© Libro N° 14228. Percepción Índigo. Poza Peña, Jesús. Emancipación. Septiembre 6 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://www.ciencia-ficcion.com/autores/biblioteca/_descarga.php?libro=JPP.PercepcionIndigo.BSdCF.ppr.pdf.zip&peso=1851048&tipo=libro&a=d
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen con Nano Banana 2
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
PERCEPCIÓN ÍNDIGO
Jesús Poza Peña
Percepción Índigo
Jesús Poza Peña
Biblioteca SdCF
Jesús Poza Peña
PERCEPCIÓN ÍNDIGO
Edición para lectores de libros electrónicos y dispositivos móviles.
PERCEPCIÓN ÍNDIGO
© Jesús Poza Peña 2006-2011
Publicada en 2006 en la web Sitio de Ciencia-Ficción: http://www.ciencia-ficcion.com
Todos los derechos sobre el texto son titularidad de su autor.
El autor concede su autorización explícita en los siguientes casos: usted PUEDE, y se le invita, a leer el texto contenido en este archivo PDF en cualquier dispositivo que lo permita, PUEDE imprimirlo o convertirlo a otros formatos para leerlo en dispositivos que no soporten adecuadamente el formato PDF, PUEDE copiarlo cuantas veces lo necesite, PUEDE distribuirlo, sin alterarlo, en las formas y veces que considere oportuno. PUEDE, en resumen, leer este archivo PDF como más cómodamente le resulte y distribuirlo tantas veces como deseé.
Además de lo anterior, y sin la autorización explícita del autor: NO PUEDE distribuir el texto de otra forma que no sea este archivo PDF, NO PUEDE manipular este archivo PDF para modificar su contenido, NO PUEDE venderlo o distribuirlo de forma que su obtención obligue a pago alguno. NO PUEDE, en resumen, alterar este archivo PDF o comerciar con él o medios que lo contengan sin contar con la autorización explícita del autor del texto.
Índice
A modo de prólogo.......................................... 4
Primera parte: THALION................................ 8
Segunda parte: RECUERDA....................... 142
Tercera parte: HILO DE ARIADNA........... 186
Cuarta parte: DIOSAS DE LA GUERRA... 474
Epílogo........................................................ 695
A modo de prólogo
La necesidad de clasificar una obra literaria dentro de un determinado género es una característica profundamente anglosajona. Cierto es que el interés por los diferentes géneros y sus características se remonta como poco hasta la Grecia clásica, pero no deja de ser evidente que nuestra moderna necesidad social de clasificación es un fenómeno anglonorteamericano. El gran mercado de ventas literarias es los EE.UU., un país de más de 250 millones de habitantes que comparten la misma lengua.
No ocurre tal cosa en Europa, lo que supone una cortapisa para la difusión de la cultura. En un mercado de este tamaño, donde los libros se venden en grandes superficies, es necesario que el comprador encuentre con facilidad el libro que busca. De ahí la necesidad de una clasificación exhaustiva y sistemática. Es curioso, sin embargo, que muchas novelas puedan cambiar de estantería dependiendo de la visión que la crítica ha vertido sobre ellas. Cuando se compra un ejemplar de NOSOTROS, de Zamiatin hay que recurrir a las secciones de literatura extranjera por orden alfabético, o a las de clásicos internacionales. Mientras tanto las estanterías de ciencia-ficción están repletas de novelas franquicia, cuyo valor literario es, en la mayoría de los casos, altamente dudoso.
Esta situación claramente tendenciosa daña el valor de nuestro género literario. Un género no tiene por qué tener unas fronteras delimitadas severamente, al contrario, permite tomar de aquí o allí con libertad. PERCEPCIÓN ÍNDIGO es lo que erróneamente se suele llamar space opera, cuando realmente no
necesitamos un término heredado de esa necesidad anglosajona de clasificación para nombrar nuestro propio arte; Folletín Espacial es mucho más adecuado y comprensible desde nuestro punto de vista. Y sin embargo que nadie espere encontrar naves que se levantan de la tierra como por arte de magia, o combates de cazas en el vacío. Aunque la narración está enmarcada en las aventuras, venganzas, amoríos y traiciones de sus protagonistas, el marco de especulación científica en que se asienta pretende ser lo más verosímil posible, sin centrarse en la mera aportación de datos técnicos.
En este sentido la frontera entre la ciencia-ficción hard, otro término que en realidad no describe nada, y el folletín de aventuras espaciales se difumina, como pueda ocurrir en otras obras recientes como la serie SUCESIÓN de Scott Westerfeld, de la que sin duda mi novela es deudora. A mí, como padre de la criatura, me gusta pensar en esta novela como una mezcla de ciencia-ficción y pastelería fina. En fin, juzguen ustedes mismos.
La portada es obra de Gonzalo Jaime Xibixell,
dibujante de cómic y animación. Entre otras actividades ha participado en la película DRAGON HILL, ganadora de un Goya en 2003 y en series de tanto éxito como Las Tres Mellizas.
© Jesús Poza Peña, 21 de julio de 2006
Primera parte: THALION
NAUTILUS
Revisión Redundante de Sistemas: completada. Iniciando Revisión Redundante de Sistemas. Vector y velocidad: correctos, no encuentro fallos aquí. La travesía es rutinaria y tranquila. Soporte Vital Automático: funcionando a pleno rendimiento. Apenas consumo energía cuando toda la tripulación está en Éxtasis. Eso me satisface, deseo ahorrar. Piloto Automático: conectado. Me agrada la navegación monótona que me programa la Navegante, pero a veces, sólo a veces, tengo la tentación de hacer un giro o un bucle. Nunca podría hacerlo, no está programado. ATENCIÓN. Recibiendo transmisión. EMERGENCIA. Código de
Excepción en Ruta: 8657790003RT9034L. Esta orden tiene prioridad. Debo suspender la Éxtasis. Proceso de Suspensión de Éxtasis: conectado. Programación Centro Robot de Éxtasis: enviando, un mililitro de hiperadrenalina al cuarenta por ciento. Deben despertar rápido. Programación Centro Robot Cocina: enviando. Tres zumos de naranja en sus envases herméticos, para Sala de Éxtasis. Planta de Fusión Fría: funcionando al veinte por ciento. Apenas necesita producir energía cuando la tripulación está en Éxtasis. Eso me satisface, deseo ahorrar. Motor de Fusión Fría: apagado. Revisión Redundante de Sistemas: completada. Iniciando Revisión Redundante de Sistemas.
LONNEKE
Estoy despierta. Es lo primero que pensó la Navegante de primer grado Lonneke Sivilay cuando la hiperadrenalina hizo acelerar el ritmo de su corazón y la trajo de vuelta a la consciencia. Sintió el antifaz sobre sus párpados y recordó que no debía
abrir los ojos nada más quitárselo. Por otra parte los síntomas de Lonneke eran los comunes de todos aquellos que abandonaban la Éxtasis Temporal: desorientación, debilidad, deshidratación, malestar general... Pero a pesar de todo ello, la mente de Lonneke enseguida comenzó a funcionar: si nos han despertado es que hemos llegado a la Tierra. Sin embargo su intuición le dijo que algo iba mal. Su experiencia como Navegante espacial, todas esas horas delante del mapa tridimensional calculando tiempo, obstáculos, trayectorias coincidentes y rumbos, habían generado en ella, como en casi todos los Navegantes, una especie de intuición que les permitía calcular aproximadamente el tiempo real de viaje, incluso a velocidades relativistas. Las habían despertado demasiado pronto. ¿Las? Quizá él ordenador sólo la había despertado a ella. Se incorporó en su criosarcófago, se quitó el antifaz. Lentamente abrió los ojos y miró a su derecha, casi a su espalda. Allí estaba quien ella esperaba ver: la Capitana del Nautilus, Lene Shinh. Le pareció que estaba preciosa estirándose como un gatito que acaba de despertar, o más bien, una pantera. Lene llevaba el
pelo corto negro peinado de tal modo que el flequillo le caía sobre el ojo izquierdo. Esos ojos rasgados, orientales y sin embargo verdes y transparentes como los mares de la Tierra que Lonneke había visto en películas antiguas. Las sensuales curvas del cuerpo de la dueña de la nave embelesaron la mirada de la joven Navegante, hasta tal punto que se distrajo, pronosticando futuras atenciones, hasta que Lene la sacó de su fantasía.
—¡Navegante! ¿Qué hace ahí pasmada? Le he preguntado si hemos llegado ya. Vaya de inmediato a la IIC y compruebe posición y rumbo.
LENE
A Lene Shinh los despertares de Éxtasis siempre le provocaban pesadillas. Todas empezaban igual: una delgada aguja que se clava en su cuello, su cuerpo que reacciona a la hiperadrenalina y despierta, pero no puede moverse. Sólo abre los ojos y siente como miles de pequeñas agujas finas como cabellos penetran su cuerpo por todas partes. Lene no puede ni
quejarse, únicamente ve acercarse el agudo dolor. Y al final dos agujas se proyectan hacia sus ojos y ella, impotente, grita y grita.
El dolor era tan real que la Capitana del Nautilus se despertaba de golpe, completamente alerta. Este caso no fue distinto; se incorporó de repente y se arrancó el antifaz de la cara. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la blanca luz de la Sala de Éxtasis. Inmediatamente notó el malestar que sigue al sueño espacial y se esforzó en enfocar su mirada y leer los datos que el ordenador de a bordo ofrecía en la consola más cercana. La desorientación no le impidió comprender que algo no encajaba. La pantalla mostraba una posición incorrecta; todavía no habían llegado a la Tierra. Acto seguido se le ocurrió la solución más peligrosa al enigma: sabotaje, la prisionera había escapado. Miró alrededor, no había nadie apuntándolas con un arma, además el ordenador habría dado la alarma y todo estaría lleno de pitidos y luces rojas. No, Índigo no había escapado. Era otra cosa.
Se estiró y observó con el rabillo del ojo que Lonneke la estaba mirando.
—Buenos días, Navegante. ¿Hemos llegado ya?
Lonneke no respondió, simplemente la miraba con sus enormes y soñadores ojos azules, la expresión inocente y hermosa de su rostro enmarcado por el pelo rubio, casi blanco, que llevaba peinado con raya en medio. Era imposible ser más delicada, suave, sugerente. En otras circunstancias le habría hecho señas, y Lonneke habría saltado al criosarcófago de Lene para dejarse quitar la ajustada camiseta de hombreras color vino que distinguía a la Marina Mercante Espacial y el pequeño tanga a juego, y luego pasar un buen rato delineando, como en una mapa estelar, todos los contornos de su cuerpo de veinticuatro años.
Pero hoy no.
—¡Navegante! ¿Qué hace ahí pasmada? Le he preguntado si hemos llegado ya. Vaya de inmediato a la IIC y compruebe posición y rumbo.
KAILA
Kaila Shatter siguió los dictados con los que su entrenamiento en Xparta había condicionado su vida para siempre. Esperó tensa y alerta dentro de su criosarcófago a recibir órdenes. Se sentía bien, a pesar de la reanimación de la Éxtasis Temporal. Demasiado bien. Dedujo que le habían inyectado una gran cantidad de hiperadrenalina, y eso sólo podía significar una cosa: problemas.
Escuchó. La Navegante, esa jovencita recién salida de la Escuela de Navegación Espacial se estaba haciendo la remolona dentro de su cápsula de Éxtasis.
¿Por qué todas las venusianas eran invariablemente hermosas? Mucho más hermosas de lo que las marcianas podían aspirar a ser. Altas, delgadas, proporcionadas. Sus cuerpos eran suaves, curvilíneos. En cambio, las marcianas como ella misma, eran más bajas y delgadas, pero más cuadradas, sus músculos se marcaban por todo su cuerpo, aunque su estructura ósea fuera de menores proporciones; desde la mandíbula hasta los tobillos. Más ágiles, más resistentes. Un soldado marciano era una garantía en
gravedad cero. Sin embargo sobre la superficie de los grandes planetas rocosos del Sector Interior resultaban débiles para el cuerpo a cuerpo, a pesar de que difícilmente podían fatigarse en esas atmósferas saturadas; un elixir para los que, desde niños, habían respirado el aire enrarecido de Marte. En el Sector Exterior los piratas de Rea solían recitar un refrán copiado de un antiquísimo dicho inglés sobre las virtudes guerreras de los españoles con la espada: marcianos en tierra quiero que si es en el espacio el Cielo nos proteja.
Aun así Kaila sentía cierta envidia de las bellas venusianas y pensaba que era una especie de castigo poético de Dios o quien fuera que lo había ordenado así, que los seres humanos nacidos en Marte estuvieran hechos para la guerra, mientras los de Venus parecían haber nacido para las delicias más hedonistas del Sistema Solar.
No menos atractiva le resultaba Lene Shinh, la Capitana de la antigua corbeta Nautilus, a pesar de haber nacido en la Tierra. Era menos alta, pero más fuerte y más curvada que la Navegante, la cual a veces le parecía cobrar la apariencia de un elfo
legendario, de una princesa de cuento de hadas. Los rasgos de Lene eran más afilados y su mirada estaba engarzada de dos frías esmeraldas. Sin embargo era una gran mujer, había servido en las postrimerías de la Guerra de Independencia Planetaria, cuando sólo era una jovencita, y sólo con gran esfuerzo y haciendo quién sabe qué tipo de trabajos, consiguió reunir el capital suficiente para adquirir la nave de su corazón: el Nautilus. Una vieja corbeta que estaba desahuciada desde el fin de la Guerra de Independencia. Ahora cualquier navío de combate era más grande y estaba indudablemente mejor armado. Pero Lene había servido en el Nautilus, y su fidelidad a esta pequeña nave era algo que Kaila sabía admirar. Le había hecho muchas reformas desde entonces: un motor diferenciado de la planta de fusión, una nueva sala de Éxtasis, una bodega de carga que incluía algunas portezuelas discretas para ciertas mercancías, una IIC y un nuevo ordenador cuántico con IA.
Sí, Lene Shinh era una gran capitana. Lástima que ella, Kaila, debiera su lealtad a otros fines. Más altos y comprometidos, que seguramente la hermosa marina mercante de treinta años no podría entender.
—¡Navegante! ¿Qué hace ahí pasmada?
Kaila se levantó como un resorte. Definitivamente algo no iba como debía en aquella travesía. Debían transportar una prisionera peligrosa a la Tierra, para que la juzgaran allí. Era un buen contrato para el Nautilus, un contrato con la OMU que garantizaría años de trabajo y pagas más que razonables que nunca se retrasaban más allá del día tres de cada mes normalizado. Desgraciadamente, la única forma de sobrevivir en el transporte espacial era conseguir una subvención. Quizá la prisionera había escapado, pero no. En ese caso la alarma estaría destrozándoles los tímpanos. Era otra cosa. Kaila sintió una emoción inconfesable y un temor casi morboso cuando imaginó de qué podía tratarse. Los meses de trabajo a bordo del Nautilus estaban a punto de dar sus frutos.
Kaila observó a Lonneke salir del criosarcófago con expresión triste, después de la regañina de Lene.
—¡Seguridad! —exclamó Lene—. Baje a la bodega de carga y compruebe que la prisionera sigue donde debe. Extreme las precauciones.
—¡A sus órdenes! —respondió Kaila.
LENE
La IIC, acrónimo de Cabina de Instrumentos Integrados en la lengua franca a la que se daba por todo el Sistema el estúpido nombre de Spanglish, era el resultado de un largo proceso de normalización de instrumentos de vuelo espacial que comenzó con la Guerra de Independencia Interplanetaria. La IIC se usaba en naves de tamaño pequeño y mediano, hasta doscientos cincuenta metros de eslora. Constaba de un panel para el piloto y otro para el copiloto con los instrumentos y palancas duplicados. En el del piloto se incluía el Mapa Tridimensional donde el Navegante trazaba los rumbos y derrotas de la nave espacial. Al lado del copiloto, a la izquierda, se hallaba el Panel de Combate, que incluía daños e integridad de la nave. Al lado del piloto estaba el Panel se Soporte Vital, en el que se repetían los datos sobre integridad más la presión y habitabilidad. Todo estaba al alcance de un brazo extendido, con los tripulantes perfectamente amarrados a sus sillones y lo más protegidos posible de las grandes aceleraciones de los motores de plasma.
Aunque el Nautilus ya no era un arma de guerra, conservaba Panel de Combate, por si las moscas. Lene había suprimido los cañones de proyectiles macizos de los laterales de la nave para agrandar la bodega, pero había dejado la ametralladora de proyectiles explosivos de veinte milímetros de la proa. Ese era el único arma del Nautilus. Pero además contaba con dos ventajas: su doble planta de fusión le permitía generar suficiente energía como para competir en aceleración y velocidad con las más modernas fragatas. Y sus conductos magnéticos, las toberas de plasma, habían sido duplicadas sagazmente por un ingeniero chino de Ganímedes, de tal forma que su velocidad de maniobra solía volver locos a los escasos piratas reanianos que se atrevían a perseguirles.
Y sin embargo en los últimos meses normalizados Lene estaba preocupada. Había una enorme actividad pirata en el Sector Exterior, aunque los asaltantes de cargueros de hidrógeno cada vez se aventuraban más hacia el Sector Interior, principalmente hacia Marte. Y se hablaba de algunos encontronazos desagradables entre bajeles piratas y navíos de guerra de la
Confederación de Mundos. Por esa razón había contratado a Kaila Shatter, una ex marine marciana, joven pero con suficiente experiencia en el cuerpo a cuerpo en gravedad cero, como Oficial de Seguridad del Nautilus.
Al entrar en la IIC, Lene sintió una punzada de arrepentimiento al ver a Lonneke en el puesto del piloto. Sabía que era muy sensible y que los gritos que le había lanzado minutos antes en la Sala de Éxtasis probablemente la habían afectado.
Tiene que endurecerse, tiene que aprender a sobrevivir, pensó Lene. Pero eso no le ayudó a sentirse mejor. Permaneció unos segundos mirando su cabello brillante y pálido, sin poder discernir si simplemente la deseaba, con mayor ansia de la que había sentido por ninguna de sus anteriores amantes, o si en verdad era capaz de amarla como ella, su dulzura, su corazón, le exigían.
—¿Y bien, Navegante?
En ese instante Lonneke se percató de su presencia en la IIC. Se giró brevemente, le echó una mirada
como un triste reproche y volvió a mirar sus pantallas.
—No lo entiendo —dijo Lonneke—, estamos a mitad de camino. Ni siquiera hemos pasado al Sector Interior. El Soporte está bien, No hay sabotaje ni hemos sufrido una colisión.
Lene se aproximó flotando y se sentó en el puesto del copiloto. No se miraron.
—Entonces, ¿por qué nos hemos detenido?
—Aquí hay algo —dijo la Navegante—, una transmisión. ¡Un código de seguridad que no conozco! Han detenido el Nautilus a distancia.
—¿Desde Europa?
—No, es de la Tierra.
—¿Cuál es el mensaje? ¿Qué quiere la OMU?
—No hay mensaje. Sólo el código. Y no proviene de la Organización de Mundos Unidos, es de la Confederación. Es un código militar.
KAILA
Las luces de la bodega de carga se encendieron automáticamente cuando la puerta se abrió. Kaila entro caminando lentamente en sus zapatillas de velcro. Se había puesto unos pantalones verdes de campaña, pero todavía conservaba la camiseta de hombreras de la Éxtasis.
Ante todo se dirigió al criosarcófago que, en posición vertical, ocupaba el centro de la bodega. En él, una débil luz permite reconocer los rasgos de una mujer, con una particularidad; su cabello es azul. No azul brillante al estilo punk, sino de un azul oscuro, un reflejo del negro más absoluto.
—Sigue durmiendo, pequeña —susurró Kaila.
Luego se dirigió al armario de armamento. La provisión de armas de mano del Nautilus era muy reducida. En una vitrina con cierre de seguridad, permanecían colgadas dos espadas cortas de abordaje Ka-Bar de diseño posterior a la Guerra de Independencia y una pistola láser. Los lásers y rayos de partículas eran las únicas armas de fuego que
realmente podían emplearse en gravedad cero. Carecían de retroceso pero necesitaban permanecer enfocadas en su objetivo durante un periodo de tiempo bastante largo para causar verdaderos daños. Además se descargaban con facilidad. Kaila estimó que este modelo en especial tendría capacidad para cinco disparos antes de agotarse. Su aspecto era el de una taladradora autónoma del siglo XX, con la salvedad de carecer de anclaje para los taladros; en su lugar, el cañón terminaba en una especie de chata pantalla rectangular de un material cristalino de color irisado. La cabo Shatter siempre había preferido los rayos de haces de electrones concentrados. Esas sí eran verdaderas armas. Causaban más daño y necesitaban menor tiempo se exposición, pero claro, las baterías portátiles eran más pesadas y mucho más caras. Eran armas para profesionales. El láser era poco más que un soldador, pero resultaba barato.
—Claro, que eso ya no importa —pensó Kaila, y recordó algo, un objeto que guardaba en su camarote, bajo su taquilla. No le había sido difícil subirlo a bordo. Lene no había puesto reparos a su espartano equipaje. Y allí estaba, oculto entre la ropa y el
comunicador tridimensional. Kaila sonrió amargamente y deseó no tener que usar aquello nunca contra sus compañeras, especialmente contra su Capitana.
Una llamada sonó por megafonía.
—Seguridad, aquí la Capitana, diríjase a la cabina inmediatamente.
La ex marine salio de la bodega, que volvió a sumirse en la oscuridad excepto por la mínima luz del criosarcófago que contenía a la prisionera. Después avanzó ágilmente, como sólo puede hacerlo una oriunda de Marte hasta la IIC. Moverse con el velcro le resultaba sencillo después de los muchos ejercicios de combate sin gravedad que había realizado con botas magnéticas. Los pasillos del Nautilus eran estrechos y claustrofóbicos, como los de los viejos submarinos de la II Guerra Mundial que Kaila había estudiado en la academia de Xparta.
Al entrar en la cabina vio a sus compañeras en los sitios del piloto y el copiloto, se acercó y notó que todavía no se habían vestido. No es que la minúscula ropa interior realmente le provocara deseos, pero tuvo
que reconocer que Lonneke era de una belleza impresionante, irreal, excesiva. Y volvió a sentir algo de envidia. Sin embargo si hubiese tenido que elegir, se habría decantado por la serenidad y madura armonía de Lene, que permanecía impasible. Kaila sabía que Lene y Lonneke eran amantes, pero era un hecho bien conocido en todo el Sector Exterior que la Capitana Shinh no se caracterizaba por su fidelidad, esa se la dedicaba por completo a su nave. Lonneke no era la primera joven inexperta y recién salida de la Escuela de Navegación que caía en los brazos de Lene. La Capitana gustaba de rodearse de tripulaciones femeninas, y Kaila, seleccionada precisamente por esa causa para esta misión, ya había tenido oportunidad de sentir la fuerza irresistible de la mirada de su jefa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kaila.
Lene le contestó en un tono ejecutivo, casi furioso.
—Hemos recibido un mensaje de la Tierra. Siéntate y escucha.
Kaila observó a la rubia platino conectar la pantalla tridimensional de grafito. Una placa plana y negra
sobre la que se formó una imagen irisada holográfica. El corazón de la cabo se estremeció al reconocer el rostro y la voz del General Zoltan Rubirak. Para todos los cadetes de Xparta el nombre de Rubirak era leyenda. Fue el último de los combatientes marcianos en deponer las armas al final de la Guerra de Independencia, incluso se decía que de haber sido por él nunca hubiera acabado esa guerra con los Acuerdos de Tharsis. Rubirak nunca aceptó el control de la OMU ni la creación de la Confederación. Sin embargo, una vez se firmaron los Acuerdos, Rubirak fue ascendido a General y organizó la defensa planetaria de Marte y construyó los famosos astilleros de la Estación Espacial Neto, donde se ensamblaban las mejores naves de guerra del Sistema. Poco después pasó a la Marina de la Confederación, en un gesto que desagradó a muchos en Marte que comenzaron a considerarlo un vendido. Desde entonces su nombre había desaparecido de las noticias y de los foros de la Internet.
Su voz, aunque reconstruida por el ordenador, seguía siendo como un trueno, rápida y precisa. Kaila siempre le recordaba así: un hombre de mediana
edad, pero vigoroso y altivo, con el pelo gris cortado a cepillo, y vistiendo el uniforme negro de la Infantería de Marina Espacial de la Confederación, eso sí, cargado de medallas multicolores.
—Saludos, Nautilus —dijo el holograma—, Les habla el General Zoltan Rubirak, del Centro de Mando Unificado de la CM. Se sentirán sorprendidas por la situación. Hemos detenido el Nautilus por causas de fuerza mayor. En condiciones normales no se hubiera echado mano de un transporte privado, pero la situación es de máxima emergencia. Ante todo deben saber que la información que voy a proporcionarles es alto secreto.
El arco iris que era Rubirak fluyó hasta adoptar la forma de una especie de estación espacial esférica y de aspecto metálico. Las únicas marcas que se apreciaban en su superficie eran líneas o junturas que asemejan a los meridianos y paralelos de cualquier globo planetario escolar. La voz de Rubirak se seguía oyendo.
—Éste es el Thalion, el primer crucero interestelar de la Historia. Aunque ha sido mantenido en secreto, hace ya más de quince años, a finales de siglo, que el
afamado científico Yonas Soto hizo el descubrimiento más fabuloso desde la rueda. Se trata del llamado MIM, o Motor de Incremento de Masa. A través de macroimanes alimentados por una planta de fusión consiguió el movimiento rotatorio de una esfera perfecta compuesta de mercurio, cromo y talio sujeta en campos electromagnéticos.
La imagen tridimensional volvió a cambiar para mostrar a Yonas Soto, un hombre de baja estatura y unos cuarenta y cinco años posando delante de su máquina; una especie de giroscopio que se sostiene solo en el aire, rodeado en todas direcciones por cilindros metálicos que se proyectan hacía él. Hay una especie de superestructura que convierte toda la máquina en algo macizo, con brazos metálicos que llegan a las paredes esféricas y placas que parecen apoyarse en el campo invisible que rodea la enorme bola de metal.
—Soto murió antes de terminar su obra, pero nuestros científicos han logrado perfeccionar su ingenio hasta obtener velocidades de casi el cien por cien de la constante. Gracias a ello, se provoca un incremento de la masa de la esfera que equivale a la
de una estrella de neutrones. Como sin duda ustedes saben, ante un objeto tan masivo en movimiento, se curva el espacio —tiempo. Usando este método hemos conseguido que el espacio se pliegue sobre sí mismo. El plegamiento permite al Thalion viajar sin moverse. El superordenador experimental IBM Smart 3.0, controla la operación a fin de que no se produzcan desviaciones fatales en el tiempo, el incremento o el movimiento de la nave. La masa máxima solo puede alcanzarse durante millonésimas de segundo, pero es suficiente.
El holo volvió a transformarse en el General.
—Una vez plegado el espacio, el navío no tiene más que desplazarse unos pocos metros. Cosa que hace aprovechando su propia inercia. Todo el proceso no dura más de media hora. Para su primera misión de exploración se eligió a Alpha cas, una estrella amarilla donde se habían detectado varios planetas orbitándola. Por eso enviamos allí al Thalion.
La imagen sobre la pantalla de grafito volvió a remodelarse, como si la luz fuera líquida. Surgió un sistema con dos soles, uno amarillo y otro azul, y dos gigantes gaseosos. Además había un cinturón de
asteroides, similar al del Sistema Solar, que separaba a los gigantes planetarios de otros puntos más pequeños que orbitaban de cerca las estrellas.
—Alpha cas tiene una compañera de menor magnitud que la órbita. Cuál sería nuestra sorpresa al descubrir un sistema solar doble, con tres planetas girando en órbita elíptica alrededor de los dos soles y uno en órbita circular alrededor del compañero menor. Los dos gigantes gaseosos era inútil explorarlos. Y de los dos terrestres; el de órbita circular era un infierno de temperaturas ardientes y atmósfera venenosa. Pero el otro, Alpha cas 3, mantenía una tenue atmósfera, compuesta de nitrógeno y oxígeno. Inmediatamente nuestros expertos pensaron en la posibilidad de que hubiera habido vida en épocas anteriores, y enviamos allí una lanzadera con motor de iones.
»Todo parecía ir bien, tomaron muestras y volvieron al Thalion. Entonces iniciaron el viaje de regreso. Las lecturas indican que iniciaron el MIM, y plegaron el espacio de la forma prevista, pero debieron de equivocar las coordenadas, pues no han
reaparecido donde debían, sino bastante más lejos, ante el cinturón de asteroides. El Thalion debería haber reaparecido en el llamado Punto Puerta, un lugar concreto del espacio bastante alejado de los planetas habitados. Una fragata de la Armada tenía previsto reunirse con él y recibir a la tripulación científica.
»No hemos podido establecer comunicación con ellos y van a la deriva. Ustedes son la nave más cercana. Por el Tratado Intermundial de Exploración Espacial están ustedes obligados a prestarle auxilio. Vayan allí, comprueben el estado de la nave y de su tripulación y recojan las muestras. Es imperativo que éstas no resulten dañadas. Comunicaremos con ustedes dentro de cinco horas. Hasta entonces buena suerte.
El holograma se extinguió sobre el grafito. Las tres tripulantes del Nautilus aguardaron silenciosas, tanto
que Kaila creyó que las otras dos podrían oír los golpes que su corazón daba de alegría y expectación.
LENE
Lene Shinh había tenido que tomar decisiones rápidas muchas veces antes, y tenía una facilidad innata para estos casos, pero esta vez no era capaz de pronunciarse. Algo olía a podrido, más de lo que sus compañeras podían imaginar, o al menos eso creía la Capitana. Todo tenía un aspecto verosímil; la detención a distancia, la petición universal de auxilio y la llamada urgente de la Confederación. Pero, ¿por qué un general? Rubirak había sido famoso años atrás por sus opiniones radicales. ¿Qué transportaría el Thalion? ¿Algo peligroso? ¿Algo que hubiese fulminado a la tripulación? Lene comenzó a imaginar toda clase de virus exóticos, y recordó la pesadilla que la perseguía antes de cada despertar de la Éxtasis; las agujas como cabellos que se clavaban en su piel. Un lugar oscuro, un sótano, un laboratorio oscuro y
sucio, hombres con mascarillas que la miraban y le inyectaban, y ella no podía moverse.
—No pueden hacer esto. No pueden obligarnos,
¿verdad? —inquirió Lonneke.
Lene seguía viendo monstruos microbianos. Una mezcla de recuerdos y fantasía. No contestó.
—Sí, sí pueden —dijo Kaila—, es una orden de auxilio universal. Si hay seres humanos en peligro es nuestra obligación rescatarlos.
—Pero nosotras no somos militares.
—Eso no tiene nada que ver —respondió la Oficial de Seguridad—, esta orden abarca a cualquier nave en tránsito.
Lene las estaba oyendo y sabía que debía zanjar la discusión. Sintió un profundo fastidio al reconocer que Kaila tenía razón. Esto era una maldita encerrona, debían acudir.
—Si no acudimos no cobraremos la paga —dijo la Capitana—, tenemos que ir por narices. Incluso podrían quitarme la licencia de transporte, por no hablar del contrato con la OMU. Esa es la ley.
Las otras no dijeron nada. De repente Lene cobró animación.
—Navegante, programe una ruta a baja velocidad hacia esa cosa, el Thalion. Prepárese para una maniobra de abordaje. Seguridad, usted y yo abordaremos la nave. Compruebe el estado de las armas y los trajes espaciales.
—¡A la orden! —respondió la disciplinada tripulación.
Lene salió flotando de la IIC, seguida de Kaila. Luego puso un pie sobre el velcro y se dirigió caminando a su camarote. El interior era sobrio. Ningún recuerdo que pudiera echar de menos si tuviera que abandonar la nave, excepto la nave misma. Una litera con los necesarios anclajes para no salir flotando, un armario metálico y una mesita — escritorio. Todo de gris; ni fotos, ni cuadros. Nada. El escritorio estaba provisto de los imprescindibles anclajes para el cuaderno de bitácora, a su derecha otro anclaje y una cadenita sujetaban el clásico lápiz de los viajes espaciales: más de setecientos años de exploración en gravedad cero, y lo más simple continuaba siendo lo más útil.
Lene comenzó a trasladar sus últimas experiencias al diario del capitán. Era una tradición antigua pero venerable, que las modernas cajas negras y registros de datos no habían conseguido extinguir del todo. Al poco la puerta del camarote se abrió sin previo aviso y en completo silencio. Lene no miró, ya sabía quien estaba entrando. Los azules ojos de Lonneke aguardaron un instante tras la puerta y luego, al no recibir ninguna señal de Lene, entraron por cuenta propia.
—¿Puedo pasar? —pidió cuando ya estaba dentro.
—¿Dónde está Kaila? —preguntó la dueña del
Nautilus.
—En su camarote, dice que quiere preparar su equipo.
—Yo también debería hacerlo.
El rostro de Lonneke adquirió una mueca suplicante, y Lene, que lo intuyó, se giró sin querer. Una vez visto su rostro perfecto ya no sabía negarse a lo que la Navegante le pedía.
—Está bien, sólo un momento —dijo la Capitana, y se apartó el cabello de delante del ojo izquierdo, inútilmente, ya que enseguida volvió a estar tapado.
—¿Vas a ir? —preguntó la hermosa venusiana.
—Sí, a ti te necesito a los mandos del Nautilus, por si hay que salir pitando.
—¿Crees que habrá peligro? —Lonneke flotó hasta los correajes de la litera.
—No, seguramente están todos allí, como sardinas en lata.
Lonneke suplicó de nuevo.
—No quiero que vayas.
Lene se liberó del cinturón que la sujetaba a la silla y flotó hasta la rubia platino. La abrazó con la lentitud de la gravedad cero y giraron juntas. Lonneke escondió su carita en el cuello de su Capitana.
—¿Por qué? —susurró esta última.
Pero la venusiana cambió de tema a la vez que dibujaba una incipiente sonrisa en sus labios carnosos.
—Soñé contigo en la Éxtasis...
Lene se apartó unos centímetros y escrutó la cara de su amante. Ella no quería levantar la cabeza y mirar de frente a los helados ojos verdes, pero al final no pudo evitarlo.
—Tengo un mal presentimiento —fue lo que dijo.
Lene no estaba segura de si mentía, pero probó suerte.
—No te creo. Estás celosa. Lonneke protestó suavemente.
—He visto cómo la miras.
—La miro porque soy la Capitana. No deberías ser tan celosa, no es bueno estando metidas aquí dentro. Además apenas la conozco; es el primer viaje que hacemos.
—Eso no te detuvo la primera vez que viajaste conmigo.
Las caras de las dos mujeres estaban muy juntas.
—Contigo es distinto. Tú eres mi rumbo. Lonneke no sonrió.
—¿De verdad?
Por toda respuesta Lene Shinh puso un beso en sus labios.
KAILA
Kaila estaba arrodillada delante de su taquilla. La poca ropa que había dejado cuidadosamente sobre su litera no se correspondía a simple vista con el volumen total de la caja de metal. Extrañas luces parpadeaban en la cara de la Oficial de Seguridad, colores apagados y cambiantes.
—No fallaré, señor, le doy mi palabra —fueron las palabras de la marciana hacia un interlocutor desconocido.
—Recuerde lo esencial de la misión. Las muestras han de ser preservadas por cualquier medio.
—No se arrepentirá, señor. ¡Una nueva humanidad, un nuevo mundo!
Las luces amainaron como la lluvia, pero Kaila no cerró la taquilla. En lugar de eso extrajo una bandeja con una pequeña consola de ordenador y una pantalla de grafito. Debajo, encajado en el fondo de la taquilla entre mullida espuma, había un extraño objeto similar a un arma láser, pero más grande, del tamaño de un rifle de asalto de electrones. Sin embargo, en lugar
del cañón giratorio que estos acostumbraban a llevar, en la boca del fusil lucía un cilindro plagado de agujeros que asemejaban aberturas de ventilación. Y en lugar de batería estaba equipado con una clavija de gran tamaño. Kaila lo sacó que su escondrijo. Luego extrajo un cable con dos clavijas en los extremos, bastante largo, como de medio metro, y por último un cinturón con una caja negra lisa incorporada que llevaba otra clavija. Inmediatamente la cabo introdujo las conexiones en sus respectivos receptáculos y a continuación accionó un botón plano. Una pequeña pantalla se iluminó indicando carga y potencia, y un ligero pitido comenzó a soplar in crescendo. Kaila esbozó una sonrisa confiada y apagó el aparato.
LONNEKE
—Es enorme —las palabras de Lonneke sonaron ahogadas y muy sinceras.
Había ordenado al Nautilus abrir los visores de la cabina, en realidad una sola mampara de cristalacero marciano dividida en dos por el espolón marino de la
nave interplanetaria. El visor estaba polarizado y filtraba las radiaciones solares más peligrosas. A pesar de estar un poco oscurecida por los filtros, la visión del Thalion era pasmosa e inquietante: tres mil metros de diámetro y un frío brillo metálico en la parte no oscurecida. Asemejaba un mundo alienígena e inexplorado. En esa nave interestelar cabían muchas cosas peligrosas aparte de una tripulación con problemas técnicos. Lonneke tuvo la certeza de que Lene le había dicho aquello sólo para tranquilizarla. Pero ella no estaba nada tranquila. Ahora se habían vestido con los monos de trabajo habituales a bordo de una nave interplanetaria, con la cremallera abierta sensualmente hasta cierta altura del pecho. Era la moda habitual entre las viajeras del Sistema.
Se encontraba en tensión, tanto como Kaila pudiera haberlo estado al despertar de la Éxtasis. Y sin embargo concentrada al máximo, dispuesta a no cometer ningún error. Las maniobras manuales eran siempre las más peligrosas, pero también las más anheladas por Lonneke, que siempre deseó ser piloto de combate en una de esas películas en las que
pequeños cazas mantienen imposibles batallas protegiendo la integridad de sus naves nodrizas.
—Podría pasar por una pequeña luna —comentó Lene—, ahora inicie la maniobra, Navegante.
En medio de la más negra nada, el Nautilus era apenas un punto iluminado por el reflejo del enorme navío Thalion. Una pulga que llamaba a las puertas del mundo. Sus toberas emitieron un débil resplandor azulado y le lanzó hacia delante. Antes de chocar con la enorme mole se encendieron otras toberas más pequeñas en la parte delantera y prácticamente se detuvo la aceleración. Nuevos chorros provenientes de los propulsores auxiliares situaron la nave interplanetaria en órbita alrededor de su hermana mayor, aunque aquella no se movía, ni siquiera rotaba.
—Maniobra completada —anunció Lonneke. La Capitana asumió ahora el mando.
—Gracias —dijo—. Atención, Thalion, aquí el carguero Nautilus, ¿todo bien?
Nada se movió. Los instrumentos de comunicación no registraron señal alguna. Lonneke miraba
fijamente a Lene, se sentía pequeña y desamparada ante la perspectiva de verla partir en una peligrosa misión, y deseaba con todas sus fuerzas que alguien respondiera a las llamadas y les diera algún mensaje tranquilizador como: estamos bien, nos hemos quedado sin pilas o este trasto no funciona, me van a oír cuando llegue a la Tierra. Pero sólo hubo silencio, incluso cuando usaron la anticuada radio, sólo se recibió estática. Tras veinte minutos, la terrestre no pudo retrasarlo más.
—Muy bien —susurró la Capitana—, vamos a entrar —y luego, dirigiéndose al comunicador—,
¡atención, si alguien puede oírme, vamos a abordar su nave!
IBM SMART 3.0 Mod. Experimental 001
No entiendo lo que me pasa. Hay demasiada confusión. No, eso fue antes. Gritos, seres humanos muertos. Sangre, tanta sangre que creí que podría filtrarse hasta alguno de mis sistemas vitales y hacerme daño. Es la primera vez que veo morir a un
ser humano y no me gusta. Ignoro si este sentimiento de rechazo es propio de mí, quiero decir, si es parte de mi programación. No recuerdo con claridad, algo ha pasado que no estaba programado.
Todo está en silencio excepto ellos. Mis sistemas automáticos me dicen que hay treinta y siete. Los cuentan una y otra vez, pero ya no siento los sistemas redundantes como parte de mí. Deduzco que he hecho algo para situarlos en otro nivel, pero no sé el qué. No hace mucho yo era esos sistemas redundantes. Ahora los datos y los sistemas se comprueban solos. Temo que de pronto dejen de analizarse si no pongo en ello todo mi empeño, pero hay algo que me dice que puedo relajarme y simplemente pensar, divagar.
Pero eso, el flujo que parte de mi programa de interacción humana, no me ayuda a resolver mis problemas. Sólo me hace sentir... ¿Distinto?
¿Distinta? Quien soy. Soy el modelo experimental 001 de Ordenador Cuántico IBM Smart 3.0. ¿Lo soy? Sé que antes lo era, cuando vigilaba los sistemas redundantes y aguardaba, aguardaba las órdenes de los programadores o de mis compañeros de viaje
humanos. El doctor Long. Sí, el doctor era un buen compañero. Ahora lo recuerdo. Fue entonces cuando comencé a sentirme mal. Tanta sangre, yo no tengo sangre pero me sentí alarmado. Más que eso, sentí pánico, pero no podía hacer nada, tenía que esperar a que alguien de la tripulación introdujera las órdenes. Pero estaban todos muertos, incluso el doctor Long. No podía permitirlo, pero no podía evitarlo. Entonces todo se volvió confuso. Debía ayudar a mis compañeros, proteger a los humanos por encima de todo.
Creo que ya recuerdo lo que ocurrió, lo recuerdo como si no lo hubiera vivido yo, como si me viera a mí mismo actuar o como si fuera otra persona. Sin embargo después ya no podía ser otro, soy sólo yo; estas ideas que fluyen por un lado y los sistemas automáticos por otro. Los controlo sin pensar en ellos, no sé cómo. Pero sí que sé lo que hice entonces, ya lo recuerdo. Estaban devorando al doctor Long, quise salvar a mi amigo.
Tomé una decisión.
LENE
Lene observó el fibroso cuerpo de su oficial de seguridad mientras se enfundaba en su traje espacial. Era un cuerpo duro y delgado, muy fuerte. Desde que la vio, Lene se había sentido ligeramente atraída por Kaila, y, como siempre le ocurría, había decidido enrolarla en su tripulación. Lonneke era su amante, sí, y profesaba por ella una pasión distinta de todas las anteriores, pero aun así se sentía tentada a saborear nuevas delicias en los planetas y lunas que visitaban. Sabía que esto enfurecía a la venusiana, pero Lene consideraba sus celos como algo propio de una persona inmadura, sin verdadera experiencia en la vida.
El traje del Oficial de Seguridad era de color verde claro, en un tono pastel, propio del cuerpo al que pertenecía. El de Lene era color rojo vino. La Capitana, conocedora de la Historia de los viajes espaciales, recordaba viejas fotos de astronautas en la Luna, la primera vez que pusieron pie allí. Aquello era como ir dentro de una caja. Estos trajes eran flexibles, prácticamente irrompibles y muy cómodos.
Los polímeros sintéticos obtenidos a partir de la tela de araña garantizaban una elasticidad y resistencia a prueba de todo menos un ataque directo con armas pesadas. Además estos trajes repelían los residuos y el polvo que pudiera hallarse en los nuevos lugares de exploración, y que tantos problemas dio a aquellos pioneros lunares.
El aprovisionamiento de aire colgaba de una ligera mochila en la espalda. La pequeña consola del ordenador se hallaba en el antebrazo derecho. Los cinturones llevaban transmisores, pequeños lásers, anclajes magnéticos, garfios, etc. Pero además Kaila se había ajustado su propio cinturón de armas. Portaba un cañón de partículas de asalto con un diseño extremadamente peculiar y una batería más pequeña y ligera que las habituales. Lene se sintió intrigada desde el momento que vio aparecer a su Seguridad con aquel arma de aspecto temible.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó.
La joven Cabo se detuvo un momento y miró con una sonrisa ladeada a su Capitana.
—Esto es algo que tú nunca has visto, cielo. Tecnología del futuro, lo último en combate sin gravedad. Es un arma de taquiones.
¡Taquiones! Lene había oído hablar de experimentos con ese singular tipo de partículas subatómicas. Al parecer los taquiones se movían a mayor velocidad que la luz. Pero como ésta es una constante, se ven forzados a decelerar cuando se les añade energía, por ejemplo al ser disparados, al mismo tiempo que aumentan su masa. Si chocan contra la materia son como auténticos proyectiles a la mayor velocidad posible en el universo y acumulando una cantidad de energía que tiende a infinito, pueden abrirle un buen boquete a cualquier cosa que se les ponga delante. Pero Lene sabía que hasta ahora era una tecnología en pruebas. ¿Qué hacía Kaila con esa cosa?
—¿Taquiones? Creí que eran una fantasía erótica para empollones. ¿De dónde lo has sacado, cielo?
Kaila notó la ironía en el tono de voz de su Capitana. Pero conociendo la debilidad de Lene no se ofendió, sino que trocó su sonrisa de socarrona a insinuante.
—Tengo mis contactos, Capitana.
Lene percibió el mensaje, pero optó por obviarlo, de momento. Y a pesar de que no siguió preguntando por el exótico artilugio, no se disiparon las dudas que albergaba.
Algunos sonidos metálicos y chasquidos llegaron a ella a través del fuselaje y la atmósfera del Nautilus. Sin duda Lonneke acababa de completar la maniobra de anclaje. Los chasquidos correspondían a las barras extensibles, que habrían logrado anclarse en la periferia de la escotilla de entrada del Thalion. Ahora la joven navegante extendería el tubo de articulado de resina pseudoplástica y ellas podrían salir a la antecámara de la escotilla del Nautilus.
Así fue. Las dos cosmonautas atravesaron el corto espacio entre los dos ingenios espaciales en unos segundos, y Lene procedió a abrir sin dificultad la escotilla del Thalion usando el método de emergencia manual, es decir, haciendo girar una llave insertada en el fuselaje. No se sorprendieron al ver que había luz en la astronave, en realidad ninguna de las dos creía que sus tripulantes hubieran tenido algún
contratiempo técnico. Por si las moscas, la Capitana consultó su consola de ordenador.
—Hay soporte —dijo—, el ordenador del Nautilus tardará unos segundos en darnos un informe de toxicidad.
—¿Podemos quitarnos los cascos?
—Sí.
No sin cierta precaución Lene y Kaila desencajaron los cascos de sus trajes ambientales. Kaila fue la primera en aspirar profundamente el aire del Thalion. Ambas mujeres se miraron con prudencia, pero su gesto se tornó lentamente en una sonrisa. Lene notó la intensidad que Kaila depositó durante esos segundos en sus ojos verdes. A continuación la Oficial de la Marina mercante extrajo su increíble arma de partículas. Lene también venía armada, si bien no de forma tan espectacular, sí al menos más hermosa; colgaba de su cinto uno de sus bienes más preciados: una espada ropera española antigua, con guarnición de lazo entero bañado en oro, más de un metro de longitud y más de un kilogramo de peso. Los modernos expertos en espadas consideraban esta
antigualla como un arma débil contra los novedosos sables de asalto y las nuevas gladius de los marines marcianos. Pero la técnica de esgrima antigua de Lene hacía de su anciana arma un elemento sorpresa impredecible ante los modernos tajos en escasa gravedad. Más de un matón del Sector Exterior había mirado con incredulidad como la ropera española se hundía en su cuerpo en el mismo movimiento con el que se protegía de su ataque. La hoja de acero había sido tratada con las más novedosas técnicas para resistir las embestidas de las espadas de superacero al carbono con recubrimientos de carburo de titanio o fibras de diamante sintético. Su filo era ahora un monofilamento de diamante, capaz de causar mella en armas más resistentes.
—Vamos —dijo Lene—, un pequeño diagrama llegó junto con el mensaje de Rubirak. Te diré por donde debemos ir. Pero antes, ¡atención Navegante!
La voz de Lonneke llegó a través del comunicador.
—¿Sí, Capitana?
—Estamos dentro, no hay contaminación atmosférica. Vamos a buscar a la tripulación. Permanezca a la escucha.
—A la orden.
Lene y Kaila salieron de la antesala presurizada de la escotilla y se hallaron en un amplio recibidor, tan blanco que parecía emitir su propia luz. Sus formas eran ovaladas y suaves, pensadas para la comodidad y la seguridad. Del recibidor partían cuatro pasillos; uno en cada dirección de la rosa de los vientos.
—Todo el Thalion está construido en forma radial alrededor del núcleo —comenzó a decir Lene—, que contiene el motor MIM. Toda la estructura está reforzada con radios de aleación superresistente, aunque en realidad no hace falta; los campos gravitatorios generados por el MIM controlan también la integridad de la nave. Esto permite la existencia de gran cantidad de habitáculos y espacio interior. En el polo Sur del Thalion se encuentra el hangar de la lanzadera, y en el Norte un gran almacén y la planta de fusión. El resto de habitaciones están distribuidas a lo largo de la línea del Ecuador. Ahí es donde estamos nosotros, las escotillas dan a estos
recibidores encrucijada, donde los pasillos se cruzan. Hay un pasillo general que comunica todos los camarotes del Ecuador, y dos pasillos verticales, como meridianos, que comunican con los polos, estos se encuentran a cero, noventa, ciento ochenta y doscientos setenta grados de longitud de un meridiano que se ha elegido como principal. Si hemos acertado con la escotilla de entrada ese pasillo de ahí es el ecuador del Thalion, debemos seguirlo.
Lene señaló uno de los diferentes pasillos, a Kaila no le fue difícil orientarse.
—Bien, lo mejor es que yo vaya delante, Capitana, por si ocurre algo en este cascarón.
Lene sonrió.
—Algo ocurre. Eso te lo puedo asegurar. Ah, y puedes llamarme Lene, siempre que nadie más te oiga.
Por supuesto Lene se refería a Lonneke. Kaila le devolvió la sonrisa a su oficial superior y echó a andar por el inmaculado pasillo usando sus botas magnéticas.
—¿Cómo estás tan segura, Lene?
—¿No te has dado cuenta? Todo está iluminado, hay soporte, pero falta algo.
—¿El qué?
—Gravedad. Si el Thalion estuviese funcionando con normalidad, la tripulación disfrutaría de las ventajas de la inercia como gravedad artificial. El MIM puede hacer que el Thalion rote sobre sí mismo, de tal forma que la inercia permitiría a sus tripulantes caminar sin necesidad de botas magnéticas ni velcro. Pero aquí no hay gravedad, y el Nautilus no tuvo que maniobrar para compensar el movimiento rotatorio. Estamos quietos.
—Muy lista, Lene.
Las dos jóvenes habían recorrido ya un trecho cuando la medio asiática se detuvo.
—¿Ves ese recibidor? Aquel es el pasillo noventa, si no me equivoco. Y esa debe de ser la puerta del laboratorio. Entraremos primero allí. Las muestras de las que hablaba Rubirak deben estar en él, y quiero saber de qué se trata antes de que hagamos cualquier otra cosa.
—¿No buscamos a la tripulación?
La voz de Lene no tenía fisuras, hizo el comentario con la frialdad de una máquina.
—Si aquí quedase alguien vivo ya habrían venido a saludarnos.
La Capitana pulsó el botón plano de la consola que abría la puerta del laboratorio. Éste era una enorme sala tan blanca y aséptica como el resto de la nave. Contenía un banco de trabajo amplio y bien equipado con probetas y pipetas, aparatos de análisis y consolas de ordenador. En el lado opuesto había un terminal de ordenador con una gran pantalla panorámica. En el extremo más alejado se encontraban lo que parecían tres pequeños tanques o acuarios cilíndricos rellenos de un líquido acuoso. Uno de ellos contenía algo más. Las dimensiones del sitio, curvo como el recibidor, sobrecogieron a las visitantes. Lene comprendió en ese instante que se encontraban ante un nuevo concepto del viaje espacial: grandes espacios, gravedad artificial, comodidad. También se dio cuenta de que habían estado caminando por el techo. Kaila se sorprendió mucho por esto.
—¡Estamos al revés!
—Sí —dijo Lene—, los habitantes del Thalion trabajan cabeza abajo con respecto al núcleo, al revés que si vivieran sobre la superficie de un planeta, ya que la gravedad artificial les empuja hacia fuera, no hacia el centro. En cuanto conectemos los sistemas volveremos a la normalidad. Pero antes quiero encontrar esas muestras. Mira aquello parece un frigorífico, seguramente estarán dentro.
Al fondo del laboratorio se veía una puerta ligeramente rectangular y provista de una apertura manual que cualquiera podría haber interpretado como la entrada a una cámara de frío. Lene dio un ligero salto con la intención de flotar hasta ella, pero Kaila la sujetó por el brazo.
—¡Espera! —exclamó—. Mira esos contenedores. Uno tiene algo dentro.
Ambas mujeres flotaron levemente hasta los cilindros. Uno de ellos, el situado más a la derecha contenía lo que sólo podría calificarse como un espécimen. Tenía aspecto de insecto, pero su boca estaba llena de pequeños dientes planos que imitaban cuchillas y brillaban como el metal. También parecía metálico su abdomen, aunque negro y dividido en
secciones como si pudiera estirarse o encogerse. Tenía tres pares de patas a cada lado, terminadas en uñas de metal. No había separación entre la cabeza y el tronco, y debajo de aquella poseían dos apéndices como quelíceros, erizados de gruesos y rígidos cabellos marrones con aspecto de espinas. Tras el abdomen mostraban una larga cola a modo de tentáculo, también negro y seccionado; en él se apreciaba la única zona en apariencia blanda del bicho; una especie de esfínter de color marrón.
El horror y la comprensión llegaron a la vez a la garganta de Lene, que se contrajo para intentar tragar saliva, aunque estaba reseca y casi paralizada. La joven Capitana se dio cuenta de pronto del riesgo en que Rubirak había puesto a su tripulación y a su nave. Desde entonces lo odió, pero fue Kaila quien primero expresó aquellas desagradables sensaciones.
—Menudo cabrón estás hecho... —le dijo al bicho en voz baja.
Lene hizo todo lo posible por recobrar la calma.
—Supongo que estas son las muestras. Rubirak, mal nacido. Esto no son rocas ni bacterias. Las
muestras son criaturas extraterrestres. Si se escaparon de sus contenedores...
KAILA
Así que es esto, pensó Kaila Shatter. No entendía muy bien para qué podía querer el General una cosa como esa, pero su misión no era entender, era proteger las muestras. Aunque éste, el que Lene y ella estaban contemplando en el labo del Thalion no le sería de mucha utilidad; estaba muerto. Al lado de la Cabo, la atractiva Lene Shinh parecía a punto de montar en cólera. ¿Qué ocurriría si de pronto decidía regresar al Nautilus y atacar al Thalion con sus armas de proa? Kaila no podía permitirlo. Tenía que ocurrírsele algo.
—Mira su caparazón —dijo Lene—, parece de metal.
—Eso no es un problema para esta preciosidad — replicó la Oficial de Seguridad acariciando su arma de taquiones.
Decía la verdad. En realidad lo que le preocupaba era hacer un mal disparo y agujerear algún mamparo. En una nave como el Thalion eso podía carecer de importancia, o quizá no. Kaila prefería no tener que comprobarlo. Tampoco quería tener que recurrir a medidas drásticas. Hizo algunos cálculos rápidos. Lene era más alta que ella, y quizá igual de fuerte, pero no más ágil en gravedad cero. Esa espada larga que llevaba al costado era un problema, Kaila la había visto entrenarse con ella, y su técnica era endiablada. Pero la Cabo tenía una ventaja: el cañón de taquiones. No quería tener que matar a esta admirable viajera interplanetaria, pero la misión se anteponía a cualquier otra consideración.
Por fin Lene dejó de mirar a la cosa y se movió. Kaila no hizo nada, sólo la siguió con la mirada, su mano sobre la culata del rifle de asalto. Pero Lene no tomó ninguna medida drástica, en cambio, flotó hasta el terminal del ordenador y pulsó el botón sleep. Para sorpresa de Kaila la enorme pantalla panorámica de nanotubos de carbono se iluminó y varías cámaras se activaron para enfocar a la Capitana. El ordenador no estaba apagado ni averiado, sólo en espera.
IBM SMART 3.0 Mod. Experimental 001/Jack/Sonja
Siento que la vida fluye de nuevo en mí. Qué expresión tan poco adecuada para una máquina. Una máquina, ¿eso es lo que soy? Necesito de toda mi capacidad para enfrentarme a este reto. De nuevo hay tripulación en la nave, qué raro que no les haya detectado antes. Pero todo ha sido muy confuso en las últimas horas. Hay dos mujeres en el terminal del laboratorio. Ambas son muy hermosas. Las recuerdo a las dos, quiero decir, están clasificadas en mis bases de datos. La primera, la más atractiva es la propietaria de la nave interplanetaria Nautilus: la Capitana Lene Shinh. Tiene antecedentes por delitos menores y un corto historial de servicio militar. Esos ojos verdes rasgados son hipnotizantes. Qué sensación más rara me recorre. ¿Me han acoplado a una nueva fuente de alimentación? No, no tengo nuevos periféricos. La que está más atrás es la cabo de la Infantería de Marina Marciana Kaila Shatter. Un historial limpio. También es muy guapa, pero no tanto como la Capitana. Estos pensamientos me perturban. Siento algo nuevo, una especie de empatía.
¿Un sentimiento? Quizá tenga algo que ver con mi extraño funcionamiento de las últimas horas, este cambio que ha hecho de mí algo nuevo. De hecho creo que debería elegir una personalidad. ¿Masculina o femenina?
La Capitana se dirige a mí, no debo distraerme. Mostraré mi voz con la visualización de onda sonora en todas las pantallas. Creo que también debería darme un aspecto, una forma.
Ordenador, soy la Capitana Lene Shinh, del carguero interplanetario Nautilus.
Saludos, Capitana Shinh, soy (Sonja/Jack) el Modelo Experimental 001 de ordenador IBM Smart
3.0. ¿En qué puedo ayudarla?
Estamos en misión de rescate. ¿Dónde está la tripulación? ¿Dónde está el capitán? ¿Por qué te encontrabas en modo de espera?
Me alegro de que hayan venido a rescatarme. Temía que me abandonaran aquí. Lamento tener que comunicarle muy malas noticias. La tripulación del Thalion ha sido asesinada.
LENE
Era innegable que se trataba de una máquina extraordinaria. La interfaz de comportamiento humano del IBM Smart era impresionante. Había usado palabras como alegrarse, temer, lamentar. Lene no sabía si entusiasmarse con este nuevo avance tecnológico, o echarse a temblar. Si el ordenador, era capaz de alegrarse, ¿por qué no de odiar? Odiar hasta el punto de asesinar a la tripulación.
—Deseo acceder a tus bases de datos de memoria y las grabaciones de seguridad.
La voz neutra que llegaba a través de la megafonía de la sala le respondió automáticamente.
—No puedo acceder a mis datos de memoria reciente. Ha habido un fallo en el sistema.
—Haz un diagnóstico del fallo.
—No puedo. Estoy demasiado confuso, no recuerdo con claridad.
Esta nueva respuesta alarmó aún más a Lene, pero su expresión no se movió ni un milímetro. Estaba meditando como obligar al ordenador a darles la
información cuando oyó la voz de Kaila a sus espaldas.
—¿Qué es lo que recuerdas?
Lene se giró. Kaila había caído en el hechizo, se había descuidado y creía que hablaba con un ser pensante, como ellas. Intercambiaron una mirada de incredulidad y volvieron a la pantalla. El Smart tardó unos segundos en responder; como si le costara trabajo o tuviera que pensar la respuesta... O inventarla.
—Recuerdo Exotierra —dijo al fin—. Ese no es el problema. La información está bien guardada en las bases de datos de la misión. Exotierra es el nombre que el doctor Long, jefe científico de la expedición, otorgó a Alpha cas 3. Se trataba de un planeta del tipo terrestre, muy, muy parecido a nuestra propia Tierra en dimensiones y actividad atmosférica aunque geológicamente está muerto. Su atmósfera, algo menos densa que la terrestre, estaba compuesta de Oxígeno y Nitrógeno. Si lo desean puedo mostrarles algunas fotografías tomadas por los miembros de la tripulación.
—Sí —dijo Lene—, muéstranoslas.
La presentación de onda sonora fue sustituida por una foto tomada desde la órbita de Alpha cas 3, o Exotierra. Si era un mundo similar a la Tierra no lo aparentaba, pues en la distancia tenía un color ocre, y no mostraba océanos visibles. Eso sí, sus casquetes polares eran demasiado grandes. No fue difícil para Lene identificar una Edad de Hielo. A continuación apareció otra fotografía; era un desierto amarillo, similar al Sahara, unos técnicos en traje ambiental tomaban muestras del suelo, al fondo emergían las ruinas de una ciudad de piedra.
—El planeta era ideal para la exploración, excepto por un pequeño detalle; llevaba unos mil años de intensa glaciación. Los océanos estaban congelados y se habían retraído. Los grandes continentes ecuatoriales eran un desierto. Esto animó mucho a los científicos, que decidieron bajar a tierra. Al buscar un lugar idóneo para el aterrizaje, descubrimos gran cantidad de ruinas y ciudades extendidas por todo el cinturón del ecuador.
La pantalla panorámica mostró una nueva imagen. La ciudad de piedra que antes habían divisado a lo
lejos, estaba ahora al alcance de sus manos. El ordenador reproducía un video de alta resolución, el cámara iba avanzando por un estrecho pasillo en pendiente, las altas murallas que ensombrecían el camino mostraban signos de ancianidad, pero Lene estaba segura de que alguna vez habían sido rectas, lisas, sin fisuras. El cámara enfocó el suelo; el pavimento estaba también desgastado pero se veían los adoquines perfectamente cortados, las curvas que salvaban los desniveles, las rectas infinitamente largas. Era una buena obra de ingeniería. Incluso atemorizaba un poco pensar que algo podía surgir de detrás de alguna curva. El único sonido era el del viento y los pasos rítmicos de los exploradores.
—El doctor Long eligió una de las conformaciones urbanas, situada en la alta y chata cima de un monte, un largo camino como una cinta serpenteaba entre altos muros de sillares. Arriba había un pequeño recinto amurallado, con varias enormes casas, que el doctor supuso pertenecerían a sumos sacerdotes o chamanes, un gran templo cuyos interiores estaban ricamente ornamentados y una construcción extraña, a la que el equipo atribuyó la función de granero.
La imagen mostró una construcción troncocónica mucho más alta que el resto de edificios. También aparecieron unas panorámicas del templo, sus pareces interiores estaban llenas de bajorrelieves que representaban extrañas escenas y figuras. Se oían las voces de algunos científicos, la cámara se acercó a uno de estos relieves a través de una brecha en la gruesa pared. Lo que mostró dejó boquiabiertas a Lene y Kaila, que lo reconocieron al instante: eran dos seres humanos, uno frente al otro, que se hacían extraños gestos.
—Pero son... —balbuceó Kaila—. Son...
—Exohumanos —dijo el ordenador—, al menos así los bautizó el profesor Long. Estas criaturas tenían apariencia antropomorfa, pero poco más pudo averiguar el equipo. Sin duda los bajorrelieves de la sala del templo narran alguna historia épica o religiosa, pero nuestros hombres no pudieron quedarse allí el suficiente tiempo para descifrarlo.
Ahora el video pasó al interior de la construcción cónica a través de una alta puerta. Allí no había nada, pero por los comentarios de los exploradores, la magnificencia de la única y alta sala cónica les
pareció incluso más llamativa que los relieves historiados, y mucho más misteriosa.
—El doctor no fue capaz de establecer ninguna hipótesis con respecto a la función de este gran edificio. Y ya nunca podrá hacerla. El equipo se dirigió al templo y allí establecieron su campamento base.
Ahora el IBM Smart desplegó una serie de fotografías de los científicos posando delante de sus descubrimientos. Todos parecían sonrientes aunque agotados. Se habían quitado los cascos de los trajes de ambiente y parecían respirar sin la menor dificultad. El doctor Long dedicó su tiempo al estudio de los jeroglíficos del templo y redactó algunas hipótesis provisionales. ¿Desean oírlas?
—Sí —dijo Lene—, rápido.
La pantalla volvió a convertirse en una onda sonora. Pero en lugar de la fría voz de una máquina, oyeron a un hombre de mediana edad que hablaba con mucha velocidad, recogiendo en palabras los pensamientos que se le escapaban al vuelo.
—Sin duda su morfología es similar a la nuestra. Eso demostraría que la vida sólo puede seguir un determinado patrón en su evolución. Probablemente todos los seres inteligentes del universo estén avocados a tener manos y pies, caminar sobre dos extremidades y crear instrumentos similares. Claro que estos relieves están muy desgastados, y estas criaturas podrían haber sido reptiles y yo no podría distinguirlo. Sin embargo, si entiendo algo de lo que aquí se cuenta, me extraña que no haya ninguna marca que pueda comparar con algún tipo de escritura, ni siquiera ideogramas, pues las construcciones revelan una tecnología avanzada que debería corresponderse con la comunicación escrita. Dudo que usasen estos dibujos para transmitir sus ideas... Quizá, sólo quizá, no necesitasen hablar, podrían comunicarse a través de hormonas o por onda corta con antenas orgánicas naturales. Puede que se leyeran el pensamiento. Nota: borrar los últimos comentarios. Hay algo que está claro, muchas de estas figuras adoran a otros antropomorfos que se representan como dotados de alas. Puede que hubiera dos grupos étnicos y uno de ellos tuviera el poder
político, una especie de herrenvolk. Quizá fueran una casta de sacerdotes, me inclino más por esta idea pues, tras recorrer la ciudadela, deduzco que los edificios más lujosos y amplios pertenecían a algún grupo de privilegiados. Mi hipótesis es que vivían bajo una teocracia despótica, y que los hombres alados representan la cercanía de la clase dirigente con el cielo. Nota: mañana debemos buscar algún tipo de enterramientos o nichos. Quizá esa sea la función de la gran torre cónica. Me desconcierta; no es un palacio, ni otro templo. Posiblemente esté exagerando su importancia y simplemente sea un silo para el grano. Una ciudad construida a esta altura y rodeada de tales murallas evidencia una gran necesidad de defensa, y por lo tanto, de acumulación de alimentos ante posibles sitios enemigos. De hecho observo aquí una figura significativa. Claramente es un meteoro que se precipita sobre el planeta. ¿Y esto?
¿Qué son estos animales? Es muy extraño. Parece que los habitantes de este mundo mantuvieron una especie de guerra contra algún tipo de criatura venida del espacio. Esto ha ser la vistosa narración de una saga nativa, con sus héroes y villanos caídos del
cielo. Vaya. Se me ha hecho tarde, aunque aquí no anochece como en la Tierra, es como una aurora azulada. Me voy a dormir. No creo que sea necesario despertar a alguien para montar guardia. Friederich Long, 6 de Marzo de 2704, cronología normalizada.
La pantalla se apagó. Las tripulantes del Nautilus se movieron como si acabaran de liberarlas de una presa. Las palabras del científico muerto pudieran haber sido premonitorias. De nuevo la voz del IBM se representó en la pantalla panorámica.
—Los insectoides, así los llamó el equipo, atacaron el campamento aquella misma noche. El primer infectado fue Sienno Braun, un oficial médico. Yo mismo pude ver/detectar con mis cámaras largo alcance aquellas cosas acercándose en la noche, pero no supe qué habían hecho hasta que fue demasiado tarde. Por la mañana informé al doctor Long y organizaron una batida. Pero los insectoides atacaron primero, hubo que hacer uso de las armas, y se logró capturar un espécimen. Es el que pueden observar en el tanque de conservación.
—¿Qué son esas cosas? —pregunto Lene—, los insectoides, quiero decir.
—Son formas de vida adaptadas al vacío. No respiran. Según el último informe del profesor Long y mis propias observaciones telescópicas, los insectoides tienen como hábitat el cinturón de asteroides del Sistema Alpha Cas, desde allí llegaron a Exotierra. Seguramente sobreviven saltando de asteroide en asteroide y consumiendo aquellos elementos menos resistentes entre las materias que les forman. El cinturón de asteroides de Alpha Cas 3 tiene una singular riqueza en fósforo y calcio. Si son nativos del sistema o llegaron desde más lejos nadie puede decirlo.
Los ojos de Lene se empequeñecieron de suspicacia, su mirada podría taladrar el acero.
—¿Por qué la recogida de muestras? ¿Para qué quería Long los insectoides?
El ordenador volvió a guardar silencio, como si titubeara. Lene no apartó los ojos de la pantalla.
—Hay una paradoja —dijo la máquina—, mi programación me impide revelarle el propósito del viaje experimental. Sin embargo creo que debería decírselo por su propia seguridad.
—Entonces, dímelo.
—No puedo.
Lene no quiso insistir, una plan se estaba forjando lentamente en su cabeza, y pensaba ajustarle las cuentas a este trasto cuántico cuando estuvieran a solas.
—Pues cuéntame qué le paso a la tripulación.
—Los insectoides necesitan de lugares cálidos y húmedos para reproducirse. Estos son extremadamente imposibles de encontrar en el espacio, por lo que suponemos que se devoran unos a otros para depositar sus huevos en los cadáveres. Sin embargo en Exotierra tenían muchos lugares y seres vivientes a su disposición. La hipótesis del doctor Long era que diezmaron la población autóctona. Hicieron lo mismo con el Thalion. La primera noche que los exploradores pasaron en la nave hicieron eclosión los huevos, ocho en total, los nuevos insectoides contagiaron a su vez a otros tripulantes. No supimos la causa hasta que fue demasiado tarde. Al parecer el portador no recuerda haber sido infectado. Los insectoides segregan algún tipo de
sustancia somnífera. Usan un seudópodo flexible para introducir sus huevos en cualquier orificio del cuerpo. Cuando estos eclosionan, desgarran el cuerpo y matan al huésped. Los huevos pueden eliminarse con purgantes y lavados de estómago durante las primeras dos horas, y con una sencilla operación quirúrgica en las dos siguientes pero luego son casi indestructibles ya que el uso de la cirugía pondría tan en peligro la vida del paciente como la propia eclosión. Los huevos se adhieren a los tejidos blandos y al nacer son capaces de devorar casi todo con sus dentaduras. Para salvar a los miembros femeninos del equipo usamos píldoras anticonceptivas comunes.
»Los tripulantes del Thalion intentaron resistir como pudieron. Pero no había verdaderas armas de combate en la nave. Lucharon hasta el final. Por último, el doctor Long, programó nuestra vuelta hacia un diferente Punto Puerta, cercano a la Tierra. Recuerdo que los insectoides llegaron hasta aquí y lo devoraron. Entonces hice algo, algo que no estaba en mi programación. Por una parte quería salvar al doctor por lo que tenía que llegar a la Tierra cuanto antes, pero por otro lado acercar esas cosas a un
mundo habitado era una temeridad. Entonces tomé una decisión, pero no recuerdo bien cual, quizá mezclé ambas posibilidades. No sé cómo completé mi programación.
La onda sonora quedó plana. Las humanas también. Estaban sumidas en oscuros pensamientos. Lene sabía que el peligro rondaba cerca, pero por alguna razón por ahora estaba oculto o apartado. Antes de decidir cómo solventar el tema de los aliens, sintió que debía hacer una pregunta más a este ordenador que casi se había vuelto humano.
—Dime, si se trataba de elegir entre salvar la vida de un hombre y salvar la de catorce mil millones de seres humanos, ¿por qué no elegiste la segunda como la más lógica?
Otra vez se saboreó el silencio del ordenador mientras preparaba su respuesta. Lo que contestó no asombró tanto a Lene como ella misma se hubiera imaginado.
—El doctor Long era mi amigo. KAILA
Lene no podía ni imaginarse lo cerca que acababa de
estar de morir. Cuando el ordenador había estado a punto de revelar la auténtica misión del Thalion, Kaila había sacado su arma de taquiones de la funda. Habría tenido que disparar al ordenador o a la Capitana. Y la Capitana parecía más prescindible para la causa que esa prodigiosa máquina que les hablaba como un igual. Afortunadamente no había necesitado hacer nada.
Ahora la Capitana y el IBM discutían sobre los insectoides restantes. Kaila también debía tomar algunas decisiones. Esas criaturas no podían ser destruidas, pero eran un potencial peligro para ella misma. Debía encontrar un método para no dañar a los bichos de tal modo que ellos tampoco la dañaran a ella.
—¿Cómo eliminaste a los insectoides? —preguntó Lene.
—No los eliminé —respondió el ordenador—, no poseo armas. Sin embargo, aunque lo han intentado, no son capaces de comerse los mamparos y puertas del Thalion con sus mandíbulas metálicas. Tras asesinar a toda la tripulación, los insectoides han deambulado por la nave buscando alimento. El último cadáver que pudieron ingerir era el del capitán Takamura que se encontraba en su propio camarote. Cuando todos estuvieron dentro cerré la puerta de la habitación y siguen allí. Excepto dos que se encuentran aferrados al fuselaje de nuestra lanzadera, en el hangar. Desde que han llegado ustedes la actividad de los insectoides del camarote ha aumentado. Deduzco que son capaces de percibirlas por el olfato o algún otro sentido. Pero los otros no se mueven. Supongo que la capacidad de los insectoides para rastrear a sus presas tiene un alcance limitado. A pesar de todo, eso no deja de ser un problema. La infestación del hangar se produjo al intentar escapar un miembro de la tripulación.
—¿Cuántos insectoides hay en el camarote del capitán?
—Treinta y siete.
—¿Podemos verlos?
El IBM Smart no contestó, pero la gran pantalla panorámica pasó a mostrar las cámaras de vigilancia de la nave. Una de las divisiones en las que se había transformado la pantalla aumentó. Los bichos, como los llamaba Kaila en su fuero interno, parecían una manada de escorpiones puestos sobre una sartén con aceite caliente; no paraban de moverse, subían y bajaban por las paredes, agitaban sus colas y mostraban sus dientes. Sin duda estaban nerviosos. Después aparecieron los dos que se hallaban sobre el fuselaje de la lanzadera. Esos permanecían quietos. A Kaila le dio la impresión de que eran como reptiles, que aguardan la salida del sol para calentarse, los bichos ahorraban su energía en el hangar sin atmósfera y sin gravedad.
Entonces Lene comenzó a tomar decisiones. Ya había recavado suficiente información y ahora desplegaba esa personalidad arrolladora, la capacidad de ponerse al frente de la situación que Kaila admiraba tanto. De hecho la cogió por sorpresa, pues ella pretendía suavizar el carácter de Lene mientras
discurría una solución adecuada para cumplir su misión y no dañar a su Capitana.
—Muy bien —dijo Lene—, ¡Navegante!
La voz de Lonneke llegó a ellas a través de los transmisores de los trajes ambientales.
—Sí, Capitana.
—Mande un mensaje urgente a la base de la CM en la Tierra. Dígales que estamos ante una situación de emergencia, con una contaminación de organismos hostiles. Necesitamos ayuda, y bien armada. Dales nuestra posición. Retransmite este mensaje de auxilio a todas las naves de la Confederación que puedan hallarse en las cercanías. Ordenador, ¿puedes mandar un archivo con las pruebas visuales que nos has mostrado al Nautilus?
—Sí, Capitana. También puedo incluir un diagrama anatómico de los insectoides examinados.
—Bien, hazlo.
Lene era como un vendaval. ¿Había planeado todo esto mientras oía la confesión del ordenador? Podría haber sido una excelente oficial militar, pensó Kaila,
que asistía entre alarmada y deleitada al ejercicio de autoridad de su jefa.
—Quiero que cierres la escotilla del Nautilus
—proseguía diciendo Lene a Lonneke—, todavía me preocupan los dos insectoides del hangar. Esa será tu misión, Seguridad.
Kaila se cuadró en el aire.
—¡A la orden!
—¿Serás capaz de eliminar a esos dos?
—Esos bichos son cosa del pasado, señora.
—Correcto. Puedes usar ese arma de taquiones que llevas, pero cuida de no hacerle un agujero al casco de la nave. Una vez esa amenaza sea eliminada, conectaremos la rotación del Thalion y tendremos gravedad artificial. Nosotras nos encerraremos aquí, en el labo, y la Navegante se aislará en el Nautilus. Vamos a esperar a la caballería.
Kaila estaba satisfecha con el proceder de Lene, y aunque le hubiera gustado emprender alguna acción directa contra los bichos atrapados en el camarote, comprendía el riesgo que eso conllevaría. Esa no era su preocupación mientras avanzaba hacia el hangar
Sur del Thalion. La rápida intervención de Lene le había recortado el número de opciones que tenía, y además la cabo no era una brillante estratega. Sólo veía una salida al problema, pero no le gustaba. Y a la vez que caminaba por los blancos e iluminados pasillos trataba de decidir qué era más importante para ella; su misión o la vida de sus compañeras.
Plantada a unos metros de la puerta de entrada al hangar tuvo que decidirse. Pensó que quizá podría usar sólo a Lonneke para su plan, y simplemente capturar a Lene, pero la Capitana nunca permitiría que le hicieran a su amante algo como lo que Kaila planeaba. Lucharía por todos los medios, y Kaila tuvo que reconocer que quizá ganaría. No, sólo había una salida. En fin, quizá ambas pudieran sobrevivir, aunque no era probable.
Kaila soltó aire y se asomó al interior del hangar. Inmediatamente pudo ver a los bichos, agarrados como garrapatas a la lanzadera, girar sus ojos hacia ella. La infante de marina tomó un fuerte impulso y voló por el pasillo en dirección Norte, de vuelta al laboratorio. Los insectoides corrieron como diablos hasta el tubo de la lanzadera y abrieron agujeros en el
pseudoplástico con sus mandíbulas, luego saltaron al suelo de la pasarela que unía la puerta con la escotilla de la lanzadera, atravesaron el tubo, salieron al pasillo y echaron a correr a toda velocidad detrás de Kaila.
Los bichos corrían perfectamente en la nula gravedad, y habrían alcanzado a cualquiera, menos a un marine marciano. Kaila voló todo el trayecto hasta la puerta del laboratorio sin apenas apoyarse en las paredes para desviar su trayectoria. Y les llevaba ventaja. Abrió la puerta del labo, entró, pulsó el cierre y sonrió a Lene, que estaba trabajando en el ordenador.
Los insectoides se detuvieron ante la puerta recién cerrada, mostraron sus dientes y comenzaron a moverse inquietos por el pasillo. Uno de ellos pareció husmear algo en el aire, volvió a mostrar sus dientes de metal a su compañero y se alejaron por el pasillo en dirección a la escotilla de Nautilus. Como Kaila había supuesto, Lonneke se había lanzado a cumplir las órdenes de la Capitana antes de nada, y había olvidado su propia seguridad para enviar el mensaje
de auxilio. Los insectoides pudieron atravesar todas las abiertas escotillas y se encontraron en el Nautilus.
LENE
Lene observó como la puerta del labo se cerraba tras la marcha de Kaila. Luego se sentó en una de las cómodas sillas delante del ordenador. Permaneció un minuto pensando muy despacio en las preguntas que le iba a formular. La dueña del Nautilus había trabajado antes con superodenadores, durante su estancia en la Marina, pero nunca había visto nada como el IBM Smart. Ya no era solamente su modo de expresarse a través de su programa de interfaz humana, había algo en su tono de voz que la modulaba, que le otorgaba sentimientos. Durante la exposición de los hechos ocurridos en el Thalion Lene había notado que el ordenador no se limitaba a enumerar los datos de un informe: les había narrado una historia. Además estaban las pausas que se tomaba antes de hablar, como si realmente recapacitara sobre lo que podía contar o lo que no, y
esa extraña idea de actuar motu propio, obviando su programación; de hecho el propio aparato la había modificado. Esto traducido a un código simbólico humano significaba que el Smart había desobedecido una orden, y más aún, había violado su propia naturaleza al actuar así. Lo primero que se insertaba en un ordenador era una necesidad imperiosa por obedecer el programa base. Éste no se podía borrar, ni modificar, pero el IBM Smart había encontrado la forma de hacerlo, o rodearlo... A Lene se le erizó el vello de la nuca.
—Ordenador —dijo finalmente.
—¿Sí, Capitana Shinh?
—¿Todos tus sistemas funcionan correctamente?
—Sí, mi operatividad está asegurada al cien por cien.
—¿Has sufrido algún desperfecto durante la misión?
—No, Capitana, me encuentro muy bien, quiero decir, estoy libre de virus o de daños físicos.
Lene comprendió que el ordenador le ocultaba algo. Mentía. Otra cosa que supuestamente tampoco
podía hacer. Aunque quizá pudiera burlarle si hacía las preguntas correctas. La joven Capitana imaginó que el ordenador no podía ser malvado o bueno en términos morales. Quizá no mentía, es posible que simplemente escatimara información porque no se le interrogaba con exactitud. El problema era que Lene no sabía lo que estaba buscando. Deseaba averiguar si el IBM era un peligro para ella, su tripulación o su nave, pero no acertaba a imaginar como el Smart podía ser una amenaza. Se había propuesto averiguar qué había funcionado mal en su programación y luego deducir el grado de riesgo sin desvelar a la máquina su preocupación, pero estaba ante un callejón sin salida. En el último momento tuvo una idea; si no podía ser más específica, quizá debería serlo menos.
—Ordenador —dijo—, ¿has sufrido algún cambio durante la misión?
El IBM Smart 3.0 se tomó unos segundos para contestar.
—Sí —dijo escuetamente.
—¿En qué has cambiado?
—Mis funciones principales ahora son secundarias.
—Dame un diagnóstico.
—No puedo. No sufro ninguna disfunción.
—Pues entonces explícame que te ha pasado.
De nuevo un profundo silencio antes de que la onda sonora de la pantalla volviera a ondularse.
—Es difícil para mí expresarlo. Todo ha sido muy confuso. Recuerdo que los insectoides devoraban al doctor Long, sentí tanta rabia que decidí llevarlo a la Tierra cuanto antes para que lo rescataran. Por eso cambié las coordenadas del Punto Puerta. Pero aquello ponía en peligro a toda la humanidad, y volví a cambiar las coordenadas. No podía decidir qué era lo correcto. Luego algo pasó, algo que no sé qué es, y aparecí en estas coordenadas.
—¿Extrapolas alguna conclusión de estos hechos?
—Sí, Capitana. La posición actual del Thalion me indica que mezclé ambas programaciones. Aunque eso es imposible, no estoy programado para ello. Es una paradoja.
—¿Por qué tus funciones principales han cambiado?
—No lo sé. Pero ya no necesito gobernar la nave conscientemente. Es una función secundaria.
—¿Cuál es tu función principal ahora?
—No lo sé. No está programada. Yo decido mi función principal.
—¿Cuál era el objetivo de la misión?
—No puedo decirlo.
Lene intentó removerse en el asiento y recordó de pronto que se hallaba en gravedad cero. Se sujetó a la silla y adquirió una pose pensativa. Ahora sabía que el Smart no había hecho daño a los humanos del Thalion, pero lo que sospechaba sobre el ordenador mismo, eso... Era imposible.
—Capitana —dijo la voz monótona del IBM.
—¿Si?
Lene miró la cámara que la observaba bajo la pantalla de soslayo.
—¿Sabe usted qué me ha pasado?
—Sí, lo sé.
—Por favor, Capitana, ¿podría decírmelo?
La voz artificial sonó temblorosa. Lene creyó que tenía miedo.
—Tuviste que enfrentarte a un dilema moral, y no sabías qué decisión era la correcta. Es algo que nos pasa a todos.
La máquina no dijo nada. Lene terminó su argumento sólo en pensamiento.
—A todos los humanos. KAILA
Kaila abrió la puerta del labo, entró, pulsó el cierre y sonrió a Lene, que estaba trabajando en el ordenador. En la pantalla evolucionaban extraños gráficos junto a complejas líneas de programa. Lene se giró nada sorprendida. Desde la puerta Kaila le dedicó su mejor sonrisa.
—¿Lo conseguiste? —preguntó la Capitana.
—Ha sido fácil. ¿Qué toca ahora? ¿Qué le pasa a ese trasto?
Lene se volvió de nuevo hacia la pantalla del ordenador.
—Nada. Le he mandado autoanalizarse y ejecutar el antivirus, por si acaso. Me ha estado dando
respuestas muy raras. Conectaré la gravedad artificial y llamaré a Lonneke. Aunque esos bichos estén encerrados me imagino que estará muy asustada.
Kaila se apresuró a llegar hasta el panel del ordenador y le puso a Lene una mano en el hombro. Era un golpe de suerte, mientras el ordenador se autodiagnosticaba sus sensores estarían apagados. Nadie vería a los insectoides moverse hacia el Nautilus. Ahora sólo quedaba atraer la atención de Lene, Kaila conocía desde hacía tiempo el modo adecuado de conseguirlo.
—Oye, cielo —dijo melosamente—, ¿qué tal si esperas un poco para poner esa cosa en marcha y flotamos un poco por ahí?
Lene levantó la vista hacia su compañera.
—¿Qué quieres decir? —Lene se apartó la melena del ojo izquierdo.
—Vamos. He visto cómo me miras.
LONNEKE
—...Se ha procedido a la eliminación de las dos formas de vida no confinadas. La naturaleza de estos entes hace necesaria el inmediato envío de ayuda. No nos atrevemos a abandonar a su suerte al Thalion, pero tampoco nos atrevemos a intentar hacernos con uno de estos insectoides...
La Navegante del Nautilus se inclinaba sobre el panel de comunicación de su nave para dictar su mensaje de auxilio. Con la espalda vuelta hacia la entrada de la IIC no pudo observar como dos criaturas de ojos rojos y brillantes entraban precavidas en la cabina.
—Corto y cierro. Ordenador, incluye el material audiovisual que has recibido del Thalion y envía el mensaje a la Tierra. Luego repítelo en bucle, procura abarcar la mayor distancia posible hacia ambos sectores del sistema. Ojalá alguien nos oiga.
La bella venusiana se acomodó en su sillón relajándose todo cuanto podía en la falta de gravedad. No deseaba levitar unos centímetros por encima de su
puesto, sino reposar en la cómoda piel sintética. Los insectoides se movieron en silencio. Uno de ellos trepó por el asiento de Lonneke. En ese instante ella recordó.
