© Libro N° 14227. Brindis Por El Incierto Futuro. Boto Bravo, José María. Emancipación. Septiembre 6 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://www.ciencia-ficcion.com/autores/biblioteca/_descarga.php?libro=JMBM.BrindisPorElInciertoFuturo.Aris2.BSdCF.ppr.pdf.zip&peso=1681814&tipo=libro&a=d
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: https://www.ciencia-ficcion.com/autores/biblioteca/_descarga.php?libro=JMBM.BrindisPorElInciertoFuturo.Aris2.BSdCF.ppr.pdf.zip&peso=1681814&tipo=libro&a=d
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
BRINDIS POR EL INCIERTO FUTURO
José María Boto Bravo
Brindis Por El Incierto Futuro
José María Boto Bravo
Biblioteca SdCF
José María Boto Bravo
BRINDIS POR EL INCIERTO FUTURO
Ciclo de Aris - 2
Edición para lectores de libros electrónicos y dispositivos móviles.
BRINDIS POR EL INCIERTO FUTURO
© 2008, 2012 José María Boto Bravo
Publicada en 2008 en la web Sitio de Ciencia-Ficción: http://www.ciencia-ficcion.com
Todos los derechos sobre el texto son titularidad de su autor.
El autor concede su autorización explícita en los siguientes casos: usted PUEDE, y se le invita, a leer el texto contenido en este archivo PDF en cualquier dispositivo que lo permita, PUEDE imprimirlo o convertirlo a otros formatos para leerlo en dispositivos que no soporten adecuadamente el formato PDF, PUEDE copiarlo cuantas veces lo necesite, PUEDE distribuirlo, sin alterarlo, en las formas y veces que considere oportuno. PUEDE, en resumen, leer este archivo PDF como más cómodamente le resulte y distribuirlo tantas veces como deseé.
Además de lo anterior, y sin la autorización explícita del autor: NO PUEDE dis- tribuir el texto de otra forma que no sea este archivo PDF, NO PUEDE manipular este archivo PDF para modificar su contenido, NO PUEDE venderlo o distribuirlo de forma que su obtención obligue a pago alguno. NO PUEDE, en resumen, alterar este archivo PDF o comerciar con él o medios que lo contengan sin contar con la autori- zación explícita del autor del texto.
A modo de prólogo
La amplitud de horizontes de la ciencia-ficción per- mite que una sola historia toque multitud de temas dentro de un único argumento. José María Boto lo consigue con BRINDIS POR EL INCIERTO FUTU RO, es capaz de ir de la más pura tradición del espio- naje a la space-opera de toda la vida, con sutiles toques políticos sin obviar sus evidentes influencias de la novela policíaca.
Todo ello con coherencia, permitiendo que cada uno de estos aspectos aporte el suficiente relieve a un relato que, fundamentalmente, se trata de una historia de espías, pero sin ahogarla, consiguiendo una pro fundidad que no resulta habitual y huyendo del habitual tono monocorde de novelas similares. En BRINDIS POR EL INCIERTO FUTURO hay tanto conspiraciones políticas como motines en naves espaciales, garitos suburbiales y restaurantes exquisitos, tipos primarios junto a funcionarios atildados y, sobre todo, mucha aventura.
BRINDIS POR EL INCIERTO FUTURO habla de
las aventuras de Di Stefano, investigador privado, entre el planeta Aris y la Tierra. Recordemos que Di Stefano, el padre Di Stefano por la época, era el protagonista de EXTREMAUNCIÓN En aquella novela pisa Aris por primera vez y la vitalidad primaria del planeta lo atrapa de tal manera que, cuando acaba el trabajo que le había llevado hasta allí, abandona todo y se instala definitivamente en Pálasti, la capital, ocultándose discretamente tras el nombre de Bellini.
Entre EXTREMAUNCIÓN y BRINDIS POR EL IN-
CIERTO FUTURO Di Stefano atraviesa una etapa oscura que quizá algún día se relate adecuadamente, y en la que conoció y se hizo conocer en todos los es- tratos de la sociedad arisia, creándose un prestigio y haciéndose con una lista de interesantes contactos a todos los niveles.
Cuando arranca BRINDIS POR EL INCIERTO FU- TURO es un reputado investigador privado, que se
desenvuelve con discreción y trata con igual tacto in- fidelidades, casos de espionaje industrial o ambas co- sas a la vez. Pero de su anterior vida Di Stefano guarda muchos recuerdos, y sobre todo muchas habi- lidades que suponen un interesante valor añadido, in- frautilizado en su plácida ocupación.
Esta es la historia de cómo Di Stefano se ve obliga- do a desplegar todo su arsenal, hacer uso de sus con- tactos y, sencillamente, sobrevivir.
Espero que disfrutéis con BRINDIS POR EL IN- CIERTO FUTURO.
© Francisco José Súñer Iglesias
12 de febrero de 2008
Desde un primer momento hubo algo en el asunto que no le gustó.
Cuando se presentaron esos dos tipos en su despa- cho, aquella misma mañana, lo primero que pensó fue que eran policías. La breve conversación que siguió a las presentaciones (uno dijo llamarse Mehmett, el otro Drazano) no le hizo cambiar de opinión. Pare- cían no estar de servicio, puesto que no se identifica- ron, ni le pidieron lo que solían pedir las pocas veces que recurrían a él: información concreta sobre al- guien. Razonó que bien podrían ser policías fuera de servicio, que se ganasen un sobresueldo trabajando como guardaespaldas o ayudantes de alguna clase. Pero no le gustaba tener demasiados roces con la po- licía, ni tan siquiera de forma tangencial.
Dijeron hablar en nombre de un industrial de Pálas- ti interesado en contratar sus servicios. No le dijeron de qué se trataba: sólo querían concertar una cita en- tre él y su jefe. Di Stefano accedió, como era natural, a la misma. No le quedaba más remedio que superar su susceptibilidad. De no haberlo hecho así en más de una ocasión, habría perdido unos cuantos trabajos sencillos y bien pagados.
Los dos tipos le dieron una dirección y una hora
—aquella misma noche— y se largaron. A Di Stefano no le sorprendió el lugar de la cita —un bar en uno de los muchos barrios suburbiales de Pálasti—, ni la hora —medianoche—. Era lo habitual entre los que no estaban acostumbrados a este tipo de tratos: luga- res supuestamente neutrales, alejados de sus sitios ha- bituales, donde no fueran reconocidos por nadie, a horas intempestivas. Todo muy novelesco. Y, aunque podían no estar del todo equivocados, pasaban por alto una evidencia: la mejor manera de tratar estos te- mas era la naturalidad, la discreción por descontado, pero siempre actuando con sencillez. Nada de oscuras tabernuchas de barrio marginal, lugares que no pisa- ban ninguno de sus clientes en ningún momento a lo largo de sus vidas, a unas horas peligrosas donde los clientes eran examinados con lupa por los propieta- rios. Por que era ahí donde sí que desentonaban. Si pretendían pasar desapercibidos, desde luego no era lo ideal. Pero así solían actuar los clientes de Di Ste- fano. Si querían un poco de aventura, ¿por qué no concedérselo?
Consultó su reloj. Pasaban más de treinta minutos de la medianoche. Como la puntualidad no era preci- samente una virtud del pueblo arisio, estaba acostum- brado a no concederle importancia: suspirando, pidió al camarero otra jarra de cerveza y siguió ojeando un periódico, mirando de vez en cuando a la puerta.
Antes de entrar se había dado una vuelta por los al- rededores, como solía hacer siempre que acudía a una cita en lugar desconocido, más que nada por que le gustaba estar en todo momento bien situado, saber qué punto del plano ocupaba. Se encontraba en un su- burbio de anodinas torres de ladrillo de quince plan- tas, apelotonadas a ambos lados de una avenida que terminaba o empezaba en la autopista de circunvala- ción. Un barrio típico de las clases medias de Pálasti, ocupado por familias de oficinistas y pequeños comerciantes, gentes a las que la vida no les iba del todo mal. En esa misma avenida, en la planta de calle de una de esas torres, se encontraba el bar, un vulgar bar de barrio sin nada que lo diferenciase de tantos otros, el lugar donde los vecinos tomaban una copa al llegar del trabajo antes de subir a casa. Según pudo comprobar, el local no tenía salida posterior. No le costaría salir del barrio a toda velocidad si fuese ne- cesario, tomando la avenida, pero por si acaso había memorizado en su vehículo el camino de ida. Las previsiones habituales. Pura rutina.
El camarero le trajo su cerveza a la mesa. En ese momento, Di Stefano se dio cuenta de que la taberna se había ido vaciando paulatinamente de clientes, como por arte de magia, y en ese instante sólo queda- ban él y el taciturno camarero que no le quitaba ojo de encima. La gente trabajadora tenía que madrugar al día siguiente. Seguro que le mosqueaba que un tipo desconocido, tan bien trajeado, ajeno por completo al barrio, hubiese elegido su establecimiento para tomar una cerveza a esas horas de la noche. Aún así, no le dijo en ningún momento a Di Stefano que apurase su jarra, que tenía que cerrar. Sólo le miraba con fijeza.
Por fin, entraron los dos tipos que habían concerta- do la cita con él por la mañana, el tal Mehmet, y el tal Drazano. Traspasaron el umbral, miraron hacia el in- terior de la taberna y se colocaron a ambos lados de la puerta, franqueando la entrada a un hombre de edad indefinida, trajeado pero sin elegancia, que se acercó con determinación a la mesa. Tomó asiento frente a Di Stefano, se quitó el sombrero de fieltro que llevaba, lo colocó con cuidado sobre la mesa, y le miró directamente a los ojos.
—El señor Bellini, ¿no es así?
Di Stefano no contestó. No le gustó aquel tipo: se- guro que no era ningún industrial, ni ningún hombre de negocios, ni nada por el estilo. Él los conocía bien, estaba acostumbrado a tratar con ellos. El personaje de enfrente no parecía uno de ellos; no por nada en particular, si no por infinidad de detalles. Di Stefano podría haber hecho una enumeración rápida de los mismos y le habrían sumado más de una docena. No. El personaje que tenía enfrente parecía más bien al- guien que pretendiera pasar por quien no era. Tal vez un policía disfrazado de comerciante afortunado. Se fijó risueño en su traje, en el sombrero, en el corte de pelo. Sí, eso era: un policía. Así que debía andarse con cuidado: estaba frente a tres policías. Seguro.
—Deseo contratarle, señor Bellini. Verá.
Dejó que hablara sin escucharle, mientras escrutaba su rostro. Se dio cuenta de que mentía. Los otros dos tipos, disimulando, se fueron colocando tras Di Ste- fano, y no dejaban de mirarle. La cosa pintaba mal. Tenía que actuar con rapidez.
Se levantó, justo cuando los dos tipos se abalanza- ban sobre él. Los evitó con una rápida finta, saltando hacia atrás por encima de la silla. Antes de poner los pies en el suelo, apuntaba al supuesto jefe con su arma. Y entonces sintió un agudo pinchazo en el cue- llo y perdió el conocimiento, dando un par de traspiés antes de caer al suelo. No pudo ver al camarero, que aún seguía apuntándole desde detrás de la barra.
Los tres hombres estaban sentados a la mesa de una cafetería, dentro del mismo edificio donde tenían re- tenido a Di Stefano, frente a un ventanal enorme que se abría al cielo nublado de Pálasti. Habían entrado en silencio, habían recogido con ademanes cansados sus bebidas y se habían sentado, procurando no cru- zar las miradas, huraños y herméticos. Mehmet, el agente más joven, quebró el silencio embarazoso ha- blando en voz baja, más para sí mismo que para los demás.
—Así que no sabe más que nosotros. Tantas horas de trabajo para nada.
Yashin Sukur, el de mayor graduación en la agencia de los tres, levantó la mano, en un gesto que venía a pedir tranquilidad. También él se encontraba cansado, pero no podía permitir que cundiera el desánimo o se cuestionasen las órdenes, y lo dejaba traslucir en to- dos sus actos y gestos.
—Paciencia. Que no hayamos conseguido nada por esta vía no implica que hayamos fracasado. Ya cono- céis las órdenes: ahora, tenemos que conseguir que colabore con la agencia. Como sea.
Ese era el segundo paso. El primero, intentar reca- bar toda la información que pudieran. Ampliar el ex- pediente. El segundo, que colaborase activamente. Y de buen grado a ser posible.
Volvió a consultar sus notas, intentando encontrar algo que le hubiese pasado desapercibido o algún error cometido, aunque sabía de sobra que eso no iba a suceder: el cuerpo médico era condenadamente bueno. Pese a que le habían suministrado todas las sustancias conocidas para hacerle confesar, no habían obtenido ninguna información extra. Luego habían intervenido los druidas verdes con sus supuestos po- deres mentales... algo que él consideró una extrava- gancia por parte de sus jefes, y, como supuso, tampoco habían conseguido sacar nada más. En defi- nitiva, todo estaba como al principio. Pero con una diferencia: la reticencia que, sin duda, mostraría Be- llini a colaborar. A nadie le gusta que le rapten y le hurguen en su memoria. Y menos aún a aquel tipo, que sin duda sería alguien excepcional si mostraban los jefes tanto interés en él. Pero tendría que conse- guir que colaborara. Los jefes habían sido taxativos al respecto: debía colaborar con ellos como fuera. Prefe- riblemente, de buen grado. De no ser así, como fuera.
Extracto de una noticia publicada el día 20 de Abril del 230 en El Correo Exterior, Pálasti, Aris.
¡UN PASO MÁS HACIA LA DEFINITIVA LI- BERTAD!
En nombre de la Junta Provisional de Go- bierno, su vocal, el nuevo Gobernador Gene- ral en funciones de Aris, Randipol Lumin, ha decretado por fin a las 22,00 horas (horario de Pálasti) del día de hoy, el fin del estado de excepción en todo el planeta, asegurando a la población el restablecimiento del orden de- mocrático y las libertades individuales, tal y como reza el proyecto de Constitución que en
breve será sancionado por el Senado Arisio. Así mismo, ha aprovechado su breve discur- so para informar a la población del estado en que se encuentran las Capitulaciones Finales del Tratado de Independencia...
Di Stefano se incorporó con brusquedad, sacudió la cabeza como si así fuera a espabilarse antes, y abrió los ojos. Frunció el ceño. Algo no cuadraba: un sim- ple dardo somnífero no producía unos efectos tan de- moledores. Te dejan inconsciente y punto. Se sentía desorientado, sumamente confuso, como si le hubie- sen rebuscado en la mente y luego hubieran dejado todo tirado por ahí. Además, el dolor de cabeza era insoportable; casi no podía ni parpadear. Consultó su reloj: eran las seis de la tarde. ¿Qué demonios estaba pasando?
Se encontraba en una habitación más bien pequeña, de paredes, suelo y techo blancos, sin ventanas, con la mesa de donde acababa de levantar la cabeza como único mobiliario, al margen de un par de sillas, una la que ocupaba él, y otra enfrente vacía. Le rodeaban los tres tipos de la taberna.
—¿Se encuentra mejor? —preguntó el supuesto in- dustrial.
Di Stefano, llevándose una mano a la cabeza, con- testó con otra pregunta.
—¿Qué me han hecho?
—Oh, nada, lo habitual —le respondió con voz me- liflua—. Comprobaciones rutinarias. Por motivos de seguridad, ¿comprende?
Di Stefano no contestó. Sukur continuó.
—No pretendemos demorarnos más de lo neces- ario, señor Bellini. Le hemos traído hasta aquí porque pretendemos que trabaje para nosotros. Sabemos quién es usted y a qué se dedicaba no hace demasiado tiempo. Creemos que pueden sernos útiles sus cono- cimientos y sus servicios.
Di Stefano se apresuró en contestar, más despierto su ánimo.
—Desde luego saben quién soy.
—Sí. Y también sabemos que lleva usted estableci- do en Aris más de cinco años. Vino con un considera- ble capital, que no ha invertido en ningún negocio o
empresa legal, y que dilapida en juergas y fulanas... más o menos en este orden.
—Ese, en todo caso, es mi problema.
Uno de los hombres le extendió al que estaba ha- blando una carpeta de piel con el anagrama de la poli- cía secreta del estado arisio. Éste la abrió y consultó algunos de los documentos que contenía, pasando raudo la mirada. Sin duda conocía de sobra lo que en apariencia estaba examinando.
—Sabemos que, desde que se estableció en Aris, ha trabajado ocasionalmente en lo que se podría consi- derar su profesión... investigaciones menores para va- rias empresas.
Di Stefano encogió los hombros, en un gesto que veía a significar «Sí, ¿y qué?». Así que «ocasional- mente». Bien, eso le gustó.
—Pero lleva demasiado tiempo en paro. No ha vuelto a encontrar ningún trabajo.
Volvió a encogerse de hombros.
—También sabemos por qué vino usted a Aris. Y quiénes le acompañaban.
Sin respuesta.
Pasó a otro documento de la carpeta. Deslizando su índice sobre el papel leyó:
—Un sacerdote, el padre Mauricio Groepius. Y Ta- eshigura Tanaka, tal vez sacerdote también. Lo que es seguro, al menos de este último, es que era agente del Instituto Católico de Investigaciones Científicas. Al igual que usted, señor Bellini.
Terminó de hablar y clavó sus ojos, dos bolas frías y duras, en Di Stefano. Este, por su parte, intentó de- mostrar que aquellas palabras no le afectaban en ab- soluto manteniendo la postura laxa y el rostro molesto y aburrido. En su interior, sin embargo, algo se agitaba, algo que hizo que el corazón se le acelera- ra.
—Realizaron ustedes un verdadero tour turístico por nuestro planeta: primero Pálasti, luego Danai en el continente Fenai, después Tasidán... incluso se in- ternaron en el Desierto Central. Curiosamente, des- pués de que ustedes estuvieran en algún punto indeterminado del desierto, sucedió una tremenda ex- plosión que destruyó todo lo que hubiera allí.
Aquellas palabras le sonaron literarias, como si todo aquello que le estaba narrando aquel desconoci- do no fuera parte de su vida, si no más bien recuerdos de algo que había leído o visto tiempo atrás sin que él se hubiera inmiscuido en la acción. El padre Mauricio y Tanaka eran simples personajes que se le antojaban irreales e imposibles. Tal vez fuera a causa de las ga- nas de olvidarlo todo, o a los casi seis años transcurri- dos desde entonces. O a ambas cosas.
—Y también sabemos qué es lo que había allí. Y por qué lo destruyeron.
—¿Me pueden traer té?
Uno de los tres hombres salió por la puerta. Los de- más quedaron en silencio. Al poco, apareció con una jarra y una taza. Di Stefano se sirvió, sorbió compla- cido y sonrió.
—Lo cierto es que no recuerdo tal cosa. Pero me interesa su historia.
—No es necesario el cinismo, señor Bellini —repli- có Sukur—. Sí, ya lo creo que le interesa. Tenemos una idea demasiado general del asunto, pero podría decirse que el Instituto estaba dividido en dos faccio-
nes... ¿No es cierto? Ustedes representaban los intere- ses de una de ella. El centro de investigación... perte- necía a sus rivales.
Di Stefano suspiró y dejó la taza sobre la mesa.
—Por lo que me está usted diciendo, me acusan de haber atacado bienes privados siendo supuestamente miembro del Instituto, acatando órdenes —dado que según ustedes era agente— de la superioridad. ¿Ha habido por parte de alguien alguna denuncia contra mi persona? De no ser así, no veo nada ilegal en todo ello. ¿Son ustedes policías?
—¿Denuncia? Por supuesto que no... —rió sonora- mente—. Pero sí, podría decirse que somos policías.
¿No lo ha notado?
Di Stefano sonrió. Recorrió con una desdeñosa mi- rada el atuendo pulcro y sin estridencias, los trajes bien planchados pero baratos de los tres tipos. Típicos trajes de polis de alto nivel. Al final, clavó la mirada en el escudo de la carpeta.
—Entonces estoy detenido... ¿Me pueden decir bajo qué cargos?
—Podríamos hacerlo, sí —le cortó Sukur con una sonrisa falsa—. Podríamos inventarnos varios cargos contra usted: actividades lucrativas poco claras... se le podría considerar alguien socialmente perjudicial. Y, quien sabe, tal vez le hayamos encontrado drogas prohibidas... una simple sospecha y podría conside- rarse detenido. Estamos en un momento de profundos cambios, señor Bellini, y el gobierno provisional nos ha dado carta blanca para acabar con todos los ele- mentos que consideremos indeseables. Aunque no le hemos traído hasta aquí para eso. Deseamos que tra- baje para nosotros. Pero permítame que continúe.
—Por favor... —Replicó Di Stefano, haciendo una floritura con su mano.
—Bien. Ustedes localizaron el centro. Informaron de su posición exacta a sus superiores. Corríjame si me equivoco... Posteriormente fueron desalojados el profesor titular, un tal Heinz, y algunos de sus ayu- dantes. Después, aquel lugar acabó destruido. Hasta aquí voy bien ¿verdad?
—Usted sabrá.
—Acabada la operación, decidió establecerse en Pálasti. De sus dos compañeros de expedición sólo tenemos noticias vagas... volverían a la Tierra con toda certeza.
—Aún si todo eso fuera cierto... no veo para qué me pueden querer ustedes ahora.
Su interlocutor respiró quedo y complacido, como si estuviera esperando la pregunta, como si formase parte de un guión conocido de antemano.
—Sabemos que usted se desvinculó por completo del Instituto. Nos consta que no pasó a ser una espe- cie de agente corresponsal en Pálasti... digamos que fue expulsado o tal vez pidió la baja. En todo caso, se rompieron los lazos entre ambos.
Recordó fugazmente los últimos momentos de aquella odiosa misión, desde la lejanía del tiempo, y volvió a verse a sí mismo tan irreal como a sus dos antiguos compañeros, tan imposible como la historia que le estaban recordando. Clavó su mirada en los ojos de aquel tipo que le estaba hablando. ¿Por qué decía que el centro fue desalojado antes de su des- trucción? Él no recordaba nada parecido. Aunque, en
verdad, después de aquello, no estuvo jamás interesa- do en recordar nada. Hizo un esfuerzo por rememo- rar: la última vez que vio al padre Mauricio pareció quedarle claro que todo terminó como estaba previs- to: el centro destruido, sí, posiblemente con toda aquella gente dentro. Pero no tenía constancia, ni si- quiera la más mínima sospecha, de que Heinz y sus ayudantes hubieran sido salvados de la quema. Aun- que bien pensado, razonó, el padre Mauricio, pese a haberle salvado la vida, no era más que un personaje falso. Tal vez le engañara hasta ese punto. De todos modos, aquel lejano asunto le importaba un bledo.
¿Que el Instituto se había apropiado del experimento? Pues mejor para ellos. Si no eran ellos, serían otros. Tarde o temprano, otro científico, trabajando para otro laboratorio, hallaría algo similar. Le era indife- rente quién terminara por llevarse el gato al agua.
Así que se limitó a componer en el rostro una mue- ca que venía a reflejar ignorancia, y a encogerse de hombros.
Sukur se sentó en la silla libre, frente a él, y clavó los codos en la mesa, esperando paciente alguna reac-
ción más por parte de Di Stefano. Pero éste se limitó a mirarle con gesto neutro.
—También deducimos, señor Bellini, que usted desconoce parte de la historia que le estamos relatan- do; que su desvinculación del Instituto no fue todo lo ortodoxa que cabría suponer, que fue deliberadamen- te engañado. ¿Nos equivocamos?
—¿Qué es lo que desean de mí?
—Ya se lo hemos dicho: colaboración. Y ayuda.
Dubitativo, levantó la vista y la clavó en la pared lisa, mirando a ninguna parte en concreto. ¿Ayudar- les? No veía cómo podía hacerlo, ni tenía tampoco la más mínima intención de hacerlo. Hacía ya mucho tiempo que había querido olvidarse de todo lo que pasó, y poco a poco lo había ido consiguiendo. Tenía una nueva vida. No la mejor de las posibles, pero era suya.
Y ahora, aquellos tres individuos que le habían rap- tado, drogado y detenido, le pedían que les ayudase.
¿De qué iba todo esto? ¿La policía pidiéndole ayuda?
¿Recordándole un tema olvidado años atrás? Además, le dolía profundamente la cabeza. Estos tipos se ha-
bían pasado con las dosis de drogas que le hubiesen suministrado.
—Medítelo —continuó Sukur—. Creemos que no le va a ser fácil decidirse. Pero cuando tenga una vi- sión más amplia del asunto verá cómo le es imposible negarse.
—Creo que han empezado ustedes con mal pie
—dijo Di Stefano—. Este no es modo de tratar a al- guien a quien se quiere captar. Podrían comenzar por ser sinceros. ¿Qué clase de mierda me han metido?
Los tres policías cruzaron sus miradas. Parecían pensar lo mismo: hemos metido la pata con este tipo.
—Nada más que somnífero —respondió Sukur—. Pero creo que alguien se pasó en la dosis. Para conse- guir que usted se despertara antes, usamos la droga habitual. Nada de qué preocuparse.
—Se nota que no es a usted a quien le duele la ca- beza.
¿De dónde habrían sacado toda esa información es- tos tipos? De acuerdo, eran de la policía secreta de Aris, pero eso no explicaba nada. Nadie sabía nada de aquel asunto, salvo los pocos implicados. ¿Quién es-
taría detrás? Descartó al Instituto. No le quedaba otra opción: la Antigua Compañía de la Rosa. Lo cual tampoco le decía gran cosa. Obviamente, lo que esta- ba claro es que tenía que llegar a alguna clase de acuerdo si quería salir de ahí. No tenía otra alternati- va. Negarse a colaborar le podía costar caro. De eso empezaba a estar seguro.
—Bien, continúe —le dijo a Sukur—. ¿Qué me proponen?
Los tres hombres se miraron entre sí. Parecían sa- tisfechos.
—¿Consiente voluntariamente en colaborar con no- sotros?
Di Stefano contestó rápido. Estuvo tentado de decir
«¿Tengo otra opción?», pero prefirió ser lacónico.
—Depende.
—Bien, le entiendo. Es usted un profesional. Así que querrá hablar de condiciones y emolumentos,
¿me equivoco?
—Entre otros pequeños detalles.
—Pues no se hable más. ¿Hemos llegado a un acuerdo?
Sukur permaneció silencioso y atento esperando el sí de Di Stefano. Éste asintió.
—Sí.
—Perfecto. Como no estamos autorizados a llegar a ningún trato definitivo con usted, deberé comunicár- selo a mis superiores. Ellos le informarán de todo. Digamos que ésta ha sido la primera toma de contac- to... Mientras tanto, es usted libre de irse cuando quiera. Permanezca localizable: nos pondremos en contacto con usted. Ah, y por si acaso, no olvide que estará vigilado. Drazano, acompáñale.
Sukur se levantó de la silla y abandonó la habita- ción junto al otro poli. Drazano se dirigió a él.
—Sígame.
Salieron de la habitación y recorrieron en silencio unos laberínticos pasillos, tomaron un ascensor, y descendieron hasta la planta baja. Drazano, sin salir del ascensor, señaló la salida.
—Ahí tiene usted la salida. Hasta pronto.
Di Stefano, entre el caos en que se encontraba su cabeza, se percató de un detalle.
—Oiga, ¿y mi arma?
—Adiós —le respondió Drazano mientras se cerra- ban las puertas del ascensor.
Di Stefano cruzó el vestíbulo, traspasó las inmensas puertas de cristal que se abrían a la ciudad y salió al exterior. Respiró hondo el aire fresco. Se giró para ver la silueta del imponente y feo edificio de la pre- fectura de policía. Nunca antes había estado allí den- tro, y nunca se le ocurrió que lo fuera a estar. Volvió la mirada y comenzó a caminar por la avenida, mez- clándose con los transeúntes, buscando un taxi entre el tráfico abigarrado. Necesitaba con urgencia llegar a casa, ducharse, comer algo. Pensar un poco. Maldita sea, nunca debió acudir a aquella cita.
Di Stefano vivía en un lujoso apartamento de una de las mejores zonas de la ciudad. Al fin y al cabo, sus ahorros de agente le permitían ciertos caprichos, así que compró el apartamento poco después de esta- blecerse en Pálasti, cuando se cansó de vivir en hote- les. Lo decoró con gusto y sin escatimar: se rodeó de todo aquello que su criterio consideró placentero, có- modo y bello. Disfrutaba asomándose a la barandilla de su terraza a cuarenta plantas de altura, y contem-
plar Pálasti bajo sus pies, y el Rak-Janén en su deam- bular constante.
Bajó del taxi con la misma cara y el mismo ánimo que si lo hiciera de un coche fúnebre llegando a un entierro. Ya en el edificio, mientras cruzaba el portal de mármol verde camino de los ascensores, llegó a una conclusión definitiva: podía perderlo todo. Ahora que, por fin, había encontrado su lugar en el mundo, venían a joderle la vida.
Al entrar en casa, notó el desorden. Recorrió el salón, la cocina, las habitaciones, el baño. Parecía es- tar todo en su lugar. No se encontró los cajones tira- dos por el suelo, ni los sillones destripados, ni la ropa fuera de los armarios. Pero había algo que le decía que alguien había entrado y había rebuscado por toda la casa. A conciencia. Puede que fueran detalles insig- nificantes, pero a él no le pasaron desapercibidos: ese cajón que no estaba perfectamente encajado, o aque- lla puerta a medio cerrar. Se habían dado prisa, y lo habían realizado con pulcritud. Desde luego, debería empezar a valorar con otro criterio a la policía secreta de Aris.
En el salón, tras un mueble auxiliar, tenía su peque- ña caja fuerte, empotrada en la pared. Fue hacia ella. Comprobó que nadie la había intentado forzar. La abrió. Allí estaban, encajados en sus lechos de espu- ma, los utensilios propios de su trabajo, sus documen- taciones —auténticas y falsas—, y cierta cantidad de dinero en efectivo. El mismo que recordaba haber puesto en su día. ¿No habían encontrado la caja? ¿O, tal vez, no consiguieron abrirla? Lo cierto era que el modelo, encargado y traído de la Tierra, era difícil de forzar. Concretamente... ¿Qué habrían estado buscan- do?
Se desvistió, se duchó. Seguía molestándole el pin- chazo en el cuello, pero ya menos, al igual que co- menzaba a desaparecer el dolor de cabeza. Envuelto en una bata, se apoltronó en el sofá del salón. Avisó por teléfono para que recogieran el vehículo alquila- do que quedó frente al bar la noche anterior. Encargó comida. Había que tomarse las cosas con calma. Pri- mero comer, luego descansar. Después, poner las ideas en orden. Y esperar acontecimientos.
A la mañana siguiente, tras doce horas de sueño, Di Stefano se encontraba en forma, sin resaca de los chutes. Había descansado sin que en ningún momento se le viniesen a la mente los acontecimientos del día anterior, como si nada hubiese pasado, sin pesadillas, sin violentos despertares. Mejor así, concluyó. Recor- dó que, aquél día, tenía cita en la peluquería. Así que se vistió, desayunó un café, y bajó a la calle. Conti- nuaría con su vida, haría lo mismo de siempre. Eran ellos los que estaban interesados en él, eran ellos quienes habían dicho que se pondrían en contacto con él. No tenía, pues, por qué cambiar su vida. ¿Y si, al final, se olvidaban del tema? ¿Y si habían decidido que no era tan necesario? Ojalá fuera cierto... Pero su intuición le dijo que, para su desgracia, eso no sería así.
Mientras se encaminaba hacia la peluquería, procu- ró estar pendiente de si alguien le seguía. Tarea difí- cil: las calles atestadas de gente, como las del centro de Pálasti por las mañanas, no son las ideales para descubrir si te persiguen. No le preocupó. La policía secreta había tenido ocasión de hacerle lo que quisie- ra, pero le dejaron suelto. No había, pues, que esperar
ningún acontecimiento desfavorable por ese lado. Na- die le atacaría por la espalda. Ni iba a recibir un dis- paro. Pura lógica: dosificación de esfuerzos. Entonces, ¿por qué concentrarse en algo que no tenía sentido?
Al cruzar un parque, lleno de gente ociosa, trabaja- dores en paro en su mayoría, vio que un grupo de hombres, no mayor de una docena, había comenzado a levantar un pequeño escenario con cajones de ma- dera. Iban todos cubiertos de pies a cabeza con unas túnicas de tela basta, de color verde. Unos montaban el escenario, otros se dedicaban a repartir folletos en- tre los paseantes. Uno de ellos, el que parecía de ma- yor edad, se subió al improvisado escenario, megáfono en mano. Su voz sonó como un trueno le- jano.
—¡Hermanos! Mirad en qué os habéis convertido. Miraos y comparad. Comprobad cómo se han enri- quecido aquellos gusanos con vuestra vida.
Se levantó un pequeño revuelo entre la gente.
—Por fin hemos roto las ataduras con los terrestres
—continuó—. Por fin somos libres. ¡Acercaos a la
verdadera religión, la que os librará de la esclavitud!
¡Abrazad a la Congregación Pangea!
Mientras, varios hombres de verde distribuían folle- tos por la zona donde se encontraba Di Stefano. Un hombre joven dejó sus folletos a un compañero, se paró unos metros delante de Di Stefano, impidiéndole el paso, y permaneció quieto, traspasándole con la mirada. Se acercó lentamente a él, con pasos gatunos.
—¿Me dejas ayudarte?
Di Stefano, sorprendido, se echó hacia atrás.
—Sois druidas verdes, ¿verdad?
—Así es. Y presiento que sabes que podemos ayu- darte.
Di Stefano se encogió de hombros, mientras giraba la vista, dando por concluida la conversación.
—No veo cómo. Si me permites. El druida suspiró.
—Hay algo que te preocupa.
—Todos tenemos preocupaciones.
Los paseantes cercanos, arremolinados contemplan- do lo que consideraban un espectáculo, comenzaron a aplaudir.
—¡Deja que te lea el futuro!
Di Stefano se giró. Una sonrisa amarga le cruzó el rostro, recordando vagamente los tiempos de la Tie- rra, donde llegó a contactar con más de un miembro de aquella extravagante congregación. Hacía de eso ya tanto tiempo.
El druida, mientras, continuaba con una insistencia que le comenzó a parecer excesiva.
—¿Quieres que te adivine el futuro?
—Deja que te lea el futuro —repitió alguien—. Al menos sabrás cuándo morirás. Aunque yo te puedo decir cómo.
Di Stefano se giró, buscando entre la gente a quien acababa de hablar. Todos charlaban entre sí, hacían comentarios jocosos. Podría haber sido cualquiera. Podría no ir referido a él.
—¿Quieres? ¿Me dejas que te adivine el futuro?
—Le preguntó el druida.
—¿El futuro? Me es indiferente —respondió Di Stefano—. Déjame en paz.
—Pero también puedo decirte algo sobre lo que te ocurrió hace poco. Creo que te interesará.
—Déjame en paz de una puta vez.
Di Stefano le dio un empujón al druida que hizo que éste casi cayera al suelo. A paso vivo salió del parque, mirando hacia atrás de vez en cuando. Todo el mundo atendía al druida del megáfono, que seguía con su perorata, nadie atendía al druida al que acaba- ba de empujar, como si fuera habitual que alguno se llevase de vez en cuando un golpe. No vio a nadie que pareciera seguirle. Cruzó la calle, sorteando los vehículos parados en un cruce. Se serenó. Eso era lo que tenían los druidas verdes: siempre conseguían in- quietarle. No sabía bien por qué, pero así era desde los lejanos tiempos de la Tierra. En cierto modo, se alegró de haberle dado un empujón a uno. Es más, sonriendo, pensó que debería haberle propinado un buen puñetazo en su cara de rata.
Caminó a paso más lento, confundiéndose entre el gentío, hasta que, unas calles más allá, llegó a la pe- luquería. No tuvo que esperar. Nada más presentarse, la recepcionista le indicó una butaca. Parecía que la mañana era fructífera: la larga fila de butacas estaban ocupadas, salvo la que le correspondía. Tomó asiento.
Mientras el peluquero le colocaba el mandil, alguien se acercó por detrás, se puso frente a él y le dijo:
—Está usted invitado a comer. Hoy, a la una. En el restaurante Placer Prohibido.
Y se fue.
Di Stefano sonrió irónicamente. Otro poli de traje. No había estado atento. O eran bastante mejores de lo que les suponía.
El restaurante Placer Prohibido era de los más refina- dos y caros de la ciudad. Se encontraba en los bajos de un rascacielos del centro financiero de Pálasti, en la interminable avenida Puján, no demasiado lejos de su despacho y de su casa, y Di Stefano lo conocía de oídas, ya que nunca había entrado. Caminando desde la peluquería, llegó media hora antes de la una, se apostó al otro lado de la calle, y repasó su entorno. Llegó a la conclusión de que, al menos, había tres po- licías de paisano cerca de la puerta del restaurante. Uno de ellos no dejaba de mirarle. Así que decidió hacerse el desentendido y continuar paseando hasta la hora de la cita.
Lo que estaba claro es que no iba a tratar con nin- gún don nadie. ¿Quién sería? El tema era más impor- tante de lo que había llegado a imaginar en un principio. O debería de serlo, en todo caso, si se to- maban tantas molestias. Pronto saldría de dudas, pero mientras tanto, hizo un nuevo repaso de lo que le ha- bía ocurrido hasta entonces. Se encontraba con unos tipos, unos secretas, que le raptaban y le proponían colaboración. Parecían saber de su vida casi tanto como él. Conocían detalles de la misión que le llevó a Aris que él jamás imaginó. ¿Y quién podría tener ac- ceso a esa información? Por sus medios, la policía se- creta de Aris no, desde luego. Alguien les tenía que haber informado. La Antigua Compañía de la Rosa parecía lo más probable. Al fin y al cabo, estaba radi- cada en Aris desde que abandonó la Tierra. Alistair Collins, su jefe, vivía en Pálasti. Todo apuntaba en esa dirección.
Recordó que la simple mención del nombre de la Compañía hacía que los miembros del Instituto suda- ran. Los miembros del Instituto y todos cuantos tu- vieron algún tipo de contacto con ella. La Compañía parecía ser fuerte, poderosa, siniestra, de oscuros in-
tereses. Eso le quedó claro de la última misión que realizó como agente del Instituto. Y, ahora, tendría que tratar con ella, que, al parecer, se había aliado de alguna forma con la policía secreta de Aris. ¡Vaya plan! De todos modos, aunque reticente, estaba dis- puesto —no le quedaba más remedio— a colaborar... si lo que le pedían no le comprometía en exceso. Por muy siniestra que fuera, por muy sucios que fueran sus intereses, valoraba en mucho su vida. Y no debía lealtad al Instituto. ¿Por qué no habría de colaborar?
¿A él qué le importaba que sus antiguos jefes del Ins- tituto, los que le traicionaron, la tuvieran pavor? Eso no era motivo suficiente. Además, aún no sabía qué iban a proponerle en concreto. Ni tan siquiera si ten- dría algo que ver con su vida anterior. Tal vez estu- vieran reclutando nuevos agentes, y pensaron en él.
Se encaminó hacia el restaurante. Quedaban diez minutos para la una, pero no le apetecía seguir co- miéndose la cabeza. Antes de entrar, observó que los polis se acercaban con sigilo a la puerta. Pasó al inte- rior. Dentro, frente al pequeño mostrador que hacía las veces de recepción, otro poli le apuntaba con dis- creción con un arma.
—Por favor, mera rutina. Permítame que le cachee. Los polis que habían vigilado la entrada accedieron al interior. Se quedaron tras él, mirándole descarada-
mente, las manos cerca de sus armas.
—Por supuesto.
El policía cacheó a Di Stefano. Al llegar a su soba- quera, le extrajo el arma. También encontró la que llevaba en el tobillo.
—Esto me lo guardo —le dijo a Di Stefano con aire indiferente—. Al salir, se lo devolveré.
—Ya me han quitado una, así que adelante. Como quiera.
—Por favor, entre —le indicó con la mano—. Le están esperando.
Di Stefano abrió una pesada puerta de madera y pe- netró en el interior. Había poca luz, sólo la que prove- nía de unas vitrinas de cristal que contenían piezas de artesanía, lo que producía la impresión de estar acce- diendo a una sala de un museo. El comedor del exclu- sivo restaurante no era ni grande ni pequeño, tenía una veintena de mesas. Pero estaban todas vacías, a excepción de una, situada en el medio de la sala, don-
de la luz era más tenue aún. La ocupaba una persona que parecía abstraída en la lectura improbable de unos documentos, pero que miró por encima de éstos a Di Stefano en cuanto traspasó el umbral. A medida que se acercaba a la mesa, la figura se levantó.
—Buenos días, señor Bellini. Gracias por venir.
El hombre, de edad avanzada, le extendía su mano. Di Stefano se la estrechó sin efusividad mientras le escrutaba con discreción, pero a fondo. Era un indivi- duo alto, bien parecido, impecablemente vestido, que despedía un agradable aroma a colonia cara. Seguía conservándose en forma, y parecía disponer de la energía propia de alguien mucho más joven. Pelo ca- noso cortado a la moda, ojos oscuros de mirada pene- trante. Tez bronceada y sin arrugas. Estaba frente a un tipo con pasta y clase, amante de los deportes caros al aire libre.
—Siéntese. Qué gusto dar tratar con terrestres
—dijo, mirando su reloj—, ¿verdad? En eso estamos fuera de lugar, tanto usted como yo. En lo concer- niente a la puntualidad, los arisios son insufribles.
¿No le parece?
Tenía una voz grave, autoritaria, sin duda acostum- brada a impartir órdenes. Ambos tomaron asiento. Un camarero se acercó solícito a un gesto. Les ofreció las cartas y se marchó raudo.
—Permítame que me presente —dijo el hombre—. Soy Antonio Palacios, comisario jefe de la policía se- creta de Aris. Como usted, también soy terrestre. Am- bos compartimos esa condición, y algo más: tuvimos que abandonar la Tierra y empezar de nuevo en este bárbaro planeta. Pero también supimos sobrevivir. Nos levantamos después de la caída. Y, como verá más adelante, hay muchas más cosas que nos unen.
Después de decir eso permaneció silencioso exami- nando a Di Stefano, que tuvo la desagradable impre- sión de encontrarse en otro interrogatorio, pero este mucho más inquietante. El tiempo transcurrió lento mientras aquel tipo no le quitaba los ojos de encima.
El camarero volvió. Se quedó parado frente a Pala- cios, con aire temeroso.
—¿Permite que pida por los dos? ¿Confía en mi criterio? ¿Si? —le preguntó a Di Stefano, que se limi-
tó a asentir—. Bien, entonces tráiganos lo habitual. Pero para dos.
En cuanto el camarero hubo dado un par de pasos alejándose de la mesa, Di Stefano se dirigió a Pala- cios.
—Bueno, usted dirá, señor comisario jefe. Palacios cogió aire para soltarlo de golpe. Sonrió.
—Bien, como ya le han comunicado mis subordi- nados, le necesitamos. Queremos que trabaje para no- sotros.
—¿Y de qué se trata?
—Vaya, le gusta ir al grano. Bien, bien. Yo también prefiero no andarme con remilgos. Se trata de que viaje a la Tierra y localice un centro de investigación del Instituto.
Volvió el camarero, esta vez con una botella de vino blanco de la que sirvió dos copas, y el plato de entrantes. Palacios cogió su vaso, sin dejar de mirar a Di Stefano, y bebió a pequeños sorbos, recreándose.
Mientras tanto, Di Stefano bajó la vista hasta el ám- bar de su copa. Así que era eso. Otra vez se cruzaba en su vida el Instituto. En esta ocasión, debería traba-
jar para el que fue su enemigo. Pero no se podía apar- tar del dichoso Instituto, olvidarse de él por completo. De un modo u otro, siempre albergó la posibilidad de que algo así ocurriera: su condición de ex-agente, los trabajos que había realizado, todo lo que había sido su vida anterior, estarían esperándole a la vuelta de la esquina. Había estado involucrado en asuntos dema- siado importantes como para que se olvidasen de él por completo. Aunque hubiera sido dado por muerto
—eso al menos le dijo el padre Mauricio— siempre habría alguien que decidiera husmear. Tanto por una parte —sus antiguos compañeros—, como por la otra
—los que se podían considerar sus enemigos— no le olvidaban tan fácilmente. De poco servía que él sí lo hubiera hecho. De nada servía que se hubiese fabrica- do una vida nueva. Todo se iría al traste en cuanto al- guien, en algún despacho, quisiera. Y lo peor era que no tenía escapatoria: tenía tras de sí a la policía secre- ta de Aris. ¿Qué hacer? ¿Intentar huir del planeta? Di- fícil en estas circunstancias. De cualquier modo, de tomar esa decisión, debería actuar rápido, con tanta premura que tendría que abandonar todo lo que había conseguido. No le apetecía en absoluto salir huyendo
como un delincuente, ni vivir como un pordiosero, ni empezar de nuevo en otro sitio. No le apetecía perder su pequeño patrimonio, sus comodidades, consegui- das tras tantos años de trabajo. Feo asunto.
—Bueno, ¿qué me dice? ¿Lo ve factible?
Las palabras de Palacios le sacaron de su abstrac- ción. Levantó la mirada.
—Estoy completamente desvinculado del Instituto desde hace mucho tiempo —dijo sin convicción, sa- bedor de que nada iba a conseguir—. No conozco a nadie. Supongo que durante este tiempo habrán cam- biado mucho las cosas. No veo en qué puedo ayudar- le. Me encontraría tan perdido como cualquiera de sus agentes.
Palacios sonrió, elevando el labio superior por un lado.
—Por supuesto que no, señor Bellini. Eso lo sabe usted. Y no le estamos pidiendo que realice nada ex- cepcional, nada que no pueda hacer. Le pedimos que haga lo mismo que hizo hace seis años. Encontrar un centro de experimentación. Así de sencillo.
—¿Y cómo pretende que lo haga?
—Eso es cosa suya. Ahí es donde entra en juego su competencia. Nosotros le pedimos que nos diga dón- de está el centro de experimentación. Usted nos lo dice, y asunto concluido. No es difícil, ¿verdad? No, desde luego, para alguien como usted.
—No sabría por dónde empezar.
—Sí, sí que sabría. ¿Qué pretende, que le halague? No lo pienso hacer... Además piense que no le intere- sa tenernos en su contra. Yo creo que no tiene otra al- ternativa. Ayúdenos y se ayudará. De lo contrario... mucho me temo que no le va a gustar lo que alguien ha planeado para usted. Yo, en su lugar, no lo dudaría ni un instante.
—¿Me está amenazando?
Di Stefano esperó una sonrisa torva por parte de Palacios, o algo similar, algún gesto siniestro de súper jefe del mal. Pero no hubo tal: Palacios se le quedó mirando con fijeza, clavando todo lo posible sus ojos oscuros.
—No lo dude —contestó—. Pero es una amenaza real, no se trata de ninguna fanfarronada, señor Belli- ni. De todos modos, yo lo que quiero es llegar a un
trato mutuamente satisfactorio. Así que olvidémonos de lo demás. Le propongo lo siguiente: si usted cola- bora, estamos dispuestos a pagarle dos millones de geas. No está mal, ¿verdad? Además de devolverle todo el dinero que tenía depositado en el banco de fo- mento africano. Y su flamante apartamento. Bueno, y todo lo que nos encontremos por ahí, que pasará a ser propiedad del estado arisio al instante. Y algo más.
Di Stefano casi se atraganta con el vino. Ahora sí que estaba de mierda hasta el cuello. Miró furibundo a Palacios, que se limitó a coger otro trozo de angui- la, degustarlo con parsimonia y beber vino. Cuando hubo terminado, se limpió con la servilleta.
—Ya sabe cómo están las cosas con esto de la inde- pendencia... —dijo con aire pretendidamente acadé- mico Palacios—. Nos ha dado plenos poderes el gobierno provisional para este tipo de cosas. Hay que poner orden en el planeta, ¿no cree? Bueno, ¿qué me dice?
Ahora sí que no le importaba pasarse de irónico.
—¿Es que tengo otra opción?
—No.
Palacios, después de contestarle, continuó con su mirada pétrea clavada en el rostro de Di Stefano. Después resopló con violencia, como si comenzara a cansarle la conversación.
—Mire, Bellini, aunque le pueda parecer lo contra- rio, soy hombre de pocas palabras. Suelo dar una or- den y ésta se cumple. Con usted estoy siendo desacostumbradamente locuaz. ¿Me será rentable tan- ta amabilidad? No lo sé. ¿Usted qué opina?
Di Stefano fue consciente de la absoluta gravedad de su situación. No estaba en juego su pequeña fortu- na: su propia vida dependía de una respuesta.
—De acuerdo. Acepto.
—Bien —continuó Palacios, asintiendo con firme- za—. Veo que ha entendido el mensaje. Por un mo- mento llegué a pensar que era usted un completo imbécil.
Tomó aire, y prosiguió.
—Ahora que ya está de nuestro lado, le pondré en antecedentes. Cuando ustedes destruyeron el centro de experimentación del Desierto Central de Fenai, el Instituto creía más que posible que Heinz y sus cola-
boradores se hallasen dentro, continuando con sus in- vestigaciones. Pues gran error: no era así. Heinz aún no había empezado su labor en ese centro. Estaba todo en fase de preparación, ya muy avanzada, eso sí, pero aún faltaban por llegar varios cargamentos y Heinz y su equipo más directo. Faltaba lo principal. Desconocía este punto, ¿verdad?
—Sí. Más o menos fui informado por uno de sus subordinados ayer mismo. Pero lo desconocía.
Lo cierto es que, con el transcurrir del tiempo, ha- bía llegado a la conclusión de que aquel tema le supe- raba, que era mejor dejarlo como quedó. Pasado, sólo pasado. Algo que no merecía la pena revolver.
Y fue creando un sentido práctico de la vida que le hacía repeler todo aquello que no le reparase un bene- ficio inmediato y directo. Aunque seguía conservan- do, cada vez de manera más residual, la supuesta ética de antaño, se sentía impotente para luchar contra todos los molinos de viento que la vida le po- nía en su camino. Vivir en Aris concedía ese don: la vida valía tanto como estuvieras dispuesto a pagar por conservarla. Su anterior vida en la Tierra le llegó a parecer la de otra persona distinta.
Palacios prosiguió.
—Le diré que, para los intereses que represento, aquello, de todos modos, fue un golpe muy duro. Ha- bía mucho dinero invertido en ese centro, y todo se perdió. Y lo peor: Heinz acabó en manos del Instituto. Nos costó mucho volvernos a levantar. Pero, bueno, así ha sido a lo largo de nuestra larga historia. Somos fuertes: por más que intenten acabar con nosotros, siempre resurgimos de nuestras cenizas.
»Desconozco cómo pudieron enterarse los del Insti- tuto, pero Heinz fue apresado antes de llegar a entrar en la atmósfera de Aris. Supongo que mantendrían varias vías simultáneas de investigación: la que le en- comendaron a usted y, al menos, otra más para vigilar al propio Heinz. Ya sabe usted cómo trabaja el Insti- tuto. La verdad es que son endemoniadamente bue- nos.
¡Cómo no se le ocurrió! Nunca llegó a plantearse esa posibilidad. Pero, conociendo al Instituto, era lo más lógico: un asunto así no podía dejarse en manos de una única vía de investigación. Y él no tenía por qué ser informado del planteamiento completo del asunto. En su día, pecó de ingenuo y de arrogante. Se
creyó más importante de lo que realmente era. Bueno, a estas alturas, aquello carecía ya de importancia.
Ahora tenía que salir de este atolladero de la mane- ra más airosa posible.
—Se trata, pues, de que nos diga dónde se encuen- tra el centro de investigación de Heinz —continuó Palacios—. Nada más.
—Tenía entendido que las investigaciones estaban a punto de finalizarse hace ya seis años... Tal vez lle- guen ustedes tarde.
—Ni mucho menos —expresó, tajante, Palacios—. Estaban en vías de desarrollo. Avanzaban con firme- za, pero a paso lento. Quedaba mucho trabajo por ha- cer.
—Y ustedes suponen que ese centro se encuentra en la Tierra.
—No necesariamente, aunque estamos seguros de que así será. Pero usted tendrá que empezar por ahí,
¿no?
Di Stefano asintió ceñudo. No le quedaba más re- medio.
—Pues entonces, estamos perdiendo el tiempo
—dijo Palacios—. Terminemos nuestra comida y pongámonos al trabajo.
—¿Cuándo debo partir?
—Lo antes posible. Desde este mismo instante tra- baja para nosotros. Bajo mis órdenes. ¿Queda claro?
—Necesito, al menos, un par de días.
—No hay problema. Pero no se demore más de lo necesario.
—Hay algunos detalles importantes que no hemos mencionado.
Palacios le cortó, mostrándole la palma de su mano.
—Está todo previsto.
Cogió un maletín de debajo de la mesa y lo colocó al lado de Di Stefano.
—Ahí tiene dinero en metálico. Le sobra para gas- tos de pasaje, alojamiento, etcétera. Si necesitase más, nosotros se lo proporcionaríamos. También le hemos hecho un salvoconducto especial para salir y entrar del planeta.
Di Stefano miró ceñudo el maletín.
—Este dinero no provendrá de mi cuenta, ¿verdad?
Palacios sonrió.
—Por supuesto que sí, señor Bellini. Pero si todo termina de forma satisfactoria, se le reintegrará. No se preocupe por estos detalles nimios. Por supuesto, puede hacer uso de sus pertenencias hasta el momen- to de partir. Tiene tiempo de sobra para hacer sus pre- parativos. Pero desde el mismo momento en que salga de Pálasti, le ruego que no intente volver... a no ser que haya conseguido su objetivo.
—Así que tendré que pagarme mi propio pasaje...
¿Es que no disponen ustedes de naves espaciales?
¿Tan mal está el gobierno arisio?
—Lo cierto es que tenemos pocas naves operati- vas... y ahora están todas en uso. Tenemos priorida- des, Bellini. También pensamos en meterle de paquete en cualquier nave privada. Pero preferimos al final dejarle el tema: elija usted.
—¿Cómo me pondré en contacto con ustedes?
Palacios colocó ante él un aparato. Era un caro transpondedor.
—Deberá hacer un informe diario. Me gustaría que fuera lo más amplio y detallado posible.
—¿Y si pierdo el cacharrito?
—¡Oh! ya le entiendo. Le gusta trabajar a su aire. Bien, no se preocupe. Pero le recomiendo que eso no suceda, para evitar suspicacias. En todo caso, si pier- de el transpondedor, continúe con su trabajo. Cuando haya conseguido saber lo que nos interesa, vuelva. Pero nunca lo haga, jamás, si ha fracasado... o si no- sotros consideramos que lo ha hecho. Aunque eso no va a ocurrir, ¿verdad?
Di Stefano no contestó. Molesto, se guardó el trans- pondedor en el bolsillo de su chaqueta. Palacios pidió con un gesto que trajeran el segundo plato. El cama- rero se acercó, los colocó frente a cada comensal y se fue.
—¿Tiene alguna duda, señor Bellini?
—Me gustaría aclarar unos cuantos puntos. ¿Tengo carta blanca para hacerlo a mi modo?
Palacios asintió.
—Por supuesto. Confiamos en su competencia.
—Y yo, ¿me puedo fiar de ustedes? ¿Tengo alguna garantía de que cumplirán con su parte?
Palacios dejó de comer. Le miró fijamente a los ojos.
—¿Usted qué cree? —Le contestó.
—Supongo que no tengo otra opción.
—Nuestros intereses son puramente comerciales. No desconfíe de nosotros y todo le irá bien. No tene- mos por qué engañarle. Le puedo asegurar que, si consigue lo que se le ha propuesto, nos encontrare- mos lo suficientemente satisfechos como para que no tema nada de nosotros. En caso contrario.
Palacios volvió su atención al plato. Siguió comien- do con parsimonia. Di Stefano, meditabundo, miraba el maletín.
—¿Para qué quieren la información? —preguntó sin demasiada convicción—. ¿Cuál es su propósito?
—Esa pregunta es irrelevante —contestó Palacios, sin levantar la vista— y no veo la necesidad de con- testarla.
—¿Puedo hacerle otra pregunta?
—Haga las que sean necesarias.
—¿Son ustedes la Antigua Compañía de la Rosa?
Palacios dejó caer el tenedor sobre el plato. Clavó en él una mirada feroz.
—No vuelva a mencionar ese nombre. Jamás. Nun- ca. Trabaja para los servicios secretos arisios, para mí. ¿Me ha entendido bien? No juegue con cosas que le superan.
Di Stefano respiró hondo. Se levantó de su silla. Quería salir de allí cuanto antes. No veía la necesidad de continuar la conversación: todo lo que había que decir estaba dicho.
—Creo que declinaré su invitación a comer, señor Palacios. Si me disculpa, tengo trabajo por hacer.
Palacios se levantó. Alargó su mano hacia Di Ste- fano.
—Buena suerte.
Di Stefano abandonó el salón. El policía de la en- trada le devolvió sus armas, y salió al exterior. Ahora, estaba todo claro: trabajaba para la Antigua Compa- ñía de la Rosa que, de un modo u otro, se había hecho con el control de los servicios secretos de Aris, y se- guro que con algo más. Tal vez con todo el maldito planeta. ¡Qué vueltas daba el destino! Por otra parte,
llegó a la conclusión de que, aunque no le apeteciera hacerlo, lo que le habían propuesto no era tan compli- cado de llevar a cabo. Una vez en la Tierra, de un modo u otro lo conseguiría. Lo que realmente le preo- cupaba era lo que vendría después. Tal vez cumplie- ran con su palabra. Pero, por si acaso eso no ocurría, tendría que andar con pies de plomo, y trazar un plan para salvar el pellejo llegado el caso... si es que tenía alguna posibilidad.
Porque, en el fondo, lo que hiciera Palacios con la información carecía para él de la más mínima impor- tancia.
Se encaminó a su despacho. Tenía algunas cosas que recoger. Luego, iría a casa a ultimar los preparati- vos. Pensó que seguramente algún miembro de los servicios secretos le estaría ya siguiendo. De ser así,
¿no le seguirían también en la Tierra? ¿Y si, llegado el momento en que encontrase el centro, le daban pa- saporte? ¿Para qué le querrían vivo una vez les hubie- ra llevado hasta el objetivo? ¿Para tener que devolverle un montón de pasta? Ese punto había que solucionarlo.
Cartel de advertencia distribuido en las princi- pales ciudades de Aris:
AVISO IMPORTANTE.
LA PREFECTURA ARISIA DE POLICÍA BUS- CA A LOS SIGUIENTES INDIVIDUOS:
LEOPOLD BAZZETTA, ASESINO Y LA- DRÓN.
CAIRLIN TOSJER, ASESINO Y CONSPIRA- DOR.
RAJIN DE SURA, ASESINO PROFESIONAL.
FORTUNAI VISSER, ASESINO PROFESIO- NAL.
CUALQUIER CIUDADANO QUE TENGA CO- NOCIMIENTO DEL PARADERO DE AL- GUNO DE ESTOS SUJETOS, O BIEN CONOZCA ALGÚN DATO QUE PUEDA SER DE INTERÉS PARA LA POLICÍA, SERÁ RE- COMPENSADO POR EL GOBIERNO PRO- VISIONAL CON LA CANTIDAD DE 10.000 GEAS.
MUCHA PRECAUCIÓN: SON EXTREMADA- MENTE PELIGROSOS.
La noche se había cernido sobre Pálasti. Una fría llo- vizna mojaba las calles que comenzaban a vaciarse. Di Stefano traspasó el portal, miró hacia un lado y otro de la avenida, y comenzó a caminar. Cruzó a pie varias calles, comprobando si le seguían, más por participar en el juego que por que le importara real- mente. No vio a nadie. Al encontrar un taxi, que cir- culaba despacio en busca de clientes, le llamó. Se subió antes de que se parase del todo.
—Lléveme al barrio pesquero.
El taxista frenó en seco el vehículo.
—De ninguna manera. No pienso llevarle allí. Allí no entra ni la propia policía.
—Bien, pues déjeme a la entrada, en la plaza Ma- gadash, frente al castillo.
—De la plaza no paso. Que le quede claro.
El taxista condujo con celeridad por las calles de la ciudad. Parecía tener prisa por terminar cuanto antes, y no lo disimulaba. Después de cruzar el centro finan- ciero, comenzaron a introducirse por calles cada vez más estrechas y oscuras, de firme irregular que hacía traquetear al vehículo. El conductor no cesaba de chasquear la lengua y hacer gestos de desaprobación. Unos minutos después salieron a una plaza escasa- mente iluminada, rodeada de edificios de ladrillo que parecían a punto de desmoronarse, comidos por la humedad y la mugre. La plaza Magadash, en reali- dad, no era más que un descampado deprimente don- de alguien se olvidó de construir. En el centro de la plaza, unos pocos arbolillos escuálidos y enfermizos sobrevivían a duras penas en la mezcla de tierra sucia
y escombros. En una esquina, una edificación de enormes sillares de piedra sobresalía de las demás: el castillo. Un edificio que en su día debió de cumplir una función importante, pero que se encontraba aban- donado a su suerte. En los huecos de algunas de sus ventanas se veía el resplandor de hogueras. Varias fu- lanas, apostadas en la entrada del castillo, reían a car- cajadas, mientras señalaban al taxi. Eran el único vestigio de actividad en la mortecina plaza.
El taxista desistió de continuar el camino empedra- do que la circunvalaba y paró en cuanto entró en la plaza. Sin apagar el motor, se giró.
—Veinte geas.
Pagó al taxista, que desapareció de inmediato. Di Stefano caminó por el empedrado, sonriendo a las proposiciones obscenas de las prostitutas, rodeó el castillo, y tomó una calle oscura que se abría a uno de sus lados, internándose en el barrio pesquero.
El barrio pesquero era una zona olvidada de Pálasti que se extendía sobre una pendiente que iba a morir en el Rak-Janén, una amalgama caótica de edificios podridos que parecían sostenerse unos en otros. Su
trazado lo formaban meandros sucios y oscuros de gi- ros caprichosos e imprevisibles, que se interconecta- ban de manera aleatoria hasta llegar al río, como si un dios loco o un gigante hubiera vaciado un cubo de aguas fecales en aquella ladera. Las voces de la gente rebotaban en las calles, groseras, gritonas, insultantes, acompañando el rápido caminar de Di Stefano. No había ningún tipo de iluminación pública, sólo la que provenía de las ventanas de los edificios o de los lo- cales. En ocasiones se veía brillar un farol en una es- quina, indicando alguna taberna o algún prostíbulo. Era precisamente su trazado laberíntico lo que había resultado propicio para que se establecieran todo tipo de personajes que buscaban el anonimato, aparte de los desgraciados a los que no les quedaba otro reme- dio que vivir allí. De los pescadores que antes lo ha- bitaron, y de los que tenía el nombre, no quedaba rastro. Costaba guiarse por aquel intrincado sinnúme- ro de calles, callejuelas, plazoletas, callejones sin salida. Todas las casas eran similares: edificios de piedra y madera, alguno de ladrillo, de poca altura, construcciones modestas levantadas por las propias manos de sus moradores. Alguien que desconociera el
lugar acabaría perdido... si se atrevía a entrar. Era el sitio ideal para quien no quería ser encontrado. Como la persona a la que iba a ver.
En una de tantas calles ladera abajo, cuando el olor limoso de los muelles del río comenzaba a ser más penetrante, se encontraba la taberna de Marinai. Un edificio de tablones mal ensamblados de madera bul- bosa, con dos faroles en su fachada que proporciona- ban una luz ambarina y tenue, y un par de ventanas de cristal anaranjado a través de las cuales no se po- día ver el interior. La puerta, sin embargo, era de sóli- da madera maciza, una puerta de mansión caída en desgracia. Frente a la taberna, varios tipos discutían a gritos. Miraron a Di Stefano, que desentonaba con su atuendo en aquel sitio y a aquellas horas, pensando sin duda, en un principio, en una posible presa. Pero siguieron a lo suyo: le conocían. Todos en ese barrio sabían que aquel figurín no se andaba con bromas. Y que podía ser una fuente de ingresos llegado el caso.
Di Stefano entró en el local, alumbrado con la taca- ñería o discreción usual por unas insuficientes lámpa- ras de gas que colgaban de las vigas del techo. Se encontraba abarrotado, como casi siempre, de los per-
sonajes habituales: tipos patibularios, de vida misera- ble, capaces de cualquier cosa. A Di Stefano, al prin- cipio de frecuentar ese garito, le asqueaba su sola presencia. Pero se había acostumbrado, incluso le gustaba rodearse de verdaderos supervivientes: reco- nocía su mérito, su valía, aprendía mucho de ellos. Más de uno de aquellos tipos había trabajado para él en alguna ocasión. Y sabía de sobra que eran eficien- tes, como sólo lo pueden ser quienes tienen verdadera necesidad y son capaces de hacer lo que sea por so- brevivir. Buscó entre la concurrencia. No estaba quien había ido a ver.
Se acercó a la barra. El propietario, que se hacía llamar Marinai, procedía del continente Matsumai, al otro lado del Mar Interior. Por qué se había estableci- do en Pálasti era un misterio, así como el resto de su vida. Lo único que le quedaba de los viejos tiempos era una oquedad rugosa donde debía estar la nariz. Mirarle producía desasosiego. Llevaba su negocio con autoridad: en su local jamás se producían alterca- dos de ninguna clase, lo cual era digno de mención dada su clientela. Pese a encontrarse en el barrio pes- quero, pese a sus clientes, pese a todo, posiblemente
era el sitio más seguro de toda la ciudad. Al ver llegar a Di Stefano, dejó lo que estuviera haciendo y se acercó a él.
—Buenas noches, Bellini. ¿Una cerveza? —Le pre- guntó con su peculiar e inquietante acento.
Marinai trataba mal a sus clientes, casi con despre- cio, pero con Di Stefano se comportaba de manera muy distinta. ¿Por qué? Otro enigma. Pero siempre le había respetado, y era de los pocos parroquianos con quien se sentaba a conversar. Compartía cervezas y palabras sobre los temas que le parecían interesantes: robos, sobornos, raptos, esclavismo... la vida de Aris.
—Qué tal, Marinai. Busco a Rajín de Sura. ¿Le has visto por aquí?
Marinai compuso un gesto de sorpresa.
—¿No te has enterado? Han puesto precio a su ca- beza.
Sacó de debajo de la barra una cuartilla. Se la ense- ñó a Di Stefano. En ella aparecían los nombres de va- rios delincuentes buscados por la policía, con la correspondiente recompensa por sus detenciones. Di
Stefano le pasó la vista por encima y se la devolvió a Marinai encogiéndose de hombros.
—Tarde o temprano tenía que ocurrir —dijo—. Pero, dime, ¿sabes por dónde anda? Me corre prisa encontrarle.
Marinai le miró con recelo.
—¿Le necesitas para algo? Joder, ya sabes que no quiero problemas. Y menos con Rajín de Sura.
—Confía en mí. He venido a ayudarle.
Durante unos instantes, Marinai pareció sopesar la veracidad de las palabras de Di Stefano. Después, dio media vuelta y desapareció por la puerta que daba a la cocina. Al rato, salió.
—He mandado llamarle. Espero que no me com- prometas.
Lo cierto es que sabía que aquel terrestre jamás le comprometería. De no haber pensado eso, bajo nin- guna circunstancia habría mandado avisar a Rajín de Sura. Recompuso su rostro, cambiando la seriedad por una sonrisa torva.
—Son malos tiempos para un asesino profesional. Esto de la independencia no nos ha traído más que
problemas. Policía por todas partes. Malos tiempos, sí señor.
Se sirvió una jarra de cerveza. Acodándose en la barra frente a Di Stefano, continuó su conversación.
—Siempre se lo dije: jamás tendrías que haber sali- do de Matsumai. Allí eras un hombre respetado. Un asesino de prestigio. El mejor de todos. Venir a Pálas- ti fue un gran error. Y, ahora, a ver cómo sale de este embrollo. Hace tiempo que tendría que haber vuelto a nuestra tierra. Seguro que le hubieran admitido en su antigua cofradía. Pero Rajín es un misterio: prefiere quedarse aquí, malviviendo, que volver a ser el hom- bre que fue.
Marinai se quedó pensativo, como si aquellas pala- bras le trajeran algo a la memoria. Suspiró sonora- mente.
—Pero así es la vida. Sólo los dioses conocen nues- tro destino.
—Ponme de una vez la cerveza —dijo Di Ste- fano—. Y no me hables del destino.
En ese momento, Rajín de Sura apareció, bajando de una escalera que descendía de la planta superior,
mirando a todos lados en cada escalón. Marinai debía de haberle dado hospedaje en su casa hasta que todo pasara. Vio a Di Stefano conversando con Marinai y se acercó a ellos, mirando receloso en derredor.
—¿Qué quieres Bellini? Me han dicho que me bus- cas.
Lo cierto es que mirarle era suficiente para corro- borar su leyenda: tenía unos profundos ojos verdes, de mirada salvaje, un rebelde y ensortijado pelo rojo, una corpulencia bárbara que hablaba de brutales pe- leas a vida o muerte, de la costumbre de luchar por su vida con sus propias manos. En su pecho, colgando de collares de cuentas de colores, llevaba varios feti- ches matsumoi. Hoy no llevaba ropas demasiado es- truendosas; porque solía vestir de una manera tan estrambótica, incluso para el propio Pálasti, que no pasaba desapercibido en ninguna ocasión. Sacaba a Di Stefano una cabeza de estatura y varias decenas de kilos de peso.
Di Stefano señaló una mesa vacía.
—Sentémonos. Tengo que proponerte algo.
Marinai, discreto, se alejó. Rajín de Sura y Di Ste- fano tomaron asiento a la mesa.
—Dime —dijo Rajín de Sura, mirando alrede- dor—. Y, por favor, sé breve: no están las cosas como para pasearme por ahí a la vista de todo el mundo.
—No seas cobarde. Sabes de sobra que nadie en este barrio te traicionaría. Eres demasiado importante, y tienes demasiados amigos importantes, como para que a nadie se le ocurra delatarte por diez mil geas de mierda. Además, ¿desde cuando la policía ha venido al barrio pesquero a detener a alguien? Tranquilo.
Rajín de Sura no parecía estar de acuerdo del todo con Di Stefano. Negó ostensiblemente.
—Las cosas están cambiando, Bellini. Hoy en día todo es posible.
—Por cierto, ¿qué te ha pasado?
—¿Te lo puedes creer? —explotó Rajín de Sura—. Me contratan con todas las de la ley. Hago mi traba- jo... y me encuentro con que el objetivo que he elimi- nado era un pez gordo. Pero no uno cualquiera,
¿sabes? uno de los gordos de verdad. Y, de repente, la puta poli pone precio a mi cabeza. ¿Dónde vamos a
parar? ¿En qué se está convirtiendo este bendito pla- neta? Tuve que salir por piernas de mi tierra, y, cuan- do logro establecerme honradamente en la capital, van y me joden.
—¿Quién te contrató?
—Sabes que ese dato no puedo proporcionártelo.
—Ya. De todos modos, quien fuera, con seguridad mandó a alguien a hacerlo en su nombre.
—Esa es la opción más lógica. Y, ahora, empieza con lo tuyo.
Di Stefano bebió de su jarra de cerveza.
—Quiero proponerte un trabajo.
—¿Ahora? ¿Con la policía tras de mí? Imposible. Lo siento, Bellini, pero no.
—Lo que te propongo te va a venir bien. Te convie- ne desaparecer por un tiempo.
—Explícate.
—Tengo que salir de Aris. Y quiero que me acom- pañes.
Rajín de Sura abrió los ojos al máximo. Parecía un animal sorprendido por un cazador.
—¿Salir de Aris? ¿Adónde?
—A la Tierra, en principio.
—¿A la Tierra? ¿A qué?
—Tengo que localizar un centro de experimenta- ción. Sólo eso.
—¿Un qué?
—Un lugar donde las empresas inventan cosas. Clavó en Di Stefano sus ojos verdes. Daba la im-
presión de no entender nada de lo que le decía.
—¿Me necesitas para eso? ¿A mi?
—Tal vez sea necesario que te encargues de al- guien. En todo caso, te quiero como una especie de guardaespaldas. Para mi seguridad personal.
Rajín se echó hacia atrás en su silla sin apartar la mirada de Di Stefano.
—Yo no puedo plantarme en un puerto espacial en estos momentos, Bellini. Te recuerdo que me busca la policía.
—Deja eso de mi cuenta. Dispongo de un salvocon- ducto especial.
—¿También es válido ese salvoconducto para mi?
—Quienes me han contratado me han dado carta blanca —dijo Di Stefano con voz neutra, como si no
tuviera importancia alguna el asunto—. También es válido para ti y para quien yo quiera. Es más: si fuera necesario, podría conseguir que levantasen tu orden de búsqueda. El asunto es de muy alto nivel. Por esa parte, puedes estar tranquilo. Además, te conseguiré un pasaporte falso. Tan bueno, que no te haría falta ningún salvoconducto para salir del planeta.
—¿Y quiénes te han contratado?
—Podría decirse que, en estos momentos, trabajo para el gobierno provisional de Aris.
Rajín de Sura esbozó una sonrisa irónica y abrió sus brazos.
—Entonces hazme un favor: haz que se olviden de mí. Te sabré recompensar cuando te sea necesario.
—Eso también lo puedo conseguir. Siempre que aceptes trabajar para mi.
—De guardaespaldas, ¿no?
—Te lo repito: en principio, sí. Pero lo más proba- ble es que te necesite para algo más. Considérate mi ayudante.
—Sabes que soy un profesional —intervino con gesto de duda—. Te lo he demostrado en algunas oca-
siones, y, si te has olvidado, pregunta por ahí. Suelo trabajar sobre objetivos concretos. Me gusta saber a quién tengo que matar y cuándo hacerlo. Asesinar a discreción no es mi fuerte, ni el de ningún asesino competente que conozca. Y tú también eres un profe- sional. Sabes de sobra a qué me refiero.
Di Stefano pensó que debía cambiar su discurso. Llevaba razón. Demasiada imprecisión. El dinero ten- dría que empezar a aparecer en la conversación si quería que Rajín le acompañase. Y eso era algo que necesitaba. Necesitaba su instinto y su eficiencia para guardarle las espaldas mientras él se dedicaba a su trabajo. Al menos, para trabajar tranquilo, sin tener que mirar de reojo continuamente. Y no conocía a ningún otro asesino tan capaz como Rajín de Sura. Un tipo fiel que le había demostrado que podía con- fiarse en él. Si no quedaba más remedio, iría solo a la Tierra. Pero mejor acompañado por el mejor de los profesionales. Fue a hablar; pero no pudo comenzar.
—Creo que no me interesa lo que me ofreces —le cortó Rajín de Sura, echándose hacia atrás en su silla—. Es difícil establecer una tarifa determinada si no sé cuántos objetivos voy a tener que eliminar.
Además, se complican los métodos. Suelo estudiar con detenimiento cada objetivo; luego elijo la muerte que estimo más apropiada para él, y la que me sea más sencilla. Según lo propones, el trabajo no va a re- sultar muy profesional que digamos... Tal vez te haga falta un mercenario y no un asesino. Conozco a va- rios.
—Te ofrezco cien mil geas por empezar el trabajo. Por cada asesinato que tengas que realizar te daré otras cincuenta mil. Por supuesto, los gastos del viaje y estancia correrán de mi cuenta. Pero las herramien- tas que acostumbras usar las pones tú. ¿De acuerdo?
—¿Tienes tanto dinero?
—Sabes que sí.
Desde que trabajaron juntos por primera vez, Rajín de Sura había pensado que aquel terrestre se dedicaba al negocio por capricho: se veía de lejos que tenía pasta. No se le conocían vicios excesivamente caros, y parecía disponer de un pozo sin fondo lleno de di- nero. Podría haberse buscado la vida de diferente ma- nera. Pero percibía que era como él: un profesional.
No sabía hacer otra cosa, y parecía gustarle lo que ha- cía. Y era bueno, muy bueno.
Rajín de Sura sonrió. Ahora estaban pisando el te- rreno en el que se sentía a gusto. Pero había algo que no le cuadraba aún.
—¿Y dices que hay que ir a la Tierra?
—Así es.
—Nunca he abandonado este bendito planeta
—dijo, tocándose los fetiches del pecho—. Ni conoz- co a nadie que lo haya hecho. Eso no me gusta, Belli- ni.
—Sí conoces a alguien: a mi.
Rajín de Sura venció su cuerpo sobre la mesa y le miró directamente a los ojos. Durante un tiempo que a Di Stefano se le antojó demasiado largo permaneció de esa manera, impávido, sopesando, calculando. De golpe, rompió el silencio con un manotazo sobre la superficie de la mesa.
—Sabes que estoy sin blanca y en problemas, y quieres abusar de mí. ¿Qué me estas proponiendo?
¿Que me embarque en una loca aventura espacial por cien mil geas? ¿Sin saber a quién tengo que eliminar,
ni adónde voy? Soy Rajín de Sura. He asesinado a más de mil personas, y ningún cliente ha tenido jamás queja de mí. ¿Y sabes porqué? Por que a los locos como tú que me venían con estupideces de este tipo no les hacía ni puto caso. O me dices de una vez de qué va esto, o aquí te quedas.
Di Stefano hizo además de levantarse.
—Está bien. Olvídalo —le dijo al arisio—. Te he propuesto un trabajo por el que podías llevarte un buen pellizco y desaparecer durante un tiempo, y me terminas insultando. Me buscaré otro.
Rajín le sujetó del brazo.
—Espera un momento, hombre. No quiero que me consideres un maleducado.
Era el regateo habitual: Rajín de Sura pretendería sacar lo máximo posible por sus servicios haciéndose el indignado. Al fin y al cabo, la propuesta que le es- taba haciendo era lo suficientemente descabellada como para provocar la avaricia. Pensó que el doble sería suficiente para acabar con sus dudas.
—Doscientas mil para empezar.
Rajín de Sura pareció sopesar desde otra óptica el asunto. Durante un par de minutos continuó con su mirada clavada en el rostro de Di Stefano. Cuando llegó a una conclusión, rompió el silencio.
—¿Doscientas mil para empezar, has dicho?
—Sí.
—¿Cien mil por cada muerte?
—Dije cincuenta mil.
—Cincuenta mil geas es un buen dinero... —razonó Rajín— para Aris. Pero, para la Tierra, cobro el do- ble.
—Está bien. De acuerdo.
—¿Viaje y alojamiento pagados?
—Sí.
—Entonces, puedes contar con Rajín de Sura —se levantó, haciendo caer la silla hacia atrás. Sonriente, agarró por los hombros a Di Stefano—. Nunca he de- jado en la estacada a nadie, y menos a un amigo. Iré contigo. En todo caso, tal vez lleves razón: no me vendrá mal cambiar de aires por un tiempo... hasta que las cosas se enfríen. Después, conseguirás que quiten la orden de búsqueda, ¿verdad? —Di Stefano
asintió—. Además, me seduce la idea de volver a tra- bajar con la poli siguiéndome los pasos; eso hace que me sienta rejuvenecer. Espera un momento.
Y salió disparado hacia la escalera, dejando a Di Stefano entre sorprendido y divertido viéndole mar- char. Unos minutos después bajaba con algo en la mano.
—El contrato —le dijo a Di Stefano, poniendo en la mesa frente a él un papel amarillento escrito a mano—. Léelo y fírmalo. Si no sabes firmar, bastará con que te mojes un pulgar en sangre y lo estampes.
La fórmula habitual. Di Stefano sonrió de medio lado. Cogió el papel y lo leyó. Era un contrato están- dar de las cofradías de asesinos de Matsumai, válido en «los tres continentes de este Bendito Planeta, en sus mares e ínsulas, y donde quiera que fuere que un asesino cofrade sea contratado». Rajín de Sura había incorporado varias cláusulas especiales con los pre- cios que habían pactado, en una letra picuda casi ile- gible que parecía haber sido escrita con un tizón. Sacó una pluma y firmó un Bellini florido en el espa- cio reservado para el contratante y le entregó el papel al arisio.
—Ahora sí, Bellini —dijo Rajín de Sura—. Desde este momento, cuenta para lo que quieras con Rajín de Sura.
Tomó aire y compuso un gesto de gravedad, alzan- do con orgullo su cabeza.
—Debo decirte que este contrato será depositado en la cofradía correspondiente de Matsumai por un hom- bre de mi confianza que actuará de testigo. No es ne- cesario que te diga que estás obligado a cumplirlo, bajo pena de muerte en caso de no hacerlo.
Di Stefano puso la palma de su mano derecha fren- te al rostro de Rajín de Sura.
—Lo sé, lo sé. Evitemos los innecesarios requeri- mientos burocráticos. Haz lo que tengas que hacer.
Rajín de Sura levantó el brazo para llamar la aten- ción de Marinai. Cuando al fin el tabernero le vio, salió de la barra y se acercó a la mesa. Rajín de Sura le dio el documento. Marinai le echó un vistazo por encima, como si no quisiera o no le hiciera falta leer más, miró alternativamente a Rajín de Sura y a Di Stefano, sacó su lapicero del bolsillo y firmó el docu-
mento. Después, como si se tratara de un trofeo, se lo enseñó a los dos.
—En mi condición de testigo, estoy obligado a de- cirte, Bellini —dijo Marinai—, que doy testimonio oficial de vuestro acuerdo y que desde este momento el contrato queda en mi poder hasta que lo haga llegar a la cofradía general de Gálasti, en Matsumai. Supon- go que Rajín te habrá puesto al día de las implicacio- nes.
—De acuerdo, de acuerdo —cortó Di Stefano me- neando la cabeza—. No continúes. Ya me conozco toda esta extravagante liturgia.
Los dos arisios le miraron con gesto de extrañeza. Luego se miraron entre sí, asintieron con seriedad, y Marinai se guardó el documento bajo los pliegues de su mandil.
Habían llegado a un acuerdo definitivo. Asunto zanjado.
El tabernero se levantó con la intención de irse. An- tes de que Marinai se fuera, Di Stefano pidió de ce- nar.
—Marinai, ahora haz algo en verdad práctico: sír- venos más cerveza y algo para cenar. Ah, y otra cosa: quiero alojamiento.
Marinai le miró no muy convencido, como si se tra- tara de una broma.
—¿Tú? ¿Aquí?
—Sí —contestó—. Vendré esta misma noche. Creo que no serán más de dos días.
—De acuerdo, Bellini. Para esta casa será un placer tenerte como huésped.
La idea le vino de repente, como un fogonazo de inspiración; unos segundos después de decirlo le sor- prendió tener la certeza de que sería lo mejor, sin ha- berlo pensado previamente, sin decidirlo. Le quedaban algunos detalles por resolver antes de partir a la Tierra, con seguridad algunos más de los que ha- bía calculado. Mientras llegaba el momento, lo más prudente era no alojarse en su casa. Cualquiera prefe- ría trabajar sin saberse vigilado. En la taberna de Ma- rinai podía considerarse a salvo de miradas indiscretas; en el barrio pesquero no había confiden- tes de la policía, ni policías. No, al menos, vivos. En
todo caso, sus movimientos no serían vigilados tan de cerca como si se quedaba en su apartamento o en su despacho. Y contaría con la inestimable seguridad que proporcionaba Rajín de Sura y el intrincado, os- curo, y silente barrio pesquero.
—Por cierto, Rajín, ¿te pagaron el trabajo?
—Por supuesto —contestó como si no entendiera la pregunta—. En eso no tengo ninguna queja.
De «Enciclopedia de Venenos Arisios y de Otras Artes Asesinas».
Luppa Graven.
Ediciones del Instituto Ecuménico. Catálogo de armas autóctonas.
Daga Rilxe. Arma blanca propia de Matsu- mai, de hoja ligeramente curva y unos veinte centímetros de longitud por tres de ancho, hecha en acero, que tiene la particularidad de poseer varias oquedades para introducir ve- nenos de diferentes tipos. Al hendir la carne, el veneno se inocula en la víctima a través de orificios dispuestos a lo largo del filo. Un sim- ple roce de este arma puede ser mortal, o
producir un dolor terrible, según el deseo de su propietario, que puede manipular la salida de los venenos mediante botones situados en la empuñadura. La interacción de este arma con el amplio catálogo de venenos arisios ha- cen de ella un arma en verdad polivalente.
Suelen ir protegidas por una funda de piel de serpiente cornuda, del color rojo oscuro de los ejemplares adultos, que se cuelga de los anchos cinturones que acostumbran llevar los arisios.
Nunca fue un arma de uso popular o extendi- do, quedando éste restringido a determina- das profesiones. Cabe mencionar que las Cofradías de Asesinos de Matsumai son quienes más y mejor utilizan este arma, ha- biendo desarrollado todas sus potencialida- des. Tal vez fueran personas pertenecientes a esta profesión quienes la inventaran en un pasado impreciso. Sobre este asunto no hay ni datos ni rumores.
Caso como Ejemplo: Está documentado que un asesino perteneciente a la Cofradía de Adenas, en la meseta central de Matsumai, introdujo el veneno «Permanece y Sufre»
—ver «Catálogo de Venenos» en esta mis- ma obra— en todas las oquedades de la daga. Después, propinó un corte profundo en el abdomen a su víctima, interesándole el hí- gado. Con cualquier otra arma, habría sido un corte mortal. Manipuló con tanta pericia los botones de salida del veneno que la vícti- ma estuvo sufriendo durante varios días has- ta morir agonizando de dolor. Esta es una de las innumerables y artísticas posibilidades que la daga Rilxe pone al alcance de una mente creativa.
De «Enciclopedia de Venenos Arisios y de Otras Artes Asesinas».
Luppa Graven.
Ediciones del Instituto Ecuménico.
Sobre las Cofradías de Asesinos. Cofradías de Matsumai.
Introducción. (Extractos)
(...) Existen unas normas válidas para todas las cofradías de asesinos, una especie de re- glamento no escrito —al menos no hay cons- tancia de ello— pero de obligado cumplimiento, que aportan seriedad y rigor al trabajo de los asesinos profesionales y a la relación con los clientes —ver capítulo «Nor- mativas» en esta misma obra.
(...) Es por todos conocido que un asesino profesional que haya sido contratado jamás actuará en contra de los intereses o la propia vida del contratante. Ésta es una de las re- glas principales de los asesinos matsumois. De hacerlo, perdería su reputación, su honor, tal vez algo más. El hecho de violar este pre- cepto significa la expulsión del asesino de la cofradía, e incluso la «eliminación» del propio asesino si la cofradía lo considera oportuno. Un asesino sólo puede actuar contra su con- tratante si éste no le paga lo establecido, o si es deliberadamente engañado, y siempre
dando cuenta de ello a la cofradía local de la que dependa, a la que haya sido la deposita- ria del contrato, o a la más cercana a donde estuviera desarrollando el trabajo.
(...) En otro orden de cosas, el asesino debe- rá pactar con el contratante, y quedará regis- trado en el contrato, el nombre del objetivo y el precio pactado por el trabajo (muerte, sus- to mortal con o sin amputaciones, etc) Si se trata de trabajos sin objetivos claramente de- finidos, al menos constarán los precios por objetivos, aspecto fundamental para evitar in- necesarios malentendidos futuros.
(...) El contratante puede elegir el tipo de muerte que desea para su objetivo, más o menos dolorosa, más o menos lenta. Aunque, en ocasiones, suele dejarse en manos de los asesinos cofrades, en aras de conseguir la mayor eficiencia y pulcritud. Hay asesinos con una desarrollada vena artística que tie- nen gran predicamento entre los contratan- tes, capaces de realizar el sueño de venganza más imaginativo, y otros que pre- fieren la vía rápida... en todo caso, este tipo
de asuntos secundarios no suelen ser proble- máticos.
(...) Todas estas normas son válidas incluso para los asesinos independientes que tengan poca relación con su cofradía de origen.
El fin último de estas normas es establecer un código ético de conducta personal y gre- mial para proporcionar fiabilidad y formalidad a los contratos, lo que ha conseguido hacer de las cofradías de asesinos las únicas em- presas en verdad serias, ordenadas, y efi- cientes del planeta, por lo que cuentan con la estima y el respeto general de la población.
Di Stefano se levantó cansado y dolorido. Las como- didades que ofrecían las habitaciones y las camas de la taberna de Marinai no eran precisamente a las que estaba acostumbrado, más bien todo lo contrario. Por mucho que se lo propusiera su animoso propietario, no pasaban de ser lugares de refugio para los borra- chos con algo de dinero o los perseguidos. Además, la noche anterior se había acostado tarde. Tras cenar,
fue con Rajín de Sura a su apartamento, de donde co- gió el maletín con el dinero, sus armas, su juego de documentaciones, y algo de ropa. Después fueron a su despacho. Ayudado por el arisio, regresaron a la ta- berna de Marinai. Serían cerca de las cuatro de la ma- drugada cuando se acostó.
Lo primero que debería hacer era adquirir un pa- saporte para Rajín de Sura. Conocía varias personas que se dedicaban a la falsificación de documentos oficiales, pero sólo una de ellas le infundía total con- fianza: Simontia Iramis, una vieja hermética, pálida y ojerosa, que era toda una maestra en falsificar cual- quier cosa con las peores herramientas y en las peores circunstancias. Sin duda, la mejor de Pálasti.
Le llamó. Después del regateo habitual, Iramis que- dó en pasarse por la taberna de Marinai a lo largo de la mañana. Mientras esperaba su llegada, pidió de desayunar.
—Marinai, ¿se ha despertado Rajín?
—No le esperes hasta dentro de una hora, por lo menos —dijo Marinai—. La excursión nocturna aca-
bó demasiado tarde, y mi paisano suele dormir de diez a doce horas.
—Que no me joda. Manda alguien a despertarle.
Le sirvieron sucedáneo de café y pan con mermela- da de flores. Cuando terminó, se apoltronó en la silla. Meditabundo, clavó la barbilla en el pecho. Pensó en lo que se le venía por delante, pero más allá de su mi- sión, más allá de todo lo demás: volver a la Tierra.
¿Cómo se encontraría la vieja Tierra? ¿Habría cam- biado durante su ausencia? En el fondo, la echaba de menos. Durante sus años en Aris nunca tuvo esa sen- sación que ahora sí tenía. Tal vez, por que nunca se propuso volver, ni se vio obligado a hacerlo. Aunque lo cierto es que jamás pensó en los viejos tiempos: hizo borrón y cuenta nueva, en una suerte de catarsis constructiva. Pero, a pesar de que las cosas no le fue- ran mal en Aris, la Tierra era su verdadero hogar. Di- cen que uno es de donde reposan sus muertos; y los suyos estaban en la Tierra. Recordó con nostalgia sin- cera y profunda a sus padres. Tal vez se pasase por sus tumbas, a depositar unas flores. Sí, debería hacer- lo; porque podría ser la última vez que volviese a pi- sar su Tierra, la tierra de sus padres, de todos sus
antepasados. Le vinieron desde el recuerdo fogonazos de instantes de su vida anterior: de su infancia, de su juventud, de sus tiempos de agente... Como si la tu- viera frente a sí, vio una instantánea tomada en un parque de Madrid, una tarde de nieve de invierno, él con tres o cuatro años, sus padres, dos jóvenes son- rientes, cogiéndole cada uno de una manita. ¿Dónde estaría ahora aquella foto? Él era aquel niño sonriente y feliz embutido en ropa; sus padres, sus dos seres más queridos, despedían verdadero amor y satisfac- ción. Aquella foto fue para él, durante toda su juven- tud de huérfano en seminario, el paradigma auténtico y último de la felicidad plena. Nada había compara- ble a aquello: por mucho que le dijeran en su iglesia, nada, absolutamente nada, se podía comparar a los momentos de felicidad de su infancia, perfectamente resumidos en aquel momento vibrante, en aquel ins- tante detenido en el tiempo que despedía tanta alegría y plenitud. Durante años se imaginó el paraíso pro- metido como un lugar donde sus padres, siempre jó- venes, estuvieran con él sonrientes, felices, llenándole de amor, como en aquella foto. Siempre le dijeron que, al morir, iría al encuentro de Dios, satis-
facción plena; siempre supo que Dios, por muchos Dios que fuera, por mucha felicidad y plenitud que otorgase, no podía compararse a aquellos momentos. Muchas veces fue recriminado por eso; muchas veces le importó un bledo. Sintió vivos deseos de tener de nuevo aquella foto, de volverla a ver. Levantó la ca- beza hacia el techo sucio de humo de la taberna y suspiró.
Cuando sintió que estaba a punto de romper a llo- rar, bajó la cabeza. Ahora se encontraba en una taber- na de Pálasti, muy lejos de entonces, esperando a un asesino profesional. Recomponiéndose, pidió un té. Marinai, con la sabiduría de su profesión, le trajo una copa de brandy de bayas. Era un buen tabernero: no molestaba a sus clientes en momentos de íntima me- ditación, y sabía lo que en el fondo querían. Dejó que bebiera su copa en soledad.
Simontia Iramis apareció un rato después. Llevaba una bolsa de viaje que debía pesar bastante: la vieja resoplaba por el esfuerzo. Di Stefano se levantó y pretendió ayudarle, cogiendo la maleta. La vieja tiró con fuerza de las asas y le miró con ira. Encogiéndo- se de hombros, guió a la vieja escaleras arriba hasta
el cuarto. Al abrir la puerta, Rajín de Sura se en- contraba ya vestido, a punto de salir.
—Me disponía a desayunar, Bellini. ¿Quién es ésta? ¿No es la vieja Iramis?
—Va a hacerte el pasaporte.
La vieja sacó de su bolsa varios artilugios y un ter- minal de información, que fue depositando sobre la cama con parsimonia.
—Siéntate —le ordenó la vieja a Rajín de Sura—. Y procura no moverte.
Rajín de Sura miró a Di Stefano, se sentó, y se que- dó tieso como un palo.
Iramis escaneó varias veces el rostro de Rajín, tomó muestras de su piel. Durante un rato estuvo trabajan- do en un terminal. Después se volvió hacia Di Ste- fano.
—Podéis iros si queréis. Terminaré en una hora.
¿Qué nombre quieres que ponga?
—Cualquiera —contestó Di Stefano.
—Pues Peter Bassar.
—¿Está limpio?
—Por supuesto —sonrió Iramis—. Me lo acabo de inventar.
—Ese mismo le vendrá bien.
Una hora después, Di Stefano, en la habitación, tenía en sus manos el pasaporte de Rajín de Sura. Pagó a la vieja falsificadora, que guardaba sus utensilios en la bolsa. Iramis contó los billetes dos veces, asintió, y compuso una mueca extraña que podía pasar por ser de satisfacción. Cargó su bolsa y, sin despedirse, abandonó el cuarto. Di Stefano se dirigió a Rajín con el documento en la mano.
—Bien. Ahora iremos a comprar los pasajes, y ha- remos lo siguiente: yo entraré en primer lugar a com- prar mi billete. Una vez haya salido, esperaremos un tiempo. Después entrarás tú y comprarás el tuyo. De- berás presentar esto —le señaló el pasaporte—. Haz- lo, paga el pasaje, y asunto concluido.
La noche anterior, momentos antes de quedarse dormido, cuando le gustaba repasar la agenda del día siguiente, pensó en un principio en la posibilidad de coger pasaje en alguna nave de carga. Pero acabó por
desestimarlo: por supuesto, era algo que estaba abso- lutamente prohibido, y también mucho más difícil de conseguir. Sabiendo que le seguían, era preferible que la policía secreta estuviera al tanto de que se había puesto en camino a la Tierra. Pero eso no quería decir que supieran también que le acompañaba alguien.
En lugar de coger un taxi en la plaza Magadash, de- cidió que sería mejor bajar hasta el río. En los mue- lles, tras un breve trato, alquiló los servicios de una barca con tripulante, de las muchas que servían para introducir clandestinamente mercancías en la ciudad. Los polis encargados de su vigilancia no le iban a ver junto a Rajín de Sura. No, al menos, tan pronto.
La barca ascendió agonizado el Rak- Janén pegada a la orilla, siguiendo la sombra de los árboles de ribe- ra, navegando en el río atestado por cientos de barca- zas y barcos que iban y venían haciendo sonar sus bocinas. Media hora después llegó a un embarcadero flotante, sujeto a tierra por unas maromas, que, ines- table, seguía los designios de las corrientes del río: ahora se acercaba a tierra, ahora se alejaba. El bar- quero, con pericia, se aproximó, y la barca fue ama- rrada. Los muelles principales de la ciudad
comenzaban unos cientos de metros más arriba, hasta perderse de vista. Di Stefano pagó al barquero y sal- taron a los tablones del embarcadero. Caminando como funambulistas en el alambre, llegaron a la blan- da y sucia tierra de la orilla. Di Stefano señaló una edificación de tablones que hacía las veces de come- dor para los estibadores.
—Espérame ahí dentro. Cuando vuelva, te diré en qué nave debes coger pasaje. Y debe ser esa, no otra.
¿De acuerdo?
Rajín de Sura asintió y se encaminó hacia el come- dor. Di Stefano ascendió la pendiente, resbalando en el limo y después en la hierba húmeda, hasta llegar al Paseo Fluvial.
Al llegar al paseo giró a su derecha. A la vez que caminaba, intentaba quitarse el barro de los zapatos, dando pisotones en las losetas del suelo. Imposible: sus zapatos no se desprendían de todo el barro y la mugre. Desistió seguir intentándolo.
Se acercó a uno de los limpiabotas que estaban es- tablecidos de modo fijo en el paseo, un niño de ocho o diez años que voceaba sus servicios con voz de
hombre adulto. Se subió al efímero trono con dosel para la lluvia, le dio unas monedas, y le pidió el pe- riódico del día. Mientras le limpiaba los zapatos, leyó El Correo Exterior, que venía como siempre: cargado de soflamas independentistas, cuando la independen- cia del planeta ya se había conseguido. Todo iba a ser mucho mejor que antes, todo iba a ser maravilloso.
¿De verdad había alguien en aquel planeta de mierda que se lo creyera?
—Señor, ¿le limpio también los bajos de los panta- lones?
Asintió. El niño sacó de su caja de herramientas otro cepillo y le limpió con destreza los restos de ba- rro.
—Toma —le dijo cuando terminó de limpiarle y se le quedó mirando con los ojos tiernos del niño que en verdad era—. Y gracias.
Le dio un billete de cien geas mientras le devolvía el periódico manoseado.
Antes de que el chico, que miraba el billete con asombro, le pudiera decir algo, se bajó del asiento y continuó su caminar confundiéndose entre la gente.
Unos minutos después llegó hasta las oficinas de la Compañía de Vuelos Interestelares.
En el paseo, a la entrada a las oficinas, había un cartel apoyado en un trípode, de esos que tienen las letras pegadas con imanes, donde en un pasado lejano debieron estar las tarifas; ahora, faltaban tantas letras y números que era imposible descifrar el equívoco je- roglífico en que se había convertido. Empujó el pomo ridículamente ostentoso de la puerta de cristal y en- tró. Un empleado, tras un escritorio de plástico de co- lor indefinible, le hizo una seña para que se acercara.
—¿Qué desea?
—Pasaje para la Tierra. Lo más pronto posible.
—Pasado mañana sale una nave, la Presidente Rouen. ¿Le parece bien?
—Perfecto.
—Me permite su documentación.
Di Stefano le extendió la documentación que le ha- bía dado Palacios. El empleado.
pasó el pasaporte por un terminal.
—¿Ida y vuelta? ¿O sólo ida...?
—Sólo ida.
—Ajá... —dijo el empleado con una sonrisa des- pectiva—. Son cien mil geas, señor.
Sacó el dinero y pagó. El empleado contó los bille- tes, los introdujo en un cajón, le devolvió el pasapor- te, y le dio su pasaje.
—Que tenga un buen viaje, señor.
Di Stefano hizo el camino de vuelta. Bajó con pre- caución la pendiente, no deseando mancharse sus ca- ros zapatos de piel, que, pese a sus esfuerzos, acabaron tan sucios o más que antes. Entró en el co- medor, buscó a Rajín de Sura. El arisio bebía solitario al fondo de la barra. Se colocó a su lado.
—Es la Presidente Rouen. ¿Entendido? Presidente Rouen. Sale pasado mañana. Toma el dinero. Y coge pasaje sólo de ida.
El arisio se guardó el sobre que le dio y desapareció por la puerta, a la vez que entraba un vociferante gru- po de estibadores. Di Stefano pidió de beber. Cuando le sirvieron la cerveza, suspiró antes de darle un tra- go, pensando en el futuro. Dentro de dos días partiría a la Tierra. Y sólo tenía un punto de apoyo: Rajín de
Sura. En cualquier caso, mucho más de lo que había tenido en otras ocasiones.
Sabía que, bajo ninguna circunstancia, Rajín de Sura le traicionaría. No por nada en particular, sino por que así eran las cosas: estaba obligado a cumplir su trato tanto como él. Era confortable contar con la lealtad, aunque fuera pagada, de un asesino profesio- nal. A ninguno se le ocurriría traicionar a su contra- tante. Como a nadie en su sano juicio se le ocurriría engañar a un asesino profesional. Di Stefano no tenía constancia de que algo así hubiera ocurrido alguna vez.
Media hora después, Rajín de Sura apareció por la puerta.
—Ya está —le dijo a Di Stefano sonriente—. La
Presidente Rouen. Pasado mañana a las doce.
—Bien hecho. Ahora tengo que hacer algunas co- sas. Toma —le dio un sobre que contenía dinero—. Esto es parte de lo estipulado. Compra lo que te haga falta. Y, por Dios, cómprate ropa decente. Y córtate el pelo.
Horas más tarde, ya de vuelta en la taberna, Rajín de Sura y Di Stefano cenaban en el comedor el plato del día: cangrejos rellenos de escarabajos rojos y tarta de queso agrio. Los clientes miraban sin disimulo a Ra- jín, que comía con delectación, sirviéndose generosas cantidades de vino negro que bebía a grandes tragos. Se había comprado ropa nueva; pero, desde luego, los gustos de ambos no coincidían: lucía una estruendosa capa dorada, una blusa verde con chorreras de filigra- na, pantalones bombachos negros y botas de caña alta. Glorioso y pomposo, extravagante como sólo podía serlo un arisio, despertaba la admiración con su original elegancia, y se le veía feliz de ser el centro de las todas las miradas. El tema del atuendo debería tratarlo con Rajín de una manera definitiva. Lo últi- mo que pretendía era pasearse por la Tierra con aquel esperpento.
—Deberías ver lo que he comprado —le comentó animado, con un volumen de voz excesivo—. Varios venenos, que creo nos pueden ser de utilidad. He comprado también algunas armas ligeras: una daga rilxe, una pistola de dardos y otra de munición metá- lica. Y a buen precio. Me hacía falta renovar mis he-
rramientas. Ya sabes que no me considero un afectado virtuoso del crimen, como Mornadar de Silvestri, que prefiero ir a lo práctico, pero bueno, uno también tie- ne una vena artística que a veces aparece.
Di Stefano sonrió cuando oyó a Rajín mencionar la daga rilxe. Un arma curiosa, con la que tuvo tiempo atrás una desagradable experiencia. En otro momen- to, tal vez le habría dicho que las armas que acababa de comprar eran simples juguetes primitivos en com- paración con las que él estaba acostumbrado a usar, tan anacrónicas y fuera de lugar en la Tierra como su atuendo. Una pistola de dardos, venenos... Podía lle- gar a ser desesperante la infantil crueldad de Aris. Se veía obligado a hablarle con franqueza antes de em- pezar el viaje, no por las armas —la muerte, al fin y al cabo, es la muerte, con independencia de la herra- mienta con la que se procure—, sino por todo lo que le rodeaba, incluso por su estridente personalidad, tranquila y eficiente para la mentalidad arisia, pero chocante para la terrestre. Debería inculcarle discre- ción, fundamental para pasar desapercibido en la Tie- rra.
—¡Bien! —Rajín explotó con sincera alegría—. Y, ahora, después de una buena cena, vayamos a buscar mujeres. Partimos a un largo viaje que sólo los dioses saben cómo terminará —se tocó los fetiches—. ¡Vino y mujeres! No lejos de aquí conozco un sitio.
Di Stefano, nada más levantarse y vestirse, encargó a Marinai que fuese a buscar un vehículo de confianza. Luego, repasó por enésima vez su equipaje, los pasa- jes para la nave, las documentaciones, buscando cual- quier punto que pudiera haber pasado por alto. Como siempre, como le enseñaron. No encontró ninguno.
Oyó golpes en la puerta. Abrió. Rajín de Sura, ya despierto y vestido, entró portando varias maletas en su habitación. Di Stefano le invitó a sentarse en la cama. Con parsimonia, abrió el maletín de las armas y extrajo un pequeño dispositivo, de no más de medio centímetro cuadrado de tamaño, que adosó al mismo maletín por su parte exterior, disimulándolo en la jun- ta trasera.
—¿Qué es eso?
Rajín miraba la operación perplejo, sin quitar la vista del maletín. Di Stefano extrajo otro aparato y se lo entregó.
—Pégalo en tu maleta de las armas, del mismo modo que me has visto hacerlo. Es un invisibilizador IC. Sirve para burlar cualquier tipo de control sobre los equipajes. Anula determinadas longitudes de onda, haciendo invisible lo que lleva la maleta. A su vez, crea una ilusión, y hace aparentar que la maleta porta un contenido predeterminado. En concreto, los IC que tengo imitan camisas y ropa interior en las unidades de registro. Y eso será lo que detectarán si someten nuestras maletas a un control.
Rajín sostuvo el aparato ante sí, con delicadeza, mi- rándolo escéptico. Cuidadosamente, lo adosó a su maleta de armas.
—¿De verdad puede hacer todo eso una cosa tan pequeña? —Le preguntó incrédulo—. ¿Es magia?
Di Stefano no contestó. Cerró el maletín de las ar- mas; al hacerlo, pasó su pulgar por una célula de ma- terial plástico cercana al asa. Durante un segundo, la célula se iluminó con una luz verde fosforescente;
luego, volvió a su color negro habitual. Rajín no per- día detalle de lo que hacía Di Stefano. Cuando éste se percató de que le miraba, se dirigió a él.
—Nadie que no sea yo puede abrir este maletín. Cualquier intento de forzarlo acabaría en una explo- sión. Las paredes están forradas de planchas de alu- minio y trinamita; sólo es necesario apalancar levemente las cerraduras para que el mecanismo de defensa haga explotar el conjunto.
—Guardas demasiadas precauciones —le recriminó Rajín, molesto—. No pienso robarte.
—No se trata de eso. Imagínate que en el espacio- puerto de Aris, o en la Tierra, descubren de algún modo el contenido del maletín. No es probable, lo sé, pero toda precaución es poca. Nosotros sabemos que el intento reiterado de abrir el maletín desencadena una explosión; pero ellos no. Sería cuestión de poner- se a cubierto, y en la confusión que se produciría tras explotar, nos sería más sencillo burlar los controles.
Con la boca abierta, asintiendo, Rajín parecía un alumno aventajado que escuchara las palabras de su profesor con sumo interés. Le miraba con verdadera
admiración. Después, durante un momento, entornó los ojos, evidenciando una profunda actividad mental. Le surgió una pregunta.
—Pero, ¿y si en la Tierra saben lo peligrosos que son estos maletines? Entonces, nadie intentaría abrir- los, pero a nosotros nos freirían a tiros.
—Olvídate —le contestó, haciendo un gesto vago con la mano—. En la Tierra nadie conoce estos male- tines, salvo los pocos que los usan. Allí no hay asesi- nos como aquí. Ni policía al estilo Aris. Y los pocos que se dedican a esta profesión no suelen controlar espacio-puertos. Y creo que las cosas no habrá cam- biado mucho desde mi ausencia. Hay muchos detalles que desconoces de la Tierra; pero poco a poco te los iré explicando. Ahora, nos vamos.
Rajín dibujó una sonrisa siniestra.
—Creo que me gustará la Tierra.
La voz de Marinai sonó desde detrás de la puerta.
—Ya está el coche, Bellini. Es el de Merko, el mudo. Cuando queráis.
Antes de salir de la habitación, Di Stefano echó un último vistazo. Cargados con sus maletas, bajaron.
Marinai, al pie de la escalera, les esperaba.
—Adios, amigos. Que los dioses os protejan.
Se abrazó a Di Stefano, luego a Rajín de Sura, a la manera matsumoi, agarrando con firmeza los antebra- zos y chocando los pechos. Le dijo algo al oído a Ra- jín que Di Stefano no llegó a entender. Pero Rajín se tocó los fetiches y asintió.
Salieron a la calle. El coche, un cascajo, les espera- ba con las puertas abiertas. Después de colocar el equipaje, se introdujeron en los asientos posteriores. Tal vez la abertura de la puerta del coche fuera dema- siado estrecha para la corpulencia de Rajín, pero lo cierto es que la vestimenta le impedía realizar movi- mientos con agilidad y le costó esfuerzo entrar en el vehículo. Se enganchó varias veces la capa dorada en las manijas de la puerta, hasta que con un tirón brus- co la soltó. Al final, cayó con estrépito en el asiento mientras Di Stefano le miraba resignado.
—El asunto de la ropa ya lo hemos tratado —le dijo en cuanto el coche se puso en marcha—. Tus atuendos no son prácticos y llamarán demasiado la atención.
—Aún estamos en Aris, ¿no? —Le replicó moles- to—. Déjame que me vista con elegancia. Ya he com- prado eso que tú llamas ropa. Pero juro que no me pondré una sola de esas estúpidas prendas de esclavo hasta que estemos en la Tierra. Ya me he cortado el pelo, tal y como querías. ¿Me puedes dejar que vista como el caballero que soy?
Salieron del barrio pesquero, pasaron la plaza Ma- gadash y los barrios aledaños y luego, avanzando a trompicones por el tráfico denso, se fueron alejando de la ciudad. Primero dejaron atrás el centro de Pálas- ti, luego el cinturón perimetral; hasta que se vieron rodeados por las casuchas y chabolas de los arrabales. La carretera ascendió hasta coronar un cerro. Di Ste- fano miraba a través de la ventanilla, rememorando el viaje que hizo años atrás por esta misma carretera, cuando llegó a Pálasti, recordando el asombro que le produjo ver aquel estado de degradación en los edifi- cios y en los seres humanos. Tal vez, aquel viejo sen- tado a la puerta de su chabola de hojalata fuera el mismo de entonces, o aquellos niños que jugaban en- tre las basuras, o los perros que husmeaban en busca de comida. Lo parecían. No había vuelto a pasar por
allí, pero sin duda nada había cambiado. Tuvo la ex- traña impresión de que el tiempo no había transcurri- do desde aquel día, de que se trataba de la misma persona recién llegada de la Tierra.
La simple y sucia estructura de hormigón del edifi- cio del espacio-puerto apareció al fondo de la carrete- ra, sobresaliendo como una montaña de la nube de personas que atestaban la plaza frente a los accesos y salidas. El coche tuvo que parar a un centenar de me- tros de las puertas de entrada, impedido por la mu- chedumbre de acercarse más. Di Stefano y Rajín descendieron del vehículo y se encaminaron hacia el edificio, abriéndose paso a empujones. Al cruzar las puertas de entrada, Di Stefano miró de soslayo a Ra- jín, que observaba interesado el interior de la esta- ción, atestado de tenderetes y puestos de fritanga. El arisio aspiró el aire del interior del edificio, miró en derredor, y dijo:
—Tengo algo de hambre. Podríamos ir a comer algo antes de subir a la nave.
Di Stefano consultó su reloj: faltaba casi una hora para pasar por el control de pasajes. No era mala idea
dar una vuelta y comer algo. Es más, tendrían sin duda tiempo incluso para aburrirse.
—Adelante.
Di Stefano dejó que fuera él quien abriera paso. Ra- jín se introdujo entre los tenderetes, bufando y reso- plando por el peso y la molestia de las maletas, pero avanzaba rápido y resuelto, apartando a empujones a la gente que le impedía el paso, navegando en aquella riada humana como pez en el agua. Hasta que señaló con el mentón un tenderete alejado, cercano a una es- quina interior del edificio, de donde ascendía un humo denso. Di Stefano, tras él, avanzaba cómodo, el camino abierto por su corpulencia y decisión.
—Hum... Ahí están, sí señor. Salchichas de castor. Aceleró su paso y aumentó el ímpetu de sus empu-
jones, hasta que llegaron al puesto. Se encontraba
atestado de parroquianos, que comían bocadillos y bebían cerveza en jarras de plástico, apoyados en un pequeño mostrador de tablones de madera negra. Ra- jín se acercó al mostrador, apartó con suavidad a dos clientes que bebían de sus jarras y ocupó de inmedia- to su lugar, haciendo una seña a Di Stefano para que
se acercara. Los dos parroquianos le miraron con aire reflexivo durante un breve instante; después se aleja- ron en silencio, como si nada hubiera ocurrido. Sin duda, tras ver a Rajín, decidieron que lo mejor sería dejarle el sitio.
—Camarero: dos jarras de cerveza y dos bocadillos de salchichas de castor. ¡Rápido!
Dos enormes y humeantes salchichas pasaron de la parrilla de carbón a unas barras de pan negro abiertas por su mitad. Rajín miraba con deleite la operación, la boca abierta, sus glándulas salivares trabajando. Se giró hacia Di Stefano.
—Esto es comida, amigo. Salchichas auténticas de castor. Hacía tiempo que no las probaba.
Di Stefano contestó no muy convencido, tras mirar los bocadillos envueltos en papel grasiento que les acababan de dejar sobre la barra.
—Ya veo. Toda una delicia de gourmet.
Rajín, sin hacer caso a su comentario, atacó su bo- cadillo con avidez, casi sin quitar del todo el papel envolvente. Masticaba con los ojos cerrados, eviden- ciando un placer sublime que Di Stefano no podía
asociar de ninguna manera a los bocadillos de salchi- chas de castor. Terminó en un santiamén, cogió su ja- rra de cerveza, y la vació de un trago. Profirió un sonoro eructo.
—¿Qué pasa? —Se dirigió a Di Stefano—. ¿No quieres el tuyo?
Negó con la cabeza.
—Pues me lo comeré también, si no te importa. Mientras Rajín devoraba el segundo bocadillo, Di
Stefano prefirió beberse su cerveza. Dejó de intere-
sarle la peculiar forma de comer bocadillos de su compañero y miró en torno suyo, observando pasar a la gente. Había más viajeros entre la multitud que cuando vino él de la Tierra. Recordó que en aquellos días apenas unas decenas de viajeros transitaban por el espacio-puerto; la inmensa mayoría de la gente mercadeaba en los tenderetes del zoco. Pero en aquel momento, frente a los mostradores de control de pa- sajes, se había formado una fila de más de un cente- nar de personas. Familias enteras, cargadas con maletas, esperaban ansiosas la apertura del control, los niños pegados a sus padres, éstos inquietos y ex-
pectantes. La independencia le estaba costando a Aris un chorreo constante de dinero. Di Stefano, taciturno, concluyó que cualquier independencia cuesta dinero. Sobre todo la propia.
Desde la distancia a la que se encontraba, podía di- ferenciar a las personas que tenían todo en regla para salir del planeta y a las que no: les delataba su nervio- sismo y daban la impresión de que se les había olvi- dado algo importante. Era tan sencillo descubrirles... Afortunadamente para ellos, pensó, no pertenecía a la policía de aduanas.
Se giró hacia el mostrador. Hizo un gesto a Rajín para que terminara de comer. Pero ya lo había hecho, y tomaba otra jarra de cerveza.
—Nos vamos. Creo que ya van a abrir el control de pasajes.
—Paga la cuenta antes —le sonrió—. Ya sabes, alo- jamiento y comida pagados... No sabía que existía este lugar —dijo, levantando la mirada—. Pero, por lo menos, tiene buena comida. Creo que volveré de vez en cuando.
Di Stefano dejó un billete sobre la barra, y se enca- minaron ambos hacia el control de pasajes. Se colo- caron en el último lugar de la fila. Como pudo ver desde el puesto, la cola estaba compuesta fundamen- talmente por familias, también por algún que otro viajante de comercio, incluso un grupo de mujeres de negocios de alguna empresa terrestre. Pero la mayoría del personal eran familias que huían de Aris. Lo cual, en ese momento, estaba totalmente prohibido. Sólo podían abandonar el planeta quienes tuvieran un per- miso especial para hacerlo o quienes hubieran pagado un considerable soborno al funcionario de turno... si es que no se trataba de lo mismo.
Un par de empleadas de la compañía de navegación se colocaron tras el mostrador del control de pasajes, escoltadas por dos policías de aduanas. El primero de la fila comenzó con los trámites.
Rajín de Sura, balanceando el cuerpo a derecha e izquierda, evidenciaba haber comenzado a ponerse nervioso. Di Stefano le miró; en ese momento, Rajín observaba la explanada de despegue y aterrizaje, tras los sucios ventanales del edificio. A doscientos me- tros, una nave del modelo Bakat-Alumar del 98, la
Presidente Rouen, reposaba solitaria. De su vientre abierto entraban y salían miembros del personal de mantenimiento, ultimando los preparativos para el largo viaje.
—¿Nervioso? —Le preguntó Di Stefano. Sin dejar de mirar la nave, Rajín le contestó.
—No lo sé. Pero es la primera vez que me monto en un cacharro de esos. Nunca he abandonado este bendito planeta, ni jamás pensé que lo haría.
—Tranquilo —repuso, sin saber bien qué decir—. El viaje se te hará corto.
Siguió mirándole en silencio. Inquieto, no dejaba de moverse: se rascaba los brazos, los muslos, el pe- cho, movía los hombros, intentaba ajustarse bien la ropa al cuerpo, que ahora parecía haber encogido. A su lado tenía a todo un asesino profesional, acostum- brado a viajar por los inmensos territorios de Matsu- mai a lomos de animal, enfrentado al summum de la tecnología terrestre. A un arisio tan solvente en su medio atrasado, que ahora se encontraba ante algo ra- dicalmente distinto, ¿cómo infundirle tranquilidad? Pensó que, tal vez, no había sido del todo buena idea
contratarle. Si se comportaba de ese modo ante la simple visión de una nave espacial, ¿cómo se com- portaría en una sociedad hiper tecnificada? ¿Lograría salir del asombro que le causase el contacto con todas las novedades que le esperaban? A Di Stefano se le vino a la mente, sirviéndole de comparación, el re- cuerdo de una película antigua de celuloide: un hom- bre primitivo, tal vez un Cro-Magnon, jefe de su tribu, respetado y temido, que, tras un viaje en el tiempo, había ido a parar a la Nueva York de media- dos del siglo XX. No recordaba cómo terminaba la película. Pero sí que el protagonista no lo pasaba bien: se encontraba tan absolutamente fuera de lugar que, si su cultura había llegado a concebir la idea del infierno, pensaría sin duda que se hallaba en él.
Pero se trataba de Rajín de Sura. Y sabía que había hecho lo correcto. Cuando se le pasase la novedad, sería tan eficiente en la Tierra como lo era en Aris. O en cualquier otro lugar.
Los primeros viajeros habían pasado ya el control de pasajes, y se encontraban ahora ante el mostrador de la policía de aduanas, mientras sus equipajes eran so-
metidos a un escrutinio variable: algunos recogían sus maletas tras solamente haberlas pesado los poli- cías, otros esperaban pacientes hasta que les revisasen el contenido. Una de las familias de la fila acababa de terminar con los trámites del control de pasajes. El hombre recogió los documentos y los pasajes, mien- tras la mujer sonreía al guardia que en el mostrador de al lado comenzaba a examinar su equipaje. Di Ste- fano miraba atento: se trataba de una de las familias que más nerviosismo habían demostrado durante la espera. Un policía comenzó el registro de las maletas: abrió todas, revolviendo el interior, mientras la mujer negaba ostensiblemente, intentando mantener la son- risa. El marido no dejaba de mirar un maletín negro, que se acercaba de forma inexorable al policía a tra- vés de la cinta transportadora. El pobre hombre suda- ba como en una sauna. Poco antes de que el maletín llegase a la altura del policía, el marido lo agarró del asa y, con aire casual, intentando pasar desapercibido, lo sacó de la cinta, mientras alentaba a su familia para que siguieran adelante. El hombre se acababa de de- latar, aunque tampoco tenía otra escapatoria: no había pagado el soborno debido a tiempo, y ahora sólo po-
día confiar en la buena suerte o en un soborno de últi- ma hora, sin duda mucho más costoso. Aunque tal vez se encontrase con algo peor. El policía le apuntó con su arma, instándole a dejar el maletín en la cinta, y, en un momento, varios policías más le rodearon. A empujones, llevaron a la familia hasta una puerta si- tuada tras el mostrador, por donde desaparecieron de la vista. En la fila los cuerpos se movieron ansiosos, muchas miradas se cruzaron entre sí, muchos gestos vinieron a pedir calma. Di Stefano sonrió: había acer- tado con su escrutinio.
La fila continuó reduciéndose, les llegó el turno. Di Stefano se adelantó hasta el mostrador, donde dejó los pasajes y la documentación de ambos. Rajín per- maneció a su lado, silencioso, observando con aten- ción a su alrededor. Una azafata, tras comprobar rutinariamente la autenticidad de los pasajes, se los devolvió sellados y les indicó, señalándoles con el dedo, el mostrador del control de equipajes. Pasaron al mostrador de la policía. A Rajín le temblaba la mu- ñeca cuando depositó el equipaje sobre la cinta trans- portadora. Di Stefano dejó también el suyo.
—Tranquilo —masculló entre dientes—. Tú guarda silencio.
Rajín, atento, expectante, miraba a su compañero, al policía, a las maletas, a la nave, a todas partes a la vez. Di Stefano se adelantó hasta el guardia. Le ense- ñó su salvoconducto y señaló a Rajín.
—Viene conmigo.
El policía miró el documento con aire neutro y se lo devolvió.
—Continúen.
Otro policía cogió su equipaje. Las maletas pasaron por un peso; después se las entregaron. Abandonaron el mostrador, caminando en silencio hacia la puerta de salida, Rajín observando taciturno la nave cada vez más cercana. Cruzaron la explanada hasta llegar a la escalera que facilitaba el acceso a la Presidente Rouen. Los primeros pasajeros ya habían subido.
Di Stefano notó cómo a Rajín le temblaban ligera- mente las piernas al ascender por las escaleras. Cuan- do llegaron a la puerta que se abría en la panza metálica, se paró en seco. Miró hacia el interior des- lumbrante, y después, giró su cabeza hacia el edificio
del espacio-puerto, para luego levantar su mirada al cielo gris de Pálasti. Aspiró con profundidad el húme- do aire y, como si así hubiera cogido la fuerza neces- aria para entrar en la nave, cruzó el dintel. Los recibió una música suave y una azafata sonriente. Les indicó, tras ver sus pasajes, el camarote y los asientos que les correspondían, y les entregó un folleto a cada uno. Tomaron un largo y estrecho pasillo, flanqueado por puertas metálicas. Encontraron la puerta con el núme- ro 22. La abrieron. En el pequeño habitáculo, había una litera con dos camas y una torre de aseo integral. Las maletas debían recogerse bajo la litera inferior si se pretendía disponer del metro cuadrado de suelo que quedaba para vestirse y desvestirse.
—Es... ¿Cómo se dice?
Rajín parecía buscar la palabra con la vista por los rincones del minúsculo camarote. Di Stefano contes- tó.
—Claustrofóbico.
—Supongo que será eso. Yo más bien diría que es una maldita tumba.
—Bueno, Nos vamos. Debemos ocupar nuestros asientos durante la maniobra de despegue.
Salieron al pasillo. En el suelo, unas luces verdes con forma de flecha indicaban la dirección a seguir para acceder a la sala principal de pasajeros. Cuando llegaron, buscaron entre los asientos los que les co- rrespondían. Algunos viajeros ocupaban los propios, impacientes, charlando y bromeando, mientras mira- ban la pantalla que, en la pared del fondo, reproducía el campo visual de la cabina de pilotaje: la encharca- da pista del espacio-puerto, el cielo grisáceo, la torre de control. Di Stefano le quitó el folleto a Rajín de las manos. Lo abrió y se lo volvió a entregar.
—Léelo.
COMPAÑÍA DE VUELOS INTERESTELARES,
S. A. NAVE INTERESTELAR PRESIDENTE ROUEN.
NORMAS PARA LOS PASAJEROS:
Con el fin de que el viaje sea lo más cómodo y seguro posible para nuestros pasajeros, a continuación les referimos las Normas de obligado cumplimiento en vuelos espaciales, según Normativa 38/191/2 y resoluciones posteriores del Consejo Terrestre de Trans- portes Interestelares:
1º. - Atenderán y cumplirán todos y cada uno de los consejos o requerimientos de los miembros de la tripulación.
2º. - Durante las maniobras de despegue y aterrizaje ocuparán los sillones de acondicio- namiento de aceleración y deceleración. Bajo ninguna circunstancia se hallarán en otro lu- gar de la nave (camarotes, pasillos, zonas
comunes de esparcimiento) salvo que se en- cuentren en el centro médico bajo la supervi- sión del cuerpo médico, y tras el correspondiente dictamen que así lo aconse- je.
3º. - En caso de padecer algún tipo de enfer- medad, del carácter que sea, el pasajero es- tará obligado a notificarlo al Cuerpo Médico en el momento de acceder a la nave. La deci- sión del Cuerpo Médico de a bordo o del Co- mandante será determinante.
4º. - El Comandante de la nave es la máxima autoridad en todos los aspectos y cuestiones, ya sean comunes a la totalidad del pasaje o no. Sus decisiones, sean del carácter que sean, serán irrevocables y de obligado cum- plimiento por parte del pasaje y la tripulación. Para cualquier duda al respecto, consúltese la Ley 1/12/5 (Párrafo Primero) de Navega- ción Estelar.
5º. - Para manifestar cualquier queja, recla- mación, o sugerencia, existe un libro de re-
clamaciones propio de cada nave. Si el Co- mandante no cree oportuno interesarse por la queja o reclamación expuesta en el libro, el pasajero deberá esperar a llegar a su des- tino, donde en la oficina de la Compañía se le atenderá.
6º. - Como extensión de esta Normativa, se aplicará la Ley 1/12/5 de Navegación Estelar.
Esta Normativa tiene como fin único hacer más seguro y cómodo el viaje de nuestros pasajeros. Esperamos que disfruten del viaje.
Rajín de Sura devolvió a Di Stefano el folleto y fijó su mirada en la pantalla.
—¿Crees que no sabré comportarme como es debi- do? —Le preguntó, molesto.
Di Stefano no supo qué responderle. Ni muchos menos había pretendido humillarle.
—De todos modos, es posible que lleves razón
—continuó Rajín—. Jamás he viajado en una nave
espacial. Supongo que lo has hecho guiado por bue- nas intenciones.
En la sala cada vez eran menos los asientos que quedaban por ocupar. Ya quedaba poco para el despe- gue. Volvería a la Tierra, a su lugar natural, a su ho- gar. Jamás pensó que lo hiciera. Pero todo había cambiado tanto... Él seguía acordándose de su vida anterior, del Instituto, de sus ex compañeros, pero,
¿se acordarían ellos? Razonó que, seguramente, no.
¿Quién era él para que le recordasen? ¿Es que acaso se podía considerar tan importante? Ni tan siquiera el propio padre Mauricio, sumido en la política interna del Instituto, tendría ocasión de acordarse de él. Sería sólo un vago recuerdo de tiempos pasados, vinculado circunstancialmente a otras vidas por pura casualidad. Ahora que la nave iba a partir, ahora que iba a volver a pisar la Tierra, pensó en el momento en que chocase cara a cara con el destino que se estaba buscando.
¿Volvería a encontrarse con el padre Mauricio? ¿Y cómo reaccionaría de ocurrir? ¿Y si viera a Mbar?
¿No se estaría equivocando? Ya se equivocó años atrás, en la Taberna del Viajero de Pálasti, durante la reunión con los Jefes del Instituto. Su fluctuante per-
sonalidad le traicionó: sembró de dudas el criterio de sus superiores sobre su persona, hizo que desconfia- ran de él. Desde un punto de vista neutral, se había ganado a pulso todo lo que le ocurrió. Pero, ¿acaso no era un hombre, imperfecto por lo tanto? Un hombre sí; pero, ante sus superiores, no dejaba de ser un agente, fiel por definición, leal hasta el fin, sin dudas de ningún tipo. Y se comportó como un hombre asal- tado por las dudas y el rencor. ¿Qué podía esperar de sus superiores? ¿Que ante una misión tan trascenden- te como aquélla le perdonasen sus devaneos? Se arre- pintió, por primera vez desde entonces, de su debilidad de carácter. ¿Y ahora? Se había propuesto cumplir algo, y lo iba a realizar. Daba igual cómo. La necesidad le impulsaba. Ahora carecía de motivacio- nes éticas: era pura y simple supervivencia.
La voz de una azafata se escuchó con nitidez en la sala. Di Stefano se giró. Los asientos estaban ocupa- dos en su totalidad por personas expectantes.
—«Señores pasajeros, abróchense los cinturones de seguridad. Despegaremos en breves instantes. Re- pito: maniobra de despegue. Ocupen sus asientos».
El mensaje fue repetido varias veces, mientras la tripulación revisaba los cinturones de los pasajeros. En la sala se acallaron las conversaciones. Se escu- charon ruidos metálicos, chasquidos, golpes. Las puertas encajaron en sus dinteles, las rampas de carga se sellaron, las barras de amarre del espacio-puerto se soltaron del fuselaje de la nave. Un ruido profundo y persistente fue creciendo en intensidad. Sintieron cómo ascendían en vertical, aplastándose en los asientos. Di Stefano miró a Rajín; éste se aferraba a los brazos del asiento con fuerza, apretando los dien- tes. Cada poco tiempo llevaba su mano derecha al pe- cho, la introducía bajo la ropa, y acariciaba los fetiches, mientras mascullaba unas palabras ininteli- gibles con los ojos cerrados. Di Stefano llamó su atención sacudiéndole el brazo.
—¿Te encuentras bien?
El arisio, molesto por la interrupción, habló sin mi- rarle.
—Estoy rezando. Déjame pedir protección a mis dioses.
Di Stefano, respetuoso, se desentendió de Rajín. En la pantalla de la sala el complejo del espacio-puerto desapareció del horizonte de Aris mientras que las nubes les engullían en su interior.
Extracto de una entrevista con Laura Vladic, Secretaria Plenipotenciaria para las Colonias de la Confederación Mundial, publicada en el diario La Verdad de México, el 24 de Junio de 231.
(...)
—Sí, es cierto. Sabíamos y esperábamos que la independencia de algunas de nuestras colonias no tardaría en producirse. Se trata de un proceso natural repetido de forma inva- riable a través de la historia. Lo sabíamos, estaba previsto. Por eso nos preparamos con tiempo para cuando esto sucediera.
—De ahí la creación, hace unos años, de la Comunidad de Comercio, ¿no?
—En efecto. Ese fue el primer paso. Sabía- mos —y sabemos— que, en el futuro, las re- laciones entre los mundos humanos sufrirán profundos cambios. Lo más lógico es evitar cualquier tipo de violencia, inútil y costosa para cualquiera de los bandos. La creación de la Comunidad de Comercio nos lleva a to- dos a replantear nuestras relaciones desde un punto de vista puramente comercial y lleva implícito el progreso de las mismas relacio- nes. Creemos y esperamos que sea benefi- ciosa para todos. Entonces, si disponemos de un medio eficaz para evitar innecesarios derramamientos de sangre y dinero, ¿por qué no utilizarlo?
—Pero, ahora, tras el asunto de Aris, varios mundos más han pedido formalmente la inde- pendencia de la Tierra: Lira Cinco, Betel, Moonson. ¿No repercutirá negativamente en la economía terrestre?
—Decididamente, no. Ellos siguen disponien- do de materias primas que nos interesan. Y desean venderlas, deben venderlas, para mantener sus economías. Ahí entra en juego la Comunidad de Comercio, que se encarga de fijar los precios para determinadas mate- rias y productos, con el fin de que las tran- sacciones sean justas para compradores y vendedores.
—A eso me refería con mi pregunta. La opi- nión pública terrestre no comparte su entu- siasmo.
—Lo importante es que a los terrestres nos van a costar lo mismo los metales de Lira Cinco, por poner un ejemplo, ahora que an- tes. Antes debíamos cargar con los costes de producción, transporte... Ahora nos lo servi- rán más caro, pero sin que hayamos tenido que intervenir económicamente en el proce- so. Además, nos encontramos con otro factor, que también fue sopesado en su día: esta- mos recibiendo importantes aportaciones de capital procedente de Aris y otros planetas, gracias a la emigración. Son empresas que
no ven con buenos ojos la independencia de sus planetas de la tutela terrestre, y nosotros les recibimos con los brazos abiertos... aun- que sabemos que causarán algún descalabro en la economía de sus planetas de origen. Pero eso es algo que concierne en exclusiva a los nuevos gobiernos independientes. De momento.
—Entonces, en principio, algo que podría pa- recer perjudicial, beneficia a la Tierra, según usted. Pero, ¿beneficia también a las anti- guas colonias? ¿No debemos preocuparnos por nuevos brotes antiterrestres?
—¿Y qué pueden hacer? No debemos preo- cuparnos por eso... Además, los gobernantes de las antiguas colonias saben que la institu- ción de la Comunidad de Comercio les bene- ficia también, sin ningún género de duda. Sus economías se flexibilizarán, se modernizarán, la nueva situación supondrá un impulso. Se crearán muchos puestos de trabajo, nacerán nuevas empresas. Aprenderán a caminar so- los. En un principio les costará olvidarse de nuestra tutela; al final, con seguridad, alguno
de estos mundos desbancará a la Tierra como potencia industrial y comercial. Así ha ocurrido a lo largo de nuestra historia. Y así ocurrirá. Mientras tanto, la Comunidad de Co- mercio velará por los intereses de todos. Que estén tranquilos los habitantes de la vieja Tie- rra... nada tienen que temer.
Extracto del informe de Pedro del Amo Hegen, Secretario para Policía Interna y de Aduanas, presentado ante la comisión de seguridad de la Confederación Mundial. Nueva York, Julio de 231.
(...) Así pues, las labores que nos han sido encomendadas a raíz de los procesos de in- dependencia de las antiguas colonias terres- tres nos llevan a una profunda reestructuración del cuerpo de Policía. Si pre- tendemos mantener el orden interno y contro- lar el flujo masivo de inmigrantes, debemos tener presente que va a conllevar un incre- mento significativo del gasto asignado, que, en términos generales, llega a suponer un mil por cien sobre el presupuesto actual. (...) Las modificaciones que deben llevarse a cabo se
pueden resumir en tres epígrafes fundamen- tales: Personal, Tecnología y Planificación de nuevas estructuras.
(...) Nuestra sociedad va a cambiar; y debe- mos estar preparados para el cambio, si no queremos sufrir consecuencias funestas en nuestra calidad de vida. De hecho, debo decir que nos hemos puesto en marcha demasiado tarde. Hace ya años que deberíamos haber reestructurado el cuerpo de policía y haber considerado la seguridad como un tema prio- ritario. Tenemos un serio problema con la de- lincuencia organizada de las ex colonias, a la cual no podemos ni sabemos combatir, y que consideran la Tierra un fértil campo por ex- plotar. Por desgracia, dentro de poco empe- zaremos a ver los resultados de nuestra inocencia y falta de previsión.
(...) En la creación del presente informe ha colaborado activamente la Facultad de Socio- logía Histórica de la Universidad de Montreal. Los comentarios tras los epígrafes son obra de reputados sociólogos y científicos. La ne-
cesidad de la reestructuración del cuerpo de policía está verificada de manera irrefutable.
En la pantalla de la sala de pasajeros, la Luna se agrandaba. Hasta que, tras la superficie blancuzca y árida del satélite, asomó la Tierra, solitaria, azul y bri- llante. Su visión conmovió a los pasajeros, que mira- ban la pantalla en silencio, sin poder separar la vista del planeta. Di Stefano notó un cosquilleo especial, una vibración que recorrió todo su cuerpo. Le invadió una emoción inexplicable, que jamás sintió antes: si pudiera describirse con palabras, sería algo parecido a reencontrarse con la madre largo tiempo abandonada. Pero no se trataba de una emoción consciente, ni ex- plicable desde el punto de vista de los sentimientos, sino de algo diferente, tal vez más cercano a lo pura- mente químico.
Los pasajeros debían sufrir, en mayor o menor me- dida según los casos, algo parecido a Di Stefano. Ra- jín, a su lado, no apartaba los ojos de la pantalla.
—Nunca había visto nada igual —le habló a Di Stefano en voz baja—. Es lo más bello que he visto en toda mi vida. He recorrido las estepas de flores de
Matsumai, he cruzado las cordilleras de mi tierra al atardecer... pero nada es semejante a esto.
Aquel arrebato de sensibilidad del duro arisio sor- prendió a Di Stefano. Pero en algo estaba de acuerdo: compartía la opinión de que nada, jamás, en toda su vida, se podía siquiera comparar a la belleza simple y tremenda, incuestionable, pura, del útero de la huma- nidad flotando en el negro espacio.
Con el paso de los minutos, la Tierra acabó por ocupar la totalidad de la pantalla. La nave comenzó a realizar una maniobra de aproximación orbital. Ante sus ojos desfiló la geografía cada vez más cercana del Planeta: el azul profundo del Océano Pacífico, las costas marrones del continente americano, el océano Atlántico, África... Continuaron circunnavegando el planeta, cada vez a menor velocidad, cada vez más cerca de él.
—«Señores pasajeros: prepárense para la manio- bra de deceleración y atraque. Repito: prepárense para la maniobra de deceleración y atraque».
El mensaje fue repetido varias veces, aunque todos los pasajeros ocupaban sus asientos, preparados para
lo que fuera, absortos en la visión que les proporcio- naba la pantalla. En un momento dado, sufrieron un brusco descenso de la velocidad, que hizo que se aplastaran contra los cinturones de seguridad que cru- zaban sus pechos. Una estructura brillante, orbitando sobre Europa, fue agrandándose en la pantalla. La nave sufrió otro brusco descenso de velocidad y fue aproximándose lentamente a la estación orbital. Rajín silbó admirado: pese a que viajaba en una nave espa- cial, no podía por menos que asombrarse ante la vi- sión de aquella estructura creada por el hombre, algo que él jamás había visto, ni tal vez imaginado. Era su primer contacto con la tecnología terrestre... en la propia Tierra. Pensó Di Stefano que aún le quedaban muchas sorpresas que vivir, muchas novedades por descubrir.
La estación orbital era una enorme rosquilla brillan- te, con su buen par de kilómetros de diámetro; a modo de radios, varios tubos convergían en el centro; desde allí, partía un ancho cilindro que se perdía en la atmósfera terrestre. Una decena de naves, de diferen- tes tamaños, revoloteaban a su alrededor. Algunas se
acercaban, otras se alejaban, perdiéndose con rapidez en la inmensidad negra.
Los pasajeros miraban absortos. La nave, flotando lenta en el espacio, fue acercándose al fuselaje de la estación, hasta que, tras una serie de ruidos y golpes, se detuvo por completo.
Años atrás, cuando Di Stefano salió de la Tierra, las estaciones orbitales eran poco más que un proyecto en desarrollo. Los espaciopuertos locales controlaban la mayoría de las llegadas y partidas de los vuelos es- paciales. Ahora, viendo el flujo de naves, parecían haberse invertido los órdenes. Por fin, el sueño de los grupos ecologistas de mantener limpia la atmósfera de naves interestelares se había cumplido. Con triste- za, pensó que en su antiguo hogar todo había avanza- do. Menos él.
—«Señores pasajeros, la maniobra de atraque ha terminado. Pueden recoger sus equipajes y abando- nar la nave. Esperamos que hayan disfrutado del via- je».
Se escucharon los chasquidos de los enganches de los cinturones al ser soltados, mientras desde los alta-
voces continuaban las despedidas y recomendaciones. Los pasajeros, inquietos, fueron levantándose de sus asientos. En un instante, atestaron los corredores ca- mino de sus camarotes. Di Stefano y Rajín esperaron a que se despejasen los estrechos pasillos. Después, caminando en silencio, se acercaron hasta su camaro- te.
—Ahora viene el control de pasajeros —le comuni- có Di Stefano—. Mantén la calma.
Rajín miró su documentación falsa con una mirada neutra y después sus prendas terrestres, embutido en las cuales sin duda no se encontraba cómodo.
Cogieron sus maletas. Rajín no dejaba de mirarlas. Intranquilo, agarró por el brazo a Di Stefano, antes de que abandonaran el estrecho camarote.
—¿Estás seguro de que no descubrirán lo que lleva- mos?
—Totalmente seguro.
—No sé. Tu ciencia es grande. Pero lo que acabo de ver... Creo que esta gente dispone de medios supe- riores a los tuyos. Si quieren, nos descubrirán.
Di Stefano dudó qué responder. Lo último que pre- tendía era intranquilizar más aún a su compañero. Pero comenzaba a molestarle su actitud. Entre otras razones, porque comenzaba a desconfiar de su propia autosuficiencia. Había pasado mucho tiempo desde que salió de la Tierra. O, al menos, el suficiente como para que cambios imprevistos le sorprendieran y le afectaran negativamente.
—Esta ciencia que tanto te asombra es también la mía. En todo caso, ya sabemos lo que tenemos que hacer, ¿no?
No muy convencido, Rajín de Sura le dedicó una mirada torva.
—No estoy tan seguro.
Salieron del camarote, cruzaron los pasillos hasta llegar a la esclusa de salida de la nave. Las azafatas despedían a los últimos pasajeros.
—Gracias por viajar con nuestra compañía. Que tengan una buena estancia.
—Ya, ya... —contestó Rajín. Di Stefano respondió a la azafata con una sonrisa de cortesía.
Accedieron por un largo pasillo en forma de tubo a una sala circular intensamente iluminada. Colgando del techo, un cartel luminoso les daba la bienvenida:
«Estación Orbital Europa. Bienvenidos a la Tierra». El corazón de Di Stefano sufrió un vuelco: varios miembros de la policía terrestre observaban serios a los pasajeros. No era lo habitual, o no lo había sido. Tal vez, al cambiar las circunstancias entre la Tierra y las colonias, habían cambiado también las normas de seguridad. O buscaban a alguien en concreto. Lo cier- to es que los policías no se acercaron al pasaje; se mantuvieron a distancia, escrutando los rostros que accedían hasta la sala, consultando en ocasiones las pantallas de sus unidades personales. Rajín debió per- cibir la tensión de Di Stefano.
—¿Problemas? —Le susurró, inquieto.
—Nada de qué preocuparse. Mantén la calma.
Los pasajeros que acababan de descender de la Presidente Rouen se amontonaban ante los mostrado- res de control. La celeridad de los funcionarios terres- tres nada tenía que ver con la acostumbrada parsimonia de Aris, ni tampoco la tecnología de que disponían: un par de minutos después, les tocó el
turno. Di Stefano agradeció la diligencia de los adua- neros, porque Rajín observaba todo y a todos con un aspecto que denotaba a cada momento más intranqui- lidad.
Llegados al mostrador depositaron sus pasaportes. Los funcionarios, impecablemente uniformados, revi- saron sus documentos, los pasaron por un lector, y se los devolvieron al instante. A una indicación del fun- cionario que les devolvió los pasaportes, dejaron sus maletas sobre una cinta transportadora. Rajín miró de soslayo a Di Stefano; éste podía notar la tensión que soportaba el arisio en los bombeos de sangre de las venas del cuello. Con la mirada vino a pedirle tran- quilidad. Las maletas se perdieron en el interior de un cilindro de un par de metros de longitud. Unos instan- tes después, aparecieron tras una cortina de luz ámbar al final del cilindro. Fin de la inspección. Como espe- raba Di Stefano, la inspección consistió en un simple control visual de los equipajes mediante rayos, y la desinfección de costumbre. Más o menos como siem- pre. Aunque, en aquella ocasión, incluso a él mismo le pareció más superficial la inspección, o al menos más corta. Tal vez habían variado las máquinas de
control de equipajes, y los nuevos modelos eran más rápidos. O tal vez los funcionarios de aduanas, con más trabajo que antes, se aplicaban con más celeri- dad. El caso es que, para bien suyo, habían pasado el control.
El funcionario situado al final de la cinta transpor- tadora depositó las maletas en el suelo, y colocó so- bre ellas una pegatina brillante.
—Pasen por aquí, por favor. No se demoren.
Unos metros más allá del control de equipajes se encontraban situadas una veintena de columnas de cristal, de unos tres metros de altura. Algunas perso- nas salían sonrientes de los tubos transparentes. Un funcionario les acompañó, indicándoles que debían entrar cada uno en un cilindro. Rajín preguntó con la mirada a Di Stefano. Con un leve parpadeo de ojos, que podía pasar por un gesto de tranquilidad y asenti- miento, le respondió.
Cuando les llegó el turno, entraron. Se cerraron las puertas de sus respectivos cilindros, incomunicándo- les del exterior. Luces de varios colores invadieron el ámbito estanco. De unas toberas laterales brotaron
chorros de un gas maloliente que les irritó los ojos. Un par de minutos después, las puertas se abrieron.
—Desinfección completa —les dijo un funciona- rio—. Pueden recoger su equipaje y acceder a la zona de descenso.
Rajín casi se abalanzó sobre las maletas. Recogie- ron sus equipajes y traspasaron una puerta de cristal. En un pasillo tras las puertas, flechas indicadoras guiaban a los viajeros hacia los ascensores. Camina- ron en silencio, ambos mirando en derredor.
—¿Conocías esto?
Rajín se percató de que a Di Stefano también le pa- recía nuevo todo cuanto veían. Caminaba siguiendo el rumbo que marcaban las flechas, y los pasos de otros viajeros que les antecedían.
—No —respondió—. Jamás había estado aquí. Pero sabía que existía un lugar como éste. Cuando salí de la Tierra funcionaba a menor rendimiento que ahora.
—Ya. No lo conocías. ¿Y dónde se supone que va- mos ahora? Porque estamos colgando en el espacio,
¿no?
—Cogeremos los ascensores que nos dejarán sobre el planeta. Concretamente sobre Europa, uno de los continentes.
Rajín le miró. Compuso una mueca donde se mez- claban la incredulidad y el fastidio.
—Me tomas el pelo. ¿Ascensores? ¿Me quieres de- cir que vamos a usar ascensores para llegar hasta la superficie?
—Ahora tendrás ocasión de comprobarlo.
Llegaron a otra sala circular, menor en tamaño a la de control, de la cual partían varios pasillos en dife- rentes direcciones. Un androide, apostado en el cen- tro de la sala, indicaba a los grupos de viajeros el pasillo que tenían que tomar, distribuyendo equitati- vamente a los pasajeros en los ascensores de bajada.
—Pasillo cinco, por favor —les indicó.
Sobre la entrada de cada pasillo destellaba el núme- ro que le correspondía. Buscaron el cinco. Traspasa- ron las puertas automáticas de cristal. Unos metros más allá, otra pequeña estancia circular se encontraba llena de viajeros. En cuanto llegaron a la sala, una
puerta estanca se cerró tras ellos. Una azafata hizo un recuento del grupo y se dirigió a los viajeros.
—Están en el ascensor Bruselas Término cinco. Por favor, vayan pasando.
Una puerta metálica se abrió, permitiendo el acceso al ascensor, un cubo de unos diez metros de lado. Va- rios asientos, situados en el centro del ascensor, simi- lares a los de una nave espacial, permitían a un número limitado de viajeros poder permanecer senta- dos durante el descenso. El resto debería viajar de pie, apoyados en las paredes del ascensor, y sujetos por unas correas de seguridad. Tras mirar los viajeros el interior del ascensor se oyeron voces que pregunta- ban «¿De pie? ¿Tengo que ir de pie?» Una azafata indicó a varias personas mayores, y a los niños, que ocuparan los asientos. En voz alta, preguntó al grupo si había algún pasajero que sufriera de vértigo y que quisiera ir sentado durante la maniobra. Siguieron es- cuchándose voces de protesta. Di Stefano y Rajín se acercaron a una de las paredes, se ajustaron los cintu- rones de seguridad, y dejaron su equipaje en el suelo, anclando las maletas mediante correas. Otra azafata fue revisando las correas de seguridad de los pasaje-
ros y del equipaje. Cuando constató que todo estaba en orden, cerró la puerta de acceso.
—El descenso durará sólo unos minutos. Tal vez sientan alguna molestia leve, producto de los cambios mínimos de presión. Pero no tienen nada que temer.
Las azafatas se apoyaron contra la pared, y se ajus- taron sus correas de seguridad. Una de ellas se acercó a un intercomunicador. Después de consultar una pantalla, habló en voz alta.
—Ascensor cinco, listo para descender. De un altavoz surgió una voz.
—Aquí control. Iniciando maniobra de descenso.
El ascensor comenzó a descender. Durante los pri- meros momentos del trayecto apenas sintieron que lo hacían: se trataba de una sensación inconfundible de caída, pero apenas percibida. Al estar incapacitados para observar el exterior, tenían la sensación de ha- llarse dentro de una burbuja. Una burbuja difícil de imaginar o situar: tanto podían estar descendiendo por un tubo como flotando a merced del oleaje del mar. Las cinchas que sujetaban los equipajes se tensa- ban durante unos segundos, para después relajarse.
Sus pies se despegaban del suelo, notaban la tensión de las correas en los hombros; luego volvían a posar- se y dejaban de sentir la presión de las correas.
Unos minutos después, el ascensor penetró en las capas altas de la atmósfera. El cambio de presión fue notorio; ahora, de no haber sido por las correas de se- guridad, tanto pasajeros como equipajes se hallarían chafados en el techo del ascensor. Algunos pasajeros levantaron la vista hacia el techo, como buscando aire; otros comenzaron a dar arcadas.
—No se preocupen. Son los efectos de la velocidad y la presión —comentó una de las azafatas, enseñan- do su perfecta e inmaculada dentadura con una sonri- sa—. Respiren hondo. Dentro de breves momentos habremos llegado a Bruselas.
La caída continuó, mientras los organismos de los pasajeros se iban acostumbrando a las nuevas condi- ciones. La velocidad a la que descendían debía de ser fabulosa: pocos minutos después de haber penetrado en la atmósfera, en todo caso más tiempo del que ha- brían deseado los pasajeros, las azafatas comenzaron a aflojar sus correas de seguridad. Una música rela-
jante sonó a través de los altavoces del ascensor. So- bre el fondo musical, una voz les dio la bienvenida.
—Señores pasajeros, bienvenidos a Bruselas Tér- mino.
El ascensor se detuvo tras una suave deceleración. Se oyeron unos chasquidos metálicos. Al fin, encajó en algún lugar determinado con una pequeña sacudi- da que puso fin al viaje. La puerta del ascensor se abrió. Los pasajeros fueron soltándose de sus ama- rres, cogieron sus equipajes, y abandonaron raudos el ascensor. Ninguno tenía cara de haberlo pasado bien durante el descenso. Seguramente, de haber realizado una encuesta entre aquel grupo de viajeros, la inmen- sa mayoría habría preferido los métodos tradicionales de aterrizaje. O una mejora sustancial en la técnica de los ascensores orbitales. Di Stefano tuvo la sensación de que la tarjeta de presentación de la Tierra venía manchada por la precipitación y falta de previsión; sin duda, se veían desbordados por un flujo de viaje- ros superior al calculado. Algo estaba cambiando en la sincronizada y previsora Tierra.
—¡Vaya, esto sí que es viejo! ¿Cómo puede haber algo tan antiguo en un mundo con tantos adelantos?
Sentados a una mesa de la cafetería del hotel, Rajín miraba los edificios de la Grand Place de Bruselas una y otra vez, como si no diera crédito a lo que veían sus ojos. Sin duda, el contraste entre moderni- dad y conservación arquitectónica no entraba dentro de sus previsiones sobre lo que se podía encontrar en la Tierra. Si es que en su imaginación se había llega- do a formar algún tipo de imagen concreta sobre la Tierra.
—¿Y para qué? ¿Por qué no hacer edificios nuevos? ¿Tienen dinero, no? ¿Por qué conservar los viejos?
Di Stefano, disfrutando de un humeante y aromáti- co café expreso, le observó divertido.
—Por que son bonitos.
Rajín dudó durante un momento. Pasaba sus mana- zas sobre el pelo rojo cortado a cepillo.
—¿Bonitos? ¿Tú crees? No sé... No diría que son bonitos. Yo más bien diría que son extraños. Sí, extra-
ños. Los edificios más raros que he visto en toda mi vida.
—Pues por eso entonces. Por que son extraños.
A Di Stefano le costaba mucho esfuerzo contestar a cualquiera de las preguntas de Rajín con un mínimo de lógica y brevedad. Para empezar, debería haber co- menzado por explicarle el significado y la importan- cia de la historia a una persona que provenía de un mundo que apenas tenía historia propia y que, por añadidura, no daba importancia a la misma en el de- venir de una sociedad. La historia de Aris, en el mejor de los casos, estaba formada por acontecimientos más legendarios que reales, por definición falsos o de una realidad pervertida, casi siempre sangrientos, y reves- tidos de la ingenua crueldad propia del pueblo arisio. Los arisios no se había preocupado en serio por la historia de su mundo; así que ésta se basaba en leyen- das orales que viajaban de boca en boca, historias de asesinos y bandoleros, de esclavistas y barcos fantas- ma, de viajeros que se enfrentaron a animales mitoló- gicos e imposibles en los confines de sus continentes, narraciones que se deformaban con el paso de los años y que variaban sustancialmente de un lugar a
otro. Intentar explicar a un arisio el respeto que sen- tían los terrestres por las grandes obras de su pasado era como intentar hacer comprender a un niño de par- vulario la Teoría Cósmico-Temporal: tarea imposible. De cualquier modo, no estaban en la Tierra de viaje turístico, ni Di Stefano pretendía cultivar a Rajín de Sura.
La Grand Place se hallaba atestada de turistas, no sólo de la propia Tierra, como Di Stefano pudo des- cubrir, sino también de otros planetas. Al parecer, las grandes fortunas de las colonias comenzaban a ver con recelo los movimientos de independencia, y mu- chas de las familias más poderosas volvían a la madre Tierra en busca de la estabilidad que temían perder. Lo cual venía muy bien para que Rajín de Sura, den- tro de lo posible, no despertase demasiado la atención llegado el momento. Porque, pese a todo su dinero, a su posición social en las colonias, pese a sus intentos de pasar desapercibidos en la Tierra, los extranjeros seguían diferenciándose de los nativos: en compara- ción con éstos, su sofisticación resultaba falsa; sus ademanes, excesivos; su comportamiento, pretencio- so; su grado de civilización, escaso. Y un aire extra-
vagante y tosco les envolvía a todos. No sólo al repu- tado asesino Rajín de Sura.
—Espérame aquí. Ahora vuelvo.
Rajín se quedó sentado, en apariencia complacido, saboreando aquel vino tinto terrestre que tan suave y ligero le parecía, acostumbrado a las fuertes bebidas de Matsumai. Contempló la pequeña copa, que se perdía en el interior de su manaza, y se preguntó cómo aquella gente podía usar para beber recipientes tan pequeños, que se vaciaban al primer trago. Así que pidió otro vino, y continuó admirando el panora- ma de la Grand Place, observando con deleite a las sofisticadas mujeres terrestres que caminaban presu- rosas y altivas.
Di Stefano, por su parte, recogió de la caja fuerte del hotel el maletín del dinero. Consultó una guía de la ciudad en la recepción. Salió al rato.
—Sígueme, Rajín. Nos vamos de paseo.
Había estado en aquella ciudad, capital de la Confe- deración Regional Europea, en varias ocasiones, y comprobó que había cambiado más bien poco desde que él la conociera. Aquello le resultó agradable.
¡Qué diferencia con Pálasti! La gente transitaba en si- lencio, bien vestida, por calles limpias y seguras. No había mendigos en las esquinas, ni edificios abando- nados, ni tullidos pidiendo limosna, ni putas, ni yon- quis, ni vendedores callejeros vociferantes, ni el tráfico abigarrado y sin leyes de Pálasti, ni ruidosos vehículos, ni niños semidesnudos bailando por unas monedas. Y Bruselas no olía mal. Casi se podría decir que no olía. No como Pálasti, que estaba impregnada de un olor penetrante a verdura podrida.
Unos minutos de paseo después encontró lo que buscaba: las oficinas del Banco Popular de Israel. A una indicación suya, Rajín de Sura se quedó fuera, esperándole. Abrió una cuenta con el dinero que lle- vaba. No era demasiado: lo que le dio Palacios más lo que guardaba en la caja fuerte de su casa. Pero era su- ficiente como para dejarlo a buen recaudo.
Si eligió aquel banco fue por algo: la confidenciali- dad. Las mayores fortunas y muchas empresas tenían cuentas en aquel banco. El método era sencillo y anti- guo, pero válido: no existían clientes, sino intermina- bles series de números y letras. Cuentas cifradas que dejaban en la sombra a sus propietarios.
Volvieron al hotel antes de la comida. Pasaron a co- mer al restaurante del hotel. Di Stefano, al leer los platos de la carta, sintió una alegría desbordante. Des- pués de mucho tiempo, se encontraba con la comida a la que estaba acostumbrado, los platos familiares que comió desde siempre. Complacido, pidió ensalada de endibias y queso, lubina al horno con mejillones, y de postre, fresas con nata. Para beber, vino blanco joven y ligeramente picante. Comió en silencio, disfrutando de cada bocado. Rajín, por su parte, ingirió la comida con indiferencia y rapidez. Sin duda, pensó que la cantidad era escasa.
Tras el postre, pidió café y coñac. Rajín, que en su vida había probado el auténtico café, desestimó ha- cerlo en ese momento. Pero sí se bebió el coñac, pala- deando sonoramente tras haberlo trasegado.
—Quiero que te quedes con esto —dijo Di Stefano dándole un papel—. Es el número de cuenta del ban- co donde he depositado el dinero. Si me ocurriera algo, es todo tuyo.
Rajín asintió, guardándose el papel.
—No temas. Te protege Rajín de Sura.
Tomaron el tren con destino Roma a las ocho y media de la tarde. Rajín de Sura, superada la sorpresa ini- cial, parecía aburrido. Se dirigió a Di Stefano cuando se cansó de pasear la vista por los campos oscuros.
—Bueno, así que es en la ciudad a donde nos diri- gimos donde está lo que buscas. No tendremos que hacer más viajes, ¿no?
—¿Cansado?
—Sí. No tiene nada que ver con los viajes que he podido hacer en mi vida. Estos son mucho más cómo- dos. Pero no me importaría quedarme quieto en un si- tio aunque sólo fuera por un día entero.
—Supongo que no tendremos que movernos más.
—Eso espero.
Di Stefano observó a Rajín de Sura. Con certeza, ningún asesino de Aris había viajado tan lejos como él. Se le imaginó relatando sus aventuras en la taber- na de Marinai, cuando regresaran a Aris. Su leyenda se acrecentaría aún más. ¡Qué lejos quedaba Pálasti y todo lo que había conocido! ¿Qué pasaría por su ca- beza?
Una hora después, llegaron a Roma. El tren, cuando se comenzó a ver la silueta luminosa de la ciudad, fue tragado por un túnel subterráneo, que desembocó en la sorprendente Estación Central. Di Stefano y Rajín bajaron al andén. El arisio miró en derredor, asombra- do por la magnificencia de la obra de ingeniería que suponía la estación.
—¡Vaya, esto sí que es grande!
Pese a haber viajado en una nave espacial, aunque ya conociera una estación orbital, el arisio respondió de una manera sincera: la estación sobrecogía a cual- quiera que la viera por primera vez. Por encima de sus cabezas, y debajo del andén en el que se en- contraban, se cruzaban decenas de vías y andenes, al- gunos tan lejanos que se perdían en la neblina de la distancia. El eco de miles de voces y ruidos rebotaba en las lejanas paredes de la estación, y llegaba hasta ellos como el rumor de olas batiendo en un acantila- do.
Al final del andén se encontraban los ascensores de acceso y salida. Tomaron uno, que les dejaría en la entrada principal. Ascendieron, parando en cada uno de los niveles que se fueron encontrando. A través de
los cristales del ascensor podían ver cómo desapare- cía el andén 23, en el que descendieron del tren, tapa- do por los andenes que cruzaban sobre él en todas direcciones. Cuando llegaron al vestíbulo de la esta- ción, el entramado de vías y andenes que se veía bajo ellos parecía una gigantesca tela de araña. Caminaron hacia la salida. Cruzaron bajo un imponente arco de acero que vomitaba y tragaba constantemente perso- nas. Una vez fuera del vestíbulo principal, tomaron un taxi.
Di Stefano eligió el hotel Ambassador Inn, un mo- numental rascacielos en pleno centro de Roma con más de dos mil habitaciones. Era el hotel más grande de la ciudad y el preferido por los turistas. De ser ne- cesario, con seguridad pasarían desapercibidos sus movimientos.
Tras los trámites de rigor, les asignaron una suite doble en la planta setenta. Una vez colocado el equi- paje y revisadas las armas cayeron como troncos en sus camas, víctimas del cansancio, de tanto trajín, como diría Rajín de Sura.
A la mañana siguiente, salieron del hotel a las calles de Roma. La zona centro de la ciudad, donde se en- contraba el Ambassador Inn, le era de sobra conocida de sus frecuentes visitas durante su período como agente auxiliar, antes de que en el Instituto le conce- dieran el estatus de agente y le asignaran misiones que le hicieron viajar o establecerse en otras ciudades de la Tierra. Antes de instalarse en lo que le pareció en su momento su residencia definitiva: Lagos.
Caminaron hasta las oficinas del Banco Popular de Israel, en un discreto edificio en la Avenida Presiden- te Rizzoli. Rajín de Sura se quedó fuera, observando escrutador la avenida. Di Stefano entró, dio su núme- ro de cuenta a un empleado y esperó pacientemente a que le llamaran.
Apenas un par de minutos después, un empleado se dirigió en tono amable a él, recitando en voz baja su número de cuenta. Di Stefano asintió. Acompañó al empleado a un terminal, en un discreto mostrador si- tuado tras un biombo. Tras una segunda comproba- ción del cifrado, el empleado le llevó por un pasillo alfombrado hasta la puerta de un despacho.
—Pase. La señorita Mastretta le atenderá.
La madera que recubría las paredes del despacho brillaba con tanta intensidad que Di Stefano pensó que le harían falta gafas de sol constantemente a la persona que trabajara allí. Sobre la mesa refulgía un holograma con un nombre Claudia Mastretta y la le- yenda Agente de cuentas prioritarias escrito en carac- teres latinos con evidentes reminiscencias hebreas en su tipografía, como si de algún modo se pretendiera homenajear así a la antigua cultura judía.
—Siéntese.
La mujer miraba la pantalla de un terminal, sin duda comprobando la calidad del cliente que tenía ante sí. Después, sonrió a Di Stefano, levantándose de su sillón para estrecharle la mano.
—Dígame, ¿en qué podemos ayudarle?
La mujer que le ofrecía su mano le pareció a Di Stefano soberbia. Simplemente bellísima. Clavó en él sus almendrados ojos color miel, y sintió que aquella mujer podía traspasarle con la mirada, conseguir lo que se propusiera con sólo fijar su mirada en alguien. Poseía una fuerza poderosa, intangible pero incues- tionable, que iba más allá de su propia belleza. Y algo
que no tenía cualquiera: un halo que indicaba que todo en ella era propio, libre de artificios, natural. Sin implantes ni cirugía. Sin remodelaciones de quiró- fano. Di Stefano tardó en contestarle, mientras reco- rría con su mirada la perfección de su silueta. Ella continuaba sonriendo, mostrando una dentadura in- maculada tras sus labios gordezuelos en los que no se percibía carmín ni afeite alguno.
—Bueno —Di Stefano le contestó dubitativo, im- presionado—, acabo de llegar a Roma y desearía es- tablecerme.
—No. Nosotros no pretendemos saber nada de us- ted. Ni queremos. No nos importa si acaba de llegar a Roma o no, si desea establecerse o no —le cortó, sin perder la sonrisa—. Salvo que es cliente nuestro. Y eso nos basta.
—Entiendo.
Ella le invitó a continuar con un gesto de sus ma- nos. En otra persona aquella interrupción, incluso aquel gesto, podían parecer un acto grosero o poco cortés. En ella no.
—Me gustaría que me gestionaran un alquiler del modo más discreto y rápido posible.
—Comprendo. ¿Algún lugar en especial?
—La ciudad vieja. Cerca del Vaticano. Que dispon- ga de buenas vistas. ¿Conoce la zona?
—Por supuesto, caballero —contestó con un mohín que a Di Stefano le pareció irresistible—. ¿Algún dato más?
—Sí. Deseo un ático o un piso alto con terraza. Soy pintor. Tengo en mente hacer varios bocetos del Vati- cano... a ser posible desde su parte trasera. Ya sabe, un juego visual cargado de simbolismo.
—Espere un momento.
Se giró hacia el terminal. Consultó durante unos instantes. Mientras trabajaba en el terminal, sus dedos se movían como látigos. Unos látigos bellísimos re- matados por unas uñas largas y rojas. Había tanta sensualidad en aquellos simples movimientos que Di Stefano no podía apartar su vista de las manos. Ella miró fijamente la pantalla. En una tarjeta de visita apuntó una dirección.
—Tome. Vaya a esta oficina y enseñe esta tarjeta. No tendrá que preocuparse de nada más. Le gestiona- remos directamente los gastos.
Se levantó de su sillón y extendió la tarjeta. Di Ste- fano, al recogerla, rozó uno de sus dedos. Sintió una sacudida, algo similar a una descarga eléctrica... pero placentera. Ella carraspeó.
—Si no necesita nada más.
A modo de despedida volvió a sentarse en su sillón.
—Sí. Algo de efectivo.
—Anóteme la cantidad.
Puso un terminal frente a él. Di Stefano anotó la ci- fra.
—Muy bien. Mi compañero se lo dará al salir. Que tenga un buen día.
Ella se enfrascó en unos documentos que descansa- ban sobre la mesa. Di Stefano se giró, recorrió los pa- sos hasta llegar a la puerta. No pudo evitar volver a echar una mirada sobre aquella mujer.
Rajín se unió a él nada más salir al exterior. Algo debió de notar en su rostro.
—¿Qué te pasa? Parece que hayas visto un fantas- ma.
—Cuando vuelva a casa me buscaré una novia lo más parecida posible a la que acabo de ver.
—Te entiendo —dijo Rajín—. Las mujeres terres- tres son increíbles. Tan bellas, tan elegantes... cual- quier hombre con dinero de Aris pagaría gustoso la mitad de su fortuna por acostarse una noche con una de éstas. ¿A nadie se le ha ocurrido la idea? No sería mal negocio llevarnos unas cuantas para allá.
Di Stefano sonrió ante la ocurrencia.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto que no. Soy un asesino, no un pro- xeneta. Pero has de reconocer que no es mala idea.
—Bueno, volvamos a lo nuestro. Tenemos que comprar algunos cacharros que nos serán necesarios.
Ceremonia de Entrega de los Premios Pulitzer
-Yosinaga. CLI edición. Kobe, Japón.
Extracto del discurso de agradecimiento de Randolph P. Carter, premiado con el Pulitzer- Yosinaga a la Investigación Periodística.
...Lo primero que me dijo un amigo y compa- ñero de profesión al enterarse de que me ha- bían concedido este prestigioso premio fue lo siguiente: «Randolph, ¿y ahora, qué?» Creo que eso expresa mi filosofía como periodista e investigador: siempre hay algo detrás. Mis amigos lo saben; mis compañeros lo saben. Y yo soy consciente de ello. Yo también lo sé: soy un culo inquieto. Mi vida es un constante
reto. Por eso, mi buen amigo me preguntó ¿y ahora qué? (...) Pues bien, desde aquí quiero responderle, y responderles a todos los que se interesan por mi trabajo. Sí, tengo un nue- vo reto. Un reto que me parece fascinante, por oscuro y enigmático; e interesante, por lo que pueda descubrir. ¿Recuerdan ustedes al Instituto Católico de Investigaciones Científi- cas? Pues bien, ¿qué ha sido de él? ¿No se han dado cuenta de que, desde hace varios años, no se ha vuelto a escuchar ninguna queja sobre algún comportamiento de sus agentes, o algún hecho delictivo que pudiera serle imputado? ¿No les parece sorprenden- te? ¿Dónde se ha metido aquella poderosa organización? ¿Se ha borrado del mapa de la noche a la mañana? Veo gestos de asenti- miento entre el público iniciado... Sí, queridos amigos, éste será mi próximo objetivo: El I. C.
I. C. Y créanme, espero con mi trabajo res- ponder todas las interrogantes que algunos nos hemos planteado sobre el asunto...
Noticia aparecida en el Diario de Manila, 26 de Marzo de 230.
El cadáver del prestigioso periodista Randol- ph P. Carter, último premio Pulitzer–Yosinaga a la Investigación Periodística, fue hallado en los servicios del Aeropuerto Internacional de Manila ayer a última hora de la tarde, cuando uno de los robots de limpieza iba a realizar su trabajo. Las circunstancias de su muerte, ya sea natural o no, así como cualquier otro de- talle de la misma, permanecen en el más ab- soluto secreto, ya que la Policía Metropolitana de Manila ha declinado hacer cualquier tipo de declaración al respecto. A este periódico le consta que los mejores hombres y mujeres de la Policía están dedi- cados desde ese mismo instante al esclareci- miento de los hechos.
No será necesario decir que la muerte de este joven y prometedor periodista ha sumido en el desconsuelo y la consternación al mun- do periodístico. Su último logro, la consecu- ción del premio Pulitzer–Yosinaga, le había
encumbrado a lo más alto del estrellato profe- sional.
(...) Desde aquí pedimos, exigimos, a las au- toridades el pronto esclarecimiento de tan tristes y penosos hechos.
Di Stefano dejó los binoculares sobre la mesa de la terraza y se frotó los ojos. Llevaban más de cuatro horas de vigilancia, observando sin pausas la puerta de acceso de personal del Complejo Vaticano, y el cansancio y el aburrimiento comenzaban a hacerse notorios. Al menos para Rajín de Sura, que en un principio permaneció expectante al lado de Di Ste- fano, pero que después de un rato comenzó a pasear inquieto por la terraza, aburrido de observar aquella puerta enrejada. Di Stefano, por su parte, parecía es- tar realizando la labor más interesante que pudiera: apenas separaba los ojos de las lentes, y susurraba a la grabadora todo cuanto le pareciera de interés, con una intensidad que a Rajín le pareció injustificada. El arisio no lograba comprender tanto interés; para él, esa era la parte de su trabajo que menos le gustaba.
Por supuesto, en algunas ocasiones, él también había invertido mucho tiempo en controlar los movimientos de sus víctimas. Pero, al menos, siempre había sabido hacia quién dirigir su mirada. No como Di Stefano, que se fijaba en todas y cada una de las personas que traspasaban la puerta... y habían sido cientos en unas pocas horas.
Todo estaba como siempre, y a Di Stefano aquello le agradó. La plazoleta de pulidos adoquines, el perí- metro vallado del Vaticano... ¡Cuántos recuerdos! En una esquina de la plazoleta, casi de una manera dis- creta, se abría la puerta de control, custodiada por la Guardia Suiza, revestida de sus habituales armaduras a rayas; más allá el enorme edificio de administración central, donde se controlaba la acción de la Iglesia; al fondo, tras los jardines, San Pedro y el palacio papal... Todo como siempre, como él lo había conoci- do. Estaba claro que no esperaba encontrarse con que los cambios en la cúpula dirigente de la Iglesia hubie- sen llevado a alterar el orden habitual; más bien al contrario, los nuevos dirigentes estarían encantados de potenciar ciertas tradiciones. Y así había sido, al menos en apariencia.
El tránsito de personas y vehículos era el común en un martes cualquiera: ocasionalmente alguna berlina entraba o salía, el chófer rígido y el viajero atrás, aplastado en los mullidos asientos. El personal de ad- ministración, carpeta en mano, partía hacia la ciudad o volvía de ella después de haber realizado la gestión de turno... Todo como siempre. Poco más se podía contar. Justo lo que había esperado. Se sintió bien.
Un vehículo negro, de los que habían entrado al re- cinto a primera hora de la mañana, cruzó la puerta. Los Guardias de servicio se cuadraron, más aún que al saludar al ocupante de cualquier otro vehículo. Di Stefano esbozó una sonrisa. Ajustó el zoom de los lentes y susurró a la grabadora los números y letras de la matrícula. Después dijo:
—Una cero cinco. ¿Cardenal? Determinar.
Siguió el trayecto del vehículo hasta que se perdió por las callejuelas de la ciudad vieja. Di Stefano vol- vió a concentrar su mirada en la puerta de control, algo molesto. Las ventanillas anti-curiosos de la ber- lina no le permitieron ver a su ocupante. ¿Quién se- ría? ¿Alguno de los cardenales que él conoció? ¿Otro nuevo? ¿Un obispo? ¿Algún dirigente del Instituto?
¿Da Silva, acaso? Volvió a ajustar los binoculares en los rostros de los que comenzaban a salir del recinto, ya en mayor número que en las horas anteriores. Los guardias, mientras traspasaban sus dominios aquellas figuras enlutadas y a pie, permanecían impasibles, firmes, sujetando con determinación sus armas. Pero, por otra parte, parecían controlar a la vez a todas y cada una de las personas que se despedían de ellos con un leve movimiento de sus cabezas. Sólo cuando algún vehículo abandonaba el recinto parecían existir: movían sus miembros, se cuadraban, observaban el interior del vehículo, se dirigían a la caseta de con- trol, desde donde se franqueaba la salida. Todo muy mecánico.
—Bueno, qué, ¿hoy no comemos?
Rajín de Sura le tocó levemente en el hombro. Di Stefano se giró y compuso un gesto de cansancio.
—Sí, vayamos a comer. Por hoy hemos terminado. Ya sé cuanto quería saber.
—¿Sí? —Le preguntó Rajín, no muy convenci- do—. ¿Todo?
—Lo suficiente para empezar —contestó—. Es po- sible que pronto empecemos a ver los frutos.
Rajín le miró de soslayo.
—¿Hay alguien a quién tengamos que matar? ¡Me- nos mal!
Di Stefano prefirió no contestar.
Salieron del pequeño apartamento a una oscura es- calera. Bajaron en silencio, oyendo el crujir de las ta- blas de madera bajo su peso. Había sido una suerte conseguir aquel pequeño estudio en la vieja Roma. Las vistas sobre la parte posterior del Vaticano eran esplendorosas. Ideales sobre la puerta trasera. Un anónimo estudio en una zona habitada casi en exclu- siva por estudiantes de Arte, que pasaban la mayor parte del día en las escuelas o dormitando las juergas de la noche anterior. A veces, la suerte se cruzaba en su camino. Vigilar a pie, desde alguna esquina, aque- lla puerta, habría supuesto un engorro, y algo peor: tal vez habrían terminado por llamar la atención.
Durante tres días continuaron con su vigilancia, en turnos de mañana y tarde, jornadas que empezaban a
primera hora y terminaban más allá de la puesta del sol. Comían en la misma terraza sandwiches y boca- dillos, sin apartar la vista de la puerta. Muy tarde, cuando había transcurrido al menos una hora de la úl- tima salida de un vehículo, abandonaban su puesto de vigilancia y volvían al hotel.
Se encontraban terminando la jornada del cuarto día. El sol se había ocultado hacía un par de horas, y Di Stefano observaba la puerta con la habitual aten- ción.
Si a Rajín le pareció aburrido el primer día, ahora mostraba claros síntomas de tedio insuperable: dor- mitaba tendido en una hamaca, ajeno por completo al trabajo. Sólo era requerido por Di Stefano cuando éste tenía que abandonar ocasionalmente sus prismá- ticos. En ese caso, el arisio los tomaba, miraba hacia la puerta con la orden de avisar si algún vehículo en- traba o salía. Pero nada había ocurrido en esos pocos casos. Ni tan siquiera eso, que un simple vehículo hu- biera salido por la puerta. Al menos, algo que contar, algo por lo que sentirse útil. Y devolvía los binocula- res a Di Stefano en cuanto éste regresaba, para volver a no hacer nada.
Por su parte, Di Stefano se encontraba satisfecho con lo que iba averiguando. Ya tenía un listado de los vehículos oficiales, con sus correspondientes horas de entrada y salida del recinto. Más que suficiente para empezar. Por ejemplo: en virtud de esa lista, podía deducir que, al menos, un par de vehículos y sus ocu- pantes estaban directamente relacionados con el Insti- tuto. La iglesia, el resto de la iglesia, trabajaba de una forma más funcionarial, cumpliendo horarios estable- cidos. Pero en el Instituto, esta norma se vulneraba constantemente; las reuniones se alargaban hasta altas horas de la tarde, o bien los servicios de alguien eran requeridos en cualquier momento. Los miembros del Instituto no se ajustaban a ningún horario establecido con anterioridad. El trasiego de vehículos le había abierto la primera puerta.
Tres de los vehículos tenían la curiosa costumbre de no respetar ningún horario: entraban a primera hora de la mañana, o bien ya pasado el mediodía, o incluso por la tarde; salían en cualquier momento, apenas unos minutos después, o tras unas cuantas ho- ras. Aquella misma tarde uno de los vehículos, una
berlina enorme, había entrado cerca de las cinco. Y aún no había salido.
Rajín se acababa de despertar de la última siesta, y miraba ceñudo a Di Stefano. Elevó su vista al cielo estrellado, buscando tal vez paciencia para seguir aguantando aquel aburrimiento. Miró aquel extraño disco brillante, la luna, y le entró un escalofrío. Sintió el deseo imperioso de abandonar la terraza. Además, tenía hambre. Iba a dirigirse a Di Stefano para pre- guntarle cuándo se irían hoy. Pero en ese momento Di Stefano rompió el silencio, susurró un número de ma- trícula y la hora:
—Veintidós treinta y cinco.
Y se levantó con un gesto vigoroso.
—Nos podemos ir. Por hoy hemos terminado. Abandonaron el estudio. Bajaron a la noche ilumi-
nada por las antiguas farolas de la ciudad vieja. Las
calles se encontraban animadas por estudiantes que hacían cola a las puertas de las trattorias y de los ca- fés. Como si Di Stefano se hubiera contagiado al ver la alegría de los demás, sonrió.
—Hoy ha sido una jornada muy fructífera. Creo que ya no tendremos que volver al estudio.
—¿Tú crees? —Le respondió Rajín—. Al menos, espero que lo que has dicho de no volver sea cierto.
—Creo que así será. A partir de ahora entraremos en acción.
—Vayamos a comer algo.
Anduvieron por las calles de adoquines de la ciu- dad vieja, buscando algún lugar tranquilo que no es- tuviera atestado de estudiantes. Unas manzanas más allá, aunque la animación en las calles no decaía de- masiado, los cafés y restaurantes estaban a medio ocupar. Se trataba de locales destinados a otro tipo de clientes con más poder adquisitivo: turistas, profeso- res.
—Elige el que quieras —dijo Di Stefano—. Hoy nos daremos un buen festín.
Rajín observó sin mucha convicción los locales lu- minosos que refulgían a ambos lados de la calle.
—Este mismo, qué más da. La comida será tan es- casa e insípida como en cualquier otro. Lo único bue- no de comer en la Tierra es que pagas tú.
Entraron en un local que, por suerte, se encontraba casi vacío. Veinte mesas se repartían en el salón; sólo siete de ellas estaban ocupadas. Di Stefano, sonriente, pensó que aquella cena, conociendo las costumbres alimenticias —no sólo en cuanto a calidad, si no tam- bién en cuanto a cantidad— de Rajín, le iba a costar una pequeña fortuna. Suponía todo un derroche invi- tar en un restaurante caro de la Tierra a alguien que tenía como plato preferido las salchichas de castor.
El maitre les condujo a una mesa alejada de la en- trada. La eligió Di Stefano a propósito: las que la ro- deaban estaban desocupadas. El maitre les ofreció las cartas. Rajín echó un breve vistazo y la cerró aburri- do.
—Elige tú. Yo no sé de qué demonios trata todo esto. ¿Es que le cuesta al camarero decirnos lo que tiene para cenar? ¿Me tengo que leer un libro para to- marme una botella de vino? ¡Bah! ¡Estoy harto!
Di Stefano pidió vino y entrantes variados. De se- gundo, steak tartar para cada uno, ración doble para Rajín. El maitre se retiró haciendo una profunda in- clinación de cabeza.
—Creo que hoy he averiguado lo que estaba bus- cando estos días: algo que nos pusiese tras la pista de lo que debo encontrar. Un enlace, ¿entiendes? El últi- mo vehículo que salió esta noche por la puerta que tanto hemos vigilado nos llevará hacia nuestro objeti- vo.
Rajín frunció el entrecejo.
—¿De qué modo?
—Me propongo seguir al vehículo. Llevará sin duda dos ocupantes, aparte del conductor: el princi- pal, un alto cargo, y su secretario personal.
—¿Y?
—Seguramente dejará al secretario en primer lugar, antes de dejar en su residencia al alto cargo. Supongo que será alguien perteneciente a la jefatura del Insti- tuto. O, tal vez, algún obispo vinculado de algún modo.
Rajín le miraba dando muestras de no entender nada. Todo aquello le sonaba raro. Así que decidió ir a lo práctico.
—¿Y después?
—Después, secuestraremos al secretario. Y gracias a él, me enteraré de lo que necesito saber.
Rajín se rascó la cabeza.
—¿Por qué no ir directamente a por el pez gordo? En ese instante llegó el camarero con el vino. Mos-
tró la botella a Di Stefano y lo sirvió en las copas. Al
ver la insuficiente cantidad que le era servida, Rajín agarró la botella y se la quitó de la mano al camarero. Di Stefano le despidió con un gesto que venía a signi- ficar «Todo está bien, puede irse». Rajín se llenó el vaso y lo bebió de un trago.
—Bueno, contéstame, ¿por qué no ir a por el pez gordo?
—Por que nos es más sencillo ir a por el secretario. Y sabrá tanto como su jefe.
—¿Está protegido el jefe?
—De algún modo, sí. Abordarle nos resultaría más complicado. Y, tal vez, menos efectivo. Prefiero em- pezar por abajo.
Rajín se volvió a servir vino, llenando la copa hasta el borde.
—Bueno. Yo no estoy acostumbrado a trabajar así. Pero allá tú. Supongo que sabrás lo que haces.
El carísimo reserva pasó de la copa al gaznate de Rajín de un trago. Miró a Di Stefano durante unos se- gundos, entornando los ojos.
—¿Ya está? ¿Eso es todo cuánto tenías que contar- me? ¿Por eso estás tan alegre?
—¿Te parece poco?
—Sí —contestó convencido—. Muy poco.
—Pues aunque te parezca poco, es lo mejor que nos podía ocurrir. Y, además, no existe otra forma de en- carar el asunto con ciertas garantías. Es la mejor for- ma de comenzar. Seguiremos al vehículo. Interrogaremos al secretario.
En uno de sus gestos grandilocuentes, Rajín abrió los brazos y suspiró, dando a entender que le empeza- ba a aburrir aquella charla que él consideraba intras- cendente.
Di Stefano pensó que el arisio llevaba razón: ¿A qué venía esa alegría inusitada? No había conseguido nada: sólo se encontraba en el principio, sólo había obtenido una matrícula de un coche que llevaba a al-
guien que podía estar vinculado con el Instituto o no. Poca cosa. Pero tenía tantas ganas de acabar con aquel asunto.
Llevaban más de dos horas de espera, sentados en el vehículo alquilado, contemplando en silencio la puer- ta de servicio del recinto vaticano. Se habían aposta- do en una de las callejuelas que se abrían a la plazoleta, cerca del edificio donde habían estado vigi- lantes la semana anterior, y alejados de las farolas que iluminaban las calles. Para Rajín, el fin de semana había sido como esperaba: aburrido e insulso. El sá- bado acompañó a Di Stefano a alquilar el vehículo. Alquiló un modelo de última generación, un MB 540, que a Rajín le pareció tremendamente sofisticado, in- cluso maravilloso, aunque no supiera distinguir entre todos los que había visto en la Tierra: en Aris no ha- bía nada parecido.
Después, ya con el coche, fueron a una tienda de productos electrónicos, donde se sintió perdido. Di Stefano compró varios artilugios, cuya utilidad le re- sultaba imposible de imaginar, y una caja de herra- mientas que parecían las de un cirujano o un mago. A
media mañana, estaban de vuelta en el hotel. Di Ste- fano, en la mesa de la habitación, comenzó a desmon- tar algunos de los artefactos que había comprado con una maestría prodigiosa; hasta que, de tres o cuatro de ellos, formó uno. Con aquel artilugio, bajaron al garaje del hotel. Di Stefano colocó el mecanismo en el vehículo alquilado, y luego estuvo manipulando en el cuadro de controles. Y ahí se terminó todo cuanto tenía que ver, todo aquello que tenía que aprender.
¿Era mucho? ¿Era poco? No sabía decirlo. Se sintió más estúpido aún que en la tienda de electrónica. Después, comieron en silencio, Rajín de Sura perple- jo, sin atreverse a preguntarle la utilidad de lo que ha- bía hecho, y subieron a descansar a la habitación. A media tarde le propuso salir para tomar unas cervezas y buscar mujeres. El terrestre accedió. Al menos, el sábado terminó bien.
El domingo transcurrió aún más aburrido, según el criterio de Rajín. Di Stefano revisó el material que pensaba llevar, una y otra vez, casi con obsesión. Pro- bó varias veces en el garaje el mecanismo que había acoplado al vehículo. Y, por último, de nuevo en la habitación, le dio unas cuentas sugerencias sobre lo
que tenía que portar para el trabajo. Mantuvieron una dilatada conversación sobre venenos, en la que tuvo que explicarle los efectos principales y secundarios de lo que en principio elegía. Y, ahora, tenía guarda- dos en el bolsillo interior de su chaqueta los venenos que entre ambos al fin eligieron. Volvió a tocar el es- tuche de piel, como para cerciorarse de algo que no le hacía falta: ahí estaban Sueño Dulce, Lengua Vivara- cha, Rompe Voluntades, y el fatal Destino Final, den- tro de sus frasquitos de vidrio.
—Ahora.
Di Stefano puso en marcha el silencioso motor del vehículo. Una berlina negra salía por la puerta del re- cinto; después, giró señorial en la rotonda, y, tras ca- llejear, se introdujo en una avenida.
Unos veinte metros detrás, Di Stefano conducía sin dejar de mirar al vehículo. Continuaron con la discre- ta persecución durante varios minutos, hasta que la berlina llegó a la altura de un semáforo en rojo y se detuvo. Di Stefano hizo detenerse al MB 540, hasta parar a escasos centímetros de la carrocería de la ber- lina. Entonces accionó el mecanismo que había insta- lado en el panel de control. Un haz localizador cruzó
la distancia entre ambos vehículos y brilló en el para- golpes trasero de la berlina negra. Un simple y breve destello. Después, miró hacia una pantalla del cuadro de controles del vehículo.
—Tal y como esperaba, funciona.
Rajín le miró sin saber bien qué decir. La pantalla, que mostraba el plano de las calles de la ciudad, sólo había cambiado en un detalle: un punto rojo, intermi- tente, aparecía en el cruce donde ellos se encontraban ahora.
El semáforo cambió a verde. Ambos vehículos arrancaron. Di Stefano dejó que la berlina ganase dis- tancia; en la primera bifurcación que encontraron abandonó la persecución, girando a la derecha y dete- niendo el vehículo junto a un jardín. Apagó el motor y se quedó con la mirada fija en la pantalla.
El punto rojo continuó recto por la avenida, giró a la derecha, luego a la izquierda, y, tras algunos minu- tos de vaivenes por callejuelas cortas, se detuvo. Per- maneció quieto, parado en mitad de una calle que en la pantalla representaba apenas tres centímetros.
—Calle Evani, a la altura del número doce —musi- tó Di Stefano a la grabadora. Después miró sonriente a Rajín—. Ahí tenemos a nuestra presa.
Tras un momento de parada, el punto rojo comenzó a moverse por la pantalla. Di Stefano arrancó el vehí- culo. Dio marcha atrás y volvió a la avenida que aca- baba de abandonar. A buen ritmo, siguió el recorrido que la berlina había realizado momentos antes, aveni- da adelante, luego un giro a la derecha, después a la izquierda. Pasó de largo por la calle Evani, mientras intentaba no perder de vista la pantalla. Según el pla- no, la berlina se internaba en una zona residencial a medio camino entre la ciudad vieja y Nueva Roma. Unos minutos después, se detuvo definitivamente.
—Avenida de Abisinia, número veinte. Estupendo. Ahí tenemos al otro.
Mientras seguían el devenir de la berlina, el vehícu- lo se había internado en un laberinto de calles cortas. Di Stefano condujo, guiándose con el plano, hasta volver a la calle Evani. Volvió a pasar de largo ante el número doce, esta vez a menor velocidad. Se fijó en el edificio: una construcción de ladrillo de cuatro plantas con balcones de hierro forjado en la fachada.
Anónimos y lujosos apartamentos para profesionales bien pagados, en una zona de carácter exclusivo y discreto. Lo ideal para sus intereses.
Unos metros más allá aparcó el coche. Las calles estaban desiertas y silenciosas. Hizo un gesto a Rajín.
—Ahora esperaremos un rato.
—¿Vamos a subir a hacerle una visita? ¿O no?
—Sí —le contestó—. Pero es mejor esperar. Pillar- le dormido, o a punto de hacerlo. Conozco a esta gen- te. Habrá tenido un día agotador. Se irá a la cama en cuanto pueda.
—Oye, ¿y el aparatito este? —dijo, señalando a la pantalla, no muy seguro de lo que iba a decir—. ¿No sabrán que les hemos seguido?
—Nunca lo sabrán.
Rajín asintió. Miró la pantalla del vehículo con ges- to inescrutable.
En silencio, dejaron correr los minutos. Las luces de las ventanas de los edificios se fueron apagando, hasta quedar sólo unas pocas encendidas. Una hora después de aparcar, Di Stefano abrió la puerta.
—Vamos.
Salieron del vehículo. Lo único que se escuchaba en el silencio de la noche eran sus pasos presurosos. Llegaron al portal. Di Stefano comprobó la cerradura. Se volvió a Rajín.
—Una cerradura magnética antigua —le musitó—. No será difícil acceder.
Extrajo del bolsillo una tarjeta de la que colgaban dos cables. Introdujo la tarjeta en la rendija del lector. Acopló los cables a sendos bornes de algo que, por la forma y el tamaño, se parecía a una antigua pila vol- taica. Di Stefano manipuló con la punta de una uña en los botones del aparato. Unos segundos después, la puerta se abrió, acompañada de un pitido del lector de tarjetas. Di Stefano recogió el material y lo guardó. Entraron al portal.
Un panel, con el listado de casas y vecinos, ocupa- ba parte de la pared derecha. Di Stefano lo repasó en silencio. Había ocho pisos en el inmueble, dos por planta. Los dos pisos de la primera planta eran la ofi- cina de una inmobiliaria; en la segunda planta, estaba el despacho de una abogada y la vivienda de una mu- jer; los de la tercera planta, estaban ocupados por una profesora de ingeniería administrativa y por un hom-
bre; en la cuarta planta habían dos paneles: uno con nombre y profesión —un médico ginecólogo—, y otro vacío.
—Aquí le tenemos —Señaló hacia el panel que se encontraba vacío de nombre.
—¿Estás seguro?
—Casi del todo. Y si nos equivocamos, Sueño Dul- ce, y sin problemas, ¿de acuerdo?
Rajín asintió en silencio.
Subieron en el ascensor; marcó el cuarto piso. Di Stefano extrajo la petaca con las llaves maestras. Ra- jín, la mano en el bolsillo, agarraba la empuñadura de su daga Rilxe.
Llegaron a la planta cuarta. La puerta del ascensor se abrió, las luces automáticas se encendieron. Antes de abandonar el ascensor se pusieron guantes de cue- ro artificial. Salieron a un descansillo de reducidas di- mensiones. A ambos lados del ascensor se encontraban las puertas de los pisos. Con un vistazo, Di Stefano reconoció la cerradura de la puerta. Se tra- taba de una antigualla: una magnético – prensil de doble émbolo, que se abría mediante una llave metá-
lica de tres centímetros de longitud. Abrió la petaca. Eligió una llave.
—Preparado.
Rajín, tras él, miraba ceñudo la puerta, el cuerpo echado ligeramente hacia delante, presto a acometer. Di Stefano introdujo la llave. Tras unos segundos, sonó un ligero ruido: la señal de que los émbolos re- trocedían hasta la cerradura. La puerta se entornó. Di Stefano, mientras recuperaba la llave, abrió ligera- mente la puerta. Tras mirar el interior del recibidor, se volvió hacia Rajín sonriente, mientras con un gesto de su cabeza le indicaba que pasase tras él. Volvieron a cerrar la puerta. Afortunadamente, esta gente con- fiada no conocía la necesidad de sistemas de seguri- dad. En todo caso, pensó Di Stefano en un flash, aquello tampoco habría supuesto una dificultad insal- vable: él sabía cómo superar ese tipo de escollos.
En el recibidor, de una percha, colgaba una levita negra de tela: el cubre sotana. No se había equivoca- do. Señaló triunfante hacia la prenda.
No había luz en el apartamento. Di Stefano encen- dió una linterna. Sus pasos no produjeron ruido al-
guno: el suelo se hallaba recubierto de moqueta u otro tipo de alfombrado que amortiguaba el caminar. Pasaron al oscuro salón. De un pasillo que se abría al fondo les llegó el sonido de una respiración. Cruza- ron el salón; en el pasillo, corto y estrecho, se abrían a su vez dos puertas entornadas. La respiración pro- venía de la derecha. Di Stefano apagó por un momen- to la linterna. No lograba ver a Rajín con la tenue luz que se infiltraba desde la calle, pero podía escuchar los latidos de su propio corazón, acompañados por la sensación de vértigo que le acompañó siempre en si- tuaciones como aquélla. Escuchó la respiración ca- denciosa. Volvió a encender la linterna, y le hizo un gesto a Rajín, que, con aire profesional, extrajo el es- tuche de piel donde guardaba los venenos. Lo abrió con el gesto concentrado. Sacó una jeringuilla minús- cula y un frasquito. Cerró el estuche, se lo volvió a guardar. Comenzó a rellenar la jeringuilla con el lí- quido del frasquito, atento a su trabajo. Cuando el ari- sio terminó con los preparativos, miró a Di Stefano y asintió. Di Stefano empujó la puerta. Se introdujeron en la habitación. Rajín fue a situarse al lado izquierdo de la cama, mientras Di Stefano ocupaba el derecho,
tamizando la luz de la linterna con la mano. Un bulto, tapado por una sábana, ocupaba el centro de la cama. Con cuidado, Di Stefano se reclinó sobre la cama. Tomó posición sobre el durmiente, atento por si se despertaba. A un gesto de Rajín, la mano derecha de Di Stefano soltó la linterna y aprisionó la boca del durmiente, mientras los dedos de la otra se cerraron sobre la nuez. Volcó el peso de su cuerpo sobre el vientre. A la vez, Rajín le agarró el brazo derecho y le inyectó el líquido cerca del hombro. En toda la opera- ción invirtieron apenas dos segundos.
La figura se despertó de pronto. Intentó incorporar- se, pero no pudo. Torpemente, comenzó a forcejear para librarse de la presa.
—Chsss. Silencio —Le ordenó Di Stefano en voz baja—. No hagas tonterías, y nada te pasará.
El recién despertado volvió a forcejear, con más ímpetu ahora, mientras sus intentos de provocar un chillido terminaron convertidos en un mortecino ge- mido. Rajín, sin soltarle el brazo donde acababa de inyectarle el veneno, se guardó la jeringuilla y el fras- quito de Lengua Vivaracha, y le agarró con el otro brazo las piernas. Di Stefano le apretó la nuez, hasta
que, unos segundos después, notó la relajación del cuerpo de la víctima y soltó su presa. Los efectos del veneno enseguida se dejaron notar: comenzó a parpa- dear con rapidez, mientras la tensión del cuerpo se desvanecía. Al final, cerró los ojos.
—Llevémosle al salón.
Sobre una mesita había una lámpara de noche. Di Stefano la encendió. Apagó la linterna y se la guardó. Rajín agarró a la víctima por los hombros, Di Stefano por los pies. Los miembros habían quedado totalmen- te laxos; el cuerpo se asemejaba a un pelele. Le baja- ron de la cama, y le llevaron hasta el salón, medio en vilo, medio a rastras, el cuerpo en una postura cónca- va, el culo arrastrando por el suelo.
—Enciende la luz.
Rajín localizó el interruptor. Una lámpara de techo inundó el salón con una luz poderosa que les resultó molesta.
—Apágala. Enciende esa lámpara de pie.
Rajín apagó la luz. Encendió una lámpara de lectu- ra, situada tras un antiguo sillón de orejas. Una luz te-
nue, que apenas envolvía a las tres figuras, se hizo en la habitación.
—Sentémosle.
Ayudó a Di Stefano a sentar a la víctima en el si- llón.
—¿Y ahora? —Le preguntó Di Stefano en voz baja.
—Esperemos unos minutos. Poco a poco su mente despertará —le contestó Rajín—. Lengua Vivaracha tarda poco en empezar a hacer su efecto, como habrás comprobado. Cuando empieces a interrogarle, haz caso de lo que te dije: preguntas cortas y directas. Y hazle unas cuantas preguntas de prueba. Por si acaso.
Acercaron dos sillas hasta colocarlas frente al sillón que ocupaba su víctima. Se sentaron a esperar. Di Stefano conectó la grabadora. Musitó unas palabras.
—Sujeto de aproximadamente cuarenta o cincuenta años, alto, delgado, unos ochenta kilos de peso. Blan- co, de pelo oscuro, ojos grises.
Rajín, mientras Di Stefano describía al individuo, asentía con la cabeza, pendiente de la víctima, que dormitaba relajada. Un par de minutos después, abrió los ojos de súbito. Como si acabase de despertar de
una pesadilla, o como si aún estuviera en ella, les miró sobrecogido. Una voz pastosa, pero audible, co- menzó a brotar. Apenas se movían sus labios al ha- blar.
—¿Quiénes son? ¿Estoy despierto?
Rajín miró sonriente a Di Stefano. Dibujó un gesto que le invitaba a comenzar. Este le devolvió una son- risa torva, y se dirigió a la víctima, mientras volvía a conectar la grabadora.
—¿Cómo te llamas?
Su cabeza descansaba sobre el hombro izquierdo. Hubo algún intento de enderezarla, pero siguió en la misma posición. El interpelado parecía luchar contra algo en su interior. Al fin, compuso una mueca débil que denotaba esfuerzo.
—No puedo moverme. ¿Estoy muerto?
—Contesta.
Durante unos instantes pareció dudar. Al fin, los restos de su voluntad fueron vencidos. Sus párpados se entornaron. Su mirada se cubrió con un velo mor- tecino y acuoso.
—Me llamo Alexander O’Riordan.
—No te conozco —le dijo Di Stefano, aunque pare- ció que hablase consigo mismo— ¿A qué te dedicas?
—Soy religioso.
—¿Y cuál es tu función dentro de la Iglesia?
—Soy secretario.
—¿De quién?
—Del Jefe de la zona A del Instituto Católico de In- vestigaciones Científicas.
—¿Cómo se llama ese Jefe?
—Da Silva. Eduardo Da Silva.
Di Stefano asintió y sonrió para sí. Así que Da Sil- va había ascendido. Y de qué manera.
—Dime dónde vive tu jefe, Da Silva.
—En Roma. Avenida de Abisinia, número veinte.
—¿Dispone de vehículo oficial?
—Sí.
Era cierto. El veneno actuaba satisfactoriamente: ningún miembro del Instituto desvelaría ese tipo de datos de forma voluntaria. El cerebro de aquel desdi- chado se había abierto a él, libre de cualquier volun- tad propia. A Di Stefano, durante un destello, le
vinieron a la mente los Druidas Verdes. Se vio a sí mismo sentado en aquel sillón. Sintió lástima.
—Dime el organigrama completo del Instituto en la actualidad.
Rajín se dirigió a Di Stefano con un gesto de des- aprobación.
—Preguntas cortas y directas. Vas a conseguir que su mente se líe como una madeja de lana.
Pero O’Riordan respondió.
—Jefe Supremo, Su Santidad León veintiocho. In- quisidor Jefe, Dusda Mbar. Ayudante Segundo Inqui- sidor, Connors. No sé su nombre de pila.
—Continúa.
—Hay al menos un inquisidor más, pero no sé quién es ni a qué se dedica... aunque tiene casi tanto poder como los anteriores.
Tomó aire produciendo un silbido agónico. Di Ste- fano y Rajín de Sura se miraron. Pero el arisio negó con la cabeza, quitando importancia al hecho. El se- cretario continuó su perorata.
—Dos divisiones: Científica y Operaciones. La Científica está a cargo de Piero Pezzolli, obispo asi-
milado al cargo. Hay a su vez dos subdivisiones den- tro de la Científica: Experimentación y Propaganda. Experimentación está a cargo del propio Pezzolli. Propaganda a cargo de Kelly.
—Espera. Para. Háblame de Experimentación.
—Pezzolli controla el centro de experimentación de Roma. Depende directamente de los dos Inquisidores. Toda su actuación.
—Para —Di Stefano arrugó el ceño. Aquello le pa- recía extraño—. ¿Pezzolli sólo controla el centro de experimentación de Roma? ¿Quieres decir que no hay centros de experimentación repartidos por la Tie- rra?
—No. Sólo el centro de Roma. No hay más.
—¿Y fuera de la Tierra?
—No. Sólo el de Roma.
—¿Ya no hay centros de experimentación, pues?
—Sólo Roma.
Di Stefano dudó qué preguntar durante unos instan- tes. O’Riordan permanecía con el rostro inalterable, sin fijar la vista en ningún lugar concreto. ¿Ya no ha-
bía centros de experimentación? ¿Sólo el de Roma?
¿A qué se dedicaba, entonces, el Instituto? Tal vez.
—¿Colabora algún laboratorio con el Instituto?
—No.
—¿Nadie de fuera colabora con el Instituto?
—Nadie.
Sólo quedaba el centro de experimentación de Roma. Curioso. Antes, una red de centros de experi- mentación se extendía por toda la Tierra, y cada vez que tenía posibilidades económicas, el Instituto crea- ba un centro nuevo. Ahora, sólo funcionaba el de Roma. Un cambio brusco, motivado con seguridad por algo que a Di Stefano le resultó conocido: evitar lo que ocurrió unos años atrás, prevenir el desorden, el descontrol. Una medida de lo más lógica.
—Continúa con el organigrama.
—Pezzolli controla el centro de Roma. Informa di- rectamente a los Inquisidores. Propaganda, al mando de West, trabaja de cara al exterior. Su organización interna.
—Olvídate de Propaganda. Háblame ahora de Ope- raciones.
—Operaciones: Seis Jefes de zona, uno para cada zona. En Roma.
—Para. ¿Cuáles son esas divisiones?
—División A: sede en Roma. Europa y Asia Cen- tral. División B: sede en Lagos. Africa y Oriente Pr- óximo. División C: Sede en Managua. América del Norte y Central. División D: Sede en Lima. Sudamé- rica. División E: sede en Osaka. Extremo Oriente, Oceanía y Resto del Mundo. División F: sede en Bue- na Esperanza, Lira Cinco. Colonias Exteriores.
No coincidían con las antiguas divisiones del Insti- tuto. Tampoco con las Confederaciones Territoriales Terrestres. Un original organigrama el que habían creado Mbar y los demás... con una División para los planetas colonizados. Otra previsible novedad.
—¿No hay más subdivisiones en Operaciones?
—No.
—¿No existen Control ni Organización?
—No.
—¿Sólo se subdivide en zonas de operaciones?
—Sí.
—¿Qué controlan los Jefes de zona?
—Los agentes y operaciones de su zona.
—¿De quién dependen directamente?
—De los Inquisidores.
—¿No tienen un jefe común aparte de estos?
—No.
—¿Tienen contacto entre ellos?
—No lo sé.
—¿No les está permitido?
—No entiendo la pregunta. La obligación de man- tener relaciones entre los jefes de zona no está esta- blecida en el reglamento del organigrama.
—¿Cuáles son las funciones de los agentes?
—Su orden fundamental es cumplir con las órdenes de su jefe de zona.
—¿Cuáles suelen ser esas órdenes?
—Recabar información sobre experimentación ci- vil. Captar especialistas en biología, química y medi- cina. Destrucción de trabajos. Destrucción de elementos potencialmente peligrosos.
Lo mismo que había realizado él durante sus tiem- pos de agente. En eso no había cambiado el Instituto.
Miró a O’Riordan. De su boca caía un hilo de baba. Di Stefano permaneció concentrado en su rostro, su mente trabajando febril. Comenzó a sentir el corazón latir con más velocidad: ahora iba a hacerle las pre- guntas cruciales, las que le desvelarían parte del mis- terio. En cierto modo, el resto de la información podía ser considerada irrelevante si aquellas pregun- tas eran respondidas de una manera diferente a como él esperaba.
—¿Qué sabes del doctor Heinz?
—Murió.
—¿Dónde?
—No lo sé. Creo que en Roma.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro o cinco años. No estoy seguro.
—¿Qué sabes sobre sus experimentos?
—No continúan.
Di Stefano comenzó a sudar. Tomó aire en una ins- piración profunda, intentando conseguir que su mente se aclarara, que sus preguntas fueran más concisas.
—¿Quién dio la orden de no continuar con los ex- perimentos de Heinz?
—Los Inquisidores.
—¿Murió Heinz por orden de los inquisidores?
—No lo sé.
—¿Dónde estaba Heinz antes de morir?
—Aquí, en Roma.
—¿Y sus ayudantes, su laboratorio?
—En Roma.
—¿De qué murió Heinz?
—Un derrame cerebral. Creo.
Así que era cierto. Heinz había sobrevivido. Habían abierto un nuevo laboratorio en la Tierra. Pero no al- canzaba a vislumbrar los motivos. ¿Para qué? ¿Para luego no continuar con las investigaciones?
—¿Qué sabes del padre Mauricio Groepius?
—No sé quién es.
—¿Sabes qué descubrió Heinz?
—No.
—¿No sabes nada sobre sus experimentos?
—Eran de tipo biológico.
O’Riordan permaneció mudo. Rajín agarró del bra- zo a Di Stefano con la intención de captar su aten-
ción. Para el arisio, el interrogatorio estaba adquirien- do un interés insospechado.
—Esa clase de preguntas están fuera de lugar —le dijo en susurros—. Sé más conciso.
Di Stefano asintió. Decidió ir a lo práctico.
—¿Dónde está el centro de experimentación de Roma?
—Complejo industrial Mazzoni.
—¿Dónde se halla el complejo Mazzoni?
—A las afueras de Nueva Roma, carretera de cir- cunvalación sur.
—¿Cómo puedo encontrar el centro dentro del complejo?
—Busca el edificio de la editorial Lux.
—¿Ese es el centro de experimentación?
—Sí.
—¿Todo el edificio?
—No.
—¿Qué parte del edificio es el centro de investiga- ción?
—Los sótanos.
—¿Cómo se accede a los laboratorios una vez den- tro del edificio?
—Entras en un ascensor y esperas. Llaman al as- censor desde una cabina de control que está en los la- boratorios, a la entrada. Tú no puedes hacer descender el ascensor; son ellos quienes lo hacen.
—¿Hay un control antes de entrar en el edificio?
—Sí.
—¿De qué tipo?
—Vigilancia habitual clase uno.
—¿Y una vez dentro, tomas el ascensor hasta los laboratorios?
—Sí.
—¿A qué se está dedicando el personal científico en estos momentos?
—Investigan para hallar una vacuna.
—¿Una vacuna? ¿Contra qué?
—Para combatir las fiebres palúdicas de las zonas pantanosas de Lira Cinco.
—¿Sólo trabajan en eso?
—Sólo.
—¿Sueles ir al centro de experimentación?
—A veces.
—¿Solo o con Da Silva?
O’Riordan tardó en contestar. La saliva comenzó a derramársele por todo el labio inferior. Las palabras brotaron en un balbuceo apenas inteligible.
—Siempre con Da Silva.
—¿Hay alguna zona restringida en los laboratorios?
—Toda la zona es de acceso restringido.
—Me refiero a dentro de la zona restringida. ¿Hay alguna otra donde haya que acceder con algún permi- so oficial?
—No.
—¿Hay algún otro edificio o zona que dependa de Experimentación con acceso restringido?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Dos.
—Dime cuáles son.
—Uno, dentro del vaticano, en el edificio central del Instituto. A Experimentación sólo se puede acce- der con permiso especial.
—¿Qué hacen allí?
—Archivo. Es un archivo.
—¿Y el otro?
—El Palacio Pertini.
—¿Dónde está situado?
—En la carretera a Nápoles.
—¿Sabes qué hay en ese palacio?
—No.
—¿No has ido nunca?
—Nunca.
—¿No sabes qué guarda el Instituto en ese palacio?
—No.
—¿Da Silva ha ido alguna vez?
—No lo sé.
—¿Dónde está la oficina central de Operaciones de la zona uno?
—En el edificio central del Instituto, dentro del Va- ticano.
—¿No hay otra?
—No.
—¿Cómo sabes que ese palacio pertenece al Insti- tuto? ¿Cómo sabes que depende de Experimentación?
—Lo sé.
—¿No lo mantienen en secreto?
—¿En secreto? Todo es secreto.
Las últimas palabras de O’Riordan apenas se escu- charon. Tenía toda la boca llena de saliva, que le caía por el mentón hasta mojar su pecho. Di Stefano sus- piró. Durante unos segundos permaneció pensativo, su vista clavada en la figura desmadejada del sillón, intentando encontrar alguna pregunta que se le hubie- se olvidado realizar. Aunque no había conseguido to- das las respuestas a las dudas que le atormentaban, se podía dar por satisfecho: conocía el nuevo organigra- ma del Instituto, estaba al tanto de los cambios, pudo corroborar que, de una manera tangencial, las cosas caminaban como él había imaginado. Se levantó de su silla y paseó por el salón, rodeando el sillón donde reposaba muda su víctima. Al final, decidió dar por concluido el interrogatorio.
—Llevémosle a la cama.
Entre Rajín y él izaron el cuerpo del sillón. Rehi- cieron el camino hasta la habitación. Le dejaron sobre la cama. El arisio, mirando a O’Riordan, se rascó la barbilla.
—¿Y ahora? ¿Le inyecto Sueño Dulce?
Si Lengua Vivaracha había conseguido paralizar el cuerpo y la voluntad del secretario haciéndole hablar por los codos, Sueño Dulce haría que durmiese como un recién nacido, hasta despertar diez horas después sin recordar absolutamente nada de lo que le había ocurrido. No desconfiaba de Rajín, ni de los efectos del veneno; pero no podía arriesgarse a que O’Rior- dan pusiera sobre aviso al jefe de la zona A.
—¿Qué recomiendas?
El arisio compuso su habitual aire profesional.
—Sueño Dulce hará que no recuerde nada sobre nosotros o sobre el interrogatorio. Ni siquiera como si se tratase de una pesadilla. Al despertar, lo único que tendrá será un fuerte dolor de cabeza. Pero, si prefie- res eliminarle de una manera discreta, nada como Destino Final. Los efectos del veneno son lentos,
pero imparables. Vivirá dos o tres días más a lo sumo. Luego, de repente, sin síntomas previos, morirá de un ataque al corazón. Nosotros podemos estar lejos para entonces.
Di Stefano dejó que Rajín demostrase sus conoci- mientos profesionales, aunque recordaba a la perfec- ción la conversación mantenida al respecto en la habitación del hotel. Según dedujo de aquella conver- sación, Destino Final apenas dejaría rastros en el or- ganismo. De hacerle algún tipo de autopsia, encontrarían varias sustancias que despistarían a los médicos. Aunque dudaba que Destino Final pasase tan desapercibido, no tenía manera de probarlo. Era un riesgo que había que asumir.
Por descontado, no entraba dentro de sus planes matar a aquel pobre desgraciado. Pero, tal vez, el comportamiento del secretario levantase recelos en los próximos días. Y también era posible que una simple regresión hipnótica a la que fuera sometido desvelase el interrogatorio. En cualquier caso, no po- día dejar vivo demasiado tiempo al secretario para que, en cualquier momento, despertase alguna sospe-
cha en algún espabilado del Instituto, y éste decidiese indagar en su mente.
Así que, tras unos segundos de duda, dijo con voz apagada:
—Adminístrale los dos. Sueño Dulce y Destino Fi- nal.
Rajín asintió. Volvió a extraer el estuche de los ve- nenos. Sacó los frasquitos correspondientes, uno re- lleno de un líquido rosado, el otro de un líquido negro que parecía petróleo, y la jeringuilla. La rellenó con el veneno rosado, Sueño Dulce. Con la yema de sus dedos indagó en la nuca de O’Riordan, hasta que en- contró un sitio apropiado. Levantó los cortos cabellos hasta dejar ver la piel blanquecina. Le inyectó la do- sis. Sin cambiar de jeringuilla, la rellenó con Destino Final. Esta vez eligió las piernas. En el tobillo dere- cho, cerca del talón de Aquiles, le inyectó el líquido que acabaría con su vida unos días después. Di Ste- fano sintió un nudo en la garganta.
—Bien, ya está —dijo Rajín mientras guardaba su material en el estuche de piel—. Podemos irnos.
Di Stefano tapó con la sábana al secretario. Estiró sus piernas, varió la posición de la cabeza en la al- mohada. Era lo último que podía hacer por aquel des- dichado. Al menos, que durmiera en una postura lo más cómoda posible. Apagó la lámpara de noche.
Abandonaron la habitación. En el salón colocaron las sillas en su lugar y apagaron la luz de la lámpara. Sin necesidad de utilizar la linterna, llegaron hasta la puerta de la vivienda. La abrieron y cerraron con cui- dado, procurando hacer el menor ruido posible. El as- censor seguía en la planta cuarta. Entraron en él y descendieron hasta el portal.
En silencio, salieron del edificio. Caminaron con rapidez por las calles dormidas, hasta llegar al vehí- culo.
Durante el trayecto hasta el hotel, Di Stefano per- maneció taciturno. Podría decirse que había encontra- do lo que estaba buscando. Ahora, una simple comprobación y a marcharse a casa. Pero le dolía profundamente haber tenido que eliminar al secreta- rio. Lo cierto es que, desde que se estableció en Pá- lasti, jamás tuvo que asesinar a nadie. Y, antaño, en sus tiempos de agente, tampoco era lo habitual. Sólo
tuvo que asesinar como último recurso. Respiró hon- do. Estuvo tentado de ponerse a rezar.
La noche transcurrió lenta para Di Stefano. En un pri- mer momento, fueron las estrambóticas salmodias de Rajín de Sura, mucho más largas hoy de lo habitual, las que le impidieron conciliar el sueño. ¿Estaría pi- diendo disculpas a sus dioses por lo que acababa de hacer? ¿O dando las gracias? Después, cuando por fin su propia conciencia le dejó dormir, tuvo varias pes- adillas. Pero al despertar sólo recordó bien una: Ale- xander O’Riordan entonando los rezos de la religión ortodoxo-panteísta, sentado en su sillón de orejas, mientras se pinchaba voluntariamente en el brazo con una jeringuilla llena de un líquido verde como las ca- pas de los druidas.
Se levantó tarde. Cuando iba hacia el cuarto de baño vio a Rajín, ya vestido, desayunando en la sali- ta. Parecía llevar bastante rato despierto, y devoraba una tostada. Se giró al verle. Como único saludo mo- vió la cabeza. No parecía cansado, ni que hubiera pa- sado media noche en vela rezando. Tenía un aire fresco.
—Desayuna, Bellini. Tenemos trabajo que hacer. Y, cuanto antes lo terminemos, antes llegaremos a casa.
Se aseó con celeridad y desayunó más rápido aún. El arisio tenía razón. Cuanto antes terminase todo, mejor. Recordó que aún no había utilizado el trans- pondedor que le había dado Palacios. Sólo pretendía usarlo cuando estuviera seguro de haber alcanzado el objetivo. Nunca antes. Era una carta que se guardaba, para poder utilizar la información si era necesario.
¿De qué le valdría a él haber informado del interroga- torio de la noche anterior? Pues, posiblemente, para que Palacios supiera la localización del centro. En- tonces, ¿qué le impedía no cumplir su parte del trato? No. Debía ser inteligente. Pero tampoco quería mos- quear a Palacios. Cuanto antes pudiera jugar sus ba- zas, mucho mejor. Así que bajaron al coche sin perder tiempo y se pusieron en movimiento.
El Palacio Pertini se alzaba sobre una colina a unos centenares de metros de la autopista a Nápoles. Di Stefano y Rajín, en el vehículo alquilado, pasaron va- rias veces por la desviación de la carretera que, a tra- vés de un camino asfaltado, y tras pasar una valla cerrada de cinco metros de altura, llevaba hasta el pa-
lacio. Como siempre, el aire de normalidad presidía el entorno: nada hacía prever que allí hubiera algo importante. Casi desapercibido desde la carretera, ta- pado por una frondosa arboleda, pasaba por ser la mansión de alguien amante de la tranquilidad. Poco más se podía observar.
A la hora de comer, Di Stefano no creyó oportuno dar más inútiles pasadas sobre el palacio, apretó el acelerador, y condujo el vehículo hacia Roma.
Al llegar a uno de los arrabales de la ciudad, detuvo el vehículo frente a un restaurante cercano a la auto- pista, repleto de trabajadores. Se sentaron al fondo y Di Stefano pidió dos menús. Cuando estaban termi- nando su comida, se dirigió a Rajín.
—Esta tarde alquilaremos un vehículo aéreo y ob- servaremos la zona posterior.
Rajín parecía ausente. De vez en cuando clavaba su vista en una mesa cercana a la entrada. Pero lo hacía durante un instante tan breve que Di Stefano no pudo darse cuenta. Las palabras parecieron despertarle de un sueño.
—Ya.
—Y tal vez deberíamos hacer algunas averiguacio- nes más... Tal vez me esperaba otra cosa. Ese pala- cio... dice mucho y no dice nada a la vez.
—¿Qué te propones?
—Raptar a alguien que trabaje ahí. A alguien de arriba. Le suministrarías Rompe Voluntades y, tal vez, algún otro veneno.
—Entonces, la idea es corroborar de una forma de- finitiva que se trata de este lugar.
—En efecto. De momento parece estar claro, pero tengo que cerciorarme del todo. Aunque no estoy del todo seguro de que un rapto... si pudiéramos hacerlo sin llegar a raptar a nadie.
Rajín, molesto, cortó la conversación. Si no había rapto, no había trabajo, ni asesinato, ni dinero. Al me- nos, eso pensó Di Stefano.
—Bien, como tú digas.
Terminaron la comida, Di Stefano silencioso, Rajín cariacontecido. Salieron del restaurante y se encami- naron hacia el vehículo.
Ya en el exterior, Rajín de Sura, intranquilo, giraba la cabeza una y otra vez. Di Stefano se percató.
—¿Ocurre algo?
Compuso un gesto de duda antes de contestar.
—¿Ves aquel tipo? No nos quitaba ojo en el restau- rante.
Di Stefano se volvió con sigilo. Tras ellos, a una veintena de pasos, había un hombre joven que se diri- gía, a paso lento, a un vehículo.
—Antes —continuó Rajín de Sura—, me ha pareci- do que un coche nos seguía. Bueno, no es que me lo haya parecido: estoy convencido de que nos seguía.
Di Stefano, que había conducido pendiente del pa- lacio Pertini, no tuvo ocasión de percatarse de que na- die les siguiera.
—¿Estás seguro?
—¿Cómo no iba a estarlo? Cambiamos de sentido unas cuantas veces. Y un coche negro hizo lo mismo. Una vez, pase; pero todas.
Di Stefano miró a Rajín de Sura con seriedad.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? No dudó en contestar.
—No soy alarmista: primero corroboro cada punto antes de emitir un juicio. Y, cuando no queda duda,
actúo. Al parar para comer, el vehículo negro también paró. Vi que se bajaba ese individuo que, casualmen- te, ha comido en el mismo restaurante que nosotros. Y que, mira por dónde, sale a la vez que nosotros.
Di Stefano a veces olvidaba con quién estaba tra- tando. Rajín de Sura no era un novato. Si le decía que alguien les seguía, es que era así. En cuanto a ese tipo, ¿quién podría ser? ¿Para quién trabajaría? Tal vez el Instituto ya estaba tras sus pasos. Aunque lo más probable era que se tratara de algún miembro de la policía arisia. Bueno, tal vez él no estuviera infor- mando, pero hubiera alguien que estaba narrando to- dos los pasos que daba. Algo lógico, por otra parte. Seguramente, esa noche aquel individuo mandaría un informe donde explicase que pasaron varias veces por un lugar determinado... De dejarle continuar, al final, la información de que dispusiera no tendría tanto va- lor. Había que salir de dudas.
—Vayamos al coche. Vamos a ver de quién se trata. Caminaron hasta el vehículo a paso deliberadamen- te lento. Al arrancar, vieron cómo el desconocido se dirigía, a paso más vivo que antes, hacia un coche ne-
gro.
Di Stefano condujo con precaución, para no perder al coche negro. Por otra parte, tampoco tenía prisa: no quería llegar a Roma con aquel tipo pisándole los talones. Concluyó que sería difícil sorprenderle en la ciudad, llevarle a algún lugar apartado e interrogarle. Por lo tanto, todo eso había que hacerlo antes de lle- gar a Roma.
La carretera cruzaba zonas residenciales, que co- menzaban a extenderse a ambos lados: barrios de ca- sas de una o dos plantas, alejados y rodeados de árboles. No era mala idea... seguiría alguno de los ca- minos hasta llegar al final de alguna de las urbaniza- ciones. Tal vez allí fuera todo más sencillo. No perdían nada por intentarlo.
Unos kilómetros más adelante encontró una desvia- ción. Un camino partía de la autopista y se introducía en una urbanización en construcción, rodeada de un bosque de pinos. Antes de abandonar la autopista, un cartel les dio la bienvenida a Nueva Pompeya. Ciu- dad Residencial. A través del retrovisor, vio que el coche negro hacía lo mismo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Rajín—. No tengo mis venenos... va a ser difícil que nos de infor- mación fiable.
Di Stefano no perdía ojo al retrovisor.
—Desde luego, no podemos permitir que continúe tras nuestra pista. Haremos lo que podamos. Si fuera posible retenerle aquí... tú te podrías quedar con él. Yo iría al hotel por tus venenos. Volvería con ellos y le interrogaríamos.
—No es mala idea —dijo Rajín de Sura.
Siguieron avanzando por el camino. A ambos lados se encontraban las estructuras de chalets en construc- ción, rodeadas de escombros y materiales. Los obre- ros acababan de terminar la jornada, varios vehículos de carga se cruzaron con ellos. Siguieron avanzando durante un buen trecho; el conductor del vehículo ne- gro pareció no tenerlo del todo claro: redujo la velo- cidad hasta casi detenerlo.
—Está empezando a desconfiar —comentó Rajín de Sura—. Tal vez intuye que está cayendo en una trampa.
—No tiene porqué. En todo caso, no le queda más remedio que seguir. Tiene que averiguar dónde va- mos. No le vale de nada quedarse a mitad del camino.
El coche negro, al fin, se detuvo. Di Stefano siguió conduciendo pese a todo.
—Sigamos. Tarde o temprano tendrá curiosidad.
El camino, unos cientos de metros más adelante, se estrechaba entre los escombros y montones de arena y cemento, para terminar frente al esqueleto de una mansión enorme. A su derecha, un camino pedestre se introducía en un bosquecillo de pinos. Di Stefano pasó de largo por la mansión y tomó el camino que le llevaba al bosque. Cuando no pudo continuar, detuvo el vehículo.
—Ahora, bajemos y esperemos.
Descendieron del vehículo. A paso vivo se situaron en un punto desde el cual se veía el camino principal, parapetados por la sombra del bosque. El coche negro parecía haber desaparecido.
—Tal vez se haya ido —comentó Rajín.
—Es posible, pero diría que no. Ahora, atento: no le queda más remedio que venir hasta donde tenemos
el coche a pie. Yo serviré de cebo; tú cógele por de- trás.
Rajín de Sura asintió. Fue, a cubierto de los pinos, hasta el borde del camino. Al fin, vio el coche negro: estaba aparcado tras una montonera de arenas. El ocupante ya no se encontraba dentro. Miró alrededor: no debería estar muy lejos. Sacó su automática, salió del bosque, y continuó camino adelante. Unos metros más allá, le vio. Iba hacia donde se encontraba Di Stefano, medio agazapado, mirando a derecha e iz- quierda con movimientos rápidos de su cabeza. Cuan- do vio a Di Stefano, que le apuntaba con un arma, echó a correr hasta refugiarse en el pinar. Di Stefano corrió tras él. El hombre se encaminó a la carrera ha- cia el coche, saliendo de la protección del bosque; tal vez esperase que Rajín no estuviera cerca. Al salir del pinar, frente al camino, se quedó parado un momento. Rajín permanecía parapetado tras el coche negro, apuntándole. El hombre levantó su arma. Al verle ha- cer ese movimiento, Di Stefano disparó. Y el hombre cayó al suelo. Di Stefano y Rajín de Sura, jadeando, se reunieron al lado del cadáver.
—Le tenía a tiro —dijo Rajín—. Si hubiera queri- do, le habría acertado entre los ojos. Pero, ¿no querías interrogarle? ¿Por qué le mataste?
—No pretendía matarle. Apunté a la parte posterior del muslo derecho.
El arisio se agachó sobre el cadáver. Señaló la en- sangrentada nuca.
—¿Por qué disparaste? Le habría hecho arrojar el arma y habría sido nuestro.
—Pensé que te había cogido por la espalda. Vi que iba a disparar. No tenía otro modo de detenerle.
—Bueno, pues lo cierto es que le has matado. Te precipitaste, Bellini.
—Mierda... —Masculló Di Stefano.
Ahora no podría interrogarle. Si por lo menos lleva- ra encima algo que les diera una pista.
—Al coche. Veamos si hay algo.
Revisaron a fondo el vehículo negro. No había nada de interés. Del cadáver cogieron el arma, una cámara que encontraron en un bolsillo, y un pasaporte que llevaba en otro bolsillo interior de la chaqueta. Eso era todo. Di Stefano ojeó el pasaporte: era de Aris.
—Ayúdame.
Metieron el cadáver en el asiento del conductor del vehículo negro. A la carrera, llegaron hasta su coche. Montaron, Di Stefano arrancó el motor y, levantando una polvareda blancuzca del camino, hizo girar media vuelta al vehículo, dirigiéndolo a la máxima veloci- dad que permitía el firme a la autopista. Había que moverse rápido.
—Así que ese tipo era arisio... —comentó Rajín de Sura mirando su documentación—. Vaya. ¿Y qué pin- taba aquí?
Di Stefano miró de reojo el pasaporte que sostenía su compañero en sus manos. Podía ser verdad o no que viniera de Aris. En cualquier caso, demasiada co- incidencia... había muchas posibilidades de que fuera cierto. ¿Sería de la policía secreta de Aris? La pre- gunta la contestó rápido: sí.
Rajín de Sura, a ratos miraba la documentación, a ratos a Di Stefano.
—Ahora tendremos que cambiar de hotel —dijo Di Stefano—. Nos tienen localizados.
—¿Quién?
—Posiblemente, los mismos para los que trabajo.
—Entonces este tipo.
—Estoy convencido de que seguía nuestros pasos para informar de los mismos. Es una forma bastante usual de asegurarse la información. Hoy habría man- dado un parte detallado sobre nuestra excursión mati- nal. Y alguien sabría que el centro se halla en una zona determinada.
—Ya, te entiendo.
—Si me pasase algo, o si los quisiera traicionar, ellos ya tendrían casi toda la información que preci- san. Así funcionan estas cosas.
Continuaron el camino en silencio.
Llegaron al hotel y recogieron el equipaje. Como tenía por costumbre, Di Stefano había pagado por an- ticipado, y dejó de propina el sobrante. No podían quedarse en el hotel ni un minuto más. Aquel arisio, con seguridad, habría comunicado dónde se encontra- ban alojados. Condujo el coche por las calles de Roma, hasta que encontró lo que buscaba: una pen- sión barata para estudiantes, ruidosa y bohemia, don- de pasar desapercibidos entre la multitud y el ruido.
Una vez en la habitación, volvieron a inspeccionar las escasas pertenencias del cadáver. Rajín cogió la pisto- la automática y se la guardó en la cintura. Di Stefano consultó la cámara. Poco pudo deducir: era un mode- lo estándar, de los que enviaban las imágenes a una unidad de memoria, que estaría sin duda donde quiera que el arisio se hubiese alojado. Mal asunto. Alguien sabía casi tanto como ellos.
Esa noche utilizó el transpondedor. Tenía varios mensajes requiriéndole información. Ignorándolos, los borró. El mensaje que mandó fue lacónico: SIN PISTAS CLARAS. Llegaría a Aris un par de días des- pués, cuando, posiblemente, ya se encontrasen de vuelta a casa. Eso esperaba Di Stefano.
Durante todo el día permanecieron en la habitación de la pensión, descansando. Sólo bajaron a la calle para comprar comida. A media tarde se pusieron por fin en movimiento.
A Di Stefano le costó trabajo encontrar un vehículo aéreo: todas las casas de alquiler de vehículos de Roma estaban dedicadas en exclusiva a los vehículos
terrestres, dada la prohibición de sobrevolar el centro de la ciudad, algo habitual en las ciudades principales de la Tierra. Al fin, en un polígono industrial de las afueras, pudo alquilar uno. Dejaron el vehículo te- rrestre en un aparcamiento público y volaron hacia el palacio Pertini; a la izquierda, perdida en la arboleda y la oscuridad, se extendía la carretera a Nápoles.
Rajín no viajaba muy cómodo, y prefería no mirar hacia abajo. De vez en cuando, se tocaba los fetiches del pecho, y observaba a Di Stefano, conduciendo el vehículo con lo que juzgó excesiva relajación.
Un rato —largo para Rajín— después de haber des- pegado, Di Stefano señaló a su izquierda. Abajo, en la distancia, la discreta iluminación del palacio Pertini simulaba un oasis de luz en medio de la oscuridad. Hizo descender el vehículo unos cuantos metros. En un claro entre la masa arbórea, descubrieron a la luz de la luna la silueta de una valla metálica. Di Stefano hizo que el vehículo permaneciera suspendido en el aire.
—Esta es la valla perimetral del complejo —musi- tó, más para sí mismo que para el arisio—. Pero se
encuentra demasiado alejada del palacio... una buena medida preventiva.
Hizo ascender el vehículo. Continuaron siguiendo la valla, que aparecía y desaparecía entre la arboleda, hasta que empezó a girar hacia la lejana carretera.
Di Stefano hizo girar al vehículo, volviendo hacia el claro. Al llegar al claro descendió el vehículo, has- ta posarlo en el suelo cubierto de hierba. Di Stefano saltó a la noche.
—Vamos.
Se encaminó hacia la valla. Cuando estaba a unos pasos de ella, se detuvo. Rajín salió del vehículo y le siguió a prudente distancia, no muy seguro.
—Lo más seguro es que tenga algún tipo de vigi- lancia sensorial. Mejor quedémonos aquí.
Durante unos momentos contempló la valla, inten- tando acostumbrar su vista a la semioscuridad. Paseó a izquierda y derecha. Vio que, a intervalos, unos pi- votes metálicos salían de los pilares. Di Stefano son- rió.
—También tiene vigilancia aérea.
Se dio media vuelta y volvió al vehículo.
—Nos vamos.
Una vez entró Rajín de Sura, hizo ascender el vehí- culo. Cuando se encontraban a doscientos metros de la vertical, Di Stefano lo condujo hacia las luces de Roma. Rompió el silencio de improviso, después de varios minutos de conducción.
—Juraría que se trata de este lugar. ¿Has visto la distancia que había entre la valla y el palacio? Sus buenos doscientos metros. Yo diría que no cabe la menor duda. No es necesaria tanta seguridad en un edificio común. En cuanto a lo de la vigilancia aérea... Sí, sin duda se trata de este lugar.
Rajín esbozó una sonrisa de satisfacción.
Un zumbido bajo e insistente sonó en el despacho. Monseñor Mauricio Groepius, que se hallaba tras la mesa sentado en el enorme sillón de piel, suspiró. Al final, pronunció la palabra al intercomunicador.
—Adelante.
—Es el agente Warsawa, Monseñor. Trae un infor- me.
—Que pase.
La puerta se abrió. El agente Warsawa, un hombre joven y espigado, se acercó hasta la mesa con gestos elásticos que no produjeron el más mínimo ruido.
—Siéntese.
Warsawa se sentó. Permaneció con el tronco rígido, como un militar que esperase instrucciones. Monse-
ñor Groepius, sin preámbulos, le dirigió la primera pregunta.
—Se preguntará para qué le he mandado llamar,
¿no es cierto?
Warsawa dudó qué contestar, aunque creía conocer la respuesta. Al fin, pensó que era mejor pasar por pretencioso que por estúpido.
—Me lo imagino, monseñor: por la muerte del pa- dre O’Riordan.
—Veo que no me he equivocado —dijo monseñor Groepius, asintiendo—. Parece ser usted tan compe- tente como suponía. También sabrá qué es lo que quiero, ¿no es cierto?
El padre Warsawa asintió.
—Una copia del informe de la autopsia. Y, tal vez, una nueva autopsia.
Monseñor sonrió. Había que reconocer que aquel joven era inteligente y despierto. Tal vez demasiado jactancioso, pero sin duda eficiente. Uno de los mejo- res que le quedaban.
—Muy bien, Warsawa. ¿Me lo puede proporcionar?
—Por supuesto.
El agente Warsawa se llevó la mano al interior de su chaqueta negra. Extrajo un disco.
—Aquí tiene. Acaban de terminarlo los forenses. Monseñor Groepius introdujo el disco en un termi-
nal. En la pantalla holográfica comenzaron a aparecer
diagramas, cifras, imágenes, radiografías... Durante unos minutos estuvo en silencio, observando el infor- me de los forenses. Al fin, apagó la pantalla.
—¿Qué opina?
El agente Warsawa carraspeó.
—Creo que está muy claro, monseñor. Murió enve- nenado, aunque quien lo mató se tomó la precaución de, al menos, intentar que el veneno pasase desaperci- bido. Eso sí, de una manera bastante... ¿cómo decirlo? ¿Chapucera, tal vez?
Monseñor Groepius asintió, mientras se rascaba el mentón.
—¿Y qué más ha averiguado?
—Nada más, monseñor. Esperaba sus órdenes para ponerme en movimiento.
Monseñor Groepius clavó su vista en el techo. Per- maneció así varios minutos, respirando hondo, hasta
quedar tan absorto que no se acordó que estaba War- sawa en su despacho. Volvió a la realidad de golpe.
—Muchas gracias, agente Warsawa. Ya le llamaré más adelante.
El aludido se levantó de su silla. Sin duda esperaba algo más de la entrevista.
—¿Eso es todo, monseñor?
—Sí, gracias.
Warsawa salió del despacho, tan felinamente como había entrado. Ni siquiera hizo ruido la pesada puerta de madera al cerrarse. Monseñor Groepius acompañó con su mirada al joven agente. Después de que éste su hubiese marchado, permaneció unos segundos mi- rando la puerta. Su imaginación le traicionaba. ¿Sería posible? Estaba llegando a unas conclusiones que po- drían ser precipitadas... Conectó su terminal y dijo al interfaz:
—Ponme con Salvatore.
Al cabo de unos segundos, en la pantalla apareció el rostro de blancura nívea de un sacerdote más que anciano.
—Dígame, Monseñor.
—Salvatore, tú, como bibliotecario, como hombre erudito, tienes que ayudarme —siempre que hablaba con aquel viejo, le gustaba recrearle los oídos—. ¿Me puedes decir a qué te suena esto?
Le envió parte del informe de la autopsia. El an- ciano, mientras lo estudiaba, compuso un gesto de ex- trañeza.
—Yo diría que se trata de un veneno, Monseñor.
—Sí, eso es lo que yo pensaba. Y lo que a todas lu- ces es. Y, ¿cuál puede ser su procedencia?
El anciano pareció meditar.
—Tengo mis dudas. Debería consultarlo. Pero, yo diría que del planeta Aris o de Lira Cinco.
Monseñor asintió sombrío.
—Gracias, Salvatore.
—¿Desea que profundice sobre el asunto, Monse- ñor?
—Sí, desde luego.
—Entonces me pongo a ello, Monseñor. Si no de- sea nada más.
La comunicación terminó. Monseñor Mauricio Groepius, la mirada perdida en el techo, no dejaba de pronunciar en voz baja una palabra:
—Aris, Aris, Aris.
Sin dormir, inquieto como el rabo de una lagartija, yendo y viniendo de un punto a otro, de una posibili- dad a otra, Di Stefano pensó que la única que le que- daba, que desechó en primer término, era la de vigilar la entrada al palacio. Plantarse frente a la entrada y anotar cuidadosamente las entradas y salidas de vehí- culos y personal. Y después... ¿Qué? ¿Repetir los pa- sos dados en el Vaticano? Lo cierto es que la idea no le convencía del todo. No se trataba del Vaticano, ni de la sede oficial del Instituto, ni de nada parecido. Era un centro de experimentación lo suficientemente secreto como para mantener también bajo el mismo secreto a su personal. Tal vez, ni tan siquiera se utili- zase para entrar y salir del complejo la entrada princi- pal, ni ninguna otra secundaria; tal vez habría túneles que comunicaban con discretas entradas a kilómetros de distancia... El plan no le convencía. Pero no tenía otro si quería corroborar lo que ya sabía.
O, tal vez, sí: podría utilizar un cebo para hacerles salir. Tal vez así, se ahorrarían varios días de vigilan- cia y la incertidumbre de acertar con el rapto de la persona adecuada. Además, no levantaría sospechas. Y en cuanto viera lo que tenía que ver, saldrían dispa- rados a buscar un pasaje lo más discreto posible a Aris. Sí, irían a Trípoli a conseguirlo. Les pillaba cer- ca.
—¿Ya tenemos algo?
La imagen holográfica de Salvatore, sonriente bajo los millares de arrugas de su rostro, asentía.
—Así es, monseñor. Ahora mismo le mando el in- forme.
Su cabeza se agachó durante un instante, mientras manipulaba en su terminal. Luego la levantó y miró con los ojos acuosos llenos de una expectación que, pese a los años, parecía infantil.
—Llevaba razón, monseñor. Al principio dudé en- tre Lira Cinco o Aris. Pero no me equivoqué en exce- so: se trata de Aris.
Monseñor Groepius suspiró.
—Aris.
—Sí, Monseñor. Y hay algo más que verá en mi in- forme. El individuo en cuestión no murió sólo por los efectos de un veneno: le fueron suministrados varios venenos diferentes. Pero con cierta lógica de uso, si me permite la expresión.
Durante un espacio indeterminado de tiempo, Sal- vatore calló, esperando alguna palabra o reacción en monseñor Groepius. Pero éste permaneció ausente, como si supiera de antemano lo que le estaba expli- cando. Al fin, continuó con lentitud, esperando que monseñor siguiese su discurso, dándole tiempo a re- tomarlo en el caso de que lo hubiera perdido.
—Concretamente, he encontrado rastros de tres ve- nenos distintos. Todos proceden de Aris y, al parecer, son bastante populares en ese planeta... entre las gen- tes que acostumbran usarlos, por supuesto. Incluso he podido averiguar sus nombres.
Acercó un tomo encuadernado en piel a su cámara.
—Aquí tenemos una pequeña joya bibliográfica, la Enciclopedia de Venenos Arisios y de Otras Artes Asesinas del nunca bien ponderado historiador arisio
Luppa Graven. Todo un compendio de la maldad y la estupidez humanas.
Hojeó el libro, buscando unas marcas.
—Según he podido deducir de Graven, los venenos que le fueron suministrados a nuestro desdichado se- cretario fueron los siguientes: Lengua Vivaracha, Sueño Dulce, y, tal vez, Muerte Indolora o Destino Final. En este último caso, dudo. Ambos son tan pa- recidos.
Monseñor Groepius asintió.
—No obstante —continuó el bibliotecario—, todo se lo he mandado en el informe. Aún así, si desea consultar alguna cosa más, o le asalta alguna duda.
—Gracias, Salvatore —dijo monseñor Groepius, dando por terminada la conversación—. Si es neces- ario, te llamaré.
—No dude en hacerlo, monseñor.
Cortó la conexión y la imagen de Salvatore se des- hizo en el aire. Continuó con la mirada en el terminal.
—¿Secretaría? Deseo que venga de inmediato el agente Warsawa a mi despacho. Es urgente.
Se levantó del asiento y comenzó a pasear por el despacho, cabizbajo, inquieto. Tan inquieto, que hacía muchos años que no se le aceleraba el pulso así.
Warsawa no tardó en comparecer, como si esperase de un momento a otro la llamada y hubiera estado preparado para acudir lo más rápido posible. Cuando entró en el despacho, Monseñor Mauricio seguía pa- seando abstraído, clavando los tacones de los zapatos sobre la mullida alfombra, mirando los reflejos de la luz en las puntas charoladas.
—¿Monseñor?
Pareció salir de una ensoñación. Con un gesto enér- gico le mandó sentarse.
—Bien, le voy a encomendar una misión. Máxima discreción, por supuesto.
Warsawa asintió. Los finos labios formaron una es- pecie de sonrisa.
—Va usted a traer ante mí al autor del asesinato de O’Riordan.
Componiendo un gesto de seriedad profesional, Warsawa le preguntó:
—¿Hay algo que deba comentarme?
El padre Mauricio, tomando asiento, respiró hondo.
—Espero que esté usted al corriente de todo. De cualquier manera, le pondré al día... si es que es nece- sario.
Durante un breve instante se miraron entre sí. Mon- señor Groepius pudo comprender que poco iba a de- cirle a Warsawa que él no supiera ya. Precisamente por este tipo de cosas es por lo que confiaba tanto en él; y por este tipo de cosas un agente tan joven había llegado tan lejos. Aún así, blandiendo una sonrisa que parecía de desafío, comenzó con las explicaciones.
—El secretario O’Riordan murió envenenado, como ya sabemos.
Un breve movimiento de cabeza de Warsawa.
—Por la acción de uno o varios venenos proceden- tes de Aris.
Otro movimiento.
—Lo cual nos pone tras la pista de un asesino arisio o con fuertes lazos con ese planeta.
Otro más.
—Y bien, sabiendo esto, ¿por dónde empezaría us- ted?
Warsawa compuso un gesto profesional.
—Si fuera mal pensado, me decidiría por comenzar investigando a la Antigua Compañía de la Rosa. Aun- que tengo entendido que ése fue un problema que quedó solucionado en su momento.
Monseñor Mauricio guardó silencio.
—Entonces ese punto, de momento, descartado. Aunque no lo desecharía del todo.
—Continúe.
—El vínculo con Aris es evidente. Comenzaría por preguntar a nuestros antiguos agentes en Aris, a al- guno que durante un tiempo de su carrera hubiera ejercido allí.
Monseñor Mauricio sintió un vacío en el corazón. Pero clavó su mirada inquisitiva sobre Warsawa, indi- cándole con un gesto que prosiguiera.
—Aunque temo que eso nos llevaría demasiado tiempo. Y creo que en esta misión el tiempo es funda- mental.
—Así es.
—Entonces, me fijaría en los métodos y propósitos, por este orden —continuó Warsawa, entonando como
si estuviera en un examen ante un tribunal y se supie- ra de memoria el tema—. Hay algo claro: el envene- namiento. Los métodos nos llevan, en primer término a Aris. Pero ¿Por qué el envenenamiento y no otro tipo de muerte? Y, ¿por qué a O’Riordan?
Tomó aire. Miró satisfecho a monseñor Groepius.
—Según he podido saber, los venenos que le sumi- nistraron al pobre O’Riordan tienen unos efectos di- ferentes entre sí, aunque bastante esclarecedores sobre sus propósitos. No recuerdo bien sus nombres, pero sí me acuerdo de los efectos que consiguen. Así, uno de ellos está destinado a que el sujeto hable lo que el interlocutor quiera sin que su voluntad inter- venga; otro, está destinado a que ese trance quede bo- rrado de la memoria; y otro, a que al poco tiempo muera.
Monseñor Mauricio sirvió agua de una jarra de cristal en dos vasos. Acercó uno de ellos a Warsawa, que bebió con avidez. Dejando el vaso sobre la mesa, continuó.
—Por lo tanto, nos encontramos con alguien que quería saber algo de O’Riordan, y que, a su vez, pre-
tendía que éste no recordara nada y que al poco tiem- po, sin levantar sospechas, muriera de una muerte que podría pasar por natural. ¿A qué nos lleva eso?
Parecía preguntarle a monseñor Mauricio. Éste le- vantó las cejas y le invitó a continuar.
—Prosiga. Va bien.
—...Pues nos lleva a que nos enfrentamos con al- guien que quería saber algo sobre O’Riordan. Pero,
¿qué? ¿Algo sobre su vida privada? ¿Tal vez algún asunto personal? En tal caso, no nos interesa.
Volvió a dar un trago de su vaso de agua.
—Pero, por otra parte, O’Riordan era el secretario de Da Silva. Obispo perteneciente al Instituto. Tal vez, el asesino de O’Riordan quiso averiguar algo so- bre su jefe... o sobre el propio Instituto. Y eso sí nos preocupa.
Monseñor Groepius asintió. Dejó continuar a War- sawa.
—¿Y en qué podría estar interesado nuestro ase- sino? ¿A qué se dedicaba con más interés Da Silva? Bueno, que yo sepa, nos centramos con más énfasis ahora en las vacunas contra las fiebres palúdicas de
Lira Cinco y a la expansión de la investigación en las colonias. Por lo tanto, nos podemos encontrar con al- gún agente arisio que trabaje para una compañía far- macéutica con intereses en Lira Cinco, en primer término, o en alguna de las otras colonias.
Monseñor Mauricio ladeó la cabeza.
—¿Cree usted de veras en esa posibilidad? ¿Qué compañía farmacéutica iba a llegar tan lejos?
—Ahí hay un punto oscuro, lo reconozco —admi- tió Warsawa—. Sí, tal vez deba desechar esta conclu- sión. ¿Me puede ofrecer un poco más de agua? ¿Sí? Gracias, Monseñor.
Y prosiguió.
—Entonces, el asesino pretendía saber algo sobre el Instituto. Pero, ¿qué? Si no se trata de investigaciones recientes.
—Puede tratarse de alguna investigación antigua...
—cortó Monseñor Mauricio.
—¿Usted cree? ¿Y cuál de ellas puede ser tan im- portante para que alguien se tome tantas molestias?
Monseñor Groepius sonrió. A su mente, como un flash, vinieron retazos del pasado, de algo remoto que
parecía olvidado en el tiempo. Nadie sabía nada, na- die supo nada. Sólo unos pocos. Los elegidos. War- sawa no se encontraba entre ellos. Jamás se encontraría entre los elegidos. Ni él, ni nadie más de los que lo sabían. Pensó en Di Stefano... Pero War- sawa, que comenzó a hablar, le abstrajo de sus refle- xiones.
—Puede tratarse, entonces, de algún grupúsculo enemigo de los intereses del Instituto. Tal vez, al tra- tarse de métodos arisios, esté por medio la Antigua Compañía de la Rosa. O el nuevo gobierno indepen- diente. ¿Sabe usted si pasó algo en Aris que pueda pasarnos factura en el presente?
Monseñor negó con rotundidad. Pero tuvo la impre- sión de que la propia firmeza que imprimía al giro de su cabeza le delataba. Así que optó por hablar.
—Olvídese. Eso de momento se escapa a nuestra comprensión. Céntrese en el resto.
—Bien, entonces nuestro asesino quería informa- ción sobre el Instituto. Toda la que tuviera O’Rior- dan.
—Como por ejemplo.
—Como por ejemplo, aparte de la vacuna contra las fiebres palúdicas de Lira Cinco, la existencia de este centro de experimentación. Desconocido para casi to- dos los miembros. Menos para Da Silva y su secreta- rio.
Warsawa volvió a dar un sorbo al vaso de agua.
—Lo que nos lleva a que aquél que le asesinó sabía quién era, al menos, Da Silva. Y, también, que Da sil- va no era un simple obispo, sino alguien del Instituto. Luego debe tratarse.
Dejó las palabras colgando en el aire. Abrió sus grandes ojos azules y miró a Monseñor Mauricio con aire de sorpresa. No se podría decir si cierta o fingida.
—¿Puede ser? ¿Tenemos algún traidor dentro?
—No lo sé, agente Warsawa. ¿Sabe usted de al- guno?
Pareció repasar en su memoria.
—Por supuesto que no. Pero hay algo más.
—¿Sí?
—Sus métodos. ¿Cómo supo que O’Riordan era el secretario de Da Silva? Demasiada casualidad para
un golpe por sorpresa. Creo que fue a por él de una manera deliberada.
—¿No me diga? —Preguntó irónico monseñor Mauricio.
—Sí. Y concuerda a la perfección con los efectos de los venenos encontrados en el cadáver. Le some- tieron a un interrogatorio en toda regla antes de ha- cerle morir. Porque sabían quién era y lo que podía saber. Y volvemos al asunto de este centro.
—¿Y cuál cree usted que sería el próximo paso que daría nuestro asesino?
—Hum. No lo sé. Tal vez, entablar algún tipo de contacto con alguien de dentro del centro... para des- pués sonsacarle lo necesario. Como con seguridad hizo con O’Riordan.
—Lo necesario, ¿para qué?
—Tampoco lo supongo —contestó Warsawa con una sonrisa nerviosa.
—Siga dándole a la imaginación, Warsawa. Conti- núe. Y no olvide los métodos del asesino. Es lo único que tenemos.
—Deberíamos investigar al personal del centro, sus conexiones en el exterior. Pero eso es imposible. No podemos poner uno o varios agentes a cada uno de los colaboradores.
—Pero sí podemos hacer algo —le cortó Monse- ñor—. Por ejemplo, vigilar más de cerca el propio centro. Éste centro, querido Warsawa.
—¡Sí, por supuesto! Lleva razón, Monseñor. Tal vez, la conexión con O’Riordan se llevó a cabo tras un control de vigilancia. Tal vez, tras un simple y ru- tinario control de vigilancia.
—¿Y qué vigiló nuestro asesino?
Warsawa, durante unos instantes, permaneció en si- lencio, meditando.
—Con seguridad, el edificio central del instituto. En el complejo vaticano. Es la opción con más posi- bilidades.
—Bien, veo que por fin ha vuelto a los métodos del asesino, algo que nunca debió dejar de lado. Lo que nos lleva a...
—A que fue alguien que, si no es un traidor, sí que nos conoce a fondo. Sabe dónde buscar. Y qué buscar. Pero, ¿qué pretende conseguir?
Monseñor Groepius se puso en pie.
—Creo que tiene bastante para empezar. Quiero re- sultados lo antes posible. Agente, le pongo al mando de la operación.
Warsawa se levantó de su asiento, inclinó la cabeza con energía, y salió del despacho con aire ausente, como si sólo pudiera en ese momento pensar, razonar, no caminar o despedirse de nadie. Monseñor se que- dó mirándole pensativo, hasta que se perdió en el pa- sillo. Se giró hacia el ventanal. Mirando a través de las ventanas del despacho, esbozó una sonrisa triste y breve como un destello.
Di Stefano y Rajín de Sura robaron un vehículo, esa misma mañana, en una de las tranquilas avenidas re- sidenciales de Roma. Tuvo que hacer todo el trabajo Di Stefano, pues Rajín no habría sabido cómo hacer- lo; aparte de que, como buen asesino profesional, nunca robaba: consideraba que eso quedaba para otro
tipo de personas de más baja condición. Durante la operación, miraba a Di Stefano como un padre a su hijo cuando comete una travesura. Aquello le pareció impropio de un hombre de su categoría, y así se lo hizo saber a Di Stefano varias veces. Cargaron varias cajas en el vehículo robado y Di Stefano lo condujo por la carretera a Nápoles, lo aparcó bajo un soto de pinos, frente a la entrada del complejo, y lo camufla- ron, pero no tan bien como si en verdad fueran a que- darse ahí. Colocaron ropas y latas de comida sobre los asientos del vehículo y en cajas que dejaron en el maletero y rodeando el coche. Después, se marcharon hacia la carretera. Di Stefano llamó a un taxi, que les llevó hasta su vehículo, en el polígono industrial que estaba unos kilómetros más allá, hacia Roma. Una vez en el vehículo, condujo hasta la casa de alquiler de vehículos aéreos. En esta ocasión, lo alquilaron sin cerrar la devolución para un día concreto, lo que le costó su buen dinero a Di Stefano, y un rictus de con- trariedad a Rajín. Pasaron unas cuantas cajas de vi- tuallas de un vehículo al otro y, sobrevolando la campiña y los bosques de pinos, localizaron un lugar, no lejos del claro que conocían, desde el cual se po-
día controlar la entrada principal y también la zona donde dejaron aparcado el coche robado. Del malete- ro del vehículo aéreo extrajeron varias cajas y las de- jaron sobre la hierba. Había que ponerse cómodos.
Warsawa volvió a mirar la pantalla. ¿Tendría que ver algo ese coche con el asunto que les preocupaba? No se lo acababa de creer. No podía ser tan fácil. La de- cena de agentes de intervención que le rodeaban, si- lenciosos y serios, no perdían la vista de su superior. Éste, transcurridos unos momentos de estupor, se giró hacia uno de ellos.
—¿Y dice que lleva varias horas ahí?
—Así es. Como poco, desde que nos ordenó que extremáramos la vigilancia.
—Vamos allí ahora mismo —dijo enérgico War- sawa—. Quiero un despliegue envolvente. Ustedes
—señaló a tres agentes—, en la carretera, alejados del coche, esperando mis órdenes. Los demás que me si- gan. Tomaremos los vehículos aéreos, saldremos del complejo por la parte posterior y nos situaremos a su espalda. Importante: no quiero bajas.
Los agentes fueron abandonando la sala en silencio y con rapidez, mientras revisaban su armamento. Casi todos pensaron que se trataba de una maniobra, algo para tenerles entretenidos y activos, la misión más sencilla que les hubiera tocado realizar en toda su ca- rrera.
Rajín de Sura había demostrado un interés sincero en aprender lo que Di Stefano le explicaba sobre los utensilios que les eran útiles. Él, que no había pasado de utilizar en Aris unos binoculares de lente, ahora se hallaba utilizando gemelos digitales con visión térmi- ca, cámaras de fuentes de calor, micrófonos direccio- nales no mayores que un botón, que permitían escuchar conversaciones desde cientos de metros de distancia... Y muchos más artilugios que, cuando se cansaba de utilizar uno concreto, cogía, sopesaba, y utilizaba con el mismo aire competente que veía en Di Stefano.
Pero, pese a todo, se aburría, por que se considera- ba —y era— un hombre de acción. Y aquel era el tra- bajo más pasivo que tuvo que realizar jamás.
A través de los binoculares digitales volvió a escu- driñar la entrada al complejo. Frente a ésta, oculto, pero deliberadamente mal, el coche abandonado con restos de material: varias chaquetas viejas que encon- traron en un contenedor, restos de comida preparada, y cosas por el estilo. Di Stefano, tras bostezar, salió del vehículo aéreo a estirar las piernas. Preguntó con un gesto de la cabeza. Rajín de Sura negó. Pero, en ese mismo instante, al volver a enfocar los prismáti- cos, vio salir por la puerta principal del palacio, co- rriendo, a un pequeño grupo de hombres con trajes negros de campaña y fusiles de asalto. De la parte tra- sera del edificio, un par de vehículos aéreos se eleva- ron y se alejaron raudos hacia la carretera, describiendo un círculo en el cielo. Haciendo grandes aspavientos, avisó a Di Stefano.
—Bellini, mira esto.
Di Stefano arrancó los prismáticos al arisio.
—Bien, bien —dijo sonriente—. Ahí les tenemos. Ya nos podemos ir.
—¿Ya?
—Así es. Esto corrobora nuestras expectativas. Venga, recojamos todo y vayámonos.
A la carrera, recogieron el material. Montaron en el vehículo aéreo. Di Stefano lo elevó en el aire, apenas por encima de las copas de los árboles, y se largaron a la máxima velocidad en dirección contraria.
—¿Entonces, ya está?
—Ningún centro de experimentación cuenta con una vigilancia tan exhaustiva... Una unidad entera de operaciones, con vehículos aéreos... Sin duda, valo- ran mucho este centro y lo que hay en él.
—¿Volvemos a Aris? —preguntó sonriente Rajín.
—Sí señor. Volvemos a casa. Pero no como vini- mos. No podemos volver en una nave convencional de pasajeros... no es lo más prudente.
—¿No vamos a Bruselas? ¿Al ascensor?
—No. Vamos a ir a otra ciudad. Allí encontraremos pasajes para Aris... de un modo digamos, más clan- destino.
—¿Clandestino? Me gusta. Siempre que sea más rápido.
En la casa de alquiler de vehículos aéreos traspasa- ron el material al vehículo terrestre, y condujo a toda velocidad hasta Roma. Llegaron a la pensión, pagó, y cargaron todo el equipaje en el coche. Di Stefano condujo por las calles de Roma como sólo pueden ha- cerlo quienes conocen a fondo una ciudad, hasta lle- gar unos minutos después a las oficinas del Banco Popular de Israel. Sacó casi todo el dinero que le que- daba, dejando una pequeña cantidad. ¿Quién sabe si algún día volvía a usar esa cuenta? En el fondo de su alma esperaba que no. Llegaron a la estación Término y aparcaron el vehículo en una de las entradas de ser- vicio.
—Saquemos todo el material.
Sacaron el material de vigilancia que habían utiliza- do en varias bolsas. Lo tiraron en un contenedor de basura.
—¿No me puedo quedar con algo? —preguntó Ra- jín—. Me gustaría tener algo de esto en casa.
—Olvídate. No podemos cargar con todos esos ca- chivaches. Si lo deseas, en Pálasti te puedo conseguir algo.
¿Rajín de Sura se estaba sofisticando? Di Stefano sonrió, mientras se encaminaban a paso vivo a los mostradores.
—Dos pasajes para Trípoli en el próximo tren —pi- dió.
Pagó los pasajes y consultó su reloj. Faltaba una hora para la salida del tren. Se encaminaron, ya más despacio, al andén.
—Menos mal —dijo Rajín—. Pensaba que nunca terminaría esta carrera. Maldita sea, eres rápido cuan- do te lo propones.
—Despídete de Roma. Posiblemente, nunca la vuelvas a ver.
Rajín miró despectivo alrededor suyo.
—Por mi parte no hay problema en no volver aquí jamás. No he visto nada interesante. Salvo las muje- res, por supuesto.
Nada interesante en Roma... Di Stefano volvió a sonreír.
—Bien, ahora iremos a Trípoli. Allí encontraremos pasaje para Aris. Espero que no tardemos mucho en partir.
—Más lo espero yo —dijo Rajín—. Aunque lleve pocos días en este planeta, estoy deseando volver a casa. No veo el momento de tomar una cerveza en la taberna de Marinai. Y de vestirme como los dioses mandan... ¿Crees que las cosas se habrán calmado un poco?
—Supongo que sí. De todos modos, veré qué puedo hacer con respecto a lo tuyo.
Rajín se paró en seco.
—No, veré qué puedo hacer, no. Debes conseguir que me quiten la orden de búsqueda. Tú me lo dijiste.
—No te preocupes. Ahora tenemos otras cosas más importantes en las que pensar.
—Con toda sinceridad, desde mi punto de vista no hay otra cosa más importante que esa.
Di Stefano pensó en qué ocurriría al volver a Pálas- ti. Por descontado, le importaba poco el tema de Ra- jín: era algo sin trascendencia, pese a que el arisio creyese lo contrario. Lo que le preocupaba era lo ver- daderamente importante: él había cumplido su parte del trato... ¿Cumpliría Palacios la suya? No le queda- ba más remedio que fiarse. Y, de todos modos, prefe-
ría jugar su última baza en casa. Si es que se podía considerar una baza retener la información hasta que creyese oportuno... o hasta que se le ocurriese algo. Es lo malo de trabajar cuando te tienen cogido del cuello.
Hicieron tiempo tomando un café frente al andén de salida de su tren. Di Stefano permaneció medita- bundo y silencioso, mientras Rajín de Sura pasaba su mirada de una mujer a otra.
Ahora, irían a Trípoli. Confiaba en que en el cafetín de Mohamed encontrase pasajes para Aris lo más pronto posible. Lo cierto es que era uno de los pocos sitios en la Tierra donde era posible conseguir pasajes para el exterior de manera discreta y rápida. Nunca utilizó los servicios de Mohamed, pero tenía buenas referencias de sus tiempos de agente, cuando otros compañeros suyos sí los tuvieron que utilizar. En aquel apartado puerto espacial, los capitanes de unas cuantas naves de carga se sacaban un extra llevando pasajeros aparte de su carga, que solía ser tan discreta que era preferible no usar los espacio puertos oficia- les. Esperaba que todo siguiera igual. De no ser así, tendrían que buscar otro puerto clandestino. Di Ste-
fano sabía de varios: Singapur, Ciudad del Cabo... Eligió Trípoli por cercanía. Deseaba largarse lo antes posible. Y tenía claro que no podía volver en un transporte regular: no quería que Palacios supiera que volvía. Prefería sorprenderle en Aris. De sus tiempos de agente sabía que cuanto más cerca se encontrase uno de su medio habitual, tanto mejor. Luego estaba el Instituto... ¿Habría muerto O’Riordan? Seguramen- te, sí. ¿Le habrían efectuado la autopsia? ¿Habrían descubierto algo? No tenía ningún argumento para pensar que el Instituto fuera tras una pista concreta, pero estaba entrenado para no dejar cabos sueltos, y se le ocurrían varias posibilidades que pudieran poner al Instituto sobre la pista de alguien arisio: por ejem- plo, los venenos de Rajín de Sura. Mejor evitar naves oficiales con destino Aris. Por si acaso.
Con puntualidad terrestre, el tren con destino Trípo- li partió, cruzó en poco más de media hora el sur de la Península Itálica y se sumergió bajo el Mar Medi- terráneo. Llegaron a la tranquila Trípoli a la hora pre- vista. Una vez en la estación, cogieron un taxi.
—Llévenos al polígono sur. Al cafetín de Moha- med. ¿Lo conoce?
—Cómo no —contestó el taxista, observándoles por el retrovisor—. Tendrá que pagar un suplemento. Está bastante lejos.
Cruzaron la ciudad, hasta que las edificaciones se fueron haciendo más bajas de altura y más simples de construcción.
—¿Conoces Fenai? —Dijo Rajín de Sura, sin dejar de mirar a través de la ventanilla.
Di Stefano compuso una sonrisa triste.
—No.
—Pues esto se parece bastante.
A ambos lados de la carretera empezaron a verse zonas despobladas. El taxi, tras atravesar una zona in- dustrial donde la mayoría de las naves estaban aban- donadas, se detuvo en la que parecía ser la última de las edificaciones: más allá no había más que desierto, y un área vallada con un par de hangares de metal oxidado. Varias naves de carga descansaban sobre una plataforma de hormigón cuarteado.
Sacaron su equipaje y despidieron al taxi. El cafetín era una simple caseta de metal corrugado, con un car- tel de neón encima de la puerta, donde podía leerse:
Cafetín de Mohamed. Entraron. Di Stefano corroboró que seguía tan sucio y polvoriento como le contaron en su día. Unas pocas mesas metálicas, varias sillas, y una barra de zinc era todo lo que tenía el cafetín. De las paredes de metal colgaban pósters descoloridos de modelos antiguos de naves espaciales. Un tipo mo- reno y alto, tras el mostrador, charlaba con varios hombres con mono de trabajo. Al verles llegar se acercó a ellos. Di Stefano, nada más acercarse, le in- terpeló:
—¿Mohamed?
—¿Quién le busca?
—Alguien que quiere pasaje.
—Un momento.
El tipo se perdió tras una puerta. Unos instantes después salió acompañado de un hombre gordo y gra- siento que se secaba el sudor con un pañuelo sucio. Se acercaron a ellos. El tipo gordo abrió la conver- sación, mientras sopesaba con la mirada a Di Stefano y Rajín.
—Me dice el empleado que querían verme. ¿En qué puedo ayudarles?
—Deseamos pasajes para Aris —dijo Di Stefano.
Mohamed se les quedó mirando en silencio durante unos segundos. Después de su breve escrutinio, habló con voz pausada.
—¿Han leído el cartel de la puerta? Creo que dice claramente que éste es el cafetín de Mohamed, no una oficina de turismo. Por lo demás, esto no es un puerto espacial, caballero. Aquí sólo encontrará talleres de mantenimiento de naves. Mire si quiere en los hanga- res... naves en reparación, nada más. ¿Qué le hace pensar que aquí encontrará pasaje?
—¿No habrá ninguna nave que ya haya terminado sus reparaciones y salga hacia Aris? —le preguntó Di Stefano, entregándole un billete—. Sabemos de mu- chos eficientes capitanes que lo que desean es llevar su carga lo antes posible. Por lo que a mí respecta, me parece bien que se quieran evitar papeleos inneces- arios en un espacio puerto oficial.
Mohamed cogió el billete y se lo guardó. Continuó con su escrutinio. Cuando pareció llegar a una con- clusión definitiva, habló.
—¿Vienen de parte de alguien?
—Tengo amigos que han utilizado sus servicios. Me han hablado muy bien de usted.
—¿Amigos? ¿Qué amigos? Di Stefano sonrió.
—De nada serviría que le diese sus nombres, ¿no es cierto? Y, además, no pienso dárselos. Bueno, ¿nos encuentra pasaje o no?
Mohamed, sonriendo, le cortó levantando su mano. Clavó su mirada en Rajín de Sura.
—No sea impaciente, amigo. Ha dicho Aris, ¿ver- dad? Bien, veré qué puedo hacer. Mientras tanto, pónganse cómodos. De momento, deberán darme algo para comenzar las gestiones.
—¿Más? ¿Cuánto?
—Con dos mil geas bastará. De momento.
Di Stefano le dio el dinero. Mohamed lo cogió y se marchó por la puerta principal. Antes de salir, se diri- gió al camarero.
—Sirve a nuestros clientes. Ahora mismo vuelvo.
Hacía calor y tenían sed. Pidieron dos cervezas frías.
—Siéntense —dijo el camarero—. Estarán más có- modos.
—No —dijo secamente Di Stefano—. Estamos bien así.
Bebieron en silencio, de pie en la barra, atentos a cualquier movimiento. Los tipos de mono seguían charlando a lo suyo con el camarero, que se les había vuelto a unir. Más allá de la puerta, sólo se veía el fulgor del sol reflejado en la tierra. Al cabo de media hora, apareció Mohamed por la puerta junto a un tipo corpulento, casi tanto como Rajín de Sura, de cabeza rapada, que vestía un mono de piloto de líneas comer- ciales sin distintivos. Mohamed, después de dirigirle unas últimas palabras en voz baja, les señaló con el mentón.
—Son éstos.
Los dos hombres se acercaron hasta Di Stefano y Rajín de Sura. El más corpulento se dirigió a ellos.
—Me dice Mohamed que queréis ir a Aris. Mi nave va allí. ¿Cuánto estáis dispuestos a pagar?
—¿Cuánto estás dispuesto a cobrarnos? —Preguntó a su vez Di Stefano.
—Depende. ¿Vais vosotros dos solos? ¿Lleváis al- guna carga?
—Somos sólo nosotros dos. Y la carga que lleva- mos son nuestros equipajes.
—Ya —dijo, mirando las maletas—. ¿Y qué lleváis de equipaje?
—Efectos personales. Nada de interés.
Aparentando no estar muy seguro de la veracidad de las palabras que acababa de oír, volvió la vista ha- cia Di Stefano.
—No es mi costumbre hacer preguntas indiscretas. Pero tengo que tomar mis precauciones. Vamos a salir al espacio; es necesario que sepa si lleváis algo peli- groso. De ninguna manera voy a permitir que alguien meta en mi nave nada que la pueda hacer saltar por los aires, ¿comprendes? Ni ningún tipo de mierda que me pueda comprometer llegado el caso. Salvando ese punto, lo que llevéis o dejéis de llevar no me importa.
—No te pensamos enseñar nuestro equipaje. Pero tienes nuestra palabra de que no deseamos suicidar- nos. Sólo llegar a Aris, ¿de acuerdo?
El tipo, sin ningún disimulo, les escrutó de arriba abajo. Pareció llegar a una conclusión.
—Bien, si sólo se trata de vosotros y vuestro equi- paje, de acuerdo. Pero no quiero ningún paquete de última hora, ¿entendido?
Di Stefano asintió.
—Puedes estar tranquilo. Todo lo que tenemos lo llevamos aquí mismo.
Volvió a mirar las maletas. Marcando una sonrisa indefinible en su rostro, asintió.
—Entonces, de acuerdo. Me conocen por Harry, pero podéis llamarme capitán Harry. Mi nave es la Rita Dos. Está ahí fuera, y partimos mañana tem- prano.
Extendió una manaza de oso a Di Stefano y a Rajín. Antes de acabar las presentaciones continuó.
—Os cobraré ochenta mil geas a cada uno.
—Cuarenta mil —dijo Di Stefano—. Ni una más. El capitán sonrió.
—Parecéis arisios con tanto regateo. Dejémoslo en sesenta mil por cabeza.
—Cien mil por los dos.
El capitán pareció dudar por unos instantes. Luego, encogiéndose de hombros, dio su respuesta definiti- va:
—De acuerdo. Seguidme.
Salieron al exterior, tras los pasos del capitán. Pasa- ron por una puerta abierta en la valla metálica y se di- rigieron a una de las naves que descansaban, con las panzas abiertas, sobre la pista de hormigón.
—Ésta es.
La Rita Dos era una nave relativamente antigua, pero se la veía bien cuidada. Brillaba al sol como si la hubieran pulido hacía poco. No era demasiado gran- de, de hecho se la podría considerar pequeña para ser de carga: su eslora no superaba los cincuenta metros. Pero tenía el aire robusto de una fiable y sólida nave de carga. Dos desproporcionadas toberas sobresalían a ambos lados de su estructura.
—Subid a bordo. Os explicaré las normas.
—¿Normas? —preguntó Di Stefano.
—Sí, amigo. Las normas básicas que impongo a mis ocasionales viajeros.
Por una rampa abierta en popa subieron a la nave. Dentro, en la zona de carga, tres personas se afanaban con unas cajas metálicas. Al verles, les miraron sin interés y siguieron a lo suyo.
—Esta es la bodega de carga. Aquí deberéis dormir. Sólo tenemos camas para la tripulación, así que esto es lo que hay. ¿Seguimos de acuerdo?
Di Stefano asintió con la cabeza.
—Además —continuó Harry—, hay algunos pun- tos que quiero dejar claros: Primero, no debéis moles- tarnos con quejas. Esto no es una nave de pasajeros, así que el viaje no será todo lo cómodo que desea- ríais. Nosotros tampoco viajamos como reyes, así que nada de quejas.
Dejó pasar el tiempo, como si eso hiciera falta para que entendieran a la perfección sus palabras.
—Segundo: el destino es un espacio puerto clan- destino en Lira Cinco. Allí tendremos que dejar parte de la carga y coger más. Tal vez tardemos un par de días... Luego, por fin, a Aris, a Gálasti. Por ningún motivo variaré mi ruta.
»Tercero: en caso de problemas, no digáis ni una sola palabra. Dejadme hablar a mí. Pasaréis por miembros de mi tripulación. Y ahora, podéis pagar- me. Cuando terminemos de colocar la carga, buscad sitio para pasar la noche, si queréis.
—Preferimos buscar un sitio más cómodo para esta noche —dijo Di Stefano—. Y te pagaremos cuando vayamos a partir.
—La desconfianza no es buena compañera, amigo
—dijo el capitán—. Sólo pretendía ser amable. De to- dos modos, por mi no hay problema. Mañana a las seis partimos. Si estáis aquí a esa hora, bien. Si no, nos largaremos de todos modos. ¿De acuerdo?
Di Stefano asintió. Con un gesto, indicó a Rajín que había llegado el momento de irse. Se encaminaron a la rampa. Antes de descender, se giró hacia el capitán.
—Mañana a las seis.
Volvieron al cafetín. Dentro, les esperaba Moha- med, limpiándose el eterno sudor con el pañuelo.
—¿Han llegado a un acuerdo definitivo?
—Eso creemos.
—Entonces deberán pagarme mi comisión. Son cinco mil geas.
Di Stefano sacó un billete. Antes de dárselo habló.
—Espero que sea de confianza su amigo el capitán Harry.
Mohamed compuso una sonrisita siniestra, que pro- cedió a tapar con rapidez con su pañuelo.
—¿Confianza? Por lo que a mí respecta, sí es una persona de confianza... Por otra parte, la gente que escapa clandestinamente de un planeta no tiene mu- cho donde elegir, ¿no le parece?
—¿Qué le hace suponer que escapamos?
—¡Oh, por favor, señores! —Dijo teatralmente Mohamed, levantando ambas manos—. No pretendo discutir con ustedes. Por mi parte, no me importa en absoluto cuáles sean sus motivos para utilizar nues- tros servicios. ¿Van a embarcar en su nave, sí o no? En caso contrario, están haciéndome perder mi valio- so tiempo.
—Sí. Vamos a embarcar.
—Pues asunto concluido —dijo. Y extendió una mano hacia Di Stefano—. Págueme.
—Deberá darnos alojamiento esta noche. Va inclui- do en el precio de la comisión.
—No puedo ofrecerles gran cosa. Ahí detrás —se- ñaló con su mentón a una oquedad abierta al fondo— hay una litera y un aseo. Pueden quedarse si quieren. También les puedo preparar algo para cenar. Y eso es todo.
Cogió el billete y se largó. Di Stefano, cansado de llevar todo el día las maletas, las dejó en el suelo, al lado de una mesa. Rajín soltó un bufido y se dejó caer con estrépito sobre una silla.
—No veo la hora de irnos —dijo.
—Voy a echar un vistazo. Quédate aquí.
Di Stefano pasó al cuarto que le había indicado Mohamed. Dos literas sin colchones sobre un suelo de cemento. Un agujero en el suelo y un grifo colgan- do de su tubo. Decenas de moscas. Volvió con Rajín. Miró el interior del cafetín. Fuera, la tarde empezaba a caer. Para ser su última noche en la Tierra la iba a pasar en una chabola de metal frente a un desierto polvoriento. Sacó de un bolsillo el transpondedor, es-
cribió un escueto OBJETIVO PENDIENTE DE CON- FIRMACIÓN y envió el mensaje.
—Bueno, Warsawa, ¿éste es su informe?
Monseñor Mauricio se paseaba inquieto por su des- pacho, releyendo el informe, sin ocultar un perma- nente gesto de desprecio. Había venido de urgencia, abandonando una placentera velada de cine clásico, alertado por la llamada tardía de Warsawa. Fue cons- ciente, desde el primer momento, de que le habían avisado tarde. El prepotente de Warsawa había esti- mado poco interesante el asunto, y le había llamado sólo cuando acabó el informe y creyó oportuno. Y ahora se encontraba con ese sucinto informe que, por más que lo releyera, le decía que Warsawa, o bien ha- bía comenzado a perder la solvencia que antes tuvo, o bien es que le había sobrevalorado. Warsawa, sentado en un sillón, parecía con la vista perdida, como si no entendiera el malestar de su jefe.
—Sí, monseñor.
—Así que, después de que se percataron de la pre- sencia de un vehículo estacionado frente a la entrada
principal —leía el informe en voz alta el padre Mau- ricio con voz cansada—, hicieron efectiva una táctica envolvente con el fin de atrapar a los posibles ele- mentos humanos que estuvieran en el lugar, no en- contrando más que el vehículo anteriormente citado y diverso material que se relaciona en la lista de más abajo... ¿Nada más, Warsawa? ¿Esto es todo?
—Es todo, Monseñor. Lo más curioso es que ni en el vehículo, ni en sus alrededores, encontramos nin- gún tipo de material de vigilancia. Nada.
—Bueno, eso era de prever, ¿no cree? —preguntó dibujando una mueca irónica—. Si alguien quiere co- locar algún dispositivo de vigilancia, no tiene por qué dejar un vehículo aparcado para que lo veamos. Colo- caría la cámara, se largaría, y, desde varios kilóme- tros, controlaría la entrada principal. Desde donde le diera la gana.
Dejó las palabras colgando del ámbito de la estan- cia. Warsawa se miraba las punteras de los zapatos, la cabeza gacha, con aire abatido.
—Sin duda este informe, técnicamente, es correcto
—continuó el padre Mauricio— pero carece de algo fundamental: imaginación. Y es incompleto.
—¿Imaginación, Monseñor? No le entiendo.
—Imaginación, agente, imaginación. Y talento. Va- yamos por pasos. ¿Qué cree que podía estar haciendo un vehículo aparcado ahí?
—Posiblemente, vigilar la entrada.
—Incorrecto, Warsawa —le cortó contundente—. No encontraron a nadie. Ni material de vigilancia. Quienes dejaron el vehículo no lo camuflaron dema- siado bien. Eso indica que deseaban que lo encontrá- semos.
—Sí, monseñor, pero ¿Para qué?
—Buena pregunta. Pero por ahí debería haber usted empezado. ¿Qué le sugiere toda esta —miró al infor- me— pantomima?
El padre Warsawa tomó aire y juntó las yemas de sus dedos. Recompuso su figura.
—Monseñor, debo reconocer que estoy un tanto perdido. No logro imaginar para qué estaba ese vehí- culo ahí. Si alguien nos hubiera vigilado... ¿para qué
abandonar el vehículo delante de nuestras narices? Lo más lógico sería marcharse con él. Nosotros, con cer- teza, no nos habríamos enterado nunca del asunto porque habríamos llegado tarde. Por otra parte, ¿qué pretendería encontrar alguien situándose frente a la entrada principal? Al poco tiempo, se habrían perca- tado de que por allí no encontrarían nada que les fue- ra útil. Y, de marcharse, ¿por qué abandonar el vehículo? No encuentro respuesta a ninguna de las preguntas.
El padre Mauricio se acercó a un estante, cogió una botella de licor y se sirvió en un vaso, sin invitar al agente. Dando vueltas al líquido, se acomodó en su sillón y clavó su mirada en los ojos claros de War- sawa.
—Es por eso, Monseñor —continuó el agente— que no quise especular, ni molestarle antes de tiempo. Incluso he llegado a pensar que se trata de una simple coincidencia. Alguien que abandonó un vehículo pre- cisamente ahí. O tal vez fue robado... Cuando lo vi en la pantalla pensé que encontraríamos a alguien. Era lo lógico. Pero nos dimos cuenta no sólo de que allí no había nadie, sino de que parecía que nunca lo hubiera
habido. Como si, después de efectuado el trabajo con rapidez, se hubieran ido abandonando el vehículo... para que lo viéramos. Una especie de desafío, tal vez.
—De nuevo se equivoca —dijo con voz cansada—. Tal vez lo que pretendían era precisamente eso: ver- nos salir.
—¿Vernos salir, Monseñor?
—Sí. Tal vez colocaron cámaras de vigilancia en algún lugar alejado desde el cual se viera la zona... o tal vez, incluso ellos mismos estuvieran en ese mismo lugar. Y colocaron el coche como señuelo: para ver- nos salir.
—Sigo sin entender, Monseñor. No logro imaginar.
—Pues imagine, hombre —le cortó el padre Mauri- cio—. ¿Qué les hemos demostrado hoy?
El padre Warsawa permaneció meditabundo unos instantes. Luego, sonrió levemente, asintió y miró a monseñor Mauricio mientras decía:
—Que tenemos una unidad de agentes preparada para cualquier eventualidad.
—¿Y qué implica eso?
—Que tenemos en alta consideración este Centro.
—Bien, agente, bien —explotó sarcástico el padre Mauricio—. Y, ahora, retomemos el asunto desde el principio. ¿Recuerda que estábamos tras la pista de alguien que eliminó a uno de los nuestros? ¿Acaso no le ordené que extremara la vigilancia?
—Monseñor, en cuanto nos percatamos de.
El padre Mauricio levantó una mano, invitándole a callar.
—Me ha fallado, Warsawa. Y lo peor: hemos perdi- do un tiempo tremendamente valioso. Debería haber- me avisado de inmediato. Y, antes incluso de avisarme, debería usted haber comenzado el operati- vo siguiente. Y veo, según su informe —tiró el docu- mento encima de la mesa— que no lo ha hecho.
—Monseñor, antes de dar cualquier otro paso que- ría comunicárselo a usted.
—Cállese, Warsawa —le cortó tajante, elevando el volumen de su voz—. Le he puesto al mando para ha- cer lo que creyera oportuno. He confiado en usted. Y no ha hecho nada. Esa es la realidad. Las justificacio- nes posteriores están fuera de lugar.
Bebió el licor de un trago y se levantó. Volvió a lle- nar su vaso. Se quedó mirando al agente Warsawa: si por él fuera, en ese mismo instante le echaría del des- pacho y tal vez del Instituto. Le había fallado como nunca creyó que lo hiciera. Empezó a verle como un joven fatuo y arrogante que se creía un agente de pri- mera cuando aún estaba bastante lejos de serlo. Al menos, de serlo como los que él siempre conoció. Este asunto le venía demasiado grande. Pero, dentro de lo que había, era de lo mejor que le quedaba, así que tenía que contar con él. ¡Qué diferencia con los agentes del pasado! Este pretencioso Warsawa, en cuanto había topado con una misión un poco resbala- diza, se había dado el gran trastazo.
—Ha perdido mucho tiempo, Warsawa —continuó con voz de trueno—. Y no podemos permitirnos per- der más. Como veo que no sabe qué hacer, le daré ór- denes directas desde este mismo instante. En primer lugar: quiero un listado de todos los viajeros que sal- gan de la Tierra, sobre todo los que tengan por des- tino Aris. Desde cualquier punto del planeta,
¿entendido? Nombres, tiempo de estancia, cualquier dato que podamos conseguir. Segundo: quiero un in-
forme exhaustivo sobre el vehículo, de dónde provie- ne, si es alquilado o no, y si fue robado, de dónde. Quiero un informe sobre el material encontrado: ropa, comida, lo que sea. Y lo mismo: dónde fue adquirido, cuándo. Tercero: quiero que peine el perímetro del centro, quiero que encuentre un lugar desde el cual se vea la entrada y el lugar donde estuvo aparcado el vehículo. Busque cámaras de vigilancia, restos... Quiero resultados, y los quiero ya. ¡Váyase! ¡No pier- da más tiempo!
El agente Warsawa se levantó, asintió enérgicamen- te y se fue raudo del despacho. Monseñor Mauricio se sentó en su sillón y clavó su mirada en el techo. Sabía de sobra que era demasiado tarde.
A las seis de la mañana en punto, Di Stefano y Rajín de Sura subían por la rampa de la Rita Dos. Habían tirado a la basura la mayor parte de su equipaje, lle- vando sólo lo necesario. El capitán Harry les espera- ba a la entrada de la bodega de carga con cara de haber dormido poco, y los otros tres tripulantes ha- cían las revisiones de última hora. Di Stefano, a modo de saludo, le dio al capitán el dinero. Éste lo cogió y se lo guardó en un bolsillo de su mono.
—Bien, muchachos —dijo, dirigiéndose a la tripu- lación—. Cerrad las esclusas. Nos vamos.
Después miró a Di Stefano y Rajín.
—Vosotros, venid conmigo. Para el despegue os haremos sitio en la cabina. Dejad vuestras cosas por ahí.
La carga, decenas de contenedores de distintos ta- maños, se hallaba distribuida adosada a las paredes internas de la bodega, por lo que quedaba un espacio central donde deberían dejar sus cosas y descansar llegado el momento. Rajín miró el duro suelo y buscó un lugar discreto donde dejar su maletín. Como no lo encontró, volvió su mirada a Di Stefano. Éste dejó el maletín y su maleta entre dos contenedores metálicos y con un gesto indicó al arisio que hiciera lo mismo. Rajín miró sombríamente el maletín de Di Stefano. En voz baja, se dirigió a él:
—¿Y si alguien...? Di Stefano negó.
—Ahora estarán demasiado ocupados en el despe- gue. Tranquilo.
Siguiendo al capitán, cruzaron la bodega de carga, un corto pasillo con puertas a ambos lados, y llegaron a una amplia cabina. Allí se encontraban las consolas de navegación y los puestos de pilotaje. Había tam-
bién varios asientos frente a consolas apagadas. El capitán señaló dos.
—Tú siéntate en éste, y tú en éste. Abrochaos los arneses. Y no toquéis nada.
Dos de los tripulantes se sentaron en sus respecti- vos asientos frente a sus consolas. Comenzaron a ma- nipular en ellas. El capitán tomó asiento en el puesto del piloto principal y otro de los tripulantes en el de copiloto. Tras unos minutos de comprobaciones a voz en grito, el capitán al fin dijo:
—¡Despegando!
Y la Rita Dos se elevó sobre el desierto, a una velo- cidad que hizo que se aplastaran en los asientos. Uno de los tripulantes soltó un aullido, que fue correspon- dido con risas por los demás. La nave aumentó aún más de velocidad, hasta que a Di Stefano le pareció insoportable la presión. Rajín de Sura, al que se le clavaba su arma en los riñones, no dejaba de mover- se, buscando una posición más cómoda.
—¿Es que te has vuelto loco? —pregunto Di Ste- fano a gritos—. ¿Qué demonios haces?
—¡A callar! —Contestó con un chillido el capitán.
Rajín de Sura comenzó una salmodia en voz baja, mientras se tocaba los fetiches del pecho. En ocasio- nes fijaba su vista en el capitán, clavando unos ojos fieros. Di Stefano no supo o no pudo tranquilizarle.
En unos minutos dejaron atrás el azul de la atmós- fera y se encontraron en el negro espacio. La presión comenzó a descender paulatinamente, hasta estabili- zarse en la estándar de viaje. Rajín resopló y miró sa- tisfecho a Di Stefano.
Uno de los navegantes, sin apartar su vista de la consola, gritó de repente:
—Capitán Harry, ahí los tenemos.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Sólo uno —contestó risueño el tripulante—. Te lo mando a la consola.
El capitán miró su consola y varió el rumbo con brusquedad, acelerando.
—Ya está. Eliminado. Si tienen huevos, que nos si- gan.
Y después se giró hacia Di Stefano.
—¿No te había dicho que nada de quejas? ¿A qué venía eso?
—Joder —contestó Di Stefano—, he viajado unas cuantas veces y nunca había visto un despegue así.
El capitán Harry estalló en una carcajada.
—Nunca habías despegado antes de un espacio puerto clandestino, ¿verdad? Es la manera más eficaz de burlar los controles: rapidez. Cuanta más mejor. Y esta preciosa chica la tiene, ¿no crees? —dijo, acari- ciando su sillón—. Sí señor, mi Rita es la mejor.
—¡Mi Rita es la mejor! —contestaron todos los de- más a coro.
Durante casi una hora los tripulantes continuaron en sus sitios, mandándose mensajes y órdenes a vo- ces. Hasta que el capitán, con un sonoro puñetazo, se desabrochó el arnés, se levantó, estiró las piernas y los brazos como si acabara de despertarse y se dirigió a su copiloto.
—Rumbo marcado. Confírmalo.
Y desapareció por el pasillo, para volver al poco con una botella y varios vasos de plástico, que fue re- partiendo entre la tripulación. También les ofreció a Di Stefano y Rajín.
Di Stefano se quitó el arnés de seguridad y se le- vantó. El capitán sirvió licor en su vaso y en el del arisio.
—Brindemos. Por un buen viaje.
Todos brindaron. A Rajín le gustó la bebida.
—¿Qué es? —preguntó.
—Whisky, y del mejor —respondió el capitán—. Ahora podéis acomodaros en la zona de carga. Y no toquéis nada.
Rajín de Sura y Di Stefano volvieron a la bodega de carga. El arisio, intranquilo, miró al maletín de Di Stefano.
—¿Crees que estamos seguros? No me fío. Suponte que uno de estos tipos quiere robarnos. ¿Qué pasaría?
¿Volaría también la nave?
Di Stefano se encogió de hombros.
—No. La carga no es tan potente. El tipo moriría, habría algo de humareda... poco más. Pero, de todos modos, escondamos lo mejor posible los maletines.
—Pero debemos estar pendientes, ¿no crees? ¿Y si coge el mío? Podrían envenenarnos.
—Entonces estemos pendientes como tú dices. Al fin y al cabo son sólo cuatro. Tal vez no debamos preocuparnos demasiado.
Rajín de Sura compuso un gesto de duda.
—Hay algo que me dice que las cosas no van a ir del todo bien —se tocó su arma automática—. Creo que tendremos que utilizarlas. Ten siempre la tuya a mano. Y mantén los ojos abiertos.
—Como siempre —dijo Di Stefano. Rajín de Sura encogió la nariz.
—¿Por qué no nos han cacheado? ¿Por qué no han revisado nuestro equipaje? El capitán insistió anoche en el asunto... y, sin embargo nos han dejado entrar incluso con nuestras armas personales encima.
Di Stefano asintió despacio.
—Tal vez no nos consideran peligrosos —dijo, aun- que en el fondo tenía que darle la razón al arisio.
—O tal vez estén pensando únicamente en cómo robarnos... y están cegados para todo lo demás. No te fíes.
Rajín de Sura trepó encima de un contenedor. En- contró un sitio, entre varias cajas apiladas.
—Pásame los maletines.
Los escondió lo mejor que pudo entre las cajas. Di Stefano controló que no viniera nadie por el pasillo. No parecía haber cámaras de vigilancia en la zona de carga.
—Ya está —dijo Rajín, más tranquilo—. Les costa- rá encontrarlos.
Monseñor Mauricio Groepius había estimado, defini- tivamente, no fiarse en absoluto de la competencia de Warsawa, al que veía cada vez más nervioso y espe- so. Pasó la mañana meditando en su despacho, valo- rando las posibilidades y sopesando los pasos a dar. En el caso de que el asesino o los asesinos hubieran venido en una nave privada, todo aquel trabajo que había encargado carecería de sentido. Pero no por ello debía desestimar seguir investigando. Le iban llegan- do informes de los viajes espaciales que salían de los espacio-puertos terrestres y de los orbitales. Para Aris no había partido ninguna nave desde hacía tres días, ni partiría ninguna hasta dentro de los próximos dos días. Ante él, en la pantalla, tenía los primeros lista-
dos de pasajeros que habían cerrado billete con sus datos personales. Algunos podrían tratarse del asesino o asesinos que buscaban. Pero sospechaba que un profesional sutil jamás saldría del planeta en una nave de pasajeros y al poco tiempo de haber cometido un asesinato.
Así que se puso en contacto con los agentes de zona donde habían puertos clandestinos. El primero de todos, Trípoli, por cercanía. Y les mandó investi- gar con la mayor rapidez posible.
Warsawa continuaba sumido en la incompetencia, y no había caído en algo: quien estuvieran buscando, antes de irse, debería haber venido. Monseñor Mauri- cio pidió un listado de los viajeros que habían llegado a la Tierra, procedentes de Aris, en los últimos quince días. Los agentes comenzaron a infiltrarse de nuevo en las bases de datos de los espacio puertos y las compañías de viajes.
Y, ahora, ¿qué hacer? No podían trasladar un centro de experimentación de la noche a la mañana, y menos aún basándose sólo en conjeturas. En cualquier caso notificó la situación a sus superiores, que se tomaron
el asunto con la misma pesadumbre que él. Y, como era natural, le exigieron un informe.
Cuando estaba a punto de retirarse a descansar, apa- recieron en su terminal los listados de los viajeros que habían llegado a la Tierra desde Aris en los últi- mos quince días. Con gesto cansado suspiró y se puso a repasarlos. Y entonces le vio.
Para almorzar habían utilizado uno de los camarotes que se abrían al pasillo, que hacía las veces de cocina, comedor y sala común. Di Stefano y Rajín tomaron lo mismo que la tripulación: platos preparados recalen- tados, con sabor metálico e insípido. Después, habían matado el tiempo tirados en la zona de carga, Di Ste- fano dormitando, Rajín de Sura rezando a sus dioses, y escuchando involuntariamente las conversaciones de la tripulación, que parecía hablar siempre a gritos. Había llegado la hora de la siguiente comida, y se di- rigieron al comedor con pocas ganas. Rajín de Sura, pese a su apetito legendario, casi prefería habérsela evitado.
Pudieron enterarse de que la tripulación de la Rita Dos procedía de Lira Cinco. El copiloto se llamaba Taylor, un tipo alto y flaco con una prominente nariz y pequeños ojos de color indefinido, y era sin duda el hombre de confianza del capitán, el único que se per- mitía alguna chanza con él o alguna recriminación puntual. Los otros dos miembros, Heredia y Waters, aunque parecían tener una buena relación con el capi- tán y el copiloto, jamás se permitían ese tipo de fami- liaridades. Le reían los chistes, pero no se atrevían a contradecirle, aunque el capitán estuviera cometiendo un error evidente. Los dos eran jóvenes y parecían llevar poco tiempo en la Rita Dos. En general, la tri- pulación le pareció a Di Stefano la arquetípica de una nave clandestina: un capitán autoritario, un hombre de confianza que podría ser su amigo de correrías, y una tripulación fiel mientras hubiera dinero de por medio.
Fueron cogiendo los platos del dispensador de co- mida. Se sentaron a la mesa y comieron en silencio. Durante toda la comida, Di Stefano se percató de que el capitán Harry y su copiloto no dejaban de cruzarse miradas. Al terminar, el capitán se dirigió a Di Ste-
fano después de echar una última mirada de complici- dad a Taylor.
—Bueno, os habréis podido enterar más o menos de quiénes somos. Ya veis que no tenemos secretos... y con el volumen de voz que utilizamos para hablar, mejor no tenerlos —los tres tripulantes rieron la gra- cia de su capitán—. Yo soy el capitán Harry, ésta es la Rita Dos, y éstos mi tripulación —fue señalando con gestos—. Ahora nos gustaría saber quiénes sois voso- tros.
Di Stefano se encogió de hombros.
—¿Para qué? Somos vuestros pasajeros. Durante unos días compartiremos tu nave. Cuando lleguemos a Aris no nos volveremos a ver jamás.
—Pero ésta es mi nave, y me gusta saber a quién llevo —dijo el capitán con aire didáctico—. No logro ubicaros. ¿Sois terrestres? ¿Sois arisios? No parecéis hombres de negocios... ¿a qué os dedicáis?
Dejó las preguntas en el aire. Rajín de Sura sonrió torvamente.
—Mejor que no sepáis nada de nosotros —respon- dió Di Stefano—. No os serviría de mucho.
—O, tal vez —continuó el capitán, haciendo una floritura con una mano— sois una parejita de enamo- rados que se fugan en busca de su nidito de amor, lle- vándose los ahorros de la familia. ¿Sois mariquitas?
La tripulación estalló en carcajadas. Di Stefano y Rajín se miraron. Éste fue a intervenir, pero Di Ste- fano le indicó con un gesto que no lo hiciera.
—Por nuestra parte, no hay problema —dijo Tay- lor, el copiloto, entre risas—. El sexo, en la Rita Dos, siempre es bienvenido, sea del tipo que sea.
Y miró con ojos maliciosos a Heredia y Waters.
El capitán Harry permaneció silencioso durante unos instantes, mirando alternativamente a Di Ste- fano y a Rajín. Cuando cesaron las risotadas, conti- nuó hablando con la disposición inequívoca de quien repite algo.
—Creo que tendría que haberos cobrado más por el viaje —dijo—. Si no queréis decirme quiénes sois es por algo. Tal vez seáis fugitivos, o algo peor. Y eso puede ponerme en un compromiso.
Di Stefano se envaró. La conversación le empezaba a disgustar. Mucho.
—Ridículo —dijo—. No veo en qué compromiso te podemos poner. Eres un capitán que utiliza espacio puertos ilegales, que lleva pasajeros de forma ilegal, y me dices que te molesta llevar desconocidos. No lo entiendo.
—No tienes porqué entenderlo, amigo —dijo Tay- lor—. Las cosas son así y punto. Si sois fugitivos, tendréis que pagar más. Eso es todo.
—Lleva razón mi copiloto —dijo el capitán, mien- tras se rascaba la calva—. Os cobraré veinte mil geas más a cada uno. Y ya no os haremos más preguntas.
¿De acuerdo?
Rajín compuso en su rostro una mueca que Di Ste- fano reconoció. Con la mirada, vino a pedirle pacien- cia al arisio.
—Si así os quedáis más tranquilos, os diré que no somos fugitivos —dijo, sosteniéndole la mirada al ca- pitán.
—No sé, no sé —el copiloto se quedó mirando a Rajín de Sura con descaro—. Este tipo me suena. No sé de qué, pero me suena. Y tú pareces un listillo.
¿Por qué habéis tenido que salir de la Tierra clandes- tinamente? No cuela, amigo.
—No se hable más —dijo el capitán, cortando a su copiloto—. Ya está decidido. Veinte mil geas más por cada uno.
—De ninguna manera, capitán —espetó Di Ste- fano—. Acordamos un precio en la Tierra. Estuvimos ambos de acuerdo. ¿Es que te dedicas a robar a tus pasajeros? ¿Qué clase de capitán eres?
—Un capitán que se dedica a velar por sus intereses
—contestó, intentando dar un aire de fingida seriedad a sus palabras.
—Pues lo siento mucho, pero aunque quisiéramos pagarle, que no queremos, no tenemos más dinero. Lo último que teníamos se lo dimos en la Tierra.
El capitán Harry sonrió ladinamente.
—¿Tú crees? ¿Y, entonces, qué lleváis en los male- tines que tanto protegéis?
—Mejor que no lo sepáis —dijo Rajín de Sura. Después, miró a Di Stefanoy se levantó de un sal- to—. Intentáis robarnos, ¿no? Pues os habéis equivo- cado de tipos.
El capitán pareció sopesar a Rajín de Sura. Con un gesto de la mano le indicó que se volviese a sentar.
—No seas estúpido, grandullón. No tenéis escapa- toria. O pagáis, u os echamos por la esclusa de des- perdicios. ¿Queda claro?
En ese momento, el capitán Harry extrajo una pis- tola automática de debajo de su mono y la dejó sobre la mesa. Di Stefano miró a Rajín de Sura. Ambos tu- vieron la certeza de que, pagando o no, tenían mu- chas posibilidades de acabar en el espacio si no actuaban pronto. Las cosas se habían torcido, tal como predijo el arisio. Con una simple mirada se di- jeron todo cuanto tenían que decirse.
—Tranquilo —le dijo Di Stefano a Rajín—. Paga- remos a los señores, y asunto concluido. ¿De acuer- do?
El arisio asintió.
—Bien, veo que eres más razonable que tu amigo
—dijo el capitán, levantándose y cogiendo el arma—. Paga ahora mismo, si eres tan amable.
—Si no queda más remedio... iré por mi maletín
—dijo, fingiendo pesar Di Stefano—. Ahí guardo el dinero. Pero no llevamos tanto como quieres.
—Me conformaré con lo que haya —dijo el capi- tán, sonriendo—. Te acompaño. Y vosotros, vigilad al otro.
Di Stefano hizo una señal con la mirada a Rajín, que éste entendió a la perfección. Salió del camarote acompañado por el capitán, cruzaron el pasillo y lle- garon a la bodega de carga.
—Lo hemos escondido ahí arriba —dijo Di Ste- fano, señalando a los contenedores—. Por si acaso, ya me entiendes.
El capitán sonrió como si corroborase algo que ya sabía. Señaló con el cañón de su pistola a Di Stefano, luego a la parte de arriba de los contenedores.
—Me lo imaginaba. Todos sois iguales. Os creéis que podéis salvar vuestro dinero con un coste míni- mo. Pero os equivocáis. Sube a por él.
Di Stefano trepó por los contenedores. Al llegar donde guardaban los maletines, cogió el de sus ar- mas. Respiró hondo: esperaba que todo saliera bien.
—Con suerte podréis comenzar de nuevo en Aris
—continuaba hablando el capitán— ...si nos satisface lo que nos deis. Si os permitimos seguir con vida, con seguridad saldréis adelante, así que más vale que os toméis este asunto con filosofía.
Di Stefano, desde lo alto de un contenedor, le tiró el maletín.
—Aquí tienes. Como verás, no te llevas ninguna fortuna.
El capitán cogió el maletín, lo sopesó, y lo colocó sobre una caja metálica. Di Stefano permaneció aga- zapado sobre el contenedor.
—Bueno, vamos a ver.
Dejó su arma sobre la caja. Intentó abrir los engan- ches laterales. El primero cedió. En ese instante, Di Stefano se echó hacia atrás y se tumbó sobre el techo del contenedor. Con el segundo enganche, la tapa se abrió con una explosión sorda, y un par de kilos de trinamita y aluminio destrozaron al capitán Harry la cara y el torso, mientras salía despedido hasta rebotar contra los contenedores de la pared contraria. Su ca- dáver se quedó tirado en una posición inverosímil. Di
Stefano saltó del contenedor y se acercó al pasillo, de donde venían gritos y la voz autoritaria de Rajín. Co- rrió hasta el comedor; Rajín de Sura apuntaba a los tres miembros de la tripulación con su arma.
—¿Todo bien? —preguntó Di Stefano.
Rajín de Sura asintió sin quitar la mirada de los tres tripulantes.
—Todo controlado. Estos no se moverán. Por la cuenta que les trae.
Di Stefano cacheó a Taylor. Cerca de la bota del pie derecho llevaba una pistola automática. La cogió, mi- rándole con rabia a los ojos. Cacheó a Heredia y Wa- ters: éstos no llevaban arma alguna, salvo un par de cuchillos, que también les quitó.
—¿Qué has hecho con el capitán? —preguntó el copiloto a gritos, los ojos muy abiertos—. ¿Le has matado?
—La avaricia le ha matado —contestó Di Ste- fano—. Y os matará a vosotros también si no actuáis como queremos. ¿Queda claro?
Taylor, el copiloto, compuso un gesto de ira. Here- dia y Waters, boquiabiertos, parecían no dar crédito a
lo que sucedía, y se mantenían laxos y como ausen- tes.
—¿Qué habéis hechos, desgraciados? —dijo Tay- lor, echándose hacia delante—. ¿Quién llevará ahora la nave?
—Tú —contestó Di Stefano—, y tus dos compañe- ros... si queréis seguir vivos. O yo mismo si no. ¿Qué crees, que no sé pilotar una mierda de nave como ésta?
Dejó pasar unos instantes después de la fanfarrona- da. Rajín le miró de soslayo.
—Me he fijado en que eres un buen piloto —dijo al fin, mirando a Taylor con gesto decidido—. Seguro que te crees hasta mejor de lo que lo era el capitán. Pues ahora ha llegado tu momento de suerte. Míralo por el lado positivo: acabas de heredar la Rita Dos.
El copiloto sonrió torvamente. Pareció sopesar las palabras de Di Stefano. Después de unos instantes de duda, dijo en voz baja:
—Qué demonios. Os llevaremos.
—Bien pensado —dijo Di Stefano—. Ahora, en tu condición de nuevo capitán, lo primero que harás será variar el rumbo: iremos directamente a Aris.
—Pero.
—Sin peros, Taylor. A Aris.
—Espero que os maten en cuanto lleguemos —dijo Taylor, con una mueca de desprecio.
Di Stefano se dirigió a Rajín de Sura, sin hacer caso del comentario.
—Trae tu maletín.
El arisio desapareció a la carrera con una sonrisa dibujada en su rostro. Volvió al poco.
—Vaya, cómo ha quedado el capitán. Aunque creo que ahora está mucho más guapo que antes.
Di Stefano, sin dejar de apuntar a la tripulación, se dirigió al arisio.
—Dales algo que tenga antídoto.
Rajín de Sura abrió su maletín. Durante unos ins- tantes pareció meditar, su vista clavada en los frasqui- tos de cristal. Al fin resolvió, puso ante sí uno de color rosado, y habló con aire profesional mientras no dejaba de mirarlo.
—Creo que éste será el mejor, Pasta de flor. Si no les proporcionamos el antídoto antes de dos semanas, cagarán el hígado.
La tripulación miraba al arisio y al frasquito alter- nativamente con gesto embobado, como si no dieran crédito a lo que veían.
—Debe ser ingerido —continuó Rajín de Sura—. Se puede mezclar con agua.
—Entonces prepara unos vasos. Vamos a devolver la invitación a nuestros amigos.
Rajín de Sura cogió tres vasos de plástico del dis- pensador y los llenó de agua hasta la mitad. Vertió unas cuantas gotas en cada uno.
—Bebe —dijo Di Stefano, ofreciéndole un vaso a Taylor.
—¿Qué demonios es esto? —Preguntó el copilo- to—. No pienso beber ninguna porquería. ¿De qué vais? ¿Quiénes sois vosotros?
Di Stefano ajustó el proyector de su arma. Apuntó a su entrepierna.
—Bebe —repitió—. Si todo va bien, cuando lle- guemos a Aris os daremos el antídoto.
—Y una mierda —contestó Taylor.
Di Stefano suspiró. Apuntó a la mesa, cerca de la entrepierna de Taylor y disparó. Un trozo de la mesa se derritió y empezó a gotear. Taylor cogió el vaso y se lo acercó reluctante a la boca.
—¿Dices que nos proporcionaréis el antídoto?
—¿Ves cómo tenemos que ir lo más rápido posible a Aris? Además, el único que ha faltado a su palabra fue vuestro capitán —dijo Di Stefano con aire cansa- do—. No tenemos nada contra vosotros. Bebe. O te dejo sin piernas. Y sin lo que hay en medio.
—Mátale de una vez —interpeló Rajín de Sura—. Nosotros podemos llevar este trasto hasta donde nos dé la gana. ¿Para qué los queremos?
—Ya sé lo que sois —dijo Taylor con un gemido—. Sois asesinos arisios. Joder, puto capitán Harry... mal- dito seas.
Y después, con gesto de asco, bebió el agua. Rajín ofreció los otros dos vasos a Heredia y Waters, que, tras mirarse entre sí, también lo bebieron.
—Y, ahora, chicos, no quiero estupideces, ¿de acuerdo? —Dijo Di Stefano—. Lleguemos a Aris.
Vosotros tendréis el antídoto, y nosotros el pasaje que pagamos. Por cierto, ¿dónde guarda el capitán su di- nero? Creo que tengo que recuperar una pequeña in- versión.
Monseñor Mauricio había pasado mala noche, sin po- der conciliar el sueño por completo, revolviéndose en la cama. Había vuelto antes del amanecer a su despa- cho del centro de investigación, aturdido y cansado, pero resuelto a ponerse a trabajar de inmediato. No había podido dejar de ver la imagen de Di Stefano, una y otra vez, repitiéndosele incesantemente. Un sinfín de conjeturas le estuvieron asaltando en su duermevela.
Los informes que le mandaba Warsawa seguían siendo tan estériles como lo había sido el resto de su trabajo, pero ya no parecía importarle. Su mente fun- cionaba febril, en busca de conclusiones. Parecía es- tar claro que, tras el asesinato de O’Riordan y la vigilancia al centro estaba su antiguo compañero.
¿Para quién trabajaría ahora? ¿Cuál era el último pro- pósito de su misión? ¿Se trataba de una coincidencia?
No dejaba de conjeturar entre varias posibilidades. Y todas le parecían posibles.
A primera hora recibió la llamada de Mbar, empla- zándole a una cita aquella misma tarde. Debería lle- var un informe, y basándose en ese mismo informe, comenzarían a dar los próximos pasos, que pasaban inexorablemente por trasladar el centro. No tenían otro remedio. Tenía, pues, que comenzar desde ese mismo instante a dar las órdenes oportunas.
Poco antes de mediodía recibió en su terminal una comunicación de seguridad desde Trípoli. Le dio paso, y frente a él apareció un rostro femenino que comenzó a hablar sin tan siquiera presentarse, pero sin precipitación.
—Monseñor, en cuanto recibí su orden me puse a trabajar. Acabo de venir del espacio puerto ilegal de Trípoli. Debo decirle que ayer partió una nave con destino a Lira Cinco y Aris. Y que, en esa nave, em- barcaron dos tipos. La descripción que he podido conseguir no ayuda mucho.
Monseñor Mauricio asintió.
—Continúe.
—Uno de ellos era alto y pelirrojo, con fuerte acen- to extranjero. El otro, según me dijeron, parecía lle- var la voz cantante. Pelo oscuro, esbelto, más bajo de estatura que su compañero. Tenía aspecto terrestre. Es todo cuanto he podido conseguir. Y no crea que no me ha costado.
Monseñor reconoció a su interlocutora: la agente Lucía Cano, una de las mejores agentes de campo del Instituto. Fue trasladada a Trípoli, un destino tranqui- lo pero sin posibilidades de promoción, a raíz de un desagradable incidente que no logró recordar del todo. Fue un castigo para una joven y activa agente con futuro.
En esta ocasión había trabajado con celeridad y sol- vencia, al menos en el grado mínimo exigible a un agente. No había tenido la tentación de valorar si su información podía o no ser importante. Había hecho lo que le habían ordenado, y lo había notificado con prontitud. Se quedó mirándola en silencio durante un rato. Después, la felicitó.
—Buen trabajo, agente.
Continuó observándola. Era una chica joven, con el pelo castaño y corto, ojos verdes, muy guapa. Y tenía algo en la mirada que monseñor reconoció: ese brillo especial que denotaba inteligencia viva y ganas de comerse el mundo.
Nunca le gustó precipitarse al tomar una decisión. Pero en esta ocasión, lo decidió sin vacilar.
—Quiero que venga a Roma de inmediato. La ne- cesito aquí.
La agente Cano asintió.
—Como ordene monseñor. ¿Alguna cosa más?
—Nada más —contestó—. Que tenga buen viaje. Y cortó la comunicación.
En su terminal, accedió al archivo Expedientes del Personal, después a Expedientes de Agentes. El expe- diente de la agente Lucía Cano apareció en la panta- lla.
La vida en la Rita Dos discurría todo lo plácida que se podía imaginar para una situación semejante. En una breve conversación que mantuvieron con la tripu- lación dejaron claro que no permitirían que hablasen
entre ellos ni estuvieran juntos más que lo imprescin- dible. Impusieron unos turnos de trabajo y descanso que impedían que los tres coincidieran: cuando Tay- lor estaba despierto, Heredia y Waters dormían, y vi- ceversa. Lo cierto es que sólo uno de ellos era necesario en la cabina de mandos, atento a cualquier eventualidad que pudiera surgir en la navegación. Les ordenaron no volver a sus camarotes bajo pena de muerte; para descansar que utilizasen la bodega de carga. Taylor, Heredia y Waters asintieron en silencio, como si lo encontrasen lógico. Di Stefano y Rajín ocuparon el camarote del capitán, cerrando al uso los otros dos. Desde el primer momento los tres tripulan- tes asumieron con una tácita resignación las nuevas circunstancias, y continuaron con sus quehaceres como si nada hubiera ocurrido. Pasado el estupor ini- cial, Taylor tomó el mando de la nave, y los otros dos parecían indiferentes sobre quién fuera su jefe. Las voces y gritos de antaño dejaron paso a un silencio sepulcral, sólo roto cuando era estrictamente neces- ario; pero salvo en detalles así, todo lo demás corres- pondía con lo habitual de un viaje espacial en una nave de carga: aburrimiento. Taylor, así al menos le
pareció a Di Stefano, disfrutaba con su nueva condi- ción de capitán. Aunque lacónico y taciturno, parecía evidente que en su fuero interno agradecía a aquellos dos individuos el favor que le habían hecho. Su única despedida de su antiguo capitán, cuando fue expulsa- do su cadáver por la salida de desperdicios, fue una sonrisa inescrutable.
Di Stefano y Rajín de Sura decidieron que alguno de los dos estuviera siempre despierto y alerta, mien- tras el otro descansaba el tiempo mínimo posible. Era agotador, pero ya descansarían al llegar a Aris... si todo acababa bien. Lo importante era no perder de vista en ningún momento a quien estuviera de guardia en el puente de mando y a los que descansaban en la bodega. No obstante, lo cierto era que no parecía flo- tar en el ambiente ningún tipo de venganza o animad- versión hacia ellos. Más bien un temor justificado e indiscutible: el temor de haberse metido en aguas pantanosas de las que era más que difícil salir. Requi- saron las armas que había en la nave —un pequeño arsenal entre las del camarote del capitán y las del ca- marote de Taylor— después de una profunda revisión hecha a punta de pistola. Todas acompañaron al cadá-
ver del capitán Harry por la salida de desperdicios. No parecía haber más armas. Y no parecía que, de ha- berlas, a ninguno se le ocurriera utilizarlas. El golpe de efecto que causaron con la muerte del capitán, y la competencia y resolución que mostraron después, dejó claro a la tripulación algo: lo mejor era llegar a Aris, resolver el problema que les comía por dentro, y no volver a ver a aquellos tipos jamás.
Di Stefano invertía siempre que podía su tiempo de descanso en conocer a fondo la nave; Rajín de Sura, por su parte, se encontró con la agradable sorpresa de que la nave llevaba varias cajas de la bebida que les ofreció el capitán para brindar. Así que decidió hacer uso de ellas, aunque sin abusar: estaba trabajando. Cuando comprobó que aquellas cajas no eran las úni- cas de aquella bebida que transportaban, sino que va- rios de los contenedores de la bodega estaban repletos de whisky, decidió algo que a Di Stefano no le pare- ció mal.
—Tenemos que quedarnos con el cargamento. Po- demos ganar un buen pellizco en casa.
—¿No eras tú quien decías que robar no era cosa de asesinos serios? ¿Que era asunto de rateros y gente de baja estofa?
Rajín de Sura frunció el ceño y compuso una pose digna.
—Yo, al contrario que tú, no robo. Esto es una compensación por habernos intentado liquidar. Ade- más, nosotros somos ahora los dueños de la nave.
¿Cómo íbamos a robarnos a nosotros mismos? Introducirse en los vericuetos de la mentalidad ari-
sia no era algo que le gustase hacer a Di Stefano. Pre-
firió ir a lo práctico.
—¿Y por qué no quedarnos entonces con toda la nave? —preguntó divertido.
—Por que no sabría qué hacer con ella. ¿Y tú?
Di Stefano, desde el primer momento en que sur- gieron problemas en la Rita Dos, pensó que la oportu- nidad de disponer de una nave espacial era algo que no podía menospreciar. Podría venderla en el merca- do negro, y sacar un buen dinero, sin contar con la carga que transportaba. Con seguridad, entre todo su- maría una pequeña fortuna. Pero le surgieron dudas
razonables. ¿Cómo hacerlo? Estaba claro que no po- dían descender en ningún puerto, legal o ilegal, pues conocerían la Rita Dos y a su tripulación, y tendrían problemas en cualquier caso. Por otra parte, él no sa- bía pilotarla. Podían descender cerca de Pálasti y eli- minar a la tripulación, pero luego, ¿qué hacer? De haber sabido pilotar podría haber escondido la nave, ir vendiendo el cargamento poco a poco y, pasado un tiempo, llevarla a algún puerto ilegal alejado y ven- derla. Pero no sabía, ni conocía a nadie que lo supiera hacer. Desestimó llevarlo a cabo. Sin duda tenía ra- zón Rajín de Sura: algo había que hacer con el carga- mento, pero nada con la nave.
—Si estás tan interesado, en cuanto lleguemos a Aris te vas a buscar a varios de los habituales de la ta- berna de Marinai —le propuso a Rajín—. Aterriza- mos en las márgenes del Rak-Janén, alquilas una barcaza, bajáis el río, y cargamos todo lo que poda- mos.
Rajín meditó durante unos segundos. Después, negó con la cabeza.
—Mejor que vayas tú. Yo me quedo vigilando a és- tos. Para ese tipo de cosas tú estás mejor preparado que yo.
Y ahí terminaron la conversación: estaba decidido.
Como tantas otras veces, Di Stefano tuvo que darle la razón.
El escrutinio que hicieron les indicó que la mayor parte del cargamento era material electrónico de últi- ma generación. Casi todos los contenedores llevaban componentes y piezas sueltas, y los pocos artilugios ensamblados que encontraron eran de una utilidad que a Di Stefano se le escapaba. También llevaba an- tigüedades terrestres y productos químicos. Estima- ron que, de todo el cargamento de la Rita Dos, lo único que les podía interesar para ganarse un dinero rápido era el whisky.
—Todo lo que nos propones es inviable, Mauricio, y está basado en simples conjeturas —dijo Mbar, el In- quisidor Jefe, dejando sobre la mesa el informe que acababa de consultar—. No veo la necesidad de tras- ladar este centro. Ni veo las conexiones que preten-
des establecer entre el asesinato del secretario y haber encontrado un vehículo abandonado al otro lado de la carretera. Con franqueza, en nuestra última conver- sación nos alarmaste de modo injustificado. Creo que te asaltan fantasmas del pasado.
Monseñor Mauricio recogió el informe, lo miró por enésima vez. Asintió desilusionado. Se dirigió a su otro invitado.
—¿Qué opinas tú?
Connors miró a sus dos compañeros con gesto neu- tro antes de responder. Señaló con el mentón a Mbar.
—Estoy de acuerdo con él. Además, no veo qué pueden tener de especial nuestras investigaciones.
¿Con qué estamos ahora en Roma, con las vacunas?
—Se encogió de hombros—. A mí también me sor- prende tu alarmismo.
—¿Y lo otro? ¿Y este centro? —Preguntó monse- ñor Mauricio.
—Por Dios... —contestó Mbar, dándose un manota- zo en el muslo—. Ya sabía que tendría que salir el tema.
Durante unos segundos un silencio incómodo se adueñó del despacho.
—Olvidémoslo —intervino Connors—. Y estate tranquilo. ¿Por qué no te relajas? Está muy bien que te mantengas alerta... pero creo que te vendrían de maravilla unas vacaciones.
Monseñor Mauricio, durante un breve lapso de tiempo, estuvo tentado de decirles que el ex - agente Di Stefano podía estar tras todo el asunto, que había vuelto hacía poco a la Tierra. Pero no quiso. Por que significaba que les había engañado deliberadamente tiempo atrás, lo que llenaría más aún de dudas las re- laciones actuales. Contárselo podría hacer que se de- cidieran por darle la razón. O, tal vez, no. No podía jugar una baza tan poco clara.
—Por otra parte —continuó monseñor Mauricio, caminando por la habitación— tenemos que tratar el tema de la independencia de Aris... ¿Creéis que servi- rá de algo el pacto de Boston en un planeta indepen- diente? ¿No deberíamos extremar las medidas de control?
Mbar y Connors se miraron con gesto cansado. Después giraron la cabeza hacia monseñor y sonrie- ron desganadamente.
—Está previsto en el orden del día de la próxima reunión, Mauricio —dijo Mbar con voz meliflua—. Como ya sabes. O deberías saber.
—Ya. Y con respecto a esto —dijo, aireando el in- forme—, me recomendáis olvidarme. ¿Lo tomo como una orden?
Mbar asintió. Connors también.
—¿Es vuestra última palabra? —preguntó al fin Mauricio.
—Lo es —contestó Mbar, levantándose de su si- llón, dando por terminada la reunión—. De todos mo- dos... infórmanos si surgen novedades.
Mbar y Connors se despidieron de monseñor con un apretón de manos y salieron por la puerta del des- pacho. Monseñor Mauricio tiró con violencia el infor- me sobre la mesa mientras se sentaba. Hundió la cabeza entre sus manos.
Iracundo, llegó a la conclusión de que, por una ra- zón u otra, siempre le tocaba a él encargarse de todos
los asuntos sucios en solitario. Pero lo que más le molestaba no era eso: era que, además, nadie parecie- ra hacerle el menor caso.
—Monseñor.
Su secretario asomó la cabeza por la puerta.
—Dime.
—La agente Cano espera fuera.
—Hazla pasar.
La agente Lucía Cano pasó al despacho y se quedó parada frente a la mesa en una relajada posición de firmes.
Monseñor la miró con indisimulada admiración. Por supuesto, al natural era aún más guapa y atractiva que en la pantalla. Cara de ángel, cuerpo de diablesa, elegancia innata refrescada por modales poco afecta- dos. Vestía una ceñida falda de tubo, jersey de cache- mir de cuello alto, chaqueta de corte ligeramente masculino, y caros zapatos manufacturados. En gene- ral, pasaba por ser cualquier cosa menos agente. Era más bien alta, y tenía un tipo que, con toda seguridad, hizo girar las cabezas de sus compañeros al pasar desde que entró en el Instituto. Mauricio sonrió. Te-
nía ante sí a un perfecto ejemplo de los agentes que él necesitaba: eficientes y discretos. Gente competente que pasase desapercibida. Esperaba, en todo caso, no volverse a equivocar.
—Siéntese. ¿Quiere tomar algo?
—Cualquier cosa, monseñor. Por acompañarle.
Mauricio se levantó del asiento. Mientras preparaba las copas, no dejaba de mirarla. Poseía un atractivo incontestable. Se había sentado en el sillón que antes había ocupado Mbar, cruzando sus largas piernas, y se contemplaba los elegantes zapatos como si estu- viera disfrutando de una obra de arte.
—Bueno, agente Cano, desde este mismo instante trabaja bajo mis órdenes directas.
—Así lo entendí en su mensaje, monseñor.
—¿Ha realizado el traslado completo?
—Por supuesto, monseñor.
Le acercó una copa con licor. Ella se la llevó a los labios y dio un sorbito. Monseñor se sentó en su si- llón. Extrajo el expediente de la agente Cano de uno de los cajones de su despacho, lo desplegó y empezó a releerlo, más por ver la reacción de la agente que
por otra causa. Pero ella siguió dando sorbitos a su copa, esperando algún gesto por parte de monseñor.
Cuando monseñor Mauricio lo creyó oportuno ce- rró el expediente, lo guardó, y le miró directamente a los ojos.
—Quiero que lea esto.
Puso ante ella los informes completos de la muerte de O’Riordan y del asunto del vehículo abandonado. Antes de que ella los cogiera para leerlos, le pregun- tó.
—He podido ver en su expediente que ha estado al- guna vez en Aris.
Y la agente Cano respondió encogiéndose discreta- mente de hombros.
—En un par de ocasiones, monseñor.
Monseñor Mauricio asintió, bebió de su copa, y dejó que leyera los informes. Por el intercomunica- dor, llamó a su secretario.
—Dígale al agente Warsawa que deje todo lo que esté haciendo y venga a verme. ¡Ah! Y dígale tam- bién que se prepare: desde este mismo instante queda trasladado a Trípoli.
Aris apareció al décimo día de navegación en una de las consolas como un punto cuajado de números, para después agrandarse frente a la cabina. Taylor, sentado en el puesto del capitán, comenzó la maniobra de de- celeración, mientras Heredia y Waters consultaban sus consolas. Di Stefano y Rajín de Sura, amarrados a sus sillones, contemplaban absortos y cansados la vi- sión de su mundo. El arisio miró a Di Stefano y le preguntó en voz baja:
—Eso es Aris, ¿verdad?
Di Stefano asintió. A Rajín le brillaron los ojos. Cuando el planeta ocupó casi la totalidad del campo de visión de la cabina, Di Stefano se dirigió a Taylor.
—Cambio de rumbo. Llévanos a Pálasti.
Taylor dejó de manipular por unos segundos en los controles. Se giró hacia Di Stefano.
—¿A Pálasti? Nuestro destino en Aris era Gálasti. Allí nos esperan.
—Nuestra tarifa también era otra —contestó Di Stefano—. A Pálasti. Piensa que nada de esto hubiera ocurrido sin la avaricia de vuestro antiguo capitán. Ahora, a Pálasti.
—Deja que consulte —dijo Taylor, mientras mani- pulaba renuente en su consola—. Nunca hemos ido allí. No conozco ningún espacio puerto que nos pue- da acoger.
—Pues aterriza en mitad del campo —tronó Rajín de Sura—. Aléjate un poco de la ciudad. Nosotros te indicaremos.
Taylor dibujó una mueca de contrariedad.
—Como queráis. Cambio de rumbo —dijo, diri- giéndose a los tripulantes—. Quiero un nuevo vector de aproximación.
Iniciaron una maniobra orbital sobre el planeta. Cada vez más despacio, pasaron por encima de Fenai, que se veía rosado y brillante, y sobrevolaron el Mar Interior en dirección al continente Yamunai. Pálasti, y toda la costa, eran aún imposibles de ver.
—Te lo mando por termografía —dijo Heredia unos minutos después—. Ahí lo tienes, a las dos.
Dibujando un suave vals cruzaron las capas altas de la atmósfera, después el manto sempiterno de nubes de la costa. Di Stefano corroboró que Taylor era un
buen piloto. Sin duda, bastante mejor que el fanfarrón de su antiguo capitán.
—Ahora, desciende —ordenó.
—Sin datos precisos no es tan sencillo —protestó Taylor—. No tenemos baliza de referencia. Podemos estrellarnos.
—¡Desciende! —Bramó Rajín de Sura.
La nave se situó a un kilómetro de altitud y conti- nuó su descenso. Sobrevolaron entre la bruma los blancos acantilados de Afarai, que se alargaban como un alfanje perdiéndose en la distancia. Bajo la nave se fueron mezclando las aguas marrones del río y las grises del mar, los acantilados fueron perdiendo altu- ra, y llegaron al delta terroso del Rak-Janén. La estre- lla Vega 6 se hundía en el Mar Interior.
—Ahora desciende más y reduce la velocidad.
El vasto delta del Rak – Janén ocupó el campo de visión. La nave continuó descendiendo, hasta que pu- dieron ver los miles de islotes de arena atascados de desperdicios, de troncos, de restos de barcos, el río fragmentado en innumerables riachuelos sucios.
—Sigue el curso del río. Nosotros te indicamos
—dijo Di Stefano.
La Rita Dos comenzó a remontar el río. Di Stefano miró a Rajín. Los ojos le brillaban.
Sobrevolaron modestos pueblos pesqueros de casas hechas con tablones de madera, asentados en las ori- llas de las islas más grandes del enorme delta. Hasta que las míseras aldeas se fueron perdiendo atrás mientras que el cauce del río se estrechaba. Pasados los arenales de la desembocadura, a ambos lados del río, aparecieron grandes extensiones de bosques de argas, altos árboles de tronco blanquecino y hojas fi- nas, sin presencia humana en las orillas. Se cruzaron con un par de barcos de gran calado que bajaban el río hacia el mar. A medida que remontaban el río, los bosques se fueron haciendo menos espesos, salpica- dos por ocasionales praderas de hierba alta, que a la luz incierta del anochecer tomaban un color azul os- curo que semejaba al del cielo estrellado. Di Stefano calculó que estarían a poco más de veinte kilómetros de los arrabales de la ciudad, un aplastado y amari- llento fulgor al fondo.
—Reduce la velocidad al mínimo posible. Vamos a elegir uno de estos prados.
Una pradera salvaje de varias hectáreas, rodeada de árboles y en apariencia limpia de accidentes, le pare- ció apropiada. No había rastro de edificaciones cerca. Unas mortecinas luces se veían en ese margen del río, a una distancia difícil de calcular, pero relativamente cercanas.
—Aterriza ahí —indicó.
La Rita Dos pareció detenerse en el aire. Los ruidos procedentes de su casco indicaron que se desplegaba el tren de aterrizaje. Descendiendo en vertical, se posó en Aris.
—¡Mierda! —Gritó Taylor.
Sintieron cómo se inclinaba el suelo hacia babor. La nave se estaba hundiendo por ese costado.
—El terreno es demasiado blando —dijo Taylor—. Posiblemente se trate de arenas. Y sólo tenemos cua- tro puntos de apoyo. ¿Sabes cuánto puede pesar esta nave con su carga?
Taylor apagó los motores. La nave siguió inclinán- dose hasta que la panza tocó tierra.
—Joder, nos va a costar salir de este lodazal —pro- testó Taylor, desabrochándose con violencia su arnés de seguridad y levantándose del puesto de piloto—. Pero ya estáis donde queríais. Cumplid vuestra parte del trato.
Di Stefano y Rajín, ya de pie, les apuntaban con sus armas.
—Abrid la esclusa posterior.
La rampa de carga se abrió. Del fondo de la nave les llegó el aire fresco de Aris, cargado con los habi- tuales olores del río. Rajín de Sura respiró a fondo y se tocó los fetiches del pecho.
—Ahora, bajad de la nave —ordenó Di Stefano.
Los tres tripulantes terminaron de manipular en los terminales y salieron de la cabina. Atravesaron cabiz- bajos el pasillo y la bodega de carga. Al pasar por el lugar donde estuvo el cadáver del capitán Harry, man- chado aún de sangre seca, Taylor compuso una mueca de disgusto.
La rampa, que no se pudo abrir por completo al es- tar enterrada parte de la nave, casi no disponía de in- clinación. Pero Di Stefano comprobó que tenía la
apertura suficiente para descargar el cargamento sin problemas. Miró a Rajín de Sura, éste asintió en si- lencio, y se alejó hacia el río.
—¿Dónde vas? —Taylor, al verle marchar, hizo in- tención de seguir sus pasos—. ¿Qué vais a hacer con nosotros?
Rajín de Sura, casi antes de que acabase de hablar Taylor, le golpeó en la nuca. El nuevo capitán de la Rita Dos cayó al suelo. Di Stefano se giró.
—Esperad aquí con mi compañero.
—¿No podemos irnos? —preguntó Heredia, anima- do por la intervención de Taylor, pero sin dejar de mi- rarle—. Vosotros dijisteis que nos daríais el antídoto al llegar a Aris. Y que luego podríamos irnos.
—Tendréis que esperar un poco más —dijo Di Ste- fano.
Di Stefano se alejó a paso vivo y encendió una lin- terna. Taylor, abatido, le miraba marcharse mientras decía en voz baja:
—Nunca debiste subestimarlos. Capitán Harry, eras un auténtico gilipollas.
Conocía bien las riberas del río, y en cuanto salió del prado comenzó a analizar los alrededores en bus- ca de referencias que le pudieran ser de ayuda. Desde la Rita Dos, antes de aterrizar, había visto que no se encontraban lejos de alguna aldea de pescadores. Ahora, desde la orilla del Rak-Janén, se veía el brillo de las luces de una población cercana, en su mismo margen. El río parecía una descomunal serpiente muerta y estirada en la noche. Se encaminó hacia las luces, procurando andar sobre la parte de la orilla me- nos blanda, buscando suelo sólido, pero sin perder de vista el río. Lo cierto es que la caída de la noche le podía perjudicar bastante. Y no deseaba perderse tan cerca de casa. Tan cerca del final.
Unos minutos después alcanzó a ver el resplandor de unos faroles, que brillaban en las aguas oscuras y grasientas del río. No reconoció en un principio el lu- gar, pues el río contaba con decenas de pequeños po- blados similares entre sí, y podría ser uno entre muchos. Al fin, apareció frente a él, a un centenar de metros, una edificación de madera de dos plantas de altura, con una terraza en voladizo sobre el río ilumi- nada por faroles. Desde allí le llegó el eco de conver-
saciones, risas, algún llanto infantil, ruido de activi- dad. Una orquesta comenzó a tocar una canción festi- va, que fue aplaudida. Rodeando el edificio, varias casas de una sola planta parecían dormir; en otras po- cas, algunas ventanas despedían una lánguida luz. Tras la edificación, la más sobresaliente del poblado, un pequeño embarcadero de tablones de madera se internaba en el río iluminado por unos cuantos fana- les de luz mortecina.
En la fachada del edificio un cartel tallado en bajo- rrelieve rezaba: La Taberna del Pescador Honrado. Di Stefano se quitó el barro de los zapatos y entró en la taberna, abarrotada de gente. Parecía que no sólo los habitantes de aquel poblado, sino los de muchos más a la redonda, estuvieran en ese momento dentro del salón. Se acercó a la barra y, con la naturalidad de alguien de paseo por allí, pidió una cerveza. Se bebió de un par de tragos la amarga y añorada cerveza ari- sia. Chasqueó la lengua satisfecho.
—Busco transporte hasta Pálasti —le dijo a gritos al empleado, un joven de aspecto animoso y pelo en coleta que no dejaba de moverse tras la barra.
—¿A Pálasti? ¿Ahora? No creo, caballero —le res- pondió, sin dejar de atender sus obligaciones—. Pero, de todos modos, deje que pregunte. ¿Está dispuesto a dar una buena propina?
Di Stefano miró al joven.
—¿Cuánto me van a costar un par de jarras como ésta?
—Diez geas, señor. Hoy es fiesta.
Sacó un billete de cincuenta geas y se lo enseñó.
—El resto será tuyo.
—Espere un momento. Enseguida vuelvo.
Salió de la barra y ascendió por una escalera de ma- dera en dirección a la bulliciosa terraza, mientras no dejaba de dar órdenes a los otros empleados y saludar a la parroquia. Diez minutos después, cuando termi- naba Di Stefano su segunda jarra, apareció el camare- ro junto a un viejo pequeño, feo, y arrugado, con enormes ojos de sapo, que se quedó mirándole duran- te un instante, para luego formar una sonrisa en su rostro y exclamar mientras le echaba los brazos:
—¡Pero si es Bellini! ¿Qué demonios andas hacien- do por aquí? ¿De fiesta?
Di Stefano sonrió y abrazó al viejo, que despedía un fuerte olor mezcla de alcohol y falta de higiene.
—Más o menos —contestó.
—¿Y ese bruto de Rajín de Sura? ¿Anda por aquí contigo? Me han llegado comentarios de que estabais juntos en algo.
—No. Éste es un paseo solitario. Ya sabes: te pones a andar.
—Ya —dijo, entornando los ojos—. ¿Y quieres que te lleve a Pálasti?
—Ahora mismo, si es posible.
—¿Al barrio pesquero?
—Dónde si no.
—Pues entonces, estamos perdiendo el tiempo. Nos vamos.
—Niño, tu billete.
Di Stefano dejó sobre la mesa el billete prometido. El camarero se lo guardó y agachó la cabeza respe- tuoso.
—Vuelva cuando quiera, señor.
Salieron de la taberna y se encaminaron hacia el embarcadero. El viejo montó en una de las barcas de
pesca amarradas, un simple bote de madera con un pequeño motor a popa. Una vez lo hizo Di Stefano, soltó el amarre y arrancó el motor. La barca hizo un giro y remontó el Rak-Janén en la noche.
Di Stefano, aunque no sabía su nombre, conocía al viejo del puerto del barrio pesquero y la taberna de Marinai. Era uno de los muchos que se dedicaban a transportar mercancías lícitas o ilícitas, casi siempre de éstas últimas, desde la desembocadura del río has- ta el muelle del barrio pesquero. Fue una suerte en- contrarse con él: tenía transporte hasta Pálasti y, con su ayuda, podría encontrar más fácilmente una barca- za. Después de un rato de descanso, tumbado en la barca mientras dejaba que el agua del río le acariciase la mano, concluyó que lo mejor que le podía pasar a uno era estar en casa, en su medio. Todo rodaba me- jor en el ambiente habitual. Tiempo atrás, ese am- biente fue el sofisticado y lejano del Instituto, de la Tierra. Ahora, era Aris donde mejor se manejaba. Donde la suerte le podía encontrar en cualquier mo- mento. Aunque el diablo también hacía de las suyas...
¡Ah! ¡El puto diablo! ¿Existiría también en estos mundos alejados de la mano de Dios, tan lejanos al
nacimiento de las religiones? ¿O sólo existía en la Tierra, donde todo era casi perfecto, donde casi se ha- bía olvidado la idea del paraíso y el infierno? Con toda certeza, de elegir un lugar el diablo en el cual vi- vir, elegiría Aris. Entre otras cosas, más allá de dis- quisiciones teológicas, porque aquí sí que se mantenía el fervor de la religión. Un lugar remoto, lleno de hijos de Dios, donde incluso habían nacido unas cuantas religiones nuevas. Recordó con nostal- gia sus tiempos en la Sociedad. Y sus tiempos de se- minario y filosofía cristiana. ¿De qué servía todo aquello? Aquí sí existía el infierno: era real. Y, a ve- ces, en los sueños de los habitantes de Aris, también existía el paraíso. Contemplaba los poblados de pes- cadores de las orillas del río, divirtiéndose con bebi- das baratas, rezando a dios de mil maneras distintas, superando los pesares cotidianos de una vida mísera, y sintió el pesar del sacerdote que nunca fue y que nunca quiso ser. ¿Por qué demonios había tenido que volver a la Tierra? Haber vuelto a su antiguo hogar le recordó en esos instantes del río la fe de sus padres, y la suya propia, olvidada tras tantos años de lucha con la vida y consigo mismo. Pensó en Rajín de Sura y en
sus ridículos fetiches de la religión ortodoxo-panteís- ta, en su determinación invulnerable de afrontar una vida que desde su nacimiento era azarosa y difícil. Llegó a la conclusión de que todos, incluso el viejo de la barca, todos los que conocía en Aris, tenían algo que no tenía él: fe en lo que hacían, durante todos los días de su vida, en cada acto, en cada momento. Por- que todos, de un modo u otro, tenían la conciencia tranquila, algo que les reportaría beneficios más allá. En el peor de los casos, sabían cuál iba a ser su peni- tencia: haber vivido.
Tardaron casi una hora en llegar hasta el embarcadero del barrio pesquero. Durante todo ese tiempo Di Ste- fano estuvo tentado en varias ocasiones de echarse a dormir, después de sus tribulaciones de antiguo semi- narista, mecido por el vaivén de la barca y el frescor de la brisa, pero sobre todo cansado. Por que se en- contraba realmente cansado. Pero siempre se espabi- laba cuando estaba a punto de caer. Sin embargo del viejo, que permaneció en silencio todo el recorrido, no podía decir lo contrario: con seguridad había pasa- do dormido la mayor parte del viaje.
En el embarcadero una solitaria farola, colgada de la fachada de un almacén cercano, era la única luz. El viejo saltó a los tablones, con la seguridad de quien conoce tras toda una vida cada centímetro del lugar que pisa, amarró la barca y esperó a que saliera Di Stefano. Luego, con voz jocosa, dijo:
—No hemos hablado del importe del viaje. Di Stefano sonrió.
—Viejo brujo, de todos modos tenías que venir a casa. ¿Qué más te da llevar un pasajero o no?
—¡Quién sabe si hubiera vuelto esta noche! Estaba en tratos con una ostrera de Adfarai.
—No te preocupes, viejo, era broma. Te pagaré bien... sobre todo si me haces otro favor.
Conocedor de que a Bellini no convenía negarle fa- vores, por que solía pagar en regla y tenía buenas amistades, el viejo asintió.
—Dime.
—Tienes que encontrarme una barcaza. Lo más grande posible. Con personal suficiente para hacer un trasvase de material. Y que sean de confianza.
El viejo comenzó a reír abiertamente, enseñando una boca desdentada.
—Lo sabía, Bellini. Tú de paseo.
Dejó que las palabras se las llevara el río. Luego, más serio le dijo:
—No hay problema. Mañana espérame donde Ma- rinai.
—No, mañana no —le cortó—. Ahora.
El viejo se quedó muy quieto, mirándole con fijeza.
—Bellini, creo que tu paseo te va a salir un poco caro.
—¿Puedes o no? Dímelo. Si no, me buscaré otro.
—Puedo, puedo —le dijo con rapidez—. Dame unas cuantas geas, para empezar.
—¿Lo puedes conseguir para ahora mismo?
El viejo se le quedó mirando como si fuera un niño.
—Parece mentira que lo preguntes. Con dinero, amigo mío, todo se puede conseguir. Dame un par de cientos, para empezar.
Di Stefano sacó un billete y se lo dio. El viejo se lo guardó entre los harapos que llevaba por ropa y se dio
la vuelta, mientras señalaba con el dedo el suelo de madera del embarcadero.
—Espérame aquí. No tardaré.
Y se alejó corriendo todo lo rápido que podía con sus escuálidas piernas y con sus muchos años. Di Ste- fano se reclinó sobre un poste de amarre y miró hacia el cielo estrellado.
Poco más de media hora después apareció el viejo con cuatro hombres más. A la poca luz del embarca- dero, a Di Stefano le pareció que el viejo se había multiplicado por cinco, pero salvando unos cuantos años en cada clon. Le hizo señas a Di Stefano para que se acercara a ellos.
—Éste es mi hermano Boris. Y éstos son mis sobri- nos, sus hijos. Tiene una barcaza que te puede servir.
—Estupendo. Pues vamos.
Salieron del embarcadero, bordearon varios alma- cenes de madera y llegaron a un discreto amarradero donde una barcaza, ancha y grande, flotaba en un pe- queño remanso rodeado de árboles. Unos juncos, dis- puestos a modo de parapeto, impedían verla desde el río.
—Ésta es mi barca. ¿Te sirve? —preguntó el tal Boris.
Di Stefano determinó que le podría valer.
—Perfecto.
—Debes pagarme antes de embarcar.
—¿Cuánto?
—Depende —dijo Boris rascándose el mentón—.
¿Dónde vamos?
—Un par de kilómetros río abajo de la taberna del pescador honrado.
—Es cerca. Tardaremos poco.
—También deberemos transportar unas cajas desde un lugar cercano.
Boris asintió en silencio.
—Dame para empezar dos mil geas. Si lo creo ne- cesario, ajustaremos al final del trabajo el precio defi- nitivo. ¿De acuerdo?
Di Stefano le contestó dándole el dinero.
—Nos vamos —dijo—. Tenemos prisa.
Montaron en la barcaza. Boris arrancó los motores, que produjeron un petardeo que alteró la paz de la no-
che. Uno de sus hijos, armado con un palo de varios metros de longitud, corrió la empalizada de cañas y la barcaza tomó curso río abajo. Unas linternas se en- cendieron en cubierta. Di Stefano pudo apreciar el ta- maño de la embarcación, y constató que, de haberlo querido, casi podrían haber transportado la totalidad del cargamento de la Rita Dos. Boris puso los moto- res a la máxima potencia, lo que unido a la corriente del río, hizo que navegasen a buena velocidad.
—¿Tenías prisa, no? —Le preguntó el capitán, mientras sonreía satisfecho.
Di Stefano dirigió la vista al río, oscuro y silencio- so. Había algo que, desde que llegaron, le había sor- prendido.
—¿Por qué hay tan poco tráfico esta noche? Sólo nos hemos cruzado con un par de cargueros. El río parece muerto.
—Son las fiestas de la buena pesca —contestó Bo- ris—. Los muelles cierran durante dos días. Si quieres ver barcos, vete al puerto de Pálasti. Allí están todos, amarrados, con sus tripulaciones emborrachándose en los burdeles.
Unos minutos de navegación después pasaron fren- te a la taberna del pescador honrado, donde seguía la fiesta, la dejaron atrás, y Di Stefano le dijo a Boris que disminuyese la velocidad de marcha. Encontró la pradera. A unos centenares de metros, una luz lechosa proveniente de la bodega de carga de la Rita Dos des- tacaba en la oscuridad.
—¿Ves aquella luz? —le indicó a Boris—. Ahí está nuestro destino.
El capitán asintió, hizo girar la barcaza hasta colo- car la popa frente a la orilla y aceleró los motores, para luego, de golpe, pararlos. La barcaza navegó marcha atrás en dirección a la orilla y remontó varios metros de lodo hasta quedar detenida por completo. Los hijos del capitán saltaron a tierra, amarraron la barcaza con dos gruesas maromas a unos árboles. El capitán miró a Di Stefano.
—Bien, veamos qué es lo que tenemos que traer. Dame esas linternas.
Di Stefano y Boris saltaron a tierra y se encamina- ron en silencio a la Rita Dos, chapoteando con difi- cultad en el barrizal. Unos minutos de lucha después,
pudieron ver a Rajín de Sura que les hacía señales con una luz.
—El terreno no es demasiado sólido —le dijo Boris a Di Stefano—. Nos va a costar llevar el material. Por cierto, ¿qué demonios es eso?
Señalaba a la Rita Dos. En su mirada se podía ver la sorpresa.
—Una nave espacial. Debemos llevarnos parte del cargamento.
Boris miró alternativamente a la nave y a Di Ste- fano. Al fin, se encogió de hombros.
—Prefiero no saber nada más. Dime lo que nos te- nemos que llevar y punto.
Pistola en mano, salió a recibirles Rajín de Sura, que hizo un guiño a Di Stefano.
—Todo preparado, Bellini —le dijo—. Cuando queráis.
Boris, mirando de soslayo a Rajín, y Di Stefano, se acercaron a la rampa de la nave y subieron. Dentro de la bodega de carga, Di Stefano señaló varios contene- dores.
—Son éstos.
Boris asintió, sopesó la situación durante unos ins- tantes y después se marchó.
—Ahora mismo venimos.
Cuando se hubo alejado unos pasos, Di Stefano se giró hacia Rajín.
—¿Qué has hecho con la tripulación? El arisio le miró serio.
—¿Qué crees? ¿Que los he asesinado?
Di Stefano prefirió no responder. Rajín de Sura continuó.
—Yo no mato si no me pagan. O si no está en peli- gro mi vida. Y creo que ninguna de estas circunstan- cias se dan en este momento. Pero si quieres que los elimine.
—Tocado —dijo Di Stefano.
Rajín de Sura le miró frunciendo el ceño. No lo ha- bía entendido.
—Les he dejado inconscientes y los he amordaza- do. No quería que nadie les viese. Mejor así, ¿no crees?
—Sin duda.
—Por cierto, ¿cómo has tardado tan poco?
—Suerte. Cuestión de suerte.
Rajín miró a la noche y luego a su compañero.
—Mientras has estado fuera he estado pensando. Y no estoy muy conforme con dejar que se larguen. No sé. Yo no me arriesgaría. No me gustaría que una no- che Taylor, o alguno de los otros dos, me pusiera un cuchillo en el cuello o me pegase un tiro. La vengan- za, Bellini, puede ser un estímulo muy poderoso: da alas incluso a los más cobardes.
—Ya lo hemos decidido —dijo Di Stefano—. Tú mismo me convenciste de que no sabríamos qué ha- cer con la nave. Es lo mejor. Quedarnos con esta nave aquí nos podría traer problemas.
—¿Y si dejamos que se vayan no? Conozco a va- rios chatarreros. No quedaría de ella ni el recuerdo en pocos días.
—¿Y el resto del cargamento? El arisio se encogió de hombros.
—No es cosa nuestra. Que hagan lo que quieran con él.
—No. Ya hemos hablado del tema —dijo, negando con la cabeza—. Dejémosles que se vayan con su
nave. Con seguridad no les volveremos a ver. Y todos contentos.
Rajín le miró no muy convencido.
—Si es lo que opinas.
—Sí —le cortó tajante—. El resto del cargamento debe llegar a su destino. La tripulación puede decir que fueron asaltados por piratas, que les robaron, o lo que quieran. Ya sabrán cómo justificar lo del whisky y lo del capitán Harry. Pero el resto del cargamento debe llegar a su destino. No quiero que alguien se en- fade y se tome la molestia de indagar. La gente a quien va dirigido debe ser poderosa, y no quiero que nada les ate a nosotros, ni a Pálasti. ¿Queda claro?
Rajín de Sura negó con la cabeza y habló con parsi- monia.
—Lo que está claro es que, para conseguir lo que pretendes, lo mejor sería deshacernos de todo. Y na- die podría seguirnos la pista.
—¿Y si preguntan en la Tierra, en el puerto de Trí- poli?
—Les dirán que la Rita Dos partió a Lira Cinco.
—Con nosotros.
—¿Y qué? Hemos desaparecido con la nave. ¿Por qué? ¿Dónde? Quién sabe.
Di Stefano tardó en responder. A los lejos se veían unas luces en la pradera: Boris y sus hijos se acerca- ban.
—Decídete —dijo Rajín de Sura, mirando hacia las luces.
Di Stefano pensó rápido, y decidió que el arisio lle- vaba de nuevo razón. Podía dejar que la Rita Dos y la tripulación se fueran y continuasen con sus quehace- res. Pero, tarde o temprano, se sabría la historia en to- dos los espacio puertos que la Rita Dos frecuentase. Siempre le había gustado trabajar sin dejar cabos sueltos. De ninguna manera podía permitir que al- guien, quien fuese, supiera que dos tipos de Pálasti se habían apoderado de una nave que partió de la Tierra tras matar a su capitán y habían robado parte del car- gamento. En su momento, el uso de los venenos en el interrogatorio y asesinato de O’Riordan no le dejaron del todo convencido de que el Instituto no siguiese en un futuro una pista arisia. Ahora, permitir que la co- rroboración de las sospechas viajase de planeta en planeta no le convencía en absoluto. Y, por supuesto,
cabía la posibilidad de la venganza por parte de Tay- lor... o de alguien mucho más peligroso. Sí, definiti- vamente llevaba razón Rajín de Sura.
En voz baja, se dirigió al arisio.
—¿Qué has pensado para la tripulación?
Poniendo sus manos en la cintura y respirando hon- do, contestó sonriendo.
—Oh, nada espectacular. Pegarles un tiro y dejar que el río haga el resto. La desembocadura está ates- tada de huesos roidos por los peces... ¿Quieres?
—De acuerdo —contestó.
Y maldijo el momento en que el estúpido capitán Harry había querido robarles. Si eso no hubiera ocu- rrido, estaría de camino a casa, sin más problemas añadidos a los que ya tenía. Y sin más cargos en su conciencia. Maldita sea, él sólo pretendía llegar a Pá- lasti.
Boris, sus tres hijos, y el viejo, aparecieron monta- dos sobre una oruga de transporte, que acercaron lo máximo que pudieron a la rampa. Después se baja- ron.
—Son éstos —dijo Boris, señalando los contenedo- res.
Sus hijos comenzaron a colocar unas vigas metáli- cas con ruedas bajo los contenedores. Después, iza- ron las vigas con un gato hidráulico y los empujaron hacia la oruga.
—Podemos llevar dos en cada viaje —le dijo Boris a Di Stefano—. En total son estos cinco, ¿no?
Señaló hacia los contenedores que antes le había señalado Di Stefano. Éste asintió.
—Tardaremos poco, entonces. Tres viajes.
La oruga partió apenas dos minutos después. Volvió al poco rato y repitieron la operación. Di Stefano, ad- mirado, les miraba trabajar. Silenciosos, profesiona- les, eficientes sin duda. Debería darle una buena propina al viejo.
Antes de llevar el último de los cargamentos, Boris se dirigió a Di Stefano.
—¿Dónde quieres que los desembarquemos?
—¿Tienes almacén? ¿Puedes guardármelos tú? —le respondió.
—Por un suplemento por día, sí.
—Pues a tu almacén.
—De acuerdo.
Boris subió a la oruga y se quedó mirando a Rajín y Di Stefano.
—¿No subís?
—Id yendo hacia la barcaza, luego os cogemos
—contestó—. Tenemos trabajo pendiente.
—Ajustemos entonces el precio. Deberás darme mil geas más —dijo Boris—. Por las molestias.
Di Stefano sacó un billete de dos mil geas.
—Toma. Confío en ti.
Boris se lo guardó. Antes de maniobrar para irse, se volvió.
—No tardéis demasiado. Por si acaso, mi almacén es el que está tras el amarradero de la barcaza. Antes de hacer nada, habla conmigo. Ya sabes dónde encon- trarme.
Y se alejaron en la oruga hacia el río.
—¿Dónde están? —Preguntó Di Stefano.
—En los camarotes —dijo Rajín de Sura—. Vamos.
Cruzaron la bodega de carga y llegaron hasta el pa- sillo. En uno de los camarotes, los tres tripulantes es- taban tirados sobre el suelo, aún inconscientes.
—Estos asesinatos también correrán por tu cuenta... pero a precio de Aris —dijo Rajín de Sura, mientras les apuntaba con su arma.
—¿No te vale con lo que saques del cargamento?
—Eso no tiene nada que ver —dijo, negando a la vez con la cabeza—. Es un dinero extra que obtendre- mos ambos. No sólo yo.
Di Stefano le miró. ¿Cómo alguien podía pensar en eso ahora? La respuesta le vino rápida: por que era un asesino profesional.
—Adelante —ordenó en voz baja Di Stefano.
Y abandonó el camarote. Mientras salía al exterior, oyó tres disparos. Al poco, apareció Rajín de Sura.
—Ya está. Ahora, llevémosles al río.
—No será necesario —negó, mirando hacia el cielo estrellado.
El arisio le miró.
—¿Has pensado algo distinto?
—No me fío de tus chatarreros. Ni del destino que le den al cargamento. Lo mejor será hacer explotar la nave.
Rajín meditó unos segundos.
—Eso está bien pensado. Pero, ¿de dónde vamos a sacar explosivos?
—De momento, vayamos hacia el barco. Creo que en mi despacho podemos encontrar lo que necesita- mos.
Rajín de Sura resopló. Quería dejar claro que co- menzaba a estar harto de tanto trajín.
—No lo entiendo —dijo—. Entonces, ¿para qué me has hecho matarlos? Te podrías haber ahorrado un buen dinero. Se me ocurre que.
—Por si acaso —le cortó Di Stefano—. Y ahora, vayámonos.
Cogieron el equipaje que les quedaba en la nave y apagaron las luces de la bodega de carga. La noche se hizo sobre la hierba del prado. Salieron al exterior y, a la luz de una linterna, siguieron las huellas de la oruga. Al llegar a la barcaza, los hijos de Boris tapa- ban los contenedores con unas lonas.
Tardaron algo más en remontar el río que en el via- je de ida. Mientras navegaban, Di Stefano trazó un plan: ir hasta la taberna de Marinai, asearse, cambiar- se de ropa, y acercarse después a su despacho, donde guardaba otro maletín de seguridad. Si la policía se- creta de Aris no había sido lo suficientemente eficaz, podría recuperar el maletín y lo más importante: el explosivo. De no ser así, debería confiar en los chata- rreros de Rajín de Sura. Que se hicieran cargo ellos también de tirar los cadáveres al río.
Di Stefano dejó su puesto en la cabina de pilotaje al lado de Boris, y cruzó la cubierta. Se dirigió al viejo, que dormitaba sobre unos fardos, cerca de los conte- nedores. Le despertó zarandeándole.
—Viejo, debes hacerme otro favor.
El viejo sacudió la cabeza para quitarse de encima la modorra.
—¿Otro?
Di Stefano sacó un billete de mil geas.
—Esto es para ti. Por los servicios prestados.
El billete desapareció en un santiamén. El viejo se acabó de despabilar.
—Tú dirás.
—Me tienes que dejar tu barca.
—¿Ahora?
Di Stefano asintió.
—Será sólo un rato. Después te la dejaré en el ama- rradero.
—¿No quieres que te acompañe?
—No. Mejor que vaya solo.
—Está bien. Cógela. Ya sabes dónde está.
Y el viejo, después de acariciar el bolsillo donde acababa de guardar el dinero, se dio media vuelta para seguir durmiendo.
Llegaron al embarcadero de Boris, bajaron a tierra, y les dejaron trasladando los contenedores al almacén. Rajín de Sura, antes de irse, se dirigió a Boris en voz baja. Di Stefano no pudo oír lo que le decía, pero vio a Boris que asentía antes de volverse y continuar con su trabajo. Caminando a paso vivo, cruzaron la zona de desvencijados almacenes y treparon por las cues- tas del barrio pesquero. Habían colocado antorchas portátiles de gas en las calles, sonaban músicas festi-
vas. La gente se amontonaba frente a los locales de comida y los bares, bailaba, se zarandeaba, se abraza- ba... algunos, solamente charlaban. Rajín de Sura re- conoció la situación.
—¡Claro! Se me había olvidado. Son las fiestas de la Buena Pesca —dijo—. Lo mejor del barrio pesque- ro y de todo el Rak-Janén.
Unos minutos después llegaron hasta la callejuela donde se encontraba la taberna de Marinai. Frente a la taberna la gente, apelotonada, tomaba bebidas bo- tella en mano y charlaba en voz alta. Entraron en la taberna, más abarrotada que de costumbre, abriéndo- se paso a base de empujones. La música atronaba, y los clientes cantaban a gritos las canciones groseras. Di Stefano localizó a Marinai tras la barra, le hizo un gesto, tomaron la escalera, y subieron al piso supe- rior. Marinai se unió a ellos segundos después.
—¡Queridos amigos, qué alegría! No me imaginaba un retorno así: habéis venido con las fiestas. ¡Bienve- nidos seáis!
Di Stefano le cortó con brusquedad.
—Dejemos para otro momento las efusiones. Da- nos una habitación, y consíguenos algún coche para ahora mismo.
El tabernero sacó un manojo de llaves del bolsillo, abrió una puerta y les invitó a entrar.
—Coged la de Rajín. Os pondré otra cama. Por su- puesto, la he reservado... tus cosas están dentro
—dijo, mirando al arisio.
—No esperaba menos de ti —dijo Rajín de Sura, tocándose los fetiches. Después se abrazó a Mari- nai—. Ya te dije que volvería.
—En cuanto esté el coche os aviso —se despidió lacónico Marinai.
A los veinte minutos llamó a la puerta Marinai. Les dio tiempo para asearse y cambiarse de ropa. Rajín se había vuelto a vestir con sus prendas arisias. Di Ste- fano le miraba asombrado: parecía otro. Casi se había acostumbrado a verle al estilo terrestre. Volver a verle como siempre, le hizo darse cuenta de que por fin ha- bía vuelto a casa. A su vida. ¿Sería capaz de recupe- rarla?
Bajaron a la taberna y salieron al exterior, sin vol- ver la cabeza al salón abarrotado. Un par de calles más allá les esperaba el mismo vehículo que, días atrás, les llevó al espacio puerto. Se montaron, el con- ductor arrancó. Sorteando a los viandantes con una solvencia asombrosa, callejearon por el animado ba- rrio pesquero, hasta llegar a la plaza Magadash, reple- ta de marineros y prostitutas que buscaban clientela acodadas en los tenderetes de pescado frito y cerveza.
—Ve hacia la Avenida Principal —dijo Di Stefano
—. Yo te indico.
Pasaron por calles cada vez más despobladas hasta llegar al centro financiero de la ciudad, que aparecía desierto. Di Stefano fue indicando al conductor hasta llegar a la altura del edificio donde estaba su despa- cho, situado en una calle paralela a una dormida ave- nida.
—Aquí.
El conductor detuvo el vehículo. Antes de bajarse, Di Stefano miró hacia ambos lados de la calle. Todo se veía vacío. Razonó que no tenía por qué haber na- die de la policía montando guardia frente a su despa-
cho. ¿Para qué? Se suponía que estaba trabajando para ellos, posiblemente en la Tierra. Habría supuesto un desperdicio de medios mantener la vigilancia.
En el edificio, destinado a oficinas y despachos profesionales, ninguna luz se veía en ninguna de las ventanas.
Descendieron del vehículo.
—Espéranos —dijo Di Stefano al conductor—. Ahora venimos.
En la recepción del edificio, una célula identificati- va reconoció a Di Stefano, y la puerta principal se abrió. Entraron. Las luces de la recepción se encen- dieron. Subieron hasta la tercera planta. Di Stefano, frente a la puerta, se mantuvo unos segundos parado, recorriendo con su mirada el dintel. Después, puso su pulgar en la célula de la cerradura y ésta se abrió. A ciegas caminó hacia la mesa de despacho. Abrió uno de los cajones de un armario situado tras ésta, bajo la ventana. Allí estaba el maletín, tal como lo dejó. In- cluso a oscuras, pudo comprobar por varios detalles que la policía había estado allí dentro haciendo la co- rrespondiente revisión. Pero al encontrar el maletín
debieron pensar que se trataba sólo de eso: un maletín vacío. Y lo dejaron donde estaba. Sonrió. Había sido una suerte que a ninguno de los polis le hiciese falta ninguno.
—Ya está. Nos vamos.
Salieron a la calle, tomaron el vehículo. Unos mi- nutos después, se internaban de nuevo en el barrio pesquero.
—Llévanos a los muelles —dijo Di Stefano.
El conductor sorteó con pericia a los viandantes que atestaban las calles, hasta que llegaron a la zona de almacenes, oscura, silenciosa, y vacía de gente. Al fin, se detuvo frente al embarcadero. Di Stefano y Rajín se bajaron, y el coche desapareció entre los al- macenes.
—Allí.
Di Stefano señaló el embarcadero donde estaba amarrada la barca del viejo. Ahora, a la luz incierta del farol, todas le parecían iguales. Pero acabó por re- conocerla.
—Es ésta. Sube.
Subieron. Di Stefano arrancó el motor de popa y cogió el timón. La barca descendió el río. Rajín de Sura, recostado, miraba las márgenes oscuras. Sin apartar la vista, habló.
—¿Crees que con el explosivo del maletín servirá? No estoy muy seguro. La Rita Dos es grande.
—Confiemos en que nos sirva —dijo Di Stefano, atento al río—. La colocaré cerca de las pilas de ener- gía del acelerador. Se creará una explosión en cadena.
Rajín se giró para mirarle.
—¿Seguro?
—No —contestó Di Stefano—. Pero, si no es así, siempre están tus chatarreros. ¿O no?
—Por supuesto. Y mucho me temo que tendré que avisarles esta misma noche.
Di Stefano concluyó que Rajín esperaba otro pelliz- co de la Rita Dos, y por eso insistía en el tema. Pero esta vez no iba a sacar tajada. O eso esperaba, al me- nos. Confiaba que la trinamita del maletín fuera más que suficiente para provocar una explosión devasta- dora. En todo caso, nada se perdía por intentarlo. Continuaron descendiendo el río en silencio. Pasaron
el bullicio de la taberna del pescador honrado, llega- ron al prado. Saltaron a tierra y amarró la barca al tronco de un árbol.
—¿No sería mejor que te espere aquí? —Preguntó Rajín de Sura—. No veo en qué puedo serte útil. Y me mancharé mis botas de piel y mis pantalones.
—De ningún modo. Acompáñame.
Se dirigieron a la Rita Dos, Di Stefano abriendo el camino, y Rajín detrás, mascullando juramentos in- comprensibles. Subieron la rampa, encendieron las luces de la bodega. Di Stefano abrió una trampilla si- tuada en el suelo del pasillo y descendieron por una escalerilla metálica hacia la zona técnica.
Durante unos instantes estuvo indagando, mientras Rajín, apoyado indolentemente en la escalerilla, le miraba entre divertido y fastidiado. Al fin, descubrió una portezuela, señalada con el símbolo de peligro. Unos retenes de seguridad impedían abrirla con faci- lidad. Un cartel indicativo estaba escrito en ella. Di Stefano lo leyó detenidamente, y después comenzó a abrirla. Al terminar de hacerlo, un fulgor azul llenó la estancia. Comenzó a sonar una sirena, unas luces ro-
jas de emergencia parpadearon. Di Stefano se intro- dujo en el pequeño habitáculo azul; poco después salió, manipuló en el maletín y lo metió dentro. Cerró la portezuela y ajustó los retenes de seguridad. La si- rena calló y las luces rojas se apagaron.
—Nos vamos. Tenemos diez minutos de margen.
Salieron a la carrera de la nave, y no pararon hasta llegar a la barca. Antes de montar, se volvieron. La Rita Dos parecía tan serena como antes.
—Esto no funciona, amigo —dijo jadeando Rajín de Sura, mirando primero a la nave y luego a sus bo- tas embarradas—. Será mejor que me encargue yo.
Di Stefano consultó su reloj.
—Espera.
Montaron en la barca, Di Stefano la dirigió en dia- gonal hacia la orilla contraria, remontando el río, sin dejar de mirar hacia el oscuro prado, tapado por los árboles de la ribera. En mitad del cauce el estallido descomunal les sorprendió; la onda expansiva hizo que la barca se bambolease y casi los tiró al agua. Por un instante, el día se hizo sobre el prado y los bos- ques cercanos. Sin tiempo para reponerse, cegados y
ensordecidos, continuaron su viaje. Unos minutos después, Rajín de Sura resopló.
—Lo cierto es que tus trabajos cansan a cualquiera. Estoy molido, Bellini. No veo la hora de echarme a dormir.
Continuaron remontando el río en silencio, mien- tras escuchaban lejanos ruidos y veían los resplando- res chispeantes de los castillos de fuegos artificiales río arriba.
Dejaron la barca del viejo en el embarcadero, cami- naron sorteando borrachos hacia la taberna de Mari- nai, donde la fiesta no había decaído, y subieron a su habitación. Marinai había colocado una cama plega- ble para Di Stefano. No parecía gran cosa, más bien incluso incómoda. Pero supo que dormir en ella du- rante el resto de la noche le iba a parecer un placer re- servado a los dioses. Rajín no esperó: se tumbó en la cama y comenzó a desvestirse entre bostezos. A los pocos instantes roncaba, ajeno al ruido. Di Stefano, antes de meterse en la cama, cogió el transpondedor y mandó el último mensaje que esperaba enviar: ESPE- RO CITA PARA REVELAR OBJETIVO.
Se despertó cerca del mediodía. A Di Stefano le sor- prendió abrir los ojos y encontrarse en aquella habita- ción junto a Rajín de Sura, pero enseguida reconoció la situación y resopló satisfecho. Había dormido como un niño y, pese a que los tablones de la cama se le habían clavado en los huesos, se encontraba des- cansado. Se levantó de un salto, se aseó y se vistió. El arisio continuaba durmiendo, su corpachón de oso en posición fetal, la habitación saturada de sus ruidos animales. Se asombró de haber podido dormir con aquel estruendo a su lado. Le dejó dormir y bajó al salón.
La fiesta de la noche anterior quedaba patente en el desorden y suciedad del salón, que las hijas de Mari- nai intentaban remediar. Se sentó a una mesa limpia y pidió de desayunar. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Antes de sacar el transpondedor, suspiró y entornó los ojos. Le había costado mucho llegar hasta aquí. Esperaba no dar un paso en falso o que las cosas salieran mal, aunque en buena medida, se consoló, eso no dependía de él. Le sirvieron té y galletas. Be- bió un sorbo de té y accionó el transpondedor. Tenía un mensaje. SI SE ENCUENTRA EN LA CIUDAD, A
LA UNA YA SABE DÓNDE. DE NO SER ASÍ, MÁN- DENOS RESULTADOS.
Terminó su té. Llamó a una de las hijas de Marinai.
—Despierta a Rajín de Sura. Y avisa al mudo. Le quiero aquí con su coche lo antes posible.
La chica hizo una especie de torpe reverencia, no exenta de sarcasmo, pero salió disparada. Di Stefano pidió otro té. No quiso probar las galletas: se le había quitado el apetito.
Rajín de Sura bajó casi media hora después, con la apariencia de no haberse despertado por completo. Se sentó a la mesa y pidió de desayunar. Comió un boca- dillo de carne fría y trasegó un par de vasos de leche de peul, en silencio. La chica avisó a Di Stefano de que el coche ya le esperaba.
—Nos vamos —le dijo a Rajín.
—Mejor que no pregunte dónde me quieres llevar ahora —dijo con voz pastosa mientras se levantaba de la silla.
Cruzaron el comedor.
—¿Sigo trabajando para ti? —preguntó con cierta renuencia al traspasar la puerta que Di Stefano le abría.
—Así es.
—Pues espero que no continúe el trajín.
Montaron en el vehículo. Di Stefano le dio la direc- ción del restaurante al mudo conductor. Partieron en el silencio incómodo de después de despertar, sor- teando las basuras acumuladas en las calles y a los úl- timos juerguistas. Unos cuantos tenderetes de bebidas seguían abiertos; los niños se arremolinaban en torno a ellos pidiendo, mientras los mayores continuaban la fiesta.
—Tenemos que hablar del tema... —dijo Rajín de Sura minutos después, cuando estaban llegando a la plaza Magadash, ya algo más despabilado.
—Por supuesto. Pero, antes, te recuerdo que sigues trabajando para mí. Por ahora, al menos.
—Pero aquí en casa —interpeló con cierta violen- cia, señalando con el índice al suelo del coche—. Quiero dejar bien claro algo: no pienso acompañarte a ninguna otra aventura fuera de este bendito planeta.
—Creí que quedaron las cosas claras —dijo Di Ste- fano—. Tenía que conseguir una información y ya la tengo. No hay por qué volver a viajar.
Después de unos segundos de meditación, el arisio dijo con voz pausada:
—Entonces, de acuerdo. No hay motivo para rom- per nuestro compromiso.
Di Stefano se giró y miró a través de la ventanilla del vehículo. Ver las calles atestadas de gente, en su habitual ir y venir, le reconfortó. Por un instante des- eó formar parte de aquella riada humana de anónimos transeúntes, sin más problemas que los habituales. Cuando todo terminase, se daría un tiempo de vaca- ciones para dedicarse a pasear por Pálasti. Sólo eso: pasear tranquilo sin rumbo fijo, elegir un buen restau- rante donde comer, tomarse unas copas, aburrirse, buscarse una chica... Estar tranquilo.
—Todavía tengo que solucionar varias cosas, entre ellas lo tuyo... —dijo en voz baja.
—Pensaba que eso lo harías tú solito sin tener que contar con un asesino profesional —intervino sin di-
simular su molestia Rajín de Sura—. No veo qué vin- culación puede tener.
—Deja de quejarte y compórtate —cortó con brus- quedad Di Stefano—. Te he hecho ganar una fortuna. Y puedes ganar aún más dinero.
Rajín de Sura pareció volver a meditar durante unos instantes. Después asintió.
—De acuerdo. Pero siguen los precios que pacta- mos.
—Como quieras. Joder, qué despertar tienes.
El coche se internó en el centro de la ciudad, donde la circulación era tan caótica e imposible como siem- pre. Di Stefano consultó su reloj: la una y veinte. Bueno, qué demonios, que espere, pensó. La informa- ción que tenía era lo suficientemente importante como para que una pequeña espera le molestase a Pa- lacios. Por muy terrestre que fuera.
—Voy a reunirme con alguien —le dijo a Rajín de Sura mientras contemplaba los edificios de cristal del centro financiero—. Es la persona a la que tengo que llevar la información. Y la que quitará tu orden de búsqueda.
El arisio asintió en silencio, formando una mueca irónica. Segundos después, giró la cabeza hacia Di Stefano.
—¿No querrás que entre contigo? Aunque si ese tipo es quien tú dices... podría permitirme el lujo de dejar que me viera.
—No —contestó—. Quédate fuera, con el coche. Si no salgo en unos minutos, márchate.
—Eso significará que las cosas no han salido bien.
—Al contrario. Si me ves salir antes de ese tiempo es porque el asunto se ha torcido. Así que estate pen- diente, por que tendríamos que salir volando. ¿De acuerdo?
—Bien, de acuerdo. ¿Cuánto tiempo esperamos?
—Veinte minutos. Si no he salido en veinte minu- tos, os largáis. Durante ese tiempo, esperadme en la esquina de la avenida Plazente con el motor en mar- cha.
Pasaron frente al restaurante. Di Stefano indicó al conductor que continuase. A ambos lados de la puerta dos policías hacían guardia sin mucho disimulo, para- dos en la acera, mirando ansiosos a la gente que pasa-
ba. Una manzana más allá, en el cruce con la avenida Plazente, le ordenó parar al conductor. Echó una últi- ma mirada a Rajín de Sura y bajó del vehículo. El ari- sio asintió serio. Se internó en la riada de gente que circulaba presurosa por la acera. Un par de minutos después se encontraba frente a la puerta del restauran- te. Uno de los policías de guardia le seguía a pocos metros, empujando a la gente para no perderle. Entró en el restaurante. Otro policía, el mismo de la anterior cita, hacía guardia en la recepción. Pareció recono- cerle. Le cacheó, le quitó la pistola y le indicó la puerta con aire funcionarial.
—Ya sabe por dónde es.
Dentro, en el restaurante vacío y silencioso, en la misma mesa de la vez anterior, le esperaba Palacios. Al verle traspasar la puerta miró su reloj y sonrió. Se levantó de la silla, y con un gesto le invitó a sentarse a la mesa.
—Espero que tenga la información que precisa- mos —le dijo a modo de saludo.
Di Stefano se sentó con parsimonia. Compuso una mueca indescifrable. Y permaneció callado.
—He tenido la deferencia de esperar hasta que vi- niera para pedir de comer —dijo Palacios—. ¿Desea algo en especial? Porque supongo que tendremos mo- tivos para considerar esta comida una especie de cele- bración. No me equivoco, ¿verdad?
Hizo una seña al camarero, que esperaba paciente en la otra esquina del comedor.
—Y bien —continuó—. ¿Tiene lo que necesita- mos?
Di Stefano se envaró y acercó su cabeza a la de Pa- lacios, hasta dejarla a un par de palmos de distancia.
—Señor Palacios, devuélvame lo que me pertenece. Y págueme el trabajo. Sólo entonces le daré la infor- mación.
Palacios se echó hacia atrás, apoyándose en el res- paldo de su silla y juntó las yemas de sus dedos frente a la cara. Clavó en Di Stefano sus ojos oscuros.
—¿Cómo pretende que le pague si no sé si la infor- mación es correcta?
—¿Cómo pretende usted que le dé la información si no tengo seguro que me vaya a pagar?
Palacios dibujó una sonrisa torcida mientras negaba con la cabeza.
—No es buena la desconfianza entre colaboradores. Está bien, si lo que pretende es una prueba aquí la tie- ne.
Se agachó y cogió un terminal de comunicaciones apoyado en una pata de la mesa. Accionó en el termi- nal durante unos instantes y después lo giró hacia Di Stefano para que lo viera.
—Aquí tiene usted —dijo—. Esta es su cuenta del banco de fomento africano. Compruebe que está todo el dinero y que tiene total interactividad. La acabo de desbloquear.
Di Stefano comprobó lo que decía. Parecía estar todo en regla.
—Aún me deben el dinero que he utilizado en la misión. Y lo que me prometieron.
—Eso no supone ningún problema —dijo Palacios con aire casual—. Antes de abandonar este restauran- te lo tendrá en su cuenta. ¿Conforme?
Di Stefano le devolvió el terminal y asintió, no por que estuviera conforme del todo, si no por que no te- nía algo mejor que hacer.
—Bien, pues ahora, díganos lo que queremos saber
—dijo Palacios.
Di Stefano sintió los latidos de su corazón en el cuello. Había llegado el momento. Podía seguir ju- gando a mantener la información, o podría dársela ahora mismo. En cualquier caso, no tenía más opción que fiarse de aquel tipo, que hasta el momento pare- cía cumplir con el trato. Negarse a proporcionarle la información acertada implicaba tener problemas in- mediatos.
—El centro de experimentación del Instituto que ustedes buscan se encuentra en Roma. A veinte kiló- metros, en la carretera a Nápoles. Se conoce como Palacio Pertini. Ahora le proporcionaré las coordena- das exactas.
Palacios asintió mientras tomaba nota en un termi- nal personal. Después, se quedó muy quieto y miró a Di Stefano a los ojos.
—¿Cómo sabe usted que es el centro que busca- mos?
—Usted me dijo que confiaba en mi criterio.
—Y confío —dijo con tranquilidad—. Pero quiero que me explique, antes de nada, por qué cree que se trata de ese lugar y no de otro.
—¿Quiere que le cuente todos los pasos que di en la Tierra para conseguir la información?
—Sí, en un principio esa era la idea —asintió Pala- cios—. Por eso le proporcionamos el transpondedor,
¿recuerda? Sí, ese aparatito que usted ha utilizado cuando le ha venido en gana.
—Al igual que no creí necesario hacerle un informe diario, tampoco veo necesario explicarle cómo conse- guí la información —dijo con voz pausada—. Lo im- portante es que la conseguí. Y ahora le pertenece.
Palacios continuó mirándole con fijeza mientras componía una sonrisa extraña.
—Tiene agallas, Bellini. Debió de ser un agente muy competente.
Se acercó el camarero empujando un carrito con dos platos de pescado marinado y una botella de vino.
Sirvió el vino en las copas, depositó los platos frente a los comensales y desapareció. Palacios, la mirada perdida en los lomos de pescado, continuó hablando.
—Me gusta charlar con usted. Pertenecemos al mismo tipo de profesional. Eso es algo que echo mu- cho de menos. Si viera con qué gente tengo que tra- tar... Me costará años de esfuerzo conseguir la mitad de la preparación que tiene alguien como usted. Y, so- bre todo, valoro el talento y la sangre fría. Y eso es algo que no se puede enseñar: se tiene o no se tiene.
Levantó su mirada del plato a la cara de Di Stefano. Parecía estar en una ensoñación pasajera.
—¡Cuánto echo de menos aquellos tiempos! Era un desafío intelectual continuo. Estoy seguro que usted me entiende.
Y volvió a fijar su mirada en el pescado, mientras lo pinchaba con el tenedor. Con la cabeza baja, conti- nuó:
—Está bien, no me diga cómo consiguió la infor- mación. No es necesario. Por favor, deme las coorde- nadas.
Di Stefano cogió el terminal de Palacios y anotó los datos. Después, se lo entregó.
—Ahí tiene lo que buscaba, señor Palacios
—dijo—. Ahora, págueme lo que me debe.
Palacios depositó con parsimonia su terminal en la mesa, extendió su servilleta entre las piernas y cogió un lomo de pescado, que se llevó a la boca y masticó con lentitud.
—Coma usted —le dijo, tras tragar el primer tro- zo—. Es exquisito. Y beba algo de vino.
Di Stefano cogió su copa, sin dejar de mirar a Pala- cios, y bebió un trago de vino. Sin motivo aparente, dejó en un segundo plano por un instante sus preocu- paciones y se sintió todo lo relajado que se podía es- tar en una situación como aquélla. Pensó que no tenía porqué ser descortés con Palacios, que, pese a todo, se comportaba con suma educación con él. Aún no te- nía motivos suficientes para actuar como un bruto sin civilizar, ni como uno de los incompetentes tipos de los que antes le había hablado: nada tenía que ver con ellos. Algo en su interior le dijo que la desconfianza,
a estas alturas, era sinónimo de debilidad. Decidió probar el pescado. Lo cierto es que estaba exquisito.
Palacios terminó su plato y se limpió la boca con elegancia.
—Ahora —dijo, después de doblar cuidadosamente la servilleta—, daré las órdenes oportunas para que el dinero que le debemos vaya a su cuenta. Puede volver a su casa, si lo desea. No le molestaremos más... de momento.
El camarero se acercó de nuevo, quitó los platos vacíos y puso otros con carne y verduras. Cambió la botella de vino, lo sirvió en las copas y se alejó.
—Excelente —dijo Palacios tras probar el vino—. Viene de la Tierra, ¿sabe? Me cuesta una pequeña fortuna. Pero merece la pena.
Di Stefano probó el vino. Sin duda, excepcional. Comenzaron en un silencio solemne el segundo plato. Tras disfrutar y deglutir un trozo de carne asada, Pa- lacios se dirigió a él, con la apariencia de estar en una habitual comida de negocios.
—Como podrá comprobar, no tiene nada que temer de nosotros. Sé que los métodos que hemos utilizado
no han sido del todo correctos, pero comprenderá que no teníamos otra forma de hacerle trabajar para nues- tra organización. Es usted un hombre de mundo, se- ñor Bellini, y sé que entenderá nuestra postura.
Di Stefano no supo qué decir, así que permaneció en silencio. ¿A qué venían esas disculpas? Recordó que le acababa de decir que no le molestarían más... de momento. Se temió lo peor.
Continuaron comiendo en silencio hasta terminar el segundo plato. Palacios hizo una seña al camarero, que se acercó y limpió la mesa. Pidió café terrestre y licores de postre. Después volvió a coger el terminal de comunicaciones, accionó en él y se lo ofreció a Di Stefano, que lo puso frente a sí. Consultó en la panta- lla: le acababan de ingresar tres millones de geas.
—Lo acordado —dijo Palacios—. Más un plus por las molestias.
El camarero trajo en el carrito los cafés, los licores, tazas, y dos copas de balón. Sirvió a los dos y se lar- gó, dejando varias botellas en la mesa. Palacios le- vantó su copa.
—Brindemos. Por el éxito de su misión.
Brindaron antes de que Di Stefano supiera qué es lo que se iba a beber. Lo cierto es que se empezaba a en- contrar un tanto desconcertado entre tanta empalago- sa amabilidad. Tras poner sus labios en la copa se dio cuenta de que era auténtico coñac terrestre.
—Quiero proponerle algo —dijo Palacios después de dar un breve trago, con la familiaridad de quien está acostumbrado a cerrar tratos después de una bue- na comida.
—¿Otro trabajo? —Preguntó Di Stefano compo- niendo en su rostro una mueca de extrañeza que a él mismo le pareció falsa.
—Verá, ya le he explicado las dificultades que ten- go para desarrollar las funciones de mi departamento
—dijo Palacios con aire triste; después dio otro sorbo de su copa—. Incompetentes, poco preparados, los agentes de que dispongo sólo me sirven para misio- nes de poca relevancia. No puedo confiar en ninguno para trabajos de más nivel. Antes —suspiró, mientras levantaba la vista al techo—, disponía de suficientes hombres preparados y hábiles. Pero gran parte de ellos desaparecieron en una explosión ocurrida en el desierto central de Fenai –—le miró, sin que Di Ste-
fano supiera del todo qué decía su rostro y su mirada vacía, tal vez nostalgia, tal vez ira—. Y del resto se ha encargado el tiempo: unos se retiraron, otros aban- donaron, otros han muerto.
Dejó las palabras flotando en el ámbito del vacío restaurante. Volvió a beber de su copa.
—Por eso es usted tan importante para mí —conti- nuó—. Veo en usted a los profesionales que antes tuve y que probablemente jamás vuelva a tener. De- seo que trabaje para nosotros, señor Bellini.
Di Stefano bebió un largo trago de su copa de co- ñac mientras meditaba. Sólo después de haberlo he- cho se atrevió a contestar, desafiando el barullo de un millón de cuestiones que le vinieron de repente a la cabeza. Recordó que aquello, aunque de otras mane- ras, lo había vivido antes en muchas ocasiones. Lo conocía de sobra. Optó por la solución que siempre le había servido: dejar que fuera el interesado quien tira- ra del carro.
—Creo que eso, aunque de manera obligada, ya lo he hecho —dijo, encogiéndose de hombros.
—No, no me entiende —le cortó Palacios—, o no me quiere entender. Quiero que trabaje para nosotros de forma más o menos permanente.
Di Stefano apuró su copa y se sirvió más. ¿Le esta- ba proponiendo que trabajase para la policía secreta de Aris? ¿O para la Antigua Compañía de la Rosa? Tal vez para ambas... Dejó transcurrir unos segundos antes de responder.
—Trabajo por libre, ya lo sabe. Y nunca me meto en asuntos demasiado complicados.
Palacios bebió de su copa, le miró a los ojos, y asintió mientras le invitaba a proseguir.
—Me he especializado en temas menores. Quiero llevar una vida tranquila.
—No tiene por qué cambiar de vida, señor Bellini.
Tomó su café terrestre de un trago y se sirvió más coñac en su copa. Después de otro trago de licor, son- rió beatíficamente y continuó:
—Dispone de capital suficiente para vivir como de- see. Y sé que no quiere problemas. Pero lo que le pro- pongo no tiene por qué hacerle cambiar su, digamos, modus vivendi.
—¿Y bien? —Preguntó con desgana.
—Lo que le propongo es muy simple: mi intención es que trabaje como agente libre. Su vinculación con nosotros será ocasional. Cuando me sea imprescindi- ble contar con alguien en verdad competente, le lla- maré. El resto del tiempo lo podrá dedicar a lo que más le plazca.
—Me llamará y me convencerá... como ha hecho ahora.
Palacios sonrió con la mitad de la boca. Hizo un gesto al camarero, que se acercó raudo llevando una caja de madera entre las manos. Al llegar a la mesa la abrió. Di Stefano vio que se trataba de auténticos ci- garros puros de tabaco terrestre. Desde luego, estaba frente a todo un sibarita. Palacios eligió uno. Invitó con un gesto a Di Stefano para que cogiera otro. El camarero le ofreció la caja y tomó uno. Con un en- cendedor de oro, Palacios le dio fuego y luego encen- dió el suyo. Dio una profunda calada y expulsó el aromático humo.
—Nuestra vinculación se basará en la mutua con- fianza —dijo Palacios, mientras contemplaba las vo-
lutas de humo—. Si acepta no será necesario que uti- licemos ninguna argucia para convencerle. Pasaremos a ser una especie de socios. Será una relación, diga- mos, simbiótica. Usted sabe a qué me refiero.
—¿Y si no acepto?
Palacios suspiró. Después miró con fijeza a Di Ste- fano.
—Ni tan siquiera me planteo esa posibilidad. No puedo prescindir de usted, señor Bellini. Comprénda- lo.
Después volvió a fumar, sin apartarle la mirada.
—Piense que nuestro trato será muy ventajoso para usted —continuó—. Ganará no sólo dinero: también seguridad. Una posición que le permitirá hacer prácti- camente lo que le dé la gana en este planeta.
Di Stefano aspiró el humo de su puro.
—¿Qué tipo de trabajos tendría que hacer?
—Depende. Pero esté tranquilo: con certeza nada que no pueda realizar.
—Me gustaría que fuera más explícito.
—¿Cómo quiere que lo sea? Según vayan llegando los problemas habrá que solucionarlos. Mientras tan- to, no puedo darle más información.
—¿Para quién trabajaría? ¿Para la Policía secreta de Aris o para...?
—Para mí —le cortó Palacios tajante, haciendo uso de una autoridad incuestionable—. Con saber eso le sobra.
Después sonrió, tratando de quitarle hierro al asun- to.
—Para que le quede algo claro —continuó—: no pretendo que se convierta en el enemigo número uno del Instituto. ¿Se queda más tranquilo?
Di Stefano no contestó ni tan siquiera con un gesto. Permaneció silencioso, sin despegar la mirada de Pa- lacios.
—No sé qué idea se ha formado usted de nosotros, ni de mí —continuó Palacios—. Pero no le estamos fichando para continuar la guerra con el Instituto. Hace años que dejó de ser el problema principal... y, con sinceridad, dudo que alguna vez lo vuelva a ser. Ahora tenemos un planeta que gobernar, señor Belli-
ni. Y para eso le quiero: para que me ayude cuando lo estime necesario.
Di Stefano pensó que no había más que decir. ¿Para qué más preguntas? No tenía opción: si quería seguir viviendo en Aris, tendría que pasar por el aro. Siem- pre le quedaría la opción de marcharse a otro sitio y comenzar de nuevo cuando le pareciera peligrosa aquella vinculación. No se encontraba con ganas ni con fuerzas de empezar en otra parte; pero si no le quedaba más remedio así lo haría, como un mal me- nor para salvar el pellejo.
—No me deja otra opción, señor Palacios —le dijo—. De acuerdo, entonces.
—No esperaba menos de su inteligencia, señor Be- llini. Y no sabe cuánto me alegro.
Levantó su copa hasta acercarla a Di Stefano, que levantó la suya desganado. Las chocaron en un brin- dis que sonó tan apagado como el ánimo de Di Ste- fano.
—Deseo pedirle un favor —dijo Di Stefano des- pués del sorbo—: que quite la orden de búsqueda so- bre una persona.
—¿Quién? ¿Rajín de Sura?
Di Stefano asintió. Prefirió hacerse el sorprendido.
—¿Cómo lo sabe?
Sonriendo irónicamente, Palacios accionó en su ter- minal.
—Dígale a su amigo que puede estar tranquilo. Pero que no se exceda.
Después volvió a beber de su copa.
—Ya está —dijo—. ¿Desea alguna cosa más?
—Creo que no.
Palacios miró su reloj. Después se dirigió a Di Ste- fano, extendiéndole la mano.
—Me gustaría poder continuar la sobremesa, pero me temo que no dispongo de tiempo. Señor Bellini, hasta la próxima.
Di Stefano apretó la mano de Palacios, se levantó de la silla y se giró hacia la puerta. Palacios se agachó raudo y cogió una cartera de piel.
—¡Ah! Se me olvidaba. Antes de irse, me gustaría que viera esto.
Sobre la mesa, Palacios extendió unas fotografías. En ellas se le veía a él y a Rajín de Sura en la Tierra
en diversos momentos: saliendo del hotel de Bruse- las, entrando al apartamento de Roma, dentro del co- che que alquilaron... También había varias fotografías hechas desde la carretera a Nápoles. Una de ellas era de la entrada al Palacio Pertini.
Palacios compuso una mueca triste mientras miraba la expresión del rostro de Di Stefano.
—El que hizo estas fotos era uno de mis mejores agentes. De los pocos en quien podía confiar. No te- nemos noticias suyas, y aún no ha regresado. ¿Sabe qué le pudo ocurrir?
—No —contestó con aire neutro.
—Ya. El centro de investigación está en estas fotos,
¿verdad?
Señalando hacia la foto de la entrada del palacio Pertini, Di Stefano se despidió.
—Ésta es la entrada. Buenas tardes, señor Palacios. Palacios asintió y se despidió con un gesto vago de la mano. Después recogió las fotografías, hizo un montoncito con ellas. Con gesto iracundo fue rom- piendo todas, una a una, menos la que acababa de se- ñalar Di Stefano. Se acercó la fotografía a la cara y
sonrió. Exhaló una bocanada de humo que se estrelló contra la imagen, emborronándola en una niebla den- sa por unos segundos.
Di Stefano recogió su arma de la recepción del res- taurante y salió a la avenida. Sorteó a los viandantes y llegó hasta el borde de la acera, donde se paró y miró hacia ambos lados. No vio en la esquina de la avenida Plazente el coche: cumpliendo su orden, se habían marchado. Empezó a llover. Los transeúntes apretaron el paso, abriendo paraguas que parecieron brotar de la nada. Taciturno, comenzó a caminar por la avenida, sin rumbo fijo, oteando de vez en cuando la presencia de algún taxi. No sabía si se encontraba furioso o amargado. Tal vez de las dos maneras a la vez. No era para menos: acababan de estropearle el día... y quién sabe si el resto de su vida.
Si había algo que aborrecía de los nuevos tiempos era la parsimonia y dejadez con la que se movía su mun- do. Echaba de menos la celeridad de antaño, la perspicacia propia de mentes ágiles que empujaba a respuestas rápidas, concretas. A atajar problemas con solvencia, cuando aún no se habían convertido en
graves. Pero todo aquello se había perdido, tal vez para siempre.
Tras demasiados días sin poder descansar, dándole vueltas una y otra vez al asunto, monseñor Mauricio había llegado por fin a una conclusión definitiva: ha- bía que salvar el contenido del palacio Pertini. Por encima de cualquier otra consideración. Desobedece- ría a Mbar y Connors, aunque le costase su carrera, pero sería por el bien de la Iglesia. Lo cierto es que sus dos amigos, a su parecer, no habían estado a la al- tura de las circunstancias, infravalorando la amenaza real, achacándola a unos infundados temores del pa- sado. Se equivocaban, pero no quería volver a tratar el tema con ellos: no merecía la pena discutir, y les conocía lo suficiente como para saber que no les con- vencería. Sin duda, se estaban volviendo confiados y blandos, como todos los que les rodeaban. Era el sig- no de los nuevos tiempos, de la nueva política. En ocasiones le parecía que sólo le mantenían activo por pura compasión, o como un espécimen raro de encon- trar, un recuerdo de tiempos lejanos, una especie de rémora extravagante que servía como modelo a no imitar. Pero con el tiempo todo el mundo se lo agra-
decería. Agradecerían su perspicacia, su intuición, su capacidad. Su intachable decencia, su inquebrantable fe. Si nadie se daba cuenta de la realidad, él sí. Ahí encontraba justificación su desacato. Por que de algo se encontraba absolutamente convencido: estaban en peligro. Con certeza, en los próximos días, algo terri- ble iba a suceder. Y él podía adivinar de qué se trata- ba.
Había comenzado esa misma mañana a dar las ór- denes oportunas para el traslado al personal del cen- tro. Al fin y al cabo, aún seguía siendo un inquisidor con vía directa a las cuentas y a los agentes, y a lo que hiciera falta. Ordeno y mando. Sin rechistar. Las circunstancias imponían la obligación de hacerlo con urgencia y discreción: cuanta menos gente se entera- ra, mejor. Después de encontrar la tarde anterior un enclave seguro lo más alejado posible de Roma don- de trasladar el material, y conseguir transporte, orga- nizó con discreción el desalojo. Cuando fueron informados, los técnicos de laboratorio y trabajadores de alto nivel compusieron una mueca de extrañeza. Nadie entendió la necesidad y las prisas. Pero de ahí no pasaron, y se pusieron rápidamente a la tarea. No
olvidaron para quién trabajaban y quién era el que mandaba. El primer convoy había partido hacía unas horas.
El inestimable apoyo que le supuso contar con la agente Cano sólo lo pudo justificar como un golpe de fortuna. Había tomado las riendas con determinación y solvencia, sin vacilaciones, demostrando unos co- nocimientos de campo que jamás llegaría a tener Warsawa si continuaba regodeándose en su prepoten- cia, anticipándose a las necesidades venideras, extir- pando los problemas antes de que llegaran a crecer... Y todo lo hacía basándose en una intuición tan aplas- tantemente lógica que era imposible rebatirla. Eso era lo que necesitaba en estos momentos monseñor Mau- ricio: ayuda eficiente y leal.
La tarde anterior, cuando le ordenó alquilar varias naves de carga con la mayor discreción y rapidez, ella entendió tan perfectamente el significado de la pala- bra discreción que monseñor no tuvo más remedio que felicitarla... y felicitarse. Estaban en su despacho, monseñor enfrascado en los preparativos y ella traba- jando en el terminal. Después de unos momentos de consultas en las empresas de Roma y sus cercanías,
ella negó con la cabeza, compuso un mohín de niña traviesa, y le dijo con su voz chispeante:
—¿No sería mejor, monseñor, alquilarlas directa- mente en el punto de destino? Les ordenamos que vengan de vacío a recogernos aquí, cargamos, y nos vamos. Aunque perdamos algo de rapidez, así nos evitamos mover el polvo en Roma. ¿No le parece?
A monseñor se le había pasado por alto ese detalle con las prisas del momento. Pero así trabajaba la agente Cano Lo dijo sin dar importancia a lo que de- cía, como una simple sugerencia, como si no fuera consciente de que su lógica era incuestionable. ¿No le habían ordenado discreción? Pues buscaba el modo en que todo fuera lo más discreto posible.
—Monseñor, vienen otras dos naves.
La voz del secretario sonó a través del intercomuni- cador. Monseñor consultó su reloj: se cumplían los plazos previstos. Pero, aún así, deberían ir más rápi- do. Había mucho material que transportar. Tal vez hi- ciera falta contratar otra empresa.
—Que continúe el operativo —ordenó—. Y, por Dios, dense prisa.
Di Stefano, después de un par de horas de melancóli- co deambular bajo la lluvia, llegó a su casa empapado y con el ánimo tan sombrío y confuso como al salir del restaurante. El paseo sólo le sirvió para consumir- se en sus propias dudas. El futuro, por mucho que le diera vueltas, se le antojaba incierto y en nada prome- tedor. Sopesó los pros y los contras de trabajar para Palacios, y todo lo que demonios significara aquello. Lo único cierto es que sin ayuda de nadie había sido capaz de formarse un futuro en aquel planeta, y ahora le hablaban de ventajas que nunca pidió ni necesitó.
En el portal le esperaban desde hacía más de una semana varias cajas con el sello de la lavandería, con ropa que mandó en su momento. Ahí estaban ahora sus caros trajes planchados y limpios, sus camisas he- chas a medida envueltas en celofán. Le pareció iróni- co encontrarse con ese detalle cotidiano: la vida siguió mientras él estaba fuera, matando gente y tra- bajando para sus antiguos enemigos. La vida sigue como siempre mientras la mía propia se desmorona, pensó.
En casa parecía estar todo en orden. Al menos, tal como quedó la última vez que estuvo. No había
muestras de que la policía hubiera vuelto por allí. Después de una breve inspección, se desvistió y se duchó. Ya tendría tiempo de hacer una revisión a fon- do en busca de aparatos de vigilancia. Se vistió con uno de los trajes que acababa de recoger y se sirvió una copa de brandy caliente. Salió a la terraza a con- templar el cielo gris y la ciudad rápida que se exten- día a sus pies. Después de unos minutos se percató de que no era capaz de conseguir serenar su ánimo, así que dejó la copa y salió de casa.
Fue caminando hasta la oficina del banco de fo- mento africano. Comprobó que estaba todo en regla, con su cuenta incrementada con un buen puñado de geas. El empleado de cuentas especiales le recibió con la amabilidad de siempre, no compuso ningún gesto extraño, lo que habría sido normal de haber es- tado retenida la cuenta por orden del gobierno aunque ya no lo estuviera, y le dio en un sobre de plástico el dinero que pidió. Sospechó que quizá Palacios le ha- bía engañado... O tal vez era que tenía una forma tre- mendamente sutil de trabajar. Optó por la segunda opción. Se guardó el sobre y salió del banco. Había sacado dinero más que suficiente para pagar a Rajín
de Sura lo estipulado y una propina merecida. Y que- ría hacerlo aquella misma tarde. Se lo merecía el ari- sio, el único tipo que podía considerar fiel en un universo de engaño. El único amigo —circunstancial o no— que le quedaba en todo el podrido cosmos hu- mano.
Montó en un taxi que le dejó en la plaza Magadash en el lugar de costumbre: nada más llegar a ella. Cu- lebreó por las sucias callejuelas del barrio pesquero, donde quedaban los restos de la fiesta reciente en for- ma de toneladas de basura y borrachos durmiendo la mona, hasta llegar a la posada de Marinai. A esas ho- ras de la tarde se encontraba vacía, y, pese a haber sido limpiada por la mañana, tenía todavía aire de re- saca. Se acercó a la barra. Marinai se le unió.
—¿Cerveza? —preguntó.
—Ponme una, sí. ¿Dónde anda Rajín? Marinai señaló con la cabeza hacia la escalera.
—Llámale, por favor.
El tabernero subió la escalera y bajó al momento con Rajín de Sura. Se acercó a Di Stefano y le abrazó a la manera matsumoi.
—Nos marchamos por que así lo dijiste.
—No te preocupes —dijo Di Stefano—. Todo ha ido... más o menos bien.
Rajín de Sura le miró frunciendo el ceño.
—¿Seguro?
—Bueno, al menos te puedo dar una buena noticia: han quitado la orden de búsqueda que pesaba sobre ti.
—Estupendo —dijo el arisio masticando las pala- bras, con voz incrédula—. ¿Y eso lo has conseguido esta mañana en el restaurante? ¿Ha dado la orden la persona con la que te has entrevistado?
Di Stefano asintió en silencio.
—¿Seguro? —Preguntó de nuevo, no muy conven- cido.
—Apuesto a que en los próximos carteles de bús- queda no aparecerás —contestó, mirándole a los ojos—. También me han dicho que no te excedas.
Durante unos instantes, ambos mantuvieron firmes las miradas en los ojos del otro. Rajín de Sura perci- bió con claridad que su compañero no le mentía, y algo más: preocupación.
—Por los dioses, Bellini, ¿con quién andas en tra- tos?
—Sabes tanto como yo —le respondió—, lo que equivale a decir que no sabemos casi nada. Supongo que con uno de los putos jefes de todo este conglome- rado de mierda que es el gobierno arisio.
—¡Joder...! Me dijiste que el encargo era de alguien del gobierno... pero no de tan arriba. ¿Problemas?
—Dejemos el tema por el momento —intervino molesto Di Stefano—. Sentémonos.
Rajín de Sura ladeó la cabeza y entornó los ojos sin dejar de mirarle, como si desde esa perspectiva pu- diera vislumbrar los problemas de Di Stefano e inclu- so las posibles soluciones. Tomaron asiento a una mesa.
—Tengo que comentarte algo —rompió el arisio con entusiasmo tras su escrutinio, como si así pudiera cambiar el ánimo de su compañero—: tenemos com- prador para el whisky.
—Magnífico —dijo desganadamente Di Stefano—. Veo que no has perdido el tiempo.
—Ya me conoces.
—Bueno, ese asunto lo dejo en tus manos.
—¿No te alegras? —Preguntó con gesto de extrañe- za.
—Hablemos ahora de lo que te debo —contestó la- cónico—. Creo que tu compromiso termina aquí., y deseo ajustar cuentas.
Rajín de Sura le miró con desconcierto, como si se estuviera preguntando ¿Así? ¿Ahora? ¿Ya? Lo cierto es que rematar el contrato no era algo urgente. Se fia- ba de Bellini tanto como éste de él. Le había propor- cionado una pequeña fortuna por un trabajo extravagante pero relativamente sencillo. Las prisas estaban fuera de lugar: tenían todo el tiempo del mundo para finiquitar el asunto.
—Percibo que hay algo que te preocupa —dijo—.
¿Temes por tu vida?
Di Stefano resopló, componiendo un gesto de am- bigüedad.
—Por el momento, no.
Rajín de Sura asintió no muy convencido.
—Está bien, si eso es lo que quieres, hagamos cuentas.
Levantó la cabeza y cerró los ojos durante unos se- gundos. Luego dijo:
—Han sido cuatro objetivos eliminados, uno en la Tierra y tres en casa, más las doscientas mil de ini- cio... de las cuales me diste cien mil. Me debes tres- cientas cincuenta mil geas.
Di Stefano sacó el sobre, cogió unos cuantos bille- tes que se guardó, y se lo entregó.
—Ahí van cuatrocientas mil. Una pequeña propina por los servicios prestados.
El arisio cogió el sobre, lo sopesó durante un par de segundos, y sonrió de medio lado, sin dejar de mirar- lo.
—¡Vaya! Jamás pensé que llegaría este momento...
¡Cuánto viaje! Ha sido, de largo, el trabajo más extra- ño que he tenido que realizar en toda mi carrera.
Con suma delicadeza, se lo guardó en un bolsillo interior de su levita.
—¿No lo cuentas?
Rajín de Sura le miró como si estuviera en verdad enfadado.
—¿Por quién me tomas? ¿Crees que desconfío de ti? Si dices que van cuatrocientas mil, es que van cua- trocientas mil.
Di Stefano compuso una sonrisa triste.
—Querido amigo —dijo—, la única persona en todo el universo en quien puedo confiar eres tú. No te lo tomes a mal.
Asintiendo, el arisio le miró con seriedad y fijeza. Sus ojos verdes parecían querer escanearle el alma.
—Bellini, quiero que tengas algo presente: si me necesitas, no dudes en contar conmigo. En cualquier momento. Para lo que sea. Hay algo aquí —se dio un par de golpes en el pecho a la altura del corazón— que sabe que me necesitarás dentro de poco.
Después, se levantó de su asiento.
—Ahora vengo.
Subió las escaleras. Tras un par de minutos bajó con un papel en la mano, se acercó a Marinai con quien cambió algunas palabras, y ambos se sentaron a la mesa.
—Marinai, eres testigo del pago de los emolumen- tos pactados por parte del contratante. Nuestra rela- ción queda finiquitada desde este mismo momento.
El tabernero asintió, firmó el papel que le entregó Rajín, y se lo dio a Di Stefano, que miraba la escena sin mostrar interés.
—Bellini, este documento prueba que vuestra rela- ción comercial ha terminado de forma satisfactoria para ambos. Consérvalo.
Di Stefano dobló el papel sin mucho cuidado y se lo guardó. Marinai se levantó, miró a los dos, y abrió los brazos. La sonrisa que compuso en su rostro ex- traño parecía dibujada por un niño, esquemática, irreal, aunque sin duda sincera.
—Traeré el mejor de mis licores de bayas para que brindemos.
El tabernero fue a por el licor. Rajín de Sura clavó de nuevo la mirada en Di Stefano.
—Siempre creí —dijo el arisio con entonación tris- te— que cuando terminásemos nuestro trabajo nos encontraríamos lo suficientemente contentos como para celebrarlo. Por que en todo momento confié,
puedes estar seguro, que terminaríamos con éxito. Es- tando tan lejos de casa me imaginé un montón de ve- ces esos momentos. Muchos brindis, una buena cena, mujeres... Ya sabes, lo habitual, celebrar el éxito, la victoria. Y, sin embargo, al final de todo, me encuen- tro con que no tienes deseos, ni ánimo, ni ganas de celebrar nada.
Di Stefano no supo qué responder. Estuvo tentado de decirle que ya había tenido suficientes brindis por ese día. Pero prefirió callar.
—Una buena borrachera, de esas que hacen historia
—continuó el arisio—. Varios días de juerga con mis amigas del Salón Chevalier.
Calló durante unos instantes, esperando alguna reacción de Di Stefano, que se limitó a asentir con gesto ausente.
—Tal vez deberías compartir conmigo tus preocu- paciones. He pasado por muchos momentos difíciles a lo largo de mi vida... y te puedo asegurar que siem- pre he salido airoso. Tengo experiencia, Bellini. Y muchas cicatrices. Hay un refrán de mi tierra que dice que dos cabezas piensan mejor que una.
—Hay otro en la mía —dijo— que dice que cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana.
—Así me gusta. Con dos cojones.
Volvió Marinai con una botella de licor y tres co- pas. Se sentó a la mesa, sirvió el rojo licor y levantó su copa.
—Brindemos, amigos.
Di Stefano cogió su copa y miró a los dos arisios. Durante un instante la sostuvo frente a sí. Hasta que la acercó al centro de la mesa y compuso una sonrisa incierta cargada de ira. ¡Qué demonios! pensó. Des- pués de tanto brindis falso, no iba a renunciar al úni- co que le apetecía de verdad, al único que tenía sentido.
Las copas chocaron con fuerza, produciendo un ta- ñido de campana. Los tres bebieron el contenido de un solo trago. Rajín de Sura sonrió.
—Éste es el Bellini que conozco. Marinai se levantó.
—Os dejo, amigos. Tengo que seguir a lo mío. Que disfrutéis.
El tabernero traspasó la barra y se perdió por la puerta que daba a la cocina. Rajín de Sura siguió el caminar de Marinai hasta que se perdió. Entonces giró su cabeza hacia Di Stefano.
—Sincérate, amigo. Cuéntame qué te preocupa.
¿Ha habido algún problema?
Durante unos segundos, Di Stefano dudó. Después soltó aire. Decidió compartir sus inquietudes, al me- nos en parte, con Rajín de Sura. ¿Por qué no? ¿Qué podía perder? En cuanto al arisio... ningún mal podía hacerle el hecho de saber la verdad.
—He tenido que trabajar bajo coacción para la poli- cía secreta de Aris.
Rajín de Sura frunció el ceño en un gesto de incre- dulidad.
—¿No te han pagado por tu trabajo?
—Sí —contestó—. Pero no me han dado opción a elegir si quería o no hacerlo.
—Eso es lo normal —dijo, encogiéndose de hom- bros, como si no entendiera que Bellini pudiera estar molesto por ese detalle—. En todo caso, has conse- guido lo que querían, ¿no?
—Sí. Pero quieren algo más.
—¿Qué?
—Que trabaje a partir de ahora para ellos.
—¿Te vas a hacer policía?
—No —dijo, componiendo una media sonrisa—. Quieren que sea una especie de agente a tiempo par- cial.
Rajín de Sura se agarró el mentón con una mano. Estuvo meditando durante unos instantes.
—¿Y tú no quieres? —Preguntó al fin.
—No.
—¿Por qué?
—¿A qué te refieres?
—Trabajar para la bofia tiene muchas ventajas. Tra- bajo seguro. Bien pagado. Y las espaldas cubiertas.
—No me hace falta.
—Pero te habrán prometido más cosas... Todo el mundo sabe que un secreta disfruta de ciertos privile- gios.
—Me han dicho que puedo hacer prácticamente lo que me dé la gana en Aris.
—¿Y cual es, entonces, el problema?
No se había puesto a contemplar el asunto desde esa perspectiva, la de un asesino perseguido, o la de un delincuente, o la de un arisio. Y eso, precisamente, era en lo que Di Stefano se había convertido. O, tal vez, lo que siempre había sido. Sonrió. Dos mentes piensan mejor que una. Sin duda.
—Pero estaré obligado a trabajar siempre que re- quieran mis servicios.
—¿Te han pagado tu último trabajo?
—Sí.
—Con sinceridad, no veo el problema por ninguna parte.
—Lo cierto es que me han dicho que puedo conti- nuar con mi vida. Sólo tendré que trabajar para ellos cuando me lo pidan.
Rajín de Sura sirvió más licor en ambas copas. Be- bió un trago de la suya y se echó hacia atrás en su si- lla cruzando los brazos a la altura del pecho.
—¿Me estás diciendo que te han propuesto trabajar para el gobierno, tener el culo cubierto para hacer lo
que quieras, que te dejan seguir con tu vida... y no quieres?
No supo qué responder. Viéndolo así, el trato pare- cía hasta bueno.
—Ojalá me lo propusieran a mí —dijo Rajín de Sura—. Sin duda aceptaría.
Di Stefano le miró componiendo un gesto de extra- ñeza. El arisio levantó sus manos risueño.
—En todo caso, estoy encantado de ser tu amigo. Tal vez me tengas que salvar el pellejo en alguna oca- sión. Si miras el asunto desde mi posición, te darás cuenta de lo que digo. Acabas de conseguir que qui- ten una orden de búsqueda contra mi persona, en un rato, hablando con un tipo. Eso es algo valioso... in- fluencia, poder.
Di Stefano, silencioso, continuó la línea de pensa- mientos abierta por el arisio. A cada segundo que transcurría, se encontraba más dispuesto a darle la ra- zón. El pragmatismo de Rajín de Sura no admitía crí- tica.
—Mira, te lo digo con toda sinceridad, lo que te han propuesto es un chollo para un profesional como
nosotros. Vas a hacer lo que te de la gana, vas a co- brar del gobierno, serás intocable. De vez en cuando te mandarán realizar alguna chapucita y en paz. Deja de quejarte, y bebe.
Di Stefano, por un instante, se vio como un niño mimado que se queja por naderías. Bebió un trago de su copa. Después se quedó mirando a Rajín de Sura, mientras continuaba el camino abierto por la lógica del asesino arisio. Palacios le había dicho que su ob- jetivo prioritario era gobernar —mangonear, esquil- mar— Aris; tal vez nunca se tendría que volver a enfrentar al Instituto. En todo caso, si se tuviera que encontrar de nuevo con el Instituto, ¿cuál era el pro- blema? Un objetivo es un objetivo. Se encontraba en un planeta donde aquellas historias del pasado no im- portaban. ¿Por qué no sacar provecho de su nueva si- tuación? Consideraciones morales aparte, vivía en Aris, donde la ética y la moral eran distintas, extra- ñas, a las que él aprendió a tener desde siempre... O, tal vez, no tanto. La única diferencia podía ser que en Aris no se camuflaban como en otras partes.
—Tal vez lleves razón, Rajín —dijo con voz cansa- da—. Creo que tengo que replantearme la situación, verla desde otra perspectiva.
El arisio sonrió satisfecho y bebió un trago de su copa. Después le miró frunciendo el ceño, sin apartar los ojos de su rostro.
—¿Sabes? Lo que en verdad me asombra, Bellini, es que te hayan propuesto este trato. Debes de ser muy bueno, y muy conocido, ya sabes, en las altas es- feras —hizo un gesto despectivo con la mano seña- lando al techo—. He oído que, en ocasiones, han contratado a alguien para realizar algún trabajo sucio, esos trabajos que es mejor que lo hagan otros... cosas puntuales, rápidas, ilegales. Pero nunca había oído que fichasen a un profesional de modo, digamos, fijo... ¿Tanto te conocen? ¿Tan bueno eres?
Di Stefano compuso una sonrisa lobuna.
—Los mismos tipos que ahora gobiernan Aris fue- ron mis enemigos... hace mucho tiempo.
—¿Tus enemigos? —preguntó, arrugando la nariz, en un gesto mezcla de incredulidad y asombro.
—La historia es larga y difícil de entender —con- testó—. Es un barullo de intereses, de engaños, del que fui una pieza prescindible. Pero si he de hacer un resumen breve, sería ese: durante algún tiempo fue- ron mis enemigos. Por eso me conocen. Por eso me valoran.
—Joder, será todo lo embarullada que quieras, pero debe de ser interesante. Me gustaría que me la conta- ras.
—Tal vez algún día, Rajín. Cuando me encuentre con ganas de aburrirte.
El arisio sonrió, mirándole con ojos pícaros.
—No será que te quieres retirar... Te han pagado bien, ya tenías un dinerito.
—No me lo había planteado.
Rajín abrió sus brazos, la capa colgando de ellos. Parecía como si un biombo se hubiera extendido en- tre Di Stefano y el resto de la taberna, el resto del mundo.
—¡Pues aprovéchate, hombre!
Sin percatarse de ello, de una manera paulatina y sutil, el ánimo taciturno que tenía antes de entrar en
la taberna de Marinai había ido diluyéndose, dejando paso a un estado de laxitud cercano a la ausencia de sentimientos definidos. Desde la fría lógica de un su- perviviente como Rajín de Sura, todo el asunto podía ser considerado como una oportunidad. ¿Por qué no iba él a contemplarlo de la misma manera? ¿Es que acaso se creía superior al arisio? ¿Es que se creía me- jor que todos los millones de personas de Aris? ¿Era mejor que Palacios?
—¿Sabes qué te digo? —Dijo, encontrando en su ánimo revuelto la energía necesaria—. Que llevas ra- zón. Brindaremos, beberemos, comeremos, nos diver- tiremos hasta que el cuerpo aguante. Hemos vuelto a casa, ha salido todo bien, y hay que celebrarlo. Por todo lo alto.
—¡Así me gusta! —Explotó Rajín de Sura—. ¡Ma- rinai, acércate, ven aquí, hermano matsumoi! Por fin nuestro amigo ha decidido celebrarlo como los dioses mandan.
Marinai salió de la cocina, asintió formando su son- risa extraña, y cogió varias botellas de los mostrado- res.
—Lo que no me gusta —dijo Di Stefano en voz baja, más para sí que para nadie, como si estuviera dándose explicaciones a sí mismo—, es que me to- quen las narices. Yo vivía muy a gusto sin que nadie me considerase alguien especial. No deseaba trabajar para nadie, me había labrado una vida.
—¡Se acabó! —Le cortó Rajín de Sura—. En la vida hay que asumir los cambios con rapidez, saber sacar provecho. Nunca me han gustado los llorones. Y menos aún los que lloran sin motivo. Como tú aho- ra, que te quejas por nada. A no ser que no me hayas contado todo.
Mientras Marinai se acercaba con más botellas y vasos a la mesa, Di Stefano se vio asaltado por la imagen de millones de personas que sobrevivían día a día en aquel planeta salvaje, en los que morían sin conseguirlo. Miró a Rajín de Sura, a Marinai. Sólo te- nía que salir a las calles del barrio pesquero y obser- var a su alrededor: niños hambrientos, prostitutas, drogadictos, delincuentes, muertos de hambre... ¿Era un pusilánime niño mimado? No, no lo era. Pues, en- tonces, debería comportarse.
—Bien, para empezar tomaremos un poco de vino blanco de nuestra tierra, Matsumai. Os haré para ce- nar peces – luna, y unos cangrejos rellenos. Después, la noche es vuestra.
Mientras el posadero servía el vino en las copas, un grupo bullicioso de barqueros entró en la taberna. Vestían casi con harapos; la única prenda decente era el chaleco que los identificaba como hombres del río. Él, en un día, ganaba más dinero que ellos en meses y meses de sufrimiento, de jornadas agotadoras e inter- minables. Y, sin embargo, parecían felices. Sus risota- das restallaron en las paredes de la taberna, matando el silencio.
—Llevaba razón, monseñor —dijo la agente Cano mientras se santiguaba con discreción—. Ha sido pro- videncial que no nos encontrásemos dentro.
Lo repetía por segunda vez desde que se bajaron del vehículo aéreo que los acababa de dejar en tierra. Pero su jefe no contestó tampoco en esta ocasión, au- sente en la contemplación de la catástrofe.
Monseñor Mauricio pateaba los cascotes renegridos que tenía cerca de sus zapatos, subiendo en ocasiones la mirada al montículo de escombros y polvo en que se había convertido el palacio Pertini. Una mezcla de sentimientos encontrados se veía en su rostro: pena, decepción, ira, desprecio... En ocasiones asentía, muy despacio, con la mirada extraviada, como si corrobo- rase alguna funesta conclusión a la que hubiera llega- do.
El día anterior, después de partir el segundo con- voy, inquieto tras un chispazo de intuición, había de- cidido evacuar a todo el personal que no fuera estrictamente necesario para la mudanza, lo que supu- so haber salvado unas cuantas vidas... incluyendo la de la agente Cano y la suya propia. Tenía motivos so- brados para encontrarse apenado; tenía también moti- vos suficientes para encontrarse contento. Cabizbajo, al fin suspiró.
—Lo mejor será que nos vayamos, agente Cano. No nos queda nada que hacer aquí. Demos gracias a Dios por habernos salvado. Y recemos por los que han caído.
En silencio, juntaron sus manos y rezaron un padre- nuestro interior. Al terminar, monseñor levantó la ca- beza y dijo con voz seca:
—Que se encarguen otros de recoger la mierda.
Varias unidades de agentes del Instituto recorrían los escombros, cogiendo cosas del suelo que introdu- cían en bolsas de plástico, con aire desganado, con- vencidos de que su trabajo no tenía ya la menor importancia. Y lo cierto es que así era: nada de valor se podía salvar en los restos del cataclismo que había asolado hasta convertir en polvo y grava el sólido pa- lacio Pertini. Afortunadamente, pensó monseñor Mauricio, gran parte del material estaba salvado. Pero no todo. Ni mucho menos. Consultó de nuevo, con ojos tristes, la lista de bajas del cuerpo técnico y de la unidad de intervención, los pocos desgraciados que, cumpliendo sus órdenes, se habían quedado hasta el final.
Las excavadoras comenzaban a llenar las cajas de los camiones, que hacían fila para recoger los escom- bros. Había que hacerlo todo rápido. Ahora sí que se mostraban eficientes los de Organización, pensó, pero demasiado tarde: para recoger escombros y cadáveres
pulverizados. Compuso una mueca irónica cargada de desprecio. En pocos días quedaría un solar vacío don- de estuvo el Palacio, y se comenzaría la construcción de otra edificación. Ya sabrían otros cómo explicar todo aquel asunto a las autoridades. Él, por su parte, no quiso, ni tan siquiera, hablar con Mbar y Connors. Llevaban intentando localizarle un par de horas, des- de que les notificó a sus secretarios la desgracia, pero no respondió a ninguna de sus llamadas posteriores. Ninguno de los dos se encontraba en su despacho cuando llamó. Estarían descansando, o divirtiéndose, ajenos a todo, olvidado el loco de Mauricio y sus des- cabelladas deducciones. Con certeza ahora estarían de camino, a punto de llegar, ensayando superfluas fra- ses de disculpa. Prefería no verlos por el momento. Ni tan siquiera para rebozarles en sus caras el triunfo de su perspicacia. Vana gloria, concluyó. Inútil gloria.
Caminó con paso rápido hacia su vehículo aéreo, por si acaso tenía la desgracia añadida de que llegara alguno de sus compañeros. Montó en él seguido de la agente Cano, que volvía de vez en cuando la cabeza al destrozo, los ojos muy abiertos, con gesto de abso- luta sorpresa que no intentaba ocultar, evaluando la
magnitud de la catástrofe... y de la misión en la que había sido incluida. Nunca había visto, ni oído, ni imaginado, que algo así le pudiera ocurrir al Instituto.
¿Dónde me han metido? pensó. ¿Qué es todo esto?
—Llévanos a Viedma —ordenó monseñor con un carraspeo al conductor—. Todo lo rápido que puedas. El vehículo ascendió. Monseñor miró a través de las ventanillas los restos de lo que fue el palacio Per- tini. Desde las alturas parecía una desordenada y mul- ticolor loma rodeada de bosque y de camiones de
juguete.
La agente Cano miró por última vez abajo y des- pués, sacudiendo la cabeza, se puso a consultar su terminal personal. Unos minutos después rompió el silencio.
—Según los cálculos de probabilidades remitidos por la sede central, todo apunta a que ha sido efecto de un bombardeo. Una nave, que de algún modo ha podido burlar la vigilancia orbital, ha entrado en la at- mósfera, ha localizado el centro, y, desde unos cuan- tos kilómetros de altura, nos ha mandado un misil sónico. Es la opción más segura, viendo la precisión
y potencia del impacto y los pocos daños causados en los alrededores del palacio. Un trabajo de profesiona- les, monseñor. Pero, ¿quién tiene ese tipo de armas tácticas? Solamente el ejército.
Monseñor Mauricio sonrió de medio lado. Escupió las palabras con desdén.
—Así que la sede central también se ha puesto a trabajar rápido, ¿eh? Qué chicos más eficientes.
El vehículo fue cogiendo altura y velocidad. Tras unos minutos de silencio, cruzaban el Mediterráneo, tranquilo y azul, camino de África a velocidad de cru- cero. En pocas horas llegarían a su destino.
—En cuanto lleguemos, quiero una lista definitiva de todo el material transportado —ordenó monseñor Mauricio—. Y del que quedó en el palacio. Quiero una evaluación final del cuerpo técnico. Es urgente, agente Cano. Conviene que vaya encargándola.
Luego cogió aire, que soltó en un suspiro, mientras decía:
—Después, prepárese: nos iremos a Aris.
La agente Cano le miró con gesto de vaga extrañe- za, pero asintió en silencio. Unos instantes más tarde, tras consultar su terminal, preguntó:
—No tenemos agentes en Aris, ¿verdad monseñor?
—Ya no.
—No sé por qué no le hicieron caso —dijo con voz triste—. Sé que estoy cometiendo una falta de respeto a la superioridad, pero es lo que pienso.
Monseñor Mauricio, con la mirada perdida en el azul de mar, dijo con seriedad:
—Agente Cano, ahora conviene que le cuente una historia.
Monseñor, antes de comenzar su narración, accionó taciturno en el terminal y envió una carta a Mbar y Connors que tenía redactada desde hacía varios días:
Mis dos Inquisidores favoritos: Sé que llevaba razón; por lo tanto, os ruego omitáis cualquier tipo de comentario al respecto tanto ahora como en el futuro. No es necesario, os lo puedo asegurar. Y, tal vez, mi ánimo revuelto me lleve a rechazarlo o a valorarlo por debajo
de lo que en verdad merece. Así que, mejor, dejadlo.
Haciendo caso omiso de vuestras indicacio- nes, y guiado por la mejor de mis voluntades, ordené el traslado del centro del palacio Per- tini a otro lugar, lo suficientemente recóndito como para que nuestras investigaciones pu- dieran disfrutar de un período largo de calma. Ese lugar, me veo obligado a decíroslo, es el centro de investigación de Viedma, en la Confederación de Sudamérica. Sé que fue abandonado al uso hace muchos años, pero desde unos meses atrás me propuse ponerlo al día y mantenerlo por si llegaba el momento de utilizarlo. Como veis, mi previsión también ha sido útil en esta ocasión. Pero no tanto como hubiera deseado.
Mi desgracia fue que no dio tiempo suficiente para trasladar todo el material y el personal. Debería haber valorado mucho antes la obli- gación de desobedeceros; pero qué queréis, al fin y al cabo llevo la cadena de mando gra- bada a fuego en el alma. Y eso ha supuesto perder varias vidas y la mayor parte del mate-
rial. ¿De quién es la culpa? ¿Mía? Sincera- mente, no lo creo. Repasad vuestras con- ciencias. Tal vez lleguéis a la misma conclusión que yo.
El siguiente paso que me propongo dar es ir al terreno de donde provienen nuestras des- gracias: Aris. Tengo la certeza de que allí en- contraré respuestas no sólo a lo que ha ocurrido, sino también a cuanto negativo nos pueda suceder en un futuro, que es lo que más nos debe importar. Todos sabemos quién está detrás de esto: la Antigua Compa- ñía de la Rosa. Que dirige el gobierno arisio. A vosotros este dato en su momento os pare- ció irrelevante o falso; en todo caso, eso he podido deducir. Qué queréis, a mí me pareció todo lo contrario. Si aún no habéis atado ca- bos, creo que ha llegado el momento.
Por supuesto, no voy a ciegas: cuento con al- guna pista que me ponga en el buen camino. Dado que no tenemos agentes ni nada pare- cido en Aris, que nuestra organización ha de- jado en la práctica de existir, es lo único en que me puedo basar.
Antes de que investiguéis, os diré que voy a disponer de cuanto dinero y personal estime oportuno y necesario, como he hecho hasta el momento. Sé que cuento, después de lo ocurrido, con vuestra aprobación. En todo caso, tened presente que seguiré adelante. Espero que no se os ocurra boicotear el tra- bajo de otro inquisidor: os dejo claro, desde este mismo instante, que no lo pienso con- sentir. Así que espero y deseo vuestra leal colaboración. Por el bien de Nuestra Santa Madre.
Estad tranquilos: de todo lo ocurrido no pien- so informar al Santo Padre.
No esperéis noticias hasta que lo crea opor- tuno. Comprended que no os merecéis más. Por si surgiera algo, estaré alojado en la Po- sada Campestre de Drago, a las afueras de Pálasti.
Vuestro compañero y amigo: Mauricio Groepius. I. P. G. D.
P. D. Os advertí hace tiempo que el estado de relajación —para mi entender, casi disolu- ción— en que había caído el Instituto no nos traería más que desgracias. Vosotros sois los culpables.
Río arriba, donde para un viajero que descendiese el Rak-Janén por primera vez la ciudad de Pálasti no se- ría más que un presagio, se extendían en ambas ori- llas los mejores clubes de recreo de la ciudad y un par de hoteles de lujo. Eran construcciones sólidas e inu- sitadamente discretas, de maderas nobles y piedra bien pulida, con grandes cristaleras brillantes, rodea- das de praderas de hierba azulada y jardines mima- dos. Tranquilos y decentes complejos de ocio levantados en terrenos robados al bosque de argas que se extendía entre ellos hasta lamer las orillas, como si el río fuera una cicatriz que lo hubiera parti- do en dos.
Las aguas del río tenían una calidad diferente: no flotaban cosas raras, ni brillaban con tonos grasien-
tos, ni parecían tan espesas. Corriente abajo miles de barcas y barcazas que cruzaban el río convertían el tráfico fluvial en un zigzagueo horrísono y difícil; en este tranquilo tramo unas pocas embarcaciones de remo y vela, ligeras y limpias, que sólo servían para tranquilos paseos o competiciones deportivas, hen- dían en silencio las aguas. Los grandes cargueros que pasaban ocasionalmente por la parte central del cauce eran los únicos que recordaban que unos kilómetros más abajo el río hervía con un fragor de guerra.
Di Stefano, sentado en la terraza del club Lavalle, sorbía con tranquilidad un combinado de frutas, go- zando de la mañana soleada y observando sin dema- siado interés los juegos de las embarcaciones en el río: la gabarra blanca y azul de su club, el Lavalle, con sus doce remeros, adelantaba a trompicones a la negra y azul del club Anchorage, el club rival por an- tonomasia en todas las competiciones, y cuya sede se podía ver brillar justo enfrente, en la orilla opuesta del río.
A su alrededor los socios, prismáticos en mano, co- mentaban con desmedida euforia el posible triunfo de los suyos. La gente, vestida con cara ropa deportiva,
se desparramaba con ánimo festivo por la pradera que se abría desde la terraza del club hasta el embarcade- ro de la orilla, mirando de vez en cuando hacia el río, haciendo volar cometas, paseando, o sentados en si- llas plegables y tumbonas de madera. Los banderines azules y blancos del club ondeaban con suavidad so- bre el embarcadero.
La mañana era perfecta: temperatura ideal, sol bri- llante, cielo azul, aire ligero. Una desacostumbrada mañana en aquella época del año. Di Stefano se ale- gró de haber tomado la decisión de ir al club a comer, con tiempo suficiente para relajarse tomando uno de sus famosos combinados de frutas después de un pa- seo por las avenidas de retamas aromáticas. Necesita- ba un poco de sofisticado sosiego después de varios días de juerga con Rajín de Sura y otros tantos de re- saca solitaria en casa.
Los camareros vestían camisas blancas y chalecos y pantalones azules, los colores del club, y se movían solícitos y rápidos entre los socios, atendiendo con delicada eficacia sus peticiones. Uno de ellos se acer- có sigiloso a Di Stefano y puso frente a él una bande- ja de plata. Di Stefano, sorprendido, dio un respingo
al percatarse de la presencia del discreto camarero, cogió la tarjeta que reposaba en la bandeja y le despi- dió con un gesto hosco.
La tarjeta de presentación, en papel de alta calidad, tenía impreso en una esquina el escudo del club La- valle, un grifo que portaba un tridente sobre fondo de rombos azules y blancos, y era del director de la co- misión gestora, Frederic Camponais. La giró compo- niendo un gesto de extrañeza y se encontró con que estaba escrito a tinta de pluma el siguiente mensaje:
«Bum, bum, bum. Conseguido». Y una firma: «A. Palacios». Sintió un sobresalto repentino y se giró. Pero sólo vio a los socios que atestaban la terraza, ja- leando con entusiasmo la casi segura victoria.
Durante unos minutos continuó sentado, volteando la tarjeta frente a sí. Después se levantó, cruzó la te- rraza sorteando a la gente y se introdujo en el edifi- cio. Pasó por el vacío restaurante, llegó hasta la recepción y tomó el pasillo de la derecha, el que lle- vaba a las oficinas. Llamó con decisión a la puerta del despacho del director.
—Adelante.
Dentro del despacho, forrado de listones de madera y decorado con motivos náuticos, estaban dos perso- nas: Palacios, sentado sobre una esquina de la mesa de despacho, y el director del club, Frederic Campo- nais, sentado en su sillón de cuero tras la mesa. Am- bos le miraron.
—Vaya, vaya, qué agradable sorpresa —dijo Pala- cios con una sonrisa. A Di Stefano le pareció que Pa- lacios se hallaba realmente sorprendido—. No sabía que fuéramos miembros del mismo club. ¿Qué le pa- rece? ¡Qué coincidencia más asombrosa!
El director se levantó de su sillón y se encaminó a la puerta, sonriendo a Di Stefano, al que dio una amistosa palmada en el hombro al pasar a su lado, aunque nunca había tratado directamente con él.
—Bueno, os dejo. Ya deben de estar de vuelta las gabarras. A ver si por fin les ganamos esta temporada a esos petimetres del Anchorage. ¿Os lo vais a per- der?
—Ni mucho menos —contestó Palacios, sin apartar la mirada de Di Stefano—. Será sólo un par de minu- tos. Ahora iremos. Espérame en el muelle.
El director salió del despacho y cerró la puerta.
—Ha sido toda una sorpresa verle hace un rato en la terraza —dijo Palacios—. Lo que son las cosas... Se lo comento a mi amigo Frederic y, mire por dónde, me encuentro con que usted también es socio del club Lavalle, ¡y desde hace varios años! Nunca le había visto por aquí... con certeza usted a mí tampoco... Qué curioso. O tal vez nos hayamos cruzado en va- rias ocasiones y ninguno reparó en el otro.
Palacios continuó mirándole. Durante unos segun- dos permaneció en silencio, asintiendo. Luego, conti- nuó.
—Me imagino que la sorpresa será mutua. ¿Sabe usted que soy miembro fundador? Bueno, y socio ca- pitalista, mecenas de las competiciones, y algunos cargos más.
Di Stefano no supo qué decir. Continuó en silencio, limitándose a componer un gesto de fingida admira- ción.
—No, está claro que no lo sabe... ¿No tiene nada que decirme? ¿Se ha quedado usted mudo?
—Supongo que ahora debería decir que es un honor pertenecer al mismo club que usted, y cosas por el es- tilo... pero no creo que sean necesarias, ¿verdad?
Palacios continuó con la sonrisa dibujada en el ros- tro. Sin variar el tono amistoso de su voz, siguió con la conversación.
—Según habrá deducido de mi inusual mensaje, todo ha salido a la perfección. Como no podía ser de otra manera, nos dio la información correcta. No es que el asunto sea demasiado importante, pero me en- cuentro muy satisfecho. Al verle, no he podido resis- tir la tentación de hacérselo saber. Tranquilo: sólo le quería para eso.
Se bajó de la mesa con un ágil salto y cruzó el des- pacho.
—Ahora me voy a ver el final de la regata. Posible- mente me concedan el honor de entregar el trofeo.
¿No viene?
Palacios abrió la puerta y le invitó a salir con un gesto de la mano. Más que una invitación, era una or- den. Di Stefano salió del despacho. Una vez en el pa- sillo, alargó su mano extendida hacia Palacios.
—Creo que no —contestó—. De todos modos, es- pero que ganemos. Y que usted tenga el honor de en- tregar el trofeo.
Palacios le apretó la mano con firmeza.
—Entonces, hasta otra, Bellini.
Di Stefano cruzó el pasillo, sintiendo tras él los pa- sos de Palacios amortiguados en la moqueta y su mi- rada clavada en su nuca. Llegó a la recepción y salió del edificio. Se le habían quitado las ganas de comer en el club. Tampoco tenía ganas de volver a la ciudad. Durante un minuto, parado frente a la entrada princi- pal, meditó qué hacer. Decidió al fin bajar hacia el embarcadero de servicio y tomó un taxi fluvial.
—Lléveme a Adfarai. A la casa de las ostras.
La barca arrancó el potente motor y descendió ve- loz el Rak-Janén. Se daría un pequeño homenaje a base de ostras salvajes de los acantilados y mariscos frescos. Aparte, desde hacía varios días, sentía curio- sidad por saber cómo quedó la Rita Dos. Ahora ten- dría ocasión de comprobarlo.
Llegaron a Pálasti, la dejaron atrás, pasaron los muelles del barrio pesquero, la taberna del pescador
honrado. Al llegar al prado donde descendieron de la nave fijó su mirada. Los árboles de la ribera tenían las hojas que daban a la pradera chamuscadas, las hierbas altas habían desaparecido. El prado se había convertido en una mancha negruzca de tierra quema- da. Un profundo cráter se abría donde se había posa- do la nave. Salvo esas pistas, no quedaba rastro físico de que algo hubiera ocurrido. De la Rita Dos, que se debió desparramar en varios cientos de metros a la re- donda, no quedaba ningún resto. Nada. Los chatarre- ros, tal vez los de Rajín, tal vez otros, se habían encargado de limpiarlo todo. Y la hierba comenzaba a crecer. En unos días volvería a tener el aspecto ante- rior. Y nadie diría que allí Di Stefano hizo explotar una nave espacial de carga. Sonrió sombrío. Con tres hombres dentro.
Unos kilómetros río abajo se encontraba Adfarai, un poblachón de casas de madera en una de las islas mayores del delta. Di Stefano mandó esperar al taxis- ta y comió en la casa de las ostras con tranquilidad, decidido a olvidar su último encuentro con Palacios.
¿Es que aquel hombre se había propuesto amargarle la vida hasta el punto de no dejarle disfrutar de una
simple mañana en su club? Concluyó que no era más que una desagradable coincidencia sin más relevancia que hacerle cambiar de planes para la comida. Poca importancia más tenía, y poca más le iba a conceder. Así que disfrutó de las ostras salvajes y las langostas.
Cuando tomó el taxi fluvial de subida hacia Pálasti, recordó que había quedado aquella misma tarde con Rajín de Sura en la taberna de Marinai, para recoger su parte del botín. No tenía la más mínima gana aque- lla tarde ni de ver al arisio, ni de ir donde Marinai; pero, al llegar al embarcadero del barrio pesquero, mandó al barquero que detuviera el taxi. Pagó el ser- vicio y, con aire cansado, remontó las cuestas.
En la taberna, Rajín de Sura bebía en compañía de Marinai y varios clientes. Sostenían una animada conversación, como siempre a gritos, que fue inte- rrumpida por la presencia de Di Stefano.
—¡Hermano! —Le saludó Rajín de Sura—. Ahora mismo estoy contigo.
Se giró hacia los contertulios.
—Señores, debo dejarles. Marinai, pon otra ronda de mi parte.
Fue hacia Di Stefano, acompañado por vítores y alabanzas a su generosidad.
—Sentémonos, Bellini. ¿Quieres tomar algo?
Di Stefano negó con la cabeza. Tomaron asiento a su mesa habitual.
—Te veo muy contento, Rajín.
—No es para menos —dijo risueño—. He conse- guido sacarle a ese estafador de Renko unos cuantos miles de geas más. Sabes que no me gusta regatear, que no sirvo para los negocios... pero esta vez me he portado como un especialista.
Di Stefano pensó que el tal Renko, con toda seguri- dad, había pagado la mitad de lo que el cargamento valía en el mercado negro.
De un bolsillo de su pantalón, Rajín de Sura sacó un fajo de billetes sujetos con un cordel. Se los entre- gó.
—Aquí tienes. Tu parte, después de descontar los gastos. Veinticinco mil.
Di Stefano se guardó el dinero con la certeza de que habían sido engañados. Bueno, pensó, otro asun- to más sin demasiada trascendencia.
—Te veo preocupado —dijo el arisio—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Desagradables noticias?
—En absoluto —contestó—. Nada de importancia.
—Así me gusta. Debemos sentirnos felices: la vida nos sonríe, el dinero cae en nuestras manos.
Sin que ambos se dieran cuenta, Marinai se había acercado hasta la mesa. Había cambiado la sonrisa de la barra por un rictus de seriedad.
—Bellini, tengo que comentarte algo. ¿Puedo sen- tarme?
—Adelante —contestó Di Stefano—. ¿Ocurre algo?
—Tal vez no tenga importancia, pero prefiero que lo sepas: verás, hace un par de días, Tom, el hermano de Merko el mudo, me dijo que alguien había estado haciendo preguntas por ahí.
Rajín de Sura frunció el ceño y miró alternativa- mente a Marinai y a Bellini.
—No sabía nada. Podías habérmelo dicho —le re- criminó al tabernero.
—¿Qué clase de preguntas? —Inquirió Di Stefano.
—Oh, bueno, lo de siempre en estos casos: si cono- ces a esta persona, si se dedica a esto o a lo otro.
—¿Quién era ese tipo?
—No sé mucho más. Si quieres informarte, debe- rías hablar con Tom. Por lo que me dijo, no era un ha- bitual de mi casa, ni del barrio. Él tampoco le conocía de ningún otro sitio.
—No sería un poli.
—No —contestó rotundo Marinai—. No era más que un fisgón... un individuo flaco, con cara de cala- vera. Parecía un pobre diablo... Eso me dijo Tom.
—¿Y te dijo qué le contestó?
—Me juró que, por supuesto, le dijo que no te co- nocía.
—¿Dónde se encontró con ese tipo?
—En la plaza Magadash... Por lo visto te buscaba para no sé qué trabajo.
—Marinai, ¿puedes mandar a alguien a llamar a Tom?
El tabernero se levantó de la silla.
—Me parece que partió en su barco río arriba
—dijo—. Tal vez no vuelva hasta dentro de unas se- manas... De todos modos, lo comprobaré.
Di Stefano asintió. Definitivamente, los hados se habían propuesto amargarle el día.
—No hay motivo para intranquilizarse —dijo Rajín de Sura, encogiéndose de hombros—. Puede tratarse de alguien que te busca con buenas intenciones.
Mortimer Shinvack, el jactancioso propietario de La Posada Campestre de Drago, no dejaba de volver la mirada una y otra vez hacia la mujer que acompañaba al viejo terrestre, mientras componía su impecable atuendo: blusón negro con filigranas doradas, panta- lones bombachos color ciruela y botas de cuero negro que le llegaban hasta las rodillas. Y hacía lo mismo cada vez que coincidía con ella desde que tomaron habitación dos días atrás, aunque la joven no prestaba la más mínima atención a su elegante porte. Por otra parte, la estéril insistencia de Shinvack estaba justifi- cada: pocas veces en su vida había visto una mujer como ésa. Ni él, ni ninguno de sus clientes, que la mi-
raban embobados, como si estuvieran frente a una diosa inaccesible. Para los arisios, su belleza tenía un aire sobrenatural, distinto, superior, que les obligaba a desviar la mirada con temor reverencial al poco tiem- po de fijarla. Las conversaciones que surgían sobre la mujer terrestre acababan convertidas en simples co- mentarios en voz baja, cargados de admiración. Nada que ver con las bromas chuscas de las que eran objeto el resto de mujeres.
La posada estaba a un par de kilómetros de la aldea de Drago, una treintena de kilómetros al sur de los úl- timos arrabales de Pálasti, en un claro en el espeso y vasto bosque de coníferas que se extendía sobre cien- tos de miles de hectáreas hasta la lejana ciudad de Duko, al sur, la meseta de Urbang, al este, y el cer- cano mar al oeste. Era el comienzo de una tierra de madereros y resineros de ámbar naranja, utilizado en la cosmética arisia para la elaboración de perfumes y pomadas. La posada era el lugar de encuentro habi- tual de los comerciantes y caravanistas que iban hacia Pálasti desde el sur del continente, utilizando la pista de tierra apisonada que cruzaba el bosque, para quie- nes el Rak – Janén carecía de utilidad e interés.
Era una sobria construcción de piedra granítica, con balcones de madera en la planta superior y tejado de pizarra, donde crecía un musgo oscuro. En la planta baja había un enorme salón con varias chimeneas y medio centenar de mesas. En la superior, veinte habi- taciones con baño. Tras la edificación, un enorme pa- tio hacía las veces de establo para los comerciantes que aún seguían viajando a lomo de animal y como aparcamiento para el resto. En general, se podía per- cibir que se trataba de un negocio añejo, próspero, y bien mantenido. La arrogancia de su propietario esta- ba en parte justificada.
En una mesa al fondo del salón, apartados de la zona más concurrida, se encontraban la agente Cano y monseñor Mauricio. Cano levantó la cabeza de su terminal y miró en derredor. Vio cómo los hombres volvían raudos la mirada. Sonrió con malicia.
—Tal vez me equivoqué al elegirla a usted —dijo ceñudo Mauricio—. Siempre he buscado la discre- ción. Desde luego, no pasa desapercibida.
—Confíe en mí —aseguró resuelta—. Si es neces- ario, no seré más que una estudiante de postgrado de Lira Cinco, o la hija caprichosa de algún magnate. En
todo caso, para todos estos —señaló con un gesto despectivo de su cabeza— seguiré siendo un bicho raro. Pero eso no influye en el caso, ¿verdad?
Monseñor no contestó. Bebió un largo trago de su vaso de agua fría.
Una figura enjuta de miembros largos, envuelta en un gabán negro que le hacía parecer una araña, atra- vesó la puerta de la posada. Localizó con la mirada a monseñor Mauricio y se acercó a la mesa. Al llegar, tomó asiento.
—Ya lo he encontrado. Monseñor Mauricio suspiró.
—Por fin, Víctor. Ya era hora. ¿No estará perdiendo facultades? Está usted avisado desde que salimos de la Tierra.
El recién llegado respondió con una sonrisa. Los músculos de su cara se tensaron como cuerdas. Sacó de su bolsillo una sucia libreta de papel y la abrió. La agente Cano esbozó una mueca irónica al verla.
—Anoten —dijo Víctor—. Bellini tiene su despa- cho en la zona de negocios. A ver... —pasó las pági- nas arrugadas hasta que encontró la que buscaba—.
Aquí, sí señor: calle Ambrosian 132, tercera planta. Y su domicilio es éste: Avenida de los Pioneros Arisios,
34. Planta cuarenta. ¡Uf! Su amigo debe tener pasta.
—¿Está seguro de que se trata de la misma persona que buscamos? —Preguntó monseñor.
—No le quepa la menor duda —contestó Víctor, mirando a la agente Cano—. Sabe que soy un verda- dero profesional. El mejor de todo Pálasti.
—Déjese de tonterías —le replicó monseñor—. No creo que usted sea capaz de impresionar a mi acom- pañante.
—¡Oh! yo no pretendía.
—Déjelo. ¿Y a qué se dedica nuestro amigo? Víctor asintió mirando a monseñor.
—Pues a lo que usted supuso. Llevaba razón: es una especie de detective privado. Chapucillas meno- res, asuntos sin demasiada importancia... eso parece al menos.
—Algo parecido a lo que se dedica usted... —inter- vino la agente Cano.
Víctor le dedicó una sonrisa de galán trasnochado.
—Si usted supiera, señorita, en qué clase de asun- tos he estado metido.
—No estamos aquí para aguantar sus habituales fanfarronadas, Victor —dijo monseñor—. Vayamos a lo que nos interesa, ¿ha podido conseguir los nom- bres de alguno de sus clientes?
—Por supuesto —volvió a pasar las hojas de la li- breta, mojándose el dedo índice con saliva—. Aquí están los nombres de un par de ellos. Anoten.
Impaciente, monseñor le quitó a Víctor la libreta de las manos. Arrancó la hoja que acababa de encontrar Víctor y localizó la que había consultado con anterio- ridad. También la arrancó.
—¿Esto es todo? —preguntó, sosteniendo las hojas delante de su cara.
—Sí —respondió Víctor—. ¿Acaso le parece poco? Es cuanto me pidió.
Monseñor tiró la libreta sobre la mesa y se guardó las hojas arrancadas. Víctor la recogió mientras se en- cogía de hombros.
—¿No ha logrado verle? —Preguntó monseñor—.
¿Aunque sea de lejos? ¿Disponemos de fotos?
—No —contestó Víctor, mientras negaba con la ca- beza—. Debe de estar fuera, tal vez de viaje... Me ha sido imposible contactar con él. Si me dejase un par de días más... Porque su nombre me suena... no sé de qué, pero me suena.
—¿Ha podido averiguar si trabaja para el gobierno? Víctor dibujó una mueca inescrutable.
—No tengo constancia de ello. Pero no lo creo: na- die parece conocerle en la policía.
Monseñor asintió en silencio.
—Me lo imaginaba. ¿Cómo podemos ponernos en contacto con él?
Víctor ojeó en su libreta. Con una sonrisa torva, arrancó otra hoja y se la dio.
—Esta es la dirección de su correo cifrado. Mande un mensaje y espere respuesta.
Monseñor cogió la hoja, extrajo un sobre de un bol- sillo interior de su chaqueta y se lo dio.
—Tome.
Víctor lo abrió con rapidez, ojeó el contenido, y se lo guardó.
—Bien, jefe, sabe que siempre es un placer trabajar para usted. Ahora, si me permite, me gustaría invitar- les.
—Largo —le cortó monseñor—. Y no se pierda. Tal vez le necesitemos dentro de poco.
—Bueno, ha sido un placer —se despidió Víctor, girando su cabeza hacia la agente Cano.
—Adiós —le despidió monseñor.
Víctor, sin dejar de sonreír, se alejó de la mesa con pasos elásticos y salió de la posada.
—Así que chapucillas y asuntos menores... —dijo la agente Cano, mirando hacia la puerta que acababa de cerrarse—. ¿De verdad nos podemos fiar de este individuo?
—¿Por qué no? Ya le he dicho que ha colaborado con nosotros en otras ocasiones, siempre de forma sa- tisfactoria. Lo cierto es que es bueno en lo suyo.
Monseñor, desviando la mirada hacia algún punto impreciso del techo, continuó.
—Estoy seguro de que se trata de él... Es muy pro- bable que haya seguido dedicándose a lo único que sabe hacer... Hasta que, de algún modo, ha terminado
trabajando para la Antigua Compañía de la Rosa... o para el gobierno arisio, que viene a ser lo mismo. Los vínculos directos es lo que nos interesa descubrir. Las motivaciones, también. En último lugar, la naturaleza de las relaciones que se hayan establecido. Tal vez así lleguemos a saber qué se proponen hacer a partir de ahora.
La agente Cano asintió con desgana. Era la cuarta o quinta vez que monseñor le repetía aquellas mismas palabras. Durante tres días habían estado hablando en exclusiva sobre los pasos a dar en cuanto encontrasen al tal Di Stefano - Bellini. Monseñor se dio cuenta.
—Perdone, agente. Ya sé que me repito. Deben ser cosas de la edad.
—Perdonado, monseñor —dijo con una sonrisa tra- viesa—. Entonces... ¿me pongo manos a la obra?
—Ya tenemos lo que queríamos. Así que, cuanto antes, mejor.
En ese instante, la agente Cano compuso un gesto de alerta, la mirada fija en la puerta de la posada.
—Monseñor —susurró—. Gírese.
Dos hombres acababan de entrar. Echaron un vista- zo al interior oscuro y se dirigieron a Shinvack. Los dos eran jóvenes, altos y atléticos, de pelo cortado a cepillo. Vestían ropa terrestre de última moda. Uno de ellos tenía el pelo rubio; el otro castaño. Eran más o menos de la misma altura, y de no ser por apreciacio- nes secundarias, podrían pasar por hermanos: pare- cían tener hasta los mismos gestos. Llevaba cada uno una maleta.
Monseñor Mauricio, tras observarles, volvió la ca- beza a la agente Cano.
—¿Les conoce?
—No estoy segura. Pero yo diría que son agentes nuestros.
—Pues salga de dudas: sí lo son.
Tras decir estas palabras, Monseñor compuso un gesto reflexivo que la agente Cano no fue capaz de descifrar.
Los dos recién llegados mantuvieron una corta con- versación con Shinvack, tras la cual el posadero seña- ló la mesa que ocupaban monseñor y la agente Cano. Se dirigieron hacia allí con paso marcial. Al llegar a
la mesa, uno de ellos, el rubio, agachó la cabeza res- petuosamente, mientras el otro se mantuvo firme de- trás.
—Monseñor: se presentan los agentes Lacroix y Berner. Nos envía el inquisidor jefe para ponernos a sus órdenes.
Mauricio paseó su mirada de uno a otro. Durante un minuto estuvo así, evaluándoles, hasta que al fin asintió resoplando.
—Siéntense.
Los agentes se sentaron a la mesa. Monseñor se di- rigió a Berner.
—Y bien, ¿qué órdenes concretas les ha dado el in- quisidor jefe?
Berner contestó con voz metálica.
—Ninguna en concreto, monseñor. Lo que le he di- cho: ponernos a sus órdenes. Para todo aquello que debamos hacer.
—¿No traen ningún mensaje del inquisidor?
—No, monseñor.
—¿Saben cual es la naturaleza de esta misión?
Ambos negaron con la cabeza. Lacroix respondió en voz baja:
—Tenemos una idea general del asunto. Nada más.
—Entonces, hasta que les ponga sobre el terreno, no hay más que decir. Bienvenidos a nuestro pequeño equipo. Permítanme que les presente. Agente Cano: los agentes Lacroix y Berner.
Se saludaron entre sí con displicente cortesía, utili- zando leves movimientos de cabeza.
—Bueno, agentes, ahora conviene que tomen habi- tación en la posada. Esta será, por decirlo de alguna manera, nuestra oficina central de operaciones. Al menos de momento.
—Lo acabamos de hacer, monseñor. Esas eran las instrucciones que teníamos.
—Pues entonces, suban a prepararse y colocar su equipaje. Aquí estaremos.
—Monseñor —dijo el agente Lacroix con voz gra- ve—: quiero que sepa que es un placer para nosotros poder estar a su servicio... en estas circunstancias tan especiales.
Monseñor asintió mirando a los ojos de ambos, un gesto que en su código significaba agradecimiento sincero. Los dos agentes se levantaron de la mesa y cruzaron el salón rumbo a la escalera. Cuando co- menzaron a subirla precedidos de Shinvack se dirigió a la agente Cano.
—Estos dos son los guardaespaldas personales de Mbar —dijo, entrecerrando los ojos—. Sólo se dedi- can a asuntos puntuales, muy concretos, muy urgen- tes. Posiblemente sean los mejores agentes del Instituto... mejorando lo presente, por supuesto.
—Entonces, es todo un detalle que se los envíe, y con tanta rapidez.
Monseñor se encogió de hombros.
—En el fondo, no esperaba menos. Para serle sin- cero, esperaba incluso más... Aunque el inquisidor jefe desconozca que nuestra misión no necesita de de- masiados efectivos —sonrió de medio lado—. El in- quisidor jefe se ha debido dar cuenta del error que cometió ignorando las claras señales. Con toda segu- ridad, al ver el palacio Pertini reducido a cenizas, ha-
brá decidido tomarse en serio el asunto. Mejor así: más vale tarde que nunca.
—Entonces, varían nuestros planes.
—En absoluto. El hecho de que nos hayan asignado más agentes no tiene por qué hacer variar nuestro proyecto inicial. Agente Cano, que seamos dos más en la misión no implica que dispongamos de un ejército... Seguiremos con los pasos propuestos. La experiencia me dice que son los más sencillos y efec- tivos.
La agente Cano asintió frunciendo los labios.
Sin novedad. Había transcurrido una semana desde su encuentro con Palacios en el club Lavalle, y todo se- guía en calma. Tampoco volvió a tener noticias del tipo aquel que estuvo haciendo preguntas. Llevaba ra- zón Rajín de Sura: intranquilizarse sin necesidad no llevaba a ninguna parte.
Cansado y aburrido por la molicie de los últimos días, decidió retomar el orden habitual de su rutina: determinó ir a su despacho, ordenarlo un poco, com- probar los mensajes de posibles clientes. Olvidarse de
Palacios y seguir con su vida. Curiosamente, justo como le habían dicho que hiciera.
Fue caminando hasta su despacho, un simple paseo que en esta ocasión sí le sirvió para liberarse de sus incertidumbres: era algo tan simple y habitual, que le hizo sentirse como si lo realizara el día después de su primera reunión con Sukur. Paró unas cuantas veces, para tomar café, comprar la prensa, y contemplar al- gún escaparate. Al llegar se sintió descargado de ten- siones sobre su futuro, como si todo el asunto de Palacios no hubiera sido más que otro trabajo. Acaso,
¿no debería valorarlo así?
Antes de tomar asiento en su despacho, comprobó, como parte de la rutina diaria, que todo seguía en su sitio. Después llamó al servicio de limpieza del edifi- cio y consultó su apartado de correo, decidido a po- nerse a trabajar lo antes posible.
Tenía una forma de establecer contacto con sus fu- turos clientes bastante común en Pálasti para los de su gremio: consistía básicamente en el boca a boca, en recomendaciones de clientes a otros posibles clientes, que se ponían en contacto con él a través de una cuenta de correo cifrado. Leía a diario el correo,
y contestaba a los mensajes que le interesaban. Y así se iniciaban las relaciones. Pocos clientes conocían su despacho; en el fondo, lo mantenía para salvaguardar su casa de sus actividades. Bien podría establecerse en algún hotel, como alguno de sus colegas, o en nin- gún lugar en concreto; pero prefería disponer de un sitio fijo y cómodo, donde recibir visitar si era im- prescindible. Una especia de razón social de su em- presa. Y en el caso de que fuera ligado a un sitio concreto, éste sería el despacho, no su propio domici- lio. No es que aquello sirviera de mucho, pero a él le daba la impresión de desligar su trabajo del resto de su vida. Y eso le bastaba.
Repasó el correo. Tenía dos avisos. El primero, re- cibido quince días atrás, le citaba en nombre de Cor- poración Metalúrgica Dukense en las oficinas centrales de la empresa un miércoles a las doce perdi- do ya en el pasado. Seguro que se trataba de localizar algún ejecutivo que pasaba informes confidenciales a otras empresas rivales. Ya se habrían buscado otro de- tective.
El otro aviso era de dos días atrás. No tenía remi- tente, aunque sí una dirección, y era inusualmente lar- go:
Señor Bellini: me pongo en contacto con us- ted porque creo que es la única alternativa válida que me queda por probar para conse- guir mis objetivos. Deseo que busque a de- terminada persona, por un asunto de índole exclusivamente privada, a la cual no he podi- do encontrar por mis medios ni utilizando los servicios de otros profesionales. No deseo demorarme demasiado, así que le emplazo a una reunión donde le detallaré las particulari- dades del tema. Espero que no me niegue sus servicios; estoy segura que, en cuanto sepa los pormenores de mi problema, acce- derá gustoso a ayudarme. Se preguntará el motivo de que recurra a usted; mi amistad con Waldemar Strauss, y su insistencia en hacerle a usted partícipe de mis problemas son la respuesta. Por favor: me gustaría que mantuviera al señor Strauss fuera de este asunto. Su amabilidad merece eso y mucho más. Prefiero que no le moleste, ni que sepa
por usted que estamos en tratos. Le ruego que conteste a este mensaje.
Waldemar Strauss era uno de sus clientes habituales. Propietario de una empresa de exportación de meta- les, estaba siempre en lucha con los transportistas, in- termediarios, y sus propios empleados, que procuraban llevarse en cuanto tenían la más mínima ocasión un buen pellizco del metal. Di Stefano, en uno de los trabajos más minuciosos que le había toca- do realizar, descubrió una red de ladrones implantada en su propia empresa, que abarcaba desde un alto di- rectivo hasta guardas nocturnos de los almacenes. Ni que decir tiene que aquel trabajo le reportó el inme- diato agradecimiento de Strauss, y unos cuantos en- cargos más. A ojos de Strauss, estaba lo suficientemente valorado como para molestarle con una llamada. Pero se lo pensó dos veces: el mensaje insistía en no molestarle. Por otra parte, si la persona venía recomendada por él, valdría la pena ayudarla.
Quedaba claro que la persona que requería sus ser- vicios era una mujer. Tal vez, por esa razón, prefería mantener al margen al propio Strauss, aunque hubiera
sido él quien le recomendase. El señor Strauss tenía varios líos con unas cuantas amiguitas... una de ellas tenía algún problema... y Strauss quería que Bellini se lo solucionase sin molestias de ningún tipo. Todo pa- recía cuadrar. Era de esos asuntos tan antiguos como la vida. Por supuesto que no molestaría al señor Strauss.
Contestó al mensaje, citando a la posible cliente en el restaurante del hotel Vega Palace para el día si- guiente a mediodía.
Hacía más de dos horas que había pasado la hora de la comida. El restaurante se encontraba vacío, a ex- cepción de Di Stefano y unos aburridos camareros que limpiaban y barrían desganados. Apuró su taza de café y se levantó de la mesa.
Podían haber ocurrido varias cosas: su posible cliente no había recibido su mensaje, o no lo había leído, o, tal vez, había desestimado a última hora con- tar con sus servicios. Quién sabe, tal vez había retor- nado el desaparecido. En cualquier caso, si su cliente pretendía volver a contratarle, que se pusiera otra vez
en contacto con él. En alguna ocasión le había dado plantón un cliente, y jamás le interesaron los motivos. Mientras traspasaba las puertas del hotel, se había ol- vidado ya del asunto.
Salió a la avenida y, caminando a paso lento, se di- rigió hasta su despacho. Consultó su correo, compro- bó que no tenía mensajes nuevos. Miró en derredor, apagó las luces y se fue dando un paseo a su casa.
Antes de entrar en el portal del edificio, sintió un toque suave en el hombro. Se giró con rapidez y vio a Rajín de Sura.
—Buenas tardes, vecino. ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte! Creo que deberías invitarme a algo en tu casa.
Desconcertado, Di Stefano abrió la puerta y le ce- dió el paso, mientras el arisio se llevaba un dedo a los labios pidiéndole silencio. Montaron en el ascensor, mirándose de soslayo, subieron hasta su planta y en- traron en el apartamento. Una vez dentro, el arisio le dijo en voz muy baja, pegando la boca a su oreja:
—Te siguen. Comprueba que no llevas micrófonos o alguno de esos cacharros.
Di Stefano compuso un gesto de extrañeza.
—Imposible. Nadie ha podido colocarme nada. Pero de todos modos, te invitaré a una copa. Siéntate. Di Stefano se dirigió al mueble bar. Puso dos copas de whisky con hielo. Le ofreció una al arisio, que
miró en torno suyo con cara de duda.
—¿Estás seguro? ¿Podemos hablar con tranquili- dad?
—Puedes estar completamente convencido de ello
—contestó serio Di Stefano—. Y, bien, dime, ¿quién me sigue? Ya te conté el asunto de la policía secreta...
¿no será alguien de ellos?
—No —contestó rotundo el arisio—. Son varios ti- pos y una mujer.
Di Stefano tomó asiento y entrecerró los ojos.
—Cuéntame.
Rajín de Sura bebió del whisky y depositó con deli- cadeza su copa en la mesa.
—Es muy simple: cuando Marinai nos dijo que al- guien había estado preguntando por ti, decidí ayudar- te. Así que, durante estos últimos días, he procurado no perderte el rastro. Lo cierto es que tengo todo el
tiempo libre del mundo, y me comenzaba a aburrir. Al no tener nada mejor que hacer, ¿por qué no echar una mano a un compañero? Bueno, pues te cuento: durante los últimos días, dos tipos han estado contro- lando tu casa y tu despacho. Esta mañana, cuando has salido hacia el hotel Vega Palace, te han seguido. Frente al hotel se han encontrado con otro tipo y una mujer —impresionante, por cierto—, han estado ha- blando durante un minuto o menos, y se han largado en un coche.
Di Stefano se rascó el mentón.
—A ver, dime, ¿cómo son esos dos tipos?
—Altos, jóvenes, bien vestidos. Unos estirados. Pa- recen terrestres.
—¿Y el otro tipo y la mujer? Rajín de Sura sonrió.
—La mujer es una cosa bonita de verdad, te lo juro por los dioses. Sólo la pude ver un momento, pero me quedé con la boca abierta. Una muñequita.
—Ya te entiendo —le cortó—. ¿Dirías que también es terrestre?
—Sin duda. Después de ver lo que vi en la Tierra, pondría la mano en el fuego.
—¿Y el que estaba con ella?
—Un hombre mayor, casi anciano, pero bien con- servado. También tenía aire extranjero.
Di Stefano se levantó de su sillón. Comenzó a pa- sear por el salón cabizbajo.
—¿Debemos preocuparnos? —Preguntó Rajín de Sura.
—Lo cierto es que hoy tenía una entrevista con una posible cliente. Una mujer que me mandó un mensaje de correo pidiendo mis servicios. Y no ha aparecido a la cita.
—La cita era en el hotel, ¿verdad? Di Stefano asintió.
—Pues creo que te han tendido una trampa —dijo el arisio.
—Eso parece.
Se quedó mirando fijamente a Rajín de Sura.
—Me has hecho un gran favor, Rajín. Te estoy muy agradecido, de verdad. No sé qué me pasa... pero a veces me descuido.
—Olvídate —dijo el arisio, haciendo un gesto des- pectivo con la mano—. No tiene importancia.
Di Stefano dibujó una sonrisa triste. Durante un instante contempló meditabundo la ciudad a través del ventanal. Después, se encaminó enérgico a su ter- minal de comunicaciones.
Accedió a la agenda cifrada de clientes y marcó el número personal de Strauss. Unos segundos después, se escuchó la voz del industrial.
—Señor Bellini, ¿en qué puedo servirle?
—Ante todo, gracias por atender mi llamada. No pretendo molestarle, señor Strauss, pero me gustaría que me contestara a una pregunta.
—Dígame.
—¿Ha recomendado usted mis servicios a algún co- nocido suyo?
—No. Pero quiero que sepa que si alguien de mi confianza se encontrase en problemas, no dudaría en hacerlo.
—Muy agradecido. Así que no le ha dado mi núme- ro personal a nadie, ni conoce a nadie que pueda ne- cesitarme.
—Se lo aseguro, Bellini: a nadie. ¿Se encuentra bien? ¿Hay algún problema?
—No, nada de importancia. Sólo que he recibido un mensaje de una señorita que dice venir por reco- mendación suya.
—Eso es absolutamente falso. Ni una señorita, ni ninguna otra persona puede ponerse en contacto con usted a través mía.
—Entonces no le molesto más.
—Espere un momento. ¿Sabe el nombre de esa se- ñorita?
—No.
—De todos modos es indiferente. Ya le digo, de momento a nadie le he recomendado sus servicios.
—Gracias, y perdone las molestias.
—No hay de qué. De todos modos, y dado que mi nombre ha aparecido en estas extrañas circunstancias, me gustaría que me mantuviera informado.
—Descuide. Hasta otra.
Di Stefano cortó la comunicación y se giró hacia Rajín de Sura.
—Ahora no me cabe la menor duda: me han tendi- do una trampa.
El arisio asintió mientras componía un gesto de ex- trañeza.
—Pero, ¿para qué? —preguntó Rajín—. De acuer- do, conocen tu número personal, tu correo cifrado, te han seguido... Pero, ¿qué han conseguido con eso? Si pretendían darte pasaporte, al menos lo habrían inten- tado. Aunque te puedo asegurar que ahí estaba yo para impedirlo.
—Han utilizando la misma táctica que nosotros en el palacio Pertini: colocar un cebo para corroborar algo. En esta ocasión, para corroborar que la persona que andaban buscando era yo.
—¿Y quienes pueden ser?
—Con toda probabilidad, agentes del Instituto. Co- metimos algún error en la Tierra, siguieron la pista, y les ha traído hasta aquí. Han indagado por ahí, han conseguido datos sobre mí... y han corroborado que soy el que buscan.
—¿Error? ¿Qué error?
Di Stefano hizo un gesto vago con la mano.
—Han podido ser varios, muchos más de lo que nos imaginemos. Habitualmente, los más simples. Pero eso ya no importa. Ahora debo centrarme en ellos. Tengo que saber qué se proponen.
Di Stefano comenzó a pasear inquieto por el salón, hablando en voz baja.
—Tal vez, aunque hayan encontrado alguna pista que les haya traído hasta Aris, no sepan de mi impli- cación en el asunto y vengan en busca de ayuda... Al fin y al cabo soy un ex agente establecido en Aris... Quién sabe.
Dejó las palabras flotando en el aire quieto del salón.
—Lo que está claro —dijo Rajín con aire académi- co, rompiendo el silencio—, es que lo primero que querían era verte. Y eso lo han conseguido. ¿Estás se- guro que son gente del Instituto?
Di Stefano se paró en mitad del salón y se mesó el pelo.
—Es lo más probable. Bien, ahora vamos a invertir los órdenes del juego.
Volvió a su terminal de comunicaciones. Escribió un mensaje a su supuesta desconocida en apuros.
Entiendo perfectamente que no haya podido venir a la cita de hoy. Comprendo sus dudas. Pero, como viene recomendada por alguien de tanto prestigio, me veo en la obligación moral de ayudarla. Por favor, no tenga reser- vas en contar conmigo. Le ruego que acuda a una próxima cita en el mismo lugar a la mis- ma hora para el día de mañana.
—Sé que no podrán resistir la tentación —dijo Di Stefano—. Les conozco bien. En todo caso, jugare- mos al ratón y al gato con ellos.
En Aris no se entendía el doble sentido de esa frase. Pero Rajín de Sura asintió convencido.
Di Stefano, sentado a la misma mesa del día anterior, controlaba con sutileza el acceso al restaurante del hotel Vega Palace, levantando la vista del periódico que parecía leer con interés. Era mediodía, y la mitad de las mesas se hallaban ocupadas por comensales si-
lenciosos. Sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos y el hilo musical de fondo.
Intentaba controlar su inquietud, porque lo cierto es que, desde el mismo momento en que entró en el res- taurante, una intranquilidad espontánea se adueñó de sus movimientos. Sintió que su corazón latía más de- prisa y con más fuerza. ¿Acudiría la misteriosa mujer a la cita? Esperaba que así fuera. En el fondo, sabía que así sería. Por que, a medida que pasaban las ho- ras, se encontraba cada vez más convencido de que detrás de todo estaba el Instituto. Era la única opción lógica. Pero lo que más le intranquilizaba era lo que vendría después: encontrarse cara a cara con su pasa- do, con seguridad con el propio padre Mauricio. Al pensar en ese momento, algo se removía en su inte- rior.
En sus tiempos, pocas mujeres accedían al puesto de agente. Pero eso fue antaño... Ahora, se encontra- ría con una mujer agente, la primera con la que trata- ría de un modo directo. Y desde el bando contrario. Era todo tan raro, tan diferente... ¿Sería el padre Mauricio el anciano del grupo? ¿Vendría en busca de ayuda, o estaría convencido de su implicación en el
caso? De ser así... ¿Qué pensaría de él el padre Mau- ricio? ¿Le consideraría una especie de traidor? ¿O sólo un enemigo más?
Lo que le quedaba claro es que los agentes en Aris no pretendían acabar con él. No, al menos, de mo- mento. Si tenían pruebas de su vinculación en el asunto, conociendo los métodos del Instituto, primero les interesaría establecer los enlaces entre él y el ser- vicio secreto arisio. Después, ¿quién sabe lo que se habían propuesto? Incluso, por qué no, la posibilidad de captarle como agente doble... ¿Por qué había teni- do que fijarse en él Palacios? ¿Por qué había tenido tan mala suerte? Con lo bien que vivía antes.
Una mujer joven entró en el salón y se dirigió al jefe de sala. Durante unos segundos estuvo hablando con él, hasta que éste inició el camino hacia la mesa de Di Stefano, seguido por la mujer, elegantemente vestida a la manera de las mujeres de negocios ex- tranjeras. Las cabezas de los comensales se giraban a su paso, siguiendo el hipnótico sonido de sus tacones. Di Stefano sonrió. Desde luego, elegía bien el Institu- to a sus agentes femeninos, pensó. No se había equi-
vocado Rajín de Sura: era una mujer simplemente im- presionante.
Di Stefano se levantó de su silla, hizo un gesto al camarero para indicarle que su presencia no era nece- saria, y bordeó la mesa hasta colocarse frente a la mujer.
—Es un placer conocerla —dijo.
La agente Cano torció levemente la cabeza a modo de saludo. Di Stefano corrió una silla, invitándola a sentarse.
—Por favor, le ruego que acepte mi invitación a al- morzar.
Tomaron asiento a la mesa. Cano tenía la mirada clavada en Di Stefano, examinándole con interés. Di Stefano la escrutaba con igual intensidad.
—Bien, señorita, cuénteme su problema.
La agente Cano tardó unos segundos en responder.
—Ante todo, disculpe que no me presentara ayer. Pero, a última hora, me asaltaron las dudas. Estoy tan confundida.
La mujer hizo un mohín. Parecía estar en verdad preocupada por algo. A Di Stefano aquel gesto le pa- reció delicioso.
—Tranquila, es muy normal que algo así suce- da —le dijo, cogiéndole la mano. Comenzó a gustarle el juego.
—Verá, es todo tan desagradable... me encuentro totalmente superada por los acontecimientos.
Di Stefano hizo un gesto al camarero para que se acercara. Después, con la voz más suave que pudo utilizar, le dijo:
—Todo se solucionará, no se preocupe. Ahora, per- mítame que pida de comer. Todo es más sencillo des- pués de un buen almuerzo, ¿no cree? Veo, además, que le hace falta recuperar fuerzas. Verá cómo des- pués de nuestra entrevista, se encontrará mucho me- jor.
Los ojos de la agente Cano brillaron con un chispa- zo durante un instante. Di Stefano estuvo a punto de echarse a reir. Era una actriz verdaderamente buena.
El camarero se acercó con una botella de vino blan- co, que sirvió en las copas. Di Stefano, representando
el papel del perfecto anfitrión atento, pidió de comer por los dos: langosta y pescado asado.
Después de un sorbo de vino, Di Stefano volvió a la carga.
—Bien... ¿Se encuentra un poquito mejor? ¿Verdad que sí?
La agente Cano asintió sin levantar la mirada.
—Entonces, cuando quiera puede comenzar.
—Se trata de mi hermano —dijo con voz meliflua y un tanto entrecortada—. Ha desaparecido. No sabe- mos nada de él desde hace un mes.
—Póngame en antecedentes.
—Somos los principales accionistas de una empre- sa dedicada al transporte de mercancías —continuó
—. Mi padre murió el año pasado, así que heredamos sus acciones, que suman el cincuenta y uno por ciento del total. Todo fue bien durante unos cuantos meses, pero la situación se empezó a torcer. Ya sabe cómo son los negocios.
Di Stefano asintió solemne. Con un gesto de la mano, la invitó a continuar.
—El caso es que varios de los accionistas, deseosos de vernos fuera de la empresa, comenzaron a conspi- rar en nuestra contra. No quiero aburrirle con detalles insignificantes.
—Lo que usted considera insignificante puede no serlo tanto. Deberá contármelo todo.
—Y se lo contaré si lo estima oportuno. Pero lo verdaderamente importante es que mi hermano tuvo que realizar un viaje a Moonson para supervisar un centro logístico que la empresa iba a inaugurar en aquel planeta. Y, desde entonces, no hemos vuelto a tener noticias suyas.
—¿Cuánto hace de eso?
—Pasado mañana hará un mes —contestó hipando. Si la mujer pretendía que jugasen, iban a jugar.
—Bueno —dijo Di Stefano—. No está mal para romper el hielo. Pero debe ser más precisa. Empece- mos por el principio. ¿Cuál es su nombre?
La mujer esbozó una sonrisa triste. A Di Stefano le pareció irresistible.
—Perdone que no me haya presentado. Son los ner- vios.
—Me hago cargo.
—Me llamo Evelina Dacourt —extendió su mano, que apretó Di Stefano—. Mi hermano es Morgan Da- court.
—¿Y la empresa? ¿Cuál es su nombre?
—Transportes Five Star.
—No la conozco... ¿Es una empresa de aquí, de Aris?
—No. De Lira Cinco.
—Son ustedes de Lira Cinco.
—Así es.
—¿Y por qué, si puede saberse, quiere contratar los servicios de un investigador arisio?
—Gracias al señor Strauss, amigo personal de la fa- milia. Dice que es usted el mejor.
—El señor Strauss es muy generoso en sus califica- tivos, además de un buen cliente. Pero dígame,
¿cuándo fue la última vez que tuvo noticias de su her- mano?
—Ya se encontraba en Moonson supervisando las obras. Llevaba un par de días en el planeta, y, de re- pente, desapareció.
El camarero se acercó y dejó sobre la mesa los pla- tos de marisco. Di Stefano comenzó a comer, tras in- vitar con un gesto a la mujer. Con parsimonia, abrió el caparazón de la langosta, extrajo su contenido y comenzó a degustarlo. Aquella estupenda mujer pare- cía haber hecho bien los deberes y tenerse la lección aprendida. De todos modos, Di Stefano comenzaba a disfrutar abiertamente con el juego. Apretaría más la tuerca.
La agente Cano atacó su langosta. En sus gestos co- menzaba a notarse cierta inquietud. No entendía por qué monseñor la había mandado a aquella mamarra- chada de entrevista. Si ya sabían que aquel tipo de enfrente era a quien buscaban, ¿cuál era el sentido de esa pantomima? Pero decidió seguir el juego con la profesionalidad debida. Tal vez se divirtiera un rato haciéndole creer aquel cuento.
—Dígame —dijo Di Stefano cuando terminó con la langosta—. ¿Dónde se encontraba alojado su herma- no?
—En el hotel Central.
—¿Y cuándo desapareció?
—No le entiendo.
—¿Fue por la mañana, por la noche, al ir a supervi- sar las obras, al volver?
—La últimas noticias que tenemos de él fue que salió a pasear tras cenar en el hotel. Ya no sabemos más.
Di Stefano volvió la vista a su plato.
—Moonson es un planeta muy grande —dijo con tono paternal—. No me ha dicho en qué ciudad esta- ba.
—En Nueva Kansas, la capital.
—Ajá. ¿Cuándo recibió usted la última conferencia de su hermano?
—Dos días antes de desaparecer. Al llegar a Moon- son.
—¿Y salió a pasear solo o acompañado?
—Al parecer, solo.
—Bien. Permítame que reconstruya los hechos. Su hermano desaparece una noche en Nueva Kansas, ciudad famosa por su peligrosidad, cuando sale del hotel a dar un solitario paseo.
La agente Cano asintió encogiéndose de hombros, como si tampoco ella lo entendiera.
—Discúlpeme —continuó Di Stefano—, pero para tener un cargo de tanta responsabilidad, su hermano no se documentó demasiado bien.
El camarero volvió, recogió los platos usados y dejó las bandejas con el pescado asado. Di Stefano sirvió vino en ambas copas con deliberada lentitud.
—¿Qué cree usted que ocurrió? —Preguntó, fin- giendo interés.
—Desconfío de varios miembros del consejo de ad- ministración. Pudieron tenderle una trampa. Mi her- mano no era ningún estúpido.
—¿Era?
—Ya no sé ni lo que digo —dijo Cano negando con la cabeza, haciéndose la atribulada—. Pero es que he llegado a ponerme en lo peor.
Asintiendo, Di Stefano comenzó a trocear el pesca- do. Tras deglutir un trozo, sonrió.
—La entiendo perfectamente. Pero conviene que deje sus temores en un segundo plano, al menos de momento. Aunque hay algo que no alcanzo a com-
prender. Si desapareció hace tanto tiempo, ¿por qué no decidió buscarle antes?
Cano compuso durante un momento un gesto de sorpresa.
—Por supuesto que le hemos buscado. Ha ido en su busca gente de confianza de la familia. Pero no han conseguido nada.
—¿Gente de confianza? ¿Quiénes?
—Tengo un par de primos hermanos en la policía de Lira Cinco. Ellos se encargaron de buscarle.
—¿Y no encontraron nada de importancia? La agente Cano se encogió de hombros.
—Así es. Nada de nada.
—¿Y por qué cree que yo sí puedo hacerlo?
—Lo cierto es que es mi último recurso. Su nombre apareció a última hora, ya le he dicho, a través del se- ñor Strauss.
—Me gustaría conversar con sus familiares poli- cías. Debe darme sus nombres.
La agente asintió en silencio.
—Después —continuó Di Stefano—, deberá darme también los nombres de los miembros del consejo de
los que usted desconfía. Bueno, lo ideal sería que dis- pusiera de todos los nombres de los miembros del consejo. Y todos los datos que me pueda proporcio- nar.
La agente Cano prefirió bajar la vista a su plato y comenzar a comerse el pescado.
—Los tendrá —dijo.
—También necesito muchas más cosas. Toda la in- formación posible de su hermano: amistades, enemi- gos, gustos, afinidades.
—Por supuesto.
—Y todos los datos de la empresa. Quiero también los nombres de los empleados de más relevancia que hubiera en Moonson.
La agente levantó la vista del plato. Di Stefano se percató de que comenzaba a estar cansada de la pan- tomima.
—Por supuesto, todo lo que necesite.
—¿Está usted casada? ¿Tiene pareja?
—No.
—Mejor así. Descarta un posible enemigo.
—Ya.
—¿Y su hermano?
—También está soltero.
—Deberé tener los datos lo antes posible —conti- nuó Di Stefano—. Pienso viajar a Moonson inmedia- tamente. No es conveniente que la pista se enfríe más aún.
—Mañana tendrá todo.
—¿Mañana? ¿No puede ser ahora mismo?
La agente Cano volvió la cabeza. Después clavó una mirada inocente en Di Stefano.
—Verá, yo pensaba que esta entrevista sería una toma de contacto, por decirlo así... Ni siquiera estaba segura de que usted fuera a hacerse cargo de mi caso. Pero, si cree que es imprescindible, esta misma noche le proporcionaré todo lo que necesite.
—De acuerdo. Dígame dónde se encuentra alojada, y yo mismo pasaré a recogerlo.
—Me temo que eso no va a ser posible —dijo—. Mejor será que se los traiga yo. ¿Qué le parece aquí, en este mismo lugar, esta noche a las ocho?
—Como prefiera. Quiero decirle algo: desde este mismo momento trabajo en su caso. Y le aseguro que
haré todo lo posible para traerle sano y salvo a su her- mano.
—Entonces, ya me encuentro mucho más tranquila
—dijo con una sonrisa. Después consultó su reloj. Componiendo un gesto de contrariedad, se dirigió a Di Stefano mientras hacía ademán de levantarse de la silla.
—Deberá disculparme, pero me tengo que ir. Tengo una videoconferencia esperándome. Como puede imaginar, no me puedo permitir el lujo de descuidar los negocios.
—Por supuesto —dijo teatralmente Di Stefano, le- vantándose de su silla. Extendió su mano. La agente Cano la estrechó con rapidez y sin efusividad. En cierto modo, a Di Stefano le disgustaba que se fuera tan pronto. De acuerdo, la representación había termi- nado, no había ninguna necesidad por ambas partes de continuar con la misma, pero le encantaba disfru- tar de la cercanía de una mujer así. Incluso dentro de un juego tan estúpido. Antes de que se volviera, la in- terpeló:
—Cuídese. Si es cierto que han ido a por su herma- no.
Cano compuso un gesto de absoluta seriedad.
—Puede estar segura de que sé cuidarme. Bastante mejor que mi hermano. Y que muchas otras personas que conozco.
—En todo caso, yo en su lugar extremaría las pre- cauciones.
—Eso es lo que hago. Créame, no tema por mí. No, al menos, de momento.
—Bien, como usted diga. Hay otro asunto pendien- te.
—¿Cuál?
—No hemos hablado de mis emolumentos... Me veo en la obligación de decirle que soy un profesional bastante reputado.
—Eso no supone ningún problema —dijo la agente con una sonrisa irónica—. Puede estar seguro de que recibirá lo que merece.
Di Stefano asintió con fingida franqueza. No pudo evitar una sonrisa irónica.
—Hasta esta noche, entonces.
—Adiós.
La agente Cano se volvió y se alejó a paso vivo del salón. Di Stefano la vio alejarse en silencio, esbozan- do una sonrisa de medio lado. Volvió a sentarse a su mesa, se sirvió más vino, y continuó con la comida.
La agente Cano salió del edificio y miró hacia am- bos lados de la avenida. Caminó a paso vivo, girando subrepticiamente la mirada, más por deformación profesional que por que alguien la pudiera seguir: el ex agente Di Stefano se había quedado en el restau- rante, terminando la comida, convencido de que tenía un nuevo caso entre manos. Por si acaso, Cano volvía una y otra vez la mirada. Pese a su pertinaz insisten- cia, no pudo ver a Rajín de Sura, que permanecía ex- pectante fuera de un vehículo estacionado al otro lado de la calle, frente a la puerta principal del hotel Vega Palace. Cuando la extranjera doblaba la esquina del hotel, se introdujo en el coche y le dijo a Merko el mudo:
—Adelante. Hay que seguir a aquel bombón.
Aunque ya sabía que no acudiría a la cita, Di Stefano se apostó en el frondoso parque frente a la entrada principal del hotel Vega Palace. ¿Quién sabe? pensó, tal vez querrían continuar con el juego, o se habían propuesto tenderle una trampa... No tenía nada que perder por comprobarlo, salvo un par de horas.
No le había seguido nadie. Desde que Rajín de Sura le puso sobreaviso, había extremado las precauciones, había estado atento. Y podía estar seguro de que na- die le seguía. ¿Para qué? Ahora que habían corrobo- rado su identidad no había prisa: le dejarían unos días de tregua tras la pantomima de la supuesta desapari- ción. Después retomarían su seguimiento, hasta que un día u otro les llevase hasta donde pretendían lle- gar. Se tomarían su tiempo.
Aburrido y convencido de la inutilidad de su vigi- lancia, a las nueve de la noche se cansó de levantarse del banco y caminar por los paseos y cruzó el parque hasta la zona más alejada del hotel. Llamó a un taxi. Le llevó hasta la plaza Magadash; meditabundo, llegó a la posada de Marinai.
Rajín de Sura se encontraba sentado en una de las mesas del fondo, junto a dos tipos. Cuando le vio en-
trar, le hizo un gesto. Di Stefano llegó hasta la mesa y se sentó.
—Bueno, ya tenemos lo que querías —dijo el arisio sonriente.
—Cuéntame.
—Merko y yo seguimos a la mujer. Bordeó el edifi- cio del hotel, girándose de vez en cuando para com- probar que no la seguías, y se introdujo en un vehículo. Adivina quiénes estaban dentro: los dos ti- pos que han estado siguiéndote. Pues bien, seguimos al coche, salió de Pálasti por el sur, y tomó la pista fo- restal a Duko. Llegó a Drago, pasó de largo, y se de- tuvo en la Posada Campestre de Drago. Aparcaron el vehículo dentro de la posada: eso me indicó que de- ben estar hospedados. Después de un buen rato, vien- do que ninguno de ellos salía, dimos media vuelta y regresamos a Pálasti.
—Buen trabajo, Rajín —dijo Di Stefano. Después señaló con la cabeza a sus dos acompañantes—. ¿Y éstos? ¿Son los que te pedí?
—Me dijiste que contratara un par de tipos de con- fianza, y no los he encontrado mejores —respondió
Rajín de Sura—. Son Romeo y Fortunai. Han trabaja- do para mí en alguna ocasión.
Di Stefano los saludó con un gesto de la cabeza.
—¿Os ha dicho Rajín de Sura de qué se trata?
Romeo, un robusto estibador con cara y dientes de perro, a quien Di Stefano conocía de vista de la taber- na de Marinai, le contestó con voz rota.
—Acompañaros y hacernos cargo de unos tipos. Nada de muertes, si no es absolutamente necesario.
—Perfecto —alabó Di Stefano la concisión de Ro- meo.
Después dirigió su mirada a Fortunai, un hombre bastante más joven que Romeo, delgado hasta la fra- gilidad, pero con una mirada que tenía un fulgor sal- vaje que pocas veces había visto: que recordase en aquel momento, sólo en Rajín de Sura.
—¿Y tú, Fortunai, de dónde sales? No te conozco.
—Soy paisano de Rajín de Sura —contestó—. Él te puede dar referencias.
—Vino hace poco de mi tierra —intervino rápido Rajín—. También ha tenido algún problemilla. Perte-
neció a la misma cofradía que yo. Es de absoluta con- fianza.
Di Stefano asintió.
—¿Estáis preparados? —preguntó, mirándoles a los ojos.
Los tres asintieron a la vez en silencio.
—Entonces no hay nada más que decir —concluyó
—. Apurad vuestras copas. Nos vamos de excursión. Rajín, manda avisar a Merko el mudo.
—Lleva esperando dentro del coche desde hace un par de horas —dijo Rajín levantándose—. Ya sabes lo raro que es: no le gusta beber, no le gustan las muje- res... no le gusta nada de nada. Vayamos con nuestro extraño amigo, pues.
Los cuatro abandonaron la taberna de Marinai, gi- raron a la derecha y en una oscura intersección entre cuatro callejas montaron en el coche de Merko. Rajín, Romeo y Fortunai se sentaron detrás, Di Stefano jun- to al mudo. Salieron del barrio pesquero, cruzaron el río sobre uno de los puentes más antiguos de la ciu- dad, tomaron la carretera de circunvalación, bordean- do varios barrios de torres de ladrillo, y, al fin, la
carretera del sur. A los pocos kilómetros dejó de estar asfaltada y se convirtió en una pista de tierra apisona- da mezclada con piedras y grava para hacerla más es- table. La pista se introdujo en un espeso y oscuro bosque. El coche avanzaba despacio, traqueteando. Comenzó a llover.
—Llevabas razón, Rajín —cortó el silencio Di Ste- fano, dándose la vuelta en su asiento—. La mujer es impresionante.
—Te lo dije, hermano —sonrió el arisio—. Veo que te ha gustado.
—No sabes cuánto. Pero conviene que no nos con- fiemos: seguramente sea una experta profesional. De las mejores.
—Nadie lo diría —dijo Rajín pensativo—. No lo entiendo. Una mujer así no tiene porqué trabajar. Y mucho menos en nuestro oficio. Cualquier hombre rico la tendría como una reina.
Di Stefano sonrió.
—Hay que tener mucho cuidado con las mujeres, bellas o no —intervino Fortunai—. Rajín de Sura, re- cuerda a Six. Una mujer formidable... y la mejor en-
venenadora de la cofradía de Adenas. La muy cabro- na era capaz de matarte de mil maneras diferentes. Hay quien dice que con una simple mirada.
—Ésta es mucho más mujer que Six —dijo Rajín de Sura—. Cuando la veas, te podrás dar cuenta. Las mujeres extranjeras son... especiales.
—En todo caso, a mí no me va a engañar ninguna mujer —concluyó Fortunai, acariciando su pistola de dardos—. Ni ningún hombre.
Unos cuantos kilómetros de lento discurrir por el bosque y llegaron a la aldea de Drago, medio cente- nar de casas de madera a ambos lados de la pista. La dejaron atrás. Más allá, en un claro del bosque, reful- gían las luces de la posada.
—Merko, detén el coche antes de llegar a la posada
—ordenó Di Stefano.
El mudo asintió. Un centenar de metros antes de llegar al claro, hizo salir al vehículo de la pista y lo detuvo entre los árboles más cercanos. Miró a Di Ste- fano esperando confirmación. Cuando la tuvo, apagó las luces y el motor. La oscuridad y el silencio de la
noche les envolvió. Sólo se escuchaba el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre el coche.
—Éste es el plan —dijo Di Stefano—: Rajín, entras en la posada. Llévate a Fortunai. A estas horas, lo más normal es que haya poca gente dentro... en todo caso, eso no supone ningún contratiempo. Localizáis a nuestros cuatro amigos. Tal vez estén en el salón, tal vez en sus habitaciones. De ser así, debemos saber en cuáles. En cuanto sepáis dónde se encuentran, sales tú, Rajín, y nos dices lo que sea. Nosotros esperare- mos aquí.
Rajín de Sura asintió y salió del vehículo junto a Fortunai. Se encaminaron silenciosos hacia las luces.
Una vez en el claro, en vez de entrar directamente en la posada, Rajín hizo una seña a Fortunai, y la bor- dearon hasta los corrales traseros. Comprobó que es- taba aparcado el vehículo al que habían seguido. Después, comenzó a charlar animadamente con su paisano, mientras se dirigían a la entrada.
—Bueno, cuéntame las últimas noticias de nuestra tierra —le pasó el brazo por encima del hombro—. Con tanto trajín no hemos tenido tiempo de hablar.
Fortunai sonrió siguiendo el juego.
—Lo de siempre, hermano: uno hace bien su traba- jo, y la puta justicia se lo impide.
Abrieron la puerta y entraron en la posada. Para cualquiera, eran dos amigos que se acababan de ver después de mucho tiempo. Fueron hacia la barra, mientras continuaban una animada conversación.
—Vaya, vaya —dijo Rajín—. Me tienes que hablar de los viejos conocidos. ¿Cómo anda Rocco? Espero que no haya tenido más percances de los habituales.
Mortimer Shinvack se les acercó con una sonrisa en el rostro.
—Buenas noches, señores. ¿Qué desean? ¿Tal vez cenar, habitación, o ambas cosas?
—De momento, unas cervezas —contestó Rajín de Sura—. De la mejor que tenga.
El posadero se alejó. Rajín de Sura aprovechó para otear el salón. Sólo unas cuantas mesas estaban ocu- padas. Había una al fondo... Sí, allí se encontraban los cuatro. La mujer, el viejo, y los dos jóvenes. Te- nían algo abierto en el centro de la mesa, un cacharro que Rajín reconoció como uno de esos que solía utili-
zar Bellini. Parecía que sólo el viejo hablaba, mien- tras los otros escuchaban con atención.
—Ahora vengo —dijo Rajín. Fortunai asintió sonriente.
Salió de la posada en el instante en que Shinvack ponía frente a Fortunai las jarras de cerveza.
—¿Se va su amigo? ¿A estas horas y lloviendo?
—Preguntó.
—No se preocupe. Ahora mismo vuelve —contestó Fortunai, mirando risueño hacia la puerta.
—¿No habrán aparcado fuera sus monturas o vehí- culo? Por que, en ese caso, estoy gustoso de decirle que disponemos.
Fortunai le miró sin perder la sonrisa de su cara. Su expresión, de una forma sutil pero determinante, indi- caba que era mejor verle sonriente que verle de otra manera.
—No se trata de eso —dijo—. Estamos esperando a unos amigos.
—Entonces no le molesto más —concluyó el po- sadero mientras se alejaba. Había sido mala noche para el negocio y unos cuantos amigotes de juerga
posiblemente lo remediaría. No era cuestión de po- nerse pesado.
Un par de minutos después, Rajín de Sura volvió a entrar en la posada, acompañado por Romeo y Di Stefano. Sonrientes y animosos, pero sin llamar de- masiado la atención, se encaminaron hacia la zona de la barra ocupada por Fortunai. Formaban un grupo de amigos cualquiera que iba a sentarse y beber recor- dando los viejos tiempos.
Di Stefano, cabizbajo, caminaba guardado de las posibles miradas de los miembros de la mesa del fon- do por la corpulencia de Rajín de Sura, pero sin per- der de vista su objetivo. Sintió su corazón latir más deprisa. Pudo comprobar que la mujer se encontraba de lado, abstraída en la contemplación de la pantalla de un terminal de comunicaciones que estaba sobre la mesa. Los otros dos agentes, frente a su mirada, pare- cían también concentrados. La persona que les habla- ba, que le daba la espalda, era el padre Mauricio. Un escalofrío recorrió su columna vertebral hasta erizar el pelo de la nuca.
Y, en aquel preciso momento, ocurrió.
El empujón de Rajín de Sura lo tiró al suelo un bre- vísimo instante después de que se escuchase el primer disparo. Desde su posición, Di Stefano vio que sus otros tres compañeros se habían parapetado, cuerpo a tierra también, tras las mesas del comedor. Un es- truendo ensordecedor, procedente de disparos de ar- mas automáticas, se adueñó del salón. Di Stefano desenfundó su arma y miró hacia donde provenía el ruido. Alguien había entrado tras ellos, había camina- do unos cuantos pasos, y descerrajaba una continua andanada de balas sobre la mesa del fondo. Eran tres figuras, con las cabezas cubiertas por fundas de tela, que utilizaban fusiles de asalto. No pudo ver mucho más. Cuando vaciaron sus cargadores, se marcharon tan rápida y sigilosamente como habían entrado. El resto de los clientes que estaban en el salón, algunos echados en el suelo, otros petrificados en sus sillas, comenzaron a salir de su aturdimiento. El eco de los disparos reverberaba en el salón.
Di Stefano se puso en pie y corrió hacia la mesa. Los dos agentes se habían convertido en dos monigo- tes rotos y ensangrentados, empotrados en la pared del fondo. Por la posición que habían tenido en la
mesa, frente a la fuente de fuego, habían recibido la mayor parte de los impactos. Levantó la cabeza del anciano, apoyada en la mesa. El padre Mauricio san- graba por la boca; su cuerpo había recibido varios disparos en la espalda. Tocó con la yema de los dedos el cuello de su antiguo amigo. Débilmente, aún se no- taba el pulso. Se giró hacia la mujer. La agente se en- contraba tirada en el suelo, sobre un charco de sangre. Agachándose, comprobó que seguía con vida. Había recibido disparos en el brazo izquierdo y en una pierna. Con suerte, si se le pudiera controlar la hemorragia, saldría de ésta. Del padre Mauricio no podía decir lo mismo.
Rajín, Romeo y Fortunai se encontraban de pie, junto a Di Stefano. Tenían sus armas en la mano, y miraban hacia la puerta.
—Ayudadme —les dijo Di Stefano—. Tenemos que llevarnos a estos dos.
Rajín de Sura le miró inquisitivo.
—¿No están muertos? —Preguntó.
—Aún no.
Los tres arisios se encogieron de hombros, dejando claro que no entendían la necesidad de cargar con dos futuros cadáveres. Pese a todo, hicieron caso de la or- den de Bellini y entre los cuatro levantaron los dos cuerpos. Di Stefano volvió su mirada al posadero que, paralizado tras la barra, observaba con ojos sor- prendidos los destrozados cadáveres de sus dos jóve- nes clientes.
—Guíanos a la salida posterior —le ordenó Di Ste- fano—. Y danos las llaves del vehículo de estos seño- res.
Shinvack, paralizado, parecía no haber oído a Di Stefano. Fortunai soltó los pies del padre Mauricio, apoyándolos en el suelo, y caminó hasta llegar al po- sadero. Le apuntó con su arma a la cabeza. Este sim- ple gesto tuvo la capacidad de sacar de su aturdimiento a Shinvack, que asintió nervioso, cogió algo de un armario de madera y salió de la barra. Di Stefano vigiló, mientras negaba con la cabeza, al im- petuoso Fortunai.
—Éstos aún siguen vivos —le explicó Di Stefano al posadero—. Sólo queremos salvarles la vida.
Siguiendo al inquieto Shinvack, salieron al patio trasero que hacía las veces de aparcamiento por una puerta de madera. El posadero señaló el vehículo y le dio las llaves a Di Stefano.
—Les abriré el portón —se atrevió a decir al fin. Desde su punto de vista, si esos tipos querían hacer algo por las vidas de aquellos desdichados, no tenía nada que oponer. Además, siempre era más sencillo deshacerse de dos cadáveres que de cuatro.
—Vosotros, id andando hasta el coche —les dijo Di Stefano a Rajín y Fortunai—. Romeo, vente conmigo. Colocaron los cuerpos del padre Mauricio y la mu- jer en el asiento posterior. Di Stefano arrancó el mo- tor y salió del aparcamiento. No había rastro de los atacantes, pero Romeo no dejaba de otear los alrede-
dores.
Al llegar al vehículo de Merko esperaron a Rajín y Fortunai, que venían corriendo pistola en mano por el camino. Una vez estuvieron juntos los cuatro, Di Ste- fano comenzó a impartir órdenes, sin llegar a bajarse del vehículo.
—Lo más probable es que vuelvan, para revisar sus equipajes. Así que vayámonos cuanto antes. Rajín, vente conmigo. Llevaremos a estos dos a un médico. Vosotros, volved con Merko a la taberna de Marinai y esperadnos allí. Y no digais nada a nadie. ¿Está claro? Silencio.
Romeo y Fortunai asintieron, montaron en el coche de Merko y se perdieron en la noche. Rajín de Sura se introdujo en el vehículo, mirando los cuerpos del asiento trasero. Después de sentarse, se dirigió a Be- llini.
—¿Dónde pretendes que les llevemos?
—Ojalá tengamos suerte... —dijo Di Stefano como única respuesta.
Siguieron la estela luminosa del coche de Merko, a la máxima velocidad a la que se podía circular por aquella pista de noche y lloviendo. En unos instantes, adelantaron al coche del mudo.
—¿Y se puede saber dónde vamos? —preguntó de nuevo Rajín.
—Conozco una especie de médico en el barrio pes- quero —contestó incómodo Di Stefano—. Un mata-
sanos sin título y poco material, especializado en co- ser puñaladas y abortos clandestinos... No es lo más recomendable, pero es lo único que tenemos.
—¿Sorjo? —Preguntó Rajín de Sura encogiendo la nariz.
—Sí.
—No me jodas, Bellini. Entonces mejor sería dejar- les morir en paz en este bosque. Ese puto inútil lo único que hará será matarles más lentamente y con más dolor. Eso si no está tan borracho que sea inca- paz de moverse.
—No tenemos otra opción. En todo caso, yo de él procuraría hacerlo bien —dijo con seriedad Di Ste- fano—. De lo contrario, le tiraré al Rak-Janén con cuatro tiros en su cabeza.
Desde el asiento trasero llegaron gemidos entrecor- tados.
«Aguantad, por Dios». Di Stefano, que conducía febril, más rápido de lo que jamás lo hubiera hecho, no dejaba de repetir mentalmente la frase. De vez en cuando miraba por el retrovisor, indagando si alguien
les seguía. Sólo encontraba la oscuridad del bosque en la noche.
La pista forestal, que se abría a duras penas antes sus ojos a las luces del vehículo, parecía más estrecha y sinuosa de lo habitual, obligándole a realizar manio- bras bruscas y frenazos repentinos cuando se en- contraba con los obstáculos del firme. Rajín de Sura se agarraba con firmeza al asidero, mirando de vez en cuando atrás, donde los heridos, aplastados en el asiento, permanecían ajenos a la loca carrera.
—¿Y puede saberse por qué quieres salvarles la vida a éstos? —preguntó, señalando despectivamente con un pulgar a los heridos—. Al fin y al cabo, esta- ban tendiéndote una trampa.
—¿Cómo quieres que sepa qué es lo que pretendían si no logro preguntárselo? —Gruñó Di Stefano.
—Eso está muy bien. Me consta que ningún mori- bundo miente antes de ponerse en manos de los dio- ses —expuso el arisio con voz tranquila—. Pero,
¿quiénes eran los que les han tiroteado?
—No lo sé. Aunque creo tener una idea.
—¿Polis?
Di Stefano asintió silencioso.
—En todo caso, te han quitado un peso de encima
—continuó Rajín de Sura—. ¿Para qué meterte ahora en problemas? Lo mejor habría sido largarnos de la posada y haberlos dejado allí a su suerte. Tal vez, des- pués de tu entrevista con ellos, habrían acabado igual. Di Stefano no supo qué contestar. Sabía que cual- quier respuesta que diera no superaría el examen de lógica de Rajín de Sura. Porque el arisio, como casi
siempre, tenía razón.
Se guiaba en esos momentos más por el corazón que por la cabeza, de eso era consciente. Y, condu- ciendo como un autómata, le daba más vueltas al asunto que el propio Rajín. Tanto el padre Mauricio como la mujer podían haber estado dentro del centro el día que lo volaron. Él, de un modo indirecto, ha- bría sido el causante de su muerte. Pero de un modo absolutamente indirecto, se repetía. Por el motivo que fuera, se habían salvado. Ahora, se encontraban cerca de la muerte por culpa de una guerra que se perdía en el pasado y en la cual participaban gustosos. ¿No era
justo que cada cual cuidase de sí mismo? Si Palacios y la Antigua Cofradía de la Rosa habían dado con ellos... ¿Qué culpa tenía él? ¿Es que acaso era el res- ponsable de esta guerra de intereses? Además... ¿Cuá- les eran los motivos de su estancia en Aris?
¿Valoraron o no la posibilidad de eliminarle? De cualquier modo, si se encontraban en este estado, era por culpa de su propia incompetencia. O porque el ri- val había sido más listo y más rápido, que viene a sig- nificar lo mismo. Pese a todas sus razonables dudas, sentía la necesidad de salvarles, o de intentarlo al me- nos. No sólo por encontrar respuesta a alguna pregun- ta, si no por algo diferente, no basado en la lógica.
Pasaron por la aldea de Drago como un rayo. En cuanto el firme se hizo más estable Di Stefano au- mentó la velocidad. Unos minutos y salieron a la ca- rretera de circunvalación; poco después, el coche se introducía en el barrio pesquero tras cruzar el viejo puente. En el viaje de vuelta habían invertido menos de la mitad que en el de ida. Rajín de Sura miraba de soslayo a Bellini, que conducía concentrado.
Callejearon por el barrio pesquero hasta detenerse ante un edificio de ladrillo de tres plantas, más co-
chambroso aún que la mayoría, frente al cual el barrio terminaba en un extenso barrizal lleno de escombros. Di Stefano se bajó del vehículo y comenzó a aporrear la destartalada puerta de madera, que a punto estuvo de abrirse con el ímpetu de sus golpes. Unos segun- dos después, una luz se encendió en una ventana de la tercera planta. Una cabeza se asomó. Di Stefano pudo ver, a la luz incierta de la ventana, la cabeza despei- nada y el rostro con barba de varios días de Sorjo. No parecía estar en el mejor de sus momentos para aten- der a ningún paciente. Ni tampoco en el peor.
—¿Qué demonios quieres? —Gritó con voz aguar- dentosa.
—Rápido, ábrenos. Es una urgencia.
Durante unos instantes, Sorjo continuó mirando ha- cia abajo, intentando reconocer a quien le hablaba. Al fin, se le escuchó decir:
—Está bien, está bien, ya bajo. Pero no esperéis milagros.
Rajín de Sura, mirando hacia la ventana, sonrió sombrío.
—Parece que nuestro amigo estaba durmiendo la mona y le hemos despertado. Que los dioses se apia- den de estos desgraciados.
—Vamos —le cortó Di Stefano—. Cojamos prime- ro al viejo. Es el que peor lo tiene.
Cuando la puerta de la calle se comenzaba a abrir, Di Stefano la apartó de una patada. Sorjo, vestido únicamente con una bata que en su día fue blanca y unas zapatillas de tela, se hizo a un lado, dejándoles pasar.
—¡Qué prisas! —rezongó—. Aquí —mostró una puerta que se abría a su izquierda—. Al quirófano.
Mientras Rajín y Di Stefano se dirigían a la puerta cargando el cuerpo del padre Mauricio, Sorjo se inter- puso en su camino. Una patética figura, frente a un asesino matsumoi y a Bellini con cara de tener prisa. Lo ridículo de la escena debió de quedar patente para el médico.
—Quiero recordaros mis tarifas —señaló un cartel amarillento que colgaba en la pared, con voz más suave—. ¿Tenéis dinero para pagarme? Si no es así, nada podré hacer.
—Pago yo —aclaró Di Stefano.
—Si es así, adelante.
Lo que Sorjo llamaba quirófano era una simple ha- bitación de paredes descoloridas, con una camilla de metal oxidado, dos armarios de cristal rayado con co- sas dentro que parecían tener mil años, y varios arti- lugios de apariencia siniestra. Al encender la luz, cualquier profano se daría cuenta de que la ilumina- ción era insuficiente para cualquier acto relacionado con la medicina: incluso para extender una receta.
—Ponedle en la camilla —dijo, mientras miraba dubitativo el cuerpo.
Dejaron al padre Mauricio en la camilla, sobre las sábanas amarillentas que cubrían el endeble colchón. Sorjo encendió un foco que basculaba sobre la cami- lla, al cual le faltaban varias bombillas. Se rascó el mentón. Di Stefano se dio cuenta de que Rajín no lle- vaba esta vez razón: no le habían cogido en uno de sus peores días. Pese al terrible aspecto general que presentaba, parecía disponer de una mente suficiente- mente despierta.
—Lo primero, plasma. Tú —señaló a Di Stefano— tráeme ese carro.
Di Stefano le acercó el carro a que se refería, una especie de bombona descascarillada con dos ruedas y varios tubos transparentes que terminaban en agujas. Sorjo clavó varias agujas en distintas partes del cuer- po del padre Mauricio, a una velocidad que a Di Ste- fano le pareció una demostración de pericia o un insultante exceso de capacidad.
—Vamos a desnudarle. Ayudadme.
Comenzaron a desvestir al padre Mauricio. Des- pués de quitarle la chaqueta y la camisa, Sorjo hizo un gesto con su mano.
—Así es suficiente.
Se agachó sobre el enfermo. De una bandeja metá- lica cogió un bote de varios litros de capacidad y un trapo blanco. Después de empapar el trapo con el lí- quido del bote, limpió de sangre con rápidas pasadas el torso del anciano.
—Aquí no se ve nada —concluyó al finalizar—. Démosle la vuelta.
Giraron el cuerpo. Sorjo continuó con sus labores de limpieza, esta vez con algo más de cuidado. Cuan- do terminó, aparecieron varias zonas entumecidas, de las cuales continuaba manando sangre, pero con poca intensidad.
—Tiene cuatro disparos en la espalda —dijo Sor- jo—. Mirad —señaló con su índice—. Tres en el lado derecho, uno en el izquierdo. Algunos proyectiles han debido interesar los pulmones. ¿Queréis que os diga una cosa?: no sé cómo puede continuar vivo. Debe de ser un hombre muy fuerte, y muy sano. No me lo ex- plico. Por la poca cantidad de sangre que mana de sus heridas, diría que esto le ha ocurrido hace demasiado tiempo.
Continuó con su mirada clavada en la espalda del padre Mauricio.
—También diría que no han sido impactos directos. De haber sido así, ya estaría muerto hace rato. Pero por el tamaño del orificio de entrada... —se quedó pensativo durante un instante— ¿Con qué le han dis- parado?
Nadie contestó. Di Stefano se acordó de la silla. Las balas de los fusiles le habían alcanzado tras tras- pasar el respaldo de madera maciza. En el fondo, la operación de los hombres de Palacios había resultado una auténtica chapuza de principiantes. Llevaba ra- zón Palacios con sus quejas.
Como colofón a su escrutinio, Sorjo se incorporó, compuso una pose digna, y concluyó de forma defini- tiva:
—En otras condiciones, quizá se podría salvar. Lo siento, señores. No puedo hacer nada por él.
—Prepara otra camilla —le ordenó Di Stefano—. Tenemos otro herido.
—No tengo más que ésta. Si queréis que atienda a alguien más, dejemos a este pobre hombre en otro si- tio... —recorrió la habitación con la mirada, hasta que encontró un lugar donde no le molestase—. Ahí, en esa esquina.
Sorjo quitó las agujas del cuerpo del moribundo. Entre Di Stefano y Rajín levantaron al padre Mauri- cio y le dejaron en el suelo, donde había indicado Sorjo. Salieron de la habitación y llegaron al coche.
Di Stefano abrió la puerta, cogió el cuerpo de la mu- jer por las axilas y comenzó a tirar de él. Rajín de Sura, al ir a sujetar las piernas de la mujer, miró a los ojos de Di Stefano y dijo en voz baja:
—Por supuesto, llevo encima mi estuche de vene- nos. Si quieres, puedo conseguir que el anciano viva unos minutos más.
—¿Podrías conseguirlo? —Preguntó Di Stefano le- vantando la mirada.
—Lo puedo intentar —contestó el arisio, mientras agarraba las piernas de la mujer.
—Hazlo.
Entraron en el quirófano. Dejaron el cuerpo de la mujer sobre la camilla. Al verla, Sorjo torció la boca en un gesto ambiguo que podía pasar por una sonrisa.
—Vaya, vaya... —espetó—. ¿Qué tenemos aquí?
—Déjate de tonterías —le cortó Di Stefano—. Y más te vale que salga con vida de ésta.
—Era sólo una simple muestra de asombro ante tanta belleza —se encogió de hombros Sorjo, como si no entendiera la recriminación—. Desnudadla —or-
denó, mirando los pantalones manchados de san- gre—. Y esta vez, por completo.
Rajín de Sura y Di Stefano se pusieron a la tarea, bajo la atenta mirada de Sorjo, que no perdía detalle mientras hendía el cuerpo que iba quedando libre de ropa con las agujas del plasma. Cuando terminó, se echó un paso hacia atrás. Apoyado en una pierna, se rascaba el mentón poblado de barba canosa con lenti- tud, mientras se mojaba los labios con la lengua. Algo en su expresión indicaba que, de un modo u otro, dis- frutaba con lo que veía.
Cuando terminaron de quitarle los pantalones, que- dando la mujer sólo con unas minúsculas braguitas, Di Stefano sacó su pistola y apuntó a la cabeza del médico.
—Deja de mirarla y escúchame con atención. Sólo te lo voy a decir una vez. Creo que me conoces, Sor- jo. Sabes que no me gusta la ineptitud. Como esta mujer no salga viva de aquí, te juro que te mato. Y borra de tu sucia cara esa expresión de lujuria. O te la quito de una hostia.
—Está bien, está bien —dijo Sorjo levantando con- ciliador las manos—. Veamos qué tiene esta preciosi- dad.
Comenzó a limpiar el torso de la mujer con el mis- mo trapo que había utilizado antes. Di Stefano se lo recriminó con una mirada. Sorjo entendió el mensaje, cogió otro trapo, lo empapó del líquido, y continuó su limpieza. Bordeaba lentamente los pechos con el tra- po empapado, solazándose. Di Stefano, que no había guardado el arma, la levantó y apuntó de nuevo a su cabeza. El médico dejó sus ensoñaciones para otro momento y se olvidó de seguir limpiando los pechos.
—Por lo que parece, sólo está interesado el brazo izquierdo —dijo al fin—. Mirad, dos disparos. Hum... por la trayectoria diría que tenía el brazo alejado del cuerpo cuando los recibió. ¿Veis? Orificios de entrada y salida en el bíceps. De haber tenido el brazo junto al cuerpo, los proyectiles se habrían alojado en el tó- rax. Ahora estaría tan muerta o más que vuestro otro amigo. Seguramente esté inconsciente, además de por la pérdida de sangre, por el golpe que se produjo al recibir los impactos y caer.
Siguió su limpieza por las piernas. A la altura del muslo izquierdo descubrió otro orificio en medio de una magulladora violácea.
—Aquí sí que tiene un proyectil alojado... —dijo, señalando con su índice—. Al parecer no ha interesa- do ninguna vía principal del sistema circulatorio... pero es posible que le haya roto el fémur. Qué lásti- ma. Con las piernas tan perfectas que tiene.
Se incorporó, tiró el trapo ensangrentado a una pa- pelera llena de residuos, y se frotó las manos.
—Diagnóstico —concluyó—: ha perdido sangre, pero sobrevivirá. Dejadme extraerla el proyectil.
—Adelante.
Sorjo ató con unas correas la pierna izquierda de la mujer a la camilla. Se acercó un inestable carrito con material quirúrgico y cogió un bisturí. Al hacerlo, le- vantó la mirada hacia Di Stefano y Rajín.
—No puedo trabajar con mirones encima. Si que- réis que lo haga, dejadme al menos hacerlo a mi modo.
Di Stefano hizo una seña a Rajín de Sura y se aleja- ron de la camilla.
—Nos quedaremos aquí, junto al otro. Recuerda lo que te he dicho.
Sorjo se encogió de hombros, pero se puso a la ta- rea.
Rajín de Sura y Di Stefano se acercaron al padre Mauricio. El arisio miró a Bellini, sacó su estuche de venenos, eligió un frasquito azul y llenó una pequeña jeringuilla. Se agacharon ante el cuerpo.
—Ha perdido demasiada sangre —dijo en voz baja Rajín de Sura—. Es difícil que el veneno viaje con la velocidad debida. Pero, al menos, vamos a intentarlo. Acarició con la yema de sus dedos el cuello del pa- dre Mauricio. Al fin, cuando encontró el punto que buscaba, hincó la jeringuilla y apretó el émbolo. Des-
pués, se puso en pie.
—Esperemos un poco.
Clavó su mirada en Bellini, que seguía en cuclillas frente al viejo, la mirada perdida en su rostro. Algo en su corazón le indicó lo que debía hacer.
—¿Quieres que te deje a solas?
Di Stefano asintió sin volver la cabeza.
—Entonces estaré pendiente de este matasanos de mierda. Me importa un pito lo que diga de los miro- nes. Como vea algo que no me cuadre, seremos dos los que le tiremos al río.
Rajín de Sura dio media vuelta y se acercó a la ca- milla. Di Stefano, con suavidad, puso sus manos en la nuca del padre Mauricio y le levantó la cabeza. Hizo una especie de almohada con unas sábanas tiradas en el suelo y colocó la cabeza sobre ella.
Sin tiempo para que Di Stefano reaccionase ante la cercanía del conocido rostro, para que volvieran a su memoria tantos momentos vividos, el padre Mauricio tosió, escupió babas y sangre, y abrió los párpados. Durante unos instantes, su mirada se perdió en la ha- bitación, hasta que al fin la focalizó en el rostro que tenía enfrente. Unos segundos después, sonrió.
—¿Eres tú?
—Sí, padre.
—Hola, hijo. Hola, amigo. Me alegro de verte.
La voz, apenas un murmullo, tuvo la milagrosa ca- pacidad de atronar en los oídos de Di Stefano. No supo qué responder. La garganta se le llenó de algo
que le impedía hablar, casi respirar. Asintió, intentan- do esbozar a la vez una sonrisa.
—Me estoy muriendo, ¿verdad?
Di Stefano asintió, bajando la mirada del rostro del viejo sacerdote.
—Sé lo que quieres. Respuestas.
El padre Mauricio pareció sacar fuerzas de donde no las tenía, incorporo el tórax y, sonriendo, le dijo en voz cada vez más baja y entrecortada, mientras le agarraba del brazo:
—Dile a tu amigo el arisio que me inyecte Lengua Vivaracha. Así seguiré viviendo al menos para poder hablar contigo.
Di Stefano se levantó. No hizo falta nada más: Ra- jín de Sura, atento a los movimientos de su socio, se acercó.
—Dice que le des Lengua Vivaracha.
Rajín de Sura asintió, mirando con sincera admira- ción al anciano.
—Este viejo parece saber de lo que habla. Aunque de todos modos esté casi muerto, sabes lo que esto le producirá, ¿no? Te lo recuerdo por si acaso: en su es-
tado, vivirá un par de minutos más, lo que podría ser casi un milagro. ¿Lo hago?
—Sí.
Rajín de Sura sacó su cartera, extrajo el frasquito del veneno, llenó la jeringuilla y se agachó sobre el padre Mauricio.
—Viejo, tienes un par de huevos —le dijo, mientras le inyectaba el veneno en el cuello—. Si has sido amigo de Bellini, espero que los dioses te protejan. Y si no lo has sido, un hombre valeroso como tú merece todos mis respetos.
Después, guardó la jeringuilla, se incorporó, y se tocó los fetiches del pecho. Musitó una salmodia bre- ve, agachó respetuosamente la cabeza en dirección al padre Mauricio, dio media vuelta y volvió su aten- ción a la camilla.
A los pocos segundos, el padre Mauricio pareció sufrir una descarga eléctrica. Abrió más los párpados, y su voz sonó algo más potente.
—Todo se perderá, todo se ha perdido ya. ¿Sabes de qué hablo? No, no lo sabes. Tampoco tienes por qué saberlo.
—Padre, ¿qué pasó con Heinz y sus descubrimien- tos?
El padre Mauricio esbozó una sonrisa breve. Sus ojos se iluminaron con un fulgor juvenil, incompren- sible en aquellas circunstancias.
—El Palacio Pertini era el único centro de experi- mentación del Instituto. Sí, no te sorprendas. Y sólo existía para poder continuar los descubrimientos de Heinz... con la intención de sabotearlos llegado el momento. Nunca nadie, jamás, pensaba terminar con ese maldito experimento con otros fines. Nunca para hacer uso de él.
Tosió. De su boca salió un coágulo de sangre y sali- va, que cayó en su entrepierna. El padre Mauricio lo miró durante unos segundos. Después, continuó.
—Era la forma más útil de controlar la investiga- ción, y de anticiparnos a los descubrimientos futuros que nos llegasen por otras vías. Lo que ha hecho la antigua Compañía de la Rosa es terminar con nuestro control. Ellos mismos, u otros, terminarán por encon- trar lo mismo o algo parecido. Y nadie estará ahí para salvar a la humanidad.
Di Stefano no supo qué decir. Agarró con firmeza el brazo del anciano sacerdote.
—¿Crees que no pretendo morir? —preguntó, mi- rándole a los ojos el padre Mauricio—. No me impor- ta morir.
Durante unos segundos bajó la cabeza y clavó la mirada en la sangre que manchaba sus pantalones. Respiró entrecortadamente. Después, la levantó.
—Sólo pretendía establecer tus vínculos con la an- tigua Compañía de la Rosa —continuó, intentando esbozar una sonrisa triste—. A través de ti descubri- ríamos nuevas vías. Ya sabes, anticipación. Y nos de- fenderíamos como pudiéramos. Nunca fuiste un objetivo... no lo hubiera permitido.
»El Instituto, tal y como tú lo conociste, no existe. Tal vez, no existe de ninguna otra manera. Nos hemos vuelto débiles. Apenas quedamos unos cuantos agen- tes... Collins y Mbar no encontraron interesante man- tener la antigua estructura del Instituto... creo, más bien, que quieren dejarlo morir.
La respiración del anciano se hizo más entrecortada y difícil. Levantó su mano derecha y palpó el rostro de Di Stefano.
—Acércate. Ya casi no puedo verte.
Di Stefano aproximó su rostro al del sacerdote has- ta que sintió el calor de su débil respiración.
—Nadie cree en mí —continuó—. Nadie cree en nuestra misión. Empezando por mis antiguos colegas.
»Nadie puede hacer nada. Pero, por lo que más quieras, intenta salvar la vida de la agente Cano.
»Si quieres saber más, ponte en contacto con Salva- tore, el bibliotecario. Así honrarás mi memoria. Y tu pasado. Y nuestro futuro. Sabrás toda la verdad. La barbaridad en la que has participado.
De la boca le colgaba una densa baba sanguinolen- ta. Casi sin fuerzas, el padre Mauricio se limpió con la mano. Después, su cuerpo se relajó.
—Y, después, haz lo que debas hacer —susurró en voz baja.
El padre Mauricio cayó hacia atrás, hasta reposar su cabeza en las sábanas. Sonrió.
—Adios. Siempre te he querido como a un hijo. Y siempre te querré igual. ¿Sabes lo que me apena de los no creyentes? Que cuando llega la hora de morir no saben dónde van. Yo sí lo sé. Y desde allí, velaré por ti.
»Te lo ruego, hijo: cuida de la agente Cano. Cuida de ella como tú sabes.
Y, después, se calló para siempre.
Así viene la muerte —le dio tiempo a pensar a Di Stefano—: sin alharacas, sin pífanos ni trompetas, ni ángeles celestiales. Con la suavidad de lo habitual, como un acto más de la vida, como cepillarte los dientes o despertarte por la mañana, o cambiarte de camisa. Lo sabía de sobra, pero nunca lo había podi- do experimentar directamente en el sentimiento de un amigo perdido. No le parecía posible que el padre Mauricio estuviera frente a él, muerto, en aquella in- fame habitación, en aquel planeta lejano. Cuántas azarosas combinaciones de circunstancias se habían dado para llegar a este momento. Pero así era. Y lo último que alcanzó a ver su viejo amigo era su rostro. Había mantenido con él su última conversación. Se
quedó durante unos segundos paralizado por el estu- por.
Después, casi de modo mecánico, Di Stefano le bajó los párpados y agachó la cabeza. Sintió la mano de Rajín de Sura en su hombro y se incorporó. Se persignó y comenzó a recitar en voz baja:
—Ne recorderis peccata mea, Domine.
Rajín de Sura se tocó los fetiches y se alejó respe- tuoso un paso, mirando con asombro a Di Stefano.
—Dum veneris iudicare sæculum per ignem. Di- rige, Domine, Deus meus, in conspectu tuo viam meam. Dum veneris iudicare sæculum per ignem. Re- quiem æternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei. Dum veneris iudicáre sæculum per ignem.
Carraspeó y tomó aliento. Al fin, suspirando, termi- nó.
—Kyrie, eleison, Christe, eleison. Kyrie, eleison. Adiós, padre. No mereciste morir así, ni en este lugar. Y, sin dar tiempo a sus sentimientos para que le traicionasen, se giró hacia Rajín, señalando con el
mentón la camilla y la espalda de Sorjo.
—¿Cómo va nuestro matarife, Rajín?
—Le ha extraído una bala de la pierna. Ya la está cosiendo. Por lo que le he visto, hoy no tiene mal día: no le ha temblado ni una vez el pulso.
—Más le vale que todo termine bien.
—Te he oído —advirtió Sorjo—. Debo decirte que no es conveniente trabajar bajo presión... sobre todo si se trata de un cirujano quien se ve obligado a ha- cerlo.
—Déjate de hostias —continuó Di Stefano, acer- cándose a la camilla hasta colocarse frente al médico y la paciente—. ¿Cómo está?
—Al final, no tenía ni roto el hueso. Por supuesto, saldrá de ésta —dijo Sorjo sonriendo mientras termi- naba de cerrar la cicatriz—. Ya está. Así valdrá.
La mujer presentaba una cicatriz de unos diez cen- tímetros en la cara externa del muslo izquierdo, sobre la que brillaba un gel transparente. Sorjo cogió de una bandeja una bala con los dedos y se la enseñó a Di Stefano.
—Tenía incrustado esto. ¿De qué calibre es?
¿Quién utiliza este tipo de armas?
—Trae —Di Stefano se la quitó—. Nadie que te importe.
—Muy bien, muy bien. Pues, por mi parte, asunto concluido —remató el médico limpiándose las manos con un trapo—. Si no queréis nada más, ya podéis largaros de aquí con vuestros dos amigos. Me debes cinco mil... a no ser que prefieras que me haga cargo de ése —propuso, señalando con la cabeza el cadáver del padre Mauricio.
—Ya nos encargamos nosotros —le cortó Di Ste- fano—. ¿Qué necesita la mujer a partir de ahora?
—Reposo. Y algo de antibióticos para prevenir in- fecciones. Si quieres, te los puedo conseguir.
—Déjalo. Ya has cumplido.
Di Stefano sacó cinco billetes de mil.
—Espero que lleves razón y la mujer salga bien de ésta. Conviene que reces por ello.
Se los entregó a Sorjo, que encogiéndose de hom- bros, sonrió mientras decía:
—No tendrá más problemas que los mínimos habi- tuales. Palabra de profesional.
—Vamos, Rajín —dijo Di Stefano—. Llevemos primero a la chica.
Vistieron como pudieron, torpemente, a la agente Cano. Después, con cuidado, la elevaron y la llevaron hasta el coche. La dejaron en el asiento trasero, ex- tendida a lo ancho.
Volvieron a por el padre Mauricio. Le cogieron en vilo. Al llegar al coche, Di Stefano señaló el malete- ro.
—No es lo que más me gusta, pero no tenemos otro remedio. Dejémosle en el maletero.
A Rajín de Sura no hizo falta decirle que tuviera cuidado: si existiera un manual de sutileza para cadá- veres, él sería su autor. Cuando cerraban el maletero, Sorjo se unió a ellos.
—En serio —insinuó el médico—, si tú quieres, puedo conseguir que se deshagan de él.
Rajín de Sura le agarró del pecho, mientras sonreía de medio lado.
—Este no va a terminar en el vertedero donde tiras todos los demás, ¿está claro? Es un hombre de honor
y tiene que reposar como un hombre de honor. Y, ahora, lárgate de mi vista.
—De todos modos, y pese a tu pésima educación, toma —dijo Sorgo, sacando de uno de los bolsillos de su bata dos botes de plástico y dándoselos a Rajín de Sura—: analgésicos y antibióticos. Van incluidos en la factura. Que se los tome durante un par de días... Creo que con esto bastará.
Después, desapareció tras la puerta de la casa. Se oyeron los cerrojos. Di Stefano miró hacia el lugar donde había estado con vida por última vez el padre Mauricio. Negó melancólicamente con la cabeza y se introdujo en el vehículo.
Arrancó en silencio. Rajín de Sura le miró de lado, como si tuviera miedo de la respuesta que podía en- contrar a su pregunta.
—¿Dónde le llevamos?
—Creo que al único sitio de esta maldita ciudad donde pueda reposar en paz de momento: el cemente- rio civil.
—No conozco tal lugar —contestó más satisfecho Rajín.
Di Stefano condujo hacia el cementerio civil de Pá- lasti, donde solían enterrar a los mandamases, cristia- nos o no, en todo caso no pertenecientes a ninguna de las confesiones predominantes en Aris, desde los pri- meros años de la fundación de la ciudad. Un cemen- terio que se encontraba semi abandonado por la escasa cantidad de nuevos clientes, y donde esperaba conseguir dar sepultura con la mínima dignidad posi- ble y el menor alboroto deseable al padre Mauricio. No era lo que se merecía, ni tampoco lo que hubiera deseado su antiguo amigo; pero era lo único que tenía a mano para darle descanso decente sin recurrir a al- guna extravagante religión, algo que, en vida, jamás habría permitido. Por supuesto, ni se le ocurrió plan- tearse la posibilidad de cavar una fosa en algún lugar apartado y enterrarle allí; ni revestida por la necesi- dad, esa solución le parecía aceptable. Bajo ninguna circunstancia lo haría así.
Dejaron atrás el barrio pesquero y se internaron en el casco antiguo de la ciudad. Tras cuatro plazas de edificios altos y señoriales, y un par de calles de man- siones con jardín, la calle por la que discurrían se in- ternó en un descampado herboso, hasta que a su
derecha comenzó a verse una verja tras la cual la no- che parecía ser más oscura, y, detrás, unos bloques de edificios más oscuros aún.
El cementerio ocupaba una modesta superficie pla- na y arbolada, bordeada su parte trasera de edificios de construcción barata. Unas cuantas farolas permi- tían vislumbrar el habitual revoltijo de estatuas y pan- teones, separado de la ciudad por una ornamentada y pesada verja metálica. Como era de prever, se en- contraba cerrado. Di Stefano bajó del vehículo tras detenerlo frente a la entrada principal. Había dejado de llover. Llamó a la puerta principal, golpeando con furia las aldabas metálicas, sin ceder en su empeño hasta que apareció una figura envuelta en un chubas- quero oscuro con capucha que portaba una linterna. A la luz incierta adivinaron el rostro arrugado de un vie- jo somnoliento.
—¿Qué demonios quieren a estas horas?
Di Stefano sacó un billete de dos mil, que introdujo entre las rejas de la puerta.
—Tome. Lo que quiero es un entierro digno y ur- gente para un amigo.
El personaje cogió el billete y se lo guardó. Hacien- do un gesto con la cabeza, y abriendo a la vez el por- tón, les invitó a entrar.
—Como me imagino que lo traerán con ustedes, será mejor que pasen con el coche. ¡Discreción, caba- lleros! Además, no tengo ganas ni edad para cargar peso.
Cruzaron las puertas, el viejo las cerró, y le siguie- ron hasta que éste se detuvo frente a un edificio de una altura, comido por plantas trepadoras, donde re- fulgía un solitario farol sobre la puerta. Di Stefano se bajó del coche y el viejo le hizo un gesto para que le siguiera al interior. Entraron en una habitación peque- ña, con mesa de despacho y silla que ocupó de inme- diato el viejo, echándose hacia atrás la capucha del chubasquero.
—Dígame, ¿cuáles son sus pretensiones? Enterra- miento básico, nicho común, tipo de ataúd.
—Lo mejor que disponga en este momento —le cortó—. Pero lo más rápido, ¿entiende?
—Ya lo creo que le entiendo... Entonces, si quiere ver los ataúdes, puede elegir el modelo.
Di Stefano hizo un gesto de negación en el que casi participó todo su cuerpo a la vez.
—Ese aspecto lo dejo en sus manos. Sólo deseo que descanse con dignidad. Y desde ahora mismo.
—Entierro estándar, entonces. Deberá darme tres mil... ése es el precio mínimo de un entierro digno a estas horas de la noche.
—Tome —sacó tres billetes de mil y se los dio—.
¿Y ahora?
—Paciencia, caballero. Espere un momento junto a su coche. Por favor, vayan cogiendo al difunto.
El viejo desapareció por la puerta. Di Stefano salió del edificio e hizo una seña a Rajín. Entre los dos sa- caron el cadáver del padre Mauricio del maletero del vehículo, girando sus cabezas hacia el negro del cie- lo, haciendo todo lo humanamente posible para no fi- jar sus miradas en el cuerpo desmadejado que sostenían: una inequívoca señal de respeto.
Volvió el viejo montado sobre el pescante de una pequeña carreta tirada por un enclenque animal que parecía un mulo en miniatura.
—Si son tan amables... Déjenle atrás.
Rajín y Di Stefano colocaron el cadáver sobre la carreta. Di Stefano echó una última mirada al padre Mauricio. Después clavó sus ojos en el viejo.
—Espero que no me engañe. No creo que sea capaz de tirarlo en cualquier agujero, ¿verdad?
El viejo pareció no incomodarse por la suspicacia de Di Stefano, y se limitó a negar con la cabeza mien- tras decía:
—Usted ha pagado un entierro de tres mil, y lo ten- drá. Ha dejado en mis manos la dignidad de un cadá- ver: puede estar seguro de que cumpliré.
—Bien. Quiero que mande a esta dirección el lugar exacto donde entierre a mi amigo —escribió en una tarjeta la dirección de su despacho—. Volveré para mostrarle mi respeto... y espero que se encuentre don- de usted me diga.
—¿Qué nombre pongo en la placa? —dijo el viejo, como si no hubiera dado la menor importancia a la velada amenaza de Di Stefano, mientras le ofrecía una tarjeta en blanco y un lapicero.
Di Stefano escribió en la tarjeta el siguiente texto: Mauricio G., sacerdote. R. I. P.
El viejo cogió la tarjeta y el lápiz y se los guardó en un bolsillo.
—Caballero... ¿debo dar parte al encargado del re- gistro?
—No creo que sea necesario.
—Entonces deberá darme mil geas más.
Di Stefano pagó de nuevo al viejo y se dio media vuelta.
—Vámonos, Rajín —le dijo en voz baja con gesto de insuperable cansancio—. Y usted, ya sabe lo que tiene que hacer.
Montaron en el vehículo y se encaminaron a la sali- da del cementerio. Tras ellos, el cadáver del padre Mauricio botaba grotescamente sobre la carreta, que les seguía traqueteante por el camino. El viejo, al lle- gar a la puerta, se bajó, la abrió, y les despidió con un gesto displicente de la mano. Tras pasar la puerta de salida, Di Stefano detuvo el coche y volvieron su mi- rada atrás. El viejo cerraba de nuevo la entrada, vol- vía a montar en la carreta y, tirando cansino de las riendas, se perdió con su carga en la negrura del ce- menterio.
El cansancio producido por la tensión de las últi- mas horas quedaba patente en sus rostros macilentos y desganados. Mirando al frente, sin fuerzas o sin ga- nas de hacer nada más, el vehículo arrancó tan vaci- lante como el ánimo de sus ocupantes.
—¿Dónde vamos ahora? —preguntó Rajín de Sura, mirando de reojo el cuerpo que descansaba en el asiento trasero.
—Cogeré habitaciones en casa de Marinai. La deja- remos dormir a pierna suelta. Cenaremos... aunque no tengo demasiado apetito. Yo, después, pienso dormir.
Rajín de Sura, mirando la oscuridad de la noche, asintió.
—Creo que yo haré lo mismo.
A la mañana siguiente, la agente Cano por fin abrió los ojos, tras una noche en la que Di Stefano, Rajín, y las hijas de Marinai se turnaron para atenderla. Poca cosa tuvieron que hacer: más que el sueño de una convaleciente, parecia el sueño inquieto de un borra- cho. Al principio le costó despegar los párpados y la luz del ambiente le dolió hasta hacerla emitir un sua-
ve gemido. Cuando gozó por completo del sentido de la vista, lo primero que alcanzó a ver fueron dos figu- ras desconocidas que se agachaban sobre ella. Tras una ráfaga de memoria, reconoció al ex agente Di Stefano. Atónita, desvió la mirada en derredor, inten- tando reconocer el lugar.
—Parece que sigue viva, señorita Dacourt —dijo Di Stefano con un gesto inescrutable—. ¿Qué tal se siente?
—¿Dónde estoy? ¿Y qué ha ocurrido con mis com- pañeros?
La voz le salió ronca y entrecortada, pero con tanta altivez como siempre. Di Stefano le acercó un vaso con agua, del que bebió un largo trago levantando con dificultad la cabeza de la almohada.
—Está a salvo... por el momento —contestó con voz átona Di Stefano—. En cuanto a su segunda pre- gunta.
—¿Han sido eliminados?
—Me temo que sí.
—Maldito sea.
Cano hizo ademán de incorporarse, pero sintió un profundo dolor desde la cadera a los dedos de los pies que la hizo aullar y volver a tumbarse. La sangre le bombeaba en las sienes con la consistencia del metal líquido.
—No conviene que se mueva demasiado —inter- vino Di Stefano—. Los analgésicos de Aris no son a los que están acostumbrados en la Tierra. Estos son mucho menos efectivos, y requieren participación por parte del enfermo.
—¿Qué me ha pasado?
—Nada de gravedad. Un golpe en la cabeza y una bala en una pierna. Mejor sería que se preguntase
«qué ha pasado». Y, cuando encontrase una respues- ta, que me lo dijera.
—¿Acaso no es usted el responsable? —Preguntó con una mueca sarcástica.
—Piense un poco. ¿Cree que si lo fuera estaría us- ted aquí ahora?
Cano compuso un gesto mezcla de duda y dolor, mientras miraba frunciendo los labios a Di Stefano.
Permaneció silenciosa; al final terminó por negar con un leve movimiento de la cabeza.
—Bien, veo que ha recapacitado —advirtió Di Ste- fano, mientras comenzaba a pasear por la habitación, rodeando la cama—. El padre Mauricio parecía tener- la en alta consideración; espero que no se equivoca- se... Por un momento he pensado que así había sido.
—Entonces, si lo prefiere así: ¿qué ha pasado?
—Sólo sé que cuando llegamos se inició el ataque. No sabemos quiénes lo hicieron ni porqué. Pero de- bería dar gracias al cielo de que estuviéramos allí: pu- dimos salvarla.
—¿Me quiere decir que usted no sabe quiénes son los culpables de la muerte de mis compañeros?
—Tengo alguna idea al respecto, pero nada más
—contestó Di Stefano, encogiéndose de hombros—. Usted debería saber quién puede tener interés en ter- minar con cuatro agentes del Instituto. Aunque su- pongo que también estará formando alguna hipótesis.
La agente Cano asintió cabizbaja. Cuando levantó la mirada, se podía observar la confusión en su rostro. Lo último que recordaba era una conversación antes
de cenar en la posada con monseñor y los dos ayu- dantes; después, un estruendo repentino. Al desper- tar... esto.
—Entonces usted.
—Si va a preguntarme de nuevo si tengo algo que ver con lo que ocurrió en la posada, le contestaré que en absoluto.
Con movimientos lentos, Cano comenzó a masa- jearse las sienes con las yemas de los dedos, con ges- tos torpes, como si descubriera que tenía dedos y cabeza. En su mente se mezclaban un leve dolor físi- co, la desorientación por efecto de los analgésicos y el desconcierto producido por la extraña realidad. Un cóctel que tenía la cualidad de hacerle pensar que es- taba sufriendo una pesadilla.
—¿Cómo acabaron mis compañeros? ¿Murieron en la posada?
—Dos de ellos sí. El padre Mauricio, algo más tar- de. Hicimos todo lo posible por salvarle... pero no lo conseguimos.
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro enfermizo de la agente Cano.
—Es todo tan extraño... habla con si en verdad la- mentase la muerte de monseñor. ¿Por qué habría de creerle una maldita palabra de todo lo que me diga?
Di Stefano estalló como si le hubiesen azuzado con un hierro candente.
—Mire, niña bonita: usted no tiene ni la más remo- ta idea de lo que está hablando. ¿Que si lamento la muerte del padre Mauricio? Mucho más que usted, y mucho más que cualquier otra persona en todo el as- queroso universo.
Se giró, dando la espalda a Cano, y tomó aire, pro- curando relajarse. Cuando creyó haberlo conseguido en parte, se volvió y continuó.
—Lo mejor será que nos olvidemos de temas es- trictamente personales. No tengo nada contra usted; usted contra mí tampoco... si acaso, debería demos- trar gratitud. Por otra parte, usted no sabe nada de in- terés para mí, y lo que yo sé no creo necesario compartirlo con usted. El padre Mauricio, o monse- ñor como usted le ha nombrado, me encargó antes de morir que velase por usted, y eso pienso hacer. En cuanto esté restablecida, haré todo lo posible porque
vuelva a la Tierra. Por mi parte, ahí habrá terminado mi colaboración para con usted. Y quiero que tenga siempre presente algo: que le deberá tanto o más la vida al padre Mauricio que a mí. Así que, si no cola- bora de buenas maneras por usted misma, hágalo al menos por él.
Dejó transcurrir unos segundos, mientras sopesaba el efecto de sus palabras en la agente. Al menos, pare- cía atenta.
—No lo dude —prosiguió—: todo lo que le ordene será por su propio bien. Si por un casual ocurriera algo desagradable por culpa de su estupidez, créame, no me sentiría culpable. Voy a hacer todo lo posible por cumplir con el padre Mauricio. Si usted no cola- bora, su suerte no será problema mío.
Se encaminó hacia la puerta, seguido de Rajín de Sura. Después de abrirla y casi a punto de salir de la habitación, se volvió hacia la agente Cano.
—Por su propio bien le recomiendo que no haga tonterías. Medite en su situación. Insisto: no respondo por usted si no sigue al pie de la letra mis instruccio-
nes. La primera de ellas: no abandone esta habitación en ningún momento, por ningún motivo. ¿Entendido? La agente Cano parpadeó como único gesto de asentimiento. Di Stefano y Rajín salieron, cerrando la puerta con suavidad. Recorrió con su mirada la habi- tación. Cerró los párpados justo en el momento en
que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Por si tenía pocos problemas, ahora se encontraba con otro más. ¿Cómo devolver a la agente Cano a la Tierra sin levantar las sospechas de Palacios? Le ten- dría que procurar documentación nueva: imposible volver a por el equipaje de Cano a la posada campes- tre de Drago. Imposible también dejarla a su aire una vez recuperada de la intervención: caería sin duda en las redes de la policía secreta. ¿Cómo ayudarla sin comprometerse? Tenía que pensar algo, y rápido. Aunque llevaba ya todo el día dándole vueltas al asunto, seguía sin encontrar la solución perfecta, efectiva y discreta. Concluyó que ese tipo de solucio- nes jamás existían. Jamás. Así que haría lo más senci- llo. Lo más práctico. Y, tal vez, lo único que podía
hacer. Desde luego, iba a cumplir con su palabra. Pero tampoco pensaba complicarse más de la cuenta.
Pidió de cenar. Cuando Marinai se acercó, sin que él se lo pidiera, le dio el último parte médico de la en- ferma:
—Acaba de terminar su cena. Se encuentra mucho mejor. Yo creo que mañana podrá levantarse... con ayuda.
—Gracias, Marinai.
—Es una mujer muy fuerte —continuó, poniendo sobre la mesa un plato de ostras fritas empanadas y una jarra de vino blanco—. Siempre tendemos a con- siderar frágiles a las mujeres bellas. Y nos equivoca- mos, sin duda.
Marinai se alejó, dejándole en su mesa. Di Stefano sonrió taciturno: ahora que sus preocupaciones direc- tas habían terminado, que había salvado el pellejo, que no tenía ni sentía presiones de nadie, volvía a en- contrarse como unas semanas atrás: en medio de la vorágine de una misión, preocupado y excitado como si estuviera su vida en juego. Bueno, no le quedaba más remedio que hacerse a la idea de que el puñetero
encargo de Palacios, y sus consecuencias colaterales, no había terminado. Tal vez, terminaría cuando em- barcase a la agente Cano rumbo a la Tierra, sana y salva. Seguramente así sería. O, al menos, lo espera- ba.
¿Qué más podía ocurrir? El padre Mauricio había muerto; podría considerarlo con frialdad como otra víctima más de aquella antiquísima guerra, aunque su corazón se rebelaba ante esa falta de sensibilidad. Aún así, poco podía hacer: sólo lamentarlo. Había muerto, pues, su antiguo amigo. No podía prever más desastres. ¿Matarle a él? ¿Quién? ¿El Instituto? Im- posible. ¿Palacios? ¿Por qué? ¿Sería capaz de sacar a esa señoritinga de Aris camino a la Tierra? Seguro que sí. Pero le quedaba ese paso por dar. Y se seguía sintiendo inquieto: una misión no se termina, hasta que no se termina. Y, ésta, aún, no había finalizado.
El Instituto se había llevado dos palos sonoros en poco tiempo. Que volvieran a buscarle, a él precisa- mente, carecía de lógica: la guerra era entre ellos y la Compañía de la Rosa. El único nexo que vinculaba al ex agente Bellini con Palacios era, con seguridad, el pobre sacerdote muerto. O monseñor, obispo por tan-
to, como había dicho la agente Cano. Punto y final. En cuanto a la agente Cano: era consciente, o debería serlo, de que él le había salvado la vida. Con certeza, de tener algún sentimiento de venganza, no lo enfoca- ría hacia él: supondría todo un desperdicio después de haber sido salvada precisamente por él. En todo caso, antes de encontrarse con él, como había quedado cla- ro, se toparía con la Compañía de la Rosa. Allá ellos, allá ella.
Decidió olvidarse por un momento de sus proble- mas y degustar las ostras y el vino. Decidió sonreír pese a todas las trampas que la vida le había puesto en las últimas semanas.
Rajín de Sura entró en la posada, le localizó, y se sentó a su mesa.
—Ya he avisado a la vieja Iramis. Vendrá mañana a primera hora.
—Ajá. ¿Has indagado por ahí?
—Por todos los demonios del infierno, llevo todo el día haciéndolo —explotó Rajín de Sura—. Pero no ha pasado nada: al muy bastardo del dueño de la posada campestre de Drago le han debido untar bien, o inti-
midar, me da lo mismo. Igual que al resto de los clientes que estaban anoche en la posada. No ha pasa- do nada, ¿sabes? Nada de nada. Lo de siempre.
—¿Alguien ha dicho algo, por ejemplo, el posade- ro, sobre una mujer y un viejo que debería estar muertos y no han aparecido?
—Quién sabe... —respondió Rajín de Sura—. El dueño de la posada jura por sus muertos que no dijo nada a nadie por que, entre otras cosas, nadie le pre- guntó nada, y le obligaron a no hablar. Unos tipos re- cogieron los equipajes, le pagaron para que se deshiciera de los cadáveres y, según él, algo de dinero para que reparase el estropicio... Por cierto, me debes mil geas.
Di Stefano le miró componiendo un gesto de soca- rrona duda.
—Sí, he tenido que pagarle al muy cabrón para sol- tarle la lengua. Y para que no hable de tipos que vol- vieron al día siguiente haciendo inocentes preguntas llegado el momento.
—De cualquier modo, es secundario —Di Stefano hizo un gesto vago con la mano—. Ellos sabían que
había cuatro agentes, y han requisado el equipaje de cuatro agentes. Saben de sobra que alguien se llevó a dos. ¿Por caridad, por humanidad? Eso no existe en Aris. Posiblemente, el posadero diera nuestra descrip- ción completa.
—¿Tú crees? Yo no estaría tan seguro. Los posade- ros nunca suelen meterse en ese tipo de líos.
—¿Y, entonces, por qué le has pagado?
—Por si acaso, hombre, por si acaso.
—Rajín: pide de cenar y déjame en paz.
O bien Sorjo era bastante mejor profesional de lo que se deducía de su nefasta fama, o bien los medicamen- tos eran mejores de lo que suponía Di Stefano: el caso es que la agente Cano se despertó temprano tras una noche tranquila con el ánimo combativo y altivo de siempre. Despreció la ayuda de una de las hijas de Marinai y desayunó sola, y con apetito, una jarra de leche y varias rebanadas de pan con miel. Después, cuando hubo terminado, mandó llamar a Di Stefano, que se encontraba aún durmiendo en su habitación.
—Pues despiértale —le ordenó a la hija de Marinai.
Di Stefano apareció media hora después, demorán- dose más de lo necesario cuando la muchacha le con- tó lo ocurrido. Al entrar en la habitación, se encontró con este saludo:
—¿Qué ocurre? ¿Dónde está mi ropa? ¿O desea que me pasee desnuda por esta ciudad de mierda?
Di Stefano la miró frunciendo los ojos, mientras Cano, sentada en la cama, hacía intención de levan- tarse.
—¿Quién le ha dado permiso para levantarse de la cama? Creo que quedó bien claro.
—No se preocupe, no pienso hacer ninguna...
¿cómo dijo usted? ¿Tontería? Sólo pretendo estirar las piernas un poco. Y asearme, si es posible.
—Siempre y cuando no salga de la habitación... hasta que yo le diga.
—Bien, ¿me puede responder? ¿Dónde está mi ropa?
—¿La que llevaba puesta? La tiré, por supuesto...
—contestó con una sonrisa—. ¿Recuerda? Recibió un tiro, cayó al suelo, se le manchó de sangre, hubo que intervenirla.
—Ya. Perdone. En cuanto a mi equipaje.
—Puede volver a por él si lo desea. Pero no se lo recomiendo: sobre todo, por que no lo encontrará.
La agente Cano agachó la cabeza mientras asentía. Sabía perfectamente de qué estaba hablando.
—Deje ese asunto en mis manos.
Cano le miró de arriba abajo. Después de su escru- tinio, por sus gestos pareció determinar que Di Ste- fano no sólo era capaz de salvarle el pellejo, si no también de conseguirle ropa decente. Aquel tipo ele- gante podía estar a la altura.
—Bien, de acuerdo —aceptó—. Prefiero dejar ese tema en sus manos antes que en las de alguna de las chicas que me han estado atendiendo.
Di Stefano estuvo tentado de recriminarle su ingra- titud, pero prefirió dejarlo pasar.
—También le voy a conseguir documentación nue- va para salir de Aris. Una vez la tenga, tomará pasaje en una nave regular. Yo mismo me encargaré de que llegue hasta la nave sin contratiempos.
—¿Cuándo será todo eso?
—Lo antes posible. Esta misma mañana vendrán a hacerle la documentación. Ahora, convendría que se asease con lo que tenga a mano —señaló el pequeño cuarto de baño—. No faltan ni el agua ni el jabón. Tome —le dio una libreta y un lapicero de grafito, que la agente Cano tomó con extrañeza, como si estu- viera frente a un raro insecto—. Anote lo que desea que le traiga. Póngame también su talla, número de calzado, y cosas así. Pero sea breve. Nada de capri- chos.
Cano hizo una lista. Después le pasó la libreta.
—Le he traído también esto —Di Stefano se acercó hasta la puerta de la habitación y cogió una muleta apoyada en la pared—. Le será útil, sin duda. De to- dos modos, mandaré que suba una muchacha para ayudarla.
Después, se dio media vuelta.
—Le doy una hora —dijo, antes de abandonar la habitación—. Ya sabe: vendrán a hacerle la documen- tación. Compórtese de la manera más participativa posible.
La agente Cano se apoyó en la muleta y se levantó de la cama. Se encontró fuerte, bastante más de lo que imaginó. La cabeza hacía horas que no le dolía, y las piernas, salvo la hinchazón que rodeaba la cica- triz, parecían casi tan firmes como siempre. Una pe- rezosa laxitud de su musculatura y un agradable adormecimiento general eran lo único que diferencia- ba aquel levantarse de cualquier otro. Pero, por pre- caución, se encaminó despacio hacia el baño. Mirándose en el espejo desconchado decidió ser opti- mista pese a todo. Tal vez, si aquel inefable de Di Stefano acababa siendo tan honesto como pretendía serlo, dentro de poco tiempo volvería a estar en casa. Y, entonces, ya tendría tiempo de sopesar todo el asunto. Lo irremediable no tenía solución: nada ni na- die iba a devolver la vida a sus compañeros; la misión había sido un absoluto fracaso. Necesitaba tiempo para determinar en qué puntos habían fallado, necesi- taba perspectiva para analizar la situación y buscar culpables, y, sobre todo, para preparar la... no le gus- taba utilizar el término venganza: prefería el de contraataque justificado, en concordancia con la ter- minología eufemística del Instituto. Bien, pensó, si
sólo se trata de una simple cuestión de tiempo, dejé- mosle transcurrir.
La vieja Iramis apareció con su habitual puntualidad: más o menos una hora después de lo acordado. Di Stefano la acompañó hasta la habitación de la agente Cano y le dio instrucciones. Después, salió de la ta- berna de Marinai, callejeó hasta llegar a la plaza Ma- gadash y tomó un taxi. En los grandes almacenes Mansur se sintió turbado y estúpido, mientras repasa- ba la lista que tenía en la mano: ropa interior, cosmé- ticos... Cano había sido explícita: detallaba hasta el estilo del traje chaqueta. «¿Cómo he acabado así?» se preguntó sonriente. Una de las vendedoras, al ver los síntomas de su desorientación, se le acercó con una sonrisa.
—Buenos días, caballero. ¿Puedo ayudarle? Di Stefano le extendió la nota.
—Mi mujer me ha enviado a comprar. No se en- cuentra bien, ¿sabe? y necesita lo de la lista —dijo, poniendo ojos de cachorro desvalido.
—No se preocupe. Aunque lo que desea se encuen- tre en distintas secciones, cuente con mi colabora- ción. Yo me encargo de todo. Acompáñeme.
Una hora después, cuando por fin finalizó la com- pra, y tras tener que elegir sobre varias opciones que se escapaban a su comprensión pero no a sus gustos, dejó todo lo comprado en la recepción de los almace- nes pagado y dispuesto para que viniera a recogerlo alguna de las hijas de Marinai. Si, por un casual, la gente de Palacios le seguía, lo último que deseaba era que le vieran salir cargado de bolsas con ropa femeni- na, cosméticos y perfumes. ¿Dónde estaría la agente que les faltaba? Eureka.
Volvió a la taberna. Le pidió a Marinai que manda- se a alguna de sus hijas con el coche del mudo a por las compras. Al sentarse a la mesa que ocupaba Rajín, éste le informó de que Iramis había terminado su tra- bajo, y hacía tiempo que se había largado.
—¿Tienes el pasaporte?
—Aquí está —contestó Rajín, dándole el documen- to.
—Yo creo que ya se encuentra bien —dijo Di Ste- fano en voz baja, como si su pensamiento se hiciera público de repente—. Debemos encontrarle pasaje lo antes posible. Hoy mismo.
—Si quieres, yo me encargo.
—No, tú no. Debe de ser alguien desconocido. Ma- rinai, tal vez —señaló con su mentón al tabernero tras la barra.
—Eso jamás lo haría Marinai —interpeló serio Ra- jín—. No preguntes porqué.
—Entonces, alguien que jamás lo haya hecho. Al- guien que pueda pasar por chófer, o secretario perso- nal... —Tras unos segundos de duda, concluyó—: Podemos enviar a Fortunai. Da el tipo. Puede valer.
—Si es lo que quieres, iré a buscarle.
—Lo antes posible. Y dile que se vista de la manera más formal posible.
Rajín de Sura bebió un largo trago de su vaso sin dejar de mirar a Bellini. Después, chasqueó la lengua y sonrió de medio lado.
—Tienes ganas de acabar con todo esto, ¿verdad?
Di Stefano asintió. Su compañero entendió la ur- gencia.
A la caída de la tarde, Fortunai apareció en la taberna ataviado como el secretario amanerado de alguna vie- ja hedonista, y, por supuesto, con un billete para la la- boriosa Presidente Rouen, que partía rumbo a la Tierra dos días después. Di Stefano le agradeció su trabajo y subió a la habitación de la agente Cano, de- jando a Fortunai beber en compañía de su paisano Rajín de Sura, mientras hacían comentarios jocosos de su indumentaria. Cano, que se encontraba milagro- samente recuperada, recorría a grandes zancadas la habitación apoyada en su muleta, retrocediendo al lle- gar a las paredes con un giro violento. Parecía una fiera enjaulada. Al verle traspasar la puerta se dirigió hacia él.
—Tranquilícese, por Dios. Pasado mañana partirá para la Tierra.
—Sólo estoy desentumeciendo los músculos —se excusó—. ¿Pasado mañana ha dicho? Estupendo.
—Me temo que, pese a que la veo bastante recupe- rada, no deberá abandonar esta habitación.
—Lo suponía. Qué se le va a hacer. Le prometo que seré paciente.
Di Stefano frunció el ceño.
—¿Ha decidido portarse como una chica buena?
—Creo que no me queda otro remedio.
—Estamos en un barrio relativamente seguro para nuestros intereses... pero, aún así, llamaría demasiado la atención... —cuando se dio cuenta de que, en el fondo, se estaba explicando ante la agente, se sor- prendió. Pero decidió continuar—. Tenemos claro que, cuanta menos gente la vea, mucho mejor, ¿no es así?
Cano asintió, mirando fijamente a Di Stefano.
—Bien, me alegra que coincidamos. Dentro de poco le traerán su ropa, y todo lo que me encargó.
¿Desea que le traiga algo más? ¿Alguna distracción?
—En serio —preguntó la agente sonriendo—, ¿hay algo en este planeta que pueda considerarse distrac- ción para alguien civilizado?
Di Stefano respondió con una sonrisa.
—Aunque no lo crea, Aris tiene suficientes modos de hacer disfrutar a un intelecto cultivado.
—¿Seguro? Entonces, lo dejo también a su elec- ción.
—Le traeré al menos unos cuantos libros. Y, ahora, la dejo con sus ejercicios.
Di Stefano se encaminó hacia la puerta y la abrió. Cuando iba a cerrarla tras de sí, le sorprendió la voz de la agente Cano.
—Gracias.
Sin volver a abrir la puerta del todo, metió la cabe- za por la rendija. La agente Cano, sentada sobre la cama, le miraba sonriente, mientras repetía:
—Gracias.
Durante unos largos segundos la miró. Por Dios, pese a estar convalenciente, en un pijama varias tallas mayor, con el pelo recogido de cualquier manera, es- taba bellísima.
Hizo un gesto vago con la cabeza y cerró la puerta. En el comedor, Rajín seguía charlando con Fortunai, acodados en la barra. Se acercó a él y le puso la mano en el hombro.
—A partir de ahora, serás tú quien se encargue de controlar a nuestra amiga.
Rajín entrecerró los ojos y sonrió.
—¿Por qué? ¿Te ha enseñado las uñas y te ha entra- do miedo?
—Todo lo contrario, amigo, todo lo contrario.
La mañana de la partida de la agente Cano, Di Ste- fano prefirió bajar al muelle y coger una barca hasta uno de los amarraderos del Paseo Fluvial. Al llegar, después de hacerse limpiar los zapatos en un vano in- tento de otorgarle cotidianidad al asunto, tomó un taxi hasta el espacio puerto.
Su reloj marcaba las diez de la mañana: la hora en que Rajín y la agente Cano deberían traspasar la en- trada. Como era de prever, no ocurriría hasta unos minutos después.
Pidió otro ponche caliente, acodado en uno de los tenderetes más cercanos a los accesos. Le inquietaba una conocida sensación: sin llegar a sentirse vigilado del todo, sentía la necesidad de comprobar a cada ins- tante que nadie le seguía. Llevaba haciéndolo desde
que salió de la taberna de Marinai. Seguía haciéndolo en esos instantes. Pero nadie le seguía, ni le había se- guido, ni tenía porqué, ni podría haberlo hecho. Be- bió de su copa de ponche, sin perder de vista la entrada al espacio puerto.
Las instrucciones eran simples y precisas: él iría primero al espacio puerto, donde, tras husmear, les esperaría. Una hora después, Rajín de Sura y la agen- te Cano llegarían en el coche de Merko el mudo. Lo cierto es que su presencia podía ser considerada como meramente testimonial: la agente tenía su documenta- ción, su equipaje, y algo de dinero de bolsillo que le dejó. El bueno de Rajín de Sura haría las veces de guardaespaldas ante imprevistos. Y el espacio puerto era el estrambótico lugar de siempre. ¿Había más po- licías hoy? ¿Agentes de paisano? No, que él pudiera ver. No había ningún motivo por el que pudiera salir mal. Aún así, consultaba incómodo su reloj más veces de las necesarias. Por propia experiencia sabía que la policía de Aris no era tan ineficaz como él la conside- ró tiempo atrás. ¿Y si descubrían que aquella joven terrestre era la agente que estaban buscando? ¿Ten- drían su descripción, sus datros biométricos, algo que
la pudiera identificar? Di Stefano, de forma incons- ciente, llevó su mano hasta el bolsillo de su chaqueta, donde llevaba el salvoconducto de Palacios. Por si acaso. Sabía que la firma del jefe de la policia secreta de Aris, llegado el momento, salvaría cualquier esco- llo. Y sabía también que ningún funcionario iba a mo- lestar a un jefazo porque uno de sus chicos hiciera uso de su firma.
Apuraba su copa justo en el momento en que la corpulencia de Rajín se hizo patente entre el mar de cabezas. El arisio comenzó a abrirse paso entre la multitud con su solvencia habitual, encaminándose decidido hacia la terminal de pasajeros. Tras él, Cano caminaba a su mismo ritmo, sin rastro de cojera. Ahí están; esto se acaba, pensó. Di Stefano dejó su copa y unas monedas sobre la barra y fue a reunirse con ellos.
Ante la terminal, la cola de pasajeros se extendía haciendo eses y mezclándose con el gentío habitual. Hacia el final de la cola fue Di Stefano, pensando en juntarse con ellos. No fue así: Rajín de Sura había en- contrado sitio en la parte de la fila más cercana a los mostradores, no dudando en apartar a varias perso-
nas. Allí se había colocado con la agente Cano y la única maleta que llevaba como equipaje. Por supues- to, nadie protestó.
Di Stefano sonrió. Fue hacia ellos. Unos metros an- tes de llegar, Rajín se dio media vuelta y le vio. La agente, décimas de segundo después, siguió la mirada del arisio.
—Tenemos todo, ¿no es así? —dijo Di Stefano como saludo.
La agente Cano se había recogido el pelo en un mo- ñito. Tenía la piel tersa y limpia, y la expresión deci- dida de siempre. Vestía el traje chaqueta que Di Stefano le compró en los grandes almacenes. Estaba bellísima.
—Aquí termina su malograda aventura, señorita Cano —le dijo Di Stefano—. Dentro de pocos minu- tos, estará dentro de la Presidente Rouen camino a la Tierra.
La agente elevó su mirada al techo para después pa- searla por el interior del edificio. Sonrió.
—De lo cual, créame, le estoy más que agradecida
—dijo al fin, posando de nuevo su mirada en los ojos de Di Stefano.
—Ahora llega el control de pasajes. Deje su docu- mentación y su pasaporte —continuó Di Stefano en voz baja—. Nada debemos temer. En caso contrario, déjelo en mis manos.
—Aunque no lo crea, conozco el procedimiento
—sonrió Cano—. Para su información, ésta no es la primera visita que hago a este planeta de mierda.
—Espero que sea la última —sentenció Di Stefano. La agente Cano sonrió de medio lado.
—Tal vez, en otra ocasión, podamos charlar —dijo con una mezcla de seriedad y tristeza, mirándole con ojos inquisitivos—. Deberíamos hacerlo.
—Con sinceridad, no creo posible que eso suceda
—Di Stefano desvió la mirada.
—Sería conveniente... para evitar malos entendi- dos. Además, creo que tiene usted una historia real- mente interesante que contar.
—Hágame caso: dedíquese al futuro. No mire de- masiado al pasado. Elija su propio destino, sin que el
destino de los demás le influya más de lo necesario. Es un consejo que le doy. Como todo lo demás, tam- bién gratis.
El control de pasajeros abrió. Los primeros viajeros de la fila comenzaron las gestiones.
—¿Eso es todo cuanto tiene que decirme? ¿Ni si- quiera ahora piensa aclararme algunos puntos? —Pre- guntó la agente Cano.
—Nada de importancia puedo, ni quiero, decirle
—contestó seco Di Stefano—. Créame, es mejor así.
—Es usted un absoluto misterio, Bellini. O, tal vez, sólo se haga el misterioso.
—Piense lo que quiera.
Di Stefano se mantuvo en silencio hasta que les tocó el turno en el control. La agente Cano dejó su documentación y el pasaje sobre el mostrador. Su ma- leta fue sometida a la inspección habitual. El agente le devolvió la documentación y le indicó con su men- tón la salida al área de embarque.
—Adios, señorita Cano —dijo al fin Di Stefano—. Tome.
Le dio una tarjeta.
—¿Qué es?
—En esta tarjeta está anotado el lugar donde des- cansa el padre Mauricio. Tal vez desee saberlo.
La agente Cano se guardó la tarjeta y asintió.
—Me gustaría poder decir que ha sido un placer co- nocerle —se despidió.
Di Stefano dio un par de pasos hacia atrás, a modo de despedida definitiva. La agente tomó su maleta, cruzó las puertas de salida, y se encaminó hacia la nave, sin volver la mirada. Di Stefano y Rajín de Sura se acercaron hasta los ventanales que se abrían a la zona de embarque. La vieron cruzar la encharcada explanada de cemento, ascender a la nave, y perderse en su interior.
—Bueno, asunto concluido —dijo Rajín de Sura con mirada ensoñadora.
—Hasta que no despegue la nave no nos movere- mos de aquí. No quiero sorpresas.
—No te fias de nuestra pizpireta amiga.
—Ni un pelo. Estate atento.
—Entonces iré a por algo de beber —suspiró.
Durante más de media hora permanecieron silen- ciosos contemplando la Presidente Rouen y la expla- nada donde descansaba, bebiendo a sorbitos el ponche que Rajín trajo de uno de los tenderetes, aten- tos a las figuras que se movían alrededor de la nave. Por fin, la cola de viajeros se terminó, el control de pasajes quedó inactivo, y los agentes se marcharon. Las puertas de salida a la zona de embarque fueron cerradas, los operarios de pista terminaron sus queha- ceres y fueron alejándose de la nave. El área de des- pegue quedó desierta. Las esclusas de la Presidente Rouen se cerraron, los motores comenzaron a emitir un zumbido que produjo vibraciones en el edificio: habían concluído los preparativos para el despegue. Unos lentos minutos después, bajo un estruendo en- sordecedor, la nave se elevó.
—Ahora sí podemos irnos —dijo, sin poder ocultar su satisfacción Di Stefano—. Por fin ha terminado todo.
Había citado a su cliente en el restaurante del club Lavalle a las doce del mediodía, y, puntual como sólo puede serlo un terrestre, el señor Domecq hizo acto
de presencia a la hora acordada y se sentó frente a él. Di Stefano, tras un saludo breve y protocolario, le en- tregó un sobre. El cliente desestimó abrirlo ni comen- tar nada, asintió pesaroso, y le pagó. No aceptó la invitación de Di Stefano, así que se alejó cabizbajo camino de la entrada. Di Stefano, sentado a su mesa habitual en el comedor, se guardó el dinero. Lo cierto es que el pobre señor Domecq tenía demasiados pro- blemas como para sentarse con el detective que había contratado a tomar tranquilamente una copa. De so- bra sabía que las pesquisas de Di Stefano habían co- rroborado lo que él supuso: su mujer le ponía los cuernos. Nada de especial si no fuera por un detalle: lo hacía con su socio. Socio que intentaba por todos los medios echarle de la empresa... y tal vez algo peor. Di Stefano concluyó que no sería la última vez que vería al señor Domecq.
Ensimismado en sus pensamientos, la palmada en el hombro le sobresaltó. Se giró con rapidez, para en- contrarse a un sonriente Palacios que tomaba ya asiento a su mesa mientras le extendía la mano.
—Señor Bellini, ¡cuánto tiempo!
En efecto, pensó Di Stefano, cuánto tiempo. ¿Tres meses? ¿Cuatro? Estuvo tentado de responder que a él no le parecía tanto. Prefirió contestar con una son- risa y apretar su mano.
—¿Qué es de su vida? No he tenido noticias suyas, no le he visto por el club.
—Lo de siempre.
—Lo cual me alegra —sonrió Palacios—. ¡Camare- ro! Traiga una botella de vino tinto. Supongo que se quedará a comer, o a tomar el aperitivo al menos.
—Esa era mi intención.
Un camarero, que parecía esperar como todos la or- den de Palacios, apareció con un carro y sirvió vino en sus copas. Después se marchó.
—Hacía tiempo que quería hablar con usted —dijo Palacios—. Pero tengo una agenda tan apretada que me ha sido imposible. En todo caso, aprovecharé este momento. No le importuno, ¿verdad?
—Lo cierto es que ya he concluído el asunto que me ha traído hoy al club. Dispongo de todo el tiempo que precise.
Di Stefano, pese a la tranquilidad con las que ex- presó aquellas palabras, comenzó a sentir una desa- zón creciente. Tanto tiempo sin ver a Palacios, ni tener noticias suyas, le invitó a crearse la ensoñación de que aquella relación había llegado a su fin. ¿Por qué no? Palacios consiguió lo que se propuso, y con un extra añadido. Pero volver a verle frente a él hizo que se le acelerara el corazón, mientras con sus tran- quilos y elegantes ademanes Palacios comentaba con su tono casual de siempre:
—Ah, sí, el bueno de Domecq... Quieren buscarle una encerrona entre esa golfa de su mujer y el cabrón de su socio, ¿me equivoco?
—En absoluto.
—Nada que no se pueda solucionar, espero —con- tinuó, haciendo un gesto con la mano como si espan- tara una mosca—. Es un gran hombre, y un buen tipo. Tal vez sea necesario el concurso de su amigo matsu- moi... para eliminar elementos indeseables en esta historia.
—Confío en lo contrario.
Palacios sonrió, enseñando su inmaculada dentadu- ra.
—No es usted tan buenazo como Domecq. No se haga conmigo el santurrón.
Di Stefano sonrió de medio lado y se encogió de hombros.
—Lleva razón, Palacios. En el fondo me importa muy poco lo que ocurra con su mujer y su socio. Tal vez, hasta se lo tengan merecido.
—Así me gusta —sentenció Palacios con serie- dad—. Y, ahora, vayamos a lo nuestro.
—Soy todo oídos —propuso reluctante.
—Necesito que viaje a Gálasti.
—¿Cuándo?
—Lo antes posible.
Di Stefano asintió y acercó reticente su cabeza al centro de la mesa.
—Tenemos serios problemas con determinados ele- mentos del gobierno regional —continuó Palacios—. Una vez conseguida la independencia del planeta, pa- rece ser que algunos desean a su vez que Matsumai se declare estado independiente del resto de Aris. Un au-
téntico desastre: en vez de conseguir un planeta ho- mogéneo y medianamente potente, pretenden tres es- tados independientes.
—Eso tengo entendido. Pero, al parecer, no sólo ocurre allí. También en Fenai... y aquí, en casa.
—Lo de aquí está controlado. Lo de Fenai no corre prisa... es Matsumai el problema.
—¿Qué debería hacer?
—Concretaremos mañana en mi despacho. Pásese a primera hora.
El camarero se acercó con unos platos de fiambres y mariscos que dejó frente a ellos. Comenzaron a de- gustarlos silenciosos. Dos hombres de negocios que comían juntos y parecían no querer molestarse.
—Es lo mismo de siempre —continuó Palacios unos minutos después—: cuatro oligarcas que desean mantener, e incluso aumentar, su poder. El asunto re- quiere ser tratado con la mayor seriedad: la historia nos enseña que los resultados pueden llegar a ser ca- tastróficos. El primero de sus efectos sería la pérdida de peso de Aris como estado en el contexto general. La posibilidad de que en cuestión de poco tiempo es-
tallase una guerra entre continentes es elevada... La división interna en el planeta podría durar siglos.
Di Stefano pensó que Palacios llevaba razón, pero que ésas no eran las verdaderas razones que le impul- saban a combatir. O, quién sabe, tal vez sí. Tal vez es- taba frente a un gran estadista o un romántico.
—Tenemos nuestras razones para suponer quiénes pueden estar detrás de todo esto. Y no hablo solamen- te de elementos arisios.
El plato principal, ostras al vino blanco con guarni- ción de coles hervidas, fue servido por el solícito y mudo camarero. No intercambiaron otra palabra más hasta que los platos fueron retirados y postres y cafés fueron servidos. Por supuesto, tras una sutil seña de Palacios. Di Stefano, intentando contener su expecta- ción, abrió el fuego.
—¿No me puede adelantar cuál va a ser la naturale- za de mi trabajo?
—Ya le he dicho que mañana concretaremos todo el asunto —respondió tranquilo Palacios—. Pero, de una manera básica, le diré que quiero que sea mis ojos y mis manos en Matsumai.
—Supongo que tendrá agentes en Gálasti.
—Así es. Tengo varios informes de mi gente que nos servirán de punto de partida. Pero quiero que tra- baje al margen de ellos.
—Muy comprensible.
Justo cuando Palacios dejaba su taza de café sobre el platillo, el camarero se acercó con las copas de ba- lón, el coñac, y una caja de puros.
La figura de Palacios, velada tras el humo de los ci- garros, se le antojó a Di Stefano menos severa. Se atrevió a ser sarcástico.
—¿Y se fia de mi?
Palacios sonrió con desgana como respuesta y be- bió de un trago su coñac. Se levantó de su asiento.
—Me tengo que marchar, Bellini. Tomaré mi barca.
¿Desea que le lleve hasta la ciudad? Le diré al chófer que le deje donde solicite.
—No, gracias —respondió Di Stefano, levantándo- se a su vez—, me viene mal cualquiera de los mue- lles.
—Hasta mañana, entonces.
Se estrecharon las manos. Palacios se alejó de la mesa. Di Stefano le vio abandonar el comedor, despi- diéndose con leves movimientos de cabeza de los em- pleados con los que se cruzaba, mientras terminaba su copa de coñac. Unos momentos después, a través de los ventanales, le vio bajar paseando y disfrutando de su puro sobre el camino de tablones barnizados hacia el embarcadero del club. Allí subió en una bar- ca a motor, de un blanco refulgente, el modelo más moderno y caro de todos los que estaban amarrados. La barca, instantes después, abandonó el muelle y se internó en la corriente del río. Cuando Di Stefano iba a girar la cabeza hacia el interior del comedor, ocu- rrió. La barca estalló en una explosión dorada. Prote- gido por los gruesos ventanales del comedor y la distancia, le pareció estar viendo algo irreal. Durante un momento permaneció sentado en su asiento, ensi- mismado. Hasta que los gritos y las carreras de la gente del club le sacaron de su abstracción. Levantán- dose de la mesa corrió tras ellos, salió del edificio, y llegó bajando la pendiente hasta la orilla. Trozos de madera y tela flotaban en las aguas, donde seguía ar-
diendo algo que hasta hacía poco había sido parte de la barca de Palacios.
La orilla del río y el embarcadero se llenaron de cu- riosos. Algunos se tiraron al río, intentando localizar ansiosos los cuerpos de los ocupantes. Los miembros del servicio médico del club, con sus flamantes uni- formes blancos y azules, llegaron con una camilla. Tomaron un bote a motor y navegaron hasta la zona de la explosión. Cuando llegaron, lo poco que queda- ba ardiendo de la barca se apagó y fue arrastrado por la corriente. El río recuperó la placidez, y del desastre sólo quedaron varios trozos de madera chamuscada llevados hasta la orilla por las olas.
El siempre plácido club Lavalle se convirtió en un hervidero de gritos y de carreras. Di Stefano, subien- do la cuesta con aire cansado, comenzando a sopesar el alcance de lo ocurrido y la inmediata repercusión en su vida, se topó con Camponais, el director del club, que bajaba hacia la orilla trotando sobre la hier- ba.
—Bellini, Dios mío —acertó a decir entre jadeos—
¿Qué demonios ha ocurrido?
Di Stefano se giró hacia el río.
—Sé tanto como usted —respondió sombrío—. Pero me temo que Palacios ha dejado de ser miembro de este club.
—No me lo puedo creer —exclamó Camponais sin apartar la vista del río, donde varias embarcaciones revoloteaban sobre la zona de la explosión, buscando no se sabe qué—. Es la primera vez que ocurre algo así en nuestro club. Dios mío, pobre Antonio.
Señalando con el mentón hacia el río, Di Stefano comentó con aire melancólico:
—En esa barca podría haber ido yo también. Estuve comiendo con Palacios.
—Sí, les ví —asintió Camponais—. Y a punto estu- ve de ir a saludarles.
—...pero preferí llegar a la ciudad en coche.
—Pero Bellini, ¡entonces está vivo de milagro! Varios trabajadores del club llegaron corriendo has-
ta donde se encontraban y rodearon a su director. Co-
menzaron una atropellada y variopinta narración de los hechos. La mayoría le pedía indicaciones sobre los próximos pasos a dar.
—Le dejo, Camponais. Tiene trabajo.
El director se despidió de Bellini con un abrazo sin- cero y bajó la cuesta a la carrera, seguido y llevado por los empleados. Di Stefano, tras un último vistazo a la orilla, caminando sobre la hierba húmeda, llegó hasta la explanada que se extendía frente al edificio principal. En esas circunstancias era imposible pedir- le a algún empleado que mandara llamar a un taxi, y los que solían esperar clientes en el aparcamiento ya habían partido, repletos de socios razonablemente te- merosos.
Tras un vistazo y tomar aliento, se percató de que todos los taxis habían partido excepto uno, un único taxi estacionado en la cuneta del camino unas dece- nas de metros más allá, fuera de la puerta de acceso. Di Stefano se dirigió a él, esperando que estuviera li- bre. Tampoco le importaba demasiado dar un paseo hasta la carretera, un par de kilómetros de caminata que tal vez le vinieran bien para poner las ideas en or- den. Al llegar al vehículo, y antes de hablar con el conductor, una conocida voz le sorprendió:
—Suba.
Di Stefano miró hacia el interior del vehículo. El ta- xista, indiferente, le devolvió la mirada, pero señaló con el índice de su mano derecha una pistola que te- nía sobre sus muslos. Di Stefano echó mano a su so- baquera; el conductor agarró la pistola y le apuntó, mientras negaba con la cabeza y señalaba hacia atrás. En la parte posterior, a la derecha del asiento, Lucía Cano se levantaba unas gafas de sol con una mano, mientras con la otra dejaba una pistola a su lado, so- bre la parte del asiento más cercana a su puerta.
—¿O prefiere dar un paseo hasta encontrar otro taxi? —Preguntó Cano con su voz de niña buena y una falsa sonrisa.
Di Stefano sonrió. Otra desagradable sorpresa más. Dando un profundo suspiro entró en el vehículo, que arrancó, en cuanto cerró la puerta, a la máxima velo- cidad posible. La agente Cano clavó la mirada en su rostro.
—Quiero que sepa que, por su culpa, casi se va al traste nuestro plan. ¿Y si llega a subir en la barca con Palacios? Tendríamos que haber pospuesto el mo- mento de la eliminación de nuestro objetivo... con
todo el trabajo extra que eso conlleva. Pero eso usted lo sabe bien.
La agente Cano sacó un estuche de maquillaje de su bolso y se miró en el espejo. Mientras se retocaba el pelo con falsa coquetería, siguió hablando como si estuviera en una reunión informal.
—Es lo malo de tener amistades tan peligrosas. En ningún momento te puedes encontrar del todo a sal- vo.
—¿Amistades, dice? ¿De qué me está hablando?
—Exclamó Di Stefano, intentando contener la cólera, mientras comenzaba a trazar un plan de escape: pri- mero Cano, relativamente sencillo, un golpe bien dado en la garganta, después el conductor—. Veo que sigue sin enterarse de nada. Ese hombre no era amigo mío, ni nada parecido.
—No sea quisquilloso. En todo caso, ha dejado de ser un problema para nosotros... y para usted.
—¿Sabe? Procuro solucionar mis problemas sin la ayuda de nadie.
—Sí, ya lo sé, es usted un hombre independiente y competente, y todo eso —continuó con tranquilidad
Cano—. Aún así, le convendría considerar algo im- portante: estamos en paz. Usted me salvó el pellejo; yo se lo he salvado ahora.
—Eso es mucho decir... Considero que me lo ha salvado la suerte.
—Considere lo que quiera. Por mi parte, no le debo nada.
Era lo último que se esperaba: que fuera a reunirse con un cliente en su club, un asunto trivial, que se en- contrase con Palacios, que le encargase otro trabajo, en apariencia de importancia, que minutos después Palacios muriese en un atentado frente a sus propios ojos, y que se encontrase en un taxi a la agente Cano, responsable de la muerte de Palacios, que pretendía saldar cuentas. Demasiado para un día que empezó tranquilo. Menos mal que al menos he comido, pensó un dispuesto Di Stefano, que sólo esperaba el mo- mento de dar el golpe definitivo. Ya tenía su elegida su estrategia para utilizar cuando llegase el momento: seguir hablando con Cano, darle cuerda, hacer que se confiase, y acabar con los dos. Lo de Cano iba a ser sencillo, al menos así lo esperaba: un golpe y punto final. Lo del conductor requería algo más de técnica y
rapidez. Pero estimó que sería factible. Miró hacia el exterior. Varios coches de la policía se cruzaron en sentido contrario, a gran velocidad, camino del club.
—Relájese —ordenó Cano—. ¿No pensará avisar a sus compañeros? Sólo quiero hablar con usted. Si hu- biera querido eliminarle, ya lo habría hecho. Pero piense que aún estoy a tiempo.
—Haga el favor de decirle a su colega que pare el vehículo.
—¡Oh, no, querido amigo! Antes deseo tener unas palabras con usted. Estemos de acuerdo en que su im- pertinente laconismo ya no tiene sentido. Ambos sa- bemos quién es, a lo que se dedica. Ambos sabemos que es el responsable de la destrucción del palacio Pertini.
—Yo no soy responsable de eso que usted dice.
—Pero, créame, no le guardo rencor —continuó, haciendo caso omiso de las palabras de Di Stefano—. No, al menos, tanto como usted a nosotros.
—¿Rencor? ¿Qué le hace suponer que yo guardo rencor al Instituto? —Preguntó, moviéndose en el asiento, situándose cara a cara con Cano—. Simple-
mente me desvinculé, y me dediqué a vivir mi vida en un planeta alejado. Nada tuvo que ver el rencor.
—Entonces, ¿por qué pasó a trabajar para la Com- pañía de la Rosa?
—Yo no trabajé, ni trabajo, para la Compañía de la Rosa —respondió—. Colaboré circunstancialmente con Palacios.
—En la destrucción del palacio Pertini.
—Falso —dijo, sin dejar de mover su mirada del conductor a Cano—. Nada tengo que ver con eso.
La agente Cano se retrepó en su asiento y compuso un gesto de duda.
—Acláremelo entonces... Porque monseñor Groe- pius estableció la conexión entre usted y la explosión del centro, seguimos una pista arisia, ahí apareció de nuevo usted... hay demasiados puntos que le atan a la compañía. El propio Palacios.
Di Stefano se relajó, pero sin perder el control de la situación: el conductor estaba tan absorto en la con- versación como cualquiera de ellos dos, el camino se abría entre desmontes y ocasionales poblados margi- nales.
—Piense —dijo—. El pobre padre Mauricio sabía que me establecí en Aris. El Instituto dejó de tener agentes de campo en el planeta. ¿A quién recurrir en esas circunstancias? Me eligió por pura lógica: era la única opción posible.
—Pero usted estuvo en la Tierra durante el aconte- cimiento.
—Coincidencia —respondió tajante—. Como otros diez mil millones de personas más. Mi trabajo es así: debo viajar demasiado, al menos para mi gusto. Aun- que en esta ocasión no fue tan desagradable.
A Di Stefano le dio entonces un vuelco el corazón, según inventaba la historia. Pero, ante cualquier agente entrenado en la gestualidad de su rival, pasaría por sincero.
—Echo mucho de menos a mis padres —continuó
—. Les quiero mucho, ¿entiende? Aproveché para ir a depositar unas flores en sus tumbas. Indague en Ma- drid. Tal vez alguien me viera.
La agente Cano arqueó las cejas en un gesto de va- cilación, como si quisiera dejar claro que no termina-
ba de creerse la historia. Pero continuó en la senda dudosa. Di Stefano decidió contrataacar.
—¿Conoció al padre Mauricio? ¿Al menos tanto como yo? Ni mucho menos. ¿Le dijo en alguna oca- sión que yo era el responsable directo del tema? Lo dudo. Dudo que le dijera algo sobre mi trabajo actual que no fueran más que puras evasivas. Es más: le sal- vé a usted la vida. Como lo intenté con el padre Mau- ricio.
Cano se mantuvo silenciosa durante varios minutos sin dejar de observar a Bellini, enroscándose en pelo en los dedos, aparentemente absorta en sus pensa- mientos. Dos días atrás recuperó el cadáver del padre Mauricio de una digna sepultura del cementerio don- de dijo Di Stefano que estaba. ¿Por qué iba a mentirle ahora Di Stefano? Le salvó la vida, enterró digna- mente a monseñor. Sólo por eso merecía un profundo respeto, casi más, a su parecer, por lo segundo que por lo primero. Respeto que ella había demostrado, disponiendo la explosión de la barca, y todo el trabajo subsiguiente, a que Di Stefano fuera en ella con Pala- cios o no. ¿Por qué no creerle ahora? Además, ¿qué más daba? Desde el momento en que vio meses atrás
el palacio Pertini reducido a escombros, sintió que el asunto podía superarla. En aquel taxi, en aquel mo- mento, llegó a la conclusión de que ingresó en el Ins- tituto demasiado tarde para intentar comprender la magnitud de la trama. Sonrió. Si el asunto le superaba a ella, también a Di Stefano, un simple peón. Y, lo más importante, estaba en paz con su conciencia.
Mientras tanto, dejaron atrás el camino al club, se internaron en una carretera de circunvalación, y Pá- lasti se hacía más notoria: a ambos lados, barrios de bloques de hormigón y casas de ladrillo cada vez más juntas.
—Si se tratase de un juicio inquisitorial, no tendría ninguna prueba incriminatoria —prosiguió Di Ste- fano—. Para su descanso, diré que no tengo nada que ver con su fantástica historia: todo es pura coinciden- cia.
—Sólo quería hacerle saber que estamos en paz. Si nos volvemos a encontrar, tal vez no tenga tanta suer- te.
—Bien —dijo Di Stefano, sin dejar de mantener la tensión—. Pues siendo así, le repito mi petición: déje- me lo antes posible.
El conductor miró hacia ellos por el retrovisor. El vehículo, tras dejar la carretera en una de las salidas, se adentró en la ciudad.
—Tuve tiempo de hablar con monseñor. Poco, es cierto —dijo Cano, mostrando una sonrisa triste—. Pero lo suficiente como para hacerme una idea algo más que general del proyecto. ¿Sabe? Monseñor de- cía siempre que usted era el mejor agente que jamás conoció. Y hablaba de usted como del hijo que jamás podría tener un religioso. De lo que deduzco que le tenía un cariño especial. A través de él y de Salvatore tuve una conciencia clara del tema. ¡Qué barbaridad!
¡Qué absoluta maravilla! Usted estuvo en los mejores momentos del Instituto, en los más cruciales. A veces sabiéndolo, a veces sin saberlo. Pero me consta que fue un agente leal.
Di Stefano reconoció por donde circulaban. El vehículo iba hacia el centro de la ciudad. ¿Qué se proponía ahora aquella loca?
—Usted todavía estaba estudiando cuando yo tra- bajaba codo con codo en el Instituto con el padre Mauricio. ¿De qué se asombra?
Cano siguió su relato como si no la hubiera inte- rrumpido nadie.
—El resto de su historia, ni me la creo ni me la dejo de creer. Qué le voy a decir que no sepa: confima- ción. Eso es lo que necesito. No tengo ninguna prue- ba, como usted ha dicho, de su implicación directa en los hechos.
Clavó una mirada salvaje en los ojos de Di Stefano. Y, entonces, en ese mismo instante, supo que aquella maravillosa mujer le mataría si fuera necesario, que no dudaría. Tuvo la seguridad de que estaba vivo por pura indulgencia, tal vez por devolver el favor. Desde que la vio por primera vez, meses atrás, supo que se enfrentaba a una auténtica agente, convencida y ca- paz. Tuvo la sensación de que se enfrentaba al Institu- to entero. ¿Acaso no era así?
—Por eso está usted vivo —continuó con voz tran- quila—. Por que, de saber que había tenido alguna vinculación en una trama contra el Instituto, habría
ido a por usted. No le quepa la menor duda: pese a haberme ayudado en los momentos más difíciles de mi carrera. Usted lo entenderá, supongo.
—Yo no entiendo nada, señorita.
—Tampoco sabrá a lo que se dedicaba el señor Pa- lacios, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —contestó tranquilo—. Era el jefe de los servicios secretos arisios.
—Y un alto cargo de la Compañía de la Rosa.
—A mi modesto entender, esa organización lleva años muerta —dijo, sonriendo de medio lado—. No me consta que siga operando, ni en Aris ni en ningún otro lugar.
La agente Cano dibujó una sonrisa sardónica y des- vió su mirada hacia el exterior. El vehículo se había internado en el tráfico de la ciudad. Atravesaban a rit- mo lento una ancha avenida.
—...tan muerta o más que el propio Instituto
—continuó Di Stefano.
—¿Qué le hace suponer eso? —Se revolvió Cano en el asiento.
—El padre Mauricio, antes de morir, me lo contó. Por lo que deduzco que toda esta operación corre por su propia cuenta.
—Deduce usted demasiado. Espero que también deduzca las implicaciones del embrollo en que se ha metido usted solito. El padre Mauricio, pese a consi- derarle en el fondo un cínico, supuso que conservaría la estatura moral mínima para no interferir en el asun- to de Heinz.
—¿Heinz? ¿Qué tiene que ver Heinz ahora? Eso terminó hace años.
—Todo lo relacionado con esa línea de investiga- ciones lo controlábamos desde el palacio Pertini
—tomó aire Cano, para soltarlo de modo brusco—. Pero le advierto: seguimos y seguiremos haciéndolo.
—De lo cual me alegro.
—De acuerdo, Di Stefano, quédese a solas con su cinismo. Está vivo gracias a que cuidó de mí y de monseñor Mauricio. El viaje ha terminado. Bájese del vehículo.
El taxi derivó hacia la derecha y le dejó en una ace- ra de la larga avenida Bogossian. Di Stefano bajó re- celoso del vehículo.
—No sé si decirle que nos volveremos a ver o que mejor que eso no ocurra —se despidió taciturna la agente Cano a través de la ventanilla—. En cualquier caso, aléjese de nosotros. Para siempre.
Sin tiempo para una última palabra, el vehículo arrancó y se mezcló con el tráfico de la avenida.
Caminó, absorto en sus pensamientos, durante una hora. Hasta que llegó a una decisión definitiva, algo que imaginó meses atrás, cuando Palacios vino a es- tropearle su tranquila vida: largarse de Aris, de Pálasti al menos, establecerse en otro lugar. Ahora no le que- daba más remedio: quedarse en la ciudad le traería problemas serios, y por varias partes a la vez. Ni si- quiera maldijo su suerte. ¿Para qué? Era algo que so- brevoló sus pensamientos desde el principio, como un carroñero al acecho, una posibilidad que se había convertido en necesidad. ¿Dónde ir? No le apetecía volver a la Tierra. ¿Lira Cinco, cualquier otro planeta salvaje? Ya conocía uno. Y sin ganas de comenzar una nueva aventura en lugar desconocido, eligió que- darse en Aris. Si descartaba Pálasti, sólo quedaba Gá-
lasti, en Matsumai, como ciudad donde establecerse. Mejor olvidar Fenai, ese continente absurdo y pobre lleno de gente desconfiada.
Entonces, meses después, se acordó de Rajín de Sura.
Llamó a un taxi, que le llevó a la plaza Magadash. Callejeó ensimismado por el barrio pesquero, entró en la taberna de Marinai. Mientras abría las pesadas puertas, tuvo la sensación de que pocas veces más en su vida volvería a realizar aquel acto. El posadero, al verle, salió de la barra y elevó sus brazos al cielo.
—¡Bellini, por los dioses! ¡Cuánto tiempo!
Recordó en ese instante que llevaba demasiado tiempo, casi medio año, sin pasar por la taberna de Marinai, desde que terminó —o más bien, rectificó, desde que pensó que había terminado—, el asunto de la agente Cano, y sin ver tan siquiera una sola vez a Rajín de Sura. Volver a entrar en la semioscuridad ambarina de la taberna le trajo recuerdos de momen- tos más agradables.
—Hola, Marinai. ¿Qué tal va todo?
—Pero bueno, ¿qué ha sido de tu vida? —dijo ri- sueño el posadero, zarandeándole con fuerza—. Tanto tiempo sin noticias tuyas... comenzaba a preocupar- me.
—Como ves, estoy de una pieza.
—Me alegro, amigo, me alegro. ¿Te sirvo algo?
—Ponme una cerveza.
Marinai, desentendiéndose del resto de la clientela, llenó una jarra de espesa cerveza y la colocó frente a Di Stefano.
—Vaya, vaya —dijo—. ¿Y qué, de visita, o tene- mos en mente alguna nueva aventura?
Di Stefano bebió de la jarra, un trago largo que casi la vació. El frescor de la amarga cerveza le vino de perlas a su organismo y a su espíritu. Se sintió más entonado, más a gusto, como si dentro de la taberna de Marinai, escondido en el laberinto del barrio pes- quero, los problemas no pudieran jamás encontrarle.
—Los de nuestro oficio nunca dejamos de trabajar
—sonrió Di Stefano—. Lo cual no quiere decir que no estemos a gusto charlando con los viejos amigos. Por cierto, ¿sabes algo de Rajín?
—Ésa es otra —se quejó Marinai, cabeceando—. Llevo sin verle más de un mes.
—¿No duerme ya en tu casa?
—Desde que consiguió dinero prefirió irse a la pen- sión de la señora Horman, donde ha alquilado una planta entera con servicio completo —se quejó, otor- gando a su amarga cara tintes más sombríos aún—.
¡Habráse visto qué desagradecido! Ya ni siquiera vie- ne por aquí a beber y fanfarronear... seguro que habrá encontrado otra taberna con más categoría.
—Tal vez esté ocupado en algún trabajo.
—Es posible —reconoció reticente Marinai—. Aunque no me consta. Pero, si es en la ciudad, nunca deja de venir.
—Marinai, hazme un favor, ¿por qué no mandas avisarle?
—No creo que sirva de mucho —negó el posadero, componiendo un gesto de falso desprecio—. Pero si así lo deseas, mandaré a alguien. Porque tú me lo pi- des, que conste. En estos momentos, tal vez se en- cuentre en la pensión durmiendo la borrachera de la mañana. Hace tiempo que no le ves, ¿verdad? Ha en-
gordado como un peul alimentado con bayas. La bue- na vida... Hasta su amigo, ese flaco de Fortunai, ha echado un cuerpo que jamás habría soñado tener. Vaya dos sinvergüenzas.
Marinai se alejó de Di Stefano murmurando impre- caciones incomprensibles, obvió al resto de la cliente- la, y se perdió por la puerta de la cocina. Unos instantes después salió. Comenzó a hacer caso de sus clientes, guiñó un ojo a Di Stefano. Éste cogió su ja- rra de cerveza y se sentó en la primera mesa vacía que vio. ¿Por qué no utilizar la amistad de la gente?
—meditó, observando la clientela de la taberna—.
¿Es que siempre iba a ir por libre? ¿Qué había de malo en tener algunas referencias? Con seguridad, la amistad con alguna cofradía de asesinos de Matsumai podría conseguir que no se metiera en nuevos proble- mas. Sí, sin duda, Rajín de Sura le podría abrir mu- chas puertas, facilitarle el camino. Ya procuraría él no hacer demasiado ruido... y vivir tranquilo. Al mal, el menos, sentenció. Al fin y al cabo era un hombre me- dianamente acomodado que no solía meterse en pro- blemas. No molestaría a las cofradías, se dedicaría a otros asuntos, menores, más livianos. No se inmiscui-
ría en el trabajo de los asesinos de ninguna manera. Quería dejarlo bien claro desde el principio; porque sabía que, tarde o temprano, de no hacerlo así, le con- siderarían una especie de intruso extraño que había que eliminar.
¿Retirarse definitivamente? Nunca lo valoró. Y, en esos momentos de incertidumbre, tampoco. Sonrió. Era demasiado joven para caer en la molicie de una jubilación temprana. Sólo sabía hacer una cosa: hus- mear como un buen perro entrenado. Y la hacía bien. Seguiría haciéndolo hasta que él viera el momento de dejarlo, nunca antes. Y mucho menos forzado por las circunstancias.
Cerca de una hora después de meditaciones y pla- nes, pidió otra jarra de cerveza a Marinai. Al traérsela el posadero, la puerta de la taberna se abrió como si la hubiera empujado un animal de tiro. La corpulen- cia de Rajín de Sura —llevaba razón Marinai, unos cuantos kilos más imponente de lo habitual—, entró en la taberna. Descubrió a Bellini. Se dirigió a la mesa con una sonrisa que para cualquiera que no le conociera podría pasar por amedrentadora.
—Bellini, hermano, he venido volando en cuanto me han avisado. ¿Qué es de tu vida? —Preguntó, ha- ciendo levantar los faldones de su capa dorada.
Sin dejarle contestar a Di Stefano, prosiguió, cam- biando el gesto de su cara.
—Me encuentro muy enfadado. Mucho. Me has de- jado tirado como a un perro. ¿Qué ha sido de nuestra amistad? Nada. Has preferido la vida de los ricos al trato con tus verdaderos hermanos. ¿Qué debería de- ducir? Mejor me lo callo.
Di Stefano sonrió.
—Siéntate.
—De acuerdo, lo haré. En nombre de nuestra vieja y olvidada amistad.
Marinai vino enseguida, con cara de pocos amigos. Miró a Rajín de Sura y sopló con desprecio.
—¿Desea algo tu amigo? —Le preguntó a Bellini.
—Tráeme una jarra de cerveza y una copa de tu li- cor —respondió Rajín—. Y déjate de mariconadas.
Marinai se marchó haciendo un gesto despectivo con su cabeza. Rajín de Sura clavó su mirada en los ojos de Di Stefano.
—Bien, ¿a qué se debe la visita de tan honorable persona? ¿Cómo es posible que se haya rebajado has- ta estos insoportables límites?
Di Stefano compuso un gesto serio.
—Vengo a despedirme. Me voy, Rajín. El arisio arrugó la nariz.
—¿Te marchas? ¿Un nuevo trabajo?
Negó con la cabeza. Rajín, entornando la mirada, echó un rápido vistazo alrededor.
—¿Problemas?
—Demasiados. Esta vez no me queda más remedio.
—¿Marcharte? ¿Por un tiempo, para siempre?
—Para no volver. Al menos en mucho tiempo.
—¿Dónde? ¿La Tierra, tal vez...?
—No. A la Tierra sería al último lugar que volvería. Quiero largarme de la ciudad.
—Bueno, bueno, tranquilo. Explícame, ¿qué ha ocurrido?
—El Instituto ha contraatacado y se ha cargado de- lante de mis narices a Palacios, el jefe de la policía secreta. Esta misma mañana, en el club Lavalle.
—¡Coño! ¿Han sido capaces de hacer eso?
—Después me he encontrado con nuestra vieja amiga... La guerra continúa, Rajín. Y, al parecer, se han intensificado las hostilidades.
Marinai trajo más bebidas y, durante unos segun- dos, permaneció frente a ellos, tentado de sentarse. Después, comprendió que no era el momento. Dándo- le un toque amistoso a Bellini en el hombro, se mar- chó a lo suyo.
Rajín de Sura, sin apartar en ningún momento la mirada del rostro de Bellini, asintió silencioso. Pare- ció adivinar las profundas implicaciones de aquellas pocas frases.
—Entiendo —dijo al fin—. Problemas por ambos frentes a la vez.
—Y esta vez no quiero que me pille el fuego cruza- do.
—Has decidido largarte, entonces.
—Gálasti es el primer lugar que me ha venido a la mente. No deseo abandonar Aris, pero está lo sufi- cientemente alejado como para empezar con discre- ción.
—Una buena elección, sin duda —corroboró con seriedad el arisio—. Te gustará la ciudad. Algo más pequeña que Pálasti, pero tiene todo lo necesario.
—¿Me ayudarás?
Rajín de Sura frunció el entrecejo y asintió con de- cisión después.
—Por supuesto, hermano.
—Quiero que me proporciones algunos contactos. No pretendo meterme en más líos.
—¿Piensas dedicarte a lo tuyo?
—¿A qué si no? Y, lo último que deseo, es provocar innecesarias suspicacias entre tus hermanos cofrades.
—Muy acertado.
Rajín de Sura, silencioso, permaneció con la vista clavada en sus ojos durante unos instantes que a Di Stefano le parecieron demasiado largos. Después, abriendo la boca en una sonrisa enorme, levantó la vista y miró al techo.
—Acabo de tener una idea —dijo.
Paseó su mirada con lentitud por la taberna y bebió un largo trago de su jarra. Después, con ceremoniosa
lentitud, la depositó sobre la mesa y acarició con deli- cadeza los fetiches de su pecho.
—Bellini, yo también deseo volver a mi tierra. Y desde hace mucho tiempo, como bien sabes. Supongo que los asuntos que me hicieron salir a la carrera se habrán olvidado. Conseguiste que la orden de bús- queda fuera levantada... Lo cierto es que ya no veo motivo alguno para no volver. No es que Pálasti esté mal —abrió los brazos en un gesto que parecía querer abarcar toda la taberna, todo el barrio pesquero, la ciudad entera—. Aquí he conseguido mi modesta for- tuna, he trabajado con asiduidad. Pero no es mi te- rreno, ya me entiendes. ¿Cuándo te quieres ir?
—Lo antes posible.
—¿Te importa llevar un compañero en tu viaje?
Di Stefano sonrió. Levantó su jarra y la hizo chocar contra la del arisio.
—Brindemos por el futuro.
—¡Por el futuro! —Rugió Rajín de Sura.
Primera edición
Editado y exportado a PDF con sWriter (LibreOffice.org 3.4.4) el 28 de enero de 2012
1841 Nace el periodista y explorador Sir Henry Morton Stanley. 1873 Nace la escritora Colette.
1881 Muere el escritor Fiodor Mijailovich Dostoievski. 1887 Se coloca la primera piedra de la Torre Eiffel.
1939 Muere el poeta y premio Nobel William Butler Yeats. 1986 Estalla el transbordador espacial Challenger.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario