérselo.
Atia apretó los puños y cerró los ojos.
—Lo hemos logrado —dijo Helena—, no podrán alcanzarnos.
—Muy bien muchachos, larguémonos de aquí.
Dos días de plácido gigaverso para reponer artillería y solucionar otros problemas menores.
—¿Se puede saber que te pasa?
—¡No vuelvas a hacerlo! ¡No permitiré que vuelvas a hacerme algo así!
Helena apretó los puños con rabia y comenzó a llorar en silencio.
Me acerqué, la abracé y la consolé, ella no rechazó mis caricias, hundió la cabeza en mi hombro y me dejó hacer.
Lo que vino a continuación no voy a contarlo, lo de después sí puede ser de interés para este relato.
En ese dulce relax que sigue al frenesí, mis pensamientos vagaban en difusas reflexiones sobre el
incomprensible comportamiento de las mujeres. Ella dormía a mi lado, dándome la espalda.
O eso pensaba yo.
—Toda mi familia murió en Domus hace dos años
—comenzó a hablar sin volverse, una confesión inesperada y serena que arrojaba algo de luz sobre el carácter de aquella mujer en particular—, se trasladaron allí en busca de una vida mejor poco después de mi ingreso en la marina. No tenían miedo de la guerra, confiaban en la fuerza de Roma. Un grupo Enemigo se infiltró entre las líneas de defensa fronteriza y atacó el convoy en el que viajaban. Es la única vez que ha ocurrido algo así.
No dijo más, ni esperaba que yo le respondiera, no era la única persona de Roma que perdía a su familia en aquella guerra, mi padre y mis dos hermanos también formaban parte de la larga lista de bajas en combate. Lo que siguió fue un largo silencio, después se dio la vuelta, con ojos brillantes de lágrimas reprimidas me besó con ternura, sonrió, una sonrisa que pedía disculpas, y cambió de tema.
—¿Qué piensas hacer?
—Dímelo tú.
—¿Qué quieres que te diga?
—Acabo de ahorrarles un año de esfuerzos
¿Cuántos más necesitan para encontrar Roma?
—Ahora que cuentan con los parámetros de nuestra inmersión, los cruzarán con lo que tengan y... No lo sé, en realidad nadie entiende muy bien qué es eso de navegar por el gigaverso —bromeó—. Pueden que encuentren Beta en poco tiempo, pero más allá, sobre todo en la zona ancha, hay muchos miles de variantes, diez, veinte, treinta años. Depende de los efectivos que dediquen a la tarea.
—Todos los que tengan.
—¿Tan seguro estás?
—Después de lo que vi en Domus, sí. Esos hijos de puta, sean lo que sean, no pararán hasta exterminarnos.
—¿Qué viste en Domus?
La pregunta era otra manera de reconciliarnos.
—La vida arrancada hasta más allá de la raíz, la destrucción sin sentido.
—¿Quiénes son? ¿Por qué luchan contra nosotros?
—Dudo que algún día lo sepamos. Comienzo a creer que Héctor tiene razón y carece de sentido intentar comunicarse con ellos. Destruirlos a todos antes de que nos destruyan y después si queda alguno vivo, ya veremos.
—¿Qué esperanza nos queda?
—Esta misión es absurda, desde su origen. Incluso llegué a pensar que era una maquinación para deshacerse de mí de un sólo golpe. Demasiado retorcido incluso para Héctor ¿No crees? Hay caminos mucho más sencillos para liquidar a un hombre.
No era la respuesta que esperaba y frunció el ceño sorprendida.
—Después de cuatro meses sin noticias —continué
— los sesudos miembros de nuestro estado mayor, incluso sus sibilas, ya habrán deducido que Domus ha caído y que la flota está perdida. Llevar a Roma la noticia de la derrota total, de que no podemos detener el ataque que se nos viene encima sólo supondrá el pánico entre la población y un duro golpe para Héctor como responsable máximo.
—¿A dónde quieres ir a parar?
¿Qué podía decirle, que todo carecía de sentido y que pensaba sacrificar la flota si el Enemigo nos descubría en cualquier intervalo?
—No me hagas caso, los viejos le damos demasiadas vueltas a todo —rocé su mejilla con el dedo y la besé—. Tardarán en encontrarnos y con o sin dictador, Roma se repondrá, luchará y sobrevivirá como siempre ha hecho. Y yo pienso llevaros a todos de vuelta a casa.
Volví a besarla sintiendo en las tripas que no podría cumplir mi promesa. Una premonición sin fundamento de la que se habría carcajeado todo el colegio de augures.
—¿Cuántos tenemos?
—Una batería —respondió Atia. Dos mil piezas no eran nada.
—¿Cuál es el problema?
—La energía y el condensado. La maldita burbuja de inmersión no deja casi nada para la fábrica del arsenal y gastamos la mayor parte de nuestras
reservas de materia en reparar la brecha que casi nos parte por la mitad.
—¿Qué necesitas?
La respuesta era obvia.
—Encontrar al convoy, cargar todo el condensado de materia que puedan darnos los cargueros y dedicar todo el tiempo posible a fabricar en superficie.
Encontrar al convoy. Quedaban dos intervalos para Beta, allí estarían, suponiendo que el enemigo no hubiese llegado ya.
—¿Helena, pueden llegar a Beta antes que nosotros?
—Sin saber si han alterado sus inmersiones... — dudosa e insegura. ¿Estaba contagiándose del Augur?
—¿Lucio?
Por un momento temí que me diera una cifra exacta. Respiré cuando habló como era su costumbre.
—El último sondeo parece indicar que el grupo más cercano renunció a seguirnos después de perder los diez destructores. El siguiente tardaría unas dos horas, añadiendo el tiempo necesario para renormalizar sus ecuaciones de inmersión a partir de
nuestra signatura... Entre ocho y catorce horas para iniciar la persecución, si han decidido tomar otra ruta, quién sabe.
—¿Por qué no... ? —Zenón intuyó la reacción de sus compañeros se encogió en la silla y cerró la boca. Quizá sus últimas terribles y traumáticas experiencias habían terminado por endurecer su piel o transformado el miedo en un oscuro fatalismo.
—Dejadlo —dije—, es inútil seguir elucubrando, cuando nos reunamos con el convoy ya veremos.
El convoy estaba en su sitio.
Máximo regresó al Eneas y la tripulación del
Escipión lo agradeció.
—Ninguna novedad, todo limpio hasta donde alcanzan los sensores.
—¿Te has aburrido mucho?
—He cumplido todas tus instrucciones, incluyendo la última —remarcó.
Supo que yo había traicionado mis propias órdenes, cuando le hablé de nuestra aventura y de la amenaza que venía detrás. No me lo reprochó él sólo había
programado el botón rojo, no se enfrentó a la disyuntiva de tener que pulsarlo.
Fue a lo concreto.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No lo sé. Le daremos ocho horas a Atia para que recargue condensado y fabrique todos los arietes que pueda, después saldremos a todo trapo.
—Trasvase terminado.
El carguero replegó el tubo de noofibra, se acercó a los que aguardaban en la zona de inmersión y activó el escudo.
Seis horas más de lo previsto en la recarga con el arsenal trabajando a destajo en cuanto el primer envío entró en los almacenes.
El indicador marcaba tres mil arietes junto a los diez mil escorpiones que no participaron en el último combate. Una miseria.
—¿Ves algo, Lucio?
—No se mueve nada, almirante.
—Mas te vale que siga así.
—No puedo garantizarlo —se quejó.
—Ya lo sé hombre, bromeaba.
Los augures, como las sibilas, no tienen sentido del humor.
—Todas las naves listas para inmersión a mi orden, no quiero un segundo de retraso.
Nadie respondió, hacía seis horas que estaban preparadas.
De nuevo emergimos en una zona tranquila y Atia volvió a pedir tiempo para recomponer su artillería. Mas allá de Beta, en la parte inicial del tramo central, las variantes seguían siendo pocas, ochenta o cien como mucho, no alcanzaríamos la seguridad a la cuarta inmersión.
El dilema era el mismo: correr o quedarse quieto.
Sin artillería un mal encuentro sería nuestro último mal encuentro. Contando los datos acumulados en nuestro viaje y la comprobada precisión matemática de la física aberrante, esperar hasta completar la dotación de arietes era apostar a cara o cruz.
Mitad y mitad agrupamos la flota en formación defensiva al lado de la zona de salida y le concedí ocho horas más a la artillera.
Nada más tomar posiciones la sibila cantó.
—Detectada signatura SD en...
—¿Cuántas?
—Diez y siguen llegando, por el tamaño, destructores enemigos.
—Larguémonos de aquí.
—Son destructores —confirmó Lucio un segundo antes de activar la burbuja— y nos han visto. He recibido el eco de sus sensores.
Echamos a correr y cruzamos dos intervalos sin problemas, sin detenernos a mirar atrás. Lucio creyó detectar el inicio de una SD enemiga emergiendo antes de abandonar el último, como no, su análisis posterior no pudo confirmarlo. Tampoco ellos nos habrían detectado a nosotros y el próximo era bueno, la puerta de salida a la zona ancha, donde varios miles de rutas alternativas nos pondrían a salvo de cualquier perseguidor.
La cuenta atrás transcurrió en absoluto silencio.
—Diez, nueve, ocho.
Un último golpe de fortuna y a casa. Adiós a las premoniciones y a los malos augurios. Hola a Helena y a una vida por delante, una vida de lucha, tal vez de miedo, esperando ver cada día a miles de espirales enemigas entrando en el espacio de Roma. Una vida en cualquier caso.
Como decía la antigua máxima de la Tierra: La suerte dura lo que dura la suerte.
Y después de todo no nos podíamos quejar, no esperaban emboscados con los arietes desplegados, listos para pulverizarnos. Navegaban con calma a dos millones de kilómetros de distancia. Teníamos tiempo de sobra para acojonarnos.
—Es imposible que sean los mismos que dejamos atrás, debe ser un grupo que aún no ha recibido la orden de regresar. Parece que están explorando.
Helena no podía estar segura, tratándose de navegación, cualquier afirmación rotunda es un exceso y Lucio se encargó de recordárselo.
—Imposible no.
—¿Qué más da? —repuse yo.
—Que el otro grupo puede presentarse en cualquier momento —argumentó siempre optimista.
—Con todo lo que tienen, el otro o cientos de otros, qué más da —repetí—, éste se basta para jodernos bien él solito.
El augur no insistió, se limitó a indicar la recomendación de su computadora táctica.
—Maniobra propuesta, avanzar con escudo hasta la zona de inmersión.
Era un principio fundamental, una ley inmutable, la sibila y yo éramos incompatibles.
—Demasiada distancia, no pasaremos.
—Sin la artillería al completo no tenemos ninguna opción, con el escudo hay una entre cincuenta de que alguna nave lo logre.
—¿Alguna otra sugerencia? —pregunté. Ninguna. El enemigo decidió por nosotros.
—Han comenzado el despliegue.
Lo hicieron con la misma tranquilidad que navegaban, un ataque clásico: la espiral detrás,
después la línea de destructores y al frente la artillería.
—Cuarenta y ocho mil —murmuró Lucio. Tendríamos que responder con algo.
—Atia, comienza a lanzar, también los destructores, sin prisa, que no sepan que andamos cortos de existencias.
—Se darán cuenta tarde o temprano.
—Mejor tarde.
El enemigo completó el despliegue y avanzó.
—Se toman su tiempo —dijo Lucio.
—Eso es que tienen miedo.
—¿Miedo? —Máximo declaró su extrañeza con la sequedad habitual. En mi buque nadie pillaba las ironías.
Sus cuadros formaron un paraboloide muy abierto, doblando la longitud de nuestra línea.
—No quieren dejarnos pasar.
¡Qué agudeza!
Nuestro triste despliegue terminó. Atia había logrado ensamblar ocho mil arietes, con los
escorpiones y la dotación de nuestra escolta veintiocho mil piezas contra cuarenta y ocho mil enemigas.
—Almirante, la sibila insiste en una acción evasiva.
—¿Evasiva hacia dónde? ¡Joder!
—Perdone, Almirante —la incapacidad patológica de contradecir a la computadora le volvía más pesado que de costumbre—, en un enfrentamiento nuestras opciones no alcanzan el cinco por ciento. Con una doble I.
—¡Cállate! —Ladró para mi sorpresa Máximo Sanmartín.
El augur enmudeció, convencido de su razón, la relación de fuerzas se la daba.
—¡Qué vengan! —masculló Atia sin dejarse intimidar por la desventaja.
—No te preocupes, vendrán — anuncié.
Una muerte rápida o una lenta vagando sin rumbo por el espacio. Mejor la primera.
Si respetaban su costumbre cuando jugaban con ventaja clara, actuarían por pasos, dándonos falsas esperanzas. Primero los peones, después alfiles,
caballos, torres y por último, la reina. Como una partida de ajedrez en que el objetivo fuese comerse todas las piezas contrarias antes de liquidar al rey.
Y hacerlo así podía ser su error.
—Máximo, que los cargueros se protejan tras los escudos, los destructores en línea, a nuestro lado. Atia, que tus chicos avancen justo hasta nuestra distancia de tiro, en cuanto ellos lancen la primera andanada, que retroceda y atraigan al enemigo hacia nuestra posición. Vamos a cargar con las naves.
—Si hacen eso los machacarán en cuanto den la vuelta.
—Lo siento, los machacarán de todos modos.
La artillera volvió a enseñarme los dientes apretados y a asumir su papel.
—¿Cargar con las naves? —Otros no asumían el suyo.
—Sí Lucio, a pecho descubierto, como romanos.
—Ellos siguen teniendo ahí detrás un espiral y veinte destructores.
—Nos encargaremos de ellos a su tiempo. ¡Y no quiero saber lo que opina la sibila!
Nuestro cuadro avanzó, pequeño y apretado, hacia la gigantesca cazuela que amenazaba con envolverlo y devorarlo.
—Tres minutos para distancia de fuego.
—Déjenos pelear, almirante —Atia suplicó por última vez.
—No, Atia, lo siento.
—En cuanto den la vuelta los van a acribillar por la espalda.
Por la espalda ¿y qué? eran simples máquinas. Entre el augur y la artillera con sus amores cibernéticos terminarían por convertir mi inofensiva manía en delirio paranoico. Helena habría respondido que ya lo era.
—De eso se trata, y de que corran tras ellos.
—Programando la maniobra según sus ordenes — masculló y su rictus de odio dejó muy claro que jamás me perdonaría por obligarla a huir ante el enemigo.
—Treinta segundos para distancia.
—¡Fuego!
El centro aguantó el primer envite, los flancos, desbordados por la línea contraria, fueron machacados.
Una descarga y a correr, Atia devolvió hasta tres, visto el resultado lo pasé por alto.
Nuestras piezas giraron en redondo y retrocedieron, el Enemigo, con la victoria al alcance de la mano, no lo dudó y se lanzó en su persecución cebándose con ellas.
—Ocho mil —coreó Atia en voz alta las cifras del panel táctico—. Siete mil, seis mil...
—¡Ahora! Zenón, al ciento treinta.
El ingeniero, refugiado en un negro fatalismo, ya no gemía cada vez que superábamos los protocolos certificados de los astilleros centrales de Roma. La CC tampoco.
No se esperaban el punto de velocidad extra del Eneas, o les daba igual, las seis mil bocas que podíamos poner en acción en cada hemisferio no eran mucho comparadas con las treinta y dos mil que aún les quedaban. Estaba por ver hasta que punto era cierto. La sorpresa nos reportó un par de miles y la
ruptura de su formación, suficiente para que tres mil de nuestros arietes sobrevivieran y dar tiempo a que los destructores se sumaran al ataque antes de que el casco del acorazado comenzara a fallar.
El Eneas era como un elefante en un polvorín. Mejor quitecito girando sobre el eje y disparando que desplazarse llevándose por delante unidades enemigas que reventaban contra su superficie abriendo peligrosas brechas. Los destructores, más pequeños, disponen de mayor de libertad, cargan pocos arietes, pero sus dos mil piezas fijas de calibre medio y alta frecuencia de disparo, es lo mejor que puedes enfrentar a la artillería móvil si no dispones de ella.
Dar y recibir. Zenón había cumplido su parte del trabajo, ningún metamaterial conocido podía resistir el impacto simultáneo de cincuenta mil bocas de fuego, pero la noofibra se defendía con éxito en su lucha particular por mantener la integridad de un casco que amenazaba con convertirse en colador.
Dos destructores estallaron, un tercero rodeado de enemigos intentó alzar el escudo, los nodos fallaron y el capitán lo hizo volar arrastrando a la tumba a los
quinientos arietes que le rodeaban. Un héroe más y doscientos hombres menos.
El ejemplo, o el botón rojo programado por Máximo, cundió en cada nave que se vio perdida. Los héroes y los muertos van de la mano, lo sé bien, fui uno de ellos.
A la media hora en el panel táctico dominaban los puntos verdes, sólo dos mil piezas enemigas continuaban combatiendo.
El primer asalto era nuestro a cambio de casi toda nuestra artillería y diez destructores.
A lo lejos el grupo de combate enemigo, una línea casi invisible sobre el fondo de estrellas parecía sonreír.
—Informe de daños.
—Sin brechas, la noofibra está reforzando el blindaje, hemos perdido unas cincuenta baterías, casi no queda condensado de materia y no hay bajas humanas —resumió Lucio.
Eso en el Eneas, el resto de la escolta no podía decir lo mismo.
—Los destructores no están tan bien, cuatro al sesenta por ciento de operatividad, los otros seis al ochenta. Dos mil muertos en los diez que perdimos.
—Mil arietes dispuestos para el combate —notificó Atia en voz baja y resentida.
Recordé mi propósito de llevarlos a todos de vuelta a casa y mi premonición.
—¡A qué cojones esperan! —El grito de rabia de Máximo expresaba la misma frustración.
—No lo entiendo —Lucio en su nuevo ser sin miedo se preocupaba por la incongruencia entre la realidad y los resultados de sus análisis— ¿Por qué ir a una batalla clásica cuando disponen de superioridad? Con lo que tienen podían habernos barrido.
—No te preocupes, vendrán, quieren cocinarnos despacio, al viejo estilo —bromeé.
Se encogió de hombros sin pillar la gracia. Como de costumbre, los demás tampoco.
—La sibila sigue aconsejando una maniobra evasiva —añadió sin esperanzas.
Y un segundo después.
—Se mueven. Hacia aquí —precisó.
La segunda parte de mi genial plan era la táctica mas antigua de los manuales, espalda contra espalda y aquí nos las den todas hasta que lleguen los refuerzos.
Salvo que esta vez no habría refuerzos.
—Máximo, dos esferas, los cargueros a la interior, con escudo, bien juntos, los demás fuera a pelo y con la artillería preparada.
Como en el primer ataque llegaron despacio, tanteando el terreno, asegurándose de que no escondíamos ninguna trampa. Una precaución a todas luces excesiva.
—Treinta minutos para distancia de fuego.
La espiral no se movió. La reina confiaba en sus piezas mayores.
—Veinte minutos...
—Máximo a bailar.
Otra demostración de ingenio que no halló eco en mi tripulación. Si la vida les daba otra oportunidad, estaría bien que aprendieran a morir con una sonrisa en los labios.
Comenzamos nuestra coreografía de esferas girando en círculos, cerrando huecos, ofreciendo al enemigo todas las caras para distribuir el daño en la mayor superficie posible.
Los tres mil chicos de Atia se encajaron entre los huecos.
—Tiempo para distancia de fuego eficaz: cinco minutos.
De repente les había entrado prisa.
—Distancia de fuego eficaz en.
Fue otro ataque estándar, entrando en línea, a toda velocidad disparando y virando para alejarse y repetir la jugada. Olas rompiendo contra un acantilado.
El primero de nuestros destructores estalló y ordené al Eneas ocupar la vanguardia, el acorazado, el mejor acorazado de la flota romana, era nuestra última baza.
—¡Fuego!
—Impactos en...
Los seis mil haces del hemisferio que encaraba el ataque, apoyados por los arietes, devolvieron el golpe reventando al destructor que entraba al asalto.
—Un hijo de puta menos —gruñó alguien.
Diez contra diecinueve.
—Impactos en sectores cinco, seis, ocho, doce.
El blindaje aguantaría lo que las reservas de materia en los almacenes, después, una plaga de manchas rojizas cubriría la superficie de la esfera virtual que flotaba en medio del puente.
Mandamos el segundo destructor al carajo, y un tercero escapó por muy poco.
Los capitanes de la escolta informaban de situaciones mucho perores, dos no resistirían otro ataque. Los mandé al interior, con los cargueros, uno no lo logró.
Todas las alarmas comenzaron a parpadear y las pústulas a extenderse.
—¡Zenón! esas brechas.
Mamparas, almacenes, mesas, sillas, camas y armarios, fueron reabsorbidos y derivados hacia el blindaje exterior.
Un minuto después, nos cepillamos al tercero y al cuarto. El enemigo se retiró.
Una victoria pírrica, el último estertor de un luchador noqueado.
Quince seguían siendo más de los que podíamos tragar.
Regresaron, esta vez entrando en espiral, girando alrededor de nuestra posición hasta la distancia de ataque y evitando el fuego a bocajarro del Eneas.
No pararían hasta llegar al final.
Una acometida tras otra, disparo contra disparo, haz contra haz, encajando y devolviendo lo que podíamos en medio del espacio transformado en plasma incandescente. Los cargueros, pegados unos a otros hasta el límite del escudo, resistían en el núcleo protegidos por una escolta que retrocedía tras cada asalto.
Hombres y mujeres reducidos a nada en breves estallidos de energía.
La emisión que identificaba a nuestra última pieza activa se apagó, Atia alzó su puño enguantado con rabia y golpeó una pared atravesando la imagen de su consola. Un muerte digna, siete destructores enemigos daban fe.
El círculo se estrechó, ocho a cuatro y lo que quedaba del Eneas, o eso decían los sensores que
buceaban en la brutal radiación donde cualquier dato fiable era una quimera.
—Almirante —era Cornelia—. Creemos que hay supervivientes ahí fuera.
—¿Quiénes lo creéis?
—Mis hombres y yo. Hay restos de estructuras medio enteras.
Podía ser, a veces los impactos no alcanzaban el núcleo y los buques se partían en grandes trozos que flotaban a la deriva.
—Solicitamos permiso para salir a buscarlos.
¿Buscar qué en medio del infierno?
—Permiso denegado.
—Hemos sido entrenados para este tipo de misiones.
Nadie está entrenado para una locura así por mucho que un buen traje pudiera resistir diez minutos en aquel caldo.
—Permiso denegado —Repetí tajante.
—Por la gran puta que parió al Enemigo ¡Déjenos salir ahí fuera o comenzaremos a dar cabezazos contra las mamparas!
—¡Pues comenzad ya! ¡Tal vez si los sacudís bien brote algo de inteligencia en vuestros estúpidos cerebros! Lo repito despacio para que me entiendas.
¡Nadie saldrá de esta nave hasta que yo lo ordene!
La tensión y la inutilidad no son buenas compañeras de batalla. Ver y mirar con los huevos pegados al paladar sin poder hacer nada, salvo esperar un cañonazo certero y un pasaje rápido al otro mundo.
Un destructor enemigo estalló en nuestras mismas narices, esta vez los sensores los captaron de lleno.
—¡Qué te jodan, montón de mierda! —el grito del augur me dejó boquiabierto.
El casco del Eneas crujía, las cubiertas exteriores estaban expuestas al vacío, la atmósfera comprimida en sus tanques, la gravedad reducida a un décimo y todos los sistemas inútiles, desconectados para desviar a la defensa hasta el último gramo de energía.
Tal vez los doble I hubiese sido la mejor solución.
El panel táctico dejó de contar bajas, la realidad virtual estaba fallando.
Silencio. ¿El profundo silencio que precedía a la muerte?
Un silencio demasiado largo.
Hasta aquí hemos llegado compañeros, unos pocos impactos más y nos veremos en los Campos Elíseos. No sufráis, Roma se las apañará muy bien sin nosotros.
Un destructor enemigo partido por la mitad flotaba a la deriva en una de las pantallas, muerto. Un segundo después estalló por su propia mano.
Era el último.
Nadie daba crédito a lo ocurrido. Diez cargueros, tres destructores y el Eneas. No era un sueño. Habíamos vuelto a ganar.
La espiral enemiga seguía a la espera con sus diez mil bocas de fuego de gran calibre y el blindaje intacto.
Entre los tres destructores y el Eneas apenas juntábamos mil cañones sujetos con pinzas a restos de esferas agujereadas.
No se lo pensó mucho, se sobraba para barrernos a todos.
La reina avanzó.
—Quince minutos —Lucio lo intentó por última vez
—. Si nos dispersamos no podrá alcanzar a todos.
—¿Los has estudiado bien? Los destructores no aguantarán ni una salva de honores, nosotros tal vez dos, los cargueros sin escudo están indefensos y con él tardarían horas en llegar a la zona de inmersión.
—Era una sugerencia.
—Ya —En su versión cobarde el augur resultaba menos aburrido.
El acorazado era poco más que una esfera hueca sujeta por vigas radiales, que subían desde la coraza del núcleo hasta el casco y algunas plataformas con barandillas donde se amontonaba la tripulación.
—Zenón, ¿cómo están los nodos?
—Reparados, y los acumuladores SD a plena carga.
Otra vez el mismo dilema, morir escondidos tras el escudo o caer matando, más bien intentando matar.
Todos se volvieron hacia mí, esperando un milagro. Eran lo que quedaba del convoy, de mi flota, de mis
hombres. Se merecían volver a casa, se merecían un milagro.
Busqué a Helena, su rostro envuelto en la armadura negra no pudo decirme nada, me hubiese gustado verlo una vez más. El de Máximo me importaba muy poco, pero las órdenes eran para él.
—Avisa al Escipión, abandonamos el buque —dije con toda la calma que pude reunir.
—Almirante —replicó—, el Escipión está aún peor que nosotros.
—Lo sé.
Me observó durante treinta segundos muy largos y comprendió. Quien sabe, después de todo podíamos haber llegado a ser buenos camaradas de armas, con tiempo incluso amigos.
Le ofrecí la mano, la estrechó con su puño enguantado, después se cuadró y saludó.
—Orden de evacuación inmediata.
Su voz sonó tétrica y distante por todos los canales de comunicación.
La sirena comenzó a sonar y Cornelia y sus hombres entraron en acción, tenían algo que hacer y
lo hicieron con precisión y eficacia, sin preguntas, en un silencio roto por las carreras y los gritos del ingeniero jefe al ser arrancado de su refugio en lo más profundo del Eneas. En diez minutos todo el personal flotaba en el hemisferio opuesto al vector de ataque de la espiral, rodeados de legionarios que acoplaron sus trajes para formar un remedo de bote salvavidas.
Todos menos Helena, Cornelia, un par de sus hombres y yo.
—¿Qué se supone que vas a hacer? ¡No creas que vas a volver a abandonarme! —fue un grito de miedo, reproche y amor.
Sonreí apenado, invisible tras mi máscara, amaba a aquella mujer, la amaba más que a ninguna otra persona de mi vida. Reconocerlo fue el empuje final que necesitaba.
—Ocho minutos para distancia de fuego.
Ocho minutos no daban para despedidas apasionadas. Alcé una mano y aguardé sin decir nada mientras Cornelia y sus hombres se la llevaban entre gritos, pataleos.
Un capitán se hunde con su barco.
El Escipión se acercó a la zona y se tragó a los náufragos, yo cerré todos los canales de comunicación y ordené al Eneas que se alejara en busca de su último enemigo.
Desvié toda la materia restante, incluido el blindaje del núcleo, al casco, reforzando especialmente los nodos SD. El interior quedó reducido a unas cuantas crucetas y la plataforma del puente con el reactor de aniquilación, sin su carcasa protectora, brillando en el centro como una pequeña estrella rodeada del cinturón de sincrotrones resonantes. El corazón de toda nuestra tecnología bélica, las máquinas que jugaban con la estructura del universo para generar escudos, burbujas de inmersión y brutales haces de partículas.
El de mayor potencia jamás construido para una nave de guerra.
Había jugado con la idea desde que leí el informe del ingeniero jefe, no era para ponerla en práctica, el pobre Zenón habría enloquecido sólo de pensar en ella y la CC, confirmaba con el noventa y nueve
coma novecientos noventa y nueve por ciento de certeza, que lo que me proponía era un disparate. Ese cero coma cero, cero uno y la confianza del capitán que conoce bien su barco eran suficientes para mí. El Eneas no me había fallado en todo el viaje y no iba a hacerlo en el momento decisivo. Era una certeza más allá de cualquier cálculo matemático y como os he dicho mi intuición nunca falla.
La espiral vio mi movimiento y se detuvo, la muy puta no tenía prisa, sus sensores tantearon al acorazado cerciorándose de su ventaja. No opuse contramedidas, la dejé que confirmara el desastre, que confiara en su poder, en su indudable capacidad para mandarnos a todos al carajo.
—Tres minutos para distancia de fuego eficaz.
Su casco llenó la pantalla con la protuberancia en forma de espiral que lo recorría de un polo a otro dándole su original nombre, bien visible. Una serpiente cósmica enroscada y dispuesta a morder.
—Un minuto para distancia de fuego.
¿Sabes lo que me jode? Morir sin llegar a verlos, sin poder gritarles a la cara lo que pienso de ellos. Por
lo que hicieron en Domus, por estos treinta años de guerra sin sentido.
Y sobre todo lamento no poder llegar a verte.
Ella está quieta, me espera, es el momento de atacar.
Si has llegado hasta aquí entiendo que mi plan funcionó o que al menos el mensaje que le envié a Helena alcanzó su destino y encontraron la manera de escapar.
Me alegro. Sobra decir que habría preferido contártelo en persona, volver a Roma, abrazar a tu madre y verte crecer, a cambio te dejo esta especie de diario.
Lo comencé cuando me enteré de tu embrionaria existencia, hay mucho tiempo muerto mientras se navega en inmersión, pensé en comenzarlo un poco más atrás, hablarte de tus abuelos, de la historia de tu familia que no está en los documentos de oficiales, al final decidí que el tiempo muerto no daba para tanto y que nada refleja mejor lo que ha sido un hombre que sus últimos momentos.
Es una lástima que mi premonición se cumpliera, que le vamos a hacer, soy así de listo, siempre se cumplen. Habrá que esperar hasta que nos reunamos en el paraíso de los héroes. Eso sí, no tengas prisa por venir.
La transmisión se recibió unos segundos antes de que todo acabara por un canal cifrado que mi padre había habilitado para ellos dos. Incluía un mensaje privado que Helena jamás me ha contado y esta especie de diario póstumo dedicado a mí. No tengo muy claro cómo supo con tanta certeza que ella estaba embarazada, no constaba en el registro biomédico, supongo que el viejo sátiro que se aprovechó de la inocencia de una jovencita obnubilada, lo manipuló.
Mi madre dice que la noticia no le supuso sorpresa, que fue ella quien le sedujo y que no ha habido ni habrá otro hombre como él. Después de leer estas notas y comprobar en carne propia el alcance de la inocencia de mi progenitora comienzo a estar de acuerdo con su versión.
Es lo de menos.
Hoy he cumplido dieciséis, el día en que visto la toga viril, la fecha fijada por mi padre para entregarme su herencia y os lo he contado a mi manera, que tampoco mejora mucho la del viejo. Es mejor la película oficial, tiene ritmo y rebosa escenas de acción donde hasta el último hombre cumple con su deber sin dudas, ironías, salidas de tono, bromas idiotas o cobardía. Ya es antigua y aún la repiten una y otra vez por todos los canales de Rv estatales como la demostración de que un pequeño grupo de hombres decididos puede enfrentarse con éxito a cualquiera, la prueba de que pase lo que pase, Roma resistirá.
Mi madre reniega cada vez que la ve y nunca pasa de la mitad, a mi me parece entretenida y puedo entender la necesidad de mantener alta la moral de un pueblo que lleva dieciséis años mirando a las estrellas con miedo. No cuenta nada del descenso a Domus, de la realidad que nos espera en caso de derrota y por supuesto Héctor acapara los momentos iniciales, es el gran líder visionario y el almirante, el fiel servidor del estado que reconoce su pecado de orgullo antes de ser liberado del ostracismo. La escena donde se
reconcilian deja muy clara la superioridad moral del dictador y su generosidad en el perdón.
Al menos el final es el real, captado en su integridad desde las cámaras del Escipión. Lo he visto muchas veces, la espiral girando furiosa, disparando todas sus baterías contra los restos del acorazado que la embiste aguantando el chaparrón de fuego. Nadie se espera el último asalto, la cometida final del Eneas, acortando de golpe la distancia que le separa del enemigo, dejando jirones de piel en cada metro, buscando el punto exacto.
Es increíble que su blindaje aguantara y más increíble aún lo que sucedió a continuación.
La espiral enemiga, convencida de que se trata de un ataque suicida deja de disparar y alza el escudo, aceptando un choque que terminará sin más esfuerzos con la ruinosa nave que le amenaza y entonces, los nodos SD del Eneas comienzan a brillar, acumulan carga y generan la burbuja de inmersión. Una burbuja que se hincha como un globo de oscuridad y crece hasta mas allá de lo posible, tragándose a la espiral y arrastrándola hasta algún lugar del infinito.
Desde el Escipión asisten anonadados a la victoria y una panorámica del espacio libre de enemigos da pie al momento en que todos, firmes, con rostros encendidos y emocionados, saludan rindiendo el último homenaje al jefe caído antes de reemprender el camino a casa.
Es un final muy logrado donde a duras penas se contienen las lágrimas. En la película, digo, en este relato...
Comenzando por Zenón Montefatto, todos nuestros teóricos aseguran que no se puede mantener estable una Sánchez-Dikoudis de ese calibre, que las dos naves nunca llegaron a emerger y fueron engullidas por el gigaverso.
También decían que es imposible generarla, aunque especulan con peculiares fenómenos de resonancia provocados por la entrada en fase de la burbuja del Eneas con el escudo de la espiral. Un fenómeno tan peculiar que cada vez que ha intentado reproducirse termina en una estallido de energía radiante.
Lo demás es historia, una vez reparados los daños, el resto del viaje a través de las miles de variantes de
la zona ancha, transcurrió sin incidencias. En el foco alfa, les esperaban nuestras patrullas. Héctor los recibió con todos los honores, convocó una reunión extraordinaria del senado y dirigió un mensaje al pueblo.
¡Nunca más otra derrota! ¡Nunca más otro exilio!
Un gran discurso que logró calmar al pueblo y contener el pánico, luego puso a todo el mundo a trabajar de sol a sol para evitar que con el exceso de tiempo libre volviesen los malos pensamientos. Según nos contó un senador amigo, también organizó en secreto un plan de evacuación.
Casi dos décadas después se mantiene en el cargo y bajo su férrea mano estamos a punto de reconstruir una flota mayor que la que perdimos.
El Enemigo sigue sin dar señales de vida y una vez más nuestros científicos son incapaces de pronosticar nada que merezca la pena tener en cuenta. Física aberrante, ya se sabe.
Y mi padre tiene su monumento en el foro y su leyenda, son muchos los que creen que el Eneas emergió en el universo remoto, venció a la espiral y
continúa surcando el espacio al mando del invencible almirante Julio Malasaña para regresar el día en que el Enemigo llegue a las puertas de Roma.
FIN
Primera Edición
Editado y exportado a PDF con sWriter (OpenOffice.org 3.2.1) el 27 de diciembre de 2010
1571 Nace el astrónomo y filósofo alemán Johannes Kepler.
1822 Nace el químico y biólog francés Luis Pasteur, fundador de la microbiología. 1831 Charles Darwing parte de Inglaterra en el Bergantin Beagle.
1868 Céspedes expide el decreto de abolición de la esclavitud en Cuba. 1897 Estreno de Cyrano de Bergerac.
1901 Nace en Alemania la actriz de cine Marlene Dietrich. 1948 Nace el actor francés Gerard Depardieu.
1968 Vuelve a la tierra el Apolo 8 después de dar diez vueltas alrededor de la Luna.
FIN

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