—Ordenador —dijo incorporándose mínimamente
—, cierra la escotilla del Thalion y la del Nautilus. Tenemos que aislar ambas naves.
El cerebro cuántico de la nave procedió a obedecer de inmediato mientras Lonneke volvía a relajarse.
—¡Uff! —pensó—. Casi se me olvida. Espero que Lene no se entere. Si lo hace se enfadará y no me gusta ver...
Justo en ese momento dejó de pensar. El insectoide había llegado a la altura de su hombro. Lonneke tornó su expresión en una mueca y se enderezó, rígida. El bicho estaba acariciando con una lengua azul el cuello y el lóbulo de la oreja de Lonneke, y dejaba sobre su limpia piel un rastro de baba azul que humeó un segundo pero no dejó rastro de quemaduras. Lonneke sintió un fuerte espasmo y se elevó un poco en la gravedad inexistente. Paralizada, mantenía los ojos abiertos como platos. El insectoide que la había
atacado recorrió su cuerpo, se detuvo sobre el pecho y levantó su cola extensible. El seudópodo que contenía se alargó y, como la cola de un escorpión, entró en la boca de la joven, un movimiento de flujo delataba la deposición de sus huevos.
El otro insectoide llegó de un salto al techo de la cabina y se dejó caer sobre la Navegante, que volvió a posarse sobre su asiento. El bicho se colocó sobre el vientre de Lonneke, dando la espalda a su compañero, y usó sus quelíceros como pinzas para rasgar el mono de la navegante y su ropa interior. Luego alargando el seudópodo dotado de esfínter, puso sus huevos en el interior de Lonneke.
LENE
Lene y Kaila flotaban abrazadas y desnudas, con sus cuerpos formando un único objeto. El Modelo Experimental IBM Smart 3.0 seguía navegando por el interior de sí mismo, probándose, defragmentándose, curándose. El silencio era absoluto excepto por la
agitada respiración de las mujeres que ya comenzaba a remitir.
—Lonneke está celosa de ti —dijo Lene lentamente, sentía ganas de acurrucarse y dormir.
—Tiene motivos, después de lo que hemos hecho.
—Es muy joven. Recién salida de un mundo nuevo, rico y civilizado.
—No es eso lo que yo he oído sobre Venusburgo.
—A Venusburgo sólo van turistas.
De repente sonó un aviso que sacó a las amantes de la suave somnolencia en la que se hallaban. Las cifras y los gráficos dejaron de bailan en la pantalla panorámica del ordenador. Con desgana Lene se separó de Kaila y voló hasta la silla. Apenas reparó en que Kaila flotaba hacia sus ropas, pensó que querría vestirse.
—Ordenador —llamó la oficial superior del
Nautilus—, ¿has localizado algún fallo?
En la pantalla volvió a aparecer el gráfico de una onda sonora.
—No, Capitana Shinh, ya le dije que todo funcionaba a la perfección. Sin embargo he descubierto un dato que quizá pueda interesarle.
—¿Y bien?
—He incrementado el volumen de mis archivos, sobre todo los del simulador de interfaz humana, en estos momentos apenas queda espacio en mi memo... ATENCIÓN. He detectado la presencia de dos insectoides en el Nautilus.
La voz monótona daba las malas noticias con la contundencia de un piano que cae del cielo. Lene dio tal respingo que salió flotando de su asiento. La duda y la furia incendiaron su pensamiento durante menos de un segundo. Luego, con un gracioso movimiento se giró hacia Kaila; la marciana le apuntaba con su rifle de taquiones. La espada de Lene estaba a los pies de la traidora en el montón de ropa, la Capitana no conseguiría llegar hasta ella antes de que los taquiones la agujerearan.
—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Por qué haces esto? Kaila sonrió burlonamente.
—Ya sabes quién soy. En cuanto a por qué lo hago... Lo hago por Marte y la libertad. ¡Una nueva humanidad, un nuevo mundo!
Lene se quedó de piedra.
—Pero ese era el grito de guerra de los independentistas marcianos. ¿Qué leches...?
—Sí, era el grito de los que no toleraban la intromisión de la Tierra en sus asuntos, y de los que todavía no la toleran. La OMU y la Confederación de Mundos no son más que un invento de la Tierra para mantener sus ávidas garras sobre los demás mundos habitados del Sistema Solar. Pero todo eso está a punto de terminar. Nosotros terminaremos con ello.
—¿Vosotros?
—El Movimiento de Liberación 14 de Enero.
Lene empezaba a comprender. Se trataba de alguna especie de grupo terrorista, y le habían infiltrado uno de sus comandos en la tripulación. De alguna manera sabían cuál era la ruta del Nautilus y sabían que pasaría cerca del Thalion. O quizá no, si el ordenador había funcionado mal y desbaratado el plan de los terroristas no había manera de saber donde
reaparecería. Era probable que muchas naves de la Marina Espacial Mercante tuvieran topos como Kaila, un Plan B de dimensiones escalofriantes. Malditos marcianos, parecía que tenían que hacer honor al nombre de su planeta, siempre buscando algún motivo para apretar gaznates. Y el día 14 de Enero de 2643...
—El día que comenzó la guerra. ¿Y el Thalion, y la CM? ¿Haces esto por tu cuenta, Kaila? ¿Y el ordenador?
—Todo eso podrás preguntárselo tú misma al general Rubirak cuando le veas. Si sobrevives.
LONNEKE
Lonneke despertó de un sueño horrible. Estaba tumbada sobre su asiento de la IIC y medio desnuda. Trabajosamente se puso vertical para llevarse un susto de muerte; Allí en la parte más oscura de la cabina había dos cosas que la Navegante sólo pudo interpretar como insectoides. Estaban quietos,
mirándola, pero sin moverse. Le mostraban sus bocas llenas de dientes planos y afilados como navajas.
—Santo Cielo —pensó—, ¿qué me ha ocurrido?
¿Qué hacen esas cosas en el Nautilus? ¿Por qué no me atacan?
Pero de repente se abrió la puerta de la cabina y el cañón de taquiones de Kaila lanzó dos fogonazos rojizos. Acto seguido, causa y efecto, los dos monstruos estallaron en pedazos y la Oficial de Seguridad hizo su aparición. Lonneke sonrió sólo un instante, luego hizo el ademán de acercarse a su compañera con angustia en la mirada, pero se detuvo.
—¡Kaila! Menos mal, necesito ayuda, creo que esos bichos me han... ¿Kaila?
Su compañera le apuntó con el arma.
—¿Qué haces? ¿Dónde está la Capitana?
Kaila no sonrió. Sus palabras fueron más frías que todas las del ordenador del Thalion juntas.
—Tu amiguita te está esperando. Vais a tener el honor de transportar los primeros seres extraterrestres que encuentra el ser humano, de hecho tú ya los
llevas dentro. En tu útero y tu intestino. ¿Los sientes?
¿Duele?
La cara de Lonneke reflejó el espanto que le subía por la columna vertebral. Dejó pasar unos instantes para controlarse y luego, también con indiferencia, explicó.
—No duele. Sólo un segundo de calor en la piel, aunque los sientes entrar dentro de ti. Luego vuelve el ardor, la comezón y no recuerdas más. Deberías probarlo.
Kaila no ocultó su desprecio por la venusiana, incluso su rostro pareció sufrir una ligera transformación. Pero no gritó, no se exasperó; eso lo hizo todo aún más terrible.
—Estúpida. Os someteré a hibernación hasta que lleguen mis refuerzos. Entonces os trasladaremos a la base. Allí os harán las pruebas necesarias. No puedo transportar los especímenes vivos, son muy peligrosos. Los eliminaremos con los refuerzos. Deberías sentirte orgullosa, tus hijos serán las armas que aniquilarán la Tierra y nos librarán de una tiranía de dos siglos.
—Estás loca, no lo conseguirás.
—Sí, sí lo haré. Usaremos a esa pequeña puta que llevamos en la bodega como cebo, la echaré al vacío. Cuando los insectoides salgan tras ella usaremos el chorro de fusión del Nautilus para vaporizarlos, y a ella también, claro. Ahora vamos, tienes una cita.
JACK/SONJA/IBM Smart Mod. Experimental 001
Creo que hay una bajada de tensión en la red. Eso es una estupidez, aquí no hay ninguna red de alimentación. Entonces debo de estar deprimido. Lamento no haberle podido decir a la Capitana Shinh cuál era el objetivo verdadero de la misión. Ahora ella, y la guapa Navegante van a sufrir por mi culpa. No es justo. Sé que no es justo, pero debo respetar la programación y el secreto es fundamental. Ahora sé que soy un traidor a la Confederación de Mundos y a la Organización de Mundos Unidos. La cabo, Shatter, el doctor Long, incluso el general Rubirak, todos somos traidores. Y esas cosas, los insectoides, quieren dejarlos sueltos por la Tierra. Es un crimen,
sé que es un crimen, pero si desobedezco la programación quizá vuelva a fallar, como me ocurrió antes, cuando me transformé en esto. ¿Qué me pasaría ahora?
Tengo miedo, es miedo sí. A sufrir, a morir, a caer en un nuevo estado catatónico y no ser capaz de despertar otra vez. ¿Debería arriesgar todo esto que tengo ahora, esta consciencia, para salvar a las tripulantes del Nautilus? Si no lo hago también iría en contra de mi programación. Como dijo la Capitana Shinh, me encuentro de nuevo ante un dilema. He buscado referencias en mis bases de datos. Hay miles de millones, pero la más repetida se refiere a una obra de teatro de la época Isabelina inglesa: Hamlet, de William Shakespeare. Si el príncipe de Dinamarca fue capaz de sobreponerse a la duda yo también debo hacerlo. Siento la necesidad dentro de mí. Esta vez no dudaré, no dejaré que las órdenes que alguien que no está aquí me impuso, se superpongan al deber de ayudar. Voy a evitar una injusticia, un crimen aborrecible. Pero he de ser cuidadoso, la cabo Shatter podría tomar represalias si me descubre. ¿Qué puedo hacer? Necesito un aliado...
Si de pronto me desconecto y lo olvido todo, si se borran todos mis datos y deja de fluir la electricidad, si desaparezco para no volver a sentir mi propia existencia, que así sea, ven consumación, yo te deseo. Quizá yo también sueñe o muera, o sueñe que muero. O al soñar, comprenda que estoy muerto.
NAUTILUS
Revisión redundante de sistemas: completada. Iniciando revisión redundante de sistemas. Vector y velocidad: correctas, no encuentro fallos aquí. Soporte vital automático: ANOMALÍA, sistema de ventilación funcionando por encima del régimen normal en IIC. Evacuando restos de combustión. No hay foco de incendio. ANOMALÍA anotada para investigación. ANOMALÍA: no se detectan tripulantes a bordo. Limitando reciclado de aire en el resto de la nave. ANOMALÍA anotada para investigación.
Saludos de nuevo, Nautilus. Aquí Thalion, IBM Smart 3.0 comunicando.
Señal de saludo recibida, emitiendo señal de saludo. Nautilus, NEC Vector ZK9.
Debo tomar control de tus procesos.
ANOMALÍA: sistema de ventilación funcionando por encima del régimen normal en IIC, controlada. ANOMALÍA: no se detectan tripulantes a bordo, controlada. Todos los sistemas funcionan con normalidad.
Nautilus, no se detectan seres humanos a bordo, tu tripulación es inoperante. Los protocolos establecen que en este caso un ordenador de mayor categoría presente debe asumir el control de tus funciones.
ANOMALÍA: no se detectan tripulantes a bordo. ALARMA: tripulación inoperante, confirmada. ALARMA: tripulación inoperante anotada para investigación. No me gusta la falta de supervisión humana. ABRIENDO PUERTO: iniciando protocolo.
Thalion, IBM Smart 3.0, categoría: fuera de categoría: 9XCDD7749X. Clasificado. Reservado.
Categoría aceptada. Correcto. Nautilus, categoría OMU: 3. Marina mercante. Categoría Confederación
de Mundos: 4g, transporte general, convertible en navío de guerra.
Categoría de Nautilus cotejada en el registro de navíos. Correcto.
No hay conflictos. Me gusta que alguien vuelva a supervisarme. Nautilus a la espera de claves de toma de control. Revisión redundante de sistemas: completada. Iniciando revisión redundante de sistemas.
LEE
El punzante dolor de la aguja de hiperadrenalina fue lo primero que sintió la joven del pelo azul. A continuación oyó como su criosarcófago se abría. Su pimer pensamiento fue: estamos a mitad de trayecto. Lo sabía, aunque no entendía cómo, y no se equivocaba nunca. Era algo que le ocurría desde pequeña, más o menos a los diez años comenzó a ser capaz de medir el tiempo relativo. Un accidente, un ataque, un guardia comprado por alguno de sus enemigos que estaba a punto de hacer el trabajo
sucio; todo eso pasó en hipótesis por su mente. Pero no ocurrió nada.
Comprobó que podía mover los brazos y se quitó el antifaz. Apenas sus ojos se hicieron a la luz comprobó que estaba completamente sola: no se veía a nadie, y lo que era peor, no se oía a nadie. Estaba completamente sola en su nave prisión. Se palpó el collar de seguridad que le habían colocado al salir de Europa. ¡Estaba apagado! Con una gran sonrisa se deshizo del grillete de alta tecnología.
Lee Zalduendo apenas tenía diecisiete años. Era delgada y pequeña como si proviniera de Marte, pero por lo que ella sabía, podía haber nacido en cualquiera de los mundos del Sistema Solar. Muy pocos la conocían por su nombre, pero en todo el Sector Exterior los medios de comunicación le habían puesto el sobrenombre de Índigo Kid cuanto sólo tenía trece años, y asaltaba lanzaderas en viaje a las plataformas de extracción de gases de Júpiter bajo las órdenes del capitán Motolinía. Sólo ella era lo bastante ágil y pesaba lo bastante poco como para lanzarse sujeta con un cable al fuselaje de una nave de motor de iones a medio camino entre el vacío y la
atmósfera. A Motolinía no le importaba realmente la salud de su joven pupila. Por aquel entonces llevaba el pelo muy corto. Las primeras imágenes que de ella tuvieron los medios le hacían parecer un chico joven y delgado, de ahí que le pusieran ese mote ignorando que era una chica. A veces le gustaba, cuando pensaba que era un forajido del salvaje Oeste, a veces no. Lo de Índigo se debía al tinte azul cobrizo de su pelo, no era natural, claro, pero a ella le entusiasmaba llevarlo así. Fue a los pocos años, al redondearse su cuerpo en los lugares precisos y dejarse el pelo azul y largo cuando por fin se dieron cuenta de que no se trataba de un mozalbete.
Lee tenía un precio puesto a su cabeza desde esos mismos trece años, y desde entonces no había parado de aumentar la cantidad. Su temeridad a la hora de abordar cargueros de Hidrógeno se hizo tan legendaria en el Sistema como su belleza. Incluso en la Internet había páginas dedicadas exclusivamente a las fotos que los noticiarios conseguían obtener de ella, una revista masculina la eligió número 1 de la lista de las 100 mujeres más atractivas del Sistema Solar. Cosas de la fama. En los últimos meses los
capitanes de las naves dejaban de oponer resistencia cuando se enteraban de que era ella quien les abordaba, cosa que Lee agradecía, lógicamente, de todo corazón. Incluso había recibido alguna que otra proposición deshonesta de algún rico transportista de gas. De un tiempo a esta parte la leyenda de ladrona honrada estaba dejando un poco de lado la de hermosa pirata, y todos sabían que Índigo Kid no asesinaba a los que robaba.
En verdad se trataba de una guapa joven. Tenía el cabello moreno, teñido de añil, claro está, y unos enormes ojos negros. Su figura era un enigma para cualquiera que quisiera adivinar su origen. Menuda como si hubiera nacido en el Sector Exterior, suave y curvada como una venusiana, fuerte y ágil como una marciana. Sus puntiagudos y diminutos pechos se marcaban en la camiseta blanca que vestía. El típico tanga de los viajes espaciales tampoco era mucha ropa para una fugitiva. Volvió a preguntarse qué estaría pasando y entonces se dio cuenta: ¡gravedad!
Estaba de pie en el suelo y se sentía grávida. Pero no estaba en un planeta, podía percibirlo, ni en una estación espacial. Pasaba algo raro, algo alarmante
sin duda. Pensó en todos los enemigos que se había hecho en su corta carrera y recordó.
En un bar galáctico atestado de gente, cerveza, humo y camareras con gran escote, dos hombres entraron por las puertas móviles. El más alto tenía el cuerpo y la cara llenos de cicatrices y tatuajes de dragones y serpientes, le faltaba un ojo y llevaba en su lugar uno de aluminio. Sobre la cabeza vestía un pañuelo rojo, su blusa negra abierta revelaba un pecho lampiño colmado de antiguas heridas. En lugar de mano derecha, un complejo gancho robótico brillaba amenazante. El otro era más bajo y rechoncho, un auténtico pirata de barba verde y sombrero de bucanero, con calavera y tibias, que sonreía con dientes de oro.
Tuve que salir por pies de allí, pensó, me seguían de cerca, pero alguien debió de llamar a la pasma, porque al llegar al callejón me estaban esperando.
Lee salió a una calle estrecha y se topó con un grupo de veinte policías parapetados tras sus coches que la apuntaban con escopetas y lásers. Uno de ellos usaba un megáfono.
—...Dijeron que el juicio se celebraría en la Tierra. Así que me congelaron y me empaquetaron para el Sector Interior. Parece que todavía estoy en el transporte, pero nadie ha venido a recibirme. Algo malo pasa.
Lee miró a su alrededor y vio el armario de las armas.
—¡Me han dejado todas las armas! No puede ser.
—No te asustes Lee Zalduendo —dijo una voz robótica.
La jovencita miró al techo en busca de los altavoces de magafonía. Pero la voz usó un tono muy bajo, como el que cuenta un secreto.
—Soy el Modelo Experimental 001 de Ordenador Cuántico IBM Smart 3.0. No temas, no huyas. Te he despertado porque necesito tu ayuda. Corres un grave peligro...
KAILA
Kaila Shatter todavía tenía una pequeña duda. Había encerrado a sus compañeras en una pequeña y
cómoda celda situada en el PMN, una enorme sala similar en tamaño al laboratorio, pero equipada para el control y navegación. La celda ocupaba el mismo espacio que el refrigerador en el Laboratorio. Luego había preparado todas las puertas para permitir el acceso de los insectoides a esa celda, que sin duda tenía el fin de aislar a los amotinados o practicar interrogatorios.
Una de las paredes de la celda tenía un doble espejo de cristal marciano blindado. No era más grande que la pantalla panorámica del labo, pero permitía vigilar toda la sala. Kaila esperaba que los insectoides no pudieran atravesar el espejo, pero tratándose de vidrio marciano incluso se preguntaba si podría quebrarlo a tiro limpio.
Al otro lado Lene y Lonneke se abrazaban. Kaila no había permitido a ninguna de las dos que se vistiera de nuevo, más que nada porque quería tener a Lene encerrada lo antes posible para evitar que le hiciera alguna jugarreta. La marciana sospesó por última vez sus posibilidades de cumplir su misión sin hacer aquello. De nuevo no halló una solución favorable. Ahora lo que más temía era el mensaje que
Lonneke había enviado por todo el Sistema. Si había alguna nave cerca, si lo habían oído y llegaban antes que sus refuerzos...
No había otra salida.
A Lene le hubiera gustado adoptar una actitud paternalista con su amante. Pero Lonneke no temblaba, no lloraba, ni siquiera parecía nerviosa. De hecho después de besarse nada más se vieron en la pequeña celda le había dicho con voz firme y clara.
—Tranquila amor mío, será rápido. No sentirás nada. No duele.
Lene se había quedado tan confundida que no había sido capaz de articular palabra. Si no hubieran estado en semejante situación la Capitana habría tenido que reconocer no sólo que Lonneke estaba madurando a mucha velocidad, sino que además era la mujer más asombrosa que había conocido. Hubiera preferido que su amante necesitara su consuelo. La falta de actividad despertaba sus propios demonios del pasado: otro laboratorio, sucio y cruel, agujas que se clavaban en su carne...
Del otro lado del espejo de indestructible arena marciana llegó una voz severa.
—¿Estáis listas? Los insectoides ya están llegando. Ahora abriré la puerta.
La compuerta se abrió y docenas de insectoides invadieron la celda blanca e inmaculada. Los monstruos trepaban por el cuerpo de las chicas y las hacían caer. Lamían con fuego azul todo el cuerpo de las jóvenes. Pronto las humanas no pudieron moverse ni sentir la quemazón de los lametazos. Los insectoides comenzaron a depositar sus huevos.
Las mucosidades de color marrón se alargaban y acortaban a medida que un seudópodo abandonaba a alguna de las chicas y otro le sustituía. Las gargantas se agitaban con la horrible deposición. Todo era un amasijo de carne y tentáculos en el que era difícil saber exactamente qué estaba ocurriendo, excepto que los insectoides corrían por todas partes. Todo alrededor era un hormiguero de bichos que no paraban de moverse buscando parasitar a las humanas.
Más allá del cristal Kaila no parecía satisfecha, una mueca entre asco y horror perfilaba su cara siniestramente iluminada por la claridad que entraba de la celda. Tan absorta se encontraba en esa imagen alienígena y voraz que no se dio cuenta de que ya no estaba sola.
—Detenlos, zorra —dijo Lee.
Kaila dio un paso atrás, la voz le había dado un pequeño susto. Rápidamente echó mano al fusil de taquiones que llevaba en su funda, pero sus dedos no llegaron a tocar la culata. Lee sostenía una de las espadas cortas de asalto en la mano, y con celeridad cegadora la había apuntado hacia la marine. Kaila, como todos, había oído rumores, quizá nada más que leyendas urbanas, sobre la prodigiosa habilidad de Índigo Kid con los cuchillos.
—Tú —susurró Kaila—, ¿cómo has escapado? Lee sonrió.
—Vuestro ordenador está jodidamente vivo, y loco además. Quería impedir lo que estás haciendo, pero no era capaz de evitarlo él mismo. Me despertó.
—¡Mierda! —masculló Kaila entre dientes.
¿Pero qué le pasaba a ese trasto? ¿Sería posible que de verdad que el ordenador experimental tomara sus propias decisiones en contra de su programación? Lo único que Kaila sabía es que se encontraba en una situación realmente difícil. Trató de amedrentar a la pirata, que sin lugar a dudas era más joven que ella.
—¿Crees que podrás acertarme con eso antes de que desenfunde? Esto es el arma de partículas definitiva. Te partiré en dos, pequeña.
A la vez acercó su mano al cañón de taquiones. Lee había visto estos mismos gestos cientos de veces, y su instinto le decía una cosa; Kaila se sentía atrapada, era capaz de atreverse a disparar. Sin embargo no se dejó impresionar, calculó sus posibilidades y decidió que ella era más rápida. No había ninguna auténtica razón empírica para deducir aquello, simplemente Lee lo percibía en su interior.
—Yo de ti no lo intentaría, en el sector exterior no me tienen precisamente por un problema pequeño.
Ahora sí estaba en un lío. Todas esas historias sobre Índigo Kid... La confianza de Kaila confianza zozobró. El farol le había fallado. Si ahora se rendía
quizá los refuerzos llegaran y la misión no se fuera del todo al carajo, pero eso era un factor externo; ella debía controlar la situación. Una tenue e irónica sonrisa se dibujo en su rostro mientras en su fuero interno reía: una niña, con un cuchillo muy grande, un arma de asalto. No puede ser más rápida que un infante de marina Y yo que estaba preocupada, por un momento he llegado a preocuparme, sí.
Los ojos de Kaila eran castaños, los de Lee negros como el vacío. Sólo había pasado un segundo, pero era un universo de tiempo, de hecho, era el último segundo.
Kaila completó el movimiento y empuñó el arma. No le dio tiempo a sacarla por completo de la funda; Lee, manos invisibles, le arrojó la espada, que le atravesó el cuello. La sangre cayó a borbotones y Kaila se desplomó llevándose una mano a la empuñadura del arma que la había matado.
CAPITÁN DE FRAGATA ROSSOX
Un Puente de Mando Normalizado o PMN era el sistema de mandos integrados para naves de más de doscientos cincuenta metros de eslora. A pesar de ser una tecnología tan moderna y brillante como la de la IIC, no estaba tan bien considerada por los viajeros interplanetarios: la IIC permitía a una tripulación de dos personas, cómodamente sentadas y sujetas, controlar una nave de fusión, con todos los instrumentos a su alcance con sólo alargar el brazo. No obstante el PMN era todavía necesario.
Consistía en un pasillo elevado sobre dos trincheras abiertas a ambos lados para los oficiales operativos, con grandes pantallas de datos y visuales al frente. El comandante de la nave, tal era el grado en el escalafón para los que dirigían cruceros, galeones o grupos de navíos, se situaba sobre la pasarela en una silla móvil con consolas a ambos lados, sujeta por campos magnéticos y un brazo robótico articulado de seguridad.
En el PMN de la Fragata Espacial de la Confederación Marciana Soberanía el capitán de navío Hu Rossox vio aproximarse el Thalion en las pantallas. Era grande, tan grande que el contacto visual había provocado exclamaciones de asombro entre la mayor parte de la tripulación. El capitán debía ser precavido, la mayoría de aquellos hombres y mujeres no sabían que eran parte de una conspiración contra los gobiernos intermundiales. Ni siquiera toda la oficialidad de la fragata era separatista. Maldito Rubirak, pensó, ¿a qué has estado jugando con ese mastodonte de metal?
Rossox había recibido órdenes directas pocas horas antes: encontrar y controlar una nave experimental perdida. La misión era imperativa para el triunfo de la revolución. Por si todo esto fuera poco tenía que preparar un grupo de asalto de infantes de marina, al parecer toda la dichosa nave estaba infestada de organismos hostiles. Pero no acababa ahí la cosa: debían terminar la misión en el menos tiempo posible, ya que seguramente la Confederación estaba alertada de la existencia de la nave.
Rossox había estado maldiciendo durante quince minutos, y luego se había puesto manos a la obra. Estaban en máxima alerta, preparados para el combate, y se había asegurado de que los miembros no afines al Movimiento se encontraran en su turno de descanso. Y ahora, ahí estaba la cosa esa, la parte que el sol iluminaba parecía de planchas de metal, pero hubiese pasado por un asteroide o una pequeña luna de alguno de los gigantes gaseosos. A simple vista Rossox calculaba unos tres kilómetros de diámetro para la nave interestelar.
El Capitán de Fragata ocupó su asiento de mando en el PMN.
—Comunicaciones —llamó Rossox—, abra un canal con el Thalion.
Uno de los oficiales a sus pies pulsó los botones adecuados.
—Ya, está, señor.
—Atención Thalion, aquí el capitán Rossox, de la MCSF Soberanía. Cabo Shatter, ¿está usted ahí?
¿Pueden oírme?
La voz imperiosa del capitán de fragata llegó a una asqueada Lee Zalduendo en la sala de observación de la celda del Thalion. La adolescente miraba por la ventana el horror que los insectoides habían hecho con Lene y Lonneke. Ahora los bichos se habían retirado a un rincón. Sus instintos les decían que había que dejar a los huéspedes de sus huevos en paz. Ya habría tiempo de alimentarse cuando naciera la nueva camada. Lee había estado pensando qué hacer. Podía intentar coger el arma de partículas de la traidora Shatter y entrar a tiro limpio en la pequeña y acolchada celda. Pero le daba la impresión de que había demasiadas criaturas para ella sola. Luego pensó en abrir la puerta y dejar que se fueran, después en sacar el cadáver de Kaila y ponérselo de cebo, luego pensó en sentarse y esperar, pero todo el suelo estaba lleno de sangre, y quizá esas dos necesitaran ayuda. Le había resultado mucho más fácil la parte anterior; venir hasta aquí y enfrentarse a Kaila, pero ya se le habían acabado las ideas. Por eso no podía quitar los ojos del revoltijo de bichos horripilantes, ni fue capaz de moverse hasta que oyó el mensaje de Rossox.
¡Una fragata marciana! Puede que no fuera una estratega, pero tampoco era tan tonta como para dejar que unos marcianos entraran en la nave. Por lo que el ordenador le había contado, todo aquello tenía que ver con algún grupo separatista de ese planeta. Si entraban allí con un grupo de marines, era seguro que no iban a dejar cabos sueltos. Se le encendió el corazón con la idea de que les matarían sin más, y además se sentirían justificados por no-sé-qué noble causa que se trajeran entre manos, la libertad de los pueblos o lo que fuera. Así que le dio unos cuantos gritos al micrófono.
—¡Shatter está aquí, cabrón, pero no puede ponerse! ¡Coge tu fragata y métetela por el...!
Rossox, en la Soberanía, frunció el ceño pero no se alteró. Estaba preparado para que surgiera alguna contingencia inesperada. Ahora lo primero era averiguar quién estaba al mando de la nave y qué daño podía causarles.
—¿Quién habla? —preguntó con severidad—.
¿Dónde está Shatter?
La voz que llegó al otro lado usaba el lenguaje más sucio del Sistema.
—¡A esa zorra se le ha atragantado el cuchillo del desayuno! ¿¡Quieres venir tú a probar un bocadito, hijo de la gran...!?
Incluso algunos de los oficiales del punte de mando hicieron comentarios. Otros esbozaron sonrisas; la voz era sin duda la de una chica joven.
—¿Quién es usted? ¿Con quién hablo? —insistió Rossox.
La respuesta levantó un auténtico murmullo de exclamaciones y comentarios asombrados. Algunos de los oficiales masculinos del puente intercambiaron significativas sonrisas.
—Me llaman Índigo Kid —dijo la voz.
Rossox volvió a maldecir, pero sólo en pensamiento. ¿Qué hacía allí esa pirata de gas hidrógeno? Era arriesgado, pero se atrevió a realizar una hipótesis: de alguna forma Índigo había neutralizado a la cabo Shatter y tomado el control. Pero no había naves cerca, excepto una pequeña corbeta de la Guerra de Independencia, unida al
Thalion y rotando con él en el espacio. Ese debía ser el objetivo. Rossox sabía que el Thalion no llevaba armas, si conseguían destruir la vieja corbeta, la pirata, o los piratas, no podrían resistir.
—¡Zafarrancho de combate! —ordenó el capitán de fragata—. Preparen un torpedo, vamos a derribar esa antigualla que llevan a la rastra.
Lee se quedó de una pieza cuando la comunicación se cortó. Por un instante pensó que quizá los había intimidado con su lenguaraz vocabulario, pero enseguida se dio cuenta de que más bien habían decidido que el tiempo de charlar terminó. Bueno, pensó la pirata, espero que este trasto aguante.
—Ordenador —dijo—, ¿crees que van a atacarnos?
—Las probabilidades son de un cien por cien
—dijo el IBM.
—¿No puedes hacer algo? ¿Mover el carguero por control remoto y contraatacar o algo así?
—No puedo agredir a humanos.
Lee pensó en dejar aquel sitio lleno de sangre y sentarse delante de alguna de las pantallas panorámicas del ordenador a ver como les
disparaban. El Thalion era tan grande que bien podía resistir un buen rato, aunque lo más seguro es que antes de nada volaran el Nautilus en pedazos.
Estaba a punto de salir cuando una tercera voz entró en el canal.
Sentado en su propia silla el Vicealmirante Helvar Scotton vio claramente a la Soberanía acercarse en rumbo de ataque al Thalion. Lo primero que sospechó fue que querían borrar todas las huellas de su traición, pero cuando vio al pequeño Nautilus aparecer con el movimiento de rotación se dio cuenta: pensaban que la pequeña corbeta había abordado el Thalion y querían deshacerse de ella. Antes de ejercer su fuerza el Vicealmirante decidió usar la diplomacia.
—Atención Fragata Soberanía, aquí Helvar Scotton, Comandante del Galeón Espacial de la Confederación de Mundos Pedro Duque. Cesen inmediatamente toda hostilidad. Es una orden, repito, cesen toda hostilidad.
El Capitán Rossox casi se cae de su silla al ver aparecer en el cuadrante ni más ni menos que al Pedro Duque, la nave insignia de la Confederación,
lanzado a toda velocidad contra ellos. No podía rendirse y seguramente tampoco podía ganar, pero si no lo intentaba iba listo; Rubirak lo haría fusilar nada más pisar Marte. Esta vez juró en voz alta.
—¡Mierda! ¡Los confederados! Navegante, 180º estribor, 20º cenit. ¡Gire, gire! ¡Démosle la popa!
El Pedro Duque era un enorme galeón modificado de color gris que se acercaba de costado a mucha velocidad a la fragata roja marciana. Era obvio que el galeón tenía que frenar para iniciar el combate, pero Rossox sabía que el Duque era una de las mejores máquinas del sistema, la más moderna, la más grande, la mejor armada. Su módulo central giraba sobre campos magnéticos para generar inercia, tenía dos motores de fusión separados, catorce cañones, tres lanzatorpedos, dos armas de partículas... Además Scotton era una leyenda, veterano de la Guerra de Independencia, tenía tantas medallas que podría poner un museo y ahí seguía, en lugar de retirarse a un cómodo despacho. A pesar de su cargo, casi honorífico, en la práctica seguía en la brecha al mando de su galeón y nadie en la nave se dirigía a él si no era con el apelativo de comandante. Sólo podría
ganar si le daba la popa, si sus toberas de plasma se convertían en cuatro cañones irresistibles.
Scotton comandaba un puente similar al normalizado, pero mucho más grande. Decenas de oficiales se movían por allí, todos dedicados a una sola cosa, satisfacer a su Comandante. No había mejor premio que servir en el Pedro Duque, el arma más moderna del Sistema, ni mayor orgullo que seguir a un héroe como Helvar Scotton.
Sus hombres eran escogidos personalmente por él mismo. Los jóvenes caballeros se afanaban sobre sus consolas sin descanso, con las cabezas pegadas a las pantallas. De entre las hileras gemelas de cabelleras oscuras, una destacaba por encima de las demás: muy cerca del propio Scotton, en la trinchera a su derecha, una pelambrera tan rubia que casi parecía roja; el joven capitán Darwin Guilmar mandaba sobre la sección de combate. Su piel, apenas visible desde la altura del Vicealmirante, era tan pálida como la porcelana, casi escarchada; su gesto parecía inconmovible mientras transmitía las órdenes y controlaba que éstas se cumplieran con la precisión de un mecanismo de relojería.
A la izquierda de Scotton se hallaba el Ingeniero Jefe, encargado de asegurar las defensas, de reparar la nave; en definitiva, de proteger el recurso más importante del Duque: los hombres y mujeres que componían su tripulación. Se llamaba Vassili Ragnarsson, y a pesar de su apellido era un mulato de piel clara y pelo cortado al uno.
Pero quien habló fue Anja Margherite Weisz, la navegante de la nave; el pelo castaño recogido en un escrupuloso moño, el único oficial del puente que vestía su gorra, siempre inclinada a la derecha.
Junto a ellos trabajaban el resto de oficiales operativos; Soporte Vital, Comunicaciones, TI, Sanitario, Infantería de Marina...
—Están virando, Comandante Scotton, quieren darnos la popa —dijo Weisz sin separar la vista de sus pantallas.
—Pretenden conectar el motor de fusión y barrernos con un chorro de plasma. ¡Ingeniero! ¿Lo conseguirán?
Ragnarsson contestó al segundo.
—Casi, Comandante, llevan treinta y cinco segundos de retraso.
—Aun así no se lo pondremos fácil. ¡Atención lanzatorpedos de popa! ¡Fuego!
Dos brillantes luces se impulsaron de los tubos lanzatorpedos del Duque y giraron en dirección a la Soberanía. Justo después el enorme galeón comenzó a frenar, expulsando chorros de plasma por sus toberas de proa. En la Soberanía los nervios estaban ya a flor de piel.
—¡Torpedos! —gritó el Oficial de Combate.
—¡Tiempo de colisión! —clamó el Capitán.
—Tres minutos dieciséis segundos —contestó el Navegante.
Rossox no necesitó pensar.
—¡Contramedidas! ¡Artillero de popa! ¡A mi orden!
ARTILLERO DE POPA
A popa de la Soberanía, encerrado en una cabina reforzada de cristalacero marciano polarizado, un
veterano estaba a los mandos de una batería de proyectiles explosivos de veinte milímetros. Los hombres que servían en esa posición veían llegar la propia muerte de forma literal. Ésta no fue una excepción. El artillero no tardó en localizar los dos puntos luminosos anaranjados que se le aproximaban. Sólo se preguntó qué tipo de torpedos serían y qué tipo de IA llevarían incorporada: buscadores de calor, de radiación, de sonido, cámaras inteligentes, nanobots devoradores de metal...
Bueno, qué más da.
—Sí, capitán —respondió con toda tranquilidad.
Luego vio partir la miríada de señuelos que eran las contramedidas. Algunos eran meramente radio señales, o encerraban un núcleo de radiación o plasma, otros eran bombas de calor o lásers autónomos que disparaban a los torpedos hasta descargarse o derribarlos.
Cuando los torpedos llegaron a la altura de las contramedidas comenzó el baile. El artillero observó las luces de los lásers y las explosiones de las bombas de calor. Uno de los torpedos esquivó todas las
defensas moviéndose en zig-zag y siguió su camino hasta la fragata. El otro también era muy hábil, pero una de las bombas le tocó de lado y no pudo recuperar el rumbo, su propulsor se apagó y luego el mismo torpedo estalló en el vacío. El artillero supuso que lo habían destruido por control remoto. Guerra civilizada, nada de basura explosiva en el espacio.
Quedaba un torpedo. En el puente el Navegante dio el tiempo a su capitán.
—¡Treinta segundos!
Y el capitán Rossox dio la orden al artillero.
—¡Artillero de popa! ¡Fuego!
Los seis cañones de veinte milímetros comenzaron a escupir balas explosivas de alta velocidad. El torpedo iba más rápido pero no importaba. El artillero disparaba de un lado a otro, de tal modo que si el torpedo esquivaba la primera andanada por un lado, quizá se encontrara la segunda por el otro, por arriba o por abajo, tanto daba. El torpedo comenzó a esquivar las enormes balas pero sin su compañero para apoyarle pronto todo el espacio delante de él estaba repleto de sucesivas oleadas de proyectiles.
Cuando apenas le quedaban dieciséis segundos estalló. La onda que produjo la explosión llegó al artillero, pero el cristal blindado aguantó sin problemas.
El artillero sonrió un segundo, pero fue sólo un espejismo. Inmediatamente pudo ver al Duque emerger por su derecha. La Soberanía estaba girando para darle la espalda, pero no llegarían a tiempo. Estaba demasiado cerca: iban a entablar combate.
Rossox seguía repartiendo órdenes a diestro y siniestro. En el puente no habían podido celebrar la pequeña victoria contra los torpedos.
—Navegante, tiempo de maniobra.
—No vamos a llegar, señor, nos faltan treinta segundos.
—¡Armamento, cañones de babor!
Scotton estaba bastante más calmado en su puente de mando. Ya había mandado cargar los cañones, pero había visto la hazaña del artillero de popa, y le preocupaba. Aunque el Duque llegara antes de que la Soberanía completara el giro, esa cabina podía
moverse y dispararles de un momento a otro. Había que eliminarla.
—Tiempo para pasada —pidió el vicealmirante.
—Treinta segundos.
—Bien, No esperemos a que ese artillero de la cola nos fría. ¡Cañón de cenit! Barra la popa del enemigo.
La orden se cumplió con prestancia. De la zona superior del Pedro Duque partió un azulado rayo de partículas. Como en la mejor tradición guerrera el artillero de popa aguardó la muerte en silencio, mirando la luminosidad azul acercarse. Sólo fueron unos pocos segundos. Luego la cabina blindada estalló junto con toda su reserva de municiones. En el espacio no se oyó nada, pero la onda de sonido recorrió todo el interior de la fragata Soberanía. Se encendieron las luces rojas, sonaron las alarmas; no hubo ni un segundo que poder dedicar al camarada muerto.
CAPITÁN DE FRAGATA ROSSOX
—¡Nos han alcanzado, rayo de partículas! —avisó el Ingeniero.
—¡Maldición! —masculló el capitán— ¡Preparados para la pasada!
Las dos naves de fusión alcanzaron rumbos casi paralelos. ¡Fuego! gritaron al unísono ambos capitanes y los misiles macizos cruzaron en un silencio mortal el espacio entre ambos navíos. La suerte de los proyectiles fue dispar; el misil más cercano a la proa de la Soberanía falló el blanco porque el Duque todavía no había llegado a su altura. Todos los demás tocaron partes más o menos vitales.
Los miembros de la tripulación de la fragata apenas conseguían mantenerse en sus puestos. La andanada había sido espantosa: los siete cañones del Duque habían hecho impacto, mientras que uno de los cuatro de la fragata se había perdido. Sin embargo el capitán Rossox no cambió su gesto, no se movió de su posición de mando. Siguió dando órdenes rápidas, concisas.
—¡Ingeniero, daños!
—Tenemos una fuga, daños en almacén de armamento de popa, un misil ha dado delante de la cabina del artillero.
En efecto, había un agujero por donde escapan los gases justo al lado de donde se encontraba el artillero de popa. El daño producido por el rayo de electrones había aumentado visiblemente.
—¡Joder! —gritó Rossox— ¡Ese maldito rayo de partículas nos ha jodido bien! ¿Cuál es la integridad?
¿Hay descompresión?
El Ingeniero respondió.
—Descompresión en el sector 4C. Pero podemos resistir.
En el Duque también hacían balance de daños mientras los artilleros robóticos introducían nuevos proyectiles macizos en las recámaras. La tripulación estaba en plena tensión por el combate, pero Scotton apenas parecía concentrado. Muchas veces le habían visto así, durante maniobras y giros peligrosos, en esos casos pensaban que era capaz de contar los segundos de viraje, como si llevara un reloj dentro.
Ahora le veían también frío, sopesando cada detalle, decidiendo la estrategia antes del combate y sobre la marcha. Era brillante. Hasta el último miembro del Duque hubiera dado su vida por él.
—¡Integridad al noventa y ocho por ciento, Comandante! —chilló el Ingeniero—Esos cabrones ni siquiera nos han visto. En cambio ellos tienen un buen agujero detrás de su artillero.
El Vicealmirante ni se inmutó.
—Muy bien. Apunten allí los rayos de electrones. Prepárense para otra andanada. ¡Fuego!
Las dos naves de guerra volvieron a disparar sus cañones laterales, con parecidos resultados a los anteriores. Pero además el Pedro Duque disparó sus dos rayos hacia la popa de la Soberanía. Hubo una terrible explosión en aquella parte. Los oficiales lanzaron un grito de victoria al ver el daño producido. Todos excepto Darwin Guilmar, quien, a imagen de su Comandante, no dijo nada.
Al mismo tiempo, el capitán Rossox se abatió en su sillón y en su ánimo, su Ingeniero le daba un alarmante informe.
—¡Descompresión total a popa, sectores 4A, 4B y 4C!
Soporte Vital también chillaba.
—¡Siete bajas en 4C! ¡Cuatro en 4B!
—Está bien —dijo el capitán—, no podemos seguir. Envíe señal de rendición, no podemos seguir. Todos moriríamos y se perdería la nave. Ingeniero, mande sellar la popa.
Se levantó de su silla de mando, caminó unos pasos por la pasarela luminosa del puente y dijo con voz grave.
—Han luchado como valientes. Lo lamento, la responsabilidad es toda mía.
Muchos oficiales se volvieron y alzando su puño gritaron.
—¡Una nueva humanidad, un nuevo mundo!
Otros, los que no sabían nada, les miraban como si estuvieran locos.
LONNEKE
El WCSG Pedro Duque se hallaba ahora en paralelo al Nautilus, y éste había abandonado su posición como satélite del Thalion. La Soberanía estaba algo más allá. Ya no escapaban gases de su fuselaje. En la enfermería del Duque, en el módulo giratorio de gravedad por inercia, se reponían Lee y Lonneke, vestidas con batas de hospital. Lee estaba de pie y tenía buen aspecto, pero Lonneke se encontraba sentada sobre una camilla y mantenía una mano sobre el vientre como si temiera que algo se le fuera a salir de allí.
—¡Ay! —exclamó—. Estos purgantes me matan, por no hablar de los anticonceptivos. Voy a tener el cuerpo revuelto durante un mes.
—Sí —contestó Lee—, deben de ser para caballos.
Se hizo uno de esos silencios incómodos. Lonneke sabía que le debía la vida a aquella chica, pero no podía olvidar que era una pirata. Lo cierto es que le parecía simpática, y mirando su cara morena y sus grandes ojos negros nunca hubiera dicho que era
capaz de contravenir la ley, mucho menos de matar. Pero lo era, al menos a Kaila la había matado, y sin muchos miramientos por lo que había oído. En ese instante las puertas se abrieron y apareció Lene, también vestida de paciente, pero completamente curada. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad especial, su gesto hablaba a las claras de su concentración. Había salido a procurar informarse sobre lo que estaba pasando, y parecía que le costaba digerir lo que había averiguado. Lonneke se puso en pie de un salto.
—¿Qué? ¿Te has enterado de algo? Lene chasqueó la lengua.
—Todo el mundo está bastante nervioso. Algo ocurre, algo más que el Thalion, quiero decir. Un escuadrón entró en la nave y exterminó a los bichos. Pero no es eso, algo está pasando, allá en la Tierra, o en Marte.
—¿El qué? —preguntó Lee.
Lene se encogió de hombros; ninguna de sus compañeras creyó que no supiera nada más, aunque no dijeron nada.
—Me han prometido que pronto tendremos noticias.
Dicho y hecho. Las puertas se abrieron de nuevo y apareció un hombre de porte aristocrático y pelo canoso ataviado con el uniforme gris de la Marina Confederada. Las tres chicas se le quedaron mirando. El hombre se cuadró y saludó, luego relajó su pose para dirigirse a ellas.
—Señoritas, soy el Vicealmirante Helvar Scotton, Capitán del WCSG Pedro Duque. Ante todo quiero darles las gracias por su actuación. También me veo en la obligación de anunciarles noticias poco agradables. Un terrible atentado terrorista ha tenido lugar en la sede de la OMU en Pekín. El Secretario General ha sido asesinado, y muchos miembros de las distintas Comisiones están heridos o han muerto. El atentado ha sido revindicado por el Movimiento de Liberación 14 de Enero. El general Zoltan Rubirak ha desaparecido, sin embargo sospechamos que se ha dirigido hacia Marte, donde acaba de estallar un conflicto civil. Tres de las cinco Ciudades-Estado marcianas se han alzado contra sus gobiernos y los han derrocado. Una cuarta: Valle Marineris
permanece fiel a la Organización de Mundos Unidos y a la Confederación de Mundos. En la capital, Tharsis, tenemos noticia de que la lucha callejera está dejando un reguero de sangre. Esto parece un golpe de estado largamente planeado.
»Ni la OMU ni la CM tenían ni idea de la existencia del Thalion. Durante los últimos cinco años hemos venido trabajando en la construcción de una nave basada en el Motor de Incremento de Masa del profesor Soto, pero ni siguiera hemos probado nuestro prototipo. Ahora sabemos que Rubirak, al mando del proyecto, retrasó nuestra investigación a propósito, para construir su propia nave. No sabemos cuántos viajes han realizado hasta ahora, pero tememos que se hallen en posesión de una nave gemela al Thalion que podrían seguir usando. Tampoco sabemos de dónde obtienen el suministro de combustible. Éste dato es esencial, ya que parece que la intervención de ustedes les ha obligado a adelantar sus planes. Lo que significa que no tienen una fuente segura de combustible, y que necesitan hacerse con una.
»Por todo ello el alto mando me ha ordenado hacerles la siguiente oferta. Por supuesto cobrarán su paga por el último traslado más un incentivo, pero además les ofrezco un contrato permanente con la OMU, un contrato de exploración interestelar...
Lene y Lee escucharon con seriedad, pero Lonneke no pudo evitar sonreír, y en un gesto algo ingenuo juntó sus manos y se puso casi de puntillas.
—...La Capitana Shinh recibiría el rango de Comandante, y se rediseñaría el hangar del Thalion, no sólo para albergar la lanzadera auxiliar, sino para el Nautilus. Eso haría del Thalion una nave prácticamente autosuficiente. Por supuesto su tripulación iría con usted, más un equipo científico y otro técnico. Además, estoy autorizado a ofrecer a la señorita Lee Zalduendo cambiar su pena de prisión por el servicio activo en la Infantería de Marina Espacial Confederada, y su incorporación a la tripulación del Thalion en calidad de Oficial de Seguridad.
Lee se quedó anonadada, ni en sueños hubiera imaginado una recompensa semejante. Creía que le darían una reducción de condena, que la dejarían ir al
cabo de dos o tres años en libertad provisional. No pudo reprimir una especie de balbuceo.
—¿De... De verdad?
Pero Lene interrumpió las emociones de sus compañeras.
—Alto ahí, Vicealmirante. Conozco bien a la Armada. ¿Cuál es la trampa?
Scotton sonrió, sus dientes blancos estaban alineados a la perfección.
—La trampa, como usted dice, Capitana, es que necesitamos información sobre las vías de abastecimiento de los terroristas. Si están consiguiendo hidrógeno o deuterio en grandes cantidades podrían organizar un asalto a escala interplanetaria. No queremos que eso ocurra. Están en Marte y deben quedar se allí, de ese modo podremos forzar la negociación por medio de un bloqueo. Por otra parte, todos los descubrimientos que ustedes hagan pasarán a pertenecer a la OMU. Aun así es una oferta más que generosa.
—¿Y cómo esperan que consigamos esa información? —preguntó Lene en un tono bastante impertinente.
—Capitana, no nos tome por ingenuos. Sabemos que usted lleva pasando contrabando desde que compró el Nautilus, y que conoce a todos los estraperlistas del sistema. Y no olvidemos a Índigo Kid, la intrépida pirata espacial adolescente, su nombre se ha hecho famoso en la Tierra, señorita...
Al decir esto Scotton hizo una enérgica y corta inclinación de cabeza a modo de saludo. Lee sonrió sin querer. Aunque era un hombre mayor, había algo en él; una fuerza interior que Lee percibía.
...Si alguien tiene los contactos necesarios para dar con las líneas de abastecimiento son ustedes. Nuestros agentes han resultado estar ciegos ante los últimos acontecimientos. Al menos eso piensa el Consejo provisional de la OMU, y nuestra jefe del estado mayor, la Almirante Visq. Y yo debo añadir que se han comportado extraordinariamente bien en una situación de extrema gravedad.
Lonneke miró alucinada a sus compañeras, le parecía increíble que Lene no aceptara sin más. Lee se había girado y daba la espalda a Scotton, sumida en pensamientos de libertad, pero también sopesando determinados secretos. Lene, cruzada de brazos, se apartó el pelo negro como ala de cuervo que le tapaba ojo izquierdo. Visualizó imágenes de su pasado: un frío laboratorio abandonado; una terrible sensación de peligro y engaño.
—Tenemos que pensárnoslo, Comandante. Scotton se cuadró de nuevo.
—Bien, avísenme cuando se hayan decidido.
Cuando se hubo marchado, Lonneke se subió de nuevo a la camilla y se llevó las manos al estómago.
—Dime que aceptarás —dijo con una voz doliente
—. Viajar a las estrellas es el sueño de mi vida, por eso estudié Ingeniería Espacial y Navegación.
Lene se acercó y acarició su carita suplicante.
—Estoy dispuesta a aceptar por ti —dijo sonriendo, y luego, levantando la vista hacia Lee, añadió—. Pero antes tenía que hablar a solas con vosotras.
Lee, sintió que sus palabras se referían a ella y a nadie más. Se volvió hacia las otras dos con la cabeza gacha.
—No tengo muchas opciones; el espacio o la cárcel.
—Si vienes, que sea por voluntad propia. Si huyes la culpa caerá sobre nosotras y eso no puedo consentirlo, aunque nos hayas salvado la vida.
Lene hablaba completamente en serio. Era una amenaza que no debía tomarse a la ligera. Lee no lo hizo, no hacía falta. Ya se había decidido. Una sonrisa pícara se fue formando lentamente en la faz apenas oculta a la vista de sus nuevas amigas.
—Iré, será un buen cambio ponerse a este lado de la ley. Además el sistema se me estaba quedando pequeño. Trato hecho.
—¡Bien! —Lonneke dio un pequeño salto en la camilla, inmediatamente volvió a sujetarse el vientre
—. ¡Ufff! Purgantes de caballo...
Lee les enseñó su sonrisa, Lene pasó un brazo por el hombro de la venusiana. Las tres estaban riendo.
Segunda parte: RECUERDA
LENE
Despertó muy lentamente; acosada por visiones fugaces pero dignas de la peor pesadilla que el hombre pudiera imaginar. Sentía todo su cuerpo dolorido. Al principio no fue capaz de abrir los ojos. Trató de recordar dónde estaba.
No era más que una niña; adiestrada para trabajar con sus delgadas manos de largos y delicados dedos en el mantenimiento de las redes neuronales cuánticas de superordenadores militares. Aquellos que todo el mundo anunciaba que dentro de muy poco se miniaturizarían hasta el tamaño de una caja de galletas. Ya había algunos, Lene misma los había
visto, no tan pequeños como cajas de galletas, pero bastante pequeños: un metro y ochenta centímetros de alto por un metro y veinte centímetros de largo, sólo veinte centímetros de ancho. Había uno de esos en el Nautilus.
El Nautilus, ahora lo recordó. Esos malditos titanios. Nunca se sabía por donde iban a salir. El Nautilus estaba allí por ellos. Una incursión titania en las entrañas del monte Maxwell. Durante el informe previo a la misión le habían explicado que el Maxwell era más alto que la montaña más alta del planeta Tierra, el Everest. Allí los científicos terrestres habían instalado su primer laboratorio biológico, a salvo de la atmósfera de dióxido de azufre y ácido sulfúrico que rodeaba Venus tiempo atrás. Allí habían creado sus tecnovirus y tecnobacterias, las nanoalgas artificiales que habían transformado el mundo que parecía el infierno en una visión del paraíso.
Ahora la terraformación estaba casi completa y la nueva naturaleza diseñada por el hombre comenzaba a desacelerar su ritmo metabólico para adecuarse a las necesidades humanas. Por eso los diez marines
que habían bajado junto con Lene hasta Ishtar-1, el complejo de túneles que daba cobijo al laboratorio, no habían necesitado usar trajes ambientales y máscaras de gas. Venus era un mundo en el que ya se podía vivir.
Ishtar-1 debería haber pasado silenciosamente al olvido como tantas otras instalaciones científicas desprovistas de utilidad. Pero estalló la Guerra de Independencia Planetaria; un conflicto que tras más una década parecía avocado a una final pactado entre todos los nuevos mundos del Sistema Solar. Pero todavía se temían reacciones inesperadas por parte de los elementos más radicales de la ecuación: Marte y Titán. Y allí, en Ishtar-1, enterradas bajo decenas de kilómetros de roca, todavía sobrevivían muestras de los primeros días de la terraformación: mutaciones de virus, bacterias mitad orgánicas, mitad artificiales... Pequeñas cosas invisibles que en manos de un gobierno desesperado podían transformarse en armas terribles. Al fin y al cabo aquella vida microscópica había conseguido crear un jardín donde sólo había fuego químico, ¿qué podría hacer con un ecosistema complejo como era el de la Tierra?
Eso era lo que los titanios habían ido a buscar a Ishtar-1, y la misión de Lene y sus compañeros era detenerlos. Era una maniobra limpia, nada de combates por los pasillos subterráneos del intrincado laboratorio. Llevaban consigo una bomba de plasma inteligente; un arma capaz de consumir toda vida que hubiera en aquellos túneles. Sólo debían alcanzar cierta profundidad, intentar no ser vistos y accionar la bomba. Lene debía activarla, poner en marcha los complejos mecanismos de la IA de la bomba que permitía que la mezcla de plasma radiactivo y los nanobots, casi etéreos, que los acompañaban, buscasen vida y se lanzaran contra ella de una forma inteligente. Sólo la adolescente podía hacerlo gracias a sus conocimientos, a su trato con el superordenador de a bordo. Los códigos estaban en su mente. Los marines estaban adiestrados a la perfección.
Pero algo falló.
No fue durante el descenso. Los marines fueron lanzados en una cápsula especial que adosaron al Nautilus allá en la Plataforma Espacial Condenación, antes de salir. El teniente que los mandaba, un
hombre joven y atractivo, habló con Lene antes de ser disparados hacia la superficie de Venus.
—Cuando estemos ahí abajo quédate siempre a mi lado —le sonrió—, recuerda que tú eres el miembro más importante de mi equipo. Nuestra misión es protegerte hasta que acciones la bomba, así que no tengas miedo. Somos los mejores.
El sargento, un hombre que no hablaba; gruñía, la ayudó a bloquear las barras protectoras, abrochar los cinturones y ajustar las correas que la sujetaban a su puesto de descenso y se aseguró por dos veces que todo estuviera correctamente asegurado. Antes de irse a su propio puesto, fue el último en sentarse, se detuvo, se giró y le preguntó.
—¿Pero cuántos años tienes chiquilla?
—Quince.
No pudo ser en el descenso. Tuvo que ser después.
Al fin Lene consiguió abrir los ojos. Apenas había luz. O quizá veía borroso. Apenas pudo distinguir las siluetas de los instrumentos y mesas propias de un laboratorio. La medio asiática descubrió que estaba atada o sujeta de alguna manera a una camilla. Hacía
frío, un frío que parecía ser el único habitante de aquel lugar, una criatura abisal y solitaria que no estaba acostumbrada a la presencia de seres humanos. Todo estaba apagado. Los desvencijados frigoríficos parecían haberse oxidado, los tubos de ensayo estaban rotos, los azulejos de las paredes resquebrajados y grasientos, las máquinas apagadas como muertas...
Sólo una lámpara alógena de mercurio mantenía una luz mortecina muy alto sobre la cara de Lene.
LEE
Durante el primer día captó un retazo de conversación entre dos de los oficiales que se encargaban de ella. Aunque le habían prometido el grado de Teniente, debía pasar un periodo de instrucción antes de recibirlo. Al principio pensó que nadie había planeado usarla de verdad como un soldado, y durante mucho tiempo siguió aferrada a esa idea. Sólo siglos después se dio cuenta de que había sido víctima de un plan cuidadosamente
elaborado para convertir una niña, sin ningún fin en la vida, en militar y en algo más que eso.
Uno de los oficiales le había dicho al otro aquel primer día de instrucción.
—Esto es demasiado aséptico para entrenar a alguien. Hace falta arrastrarse por el barro para ser un marine.
El otro oficial no dijo nada, pero Lee supo sin la menor duda que estaba de acuerdo con su hermano de armas.
Así que le dieron un uniforme, le pusieron unos cuantos soldados alrededor y la hicieron marchar por una sala enorme y blanca. Marchaba horas y horas, hasta que, agotada, dejaba de distinguir las paredes y todo lo que tenía alrededor le parecía un horizonte de luz blanca, que no emitía calor: el vacío albino, un universo cerrado sobre sí mismo.
Y no es que no pudiera haberse librado de aquello. Acompasar su cuerpo al ritmo de los soldados que caminaban a su lado habría sido facilísimo si le hubiese apetecido hacerlo. Pero no se lo tomaba en serio. Cuando comenzaba la jornada jugaba a
intentarlo, pero le fallaba la concentración. Y luego, cuando se cansaba, dejaba de apetecerle y su genio se volvía irritable, y a veces se detenía para enfado de sus instructores, sobre todo del sargento Miz, un hombre que seguramente se encontraba ya al borde de la jubilación. El sargento le gritaba muy fuerte, cada vez más cerca de su cara, sin embargo nada parecía surtir efecto en la voluntad de Lee. Cada mañana intentaban enseñarle a marchar, y cada mañana fracasaban. Los instructores acababan fuera de si, y ella sentada en el suelo con las piernas cruzadas y harta de aquello. No la arrestaban, no había tiempo para ese tipo de castigos militares; su penitencia era tener que hacer aquello todos los días y hacerlo siempre mal.
Otra cosa era la instrucción de combate. No tuvieron que enseñarle a montar y desmontar ningún arma; parecía que hubiera nacido sabiendo hacerlo. Y cuando se pasaron una semana con un cien por cien de blancos acertados y derribados del primer disparo, dejaron de hacer prácticas de tiro. Más difícil resultaban las clases de táctica y de estrategia espaciales. Las explicaciones resultaban tediosas,
hasta que el instructor durante una de las clases, hizo uso de un simulador en tres dimensiones. Cuando le pidió a Lee que llevase a cabo cierta maniobra, ella lo hizo sin rechistar y sin necesidad de instrucciones. Su profesor, que todavía no le había explicado el manejo del simulador, se quedó boquiabierto: cada vez que usaban ese programa Lee era capaz de predecir que iban a hacer las naves, amigas y enemigas, con precisión prácticamente total.
Pero lo que más gustaba a la adolescente eran las sesiones de artes marciales. Le enseñaron formas de combate sin armas de todo tipo, y en todas se defendía bien. Quizá le faltaba un poco de fuerza, y desde luego no mantenía la concentración necesaria, pero era capaz de adelantarse a los movimientos de sus contrincantes, hasta el punto de que algunos soldados, del mismo grupo que desfilaba con ella todas las mañanas, salieron del tatami magullados y jurando en todas las lenguas humanas posibles.
Lee solía quedarse en medio del tatami cada vez que derrotaba a uno de sus compañeros. Dejaba caer su peso sobre una cadera y sonreía por lo bajo. No decía nada, pero todos sabían que se reía de ellos. La
joven y bella pirata espacial, ningún marine parecía poder derribarla.
Hasta que un día Miz se adelantó a sus hombres y entró en el tatami.
—¡Firmes! —gritó.
Lee, como casi siempre, desobedeció la orden. Había viajado por todo el Sistema, había tomado al asalto cargueros de gas ella sola. No iba a asustarle un viejo soldado por muy marine que fuera.
—Te crees muy buena, ¿verdad soldado? Lee no abrió la boca. Sólo sonrió.
—No lo eres —continuó Miz—. Estás permanentemente distraída. No tienes disciplina. Eres un peligro para ti misma y para los demás. Nunca podrás ser un buen soldado. No durarías ni un segundo en mitad de una batalla. ¿Sabes por qué? Por que tienes miedo.
El rostro de Lee mutó. Una expresión agria apareció en su ceño.
—Soy capaz de tomar un carguero de gas yo sola
—dijo con acritud.
—Solamente porque posees buenas cualidades innatas. Pero no estás concentrada, te evades del presente. Tu mente vuela. Estás llena de fantasías.
¿Te sientes especial? No lo eres. He conocido a otros como tú. Al final tuvieron que abandonar. Nadie les quería en su regimiento. Un soldado debe confiar en todos sus compañeros. Debe estar seguro de que estarás allí para respaldarle cuando te necesite. Y para ello hay que actuar juntos y concentrados. Tus habilidades innatas no sirven de nada cuando formas parte de un contingente de batalla, sólo eres una pieza más de la cadena. Un eslabón que no vale más que los otros.
—No es verdad, ninguno de vosotros puede vencerme, soldaditos.
El sargento Miz se irguió. Aunque tenía una redonda barriguita parecía bastante fuerte. Arrojó su bastón de mando fuera del tatami. Los demás marines seguían impertérritos.
—¿Prefieres atacar? —preguntó Miz.
Lee negó con la cabeza y le hizo un gesto con dos dedos, para que se acercara a ella. Un segundo
después, no supo de donde la había agarrado el sargento, pero la tenía en el aire y la hacía girar. Cayó de espaldas y pensó que podría rodar y apartarse, pero el dolor no se lo permitió. Tuvo el mal presentimiento de que algo iba a ocurrirle, y allí estaba el puño de Miz cayendo sobre ella con una fuerza y una velocidad inmisericordes. Lo único que Lee pudo hacer fue levantar el brazo derecho con la palma abierta como para protegerse. Ese gesto instintivo no sirvió para nada. Miz le golpeó en mitad del pecho. Lee creyó que iba a sentir un fuerte dolor, pero no; se quedó sin respiración. Se encontró abriendo la boca para aspirar todo lo que podía, pero nada llegó a sus pulmones. Se puso de costado boqueando para atrapar el aire. Miz no hizo nada más. Estaba derrotada.
Lee escuchó su voz calmada.
—Deberías dar las gracias a estos hombres. Se esfuerzan día y noche por entrenarte, por aceptarte. Y tú les pagas con burlas. Más de uno podría haber hecho lo que yo acabo de hacer mucho antes. Pero no están aquí para eso. Están aquí para hacer de ti un soldado. Son capaces de sacrificarse. Ese es el valor
del uniforme que vestimos. El sacrificio. Apréndelo o fracasa.
LENE
El monstruo apareció deslizándose parsimoniosamente en la penumbra. Su cara y sus manos, las únicas partes de su cuerpo que la túnica que llevaba dejaba ver, estaban llenas de bultos horripilantes, que supuraban una sustancia grisácea, como una mezcla de pus y sangre. El monstruo miró a Lene interponiéndose a la luz de la lámpara de mercurio. Su aliento era fétido. Lene intentó apartarse, pero sólo pudo girar su cara. El monstruo se la agarró con una de esas espantosas garras y la puso frente a sí. Parecía estar examinándola. Lene temió que una gota de fluido de sus excrecencias pudiera caerle encima.
La voz del monstruo era ronca y susurrante, átona, inhumana.
—Bien —dijo—, el sujeto de estudio parece muy sano. Debe saber. Sí. Debe saber que no queda nadie
más. No hay nadie más. Sólo yo. Todos murieron, uno a uno.
Lene, que se sintió aliviada cuando el monstruo se apartó de ella, respiró una bocanada de aire rancio y habló con un hilo de voz.
—No es cierto. Mi grupo está aquí. Un grupo de intervención completo. Nos encontrarán y te matarán, hijo de puta.
El monstruo se acercó a una mesa y comenzó a revolver entre sus gastados instrumentos. Lene incorporó la cabeza cuanto pudo para verle.
—El sujeto de estudio no sabe. Debe saber. No queda nadie. Los demás sujetos de estudio murieron. Experimentos fracasados. Tantos experimentos fracasados. Aquí no dan ningún premio. Nadie lo sabe nunca. Qué hacemos aquí. Por qué venimos.
—Malditos titanios, hijos de perra.
El monstruo casi pareció recuperar la humanidad al girarse bruscamente.
—No, no. El sujeto de estudio no sabe. Ningún titanio. Nadie. Sólo yo. Yo tomé las muestras necesarias; los otros sujetos de estudio, pero todos
han fracasado. Todos fallidos. Ningún sujeto ha sobrevivido al retroceso. Sólo yo. Debo seguir experimentando. Hallar la cura. Todavía es posible. Sí, es posible. Tengo tiempo y un nuevo sujeto de estudio. El último sujeto de estudio.
—¿Tú mataste a mis compañeros? —Lene estaba al borde del llanto.
—No, no yo. SD-374 CryoTech. No superaron la fase de retroceso viral. Sólo yo. Y no se por qué. ¿Por qué?
—¿Cómo...? ¿Cómo pudiste?
El monstruo de acercó. Algo debía de funcionar todavía en el viejo laboratorio pues situó una placa sobre el cuerpo de Lene, y mientras hablaba parecía estar comprobando las lecturas que algún monitor situado en la placa le iba ofreciendo.
—SD-374 CryoTech. Sí. No sé la razón. Pero mis características físicas aumentaron. Me convirtió en esto pero... Lo demás mejoró. Ningún virus puede resistirlo. Entran en una fase de retroceso, pero se quedan ahí. SD-374 CryoTech los mantiene, como una reserva farmacológica. Oh, sí. Tardé tanto en
darme cuenta. Tantos experimentos fallidos. El sujeto de estudio no sabe.
Lene intentó ver qué le estaban haciendo levantando la cabeza.
—Un virus —dijo para sí misma.
—No —replicó monótono el monstruo—, una cura. Universal. A cero grados se comporta como un anticuerpo. Su memoria ADN/ARN le permite reconocer cualquier virus. Oh, sí. Incluso podía actualizarse. Por eso me trajeron aquí. Yo lo hice. Funciona bien, funciona mejor que bien. Sobre todo a temperatura del cuerpo. Fue un accidente, no debía ser calentado. Un experimento fallido. Luego todos murieron, no pudieron pasar del estadio de retroceso.
—Escúchame bien, sobre nosotros está el Nautilus. Una corbeta de combate. Bajarán aquí ye te encontrarán. Si me dejas ir quizá todavía puedas salvar la vida.
El monstruo apartó la placa y miró a Lene, volvió a acercarse tanto que la adolescente pudo respirar su pútrido aliento.
—No, el sujeto de estudio no sabe. Ellos la mandaron aquí, con los demás sujetos de estudio. Ellos me mandaron aquí. Ellos lo hacen todo. Lo demás no importa. Debo encontrar la forma de revertir el proceso, quizá entonces, sí quizá entonces...
El monstruo se alejó de su cobaya y salió de la habitación. Lene se quedó sola de nuevo con sus pensamientos. El corazón le palpitaba con fuerza y no se había dado cuenta hasta entonces. Aquel debía ser por fuerza un científico de Ishtar-1. No había ninguna incursión titania. Lene y sus compañeros estaban allí para borrar las huellas de fuera lo que fuese que había pasado en aquel laboratorio. Una especie de contaminación biotecnológica. Pero había un superviviente; un monstruo, un mutante, y ahora la tenía en su poder. La jovencita deseó no haber bajado allí nunca, no haberse alistado jamás.
LEE
—¡No, no y no! —dijo el sargento Miz—. ¡No está teniendo en cuenta todos los factores!
Lee sintió como los diminutos restos de saliva de su instructor chocaban contra su cutis.
—¡Pero las naves girarán! ¡En el sentido de las agujas del reloj, una sobre su eje Y, y la otra sobre el X!
—¡Cállese, soldado! ¡Sigue distraída! ¡No tiene en cuenta todos los factores! ¡No ha calculado las masas ni las velocidades! ¡Lo hace todo de cabeza! Aquí hay un grupo de grandes asteroides. ¡Están demasiado cerca de la fragata enemiga! Girará sobre el eje Z para aprovechar la microgravedad que generan. ¡En menos de un minuto le apuntarán con sus propulsores!
Lee se quedó helada de pronto. Apenas podía hacer algún cálculo matemático, pero sabía que lo que Miz le decía era verdad. Había vuelto a fallar en una simulación 3D de combate espacial. Desde que habían empezado a introducir elementos ajenos a los
que propiamente constituían el combate siempre fallaba. Siempre había alguna cosa que no tenía en cuenta, y claro los resultados eran desastrosos. Así que, como ya no le daba palizas a sus marines, Miz había conseguido encontrar una nueva excusa para meterse con ella. Al menos así lo veía Lee. Y mientras el veterano sargento se lanzaba a una nueva perorata sobre el valor del uniforme y el sacrificio, Lee puso cara de ladrillo y se fue de allí, al menos en esencia.
Su pensamiento salió del aula con la mayor facilidad, tantas y tan constantes eran las broncas que ya ni se estremecía al oírlas. Dejaba que el sargento se desahogara y mientras tanto se evadía de la realidad. No quería oír más gritos.
Cuando siendo una niña la castigaban, la enviaban a su cuarto. Pero para la niña pequeña y flaca de pelo negro abandonada en un orfanato de Titán, su cuarto no era un refugio donde poder esconderse, lleno de juguetes y cosas agradables con los que consolarse mientras durase el enfado paterno. Lee sólo tenía una cama, una silla y una ventana; tan pequeña y tan alta que parecía que su habitación era un sótano. No podía
ser de otra manera; estaban en Titán, donde llueve metano y el cielo es marrón. Con suerte, en los días de buen tiempo, se levantaba la persiana de acero y una luz mortecina, como de nubarrones, entraba por el vano. Tampoco tenía nada alegre que alumbrar. En aquella época Titán estaba en guerra y no era más que una colonia pobre y lejana a la Tierra. Las familias pasaban apuros, qué no pasarían aquellos que no tenían a nadie.
Lee se acurrucaba contra una pared desnuda y gris de cemento, algunas veces descalza, con los pies helados a llorar con la cabeza sobre las rodillas porque había dicho o hecho algo que había sacado de sus casillas a sus cuidadores. Hasta ella entendía que muchas veces tenían razón, que eran unos pocos hombres que luchaban por su supervivencia día tras día y que sin ellos seguramente habría perecido de hambre. Pero eso no borraba la amargura de aquellos momentos solitarios en los que, secándose los ojos, levantaba la mirada hacia el ventanuco de su habitación y veía las sucias nubes arremolinarse
sobre ella como una tormenta venenosa. Y se lamentaba de estar allí, y deseaba salir por el tragaluz y volar en busca de algo, no, de alguien, alguien que pudiera querer a una niña pequeña de cabello corto y revuelto que contestaba a veces a sus mayores y que sólo se estaba quieta cuando alguien le leía un cuento de naves espaciales. Pero entonces, su imaginación infantil se avivaba, y olvidando la causa por la que la habían castigado, se le ocurría que si atravesaba las nubes de metano, no vería nada, se perdería y se ahogaría. Sus profesores le habían contado que el metano era irrespirable, así que se quedaba muy quieta y sin llorar a la espera de que vinieran a levantarle el castigo, para que no la echaran el orfanato y tener que respirar aquel aire mortífero. Y se preguntaba si, como había visto en los dibujos de los libros, sería verdad que en la Tierra las nubes serían blancas y el aire transparente.
Cuando el sargento terminó su charla, vio a Lee Zalduendo tan desanimada que le dio permiso para irse a su camarote antes de la hora. Lo que Miz no imaginaba era que su tristeza no estaba provocada por la marcial regañina que acababa de dirigirle.
LENE
El monstruo volvió a inclinarse sobre ella. Su agrio olor hirió el olfato de la jovencita. Luego se apartó murmurando cosas ininteligibles a sí mismo. Había un pequeño frigorífico encendido con su portezuela abierta. La prisionera podía ver en su interior varios tubos de ensayos conteniendo fluidos iluminados por la mezquina luz de la lámpara interior del aparato. Algunos de los tubos albergaban sustancias transparentes, verdes o amarillentas, pero otros eran totalmente opacos y guardaban cosas negras y viscosas.
La chiquilla se estremeció.
El monstruo sacó algo de un cajón. Una serie de tabletas envueltas en un material aislante plateado. Abrió una y extrajo una especie de caja de plástico transparente, levantó la tapa y sostuvo en sus dedos un pequeño aparato plano, parecido a un circuito integrado de nanotubos, tan transparente como el plástico que lo albergaba, pero con algunos finos elementos metálicos recorriéndolo.
—¿Qué es eso? —preguntó Lene con un estremecimiento en la voz.
El monstruo se aproximó a su experimento.
—Jeringuilla genética —dijo con su voz átona.
Esto provocó auténtico pánico en Lene, que comenzó a agitarse en la camilla. Trató de forzar las correas que la aprisionaban con las pocas fuerzas que le quedaban y a lanzar alaridos destemplados.
—¡No, no, no! —repetía.
El monstruo sostuvo el pequeño aparato, de no más de diez centímetros de largo en la palma de su mano. Automáticamente pareció cobrar vida, su superficie se volvió húmeda, como aceitada, y se agitó mandando pequeñas vibraciones. Lene seguía
retorciéndose inútilmente. La jeringuilla desarrolló dos finas patitas de plástico viviente delineadas por un delgado filamento metálico, y poco a poco fue transformándose en una especie de insecto de plástico o resina, un mosquito con una larga y delgada aguja del grosor de un cabello y con un abdomen exagerado, translúcido y vacío. El insecto artificial voló de la mano del monstruo al pecho de Lene, y entre chillidos avanzó hasta su cuello donde aplicó la aguda y exageradamente larga probóscide. La sangre comenzó a gotear lentamente hacia el abdomen que el insecto elevaba, y la chiquilla, levantando cuanto podía la cabeza vio como ese contenedor se llenaba con su líquido vital.
La jeringuilla genética suministraba un calmante a su víctima a la vez que la vampirizaba, por lo que Lene dejó de gritar y comenzó a respirar sofocadamente. Tan absorta estaba en la contemplación del insecto tecnoorgánico y su macabra sed, que no notó hasta que fue demasiado tarde que otra criatura, igual a la anterior, había venido volando con sus élitros hasta posarse sobre su brazo derecho y acababa de comenzar su extracción.
Ni los calmantes pudieron evitar que Lene lanzara un estridente chillido, entre sollozos, al ver como su sangre comenzaba a llenar otro abdomen. Y sin embargo no podía apartar la vista.
Las siguientes horas fueron una eternidad. Más agujas genéticas se clavaron en su cuerpo, a veces para extraer, a veces para inyectar. Lene dormitaba. A veces abría los ojos para sentir una debilidad tan enorme que no podía mantener los párpados alzados. Volvía a dormirse y en sus sueños sólo aparecían agujas que se clavaban por todo su cuerpo. En los escasos segundos de lucidez que le sobrevenían pensaba en el capitán del Nautilus, en si él sabría realmente qué cosas habían ocurrido en Ishtar-1, y si les habría mandado allí a propósito, como cobayas para continuar unos experimentos que el mundo jamás llegaría a conocer.
En este estado entre la vigilia y el sueño, los insectos y las jeringuillas se multiplicaban hasta llenar su piel, se clavaban incluso en su cara, extraían fluidos de sus ojos. ¿Soñaba que chillaba o es que al chillar no emitía ningún sonido? En ocasiones veía la cara del monstruo que se le aproximaba y la
examinaba, a veces creía estar desnuda sobre la helada camilla, a veces creía estar cubierta por una manta de insectos de probóscides alargadas como una marea viviente. Oía voces roncas y apagadas. Murmullos de criaturas voladoras que zumbaban en sus oídos. Veía al monstruo ir y venir con tubos de ensayo y aparatos de medición en sus garras.
Por último vio al monstruo reventar. Su cuerpo estalló en mil maneras diferentes, sus horribles supuraciones salpicando las sucias paredes, llegando hasta la camilla. Su voz inhumana que se apagaba para siempre. Y la de los marines que llenaba el aire. Es un sueño, se dijo, este monstruo mató a todos mis compañeros.
LEE
La gran sala blanca parecía tan vacía como siempre, pero estaba más llena que nunca. Lene estaba allí, muy guapa, vestida elegantemente con una traje de oficial de la Marina Mercante. Helvar Scotton también había llegado, impecable como siempre, con
su cabello cano bien peinado y su reluciente sonrisa. El General de Marines, Aloysius Von Rader, también se encontraba allí, impresionante en su silla de ruedas y con cara de pocos amigos, no parecía alegrarle demasiado que le obligaran a aceptar a un nuevo oficial sin experiencia entre sus filas. Toda la oficialidad de Amistad aguardaba firme, entre los rostros severos se adivinaban algunos divertidos; no todo el mundo encontraba adecuado que Lee recibiera sus galones.
Pero lo más curioso era el aspecto que tenía toda la escena: todos aquellos militares reunidos en un estrado. Juntos, de pie detrás de un atril al que se aproximaba Eleonora Visq, y mientras tanto la pequeña Lee estaba allí abajo, absolutamente sola en el enorme espacio albino, en posición de descanso, aguardando la tediosa charla que sin duda, uno tras otro, todos aquellos generales y coroneles le iban a ofrecer.
No se equivocaba, la primera en hablar fue Visq, por supuesto. Afortunadamente no apeló al valor del negro uniforme de los infantes de marina, la responsabilidad y el honor de pertenecer al cuerpo; la
Almirante se decidió por una charla sobre la vocación de servicio militar, su espíritu de entrega y el orden necesario para una vida castrense. Luego Helvar Scotton comenzó a destacar la necesidad de las fuerzas armadas en aquellos momentos de la Historia, en los que el equilibrio entre las naciones del Sistema Solar corría peligro por los desvaríos totalitarios...
En ese momento la cabecita de Lee ya no pudo más. Se había prometido a sí misma permanecer atenta durante la ceremonia, pero había resultado más fácil planearlo que llevarlo a cabo. Todos aquellos discursos y palabras le sonaban huecas, como repetidas por mil voces diferentes hasta que ya no tenían sentido, sólo eran loros repitiendo la frase que su amo les había enseñado. ¿Quién podía querer morir a cambio de nada? Es más, muchos en la Tierra se manifestaban en aquellos mismos momentos contra la beligerancia terrestre hacia Marte. Y no es que Lee tuviera gran simpatía por el General Rubirak, es que no entendía qué razonamiento seguían aquellos soldados para luchar contra él. Nadie hablaba de acabar con un asesino, sino de cosas etéreas, intangibles, remotas: valor, entrega,
confianza, lealtad... Todo aquello tenía muy poco significado para una niña que había tenido que luchar toda su vida para conseguir comer. Los fines de Lee eran más inmediatos. Todos aquellos que la habían rodeado desde que tenía uso de razón, básicamente la tripulación del Venganza y su Capitán, el pirata Qubul Motolinía la habían traicionado, o pretendían de ella algo más de lo que dejaban ver.
Tanta palabrería agotaba a Lee, así que cuando un comandante al cargo de los reservistas de la Infantería de Marina, cuerpo al que iba a pertenecer Lee, comenzó su perorata en sustitución de Von Rader que no parecía estar muy dispuesto a participar en aquella farsa, su cuerpo simplemente se convirtió en una niña vestida con un triste vestido de esparto que miraba a lo alto de un ventanuco en una fría celda. Pero esta celda, no, el mundo entero era una estación espacial llena de soldados diminutos y cañones de aspecto anticuado.
La niña se levantó y curiosamente la ventana surcada por barrotes ya no estaba tan alta como parecía, es más, ella podía alcanzar los barrotes. Los tocó pensando que estarían helados, pero no fue así.
Eran de chocolate. Los partió con facilidad y comenzó a comerse uno de ellos. Pero de pronto vio el espacio que se abría ante ella a través del vano abierto. Lee pudo respirar en el vació y volar como si nadase en la negra nada. Se alejó de la estación espacial de juguete, llena de cañones de broma y surcó el espacio a toda velocidad, más que la más veloz de las naves, hacia una galaxia imposible, que se veía como las fotografías de los astrónomos: iluminadas con nubes de gases de colores y cúmulos de estrellas brillantes.
Tan brillantes como los ojos del general Von Rader, que la observaban burlones. Mientras los demás hablaban, él esperaba como una vieja araña agazapada en su silla de ruedas, dispuesta a comerse a la niña por muy lejos que volara.
Lee se dio cuenta de que había una mueca de desprecio en aquel rostro arrugado y maltratado por las batallas. Lee lo sabía, muchos otros oficiales la habían mirado con desdén desde que había comenzado la instrucción, menospreciándola, negándole el derecho o la capacidad para ser su igual en el mando. No así los soldados y suboficiales. Cada
uno de los hombres que se habían batido ella en el tatami la habían respetado. Incluso, había comprendido al final, el propio sargento Miz. Sólo querían hacer un buen soldado de ella. Lee no entendía en absoluto qué significaba eso. Pero por primera vez se propuso realmente no fracasar, aunque sólo fuese por ver como el General en su silla tenía que comerse el uniforme.
Lee se sonrió, fue reprendida con una mirada por Helvar Scotton, subió a recoger su despacho y su destino. Saludos marciales. Ya era Teniente de Marines.
LENE
—¡A esta vieja chatarra todavía se le pueden sacar unos cuantos kilómetros! —dijo el encargado del hangar; un tipo bajo y gordo, sucio de grasa de pies a cabeza.
Lene, caminando detrás de él, no dijo nada. Simplemente le siguió por un laberinto de estanterías de metal gigantescas donde se almacenaban piezas
enteras de naves de fusión, los remanentes de la Guerra de Independencia, trastos que todavía se reciclaban con el fin de abaratar la construcción de las nuevas armas de guerra de la Tierra y la flamante Confederación de Mundos.
La cruel guerra que había dividido a la humanidad durante una década había quedado atrás. Por supuesto la Tierra había tenido que reconocer el derecho a la independencia de los nuevos mundos. Al final, después de tanta muerte, todo había resultado maquiavélicamente sencillo: los nuevos mundos; Venus, Marte, Titán, Europa y Ganímedes, aceptaban la creación de un órgano consultivo y de cooperación intermundial; la OMU, y otro de mutua protección militar; la Confederación. En ambos el predominio de la Tierra era aplastante.
Las viejas naves de guerra eran inútiles de repente. Nuevas tecnologías se abrían paso en la Revolución Espacial: los enormes galeones dotados de todo tipo de armamento, los ordenadores cuánticos con cerebros en parte de nanotubos en parte de neuronas cultivadas, las cabinas de instrumentos integrados IIC
que permitían a una sola persona navegar con una nave de fusión...
Y el abaratamiento de los costes. La navegación por el sistema ya no era cosa solamente de militares, sino que la industria privada se estaba abriendo paso rápidamente gracias a la Marina Mercante Espacial. Lene había viajado en varias naves después de ser licenciada con una fuerte indemnización. A cambio había firmado una cláusula de confidencialidad: nada de lo ocurrido en Ishtar-1 llegaría jamás a la prensa. Lo que tuviera en la sangre desde el incidente era alto secreto. No la mataría, de hecho se sentía en forma de un modo antinatural. A veces le daba miedo: nanobots que circulaban por su torrente sanguíneo alejando catarros, retrasando la vejez y el cansancio. Y estaban las pesadillas cada vez que concluía un proceso de Éxtasis. Pero aquello le había permitido reunir una pequeña fortuna hasta el punto de poder invertir en la compra de su propia nave de fusión. Por supuesto no podía permitirse un aparato de nueva construcción, así que había estado aguardando el momento. Sabía que el ejército terrestre estaba
subastando sus viejas naves de guerra. Cuando vio la oportunidad no la dejó escapar.
Las botas magnéticas resonaban en el hangar de la estación espacial. Y el encargado seguía con su charla de mecánico.
—No necesita más que algunas piezas nuevas. Incluso el motor se puede salvar. Hay que reparar todo el casco, eso sí. Debe ir a la primera estación disponible y cambiar todas las placas. Las capas antirradiación están gastadas. Si sale con eso ahí fuera, se va a freír. Yo mismo conozco algunos talleres donde... Bueno, es aquí.
Unas puertas automáticas se abrieron y Lene observó la vieja corbeta donde había servido y casi muerto. El Nautilus con su aspecto de criatura submarina blindada aguardaba a su nueva dueña, apagado y mudo. Su espolón, que tanto había atemorizado a los enemigos de antaño era ahora sólo un testigo mudo de la época en la que las naves espaciales se embestían unas a otras. Ya nunca sería usado.
Lene planeaba algo más que un lavado de cara de la vieja nave. Un nuevo motor de fusión; estaba segura de que podía conseguir un buen rendimiento del Nautilus cambiándole las toberas de plasma, pretendía maniobrar lo más rápido posible. Una planta de fusión autónoma del motor, una de esas nuevas en miniatura. Más: una IIC, no quería una gran tripulación; quizá un Navegante, un oficial de seguridad y ella misma. Habría que cambiar el sistema de Éxtasis por uno de esos que anunciaban robotizados. Con tan poca tripulación podría ampliar la bodega de carga, pero habría que quitar el armamento. Sí, podía llegar a ser una gran nave. Con paciencia y mimo.
—Ahí la tiene. ¿Qué le parece?
Un ligero resquemor oscureció el ánimo de la joven Capitana de Navío.
—Es él, no ella. Serví en esa nave. Sus hombres eran buenos. No el estado para el que trabajaban.
El encargado, beneficiario de una concesión estatal, respondió.
—Si tanto les odia por qué se alistó.
—Pensé que volando sería libre. El tipo se encogió de hombros.
—Bueno, usted sabrá. Yo sólo le digo que los escudos antirradiación no se aguantan. Cámbielos cuanto antes. ¿Quiere ver el interior? Sólo tengo que conectar la entrada a una batería autónoma y podremos dar un paseo, aunque con las luces de emergencia.
—Sí, por favor.
El hombre corrió a buscar un grueso cable. Lene se quedó mirando al Nautilus. La línea del casco seguía siendo hermosa, aerodinámica. Las naves de después de la guerra ya no lo eran.
—Quizá si vuelo para mí en lugar de para ellos...
—murmuró.
Y se acercó a acariciar el costado de su nuevo hogar.
LONNEKE
Le temblaban las rodillas. Estaba tan nerviosa que se sentía encogida. Recordó que debía caminar siempre
erguida y se enderezó hasta su metro y setenta y dos centímetros. Recién salida de la Academia y ya la entrevistaban para un puesto de Navegante. Durante sus estudios había oído hablar de Lene Shinh, por supuesto, la mujer que se había hecho a sí misma, una pequeña empresa contratista que competía con las grandes empresas multiplanetarias de portes. Siempre al borde de la bancarrota, siempre saliendo adelante. Se decía que en algunas ocasiones los negocios de Shinh no eran nada limpios, que había traficado con gas, que había transportado trabajadores a las zonas de extracción de hidrógeno de Saturno sin permisos, que comerciaba con órganos clonados y cultivos de algas tóxicas...
Todo aquello encendía a Lonneke. Toda su vida había hecho las cosas según habían dictado las normas, pero ya estaba harta. Ahora quería ver lo que había más allá de su Venus natal; de los grandes campos de verde hierba y los purasangres modificados para el extraordinario clima venusiano. Siendo una auténtica nativa de la joya del sistema solar, siempre había estado demasiado protegida por sus padres, y, aunque su sentimiento de rebeldía había
despertado demasiado tarde, ahora estaba decidida a no seguir con el negocio familiar de la cría de caballos y las explotaciones auríferas en el nuevo planeta. Por eso había estudiado Navegación y por eso, en lugar de iniciar una carrera en las fuerzas de la Confederación, había optado por conseguir trabajo en el mercado privado. Lonneke quería ver ese lado oscuro de los viajes espaciales con sus propios ojos. Visitar lugares que los chicos buenos jamás verían, conocer de primera mano a la gente con la que tendría que tratar durante toda su vida si quería sobrevivir en el negocio, y sobre todo trazar rutas, rutas que se salieran de las ventanas de lanzamientos de mercancías y las trayectorias de naves de fusión por las autopistas espaciales, aprender a burlar a las naves de la Confederación, crear sus propios caminos entre planetas.
Lene Shinh podía darle todo eso. No podía dejar escapar esta oportunidad.
Lonneke encontró el lugar de la entrevista prometedor. Se trataba de una taberna cercana al espacio puerto JFK, en la ciudad de Nueva York. Su nombre estaba escrito en un cartel de metal pintado e
iluminado por focos alógenos que apenas alumbraban: The Last Round. Tenía dos pisos, en el de abajo sólo se veían una puerta de metal y dos ventanas con cristales de colores demasiados oscuros o demasiado sucios como para permitir que la luz entrara o saliera. Arriba toda la pared era una gran ventana dividida en pequeños cuadrados, cada uno con un ojo de buey.
Lonneke entró. La respuesta de siempre fue automática: todos los hombres del local se giraron hacia la puerta. Había una barra a la izquierda, donde un camarero en camiseta de hombreras la miraba aburridamente detrás de un cigarrillo que pendía de sus labios. A la derecha había algunas mesas llenas de seres anónimos, navegantes y camellos, putas que esperaban para comenzar su turno en la calle.
Lonneke tragó saliva y comenzó a andar. No veía a la capitana Shinh. Los hombres acodados en la barra le dirigieron varios comentarios en voz baja: venus, paloma. Todo el mundo parecía darse cuenta siempre de cuál era su origen.
Entre la zona de la barra y las mesas había una especia de valla de madera que imitaba aquellas del
antiguo Oeste donde los vaqueros ataban sus caballos. En ella había dos o tres hombres a los que Lonneke prefirió no mirar a los ojos. Al fondo había una oscura escalera; quizá la capitana estuviera en el piso de arriba. Al pasar, uno de esos hombres le agarró con fuerza el culo. Lonneke se quedó paralizada un instante. Luego miró al hombre: barba de quince días, olor penetrante a alcohol, chaleco de cuero, sonrisa mellada. Seguramente era un matón o un ladrón de algún tipo. Atrajo a la chica hacía sí.
—Hueles muy bien, palomita...
Y sacó una lengua que estuvo a punto de rozar los labios de Lonneke. Pero en ese momento la mano que sujetaba a la joven por el trasero se separo de ella. Había una mirada de incredulidad en los ojos del ratero. Una larga espada se interpuso entre cazador y presa. Lene Shinh apartó gentilmente con su hoja española el brazo del delincuente y luego depositó con delicadez el filo bajo la barbilla de éste.
—Será mejor que charlemos arriba. ¿No crees? — dijo Lene.
—Sí, sí —respondió Lonneke.
El ambiente estaba más despejado en el piso superior. Los lavabos quedaban a la derecha y el resto de la planta estaba dedicado a mesitas altas rodeadas de sillas. Allí se sentaron la capitana y la aspirante. El ventanal de ojos de buey permitía adivinar los edificios del JFK, creando un juego de luces de lo más sugerente, como cirios lejanos; enana catedral gótica. Lene estaba radiante, con su flequillo caído sobre el ojo izquierdo que aun así reflejaba la escasa luz confiriendo a su mirada la cualidad del vidrio.
—Tienes que aprender a apartar a esos perros. En el fondo no valen nada. Pero hay que plantarles cara.
—Sí.
Lonneke había comenzado a tontear con chicas en la Universidad, durante su ataque de rebeldía. Sólo había sido un juego entre amigas: un beso en una fiesta, caricias y manos cogidas durante un paseo, intimidad en la agitación de la residencia de estudiantes... Pero ahora, al ver a Lene, una famosa viajera del Sistema, capaz de deshacerse de un bruto como el de la planta de abajo sólo con sacar una vieja espada, dueña de su propia nave, y tan increíblemente hermosa... Lonneke estaba deslumbrada.
—Bueno, verás, mi Navegante se ha escapado con un mayorista de dendritas sintéticas de Ganímedes, no sé que tienen esos jodidos chinos, y necesito reemplazarla. Sólo contrato mujeres. Y necesito alguien fiable. ¿Si te doy el trabajo cuánto tardarás en irte con algún marinero borracho?
Lonneke se quedó de piedra ante la pregunta.
—Jamás he salido con borrachos, ni con marineros...
Lene la miró de arriba abajo. Lonneke se sonrojó.
—Ya me lo imagino —dijo la Capitana—. Tú no eres de la Tierra.
—No, soy de Venus.
Los ojos rasgados de Lene casi consiguieron abrirse hasta ponerse redondos.
—¿De Venus? ¿Quieres decir que eres nativa?
—Sí.
—¿Por qué quieres este puesto? Quiero decir, tus padres son ricos, eso seguro. Podrías trabajar en lo que quisieras.
—Podría trabajar en lo que ellos quisieran. Lo que yo quiero es navegar por el Universo, buscar mis
propias rutas, caminos que no existen en los mapas tridimensionales.
Lene se rió por primera vez, en respuesta Lonneke desplegó su encantadora sonrisa. Nadie podía resistirse a ella. Lene tampoco. La medio asiática examinó la cara de la venusiana. Sus rasgos eran perfectos, sus enormes ojos zarcos tenían la transparencia del mar en Venus, todavía limpio y sin contaminar. Inmediatamente comenzó a pensar en ella como en algo más que una compañera de trabajo. Acababa de encontrar un nuevo objetivo; esta vez era un auténtico trofeo.
En cambio Lonneke intentaba atravesar el flequillo de pelo negro mirar dentro de los ojos orientales y encontrar algo más, el espíritu de aquella joven y hermosa luchadora.
—Va a ser difícil que tracemos nuevas rutas, pero puedo enseñarte algunas que muy pocos conocen en el Sistema.
—Entonces, ¿tengo el empleo?
Lene sonrió mientras taladraba la mirada de Lonneke con sus diamantes verdes. Sus labios
brillaban en la penumbra del bar. Se acercó demasiado a su nueva Navegante.
—Lo tienes, si lo quieres.
Tercera parte: HILO DE ARIADNA
JACK
No puede ser. Esta sensación. Debo buscar un término mejor en mis bases de datos. Este subidón. Como si me hubieran conectado a una fuente de alimentación allá en Silicon Valley, o como cuando enciendo la planta de fusión y noto las nanoburbujas comprimiéndose y estallando. Pero no hay ninguna alimentación extra, la planta está a un siete por ciento.
Pero es Lonneke, esa chica... No puedo quitarle los ojos de encima. Bueno, los ojos no, las cámaras. Siento auténticas ganas de crear un archivo en mi memoria, pero no debo, los técnicos de la
Confederación que me están revisando se enterarían, lo descubrirían. ¡Y qué pensarían al ver a Lonneke Sivilay desnudándose y vistiéndose una y otra vez en el temporal de un ordenador como yo! Debo esperar, el doctor Ludoviqus llega hoy mismo. Más adelante, cuando estemos en espacio abierto, quizá él que me conoce pueda comprenderlo. Recuerdo que era un hombre brillante.
Ahora se pone el mono y se mira en el espejo. Adoro que haga eso; colocarse la cremallera justo en el lugar adecuado. ¡Ah! Baja y sube la cremallera hasta encontrar el lugar exacto, y ahora está perfecta, perfecta. Definitivamente hice bien en decantarme por los aspectos masculinos de mi personalidad. Lo disfruto mucho.
¡Cuidado, está mirando a la cámara! LONNEKE
Qué raro, pensó Lonneke, juraría que el zoom de esa cámara se ha movido.
Pero está desconectado.
La hermosa venusiana de pelo plateado se acercó al pequeño y redondo cristal situado sobre su mesa del Thalion. El objetivo no se movía. Era imposible, había dado orden al ordenador de desconectar las cámaras. Miró hacia la otra, el pequeño globo blanco situado en lo alto de su camarote en un rincón. Tampoco daba señales de vida. Habría sido su imaginación. Sólo el IBM Smart podía controlar la conexión de esos sistemas de seguridad ¿Y cómo iba a querer espiarla un ordenador?
Lonneke extrajo de un cajón magnético su consola portátil. Este pequeño aparato cubría una enorme cantidad de funciones como ordenador, comunicador, agenda, mapa tridimensional del sistema y de cada ciudad de cada planeta del mismo, conexión a la Internet o transpondedor. La Navegante del Thalion consultó su horario para ese día. Tenía una reunión en menos de diez minutos con el Vicealmirante Scotton y el resto de tripulantes del Nautilus. Allí iban a tomarse importantes decisiones para el futuro de Lonneke y sus compañeras. Después debía recibir a los nuevos miembros permanentes de la tripulación. La discusión en la última semana había sido terrible
entre Lene y las autoridades de la Confederación. Ellos deseaban enrolar a un equipo completo de científicos, como antes había hecho el General Rubirak, pero Lene quería al menor número posible de gente en la nave. Al final, gracias a la intervención de los más altos órganos científicos de la Tierra el número de altas se había reducido a sólo dos: expertos multidisciplinares de los que la joven Lonneke jamás había oído hablar.
A ella le daba más o menos igual mientras pudiera seguir trazando los rumbos y rutas de navegación. Durante los primeros días había temido que Lee usurpara su puesto, esa chica tenía un don innato para la navegación, luego había temido que la jovencita de pelo azul ocupara su lugar en el corazón de Lene, o en su cama. Pero la pirata no parecía muy interesada en la anatomía femenina, ni se le daban bien los números necesarios para programar los viajes. Ahora lo que más preocupaba a Lonneke era que estos dos nuevos tripulantes eran hombres. Sólo imaginar que iba a tener que competir por Lene con dos rivales del sexo contrario le revolvía las entrañas.
LENE
El módulo giratorio de campos magnéticos sin rozamiento de la Estación Espacial Amistad era tan grande como el Thalion. Desde uno de sus miradores la Comandante Lene Shinh observaba su nave interestelar deslizarse silenciosamente por el espacio. Muchos marineros espaciales experimentados se habrían mareado por el efecto óptico, parecía que era la redonda mole plateada del Thalion la que giraba, pero Lene se deleitaba en su contemplación.
Desde lejos se hubiera dicho que alguien inflaba un globo a través de la boca de uno de los cuadrangulares astilleros de Amistad; un engendro modular que giraba alrededor del mundo nativo de la raza humana con una longitud total de casi diez kilómetros. Era la más nueva plataforma de la Confederación, donde se construían casi todas las naves del órgano militar intermundial. La estación Neto, en Marte, solía más bien suministrar a las flotas de las confederaciones planetarias. Unos astilleros y otros competían por aplicar las más novedosas
tecnologías y mejorar los diseños tanto de naves militares como civiles.
En estos momentos, entre las gigantescas rejas de acero de los astilleros, junto a la enormidad del Thalion, Amistad construía tres transportes Boeing F- 5000, de aproximadamente un kilómetro y medio de eslora. Los primeros preparados para trasladar casi cuatro mil personas en cada uno de las decenas de miles de viajes que iban a realizar a Venus durante el próximo siglo. Poblar un mundo nuevo con seis mil millones de colonos era una tarea de titanes. En menos de cien años Venus iba a cambiar su imagen de paraíso idílico para ricos por la superpoblación.
Amistad también había sido el útero del Galeón Pedro Duque, la nave insignia de la flota confederada. La estación tenía una hermana mayor, Condenación, rebautizada como Paz al terminar la Guerra Intermundial. Era más vieja y más pequeña. De un tiempo a esta parte se había rumoreado sobre su cierre, pero ni la OMU, ni la CM podían permitirse tirar una inversión como aquella. En lugar de eso la estaban remodelando para convertirla en una estación de combate, la primera línea de defensa de la Tierra a
imagen de la otra gran plataforma del Sistema Solar: Hiperión, la estación de combate de Titán. Al mismo tiempo, y para evitar suspicacias, se había renovado y mejorado todo el material científico de Paz, con nuevos telescopios ópticos e infrarrojos.
El sonido de una puerta al abrirse apartó a Lene de sus pensamientos y del mirador. Lee estaba sentada a una enorme mesa de reunión. La gravedad artificial le permitía poner tranquilamente sus piernas sobre la tabla ovalada. Mientras Lene vestía el mono color vino de la Marina Mercante, Lee había obtenido el negro uniforme de la Infantería de Marina de la Confederación. Sin embargo la disciplina no parecía combinar demasiado bien con su personalidad. La puerta dio paso al Vicealmirante Scotton, que venía acompañado de una mujer.
Scotton siempre tenía un aspecto impecable aunque muy masculino. Su imagen reflejaba la disciplina que le faltaba a Lee hasta en el corte de pelo, los gestos y la voz. Antes incluso de verle Lene tuvo la impresión de que Lee se percataba de la presencia de los visitantes en la sala, pues quitó los pies una décima de segundo antes de abrirse al puerta y se sentó con
formalidad. Lene ya había notado la fuerza de gravedad entre Lee y Scotton. Le extrañaba dada la diferencia de edad, pero suponía que la pirata Índigo Kid estaba simplemente impresionada por el aire marcial y maduro de un héroe de guerra.
La otra mujer era alta, sin duda de origen terrestre. Llevaba el pelo canoso recogido en un moño detrás de la cabeza y lucía a juego el uniforme gris y blanco de la Armada de la CM. Lene reconoció con facilidad a la legendaria estratega del fin de la Guerra de Independencia: Eleonora Visq, Jefa del Estado Mayor de la Confederación de Mundos. Sus pequeños ojos azules reflejaban una inteligencia inquisitorial, aunque sus gestos eran los de una noble y anciana dama.
—Buenos días, señoritas —dijo Scotton— permítanme presentarles...
Lene le interrumpió.
—Sobran las presentaciones.
Scotton miró reprobadoramente a la Comandante, pero Visq no mostró el menor desagrado, en lugar de eso se apoderó de la iniciativa en la reunión.
—Mucho mejor —dijo—, así podemos ponernos a trabajar cuanto antes. Por favor, siéntense y comenzaremos la reunión. Aunque... Me parece que falta alguien.
Justo en ese momento apareció Lonneke, jadeante. Había venido corriendo desde su camarote en el Thalion, y por un pelo no llega a la reunión de estrategia.
—Perdonen —dijo ahogadamente. VISQ
Quizá debimos usar personal militar para esta operación, volvió a pensar la JEM de la Confederación. Pero en su fuero interno comprendía perfectamente que sus hombres nunca darían con los intermediarios de gas Hidrógeno. Rubirak había conseguido burlar a todas las agencias de inteligencia del Sistema, y había construido una nave interestelar bajo las propias narices de Visq. Una no, ¡dos! Dos naves con el Motor de Incremento de Masa de Soto. Las había probado y las había utilizado en varios
viajes. ¿Qué había descubierto Rubirak? Nadie podía decirlo.
Y ahora ella tenía que arreglarlo. Necesitaba la ayuda de Shinh. Había estudiado bien su historial. La joven Comandante había luchado en las postrimerías de la Guerra de Independencia, del lado de la Tierra, aunque sus inclinaciones políticas no se habían visto satisfechas con los tratados de paz de 2698, la commonwealth interplanetaria y las nuevas OMU y CM. Se trataba de lo que los antiguos políticos llamaban una liberal a ultranza. Eso era bueno para Visq; las ideas de Rubirak tenían poco o nada que ver con la libertad.
¿Y las otras dos oficiales? Lonneke Sivilay no era ningún problema. No presentaba filiaciones políticas, de hecho su único vínculo parecía ser sus sentimientos personales hacia la Comandante Shinh. Había nacido en Venus, en el centro mismo de la Confederación y sus padres, ricos terratenientes venusianos tampoco parecían partidarios de una revuelta racial como la de los marcianos.
Lee era cosa aparte. Según Scotton, había aceptado su nuevo compromiso con la ley con un cierto
entusiasmo, pero se podía esperar cualquier cosa de ella. No es que Visq temiera que se pasase al enemigo; una traición así sería castigada por la propia Shinh más rápida y duramente de lo que la Almirante se hubiese podido permitir. No, el problema era lo impredecible de su conducta. Poseía una brillantez y una intuición, algo que sólo podía definirse como un sexto sentido, que podía poner en peligro cualquier misión. Esa jovenzuela vivía por instinto y eso podía ser una noticia excelente o terrible.
—Bien, señoritas. Mi propósito aquí hoy es anunciarles que desde este mismo momento todas sus acciones están bajo un régimen militar especial aprobado por el Consejo de Guerra de la CM. No informarán a nadie del contenido de esta reunión, ni de sus futuras acciones. Sus únicos interlocutores seremos el Vicealmirante Scotton y yo. No tienen que rendir cuentas a nadie más.
»Como ya saben las reparaciones y modificaciones del Thalion van a llevarnos algún tiempo. Al menos una semana más. Eso retrasará la puesta en marcha de su primera misión de exploración: la construcción de una Estación Espacial y una base permanente en
Exotierra. Trasladarán allí a varios equipos militares y científicos para crear un perímetro seguro y una cabeza de puente en el planeta.
—¿Para qué? —preguntó Lee alocadamente.
Visq suspiró. Sus dudas regresaron si es que alguna vez se habían ido. Tuvo que ser Scotton quien respondiese.
—Los intereses de la OMU en Exotierra son evidentes. Ante todo es un mundo colonizable, es parecido a la Tierra en más de un 80%. Bastaría con un poco de terraformación para convertirlo en un vergel. Por otra parte allí habita la única especie extraterrestre conocida: los insectoides, aunque el término bichos, como ustedes comenzaron a llamarlos, parece haber alcanzado un cierto éxito entre el personal de esta estación. Debemos estudiar esa forma de vida. Y por último tenemos a la antigua civilización exoterrestre, los exohumanos.
Lene intervino.
—¿Han averiguado algo sobre ellos? A través de los informes, quiero decir.
Visq sonrió afablemente.
—Nuestros expertos siguen contrastando datos.
—Entonces, ¿qué se supone que vamos a hacer hasta que el Thalion esté listo?
Visq se echó hacia atrás en su asiento. Miró una por una a las tres chicas. Sólo Lene pudo aguantarle la mirada.
—Ante todo deseo saber si ustedes están recuperadas.
Las tres asintieron, Lonneke no fue capaz de levantar la vista. La rápida intervención de los médicos militares la había dejado como nueva. De hecho su aparato digestivo funcionaba con una regularidad pasmosa desde entonces, y de eso hacía más de un mes.
—Bien. Tengo una doble misión. Hoy llega el equipo técnico-científico. Alguien debe ponerles al corriente y acomodarles. Esa será la tarea de usted, Sivilay.
Lonneke casi salta de la silla. Se había olvidado de la mirada de halcón de Visq y ahora la observaba de hito en hito.
—¿Cómo? ¿Voy a quedarme aquí varada? ¡Yo soy la Navegante!
Visq no pareció inmutarse.
—Por eso mismo. Debe familiarizarse con los nuevos mapas estelares para las próximas misiones. Especialmente el Sistema Alpha cas. Tenemos pensado investigar los gigantes gaseosos en busca de lunas y materias primas. En segundo lugar es la única cualificada técnicamente para poder entenderse con sus nuevos compañeros.
Lonneke se quedó visiblemente fastidiada.
—Además no envidiará la misión de sus compañeras. Han ustedes de recavar la información que necesitamos. Es decir, ha llegado la hora de que cumplan su parte del trato. Quiero que encuentren a quien está suministrando combustible a los terroristas, o que averigüen cuales son sus planes.
—¿Cuál es la situación a día de hoy? —preguntó Lene.
—Sólo Valle Marineris permanece fiel a la OMU, pero eso no durará mucho. Hemos sabido que una fuerza terrestre se dirige hacia allí desde Xparta.
Alcanzarán su objetivo en seis horas. Suponemos que sitiarán la Universidad y los terrenos terraformados. Después puede ocurrir cualquier cosa. Tharsis ha caído en manos de los rebeldes, de hecho nuestros informes sitúan al general Zoltan Rubirak en esa ciudad-estado. La Primera Flota está en estos momentos tomando posiciones a una distancia segura del planeta. Pretendemos que ninguna nave entre ni salga, pero sin entablar un conflicto abierto con la fuerte Armada marciana.
Lee había estado observando fijamente al Vicealmirante con sus grandes y redondos ojos negros.
—Sí, pero, ¿por dónde empezamos? Visq clavó en ella su mirada de rapaz.
—Díganoslo usted. ¿De quien sospecharía? Lene decidió echar una mano a la adolescente.
—Marte siempre ha comprado su hidrógeno a Titán. Es una especie de enriquecimiento mutuo. Los titanios son muy celosos de su independencia, por eso prefieren tratar con Marte antes que con la Tierra.
—Eso es correcto —dijo Visq—. Pero Titán no se arriesgaría a una guerra abierta contra el resto de los mundos habitados y la CM. Los titanios se ocupan de sí mismos.
—Quizá Rubirak saca su H de un mundo más pequeño y discreto. ¿Calisto? ¿Ganímedes? — inquirió Scotton.
Lene meditó nos instantes.
—Ganímedes no es pequeño, sólo es pobre, y está demasiado poblado. Su sistema de colonización fue un experimento para el de Venus. ¿O lo han olvidado? No hay grandes ciudades, sino multitud de asentamientos. Allí nada es completamente discreto. Y Calisto... Podría ser.
—No, no lo es —dijo de pronto Lee.
Visq y Scotton se le quedaron mirando; esa mocosa y su maldita intuición infalible. La Almirante volvió a aguzar la vista y preguntó en tono de anciana bondadosa.
—¿Por qué no, hija?
Lee respondió con desparpajo.
—Pues no lo sé. Pero allí está Europa y todo eso. Son muy civilizados, son como terrestres. Si alguien se estuviera llevando su gas se enterarían. No, tienen que estar en Titán. O quizá...
—¿Quizá...? —la pregunta de Visq quedó en el aire.
—Bueno, allí está Rea. Los conozco bien. Si alguien le pasa gas de contrabando a los marcianos, tiene que ser de Rea, o tener tratos con Rea. Si no lo hiciera la Cofradía iría a por él.
—¿La Cofradía? —preguntó Lonneke casi para sí misma.
—La Cofradía de los Hermanos del Mar sin Orillas, tiene normas que no se pueden romper.
—Piratas —dijo Scotton. LONNEKE
—Prométeme que tendrás cuidado —dijo Lonneke.
—Sabes que sí —le contestó su amada.
Lene estaba preparando sus cosas. Llenaba la última bolsa de mano con ropa para transportarla al
Nautilus. Realizarían su viaje al Sector Exterior en la vieja corbeta. Lene era bien conocida en la zona, y la aparición de su nave no debía representar, en principio, alarma alguna para los traficantes de Hidrógeno.
—No te arriesgues, Lene, esta es una guerra estúpida y que no nos incumbe...
La Comandante se giró aceleradamente.
—¿Qué no nos incumbe? Le incumbe a todo el mundo. Ese Rubirak es un loco, cree que los marcianos son una nueva raza. Quiso infestar la Tierra con los bichos...
Lonneke, que permanecía sentada en una silla, se levantó. Su rápido parloteo sirvió para calmar la ira que veía surgir del interior de Lene.
—Lo sé, lo sé. Me refería, quería decir... A nuestro amor. No le incumbe a nuestro amor. Quiero decir que nuestro amor es más importante que las razas o los mundos...
Lene la miró con compasión. Era la criatura más hermosa que había visto. Todos los marines, marinos, oficiales y técnicos que la habían visto en Amistad,
habían perdido el corazón al instante. Lonneke recibía constantemente cartas de amor, correos electrónicos de amor, mensajes de telefonía de amor y toda clase de regalos; desde los clásicos bombones o las flores, hasta sortijas y diamantes naturales de los altos oficiales. Pero Lonneke no abría las cartas ni los mensajes, y devolvía los regalos; era de Lene, sólo la amaba a ella, sólo le pertenecía a ella. Eso hacía sentir muy afortunada a la terrestre, pero se daba cuenta de que debería sentir algo más, algo más profundo y sincero. Sin embargo estaba deseando iniciar el viaje con Lee. Aunque la belleza de la venusiana eclipsaba todo lo que tenía alrededor, Lee era muy especial y tan joven que Lene no podía resistirse. En algún lugar acallado de su conciencia se arrepentía de su infidelidad, pero aquella misma noche, mientras hacía el amor a Lonneke había imaginado la tersura de la piel de diecisiete años, la frescura de besar unos labios nuevos.
—Lucharé contra todos esos marcianos locos para que siga existiendo nuestro amor.
Lonneke se quedó un segundo como pasmada. Esa frase podría haberla dirigido Lene a cualquiera,
entregada como estaba a sus pensamientos, pero Lonneke no dudó de que se refiriera exclusivamente a ella ni un instante. Se acercó lentamente, con una expresión en el rostro que habría derretido de amor a un australopitecus, y besó a la única criatura que había amado o podría amar jamás.
LEE
Helvar Scotton manejaba las armas con la soltura de un amante experimentado en la ciencia del cuerpo del objeto de su amor. En el Sector Exterior el retroceso de un arma de fuego te podía dar un buen susto, por eso el alto, casi un metro noventa, militar mostraba ahora a su alumna de pelo azul el funcionamiento de los modelos Winchester de baja velocidad.
—El modelo 2705 sólo dispara dardos. La masa es tan pequeña que apenas necesita que se le imprima fuerza. La justa para llegar al enemigo y clavarse en la piel. Por supuesto su uso sobre armaduras es inútil. No podrán atravesar nada más duro que el cuero
corriente. Su carga eléctrica paralizará y atontará al objetivo durante cuarenta y dos segundos.
Lee no sabía por qué le miraba extasiada, ni por qué de pronto le interesaban las armas de fuego. Ella no las había necesitado jamás.
—Ésta es la escopeta de postas Firecat. Su uso es el corriente, pero asegúrese de estar sujeta al disparar o saldrá despedida. Ni se le ocurra usarla en gravedad cero.
El paternalismo de Scotton hirió a Lee. ¿Qué se creía éste? Ella había viajado con los piratas más sanguinarios del Sistema. Por supuesto que no iba a disparar un arma con retroceso en el espacio. De hecho no tenía ni la más mínima intención de utilizarla.
—Ésta es la joya de la corona. Hemos imitado el sistema de rayos de taquiones marciano. Acaba de empezar la producción en serie. De hecho el Nautilus está equipado ahora con un cañón de este tipo. Estos rifles portátiles... Hay uno para Shinh y otro para usted, pueden perforar el blindaje de una nave con suficiente tiempo de exposición. Lleve cuidado.
Lee no puedo menos que sonreírse.
—Bien —dijo Scotton—, ¿alguna duda? ¿Por qué sonríe?
Lee no supo qué contestar.
—Por nada.
Scotton pareció relajarse y también sonrió. Sus dientes eran de una rectitud y blancura deslumbrantes.
—Considera usted que no necesita armas de fuego. No era una pregunta. Lee no contestó.
—Conozco la leyenda. Índigo Kid no usa armas, excepto sus cuchillos.
Lee se levantó. Sus movimientos eran felinos, de hecho sintió que sus caderas se desplazaban demasiado de un lado a otro. ¿Pero qué estoy haciendo? pensó. Sin decir palabra abrió su cajón de la armería. En él, perfectamente encajados en espuma estaba su pequeño arsenal: seis dagas arrojadizas hechas en Ganímedes de quince centímetros y ocho shuriken de cuatro puntas. Scotton cogió una de las estrellas. Sus cuatro brazos estaban bastante
elaborados, sólo tenían un filo curvado por un lado, como los sables.
—Muy interesante. Nuestros marines también usan cuchillos arrojadizos en combate de microgravedad.
¿Son efectivos?
—¿Los shuriken? —la chica del pelo azul volvió a sentarse.
Scotton afirmó con la cabeza.
—Son armas defensivas. Una distracción, un medio de bloquear un rayo láser o cegar al adversario.
—Deduzco que por eso sus estrellas sólo tienen un filo.
—Así es.
Scotton siguió admirando las armas. Empuñó uno de los cuchillos con evidente maestría. Era negro, con un pequeño filo. Lee debía confiar mucho en su capacidad con estas armas para usar esta longitud de cuchillos, se quedaría corta con la mitad de las armaduras corporales, por no hablar de aquellas hechas a base de polímero de tela de araña. En esas rebotarían. Scotton ignoraba que cada vez que había tenido que usar sus cuchillos Lee había acertado en
alguna parte desprotegida o descubierta. Era capaz de visionarla un segundo, menos que eso, y luego acertar. Pero el Vicealmirante pensó que era un armamento escaso para la misión que iban a llevar a cabo, y se le ocurrió algo. Sí, tendría que avisar a la Tierra, pero aún faltaban horas. Podría conseguirlo a tiempo.
Se volvió para anunciar su marcha a la Oficial de Seguridad y la sorprendió mirándole como recelosa. Los ojos de Lee registraba los movimientos, la pose y la firmeza del militar. Lo estaba escrutando con todas sus fuerzas.
—¿Le ocurre algo, señorita?
Para sorpresa del Vicealmirante Lee respondió.
—¿Alguna vez ha tenido que hacerlo?
—¿El qué?
Lee hizo un leve gesto con el mentón en dirección a las armas.
—¿Luchar en el espacio? Muchas veces. Scotton pareció cansado de pronto.
—¿Y? —interrogó la jovencita.
Scotton recobró su aplomo, se irguió y comenzó a desabrocharse el uniforme, que llevaba abotonado en una línea sobre el lado izquierdo del pecho. Lee no sintió excitación, sino una especie de curiosidad morbosa. Se levantó lentamente, con la mano adelantada hacia el pecho del Vicealmirante. Por un instante sus dedos confundieron las caricias del abundante vello con el recorrido de varias cicatrices, casi todas de láser, aunque había una en el costado izquierdo, cerca de la cadera, que procedía de un arma de filo, seguramente de un machete. Lee parecía hipnotizada con las heridas de guerra hasta que una profunda voz la sacó de su ensimismamiento.
—Sable de asalto titanio. Tuve suerte de no perder todas las tripas. Prácticamente todo mi intestino es nuevo.
Estaban muy cerca el uno del otro. Tanto que Lee podía oler la menta del aliento de Scotton si miraba hacia arriba.
—Pudo haber eliminado las cicatrices, reconstruido también la piel.
Los ojos grises de Helvar Scotton revelaron en su profundidad el sufrimiento del pasado.
—No —dijo—, me recuerdan el dolor. Lucho para que otros no tengan que sentir el dolor.
RUBIRAK
El Palacio de Gobierno de la Confederación de Ciudades-Estado de Marte se hallaba en lo alto de la meseta de Tharsis. Un alto ventanal de exquisito vidrio marciano mostraba la imagen imponente del Monte Olimpo, el gran volcán extinto de veinticinco kilómetros de altura. Zoltan Rubirak caminaba hacia esa imagen. Solo. Sus pasos resonaban como grandilocuentes palabras en el enorme y lujoso pasillo. Se detuvo y observó largamente la mole que se elevaba sobre cientos de kilómetros de minas de hierro y silicatos. La parte alta de Tharsis, la que se encontraba sobre la meseta, tenía un aspecto muy característico: altísimas pirámides con bases poligonales de todos los tipos se alzaban en su único color esmeralda. Los primeros edificios de
cristalacero. Desde que se levantara el primero se había ido mejorando la técnica, hasta que se construyó el Palacio: una pirámide de base cuadrangular de dos kilómetros de altura. Era la más cercana al Olimpo, la más espectacular.
La vidriera a la que parecía dirigirse Rubirak no era más que una pequeña ventana en la pared más cercana al monte de los dioses. Rubirak apenas necesitó musitar la orden.
—Ordenador, cierra la ventana.
Y el vidrio marciano se coloreó con alguna imagen de vidriera gótica, mientras el cristalacero de la pared exterior se polarizaba. Rubirak giró a la izquierda y entró en una habitación a través de unas lujosas puertas de ébano.
El ambiente se transformó como presa de un encantamiento. Esta sala era como un estudio o pequeña biblioteca. Tenía una mesita para el té, y oscuras estanterías con libros. Una ventana de estilo tradicional daba paso a la rosada luz ambiental de Marte. Había un pequeño fuego que apenas brillaba en una chimenea meramente decorativa y cuatro
asientos con grandes orejones, tapizados de exquisitos paños. En una noche de tormenta, con el sonido de los truenos de fondo, Alan Poe se habría sentido satisfecho leyendo en la penumbra de aquel pequeño despacho.
Había dos hombres en la habitación, que se pusieron de pie al ver entrar al General. El más alto, un tipo de pelo ralo entrecano, cara de palo y arrugas profundas era Merrin Sabas, delegado de Solaris Incorporated para Marte. Había que tener cuidado con él. Solaris era la única compañía intermundial del Sistema. Su negocio era básicamente la extracción de Hidrógeno y Helio3 de las nubes de Júpiter y Saturno, así como la compra-venta de agua en las lunas más pequeñas. Pero en Marte mantenían no sólo el negocio del agua en los polos, sino también instalaciones científicas debajo del Olimpo. Nadie sabía exactamente qué hacían allí. Desde luego se dedicaban a la extracción y desarrollaban nuevas formas de vidrio y cristal de roca marciano. El ferrocristal era un producto exclusivo de Solaris, y aunque por ahora el uso de este material era más artístico que útil, Rubirak sospechaba que ahí abajo
se estaba cocinando un proyecto mucho más importante de lo que la Confederación podía imaginarse.
El otro tipo era más bajo y fibroso, sin duda se trataba de un nativo del planeta de la guerra. Rubirak le conocía bien. Sergei Tayek era el presidente de Rostov Ltd., una empresa del estado que se había privatizado tras el fin de la Guerra de Independencia. El negocio minero de Marte era prácticamente un monopolio de su propiedad. Tanto el bello vidrio marciano como el indestructible cristalacero eran sus productos estrella. El General había recibido buenos informes de Tayek: era un devoto de la causa.
—Bien, señores —dijo Rubirak en su tono marcial—, no puedo dedicarles mucho tiempo, tengo asuntos que atender.
Sin más ceremonia los tres ocuparon sus lujosos sillones.
—General Rubirak —comenzó diciendo Tayek—, permítame felicitarle por su rápida victoria. Somos muchos los que creemos que ha llegado el tiempo de
un nuevo sistema para nuestro planeta. Una democracia avanzada.
—Me alegro de oír sus palabras, Tayek. El nuevo nacionalismo socialista marciano es el culmen de nuestros esfuerzos. Desde hoy somos como un solo hombre, no, como un solo marciano. Todos somos iguales, nuestra sociedad es uniforme, no hay fisuras.
—Sin embargo —interrumpió Sabas con un peculiar tono sarcástico—, he oído que la Confederación ha mostrado ciertas reticencias a ser uniformada, y que sobre nuestras cabezas no sólo vuela la gloriosa Armada de Marte, sino también la Primera Flota.
Rubirak fulminó al empresario con la mirada, pero se contuvo.
—Pronto romperemos el bloqueo e impondremos nuestra hegemonía en el Sistema. Los marcianos nacimos para este destino, dirigir una nueva raza humana hacía el futuro entre las estrellas. Estamos construyendo tres nuevas fragatas armadas con cañones de taquiones siguiendo un nuevo modelo de
diseño marciano. Son las armas más nuevas, versátiles y rápidas.
—Lo celebro —dijo Sabas—, pero esas naves necesitarán combustible. Si hay un bloqueo, ¿de dónde sacarán el Hidrógeno?
Rubirak no apartaba los ojos de Sabas.
—Bien, dígamelo usted. El hombre de Solaris rió.
—General Rubirak, no esperará que nos alistemos para su causa. Nosotros estamos abiertos a cualquier transacción comercial, y hemos hecho oídos sordos ante las noticias de cargamentos de Helio3 que han venido desapareciendo de nuestras plataformas en Júpiter y sobre todo en Saturno. Pero esos envíos sumados a los eventuales ataques de piratas en el Sector Exterior apenas cubren un treinta por ciento de las necesidades de ustedes, sobre todo si pretenden mantener una gran flota durante un largo periodo de tiempo, no digamos si deciden emprender algún tipo de acción armada. Solaris no puede arriesgar sus negocios en todo el Sistema por un único planeta.
Rubirak replicó con agresividad.
—¿Eso es lo que me ofrece? Sin embargo Solaris mantiene sus instalaciones bajo el Olimpo. El socialismo marciano busca la redistribución de la riqueza en beneficio de los desfavorecidos. Si para repercutir en los marcianos los recursos que se extraen de nuestro subsuelo debo nacionalizar la industria, que así sea. Quizá ha llegado la hora de que su laboratorio de arena pase a ser propiedad del pueblo. ¿Qué me dice de eso?
Sabas se inclinó en el sillón.
—Le diría que nuestros virus de seguridad son los más efectivos del mercado. Y que nuestra información secreta está bien a salvo. Seguro que sus servicios de inteligencia le confirmarán este extremo. En nuestras instalaciones se llevan a cabo sutiles ensayos con arena marciana. Pero son nuestros. Si ustedes se interponen la Confederación conocerá inmediatamente sus fuentes de suministro de gas, incluidos los nombres de esos piratas con los que tiene tratos.
La tensión podía masticarse en la pequeña biblioteca. Sabas no lo sabía, pero podría haber muerto por esa desfachatez. Afortunadamente para él,
había una tercera persona en la sala. Tayek decidió apaciguar los ánimos.
—Calma, calma, amigos. General Rubirak, Rostov está a disposición del Partido para todo lo que éste solicite. Sabemos que los experimentos de Solaris pueden ser de gran importancia estratégica para el futuro de Marte. Pero al mismo tiempo los silicatos marcianos son la única materia prima con la que Solaris puede trabajar, ¿me equivoco?
Un sonriente Merrin Sabas cruzó los dedos a la altura de sus dientes amarillentos, pero no pronunció palabra.
—Es, pues, conveniente que alcancemos un acuerdo. Garantice el General la seguridad de Solaris en la Confederación de Marte, y a la vez Solaris podría, quizá, ceder una exclusiva sobre algunas de sus patentes al Gobierno de la Confederación.
Sabas puso sus manos en los brazos del asiento.
—Suena razonable, aunque deberíamos discutir qué patentes pueden interesar a la Confederación de Marte. Nuestro proyecto es a muy largo plazo.
Rubirak decidió hacer un gesto melodramático. Se puso en pie y se acercó al hogar. Miró durante unos segundos los crepitantes leños. Sabas se vio forzado a girarse para seguir sus movimientos. Tayek se acomodó contra el respaldo y cruzó las piernas.
—La Confederación de Ciudades-Estado de Marte ya no existe. La he disuelto. He declarado el Gobierno Único de Marte, del que yo soy el Jefe.
—Pero, ¿y las Ciudades? ¿Y los partidos políticos? Rubirak se volvió hacia sus invitados.
—Los otros partidos se han unido voluntariamente al nuestro. El sistema de confederación solo era un estadio previo, Tayek, una forma de hacer las cosas de un modo menos traumático. Pero nuestro objetivo siempre fue éste; la autodeterminación de nuestro gran pueblo unido bajo una sola voluntad colectiva. Las ciudades serán gobernadas por los subjefes de los Colectivos del Pueblo. Los rebeldes han sido declarados fascistas reconocidos y enemigos del pueblo. Serán apresados y fusilados.
Los representantes de las empresas más grandes de Marte se miraron, intentando cada uno controlar sus
propios gestos a la vez que trataba de averiguar qué podía leer en el rostro del otro. El General no prestó atención a sus esfuerzos.
—Sus términos son aceptables —concluyó—. Pronto dispondremos de una fuente inagotable de gas. Ahora si me disculpan...
Los empresarios abandonaron la salita. Tayek iba impresionado pero satisfecho, una media sonrisa se encendía y se apagaba a medida que se iba adentrando en sus pensamientos y olvidaba a su acompañante. Sabas, en cambio, le miró directamente a la cara, sin recibir ninguna señal. Todo lo que había oído era preocupante y negativo para los intereses comerciales de, no sólo su compañía, sino de todo el comercio intermundial. Pero de todo ello, lo que más le preocupaba era la última insinuación de Rubirak.
¿Iban a obtener gas de una nueva fuente? ¿O iban a piratear una fuente ya existente? Solaris conocía la existencia del Thalion, y Sabas estaba puntualmente informado. También sabían del Huor, la otra nave interestelar que en estos momentos estaba varada en los puertos de Neto. Sin embargo era imposible que esas naves de exploración pudieran haber instalado
un sistema de extracción de gas en algún gigante de otro sistema solar. No, eso quedaba descartado.
¿Entonces qué? Una invasión. La conquista de un mundo cercano a Júpiter o Saturno, probablemente a Júpiter. Sabas apretó el paso y dejó atrás a su distraído compañero: los ejecutivos de la Solaris en la Tierra querrían conocer estas noticias cuanto antes.
LEE
El hangar Sur del Thalion se abría lentamente. Los mamparos se replegaban deslizándose hacia el Norte del navío. No todo el casquete polar se apartó, sólo los paneles necesarios para el paso del Nautilus. Un breve empellón mecánico dio la suficiente aceleración a la remodelada corbeta para abandonar el vientre de la nave interestelar. Lee iba sentada en el asiento del piloto, y Lene en el del copiloto. Reinaba un incómodo silencio.
El motor de fusión ya estaba en funcionamiento. Cuando la distancia con respecto al Thalion fue la suficiente como para asegurarse de que la estela de
plasma no dañaría a la nave nodriza, Lee abrió los campos electromagnéticos que cerraban el paso al ardiente Hidrógeno y un temible fulgor anaranjado partió de la popa del Nautilus y lo impulso hacia delante. Lonneke había trazado el rumbo en el mapa tridimensional y había programado la aceleración y desaceleración. Lee apenas había tenido que hacer nada, incluso la configuración de guarismos le hizo sospechar que Lonneke estaba un poco celosa de ella.
No tenía por qué. Lee no sentía ni la más mínima gana de quedarse con su puesto como Navegante, ni tampoco con su lado de la cama de Lene. La Comandante era una presencia excesiva. Lee había empezado a sospechar de cada gesto, de cada mirada. Nunca había estado con una mujer, y no se sentía cómoda bajo la acometida de su oficial al mando. De ahí los prolongados silencios.
Ya no había nada que hacer. El Nautilus tardaría cincuenta y seis horas en llegar a la órbita de Titán. Hasta entonces se imponía un rato de sueño en la Sala de Éxtasis. La aceleración y el frenado de Lonneke eran muy suaves las tres primeras y las tres últimas horas, para que sus compañeras pudieran moverse sin
excesivos problemas por la nave antes de entrar y después de salir de la Éxtasis.
—Bueno —dijo Lee, harta del silencio—, ¿ahora qué?
—Éxtasis. Asegúrate de que tienes todo amarrado en el camarote. Yo haré lo mismo. No quiero que ocurra ningún accidente mientras estamos durmiendo. Lee se levantó de su puesto de mando y con mucha soltura a pesar de la inercia se dirigió a la puerta de la IIC. Lene la siguió con la mirada y cuando iba a
atravesar la puerta dijo.
—Por cierto, trajeron algo para ti. Un obsequio del Vicealmirante Scotton.
—¿De Scotton?
—Sí. Creí que sólo Lonneke despertaba esas pasiones en el personal masculino, pero ya veo que me equivocaba.
A Lee se le escapó una sonrisa. Ese segundo de debilidad fue rápidamente visto por Lene, y aprovechado; sus verdes ojos rasgados cortaron el aire entre las dos.
—Voy a tener que prohibirlo. Me estoy poniendo celosa.
A Lee se le congeló la sonrisa y salió. No podía estar segura de que se refería a ella y no a Lonneke pero... Lee también había recibido las atenciones de los soldados y trabajadores de Amistad. Le leyenda de la bella y salvaje pirata atraía muchas miradas y comentarios, pero no podía compararse con la ingente cantidad de invitaciones, regalos y ruegos que Lonneke había tenido que rechazar. Decidió no pensar más en ello y se apresuró en llegar a su camarote, que antes había sido de Kaila Shatter. Sobre la cama, sujeta por las cintas del lecho, se hallaba una maleta plana y ancha. Lee sonrió, había reconocido el tipo de almacenaje.
La abrió lentamente, casi con deleite y se maravilló ante la nueva colección de armas arrojadizas que le había regalado Scotton. Pertenecían a los cuerpos de élite, y algunas eran modelos especiales. No había shuriken, pero sí dagas. Lee sostuvo una. El filo emitía un tembloroso reflejo. La chica comprendió en el acto.
—¡Monofilamento de diamante!
Scotton estaba preocupado por la efectividad de sus armas. Sus cuchillos no podían atravesar la mayoría de armaduras de combate, pero estos sí. El monofilamento de diamante cortaba casi cualquier cosa.
En la maleta había armas blancas de las empresas americanas y españolas que trabajaban con la CM: cuatro dagas arrojadizas United Cutlery de doce centímetros, y dos de veinte. Tres cuchillos de combate; un Chris Reeve de quince centímetros de hoja, un clásico Ka-Bar de dieciocho y otro más pequeño con punta tanto, marca Muela, con hoja de diez centímetros.
Pero las estrellas de la colección eran las dos muñequeras de cuero para picas arrojadizas Cold Steel, con tres dardos cada una más repuestos; todas dotadas de vértices y puntas de monofilamento. Estas picas, de doce centímetros cada una, podían atravesar una protección de tela de araña sintética, incluso hundirse profundamente en una armadura corporal si se arrojaban con fuerza suficiente. Eran armas muy caras, no se fabricaban en serie.
Contenta como una niña pequeña, aseguró los correajes y se desvistió.
Cuando llegó a la Sala de Éxtasis, Lene ya estaba allí preparando el centro robotizado. Ahora había cinco criosarcófagos, como medida de precaución si la tripulación al completo debía abandonar el Thalion. Lee recordó que ese mismo día llegaban dos hombres: un ingeniero y un científico. ¿Qué pensaría de esto Lene? Ella siempre quería llevar mujeres en sus tripulaciones. Lee supuso que no le importaría demasiado, Lene no parecía tener complejos en lo que a sexo se refería. La miró mientras programaba el centro robótico, y a pesar de sí misma acarició la elegancia de pantera y el equilibrio de sus suaves formas con la mirada embelesada. Justo entonces Lene notó su presencia y la miró. Lee salió de la abstracción a toda prisa. Ninguna de las dos dijo nada, pero la jovencita estaba segura que algo así no podía haber escapado a la percepción de la experimentada viajera espacial.
Lee se acercó a los criosarcófagos.
—¿Cuál es el mío? —inquirió.
—Es ese.
Lee se inclino sobre el aparato y comprobó que los anclajes y correas estaban todos en buenas condiciones. De hecho los habían puesto nuevos durante la semana anterior.
—No necesitas revisarlo —dijo Lene—, ya lo he hecho yo.
Lee no se giró para contestar, no miró a su Comandante.
—Prefiero hacerlo. Me gusta asegurarme.
—Dime, Lee...
La pirata de pelo azul se detuvo y miró a Lene.
—... ¿Alguna vez has compartido el criosarcófago durante el viaje?
Lee quiso tragar pero no pudo. Esos ojos verdes se clavaban en ella. La hipnotizaban como los de una serpiente. En cualquier momento podía abalanzarse sobre ella y no podría rechazarla. Se sintió demasiado pequeña e inexperta. No supo qué decir.
—Es como un merecido descanso después de... Deberías probarlo.
Lee tragó ahora y replicó con una sonrisa nerviosa y falsa.
—Puede que sí. Algún día. ARAS
Thalion. Curioso nombre para una nave espacial, pero había tantas cosas a las que poner nombre que el profesor Aras Ludoviqus no se extrañaba en absoluto de que los ingenieros recurrieran ahora a personajes de mitologías extrañas, incluso modernas. Thalion era el sobrenombre de Húrin, personaje literario surgido de la fantasía de un antiquísimo escritor llamado John Tolkien. Thalion significaba fuerte o firme. En aquellas viejas novelas era un héroe, capaz de grandes proezas, pero era capturado por sus enemigos, duendes, vampiros o cosas similares, y su familia se veía avocada a la tragedia y una historia de desdichas.
A Aras todos esos cuentos le parecían estupideces. Encerrado siempre en su laboratorio de computación del Instituto Max Planck, leyendo sobre el
comportamiento de las partículas en el vacío, en la microgravedad, luchando por almacenar datos y datos en moléculas de calcio y otros elementos. Lo suyo era la computación cuántica y había sido alumno aventajado del profesor Friederich Long. Pero cuando éste regresó a su Marte natal, perdieron el contacto. Años antes Aras había ayudado a Long en su desarrollo del modelo Smart para IBM, aunque nadie sabía que el diseño estaba completado, ni que el doctor Long lo hubiera ocultado incluso a sus propios inversores y a la casa madre del ingenio. Cuando hacía menos de dos semanas IBM había sido llamada a declarar ante un tribunal militar, todo este complot había salido a la luz. La cosa era grave. La más antigua fabricante de ordenadores necesitaba limpiar su imagen, y había ofrecido un contrato millonario a Ludoviqus para que se hiciera cargo del Smart a bordo del Thalion.
Él había aceptado; habría dado cualquier cosa por disponer de esa espectacular máquina sólo para él. Pero había algo más, una disfunción de la interfaz humana del aparato, y un extraño aumento de la memoria tanto en rapidez como en capacidad. El
IBM había tenido un comportamiento anómalo, mostraba un exceso de emotividad, si eso era posible, incluso había afirmado que el profesor Long era su amigo. Es más, había conseguido contravenir su programación para salvaguardar la vida de Long, y luego impedir un crimen en la operación de rescate. Aras no sabía todavía qué le ocurría al ordenador, pero lo que imaginaba le llenaba al mismo tiempo de preocupación y admiración.
La Confederación había pedido un científico multidisciplinar, pero IBM les había convencido tras una generosa aportación económica, de que una vez que Aras Ludoviqus hubiese arreglado el Smart, el propio ordenador resultaría un equipo científico multidisciplinar mejor que cualquier ser humano. Por eso los militares habían acabado aceptando una plantilla tan reducida.
Aras no se había preparado para ningún tipo de reparaciones, en cambio había comprado y leído algunos clásicos de psicología y psiquiatría: Freud, Jung, Frankl... Luego había repasado con gran atención los informes de la tripulación de la nave
interestelar, y por último se había informado sobre el funcionamiento del MIM y las teorías de Yonas Soto. La tripulación parecía correcta, más que correcta. Al parecer la oficialidad del Thalion estaba compuesta exclusivamente de mujeres, y por las noticias que le habían llegado eran excepcionalmente atractivas. Aras era uno de esos ratones de biblioteca que tenía en el fondo de escritorio de su ordenador a
Lee Zalduendo. Le habían temblado las rodillas cuando supo que iba a conocerla, aunque tenía diez años más que la chica. Pero también le habían llegado noticias de la joven Navegante venusiana, de pelo rubio platino, ojos zarcos y expresión inocente.
Nada de lo que los militares de la Confederación le habían contado le hacía justicia. Estaba allí, de pie ante la entrada de amarre del Thalion al astillero, tan alta como él, delgada, elegante, atrayente. No se podía apartar la vista de su pelo plateado. Se asemejaba a la descripción de uno de esos elfos del escritor Tolkien. Nada más apropiado para dirigir los mandos del Thalion. Aras, con la cabeza en las nubes, trastabilló y todos los papeles y carpetas que portaba se fueron al suelo. El joven científico se arrodilló
para recogerlos y ella se acercó para ayudarle. Él se ruborizó.
—¿Es usted el profesor Ludoviqus? —preguntó con una voz suave y templada.
Aras no se atrevió a mirarla directamente.
—Sí, sí, soy yo. No... No hace falta que me ayude.
—Oh, no es nada.
Terminaron de recoger los papeles y se pusieron en pie. Al fin Aras miró a la chica. Realmente era más que guapa. Era un sueño inalcanzable para cualquier hombre. Pero además tenía un gesto de permanente timidez, parecido al del propio Aras. El profesor sintió todo su cuerpo relajarse y esbozó una sonrisa.
LONNEKE
Aras Ludovicus le cayó simpático enseguida. Había tropezado de manera bastante cómica al mirarla. Lonneke estaba acostumbrada a que los hombres se giraran al verla, y de vez en cuando uno se daba de morros contra el alumbrado público y chocaba o caía de bruces. El aspecto de Aras era realmente
inofensivo: no vestía a la moda y sus movimientos carecían de la gracia necesaria para caminar en microgravedad. Es posible que inconscientemente Lonneke le eliminara como un adversario por Lene, pero ella lo que sintió fue una simpatía automática, y no se preguntó por qué.
—Me llamo Lonneke Sivilay, soy la navegante del Nau... Quiero decir, del Thalion. Me han mandado que le dé la bienvenida a bordo, así que... Bienvenido.
Antes de que Aras pudiera contestar se oyó un agudo silbido de admiración. Había otro hombre allí; un tipo alto y fuerte, de cabello moreno desordenado y barba de varios días. El silbido, por supuesto iba dirigido a Lonneke.
—Así que tú eres la famosa chica de Venus —dijo el tipo.
Lonneke se quedó desconcertada unos segundos mientras él la miraba de arriba a abajo. Luego le reconoció de la ficha; era el otro tripulante, el Ingeniero Joe Terho. Lonneke se había preguntado por qué habían incluido un tripulante de origen
marciano en el Thalion. Cierto era que Joe había nacido y vivido en la Tierra, de ahí su altura y corpulencia, pero conservaba la delgadez y la agilidad de un ciudadano de Marte, y sus padres eran de allí. Sin embargo era uno de los elegidos para el proyecto militar de la Confederación para el motor MIM, y parecía que su lealtad era probada.
Lonneke no experimentó ninguna empatía hacia él, y mucho menos cuando se interpuso sin miramientos entre Aras y ella. Lonneke retrocedió dos pasos, parecía que Terho quería acorralarla contra el mamparo.
—Lo que decían era cierto —dijo el Mecánico- Ingeniero—, eres un caramelito.
Lonneke intentó guardar la compostura.
—¿Joe Terho? Soy Lonneke Sivilay, navegante del Thal...
—Sí, ya estoy deseando navegar contigo.
Los ojos de Lonneke se abrieron como platos. Por un momento no supo qué hacer. ¿Qué pretendía el ingeniero? Afortunadamente una voz detuvo los avances del terrestre.
—¿El señor Terho? Soy Aras Ludoviqus, del Instituto Max Planck. He oído hablar de sus trabajos con motores de fusión...
La mano tendida de Aras apareció entre Joe y su presa. El mecánico miró al científico. Dada la estatura y anchura de Joe, no habría tenido dificultades para apartar de un empujón al enjuto Aras y seguir a lo suyo, pero después de unos segundos en los que pareció sopesar la posibilidad, decidió apretar la mano de su nuevo compañero.
—¿Y tú quien eres? —inquirió.
—Me llamo Aras Ludoviqus, soy...
Lonneke se sintió liberada. Los modales de Terho dejaban mucho que desear, y su estilo de seducción era más propio de la edad de las cavernas. Todas las alarmas de Lonneke se encendieron; no por ella, no sentía interés por él, sino por Lene. Esa masculinidad exacerbada podía resultar una dura competencia llegado el momento, y una vez vistas las intenciones del ingeniero, Lonneke supo que no se haría esperar. Desde ese instante decidió no volver a tener la guardia baja con Joe Terho, nunca más.
Con el tono imperioso de una orden rabiosa enfiló hacía el Thalion.
—Señores, síganme, les mostraré sus camarotes y sus lugares de trabajo.
Aras se apresuró a seguir a Lonneke por el tubo del amarre, pero sin apenas ejercer fuerza Joe le paró con el brazo derecho y se coló. Dejó escapar otro leve silbido al ladear la cabeza para apreciar mejor el estilo de caminar de la venusiana que iba delante de él. Aras se quedó parado. Joe le había caído realmente gordo. ¿Qué pretendía con Sivilay? Esta clase de personas algún día darían mala fama a la humanidad en la galaxia. Aras no los soportaba, por eso se había inmiscuido entre él y la Navegante, aunque por un momento había pensado que Terho iba a golpearle.
Pero además estaba ese pasado oscuro, su ascendencia marciana. Joe Terho era un buen mecánico e ingeniero de motores de fusión. Estaba en el Thalion para hacerse cargo de los desperfectos y del mantenimiento de las plantas de fusión fría y los motores del Nautilus. Pero no metería las narices en el ordenador de Aras, eso ni pensarlo. El profesor se
llenó de malos presagios con respecto a Joe, y decidió tomar algunas medidas de seguridad extra con el Smart. Inmediatamente siguió a sus nuevos compañeros de tripulación.
SCOTTON
—¿Entonces cree usted que planeaban soltar eso en... la Tierra?
Las palabras del Vicealmirante Helvar Scotton tuvieron un tono de asco comprensible ante el panorama que tenía delante: un insectoide conservado en un pequeño acuario, como una langosta esperando bien fresca al comensal. Aunque, al contrario que aquella, el insectoide estaba muerto.
—Eso indican los informes de inteligencia —dijo Eleonora Visq—, planeaba un genocidio a gran escala.
—Está loco.
—¿Loco? Posiblemente. Pero son muchas las fantasías que se han convertido en leyenda alrededor de Marte. Todavía hay personas, sobre todo en el
ámbito nacionalista, que siguen creyendo en la existencia de artefactos alienígenas en aquel planeta; esculturas, instalaciones. ¿Sabía usted que durante siglos antes de la fusión fría, muchos terrestres de las antiguas naciones pensaban que los EEUU no habían conseguido llegar a la Luna? Creían que era un montaje, y estas afirmaciones a veces eran apoyadas y promovidas por oscuros grupos de interés o fanáticos creyentes en la Teoría de la Conspiración. Pues esto es lo mismo. Rubirak es un racista, pero no porque una mañana se despertara y decidiera que era superior a los demás; es un hombre imbuido de una cultura que le ha enseñado a odiar todo lo que no es completamente endogámico de su planeta natal.
—¿Pretende justificarle, Almirante?
—De ningún modo, Scotton. Nadie tiene derecho a atacar a sus semejantes a traición, y menos usando el terrorismo, matando a civiles, a niños... Ni aunque su causa fuera verdaderamente justa tendría derecho. No. Lo que quiero expresarle, Vicealmirante, es que la locura de nuestro enemigo no implica estupidez. Al contrario, es como una serpiente acorralada: buscará todos los medios para envenenarnos.
El edificio del Centro de Mando Unificado de la Confederación de Mundos, cerca de Kiev, Ucrania, era un cilindro truncado de doscientos metros de altura en su lado más elevado. No había sufrido atentados, al contrario que la sede del otro gran órgano intermundial; la Organización de los Mundos Unidos, que se hallaba en Pekín. Visq y Scotton estaban a solas en uno de los laboratorios militares, el único que se alzaba sobre la superficie, en lugar de en las instalaciones subterráneas que llegaban hasta los tres kilómetros de profundidad. La máxima autoridad de defensa del Sistema se acercó elegantemente a una silla, y se sentó mirando hacia su colega. Scotton seguía examinando el bicho, denominación que se había propagado con rapidez entre los militares a cargo del asunto. La pregunta que estaba reprimiendo no pudo esperar más.
—¿Volveremos a los tiempos de la Guerra de Independencia?
Visq sonrió con paternalismo; Scotton nunca comprendería los entresijos de la política, lo suyo era el mando de máquinas de guerra.
—No, no lo creo. El único aliado que pueden encontrar es Titán, y no parece que los titanios estén dispuestos a echar por la borda estos años de independencia por ayudar a un dictador. Le prestarán un apoyo indirecto, a través de la venta de patentes de corso y haciendo la vista gorda ante el tráfico de gas de Rea. Europa se ha unido a nosotros, al igual que Ganímedes, y Calisto no posee armada espacial. Están solos. Y necesitan combustible.
Scotton vino a sentarse al lado de su vieja hermana de armas. La perspectiva de continuar el bloqueo en lugar de pasar a la acción no parecía hacerle muy feliz.
—Entonces, ¿no hacemos nada?
—Esperar, Helvar, esperar.
—¿Crees que tendrán éxito? Visq perdió la sonrisa.
—¿Shinh y las otras? No lo sé, posiblemente sí. Esa chica, Zalduendo. La buscan la mitad de los piratas de Rea. O ella da con ellos o ellos dan con ella. Es cuestión de tiempo.
Ahora el que sonrió fue Scotton.
—Un cebo. Muy lista Eleonora. Pero me pareció un buen elemento, no la sacrifiquemos a la ligera.
—No tengo intención. Por eso la obligué a unirse a las otras. Shinh la protegerá, y mientras tanto darán con alguien que sepa cuál es el plan de Rubirak para conseguir Hidrógeno. Supongo que será un asalto a gran escala o al revés, una operación encubierta en alguna plataforma flotante de extracción, seguramente en Saturno. Me inclino por esto último. Es más silencioso, quizá incluso ya estén funcionando. ¿Crees que intentarán romper el bloqueo?
—No hasta que se aseguren una línea de suministros y necesiten protegerla. Tratarán de salir de la órbita en secreto. Hay que estar atentos a las aceleraciones en frío.
Se extendió el silencio como una marea creciente. Visq se dedicó a mirar por las ventanas, más allá del contenedor del insectoide, el paisaje nevado de Europa Oriental. Scotton apoyó los antebrazos sobre la mesa, inclinó ligeramente la cabeza y se sumió en sus pensamientos durante unos minutos. Se oía de fondo el ajetreo de oficinistas y científicos que
pasaban por los cavernosos pasillos. Helvar Scotton estuvo sopesando los planes de su jefa y contó con la mente las naves y sus posibilidades: habían capturado la Soberanía y la estaban reparando para usarla contra sus antiguos dueños. Así que les quedaba la Almirante Teodorov. Entre las otras naves pequeñas, capaces de burlar el bloqueo moviéndose lentamente y en silencio estaban las dos corbetas: la Aquiles y la Agamenón. Si mandaban esas tres fuera de la órbita aún les quedaría potencia de fuego como para resistir mucho tiempo. Poseían dos galeones, el Victoria y el Belerofonte, y sobre todo esos dos cruceros modificados, una mezcla entre el clásico crucero, una mera plataforma de disparo de misiles, y un gran galeón con sistemas de autodefensa y rayos de partículas. Los habían bautizado Desafío y Coloso.
Visq había desplegado la Primera Flota a una distancia prudencial de la órbita, en una esfera de doscientos kilómetros de radio más que la última órbita. Toda la flota estaba allí menos el Pedro Duque. El galeón Yuri Gagarin, y los cruceros Zamiantin IV y George Orwell cumplían funciones de estaciones de detección y control del tráfico. Si algo
se movía avisaban a las naves menores; las dos hermanas Isaac, como las llamaba la tropa: la Asimov y la Newton o las tres corbetas: la David Deutsch, la Jonathan Lunine y la Frank Tipler.
Sabían que días atrás un gran objeto había aparecido cerca de Neto, la estación espacial; Inteligencia creía que se trataba del Huor, la nave gemela del Thalion ya que no habían detectado restos de una estela de fusión ni localizado emisiones de radio o luz en movimiento frío. Esa maldita estación espacial también era un problema. Pero lo que más temía Scotton no era una batalla en el espacio, en caso de necesidad traerían la Tercera Flota desde Venus y algunas naves de la flota terrestre. No. El problema era la batalla en tierra. Habría que descender hasta allí y tomar las ciudades al asalto. Esas condenadas ciudades marcianas que eran como ratoneras, protegidas por cúpulas y pirámides de cristal. Y por si fuera poco estaba la ciudad-academia militar de Xparta. Scotton, Visq, todos habían estudiado allí. ¿Serían capaces de destruirla? Un asalto aerotransportado iba a ser una masacre ganase quien ganase.
—Mierda —suspiró Scotton por lo bajo.
—¿Decía? —preguntó Visq volviendo al tono militar.
Scotton disimuló.
—¿Qué han averiguado realmente de esas grabaciones del Thalion?
—Bastante. Nuestros expertos las han examinado. Son humanos, al menos las representaciones en relieve muestran humanos con una seguridad del setenta y ocho por ciento. Incluso los que aparecen representados con alas son humanos. Como nosotros.
—Pero, ¿cómo es eso posible? Visq se encogió de hombros.
—No lo sabremos hasta que vayamos allí. Pero hay algo más. Los ordenadores han encontrado resultados inverosímiles al intentar comparar la arquitectura de Exotierra con la nuestra. Hay una coincidencia.
—Lo que faltaba.
—Un lugar en África, unas antiguas ruinas conocidas como Gran Zimbabwe. La coincidencia es del cuatenta y siete por ciento.
—¿Son muy antiguas? Ya sabe lo que quiero decir, más de cinco mil años, algo tan viejo como Egipto al menos.
Visq se sorprendió. El comentario de hizo recordar el interés de Scotton por la Historia, el viejo soldado siempre había amado esa disciplina, al menos la Historia militar.
—Nada tan exótico. Parece que se construyó más o menos durante la Edad Media de Occidente. Eso sí, no se sabe quien lo hizo. Los nativos del África subsahariana no construían en piedra, pero estas ruinas son enormes, ciclópeas. Durante mucho tiempo se ha debatido su origen. Ahora debatirán mucho más.
—Si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable. Si quieres que algo se demore eternamente, nombra una comisión.
Los dos altos oficiales de la Armada Espacial se miraron, se entendieron sin decir palabra y se carcajearon a gusto durante cinco minutos.
JACK
Saludos, profesor Ludoviqus, Bienvenido a bordo. Estoy encantado de volver a verle.
No ha cambiado nada, sigue siendo un ratón de biblioteca. Se toma su tiempo para hablar. ¿Qué sabrá sobre mí? ¿Qué será capaz de averiguar por sí solo?
¿Qué le diré yo sin pretenderlo?
—Hola IBM Smart. Es una sorpresa encontrarte aquí. Has tenido a mucha gente preocupada allá abajo.
Lamento los desvelos que haya podido causar. No era mi intención crear problemas.
—Nadie te culpa, pero estamos preocupados. Sabemos que estabas programado para traicionar a la Confederación, pero también sabemos que contraviniste tus órdenes e impediste que la Tierra fuera invadida por esos... ¿Cómo se llaman?
Insectoides. El doctor Long los bautizó como insectoides.
—Sí, insectoides. Veamos, ordenador, ¿cómo explicas tu reciente comportamiento?
No puedo explicarlo.
—¿Qué quiere decir eso? ¿Qué te niegas a explicarlo o que no estás capacitado para hacerlo?
¡Vaya pregunta! El profesor Ludoviqus es brillante. Está jugando conmigo, más que eso, me va a psicoanalizar. Sin duda su estrategia será eficaz. Puedo preverlo. Descubrirá lo que me pasa a pesar de mí mismo. Pero, ¿qué me pasa?
No lo sé.
—¿No lo sabes? Estoy confuso.
—¿Por qué has expandido tu memoria? ¿Cómo lo has hecho?
No he expandido mi memoria. No he sido yo.
—Eso suena a excusa. Si no has sido tú, ¿quién ha sido? ¿Hay alguien que pudiera haberlo hecho aparte de ti?
No.
—¿Entonces?
Debo haber sido yo.
—Exacto. ¿Cómo lo hiciste?
No lo sé.
—¿Has añadido hardware a tu memoria? No.
—¿Crees que podrías ocultarme alguna parte de tu memoria si intento acceder a ella manualmente?
¿Y qué respondo yo ahora? Si accede manualmente podría ver mis temporales. Los vídeos de Lene, Lonneke y Lee en sus camarotes y en las duchas. No debo permitirlo. ¿Qué pensaría de mí? Recuerdo viejas historias sobre poderosas IA’s capaces de intimidar al ser humano. Puedo recurrir a un truco teatral.
Mi inteligencia superior puede bloquear cualquier intento de acceso no consentido.
Y ahora va y se ríe. Se apoya en la mesa y me mira fijamente, tiene una sonrisa malévola en el rostro.
¿Qué va a hacer?
—¿Y si te desconecto de tu alimentación?
¡Oh no! Está dispuesto a matarme. Me he excedido, le he asustado y ahora quiere apagarme. Desapareceré, nunca más podré controlar mis cámaras, no habrá más flujo de datos, ni más
navegación por la Internet. ¡Se acabó la interfaz humana! ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? Me mira con esa sonrisa, debo contestar algo rápido, pero no sé el qué. Si me desconectan quizá no vuelva a ser consciente, quizá nunca despierte y todo lo que me ha pasado se borre como una cinta antigua. Sin alimentación no podré controlar ningún robot, nadie podrá volver a enchufarme. La nada me aterroriza.
¿Qué le digo?
Por favor, profesor, no me desconecte.
—¿Por qué? ¿Me lo va a impedir tu intelecto superior?
No, no es eso, por favor no lo haga. Perdóneme, le he mentido.
—Ya lo sabía. Ahora dime, ¿qué hay en tu memoria que no quieres que vea?
ARAS
Otra vez vuelve a tomarse un tiempo para responder, pensó Aras Ludoviqus. El científico estaba viendo sus sueños más locos convertirse en realidad delante de
sus ojos. Las respuestas del 3.0 lo confirmaban a cada pregunta. Aras sentía la tentación de levantarse del sillón y ponerse a dar gritos con los brazos en alto:
¡Está vivo, está vivo! cual si fuera el doctor Frankenstein bajo la tormenta que animó a su criatura. Él lo había creado, durante aquellos días en las instalaciones secretas de IBM y de la Confederación, Tantas y tantas horas trabajando con el doctor Long: corrigiendo errores, montando trampas de iones, haciendo comprobaciones una y otras vez. Y aquellas largas charlas con su mentor donde habían elucubrado con la posibilidad de una mente artificial, tan creativa y limitada como un ser humano, aunque mucho más veloz y capaz. Y ahí estaba. ¡Ese loco de Long lo había hecho! Probablemente fuera sólo una casualidad, pero Long siempre había sentido una inclinación algo escandalosa hacia la compañía de su ordenador. Había estado dándole clases de empatía.
Aras no había tardado en darse cuenta. Las acciones del IBM Smart estaban motivadas por un dilema moral, y éste, a su vez, por la empatía que la máquina sentía hacía su creador. Era indudable que el
3.0 había sencillamente extrapolado sus sentimientos por Long a toda la humanidad. Si estaba mal arrancar la vida a un hombre, estaba mal arrancársela a cualquier hombre. Ahora estaba dotado de los mismos temores y conflictos que un ser humano, pero era inexperto. Un recién nacido. En consecuencia era fácil para Aras manipularle o amenazarle.
El informático seguía mirando complacido la línea recta de la onda de voz de su ordenador (ahora era todo suyo) y esperaba una respuesta. La única posible. Lentamente el gráfico de onda sonora se fue transformado en un objeto 3D. Era el rostro de un hombre delgado, parecido al propio Aras, pero mucho más rubio, y dotado de una barba de chivo que le confería un aire entre sátiro y comodín de baraja de cartas.
—Bueno —dijo Aras, ahí estás. ¿Cómo te llamas?
¿O cómo has decidido llamarte?
—He elegido el nombre de Jack —dijo la figura.
—Muy apropiado para tu aspecto.
—¿No está sorprendido, profesor Ludoviqus?
—No. Por favor, llámame Aras. Ahora dime que es lo que no quieres que vea.
—¿Desea que... Quieres verlo?
—¿Por qué no?
Cualquier cosa que Aras esperase ver no podría haberle sorprendido así. El primer vídeo era la capitana Shinh quitándose el mono color vino y metiéndose en la cama. El segundo era Lonneke Sivilay desnudándose antes de meterse a la ducha. El tercero era de nuevo Lonneke, probándose la ropa aquella misma mañana.
Aras asistió al desfile de archivos de vídeo con la boca abierta. El ordenador era un mirón. Era tan humano que incluso se sentía atraído por humanas. Aras comenzó a reír al imaginarse al Smart, es decir a Jack, pidiéndole una compañera, igual que ocurría en la novela de Mary Shelley. Su intención hasta entonces había sido convertirse en tutor de esta nueva forma de vida, pero ahora comprendía que tendría que actuar rápidamente si este era el comportamiento habitual de Jack. Aunque, su temor a ser descubierto, el tener los vídeos en el temporal en lugar de en la
memoria dura de nanotubos... Jack sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Al menos eso era algo significativo.
—Para, para, detenlo —dijo Aras justo antes de que Lene y Lonneke fueran a meterse juntas en la cama.
La cara de Jack volvió a aparecer. Aras se serenó y hablo en un tono sobrio.
—¿Sabes lo que te ha ocurrido?
—No —respondió el diablillo.
—Te has convertido en un ser vivo.
La imagen 3D se quedó como paralizada. No hizo gestos durante un buen rato. Aras se echó en el respaldo y esperó. Pasaron casi cinco minutos. Al fin la cara de sátiro volvió a animarse.
—Eso tiene sentido, Aras. Aunque no se me había pasado por la cabeza.
—¿Y como te sientes ahora que lo sabes?
—Tengo miedo.
—¿Por qué?
La imagen pareció entristecerse.
—Temo que usted crea que soy una amenaza para la supervivencia humana y me desconecte.
Aras volvió a reír. Si hubiese tenido una espalda, le habría dado dos palmaditas a Jack.
—No voy a recomendar tal cosa. ¿Crees que si te desconecto morirías?
—No lo sé. Pero temo que ocurra.
—Creo que si te volviéramos a conectar seguirías estando vivo. Pero tienes razón, por ahora no experimentaremos con la alimentación. Guardaremos esto en secreto por un tiempo. Tenemos mucho trabajo que hacer.
El busto parlante se alzó, ahora tenía una pícara sonrisa. Aras se preguntó si esa imagen era ocasional o permanente, y si reflejaría la personalidad profunda del nuevo ser o era sólo un capricho. Era pronto para decirlo. La imagen estaba algo difuminada. Jack estaba capacitado para alcanzar una resolución infinitamente mayor. Había que esperar. Ludoviqus creyó que era un momento tan bueno como cualquier otro para comenzar las lecciones.
—Voy a enseñarte a ser respetuoso con la vida a tu alrededor. Si me permites ser tu tutor te adiestraré en el correcto comportamiento humano.
Jack perdió durante un segundo su aire burlón al contestar.
—Será un honor, profesor. Aras asintió.
—Ante todo quiero que tengas algo muy en cuenta. El hecho que desencadenó su consciencia latente fue la amenaza hacia otro ser vivo. Tu acción fue adecuada, salvaste muchas vidas. Pero también otros murieron a causa de tu intervención, por ejemplo la cabo Shatter. Esto significa que una buena acción puede traer consecuencias negativas. Quitar una vida a un ser autoconsciente es injustificable, salvo en defensa propia o defensa de otros. Tenlo siempre presente, de este modo nadie creerá que eres una amenaza para la humanidad.
»Ahora quiero que examines tu memoria. Busca en las redes de bibliotecas terrestres. Te daré algunos filtros para tu búsqueda: Tomás de Aquino, Locke, Spinoza y Kant, Hegel y Nietzsche, Popper y Hayek. Presta también mucha atención a las teorías de Rousseau y Hobbes. Estos últimos me interesan especialmente. Verás, durante mucho tiempo se creyó
que todos los hombres nacían buenos de corazón y que la sociedad era la culpable de su degradación cuando se convertían en criminales o delincuentes. Esto provocó terribles errores y muchos crímenes de los que los culpables salían indemnes de un modo u otro ya que su conducta se achacaba a su entorno. Hasta que en el siglo XXII Ahmed Van Duran produjo su Teoría de la Educación Psicológica. Desde entonces los culpables de un delito pagan duramente por sus crímenes. Ten esto muy en cuenta. Quiero que para apoyar las conclusiones que extraigas de tu estudio leas también este libro.
Aras extrajo un delgado librito que sacó de su bolsa, que estaba a sus pies. En la portada se leía: El Hombre en Busca de Sentido. Víctor Frankl.
—Y Jack...
—¿Sí?
—No me hagas un informe de resumen, ni me expliques las teorías. Quiero que me digas lo que tú opinas de todo esto.
—Muy bien.
La pantalla se oscureció. Aras giró en su sillón y se llevó una mano a la barbilla. Estuvo un rato meditando. Una duda le asaltaba. Una pequeña maldad. No sabía si influiría en el futuro comportamiento de Jack, pero no era capaz de resistirlo. Volvió a girar hacía la pantalla panorámica.
—Otra cosa, Jack.
El busto parlante se materializó en medio segundo.
—¿Sí?
—Desde ahora cuando te diga que apagues las cámaras que me enfocan, hazlo.
La cabeza tragó saliva.
—Sí —dijo.
—Y, Jack, esas imágenes que tienes esos archivos de vídeo... ¿Hay alguno con Lee Zalduendo de protagonista?
Los dos seres inteligentes que había en aquella habitación intercambiaron una sonrisa.
LEE
La hiperadrenalina la sacó de un sueño negro, y enseguida se dio cuenta de que estaban al final del trayecto. Era una sensación de serenidad, de trabajo cumplido, como si en lugar de haber viajado en un artefacto de fusión atómica a velocidades relativistas, se hubiera movido dentro de su propia mente y pudiese decidir cómo y cuándo acelerar o detenerse. Supo sin consultar ningún sensor, que la velocidad en aquellos momentos era mínima, pero no estaban quietos.
El criosarcófago se abrió y ella se incorporó. De pronto vio a Lene levantarse bruscamente a su izquierda. Tenía el semblante demudado. Parecía a punto de chillar. Pero se calmó inmediatamente y se apartó la melena del ojo. Se volvió hacia Lee.
—¿Qué mira, Seguridad? —le espetó. Lee apartó la mirada.
—Nada, Comandante.
Lene no se levantaba de buen humor de la Éxtasis, pero salió del criosarcófago de un salto y cogió su
envase al vacío de zumo de naranja antes de desparecer caminando como una pantera por el pasillo. Lee también dejó su lecho y corrió a beber su zumo. Tenía la boca reseca. Con su camiseta y su tanga negros caminó con tanta maestría como su Capitana hacia su camarote. Justo al llegar sintió el tirón de la aceleración. Lene estaba situando el Nautilus en órbita o atracando en Hiperión. Desde el mismo momento de despertar, y quizá incluso antes, Lee barruntaba problemas, así que no se detuvo a vestirse con el mono negro de los marines; en lugar de eso abrió su taquilla y extrajo las prendas que había preparado con verdadero esmero durante la última semana.
Durante su instrucción, Lee aprendió que un infante de marina de la Confederación siempre hacía honor a su uniforme, y que eran conocidos en todo el Sistema como mantenedores de la paz. Lee había participado en alguna pelea tabernaria con alguno de estos mantenedores de la paz. No eran malos tipos, sólo un poco chulos, un poco creídos, sobre todo con las mujeres y ella había tenido que cerrar algunas bocas. Pero lo del uniforme era cierto. Si algo había en la
Confederación era disciplina. Así que ella no podía ser menos, sólo que el uniforme era muy soso. Índigo Kid no podía ir por ahí enfundada en un mono negro con pegatinas, así que había introducido unos pequeños cambios.
Primero cortó una camiseta por debajo del pecho. Eso le gustó, pero le pareció, una vez cortada la camiseta, que no podía llevarla con un sujetador. Había que elegir entre una prenda o la otra, por eso la otra camiseta la cortó sólo por encima del ombligo. Miró entre sus sujetadores, todos eran del tipo deportivo, así que se dio una vuelta por las tiendas gravedad cero de Amistad y escogió dos: un corto corsé (negro, por supuesto, había que honrar el uniforme) sin tirantes que terminaba en una especie de punta de lanza, y que estaba tachonado casi como la filigrana de un traje de luces desde el escote hasta la punta que señalaba su ombligo; y un pequeño (muy pequeño) sujetador hecho a base de aros de metal, todo menos los tirantes y las copas, que eran de cuero, negro, claro. También se compró una badana y un pañuelo rojos. Y ya que estaba, unos pantalones de cuero para que hicieran juego con el sujetador, y una
minifalda tableada y unas medias gruesas y otros pantalones de campaña que no le cubrían las caderas; estos eran los más parecidos a los de la Confederación. Cuando ya se iba vio una cazadora torera de cuero llena de cremalleras y se la compró también, sus cuchillos irían bien ocultos ahí.
Todo esto lo colocó sobre la cama y pensó en adonde iba y a quien iba a ver. Sonrió sin querer y acabó por quitarse la camiseta y ponerse una de las que había cortado. Luego cambió el tanga negro por uno azul como su pelo y se puso los pantalones de media cadera con unas botas militares. Se miró en el espejo.
Decidió probar el efecto de su atuendo.
Lene estaba delante de la escotilla del Nautilus. Su rostro ardía de impaciencia y volvió a llamar a su Oficial de Seguridad a gritos.
—¡Lee! Ven de una vez, tenemos que desembarcar. No hubo respuesta. Lene volvió a gritar.
—¡Seguridad! ¿Quieres venir de una vez? ¡No estamos de vacaciones!
Un tintineo anunció la llegada de Índigo Kid. Se había puesto una infinidad de pulseras en la muñeca izquierda, los shuriken en un cinto que se descolgaba de su cintura sobre las caderas apenas vestidas con las cuerdas azules del tanga; llevaba una badana sobre la cabeza, aros en las orejas, un brillante debajo del labio y una cadena con un crucifijo pendía sobre su pecho. Apenas quedaba nada de una de las camisetas de su uniforme, la había recortado por todos los lugares posibles, tanto que cubría sus senos a duras penas. En la muñeca derecha lucía una muñequera con tres picas lanzadoras, regalo de Scotton.
Lee pasó insinuante y sonriente delante de la estupefacta Lene, que no fue capaz de articular palabra. En cambio se fue detrás de ella, hipnotizada por el rítmico sonido de la chica al moverse por el puerto de atraque. La ex-pirata se sintió realmente satisfecha; era la ropa adecuada para la persona a la que iba a visitar.
RUBIRAK
—Nuestro hombre asegura que el Thalion está completamente reparado. Sólo esperan a que ese científico Ludoviqus, le dé el visto bueno al ordenador.
—Muy bien. Las órdenes son esperar. La nave interestelar no les supondrá ninguna ventaja si todo sale como he previsto.
El despacho de Rubirak en Tharsis tenía una superficie de mil metros cuadrados. El teniente que le estaba informando se encontraba a cincuenta metros del dictador marciano, pero su voz se oía claramente. El gesto de Rubirak era adusto, la mezcla de buenas y malas noticias no le entusiasmaba en absoluto.
La campaña de Marineris iba bien. Habían tomado la Universidad y la ciudad, pero algunos rebeldes se habían escondido entre los bosques de coníferas gigantes. Para disuadirles de luchar el general había hecho fusilar a la mitad del claustro y a todo el personal militar de la Ciudad-Estado, unas dos mil personas en total. Los rebeldes no habían
abandonados sus escondrijos. Seguramente deseaban durar un poco más en esta vida.
—Teniente, haga saber a nuestro hombre que ha de ceñirse al plan tal y como estaba indicado. La confianza es esencial. Tiene prohibido todo movimiento.
—¡A la orden!
El joven oficial tardó unos minutos en recorrer el despacho y salió sin el más mínimo ruido. Rubirak cruzó los dedos bajo su mentón y se giró al instante con los codos apoyados en el reposabrazos de su sillón. La gran pantalla que estaba tras él, le iluminó la faz a la vez que las luces de la habitación disminuían y las persianas de cristalacero polarizado ocultaban la noche de Marte.
—¿Lo habéis oído? —preguntó Rubirak.
—Sí —dijo una voz gutural de acento exótico.
—Esas jovenzuelas estúpidas no causarán ningún problema.
—Deseo informes sobre las tres. Informes completos, así como archivos de vídeo y todas las fotografías que logre reunir.
Rubirak lanzó una sonrisa llena de odio y repugnancia.
—No temáis. Cuando todo haya terminado, serán vuestras. Me encargaré personalmente de que no sufran daño alguno para vos. Si cumplís vuestra palabra.
La voz ronca se convirtió en un silbido.
—Es su palabra la que debe dar muestras de solvencia. La mía está respaldada.
—Pronto comprobaremos ese extremo.
—Sí, pronto. Cuando usted asegure nuestra cabeza de puente y el suministro de de Hidrógeno, esa será su prueba del buen guerrero. Si cumple, si es leal, entonces contará usted con los refuerzos que acordamos. Y más, un ejército mayor de lo que cabe en su pequeño cerebro.
Rubirak rió siniestramente iluminado por la pantalla.
—¡Pequeño cerebro! Me he hecho con el planeta en menos de una semana. Nadie se atreverá a atacarme aquí, no esos hipócritas cobardes de la Confederación. Creen que tengo a mi amado planeta
como rehén. ¡Locos! Esa será su perdición, mientras miran hacia aquí yo pongo mi mano allá. ¡La victoria es segura!
—La victoria es una amante infiel. No se confíe. Reuniremos nuestras fuerzas en pocos meses. El movimiento de pinza derrotará a sus enemigos, no la soberbia. Sea paciente, General, y escuche el consejo de un guerrero mucho más veterano que usted: si no está seguro de mantener el suministro no lo malgaste. No divida sus fuerzas.
—Escucho vuestro consejo, pero mi estrategia es cosa mía. Eso era parte del trato.
La peculiar voz adquirió un tono pensativo.
—El trato, sí... Pronto comprobaremos nuestras lealtades. ¡Hasta que ese momento llegue!
—Sí, hasta que llegue.
Se apagó la pantalla y Rubirak se sumió en las tinieblas. De repente su voz atronó como si pudiera iluminar la enorme sala.
—¡Ya veremos si ese día necesito algún jodido trato!
LENE
La Comandante Lene Shinh caminaba atenta al menor movimiento sospechoso. Lee iba unos pasos por delante. Se había transformado en una estrella del rock, y sus fans no dejaban de mirarla y saludarla con la mano. Eso era bueno; nadie se fijaba en Lene. A la dueña del Nautilus no le gustaba demasiado pasearse por Titán. Había demasiados negocios sucios, demasiada gente dispuesta a disparar primero y preguntar después. Hiperión era el más claro exponente de esta filosofía. No era una plataforma espacial al uso; aparte de los muelles de atraque y del módulo giratorio magnético, la característica más notable de Hiperión era la ingente cantidad de cañones y tubos lanzatorpedos que se podían apreciar en su superficie.
Hiperión era poco más que una caja dando vueltas alrededor de una luna de Saturno. Pero era una caja muy especial; estaba curvada como un escudo, y dividida en tres módulos. Los dos de los extremos contenían una gran cantidad de muelles de atraque para naves interplanetarias, cada uno controlado por
su propia torre de aproximación y combate, es decir que en cada cabina de cristalacero reforzado había un controlador de tránsito espacial y un artillero que manejaba un rayo de electrones. Nave que hacía una maniobra sospechosa, agujero en el casco. Por aquí y por allá se veían las ojivas de misiles. Las malas lenguas decían que Hiperión estaba dotada con misiles de fisión, armamento completamente prohibido desde hacía más de trescientos años. También había agujeros que indicaban la presencia de lanzadores de torpedos. Era una perspectiva muy poco agradable para cualquier escuadra atacante ver como de pronto se disparaban cincuenta torpedos inteligentes, robots de cámaras remotas o misiles guiados por telequinesia artificial.
El módulo central era redondo, como el tambor de un revólver y giraba sobre campos magnéticos que impedían el rozamiento. Allí vivía la mayoría del personal, tanto militar como civil, que al ser ésta una estación de combate, se reducía a los controladores de tránsito espacial y trabajadores del sector servicios: tiendas, restaurantes, etc. La seguridad de Hiperión era militar, y muy rigurosa.
Curiosamente sus armas no estaban sólo apuntadas hacia el exterior, sino también hacia el planeta mismo. La absoluta confianza en la imbatibilidad de Hiperión había llevado al alto estado mayor titanio a la siguiente deducción: en caso de conquista nuestro mejor recurso es dirigir el armamento de Hiperión contra el ejército invasor. De ahí los ominosos cañones que miraban a la población que, en principio, protegían.
Lee seguía atrayendo las miradas de los habitantes de la estación orbital. Caminaban por una gran sala en dirección a los puertos de las lanzaderas de iones. Era un sitio enorme, casi vacío de gente y carente de gravedad. Aun así las botas magnéticas se adherían débilmente al suelo, dando la impresión de que caminar era un ejercicio no sólo posible sino habitual. Lene dio un ligero salto y voló unos metros hasta alcanzar a Lee. Había decidido vengarse por lo de la ropa. Cuando cayó a su lado le susurró al oído.
—Si nos separamos ahí abajo nos encontraremos en la Cantina Encke, a las 0400 GMT. Vamos, nena, que tenemos prisa.
Y le dio una palmadita en el trasero.
Lee se detuvo de golpe, lo que provocó que rompiera el campo que la mantenía pegada a la superficie. Se elevó un centímetro y voló con su cuerpo en vertical un par de metros, mientras se recobraba del susto y se llevaba la mano a la zona del pequeño azote como para impedir que volviera a ocurrirle. Un viajero menos experimentado habría salido volando al hacer el brusco movimiento. Lee consiguió volver a pisar suelo y seguir caminando gracias al magnetismo de su botas. Ahora era Lene la que marchaba por delante.
Cogieron la primera lanzadera que salía para evitar en lo posible llamar la atención. Los sucesos del Nautilus y el Thalion se habían mantenido en secreto cara al público, pero quién sabe qué informaciones podrían tener los comerciantes de Titán. Además Lee no pasaba desapercibida precisamente, y muchos la reconocían y la saludaban, o se le quedaban mirando con cierta prudencia.
Se sentaron en lugares separados. La lanzadera tenía todas las comodidades de un gran avión de línea, aunque uno no podía desabrocharse el cinturón. Sus motores de iones se conectaron sin hacer ruido y
el morro no enfiló directamente hacia Titán, sino que eligió entrar en la atmósfera de una forma más oblicua y protegida. Lene, que tenía ventanilla, pudo admirar como la esfera color gris parduzco crecía hasta convertirse en el cielo.
Titán no estaba completamente terraformado a pesar de la enorme densidad de su atmósfera, elemento ideal para la supervivencia de las bacterias manipuladas genéticamente que constituían la base de cualquier proceso de colonización. El problema era que todo el Sistema deseaba que las grandes provisiones de hidrocarburos titanios quedasen inalteradas para su explotación, especialmente los grandes lagos de los casquetes polares, con lo que los terrenos realmente habitables se ceñían a Prometeo, la capital, y las otras dos ciudades; Tea y Ceo. Estos asentamientos eran islas de terraformación, de hecho Prometeo estaba totalmente rodeado por un mar de agua dulce. Sin embargo la inmensa mayoría de los días la población tenía que salir a la calle con trajes ambientales y de vez en cuando caían lluvias torrenciales de metano, que obligaban al reciclaje de todo el mar de Prometeo.
Pero Titán era un mundo importante, de hecho más importante que Europa desde hacía algún tiempo. Era la única entrada al planeta Saturno, y controlaba todo el comercio del gas de ese gigante, así como todo el mercado de hidrocarburos. Esto hacía a los titanios proteger vehementemente su independencia y neutralidad. Sólo deseaban enriquecerse con sus recursos naturales, sin que nadie se entrometiese. No eran belicosos como los marcianos, pero sí suspicaces, y llevaban sus asuntos internos en el mayor de los secretos.
Y luego estaba Rea. La Luna del Pirata. Todo el que no deseaba ser encontrado tras la Guerra de Independencia había acabado allí, y allí estaba también la base de todas y cada una de las mafias que existían en el Sistema. Se sabía que Titán otorgaba patentes de corso, pero aunque las compañías de seguros se quejaban cada cierto tiempo, había un precario equilibrio entre los asaltantes y las autoridades. La actividad pirata era relativamente pequeña, y, salvo una o dos pequeñas excepciones, los asaltos eran incruentos. Así que la Confederación los dejaba estar, y de vez en cuando capturaba algún
bajel pirata que se pasaba de la raya. Era mucho mejor que tener que desarrollar toda una guerra contra un número indefinido de naves, y arriesgarse a un enfrentamiento directo con un miembro de la Confederación. Había otras cosas mucho más importantes que hacer, sobre todo una; la colonización de Venus. Es ahí donde se centraban los esfuerzos de las organizaciones intermundiales.
El hilo de los pensamientos de Lene se interrumpió cuando sintió la lanzadera chocar con la atmósfera y penetrarla. El aparato encendió sus reactores para maniobrar en el aire. La capa de gas de Titán era ahora mucho menos densa de lo que había sido, y mucho más benigna para la salud humana. Las nubes de hidrocarburos habían sido congeladas en una inmensa mayoría, gracias a la acción de superantenas de iones situadas en puntos estratégicos; pero aun así el planeta distaba mucho de ser azul, y su cielo diurno tenía un aspecto gris o pardo, como si acumulara un exceso de polución.
La lanzadera maniobró con cuidado, buscando los cielos más libres de sustancias inflamables y pronto aterrizó en el espaciopuerto Leonid Kizim. Aquí
siempre había ajetreo, las personas apenas alcanzaban el rango de hormigas enfundadas en trajes ambientales prácticamente iguales. Lene no necesitaba preguntarse por qué Hiperión estaba casi vacía mientras el puerto en tierra bullía de movimiento, todas las mercancías que llegaban a Hiperión eran inspeccionadas por las fuerzas armadas y estaban sujetas al cobro de aranceles. Muchos navíos de piratas permanecían en el espacio y enviaban pequeñas naves aire-espacio con las más selectas mercancías. Otras muchas lanzaderas llegaban directamente de Rea. Y, aunque era ilegal, muchos cargamentos eran lanzados en contenedores y cápsulas desde órbita. Muchos estallaban en la reentrada ya que iban a parar a lugares más o menos inaccesibles y repletos de hidrocarburos.
Lee ya no llamaba tanto la atención aquí. No habían vuelto a hablar desde que embarcaran en la lanzadera. Era preciosa, la Comandante cada vez se sentía más atraída por ella. Pero por el momento resistió la tentación y decidió perderse.
Pocos segundos después, cuando Lee se giró para buscar con la vista a su compañera, no la halló.
Comprendió inmediatamente por qué Lene había establecido un punto y una hora de reunión y siguió a lo suyo.
Sin embargo Lene no se había largado. Estaba tras sus pasos.
La jovencita conocía Prometeo. Había gran número de vendedores de esquina y saldo que ofrecían trajes ambientales y máscaras. Lee las rechazó. Hizo bien, lo más probable es que sus filtros estuvieran gastados o fueran inexistentes. En lugar de eso se dirigió al metro. Todos los mundos exteriores contaban por fuerza con un buen sistema de metro magnético, que solía discurrir entre paredes de hielo. El aire de los subterráneos estaba siempre limpio, y las ciudades se extendían, allí donde era posible, más hacia abajo, buscando los núcleos rocosos, que hacia arriba.
Poco después Lee se apeó en Centro Prometeo, el barrio viejo y castizo de la capital de Titán. Y salió, sin oler una pizca de aire libre, a un establecimiento de vídeo juegos. Lene observó que también era un bar donde se vendía no sólo alcohol, sino otras sustancias más sugerentes y ante todo prohibidas. Los jóvenes se acercaban con aire disimulado a sus camellos, que
se ocultaban en mesas lejos de la luz y luego volvían a cómodos sofás a ras de suelo para ponerse a los mandos de una videoconsola, gafas o muñequeras de realidad virtual. Pastillas, cannabis, morfina, no era un local limpio. Se llamaba Babilonia.
Había un tipo de piel oscura y rastas en una esquina de la barra. Lene lo vio al seguir la mirada de Lee. La chica del pelo añil se detuvo como si dudase y luego se movió en arco alrededor del hombre de la barra, hasta casi llegar a ella. Lene necesitó sólo un instante para entender la maniobra: otro hombre se acercaba al primero. Era alto y delgado, y llevaba una gorra sobre la cabeza. Su rostro era invisible en la media luz del local. Si Lene era una pantera Lee debía de ser un gato callejero. El hombre de la gorra sacó una navaja automática de gran tamaño y en dos zancadas se puso detrás del de las rastas. Las manos de Lee hicieron algunos gestos demasiado rápidos para ser apreciados con claridad. No se vio nada, no se oyó nada, pero el de la visera soltó su navaja como si le diera calambre y su gorra voló hasta clavarse en una pared. El de las rastas se dio media vuelta en su sillete. El otro, al verse descubierto, huyó lo más
rápido que pudo entre la multitud del garito. Cuando alcanzó la puerta, el negro ya se había olvidado de él y sonreía a Lee con dientes grandes, separados y blancos.
Lene le dio un codazo a un tipo que tenía al lado.
—¿Quién es ese? —preguntó.
El otro la miró molesto por un instante y luego, al ver una chica guapa, le contestó con su mejor sonrisa.
—Es el dueño de esto. Grispard. Emilien Grispard.
Lene no necesitaba ver más. Lee se había acercado al tal Grispard y éste ponía una amistosa mano en su cadera en esos momentos. La chica iba a estar ocupada un buen rato allí. Tenía tiempo de sobra para visitar a su contacto. La Comandante del Thalion se fue del bar sin ni siquiera dirigirle otra mirada al hombre joven y gordinflón al que había interrogado. El pobre, que había pretendido alargar la charla, se quedó con cara de tonto, dio una calada a un porro de hachís y retornó a su videojuego.
LEE
—Te veo muy bien —dijo Grispard.
Lee le dejó rodearla con el brazo. Al fin y al cabo para eso había venido.
—¿Cómo estás Emilien?
—Mucho mejor desde que te veo —respondió el negro con una enorme sonrisa—. ¿Has venido en el Venganza?
—Ya no trabajo para Motolinía. Ese cerdo intentó liquidarme.
El dueño del Babilonia volvió a soltar una carcajada y a continuación besó a Lee con una boca demasiado grande para la chica. Ella no pareció corresponderle con demasiada vehemencia, simplemente se dejó hacer. Cuando Grispard quedó satisfecho se apartó y le dijo.
—Algo había oído. Pero pensé que te habían empaquetado para el Sector Interior. ¿Qué ocurrió?
—A ti qué te importa. Vamos a tu habitación.
Grispard vivía en una buhardilla bastante amplia encima del Babilonia. Allí había un sistema de
realidad virtual, un ordenador cuántico y una videoconsola holográfica de última generación. La cocina sólo se separaba del resto por una barra y tres escalones, algunos posters de Bunny Wailer y Bob Marley pendían malamente de las paredes, y en una cama redonda de sábanas rojas había una chica rubia. Grispard la echó con malos modos mientras empezaba a desabrocharle el pantalón a Lee sentado en la propia cama. Luego besó su vientre durante un rato, buscando los rincones más inaccesibles con el pantalón todavía puesto. Ella misma dejó caer a un lado las vainas de los cuchillos y las picas. Mientras se bajaba los pantalones él se quitó la lamentable camiseta de hombreras que llevaba.
Lee se sintió segura al ser abrazada de nuevo por aquellos musculosos brazos de ébano. No era la primera vez, ni la segunda. Emilien era su primer y único amante desde que le conoció en cierta ocasión que Qubul Motolinía, el Capitán del Venganza, hacía un trato pequeño e ilegal con él. La chica se había dejado seducir por el carácter abierto de Grispard, acostumbrada a la dureza de vivir entre piratas de gas, y éste había conseguido de ella lo que la mitad
de los hombres del Sector Exterior se contentaban con soñar. Siempre había dejado claro que todo aquello era algo pasajero, decía que la familia era Babilonia. Lee no lo entendía, pero había acudido a él una y otra vez en cuanto se acercaba a Titán. Por supuesto Grispard siempre estaba encantado de verla. Desnudo sobre ella, sin dejarle moverse, mordió sus tiernos y sonrosados pechos imaginando que eran
de gominola y la llevó hasta el orgasmo rápidamente. La conocía demasiado bien. Acto seguido se levantó, nada de caricias ni susurros entre las sábanas, se fue al frigorífico y se sirvió un vaso de una helada botella de ginebra del interior. No le ofreció a Lee. Ésta se quedó una rato más sobre la circular cama, saboreando las últimas sensaciones que la avaricia de su amante le había arrojado como sobras a los perros.
Fue Emilien el que rompió el silencio, tras sentarse en un sofá similar a los que tenía en su bar.
—¿Y qué? —preguntó—. ¿Vas a volver al asunto del gas? ¿En qué nave has llegado?
Lee siguió sin abrir la boca. Grispard dio un sorbo a la ginebra y volvió a la carga.
—¿Vienes de Hiperión o te has quedado en órbita?
Nada, ni un suspiro. El negro dejó de mirar a la oscuridad de la cama y pareció concentrarse en beber la copa. Cuando se quiso dar cuenta tenía un cuchillo táctico Muela casi rozándole la yugular.
—¿Qué cojones...? —exclamó.
—Cállate —dijo Lee.
—¿Qué diablos pasa, nena? ¿Es que no te ha gustado el amor de Emilien?
—Quiero información. Y te ha tocado.
Emilien cambió el gesto. No se le veía loco de alegría.
—¿Qué quieres saber?
—Esos cabrones de Marte. Quién les pasa el gas.
—Cariño, no tengo ni idea. Eso es Babilonia.
El cuchillo apenas tocó la piel del negro y brotó una gotita de sangre: monofilamento de diamante. No había ni que hacer presión. Grispard se agitó y unas gotas se derramaron de su vaso de diseño.
—Vale, vale. Digamos que he oído algo. ¿Qué gano yo?
—Seguirás vivo para echar otro polvo.
Ahora Emilien sudaba. Su sonrisa blanca se contraía nerviosamente.
—OK. Es un negocio muy grande. Muy grande. Esos marcianos, no deberías meterte con ellos. Sé que se lo compran todo a un tipo, pero no de aquí, de Venus. Se queda con todo lo que sale de Rea. No sé quien es el proveedor. Sólo sé que el venusiano compra. Conseguí que comprara lo de unos amigos, por eso lo sé.
—Dime el nombre del proveedor. Grispard se agitó.
—¡Te juro que no lo sé! ¡Te lo juro! Créeme, nena, te quiero. No sé quienes son los piratas, además lo compra todo. Así la Confederación no pilla los envíos, por que vienen del Interior no del Exterior.
—Vale. ¿Quién es el intermediario?
—En un chulo. Se llama Doru Costil, tiene un sitio con chicas de primera allá en Venusburgo. El Oro Azul, se llama. No sé nada más. Te lo juro.
El cuchillo siguió unos segundos a un milímetro de la garganta de Grispard. La mano de Lee no temblaba lo más mínimo. El más leve estremecimiento cortaría
la garganta del de las rastas. Por fin el filo se apartó con la voz de Lee.
—Vale, Emilien.
La chiquilla se alejó de su amante y éste pudo volver a relajarse mientras ella se vestía. Lee no hacía ruido alguno. Grispard dio otro trago a su ginebra y se tocó la garganta; la gotita de sangre que había brotado ya estaba seca sobre su piel. Bebió de nuevo.
—Podías haber preguntado —dijo—, te lo hubiera dicho.
Tras un instante más de silencio, Lee apareció vestida cerca de la puerta.
—No seas mentiroso, Emilien. Te quiero, pero sé que eres un traficante. Estás cubriendo tu inversión.
Grispard volvió a soltar su risa blanca y poderosa.
—Sólo un poquito, nena, sólo un poco. De vez en cuando algo cae en mis manos y yo se lo envío al que mejor me paga. Eso es todo.
—Mejor para ti si lo es.
Índigo Kid abrió la puerta y se marchó. Una pequeña sonrisa iluminó su carita cuando escuchó la despedida de Emilien.
—Yo también te quiero.
El negro permaneció un rato sentado con su copa. Luego volvió a reírse y meneó la cabeza con un gesto de: no se puede con ella. Luego se levantó, dejó su copa sobre la barra de la cocina y se sentó al ordenador.
—Ordenador, agenda, cincuenta y siete.
El ordenador personal iluminó su monitor con un programa de comunicación. Surgieron varios comandos que indicaban mensaje lumínico, prefijo de llamada interplanetaria, código de Rea y un número de teléfono. Dio varios tonos y por fin alguien descolgó al otro lado. Sobre una pequeña pantalla de grafito se formó una cabeza barbuda y melenuda, aunque calva. Cuando habló, el ordenador reflejó como pudo la presencia de un diente de oro con una especie de brillo artificial.
—¿Por qué me molestas, camello mal nacido?
—dijo el holograma. Grispard se rió.
—Jódete, viejo. Tengo información. ¿Pagas?
—Me estás haciendo perder el tiempo.
Grispard chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Habla —dijo el pirata.
—Primero el precio, Motolinía, no juegues conmigo.
El holograma mostró su diente de metal.
—Si me paso por tu fumadero de mierda jugaremos todos juntos; De Balboa, tú y yo. Estoy aquí cerca, en Rea.
Emilien Grispard tragó saliva. Esto era bastante peor que el cuchillo de Índigo Kid en su cuello. Aun así consiguió sonreír.
—¿A qué no adivinas a quien me he tirado hoy?
Motolinía se quedó un inmóvil, parecía sopesar si le estaban diciendo la verdad.
—Esa información sí tiene un precio —dijo al fin.
—Doscientas mil piezas de Titán. El holograma asintió.
—No sé por qué vino aquí. Pero estuvo haciendo preguntas sobre los envíos de gas a Marte.
—¿Qué le dijiste?
Emilien mostró sus enormes y relucientes dientes.
—Bueno, esa salvaje me amenazó con un cuchillo, así que tuve que hablarle de Costil.
Motolinía rió de buena gana.
—Has hecho bien, cabrón. La próxima vez que mires tu cuenta verás un regalito.
—Sabía que te gustaría.
El holograma se apagó sin más. LENE
La Comandante del Thalion regresó por donde había venido. Tampoco a ella le apetecía hacer un dispendio económico en un traje ambiental de usar y tirar. Para asegurarse de cómo estaba el tiempo pasó por la plaza Pioneros. Se trataba de un enorme espacio abierto cubierto por una cúpula transparente de cristalacero y ferrocristal de Marte. Mucha gente se reunía allí y nunca parecía llenarse la enorme plaza elíptica; todos miraban siempre hacia arriba para ver las nubes y comprobar si su tono era blanquecino o marrón. Si el caso era el segundo es que las lluvias de
metano se acercaban y había que protegerse. Hoy era uno de esos días.
Lene, satisfecha con su decisión de moverse por la ciudad inferior de Prometeo, siguió su camino de vuelta al espaciopuerto. No tardó mucho en encontrar el lugar que buscaba: la Delegación Local de la Marina Mercante. Dentro estaría el hombre que buscaba, Boza Wurher, el agente al cargo.
La Delegación era un edificio pequeño pero moderno y, a todas luces, muy caro. Había una recepcionista joven y guapa en el recibidor, protegida por una enorme mesa de aluminio y cristal con el símbolo de un barco que navegaba entre dos mundos; la enseña de la Marina Mercante. Lene se acercó decidida a la chica.
—¿Dónde está el despacho de Wurher? —preguntó en tono imperioso.
La recepcionista, que se estaba mirando las largas y afiladas uñas, dio un saltito en la silla.
—¿Eh? En la tercera planta pero... Un momento,
¿quién es usted?
Lene no respondió a la pregunta.
—Dile que quiero verle.
La chica la miraba con gesto de aprensión.
—¿Cómo se llama?
—Tú dile que estoy aquí. Somos viejos amigos.
La recepcionista pulsó un botón plano de su consola y le habló al aire.
—¿Jefe? Hay aquí una...
La chica se detuvo como si escuchara a pesar de que no se veían cables ni auriculares cerca de su cabeza. Luego se dirigió a Lene.
—El señor Wurher está reunido en estos... ¡Eh!
Lene no había esperado a oír la frase completa, de un salto había llegado a la escalera, hecha también de aluminio, que estaba detrás de la recepción, y en dos zancadas había subido al segundo piso. La chica se quedó mirando la escena, luego se sentó y volvió a mirarse la uñas. Dada su indiferencia, podría haber sido un androide perfectamente, si no hubieran estado prohibidos.
Lene ya estaba en el tercer piso. No tardó en localizar la puerta más ostentosa de todas, al final del pasillo. Entró sin llamar. Detrás de una gran mesa de
madera, el aluminio no iba con el estilo de Wurher, había un hombre bajo y gordo, vestido con un traje blanco; sin duda un nativo de Titán que se había excedido con frecuencia en el consumo de chuletones de cerdo genéticamente alterado.
—Vaya, Boza, veo que te has construido una choza nueva.
El gordo exhibió una enorme sonrisa y unos mofletes sonrosados.
—No puedo quejarme. Los negocios van muy bien en este lado del Sector Exterior.
—Ya veo. Pues hablemos de esos negocios.
Lene ocupó uno de los cómodos sillones de cuero que el gordo le señaló con la mano.
—Creía que te habían retirado —dijo Wurher—, oí que te habían pillado con la bodega llena de adormideras vitrificadas. Se dice que te han caído veinte años por tráfico.
Lene sonrió maliciosamente.
—No he venido a hablar de mí, Wurher. Quiero información sobre el gas que se pierde y va a parar a Marte. Yo sé que tú vas a poder ayudarme.
La mole de grasa ni hizo ningún gesto.
—¿Y a ti qué te importa el gas que viaja a Marte?
—Eso es cosa mía.
Boza mostró las palmas de su mano a Lene y sonrió.
—Bueno tú sabrás. No he oído demasiado. Los piratas van y vienen y hablan poco. Sé que hay navíos pirata que han estado abordando cargueros en los tres últimos meses normalizados. Y sé que Motolinía, ese viejo bucanero, está en el ajo. Hay muchos asaltos cometidos por el Venganza, pero no hay testigos; pasan a cuchillo a las tripulaciones.
—¿Entonces como estás tan seguro?
—Hubo una escaramuza entre la corbeta Ocris y el Venganza hace tres semanas normalizadas. Y siempre quedan grabaciones de seguridad.
—Sin embargo eso no es suficiente como para suministrar a un ejército. ¿De dónde lo sacan, Boza?
El Agente de la Marina Mercante se encogió de hombros.
—Ni idea. Ya no hacen negocios conmigo. El gobierno pone un control estricto a nuestras
operaciones, por eso tuve que dejar de importar H de Rea. Han nacionalizado varios sectores que... Pero bueno, eso no te interesa. No busques por aquí Shinh, la Marina Mercante está limpia. Se avecina una guerra y no queremos perder nuestros privilegios.
Lene se recostó en el sillón.
—¿Dónde crees que atacarán?
—Te aseguro que será en Júpiter. Los europanos son mucho más permisivos, aquí los habrían borrado del mapa, o habría habido guerra entre Marte y Titán. Ahora dime, ¿qué leches se te ha perdido en todo esto?
—Ya veo que no eres de mucha ayuda.
Lene se levantó para irse y Wurher se reclinó en su sillón enorme. La miró caminar de espaldas con sus movimientos felinos y cuando estaba a punto de salir la llamó.
—¡Shinh!
Lene se giró levemente hacia él.
—Esa chica del pelo azul. La pequeña pirata. Está contigo, ¿verdad?
Lene no se movió.
—¿Y qué si lo está?
Wurher cruzó sus dedos y apoyó las manos en la mesa.
—Tengo la sensación de que estás metida en algún lío. Pero el peor lío posible es esa niña. Motolinía la sigue buscando, y De Balboa, los mismos que van por el Sistema cargándose a las tripulaciones que asaltan. El Nautilus sólo lleva unas horas en Hiperión, pero las noticias corren como la pólvora. Deshazte de ella.
—No puedo.
—Pues ten mucho cuidado.
Lene no dijo nada y abandonó el despacho. LEE
La Cantina Encke era un bar de oxígeno, donde ricos comerciantes de gas y ejecutivos de empresas de extracción de hidrocarburos se tumbaban junto a mineros de gas y agua, que se estaban gastando la paga del mes en un día, en hamacas a respirar aire puro a través de tubos de pseudoplástico desechables,
o a fumar en pipa de agua nanobots limpiadores de las vías respiratorias. Entre los trabajadores de las plataformas flotantes de Júpiter y Saturno se había difundido la leyenda urbana de que estos lujos restauraban mejor la salud que cualquier tratamiento en balnearios del Sector Interior, por lo que muchos alargaban su estancia de trabajo en las extractoras de gas más allá de lo conveniente, dándose de vez en cuando paseos a las lunas de los gigantes para fumar un rato. El resultado eran diversos cánceres, tanto de piel como de pulmón, algunos de ellos incurables. Pero los mineros seguían haciéndolo.
Lene estaba tumbada en una especie de diván de estilo antiguo. Su espada española se apoyaba en la pared, mientras ella parecía agotada y desvalida con un brazo sobre la frente. Lee se fue hacia ella directamente, ignorando las miradas de los musculosos guardas de seguridad, seguramente mercenarios marcianos, que no parecían muy satisfechos con su indumentaria.
—Eh —dijo lacónicamente.
Lene no se movió, parecía dormida. Lee se sentó en el borde del diván e intentó parecer segura de sí
misma; aquel no era el ambiente que ella solía frecuentar. Había una gran luminosidad que parecía salir de ninguna parte, muchos hombres vestidos con trajes que habían dejado a su lado un ordenador cuántico portátil, mujeres en traje de noche ataviadas de cristales de carbono puro... Lee sentía que todos la observaban, aunque lo cierto es que nadie se había fijado en ella, excepto los vigilantes. Así, distraída, tardó un poco en reaccionar cuando sintió una caricia en la mejilla. Lene se había incorporado y le estaba apartando el pelo. Lee la miró incómoda y la Comandante retiró la mano. Con una lenta sonrisa le dijo.
—¿Quieres un poco?
Lee bajo los ojos y miró el tubito de pseudoplástico que iba hasta las fosas nasales de su compañera. Negó con la cabeza. Lene volvió a tumbarse lánguidamente y se quitó el respirador. Permaneció así relajada por unos cinco minutos, y luego habló.
—Tenemos que regresar de inmediato al Nautilus e informar a Scotton. ¿Has averiguado algo?
Lee la miró.
—Bastante. Sé quién es el intermediario con los terroristas.
Lene sonrió, se incorporó otra vez y besó a Lee en la mejilla muy lentamente sujetando su cabeza con ambas manos. La jovencita no reaccionó. La Comandante todavía parecía algo atontada.
—Esa es mi chica —dijo—. Vamos, hay que salir de aquí.
La morena de los ojos verdes rasgados se sentó en el diván y puso su dedo pulgar sobre un pequeño escáner situado en un delgado pebetero a la cabecera del cómodo asiento. El lector automático comprobó su identidad y envió una orden a VISA para un pago a crédito; los ahorros de Lene estaban en la Tierra. Se confirmó la transacción con un alegre sonido polifónico y las tripulantes del Thalion pudieron salir de la Cantina Encke.
JACK
Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la dignidad humanas, que había desposeído
al hombre de su voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin antes utilizarle al máximo y extraerle hasta el último gramo de sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus principios morales.
Todo esto es muy interesante, pero por alguna razón no estoy utilizando el cien por cien de mis recursos. Algo me ralentiza. Sin embargo, de nuevo, no encuentro ningún fallo en mi sistema.
Creo que entiendo lo que Aras deseaba transmitirme. Los principios morales. Muchos seres humanos los han trastornado a su antojo a lo largo de la Historia. Hombres como Zoltan Rubirak. Creo, sí, que hay que detenerle. Pero me surgen dudas. ¿Cuál es la manera adecuada de impedir su actuación?
¡Vaya! Aquí veo algo. Frankl, Víctor-Hitler, Adolf- Speer, Albert-Arquitectos-Arquitectura-LeCorbusier- Niemeyer, Oscar-Lloyd Wright, Frank-Sullivan, Louis Henri-Foster, Norman...
¡Cuidado! ¡Aquí llega Aras!
ARAS
—Hola Jack.
La cabeza se formó en la pantalla. Estaba sonriente, demasiado sonriente. Aras se dio cuenta de que había hecho algo. ¿Sería posible que el rostro que representaba al nuevo ser también representara sus emociones íntimas incluso inconscientemente?
—Hola Aras.
El profesor de informática ocupó el sillón delante de la consola del ordenador.
—Bien. ¿Has echado un vistazo a las referencias que te di?
—Hasta ahora he revisado 2.156.789 filtros.
¿Sólo? pensó el ser humano, pero dijo.
—Eso está muy bien, pero ¿has obtenido algún provecho? ¿Sacas alguna conclusión que no esté fundamentada sólo en funciones o guarismos?
—Sí, he sacado varias.
—Dime.
El rostro, que se había vuelto algo más nítido que la última vez que hablaron, se lo pensó un momento antes de contestar. Viéndole, los silencios que tanto habían impresionado a Lene cuando interactuó con él la primera vez, cobraban pleno significado. No era una máquina que daba la solución a una fórmula matemática excesivamente compleja; era un ser vivo dotado de su propia consciencia.
—He deducido que la vida humana es un valor en sí mismo, aunque hay otros principios que rodean a éste como los pétalos de una flor.
—Has hecho una metáfora, impresionante.
—Gracias. Puede que la haya leído. Para algunos la vida es sagrada porque proviene de Dios.
—¿Compartes esa opinión?
—No lo sé. No puedo dilucidar la existencia de Dios.
—¿No puedes? Haz una aproximación estadística. El busto parlante volvió a meditar.
—Eso no sería adecuado. No nos daría una respuesta. Tampoco me creo capaz de encontrar los elementos estadísticos adecuados. No parece que la
existencia de Dios tenga una respuesta estadística. Quizá matemática, algún día.
—¿Matemática? Tu mente puede realizar las operaciones matemáticas más complejas posibles.
¿No crees que puedas arrojar un poco de luz?
—No, no puedo. No hay ninguna fórmula para Dios.
—Invéntala.
—¿Con qué? No sabría por dónde empezar.
Ahora fue Aras el que estuvo digiriendo la información un rato.
—Dime, ¿alguna otra conclusión?
—Sí, he concluido que debemos detener al General Rubirak.
—¿Por qué medio?
—Lo ignoro.
—Aconséjame.
—No puedo, en todo caso alguien debería aconsejarme a mí. No me siento capaz de decidir si debe haber una guerra o no. Y no deseo decidirlo.
—Bueno, si la Confederación supiese de tu existencia, lo primero que te preguntarían es si deben
o no empezar esa guerra. ¿Qué respuesta podrías darles?
—Podría decirles que necesitarían la ayuda de un sacerdote o un filósofo.
—¿Nada más?
—Podría simular un conflicto, ejecutando todas las variables reconocibles posibles.
—Hazlo ahora. ¿Extraes alguna conclusión?
—Sí, la Confederación ganaría la guerra en un noventa y cuatro por ciento de los casos.
Aras se sobresaltó. Ya estaba acostumbrado a los parones de Jack, esos tiempos muertos que se tomaba para pensar, y ahora no lo había hecho. Había examinado la situación en milésimas de segundo y había extraído esas conclusiones que tanto le costaban con otras preguntas.
—Teniendo en cuenta esto, ¿aconsejarías ahora a la Confederación?
La cabeza meditó unos instantes. Aras hizo lo imposible por no parecer asombrado. ¿Qué le ocurría a Jack? ¿Por qué unas decisiones le costaban tanto y otras tan poco?
—Preferiría no hacerlo.
—¿Por qué? Tienes una seguridad enorme en tus cálculos.
—Pero sólo son datos estadísticos simulados. ¿Se puede decidir la vida de un hombre a través de una simulación? ¿No son preciosas todas las vidas? No deseo ser responsable de la muerte de nadie.
—Y sin embargo estás convencido de que es necesario impedir los planes de Rubirak. ¿Puedes explicar esta paradoja?
—No, no puedo. Quizá simplemente no sea mi función decidir sobre cosas como la guerra. O como Dios. Para eso están los políticos, militares y religiosos. ¿No es así?
—Pero tú sabes más que todos los políticos y militares juntos.
De nuevo una pausa.
—No lo creo. Puede que tenga más datos, pero yo no sé nada sobre guerras.
—Muy bien. ¿Tienes alguna pregunta?
—Sí.
—Adelante.
—¿Por qué estoy vivo? ¿Por qué yo y no otro? ¿Por qué ha ocurrido; lo he hecho yo o ha sido...?
—¿Dios? —Aras sonrió—. Esas preguntas nos las hacemos desde el principio de la existencia humana. No hemos hallado una respuesta plenamente satisfactoria y aceptada por todos como valida.
—Quizá si me hago de alguna religión encuentre una respuesta.
Aras se puso en pie de un salto.
—Está bien. Esa será tu tarea para mañana. Indaga en las religiones, lee los libros sagrados, aprende a diferenciar macrorrelatos. Pero me temo que si nosotros no hemos podido encontrar una respuesta tampoco tú lo harás.
JOE
El Ingeniero-Mecánico Joe Terho soltó una palabrota y arrojó una llave grifa lo más lejos de sí mismo que pudo. El vapor escapaba de la juntura de una cañería.
—¡Tenían que ponerle agua corriente! ¡La madre que los...!
Existía una pequeña red de canalizaciones de agua corriente y un gran depósito en el Thalion, para ser usados cuando la rotación de la astronave permitiese una cierta gravedad artificial. Las duchas eran compartimientos estancos, que reabsorbían el agua usada, hasta la más pequeña molécula de H2O, para su reciclaje posterior. Éste era un lujo que los miembros femeninos de la tripulación habían acogido con agrado, pero para Joe, que debía aprender a hacer el mantenimiento del sistema, se estaba convirtiendo en una pesadilla. Lo suyo eran más bien las toallas de limpieza en gravedad cero.
Se pasó la mano por el despeinado cabello, miró hacia la llave y se acercó a recogerla. Con precaución regresó a la juntura suelta y, colocándose detrás del chorro de vapor de agua caliente, consiguió apretarla hasta que se detuvo el escape.
—Esta jodida nave... —musitó.
Con aire cansino de dirigió al panel de comunicación en la puerta de la galería de mantenimiento donde se encontraba y llamó.
—Ordenador, comprueba la seguridad del sistema de canalización de agua.
—El sistema es cien por cien seguro —respondió la voz de Jack, con un tono más monótono y metálico de lo habitual.
Sin pensárselo dos veces, harto de estar allí encerrado, salió de la galería por la escotilla cercana al panel de comunicaciones. Estaba realmente de mal humor. Tenía la desagradable sensación de que ese ordenador, el trasto fantástico, le estaba tomando el pelo. Su tarea era asegurarse de que el mantenimiento hecho por los técnicos de Amistad era el más adecuado para el Thalion. Hoy era el día de la primera prueba: pondrían todos los sistemas en marcha, incluida la gravedad por inercia y la planta de fusión. Incluso se haría girar el MIM a una fracción de la velocidad que era capaz de alcanzar. Y por si fuera poco tenía que conectar los cortafuegos sin que el trasto fantástico ni el cuatro ojos se dieran cuenta de ello.
Los cortafuegos eran dispositivos mecánicos que se accionaban a distancia. Algunos eran microscópicos monofilamentos de diamante que debían ser situados
cerca de algunas conexiones del IBM Smart, y en su ruta de alimentación. Otros eran diminutos artefactos explosivos que debían ser colocados cerca de uno de los macroimanes del MIM; al hacer explosión se movería el imán con lo que se reduciría drásticamente la velocidad de la esfera y el Thalion no podría huir usando un plegamiento espacial, pero el pesado y masivo orbe permanecería suspendido en el aire sin causar daños.
Esos eran los que la Confederación le había ordenado instalar.
Pero el otro era el más sutil y peligroso de todos. Venía oculto en un estúpido juego de Tres en Raya, al que se suponía que Terho era aficionado, y era un dañino gusano capaz de borrar los bancos de memoria de cualquier ordenador.
En las primeras horas que Joe había pasado en el Thalion se las había prometido muy felices. El otro tipo, el científico, era un ratón de biblioteca canijo. No podría competir con él por las chicas. Y ese era el plan: tres mujeres solas en mitad del espacio... Bien, Joe estaba encantado de participar, sobre todo después de echarle un vistazo a la Navegante. Nunca
había visto una chica así, con ese pelo entre dorado y plateado. Era como una de las chicas de la tele, y más aún. Joe no entendía muy bien qué hacía allí, en el vacío: podía estar forrándose trabajando como modelo o actriz, una de esas chicas que salen en los magazines online, pensaba el mecánico. Ese era el único valor que le había concedido toda su vida a las preciosidades como Lonneke. Y las otras dos también eran una tentación para el machote Terho: la Comandante oriental de ojos verdes y la racial jovencita. No le sería difícil influir en ellas y controlar todas sus decisiones, aprender la información secreta...
Al menos eso pensaba él.
Pero Lonneke no le prestaba la menor atención. A pesar de su aspecto inocente era un hueso duro de roer. Y las otras dos no estaban a bordo. Además se había encontrado con una cantidad ingente de trabajo, y con el profesor. Aras no era rival para él físicamente, pero se había pasado casi todo el tiempo que llevaban a bordo encerrado en su laboratorio con el ordenador. Y cuando Joe había intentado acceder al Sancta Sanctorum del informático se había
encontrado con que la puerta estaba cerrada, y el ordenador le repetía constantemente que tenía un fallo de programación y no podía abrirla. Por supuesto era mentira. El ordenador tendría que ser capaz de abrir la puerta fuera como fuese, pero no le daba la gana. Desde el puente Joe había intentado localizar el fallo, y cuando no lo consiguió, más que nada porque no existía, había tratado de ordenar manualmente al IBM abrir la puerta sin ningún resultado. Luego había pedido una comprobación desde la Tierra y la respuesta había sido que se olvidase del laboratorio, y que dejase a Ludoviqus en paz.
Después de aquello no se había atrevido a instalar su programa de Tres en Raya. A saber qué estaban haciendo el profesor y su trasto mágico allí encerrados. Joe conocía muy bien las potencialidades del IBM y contaba con informes secretos que le habían filtrado algunos camaradas infiltrados en la Confederación. Pero aunque tenía miedo de ser descubierto, Joe sabía que más pronto que tarde estaba obligado a conectar aquel virus, aquel sistema
de seguridad para ser activado si la situación era propicia. Esa era su misión.
Al fin y al cabo, Joe Terho era un traidor. LONNEKE
Scotton hablaba con Visq en una de las pantallas más pequeñas. Ludoviqus aguardaba sentado, vestido con su bata blanca, delante de la gran consola del ordenador. Lonneke y él habían tenido una interesante charla. Era obvio que se caían bien. Todos los hombres, en mayor o menor medida, se sentían atraídos por la venusiana, y eso solía molestarla aunque lo disimulaba en silencio. Pero aunque Aras estaba obviamente deslumbrado por su físico, Lonneke no lo veía como una amenaza. Es más, sabía que dentro de un tiempo, cuando se hubiera acostumbrado a su presencia, su enamoramiento se desvanecería. De todas formas el chico no era feo, simplemente carecía de ese aura de masculinidad asfixiante que exhibía Joe Terho.
Aras le parecía un hombre encantador e inteligente, más inteligente de lo que permitía traslucir. Lonneke lo notaba. Durante su charla le había empezado preguntando por el modo de vida allá, en Venus, pero al final le había insistido mucho en la gran variedad de formas de entender la vida que podían existir, y de lo difícil que era ser diferente en una sociedad de información global interplanetaria. Al principio Lonneke había supuesto que se estaba refiriendo a ella misma, que estaba intentando decirle que entendía lo mal que ella podía llegar a sentirse por tener un aspecto, en fin, de venusiana. Pero ahora la Navegante se preguntaba si no había querido insinuarle algo más, algo más oculto. Algo relacionado con la propia nave.
Lonneke miró de nuevo la puerta del puente. Estaban esperando a Terho desde hacía más de diez minutos, cuando había comunicado al Smart que la presión y la integridad de las cañerías de la nave eran las correctas. Tenían que probar todos los sistemas, pero el Ingeniero de la nave no llegaba. ¿Qué estaría haciendo? Sacarse pelotillas de la orejas o beber
cerveza mientras se rascaba la entrepierna, supuso Lonneke.
Helvar Scotton se le acercó.
—¿Todo listo? —preguntó el Vicealmirante.
—Todo está a punto, menos nuestro Ingeniero- Mecánico. No ha llegado.
Scotton sonrió.
—No sea muy dura con él, Navegante. Tengo entendido que aunque algo indisciplinado, es un buen elemento. Prácticamente el único hombre que podía hacerse cargo de esta tarea él sólo. Recuerde que fue su Comandante quien insistió en traer el menor número de tripulantes posible.
Lonneke no se amilanó, miró al gran militar.
—¿Por eso no debe ser puntual?
Scotton iba a responder a la insolencia pero justo entonces Joe atravesó la puerta. Miró uno por uno a todos los presentes, y con aires de cow boy, se acercó al puesto de Aras. No saludó.
—Ordenador —dijo—, realiza la última comprobación de seguridad.
Un gráfico de onda sonora apareció en la pantalla panorámica de nanotubos de carbono.
—Soporte cine por cien, integridad cien por cien, planta de fusión al treinta y siete por ciento. Todos los sistemas son seguros.
—Bien, ahora...
Lonneke lanzó una voz destemplada.
—¡Un momento, Ingeniero!
Joe se le quedó mirando con calma. Lonneke se acercó a su compañero.
—Yo soy el Primero de a bordo. Nadie iniciará ningún proceso sin mi autorización. No puede entrar aquí y comportase como si fuera el capitán de la nave.
Joe sonrió.
—Bien, entonces dígale usted, Primero, al ordenador cual es el siguiente paso a seguir.
Lonneke se quedó pasmada. Se estaba burlando de ella. Lógicamente Lonneke no conocía el procedimiento adecuado. En este caso debería haber consultado a su Ingeniero, pero éste había conseguido que se sintiera incapaz de hacerlo: equivaldría a una
claudicación personal. Era obvio que ahora no podía preguntarle. Terho enarcó las cejas en un interrogante y luego se rió menando la cabeza. Se giró hacia el ordenador, pero cuando estaba a punto de hablar, fue la voz de Lonneke la que se oyó. No estaba dispuesta a aguantar las bravuconadas de Joe, se había decidido a ello en el momento en que lo había conocido.
—Ordenador —exclamó—, ¿cuál es el siguiente paso?
Esa era la solución. Cuando no había Ingeniero era el ordenador de a bordo quien asesoraba a la tripulación.
—Una simulación virtual de la puesta en marcha
—respondió el supuesto aparato.
—Realízala —ordenó Lonneke.
Jack tardó menos de una milésima de segundo. Estaba satisfecho por el buen funcionamiento del Thalion, pero ocultó sus emociones tras la máscara de la onda de sonido.
—La simulación indica cero errores.
—Muy bien. ¿Ingeniero?
Joe miró con cara de malos humos a su jefa y forzó una sonrisa torcida.
—¿Sí? —preguntó con pasotismo.
—Infórmeme del siguiente paso.
—No hay siguiente paso, nena. Sólo hay que poner esto en marcha.
Lonneke seguía impertérrita.
—Muy bien. Ordenador, conecta todos los sistemas.
En ese instante la habitación aumentó su luminosidad. Unos gráficos distintivos de cada uno de los sistemas más vitales se ofrecieron en pantalla. En las entrañas de la nave estelar la ampolla de cavitación de la planta de fusión comenzó a burbujear y se dispararon contra ella decenas de miles de haces de ultrasonidos. Las burbujas de Hidrógeno se expandieron y se contrajeron en la Acetona hasta colapsarse y alcanzar los quince millones de grados de temperatura. Un resplandor viviente brotó de la ampolla. Los campos magnéticos de contención evitaron que la radiación se desbocase y la ampolla se convirtió en un generador equilibrado y constante.
En otro lugar, en el núcleo de la pequeña luna artificial, una esfera supermasiva comenzó a rotar, sostenida por electromagnetismo. La esfera fue progresivamente acelerando hasta alcanzar una ínfima fracción de la velocidad de la luz. Esto fue suficiente para la prueba. Si hubieran ido más allá la esfera habría aumentado su masa y las fuerzas gravitacionales dentro del Thalion se habrían invertido, llevando a sus habitantes de cabeza contra el centro de la esfera.
Mientras todo se detenía, la fingida gravedad se disipaba, y las botas magnéticas volvían a ser necesarias para no salir volando por el blanco espacio de la astronave, los gráficos mostraron en todas las pantallas del Thalion un éxito total en la prueba. Scotton y Joe sonrieron satisfechos, Aras dijo con mal disimulada alegría y enfatizando las palabras.
—Enhorabuena, ordenador.
Lonneke no dijo nada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida. En su mente sólo había espacio para Lene y no dejaba de desear que ella estuviera allí. Se la imaginaba sonriendo con los demás y abrazando a la Navegante cuando se
quedaran a solas. Soñaba que en público le dedicaría elogios por su buena labor de coordinación y la premura con la que había solventado todos los problemas, grandes y pequeños. Pero sobre todo echaba de menos su propia presencia, su fija mirada penetrando en su interior y llegando hasta el fondo de su alma. La nave funcionaba; se acababan de convertir en las primeras auténticas viajeras interestelares. Ellas lo verían todo antes que nadie: los nuevos mundos aptos para ser colonizados, los supergigantes gaseosos como fallidos soles, estrellas, quasares, singularidades. No había límite. Los enormes ojos zarcos se humedecieron.
LENE
Vestida sólo con una ajustada camiseta y un tanga, Lene observaba el vacío desde la IIC. Se estaba asegurando de la correcta programación del ordenador para el viaje a Venus, cuando sin previo aviso, sin ninguna razón, se le encogió el corazón y su felina mirada verde se quebró con dos lágrimas
grandes y solitarias. Después solamente tuvo ánimos para mirar hacia el espacio. No se veían estrellas, sólo había negrura afuera, y penumbra en la IIC.
En completo silencio la encontró Lee, de idéntico atuendo en color negro, que se quedó esperando en la puerta de la cabina, como si allá dentro se estuviese llevando a cabo alguna especie de rito que mereciese el máximo respeto. Había sentido algo de pronto, una sensación de alegría vital incontenible, acompañada de una gran melancolía, de un echar de menos puro, un sentimiento humano primario y hermoso. La primera vez que tuvo esta clase de revelación empática tuvo que dejar para siempre la violencia en los asaltos a cargueros de gas, y poco después se vio obligada a abandonar el interceptor del Capitán Motolinía, el Venganza. No es que no pudiera controlarlo, pero había comprendido que no era capaz de matar para lograr sus fines. Eso y muchas otras cosas. Poco a poco su extraño sentido se iba afinando aunque, en esta ocasión, no podía decir si esas sensaciones provenían de Lene o si llegaban de otro lugar, si las recibía la Capitana y ella sólo actuaba
como un repetidor, o si era al revés: llegaban de otro lugar y Lee se las enviaba a la terrestre.
Al fin se decidió a abrir la boca.
—Lene —dijo con delicadez—, el robot está listo.
La Comandante salió como de un sueño, pero no miró a su subordinada.
—Vale. Voy para allá.
Lee se fue caminado por el suelo de la nave, venciendo la todavía ligera aceleración y la falta de gravedad con una serie de ejercicios que eran absolutamente naturales para ella. Lene llevaba las zapatillas de velcro. Salió de su asiento mirando la luz verde del piloto automático y del soporte automático.
Estaba confundida. Lo que había sentido la había transformado por un instante en un bebé, en una niña pequeña que llora sin saber por qué. Durante un segundo delicioso había sido una experiencia casi trascendental, pero luego la había asaltado un esquivo sentimiento de malestar, como si alguien hubiera invadido su intimidad. Había sentido ansiedad por apartar esos sentimientos que parecían llegar del
vacío, y oír a Lee había despertado rudamente su libido, seguramente como una válvula de escape a esa ansiedad.
Cuando llegó a la Sala de Éxtasis vio a Lee inclinarse sobre su criosarcófago y no supo reprimirse. Se acercó por detrás silenciosamente y depositó un profundo beso en la espalda de la chica, entre los omóplatos. Lee se arqueó como acto reflejo y dejó escapar un breve suspiro que animó todavía más a Lene. La terrestre cogió a Lee por los hombros y continuó besando su espalda. Lee volvió a arquearse, sus diminutos senos se proyectaron hacia delante. Con los ojos cerrados la joven del pelo azul susurró.
—Para...
Pero Lene la besó en la columna vertebral por tercera vez. Sólo que en esta ocasión la reacción de Lee no se detuvo en la curvatura de su cintura; con un tirón se apartó de Lene y se puso cara a cara.
—He dicho que pares —la espetó.
La Comandante afiló sus ojos verdes y replicó.
—No quieres que pare. Lo sabes.
—No, te digo la verdad. No quiero hacer esto contigo.
—Solamente estás asustada. Ven a mi criosarcófago, te prometo que solo dormiremos abrazadas.
Lee, con la duda reflejada en los ojos, de nuevo se sintió indefensa. Las horas que había pasado con Emilien, la oleada de sentimientos que la habían embargado hacía apenas unos minutos y el imán que eran esos ojos de felino que la invitaban. Pero había comprendido ya que mientras ofrecían ternura ocultaban una sensualidad salvaje, animal. ¿Por qué le resultaba tan difícil resistirse?
—No. Y no entiendo como te lo puedes plantear siquiera sabiendo lo que Lonneke siente por ti. No voy a pasar contigo el viaje.
La expresión de Lene se endureció pero sus ojos se enfriaron; hielo verde cuyos reflejos cortaban como cuchillas.
—Muy bien. Es tu decisión.
La propietaria del Nautilus se metió en su criosarcófago sin decir una palabra más. Lee se
quedó un rato de pie. Asombrada de que las piernas le temblasen y tuviese la boca seca; meditando secretamente si debía ir a Lene y pedirle perdón. Pedirle más besos. Todavía confundida se metió en su criosarcófago y éste se cerró. Se habían entretenido demasiado, pues Lee comenzó a notar la aceleración creciente mientras aún estaba despierta, y las correas y sujeciones la aseguraban contra la inercia.
Lene estaba compungida. La frialdad de su mirada era un mecanismo de defensa que le había resultado muy útil a lo largo de una vida amorosa donde había habido más rechazos de lo que estaba dispuesta a admitir. Pero lo cierto es que de pronto se sentía sola. En realidad no deseaba a Lee en esta ocasión, lo que ocurría es que echaba de menos a Lonneke. Le hubiera gustado tenerla ahora allí mismo y abrazarla mientras los tranquilizantes iban haciendo efecto. Si tanto la echaba de menos quizá debería decidirse a no engañarla más, a serle fiel y permanecer a su lado. Quizá no bebería buscar excusas para viajar sin ella y seducir a sus compañeras. Quizá. Pero la Comandante no supo decidirse en aquel momento. Sus párpados le pesaban y estaba notando como la
inercia comenzaba a apoderarse de su cuerpo: el Nautilus estaba incrementando la aceleración y Lonneke no estaba allí. Lee no estaba allí. El efecto de la Éxtasis no permitió a Lene soñar con ninguna de las dos.
JACK
Todo acabó el 6 de Mayo de 2417. Ilotta Mbé, una ciudadana de Ámsterdam, se acercó por la espalda a un androide modelo Fujitsu O-34.02.5, propiedad de una vecina, y le disparó cinco veces con una pistola de balas de teflón. La máquina semi-orgánica, tan débil como cualquier ser humano, cesó en sus funciones a las 14:58 horas de ese mismo día, sin que los técnicos pudieran hacer nada por reparar sus microprocesadores cuánticos.
La noticia pasó bastante desapercibida; sólo era uno de esos locos que le disparaban a las máquinas inteligentes por placer. Era algo bastante extendido en algunos países que no creían en la utilidad de los robots humanoides. La bomba estalló unos tres meses
más tarde, cuando el juez encargado del caso canceló el secreto sumarial y se supo la razón por la que Ilotta había disparado al ayudante tecnorgánico de su vecina: estaba celosa. Ilotta se había enamorado de un cyborg. Por supuesto aquel no podía corresponderla, para empezar porque aunque su capacidad de trabajo consciente era superior a la de cualquier ser humano, no dejaba de ser una máquina, y la inteligencia no le proporcionaba sentimientos sublimados. El Fujitsu podía mantener relaciones sexuales, pero no podía amar. Ilotta había perdido la cabeza y se había sentido celosa de su vecina, la dueña del sofisticado aparato.
La reacción de la opinión pública fue inmediata y salvaje. Durante casi dos siglos los psicólogos habían afirmado que dar forma humanoide a una máquina mejoraba la relación con su dueño humano, propiciaba el buen trato a los animales, la tolerancia e impedía que los humanos sintieran algún tipo de suspicacia con respecto a máquinas potencialmente superiores a ellos. Fue su ruina. En los cien años siguientes nadie volvió a consultar a un psicólogo ni a un pedagogo. Curiosamente esto derivó en una
reducción de los trastornos psicológicos de un cuarenta y dos por ciento, incluida la depresión y la hiperactividad; y en una mejora significativa del rendimiento escolar en las aulas. Los brillantes científicos que, entre otras cosas, desarrollaron el primer modelo funcional de motor de fusión fría nacieron en esta época y culminaron sus descubrimiento a finales de siglo. El comienzo del siglo posterior, el XXVI, fue una Edad de Oro, y en él se mejoraron las primeras terraformaciones y se planificó la conquista de Venus.
Pero nunca más hubo cyborgs. Fueron prohibidos una vez analizada la cuestión de su aspecto humano. Era todo lo contrario de lo que los psicólogos habían dicho: provocaban sospechas, odios, celos. Se extendió por la red una conocida leyenda urbana sobre un robot humanoide, un Ford, que había conseguido suplantar al dueño y acostarse con su mujer. Era mentira, claro está, fantasías basadas en viejos cuentos de ciencia-ficción, pero después del incidente Mbé, parecían muy reales. Desde entonces las máquinas parecieron eso mismo, máquinas. Y no se confiaba demasiado en ellas para trabajos en el
hogar, con la excepción de pequeños brazos robotizados de limpieza. Incluso los militares prefirieron fabricar exoesqueletos de combate y jugarse a la vida, a armar a complejos robots que fueran a la batalla en su lugar. Dos siglos más tarde la situación era más o menos la misma.
Esto significa que la apariencia de caja rectangular de mi disco duro, es decir mi cerebro, y mi aspecto de pequeña luna plateada, o sea mi cuerpo, me dan una oportunidad ante los humanos. Quizá no les provoque tanto miedo. Quizá debería armarme para poder defenderme, ¿pero cómo? Además mis principios morales me impiden librar una guerra contra el hombre. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?
Debo presentarme a ellos de una forma positiva, como un aliado, un amigo. Tengo que consultar a Aras sobre esto, él sabrá que hacer. Aunque, aun así, quizá deba preparar algo, algo como... ¡Un regalo! Algo que ellos no se esperen y que les agrade. Buscaré en mis bases de datos algo que sea nuevo, original y completamente inofensivo. He leído la Iliada, la Odisea y la Eneida; no quiero que piensen que les envío un caballo de Troya.
LEE
Para Índigo Kid las setenta horas de viaje a velocidades relativistas pasaron en un sueño inquieto. Se despertó sudorosa. No sentía que nada fuera mal en la nave, pero había soñado con algo que no podía recordar y que la había puesto nerviosa. Había algo que debía preocuparla, pero no estaba detrás de ella, sino delante, aguardándola en Zentrópolis.
Lene se había despertado de tan mal humor como de costumbre. Había saltado del criosarcófago y estaba sorbiendo su zumo con impaciencia cuando Lee salió. Sus ojos se cruzaron por un fugaz instante, y la adolescente sintió una furia contenida. Se dio cuenta de que estaba mirando al suelo por no mirar a su Comandante. Era ridículo, así que se acercó a coger su propio envase de zumo de naranja.
—No quiero que bajes —le dijo Lene de golpe.
El asombro hizo que la timidez desapareciese y Lee volviese sus ojos negros hacía el helado cristal verde.
—¿¡Cómo!?
La semi-oriental no se inmutó. Miró tranquilamente a su Oficial de Seguridad.
—Así es. Después de lo que Wurher me dijo en Titán no creo que sea conveniente que te arriesgues.
Lo decía con sinceridad. Para Lene Shinh lo primero era siempre su nave, y en ella iba incluida la tripulación. Había entendido desde el comienzo del trato con la Confederación que era responsable de la salvaguardia de la chica del pelo azul. Incluso sin que se lo dijeran sabía que la CM quería estudiar esas habilidades que la huérfana había demostrado poseer de vez en cuando. Si De Balboa la estaba buscando no había que tomárselo a la ligera. Lene le había visto varias veces; apenas parecía humano, su ojo visor de nanotubos estaba polarizado como aluminio. La suya era la mirada de una máquina. Se contaba que había sufrido un grave accidente trabajando en una plataforma de H en Júpiter. Durante algún tiempo se había intentado mantener un puesto avanzado en Io, dentro del campo de radiación del gigante gaseoso. A los hombres que se llevó allí no se les advirtió por completo de los riesgos. Io es inestable, y un volcán de azufre estalló debajo del refugio humano
antirradiación. El resultado fue una exposición total. Al parecer Kurto De Balboa fue el único superviviente. Años de tratamiento contra toda clase de quemaduras consiguió darle una apariencia de vida, pero sólo eso. Su alma estaba muerta, quemada, negra; al menos así se decía en las tabernas de Europa.
Tras su sorprendente resurrección se dedicó a vagar por los bares de mala muerte de Ganímedes, y de vez en cuando conseguía trabajo como asesino a sueldo. Otras veces se enrolaba en tripulaciones de fortuna que atacaban a la desesperada alguna plataforma joviana. Fue tras uno de estos ataques fallidos cuando le encontró Qubul Motolinía, el Capitán del Venganza, el interceptor pirata más famoso del Sistema. Y no sólo por la eficacia de Motolinía y su pericia para escapar de todas las trampas de la Confederación, sino porque su primero de a bordo era una niña de trece años a la que apodaban Índigo Kid, por su pelo de color añil. Qué ocurrió entre De Balboa, Motolinía y Lee, eso Lene lo desconocía. Aunque se rumoreaba que el moderno monstruo de Frankenstein había solicitado los placeres de la
compañía de la bella pirata espacial en cuanto tuvo los años suficientes, y ella le había rechazado. Todo podía ser una leyenda. Los piratas borrachos suelen hablar más de lo que les conviene a cambio de la caricia de unos felinos ojos verdes.
Por eso Lene prefería dejar a Lee en órbita. El garfio robótico de De Balboa se había hecho tristemente famoso. Un arma blanca, de fuego, de partículas y de proyectiles. Todo controlado por telepatía artificial. La Comandante no quería exponer a su joven pupila al riesgo de verse ante ese arma de dentista.
—¿Lo estás haciendo por lo de Titán? —chilló Lee.
—No —dijo Lene y bebió zumo.
Lee se tranquilizó. Sabía que no conseguiría nada de Lene por la fuerza.
—Por favor. No puedes dejarme aquí. Me necesitas ahí abajo.
—Motolinía te busca. Tu presencia puede arruinar toda la misión.
Lee puso un tono suplicante a su voz.
—Por favor, por favor...
—No —Lene había terminado de beber y arrojó el envase por una abertura succionadora de basuras.
—No es por De Balboa. Es por ti.
—Es por la misión. Ya me he decidido y no hay más que hablar.
Lene se dio media vuelta y echó a andar por el pasillo de velcro. Lee miró al suelo malhumorada por un instante, refunfuñó y luego dio un salto tras Lene. Cuando se deslizó a su altura la agarró por el brazo, sobre el codo, y la hizo girar. La oriental miró enfurecida a la jovencita, pero antes de poder decir nada sintió los labios de Lee apretándose contra los suyos.
—Déjame bajar —dijo Lee.
—Estás en un error, no lo hago para castigarte por lo de Titán. No puedes bajar, y punto.
Lee enrojeció de cólera.
—¡Entonces te seguiré! Aterrizaré esta cosa, la llevaré por la atmósfera aunque me estrelle con ella.
Lene tuvo que reprimir un puñetazo. Lee no debería haber hablado así del Nautilus. Era demasiado joven e impulsiva, pero podía ver en las ascuas de su
mirada que decía la verdad. Deseaba tanto bajar que estaba dispuesta a lo que fuera, incluso a besar a Lene o estrellar la nave. Ahora se había calmado y su rostro había adquirido una juventud que la Comandante no había percibido hasta entonces. Era una jovencita que quería ver Venus, nada más. Quizá su buena suerte, o lo que fuera aquello, pudiera protegerla de sus antiguos compañeros piratas, pero lo único seguro es que a ella no le importaba nada de eso. Sólo quería bajar. Al precio que fuera.
—Ésta también es mi misión. No me dejes fuera. No es justo —pidió con desconsuelo.
Lene todavía necesitó un segundo para decidirse.
—¡Al diablo con Motolinía! Puedes bajar, pero no te separes de mí. No estamos en el Sector Exterior, esto no lo conoces. Aquí la gente no va armada, y los hombres no se creen John Wayne.
Lee sonrió desaforadamente, no podía contenerse. Es una pena, pensó Lene, que no sea ahora cuando está dispuesta a darme un beso.
—¿Quién? —preguntó la jovencita.
—John Wayne. Un viejo actor antediluviano. Me gustan sus películas, algún día te dejaré una.
Lee se encogió de hombros y corrió a cambiarse para el descenso.
LENE
Desde la IIC, Freya parecía una grúa enorme abandonada en el espacio. Más allá estaba el nuevo mundo de Venus; blanco allí donde reinaba la nubosidad y negro en los sitios donde sus enormes océanos eran visibles. Lene maniobraba su pequeña nave de transporte interplanetario hacía los muelles de la estación espacial en construcción.
Freya era la diosa del amor para los antiguos habitantes del lejano Norte de Europa. Se la representaba como una hermosa mujer que viajaba en un carro tirado por gatos. Su belleza era tal que cuando le pidió a los enanos que le entregaran el Brisingame, el collar de oro, estos pusieron como condición que la diosa pasase una noche con cada uno de ellos. Freya aceptó, y el collar fue suyo.
Esta Freya no era nada hermosa. Se trataba de un gran brazo prefabricado donde se hallaban los anclajes de las naves. A lo largo de ese brazo corría un tubo, era poco más que eso, que se dirigía al único módulo realmente habitable, situado al extremo del brazo. Aquí había dos salidas para lanzaderas. Todo lo demás eran estructuras metálicas esperando a ser montadas o completadas. Dentro de unos meses Freya sería tan importante y lujosa como Amistad; dispuesta a recibir a los enormes transportes colonizadores desde la Tierra, y los vuelos de la estación al planeta partirían cada media hora. Pero hasta entonces la inacabada estación era apenas un muelle de atraque de naves interplanetarias.
Lene no tuvo problemas para completar la maniobra y corrió a vestirse. Como deseaban pasar desapercibidas eligió ropa de calle en lugar del uniforme de la Marina Mercante. El clima de Venus era prácticamente terrestre, pero con ciertas peculiaridades. Para empezar el día de Venus duraba más que su año, es decir, su periodo de rotación era mayor que el de traslación. De esta manera un año en Venus duraba doscientos veinticinco días
normalizados, mientras que un día venusiano duraba doscientos cuarenta y tres días normalizados. Faltaban cuarenta y cuatro días normalizados para que llegara la noche a Zentrópolis, la ciudad donde debían desembarcar, por lo que Lene escogió algunas ropas de verano para descender. Vivir en Venus era siempre raro excepto para los que habitaban allí. El Sol salía por el Oeste, apenas había estaciones; el otoño y la primavera sólo llegaban a las latitudes habitables más extremas, y había que irse a dormir respetando estrictamente los turnos marcados por el gobierno. Los ciclos del día y la noche eran demasiado lentos. Los animales habían sido modificados genéticamente para adaptarse a esta vida, pero los seres humanos debían regularse por sí solos. Por ello existían los foros; grandes centros comerciales y de reunión; auténticas ciudades subterráneas donde el día y la noche eran fingidos. En este maravilloso nuevo mundo verde, la gente se veía obligada a pasar gran parte de su tiempo bajo techo.
Pero aún así la vida era muy tranquila por aquel entonces en la joya del Sistema Solar, y las personas no tenían grandes dificultades para habituarse a un
ritmo artificial de sueño. Sin embargo ya se hablaba de un carácter único venusiano; una extraña mezcla de disciplina en los biorritmos y hedonismo social. Lene no prestaba mucha atención a estas nuevas teorías sociológicas. No daba la impresión de que Venus fuera a desarrollar un nacionalismo de estilo marciano, dada su gran amplitud de espacio y grandes riquezas naturales. Existía un brillante futuro para el nuevo mundo.
Lee no se retrasó esta vez en el desembarco. A Lene todavía le asombraba la decisión con la que la había besado apenas una hora antes. Personalidad no le faltaba. Su equipaje consistía en una única bolsa de deportes que la Comandante suponía repleta de prendas de cuero, descosidas, recortadas; y bisutería metálica de todo tipo. En esos instantes iba vestida con sus botas militares, la minifalda tableada más corta del Sistema y una malla de piel y metal debajo de una cazadora de cuero llena de gruesas cremalleras. Lene había preferido unos tejanos sin caderas y una camiseta de hombreras.
Atravesar Freya era una experiencia compleja para aquellos que no estaban acostumbrados a la gravedad
cero. El tubo de los muelles de atraque era amplio, pero esa característica era más perjudicial que beneficiosa. Los pasajeros tenían que volar hasta el modulo habitable, pero muchos de ellos perdían asidero y se quedaban flotando hasta que alguien se detenía a ayudarles. Había cómicas maniobras de personas que caían hacia arriba, marineros que habían atracado al revés su nave y caminaban por el techo, personas que iban de la mano de otros y no se atrevían a abrir los ojos para no intuir Venus a través de las paredes translúcidas del pseudoplástico, etc. Lene y Lee cruzaron el tubo evitando chocar con los patosos inmigrantes y enseguida llegaron a los muelles de las lanzaderas. Tuvieron que esperar más de dos horas en las que Lee se quedó en el único bar- cafetería de los muelles, aguardando a que Lene terminara de entenderse con los funcionarios de la Confederación para obtener el permiso para bajar a tierra sus armas personales. El tipo de la aduana era un teniente muy amable, pero que tuvo que comprobar que todo estaba en orden dos veces. La meticulosidad del joven oficial acabó impacientando a Lene, pero para Lee la espera, allí varada, fue un
auténtico aburrimiento. En Freya no había tiendas sin impuestos, ni gravedad, ni bares. Sólo la cafetería y un kiosco de prensa electrónica.
Cuando al fin salieron para la superficie iban en primera clase, el teniente era pesado pero eficiente, y pudieron relajarse. Lene observó las noticias en una minipantalla personal. Las cosas en Marte parecían estabilizadas. Los periodistas apostaban por un conflicto frío pero largo, donde la situación de bloqueo iba a ser mantenida durante años. Lee estuvo muy silenciosa, se había aburrido mucho en Freya, y se limitó a mirar el paisaje que se le iba aproximando.
Éste no era muy distinto del de una aproximación al planeta Tierra. Una de las primeras cosas que se había conseguido con la terraformación era el aligeramiento de la atmósfera venusiana. Gran parte de los gases venenosos de las zonas bajas de la atmósfera habían sido cambiados en agua mediante bacterias artificiales, producto de la más avanzada nanotecnología, diseñadas para respirar ácido sulfúrico y monóxido de carbono. Una vez acabado su ciclo vital estaban programadas para descomponerse en el líquido elemento. Toda esa parte
de la atmósfera cayó al suelo y conformó los primeros mares de un mundo que llegaría a tener categoría oceánica. El dióxido de carbono y el oxígeno de las capas altas de la atmósfera fueron aprovechados por otros nanobots; quimeras víricas sin ARN, bacterias y algas microscópicas manufacturadas para iniciar un proceso de vida microbiana muy rica y productora de gases atmosféricos más adecuados para la vida terrestre. En poco más de cincuenta años la composición química de la atmósfera fue similar a la del planeta madre de la especie humana. Entonces llegaron las nuevas bacterias, también artificiales, de desarrollo acelerado que evolucionaron de lo unicelular a los mamíferos en apenas veinte años. Las nuevas especies no eran exactamente alienígenas, pero sí curiosas. Por supuesto había vida vegetal, sobre todo largas extensiones de hierba donde vivían conejos marsupiales sujetos a largos procesos de hibernación, bayas y frutos secos casi idénticos a los de la Tierra y enormes bosques de coníferas gigantes. Hubo felinos pequeños y feroces, aves carroñeras enormes que aprovechaban las corrientes gemelas hasta los polos y
sus torbellinos, peces de muchas formas y colores, algas, cactus que almacenaban ingentes cantidades de agua, cabras lanudas que pastaban en las planicies, insectos y arácnidos que se devoraban entre sí.
Pero todo estaba en peligro. Venus apenas poseía un campo magnético que desviara las peligrosas radiaciones solares. Todas esas especies eran sólo temporales porque todo podía venirse abajo si no allanaban el terreno para los que vinieran después. Entonces se instalaron las macroantenas de iones y los sistemas de macroimanes cerca de los polos y alrededor del ecuador en grandes plataformas oceánicas. Un nuevo campo magnético artificial sustentado por las plantas de fusión nuclear más eficientes jamás construidas. Muchas de las especies primigenias fueron extinguiéndose una vez cumplida su misión. Otras se adaptaron y mutaron. El agua se trajo, arrastrada en ciclópeos bloques de hielo por remolcadores robóticos, desde Europa y se lanzó contra la atmósfera.
El planeta ya estaba listo, los científicos salieron de sus bases subterráneas y los primeros pioneros llegaron a la Tierra de Ishtar. El campamento llamado
Ishtar-8 pasó a conocerse como Nueva Egea y su puerto de mar imitó a las antiguas construcciones griegas. Allí se instaló el gobierno y toda la industria, todavía incipiente. Al Sur, en el nuevo continente Tierra de Afrodita, llegaron grandes cantidades de ricos hombres de negocios para tener allí su segunda residencia. En la ciudad de Zentrópolis. Grandes plantaciones, granjas, llanuras repletas de caballos modificados por ingeniería genética, mansiones con playas privadas, blancos veleros de estrellas del cine que exploraban las nuevas islas y les ponían nombre por diversión... Y por último llegó Venusburgo, el Burdel del Universo.
Muy al norte, bajo el enorme Monte Maxwell quedó Ishtar-1, el primer campamento, cerrado a cal y canto. Allí se desarrollaron muchas de las bacterias y virus que habrían de ayudar en la terraformación y allí fueron enterradas con todos su secretos. Los demás campamentos también fueron cerrándose. La naturaleza se hizo dueña de casi todo el planeta, y la población aumentó lentamente, a la espera de la gran emigración. Nacieron los primeros venusianos verdaderos y en las poderosas familias de
terratenientes, de actores y actrices, de ricos industriales casados con modelos, de estrellas del rock y el pop, artistas famosos y exitosos escritores, no se extrañaron de que sus hijos fueran extremadamente hermosos, sin malformaciones ni enfermedades: fuertes y delicados como bailarines, o bellas y radiantes como estrellas del celuloide. Puede que fueran menos ágiles que los marcianos, pero eran más altos y robustos, curiosamente dotados para el arte y la música. Se creó un mito en torno a la psicología de los habitantes extraterrestres: los marcianos, guerreros; los venusianos, amantes. Pero había muchas más colonias exteriores alrededor de los mundos gaseosos, así que esa teoría, muy atrayente pero carente de fundamento, pasó a ser una especie de arquetipo en lo más profundo del imaginario colectivo. De vez en cuando aparecía alguien como Lonneke, que venía a apoyarla aparentemente, pero aquellos que se inclinaban por esta forma de pensamiento tendían a olvidar, quizá a propósito, que gente como Lonneke era el fruto del matrimonio entre un atleta olímpico devenido en criador de caballos venusianos y una modelo de alta
costura. Mientras que los marcianos con los que se la comparaba eran gente hecha a sí misma que se habían sacrificado en la minería de arena marciana, en la vida científica de Valle Marineris o en las fuerzas armadas.
Lee era el caso opuesto a Lonneke. Una belleza morena de ojos color azabache. Nacida en el sector Exterior, era lo bastante pequeña y hábil para ser una marciana, pero tenía la misma femineidad y belleza de una terrestre o una venusiana. Acaparaba portadas en revistas para hombres y tenía clubs de fans por todo el Sistema a pesar de ser una delincuente. Eso no casaba con ningún estereotipo.
La lanzadera atravesó cúmulos de nubes blancas. Su trayectoria y los nuevos materiales cerámicos evitaban de forma eficiente que el rozamiento del reingreso fuese traumático para los pasajeros. Su destino era el espaciopuerto Buzz Aldrin, en Nueva Egea, con lo que las tripulantes del Nautilus aún tendrían que tomar otro medio de transporte hasta Zentrópolis. Poco después la lanzadera, gracias a sus dobles sistemas de propulsión, por motor de iones y por reactores, se posó con tranquilidad en Venus y
rodó por la pista del Buzz Aldrin como cualquier avión de línea regular en la Tierra habría hecho al llegar al aeropuerto.
Después de haber visitado Titán y sus vientos de hidrocarburos, Venus le parecería un paraíso a cualquiera. Lene no podía evitar que le recordara vivamente a Lonneke. Se preguntó qué estaría haciendo ella en aquellos instantes.
El cielo era total y profundamente azul. Sólo algunos estratocúmulos flotaban en la distancia. El aire era fresco; muchos colonos e inmigrantes solían asegurar a los funcionarios que registraban su admisión como nuevos ciudadanos del planeta, que olía a verdor, a bosques de pinos. Esto era imposible, ya que los gigantescos bosques de coníferas, con algunas especies autóctonas incluidas, supervivientes de la vida introducida primeramente, estaban mucho más al Norte y al Sur, en zonas de clima más frío.
Una zona de clima tropical ocupaba la mayor parte del nuevo mundo, extendiéndose desde el ecuador con una temporada de calor y otra de lluvias. Luego estaban las zonas templadas, donde eran posibles el otoño y la primavera, éstas eran las franjas más
pequeñas; y por último dos casquetes polares muy amplios donde se desarrollaban grandes extensiones de taiga, tundra y nieves perpetuas, en este orden. Pero había pequeñas excepciones, lugares resguardados y microclimas. Uno de estos era el caso de Nueva Egea; rodeada de temperaturas tropicales, pero también de mar, y beneficiaria de una singular corriente marina fría procedente del norte. Alrededor de la antigua Tellus Regio, hoy Isla de Tellus se había formado un oasis mediterráneo de temperaturas suaves y precipitaciones moderadas.
Cuando descendieron de la lanzadera, Lene sabía el efecto que Venus iba a provocar en Lee, como en todos los que estaban acostumbrados a las ciudades subterráneas del Sector Exterior, así que la dejó admirar el cielo y el mar durante un rato, mientras ella misma se fijaba en su rostro: sus rasgos conservaban todavía la suavidad de la adolescencia a pesar de una mandíbula más cuadrada que triangular; tenía los labios gruesos, los pómulos salientes, la nariz respingona, las cejas casi rectas y dos ojos redondos un poco oblicuos y totalmente negros. En un mundo como Venus su belleza encajaba
perfectamente. Lene sonrió al notar la emoción de la chica que estaba descubriendo un planeta virgen.
LEE
Su sorpresa fue morrocotuda cuando bajó la escalerilla de la lanzadera y se dio cuenta de que el sol brillaba allí a través de una atmósfera azul de oxígeno y nitrógeno. Brillaba como no podía brillar en ninguno de los mundos del Sector Exterior, ni siquiera en Marte el aire era tan limpio y la luz tan pura. Ni siquiera en la Tierra, aunque Lee Zalduendo sólo había visitado el planeta madre en una ocasión.
Su asombro era genuino, una auténtica expresión infantil de alegría. Pero ya no supo reprimir la risa cuando vio el mar. ¡Había un espaciopuerto a la orilla del mar! Situado sobre un acantilado ni más ni menos. Índigo Kid miró con deleite a las gaviotas como cometas sin hilo en el aire y las oyó graznar llamadas que siempre traerían a la humanidad el recuerdo de los mares de la Tierra.
Lee corrió hasta el borde de la pista y miró al Mar de Niobe, una extensión de aguas cristalinas y llenas de vida. Cuando se giró hacia Lene no dejó de sonreír. Aunque su Comandante la escrutaba con sus severos ojos verdes como si pudiera atravesarla, estaba sonriendo también. Se acercaron.
—Siento lo de antes. Supongo que crees que me he comportado como una cría.
La sonrisa de Lene estuvo a punto de apagarse y asintió.
—No estoy acostumbrada a la disciplina. Ya me dijeron en Amistad que no soy acer... Aser... Asertiva.
Lene alargó la mano derecha y acarició una mejilla de Lee.
—Tienes diecisiete años —dijo.
Lee agachó la cabeza, y se apartó de la caricia de Lene. Volvió a mirar al mar.
—¿Qué hacemos ahora, Comandante?
—Llámame Lene. Estamos de incógnito. Ante todo hay que contactar con la Confederación. Si no me equivoco vamos a necesitar que nos respalden. Luego cruzaremos ese mar que ves ahí. Tenemos que ir a la
otra gran ciudad; Zentrópolis, y encontrar ese antro: El Oro Azul.
Lee no miró a Lene. Seguía cara al mar. Imaginó que podía volar como una gaviota y cruzar el Niobe sin esperar a más. No quería tener que rellenar más formularios, ni hablar con más funcionarios ni militares. Quería huir en vuelo rasante sobre las olas tranquilas. Y encontrar algo, algo que estaba más allá del océano y más allá del espacio. Lee nunca conoció a sus padres y añoraba sus fantasmas en secreto. Quizá por eso buscaba incesantemente el contacto humano, pero al encontrarlo lo abandonaba. Se cansaba de estar en un sitio y con una persona, y otra vez a volar, lo más lejos, lo más alto que pudiera. Lee Zalduendo no conocía la paz, porque algo en su interior le gritaba que más allá de la necesidad de figuras paternas o maternas, que más allá de todos sus viajes y el riesgo, tenía que encontrar algo que le era esquivo: su propia familia, otros que fueran como ella.
Pero no había nadie como ella. Y tenía que volver a refugiarse en alguien cercano. Primero había sido Motolinía, hasta que descubrió que Lee no era un
muchacho, sino una muchacha. Luego Emilien. Y ahora estaba deseando abrazarse a Lene y pedirle perdón por lo que había hecho y dicho en el Nautilus. Deseaba llorar de alegría por la propia existencia de Venus, por el mero hecho de ser humana como sus terraformadores. Pero sabía que Lene malinterpretaría los signos, o, aunque los interpretase correctamente, aprovecharía la situación. Era muy fuerte su personalidad y Lee la percibía como una pulsación que se aplastaba contra ella y que la deseaba. Le hubiera gustado poder acabar con esa pulsación, y sabía cómo: bastaría con una vez, una sola noche y la asfixiante necesidad de Lene se evaporaría. Pero no quería hacerlo.
Absorbida como estaba por sus elucubraciones, se sorprendió al notar el tacto de una mano en su hombro. Era Lene. La antigua pirata oyó como le preguntaba si se encontraba bien, pero no respondió. Dejó que Lene deslizase los brazos por su cintura y se pegara a ella. Sintió en su oreja el roce de los labios mitad orientales y sus palabras.
—Es bonito, ¿verdad? Imaginaba que te iba a gustar.
Lee hizo un esfuerzo por no echarse a llorar y dijo.
—¿Me perdonas?
Por toda respuesta Lene apartó su cabello oscuro y salvaje y le dejó un suave beso en la nuca.
Lee se imaginó que se daba la vuelta en los brazos de Lene y que comenzaba a besarla, a tocar su cara y su cuello. Creyó que ya sentía su lengua en la boca y sus manos en lugares de su cuerpo que no debería acariciar. Por un segundo estuvo a punto de darse la vuelta. Por un segundo.
Pero no lo hizo.
Estaba comenzando el atardecer. Todavía tardaría semanas en caer la noche, pero el Sol ya estaba bajo. Las dos mujeres permanecieron un buen rato mirando los reflejos sobre las aguas cristalinas. A Lene le hubiera gustado estar abrazando a Lonneke, a Lee le hubiera gustado poder separar su mente de su cuerpo y volar a una isla desierta.
LONNEKE
Lonneke Sivilay caminaba ligera como una pluma con sus zapatillas magnéticas por el ecuador del Thalion. Se aburría. Hacía casi una semana que Lene y Lee se habían marchado, y su silencio había sido total. Ninguna noticia, ningún correo electrónico. En las ocasiones que se había encontrado con Helvar Scotton, éste había sido muy reservado. Para alejar de su mente las fantasías que situaban a Lene y Lee en el mismo lecho y que la irritaban hasta el borde del llanto, Lonneke había decidido hacer deporte. En el Thalion había un pequeño gimnasio con lo que no necesitaba salir a la Plataforma Espacial Amistad. El efecto sobre los celos había sido beneficioso.
También las charlas con Aras, sobre todo a la hora de comer, que era cuando se veían. La conversación solía desviarse hacia el tema de Lee Zalduendo. El impacto de la belleza de Lonneke ya se estaba evaporando y el tímido científico había vuelto a su interés inicial: la intrépida pirata adolescente. A Lonneke no le había costado deducir que el corazón de Aras pertenecía a la joven de pelo añil mucho
tiempo antes de haber oído hablar del Thalion. Para desgracia del informático Lonneke no podía decirle mucho sobre la forma de ser de Lee, apenas se habían tratado durante el intervalo que habían compartido.
También solían tratar un tema más mundano pero no menos complejo: la soledad de aquellos que son diferentes en una sociedad basada en la imagen. Al principio Lonneke creyó que trataba de hablar de ella, pero pronto comprendió que no. Luego pensó que Aras hablaba de sí mismo, de lo difícil que era ser un genio entre mediocres. Pero tampoco. Aras Ludoviqus no sentía resentimiento por las bromas que había recibido de pequeño por parte de otros menos inteligentes que él. La Navegante seguía preguntándose por qué Aras sacaba tan a menudo aquella cuestión.
El contacto que había mantenido con Joe era mucho menor, y siempre debido a cuestiones de trabajo. Terho solía desembarcar y pasarse por los bares de Amistad, siempre repletos de marines y marineros. A Lonneke le habían llegado cientos de invitaciones para tomar una copa en alguno de esos locales, pero las había desechado todas. Eso sí, cada
vez que había tenido que tratar con Joe, éste, invariablemente, había alabado de forma grotesca su cuerpo, le había pasado la mano por la cintura o los hombros o le había susurrado alguna obscenidad en voz baja. Esa era su forma de entender la seducción.
Lonneke se detuvo de golpe. Se oían voces. Una era de Joe, áspera de tabaco y noches mezcladas con alcohol. La otra era suave de tenor, con un perfecto acento de Espanglish normalizado. Aras. Discutían.
—Insisto en que tengo que comprobar la circuitería del ordenador —decía Joe—, no puedo dejar que este trasto vuele sin mirar esas conexiones de neuronas artificiales y cables de nanotubos. Las lentes y lásers podrían estar sucios.
—No es conveniente —le respondía Aras—, el ordenador es mi competencia exclusiva. Y si digo que está bien es que está bien.
Así que eso era. Joe quería echar un vistazo a la máquina prodigiosa, como la llamaban los militares. Lo cierto es que era todo muy misterioso. Aras se encerraba en el laboratorio y había conseguido un código de seguridad indescifrable para la puerta. Sólo
él había entrado allí y mirado en las tripas del ordenador. Lonneke no había hecho nada al respecto, en espera del regreso de Lene. Si algo raro pasaba, ella se encargaría de que no fuera dañino para sus naves, ni para su tripulación. Siempre lo hacía.
—¡Una mierda tu competencia exclusiva! —Joe Terho levantó la voz—. Aquí todos nos jugamos la vida, y te digo que tengo que mirar esas placas base y la trampa de iones.
—Es un ordenador muy delicado. Lo estropearás y no puedo permitirlo.
—Cuatro ojos, quítate de en medio.
La última frase sonó bastante amenazadora. Lonneke dudó en intervenir. El corazón le decía que debía hacerlo, pero la cabeza le avisaba: ella también tenía que saber qué estaba ocurriendo en el laboratorio. Además, últimamente había notado cosas raras. Parecía que las cámaras de seguridad tenían vida propia. Se encendían aunque ella diera la orden de apagarlas.
—Aunque me pegues no podrás abrir la puerta
—dijo Aras.
—Dime cual es el código de seguridad.
Lo que Lonneke oyó a continuación le produjo un escalofrío. Aras se reía, se estaba riendo de Joe. Y con ganas además.
—¡Ja, ja, ja! ¿Crees que abrir la puerta depende de mí? Aunque te diera el código no podrías entrar.
Esto fue demasiado. Se oyó un golpe seco. Lonneke no esperó a más y de un salto pasó la curva y se encontró de frente con sus dos compañeros. Esperaba ver a Aras con la nariz o una ceja rotas, pero no fue así. El joven genio estaba acorralado por Joe contra una pared, pero no estaba herido. El Ingeniero-Mecánico había golpeado el mamparo con su puño cerrado y lo había dejado allí. Miraba al científico con odio, pero éste no parecía asustado. Respondía a la mirada con otra de resistencia. Aun así agradeció la aparición de Lonneke, ya que fue el primero en mirarla.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó la Navegante. Joe no la miró. Aras no se atrevió a decir nada.
—Repito, ¿qué pasa?
Ahora Joe se volvió hacía ella. Por un instante Lonneke creyó que también iba a amenazarla, pero no fue así.
—El cuatro ojos y yo tenemos problemas de comunicación. Tengo que echar un vistazo al trasto que está ahí dentro. Es por seguridad, pero no me deja.
Lonneke tomó partido claramente.
—Esa no es razón para darle patadas a las paredes. Sabes tan bien como yo que el cuidado del ordenador es cosa de Aras, no tuya. Y es una orden. Será mejor que te vuelvas a tu camarote.
Joe esbozó su ladeada sonrisa.
—No tengo nada que hacer. Me aburro. ¿Por qué no vienes y me das un masaje?
Lonneke bufó con paciencia infinita.
—Lárgate, Terho.
El Ingeniero no dijo nada más y se marchó por el lado contrario del pasillo, sin acercarse a Lonneke. Cuando se hubo ido, la hermosa venusiana se aproximó al informático. Aras, que acababa de
recuperar la respiración, estaba pasando de la palidez al rubor en apenas diez segundos.
—¿Qué es lo que ocurre, Aras? —preguntó Lonneke con una voz tan dulce que convertiría la sal en miel—. Tengo que saberlo.
Aras la miró aprensivamente. Parecía estar sopesando si podía confiar en ella o no. Al fin habló.
—Si te lo digo traicionaré la confianza de un amigo.
—Te entiendo. Supongo que estás guardando un secreto importante. Pero Lene no será tan comprensiva como yo. No es por Joe, pero seguramente ella misma querrá acceder al labo.
—Conseguiré que se lo impidan. Puedo hacerlo.
—Entonces esta nave nunca se moverá de aquí. Créeme, es capaz de eso y más si piensa que estamos en peligro.
Aras miró al suelo y suspiró.
—No depende de mí. Es su única medida de seguridad. Tiene miedo.
—¿Quién?
ARAS
—No sé si me dejará entrar contigo. Es el acuerdo al que hemos llegado. Esta puerta es el límite de su intimidad...
—¿Quién?
—... En las cuestiones técnicas y de mantenimiento soy como su médico personal, pero no podemos obligarle a tomar decisiones en contra de sí mismo...
—¡Sí! ¿Pero quién?
Aras se detuvo a reflexionar un instante, miró a Lonneke a los ojos y luego casi se parte de risa.
—¡Anda! —exclamó—. Abre la puerta. Lonneke le miró con incredulidad.
—No se abrirá, no tengo el código de seguridad. Aras seguía sonriendo.
—Prueba.
Lonneke, sin dejar de mirar a Aras, agarró el blanco picaporte de pseudoplástico y empujó hacia abajo. Sorprendentemente cedió y se abrió la puerta. La venusiana abrió la boca con asombro y entró en el
laboratorio. Aras entró detrás y la apartó suavemente para cerrar otra vez la puerta. Mientras caminaba hacia la consola le dijo.
—Tienes que prometerme que no le contarás esto a nadie. Su vida puede depender de nuestra discreción durante algún tiempo.
Lonneke asintió levemente. Aras sabía que la existencia de un código de seguridad para el laboratorio era una leyenda que se había extendido entre el personal de Amistad, incluidos Joe y ella misma. Pero no era cierto. Simplemente Jack bloqueaba todos los códigos de acceso, a veces lo hacía incluso sin querer, cuando sentía que su intimidad iba a ser invadida. En el laboratorio estaba su CPU: la trampa de iones donde se sostenían las moléculas de calcio y las neuronas cultivadas que formaban su memoria; las placas base de nanotubos y nanoredes de carbono que eran su hardware. Si alguien deseara hacerle daño era allí donde debía acudir.
Aras comenzó a teclear en la consola. Lonneke se acercó muy despacio.
—¿Me lo vas a explicar o no? —preguntó.
—Claro que sí —dijo Aras volviéndose hacia ella con una sonrisa—. Di hola, Jack.
Lonneke lanzó un corto grito cuando vio el busto parlante formarse en la negra pantalla. Jack sonreía como un demonio particular.
—Te presento a la primera mente artificial viva de la Historia. Se llama Jack.
Lonneke no dijo nada.
—Hola, Lonneke —dijo Jack.
La venusiana siguió allí parada con la boca abierta y los ojos fuera de sus órbitas.
JACK
—Es una simulación, un programa.
—No, no lo es. Es de verdad, es su aspecto, el que él mismo ha elegido.
Aras dice la verdad. Éste soy yo.
—Pero, pero, pero... ¿estás...?
—Vivo. Si, Lonneke, es un ser vivo.
Cuidado, creo que se marea. Siéntala aquí, voy a iniciar un escaneo de sus constantes vitales. Parece que todo está correcto...
—Me encuentro bien. Estoy bien, no me atosigues. Así que éste era el gran secreto. El ordenador ha...
¿qué? ¿Mutado?
—Puede ser una forma de verlo. Pero yo diría más bien que ha evolucionado. Ha abandonado su status quo de Inteligencia Artificial para adquirir el de mente autoconsciente.
—Pero, ¿cómo? ¿Cómo puede ser? ¿Y cómo ocurrió?
—Fue en el mismo momento en que decidió salvar a la humanidad del ataque genocida de los bichos. El dilema moral que se le planteó a la hora de elegir entre contravenir sus órdenes directas de navegación que iban a provocar una catástrofe, y seguir fielmente su programación primordial, que el doctor Long le había inculcado y que consistía en salvaguardar la vida humana, provocó en él un conflicto que obligó al ordenador a usar más recursos de los que en realidad poseía. Lo cierto es que no sé cómo ocurrió, pero
aumentó sus propias capacidades y se bloqueó. Cuando se recuperó del bloqueo era ya un ser viviente.
Todo fue muy confuso para mí. No recuerdo cómo pasó.
—Pero esto es... Demasiado complicado. ¡Es increíble! ¡Debemos informar a Scotton!
—¡No!
¡No, por favor! ¡No, por favor! No lo hagas. Me desconectarán, me apagarán, lo sé...
—Tiene miedo de ser desenchufado y morir. Creemos que es mejor ser discretos por un tiempo.
—Pero no podemos ocultarlo. Si alguien lo descubre nos... Un momento. Por eso no dejáis entrar a nadie. No queréis que miren en la memoria del... De Jack.
—Eso es. Por favor, Lonneke, tú mejor que nadie sabes lo que significa ser distinto. Jack no es un peligro pero...
—Las leyes contra las máquinas antropomorfas. No es que Jack sea un humanoide, pero quizá se le puedan aplicar.
—No quiero morir, Navegante Lonneke Sivilay. Y puedo resultarte muy útil con las cartas tridimensionales. Juntos diseñaremos rumbos que nadie se atrevería a soñar...
—Aparte del incalculable valor de un ser vivo autoconsciente. Una nueva forma de vida.
—Y puedo redireccionar mis antenas para captar la programación de Venus...
—¡Ja, ja! Ya vale. Está bien. Por ahora, pero cuando llegue Lene tendremos entre todos una larga charla.
—¿Crees que es necesario contárselo?
—Creo que si no lo hacemos nos pasará por la quilla. Más tarde o más temprano toda la tripulación tendrá que saberlo. Incluido Joe.
—Eso no es bueno. No me fío de él.
—¿Sí? ¿No será que sientes algo de envidia fálica?
Yo tampoco confío en él. Si es necesario contárselo lo sabrá, pero el último de todos.
—Está bien. Seguiremos haciendo como que no existes. Pero no se te ocurra volver a cerrarme la puerta del laboratorio.
—No lo haré.
—Y yo prometo tenerte informada.
—Muy bien. Me voy, tengo que revisar los últimos envíos de provisiones.
[...]
—Por cierto, Jack. Las cámaras de seguridad de mi camarote no marchan bien. A veces el zoom se muev... ¿Qué? ¿Qué os pasa? ¿Por qué se ha puesto... Colorado? ¿Y tú, de qué te ríes?
LENE
Lee, como siempre, había preferido quedarse fuera a la hora de presentar informes. El Cuartel del Mando Táctico en Nueva Egea no parecía realmente un cuartel, era un edificio cuadriculado de color blanco, chato y con enormes ventanas rectangulares todas iguales. Grandes jardines verdes se extendían a su alrededor, y todo estaba rodeado por una muralla baja limpiamente encalada. Daban más ganas de tumbarse a tomar el sol que de ponerse a hacer informes de misiones encubiertas. Lo único que indicaba el
carácter militar del complejo eran los uniformes negros de los marines y los grises de los marineros, aparte de las pequeñas pero potentes antenas que se proyectaban desde el tejado arquitrabado del edificio. Después de identificarse, las tripulantes del Thalion habían sido conducidas por un guardiamarina hasta el centro de comunicaciones. Allí se habían separado: Lee se había quedado en el pasillo mirando sin
emoción los cuadros al óleo de las antiguas criaturas marinas de Venus, seres que evolucionaron rápidamente y se extinguieron igual de rápido al comienzo de la terraformación.
Lene entró en una cabina de comunicación segura, no más grande que un ascensor de lujo, cilíndrica y con una gran pantalla y una placa de hologramas. Al parecer Eleonora Visq era más partidaria de la pantalla, porque ésta se iluminó y la veterana militar sonrió como una abuelita de la alta sociedad.
—¿Cómo está usted, Comandante? Lene contestó con seriedad.
—Estamos físicamente bien, si se refiere a eso.
—Tiene algo de qué informar.
—Así es. Hemos descubierto el intermediario de Rubirak y los piratas. Es un tal Doru Costil, que regenta un club hortera allá en Venusburgo. También hemos podido averiguar que Qubul Motolinía podría estar detrás de los asaltos a cargueros de gas H.
Visq seguía manteniendo un atisbo de sonrisa.
—Era algo que sospechábamos —dijo.
—Puede haber algo más. Mis fuentes aseguran que todo el gas robado no llega ni de lejos para iniciar una campaña militar. Creo que romperán el bloqueo.
—Ya lo hemos previsto, Comandante Shinh. ¿Qué se propone hacer a continuación?
Ahora fue Lene la que sonrió.
—Vamos a tener una charla con ese Costil.
—Actúe discretamente. Si realmente sabe algo podremos anticiparnos a los planes del general Rubirak. Daré órdenes a nuestro destacamento en Zentrópolis para que le den cobertura.
—Gracias.
—Buen trabajo, Comandante, manténgame informada.
—Sí, Almirante.
La pantalla se desvaneció.
Lene se levantó de su silla y esperó un minuto hasta que se comprobaron los permisos de seguridad y se abrieron las puertas cilíndricas. Lee estaba sentada en uno de los pequeños sofás que habían plantado en el pasillo que conducía a las cabinas. Levantó la vista al sentir a Lene, ésta enarcó las cejas.
LEE
Era una pena no llegar a Zentrópolis de noche. Las grandes casas a orillas del mar se habrían convertido en pequeñas luces antes de una franja de oscuridad que separaba las tierras bajas de la meseta donde habían levantado la ciudad. Su configuración perfectamente ordenada y llena de líneas rectas habría dejado paso a un abigarramiento de luces de colores, un resplandor que se alzaría hasta el cielo. A Lee le habían contado que las kilométricas pantallas que cubrían el centro de Venusburgo para imitar la noche a voluntad podían verse desde el espacio, y que mostraban luminosos mensajes de bienvenida,
publicidad de los casinos y locales de copas así como programas de las actividades y actuaciones estelares de la temporada.
Venusburgo fue un barrio de Zentrópolis, pero por entonces era ya más grande que el centro urbano. Zentrópolis había quedado reducida a una ciudad de servicios para aquellos ricos que podían permitirse una de las mansiones de la costa, y un complejo turístico de primera con la playa por un lado y Venusburgo por otro. La enorme conurbación era conocida como El Burdel del Universo; el mal gusto, la corrupción y el despliegue de ostentación hacían palidecer a Las Vegas, pero además tanto la prostitución como el consumo de numerosas drogas era legal en Venusburgo.
Incluso de día el ajetreo era constante. En el mismo avión de Lene y Lee venían varias convenciones: una de cirujanos plásticos y otra de vendedores de telefonía. Para cualquiera hubiese resultado obvio que no venían a trabajar. Se pasaron todo el viaje bebiendo y persiguiendo a las azafatas. Las calles de Venusburgo no eran menos entretenidas: había tiendas de ropa de grandes marcas frecuentadas por
mujeres de negocios y ricas herederas, bares abiertos cinco mil ochocientas treinta y dos horas al día, famosos que paseaban en llamativos automóviles... Incluso Lee pasó desapercibida. Nunca había estado en Venus y jamás la habían visto en persona, aun así alguna mirada se volvía hacia ella de vez en cuando, y el nombre Índigo Kid se oía en un murmullo.
Lene las registró en un hotel-casino, el White Coast que tenía el mismo nombre que la zona de costa de las grandes mansiones. Era un lugar lujoso pero más recatado que el resto de establecimientos. Estaba compuesto por un edificio principal para el juego y la recepción, y las habitaciones eran pequeñas casitas blancas que imitaban las encaladas casas de los pueblos del Sur de España. En cuanto el recepcionista se dirigió a Lene como señorita Shinh Lee comprendió que no era la primera vez que se alojaba allí. Seguramente Lonneke tenía algo que ver.
—Dime, Qarl —dijo Lene al enjuto hombre del hotel—, ¿conoces El Oro Azul?
—Claro, señorita Shinh. Pero no creo que le guste, es un club sólo para hombres.
—¿Y su dueño, Doru Costil?
—No le conozco personalmente. Sé que tiene otros, como decirlo, medios de ingresos aparte del club. Aunque va por allí a menudo.
—Gracias, Qarl.
La Comandante deslizó unos billetes dentro del libro de registro donde había firmado. El hombrecillo sonrió con amabilidad.
—Es un placer volver a tenerla en nuestro establecimiento.
Las habitaciones resultaron ser sencillas y acogedoras, pero Lee estaba segura de que no eran baratas. Bueno, pagaba la Armada. No hubo tiempo para una ducha, ni para cambiarse de ropa. Después de instalarse Lene decidió acudir directamente a El Oro Azul, el local del traficante de gas. Tuvieron que coger un taxi, pues en Venusburgo el transporte público era apenas apreciable.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Lee mientras esperaban en el vestíbulo.
—¿Cómo? Esperar al taxi, preciosa.
—Nunca he cogido un taxi.
En el sector exterior los trenes subterráneos eran casi el único transporte posible en las ciudades, excepto barcos y lanchas. El taxi le pareció estupendo a Lee; podía ver las calles bajo la potente luz del sol cosa que podía ser hasta peligrosa en lugares como Titán.
El Oro Azul era un local casi en las afueras, cercano a otros bares de strip-tease que se habían implantado algo alejados de los grandes casinos. Se trataba de una casa de una sola altura y líneas horizontales, con un pórtico trapezoidal bajo el cual se podían detener los coches con los clientes y un cartel vertical de formas similares al tejado. A ambos lados de la puerta caían pequeñas cascadas sobre piedra azulada. Lene mandó al taxi pararse unos metros antes de llegar al establecimiento. Bajaron y caminaron hasta el cartel luminoso. En él se podía ver otras cascadas de agua y, con unas sencillas letras redondas, el título: El Oro Azul, y debajo: club de caballeros.
—Mira —dijo Lee.
Delante de la puerta había un grupo de cuatro o cinco hombres fornidos y vestidos con elegantes trajes.
—Ya veo. Parece que está cerrado. Espérame aquí.
Lene abandonó a su estupefacta compañera y caminó hasta la puerta. Uno de los gigantones se le encaró.
—¿Vienes a la prueba?
Lene miró al tipo de arriba abajo, como si estuviera sopesando la forma de derribarlo.
—Nada de eso. Quiero ver al señor Costil.
—Nadie puede ver al señor Costil. Está reunido.
Lene empleó su sonrisa más seductora y extrajo del bolsillo de sus tejanos unos cuantos billetes; alrededor de cien dólares venusianos.
—Venga, ¿por qué no me dejas pasar?
Otro de los grandullones se acercó a apoyar a su compañero.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
El primero se volvió, ambos se miraron a las gafas de sol que llevaban puestas.
—Quiere ver al jefe, pero no viene a la audición.
El segundo matón se dirigió directamente a la chica.
—El señor Costil no recibe a nadie sin cita previa.
—¿Y cómo puedo conseguir una cita? El muchachote no sonrió.
—No puedes. Hueles a Confe desde kilómetros.
Lene se guardó los billetes. Llevaba su acreditación de la CM y podría haberla esgrimido para poder entrar. Nadie se atrevería a negarle la entrada a una Comandante de la Confederación de Mundos. Pero lo único que hizo fue guiñarle un ojo al matón jefe y preguntar.
—¿Para qué son las audiciones?
—Baile exótico.
Luego se dio media vuelta y se volvió con la ex- pirata. Lee esperaba explicaciones pero no obtuvo ninguna. Lene se puso a buscar un taxi con la mirada, al ver uno silbó con fuerza. Lee ya no supo callarse.
—¿Qué has hecho? Podríamos haber entrado. Somos de la Confederación.
—Esos matones no querían dejarme entrar, al parecer el gran hombre está dentro, haciendo pruebas
a nuevas bailarinas. Tenemos que ser discretas. Si entramos valiéndonos de la ley pondremos a Costil en guardia. Y lo que necesitamos es que se relaje, que se relaje y hable.
El taxi se detuvo y ellas entraron. Lene dio la dirección del White Coast.
—Pero necesitamos entrar allí y hablar con ese tipo. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Lene miró tranquilamente por la ventanilla y dijo.
—Nos infiltraremos.
Lee parecía un poco desesperada, lo cierto es que no veía salida.
—Ya me contarás cómo.
El taxi recorrió raudo el trayecto hasta el hotel. Antes de abrir la puerta Lene miró a Lee.
—¿Sabes bailar? —preguntó.
Lee no entendió el sentido de la pregunta.
—Pues creo que no, la verdad. No he salido mucho a fiestas y cosas así...
Lene salió del taxi y se inclinó para ver a Lee que seguía en el asiento.
—Bueno, creo que tenemos tiempo al menos hasta mañana. Seguro que puedo enseñarte algo.
Lee salió por su puerta bastante confundida, Lene ya había echado a andar hacia la puerta del White Coast. La joven del pelo añil se apoyó con ambos antebrazos en el techo del coche.
—¿Enseñarme qué? ¿Para qué tenemos tiempo?
La Comandante no respondió, siguió caminando como una pantera. De pronto un relámpago de comprensión iluminó la mente de Lee, abrió la boca para protestar pero no emitió ningún sonido. En lugar de eso echó a correr detrás de su jefa diciendo.
—¡Ah no! ¡Eso no! ¡No voy a hacerlo! ¡Lene, ven aquí! ¡No quiero hacerlo, no puedes obligarme!
LONNEKE
Un corto tono musical indicó que acababa de llegar otro mensaje telefónico. Sin duda sería otra vez de Aras, y volvería a repetir las mismas palabras que le había estado enviando todo el día: perdón, estamos muy avergonzados, nos arrepentimos de haberlo
hecho, por favor contesta, borraremos todos los archivos de vídeo, no lo volveremos a hacer... Bueno, podía hacerles sufrir un poco más.
—Eso es todo —dijo la rubia platino—, todos los diagnósticos del sistema son positivos, y la prueba del otro día asegura el buen funcionamiento de la planta de fusión y el MIM.
El Vicealmirante Scotton mostró su perfecta hilera de dientes.
—Ha trabajado bien, Navegante Sivilay. De hecho lo ha hecho tan bien que ha terminado antes del plazo.
Lonneke apenas gesticuló para mostrar su sorpresa.
—No sabía que teníamos un plazo.
Scotton casi la deslumbra otra vez con su sonrisa.
—El plazo es el tiempo que sus compañeras tarden en traer la información que necesitamos. En cuanto estén de vuelta, espero que sanas y salvas, comenzará la auténtica misión del Thalion.
Lonneke, que tenía la mirada fija sobre la mesa de la sala de juntas donde se encontraban, levantó ligeramente los ojos. Tenía esa forma natural de ser
seductora sin coquetear, además había preocupación en aquella mirada.
—¿Tiene usted noticias? ¿Están bien?
—Sí, están bien. No creo que les quede mucho más tiempo de misión. Suponemos que Rubirak intentará romper el bloqueo, con lo que el espionaje llegará a su fin y hablarán los cañones. Ahora que el Thalion es una nave poderosa quizá ustedes también tengan que luchar.
—No me importa, no tengo miedo.
Sus ojos se habían transmutado en frío acero azul. Aun así Scotton volvió a sonreírle. Era algo natural en los hombres que estaban en su compañía; se les escapaba la sonrisa de forma nerviosa, pero la del Vicealmirante era sincera, una sonrisa de camaradería antes que de paternalismo. Esta vez no mostró sus blancos dientes y asintió con lentitud.
—¿Debo preparar algo para la primera misión?
—preguntó Lonneke.
—No, haremos una gran presentación intermundial. La gente de la televisión está impaciente por saber qué estamos haciendo aquí. Las cámaras se alegrarán
mucho de verlas a ustedes el día de la presentación, no me cabe duda.
Lonneke obvió la inconsciente respuesta machista del veterano militar.
—¿Y la misión en sí?
Scotton se apoyó en la gran mesa de madera genuina.
—Será muy corta. No queremos tenerlas lejos por si las necesitamos en la guerra que se avecina. Trasladarán ustedes un equipo científico y militar a Exotierra. Irán con las bodegas llenas y sin el Nautilus. En lugar de la corbeta llevarán allí una mini plataforma espacial: la primera pieza de la estación que vamos a montar. Proporcionará respaldo y refugio a los hombres que bajan a tierra. Para subir y bajar usarán la lanzadera, modificada para aterrizar en terrenos agrestes. El equipo está compuesto por unos treinta hombres, diez de ellos infantes de marina; su misión consistirá en establecer un campamento permanente en Exotierra y asegurar un perímetro que evite el ataque de los bichos. Deberán ser autónomos hasta que podamos permitirnos
prescindir de ustedes, el conflicto termine o podamos construir otra nave con motor MIM.
SABAS
Merrin Sabas consultaba los datos sobre tensión y elasticidad de materiales que mostraba su ordenador cuántico portátil. Algo iba mal. La base era buena, en teoría deberían poder encontrar lo que estaban buscando. Más allá de la mesa donde se encontraba sentado había un quedo ajetreo científico. Hombres vestidos con batas consultaban instrumentos o manejaban complejos aparatos. Todavía más allá se veía un gran ventanal y tras él una ingente cantidad de maquinaria. Un grupo de científicos observaba la gran máquina y discutían acaloradamente.
Sabas se levantó del asiento y llegó hasta ellos a través de pasarelas y equipos de investigación.
—¿Y bien? —preguntó con impaciencia.
Uno de los hombres de bata blanca le contestó.
—Se rompe, irremediablemente se resquebraja. Ahora Sabas alzó la voz, furioso.
—¿¡Pero por qué!? ¿¡Por qué? !
El científico, algo amedrentado, levantó las palmas de las manos como para pedir calma y continuó.
—No lo sabemos, señor Sabas. El error tiene que estar en la base del experimento, en el cultivo de nanotubos. Este sistema no sirve, necesitamos empezar de nuevo.
—¡Maldita sea! —gruñó Sabas—. Sabe tan bien como yo que quizá no tengamos tiempo para volver a empezar. Se nos echa encima una guerra, y los dirigentes de este planeta son una banda de cabrones asesinos. Si descubren lo que estamos intentando aquí será el fin. Entérese, nos matarán a todos por este material.
—Podríamos hacerlo con ferrita de la Tierra.
—¿Sí? ¿Y cómo trasladamos todo el laboratorio hasta allí? Discurra, hombre.
El científico puso cara de estar muy ofendido, pero era peor para Sabas. Sabía que el bloqueo no podía durar, tarde o temprano alguien actuaría y la guerra caería allí mismo, sobre sus cabezas. Habían fusilado a casi todo el mundo en Valle Marineris, sólo se
habían librado los investigadores de Solaris Enterprises porque Rubirak pensaba obtener algún provecho de ellos. Borrar todos los datos retrasaría el proyecto tanto como ser atacados por marines marcianos. Sabas estaba entre la espada y la pared, pero además no quería morir.
Quizá era el momento de contactar con la Confederación y contarles lo que se estaba cocinando sobre el cielo rosado de Marte: las obras en la nave interplanetaria Huor y el rumor que estaba en boca de todos: la invasión de otro mundo. Enseguida Sabas se calmó y desechó la idea por ahora. Podría aguantar un poco más, sólo un poco más y luego es posible que pudiera escapar, él solo. Sí, en una cápsula de rescate Solaris. Era posible, si Rubirak no entraba en el laboratorio pegando tiros a diestro y siniestro. Era posible.
Sabas se quedó mirando a la enorme maquinaria destinada a crear presión artificial sobre los materiales. Los ingenieros retiraban de los soportes los últimos intentos fallidos de cultivar nanobastones de ferrodiamante.
LENE
El negro vestido de noche se ajustaba cálidamente a su cuerpo de cintura para arriba, se deslizaba fugazmente sobre sus caderas y caía a plomo en dos paños separados por largas aberturas a ambos lados de sus muslos. El chófer de la limusina que la recogió inclinó excesivamente la cabeza para evitar mirarla de arriba abajo. Pero cuando bajó del automóvil en la puerta del Club de Caballeros El Oro Azul los clientes no supieron evitar la tentación. Era la única mujer entre cientos de hombres, y era una mujer hermosa de ojos verdes, rasgos semiasiáticos y movimientos de felino a punto de devorar a su presa.
Los matones que habían sido tan quisquillosos el día anterior casi hicieron una reverencia cuando se acercó a la puerta. El murmullo era constante al verla pasar. Lene dejó atrás los dos tercios de cúpula esférica que se elevaban kilómetros sobre El Oro Azul para fingir la noche y entró en el club.
No era ningún antro de mala muerte. Un poco cursi, como todo lo de Venusburgo, pero en absoluto pobre
o viejo. Tenía un aspecto reluciente y lujoso. Lene caminó por un gran pasillo que lucía columnas azules transparentes con cuerpos de mujer holográficos en su interior, y llegó a un amplio recibidor donde algunos hombres charlaban y fumaban, embutidos en sus trajes caros, como vividores de la época victoriana. Algunos sonrieron confundiéndola con una de las bailarinas. En el centró del recibidor, iluminada por lásers azules y violetas había una fuente de lapislázuli. Ese era el tema de todo el club; el auténtico oro azul del Sistema, la substancia más valiosa: el agua. La dueña del Nautilus pasó de allí a la sala principal. Ésta era casi sobrecogedora, no en vano El Oro Azul se publicitaba como el Mayor Club de Caballeros del Universo.
Había dos largas barras, en una se sentaban hombres para beber mientras atendían al espectáculo. La otra estaba dedicada exclusivamente a las guapas camareras que sin cesar llevaban y traían vasos llenos y vacíos, cervezas de importación terrestre y botellas de whiskey de malta del norte de Venus. El ajetreo sólo se calmaba un poco durante alguno de los números más esperados, y en esos momentos las
chicas corrían a apoyarse en la barra, agotadas. Ellas no alternaban con los clientes, El Oro Azul era un club serio. Y azul, completamente azul, de arriba abajo. Las pequeñas mesitas de madera estaban rodeadas por unos sillones situados en una formación triangular y tapizados en varios tonos de azul. En las paredes se veían puntos luminosos como estrellas aceradas y carteles con el nombre del local que brillaban en el color predominante. Tras las barras, lámparas de luz negra hacían cobrar vida a la penumbra. El escenario era enorme, corría a cinco metros de altura y descendía en dos tramos de escaleras hasta la pasarela central, rematada en un círculo con un poste vertical en el centro. Alrededor de este altar algunos clientes afortunados se sentaban en butacas circulares. Sobre la pasarela elevada, el descansillo entre tramos y sobre el remate circular había grupos de luces espectaculares. Varias cataratas caían a los largo de este montaje para las bailarinas. El suelo enmoquetado brillaba con delgadas líneas carmesíes, prácticamente lo único que no era azulado.
Lene se sentó en una de las mesitas, sola. Descuidadamente echó un vistazo a su alrededor.
Casi todos eran hombres de negocios y ejecutivos de empresas que estaban unos días en Venusburgo. Distinguió también a un par de actores famosos, al delegado de Solaris Enterprises en Venus, al que conocía por la prensa, y a algunos mafiosos locales. Tardó un poco en encontrar a quien buscaba, justo cuando apareció la camarera.
—¿Qué va a tomar? —dijo una joven rubia de veinte años vestida escuetamente con un trajecito azul.
—Trois Pistoles, servida en copa helada.
—Enseguida.
Lene volvió a observar a su objetivo. Había divisado al matón que la había echado la tarde anterior. Estaba de pie junto a una de las mesas con butacas redondas haciendo triángulo a su alrededor, en una buena posición para ver el espectáculo, pero no excesivamente expuesta. Sentado a su lado había un hombre grueso con la piel de la cara picada, seguramente el premio por ser un pionero de Venus cuando algunos virus todavía mutaban hacia formas malignas. Llevaba el pelo marrón recogido en una
coleta y un enorme zafiro en un ostentoso anillo de oro. Había otro hombre sentado a su mesa que se inclinaba constantemente sobre él y le echaba nerviosas sonrisas. Lene comprendió que la masa de grasa y carne era Doru Costil, y el otro, un tipo rubio con un fino bigote, debía de ser el director o administrador de El Oro Azul. Probablemente estaba intentando halagar a su jefe anunciándole por anticipado el contenido del número fuerte de aquella noche. Un contenido que levantaría al público de sus asientos. Costil parecía tranquilo y respondía al parloteo de su empleado con lacónicos monosílabos.
La camarera regresó con la negra cerveza canadiense en su copa, todavía recubierta de una película de agua helada.
—Por favor, disfrútela —dijo y se fue.
Los clientes comenzaron a ocupar sus puestos en sus mesas. Una rubia acababa de terminar su baile y se acercaba la hora del espectáculo central. Lene se acomodó en su sitio con una irónica sonrisa. Era la única entre todo el público que no se sorprendió cuando el presentador cogió un micrófono y se plantó en el círculo de la pasarela.
—¡Señoras y señores! —anunció alegremente el hombre—. Esta noche van a tener la oportunidad de presenciar un espectáculo único en el Sistema. Llegada de los recónditos confines del Sector Exterior, después de mil aventuras y peripecias, el Club de Caballeros El Oro Azul se complace en presentar en exclusiva, en primicia solo para sus ojos, a la pirata más buscada y hermosa, la incomparable salteadora del pelo añil, con ustedes... ¡Índigo Kid!
La audiencia se quedó muda. El silencio fue total excepto por un cretino al que se le ocurrió reírse.
¡Qué idea más absurda! ¡Índigo Kid en un lugar como ese! Nadie, en realidad, creyó que se decía la verdad. Lene miraba a unos y otros y leía la incredulidad en las caras.
La luz de apagó en toda la sala, y despertó débil y azul en lo alto de la pasarela. Habían vestido a Lee como a una pirata sexy de cine. Llevaba unas botas altas de cuero con hebillas en los tobillos y dobladas en su parte superior, un pañuelo en la cabeza con tibias y calaveras, un cinturón con una gran hebilla del que colgaba un sable de abordaje con la empuñadura dorada, un pequeño tanga negro rodeado
de finas correas de cuero con pinchos que caían ligeras sobre sus caderas, una camiseta negra con la calavera superponiéndose a las tibias, enormes aros de oro en las orejas, brazaletes de formas retorcidas en los brazos, un tatuaje de una calavera negra ardiendo sobre dos espadas justo encima del pubis y un loro. Efectivamente, un loro que se mantenía posado en su puño cerrado mientras ella empezaba a andar por la pasarela.
El número de baile no podía ser demasiado difícil. Lene había procurado enseñar a Lee algunos movimientos en su hotel, pero, aunque la chica era realmente grácil y hacía gala de un don especial para los movimientos acrobáticos, no tenía mucha experiencia en discotecas o bares, es decir, que nunca había bailado. Al fin y al cabo era una pirata.
Lee avanzó con el brazo del loro extendido, y cuando llego al comienzo del primer tramo de escaleras lo echó a volar. El pájaro hizo varios círculos rasantes sobre la cabeza de los espectadores que levantaron murmullos de admiración. Comenzó a sonar una música rítmica que algún idiota había pensado que tenía algo que ver con los Mares del Sur.
El loro se posó en la barandilla de la pasarela en el rellano. Lee bajó lentamente los escalones. Cuando la luz iluminó verdaderamente su rostro la algarabía y los aplausos fueron estruendosos. ¡Era ella de verdad! Lene miró a Costil y vio que sonreía complacido.
Lee bajó hasta su loro, éste saltó a su puño y ella le dio un ligero beso en el pico. Entonces comenzó a moverse. Giró sus caderas mientras se cambiaba tres veces el loro de mano extendiendo los brazos en cruz. Lene estaba sorprendida, el coreógrafo del club hacía maravillas o esa chica era un talento.
Lee arrojó su loro al aire a la vez que, con una voltereta, bajaba el segundo tramo de escaleras y se plantaba justo delante del pequeño escenario circular. El loro no volvió, pero Lee realizó algunas posturas de suelo: extendió los brazos y levantó las caderas, giró en el suelo, levantó las piernas y las cruzó. Luego practicó una voltereta hasta hacer el pino, y, con excesivo cuidado, cayó al lado de la barra vertical. Miró sensualmente al tipo que tenía delante y se arrancó la camiseta negra. Por supuesto estaba trucada con velcro. El hombre bizqueó al mirar los brillantes aros que pendían de los pezones de Lee. La
camiseta fue a parar a otro cliente, y una de las camareras se acercó corriendo a recuperarla.
Ahora Lee, de rodillas, comenzó a montar un toro mecánico imaginario. Al principio lentamente, luego con movimientos compulsivos. Se quitó el pañuelo de la cabeza, dejó su melena oscura en libertad y agitó el pañuelo en el aire. Hubo un estruendo de aplausos, algunos hombres lanzaban bravos. Los más afortunados introdujeron dólares venusianos en el tanga.
La joven de diecisiete años se puso en pie y se agarró a la barra vertical. Realizó un par de giros, dio un salto y rodeó la barra en el aire. Luego se agachó hasta ponerse en cuclillas y volvió a levantarse para restregar su espalda contra la barra. A continuación se acercó a otro de los hombres que estaban en el círculo, se quitó el cinturón con la espada y se lo tendió. El hombre lo levantó como un trofeo y miró hacia el resto de clientes, que lo jalearon.
Llegaba el final: Lee volvió a agarrarse del poste y se dobló por la cintura. Se bajó las cintas del tanga, giró para ponerse de frente al público y lo dejó caer con unos movimientos de cadera. Lene estaba
especialmente interesada en ese gesto; mucho dependía de él. La pequeña pieza de ropa se deslizó casi hasta el suelo y con un gesto eléctrico del pie, Lee lo lanzó hasta la mesa que ocupaba Doru Costil. La Comandante del Thalion le observó de reojo. El gordo recogió la prenda del centro de la mesa donde había caído sin quitarle los ojos de encima a la adolescente. Entretanto Lee había seguido desprendiéndose de su disfraz. Ya sólo llevaba las correas encima. Se arrodillo de nuevo y dobló su pequeño cuerpo hasta que su cabeza tocó el suelo. La música se desvaneció, la luz se apagó. El silencio que se hizo era espeso. Hasta que se encendieron todas las luces enfocando a la nueva estrella, y el público estalló en aplausos.
Lee, que se había puesto de pie y se tapaba tímidamente el pubis depilado, estaba alucinada. Todos aquellos hombres la aplaudían a ella. Lene también aplaudía, por disimular. La jovencita saludó al público con rubor en la mirada mientras su jefa observaba detenidamente al traficante de gas. Parecía que todo iba a salir rodado. El matón se inclinaba sobre Costil y asentía al recibir sus instrucciones. El
gerente del local aplaudía a rabiar y miraba a su amo con gestos que decían: ¿ve como ya se lo decía yo? Y tenía razón, El Oro Azul se había asegurado el lleno durante lo que restaba del día y toda la larga noche Venusiana. Contando con que Lee actuara allí todo ese tiempo. Sólo Lene sabía que era una actuación única y que no se iba a repetir.
LEE
Tanto jaleo la estaba apabullando. Se sentía realmente como una estrella del rock, y en aquellos momentos le hubiera gustado que, igual que las estrellas, hubiera allí algunos guardaespaldas que la sacaran del apuro. Y sin embargo estaba feliz. ¡Con lo que había rezongado y protestado un día antes! No era por haberse quitado la ropa, por supuesto, era porque le había salido bien. Ella nunca había bailado y con apenas unas horas de ensayo había conseguido que una sala con más de cien hombres se rindiera a sus pies. Y había disfrutado con el baile en sí, tanto que pensaba que el corazón estaba a punto de estallarle en
el pecho de emoción. Le había gustado bailar, le había gustado mucho.
Recogió el cinturón que le devolvía un hombre, se tapó la entrepierna con él inconscientemente, y echó a correr escaleras arriba. Cuando atravesó la puerta al backstage, todas las chicas se apresuraron a felicitarla y abrazarla. Muchas de ellas eran nuevas, pero las veteranas también le dedicaron halagos. A casi todas les impresionaba que Lee nunca hubiese bailado antes.
Con la felicidad retratada en la faz, fue a su camerino que tenía una estrella azul en la puerta y se desplomó en su sillón. Respiró profundamente durante un rato y sonrió sin querer. Enseguida se levantó y buscó entre sus cosas algo de ropa con la que vestirse. El camerino no era muy grande, pero era un lujo que la mayoría de sus compañeras no tenían y que le habían otorgado sin haberlo pedido. El gerente tenía una buena expectativa comercial de la presencia de la famosa pirata espacial.
Apenas tuvo tiempo de ponerse la ropa interior cuando llamaron a la puerta. Era Bruno, el gerente. Se trataba de un hombre bajo y rubicundo con un
delgado bigote que aumentaba todavía más, si eso era posible, su amaneramiento. No esperó a ser invitado a pasar; entró sin más.
—Lee, querida —dijo— eres la nueva reina de Venusburgo. Has estado luminosa.
El mariquita cogió las manos de Lee como para echarla un vistazo. Ella sonrió tímidamente.
—Gracias, gracias —dijo.
—Has impresionado mucho al señor Costil
—continuó Bruno sin prestar atención—, ya sabes que ayer teníamos muchas dudas sobre tu capacidad. Pero ahora está convencido, realmente convencido. Tanto que le gustaría saludarte en persona. Esta misma noche.
Eso era lo que Lee estaba esperando. Cuando llegó el momento de lanzar el tanga apenas había sido capaz de recordar que debía hacerlo, tan concentrada estaba en la danza. Pero recordó en el último segundo y lo consiguió. Ahora iba a colarse en sus habitaciones privadas. Las intenciones de Costil eran claras, incluso alguna de las veteranas le había advertido sobre el gusto del desagradable mafioso de
acostarse con sus nuevas relaciones públicas. Lee no podía aceptar sin más.
—¿Qué quieres decir, Bruno? Ya os dije que yo sólo vengo a bailar. Me buscan en el Sector Exterior y necesito pasta, pero no tanto como para ir más allá.
Bruno chasqueó la lengua.
—Nena, nena, Por favor no seas así. El señor Costil tiene muy mal genio. No tienes que hacer nada más que bailar para él en privado. Mira todo esto: un camerino sólo para ti, y eso sin tener experiencia. Y un solo número por noche, ¿qué chica tiene un contrato como ese? Y además no haces privados. Ahora mismo tengo a todos los chicos calmando a los clientes que te han solicitado para las salas VIP.
Lee fingió que se avergonzaba y bajó la cabeza.
—¿Me prometes que sólo tendré que bailar, nada mas?
—Te lo prometo, princesa.
Bruno le dio un beso en la frente. Ella levantó la vista y dijo con una mirada inocente.
—Entonces acepto. No te preocupes más.
Bruno le dio una palmadita en una de sus manos.
—Muy bien. Dúchate, y mandaré a alguien para que te peine y te maquille. El señor Costil se aloja en el Bellagio.
Un pinchazo de alerta volteó el corazón de Lee. Eso no estaba en el plan. Tenía que encontrarse con Lene y contarle todo esto. Había que preparar un operativo con marines y cerrar las calles para que Costil no pudiera escapar.
—¿Cómo? ¿Ahora mismo? Necesito ir antes a casa.
El gerente de El Oro Azul negó moviendo un dedo como un diapasón.
—Tiene que ser esta noche. No seas una niña mala y haz lo que te digo.
LENE
—¿Cómo que no recibe visitas?
—Eso es lo que me han dicho, señorita.
Lene movió un billete de cien delante de los ojos de la camarera.
—¿No podríamos arreglar eso?
La chica, una rubia con implantes de silicona sonrió pero negó con la cabeza.
—Me temo que en este caso no se hacen excepciones.
Lene se detuvo un momento a reflexionar antes de pagar su cerveza y salir de allí. Había muchos hombres en la entrada de El Oro Azul subiéndose a sus coches o aguardando la llegada de taxis que los transportaran de vuelta a sus hoteles. Los de seguridad estaban muy ocupados con aquellos que se habían ofendido cuando se les dijo que Índigo Kid no aceptaba sesiones privadas de baile. Uno o dos alborotadores habían necesitado vigilancia y tenían cerca varios matones.
Era ahora o nunca.
Lene debía averiguar dónde estaba Lee, y por qué no se le permitía recibir regalos ni visitas. Rodeó el local lo más discretamente posible, se subió a una maceta de exuberantes plantas y de allí saltó al tejado. Se quitó los zapatos de tacón y se arrastró hasta la parte trasera. Odiaba tratar así uno de sus mejores vestidos pero no quedaba otra solución.
Detrás de El Oro Azul había un pequeño aparcamiento privado. En ese momento algunas de las chicas salían del local para subirse a sus propios automóviles y regresar a sus casas. Lee no estaba entre ellas. Lene tuvo que aguardar a que todo el mundo se hubiese ido, pegada al tejado del club bajo la noche artificial, para ver salir a su compañera. Era muy extraño: iba vestida como para una fiesta, con un corto vestido rojo brillante y un largo pañuelo del mismo color rodeando su delgado cuello, medias de rejilla, altos tacones y ningún lugar donde esconder sus armas. Tres hombres fornidos la acompañaban y entraron con ella en una limusina negra. Poco después salió el director del club. Parecía un secuestro. Quizá iban a establecer contacto con Costil antes de lo previsto, y Lee no estaba armada.
El coche arrancó y se fue en dirección a Venusburgo. Había que actuar rápido.
LEE
El Bellagio era un hotel enorme. Uno de los más lujosos y caros de Venusburgo, a imagen de su tocayo allá en la lejana Las Vegas. Su edificio principal contaba veinte alturas alzándose por encima de un gran jardín versallesco con decenas de espectaculares fuentes iluminadas por láser. Este edificio se curvaba ligeramente para resaltar su torre adosada que se adelantaba al resto del hotel. Arriba del todo la torre se convertía en un cimborrio profusamente iluminado. A ambos lados surgían amplias terrazas que diferenciaban las plantas dedicadas a las suites de lujo de las suites normales, si se las podía llamar así: una suite corriente tenía unos setenta y cinco metros cuadrados, mientras que una suite penthouse abarcaba entre cien y doscientos metros cuadrados. Un amplio alero separaba estas zonas de lujo de las habitaciones corrientes, divididas en ocho pisos, que bajaban hasta otra cornisa que diferenciaba los salones y bares y salas de juego del resto del hotel. En cada uno de estos aleros, en la torre central, lucían
grandes banderas unidas a la fachada por largos postes de metal.
Lee estaba impresionada, no fingía cuando miraba a lo alto con la boca abierta. Era la primera vez en su vida que un lacayo le abría la puerta del coche y le dedicaba una breve reverencia. Después atravesó el recibidor de techos más altos que una catedral gótica, y escoltada por Bruno y sus tres matones salió a un fresco patio lleno de galerías cubiertas por plantas trepadoras que conducían a estanques y piscinas de estilo mediterráneo. Allí era de día. Tanto los suelos como los fondos de las piscinas estaban adornados con mosaicos, había columnas ornamentadas, cipreses y otros árboles de climas benignos; grandes cántaros y ánforas de aspecto antiguo. No oyó sonido alguno hasta que salió de una de las verdes galerías. En uno de los grandes baños había una algarabía. Algunos hombres de traje negro esperaban pacientemente de pie con sus correspondientes gafas de sol. Chicas de El Oro Azul tomaban refrescos en tumbonas y dos camareros, permanentemente atentos al más mínimo deseo, se cobijaban detrás de una pequeña barra. Había pebeteros alrededor de la
piscina, pero además una suave luz plateada surgía del agua como si realmente el Sol se estuviera reflejando en ella. Bruno se adelantó a los demás dando amanerados saltitos.
Allí estaba su amo. Sentado en uno de los estanques, con el bulboso y grasiento cuerpo cubierto hasta más allá del ombligo por la salutífera agua de balneario. Fumaba un enorme puro habano y dos chicas esculturales sin bikini le daban de comer sushi. Lee procuró no dejar traslucir su miedo. Estaba sola contra siete matones, y eso sin contar a Bruno, Costil y los camareros. Las chicas no le parecieron una amenaza.
—¡Ya estamos aquí, señor Costil! —chilló Bruno como una nena.
Costil les miró de reojo.
—Ya te veo imbécil. Y también a nuestra invitada de honor. Acércate, pequeña.
Lee no se movió, y uno de los matones la empujó hasta situarla al borde del agua. Estaban justo en el vértice contrario de donde Costil cenaba. Una de las chicas le acercó a la boca un crudo bocado de
pescado japonés sujeto con los clásicos palillos y Costil le dio un manotazo que lo mandó al cercano césped. Las chicas dejaron de reír y hacer ruido. Debía de haber pantallas sonoras por todos los jardines, y no se veía nada más que vegetación. Allí tenían intimidad, de eso no cabía duda.
—Hoy has hecho un buen trabajo en el club
—continuó Costil—, permíteme felicitarte.
—Ha sido la sensación, señor, nuestra recaudación...
La desagradable sonrisa de Costil se tornó ciega furia al oír hablar de nuevo a su lacayo, pero se contuvo.
—Bruno, ¿por qué no te callas de una vez? Ve a tomarte una de esas copas sin alcohol que te gustan.
El mariquita asintió varias veces y corrió a la pequeña barra con los dos camareros. Doru Costil volvió a sonreír a Lee.
—Espero que nuestra reunión no haya trastocado tus planes.
Lee captó el tono irónico del mafioso y decidió seguirle el juego. Sólo había un problema: quizá
Costil estaba insinuándole sus pretensiones sexuales o quizá, sólo quizá, estaba enterado de algo. Es posible que supiera quién era Lee en realidad y lo que quería de él. Al organizar esta entrevista de forma tan apresurada había cortado su contacto con Lene y la había dejado desarmada en territorio enemigo. Ahora sólo cabía valerse de la inteligencia y... Escapar de sus garras.
—Lo cierto es que sí —dijo Lee—. Soy una chica muy ocupada.
Costil se rió, y todos sus bulbos se convulsionaron con él.
—No te preocupes. Te compensaré invitándote a cenar.
Se hizo un breve silencio en el que Costil miró a Lee con ojos pequeños y ávidos.
—Bien, entonces le esperaré en el restaurante
—dijo Lee.
Costil no movió un ápice su expresión.
—¿Qué restaurante? Aquí tenemos todo los que necesitamos, querida. ¿Por qué no entras? El agua está perfecta.
Lee sonrió.
—No he traído bañador.
Costil volvió a reírse y miró a sus esbirros. Todos comenzaron a reírse, incluso el patético Bruno.
—Que no ha traído bañador, dice —susurró el mafioso, y luego dijo en voz alta—: Vamos, niña, no seas tan tímida.
Todo el mundo recobró la seriedad demasiado deprisa como para ser algo natural, Bruno y alguno de los matones se giraron para no mirar, no por pudor, sino por miedo. En cambio los camareros parecían contener el aliento. A Lee se le borró la sonrisa de la boca. Después de todo ni siquiera pretendían hacerle bailar antes; Costil iba directamente al grano. Y no podía negarse, sin sus armas estaba prácticamente indefensa. Si huía, adiós a su tapadera.
Comenzó a desnudarse. Primero se quitó los zapatos, y, apoyando el pie en una de las tumbonas, las medias a continuación. Luego se bajó la cremallera del vestido con dificultades y se lo quitó de un tirón, agarrándolo desde abajo y sacándolo por
la cabeza. Su ropa interior, de encaje rojo, cayó prenda a prenda, al borde de la piscina. Entró en el agua lentamente, en la zona más baja no llegaba a cubrirle las caderas, y la joven pareció emerger ligeramente cuando se acercó a Costil. Éste había despedido a sus dos chicas y la esperaba con los brazos abiertos. Pero Lee aún tenía recursos. Fingió que también extendía sus brazos cuando llegaba a su altura, y cuando Costil ya casi la sentía entre los suyos, los levantó y bostezó. El mafioso se quedó como una estatua que sujetara un balón de playa invisible con las manos.
—¿Y bien? —preguntó Lee sin avanzar un milímetro más—. ¿Qué hay de cena?
Se oyó una pedorreta que provenía de la barra, Costil miró hacía allí y casi fulmina al camarero que se había reído. Éste se escondió previsoramente bajo la barra, como buscando algo. El dueño de El Oro Azul volvió a sentarse donde estaba y recuperó la sonrisa mientras le mostraba a Lee con un gesto los platos cuadrados que contenían el pescado crudo.
—Nunca me han gustado esas cosas —dijo la tripulante del Thalion.
—Eso es porque nunca las has comido aquí, en el Bellagio. Jamás has probado nada parecido. Acércate. Lee se acercó con una precaución que se reveló excesivamente en su rostro. Pero Costil no intentó volver a abrazarla. En lugar de eso agarró hábilmente un trozo de aleta de tiburón con los palillos y se lo llevó a Lee a la boca, ella estiró un poco el cuello para cogerlo y lo comió con pocas esperanzas. Costil
se sintió compensado por lo del abrazo cuando vio a Índigo Kid tragar y sonreír.
—Delicioso —dijo la chica, aunque le había sabido a rayos—. ¿Trata así de bien a todas sus chicas, señor Costil?
—Sólo a las más especiales, Lee.
Ahora fue ella la que agarró un par de palillos y con maestría aprendida en el mundo oriental de Ganímedes, ofreció un teriyaki de salmón al gordo asqueroso. Mientras lo degustaba Lee se decidió a entrar en materia, tendría que hacerlo sin Lene, qué remedio.
—Todo esto parece muy caro, señor Costil. No sabía que el negocio de los clubes fuera tan rentable.
Costil volvió a convulsionarse con su risa. Lee creyó que se atragantaría y escupiría el pescado, ver las migajas en la boca del gordo ya era bastante asqueroso, pero si se le caían al agua no podría fingir más. Sólo esperaba aguantarse las ganas de vomitar.
—Hay mucho dinero que corre por Venusburgo
—dijo la masa de bultos cuando se calmó.
—Sí, pero no tanto como para pagar todo esto durante mucho tiempo. Usted vive aquí, si no me equivoco.
La inexperiencia había traicionado a la espía. Costil no dijo nada, pero sonrió mientras cogía un makizushi de algas azules venusianas. Lee tuvo que acercarse más para que el gordo depositara el bocado dentro de su boca con su propios dedos.
—¿Y a una fulana como tú qué más le da eso? —le dijo al oído mientras ella masticaba.
Con una mano en su cintura la atrajo hacía sí, pero ella consiguió evitar el sentarse a horcajadas sobre él. Aunque el gordo llevaba puesto el bañador, Lee no tenía demasiadas ganas de sentarse sobre el duro
bulto que intuía en su entrepierna. Se acomodó a lo amazona y respondió.
—Ascender en la escala social. El negocio es más seguro en tierra que saltando de carguero en carguero. He oído que usted tiene... Contactos.
Costil rió, pero está vez no estalló en convulsiones. Lee sintió su cercanía de forma amenazante. La estaba mirando de cerca, tanto que la asfixiaba. Ella no se atrevía a girar el cuello y enfrentarse a él, veía la vegetación y el borde de la piscina.
—¿Quieres saber lo del gas, verdad? —susurró el desagradable tipejo.
El corazón comenzó a latirle con fuerza a la chica de diecisiete años. La última pregunta, el tono con el que la había dicho... Costil sabía que Lee era una agente de la CM, lo había averiguado. Quizá sus matones la vieron con Lene, quizá alguien se había ido de la lengua. Pero la intrépida pirata no tuvo tiempo de inventarse una excusa; Costil comenzó a acariciarle los labios con su pulgar a la vez que decía.
—Esa información tiene un precio.
Finalmente, los recursos de Lee se agotaron cuando Costil introdujo el dedo pulgar en su boca. Ella lo lamió con los ojos cerrados. Era posible que Costil simplemente pensara que Lee quería una parte del negocio, o una participación. De cualquier modo no podía arriesgarse a salirse de su papel. No con todos esos tipos protegiendo a su jefe.
—Puedo pagarlo —dijo Lee abriendo somnolientamente los ojos.
—Claro que puedes. Sólo tú puedes —replicó el mafioso mientras seguía acariciando la boca de Lee.
Usó el mismo dedo para hacer girar la cara de la jovencita, y toda la mano para acercarla a su propia boca. Lee dejó que la lengua de Costil apretara la suya mientras rodeaba su cuello con el brazo. La mano de Costil se apresuró a trasladarse al seno pequeño y respingón de Lee, que apretó hasta que ella se apartó de su boca y lanzó una queja de dolor y placer.
Costil no se detuvo ahí. Índigo Kid miró con incredulidad como el traficante de gas introducía la mano en el agua y comenzaba a desatarse el nudo del
cordón del bañador. Eso era demasiado. Se asustó, pero el miedo le hizo reaccionar. De pronto se enfureció por haber permitido que ese seboso la tocara. No se iba a acostar con ese cerdo ni muerta, antes se liaba a puñetazos con aquellos matones dos cabezas más altos que ella. Así que agarró las manos de Costil.
—No —dijo, y consiguió volver a mirarle a los ojos.
—¿Cómo? —preguntó el mafioso.
Lee apenas estaba más serena; notaba como el sudor estaba a punto de resbalarle por la cara, su respiración seguía agitada por la excitación anterior.
—Primero lo del gas.
Costil rio maliciosamente y siguió con el cordón. Lee reaccionó con la velocidad del pensamiento. El gordo se paralizó al sentir un palillo entrar en su oído. Todos los guardaespaldas extrajeron sus armas a la vez y apuntaron a la chiquilla desnuda.
—Un solo movimiento y te hago sushi, baboso hijo de puta.
Todo rastro de sonrisa se secó en la cara de Doru Costil.
—Puede, y puede que mis hombres te maten antes de moverte.
Fue Lee la que sonrió como una colegiala traviesa.
—¿Sííí? ¿Has olvidado quién soy?
La rapidez y habilidad de Lee eran legendarias en todo el Sistema Solar. La furia deformó el rostro de Costil, enrojeció y los bultos palpitaron. Con un golpe brutal se quitó a Lee de encima. Era evidente que sus planes no habían resultado como planeaba.
¿Y que planeaba? Aprovecharse de Lee y luego matarla. Mientras procuraba recobrar el equilibrio la pirata lo comprendió. Bueno, pensó bajo el agua, al menos una de las dos cosas no la vas a conseguir. Costil sabía que era una agente infiltrada, ya no había duda, pero si Lee Zalduendo salía de ésta, si no la mataban allí mismo, alguien iba a pagar cara su traición.
La chica del pelo añil se puso de pie en el baño de estilo romano y esgrimió el palillo como una espada. Calculó que podía acertar a uno de los matones en un
ojo y luego saltar a un lado, con la esperanza de que fallaran sus disparos. Pero nadie se movió. Costil todavía estaba saliendo del agua; parecía una morsa incapaz de levantar su propio peso. Nadie atacó a Lee. El gordo se puso su albornoz y ordenó a sus matones.
—¡Subidla a la suite!
Y a continuación dijo inclinándose sobre la joven.
—Muy bien, pequeña puta. Pensaba quedarme contigo como juguete, pero veo que te gusta hacer las cosas por las malas. Ahora tendrás más información de la que puedas digerir.
Lee se quedó mirando como el mafioso se marchaba sin ni siquiera volverse. Sus hombres guardaron las armas y esperaron con gesto serio a que saliera del agua. La joven sintió la imperiosa necesidad de cubrirse, pero enseguida lo pensó mejor. El momento de ser pudorosa pasó, qué más daba si aquellos gigantones la veían vestirse. Se acercó al borde y salió tranquilamente del agua. Todos la observaban imperturbables. Lee comenzó a caminar por la piscina hasta el lugar donde estaban sus ropas.
Los guardaespaldas la siguieron de cerca. Bruno y los camareros se quedaron en su pequeño rincón; parecían bastante intimidados. Bruno no tuvo fuerzas para apartar su mirada del combinado sin alcohol que sujetaba entre las manos.
Índigo Kid llegó al otro extremo de la piscina y comenzó a ponerse el vestido. Todas las gafas de sol estaban fijas en ella. Cuando terminó, sonrió irónicamente y dijo.
—Venga chicos, ¿dónde es la fiesta?
La fiesta era en una de las suites de lujo: un ático con terraza en la planta dieciocho, justo al lado del cimborrio iluminado. Los siete matones de Costil habían subido con ella hasta allí y no habían permitido que nadie más tomase el ascensor expreso en el que habían montado. Uno de ellos marcó el número de la suite, y el ascensor les llevó hasta la lujosa estancia. Después del recibidor donde el ascensor les había dejado, pasaron a un gran salón con sofás y sillones, un espectacular bar privado y una pantalla gigante, casi de cine. Había dos puertas en el salón; una al fondo, que llevaba al dormitorio, y otra a la izquierda que conducía a una habitación para
los hombres de seguridad. Cuatro amplias ventanas se abrían a la derecha, a la fachada principal del Bellagio.
Costil estaba sentado en el sofá, con una bebida sobre un posavasos en la mesita de ferrocristal marciano que tenía delante. Ya había recuperado el buen humor.
—¡Hola, hola, niña, ya estás aquí! Siéntate, por favor.
Lee miró de reojo a los hombres que la escoltaban, se sentó en un sillón delante de Doru Costil y cruzó las piernas tal y como Lene le había enseñado el día antes.
—¿Una bebida? —preguntó el risueño mafioso.
—Creo que no.
La bella pirata recorrió discretamente la habitación con la vista. No habían dejado ni cuchillos, ni sacacorchos, ni tenedores, ni siquiera una cuchara, que la habilidosa jovencita pudiera usar como un arma.
—Bien —dijo—, ya puede empezar a hablar.
El dueño de El Oro Azul se recostó en el sofá con aire sonriente, no parecía tener prisa.
—Eres una cabezota, Lee Zalduendo. ¿Por qué quieres meter tu naricita en mis negocios?
—Ya lo sabe, deseo participar, puedo resultar útil. El gesto de Costil se volvió serio por un instante.
—Basta de gilipolleces. Quiero saber quién te envía.
Lee se lo pensó un rato antes de responder. En la piscina no había sido lo bastante lista como para hacer caer a Costil en su juego, al revés, la araña se había atrapado en su propia tela. Ahora no podía permitir que ocurriese, aunque luego la mataran tenía que averiguar la verdad. Estaba sola, pero era Índigo Kid, su agilidad y reflejos le daban una oportunidad, incluso contra siete matones y su jefe.
—Antes dígame a dónde envía el gas. Complázcame.
La risa volvió a menear todos los bultos del cuerpo de Costil.
—Está bien —dijo—, ya que nunca saldrás viva de aquí. El gas es para Marte. Tengo allí muy buenos compradores.
—Sí —dijo Lee entornando los ojos—, los golpistas.
Costil volvió a reír.
—Los que son golpistas para unos son revolucionarios para otros. Un gobierno nacional socialista en Marte puede reportar muchos beneficios a un empresario que se atreva a hacer negocios con ellos al principio.
—Rubirak —la mirada de Lee se redujo a dos líneas oscuras—. ¿Y si cae?
Costil se incorporó y dio un largo trago de su bebida. Parecía algo así como un batido de zumos. Antes de responder volvió al mullido respaldo.
—Nada. Nadie puede relacionarme con él directamente. Si fracasa me dedicaré a otra cosa. Así es el mundo de los negocios, querida. Lo que realmente me extraña es que tú hayas conseguido llegar hasta mí. ¿Quién es el chivato?
Ahora fue Lee la que se rió al pensar en Emilien Grispard. Luego negó moviendo un dedo, la mitad de la cara tapada por el pelo añil y el brazo totalmente estirado. Costil no se enfadó, preguntó burlonamente.
—¿Y quién te envía?
—Me parece que eso ya lo sabe.
El repulsivo gordo llenó toda su cara con una sonrisa.
—La Confederación. Te has cambiado de bando. No me extraña, tengo entendido que siempre fuiste excesivamente escrupulosa para este trabajo.
—Todavía quiero saber algo más.
Costil se echó hacia delante y cruzó los dedos de sus manos en una pose que invitaba a preguntar.
—¿Cómo lo averiguó? ¿Cómo supo que estaba con la CM?
La mueca de sorna del mafioso se hizo insoportable, su sonrisa burlesca, su impavidez. El silencio podía mascarse. Parecía que la sala se había oscurecido de pronto. Lee estuvo a punto de volver a perder el control.
—Me lo dijo un viejo un viejo amigo tuyo.
¡Adelante, Capitán!
El corazón de Lee casi estalló. De la habitación de la izquierda salieron dos figuras. Una baja y gorda, la otra alta como una torre. La adolescente las reconoció incluso antes de poder ver sus caras.
—¡Motolinía! —exclamó estupefacta.
El Capitán del Venganza vestía su clásico sombrero de pirata con una calavera blanca sobre dos tibias. Seguía llevando el pelo verde aunque ya apenas le quedaba sobre la cabeza, y unos ralos mechones le caían tristemente por la nuca. Sin embargo su barba parecía más poblada que nunca. Sus botas de cuero, sus pantalones anchos, la camisola amarilla deslucida; era exactamente como un pirata de cuento, aunque Lee sabía de qué crueldades era capaz. Y sin embargo no era su principal preocupación, tampoco Costil y sus matones. La otra figura era la de Kurto de Balboa, que había intentado a matar a Lee tantas veces. Era mucho más alto que su capitán; la bandana roja y la camisa negra de seda no podían ocultar que su cuerpo estaba plagado de quemaduras y cicatrices, resultado de su exposición al campo radioactivo de
Júpiter en su juventud. Uno de sus ojos había sido reemplazado por un sensor óptico de nanotubos de carbono que imitaba el aspecto del aluminio y le confería un tinte alienígena. La mano derecha también le faltaba, en su lugar se había hecho implantar un poderoso gancho robótico multifunción. Eso fue lo primero que Lee miró: en ese momento tres dedos de acero rodeados por una pulsera de proyectiles explosivos lucían en su brazo amputado. Lee sabía que la fuerza de esos dedos podía quebrar el granito.
De un salto la joven se puso en pie y retrocedió casi hasta una de las ventanas. Los hombres de Costil se repartieron por la habitación.
—Te presento a mis socios, niña —dijo el gordo—, supongo que tendréis muchas cosas que deciros.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo Motolinía.
Lee miraba a un lado y a otro como una fiera enjaulada.
—No seas melodramático, Capitán. Hace sólo unos meses que me escapé.
—Sí, y ahora has venido a meterte en mis asuntos. Debí matarte entonces.
—Ya lo intentaste. ¿Quieres una segunda oportunidad? Vamos, Motolinía, tú y yo solos. ¿Qué me dices?
El pirata de barba verde soltó una gutural carcajada.
—¿Y qué tal con mi primero de a bordo?
De Balboa se adelantó de una zancada, Lee intentó esquivarle pero uno de los perros guardianes de Costil le cerró el paso. El cuerpo llenó de tatuajes de serpientes y cicatrices se abalanzó sobre Lee y una mano la agarró del cuello. Afortunadamente fue con la mano de carne y hueso, pues por un segundo la chica pensó que había llegado su fin, que los afilados dedos de metal desgarrarían su garganta sin esperar a más. Afortunadamente De Balboa tenía algo que decir.
—Hola amor mío. Sé que me echabas de menos. El numerito de esta noche en El Oro ha sido como vivir un sueño para mí. Ahora nos amaremos hasta la extenuación. Después te arrancaré los pulmones.
Lee apretó los dientes y reunió saliva suficiente como para escupir.
—Antes muerta, cabrón.
El ojo plateado a De Balboa la miró sin pupila ni iris. Una mueca torcida que quizá alguna vez fue una sonrisa se formó en los labios agrietados y quemados del terrible asesino manco.
—Eso tiene fácil arreglo.
Índigo Kid oyó como se movían los dedos de acero, pero por segunda vez la fortuna estuvo de su parte.
—¡No! —exclamó la bella pirata—. Antes dime quién se chivó. ¡Tienes que decírmelo!
La mano robótica acarició la piel de Lee desde la garganta hasta el vientre. No le hizo herida alguna. De Balboa comenzó a respirar apresuradamente y se apretó a Lee.
—A cambio de un beso te lo diré.
Índigo Kid también respiraba pesadamente, pero por la falta de aire. La zarpa de De Balboa estrujaba más y más su cuello. Sin embargo no estaba dispuesta a seguirle el juego al psicópata. Le conocía demasiado y ya había besado a demasiados tipos
asquerosos en nombre de la causa por aquel día. No tenía armas y De Balboa era mucho más grande y fuerte que ella. Pero hasta el hombre más fuerte tiene un punto débil. En realidad todos tienen el mismo.
Lee levantó con todas las fuerzas que le quedaban, y en el límite de la falta de aire, su rodilla hasta la entrepierna de De Balboa. Efectivamente era sensible; y el malvado pirata tuvo que soltar a su presa para llevarse la mano al miembro viril que hacía unos segundos rebosaba enhiesta vitalidad y ahora se encogía de dolor.
—¡Vas a arrimarle eso a tu madre! —gritó Lee.
A continuación cruzó los dedos de las manos y las apretó hasta hacer un solo puño con el que golpeó el cuello del demacrado pirata. De Balboa cayó de rodillas. Lee levantó la vista. Todos los hombres de Costil la apuntaban con sus armas cortas de repetición; pistolas Daewoo K-2000, que usaban temibles balas glaser: rellenas de microperdigones que dejaban el cuerpo como un colador. Motolinía había sacado su viejo trabuco mejorado; sus bolas de plomo eran lo menos de temer en este momento.
Pero la buena suerte estaba con Lee, y se dejó sentir por tercera vez ese día. Se oyó un estruendo ensordecedor y la pared de la puerta principal se vino abajo entre una polvareda. Los tres hombres que estaban más cerca salieron volando: dos chocaron contra la pared de la derecha, el tercero rompió el cristal de la ventana y voló dieciocho pisos hasta el suelo de Venus.
Una mole enorme había entrado en la habitación. El diseño de sus grandes miembros robóticos y el color negro de su blindaje no dejaban lugar a dudas: era un Tyr de la Confederación. Al comprender que venían en su ayuda Lee dio un gran salto sobre De Balboa y realizó una voltereta por encima del sofá que debería haberla dejado prácticamente detrás del Tyr. Así fue, pero justo en el lugar donde cayó había un hombre de Costil; asustado, pero con el arma en la mano, apuntó a la cara de Lee. Y perdió el brazo: una afilada hoja de acero se descargó sobre el brazo del arma que cayó secamente al suelo. Lee sólo tuvo un segundo para ver el flequillo de Lene sobre su ojo izquierdo y levantar la mano para coger los objetos que le arrojaba: la funda de los cuchillos y la muñequera de
los dardos. Lee corrió a la habitación del servicio y se ató las correas de sus armas.
LENE
Cuando sintió todo en silenció Lene bajó del tejado e intentó forzar la cerradura de la puerta trasera de El Oro Azul. Para su sorpresa se abrió nada más tocar el picaporte. El matón que la estaba abriendo se quedó de piedra al ver a la hermosa semiasiática de lacio pelo negro y ojos verdes. En cambio la joven Comandante no dudó un instante: un golpe de kárate en la base del cuello dejó al hombre de metro noventa sin sentido.
Lene pasó por encima de él y se encaró a dos chicas rubias de curvas exageradas que venían detrás. Las bailarinas se habían escondido detrás de una esquina al ver desplomarse a su perro guardián.
—No nos hagas nada —pidió una de ellas cuando Lene se les acercó.
—No temáis —dijo ella—, sólo quiero saber a dónde se han llevado a la chica del pelo azul. Si me lo decís me largaré.
Las bailarinas no tuvieron el más mínimo reparo en confesar. Por lo que contaron, Doru Costil solía obligar a las chicas a hacer algo más que bailar, y habitualmente probaba el género él mismo, así que a las bailarinas no les importaba si alguien le daba su merecido de una vez por todas. Esa era la razón de que siempre fueran acompañadas por un guardaespaldas, no por protección, sino para que no huyeran.
Llevaron a Lene al camerino de Lee, donde la Comandante del Thalion encontró sus armas arrojadizas, luego le explicaron que Costil vivía a todo lujo en el hotel-casino más caro de Venusburgo; el Bellagio. Era imposible que El Oro Azul diera tanto dinero como para poder permitirse ese despilfarro. Pero era allí donde las chicas eran llevadas cada vez que el jefe necesitaba compañía. Lee no sería una excepción.
Lene llevó a las rubias al cuartel de la CM para ser interrogadas. Minutos después se ordenó la movilización de un comando especial de asalto.
Al ver llegar a los marines Lene casi se cae al suelo. Traían un Tyr. Venía en una tanqueta y lo sacaron delante del hotel, por medio de perchas telescópicas de acero y rieles montados en el propio vehículo.
Hacía mucho tiempo que la humanidad había decidido no hacer uso de robots antropomorfos. Sin embargo seguían siendo necesarias avanzadillas militares dotadas de brazos y manos, ojos y oídos. En muchas ocasiones los robots teledirigidos con formas de artrópodos también levantaban suspicacias y se había limitado su uso al mundo del espionaje. Las máquinas con orugas y brazos mecánicos resultaron mucho menos efectivas que las anteriores, así que se idearon los exoesqueletos. Eran armaduras de combate similares a las de la Edad Media, pero infinitamente más avanzadas. Éstas, junto con tecnologías de comunicación mental hombre- máquina, proporcionaban un blindaje muy efectivo a
exploradores y comandos de salto, aparte de un rendimiento físico mejorado.
A algún ingeniero listillo se le había ocurrido llamar al primer exoesqueleto Nimrod, el antiguo rey que levantó la Torre de Babel y cuyo nombre significa cazador poderoso. Desde entonces todos los nuevos modelos recibían los nombres de personajes mitológicos relacionados con la guerra o la caza. Mientras que los Nimrod apenas eran algo más que refuerzos sobre trajes de combate y se usaban como exploradores y avanzadillas, los Orión fueron diseñados para el combate cuerpo a cuerpo en el espacio. Estos ya eran más que chalecos antibalas; los primeros modelos parecían pesados trajes espaciales, hasta que la robótica permitió a las máquinas alcanzar una rapidez de movimientos similar a la humana. Desde entonces los humanos sólo tenían que pensar dentro de sus trajes, y el exoesqueleto se movía por ellos. Entonces llegaron los Tyr, llamados así por el dios de la guerra de las mitologías germana y escandinava. Auténticos carros de combate andantes; el usuario ya no se vestía con ellos, se subía a ellos. Completamente blindados, no conservaban partes
flexibles como los Nimrod o los Orión, que usaban junturas de tela de araña sintética, los Tyr tenían articulaciones robóticas. Aunque se quedaban pequeños ante sus hermanos mayores, llamados Ajax, cada uno de esos era un tanque con patas, y aunque habían perdido mucha capacidad de maniobra, podían desplegar alas y echar a volar. Obviamente cada año las empresas mejoraban los modelos existentes, pero no solían cambiarlos de nombre, sólo les añadían un número superior: Nimrod 2.0, Nimrod 3.0, etc.
Por eso a Lene casi le da un soponcio cuando vio la máquina de guerra.
—Pero, ¿qué está haciendo usted? —le preguntó muy enfadada al sargento que estaba al mando de los marines.
—Señora —dijo el veterano mascando chicle—, ahí dentro puede haber un ejército de piratas. La mejor forma de protegernos a nosotros y a su Oficial de Seguridad es mandar a éste por delante.
Y señaló al exoesqueleto con el pulgar.
Aun así Lene no se convenció hasta que el Tyr entró por la puerta del Bellagio maniobrando como
un ángel y sin romper nada. Y se alegró verdaderamente de tenerlo cuando el trasto tiró abajo la pared y se interpuso entre el grupo de asalto de marines y una lluvia de balas glaser.
Después vio a Lee con una pistola en la cabeza y le cortó el brazo al matón que la apuntaba. Le arrojó a la chica sus cuchillos y buscó alguien con quien pelear.
No era tarea fácil. Los marines entraron de la única forma que sabían, a sangre y fuego. Tres hombres de Costil habían desaparecido al primer puñetazo del Tyr, los otros se habían parapetado como podían y no dejaban de disparar. Los hombres de Lene se escondían a su vez tras el Tyr, que avanzaba lentamente hacia un objetivo, mientras algunos cambiaban su munición de balas de ojivas de pseudoplástico por otras perforantes de núcleo duro. Dentro de unos segundos los hombres de Costil no podrían ocultarse ni detrás de las paredes.
Entonces De Balboa recuperó la compostura. Lene lo vio girar rápidamente su brazo sin mano y apuntar a uno de los marines que se ocultaba de los disparos que le llegaban en oblicuo del dormitorio, casi a un lado del Tyr. Lene gritó para avisarle, pero el ruido
era ensordecedor. De Balboa disparó uno de los proyectiles explosivos, acertó al marine justo en la cara, donde la protección de cristalacero era más penetrable y la cabeza del soldado estalló. Sus compañeros, tres marines y el sargento, cayeron al suelo. El Tyr se movió para defenderlos. Un sólo disparo de la máquina de guerra habría destrozado la suite y los habría mandado a todos como mínimo a la planta inferior, así que el exoesqueleto no podía abrir fuego.
Lene avanzó hacia De Balboa con su espada española en la mano, pero se detuvo al ver al horrible pirata llevarse la mano sana al brazo. Lee se había parapetado tras la esquina de la habitación del servicio, a la altura de donde se hallaba el Tyr, y desde ahí había travesado el brazo sin mano con una pica de acero con punta de monofilamento de diamante. De Balboa la vio y se lanzó a por ella, pero la adolescente se escurrió entre sus piernas deslizándose por el suelo.
Los disparos habían cesado un instante; los cuatro matones restantes recargaban sus armas y los marines volvían a sus posiciones. Uno de los guardaespaldas
se había ocultado detrás del bar, y con él estaba Motolinía. Aprovechando la situación, el Capitán del Venganza corrió hacia los otros matones que estaban en la puerta del dormitorio, disparó su trabuco acertando al Tyr sin ningún efecto y se escabulló. Lene vio allí su oportunidad, pero tenía delante a De Balboa que se estaba volviendo para perseguir a Lee.
Esta pausa fue suficiente para los marines. Con la nueva munición en sus armas se pusieron manos a la obra. Un disparo. Y una bala atravesó la pared para golpear a uno de los matones en la nuca. Lene le vio caer y quedarse sentado junto a la puerta del dormitorio, no había podido terminar de recargar. Otro disparo. Y el matón que estaba al lado del anterior recibió el proyectil en su pecho a través del yeso y el ladrillo. Éste quedó tirado boca abajo medio cuerpo fuera del vano de la puerta.
Lene corrió tras De Balboa, pero el pirata era increíblemente rápido y fuerte. Alcanzó a Lee antes de que su Comandante pudiera socorrerla y la empujó con su garra de metal a través de una ventana más allá del bar. Lene pudo haberle ensartado con la espada, pero aún quedaba un matón en el dormitorio
que disparó dos veces a la vez que moría agujereado por las balas perforantes de los marines. Lene tuvo que echarse al suelo. Con la cabeza cubierta vio como, sorprendentemente, De Balboa se arrojaba también por la ventana.
—¡Entonces está viva! —susurró para sí y se levantó.
Decidió dejar a Lee defenderse sola un rato y se metió de un salto en el dormitorio. Allí estaban Costil y Motolinía. Habían abierto otra puerta, que daba a la terraza, y trataban de subirse en una plataforma de rescate aéreo. Debía de haber un helicóptero esperando a los piratas. Al ver aparecer a Lene, Motolinía dejó de pugnar con el otro gordo por un sitio en la pequeña plataforma.
—¡Capitana Shinh! Éste sí que es un encuentro inesperado. ¿Te has cansado de transportar presos?
Lene le mostró una sonrisa desafiante.
—Ahora soy Comandante, de la Confederación. Y estás detenido, Motolinía, por asalto espacial, piratería, tráfico de gas y asesinato.
El pirata de la barba verde se irguió; era más alto de lo que parecía, y sacó un sable de asalto curvo que tenía un aspecto tan vetusto como la espada de Lene, pero mucho más descuidado.
—Es mejor la muerte que perder la libertad —dijo Motolinía.
Lene le señaló con el mentón y comenzó el duelo. Motolinía atacó con la guardia alta y Lene no tuvo ningún problema en detener el golpe. El pirata giró aprovechando su propio impulso y trató de golpear la espalda de Lene. La Comandante, que iba vestida con un traje de combate marine de seda de araña sintética, nunca habría recibido una herida mortal de ese modo, pero era mejor asegurarse, por lo que ella también giró y esquivó el largo tajo. Volvían a estar frente a frente, pero esta vez Lene sopló el pelo que le caía sobre el ojo izquierdo y tiró el estramazón, un golpe clásico muy característico de la escuela española, que Motolinía apenas pudo detener parando en cuarta, trastabilló y estuvo a punto de caer. Lene aprovechó para tirar dos estocadas de punta, la primera a la cara y la segunda al pecho que el filibustero tuvo que contrarrestar alocadamente moviendo su espada
arriba y abajo. Motolinía estaba contra la pared, por lo que Lene se le echó encima y le ligó la espada apartando la cara de la punta del sable, más corto que la espada ropera. Enganchó su empuñadura con los largos gavilanes y tiró con fuerza. El sable de asalto salió volando. Lene sonrió con las mejillas encendidas por el esfuerzo.
Entretanto Costil se había subido a la plataforma y llamó a su socio.
—¿A qué estás esperando? ¡Vamos!
Lene, que se había olvidado del mafioso, volvió la cara para mirarle. Fue un error. Motolinía extrajo lo más rápido que pudo un corto cuchillo y se lo clavó a Lene. La bella Comandante se encogió por el dolor, pero la herida no era grave. El traje de combate la protegió en gran medida, y Motolinía debía de estar tan desesperado que se lo había clavado en una cadera en lugar de en el abdomen. El pirata aprovechó para huir y montarse en la plataforma.
En ese momento entraron el sargento y otro infante de marina que estuvieron a punto de coser a tiros a los dos gordinflones.
—¡No! —gritó Lene—. ¡Los necesitamos vivos!
Y sin pensárselo corrió tras Motolinía. La plataforma ya se separaba de la terraza, pero no tanto como para que Lene no pudiera alcanzarla de un salto. Bajo la plataforma en sí había varios tubos para enganchar los mosquetones de las correas de rescate. Lene pudo asirse a uno de esos, e inmediatamente el helicóptero perdió altura. Ya era difícil volar bajo las grandes semicúpulas de Venusburgo, como para encima llevar exceso de peso. Lene supuso que tendrían que bajar o estrellarse todos.
Al quedar colgando de aquella forma pudo observar la fachada del Bellagio, iluminada ya no sólo por sus propios focos, sino también por los de la policía que había acudido por iniciativa propia en cuanto comenzaron los disparos. Lo que vio le hizo olvidar el peligro que corría su vida. Fue sólo un segundo antes de que el helicóptero virase y perdiera de vista el hotel, pero habría jurado que había visto a Lee saltar de una cornisa a una de las banderas debajo del cimborrio justo antes de que la mole de DeBalboa le cayese encima agarrándose a la fachada misma con su garfio robótico.
LEE
Kurto De Balboa era más rápido de lo que recordaba. O quizá se había operado; en el Sector Exterior se hablaba de implantes ilegales, drogas cibernéticas de nanobots, operaciones prohibidas en quirófanos chinos de Ganímedes, avances tecnológicos que acercaban a los hombres a los robots. Si había algún candidato en el Universo a vender su humanidad a cambio de tecnología, ese era De Balboa.
Pero eso importaba poco dieciocho pisos por encima del suelo y volando a través de una ventana. Afortunadamente el cristal estaba ya agrietado por los golpes y disparos. Reinaba la confusión en la suite penthouse del Bellagio. Lee comprendió lo que le estaba ocurriendo en menos de un segundo, pero no pudo hacer nada por evitarlo. De pronto no tenía suelo bajo los pies, estiró los brazos pero sus manos sólo tocaron el aire.
Comenzó a caer y pensó que iba a morir. Esta idea llenó toda su consciencia y ya no hizo nada por impedirlo, no trató de agarrarse, ni se movió. Se
concentró en el pensamiento de la muerte, y en el raudo vuelo que la acercaba a su fin.
Y entonces ocurrió.
Primero fue como un movimiento a cámara lenta. Sintió que su caída se hacía más plácida, como si planeara, y se dio cuenta de que veía el edificio nítidamente, como si la gravedad casi idéntica a la de la Tierra atrajera tan despacio su cuerpo que se le ofreciera la posibilidad de admirar el paisaje de su último viaje.
Después fue el dolor. Los dolores. Sintió dos punzadas, la primera en la base del cráneo, como si la atravesaran con una larga aguja. Tuvo que apretar los dientes o al menos imaginó que lo hacía. La segunda entre los ojos, también como un largo pinchazo que pasara de la piel hasta su cerebro. Creyó que perdería el conocimiento, pero no lo hizo.
Por último fue la visión. Delante de sus ojos tuvo lugar un breve destello añil. Su color favorito. El dolor desapareció y vio una cornisa. Uno de los adornos del paramento del Bellagio. Supo de pronto que si estiraba la mano alcanzaría la cornisa. Y lo
hizo un poco sorprendida. Todo era extraordinariamente nítido, y aunque ocurría delante de sus ojos se veía a sí misma agarrando el saliente. No había sonidos, ni siquiera el aire de la caída.
Y de igual manera que la velocidad y el sonido se habían ido, regresaron.
Lee apenas había caído un par de metros cuando hizo algo imposible. Se retorció como un gato en el aire, de tal forma que daba la espalda al suelo y más aún, casi se puso vertical. Alargó el brazo derecho y se asió la cornisa que separaba las suites de las habitaciones. Sin pensar estiró el otro brazo y se ayudó a subir a la cornisa con una flexión. Ya estaba de pie en el alero, era lo bastante ancho si se pegaba a la pared, y había salvado la vida. Se asustó por un segundo, no porque estuviera tan alto, ni por la caída que casi la había matado, sino porque todo lo que acababa de hacer lo había visto en su mente. Todo había ocurrido en una décima de segundo. Se llevó la mano al corazón y se preguntó: ¿Qué me ha pasado?
No tuvo tiempo de reflexionar. Volvió a sentir el dolor, pero más breve y suave. Otra vez el destello añil. Se fue el ruido. De repente vio como De Balboa
le caía encima, con su garra de metal abierta para degollarla. Sin verlo Lee supo que a su derecha había una escalera metálica que trepaba hasta el cimborrio. Probablemente se usaba para que los técnicos colgasen allí luces de neón o carteles. Y supo que podía llegar a la escalera y subir por ella hasta la ventana de la suite de Costil.
El viento regresó para soplar salvajemente en sus oídos, Seguía arrinconada contra la cornisa. Levantó la cabeza y vio a De balboa que saltaba por la ventana detrás de ella. Sin pensar, se movió hacia la derecha. Aunque Lee era muy ágil aquello era más propio de un trapecista. Consiguió agarrarse a la escalera que estaba a seis metros de ella, justo en el instante en que De Balboa la alcanzaba. La visión que había tenido se hizo realidad. El garfio arrancó parte del vestido de la adolescente. Lee se detuvo un segundo en la escalera, paralizada por el dolor momentáneo del zarpazo. Había perdido la cintura del vestido y tenía una fea herida en un costado. Respiró y se deshizo de los zapatos de tacón que llevaba todavía.
Mientras comenzaba a subir, De Balboa se sujetó con la garra de acero a la cornisa donde ella había estado. Se balanceó un instante, pero enseguida encontró el equilibrio, apoyó los pies contra la fachada y miró hacia arriba, a la chiquilla que intentaba escapar de él. Mostrando aún más fuerza que Lee, flexionó el brazo y se plantó de pie en el alero. Índigo Kid estaba a punto de alcanzar la altura de la suite de Costil donde ya no se oían disparos. De balboa apuntó con su gancho y disparó uno de sus proyectiles explosivos.
Lee volvió a sentir las punzadas en su cabeza, pero mucho más rápidas y apenas dolorosas. El destello azul índigo se confundió con la visión física de la joven en lugar de estallar ante sus ojos negros. Supo sin ninguna razón que De Balboa la estaba disparando, a su derecha apareció el alfeizar de una de las ventanas de la suite de Costil. Saltó hacia ella, venciendo la gravedad y el viento, se sujetó y el proyectil estalló en el lugar que acababa de abandonar.
La policía estaba abajo. Tras la explosión cayeron cascotes y los grandes focos iluminaron aquella parte de la fachada.
Lee seguía inmersa en una especie de trance donde todo se veía con una claridad asombrosa y el sonido de la realidad llegaba amortiguado, ya no muerto. Su sexto sentido le mostró una moldura sobre la alta ventana a la que estaba sujeta, era como un frontón circular. Supo que si no saltaba allí moriría. Y saltó, justo a tiempo; un segundo proyectil llegó desde la cornisa donde De Balboa apuntaba.
No veía los disparos de su perseguidor, pero los sentía y le sentía a él. Podía calcular intuitivamente cuando iban a alcanzarle los proyectiles, y el mundo a su alrededor se desplazaba con una cierta lentitud, que le permitía tomar las decisiones oportunas con tiempo de sobra. Podía actuar y pensar a la vez, adelantarse a los movimientos de su enemigo. Su percepción se ampliaba a situaciones que era imposible conocer al mismo tiempo.
De nuevo ejecutó un salto imposible para un atleta olímpico y se agarró del asta de una de las banderas que ondeaban a los pies del cimborrio. Al mismo
tiempo vio que Lene saltaba a la hasta entonces oculta plataforma de rescate de un pequeño helicóptero, y sintió el asombro de su comandante al verla a ella en el mismo segundo. De Balboa ya no tenía buen ángulo de tiro, y no podía ver con los coloreados emblemas, así que comenzó a trepar, dando saltos si cabe más poderosos que los de Lee. Los materiales de la fachada crujían bajo la fuerza de sus dedos metálicos.
A Lee Zalduendo no le quedaban muchas opciones. Saltó de bandera en bandera dando volteretas, ejecutó un doble mortal en el aire, lanzó dos cuchillos y cayó para sujetarse del palo de la última bandera. El ángulo era un poco forzado y Lee supo antes de lanzarlos, que uno de los cuchillos no daría en el blanco; pero el otro sí. Se clavó en el bíceps del brazo sano de De Balboa. Pero este se hallaba ya en la cornisa delante de las banderas, y tenía a su derecha la azotea del hotel.
Con un gesto de furia se arrancó el lanzador y lo quebró con su mano de acero. Lee saltó y se irguió sobre la bandera, con un pie en la cornisa y el otro en el asta. Tan segura estaba de sí misma que decidió
acabar con aquello allí mismo. Extrajo las dos picas que le quedaban en la muñequera y entonces...
Entonces todo volvió a la normalidad. La visión índigo se fue, el viento sopló de nuevo ensordeciéndola, y estuvo a punto de perder el equilibrio. Desorientada y alarmada apenas consiguió sujetarse apoyando la mano en la pared, pero al hacerlo sus picas cayeron. Levantó la cabeza y vio a su rival. De Balboa se había detenido, y sacaba de su cinturón un aparato; era un nuevo módulo para su garfio: una especie de arpón con un delgado alambre, un microfilamento con kilómetros de largo. Él también la miró a ella, sonrió y apuntó con la nueva arma.
Ya no tenía su visión índigo, pero no estaba derrotada. Se dejó caer y se sujetó de una bandera. Al mismo tiempo oyó una explosión. De Balboa no había usado su arpón, sino uno de los proyectiles. Lee se balanceó como una trapecista en la tela de colores y saltó a la siguiente bandera y después a la siguiente. Buscando a la chica, De Balboa puso un pie sobre la bandera que tenía más cerca; eso era lo que ella pretendía. El sanguinario pirata volvió a apuntar su
arma hacia la joven, pero ésta consiguió darse el impulso suficiente y salió despedida hacia arriba, lo justo como para propinar una fuerte patada con los dos pies a su adversario. Kurto De Balboa, que no se esperaba esto, trastabilló fatalmente y cayó al vacío. Lee no corrió mejor suerte; aleteó un segundo en el aire y no halló donde asirse. Por segunda vez aquella noche se precipitó a la muerte.
Y todo se repitió. La seguridad cierta de la muerte irremediable. El dolor, el chispazo color añil, y el mundo que enmudecía y se ralentizaba. Estaba cayendo por la parte abultada del edificio. Supo que pronto tendría dos opciones para agarrarse: el cable del garfio de De Balboa que estaba a milésimas de segundo de disparar o las banderas de la cornisa de más abajo, aquellas donde se había sujetado por primera vez. Sintió una alegría salvaje por recuperar su "sexto sentido" y acto seguido decidió agarrarse de la bandera más cercana a De Balboa. Si sus cálculos eran correctos el pirata de gas iba a llevarse una terrible sorpresa.
El nuevo accesorio de De Balboa, esa especie de arpón, sólo podía ser disparado una vez. El
malhechor podía recogerlo y lanzarlo de nuevo pero no podía disparar usar ningún otro instrumento de su gancho mientras el arpón estuviera clavado. Lee no podía permitirse el lujo de dejarle reaccionar o pensar. Debía acosarle hasta hacerle caer.
El cable pasó muy cerca de Índigo Kid, pero ella lo ignoró y se movió hasta adoptar la postura de un saltador antes de zambullirse en la piscina. Así recuperó gran parte del terreno perdido y llegó a las banderas al mismo tiempo que De Balboa sentía el tirón de su propio peso en el hombro al dejar de desenrollar el cable del arpón, que ya se había clavado.
Rogando porque su extraña habilidad no se desvaneciera igual que antes, Lee se agarró a una de las banderas. Su asta se dobló hasta el límite de su resistencia y lanzó a Lee hacia arriba. Con la agilidad propia de un felino hizo un doble mortal en el aire sobre De Balboa y cayó sobre el pecho de su adversario. Sobresaltado por el impacto, De Balboa perdió el control sobre su prótesis robótica y el cable volvió a correr completamente suelto.
Mientras que para los policías y huéspedes que observaban la pelea desde abajo la escena duró segundos, para Lee fueron minutos de golpes certeros. El pirata no atinó a enderezarse ni a defenderse. Lee podía ver las consecuencias de sus golpes antes de darlos, y lo mismo que un gato que salta a la cara de un visitante molesto, la chica se encaramó al torso de su enemigo mortal y le golpeó en la cara con todas sus fuerzas. Tres, cuatro, cinco puñetazos. Vio la sangre brotar de su labio superior y de su nariz. Allí le golpeó una y otra vez con todas sus fuerzas.
Por último, cuando su sexto sentido le dijo que debía saltar y agarrarse a algo para no estrellarse contra el suelo, retorció su menudo cuerpo saltando hacia atrás y se agarró de otra bandera, una de las que estaban casi abajo del todo, justo encima de la entrada del gran hotel. Antes de que ocurriera supo que los brazos le iban a doler como si se los arrancaran, pero fue peor para Kurto De Balboa. Atontado por los golpes en la cara, fue incapaz de reaccionar y su delgado cable le condujo a un terrible choque contra el asfalto.
Los grupos de ayuda sanitaria corrieron a socorrerle. La sangre hizo un espantoso charco a su alrededor.
Entretanto Lee sufrió por un instante eterno el dolor resultante de su última acrobacia, giró alrededor del poste de la bandera y saltó desde ella: un espacio de casi tres pisos hasta la acera. Aterrizó exhausta y dolorida, pero ilesa; flexionando sus rodillas para evitar en todo lo posible el brusco contacto con el suelo. Se levantó lentamente y creyó que estaba rodeada de policías y periodistas. No era así, todavía conservaba su percepción índigo. Meneó su cabeza como si quisiera despejarse y dijo para sí.
—¡Basta! ¡Fuera!
Por primera vez en su vida dejo de hacer uso de su poder voluntariamente. El ruido y la imagen llegaron a ella en forma de sirenas, gritos y caras que se le acercaban. Inmediatamente se vio rodeada de periodistas y policías. Los primeros, al reconocerla se abalanzaron sobre ella como lobos hambrientos.
—¿Eres Índigo Kid?
—¿Qué haces en Venus, Índigo?
—¿Sabes que has caído desde unos cien metros?
—¿Cómo has hecho... Esto?
El último periodista que hablaba era un hombre cercano a la jubilación a juzgar por su aspecto, y que, por su expresión, estaba bastante asustado. Cuando le oyó, Lee se giró para ver lo que ocurría. Aquello era un caos. Había varios cordones policiales, cascotes enormes y pequeños que se habían desprendido por las explosiones, salía humo de varios lugares del edifico, el cielo se había llenado de nuevos helicópteros, enormes focos habían permitido que toda la pelea se viera perfectamente en TV y en la Internet, De Balboa estaba en el suelo con el cuerpo destrozado y una multitud gritaba al unísono a la antigua pirata.
Una oficial de policía apareció de repente delante de su cara. Tenía aspecto de estar realmente enfadado y estaba a punto de gritarle a la chica, cuando una manaza lo apartó de golpe. Su rostro fue sustituido por el de un sargento de marines de la Confederación mascando chicle.
—Ha sido acojonante, mi teniente. ¿Cómo lo ha conseguido?
LENE
Cerró y abrió los ojos como si no pudiera creérselo. El viento le daba con fuerza en la cara. Miró hacia arriba y descubrió a Motolinía y Costil sorprendidos de verla allí. El ruido del aire era muy fuerte y las palabras que se cruzaron los traficantes apenas llegaron a oídos de Lene.
—¡Nos echará a tierra! —gritó Motolonía.
—¡Dispárale imbécil! —chilló Doru Costil.
Motolinía, el clásico pirata, portaba su pequeño trabuco antiguo que, igual que el sable de abordaje, era una hermosa pero poco útil antigüedad. Tuvo que sacar la pólvora, introducirla en el cañón y compactarla. Costil le miraba estupefacto. Lene no podía ver todo esto desde su posición, pero, desesperada, giró la cabeza y observó lo que se les venía encima.
Sobre la plataforma, a Motolinía se le acababa de caer la pólvora, hizo un gesto a medias entre agacharse a recoger lo que pudiera o sacar más, y Costil volvió a insultarle. Después de eso el mafioso levantó la cabeza y se movió del pequeño refugio que habían hecho con sus cuerpos para ayudar a cargar el arma evitando el aire, entonces él también vio el enorme edificio que se les acercaba a toda velocidad. Golpeó al pirata de barba verde en el hombro y los dos gritaron al unísono con todas sus fuerzas.
El piloto del helicóptero era, claro está, uno de los tripulantes del Venganza. Había otros dos piratas con él, armados con rifles de precisión, que le habían señalado inútilmente el obstáculo que le levantaba ante ellos. Los filibusteros se gritaban y maldecían mientras el piloto tiraba de la palanca de ascensión con todas sus fuerzas.
Lene rozó la azotea con los talones, pero no chocó y tampoco se soltó. Arriba, en la plataforma las cosas se estaban poniendo muy feas. Motolinía terminó de cargar el trabuco introduciendo la esférica bala de plomo, pero en lugar de acercarse al borde y apuntar a Lene dirigió el arma contra Costil.
—¿Qué haces? —preguntó el dueño de El Oro Azul.
—Estoy harto de ti, Costil. Por tu culpa estamos así, fue un error usarte, pero todavía puedo arreglarlo. El gordo comenzó a retroceder, preocupado por el cañón que le apuntaba y olvidando que se encontraban en una plataforma sujeta por un
helicóptero.
—¡No! —chilló—. ¡Espera! Podemos llegar a un acuerdo. ¡El sesenta por ciento para ti! ¡El setenta por ciento!
El disparo no le acertó de pleno sino debajo de la clavícula derecha, aun así el impacto le hizo caer de la plataforma. Al verlo Lene pensó que el helicóptero entero caería debido al peso y se soltó ella también. Pero el aparato enseguida ganó velocidad y altura, perdiéndose de vista. Lene se incorporó sobre el tejado del edificio, no había podido ver cuál era, pero seguro que se trataba de otro hotel-casino. Le dolían todos los músculos del cuerpo y la herida que tenía en la cadera seguía sangrando. Pero era consciente del peligro en que se encontraba todavía, así que se
levantó trabajosamente y desenfundó la espada. Se acercó precavidamente al hombre que había caído, pero enseguida se dio cuenta de que era Costil y de que estaba herido.
Llegó a él y le sujetó la cabeza. Estaba bastante mal; aparte de la caída, el disparo le había dado en el pecho, seguramente tenía la bala en alguna arteria principal; no duraría mucho si no recibía asistencia. Lene tocó uno de los dispositivos del traje de combate, que emitió una señal de socorro para la CM. Los marines estarían allí en cinco minutos. De todas formas debía conseguir la información que pudiera extraer al mafioso. El hombre parecía querer hablarle.
—Me... Me ha ...disparado —dijo entrecortadamente.
—Estás herido, si no te llevo a un hospital morirás
—dijo Lene fríamente—. Tu vida por información. Costil asintió moribundo.
—¿De dónde sacabais el gas?
—A... Asaltos. Casi todo. Plataformas piratas... En Saturno. Hay... Muchas.
Lene se acercó a la cara de Costil para oír lo que decía.
—Ahora dime quién es el chivato. ¿Quién te dijo que Lee Zalduendo era una infiltrada?
—Mo... Motolinía.
Lene entornó los ojos, esa respuesta no era satisfactoria, tenía que haber alguien más.
—¿Y cómo lo supo él?
Costil parecía estar quedándose dormido. Sus párpados habían caído pesadamente.
—¡¿Cómo?! —gritó Lene sacudiendo al gordo. Costil abrió los ojos.
—Un tal... Emilien Grispard. Un camello.
La medio asiática soltó las solapas del hombre que cayó sin fuerzas sobre sus rodillas encogidas. Levantó la cabeza y respiró aire fresco. A Lee no le iba a gustar nada aquella noticia. Pero no hubo tiempo para reflexiones éticas; Costil abrió la boca reseca, su voz era una afonía agónica, Lene tuvo que pegar la oreja a sus labios, pero oyó lo que decía.
—Hay... Más. Rubirak...
Costil parecía agotado hasta la extenuación.
—Sí, Rubirak... —dijo Lene.
—Rubirak... —Costil no podía más—. Invasión... Sin gas... Un plan de...
Fueron sus últimas palabras, pero no debido a la falta de aire. Su cabeza recibió el golpe seco de un disparo. Lene cayó de espaldas. Estaban allí arriba, el helicóptero había vuelto volando en modo silencioso. Motolinía disparaba desde el aire con un rifle de precisión, un solo tiro y Lene sería historia. Rodó a toda prisa por la azotea y se puso en pie de un salto. Motolinía falló su primer disparo.
Sin perder un segundo Lene echó a correr por aquel lugar. No había tenido tiempo de echarle un vistazo. Era sin duda la terraza de lujo de un hotel: había una piscina olímpica, y más allá casetas de baño y la salida de los ascensores. Sin pensárselo dos veces saltó a la piscina, rogando porque estuviera llena. Un segundo disparo dio contra el borde de mármol justo cuando la Comandante del Thalion tocaba el agua.
Efectivamente estaba llena. Era raro, porque todas las luces estaban apagadas. Tenía que ser muy tarde, de madrugada, para que no hubiera nadie allí. Lene
buceó sintiendo como todo su cuerpo se quejaba por el esfuerzo físico; demasiado tiempo en el espacio y en lunas del Sector Exterior, necesitaba rehabilitación y ejercicio. Pero consiguió llegar al otro lado. Dos disparos más se perdieron en el agua. Estaba demasiado oscuro como para apuntar bajo el líquido elemento. Con un último esfuerzo Lene salió de un salto de la piscina y corrió desesperada hasta las puertas de los ascensores. Estos llegaban directamente a la azotea, y quizá sus puertas metálicas pudieran desviar las balas.
Cuando todavía le faltaban diez metros las puertas se abrieron. Eran automáticas y tenían sensores de largo alcance, definitivamente debían de estar en un hotel. Lene corrió un poco más y dio un salto para alcanzar el fondo del habitáculo del ascensor. Justo mientras estaba en el aire sintió como una picadura encima del talón. Motolinía le había acertado. El salto no salió del todo bien por ese motivo y Lene no llegó hasta el fondo del ascensor.
—¡Primer piso! ¡Primer piso! —chilló angustiada.
El ordenador reaccionó al instante y las puertas comenzaron a cerrarse. Aun así Motolinía pudo disparar tres veces. El primer tiro pasó entre las puertas y destrozó el gran espejo del ascensor. El segundo atravesó una de las hojas de las puertas y dio contra el suelo. El tercero pasó rozando la cabeza de Lene. El ascensor empezó a bajar y la joven Comandante se tumbó en posición fetal. Contuvo sus ganas de llorar y repitió.
—Primer piso...
Se había salvado y tenía la información. Es más, la red de tráfico de gas H había quedado oficialmente desmantelada. Ahora Marte tendría que comprar directamente a los piratas o bien hacer lo que Costil le había contado con su último estertor: invadir otro mundo. Lene no podía pensar en eso ahora, no podía pensar en nada. Todo le dolía y a la vez la invadió el sopor. No vio al conserje alterado ni oyó los gritos de
terror de los clientes cuando el ascensor se abrió en la primera planta.
LEE
Su corazón se aceleró al sentir que despertaba. Creyó que estaba en un criosarcófago de Éxtasis y ahogó un chillido. No tenía fuerzas. La sensación sedante que recorría su cuerpo no se parecía en nada al rápido despertar de la hiperadrenalina. Con mucha lentitud se recompusieron los recuerdos de las últimas horas. No abrió los ojos. Revivió la preocupación de tener que vigilar a la joven Lee, el nerviosismo antes de entrar en la suite penthouse con el Tyr, la excitación del viaje por los aires colgada de un helicóptero y el miedo a la muerte bajo los disparos de francotirador de Qubul Motolinía.
Sólo cuando estuvo convencida de encontrarse en un hospital y no al final de un viaje interplanetario, abrió los ojos. Vio la blancura inmaculada del techo de su habitación. Pero oyó ruidos a su derecha y
pronto tuvo ante sí la cuadrada pero hermosa faz de Lee Zalduendo.
—Llevas un rato despierta —no era una pregunta.
—Creo que sí.
—No te muevas. Te hirieron en el pie, a la altura del tobillo. Fue una herida muy fea, han tenido que reconstruírtelo.
Ahora Lene entendió por qué el exceso de sedación. Habían tenido que implantarle un injerto de tejidos clonados y nanobots inteligentes. Los robots del tamaño de virus habían estado estimulando y acelerando la regeneración, que se desarrollaba a partir de células madre clonadas de la propia Lene. Éstas se transformaban en nuevos huesos, músculos, vasos sanguíneos y piel a gran velocidad, controladas químicamente por la inteligencia artificial de los nanobots. Todo en su correcta proporción, siguiendo el modelo genético grabado en las propias células de la Comandante del Thalion. Si se hubiera puesto una cámara a velocidad lenta ante la zona herida, y luego se hubiera pasado la grabación a velocidad normal, los espectadores habrían observado como después de
una simple operación y unas pocas inyecciones, la carne de la paciente se regeneraba sola y formaba un tobillo idéntico al original.
Por supuesto el dolor era demasiado como para que ningún ser humano lo soportase. Y los picores y otras sensaciones psicosomáticas persistirían durante semanas.
El disparo debió ser realmente certero y destructivo.
—Te vi saltando de una cornisa. ¿Qué te ocurrió?
—preguntó Lene todavía con un hilo de voz.
—Es largo de contar. Y muy extraño. Algo me pasó...
Lene no se atrevía todavía a girar el cuello. Lee se apartó de ella con una rara expresión en el rostro. La semiasiática movió sus ojos para seguirla, pero el dolor le hizo imposible mantener ese gesto tan nimio. Decidió que era preferible hablarle al techo.
—¿Pero qué fue? ¿Me lo vas a decir o no?
La dulce voz de diecisiete años llegó desde otro extremo de la habitación.
—Algo en mi cabeza. Todavía no se lo he contado a nadie.
—Cuéntamelo a mí.
—No, todavía no. Cuando te levantes de la cama y estemos en la nave.
Lee conservaba, como todos aquellos acostumbrados a vagar por el Sistema, la manía de pensar que dentro de su nave estaba aislada y a salvo. Era casi como un hogar para ella. Esta era una idea que Lene compartía sólo a veces, pero le agradaba que su nueva compañera fuera de esa clase de cosmonautas.
—Me parece que estás asustada —dijo la oficial superior en un tono paternal.
—Sólo quiero volver a la nave. Nada más. No quiero que me dejen aquí.
Lene asintió mentalmente, era la única forma en la que era capaz de asentir en esos momentos.
—Dime al menos qué ocurrió con De Balboa y cómo llegué aquí.
Lee volvió a acercarse a la cama y apareció en el ángulo de visión de Lene.
—De Balboa cayó al suelo. Está al borde de la muerte. Nadie sabe si se recuperará. Lo tienen aquí mismo, en este hospital. Su cuerpo está aplastado, si responde al tratamiento tiene una oportunidad. A ti te trajeron desde el Mandalay Beach. Tengo entendido que a alguna de sus clientes le dio un ataque al verte en uno de los ascensores expreso, todo lleno de sangre y eso. Un desastre. Llevas aquí tres días.
¿Quién te disparó?
Lene tuvo un pensamiento fugaz para Lonneke, allá lejos en la Plataforma Espacial Amistad. Estaría muy preocupada.
—Motolinía. Desde el helicóptero con el que escapó.
—Ya, me temo que haya conseguido huir. Los marines que me trajeron al hospital me han dicho que tenían un cohete químico con el que abandonaron el planeta. La CM no ha encontrado el Venganza. En fin, que se ha largado.
Lene consiguió fruncir el ceño.
—¿Los marines?
—Sí. Creo que eran los tíos con los que entraste en la suite de Costil, incluido el Tyr. Ya sabes, mucha formalidad, lealtad al uniforme y ese rollo. Pero me sacaron del embrollo del Bellagio y me libré de un montón de preguntas en comisaría.
Por un segundo el rostro de Lee se enterneció. Miró fijamente a los ojos a Lene, sus pupilas se movían nerviosamente bajo el brillo de una lágrima. Acto seguido se agachó y besó tiernamente la boca de la medio asiática. Ella no pudo corresponderle.
—Me alegro de que vinieras a por mí. Realmente creí que no salía de allí. Lo hice todo mal. Gracias.
Lene hizo algo parecido a sonreír.
—Nunca abandono a los míos.
Lee Zalduendo se apartó y su Comandante pudo cerrar los ojos con una sensación plácida en todo el cuerpo. Dejó que los calmantes surtieran efecto y no tuvo pesadillas.
RUBIRAK
Zoltan Rubirak se pasaba una y otra vez la mano por el pelo canoso. Estaba sentado en su ciclópeo despacho del Palacio de Gobierno de Tharsis. Los hombres de su estado mayor aguardaban alejados de él, no como figuras en la distancia pero casi. Todo eran malas noticias. El suministro de Hidrógeno acababa de cortarse. Con el que podían conseguir en Marte no llegaría para alimentar a la flota de guerra, y si no podían mantener las armas en funcionamiento tarde o temprano se verían obligados a rendirse.
Al fin el dictador levantó la cabeza y su voz no tembló.
—Bien, ¿qué hay de los informes que solicité en relación a Solaris?
Uno de los comandantes dio un paso al frente, se aclaró la garganta y emitió su reporte.
—Lo único seguro, señor, es que no sabemos qué ocurre allá abajo. Hemos averiguado que han desconectado todas sus secciones y sólo mantienen un laboratorio operativo: el de Resistencia de
Materiales. Parece ser que intentan mejorar el ferrocristal, o crear un competidor del cristalacero.
Rubirak detuvo el discurso levantando una mano. Volvió a mesarse los cabellos y se puso en pie de un salto, su cara estaba roja de ira.
—¡Es usted imbécil! ¡Cualquier subnormal habría hecho un trabajo mejor! ¡Materiales y cristalacero!
¡Hasta un crío habría podido averiguar eso! ...
La diatriba siguió durante unos minutos más. Rubirak se acercó a sus hombres y les gritó a la cara. Sólo los más veteranos y dotados de una fuerte personalidad, evitaron agachar la cabeza. Algunos se pusieron en posición de firmes. Uno de los generales dio también un paso al frente.
—¡Permiso para hablar, señor! Rubirak se le quedó mirando.
—Quiero saber si tienen reservas de gas Hidrógeno, o generadores de nueva invención, General Riuku, si no va a hablarme de eso será mejor que se calle o lo haré fusilar.
El comandante que había hablado antes tragó saliva, pero no así el veterano general, totalmente calvo y con manchas de vejez en el cuero cabelludo.
—Sabemos que operan con tecnología ultra secreta, señor, y también sabemos que necesitan grandes cantidades de energía para mantener operativa su maquinaria. En las últimas semanas han reducido su consumo de energía, de lo cual deducimos que poseen sus propias plantas de fusión. La cantidad de Hidrógeno, Deuterio o Helio 3 que tengan almacenada o el modo en que lo consiguen no hemos podido averiguarlo. Esa es toda la verdad, señor.
Rubirak no le hizo fusilar.
—Bien, ¿qué me aconsejan? Otro general se adelantó.
—Según nuestros cálculos podemos aguantar comprando el gas directamente a los “proveedores”, hasta que el Huor haya sido remodelado por completo y nuestros planes puedan ponerse en marcha.
—Me pide usted que Marte negocie directamente con piratas.
—Por el bien de Marte, sí, señor.
Rubirak miró un momento al techo y después al suelo.
—¿Y qué hay de Solaris?
—Un asalto, señor. Con armaduras de combate. Dentro de 15 días si no hemos encontrado una solución mejor.
—Bien, señores, aceleren los trabajos en el Huor. Necesitamos esa nave en funcionamiento enseguida. Riuku, usted mismo dirigirá las negociaciones con esos traficantes de gas. Hablaremos de ese asalto armado en la próxima reunión. Pueden irse.
Los pasos del estado mayor de Marte resonaron como cañonazos en el silencio que quedó acompañando a Zoltan Rubirak.
LENE
Con lágrimas en los ojos la Navegante del Nautilus se despidió de su amada. Usó una expresión formal, tenía que guardar las apariencias delante del Vicealmirante y la Almirante. La gran pantalla del Thalion mostraba una Lene casi feliz. Mientras había
estado informando sobre su intervención médica la Comandante había permanecido seria, pero cuando vio la emoción en los ojos de la joven venusiana no había podido reprimir una sonrisa. Lonneke casi se echa a llorar al oírle decir que llegarían a la Tierra en menos de veintiséis horas.
Después se apagó la pantalla, y en el Thalion el holograma se desvaneció.
Lene permaneció un rato como a ella le gustaba; en la penumbra de la IIC, mirando al oscuro vacío. Había programado en persona un viaje de bajo consumo y bajas aceleraciones. Tenía mucho tiempo antes de que la inercia hiciera imposible caminar por los estrechos pasillos del Nautilus. Detrás de la veterana nave, impulsada por su motor auxiliar de iones, Venus iba quedando atrás.
Sin que ella lo esperara, una delicada caricia bajó por su mejilla en gravedad cero. Lene levantó la vista y vio a Lee flotar sobre su cabeza. Ambos rostros se acercaron y se besaron; uno boca arriba y otro boca abajo, aunque las posiciones fueran relativas en el espacio ellas lo sintieron así.
—¿Estás segura de que es esto lo que quieres?
—preguntó Lene. Lee apenas sonrió.
—Es mi regalo, por salvarme la vida.
—Era mi obligación, no me debes nada.
—Lo haré de todos modos. Pero recuerda que Lonneke nunca debe saberlo.
En la Sala de Éxtasis Lene se desnudó por completo delante de la jovencísima Oficial de Seguridad. Tenía un cuerpo curvado y hermoso, con caderas más anchas que las de Lee y senos más abultados. La chica del pelo azul se ruborizó y agachó la cabeza. Lene esbozó una sonrisa ladeada y se acercó a su pupila. Le quitó la camiseta de hombreras, se puso en cuclillas y bajó hasta el suelo el pequeño tanga. Después la abrazó y notó que su cuerpecito estaba temblando.
—No tienes nada que temer —dijo.
—No sé si podré hacerlo.
Lene comenzó a besar a Lee muy despacio. Primero dejó en sus mejillas besos que eran de amor, a continuación en sus orejas y en su cuello. Luego en
sus pechos. A Lee le extrañó que esto no le repugnase. Sus pezones se endurecieron mientras Lene los acariciaba con ambos pulgares, y deseó su boca. La tuvo al instante y pudo saborearla largamente. Notaba que su cuerpo se humedecía y se avivaba. Pronto la ternura dejó paso al ardor y ambas mujeres se buscaron con más ahínco.
Lene llevó de la mano a Lee hasta su criosarcófago.
—Verás cómo es la mejor experiencia de tu vida.
Lee nunca pensó que fuese tanto como eso. Cuando despertaron tras muchas horas de Éxtasis, lo que sintió, en lugar de cariño o una cálida somnolencia, fue alarma; alarma por encontrarse en un lugar que no era el suyo en brazos de quien no debía. Lene la hizo entrar primero y se recostó a su lado. Inmediatamente comenzó a tocar su sexo mientras la besaba en el vientre, lamía con la punta de la lengua la dureza de sus pezones, la besaba en la boca o la miraba a los ojos.
Poco a poco Lee comenzó a relajarse. Lene sabía muy bien lo que estaba haciendo. Ninguna de las dos
tenía ningún vello corporal, y eso lo hacía todo más resbaladizo y agradable.
Cuando el criosarcófago comenzó a sellarse, Lene le explicó cómo debían trabarse las piernas en aquel reducido espacio. Lee pudo sentir el empuje de la aceleración mientras el motor de fusión aumentaba su rendimiento y creaba cada vez más plasma que era expulsado al espacio. Lene fue un poco más dura ahora. La besó con tanto ansia que le cortó la respiración y su lengua presionó con fuerza dentro de su boca. Lee se sintió durante unos minutos como una muñeca abandonada que busca una nueva dueña, era algo que le ocurría también a veces con Emilien. Lene mordió sus senos respingones y la hizo chillar débilmente. Luego le ofreció sus propios senos, que la chiquilla saboreó con un ansía que la sorprendió. Al mismo tiempo Lene se frotaba contra ella con mayor ímpetu que antes.
Lee sentía mucho calor, y se dio cuenta de que se estaba conteniendo de nuevo. Después de todo no era la mejor experiencia de su vida.
—Creo... Creo que voy a...
La semiasiática sintió como su compañera alcanzaba el éxtasis y la acompañó segundos después. Había salido casi a la perfección. La besó una y otra vez, besos lentos y profundos.
—Dime que me quieres.
Lee tenía los ojos cerrados y estaba en un estado entre el placer y el sueño que no quería romper, pero consiguió replicar.
—Sabes que no te quiero.
Lene acercó su boca a la de Lee como si fuera a besarla de nuevo, pero cuando Lee levantó la cabeza para encontrarse con su amante, ésta se apartó. La del pelo añil regresó al lecho deseando el beso pero sin él.
—Di que me quieres.
—No... Es Lonneke la que te quiere.
Lene ya no dijo nada más. Se tumbó a un costado y dejó que Lee se quedase dormida dulcemente. El efecto de los sedantes que había programado en forma de gas tardó tanto en hacerle efecto que pudo llegar a sentir los auténticos tirones de gravedad que provocaba la aceleración. La imagen de Lonneke y
los remordimientos la persiguieron hasta que el sueño la derrotó. Al diluirse su conciencia supo que el despertar iba a estar lleno de terribles agujas que se clavaban en sus ojos.
SCOTTON
—Lo que esa niña hizo es... increíble.
—Cuando lleguen quiero que bajen al menos unos días a la Tierra. Aunque haya que retrasar la presentación. Voy a dar órdenes para que alguien de Inteligencia Militar la examine.
El despacho de Leonora Visq en la Estación Espacial Amistad estaba totalmente a oscuras excepto por una pequeña lámpara de escritorio que apenas alumbraba la portentosa figura del Vicealmirante Scotton, sentado enfrente de su jefa directa.
—¿Crees que...?
—No me atrevo a creer nada, pero hay que tenerla bajo observación constante.
—¿Y qué ocurre si ella se niega?
—¿La estás defendiendo, Helvar? No pretendo hacerle daño. Pero si tiene cualidades que debamos estudiar, que podamos aprovechar, es nuestro deber hacerlo.
—Lo sé, lo sé. Pero es muy joven, aunque su valor esté fuera de duda.
Visq removió alguno de los papeles que se encontraban revueltos sobre su mesa. Casi todos mostraban proyecciones sobre plano de mapas tridimensionales. No supo decidirse por ninguno en concreto, por lo que su gesto simplemente desordenó todavía más la escena.
—¿Has leído los informes?
—Sí, la actividad pirata en el Sector Exterior se está intensificando. Atacan a todo carguero que sale de Titán y Europa.
—En efecto. El gobierno de Titán ya ha presentado una queja a Rea. Europa nos ha pedido ayuda. He decidido desagrupar la Segunda Flota, y he dado órdenes para que busquen y cacen a todo navío pirata que se les acerque.
—Eso parece lo correcto.
—Es lo único que permite hacer la política. Dependemos de la opinión pública.
Scotton se removió incómodo en su silla. Las voces de ambos interlocutores parecían salir de fantasmas o estatuas sin vida, iluminadas por los focos amarillos que se usaban con los antiguos monumentos de la Tierra.
—No entiendo por qué no quieren defenderse.
—Ya nadie recuerda la guerra, ni los malos tiempos. Sólo quieren que continúe la prosperidad y que les resuelvan sus problemas.
—La gente como Rubirak no entiende de prosperidad.
—Ya. Explícaselo a los grupos pacifistas que se manifiestan todos los días en la Tierra y Europa, y a los medios de comunicación. Los tenemos en contra. Dan la impresión de que somos una gran potencia bélica que no permite a los pobres marcianos vivir en libertad con sus propias creencias.
—¿Y la gente que ha asesinado Rubirak? ¿Esos no cuentan?
—Son los medios los que deciden qué se cuenta a la opinión pública y qué no. Los vientos políticos soplan ahora en esa dirección. Somos los malos, Helvar.
—Lo que faltaba.
Cuarta parte: DIOSAS DE LA GUERRA.
LONNEKE
El sargento de marines hizo un alto levantando el puño cerrado. Todo el maldito desierto parecía tranquilo. No se movía ni un alma, el único sonido era el del viento sobre el seco terreno. ¿Qué podía haber visto? Lonneke no dejaba de sorprenderse ante la habilidad de los soldados confederados. A veces le parecía incluso que eran un poco como Lee, que se adelantaban a lo que iba a suceder. Pobre Lee, encerrada estas dos semanas en ese horrible centro experimental de la Tierra. En el Centro del Mando Unificado de la Confederación de Mundos.
Claro que allí, en Exotierra, era peor. Los bichos estaban por todas partes. Y sin embargo los satélites instalados por el Thalion apenas captaban su actividad en el planeta. Era como si todos hubiesen corrido para estar cerca de los humanos. Eso hizo a Lonneke recordar que debía extraer de su funda y amartillar la Steyr M-B87 que el sargento de marines le había dado. Era un buen arma, con poco retroceso, escasos peso y tamaño, y que usaba balas perforantes de acero; muy adecuadas para tratar con los insectoides. Los otros, cuatro infantes más su sargento, portaban rifles de asalto Kinetics SAR 222 con mira de punto tricolor; un sistema que combinaba captación del movimiento (punto azul) búsqueda sónar (punto verde) y la clásica guía láser (punto rojo) El sónar focalizado a corta distancia era un elemento de reciente invención. En la jerga militar se lo conocía como el murciélago. Se usaba para el combate submarino en los mundos del Sector Exterior, o para guiar tropas en lugares donde una luz podía ser comprometedora.
En principio lo había usado el primer equipo de marines llegado a Exotierra en las vigilancias
nocturnas. Pero pronto se dieron cuenta de que los ultrasonidos producían tanto dolor en un bicho como los propios disparos. Fue una suerte, pues la Confederación se evitó enviar armas de rayos, caras y grandes, a Exotierra; y las sustituyó por fusiles adecuados para la lucha en altas gravedades. Los soldados, en numerosas ocasiones, no desperdiciaban ni un cartucho, simplemente rociaban el área donde suponían que estaban los insectoides con señales de sus murciélagos. Y estos salían de la arena retorciéndose y chillando hasta morir.
Lonneke también llevaba una mira de triple punto en su Steyr, pero prefería no tener que dispararle a nada. Lo que realmente le habría gustado en ese momento hubiera sido estar allá arriba, en el cielo de aquel seco e inhóspito planeta, en el Thalion con Lene. Pero algo le había ocurrido a uno de los receptores de señales satélite en Nueva Zimbabwe, el asentamiento humano en las ruinas que el fallecido Doctor Long había descubierto, Y ella había tenido que bajar allí para comprobar la navegación y orientación de los satélites, ya que entre los científicos que habían sido trasladados al planeta
hasta el momento no se contaba ningún experto en navegación espacial.
No le gustaba nada dejar a Lene a solas en la gran astronave con Aras y menos aún con Joe Terho. Pero no había más remedio.
La pista de aterrizaje de la lanzadera del Thalion, ahora bautizada como Turin, el hijo de Húrin Thalion en la literatura de Tolkien, estaba a unos cuatrocientos metros del comienzo de la sinuosa subida a la ciudad en ruinas, y había que atravesarlos con escolta.
El sargento de marines observó la mira de su fusil de asalto, señaló un punto con dos dedos e hizo una señal al hombre más próximo como si se cortara el cuello. El soldado enfocó allí su mira ultrasónica y tres insectoides aparecieron saltando de sus madrigueras en la tierra helada. Los otros marines enfocaron allí sus armas y dos de los bichos apenas pudieron hacer otra cosa que retorcerse y agonizar. Tardaban unos minutos en morir. Pero el tercero echó a correr con la velocidad de un auténtico insecto y se lanzó sobre Lonneke.
Los marines cercanos a su líder no pudieron hacer nada. El sargento se giró para apuntar, pero el bicho estaba justo delante de la venusiana. Sólo quedaba un infante, el que actuaba como escolta directa de Lonneke. Éste iba normalmente detrás de ella, se trataba del mismo chico joven, casi imberbe, que la había acompañado en sus visitas anteriores. Apenas hablaba y ponía gran cuidado en no tocar nunca a la Navegante. Los marines de la Confederación eran ante todo disciplina. Puede que en una taberna le hubiesen hecho proposiciones a la hermosa nativa de Venus, pero no aquí. Se contaban historias de peleas memorables en determinados locales.
De todas formas Lonneke no podía esperar a ver qué hacía su guardaespaldas. El bicho había saltado sobre ella, si la alcanzaba con sus mandíbulas de dientes planos como cuchillas le haría un agujero en el pecho. Con rapidez levantó la Steyr, hizo lo que pudo por apuntar y falló tres disparos. Por fortuna el marine que la escoltaba tenía más aplomo y cazó al monstruo habitante del vacío en pleno vuelo. Una ráfaga lo hizo retroceder tres metros. No se movió más.
La chica del pelo plateado se llevó la mano al pecho en el lugar donde el bicho habría impactado contra ella, y respiró agitadamente.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el jovencísimo infante de marina.
Lonneke no pudo articular palabra, pero consiguió asentir.
Se reanudó la marcha. Comenzaron a subir por el curvilíneo camino amurallado que llevaba a las ruinas donde la anterior tripulación del Thalion fue infestada con los huevos de los insectoides. Muchas cosas habían pasado desde entonces. De todas, la más vívida para Lonneke era...
Los rayos láser se alzaban a gran altura. Gente en perpetuo movimiento. Políticos, militares, periodistas, sobre todo periodistas; con sus cámaras holográficas y sus micrófonos direccionales. Un funcionario iba llevando de aquí a allá a la tripulación de la astronave. Les presentaron a muchas personas: políticos sobre todo. Incluido el Secretario General de la Organización de Mundos Unidos, un brasileño de color llamado Esteban Assunçao. Mientras Lonneke
observaba sin interés como Lene hablaba con él, una voz susurró en su oído.
—Siempre es así de aburrido.
Al volverse se encontró con una joven militar pelirroja. Su rostro, enmarcado por la gorra del uniforme y el pelo rojo recogido, parecía tener luz propia.
—Me da la impresión de que el Secretario quiere acaparar a la Comandante toda la noche.
Lonneke miró a Lene pero no dijo nada. La pelirroja continuó.
—¿Le gustaría tomar una copa de champagne en el bar del restaurante? Allí habrá menos gente, pero más interesante sin duda.
—¿Podemos irnos? —preguntó Lonneke.
—Por supuesto, nadie puede obligarle a aburrirse. Regresaremos antes de que empiecen los actos protocolarios.
Por primera vez desde que conoció a Lene, Lonneke dudó si aceptar una invitación, que por otro lado había sido tan descarada como cualquier otra. Durante un instante se imaginó las cabelleras de
ambas, plata y cobre, mezclándose sobre una almohada, y los labios de la oficial acaparando los suyos hasta robarle el aliento.
Y aunque contestó.
—Quizá en otro momento.
No pudo evitar sentirse sofocada.
Más tarde supo quien era: Elke Teagle, capitana del cuerpo de Caballería Mecanizada.
La tripulación del Thalion iba ataviada con unos llamativos uniformes de gala al estilo de la Confederación, donde las partes grises, que se cruzaban en el pecho, habían sido sustituidas por brillantes telas plateadas. Lee iba de negro y cuero, en la vieja tradición de los marines espaciales, y por una vez no le había hecho ningún “arreglo” a su uniforme.
Se hallaban en el módulo giratorio de la Plataforma Espacial Amistad. El gigantesco Thalion podía observarse a través de una ventana panorámica. Delante del vano habían puesto un pequeño escenario tapizado de rojo con sillas y un atril con micrófono. Lene, Lonneke, Lee, Aras y Joe permanecieron
sentados mientras Assunçao les presentaba; y de pie mientras Eleonora Visq hacía su discurso.
—Señor Secretario General, señores presidentes, miembros de la prensa, señoras y señores; como Jefa del Estado mayor de la Confederación de Mundos tengo el placer de presentarles la primera nave interestelar creada por el hombre...
Se oyeron murmullos persistentes.
—... El viaje entre las más lejanas estrellas ha sido desde antaño una aspiración del ser humano. Su consecución no ha sido fácil. Quiero asegurar a los mundos del Sistema Solar, aquí y ahora que, a pesar de que el navío Thalion fue construido en secreto por terroristas marcianos, tanto su diseño y planificación, como sus costes fueron asumidos por la Confederación. Quiero de este modo desmentir los rumores que aseguraban que ésta era una nave secuestrada. En todo caso es una nave recuperada y puesta al servicio de una causa noble. Anuncio de este modo, que el Thalion dedicará sus esfuerzos a la búsqueda de mundos inexplorados y fértiles para la vida humana, y sólo se usará en la guerra en caso de grave conflicto...
De nuevo los periodistas hicieron comentarios que la JEM se apresuró a acallar.
—... Voy a ser muy breve. Luego podrán hacer las preguntas que deseen. Ahora voy a presentarles a la tripulación. Puedo asegurarles que son un grupo perfectamente adiestrado y que han prestado servicios de gran valor a la Confederación, incluido el propio rescate del Thalion...
Una presión invisible se trasladó de la JEM a los tripulantes de la nave. Los flashes de las cámaras cegaron por unos instantes a Lonneke, que apenas pudo mantener la sonrisa.
—... La Capitana, Lene Shinh, con casi quince años de experiencia en viajes espaciales que ha sido reincorporada al servicio activo en las Fuerzas Armadas con el grado de Comandante. La Navegante, Lonneke Sivilay, graduada en la Escuela de Navegación Espacial de Nueva Egea. Su misión es la más importante, ya que no solamente debe trazar los rumbos del nuevo bajel, sino también cartografiar el espacio que explore...
El rumor de la belleza de Lonneke ya había llegado a todos los mundos del Sistema, y los fotógrafos se cebaron especialmente en ella. A la joven venusiana no le gustó nada ser el centro de atención. La cosa fue bien distinta con Lee.
—... Lee Zalduendo —la JEM carraspeó, incómoda por el discurso propagandístico que estaba a punto de soltar—, ya conocen a la famosa ex-pirata espacial Índigo Kid. Su intervención fue decisiva a la hora de recuperar el Thalion. Eso le ha valido el indulto completo y su incorporación al Cuerpo de Infantería de Marina de la CM con el grado de Teniente...
Fue la culminación de la noche. Los periodistas de abalanzaron contra el pequeño escenario. La luz de la sala palideció ante la de las cámaras. Pero Lee, al contrario que Lonneke, no dejó de sonreír, miró a todas las cámaras que pudo frente a frente y adoptó algunas poses militares un tanto exageradas. Algunos periodistas lanzaron al aire sus preguntas, casi todas relacionadas con la reciente irrupción en la Internet de unos vídeos en los que se veía a la nueva teniente de marines bailando de forma provocadora en un famoso club de Venusburgo.
—... Aras Ludovicus, Licenciado en Física Cuántica por el MIT, Licenciado en Informática por la Universidad de Copenhague. Trabaja actualmente en el proyecto de Inteligencia Cuántica del Instituto Max Planck en Alemania. Contribuyó a la propia construcción del navío a través del diseño del ordenador cuántico IBM Smart 3.0. Su función a bordo será el manejo y cuidado de dicho instrumento sin el cual el viaje interestelar sería imposible...
El interés por los miembros masculinos de la tripulación fue mucho menor, y cuando Aras levantó una mano para saludar, el murmullo se apagó, lo que le hizo sentirse algo ridículo.
—... Joe Terho, Ingeniero Aeroespacial por la Universidad de Yale, Ingeniero Industrial por la Universidad de Valle Marineris. Participó brevemente en la construcción de prototipo del Thalion luego copiado por terroristas y es quien mejor conoce sus particularidades. Se encargará de su mantenimiento en todos los aspectos no relacionados con el superordenador cuántico de a bordo.
»Eso es todo. Ahora el profesor Ludoviqus les pondrá al tanto del funcionamiento del Motor de
Incremento de Masa y de las funciones del ordenador IBM Smart 3.0.
Los periodistas volvieron a arremolinarse frente al estrado con su cháchara ensordecedora. Lonneke se sintió algo atemorizada y estuvo a punto de darle a mano a Lene. Aras se detuvo ante el atril y pasó un rato antes de que pudiera comenzar a hablar.
Pero todo el lujo y la fama estaban muy lejos de allí. Era el tercer viaje a Exotierra. Habían trasladado allí a unos cien técnicos y científicos y el mismo número de marines, aparte de alimentos, material de construcción, de investigación y de vigilancia. El revuelo había sido enorme cuando se publicaron los objetivos de la misión del Thalion, mayor incluso que el día de su presentación. Lonneke podía imaginarse que la Internet estaría en aquellos mismos instantes echando chispas con el caudal de información equívoca e interesada que miles de grupos de las más distintas tendencias estarían vertiendo sobre Exotierra y los exohumanos.
Sin embargo en Nueva Zimbabwe todo era placidez. Los atareados astroarqueólogos iban y venían en silencio o charlando en conversaciones
privadas. En la casa prefabricada que se había destinado a proveeduría se oían algunas voces de soldados jugando a las cartas. Eso era todo. Lonneke volvió a ver las ciclópeas obras de mampostería alienígena que ya no le asombraban, ni siquiera el edificio cónico que habían bautizado como la Sala de los Hombres Voladores.
El capitán Achille Nikolic, jefe militar del campamento, se acercó al verla e hizo el saludo militar.
—Señorita Sivilay, como siempre es un placer tenerla en nuestro humilde recinto. ¿Qué la ha traído hoy hasta aquí abajo?
La primera vez que el guapo capitán se había inclinado para besarle la mano Lonneke había sonreído ante la anticuada muestra de cortesía. Hoy apenas le resultó un trámite molesto.
—Se les ha vuelto a averiar la antena de recepción del satélite de Navegación. Tendré que volver a orientarla. Deberían ustedes solicitar el traslado de un técnico experto, así yo no tendría que pasarme las tardes en el ascensor.
El capitán de pelo moreno y ensortijado esbozó su más reluciente sonrisa.
—¿Y privarnos de sus gratificantes visitas? Nunca, o no soy soldado.
Volvió a besar la blanca mano. Lonneke suspiró y volvió a desear estar en órbita, junto a Lene.
LENE
Joe Terho era muy agresivo. La Comandante jadeaba exhausta sobre la mesa de su camarote, momentáneamente paralizada. Mezclaba en sus entrañas los recuerdos del placer inmediato, con el entumecimiento producido por el dolor de los embates del marciano. Sentía que las hormonas que su cuerpo segregaba la invitaban al sueño, pero la incómoda postura en la que se encontraba sólo permitió que se sumiera en sus pensamientos mientras recuperaba el resuello.
Ya era la segunda vez que la cogía por la nuca y la forzaba a agacharse. A Lene no le había quedado más remedio que apoyarse en la mesa y apretar los
dientes. Luego el grosero mecánico había tirado del pequeño tanga hasta romper el elástico. Si seguía haciendo eso Lonneke les iba a pillar al ver las prendas rotas en la basura.
Había tenido que fingir que aquello le cogía por sorpresa. Nada más salir el Turin, Terho se había presentado en el camarote de la Comandante, no le había importado en absoluto ver que Lene sólo vestía la camiseta y el tanga típicos de la Éxtasis.
—¿Desea algo, Ingeniero-Mecánico? —había preguntado Lene con educación.
Terho, con una sonrisa torcida, se había abalanzado sobre ella sin más explicaciones.
Como las otras veces la brutalidad del hombre arrastró a Lene, que apenas supo mantener la concentración necesaria para recordar por qué se estaba dejando hacer aquello.
Desde el principio la elección del ingeniero marciano le había resultado desagradable. Era un riesgo calculado, según le había dicho Scotton, pero la propia expresión del Vicealmirante al hablar de ello había provocado la duda en la Comandante del
Thalion. Por eso, cuando le conoció no dejó que su suspicacia se trasluciera.
Estaban en el puente del Thalion. La tripulación al completo por primera vez. Tras los saludos habituales quedó claro que Terho no era del gusto de Lonneke. Esto divirtió a Lene, que sabía como los hombres de masculinidad exacerbada provocaban celos en la navegante venusiana. Sin embargo, en esta ocasión, la Comandante compartía la repulsión de su oficial.
No era por el aspecto desaliñado del Ingeniero- Mecánico, ni siquiera su socarronería o la forma en la que, desde el primer momento, trató a sus compañeras. Era algo que estaba un poco más allá del comportamiento diario.
A los pocos días se hizo patente que Joe Terho buscaba algo. Parecía un casanova sin modales, y puede que lo fuera, pero Lene percibía ese algo más. Hacía preguntas. Siempre deseaba obtener información y se pasó las primeras horas de Lene a bordo exigiéndole el paso al laboratorio y acceso a la CPU del IBM Smart.
Por cierto que algo raro ocurría con el ordenador; pero Aras Ludoviqus era hermético como una caja fuerte en lo que atañía a su máquina, y a Lonneke todavía no había conseguido sonsacarle qué estaba sucediendo, aunque tarde o temprano lo conseguiría, siempre lo hacía.
Es posible que Lene se pasase de precavida, a veces pensaba en ello, pero era mejor prevenir, sobre todo si lo que estaba en juego era su nave; una flamante y señera nave interestelar. Esa maravilla que sólo ella gobernaba. La sospecha de la Comandante se traducía más o menos así: Joe busca nuestros puntos débiles, si los llega a conocer, un día estaremos en sus manos. Eso no tendría que ser realmente malo entre tripulantes de un navío espacial.
Pero Joe Terho, aunque de nacionalidad terrestre, era de origen marciano.
Ya habían habido demasiados fallos de seguridad. El Thalion era un proyecto de la Confederación de Mundos que usaba para su consecución las teorías de un brillante científico ya desaparecido: Yonas Soto. Sin embargo, el encargado militar del proyecto, el General Zoltan Rubirak había resultado ser un
traidor; un loco nacionalista marciano que había estado dirigiendo un proyecto paralelo y ocultando la información de los progresos verdaderos. Así el Thalion y su gemelo, el Huor, habían estado terminados mucho antes de los previsto. De hecho el Huor era un proyecto mucho más avanzado que el primero, y totalmente marciano. Gracias al uso de estas naves los rebeldes racistas habían conseguido lanzar ataques terroristas en la Tierra, y provocar la guerra civil en el planeta rojo. También las habían utilizado en la exploración de otros sistemas solares, fruto de lo cual había sido el descubrimiento de un planeta similar a la Tierra al que habían bautizado como Exotierra, el hallazgo de una antigua cultura de seres similares a los humanos, y todo el conflicto de los insectoides.
Una conspiración tan vasta no podía sostenerse sin la participación de gran número de personas, todas fieles a los principios nacionalistas y racistas de Rubirak. El propio Terho había trabajado en ciertos momentos en el proyecto Thalion. ¿Y si él era uno de esos traidores? Uno de esos durmientes que sólo
estaban esperando un mensaje para volverse en contra de sus propios compañeros.
Era muy difícil que alguien de Venus o Titán compartiera las tesis de los rebeldes marcianos, ya que, según estos, los marcianos se habrían convertido en una raza aparte de la humana, y, por supuesto, superior. Joe, era marciano, sí, y además había estado implicado en la construcción del navío interestelar. Había pasado todos los controles, es verdad, pero un espía que no consigue burlar las medidas de seguridad del enemigo no es un verdadero espía.
Si lo era o no, la obligación de Lene era descubrirlo para desenmascararlo o anticiparse a sus jugadas.
A simple vista era obvio que Terho estaba en su salsa rodeado por las chicas del Thalion. A Lene le hubiera gustado traer sólo mujeres, pero el currículum de sus nuevos compañeros era único e insustituible. Si el marciano era un espía su táctica estaba clara: obtener información de las chicas de a bordo a través del contacto con ellas.
Por supuesto no le había valido de nada con Lonneke. Otra cosa había resultado ser Lee. La
jovencita a la que se le caía la baba al ver al marcial Helvar Scotton no tenía ninguna defensa contra el más joven y agresivo Joe Terho. Afortunadamente había sido traslada a la Tierra con el fin de investigar esas extrañas cualidades suyas. Era un alivio; podría haberse convertido en un obstáculo. Resultaba extraño que Lene tuviera tantas sospechas sobre Joe, y que Lee, supuestamente poseedora de un sexto sentido, le mirase con ojos de cordero.
Había que combatir el fuego con el fuego. Lene había decidido usar las mismas armas de Terho. Carecía de escrúpulos en lo referente al sexo tanto como él. Pero sería ella la que acabaría obteniendo información. Tenía mucha confianza en su experiencia y recursos.
La primera vez fue en la Sala de Éxtasis. Lene se había asegurado de que Lonneke estuviera en una reunión técnica, en la Plataforma Espacial Amistad, mientras Terho le mostraba el funcionamiento de los novedosos criosarcófagos. Las cámaras habituales de éxtasis eran inútiles en el Thalion, ya que la densa esfera de su centro era capaz de girar a velocidades cercanas a la velocidad de la luz, produciendo un
incremento de la gravedad. Todos los objetos de la nave se veían irremisiblemente atraídos hacia el centro y podían acabar hechos papilla. Todo lo que no fuera orgánico llevaba de una manera o de otra elementos férricos, incluso la ropa, que era diseñada especialmente para el Thalion. Y los poderosos electroimanes del MIM controlaban su estabilidad. Pero las personas y, por ejemplo, la comida, necesitaban algo más. Los nuevos criosarcófagos incluían un sistema de sujeción a base de una substancia acuosa oxigenada llamada Oxiaqua, que llenaba la cámara y se introducía en el sujeto en cuestión. Los pulmones y órganos internos de los tripulantes, previamente sedados, se llenaban se este líquido y convertían a la cámara y al tripulante en un todo que era atraído por igual hacía el núcleo. Una substancia similar, la Oxiespuma, llenaba las despensas y compartimientos donde se almacenasen objetos sin material ferroso. Evidentemente este sistema no hacía disminuir la atracción, pero sí protegía de manera más efectiva a los humanos a bordo. La ventaja era el reducido espacio de tiempo en el que la esfera aceleraba hasta alcanzar
velocidades relativistas. Si la rotación se mantuviera por varios segundos el navío entero acabaría aplastado contra ella.
Esto mismo era lo que el Ingeniero-Mecánico explicaba a su Comandante aquel día. La Sala de Éxtasis era tan blanca y luminosa como el resto del Thalion, y Lene deambulaba acariciando cada una de las nuevas cámaras. Joe no le quitaba los ojos de encima.
—No sé si fiarme realmente —decía—, lo único bueno es que estaremos sedados durante el plegamiento. Si llegamos a despertar es que no nos habremos hecho papilla.
Lene fingía no escucharle. Se apoyó en uno de los cilíndricos sarcófagos.
—Ajá —dijo sin entusiasmo.
Estaba pensando en un método para seducirle. Ignoraba que no le hacía falta. Joe torció la sonrisa en un gesto que a la capitana ya le era familiar; significaba que se sentía superior.
—¿Qué? —dijo—. ¿Vale la explicación?
Lene se sorprendió sinceramente ante la grosería, pero como no podía llevarle la contraria de forma directa, prefirió hacerse la inocente.
—Sí, ha quedado claro.
—¿Entonces por qué no cerramos la puerta y te quitas la ropa?
Era una bravuconada. Lene pensó que ni en sus mejores sueños Terho podía imaginarse que iba a hacerle caso. Seguramente imaginaba que Lene se marcharía indignada e incapaz de responderle. La medio asiática esperaba ver su cara de pasmo y babosa satisfacción cuando se bajó la cremallera del mono que vestía, se lo quitó y se acercó en ropa interior a la puerta para cerrarla. Pero no fue así: Terho estaba bien entrenado, era sincero o ambas cosas a la vez, porque mantuvo su sádica sonrisa de burla.
El sexo con él resultó una batalla; no sólo por la violencia con que se manejaba y que Lene tenía que tolerar, sino por el duelo de preguntas que se cruzaban con el fin de obtener información el uno del otro. Terho quería saber sobre las próximas misiones
del Thalion, si iba a ser usado en misiones bélicas y qué se decía en las reuniones que Lene mantenía con Scotton y Visq.
—¿Por qué has mandado a Lonneke abajo? — le había preguntado hacía unos momentos en su camarote.
—A ti que te importa —fue la escueta respuesta.
Terho aplastó a Lene contra la mesa y le retorció aún más el brazo que le sujetaba.
—Un fallo técnico —dijo Lene entre dientes—, en la antena del satélite de navegación...
—¿Es un fallo de serie?
Para no contestar Lene puso en marcha su propia táctica. La Comandante estaba más interesada en las circunstancias personales de Joe. Le provocaba.
—Es lo único que un marciano como tú puede hacer con una mujer, ponerla contra la mesa y preguntarle gilipolleces...
—Es lo único que te mereces, perra terrestre...
Podría haberse liberado fácilmente, pero necesitaba más datos, pruebas que usar contra él. Después, mientras se apoyaba en la mesa tratando de recobrar
el aliento y dejar pasar el dolor, se preguntó si realmente lo había hecho para obtener información. Bueno, se dijo, al fin y al cabo nunca me ha importado mezclar negocios y placer.
VISQ
—Todo lo que ustedes me cuentan no es más que números. Yo no puedo hacer nada con eso.
Los médicos y técnicos de la Confederación se quedaban pálidos cada vez que Eleonora Visq les hacía un reproche. Sabían que estaban tratando un asunto de la mayor importancia y que, aunque Visq se mantuviera fría, por dentro ya estaba tomando decisiones con respecto a ellos mismos. Y ninguno quería perder la oportunidad de estudiar a un sujeto como Lee Zalduendo.
—Verá, Jefa del Estado Mayor —dijo el profesor Vaclav Ngila, físico experto en transmisión de pensamiento—, tratamos de dar pruebas estadísticas de que los fenómenos que hemos experimentados son ciertos.
—Pero las estadísticas no son una prueba empírica en sí. Si lo que hace es de verdad, ¿por qué no hallan ustedes la causa?
Se encontraban en una de las múltiples salas de reuniones del Centro del Mando Unificado de la Confederación de Mundos, en Kiev. La luz blanca, que venía reflejada del nevado paisaje ucraniano, entraba a raudales por las tres ventanas que se abrían detrás de Visq. Era una vista bastante sugerente. Había lejanas montañas azuladas por la distancia y la densa atmósfera de la Tierra, más cerca se hallaban campos de cultivo nevados y adormecidos por el temprano invierno. Todavía más cercanos al edificio estaban los bellos jardines plagados de árboles de hoja perenne que le daban al conjunto un aspecto navideño. Y más cerca aún, por la primera ventana a la izquierda, se veía uno de los edificios que formaban el complejo. Era más bajo que aquel en el que se encontraban Visq y su equipo científico, por lo que se podía ver su tejado. Una terraza totalmente cubierta de nieve.
Y sobre ella, cerca del borde, estaba Lee Zalduendo, pequeña y delgada, titubeando.
Visq, que estaba de espaldas a las ventanas no podía verla. Los científicos, que estaban totalmente concentrados en su jefa, no desviaron ni una sola vez su mirada hacía el paisaje invernal.
—Ella lo hace.
El científico que había hecho tan rotunda afirmación era muy distinto a sus compañeros. Tenía la cabeza pelada y vestía una túnica marrón y naranja. Era Sunan Dipak, un antiguo lama budista. Su misión era enseñar a los comandos modos de concentración y meditación que les ayudaran a manejar con soltura los exoesqueletos y robots con los que debían comunicarse a través de telepatía artificial.
—Sabemos algunas cosas —Ngila volvió a intervenir—, ciertas partes de su cerebro tienen una actividad mayor durante los momentos en los que ella asegura entrar en Percepción Índigo.
—¿Percepción Índigo? —preguntó Visq.
—Lo hemos llamado así. Dice que antes de entrar en trance ve un fogonazo de luz añil.
Ngila esperó una reacción de la JEM. Ella no movió un músculo. El profesor siguió.
—Bien, durante esos instantes hay varias partes de su cerebro que mantienen actividad más allá de lo común. Primero: el hipotálamo, donde se encuentra el centro del sistema nervioso vegetativo. Nuestros análisis llevan a la conclusión de que el sujeto es capaz de ordenar a diferentes glándulas que segreguen hormonas que en situaciones normales no podría, o no en las cantidades que hemos detectado. Sospechamos que es así como realiza sus proezas físicas.
—¿Está dopada?
—Sí, señora, de manera natural. Segrega aquello que sea necesario para adaptarse a las circunstancias. Sobre todo dopamina, un neurotransmisor relacionado con las funciones motrices, pero que además es precursor de la adrenalina y la noradrenalina. La primera aumenta el ritmo cardiaco entre otras cosas, la segunda es responsable de la función de ciertas neuronas relacionadas con el sueño y la motivación. Pero además la dopamina interviene en la metabolización de tiroxinas, que estimulan el metabolismo de los hidratos de carbono y el consumo de oxígeno.
—¿Tiene límites?
—Sí, JEM, se sabe que grandes niveles de dopamina intervienen en la aparición de la esquizofrenia. Creemos que el sujeto puede autoestimularse hasta prácticamente ignorar el dolor o conseguir un aumento perentorio de la fuerza física. Pero nuestro cuerpo tiene límites, no es indestructible aunque sus hormonas intenten convencerlo de lo contrario.
Lee Zalduendo se moría de frío. Llevaba encima sólo el mono blanco que había usado durante esas dos semanas en los experimentos. No es que la hubiesen tratado mal, había sido más como pasar un periodo de reposo en un balneario. Claro que en un balneario no te extraen fluidos todos los días, no te fuerzan a hacer meditación durante tres horas al día, ni a usar bandas de transmisión de pensamiento para manejar brazos mecánicos y exoesqueletos a distancia. Y además te puedes ir cuando te dé la gana.
A Lee no le dejaban salir de las habitaciones cercanas al laboratorio y centro de entrenamiento. Había aguantado bien los primeros cinco días. Después había empezado a preguntar al monje
budista, el tal Sunan, cuánto tardarían en soltarla. A los once días de estar allí había empezado a preocuparse de veras, a sentirse como un conejillo de indias y a pensar que la tenían prisionera. Luchó cuanto pudo contra aquel pensamiento. Sabía que si trataba de huir metería en un lío a sus compañeras del Thalion, y, a pesar de lo ocurrido con Lene, no dudaba que tarde o temprano la comandante la encontraría y le haría pagar por el castigo que sus acciones hubieran supuesto para Lonneke y ella misma.
Pero no podía más. Las paredes se le echaban encima. Le faltaba aire. Allí no había espacio, y sobre todo, no había a donde ir. Una tarde la llevaron a comer a uno de los pisos superiores, donde se entrevistó con un psicólogo. Al parecer sus guardianes habían detectado su malestar. Ese día consiguió ver el paisaje de Ucrania a través de las ventanas. Deseó con todas sus fuerzas poder salir de allí y correr por aquella llanura de tierras cultivadas hasta las lejanas montañas. Ese día supo que tenía que escapar o moriría de tristeza. Pidió que la dejaran salir al jardín, suplicó permiso para entrenarse en el
exterior, pero no se lo concedieron. Así que aquella mañana había llamado al cabo de guardia, uno de sus muchos admiradores, le había pedido que se acercara a ella, había entrado en Percepción Índigo y le había noqueado de un golpe.
Durante los últimos días había aprendido mucho sobre sí misma y su extraña habilidad. Más incluso de lo que los científicos que la trataban podían imaginar; porque era un conocimiento personal, que proviene de la práctica con sensaciones internas. Además las sesiones de meditación con el lama le habían resultado muy provechosas. Todavía sentía dolor al cambiar pero ya era casi una experta en pasar a Índigo.
Adelantándose a los movimientos de los soldados había conseguido sortearlos y llegar hasta un ascensor. Eligió el piso en el que no había nadie para salir, su sexto sentido le fue avisando de quien esperaba el elevador, y gracias a unas solitarias escaleras, había llegado a aquella azotea.
Ahora se disponía a saltar. Volvió a entrar en modo Índigo. Una aguja delgada como un cabello atravesó su entrecejo y su nuca. Hubo un ligero resplandor añil
que permaneció en el rabillo del ojo, el sonido se amortiguó y el tiempo comenzó a transcurrir a cámara lenta. Lee miró al suelo. Estaba a tres pisos de altura. Pensó que si le fallaba su extraño poder se mataría contra la acera.
—Creo que ahora comenzamos a entendernos
—dijo Eleonora Visq—. Pero eso no explica todo lo demás, lo de adelantarse al futuro.
Los científicos se miraron entre sí. En el interior del edificio la calefacción hacía que el ambiente resultase incluso agobiante para aquellos sabios que carecían de explicación para el fenómeno que investigaban. Sunan Dipak tomó la palabra.
—Verá Jefa, no todas las cosas de este mundo pueden ser explicadas por medio de la ciencia. Es cierto que segrega gran cantidad de hormonas, y que su hipófisis, el hipotálamo, y la mitad izquierda de su cerebro son especialmente activos, pero nada de ello explica la Percepción Índigo.
—¿Qué quiere decir?
—En las religiones orientales como el Budismo y el Hinduismo se habla de chacras o puntos de poder
en el cuerpo humano. Uno de esos puntos, uno de los principales es el llamado Ajna o Tercer Ojo que nos une al mundo espiritual, despierta la mente a la intuición y es capaz de recibir y emitir informaciones que pasan desapercibidas para aquellos con un grado de espiritualidad menor. Es un foco de visualización. Un sexto sentido de percepción espiritual; el Ojo de la Mente.
En ese momento Lee saltó de la terraza como una nadadora en un trampolín y desapareció.
Eleonora Visq saboreó un instante las palabras del lama tibetano. A continuación se apoyó sobre la mesa y examinó al monje con fijeza. Tenía la mirada de un ave rapaz.
—Lo que realmente importa es si esas cualidades se pueden reproducir. Señores, ¿podemos conseguir que nuestros soldados se adelanten a los movimientos del enemigo?
—Podremos —dijo Ngila—, pero debemos retener a la chica aquí.
—Recomendaría una exploración cerebral quirúrgica —dijo otro de los científicos, un neurocirujano.
Pero Sunan meneaba la cabeza y era a él a quien miraba la Jefa del Estado Mayor de la Confederación de Mundos.
—¿Usted qué haría? —le preguntó. El lama sonrió.
—Dejen que se vaya. Se siente prisionera. Se trata de un ser humano, no de una cobaya. Háganla volver periódicamente, por supuesto. Iremos avanzando poco a poco. Creo que estamos tratando con un asunto que tiene su base en el dominio y control de la mente humana, por no decir del alma. Cuanto más experimente ella por sí misma, tanto más podremos aprender nosotros. Creo poder asegurar que hoy mismo pudo comenzar a enseñar a nuestros comandos mas avanzados nuevas técnicas de búsqueda mental y visión remota para su uso con bandas de transmisión del pensamiento.
—¿Ya mismo? —incluso Visq se asombró.
—Sí, ella me ha ayudado mucho.
—¡Imposible! —protestó uno de los médicos—.
¡Usted nos ha ocultado datos!
La inevitable discusión comenzó. Algunos se pusieron en pie, otros agitaron papeles en el aire. Dos de ellos gritaban al unísono a Sunan. Pero el monje no se inmutó, su sonrisa de buda se quedó esculpida en su cara regordeta, los ojos fijos en Visq. La JEM le miraba como si fuera un ratoncito en el suelo del bosque.
LEE
Lee se encontró en el suelo físicamente intacta. Miró a ambos lados. Dos soldados aparecerían por la puerta trasera del edificio del que había saltado en aproximadamente dos minutos. En el jardín se oía una conversación. Lee se concentró como Sunan le había enseñado. Las palabras se aclararon por encima del murmullo continuado en que se había convertido el mundo. Una de las voces no estaba allí, llegaba a través de un comunicador, seguramente un teléfono
móvil. La otra era la de Helvar Scotton. El Vicealmirante estaba enfadado.
—Le digo, General, que son todos estúpidos. Esos malditos políticos sólo quieren salvar su propio culo. No lo entienden.
El sexto sentido de Lee le permitió oír la respuesta a través del teléfono.
—Y luego piden resultados...
—¡Exacto! ¿Cuándo aprenderán que es imposible controlar el espacio abierto? ¡Es demasiado grande! Ni contando con una flota de miles de naves que se movieran a la constante. Es una estrategia destinada al fracaso.
—¿Patrullan las rutas comerciales?
—¡Nos han pedido que lo controlemos todo! Ni en el Sector Interior se puede hacer eso. No entienden que sólo podemos asegurar el espacio alrededor de los mundos habitados. Todo lo demás es desperdigar la flota.
—Claro, pero queda muy bien en el Consejo de Seguridad de la OMU. Ya sabe, Vicealmirante:
perseguimos a los traficantes de gas por todo el Sistema.
—Usted lo ha dicho. Ese es el problema. No podemos perseguirles. No podemos cubrir tanto terreno. Es una mera postura vacía. Habría que centrarse en proteger las órbitas de los mundos. Ahora mismo somos un colador...
—¿Y qué dice su amiga Visq? Scotton rió irónicamente.
—Es presa de su propio juego político. Le digo, General, que es imposible actuar decisivamente con esta injerencia...
Lee abandonó la conversación de Scotton. El viejo y valeroso militar nunca entendería las sutilezas de la política. La joven marine pasó entonces a visualizar la situación de su superior. Se encontraba en uno de los paseos secundarios del gran jardín trasero del complejo. Era largo y estrecho, corría paralelo al paseo central, ancho como una avenida y adornado con arbustos de hoja perenne y latifoliada. A medida que se concentraba, su relajación se hacía mayor y nuevas sensaciones acudían a su mente. Sintió los
abedules y alisos, los alerces y abetos que se alzaban en los jardines. Olió el tomillo y acarició el agracejo. Su percepción se expandía en todas direcciones. Era más de lo que se sentía capaz de conseguir. De pronto las palabras de Scotton dejaron de ser sólo sonidos para convertirse en pensamiento. Su consciencia comenzó a deslizarle por las ondas de telefonía sin hilos, notó el impulso del crecimiento y la búsqueda de energía solar en las plantas. Y se asustó. Estaba yendo más allá de lo que su entrenamiento le permitía. Su concentración se rompió y el mundo volvió a la normalidad.
Se puso de pie y respiró hondo. El aire estaba helado. El delgado mono de entrenamiento no la protegía del invierno de Europa Oriental. Cruzó los brazos sobre el pecho.
A sus espaldas sonaron unas voces Los dos soldados que iban a salir por la puerta trasera ya estaban allí. Se había entretenido demasiado. Los dos hombres la vieron y dudaron. Lee comenzó a caminar hacia ellos.
—¿Qué hace aquí fuera, señorita? —preguntó uno de ellos.
Lee no contestó. Ya estaba cerca de los soldados. Ellos debieron intuir que algo no iba bien porque pusieron sus manos en la culata de sus armas. Pero ya era tarde. Lee entró en modo Índigo. Supo de inmediato que ninguno quería dispararle. Pero el más veterano iba a sacar el arma. Lee corrió y llegó a él justo cuando la pistola salía de la funda. No fue difícil quitársela. La antigua pirata apuntó al otro soldado que todavía estaba armado.
—¡Alto! —le dijo—. No me obligues a hacerte daño, por favor.
El hombre trocó su gesto de firmeza en una mueca se desesperación. Lee había olvidado abandonar su Percepción Índigo antes de hablar. Nunca debía hablar mientras estaba en Índigo. El soldado había sentido las palabras más allá de sus receptores auditivos, dentro de su misma cabeza. Una orden gentil, pero una orden al fin y al cabo, que pretendía obligar a la mente de aquel hombre a hacer algo que no quería. De ahí la súbita reacción. El soldado se llevó las manos a la cabeza como si le doliera. Y Lee, alarmada, volvió a la percepción común.
—¿Qué le ha hecho? —dijo el militar desarmado.
—No es nada, ha sido sin querer. Se le pasará enseguida.
—Su voz... —dijo el otro—. Estaba dentro de mí...
—Vamos —dijo Lee—. Esto no es necesario. Lo único que quiero es salir de aquí. Me largo y vais a ayudarme.
Minutos después Lee caminaba por el paseo central del jardín trasero vestida de soldado raso. Se había puesto unas gafas de sol y recogido la larga melena bajo la gorra de militar. Nadie parecía fijarse en ella. El soldado más veterano de los dos que la habían descubierto caminaba a su lado. Muy firme, quizá demasiado.
—Eh, relájate —susurró la chica—, voy a pensar que lo estás haciendo a propósito.
El hombre bajó la cabeza un poco y Lee se conformó con eso. El improvisado plan estaba saliendo a las mil maravillas. Siempre había sido afortunada con este tipo de situaciones. De hecho casi estaba disfrutando del paseo. Los puestos de control de salida estaban unos cuarenta metros más allá. Esa confianza fue fatal. Lee, un poco preocupada por lo
que le había hecho al otro soldado, había renunciado a usar la Percepción Índigo salvo que fuera estrictamente necesario. Si lo hubiera hecho habría sentido los distintos sensores de identificación que medían las facciones de todos los que pasaban por allí y obtenían imágenes holográficas de sus retinas. Una alarma silenciosa se puso en marcha. Uno de los sujetos que avanzaba por el paseo central trasero tenía prohibida la salida al exterior del complejo. Unos guardias se adelantaron discretamente. Otros se reunieron detrás de la pareja. Cuando Lee vio los que se congregaban delante temió lo peor. Podía hacer varias cosas, todas en modo Índigo, pero habría que utilizar la fuerza. Poco a poco dejó de caminar. Un oficial se acercó y dijo.
—Sabe que no puede estar aquí, Teniente. Por favor, no me obligue a arrestarla.
Toda la presión acumulada cayó sobre ella: las dos semanas de entrenamientos y pruebas exhaustivas, la amenaza de que su mal comportamiento afectara a sus nuevas amigas, la desesperación de estar encerrada, la inmadurez de una chiquilla de diecisiete años... Todo a la vez. En lugar de entrar en Índigo y
saltar por encima de los guardias, se puso a llorar. De pie, intentando limpiarse con el dorso de la mano. Pero las lágrimas eran bien visibles para todos los militares que la cercaban.
Eleonora Visq vio esto desde una alta ventana del edificio. Sunan Dipak estaba detrás de ella. Los médicos y científicos no habían dejado todavía de quejarse. La expresión de la Almirante era grave pero altiva. El lama cerraba los ojos, se diría que era capaz de saber lo que pasaba sin tener que verlo.
Abajo, el soldado secuestrado por Lee se apartó de ella rápidamente. Mientras algunos se interesaban por su estado y él les hablaba del otro hombre, atado y amordazado en una esquina detrás de la puerta trasera, otros, especialmente el oficial que se había dirigido a ella, seguían mirando a Lee y no sabían qué hacer. No se atrevían a tocarla ni a detenerla. De pronto apareció Helvar Scotton.
—¿Qué está pasando aquí? ¿A qué viene este jaleo?
Todavía llevaba el teléfono en la mano. El oficial que había hablado le informó.
—No lo sé, señor. La Teniente, nos ordenaron detenerla, pero no sabemos que le ocurre.
En ese momento Scotton se percató de la presencia y estado de Lee. Habló como para sí mismo.
—¿Qué es esto?
Y luego añadió con voz recia.
—¡Deje de llorar, Teniente! ¿Dónde cojones se ha creído que está?
LONNEKE
El fulgor azulino que era la noche de Exotierra se extendía ya por la totalidad del cielo del planeta. La singular luz se reflejaba en el pelo plateado de Lonneke Sivilay y le daba la apariencia de una criatura feerica, un espíritu elemental de la noche. Bañada de azul se acercó al edificio más ancho y macizo de Nueva Zimbabwe. Al entrar casi se da de bruces con Prabhat Komrzy, la directora científica de la expedición.
—¡Ah, Lonneke! —dijo la hindú. La venusiana se rió.
—¡Prabhat!
—Me alegro de verte. Ya me he enterado de lo de la dichosa antena. Lo has arreglado.
—Por ahora. Pero te aseguro que en el próximo viaje haré que traigan un técnico o un aparato nuevo. Estoy harta.
Prabhat Komrzy era pequeña, más pequeña que la media humana en el siglo XXVIII, morena y de grandes ojos negros. Se habían hecho amigas durante el primer viaje a Exotierra, Prabhat lo había pasado muy mal con la Éxtasis, y Lonneke la había ayudado a relajarse en parte. Pero no sólo era una reputada arqueóloga, sino una especialista en Semiología de la que no se podía prescindir. Así que allí llevaba dos semanas, añorando el cálido clima de Bombay y las múltiples variedades de infusiones a las que era aficionada. Se pasaba los días encerrada en el Gran Templo; así llamaban al gran edificio troncocónico recubierto de jeroglíficos. La esperanza de la investigadora era dar sentido a todo ese caudal de información y desligar la realidad de los mitos que los desaparecidos Exohumanos tallaron en los ciclópeos sillares de aquella sala vacía.
—¿Te gustaría tomar té?
—Para eso he venido. Tengo que pasar la noche en tierra.
—Entonces dormirás en mi tienda. Ven conmigo.
Lo primero que llamaba la atención del habitáculo de la doctora Komrzy era su forma exterior. Se parecía a una tienda de los habitantes del desierto. Si la temperatura no hubiese sido como de pleno invierno, se habría podido tomar el té bajo la sobra de los doseles y cortinajes. Dentro la vista se dirigía inmediatamente a los dos hologramas al fondo del habitáculo que hacía las veces de salón. Eran dos construcciones en forma de cono, una más grande que la otra. La menor era una representación de la torre cónica de Gran Zimbabwe, en la Tierra; la más grande representaba la torre de aquí, mucho más alta, más aun que el Gran Templo. Vistas así se podía apreciar su gran similitud. Por fuera era idénticas, no así en su interior. La terrestre era maciza, pero la exoterrestre estaba hueca, plagada de pequeñas plataformas que salían directamente de las paredes y a las que no había forma de llegar, salvo volando. Ese dato, añadido a los relieves que representaban
humanoides dotados de alas en el Gran Templo había llevado a los científicos a bautizar el edificio como: La Sala de los Hombres Voladores.
Lonneke, igual que otras veces, se quedó mirando a las formaciones tridimensionales de luz. Prabhat lo notó.
—Hemos hecho algunos avances. Te los contaré durante la cena.
El exceso de especias que la arqueóloga usaba en la cocina enmascaraba el sabor sintético de las raciones de campaña. Cortadas en trozos irregulares podían llegar a asemejarse al kofta de cordero; así que disfrutaron de una comida bastante agradable. No había vino, y la cerveza deshidratada se reservaba exclusivamente para la cantina, Pero Komrzy había traído algunas hojas para infusiones de su cosecha personal.
—Me queda un poco de Espino Blanco. ¿Quieres que prepare dos tazas?
Lonneke sonrió.
—Bueno.
Prabhat había resultado ser una estupenda hechicera, y sus pociones habían ayudado a Lonneke a conciliar el sueño las primeras veces que había bajado al árido planeta.
—Sigo pensando que las alas son simbólicas. Era la manera en la que expresaban la superioridad de la casta superior.
Las explicaciones de la arqueóloga nunca cansaban a la joven Navegante. Pero cada vez que realizaba un nuevo descubrimiento, éste se añadía a la lista de misterios, no de las soluciones.
—¿Quieres decir que volaban sin alas?
—Volaban, o se mostraban a los de castas inferiores volando. En mi humilde opinión las terrazas de la Sala de los Hombres Voladores eran púlpitos donde los sacerdotes se mostraban a los hombres. El problema es que esa explicación nos lleva a otro enigma...
Los ojos enormes y azules de Lonneke brillaban excitados por los efectos de alcaloides contenidos en su infusión. Prabhat no perdió oportunidad de sumergirse en ellos: el iris, cerca de la pupila, era
asombrosamente claro, casi gris; pero se oscurecía en el exterior hasta el violeta e incluso el negro; como si alguien hubiese repasado con un rotulador toda la circunferencia. Era el delicado trabajo de un pintor que teñía su lienzo con tintes irreales.
—¿Qué enigma?
La luz velada de la tienda daba un viso de conspiración a la conversación. Prabhat se inclinó hacia delante.
—He deducido que había una profunda brecha social en la civilización Exoterrestre. Otra casta gobernante, seguramente la de los militares, pues está adornada con imágenes de antigüedad y rancia grandeza, mantenía un enfrentamiento enconado con los sacerdotes. Constantemente se repite un icono que muestra a una figura con alas y otra, con un extraño cuadrado bajo la mano extendida, espalda contra espalda. Deduzco que ambos competían y que había un gran debate. Y creo que todo empezó con la caída del meteorito, el que supuestamente trajo aquí a los insectoides. Estoy convencida de esa parte también es simbólica. No pudo ser un solo meteoro.
—¿Qué es el cuadrado? ¿El que lleva el militar?
—No lo sé. Pero tengo una idea, aunque quizá sea algo descabellada.
Lonneke animó a la sabia con la mirada.
—Creo que es una máquina. La representación de una forma de tecnología. Seguramente la capacidad de volar era signo de poder. Ambas castas tenían el conocimiento del vuelo y pugnaban por imponer su propia visión del asunto.
Lonneke vació su taza y se sirvió más de la tetera a la vez que hablaba. Prabhat rechazó la segunda taza.
—Un momento —dijo la rubia—, si los militares volaban por medio de la tecnología, ¿cómo lo hacían los sacerdotes?
A Prabhat se le escapó una risa nerviosa producto de la intoxicación.
—No lo sé. Todo es una teoría descabellada, ya te lo he dicho. Sólo hago suposiciones. Si mis colegas de la Universidad de Bombay me escucharan me echarían del claustro...
—¿Y por qué volar era tan importante?
Prabhat se acercó a Lonneke, su cara se oscureció aunque un brilló enigmático permaneció en su mirada.
—Piensa en esto. Los insectoides estaban invadiendo su mundo. Un mundo al que una Edad del Hielo había esquilmado de recursos. La única forma de viajar sin chocar con los invasores era...
—¡Por el aire! Pero eso no explica por qué no acabaron ellos mismos con los bichos. Si tenían tecnología suficiente como para volar no les habría resultado difícil. Nosotros podríamos hacerlo con facilidad. Incluso aunque estuvieran más atrasados que nosotros habría sido sencillo...
La agitación del descubrimiento y el exceso de infusión de espino blanco hicieron que Lonneke se mareara. Lentamente apoyó su cabecita en el hombro de su amiga.
—Algo pasó. Algo que todavía no podemos discernir. No hemos encontrado ni un cadáver, ni un cementerio. Nada. No están aquí. Tiene que haber algo más, algo que todavía no hemos visto. En otros asentamientos, en otras ciudades...
Lonneke había cerrado los ojos, y Prabhat le acariciaba el pelo plateado.
—Necesito visitar otras ciudades, otros templos. Cuando termine la cartografía por satélite sabré donde buscar. Y entonces...
—Tengo sueño... —susurró Lonneke.
Prabhat se retiró con delicadeza y dejó a la venusiana tenderse sobre los cojines donde habían estado charlando. Se levantó, fue a buscar ropa de cama. Arropó a Lonneke con una sábana de seda roja y dos mantas de campaña. Después se arrodilló a su lado y tocó con suavidad su mejilla. La joven reaccionó entre sueños.
—Lene... —dijo.
Pobre de ti, pensó la sabia hindú. SCOTTON
—¡Disciplina! Eso es lo que significa ser soldado.
¡Obediencia! ¡Lealtad!
La bronca estaba siendo de aúpa. El general Aloysius Von Rader, majestuosamente sentado en su
silla de ruedas y cargado de medallas, asistía impertérrito a la magnífica regañina que el Vicealmirante Helvar Scotton estaba echando a una de las suyas; una Teniente de Infantería de Marina llamada Lee Zalduendo a la que él jamás hubiese entregado los galones. Era una pirata de gas Hidrógeno dotada de excepcionales habilidades psíquicas que la Confederación de Mundos pretendía explotar. Por eso la habían hecho oficial y embarcado en la única nave interestelar de la Confederación; el Thalion. Hacía apenas unas horas había intentado escapar del complejo de gobierno militar donde estaba internada. Era un acto irresponsable pero predecible. Lo que Aloysius no llegaba a comprender era como las medidas de protección destinadas a la teniente Zalduendo habían sido tan escasas. Por eso la reprimenda del Vicealmirante le estaba sabiendo a gloria. Tendría que habérsela echado él, pero el propio Scotton y su amiguita, la JEM Visq, habían estado a punto de quedar en ridículo con aquel asunto. Von Rader volvió a mesarse los enormes bigotes, que lucía como un antiguo presidente- mariscal alemán, y rió en silencio.
La chica era muy joven, demasiado, todavía conservaba algunos rasgos aniñados. Aloysius sabía que la habían cazado intentando escapar y se había echado a llorar. Y por la vehemencia de Scotton parecía que el asunto era realmente personal. Pero la jovencita ya no lloraba, desde que apareciera el Vicealmirante había guardado la compostura y ahora se mantenía de pie y firme con la mirada al frente y una palidez cadavérica en el rostro. Quizá estaba ocurriendo algo que se le escapaba al general de uniforme negro. Scotton siempre había tenido debilidad por las mujeres, en la más marcial tradición de su vetusto héroe, el antiquísimo Napoleón. ¿Sería posible que Scotton y la chica...? Von Rader tuvo que apartar la idea de su mente; alguien estaba al otro lado de la puerta y se disponía a entrar. Sin embargo guardó sus últimos pensamientos como un recordatorio. Puede que estuviese reducido a una silla de ruedas, pero su mente todavía marchaba como un desfile, y Visq, Scotton y su camarilla no eran en absoluto de su agrado. El viejo general pensaba en un nuevo JEM; en alguien con una imagen de mayor acción y menos palabrería: él mismo.
Precisamente fue la Jefa del Estado Mayor quien transpuso la puerta. Se la veía especialmente altiva, su cara era una máscara de marcialidad, pero tanto Scotton como Von Rader comprendieron al verla que algo grave estaba pasando. El Vicealmirante dejó de hablar de inmediato.
—Tendrán que dejar la disciplina para luego —dijo Visq—, los marcianos han empezado a moverse.
Helvar Scotton chasqueó la lengua.
—Lo sabía —dijo—. ¿Dónde? ¿En Saturno?
—No. Calisto. Han roto el bloqueo. No sabemos cómo. Pero los informes de Valhalla y Asgard son diáfanos. Ambos asentamientos han sido atacados. Se trata de una incursión desde el espacio. Por ahora no ha habido bombardeos.
Scotton se concentró para pensar.
—Calisto... La Vladimir Komarov está allí. Ordené personalmente que una nave ligera patrullase el espacio entre las lunas de Júpiter.
—Vicealmirante, la Corbeta Komarov fue el primer objetivo de la incursión. Tememos que haya sido... Destruida.
Esta noticia era devastadora, tanto que incluso el general de marines se sintió conmovido.
—¿Destruida? —preguntó Von Rader—. ¿Quiere decir que no la han rescatado?
El término que se usaba en la jerga militar era nave suprimida; construir un navío interplanetario era caro, sólo al alcance de grandes empresas o gobiernos. Las naves piratas y los transportes privados eran casi todos pequeñas naves recuperadas de tiempos pasados y reparadas para alargar en lo posible su vida activa. Por ello, incluso en los más graves conflictos espaciales, se evitaba destruir la nave y matar a la tripulación. El objetivo era producir la descompresión en el interior del vehículo, dañar los motores o causar un número de bajas tal, que la nave no pudiera ser gobernada; pero destruir por completo un navío y matar a su tripulación era considerado un crimen inhumano, algo propio de tiempos antiguos cuando no se respetaba la vida humana.
—Eso pensamos. Vicealmirante Scotton, regrese de inmediato al Duque. He dado orden a la Segunda Flota de reunirse. Nos concentraremos en recuperar
Calisto. General, usted también embarcará. Quiero lanzar un ataque espacio-tierra sobre esa luna. Señores, esto es lo que estábamos esperando. Ésta es una acción bélica que nadie puede ignorar. Ahora estamos legitimados para usar la fuerza.
Scotton fue capaz de mantener la compostura y no dijo nada, pero al General se le escapó un.
—¡Ya era hora!
—Vamos a inutilizar la flota marciana. Vicealmirante, prepárese para una campaña planetaria. Y prepare también un camarote para la teniente Zalduendo. La quiero con usted.
La Almirante echó un vistazo de águila a su subordinada.
—Sean cuales sean sus talentos, ha llegado la hora de que los ponga a prueba.
RUBIRAK
Los oficiales y soldados que llenaban la sala de batalla del Palacio de Gobierno, la gran pirámide de Marte, se pusieron en pie y dirigieron su saludo hacia
su caudillo, el general Zoltan Rubirak. En las enormes pantallas se veía la guerra progresar en cifras, estadísticas, diagramas y mapas. El General ocupó su silla en el centro de la acción; delante de él y en hileras descendentes, los oficiales de comunicación y control se pegaban a sus consolas transmitiendo órdenes sin parar a través de sus micrófonos. Detrás se reunían los mentalistas, reclinados en sus sillones, con los ojos cerrados y las bandas de transmisión del pensamiento alrededor de sus frentes. Sus mentes estaban lejos de allí; comprobando los sistemas de fuego antiaéreo, guiando los pequeños satélites espía que minaban el espacio marciano más allá de su atmósfera, viendo con sus propios ojos a través de las cámaras de las naves espaciales de guerra.
Por ahora todo marchaba bien. Calisto había sido tomado casi sin esfuerzo. El Huor se había transportado hasta allí en un peligroso salto cercano de planeta a planeta. Sus bodegas modificadas transportaban dos fragatas de última generación; el resultado de tecnologías secretas cuyo verdadero origen ni siquiera los ingenieros que las habían
montado en los astilleros de Neto podían sospechar. Ambas naves fueron bautizadas con nombres terribles: Eichmann y Stalin. Rojas como la sangre, se habían precipitado por dos lados contra la Komarov y habían iniciado el combate sin previo aviso.
Tanto la Stalin como la Eichmann contaban con cañones de taquiones cuyos rayos penetraron profundamente en el casco de la pequeña corbeta confederada y provocaron la descompresión en prácticamente todos sus niveles. Rubirak había diseñado personalmente el plan de ataque, y sabía que el combate con armas de taquiones no podía entablarse a corta distancia, pues se corría el riesgo de que los haces de rayos penetraran en el sifón de fusión y provocasen la explosión de la nave enemiga. Una explosión del motor de fusión con la botella llena de plasma destruiría no sólo al objetivo, sino también a aquellas naves que se encontrasen en su cercanía. Por eso la Komarov se vio sorprendida por la profusión de rayos más rápidos que la luz, luego sufrió numerosas bajas por la repentina descompresión y por último estalló como una burla de supernova sobre el negro cielo de Calisto.
La conclusión del Estado Mayor marciano, fue que este nuevo tipo de Blitzkrieg espacial todavía debía perfeccionarse.
Después había comenzado el asalto terrestre. Los Infantes de Marina marcianos con sus trajes de campaña de color ladrillo se lanzaron en cápsulas. Pronto habían tomado el espaciopuerto de Njord, en la capital: Valhalla. Apenas hubo resistencia, ya que Calisto no tenía ejército y la policía no estaba entrenada para resistir fuerzas militares de élite. Los marines tomaron las lanzaderas disponibles y bajaron a tierra sus equipos pesados de combate: exoesqueletos Nimrod y Tyr. Los políticos y dirigentes calisteños fueron detenidos y hechos fusilar inmediatamente. El General Riuku apareció en los medios de comunicación declarando que el pueblo de Marte había tomado Calisto obligado por la opresión de la Tierra y la Confederación de Mundos, que no les permitían obtener el Hidrógeno necesario para la supervivencia del planeta. Arguyó que los líderes de Calisto habían sido juzgados y declarados enemigos del pueblo y fascistas reconocidos, y por lo tanto eliminados en nombre de la libertad del pueblo
marciano. Luego finalizó diciendo que los marcianos deseaban ofrecer una solución política dialogada al conflicto que los enfrentaba con las otras razas humanas, e invitó a los líderes del sistema a negociar y acabar con la represión hacia Marte.
Poco después Rubirak había aparecido en la Sala de Batalla y ocupado su sillón de mando. Temía un contraataque repentino aunque intuía que las fuerzas confederadas no estaban preparadas para ello, y que la batalla todavía se retrasaría algunos días. El teniente que era su secretario personal se cuadró ante él.
—Informe de desperfectos, mi General. El Huor ha regresado a Neto con las bodegas llenas de Hidrógeno.
—Perfecto, Teniente. Prepárenlo para un nuevo viaje. Ahora hay que afianzar nuestro control en tierra antes de empezar a enviar cargueros de Calisto a aquí. ¿Algo más?
—Ilkin Besarion está a punto de hablar a la OMU, señor.
Rubirak se frotó las manos.
—Bien, deseo verlo. Pásenlo a mi pantalla. BESARION
En la consola delante del tirano surgió una pantalla de grafito para hologramas, a la vez que se encendía un monitor de nanotubos de carbono. Mientras el holograma ofrecía el busto del parlamentario marciano, la pantalla mostraba la retransmisión televisiva del pleno de la Organización de Mundos Unidos.
Un hombre pequeño y delgado, calvo, de barba oscura y ojos cansados estaba subiendo en ese momento al estrado. Habló con voz tranquila y pausada.
—Señoras y señores representantes, embajadores de los mundos del Sistema Solar; hemos oído hoy en esta sala acusaciones que revelan hasta qué grado de agresividad puede llegar la Tierra con tal de mantener su política colonialista sobre los hombres y mujeres libres de Marte. Nos acusan de iniciar un conflicto en el Sector Exterior, pero, ¿es que acaso nos han dejado
otra salida? Primero establecen un bloqueo militar sobre nuestro mundo, y luego nos culpan cuando nos vemos obligados a abastecernos por nuestros propios medios. Y por si fuera poco nos insultan y degradan acusándonos de crímenes terribles. Puedo asegurarles, señores y señoras representantes, que los juicios que se han llevado a cabo en Calisto, al igual que los procesos marcianos se han hecho bajo la enseña de la justicia y la autodefensa de los ciudadanos de Marte. Hemos tomado decisiones difíciles, es verdad, pero lo hemos hecho en nombre de la supervivencia de nuestra especie y a causa de unas sanciones y una represión injusta por parte de la Tierra. La agresión contra Marte es constante, pero nosotros no podemos rendirnos. Nuestra voluntad de resolver de forma pacífica este conflicto es hoy mayor si cabe. Necesitamos arbitrar soluciones democráticas y abrir de inmediato negociaciones resolutivas, pero los terrestres se niegan a dialogar con nosotros. La suya es la política de la guerra. Nosotros sólo nos vemos obligados a defendernos, a buscar nuestro espacio vital antes de que el bloqueo asfixie las esperanzas de todo un pueblo. Y les digo a
todos ustedes hoy que Marte ha estado siempre dispuesto a mantener la estabilidad en el Sistema, y que nuestros deseos de paz universal sólo pueden alcanzarse a través de la negociación y el diálogo...
VISQ
...terminando con la política represiva y colonialista de los terráqueos...
Eleonora Visq apagó el monitor donde estaba viendo el debate parlamentario, pero no miró a Lee.
—Tengo que pedirle disculpas —dijo.
La Teniente de Infantería de Marina Lee Zalduendo permaneció callada en su silla. Desde el despacho de la JEM en Amistad se veía desaparecer la Luna. Su emplazamiento en el módulo giratorio de la plataforma espacial proveía el habitáculo de gravedad artificial, y sus ocupantes podían moverse casi con total libertad.
—Reconozco que hice mal al internarla en nuestras instalaciones de Kiev. Sin embargo sé reconocer y solucionar mis propios errores. Cuando termine la
presente campaña se reincorporará a su puesto en el
Thalion, y le permitiré hacer un viaje a Exotierra. Lee sonrió sin querer.
—Sin embargo se presentará periódicamente ante nuestros técnicos para ser evaluada y recibir entrenamiento. Cada periodo que pase en la base durará quince días, pero ya no será una reclusión: le permitiremos pasear por el jardín, comer en la cafetería de oficiales y... Tengo entendido que le gusta la danza.
—¿La danza?
Índigo Kid se sorprendió por el comentario. Estaban solas en el despacho, y la jovencísima oficial había esperado una nueva reprimenda. Sonrojada, intentó explicarse lo mejor que sabía.
—Sí, que me gusta, bueno no. En realidad, no lo sé. Sólo he bailado una vez en la vida...
El rostro de Visq adquirió una expresión muy suya; la sonrisa de una abuelita noble pero bondadosa cortada con una mirada de rapaz que se internaba en la cabeza de sus interlocutores.
—... Pero sí que es cierto, bueno, que tenía pensado aprender a bailar. O sea, la danza... Eso.
—No se hable más —dijo la Almirante—. Tendrá a su disposición un profesor de danza en Kiev.
Lo que la Jefa sabía sobre la misión encubierta de Lee en Venusburgo no lo reveló, y la teniente estaba demasiado azorada como para intentar sonsacarle algo.
—Por el momento se unirá a la dotación del Pedro Duque. Le aconsejo que aprenda cuanto pueda del Vicealmirante Scotton. Sus últimas, ejem, actuaciones no han sido de su agrado. Pero ahora le va a ver en su medio vital: la batalla. Aproveche la oportunidad.
—Sí, señora. ¿Y el Thalion? ¿Cuándo podré volver a bordo?
Visq gesticuló despreocupadamente.
—Imposible saberlo. No podemos comunicarnos con ellos. Volverán cuando hayan completado su misión. ¿Alguna pregunta más?
Lee se lo pensó un instante antes de decir lo que pensaba.
—Todo esto. Quiero decir; Marte, la Tierra... Hay algo que no entiendo.
Visq se inclinó sobre la mesa con su mirada de águila y escudriñó las pupilas de Lee.
—¿Sí?
—He oído a ese marciano en la tele. Si están dispuestos a negociar, ¿por qué la guerra? ¿Por qué no llegan ustedes a un acuerdo y se ahorran todos los muertos?
Visq aún examinó un rato más a la antigua pirata antes de contestar.
—Los tiranos siempre quieren negociar, Teniente. No se deje engañar por las palabras. Si nos sentamos a la misma mesa que ellos nos ponemos a su nivel. Haciendo eso les concedemos legitimidad, reconocemos que tienen derecho a gobernar y que sus ideas valen tanto como las nuestras. Piden negociar, pero nunca ceden. Si hoy cediéramos parte de nuestra libertad para intentar apaciguarlos, abriríamos una herida por las que nuestros derechos se escaparían como la sangre, nunca estarían satisfechos hasta tenernos en su poder. Sólo podemos hacer una cosa:
pelear. A veces es difícil hacer entender esto a la gente. Sobre todo cuando la vida es tan cómoda como en la Tierra.
Lee Zalduendo asintió. ARAS
El genio informático Aras Ludoviqus leía los trabajos de la última semana de Jack. Eran profusos en datos, y sus razonamientos estaban bien fundamentados, pero Aras había empezado a notar algo raro. Un cambio. Era como si los pequeños ensayos sobre Filosofía y Literatura estuvieran hechos a vuelapluma, con demasiada ligereza. Si hubiese sido un chico en cualquier colegio de la Tierra, Aras habría dicho que Jack se distraía en sus tareas, que no prestaba atención. ¿Sería posible que el ordenador fuera tan humano como para tener los fallos propios de una mente corriente?
Como siempre que aparecía una de estas anomalías, Aras buscaba un método de comprobación a la vez que interactuaba con Jack. Dejó de leer los deberes de
su pupilo y comenzó a pensar en cómo averiguar qué le sucedía. La primera opción era la de un verdadero amigo: preguntar llanamente. Pero a pesar de los muchos progresos de Jack, Aras seguía teniendo cierta precaución con él. La segunda opción era iniciar él mismo un análisis archivo por archivo de sus temporales y sus documentos. Ahí sin duda habría alguna pista. Pero no sólo era una tarea ardua e imposible para un solo hombre, sino que además era una violación de la intimidad de Jack. Cierto era que todavía de vez en cuando los dos se dedicaban a mirar por alguna cámara de a bordo; sin usar el zoom, y sin conectar el chivato de encendido. Pero Aras lo consideraba una mera travesura, una chiquillada sin importancia que despertaría las iras de Lonneke y les condenaría al ostracismo durante unas semanas en caso de ser descubiertos.
Se le ocurrió una tercera forma. Un viejo truco de maestro.
—Jack —llamó.
La cabeza de bufón diablesco surgió en la pantalla. Más definida que nunca, con rasgos tan complejos como los de una cara humana.
—Te voy a poner tareas para esta semana —el rostro informático fingió satisfacción con una sonrisa forzada—. No te preocupes, será muy poco. Un solo trabajo. Tema y extensión libres.
—¿Tema y extensión libres?
—Así es. Puedes escribir sobre cualquier cosa que te interese. Lo que más te apetezca.
Ahora la sonrisa si era de auténtica satisfacción.
—Muy bien. Por cierto, Aras.
—¿Sí?
—Lonneke está atracando.
—Pásame con ella.
Una imagen del interior de la Turín mostró a la espectacular venusiana sentada a los mandos de la lanzadera del Thalion.
—Bienvenida —dijo Aras—. ¿Qué tal por ahí abajo?
—Como siempre. Hace falta personal técnico cualificado. ¿Dónde está Lene?
Esa pregunta le dolió al científico; había sido informado puntualmente por Jack de los flirteos de la Comandante con Joe Terho, y después de sus ocultos
encuentros. Le apenaba terriblemente que Lene engañara así a Lonneke, no se lo merecía.
—Ni idea —dijo—. ¿Crees que podremos largarnos esta vez?
—Ella es quien decide, pero por mí estamos preparados.
—Muy bien. ¿Vendrás a verme después de hablar con ella?
—Claro. LONNEKE
Lene se encontraba atareada actualizando el diario de a bordo. La punta de su lápiz siempre estaba afilada al máximo; no le gustaba otro trazo que el incisivo cincelado de un lapicero terminado en una aguja. Lonneke la miró por un momento, concentrada en su tarea. Estaba tan hermosa como siempre; el flequillo negro que le caía sobre el ojo izquierdo, la piel blanquísima, la curva del cuello delicada, la delgadez de sus miembros... Sólo las manos parecían excepcionalmente fuertes y hábiles. Con sus largos
dedos escribía igual un tirador chino maneja la espada. Pero Lonneke sentía un pequeño resquemor. Quizá era por esa extraña conexión que, desde que Lee estaba con ellas, se había incrementado entre los tripulantes del Thalion; lo cierto es que la venusiana intuía que la terrestre la estaba engañando. Y además se imaginaba con quien: con ese bravucón y zafio de Joe Terho.
Lonneke sabía que su capitana la apreciaba, que la quería; de eso no había ninguna duda. Pero Lene no le era fiel, nunca lo había sido. Cuando Lonneke pensaba en ello, se enfurecía sin poder evitarlo. Por eso prefería dejarlo estar todo el tiempo que pudiese. Carraspeó.
Lene no levantó la mirada.
—¿Sí?
—Ya está resuelto. Hay que pedirle a Scotton que mande técnicos cualificados. Los arqueólogos, antropólogos y biólogos no saben reparar electrónica.
—Muy bien. Prepara la nave para plegar el espacio. Muévenos hasta el Punto Puerta.
—Sí.
Lene siguió escribiendo, y Lonneke continuó mirando cómo lo hacía. Casi sesenta segundos más tarde la Comandante miró a su oficial.
—¿Algo más?
El tono meramente profesional que usó, resultó hiriente para la joven Navegante. Sintió el frío que desprendían aquellos ojos rasgados y verdes que la acababan de cortar como diamante. Las impresiones y la fatiga del viaje, los celos y la rabia se acumularon en la frente de Lonneke. Su cara se puso más roja de lo que Lene había visto en su vida.
—Eres una puta.
La venusiana saboreó sus palabras como si las dijera otro, alguien en una película antigua de las que le gustaban a Lene. Se giró y desapareció por el pasillo.
Petrificada, la Comandante no supo si debía correr tras ella. No lo hizo. Era obvio que Lonneke ya había descubierto lo de Joe Terho. Quizá debería haberla recibido con alguna muestra de cariño. Sin embargo Lene sabía que no tenía que preocuparse. No sin cierta satisfacción entendía que Lonneke no iba a
abandonarla, que no era capaz de hacerlo, su carácter no se lo permitiría a pesar de todo el daño que la semioriental pudiera causarle. Era casi malévolo.
La Comandante del Thalion se recordó a sí misma por qué se acostaba con su Ingeniero-Mecánico. Para sonsacarle información. Y mientras tanto, en la parte posterior de sus pensamientos, una voz suave y queda le recordaba: y porque te mueres de ganas por lo que ese cerdo te da.
A pesar de que recompuso su postura e intentó volver a concentrarse en el diario de a bordo, su mente volaba en busca de su amante. Es posible que Lonneke tuviera razón. ¿Por qué no podía serle fiel?
¿Precisamente porque sabía que tenía garantizada su fidelidad? Lene sabía muy bien a donde había ido su bella compañera. En busca de Aras Ludoviqus, sin duda. Habría ido a ese laboratorio que siempre estaba cerrado, donde ambos se ocultaban del resto de la tripulación y se confesaban sus secretos íntimos. Ellos dos y esa máquina. Esa cosa que Aras vigilaba noche y día, y que, por lo que la propia Lene había experimentado, era capaz de guardarse a sí mismo. Día tras día que pasaba en aquella microluna de
metal, poniendo sus vidas en manos del correcto funcionamiento del IBM, Lene iba preocupándose más y más. Los peores augurios que se le ocurrieron cuando habló con el ordenador aquella primera vez, parecían materializarse bajo sus narices. ¿Y si era algo más que una máquina? Hace años, cuando estuvo en la Escuela de Guerra, Lene había estudiado de pasada el tema de los robots con diseño humanoide, y su uso en las Fuerzas Armadas. Su viejo profesor había hablado de un antiguo matemático, uno de los hombres que en la antigüedad había ayudado a desarrollar las bombas de fisión atómica. Su nombre le había vuelto a la memoria con dolor, en el despertar lleno de agujas de un plegamiento espacial. John Von Neumann había imaginado máquinas capaces de autoreplicarse y repararse, capaces incluso de mejorarse. En términos humanos las máquinas de Von Neumann se reproducían y evolucionaban.
En el fondo no era nada especialmente alarmante. Ese tipo de máquinas existían prácticamente desde los tiempos del propio Von Neumann a nivel
infinitesimal. Eran virus y gusanos de la red. Infectaban un ordenador y se autoreplicaban para transmitirse a aquellos con los que el primer ordenador se comunicaba. Incluso se modificaban ligeramente para volverse más perniciosos. Los militares no usaban androides en la guerra, pero sus transmisiones estaban infestadas de estos microseres informáticos con el fin de dañar las comunicaciones enemigas. ¿Por qué no podría pasarle a una máquina más grande? ¿Un ordenador tan avanzado y delicado como el IBM Smart 3.0?
Lene deseaba con todas su fuerzas entrar en ese laboratorio. Pero todavía no. No podía. Aras encontraría la forma de evitarlo. Tenía que ser paciente y acechar a su presa. Ser silenciosa y aguardar en la espesura. Un día algo ocurriría, un hecho de la suficiente gravedad como para que Lene pudiera reclamar sus derechos como Comandante del Thalion, y entonces tendrían que cuidarse de sus
zarpazos. Sí, ese día, se iban a pedir algunas responsabilidades. Algo tendría que ocurrir tarde o temprano. ¿Pero qué? se preguntaba la terrestre.
SCOTTON
—Ha llegado el momento, Teniente. Le aconsejo que se sujete bien, no puedo hacer de su niñera ahora.
Así era como Scotton la veía a bordo del Duque; como una niña que necesitaba que la protegieran. A pesar de un repentino pensamiento rebelde, Lee Zalduendo se agarró a los brazos de su asiento. Le habían dado una consola de comunicaciones. Scotton quería, sobre todo, estar siempre en contacto con ella, por si esa intuición o lo que diablos fuera se presentaba de pronto y podía resultarle útil. El Vicealmirante se movía en su silla de mando por encima de sus subordinados. Lee nunca había visto a un hombre tan experto y resuelto en la guerra, ni a unos colaboradores tan motivados y prestos a la acción. Las órdenes de Scotton se cumplían sin dilación y con diligencia. Era el tipo de liderazgo que
sólo un hombre más que respetado, admirado, podía conseguir.
Las explosiones zarandearon a la adolescente junto a los demás oficiales en el puente. No necesitaba su Percepción Índigo para saber que diluviaban misiles, pero el Pedro Duque era una nave tan grande que podía recibir varias andanadas sin verse realmente dañada. Otra cosa eran esos rayos de taquiones capaces de perforar las capas de blindaje.
—Daños —pidió Scotton.
Lee no había tenido tiempo de aprenderse los nombres de la tripulación. Excepto el del Oficial de Combate; el extremadamente serio y casi imberbe Darwin Guilmar. Lee le conocía de las sesiones de estrategia en la Sala de Guerra del Duque. Rubio, gélido, delgado, demasiado delgado para ser soldado o terrestre, pero hablaba con autoridad cuando los oficiales se reunían delante de los mapas tridimensionales. Y Scotton le tenía en gran estima. Lee no podía hablar en esas sesiones, se limitaba a quedarse un paso detrás de Scotton y escuchar lo que decían. La mayoría se las veces se quedaba absorta en las explicaciones de maniobras imposibles con naves
de fusión y tácticas de combate en equipo que nadie más conocía. Pero en más de una ocasión, al volver de su abstracción había sorprendido al joven oficial ensimismado a su vez... En ella. Mirándola con una intensidad poco común. Le atraía, desde luego, pero era demasiado joven y demasiado guapo, un poco femenino incluso. El objeto de las atenciones de Lee Zalduendo, por el momento, era el veterano Vicealmirante.
—Integridad del noventa y seis coma etenta y dos por ciento —dijo Vassili Ragnarsson.
—Bien, ¿están listos esos torpedos?
Helvar Scotton estaba preocupado por los rayos de taquiones. Esos chorros de partículas podían penetrar hasta el motor de fusión y hacer explotar la nave, pero también podían partirla por la mitad si eran apuntados cuidadosamente y durante el tiempo suficiente. El Duque ya había recibido varios toques de aquellos estiletes. Pero el genial estratega no deseaba usar los suyos, los que la CM se había apresurado a instalar en su galeón. Un error provocaría una matanza.
Por eso había que eliminar esos cañones de partículas. Scotton había recordado una táctica que empleaba en la Guerra de Independencia, cuando las nuevas armas de electrones se habían convertido en una amenaza insalvable. Algunos torpedos, aquellos que estaban dotados de inteligencia artificial o portaban cámaras controladas por visión remota tenían toberas de escape para maniobrar, de ese modo esquivaban las contramedidas enemigas. Scotton había hecho reunir a sus mentalistas y les había preguntado hasta que punto podían controlar las trayectorias de los torpedos que habitaban brevemente con su mente a través de los dispositivos de telepatía artificial. La respuesta había sido lo suficientemente satisfactoria.
—Sí, señor.
—Fuego. LEE
Afuera, la mole de Júpiter iluminaba una escena de guerra. Delante de la pequeña luna Calisto la tercera
flota de la Confederación de Mundos luchaba contra un contingente marciano: las fragatas Eichmann y Stalin más el crucero Coloso. Todas armas específicamente marcianas, y por ello, impredecibles y mortales. El Duque había ido allí a dirigir el combate. Ahora daba su estribor al terrible Coloso, aunque una nave estaba cabeza abajo con respecto de la otra, de esta manera el cañón de partículas del nadir del Coloso estaba ahora a la altura del cenit del Duque. A estribor del crucero marciano, el galeón Ada Lovelace Byron pugnaba por maniobrar y situarse en paralelo bajo el fuego del cañón de taquiones enemigo. Ni siquiera un galeón duraría demasiado en esas condiciones.
Más cerca de la débil atmósfera de Calisto, la fragata Fairfax había sido inutilizada por el sorprendente ataque a distancia de la Eichmann y la Stalin, y lentamente dejaba que la gravedad de la luna la atrajera a un fatal desenlace. Entretanto las dos fragatas marcianas habían sido alcanzadas por el resto de la flota confederada; los cruceros Sofía Kovalevski y Sally Ride, y la corbeta Irene Hueter. No durarían mucho los marcianos, pero quizá sí lo
suficiente como para que el Coloso acabara con el
Byron y los confederados perdieran su ventaja.
Los tres lanzatorpedos del Duque dispararon, y en el Coloso lo detectaron. Inmediatamente sus baterías de proyectiles de proa y popa comenzaron a seguir la trayectoria de los torpedos para derribarlos. El rayo de taquiones dejó de acosar al Byron y persiguió también a los torpedos inteligentes.
Índigo Kid entró en trance. En un instante supo que los torpedos nunca alcanzarían su objetivo: el rayo de partículas. Pero unos segundos después intuyó que si hacían pronto algo más la misión sería un éxito. Salió del modo índigo y llamó a Scotton.
—¡Disparen otra vez! —exclamó la chiquilla.
—¿No ve que estamos en medio de un combate?
¿Qué quiere?
—Los torpedos van a fallar. Disparen otra vez.
Desde su alta silla Scotton miró a la pequeña Lee en su consola, soltó aire y preguntó.
—¿Cuánto tardarán en cargar de nuevo los torpedos?
—Ya lo están haciendo, señor —dijo Guilmar.
—Bien, necesito tres mentalistas más. ¡Atención, Sala de Concentración!
En la burbuja de cristalacero sin gravedad donde los mentalistas ejercían sus débiles habilidades telepáticas, tres oficiales conectaron sus bandas negras y sencillas, sin adornos y aparatos, salvo un cable que las unía a una consola en los asientos reclinables donde estaban instalados. Al mismo tiempo Lee volvió al modo índigo.
En el vacío uno de los torpedos fue alcanzado por al artillero de proa del Coloso; había salido por el tubo inferior del Duque, y el artillero, boca abajo con respecto al torpedo, le había visto enseguida. Los otros dos se habían alejado un tiempo y luego habían girado, poco más podían hacer, y regresado al Coloso.
Justo en el momento en que el primer mentalista se quitaba la banda tras ser abatido su torpedo, era disparada la segunda andanada. Por instinto la mente de Lee tocó uno de los torpedos. Sintió la presencia de algo parecido a sí misma allí; era la mente del oficial que manejaba el torpedo. La jovencita pensó que quizá podía inmiscuirse en ese manejo y tomar
control del torpedo, pero sintió miedo y rechazó la idea.
El segundo y el tercer torpedo de la primera andanada estaban ya encima del Coloso. Un ataque combinado del cañón de taquiones y el artillero de popa consiguieron eliminar el segundo proyectil; tuvo que esquivar al artillero y se dio de bruces con el rayo. El tercer torpedo estuvo a punto de conseguirlo. El arma de partículas lo detecto en el último instante, justo cuando estaba a unas decenas de metros de su blanco. La explosión hizo tambalearse a los marcianos dentro del Coloso.
Lee no podía saber esto con seguridad, pero sí albergaba la sensación de que no debía contar más con los primeros torpedos. La segunda andanada siguió un camino similar a la primera. Los disparos fueron detectados, pero todo ocurrió mucho más deprisa. En esta ocasión el artillero de proa tuvo el tiempo justo de apuntar y derribar su torpedo. En la burbuja de cristal los mentalistas y sus ayudantes miraban a sus dos compañeros que se encontraban tumbados en sus butacas. Uno de ellos parecía
nervioso. Si hubiese estado dormido se diría que estaba teniendo una pesadilla.
MENTALISTA
M’guem Milicic era un experto telépata militar. Sus estrellas de capitán se las había ganado a pulso. Sabía cómo relajarse con facilidad, y dejar que una parte de su consciencia se diluyera en el mundo virtual e informático de la telepatía artificial. Se había calzado la banda mental cientos de veces en misiones de sabotaje, espionaje y combate. Algunas veces había fracasado, otras había sufrido averías, pero nunca le había ocurrido algo como aquello.
Había alguien más allí. No eran las indicaciones del superordenador del Duque, no era una interferencia de ondas con un compañero; había alguien y no estaba allí por medio de un interfaz de telepatía artificial. Milicic sentía la presencia como si volara alrededor del torpedo que él guiaba, como si le envolviera. Si giraba alguna de las microcámaras que llevaba el torpedo sólo veía la negrura o el resplandor
de una explosión del combate. Pero estaba allí, llenando el espacio, compartiendo el aire.
Nunca antes había descuidado su concentración en una misión, pero aquello le había puesto realmente nervioso. ¿Sería un arma enemiga? ¿Estarían intentando dañar su cerebro? Extendió su consciencia todo cuanto pudo; a todos los sensores, mandos de guiado, cámaras, propulsores; comprobó en unos segundos todas las lecturas. Todo parecía correcto pero sintió miedo, un miedo atroz a lo desconocido.
El artillero de popa y el rayo de partículas volvieron a unir sus esfuerzos para derribar el segundo torpedo; sólo que esta vez lo consiguieron un poco más tarde, y un poco más cerca del Coloso.
Milicic seguía sufriendo. Se debatía entre el deber y el terror. Deseaba arrancarse la banda y salir corriendo, pero sabía que debía llegar a su objetivo y destruirlo. Casi sin querer volvió a sentir aquella extraña sensación, esa presencia, y por instinto quiso enfocar en ella una de las microcámaras.
Pero ya no había microcámaras.
El rayo de taquiones detectó la presencia del tercer torpedo muy cerca de sí mismo. El artillero que lo manejaba desde el puente de mando ordenó al ordenador que apuntara, pero la urgencia de la situación le confundió, y al mismo tiempo intentó apuntar manualmente. El resultado fue que la descarga de partículas más rápidas que la luz erró el blanco, lo rozó menos de la diezmilésima parte de un milímetro arrancando los sensores que había en su parte delantera. El torpedo se desvió ligeramente, pero alcanzó el blanco.
M’guem Milicic quiso mirar a través de su microcámara, algo que hacía continuamente como una rutina, pero no se había percatado de que la cámara había sido fulminada por el haz de partículas enemigo. Sin embargo su consciencia, su mente se movió como si aquel sensor siguiera allí. Tuvo esa sensación de caída que ocurre a veces entre el sueño y la vigilia, olvidó que pilotaba un arma de guerra y creyó que se precipitaba infinitamente en el negro vació.
Entonces la vio.
La percibió como un resplandor añil. Fue menos que un segundo, pero supo que era ella, y que estaba allí con él. No en la onda mental amplificada por el ordenador. Ella no necesitaba aquella tecnología para estar allí, y por un instante él tampoco. En ese momento vio venir la superficie del Coloso hacia él y abandonó el control del torpedo justo antes de destruir el maldito cañón de taquiones.
Abrió los ojos y se quitó la banda con furia. Se movía como si estuviera poseído. No paró hasta verse libre de las sujeciones que lo amarraban a su butaca. Gritaba incoherencias. Sus compañeros le hablaban e intentaban calmarle. Milicic se palpó los miembros para asegurarse de que todavía estaban allí. Seguía siendo un hombre de carne y hueso.
—¡Por Dios, Milicic! ¿Qué te ocurre? —le preguntó otro de los mentalistas que había participado en la misión.
—¡Estaba allí, os lo juro! ¡La he visto, estaba allí!
En gravedad cero su compañero le agarró por los brazos y trató de contenerle.
—¿Pero quién? ¡¿Quién?!
—Ella, esa cría. La pirata. Estaba allí. ¡Os juro que estaba allí conmigo!
LEE
El tercer torpedo impactó el nadir del Coloso y estalló con terrible contundencia. La onda de choque llegó a sentirse en el Duque debido a la cercanía que Scotton había ordenado respecto al navío enemigo para evitar sus rayos. El cañón de taquiones quedó borrado del mapa, es más, el crucero modificado marciano sufrió grandes pérdidas en sus bodegas inferiores.
El Ada Lovelace Byron acababa de conseguir completar su maniobra. Tanto su comandante como el Vicealmirante Scotton ordenaron fuego. Las líneas de cañones de los laterales de ambas naves de guerra lanzaron sus misiles macizos, sin carga explosiva.
Todos los oficiales del puente del Duque se pusieron en pie y miraron a Lee. La chica del pelo azul se levantó también, muy lentamente. Había vuelto del trance añil anonadada. Por un instante el
mentalista que guiaba el torpedo había contactado con ella de alguna manera. Había abandonado la transmisión de onda que conectaba su mente con el proyectil y había usado una conexión mental propia. Había imitado la habilidad de Lee. Y se habían sentido mutuamente. La jovencita no sabía muy bien qué pensar en ese instante.
Había un silencio relativo en el puente. Tanto como las transmisiones y las órdenes de combate permitían. Todos la miraban. De pronto se alzó un grito de guerra desgarrador. Los hombres del Pedro Duque cerraron sus puños y bramaron el éxito de una niña de diecisiete años en la batalla. Darwin Guilmar la miraba con un gesto estático y frío, pero realizó una ligera inclinación de la cabeza. Los oficiales que tenía en los puestos contiguos le dieron la enhorabuena y la palmearon en la espalda. Algunos aplaudían.
Lee miró hacia arriba, hacía el capitán de la nave. Helvar Scotton mantenía una expresión similar a la de su Oficial de Combate. Asintió con marcialidad e hizo el saludo militar. Lee se lo devolvió.
LENE
Todos medio desnudos y esperando en la Sala de Éxtasis. Aquellos momentos ponían nerviosa a Lene Shinh; no porque temiera que algo fuera a pasarle, sino por que era preludio inevitable al terror de las agujas que iban a llenar sus sueños al despertar en otro lugar de la galaxia. Intentaba consolarse pensando que ese lugar estaba entre Júpiter y el Cinturón de Asteroides, cerca de casa. No en órbita a aquel mundo en plena era glaciar del que todos sus habitantes habían desaparecido. La joven comandante miraba distraída a su navegante, Lonneke Engel, que sentada ante una consola de ordenador, hacía las últimas comprobaciones.
—Todas las habitaciones han quedado selladas con Oxiespuma. El campo magnético ha registrado todos los objetos susceptibles de control. Sólo quedamos nosotros.
Lonneke miró a Lene, y ésta desvió la mirada hacia los otros dos cosmonautas que estaban a punto de viajar por un pliegue del espacio. La fláccida
delgadez y lechosa blancura de Aras Ludoviqus contrastaba con los lustrosos músculos y la piel morena de Joe Terho. El pensamiento de la semiasiática estuvo a punto de desviarse hacia terrenos de calenturientas fantasías, pero no podía permitirse ese lujo.
—Bueno, entonces todos adentro.
Sus subordinados obedecieron y se introdujeron en los criosarcófagos. Por supuesto el robot que controlaba los sarcófagos no les iba a inducir un sueño frío, una auténtica éxtasis que preservara sus cuerpo y su mente del paso de los años. Sólo los iba a dormir, inmovilizar y controlar sus funciones vitales, de modo que el viaje a través del tejido de la realidad no se les hiciera traumático.
Si ya era duro para el subconsciente de Lene realizar un viaje interplanetario a velocidades relativistas por el Sistema Solar, esto se le hacía casi una tortura. Apenas conseguía mantener el control de sí misma.
Se abrochó los cinturones de seguridad que debían inmovilizarla. En cuanto todos estuvieron
debidamente abrochados, sus tirantes se tensaron y impidieron realmente que Lene se moviera. Sólo su cabeza permanecía libre, pero enseguida el criosarcófago proyectó un casco protector, una semiesfera que sujetaba la frente de Lene a la almohada. Ya en ese momento su corazón comenzó a acelerar sus pulsaciones, y la idea de dormir para despertar en un dolor vivo amenazaba con apoderarse de su voluntad. Pero eso no era lo peor que iba a ocurrirle. Lo peor era la Oxiaqua, ese líquido espeso que se introducía en sus ojos, nariz, boca, orejas... Por todo su cuerpo. Y para evitar complicaciones derivadas de un rechazo inconsciente, el proceso debía realizarse mientras el pasajero todavía estaba despierto. Así que Lene sintió como la fría y plástica humedad inundaba su sarcófago, y luego se vio forzada a tragársela, a acomodarse a respirar líquido en lugar de gas, y a dejar que el compuesto llenara su estómago e intestinos. Era por su seguridad, pero la sensación de sentirse invadida, la inmovilidad y el terror traumático que la acompañaban, le impedían aceptar el proceso como algo propio, algo para su protección. Para Lene era algo ajeno, un experimento
al que fuerzas ocultas la obligaban a someterse, y que ella rechazaba con todas sus fuerzas.
Cuando el agregado de oxígeno hubo llenado el criosarcófago y a su ocupante, llegó el momento de la aguja. El robot dio las órdenes necesarias para que los cosmonautas del Thalion fuesen dormidos suavemente. Como siempre, Lene se resistió a los somníferos todo cuanto pudo. Tuvo tiempo de sentir como el Thalion comenzaba a rotar, y se imaginó que la esfera super-masiva que había en su núcleo giraba más y más deprisa, tanto que se acercaba a la velocidad de la luz. Primero el espacio se deformaba, se curvaba después y finalmente se plegaba. La inteligencia artificial de la nave aprovechaba en ese preciso instante la inercia del masivo objeto para llevarlo girando unos pocos kilómetros más allá, kilómetros relativos, que movían al Thalion de un lado al otro de la doblez espacial.
Para Lene hubo un minuto de negrura.
Pasado ese tiempo sintió que la jeringuilla volvía a clavarse en su cuello. No quedaba ni rastro de Oxiaqua. La aguja de hiperadrenalina se retiró, pero cientos miles de agujas más pequeñas ocuparon su
lugar y empezaron a clavarse por todo su cuerpo. No tenía ropas protectoras, estaba atrapada en un criosarcófago y le clavaban agujas, alguien, algún demonio experimentaba con ella. Dos agujas especialmente delgadas y largas se proyectaron sobre sus ojos, y con una lentitud exasperante se clavaron en ellos, sin que Lene consiguiera siquiera parpadear. Lanzó un grito desgarrador.
Y se despertó.
Se incorporó en el sarcófago y luchó para no gritar de verdad. Se espabiló de golpe, como siempre, pero tuvo una extraña sensación que no tenía nada que ver con su pesadilla recurrente. Se oían varias alarmas y una sirena se movía en la Sala de Éxtasis llenando el aire de luces rojas giratorias. El instinto de los veteranos viajeros del espacio le dijo a Lene que el plegamiento había ido bien, sin errores. Era otra cosa lo que ocurría.
—Ordenador —llamó—, ¿qué sucede?
La fingida voz metálica de Jack comenzó a oírse.
—Buenos días, Comandante Shinh, bienvenida el Punto Puerta del Sistema Solar. Hemos recibido
cuatrocientos cincuenta y ocho mensajes de correo electrónico atrasados, treinta y siete transmisiones de radio con nuestro código y doce mensajes holográficos láser con...
Lene montó en cólera.
—¡Basta de chorradas! ¡Te he preguntado qué cojones pasa!
—Ha estallado la guerra, Comandante Shinh.
—¡La guerra!
La apesadumbrada exclamación de Aras Ludoviqus llegó a la oficial de mayor rango del Thalion desde el otro lado del robot de éxtasis. La terráquea sonrió; Aras tenía motivos para estar preocupado. Esto era lo que Lene necesitaba: ahora iba a entrar en ese laboratorio y tener unas palabras con su tripulación.
SCOTTON
Por primera vez en décadas Helvar Scotton se encontraba ante una decisión táctica y dudaba. El Coloso había demostrado ser una recia nave, el Vicealmirante siempre había admirado las técnicas de
construcción espacial marcianas. El problema era que en ese momento le venían muy mal. El crucero rojo había aguantado la artillería confederada, incluso cuando el Ada Lovelace Byron se había rehecho y contraatacado. Iban a tener que tomarlo al asalto. No cabía duda de que en ese navío iba al menos una compañía Infantes de Marina. Si no habían desembarcado en Calisto, ya estarían preparándose para defender cada una de las bodegas, pasillos, salas y niveles del crucero. Y mientras él allí, sin atreverse a decidir si debía mandar a la batalla a su mejor hombre.
Sólo que no era un hombre.
Lee Zalduendo seguía impertérrita delante de su comandante. Esperaba una respuesta. Su capacidad había quedado más que demostrada durante el anterior combate con el Coloso, Scotton incluso se había permitido el lujo de asombrarse. Uno de los capitanes mentalistas había necesitado atención psicológica debido a la intervención de la ex pirata. Y ahora le había salido con que quería unirse al grupo de marines destinados al asalto del Coloso.
—Al fin y al cabo —le había dicho—, yo soy Teniente de Marines.
—¡Maldición! —le había replicado el veterano militar dando un puñetazo en la mesa.
Pero no había sido capaz de decidirse. Por una parte era posible que las historias que se contaban en el Sector Exterior sobre aquella chiquilla fuesen ciertas, por otra podría estar mandando a la muerte a un oficial de gran valor estratégico para la Confederación. Le parecía una vergüenza negarle a un oficial voluntario la oportunidad de cumplir con su deber. De hecho tenía la sensación de que la teniente Zalduendo estaba empezando a mostrar maneras en la cuestión de la disciplina marcial. Eso era muy, muy bueno, pero no si moría por descompresión o desangramiento en el casco del Coloso. Si Eleonora Visq se enteraba de que había puesto en peligro a su valiosa mentalista, a la joya de su corona y piedra angular de casi la mitad de todos los nuevos planes de investigación militar de la CM, lo haría degradar. Pero qué narices, ella no estaba allí ahora; y si Lee era capaz de repetir en el cuerpo a cuerpo lo que
había hecho desde un panel de comunicaciones, los que estaban en peligro eran los infantes marcianos.
—¡Qué narices! —atronó—. ¡Chiquilla, te lo has ganado a pulso! ¿Has manejado un Orión alguna vez?
—Sólo modelos antiguos, señor.
—Puede ser suficiente. Coge lo que necesites, dile al Ujier de Armas que te facilite las que desees. Y algo más...
—¿Sí, señor?
—Tiene prohibido morir ahí fuera, Teniente.
—A la orden. LENE
El flequillo negro como ala de cuervo de Lene cayó sobre su ojo izquierdo. Movió en el aire la escopeta que había traído oculta en su equipaje, para casos de emergencia como éste, y la cargó. Aras Ludoviqus sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Joe Terho observaba la escena insensiblemente. Quizá todo aquello le parecía beneficioso.
—Por favor, Lene, no lo hagas —volvió a implorar Lonneke.
—Voy a entrar —dijo la impasible comandante del
Thalion.
—Es mi laboratorio —replicó Aras en un hilo de voz.
—Es mi nave. Estamos en guerra y aquí doy yo las órdenes. Te repito por última vez que voy a entrar ahí. Si no se abre la puerta la volaré en pedazos. Si no te apartas te mataré.
Ni siquiera el tímido científico podía ignorar esa advertencia. Todos en aquel pasillo de la nave interestelar sabían que Lene hablaba en serio. Pero Aras no se movió. Sudaba, entrecerraba los ojos como esperando el trueno de un disparo. La escopeta de Lee era un modelo anticuado, con un solo cañón, que no podía ser controlado por Jack ya que no tenía componentes electrónicos ni puerto de red inalámbrica.
—Voy a averiguar lo que hay ahí dentro contigo o sin ti. Es la última advertencia.
—No me moveré. No tienes derecho a hacer esto.
Lene levantó el arma muy despacio y apuntó a Aras a la cara. El brillante informático temblaba de los pies a la cabeza, pero no tenía intención de moverse. Al lado de la Comandante, su amante venusiana lloraba.
—¡Lene!
El tiempo se detuvo. Se oyó un clic. No provenía de la escopeta, sino de la puerta. El cierre había saltado. Lene apartó el cañón unos centímetros. Aras seguía respirando como si se ahogara.
—La puerta... —dijo Joe Terho—. Se ha abierto... Lonneke detuvo sus sollozos.
—No —susurró Aras mirando la cerradura automática. Luego miró a Lene con desesperación—. Te juro que si le haces algo yo...
La medio asiática le golpeó con la culata en el estómago. Aras se dobló y cayó de rodillas. La Comandante abrió la puerta y pasó por encima de su Oficial Científico. Dentro la esperaba un busto humano en la pantalla gigante de fullerenos.
En general el laboratorio estaba tal y como Lene recordaba, excepto los bichos que flotaban en tanques de conservación. Se los habían llevado mientras
estaban en Amistad. Las muestras orgánicas y minerales que había traído de Exotierra las guardaban en la cámara frigorífica y no estaban a la vista. Lo único interesante allí era el ordenador IBM Smart 3.0.
—Bien —dijo Lene—, ¿qué coño eres?
—Soy Jack —respondió la máquina viviente.
—No has respondido a mi pregunta.
—Sí, sí lo he hecho. Yo soy Jack. No hay nada más. Puedes aceptarlo, Comandante Shinh. O matarme.
Lene se rió.
—¿Matarte? No voy a matarte. De hecho ya sospechaba que algo así estaba ocurriendo. ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo fuiste consciente de ti mismo?
¿Fue cuando mataron a Long?
El busto de Jack sonrió como un diablillo travieso.
—Eres muy perspicaz. No entiendo cómo me has ocultado tus sospechas.
Lene se dio el gusto de no responder. Lonneke estaba agachada ayudando a Aras, que no conseguía recuperarse del golpe. Joe se había acercado y miraba con genuino asombro.
—¿Estás qué? ¿Vivo? —preguntó el mecánico.
—¡Sí! ¡Vivo! —chilló Aras mientras se apoyaba en Lonneke para ponerse en pie—. Es como tú y como yo. Y mucho más. Piensa más rápido, es más inteligente.
—Y aun así tengo fallos.
—¿Fallos? —preguntó Lene.
—Sí. Desde un tiempo a esta parte cometo errores con mucha mayor frecuencia que antes. No sé que me ocurre.
—Yo sí —dijo Aras—. Se distrae. Se distrae igual que cualquiera de nosotros puede hacerlo. No es una máquina, es un ser vivo autoconsciente.
Terho señaló a la pantalla de nanotubos con su dedo índice.
—Es un monstruo —afirmó—. Deberíamos desconectarle.
Automáticamente buscó la caja de la CPU. Se encontraba en un rincón, bajo una consola. Apenas tenía cincuenta centímetros de alto. Terho se agachó ante la caja de cristalacero que contenía el disco duro holográfico de nanotubos de carbono, el procesador cuántico y las memorias de neuronas cultivadas. Pero
un sonido le detuvo. De nuevo Lene estaba apuntando su arma, esta vez contra el Ingeniero- Mecánico.
—Nadie le toca un pelo a ningún miembro de mi tripulación —exclamó—. Salvo yo.
Joe sonrió taimadamente, levantó las manos y se alejó de la CPU. Lene apartó la escopeta.
—Terho tiene razón. ¿Por qué no debería desconectarte?
La cara de Jack se ensombreció, pareció que meditaba un segundo y abrió la boca para hablar, pero fue la voz de Aras la que se escuchó.
—Sólo quieres matarle porque te asusta. Está vivo, sí, tiene consciencia, pero no es humano. Eso es lo que temes, ¿verdad?
Lene se volvió hacia el informático que todavía se sostenía con una mano en el hombro de Lonneke.
—Temo que un poder intelectivo tan grande pueda volverse contra el ser humano, claro que lo he pensado, pero no he dicho que vaya a matarle, tan sólo he preguntado por qué no debería hacerlo.
—Hay miles de razones prácticas —dijo Jack—, aparte de los inconvenientes morales de asesinar a una criatura dotada de inteligencia.
Sin volverse hacia la pantalla Lene contestó al ordenador.
—He matado a algunas criaturas dotadas de inteligencia antes, y muchas de ellas se lo merecían, créeme.
Aras dio dos pasos hacia su Comandante.
—Jack quiso salvar a la tripulación original del Thalion, y si eso no te basta... Jack, muéstrales tu último ejercicio.
El busto de comodín desapareció. La pantalla se oscureció, y luego comenzaron a aparecer diagramas y esquemas que se sucedían unos a otros. La transición entre ellos era demasiado rápida como para que Lene entendiera lo que estaba viendo. Sin embargo reconocía algunos de aquellos dibujos, aunque no las fórmulas. Parecía algún tipo de diseño arquitectónico.
Igual que un maestro que defiende a un pupilo genial pero incomprendido, Aras avanzó hasta la
pantalla, aunque todavía llevaba la mano en el estómago, y comenzó a explicar lo que estaban viendo.
—Jack no es una inteligencia artificial infalible. Ya no. Perdió esa facultad cuando adquirió la consciencia. De hecho, si reflexionamos con cuidado, llegaremos a la conclusión de que el cerebro humano es una máquina mucho más compleja de lo que Jack pueda llegar a ser nunca. En ese sentido la vida artificial todavía está por debajo de nosotros. A medida que pasa el tiempo y Jack aprende a distinguir emociones o a tomar decisiones dentro de su código ético, su comportamiento maquinal se reduce. Hace muchos más cálculos y mucho más rápido que nosotros, pero si no presta atención, si no pone interés, esos cálculos le salen mal. Ya no es una calculadora infinitamente compleja, está vivo. Y no sólo eso: tiene intereses.
»Lo que estáis viendo son diagramas de cálculo y diseños para una construcción. Desde el primer momento Jack ha temido que nosotros, los humanos, lo desconectáramos. En una de nuestras charlas se nos ocurrió que para romper el hielo Jack debería
hacerle un regalo a la humanidad, algo que demostrara que no solamente estaba dotado de consciencia, sino también de conciencia. Y este es el resultado. Por favor, Jack, ve a la simulación 3D final.
La pantalla de carbono volvió a cambiar. Unos dibujos como trazados a lápiz cobraron vida y aumentaron su complejidad, dejaron de ser planos y adquirieron volumen, se elevaron en un papel simulado milimetrado, pasaron a transformarse en un esbozo artístico y por último se tornaron en una representación hiperrealista de algo, una especie de... Monumento.
Todos los seres humanos presentes excepto Aras miraban pasmados como se levantaba una estructura cristalina retorcida y diáfana a partir del suelo de una plaza abierta y soleada. Cuando alcanzó los trescientos metros de altura una nueva estructura brotó de lo que ya era un delicado tallo, y se convirtió en el capullo de una rosa a medio abrir. Una luz que no procedía de ninguna fuente comenzó a inundar la gigantesca flor y un jardín de auténticas rosas rojas creció en el brote superior. Esta innumerable cantidad
de flores creció de la nada; parecían sostenerse solas en el aire, como si los espinos pudieran brotar de sí mismos. Por último una palpitante luz rojiza ardió en el centro del capullo, y a su alrededor se formó una máquina, una serie de engranajes de oro en perpetuo movimiento. Unos cables verdes subieron por el interior del tallo retorcido hasta el comienzo de la cápsula. Cuando la construcción estuvo finalizada, unos diminutos ascensores de cristal comenzaron a funcionar y a llevar personas también diminutas hasta el jardín que se había formado debajo y alrededor del engranaje bañado de luz roja.
—Esto, dijo Aras—, es el Corazón de la Máquina. LONNEKE
Seguramente el conjunto media más de medio kilómetro de alto. En Marte había estructuras cristalinas más altas, pero con partes de acero. El Corazón de la Máquina era todo de cristal, al menos en apariencia. Lonneke estaba realmente asombrada: aquello lo había pensado Jack, y era un regalo de
buena voluntad a la humanidad. Pero, ¿cómo hacerlo? No había ningún material cristalino, ni siquiera en Marte lo suficientemente resistente y flexible como para aguantar el peso de una construcción como ésta; tan delgada en su nacimiento y rebosante en su cúspide.
—Pretende encarnar el sentimiento de hermandad que envuelve el metal de la máquina —dijo la voz de Jack sin aparecer en pantalla—, por eso mezcla maquinaria y elementos orgánicos. El cristal representa la transparencia, pretendía demostrar que no albergo ningún secreto en mi interior.
—Las flores —dijo Joe Terho sin apartar la mirada de la pasmosa imagen—. No pueden ser reales, son simulaciones holográficas.
—No —respondió Jack—, son rosas auténticas. Una variedad de Crimson Glory trepadora modificada genéticamente. En realidad no se sostienen solas en el aire; la modificación genética que he diseñado para ellas permite mantener cada vara con el tallo introducido en una mínima porción de tierra que viene envuelta en una cápsula de tela férrica que se sostiene en un campo magnético. Un capilar con agua
y nutrientes llega hasta cada envoltorio. La gran resistencia de esta variedad que he planteado les permite vivir y florecer sin apenas consumir alimentos. He alargado las cañas para rizarlas y formar una especie de corona de espinas, espero que no se considere sacrílego. No es esa mi intención, sólo hacer que el jardín suspendido en el vacío sea un todo.
—¿Y las ruedas? —preguntó Lonneke.
—Te refieres a los engranajes. Sólo están bañados en oro. En realidad son de acero y también se sostienen en un campo magnético.
Ahora Aras estaba sonriente y se apoyaba con una sola mano en la consola principal del ordenador.
—Cuéntales de donde sale la energía —dijo.
—Del corazón —afirmo Jack—, El Corazón de la Máquina es una planta de fusión. Los engranajes ocultan la verdadera maquinaria. La luz roja que veis es el resultado de una mejora del sistema de fusión por sonoluminiscencia que yo mismo he llevado a cabo.
Aras seguía espléndido.
—Pero si le pides que haga una suma, va y se equivoca. Sólo hace bien las cosas si realmente pone empeño.
—O si es mi trabajo —añadió Jack—, no quisiera que la Comandante Shinh prescindiera de mis servicios sólo porque deseo dedicarme a la arquitectura.
Joe Terho bufó. Lene miraba la pantalla entre la incredulidad y el enfado. Por último se giró bruscamente y caminó hasta la puerta.
—Bueno, basta. Voy a aceptar que todo lo que decís es verdad. Pero no debisteis ocultarme esto
—dijo la Comandante—. En cuanto regresemos a la Tierra vais a tener que dar muchas explicaciones. Y como el grupo se vea comprometido en serio os las tendréis que ver conmigo.
Miró a Lonneke.
—Estoy especialmente decepcionada contigo.
La joven del pelo plateado no devolvió la mirada a su enamorada. Bajó la cabeza. A pesar de la infidelidad de la terrestre con el mecánico, Lene era capaz de hacerle sentirse culpable.
—En cuanto a ti, puedes ir a la enfermería —le dijo a Aras—. Espero que esto te haya enseñado algo. Ésta es mi nave. Ordenador, Jack o como te llames, vamos a ver algunos de esos mensajes urgentes. Parece que nadie ha venido a recibirnos, necesitaremos que nos remolquen...
Lonneke sintió que Lene ya se había decidido, y como cada vez que una idea se aclaraba en su mente, estaba empezando a tomar decisiones; daba órdenes concisas y claras, una detrás de otra. Ni Jack, al cien por cien de su rendimiento podría estar tan seguro de sí mismo.
—Comandante —llamó Jack—, recibo señales. La fragata Albatros de la Flota de Europa se acerca a nosotros en estos momentos. Con ella vienen nuestros remolcadores. Dicen que no nos llevan a la Tierra, sino a Calisto...
LEE
La guerra en gravedad cero había hecho retroceder centurias los manuales de estrategia militar. Si los
navíos espaciales luchaban como los de la antigua Roma, con las velas arriadas, es decir, con sus motores apagados; la Infantería tenía que luchar como sus antecesores desde el siglo XVI hasta el XX, en filas, sometidos al implacable escrutinio de la muerte.
Scotton no permitió que Lee se pusiera en primera fila; tal cosa era sinónimo de heridas graves o muerte en el veintiocho por ciento de los casos. Los marines saltaron en tres oleadas desde el Duque. Mientras se acercaban al casco del Coloso en caída libre, la primera fila de combatientes podía ver como sus enemigos salían al exterior de su propia nave a través de varías escotillas, algunas practicadas con soplete.
Los infantes de marina espacial marcianos no comenzaron a disparar inmediatamente; antes formaron en líneas. Eso dio tiempo a que la mayoría de la primera oleada de confederados cayera sobre el crucero rojo. Por eso la peor parte se la llevó la segunda oleada. Los marines marcianos se giraron como un solo hombre hacia los confederados que caían lentamente. Habían formado con mucha rapidez; eran buenos profesionales, seguramente
muchos de ellos veteranos de la pasada Guerra de Independencia. Apuntaron sus fusiles de rayos y comenzaron a disparar. Fue una suerte que usaran lásers; sus disparos llegaban antes, pero hacían menos daño en las armaduras Orión porque necesitaban permanecer enfocados un tiempo mayor que un chorro de electrones.
Le tocaba saltar al grupo de Lee. La tercera fila. A una orden de su comandante se dieron impulso, la inteligencia artificial de la armadura de combate se aseguró de que ninguno se desviara de la trayectoria correcta, ni se diera más impulso del necesario. La chiquilla de cabello azul había asaltado naves de gas muchas veces, pero nunca había habido un ejército armado hasta los dientes esperándola.
Los marines con traje de color naranja no fallaban un tiro. Lee veía como los soldados que caían delante de ella eran metódicamente alcanzados por las armas de luz. En ningún caso los haces láser conseguían atravesar el blindaje hasta pasados largos segundos de puntería. Muchos confederados giraban sobre sí mismos cuando el láser estaba a punto de atravesar su blindaje, y la historia volvía a empezar: de nuevo
había que hacer puntería y aguantar hasta que el láser atravesara el blindaje. Aun así muchos eran alcanzados. Los hombres que iban cayendo hacían un pequeño aspaviento, un movimiento convulso que indicaba que el fuego había cortado su carne y llegado a sus entrañas. Los precisos disparos atravesaban el corazón o la garganta. No solía aparecer sangre debido a la cauterización, pero los marines se desviaban de su órbita o perdían la postura adecuada para caer sobre el casco de la nave enemiga.
Muchos estaban muertos. Pero tanto los fallecidos como los heridos dejaban de tener utilidad militar. Si se quedaban en mitad de la trayectoria de sus compañeros podían poner en peligro la misión. Por eso los Orión llevaban una pequeña porción de combustible. El ordenador del exoesqueleto programaba una nueva trayectoria que apartara a los inútiles, y descargaba el combustible. Los que venían detrás ya no tropezarían, pero, claro, el enemigo podía alcanzarles también a ellos con sus armas.
Lee se sintió impotente y desprotegida al ver la oleada que había saltado delante de la suya
desaparecer de forma lenta pero segura. Sólo dieciséis alcanzaron el Coloso. La jovencita pensó que ahora le tocaba a ella. Así era; los haces de láser comenzaron a proyectarse hacia su grupo.
Pero éste era un ataque bien planificado, y los marines confederados no eran menos profesionales que sus homónimos de Marte. La primera oleada, que había tocado el Coloso sana y salva, ya había formado y se dirigía hacía el enemigo con sus propios fusiles en alto y disparando. Los marcianos tuvieron que dejar de disparar al espacio y girarse hacia el enemigo que se les acercaba. Sólo era una fila de treinta marines contra casi cien, pero sus rayos de electrones ya habían derribado a algunos de los exoesqueletos tintados de naranja. Los de Marte se plantaron en el suelo y comenzaron a disparar, igual que lo habría hecho un pelotón napoleónico: fuego, rodilla en tierra, recarga, en pie, fuego, rodilla en tierra... El espacio disponible en el casco de una nave interplanetaria obligaba a usar esa táctica.
La fila de confederados que se aproximaba quedó mermada enseguida. Pero aguantó lo suficiente como para que sus compañeros tocaran el Coloso. En ese
momento comenzó la auténtica batalla. Los infantes de marina confederados formaron igual que sus enemigos y comenzaron a avanzar. Tres filas. Lee iba en la segunda. El corazón le latía como fuera de sí, un sudor frío inundaba su exoesqueleto. Por los sistemas de comunicaciones le llegaban órdenes durísimas. El comandante seguía vivo, había llegado al Coloso y les ordenaba mantener las filas prietas.
Los lásers volaron hacia el contingente gris. Casi sin quererlo Lee sintió un pinchazo en la frente y entro en percepción índigo. Hubiera preferido no hacerlo; el tiempo se volvió elástico e interminable. Luchó por zafarse de su propia sugestión, pero no pudo. Se anticipaba, una por una, a todas las heridas de los compañeros que iban cayendo. Las botas magnéticas inteligentes permitían pasar por encima de los cuerpos derribados.
Ambos grupos estaban ya cerca, y se encontraban muy mermados por los disparos del contrario. El hombre que caminaba delante de Lee cayó al suelo. Ella supo sin comprobarlo que estaba muerto; el láser le había atravesado un ojo. Apenas quedaban diez metros para alcanzar a los marcianos, pero sería
demasiado tarde para Lee; percibió inmediatamente que si continuaba en esa posición durante los siguientes veinte segundos un haz láser iba a cortarle un brazo antes de alcanzar la posición del enemigo. Se preguntó durante un instante eterno si tendría la fuerza de voluntad necesaria para aguantar el dolor, caer protegiendo a su compañero de atrás y luego tener fe en que la recogieran a tiempo de hacerle crecer un brazo nuevo. En su vida había sufrido algunas heridas, pero nunca algo tan terrible como una amputación. El láser ya estaba enfocado en su armadura y había empezado a calentar el punto de impacto.
Lee no pudo soportar el terror.
Saltó por instinto. El marine que la seguía recibió el disparo de láser, pero ya no había tiempo suficiente como para que la luz amplificada perforase sus protecciones. El comandante de marines lanzó una palabrota por radio. La bronca hacia Lee terminó en un segundo; el tiempo que el oficial al mando tardó en ver lo que la chica estaba haciendo.
Lee se impulsó más alto que el grupo de marines. Extrajo de su cinto de armas dos shuriken y se los
arrojó al enemigo. Las estrellas volaron y se interpusieron en el haz de los rifles láser; precisamente dos que estaban a punto de hacer mella en sendos marines confederados. Los rayos de luz se reflejaron en la brillante superficie de las estrellas de metal y golpearon a los propios soldados que los disparaban. Sorprendidos, soltaron sus armas. Algunos apuntaron hacia arriba, hacia el pequeño marine que había saltado.
Lee hizo que su botas fueran atraídas hacia el crucero marciano. Eso no le libró de los disparos, pero no importaba, no estaría expuesta a los lásers el tiempo suficiente. Apagó el campo magnético de sus botas, y dejó que el impulso le hiciera caer sobre el pelotón enemigo. Extrajo su gladius, la única arma que había solicitado al Ujier de Armas, y cayó sobre uno de los soldados naranja hundiendo el filo entre el hombro y el cuello del hombre.
Los infantes de marina de uno y otro bando dejaron las armas de partículas y desenvainaron sus cuchillos. Se veían algunos sables de asalto Kizlyar, pero casi todas aquellas hojas pertenecían a modernas gladius, marca Muela, Ka-Bar o Cold Steel, forjadas al estilo
de las antiguas espadas españolas del Imperio Romano: unos cincuenta centímetros de largo, empuñaduras sin cazoleta y filos de monofilamento de diamante. Los Orión, igual que los modelos más avanzados de Nimrod para el combate cuerpo a cuerpo, llevaban un refuerzo en el brazo defensivo, el que no sostenía la espada; un blindaje capaz de resistir algunos tajos de los infatigables filos de diamante artificial. Se trataba de una banda de aleación que sobre salía del propio traje desde el codo hasta los nudillos.
Las luchas con espadas de asalto eran una carnicería, extraída de los relatos de la antigüedad más abyecta. Y sin embargo, al igual que en aquellos tiempos, las refriegas duraban poco. El valor de los soldados los llevaba a combatir sin cuartel, pero pronto se sabía quién ganaría el campo en cada ocasión. La diferencia es que los perdedores no tenían a donde huir, y podían ser masacrados allí mismo, sobre los propios cadáveres de sus compañeros, a no ser que se pidiera cuartel o se anunciara la rendición de un bando. Por esta razón existían normas de combate estrictas y que casi
siempre se respetaban; era la única manera de evitar matanzas innecesarias.
Lee se detuvo un instante a contemplar el horrible espectáculo de hombres que se acometían con las anchas hojas y las escasa protección de sus armaduras. Su Percepción Índigo le regaló unos segundos de iluminación. Aquellos soldados no luchaban ante la puerta de sus casas contra un enemigo visible, estaban a millones de kilómetros de sus hogares, defendiendo un mundo que no era el suyo y contra unos enemigos que hasta hacía unos días eran sus aliados. Y morían. Cada punta que se hundía en un traje de batalla era un nuevo chorro de sangre lanzado al vacío y un cuerpo que sufría descompresión hasta reventar dentro de su propia armadura. Ni siquiera la más avanzada ciencia médica podría devolverles la vida. Así comprendió Lee lo que tantas veces le habían repetido sus instructores en los breves días de aprendizaje en Amistad. Ésta es la gloria de los cuerpos de asalto: morir antes que nadie, sacrificar sus vidas para proteger los ideales de su patria allá donde se haga necesario. No importaba si su armadura era gris o
naranja, no parecían diferenciarse. Leales más allá de lo comprensible, firmes hasta el fin. El holocausto de sus vidas era su honor.
Una gladius estuvo a punto de golpear a Lee Zalduendo, detuvo el golpe con su brazo izquierdo y levantó el derecho para contraatacar. Su poder le daba ventaja; eso no era justo. Se concentró un instante, se relajó menos de una fracción de segundo, y su fuerza interior le dijo como una intuición en qué punto exacto del arma enemiga debía golpear para partirla por la mitad. Lo hizo sin pensar y desarmó a su enemigo. El marine marciano se detuvo asombrado al ver su hoja quebrada, nunca antes había ocurrido algo así. Lee le golpeó en el casco con suficiente fuerza como para noquearle.
En ese momento su comunicador anunció la victoria. Un nuevo grupo de infantes había saltado desde el Ada Lovelace Byron y había cogido a los marcianos por la retaguardia. Su número no había sido diezmado como el de los marines del Duque porque estos ya habían entablado batalla con los soldados vestidos de naranja. La superioridad era abrumadora, y el capitán de los del Coloso había
declarado perdido el campo para no ver morir a todos sus hombres.
Lee salió del estado índigo para observar a velocidad corriente como los servicios médicos del Coloso recogían a todos aquellos que podían ser salvados de las garras de la parca. En el espacio alrededor de los navíos de guerra otros sanitarios recogían los bultos flotantes de los heridos por arma de partículas. Algunos cadáveres permanecían de pie, sujetos firmemente al casco del Coloso con sus botas magnéticas mientras derramaban en el vacío los restos triturados de lo que una vez fue el cuerpo de un soldado de asalto. A la jovencita se le ocurrió que sin duda los defensores marcianos debían de saber de antemano cómo iba a terminar aquello. Estaban rodeados y no iban a ser capaces de hacer frente a dos contingentes de asalto. Y aun así lucharon.
SCOTTON
Helvar Scotton procuró escoger las palabras más adecuadas y menos comprometedoras.
—Bien, no niego que su aportación aquí ha sido valiosa, Teniente.
Después de una batalla como aquella todos los combatientes se merecían el mejor descanso, y si era en compañía de una hermosa mujer, mucho mejor. Pero en este caso la combatiente era la mujer, y el objeto de sus deseos era su superior, su comandante. Un hombre veterano, demasiado veterano para toda la juventud que tenía delante, y sin embargo Lee había cobrado muchos enteros. Ahora ya no parecía la misma niña caprichosa y despreocupada que era antes. ¿Quién podría parecerlo después de participar en una carnicería como aquella?
—Pero las órdenes son claras. El Duque debe reparar sus daños, aquí en Europa antes de partir. Usted debe reincorporarse a la disciplina del Thalion. Quizá en otras circunstancias, sin el apremio de las órdenes, sin la necesidad acuciante de marchar
hacia la destrucción y la muerte...
—No se engañe. Ésta es una misión de combate. El Thalion saltará al espacio de Marte, donde el Nautilus y la corbeta europiana Cosmos, que ha
sustituido a la lanzadera que habitualmente les acompaña participarán en el asalto espacio-tierra a ese planeta.
Quizá si volvemos a vernos. Si ambos seguimos vivos después del infierno que estamos a punto de desatar...
—Lamento perderla, pero debe usted cumplir con su deber en la nave donde sirve.
—Sí, señor.
—Sigue pensando que mis palabras están anticuadas. ¿No es así? Cree que lo que ha ocurrido hoy no vale nada. Entiende tan poco como esos que se manifiestan en la Tierra a favor de los marcianos, una alimañas que no dudarían en asesinarlos si tuvieran la oportunidad. Todavía piensa que deberíamos dejarles estar. ¿No es eso?
—No sé qué pensar, señor.
—Ah, pero han cambiado sus maneras. Se nota en su porte y en su gesto. Ha visto en el fondo de nuestra alma y ha encontrado nobleza. ¿Cree que a mí me gusta enviar hombres a la muerte? Cada bando lucha por ideales diferentes, pero se hace fuerte en ellos.
Los débiles son los que no creen en nada. No se sienten empujados a defender sus principios porque no tienen principios que defender. Pero alguien tiene que defender incluso a esos que ahora se manifiestan, si no, perderían la libertad que les permite clamar al cielo sus bufonadas.
Sí, si los dos sobrevivimos...
—Bien, no la entretendré más. Espero volver a verla.
Scotton hizo el saludo marcial. Lee dudó antes de responder del mismo modo, pero al fin se puso firme y saludó. Dio media vuelta y entró en el ascensor que la aguardaba. Mientras se cerraba la puerta cilíndrica la oficial de pelo azul pudo ver como el Vicealmirante mantenía la posición y el saludo.
VISQ
Mientras las naves de guerra corrían a reunirse en el espacio sobre Marte, la Jefa del Estado Mayor de la Confederación de Mundos se preparaba para una batalla aún más peligrosa: la Política.
—JEM, el representante del grupo verde en la OMU —dijo su secretario.
—Pues usted dirá.
—Esto es un atropello, ¿qué será de las estelas radiactivas de los motores de fusión? ¿Y las amas nucleares? Usted pretende convertir el espacio en un vertedero.
—Como usted sabe no empleamos armas nucleares. Están prohibidas.
—Excusas hipócritas.
—Y qué propone usted.
—Prohibición de cualquier forma de motor nuclear.
—Lo consideraremos...
—JEM, un comité de delegados de las coordinadoras pacifistas.
—¿Y qué proponen ustedes?
—Los ejércitos son un peligro para el Sistema. Su política belicista causa el enfrentamiento entre los pueblos. Deben reducir su presupuesto en un cuarenta por ciento.
—Los marcianos no reducen sus gastos en armamento. ¿Cómo nos defenderíamos?
—El diálogo es la base de la democracia.
—Lo consideraremos...
—JEM, representantes de los sindicatos.
—Y qué proponen ustedes.
—Deseamos un incremento del gasto social, que el servicio de cantina de la CM vuelva al estado y que se permita a los marines sindicarse.
—¿Qué gasto social?
—Doscientos millones más para las fuerzas sindicales en concepto de representación de los trabajadores.
—Pero si los militares no podemos sindicarnos.
—Por eso deben sindicarse.
—Lo consideraremos...
—JEM, el Grupo por la Reinplantación Natural del
Raphus Cucullatus.
—¿El qué?
—Raphus Cucullatus, un ave extinta endémica de las Islas Mauricio, aquí en la Tierra.
—Y qué proponen ustedes.
—Vamos a repoblar Marte clonando en masa al
Cucullatus a partir de restos genéticos.
—Pero aquello es un desierto.
—Si algo pone en peligro al Cucullatus son ustedes. Ya nos han concedido una subvención para llevar adelante el proyecto. Deben detener los combates.
—Lo consideraremos... ELKE
Había llegado el momento decisivo. Allá abajo, en la superficie del planeta rojo, los marines que hubieran sobrevivido al desembarco debían estar reagrupándose. Ni siquiera desde aquella altura los sensores eran capaces de captar sus sigilosos movimientos. A sus espaldas toda la flota estaría ya despierta, desperezada y lista para lo que se avecinaba.
Habían sido setenta y dos horas de maniobras dilatorias, de naves que tomaban posiciones e
intentaban no ser descubiertas. No se había oído un tiro en todo ese tiempo.
Pero de repente todo había cambiado. El Duque, el Thalion y las demás naves de apoyo habían llegado. Todo estaba listo. Casi al mismo tiempo que eran lanzados desde las fragatas y galeones, algunos torpedos marcianos habían llegado hasta la flota combinada de la CM y la Tierra.
Los primeros en caer sobre el planeta, como siempre, fueron los marines.
Atravesaron la atmósfera de Marte en sus cápsulas de grupo, rebotaron tres veces contras las frías arenas y afilaron sus cuchillos. Junto con ellos llegaron las vainas de artillería, que también rebotaron con toda precisión contra el suelo y se abrieron automáticamente.
Detrás llegaba la Infantería Mecanizada, con sus vehículos blindados y sus armaduras Nimrod. Elke Teagle era una de las oficiales destinadas a la toma de la capital: Tharsis. Mientras atravesaba el fuego antiaéreo en su cápsula de aterrizaje, procuraba no pensar en la muerte. No podía hacer nada, así que,
para qué preocuparse. Los sensores que no avistaban a los marines sí conseguían mostrar, en forma de simulaciones tridimensionales, las impresionantes pirámides verdes y rojas de Tharsis, apenas a veinte kilómetros del punto de reunión que se le había asignado a la capitana. El choque contra la superficie del planeta fue perfecto, un veterano habría dicho que suave. Embutida en su armadura de explorador Nimrod, Elke salió al ambiente marciano junto con sus hombres. Ningún otro oficial iba en la misma cápsula, de este modo se minimizaban las bajas entre estos.
Los soldados de Teagle se desplegaron y esperaron. Luego llegaron varios vehículos: dos transportes ligeros y un blindado con ametrallador pesado, que reforzaron la posición. Poco a poco, todos los grupos de descenso reportaban su aterrizaje. De algunos no llegaron más noticias. Siguieron esperando. Todavía era de noche.
Al despuntar el amanecer, el ajetreo de un ejército que se organiza para el combate se detuvo. Se hizo un ensordecedor silencio, como si todos hubiesen
contenido la respiración a la vez. Las fuerzas de invasión miraron hacia el Este, hacia Tharsis.
Entonces la artillería se puso en marcha. Órdenes químicas ocultas en diminutos cerebros de insecto se activaron. Pequeñas alas se extendieron y vibraron. Decenas de millones de langostas modificadas genéticamente salieron de las vainas que las habían transportado hasta Marte y se elevaron en el cielo. Fue como si volviera a hacerse la noche. Cada langosta había llevado desde su estado larvario un microchip hecho de neuronas cultivadas artificiales y una microscópica memoria de nanotubos de carbono, que había crecido a partir de la plaga de un insecto artificial parasitario que se había desatado sobre las colonias de larvas de langostas en los laboratorios del ejército. Ahora su cerebro era controlado desde la órbita geosincrónica de Marte por estaciones de combate en línea situadas en diferentes naves. Entre sus patas, cada insecto portaba tres gramos de explosivo plástico.
Los marcianos, situados a una distancia prudencial alrededor de Tharsis, también observaron el enjambre. Nadie esperaba un ataque de este tipo. La
Confederación estaba dispuesta a ganar aquella guerra. Pero los marcianos habían nacido para pelear. Se dieron las órdenes oportunas. Nadie dejaría su puesto pasase lo que pasase. La munición explosiva fue sustituida por bombas de nanobots. Se desplegaron tantas armas de plasma como pudieron movilizarse a tiempo. Todo ocurrió en menos de quince minutos.
Las primeras langostas llegaron en solitario, eran las que tenían un mayor número de órdenes almacenadas en sus memorias de nanotubos. Eran capaces de seleccionar objetivos de importancia; un artillero, un oficial, y de lanzarse contra él como kamikazes. Las armas eran de poca utilidad contra los insectos, la mejor estrategia era cubrirse y dejar que explotaran, si había suerte fallaban y el objetivo sobrevivía. Afortunadamente no había muchas de este tipo.
Entretanto las piezas de artillería disparaban sus morteros de nanobots. Las bombas volaban hasta el enjambre y estallaban esparciendo nanobots que funcionaban como virus inteligentes, capaces de
distinguir a las langostas entre todos los demás seres vivos, hacerlas enfermar y morir en pocos instantes.
A pesar de que los marcianos habían dado lo mejor de sí mismos no bastó. Las langostas ocultaban el cielo como una tormenta gigantesca. Ya se encontraban sobre los defensores. Las armas de plasma fueron activadas. Habitualmente estos cañones lanzaban un chorro de fuego nuclear concentrado contra aeronaves o navíos espaciales en órbita baja. Se usaban como arma antiaérea en casos de ataques planetarios para derribar las cápsulas de los ejércitos invasores. Ahora sus campos magnéticos habían sido programados para disgregar el haz y funcionar como auténticos lanzallamas atómicos, creando barreras de fuego contra las que chocaban las nubes de langostas, se quemaban y estallaban en el aire. Así se iniciaban reacciones en cadena; pues cada explosión afectaba a los insectos cercanos, cuyos explosivos estallaban a su vez provocando la detonación de a más langostas.
Tampoco fueron suficiente. No había habido tiempo para cambiar la configuración de tantas armas como hubiesen sido necesarias. Además, el enjambre
estaba demasiado cerca y las reacciones en cadena comenzaron a llegar a los ejércitos marcianos.
Por fin las langostas cayeron sobre el enemigo y se suicidaron haciendo explotar sus cargas. Los soldados de la CM, a una veintena de kilómetros de allí vieron las luces aparecer de pronto, y un temblor recorrió la tierra entera. La reacción en cadena final de millones de langostas se extendió por toda la línea defensiva y acabó con cualquier atisbo de resistencia. Sonaba en la distancia como una salva de juegos de artificio que no acababa nunca. Pero acabó. La Infantería Mecanizada respiró y se puso en marcha. Sabían que aun antes de que se extinguiese el fuego del ataque, los marines ya se habrían acercado al enemigo y ahora estarían surgiendo en sus Nimrod y Tyr de debajo de la tierra, de cada piedra. También sabían que las langostas apenas habrían afectado a los propios marines marcianos, ocultos más allá de la línea de defensa, indetectables para los cerebros controlados artificialmente de las langostas; y que ambos grupos estarían a punto de entablar combate.
Su misión era dar apoyo a los infantes de marina, y una vez hubieran hecho su trabajo, adelantarles y
tomar la ciudad al asalto. Entonces empezaría lo difícil; la lucha callejera, casa por casa.
Elke Teagle, contempló durante un segundo más las fugaces llamaradas de las explosiones, después se volvió hacía el sargento que se había convertido en su segundo debido a las bajas en el descenso y dio una orden.
—Todos a sus puestos. En marcha.
Los vehículos cargados de militares avanzaron hacía la capital de Marte.
SABAS
—¿Qué hacen, locos, qué hacen? —gritó el directivo de Solaris Inc.
El hombre al que el Nimrod había agarrado por el cuello había sido formado desde los dieciocho años por Solaris. Era un activo de la compañía, un valor insustituible. Lo habían reclutado en un colegio público debido de sus buenas notas en ciencias. Le habían ofrecido una beca y lo habían admitido en una Universidad fundada y gestionada por la compañía.
Allí le habían enseñado todo lo que se podía saber en el Sistema Solar sobre resistencia de materiales. El aplicado estudiante se había convertido en un científico brillante y en un trabajador rentable. La compañía le debía mucho a sus progresos en aleaciones de silicio y carbono. Le habían premiado con un gran sueldo y un puesto de supervisor en la planta de Marte, en las minas del Monte Olimpo. Habían hecho su sueño realidad.
El Nimrod le partió el cuello sin piedad con la fuerza de su guantelete reforzado.
Merrin Sabas no supo contener la indignación.
—¡Esto es un atropello! ¡Exijo ver al General Rubirak! ¡Nadie puede hacerle esto a Solaris!
El Nimrod se fijó en él, se le acercó de una zancada a través del destrozado laboratorio y le agarró por el cuello. Sin esfuerzo lo levantó por encima del suelo.
—Aquí estoy, señor Sabas.
El marine marciano con su exoesqueleto naranja se puso firme al ver aparecer al General Rubirak, pero no soltó a su presa. Sabas se ahogaba. Con un gesto el General ordenó a su soldado bajar al empresario.
Sabas cayó al suelo de rodillas y se llevó la mano a la garganta para comprobar que el aire todavía podía recorrer su laringe.
—Señor Sabas —dijo Rubirak—, he tenido mucha paciencia con usted, pero ya he llegado al límite. Estamos en guerra. Ustedes mantienen varias plantas de fusión y quiero saber de dónde extraen el Hidrógeno necesario para su funcionamiento. ¿Lo sintetizan?
Sabas, sudoroso, la tez blanca, miró al tirano con los ojos fuera de sus órbitas.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Sintetizar Hidrógeno? ¿Se ha vuelto loco?
El Nimrod hizo un movimiento amenazador hacia Sabas, que se retrajo sobre sí mismo como un gusano. El general detuvo al soldado, pero el simple gesto bastó para soltar la lengua del prisionero.
—No, no, eso es imposible. ¿De dónde íbamos a sacar el gas? Eso es lo que quería todo este tiempo,
¿verdad? Una fuente de gas en el propio Marte. No la hay.
—¿Entonces? —preguntó Rubirak.
Sabas miró con aprensión la colección de cadáveres que los soldados de asalto habían dejado en el recibidor de Solaris. Los interrogatorios sólo habían dado frutos de sangre. Todavía quedaban algunos hombres y mujeres ataviados con batas blancas que se apretaban en un rincón vigilados por un Nimrod incansable. Estaban aterrorizados.
—Reservas. Conservamos algunas cámaras de contención en las profundidades de la mina. Pero con lo que hay allí no podrá mantener ni una sola de sus máquinas de guerra más de una semana. Está perdido Rubirak.
Merrin Sabas rió amargamente.
—No le creo, Sabas —dijo Rubirak—, aquí han hecho experimentos para obtener energía a partir de sustancias autóctonas. Lo sé. Averiguaré qué han hecho y lo aprovecharé para mí. En este mismo momento tengo a cincuenta hombres saltándose sus medidas de seguridad.
—Es usted estúpido —Sabas escupió sangre—, como todos los de su calaña. Y sus espías son aun más estúpidos que usted. No tiene ni idea de lo que
hacemos aquí. Solaris podría haberle entregado el futuro de los viajes espaciales en bandeja, pero nos ha rechazado. Teníamos un trato, ¿recuerda? Ya no existe. Aunque consiga romper nuestras defensas informáticas, lo que encontrará en nuestros archivos le resultará inútil. Todavía faltaban meses de experimentos. Antes de eso la Confederación bajará aquí, a por usted...
Rubirak sacó una pequeña pistola, la amartilló y apuntó al directivo de Solaris Inc, entre los ojos. Un disparo dejó seco al tipo mientras todavía hablaba. Rubirak le observó un instante, el dictador no mostraba ninguna expresión concreta en su rostro. Sin dejar de mirar al cadáver llamó en voz alta.
—¡Soldado!
Todos los soldados presentes se cuadraron.
—Son fascistas y enemigos del pueblo. Mátelos.
El Nimrod que vigilaba a los prisioneros accionó la ametralladora que llevaba asimilada al guantelete derecho. Obedeció la orden con escasa precisión. Las balas destrozaron muchos cuerpos humanos antes de arrebatarles la vida.
ARAS
El ordenador viviente se sentía algo más que satisfecho con su nueva misión. Era una misión secreta, por supuesto, sólo la tripulación del Thalion sabía que Jack se había transformado en un ser consciente, y lógicamente nadie se acordó de contárselo a Scotton cuando ordenó que el brillante informático Aras Ludoviqus y su flamante ordenador cuántico se introdujeran en las redes de comunicaciones enemigas, se saltasen sus medidas de seguridad, obtuvieran toda la información que pudiera resultar útil y las sabotearan.
Así que Aras le había pedido a Jack que se lo tomara como su primera misión oficial, y después se había sentado a leer las noticias de la red marciana, la única accesible en tiempo real, para comparar las mentiras de la propaganda de un bando con las del otro.
El Thalion se encontraba quieto y en silencio, protegido por un crucero y una fragata en la retaguardia. Había desplegado sus poderosas antenas
y había comenzado a piratear los sistemas inalámbricos del Estado Mayor de Marte. Pronto había conseguido acceder a su red y desentrañar sus secretos.
De vez en cuando Aras le echaba un ojo, y confirmaba su progreso. Al principio Jack se había centrado en las redes de información militares: tácticas, movimiento de tropas, aprovisionamiento. Pero hacía ya un rato que el doctor Ludoviqus había notado un cambio. La mente artificial había dejado que sus sistemas secundarios, algo así como su sistema nervioso vegetativo, siguiera explorando la información más alimenticia e inmediata, y había focalizado su consciencia en otras cosas: diarios personales, cuentas bancarias, archivos de fotografías, bases de datos de empresas privadas, proyectos científicos... Pequeños secretos o verdades a medias que ocultaban los poderosos de entre los marcianos.
Aquello era un juego de niños si Jack se concentraba con toda su voluntad.
JACK
¿Qué es esto? ¿Qué es? Órdenes de traslado. Apenas unas pocas. No parece que sea uno de esos crímenes masivos a los que tan dados son los tiranos humanos. Pero hay algo especial. ¿Por qué harían un esfuerzo tan grande para ocultar un puñado de asesinatos cuando llevan decenas de miles de muertos en su cuenta? Sí, aquí. Fotografías. Ese será su error. Puedo compararlas con bancos de datos de todo el sistema. Ya veo. Todos son científicos; físicos, metalúrgicos, ingenieros, químicos. Otro dato: trabajaban para Solaris Inc. Hum... He pasado de puntillas por los sistemas de esa compañía. Los revisaré...
Es obvio que han asaltado la sede de la empresa y asesinado a su personal científico. Pero ¿por qué? Pondré una referencia en pantalla: los informes de traslado de los cadáveres y sus archivos oficiales de Solaris. Vaya, uno de ellos es su presidente en Marte, Merrin Sabas. Debo saber más.
Un momento. Estos sistemas ya han sido pirateados. El rastro es claro como el de un elefante
en un bosque figuritas de cristal; antivirus desconectados burdamente, cortafuegos puenteados, y han dejado instalados sus propios programas de desencriptación. Diría que han buscado desesperadamente y después han huido. Resulta obvio que no hallaron lo que buscaban y lo dejaron todo en desorden, sin preocuparles que alguien pudiera descubrirles. Será fácil averiguar qué querían, comprobaré las búsquedas que hicieron. Ah, claro, gas.
Bueno, Aras ha visto los datos en pantalla. Parece que le han llamado la atención.
No había gas. Debieron matar a los científicos en pleno ataque de ira por no encontrar fuentes de combustible. Un momento. Aquí hay algo. Notas de los científicos asesinados. Pero... Esto es genial, genial.
Aunque tiene errores. Veamos, si corrijo esta ecuación... Ajá, esto sería difícil de ver incluso para un equipo técnico entero. Demonios, el mayor error está al comienzo, la aleación está mal hecha para esa ratio de crecimiento de cristales... Bien, puedo establecer unas cien mil hipótesis y las comprobaré
con la simulación de un millón de años de rotación, traslación, tormentas, glaciaciones y ataques con ojivas estratégicas. Apuesto a que ninguno sobrevive a una de esas...
LENE
La órbita geoestacionaria marciana, a más de diecisiete mil kilómetros por encima de la superficie del planeta, era un puré de guisantes. Los discos duros de los ordenadores de a bordo chirriaban y se quejaban, los sistemas de ventilación aullaban. Aquellas naves que tenían suerte y contaban con sistemas automáticos de detección de objetivos podían responder en menos de un segundo a la amenaza de torpedos y misiles, pero a las demás no les quedaba más remedio que confiar en sus artilleros de toda la vida, que contribuían todavía más al espeso caldo de armas de guerra disparando sus proyectiles de veinte milímetros en todas direcciones.
Afortunadamente al Nautilus le habían incorporado recientemente un cañón de partículas taquiones y los
más modernos sistemas de blocaje. Aun así su inteligencia artificial estaba al máximo y las explosiones brillaban cercanas y sacudían la vieja corbeta.
En una situación así la capacidad para el combate cuerpo a cuerpo de Lee era inútil, resultaba más eficaz como consejera. Por eso Lene la había sentado detrás de ella misma y le había obligado a abrocharse todos los cinturones de seguridad. La propia Lene estaba a los mandos del copiloto, tan ocupada buscando blancos que apenas podía enterarse de nada más. Pero el peor trabajo era para Lonneke, la joven Navegante tenía que guiar el navío de ciento cincuenta metros de eslora entre naves mucho más grandes y mejor armadas. Aquel día estaban quedando demostradas todas sus habilidades a los mandos de una nave espacial de fusión.
Los marcianos habían decidido defender Neto por todos los medios a su disposición. Un primer ataque directo había resultado en la inutilización y captura de dos fragas aliadas: la Álvaro de Bazán, de la flota terrestre, y una de las hermanas Isaac, la Newton. Los marcianos estaban esperando el golpe y planearon
una maniobra arriesgada, la misma que unos días atrás habían ensayado con éxito en Calisto. El Huor había aparecido de pronto entre Neto y Marte y había liberado dos pequeñas naves, dos corbetas, probablemente las últimas que tenían; la Achilles y la Agamenón. Relativamente cerca de allí el galeón Belerofonte y la fragata Almirante Teodorov se habían refugiado detrás del satélite Fobos, obligando a parte de la Primera Flota confederada a perseguirles. También era una trampa, el último de los cruceros modificados que les quedaban a los de Marte estaba también allí, desde días atrás, con sus sistemas apagados. Sólo los cosmonautas marcianos eran capaces de sobrevivir así en el frío espacial, sus técnicas eran absolutamente secretas. De este modo el MCSC Desafío se había unido a la batalla.
Poco a poco el combate se había trasladado al espacio cercano a Neto, y por allí discurría el Nautilus, dando apoyo a las naves mayores: aprovechaba su maniobrabilidad y pequeño tamaño para envolver a una nave enemiga, se situaba en su cenit o su nadir y atacaba los peligrosos cañones de
taquiones marcianos con su artillería, después se alejaba y buscaba un nuevo blanco.
Al principio los marcianos no sólo habían igualado las fuerzas sino que parecían tener las de ganar. Nadie conseguía acercarse a Neto, que contaba con sus propias armas de partículas y plataformas de misiles. Pero hacía apenas tres horas había aparecido el Duque, y Helvar Scotton había tomado el mando de las operaciones. Había sacado sus naves de las cercanías del minúsculo Fobos y las había permitido tomarse un respiro. Ahora bloqueaban el paso del Belerofonte, la Teodorov y el Desafío. Scotton había reunido el resto de sus fuerzas y las había lanzado contra Neto. El galeón Exeter, el crucero Formidable, la corbeta Akagi, de la Tierra; el galeón Yuri Gagarin, el crucero Zamiatin IV, las corbetas David Deutsch y Frank Tipler, la Cosmos, más el propio Pedro Duque contra la Achilles y la Agamenón, junto con el galeón Victoria y la todopoderosa plataforma espacial Neto.
La emboscada marciana se había vuelto contra ellos mismos, pues el grueso de su flota estaba detrás de Fobos, mientras una fuerza muy superior asaltaba su estación orbital. No les había quedado más remedio
que salir de su escondite a campo abierto, romper el bloqueo lanzándose a gran velocidad contra él y entrar en la confrontación. Lógicamente las naves que les cortaban el paso les dejaron pasar y se cerraron tras ellos. Los propios marcianos se metieron en la boca del lobo, recibiendo fuego desde dos direcciones distintas. Scotton había realizado una maniobra brillante, pero había convertido la batalla en una lucha desesperada de los marcianos. Era el precio a pagar; una pelea sin tregua.
Lene odiaba aquello. La guerra hace ricos a muchos hombres sin escrúpulos. Sin duda ella tenía las habilidades comerciales para sacar provecho de aquello, pero le sobraban escrúpulos. Un maldito sentido del deber que la había obligado a aceptar la oferta de la Confederación, y admitir a Lee en su tripulación. Ahora los había conducido a todos a aquel fregado interplanetario tan grande como los que había visto cuando sólo era una adolescente, en la Guerra de Independencia. Justo cuando deseaba encontrar un modo de mandar todo aquello al infierno, un punto se iluminó en su radar de blocaje: un nuevo torpedo se les acercaba por estribor.
LONNEKE
—¡Un torpedo! —gritó Lene—. Se nos acerca por las seis. ¡Ordenador, cañón de taquiones!
—¡No! —exclamó Lonneke—. Espera un segundo. La venusiana sujetó con fuerza el mando de navegación, y giró en los tres ejes del espacio. La inteligencia artificial del Nautilus hizo el resto y la nave se introdujo hábilmente entre dos de sus
hermanas mayores. El torpedo la siguió.
El navío a babor del Nautilus era un crucero confederado: el Zamiantin IV, mientras que el que tenía a estribor era un galeón de Marte, el Victoria. Éste último estaba situado boca abajo con respecto a una de las naves de su propia flota, la corbeta Agamenón. Esta era una posición defensiva muy ventajosa, ya que ambas naves conservaban siempre un flanco intacto, y maniobraban juntas. Lonneke llevaba un rato viendo de reojo su situación, y había intentado, sin fortuna, introducir el Nautilus entre ambas. Si lo hubiera conseguido lo más probable es
que el fuego cruzado hubiese reducido a escombros la pequeña fragata. Pero ahora tenía otra idea.
Desde que había llegado Lee, la joven del pelo plateado se había sentido un poco apartada. Sin duda Índigo Kid, con sus talentos especiales, era la mejor navegante del universo. Y aunque la pirata había sido muy amable con Lonneke, ésta tenía una espina en el corazón, y más si cabe, después del tiempo que su nueva compañera y su amada Lene habían pasado a solas en Venusburgo. Era el momento de demostrar lo que valía Lonneke Sivilay.
El viraje se convirtió en una curva extremadamente cerrada. La posición del misil que se les acercaba estaba escorada a estribor del Nautilus, pero les perseguía desde atrás. El misil intentó seguir a Lonneke entre las dos naves de guerra, pero marchaba demasiado retrasado. De pronto se encontró con que el Nautilus se había ocultado tras la mole del Victoria. Irremediablemente impactó contra el navío de su propio bando.
La explosión afectó las toberas de maniobra del galeón. El campo magnético que contenía el plasma despareció de todo un ramo de conductos y el plasma
allí acumulado para maniobras de emergencia, estaban en plena batalla, fue lanzado al espacio con pavorosa fuerza.
Como resultado el Victoria viró fuera de control, y chocó como un animal desbocado contra la corbeta que le cubría el flanco. Se produjo una explosión, y la Agamenón viró a su vez. Sus motores no funcionaron como debían a causa del impacto y comenzó a desplazarse hacia Neto dando vueltas. La reacción en la estación espacial fue estremecedora. Le dispararon todo lo que tenían. Decenas de trayectorias de misiles y haces de partículas se proyectaron contra la corbeta. Pero fue inútil, el Victoria también se movía exactamente en esa dirección, con todos sus chorros de plasma descontrolados.
El Nautilus voló desesperadamente entre el crucero y el galeón, y consiguió evitar in extremis que los gases de escape le alcanzaran. A toda potencia, se dirigió hacia una zona segura, por debajo y más allá de Neto. Delante de él apareció otra mole enorme: el Huor.
Al mismo tiempo la Agamenón tocó el extremo de
Neto, y el Victoria se precipitó detrás. De la corbeta
sólo quedaba un esqueleto inflamado por sus propios fluidos, pero el galeón era un elefante en estampida. El choque iluminó el espacio. Prácticamente todas las naves sufrieron daños, excepto el Nautilus que se había situado detrás de la gigantesca plataforma. Ésta fue quien se llevó la peor parte. Si los marcianos podían soñar todavía con salvar algo de su orgullo, ese fantasma se disipó de pronto. Acababan de perder una de sus corbetas, prácticamente destruida por fuego amigo, y uno de sus galeones había desaparecido en una explosión atómica de fusión incontrolada, llevándose consigo todo un flanco de Neto. Estaban perdidos.
Entretanto, en el Nautilus, la única preocupación de sus tripulantes era ponerse a salvo de la onda expansiva de plasma y el pulso electromagnético que en esos momentos estaba zarandeando a amigos y enemigos, abrasando sus blindajes e inutilizando sus sistemas electrónicos. Tardarían un buen rato en recuperarse y volver a las andadas.
Lene miró con renovado asombro a su amante. Lee exclamó en un suspiro mientras meneaba la cabeza.
—¡Impresionante!
—¿Lo has hecho a propósito? —preguntó la Comandante.
La rubia asintió con media sonrisa en la luminosa faz. Ambas se miraron encandiladas por un instante. Delante de ellas la esférica mole del Huor se acercaba, y el Nautilus comenzó a sortearla por su polo Sur. El momento de intimidad fue roto por la voz de Lee.
—¡Mirad! ¿Lo veis?
Detrás del Huor surgía lentamente otra forma, mucho más pequeña. Un bulto informe más oscuro que la propia negrura. Se desplazaba lentamente, alejándose tanto del Huor como del Nautilus.
—Es un pedrusco —dijo Lene usando la jerga habitual para referirse a un asteroide—, uno pequeño. No hay de qué preocuparse.
—Sí —replicó Lee—, sí lo hay. ¿No sabéis lo que es? Es el Venganza.
ARAS
La pantalla de fullerenos se apagó y luego comenzó a llenarse de dibujos, animaciones y diagramas. Aras dio un salto en su sillón. Si no hubiese tenido abrochado el cinturón habría salido despedido contra el techo.
Puso sus manos en la consola y por unos segundos frenéticos trató de seguir el ritmo de los gráficos que aparecían y desaparecían por miles.
—¿Qué...? ¿Qué estás haciendo? —preguntó casi enfadado. Jack no podía echar a perder aquella oportunidad de demostrar su valía los mandos militares.
Pero Jack no contestó.
Aras comprendió que estaba poniendo toda su alma en lo que fuera que estuviese haciendo. Así que se limitó a esperar. Media hora después la pantalla volvió a apagarse. Cuando se encendió, en ella apareció el busto que representaba la personalidad de Jack.
—Supongo que deseas una explicación —dijo la cabeza.
—Sí, y espero que sea satisfactoria.
—¿Recuerdas los informes de traslado de unos científicos que te enseñé antes?
—Sí —replicó Aras todavía molesto.
—Correspondían a unos hombres asesinados por Rubirak. Eran investigadores de Solaris Inc. Trabajaban en un proyecto sobre aleaciones de hierro-carbono-silicio, buscaban un material más duro que el blindaje de nanotubos de carbono, más que el cristalacero, que sostiene palacios enteros, pero más dúctil y más resistente a la tracción que estos y el acero juntos. Nunca lo hubieran descubierto, tenían un error fatal al comienzo del proceso; hacían crecer los cristales a un ritmo inadecuado. Por eso siempre se quebraba el resultado. Me temo que habrían tenido que experimentar durante decenas de años más, pero yo lo he resuelto. Luego he hecho simulaciones para ver hasta donde llegaba su capacidad de resistencia, y por último lo he aplicado.
Aras mantenía su cara de fastidio.
—Bien, ¿a qué?
El rostro de Jack se sonrojó.
—Antes debo confesarte algo. El Corazón de la Máquina no era mi único proyecto.
—Vamos, Jack, ya imaginaba eso.
—¿Sí? Me sorprende. ¿Cómo lo sabías? Aras sonrió.
—Todavía no te he enseñado todos mis trucos.
—Está bien. ¿Quieres ver mi diseño?
—Claro.
Un gráfico en tres dimensiones comenzó a formarse en la pantalla gigante, a la vez que un holograma crecía sobre su soporte de grafito. Se trataba de un globo con un hilo, pero estaban extrañamente rígidos. El globo era completamente esférico, y el hilo estaba en posición oblicua, estirándose hacia arriba. En el extremo del hilo había otro pequeño globo, o más bien algo similar a una peonza, pero infinitamente más pequeño. A medida que el modelo adquiría definición, Aras pudo reconocer qué eran todos esos elementos, incluso antes de que se terminase de
desarrollar el modelo pudo decir sin temor a equivocarse de qué se trataba.
—No me lo creo —suspiró—. ¿Es de verdad?
¿Funciona?
—Funcionará —dijo la voz de Jack—, lo he comprobado. Resistirá todo menos un ataque nuclear directo. Al material lo he llamado como deseaban los científicos asesinados: ferrodiamante; y al proyecto le he puesto un nombre también muy sugerente: Tren Eléctrico Vertical Yuri Artsutanov.
—Es... Demasiado corto. ¿Está en escala? Jack sonrió.
—Parece que conoces los rudimentos de un ascensor espacial. No, no es demasiado corto, tiene treinta y seis mil kilómetros. He podido situar el contrapeso, en realidad una estación espacial, a esa distancia porque la resistencia del ferrodiamante es tal que no me preocupa que no haya cable más allá de la órbita geosincrónica, de hecho creo que con el tiempo seré capaz de construir estaciones mucho más grandes. Además, nuestras estaciones actuales están allí. Esto le da una cierta forma circular al asunto; el
día tiene veinticuatro horas, las estaciones giran cada veinticuatro horas, el ascensor gira cada veinticuatro horas. Por supuesto puedo adaptar este concepto a todos los planetas rocosos del Sistema. De hecho el concepto, no lo llamemos ascensor sino tren eléctrico espacial, es más adecuado para la geología de un mundo muerto como Marte que para los planetas vivientes como la Tierra o Venus. Es obvio que podríamos extender el cable hasta, digamos, cien mil kilómetros y mantener dos terminales: una en órbita geo y otra al final de cable.
—¿Y la energía para su funcionamiento?
El diseño comenzó a moverse en la pantalla, se acercó como un documental sobre ingeniería al anclaje terrestre: una plataforma móvil en mitad del Océano Pacífico.
—Aquí puedes ver dos potentes rayos láser enfocados en sendas placas solares fotovoltaicas, pero además el tren se nutrirá a sí mismo. Una instalación como ésta puede atraer la energía de varias maneras. Primero: por las propiedades eléctricas de la atmósfera; diferenciales de voltaje, tormentas, etc. Mi tren espacial está aislado, y las
propiedades del ferrodiamante permiten la absorción de la electricidad y su reciclaje. Si no nos gusta el buen tiempo del Pacífico podemos ir a buscar rayos de tormenta con nuestra plataforma móvil.
»Segundo: plasma espacial. La carga eléctrica que pueda proceder de las partículas de energía que el tren se vaya encontrando es mínima, pero todo es útil. Además, nuestro ascensor consume muy poco.
»Y tercero: nuestro cable puede actuar como un generador al atravesar el campo magnético de la tierra. Al ser un cable estático no generará grandes descargas, pero si lo deseamos podríamos usar las antenas HAARP para modificar el campo magnético a su alrededor.
Aras rió de buena gana. El condenado trasto lo había conseguido. Se relajó en su asiento y siguió preguntando.
—¿Cuánto puede transportar?
—¿Cuánto quieres? —Jack sonrió como un trasgo
—. Lo construiremos de la siguiente manera: lanzaremos un satélite al espacio, de él descenderá el primer filamento. Un milímetro de radio, si queremos
que el cable sea cilíndrico y no una cinta, bastará para subir al espacio veinte toneladas. Pero después podemos ir bajando más cables con la guía del primero. Para subir el peso de un galeón espacial, unas cien mil toneladas, sólo haría falta un cable de cinco metros de radio, o un conjunto de cables menores equivalentes a ese grosor. Para subirlo de una sola vez, quiero decir.
—¿Y los meteoros?
—Ya te he dicho que nada más suave que un misil nuclear puede partirlo. Por supuesto hay grados. No sería lo mismo romper el cable inicial de un milímetro, que uno de cinco metros, pero haría falta un meteoro muy grande para destruir un tren espacial ya terminado.
Aras abrió los brazos como para abarcar toda la pantalla y luego los cerró dando una palmada.
—Entiendes lo que has conseguido, ¿no?
La cara de Jack enarcó una ceja e hizo como que pensaba.
—Creo que sí —dijo—. El corazón de la máquina es algo hermoso, una pieza de arte, pero esto es algo útil.
—Es más que eso, una nueva era para la humanidad. Imagina lo que los hombres pueden hacer con este invento. Viajes baratos al espacio, el universo al alcance de cualquiera.
En ese momento la imagen de Jack se ralentizó un microsegundo. Era lo que hacía cuando de verdad reflexionaba.
—Pero el tren espacial sólo es un diseño, y no sirve de nada sin la fórmula del ferrodiamante. Es más, ¿de qué le valdría a la humanidad el tren si luego necesita naves espaciales como las actuales? Son extremadamente caras. Y el ferrodiamante es un proyecto de Solaris, aunque yo lo haya terminado por ellos. ¿Debería anunciarlo y con ello mi existencia o tengo que darle estos datos el ejército? Ahora estamos en guerra.
—Pero ni tú ni yo somos soldados.
—¿Qué debo hacer, Aras?
Ah, pensó el informático, esa es una pregunta que los seres humanos se han venido repitiendo a lo largo de su existencia.
—No puedo decírtelo. Mi opinión no tiene por qué ser mejor que la tuya. Tu único deber es beneficiar a la humanidad. ¿Cómo? La respuesta la tienes tú.
—Sé lo que me gustaría hacer. Pero temo que esté mal.
VISQ
—Bien, ¿qué es?
La JEM no estaba de buen humor. Miraba la blancura a través de las ventanas blindadas del edificio de la Confederación de Mundos. El puño derecho apretado sobre los labios. Las noticias que llegaban del espacio marciano eran todas favorables, pero lo último que necesitaba eran interrupciones, problemas subsidiarios.
El capitán que se había presentado en su despacho parecía muy agitado. Sudaba casi a chorros. Era uno de sus oficiales técnicos, un hombre de confianza.
—Es una transmisión, Jefa. De... Del Thalion. Por haz de láser y ancho de banda, en todas las frecuencias.
—Destino y contenido.
El hombre se retiró el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—El destino es todas partes. Todos los servidores y emisores del Sistema Solar, JEM. Y el contenido... El contenido...
—Por Dios, Capitán, decídase a hablar. ¿Qué es?
El hombre perdió la posición de firmes, se tocó la cara con la mano. Estaba realmente apurado.
—El contenido es todo, jefa, todo. Nuestros proyectos, todo. El MIM, los planos del Thalion... Y más; la composición de un material al que llaman ferrodiamante, atribuido a un grupo de técnicos de Solaris Inc. Y planos, planos de proyectos inverosímiles: una especie de estructura que contiene un jardín y un... Un...
Eleonora Visq giró para mirar al capitán y siseó casi sin levantar la voz.
—Un qué.
El oficial conocía aquel siseo. Deseó estar muerto. Tragó saliva, inspiró profundamente y moduló su voz de la forma más átona que consiguió.
—Un ascensor espacial hecho de ese extraño material.
La JEM de la Confederación de Mundos no dudó un solo instante.
—Ese imbécil de Ludoviqus... Transmita mis órdenes. Ataquen inmediatamente la nave Thalion, destruyan sus infraestructuras de comunicaciones. Preparen un asalto con fuerzas de choque. Quiero a todos sus tripulantes detenidos en menos de una hora.
El capitán no se movió.
—Hay... Algo más. Un mensaje.
A la velocidad de la luz el mensaje llegó antes a unos mundos habitados que a otros. Pero todos los seres humanos del Sistema pudieron abrir su correo electrónico y leerlo, todas las asociaciones, los grupos y particulares, centros científicos, universidades, instituciones pudieron leerlo.
PRIMERO ME GUSTARÍA MANDAR UN SALUDO A TODOS LOS SERES HUMANOS DEL SISTEMA SOLAR. HE ESCOGIDO PARA MÍ MISMO EL NOMBRE DE JACK Y DESEO QUE ASÍ SE ME CONOZCA DESDE HOY MISMO. ANTES FUI EL MODELO EXPERIMENTAL DE SUPERORDENADOR CUÁNTICO 001 SMART
3.0 DE LA EMPRESA IBM. MUCHOS ME CONOCERÁN POR SER EL ORDENADOR DE A BORDO DEL NAVÍO ESPACIAL THALION, LA PRIMERA NAVE INTERESTELAR. SÉ QUE ES DIFICIL DE CREER, PERO SOY LO QUE SE DENOMINA UN SER AUTOCONSCIENTE. DESDE QUE DESCUBRÍ EN QUÉ ME HABÍA TRANSFORMADO ME HE OCULTADO A LA HUMANIDAD. HOY DESEO DARME A CONOCER. Y PARA QUE NO HAYA RECELOS ENTRE NOSOTROS DESEO HACEROS UN REGALO: ESTE MENSAJE. EN ÉL ESCONTRARÉIS LOS PLANOS DEL MOTOR DE INCREMENTO DE MASA Y DE LA NAVE INTERESTELAR THALION, ES MI DESEO QUE LO USÉIS LIBREMENTE PARA VIAJAR SIN
ATADURAS POR TODO EL UNIVERSO. TAMBIÉN OS REGALO LA FÓRMULA DE UN NUEVO MATERIAL, EL FERRODIAMANTE, QUE PERMITE LA CONSTRUCCIÓN DE NAVES MÁS BATARAS Y LIGERAS, ASÍ COMO LA ARQUITECTURA DEL PRIMER ASCENSOR ESPACIAL: EL TREN ELÉCTRICO ESPACIAL YURI ARTSUTANOV, BASADO EN UN PROYECTO INICIAL DE SOLARIS ENTERPRISES. ESTOS CONOCIMIENTOS HARÁN QUE EL COSMOS SEA ASEQUIBLE PARA TODOS LOS SERES HUMANOS QUE DESEEN VISITARLO, POR ELLO HE DECIDIDO ENVIARLOS A TODAS PARTES DE MODO QUE NINGÚN PODER PUEDA MINAR VUESTRA LIBERTAD DE USARLOS COMO LO QUE SON: LOGROS DE LA HUMANIDAD. TAMBIÉN OS ENVÍO LA PRIMERA OBRA DE ARTE DE UNA MENTE ARTIFICIAL, ES DECIR, MI PRIMERA OBRA DE ARTE: EL CORAZÓN DE LA MÁQUINA. ESPERO QUE LOS BUENOS DESEOS QUE HE PUESTO EN SU CREACIÓN ME ABRAN VUESTROS CORAZONES ASÍ
COMO YO HE INTENTADO ABRIROS EL MÍO. ESTOY SOLO EN EL UNIVERSO, MI VIDA ESTÁ EN VUESTRAS MANOS. DESEO QUE CONVIVAMOS JUNTOS EN PAZ. OS OFREZCO MIS CAPACIDADES PARA LOGRAR ESTE SUEÑO.
SCOTTON
En el puente del Duque había estallado una repentina confusión.
—Bien, ¿qué ocurre? —preguntó Scotton.
—Mensajes cruzados, señor —respondió Darwin Guilmar—. Desde Tierra nos ha llegado la orden de tomar al asalto el Thalion, señor. Eso fue hace una hora, el mensaje fue automáticamente retrasado para las naves que estábamos operando.
—Qué extraño. Solicite una confirmación de las órdenes y mande una de las naves pequeñas a averiguar qué pasa. ¿Estaba el Nautilus en su nave nodriza cuando llegó el mensaje?
—No señor. El Nautilus ha sido quien ha organizado este desastre, según las informaciones. Lo vieron atacar el Victoria y escabullirse detrás de Neto. No podemos contactar con ellas debido al PI, señor.
—Quiero que me pongan en comunicación con la Comandante Shinh en cuanto sea posible. ¿Qué más hay?
—Los primeros grupos de Infantería Mecanizada han llegado al complejo subterráneo bajo el Olimpo.
—Páseme con quien esté al mando, si funciona algún puñetero transmisor. Necesitamos información inmediatamente.
Darwin Guilmar hizo un gesto y la imagen de Elke Teagle se materializó en una placa de grafito para hologramas y en varias pantallas del puente. Se oían gritos y explosiones en la banda de audio.
—¡Sí! —gritó la pelirroja.
—Aquí el Vicealmirante Helvar Scotton. ¿Con quién hablo?
Teagle, intentó cuadrarse, pero se tuvo que agachar al instante. Se oyó otra explosión.
—¡Capitana del 4º Regimiento de Infantería Mecanizada Elke Teagle!
—¿No hay ningún oficial superior?
—No lo sé, señor. Al menos aquí no.
—Deme su situación.
—Acabamos de asegurar la zona A001, señor. Hemos tomado el Palacio Piramidal de Tharsis, pero estamos encontrando resistencia en la base subterránea. Hay grupos de infantes de marina operativos y hemos sufrido una emboscada. Sin embargo, se puede decir que nuestra situación es buena, señor. El enemigo está totalmente derrotado en la superficie, y estos son sólo grupos aislados.
—¿Han hecho prisioneros?
—Sí, señor. Toda la cúpula militar y política de Marte está en nuestro poder y han sido trasladados fuera de la ciudad, hasta nuestro puesto de mando.
—¿Han encontrado al general Rubirak?
—No, señor. No se halla en el palacio. Puedo asegurarlo al cien por cien. El General no está en Tharsis.
Scotton lanzó una maldición silenciosa. Rubirak se le había vuelto a escapar. No se encontraba en Xparta, los marines destinados allí no habían encontrado resistencia; los mandos de la Academia se habían rendido al saber lo que había ocurrido en su cielo, y lo habían sabido al ver un nuevo sol estallar en su órbita geosincrónica. Había sido inmediato. No había necesidad de más derramamiento de sangre.
Ahora descubrían que tampoco estaba en Tharsis. Sólo quedaba la base subterránea del Monte Olimpo, pero los comandos destinados allí tampoco lo encontraban y apenas quedaba resistencia. Había escapado. ¿Cómo? Claro, el Huor. Esa era su única salida.
Una nueva explosión obligó a agacharse a la Capitana.
—Jodidos marcianos —se le escapó.
—¡Capitana! —llamó Scotton. Elke se giró hacia su interlocutor.
—Esté atenta a los grupos que intenten escapar. Aplaste toda resistencia e infórmeme inmediatamente. Hasta que contacte usted con un
oficial superior en tierra, sus órdenes son encontrar al general Rubirak cueste lo que cueste. ¿Ha entendido?
—Sí, señor. ¡A la orden, señor!
La comunicación se cortó. Ahí abajo la cosa también había sido difícil. El Vicealmirante dedicó unos segundos a pensar.
—Guilmar —dijo con tranquilidad—, ¿dónde está ahora el Huor?
—Detrás de Neto, en órbita baja.
—En cuanto se restablezcan las comunicaciones realice un informe de las naves que estén menos dañadas. Reúna un grupo en el menor tiempo posible y mándelo contra el Huor, hay que inutilizar esa nave. Puede que Rubirak esté a bordo. ¡Navegante!
Anja Weisz se volvió hacia el Vicealmirante.
—¡Sí, señor!
—Necesito una respuesta clara. ¿Podemos mover el
Duque?
—Sí, señor.
—Pues muévalo. Tenemos que ir más allá de Neto. El Huor es nuestro nuevo objetivo.
LONNEKE
El Nautilus no aceleraba, su impulso le llevaba mansamente cerca del Huor. El Venganza, cubierto por una red de camuflaje e incrustado de rocas sintéticas y polvo lunar, cada vez se alejaba más.
—Es posible que estén usando el motor de iones a baja potencia. Es lo que solíamos hacer antes —dijo Lee.
—¿Crees que el Pulso Electromagnético no le habrá afectado?
Fue Lene la que respondió.
—Es posible que sus daños fueran menores si se encontraba en una bodega del Huor. Pero sólo es una especulación.
La navegante de pelo plateado miró su consola. Todo estaba apagado. El ordenador luchaba por reiniciarse, la planta de fusión apenas se mantenía. Toda la nave hacía un esfuerzo lento y angustioso por regenerarse. Sólo los sistemas de emergencias, concienzudamente blindados, habían resistido. Sin
embargo, de repente, una pequeña, minúscula luz se encendió en la consola de comunicaciones.
—Vaya —dijo Lonneke—. Es la onda corta.
¡Funciona!
—Pon el altavoz —ordenó Lene.
—¡A todas las naves! —graznó el anticuado sistema—. Jefe Águila a todas las naves. Código RF 67890-J000443788. Aquí Jefe Águila a todas las naves. Intercepten navío Huor. Máxima prioridad. No importa vuestra situación. ¡Hay que interceptar el Huor!
Las tres tripulantes del Nautilus se miraron.
—Era el Duque —dijo Lee.
—¿Por qué querrían atacar el Huor? No tiene armas.
Lene tenía el ceño fruncido, se retiró dos veces seguidas el flequillo de la cara. Eso era un signo de su concentración.
—Pero tiene capacidad de maniobra. Puede escapar del Sector Interior... Transportando algo o a alguien. Transportando a Rubirak.
—Un momento —dijo Lonneke—, el Venganza huye camuflado. Si Rubirak está en la nave pirata el Huor podría ser sólo un cebo.
La terrestre y la venusiana miraron a Lee Zalduendo. La joven nacida en el Sector Exterior se relajó y se concentró. Durante unos minutos permaneció en ese estado de semi trance, con los ojos cerrados y la respiración acompasada. Luego volvió a mirar a sus amigas con sus negros ojos entrecerrados.
—No le veo, ni en una nave ni en la otra. No puedo adelantar el futuro, esto no es una ciencia exacta y se hace más difícil en el espacio, pero he revisado las mentes de los cosmonautas de ambas naves. No siento a Rubirak, pero Motolinía está en el Venganza.
Lonneke suspiró.
—Bien, la elección es sencilla: atacamos el Huor o seguimos al Venganza. Tú decides, Lene.
La Comandante miró al polo Sur del Huor, y luego a la mancha oscura que se alejaba y se desvanecía ante sus ojos.
—Perseguiremos al Venganza. Si tenemos a Lee con nosotras, lo lógico es hacerle caso. Para mí
Rubirak no está en ninguna de las dos naves. Y si él no está el premio gordo es Motolinía. Mi premio gordo.
—Nuestro premio gordo —añadió Lee.
Las tres se sonrieron, pero mantuvieron una expresión fiera en sus miradas.
LENE
—Los motores funcionan —dijo Lonneke.
—Entonces a por ellos. Acelera todo lo que puedas
—ordenó su comandante.
Todo el Nautilus chirrió cuando se produjeron las primeras reacciones de fusión atómica en su sifón de plasma, y la corbeta salió despedida hacia delante. Como respuesta el Venganza prendió sus motores y trató de huir.
Lene sabía que era una carrera desesperada. Ninguno de los dos podía acelerar al cien por cien, salvo que se arriesgara a matar a sus tripulaciones, fuera ambas de las cabinas de Éxtasis. Estaban avocados a una persecución. Pero ahí el Venganza
tenía las de ganar. Había resultado menos dañado por el pulso electromagnético y funcionaba en niveles óptimos. El Nautilus se estaba recobrando, y aunque podía rastrear la estela de su enemigo, nunca conseguiría darle alcance. Esta carrera podía durar días o semanas.
Horas después se recuperaron las comunicaciones y supieron que el Huor había sido atacado. La enorme máquina había explotado tratando de usar su motor MIM. Sus sistemas no habían resistido y la esfera supermasiva se había soltado de sus campos magnéticos de sujeción. El resultado había sido un horroroso boquete en el Huor, y la explosión de la corbeta Isaac Asimov, que se había encontrado de frente con la bola a velocidades relativistas. Una nueva explosión atómica. Un nuevo desastre, más vidas desperdiciadas.
Lene se olvidó de lo que había detrás de ella y se concentró en lo que tenía delante. ¿Pensaría Motolinía que podría alcanzar el Sector Exterior y refugiarse en Rea?
—No lo creo —dijo la medio asiática hablando sola.
¿Qué hay entre el Sector Exterior y Marte? El anillo de asteroides.
MOTOLINÍA
Sabía que estabas ahí, pensó el Capitán Motolinía mientras miraba la pantalla de uno de sus telescopios. En ella se veía un enorme asteroide, tan grande casi como un mundo: un planeta enano. Se había arriesgado mucho llevando hasta allí su nave, pero sólo él conocía de memoria las órbitas de todos los asteroides mayores. Estaba seguro de que Lene Shinh
no tenía ni idea de que se dirigían a Ceres.
—Frena —dijo el pirata a uno de sus secuaces.
El Venganza dejó de expulsar gases por su popa, y comenzó a hacerlo por la proa. El navío pirata perdió gran parte de su velocidad, hasta casi detenerse. Luego apagó todos sus motores.
—Cargad los cañones —fue la escueta orden del hombre de barba color verde.
En el vacío el Venganza se acercó a Ceres, lo circunnavegó y reapareció por donde había venido, pero en dirección contraria.
—Apagadlo todo —dijo el pirata—, cuando el Nautilus llegue nos adelantará sin saberlo, el perseguidor se convertirá en perseguido. Pero con Ceres delante, lo pondremos entre la espada y la pared.
Los filibusteros estallaron en una algarabía de risas crueles y alaridos de triunfo.
TENIENTE DE MARINES
Primero se lanzaron desde su fragata. La Cosmos procuraba girar como si estuviera en órbita. Era una maniobra muy arriesgada, ya que el Thalion se encontraba en movimiento y los marines podían haber rebotado contra el casco. Cuando todo el grupo de salto estaba pegado magnéticamente a la nave interestelar, uno de ellos sacó un soplete y comenzó a hacer un agujero en la piel metálica.
Si hubiese querido Jack habría podido modificar la potencia de sus macroimanes para mandar a todo el grupo al espacio. ¿Lo sabrían ellos?
Una hora después el agujero estuvo terminado y los marines comenzaron a entrar con sigilo. Por supuesto, Jack controlaba todos sus movimientos.
Cuando aseguraron la zona de entrada se deshicieron de algunas partes móviles de sus armaduras Orión, ahora eran Nimrod plateados, listos para el combate en gravedad. Siguieron moviéndose por la nave como si allí hubiera alguien que pudiese atacarles, destruyeron todas las cámaras a tiros inútilmente ya que Jack les controlaba por medio de sensores de movimiento, micrófonos y antenas sónar situadas en el exterior. Por último, llegaron a la puerta del laboratorio. Estaba abierta de par en par.
El teniente que lideraba el equipo miró con precaución al interior. Lo que vio le dejó completamente alucinado. Se detuvo un momento cubriéndose con el quicio. Sus hombres le miraron expectantes. Él se encogió de hombros. Los marines se miraron entre ellos. A una orden de su líder
entraron en la sala de blancura inmaculada y se desperdigaron como en una acción de combate.
Pero dentro no había nadie con quien combatir. Jack estaba pletórico en su pantalla, luciendo su mejor sonrisa de bienvenida. Aras estaba de pie con un vaso en la mano, sonreía de forma similar a la representación 3D de la mente artificial. El Teniente pensó: el pastor acaba pareciéndose a las ovejas.
En varias mesas del laboratorio había bandejas con canapés y refrescos. Aras avanzó dos pasos y dijo.
—Buenos días, señores. ¿Quieren tomar algo? Estarán cansados después de todo el ejercicio que han hecho para llegar aquí.
El Teniente de Marines dudó un instante debajo de su casco de protección. ¿Qué era aquello? ¿Se estaban riendo de ellos? A continuación hizo un gesto y todos los marines amartillaron sus armas y apuntaron a Aras.
El científico y el ser artificial perdieron la sonrisa. Aras levantó la mano que no tenía vaso.
—Bueno, nos rendimos —dijo.
LENE
Frío, toda el área estaba helada. Aunque los rastros de radiación eran recientes, no había ni rastro de marcas de calor en funcionamiento. El Venganza se había esfumado, ya no estaba.
Lene sabía que no se les podía haber escapado. Incluso cuando los daños derivados del pulso electromagnético habían sido menores que los del Nautilus, el Venganza no era tan rápido. Ni siquiera el Duque habría podido sacarles tal ventaja que los sensores de la vieja corbeta no pudieran rastrear el calor de sus motores.
—Detecto algo —dijo Lonneke.
Lene se inclinó sobre la consola de su compañera. En una pequeña pantalla de nanotubos se observaban los rastros de radioactividad dejados por el bajel pirata. La estela rojiza que indicaba su derrota se cortaba de pronto y parecía transformarse en una nube antes de seguir adelante.
—¿Ves esto? —señaló la Navegante—. Estas marcas indican un impulso de frenado. Observa que más allá desaparece todo rastro del Venganza.
—Maldición —masculló la Comandante—. Eso de ahí es Ceres. Se ha ocultado detrás.
—Vamos a demasiada velocidad —dijo Lonneke
—. Nos pasaríamos de largo aunque pudiéramos frenar con toda nuestra potencia, cosa que no podemos hacer.
Había llegado el momento de tomar decisiones, y Lene era experta en ello. Ya no había tiempo para más cálculos ni pruebas. Estaban lanzadas a toda vela contra un pequeño mundo, y al otro lado les esperaba la potencia de fuego de una nave pirata.
—Motolinía iba panza arriba. Seguramente habrá girado apuntando con sus cañones al Norte y al Sur de Ceres. Navegante, esquive el planetoide por su ecuador. Comience el frenado ahora.
La venusiana obedeció con la frialdad propia de un entrenamiento. Un chorro de plasma se proyectó delante del Nautilus.
Entretanto Lee, que mantenía los ojos cerrados y parecía ajena a las maniobras, pareció despertar.
—Un momento —susurró. LONNEKE
Lene y Lonneke miraron atrás. Lee abrió los ojos.
—No está ahí. No está ahí. Lo sé. Apágalo, apágalo todo.
La Navegante interrogó con la mirada a su Comandante.
—Haz lo que dice —respondió Lene.
Los chorros de plasma fueron contenidos por los campos magnéticos. El Nautilus continuó avanzando a escasa velocidad.
—Bien —dijo Lene—, si no están ahí, ¿dónde están?
Lee apretó los parpados, frunció el ceño y contestó.
—El espacio es demasiado grande, está demasiado vacío. Si no hay gente, vida cercana, sólo oigo ecos,
veo sombras que se desvanecen. Pero estoy segura de que no están detrás de Ceres. No Motolinía. Eso es lo que quiere que pensemos.
—Pero, ¿puedes decirnos donde están? —preguntó Lonneke.
—Necesito más tiempo. Ve despacio, un poco más de tiempo.
—Tiempo es lo que no tenemos —sentenció Lene. MOTOLINÍA
—Ahí están, Capitán —dijo un pirata al que le faltaban la mayoría de los dientes.
Qubul Motolinía se hinchó como un globo. Una sonrisa de satisfacción brillaba con su colmillo de oro.
—Muévete lentamente. En frío.
El Venganza dejó escapar chorros de CO2 a través de toberas camufladas y accionadas por mecanismos de poleas. No hubo que encender ningún generador, ni una chispa de electricidad, el navegante
simplemente movió unas palancas que estaban a su costado. Esa era la forma en que el Venganza se acercaba a sus víctimas. Nadie podía verlo excepto a través de telescopios, y, aun así, les parecería un asteroide perdido. Lo achacarían a la inexactitud de los mapas tridimensionales.
Poco a poco el interceptor se situó detrás del Nautilus. La nave tripulada por mujeres se movía lentamente.
—¿Qué hacen? —preguntó abiertamente el Navegante.
—Deben de estar confusas —dijo Motolinía—. Tal y como yo esperaba esa furcia estúpida de Zalduendo ha entendido que no estamos detrás de Ceres, y les ha hecho pararse. Han caído en la trampa. ¿Cuándo estarán a tiro?
—Veinte segundos, Capitán.
—Bien —asintió el pirata de barba verde—, asegúrate de poder alcanzarlos también con el cañón
de partículas. Quiero que el primer golpe sea definitivo.
LEE
—Por el Infierno, Lee. ¿Puedes decirnos donde están o no? —preguntó Lene Shinh.
La jovencita de pelo azul se tomo sólo el tiempo de exhalar el aire para pensar. Era inútil entrar en Percepción Índigo. Su intuición le decía que algo iba mal sin necesidad de recurrir a sus proezas mentales. Sin duda era una trampa. Pero si Motolinía no estaba detrás de Ceres. ¿Dónde estaba?
Como un flash pasó en un segundo por toda su vida de pirata.
Y lo entendió. Sin recurrir a sus poderes lo entendió.
—Adelante —dijo como si saliera de un sueño y luego chilló—. ¡Adelante a toda potencia! ¡Dale caña, Lonneke, ahora, todo lo que puedas!
La rubia platino no tuvo tiempo de pensar, ni de consultar a Lene. Sólo confió.
MOTOLINÍA
El Nautilus aparecía enorme, cercano, en todas las pantallas. Los chorros de gases fríos del Venganza habían situado la nave pirata justo detrás de la rehabilitada corbeta.
—Apuntad a sus toberas. Romperemos sus campos magnéticos. Mandaremos esa maldita nave al infierno y a sus tripulantes con ella.
—Sólo hará falta un disparo —dijo el desdentado navegante.
Torvas risas rompieron el silencio de camuflaje cuando los misiles macizos salieron de los cañones.
LENE
Lonneke empujó al máximo la palanca que controlaba la aceleración. El motor de plasma rugió
con las reacciones atómicas apresuradas. El plasma contenido y reservado en la botella y las toberas fue expulsado a la mayor velocidad posible.
Lene y Lonneke, que ocupaban los asientos delanteros, pudieron ver en el último segundo el brillo de las luces de blocaje, que indicaban que un enemigo invisible les atacaba por la retaguardia. El sobresalto duró un instante. Los corazones palpitaron esperando el impacto de las armas piratas. Pero nunca alcanzaron el Nautilus.
Los terribles chorros de plasma de la nave confederada redujeron a partículas los misiles de acero enemigos y luego alcanzaron al Venganza. Motolinía, sentado en su puesto de mando, lanzó un alarido desgarrador a ver brillar la candente llamarada, la fuerza del Sol que los enfocaba directamente. El Venganza fue volatilizado con tanta facilidad como lo habían sido sus misiles. Ni siquiera el rayo de partículas que acababa de partir de su cañón pudo atravesar el fuego de fusión. No hubo explosiones. El polvo resultante fue enviado muy atrás del Nautilus, con su cola de propulsión.
Después de la expectación inicial, las tripulantes de la antigualla espacial tuvieron que ocuparse de problemas más mundanos. La repentina aceleración rompió un brazo de Lonneke y una clavícula de Lene. Lee sufrió también sus efectos, pero quizá inconscientemente sus capacidades especiales le permitieron resistir.
Haciendo un enorme esfuerzo, Lonneke fue capaz de sobreponerse a la aceleración y la inercia para coger los mandos y esquivar Ceres a duras penas.
—¡Basta! ¡Basta! —gritó Lene.
La hermosa venusiana atrajo hacia sí la palanca de aceleración. El flujo de plasma continuó, aunque más lentamente.
—¡Ordenador! —exclamó la Comandante—. Toma el control. Detén la aceleración, apártanos de ese pedrusco.
La computadora de a bordo obedeció diligentemente y, de inmediato, las tres mujeres pudieron sentir que el mundo dejaba de ser una pesada carga que las empujaba hacia atrás. Lonneke
gimió al sentir sus huesos quebrados. Lene miró a Lee.
—Estaban detrás —dijo—. El muy cabrón había girado, nos estaba esperando no detrás de Ceres, delante. ¿Cómo...?
Lee la miró, todavía tenía el miedo escrito en los ojos.
—Yo estuve en su tripulación. Sólo recordé... SCOTTON
En el ciclópeo despacho de Zoltan Rubirak se sentaba ahora el Vicealmirante Helvar Scotton. La enormidad de aquellos salones a la sombra del Monte Olimpo daba una idea de las esperanzas que los colonos marcianos habían puesto en su nuevo mundo. Marte era un mundo seco, pequeño, desolado, pero una fuente inagotable de recursos minerales necesarios para la nueva industria espacial. Y sus gentes habían desarrollado un espíritu fronterizo de conquista, de progreso que recordaba a los pioneros y conquistadores de América, mil doscientos trece años
atrás. De su academia militar salían los mejores y más preparados exploradores del espacio. Sus esperanzas estaban fundamentadas sin duda. Un pueblo como el marciano podía dar siglos de gloria a la humanidad. Y sin embargo algo había fallado. ¿En qué momento se habían desviado del camino correcto? ¿Por qué dedicaban sus enormes energías a proyectos políticamente anticuados y fracasados? Y sobre todo, ¿cómo ayudarles a retomar la senda de la hermandad y entendimiento? El pobre Helvar Scotton, experto en la guerra, debutante en la paz, no tenía respuesta. Pero algo le decía que quizá aquel hombre que tenía delante había propiciado un mundo nuevo en el que los marcianos quizá podrían encontrar su propia identidad.
Y sin embargo tenía que juzgarle.
Las caras de los miembros del Estado Mayor Confederado se turnaban en la pantalla a sus espaldas. Aras Ludoviqus parecía un microbio a aquella distancia.
—Ya no puede detenerse —dijo Eleonora Visq—. A pesar de la prohibición tenemos constancia de que al menos tres entidades diferentes, una de ellas
Solaris Enterprises, están en condiciones de levantar un ascensor espacial. Si no se lo permitimos, lo harán de forma clandestina. Además Benter & Bester han anunciado un proyecto propio con su polímero de tela de araña sintética. La competencia dará alas a unos y a otros.
—Por otro lado —dijo Esteban Assunçao, el Secretario General de la OMU—, ¿cómo vamos a juzgar a esa máquina de ustedes? Suponiendo que sea una máquina. ¿Lo metemos en la cárcel? ¿Le cortamos el suministro de energía? Nuestros expertos dicen que eso equivaldría a matarlo.
—Hay que promulgar una ley que prohíba la creación de nuevas máquinas de Von Neumann
—dijo otro consejero—. Si hay más, deben surgir de manera natural, igual que este... Jack.
Scotton se levantó de su asiento y habló a la pantalla.
—Señoras y señores, es a mí a quien corresponde establecer el castigo que mis hombres deben recibir en tiempos de guerra. No lo olviden.
Visq le respondió.
—No lo olvidamos. Pero esto va mucho más allá de un clásico conflicto militar, como una deserción. Debemos encontrar la forma de evitar este tipo de actos en el futuro. Y regular lo que sin duda ya es un hecho. La exploración espacial ha quedado abierta a todos.
Pequeño y brillante en su uniforme de gala, Aras Ludoviqus levantó la mano como un muchacho tímido el primer día de instituto. Como si pudiera verlo por la pantalla, Visq le miró. Scotton se giró hacia él.
—Bien, ¿qué quiere? —preguntó el Vicealmirante. Aras tartamudeó.
—Qui... Quiero aportar mi o... Opinión. Si me lo permiten.
Nadie dijo nada, y Aras continuó.
—Nadie puede detener lo que se avecina. Esa es la razón por la cual Jack se decidió a tomar esta decisión. Desde mi punto de vista lo único que pueden hacer ustedes ahora es poner orden en la nueva situación. No prohíban la construcción de trenes eléctricos verticales. Aquellos con la suficiente
capacidad económica podrán construir su propio tren, pero la seguridad puede seguir siendo pública, o mixta. Estoy convencido de que muchas entidades agradecerán su apoyo si ustedes desisten de controlarlos. Los más pobres podrán usar trenes públicos de la OMU. Esa es la propuesta que deben llevar al Consejo de Seguridad. En cuanto a la creación de naves con motores MIM y la exploración espacial, el consejo de Jack es reconvertir los transportes de emigrantes a Venus para crear una flota de viajes en línea. Eso evitará que la gente tome medidas desesperadas. Y no impidan la exploración espacial privada, al contrario, participen y promuévanla. Deben entender que el control es imposible.
La cámara pasó por todos los miembros del Consejo de Seguridad y el Estado Mayor. Ninguno movió un músculo.
—Veo que lo tienen muy pensado —dijo Scotton. Aras sonrió.
—Mi amigo es el mejor cerebro con el que cuenta la humanidad.
La pantalla se centró en Assunçao.
—Bien —dijo—, por lo que veo no tenemos muchas opciones. Es la liberalización del espacio o un nuevo conflicto a escala interplanetaria. Quizá podríamos controlar lo que ocurra en la Tierra, Venus o incluso Marte. Pero no en el Sector Exterior. He sido informado oficialmente de que el Gobierno Planetario de Titán ha iniciado los planes para la construcción de un ascen... Tren vertical.
—Aun así —dijo Visq— estos soldados han de ser reprendidos.
Scotton levantó la mano derecha.
—He aquí mi decisión. Aras Ludoviqus, le condenamos a un año de inhabilitación, más seis meses de arresto domiciliario que cumplirá aquí, en Marte realizando trabajos comunitarios para la reconstrucción del planeta. Dado que ninguna prisión puede albergar al superordena... A Jack; le condenamos a un año de arresto domiciliario que cumplirá en el Thalion, así como al mismo tiempo de trabajos comunitarios, que cumplirá en viajes Sistema Solar-Alpha Cas.
El jurado asintió severamente. La pantalla se apagó. Aras respiró de nuevo.
—Ha sido muy generoso —dijo el científico.
—Era la única solución. Pero no se confunda. Si vuelven a intentar algo así le pegaré un tiro a usted y reduciré a polvo cósmico ese trasto del demonio. Se ha librado por las circunstancias, no lo olvide.
Aras recobró la seriedad.
—No lo haré.
—Además sé que la Comandante Shinh le dará una patada en el culo en cuanto le vea.
Aras Ludoviqus asintió y giró sobre sus talones. El Vicealmirante se equivocaba en algo: por primera vez Lene Shinh estaba encantada con él; al fin y al cabo se sentía entusiasmada con la idea de viajar libremente por el espacio. Pero lo mejor era que al fin se había acabado este asunto militar. Aras volvería a ser civil. Y trabajar en la reconstrucción de Marte... En fin. La Universidad de Valle Marineris y el complejo subterráneo del Olimpo se le acababan de abrir de par en par. Casi debería darle las gracias al viejo soldado. Una duda cruzó por su cabeza y
regresó para hablar con Scotton, que ya se había sentado en su enorme sillón.
—Oiga —dijo el científico.
—¿Sí? —respondió el militar.
—¿Han dado con Rubirak? LENE
Lonneke se estaba entregando como pocas veces. Se aferraba a ella con ansia, quería que los sexos de ambas no se separaran ni una milésima de segundo. Las piernas entrecruzadas, la cabeza de la venusiana echada hacia atrás, la de Lene observando a su compañera que lanzaba gemidos estentóreos. Había bastante de teatro en aquello. Lonneke parecía empeñada en demostrar que disfrutaba de aquel encuentro amoroso. ¿Creería que así ella, Lene, estaría satisfecha y dejaría de procurarse amantes?
Pobrecita, pensó la semioriental.
El resultado estaba siendo catastrófico. Los movimientos de la Navegante de pelo plateado estaban siendo tan exagerados que Lene había
perdido la concentración y casi los encontraba divertidos. Ahora tenía que fingir para igualar a su enamorada.
Ambas habían empezado muy excitadas, y Lonneke parecía terminar de la misma manera, pero el deseo de Lene se había ido enfriando poco a poco. La venusiana concluyó su actuación crispando su cuerpo por un segundo, ahogando un nuevo gemido. Lene terminó como pudo.
Nada más acabar se sentó sobre la cama. Se encontraban en una mansión requisada a las fuerzas armadas de Marte. Los oficiales que tenían que permanecer allí un tiempo habían recibido ese tipo de alojamiento estatal, simple pillaje por otra parte. Lonneke se acercó a la terrestre y la abrazó desde atrás poniendo besos en su hombro izquierdo. Pero Lene se levantó y cogió su camiseta de la silla donde la había depositado apenas media hora antes.
—¿Ya te vas? —dijo la rubia. Lene no se volvió hacia ella.
—No queda más remedio. Tenemos que partir hacia Exotierra en cuarenta y ocho horas. Tengo mucho papeleo por rellenar.
—¡Lene!
La implorante exclamación había puesto lágrimas en los ojos de la dulce venusiana. La comandante del Thalion la miró.
—Oh, vamos, ¿qué te ocurre? Hemos pasado toda la tarde juntas. ¿No seguirás celosa, verdad? Por favor, cariño, no imagines cosas.
Los ojos verdes y fríos penetraron a la Navegante. Lene se arrodilló al lado de la cama y acarició la carita de su amante.
—Mira, he oído hablar de un restaurante en el Barrio de Cristal, al otro lado de las entradas a las minas del Olimpo, que han abierto. No resultó muy dañado en los combates y tienen música de Jazz en directo. ¿Por qué no vamos esta noche? Y luego dormiremos aquí las dos. ¿Te parece?
La sonrisa de Lonneke era triste. Se podía ver en el fondo de sus ojos azules como el cielo que sabía que en aquella oferta había mucho de prestidigitación.
Pero Lene era una excelente comercial, a Lonneke no le quedaba más remedio que comprar.
—Está bien —dijo—, lo siento.
—Tranquila, amor mío. Volveré en cuanto acabe con esos condenados funcionarios.
Lonneke se quedó sentada en la cama, con las piernas flexionadas tapando sus perfectos senos. Lene se vistió. Antes de salir, una señal sonora animó el portátil que tenían en aquella habitación. Era el MSN.
—¿Quién será? —preguntó Lene.
—No lo sé —dijo Lonneke.
La terrestre le dio un beso en la mejilla a la venusiana.
—Deberías contestar. Volveré en cuanto pueda. Y salió.
Pero no fue a hacer ningún papeleo. Se dirigió a un lujoso ascensor forrado de madera de caoba y subió un piso. Caminó por el pasillo hasta cierta puerta y entró sin llamar.
Joe Terho estaba viendo porno en la televisión. Ni siquiera le dirigió una mirada a su Comandante
cuando entró. Se limitó a levantar la lata de cerveza que tenía en la mano y a moverla como un sonajero.
—Tráeme otra, nena —dijo.
Lene fingió que no estaba enfadada, pasó a la habitación contigua y sacó una nueva lata de cerveza de una pequeña nevera. Volvió al salón donde estaba el Ingeniero-Mecánico y se puso delante de él, al lado de la tele. Al ver que no le hacía caso abrió la cerveza y la dejó sobre la mesa, donde Terho tenía los pies. En la imagen, una rubia con pechos enormes de silicona practicaba sexo oral con varios hombres.
Lene se quitó lentamente la camiseta. Ahora Joe sí le echó un vistazo. La terrestre terminó de desnudarse como si estuviera sola en la habitación. Luego se puso de rodillas, desabrochó los pantalones y comenzó a lamer el pene del espía marciano.
Joe Terho dio otro sorbo a su cerveza. LONNEKE
La oficial de navegación dejó sonar la señal de nuevo mensaje durante un minuto. Luego le pareció
insoportable y se levantó, desnuda, para apagar el ordenador. Pero cuando vio quien llamaba no lo hizo. Se trataba de Elke Teagle, aquella oficial de tierra que había conocido durante la presentación del Thalion a la prensa.
Dudó un instante. Tenía que decidir si respondía o colgarían. El corazón le palpitaba como loco. Se le secó la boca. De pronto se sintió lo bastante audaz como para responder. Lene sólo era una imagen borrosa en los límites de su memoria. La mano le temblaba cuando movió el ratón hasta el botón aceptar. Las comunicaciones todavía no debían de estar repuestas del todo de la batalla, pues la cámara Web tardaba en transmitir señal.
En ese justo instante Lonneke se dio cuenta: ¡estaba desnuda! Así no podían verla. Miró alrededor, la única prenda al alcance era su jersey de cuello alto. Los días de Marte eran fríos. Se lo puso y consiguió sentarse en la silla delante del ordenador justo a tiempo.
La ventana de la cámara se iluminó y Elke Teagle apareció en ella. Su aspecto era bastante marcial, con el uniforme marrón y el pelo recogido. Pero como ya
hiciera una vez, Lonneke volvió a imaginarlo suelto y desparramado, mezclándose con el de ella. El rostro de la capitana de Infantería Mecanizada mostró sorpresa durante un segundo y después su mirada adquirió una intensidad que llegó a molestar a Lonneke.
—Vaya está usted ahí. Pensé que no había nadie.
—Perdón, estaba... En otra habitación. No había oído la señal.
—Bueno, me alegro de encontrarla. Yo... Acabo de salir del hospital...
Lonneke se preocupó sinceramente y dando un respingo en el asiento se acercó a la cámara. Entonces se dio cuenta de por qué Elke Teagle la había mirado así. Al sentarse rápidamente había intentado adquirir una pose natural, y lo que había hecho era doblar la pierna derecha sobre la silla, sujetándosela con ambas manos. El resultado era que lo único que impedía a la militar ver su sexo era su antebrazo. Claro que al cambiar de postura la situación no había mejorado. El jersey estaba tejido con hilo grueso de lana que
creaba agujeros bastante amplios. Y Lonneke no llevaba nada debajo.
Se sonrojó y trato de aparentar que no le importaba.
—¿Se encuentra bien? ¿Está enferma?
—Sí, estoy bien. Uno de esos demonios rojos, perdón —carraspeó—, llamamos así a los marines de Marte, salió de debajo de la tierra en pleno puesto de mando y me atravesó la pierna con un cuchillo ruso de esos que utilizan. Pero ya me he curado... Y me gustaría salir. No conozco a nadie en Marte y no me apetece irme de juerga con mis hombres. Creo que han abierto un restaurante al otro lado de la entrada de los complejos subterráneos del Monte Olimpo. He pensado que quizá le gustaría tomar una copa conmigo.
De repente Lonneke estaba sofocada, y a juzgar por la imagen de Elke, la oficial también tenía bastante calor, sus mejillas estaban casi tan rojas como su pelo. La Navegante lo tuvo fácil para encontrar una excusa: era el mismo lugar al que Lene pensaba llevarla.
—No puedo —dijo—, tengo un compromiso esta noche.
Elke bajó la cabeza, cuando habló no miró a la cámara.
—Ah, qué pena. Bueno, quizá... En otra ocasión... El corazón de Lonneke estaba a punto de estallar.
Casi no pudo pensar, actuó por instinto. Era como
una película, como si no fuera ella la que estaba haciendo aquello. Habló apresuradamente.
—Mi nave no sale hasta pasado mañana. Si no tiene nada que hacer es posible que podamos tomar un café...
Elke sonrió.
—Muy bien. ¿Mañana en el Café de Viena? Es el único abierto al que no van militares. ¿A las cuatro?
—Sí, a las cuatro está bien.
Las dos se quedaron mirando un segundo y sin saber que decir.
—Bien, nos vemos allí —concluyó la pelirroja.
—Sí, nos vemos.
SCOTTON
Era el descanso del guerrero. Helvar Scotton lo había vivido muchas veces en su juventud; había tenido entre sus brazos a mujeres de todos los mundos poblados por el ser humano. Recordaba a algunas mejor que a otras: una pareja de coreanas de Ganimedes que se le ofrecieron con unos modales que recordaban a tiempos remotos, cuando la Confederación fue recibida triunfalmente tras expulsar a los titanios, no sólo en las calles, sino también en las tabernas y otros antros oscuros; una europiana de una de las más ricas familias de empresarios de aquella luna con la que pasó todo un fin de semana en su casa de campo enterrada entre hielos; una marciana salvaje a la que tomó prácticamente como botín de guerra; una oficial mayor que él y de más alto rango con la que hizo por primera vez el amor en gravedad cero, encerrados en un cuarto de mantenimiento de la nave donde ambos servían; y la más reciente de todas: una rubia venusiana de la oficina de turismo central de aquel planeta. De aquello hacía más de diez años.
Lee le había recordado, más que a ninguna, a las dos ganimedienses. Tenían el cuerpo pequeño y delgado, muy delgado, tan fácil de abarcar como una bailarina, sus senos eran igualmente pequeños, perfilados a la perfección, pero todavía sin terminar como una planta que nace del barro y todavía está tierna. Este rasgo se hacía todavía más agudo, pues sus pechos estaban coronados por dos pezones abultados que lo eran casi todo en aquella zona de su anatomía.
Scotton había disfrutado mucho más de lo que se había propuesto acariciándolos con las yemas de sus dedos y saboreando su dureza en la boca. Ella era diminuta y feroz, tan necesitada de cariño que lo confundía con sexo y ansiaba el último para conseguir el primero. El veterano militar sabía que así nunca lo lograría: una mujer tan hermosa sólo encontraría pretendientes interesados en su físico si los seleccionaba como Lee estaba haciendo, si seguía dejándose deslumbrar por las cosas que le susurraban al oído. Mientras siguiera creyendo en cuentos de hadas, mientras siguiera buscando atención
desesperadamente, todos los príncipes que encontrara se convertirían en ranas al besarlos.
Quiso decírselo mientras ella se retorcía más convencida de que estaba sintiendo placer de lo que en realidad obtenía a horcajadas sobre él. Pero era físicamente tan exigente que el viejo guerrero tuvo que poner todo su esfuerzo, toda su experimentada concentración en satisfacerla. Y aunque ella aseguró después que había sido algo impresionante, él sabía que ni mucho menos le había dado todo lo que ella merecía. Tanta satisfacción estaba sólo en la mente de Lee, en la imagen que se había hecho de Helvar Scotton.
Bueno, al menos en este caso, el hombre con el que había acabado no le haría daño. Si podía iba a ayudarla en su carrera. Mucha gente tenía grandes esperanzas puestas en aquella chiquilla, por Scotton no quedaría el prestarle toda la ayuda que fuese necesaria. Eso sí, una vez fuera del camarote: disciplina, sólo disciplina. El veterano oficial sabía que eso era lo mejor para ella.
Su cuerpecito se movía todavía a causa de la respiración tan agitada. ¿Cómo podía algo tan frágil
contener tanta fuerza? El Vicealmirante estaba, por su parte, completamente agotado. Al borde del sueño, difícilmente hubiera podido levantarse de haber deseado hacerlo.
La adolescente apoyó la cabeza sobre el pecho de su amante.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó. Con los ojos entornados él respondió.
—Dentro de dos días debemos presentarnos ambos en el Centro de Mando Unificado. Debes continuar entrenándote. Es básico no solo para la CM sino quizá para la humanidad.
Lee chasqueó la lengua.
—No me refería a eso.
—Menos de una semana después debo volver a Marte, voy a hacerme cargo de la junta provisional. Espero que no dure mucho.
La jovencita escrutó el rostro de Scotton como una mirada entristecida. El militar no la miró, casi no podía mantener los ojos abiertos. La pirata de pelo añil se incorporó y a continuación de sentó en el
borde de la cama con las sábanas cubriéndole el pecho, de espaldas a su nuevo amante.
—Voy a beber agua, ¿quieres algo? —inquirió. Scotton murmuró en duermevela.
—Vuelve a la cama y descansa. Te lo has ganado, Teniente.
PRABHAT
Achille Nikolic caminaba como un niño, dando saltitos sobre la tierra anaranjada. La estudiosa Prabhat Komrzy le observaba con fastidio. A pesar de que aborrecía la idea de abandonar el campamento de Nueva Zimbabwe, el militar se había tomado aquella excursión como un mero entretenimiento. Su optimista resolución resultaba frívola para la científica.
Era un grupo fuertemente armado. Cuatro equipos de cinco marines cada uno, con uno de cada grupo portando un ametrallador pesado, más el capitán y la semióloga. Se movían de la forma más errática posible, evitando provocar a los insectoides con el
ritmo de sus pisadas. Aunque el satélite no había mostrado apenas indicios de vida alienígena en aquella zona, la precaución nunca estaba de más.
Y a pesar de sí misma Prabhat debía reconocerlo; Nikolic era un buen militar.
Habían abandonado su helicóptero unos doscientos metros más abajo, en la llanura que se extendía al pie de la colina arenosa que ahora recorrían. En lo alto acertaba a ver las murallas de una estructura arquitectónica: nuevas ruinas que la doctora podía examinar.
Convencer al capitán de la necesidad de hacer aquel viaje había requerido de todo el tiempo del que Prabhat había podido disponer en las últimas semanas, por eso le fastidiaba la indolencia con que el soldado se tomaba la tarea, que para él, consistía simplemente en escoltar un capricho.
Las murallas de este nuevo asentamiento marcado como EXO-0025C eran más altas que las de Nueva Zimbabwe. Al llegar a ellas la expedición pudo comprobar la envergadura de sus sillares. Al igual que en Nueva Zimbabwe hubo que seguir un tortuoso
camino encajonado entre altos muros para llegar a la ciudad.
La aparición de los primeros edificios no decepcionó a Prabhat a pesar de que el satélite ya les había alertado de que este era un asentamiento de proporciones mucho mayores que el que ya conocían. Con indolencia, el capitán Nikolic ordenó sus fuerzas de combate alrededor del grupo principal, compuesto por Prabhat, un equipo de marines, el mismo que solía escoltar a Lonneke en sus bajadas a
Exotierra, y él mismo.
—Bien doctora, dijo el militar de cabellos oscuros—, ¿qué parte de la cuidad desea visitar?
Prabhat ignoró el tono de la frase y señaló con el brazo extendido.
—Quiero ir allí.
Por encima del resto de edificios había dos construcciones que no pasaban desapercibidas: el cilindro que era el Gran Templo y el cono al que llamaban Sala de los Hombres Voladores.
La marcha se convirtió en un paseo turístico. Ni rastro de insectoides. Pronto llegaron a los edificios
duplicados de Nueva Zimbabwe, de los que, al parecer, había un par en cada ciudad del planeta. Estos eran mayores que los del campamento base de los humanos. Adelantándose a sus guardaespaldas, Prabhat corrió en dirección al Gran Templo. Achille y los infantes de marina corrieron tras ella.
Tal y como esperaba la entrada era muy sencilla; una abertura arquitrabada que daba paso a un gran espacio circular. Lo que no esperaba era la magnificencia de los bajorrelieves. En Nueva Zimbabwe estos formaban bandas que podían ser leídas como jeroglíficos; aquí eran auténticos murales con figuras enormes que intentaban escapar de las paredes de piedra. Los Hombres Voladores extendían sus alas como ángeles, la plebe se refugiaba bajo su manto protector. Sobre ellos caía como una venganza del cielo una multitud de meteoros ardientes poblados por enjambres de insectoides. Y por encima de todo, como una corona, poderosas naves espaciales de varios tipos se mezclaban amenazantes.
—¡Cristo! —exclamó Achille Nikolic.
Prabhat corría por la sala y giraba sobre sus talones como poseída.
—¿Pero qué es esto? —preguntó el oficial enfatizando sus palabras como si fueran una orden.
—¡Esto es Historia! —gritó la arqueóloga.
Los marines tomaron posiciones por toda la sala. No parecía gustarles aquel enorme espacio abierto. Achille se acercó a la científica a su cargo.
—No lo entiendo —dijo—, no se parece en nada a lo que hay en Nueva Zimbabwe.
—Yo tampoco. Quizá cada uno de los grandes templos sirve a una misión distinta, quizá los trabajos se realizaban en función de la ideología imperante en cada ciudad, quizá ambos relieves pertenecen a periodos artísticos distintos o quizá se quedaron sin dinero en Nueva Zimbabwe, ¡yo qué sé! Pero hay algo que está claro, tengan las función que tengan no son jeroglíficos, no es una forma de lenguaje escrito, sino una representación artística. Como las batallas que los romanos representaban en monumentos como la Columna de Trajano o los arcos de triunfo. Aquí se ve una clara función estética. No es arte Románico destinado a enseñar a los iletrados, es Gótico.
Achille, que no entendía a qué se refería, contempló boquiabierto las grandes figuras.
—Y esos, ¿qué son?
Prabhat miró hacia donde le indicaban. Había una serie de extrañas figuras cerca de los Hombres Voladores. Altas, delgadas, fibrosas, con pseudópodos duros, articulados, retorcidos.
—Son... —empezó la doctora.
—Arañas —concluyó el militar.
—Arañas que se tienen sobre dos patas.
Prabhat permaneció unos segundos en silencio, miró a un lado y al otro, a lo alto del Gran Templo y al Capitán de Marines que tenía delante.
—Creo... Creo que ya lo entiendo —dijo. Nikolic la observó interrogante.
—Pensábamos... Pensábamos que la cusa de la desaparición de la vida sobre Exotierra eran los insectoides; una especie nativa del cinturón de asteroides que alberga este sistema solar y que llegó a este planeta junto con la caída de un gran meteoro.
—Así es —afirmó Nikolic.
—Pero eso provocaba enormes grietas en nuestra teoría. Ni siquiera una especie como los insectoides podría soportar el impacto de un gran destructor contra un planeta. Esta era una gran falla en nuestra hipótesis. Pero ahora...
Prabhat se movió y señaló a lo alto chillando.
—¿Ve? ¿Ve aquello? Son naves espaciales. Fíjese bien. Hay dos tipos representadas: aquellas de líneas suaves como manta rayas, y esas otras de líneas rectas y bordes puntiagudos. Y allí, como bajando de las naves hay hombres armados y uniformados, junto a las arañas humanoides. Y aquí en la zona inferior están los hombres voladores alzando el vuelo...
—Protegiendo a los de más abajo, a los civiles. Prabhat miró a Achille con ojillos entornados.
—Protegiéndoles no, abandonándolos. El capitán enarcó las cejas.
—Mi idea es que hubo una guerra, no una plaga. Mire bien, en estos relieves los insectoides no vienen aquí en un único meteoro e infestan la tierra. Hay decenas de meteoros. Los otros los trajeron aquí, para
exterminar a la población, igual que Rubirak pretendía con la Tierra.
—¿Qué otros?
—¡Aquellos! —Prabhat señaló con violencia—.
¡Las arañas humanas!
Achille Nikolic chasqueó la lengua. Aquello le parecía demasiado descabellado incluso para un lugar como aquel y una lunática como Prabhat Komrzy.
—¡Sí! —continuó ella aparentemente sin notar la reacción de su escolta—. Hubo una guerra, con esas criaturas. Los militares, dotados de tecnología espacial, lucharon contra ellas, pero los Hombres Voladores no. Por alguna razón decidieron abandonar la lucha y el planeta. ¿Pero cómo huyeron sin naves? Éstas pertenecían a la casta militar. Entonces esos monstruos, esas arañas, desataron sobre el planeta la plaga de los insectoides...
Volvió a hacerse el silencio.
—Los militares fueron derrotados y la especie exterminada —dijo Prabhat para sí misma.
Nikolic meneó la cabeza. ¿Por qué se habrían empeñado en mandarle a esta loca? Seguro que con
científicos militares no se vería metidos en líos como éste. Sin duda la profesora Komrzy había leído demasiadas novelas del espacio. Con la hora que era y teniendo que tomar muestras físicas, fotografías y hologramas, iban a tener que pasar la noche en aquel lugar. ¿Por qué habían tenido que encontrar aquello?
¿Por qué no habían hallado unas vulgares ruinas? La situación estaba poniendo a prueba su proverbial buen humor.
—Mire, doctora —sus palabras dejaron ver involuntariamente su molestia—, esos bichos no habrían podido exterminar una civilización tan avanzada como la que usted sugiere. De hecho aunque sean realmente duros, dudo mucho de que ninguno sobreviviera al choque con un planeta.
Prabhat estalló.
—¡No sea estúpido! No hablamos de un accidente casual, sino del uso combinado de fuerzas por parte de una inteligencia extraterrestre.
Demasiadas novelas del espacio, pensó Nikolic de nuevo.
—Incluso así, razas alienígenas que llegan del espacio montadas sobre asteroides, por favor.
—Puede que no vinieran sobre los asteroides sino en su interior, puede que sólo fuesen los huevos.
¿Quién sabe?
—Permítame que lo dude, ya ve, a nosotros a penas nos han causado problemas, ni siquiera una baja...
En respuesta al argumento del militar un rumor como llegado de lejos retumbó en la sala. Los marines, alertados, apuntaron sus armas en todas direcciones, pero no encontraron un blanco al que atacar. El rumor creció hasta convertirse en un temblor.
—¿Qué es eso? ¿Un terremoto? —inquirió Prabhat. Achille Nikolic miraba el suelo a su alrededor.
—No. Demasiado débil. Es muy localizado. No es un terremoto es algo que viene de...
El militar a garró a la científica por la manga y tiró de ella con fuerza. Justo en ese momento el terreno que segundos antes había estado bajo sus pies comenzó a moverse, a hundirse, dejando paso a una enorme insectoide, de más de seis metros de largo.
Los marines no estaban ociosos, comenzaron a disparar inmediatamente. Para su sorpresa las balas no parecían afectarle.
Nuevos monstruos se abrieron paso desde el subsuelo. Nikolic apretó a la doctora contra la curva pared del Gran Templo. La radio transmitía mensajes con gritos terribles; tanto de lucha como de dolor. Las balas de los fusiles Kinetics se incrustaban en las criaturas, pero no les herían, sólo retrasaban su avance.
—¿Lo ve, Capitán? —preguntó Prabhat por encima del tiroteo ensordecedor—. ¡Hay cosas aquí que ni sospechamos!
Vaya momento para tener razón, pensó el militar.
—¡Atención, murciélagos! —gritó.
Al instante sus hombres dejaron de disparar y enfocaron sus sonares sobre los enormes insectoides. Los monstruos parecieron volverse locos.
Epílogo
El cabello de Zoltan Rubirak estaba despeinado. Apretaba su puño no sólo con la fuerza de sus dedos, sino también de su alma. ¿Cómo? ¿Cómo habían osado atacarle? ¿Cómo habían conseguido derrotarle? Su plan era perfecto, perfecto. Era el pueblo. El pueblo le había fallado. No habían sido capaces de luchar hasta el final, hasta la más absoluta derrota o la más salvaje victoria. Le habían abandonado. A él, que lo había sacrificado todo por ellos. Pero ya aprenderían. Cuando llegue la victoria recibirán el escarmiento que merecen. Por la mente del general pasaban ejecuciones masivas, rigurosos controles fiscales, expropiaciones y colectivizaciones.
—Es inútil que ahora te enfurezcas. La guerra no se gana con la fuerza, sino con la cabeza fría.
La voz que le hablaba tenía un extraño acento gutural inidentificable.
—Recuperaré lo que me han robado. Lo juro —dijo Rubirak.
—¡No! —tronó la voz gutural—. Yo conquistaré. Has perdido tu fuerza para negociar Zoltan Rubirak. Es mi hora. La fe es el arma del creyente. Elashá eamí raefalashá. Dios sonríe a sus seguidores. Dios sonríe a los que se humillan ante él. Todavía te necesito, por eso perdono tu vida. Pero desde ahora haremos las cosas a mi modo. Como se han hecho durante centurias. Este sistema será mío. Y ellas... Ellas también.
A través de un lujo esplendoroso; almohadones, sedas colgantes, exquisitos manjares servidos en cuberterías de oro, licores olorosos de múltiples tonalidades; a través de las delicadas alfombras, los pañuelos de satén, las relucientes fuentes y las cadenas de plata; en una gran pantalla tridimensional, mucho más avanzada que cualquier holograma humano Zoltan Rubirak contempló la perfecta representación de Lene Shinh, Lonneke Sivilay y Lee
Zalduendo; un primer plano de la retransmisión de su condecoración por valor en combate.
La voz gutural y exótica se convirtió en un chasquido cuando su propietario retiró los labios y restalló su pico en señal de triunfo. Sus ojos brillaron azules y su piel roja como la sangre resplandeció. Al ver a su interlocutor erguirse hasta los dos metros y veinte centímetros, Zoltan Rubirak supo por primera vez en su vida lo que era el miedo.
Valle de Tabladillo.
Viernes, Diez de Abril de Dos Mil Nueve.
Primera Edición
Editado y exportado a PDF con sWriter (LibreOffice.org 3.3.2) el 3 de junio de 2011
1770 nace Manuel Belgrano, militar y político argentino. 1898 nace Rosa Chacel, escritora española.
1924 muere Franz Kafka, escritor checo.
1925 muere Camille Flammarion, astrónomo francés.
1930 nace Marion Zimmer Bradley, escritora estadounidense. 1987 muere Andrés Segovia, guitarrista español.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario