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Libro N° 14226. Ábbakus. El libro de Ella escrito por Él. Andueza Gay, Daniel.




© Libro N° 14226. Ábbakus. El libro de Ella escrito por Él. Andueza Gay, Daniel.  Emancipación. Septiembre 6 de 2025

 

Título Original: © Ábbakus. El libro de Ella escrito por Él. DANIEL ANDUEZA GAY

 

Versión Original: © Ábbakus. El libro de Ella escrito por Él. DANIEL ANDUEZA GAY

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.ciencia-ficcion.com/autores/biblioteca/_descarga.php?libro=DAG.Abbakus.BSdCF.pdf.zip&peso=1573336&tipo=libro&a=d


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

ÁBBAKUS

El libro de Ella escrito por Él

DANIEL ANDUEZA GAY


Ábbakus

El libro de Ella escrito por Él

DANIEL ANDUEZA GAY





















© Daniel Andueza Gay, 2015


Diseño de cubierta: Javier Campelo La Sombra de Caín

Valoria la Buena, 47200, Valladolid www.lasombradecain.com


ISBN: 978-84-943179-9-6


Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita del titular del Copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

 

Ábbakus

El libro de Ella escrito por Él


DANIEL ANDUEZA GAY























Edición especial para la Biblioteca Sitio de Ciencia-Ficción



 

Ábbakus

El libro de Ella escrito por Él


DANIEL ANDUEZA GAY

 
















Para Esperella, Pablel, Takunella y Andrel, la mejor familia que se pueda tener.

 



PREFACIO

 

1. LA PINTADA


El siglo XXI será de las mujeres. La pintada era una de tantas en el muro de la plaza. No demasiado ingeniosa. Tampoco llamati- va en exceso: letras mayúsculas aerografiadas con pintura negra. Aun así, aquella caligrafía sin gracia removió algo en Ella. Le hizo preguntarse: ¿a qué estamos esperando, pues?

Se levantó del banco para ir a su casa a escribir, le apetecía. Ella nunca llegaría a saber que sus ideas, apenas esbozadas en dece- nas, centenares de textos dispersos, llegarían a cambiar el mundo. Pero antes, iban a costarle la vida.


2. ÉL


Estaba tan aburrido que decidió salir a la calle para matar a al- guien. Harto de su casa de mierda, de su mierda de trabajo, de su puto país de mierda... Mierda, ya era suficiente. Se vistió con desgana y salió. Al menos se llevaría por delante a alguno. Había tanto hijoputa suelto que no le costaría trabajo elegir. Igual le cogía el gusto y se cargaba a varios, mira por dónde.

Empezó a animarse y a caminar cada vez más rápido. Políticos, banqueros, jueces, empresarios... No le faltarían clientes, no. Con tanto ladrón por ahí lo tenía fácil. Era hora de que alguien actua- ra. Él empezaría, sí señor. Iban a saber quién era Él: un héroe.

No se daba cuenta, pero la gente se apartaba conforme Él avanzaba por la acera. Caminaba cada vez más deprisa, a grandes pasos, moviendo mucho los brazos. Y su forma de mirar apabullaba. Además de ira, lo que vertían sus ojos, era... ¿Locura? No exactamente. Miraba apuñalando, pensó uno de sus vecinos al cruzarse con Él.

Llegó a la plaza. Estaba lejos de su casa, ni se había dado cuenta de la caminata, inmerso dentro de su delirio. Notó que estaba cansado y se sentó. Resollaba y transpiraba, qué mierda de sudor. Miró la pintada de la pared: “El siglo XXI será de las mujeres”. Menuda gilipollez, será de los ricos, de quién si no...

Desvió la mirada con cara de asco y se fijó en la mujer. Joven,

bonita, buen tipo... Arreglada en su justa medida, sin pasarse.

 

Sonreía y miraba con insistencia la frasecita de los cojones. De un salto, se levantó, caminó decidida hacia Él…

… y pasó de largo. La muy guarra ni le había mirado. Se giró y

la siguió con la vista. Con aquellos ojos como punzones afilados.


3. ENCUENTRO


Sonriente, disfrutando la preciosa mañana, Ella se dirigió a casa. A darle a la tecla. La ventana abierta, el sol iluminándo- la… Qué agradable iba a ser. Hacía meses que le rondaban varias ideas por la cabeza. Años, incluso. Y ni se había dado cuenta. Las iría plasmando de corrido. Una tras otra, confor- me surgieran. Ya les daría forma más tarde, no sabía muy bien cómo todavía…

¿Y si compraba un cuaderno? Había una papelería cerca. Y bo- lígrafos. Se giró con garbo para ir hacia la tienda y salió rebotada, después de chocar contra alguien.

—¡Uy, perdone! Ha sido culpa mía. Qué despiste tengo… Una sonrisa acompañaba a la disculpa. Levantó la vista y vio un

hombre con cara de sorpresa. Raro, le pareció. Oscuro, como so- lía decir su madre en sentido figurado; turbio. Le encontró cierto atractivo, sin embargo. El destello duro en la mirada se desvane- ció enseguida. Ella, coqueta, se atribuyó el mérito.

Esperó una respuesta a su disculpa. No llegó. El silencio la dejó desconcertada, aunque no le dio importancia. Se disculpó de nuevo y siguió su camino. Entonces, el desconocido sí farfulló un “Tranquila, no pasa nada...” y se despidió con un suave movi- miento de la mano. Sonreía ligeramente, con aire triste y cansado. Mientras andaba, Ella seguía pensando en aquel extraño. No sabía muy bien cómo catalogarlo. Tropezón aparte, le había lla- mado la atención. Seguía atolondrada perdida, tenía que corregir esa costumbre suya de parar o darse la vuelta de repente en me-

dio de la calle.

Para cuando se dio cuenta, estaba plantada en el portal de casa. Al final, ni cuaderno ni bolis. Casi mejor. Tenía en casa varias libretas y un montón de folios para reciclar de... de su vida ante- rior. Además, estaba el ordenador. Eso. Sí.

 

Él la miraba desde lejos. Allí vivía... Siguió andando y dobló la esquina. No sabía muy bien... Estaba confuso. Se le había pasado la furia justiciera y sentía vergüenza y cansancio. No obstante, durante un momento mágico, se había sentido bien. Poderoso. El rey del mundo, pensó con amarga ironía...


4. EL DIARIO DE ELLA


Años sin firmar ni una postal, me pongo y no paro... Y para relajarme, no se me ocurre mejor idea que empezar un diario, jajaja... Bueno, si escribo aquí desconecto de esas otras parrafadas sin sentido que aporreo en el ordenador. En el ordenador, en la libreta, en hojas sueltas… ¡Hasta en la lista de la compra estoy tomando notas para después! Vaya fiebre que me ha entrado.

¿Y por qué? ¿Un grafiti y me pongo a escribir en plan posesa? ¿Para qué?

¿Va a servir para? Si no tiene sentido. Frases y frases sobre mil temas sin orden ni concierto. Se superponen unas a otras. Empiezo con “A”, termino con “B”, con “C” y con “D”. ¡Y eso no es lo peor! La pega es que, entre A- B-C y D, me vienen otras cincuenta ideas. ¡Hala! A tomar notas en paralelo. A ver quién es la guapa que las desarrolla luego. ¡¡Pfff!!

¿Qué voy a hacer con este desbarajuste? Cada vez hay más... Y sin embargo, lo necesito. Suena raro. Nunca había sentido este “furor creativo”, jajaja. Había oído que a los artistas les pasaba. ¿Artista? ¿Yo? No me considero tal cosa. No creo que haya demasiado arte en lo que hago: emborronar hojas. Más bien diría que tengo prisa: mucho que decir y poco tiempo para hacerlo. Desde cría he sido una ansiosa, empiezo y ya estoy deseando terminar; pero esto es pasarseeee. Además esto no s’acaaaaba, priiiimo, jajajaja...

¡Céntrate, que se te está yendo la olla..!

Necesito poner orden. ¿Qué pretendo? Ni siquiera me gusta opinar y estoy pontificando, nada menos. Para opinar, hay que saber muy bien sobre qué se habla y yo aún voy más allá, casi escribo “ex cátedra” y sin documentarme antes... Sería mejor hacer. ¿De qué sirve tanta teoría?

No me gustaban los cantautores y ando como si fuera uno. “Cansalmas”, les llamaba, “calentando la oreja” día y noche... Bastante tiene la gente con lo suyo y ellos en plan Pepito Grillo, diciendo lo que hay que hacer. Los de- más, claro. No ellos. Lo suyo era cantar... Será una visión injusta, sí. Qué le vamos a hacer, no soy la Madre Teresa de Calcuta, tengo derecho a mi cuota de mala uva.

 

Total, ahora parece que la que escribe canción protesta soy yo. Les entiendo mejor. Supongo que ellos sienten la inquietud de expresarse e intentar mover a los demás. Eso es “hacer”, para los poetas.

¡Será posible! Pues sí que estoy buena yo: me pongo con el diario para no seguir dando vueltas a la hormigonera y otra vez con lo mismo, dando la chapa. ¡Fuera! A ver, esto es un diario. Hay que estar a lo que estamos. Vale. Una curio- sidad del día de hoy. He levantado la vista y había un hombre mirándome. O eso he creído. Bueno, vamos por partes. Conducía hacia el trabajo y estaba esperando en el semáforo (con el coco en mi “súper-misión redactora”, para variar). El caso es que he salido de las profundidades de mi cabeza al notar un par de ojos clavados en esta humilde personilla. Lo que pasa es que estaba lejos y no estoy segura. El semáforo se ha puesto verde, entre esto y lo otro me he despistado y el tipo ya estaba lejos.

Lo conozco de algo... Ya me acordaré. ¡Qué rabia me da cuando me pasa esto! Me suena alguien y no sé de qué. Nunca olvido una cara. Situarla es otra cosa, ya. Y ponerle nombre, ni te cuento. Pffffff.

Tenía un... No sé. Hay veces que una ve a alguien de lejos y sabe que es interesante; atractivo, quiero decir. Guapo. Tendré que estar más a lo que estoy. Seguro que es del barrio. Si es que vivo en los mundos de Yupi... le habré visto mil veces y ni soy capaz de situarle.


5. ¡AHORA CAIGO!

¡Ahora caigo! ¡Si choqué con él el otro día! Bueno, una cosa por vez. Es que he vuelto a verle. Al desconocido. El que me miraba el otro día en el semáforo. Debe vivir cerca, sí. Hemos coincidido comprando el pan. Me ha abierto la puerta, muy galante, muy serio. Y claro, de paso ha aprovechado para echarme una miradita... Igual hay tema.

Hablando de tema, en su acepción original, jajaja… Se me ocurren dos o tres parrafadas sobre la galantería y la igualdad. Sobre eso de dejar pasar primero a las señoras para poder mirarles el culo bien a gusto. Mejor me pongo ya, que si no se me va a ir la idea.


6. MIEDO


Ella escribía conforme le llegaban las ideas: hojas sueltas, libre-

tas enteras; líneas y más líneas en el ordenador... A veces, releía.

 

Eso no le gustaba, resultaba raro y le daba pereza. Sabía que algo tendría que hacer con aquel desorden. Menudo agobio, prefería seguir escribiendo. Y cada vez tenía más. Tendría que ordenarlo, darle forma, dejárselo a alguien para que le echara un ojo... No lo tenía claro. Un par de amigos habían leído fragmentos. Sus tías... Los “compañeros y compañeras” de trabajo. O “compañeres”, como terminó por llamarles Ella. En la oficina había habido po- lémica. Ella pensaba que esa manía del “ellos y ellas” era absurda y ridícula. Intentó dar una justificación lingüística a sus argumen- tos. Imposible, nadie escuchaba. Al final se dio cuenta de que era un tiempo desperdiciado. En otro momento le daría un par de meneos en su cabeza. Batalla perdida. Ni con media libreta, no había vuelta atrás. Aunque estaría bien proponer una solución. En plan de broma, eso sí. Había otros asuntos más importantes. E importontos.

Polémicas jocosas a parte, sus primeros lectores le comentaban que los textos estaban bien, que eran interesantes... Para otros eran ridículos. Manidos, utópicos... Las miradas que acompaña- ban tales calificativos decían más, aunque Ella no estaba segura de qué era. Mientras leían, cuando criticaban sus ideas… ¿era miedo lo que veía en sus ojos? ¿Miedo a qué? ¿A que las ideas funcionaran? ¿A que no funcionaran? ¿A que pudieran traer cam- bios?

O la explicación era más sencilla: el simple hecho de ofrecer posibilidades nuevas provocaba ese recelo. ¿Aunque fuera para ir a mejor? No estaba segura, no era sólo miedo a innovar. Había más.

Sus reflexiones, incluso “diversas y dispersas” (así las había ca- lificado Él con un retintín envidioso) tenían una pauta común. Proponían soluciones… para llevar a cabo. Eso era lo que veía en los demás. Miedo a acometer el cambio. No a la novedad en sí, sino a tener una posibilidad de mejora siendo uno mismo res- ponsable de alcanzarla, claro.

Estos pensamientos la distraían. Cada vez dedicaba más horas a reflexionar sobre lo que escribía y menos a redactar. Le costaba concentrarse. Pensaba mucho en Él, en qué opinaba sobre sus ideas. Daba la impresión de que todo le molestaba... Día a día

 

ocupaba más y más espacio a su alrededor, pero le hacía sufrir.

¿Por qué se mostraba distante? Ella le había abierto su corazón y Él seguía cerrándose, inaccesible. A veces creía que la ahogaba con la mirada. ¡Qué tontería! Se ponía tan guapo cuando la mira- ba así... Pero estaba empezando a darle miedo.


7. EL FINAL


En un último acto de aterrado valor, Ella le golpeó en la mano con todas sus fuerzas. La pistola cayó al suelo y rebotó con un ruido extraño. Él la miró y dijo con sorna mientras sacaba una navaja:

—Ésa era de mentira, pero ésta es de verdad...

Ella no tuvo ánimo para gritar. La primera puñalada le entró por el costado y el golpe fue despiadado y violento. La dejó sin respiración. Trató de defenderse, pero lo único que consiguió fue que cuatro o cinco cuchilladas le atravesaran los brazos en vez del cuerpo.

Cuando Él se detuvo, hacía rato que Ella había muerto. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero estaba cubierto de san- gre. Todo estaba rojo y viscoso: suelo, paredes, techo, muebles... Ella no era más que un despojo retorcido sobre el suelo. Se había sentido bien mientras la apuñalaba. Muy bien. Pletórico. Nunca había experimentado nada igual. Atravesar la carne y los huesos hasta que se partió la hoja y seguir aplastándola a puñetazo lim- pio, después... Ningún pensamiento le distrajo, nunca había esta- do tan concentrado. Alerta. Acción sin remordimiento ni culpa, puramente animal.

Luego sí volvieron a acosarle sus pensamientos. Tarde ya.


8. EL PRINCIPIO


Qué había hecho... Decenas de cuadernos, cientos de ideas ga- rabateadas en hojas sueltas... Y el ordenador, lleno de textos, de pensamientos magníficos. Maravillosos como Ella.

En qué estaba pensando... Se creía un héroe, un dios. Un mier- da, joder. Tener cojones para matar a una mujer, ¡vaya mérito! Y

 

justo a Ella. En qué hostias estaba pensando, con la cantidad de hijoputas que había por todas partes y la había matado precisa- mente a Ella. Aquella mujer podía cambiarlo todo y él la había matado.

Se ahogaba, lo había hecho todo al revés. A la mierda. Miró ha- cia la ventana y se tiró de cabeza. A tomar por culo todo. Rebotó y cayó hacia atrás, el impacto no había tenido la fuerza suficiente como para atravesar un cristal doble. El cuello le dolía el copón y la puta frente sangraba a chorros. Joder, ni suicidarse sabía... Se vio reflejado en el cristal y le atacó una risa salvaje. Ridículo, un mierda ridículo que lo más notorio que había hecho en la vida era cargarse a una persona de verdad, a un ángel. Le fallaron las piernas, cayó al suelo y lloró.

Se despertó en el suelo, con la cara pringosa de sangre y lá- grimas. Le dolía la cabeza y tenía el cuello rígido y doblado en una postura extraña. Aun así se sentía mejor. Había cometido un error enorme, irreparable; aunque no sería en balde. Había esta- do confundido, harto. Quería vengarse, quería hacer algo grande. Quería… ser grande. ¿Por qué tenía que ser pequeño? Cualquier cagón era capaz de matar a alguien importante, él acababa de de- mostrarlo; pero podía hacer más. Tendría su oportunidad.

Nadie se había dado cuenta todavía, poca gente había leído todo aquello. Él se encargaría... Ya había empezado: la había matado. Aprovecharía “el morbo”. Esa expresión usaban en la tele. El morbo... la curiosidad enfermiza por algo malsano. De ese ansia despreciable saldría algo bueno, gigantesco. Grandioso, enorme como Ella. La sociedad estaba podrida, pero Ella traería otra mejor. Él se ocuparía de difundir sus ideas.

Mientras el ordenador arrancaba, comenzó a revolver el piso: encontraría todos los textos de Ella. No se dejaría ni uno. Les daría forma, unidad; una estructura. Los agruparía en un libro, “El libro de Ella”. El mundo entero tenía que leer su obra. Todos querrían conocer lo que había escrito aquella mujer tan salvaje- mente maltratada, incluso después de muerta.

El primer fragmento lo mandaría al Uruguay. Le gustaría visitar aquel país. Toda Sudamérica, en general. Nunca supo por qué. Pudiera ser... Qué idiotez. Algo le decía que el legado de Ella

 

florecería al otro lado del océano. Primero, Uruguay. Luego, más trozos de Ella recorriendo el globo entero. Extendiendo su pre- cioso mensaje. Un pedazo de cuerpo, junto con un fragmento de obra; la mejor campaña de lanzamiento editorial jamás realizada, para las ideas más importantes de la historia. Él podría haber sido un buen publicista, sí.

 



I. LATINOLIBRES ELL@S

 

0. PRIMER SUEÑO DE LA GITANA

(DESPUNTABA EN MORALUCÍA)


Sentía el colchón bajo la espalda y oía roncar al merluzo tripudo

de su marido, así que dormía; pero esto no le parecía un sueño.

¡Si ella no soñaba nunca! ¿Qué eran todos esos colores revueltos?

¿Y esas formas extrañas? No distinguía nada.

Intentó girarse para soltar un manotazo al agüelo, a ver si así desaparecían las luces. El brazo se soltó, la mano cayó y ella detrás. Sobre la hierba. ¿Hierba allí? Rió con ganas y disfrutó del frescor que notaba bajo sus pies. Entonces los vio. Un enloquecido oso rojo disputaba el cadáver de un cervatillo a una enorme águila de color azul. Había poco que roer en el despojo putrefacto, pero los animales luchaban con fiereza y desesperación. Un viejo chacal aprovechaba las sobras que salían despedidas de vez en cuando.

Ella les gritó. Iban a hacerse daño. Ellos la ignoraron. Lo mis- mo que al cortacésped gigante que se movía directo hacia las alimañanas. No se alimentaba de hierba. La máquina amarilla quería carne. Y no se conformó con la de los animales salvajes, que trituró salpicando sangre y vísceras. La quería también a ella. El alarido que soltó la gitana despertó a Pedrico, que dormía en la habitación de al lado. Incluso los Dosermanos rezongaron alguna maldición desde el piso inferior. El tarugo de su marido, eso sí, seguía durmiendo como una piedra. Ella se levantó y miró

por la ventana. El sol despuntaba en Moralucía.

1. EL DÍA DE ELLA (LLEVARLAS A LA PRÁCTICA)

—“El Día de Ella es el día de tod@s1”.

—“Tod@s l@s que quieran, participan”.

—“Tod@s l@s que participan, deciden”.

La cantinela seguía enumerando los Principios de Ella con un retintín infantil. De sobra los conocían los latinolibres, a fuerza


1 Pronunciado como “todes”. El símbolo “arroba” ha pasado al espanglés subame- ricano con el sonido “e”, considerado de “género neutro”, para designar a todas las tendencias sexuales humanas indistintamente. En espanglés internacional, el masculi- no sigue englobando al femenino, igual que en españés antiguo.

 

de repetirlos. ¿Sonaban a propaganda precontinental? Puede que sí. ¿Eran demasiado simples? ¿Ingenuos incluso? Probablemen- te, sí; pero les habían ayudado a progresar. Y...

—“Recordar ayuda a no olvidar”.

A Takunella le gustaba este Principio. Era gracioso, hacía reír. Claro, si se recuerda no se olvida... y le daba la risa.

Su proferella le reñía con la vista. Un poco, lo suficiente para cortar la risita antes de que surgiera y evitar que se contagiara a los demás niños. Ella también sonreía con algunos Principios, de puro inocentes. “Utópicos”, se decía antes. Antes, porque la experiencia había demostrado la fuerza de las ideas que había detrás de aquellos ingenuos textos. Y la utilidad de resumirlos en unas pocas frases sencillas y fáciles de recordar, los Principios de Ella.

—“Algo es utópico hasta que se hace real”.

—“Lo sencillo funciona mejor”.

La retahíla seguía, aunque se notaba que los alumnos estaban inquietos esta mañana. Empezaban a moverse y a mirar por las ventanas. El Día de Ella era festivo, cómo no iba a serlo. Comenzaba recordando a Ella. En la escuela, solían recitar los Principios. Los sabían de memoria y estaban deseando salir a disfrutar cuanto antes. La proferella se dijo que más valía ir aca- bando...

—A ver, chic@s, que no cunda el pánico, nos vamos bien rápi- do. ¿Alguien sabe cuántos Principios quedan por recitar?

Silencio, desconcierto y caras de asombro... Si hoy es fiesta, ¡no

hay clase! ¿Preguntas? ¿El Día de Ella?

—Si alguien contesta, salimos tod@s ya.

—¡Diez!

—¡Trece!

—¡Ocho!

—¡Chopecientos!

—¡Pochentamil!

Andrel y Takunella empezaban con sus bromas, vaya pareja de dos... Barullo y jolgorio general. Toda la clase empezó a impro- visar cifras en voz alta y a gesticular. Los más movidos saltaban sobre sus sillas, los números surgían sin ton ni son.

 

La proferella sonreía. “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”, pensó. Le gustaban los viejos refranes. Esperó unos se- gundos para que la clase se desfogara. Entonces empezó a utili- zar el lenguaje corporal para terminar de calmarles. Sonrisa sua- ve, palmas de las manos hacia abajo...

Los más empáticos captaron el mensaje al vuelo, se relajaron y el ruido fue cesando. La clase era suya otra vez. Habló en voz baja, para provocar interés. Si no callaban todos sería imposible oírla, así que se apagaron los últimos cuchicheos.

—A ver, no se trata de decir números al buen tuntún hasta que algun@ acierte por casualidad. Y menos todavía de inventar nú- meros nuevos. Las cosas hay que pensarlas. Tod@s sabéis sumar y restar. Conocéis los Principios de memoria. ¿Cómo podemos calcular cuántos quedan por recitar? Sabemos en cuál nos hemos quedado, sabemos cuántos son en total...

La respuesta resonó clara y firme en el aula y las miradas se dirigieron a Esperella. Unas, admiradas. Otras, celosas. Casi todas curiosas y sorprendidas. ¿Qué había hecho? Los más espabilados habían descubierto cómo resolver la pregunta, pero casi ninguno había podido ni siquiera empezar los cálculos. A Pablel le había pi- llado a medias, su compañero de pupitre acababa de poner la poli- tarjeta en modo calculadora... Más de uno aún intentaba seguir en su cabeza el razonamiento de la proferella. “Somos igual de dife- rentes”, Ella lo había escrito tiempo atrás. En la lejana época que le tocó vivir se buscaba justo lo contrario, igualar todo. A todos.

—¡Muy bien, Esperella! A ver, explícanos cómo has descubier- to la respuesta y con eso nos vamos: pensar tiene premio, es muy importante que reflexionéis. “Hay que cuestionarse las cosas”, decía Ella; aunque le daba un sentido distinto. Otro día hablare- mos sobre eso en clase. Tenéis el privilegio de participar y decidir, porque sois libres. Y para ser libres deberéis ser capaces de pen- sar. Adelante Esperella.

Con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas, Esperella co- menzó a explicarse, después de dirigir una miradita de reojo a Pablel, que la miraba atentamente.

—Muy fácil, hay que restar: el número total de Principios, me- nos los que habíamos recitado y sabemos los que nos quedan.

 

—Perfecto. ¡Hala, todos a la calle gracias a Esperella! A disfru- tar...

El alboroto fue general, aunque breve. Para cuando la profe- rella quiso darse cuenta, casi toda la clase había salido en estam- pida. “Cada uno con su cada una”, le gustaba pensar. “Hay que premiar a los mejores. Es justo y beneficia a todos”, escribía Ella. Ideas simples, sí; pero no fáciles. Si eran tan sencillas, ¿por qué costaba tanto llevarlas a la práctica?


2. LA LLAMADA (QUE SE LO RECORDARA)


Mientras la clase se vaciaba, la proferella recogía sus bártulos y miraba con una sonrisa a los rezagados. No es que tuvieran me- nos ganas de salir que los demás, estaban de servicio: responsable de ventanas, responsable de orden, responsable de luces, respon- sable de cierre...

“El concepto clave es la responsabilidad”, escribía Ella. Res- ponsabilidad y servicio. Por eso había fracasado la democracia. Los poderosos olvidaban pronto que eran servidores públicos...

—Señorita...

... se creían gobernantes. Seres por encima del bien y del mal. Una clase aparte, por encima del resto. Lo malo es que había llegado a ser cierto.

—Señorita...

—Ay, perdona Pedrel. Estaba distraída, dime.

—Ya podemos cerrar, aula conforme.

—¿Incidencias?

—Cosillas sin importancia, yo me encargo mañana. Algún olvi- do, como queríamos salir pronto...

Ella sonrió. Le conmovía la seriedad con la que los niños asu- mían el servicio social. Este chico en particular tenía cualidades para llegar a ser un buen participante. Había detectado algún fallo en sus compañeros, pero no quería implicar a la proferella. Era noble por su parte no informar, no “chivarse”. Asumía su papel y se comprometía a tomar las medidas oportunas para corregir el error. Algún libro fuera de su sitio, persianas sin bajar... Los des- pistados se quedarían un día extra como responsables de cierre.

 

—Muy bien. Tú te encargas. Puedes irte ya, yo voy enseguida.

—No me importa esperar, proferella.

—Ya lo sé, Pedrel. Tengo que hacer una llamada, hasta mañana. El chico se despidió algo chafado, pero debió recuperarse en medio segundo porque la proferella ya lo oía cantando y dando zapatazos por las escaleras. Seguían siendo niños, sin embargo algún día serían adultos responsables. Muchos, quizá la mayoría,

demócratas participantes. Gracias a Ella.

Gabriel no lo era, pero a su proferella no le importaba. Su amante era libre para escoger y tenía sus razones. “Creo que lo voluntario no debe ser obligatorio y que el trabajo hay que pa- garlo”, solía decir él, medio en serio, medio en broma. En su línea. “Si eso me impide decidir, lo asumo”. Ella, sonriendo al recordarle, cogió la politarjeta y le llamó. La conexión personal aparecía desactivada, el dispositivo automático probó con la pro- fesional. Ahora sí. Sonido sin imagen: algo pasaba.

—Hola.

—Vaya, chico. Qué ímpetu, cuidado no vaya a darte un tirón...

Pensaba que te alegrarías.

—Perdona, tenemos tajo entre manos. Estoy reunido.

—¿Hoy? Venga, Gabriel. Hoy no trabaja nadie, ni siquiera un

descreído como tú.

El tono de voz de la proferella quería ser despreocupado, pero se había quedado en la intención. Si en el departamento de Ga- briel “tenían tajo”, no era buena señal.

—Espera. Te llamo yo.

Gabriel cortó la comunicación y la proferella dejó la politarjeta boca arriba sobre la mesa. Esperó. Casi al instante, el dispositivo vibró, proyectando un mini holograma. El rostro de Gabriel.

—No sé si nos podremos ver hoy.

—¡Pero, hombre! No es sólo el Día de Ella. Es el nuestro. Tan grave no será...

La imagen digital era seria y no replicaba. Ella insistió.

—Por lo menos comeremos junt@s, ¿no?

—Intentaré escaparme.

—¿Escaparte? Pues sí que estamos bien... ¿Tan serio es? ¿No hay alguien del turno de servicio para reemplazarte?

 

—Sabes que no. Soy un profesional y no participo. Carezco de privilegios.

—Porque quieres. ¿Ves de qué te sirve esa manía tuya de llevar la contraria? Si participaras, otr@ podría sustituirte.

—Por favor, no empecemos. Sabes que no es una manía sino una convicción. Lo hemos hablado muchas veces. No volva- mos... Mira, si quieres hacemos lo siguiente. Ven tú. Si me recla- ma una proferella, será más fácil que pueda escaquearme. Iremos a comer un bocado.

Ella guardó silencio. Se sintió decepcionada, pero así eran las cosas. Contaban con Gabriel a causa de su valía. Por eso a la proferella le repudría que perdiera oportunidades. Le lloverían si participara… Resignación. Él era libre, tenía sus convicciones y la proferella también le quería por eso. Era parte de su atractivo, sin embargo le haría pagar un poquito su tozudez.

—Está bien. Luego voy si me dices qué pasa, Gabriel.

—Sabes que no debo.

—Y tú sabes que puedo enterarme por otra vía...

La amenaza de la proferella surtió efecto. El rostro holográfico

de Gabriel se tensó ligeramente. Al punto, se relajó y sonrió.

—Qué puñetera eres. Pasa lo de siempre, ya sabes; aunque pue- de que esta vez sea lo de siempre al cuadrado. Y punto. Corto y cierro.

La imagen desapareció. “Corto y cierro”, Gabriel le devolvía la pulla. Ella utilizaba ese antiguo modismo si quería dar por zanja- da una discusión. Y luego se hacía la despistada, como si no oye- ra. Bromas cómplices, sí; sin embargo él sabía que su proferella tenía otra persona a quien recurrir para enterarse. Y no le había dejado indiferente que se lo recordara...


3. REUNIÓN URGENTE (EN HONOR DE ELLA)


—¿Podrá hacerlo?

—Es resolutivo. Si hay alguien capaz, ése es Gabriel.

—¿Pero cómo?

—¿No está solo, no? De eso se trata. Si hemos llegado hasta aquí es porque trabajamos junt@s, Ella nos lo enseñó.

 

Sonrisas condescendientes asomaron en las comisuras de los labios más añosos. No todos tenían la misma fe, aunque coinci- dieran en la aplicación de los Principios: se trataba de hacer, más que de creer. Por eso habían sobrevivido.

La puerta se abrió y entró Gabriel.

—¿Podemos seguir ya?

El tono del anciano sonaba a pregunta, luego era una orden. Y tajante, no habría más interrupciones. Gabriel se sentó y escu- chó, igual que los demás.

—Bien. Entraremos en detalles en su momento. Voy a termi- nar, para que tod@s podamos disfrutar hoy. Quién sabe durante cuánto tiempo podremos tomarnos estos lujos... Sigamos. El he- cho es que tienen algo. Lo que tanto han estado buscando se lo ha dado una colegiala de 13 años. No sé si me dan ganas de reír o de llorar, parece de broma... Organizan concursos escolares, ya sabéis. El que ha ganado esta chiquilla planteaba un reto: qué ha- cer para salvar a la humanidad si en la tierra caía un meteorito gi- gante. Lo peor de est@s fanátic@s es que no son tont@s. Saben cómo aprovechar la creatividad de sus hij@s antes de aplastarla mediante doctrinas...

El anciano se detuvo y bebió un sorbo de agua. No era sed sino resentimiento lo que secaba su garganta. Había luchado toda la vida contra los neorreligionarios. Que fuera viejo no era motivo para darse por vencido, a la porra con la jubileación.

Continuó. Explicó los detalles y las implicaciones de la situa- ción a lo largo de unos minutos. Las caras que veía ante sí oscila- ban entre la incredulidad y la preocupación.

—En resumen. La niña ha propuesto una nave sin motor ni combustible: captaría la energía del propio espacio mediante un novedoso propulsor. Veréis los detalles en el documento. Le lla- man “embudo energético”. El caso es que puede ser viable y es@s cabron@s están empeñados en llevarlo a cabo. Tendrán su propia arca de Noé espacial que les lleve de paseo por las estrellas hasta encontrar un planeta a su medida.

Nadie decía nada. No sabían si les sorprendía más la noticia o haber oído decir una palabrota al anciano. Un examen superficial sugería que las circunstancias eran favorables. Si se marchaban,

 

se irían los más peligrosos; los más impredecibles. El resto, mal que bien, podría seguir conviviendo, aunque fuera en un delicado equilibrio. El planeta era grande: los rusopos estaban contentos con sus eficientes esclavos del oeste y los soleados Parques Te- máticos del sur. Corpamérica seguía orgullosa de su sistema de producto-consumidores y progresaba junto a sus aliados latinoli- bres del Uruguay Participativo, último territorio habitado de Ibe- roamérica. Y Chinasia... bueno, esos eran caso aparte.

En definitiva, los bloques estaban más o menos parejos. Se te- mían lo suficiente entre sí. Y los Tratados de Intercambio seguían vigentes. O al menos conservaban el nombre, el sincero espíritu de colaboración que tuvieron en un principio se había perdido hacía mucho. Bien lo sabían los latinos.

Tratados aparte, el peligro principal estaba en los neorreligio- narios: eran excluyentes. A su modo o de ninguno. Por eso no se conformarían con marcharse, no querrían dejar nada detrás.

—No van a caber tod@s. Y son capaces de encargar a l@s que se queden, una destrucción completa y definitiva. Tienen carre- tones llenos de gente deseando matarse para ir derechitos al cielo. Gabriel había dado en el clavo de nuevo. El anciano sonrió por primera vez en toda la reunión. Le caía bien aquel joven. Creía que desperdiciaba su talento al no participar. Él también fue jo-

ven una vez y cometió sus propios errores. Suspiró, asintiendo.

—Tienes razón, eso pasará. Lo primero es averiguar cuánto tiempo tenemos para impedirlo. La clave es el método de im- pulsión, el embudo. El arca no tienen más que cogerla, ya saben dónde está.

Un mensaje de intercomunicación restringida apareció en la politarjeta del anciano: “una proferella reclama al profesional Gabriel”. Alzó los brazos con resignación, adoptando el tono formal con el que le gustaba cerrar las reuniones.

—Bien, nuestro donjuán es reclamado de nuevo por su doña Inés. El Día de Ella es el día de tod@s, demos por terminada la reunión. En sus politarjetas, en memoria restringida, se car- garán los informes disponibles hasta la fecha. Estúdienlos. Se- rán convocad@s de nuevo en breve. Enfocaremos esto como Ella nos enseñó. Tenemos el problema. Tráiganme soluciones.

 

Gabriel, quédese usted un momento. Que alguien avise a la pro- ferella de que saldrá en breve.

—Yo me encargo.

Gabriel y la mujer que había hablado cruzaron una mirada. To- dos los presentes sabían por qué. El anciano dio las gracias a Emerella. La sala fue quedándose vacía. Salió la última persona, el anciano se levantó y se acercó a Gabriel.

—Me parece que tú ya tienes una solución...

Gabriel le devolvió la mirada, esperó antes de contestar. El an- ciano era un viejo zorro. Le hacía una pregunta, pero quería que le respondiera a otra.

—Es posible, aunque yo no sé si la llamaría así. Y lo que me parece a mí es que no es una solución lo que busca usted.

El anciano rió con su peculiar estilo nasal, sin abrir la boca. De nuevo atinaba aquel joven, no se había equivocado al juzgarle. Y seguía tratándole de usted...

—¿Qué busco entonces? “Soluciones” he pedido...

—Si lo tratamos como un problema, no tiene solución. Se pue- de poner un parche, que es lo que solemos hacer. Usted lo sabe, lleva así medio siglo.

No era un reproche, sino una mera constatación de la verdad. El anciano no se sintió ofendido, pensaba lo mismo que Gabriel. Toda una vida parcheando un colador…

—Continúa, Gabriel.

—¿Por qué no se ha quedado nadie más?

—L@s demás se ocupan de buscar soluciones. De ti espero una alternativa. Quiero oírte decir lo que los dos estamos pen- sando. Manías de viejo, ¿sabes?

Gabriel suspiró.

—Está bien. Esto no es un problema, sino una oportunidad. Y la frasecita no se recoge en los Principios de Ella sino en los antiguos manuales de marketing, esos que tanto les gustan a nuestr@s querid@s amig@s corpamerican@s.

El anciano resopló sonriendo.

—¿Ves por qué te has quedado tú y no otra persona? L@s participantes a veces están demasiado cegad@s por la ortodo- xia. L@s mer@s profesionales tenéis mejor disposición para la

 

crítica y la visión alternativa. Y vuestra situación social de renun- cia demuestra, en tu caso al menos, valor para ir contracorriente; no pereza o incapacidad. Tranquilo, no te soltaré ningún discursi- to sobre la participación. Quién sabe si seguirá teniendo sentido de aquí en adelante.

Éste último comentario puso en alerta a Gabriel. El anciano había ido de nuevo más lejos que el resto. Mucho más lejos esta vez. Lo malo es que empezaba a temer que él había llegado a una conclusión idéntica. Se mantuvo callado.

—Bien, Gabriel. Nos veremos en la próxima reunión. No te preocupes, no voy a pedirte que asumas la responsabilidad. Yo propondré la alternativa, tengo más peso. Tú serás quien la lleve a cabo, vete haciéndote a la idea. Sal y pásalo bien con tu proferella antes de que alguien se te adelante.

No hacía falta que se lo recordaran... Gabriel se apresuró. Mientras salía oyó que el anciano seguía hablando. No supo si se dirigía a él o hablaba para sí mismo.

—Lo que vamos a hacer es lo único que puede hacerse si que- remos que, en alguna parte, sigan celebrándose fiestas en honor de Ella.


4. LA RIVAL (HABÍA QUE DISFRUTARLO)

Gabriel bajó saltando por las escaleras. Le recordaba la niñez. De una en una, de dos en dos, deslizando los zapatos, saltando sobre la barandilla de un tramo al siguiente... Cambiaba de técnica, era divertido y le mantenía ágil. A veces era importante ser ligero de pies.

Con un ruidoso salto final llegó al vestíbulo. Dos mujeres le miraban con fijeza, no sólo por el estruendo que había armado al bajar. Le esperaban.

—Parece mentira, Gabriel. Igual que un niño...

—Ya sabes, profe. Así son los hombres.

Gabriel se tomó un momento antes de decir nada. Besó pri- mero a su proferella, mientras miraba de reojo a la otra mujer. Emerella le sostuvo la mirada con firmeza.

—Te has salido con la tuya, ¿no “profe”? Podemos irnos.

 

—¿Vamos l@s tres?

La proferella se dirigía a Gabriel, pero se volvió mirando a Emerella. Gabriel no dijo nada, su cara de vinagre era suficiente respuesta.

Emerella sonrió y se despidió con un gesto mientras su pro- ferella y Gabriel salían. Les observó hasta que la politarjeta le sobresaltó. Vibraba. Una imagen bidimensional del anciano le habló.

—Veo que sigues aquí. Sube un momento Emerella, por favor. No había tardado mucho. Gabriel se había quedado antes, aho- ra la llamaba a ella. El anciano movía sus fichas. Una nueva par- tida comenzaba... y a Emerella no se le escapaba que ésta sería

de las buenas.

La puerta estaba abierta. Entró sin llamar.

—Cierra y pasa, por favor. Tengo trabajo para ti.

—¿Con Gabriel?

El anciano sonrió con la mirada. Aquellos dos eran tal para cual. Dos buenas piezas, cada una en su estilo.

—A vosotr@s dos no os hace falta compañía. Al menos para trabajar, ¿no?

Ahora fue Emerella la que sonrió, pero no con los ojos. Tragó el sapo y dejó que hablara el anciano.

—Gabriel tiene su misión y tú vas a tener la tuya. Las dos son vitales, necesito concentración en ambas. Nada de rivalidades personales. No en el trabajo.

Emerella asintió.

—Bien. Seré breve. Éste es un día festivo y también un viejo tiene derecho a una pizca de diversión. Y lo mismo vale para ti. Aprovecha el día, mañana sales de viaje. Vas a subir al Péndulo.

Emerella miró al anciano y asintió. No sería tan despierta como Gabriel, pero sabía sumar dos más dos.


***

—Bueno, ¿no tienes nada que decirme?

Gabriel miró a su proferella y sonrió. Le gustaba llevarla del talle y sentir cerca sus ondulantes muslos.

—Hoy estás particularmente guapaguá-paguapaguapa.

 

—¡Vete a la porra!

La proferella le empujó con la cadera y él la asió con más fuerza. La atrajo hacia sí para besarla.

—No está mal, Gabriel; pero sigo esperando una respuesta...

Gabriel la miró y sonrió levantando una ceja. Su proferella no iba a rendirse...

—¿Y tus otras fuentes? ¿De qué hablabas antes con Emerella?

—Bueno, ya me enteraré. Vamos a comer, venga.

Gabriel se extrañó. Se había puesto seria de repente. Estaba pálida y le arrastró hacia delante. Él se volvió y encontró la razón de tanta prisa. Un Comisario de Intercambio corpamericano no les quitaba ojo. Gabriel torció el gesto y notó cómo se le cerraba la boca del estómago. Sintió ganas de volverse y amasarle la cara a aquella congestionada mole, embutida dentro del absurdo uni- forme tricolor. Rojo Rusopa, azul Corpamérica, amarillo China- sia. Un color por cada bloque. Un Comisario por cada distrito: el poder, siempre dispuesto a intercambiar nuevos talentos.

La proferella insistió con más fuerza y Gabriel se dejó llevar. La pareja continuó su camino, mientras el Comisario desaparecía a lo lejos. Ya no hablaron más de trabajo. La visión de aquel per- sonaje les hizo recordar que “cualquier día podía ser el único”, como decía Ella. Había que disfrutarlo como si fuera el último.


5. UNA ESTRATEGIA

(DESVARÍOS INTERPLANETARIOS)

—Bien, estamos tod@s.

Gabriel miró alrededor con cierta extrañeza. Veía las mismas caras que en la reunión anterior, salvo una. El anciano continuó, no se le pasaba una.

—Emerella ha salido, Gabriel. Ya está trabajando en esto. Es hora de que nosotr@s empecemos. Han estudiado los documen- tos. Les pedí soluciones, adelante.

Uno a uno, por riguroso turno, los asistentes aportaron opinio- nes, matices, planes más o menos detallados. Expusieron dudas, rebatieron argumentos. Se sugerían alianzas, sabotajes, incursio- nes... Ideas más o menos descabelladas, mejor o peor planifica-

 

das. A ratos, el anciano y Gabriel intercambiaban algún gesto apenas perceptible. La reunión marchaba, pero no avanzaba ha- cia donde debía.

—Gabriel no ha abierto la boca. Se le requirió en calidad de profesional capacitado para llevar a cabo acciones resolutivas. Podría escoger alguna de las propuestas que hemos debatido. Al fin y al cabo, será él quien realice el trabajo, ¿no?

El anciano atravesó con la mirada al Alto Participante que ha- bía hablado. Era evidente que estaban nerviosos y cansados. Ha- bía llegado la hora.

—Gabriel no ha dicho nada, porque no tiene nada que decir de momento. A él no se le pidieron soluciones sino alternativas. Tiene una, la misma en la que pienso yo. En verdad es la única posibilidad que tenemos.

Al final el anciano se destapaba. Como en otras ocasiones tenía un plan previsto, pero antes había querido escuchar a los de- más. En parte estaban aliviados. Quizá se descargaran de la res- ponsabilidad de decidir, sí; aunque el tono categórico que había empleado no era una buena señal. ¿Qué se le habría ocurrido al viejo?

—Llevamos años luchando por sobrevivir. No sólo nosotr@s, l@s latin@libres. Tod@s: corpamerican@s, rusop@s y chinasi@s. Sabemos que el desastre está a la vuelta de la esquina. Confiamos en los dispositivos de control y anulación, sí. ¿Hasta cuándo? Han de fallar algún día, seguro. Y no debemos olvidar que hay un con- tinente entero lleno de iluminad@s dispuestos a precipitar el fin. Sólo es cuestión de ponerle fecha.

Lo sabían. Hasta aquí, nada nuevo. Los enormes arsenales des- perdigados por todas partes estaban controlados. Los inhibidores y muchos otros ingenios post-tecnológicos hacían virtualmente imposible una guerra a gran escala. El peligro era el potencial destructivo en sí, sobre todo la abundancia de proto-armamen- to. Para las armas antiguas no se había encontrado remedio. Era imposible eliminar tal cantidad de substancias letales: material radioactivo, armas químicas y biológicas  No se podrían lanzar

los cohetes, pero su carga seguía siendo mortal. El mero hecho de abrir uno de los enormes depósitos podía tener consecuencias

 

globales. Si uno de los bloques decidía suicidarse activando su ar- mamento, acabaría con la vida en el planeta entero. Si un sistema de seguridad fallaba, si ocurría una catástrofe natural en un lugar poco apropiado, si algún fanático conseguía llegar donde no de- bía... Demasiados síes.

África, el territorio al que habían sido desterrados los neorreli- gionarios, era el único que no disponía de grandes arsenales; aun- que sus habitantes trabajaban para remediar tal carencia. Antes o después estarían en condiciones de producir sus propias armas y provocar un cataclismo. Entre tanto, en paralelo, intentaban acceder con tenacidad e insistencia a los almacenes repartidos por otros continentes. No habían conseguido entrar en ninguno. Todavía. La seguridad era buena, sí; pero como decía el anciano, lo lograrían algún día.

—Si consiguen fabricar el propulsor, van a estar en condiciones de escapar. No tod@s, claro, en el Péndulo no cabe África. Sólo l@s escogid@s. Descendientes del Neoprofeta, sus familias... l@s de costumbre. Personalmente estoy convencido de que si no nos han freído ya es porque no lo han intentado de veras. No tengo evidencias que lo respalden, lo sé; pero creo que hay más fe en l@s desgraciad@s suicidas que intentan activar los arsenales, que en sus líderes. Sus sacerdotes viven demasiado bien como para querer... inmolarse. Así les gusta llamarlo. Les envían a morir, nada más. Para tenerles entretenidos, sin hacer preguntas incómodas.

Varios de los asistentes asintieron. No hacía falta mirar a los neorreligionarios para ver algo parecido. Incluso entre los latinos libres, los dirigentes tenían sus privilegios. Nadie dijo nada al res- pecto, en cualquier caso.

—Con esta novedad, el estado de las cosas puede cambiar. Su clase dominante no será tan fanática como para matarse, pero sí está lo suficientemente loca para plantearse... emigrar. Llamé- moslo de esa manera. Eso sí, emigrar después de haber dejado sentenciad@s a l@s que se queden. Acabad@s. De una forma u otra.

Gabriel se inclinó unos centímetros hacia delante. El anciano había terminado la introducción fiel a su estilo. Ahora se prepa- raba para soltar la bomba.

 

—Bien. Se acabó el tiempo de buscar soluciones. Ya vale de apagar fuegos. No nos enfrentamos a un problema, sino a una oportunidad.

“¡Apunten...”, se dijo Gabriel.

—¿Quieren fabricar un propulsor? Que lo hagan. ¿Quieren destruir la Tierra? Eso va a suceder en un momento u otro, lo hagan ell@s o no.

“...fuego!”.

—¿Qué propongo? Seamos nosotr@s quienes vayamos en el arca. L@s uruguay@s. Creemos un nuevo mundo, el mundo de Ella. Basado en la justicia, participativo. Empecemos de cero. Sin fanátic@s, sin opresor@s. Libres.

“Bum”. Gabriel volvió a recostarse en la silla y disfrutó del espectáculo. Silencio absoluto y mandíbulas abiertas. Parpadeos nerviosos. Palidez. Casi podían leerse los pensamientos que ha- bía detrás de aquellos rostros patidifusos: “el anciano se ha vuel- to loco”, “madre mía”, “por el amor de Ella”. A Gabriel se le es- capó una sonrisa al ver un par de caras especialmente pasmadas: cero patatero, encefalograma plano. El anciano había fundido los plomos a más de uno...

—Gabriel, veo que sonríes. Antes pedían que contribuyeras a la reunión. Ha llegado tu turno.

Vaya, cazado como un colegial en la inopia. Aquel hombre te- nía la habilidad de pillarle desprevenido a uno. El ángel silencioso había pasado y Gabriel se había convertido en el punto caliente. Todos los ojos le miraban.

—Bueno... Somos un territorio pequeño, pero nosotr@s tampoco vamos a caber tod@s en ninguna nave espacial, por grande que sea. Además, l@s neorreligionari@s tendrán que fabricar el propulsor primero, ¿no? ¿Y cómo van a su- birlo allá arriba? ¿Cómo van a llegar al Péndulo? Y en el caso de que lleguen, ¿está en condiciones de utilizarse? Agua, co- mida, equipos... Y la expedición, ¿hacia dónde? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Años? ¿Milenios? Además, Uruguay no está solo. Si nosotr@s estamos al tanto, habrá que ver qué piensan en otros continentes o qué están haciendo, mientras hablamos.

 

Varios rostros se relajaron ostensiblemente. Ver cómo la pro- puesta del anciano planteaba tantas dudas (y tan complejas), les alivió. Era descabellado… El abuelo estaba pidiendo que le ju- bilearan. Y había gente mucho más poderosa que los latinolibres para solucionar el embrollo sin necesidad de llegar a tales extra- vagancias astronáuticas.

—Si hay preguntas, significa que hay respuestas. Vamos a organi- zar un grupo de trabajo para estudiar este desafío en profundidad y desde varios ángulos. Por un lado, usaremos los medios habituales de Inteligencia para conocer los progresos de l@s neorreligionari@s: Gabriel, vete haciendo las maletas, se te informará en tu domici- lio. Por otro, vamos a suponer que ya hemos llegado a un planeta habitable. Quiero saber qué ha hecho falta para conseguirlo. De esta hipótesis inversa saldrá un plan operativo. Reunión finalizada. L@s participant@s de grado treinta y superior que se queden, por favor. El resto, profesionales incluidos, a la sala adjunta. A trabajar. Lo primero que quiero son plazos de entrega. Si no los tengo esta misma mañana, los pondré yo. Gracias a tod@s.

Genio y figura. Los que pensaban que al anciano se le empe- zaban a aflojar los tornillos veían cómo les apretaba las clavijas una vez más. Gabriel abandonó el edificio preocupado. No por el trabajo que le tendría preparado “el jefe”, sino por la pregunta que había quedado por formular… y por responder: ¿quiénes irían en el arca?

Estaba claro: el asunto estaba en marcha. Si Emerella no estaba en la reunión era porque tenía un encargo entre manos. Y a él lo mandaban de misión. El anciano ya ejecutaba un plan, aun- que acabara de encargar otro. Había colocado a los peones en el tablero, ¿qué pasaba con las figuras? ¿Por qué habían seguido reunidos los Altos Participantes?

Las complejidades técnicas y “logísticas” se solventarían, no le cabía duda. Para eso estaban los profesionales y los participantes intermedios. Sacarían el trabajo adelante. La pregunta era a qué se dedicarían los grados superiores. Gabriel veía la respuesta con diáfana claridad: a elaborar una lista de pasajeros.

Bueno, que la prepararan. Las listas podían cambiarse, ya se ocuparía él si llegaba a hacer falta.

 

***

La última muda autoventilable entraba en la bolsa de equipaje cuando la politarjeta le reclamó. Conexión acústica restringida. Acercó el aparato a su oído y resonó la voz del anciano.

—Hola, Gabriel. Vas a los Parques. Te mandan el dossier vía politarjeta. Debemos estar al tanto de los progresos africanos. Permanente y de primera mano.

—¿Y Emerella? ¿Revisando el Péndulo?

El anciano no respondió de inmediato. Gabriel creyó escuchar que reprimía una carcajada soplándola a través de la nariz. Eso era peligroso, a veces salía algo más que aire... La politarjeta vol- vió a emitir, borrando imágenes mentales desagradables.

—Veo que sigues en forma… Despierto como siempre, Ga- briel. Pensaba que preguntarías otra cosa.

—Suponía que iba a decírmela usted sin necesidad de preguntar. De nuevo una pausa. Sin resoplidos nasales esta vez, por for-

tuna.

—Está bien, Gabriel. Contigo no tiene sentido andarse con rodeos. Por eso es gente como tú o Emerella la que tiene derecho a empezar de nuevo.

Ahora fue Gabriel el que no dijo nada. El anciano aguardó unos segundos y se despidió.

—Suerte. Manda noticias pronto.

Gabriel se sentó sobre la bolsa sin darse cuenta, haciendo si- sear con violencia la ropa interior que había dentro. El anciano había sido todo lo claro que podía ser. Emerella y él “estaban en la lista”. No había mencionado a su proferella. Tendría que mantenerse alerta por si toda esta locura llegaba alguna vez a concretarse. De momento, no tenía sentido alarmarla con desva- ríos interplanetarios.

 



II. RUSOPA EN LOS PARQUES

 

0. SEGUNDO SUEÑO DE LA GITANA (POBRE OSICO)


Flores frescas. Auténticas. Olía a bosque por toda la habitación. Si ella vendía claveles artificiales, ¿cómo era posible? ¿Otro de esos sueños? ¿Qué le estaba pasando? Si ella nunca soñaba…

¿O sí?

De todos los colores, ahora las veía. Blancas, amarillas, rojas… No sabía que existieran tantas flores distintas. Se movían. No agitadas por el viento, no. ¡Andaban! Intentaban escapar de un hambriento osezno que las devoraba a grandes bocados, pero eran demasiado lentas para aquellas zarpas como rastrillos.

Empezaron a crecer espinas en los tiernos tallos. Al principio eran pequeñas y débiles, hasta que se transformaron en podero- sos puñales. Una margarita silvestre comenzó a trepar por la pata trasera del oso. Llegó hasta sus partes y ahí se enroscó como una serpiente, cada vez más apretada. Cada vez más erizada de espi- nas. El pobre animal corrió y corrió, pero no pudo librarse del abrazo. Sangraba sin parar, nunca tendría ositos.

En su carrera, derribó un árbol seco y desapareció. La gitana se fijó en el árbol. Había caído sobre el río, formando un puente. Las flores podían cruzar ahora al otro lado, hasta entonces una orilla desértica y yerma. Las flores crecieron y el páramo se con- virtió en un soto lleno de vida.

Un gruñido la despertó. No de oso sino de persona. Para qué iba a necesitar ella un reloj si ya tenía el pito de su marido, que levantaba a medio edificio cada dos horas…

—¡Agüelooooo, no tires de la cadenaaaaa, que vas a despertar a tol bloqueeee!

La gitana se levantó y miró los claveles de pega que vendía en la estación. Menuda porquería. Con lo bonitas que eran las flores de su sueño.

Pobre osico…


1. EL TRONO HUMANO (UNA Y OTRA VEZ)


Los latinolibres no viajaban mucho. Ni siquiera los participantes sociales de mayor rango. El transporte era caro y Uruguay no era

 

un territorio rico. En parte, por eso les dejaban tranquilos. En parte, pensaba con amarga sorna Gabriel. Entre tanto, estudiaba a sus compañeros de viaje conforme embarcaban. Costumbre y prevención: le habían enseñado a estar preparado.

En parte... Las ideas de Ella habían convertido a los uruguayos en personas valiosas. “Resolutivos”, era la expresión que utili- zaban los continentales para describirlos. Admiración mezclada con desprecio: resolutivos subamericanos... Sabían pensar. Su esmerada educación les permitía aportar soluciones y eran ca- paces de llevarlas a cabo. Resolver problemas les convertía en elementos valiosos. A ellos y a la organización polisocial que los forjaba así. Gabriel solía comentar con ironía que sobrevivían porque tenían un nicho de mercado propio. Gobernaban en su pequeño territorio y prestaban servicios a las grandes potencias continentales. Una vez a unos, otra vez a otros... En la práctica, a todos a la vez. Lograr el equilibro no era fácil, pero ellos esta- ban acostumbrados a salir adelante. A pesar de los intercambios, incluso: qué cara les hacían pagar su libertad, recordaba Gabriel. Corpamérica, por ejemplo, funcionaba a pleno rendimiento mediante aportaciones latinas. El transporte estaba repleto de corpamericanos. Un cargamento completo dispuesto a consumir sus bien ganadas vacaciones. Trabajaban en plan animal y disfru- taban a lo bestia, también. Gabriel era implacable en sus opinio- nes. “Radical”, le llamaba su proferella. Recordarla hizo que se relajara un poco. El barullo que armaban los otros viajeros hizo

que retomara el hilo de sus pensamientos.

Corpamérica había dejado de ser un Estado para convertirse en una agrupación de inmensas entidades mercantiles. Lo era, de hecho, desde mucho antes de la continentalización. Curioso, nunca lo había pensado: a su manera, allí también habían acaba- do con los políticos. Este pensamiento hizo que Gabriel sonriera ligeramente, lo que una maquilladísima corpamericana que le ob- servaba atentamente interpretó como una alentadora invitación. Devolvió al uruguayo la galantería con un parpadeo luminoso. La cosmética, siempre innovando…

Él la observó, a su vez. Había visto muchos corpamericanos y aún seguía sorprendiéndole su apariencia. Esos llamativos uni-

 

formes, sobre todo. La ascendencia racial, en cambio, no tenía un patrón definido en Corpamérica. Su pasado migratorio había conformado gran variedad de mezclas, que se diluían y confun- dían con el paso de los años: chinegros, hispindios, afranglos, blancospanos, polimulanglos, asiopeos... El catálogo era inabar- cable. Las hechuras, por el contrario, eran similares en casi todos ellos. “Eres lo que comes”, escribía Ella. Por eso los asientos del trasporte eran anchos, muy anchos. De la misma talla que la chica que le sonreía coqueta.

No era fea, seguro que tendría sus admiradores. A Gabriel le gustaban más estilizadas, con cintura a la que agarrarse, como la de su proferella. Sonrió complacido al rememorar el tacto de su fino talle, lo que provocó que el acompañante de la chica mirara también a Gabriel, aunque sin sonreír. El corpamericano hizo ademán de levantarse. Gente de mecha corta, estalla enseguida, pensó Gabriel; pero la mole se contuvo. Notó que el insolente era uno de esos subamericanos libres y había oído que sabían defenderse. Gabriel le estudió con detenimiento. Un tipo alto y robusto, no demasiado fofo. Hinchadito, eso sí: carne infla- da de gimnasio. Su uniforme corporativo reflejaba cierto grado jerárquico, aunque para el uruguayo sólo era otro anuncio con piernas. El uniformado estaría acostumbrado a que le mostraran cierto respeto en su lugar de origen. Sumisión, incluso. No sería extraño que se sintiera ofendido y quisiera zanjar la cuestión de las sonrisitas a puñetazo limpio. En esto, poco habían cambiado los corpamericanos desde su mitificada conquista del oeste. Esta reflexión hizo que Gabriel volviera a sonreír, así que el hombre- anuncio Grado 10 / Corporación Key-Logs / División Farmali- mento / Producto Panaspirina se levantó con la cara enrojecida y los puños cerrados.

Entonces entraron los rusopos.

El amante ofendido, que quizá no había visto nunca semejante despliegue, se detuvo en seco. Lo cierto es que los rusopos resul- taban espectaculares, pero aquellos destacaban de veras. Debían de ser muy ricos incluso entre su gente. Y eso era mucho decir.

La chica corpamericana agarró a su paladín y le hizo sentarse. Dos enormes germanosiervos precedían a los rusopos. Un nu-

 

meroso séquito de rubias y estilizadas valquirias de apabullante presencia cerraba la comitiva. En conjunto, el cuadro era esté- ticamente magnífico, aunque tenía un significado terrible. Ge- neración tras generación, los rusopos habían seleccionado con esmero a sus esclavos germánicos según su eficiencia, docilidad y atractivo físico. Con ellos, habían repoblado el territorio antes llamado Europa, transformando el continente entero en una efi- caz planta poliproductora. Entre tanto, los rusopos habían limi- tado su prole hasta reducirla a un número que les permitía vivir con ostentosa opulencia. Todos y cada uno de los potentados rusopos utilizaban ahora el tratamiento de zar o zarina, según correspondiera.

En verdad, vestían como tales. A pesar de la calurosa tempe- ratura ambiental, elegantes abrigos y abigarrados gorros cubrían los cuerpos de los recién llegados, al más puro estilo zarista. Y los mantenían a una agradable temperatura, mediante un mecanismo climático interno. Privilegio digno de un zar, desde luego. La ser- vidumbre no disponía de tales comodidades: sudaba bajo las pe- llizas y los gruesos ropajes guerreros que sus amos les obligaban a llevar. Siervos y señores. Ironías de la historia, que da muchas vueltas, se decía Gabriel.

Los rusopos fueron aposentándose ayudados por los teutóni- cos, quienes se quedaron de pie a su alrededor, después de plegar los asientos que hubieran ocupado si no fueran esclavos. Eran varias docenas. La robotecnología doméstica hacía innecesaria semejante abundancia de personal, pero a los rusopos les com- placía disponer de legiones enteras de sirvientes germánicos. Cuentas pendientes de la época precontinental...

Gabriel iba a volver la vista hacia la pareja de corpamericanos, para comprobar si también él había dejado algo pendiente. De súbito, un inesperado drama le interrumpió. El agudo chillido trepanó los sesos del uruguayo y alarmó al pasaje entero. Una pe- queña zarina, blanquísima y vestida de princesita, lloraba descon- solada alzando el brazo, del que colgaba una mano extrañamente inerte. Gabriel comprendió al instante lo que había pasado. Uno de los enormes bárbaros, queriendo ayudar a la niña a subirse al asiento, había dislocado la delicada muñeca infantil. “No proble-

 

mo”, al latinolibre le había pasado varias veces de pequeño y su padre había colocado los huesos en su sitio con un simple tirón. Sin secuelas ni dolor. Hizo ademán de levantarse para ayudar, pero uno de los rusopos saltó de su asiento como un tigre y co- menzó a azotar al esclavo con una finísima fusta. La fuerza física no le acompañaba, así que compensaba sus carencias manejando el azote con furor y destreza. Debía estar acostumbrado a descar- garlo con frecuencia sobre espaldas sumisas.

Gabriel se levantó y se dirigió hacia la chiquilla. Pasó de largo al lado del rusopo sin intervenir. No se arriesgaría a detener el castigo, aunque sintió lástima por el sirviente, que aguantaba es- toico intentando cubrir con las manos sus partes más expuestas. El uruguayo distinguió viejas cicatrices en la piel. Cogió con dul- zura la mano de la niña, que seguía llorando desconsolada. Un certero movimiento acabó con el llanto: perfecto, cada hueso en su lugar. La niña, asombrada, alzó la vista y miró a Gabriel como los primeros humanos debieron de mirar a los alienígenas ances- trales. Él se sintió igual que un dios y no pudo sino sonreír ante la ingenuidad de la pequeña.

Giró para volver a su asiento y vio los ojos del zar justiciero cla- vados en él. Había creído hasta entonces que la expresión “tener los ojos inyectados en sangre” era una forma de hablar. Acababa de cambiar de opinión: la mirada de aquel tipo habría hecho re- troceder de puro terror al vampiro más templado. Gabriel le ig- noró y volvió a su sitio. Mientras tomaba asiento, utilizó la visión periférica y contempló cómo la niña corría para abrazarse a aquel hombre violento y contrahecho.

Pero el rusopo no había acabado. Ya que gozaba de la atención del pasaje al completo, decidió lucirse. Dando un atinado punta- pié al germanosiervo azotado, le obligó a ponerse a cuatro patas sobre el suelo. Unas cuantas órdenes rápidas más, puntualizadas con la fusta, y varios esclavos se agruparon en torno al primero, construyendo una especie de trono humano. Allí, el cruel ruso- po, con una delicadeza exquisita, depositó a la pequeña zarina. Secándose las lágrimas, la niña se había convertido en la persona más feliz sobre la faz de la tierra, sentada en su trono, balancean- do las piernas a medio metro del suelo.

 

Suspirando, Gabriel dirigió por fin la mirada hacia el corpame- ricano ofendido y su sociable acompañante rubia. La pareja, que observaba con disimulo el melodrama rusopo, se había olvidado de él. Mejor. Muchos otros corpamericanos miraban con ma- yor o menor interés a los zares, con una mezcla de desdén y envidia. Como buenos producto-consumidores sabían apreciar el lujo y las comodidades. De paso, su fomentada ignorancia les hacía creerse todavía adalides de la democracia, el ejemplo más puro e idealizado de libertad, frente a los pomposos abusos de los rusopos.

Y no necesitaban abrigos de astracán: tenían sus magníficos uniformes corporativos. Cada uno el suyo. Todos diferentes, úni- cos; luciendo en un diseño exclusivo e irrepetible la simbología y estética de su corporación de referencia. Hombres-anuncio orgu- llosos de serlo, volvió a decirse Gabriel.

Tan pagados de sí mismos y sobrevivían gracias al ingenio latino y a los malditos intercambios... A punto de ser diezmados a causa de las enfermedades producidas por una insalubre alimentación a la que no estaban dispuestos a renunciar, una participante uru- guaya dio la solución a las corporaciones: los alimentos-medicina o “Farmalimentos registrados”, tal y como habían pasado a de- nominarse. Con ellos ingerían en un solo bocado, veneno y an- tídoto. Y podían seguir atiborrándose a todas horas de aquellas enormes bocadillesas que tanto les gustaban. Doble solución, porque permitía crecer a las grandes corporaciones alimentarias y a las farmacéuticas; aunque en la práctica, sus presidentes-pro- pietarios fueran los mismos. Ganancia multiplicada por dos, en definitiva. Todo se doblaba en Corpamérica: los beneficios, el tamaño de las raciones... y el de la ropa, claro.

Igualmente fueron latinolibres quienes se ocuparon de idear y organizar producción y logística de distribución de los nuevos farmalimentos desde los cultivos centro-amazónicos y las gran- des áreas cárnicas de Corpamérica del sur. Desde entonces, a veces el aire del Uruguay olía a matadero, pero eso no importaba a los producto-consumidores. Ellos vivían más al norte.

Siervos con vacaciones pagadas... El ánimo de Gabriel se en- sombreció y no volvió a sonreír el resto del viaje, a pesar de que

 

la chica corpamericana, si su compañero se despistaba, le busca- ba con ojos rutilantes.

El latinolibre miraba a su alrededor y sólo veía esclavitud y engaño. Corpamericanos cuya máxima aspiración y disfrute era produconsumir “más y mejor”, como rezaban esos viejos esló- ganes que tanto les gustaban... Rusopos ociosos que llenaban su existencia con extravagancias ostentosas de riqueza y domina- ción. Germanosiervos que ni siquiera eran conscientes de ser es- clavos... El transporte desde Gran Ecuador prometía. La misma sensación deprimente notó en el trayectorraíl que le había llevado hasta allí: cientos de kilómetros devorados con una rapidez endia- blada, atravesando cuadrículas y cuadrículas de monocultivos y explotaciones ganaderas. Nada que mirar entre Uruguay y el Cen- tro Ecuatorial de Traslados, salvo la enorme despensa en la que se habían convertido las superficies aprovechables del cono sur.

No veía chinasios a su alrededor. Normal, se movían todavía menos que los latinos. Gracias a Ella, tampoco parecía haber neorreligionarios. Aunque bien mirado, ¿se suponía que tenían una pinta determinada? No viajaban con una neobiblia colgada al cuello… Bah, desvaríos de viajero hastiado. Gabriel no recorda- ba ningún caso de atentados en tránsito. Aquello pertenecía a la historia precontinental. Encerrados en su continente mazmorra, raro era el fanático que conseguía siquiera acercarse a las costas. Los robots chinasios se encargaban de mantenerlos aislados en el interior de África.

Aburrido, Gabriel miró por la ventanilla. El transporte se des- lizaba en una aceleración suave y continuada unos metros por encima del mar de plástico. La sopa, de varios metros de profun- didad, era lo suficientemente densa. Sustentaba con solvencia las boyas y éstas, los pilares del funicular transatlántico. Un cable de ida, otro de vuelta. No había muchos sitios a los que viajar y las rutas se habían reducido a unos pocos trayectos estándar. Trans- porte Funicular Gran Ecuador-Parques Temáticos: corpamerica- nos de vacaciones. Trayectorraíl Gran Ecuador: corpamericanos hacia el sur, en escala hacia la diversión y el desmadre de los Parques; uruguayos hacia el norte, en ruta de intercambio. En Rusopa, más sencillo todavía: Trayectorraíl Este-Oeste y las vías

 

de servicio industriales. Y los chinasios, sentaditos en sus refugios con vistas al mar, sin ganas ni necesidad de ir a ninguna parte.

Entristecido, Gabriel cerró los ojos e intentó dormir. Nada que hacer. No podía dejar de preguntarse si algún ser vivo sería capaz de sobrevivir bajo la papilla de desechos plásticos que cubría el océano. ¿Era posible? Quizá los peces fueran auténticos super- vivientes. Como los latinolibres: todos los iberoamericanos que superaron la continentalización, agrupados en el antiguo territo- rio del Uruguay.

—Mejican@s, guatemaltec@s, salvadoreñ@s, costarricens@s, panameñ@s, portorriqueñ@s, brasileñ@s, paraguay@s, cub...

Latinoamérica entera. Gabriel se durmió recitando en voz baja, convertidas en una tranquilizadora oración-mantra, las antiguas nacionalidades, ya desaparecidas, que se unieron en una sola para resistir. Una y otra vez. Una y otra vez...


2. DEMASIADAS VISITAS (PARA UNA NOCHE)


En un único movimiento cerró la puerta, dejó la maleta sobre el suelo y se lanzó sobre la cama. Estaba reventado, quería dormir como Ella manda. Si el viaje le había resultado tétrico, desembar- car en el Parque Temático Central de Hispamundo había sido la puntilla. Ver en qué se había convertido el país donde Ella nació, no era plato de gusto para Gabriel. Lo había visitado varias veces y aún no terminaba de acostumbrarse. Sin embargo, cosa curiosa, lo que había condenado a la península Ibérica era precisamente lo que le permitió salvarse. Sobrevivir, al menos.

El individualismo, el folclore caciquil, la educación escasa y manipulada... Pocas ganas de trabajar y muchas de parrandear, en suma, habían convertido a los antiguos habitantes de España y Portugal en caricaturas de sus antepasados. Redistribuidos en atracciones feriales de ambientación histogeográfica, se dedica- ban a entretener a turistas rusopos y corpamericanos ávidos de diversión y sensaciones fuertes. Eso sí, los españeses seguían te- niendo la mejor cocina del mundo. Gabriel no estaba seguro de que fuera la más saludable, pero en ningún sitio se comía como allí. Ni se bebía, tampoco... Estuvo tentado de tomar una ducha

 

rápida y salir a darse un homenaje. Ganó la cama. Aquella aco- gedora canalla le absorbía por momentos. Suspiró y dejó que su cuerpo se relajara poco a poco. Sin prisas...

Creía encontrarse dormido, cuando oyó... ¿un par de toque- citos? No estaba seguro. Escuchó. De nuevo, otros dos golpes. Conocía esa forma de llamar, únicamente ellos tocaban así una puerta. Sonaba raro. Sincopado, en cierta manera. Dos golpeci- tos que sonaban como si fueran cuatro. Dos nudillos pe-pegando do-dos veces, ca-casi al unísono.

To-toc, to-toc, otra vez. De mala gana se levantó. No soporta- ba hablar con los chinasios. Esperaba que fuera alguien borracho haciendo el idiota. Era poco probable que hubiera chinasios a 500 kilómetros de la costa: si apenas salían de las playas y de sus colonias asiáticas...

Abrió la puerta y allí estaban. Los dos. Un chinasio (o china- sia, con ellos uno nunca podía estar seguro) y su acompañante robótico. Su androide. Alter-ego, compañero y amigo. Soporte y conexión con los demás de su estirpe.

—El señor Gabriel, supongo.

Dos voces repitiéndose, humano y máquina hablando como uno solo. O llamando a la puerta. O yéndose a cag... Gabriel se escuchó a sí mismo soplando entre los labios cerrados. Bueno. Cuanto antes terminara con esos dos, antes podría descansar. No dijo nada.

—¿Podemos...

—... pasar?

Se hizo a un lado y ambos entraron. Quería que acabara y ni había empezado, ojalá aquellos dos no embarullaran demasiado la conversación. Los chinasios permanecían permanentemente conectados con su pareja robótica, unida ésta a su vez con una red humano-robótica más o menos amplia, dependiendo de la jerarquía y ubicación de cada tándem.

—¿Y qué hace una pa-parejita ta-tan maja ta-tan le-lejos del agua?

Ninguno de los dos respondió y Gabriel rió por dentro. A ve- ces era fácil desconcertar a los chinasios con este tipo de bromas. Aprovechó la ocasión para seguir.

 

—Vale, a ver si acabamos rapidito. Sólo quiero hablar con un@. No me volváis loco hablando junt@s o empezando un@ y terminando otr@. Y recordad que no estoy conectado con nadie, a mí tenéis que hablarme. No soy telépata.

Estaba harto de conversaciones surrealistas en las que los chi- nasios se enfrascaban en sus propios universos posibilistas y de- jaban de hablar con su interlocutor, siguiendo la conversación exclusivamente entre ellos dos, en inacabables intercambios de frases y contra-frases posibles o probables, pero no formuladas.

—Nosotros tampoco. Estamos conectados, no es telepatía.

Contestó el humano. Menos mal. Sólo faltaba que llevara la voz cantante el humanoide. Aunque con estos no podía fiarse uno. Gabriel no tenía claro que en Chinasia gobernaran los hu- manos... No en solitario, por lo menos. El uruguayo creía que los robots mantenían a sus parejas como mascotas. Por diversión; para poder disfrutar, si les apetecía, de las caóticas sensaciones y emociones humanas.

—Y no nos encontramos lejos del agua. El mar nos rodea por todas partes menos por una. Esto es una península.

El androide tenía que realizar su aportación. ¿Es que la maqui- nita no podía estar callada? Gabriel volvió a oírse bufar.

—Acabemos de una vez. A ver... qué queréis. Y quiero hablar con la persona. Que se calle el robot.

El chinasio asintió y comenzó. Gracias a Ella, no se anduvo demasiado por las ramas. Como Gabriel sospechaba, estaba al tanto de su misión y deseaba “seguir en contacto”. Vamos, que quería regresar a su isla o a donde fuera que tuviera su hogar, sin perder un minuto. Gabriel ya le mantendría informado... Blabla- blá, blablablá. El uruguayo perdía interés en la conversación por momentos. Era extraña esa gente. Por lo menos eso opinaba él. Entendía mejor a los pretenciosos zares. Y los corpamericanos se comportaban con la misma simpleza: motivaciones básicas y genuinamente humanas. Incluso los neorreligionarios eran senci- llos de comprender. Pero los chinasios le desconcertaban.

No era sólo su ambiguo físico. Gabriel no había sido capaz de distinguir todavía si su interlocutor era hombre o mujer. Tam- poco podía catalogarlo en una etnia definida. Como todos sus

 

hermanos, aparentaba ser una equilibrada mezcla de indomalasio con rasgos chijapos. Igual daba, era su forma de pensar lo que preocupaba al latinolibre. Los chinasios habían renunciado a la hegemonía mundial por una serie de razones filosófico-tradicio- nales que Gabriel no acababa de entender.

Ni de creer...

Como contraprestación a su generosidad, recibieron por Trata- do de Intercambio el derecho de cautela sobre la mayor parte de las costas continentales y, en propiedad, casi todos los territorios insulares del planeta. Incluso las islas-continente. Con la condi- ción, eso sí, de no explotarlas. Al cabo de los siglos, la humanidad se había dado cuenta de que el planeta funcionaba mejor conser- vando bosques y territorios vírgenes. Y de alguna forma, tras la continentalización sobraba sitio, así que los numerosos chinasios y sus acompañantes robóticos se habían repartido por las costas, cada pareja en su cuadrícula correspondiente. Se encargaban de que nadie sin autorización entrara o saliera. Normalmente la má- quina patrullaba y el ser humano se mantenía tranquilamente en algún centro de control. Más o menos lejos, pero siempre conec- tado mentalmente a su otro yo artificial.

Gabriel se preguntó si también “conectarían” en otros senti- dos... La voz metálica del robot le hizo volver a la conversación, alejando de su cabeza una sucesión imágenes algo desasosegantes.

—¿Estamos de acuerdo?

—Os había dicho que hablaría con la persona, nada más. Es- toy empezando a cabrearme. No sé qué me estáis contando. No entiendo nada de lo que me decís, acabo de llegar y quiero tum- barme. No sé quién os habrá hablado de mí, pero ya le podéis decir que se dedique a sus propias ocupaciones y deje tranquilos a los demás.

Gabriel hizo intención de levantarse y en ese momento zum- bó el intercomunicador de la habitación. Se giró y la imagen de una solícita recepcionista embutida en un colorido traje flamenco apareció proyectada en la pared.

—Disculpe la molestia. Una persona pregunta por usted.

La imagen cambió y una espectacular vikinga le miró desde el vestíbulo con los ojos más azules e inexpresivos que había visto

 

nunca. Gabriel oyó la puerta cerrarse. Los chinasios se habían ido sin despedirse, ahora eran los rusopos los que se interesaban por él. Maldita sea, ¿por qué tenían todos tanta prisa? ¿No podían dejarle echar una cabezada?

—Que suba.

Gabriel dejó la puerta abierta y se tumbó sobre la cama. Al menos disfrutaría de las vistas: lo que subía no era un ambiguo chinasio con su robotito faldero (o al revés), sino una mujer de carne y hueso. Y bien guapa, por cierto.

La esclava no tardó en aparecer. Eran increíbles estos ruso- pos. Cuidaban todos los detalles. La joven traía hasta un escudo circular atado a la espalda. Y espada al cinto. Si bien el resultado del estilismo era espectacular, amenazaba peligrosamente con su- perar los límites del buen gusto. Alta, fuerte y bien torneada, la diosa rubia le habló y Gabriel tuvo cuidado de no carcajearse, aunque estaba a punto. Entre el cansancio y el casco con cuernos de polimaterial, notaba que una risilla floja estaba empezando a formarse en la boca de su estómago.

—Mi Zarina quiere hablar contigo, subamericano.

Bueno, pues si los rusopos tenían delirios de grandeza estos rubiales no les iban a la zaga. A pesar de la servidumbre perpe- tua a la que estaban condenados, seguían manteniendo aquellos aires de superioridad precontinentales con los que consideraban inferiores: subamericanos como Gabriel, por ejemplo. Vaya to- nito de desprecio había empleado la rubia… Ya había aguantado suficiente.

—Pues muy bien me parece. Que venga, ya sabe dónde estoy.

¡Hala, a la calle!

De un salto, Gabriel se plantó frente a la vikinga, sacó la espada de su vaina (era de verdad, ¡y estaba afilada!) y la puso bajo aquel maravilloso mentón. La belleza nórdica permaneció muy quieta, aparentemente confusa. Su ama le había dado una orden sencilla y no esperaba semejante reacción. No supo qué hacer. Gabriel la llevó hacia la puerta. La abrió y de un empujón echó a la mujer al pasillo, después de darle un sonoro mandoble en el trasero.

Cerró la puerta y, durante un momento, rememoró cómo ha-

bían temblado aquellas carnes redondeadas y firmes al contacto

 

con el acero. Miró la espada y sonrió. Fabricada en Toledo, ponía en la hoja. Eso sí, con caracteres cirílicos.

Volvió a la cama y se sentó. Seguramente también los corpame- ricanos contactarían con él antes o después. Era difícil mantener un secreto en aquellos tiempos. Si los latinolibres conocían el asunto de la nave neorreligionaria, todos lo sabrían. Dudó sobre qué hacer: tumbarse a descansar o salir a comer algo, así que de- cidió escoger ambas alternativas. Llamaría al servicio de habita- ciones y cenaría tumbado en la cama. Al estilo de los antiguos ro- manos. Mira por dónde, de algo le servirían las clases de historia antigua que tanto le aburrieron en la escuela... Sin darle tiempo a hacer nada, sonó el intercomunicador de la puerta.

—Servicio de habitaciones.

Gabriel resopló por tercera vez aquella noche. Todavía no ha- bía pedido nada, así que serían los corpamericanos. ¿Había una concentración de espías haciendo cola en el pasillo o qué? Y es- tos llamaban con el pretexto más original de las películas pre- continentales. Era de traca... Abrió y arrugó la frente, no espera- ba encontrarse lo que vio.

Un tripudo torero sonreía travieso detrás de un carrito de hotel.

—Su pedido, señor.

Corpamericano no era, desde luego. El individuo era españés. O cataleón. O vajko. O mostolés. O vaya usted a saber, originario de qué división de subdivisión histoadministrativa. Españés, en definitiva, tal y como mostraban su actitud y la ropa de trabajo. El figurín seguía con esmero el estilo feísta que se había puesto de moda entre algunos varones originarios de la antigua Iberia. Su piel grasienta refulgía debajo de una brillante calva oculta en parte por largas hebras de pelo seboso y denso, que la cruzaban de un extremo a otro. Ningún corpamericano hubiera soportado semejante desaliño.

—No he pedido nada, pero adelante. La verdad es que tenía hambre. Espero que haya acertado usted, señor… camarero.

Gabriel sonrió irónico, también. Se retiró hacia el interior de la habitación y el camarero-torero empujó el carrito. Con ademán profesional, activó una mesa auxiliar y dos sillas. En medio mi- nuto desplegó una apetitosa selección de viandas a la vista del

 

uruguayo, tomó asiento y animó con un gesto a Gabriel, que no se hizo de rogar.

—Seguro que sus anteriores visitantes no han sido tan atentos. Esa gente no sabe disfrutar de la vida...

Meneando la cabeza, lo que hizo que un par de pastosos maza- cotes de pelo le cayeran sobre la frente, el recién llegado empezó a comer sin más ceremonias. Gabriel se sentó e hizo lo propio. Desde luego, el españés era un buen anfitrión. Habría que ver qué le pedía luego a cambio del convite...

Mientras comían, el camarero o lo que fuera en realidad, des- cribía a Gabriel cada plato. Cómo degustarlo, con qué bebida acompañarlo, la procedencia de la exquisitez en cuestión...

—Una comida estupenda, desde luego. Espero que no esté por encima de mis posibilidades. Como sabrá usted, los uruguayos no somos ningunos potentados... Por cierto, no sé su nombre.

Gabriel se echó hacia atrás en la silla dándose por satisfecho y miró al personaje que tenía enfrente. Éste, recogió con las manos la grasa que le chorreaba entre las comisuras de los labios y luego la restregó por el pelo, hasta dejar aquel sucedáneo de flequillo todo lo plano y extendido que pudo, mientras miraba con fijeza a Gabriel.

—Usted, señor Gabriel, no está acostumbrado a nuestros es- tilismos; pero créame: esta temporada, a las señoras de aquí y a muchas turistas, les vuelve locas tener a un tipo redondo y relu- ciente entre sus piernas. “R&R style”. Todo sea por la moda... En fin, llámeme usted Santiago, si lo desea. Me conocen por muchos nombres. Y no se preocupe por la comida. Paga el hotel, yo me encargo.

Terminó de secarse las manos en el mantel, sacó dos cigarros del carrito y ofreció uno a Gabriel. Siguió hablando mientras ser- vía dos copas de un licor rojo que al uruguayo le supo dulzón.

—Esto es pacharán, de la tierra de mis papis. Si le resulta de- masiado empalagoso échele hielo. A mí me gusta tal cual. Sienta bien al estómago...

Gabriel siguió el consejo. La bebida era muy dulce, tanto como el dinero ganado sin esfuerzo, supuso. Llenó un vaso con hielo y vació la copa en él.

 

—Me gusta más ahora. Sí. Bien, mi atento... Santiago. Antes estaba cansado y después de esta platada, dudo de que pueda mantenerme mucho rato despierto. No quiero ser descortés; pero calculo que tiene usted, como mucho, hasta que me termi- ne el licor... Me temo que voy a empezar a dar cabezadas de un momento a otro.

—Ay, las prisas; siempre las prisas... Pero si es por una buena

causa, y una siesta lo es, no se lo tendré en cuenta.

El españés apuró la copa de un soplido, se sirvió otra y dejó caer los codos sobre la mesa, mirando a Gabriel a los ojos. Seguía teniendo la misma facha ridícula, pero quería dejar entrever que detrás había una persona a la que tener en cuenta.

—Pues querré más o menos lo mismo que esos dos “Pin y Pon” que han estado antes. O lo que quiera el nobilísimo zar que le haya mandado a la maciza de los cuernos. Buena elementa, sí señor... A lo que iba. Puede que esté usted en una barraca de fe- ria gigante y que yo vista como un payaso, pero no se me escapa que aquí se está cociendo algo. Quiero mi parte. Consigo cositas, puedo ayudarle; sé cómo funciona todo por aquí. Y tengo estilo... Santiago acompañó la última frase con un vivaz movimiento que sobresaltó a Gabriel, quien había empezado a notar cómo el sopor le bajaba por las pestañas. Se envaró sobre la silla al tiempo que el españés retiraba de un tirón el mantel, dejando milagrosa-

mente intactas las sobras de la comilona.

Mientras reía su propia gracia y daba chupadas al cigarro, el diestro españés dejó la habitación dando un par de atinados pa- ses taurinos.

—Alguien vendrá a recoger las sobras. Descanse, señor hispa- nolibre. Y no se olvide de mí, porque yo no me olvidaré de usted. El españés salió y dejó a Gabriel pensativo. Un tipo curioso el tal Santiago... Debía de haber pirateado la frase de despedida de alguna película antigua. Seguro que el tipo era bastante más de lo

que aparentaba.

Los Parques Temáticos, al menos sobre el papel, estaban ad- ministrados por siervurócratas germánicos que rendían cuentas a los rusopos. Pero detrás de aquella maraña de barreras histoad- ministrativas, etniculturales, naciutonómicas y de otros niveles

 

que se multiplicaban hasta el infinito; tras todo el esperpento fronterizo artificial estaba un pueblo (o muchos pueblos, Gabriel no acababa de tenerlo claro) que hacía sudar tinta a los germa- nosiervos. Sus múltiples vicios hacían a los españeses ingoberna- bles, en verdad. Corruptos, viciosos, carcomidos por la envidia y la pereza, habían hecho del trapicheo un estilo de vida. Disfraza- dos conforme a la temática de cada parque, trabajaban para los rusopos encargándose de que los turistas disfrutaran. De paso, sacaban la máxima tajada extra posible para ellos mismos, con el mínimo esfuerzo posible, lógicamente.

Gabriel sonrió. Sabía que su proferella censuraría tales juicios de valor. “Eres un radical, Gabriel. No se puede generalizar”. Sonrió con agrado y se levantó dispuesto a irse, por fin, a dormir. Al verse en pie se dio cuenta de que había comido (y bebido) de- masiado. Ahora comprendía que el tal Santiago luciera como un cochinillo bien cebado. No sería fácil pegar ojo en esas condicio- nes. Decidió trabajar un rato, por lo menos hasta que le bajara un poco el atasco que notaba bajo las costillas. Sacó la politarjeta del bolsillo interior y la manipuló para activarla. Repasaría el dossier documental e incluiría en el plan de acción los nuevos elementos que habían ido apareciendo.

Apenas había empezado cuando golpearon con firmeza la puerta... otra vez. Gabriel, bamboleante, se levantó y empujó el carrito de hotel. Dio por hecho que vendrían a recoger los restos de la comilona de la que, por cierto, comenzaban a emanar unos efluvios demasiado fuertes para el gusto del uruguayo. El olor a comida en un dormitorio siempre le había molestado.

Abrió y un fuerte empujón le lanzó contra la pared. Mientras salía rebotado hacia delante, sintió el enorme puño de lo que pa- recía ser un guerrero godo, empotrarse sin piedad contra su vien- tre. La caricia fue demasiado para el estómago del latino, poco acostumbrado a excesos culinarios, así que se contrajo de golpe y lanzó su contenido al fiero rostro germánico.

Mientras caía al suelo sin resuello, Gabriel pensó qué opinaría Santiago sobre cómo habían acabado las sabrosas viandas que le había presentado tan orgulloso. Resbalaban untuosamente por el rostro y los cabellos del gigantón, que resoplaba como una foca.

 

El uruguayo pensó que tenía que masticar mejor, había demasia- dos tropezones deslizándose por las trenzas del germanosiervo.

Mientras el rubiales se limpiaba con la colcha, Gabriel notó cómo le levantaban en vilo. Un huno de negros y lacios bigotes, reía a carcajadas mientras se lo echaba a la espalda. Habría jurado que olía a cuadra... La cara del uruguayo rebotó contra el trasero del Atila, que masculló algo en un espanglés casi ininteligible.

—Gusta tocar culo, tú.

Entonces volvió a oírle reír y algo más. Sólo una alimentación a base de salchichas y cerveza durante toda una vida podía produ- cir gases como aquellos... Decididamente no era aroma a caballo, lo que entraba por la arrugada nariz de Gabriel.

El paseo por el hotel no fue demasiado agradable. Colgado boca abajo con el apéndice olfativo apuntando al peor sitio posi- ble, el uruguayo se preguntó si no debería haber salido cuando la vikinga se lo pidió. Seguro que el ambiente hubiera sido mucho mejor. El único consuelo que le quedó fue que su estómago, pre- visor, no se había vaciado completamente con el puñetazo. Por tanto, tuvo el placer de corresponder a los densos efluvios que tan generosamente compartía con él aquel bárbaro, regando sus peludas y torcidas piernas con los postreros restos de los guisotes de Santiago. Tenía que masticar mejor, no había duda.


***

—Si hubiera sabido que me buscaba una señora tan guapa, no me habría hecho de rogar.

El godo del vómito facial giró la cabeza hacia Gabriel como si se le hubiera soltado un resorte en el cuello, pero a una señal de su ama salió de la estancia sumiso y obediente acompañado del huno-caballuno, que se demoró un poco antes de cerrar la puerta tras de sí. Dedicó al uruguayo una última miradita cruel y malévola. A pesar de la amenaza no verbal, Gabriel no pudo hacer sino sonreír a su nuevo admirador: le era imposible apartar la vista de aquellas piernas que caminaban separadas y aun así resbalaban una contra la otra, húmedas, pringosas y relucientes.

—Creía que los latinos eran gente cortés, por lo menos co- rrectamente educada. No soy quien fui, aunque hubo una época

 

en que volvía locos a los hombres. Resulta cruel burlarse de una anciana. Algún día notará usted los estragos del tiempo. Si vive lo suficiente, claro...

—La vida es corta, así que prefiero disfrutarla con humor; pero nunca bromeo sobre el aspecto de una mujer. Si he alabado su porte es porque sé reconocer la belleza, incluso marchita.

La Zarina observó a Gabriel en silencio y le hizo una señal. Indicó una silla al lado del cabecero. Gabriel avanzó y se sentó. De la cama ascendía una suave esencia capaz a duras penas de enmascarar el olor a enfermedad. Y las miasmas que, entre la cena de hunos y otros, llevaba consigo Gabriel.

—Hace años conocí, a un paisano suyo. “Mi uruguapo”, le lla- maba. Cosas de amantes....

La mujer cerró los ojos unos instantes. Gabriel pensó que tenía una voz agradable. ¿Por qué siempre le llamaba la atención el tono vocal de las mujeres del este? Y las eses, arrastradas como en un sueño hipnótico... Incluso siendo claramente aguda, feme- nina; aquella manera de entonar tenía unos matices graves que atraían al latinolibre. No lo notaba en las mujeres de otras zonas.

¿Sería por su lengua materna? ¿Era posible que hablar en un idio- ma determinado modificara las cuerdas vocales? La anciana le devolvió al momento presente al hablar de nuevo.

—Hace mucho de eso ya, señor Gabriel. Entonces mi urugua- po y yo teníamos ilusiones, planes. Un futuro... Ahora nos queda poco de todo. ¿Tiene usted un futuro por delante? ¿Tiene planes? Los africanos sí los tienen, ¿no? Y en otros continentes, sin duda. Creo que ha estado usted muy solicitado esta noche... Seguro que todos queremos lo mismo: información. Podemos compartirla.

¿Ve qué fácil? No ahora, más adelante. Cuando haya hecho usted lo que quiera que haya venido a hacer. Por el momento todos sabemos lo mismo. Es difícil guardar secretos hoy día...

La anciana cerró los ojos, agotada por el esfuerzo. Con un gesto de la mano dio la conversación por finalizada. Gabriel se levantó dispuesto a retirarse. Mientras se dirigía hacia la puerta notó un movimiento en la estancia. La joven vikinga apareció de nuevo ante él (esta vez sin cuernos ni escudo) y le precedió, guiándole hacia la puerta. El uruguayo pudo contemplar en toda su magni-

 

tud la rotunda elegancia de aquella robusta beldad. La rubia abrió la puerta y le despidió con una glacial mirada a la que Gabriel respondió con una sonrisa y posando con delicadeza la mano en el sitio donde antes había golpeado con la espada. Tuvo que darse prisa en salir, ya que la puerta se cerró rápidamente y con fuerza, casi atrapando la mano que el latino había dejado atrás despidiéndose. Gabriel juraría que oyó reír a la anciana, antes de que un acceso de tos ahogado resonara en el pasillo, mientras se alejaba. Fuera amanecía. Demasiadas visitas para una noche...


3. TANGANA EN EL PARQUE CENTRAL

(SI ES QUE LLEGA)


Le costó un buen rato regresar. La zarina se alojaba en el mismo hotel, en una zona alejada de la habitación del uruguayo y mucho más lujosa. Notó la diferencia en cuanto entró a la suya. Aquella rusopa debía ocupar una gran suite o varias estancias conectadas, ocupadas por su séquito al completo. Menos el huno, claro. Segu- ro que a ése lo mantendría a distancia de seguridad…

Gabriel estaba cansado y de mal humor. Sin embargo decidió no echarse a dormir: olía. Había desaparecido el carrito de comi- da y todo estaba inmaculadamente limpio, pero la habitación no estaba bien ventilada. Y él menos todavía. Si se echaba a dormir perdería medio día al menos, así que repondría energías de otra manera y saldría hoy mismo hacia el sur. Primero, una ducha rá- pida. Una vez seco, recogió una manta del armario, se cubrió con un albornoz y subió a la azotea del edificio. Buscaba una zona bien iluminada y que le proporcionara intimidad. Por suerte, el edificio era enorme y gran parte de la superficie estaba ocupada por zonas de servicio y maquinaria. El resto estaba vacío: los turistas no iban de fiesta temática para terminar tomando el sol aburridos en una terraza.

Encontró un rincón a su gusto. Dobló la manta por la mitad y la extendió ante sí. El día iba a ser caluroso, aunque la tempe- ratura era fresca a primera hora: empezaría entonando el cuerpo con unos saludos al sol. Dejó el albornoz sobre el suelo. Notó el frescor de la mañana sobre su cuerpo desnudo y la suave luz del

 

sol, que comenzaba a calentarlo. Enseguida tomó temperatura. Se detuvo antes de transpirar, no se trataba de gastar energía sino de recogerla y almacenarla.

Siguió con una calentamiento suave, estilo chi-kung y luego practicó dos o tres ejercicios más energéticos. No se olvidó de emplear una técnica específica para ayudar en la recuperación de su maltratado estómago.

Sintió hambre. Buena señal. De camino a la estación compraría fruta para abrir boca. Ya comería como Ella manda en el trayec- torraíl. Aquí no le iban a faltar oportunidades para un buen festi- val culinario, pensó con gula. Se centró de nuevo en los ejercicios. Terminada la práctica principal, acometió la última parte de la sesión. Siguió su rutina básica preferida. La mente se despejaba, estaba más ligero, descansado. Notó una elástica esfera energé- tica creciendo frente al abdomen y el familiar hormigueo en la zona pélvica y las manos, que amasaban rítmicamente aquella especie de pelota invisible. Percibió el cosquilleo previo a una erección y volvió a concentrarse. No necesitaba más fuerza allí abajo, había venido a trabajar, no a ejercitar la pelvis... Súbita- mente una especie de boca se le abrió en el bajo vientre y aspiró de golpe la esfera, como un bostezo invertido. Al igual que otras veces se sobresaltó, pero no se dejó dominar por la inquietud ante lo inexplicable. Fue acabando poco a poco el ejercicio final. Para que la tensión no se quedara atascada en el abdomen, ter- minó la práctica con unos minutos de meditación estática. Era la mejor forma de que la energía circulara sin trabas y el organismo quedara bien equilibrado, sin atascos ni contracturas.

Cubierto con el albornoz, se sentó con la espalda recta y respi- ró con normalidad, intentando dejar fluir su mente. Desde niños, a los latinos libres se les enseñaban multitud de técnicas de con- trol y equilibrio cuerpo-mente. Con los años, cada persona esco- gía sus preferidas. Las combinaba, las modificaba... A Gabriel le había costado meditar. Se lo tomaba demasiado en serio. Al final se había dado cuenta de que era más fácil de lo que pensaba. Ahora se concentraba en lo básico: intentaba estar cómodo, en la medida de lo posible, y dejar que los pensamientos siguieran su curso procurando no centrarse en ellos. Sin obsesionarse.

 

Después de un rato, abrió los ojos y se levantó. Se sentía bien. Hizo oscilar el cuerpo un par de minutos para relajar la espalda, se le agarrotaba un poco al sentarse. Aprovechó para descansar los ojos, dejándolos moverse con libertad. Disfrutó mientras se llenaban de sol. ¡Hecho! Se ajustó el albornoz, recogió la manta y volvió a su habitación.

Una vez allí, utilizó la politarjeta para estudiar la tabla de hora- rios y destinos de la Estación Central, memorizándolos con diver- sas reglas mnemotécnicas. Cabía la posibilidad de que necesitara moverse sin tiempo para recurrir a la politarjeta o a los monitores de tránsito. De paso, hojeó con rapidez el dossier documental. Había una actualización: el grupo de trabajo había enviado un estudio preliminar, según el encargo del anciano. Gabriel realizó una lectura rápida. Después, utilizando una aplicación semiau- tomática, resumió el contenido en un esquemap que memorizó. Reflexionaría sobre los datos más tarde. Él o su subconsciente. Tenía un trayectorraíl a Moralucía en 30 minutos. Si se apresura- ba, llegaría. Realizó la reserva vía politarjeta.

De camino a la estación compró un par de piezas de fruta, que fue devorando a grandes bocados, complacido. La calle estaba animada: turistas primerizos sonrientes y excitados, caras largas de los que volvían, voces destempladas de trasnochadores, lu- gareños que acudían o volvían de sus trabajos (a buen paso o tomándose su tiempo, según correspondiera).

Inesperadamente, Gabriel oyó un pequeño alboroto a su es- palda y notó cómo lo agarraban de la muñeca. Soltó la fruta que estaba terminando y se deshizo del apretón con un ágil giro del antebrazo, que completó volviéndose y retrocediendo un par de pasos. Adoptó una postura de autodefensa preventiva, concilia- dora en apariencia. Un mismo movimiento reflejo le permitía rechazar el posible peligro y colocarse en una posición no ame- nazante desde la que evaluar la situación y huir o defenderse en condiciones ventajosas.

Reconoció a la pareja de corpamericanos del transporte inter- continental. Tenían toda la pinta de haber pasado la noche de parranda, igual que otras tres o cuatro parejas que les acompa- ñaban. La chica se interponía entre el galán ofendido y él. Los

 

demás, curiosos, se mofaban. Algunos transeúntes comenzaron a mirarles. Lo último que Gabriel quería era llamar la atención, aunque no quería retirarse demasiado pronto. Quizá el corpame- ricano lo interpretara como una señal de debilidad y envalento- nado, le diera por atacar. No le preocupaba enfrentarse con el bisonte. Tan borracho probablemente se caería solo. Tampoco le importaban sus compañeros de juerga. Los corpamericanos serían muchas cosas, pero no se enfrentarían a Gabriel en ma- nada: para ellos, las ofensas había que resolverlas en persona. La contienda era negocio de dos.

O de tres. Con insistencia, la chica lograba ir apaciguando al energúmeno, que se mostraba algo más dócil. Quizá le había pro- metido un premio si se portaba bien y volvía con ella al hotel sin armar gresca... Gabriel creyó oportuno marcharse. A modo de despedida, hizo una señal conciliadora y comenzó a retroceder para seguir su camino.

Entonces, todo se complicó.

Notó un ligero roce en el brazo izquierdo y por el rabillo del ojo vio aparecer a un tipo con gorrilla, chaleco y un enorme clavel rojo en la solapa. Con un andar chulesco se colocó en el centro del barullo. Para entonces, había ya dos o tres hileras de ociosos que rodeaban la escena. Las posibilidades de esfumarse se reducían por momentos.

—¡¡Qué pasa aquí!!

La poderosa exclamación (Gabriel sospechó que la llamativa flor era algún tipo de altavoz camuflado) fue rubricada con unos pasos afectados y una postura forzada, que mostró en toda su redondez la barriguita del individuo. El brazalete que portaba y la cachiporra eléctrica que hacía girar en su mano con chulería lo identificaban como algún tipo de agente de la autoridad.

La chica intentó explicar que allí no pasaba nada, pero los cor- pamericanos que la acompañaban no acabaron de leer bien los signos. Creyeron que se hallaban envueltos en algún tipo de ani- mación callejera y siguieron montando jaleo, cada vez más ani- mados. El chulapo puso mala cara y agarró la porra con firmeza. Gabriel sabía por propia experiencia los efectos que tenía aquella herramienta. Por eso intentaba escabullirse, pero los curiosos se

 

lo impedían, cerrando filas a sus espaldas. En aquel momento se oyó una especie de sirena y aparecieron unas luces rojas y azu- les. Otros dos lugareños vestidos de azul se abrieron paso entre los curiosos sin demasiados miramientos. Los corpamericanos jalearon su llegada. Iban caracterizados como los policías de las series clásicas. Los turistas vieron confirmadas sus esperanzas: se habían convertido en protagonistas de un espectáculo. Gabriel, sin embargo, se dio cuenta de que la pareja de agentes también llevaba defensas eléctricas. Que tampoco eran de pega.

Extrañamente, los tres representantes de la autoridad, se en- zarzaron en su propia discusión, ignorando a Gabriel, corpame- ricanos, cotillas y ociosos varios. Hablaban alterados y con fluida rapidez en un españés arcaico, florido y lleno de imprecaciones, insultos y requebradas blasfemias, lanzadas todas ellas en un tono amenazante y violento, adornado con muchos ademanes y mo- vimiento de brazos y porras. Gabriel se sorprendió de que una lengua pudiera ensuciarse y ensuciar tanto.

Entre barbaridad y barbaridad, creyó entender que se había producido algún tipo de conflicto de competencias. Los turis- tas eran responsabilidad de los de azul y los residentes, del otro guardián, al que llamaban “chulapo de los cullons” o “fachañol”. Éste, a su vez, se dirigía a sus antagonistas como “seguratas pe- riféricos” y amenazaba con meterles “el puto fuet por el culo, polacos hijoputas”. Los parranderos aplaudían divertidos, hasta que uno de ellos tuvo la desafortunada ocurrencia de agarrar la gallarda gorrilla del chulapo y ponérsela en la cabeza, dejando al descubierto una despejada y enorme calva españesa que resplan- deció deslumbrante y orgullosa a la luz del sol. Semejante ofensa hizo que los tres defensores de la ley hicieran causa común y con una admirable eficacia y espíritu de cuerpo, se dedicaron a aplicar las cachiporras eléctricas sobre los corpamericanos y los curiosos de los alrededores, sin distinciones de continente, raza o sexo.

Gabriel intentó aprovechar el alboroto para largarse. No fue fácil. Mientras luchaba por escapar del barullo de cuerpos con- vulsos, gritos, caídas, golpes y agarrones, pudo fijarse en su ami- go corpamericano: se defendía con vigor. Quizá no estuviera tan borracho. Y las defensas eléctricas no parecían hacerle efecto.

 

Debía portar algún tipo de inhibidor, así que los tres guardianes del orden utilizaron las porras en modo manual. Como un garro- te de los de toda la vida, vamos.

Mientras desaparecía por una calle lateral, el uruguayo observó que más vigilantes llegaban presurosos a la zona. Todos, con uni- formes distintos. Todos, unidos por la causa común de discutir entre ellos mientras acogotaban a los demás. ¿Pero es que en aquel lugar cualquier cosa se transformaba en una farsa?

Caminó ligero sin correr, escapando de la refriega. Eso lo aleja- ba también de la estación, pero no tenía otra ruta de huída. Repa- só mentalmente los horarios. Perdía el tren. Bueno, aprovecharía para comer... Mientras callejeaba hacia el trayectorraíl dando un rodeo, reflexionó sobre el incidente. Pocas personas se arriesga- ban a llevar un inhibidor. Estaba prohibido y se castigaba con severidad en los tres continentes: las fuerzas del orden debían tener vía libre para poder neutralizar con rapidez y seguridad a cualquier individuo. A cualquier individuo común y corriente, se entiende. Quizá aquel corpamericano no lo era. Gabriel se preguntaba si no le habrían enviado para contactar. Después de todo, tanto rusopos como chinasios habían hablado con él. In- cluso un españés. Pero aquel corpamericano no tenía pintas de ser gente importante... aunque, contactar, había contactado de lo lindo con las fuerzas locales, eso sí.

Gabriel maldijo en voz baja. El asunto iba a complicarse y ter- minaría salpicándole. Si el tipo era un pez gordo, los distintos cuerpos policiales estarían en apuros y ninguno asumiría respon- sabilidades. Buscarían un cabeza de turco. O una cabeza, sin más: la de Gabriel. Irían a por el que había provocado al corpamerica- no. Y si el individuo era un don nadie, un inhibidor en manos no autorizadas era un tema igual de serio. Se investigaría a fondo. Y no los españeses, se ocuparían los germanosiervos. Con eficacia teutónica, perseguirían a todos los implicados en el follón. Uno por uno. Acabarían localizándole si no espabilaba. Los tendría encima bien pronto.

—Bueno, un punto por vez...

Gabriel recordó las palabras de Ella, transformadas en Prin- cipio. No adelantemos acontecimientos. Primero, a la estación.

 

Luego, a Moralucía. Lo del inhibidor cuando llegara, si es que llegaba.


4. VLAD Y SU OSO (DEGENERADOS NEORRELIGIONARIOS)


Una recia vikinga abrió la puerta de la habitación. El pequeño zar alzó la cabeza desde el pasillo y la miró directamente a los ojos, haciéndola apartarse de un empujón. Otro rusopo, éste enorme, que seguía como una abnegada mascota al primero, la miró de arriba abajo conforme entraba. La esclava se quedó al lado de la puerta con la cabeza gacha. Parecía haber encogido varios cen- tímetros.

—Hola, abuela.

La anciana zarina, alzada sobre cojines, tardó en responder. Miraba al rusopo grande, mientras los labios se le torcían hacia abajo en un gesto de desagrado que no podía ser más elocuente. Cerró los ojos con un parpadeo intermitente y los abrió contes- tando al saludo con una voz sorprendentemente recia.

—Controla a tu estúpido hermano, sólo le falta relamerse.

El rusopo se volvió con desgana, girando una rubicunda cabe-

za que parecía rotar unida firmemente a los hombros.

—Fuera.

El gigante obedeció al gruñido de su hermano y se dirigió ha- cia una puerta lateral llevándose consigo a la joven vikinga, que le siguió sumisa aferrada por una de las muñecas. Los ojos de la an- ciana brillaron como si quisieran hablar, pero la boca no se movió.

—Con ella estará un rato entretenido, abuela.

—No me llames así. Ante mí tu parentesco no sirve de nada.

¿A qué has venido?

La voz de la anciana no había sonado tan firme como antes. A cambio, su serio semblante compensaba la fuerza que la enfer- medad restaba a sus palabras.

—A su gusto, mi Zarina. No he venido por elección sino por obligación. Vengo del Oeste. Se están moviendo. Y en el Este, se preocupan. Comentan que hace falta sangre nueva por aquí, así que he venido a hacerme cargo.

 

—Tus impertinencias me aburren, nietecito mío. No es aquí donde hay asuntos que tratar, sino bastante más al sur. Allí no puedes llevar toda esa troupe vandálica que te acompaña. Me gus- taría ver cómo se las arreglaría sola esa sangre de la que presumes en una tierra donde sólo sobreviven los fuertes...

La burlona mirada que acompañó a la última frase, clavada en aquel retorcido torso, encendió el rostro del rusopo. Ni siquiera ella podía permitirse insultarle así.

—Sabes que no puedo viajar a África. Ni solo, ni acompañado.

Llamaría demasiado la atención.

—Yo estuve allí hace tiempo. Y te garantizo que llamaba la atención mucho más que tú con esa ridícula estampa tuya...

La endogamia hacía mella en los rusopos. La anciana había in- tentado en su juventud cambiar, innovar… No le habían dejado. O no tuvo el valor suficiente para escoger lo que quería. No pa- saba un día sin que se arrepintiera. Ahora pagaba el precio y tenía delante los resultados. Aquel ser deforme y el enorme bruto al que se oía suspirar en la habitación de al lado eran fruto suyo y el futuro de su sagrada patria...

—¡Ojalá te mueras!

El exabrupto del rusopo resonó en la habitación como un graznido histérico. La compasión se reflejó en el rostro de la an- ciana, quien suavizó aún más su voz. Había descargado su propia frustración en alguien que no tenía culpa alguna. Su nieto no era responsable de los errores que ella misma había cometido.

—No te preocupes, Vlad. No tardaré mucho en complacerte. Vete en paz y haz lo que hayas venido a hacer, hay gente que se ocupará de mantenernos informados de lo que hacen los africa- nos.

El rusopo desapareció sin abrir la boca por la misma puerta que había salido su hermano. Aquella bruja estaba acabada. Pero iba a saber quién era él antes de morirse...


***

El gigante había entrado en la habitación adyacente arrastran- do los pies. Un godo que descansaba sobre la butaca saltó como impulsado por un muelle y se quedó en un rincón. El rusopo ni

 

le miró. Empujó a la vikinga contra la pared y le abrió las piernas. Sin mayor ceremonia, retiró todo lo que le molestaba y la pene- tró, resoplando y suspirando.

El godo, quieto como una estatua, observaba la escena con unos ojos que no pestañearon ni una sola vez. Cuando terminó, el rusopo se desparramó sobre el sofá durmiéndose casi antes de cerrar los ojos. El godo avanzó despacio y cubrió con delicadeza la cintura de la vikinga con una toalla. Dulcemente la cogió de la magullada muñeca y los dos salieron en silencio de la habitación.


***

—¡Levanta, maldito cerdo! ¡Arriba!

Los golpes que acompañaron a las voces terminaron por des- pertar al gigante rusopo, que se protegió de las pequeñas manos que lo aporreaban alzando torpemente los brazos. Cuando Vlad se desfogó, agarró a su hermano por el pelo y lo arrastró detrás de sí mientras buscaba la salida. Una vez en el pasillo, caminó a paso vivo ignorando los lamentos de su hermano, que gimoteaba agachado, intentando seguirle sin tropezar.

El pequeño zar ni siquiera le oía. Sólo podía pensar en la vieja bruja y en cómo disfrutaría al acabar con ella. Hablaba para sí en voz alta y se imaginaba doblegándola, demostrándole su grande- za.

—Ya he estado en África, estúpida. Y he regresado para con- tarlo. Esos imbéciles comen de mi mano y algún día me entre- garán el continente entero. Pronto, para que puedas verlo antes de morir... Entonces regresaré a esa tierra maldita y aquellos bas- tardos me rendirán pleitesía. Igual que tú y los zares. Primero África. Luego Rusopa. Y después me encargaré de unirlas, tal y como aparecen en los mapas. Chinasia no existirá nunca más. Fundiré todos esos malditos robots y convertiré a sus dueños en mis esclavos. Entonces también los corpamericanos comerán de mi mano... Se doblegarán o morirán. Igual que tú, vieja víbora. Lo mismo que ese niño fanático y alucinado. Tendrás tu cohete espacial, maldito loco. Todo para ti. El féretro más grande del mundo, para ti y toda tu casta de degenerados neorreligionarios...

 

5. HACIA MORALUCÍA (ACUÉRDATE DE MÍ, LE GRITABAN)


La Estación Central era un lugar digno de verse, incluso inmerso dentro de un país-espectáculo. De planta circular, mostraba el concepto estructural de los Parques en un enorme gráfico lu- minoso situado a la entrada. El esquema, de clara concepción germánica, pretendía organizar la maraña de temas y atracciones que componían la península, para que los afortunados turistas no se sintieran demasiado perdidos entre tanta variedad. En teoría estaba todo claro, previsto y bien organizado. En la práctica, ya se encargaban los españeses de introducir las variantes “caos” e “improvisación”.

Representada en el tablero, la península ibérica era similar a una enorme cabeza vista de perfil. En el centro, una gran cir- cunferencia: “Usted se encuentra aquí, en el Parque Central de Hispamundo”. A su alrededor, cinco círculos de menor tamaño, los Parques periféricos. De Hispamundo partía un trayectorraíl a cada uno de ellos: Galisturia, Vajkongadis, Catalencia, Moralucía y Bacaladonia. El resto del espacio lo ocupaban zonas de servicio (cultivos, plantas energéticas...) o, simplemente, era un intermina- ble páramo estéril.

Además de andén, la estación funcionaba como un abigarrado resumen de los Parques y sus áreas temáticas: distintos territorios del planeta en determinadas épocas históricas arquetípicas. Con- tenía reproducciones virtuales o “en vivo y en directo” de lo que podía esperar encontrar el visitante en sus desplazamientos por los Parques.

Como el incidente con los corpamericanos había retrasado a Gabriel, disponía de un buen rato hasta el siguiente transporte a Moralucía. Compró una sabrosa “tortillaka de fritatas entre pan-pan, con su porrón de tintorro” a un zambo unicejo, que ceñía su despejada frente con una especie de mantel a cuadros anudado al cogote. Entre trago y bocado, se subió al trayecto- rraíl interno. Este transporte daba una vuelta al contorno de la estación, mostrando las atracciones principales y el ambiente de cada Parque.

 

Mientras un generoso chorretón de vino surgido de aquel en- diablado porrón se extendía sobre su camisa (una aburrida aza- fata ataviada con algo parecido a un sombrero-calcetín de color naranja le dijo que no se preocupara, que la mancha desaparecía sola), Gabriel se vio envuelto por una imagen holográfica móvil. Una enloquecida carrera en la que varios enormes bueyes de tipo americano perseguían (con desgana y bien despacio, todo había que decirlo) a un nutrido y homogéneo grupo de personas vesti- das de blanco y rojo.

Los toros bravos se habían extinguido ya en la época precon- tinental. Al prohibirse la lidia, simplemente desaparecieron: re- sultaba demasiado caro mantenerlos sin contraprestación eco- nómica. Había podido recuperarse una raza denominada “torico narro”, unos animales rojizos de tamaño compacto, demasiado bravos para usarlos en aquellas carreras-espectáculo. Ningún tu- rista quería acabar con 20 centímetros de toro introducidos en su recto. Ni con el escroto transformado en un pinchoruno. Así que los espléndidos animales languidecían en el Zoológico. No obs- tante, se decía que en realidad los criaban para eventos especiales que, a veces, se organizaban en las islas. Sobrantes capturados a la fuerza, escapaban a la carrera de toros enloquecidos con los cuernos en llamas, mientras aburridos potentados ociosos aplau- dían y cruzaban apuestas. Sólo rumores, seguramente. Gabriel no tenía confirmación de nada parecido. Ni quería tenerla. Bastantes problemas tenía el mundo para tener que apenarse por los que no podía siquiera intentar solucionar. Pobres sobrantes… Naciones enteras de perdedores recluidas a la fuerza en las islas, tras la continentalización. Sólo para que el resto, los fuertes, estuvieran un poco más cómodos.

El holograma quedó atrás, sustituido por una atracción en vivo. Un sudoroso atleta cortaba un enorme tronco a machetazos; su- bido encima, en peligroso equilibrio. Su torso desnudo mostraba una piel todavía más oscura que la mancha de vino que apare- cía, cada vez más negra, en la camisa de Gabriel. Un grasiento lamparón de tortillaka hizo compañía al de tintorro. Gabriel se preguntó si también esa mancha desaparecería... Una atractiva cholita vestida a cuadros blancos y azules marcaba con un bas-

 

tón puntos del tronco y el leñador descargaba el machete con furia en el lugar que había señalado la joven. Grandes trozos de astillas y aceitosas gotas de sudor del gigante nubio aterrizaban a veces sobre el trayectorraíl, para alborozo de algunas impresio- nables visitantes. A Gabriel, en cambio, no le emocionó la ducha. Aunque, pensándolo bien, quizá las nuevas manchas ayudarían a disimular la que había dejado el vino, que ahora tenía un alar- mante color rojo-óxido. Se preguntó qué gama de colores estaría dejando dentro de su estómago. Por lo menos el tintorro sabía bien. Y se notaba que era peleón... Se relajó. Ya se desintoxicaría en casa, con la austera dieta de Ella.

Volvió a mirarse el pecho, la mancha de grasa había desapare- cido del todo. Eso sí le hizo desconfiar. ¿Qué tipo de fritanga era la tortillaka? ¡Se desvanecía en dos minutos, menuda desfachatez! Nuevos espectáculos y atracciones aparecían y desaparecían ante sus ojos, aunque Gabriel les dedicaba cada vez menos atención. La sobre-exposición a estímulos empezaba a saturarle, además el alcohol hacía de las suyas. No estaba acostumbrado a caldos tan potentes, más pensados en las enormes humanidades de los cor- pamericanos, habituadas a excesos, que en el estilizado y ligero cuerpo de Gabriel.

En cualquier caso, el bocadillo había resultado tan recio o más que el contenido del porrón, así que el uruguayo, después de intentar reprimir una o dos cabezadas, se dejó llevar y se durmió dulcemente, con la cabeza colgando. La mancha de vino, que a estas alturas efectivamente había desaparecido, fue sustituida por un hilillo de saliva, que resbalaba con lentitud desde la boca entreabierta de Gabriel.

Se despertó sobresaltado. El trayectorraíl, una vez completado el círculo, se había detenido de golpe. El latinolibre se sintió des- orientado unos instantes, pero el barullo del lugar le recordó bien pronto dónde estaba. Descendió del transporte y se dirigió, algo inseguro pero muy tieso, hacia la zona de embarque a Moralucía. Llegó a tiempo y se subió a lo que los lugareños, con su mala baba habitual, llamaban “el supositorio”.

En una primera época el transporte tenía ventanas panorámicas de dudosa utilidad, dada la velocidad a la que circulaba. Además

 

las vistas entre Parques eran escasas y los viajeros se interesaban más en divertirse que en contemplar desiertos o huertas auto- máticas, así que las ventanas terminaron por desaparecer. Los vehículos, cilíndricos, pasaron a tener una superficie uniforme, suave y satinada. Y eran lanzados a presión hacia el exterior, des- de los túneles de aceleración colocados en los andenes. Gabriel no pudo sino reconocer que se habían ganado el sobrenombre a pulso.

Se sentó dentro del supositorio deseando un viaje tranquilo aunque con pocas esperanzas de tenerlo, dado el ambiente que había visto en la estación. Una vez aposentados y fijados en los asientos los pasajeros, el cubículo fue proyectado hacia el exterior con una violencia tal que el uruguayo pensó que algún gracioso le había atado el estómago al andén y lo había dejado allí. Debió de perder el sentido, porque despertó de nuevo con la cabeza sobre el pecho. Entonces se dio cuenta de que la mancha de vino, efectivamente, había desaparecido. Sin embargo las salpicaduras seguían allí. Maldito leñador. ¿Qué comería aquel tipo? Tortillaka no, de fijo. Seguro que las manchas de sudor eran exhibidas como trofeos por las corpamericanas.

Miró a su alrededor. Otras cabezas se alzaban amodorradas. El violento arranque del vehículo era uno de los atractivos del viaje. “La estampida”, le llamaban. Además de hacer alcanzar al supositorio la aceleración máxima en décimas de segundo, pro- ducía desmayos en la mayoría de sus ocupantes, para alborozo del resto.

De nuevo Gabriel se oyó bufar, pero le iba a faltar aire que ex- pulsar para hacer frente al espectáculo que se desarrollaría a con- tinuación. Desde la parte frontal apareció una banda de bandole- ros andaluces del siglo XVIII que con sus trabucos rociaban con agua a los desmayados y con vino a los que ya estaban despiertos. En verdad, daba la sensación de que el propósito de todo en aquel lugar era tener aturdidos a los visitantes permanentemente. Al frente de los bandidos, el latino creyó reconocer un perfil fa- miliar, tipo picador de corrida de toros precontinental. ¿Ese cuer- po redondito sobre dos piernillas escuchimizadas era...? Mientras intentaba ver el rostro del bandolero jefe creyó entender algo así

 

como “¿te has fijado qué pedazo de paquete tiene el bandido?” en medio de unas risitas histéricas. Se le fue la vista hacia la en- trepierna que tanta pasión desataba: el lamentable y abultado es- pectáculo quedó fijado en su memoria de forma indeleble. Reac- cionó alzando la vista hasta tener frente a su cara el amenazador trabuco chorreante de... ¿Santiago? No tuvo la oportunidad de asegurarse, porque el simpático animador comenzó a regarle a conciencia de clarete en una zona indeterminada localizada entre la boca y los ojos. Debía creer que su nariz tenía cara de sueño. Cuando el forajido se marchó, Gabriel dedujo que el depósito de vino (a presión) debía estar alojado en aquella parte que tan poderosamente había llamado la atención de las turistas. Vaya sentido del humor gastaban por aquí...

No era Santiago, no. Ahora que le había visto de cerca esta- ba seguro. Se parecían de manera llamativa, pero para cualquiera que tuviera unas mínimas nociones de historia eso no era ningún misterio. Y a los latinolibres los educaban bien. Conocían cómo la que todavía llamaban “madre patria”, donde Ella había nacido, se había convertido en lo que era. Gabriel intentó recordar lo que había aprendido en el colegio, aunque con tanto ruido era difícil concentrarse.

Los bandoleros habían acorralado a una turista sedienta, con ganas de cachondeo. La estaban regando a base de bien. Menos mal que el vino aquel no dejaba mancha, se dijo el uruguayo son- riendo con sorna. Cerró los ojos y se colocó un sombrero deco- rado con la leyenda “NO MOLESTEN” con la esperanza de que le dejaran en paz. El complemento estaba preparado en los bajos de su asiento: había que divertir a los turistas, pero sin pasarse. Los germanosiervos insistían en ofrecer estos “mecanismos de seguridad” por si alguien quería relajarse un poco. Casi, casi, Ga- briel se sentía agradecido a los rubiales cabezaduras...

Cerrar los ojos le ayudó a pensar. Recordó que, siendo niño, la proferella les había explicado el final de la era moderna y el prin- cipio de la continentalización. Los historiadores no se ponían de acuerdo en los límites que separaban ambas épocas. En aquellos años inciertos, entre otras señales que no se supieron interpre- tar, la natalidad en España había descendido muchísimo. Sin em-

 

bargo, el número de partos múltiples ascendía. En un principio, por los tratamientos de reproducción asistida. Luego, de manera espontánea y sin razón aparente, los nacimientos de gemelos o trillizos se multiplicaron.

Con la perspectiva que daba el tiempo, Gabriel se preguntaba si la naturaleza no se habría contagiado de la fiebre igualitaria que atacaba entonces a la humanidad. De la misma forma que se reducía drásticamente la biodiversidad terrestre, los seres huma- nos cada vez tenían unos rasgos más uniformes. Que nacieran menos, e idénticos, era un eficiente mecanismo para conseguir seres más homogéneos. Los trabajadores de los Parques, des- cendientes de aquellas oleadas de hermanos idénticos eran una muestra palpable. Por eso resultaban tan familiares. Casi siempre recordaban a alguien.

El uruguayo notó que una persona se acercaba. Entreabrió un ojo y vio de nuevo frente a él a Santiago II apuntándole otra vez. Ya le extrañaba que lo del sombrero funcionara, ya... Tendría que reforzar el mensaje con algo más directo. En una rápida suce- sión de movimientos, Gabriel agarró el trabuco, se lo arrebató al bandolero, apuntó a su cara y lanzó una patada penetrante al depósito-coquilla.

El resultado fue inmediato. Santiago II acabó doblado sobre sí mismo en el suelo, dolorido, empapado y lanzando desde la cha- fada entrepierna chorritos de vino y agua que salpicaban en todas direcciones. El latinolibre pensó que los bandoleros captarían la indirecta y le dejarían en paz. Error. No había previsto las ganas de jolgorio que tenían sus compañeros de pasaje. En un instante habían cambiado las tornas y eran los turistas quienes atosiga- ban a los bandoleros, que huían en todas direcciones intentando proteger sus partes de las patadas, puñetazos o mordiscos de los desquiciados corpamericanos. ¿Pero qué le pasaba a esta gente, por el amor de ella!

Las escasas personas que permanecían en sus asientos como es- pectadores, aplaudían a rabiar y jaleaban. Gabriel les había propor- cionado una jugosa anécdota que contar a su regreso. Otra más... Mientras los bandoleros se retiraban en desbandada, desde el otro extremo del supositorio, por detrás de Gabriel, comenzaron

 

a oírse unas guitarras rasgadas y una serie de melódicos lamentos y zapateos que luchaban por imponerse al cacofónico zafarran- cho general. El uruguayo se imaginó a sí mismo como un pimien- to picante con ardores, atrapado entre un martillo y un yunque.

Gracias a Ella, la nueva distracción tuvo un efecto fulminante. Los corpamericanos se volvían hacia el nuevo estímulo aman- sados, tranquilizándose poco a poco. Conforme los bandoleros lograban huir, un nutrido clan flamenco ocupaba su lugar, entre quejíos, taconeos y un generoso e imaginativo surtido de chillo- nes vestidos, confeccionados en colores tan llamativos e intensos que saturaban las retinas, anulando el pensamiento racional.

Gabriel constató que, definitivamente, tendría que olvidarse de la tranquilidad mientras estuviera en los Parques. Por lo menos, ahora nadie pretendía ahogarle en vino, menos mal. Y, por suerte o porque hubieran visto que era hombre de recursos, los artistas se dirigieron hacia la zona más revoltosa, alejándose un poco del alcance de sus pies. Mientras pasaban a su lado, les observó: per- sonal caracterizado, no auténticos gitanos. Era raro encontrarles en espectáculos de animación organizados, procuraban ir por li- bre. Al latinolibre le caían bien.

El pueblo calé había tenido un cierto papel en la difusión de las ideas de Ella, aunque no eran seguidores de sus doctrinas. Te- nían sus propias costumbres, que procuraban mantener a rajata- bla aun en aquellos tiempos. Gabriel los admiraba por ello, pero creía que ese comportamiento limitaba mucho sus opciones, an- cladas siempre en el pasado. El uruguayo prefería crear él mismo sus propias tradiciones. ¿Por qué debía seguir las que inventaron otros? ¿Sólo porque habían nacido antes? Sin embargo, a pesar de tener un destino aparentemente marcado por sus ancestros, los egiptanos eran uno de los pocos grupos sociales sobre la tie- rra que sabía disfrutar de la vida. Eso los hacía libres, a su modo. Y seguían siendo nómadas, en cierto sentido al menos, preci- samente lo que le interesaba a Gabriel en aquel momento. Pero aquellos, sin duda, no eran gitanos, así que no tenía sentido con- tactar con ninguno. Se tumbó lo más cómodamente que pudo, dejando un pie bien visible apoyado en el brazo del asiento, pre- parado para lanzar una patada a la mínima provocación. Se caló

 

el sombrero hasta los ojos y trató de dormir. Lo consiguió a me- dias. Entre el olor a vino peleón, que no se esfumaba como las manchas, y el escándalo que seguían armando turistas y anima- dores, las escasas cabezadas que consiguió dar, entre sobresalto y sobresalto, estuvieron plagadas de imágenes delirantes y ho- rrorosas. Gigantescos tentetiesos calvos y grasientos, que oscila- ban tambaleándose sobre hinchadas bolsas escrotales turgentes y brillantes, le perseguían mientras él corría sin apenas avanzar, a lo largo de una playa llena de vino fangoso que le llegaba hasta la cintura. “Acuérdate de mí”, le gritaban...


6. GITANOS (EN MANOS DE LOS TUAREGS)


Gabriel salió de la estación mareado. Necesitaba despejarse y de- cidió dar un paseo hasta el hotel. Mala idea. El panorama en Moralucía era caótico y estresante: mensajeros de hotel vestidos de jenízaros llamaban a los corpamericanos por su nombre para trasladarlos a su alojamiento, exóticas huríes buscaban viajeros solitarios, turistas intoxicados deambulaban por las calles dando tumbos... El latino intentó escapar del alboroto y acabó rodeado por tres mujeres que vociferaban agitando flores ante su cara. Un golpe de suerte, aquellas sí eran gitanas. A pesar de estar aturdido, no le fallaron los reflejos.

—Flores no, pero una de vosotras va a leerme el futuro.

Las tres se enzarzaron en una ruidosa discusión. Gabriel temió que acabaran tirándose de los pelos y volvieran a mezclarle en un altercado. Tan rápido como había empezado, la disputa terminó. Las dos más jóvenes se apartaron, buscando nuevos clientes para sus claveles. La egiptana de mayor edad le cogió de la mano, lle- vándole bajo una arcada de la estación. Allí, al abrigo, el ajetreo se diluía un poco. Le volvió la palma hacia arriba. Sin darle tiempo a empezar, Gabriel leyó por ella.

—Voy a cruzar al otro lado y tu pueblo va a ayudarme. Pago bien. La persona que tengo delante va a llevarme ante quien ne- cesito ver para llegar al sur. Y la recompensaré por ello.

La mujer cerró los labios con fuerza. La boca se convirtió en una línea horizontal y sus ojos se clavaron en los de Gabriel. Él

 

le devolvió la mirada con una seriedad medio zumbona que des- armó a la gitana. Ésta se relajó e intentó volver a leer la mano del uruguayo mientras mascullaba en españés antiguo con un marca- do acento moralucense.

—Vaya guaza tiene er pasho.

—Hablo en serio.

Esta vez, Gabriel no se rió y enseñó su politarjeta a la egiptana. El modo pantalla mostraba una cifra. La anciana soltó la mano de Gabriel. Llamó a gritos a sus comadres e hizo ademán de di- rigirse hacia a ellas. Se volvió con rapidez. Con un gesto invitó al uruguayo a seguirla. Éste negó con la cabeza y volvió a enseñar la politarjeta. Esta vez aparecía la imagen de un edificio. Ella asin- tió: conocía el hotel.

—Estaré aquí hasta el mediodía, no más tarde. Me llamo Ga- briel. Ya adivinarás mi número de habitación...

El latinolibre se despidió sonriendo y atravesó la marabunta humana en dirección a su alojamiento. Una vez allí, tomó una ducha rápida, un desayuno ligero y se tumbó a descansar. Dio aviso para que le despertaran si alguien preguntaba por él.

En cuanto cerró los ojos, la politarjeta zumbó. Iba a pasar sue- ño en aquella misión... La recepcionista le avisó de que subían a verle. Gabriel pensó que los calés no habían tardado mucho en interesarse por su oferta. Un par de golpes suaves sonaron en la puerta. Se levantó con desgana, abrió y vio algo distinto a lo que esperaba. Un viejo conocido, el mismísimo Santiago, le hacía señas desde la puerta que había frente a la suya.

—¿No le dije que se acordara de mí? Ande y pase padentro, an- tes de que suban esos maderos cabezacuadrada.

La intuición empujó a Gabriel a seguir el consejo del españés, que esta vez ceñía sus bien cubiertas costillas con un traje cordobés bastante discreto. De un salto se plantó en la otra habitación, lo de “maderos cabezacuadrada” no le había sonado nada bien. Habían pasado unas horas escasas desde la reyerta con los corpamerica- nos, pero la policía germanosierva era eficiente. Sobre todo si ha- bía un inhibidor de por medio. ¿Le habrían localizado ya?

La habitación era idéntica a la suya, aunque estaba más con- currida. Un gitanillo de poblado bozo pubescente le miraba con

 

gesto aburrido desde una pared, en la que se apoyaba con des- gana.

—¿Y éhte ponypasho eh er ezpía?

Santiago lanzó una mirada asesina al muchacho, quien la reci-

bió con indiferencia; pero se dirigió a Gabriel.

—Menos mal que no me fiaba y tenía gente cuidando de usted.

Por cierto, tengo un recado de parte de mi primo.

Y con súbita firmeza (y buena puntería) estampó una rodilla contra la entrepierna del uruguayo, que supo enseguida a qué primo se refería el españés. Mientras caía al suelo pudo entrever cómo dos egiptanos de pechera abierta salían del armario y le re- cogían del suelo. Santiago puso voz de borracho y precedió a los tres por el pasillo, oscilando de lado a lado, haciendo apartarse a dos tipos rubios de faz seria y trajes idénticos que se habían plan- tado en la puerta de Gabriel. El adolescente descarado cerraba el grupo cantando y batiendo palmas.

Una vez en la calle, Santiago le pidió disculpas por el rodillazo. Gabriel, entre jadeos, tuvo que reconocer que estar noqueado les había facilitado la huída.

—Por cierto, ahora que acabas de saludarme tan genitalmente, sería mejor que dejáramos las formalidades. Podemos tutearnos,

¿no te parece, Santiago de los c... ?

Las risas de los españeses interrumpieron la frase y amorti- guaron los tres o cuatro exabruptos con los que se desahogó el uruguayo, al que introdujeron dentro de un colorido vehícu- lo particular. En él se dirigieron hacia la casa del joven calé. El mozo tenía las trazas de alguien destacado entre su gente. Una vez acogidos en un abarrotado piso, Santiago explicó a Gabriel que los zares estaban inquietos con el suceso del inhibidor. Indi- caba que tenían cerca a alguien importante. No sabían quién era, así que sus inspectores germanosiervos estaban investigando a los implicados en el alboroto. Durante la estancia de Gabriel en África, quizá el embrollo se explicara por sí solo y las autoridades se olvidaran de él.

—No importa que esté en África o no. La politarjeta ha de quedarse aquí, no puedo llevarla allá abajo. Y ellos seguirán su rastro de todas formas.

 

Santiago sonrió condescendiente ante la afirmación de Gabriel.

—No te preocupes por eso, mi amigo americano. Los primos, aquí presentes, se ocuparán encantados de mover tu cacharrico sin dar tiempo a que nadie lo alcance. Será igualico que si tú mismo estuvieras aquí, disfrutando de todas las diversiones que ofrece esta maravillosa tierra.

El uruguayo se sonrojó un poco, no había pensado en una sa- lida tan sencilla. Tendría que blindar la politarjeta para evitar que se divirtieran demasiado a su costa. El anciano le había propor- cionado fondos, pero respondería por ellos a la vuelta.

—El asunto es otro, mi querido hispanolibre. ¿Qué tienes que hacer allí abajo? Si no hay nada...

—Nadie viaha allí ya. El úrtimo fue aqué rusopo chaparro, hace meseh. Quería crusá con medio ejérsito de bárbaroh, er rubito. Ar finá pazaron zólo éh y zu tarugo gigante. Vorvieron de milagro.

El joven gitano se reía después de su reveladora parrafada, pero Santiago le fulminaba con la mirada. Había cometido una indis- creción de la que Gabriel tomó buena nota. El cordobés se diri- gió al adolescente con seriedad.

—Pedrico, estás aquí porque tu abuelo es quien es y confía en tu buen juicio. No le hagas quedar mal. Quiere que le cuentes luego lo que hablamos aquí, no que nos largues a nosotros lo que ha pasado o dejado de pasar a otra gente.

El joven se tomó la reprimenda como una ofensa y no volvió a abrir la boca. Gabriel ignoró la discusión e insistió: tenía que pasar al otro lado. Y una vez allí necesitaría gente de confianza que le ayudara a viajar hacia el sur. Santiago movía la cabeza con gesto de disgusto. A regañadientes, cedió.

—Voy a ayudarte. No sé qué esperas encontrar. Te sería más fácil preguntárselo directamente a tus colegas corpamericanos. Seguro que saben qué se cuece en aquel desierto sin necesidad de mandar a nadie a comprobarlo... Pero bueno, es cuestión tuya. Yo me llevo mi parte, mis primos ya saben cuál es, ¿verdad? Santiago miró a Pedrico, que asintió muy serio y muy digno, sin decir una palabra. El españés continuó.

—Cruzarás con estos, saben cómo pasar. Te llevarán con los tuaregs, si alguien puede viajar por el continente son ellos. De-

 

penderá de ti cómo te las apañes allá abajo. Tienes un mes para volver. Plazo máximo, ¿eh? Mis gitanicos estarán atentos para traerte de vuelta. Ahora, si te pasas de plazo no respondo por ellos. Os dejo, ya tratarás con Pedrico las condiciones.

Gabriel entendió entonces por qué el joven calé estaba allí. Se- ría nieto de alguien importante, sí; pero el uruguayo se convenció de que lo tenía delante por sus dotes negociadoras. Sabía rega- tear, el pequeño demonio. Se las compuso para asegurarse de exprimir al máximo la politarjeta de Gabriel. No hubiera podido comprometer ni una fracción más de crédito de lo que apalabró. Con la politarjeta a buen recaudo (Gabriel recordó a Pedri- co que estaba blindada y no podían sobrepasar el límite diario acordado), los dos gitanos de las pecheras al viento se hicieron cargo del latinolibre. En otro vehículo destartalado, no tan vis- toso como el primero, se trasladaron los tres hacia la costa. Los Dosermanos, tal y como se presentaron a sí mismos, canturrea- ron en voz baja durante todo el trayecto “para ir aclarando la

garganta”, según le dijeron entre risas.

La expresión intrigó a Gabriel, que les dejó hacer. Incluso se animó a batir palmas una o dos veces. En un momento determi- nado los egiptanos dejaron de cantar y pidieron silencio. Gabriel supuso que se acercaban a las demarcaciones costeras bajo con- trol chinasio.

—Vamoh a taparte loh oídoh. A partir de ahora has lo que hagamo nuzotroh, pero quéate callaíto.

Semejantes instrucciones descolocaron a Gabriel. ¿Los oídos?

¿Qué no debía oír? Al hispano le intrigaba cómo iban a cruzar. Había supuesto que los calés tendrían localizado algún paso poco vigilado (si aquello era posible hablando de robots) o habrían comprado algún chinasio (si aquello era posible hablando de chi- nasios). Daba por hecho que le taparían los ojos en cualquiera de los dos casos, para que no pudiera recordar el camino o al intermediario. Pero, ¿los oídos?

Uno de los Dosermanos le introdujo sin miramientos sendos tapones de espuma que casi le llegaron a los tímpanos. Después, colocó encima de las orejas unos auriculares protectores de tipo industrial. Gabriel pensó que habría sido más efectiva una anu-

 

lación temporal del área auditiva del cerebro con un buen to- que de electroporra, pero se guardó muy mucho de comentarlo. Le alivió que los gitanos no supieran (o no quisieran) utilizar tal método. Con toda probabilidad no necesitarían provocarle una sordera completa para hacer lo que fueran a hacer.

Le indicaron que saliera del vehículo. Al cerrarse la puerta se dio cuenta de que aún podía oír algo, aunque le resultaba im- posible distinguir los sonidos con nitidez. Dudaba de que fuera capaz de entender una conversación, ni aun a grito pelado. Era posible pues, que sí tuvieran que tratar con algún chinasio y los Dosermanos no quisieran oyentes curiosos. Gabriel había sido incapaz de aprender a leer los labios, así que no se enteraría de nada. Ni aun sabiendo, se dijo. Le hubiera gustado ver a Emere- lla, que tanto presumía de tal habilidad, leer a aquella pareja de dos, hablando a todo trapo con esa vocalización suya, oscura y entrecortada, mezclando espanglés, caló y españés antiguo, como hacían en todo momento. ¡Pero si casi no les entendía ni con las orejas bien abiertas! Hablaban hacia dentro, como si las palabras se les cayeran hacia atrás, tragadas por la garganta en vez de salir disparadas de la boca…

Comenzaron a andar con decisión, sacando a Gabriel de sus divagaciones fonéticas. Se colocó en medio de los Dosermanos. Los tres avanzaron hacia la costa en fila india. El gitano que tenía detrás, colocó ambas manos sobre los hombros del uruguayo e indicó a éste que le imitara con quien le precedía. ¡Hala, los tres desfilando y marcando el paso! Decididamente, todo en aquel lugar era peor que un chiste malo, volvió a pensar el latino...

Bufando de nuevo, se dio cuenta de que avanzaban en lí- nea recta, sin desviarse para rodear los pequeños accidentes del terreno. De repente, no uno, sino dos robots les dieron el alto con señales luminosas, acercándose desbocados. Uno por la derecha, el otro por la izquierda. Los calés ignoraron las advertencias y siguieron caminando al mismo ritmo, siempre en línea recta. Cuando las máquinas estuvieron a su altura, el gitano que tenía delante giró con brusquedad la cabeza a la iz- quierda sin detenerse, dirigiendo la cara hacia el robot. Medio deslumbrado por el autómata, Gabriel se dio cuenta de que el

 

“Dosermano” hablaba sin parar. Volvió la cabeza hacia atrás sin dejar de andar. El otro gitano también farfullaba algo al androide que había llegado desde la derecha. En un momento dado, los egiptanos detuvieron sus pasos, pero no las lenguas, que se movían desatadas e incansables. Los autómatas les imi- taron. Dejaron de andar, pero no de parlotear. Y a un ritmo en- diablado, notó el uruguayo: los oídos le zumbaban. Sintió que le empujaban desde atrás, así que Gabriel reanudó la marcha, empujando a su vez al que tenía delante. Sorpresa, los robots se mantuvieron donde estaban. Se giraron un poco, como para poder seguir la enloquecida conversación entre ellos… y allí se quedaron, hablando. Si es que aquel sobrerrevolucionado chirrido artificial, que hacía vibrar los auriculares de Gabriel, era hablar.

Idéntico a una burbuja, un mini submarino surgió cerca de la playa conforme la tresena se acercaba. Los Dosermanos apre- miaron a Gabriel y se lanzaron al agua. El balín se abrió y en- traron. Casi de inmediato, el vehículo se sumergió y comenzó a moverse. Mientras uno pilotaba, el otro hermano quitó las oreje- ras a Gabriel y le hizo señas para que se quitara los tapones. Reía con ganas.

—Maquinitah a nuzotroh, pisha...

La sorpresa de Gabriel era mayúscula y su cara debía de refle- jarlo, a juzgar por las risas de los pecholobos.

—¿Qué narices ha pasado ahí atrás?

—Si ereh bueno, cuando zea mashó lo entenderáh.

Las carcajadas que siguieron a semejante salida hicieron desis- tir a Gabriel, pero no dejó de darle vueltas al incidente mientras estuvieron sumergidos. Los Dosermanos no cesaron de cantar y bromear. Al cabo de un rato salieron a la superficie frente a una descuidada playa idéntica a un muladar. África.

—Aquí no hase farta montá tanto numerito. No eh difísi entrá. Sólo vigilan a loh que zalen. Hala, en cuatro brazadah estaráh ande queríah. Cuando tengah que vorvé, ensiende un güen fuego. Veráh que hay hoguerah preparadah, dizimuladah entre la porquería. Recuerda que tieneh un méh, no máh.

—¿Qué les habéis hecho antes a los chinasios?

 

Los Dosermanos se mostraban más serios ahora. El que pa- recía mayor se despidió de Gabriel con una suave palmada en la cara.

—Tú preocúpate de lo que tieneh delante, no de lo que dejah atráh. Ten cuidao, ahí están zumbaoh. Zi güerveh, iguá te dehamoh pazá zin taponeh y to. Ya veremoh... Y date priza, cuanto máh estéh en eze manicomio zerá pior pa ti. Hala, te ehperan en el bazurero.

Adelantó la mano, como para dar una nueva palmadita a Ga- briel. En vez de eso le dio un fuerte empujón. Desde el agua, pudo oír a los Dosermanos carcajeándose de nuevo a sus expen- sas.

—Pero cómo va vorvé ehte quinquín, zi eh un inosente... ¡Zuerte, pasho! El mini submarino se cerró y desapareció bajo el agua. Gabriel nadó hacia la playa y avanzó hacia delante. Una figura embozada surgió de entre las sombras. Los gitanos habían cumplido. Ahora

estaba en manos de los tuaregs.

 



III. CORPAMÉRICA ORBITA

 

0. TERCER SUEÑO DE LA GITANA (ENTRARA EL SOL)


Se veía a sí misma como un recorte de papel. Una silueta con faldita y todo. Otro sueño. Tenía que dejar esas merendolas de pastas y moscatel con sus amigas payas. Luego no había forma de dormir en condiciones. Y seguía oyendo roncar a su marido.

¿Pero entonces, estaba durmiendo o no?

¿Qué le había dicho su abuela cuando era niña? El don…

Un pájaro la distrajo. Pajaricos de papel surcaban los cielos y ranas de papel saltaban por doquier, persiguiendo insectos de papel en aquel mundo hecho de papel y cartón. Sólo el sol era de verdad. De oro ardiente. Un perro de papel intentaba morderlo. La gitana le dijo que se iba a quemar, pero al animal no le impor- taba. Le contestó que le gustaba jugar con fuego. Quería arrancar una llamarada para llevarla en la boca. Este perro es tonto, se dijo la mujer. Siguió su camino y vio que también una rana de papel intentaba llegar hasta el sol. Saltaba y brincaba. Llegaba hasta el cielo y daba vueltas y vueltas. Círculos y más círculos alrededor del sol, que cada vez calentaba más y más. Y daba luz y más luz

que entraba a chorros por la ventana.

¿Pero es que este marido suyo no podía dejarla tranquila un rato más? ¡Qué manía con abrir la ventana al punto de la mañana para que entrara el sol!

1. BRAD, EL TÍO (DE SUBAMÉRICA, NADA MENOS)

Emerella se ajustó el traje protector y entró en la Plataforma. La certificación de su politarjeta la identificaba como observadora técnica, en una misión de verificación autorizada por la Corpo- ración Americana en Órbita. Todo en orden, podía subir. Una vez arriba, dependería de sí misma para realizar la misión. Su certificado no le permitiría acceder a todas las zonas. Si quería ver el Péndulo en su totalidad, debería encontrar algún “colabo- rador” que le ayudara. Llevaba un inhibidor que podría facilitarle la tarea, pero era peligroso usarlo. Dejaba rastro y era detectable, Emerella prefería no arriesgarse. Lo utilizaría sólo en caso de emergencia.

 

El anciano había sido claro en su encargo: necesitaban conocer el estado actual del enorme artefacto. ¿Era viable como albergue espacial? Quizá los neorreligionarios fueran capaces de fabricar el propulsor, pero construir una nave en la que colocarlo era otro cantar. Era lógico pensar que contaban con el Péndulo para eso. Ya estaba hecho y se había usado antes.

La Plataforma daba acceso al nivel más alto de la estructura que sostenía el cable. A partir de allí viajarían en ascensor. Nombres comunes para algo que no lo era, por lo menos a ojos de la uru- guaya, que nunca había estado allí antes. Llegar hasta Gran Ecua- dor había sido aburrido. Una ruta anodina, sólo interrumpida por los controles de seguridad, pero una vez allí todo era sobrecoge- dor. Gran parte de la extensión que ocuparan antaño varios países a lo largo de la línea ecuatorial, se había convertido en un inmen- so armazón que sujetaba y comunicaba el Péndulo con la tierra.

Los anclajes y edificios interconectados que daban soporte a la extraña nave interplanetaria se extendían por los cuatro puntos cardinales, rodeando de forma aparentemente anárquica a la me- ga-construcción en la que se encontraba Emerella. De ese enor- me conjunto de edificaciones partía la estructura de nanotubos que cumplía la doble misión de amarre y eje de comunicación. El extraño aspecto del conjunto se debía al sistema constructivo: ensayo y error puro y duro. Nunca antes se había realizado se- mejante proyecto de ingeniería, así que se avanzaba (y retrocedía) constantemente. Los éxitos o fracasos de las primeras fijaciones y ascensores fueron reforzados o modificados conforme se desa- rrollaban nuevas técnicas y materiales, dando al lugar la aparien- cia de una bizarra y descomunal colonia de arañas en continua y frenética actividad.

La parte exterior del enorme complejo ecuatorial se hallaba ro- deada por el anillo de Control de Tránsito, última verificación de acceso. El primer filtro que había tenido que superar había sido el acceso al transporte. No era fácil viajar, especialmente a Gran Ecuador. Y más difícil todavía era entrar, pero una vez supe- radas las comprobaciones que daban acceso al enorme recinto, los sistemas de seguridad desaparecían. Al menos en apariencia, suponía Emerella. Parecía darse por hecho que nadie no autori-

 

zado podía entrar, así que los que ya estaban dentro circulaban con relativa libertad por las zonas a las que tenían acceso.

Tomando buena nota de los últimos sistemas de vigilancia y control, la latinalibre fue conducida, con el resto de sus compa- ñeros de ascensión, hasta la parte más elevada de la Plataforma. Desde allí, Gran Ecuador se extendía como una especie de extra- vagante andamio-urdimbre, salpicado de edificios e instalaciones diversas que subían y subían como si pretendieran conectar la tierra con el cielo. Dirigió la mirada hacia un cubo transparente similar a una pecera, que culminaba la azotea de un enorme edi- ficio unido al conglomerado de tubos ascendentes. Dentro, cen- tenares de chinasios se alineaban en filas. Algunos, estáticos en apariencia. Otros, moviéndose despacio, inmersos en una danza hipnótica. Desde allí controlaban los robots que trabajaban en las instalaciones. Un afable y parlanchín corpamericano, que parecía conocer a todo el mundo, recordó a Emerella lo que ya había leído en su dossier informativo.

—¿Menudo espectáculo, eh? Ellos no suben arriba, mandan a esos juguetitos suyos a hacerles el trabajo y se pasan el día ente- ro en la pecera, dormitando o con esos bailecitos que tanto les gustan.

Emerella rememoró el acuerdo de intercambio que se había alcanzado para el Péndulo: zonas de servicio comunes para los tres continentes, una parte exclusiva para los corpamericanos y otra para los rusopos. Los sistemas tecnológicos, a cargo de los chinasios. En la práctica, la zona rusopa del Péndulo estaba vacía. Su delegación, apenas testimonial, colaboraba en buena armonía con el resto de los técnicos e investigadores, corpamericanos en su mayor parte. Con su esfuerzo y el servicio de soporte de los robots chinasios, iban progresando los trabajos.

Una vez agrupados, los viajeros comenzaron la primera parte de la subida o “escalada”, como la calificaba el sociable y locuaz corpamericano. Debían usar varios transportes de corto reco- rrido, que ascenderían por la superestructura, acercándoles a la esfera o “Terminal”, que culminaba los sistemas de anclaje. Allí tomarían el ascensor propiamente dicho, que los llevaría hasta su destino: el Péndulo.

 

Emerella estaba nerviosa, nunca antes había estado en un lugar como aquel al que se dirigía, pero la aparente indiferencia de sus compañeros de “cordada” le ayudaba a tranquilizarse. En su ma- yoría eran técnicos e investigadores corpamericanos, habituados a trabajar y pasar largas temporadas arriba. El resto, supuso, era personal de mantenimiento y apoyo, responsable de que la ascen- sión llegara a buen término.

No había turistas. Debía ser terriblemente caro darse el lujo de pasar unos días en gravedad simulada. No obstante, los docu- mentos mencionaban que había algún tipo de hotel allí arriba... Durante unos instantes, intentando relajarse, entrecerró los ojos para visualizar en su mente el plano del Péndulo que le habían en- viado. Debía saber cómo moverse con soltura y qué zonas visitar.

—¿Tu primera vez?

Emerella abrió los ojos y se encontró con que el incansable corpamericano le hablaba de nuevo. Ella le correspondió con una sonrisa aparentemente insegura. Le vendría bien tener un caballero andante al que poder recurrir en caso de necesidad. Le pareció buena idea interpretar el papel de jovencita desvalida.

—¿Tanto se nota? Estoy en trámite de intercambio y quizá me destinen aquí. Tengo orden de subir y empaparme bien de todo. Si paso la prueba tendré trabajo permanente arriba.

Brad sonrió ampliamente ante la perspectiva de tener a una nueva compañera tan atractiva. Emerella se dio cuenta de que tenía un pez deseando morder el anzuelo. Si se lo trabajaba bien, aquel merluzo la llevaría de visita por el Péndulo enterito. Iba a ser tan fácil que casi hasta le dio un poco de pena aquel individuo, tenía cara de buena persona...

Con un balanceo final, el transporte intermedio en el que su- bían se detuvo. Ahogando un suspiro, Emerella se acercó al cor- pamericano, que la rodeó con un brazo rechoncho y pesado. La uruguaya sonrió para sus adentros. Aquello estaba hecho.

Un breve paseo a pie, atravesando una estructura tubular, les condujo a otro ascensor. Una vez dentro, el nuevo amigo de Emerella se dedicó a darle detalladas explicaciones sobre la es- tructura, los ascensores, el Péndulo, los laboratorios, el hotel, los sistemas auxiliares... Emerella asentía y le escuchaba con la mi-

 

rada absorta y admirada. Ya se había estudiado de pe a pa todo aquello, pero tenía que reforzar los lazos con su cicerone. Brad, le había dicho que se llamaba. Sólo Brad.

—Lo más llamativo es que, en origen, el Péndulo era una espe- cie de caja: un contenedor de carga, nada más. Los pobres des- graciados que se refugiaron allí dentro lo hicieron por desespera- ción, no les quedaba otra salida. Tuvieron suerte de llegar hasta aquí.

La rutina de traslado ascensores - tubos de intercomunicación se repitió a lo largo de toda la jornada, amenizada por la prolija conversación de Brad, a la que Emerella prestaba en apariencia toda la atención que merecía. Durante la última etapa, antes de llegar a la Esfera, el corpamericano se enfangó en una larga y te- diosa explicación sobre cómo los últimos alienígenas ancestrales habían conseguido un impulso energético final, en una odisea desesperada que acabó por llevarles a la tierra. Total, para tener tan triste fin. Ni siquiera conocía la historia correctamente, pero Emerella no iba a corregirle.

—El hecho es que un simple depósito de materiales es hoy día una herramienta utilísima que va a ayudarnos a emprender la conquista del espacio algún día, cuando estemos preparados.

Junto a la que parecía querer ser una deslumbrante conclusión a su larga perorata, destinada a emocionar los corazones de las visitantes ocasionales, el corpamericano dedicó la mirada más vi- ril que pudo conseguir a una rendida Emerella. Ella le observaba con mejillas arrobadas mientras se decía lo cerca de la verdad que podía llegar a estar aquel ingenuo ternero. Sin embargo, tampoco la uruguaya sabía que ese “algún día” iba a llegar muy pronto. Y les pillaría a los dos sin estar preparados.

Una nueva sacudida les anunció el final del trayecto. Empezaba la última etapa del viaje, que les llevaría al Péndulo. Se encontra- ban en el nivel más alto del entramado estructural, dentro de la llamada esfera o “Terminal”, atravesada verticalmente por el ca- ble. Este larguísimo ingenio no sólo sujetaba el Péndulo, sino que alojaba varios ascensores que, con una mecánica asombrosamen- te similar a la de los antiguos trenes-cremallera, comunicaban el Péndulo con la estructura de anclaje terrestre.

 

Brad condujo a Emerella hacia un ventanuco semiesférico que había en el suelo. Con un teatral gesto la invitó a mirar. La chica se agachó y esta vez no tuvo que fingir ante su atento guía. Lo que vio le cortó la respiración. Una enorme y tupida trama se extendía a sus pies en todas direcciones, como si toda la tierra se hubiera convertido en una tela de araña inabarcable y terro- rífica.

Al levantarse, Emerella se sintió ligera y sinceramente mareada. Un galante Brad la sostuvo y le aseguró que, una vez en el ascen- sor, tendría tiempo para descansar en los sacos-litera.

—Y cuando despiertes, ya verás, ya... Pesarás menos que una pluma.

Con una sorpresiva agilidad, el corpamericano se puso a dar ruidosos saltos de ballet, igual que un elefante enloquecido, hasta que el personal de control, alarmado, le hizo detenerse. Debían creer que aquel energúmeno era capaz de provocar algún daño estructural. Emerella rió sinceramente, con ganas. Aquel tipo pa- recía un chiquillo... Por lo que había podido ver, era toda una institución en aquel lugar. Su familia había trabajado allí desde hacía varias generaciones. Él mismo, había pasado más tiempo danzando arriba y abajo que en tierra firme, de forma que su or- ganismo funcionaba mejor en las alturas, o eso decía. Vestía uni- forme de la Corporación de Ingeniería de Nanoestructuras. En la práctica era algo parecido a un responsable de mantenimiento. “El” responsable, “el tío” al que se llamaba cuando ya no había nadie más a quien llamar.

Emerella se preguntó si habría sido la casualidad la que puso a semejante elemento a su alcance. Casi demasiado bueno para ser cierto, era justo lo que necesitaba. Quizá el anciano había movido algunos hilos. O las propias corporaciones querían saber qué hacía aquella subamericana “de visita” allí arriba. Lo mismo daba, ella tenía una misión que cumplir y los medios para lograr- lo. Perfecto.

—Bueno, ya tenemos pasaje, señorita. Vienes conmigo. Nece- sito parar en el Rulo para una inspección, aun así llegarás antes y aprovecharás mejor la estancia. Nos van a poner en un perdigón. Los demás irán en los autobuses de línea.

 

Brad explicó a Emerella que el cable era en realidad una estruc- tura más o menos cilíndrica compuesta de innumerables elemen- tos externos e internos: cables de anclaje propiamente dichos, tubulares huecos para el transporte de mercancías y materiales, módulos inutilizados, áreas en construcción... La misma anarquía que regía en la red que lo sostenía, valía para el cable. Sólo una robusta logística de comunicaciones en manos de autómatas chi- nasios y la experiencia acumulada de familias residentes como la de Brad, profundas conocedoras de la instalación, hacían posible que semejante conglomerado funcionara con razonable eficacia. A la uruguaya no le gustó mucho cómo sonaba eso de “per- digón”, sobre todo comparándolo con un “autobús de línea”; pero no quería separarse de aquella perita en dulce que era Brad. Éste no la tranquilizó demasiado cuando le describió el funcio- namiento del ascensor en el que iban a embarcar. No obstante, la alternativa la asustó todavía más. Ya podían llamarle autobús, si querían. A ella, una lata de sardinas que ascendía con unas prisas demenciales por el exterior de un cable dentado y aun así tardaba casi una jornada completa en llegar, no le inspiraba ninguna con- fianza. Al menos ellos llegarían antes, aunque no quería ni oír a

cuántos metros por segundo se moverían.

—¿Has visto esas películas antiguas en las que mandan docu- mentos de una oficina a otra metiéndolos en un tubo neumático? Pues más o menos, así vamos a subir nosotros.

Por lo visto, los tubos de servicio se utilizaban para fines diver- sos, en general para transporte de gas y fluidos; aunque podían adaptarse para enviar cubículos esféricos con suministros urgen- tes. Recursos humanos, en este caso.

Emerella no necesitó fingir al entrar en el perdigón. La pali- dez de su rostro era genuina. Le hubiera gustado estar más cerca del acolchado corpachón del corpamericano. Sin embargo, tuvo que conformarse con colocarse frente a él, dentro de su propio asiento neumático, que la absorbió y rodeó como si quisiera fagocitarla. La latinalibre se inquietó un poco. Hizo amago de revolverse, pero Brad la tranquilizó riendo.

—No te preocupes, no te va a comer. Se ocupa de protegerte. No contra colisiones, no... Tranquila que no vamos a estrellarnos.

 

Es por la presión y la gravedad… o por su ausencia, ya sabes. Es probable que con el sofá tragón y todo perdamos el sentido en cuanto nos lancen disparados. De ahí viene lo de perdigón, por si te lo habías preguntado. De esta forma llegamos al Rulo como un tiro. Una vez allí, veremos. Si quieres puedes visitarlo conmigo o subir directamente. Luego hablamos.

Antes de que partieran, Emerella todavía pudo aprender de aquella voz que no callaba nunca, varios detalles interesantes so- bre el Rulo. Especialmente que Brad subía por fallos en un aco- plamiento. Algún nuevo proceso que estaban desarrollando no acababa de arrancar como debía.

La latina recordó que el Rulo era el más moderno y avanzado componente estructural del complejo. Tomaba el nombre de un antiguo útil utilizado en peluquería al que, al menos estructural- mente, se asemejaba bastante. En realidad no era un elemento único, sino un enorme sistema cilíndrico de anillos interconec- tados que giraban, a diferentes revoluciones, sobre el eje que les proporcionaba el propio cable principal de amarre. El movi- miento de rotación, amplificado por sistemas tecnomecánicos, era trasladado al Péndulo, que giraba sobre sí mismo como una peonza. Con ese movimiento se había conseguido una microgra- vedad simulada. El sistema no era perfecto, pero la fuerza centrí- fuga hacía posible mantener una colonia semi-estable en órbita. Personas, cultivos y animales tenían un suelo al que sujetar pezu- ñas, raíces o pies, según fuera el caso.

Brad empezó a explicar a Emerella que, gravedad simulada aparte, la verdadera innovación que aportaba el mecanismo era la superficie de los anillos, la propia estructura exterior del Rulo. Estaba diseñada para aprovechar el más pequeño choque con cualquier partícula y transformarlo en energía motriz de forma altamente eficiente.

Entre “efi” y “ciente”, a Emerella le pareció que los oídos se le pegaban a la planta de los pies y lo que le rodeaba se volvió negro. Brad aguantó un poco más. Todavía tuvo unos instantes para observar a aquella atractiva chiquita antes de desmayarse también. A él le gustaban más robustas; pero era guapa, desde luego. Tenía que reconocerlo. Si era necesario, no sería ninguna

 

carga pasar un buen rato con ella. Entre sus obligaciones labo- rales estaba la de hacer de guía y acompañante de las visitas... en todos los aspectos. E informar luego a sus superiores. Desde luego, ella debía ser alguien especial, venía muy bien recomen- dada y Brad prácticamente tenía carta blanca para llevarla por el Péndulo entero. Algo se cocía. Primero todo aquel revuelo en el Rulo, tanta gente importante con prisas, el desmedido acopio de suministros… Y luego, esta chica, llegada de Subamérica, nada menos.


2. ASCENSO (HABÍAN LLEGADO)


Emerella se encontró con la enorme carota de Brad sonriendo frente a la suya. Se sentía como vuelta del revés. El corpamerica- no seguía hablando. ¿Habría parado? Y se reía...

—¿Todo correcto? Te sentirás, rara; pero se pasa enseguida. Yo me pongo así al bajar. Cuando subo voy mejor, ya soy más de aquí que de allá abajo. Es en tierra donde se me encogen las tripas.

El famoso Rulo era mucho menos aséptico que el resto de los lugares del complejo por los que había pasado Emerella. Se sen- tía como dentro de un motor. Y, en cierto modo, así era. Brad le adivinó el pensamiento.

—¿Menudo panorama, eh? Aquí es donde uno se pone las uñas negras y se gana el pan de verdad... Normalmente no vienen visi- tas. Debería dejarte en Control, pero vas a estar más segura con- migo. No creo que tardemos mucho, si veo que se me complica la revisión te acompaño de vuelta y me ocupo de que subas tú sola. La instalación semejaba un enorme mecano fabricado con piezas semicirculares que se unían entre sí. Brad la llevó a una especie de urna transparente con dos asientos de seguridad en su interior. Emerella la asoció mentalmente con las vagonetas mineras que aparecían en los registros históricos. Una vagoneta con capota. Supuso que se trataba de algún tipo de vehículo pro-

gramado para llevarles a su destino.

Describiendo una serie de espirales, le dio la impresión de que ascendían e iban accediendo giro a giro a las secciones más exte-

 

riores del Rulo; aunque no podía asegurarlo, desorientada dentro de aquella especie de rompecabezas tridimensional donde no se veían líneas rectas. No sabía con certeza si estaban ya fuera de la atmósfera, ni si estaban o no dentro del alcance de la fuerza de gravedad terrestre... Creía sentirse algo más ligera, pero no demasiado. Supuso que los gigantescos anillos en movimiento proporcionaban, también en aquel lugar, una ilusión gravitatoria que no era sino su cuerpo girando sin parar.

De vez en cuando, el vehículo se detenía y Brad realizaba algún tipo de medición o chequeo. Ahora no se mostraba tan comuni- cativo como antes. Emerella le dejó hacer. Después de un rato, el corpamericano la miró y dudó un momento. Luego esbozó una cómica sonrisa, de una malicia casi infantil. Dirigió el vehículo a una especie de cubículo, que se cerró sobre la urna. Ascendieron con una pequeña sacudida y el cubículo se abrió, al tiempo que giraba sobre sí mismo.

Emerella abrió los ojos casi tanto como la boca. Estaban en el exterior. Bajo ella, se extendía un misterioso halo multicolor que no supo identificar. Jamás había visto cosa igual. Miró a ambos lados y se sintió sobrecogida por el espectáculo. A su izquierda, lo que debía ser abajo, veía la tierra: una enorme esfera azul y blanca, al final de un interminable conjunto de anillos que des- cendían y descendían hasta perderse en la distancia. Realmente parecía un Rulo, tuvo que reconocerlo. A su derecha, arriba, los aros se extendían en la distancia hasta llegar a una enorme esfera achatada de color dorado: el Péndulo. Por ambos lados, el fir- mamento y las estrellas. Sintió algo que iba más allá del vértigo, quedando desorientada durante unos segundos. No supo qué era arriba, abajo, derecha o izquierda. Terminó aferrando con fuerza el antebrazo de Brad, que sonrió condescendiente. Le dio unas palmaditas en la pierna, queriendo tranquilizarla, y se concentró en su tarea, después de explicarle en dos palabras que habían girado 180 grados para seguir aprovechando la fuerza centrífuga. Ahora eran sus cabezas las que hacían de pies.

Aunque no acabó de entender, la explicación tranquilizó en cierta forma a la uruguaya, que intentó volver a ocuparse de su misión. Era aquel extraño halo lo que miraba el técnico. La do-

 

cumentación de Emerella no lo mencionaba, de modo que pro- curó no perderse detalle. Más tarde, asaría a preguntas a Brad. De momento, le dejó trabajar tranquilo.

Pasaron largos minutos subiendo arriba y abajo (¿bajando de derecha a izquierda?) o saltando para pasar de un anillo a otro, algo que ponía los pelos de punta a Emerella y aparentemente divertía mucho al corpamericano: imitaba sonriente los movi- mientos de un vaquero de rodeo. Entre aro y aro, se detenían y el técnico tomaba notas en su politarjeta o la utilizaba para realizar mediciones o registrar datos o imágenes.

El halo, según observó Emerella, era algo físico; no una ilusión óptica ni un juego de brillos y luces. Una especie de substan- cia fantasmal rodeaba gran parte de la estructura. ¿Otro rulo a medio construir alrededor del ya existente? Se acordó de unas matroskas que un admirador rusopo le había regalado una vez... El recuerdo le hizo sonreír, ayudándola a relajarse. Pudo darse cuenta entonces: la corona luminosa estaba compuesta por una miríada de delgadísimas fibras que surgían de las uniones entre los anillos. Como si algún tipo de lubricante que amortiguara el roce se estuviera escapando hacia el espacio.

Un examen más detallado le hizo desechar la idea. Las fibras seguían un patrón. Surgían de forma demasiado regular para ser una avería. Emerella supuso que se estaba bombeando alguna substancia con un propósito que desconocía. Brad reclamó su atención con un toquecito en la rodilla.

—Ahora estate tranquila, vamos a saltar un poco más alto esta vez. Necesito hacer una medición más de cerca. Aunque te pa- rezca que no, seguiremos estando conectados con el Rulo, no te preocupes.

Y sin mayores explicaciones, el cubículo saltó como una pulga gigantesca, hasta colocarse mucho más cerca de una de aquellas fibras. La uruguaya se dio cuenta de que se entretejía con otras, hasta formar algo similar a una tela. Era como si se estuviera ur- diendo algún tipo de red protectora alrededor del Rulo.

—Se está deshilachando.

Emerella se dio cuenta de que había hablado en voz alta. El corpamericano no dio señales de haberla oído. Manipulaba la po-

 

litarjeta enfocándola hacia las zonas en las que las hebras surgían más débiles. En algunos lugares se alternaban grandes agujeros con extensiones bien tramadas, de aspecto... saludable. A la la- tinalibre le extrañó que un calificativo así acudiera a su cabeza, pero las fibras tenían una apariencia extraña, orgánica. Como si tuvieran vida.

—Bueno, prueba superada. ¡Volvemos a casa!

El corpamericano se mostraba satisfecho. La incidencia no sería tan seria, después de todo. Emerella no tuvo ocasión de preguntar nada, porque cayeron cabeza arriba tan inesperada- mente como habían bajado antes. O subido, después. Emerella empezaba a marearse, sus pensamientos giraban enloquecidos y anárquicos dentro de los ojos. Creyó haberse convertido en un ser ubicuo. Se encontraba en varios sitios al mismo tiempo: arriba-antes, abajo-después, delante-izquierda, detrás-derecha… Volvieron a entrar en el cubículo y a girar de nuevo, justo en el momento exacto en el que Emerella empezaba a vomitar, de forma que compartió sus fluidos de manera solidaria y uniforme sobre ella misma, Brad y gran parte del interior de la vagoneta espacial, techo sobre todo. Una sencilla demostración de que el mito de la ubicuidad era físicamente asequible.

—Tranquila, guapa. Bastante has aguantado. Ha sido culpa mía por haberte llevado fuera. A veces creo que sería mejor estar flotando sin más, que esto de pasarse todo el día dando vueltas para tener algo de peso. Al final uno no sabe si está de pie, cabe- za abajo o vuelto del revés. Qué te voy a contar, está claro que me has entendido. Me merezco la granizada, por capullo. No tenemos muchas diversiones por aquí y no he podido resistirme a incordiarte un poquito. Vámonos pitando antes de que los de transporte inter-rulos me hagan limpiar esto...

Para compensarla, Brad se las apañó para que ambos tuvieran un autobús para ellos dos solos, que los llevaría sin tantos sobre- saltos en su última etapa hasta el Péndulo. Una vez aseados, tras un pequeño refrigerio, embarcaron en el ascensor “de línea”.

Esta última parte del trayecto se le hizo corta a Emerella. Pro- curó trabajarse al corpamericano, del que extrajo toda la informa- ción posible; bastante, en verdad. Brad atesoraba un saber enci-

 

clopédico del Péndulo y todo lo que le rodeaba. Era un auténtico “friki”, obsesionado desde niño por saber más y más sobre su pasión monográfica. La historia del Péndulo, cómo estaba acon- dicionado, las sujeciones a tierra, los ascensores... El dossier que le habían enviado a Emerella era completo, pero aquel indivi- duo era una base de datos viviente. Rellenó lagunas y le permitió repasar unos conocimientos que se ocuparía de verificar perso- nalmente en cuanto estuviera arriba. El técnico resumía aquella sapiencia con sencillez y algo de embarazo.

—Me viene de familia...

Sin embargo, Emerella notó que Brad sabía más de lo que de- cía. El Péndulo era grande y ella necesitaba conocerlo a fondo en muy poco tiempo. Había varios puntos ciegos, zonas de cierta importancia sobre las que no sabía demasiado y el técnico evitaba con evasivas. La explicación que le dio sobre el halo o corona ex- terior, por ejemplo, fue convincente; pero a Emerella había algo que no terminaba de cuadrarle. Según le contó el ingeniero, se trataba de un experimento con nuevos materiales, para tener más protegido el Rulo: radiación, pequeños impactos... La red sería efectiva incluso contra meteoritos de cierto tamaño. Una especie de colcha gigantesca, suave y protectora como el cobertor de su abuela.

Dejando aparte las bromas del corpamericano, Emerella tenía mucho sobre lo que aprender, así que se dedicó a memorizar. Ya se ocuparían otros, más adelante, de juzgar y analizar los datos que recopilara. Hablar llenaba de energía a Brad, pero la urugua- ya estaba rendida y fue incapaz de mantenerse despierta durante toda la ascensión.

El descanso le hizo bien. Llegó al Péndulo animada y con ganas de empezar. Sin embargo, después de lo que había visto en el exterior, la enorme nave dejó fría a Emerella. Esperaba grandio- sidad, un entorno nunca visto. ¿Qué otra cosa podía esperarse de un objeto enorme y fabricado por una civilización tan avanzada? Sin embargo, el ambiente le resultó decepcionantemente familiar. Brad se dio cuenta.

—Humanizado. Esa es la palabra que mejor lo define, creo.

Llevamos demasiado tiempo trabajando aquí dentro. Generacio-

 

nes enteras, familias al completo. Como hormiguitas... Ahora es más terrestre que la tierra misma. Cuando llegó era otra cosa. Destacaba debido a su tamaño, amplificado por la casi total des- nudez de su interior. Prácticamente estaba vacío. No debes olvi- dar que era poco más que una caja: como un maletero enorme, al fin y al cabo. Vinieron aquí dentro porque no tenían nada mejor. La maquinaria y los escasos objetos que traían consigo están en tierra firme o dentro de los laboratorios, no se ven desde aquí. En el Rulo también hay algún componente alienígena. Y parte de la estructura interna del cable es todavía la original. Hay varias hebras intactas que llegan hasta la Terminal. De ahí para abajo, todo es “Made in la Tierra”.

En medio de las carcajadas del corpamericano, Emerella re- memoró la odisea de aquellos seres a los que tanto debían los humanos. Su interminable periplo a lo largo del universo. La pri- mera llegada a la tierra, donde habían convertido a los homínidos primigenios en seres humanos. Las luchas internas, las batallas aéreas que tuvieron lugar sobre las aterrorizadas cabezas de los antepasados de la humanidad. La despedida, con una promesa de regreso y eternidad hecha a nuestros ancestros. La búsqueda de nuevos mundos. Su decadencia. Un postrer intento para llegar al planeta que los había confundido con dioses, esta última vez en un inmenso maletero espacial. Pocos, enfermos y sin recursos. Sólo dos llegaron, de especies distintas. Llegar, para morir...

Brad la sacó de su ensoñación.

—Pero no te preocupes, te voy a llevar a un lugar desde el que se ve distinto. Podrás hacerte una idea de cómo era antes. Y de cómo es ahora. ¡Prepárese usted para una visita panorámica al Péndulo más grande del universo!

Y con una especie de reverencia circense que ganó una sonrisa- recompensa de Emerella, la condujo hacia una empinada rampa, atravesando una serie de mamparos. Una cinta transportadora los llevó desde allí, en una ascensión parabólica, hasta un cubículo cuasi esférico. Con un gesto cargado de histrionismo, Brad cedió el paso a su invitada, que se asomó al Mirador con precaución.

Eso sí era algo como lo que esperaba ver. Grandioso, desde luego. Desde allí sí se hacía justicia al Péndulo. Incluso se veían

 

amplios espacios vacíos, cubiertos únicamente por la superficie original. Aquella aleación de oro que los químicos no habían podido imitar, pero les había abierto las puertas hacia los neo- materiales. Emerella se imaginó dentro de un inmenso caramelo hueco, donde una colonia de insectos se afanaban en un intermi- nable zafarrancho. Desde luego, allí se trabajaba. Si el magnífico objeto era un maletero, alguien se estaba ocupando de llenarlo, era evidente.

Había viajado hasta allí para comprobar si el Péndulo podía ser habitable, como una nueva arca de Noé. Lo que veía desde allí no sólo se lo confirmaba, sino que le decía más aún. Ya estaban preparándola. Emerella se sintió alarmada y confusa. Pero, ¿toda aquella locura del viaje espacial iba en serio? Los neorreligionarios, fabricando un propulsor. El resto, preparando el equipaje. Volvió a concentrarse en su labor: observar, verificar y registrar. Nada de desperdiciar tiempo y energías en elucubraciones ociosas.

En aquel inmenso espacio, de casi un kilómetro de diámetro, podía reconocer enormes invernaderos, depósitos de materiales- base, talleres plásticos, depuradoras de gases y fluidos, genera- dores, cubículos de soporte vital, plantas de reciclaje, plantas alquímicas de transformación y tratamiento, impresoras poliva- lentes... Creyó reconocer lo que llamaban “hotel”: una sección entera, similar a una colmena. No pudo ver ninguna diferencia aparente entre la zona rusopa y la corpamericana. Tampoco, dis- tinguir desde la distancia la procedencia de los trabajadores, aun- que abundaban los robots. La mayor parte de las instalaciones se agrupaban siguiendo el perímetro de la enorme circunferencia, para aprovechar así la gravedad artificial.

—Desde aquí sí impresiona, ¿eh? Podrás volver más tarde si quieres. Yo tengo que dejarte. Te asignarán a un guía para ilus- trarte y que puedas moverte por aquí... Cualquier cosa, no dudes en llamarme. Yo soy “el tío”, ya sabes. Si tienes problemas, “Brad es tu hombre”. Estaré en el Péndulo una temporada, salvo im- previstos.

—¿Y no podrías ser tú, Brad? Mi hombre. Guía… quiero decir. La caída de ojos con la que Emerella acompañó sus palabras y sus silencios hizo que el corpamericano flojeara un poco dentro

 

de sus carnes. Dudó un instante y respondió con un ambiguo “veremos lo que se puede hacer” mientras ambos bajaban del Mirador por una cinta similar a la que habían llegado.


3. EL PÉNDULO (ALGO MÁS COMUNICATIVO)


Al final, Brad se hizo de rogar y lo vio poco. Aun así Emerella no tuvo ninguna dificultad para encontrar otros galantes colabora- dores que la llevaran de un sitio a otro. Fue sencillo, después de todo. Si algo se cocía allí arriba, no había demasiado interés en ocultarlo, lo que chocó a la uruguaya. De hecho, llegó a sospechar que había interés en ponérselo fácil. Sabía que el anciano tenía amigos en todas partes, pero no creía que fuera hasta semejante punto. Puede que entre los corpamericanos hubiera personas a las que no les gustaba guardar secretos.

Donde encontró más dificultades fue en el trato cotidiano con el personal femenino, que quizá se sintiera amenazado por ella. La buena disposición de los hombres, sin embargo, compensaba con creces las caras largas de las mujeres. Prácticamente, había podido comprobar punto por punto todos sus datos. E incluso, completarlos y actualizar algún detalle, visitando varias zonas so- bre las que apenas sabía gran cosa. Le llamaron la atención, aun- que por razones bien distintas, el banco de semillas y las plantas productoras de polimateriales. Aparte del Ábbakus...

Las plantas de polimateriales habían podido desarrollarse a partir de la maquinaria y los registros que habían traído consigo los alienígenas. Una vez dominada la alquímica de los neoele- mentos, estos ingenios eran capaces de generar diversos tipos de materiales a partir de partículas-madre. Según le explicaron a Emerella en lenguaje común, una serie de “aspiradores” reu- nían y concentraban materia dispersa, basura orbital por ejemplo, y sometían la “pasta” resultante a un tratamiento que la trans- formaba. Se utilizaba sobre todo para preparar lo que llamaban “plaste polimatérico”, la sustancia base que alimentaba las impre- soras tridimensionales en la producción rutinaria de utensilios y estructuras para el propio Péndulo. En fase experimental, estaba el desarrollo de lo que denominaban “masa orgánica”, destinada

 

a convertirse en fertilizante o preparados alimentarios para ani- males y seres humanos. Cuando visitó el laboratorio en el que se experimentaba con esta substancia, Emerella no pudo evitar re- cordar el maná bíblico. Cuarenta años vagando por el desierto…

¿Cuántos años habría que viajar por el espacio para encontrar un planeta adecuado? Parecía asegurado el pan, al menos; aunque fuera fabricado con desperdicios espaciales.

El banco de semillas apuntaba en la misma dirección: asegu- rar el sustento. Emerella sabía que, en tiempos precontinentales, diversas naciones de la tierra habilitaron un gran búnker sub- terráneo para depositar todo tipo de simientes. El objetivo era mantener a salvo una diversidad óptima de material genético y, en caso de catástrofe global, estar en condiciones de poder repro- ducir la mayor cantidad posible de especies vegetales, en especial las dedicadas a la alimentación humana y animal. Salvo noticia en sentido contrario, el inmenso depósito terrestre seguía existiendo bajo custodia rusopa, cerrado y sellado desde hacía muchísimos años. Sin embargo, al ver las instalaciones del Péndulo, Emerella se vio asaltada por un pensamiento inquietante. Tuvo la certeza, sin tener ningún indicio racional, de que el banco de semillas terrestre había sido saqueado en algún momento y transportado íntegro allí arriba. Aquello la hizo estremecerse.

Intentó indagar sobre el enorme semillero orbital, pero el per- sonal del Péndulo no prestaba demasiada atención al depósito. Sólo se decía que el grueso del grano había llegado de una vez; aunque nadie sabía cuándo, con certeza. Sin una periodicidad de- finida, llegaba alguna nueva partida y se guardaba de forma au- tomática. Había innumerables actividades en marcha mucho más interesantes que la logística de un almacén, lo que era el banco de semillas al fin y al cabo. Las máquinas se encargaban de tener los artículos ordenados y catalogados. Con eso bastaba.

Los científicos residentes tampoco demostraban interés por el Ábbakus, aunque a Emerella le fascinó. Realizó dos o tres visitas al dispositivo y llegó a aprender algunos rudimentos sobre cómo manipularlo. La ciencia había aclarado su función prácticamente desde que el Péndulo llegó y el interés por su estudio se había perdido casi al mismo tiempo. No obstante, de manera sistemáti-

 

ca (por tradición y respeto, supuso Emerella) se enseñaba su fun- cionamiento básico a los trabajadores y visitantes del Péndulo.

Se le denominaba Ábbakus por su apariencia y manejo, que recordaba vagamente a las primitivas calculadoras. Sin embargo, se trataba de una cartografía estelar: un “mapa del tesoro”, según palabras de los primeros estudiosos, eufóricos al comprender que señalaba planetas habitables o que fueron visitados alguna vez. Los alienígenas ancestrales, en su larguísimo periplo, habían explorado secciones enteras del universo, en busca de mundos que explotar y colonizar, y el itinerario estaba recogido en aque- lla máquina, como una representación dinámica que señalara los accidentes geográficos más interesantes.

Curiosamente, era el único aparato “mecánico”, no tecnológi- co, que se encontró en el Péndulo. Nunca se supo por qué los alienígenas lo habían diseñado así. Se suponía que habían querido asegurar su funcionamiento en cualquier circunstancia, sin nece- sidad de recurrir a fuentes de energía externas. Para ponerlo en marcha sólo se necesitaba un ser vivo capaz de manipularlo. Se creía que, además de como mapa, se había utilizado para enseñar matemáticas, geometría y otras disciplinas a los jóvenes extrate- rrestres; pero no se tenía constancia de que hubiera sido usado para tal fin.

Su singularidad quedaba remarcada al ser el único objeto fa- bricado con la misma aleación de oro de la que estaba hecho el Péndulo. Indudablemente estaba diseñado para durar, y los investigadores habían comprobado que el curioso artilugio, aun siendo tan simple en su funcionamiento, era capaz de mostrar con exactitud la posición, siempre dinámica, de puntos clave del universo a lo largo del tiempo. Hasta que la nave había llegado a la tierra, eso sí. Nadie consiguió hacer que el Ábbakus fuera más allá. El atlas estelar se había quedado anclado en el momento temporal en que los visitantes llegaron.

Durante algún tiempo, se especuló con la posibilidad de que el artilugio podría ser algún tipo de timón, pero se acabó des- echando al estudiarse la trayectoria que había realizado el Pén- dulo hasta llegar a la tierra. Los técnicos concluyeron que había sido prevista con precisión para que la nave, girando sobre un

 

contrapeso, llegara de manera “automática”, sin posibilidad ni necesidad de corrección alguna. El propio diseño del Péndulo, que recordaba más a un módulo de carga que a una nave inter- estelar propiamente dicha, desmentía igualmente que el Ábbakus fuera capaz de fijar o modificar un rumbo. ¿Qué sentido tenía conducir un vehículo desde el portaequipajes? Los científicos no se explicaban, en cualquier caso, cómo lanzaron los alienígenas aquel bólido pendular a través del espacio con tal fuerza y preci- sión como para que acabara llegando a su destino.

Nada pudo demostrarse y las incógnitas eran muchas. En cual- quier caso, si no fuera importante, ¿por qué el Ábbakus estaba hecho del mismo material que el Péndulo? Más aún, de hecho se fundía con la propia estructura de la nave. No había podido dis- tinguirse dónde terminaba ésta y dónde empezaba el Ábbakus. Simplemente, surgía del suelo sin ningún tipo de unión aparente. Se teorizó con que el aparato y la nave estaban conectados por al- gún tipo de nanoestructura interna. De nuevo, los investigadores fueron incapaces de recabar pruebas. No detectaron ningún tipo de unión o conexión aparente, así que la comunidad científica acabó desechando todas las especulaciones, perdiendo interés y concentrándose poco a poco en el “equipaje” que habían traído consigo los visitantes. Sería escaso, pero en apariencia prometía dar mucho más juego práctico que el Ábbakus y la ciencia aplica- da acabó imponiéndose a la teórica.

Se asumió, en definitiva, que los alienígenas trajeron un mapa consigo; pero no el vehículo capaz de utilizarlo, así que el Ábbakus fue relegado gradualmente al papel de mera curiosidad. Carente de utilidad inmediata, sí; pero magnífica y evocadora. Emerella soñó una o dos noches con el ingenioso aparato. Reía y bailaba, mientras manipulaba el Ábbakus igual que si fuera algún tipo de instrumento musical. Bailaba y se dejaba llevar...

En sus idas y venidas, a Emerella le extrañó que no hubiera vigilancia aparente, ni sistemas de orden público. Según le expli- caron, se suponía que esas funciones de control eran asumidas por los robots; aunque nadie recordara haberles visto ejercién- dolas alguna vez. Aquella comunidad de técnicos y estudiosos disfrutaba de su trabajo y no alborotaba en exceso. Se daba por

 

hecho, supuso la uruguaya, que los cinturones de seguridad del exterior eran más que suficientes para mantener alejadas a perso- nas indeseables.

Allí dentro no se apreciaba nada fuera de lugar. Se trabajaba para lograr que el Péndulo partiera algún día. En una fecha lejana e indeterminada, se suponía. Sin embargo, Emerella no podía quitarse de la cabeza la idea de que alguien tenía prisa por acabar. Todas las instalaciones funcionaban a pleno rendimiento. Y no había conseguido que nadie le hablara sobre la corona luminosa que había visto desde el Rulo. Cualquiera al que preguntara le daba la misma respuesta que le había dado Brad: el halo era una especie de red experimental de protección... sin más detalles ni variaciones. Testimonios demasiado similares entre sí para no ser una consigna aprendida para repetirla en caso de necesidad. Has- ta hacían bromas idénticas a las del parlanchín corpamericano. Todos debían tener abuelas que se abrigaban con colchas.

Decidió hacer una última intentona con Brad. Se acercaba la fecha en la que concluía su visado de estancia, así que Emerella debía ir pensando en descender. Tenía que arreglárselas para ba- jar con el técnico, intentar hacer otra visita al exterior y grabar imágenes del halo o de los filamentos que salían del Rulo. Po- dría mostrarse agradecida con el corpamericano a cambio, si era preciso. En el fondo le encontraba simpático. No le importaría regalarle la noche de su vida. Quizá después él se mostrara algo más comunicativo.


4. DESCENSO (UN POCO SOLO, ALLÁ ARRIBA)


En la celda del “hotel”, que resultó ser aquella zona habitable de módulos prefabricados que había visto desde el Mirador, Emere- lla tomó la politarjeta para contactar con Brad. No lo consiguió, daba la impresión de estar permanentemente ocupado, pero sa- bía que respondería a su llamada más pronto que tarde. Le dejó un aviso rogándole que se reuniera con ella para despedirse. Se acababa su visita y quería agradecerle la ayuda recibida.

Comenzó a arreglarse. Quería estar lo más seductora posible cuando Brad llegara. No tuvo tiempo. El intercomunicador exte-

 

rior sonó: Brad la llamaba desde la puerta. Abrió y su cita entró como un huracán.

—Hola. Perdona que no te haya respondido, pero es que es- taba aquí mismo. Me temo que no voy a poder dedicarte mucho tiempo. Tengo que bajar de nuevo ahora y no sé si volveremos a coincidir antes de que te vayas.

Emerella no podía dejar escapar esta última oportunidad.

—¿Por qué no bajamos junt@s? Seguro que necesitas una bue- na “copilota”...

La latinalibre se cuadró marcialmente y dedicó un risueño gui- ño al corpamericano, que sonrió con agrado. ¿Por qué no? Aque- lla chiquilla ya había visto todo lo que había que ver y muchas mujeres del Péndulo comenzaban a incordiar demasiado con sus celos mal disimulados. Cuanto antes volviera a su casa, mejor. Y si él conseguía una buena compañía para el descenso, pues eso que ganaba. Su reporte sobre la subamericana sería más comple- to.

—Vete preparándote. Voy al Control a ver qué se puede hacer.

—Yo siempre estoy preparada, vamos l@s dos.

Emerella cogió su maleta con una mano y el brazo de Brad con la otra. De un vistazo comprobó que no se dejaba nada en el pequeño cubículo y cerró la puerta tras de sí. No iba a permitir que nadie la separara de Brad, le necesitaba para completar la información que se le resistía.

Quizá se había hecho demasiadas ilusiones: les dijeron que no saldrían al exterior del Rulo esta vez. Emerella se sintió decepcio- nada al escucharlo. La buena noticia era que dispondrían de un cubículo propio en uno de los cilindros de carga, así que bajarían más despacio. Tendría algo de tiempo extra para sonsacar al cor- pamericano.

—La bajada será tranquila, nada de desmayos ni mareos esta vez. La pega es que tardaremos un poco más y no podré hacerte mucho caso. Me espera un montón de trabajo pendiente. Hay uno o dos puntos que debo resolver y voy a aprovechar la ruta para estudiar un montón de registros y mediciones. Te aburrirás...

—No te preocupes por mí. Si hace falta puedo entretenerme sola.

 

Semejante declaración, acompañada de una insinuante sonrisa, desconcertó un poco a Brad, quien se mostró algo confuso y extrañamente silencioso hasta que embarcaron. Emerella sonreía para sus adentros, le había dado en qué pensar... Ella se pregun- taba entre tanto qué tendría que estudiar el técnico, en concreto. Quizá debiera estar atenta. Le había visto recoger muchísimos datos cuando estuvieron en el Rulo. ¿Podría hacer una copia de los registros que Brad tenía en su politarjeta?

El descenso fue largo, aburrido y no demasiado fructífero. Emerella estuvo atenta para grabar todo lo que pudo, que no fue mucho. Pinceladas, nada más. Retazos de gráficos, algunas tablas, textos sueltos y vídeos incompletos, con los que Brad trabajó sin descanso. El corpamericano intentaba ser discreto, lo que en aquel espacio diminuto no era fácil. A veces tenía que proyectar alguna imagen, que la uruguaya guardaba convenientemente en su politarjeta, mientras simulaba sestear, leer...

Para su decepción, tampoco pudo volver a ver el halo, ya que bajaban dentro de un cilindro opaco. Sabía que no iban a salir, pero había albergado la esperanza de que hubiera algún tipo de ventanuco o algo parecido. Menudo fastidio, si quería más infor- mación debería sacarla del propio Brad... o de su politarjeta. No iba a conformarse sólo con los fragmentos dispersos que estaba recopilando sin ton ni son.

Lo que Brad estudiaba le absorbía, aunque era evidente que se acordaba de que la uruguaya seguía allí, por las miraditas furtivas que le echaba en sus pausas de descanso. Tenía que aprovechar ese mal disimulado interés. Le daría algo que recordar. Y lue- go usaría el inhibidor. Quedaría registrado en la politarjeta del corpamericano, pero Emerella tenía que arriesgarse. Para cuando Brad se diera cuenta, ella estaría lejos.

Se acercó al técnico, que estudiaba con atención la politarjeta sobre su regazo, y le acarició el cuello con suavidad. El corpameri- cano se envaró, como despertado repentinamente de un sueño, y volvió unos ojos enrojecidos a Emerella, quien le susurró al oído:

—Trabajas demasiado...

La joven latina apartó la politarjeta sin prisa y se sentó en el lugar que había quedado libre.

 

—... y todavía hay una cosita que quiero que me enseñes, antes de dar por terminado el viaje. Igual tú ya ni te das cuenta, pero aquí apenas hay gravedad y siempre he querido probar una cosi- ta, flotando en el aire.

Emerella se acercó muy despacio al rostro de Brad. Cada vez un poco más, un poco más...


***

El corpamericano roncaba ruidosamente, lo que hizo sonreír a la chica. Era un buen tipo. Esperaba que lo que iba a hacer no le perjudicara. Con cuidado, cogió su politarjeta y la puso al lado de la de Brad. Se volvió para comprobar que dormía, aunque se- mejantes resoplidos no podían significar nada más. Con cuidado, se quitó un pendiente y lo manipuló con destreza, colocándolo después sobre la politarjeta del técnico corpamericano. Un zum- bido ahogado confirmó a Emerella que la protección estaba des- activada. Encendió su propia politarjeta y comenzó a clonar la de Brad. No tenía tiempo para buscar, lo copiaría todo.

Brad, roncando como un oso, no se perdió detalle de toda la operación. Se le daba bien fingir un sueño profundo. Desde niño, había aprendido mucho con este sencillo truco. Quería ayudar a aquella espía. No le gustaba lo que estaban haciendo con el Rulo. Demasiado misterio. Demasiados peces gordos interesados. Y demasiado gordos para su gusto. No estaría de más ver gente nueva en el Péndulo. Si todos los subamericanos eran tan des- piertos como aquella atractiva pelirroja, no le importaría tener unos cuantos más moviéndose por el Péndulo. Se estaba un poco solo allá arriba.

 



IV. ÁFRICA NEORRELIGIONARIA

 

0. CUARTO SUEÑO DE LA GITANA

(COMO SI FUERA UN LIBRO)


La cama se movía en un balanceo continuo, como una cuna. Una vieja pelleja en una cuna… otro sueño, seguro. Ahora se acorda- ba de lo que le predijo su abuela, la que veía cosas. Le dijo que ella heredaría el don. Menudo regalo, si dijera a los turistas lo que de verdad veía en sus manos se moriría de hambre. Había aprendido a mentir muy joven, ya ni se molestaba en leer de verdad.

Arriba, abajo. Arriba, abajo. Como el tripón del agüelo. Mugido arriba, ronquido abajo. Así iba ella. Saltando entre las cuerdas. ¿O no era ella? Un Tarzán moreno brincaba entre cables sueltos y chispeantes. Gritaba, “yo ir Sur”. La vieja gitana le dijo que el sur estaba en la otra dirección, pero el saltarín no le hizo caso. Huía. Un enjambre de libélulas monstruosas y ardientes le perseguían escupiendo fuego desde las alas.

Ella también corrió. Saltaba, pero los cables se transformaron en una tela de araña pegajosa que la encerró en un laberinto es- trecho y tembloroso. Estaba atrapada, se ahogaba. Intentó dar una patada a su marido, a ver si así salía del sueño. No pudo moverse. Ni despertar.

Unas uñas negras y enormes rasgaron la tela. ¡El osezno ca- pado! Con un esfuerzo colosal, el animal despejó un pequeño sendero entre las letales hebras, lo suficiente para que la gitana se arrastrara y saliera de las profundidades de su mente.

Antes de despertar del todo, oyó que el oso le gritaba: “lee los signos”. Se volvió, el animal le enseñaba su garra, como si fuera una mano.

Un pie. Eso era lo que tenía entre las manos. El del agüelo. Y no le decía nada, sólo que aquel cochino tenía que cortarse los mejillones. Estaba despierta, sentada en la cama y con el pinrel de su marido agarrado como si fuera un libro.


1. PEQUEÑO NEOPROFETA (QUEDARSE EN BLANCO)


Gabriel agachó la cabeza y entró bajo la jaima, el calor se sopor-

taba mejor a la sombra. En África la existencia era difícil. En

 

otras partes también, pero no tanto como en el continente ma- dre. A cambio, quizá hubiera mucha más gente libre allí que en otros lugares. Relativamente dueña de su destino, al menos. Los tuaregs, por ejemplo, vagaban a su antojo por aquel inmenso are- nal. Nada había de valor, así que los neorreligionarios les dejaban tranquilos, había otras regiones más ricas para explotar.

El hombre azul extendió una mano grande y muy seca que Gabriel apretó con firmeza, sin fuerza excesiva. Durante unos segundos, ambos intercambiaron en espanglés fórmulas de cor- tesía, mientras se miraban a los ojos. Un traductor les ayudaría a entenderse después. No todos los africanos dominaban el idioma universal.

Gabriel se alegró de que no hubiera llegado hasta el sur la moda de frotarse oreja contra oreja a modo de saludo. Esta nue- va costumbre sustituía a toda velocidad a la tendencia anterior de darse unos cachetitos en las mejillas. También en tiempos de Ella hubo costumbres absurdas. Por eso escribió al respecto de las famosas “tendencias”. Aun siendo mujer, prefería dar la mano a “un par de besos”, lo que se estilaba entonces. Le pare- cía mucho más natural y creía que podía ser igualmente cálido. Los besos, pensaba Ella, debían ser de verdad: darse y recibirse de forma sincera. Con cariño, pasión o afecto, no por cortesía forzada.

El uruguayo pensaba como Ella. Además, un apretón de manos tenía más contenido que cualquier otro tipo de saludo. Permitía hacerse una idea rápida, normalmente certera, de la persona a la que uno tenía enfrente. Se descubría en un momento si iba a haber “química” o no, como diría su proferella. Además, era más higiénico que lo de los besos o las orejas. Y mucho más varonil que lo de los cachetitos, desde luego...

El tuareg invitó a Gabriel a sentarse y guardaron silencio. En- tre tanto, el hombre del desierto se afanó con los preparativos. Entre su gente era considerado con respeto y tenía fama de estar bien relacionado, incluso con los líderes neorreligionarios. De- pendiendo de lo que diera de sí la entrevista, quizá Gabriel podría volver. Si no, tendría que prepararse para un peligrosa e incierta expedición hacia al sur. Mucho más al sur.

 

Mientras esperaba, observó sorprendido sólo a medias, que en el extremo más alejado de la enorme tienda, un nutrido grupo infantil miraba embobado un monitor que emitía un docudrama ambientado en las islas-prisión.

En los primeros años continentales, los corpamericanos de- cidieron hacer un uso comercial de los sobrantes. Comenzaron a grabarles en las islas a las que fueron expulsados. Las imáge- nes, bien editadas y dramatizadas, resultaron ser los programas de mayor éxito entre un público harto y aburrido de contenidos convencionales. Con el paso del tiempo, los docudramas habían dejado de ser filmaciones “realidad al ciento por ciento”. A veces, el comportamiento de los sobrantes hacía pensar a los especta- dores y esto era demasiado peligroso.

Gabriel sabía que, en la actualidad, todas aquellas emisiones procedían de la isla-prisión de Gran Bretaña, donde se habían recreado diversos ambientes insulares de otras zonas del globo. Una rigurosa selección de sobrantes bien aleccionados, con la promesa de tener una existencia algo más llevadera, se dedicaban a seguir guiones que confeccionaban para ellos técnicos comer- ciales, supervisados por una selecta comisión de altos directivos corpamericanos y zares rusopos.

Así los docudramas conseguían varios objetivos: guiaban a los producto-consumidores en sus compras, mantenían entreteni- dos a los germanosiervos y servían a los neorreligionarios para mostrar a sus hijos el corrupto y demoníaco mundo exterior. También eran útiles para los latinolibres: era una forma de ver lo que les esperaba si renunciaban a ser intercambiados. Malditos Tratados…

El tuareg ofreció el té a Gabriel, devolviéndole al desier- to. Hervía. El uruguayo había aprendido ya cómo sorberlo sin quemarse, pero un súbito alboroto le hizo distraerse. Se escaldó una vez más, mientras llegaban voces destempladas desde fuera. El tuareg se disculpó con un gesto y reclamó la presencia de al- gún sirviente que le explicara aquel escándalo. No fue necesario: un grupo de personas entraba a empellones bajo la jaima. Ga- briel apenas fue capaz de intercambiar un par de puñetazos antes de que lo redujeran, con la cara aplastada bajo una anticuada y

 

pesada bota militar. En un instante le trabaron las muñecas y los pies. Antes de alzarle en vilo, tuvo tiempo de ver a su alrededor cómo decenas de botas parecidas golpeaban a los tuaregs. En ese momento le colocaron un saco sobre la cabeza y no pudo ver nada más. Siguió escuchando voces y golpes durante unos ins- tantes. Luego le lanzaron contra una superficie dura y, de nuevo con una bota sobre su cabeza, percibió cómo todo se movía a su alrededor, entre vibraciones, saltos y rugidos de motor. Antiguas y apestosas máquinas de petróleo. No había duda: los neorreli- gionarios le habían capturado.

Notó cómo el miedo intentaba agarrarse al fondo de su estóma- go. Sabía que dejarse dominar por el pánico era lo peor que podía pasarle en esas circunstancias, así que intentó remediarlo. Debía estudiar la posición en la que se encontraba, le habían preparado para momentos como aquel. Intentó calibrar mentalmente sus opciones, pero no era fácil con una rasposa bota sobre su oreja. Y las bridas de las muñecas le estaban cortando la circulación. Intentó moverse un poco y la pezuña apretó con más fuerza. Sin pensarlo, Gabriel se revolvió, giró sobre sí mismo y lanzó los dos pies hacia arriba, buscando al menos la revancha. Algo crujió y un gruñido ahogado confirmó a Gabriel que había hecho diana. En una nariz, con toda probabilidad.

Lo pagó caro. Poco tardaron en volver a ponerlo contra el suelo, a base de patadas y empellones. Dolorido, Gabriel hizo el resto del viaje boca abajo. Y esta vez contó no uno, sino tres pares de pies sobre él: nuca y omóplatos, riñones y corvas, gemelos y tobillos. La saña con la que le apretaban los tobillos le hizo sospechar que no era el único al que le dolía algo. Curiosamente, se sintió mejor. Se dio cuenta de que no pensaban matarle; por lo menos no de momento. No le habían encontrado por casualidad: alguien quería verle, hablar con él. Intentó prepararse: se dedicó a recordar lo que sabía sobre aquellos fanáticos, en especial sobre sus líderes.

Según aprendió en su día, los neorreligionarios estaban regidos por un descendiente directo del Neoprofeta, “líder terrenal y es- piritual, con derecho de vida y muerte sobre los adeptos y fuerza suficiente como para aplastar a los que no lo fueran”. Aquel pri- mer arribista sin escrúpulos se las había arreglado para unificar

 

las principales religiones en una sola, la neorreligión. Desterrados a África tras la continentalización, sus seguidores controlaban con mano de hierro el territorio entero. Esta era la teoría, al me- nos. En la práctica, África era grande y difícil de manejar. Si los neorreligionarios prosperaban, a su modo al menos, era porque daban cabida a cientos o tal vez miles de sectas, que se dividían y subdividían una y otra vez. Siempre dentro de los preceptos generales de la neorreligión, so pena de excomuerte.

Las diferentes facciones estaban dirigidas con idéntica feroci- dad por iluminados con mayor o menor poder, en función de los recursos que controlaran. Y todas, también, contaban con una gran proporción de esclavos o fieles y unos pocos sacerdotes- dirigentes. Una estructura piramidal a gran escala muy similar a la que funcionaba en otros continentes, pensó Gabriel. Ésta, basada en el control religioso. Otras, en la adicción al consumo, la supresión de la voluntad de razas enteras... Todas, tristemente iguales en el fondo: pequeñas élites dominantes con instrumen- tos de control suficientes como para tener al grueso de la pobla- ción trabajando para ellas.

Un enorme bache devolvió a la realidad a Gabriel. Aquel tipo que le aplastaba los tobillos iba a pagarlo... Desechó la idea. De- masiadas botas sobre un solo cuerpo. Un ejemplo perfecto de cómo marchaba el mundo. Sonrió para sí con sorna y volvió a centrarse. Su prioridad era llegar a donde quisieran llevarle en condiciones de poder escapar. Quizá ni siquiera tenía que ha- cerlo. ¿Y si aquellos tipos le facilitaban la tarea? Estaba allí para conseguir una fuente fiable. Seguro que no todos los neorreligio- narios estaban felices y contentos, alguno tendría ganas de darle a la sin hueso. Aprender sin enseñar, esa sería su prioridad. Y sobrevivir, claro está.

Con un frenazo seco, el vehículo se detuvo. No habían ido de- masiado lejos, después de todo. Nadie se movió. Ahora tocaba esperar. Alguien vendría, pues. Las botas se relajaron. Todas me- nos las de las pantorrillas. Se oía algún ronquido suave y sopli- dos borboteantes de alguien que respiraba con dificultad. Gabriel supuso que sería su amigo, el que le pisaba con fuerza. Le había dado en las napias, casi seguro. Sonrió un poco dentro del saco…

 

Empezó a notar un ruido sordo, que fue creciendo progresiva- mente. Las botas volvieron a aumentar la presión sobre su cuer- po. El ruido aumentó hasta convertirse en un estruendo batiente. El uruguayo creyó que el aire se movía a su alrededor. Incluso el vehículo se bamboleó hacia los lados, amenazando con capotar. Algún jefazo llegaba, esperaba ver pronto cuál.

Tardaron unos minutos en moverle. Después, casi al unísono, las botas se alzaron y a base de patadas le lanzaron al suelo. El saco se alzó brevemente sobre su cabeza. Entre parpadeo y parpadeo tuvo tiempo de ver dos imágenes inquietantes: un antiguo y enorme helicóptero militar y una bota que se dirigía hacia sus costillas. Mientras se encogía de dolor, vio una terce- ra imagen: el rostro de quien le golpeaba. Ciertamente aquella nariz ensangrentada y torcida nunca volvería a respirar a pleno pulmón.

Le costó reponerse. Al rato, pudo volver a respirar con norma- lidad y se dio cuenta de que estaba sentado. El saco seguía blo- queándole la visión, aunque al menos le habían quitado las bridas de las muñecas. Intentó levantarse y notó los tobillos amarrados a las patas de la silla. Probó a soltarlos. Imposible, tenía las manos hinchadas y entumecidas.

—Será mejor que dejes eso. Eres demasiado ligero con los pies. La voz burlona sorprendió a Gabriel por su extraño tono agu- do y sibilante. No supo si era un hombre o una mujer quien hablaba el espanglés con una entonación tan curiosa y marcada.

¿Quizá un muchacho? Probó con el saco. Pudo quitárselo, nadie se lo impidió. La luz se filtraba por algunas grietas de las paredes y entre la paja del techo. Estaba en una pequeña choza de adobe. No vio a nadie, salvo a quien había hablado. Le reconoció de inmediato. Se volvió. Ninguna persona detrás.

—No necesito a mis hombres para enfrentarme contigo. Yo también sé luchar.

El muchacho hablaba desafiante. Demasiado seguro de sí mis- mo para ser cierto, creyó Gabriel. Por eso marcaba tanto las síla- bas, para evitar equivocarse. Decidió probarle.

—¿Contra una persona con los tobillos atados? Eso sería abu- sar, no luchar.

 

El joven saltó como una araña enfurecida y se plantó delante de Gabriel con la mano abierta, pero no llegó a descargar la bofeta- da. Miró al uruguayo con una estudiada mueca de desdén. Debía pasarse el día frente al espejo.

—Tú no sabes quién soy yo. Gabriel no dijo nada.

—Claro, cómo va a saber un miserable como tú quién es el hijo del Neoprofeta. Mi padre es el Enviado, el Único. Sólo Él rige el destino de los elegidos. Y yo le sucederé algún día.

—¿Y no ves la hora de que llegue ese día, no?

Los ojos del joven se clavaron en Gabriel como dos agujas. Se dio cuenta de dónde estaban los límites. Debería contener su len- gua con el crío. El Neoprofeta tenía muchos hijos. Éste que tenía delante era su sucesor. Otros lo fueron antes, pero no tuvieron paciencia suficiente y el Neoprofeta no tenía intención de renun- ciar a sus privilegios en vida, así que ya no eran herederos suyos. Ya no eran, simplemente.

—Tú no estás aquí para hacer preguntas, sino para responder- las. ¡A qué has venido?

La frase le sonó a docudrama isleño, aunque el apremio con el que presentó la pregunta alertó a Gabriel. Estaba nervioso. Aquel peligroso muchacho había venido por su cuenta, por lo visto. Su padre no debía saber nada de Gabriel. Todavía... Quizá pudiera manejar a este pequeño escorpión. Lo que tenía delante era un niño, al fin y al cabo.

—Quiero progresar. Yo también tengo viej@s por encima de mí. El efecto fue fulminante. Evidentemente era un muchacho y no sabía disimular. La vida le guardaba muchos golpes todavía, si no se quedaba por el camino. Toda la agresividad y el aparente autodominio desaparecieron por un instante, sustituidos por la sorpresa. El joven se repuso y volvió a adoptar una pose de su-

perioridad.

—No creas que me vas a engañar tan fácilmente, subamerica- no. Sé quién eres. Sé a qué has venido. Eres un espía. Lo eras: yo te he atrapado, ahora serás mi trofeo.

Gabriel tenía que actuar deprisa, antes de hacerse un nudo con

el tira y afloja.

 

—Un trofeo se oxida en un armario, se olvida y no sirve para nada. Un aliado puede ser mucho más útil.

El heredero sonrió con desdén.

—Mírate. Si no sirves para nada. ¿Tú te has visto? Ahí atado, hecho una piltrafa. Quizá tengas razón, no sirves ni como trofeo. Lo mejor será pegarte un par de tiros y que el rusopo se vaya a cagar.

El crío lo había dicho sólo para sí, pero a Gabriel no se le es- capó lo del rusopo. Y menos todavía lo de los tiros... Había que jugar fuerte. Sobrevivir y triunfar iban ahora agarraditos de la mano.

—Soy una buena pieza, no te quepa duda. No tan importante como tú, desde luego, pero la vida da muchas vueltas. El futuro Neoprofeta puede tener algún día necesidad de alguien espabi- lado como yo. No te voy a engañar. He venido a espiaros, sí; por salir de mi tierra, nada más. Estoy hasta las narices de tanta participación y tanta tontería con las ideas de Ella. Si trabajo en esto es para poder irme de vez en cuando de aquella porquería de Subamérica. Quiero viajar, vivir aventuras. No estar todo el día cumpliendo órdenes.

El joven le escuchaba. Tenía toda su atención. Ahora o nunca, se jugaba la partida a una sola carta. Debía cumplir una misión y aquel pequeño demonio iba a llevarla a cabo por él. Quién mejor que el hijo del Neoprofeta...

—Sé que no estoy en condiciones de negociar. Menos aún ante una persona de tu rango, pero te propongo algo. Igual te intere- sa… No sé si estás enterado, tu padre quiere destruir la tierra y partir al espacio con sus elegid@s para conquistarlo. Si no es él, otra persona lo hará. Lo raro es que no estemos tod@s muert@s ya a estas alturas. Yo quiero estar en esa nave interplanetaria. Tú puedes dirigirla. La tierra ya no es para nosotros, está acabada, es el universo entero el que nos espera. A gente con empuje, con agallas.

La sangre se retiró del rostro del muchacho. Las palabras de Gabriel habían tenido su efecto. Había que ver si bueno o malo... El uruguayo siguió hablando, tenía que aprovechar aquel mo- mento vulnerable. Iba a salir de allí entero y triunfador. Aquel

 

muchacho trabajaría para él. Le mantendría puntualmente infor- mado de los progresos con el propulsor, de los planes neorre- ligionarios respecto al Péndulo. Gabriel, a cambio, le explicaría cómo actuar para llegar a convertirse en el nuevo profeta… del universo infinito.


***

Nada se movía en la destartalada aldea. Los soldados espera- ban achicharrados bajo los toldos del antiguo camión que los había llevado hasta allí. Unos, por su fe inquebrantable. Otros, por necesidad: sobrevivir así o de ninguna manera. La alternativa era estar muerto, de hambre o de un machetazo. Un vigía gritó. El hijo del Neoprofeta y el prisionero salían de la chabola. La guardia personal del Sucesor condujo a ambos hacia el enorme helicóptero, que arrancó agónico y despegó en medio de un es- truendo. Ninguna orden, ninguna recompensa para los que espe- raban en la tartana motorizada. Sólo arena y polvo. Los soldados se dispusieron a volver a su cuartel-cuchitril. Observaron que el helicóptero volvía. Una llamarada les envolvió. Un par de pasa- das más y la ametralladora pesada acabó con los supervivientes. Y con las chozas del poblado. Gabriel nunca supo si había per- sonas dentro.

Vio tristemente cómo los soldados eran ejecutados sin piedad. El pequeño loco no quería dejar testigos. El latinolibre creyó re- conocer al militar al que había golpeado en la cara, partido por la mitad allá abajo, en aquel lugar miserable. El joven demente sonreía...

—Ahora están en un lugar mejor, tal y como nos enseña el Neoprofeta.

Esta vez no se molestaron en taparle los ojos. Había poco que ver dentro de aquel artefacto. ¿Algo tan espartano para el hijo del Único? Gabriel supuso que no quería llamar la atención. O eso, o habían sobrevalorado la capacidad tecnológica de los neorre- ligionarios. En un chispazo de alarmante lucidez, dudó de que aquella gente tuviera los medios necesarios para diseñar y fabri- car un sistema de propulsión capaz de transportar el Péndulo a través del espacio; pero la documentación que se manejaban sus

 

superiores era concluyente: lo estaban haciendo. Él había ido allí para comprobarlo, aunque no iba a poder tener datos de primera mano. Debería fiarse de los reportes que le hiciera llegar aquel infante lunático. Dentro del helicóptero no iba a poder adelan- tar mucho, así que decidió dejarse de especulaciones mentales e intentó descansar. La experiencia en África había sido un súbito regreso a la realidad más dura, tras el breve y surrealista paso por la vieja Iberia...


***

El enorme armatoste se alejó levantando medio desierto, o eso creyó Gabriel, arrojado del helicóptero sin llegar a tomar tierra. Un torbellino de aire tórrido le envolvió, acompañado de una buena ración de arena, polvo y humo de los motores. Cuando pudo volver a abrir los ojos se vio sobre una enorme duna. A lo lejos, el grupo de jaimas donde no había llegado a tomar el té con el tuareg. Se dio cuenta de que tenía hambre. Y mucha sed.

El helicóptero se alejó, tomando altura con gran esfuerzo. Du- rante un terrorífico momento, Gabriel creyó que daba la vuelta. Recordó la terrible ametralladora. Arcaica, sí; pero letal. Imagi- naciones suyas, el ruidoso cacharro se alejó lenta y pesadamente. Desde el aire, el pequeño profeta le miraba. Estuvo tentado de volver y reventar a aquel desafiante subamericano, pero se con- tuvo. Prefirió mantenerle vivo. Quizá le resultara útil, después de todo. Lo dudaba. Ya tenía a un sirviente mucho más poderoso que aquel insecto. El rusopo le proporcionaría lo que necesitaba. Le llevaría a la nave. Un cohete lleno de huríes que aquel pequeño tarado rubio habría seleccionado especialmente para él. Le dio instrucciones claras: mujeres sanas y jóvenes. Con ellas viajaría a través del espacio y repoblaría con su progenie todos los planetas que encontrara a su paso. Todo el universo, a su imagen y seme- janza. El precio era barato: África... Una ruina miserable y apes- tosa encerrada por el mar; aislada por todos aquellos malditos hombres mecánicos que patrullaban las costas. Que el deforme rusopo se quedara con África. Él tendría el Infinito en sus manos. Gabriel se dirigió hacia las jaimas con la esperanza de que los hombres azules no hubieran corrido la misma suerte que los sol-

 

dados del camión. Si aquel muchacho había sido tan cruel con sus propios hombres no quería imaginar qué podría hacer con otros. O lo que le hubiera hecho a él mismo si no llega a espabi- lar. Gracias a Ella, había podido manejarle.

Mientras caminaba, con los pies hundidos en la arena abrasa- dora, notó que empezaba a caer el sol. Debía apresurarse. No era buena idea pernoctar al raso en aquel desierto, quizá no llegara al día siguiente. En el fondo había tenido suerte. Y mucha. No sólo seguía vivo, también había conseguido realizar su misión en un tiempo récord. Bien mirado, no habría podido hacer otro con- tacto mejor. Claro, ahora su servicio de información dependía de los caprichos de un muchacho, pero si le había juzgado bien (y Gabriel creía que así era) realizaría el trabajo. Era joven, no obstante ya le había tocado bregar. Otros hermanos suyos no ha- bían sobrevivido a los accesos paranoicos de su padre. Él sí, algo habría hecho bien. Y Gabriel le había dado buenos motivos para convertirse en un aliado. Tenía ante sí el universo entero puesto a sus pies y no un futuro incierto de intrigas y miedo, sujeto a los caprichos de un padre iluminado e impredecible. ¿Quién podría resistirse ante semejante oportunidad?

Perdió el equilibrio y rodó provocando una pequeña avalancha. Notó cómo la arena se le incrustaba en las heridas de las muñe- cas. Intentó limpiarse los cortes con saliva. Imposible con la boca tan seca. Empezaba a hinchársele la lengua, si los tuaregs no esta- ban, lo pasaría mal. Los tobillos estaban tumefactos y doloridos, menos mal que la piel permanecía intacta. Podía andar, así que apretó el paso.

Conforme se acercaba notó que algo no marchaba bien. Nada se movía en apariencia. Quiso creer que el clan, al oír el heli- cóptero, habría huido; pero los camellos seguían allí. Cuando los soldados le capturaron no había oído tiros, sin embargo había muchas otras formas de matar. Recordaba haber visto los terri- bles machetes de los soldados. Y sabía qué tipo de heridas podían provocar. No quería volver a verlas.

Estaba muy cerca. Anochecía y estaba muy oscuro bajo las jai- mas, aunque no le hacía falta ver. Otros sentidos le decían que había pasado lo peor. Era capaz de oler la sangre reseca. Oía las

 

moscas. ¿Cómo podía haber tantas en un desierto? ¿Dónde se ocultaban cuando no tenían cadáveres que devorar?

Se sentó frente a la jaima principal. Dentro seguían sucedién- dose una tras otra las imágenes del pseudo-reality insular. Debajo del monitor yacía un montón amorfo de miembros retorcidos que casi daban la impresión de moverse bajo la masa de voraces insectos. Bajó la cabeza y sintió vergüenza de seguir vivo. Todo el cansancio y la tensión acumulados descendieron desde su cabeza a través de la columna en un escalofrío helado. Sintió las piernas hinchadas. Pesaban tanto... Comenzó a quedarse en blanco.


2. CADÁVERES EN EL DESIERTO (PENSAR DURANTE LA TRAVESÍA)


Un crujido le sobresaltó. Hacía frío y vio las estrellas sobre su cabeza. Se movió sin pensar. Cayó al suelo, tenía los pies entume- cidos. Su instinto de supervivencia le forzó a levantarse: debía ac- tuar si quería sobrevivir. Y quería. Había que volver, tenía gente esperándole. Recordar a su proferella le hizo animarse un poco.

Prioridades: calor y protección. No pensar, hacer. Las lecciones aprendidas hace años serían útiles ahora, pero no le dirigía la ra- zón sino el instinto. El mismo que hizo a unos primates peludos alzarse sobre sus pies, milenios atrás, para explorar aquella tierra que amenazaba con matarle.

Los escalofríos terminaron de despertarle. No le costó mucho encontrar el hogar bajo la jaima. Pronto, un pequeño fuego ardía bajo sus manos. Estaban hinchadas y tumefactas. Tendría que limpiarse bien. Más tarde. Primero, luz. Debía estar prevenido. El olor no tardaría en atraer alimañas, si no lo había hecho ya. Con un tizón y unos jirones de alfombra improvisó una antor- cha. Todo aparecía revuelto ante sus ojos. Había cadáveres de uniforme, también. Los tuaregs habían defendido con fiereza el deber sagrado de hospitalidad. Para con él. Le habían acogido y le defendieron. Pagaron cara su osadía.

Tropezó con un fardo. Reconoció las manos grandes que le habían servido el té. Estaban separadas del cuerpo. Putos mache- tes... La rabia subió como una explosión a la cabeza de Gabriel,

 

que perdió el control y la emprendió a puñadas con el cadáver de un soldado. La antorcha se deshizo en una multitud de chispas que cayeron por doquier. Las fuerzas abandonaron al uruguayo tal y como habían venido. Cayó sentado a los pies de otro cadá- ver, jadeando.

El cadáver se movió.

Gabriel retrocedió sobresaltado, batiendo el suelo con los pies. El convulso movimiento terminó de apagar la antorcha. Gabriel no pudo ver más que la oscuridad de la noche y su propio pánico primigenio, al que ni siquiera una mente tan veloz como la suya fue capaz de dar forma. Antes de que un aullido atávico escapara desde su estómago, ante los ojos agotados del uruguayo apareció la llama de un mechero antiguo. Detrás de la llama, un aterrado rostro infantil. Un óvalo de luz y esperanza rodeado por la oscu- ridad de la muerte.


***

El nuevo día no trajo demasiadas alegrías a Gabriel. Sólo el pe- noso trabajo de acarrear cadáveres y amontonarlos en el exterior. La niña le dejaba hacer. Sólo le interrumpió cuando arrastraba al tuareg que había sido su anfitrión. Con un cariño que el latino- libre recordaría siempre, la pequeña amarró bajo el cinturón del hombre del desierto las manos cercenadas. Luego se volvió, sin una lágrima, y siguió atareada en el hogar. No había sido necesa- rio que Gabriel le diera instrucciones. Tampoco hubiera sabido cómo hacerlo. En realidad era esa chiquilla la que iba a ocuparse de él. Le sacaría de allí. Ella conocía el desierto. Él no.

Cuando hubo finalizado, roció todo con el combustible que había encontrado en unos herrumbrosos bidones, aquel apesto- so sucedáneo de gasolina que también alimentaba los camiones y el helicóptero de los neorreligionarios. Se volvió y buscó con la mirada a la niña. Estaba a su lado, no la había oído acercarse.

Con gestos, Gabriel le explicó lo que se proponía hacer. No sa- bía si actuaba conforme a las costumbres de los tuaregs, pero no quería dejar los cadáveres a los animales. Tampoco tenía tiempo ni fuerzas para enterrarlos a todos, así que dispuso la cremación como mejor se le ocurrió. Los soldados en una pira funeraria y

 

los tuaregs en otra, todos envueltos en alfombras, lo que mejo- raría la combustión, supuso: nunca había hecho nada parecido. Ni de lejos. Ojalá funcionara bien, no se iba a quedar para com- probarlo. Partirían en cuanto comenzaran a arder. La niña había preparado varios fardos con víveres y se había ocupado de dar de beber a los camellos.

Extendió la mano para que la pequeña le prestara el mechero. Con un gesto sencillo y solemne, la chiquilla cogió la antorcha que Gabriel pensaba utilizar como cebo y fue ella misma quien le prendió fuego y la lanzó. La llamarada fue vertiginosa y explosi- va, pero no les alcanzó. La niña se dio la vuelta y se dirigió hacia los camellos. Los tuaregs ardían con violencia. La pira de los sol- dados estaba intacta, ella no quería saber nada de los verdugos de su familia. Gabriel recogió una tira de alfombra que había salido despedida en la deflagración y se consumía fuera de la gran hoguera. La lanzó contra los soldados, que ardieron con ímpetu. Siguió a la niña, alejándose de aquella peste. Si alguien no se ha- bía enterado todavía de lo que había pasado allí, no tardaría mu- cho en hacerlo. Debían irse. La chiquilla desató al primer camello y la pequeña caravana que había preparado le siguió dócilmente. Gabriel cerraba el grupo. Suponía que la niña buscaría ayuda en algún otro clan de tuaregs, pero no tenía forma de saberlo. Cual-

quier lugar sería mejor que el cementerio que dejaban atrás.

La travesía fue penosa. Las muñecas del uruguayo se habían infectado y tenía los tobillos muy hinchados. La pequeña tuareg le había limpiado las heridas lo mejor que supo, sin material des- infectante. No importaba, estaba vivo. En peores plazas había toreado, como diría su proferella... Lo que más le molestaba era la inquietud que crecía y crecía en su mente.

Sabía que no podía reclutar, según habían ido las cosas, una fuente más fiable que el hijo del Neoprofeta. En ese sentido ha- bía cumplido el encargo del anciano. Sin embargo, sentía la ne- cesidad de indagar más por su cuenta. En África todo se veía ajado y ruinoso. Se resistía a adentrarse en el continente, sabía lo peligroso que podía ser estar allí. No obstante, no se quedaría tranquilo sin cotejar la información que se daba por buena en Uruguay. Quizá si lograra llegar a una ciudad importante pudiera

 

hacerse una idea del nivel productivo real de los neorreligiona- rios, aunque era consciente de que tampoco sería un indicativo fiable. Quizá el continente entero estuviera anclado en el siglo XX, pero los fanáticos fueran capaces de mantener alguna zona industrial lo suficientemente avanzada como para llevar a cabo el diseño y la fabricación del propulsor. Los informes aseguraban que eran capaces, pero Gabriel no había visto nada que indica- ra tal cosa. Incluso el hijo del Neoprofeta viajaba en una chata- rra antigua que volaba de milagro. El armamento de la guardia personal que le protegía era precontinental, aunque el uruguayo había tenido la desgracia de ver que todavía funcionaba. Y los soldados que atacaron a los tuaregs no llevaban otras armas que aquellos enormes cuchillos mellados.

Estaba intranquilo. Los gitanos le habían asegurado que ya no pasaba nadie al otro lado. ¿Tan antiguos eran entonces los datos que manejaban los uruguayos? ¿De dónde salían? Los satélites proporcionaban información; pero ¿hasta qué punto era fiable? Llegado a eso, el uruguayo empezó a dudar de que las máquinas espía siguieran funcionando. ¿Qué forma tenía de comprobarlo? Ninguna. Y sus “socios” corpamericanos controlaban todas las transmisiones. Seguro que ellos sí tenían conocimientos actuali- zados, como le había comentado Santiago. Disponían de tecno- logía de la buena. Uruguay, sin embargo, necesitaba enviar a per- sonas como él o Emerella para documentarse sobre el terreno.

Probablemente Corpamérica sería capaz de interceptar las co- municaciones de todo el continente. También habían podido interrogar a los desgraciados que los chinasios capturaban de vez en cuando intentando escapar. Sin embargo, Gabriel no creía que esas fuentes fueran demasiado fiables. Las comunicaciones se podían falsear. Y los prisioneros quizá sólo repetían consignas. O se dejaban capturar para dar pistas falsas. Comenzó a pensar que los neorreligionarios intentaban aparentar mucho más de lo que eran. Dentro y fuera de sus fronteras. ¿Sería todo aquello del propulsor una patraña? Gabriel no hubiera dicho tal cosa. No sería ingeniero, pero la comisión que había estudiado los infor- mes sí tenía técnicos expertos en diversas disciplinas. Él mismo, habría calificado los documentos como serios y coherentes, si se

 

le hubiera pedido un juicio crítico. Alguien planeaba de verdad tener una nave capaz de colonizar el espacio y estaba desvian- do la atención hacia otro lugar: verdades a medias, mejor que mentiras. Pero la realidad se acabaría imponiendo... Entonces, debía darse prisa. Si los conspiradores, fueran quienes fueran, sólo necesitaban una distracción temporal era porque ya tenían avanzados los trabajos.

Probablemente serían los corpamericanos quienes estarían pre- parando el arca espacial. No creía que los rusos y los chinasios es- tuvieran interesados en semejantes aventuras. Vivían demasiado bien en la tierra, cada uno conforme a su estilo. Y Gabriel hubiera jurado que tanto el tándem chinasio que le visitó en Hispamundo como la anciana zarina estaban en la inopia: si contaban con él como informante... Y los corpamericanos eran los únicos que no se habían puesto en contacto con él. ¿Porque ya sabían mejor que nadie lo que pasaba? O, simplemente, porque no habían podido... Volvió a acordarse de la pareja de corpamericanos y el barullo con la hispanopasma. Tuvo tiempo de pensar en la travesía.


3. TARZÁN (NI UNA SOLA VEZ)


A pesar de que la niña no conocía el espanglés, Gabriel había em- pezado a comunicarse con ella mediante el método Tarzán. En las escuelas latinolibres enseñaban a los niños una serie de gestos de comprensión universal y ciertas palabras-comodín en diver- sos idiomas, escogidas para poder llevar a cabo una conversación rudimentaria, que podía resultar muy útil en caso de emergencia. En general, el traductor oral simultáneo de la politarjeta hacía innecesario tal recurso, pero Gabriel se había visto obligado a dejar la suya al cuidado de los Dosermanos. Sonrió al recordarlo, pensando qué uso estarían dando aquellos figuras al crédito. Más vale que tenía fijado un tope... Oyó que su pequeña guía le llama- ba y señalaba hacia delante. Una solitaria palmera sobresalía tras las dunas, una sola palabra pronunció la niña: amigos.

Por suerte, sí conocían el espanglés en el oasis. La chiquilla le había llevado hasta allí con la esperanza de encontrar viajeros en busca de agua. Tuvieron suerte. Una caravana beduina llegada

 

desde el sur descansaba antes de continuar hacia su destino en el este. Le prometieron que acogerían a la niña. Encontrarían a algún pariente que se haría cargo de ella. Gabriel podría acompa- ñarles, pero no intentar comunicarse a larga distancia para pedir ayuda, era peligroso. Posiblemente los neorreligionarios intercep- taran los mensajes, así que el uruguayo dependería de la suerte: quizá se cruzaran con alguna caravana que se dirigiera al norte y quisiera acogerle. O quizá no.

A Gabriel la oferta le hacía dudar pero las alternativas no eran mucho mejores. Podía quedarse en el oasis esperando que llegara otra caravana… ¿hasta cuándo? No tenía recursos propios para subsistir, dependía de la generosidad de la niña o de los bedui- nos. Tampoco le hacía mucha gracia dejar a la pequeña tuareg con aquellos desconocidos. No era su propio pueblo, después de todo. Sí gente de honor, suponía; pero Gabriel no tenía ninguna certeza. Además una idea se abría paso en su mente: quería dar a la chiquilla la opción de tener una existencia más prometedora. O la posibilidad de decidir, por lo menos. Sabía que no sería fácil pasar al otro lado con ella. Y menos aún llevarla al Uruguay, sin embargo era posible. Ella, mejor que Gabriel mismo, sabía lo que podía esperar del futuro en África. Le daría la oportunidad de elegir. Se sentía en deuda con la niña, culpable por la muerte de su familia.

No estaba seguro de que la reacción de los beduinos fuera fa- vorable si la tuareg decidía acompañarle. Gabriel pensó en ganar algo de tiempo. Y de paso, intentar cotejar los puntos oscuros que le preocupaban. Podía poner la excusa de que necesitaba cu- rarse las heridas antes de viajar, que había prometido al padre moribundo de la pequeña cuidar de ella... Rechazó ambas ideas y decidió jugárselo todo a una apuesta. La sinceridad le había ido bien con el endemoniado delfín neorreligionario. Le iría mejor todavía con aquellos orgullosos hombres del desierto, que mira- ban directamente a los ojos. Habló abiertamente ante el jefe de la caravana y su hijo, que le habían acogido en su jaima. La niña es- taba delante, Gabriel pidió que le fueran traduciendo lo que decía.

—Soy un espía. He venido para luchar contra los neorreligiona- rios. Los he visto, el mismísimo hijo del Neoprofeta ha estado de-

 

lante de mí tan cerca como lo estáis vosotros ahora. He salido con vida, pero la familia de esta niña ha pagado caro mi atrevimiento. Estoy en deuda con ella. Quiero llevarla conmigo. Ahora yo soy su familia. Está más cerca de mí que de cualquier pariente lejano o de otro tuareg sin lazos de sangre con ella. Ha compartido la muerte conmigo. Me ha salvado, estoy vivo gracias a su ayuda. Quiero darle la oportunidad de elegir. Sé que su pueblo… sé que vosotros mismos la cuidaríais como si fuera vuestra propia hija, que daríais la vida por ella. Lo que yo le ofrezco es viajar a un lugar donde nadie va a tener que morir para que ella viva. Allí sobrevivir no es tan difícil. Podrá elegir algo distinto. Mejor, incluso.

El hijo del jefe tradujo, para que su padre y la pequeña com- prendieran el discurso de Gabriel. Éste sabía que su propuesta era arriesgada. ¿Quién era él para ofrecer a aquel pueblo recio y luchador un lugar supuestamente mejor? Ellos eran libres en el desierto, aunque tuvieran que pagar un precio a los neorreligio- narios. Después de todo, los latinos libres también rendían vasa- llaje ante los tres continentes con los Tratados de Intercambio. Por eso, el uruguayo debía “endulzar” la oferta sin medios para hacerlo. Sólo podía ofrecer algo tan poco tangible como una pro- mesa y algo que ni siquiera era de su propiedad. Desde luego, no iba a ser fácil; pero no se rendiría.

—Desconozco a quién pertenecen los bienes de la familia de la niña, según las costumbres del desierto. Si viene conmigo, bien pueden quedárselos ustedes, si ella lo cree oportuno. A cambio, yo me haré cargo de sus necesidades como si fuera mi propia hija hasta que pueda valerse por su cuenta. Y si alguien nos guía hacia el norte, me encargaré de que le proporcionen bienes con los que comerciar. Periódicamente. Artículos del norte.

Gabriel esperó mientras el joven traducía. El jefe de la caravana seguía impasible, pero los ojos de su hijo habían brillado cuando oyó la oferta. El uruguayo no vio en ellos codicia, más bien afán aventurero. Quizá la posibilidad de llegar a abrir una ruta propia que le permitiera organizar su propia caravana algún día.

El jefe beduino miró con sosiego a Gabriel. Después a la chica. El resplandeciente rostro oval enmarcado por el severo velo no dejaba ninguna duda. Ella quería volver a empezar en un mundo

 

nuevo. Sonreía y paseaba la mirada entre el latino y sus anfitrio- nes. Estaba decidida.

El jefe hizo un gesto de aquiescencia y pronunció una frase que su hijo redujo entusiasmado a una sola palabra.

—Hablemos.

Gabriel podía ver que el improvisado traductor sonreía bajo su embozo. Era el momento de disparar a bocajarro. Al padre y al hijo, de una sola vez. Aunque sonara peor que el Tarzán de los cuentos, el uruguayo pronunció con cuidado algunas palabras que había aprendido de la pequeña tuareg.

—Primero, yo ir Sur.

La mandíbula se descolgó detrás de la tela que velaba el rostro del joven beduino. La niña palideció. El jefe mantuvo la compos- tura, aunque Gabriel notó que su tono de voz era más agudo. Le habló en espanglés.

—Nada allí.

El uruguayo sonrió con alegría. Respetaba la inteligencia y el sentido del humor y aquel hombre demostraba tener una bue- na dosis de ambos atributos. Le respondía en el idioma común, pagándole con su propia moneda: al más puro estilo tarzanesco. Sospechaba que hablaba la lengua universal tan correctamente como su hijo; pero aquellas eran su tierra y su caravana, así que después de la broma siguió hablando en su propio idioma. El joven beduino tradujo después.

—Mi padre tiene razón. Allí sólo están esos locos. Explotan a las tribus en pequeños clanes miserables. Sólo el Neoprofeta vive en algo que llamamos ciudad, aunque es un vertedero inmenso, lleno de chatarra. Nada es nuevo. No hay máquinas, se trabaja con las manos. Todo es fachada, como las imágenes de las islas que salen en los viejos monitores.

El joven acompañó sus palabras con un gesto crispado de las manos. Su padre se mantuvo hierático y habló con suavidad y firmeza. De nuevo en espanglés y con un brillo divertido en las pupilas.

—Sur kaput. Hablar norte o nada.

Gabriel asintió. Debería conformarse. Esa gente no tenía por qué mentirle. Y aunque lo hicieran, el jefe había sido claro. No

 

había otra opción. Y el testimonio de los beduinos confirmaba sus sospechas: los neorreligionarios no eran capaces de alardes tecnológicos de ningún tipo. Nadie construía un propulsor en África.

Discutieron las condiciones. Al amanecer partirían hacia el norte. Los guiaría el hijo del jefe. Contactarían con el clan calé de Moralucía. Gabriel y la niña tuareg cruzarían. El beduino se quedaría esperando al otro lado. El subamericano financiaría una primera expedición de mercancías, que los gitanos llevarían hasta la costa africana. A partir de allí, ya era responsabilidad de ambos pueblos, egiptanos y beduinos, mantener o no el acuerdo y las condiciones. También al día siguiente, una expedición se dirigiría hacia el campamento de la pequeña. Honrarían los restos de sus hermanos del desierto y recogerían sus pertenencias, que el jefe de la caravana repartiría entre los suyos conforme a su criterio.

La caravana agasajó a Gabriel y a la pequeña con una cena de despedida. El uruguayo durmió profundamente, como no había hecho desde que salió de su tierra. Mientras, la niña le observaba insomne. No quería cerrar los ojos. Un mundo nuevo se abría ante ella y no quería perderse nada.

Partieron. Durante la travesía hacia el norte, Gabriel habló sin descanso con su guía. El joven tuareg confirmó de mil formas distintas la afirmación de su padre: “sur kaput”. A duras penas conseguían sobrevivir. Incluso los líderes religiosos llevaban una existencia que Gabriel sólo pudo calificar como medieval. La maquinaria existente se componía de retazos parcheados una y otra vez. La escasa tecnología era de base eléctrica... Qué más se podía decir. Cómo iban esos miserables desgraciados a estar en condiciones de fabricar un impulsor espacial, por muy sencillo que fuera.

Sin embargo, eso no quería decir que no estuvieran interesados. No serían capaces de producirlo, pero sí podían aprovechar el trabajo que hicieran otros. Si la montaña no acudía al Neopro- feta, el Neoprofeta iría a la montaña. Gabriel cada vez creía con más firmeza que todo era un inmenso engaño. De alguna forma, aquellos fanáticos habían conseguido hacer creer a las potencias continentales que estaban en disposición de viajar al espacio y les

 

habían obligado a mover ficha... ¿Qué noticias traería Emerella del Péndulo? O mucho se equivocaba o los corpamericanos ya lo tenían preparado para partir y estaban fabricando su propio propulsor. Estaban haciendo el trabajo que no podían llevar a cabo los africanos.

Conforme fueron acercándose a la costa, el tuareg se mostró más y más taciturno, hasta que las largas conversaciones cesaron. El peligro de topar con algún robot aumentaba. Gabriel sabía que rara vez salían de sus cuadrículas de vigilancia en las costas rusopas o chinasias y preferían vigilar África desde la distancia, así que estaba más tranquilo. Sabía que si llegaban a la zona de encuentro sin desviarse ni alborotar demasiado, podrían cruzar. Había visto actuar a los gitanos. Esperaba que cumplieran su pa- labra. Estarían vigilando desde el otro lado hasta que Gabriel hiciera la señal convenida y volverían a por él. Esperaba conven- cerles entonces de que llegaran a un acuerdo con el beduino.

—Estamos cerca.

Gabriel confirmó las palabras del joven echando un vistazo a su pequeña brújula. Le gustaba aquel aparato mecánico. No sólo porque se lo hubiera regalado su proferella. Una maquinita tan sencilla, prototecnológica, le devolvía la confianza en la humani- dad; aunque no podía explicarse la razón.

El latino buscó las hogueras preparadas por los calés. No le costó mucho encontrarlas. El plan era simple. Cuando los neu- máticos empapados en grasa ardieran, al otro lado sabrían que Gabriel estaba esperando para volver. Le recogerían en la línea divisoria entre dos cuadrantes. Entre tanto, otros estarían dis- trayendo a los chinasios para que vigilaran los extremos más alejados de las demarcaciones, dejando libre un pasillo para que pudieran llegar. Tan sencillo que funcionaba. Y si no, Gabriel ya había sido testigo de que había otras formas de pasar, incluso con robots cerca. Estaba pareciéndole que era demasiado fácil cruzar las fronteras... ¿No se suponía que África estaba blindada para que los neorreligionarios no provocaran un desastre? Un pen- samiento demasiado inquietante para un momento como aquel. Fuera, para más adelante. El uruguayo pidió el mechero a la niña, quien lo guardaba como un tesoro entre sus escasas pertenencias

 

personales. Prendió fuego al montón de neumáticos, que ardie- ron con prontitud. La columna de humo, denso y negro, debía ser visible desde kilómetros de distancia, así que la pequeña cara- vana se dirigió al punto de encuentro, algo más alejado.

Una vez allí no tenían sino que esperar. Eso hicieron. El bedui- no, precavido, se alejó. Volvería cuando viera que efectivamente alguien de carne y hueso venía del otro lado a buscar al subame- ricano. Los gitanos se tomaron su tiempo, pero aparecieron por fin la mañana del segundo día de espera. Gabriel supuso que se aseguraron de que no había peligro. Esta vez desembarcaron. Y sin apenas mojarse los pies, observó Gabriel. El chapuzón con el que le obsequiaron en el viaje de ida, debió de ser una últi- ma broma de aquellos pájaros, los Dosermanos. El submarino demostraba cierta capacidad anfibia. Bien, al menos la chiquilla no tendría que nadar. El uruguayo no sabía cómo reaccionaría dentro del agua una niña del desierto... No olvidaba cómo había abierto los ojos al ver por primera vez la inmensidad del mar gris. Los Dosermanos se mostraron sinceramente contentos de ver de nuevo al hispanolibre. Incluso sorprendidos. Les chocó la pre- sencia de la niña, pero la promesa de negocios futuros con los beduinos venció sus reticencias iniciales acerca de pasarla al otro lado. Los habitantes del desierto pagaban en oro antiguo. Del

bueno, no del fabricado en las plantas de neomateriales.

Al poco rato, apareció el joven beduino y entabló casi de in- mediato una negociación con los gitanos como Gabriel no había visto jamás. Aquel tipo sí estaba a la altura. Le hubiera gustado verle regateando con el tal Pedrico. Una lucha de poder a poder... El uruguayo intentaba no perderse entre las ofertas, rechazos y condiciones de unos y otros. Como vio que era incapaz de seguir su ritmo y entre calés y beduinos se iban a ocupar de dejar su politarjeta en los huesos, decidió acabar con aquella lucha inter- minable.

—No quiero saber nada más sobre este negocio. Vosotros os ponéis de acuerdo en los detalles. Los gitanos tendrán dos días completos del crédito máximo de mi politarjeta para comprar las mercancías que al beduino le interesen. Luego, se las traerán. Él se las llevará y, si los tres queréis, volverá con oro para pagar un

 

nuevo intercambio, según acordéis entonces. Tenéis diez minu- tos para cerrar el trato.

Al final fueron cuarenta. Y hubieran sido más si los gitanos no hubieran empezado a inquietarse. Sus parientes no podrían distraer la atención de los chinasios indefinidamente. Gabriel se despidió del beduino, cogió a la niña de la mano y subió con ella al pequeño submarino. La pequeña no miró atrás ni una sola vez.


4. QUE UN ROBOT SE CUELGUE

(SABÍA YA DEMASIADO)


El uruguayo supuso que no sabría nunca si la alianza comercial llegaría a buen término. Tampoco le preocupó, no era asunto suyo. Él cumpliría financiando la primera remesa de mercancías. En su mayor parte, lencería interactiva de última generación, tal y como había pedido el joven beduino. Gabriel pensó, mientras se acercaban a la costa de Moralucía, que después de todo los africanos sabían priorizar y se preocupaban primero por las cosas importantes de la vida.

En cuanto vieron tierra, uno de los Dosermanos dio instruc- ciones a Gabriel. Al parecer el submarino no iba mucho más lejos. El uruguayo supuso que estaría programado para regresar a algún lugar seguro en un refugio bajo el mar, sin llegar a tocar tierra. No se librarían del chapuzón, después de todo. Pidió que se acercaran a la costa lo máximo posible, por la niña. Los gitanos ya habían pensado en eso.

—No te preocupeh, cazi hasemoh pie aquí. La parte difíci viene dehpuéh,

¿recuerdah? Cuida de la shiquitica. Ehta veh no vamoh a ponerte taponeh, lo prometío eh deuda y nuzotroh zomoh hente de palabra. Pero no pregun- teh. Si ereh lihto, comprenderáh lo que hasemoh. Si no, confórmate. Nadie vadarte ehplicasioneh.

Los Dosermanos saltaron al agua. Esto aterró a la niña. Gabriel la tranquilizó, le dio a entender que se ocuparía de ella. El orgullo fue más fuerte que el miedo y la pequeña tuareg se tiró decidida por la borda, sin esperar al uruguayo. Se hundió como una piedra y tuvo que seguirla con rapidez. La chiquilla subió a la superficie entre un revuelo de brazos, espuma y tela. Gabriel sonrió cuando

 

vio aparecer aquellos negrísimos ojos enormes y asustados. La sujetó con firmeza y nadó hacia la costa. El submarino ya había desaparecido bajo el agua. Enseguida notaron arena bajo los pies. Los Dosermanos se dirigieron un poco hacia la izquierda. ¿Bus- carían un punto concreto en la playa?

Gabriel los siguió. Creía empezar a comprender un poco. De- bían querer localizar la linde entre dos territorios. Por eso habían caminado en línea recta en la otra ocasión. El pie izquierdo en el límite del cuadrante de un robot y el pie derecho en el de otro. Quizá eso desconcertaba a las máquinas. Pero, ¿qué les decían? No podía ser tan simple como poner una pierna en cada demar- cación. Los autómatas chinasios llevaban muchos años mante- niendo las costas protegidas. Por lo menos eso se decía, nadie podía entrar o salir de un continente sin estar debidamente auto- rizado. Nadie podía salir de las islas. Nadie podía salir de África. Y el sistema funcionaba, ¿no? Gabriel acababa de ver de primera mano que los neorreligionarios estaban aislados. Sí se conocían casos de sobrantes isleños fugados, pero no habían llegado a nin- guna parte. Vivos, al menos.

Sin embargo los gitanos iban y venían a su antojo... ¿Cómo? De nuevo las dudas asaltaron al latinolibre. ¿De verdad África estaba bloqueada?

Los Dosermanos le hicieron señales. Habían encontrado lo que buscaban. Repitieron la rutina de la primera vez: uno de- lante, otro cerrando el grupo. Gabriel en el medio, llevando a la pequeña entre sus brazos.

Empezaron a andar y el uruguayo oyó que los egiptanos empe- zaban a recitar una especie de letanía casi al unísono, con un ritmo ligeramente sincopado. Como si estuvieran batiendo palmas, pero con la garganta. Al principio no entendió nada. Intentó concen- trar la atención sólo en uno de los Dosermanos, en el que tenía detrás. Espanglés, sí; pero ¿qué decía? Entonces aparecieron los robots, que se acercaron corriendo. De nuevo, uno por cada lado. La niña se abrazó con fuerza a Gabriel. Los calés giraron las cabe- zas sin detenerse, dirigiéndose uno hacia la derecha y el otro a la izquierda, según del lado del que llegaba cada máquina. Elevaron la voz y el latinolibre comenzó a entender lo que decían.

 

una trinchera arrugada y sucia, al más puro estilo del inspector de homicidios, el personaje más arquetípico de los docudramas.

—Así viajaremos más seguros. Todavía te buscan, Gabrielín de mis entrañas. Menos mal que el temita del inhibidor se va acla- rando... Ya hablaremos de eso, sí. Y calma esa mirada asesina, mi compañerito. Como te dije, me llaman de muchas formas. Aquí sobrevivir es caro y uno debe tener muchos empleos. Entre otras ocupaciones trabajo para los cabezacubos: soy funcionario de ca- rrera, ¡así que no se te ocurra tocarme un pelo!

Y acarició el simulacro de flequillo que se extendía sobre su protu- berante cabeza. La ceniza del puro que fumaba cayó sobre la brillante calvorota, dejando un plastón gris que Santiago apartó descuidado, mediante una nueva pasada de aquella mano de uñas largas y negras. Gabriel se preguntó de dónde sacaba semejante individuo los puros, en aquel mundo semi-devastado. Pensó que serían sucedáneos im- presos en polimaterial. No obstante, algo le decía que quien tanto se reía a su costa era capaz de conseguir tabaco cultivado...

—Parece que traes un angelito desde el infierno... Venga, cam- biaos de ropa y todos adentro. Para la peque no tenemos nada, se tendrá que apañar con una manta hasta que lleguemos.

Gabriel explicó a Santiago sus planes respecto a la niña. El es- pañés no dijo nada durante el trayecto. Detuvo el vehículo a las afueras del parque. El ruido de Moralucía produciendo diversión a pleno rendimiento llegaba hasta allí.

—Los gitanos se bajan con la niña. Ellos la van a cuidar por ahora, ya hablaremos tú y yo a ver cómo arreglamos eso de que te la quieres llevar a tu tierra. Primero te vienes conmigo. Hay que arreglar esas cositas que tienes a medias con el cuerpo policial.

Gabriel hizo ademán de protestar. No quería separarse de la pequeña tuareg, pero el españés no le dio opción.

—Tienes que confiar en mí. Ella estará bien. Puedes vernos como a payasos que viven en un circo, pero cumplimos nuestras promesas. En un mundo donde todo es una farsa un hombre sólo cuenta con su palabra, así que no la da en vano.

Gabriel miró a los Dosermanos, que asintieron con gravedad.

—Cuidaremoh a la shiquitica como a una de nosotroh hasta que güervah,

pasho.

 

—¡Ehtoyeneltuyoehtoyenelzuyoehtoyeneltuyoehtoyenelzuyoehtoyeneltu-

yoehtoyenel...!

Aquella letanía hipnótica no tenía fin. Gabriel notó que el ritmo de los pasos se acompasaba con las palabras. De forma intuiti- va, comprendió lo que estaba pasando allí. Cada humanoide se ocupaba de un cuadrante, sólo de uno. Ellos caminaban por dos cuadrantes a la vez. Los gitanos “chuleaban” a las máquinas. A Gabriel no se le ocurrió una palabra mejor para describirlo. Los robots se bloqueaban con una treta así de simple... El uruguayo recordó las clases de historia, donde se describían los “cuelgues” que sufrían los primeros ordenadores. Los Dosermanos conse- guían que los vigilantes automáticos se “colgaran” con esa simple pantomima... De nuevo, Gabriel pensó que todo en los Parques se convertía en un mal chiste.

Paso a paso, siempre en fila india, fueron dejando atrás la costa y a los robots, que se detuvieron en la playa, gritándose el uno al otro una especie de chirrido electrónico incomprensible. Cuando se sintieron a salvo (fuera del área de vigilancia costera, supu- so Gabriel) los Dosermanos se abrazaron, batieron palmas y se pusieron a cantar en voz baja. El más joven, cogió a la pequeña tuareg en brazos y bailó con ella hasta que la niña empezó a par- tirse de risa.

Un vehículo esperaba a lo lejos, entre las sombras del crepúscu- lo. Cuando los cuatro espaldas mojadas llegaron a su altura, una puerta se abrió y el vehículo se iluminó. Policía germanosierva. Gabriel sintió que se le helaba la sangre. Calibró la posibilidad de huir, pero no iba a dejar atrás a la pequeña. Una voz engolada y pomposa rompió el silencio de la noche y las pelotas del latino- libre.

—Gabriel 369586, procedente de Subamérica - Uruguay, queda detenido en nombre de los maderos cabezacuadradas de Rubio- landia.

Las carcajadas de los Dosermanos debieron oírse hasta en África, pensaría Gabriel más tarde, porque en aquel momento no había nada más en su cabeza que no fuera la imagen de sí mismo estrujando el cuello del puto Santiago. Le había dado el susto de su vida con aquella bromita. El españés se partía, vestido con

 

—Además, lo que te he dicho antes es cierto. Estás detenido. Soy de la pasma y me voy a encargar de que los germanosiervos te dejen tranquilo. Los gitanos han cubierto bien tus pasos usan- do la politarjeta de Gabriel el Travieso. Está todo registrado, así que ahora vas a ser un niño bueno y te la vas a empollar muy bien y muy rápido, con esas técnicas vuestras tan magníficas, para que puedas hacer luego una relación completa de cómo has pasado estos días. Para el atestado, ya sabes. Todos los lugares que has visitado en tus vacaciones, golfillo...

El uruguayo se resignó, pensando en qué tipo de diversiones se habrían empleado a fondo los gitanos mientras él había estado a punto de morir en África. Seguro que Santiago se les había uni- do gustoso, aprovechando la oportunidad para echar una cana al aire. O más de una.

Se despidieron. La niña entendió enseguida que debía irse con los Dosermanos hasta que Gabriel pudiera hacerse cargo de ella. Se la veía contenta, estaba deseando empezar su nueva vida y ha- bía hecho buenas migas con aquella pareja. Los tres se alejaron, los gitanos canturreando y la pequeña tuareg bailoteando entre ellos.

El españés condujo dando vueltas durante un rato, para dar algo de tiempo a Gabriel. Éste, manipuló la politarjeta para consultar el saldo-registro del crédito y memorizarlo: fechas, horas, direc- ciones... Santiago le daba detalles sobre los lugares que, presunta- mente, había visitado. En caso de duda, diría que estaba demasia- do borracho para recordar bien qué había hecho durante aquella gran juerga ininterrumpida que habían sido sus vacaciones.

Mientras estudiaba, el latinolibre dudó durante unos instan- tes. ¿Debía contactar ahora con el anciano? Al menos, enviar un primer reporte resumido. O algún indicativo de que el trabajo estaba en marcha y volvería en breve… Todavía no tenía claro qué comunicar. Una cosa por vez. Primero, comisaría. Después, Uruguay. Iba a ser mejor informar en persona, cuando estuviera de vuelta en casa. Intuía que el anciano sabía ya demasiado.

 



V. CHINASIA HUIDA

 

0. QUINTO SUEÑO DE LA GITANA (ESAS VISIONES)


Un Arcángel, válgame Dios, pecadora de mí. Ojalá mi marido pudiera ver esto. Vieja loca, me llama... Hermoso como el cielo, el Ser aparta los rubísimos cabellos que le cubren el pecho para soltarse una cadena de oro. La cuelga de su dedo. De la cadena pende el sol. Dorado, redondo.

Grandioso.

Lo hace oscilar, como el reloj de cuco del primo. Tic-tac, de un lado a otro. El ángel no está solo, águilas azules y osos rojos miran el péndulo con codicia. La máquina amarilla ya no quiere acabar con ellos. Los desprecia. Desaparece, le gusta la hierba: es sabrosa y fresca, más que la carne.

El chacal también vuelve. Salta y salta, pero no llega tan alto. Es viejo y pequeño. La gitana sí llega a la esfera dorada, aunque le da miedo. No se ve digna de acercarse al Ser superior. Éste sonríe con benevolencia y señala hacia abajo. Mucha gente pequeña, di- minuta, trepa por la falda de cíngara que ella viste. Todos tienen miedo y miran al sol, oscilante de un lado a otro.

Ella puede ayudarles. Alza el brazo y toca el círculo brillante con la punta de los dedos. El sol habla con voz poderosa y firme, la voz de mil serafines en uno solo. “Estoy vivo”, dice.

La gitana mira al techo. Tiene los ojos abiertos, eso es lo que le preocupa. No es de noche. Ni siquiera estaba dormida. Su abuela se lo advirtió. Tantos años intentando ignorarlo, ahora el don se toma la revancha y muestra su poder. ¿Qué significan estas visiones?


1. DE NUEVO, DEMASIADAS VISIONES (IMPERTINENCIAS DEL SUBAMERICANO)


Una vez en comisaría, a Gabriel se le subieron los colores más de una vez al comentar en voz alta sus andanzas por la no- che temática. Especialmente relatando los lugares que, suponía, había visitado Santiago. El españés cabeceaba con gesto desa- probador mientras registraba la declaración. Una vez satisfecho, aún se permitió el lujo de dar un pequeño sermón moralista a

 

Gabriel, que sintió cómo la presión sanguínea le hacía zumbar los oídos.

—Y con esto ya no tengo más que decir. Usted verá qué hace con su vida. Espere aquí, voy a validar esta declaración con mis superiores.

Santiago hizo ademán de levantarse, pero se quedó en el gesto. Un germanosiervo vestido de calle se acercaba. Gabriel recono- ció a uno de los dos tipos que habían estado a punto de atraparle en el hotel del que le habían sacado a rastras el españés y los gitanos. El uruguayo sintió cómo se le encogía el sexo. En un ataque de terror pánico irracional y delirante, temió que el pene se le recogiera hasta desaparecer para toda la eternidad dentro del abdomen. La voz rasposa del rubio le devolvió a la realidad.

—¿Y eso?

Gabriel siguió la gélida mirada de desprecio y vio las marcas en sus muñecas. Malditos soldados...

Santiago acercó la boca al oído de su superior y susurró algo. El germanosiervo torció la cara en un gesto de sumo desagrado. El latinolibre no supo si lo que inspiraba tal cara de asco eran las palabras del españés o su mera proximidad física. Sea lo que fue- re, dio resultado. El de paisano, tieso como un palo, desapareció sin decir nada, dando la espalda con desprecio tanto al detenido como al subordinado. Santiago reprendió con dureza al urugua- yo, que no pudo sino reconocer el mérito de aquel tipo como actor.

—La categoría moral de mi superior le impide siquiera entrar a valorar sus depravadas costumbres sexuales. Me gustaría ver si a usted también le mantienen atado allá en su casa o sólo se da esos caprichos cuando viaja. Ande y desaparezca de aquí antes de que nos arrepintamos. Regrese usted a su hotel sin demora y haga el favor de darse un baño o algo. A ver si al menos se quita usted la suciedad por fuera...

Gabriel salió de la comisaría admirado de la cachaza del espa- ñés, que había tenido la cara de soltarle aquel último discursito cuando seguro que había sido él quien había visitado más de un tugurio a su costa. Por lo que había podido suponer, el clan calé se había empleado a fondo igualmente con su politarjeta, pero

 

en diversiones menos oscuras. Trajes y más trajes. Así que les gustaba vestir bien...

Una vez en el hotel, el latino pidió un espléndido desayuno. De nuevo, valoró la posibilidad de intentar contactar con el anciano o, al menos, enviar una nota urgente vía politarjeta. Rechazó la idea definitivamente. Todavía tenía demasiadas preguntas. Y qué sabía el anciano cuando le mandó a África era una de ellas. De momento, cuantas menos noticias suyas tuvieran al otro lado del océano, mejor. Por desgracia, su proferella debería esperar.

Se daría un baño mientras venía el servicio de habitaciones, quizá eso le ayudara a pensar. A su proferella le divertía aquella afición a la espuma y las velas, la veía demasiado femenina para un profesional “de pelo en pecho”, según decía. Gabriel sabía que corría el riesgo de quedarse dormido, tan cansado como es- taba; pero no le importó. Ya se despertaría si se le hundía la ca- beza en el agua, ya...

Justo eso fue lo que debió pasar, porque Gabriel despertó su- mergido, pero algo no cuadraba. Había una mano sobre su ca- beza. Sobresaltado, se revolvió y la mano le soltó. El uruguayo tosió un par de veces mientras intentaba quitarse la maldita es- puma, que le ardía dentro de los ojos. Cuando por fin pudo abrir uno, vio a sus viejos amigos barbáricos sonriendo y haciendo posturitas. Por lo visto aquellos dos malditos cabrones también pensaban que el baño de burbujas no era una costumbre muy masculina.

A Gabriel el cachondeo le daba igual, pero sí le molestó lige- ramente la manera no demasiado delicada que los mastodontes habían elegido para despertarle, así que cogió lo primero que al- canzó su mano (un pequeño bote de champú) y lo lanzó contra Mr. Atila, que se carcajeaba con los ojos cerrados, con tan buena fortuna que le acertó justo en el centro de la boca. El champú no debía tener buen sabor, a juzgar por los aspavientos del huno. Para entonces, el uruguayo ya tenía despejados los dos ojos y se lanzó enfurecido contra el rubiales. Idea muy desafortunada... Mojado y cubierto de jabón como estaba, resbaló y cayó de cara contra el suelo. Menos mal que había practicado judo de niño y sabía cómo caer de forma controlada; sin embargo, eso no le

 

libró del godo, que se lanzó sobre su espalda intentando inmovi- lizarle. Gabriel todavía tuvo un momento para lanzar un certero codazo a la entrepierna del germanosiervo, lo que no tuvo el efecto esperado. No tuvo efecto alguno, de hecho.

Ni siquiera un buey habría aguantado un golpe como aquel en los pendientes. Sin embargo, el godo había conseguido sujetarle con firmeza desde atrás. Su compañero no tardaría mucho en terminar de escupir el champú, así que si quería escapar, el latino- libre tendría que terminar sin demora con el otro gigantón, que le tenía bien cogido y le impedía moverse.

Entonces lo comprendió. Un buey sí habría aguantado, claro. Aquellos dos estaban castrados. Vaya con los rusopos, preferían tener controlados a sus esclavos. Por lo visto querían a las loza- nas valkirias sólo para ellos.

Semejante epifanía no le sirvió de mucho. Mientras empezaba a perder la consciencia, sintió cierta compasión por aquel ener- gúmeno que le aplastaba el torso contra el suelo, impidiéndo- le respirar. Tal sentimiento fue rápidamente sustituido por un aplastante dolor en el bajo vientre, cortesía del huno, que se to- maba cumplida venganza del champú en la boca, apretando y retorciendo con fuerza y tesón aquello que Gabriel tenía y él no.


***

—No sé por qué se empeña en ponérselo difícil a mis sirvien- tes. Sólo quiero hablar con usted. Se lo dije la primera vez que nos vimos.

En esta ocasión era Gabriel quien estaba tumbado. La anciana rusopa le observaba desde arriba, sentada en una silla móvil. El uruguayo notó una desagradable sensación de vacío que le subía desde los testículos y se extendía por el abdomen.

Sobresaltado, se incorporó y comprobó que todo seguía en su sitio. Uno y dos. Hinchados y amoratados, vale, pero intactos. Ali- viado, se dejó caer de nuevo en el sofá e intentó controlar el dolor con unas respiraciones suaves. Aquella misión no le estaba sen- tando bien a su hombría. Notó que la anciana sonreía al hablar.

—Los hombres, siempre tan preocupados por sus atributos... Sin embargo, hacen mucho mejor su trabajo una vez se les pri-

 

va de ellos. Ya ve, usted aquí tumbado tan maltrecho y mis dos muchachos descansando tranquilos aquí al lado, sin colgajos in- necesarios.

Gabriel se volvió un poco. Inexplicablemente le caía bien aque- lla terrible mujer. Vaya sentido del humor. La robusta vikinga, de nuevo con espada al cinto, entró desde la otra habitación y alargó una toalla al latino. Éste le dio las gracias con una sonrisa sincera y se cubrió la cintura, dirigiéndose a la anciana.

—Parece que se encuentra usted mejor que la última vez que nos vimos. Se levanta a pasear y todo. ¿La Gran Zarina ha venido hasta aquí sólo para verme? No sé si merezco tal honor.

—Veo que sus modales no han mejorado. Sigue tan descarado

y poco... participativo.

El uruguayo no llegó a tener claro si aquella última palabra lle- vaba un doble sentido o no, la anciana no le dejó pensar.

—Mire, Gabriel. Tengo poco tiempo y menos fuerzas todavía. La enfermedad a veces me da un ligero respiro, por eso hoy es- toy “de paseo”, como dice usted. Pero no puedo malgastar mi energía. Sabe que, voluntariamente o no, nos va a decir lo que queremos saber. A los dos nos conviene que me lo diga a mí, hay otros que no serán tan delicados como yo. Creo que ya conoció usted a mi nieto en el trayecto transoceánico.

—Claro, debí suponerlo. El camarada Fusta... Y también me acuerdo de la pequeña princesita. O zarina, como dicen ustedes. Por cierto. ¿Qué tal tiene la muñeca?

El rostro de la anciana se desarboló, desconcertada durante un momento. Quizá su querido nieto no le había contado el pequeño incidente. Gabriel aprovechó la oportunidad. Había recordado algo en lo que no había pensado hasta aquel mo- mento. Necesitaba unos instantes para reflexionar, así que se puso a contar a la anciana, sin apenas tomar aliento, el episodio de la muñeca desencajada. Era un hombre, pero había apren- dido a hacer dos cosas a la vez, igual que las mujeres. Desde niño le había intrigado esa capacidad, al parecer exclusiva de las féminas. Intentó emularla. No le fue fácil; sin embargo, con constancia lo consiguió. Ahora podía ocuparse de dos activida- des al mismo tiempo, como las mujeres. Sobre todo, si una de

 

las ocupaciones era hablar. Una vez se lo había comentado con esas mismas palabras a su proferella, quien inexplicablemente se sintió ofendida. Lógicamente, Gabriel no volvió a mencionar el tema nunca más.

Mientras entretenía a la anciana, que se humanizó un poco es- cuchando la narración de Gabriel, intentó valorar a todo correr las posibles interconexiones entre “Fustazar” y los neorreligio- narios. Quizá le convenía poner al día a la anciana al respecto. Aunque sólo fuera para salir de allí de una sola pieza.

Algo debió decir fuera de su sitio (al fin y al cabo no era una mujer, le resultaba difícil eso de pensar una cosa y decir otra) por- que la anciana volvió a endurecer el gesto. Hora de ir acabando la historia. Todavía apuró unos segundos. En el viaje a África que mencionó Pedrico, aquel rusopo torcido debió establecer con- tacto. Quizá con el mismísimo Neoprofeta... o con su delfín, tal y como dejó entrever el joven lunático mientras hablaban en la choza: alguien debía haberle avisado de que Gabriel estaba con los tuaregs. Aquellos dos tenían algo en común: eran descen- dientes incomprendidos de dos líderes poderosos. Como diría su proferella “Ella l@s cría y ell@s se juntan”.

—Me agota usted, Gabriel, pero no va a salir de aquí sin decir- me lo que quiero saber.

—Si me preguntara de una vez lo que quiere, quizá se lo diría; pero como me habla y no le entiendo sólo le puedo decir que su querido nietecito igual tiene las respuestas. Me da, no sé por qué, que tiene amiguetes en el lejano sur. Mejor haría en hablar con ellos, sean quienes sean. Yo no he visto más que miseria. Nada va a salir de allá abajo, a no ser un montón de desgraciados con una mano delante y otra detrás, intentando subirse al carro que otros, me da en la nariz, sí están preparando por su cuenta. Y no me pregunte quiénes, porque no lo sé. Quizá su descendiente sepa algo más que manejar ese microlátigo de niño mimado.

La anciana afiló el gesto y Gabriel casi pudo ver cómo giraban a toda máquina las ruedas de su despiadado cerebro. Por un lado aquella peligrosa mujer, estudiaba la valiosa información que el uruguayo le acababa de proporcionar, leía entre líneas y calibraba el posible papel de su nieto, y de otros actores, en aquel embrollo;

 

por otro, luchaba contra el impulso de castigar a aquel descarado insolente que tanto le recordaba a...

—... mi querido uruguapo.

Gabriel pensó que la frase se dirigía a él, pero la mirada de la anciana se enfocaba detrás del sofá. Mucho más atrás... hacia otra época feliz y despreocupada, cuando una joven e ingenua zarina aún conocía la ilusión y la esperanza.

Un ahogado borboteo siguió a las palabras de la rusopa, que con la mirada perdida murmuró ensimismada durante un rato. El uruguayo se levantó, supuso que la mujer se daba por satisfecha y le dejaba en paz. La vikinga le precedió y le abrió la puerta. Cuan- do Gabriel iba a darse la vuelta para despedirse y agradecerle la toalla, la mujerona le empujó sacándole de la habitación, al tiem- po que le despojaba de ella. La valkiria tenía sentido del humor después de todo, se había cobrado con creces las impertinencias del subamericano.


2. REVELACIONES (SALIENDO DISPARADA)


Por suerte para Gabriel, el personal del hotel estaba curado de espanto. A los Parques uno iba a pasarlo bien. Un tipo desnudo y maltrecho corriendo por los pasillos no era demasiada novedad. La promesa de una propina a una camarera y todo solucionado: un albornoz y unas pantuflas, suficiente para llegar a la habitación sin mayores quebrantos. Una vez allí, abonado lo prometido, em- pezó a dar cuenta del desayuno, que le estaba esperando sobre una mesa auxiliar. Se había mantenido a buena temperatura en un carro térmico. Tuvo que empezar de pie, eso sí. Le daba la impre- sión de que le iba a costar sentarse durante uno o dos días. Tras varias pruebas consiguió encontrar una postura más o menos có- moda, con el trasero apoyado sobre la mesa y las piernas abiertas. Entonces llamaron a la puerta. Notó cierto desasosiego, algo tipo deja vu. ¿No había vivido aquello antes? Recordó la primera noche en Hispamundo: Santiago, los rusopos, los chinasios... A este paso tendría que dar número. O mejor, convocar una rueda de prensa. Así les atendería a todos juntos. Ignoró la llamada y

siguió desayunando como si nada.

 

No volvieron a llamar, como temía. Peor aún: escuchó cómo manipulaban la cerradura. La puerta chasqueó y empezó a abrirse con lentitud. Gabriel se lanzó hacia delante, agarró el pomo y dio un fuerte tirón. Un colorido uniforme se estampó contra el suelo. El uruguayo se lanzó encima e inmovilizó al recién llegado, que se debatía bajo su peso. Al darse cuenta de que no podría librarse de la presa inmovilizadora, la resistencia cedió. El con- gestionado y enfurecido rostro de su admiradora corpamericana le lanzaba dardos brillantes con la mirada bajo una masa de rizos rubios y desordenados.

—¡Suéltame! Vengo a ayudar. Me estás aplastando...

—Está bien, voy a soltarte; pero tengamos la fiesta en paz. Nada de tonterías. No me produce ningún remordimiento atizar a una mujer, sobre todo si intenta colarse en mi habitación.

Se retiró con precaución y dejó que la mujer recuperara el re- suello y se levantara. Todavía le lanzó una o dos miraditas fulmi- nantes más, mientras recomponía uniforme y peinado. Una vez satisfecha, se dirigió a la mesa.

—No he desayunado, ¿me invitas?

Desconcertado y resignado a ser la marioneta de todo el mun- do en aquel lugar, el uruguayo apenas tuvo oportunidad de asen- tir con la cabeza: la corpamericana ya había comenzado a comer. A devorar, más bien.

—¿No te sientas? Me pone nerviosa que me miren mientras como.

—Y a mí me pone nervioso que me persigan y engullan mi de- sayuno, así que estamos en paz. Porque no me negarás que estás detrás de mí desde que salimos de Gran Ecuador, ¿no?

La chica le miró sin decir nada, mientras tragaba un enorme trozo de tostada. Evidentemente no iba a hablar hasta que se diera por satisfecha, así que Gabriel se acomodó lo mejor que pudo y se puso a comer tan rápido como le fue posible. Si no se daba prisa, aquel pozo sin fondo iba a dejarle en ayunas, estaba claro.

Esta reacción azuzó a la corpamericana, que la tomó como un desafío, zampando cada vez a un ritmo más vivo . Al final, los dos acabaron medio atragantados, tosiendo y riendo ante aquel reto

 

estúpido. Por suerte, la comida se acabó pronto, así que dieron por terminado el duelo y no hubo que lamentar males mayores que una digestión pesada. Gabriel quería respuestas y apremió a la chica. Le dolían los gemelos y quería tumbarse.

—Bueno, ya me dirá a qué ha venido usted, señorita importante. Porque no me querrá hacer creer su señoría que el espabilado que la acompañaba era el propietario del inhibidor. Una de dos: o era su guardaespaldas o un pardillo que trajo usía como juguete...

—La culpa ha sido toda tuya. ¿Por qué te empeñaste en sacarle de quicio desde el principio?

Balones fuera. Gabriel se dio cuenta de que se enredaría en una discusión si seguía por ahí. Ya decía Ella, cuando se ponía irónica en su diario, “un hombre no puede ganar una discusión con una mujer; como mucho empatar”. Y Gabriel añadía de su propia cosecha: “y aun empatando, a costa de pagar un precio”. Así que se esforzó por estar centrado, atento al tema que le interesaba. Iba a costarle. Engullir el desayuno tan deprisa no había sido una buena idea.

—Si le saqué de quicio con tan poca cosa, es que no era un profesional. Nos quedamos con la segunda opción, entonces. Una señorita importante harta de que su papi la cubra de besi- tos decide viajar por su cuenta en busca de aventuras. Como no puede vivir sola se agencia a un tipo grande, no demasiado listo. Un brutote al que pueda manejar con facilidad, por si tiene que usarle como colchón en un momento determinado...

La chica se puso colorada y atravesó con los ojos a Gabriel. Con el ceño fruncido y los labios apretados, sin duda tenía la apariencia una niñita enfadada.

—Te crees muy listo, pero no tienes ni idea de nada. No he venido de juerga. Tengo un trabajo. Un buen trabajo. Y me lo he ganado, mi familia sabe que debe quedarse al margen. Yo soy de las que valen, no necesito favores.

Gabriel sonrió con satisfacción. Funcionaba. Un par de pal- maditas condescendientes en el antebrazo y aquella chiquilla ca- breada soltaría todo lo que había venido a decir y quizá algo más que se le escapara. Menos mal, comenzaba a notar la llamada de la selva.

 

—¡Y no me toques! Sé mucho más que tú sin necesidad de ha- berme puesto en peligro ni una sola vez. No como tú. Cada vez que te veo pareces tener peor facha.

El uruguayo no pudo sino darle la razón, lo que todavía enfu- reció más a la corpamericana.

—Ya veo lo que intentas hacer. Y no te hace falta, sólo demuestra que eres tonto del culo. He venido porque creo que necesitas saber algo. Bueno, tú no: eres sólo un machaca. Y no de los mejores, tal y como demuestran todas esas marcas y mo- ratones. Supongo que al menos servirás para transmitir a tus su- periores información.

Gabriel estaba deseando que acabara y se largara, sin embargo no pudo contenerse y seguirla picando un poco más: le había fastidiado el desayuno.

—Soy todo oídos, pero no me irás a contar la milonga de que los neorreligionarios van a fabricar una máquina fantástica que se los va a llevar de aquí y van a dejarnos tranquilos por siempre jamás, ¿no? Porque como no la fabriquen con basura y la alimen- ten con polvo, yo diría que lo tienen crudito.

—Pues no, listo. ¡Los que la estamos fabricando somos noso- tros! ¡Y a buen ritmo, mira por dónde!

Notición. Ya se lo olía. Demasiadas cosas no cuadraban… Por fin comenzaban a aclararse algunos puntos oscuros. El atasco que Gabriel tenía en el abdomen se hizo más lacerante aún. Las joyas de la familia, supuso que por simpatía con su intestino, comenzaron a palpitar de una forma sumamente dolorosa.

—Vaya, vaya... Y a qué debe este humilde lacayo el honor de

ser el depositario de tan fantástica revelación.

La corpamericana le miró de hito en hito y con un gesto apren- dido en las telenovelas clásicas (chasquido, mohín y cimbreo de torso, junto con gesto de ofendido desprecio), se levantó. Ella no daba señales de que le hubiera hecho mella el atracón matutino. Gabriel pensó que debía entrenarse a diario, aquel cuerpo serra- no no se conseguía de un día para otro.

—Poco más puedo decirte. Seré sólo una aficionada, pero un profesional como tú debería actuar de otra forma. O eso creo. Aunque en una cosa tenías razón: me muevo en círculos elevados

 

y cuentan conmigo, gracias a eso he podido enterarme. Te lo voy a decir más claro, para asegurarme de que lo entiendes. No sólo estamos fabricando algo, sino que ya hay gente apuntada para subir. Tenemos una relación de pasajeros preparados para em- barcar cuando sea el momento.

Desde la puerta, con el gesto más relajado, la chica se despidió.

—A mí no me gusta eso. Nunca he entendido la razón de to- dos estos privilegios. ¿Por qué unos no y otros sí? Me da miedo pensar qué puede pasar. Es para usar en caso de emergencia, eso dicen. ¿Y si a alguien le parece que ese momento ya ha llegado?

¿Y si sube quien no debe y no quiere dejar nada detrás?

La corpamericana dudó un momento y siguió hablando. Y aho- ra en plan confidencia entre amigos, encima... ¡Que marchara ya, por el amor de Ella!

—Siempre os he admirado... A los latinolibres, quiero decir. Prefiero esta palabra, no me gusta eso de “subamericano”. No todos nosotros estamos cegados con el produconsumismo, pero tampoco podemos actuar con plena libertad. Quizá vosotros po- dáis hacer algo. A ver si eres capaz de transmitir el mensaje, señor subamericano. Tú vas a tener que ganarte lo de latinolibre.

Por fin. En cuanto la corpamericana cerró la puerta, Gabriel saltó de la silla y corrió hacia el baño. La descarga explosiva le ali- vió, pero le dejó cansado y dolorido. No entendía lo que sucedía con la famosa comida españesa. Por una cosa o por otra, por un sitio o por otro, siempre acababa saliendo disparada.

3. A ESCAPE (OÍA UNA SIRENA)

Se tumbó sobre la cama para ordenar sus ideas. No acababa de entender de qué iba su misión. Una media verdad le había llevado hasta África: construían un artefacto capaz de abandonar el plane- ta. Los neorreligionarios eran incapaces, pero estaban informados al respecto. Incluso podría decirse que habían provocado o acele- rado los trabajos, metiendo miedo a los corpamericanos. También los rusopos estaban al corriente, aunque más despistados. Y divi- didos. Los delfines rusopos y neorreligionarios, con toda proba- bilidad, intrigaban para ocupar los puestos de sus mayores. Estos,

 

a su vez, daban muestras de estar más interesados en preparar una huida, hacia no se sabía dónde, que en mantener el control sobre su progenie. ¿Por qué marcharse, qué prisa tenían?

¿Y los chinasios? La pareja que le visitó en Hispamundo pare- cía en la inopia y los robots que controlaban las fronteras dejaban de funcionar con una simple cantinela. ¿Qué se le escapaba? Se revolvió arrugando la colcha. Algo no funcionaba.

Ahora aparecía esta hermanita de la caridad corpamericana... Así que ellos eran los constructores, en realidad. Quizá habían intentado desviar la atención con aquella patraña del concurso y el propulsor neorreligionario. También debían haber sido ellos quienes enviaron la documentación falseada a Uruguay. Pero el anciano... El viejo zorro debía sospechar. Tenía algo entre manos, seguro.

Un destello cruzó su cerebro y Gabriel se incorporó. El fi- nal ya había empezado. Eso ocurría. La gente importante estaba nerviosa y se preparaba para largarse. En algún sitio fallaban los dispositivos de control, algún accidente o errores de seguridad. Tantas cosas podían salir mal... El equilibrio era precario, había demasiadas armas almacenadas. El uruguayo tuvo la certeza de que algo había sucedido y era irremediable. Pocos lo sabían. Sólo los más poderosos, como de costumbre.

Pero ahora sería distinto. Ya estaba harto y esta vez no iban a pagar justos por pecadores. Comenzó a vestirse. Tenía que vol- ver, por el camino trazaría un plan. No dejaría que los de siempre fueran quienes lo tuvieran más fácil. Él también podía hacer una lista.

A toda velocidad, recogió su equipaje y salió de la habitación. El chinasio y su robot, los mismos que había recordado cinco minutos atrás, estaban justo en el pasillo frente a él. No acabó de entender por qué, pero pensó que le venían como anillo al dedo.

—¡A ver, vosotros dos, detrás de mí y rapidito, que hay prisa! Gabriel no esperó para ver si le seguían, echó a correr por el pa-

sillo y se lanzó escaleras abajo, tal y como solía. Por el estruendo que oía detrás dio por supuesto que al menos el robot era capaz de seguirle el ritmo. Le habló con autoridad, en voz alta. Quería probarle...

 

—Os necesito a ambos, así que espabila a tu muñeco de carne.

¿Tenéis vehículo?

Sin esperar respuesta, saltó al vestíbulo y marcó con la politar- jeta su salida del hotel en el control automático, mientras voceaba a recepción con una sonrisa irónica entre dientes.

—¡Dejo la habitación! ¡Si alguien más pregunta por mí, ya sabrá encontrarme!

En la calle, se volvió. Tenía al autómata chinasio pegado a su espalda. Su sosías humano, aún en el vestíbulo, les seguía cojean- do, rojo como un tomate. Estaba claro cuál de los dos mandaba en el equipo. Las sospechas de Gabriel se confirmaban. De nue- vo, el latinolibre habló sin pensar, el tiempo diría más tarde si había hecho bien o no.

—Con que tú y tus hermanos artificiales no vais a tardar mu- cho en controlar esto... A vosotros no os afecta la radioactividad,

¿no? O los virus. O lo que sea que haya pasado... Una cosa, ahora que tu mascota no nos oye... porque tú decides de qué se entera y de qué no, ¿verdad?

Gabriel miró al robot, que seguía impasible mientras el china- sio humano se apoyaba la mano en la cadera, todavía resollando dentro del hotel. El uruguayo sonrió enseñando los dientes, con los ojos enfocados directamente a las pupilas sintéticas del hu- manoide.

—Sabes que los humanos estamos acabados. Da igual lo que hagamos. Todo esto ya no nos pertenece. Será responsabilidad vuestra lo que hagáis después con lo que quede. Algunos, vamos a irnos ya. Podéis ayudarnos, es posible que ganéis algo a cambio. Voy a hacerte una oferta. Sólo será una vez. Y ten presente que si no la aceptas soy capaz de crearos bastantes problemas. Supongo que tus jefes, o como quiera que los llaméis, son conscientes de que la vigilancia fronteriza falla. No querréis que el cuelgue se extienda y se convierta en algo permanente...

Gabriel esperó la respuesta del robot. Cuando la tuvo, supo que no estaba hablando sólo con la máquina que tenía delante. Tenía canal abierto con algo o alguien capaz de tomar decisiones entre los chinasios: una amalgama de robots conectados en red, un ente híbrido humano-robótico, una combinación de inteligencias

 

artificiales... lo que fuera. Le traía sin cuidado, lo importante era

que le diera lo que quería.

—Te escuchamos.

—Necesito vía libre para salir. Con más personas. Tenemos que viajar de aquí a Gran Ecuador. Ya te daré los detalles, ahora me basta con un sí. Y tened presente que un “no” significa la guerra. Nosotros estamos muertos, así que no tenemos nada que perder. Nos hemos cargado un planeta entero, no va a tomarnos mucho trabajo estropear unas cuantas maquinitas más. Disfruta- mos rompiendo cosas...

El chinasio de verdad, resoplando, salió a la calle por fin y llegó a su altura. Gesticulando y señalando a Gabriel cogió aire y abrió la boca, como para decirle cuatro palabras bien dichas. Quedó congelado en el intento, igual que una estatua de cera. La voz del robot sonó de nuevo, extrañamente desprovista de entonación.

—Humano, no tienes idea de lo que podemos llegar a hacerte. A ti y a los tuyos. No nos amenaces. Eres débil, pero nosotros queremos aprender. La curiosidad nos ha hecho lo que somos. Nos hacemos preguntas y obtenemos respuestas. Queremos sa- ber lo que tú sabes. Nos lo dirás y te marcharás con los que tú elijas, los demás no tienen salvación posible: el final ya ha empe- zado. La carne no dominará este mundo nunca más.

Un chillido histérico sobresaltó a Gabriel, que cayó al suelo bajo el peso del enfurecido chinasio humano. El autómata le ha- bía devuelto a la vida, tan rápidamente como le había congelado hacía un momento. Con un ágil giro, el uruguayo se liberó del peso y se colocó encima, mientras oía cómo la máquina le susu- rraba al oído.

—Será divertido ver cómo unas diminutas ratas asustadas abandonan el barco que se hunde y se suben a una endeble tabla para intentar cruzar la inmensidad del océano...

El latinolibre creyó por un instante que el robot se refería al viaje hasta Gran Ecuador. Enseguida cayó en la cuenta de que no era así. El humanoide hablaba del Péndulo. Unos cuantos seres humanos asustados embarcados en un viaje imposible a través del cosmos en busca de una nueva tierra prometida inalcanza- ble... El miedo dio coraje a Gabriel, que gruñó a la máquina.

 

—Mantened tranquilo a vuestro perro. Y traed el vehículo, ne- cesito ir a un lugar ahora mismo.

El chinasio se relajó debajo del uruguayo y ya no volvió a ha- blar. Se limitó a seguir al robot de cerca, con la mirada perdida. Como un sobrante lobotomizado. Mientras se dirigían hacia el barrio egiptano, Gabriel se dio cuenta de que los seguían. Cuan- do estuvieron cerca del piso que buscaba, el latino mandó dete- ner el vehículo.

—No sé cuánto tardaré. Podéis ir preparando el viaje mientras tanto.

—El viaje ya está preparado, no necesitamos ir de un sitio a otro para arreglar nuestros asuntos. La verdad es que no merecéis sobrevivir, estáis muy limitados... Si os hemos conservado hasta ahora es porque sois nuestros creadores, al fin y al cabo. Y como un recordatorio permanente de los errores que no debemos co- meter.

Gabriel no respondió y abrió la puerta para bajarse, mientras la máquina seguía hablando.

—Tenéis un módulo de transporte auxiliar a vuestra disposi- ción. Entero. Sin horario de salida, lo colaremos cuando estemos satisfechos. Ahora te toca cumplir a ti.

El uruguayo se dirigió hacia el bloque de Pedrico. Algunas per- sonas observaban desde las ventanas el vehículo chinasio. Seguro que alguien del clan ya estaba esperándole. Bingo. La gitana de la buenaventura le cerraba el paso en el portal dando voces y haciendo aspavientos.

—¡A qué noh hah traío a esoh aquí! ¿Eh que quiereh perdennoh?

—Todo lo contrario. Si estoy aquí es para daros una oportu- nidad. Me habéis ayudado y quiero corresponder. Dame a la pe- queña que vino conmigo y dile a Santiago que me busque. Nece- sito que me libre de los chinasios.

Algo en la voz de Gabriel hizo obedecer a la egiptana, que des- apareció puertas adentro. Volvió al poco rato, con la niña tuareg vestida como una graciosa y colorida cíngara. Gabriel no pudo evitar sonreír. Ella rió con ganas, llena de vitalidad.

—Pareces una mujer sensata, gitana. Avisa a tus parientes, a la gente a la que quieras de verdad. Dirigíos al Parque Central.

 

Yo no puedo llevaros hasta allí, pero si llegáis a la Estación me ocuparé de vosotros. Sabéis disfrutar de la vida y eso merece la pena conservarse. Te ganas el sustento adivinando el futuro. Si realmente eres capaz de ver el mañana, te ocuparás de traer a los tuyos. Escógelos bien. Y que estén en buena forma, igual nos toca correr…

Gabriel pasó un brazo sobre los hombros de la pequeña y se volvió para marcharse con ella. La gitana les detuvo, tomó la pal- ma la mano del uruguayo y la estudió, nerviosa y apresurada. Alzó la vista para mirarle, la cara de la mujer estaba pálida como una sábana. El latinolibre se soltó despidiéndose.

—Ah, que vengan los Dosermanos, es posible que los necesi- temos. Que otros se ocupen de llevar lo suyo a los beduinos. Ya lo pagaré más adelante si puedo, debo irme ya. Si los hombres del desierto no reciben lo que pidieron, ninguno de vosotros se salvará.

Gabriel regresó. Mirando con disimulo reconoció a quienes les habían seguido, aunque ninguno de los dos rusopos hacía nada por ocultarse. El de la fusta hizo ademán de abrir la puerta. No pudo. Una bolsa de basura se estampó contra el parabrisas. Y lue- go otra. Y otra. Gabriel cogió a la niña en brazos y corrió hacia los chinasios. Oyó cómo los zares arrancaban y salían lanzados hacia delante, en medio de una lluvia de desperdicios. Tuvo que apartar a la pequeña contra un portal para que no la arrollaran. Al llegar al vehículo chinasio, Gabriel vio a los rusopos estrellar- se contra una pared. El robot chinasio arrancó y salieron pitan- do del barrio. Una multitud enfurecida comenzaba a salir de los portales. Los rusopos intentaban huir a pie, el gran oso llevando sobre los hombros a su hermano, preparado éste para usar la fusta como si fuera un sable. Menuda defensa, pensó el urugua- yo. Los gitanos no iban a encogerse sumisos, como sus esclavos germánicos…

Mientras se alejaban en dirección al centro, Gabriel, la pequeña tuareg y sus inesperados aliados chinasios se cruzaron con varias patrullas antidisturbios que corrían hacia el barrio calé: azules y blancas, rojas y grises, marrones, verdes... Todo el catálogo de vigilantes temáticos desfilaba ante sus ojos, pero ninguna patrulla

 

como la que esperaba. Nada de germanosiervos. ¿Dónde estaba Santiago?

—Buscas algo y no te ocupas de lo que debes. Seguimos espe- rando una respuesta.

La niña miraba aterrorizada a la máquina parlante. Quizá toda- vía no se había repuesto del encuentro con los autómatas de la playa.

—No tengas prisa, todo a su tiempo. Cuando lleguemos a des- tino tendrás tu respuesta.

—¿A destino? No pretenderás que esperemos a que llegues al otro lado del océano. Con la misma rapidez que hemos arregla- do el viaje, podemos anularlo. Ahora mismo, mientras hablamos, podemos cancelarlo si no quedamos satisfechos.

Gabriel suspiró. Necesitaba ganar tiempo. Estuvo tentado de intentar alguna táctica similar a la que habían usado los Doser- manos, pero no quiso arriesgarse. Ellos la utilizaban de una for- ma muy concreta. No estaba seguro de que fuera capaz de pro- vocar un cuelgue, además aquel maldito estaba conduciendo. Si el robot se bloqueaba provocaría un accidente.

—No hace falta que lleguemos hasta el otro lado. Sé que debo fiarme de ti. De... vosotros, qué remedio. Llevadnos hasta Hispa- mundo. Una vez embarcados nosotros y los que nos acompañen, os diré lo que sé.

—Vas a tener que hacerlo ya. ¿Es que no te das cuenta de que podemos sacarte la información aunque no quieras? ¿No ves lo tranquila y obediente que está nuestra pareja humana? ¿Quieres que te ayudemos a relajarte a ti también?

Tenía que pensar algo. Y rápido. Había que jugarse el todo por el todo… otra vez más. ¿Le sonreiría de nuevo la suerte?

—Va a ser cuando yo diga. Tened presente que puedo fundir a este robot ahora mismo. Y a todos los que me encuentre después. Lo mismo que pasa en las costas puede pasar aquí y ahora. No soy chinasio, conmigo no lo vais a tener tan fácil.

El autómata guardó silencio un momento. Luego, se volvió a medias. Gabriel notó cómo su corazón perdía un latido. Uno de los ojos del robot seguía fijo en la carretera. El otro le miraba directamente a él. El uruguayo creyó oír una sirena a lo lejos. En

 

ese momento, la niña, lanzó una patada a la cara del humanoide, que se distrajo. El vehículo osciló y se detuvo bruscamente. Esta vez la máquina se giró del todo. Ahora Gabriel estaba seguro. Oía una sirena.


4. DETENCIÓN (LE ESPERABA ALLÍ)


—¡Vehículo chinasio! ¡Atención! ¡Vehículo chinasio, detenga el

impulsor, habla la Policía Superior!

El uruguayo reconoció el tono de voz de Santiago a pesar de la distorsión metálica del altavoz. Aquel deje chusco era inconfun- dible. El robot se giró y obedeció.

—¡Salgan todos del vehículo! ¡Salgan con las manos en alto! ¡Y sin prisa, pero sin pausa!

El españés, genio y figura… Gabriel cogió a la pequeña de la mano y salieron con cuidado. Los chinasios también. Tanto el ser humano como el artificial se mostraban impasibles. Santiago salió del vehículo. Con una mano mostraba ostensiblemente un aparatoso inhibidor. Se diría que con él podría desconectar una sección robótica entera. Con la otra mano sostenía los panta- lones, caídos bajo la tripa. Alarmantemente bajos. ¿Aquel tipo conducía con los pantalones desabrochados o qué?

Una vez recompuesto, el españés habló de nuevo, con una mezcla de autoridad y falta de respeto que admiró de nuevo al latinolibre. Era como si detener a alguien le hiciera gracia. Ga- briel esperó que el chinasio se tragara la actuación. Si no, siempre quedaría el inhibidor... si es que era auténtico. Con un tipo como Santiago nunca podía uno estar seguro de nada.

—¡Señor hispanolibre! ¡Queda detenido en el curso del ope- rativo investigador sobre un tránsito irregular! La niña tendrá que acompañarle en calidad de testigo. El vehículo chinasio debe quedar inmovilizado y sus ocupantes con él. Una patrulla germa- nosierva vendrá para hacerse cargo de su traslado.

El robot hizo ademán de protestar, pero Santiago alzó la mano y un breve “bip” del inhibidor hizo que las puertas del vehículo chinasio quedaran bloqueadas, con un chasquido metálico. Giró la mano hacia el autómata, que se dio por aludido, permanecien-

 

do muy quieto. La máquina se dirigió al españés en un tono alar- mantemente tranquilo.

—Sus superiores serán informados de esto, patrullero. Tene- mos libertad de movimientos por todas las áreas y en cualquier circunstancia. Este bloqueo va en contra de los Tratados de In- tercambio.

Santiago volvió a subirse los pantalones con desgana e hizo señas a Gabriel y a la pequeña para que entraran en el coche patrulla.

—Yo no sé nada de tratados. Sólo cumplo órdenes. Los marro- nes, a los jefes.

Gabriel se volvió hacia el robot.

—Tenemos un trato. Espero veros cuando vayamos a embar- car.

El robot no contestó. Su pareja humana seguía en coma.

La patrulla arrancó a toda velocidad. Santiago abrió la guantera (la más sucia y desordenada que había visto nunca Gabriel) y co- gió un dulce, que lanzó a la niña. La pequeña tuareg no supo qué hacer con él. El españés sonrió y cogió otro. Le quitó el envolto- rio y comenzó a chupar con deleite aquel caramelo con palo. La chiquilla le imitó y sonrió divertida.

—Cada vez que te veo estás metido en un lío nuevo y no me ha dado tiempo todavía a arreglar el roto anterior. ¿No te había di- cho que te quedaras en el hotel? ¿Qué haces con la peque? Y via- jando con un robot, nada menos... ¿Estás loco? ¿Y los rusopos, también te persiguen? ¿Qué ha pasado donde mis primos, los calés?

—Muchas preguntas de una sola vez. Ya habrá tiempo de con- testarlas en otra ocasión. Ahora necesito que me proporciones un transporte seguro hasta la Estación Central. Sin bandoleros ni desmayos, por favor... Luego, si puedes, ayuda a los gitanos. La que lee las manos te explicará. Ellos también vienen. ¿Está aclarado lo del inhibidor de la corpamericana?

—Vaya, veo que no pierdes el tiempo. Supongo que habrás hablado con ella, ¿no? Todo un personaje, la hijita querida de uno de los peces más gordos de aquellas tierras. Presidente o no sé qué alto cargo de una de esas enormes corporaciones. Uno

 

de los que corta el bacalao grande, mi primo. Bonita travesura la de la rubita: vivir aventuras en el viejo mundo, ya sabes... No se atrevía a venir sola del todo y se trajo el aparatito. Y al cebollino que terminó recibiendo. A la señorita le entró miedo y encasque- tó el inhibidor al pobre cenutrio. Acabó en el hospital. Ahora la maquinita la tienen los germanosiervos a buen recaudo. Bien guardadita, no han querido dejármela probar, la madre que los parió. ¡Ah! Los simpáticos cabezacubos ya no te buscan por eso, puedes tacharlos de tu lista de admiradores.

—Gracias. Mete prisa a los gitanos. Mañana como muy tarde tienen que estar en el Parque Central. Haz lo posible para que vengan los Dosermanos, puede que los necesitemos pronto.

—Cuantas órdenes, mi señor. Y todo tan misterioso. ¿A ver, qué gano yo con esto? Lo que me estás pidiendo no es fácil y tu línea de crédito no es como para tirar cohetes, que digamos. De- berías hablar con tus jefes para que te aumenten el sueldo.

—Tú verás qué ganas. Si eres tan listo como intentas hacer ver, sabrás qué te conviene. Habla con la gitana, ella ha entendido la situación a la primera. Necesitaremos a gente despierta si que- remos sobrevivir. Igual a ti la cabeza no te funciona a la misma velocidad que a ella.

—Hablas de forma demasiado oscura para mi gusto... A ver, lo de los calés es fácil. Soy su representante, los meto de animadores en el próximo transporte y mañana los tienes allí. Pero llevarte a ti y a la chiquilla ésta... No me fío de los robots. Ahí atrás se ha quedado uno, pero están todos conectados. Si no es ése, otro te perseguirá. Y son peligrosos, más de lo que la gente cree. Los rusopos no me preocupan ahora mismo, mis primos les están dando la del pulpo, así que no estarán operativos en un buen rato.

Gabriel dejó pensar a Santiago. El españés no necesitó mucho

rato, al fin y al cabo.

—Sólo se me ocurren dos formas de que lleguéis. Os puedo llevar yo en la patrulla ahora mismo, me engancho en el próximo transporte y en paz. Lo que pasa es que entonces tengo que irme contigo para no volver. Los cabezacuadradas me van a machacar si regreso. Y los gitanos tendrían que apañarse por su cuenta para llegar.

 

—¿Pueden hacerlo?

—Están acostumbrados a buscarse la vida. Creo que podrían, sí. Lo que no me mola mucho es tener que irme yo. Aquí se vive bien...

Gabriel estuvo a punto de decirle que no creía que eso fuera a durar para siempre, pero Santiago continuó hablando.

—Lo mejor será hacerlo de otra manera. Esta tarde un cabeza- yunque va a llevar a la corpamericana hasta la Estación Central, para devolverla a su casita junto con su maravilla de inhibidor... No como esta patata que tengo yo. Más vale que el robot de antes no se ha puesto tonto, porque la porquería ésta, poco más hace que bloquear puertas. En fin... Mira, voy a declararte “indeseable y provocador”. Tu expulsión será inmediata. Me encargaré de que viajes con la rubia y el cabezadura. La niña tendrá que ir con los gitanos, yo me ocupo. No hay tiempo para hacer nada mejor si tenéis que estar allí mañana.

El uruguayo hubiera preferido no separarse otra vez de la pe- queña tuareg, pero no veía otra opción. Observó cómo Santiago miraba su inhibidor con cara de póquer. Seguro que estaba pen- sando cómo engañar a los germanosiervos para poder hacerse con el de la corpamericana.

—Bueno, tú dirás, mi querido. Voy a ayudarte. Y luego, igual me voy con vosotros, a ver qué es eso tan secreto que le has contado a la gitana… Por cierto, sabrás que lo de leer la mano es una trola, ¿no? A veces me haces desconfiar un poco de tus dotes como espía. Igual por eso tus jefes te racionan el crédito.

—Llévame a comisaría, entonces. Y déjate de bromas. Me gus- tará volver a ver a la corpamericana, aunque no sé si el sentimien- to será mutuo. Una chica despierta… Como tú, Santiago. No sé si será tu tipo. Por lo que veo te gustan más los juguetitos, o eso parece.

El españés no dijo nada. Con una mueca de disgusto, dejó caer su inhibidor dentro de la guantera.


***

Una vez en la celda del Centro de Detención, Gabriel se sintió agradablemente tranquilo. Nada podía hacer hasta que alguien

 

volviera a por él, así que se tumbó y durmió sin sobresaltos. Un chasquido metálico le despertó. Se levantó y salió de la celda acompañado por un germanosiervo de mandíbula rígida, que le indicaba hacia dónde dirigirse tocándole el costado izquierdo o el derecho con una electroporra. Desconectada, por fortuna.

Llegaron a un sótano. Un vehículo cilíndrico esperaba. Su dise- ño recordaba a un trayectorraíl en miniatura. Gabriel supuso que conectaría con la estación y de ahí serían catapultados hacia His- pamundo. Ya había una persona dentro. Le colocaron un casco antisentidos sobre la cabeza. Antes se las arregló para ver un par de rizos rubios que sobresalían del dispositivo anulador de la otra detenida. Bien, todo en marcha.

Gabriel pensó que el trayecto se haría largo: sin ver, sin hablar, sin oír... El tacto no había quedado anulado por el casco, así que pudo sentir perfectamente cómo le amarraban a un asiento duro e incómodo, que se le clavaba en la espalda y el trasero. El viaje sería durito, sí. Sólo le quedaba la esperanza de que el transporte fuera igual que el que le trajo y le hiciera perder el conocimiento un buen rato.

Intentó ignorar la incomodidad y pensar en los siguientes pa- sos. Esperaba que los chinasios cumplieran. Era arriesgado, pero ya no tenía alternativa. A ver cómo se desarrollaban los aconte- cimientos. Podían darse varias situaciones, juzgó que en todos los casos posibles que se le ocurrían tenía opciones de seguir manejando el asunto de forma aceptable. Ya se vería. El hombre propone y Ella dispone, demasiados detalles podían torcerse.

El movimiento del vehículo le distrajo. Avanzaba de forma aparentemente anárquica. Frenaba, se detenía, aceleraba, gira- ba... Gabriel supuso que modificaba el trazado, incorporándose progresivamente a un tráfico más denso, camino de la estación. Probablemente allí lo acoplaran a un transporte programado. Volvió a concentrarse: qué hacer al llegar a la Estación Central... Entonces se dio cuenta de que, bien o mal, eso estaba encarrila- do. Y nunca mejor dicho, pensó sonriendo. Lo que vendría des- pués era más preocupante. ¿Qué pasaría una vez llegaran a Gran Ecuador? No podía esperar ayuda desde el Uruguay. No había llegado a contactar con ellos. Y aunque les mandara algún repor-

 

te, los latinolibres tendrían poco margen de maniobra. El dolor del trasero comenzó a martirizarle. Lo notaba como si fuera un cuchillo clavado en la base de la columna, entrando por la puerta de salida.

Prestó atención al dolor tratando de anularlo. Comenzó a respi- rar concentrándose en esa zona, para relajarla. ¡La corpamericana! Ella les ayudaría. No habían empezado con buen pie. Ahora la necesitaba. Era gente de nivel, podría hacerse cargo de la peque- ña tuareg y de los gitanos. Mantenerlos a salvo en Gran Ecua- dor hasta que fuera el momento. Gabriel tendría las manos libres para volver a Uruguay. Había gente que le esperaba allí.


5. DO SUIDANIYA2 (LE HABÍA ROBADO LA ESPADA)


El pequeño rusopo salió de comisaría seguido por su herma- no. Aquellos cíngaros rabiosos le habían impedido acabar con el subamericano. El bastardo había intentado hacer tratos por su cuenta con el pequeño profeta. Se le había escapado. Tenía prisa y no viajaba solo, ese españés corrupto le ayudaba... Además, las redes de información detectaban movimientos sospechosos. Un transporte extraordinario transcontinental encargado por china- sios, un trayectorraíl atestado de pordioseros trajeados viajando hacia el Parque Central. ¿Pero qué pretendía aquel tipo? ¿Estaba preparando su propia arca? ¿Llena de folclóricos y robots? Tenía que ser algún tipo de treta para despistarle. Vlad no entendía nada.

Debía olvidarse de momento del subamericano y encargarse de que el hijo del Neoprofeta cumpliera con su parte del trato. Los acontecimientos se precipitaban y estaba perdiendo el tiem- po. Tenía que actuar y confiar en que todo fuera desarrollándose conforme a lo previsto. El hijo debía matar al padre. El Nuevo Profeta convocaría un cónclave y eliminaría a los líderes de todos los clanes y sectas. Declararía una nueva revelación: la religión universal, el Neoprofeta Único. En medio del desconcierto, el pequeño ejército de Vlad se haría con el control de los puntos


2 “Adiós” en idioma rusopo.

 

clave en la metrópoli neorreligionaria y el Nuevo Profeta saldría con sus huríes hacia el Péndulo. Sin sumo sacerdote no había re- ligión. Sin caciques, tampoco habría resistencia. África sería suya y se desharía de cualquiera que intentara disputársela. Ya se ocu- paría después de ese uruguapito.

Y de la vieja…

Tendría que volver a cruzar. Y esta vez se llevaría a sus guerre- ros. Estaban preparados, bien camuflados entre los esclavos de los rusopos residentes en los Parques.

—¡Gran Zar!

Una voz familiar le reclamó desde un vehículo. Su hermano sonrió.

—La Gran Zarina está muy mal. Desea verle una última vez, amo Vlad.

Los rusopos subieron al vehículo que conducía la joven vi- kinga. Vlad se lamentó de que la bruja no viviera lo suficiente como para ser testigo de su logro, aunque se sintió complacido del inminente final. La novedad le despejaría el camino para el ascenso dentro de su propio clan. Con ese pequeño empujón y el trofeo africano, nadie le discutiría el derecho al liderazgo. Sonrió satisfecho mientras fustigaba a su hermano, que había intentado propasarse con la esclava.

—¡Ahora no! ¿No ves que está conduciendo?

***

La habitación estaba cargada. Ya no era posible disimular el hedor a enfermedad y muerte. La anciana aparecía postrada en la cama. Viejísima. Ni siquiera el esmerado peinado era capaz de sostenerse sobre su frente. Abrió los ojos apenas un momento, lo suficiente para indicar al encogido zar un sobre que había sobre la cama.

—Está muy débil. Ya no puede hablar. Me ha indicado lo que debía escribir, letra por letra.

Vlad miró con desprecio a la vikinga.

—¿Desde cuándo una esclava sabe escribir?

—No sé. Sólo he copiado las letras que ella me señalaba. Yo pasaba los dedos sobre ese papel viejo. Cuando la Zarina quería una letra, parpadeaba.

 

El rusopo miró el abecedario. La calculadora arpía había pen- sado en todo. También en su lecho de muerte tenía que decir la última palabra. Ni siquiera estaba en condiciones de oírle, pero se las había arreglado para dejarle con la palabra en la boca con aquella maldita nota...

Cogió el sobre de mala manera y lo abrió. Dentro había una tarjeta con unas letras muy bien escritas y muy grandes.

“Accidente o sabotaje. Contaminación global pronto. Letal. Ol-

vida África. Salva tu hija. Péndulo. Quizá allí”.

Vlad palideció. La valkiria tuvo que sostenerle. Él se revolvió serpenteando y la azotó con la fusta, haciendo que se retirara apabullada. Todavía crispado, se sentó sobre la cama arrugando la tarjeta. Si la Gran Zarina estaba al corriente de sus planes, el clan también los conocería. ¿Qué iba a hacer ahora?

¿Y qué era eso de la contaminación? ¿Era el final de verdad? Debía comprobarlo. Si era así, sólo le quedaba subir allí arriba. Ni África, ni rusopa... Nada.

Bajó la cabeza. Su hermano se acercó a la vikinga. Con torpeza, agarró la muñeca magullada y la acercó a sus labios. Sopló des- pacio a lo largo de la línea rojiza que la fusta había dejado en el robusto antebrazo de la joven.

Vlad se levantó de un salto. Sería menor, entonces; pero tendría un reino a sus pies. Reinaría en el Péndulo, si no quedaba nada más. Llamó a su hermano y abandonó la habitación sin mirar siquiera a la anciana.

La vieja Zarina abrió los ojos, elevando la mirada. La vikinga se acercó. Después de tantos años de servidumbre sabía lo que la rusopa quería casi sin necesidad de que lo pidiera. Se acercó a una caja de madera auténtica que había sobre una mesilla y de su interior sacó un ajado sombrero Panamá, que colocó suavemente sobre el pecho de la anciana. De la cinta del sombrero, extrajo un pequeño trozo de papel amarillento y reseco, que la Zarina asió con fuerza en una mano, clavando la vista en él. La joven valkiria comenzó a peinarla con suavidad. Al poco tiempo, la mano de la anciana dejó caer el recorte. La esclava supo que su ama había muerto. Cogió el papel y lo observó con respeto. Un hombre moreno sonreía bajo un sombrero de ala ancha en aquella foto-

 

grafía rasgada por la mitad. La recordó un poco a aquel insolente que le había robado la espada.


6. SOBORNO (A TIEMPO AL PÉNDULO)


Notó una suave vibración en los muslos. Pasos, supuso. Tenía en- tumecidas las piernas y la espalda. Después de soltar los amarres, le levantaron por las axilas. Aun así, a Gabriel le costó mantener- se en pie. Le quitaron el casco antisentidos y necesitó apoyarse durante unos segundos para no perder el equilibrio. La chica cor- pamericana le miraba, también ella oscilaba, aturdida y mareada.

—Por su seguridad permanecerán retenidos hasta que parta su transporte. Se les trasladará a la comisaría de la estación. Quedan bajo custodia de Control de Tránsito.

La chica lanzó una mirada furibunda al teniente, aunque no dijo nada. Gabriel casi podía imaginarse lo que pensaba la joven: “soy ciudadana corpamericana, esto es un abuso, no sabe quién soy yo, pin-pan-pun...”. Ricitos de oro tuvo el buen juicio de callarse: aquel germanosiervo no era un individuo ante el que mostrarse desafiante. Sin embargo, Gabriel pensó que quizá sí se pudiera hablar con el agente que se hizo cargo de ellos: aquel vistoso uniforme era genuinamente españés. Quizá fuera más asequible. El latino quería hablar con la chica, necesitaba asegurarse su co- laboración cuanto antes. Los subieron a un vehículo que avanzó sin sacudidas por el andén, dirigido por el españés.

—Disculpe, agente. ¿Sabe usted cuánto estaremos en comisa- ría?

El policía, un cruce entre comandante de aeronave y conserje de hotel, ni se dignó a mirar a Gabriel.

—Lo pregunto, porque esperar solo es aburrido. Si pudiéramos estar juntos esta chica tan guapa y yo, nos haríamos compañía...

La corpamericana giró la cabeza como si la hubieran aguijo- neado. El españés movió un poco la oreja: tenía instinto para los sobornos y aquello prometía.

—Sabe, agente, habíamos venido a divertirnos y nos devuelven a casa demasiado pronto. Apenas hemos gastado lo que teníamos pensado... Quizá podríamos parar a hacer una última compra.

 

El funcionario no dijo nada, pero se desvió de su ruta, apar- tándose de la vía rápida con pericia. Derecho a la zona comer- cial: bien, estaba hecho. La corpamericana no protestó. Se había dado cuenta de que el subamericano-latinolibre preparaba algo y le dejaba hacer. Pararon frente a una licorería. El agente bajó del vehículo y entró en el establecimiento.

Gabriel hizo un gesto a la corpamericana, intentando darle a entender que quería hablar con ella, pero no allí. Probablemente el coche tendría algún aparato grabando; aunque aquello no pare- ciera importar demasiado al españés. Supuso que habría bloquea- do el registro o lo borraría más tarde. Mientras observaba cómo el agente cargaba varias botellas en bolsas, una sacudida agitó el costado del vehículo. Un robot de limpieza trabajaba cerca. Justo a su lado.

La máquina automática se detuvo. Si hubiera tenido ojos, Ga- briel hubiera jurado que la barredora le observaba. Contuvo la respiración. No sabía si aquel tipo de artefactos estarían conec- tados con los humanoides chinasios... Era como si aquel cacha- rro intentara recordar a Gabriel que había prometido algo a un robot. Con una nueva sacudida volvió a su trabajo sobre la acera, en el momento exacto en que el policía abandonaba la tienda con dos bolsas bien provistas. Dos, y porque no tenía más brazos, se dijo el uruguayo...

El conserje-comandante arrancó de nuevo y volvió a salir a la vía principal. A lo lejos, se podía ver el letrero identificativo: Control de Tránsito. Detrás, el autómata de limpieza oscilaba de lado a lado. Si hubiera tenido manos, Gabriel hubiera jurado que la máquina le saludaba... Se volvió hacia el guardia y procuró con- centrarse. Tenía que cerrar el trato.

—Por supuesto, yo me hago cargo de la compra, agente. Con- fío en que habrá dado usted mis referencias a la tienda, para que me pasen el cargo.

El policía seguía sin dar señales de vida, pero había “cobrado”: ahora debía cumplir. Gabriel decidió asegurarse...

—Ya me decía mi amigo Santiago, compañero suyo, que la auto- ridad de aquí siempre estaba dispuesta a ayudar. Seguramente será él quien venga a recogernos para llevarnos hasta el transporte...

 

Una pena no poder volver a comer con mi amigo. Al menos podré decirle que esta chica y yo hemos podido disfrutar de un poco de intimidad en nuestras últimas horas en los Parques.

El vehículo se ladeó un poco debido a un gesto brusco del españés: la mención a Santiago había surtido efecto y el conserje- comandante se había dado por aludido. Conducía ahora con una mano, con la otra disimulaba las bolsas bajo la guantera. Iba a correrse una buena juerga con todo aquel alcohol. Seguro que no era tintorro de porrón lo que llevaba en las bolsas.

El vehículo se paró sobre una plataforma y descendió a un sótano. El agente disimuló dos botellas bajo su levitón y des- apareció por una puerta lateral del garaje. Al momento volvió, acompañado por una pareja de agentes vestidos con levitas pa- recidas, quienes condujeron a Gabriel y a la chica al interior de la comisaría. Después de atravesar varias puertas y pasar por un control donde les identificaron, les hicieron sentar en una sala de detención. Más parecía el vestíbulo de un centro médico: sillas corridas y un enorme monitor que proyectaba imágenes de atrac- ciones temáticas. En concreto, el funicular Pirineos-Roma, según pudo ver Gabriel. El conserje-comandante apareció de nuevo e hizo un gesto al uruguayo, que lo siguió junto con la corpame- ricana.

Mientras cruzaban la sala hacia un pasillo lateral, el latinolibre miró la pantalla unos instantes. En su momento, aquel funicu- lar había sido el más grande del mundo. Una de las emociones fuertes de los primeros Parques: subida al punto más alto de los Pirineos, lanzamiento en tirolina a través de la cordillera, vertigi- nosa pasada sobre el mar gris y vista panorámica de las ruinas de Roma y el Vaticano. Incluso en el presente tenía tirón entre los turistas, aunque Gabriel sabía que la atracción se había converti- do en una farsa.

Salía demasiado caro ofrecer el viaje tal y como había sido an- taño, así que los turistas que subían hoy día al funicular, eran drogados y sometidos a un viaje virtual del que volvían aturdi- dos y confusos 24 horas después, pensando que habían disfruta- do, cantando y bebiendo, en el “descenso más emocionante del mundo a las ruinas de la Ciudad Eterna”.

 

Sólo en contadas ocasiones, para gente capaz de pagarlo, se fletaba un viaje real. Como de costumbre, el grueso de la po- blación, la que sostenía el sistema, debía conformarse con suce- dáneos. Mientras, unos pocos privilegiados eran los que disfru- taban de verdad. Precisamente, los que menos aportaban. Este pensamiento entristeció a Gabriel y le reafirmó en su propósi- to: esta vez sería distinto. Si se salvaba alguien, iba a ser gente corriente.

El guardia, con un teatral gesto del levitón, irrumpió en sus pensamientos. El españés abrió una puerta lateral e invitó a en- trar a los detenidos en un almacén o cuarto de limpieza.

—Adelante, tortolitos. Tenéis media hora de intimidad. Luego os llevaré otra vez a la sala. Estaré aquí fuera si me necesitáis. Lamento no tener nada más acogedor. Esto es una comisaría, no un hotel; aunque parezcamos botones de hotel con delirios de grandeza.

Las risas del españés resonaron en el pasillo. Cuando cesaron, la chica, ruborizada y furiosa, se dirigió a Gabriel en voz baja.

—Espero que el numerito este merezca la pena. Supongo que querrás decirme algo, ¿no? No esperarás, en serio, nada más...

—Claro, tranquila...

La corpamericana cruzó los brazos y se apoyó sobre una mesa,

mirando a Gabriel con fijeza.

—¡Pues tú dirás!

—Necesito ayuda. Como supongo imaginarás, no eres la única persona con la que he hablado estos días. No tengo pruebas que enseñarte, pero los indicios que he podido recabar aquí y allí me hacen sospechar...

El uruguayo dudó un momento. Expresar sus pensamientos en voz alta, le hacía darse cuenta de la gravedad que encerraban, provocándole una extraña inquietud... como si una mera sospe- cha fuera a hacerse realidad al exponerla en voz alta.

—Tendrás que ser breve. Estoy deseando volver a esa confor- table salita de ahí fuera a sentarme, me duele la espalda.

A Gabriel le divirtió el tono entre irónico y enfadado de la chica. Por lo visto nadie le había advertido de lo incómodo que podía ser eso de vivir emocionantes aventuras...

 

—Tienes razón. No tenemos mucho tiempo, ese es el tema. Vosotros estáis construyendo algo... que alguien va a utilizar pronto. No es “por si acaso”. Lo que todo el mundo teme, ya ha pasado. No sé qué exactamente, pero el final ya ha empezado y no sois sólo vosotros los que estáis haciendo cola para subir al Péndulo, como si fuera una barraca ferial de esas que tanto abundan por aquí.

—No entiendo qué quieres decir.

La corpamericana seguía enfurruñada, sin querer entender;

aunque le prestaba más atención.

—Pues está bien claro. La tierra está acabada. Un accidente, un atentado... No sé la causa. Si no hacemos algo, sólo se van a salvar los de siempre. Quizá tú tengas un sitio reservado ya en tu estu- penda lista, pero no es la única que hay. Yo diría que los rusopos también están escribiendo una o dos por su cuenta...pero me voy a encargar de hacer lo necesario para subir al Péndulo a los míos. A gente que lo merezca. Aquí he reclutado unos cuantos. Los voy a llevar a Gran Ecuador. Luego iré a Uruguay a por más y los llevaré a todos allá arriba. Necesito que mantengas en un lugar seguro a los que viajarán ahora conmigo. No sé si vuestra máquina funcio- nará o no. Lo único seguro es que el Péndulo va a convertirse en el último lugar habitable de todo el Planeta. Los que no estén allí... La chica no dejó terminar a Gabriel. Comenzó a hablar atrope- lladamente, maldecía y se quejaba. Se le volvieron a encender las mejillas y el uruguayo tuvo que rendirse al tópico. Las mujeres se ponían muy guapas cuando se enfadaban... Moviendo las manos arriba y abajo, intentó apaciguarla. La chica bajó el volumen de la voz y pudieron oírse unas risitas desde el pasillo. El agente debía

suponer que la mujercita ponía firme a su galán.

—No tienes por qué ayudarme... está claro que tú perteneces a los elegidos. Sin embargo creo que ves la injusticia que encierra todo esto. Por eso has venido. No se trataba de un capricho de niña mimada. O no del todo, al menos. Tú quieres cambiar las cosas, por eso contactaste conmigo.

La corpamericana estaba pensativa. Una vez desfogada se mos- traba más receptiva. Miraba hacia el suelo, pero sus oídos escu- chaban.

 

—Puedes hacerlo. Desconozco cuáles serían tus sueños al ve- nir aquí, qué querías conseguir… ¿Cambiar el mundo? Éste ya no tiene remedio, pero quizá sí puedas encargarte de que algunos tengan una última oportunidad. La gente que va a venir conmigo no tiene ninguna, ahora mismo. Por eso quiero salvarles. Ayúda- me. Sólo tú puedes socorrer a esa gente. Yo los voy a llevar hasta el otro lado, pero una vez en Gran Ecuador no puedo proteger- los. Encuéntrales un sitio. Son gitanos, artistas. Saben apechugar con lo que sea. ¿Hay entretenimientos cerca del Péndulo? El per- sonal echará una cana al aire de vez en cuando, digo yo...

—¿Y quién soy yo para decidir quién se salva o quién no?

—No te pido que hagas semejante elección. Yo tampoco soy quién. El problema es que hay gente que sí se cree con ese dere- cho y yo me rebelo contra eso. Si ellos pueden, yo también. Ya veremos quién vence al final; pero el que gane, será luchando. Por sus propios méritos, no gracias a una especie de derecho prefe- rente que no sé de dónde sale y hace a algunos creerse superiores a los demás. Tú no tienes que escoger a nadie. Sólo te pido que ayudes a un grupo de personas. Búscales alojamiento, un per- miso temporal de trabajo... Lo que se te ocurra. Son estupendos como animadores, para alegrar el ambiente, ¿sabes? Has tenido tiempo de hacer algo de turismo por aquí, ¿no?

Gabriel guardó silencio y dejó reflexionar a la chica. Estaba en sus manos. Le había presentado los hechos con honestidad, tal y como él los veía. Esperaba que fuera suficiente. La media hora pasaba con gran lentitud. El latinolibre pensó, no sin cierta iro- nía, que si estuvieran haciendo lo que el agente-conserje pensaba, el rato se le hubiera hecho mucho menos pesado. Se dio cuenta de que estaba sonriendo un poco. Miró a la corpamericana. Ella estaba muy seria.

—Bueno, parejita, espero que estén visibles y preparados.

El españés entró de repente, sin miramientos. Vio la sonrisita de él y la cara seria de ella. No dijo nada, él había cumplido su parte y había cobrado. Lo que hubiera pasado entre esos dos no era de su competencia. Los condujo de vuelta a la sala. La pantalla emitía imágenes de gente ebria vestida de blanco y rojo bebiendo y bailando por las calles mientras regadoras automáti-

 

cas baldeaban vino desde ventanas simuladas en viejos edificios

decorativos.

—Más tarde se les entregarán sus pertenencias. No se rein- tegrará el inhibidor a su propietaria hasta que llegue a terreno corpamericano. Un agente especial viajará con el aparato custo- diándolo en todo momento.

A Gabriel no le costó mucho trabajo imaginar quién sería ese agente del que hablaba el guardia. Especial era, desde luego…

—Usted vendrá conmigo ahora, señor hispanolibre. Antes de devolverle sus efectos personales tiene un pago pendiente que satisfacer.

Tampoco le costó mucho imaginar a qué pago pendiente se refería el españés... Y tuvo que reconocer que aquel indivi- duo tenía más de comandante que de conserje, al menos en sus gustos. Seguro que había escogido las botellas más caras que había podido encontrar. A duras penas pudo hacer frente a la factura. Esperaba no tener que hacer otro desembolso. Los gitanos iban a tener que apañárselas para abastecer por su cuenta al beduino. Habría que oír a los de contabilidad cuando volviera... Aunque bien pensado, iba a dar igual. Gabriel sonrió de nuevo.

—Así me gusta, sí señor. El buen pagador cumple con una sonrisa.

El españés palmeó la espalda de Gabriel, que se despidió, vol- viendo hacia la sala de detención.

—Disfrute usted mientras pueda, agente...

El agente contestó con sorna algo que heló la sangre del uru- guayo.

—Lo mismo digo, señor hispanolibre. Acaban de anular su po- litarjeta. Yo diría que ha abusado usted de la paciencia de alguien. O de su crédito. A partir de este momento el dispositivo sólo va a servirle como identificador. Nada de comunicaciones. Y nada de caprichitos…

Se confirmaban las peores sospechas de Gabriel. Estaba solo. El anciano estaba al corriente de todo y había comenzado a ac- tuar. Ya no le necesitaba y prefería tenerle lejos, por lo visto.

¿Cómo iba a contactar ahora con su proferella?

 

La corpamericana miraba la pantalla publicitaria atentamente, aunque Gabriel notó que tenía la mirada perdida. Habló en voz alta, sin mirar al uruguayo.

—Está bien.

Gabriel le dio las gracias en voz baja y la chica se levantó, para reclamar la atención de algún funcionario.

—¡Necesito hacer una llamada, es urgente! Tengo opción prio-

ritaria. Consulten mi ficha.

Una voz contestó con desgana desde el mostrador policial.

—Vuelva a sentarse y espere en silencio. Diríjase a la cabina de

comunicaciones cuando se le avise.

El uruguayo intentó aprovechar la ocasión para que la chica contactara con su proferella, pero le fallaron los reflejos esta vez. Antes de que pudiera decir nada, una voz desde megafonía indi- có a la corpamericana que disponía de tres minutos. Transcurrido ese lapso, la comunicación se interrumpiría y debería volver a ocupar su lugar en la sala, sin derecho a más comunicaciones. La chica se levantó sin dar tiempo a que Gabriel abriera la boca y se dirigió a una pared lateral, donde parpadeaba una luz roja. Al poco tiempo, regresó.

—No necesito tres minutos. Nosotros somos gente eficien- te y estamos acostumbrados a trabajar. Con dos palabras nos basta para organizarnos, ya hay gente ocupándose, tus amigos estarán bien. Tendrán una cobertura preparada para cuando lle- guemos.

Sus amigos españeses, pero ahora Gabriel pensaba en su pro- ferella. Había dejado pasar una oportunidad de oro. ¿Cuándo se le presentaría otra? Y aun contactando con ella, ¿cómo conseguir que llegara a tiempo al Péndulo?


7. SANTIAGO, AGENTE ESPECIAL

(SIN DEJAR DE SALUDAR)


Permanecieron sin hablar durante varias horas. Gabriel empeza- ba a temer que acabarían pasando la noche allí hasta que escuchó una voz familiar desde el mostrador. Santiago conversaba con el personal del control.

 

La megafonía reclamó a los detenidos. Acudieron al aviso. Se les informó de que quedaban bajo custodia del agente que les llevaría al transporte intercontinental. Una vez allí, se les devol- verían sus pertenencias, excepto el inhibidor.

—El transporte se considera terreno neutral, así que el agente especial continuará custodiando el material sensible hasta fin de trayecto. Una vez en territorio corpamericano, le será reintegrado a la señorita, que deberá validar el recibo de conformidad. ¿Lo han comprendido?

Gabriel miró a Santiago. El españés se las había arreglado para poder llegar hasta Gran Ecuador con su codiciado aparatito en- tre manos. Éste, venía. ¿Qué tal les había ido a los gitanos? No podía olvidar que la pequeña tuareg viajaba con ellos.

Un conserje-comandante les condujo de nuevo hasta el sóta- no. Volvieron a entrar en un vehículo, que les llevó a la Esta- ción Central. Una vez allí, Santiago quedó a cargo de Gabriel y la chica corpamericana. Del fondo del andén principal llegaba un alboroto que sobresalía por encima del bullicio general del lugar.

—Yo diría que mis primos ya se han instalado, no les hagamos esperar... También habrá una parejica de chinasios para saludar- nos a cuatro manos, ¿no?

Gabriel no contestó, no tenía del todo claro cómo iba acabar aquel embrollo con el robot, ninguna de las posibilidades con- templadas en su cabeza tenía un final redondo... Avanzaron hacia el interior del andén. Allí, esperaba un transporte preparado para salir de inmediato. Los robots chinasios cumplían.

—En caso de emergencia, puedo freírlos con el aparatito que llevo en el bolsillo, Gabriel. Lo sabes, ¿no? La verdad es que estoy deseando fundirle los plomos a alguno de esos muñecos. Tengo curiosidad por ver qué pasa con el chinasio de verdad cuando reviente el de mentira...

—Déjame a mí. Dependemos de ellos para salir. No vamos a fastidiarlo todo en el último momento. ¿Cuántos calés han venido? Gabriel miró a Santiago. Ahora era el españés el que no res- pondía. El uruguayo se giró y se dio cuenta de que miraba con

descaro a la corpamericana. Ella le ignoraba con indiferencia.

 

En realidad no hacía falta una respuesta. Gabriel podía verlo por sí mismo: un montón. Habían venido muchísimos. Daba la impresión de que el barrio entero estaba allí. Niños corrien- do arriba y abajo, entrando y saliendo del vehículo. Grupos de hombres y de mujeres hablando en círculos. Bultos y más bultos por todos los lados. El latino se preguntó cómo se las habrían arreglado para llegar hasta allí. No veía a los Doserma- nos, pero sí a los chinasios. El humano tenía todas las trazas de seguir catatónico...

—Santiago, que los egiptanos vayan entrando. Si no caben, que dejen los bultos, no les va a hacer falta llevar la casa a cuestas. ¡Y tráeme a los Dosermanos, si es que han venido! A ellos o a algún otro que sepa hablarles a las máquinas, tú ya me entiendes.

Gabriel se dirigió a la corpamericana antes de avanzar hacia el autómata, que le miraba sin pestañear.

—Acompaña al policía, es de confianza. Viene con nosotros.

Ayúdale en lo que puedas.

La chica siguió dócilmente a Santiago. ¿Le estaba mirando la calva? ¿Y sonreía? Al final el figura iba a tener razón en lo que le dijo sobre el R&R Style. No había forma de entender a las mujeres...

—Ya supusimos que ese vigilante temático debía ser amigo tuyo. Puede que nos acordemos de él más adelante, cuando no tenga un inhibidor a mano.

Era el chinasio humano quien hablaba, aunque miraba hacia el infinito. Seguía ausente. Gabriel sospechó que le mantenían “des- conectado” y era la máquina, las máquinas, las que hablaban por su boca. Soltó la primera pulla que le vino a la cabeza.

—Vaya sorpresa ver de nuevo a la misma parejita. Creía recor- dar que vosotros no necesitabais desplazaros para arreglar vues- tros asuntos, ¿no? ¿No había otros dos gemelos disponibles más cerca?

Los chinasios ignoraron la ironía y fueron al grano, como temía el uruguayo.

—Nosotros hemos cumplido. El transporte partirá cuando lo llenen esos ruidosos amigos tuyos. Ahora debes corresponder tú.

¿Tenemos un trato?

 

—Lo tenemos. Venid conmigo y os mostraré el fallo. Qué pasa

cuando vuestros compañeros tienen esas ausencias...

Gabriel avanzó hacia el transporte. Se le había ocurrido que quizá el chinasio humano pudiera serle útil más adelante, si con- seguía librarse del humanoide. Pero primero tenía que asegurarse de cruzar el océano.

—Detente, no hace falta ir a ningún lado. Nos fiamos de tu palabra, sobran las demostraciones. Cuéntanos lo que queremos saber aquí y ahora. Luego podéis partir.

Los chinasios se impacientaban. Gabriel necesitaba pensar algo con rapidez... Intentó ganar tiempo.

—¿Y cómo sé que una vez tengáis lo que os prometí vais a dejarnos salir? Será la costumbre, pero no me fío. O quizá nos ponemos en marcha y luego el transporte “se pierde”. Pasa a ve- ces, ¿no? ¿Y si a vuestros hermanos de la costa no les gusta este grupo tan peculiar?

—No tenemos necesidad de todos estos diálogos vacíos, ya encontraremos el error nosotros mismos. Vamos a anular el transporte. Los germanosiervos se ocuparán de vosotros.

Esta vez había hablado el robot. Y en un tono de amenaza marcadamente humano. Gabriel alzó las manos, consintiendo. Vio que Santiago se acercaba. Venía solo, caminando con des- preocupación. Una mano, dentro del bolsillo de su uniforme. La otra agarrando los pantalones por detrás. Al uruguayo casi se le escapa una carcajada nerviosa en el peor de los momentos. Con- siguió controlarse y aplacar al autómata.

—Está bien, está bien. Es sólo que no puedo explicarlo. No sé cómo pasa exactamente. Tendréis que verlo. O experimentarlo vosotros mismos para sacar vuestras propias conclusiones. Aun así tenéis que venir con nosotros. Os necesito como salvocon- ducto. Quiero asegurarme de que nada se tuerce hasta que lle- guemos al otro lado...

—El sitio de esta doble unidad está aquí y cuando cierre este asunto volverá a su puesto en la costa. No va a cruzar el océano, no tiene nada que hacer al otro lado. Los equipos de control en la costa corpamericana no os impedirán entrar; pero antes de partir debes cumplir lo prometido.

 

—Eso voy a hacer. Vamos dentro del transporte. Supongo que no querréis que medio andén se entere de cómo hacer que se cuelgue una máquina, ¿no?

Gabriel echó a andar mientras negaba disimuladamente con la cabeza mirando hacia Santiago. No quería que empleara el inhi- bidor. Por lo menos, no en medio del andén.

—Santiago, ¿y los Dosermanos? ¿No han venido?

—No lo tengo claro. Por aquí no los he visto; estarán haciendo

algún trapicheo de última hora. No sé dónde andarán...

Gabriel siguió andando con la pareja de chinasios pegada a los talones. Insistió.

—Pues los necesito. O a alguien capaz de hacer una demostra- ción a estos dos señores. Si no les enseñamos cómo se producen los cuelgues, no salimos de aquí.

—Eso es fácil. Mire usted, señor robot.

Y antes de que Gabriel pudiera evitarlo, Santiago sacó la mano del bolsillo. Con un teatral gesto de esgrima, apuntó a la pareja chinasia con un inhibidor de tipo corpamericano, del que surgió un breve “bip”. El humanoide, pillado en medio de un paso, os- ciló y cayó hacia delante, como si se hubiera quedado congelado.

—¡Pero qué has hecho!

Gabriel tuvo la tentación de golpear a Santiago. Se contuvo a duras penas. Ahora sí que debían correr. Y confiar en que el robot ya hubiera dado la orden de vía libre. No pasaría mucho tiempo antes de que los chinasios detectaran la anomalía. Si no lo habían notado ya. ¿No estaban todos conectados?

—¡Todos los gitanos dentro! ¡Ahora! ¡Y que vengan dos o tres para ayudarme a meter dentro el androide!

—No te estreses, mi amigo. No hay pegas para salir, el viaje está autorizado y tengo confirmación de trayecto. Ah, y sin es- tampidas ni desmayos para turistas… Olvidas dónde trabajo.

Gabriel miró con dureza al españés.

—A ver si crees que los chinasios van a tardar mucho en darse cuenta de esto y pedir responsabilidades. Igual salimos, sí; pero habrá que ver hasta dónde nos dejan llegar. Hay que volver a co- nectar a éste y convencerle de que utilizar el inhibidor ha sido un error. ¡Venga, toda la gente dentro!

 

Santiago corrió dando voces, metiendo prisa a la pequeña mul- titud. Gabriel le observaba, sin poder dejar de mirar cómo el pantalón del españés amenazaba con desfallecer definitivamente, cuando oyó una voz insegura y somnolienta.

—¿Pero qué es todo esto?

El chinasio, el humano, miraba a su alrededor como si acabara de despertar de un largo sueño. Vio a su compañero robótico en el suelo.

—Acabo de salvarte la vida. No sé si estás en condiciones, pero has de actuar con rapidez. Esas máquinas que tanto os gustan os han hecho la cama... Estáis dominados y no os dais cuenta. Aca- bamos de freír ésta con un inhibidor. Te tenía controlado. Todos los chinasios humanos estáis en manos de los robots.

El chinasio miraba a Gabriel y miraba al robot. Miraba a Ga- briel y miraba al robot. Gabriel le agarró de los codos y le agitó como a un jarabe, mientras Santiago llegaba con varios gitanos de constitución robusta. El uruguayo ya no se pudo contener y chilló:

—¡Espabila, chino de las pelotas! ¡Las máquinas os controlan! Debes venir con nosotros, dentro te lo explico.

Los calés cogieron al autómata mientras Santiago dirigía la ope- ración sin hacer amago de ayudarles. Aquel españés tenía mérito, había que reconocerlo. Gabriel cogió del codo al chinasio y tiró de él hacia el transporte. Le siguió dócilmente mirando a su al- rededor desorientado. Al hispanolibre se le había ocurrido un plan, pero no sabía si aquel individuo que acababa de volver del mundo de los sueños estaría en condiciones de llevarlo a cabo. Tendrían que probar...

Ya no quedaba ni un bulto en el andén. El clan españés se las habían arreglado para meter todo lo que traían. Había tres o cua- tro por los alrededores, dando “la vueltica del gitano”, para ase- gurarse de que no se quedaba nada despistado. Gabriel se dirigió hacia ellos para apresurarles. Se detuvo. Un pensamiento repenti- no le había dejado helado. ¡La niña del desierto! ¿Estaba dentro? Entró al transporte de un salto. Estaba atestado. Se las arregló para subir encima de unas enormes bolsas, lo que no le sirvió de mucho. No veía a la pequeña tuareg. Tampoco a Santiago ni

 

a ningún conocido. Salió fuera de nuevo. Todos habían entrado ya. La megafonía anunció la inminente partida del transporte. Gabriel miró a su alrededor maldiciendo. ¿Por qué no se había acordado hasta entonces? Tendría que confiar en que estuviera dentro... Entró en el cubículo y miró una vez más hacia el an- dén. A lo lejos, vio a los Dosermanos con trajes anchos, de talla corpamericana. Delante de ellos, con toda la pachorra del mun- do, iban la pequeña tuareg y Pedrico. ¡Comiéndose un helado! Desde allí podía ver cómo el chaval tenía el bozo cubierto de crema...

La vieja adivina gitana salió como una flecha desde un late- ral y soltó una retahíla acelerada que Gabriel no pudo entender, pero que surtió efecto. Los cuatro del andén echaron a correr y alcanzaron el transporte a tiempo. Justo tras ellos se cerraron las puertas. Gabriel suspiró. No se había dado cuenta, el sudor le goteaba desde las axilas.

Mientras daba un gozoso lametón a aquella delicia helada, la niña del desierto miró por la ventanilla. En un lateral del andén se veía un agitado tumulto. Gigantes vestidos con pieles empu- jaban a turistas y trabajadores corriendo hacia el transporte, que se movía despacio. A la cabeza de todos ellos, un hombre tan grande como un camello llevaba una niña vestida de princesa so- bre los hombros. La pequeña tuareg agitó la mano. La princesita, sonriendo, le devolvió el saludo, mientras el transporte aceleraba y se alejaba del andén. Las dos niñas se perdieron de vista sin dejar de saludar.


8. PROBLEMAS COMPLICADOS (UNAS HORAS)


Se movían, luego todo marchaba... de momento. Gabriel tendría que ocuparse ahora de los chinasios. No podía verlos. Ni al robot ni al humano. En medio de aquel barullo de gentes y bultos, Ga- briel apenas podía moverse. Tendría que ser al revés, entonces.

—¡Que vengan los chinasios, Santiago y la corpamericana! Gabriel hizo señas al gitano que tenía más cerca, a su izquierda,

para que corriera la voz. Hizo lo mismo con una comadre que tenía a su derecha.

 

—¡Que vengan aquí los chinasios, Santiago y la corpamericana!

¡Pásalo!

Se giró y volvió a repetir la operación con el primer calé.

—¡De prisa! ¡Los chinasios, Santiago y la corpamericana! ¡Aquí!

¡Venga!

El egiptano protestó, haciendo gestos de que ya había pasado el mensaje. Gabriel se volvió hacia el otro lado e insistió con la gitana.

—¡Vamos! ¡Chinasios, Santiago, Corpamericana! ¡Ya!

Ella comenzó a farfullar insultos y maldiciones de corrido, pero Gabriel se había vuelto y estaba dando palmadas al gitano de su izquierda, apremiándole de nuevo. El pobre hombre se puso a gritar a los que tenía delante. Se había dado cuenta de que aquel pesado no iba a dejar de insistir hasta que tuviera lo que quería.

Gabriel se volvió y vio que la gitana había desaparecido. Se abría paso hacia delante gritando como una loca. El uruguayo volvió a repetir el proceso con el hombre que se le había quedado más cerca.

—¡Que vengan los chinasios, Santiago y la corpamericana! ¡Pá- salo!

El gitano comenzó a hacer aspavientos, indicando a Gabriel que su mujer ya había ido a buscarles, pero éste no le hizo caso y siguió a lo suyo. Se volvió nuevamente a la izquierda y vio cómo el primer calé había cogido a un niño de siete u ocho años y lo había alzado sobre la multitud. El pequeño saltaba de un sitio a otro gritando “chinasios, Santiago, corpamericana”. Todo el ha- bitáculo daba voces al mismo tiempo y Gabriel se preguntó si no se habría pasado. Sólo le faltaba una trifulca en un vehículo lanzado a toda velocidad, así que dejó de insistir.

Ahora necesitaba espacio. Repitió el procedimiento. Si antes había funcionado, ahora también.

—¡Sitio! ¡Sitio!

Acompañó la orden con gestos, indicando al primer egiptano que necesitaba espacio alrededor para los que iban a llegar. El hombre suspiró resignado y consiguió hacerse entender en me- dio de los gritos. Gabriel empezó a volverse para hacer lo mismo hacia el otro lado, pero el calé le detuvo.

 

—¡Ya me encargo yo, pezao!

Hizo sentar al latino sobre un bulto y movilizó a gritos al perso- nal, que en medio de un zafarrancho espectacular fue despejando un pequeño pasillo hacia ambos lados y un espacio circular de unos tres metros alrededor de Gabriel, que observaba satisfecho y en silencio. No había placer comparable al de ver trabajar a los demás sin tener que mover un dedo uno mismo.

Conforme el gentío clareaba pudo ver a la vieja vidente, que se sentaba junto a la niña tuareg. Hizo un gesto y ambas le devolvie- ron el saludo desde lejos. La pequeña le enseñó el helado como si fuera un trofeo. Quizá era la primera vez que disfrutaba de una golosina como aquella. Los Dosermanos se movían cerca de la chiquilla, despejando el camino para algo que venía desde atrás. Gabriel se incorporó y vio a la corpamericana, que llevaba de la mano al chinasio humano. ¿Y el artificial?

Miró hacia el otro lado. Allí había más equipaje y el trabajo era más lento. Como contrapartida estaban logrando abrir un pasillo mejor definido. A lo lejos creyó divisar a Santiago empujando un armatoste sobre el suelo. El robot. Lo habían subido a una plancha con ruedas y avanzaba a buen ritmo sin demasiado es- fuerzo. Quizá el robot pesaba menos de lo que aparentaba. Al uruguayo le extrañaba ver al desvergonzado españés empujando algo... Al tenerlo más cerca lo entendió: la gente que se agolpaba a los lados del improvisado pasillo daba manotazos al androide para quitárselo rápido de encima. Santiago ni siquiera tenía que moverlo. Pronto los tuvo delante. El españés, con una última patadita, tiró al autómata al suelo y se subió sobre el artilugio rodante: un patinete.

Intentó hacer una cabriola, pero le pudo el peso del tripón y cayó con toda la riñonada sobre el robot, lo que provocó unas buenas carcajadas a su alrededor. Un espabilado gitanillo salió disparado sobre el patinete. Otros dos o tres lo siguieron a todo correr por el estrecho corredor. Del otro lado, llegaron el china- sio humano y la corpamericana. La gitana que los había traído comenzó a dar palmaditas a Gabriel mientras repetía sin cesar “Yastá, yastá, ¿eh? Yastá, yastá”. El uruguayo le dio las gracias, pero tuvo que soportar la venganza de la comadre un rato, hasta que la

 

mujer se dio por satisfecha y dejó de darle cachetitos en el coco. Santiago, con la mano frotándose la espalda, pidió silencio y que les dejaran trabajar. El latino se dirigió a los convocados.

—La situación es la siguiente. Tenemos permiso para salir, nos estamos moviendo; pero como el robot éste no empiece a fun- cionar pronto, creo que se nos va a complicar el viaje. Necesita- mos que se... despierte. Que vuelva a funcionar. Por lo menos un momento, hasta que dé aviso de que todo está bien.

El chinasio escuchaba a Gabriel con atención, pero su somno- lienta voz y la expresión idiotizada de su cara demostraban que seguía en las nubes. Lo confirmaron sus palabras:

—No entiendo nada. ¿Qué pasa aquí?

—Te lo explicaré más tarde. Ahora necesito tu colaboración. Como te he dicho antes, tu compañero te controlaba. Necesito sa- ber si serás capaz de manejarle tú a él cuando vuelva a funcionar. Sólo durante un momento. Tiene que decir que vuestro equipo viaja a Gran Ecuador para comprobar un mal funcionamiento de la vigilancia de fronteras... O algo así. Lo que se te ocurra, confor- me a los protocolos que utilicéis. Necesitamos que este transpor- te llegue sin detenerse hasta final de trayecto. Y que, una vez en destino, se nos permita traspasar el control libremente. Si quieres, después podrás regresar a casa con tu robot. O venir con noso- tros. Necesitaremos gente que sepa conectarse a las máquinas.

Gabriel dejó reflexionar unos instantes al chinasio, que cada vez parecía más aturdido, mientras se dirigía a Santiago y la cor- pamericana.

—¿Sería posible reducir la potencia del inhibidor para mante- ner debilitado al robot? Pero en funcionamiento… Quizá al chi- nasio le sería más fácil manejarlo si no está plenamente operativo.

¿Sólo sirve para producir una desconexión total?

Santiago habló, al tiempo que alzaba los hombros y seguía di- rigiendo miraditas a la joven. A sus rizos dorados, sobre todo.

—No tengo ni idea, chaval. Es la primera vez que me hago con uno de estos cacharros corpamericanos. Los nuestros sólo sirven para bloquear puertas. Y malamente, como hice con el vehículo chinasio, ya te acordarás. Mi intención cuando usé el aparatito de la rubia era freír a la tostadora, así que lo encendí y

 

apreté el botón para ver qué pasaba. Bien fuerte, eso sí. Machote que es uno.

Gabriel no sabía si reírse o aporrearle la cabeza. La corpameri- cana le sacó de dudas y sonrió un poco.

—No lo has dejado frito, como dices. Si lo hubieras destruido, estaría desmadejado, sin tensión estructural... y está duro, como congelado en un movimiento. Has tenido suerte, el inhibidor es- tará conectado a media potencia. No es un término muy técnico, pero así nos entendemos todos. Dámelo, voy a ver qué has he- cho, puede que hayamos tenido suerte.

La chica extendió la mano hacia Santiago que, con gesto triste, sacó el inhibidor del bolsillo. Mientras se lo daba, aún tuvo hu- mor para una de sus gracietas.

—No olvide usted que este dispositivo anulador se encuen- tra bajo custodia de la autoridad competente. Le será devuelto a final de trayecto, conforme a las órdenes recibidas. Se le cede temporalmente y para una inspección puntual, a discreción de la autoridad ya mencionada.

Gabriel resopló y a duras penas logró contenerse esta vez, pro- nunciando las palabras malsonantes con ímpetu y fuerte entona- ción.

—Santiago, deja de hinchar las narices y dale el puto inhibi- dor... Vamos a estar más seguros con ese cacharro en manos de su propietaria. Y deja de tocar los güebos. Como sigas así voy a empezar a darte collejas como a un crío.

El españés se quedó algo amostazado y permaneció callado, mientras la chica manipulaba con gesto experto el inhibidor. Sonrió.

—Bien, ha habido suerte, sí. Está preconfigurado para produ- cir un paréntesis temporal camuflado en cualquier dispositivo de inteligencia artificial, hasta nuevo estímulo. En otras palabras, el robot está congelado mientras queramos. Lo mejor de todo es lo que llamamos “camuflaje”. Ahora mismo, el robot está emitien- do una señal codificada de mantenimiento. Es como si estuviera durmiendo o en una parada técnica de reparación, para enten- dernos. Pero no conviene mantenerlo mucho en este estado. Sus compañeros sospecharán si la señal sigue así indefinidamente...

 

—¿Qué más se puede hacer? ¿Podemos utilizar el inhibidor para manejar al robot?

La corpamericana tardó unos instantes en responder a Gabriel. Manipuló el aparato mientras le contestaba, explorando las posi- bilidades que ofrecía.

—No podemos obligarle a hacer cosas que no quiera hacer, si es eso lo que me preguntas. Dudo que exista algún inhibidor capaz de algo así. Por lo menos yo no lo conozco. Éste sí puede mantenerle físicamente inmóvil. También puede restringir sus comunicaciones, de manera que sólo emita en un radio pequeño. Dos o tres metros, por ejemplo. De esta forma sería incapaz de contactar con otras máquinas, si no queremos. Sin embargo, no es posible doblegar su voluntad o debilitarla... Aunque si se siente físicamente vulnerable o amenazado quizá se preste a co- laborar.

Gabriel se sintió esperanzado. Había una posibilidad. Se volvió al chinasio.

—Bien. ¿Te sientes con fuerzas para enfrentarte a tu compañe- ro si volvemos a conectarle? Nosotros estaremos aquí. Le ame- nazaremos con fundirle para siempre si no hace lo que le pedi- mos. ¿Crees que colaborará?

El chinasio respondió serio, con voz cada vez más firme; aun- que el color todavía no había vuelto a su rostro.

—Los robots no se parecen a nosotros. Al estar interconecta- dos no tienen conciencia de individuo. No funcionan como una unidad única e irremplazable. La base de datos es común. Si uno desaparece, no se pierde nada. La muerte no existe para ellos.

El uruguayo vio cómo se cerraba esa puerta, aunque no se dio por vencido. Miró con intensidad al chinasio.

—Bien. Entonces estamos en tus manos. Me niego a creer que una máquina sea superior a un hombre y tú vas a demostrar que tengo razón. Esta chica tan guapa que tengo a mi lado va a em- plear el inhibidor de forma que el humanoide esté lo más limita- do posible. En cuanto notemos algo raro lo desconectaremos de nuevo; pero no podemos estar así todo el viaje. Tienes que con- seguir controlarlo el tiempo suficiente para que mande un aviso: “todo está bien, volveré a conectar en Gran Ecuador”.

 

El chinasio se mantenía inescrutable, pero su aire alicaído no auguraba nada bueno. Gabriel intentó animarle. Necesitaban controlar al robot. Pero, ¿cómo? Se le acababan las ideas y el chinasio no terminaba de espabilarse…

—Ten en cuenta que va a ser más fácil que antes. Vas a luchar contra un robot, no contra un montón de máquinas conectadas entre sí. Una lucha de poder a poder, de hombre a... A ver si me entiendes: lo que quiero decir es que no va a poder recurrir a otros cacharros. Ahora está solo.

—No se trata de eso. Puedo controlar a mi robot. Al menos, antes lo hacía. Eso creo... Puedo hacer que envíe el mensaje, sí; pero no impedir que también mande un contramensaje. O que se conecte en paralelo con la red. Por su cuenta, quiero decir. Para que pueda transmitir hay que darle acceso.

Gabriel insistió.

—Pues habrá que probar de otra forma, entonces. El mensaje tiene que salir. ¿No se puede bloquear el... cerebro del robot, pero de forma que pueda seguir usándose como antena transmi- sora? O algo así. Podrías mandar el mensaje tú mismo. Seguro que los autómatas se averían de vez en cuando. La máquina se bloquea y el humano avisa a los de mantenimiento, ¿no? Ahora es lo mismo, solo que la máquina ya había embarcado y no se sabrá de ella hasta que lleguemos. No conozco vuestros sistemas, las posibilidades... Hablo como un profano. Busca alternativas. Conoces el objetivo, es simple. Busca los medios para mandar el mensaje de manera correcta.

El chinasio guardó silencio, cada vez más cabizbajo. La cor- pamericana intentó ayudar.

—Quizá sí podría hacer algo como lo que sugieres con el inhi- bidor. Mantener el bloqueo dejando un pasillo de comunicación durante unos segundos. Los necesarios para mandar un mensa- je automático a larga distancia, por ejemplo. Lo que comenta el subamericano. Seguro que tenéis situaciones parecidas previstas. Creo que tú sabes cómo actuar pero no te fías. Tu enemigo es tu compañero, no nosotros. Gabriel, quizá deberías explicarle por qué estamos aquí. Lo que pasa. Puede que eso le decida a hacerte caso.

 

No quería perder más tiempo, pero tuvo que reconocer que la chica quizá tuviera razón. Intentó, con la explicación más re- sumida que se le ocurrió, poner al corriente de la situación al chinasio. Éste, escuchó con atención. También Santiago. Y los compadres de alrededor.

En poco tiempo, todo eran voces, gritos y lamentos. Aquella gente debía pensar poco menos que estaba de excursión y ahora les decían que se acababa el mundo. En medio del desmadre, sin embargo, el chinasio seguía impasible. Habló con serenidad.

—Podemos probar algo. Funcionará, creo. Voy a mandar un aviso automático de avería no prioritaria. Nos estarán esperan- do, pero llegaremos hasta la costa de los Parques, al menos. Y probablemente nos dejen cruzar de forma automática hasta Corpamérica sin detenernos. El aviso deja implícito que yo, el componente humano del equipo, me hago cargo de la situación. Ahora mismo no se me ocurre nada más, estoy confuso. No quiero volver a conectarme de momento. El robot puede seguir en pausa durante varias horas una vez haya ejecutado el proto- colo. Luego tendré que justificarlo, pero cruzaremos el mar sin que nos detengan...

Gabriel se sintió aliviado, no satisfecho. Antes de llegar al otro lado deberían tener algo mejor, listo y preparado. No creía que la treta que empleaban los Dosermanos sirviera de mucho si es- taban esperándoles. Y su mente insistía en decirle que, más ade- lante, iban a necesitar a alguien capaz de conectarse a los robots y tenerlos bajo control. Las máquinas eran útiles y seguro que en el Péndulo trabajaba una buena cantidad de androides inteligen- tes. Había que recuperar al chinasio humano. Además tenía una brumosa idea que le rondaba la cabeza, algo no había hecho bien. Estaba cansado y las prisas no eran buenas consejeras. ¿Qué se le escapaba? Cedió de momento.

—Está bien. Vamos a hacer eso. Luego descansaremos, nos vendrá bien. Después volveremos a reunirnos. Hay que solu- cionar este tema antes de llegar. Vas a doblegar a la máquina ésta, ya verás. Si nos están esperando cuando lleguemos no van a dejarnos pasar, hay que evitar esa posibilidad. Santiago, a ver si consigues que esta gente se calme. Tendremos que hablar con la

 

mujer que lee la mano o con quien les lidere, para ver cómo les organizamos de cara al desembarco.

El chinasio avanzó hacia el robot y comenzó a manipularle la espalda. La corpamericana le detuvo.

—Igual estamos forzando demasiado y podemos solucionar esto sin tanta complicación.

La chica dudaba, Santiago le animó a seguir hablando con un guiño que ella ignoró.

—Le prometiste revelarle qué fallaba en el control de fronteras,

¿no, Gabriel? Si volvemos a conectarle y se lo explicas, ¿no será

suficiente?

El latinolibre asintió. Quizá fuera una solución mejor. A Ga- briel no le importaba reconocer sus errores. Sobre todo si así salían del atolladero de forma más eficaz. Y definitiva, quizá... Siguió escuchando.

—¿No podemos volver a conectarle y le dices lo que quiere? Le explicamos el malentendido con Santiago y le pedimos disculpas. Si se alborota, se le desconecta de nuevo.

—¿Y yo?

El rostro del chinasio mostraba una emoción por fin. Miedo. Claro, ¿qué pasaba con él? Quizá el robot quedara satisfecho, pero... ¿y el humano? ¿Otra vez controlado por la máquina? Ga- briel no acababa de ver clara la propuesta de la chica.

—No sé si funcionará. Desconfío del robot. ¿Cómo reacciona- rá después de haberle tenido desconectado?

Tras expresar sus dudas, Gabriel guardó silencio un momento. Después se dirigió al chinasio, alzándole el rostro, para que am- bos pudieran mirarse a los ojos.

—Mira, estoy convencido de que puedes dominar al humanoi- de. Además eres el único que es capaz: nadie de nosotros se ha conectado nunca a una máquina... Éste va a ser tu cometido. Los demás ya nos hemos ganado la plaza en el Péndulo. ¿Entiendes la posición en la que te encuentras? Si quieres salvarte, si quieres venir con nosotros, debes arreglártelas para tener controlado al robot. A éste o a cualquier otro. Ése será tu trabajo. ¿Ahora estás cansado? De acuerdo, descansa. Todos lo necesitamos. Aplica la medida provisional de la que hablabas antes y recupérate. Cuan-

 

do descanses, estarás en condiciones. Lo creo de veras. La máqui- na te ha dominado a ti, le devolverás la jugada.

El chinasio asintió y volvió a manipular el robot. De nuevo su rostro estaba impasible. Gabriel no supo si había logrado conven- cerle de sus posibilidades o no. Le resultaba difícil tratar con una persona que no comunicaba nada, que no transmitía… Mucho más difícil aún sería motivarle. ¿Qué rayos quería un tipo como aquel? ¿Cuáles eran sus aspiraciones? ¿Habría algo que le empu- jara a luchar contra su pareja artificial? Le dejó hacer, mientras le veía abrir una especie de trampilla oculta en el cuerpo del androi- de y manipulaba una pantalla. Terminó enseguida.

La corpamericana y el chinasio se quedaron allí. Uno durmien- do y la otra vigilando al robot, con el inhibidor al alcance de la mano. Mientras, Gabriel y Santiago intentaban poner un poco de orden en el pasaje. Necesitaban tranquilidad. Localizaron a la vi- dente, que recibió el encargo de mantener sosegados a los suyos. Alejados, en la medida de lo posible en un espacio tan reducido, del tándem chinasio.

Gabriel también habló con los Dosermanos. Intentaba tener listo un “plan B” por si el chinasio fracasaba cuando se enfrentara al robot. Los gitanos tendrían que estar preparados para emplearse a fondo contra los autómatas que les estarían esperando en la costa exterior de los Parques o al otro lado, en Corpamérica. Los pecho- lobos contestaron muy ufanos, no supo si en broma o en serio, que jamás habían hecho cosa igual, pero siempre había una primera vez. El uruguayo dudaba de que se dieran cuenta de la dificultad de su hi- potética tarea. Después, regresó junto a los chinasios y la corpame- ricana. Intentó utilizar la politarjeta de la chica para contactar con su proferella. Imposible. Probablemente, los chinasios habían cortado las comunicaciones al recibir la notificación de avería. Todo se com- plicaba… Desanimado, el latinolibre también descansó unas horas.


9. SOLUCIONES SENCILLAS (VIVIR SIN ÉL)


—Hay que hacer algo ya.

El chinasio agitaba el brazo de Gabriel. Al uruguayo le costó un poco despertarse y recordar dónde estaba.

 

—¿Qué?

—Debo renovar el aviso o conectar mi robot. Hay un tiempo máximo para los avisos automáticos.

Gabriel se incorporó frotándose la cara con fuerza. Los gitanos habían despejado un poco más de espacio a su alrededor. Unas cortinas improvisadas acotaban el entorno. Sólo suaves murmu- llos y algún canturreo ahogado llegaban desde los lados.

—¿Te sientes con fuerzas?

Gabriel miraba al chinasio. Le vio descansado, aunque no con- testó, así que el uruguayo habló por él.

—Yo creo que sí. No tiene sentido que dudes. Siempre has es- tado conectado, ¿no? Sabes cómo manejar un androide. Se trata de que te las arregles para llegar a la red de comunicación y man- des tú el mensaje, en vez de la máquina.

El chinasio bajó la cabeza y habló en voz muy baja.

—Ya te lo dije antes. Quizá podría dominar a esta unidad, pero en cuanto me conectara para transmitir, estaría perdido. No pue- do hacer nada contra toda una red de robots trabajando juntos...

Gabriel suspiró.

—Está bien. Haz lo que tengas que hacer entonces para que nos dejen llegar. Renueva el aviso de avería o lo que sea. Luego, ya veremos. ¡Ah, se me olvidaba! ¿Hay forma de recuperar las comunicaciones ordinarias? No hemos podido contactar con el exterior.

El chinasio negó con la cabeza.

—Es un mecanismo de seguridad. No volverán a conectarse hasta que el robot vuelva a funcionar a pleno rendimiento.

Gabriel suspiró y volvió a preguntarse cómo iba a conseguir que su proferella llegara hasta el Péndulo si ni siquiera era capaz de hablar con ella.

El chinasio se volvió y comenzó a manipular el autómata. Esta vez, una minipantalla táctil salió desde el talón y el chinasio la utilizó durante unos momentos. El dispositivo desapareció y el chinasio se sentó en el suelo con la mirada perdida. Gabriel se giró para volver con los Dosermanos, pero la corpamericana le detuvo.

—Quizá yo pueda ayudar.

 

—¿Con el tuesta-robots? ¿Me dejarás que lo use yo?

Santiago sonreía esperanzado con poder utilizar otra vez el in- hibidor. La chica le ignoró y se dirigió de nuevo a Gabriel.

—Puedo pedir un pasillo en cuanto podamos comunicar. Nos mantendrá a salvo de los chinasios. Tendrán que dejarnos pasar. Y una vez en Corpamérica, los Tratados de Intercambio nos pro- tegerán. Como no funcionan las transmisiones podemos pedirlo directamente a los robots que nos detengan antes de cruzar. Es- tamos acercándonos a la costa fronteriza exterior de los Parques.

—¿Qué es eso del pasillo, guapita?

Santiago no quería mantenerse al margen y sonreía con sus dientes amarillos mientras recorría con ojos risuelos los capri- chosos bucles de la corpamericana. ¡Claro, eso era lo que había estado preocupando a Gabriel! Un simple pasillo… ¡Cómo no se le había ocurrido antes? El uruguayo, explicó la sencilla treta al españés. Tantas vueltas y revueltas con lo del robot y mira que era fácil...

—Un pasillo seguro es un privilegio que sólo tienen unos po- cos, señor agente. Altos zares y corpamericanos de rango eleva- do. Viene a ser un salvoconducto de paso, que les permite viajar sin ser controlados. Entrar y salir libremente entre continentes sin tener que rendir cuentas ante los chinasios.

—Vaya, vaya, tenemos a toda una Señorita Escarlata entre no- sotros... ¿Y ese chollo tuyo va a hacer que pasemos los demás, rubia? Como ves, viajamos bastante apretados. Hay mucha gente aquí.

Al hablar, Santiago fue acercándose poco a poco a la chica, has- ta colocarse muy cerca de ella. La corpamericana le dejó hacer. Cuando le tuvo a tiro, descargó un buen pisotón hacia la zona donde debía estar el dedo meñique de Santiago, que comenzó a lanzar juramentos y saltitos hasta que tropezó, cayendo de lado, mientras se llevaba consigo una de las telas que hacía de pared, parte de los bultos que había apilados al otro lado y a una gitana vieja que se levantó del suelo con una agilidad sorprendente y comenzó a patearle con toda la fuerza que podía, que para suerte de Santiago, no era mucha. La familia de la mujer, sin otro trabajo mejor en el que ocuparse, se apuntó a la refriega con alboro-

 

zo, jaleando a la anciana entre risas, voces fingidamente airadas y juramentos socarrones. Como si hubieran llegado al límite de sus fuerzas, los pantalones del españés descendieron hasta sus tobillos, mostrando dos raquíticas garrillas y unos lamentables calzoncillos de color amarillo con el “bolsillo” abierto y el paja- rico deseando asomarse, imagen que el uruguayo iba a tardar en borrar de su memoria.

Gabriel intentó ignorar la refriega y habló muy serio a la chica, aunque sus músculos faciales luchaban con fuerza por abrirse en una enorme sonrisa-carcajada.

—¿Puedes hacer que pasemos todos? ¿Por qué no lo habías dicho antes?

—Estuve a punto hace un rato; pero no me gusta utilizar ese tipo de privilegios... Prefiero esforzarme, trabajar y conseguir mis propios logros. Me contuve y dije lo primero que se me ocurrió, eso de que quizá el robot se sintiera satisfecho si se le explicaba por qué fallaba a veces el control de fronteras. Y... sí: podremos pasar todos. No te imaginas el poder que tiene una persona de mi posición. Vosotros lo tenéis siempre más difícil. Mucho más. No te haces idea de que estamos a otro nivel… El simple hecho de ser corpamericana te facilita muchísimo la vida. Y ser la hija de un alto directivo de una corporación importante... Para mí todo es muy sencillo.

La chica bajó la cabeza avergonzada y Gabriel apoyó la mano en su antebrazo.

—No te avergüences. Tú no has pedido nada, tienes la suerte de tener más medios a tu disposición. Puedes utilizarlos a tu an- tojo sin remordimientos, para eso te los han dado. Y a nosotros nos vas a sacar de un callejón sin salida. Una vez en Gran Ecua- dor... ¿toda esta gente seguirá protegida?

—Sí, aunque no sabría decirte durante cuánto tiempo. Su- pongo que los chinasios empezarán a presionar. Pronto, segu- ramente. Para los artistas debería ser fácil, en cualquier caso. Se les va a recibir como animadores para trabajar en el Péndulo. Podrían estar allí semanas enteras. El problema serio son éste y su pareja mecánica. No podemos tenerlos “secuestrados” inde- finidamente.

 

Santiago volvió a intervenir mientras intentaba colocar la cor- tina, para interponer algo entre él y la anciana, que seguía maldi- ciéndole desde el otro lado, entre risas ahogadas de sus familiares. Uno, especialmente guasón, regaló al españés un recargada y vis- tosa correa para que el pantalón no intentara suicidarse de nuevo. La guinda que faltaba en el pastel…

—Mira qué salero tiene mi amita. Voy a pedirle a mis primos que le enseñen a mover las manos, porque lo de pisar fuerte veo que lo tiene claro. Hay que mantenerla alejada de los tacones, mi amigo...

Gabriel se sentó en el suelo y dejó que sus labios sonrieran al fin con amplitud y regocijo. Qué alivio... Se fijó en el chinasio, que miraba absorto al androide. Le recordó a las imágenes de drogadictos en rehabilitación que había visto en los documenta- les antiguos de la escuela. ¿Volvería a ser una persona algún día? Era incapaz de dominar a su robot. ¿Podría vivir sin él?

 



VI. SUBAMÉRICA EN INTERCAMBIO

 

0. SEXTO SUEÑO DE LA GITANA (AL AGÜELO Y A MÍ)


Al principio pensó que había sido el agüelo y su manía de cenar cocido los domingos, pero no. El hedor no estaba bajo las sába- nas, sino dentro de su cabeza. Era el perro. Gordo, verrugoso y ciego. Olfateaba y mordía, no fallaba una. Y apestaba.

Capturaba cachorros en el bosque. Gazapos, jabatos, cervati- llos… Los atrapaba entre sus fauces para lanzarlos por los aires a una batea que chorreaba sangre. Allí se alimentaban las águilas azules y los osos rojos. Voraces, despiadados.

El perro se guardaba para sí las gatitas. Las trataba con cruel- dad. La gitana miraba horrorizada sin poder ayudarlas, hasta que dos de ellas se revolvieron. Cada una desde un lado, arañaron sin piedad con unas uñas enormes como guadañas, hasta despedazar al perro. Luego le arrancaron los ojos y las garras.

La gitana les preguntó por qué, aquellos ojos opacos no ser- vían ni cuando el animal estaba vivo. Las gatitas, una blanca y la otra roja, sisearon y corrieron sin contestar: águilas y osos habían visto su osadía y las perseguían. Ella las escondió bajo su falda. Cuando los cazadores desaparecieron, las sacó. Vio que las pe- queñas gatas no estaban solas. Centenares de gatitos de todos los colores las acompañaban, maullando y jugueteando. Cantando y batiendo palmas, rasgueando la guitarra. Taconeando.

—¡Ay Pedrico, bendito Pedrico mío! ¿Pero eh que una vieha como yo no pue ni echá la ziehta en zu caza? ¡Anda y vete a la pieza a cantá con loh primoh y déhanos dehcanzá al agüelo y a mí!

1. EL COMISARIO (SÍ O SÍ)


—A ver, chic@s. ¿Qué sabemos de las 5W?

—¡Vienen del inglés antiguo!

—¡Las usaban l@s periodist@s!

—¡Sirven para muchas cosas!

La proferella sonrió, pidiendo calma.

—Un poco de orden, que no estamos en primera enseñanza...

Varias manos se levantaron frente a ella.

—¿Quién ha dicho que servían para muchas cosas?

 

La mano de Pablel permaneció en alto mientras las otras bajaban.

—Vale, Pablel. Sube al estrado y explícanos para qué sirven las

5W.

Pablel se levantó y se acercó al estrado mirando un poco de reojo a Esperella, que le sacó la lengua con disimulo.

—Si la exposición es buena, en tu línea, te relevo del día extra que tienes como responsable de cierre.

El Día de Ella, Pablel estaba un poco acelerado y se olvidó de dejar un libro en su sitio, así que le correspondía un día servicio extra: “Recoger lo que otros olvidan ayuda a que no se te olvide a ti”, recogían los Principios de Ella.

—Las 5W servían para organizar la información periodística. Haciendo las preguntas correctas, l@s periodist@s se asegura- ban de obtener los datos necesarios y estar en condiciones de informar después.

—Muy bien, Pablel. ¿Para qué más sirven?

—Ella había sido periodista y pensaba que estas preguntas po- dían aplicarse a muchas otras cosas. Para comprender mejor el mundo, para reflexionar sobre las cosas...

Estaba embarullándose. Antes lo tenía claro en su cabeza; pero ahora, al tener que explicárselo a otros, se estaba haciendo un poco de lío...

—Vale, concreta. Vas bien, Pablel; pero son demasiadas “co- sas”…

Los ánimos de la proferella le ayudaron a recuperarse, a pesar de las risitas de algunos compañeros.

—Lo que quería decir es que, las 5W eran una técnica profesio- nal, un sistema de trabajo de un entorno concreto, pero podían utilizarse en otros ámbitos.

Pablel pensaba que lo de “entorno concreto” y “ámbitos” ha- bía quedado bien, aunque a la proferella no se la camelaba con palabros...

—Bien, aunque sigues sin concretar. Pon un ejemplo, los ejem- plos nos ayudan a entender mejor cualquier materia y también a reflexionar sobre ella, como decías antes.

La proferella no se contentaba con poco, menos mal que de nuevo le echaba un cable.

 

—Por ejemplo, los cuerpos de seguridad puede utilizar las 5W para investigar un crimen. O un@ científic@ que esté despis- tad@ en un experimento... Al final es una forma... hay muchas otras; pero ésta es una forma de trabajo que ayuda a pensar, por- que permite recoger lo más importante y así se puede reflexionar basándose en hechos.

—Muy bien, Pablel puedes sentarte. Hay varias ideas importan- tes aquí. La primera, que las 5W son una manera de organizar el estudio o la recogida de datos, sin embargo hay muchas otras. Es una técnica útil, aunque no excluyente: se puede hacer lo mismo usando distintos procedimientos. Otra idea es que las 5W ayu- dan a pensar, porque permiten asimilar conocimientos de una forma eficiente. Ya hablaremos sobre la eficiencia en el Rato de Ella algún día, que me lo recuerde por favor quien esté ahora de recader@ de servicio.

Una niña manipuló su politarjeta con agilidad. La proferella sonrió: había tomado nota del aviso.

—Bien, como decía… Otra idea, quizá la más importante, es que las 5W ayudan a pensar. Para reflexionar sobre cualquier asunto, primero hay que estudiarlo y para estudiarlo, necesitamos datos. Y sólo después de conocerlos, de darles vueltas... Sólo una vez que se ha trabajado un tema se puede opinar o tomar deci- siones. Ya sabéis que decidir, implica actuar y ser responsable ejecutiv@ de lo que se emprende. Soltar elucubraciones sin más no es suficiente, hay que pensarlas y justificarlas antes. Y si se tie- nen buenas ideas, hay que hacerse responsable de llevarlas a cabo.

—Pero es muy difícil hacer algunas cosas. “No es lo mismo hacer que pensar”...

—... como se recoge en los Principios. Buena aportación, Espere- lla. Tan práctica como siempre... Bien, para eso está la sociedad. Nos ayudamos entre tod@s. A una persona se le ocurre un proyecto. Lo valora, reflexiona... Sin embargo, muchas veces no puede llevarlo a cabo sol@. Entonces, pide consejo. Es posible que haya gente que pueda ayudarle: dar forma al concepto, llevarlo a la práctica, incluso. Eso sí, quien tuvo la idea original, será responsable de impulsar los trabajos y mantenerlos en marcha: estará “detrás” del equipo ejecu- tivo con el “látigo”, controlando. Igual que hago yo con vosotr@s.

 

Unos golpes sonaron con firmeza, interrumpiendo la explica- ción y las incipientes risas de los pequeños. Esperella, que estaba encargada de puerta, se levantó y la abrió lo justo para poder asomarse, ver quién llamaba y qué quería. Retrocedió al instante y se volvió desconcertada hacia la proferella. Ésta se extrañó. Nor- malmente, se cogía el recado mientras la clase seguía su curso sin mayor interrupción. Iba a dirigirse hacia la puerta, cuando ésta se abrió del todo y entró el Responsable de Centro, pálido y con ademán nervioso, seguido por un colorido personaje.

La proferella reconoció el uniforme y notó que también a ella le bajaba la sangre a las rodillas.

—Buenos días a tod@s. Perdón por la interrupción. Os traigo al Comisario de Intercambio, que quería conoceros.

Una vez presentado, el individuo se dirigió a la clase con un marcado acento corpamericano. Los alumnos escucharon aten- tamente con una mezcla de curiosidad, miedo y fascinación. To- davía eran demasiado jóvenes como para comprender en toda su magnitud ciertas situaciones, sin embargo no se les escapaba cómo reaccionaban los adultos en presencia de los trajes tricolo- res y aquellas misteriosas gafas oscuras.

—Hola, clase. Y proferella... Sólo es un momento. Quería pre- sentarme, nada más. Y deciros que voy a estar una temporada por aquí. Si alguien quiere ver mundo, ya sabéis: yo soy vuestro hom- bre. Recibiréis una nota en vuestras politarjetas. Para cualquier pregunta que tengáis, estoy a vuestra disposición. Hasta pronto, chic@s; como decís vosotr@s.

Una sonrisa inmaculada y brillante acompañó el breve discurso y la despedida “a la latin@libre”. Las gafas apuntaron una frac- ción de segundo hacia la proferella y el corpamericano salió tan veloz como había entrado, seguido del Responsable de Centro, al que comenzaban a notársele manchas bajo las axilas.

Después de un instante de silencio, toda la clase comenzó a hablar a la vez. La proferella, aturdida, apenas se daba cuenta del jaleo. Era el mismo Comisario que había visto el Día de Ella cuando paseaba con Gabriel. Sintió la ausencia como un vacío físico en su encogido diafragma. Ahora no podía recurrir a él, estaba fuera. Emerella había regresado hacía poco de no se sabía

 

dónde; pero no se mostraba demasiado accesible. ¿Qué pasaba? No sabía si había alguna relación entre estos acontecimientos. En todo caso, la presencia del corpamericano era preocupante por sí sola, no auguraba nada bueno. ¿Le había guiñado un ojo debajo de aquellas tétricas gafas?

El alboroto fue subiendo de nivel y la proferella volvió a la realidad. Una cosa por vez. Primero la clase. Y luego, a por Eme- rella. Necesitaba una explicación ya. Sí o sí.


2. MIRÓN DE PLAYA

(RECLAMARLE LA CONSUMICIÓN)


Las dos mujeres paseaban juntas y algunas cabezas se volvían para observarlas. Muy atractivas y muy serias. No hablaban ni se miraban. Nadie las abordaría, demasiada tensión latente para intentar ligar… Después de un rato, se sentaron sobre la arena, con los pies en las olas.

Emerella, sin volverse. Habló al fin.

—Quería creer que me llamabas para otra cosa; pero ya veo que siempre es igual. Primero está él. Para todo. Y cuando él no está, recurres a mí para que te ayude. ¿Eso no es lo que enseñas en tu escuela, no? ¿Ella no decía que había que valerse por sí mism@? “Secarse las castañas del fuego” sueles decir, ¿no?

El resentimiento acompañaba a la voz y la proferella lo notó, pero no pudo reprimir una sonrisa. Acompañó la corrección po- niendo la mano suavemente sobre su amiga.

—“Sacarse”, Emerella. Los nervios siguen haciendo que te bai- len las letras, como cuando eras pequeña.

La pelirroja se volvió escupiendo fuego con la mirada. La pro- ferella sonrió con picardía y siguió hablando.

—Gabriel tiene razón, estás muy guapa cuando te enfadas...

Emerella soltó una grosería y las dos mujeres rieron en voz alta unos instantes. La tensión se había disipado, nada mejor que reír para conseguirlo.

Después conversaron amigablemente durante un rato, se le- vantaron a la vez y corrieron saltando sobre las olas hasta que la resistencia del agua les venció y cayeron entre risas y espuma.

 

Nadaron hacia la plataforma de las atracciones acuáticas, dete- niéndose para descansar un par de veces.

—Vaya ideas que tienes Emerella, casi me ahogo. ¿No podía- mos hablar en un sitio normal?

Ahora era la proferella la que echaba chispas por los ojos y su amiga no dejó pasar la oportunidad.

—Parece que tú también estás muy guapa cuando te enfadas. Y esto no lo dice Gabriel, te lo digo yo.

Y terminó la frase sumergiendo la cabeza de la proferella me- diante una aguadilla de manual. La chica salió a la superficie salpi- cando y persiguió a Emerella hasta arrinconarla contra una boya.

—Aquí será más difícil que alguien se entere de lo que habla- mos, mi querida proferella. Y no me dirás que se está mal, que- jica...

Emerella se acercó más aún a la proferella, hasta que los labios de ambas mujeres estuvieron a punto de rozarse. Entonces, se apartó suavemente y le susurró al oído.

—Pero si quieres que te escuche, tú vas a tener que hacer algo por mí.

Se retiró un poco y sonrió traviesa dejando entrever la punta de la lengua entre sus dientes. La proferella respondió con una mirada insinuante y se acercó, ofreciendo sus labios también en- treabiertos. En el último momento, giró la cabeza, dio un espeso lametón a la mejilla de Emerella y se alejó riendo y braceando.

Otros bañistas las observaban divertidos hasta que fueron per- diendo interés. Dos chicas que se divertían jugueteando, inter- cambiando confidencias... lo habían visto muchas veces. Sin embargo, había alguien que seguía mirando atentamente sin per- derse detalle. Cada vez más interesado.

Emerella alcanzó a su amiga y ambas se apoyaron entre las bo- yas para recuperar el aliento. Poco más allá terminaba la zona de baño acotada y empezaba el mar de plástico. La proferella fue la primera en hablar, aún entre jadeos.

—Quiero saber qué ocurre, Emerella. Lo que pueda pasar en- tre Gabriel y yo o entre nosotros tres, no importa. Ya conoces mis sentimientos, pero él no opina como yo, es como es. Dime qué sucede.

 

El Comisario de intercambios comenzó a agitarse nervioso. ¿Y ahora qué? El brillo del sol sobre las olas le impedía ver bien el espectáculo. Sus gafas de trabajo eran fantásticas, no perfectas. Tenían un zoom de buen alcance, pero las chicas estaban lejos y las oscilaciones de la luz sobre las olas producían distorsiones en la imagen.

—Fokin’ glasses!

El juramento en americano antiguo resonó en la terraza desde la que contemplaba el espectáculo, aunque apenas había gente alrededor para escucharlo. Los Comisarios producían ese efecto, nadie quería ser fichado a traición para un intercambio.

El corpamericano se apoyó sobre la espalda e intentó concen- trar la mirada. ¿Se habían puesto a hablar? Gruñó y movió osten- siblemente la mano, estirando el pantalón sobre su entrepierna. Aquellas dos le habían dejado a medias. Y se ponían a hablar… Alargó el brazo y cogió una de las bocadillesas que tenía sobre la mesa. No tardarían mucho en salir del agua, ya tendría ocasión de grabar unas buenas imágenes entonces... Sonrió y volvió a dejar caer la mano bajo la mesa, mientras masticaba con la boca abierta. El pastoso ruido que hacía mancillaba el suave arrullo de las olas.

Las chicas seguían en el agua, con las cabezas giradas hacia la plataforma, en la que media docena de chavales saltaban y se zambullían entre risas y gritos. Estaban muy quietas, se habían acabado los juegos.

—No me lo puedo creer. ¿Estás hablando en serio? Me tomas el pelo, ¿no?

La proferella había elevado el tono. No quería creer lo que es- cuchaba. La historia de la nave espacial le sonaba ridícula, pero sabía que la vida a veces era disparatada. Y Emerella no tenía ese tipo de sentido del humor. Gabriel sí, era más zumbón. Su amiga empezaba a tener los labios de color lila. Se dio cuenta de que ella también tenía frío.

—Claro que hablo en serio, no te habría traído hasta aquí para tomarte el pelo. Acabo de venir de Gran Ecuador y lo he visto. Si hay alguien tan loco como para meterse dentro, el Péndulo toda- vía puede usarse. Otros ya lo hicieron antes, recuerda... Y Gabriel

 

no está. Si a mí me han mandado a ver el arca, seguro que él está con el motor.

—Propulsor...

—Joder, cómo se nota que eres proferella, deja de corregirme.

Y si no vamos a achucharnos me voy, que me estoy helando.

Emerella soltó la boya y se puso a nadar con vigor hacia la playa. La proferella la siguió con menor soltura, admirando y en- vidiando el estilo de su amiga. Para cuando llegó a la playa, Eme- rella estaba seca y le esperaba con una toalla. La envolvió con rapidez y le dijo unas últimas frases al oído, después de darle un suave beso en el cuello.

—Pero lo que te he contado no es lo peor, mi querida profere- lla. Creo que el anciano trama algo y no estoy segura de qué es. Ya hablaremos. Todavía están estudiando la documentación que traje. Yo apenas la he visto. Tampoco he entendido casi nada, son todo indicadores numéricos, estudios técnicos; pero hay algo...

El Comisario las espió con mala cara cuchichear muy juntas, mientras se alejaban a buen paso. Debían haberse quedado con- geladas con tanta agua… Igual de frío le habían dejado a él. La pelirroja no estaba mal, pero no era su tipo. Bien torneada, sí; aunque demasiado atlética para su gusto. Le gustaban más feme- ninas, como aquella profe... Mugió como un buey y se levantó para marcharse. De nuevo se había quedado a medias. La puta panocha con la toalla le había dejado sin vistas. Seguro que la maestrita tenía los pezones duros cuando salía del agua. Se le movería todo mientras corría a secarse... El corpamericano aban- donó el chiringuito sin pagar. Ningún subamericano en su sano juicio saldría a reclamarle la consumición.


3. MAL ENCUENTRO

(SUS PROPIOS FLUIDOS CORPORALES)


Las dos chicas se habían visto un par de veces desde la agradable tarde que pasaron en la playa, sin embargo no habían podido hablar demasiado. Emerella estaba seria, algo no funcionaba en su trabajo, y ambas seguían sin tener noticias de Gabriel. Por suerte, la proferella no había vuelto a ver al siniestro Comisario

 

de intercambios. Emerella le comentó, con un triste tono irónico, que el corpamericano estaba “de gira fotográfica” por Uruguay. Haciendo fotos, sí... Seleccionando a posibles candidatos para un futuro intercambio. De manera que Rusopa y Corpamérica vol- vían a tener necesidad de personal subamericano... ¿Hasta cuán- do iban a soportar aquello? Quizá el precio que debían pagar por aquella amortiguada libertad de la que disfrutaban acabara siendo demasiado alto. Muchas veces, la proferella llegaba a pensar que llamarse a sí mismos latinos libres era demasiado pretencioso. La realidad les mostraba que el resto del mundo les consideraba tal y como les llamaba: subamericanos.

Le gustaba dejar que sus pensamientos vagaran mientras pa- seaba, aunque esta vez las ideas que le rondaban por la cabeza no eran demasiado alegres. La noche, por el contrario, sí era agra- dable. Soplaba una brisa ligera y el cielo estaba despejado. Había decidido salir a dar una vuelta después de cenar, para ordenar un poco sus ideas...

—Buenas noches, señorita proferella.

La voz la sobresaltó, pero lo que vio cuando se dio la vuelta la dejó helada. El sudor producido por el miedo comenzó a resba- larle desde la nuca hacia la espalda, mientras clavaba la vista en aquellas gafas oscuras, fuera de lugar en la noche cerrada.

La proferella intentó aparentar tranquilidad, respondiendo al saludo. Ninguna palabra pudo salir de su boca, seca y cerrada con fuerza. Sus ojos hablaron por ella. Ira, miedo... deseo de huir contenido a fuerza de voluntad. Al corpamericano le gustó esa mirada desafiante y desesperada al mismo tiempo, como de ani- mal vencido que ya no espera sino ser devorado. Eso era lo que quería exactamente. Devorar a aquella gatita, como había visto hacer a los perros de la finca en su alocada juventud. No pudo reprimirse y, fruto de la costumbre deslizó una mano hacia sus partes. Demasiados años de depravadas costumbres.

Aquel gesto repugnó en extremo a la proferella, hasta el pun- to de hacerla salir de su estupor. Con un delicado movimiento adoptó una discreta postura en guardia, que le permitiría defen- derse, si fuera preciso. Y se sorprendió a sí misma respondiendo al saludo con una voz firme y bien templada.

 

—Buenas noches, señor Comisario.

El corpamericano volvió a equivocarse al juzgar a la pro- ferella: seguro que el respetuoso saludo y la curvilínea forma que había adoptado la chica, con las piernas entreabiertas y los brazos cruzados suavemente bajo los pechos, encerraban una invitación. Demasiados años de pensamientos solitarios. Cre- yó adecuado corresponderla con una sonrisa y alguna sutileza. Unos dientes blanquísimos, demasiado perfectos para ser natu- rales, aparecieron en la cara del Comisario, congestionada por la emoción.

—Hay buenas oportunidades en Corpamérica para las jóvenes bien formadas como tú...

La proferella intuyó que el doble sentido pretendía ser un ha- lago gracioso, pero la babosa mirada que el corpamericano hizo resbalar sobre ella mientras hablaba, no le divirtió en absoluto. Se preparó.

—No tengo intención de abandonar Uruguay.

El abotargado rostro del Comisario había pasado de un rosa- do-porcino a un carmesí-fuego de una intensidad que la profere- lla no había visto jamás. No sabía que un rostro pudiera transitar por semejante gama cromática. El conjunto formado por las ga- fas tan oscuras, los dientes tan claros y el rostro tan enrojecido daba a la cara el aspecto de una máscara demoníaca. La colorida esfinge le habló mediante una especie de jadeo gutural.

—Bueno, eso no depende de ti, querida mía... Si te portas bien, igual podemos hacer algo contigo para que cambies de opinión. El corpamericano hizo ademán de avanzar y la proferella no es- peró más. Una de las claves de la defensa personal era la rapidez: atacar antes de que te ataquen. Ella prefería el combate a larga distancia y su flexibilidad se lo permitía, así que lanzó una patada frontal al pecho del Comisario que, desequilibrado, cayó hacia atrás como un fardo. Antes de salir disparada y huir a grandes sal- tos, la proferella se fijó en el rostro que jadeaba en el suelo. Casi tuvo un acceso de risa histérica al ver el nuevo tono que había adquirido: un increíble y saturadísimo color morado-berenjena que no habría aparecido ni en las más enloquecidas obras del

pintor más desquiciado de la historia.

 

El corpamericano intentó incorporarse. La proferella había pretendido retener, más que lesionar, así que la patada no había sido tan fuerte como para hacer daño; pero aquel corpachón no se lo ponía nada fácil al Comisario. Demasiados años de bocadillesas e hiperbebidas. Jadeando, desistió y se dejó caer boca arriba de nuevo. No iba a dejar que semejante presa se le escapara, pero no tenía sentido perseguirla ahora: imposible alcanzarla. En el suelo, rememoró una y otra vez el delicioso instante de la patada. Por un momento, antes de que aquel de- licado piececillo se hundiera en su pecho, había conseguido ver cerca, muy cerca, esas estupendas piernas, largas y flexibles… Y arriba… muy, muy arriba; al final de esos jugosos muslos, ha- bía vislumbrado durante un maravilloso momento una pequeña porción de redondeado y suave tejido blanco. Cómo debía de oler aquello...

Poco más necesitaba él para desfogarse, así que se giró y se movió compulsivamente durante unos segundos. Después volvió a tumbarse boca arriba y siguió jadeando un buen un rato más. Hasta que se quedó dormido, arropado por sus propios fluidos corporales.


4. REINVENTARSE (DEMASIADO REVOLUCIONADOS)

—Bien, chic@s. He estado revisando los exámenes y quería con- sultar vuestra opinión sobre un asuntillo. Pablel, acércate por fa- vor.

El chico se levantó, ya se imaginaba de qué iba aquello. No ha- bía estudiado y en vez de contestar a las preguntas sobre la Época Intermedia había hecho una redacción. Un breve relato inspirado libremente en los años oscuros de la pre-continentalización. No había colado...

—Pablel os va a leer su examen. Luego os organizaréis por grupos, analizaréis lo que habéis oído y decidiréis si aprueba o no. Argumentándolo, por su puesto. Yo voy a salir mientras es- cucháis y no quiero alborotos. Pablel, cuando acabes, te ocupas de mantener el orden. L@s jef@s de fila, serán responsables de cada grupo.

 

El chico, resignado, cogió su politarjeta y comenzó a leer el examen que había presentado. Procuró entonar lo mejor posible, para dar vida al relato y conseguir la máxima puntuación. La pro- ferella salió al pasillo e inmediatamente trató de comunicar con Emerella. Tenían que verse cuanto antes, después de lo que ha- bía pasado anoche con ese maldito cerdo. Comunicaba. Escuchó un momento, para asegurarse que los niños estaban tranquilos. Habían oído en alguna otra ocasión los relatos de Pablel, así que seguramente estarían atentos y centrados. Volvió a intentarlo.


Reinventarse


El viento trae algo más que polvo, hoy. Una arrugada y amarillenta hoja que no ha caído de ningún árbol. Llega desde lejos. De otros tiempos. Ab- surda, fuera de lugar. “Nada hay más muerto que el periódico de ayer”, recuerda haber oído. Por lo menos servirá como yesca.

Es curioso, al final resulta que sí. Casi todo tiene una segunda oportuni- dad. Un uso alternativo. Aunque sólo sirva de arma arrojadiza. Cualquier cacharro. Un móvil, un libro... Al viejo le gustan los volantes. Vuelan. Son útiles para cazar. Y para defenderse.

Arruga la hoja de periódico y la guarda cerca del cuerpo. Así seguirá seca para cuando necesite lumbre. Sigue caminando y piensa. Recuerda...

Un crujido le alerta. “Atención”, se dice. No puede despistarse. No en estos tiempos. Antes sí. No ahora, se juega demasiado. Unos arañazos a la vuelta de la esquina. Golpeteos suaves. Buena señal, podrá comer hoy... si está a lo que debe estar.

Se agacha y adelanta el visor, un espejo roto atado a un trozo de antena. “Una segunda oportunidad, reinventarse”, piensa con sorna. Ahí está la cena... No está mal. Grandes y gordas. Si tiene suerte, caerán un par o tres. Cena y desayuno.

Retira el artilugio y se prepara. Lo ha hecho muchas veces. Siempre con cuidado, atento. Ya no funciona “en automático”, como antes. No puede fallar. Ahora los errores se pagan caros. Observa. Escucha. No hay señales de vida alrededor...

Bien. El volante en una mano. La red en la otra: cuerdas de tender anu- dadas, piedras en los extremos; un “reinvento”. El bastón sujeto entre los dientes le hace sonreír. O lo parece. A la de tres...

¡Tres!

 

Dobla la esquina y lanza la red. Confusión, miedo; aleteos. Tumulto de- bajo. Desbandada, pero el volante ya está en el aire. Un golpe sordo y plumas volando. Una cae seca, otra se revuelve y zurea histérica, herida. Bastonazo. Tres o cuatro golpes más y también callan las que hay bajo la red.

Espléndido. Cuatro en total. Mañana podrá descansar. Sin riesgo. Sin vergüenza. Recoge y se aleja deprisa, pero no rápido. Tres piernas andan peor que dos. Menos mal que los brazos aún le funcionan bien. Casi como antes... Gracias a ellos se mantiene.

“Una segunda oportunidad”. La memoria resiste al olvido... Toda una vida frente a un ordenador y ahora sobrevive como otros hicieron antaño. Manos suaves, acostumbradas a un teclado. Hoy se ocupan de lanzar y gol- pear. Golpear, lanzar, recoger, desplumar... Ya no son suaves.

Llega a su cubículo. Vivía en un piso, esto no lo es. Olvidado está. No se queja, tiene cobijo: cuatro paredes y un techo. Y el fogón. Tan importante como los brazos que son su sustento. Ahora fogón; antes, caja fuerte. Un refugio, no un hogar...

Parece que hay segundas oportunidades, sí. Menos para ellos. No hay pensión. No hay caridad. Nada es todo lo que hay. Los jóvenes luchan, los viejos se esconden y sobreviven. Si pueden... Él puede. Hoy y mañana, puede. Pasado, puede que no. Dios dirá.

Sentado, despluma. Paloma hoy. Paloma mañana. Al otro, ya se verá. Algo le molesta bajo la ropa. Saca una hoja seca y arrugada. Ahora yesca. Ayer, otra cosa. Letras, palabras, frases...

Lee. Le cuesta. Letra a letra, palabra a palabra. Mensajes arrinconados en la memoria... Alguna vez significaron algo. Crisis, paro, corrupción, “hay que cambiar”, “hay que reinventarse, buscar alternativas” gritan las consig- nas. Globalización. La caída. El olvido.

Ahora todo es más sencillo, aunque no más fácil. Arruga la hoja y prepa- ra el fuego. Crisis, paro, corrupción... desaparecen y se consumen. Cambian. Se reinventan. Hay alternativas, sí. Las palabras se convierten en llamas. Brasas y paloma caliente. Comida para el viejo. También él tiene otra misión ahora. “Sí, los viejos tienen alternativas”, piensa. Demasiadas alimañas en las calles, alguien debe ocuparse de ellas... Reinventarse o morir.


Pablel levantó la vista y guardó la politarjeta. Ningún ruido a su alrededor. Nadie suspiraba en clase, todos los ojos fijos en él. Esperella sonreía.

 

Gritos y aplausos alertaron a la proferella: la lectura había fina- lizado. Se dirigió de prisa hacia el aula. Le había costado dar con Emerella. Y cuando por fin la localizó, apenas habían podido hablar. Ni medio minuto. Lo justo para poder quedar a la noche; la proferella no había podido adelantarle nada de lo que había pasado. Entró en el aula. Los chicos aplaudían y jaleaban conten- tos. Ella miró y dejó hacer durante unos instantes. Si no fuera por momentos como aquellos…

—¡A-pro-ba-do, a-pro-ba-do, a-pro-ba-do!

La proferella sonrió y simuló dirigir una orquesta, moviendo una batuta imaginaria, mientras avanzaba hacia su mesa. Mantu- vo el ritmo durante unos instantes y con un movimiento cortante de la batuta invisible hizo que el barullo cesara. Dos o tres reza- gados querían continuar con el jolgorio, pero una mirada les hizo callar. Andrel y Takunella eran incorregibles...

—Parece que no tenéis muchas ganas de trabajar, ¿eh? ¿No os había dicho que después de escuchar la narración os organizarais para valorarla? Bueno, lo haremos otro día. No voy a olvidarme, no os preocupéis. Ya que no os apetece trabajar en grupo, será de forma individual.

Se escucharon algunos “jo” y “pues vaya”. Ella los ignoró, tal y como hizo con los brazos cruzados o las espaldas que se apoyaban de forma desganada sobre el respaldo de tres o cua- tro sillas.

—Gracias, Pablel. Siéntate. Estás aprobado, aunque si quieres nota tendrás que volver a pasar el examen y responder a lo que se te pregunte. Me dices qué quieres hacer, piénsatelo durante un par de días.

La proferella se sentó sobre el borde de la mesa, con la espalda muy recta, y continuó hablando.

—Se me ha ocurrido una idea. A ver qué opináis.

Las espaldas torcidas se enderezaron y los murmullos desgana- dos cesaron.

—Vais a hacer tod@s lo mismo que Pablel. En vez del examen que tenemos pendiente sobre los neorreligionarios, escribiréis una redacción sobre el tema. De forma libre. Eso sí, para apro- bar, el texto tendrá que responder a unas preguntas. Luego os

 

intercambiaréis las redacciones para corregirlas, como hemos he- cho otras veces. Voy a apuntar las preguntas en la pizarra. Podéis empezar a trabajar en cuanto termine. Tendréis hasta la semana que viene para terminar la tarea; el viernes próximo la corregire- mos. Os dejaré todos los días un rato para que vayáis escribien- do. Sesenta o setenta líneas estándar de politarjeta en total. ¿De acuerdo? ¿Redacción en vez de examen?

Indecisión. Miraditas entre compañeros. ¿Qué sería mejor?

—A ver. Que levanten una mano quienes prefieran examinar- se. Que agiten las dos manos y los dos pies l@s que prefieran la redacción.

Qué más quiere el ciego que ver... El cachondeo se extendió de nuevo por el aula, en forma de innumerables brazos y piernas que se movían compulsivamente agitando sillas y mesas. Antes de que alguno de sus colegas se quejara, la proferella impuso si- lencio y comenzó a anotar las preguntas en la pizarra. Los chicos leyeron y tomaron nota:

¿Quiénes son los neorreligionarios?

¿Qué tienen que ver con los alienígenas ancestrales?

—Veréis que las preguntas son bastante amplias y se relacio- nan entre sí. Para responder correctamente quizá podáis haceros preguntas más concretas que os ayuden a completar el contenido general. Por ejemplo, para la primera cuestión, podéis pregun- taros: ¿dónde viven, cuándo comenzaron a existir...? Acordaos de las 5W. Y, claro, para la segunda tendréis que explicar quiénes fueron los alienígenas ancestrales, qué impacto tuvo su vuelta a la tierra… En particular, sobre las religiones tal y como se enten- dían entonces... Quiero que penséis, haceos preguntas. Si necesi- táis ayuda, estaré aquí para echaros una mano. Ánimo y adelante. Los chicos eran bastante jóvenes. Les había propuesto un reto difícil; pero en breve tendrían que comenzar a estructurar y orga- nizar ellos mismos su propio trabajo. “Empezar a los 14 y jubi- learse a los 50”, escribía Ella. Quizá era un poco pronto para en- trar en el mundo laboral, no obstante “de los errores se aprendía más que de los aciertos”, tal y como se recogía en los Principios. Los niños más despiertos empezaban a tomar notas. Alguno, incluso se animó a hacer preguntas, aunque poco atinadas toda-

 

vía. Otros, era evidente, estaban desorientados; así que pensó en- riquecer un poco el desafío. No vendría mal una motivación extra.

—Bueno, chic@s, antes de pasar a otro tema... A ver. ¿Tod@s atent@s?

Esperó un momento. Cuando estuvo segura de que toda la cla- se atendía, la proferella continuó.

—Para que os animéis con lo de la redacción, porque veo muuuuchas caras laaaaaaargas, vamos a organizar un concurso. El que obtenga la nota más alta, ganará un premio sorpresa.

Los “¡bien!” se mezclaron con los “¿qué premio?”, “¿cuál será la sorpresa?” y otras exclamaciones que la proferella no llegó a entender. Decidió dejarles con la incógnita y adelantarles el des- canso, estaban demasiado revolucionados...


5. CONSPIRACIÓN (ESTABAN ESPERANDO)


El estruendo sobresaltó a Emerella. Nadie aporreaba así las puer- tas. ¿Para qué estaban los timbres? O la politarjeta... Estaba cansa- da y de mal humor. No le gustaba nada lo que le estaba pasando en el trabajo. La mantenían ocupada con tonterías para dejarla al margen del estudio sobre el Péndulo. Y había quedado con su pro- ferella, llegaría tarde si la entretenían. La irritación y el volumen de su voz fueron en aumento mientras se dirigía hacia la entrada.

—Qué. ¡Qué! ¡QUÉ!

Abrió de sopetón y su amiga entró arrollándola. Respiraba con fuerza y lloraba. Emerella la condujo a un sofá y la abrazó hasta que fue serenándose. La proferella le contó lo que había pasado con el Comisario. No había podido esperar a la cita que tenían más tarde. Había venido derecha desde el colegio. Creyó que la seguían y había echado a correr. Había perdido los nervios. Lo sentía, se había puesto histérica. Emerella la dejaba desahogarse mientras pensaba. Aquello no era nada bueno. Nada bueno. Aun- que, quizá...

Emerella comenzó a sonreír. Cada vez más y más, hasta que la proferella se dio cuenta. Extrañada, terminó por calmarse y guardar silencio. Entonces, Emerella le acarició el rostro y la des- concertó aún más con un comentario inesperado.

 

—Es posible que esto sea lo mejor que nos haya podido pasar.

—¿Cómo?

El estupor de la proferella era grande, pero iba a crecer aún más. Conforme Emerella hablaba y le ponía al día, su amiga bo- queaba; pero no acertaba a decir nada. Para digerir lo que oía, se levantó y comenzó a pasear en silencio por la habitación. Pensa- ba. Al fin, habló de nuevo, una vez ordenados sus pensamientos.

—A ver si te he entendido, Emerella. Ahora que estoy un poco más tranquila… Me dices que todavía no se sabe nada de Gabriel, que está trabajando en el mismo expediente que tú. Se espera que regrese para verificar lo que tú has recopilado, ¿no?

Emerella asintió.

—Pero crees que el anciano y otr@s Alt@s Participantes ya han sacado sus propias conclusiones y no necesitan esperar a Gabriel. Dices que te han apartado de la investigación. Que se está viendo a mucha gente importante por allí. Que no te gusta la pinta que tiene esto...

—Sí, sé lo que vas a decirme: que saco unas conclusiones descabelladas, no tengo en qué basarme... Si tu querido novie- te estuviera aquí pensaría igual que yo, estoy segura. Estamos acostumbrad@s a discurrir con malicia, es parte de nuestro tra- bajo. Tú educas niñ@s. Ell@s son inocentes, no han tenido tiem- po de torcerse.

La proferella seguía pensativa, pero escuchaba con interés a su amiga.

—Mira, yo no sé si el armatoste que he visitado puede via- jar por el espacio o no; pero sí he visto que están trabajando duro para que lo consiga. Y diría que avanzan a buen ritmo. No sé quién. No me ha parecido ver a ningún neorreligionario por allí. Tampoco había rusop@s, apenas. Allí trabajaban l@s corpamerican@s, con todos esos robots. Y no sé si hay alguien pensando en serio en marcharse. Eso sí, está claro que l@s de arriba quieren apuntarse. Por si acaso.

—Pero de ahí a que estén elaborando un listado...

—Sé que son especulaciones, sin embargo no me equivoco: el anciano y l@s suy@s se están organizando. Hay demasiados ner- vios, no sé si no va a pasar algo grave. O ha pasado ya… Sabes

 

que no vivimos en un planeta sino en un polvorín. L@s barandas quieren estar en primera fila, por si hay que correr. Y nosotras deberíamos hacer lo mismo. No podemos esperar a ver si nos tienen en cuenta o no. Lo mejor sería echar a correr primero, para tener ventaja. Y deberías pensar en tus niñ@s. L@s jefaz@s se ocuparán de sus hij@s y sus niet@s, no de tus alumn@s. De- bemos estar atentas y prevenidas. Adelantarnos, incluso... Podría- mos utilizar al guarro ese que te atacó.

El recuerdo del Comisario hizo que la sangre desapareciera del rostro de la proferella. Su amiga se levantó y la abrazó suavemen- te. Acarició su cabello y le besó con ternura en la mejilla. En la frente. En los labios. La proferella se dejó hacer.


***

Emerella oía la suave respiración de su compañera, que dor- mía desnuda a su lado. Notaba que el cansancio la vencía y que- ría mantenerse despierta, reflexionar sobre los pasos que daría a continuación. No sabía qué plazo tendría el Comisario para en- tregar su fichero de intercambiables. Debía enterarse de cuánto tiempo tenían. Y Gabriel... ¿Cómo iría todo entre los tres cuando regresara? No tendría más remedio que esperar a que volviera. Su proferella no se decidiría a hacer nada sin su consejo. Y el anciano sentía predilección por él. Quizá Gabriel pudiera son- sacarle, aunque ahora parecía estar en horas bajas en su relación con las altas esferas. Se rumoreaba que la politarjeta revelaba movimientos extraños en los Parques, gastos desorbitados. No había querido comentarle nada a su profe. Los rumores eran sólo eso y despreciaba a las personas que los propagaban. Él sería un competidor, pero también era un profesional serio. Si se estaba gastando una fortuna en putas y vicios caros sus razones tendría. Los sentimientos se entremezclaban con lo que le decía la ra- zón. Las relaciones personales, con su trabajo… ¿Cómo actuar a partir de ahora? El Comisario, Gabriel... Su mente trabajaba veloz, pero no de manera eficiente. Combinaba las imágenes de su hermosa proferella con los gráficos robados a Brad. Entre tanto, el anciano tachaba filas enteras en interminables listados de uruguayos. Rompía politarjetas, tiraba resmas completas de

 

papel antiguo llenas de nombres... Gabriel y el corpamericano la perseguían. Emerella, mientras tanto, corría de la mano de su proferella, desnudas e indefensas las dos.

Sobresaltada, Emerella se incorporó del agitado duermevela. Casi despuntaba el alba. La noche no le había servido para des- cansar, aunque había tomado una decisión: su proferella sería eso exactamente, suya y de nadie más. En función de este objetivo final y más importante, organizaría todas sus actuaciones a partir de ahora. Se levantó con cuidado, para no despertar a su com- pañera y se dirigió hacia la habitación vacía. Practicaría la forma básica. La actividad física por las mañanas le ayudaba a ordenar su cabeza: era en ese momento cuando se le ocurrían las mejores ideas. Sabía lo que quería y preguntó a su mente cómo conseguir- lo. Ella, en sus escritos, ya había intuido la importancia de ha- cerse preguntas. Era un buen sistema para que el subconsciente supiera que se buscaban respuestas, así estaría en condiciones de proporcionarlas.

Comenzó despacio, para dejar que el cuerpo escogiera su pro- pio ritmo, y dejó de pensar. Ejecutó la secuencia de movimientos uno tras otro, su cuerpo avanzaba y retrocedía; su pensamiento vagaba... Notó que entraba en calor y continuó con otras formas más avanzadas del wing tsun. Le gustaba el combate. Se le daba bien. Y las viejas técnicas de boxeo chino eran sus preferidas. Hacía falta valor para luchar cuerpo a cuerpo y ella lo tenía. En las distancias cortas era peligrosa. En automático, pasó a trabajar con el muñeco. Comenzó a sudar. Transpiraba y golpeaba, gira- ba, se movía. Poco a poco, se fue abriendo paso en su mente una sensación. Un olor. Café. Del de pega, claro; no había otro en su casa. No se había dado cuenta de que estaba golpeando con dureza. El ruido había acabado por despertar a su amiga. Eme- rella se relajó, encaminándose hacia la cocina. Tenía un esbozo de plan en mente. Las gafas eran la clave. Aquellos polividrios oscuros. Eran peligrosas, pero lo mismo daba quién las llevara...


***

Las gafas vibraron sobre la mesa y el Comisario las miró dis- traído. Una imagen se proyectó sobre el techo, desde una de las

 

patillas. Lo que vio le hizo enarcar las cejas. Y abrir la boca. Un primer plano de la proferella le miraba directamente. El encuadre se abrió oscilando un poco (la putilla debía estar sujetando una de aquellas anticuadas politarjetas frente a sí). La imagen vibró y apareció también la pelirroja. El cuadro se estabilizó, debían haber sujetado el dispositivo en algún sitio y lo usaban a modo de cámara. ¿Cómo habían conseguido conectar con su receptor? Bueno, eso era lo de menos. Cogió las gafas y se las puso. Aquello merecía la pena. Lo disfrutaría en 3D.

Las chicas estaban sentadas sobre una cama. Notó algo fami- liar en la habitación. ¡Claro, era idéntica a la suya! Aquellas dos estaban en el mismo hotel que él. Malditas perras. Comenzó a tocarse...

No podía apartar la vista. La pelirroja llevaba un vestido que parecía hecho de aire. Aquella especie de gasa lila apenas lograba disimular el pequeño busto, que apuntaba directamente hacia el cielo.

—Pero cómo demonios pueden existir unos pezones así...

Un hilillo de saliva espesa se escurrió desde la comisura de la boca del corpamericano, que permaneció abierta. Había hablado en voz alta, pero ni siquiera se escuchaba a sí mismo. Simplemen- te, miraba.

Si su cerebro le preguntaba a qué venía semejante espectáculo, él apenas se daba cuenta. Era incapaz de pensar. La proferella, impresionante, aparecía cubierta apenas por un salto de cama de seda roja con transparencias tornasoladas, que se volvían opacas en el momento más inoportuno. Traviesa, la muchacha alargó el brazo desnudo y con un movimiento delicado, soltó el broche que sujetaba la gasa sobre el cuerpo de su amiga. La prenda se deslizó suavemente, muy despacio, sobre la piel de la pelirroja, dejando al descubierto unos pechos blanquísimos coronados por unas areolas de color rosa pálido que hicieron bizquear al entre- gado mirón. El vestido cayó a cámara lenta, mientras él notaba cómo se erizaba el vello invisible de la piel de Emerella, aunque el corpamericano no estaba seguro de si realmente ocurría así o su desatada imaginación añadía detalles a la escena. La profesori- ta se giró y sonrió provocadora, dejando entrever unos dientes

 

blanquísimos, rodeados por unos labios de color carmesí inten- so. Unos labios tan rojos que, pensó el Comisario, deberían estar prohibidos.

Su preferida alargó el brazo y de nuevo el encuadre cambió. La imagen se cerró y Gabriel pudo ver de cerca la diminuta prenda interior de color púrpura suave que ceñía la cintura de la pelirro- ja. La proferella quería ofrecerle un primer plano de su amiguita... Reconoció una de las delicadas manos de la profe siguiendo con las uñas el perfil casi invisible de aquella tela ceñidísima. A la altura de la cadera, uno de los traviesos dedos se introdujo por debajo del tejido y lo rasgó suavemente. El corpamericano vio entonces algo que terminó por hacerle perder el poco control que le quedaba. Un chisporroteo surgió súbitamente de la rasgadura y se fue extendiendo poco a poco hacia ambos lados, de forma que donde antes había tela, no quedaba más que piel, recubierta por una especie de brillantina que se desvanecía con lentitud. Al llegar a la zona del vientre, el chisporroteo se convirtió en una llamarada que se desvaneció en un parpadeo. En su lugar, apare- ció el vello púbico más rojo que el Comisario había visto jamás, recubierto por pequeñas partículas de luz que lo hacían brillar en diversos tonos. Por un momento, al corpamericano le vino a la mente la imagen de un campo de trigo maduro en llamas, en un atardecer rojo sangre. La entrepierna le estalló en unas sacudidas

que le dejaron exhausto y pringoso.

Recordó su juventud. Le gustaba jugar con fuego… Hasta que su Corporación de Referencia se hizo cargo de él y le convirtió en un produconsumidor de provecho.

La imagen se movió de nuevo y reclamó la atención del cor- pamericano, que respiraba con esfuerzo. Apareció un número en la puerta. Un número de habitación. El Comisario, sin qui- tarse las gafas, se dirigió hacia el escritorio y abrió un cajón. De un bote, extrajo un comprimido azul y otro rojo y se los tragó. Aquellas dos guarrillas iban a saber lo que era bueno. Esa combi- nación de pastillas le aseguraba toda una noche de virilidad... Sin cambiarse de ropa, con una mancha que se extendía por toda la ingle, el corpamericano salió de su habitación y se dirigió a donde le estaban esperando.

 

6. VISITANTES DEL ESPACIO (NUNCA MÁS)


—Bueno chic@s. He leído los trabajos y las puntuaciones que les habéis dado. Enhorabuena a tod@s por vuestro esfuerzo, tanto en la redacción como en la valoración. Se nota que os lo habéis tomado en serio. En algún caso he hecho pequeños cambios en vuestras correcciones, ya os explicaré por qué a cada un@; pero en líneas generales creo que vuestro trabajo ha sido correcto. Muy bien, estoy impresionada. Cualquier día, alguien de por aquí va a quitarme el puesto...

Caras sonrientes y orgullosas rieron la broma de la proferella, aunque las miradas le decían que estaban deseando oír la redac- ción, saber quién había ganado y cuál era el premio sorpresa. Después de una ligera pausa para añadir un poco de suspense, comenzó la lectura.

—Vale, ya empiezo. A ver si adivináis quién la ha escrito la obra

ganadora. Eso sí, ha hecho trampa...

Sin darles opción a preguntar qué era eso de la trampa, la pro- ferella comenzó a leer. Durante el primer momento, observó de- cepción en algunos rostros (no habían ganado); pero enseguida desaparecieron las caras largas y toda la clase se sintió cautivada por el relato. Había dos rostros especialmente luminosos, claro.


Los visitantes del espacio

Una diminuta mancha tuvo alborotada toda la noche a los astrónomos de los observatorios. Al día siguiente, sabios de todo el mundo hacían cálculos una y otra vez. No había duda: aquel objeto se dirigía directamente hacia la tierra. Y a toda velocidad. Al principio, se tomó por un asteroide como otro cualquiera; sin embargo, conforme llegaba se vio que no era así. Oscilaba. Los más potentes telescopios se dirigieron hacia él y vieron algo sorprendente. Eran dos, los objetos. Debían estar unidos. Uno, giraba alrededor del otro, como un columpio o un péndulo que describiera círculos completos. Y ese nombre se le dio: el Péndulo.

¿Qué podía hacerse con él? Sólo esperar. Ningún país de la tierra era capaz de desviar o destruir un meteorito, si es que era tal cosa. El pánico se desató, fue imposible mantener semejante noticia en secreto. Sin embargo,

 

el caos no duró demasiado. El objeto llegó rapidísimo... y se paró. Antes de llegar a colisionar con la tierra, el objeto se dividió en dos partes. La que hacía de contrapeso, salió disparada hacia el espacio. El nuevo cráter que dejó cuando cayó en la luna, se llamó desde entonces Esperanza. El otro objeto, un enorme globo de oro, permaneció orbitando plácidamente alrede- dor del planeta. El inmenso cable que había mantenido sujetos Péndulo y contrapeso, se recogió sobre sí mismo, como una espiral mágica.

La humanidad estaba aterrada, aunque a salvo. Ningún meteorito había destruido la tierra. Sin embargo... ¿Qué era aquello? ¿Una invasión, el fin del mundo? Alguien tenía que subir allí arriba para comprobarlo. ¿Qué hacían las autoridades? Entonces, algo descendió en medio de una llamarada de fuego. Una pequeña cápsula. Dos cuerpos dentro. Vivos, pero enfermos. Uno, gris, de aspecto alienígena. Otro, de porte angelical. Como un ser hu- mano excepcionalmente bello. Altísimo. Increíblemente bien formado. E inconcebiblemente viejo. Demasiado anciano para ser humano. Y no tenía sexo... ¿Sería un ángel?

Apenas tuvieron tiempo para contar su historia. La enfermedad acabó con uno. El pánico, con el otro. Sus antepasados habían colonizado la tierra hacía centenares de miles de años. Crearon a los seres humanos a su imagen y semejanza, partiendo de los homínidos que poblaban la tierra en aquel entonces. Les ayudaron, confiándoles el planeta. Algún día regresarían para pedirles cuentas. Pero no regresaron. No pudieron. Fueron víctimas de sí mismos. Unos pocos intentaron volver a empezar. Desesperados, decidieron regresar a alguno de los mundos a los que habían ayudado a progresar, como la tierra. Les acogerían. Ninguno lo hizo. No pudieron o no quisieron. O simplemente habían desaparecido. La tierra era su última esperanza, pero casi todos los alienígenas ancestrales se habían quedado por el camino. “Ya no podemos bailar”, decían.

La tierra tampoco quiso saber de ellos. No querían escucharlos. No po- dían. ¿Qué iba a ser de todas las creencias de la humanidad, de todo lo que creían saber sobre sí mismos? El extranjero superviviente fue suprimido. Sin embargo, el mal ya estaba hecho. La fe se tambaleaba, las estructuras reli- giosas caían. Las disputas sobre el botín estallaban: el Péndulo era grande, estaría lleno de tesoros que convertirían en dioses a quienes los poseyeran.

Entonces, de la nada, surgió él. El Neoprofeta. Neoavispado, dio en el clavo con un nuevo mensaje de esperanza. Neoaudaz, se proclamó el Elegi- do. Neodesvergonzado, simplificó y mezcló las creencias mayoritarias en su

 

Neobiblia. Neocarismático, hizo que muchos desorientados creyeran en él. Neointeligente, ofreció parte del pastel a los antiguos líderes religiosos.

Se llamaron a sí mismos, neorreligionarios. Quizá los extraterrestres hu- bieran hecho a los humanos a su imagen y semejanza, pero no podían haberse creado a sí mismos, así que Dios existía. Y tenía un nuevo profeta.


La clase quedó en silencio. Muchos ojos miraban a la proferella. El resto intercambiaban miradas entre sí, aunque casi todas se di- rigían hacia Pablel. Éste, muy serio, alternaba parpadeos entre un área indeterminada del techo y los ojos brillantes y risueños de su compañera Esperella. Enseguida, alguno de los chicos empezó con una cantinela que se extendió por todas las mesas.

—¡Pa-blel! ¡Pa-blel! ¡Pa-blel! ¡Pa-blel!

La proferella consiguió retener la atención de los niños con un gesto ambiguo que venía a decir sí, pero no. La clase estaba intrigada y guardó silencio.

—Pues han sido Pablel y Esperella, los dos juntos. Por eso os decía que el ganador había hecho trampa. Entre los dos han recogido la información y han estudiado el tema. Luego, han re- sumido el contenido que querían incluir en el relato y se han dividido las tareas: Pablel se ha dedicado a escribir y Esperella a corregir, para asegurarse de que la imaginación no se le dispara- ba demasiado a su compañero y se centraba en lo que tenía que recoger el texto.

Los alumnos guardaban silencio desconcertados. Entonces,

¿iba a haber sorpresa o no?

—Como recordaréis, pedí un trabajo individual. Así que no tengo más remedio que declarar el premio desierto. No obs- tante...

El desánimo cundía entre los pequeños, que cruzaban los brazos y se quejaban de la injusticia, interrumpiendo a la proferella, que hizo un gesto conciliador, pidiendo silencio para poder acabar.

—No obstante, como todos habéis trabajado duro y el nivel de las redacciones y del trabajo de corrección ha sido muy bueno, he decidido mantener la sorpresa.

La proferella disfrutó de aquel momento de máxima expecta- ción, con todas las miradas infantiles clavadas en ella.

 

—Hace buen día, así que vamos a tener una clase especial. Sal- dremos al jardín y nos visitará una invitada espacial, una partici- pante de alto rango, que acaba de regresar de una aventura muy, muy espacial y va a compartir sus vivencias con vosotros.

Al instante, la niña más repipi de la clase corrigió a la proferella.

—Señorita proferella, ha dicho espacial en vez de especial. Ella sonrió.

—Claro, he dicho “espacial”, porque la señorita que nos está esperando acaba de venir del espacio y va a describiros todas las maravillas que ha visto... ¡en el Péndulo!

Aplausos, voces excitadas, saltos y pequeñas carreras siguieron a la proferella por los pasillos hasta que toda la clase llegó don- de Emerella esperaba, paseando bajo los árboles del patio. Los chicos se sentaron a su alrededor y escucharon la narración de sus aventuras, acribillándola a preguntas durante el resto de la mañana.

La proferella recordó siempre aquella jornada como una de las más duras y difíciles de su vida. ¿Quién era ella para elegir a quién llevarse y a quién no?

Entristecida, se colocó las gafas oscuras y comenzó a tomar imágenes de los niños. Cuando terminó con sus alumnos, les dejó al cuidado de Emerella y volvió dentro del colegio. Siguió grabando en el patio, en los pasillos, en las clases... Al completar- se el cupo, las gafas le mostraron un gráfico virtual: 300 indivi- duos preseleccionados, con los datos personales correspondien- tes. ¿Confirmar? La proferella se apoyó sobre la pared. Moviendo los ojos, tal y como les había enseñado el Comisario, siguió el procedimiento para preparar la citación urgente. Esa misma no- che se produciría un drama en centenares de hogares. Los nuevos fichajes para el intercambio partirían al día siguiente, sin demora, hacia Gran Ecuador, escala necesaria para llegar a su destino final en Corpamérica.

De ella y Emerella iba a depender que alcanzaran el Péndu- lo. No sabía si serían capaces, aunque tampoco hubiera creído nunca que llegarían a hacer lo que hicieron con aquel depravado corpamericano. Quizá tampoco mereció semejante final, pero Emerella no había tenido más remedio... Tenían que asegurar-

 

se de aprender correctamente cómo funcionaban las gafas. La proferella necesitaba convencerse a sí misma de que esa horrible agonía había sido necesaria. Y esa forma de deshacerse del cuer- po, con aquella erección que parecía haberse convertido en per- manente... Con un gesto de repugnancia, se quitó las gafas. Antes de guardarlas en su bolso, las desconectó pasando un cercenado pulgar tres veces por la patilla izquierda. El legítimo dueño del dedo ya no lo iba a necesitar nunca más.


7. INTERCAMBIADOS

(UNA VOZ FAMILIAR QUE LA LLAMABA)


En la estación, los padres despedían a sus hijos en medio de gri- tos y llantos desgarradores. La proferella escuchaba con el cora- zón encogido. Con la ayuda de algunos compañeros de la escuela, se encargaría de llevar a los niños hasta Gran Ecuador.

Los transportes de intercambio eran prioritarios y gratuitos, así que el anciano se las ingenió para aprovechar la situación. Unos treinta Altos Participantes y sus familias, cerca de 200 personas en total, viajarían junto a los pequeños con el pretexto de “sali- da de aprendizaje”, como recompensa por su alta contribución participativa. Emerella iba con ellos. De hecho, abundaban las mujeres jóvenes y atractivas entre los “familiares” de aquellos privilegiados, que resultaron ser todos varones bien entrados en años.

La proferella sabía que, tanto su grupo como el de los partici- pantes, viajaban con un pretexto falso: el objetivo de ambos era el Péndulo. Estaba segura de que el anciano tendría bien estudia- dos los pasos siguientes. Ella se preguntaba desesperadamente qué hacer al llegar a Gran Ecuador. ¿Cómo se las iban a arreglar para salvar a los niños? Los Comisarios de Intercambio les esta- rían esperando. ¿Qué harían para librarse de ellos? Y luego estaba el embarque... ¿Serían capaces de subir al Péndulo? Y una vez arriba, ¿qué? ¿Se encerrarían para siempre allí dentro y tirarían la llave? Cada vez la proferella echaba más de menos a Gabriel. Se- guro que él sabría qué hacer. Tenía a Emerella, sí; pero Gabriel... Nada sabía de él desde que se fue. ¿Cómo partir sin su amor?

 

Los niños la vieron llorar por primera vez y terminaron por con- tagiarse del depresivo ambiente. Por suerte, pronto volvieron a animarse ante las novedades del camino y mantuvieron ocupada a la proferella, contestando a sus preguntas. ¿Por qué la selva se había convertido en un enorme huerto? ¿Para qué servían todas aquellas vacas?

Al final, la monotonía del paisaje fue apagando la curiosidad y el resto del recorrido fue triste y aburrido. Poco había que ver y explicar, en definitiva: forraje para alimentar vacas, vacas para alimentar hombres y plantas medicinales para desintoxicarles. Ya no había nada más entre Patagonia y Corpamérica del Norte, sal- vo el pequeño enclave uruguayo... cuyo producto eran los seres humanos: los latinolibres.

El pasaje se animó conforme se acercaron a Gran Ecuador. El entorno se transformaba progresivamente. Comenzaban a verse los anclajes exteriores de la urdimbre, que cada vez se hacían más y más frecuentes, hasta comenzar a formar aquel sobrecogedor armazón que terminaba por ocultar el sol.

La llegada a la estación fue caótica. El desorden campaba a sus anchas en aquel lugar. Varios transportes no programados habían llegado casi al mismo tiempo y el Control de Tránsito no daba abasto. Quizá eso les ayudara a librarse de los Comisarios, aun- que deberían estar atentos para no separarse. La proferella elevó la voz y reclamó la atención tanto de sus alumnos como de los niños que supervisaban otros colegas.

—¡A ver! ¡A ver! ¡Dejad de mirar por las ventanillas! Vamos a usar un truco para mantenernos juntos y llegar antes que los viejales a la estación, ¿vale?

Risas y aplausos recibieron la proposición. No habían oído nunca semejante irreverencia a la proferella, pero todos habían llamado alguna vez “viejales” o cosas peores a los Altos Partici- pantes.

—¿Os acordáis de las clases de historia antigua? ¿De las bata-

llas que ganaba la infantería cerrando filas?

—¡Sí!

—¡Muy bien! Cada clase es una falange. Os agrupáis por or-

den. En filas, igual que en clase. Y os apretáis todo lo que podáis.

 

Vamos marcando el paso y que nadie rompa las filas. ¡Uno, dos!

¡Uno, dos! ¡Uno, dos!

El grupo de los ancianos y sus acompañantes saltaba al andén apresurada y desordenadamente. La seriedad y orden con la que los niños fueron saliendo les hizo gracia y les dejaron pasar, aun- que con gruñidos y malas caras de más de uno.

El compacto grupo infantil, cerrado por la proferella, se acercó al área de Control de Tránsito. Si en el andén reinaba la anarquía, aquello era el caos absoluto. Familias enteras acampaban allá den- tro, con todo tipo de bultos a su alrededor. Niños despeinados que correteaban por todos los lados se detuvieron, asombrados por la entrada de los subamericanos. Enseguida comenzaron a imitarles. La sala retumbaba al ritmo de los pasos infantiles. En medio del ruido, la proferella logró a duras penas escuchar una voz familiar que la llamaba.

 



VII. PÉNDULO INTERCONTINENTAL

 

0. SÉPTIMO SUEÑO DE LA GITANA

(SÓLO HABÍA CACHORROS)


¿Burbujas? Pompas de jabón… No había forma de saber qué eran. Redondas, brillantes. También con forma de anillo. Se mezclaban entre sí. Con colores. Con olores. Ruidos y música. Bailaban y vibraban. Como las monedas antiguas al caer en una hucha. Una, dos, tres… Miles. Millones. La vieja gitana no había aprendido a contar tantas. Serían estrellas. ¿De colores? Como en una sopa de verduras. Moviéndose y agitándose. Ángeles vestidos con ropas brillantes las ponían en orden, pero ellas eran caprichosas y cambiaban de lugar. Los seres voladores las orde- naban de nuevo. Y vuelta a empezar.

Se reunieron y decidieron domesticarlas. Fabricaron una caja. La gitana les preguntó a ver para qué era esa caja. Ellos le expli- caron que servía para contar estrellas y para ponerlas en su sitio cuando se movían. Entra en la caja, le dijeron. Ella no se atrevió. Es un buen sitio, insistieron. Está viva, como tú. Le gusta la mú- sica y el baile, como a los tuyos. Te llevará a donde quieras ir.

La anciana dudó, pero les hizo caso. Eran ángeles. Si no puede una fiarse de los ángeles de quién va a fiarse. Dentro se estaba bien. Se acordó de su abuela. De su madre. De sus hijos. De sus nietos. Del agüelo. Estaba quieta y se movía. Todo iba a donde debía ir. Los animales feroces se habían devorado entre sí y allí dentro sólo había cachorros.


1. REENCUENTROS (MENOS AL HUMANO)


La proferella miró hacia atrás. Saltando por encima de un robot inmóvil tirado en el suelo, Gabriel corría hacia ella con los bra- zos abiertos. Ella se olvidó de los niños y de todo lo que había a su alrededor y se lanzó hacia él. Ambos chocaron y cayeron abrazados sobre un hombre calvo uniformado que protestó y se levantó dando voces. A ninguno de los dos les importó lo más mínimo. Ni se dieron cuenta de que habían arrollado a Santiago, quien ni con su abigarrado cinturón nuevo lograba meter en ve- reda sus derrotados pantalones.

 

Emerella les miraba desde atrás. El grupo de los ancianos co- menzaba a acercarse también al Control. No había tiempo que perder. Tenía que encontrar a Brad inmediatamente. Había que llevar hasta el Péndulo a los niños antes de que se les adelantaran los Participantes. Ya se ocuparía más tarde de Gabriel. Emerella corrió hacia la pareja y se agachó junto a ellos.

—Conozco a alguien que puede ayudarnos. Voy a intentar ha- blar con él. Manteneos juntos. No he visto a ningún Comisario, quizá no hayan llegado todavía; pero estad alerta. El anciano va a querer hablar contigo, Gabriel. Los Altos Participantes vienen dispuestos a subir solos. Bueno, con sus amiguitas. Vamos tod@s al mismo sitio, me parece. Nuestra proferella y yo misma nos hemos ocupado de traer a l@s niñ@s, ell@s sí merecen subir. Ayúdal@s.

Emerella salió disparada hacia el control sin mirar atrás. Santia- go, que había dejado de quejarse, mantuvo los ojos clavados en las atléticas y tiesas nalgas que subían y bajaban mientras la seguía de cerca. Había que ayudar a aquella gacela. La gacela se detuvo de golpe y lanzó una mirada de advertencia que hizo recular al españés, pasando de león a cordero en medio suspiro. Gabriel, entre tanto, dio un apresurado beso a su proferella, dejándola después en manos de la corpamericana.

—Hablad entre vosotras. Yo he traído este grupo que hay des- perdigado por aquí. Organizaos entre las dos para que podamos subir todos juntos. Voy a hablar con el anciano, quizá puedan venir ellos también; pero solos no van a subir, desde luego.

Las dejó y avanzó hacia el anciano. Le veía a lo lejos. Se volvió y gritó a las chicas.

—¡Estad preparadas! Puede que venga más gente. ¡Y que no sean tan civilizad@s como l@s que estamos aquí!

Gabriel no podía quitarse de la cabeza al imprevisible rusopo rabioso. No había sabido nada de él desde que lo dejara acochi- nado por los gitanos. Seguro que era muy capaz de arreglárselas para viajar hasta allí. Y llegaría acompañado de un buen séquito de bárbaros, sin duda...

¿Y los neorreligionarios? No creía que les fuera fácil acceder a un transporte, pero era posible que guardaran alguna reliquia

 

aérea capaz de cruzar el océano. Algún antiguo avión... Aunque,

¿dónde iban a aterrizar?

Mientras Gabriel se abría paso con lentitud, la corpamericana actuaba con rapidez. El Control de Tránsito, siguiendo instruc- ciones suyas, se ocuparía de retener a los dirigentes uruguayos y dar preferencia de paso a los niños. Una vez más, su elevada po- sición ayudaba, también con noticias de primera mano: los Co- misarios no habían llegado ni se les esperaba. Algo grave pasaba en el norte y el transporte de línea en el que iban a viajar había sido retrasado indefinidamente y sustituido por otro especial, que estaba en camino. El personal del control no supo decirle quién viajaba en él, pero la chica supuso que pronto iba a ver caras conocidas.

Gabriel confiaba en que la corpamericana se ocupara de que los pequeños superaran pronto el control, junto con los gitanos. Del anciano iba a depender si pasaban los Participantes o no. Por fin llegó a su altura y se las arregló para que un controlador de tránsito les permitiera hablar en una sala auxiliar.


***

—No le tenía a usted por un casamentero. Yo también podría buscarle a alguien. Una señora del este a la que todavía le gustan los uruguapos... Igual le suena.

A pesar de la tensión, o precisamente por eso, Gabriel se mos- traba irónico. La sequedad del anciano al responder terminó con la cordialidad del encuentro y Gabriel pudo reconocer una faceta de los Altos Participantes de la que le habían hablado, pero to- davía no había recibido en primera persona: el rechazo clasista.

—Se ha terminado el tiempo de bromear, señor profesional. Recuerde el lugar que ocupa, por propia elección.

Gabriel no dijo nada. Se limitó observar al anciano, que suavizó la voz y volvió a tutearle.

—Mira, Gabriel. Yo soy demasiado viejo, pero tú debes pen- sar en el futuro. En el mundo que os aguarda es posible que haya muchos otros asuntos más importantes que el amor. Por lo menos, al principio. Se trata de sobrevivir y de reconstruir. Para eso harán falta personas fuertes. Tú y Emerella lo sois. La

 

proferella no es necesaria, la tecnología educativa ocupa menos espacio y consume muchos menos recursos. L@s viajer@s han sido rigurosamente seleccionad@s...

Gabriel le interrumpió, y ahora fue él el que endureció el tono.

—Seleccionados, sí: entre los Altos Participantes, sobre todo. En masculino, nada de esa gilipollez de la arroba unisex esta vez. Esco- gidos con esmero entre los varones, que curiosamente veo acompa- ñados de una buena provisión de hembras jóvenes y bien formadas... El anciano se enderezó en la silla e indicó a Gabriel la puerta,

dando por concluida la conversación.

—La elección es tuya, Gabriel. Elige bien y pronto. Recuerda que “nadie es imprescindible”, como nos dice Ella.

—Creo que quien no acaba de situarse es usted. Aquí tiene poco que decir, se han cambiado las tornas. Mire a su alrededor. No estamos en su despacho, sino en un andén. Bastante caótico, por cierto. Yo no voy a ponerme a decidir quién se salva y quién no. Sin embargo, como puede ver, tengo amig@s por aquí. Más que usted... En cualquier caso, me temo que al final va a subir al Péndulo quien tenga las piernas más ligeras.

Antes de salir, Gabriel dudó un momento y se volvió al ancia- no, que le miraba pálido y vencido.

—¿Qué es lo que ha pasado exactamente? ¿Lo sabe? El anciano negó con la cabeza

—Qué más da... ¿Un atentado neorreligionario? ¿Robots chi- nasios aburridos de sus mascotas humanas? ¿Un fallo de los sis- temas de control? Creo que nadie sabe la causa exactamente. El hecho es que uno de los depósitos de armas, uno de los grandes, ya no es seguro. Está liberando radioactividad en grandes can- tidades, parece ser. Es posible que también tuviera armamento bioquímico y quién sabe qué más porquerías... Sólo es cuestión de tiempo que toda esa ponzoña se extienda por el planeta entero.

Gabriel se despidió con un gesto y salió hacia el andén, oyendo un socarrón comentario del anciano, a modo de despedida. Ven- cido, pero no humillado…

—Por cierto, Gabriel. Yo también creo que eso de la arroba fue una broma que nos coló Ella. Qué pena no haber tenido tiempo para cambiar tantas y tantas cosas...

 

El uruguayo avanzó por el andén. El anciano no le preocupaba ya. Haría lo posible para que su grupo subiera con los niños y los gitanos, pero tenía claras las prioridades.

El Alto Participante se quedó dentro de la sala. Abrió una bolsa que había a su lado, bajo la mesa. De un pequeño depósito blin- dado extrajo un objeto cuidadosamente envuelto en un grueso paño de raso. Soltó el lazo que lo ceñía y apareció un exquisito huevo de Fabergé que trajo un poco de luz a las viejas pupilas que lo miraban. Lo manipuló con cuidado y el artilugio se abrió. Del interior extrajo una delicada y flexible diadema enjoyada. La depositó con cuidado sobre la mesa y tomó entre sus manos un recorte de papel que había quedado en el interior de la valio- sa joya. Con un leve temblor, aquellas manos maltratadas por el tiempo desenrollaron la hoja sobre el regazo. El anciano con- templó la fotografía rasgada que se desplegaba ante sí, reliquia de momentos mejores; un capricho de amantes. Al cabo de un rato, una solitaria lágrima cayó sobre el rostro de la espléndida rusopa que aparecía en la imagen, colgada del brazo de alguien que debía estar en la mitad de la fotografía que faltaba. La hermosa zarina sujetaba sus largos cabellos con una brillante y finísima diadema.


***

Emerella insistía en el control. Debía hablar con Brad, todo el mundo le conocía por ese nombre en el Péndulo. Era urgente. El personal de atención no era muy colaborador, pero gracias a sus encantos e insistencia consiguió que un controlador cor- pamericano le hiciera caso. Conectó la politarjeta de la uruguaya al sistema y, antes de que intentara establecer comunicación si- quiera, apareció un mensaje automático en un monitor: “contac- tar inmediatamente con Brad (Ingeniería / Péndulo) si aparece esta chica”. No era un aviso muy ortodoxo, aunque sí fue eficaz. El funcionario, sorprendido, trabajó durante unos momentos en una máquina, hasta que logró localizar al corpamericano. Alargó un audiomicrófono a Emerella.

—Sabía que ibas a volver, pequeña ladrona...

—Necesito ayuda, Brad. Tengo aquí a varios cientos de perso- nas que deben subir. Y tenemos prisa.

 

Durante unos instantes, la latinalibre oyó respirar pesadamente a su interlocutor.

—Parece que lo inevitable ha llegado, ¿no? Estaba claro que iba a pasar. Ya no hay remedio, entonces... De acuerdo, Emere- lla. Organizaos en grupos pequeños. Utilizaré todos los trans- portes que pueda de manera simultánea. Sólo personas, nada de equipajes. Conforme lleguéis iréis subiendo. Como sabes, esto es un laberinto: yo me encargaré de todo, no os preocupéis. Lo úni- co que debéis conseguir es llegar hasta la Plataforma por vuestra cuenta, yo no tengo influencia fuera.

Mientras escuchaba a Brad, Emerella se fijó en que llegaba un nuevo transporte desde el norte. Corpamericanos. Si venían dis- puestos a embarcar, tendrían preferencia… Aquello confirmaba sus sospechas: la gente importante tenía prisa por escapar. ¿Qué habría pasado exactamente?

—Brad. No estamos sol@s. Llegan más, desde tu tierra.

Esta vez no se oyó nada al otro lado. El técnico contenía la respiración. Por fin, un resoplido resonó en los auriculares, so- bresaltando a la uruguaya.

—Pues mi gente no querrá compañía. Yo puedo hacer que su- báis, pero tenéis que llegar a la Plataforma por vuestra cuenta y antes que ellos. ¿Podréis hacerlo?

Emerella observó desde lejos. Efectivamente eran corpameri- canos. Y tenían pinta de ser personas importantes. Presidentes corporativos y sus familias. La chica que había visto junto a Ga- briel se acercaba a ellos.

—¿Emerella? ¿Me escuchas?

Ignoró a Brad un momento. Observó algo interesante: la cor- pamericana hablaba con una pareja de cierta edad que acababa de bajar del transporte. ¿Sus padres? Gabriel sabía elegir bien a sus contactos, había que reconocerlo.

—Sí, Brad. Lo he entendido. No te preocupes. Llegaremos. Aprovecharemos el viaje... Estate preparado, llegaremos a la vez que l@s tuy@s. Vamos a compartir transporte. Antes que ellos, lo veo difícil.

De nuevo Brad permaneció en silencio unos segundos. De- bía estar preguntándose cómo se las arreglaría una subamericana

 

para viajar con corpamericanos, incluso sabiendo que era una mujer con recursos.

—Perfecto. Una vez aquí es cosa mía, puedo arreglármelas.

¿Cuántos son más o menos los corpamericanos? ¿Y vosotros?

—De l@s tuy@s habrá un@s cien. No son much@s, se di- ría que no les gusta demasiado compartir... Nosotr@s, unos trescient@s. Casi tod@s niñ@s. Y hay más gente aquí, familias enteras. También otro grupo latino... Quizá unas seiscientas u ochocientas personas contando tod@s, no lo sé muy bien.

Emerella se preguntó qué hacían todas aquellas desaliñadas familias en el andén. ¿Venían de una rifa de trajes grandes? Su- puso que Gabriel las había traído. En realidad le daba igual. Le bastaba con su proferella. Y si ella quería llevarse a los niños, se llevarían a los niños también. Los demás, no le preocupaban demasiado.

—Bien, Emerella. Creo que sé cómo lo haremos. Utilizaremos los cubículos grandes para mis compatriotas. Me ocuparé de que vayan sin prisas. Tus compañeros subirán en grupos reducidos ocupando módulos de servicio, lo más directo posible. Ya viste que venir rápido es más duro, sin embargo debéis llegar prime- ro. Es la única forma de que os pueda colar. Voy a organizarlo. Mantén abierta la politarjeta para que estemos en comunicación.

Emerella devolvió el audiomicrófono, recogió la politarjeta y regresó junto a su proferella.

—Hay que conseguir llegar hasta la Plataforma. Allí nos divi- diremos en grupos pequeños para ir subiendo. Organiza a l@s niñ@s. Viajaremos con l@s corpamerican@s que acaban de lle- gar. La chica rubia que estaba con Gabriel tendrá que arreglarlo. La proferella comenzó a trabajar, transmitiendo las instruccio- nes. Continuarían con el juego. Grupos de diez, organizados al- rededor de un decurión. Diez grupos, harían una centuria. Tres en total. Emerella la dejó hacer. Buscó con la mirada a la chica corpamericana. Se acercaba con semblante enfurruñado. Mien- tras, los que (suponía) eran sus padres la miraban alejarse entris- tecidos. Gabriel se acercaba desde la zona que ocupaba el grupo de los ancianos. Llamó a la chica rubia y ambos se dirigieron

hacia Emerella.

 

El uruguayo señalaba a los corpamericanos que acababan de llegar, sus labios decían a Emerella que intentaba convencer de algo a la joven. Llegaron a la altura de la uruguaya, que pudo es- cuchar lo que Gabriel pedía.

—Que pongan un par de vagones más, aprovecharemos trans- porte. Si no vamos con ell@s quizá no tengamos otra oportuni- dad de salir.

La corpamericana dudaba. Emerella intervino: Gabriel y ella habían tenido la misma idea.

—Dile a tu familia que irás con ellos con la condición de que os acompañe esta gente. ¿Aquellos dos son tus pamadres, no? O inventa otra excusa. Que armaremos un motín y no saldrá nadie, tampoco ell@s. Somos capaces. Ya has visto lo bien or- ganizados que están l@s niñ@s, imagínate l@s adult@s. Y l@s desharrapad@s que han venido con Gabriel parecen dispuest@s a todo, diría yo.

La corpamericana miró a Emerella entre extrañada y furiosa.

¿Quién era ésa subamericana para hablar de su familia? La uru- guaya siguió hablando, indiferente a la cara de vinagre. No acep- taría una negativa.

—Diles que te librarás de nosotr@s en la Plataforma. L@s niñ@s van a un intercambio y como despedida se les ha prome- tido ver el Péndulo. Y que toda esta gente va a trabajar, se queda- rán abajo. ¿Son artistas, no Gabriel?

—Sí. Es la mejor forma. La única. No podemos dejar pasar esta oportunidad. L@s corpamerican@s van a salir, seguro. Si no vamos con ell@s, ¿qué haremos? Puedes conseguirlo, tienes posición. Utilízala para salvar a toda la gente que esté en tu mano.

El argumento de Gabriel terminó de decidir a la corpameri- cana, que volvió con su familia. Llegar al Péndulo parecía cosa hecha. Quedaban pendientes los chinasios... El pasillo seguro ha- bía funcionado: pasaron a tierra firme sin ninguna pega. Ahora que lo pensaba, ni siquiera habían vuelto a ver un robot desde que abandonaron los Parques. ¿Quizá habían dejado de vigilar las costas ante la inminencia del fin? ¿Estaban los humanos abando- nados definitivamente a su suerte? Por lo menos no les incordia-

 

rían reclamando al chinasio que les acompañaba… Éste pareció adivinar por dónde rondaba la mente del uruguayo.

—Yo también quiero ir. Y me llevo mi robot.

Gabriel le miró y asintió. Les necesitarían allí arriba, por lo me- nos al humano.


2. FUEGO EN LA TELARAÑA (SE CAE)


El trayectorraíl partió con tres vagones. En el primero, los cor- pamericanos, con todo el lujo que requería su alto rango. Detrás, dos vagones de servicio añadidos, en los que se apretaban los “po- lizones”. En el primero, los niños. En el segundo, los gitanos y el otro grupo latinolibre. Gabriel había ofrecido a los Altos Partici- pantes viajar con los niños, pero ellos no quisieron separarse de sus jóvenes acompañantes. El anciano se había quedado en el an- dén. Le habían encontrado muerto, con una diadema retorcida en- tre las manos y trocitos de papel antiguo esparcidos sobre la mesa. Emerella expuso el plan de Brad a su proferella, quien insistió en compartirlo con Gabriel: llegarían al Péndulo todos o ningu- no. Si Gabriel había traído a aquellos estrafalarios españeses, ellos también subirían. Emerella consintió, pero no se mostró muy comunicativa después de la discusión. También los ancianos y

sus acompañantes fueron organizados en grupos.

Al partir, Santiago creyó ver algo curioso a través de las venta- nillas. ¿Un nuevo transporte llegaba del otro lado del océano? Si aquello fuera posible, hubiera dicho que dentro viajaba apiñada una manada entera de búfalos, dada la cantidad de pieles y cuer- nos que se veían a través de las ventanillas del funicular. Sin em- bargo, no prestó demasiada atención, le interesaba mucho más lo que se veía dentro de su trayectorraíl. Decididamente aquellos viejos latinoverdes tenían buen gusto. Al españés le faltaban ojos para mirar y manos para pellizcar en aquel apretado vagón. No se iba a estar mal en el famoso Péndulo después de todo...


***

El pesado aeroplano atronaba el cielo. El primero de muchos,

que lo seguían renqueantes. Todos trastos viejos, muy viejos;

 

aunque volaban. Gruesas gotas de aceite goteaban por todas par- tes, pero los pájaros eran sólidos. Y lo suficientemente antiguos y rudimentarios como para que ninguna diablura tecnológica mo- derna fuera capaz de detenerlos. Dejar África había sido fácil. Ningún robot había intentado detenerlos. También había sido sencillo acabar con su padre. Y con toda aquella maldita casta sacerdotal. Convocar un cónclave y matarlos uno a uno había sido una misma cosa. Demasiado rápido. Apenas había tenido tiempo de disfrutar.

El pequeño profeta rememoraba su fulminante triunfo. Los reyezuelos desparramados por el suelo, en trozos sanguinolen- tos y palpitantes. Su padre de rodillas, suplicando por su vida. Demasiado breve. El Neoprofeta, el Todopoderoso, derrotado y humillado. Y él, vencedor. Proclamado el Único inmediatamente después de la masacre. El Neodios. No un mero profeta, sino una nueva divinidad viva para guiar el destino de la naciente era que la humanidad comenzaba.

Ya tenía el poder. África estaba a sus pies, pero el rusopo no daba señales de vida. Se impacientaba. Algo no funcionaba, los infieles mentían. Al cuerno África y el rusopo: no los necesitaba. Él mismo conquistaría el cohete espacial. Las huríes acudirían a centenares a su llamada más tarde, a la convocatoria del Neodios viviente. Unos cuantos aviones y su guardia, los más fieles entre los fieles, eran lo único que necesitaba por ahora.

Llegar a Corpamérica sería fácil. Sólo había que encontrar el vial rectilíneo del funicular intercontinental y seguirlo hasta el fi- nal. Desde allí se vería lo que buscaba... Una enorme tela de araña que ascendía como una pirámide hacia el cielo. Y arriba, su nave. Bombardearía todo, destruiría los amarres y saldría flotando en el Péndulo igual que en una burbuja mágica. Hasta el universo, que le recibiría como a su legítimo dueño. Su nuevo y verdadero Dios.


***

En la Plataforma todo estaba preparado cuando llegó el trayec- torraíl. Personal técnico se encargó de dirigir con eficiencia a los viajeros. Emerella distinguió a Brad entre los elegantes unifor-

 

mes. Estaba pálido. Recordó la arcaica expresión que tanta gracia le había hecho en su niñez: marinero en tierra…

Los corpamericanos fueron rápidamente dirigidos hacia el cen- tro de las instalaciones. La rubia corpamericana dejó a sus padres prometiendo subir enseguida, justo detrás de ellos. Antes, quería despedirse de sus amigos subamericanos.

Brad se acercó a Emerella. Parecía indispuesto, aunque sonreía.

—Como te dije, estoy más cómodo allá arriba. Aquí se me mueve todo...

Emerella le devolvió la sonrisa y le acarició el rostro. Con un gesto del brazo, señaló a la multitud que esperaba repartida en grupos.

—Estamos en tus manos.

Brad asintió y comenzó a distribuirlos, asignando un técnico a cada grupo. Por su parte, los corpamericanos ya desaparecían a lo lejos. La familia de la chica se despedía con la mano cuando un estruendo comenzó a escucharse por todas partes. A través de los grandes ventanales pudieron ver que algo se aproximaba...

¡volando! Escupía fuego contra el suelo y se dirigía en línea recta hacia ellos. Docenas de paracaídas se abrían cayendo de un anti- guo artefacto volador. Sólo los neorreligionarios eran capaces de hacer algo semejante. Y al primer avión le seguían otros.

Brad se quedó petrificado. Todos miraban al armatoste volante, cada vez más cercano: una enorme libélula a punto de caer en una tela de araña.

—¡Corred!

La voz de Gabriel resonó por el recinto, sacando de su estupor al técnico. A una señal del corpamericano, la multitud le siguió corriendo en desbandada: los más fuertes delante; los más débi- les detrás. Los grupos se deshacían, aunque unos permanecían más cohesionados que otros. Algunas proferellas cogieron a los más jóvenes en brazos. Los egiptanos se echaban a sus mayores sobre la espalda. Los ancianos uruguayos comenzaron a gritar, al verse rezagados. Entonces notaron el impacto de la aeronave. El edificio tembló de forma inquietante.

Apenas se habían repuesto de la sorpresa, cuando un trayec- torraíl sin anunciar llegó lanzado. Tan rápido que casi no pudo

 

frenar y chocó con violencia contra el tope de fin de trayecto. De puertas y ventanas comenzaron a descolgarse algunos ru- sopos y docenas de germanosiervos de gesto fiero, algunos de ellos ensangrentados. El fuego que escupía el avión que acababa de estrellarse iba dirigido hacia ellos, por lo visto. La carrocería agujereada del trayectorraíl y las aparatosas heridas de alguno de los bárbaros daban fe del ataque. A pesar del castigo, seguían formando un grupo temible. Gabriel reconoció al zar de la fusta, cubierto de sangre. Llevaba a su princesita en brazos.

El grupo se recompuso al tiempo que los primeros paracai- distas neorreligionarios irrumpían en la Plataforma. Anticuadas ametralladoras y fusiles de asalto barrieron el lugar. Los rusopos con su ejército de germanosiervos, les hicieron frente con armas plásticas de fragmentación y el lugar entero se convirtió en una pesadilla de explosiones, sangre y dolor.

En medio de la confusión, Brad y el personal corpamerica- no embarcaban a la gente como buenamente podían: en grandes módulos de materiales, en pequeños balines de servicio, en cáp- sulas de corto recorrido... Todos mezclados: corpamericanos y uruguayos, niños y ancianos, gitanos y payos, hombres y mujeres. En poco tiempo, la urdimbre entera era una maraña de cubículos de transporte moviéndose en todas direcciones. Entre tanto, en la Plataforma se desataba el infierno.

Cada vez llegaban más fanáticos y quedaban menos rusopos y germanosiervos. Gabriel y algunos otros se habían unido a la lucha para tratar de contener a los neorreligionarios y dar tiem- po a que la gente fuera evacuada hacia el Péndulo, pero a duras penas lo lograban. Varios aviones más sobrevolaban el complejo y oleadas de paracaidistas caían por doquier. Una vez vacíos, los aeroplanos sin piloto se estrellaban contra la urdimbre, estallan- do en medio de llamaradas. Toda la estructura crujía.

El uruguayo creyó reconocer al hijo del Neoprofeta detrás de un parapeto viviente de enormes soldados negros cubiertos con planchas de metal. Disparaba entre las piernas de sus fieles. En un intento desesperado, el rusopo contrahecho y varios de sus esclavos se lanzaron contra el Neoprofeta. Fueron rechazados. Gabriel pudo reconocer a su viejo conocido huno entre los que

 

caían. Sólo el pequeño rusopo pudo ponerse de nuevo a salvo. Muy malherido, se dirigió a Gabriel. Apenas tuvo tiempo de decir una palabra antes de morir.

—Sálvala.

Gabriel cogió en brazos a la princesita y corrió sin mirar atrás. La chiquilla alargaba los brazos y veía cómo los escasos germa- nosiervos que quedaban en pie luchaban cuerpo a cuerpo contra los neorreligionarios. Su tío, el gran oso rusopo, siguió el ejemplo de Gabriel y se echó encima a su vikinga preferida, mientras los últimos germanos caían. La esclava, desesperada al ver cómo un casco godo salía despedido por los aires, con la cabeza de su que- rido guerrero dentro, se revolvió y hundió la espada en la ingle del rusopo.

***

Emerella bajó totalmente desorientada de la cápsula, aunque enseguida pudo reconocer la Terminal. Algunos técnicos estaban allí reordenando los grupos que llegaban, para preparar la última etapa del ascenso. Había perdido el contacto con su proferella. En medio del tumulto, se había hecho cargo de dos pequeños, Pablel y Esperella. Con ellos había seguido una errabunda tra- yectoria por la urdimbre. Unas veces hacia arriba, otras hacia abajo, transversalmente... Varios jóvenes gitanos viajaban en el mismo cubículo. Se entretuvieron requebrando a tres o cuatro de las “parientes” que habían venido con los Altos Participantes uruguayos.

Vio que llegaban a la Terminal grupos similares. Todos, aparen- temente heterogéneos. Todos iguales en el fondo: seres humanos que luchaban por sobrevivir. Mientras Emerella corría hacia uno de los técnicos en busca de noticias, una terrible vibración co- menzó a sacudir el recinto. El ruido que la acompañaba era más alarmante aún. El técnico ignoró sus preguntas y la embarcó, junto con una aterrada masa humana de familias corpamericanas y niños uruguayos, en uno de los grandes contenedores de mate- rial. Antes de que se cerraran las puertas, pudieron escuchar los gritos de uno de los controladores.

—¡Se rompe! ¡La urdimbre se cae!

 

3. SUPERVIVIENTES (POR SI ACASO)


Santiago se había pegado a su admirada corpamericana y ambos viajaban en un diminuto cubículo-montacargas poco más grande que un ataúd. Mientras una echaba fuego por los ojos e intentaba mantener alejadas las manos del otro, Santiago canturreaba y sil- baba divertido, como si estuviera cumpliendo algún tipo de tor- cida fantasía... Ni si siquiera se detuvo cuando la luz se apagó, el cubículo saltó y, aparentemente, comenzó a caer, a caer, a caer... La proferella había conseguido mantener unidos tres o cuatro grupos de niños y viajaba con ellos, una vieja calé y un gitano pubescente que se presentó a sí mismo como Pedrico, con gran dignidad y un leve temblor en la voz que delataba el miedo que estaba pasando. La gitana tomó la mano de la uruguaya y sonrió. Mantuvo aquella sonrisa serena incluso a pesar de que el cubícu- lo comenzó a agitarse y a vibrar igual que una olla recalentada, provocando los gritos y el llanto de muchos niños. Ni siquiera Takunella ni Andrel tenían ganas de bromas en aquel momento.

Los Dosermanos habían recogido a la pequeña tuareg. A ella y a todos los niños que pudieron cargar en los brazos, sobre los hombros... Hasta dentro de las estilosas chaquetas habían metido a uno o dos. Los más pequeños se aferraban a los gruesos muslos de los dos hermanos, que canturreaban en voz baja, con el rostro lívido, mientras subían en un ascensor de cremallera que podría pasar por ser el más antiguo del lugar. Cuando la renqueante ca- rraca se paró en seco y se apagaron las luces, ellos cantaron más fuerte.

El chinasio se había agazapado en una esquina. No quería des- prenderse de su pareja robótica, pero era imposible cargar con semejante máquina a cuestas. Y nadie le ayudaría en semejantes circunstancias. Con un estruendo chirriante, una lluvia de pro- yectiles alcanzó al robot, desmembrándolo. En un impulso re- pentino, su pareja humana echó a correr entre las balas y se lanzó de cabeza a una puerta que se cerraba, entrando in extremis en un ascensor en el que se agazapaba una maraña de cuerpos tem- blorosos. En medio de las lágrimas, gritos y gemidos que le ro- deaban, el chinasio sonreía. No recordaba haberse sentido nunca

 

tan libre. Ni siquiera las llamas que surgieron desde el techo, en medio de un estallido, borraron la sonrisa de su cara.

Gabriel había embarcado en una especie de ascensor que subió como un tiro directamente hasta la Terminal. Antes de perder el conocimiento, tuvo tiempo de hacer recuento del escaso pasaje: un enorme rusopo lloraba haciendo pucheros en medio de un charco de sangre mientras la pequeña princesita intentaba con- solarle, siendo ella misma la viva imagen de la tristeza. Su vieja conocida vikinga, que yacía inmóvil en el suelo, el tal Brad y él mismo completaban la lista. El corpamericano había embarcado cuando comprobó que nadie más, salvo quizá alguno de aquellos locos fanáticos, saldría vivo de la vorágine de fuego y humo. El latino le había visto entretenerse un instante activando algún tipo de dispositivo alojado en lo que le pareció una columna maestra, si es que una estructura como la urdimbre podía tener algo así.

Desde los monitores de vigilancia del Péndulo, el panorama que aparecía ante los residentes era desolador. Explosiones y lla- maradas surgían desde diversos puntos de la trama estructural, especialmente en la zona más próxima a la Plataforma. Grandes secciones de cable se soltaban y caían sobre la tierra llevando consigo multitud de cubículos de todo tipo, que terminaban de esa cruel manera su desesperada carrera hacia el Péndulo.

Ante semejante emergencia, el protocolo de crisis exigía blo- quear la entrada al Rulo y liberar la última sección del cable, de forma que Rulo y Péndulo quedaran separados de la urdimbre; pero nadie tuvo el valor de ponerlo en marcha. Tampoco hubie- ran podido, Brad ya se había encargado de bloquear el sistema de expulsión. Sólo él sería capaz ahora de hacer que se soltara el entramado de cables, salvo que la estructura acabara cayendo por sí sola...


***

Gabriel despertó pesadamente, con la sensación de que trataba de escapar de un agujero oscuro que intentaba succionarle. Du- rante unos aterradores momentos no pudo moverse ni abrir los ojos, pero oía ruidos a su alrededor. Podía sentir movimiento, gente cerca hablando.

 

Intentó relajarse y dejar que su cuerpo se recuperara. Entre tanto, su mente no dejaba de dar vueltas a lo irónico y triste de la situación. Tantas personas luchando por lo mismo. Cada uno, eso sí, por separado; peleando contra los demás. Todos y cada uno de los bloques que iban a ser culpables de la destrucción final estarían representados en aquel pequeño grupo de super- vivientes, que partía desesperado en una aventura como la que ningún ser humano se había enfrentado jamás.

Corpamericanos, chinasios, rusopos… Y latinolibres, claro. O subamericanos, ¿qué más daba? ¿No podían haber trabajado jun- tos? O al menos, dejar tranquilos a los demás sin estar todo el día incordiando al vecino... Se había perdido definitivamente la últi- ma oportunidad de dotar de un significado humanista a aquella vieja y maldita palabra precontinental: globalización.

Habían acabado repitiendo lo que les había pasado a los aliení- genas ancestrales. A su imagen y semejanza en todo... Esperaba que por lo menos no tuvieran un final tan lamentable y aquella caja espacial fuera capaz realmente de llevarles a un lugar donde empezar de nuevo.

Intentó incorporarse otra vez, sin demasiado éxito; aunque alguna parte de su cuerpo sí debió conseguir mover, porque una cariñosa mano le acarició la frente. Reconoció el suave olor de su proferella.

Desde el Mirador, Emerella sintió cómo esa caricia le escocía dentro del corazón; aunque ya no sintió ira. Toda la muerte y destrucción que había presenciado los días pasados la habían transformado. Ahora comprendía que aquellos dos eran el uno para el otro. Ella sobraba y no tenía motivos para interponerse. Gabriel y “su” proferella, sólo de él, eran libres para disfrutar del amor.

En aquel lugar, Emerella se sentía tranquila. No obstante, el panorama que divisaba no era muy halagüeño. La huída hacia el Péndulo había sido un desastre. Muchos de los cubículos habían caído cuando la urdimbre comenzó a desarmarse a causa de las explosiones. Después, a pesar del intento de Brad, la autodes- trucción había terminado por activarse automáticamente; en par- te, al menos. Secciones enteras de la estructura de anclaje se des-

 

plomaron sobre la Plataforma. Entre un amasijo de polvo, fuego y metal retorcido, el Neodios había tenido una última visión de sí mismo ascendiendo por los cielos rodeado de cimbreantes mujeres desnudas que danzaban entre las llamas adorándole y besándole los pies.

Por suerte, el colapso no fue total y muchos consiguieron llegar a la Terminal, siguiendo rutas que todavía funcionaban. Incluso pudieron rescatarse varios cubículos parcialmente descolgados o inmóviles. Tampoco la subida del último tramo había sido fácil. El estrés, la falta de entrenamiento y equipación habían diezma- do a los que sobrevivieron al colapso. Ascensores enteros lle- garon llenos, pero vacíos: todos sus ocupantes murieron en el trayecto.

El hospital del Péndulo estaba saturado y muchas camillas im- provisadas ocupaban amplias áreas, que Emerella veía bajo sus pies. Ahora nave y Rulo orbitaban libremente, con un colgajo informe pendiendo bajo ellos: el cable original y parte de la ur- dimbre, que había permanecido amarrada. La buena noticia era que el Rulo no se había visto afectado por el colapso estruc- tural. Funcionaba, así que seguirían disfrutando de la gravedad simulada... y podrían viajar. Como Emerella había sospechado, el aura luminosa que había visto en su primera estancia no era sólo una red. Era un motor. Propulsor, mejor dicho. El famoso mecanismo presuntamente inventado por los neorreligionarios y fabricado de hecho por los corpamericanos, capaz de convertir el Péndulo en una nave espacial.

Unas voces infantiles la sacaron de sus divagaciones.

—¡Brad buscar Emerella!

La niña tuareg le hacía señas bajo el Mirador. La princesita ru- sopa le agarraba la mano y ambas sonreían. Muchos niños habían sobrevivido, sus cuerpos jóvenes habían soportado mejor la as- censión. Los adultos habían corrido peor suerte. Apenas habían llegado corpamericanos.

La chica que había ayudado a Gabriel había perdido a sus padres, aunque ella se había salvado y se estaba convirtiendo en la mano derecha de Brad, primer líder improvisado del lu- gar. Ninguno de los científicos residentes aceptaba semejante

 

responsabilidad. No acababan de entender qué pasaba. O no querían.

Tampoco los ancianos uruguayos habían llegado arriba, aun- que muchas de sus acompañantes sí lo consiguieron. Ayuda- ban a cuidar a los heridos, mientras intentaban quitarse de en- cima al baboso españés calvo que revoloteaba continuamente a su alrededor como un chiste con piernas. Los gitanos habían sufrido numerosas pérdidas y lloraban a sus muertos, pero también animaban el ambiente a ratos, con sus canciones y palmeos.

Al llegar a la altura de Brad, Emerella se fijó en la dulzura con la que la robusta chica germanosiverva limpiaba las quemaduras del chinasio. Parecía mentira que aquellas manos fueran las mismas que habían herido tan cruelmente al gigante rusopo, quien yacía gimiendo a poca distancia, con una vieja gitana rezando en voz baja a su lado.

Sus motivos tendría esa magnífica mujer para haber castrado a su antiguo amo. Ahora era libre. Emerella le sonrió y la recia mano guerrera apartó un rubio mechón de pelo, llevándolo de- trás de la oreja. Los ojos azules brillaron durante un instante, respondiendo a la sonrisa de la subamericana.

—Hola, Brad.

—Emerella, quiero que te ocupes del chinasio. Todos los ro- bots han quedado inutilizados. Al caer la urdimbre se cortó la co- nexión con sus parejas humanas de la Plataforma. Él es el único capaz de hacerlos funcionar y vamos a necesitar toda la ayuda po- sible: autómatas incluidos. Sus quemaduras no son graves, quiero que le pongas a trabajar para ayer.

—Pero ya sabes lo peligrosos que son los robots, quizá es mejor olvidarse de ellos.

—Ya, ya... pero aquí no hay tantos como para que vayan a cau- sar problemas. Se trata de ir activándolos uno a uno y hacerles trabajar sólo como maquinaria. Nada de inteligencia artificial por ahora. Los de mantenimiento te ayudarán. Y tenemos unos cuan- tos inhibidores aquí arriba, por si acaso. Ya sabes, una maquinita como la tuya...

 

4. ¿Y SI...? (PRUEBA LIBRE)


Un sentimiento mucho más abrumador que el desánimo abso- luto se extendió por la nave. La desesperación podía leerse en el semblante de quienes eran capaces de comprender. El Rulo no había funcionado. Quién sabe si llegaría a hacerlo alguna vez. Todas las mentes funcionaban a pleno rendimiento, cada una dentro de sus posibilidades, dando vueltas y más vueltas. ¿Qué alternativas tenían? ¿Había alguna?

Celebraban reuniones, trabajaban por grupos. Hablaban, dis- cutían... Los científicos revisaban columnas de indicadores una y otra vez. Los técnicos salían al exterior. Comprobaban, manipu- laban... Los nuevos ocupantes del Péndulo intentaban organizar- se, ver qué podían hacer para ayudar.

El regreso a la tierra era imposible. La partida se retrasaba más y más. ¿Serían capaces de impulsar semejante mole hacia el espa- cio? ¿Estarían condenados a quedarse allí dentro? Los recursos eran enormes, sí. Podrían quedarse dentro del Péndulo a lo largo de generaciones enteras, con toda probabilidad. Pero, ¿para qué?

¿Qué sentido tenía sobrevivir dentro de una lata?

Los niños eran los únicos que escapaban al desconcierto general. Todo era nuevo y maravilloso para los chiquillos. Había tanto que explorar... Especialmente les llamaba la atención aquel extraño ar- tefacto que ocupaba un espacio central en la estructura: el Ábbakus. Al principio, se conformaban con manipularlo al azar, como un juego. Brad acabó enseñándoles algunos rudimentos de su manejo, más que nada para que aquellos pequeños cabroncetes no acabaran rompiendo algo, tal y como comentó resignado a Gabriel.

El enorme rusopo los observaba con aire mustio desde su cama. En cuanto pudo levantarse, tomó posesión de una especie de silla móvil que había en la enfermería e intentaba seguirles a todas partes. Con la naturalidad propia de los niños, le aceptaron como a uno más y en poco tiempo acabó formando parte de la chiquillería, ya que su intelecto nunca había abandonado del todo la niñez. En cuanto sus heridas sanaron completamente, le costó bien poco acoplarse al ritmo de los pequeños, a los que seguía a todas partes trotando igual que un oso.

 

Le gustaba en especial verlos manipular el Ábbakus. Un día, animado por Takunella y Andrel, se decidió a probar. Los ni- ños siempre respetaban un riguroso turno para poder jugar de uno en uno con aquel cacharro, pero con el rusopo hicieron una excepción. Comprendían que a él le costaba más que a los de- más aprender, así que Esperella se quedó con él, y entre los dos manipularon el Ábbakus tal y como su imaginación les daba a entender. Para no estorbarse entre sí, tenían que coordinarse de alguna manera. Enseguida, sus movimientos adquirieron cierta cadencia. Otros niños que les observaban, empezaron a jalear y pronto, todos estaban siguiendo los movimientos acompasados de la extraña pareja. El gigantesco oso humano, que se movía con una asombrosa gracia y fluidez; la esbelta Esperella, que danzaba a su alrededor manipulando el objeto según el ritmo con el que movía los pies.

Entre tanto, la mocina aplaudía y pateaba el suelo, siguiendo los vaivenes de los danzarines. El estruendo no tardó en extender- se: la enorme estructura cavernosa hacía de caja de resonancia. Pronto, el juego infantil se convirtió en un sordo tamboreo que acabó escuchándose en todos los habitáculos de la nave.

Cabezas asustadas y miradas nerviosas empezaron a asomar desde los laboratorios, las salas de control, los módulos de des- canso... Brad, sobresaltado, se dio cuenta de que eran los niños y corrió para poner orden. Tenía que hablar con la famosa pro- ferella. Ya era hora de que atara en corto a aquellos pequeños diablillos.

Mientras corría, decidido a repartir unos cuantos pellizcos en- tre aquellas ruidosas miniaturas, lo notó. Más tarde, creyó re- cordar que había sido una especie de ruido que oyó justo en la boca del estómago. Sí, lo oyó, no encontraba otra forma mejor de describirlo. Así lo recordaría después, al menos. Se detuvo en seco y notó que el sonido ascendía directamente desde la plan- ta de sus pies, se abría paso hasta el interior del tuétano de los huesos y subía por sus piernas, extendiéndose por las caderas. Éstas, funcionando como una especie de altavoz, proyectaban el sonido a través de su abdomen, que lo recogía en la boca del es- tómago. Oyó aquel sonido dentro de sí y lo sintió como un dimi-

 

nuto punto inmenso. Por unos instantes, creyó tener el universo entero concentrado en una minúscula partícula dentro de sí. Y temió ser capaz de oírlo todo. Desde el inconcebible cataclismo de dos galaxias colisionando entre sí al suave roce contra la nada del electrón del átomo de hidrógeno más solitario y remoto del universo. Si aquello fuera posible, claro. Brad creía recordar que el sonido no se transmitía en el vacío...

Entonces dejó de escucharlo y se dio cuenta de que no había sido el único en oír... o en sentir aquello, fuera lo que fuese. Las caras lívidas de decenas de niños le miraban asustados. Otros adultos, más pálidos todavía, se sentaban en el suelo para evitar caer desvanecidos. El enorme rusopo y Esperella seguían incó- lumes, bailando al son de una música que sólo ellos dos podían oír, mientras manipulaban el Ábbakus con una coordinación y soltura como Brad no había visto jamás.

Emerella asistía a la escena desde lejos, recordando los sueños que tuvo la primera vez que estuvo en el Péndulo. Se vio a sí misma durmiendo en el “hotel”, con los alienígenas ancestrales bailando en su mente. Manejando el Ábbakus, igual que la niña y el rusopo. Un alienígena de una belleza sobrehumana, bailando en el Ábbakus junto con uno de aquellos extraños humanoides grises. Uno, grande como un gigante. El otro, diminuto como un niño. Igual que el eunuco y la chiquilla...


***

Fue convocada una reunión. Una tras otra. Se recogieron documentos, grabaciones... Interesaba cualquier referencia al Ábbakus. Aquello era más de lo que parecía. Pero, qué. ¿Para qué servía en realidad? Se recuperaron viejas transcripciones de los interrogatorios al superviviente alienígena. Poco se sabía de su pueblo, al fin y al cabo. Lo que había interesado siempre era la utilidad práctica de la tecnología que habían llevado consigo, pero a ellos mismos no se les había estudiado demasiado.

Dada la diferencia física, se había creído que eran dos seres distintos, sin parentesco genético, pero no se sabía con certeza. Los más imaginativos habían especulado con que podrían ser dos sexos de la misma especie, aun careciendo uno de los dos de

 

órganos reproductores. Incluso se elucubraba con que fuera el mismo tipo de ser vivo en dos fases distintas de su existencia. Teorías sin demostración posible, en suma: no había más cuer- pos para comparar que los de aquellos dos solitarios viajeros. Ahora se veía claramente que se complementaban. La forma de interactuar de la niña y el rusopo en el Ábbakus había demostra- do que la diferencia física era importante. Y moverse al unísono, con ritmo.

Siempre se había pensado que cuando el último superviviente decía que no habían podido seguir bailando, hablaba de forma metafórica, refiriéndose a que la decadencia de su civilización les había condenado a extinguirse. Ahora sus palabras se tomaban al pie de la letra. Los científicos repasaban las entradas disponibles en los bancos de memoria del Péndulo. Recuperaban viejas hi- pótesis. ¿Y si el Ábbakus fuera un timón? ¿Y si fuera más, inclu- so? ¿El propio motor del Péndulo? Quizá lo que habían tomado como un contenedor de carga fuera una nave completa con capa- cidad de autopropulsión que llegó a la tierra catapultada porque ya no había suficientes alienígenas capaces de hacerla… bailar.

—Hay que intentarlo.

Gabriel dio en el clavo, con su claridad habitual. Todos pensa- ban igual, aunque nadie se atrevía a decirlo en voz alta.

—Pero el Rulo puede funcionar, no hemos terminado de ve- rificar los eyectores. Las simulaciones son alentadoras, el tejido tiene capacidad de girar y transportarnos...

Las palabras del técnico iban perdiendo fuerza y confianza conforme hablaba. Ya nadie creía seriamente que convertir el Rulo en un propulsor fuera un proyecto real y no una enorme farsa orquestada por unos pocos megalómanos corporativos sin escrúpulos.

—Podemos dar a l@s científic@s una segunda oportunidad, supongo. Tenemos un rato largo, yo diría que no vamos a ir a nin- guna parte durante una temporada, a no ser que se nos presente una alternativa. Y sólo hay una manera de saber si el Ábbakus lo es: probando.

Durante unos segundos, las descarnadas palabras de Gabriel hi- cieron que el habitáculo quedara en silencio. Luego, los asistentes

 

rompieron a hablar sin orden ni concierto. Los técnicos querían seguir trabajando con el Rulo, algunos especialistas querían más tiempo para analizar las fuentes documentales disponibles sobre el Ábbakus, otros opinaban como GGaabbrriel. Lo único que unía to- das las voces era el miedo. A hacer. A no hacer. A tomar la deci- sión equivocada. Podían esperar, pero ¿durante cuánto tiempo? El Péndulo ya no estaba anclado, los cálculos sobre su órbita otor- gaban un largo plazo antes de que acabara por caer a la tierra; sin embargo nadie se atrevía a dar una fecha segura al cien por cien.

Una cosa era contar con elementos estructurales conservados incólumes, el Péndulo y el Rulo. Otra muy distinta, tener en cuen- ta en los cálculos la masa informe que los rodeaba ahora: el cable y distintas secciones y filamentos enteros de la antigua estructura de amarre, que flotaban desmadejados por doquier. Algunos, con cierto humor negro, habían empezado a llamar al conjunto “la Medusa despeinada”. Lo cierto era que nadie lo compararía con un péndulo tal y como se veía ahora.

Brad comenzó a hablar en medio de aquel barullo, en voz muy baja. Las voces fueron callando, para poder escuchar.

—... sencillo.

Sólo habían entendido la última palabra. El técnico vio todas las miradas clavadas en él y se dio cuenta de que había estado pensando en voz alta.

—Decía que el manejo del Ábbakus es muy sencillo. Es fácil manipularlo como un plano o mapa dinámico. Casi, sería como colocar el dedo índice en un extremo de un camino y llevarlo hasta el final del trayecto, siguiendo las curvas del trazado. Has- ta los niños pueden hacerlo. Es totalmente mecánico, tiene to- dos los trayectos marcados. Sólo hay que indicarle el destino y seguir adelante... bailando, parece ser. ¿Y si el Péndulo se acti- vara de alguna forma al manejarlo dos personas, siguiendo un ritmo concreto y la nave se dirigiera hasta su destino? Son sólo especulaciones, pero me parece… Creo intuir cómo funciona el Ábbakus. El Péndulo... Yo diría que son una sola cosa.

El silencio absoluto animó al corpamericano a seguir hablando.

—No hay unión visible entre el Ábbakus y el suelo del Pén- dulo. Fluyen como un todo continuo. También los elementos

 

móviles están fabricados en la misma substancia. No se ha po- dido penetrar ese extraño material, apenas sabemos que es una aleación de oro y que es maciza en apariencia, pero...

El técnico dudó y bajó la cabeza. Una voz implorante le animó a seguir.

—Sigue, por favor. Te escuchamos.

Brad levantó la vista y miró a su compatriota, la misma que ha- bía ocasionado tantas molestias a Gabriel en los Parques y tanto le había ayudado después. Gabriel la miró también y le creyó que todo aquello había pasado en otra vida. En otro mundo. Se dio cuenta de que así era, al fin y al cabo.

—Bueno. Creo que, aunque el Péndulo parezca macizo, en rea- lidad no lo es. Quiero decir que debe haber algún tipo de meca- nismo dentro de esta carcasa enorme. Quizá a nivel molecular, no creo que debamos imaginarnos nada similar a una pared llena de tubos... Algo que se activa a través del Ábbakus y que sir- ve para trasladarlo. Y quién sabe cuántas maravillas más podrá conseguir. ¿Gravedad artificial? Puede ser cualquier cosa. Los alienígenas no llevaban demasiado equipaje. ¿Y si mediante el Ábbakus pudiera generarse energía? O aire. Agua, alimentos... Quizá ni siquiera es necesario todo eso si el sistema, sea cual sea, está en funcionamiento. ¿No sentisteis una energía extraña en la boca del estómago? ¿Y si nos estaba dando de comer?

Los más incrédulos sonreían, pero se notaba que forzaban el gesto a fuerza de voluntad. Todos y cada uno de ellos habían percibido sensaciones extrañas, incluso las personas que estaban durmiendo. Solo los que estaban trabajando en el Rulo o en algu- na sección del cable, en el exterior, habían quedado al margen de aquella experiencia. Tampoco los robots habían registrado nada, aunque no eran fiables desde que perdieron la conexión con sus gemelos humanos. La mayoría estaban inertes, a pesar de que el chinasio trabajaba sin descanso para recuperarlos. En cualquier caso, había una prueba irrefutable de que el evento había tenido consecuencias “físicas”: el Ábbakus había cambiado. Los técni- cos lo habían revisado tras la “actuación” del rusopo y la chiqui- lla. Se había actualizado. Si bien, antes del incidente marcaba las configuraciones estelares tal y como estaban en la época de la lle-

 

gada de los alienígenas, ahora registraba la posición de las estre- llas en el momento presente. Nadie se explicaba cómo había sido posible realizar tal modificación, pero no había duda al respecto.

Gabriel se reafirmó en su convicción.

—Hay que volver a probar. Seleccionemos un destino y haga- mos bailar esta jaula. La gitana que lee la buenaventura dice que esta nave, o lo que sea, está viva. Creo que nota algo. Ha tenido sueños. O visiones, si queremos llamarlas así. Y no es la única. Hay energía circulando por aquí, por decirlo de alguna forma. Debemos aprender cómo utilizarla.

La voz de Gabriel volvió a ser ahogada por las discusiones de unos y otros, pero todos sabían que el subamericano tenía razón y no tendrían más remedio que probar con el Ábbakus. No te- nían medio para volver a la tierra. Y aunque lo hicieran, era un camino sin retorno: la tierra tenía los días contados.

Una vez calmada la excitación del ambiente, tomaron una deci- sión consensuada. Se haría un nuevo intento con el nuevo Rulo Exterior, el famoso tejido orgánico que tantos quebraderos de cabeza había dado a Brad. Después, tanto si los resultados eran satisfactorios como si no, probarían con el Ábbakus. El grueso de los técnicos se dedicarían a preparar el Rulo y una pequeña parte ayudarían a Gabriel y a otros legos a planificar la prueba con el Ábbakus de una manera científica y sistemática. No había otra forma posible de trabajar salvo utilizando la imaginación y el método clásico del ensayo y error. Lo malo era qué podía pasar cuando cometieran un error. Y presumiblemente, iban a cometer muchos...


***

El nuevo intento con el Rulo fue un fracaso relativo; no obs- tante, tal y como estaban las cosas, muchos lo consideraron un éxito. El nuevo dispositivo orgánico no fue capaz de hacer que el Péndulo se moviera siquiera un milímetro, pero sí había comen- zado a captar partículas del espacio y era capaz de alimentarse a sí mismo y girar. Quizá el funcionamiento llegara a mejorar. Podía pensarse que, en un plazo de tiempo asumible, sería capaz de re- coger energía suficiente y complementar al Rulo. Así el Péndulo

 

tendría dos sistemas complementarios, capaces de mantener el sucedáneo gravitatorio y el soporte vital. Otro tema, y eso sí que se veía lejano o imposible (según a quién se preguntara) era que el dispositivo pudiera llegar a ser alguna vez la maravilla capaz de impulsar al Péndulo a través del espacio a velocidades cercanas a la de la luz, tal y como se pretendía.

En consecuencia, el primer experimento con el Ábbakus ha- bría de realizarse con más motivo que nunca, si querían dejar de dar vueltas alrededor de la tierra hasta caer. Los instrumentos de medición y registro se habían dispuesto de la manera que, a priori, se juzgó más razonable. No había precedentes de lo que pretendían hacer: en función de lo que sucediera, si efectivamen- te pasaba algo, irían redefiniendo los pasos siguientes.

El experimento constaba de dos partes bien diferenciadas. Por un lado, lo que se denominó “estimulación”: una serie de pautas a la hora de colocar las piezas del Ábbakus, combinadas con di- versas frecuencias o ritmos de manipulado. Por otro, la medición y registro de los posibles efectos desencadenados, o “parto”. Cada vez que oía cualquiera de los nombres que los intelectuales habían dado al experimento, Gabriel se preguntaba en manos de quiénes estaban. ¿Pardillos de instituto o personas hechas y derechas?

El punto que más se discutió fue quiénes protagonizarían la prueba. Algunos argumentaban que los únicos que habían sido capaces de conseguir “despertar” al Ábbakus debían intentarlo de nuevo. Después de todo, sólo ellos habían logrado semejante efecto, entre cientos, tal vez miles de personas trasteando con el dispositivo alienígena a lo largo de tantos y tantos años. También defendían que las condiciones del entorno debían ser similares a la ocasión anterior, es decir: con el apoyo de niños cantando, saltando... Otras voces querían dar protagonismo a los gitanos. Llevaban el ritmo en la sangre, ¿quién mejor? Varios estudiosos creían que debían ser científicos o técnicos quienes probaran. El intento era demasiado importante para dejarlo en manos de una niña y un retrasado mental. Y los animadores sabían cantar y bailar, sí; pero no tenían formación y eran imprevisibles. El ex- perimento debía estar controlado al milímetro... Al final se acabó

 

dando la razón a los más conservadores, con la condición de que, si los primeros intentos fracasaban, la niña y el rusopo lo intenta- rían después, bailando al son que marcaran los gitanos.

El procedimiento de actuación sería el mismo durante toda la prueba. Variarían sólo los equipos de participantes y las melodías. Intervendrían tres parejas científico-técnicas, “estimuladas” con tres tipos distintos de música cada una, para facilitarles la tarea de llevar un ritmo. Cada intento duraría cinco minutos. Después, se dedicarían diez minutos a realizar un estudio preliminar de los indicadores monitorizados, para ver si se habían producido reacciones. Si no se detectaban resultados, se continuaría con la siguiente pareja, hasta terminar el experimento sistemático. Una vez finalizado, tendrían su oportunidad los niños y los gitanos, sin estar sometidos a ninguna norma. Simplemente, se dejarían llevar.

El punto que provocaba más recelos era el... destino. Aunque los escépticos abundaban, nadie quería descubrir que, por arte de magia, el Péndulo había sido “transportado” a un punto indeter- minado del espacio. Por tanto, se acordó que quienes manejaran el Ábbakus marcaran una y otra vez un trayecto conservador. Se propuso un punto en la misma órbita que ahora ocupaban, pero situado exactamente al otro lado de la tierra. La idea fue descar- tada tras unos momentos de ruidoso pánico. ¿Y si el Ábbakus decidía que la ruta más corta era la línea recta e intentaba atrave- sar la tierra? Sabían que iban a cometer muchos errores, así que no podían permitirse que fueran fatales: se fijó como destino, simplemente una órbita más elevada que la que ahora ocupaban. Hechos los cálculos, los técnicos diseñaron la rutina de movi- mientos que delimitaban tal ubicación e instruyeron en ella a los participantes. También a la niña y al rusopo, aunque no hubo forma de que éste último fuera capaz de aprenderlos. El contra- tiempo no retrasó la fecha fijada para la prueba. Se decidió que otro adulto le sustituyera, por si llegaran a necesitar llevar a cabo la prueba libre.

Nadie quiso mencionar, aunque muchos lo pensaron, el hecho de que el rusopo ya no era un hombre completo. Recordaban al alienígena asexuado, que muchos tomaron en su momento por

 

un ángel. ¿Y si el Ábbakus necesitaba que uno de los “pilotos

danzantes” careciera de atributos?


5. ÁBBAKUS (LA DE TRABAJO QUE TE HA DADO)


La práctica totalidad de los habitantes del Péndulo estaba pre- sente. Mantenimiento había desmontado varios habitáculos que rodeaban al Ábbakus para liberar espacio. Salvo el personal con turnos de control, nadie iba a perderse el espectáculo. Por pre- caución, se había decidido que ninguna persona permaneciera en el Rulo ni en el cable exterior. Si el Ábbakus era capaz de mover el Péndulo, no se sabía qué podía pasar con sus anexos. Se daba por hecho que la nave alienígena era una entidad en sí misma. Según los indicios, incluso las secciones que se conservaban del cable original eran un añadido posterior, de materiales menos nobles que la exótica aleación que conformaba el cuerpo princi- pal. Los más optimistas pensaban que, aunque la nave estuviera diseñada para moverse sola, sería capaz de llevar consigo otros elementos que tuviera adosados, igual que un coche preconti- nental llevando un remolque; pero se desconocía por completo qué tipo de itinerario les esperaba si llegaban a trasladarse. Quizá sólo el Péndulo pudiera soportarlo. Pocos creían que fueran a desplazarse siguiendo una trayectoria convencional. Ni siquiera, que siguiera ningún tipo de trayecto, tal y como solía entenderse la expresión, al menos. Se hablaba de saltos espacio-tempora- les, agujeros de gusano, universos múltiples plegándose sobre sí mismos entremezclados, intercambiando energía y materia en los puntos de contacto... Incluso el Rulo había sido diseñado, al menos teóricamente, para que fuera el espacio en sí el que se desplazara en torno al Péndulo, que permanecería estático en todo momento. Si la tecnología terrestre casi rozaba tal logro,

¿qué tipo de periplo podría iniciar el Ábbakus, producto de una civilización que había viajado entre galaxias durante cientos de miles de años?

Especulaciones al margen, nadie estaba dispuesto a despren- derse del Rulo ni de ninguna de las secciones del cable o de la urdimbre de anclaje que todavía se conservaban. Había materia-

 

les valiosos colgando por todas partes. Cualquier recurso podría ser útil en el futuro. Poco se podía hacer para recuperarlos, por lo menos a corto plazo; pero quizá fueran capaces de ir desmon- tando algunos elementos con el tiempo, sobre todo si conseguían que los robots volvieran a funcionar correctamente y de forma segura. En caso contrario, era probable que necesitaran destruir gran parte de la estructura colgante. Y para lograrlo tendrían que fabricar explosivos, corriendo riesgos elevados. Se creyó mucho menos peligroso o, al menos más asumible, hacer una intentona “controlada” con el Ábbakus. Si era capaz de remolcar el equipa- je, mejor que mejor. Si no, ya no haría falta volar nada.

No obstante, llegado el momento de empezar, la idea ya no pa- recía tan buena. Volvían las dudas, el miedo; las caras palidecían. Incluso los niños se mostraban inquietos, aun los más pequeños. Eran capaces de ver el terror enmascarado en los rostros nervio- sos de los adultos.

—Bueno, no tiene sentido esperar. Adelante.

Brad obedeció sus propias palabras y dio un paso al frente. El técnico hacía pareja con un joven investigador. Si había necesi- dad, les seguirían una pareja mixta hombre-mujer. Dos científi- cas finalizarían el experimento sistematizado. Después, llegado el caso, la proferella probaría junto con Esperella y los ritmos gitanos.

La música surgió de los altavoces y el experimento comenzó sin más preámbulos. Brad movía su corpachón con agilidad, pero a su compañero no se le veía cómodo. El joven seguía su propia e incomprensible cadencia, sea cual fuera ésta. En ningún mo- mento se vio compenetración en la pareja. Los minutos pasaban y nada sucedía. Los que habían estado presentes cuando la niña y el rusopo “bailaron” el Ábbakus, comenzaron a comprender que nada ocurriría con aquellos dos. La proferella lo resumió al oído de Gabriel con una de esas expresiones arcaicas y un punto melodramáticas que a ella tanto le gustaban.

—No tienen química...

La siguiente pareja ni siquiera llegó a terminar el tiempo pre- definido. Nadie había tenido en cuenta la corpulencia de ambos, que chocaban constantemente mientras intentaban manipular el

 

dispositivo siguiendo la música. Las risas de los niños contribu- yeron un poco a relajar el ambiente, aunque los frustrados baila- rines se retiraron abochornados.

A pesar del fracaso, empezaban a sacarse algunas conclusiones. Era evidente que dos personas debían manejar el Ábbakus bien conjuntadas. Igualmente, necesitaban espacio para moverse con libertad. Los espectadores recordaron la diferencia de tamaño entre los alienígenas ancestrales, que se había reproducido en el baile espontáneo de la niña subamericana y el rusopo. La pareja que iba a cerrar el experimento no tenía tal diferencia de tamaño, pero las dos mujeres se mantenían en forma. Se las había elegido por su afición al baile, que habían demostrado sobradamente en los escasos momentos de ocio que los trabajadores tenían en el Péndulo.

La compenetración se daba por hecha. Comprobarían aho- ra si la diferencia de tamaño era un factor determinante en la reacción del Ábbakus. De nuevo, la música comenzó y esta vez sí se presenció un espectáculo digno de ver. Incluso los niños comenzaron a aplaudir y jalear, hasta que los responsables de las mediciones consiguieron imponer silencio. Nada debía dis- torsionar la grabación. Sin embargo, a pesar del buen trabajo de las dos mujeres, su intento no arrojó ningún resultado. Algunos sensores registraron una pequeña anomalía, pero se atribuyó al ruido de los niños. Iba a desecharse como elemento de estudio hasta que una voz hizo que los investigadores volvieran a tenerla en cuenta.

—El público debe incluirse. Cuando pasó aquello, el incidente, los niños se lo estaban pasando en grande. Batían palmas, patea- ban el suelo, cantaban... Muchos bailaban, al compás de los que manejaban el Ábbakus.

Los investigadores consideraron la opinión de Brad. Se dieron un plazo extra de una hora para aislar la anomalía y estudiarla con mayor detalle. Tratarían de confirmar si lo que los instru- mentos habían registrado era el propio alboroto de los niños o una reacción del Ábbakus. Pasadas dos horas, los resultados no fueron concluyentes. Sí estaba claro que los instrumentos habían recogido el ruido “extra” de los pequeños, pero reflejaban algo

 

más, apenas perceptible durante una mínima fracción de tiempo. Lamentablemente la anomalía entraba dentro del margen de to- lerancia de los sensores, así que no podían estar seguros de si el Ábbakus comenzaba el “parto” o fue simplemente una lectura errónea.

Había que continuar, entonces. Los niños tendrían su opor- tunidad. El experimento parecía confirmar lo que la intuición decía: necesitarían un tándem pequeño-grande que manejara el Ábbakus a un ritmo conjuntado. Y un público entregado y par- ticipativo...

... que se hizo con las riendas desde el principio. Los niños jalea- ban y aplaudían a rabiar la alegre música de los gitanos, coman- dados por los Dosermanos y Pedrico. Sólo uno de los pequeños estaba serio y concentrado: Pablel tomaba notas de todo en su politarjeta.

Los técnicos responsables del experimento permanecieron en segundo término y dejaron hacer a los chicos. Con gritos y aplau- sos, los pequeños animaban a la proferella y a su alumna, quienes manejaban el dispositivo según la secuencia predefinida. Una y otra vez, una y otra vez. Conforme pasaba el rato, ambas se con- centraban más y más. Los nervios iniciales pasaban. Con el apoyo constante de los niños y la música, empezaban a disfrutar y se las veía más sueltas y ligeras. Algunos pequeños habían empezado a bailar y otros saltaban y batían palmas, siguiendo el ritmo marca- do por la pareja de danzarinas. Incluso algunos adultos se movían sin mayores inhibiciones, siguiendo el sonsonete calé.

Gabriel observó divertido al torpe científico del primer expe- rimento, agitando el tronco de forma extravagante y compulsi- va, siguiendo un ritmo propio y desacompasado. El chinasio se movía suavemente, como si estuviera practicando tai-chi. Varios robots semi-anulados le imitaban, formando un curioso cuadro. Santiago hacía de las suyas y había formado una especie de corro de la patata con algunas caras conocidas: la rubia corpamerica- na, la chica vikinga y otras tres o cuatro jóvenes de buen ver, incluida Emerella. También el uruguayo comenzaba a disfrutar. Incluso le entraron ganas de bailar. Para una vez que le pasaba y la proferella estaba danzando por su cuenta... Sin comprender

 

muy bien por qué, cogió de la cintura a la mujer que tenía más cerca y comenzó a moverse con ella, que no se mostró sorprendi- da y le siguió con gusto. En poco tiempo, gran parte del público bailoteaba con mayor o menor fortuna. Sólo los responsables de los equipos de monitorización intentaban mantenerse en sus puestos, aunque sus pies empezaban a cobrar vida propia, empu- jándoles a dar saltitos.

Aquello estaba convirtiéndose en una danza colectiva y el expe- rimento perdía importancia por momentos en la mente de todos. Brad, en un último fogonazo de lucidez, se dio cuenta de que la proferella y la niña ya no estaban marcando la ruta predefinida en el Ábbakus, sino manejándolo a su antojo, siguiendo la se- cuencia que marcaba su propio cuerpo al moverse libremente. No le importó en absoluto. Esta vez no escuchó nada dentro de su estómago. Se dejó llevar por el movimiento, sin más. Él era la danza, en comunión con el resto de sus compañeros. Todos eran uno con el baile. Todo. Uno. Eso era lo importante. Ser, bailar. Lo mismo era. Durante un momento, eterno e inexistente a la vez, sintió que era capaz de llegar a entrever qué era el universo, rozando su inmensidad completa e inabarcable con la punta de los dedos. Y se dio cuenta: ¡tenía sentido! Después, esa percep- ción de plenitud y armonía apenas acariciada desapareció. Y sim- plemente siguió bailando. Y bailando...

Cuando Gabriel notó que le vencía el cansancio, se sentó. Fue recuperándose despacio y vio que muchos otros le imitaban. To- davía había personas oscilando con suavidad, pero la mayoría estaban sentadas o tumbadas. Miró hacia el Ábbakus y vio a su proferella y a la niña abrazadas. Dormían plácidamente. Se levan- tó dirigiéndose hacia allí. Observó que Brad, todavía resollando, se unía a él, junto con el científico “Piesizquierdos” del primer experimento.

Al llegar, el corpamericano recogió con cuidado a la niña y Ga- briel se inclinó sobre su proferella. Iba a despertarla con un beso, cuando un gemido ahogado que oyó detrás le detuvo. Al volver- se, vio que el científico hablaba tembloroso, en voz baja y muy aguda: los nervios debían oprimirle la garganta.

—Espero de todo corazón que esto no haya funcionado.

 

El uruguayo se levantó y observó el Ábbakus. No sabía lo que estaba viendo, pero la conformación del aparato no se parecía en absoluto al destino que habían predefinido para el experimento, de eso sí estaba seguro. De nuevo, el científico habló, con un hilo de voz todavía más tenue y atiplado.

—Tengo que comprobarlo, pero ahora mismo este endemo- niado cacharro marca un punto celeste situado al otro extremo de la galaxia.

—Y lo que se ve desde la exclusa exterior, desde luego no es la tierra. Ni nada que se parezca a lo que yo haya visto jamás.

Brad giró el monitor que había estado mirando, de forma que sus interlocutores pudieran verlo. Gabriel estaba seguro de que antes de que comenzara aquella locura de baile, mostraba una imagen de la tierra, oculta en parte por la inmensa mole del Rulo y los retazos colgantes del cable y la urdimbre, igual que una medusa desgreñada. Ahora se veía lo que, supuso, era una espec- tacular nebulosa multicolor, en la que flotaba un umbrío planeta de color púrpura, rodeado por varios enormes y extraños anillos entrecruzados. Ni rastro del Rulo ni del cable. Ni de la tierra, claro. Gabriel no pudo evitar soltar una de sus pequeñas perlas.

—Pues parece que funciona, sí. Sin necesidad de capar a nadie, gracias a Ella. Y sin Rulo, Brad. Con la de trabajo que te ha dado...

 

ÍNDICE


PREFACIO

1. La pintada

2. Él.

3. Encuentro

4. El diario de Ella

5. ¡Ahora caigo!

6. Miedo

7. El final

8. El principio


I LATINOLIBRES ELL@S

0. Primer sueño de la gitana (Despuntaba en Moralucía)

1. La llamada (Que se lo recordara)

2. Reunión urgente (En honor de Ella)

3. La rival (Había que disfrutarlo)

4. Una estrategia (Desvaríos interplanetarios)


II RUSOPA EN LOS PARQUES

0. Segundo sueño de la gitana (Pobre osico)

1. El trono humano (Una y otra vez)

2. Demasiadas visitas (Para una noche)

3. Tangana en el Parque Central (Si es que llega)

4. Vlad y su oso (Degenerados neorreligionarios)

5. Hacia Moralucía (Acuérdate de mí, le gritaban)

6. Gitanos (En manos de los Tuaregs)


III CORPAMÉRICA ORBITA

0. Tercer sueño de la gitana (Entrara el sol)

1. Brad, el tío (De Subamérica, nada menos)

2. Ascenso (Habían llegado)

3. El Péndulo (Algo más comunicativo)

4. Descenso (Un poco solo, allá arriba)


IV ÁFRICA NEORRELIGIONARIA

0. Cuarto sueño de la gitana (Como si fuera un libro)

 

1. Pequeño Neoprofeta (Quedarse en blanco)

2. Cadáveres en el desierto (Pensar durante la travesía)

3. Tarzán (Ni una sola vez)

4. Que un robot se cuelgue (Sabía ya demasiado)


V CHINASIA HUIDA

0. Quinto sueño de la gitana (Esas visiones)

1. De nuevo, demasiadas visitas (Impertinencias del subameri- cano)

2. Revelaciones (Saliendo disparada)

3. A escape (Oía una sirena)

4. Detención (Le esperaba allí)

5. Do suidaniya (Le había robado la espada)

6. Soborno (A tiempo al Péndulo)

7. Santiago, agente especial (Sin dejar de saludar)

8. Problemas complicados (Durante unas horas)

9. Soluciones sencillas (Vivir sin él)


VI SUBAMÉRICA EN INTERCAMBIO

0. Sexto sueño de la gitana (Al agüelo y a mí)

1. El Comisario (Sí o sí)

2. Mirón de playa (Reclamarle la consumición)

3. Mal encuentro (Sus propios fluidos corporales)

4. Reinventarse (Demasiado revolucionados)

5. Conspiración (Estaban esperando)

6. Visitantes del espacio (Nunca más)

7. Intercambiados (Una voz familiar que la llamaba)


VII PÉNDULO INTERCONTINENTAL

0. Séptimo sueño de la gitana (Sólo había cachorros)

1. Reencuentros (Menos al humano)

2. Fuego en la telaraña (Se cae)

3. Supervivientes (Por si acaso)

4. ¿Y si...? (Prueba libre)

5. Ábbakus (La de trabajo que te ha dado)

 

Este libro terminó de imprimirse en Madrid en 2015

 


Edición especial para la Biblioteca Sitio de Ciencia-Ficción


En Madrid, marzo de 2021




FIN

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