© Libro N° 14099. La Potencia
Plebeya: Acción Colectiva E Identidades Indígenas, Obreras Y Populares En
Bolivia. García
Linera, Álvaro. Emancipación. Julio 26 de
2025
Título Original: © La Potencia Plebeya: Acción
Colectiva E Identidades Indígenas, Obreras Y Populares En Bolivia. Álvaro
García Linera
Versión Original: © La Potencia Plebeya: Acción Colectiva E Identidades Indígenas,
Obreras Y Populares En Bolivia. Álvaro García Linera
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Acción Colectiva E Identidades Indígenas, Obreras Y Populares En
Bolivia
Álvaro
García Linera
LA POTENCIA
PLEBEYA:
Acción
Colectiva E Identidades Indígenas, Obreras Y Populares En Bolivia
Álvaro García Linera
Sociología y política
Antologías
del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño
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de la colección
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G37
2015\ García
Linera, Álvaro
La
potencia plebeya : acción colectiva e identidades indígenas, obreras y
populares en Bolivia / Álvaro García
Linera ; antología y \
\
presentación, Pablo Stefanoni. — México, D. F. : Siglo XXI Editores ; Buenos
Aires : CLACSO, 2015.
\530
p. (Sociología y política)
ISBN-13:
978-607-03-0677-8
1.
Sindicatos – Bolivia. 2. Sindicalismo – Bolivia. 3. Movimientos laboradores –
Bolivia. 4. Indios de América del Sur – Bolivia – Relaciones gubernamentales.
5. Indios de América del Sur – Bo-livia – Política y gobierno. I. Stefanoni,
Pablo, prologuista. II. t.
III.
Ser
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responsabilidad por las opiniones expresadas en los libros, artículos, estudios
y otras colaboraciones incumbe exclusivamente a los autores firmantes, y su
publicación no necesariamente refleja los puntos de vista de la Secretaría
Ejecutiva de CLACSO.
Primera
edición, 2015
© Siglo
XXI Editores, S.A. de C.V.
© Álvaro
García Linera
isbn
978-607-03-0677-8
en
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Índice
|
Álvaro García Linera: pensando Bolivia entre dos siglos.............. |
\ |
9 |
|
Pablo Stefanoni |
|
|
|
ANTOLOGÍA DE ÁLVARO GARCÍA LINERA |
|
|
|
I. Marxismo y
mundo agrario |
|
|
|
Introducción al Cuaderno Kovalevsky (1989)................................ |
\ |
31 |
|
América
(1991)............................................................................... |
\ |
53 |
|
II. El Manifiesto comunista y nuestro tiempo |
|
|
|
¿Es el Manifiesto comunista un arcaísmo político, un
recuerdo |
|
|
|
literario? Cuatro tesis sobre su actualidad histórica (1999).......... |
\ |
71 |
|
III. Ciudadanía y
democracia |
|
|
|
Ciudadanía y democracia en Bolivia (1900-1998) (1999).............. |
\ |
173 |
|
|
|
|
|
Los ciclos históricos de la formación de la condición obrera |
|
|
|
minera en Bolivia (1825-1999)
(2000)............................................ |
\ |
197 |
|
La muerte de la condición obrera del siglo XX (2000)................. |
\ |
211 |
|
V. Movimiento
indígena |
|
|
|
Narrativa colonial y narrativa comunal
(1998).............................. |
\ |
251 |
|
Autonomías indígenas y Estado multinacional (2004).................. |
\ |
271 |
|
VI. Estructuras de
los movimientos sociales |
|
|
|
Sindicato, multitud y comunidad. Movimientos sociales y |
|
|
|
formas de autonomía política en Bolivia
(2001)............................ |
\ |
347 |
|
VII. Crisis estatal
y época de revolución |
|
|
|
Crisis del Estado y sublevaciones indígeno-plebeyas |
|
|
|
en Bolivia
(2004)............................................................................. |
\ |
423 |
|
La lucha por el poder en Bolivia
(2005)......................................... |
\ |
447 |
|
Indianismo y marxismo. El desencuentro de dos razones |
|
|
|
revolucionarias
(2005).................................................................... |
\ |
477 |
|
El Estado en transición. Bloque de poder y punto |
|
|
|
de bifurcación
(2008)...................................................................... |
\ |
501 |
Bibliografía
de Álvaro García Linera............................................. \ 527
ÁLVARO
GARCÍA LINERA:
PENSANDO
BOLIVIA ENTRE DOS SIGLOS
Pablo Stefanoni1
Yo
me veo como uno de los últimos jacobinos de la
Revolución
Francesa y veo a Evo como Robespierre.
Álvaro
García Linera
Además
de vicepresidente y “copiloto” de Evo Morales, Álvaro García Linera es uno de
los intelectuales más destacados de Boli-via, lo cual lo ubica inmediatamente
como intérprete del complejo proceso político y social iniciado el 22 de enero
de 2006, con la llegada al gobierno del presidente Evo Morales Ayma, el primer
indígena en dirigir las riendas de esta nación andino-amazónica, en la que el
62% de sus habitantes se autoidentifica como parte
1\
Periodista y economista. Ex becario del Consejo Latinoamericano de Ciencias
Sociales (clacso) y la Agencia
Sueca de Cooperación Internacional (asdi)
(2002). Es coautor, con Hervé do Alto, del libro La revolución de Evo
Morales. De la coca al palacio (Buenos Aires, Capital
Intelectual, 2006). Actualmente se desempeña como corresponsal en
Bolivia del diario Clarín de Argentina y como director de la
edición boliviana de Le Monde Diplomatique.
9
de un pueblo originario, mayoritariamente quechua y
aimara.2 En efecto,
Morales lo convocó en 2005 para acompañarlo en el binomio presidencial (luego
de un primer intento de buscar un “empresario nacional”), por considerarlo un
“puente” —y un traductor, como a García Linera le gusta presentarse a sí mismo—
entre los campesinos e indígenas, y las clases medias urbanas,3 reacias
a votar por un campesino formado en la escuela sindical, con un bachillerato de
provincia como única credencial educa-tiva, pero más abierta a aceptar a un
dirigente cocalero acompa-ñado por “un hombre que sabe”, como rezaba uno de sus
afiches de la campaña electoral de 2005.
A
más de dos años de su llegada a la vicepresidencia, nadie puede afirmar —con
evidencias serias— que García Linera sea el “cerebro” del gobierno, pero ello
tampoco puede ocultar que este matemático y sociólogo autodidacta, seguidor
entusiasta del sociólogo Pierre Bourdieu (a quien cita a menudo en entrevistas
periodísticas y académicas), tiene en la nueva administración bo-liviana un
perfil que lo aleja de la intrascendencia que histórica-mente tuvo el cargo de
vicepresidente. De hecho, casi no utiliza su despacho en la vicepresidencia, y
desempeña sus labores en una oficina más modesta, pero a escasos pasos de la
del jefe de Estado, en el Palacio Quemado de La Paz. Son casi inexistentes las
reuniones importantes del presidente boliviano en las que no
2\ 琀l
censo boliviano, a diferencia de otros, como el ecuatoriano, no utiliza
pregun-tas sobre autoidentificación racial sino étnico-cultural.
Mientras que las primeras incluyen categorías como “blanco”, “indígena”,
“mestizo”, “negro”, etc., las segundas se refieren a la pertenencia a un pueblo
originario concreto: aimara, quechua, guaraní, etcétera. Esto implica que no
habría contradicción entre el hecho de que más del 60% de los bolivianos se
autoidentifique como mestizo (en muchas encuestas) y un porcentaje similar se
considere parte de un pueblo nativo en el censo.
3\ 琀l
concepto de clase media, aplicado a Bolivia, por momentos oscurece más de lo
que aclara. La existencia de “capitales étnicos” hace que se consideren clases
medias a los blanco-mestizos (incluso los de bajos ingresos) y se excluya de
esta categoría a los sectores “cholos” (indígenas urbanos) que han acumulado
impor-tantes capitales económicos, fundamentalmente mediante el comercio
informal.
10
esté sentado García Linera, habitualmente vestido
con terno (casi siempre sin corbata) y sobretodo negro.
El
actual vicepresidente nació en una familia mestiza de cla-se media en
Cochabamba, el 19 de octubre de 1962. Comenzó a interesarse por la política
durante la dictadura de Hugo Banzer (1971-1978), y apenas caído este régimen —a
los 17 años— sin-tió el efecto del gran bloqueo aimara a La Paz, organizado por
la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (csutcb),
ya fuertemente influenciada por las ideas indianistas, difundidas por el
movimiento katarista.4 Poco des-pués, su interés por el vínculo
entre política y etnicidad continuó en México, a donde se trasladó para cursar
una licenciatura en matemáticas en la Universidad Autónoma, “porque creía que
las ciencias ‘blandas’ podía aprenderlas yo solo”.5 Allí, en el
contexto de las campañas de solidaridad con los movimientos armados en
Centroamérica, fue atraído por el debate sobre la cuestión étnica (maya)
alentado por la guerrilla guatemalteca; y —según recuer-da— inicia el pasaje de
una orientación más filosófica y abstracta vinculada al estudio de El
capital, de la dialéctica de Hegel y de la
4\ 琀l
movimiento katarista surgió en los años setenta, promovido por sectores
aima-ras urbanos que accedieron a los estudios superiores. Inspirado por las
ideas de Fausto Reinaga, se lo considera el primer movimiento indianista
contemporáneo en Bolivia. Los kataristas introdujeron una lectura de la
historia de Bolivia como el pasaje de la dominación colonial española al
colonialismo interno, mantenido por las elites republicanas, y contribuyeron a
la construcción de una identidad “india” aimara-quechua. Pese a su importante
influencia en los sindicatos cam-pesinos, nunca lograron consolidarse como
movimiento político. Luego de su división en torno a la participación política
en el Estado “liberal” en los noventa, uno de sus referentes, Víctor Hugo
Cárdenas, accedió a la vicepresidencia de Bolivia en una alianza con el
Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr)
en su etapa neoliberal, bajo el mando de Gonzalo Sánchez de Lozada. Desde ese
cargo, promovió el reconocimiento constitucional de Bolivia como un país
“pluriétnico y multicultural”. Con todo, el actual proceso de cambio, liderado
por Evo Morales, reconoce en el katarismo una de sus matrices
político-ideoló-gicas. Para un estudio de esta corriente, véase Silvia Rivera,
Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aimara y quechua
de Bolivia, 1900-1980, La Paz, hisbol y csutcb,
1986.
5\
Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la
emanci-pación, México, Ocean Sur, 2009
11
filosofía de Kant, a una mirada más práctica que,
ya en los ochen-ta, conllevará su giro hacia lecturas “más leninistas”.
Un
caso poco común en la intelectualidad boliviana, García Linera nunca militó en
la izquierda tradicional (históricamente representada por el Partido Obrero
Revolucionario y el Partido Comunista de Bolivia), ni en las agrupaciones que
heredaron una ideología cristiano-guevarista, como el Movimiento de Izquierda
Revolucionaria (mir), frente a las
cuales mostró cierto desprecio. En efecto, sus lecturas de Marx, Lenin,
Althusser o Gramsci le servirían de insumos en su polémica contra la “vieja
izquierda”, y en su búsqueda de un marxismo adaptado a la realidad andi-na,
previamente intentada por el comunista peruano José Carlos Mariátegui. Su
regreso a Bolivia, en 1985, coincidió con el rotun-do fracaso del gobierno
reformista de la Unidad Democrática Popular (udp)
(conformada originalmente por el Movimiento Nacionalista Revolucionario de
Izquierda, el Partido Comunis-ta y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria),
agobiado por la hiperinflación y las presiones cruzadas de la entonces
podero-sa Central Obrera Boliviana (cob)
y los sectores empresariales conservadores.
Con
el abandono anticipado del poder por la udp,
la izquierda desapareció del escenario electoral, a excepción del mir,
que so-brevivió, con el costo de convertirse al neoliberalismo. Al tiempo, la
hoja de ruta político-intelectual de García Linera se centraba cada vez más en
el esfuerzo por articular “dos razones revolu-cionarias” en ese momento en
disputa, marxismo e indianismo:6
6\ 琀l
pacto militar-campesino, firmado en los años sesenta entre el movimiento
campesino y el presidente militar René Barrientos, contribuyó a aislar a los
mi-neros (masacrados por la dictadura) y generó un largo periodo de
desconfianza obrera hacia los campesinos, lo cual fue agravado por la supuesta
“traición” de los campesinos al guerrillero argentino-cubano Ernesto “Che”
Guevara. Estos estigmas fueron revertidos parcialmente con el crecimiento del
katarismo y la nueva alianza obrero-campesina, a partir de finales de los años
setenta. Desde 2003, son los campesinos quienes se consideran la “vanguardia”
del proceso de cambio liderado por Evo Morales.
12
Ahí comienza una obsesión, que mantuve durante diez
años, de rastrear aquello que había dicho Marx sobre el tema [étnico].
Co-menzamos entonces a escudriñar los cuadernos, los textos de Marx sobre los
“pueblos sin historia” del año ‘48 y los trabajos de Engels, pero también
empezamos a revisar la lectura de los Grundrisse, así como también
los textos sobre la India, sobre China, luego las car-tas a Vera Zasúlich,7 y
luego los manuscritos etnológicos, y también los otros manuscritos, inéditos,
que están en Ámsterdam. Viajamos hasta allá a buscar un conjunto de cuadernos
que ahí existen sobre América Latina; hay unos ocho o diez cuadernos de Marx
sobre América Latina. Comienza una obsesión, con distintas variantes, a fin de
encontrar el hilo conductor sobre esa temática indígena des-de el marxismo, y
creyendo que era posible que el marxismo pu-diera dar cuenta de la fuerza de
tal dimensión, del contenido y del potencial de la demanda étnico-nacional de
los pueblos indígenas. Ello implicaba múltiples peleas, en textos menos
académicos y más polémicos, con la izquierda boliviana, para la cual no había
indios sino obreros, campesinos o clase media. Se trataba de una polémica
marginal, porque éramos un grupo de personas que no influíamos en ninguna
parte, nos dedicábamos a repartir nuestros panfletos, nuestros textitos,
nuestros policopiados de cincuenta páginas, en las marchas, en las minas. Pero
ahí se inicia una polémica […]8
Entre
las polémicas, se encuentra el breve texto “América”, donde García Linera
polemiza con José María Aricó en relación con el acercamiento de Marx sobre
América Latina, en gran me-dida expresado en su discutido texto sobre Simón
Bolívar, pu-blicado en The New American Encyclopedia.9
Todo
ello se producía en un contexto de contrarreformas neo-liberales, que
condujeron a la derrota de la Marcha por la Vida de
7\
Proveniente del populismo (narodniki) adhiere posteriormente al
marxismo y es parte del Grupo de Emancipación del Trabajo fundado por Georgi
Plejánov.
8\
Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la
emanci-pación, op. cit.
9\ “Bolívar
y Ponte”, en Cuadernos de Pasado y Presente, No. 30, 1972.
13
los mineros que, ante el cerco militar organizado
por Víctor Paz Estenssoro y el derrumbe internacional de los precios del
estaño, produce un repliegue y posterior desbandada, de la cual el mo-vimiento
obrero boliviano y la cob no
han logrado recuperarse hasta nuestros días, cuando Bolivia vive una nueva
“primavera popular”, liderada por campesinos e indígenas, e iniciada con la
“guerra del gas” de septiembre y octubre de 2003. Pero la crisis obrera era la
expresión de un fenómeno de mayor magnitud: el fin del capitalismo de Estado
impulsado por la Revolución Na-cional de 1952, cuya extremaunción en 1985-1986
quedó para-dójicamente a cargo del propio caudillo de ese levantamiento de
obreros, campesinos y policías, que nacionalizó las minas, decretó la reforma
agraria e impuso el voto universal: el doctor Paz, co-mo era llamado
popularmente, transformado en un convencido impulsor de las “reformas
estructurales” promovidas por el Con-senso de Washington.
En
ese contexto de retroceso obrero, junto con sus teoriza-ciones plasmadas en
libros como Las condiciones de la revolución social en
Bolivia (basado en su lectura de Lenin) y De demonios
escondidos y momentos de revolución.10 Marx
y la revolución en las extremidades del cuerpo capitalista,
se produce un acercamiento de García Linera a campesinos ex
kataristas, cuyo líder era Felipe Quispe Huanca, y a grupos mineros de base.
Todos ellos aposta-ban a una repolitización —y “reinvención”— del mundo
popular, mediante la activación de una identidad étnica a menudo oculta detrás
de la identidad obrera o campesina, fortalecidas tanto por la izquierda
marxista como por el nacionalismo revolucionario, que concebía la bolivianidad como
sinónimo de mestizaje. Esta constelación de intelectuales (que incluía a su
hermano Raúl Gar-cía Linera y a su esposa e intelectual mexicana Raquel
Gutiérrez), campesinos y (ex) obreros da lugar a la experiencia de la Ofensiva
Roja de los Ayllus Tupakataristas y a su brazo armado, el ejército
10\
Álvaro García Linera, De demonios escondidos y momentos de revolución.
Marx y la revolución social en las extremidades del cuerpo
capitalista La Paz, Ofensiva Roja, 1991.
14
Guerrillero Tupac Katari (egtk),
cuyos “marcos interpretati-vos” de la realidad boliviana —a diferencia del
foquismo clásico de matriz guevarista— ponían énfasis en la organización de una
gran sublevación indígena, mediante la organización militar y el armamento de
las comunidades.11
Pese
a su temprano fracaso militar, la actividad del egtk se
asentó en un imaginario —como lo indican los nombres de la or-ganización—
asociado a la memoria histórica de la rebelión del caudillo aimara Tupac Katari
en el siglo XVII, ahogada en sangre por las tropas coloniales españolas,12 y
esta “guerrilla aimara” mostró cierto éxito en la formación de cuadros
indígenas. Inclu-so algunos campesinos del norte del lago Titicaca
establecieron vínculos con el grupo guerrillero peruano Sendero Luminoso (en
sus escuelas de cuadros), pero regresaban decepcionados por la invisibilización
de lo indio por parte de ese grupo mesiánico de ideología maoísta pasada por el
tamiz de las tesis —por momentos delirantes— del “Presidente Gonzalo”, tal como
su líder, Abimael Guzmán, era llamado por los militantes senderistas.
Programáticamente,
la Ofensiva Roja defendía el derecho a la autodeterminación —e incluso a su
separación del “Estado burgués boliviano”— de las “naciones” aimara
y quechua.13 No obstante los esfuerzos por articular marxismo e
indianismo, tal como lo muestran los propios panfletos del grupo armado, el
én-fasis en las posiciones indianistas, con los q’aras14 como
enemigos, o marxistas, que destacan en su análisis la dimensión de clase, era
variable en virtud de los autores de cada pronunciamiento. Mien-tras en algunas
declaraciones del grupo se hablaba de los partidos de izquierda como portadores
de ideologías foráneas “trasplan-
11\
Véase Jaime Iturri Salmón, egtk:
la guerrilla aimara en Bolivia, La Paz,
Vaca Sagrada, 1992.
12\
Véase Sinclair Thomson, Cuando sólo reinasen los indios. La política
aimara en la era de la insurgencia, La Paz, Muela del
Diablo, 2006.
13\ Jaime
Iturri Salmón, egtk:
la guerrilla aimara en Bolivia, op. cit.
14\
Término que significa literalmente “desnudo”, y que los indígenas utilizan para
referirse a los blanco-mestizos (blancoides) (N. del A.).
15
tadas de Europa”, Qhanachiri (seudónimo
de García Linera)15 dedica centenares de páginas a hurgar en
Marx, Engels o Lenin para encontrar respuestas al problema nacional o
comunitario-campesino. De todos modos, la idea del “gobierno indio” aparece en
unos y otros. A diferencia de la izquierda clásica, los “egetecos” —como
se los llamaba popularmente— otorgan a los campesi-nos un papel revolucionario,
y hasta comunista, e imaginan un socialismo basado en el ayllu (estructura
comunitaria aimara).16 Es notable que García Linera mantuviera
hasta la actualidad esta idea de luchar para que un indígena llegara a la
presidencia de la república, incluso cuando había abandonado su posición
so-cialista (al menos en términos ortodoxos, es decir, de cambio del
capitalismo por una economía estatizada y plantificada).
Luego
de algunos atentados dinamiteros contra torres de al-ta tensión o poliductos,
todos los integrantes de la dirección del egtk fueron
detenidos. García Linera fue aprehendido el 10 de abril
de 1992, en la tranca de Senkata, en la ciudad de El Alto, colindante con La
Paz, y posteriormente denunció haber sido torturado por la policía. No
obstante, pasada la peor parte de los interrogatorios, comenzó una etapa
intelectualmente producti-va, con lecturas de antropología andina, etnohistoria
y economía agraria. Sobre la base de El capital de Marx y los
textos de los cronistas coloniales, emprende un esfuerzo teórico que se mate-
15\ “Aquél
que clarifica las cosas”, en aimara (N. del A.).
16\
Dice Felipe Quispe: “A nuestros opresores de siempre les tocará obedecer
nues-tras leyes naturales [pero] nuestras leyes naturales y comunitarias no
serán para esclavizar ni discriminar a los q’aras blancos
extracontinentales, a los mestizos europeizados, etc., sino que nosotros
pondremos la ‘ley comunitaria’, de igualdad de derechos para todos los que
viven y trabajan con honradez en nuestra patria Qullasuyu (Bolivia). Los
aimaras no estamos enfermos con un crudo ‘racismo indio’, no planteamos la
lucha de razas de ninguna manera, entiéndanlo bien: aquí nadie está labrando un
movimiento racial, nuestros planteamientos no tie-nen nada de irracional y
mucho menos tienen ‘rasgos medulares del pensamiento fascista’ europeo, como
algunos intrusos doctorcillos esgrimen para tratar de desprestigiar, ensuciar y
tergiversar el verdadero ‘Tupakatarismo-Comunitario’ que llama a la lucha de
las Naciones Originarias al lado de las banderas de la lucha de clases”. Citado
en Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa,
Las
vías de la emancipación, op. cit.
16
rializará en el libro Forma valor y forma
comunidad, que trabaja el tema del valor de uso, el valor de cambio y las
lógicas organizati-vas de la modernidad, para hacer un contrapunto con las
lógicas organizativas del mundo andino. De tal reflexión deriva la lógica de la
“forma valor como la lógica de la modernidad capitalista”, y “la forma
comunidad no como movimiento social, sino como lógica organizativa del mundo
andino”. Más de una década des-pués, el autor recuerda:
Como
tenía mucho tiempo disponible pude aplicar cierta forma de reflexión
antropológica, matemática, y estudiar ciertos espacios sociales. Fueron cinco
años de encierro. Creo que es mi libro me-jor logrado por el tiempo que pude
dedicarle, por la paciencia que tuvimos en armar las transcripciones, las
palabras.17
Inmediatamente
después de su salida de la cárcel, se involucró en el mundo académico, en la
Facultad de Sociología de la Uni-versidad Mayor San Andrés. Sus debates sobre
el mundo obrero con la izquierda obrerista y con quienes traían a Bolivia las
tesis sobre el fin de la clase obrera se tradujeron en dos investigaciones
académicas, que se plasmaron en dos libros: Reproletarización,
sobre el mundo fabril y sus cambios organizativos y tecnológi-cos, y La
condición obrera, sobre esos mismos cambios en torno a la “nueva minería”.
Se trata de analizar al nuevo proletariado de microempresas, de empresas
fragmentadas, desconcentradas, conformado por mujeres y hombres muy jóvenes,
sin derechos, no tomados en cuenta por una entidad sindical matriz, atada a la
idea de que los mineros seguían siendo la vanguardia del pueblo boliviano. En
sus propias palabras:
Las
conclusiones generales son que los obreros no han desapare-cido, incluso
aumentaron, pero ha habido una modificación de la estructura material de la
condición obrera, de la identidad obrera
17\
Franklin Ramírez Gallegos y Pablo Stefanoni, “La montée au pouvoir des
mouve-ments sociaux en Bolivia”, op. cit.
17
y de la composición política y cultural de la clase
obrera [bolivia-na]; de allí se deriva una explicación de por qué la cob se
extingue como movimiento social unificador del país.18
De
todos modos, los años noventa no eran un buen momento para la intelectualidad
crítica, ya que la mayoría de los intelectua-les de izquierda fueron cooptados
por el “neoliberalismo multi-culturalista” de Gonzalo Sánchez de Lozada,19 y
la recepción de estas obras fue escasa.
En
realidad, el salto a la palestra pública de García Linera y otros intelectuales
agrupados en torno al grupo Comuna,20 se dio de la mano de la
“guerra del agua” de 2000, cuando los habitantes de Cochabamba se levantaron
contra el aumento de las tarifas por parte de la empresa Aguas del Tunari
(Bechtel), con una vio-lenta pueblada que acabó con la expulsión de la empresa
trasna-cional. Pero, aún más importante que eso, la inesperada “guerra del
agua” marcó un punto de inflexión, acabando con década y media de derrotas
populares y con la ilusión —promovida por los intelectuales neoliberales— del
fin de la política de las calles y del triunfo de la democracia representativa
(liberal) como el úni-co espacio de la acción política. Poco a poco, un nuevo
sentido común nacional-popular, y la revalorización de la acción directa como
forma de lucha, recuperaron parte de la legitimidad per-dida. Poco después, los
aimaras del altiplano paceño, liderados por Felipe Quispe, bloquearon
masivamente La Paz, impidiendo
18\
Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la
emanci-pación, op. cit.
19\
Bajo el gobierno de Sánchez de Lozada y del vicepresidente Víctor Hugo
Cárde-nas —primer aimara en llegar a esa posición— se reconoció
constitucionalmente el carácter multicultural y pluricultural de Bolivia.
20\
Grupo político-intelectual conformado por Raquel Gutiérrez, Álvaro García
Linera, Luis Tapia, Raúl Prada y Oscar Vega. Sus libros incorporaron elementos
teóricos de las “nuevas izquierdas”, de la sociología de los movimientos
sociales y de la filosofía crítica para dar cuenta de las nuevas luchas
indígenas-populares posteriores al derrumbe de la Central Obrera Boliviana como
núcleo hegemó-nico del mundo subalterno boliviano.
18
incluso el ingreso de alimentos.21 En
un contexto de nuevas for-mas de lucha, pero sobre todo, de nuevos actores (en
su mayoría campesinos e indígenas) poco comprendidos en las ciudades, se fue
consolidando el papel de García Linera como sociólogo-intérprete,
lo que se reflejó en su presencia cada vez mayor en los medios de
comunicación, bajo la figura de moda del “analista”; en efecto, su creciente
prestigio intelectual fue haciendo olvidar a la opinión pública su pasado
guerrillero.
Si
bien hablaba desde el compromiso con los movimientos sociales —un término que
fue ganando espacio frente a la ter-minología clasista de antaño—, sus formas y
posiciones políticas aparecían moderadas por sofisticados análisis, capaces de
“tradu-cir” a las clases medias urbanas la “racionalidad” (cosmovisión, dirían
los indianistas) de la Bolivia profunda y tradicionalmente despreciada,
completamente opaca para los intelectuales hege-mónicos. En esa época, además
del italiano Antonio Negri (cuyos textos utilizó en sus estudios sobre la
“composición política de la clase” en sus trabajos sobre el mundo obrero),
García Linera hace un “giro sociológico” hacia las teorías de los movimientos
sociales, e incorpora la sociología histórica de Charles Tilly y la visión más
racionalista de la movilización de recursos, tomando distancia de teóricos como
Alain Touraine.
Fue
en este momento que surgió el artículo sobre la “forma sindicato”, la “forma
comunidad” y —como elemento novedo-so— la “forma multitud”, uno de sus textos
más innovadores para entender las transformaciones en las formas de agregación
política y social, producto de las reformas neoliberales desde mediados de los
años ochenta. Este artículo marca su momentuum autono-mista,
con cierta influencia del Negri de la “multitud”, además de su referente más
permanente, el francés Pierre Bourdieu, y el boliviano René Zavaleta.22 No
obstante, García Linera aclara que
21\
La Paz se encuentra en una especie de pozo (hollada), lo que facilita los
bloqueos y cercos.
22\
Sociólogo nacionalista que posteriormente evolucionó hacia el marxismo.
Desa-rrolló un profundo análisis político-sociológico de Bolivia como una
“sociedad abigarrada”.
19
utiliza el concepto “multitud” en un sentido
diferente al de Negri, quien lo puso de moda, y que se refiere a una
“asociación de aso-ciaciones de varias clases e identidades sociales sin una
hegemo-nía única en su interior”. Allí, según el vicepresidente boliviano,
[…]
pueden sumarse campesinos, regantes, estudiantes, obreros sindicalizados,
desocupados, intelectuales, individuos sueltos, y la hegemonía se mueve
alrededor de temas, de circunstancias, movi-lizaciones temáticas, autonomía de
cada organización en función de sus repertorios, estructuras y sus maneras de
cumplimiento; subsiste, sin embargo, una voluntad de acción conjunta en torno a
un tema y a liderazgos móviles y temporales.23
El
Movimiento al Socialismo (mas)
fue resultado de esta agre-gación de sindicatos campesinos de diverso tipo,
herederos de una cultura sindicalista del mundo plebeyo, que históricamente
suele hacer política desde el sindicato. En este marco, en 1995 se aprobó la
“tesis del instrumento político”, que instruía la con-formación de un “partido”
que permitiera a estas organizaciones populares dar un salto a la arena
electoral sin necesidad de alian-zas con los partidos legales de entonces
(incluyendo los pequeños grupos de izquierda con los cuales los campesinos,
sobre todo los cocaleros —núcleo duro del mas—
debían aliarse a falta de personería electoral propia).24
De
manera sorprendente, el ciclo de movilizaciones iniciado en 2000 tuvo su
expresión electoral en 2002: el dirigente cocalero Evo Morales, quien se había
embarcado en violentas confronta-ciones con el Estado en defensa del cultivo de
la hoja de coca, obtuvo el segundo lugar en las elecciones presidenciales de
ese año, a menos de dos puntos de Gonzalo Sánchez de Lozada, que cosechó algo
más del 22% de los votos. Pero poco más de un año después, el mandatario —que
hablaba castellano con acento es-
23\
Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la
emanci-pación, op. cit.
24\ Véase
Pablo Stefanoni y Herve Do Alto, La revolución de Evo Morales, op cit.
20
tadounidense— fue derribado por una masiva
insurrección po-pular, conocida como la “guerra del gas”, que comenzó atacando
los planes gubernamentales de exportar gas a México y Estados Unidos por
puertos chilenos (país que en la Guerra del Pacífico de 1879 se apoderó de la
salida de Bolivia al océano Pacífico), pero que acabó construyendo un nuevo
sentido común antineo-liberal y anticolonial.
García
Linera comenzó a dividir su tiempo entre la universi-dad, los medios de
comunicación —donde empezó a trabajar de forma sistemática, incluso como
analista en un popular noticie-ro— y el asesoramiento a los sindicatos
campesinos. Ese perfil de intelectual con vínculos con los movimientos sociales
(incluso los aimaras más radicales lo respetan por haber estado preso por
indianista) atrajo a Evo Morales, a quien comenzó a asesorar de manera más o
menos formal. Más tarde, en 2005, en medio de una nueva “guerra del gas”, esta
vez en demanda de la naciona-lización de los hidrocarburos, que provocó la
caída del gobierno de Carlos Mesa y abrió paso a elecciones anticipadas, su
batalla cotidiana “por el sentido común”, como a García Linera le gus-ta
definir retrospectivamente su actividad, lo proyectó como el complemento ideal
del líder cocalero en su objetivo de atraer a las clases medias urbanas,
temerosas del devenir del país en manos de un indígena formado en la escuela
del sindicalismo agrario.25
Y
el clima nacionalista que vivía el país, junto al fuerte des-prestigio de la
derecha —representada electoralmente por el ex presidente Jorge “Tuto” Quiroga—
allanó el camino al triunfo electoral del binomio Morales-García Linera el 18
de diciembre de 2005, con un inédito 53,7% de los votos (el mayor porcentaje
obtenido por una fórmula presidencial desde la restauración de la democracia en
1982), e inauguró la fase del “sociólogo-vice-presidente”. Continuaba, así, una
tradición boliviana —y latinoa-mericana— de intelectuales que pasaron, con
éxito desigual, de
25\ 琀n
su concepción de un “gobierno de poncho y corbata”, él estaba obligado a usar
ese símbolo de la sociedad urbana-moderna, e incluso de la aculturación de los
indígenas.
21
las “armas de la crítica” a la “crítica de las
armas” para transfor-mar una realidad, que en el caso boliviano fue moldeada
por la incapacidad de sus elites para construir una nación incluyente y un
proyecto de país compartido. Al mismo tiempo, su candida-tura vicepresidencial
implicó una ruptura definitiva con Felipe Quispe, quien siempre estuvo
enfrentado con Morales por una pelea de liderazgos por el control de los
sindicatos campesinos, y perdió con el líder cocalero la competencia por ser el
“primer presidente indígena de Bolivia”.
Poco
tiempo después de ocupar una oficina en el Palacio Que-mado, García Linera
sostuvo:
La
reflexividad sociológica es decisiva porque si no uno se pierde en el bosque.
Es muy fácil perderse y comenzar a actuar intuitiva-mente, rodeado de infinidad
de pequeños arbolitos. Creo que bue-na parte del funcionamiento de la
administración pública es así, de ahí el esfuerzo por mirar el bosque en su
conjunto, pero ésta no es una tarea fácil. Mientras que el académico puede ver
en un proce-so relativamente largo la comprensión de la palabra y el saber en
sentido colectivo (la conversión mediada del verbo en ideología), en el
gobierno vemos la conversión de la palabra en materia po-lítica, en hecho
práctico institucional (la conversión del verbo en materia mediante la
maquinaria burocrática). Pero es muy bonito lograr esta combinación: un nivel
de especificidad inaccesible para el investigador externo y un nivel de
generalidad y mirada global imprescindible para orientarte en términos más
sistémicos. Hacia allí se dirige mi esfuerzo.26
No
obstante, este aterrizaje en la cúpula del poder pondría a prueba las teorías
previas de García Linera: ya no se trataba solamente de analizar lo que ocurre,
sino de interactuar con un universo popular que, como ya advirtió Antonio
Gramsci, con-tiene tendencias disruptivas, pero también conservadoras, fren-
26\
Pablo Stefanoni, “El surgimiento de un neopatriotismo indígena”, entrevista a
Álvaro García Linera, en El Viejo Topo, No. 225, 2006.
22
te al orden vigente. Y esto es especialmente válido
para el caso de Bolivia, donde esas tendencias conservadoras —muy visibles en
el plano cultural y moral— se combinan con fuertes fidelida-des corporativas,
desde las cuales los sectores populares leen el mundo, hacen política y se
movilizan en defensa de sus intereses. Además, cuestiones más prosaicas, como
el patrimonialismo, los constantes repliegues particularistas y la falta de
cuadros político-administrativos, aparecieron como los límites de la original,
pero no menos incierta, “revolución democrática cultural”, como des-de el
gobierno definieron el nuevo rumbo iniciado por Bolivia en enero de 2006.
Para
algunos concluía así una progresiva moderación de las posiciones políticas e
ideológicas del ex matemático; para otros, esa moderación es sólo un maquillaje
que encubre una radicali-dad nunca abandonada, y para sostener esta perspectiva
se basan en declaraciones de García Linera, como las que pronunció en Omasuyos
el 20 de septiembre de 2006, cuando dijo, en un dis-curso de barricada, que en
esta combativa región aimara cercana al Lago Titicaca “aprendimos a amar y a
matar en defensa de la patria y de los recursos naturales”, y recordó sus
andanzas con un “fusil bajo el poncho” en sus épocas de guerrillero del egtk.27
No
obstante, pese a pasajeras expresiones de radicalidad, el actual vicepresidente
defendió en el plano político e intelectual una salida pactada a la crisis
entre el bloque indígeno-plebeyo emergente del occidente del país y el bloque
oligárquico-empre-sarial hegemónico, en los departamentos del oriente
boliviano. Frente a la discusión —bastante opaca— sobre el denominado
socialismo del siglo XXI, promovida por el presidente venezolano Hugo Chávez,
García Linera sostuvo que en Bolivia sólo puede aspirarse a la consolidación de
un capitalismo andino-amazóni-co, como potencialidad y límite de un escenario
postneoliberal.
27\ Los
Tiempos (Cochabamba), “García Linera llama a defensa armada de la
nacio-nalización”, 21 de septiembre de 2006, disponible en
http://www.lostiempos. com/noticias/21-09-06/nacional.php.
23
Sin embargo, más que una “teoría”, el capitalismo
andino con-siste en algunas propuestas vinculadas a una articulación entre las
formas modernas (capitalistas) y tradicionales de la economía
(comunitario-microempresariales), con el Estado como artífice de la
potenciación de estas últimas mediante la transferencia de tecnología y
recursos. De esta forma, no se aspiraría a modernizar de manera homogeneizante
el país (como ocurría en el antiguo desarrollismo latinoamericano), sino a
imaginar una “moderni-zación pluralista” que reconozca el abigarramiento boliviano.
No obstante, el centro de la política “postneoliberal” pasa en la prác-tica por
una recuperación parcial del desarrollismo de los años cincuenta, que en lo
económico se basa en la recuperación del control estatal de los hidrocarburos
(mediante la nacionalización del 1 de mayo de 2006), que obligó a las empresas
transnacionales a firmar nuevos contratos con la estatal Yacimientos
Petrolíferos Fiscales Bolivianos (ypfb)
y a pagar mayores impuestos.
Quizás
la evolución político-ideológica más significativa de García Linera es su
pasaje —con escasas mediaciones— de sus posiciones “autonomistas” a una defensa
casi hegeliana del Es-tado, como síntesis de la “voluntad general”. Pero
dejemos al propio vicepresidente explicar esta evolución:
En
las movilizaciones [desde 2000] había anidado un enorme potencial comunitario,
un enorme potencial universalista, un enorme potencial autonómico. Mis momentos
de mayor lectura autonomista, autogestionaria y de posibilidad comunista son
los momentos anteriores a la movilización social. En los momentos en que
comienzan a desplegarse las movilizaciones vemos sus enormes potenciales pero
también tenemos muy claras las limi-taciones que van aflorando. Recuerdo que,
desde 2002, vamos teniendo una lectura mucho más clara y hablamos del carácter
de la revolución, como democrática y descolonizadora. Y dijimos: no vemos aún
comunismo. Por doctrina, la posibilidad del comu-nismo la vimos en un fuerte
movimiento obrero autoorganizado,
24
que hoy no existe, y que, en todo caso, podrá
volver a emerger en veinte o treinta años.28
Y
agrega:
En
los años noventa se produjo una reconfiguración total de la condición obrera
que desorganizó todo lo anterior y dejó micro núcleos dispersos y fragmentados
de identidad y de capacidad au-toorganizativa. En el mundo campesino indígena
vimos la enorme vitalidad en términos de transformación política, de conquistas
de igualdad, pero la enorme limitación y la ausencia de posibilidades de formas
comunitaristas de gestión y producción de la riqueza. Eso lo comenzamos a
observar con el tema del agua en Cochabamba en 2000 y, más tarde, en 2003, con
las dificultades para el abasteci-miento de garrafas en El Alto.29
Y
añade:
Entonces,
¿cómo interpretar todo esto? El horizonte general de la época es comunista. Y
ese comunismo se tendrá que construir a par-tir de capacidades
autoorganizativas de la sociedad, de procesos de generación y distribución de
riqueza comunitaria, autogestionaria. Pero en este momento está claro que no es
un horizonte inmediato, el cual se centra en conquista de igualdad,
redistribución de rique-za, ampliación de derechos. La igualdad es fundamental
porque quiebra una cadena de cinco siglos de desigualdad estructural, ése es el
objetivo de la época, hasta donde puede llegar la fuerza social, no porque lo
prescribamos así sino porque lo vemos. Más bien, entramos a ver al movimiento
con ojos expectantes y deseosos del horizonte comunista. Pero fuimos serios y
objetivos, en el sentido
28\
Maristella Svampa y Pablo Stefanoni, “Evo simboliza el quiebre de un imaginario
restringido a la subalternidad de los indígenas”, entrevista con Álvaro García
Linera, en Observatorio Social de América Latina, No. 22, 2007.
29\ Ibíd.
Eso fue todavía más claro en la segunda “guerra del gas”, en junio de 2005,
cuando las organizaciones sociales fueron incapaces de resolver el
abastecimien-to de garrafas y otros productos básicos a la población
movilizada, de modo tal que los bloqueos terminaron debilitando a los propios
alteños.
25
social del término, al señalar los límites del
movimiento. Y ahí vino la pelea con varios de los compañeros acerca de qué cosa
era posible hacer. Cuando entro al gobierno lo que hago es validar y comenzar a
operar estatalmente en función de esa lectura del momento actual. Entonces,
¿dónde queda el comunismo?, ¿qué puede hacerse desde el Estado en función de
ese horizonte comunista? Apoyar lo más que se pueda el despliegue de las
capacidades organizativas autó-nomas de la sociedad. Hasta ahí llega la posibilidad
de lo que puede hacer un Estado de izquierda, un Estado revolucionario. Ampliar
la base obrera y la autonomía del mundo obrero, potenciar formas de economía
comunitaria allá donde haya redes, articulaciones y proyectos más
comunitaristas. Sin controlarlos. No hay un proce-so de cooptación ni de
generación desde arriba de comunitarismo. Eso no lo vamos a hacer nunca.30
La
selección de textos que presentamos en este volumen pone en evidencia la
evolución teórica y política de un intelectual cuyas “agendas de investigación”
fueron dictadas, en una primera ins-tancia, por las necesidades de la lucha
política (como intelectual militante). Más tarde, y sin perder esta
perspectiva, el trabajo de García Linera se inserta de manera más sostenida en
el campo académico, con la autonomía y las reglas de juego que éste conlle-va
(ya como académico comprometido), para finalmente, recalar en la política
institucional, en una nueva y tensa articulación entre praxis política e
intelectual.
Por
eso este libro tiene varias claves de lectura. Por un lado, es una suerte de
biografía intelectual del vicepresidente bolivia-no. Pero, y aún más
importante, la selección de artículos ayuda a comprender las mutaciones
sociopolíticas (analizadas desde re-gistros teóricos y sociológicos) y el
devenir político de Bolivia en el siglo XXI, al tiempo que deja entrever los
debates ideológicos que atraviesan la rica historia política nacional. La
historia de un país que, parafraseando a James Dunkerley, lleva la rebelión en
las venas.
30\ Ibíd.
26
ANTOLOGÍA
DE
ÁLVARO
GARCÍA LINERA
I.
Marxismo y mundo agrario
INTRODUCCIÓN
AL
CUADERNO
KOVALEVSKY 1
En
septiembre de 1879, Maksim Kovalevsky, un historiador ru-so, le regaló a Marx
su libro titulado Obshchinnoe Zemlevladenie (Posesión
comunal de la tierra). Marx, que por esos años venía estudiando materiales
sobre la existencia de las comunidades campesinas en particular y, en general,
materiales sobre las rela-ciones agrarias, para la redacción del volumen III
de El capital, no tardó mucho tiempo en incluir en sus lecturas
esta obra de Kovalevsky. Como resultado de su lectura, Marx redactó, entre
notas, comentarios y transcripciones, más de ochenta páginas de uno de los
cuadernos que, después de su muerte, fueron a parar al Instituto Internacional
de Historia Social de Holanda,2 con
la numeración B140.
Al
igual que otros materiales valiosísimos de esos años, que contienen el
enriquecimiento del pensamiento de Marx sobre las sociedades agrarias, el Cuaderno
Kovalevsky hasta ahora no ha sido publicado en las obras completas de
Marx y Engels en alemán y, menos aún, traducido al castellano. La primera pu-
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, Introducción al Cuaderno
Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
2\
Sobre el destino de las obras de Marx, véase Karl Marx, Cuadernos
etnológicos (extractos escogidos), La Paz, Ofensiva Roja,
1968.
31
blicación parcial de estas notas de Marx se realizó
en ruso, en revistas especializadas que solamente dieron a conocer algunos
capítulos.3 Posteriormente,
en 1975, el antropólogo Lawrence Krader publicó la mayor parte de este cuaderno
en inglés, pero aun así esta publicación es incompleta, porque faltan las notas
de Marx sobre los capítulos I y II del libro de Kovalevsky, que según Krader
tampoco han sido publicadas, al menos hasta 1975, ni en alemán ni en ruso.
Kovalevsky
y Marx
La
obra de Kovalevsky está dividida en tres partes. La primera trata acerca de la
propiedad en las culturas de caza y pesca en el nuevo mundo, y sobre las formas
de control de la tierra de los españoles en las partes conquistadas de América.
Lamentable-mente, esta parte, que quizás hubiera sido la de mayor interés para
nosotros, no fue publicada por Krader.
La
segunda trata de la cuestión de la tierra en la India durante la invasión
inglesa y, anteriormente, durante la invasión de otros pueblos asiáticos. La
tercera parte trata igualmente de las rela-ciones de propiedad de la tierra en
Argelia bajo el dominio de los árabes y luego de los franceses.
De
esta obra, Marx ha de tomar principalmente numerosos datos y referencias para
comprender mejor la historia de esos pueblos, pero en particular ha de tomar
nota favorablemente de una serie de argumentos desarrollados por Kovalevsky,
que de algún modo enlazan con posiciones anteriormente sostenidas por Marx.
Este es el caso de los argumentos desarrollados por Kovalevsky acerca de la
existencia de la “propiedad” comunal de la tierra en los momentos iniciales del
surgimiento de la orga-nización social de los hombres, y la asociación
comunitaria del trabajo agrícola desde los momentos mismos en que los grupos
3\
La cronología de la historia de la India hecha por Marx fue publicada en ruso
en 1947. Los capítulos III-IV fueron publicados en 1958, también en ruso. Y,
finalmente, se publicaron los capítulos VIII y IX en 1959.
32
humanos comenzaron a establecerse permanentemente
en zonas fijas. Asimismo, Kovalevsky también desarrolló y mostró clara-mente
cómo las acciones de España, Francia e Inglaterra durante la invasión y la
colonización de los pueblos americanos, indios y argelinos destruyeron, o al
menos hicieron los esfuerzos al alcance de su visión histórica,
para desarticular las relaciones comunales ancestrales sobre la tierra a escala
social. Marx ya había anticipa-do estas ideas, en particular respecto a la
India, desde 1853, en sus artículos periodísticos.
Si
bien Marx coincidió con estas apreciaciones de Kovalev sky —y con otras como
la posibilidad de la continuidad de la comunidad por caminos propios si no
hubiera intervenido la co-lonización, etcétera—, en muchas otras partes somete
a crítica las posiciones de Kovalevsky y desarrolla por cuenta propia, y en contraposición
a él, sus ideas. Así, por ejemplo, Marx desarrolló —en discrepancia con
Kovalevsky, que veía en la “conciencia” una de las causas de la división del
clan— el estudio de las condi-ciones materiales objetivas que en realidad
llevaron a tal división. Asimismo, Marx rechaza las apreciaciones de Kovalevsky
sobre unas supuestas “tendencias” a la individualización de la propie-dad de la
tierra comunal y señala, por su parte, el surgimiento de las tendencias a la
disolución de la comunidad original, en térmi-nos de la autonomización de la
autoridad frente a la comunidad, y a las diversas fuerzas de control de la
posesión comunal sobre las tierras que van estableciendo e imponiendo.
En
sus notas, Marx también continúa tratando, de una ma-nera novedosa y sumamente
enriquecedora, el problema de la distinción entre posesión y propiedad de la
tierra. Ya entre 1857 y 18584 intentó precisar, en sucesivas
definiciones, el significado de “propiedad” comunal y estatal, y de posesión
individual en sociedades agrarias donde supuestamente no
existe propiedad
4\ Karl
Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista” (1957-1958), en
Grundrisse:
Elementos fundamentales para la crítica de la economía política,
Méxi-co, Siglo XXI, 1982. Sobre el estudio detallado de este tema, véase
Lawrence Krader, The Asiatic Mode of Production, Amsterdam, Van
Gorcum, 1975, caps. III y IV.
33
privada de la tierra. En los Cuadernos
Kovalevsky, esta distinción se hace más tajante, por cuanto Marx da cuenta
de la imposibili-dad de aplicar el mismo concepto de “propiedad” usado en
Eu-ropa, para estudiar sociedades en donde la tierra no puede ser alienada (vendida).
Cambiando sistemáticamente los títulos de Kovalevsky en los que se
habla de “propiedad” por “posesión”, Marx prefería hablar de la comunidad como
“dueña” de las tie-rras, y de los individuos trabajadores como “poseedores” de
ella. Por último, otra de las críticas más sustanciales e importantes de Marx a
Kovalevsky será el rechazo continuo del primero al in-tento del segundo de
aplicar la teoría del feudalismo europeo al desarrollo histórico de la India.
Marx no sólo ironizará con el des-cubrimiento de supuestos “feudalismos” que
Kovalevsky querrá ver tras la colonización inglesa y la invasión turca a la
India, sino que también se opondrá a sus intentos de aplicar fácilmente los
esquemas interpretativos válidos para Europa occidental a una sociedad
totalmente distinta, y marcará la necesidad de enten-der, a partir de
categorías “indias”, el desarrollo histórico de esa sociedad. Posteriormente
trataremos un poco más este punto.
La
importancia del Cuaderno Kovalevsky
Las
notas de Marx a Kovalevsky, forjadas en el mismo ámbito de preocupaciones y
enriquecimiento de su pensamiento de los Cuadernos etnológicos,
presentan la misma importancia que ha-bíamos señalado para ellos.
En
primer lugar, reafirman y desarrollan la concepción de Marx sobre el contenido
“multilineal” de la historia que precede al capitalismo, o mejor, semejante a
la de un espacio continuo y orientado, donde el devenir de los pueblos,
iniciado en un punto común —la comunidad primordial—, ha avanzado por múltiples
y distintos caminos hasta un momento en que el curso de uno de ellos, el
desarrollo capitalista, comienza a subordinar al resto de cursos históricos a
sus fines, disgregándolos, sometiéndolos e im-poniéndoles su propio devenir.
Diversos cursos no capitalistas de la historia ahora son empujados y obligados
a ser parte integrante
34
de un solo devenir histórico capitalista. Pero,
mientras se man-tenga esta lucha contra la imposición capitalista, aún no
realizada plenamente (existencia de trabajadores comunitarios del campo), y por
las propias tendencias de su realización consumada (exis-tencia del
proletariado), se abre la posibilidad de continuidad, en condiciones nuevas, de
los cursos históricos comunitarios no capitalistas, pero ahora como integrantes
impulsores de un nue-vo camino histórico: el comunismo, que representa, en parte,
la continuidad de la antigua trayectoria no capitalista, pero también su
superación, porque la nueva comunidad estará marcada por las guerras
anticapitalistas que ayudaron a derrotar, tanto a las fuerzas capitalistas,
como a las antiguas fuerzas internas que la empujaban a su disolución.
Marx,
en sus notas, al rechazar frontalmente los intentos de caracterización feudal
de la historia socioeconómica de India y Argelia, explícitamente está
rechazando, a la vez, no sólo la con-cepción evolucionista de Kovalevsky
—heredada de Sir Henry Maine—, sino también todo tipo de visión mecánica y
lineal de la Historia, según la cual todos los pueblos del mundo tendrían que
recorrer caminos similares a los de Europa. Marx, al no aceptar esta
concepción, al burlarse de ella y rechazar el uso de categorías propias del
conocimiento de Europa, pero erróneas para el enten-dimiento de otras
sociedades cuyo curso histórico es distinto, nos está indicando la
imposibilidad del pensamiento revolucionario de encajar o rellenar a la fuerza
la realidad en esquemas abstractos. Y nos muestra, en cambio, que todo
conocimiento científico de la realidad debe hacer emerger del estudio de sus
propias condi-ciones reales, las posibilidades de similitud con otras
realidades o sus diferencias.
Esta
concepción marxista de la diversidad del desarrollo his-tórico de los pueblos
del mundo, y su oposición a trazar caminos progresivos y obligados de historia,
ciertamente es ya una con-tinuación de sus ideas expresadas en la redacción
de El capital sobre las sociedades agrarias antiguas y, en
particular, de los ra-zonamientos desarrollados en los Grundrisse sobre
las diversas sociedades que se desarrollaron sobre la base de la comunidad
35
originaria, como la formación económica social
eslava, germánica, asiática, etcétera. En conjunto vemos, pues, en Marx, una
concep-ción del desarrollo histórico que difiere antagónicamente de los
esquemas linealistas —y en ocasiones con rasgos racistas— con los cuales
representantes de la Segunda Internacional caracteriza-ron el desarrollo
histórico,5 y que luego fueron continuados por Stalin en su
famoso texto “Materialismo dialéctico, materialismo histórico” y por todos los
manuales de “divulgación” marxista, según los cuales la historia conoce cinco
modos de producción progresivos que todos los pueblos habrían tenido que
atravesar invariablemente: comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo,
capitalismo y socialismo.6
5\
“Los países modernos ya no podrán arreglárselas sin regiones que proporcionen
ciertas materias primas y productos tropicales indispensables para la industria
y las necesidades de la humanidad […]. Por lo tanto, hasta la sociedad
socialista del futuro deberá elaborar su política colonial, reglamentando las
relaciones de los países que han alcanzado en la escala de la evolución
económica un grado superior al de las razas atrasadas […]. ¿Podemos abandonar
la mitad del globo al arbitrio de pueblos que aún no han superado el período de
la infancia? […]. La hipótesis de Karl Marx de que ciertos países podrán, al
menos parcialmente, obviar el período capitalista en su evolución económica no
se ha realizado. Los pueblos primitivos sólo accederán a la civilización
pasando por ese calvario. Por lo tanto, nuestro deber consiste en no
obstaculizar el desarrollo del capitalismo […]. Nosotros, socialistas libres de
todo prejuicio de razas y colores, guarda-mos en nuestro corazón una esperanza
ilimitada en el futuro de las razas llama-das inferiores”. Henri Van Kol,
Congreso Socialista, 14-20 de agosto de 1904, Ámsterdam, Holanda, citado en
Stuart Schram y Hélène Carrère, El marxismo y Asia,
Buenos Aires, Siglo XXI, 1965.
6\
Joseph Stalin, “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”,
en Cuestiones del leninismo, Pekín, Ediciones en Lenguas
Extranjeras, 1977, pp. 849-890. La sucesión progresiva de estos
cuatro primeros modos de produc-ción, aun para el caso de Europa, en el que
Engels y Kautsky se basaron para generalizarlos, es relativa. En el estudio que
Karl Kautsky hizo con los últimos datos históricos después de la muerte de Marx
y de Engels —Karl Kautsky, La cuestión agraria (1898),
México, Era, 1963—, sobre el campo alemán entre el siglo XV y
XVIII, el autor no puede ocultar la existencia, en medio de relacio-nes
feudales, de formas comunitarias de trabajo (la marka, que no
desapareció totalmente, como se creía después de las invasiones germánicas al
Imperio Ro-mano), sino que permanecieron en algunos casos hasta finales del
siglo XVIII, configurando en estos casos una relación de subordinación de la
comunidad a los llamados señores feudales, muy parecida a la estudiada por Marx
en la India y a la cual, como luego veremos, se opuso a denominar como relación
feudal
36
Diametralmente opuesto a estos esquematismos
reacciona-rios, el pensamiento revolucionario de Marx avanzó, en cambio, en la
comprensión de que la historia social había continuado a partir de un punto
común inicial, la comunidad primordial, por múltiples vías de desarrollo,
distintas de un pueblo a otro o de un continente a otro. Así, en su concepción,
ya en los Grundrisse de 1857, Marx señala cuatro caminos
distintos de transformación y desarrollo de la antigua comunidad original: la
comunidad eslava; la comunidad germánica; la comunidad asiática o peruana, que
luego dio lugar al modo de producción asiático; y la comunidad antigua, de
donde surgió la sociedad esclavista europea.7
Esta
clasificación es inicial, ya que está dada en función del conocimiento
restringido que para entonces tenía Marx sobre las sociedades no capitalistas;8 y
es parcial porque, por ejemplo, está ausente el tipo de sociedad que siguió a
la comunidad primordial y antecedió al feudalismo en Japón;9 o
el carácter de las simili-
de
producción. Marx vio una relación similar en la historia económica de los
pueblos eslavos (Bulgaria, Rumania, Hungría, Eslovaquia, parte de Yugoslavia,
etc.) y también en los pueblos de las alturas alpinas de Suiza, entre otros.
Resul-ta entonces que no es exagerado afirmar que el mismo feudalismo, lejos de
ser un modo de producción ampliamente difundido, en realidad constituyó una
particularidad de la propia historia europea antes del capitalismo.
7\ Karl
Marx, Grundrisse, op. cit.
8\
Como establece Eric Hobsbawm (“Introducción”, en Eric Hobsbawm y Karl
Marx, Formaciones económicas precapitalistas, México, Siglo
XXI, 2002, p. 20), en la época de Marx la antropología moderna estaba en su
infancia, y Lewis Hen-ry Morgan aún no había publicado su obra
fundamental, La sociedad primitiva (Madrid/Bogotá, Ayuso y
Pluma), que enriqueció mucho el pensamiento de Marx. Con todo, en los años
cincuenta del siglo XIX, entre las lecturas de Marx sobre el tema, además de
los economistas clásicos y de Filosofía de la historia de
Hegel, está también William Prescott, quien escribió sobre la historia de la
conquista del Perú y de México; así como Felix Wakefield, Herman Merivale,
William Howitt, y otros autores que estudiaron la historia de la colonización.
Estas lecturas y sus comentarios están en el “Cuaderno XIV”, en el Instituto
Internacional de Historia Social de Ámsterdam y aún no han sido publicados.
Sobre esto, véase Enrique Dussel, La producción teórica de Marx (un
comentario a los Grundrisse), México, Siglo
XXI, 1985.
9\
Sobre el señalamiento de esta ausencia y otros puntos sobre la concepción
mul-tilineal de Marx, véase Umberto Melotti, Marx y el Tercer Mundo, Buenos
Aires, Amorrortu, 2002.
37
tudes y diferencias entre la comunidad asiática y
la comunidad prevaleciente en las regiones andinas durante el imperio incaico.
Aunque en los Grundrisse ambas se encuentran, denominadas como
“Primera forma de propiedad de la tierra”, y algo similar aparece en el primer
tomo de El capital;10 en el tercer tomo, re-dactado
años después, la comunidad asiática es calificada como “forma artificial”,11 por
estar constituida, en parte, por disposi-ciones desde el poder central, cosa
que no encontró Marx en la India, aunque sí un poco en la comunidad rural rusa.
Por estas di-ferencias, y otras que seguramente encontró en las notas de Marx
sobre Kovalevsky en relación con América Latina (no publicadas hasta ahora), es
que Krader, al hacer un balance de la concepción sobre el desarrollo histórico,
ve que para Marx la comunidad pre-colombina en América constituye una vía
distinta del desarrollo del modo de producción asiático, diferente al de la
India, China, Argelia, Rusia, Medio Oriente y otros países.
Lo
importante de todo esto es la metodología usada por Marx al estudiar la
historia de los pueblos bajo formas de producción no capitalistas comunitarias,
que lejos de encajar la realidad en esquemas preestablecidos —como hacen los
pseudomarxistas locales—, lo que hace es desentrañar de esa realidad su
cono-cimiento y su caracterización. Y es en esa riqueza desde donde Marx va
descifrando la multilinealidad y diversidad de desarrollos históricos
diferentes de Europa, América, Asia y África, y ha de encontrar en ello las
tendencias comunistas de esas sociedades antiguas que, junto con las tendencias
comunistas dentro del ca-pitalismo, y precisamente por ellas, abren la
posibilidad y la ne-cesidad de la Revolución Comunista en el mundo.
El
marxismo y la comunidad andina
Para
nosotros, la importancia de este pensamiento creativo de Marx es fundamental. Y
no únicamente para reconocer nuestra
10\
Karl Marx, El capital. Tomo I, México, Siglo XXI, 1984, p.
107. 11\ Karl
Marx, El capital. Tomo III, op. cit., p. 1114.
38
realidad y nuestro pasado, sino, en primer lugar,
para entender las fuerzas comunitarias que —junto a las que ha creado el
capi-talismo para negarlo— empujan nuestra sociedad a la posibilidad del
socialismo. En este intento de conocimiento no sólo empírico de datos de la
realidad precolonial, colonial y republicana, sino también en el entendimiento
global de las estructuras sociales de estas épocas, nada se le tiene que
agradecer a los supuestos “marxistas” oficiales que han poblado nuestras
tierras todos estos años. Lo poco hallado y entendido hasta ahora, en cuanto a
datos empíricos sobre la comunidad agrícola en los Andes, se debe más al
trabajo de antropólogos e investigadores liberales extranjeros que, pese a su
dudosa exposición política, han aportado elemen-tos para la comprensión de la
realidad.
El
supuesto marxismo, que en realidad no fue más que una caricatura de tercera de
él, que desde los años treinta comenzó a aparecer por estas tierras, se apoyaba
en bases deformadas. Sus dos vertientes, trotskista y estalinista, a pesar de
su supuesto an-tagonismo, en realidad compartieron (y comparten) las mismas
deformaciones, tergiversaciones y desconocimiento del marxismo revolucionario.
Ambas corrientes, asentadas en la misma con-cepción tecnicista y estática del
socialismo, que de marxista no tiene ni el nombre, en el terreno de la
concepción de la Historia también compartieron (y comparten) el mismo
esquematismo lineal y gradualista canonizado por Stalin, y popularizado por los
famosos manuales de economía y filosofía. Así, por ejemplo, atrapados en el
dilema de entender una realidad como la incaica, no encontrada en las recetas
de los manuales, pero constreñidos a encajarla a como diera lugar dentro de uno
de los cinco molde-citos que esos manuales “marxistas” les indicaban, José
Antonio Arze, el máximo representante del estalinismo local de los años
cuarenta, optó por la definición de “semi-socialismo”,12 sin
tomar
12\
José Antonio Arze, “¿Fue socialista o comunista el Imperio de los incas?”
(1941), en Waldemar Espinoza (ed.), Los modos de producción en el
Imperio de los incas, Lima, Amaru, 1978. Otro autor,
Arturo Urquidi, igualmente aferrado al mecanicismo linealista, en
su libro Las comunidades indígenas en Bolivia (Co-chabamba,
Los Amigos del Libro, 1970), coloca a la comunidad incaica dentro
39
en cuenta que el socialismo sólo puede darse bajo
los términos del control de los trabajadores directos sobre sus condiciones de
producción, de vida social y del producto de su trabajo, cosa que en el Imperio
Inca no sucedía ya, por la presencia de un Estado burocratizado, y por lo tanto
de una clase social diferenciada del trabajador directo, que asumió para sí,
tanto el control de parte del excedente producido, como la relación económica
política entre las diversas comunidades, etcétera.
Por
su parte, el trotskista Liborio Justo, en el mismo límite de sus cinco opciones
a elegir, optó por una combinación confusa de dos de ellas: calificó al incario
como “esclavismo basado en la propiedad común de la tierra por la clase
dominante” (?);13 a su vez, Guillermo Lora, del que se puede
decir que hasta ahora no ha logrado conocer el marxismo,14 y
mucho menos entenderlo, prefiere rechazar el término “socialista” para las
sociedades pre-colombinas, y se limita a usar “precapitalistas”, lo que demuestra
su ignorancia y total confusión al respecto, porque mete en un mismo saco
diversas formas de sociedad, como la formación eco-nómica eslava, germánica, el
modo de producción asiático, etc., con lo que el entendimiento del incario
queda peor que antes de haber comenzado.
En
general, todos estos calificativos lo que señalan es la inca-pacidad de este
marxismo deformado para entender una realidad concreta. Marx, que jamás intentó
sacralizar los cinco modos de
de
la comunidad primitiva en proceso de transición hacia el esclavismo o el
feu-dalismo. Por su parte, Jorge Echazú, en 1983 en su libro Los
problemas agrario-campesinos en Bolivia (La Paz, ceub y fao,
1983), habla del incaico como de una variante “andina” de un
supuesto modo de producción tributario. Si bien es necesario reconocer en este
último autor cierta apertura intelectual, lo del modo de producción tributario
(que en realidad ya fue usado por otros autores para estudiar África), es una
categoría inconsciente y no marxista, puesto que define las relaciones
económicas a partir de la esfera de la distribución y circulación del
excedente, cuando en realidad el fundamento de toda relación económica debe ser
estudiado en términos del proceso inmediato y global de producción.
13\ Liborio
Justo, Bolivia, la Revolución derrotada, Buenos Aires, Juárez,
1971.
14\
Guillermo Lora, “Elementos del marxismo”, en Obras completas, La
Paz, Edi-ciones Masas, 1994, p. 42 y ss. Así, por ejemplo, en su clasificación
del desarrollo histórico de la sociedad, se limita a copiar, textualmente, los
esquemas de Stalin.
40
producción señalados en su introducción de 1859, en
otros textos, como los Grundrisse y luego en El
capital, los Cuadernos Kova levsky, los Cuadernos
etnológicos, etc., señaló la existencia de otras posibles
formas de producción; tal es el caso de la comunidad incaica que, para Marx, ni
era esclavismo, ni feudalismo, ni la co-munidad primitiva, ni mucho menos un
“semi-socialismo”, sino que fue señalada como una forma de
desarrollo-disolución de la comunidad primordial, que da paso a otra formación
económico social basada en un nuevo tipo de comunidad, donde se conjugan una
elevada división del trabajo, una forma de control comunal de la tierra,
asociación para el trabajo junto al trabajo individual, unión de la manufactura
y el trabajo agrícola, la existencia de un Estado como personificación de la
unidad de las comunidades, pero en cuyo seno han de manifestarse y
desarrollarse diferencias sociales y relaciones de dominación, etcétera. Se
trata entonces, de un modo de producción estudiado por Marx en los Grun-drisse bajo
la denominación inicial de forma comunitaria incaica y luego, en su
forma desarrollada, generalizada como modo de producción asiático, que también
podría haberse llamado inca, afro-asiático, etcétera.15 Pero en
todo caso se trata, para Marx, de un modo de producción diferente a las
tonterías con las que los pseudomarxistas intentaron clasificarlo.
Respecto
a la caracterización de la colonia y la república, la suerte de estos autores y
otros herederos del esquematismo re-accionario de la III Internacional y de
Stalin no es distinta. El pirista José Antonio Arze caracterizó a la colonia
como sociedad feudal,16 de igual forma lo hizo Tristan Marof.
Al estudiar los pri-meros años de la república —que, como bien sabemos, no
cambió el fundamento de la estructura agrícola heredada de la colonia y que,
tan sólo en términos de la distribución del excedente, éste pasó del control de
la corona y sus representantes al de los crio-
15\
Lawrence Krader, “Evolución, revolución y Estado: Marx y el pensamiento
et-nológico”, en Eric Hobsbawm (ed.), Historia del marxismo. Tomo
II, Barcelona, Bruguera, 1980.
16\
José Antonio Arze, “¿Fue socialista o comunista el Imperio de los
incas?”, op. cit.
41
llos—, Roberto Alvarado, “sociólogo” del Partido
Comunista de Bolivia (pcb),
caracterizó esta estructura económica agrícola en términos feudales,17 al
igual que Guillermo Ovando Sáenz.18. La tesis programática del pcb,
redactada en 1986, ratifica esta vi-sión “feudal” de las relaciones de
producción en el campo hasta 1952. Por su parte, Guillermo Lora, también
incapaz de superar esta religiosa repetición de las “leyes” históricas de
manual, pero obligado a diferenciarse parcialmente de los primeros, soluciona
el problema sencillamente no estudiándolo y por tanto, no enten-diendo el
régimen de la tierra (y en general de la economía entera) en la colonia y en la
república; así, sólo habla de “país capitalista atrasado”, donde se “combinan”
diversos modos de producción y en el cual predomina el capitalista;19 en
otras partes hablará de la “feudal-burguesía”, aceptando explícitamente la
caracterización feudal de la economía agraria, al menos hasta 1952.
Lamentablemente,
la superación de este burdo esquema (es-clavismo-feudalismo-capitalismo) en el
que se quiere arrinconar a la historia, tampoco ha sido superado por otros
autores mu-chísimo más creativos, pero influenciados indirectamente por el
esquematismo estaliniano. Ramiro Condarco, al hablar de la vida económica
previa a la gran sublevación aimara de 1898, se queda en medio de la
caracterización feudal del campo. Hans Dietrich, a pesar de su amplio
conocimiento de Marx, queda preso de los prejuicios de los autores locales en
los que basa su estudio sobre Bolivia, y también se queda en la misma
afirmación que el ante-rior.20 Danilo Paz, que aporta en la
comprensión de la diversidad
17\
Roberto Alvarado, Apuntes para una visión dialéctica de Bolivia, La
Paz, Roalva, 1979 (publicación póstuma).
18\
Guillermo Ovando Sáenz, El problema nacional y colonial de Bolivia, La
Paz, Juventud, 1984.
19\
Guillermo Lora, Tesis de Pulacayo, La Paz, Federación Sindical de
Trabajadores Mineros de Bolivia, 1978; Historia de los partidos
políticos de Bolivia, La Paz, La Colmena, 1987.
20\
Heinz Dietrich, Relaciones de producción en América Latina, México,
Cultura Popular, 1978. En la misma caracterización feudal, también encontramos
auto-res diversos como Arturo Urquidi, Bolivia y su Reforma Agraria,
Cochabamba, umss, 1969; Luis
Antezana, Proceso y
sentencia a la Reforma Agraria en Bolivia,
42
de relaciones de producción prevalecientes en el
campo hasta 1952, rescata la existencia de relaciones productivas comunales
dentro de las comunidades en la hacienda, pero al estudiar la re-lación entre
estas dos, hacienda y comunidad, ve relaciones feu-dales entre ellas, por la
existencia de renta en trabajo21 que, como veremos después,
según Marx no es una condición determinante para la caracterización de la
producción feudal. Quizá uno de los autores marxistas que con mayor claridad
vio el problema de la comunidad agraria para caracterizar el modo de caer en el
falso dilema de feudalismo o semifeudalismo fue Zavaleta,22 que
señala
La
Paz, Puerta del Sol, 1979; Amado Canelas, Mito y realidad de la Reforma Agraria,
La Paz/Cochabamba, Los Amigos del Libro, 1966; Jorge Echazú, Los
problemas agrario-campesinos de Bolivia, op. cit.; Julio Mantilla, Grupos
poster-gados de Bolivia, La Paz, unicef,
1986, p. 295.
\
Sin lugar a dudas, esta discusión abarca también autores de todo el continente,
desde José Carlos Mariátegui, Víctor Haya de la Torre, Louis Baudín, etc.,
hasta autores más recientes. Sobre los aportes de los últimos años,
véase: Cuadernos de Pasado y Presente, No. 40: Modos de
producción en América Latina, 1973; Roger Bartra et
al., Modos de producción en América Latina, México,
Cultura Popular, 1979; Andre Gunder Frank, Rodolfo Puiggrós y Ernesto
Laclau, América Latina: ¿feudalismo o capitalismo?, México,
Quinto Sol; y Roger Bartra et al., El modo de producción
asiático, México, Era, 1969.
21\
Danilo Paz Ballivian, Estructura agraria en Bolivia, La Paz,
Popular, 1983. En su comentario a un capítulo de los Grundrisse de
Marx (véase Temas Sociales, No. 11), Paz habla del desarrollo
histórico que habría partido de un punto común, la comunidad primitiva, y
habría atravesado distintos caminos hasta culminar en el feudalismo; como es
claro, esta concepción evolucionista nada tiene de mar-xista. Como Marx ha
demostrado en sus estudios sobre Oriente y, en particular, en sus notas sobre
Kovalevsky y Maine, la comunidad oriental no “evolucionó” ni tendía a
“evolucionar” hacia el feudalismo; e incluso, la colonización árabe y luego
inglesa no trajeron consigo la “feudalización de la comunidad”.
22\
René Zavaleta, Lo nacional popular en Bolivia, México, Siglo XXI,
1986. Un rechazo explícito a la explicación feudal de la colonia y los primeros
años de la república ya se encuentra en El poder dual en América
Latina, México, Siglo XXI, 1974, p. 79. Entre los pocos autores que
rechazan la caracterización feudal de las haciendas en la época de la república
está Silvia Rivera, que en su libro Opri-midos pero no vencidos (La
Paz, Instituto de Historia Social Boliviana (hisbol) y
Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (csutcb),
1984) prefiere hablar de un modo de producción servil-colonial,
ca-racterización muy parecida a la de Ciro Flamarion en su estudio sobre los
modos de producción en América durante la colonia. Por su parte, Xavier Albó y
Josep M. Barnadas en La cara campesina de nuestra historia (La
Paz, Unión Nacional
43
que el acto productivo primario, esto es, el acto
fundamental de la economía durante la colonia, parte de la república y
parcialmente ahora, está caracterizado por relaciones comunitarias propias,
dis-tintas a otras organizaciones económicas tradicionales (feudales,
esclavistas, etcétera). Ahora, esas relaciones comunitarias deben ser
entendidas y estudiadas por sí mismas, a partir de la caracte-rización general
dada por Marx en los Grundrisse, El capital, los Cuadernos
etnológicos, etc., y sobre las cuales se han erigido for-mas de
distribución del excedente posiblemente similares a las feudales, pero sin
alterar la estructura productiva esencial, y por tanto, esas relaciones
distributivas pierden el carácter de feudal, para asumir una naturaleza
distinta.
Ante
esto, las notas de Marx a Kovalevsky son un riquísimo aporte, que echa por
tierra las repeticiones mecánicas, los acomo-dos inconsistentes con los que los
supuestos marxistas han queri-do “entender” las relaciones agrarias en el país.
Y decimos que las notas de Marx son un valiosísimo aporte, porque nos muestran
en vivo su metodología al estudiar una sociedad no capitalista comunitaria, en
términos generales, caracterizada por Marx en los Grundrisse como
muy parecidos a los de la comunidad en el incario; y, por otro, porque Marx
estudia aquí las repercusiones y el papel de las invasiones y colonizaciones
que esas formas comunitarias asiáticas sufrieron, en especial con los ingleses,
y que, bajo condiciones y resultados distintos, pero semejantes en su
globalidad, también se dieron acá, en este continente, con la dominación
española.
Así,
una de las mayores enseñanzas que da este texto es la for-ma marxista de
abordar la interpretación del desarrollo histórico de los pueblos comunitarios
bajo procesos de colonización y do-minio, no sólo por naciones extranjeras,
sino esencialmente por formas de producción distintas. En particular, Marx
rechaza que el único camino posible de salida, cuando un pueblo con una for-
de
Instituciones para el Trabajo de Acción Social (unitas),
1984), si bien nos señalan la conservación y subordinación formal de las
relaciones comunitarias por la hacienda, en general caracterizan las relaciones
agrarias como “feudal-latifundistas”.
44
ma de producción distinta somete a otro, sea el de
la imposición de la forma de producir de los dominantes sobre los dominados,
como en Irlanda.23 En
sus notas muestra, como ya lo hizo antes (en los Grundrisse), que
los sometedores bien pueden dejar sub-sistir el antiguo modo de producción,
sometiéndolo a tributos y ciertos cambios en las relaciones de distribución y
control del excedente, como hicieron los romanos, los turcos y los ingleses en
sus colonias24 y, como
creemos nosotros, sucedió acá, en las comunidades altiplánicas, al menos en
algunos casos, hasta el re-mate de las tierras comunales en los años ochenta
del siglo XIX, y, en general, hasta la revolución de 1952.
En
sus notas a Kovalevsky, Marx aporta nuevas observacio-nes que nos ayudan a
descalificar la aplicación directa de la teoría del feudalismo, al menos en la
región altiplánica con existencia de comunidades, durante la colonia y parte de
la república. Así, Marx señala que la sola existencia de los beneficios en la
entrega de tierras a personalidades o jefes militares de las fuerzas invasoras
(Ikta en el caso de la India), para que éstos asuman el control de la
producción y el cobro de impuestos a los originarios, destinados al nuevo poder
estatal, no prueba la existencia de feudalismo, ya que esta forma también
existió en Roma. Respecto al argumen-to de que la renta en trabajo sería una
condición suficiente para hablar de feudalismo, en sus extractos, Marx toma
nota de las diversas formas de pago de tributo o impuestos de los trabaja-dores
indios a los colonizadores, que varían del pago en dinero, en especie e incluso
en trabajo en tierras estatales y servicios en el caso de Argelia; y,
seguidamente, descarta que al conjunto de esta forma de control de la tierra y
el trabajo agrícola implanta-do en la India y Argelia pueda llamársele
feudalismo. De hecho, ya en El capital, Marx señaló la existencia
de ciertas formas de servidumbre e incluso de esclavitud restringida en las
forma-
23\ Karl
Marx, “Introducción”, en Grundrisse. Tomo I, op. cit.
24\ Ibíd.
Además, Marx también señala aquí la posibilidad del surgimiento de una
formación económica social nueva, como fruto de la acción recíproca entre los
dominados y los dominantes, como en Germania.
45
ciones económicas asiáticas. Engels señala también
que la renta en trabajo no es una característica fundamental del feudalismo,
cuando escribe a Marx:
[…]
me complace ver que en cuanto a la historia de la servidumbre de la gleba
“estamos de acuerdo”, como se dice en la jerga de los ne-gocios. Sin duda
alguna, la servidumbre de la gleba y la servidumbre en general no son una forma
específicamente medieval y feudal; la tenemos en todas o casi todas las partes
donde los conquistadores obligan a los antiguos habitantes a que cultiven para
ellos la tierra: en Tesalia, para poner un ejemplo […].25
Por
estas razones, el repartimiento en la época colonial en el continente, en
particular el mayorazgo, que hizo de las tierras cul-tivables propiedades
indivisibles e inenajenables en manos de los españoles, y la propia encomienda,
que impuso el trabajo forzado de la masa indígena en tierras ya ajenas y en
servicios personales, no son entonces pruebas irrefutables de feudalismo en
Charcas y luego en la república, sino que tienen que ser estudiados, como lo
hizo Marx en la India colonial, como formas de apropiación y organización, al
menos en regiones con asentamientos comuni-tarios, de una forma productiva
esencial, asentada en la relación comunitaria. En otras regiones como en los
valles, ya durante la república, ciertamente esto no tiene validez, pero ahí
estamos an-te formas de transición en la renta de la tierra como la aparcería,
los colonos y la pequeña propiedad individual, que descartan de entrada su
caracterización como feudalismo.
Pero
quizá lo más significativo que muestra Marx a lo largo de todas sus notas, y
que expresa claramente la situación vivida acá, es que en otros modos de
producción distintos a la forma asiática, como el feudalismo, la dependencia
—esto es, la suje-ción a un señor feudal, la pérdida de libertad— es impuesta a
las personas en forma individual. En cambio, en el llamado asiático
25\
“Carta de Engels a Marx”, 22 de diciembre de 1882, en Karl Marx y Friedrich
Engels, Correspondencia, México, Cultura Popular, 1978.
46
o semiasiático, la no libertad o la relación de
dependencia, ya sea con el poder estatal o con el poder colonial,
personificados en autoridades o en el terrateniente, es comunal.26 En
el caso de la mita y el repartimiento, el pago de tributos, la prestación de
servicios o la renta en trabajo son relaciones entabladas entre el poder
colonial y la comunidad, donde ésta última se adecua y da respuesta a estas
exigencias, ciertamente a través de la indi-vidualidad de sus miembros, pero en
tanto éstos pertenecen a la comunidad. Es cierto que también han de existir en
la colonia formas de dependencia individual en el trabajo agrícola, como el
yanaconazgo, aplicable a los “indios vagantes”, que en realidad eran
trabajadores que huían de sus comunidades para escapar de las cargas coloniales
que sobre ellos pesaban, pero es una re-lación secundaria y pequeña en
comparación con la primera; en otros casos, había un pago monetario, pero
además, a diferencia de lo señalado por Marx en El capital, este
tipo de trabajador no es un “productor independiente” como lo fue en el caso de
los siervos frente a los señores feudales en Europa,27 que
no sólo trabajaban para su señor, sino también para sí mismos, lo que los
“impulsará [a los siervos] a aplicar más intensamente” su fuerza de trabajo
abriendo así “la posibilidad de un cierto desarrollo económico”, que, como
sabemos, no se dio acá en las haciendas, con el empleo del yanaconazgo en la
explotación de la fuerza de trabajo indígena.
Aparte
de estas observaciones, en sus notas Marx da otras ideas en su oposición a
caracterizar como “feudal” la economía agraria en la India y Argelia
colonizadas, que también pueden ser de mucha utilidad para la colonia. En
general, muestran la intención de Marx de encontrar en el funcionamiento real
de las relaciones económicas comunales, en sus formas de transforma-ción,
resistencia y disolución, la llave de la economía agraria en
26\
Karl Marx, El capital. Tomo III, op. cit., p. 1006
y Cuadernos etnológicos (Ex-tractos), op. cit.,
pp. 43-44. Sobre el tema, véase también Lawrence Krader, The Asiatic
Mode of Production, op. cit., p. 149.
27\ Karl
Marx, El capital. Tomo III, op. cit., p. 1006 y
ss.
47
formaciones económicas comunitarias sometidas a
dominio co-lonial. Marx descarta el uso de la teoría feudal en las economías
sustentadas en formas transformadas, y aún por disolución de la comunidad
agraria por efecto de la colonización. No da un nombre específico al resultado
inicial (hasta la completa disgre-gación de la comunidad) del enfrentamiento
entre comunidad-colonización, pero, por los resultados más o menos comunes que
de ello surgen, como la existencia de un tipo específico de terratenientes, de
burocracia estatal sometedora, la imposición de cierta servidumbre y la lenta
disolución de los lazos comuna-les, estas sociedades se asemejan a lo que Marx
caracterizó como “semiasiático”28 como
es el caso de Rusia en los últimos siglos de su existencia.
En
todo caso, se hace necesario un nuevo estudio, a la luz de la totalidad de las
observaciones marxistas de la realidad colonial y republicana, ya sea para
asentar la validez de la categoría “semia-siático”, o bien para proponer una
nueva (colonial, por ejemplo), sin tener miedo de ello; tal como lo hizo Marx a
medida que fue comprendiendo la amplitud de la realidad histórica de los
pue-blos y la supo aprehender desde un punto de vista científico, por tanto, de
clase revolucionario.
Y
es que, en estas diferencias, en la clarificación del carácter feudal o
semiasiático, comunal o capitalista de las relaciones agra-rias en nuestros
países, no existe sólo un problema de nombre o de palabra, sino esencialmente
un problema de lucha revolucionaria. Ahí se define el entendimiento, el
impulso, el fortalecimiento y las tareas de las fuerzas sociales
revolucionarias que se desarrollan dentro de la sociedad agraria; y el ataque y
enfrentamiento hacia aquellas fuerzas que constituyen una oposición hacia la
revolu-cionarización de la sociedad. La caracterización como “feudal” de las
relaciones comunitarias esenciales de la producción cam-pesina, en el caso de
Bolivia y de otros países del mundo donde
28\
Véanse Karl Marx, El señor Vogt, México, Juan Pablos, 1977 e
“Historia diplomá tica secreta del siglo XVI”, en Cuadernos de Pasado
y Presente, No. 87, 1980 y Maximilien Rubel (ed.), Marx y Engels
contra Rusia, Buenos Aires, Libera, 1965.
48
prevalecieron formas transformadas de
comunitarismo, incluso en medio de relaciones capitalistas, siempre ha llevado
a desco-nocer el papel y las tendencias revolucionarias de las masas
comu-narias, que sólo son vistas como residuos feudales que deben dar paso al
“pujante capitalismo”; convirtiéndose así, estos teóricos del feudalismo, en
pregoneros al servicio del capitalismo, que no sólo niegan el papel
revolucionario de la comunidad frente al capitalismo, sino que también le
restan al proletariado la fuerza esencial: el campesino comunitario, sin el
cual la revolución en países agrarios como el nuestro es imposible.29 En
particular, lleva
29\
Ya al referirse a la Revolución Socialista en Francia durante el auge
revolucio-nario europeo de 1848- 1850, Marx señaló que el derrocamiento del
régimen burgués no podía realizarse “mientras la marcha de la Revolución no se
suble-vase contra ese orden, contra la dominación del capital, a la masa de la
nación: campesinos y pequeños burgueses”. “Las luchas de clases en Francia de
1848 a 1850”, en Obras escogidas, Buenos Aires, Progreso, 1976. Se
trata, en definiti-va, de que sólo con la lucha anticapitalista de las masas
trabajadoras del campo, “la Revolución Proletaria obtendrá ese coro sin el cual
su solo resulta un canto de cisne en todos los países campesinos”. “El 18
Brumario de Luis Bonaparte” (1852), en Obras escogidas en tres tomos.
Tomo I, Moscú, Progreso, 1981.
\
La comprensión marxista del papel anticapitalista de las luchas de las masas
trabajadoras del campo en América Latina tiene en José Carlos Mariátegui un
excepcional y aislado defensor. Reconociendo la existencia de “socialismo
prác-tico en la agricultura y la vida indígena” y que, por tanto, “las
comunidades re-presentan un factor natural de socialización de la tierra”,
señaló la necesidad de la Revolución Socialista plena en el Perú, dirigida por
el proletariado y apoyada en las “tradiciones más antiguas y sólidas”
existentes en la comunidad (véan-se Siete ensayos de interpretación de
la realidad peruana; Tesis sobre la cuestión indígena,
etc.). La lucidez revolucionaria del pensamiento mariateguista cobra mayor
dimensión, no sólo porque no conoció varios de los manuscritos de Marx que
apuntalan más firmemente esta posición (Carta a Vera Zasúlich, Cuadernos etnológicos,
etc.), sino también porque fue formulado en contra de la corriente reaccionaria
y proburguesa que se impuso plenamente en la III Internacional después de la
muerte de Lenin.
\
La III Internacional, en el programa aprobado en su VI Congreso de 1928,
se-ñalaba que en los países “coloniales, semi-coloniales y dependientes” la
tarea principal que tenían que llevar a cabo en el campo era una revolución
agraria que barriera las formas feudales y precapitalistas de explotación, y
diera paso a las transformaciones burguesas de la sociedad, dejando de lado el
impulso de las tendencias comunistas en la lucha proletaria y comunal-agraria
en contra del capital. Renegando del marxismo y de las propias indicaciones que
Lenin había señalado sobre la posibilidad de la Revolución Socialista con el
apoyo del proletariado mundial, la “nueva” Internacional señalaba que “la
dictadura del
49
también a desconocer el significado real de la
reforma agraria, el carácter reaccionario de la parcelación de la tierra, y la
presencia de las actuales tendencias socialistas revolucionarias en el campo,
dadas por la pervivencia transformada de la comunidad.
En
contra de esta posición “feudalista”, Marx se preocupó por entender la
naturaleza real de las sociedades con relaciones comunitarias extendidas,
porque esa particularidad comunitaria, aún sobreviviente en gran escala en
medio de la colonización y el capitalismo industrial, constituyó para él la
clave y la posibilidad de la revolución socialista en esos países,30 sin
que tengan que pasar obligatoriamente por la completa proletarización de la
so-ciedad que, en muchos casos, si bien acercó de una nueva forma a la sociedad
hacia la posibilidad del comunismo, también la alejó; como en Europa, donde la
plena subordinación de la sociedad, in-cluido el campo, al capital ha creado
sus propios mecanismos, que también estrangulan ininterrumpidamente las luchas
socialistas de las masas proletarias. La vigencia de relaciones comunitarias
en formas transformadas a las originales, o en vías de disolución, en escala
nacional, son entonces para Marx una nueva fuerza re-volucionaria, que no sólo
da al proletariado industrial la posibi-lidad de contar con una fuerza
revolucionaria en su lucha contra el capital, sino que también ella misma, la
comunidad, le da ya de entrada una fuerza objetiva que, sumada a aquellas que
nacen an-tagónicamente dentro del capitalismo, nos señalan la proximidad y la
posibilidad de la revolución comunista en nuestros países.
Pero
a la vez que Marx tomó nota de esta característica revolu-cionaria de la
comunidad campesina, nos señaló también la exis-
proletariado
es aquí posible, como regla general, solamente a través de las eta-pas
preparatorias, como resultado de todo un período de transformación de la
Revolución democrático burguesa”. “VI Congreso de la I. C.”, en Cuadernos de
Pasado y Presente, No. 66, 1978.
\
De hecho, se puede decir que es a partir de estos años y de estas resoluciones
que todos los partidos comunistas del mundo, con excepciones temporales, han
emprendido el camino de convertirse en nuevas fuerzas productivas teóricas,
culturales y materiales del capitalismo mundial.
30\
Karl Marx, “Borrador a Vera Zasúlich”, en Cuadernos de Pasado y
Presente, No. 90, 1980.
50
tencia de fuerzas antagónicas, internas y externas,
que empujan a la disolución de los lazos comunitarios reales: fuerzas externas,
como las relaciones capitalistas que, en el ininterrumpido proce-so de
incorporación del campo a sus leyes, buscan estrangular la comunidad o, en
otros casos, subordinar formalmente el traba-jo comunitario al capital,
transformando las antiguas relaciones asociativas en una caricatura de ellas; y
fuerzas internas, como la tendencia al control individual de ciertas tierras, la
desigualdad en el control del ganado, la posesión de “indios de servicio” pa-ra
el cultivo de las tierras de las autoridades comunarias, antes y en la colonia,31 el
trabajo individual de parcelas o, finalmente, la propiedad privada, que empujan
a la comunidad a su disolución. Consciente de esto, Marx no se dedicó a
glorificar la comunidad en su estado actual, ni mucho menos se puso a inventar
medi-das caritativas para pedir al estado burgués que “resguardara” la
comunidad. Vio, en cambio, que la comunidad ancestral sólo podía desarrollarse
y hacer prevalecer sus rasgos colectivistas en la medida en que fuera capaz de
promover levantamientos generales en contra del régimen capitalista, esto es,
en tanto las masas comunitarias llevaran a cabo una guerra revolucionaria como
parte fundamental de la Revolución Socialista de trabaja-dores de la ciudad y
el campo, que pusiera fin tanto a las fuerzas individualistas en el interior de
la comunidad, como al régimen capitalista, que la acosa por todas partes.
Entonces, la comunidad no sólo habrá de conservarse, sino que habrá de
recuperar sus condiciones primarias de asociación y control de los productores
sobre la producción; y lo mejor de todo, lo hará en condiciones nuevas y
superiores, por la existencia de nuevas fuerzas y rique-
31\
Véase, por ejemplo, Carlos Sempat Assadourian, “Intercambios en los territorios
étnicos entre 1530-1567”, en Olivia Harris, Brooke Larson y Enrique Tandeter
(comps.), La participación indígena en los mercados surandinos, La
Paz, Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (ceres),
1987. Sobre la relación entre vencedores y vencidos entre las mismas
confederaciones de Ayllus y las nuevas jerarquías establecidas
en la época precolombina, véase Tristán Platt, “Pensamiento político aymara”,
en Xavier Albó (comp.), Raíces de América: el mundo
aymara, Madrid, Alianza y Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura (unesco),
1988.
51
zas productivas, y por la presencia mundial del
proletariado, que posibilita la incorporación de esas riquezas y su control
social, común, comunitario por los trabajadores directos; por tanto, la
superación de las antiguas condiciones que por siglos empujaron a la comunidad
hacia su lenta disolución.
Estas
condiciones revolucionarias, previstas por Marx hace ya cien años, son las que
en la actualidad comienzan a despuntar con gigantesca fuerza en la lucha y en
los preparativos revolucionarios de comunarios y proletarios del país y el
continente.
52
AMÉRICA1
Las
lecturas y escritos de Marx sobre el continente latinoame-ricano son numerosos.
Así mismo, en el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam (iisg)
es posible encontrarse con numerosos extractos y notas de lectura sobre la
América de la época que estamos tratando (1850-1858), aunque también es cierto
que no tienen el volumen ni la profundidad que tuvieron los artículos y textos
sobre la India, Rusia o España, por ejem-plo. En el iisg se
pueden ver varios manuscritos de resúmenes comentados de lecturas de historia
de América, realizados por Marx precisamente en estos años;2 y
es indudable que su publica-ción nos ayudaría muchísimo a entender las razones
internas de las ideas y aseveraciones que hallamos en sus escritos conocidos;
sin embargo, por ahora es con estos últimos con los que tenemos que
conformarnos para escudriñar la imagen que tenía Marx so-bre la realidad
latinoamericana.
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, De demonios escondidos y
momentos de revolución. Marx y la revolución social en las
extremidades del cuerpo capitalista, La Paz, Ofensiva Roja,
1991.
2\ 琀l
cuaderno B-50 contiene lecturas de: William Prescott, History of
Conquest of Mexico (1850); Herman Merivale, Lectures
on Colonization and Colonies (1841-1842); Felix Wakefield, Colonial
Surveying with a View to the Disposal of Waste Land (1849)
y Thomas Hodgskin, Inquiry into the Merits of the American
Colo-nization Society (1833).
53
En estos escritos conocidos, los temas tratados son
diversos: van desde las repercusiones del descubrimiento de América en el
desarrollo industrial y comercial mundial; el comercio británico en el
continente, las exportaciones de plata a Asia, la importancia comercial a
futuro de los puertos de Centroamérica; hasta temas como la trata de esclavos
por Inglaterra y España a Estados Uni-dos, Perú y Cuba; noticias sobre el
bloqueo inglés al Río de la Plata y otras regiones; las intrigas diplomáticas
rusas; el envío de tropas españolas, etcétera. Lo notorio de todos estos
artículos, que son muy numerosos, es su carácter mayoritariamente descrip-tivo
o informativo de los acontecimientos. No existe un artículo sobre la
particularidad de la estructura económica social, ni una valoración de las
fuerzas internas y contradicciones que desgarran las sociedades
latinoamericanas, sociedades fundamentalmente agrarias y partícipes de
particulares movimientos de formación nacional, etcétera. De entre los
artículos conocidos, los que más se acercan a esta temática en esta época,
procediendo como una serie de aproximaciones tangenciales, son los que se
refieren a la vida de Bolívar y a las luchas de México contra la intervención
norteamericana, primero, y francesa, posteriormente.
En
el trabajo sobre Bolívar,3 Marx realiza una semblanza sobre su
participación en las guerras de independencia en el continente. Una de las
cosas que indudablemente llama la atención de este ar-tículo es la profunda
animadversión de Marx hacia Bolívar desde 1811: parecería que la intención de
Marx es derrumbar el mito de su grandeza y heroicidad. Episodio a episodio,
Marx destaca las constantes muestras de cobardía de Bolívar, que abandona a sus
tropas, que huye del combate ante sus enemigos, sus indecisiones que prolongan
la guerra, etcétera. Combinando en algunos ca-sos tergiversaciones —como no
tomar en cuenta la abrumadora superioridad de las tropas enemigas en un
momento, como en el caso de la derrota de La Puerta o Arguita; con
parcialidades en el conocimiento histórico, como los sucesos de Puerto Cabello
o su
3\
Karl Marx, “Bolívar y Ponte”, en Cuadernos de Pasado y Presente, No.
30, 1972, escrito en 1858 y publicado en The New American Encyclopedia.
54
retirada de Casa de la Misericordia de 1817, etc.—4 con
verdades —como el abandono de sus tropas en 1814 o el alargamiento de la guerra
por la pérdida de tiempo en las apoteósicas entradas con las que Bolívar
gustaba hacerse recibir—, Marx va formando una imagen de Bolívar similar a la
de un “Napoleón de la derrota”.5
En
un artículo, Carlos Uribe ha ubicado más de cincuenta errores históricos en el
trabajo de Marx,6 por lo que, ciertamente, su artículo no es la
mejor referencia para conocer con precisión la historia de Bolívar. La pregunta
necesaria es, entonces, salvando los errores de las fuentes de Marx, el porqué
de los otros errores o mejor, cuál es la imagen del continente que se destila
de la des-cripción hecha por Marx de Bolívar, y de la cual los “errores
his-tóricos”, heredados o introducidos, son tan sólo el reflejo de un contenido
de fondo que es necesario develar. En lo que respecta a Bolívar como personaje,
el texto es claro en cuanto a mostrarnos el porqué del enfrentamiento de Marx
contra él; porque ve en él una encarnación del bonapartismo, con sus rasgos
despóticos7 y sus ambiciones militares, que con tanto ardor
habían sido criti-cadas por Marx en la Francia de la Segunda República durante
la década del cincuenta.8
La
búsqueda del poder absoluto de Bolívar en sus interven-ciones en Colombia
(1821), Perú (1824) y Venezuela (1827); sus ambiciones militares y su propuesta
de formar una república fe-deral en todo el continente, claro está, con él como
“libertador”,9
4\
Véanse las notas de Pedro Scarón a la edición de Cuadernos de Pasado y
Presente, No. 30, en especial de las pp. 30-75.
5\ Karl
Marx, “Bolívar y Ponte”, op. cit., p. 85.
6\
Carlos Uribe Celis, Bolívar y Marx, dos enfoques polémicos, Bogotá,
Tercer Mun-do, 1986.
7\ Karl
Marx, “Bolívar y Ponte”, op. cit.
8\
Karl Marx, “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”; véase también New York
Daily Tribune, 13 de marzo de 1854. Sobre la “pasión del
polemista” que predomina en la crítica de Marx a Napoleón III y la
poca atención que le prestó a las trans-formaciones económicas que se operaron
bajo esta forma de gobierno, véase Maximilien Rubel, Karl Marx devant
le Bonapartisme (Paris, Mouton, 1960), citado en José María
Aricó, Marx y América Latina, Madrid, Alianza, 1982.
9\ Karl
Marx, “Bolívar y Ponte”, op. cit.
55
fueron vistas por Marx como manifestaciones de un
esfuerzo por la total autonomización del poder ejecutivo estatal respecto de la
sociedad y por tanto, no podía menos que ver en ello el camino del
autoritarismo y del predominio burocrático estatal, coronado por el terror
militar. Bolívar representaba todo esto.10
Es
curioso notar que en esta crítica a Bolívar, Marx no repara-ra en valorar el
esfuerzo bolivariano por construir una estructura estatal casi continental, y
se fijara sólo en criticar las tendencias despóticas de Bolívar. Pero, como ya
hemos visto antes y lo va-mos a ver ahora, lo uno y lo otro están ligados al
planteamiento marxista de la vitalidad de la sociedad como fundamento de la
construcción de la unidad nacional-estatal verdadera.
En
la redacción del artículo en cuestión, existe pues una clara asociación entre
el papel representado por Bolívar y el de Bona-parte en el Segundo Imperio
Francés. La crítica al primero está atravesada por la crítica al segundo, y la
redacción del artículo sobre Bolívar debe ser también vista (aunque no
únicamente), como fundada en los problemas concretos planteados al curso de la
revolución europea por el dominio napoleónico, y como un arma de intervención
crítica frente a esta realidad bonapartista francesa.11
Pero
así como en Francia la crítica al bonapartismo está liga-da a otras posiciones
de Marx sobre la sociedad francesa y deja entrever nuevas apreciaciones sobre
ella, la crítica a Bolívar está igualmente asociada a un conjunto de
valoraciones y supuestos sobre la sociedad latinoamericana que, como en el
primer caso,
10\ 琀n
una carta a Engels, Marx defiende contra Danda, su editor, su presentación de
Bolívar como el “canalla más cobarde, brutal y miserable”. “Carta de Marx a
Engels”, 14 de noviembre de 1858.
11\
Que la postura crítica de Marx contra Bolívar haya de ser coincidente, en las
formas, con las asumidas por los liberales republicanos y los ideales
expansio-nistas europeos, que veían en Bolívar un autoritario, un
cripto-monárquico y un obstáculo a la expansión europea, no debe hacernos
olvidar que la posición de Marx está fundada en una concepción de la vitalidad
de las sociedades y del rechazo a la autonomización estatal, que rebasa los
estrechos marcos de valo-ración de la intelectualidad burguesa y que, de hecho,
realiza la propia crítica radical de los fundamentos de esta última.
56
ayuda a entender el significado de Bolívar para
Marx. A diferen-cia de Francia, esta develación de los supuestos que subyacen
es más difícil de aclarar, por la propia particularidad de los textos de Marx
de esta época. La tarea de comprender los supuestos que anteceden o que se
desprenden de las opiniones de Marx sobre Bolívar, y en general sobre América
Latina en estos años, es por ello más una tarea de escudriñamiento en lo
subyacente pero no escrito, en los silencios o rodeos a un tema que los presupone,
en el rastreo de las raíces de tal o cual concepto, que a la luz de las viejas
implicaciones alumbra sobre las nuevas, etcétera. Es pues una tarea compleja el
intentar comprender la concepción de Marx sobre la sociedad latinoamericana en
estos años. José María Aricó ha hecho notables esfuerzos en este camino,
nosotros lo hemos de seguir críticamente en partes de su trayectoria, como
marco para intentar reconstruir el pensamiento de Marx en este terreno.
Aricó
levanta dos tesis centrales para explicar la posición de Marx sobre América
Latina, tanto en términos de su poca aten-ción, como de su significado: en
primer lugar, afirma que hay en Marx una recuperación de categorías hegelianas
que, si no le ayudan necesariamente a entender la realidad latinoamericana, sí
le posibilitan ubicarla en una concepción más global del desa-rrollo histórico;12 en
segundo lugar, y estrechamente ligado a lo primero, sostiene que Marx no llega
a comprender la dinámica real de la lucha de clases.
De
entrada, Aricó nos ubica en un terreno predefinido: que Marx ignoró nuestra
realidad. La recuperación de una forma hegelizante de captar la realidad
latinoamericana, ya sea como resultado de un conocimiento parcial o como
arranque para él, dio lugar a un nuevo desconocimiento de la realidad
latinoame-ricana en cuestión. En uno y en otro caso, y en su resultado,
es-tamos en el terreno de la “equivocación”; en este caso de Marx, sus
apreciaciones sobre Bolívar fueron por lo tanto erróneas, no logró captar la
realidad, etcétera. Aricó nos instala pues, desde
12\ Karl
Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista” (1957-1958), en
Grundrisse,
op. cit.
57
el inicio, en el terreno de la “equivocación” a ser
explicada. ¿Es realmente cierto esto? Creemos que no. El terreno en el que
Ari-có nos sitúa no es ni el de la realidad ni el de las herramientas de Marx
para comprenderla, sino más bien el de la realidad que Aricó cree que es y de
las herramientas que Aricó cree son las de Marx. Esto no impide que muchos de
los aspectos tomados en cuenta por Aricó en ambos casos sean correctos, pero
muchos otros se sustentan en la posición particular de Aricó, que impreg-na su
trabajo (y que necesariamente tiene que ser diferenciada de la realidad
concreta, y de la concepción de Marx de esta realidad y de sus herramientas,
etcétera).
Establecer
estas diferencias no significa en ningún momento ocultar los errores en Marx o
el dejar de ver sus puntos ciegos, etc., pero de lo que se trata es de ver todo
esto en medio del pen-samiento crítico de Marx, que en su agudeza, aún hoy y a
pesar de sus errores y parcialidades, sigue alumbrando la comprensión de la
realidad latinoamericana, tremendamente conflictiva entre Estado y sociedad.
Vayamos pues a los puntos que sustentan cada una de las tesis de Aricó, para
hallar en ellas su solidez y recons-truir en esta labor una primera radiografía
del pensamiento de Marx y de la realidad que enfrentó.
Para
la primera de las tesis, Aricó intenta reconstruir los ar-gumentos que llevan a
Marx a apoyarse en categorías hegelianas como medio de la explicación de la
realidad. Según él, Marx veía que un pueblo podía devenir nación a condición de
que “exista una estructura económica-social que lo posibilite y una fuerza
social capaz de hegemonizar todo el proceso”, dos condiciones que no encuentra
en América Latina, vista más bien como “un inmenso territorio vacío”, cuyos
pobladores autóctonos eran considerados como “tribus sumergidas aún en el
estado natural del salvajismo y la incultura”, y cuya estructura social se
basaba en la presencia “ordenadora y despótica de un poder rector”.
Vayamos
punto por punto. En lo que respecta a la primera evaluación sobre los conceptos
que, según Aricó, son necesarios para Marx para que un conglomerado social
devenga nación, como lo hemos visto a lo largo de todo nuestro estudio, son
par-
58
ciales. La existencia de “una estructura
económica-social que lo posibilite” es un elemento necesario para Marx, a
condición de que abandonemos la ambigüedad con que la establece Aricó al
referirse al “posibilite”. ¿Cuál es esta estructura que posibilita la
construcción nacional en Marx? En el caso de Europa, ciertamen-te una
estructura social en impulso creciente a su forma capita-lista contemporánea.
Pero no sólo ella, y aquí viene la capacidad de Marx, que supo captar la
realidad completa por encima de esquemas previos; él vio la posibilidad de
constitución nacional aun a partir de estructuras económicas precapitalistas:
el caso de Turquía, China o los pueblos eslavos del Imperio Otomano, en los que
predominaba un régimen económico caracterizado en al-gunos casos por Marx como
asiático, pero que poseían una gran vitalidad social para emprender, en algunos
casos, la reconstruc-ción de la autonomía nacional, o para su surgimiento, en
otros. Es cierto que en ambos intervienen consideraciones sobre las fuerzas
sociales impulsoras o la existencia de una historia previa de autonomía
nacional, etc., pero lo que importa acá es que Marx no se ciñe a una sola forma
de la estructura social, la base para la constitución de la autonomía nacional.
Seguidamente,
Aricó señala que para Marx la estructura social de los pueblos autóctonos
estaba ubicada en el “estado natural del salvajismo y la incultura”. Pero esto,
más que una concepción de Marx, en realidad es de Aricó, que le permite a la
larga descartar la posibilidad de un esfuerzo colectivo de constitución
nacional desde el sector social mayoritario. No olvidemos que Marx, casi al
mismo tiempo que la redacción del artículo sobre Bolívar, ha redactado
los Grundrisse, donde señala con claridad la similitud de formas de
la comunidad hindú, es decir, fruto de un desarrollo social complejo, que
presenta ya un proceso de formación estatal descrito por Marx. Suponiendo, en
el peor de los casos, que en la colonia Marx no haya visto ningún “desarrollo”
de esta forma de comunidad, ni su disolución plena, que necesariamente llevaría
hacia formas fundadas en un mayor desarrollo de la individuali-dad, tenemos que
Marx al menos presupone la existencia, en gran parte del territorio
latinoamericano, de formas sociales similares
59
a las de la India, esto es, a lugares donde Marx
reconoció y apo-yó la lucha por la autonomía nacional contra el colonialismo
in-glés, surgidos como iniciativas sociales globales. Suponiendo que Marx no
está tomando en cuenta estas formas sociales sentadas en la disolución de la
comunidad, con un mayor desarrollo de la individualidad, de relaciones
mercantiles y de autonomización del poder estatal, que con mayor razón hacen
posible pensar en la existencia de fuerzas capaces de emprender la constitución
nacional tal como los vio en la India, China o Turquía, la razón hay que
buscarla en otra parte.
Aricó
señala que otro aspecto integrante de la concepción de Marx, en el terreno de
la formación nacional, es la existencia de una fuerza social capaz de
hegemonizar el proceso de devenir nación de un pueblo. Esto es cierto en parte.
La existencia de una fuerza social comercial o artesanal en los pueblos
eslavos, o burguesa en la India, son ciertamente condiciones que favorecen y
colocan a ambos pueblos, a los ojos de Marx, en la constitución de naciones
modernas en el sentido burgués. Pero en el caso de la China, por ejemplo, una
fuerza social tan particularizada en sus fines democrático-burgueses no existe;
es el pueblo quien hace la guerra, por encima de las parálisis de los
mandarines y el gobier-no central, y es en el proceso de guerra donde el pueblo
mismo conquista su cohesión e identidad como nación; en el caso del Imperio
Otomano es el gobierno quien, ante la agresión, conden-sa las energías de la
masa para la defensa. En el caso de España, la nación, su defensa y su
reconstrucción, al menos en un primer momento, están personificadas por el
pueblo en general desple-gando su vitalidad, y la elite progresista es sólo
parte de él, y sólo se diferencia como impulsora de la reconstrucción
revolucionaria como nación burguesa. En todos estos casos, la fuerza decisiva
de la construcción social como nación burguesa la desempeña la vitalidad de la
masa, el pueblo en movimiento asentado, en nu-merosos casos, en relaciones
precapitalistas; existencia de fuerza social general empeñada en la formación
nacional autónoma de la sociedad, como impulso interno de afirmación y de
existencia. Esto es lo decisivo; en la característica de la masa en movimiento
60
y como fuerza, su vitalidad, su espíritu nacional,
etc., radican los otros componentes que Aricó no toma en cuenta, pero que para
Marx son los decisivos en la formación nacional de los pueblos.
Ahora,
mientras la presencia de este componente es decisiva para la formación nacional
para Marx, es necesario ver cómo lo aborda o qué es lo que ve de él en América.
No existe texto cono-cido de Marx que aborde este asunto, pero no es difícil
suponer que él no lo halló en el momento de fijarse en América. Y no por la
posición “hegeliana”, sino porque en realidad esta energía de la masa no se dio
como un movimiento generalizado (al menos en Sudamérica); estaba en gran parte
ausente en los años con-siderados por la reflexión de Marx. Las grandes
sublevaciones indígenas, en las que se puede observar un esfuerzo totalizador,
habían sucedido en el siglo XVIII, y se puede decir que eran casi desconocidas
para los historiadores; y no se puede afirmar que en los años de las guerras de
independencia la presencia de las masas indígenas, exceptuando casos
particulares, haya sido unificada y haya tenido el alcance de una sublevación
general; se hallaba fragmentada, en unos casos a favor de los realistas, en
otros de los independentistas, y en la mayoría de los casos era escéptica,
contemplativa de una lucha que era vista como un enfrentamiento entre parientes
por similares objetivos. Los ejércitos y las guerras asumían el papel decisivo,
por encima de las sociedades; y allá dónde ella asumía la iniciativa era
parcial en relación al continen-te; y además, lo más probable es que haya sido
desconocida para Marx, precisamente por su carácter aislado, como para poder
haberse sumergido en ella.
Volviendo
a los otros argumentos anotados por Aricó, como las diferencias étnicas o
lingüísticas, la cultura de una cultura oral contrapuesta y el recuerdo de la
unidad nacional prevista, él las ve ausentes en el terreno de las elites que
condujeron el tránsito a la formación estatal autónoma. Pero esto nos da una
razón más para sospechar de esta obra, y tampoco es decisivo para afirmar o
descartar la posibilidad de la existencia de fuerza social para la formación
nacional estatal en Marx. Su inexistencia en el ám-bito en el que lo describe
Aricó no es suficiente argumento para
61
pensar que Marx, a partir de ello, hubiera
descartado (cosa que no hubiera sido errónea) la vitalidad real de las
construcciones estatales de América. Aricó admite que estas “ausencias” en las
elites impulsoras de la autonomía estatal, en muchos casos estaban presentes
como “historias paralelas y contradictorias del proceso de formación de los
Estados”; creemos entender que lo estaban en el seno de las masas indígenas, y
que a eso se debe su carácter contradictorio y paralelo al de las elites
criollas. ¿Por qué éstas no lograron prevalecer sobre las primeras? ¿Por qué no
lograron es-tructurar grandes movimientos de lucha independentista? ¿O por qué
Marx no los vio? ¿Por qué las elites criollas no se apoyaron en un gran
movimiento de masas, o por qué las masas indígenas no lograron representarse en
los Estados criollos o en otras elites expresivas de la potencia del
movimiento? Estas son preguntas cuyas respuestas ayudarían a comprender en
mayor medida el terreno de la comprensión de Marx sobre los impulsos ambiguos
de la formación nacional en América, pues se centran en lo que para él siempre
fue decisivo en este proceso: la constitución na-cional estatal como acto
social general.
No
es el carácter de la estructura económica, ni la ausencia del carácter nacional
de las elites, sino esta ausencia de las energías vitales sociales en la
construcción estatal nacional en América Latina lo que lleva a Marx a ver en
las formaciones “nacionales”, mejor, en los proyectos de ella, “meras
construcciones estatales impuestas sobre un vacío institucional”, surgidas de
una guerra que no fue “portadora de un vasto movimiento social de
recom-posición del viejo poder estatal capaz de contener la violencia plebeya”.
En definitiva, la realidad latinoamericana se presenta a Marx, y en esto
estamos plenamente de acuerdo con Aricó, como “una inexplicable multiplicación
de Estados extremadamente débiles manejados por restrictas oligarquías carentes
de espíritu nacional o por los caudillos, por lo general militares […]”.13 La
realidad latinoamericana, ante la ausencia de una vitalidad social, como
organización nacional y como reforma, no puede ser más
13\ José
María Aricó, Marx en América Latina, op. cit., pp. 106-107.
62
que una artificial construcción estatal
autoritaria, y Bolívar, una manifestación personificada de esta irracionalidad.
Marx recha-za entonces ver el Estado como productor de la sociedad civil y la
nación. ¿Fue correcta esta apreciación? Según Aricó no, pues eso lo llevó, y
así completa la argumentación de su primera tesis, a apoyarse en formas
hegelizantes de apreciar la historia, que le impidieron la comprensión del
movimiento real latinoamericano. Según Aricó, el rechazar este papel activo del
Estado, en el caso de América Latina, llevó a Marx a ver las construcciones
locales existentes como “irracionalidad autoritaria” y a delegar al futu-ro la
construcción de verdaderos Estados y naciones, pues sus condiciones de
producción no podían definirse en el presente.14 Así resulta,
según Aricó, que su posición de rechazo a la concep-ción hegeliana de asignar
al Estado la capacidad productiva de sociedad y nación, llevó a Marx a hacer
resurgir viejas posiciones hegelianas como la de los pueblos sin historia.
Extraño
marxismo este, que con su crítica radical de la con-cepción del Estado
hegeliano acaba abrazando al final la concep-ción de la historia hegeliana. ¿No
será más bien que la imagen del carácter arbitrario de las construcciones
estatales y el dejar para el futuro el surgimiento de condiciones para la
construcción nacional real, nada tiene que ver con el concepto hegeliano de
“pueblos sin historia” y sea más bien la comprensión real del pa-pel de la
sociedad civil en la formación nacional estatal? En otras palabras, la
concepción de Marx sobre los Estados latinoamerica-nos como formaciones más
aparentes, formales, sustentadas más por el arbitrio autoritario centralizado
que por la condensación de iniciativa social general y, por tanto, el carácter
inacabado, o mejor, a realizarse, de la construcción nacional estatal como
ta-rea del futuro, no es un desliz hegelizante de un momento (que no impide la
incorporación de razonamientos de Hegel), sino un conjunto de valoraciones
orgánicas al cuerpo teórico del marxis-mo, que dan cuenta de la realidad
nacional. ¿Y es que acaso la formación de los Estados nacionales
latinoamericanos no fue en
14\ Ibíd.,
p. 100.
63
realidad el resultado de la acción de unos
“ejércitos sin patria” y de unas elites comerciales-burocráticas
semimonárquicas que, más que crear, se limitaron a sostener la formación de
Estados co-mo simple extensión formal de sus poderes y necesidades locales?
En
su segunda tesis, surgida a partir de la primera, Aricó afir-ma que Marx no
llegó a entender la realidad latinoamericana porque no vio (¡imagínense, no
vio!) la necesidad de un fuerte poder centralizado que promoviera el progreso
económico de una nación geográficamente extendida, pues las masas y su
par-ticipación “eran vistas” con más capacidad destructiva que cons-tructiva.15 El
recurso al autoritarismo era “la única posibilidad” de organización de “una
nación moderna”. “Hegel tenía razón y no Marx en cuanto al Estado como
productor de la sociedad civil y la nación”, concluye Aricó, tomando partido
por una for-ma de ver la realidad contraria a Marx. Pero, ¿realmente Hegel tuvo
razón? ¿Realmente el Estado podía producir la forma de la sociedad y la construcción
de la nación? Dejando de lado lo que hubiera podido pasar si el proyecto
bolivariano hubiera triunfado en su momento (este terreno lo dejamos a la
especulación), po-demos ver sus posibilidades, viendo lo que más se asemeja a
él en el terreno de la construcción nacional a partir del Estado, como Brasil,
Colombia hasta el desmembramiento de Panamá, incluso la Argentina. En todos
estos países, y con más razón en los que se dieron grandes organizaciones
sociales precolombinas como en Ecuador, Perú, Bolivia, México, etc., el
proyecto de la construc-ción nacional y la reforma social ha sido un proyecto
pendiente, resuelto recién en el siglo XX (y en algunos casos todavía no).
En
más de cien años, el Estado no ha sido capaz de producir la sociedad como un
todo orgánico, mucho menos de revolucio-narla; los momentos cumbre de la
organización social como na-ción y de reforma en cualquiera de estos países
están ligados, por el contrario, a grandes movimientos de insurgencia de masas,
de autoorganización de la sociedad frente al Estado; fuera de ellas, y muy a
pesar de los intentos desde arriba, la construcción de la
15\ Ibíd.,
pp. 133 y 136-138.
64
nación y la reforma social no ha sido más que una
ficción señorial, oligárquica y terrateniente. Y esto no puede ser justificado
por la pequeñez del territorio ni por las fuerzas “progresistas” criollas que,
unas más pronto que otras, llegaron a ocupar la administra-ción estatal aun
antes de finalizar el siglo XIX, y sin embargo no fueron capaces de emprender
la tarea de construcción social ni en sus pequeños parajes. ¿Faltaron fuerzas a
estas elites, pasado ya el primer momento de fraccionamiento de la territorialidad
deseada? Esto se podría afirmar si realmente no hubieran estado comprometidos
con la organización social del viejo régimen co-lonial. Pero en realidad, eran
sus hijos legítimos, ¿qué intención profunda iban a tener para su reforma
radical, si eran los nuevos usufructuarios de los viejos privilegios? Ninguna,
o en el mejor de los casos, poca, tanto más dispuestos a abandonarlas cuanto
más grandes fueran los sacrificios y riesgos a emprender.
Éstas
eran las condiciones reales de las elites criollas y el lí-mite de la “nación”
erigida por ellas. Su superación sólo podía venir de los que se oponían al
régimen social vigente y, a partir de ello, de quienes depositaban sus
intereses en ese movimien-to de revolucionarización social, pues mientras no se
asegure la posibilidad real de un mejor status social a los
primeros, jamás se arriesgarán a perder el viejo. No hay pues
revolucionarización social posible, y la consiguiente construcción nacional, desde
el viejo Estado. Esta tarea sólo puede venir como movimiento de la sociedad
para autoorganizarse, como impulso creativo y vital de la sociedad civil para
organizarse como nación. Esto no quita el papel que en esta tarea pueda
desempeñar el Estado, como lo señala Marx en el caso de la monarquía absoluta
en Europa,16 o de las mismas elites criollas de México, pero
siempre como con-densadoras de los impulsos de la sociedad. Lo que sí no pueden
hacer es reemplazarlos, y cuando lo intentan lo que resulta es una
16\
Karl Marx, New York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854.
Volvemos a en-contrar esta idea en 1858: “los gobiernos aparecen como condición
del proceso histórico de disolución y como creadores de las condiciones para la
existencia del capital”.
65
tragedia militarizada o una farsa organizada de
unos cuantos re-presentantes de la vieja sociedad.
El
Hegel de Aricó no tuvo pues razón, por cuanto el Estado no pudo construir ni la
nación, ni la sociedad, ni mucho menos la reforma de esta última. Para que esto
sucediera en Latinoamé-rica tuvo que esperarse (y en algunos casos se sigue
esperando) durante años y décadas desde la “independencia”, a que la so-ciedad
emergiera de su letargo y su fuerza fuera contundente. Marx tuvo pues razón,
porque vio esto, porque descartó la cons-trucción nacional estatal real y más
aún la revolucionarización de la sociedad como obra estatal por encima de la
sociedad. Marx tuvo razón, porque el Estado-nación, mientras no se efectúe su
construcción como acto social, como despliegue de energías de la sociedad civil
en su conjunto, era y es una construcción auto-ritaria, irracional, formal.
Marx tuvo razón, porque la formación nacional y el Estado reales sólo se dieron
después de los intentos despóticos del Estado y sus representantes particulares
como Bo-lívar. La historia dio, pues, más razón a Marx en su pesimismo, que a
Aricó en su optimismo.
Que
Marx haya captado con profunda lucidez este aspecto del movimiento de la
materia social, no oculta ni debe hacernos olvidar un aspecto señalado por
Aricó, que se refiere a la incom-prensión de Marx de la dinámica real de la
lucha de clases. Pero, claro está, no en el significado que él le da, en
términos del Estado y de las elites criollas progresistas en sus intenciones y
enfrenta-mientos, que no superan de hecho en sus actos lo que Marx previó de
ellas. La incomprensión de Marx se da más en el terreno de las características
de la sociedad civil que la reclama en la tarea de la construcción estatal y
nacional. Este es el “punto ciego de Marx”, si es que hubiera que encontrarle
uno. No hizo, como en el caso de Turquía o la India, un análisis comprensivo de
las carac-terísticas y fuerzas internas de la sociedad, de sus componentes y
sus contradicciones, de la relación de las elites independentistas criollas con
el Estado. Marx no estudió a las masas indígenas, sus características y su
movimiento; y aquí radica ciertamente la
66
debilidad de las apreciaciones de Marx sobre
América Latina, su “incomprensión”, etcétera.
La
ausencia de grandes movimientos indígenas de emancipa-ción, al menos en
Sudamérica, ciertamente condicionó esta au-sencia en Marx. La existencia de un
poderoso movimiento social general en los años de independencia o
inmediatamente después, como en la India, Turquía o China, ciertamente hubiera
sacado luz con más fuerza a la vitalidad, la potencialidad de la sociedad y la
complejidad de sus contradicciones, y hubiera empujado a Marx a fijar su
atención en ese contenido, como en otros casos.17
Marx,
en los últimos años de su vida, volverá nuevamente a fijar su atención en el
continente, pero ahora con nuevas preocu-paciones, como las formas de propiedad
antiguas, los efectos de la colonización, etcétera, dirigidas, en gran parte,
precisamente a superar los vacíos en su comprensión de la historia y la
sociedad latinoamericanas.
17\ 琀o
es pues raro que en momentos de manifestación de esta vitalidad, como en el
caso de la defensa de México contra la política anexionista de Estados Unidos
en 1861 (Karl Marx, “The Civil War in the United States”, en Die Presse,
25 de octubre de 1861) y contra la intervención anglo-francesa que invadió
territo-rio mexicano de 1861 a 1867 (Karl Marx “La intervención en México”,
en Die Presse, 12 de noviembre de 1861 y en New
York Daily Tribune, 23 de noviembre de 1861; “El revoltijo
mexicano”, en New York Daily Tribune, 15 de febrero de 1862; “Carta
de Marx a Engels del 6 de marzo de 1862”, etc.). Marx toma in-mediatamente
partido por ella y la ve como verdadero movimiento nacional y de reforma
social. Es cierto que los argumentos usados en esta defensa, en uno de los
casos, se basarán en la oposición a la expansión de territorios esclavistas y,
en otros, a la defensa del “derecho de gentes” y el respeto de la
“independencia exterior” de los gobiernos, etcétera. Pero no puede dejarse de
lado que en estos argumentos esgrimidos subyacen los ya desarrollados en el
caso de Asia sobre los resultados del dominio inglés en las colonias y, en
especial, el de las capacidades de la sociedad agredida para salir en defensa
de su autonomía como parte de un movimiento de reforma global.
67
II.
El manifiesto
comunista y nuestro tiempo
¿ES
EL MANIFIESTO COMUNISTA UN ARCAÍSMO
POLÍTICO,
UN RECUERDO LITERARIO? Cuatro tesis sobre su actualidad histórica1
¿Por
qué leer hoy nuevamente el Manifiesto comunista? ¿Por qué volver a
referirse a ese pequeño texto, cuando nos separan de él 150 años de grandes
transformaciones, de sucesos históricos y experiencias que lo vuelven distante?
Un primer intento de res-puesta sería que el Manifiesto comunista es
un texto fundador de la doctrina marxista y, por tanto, si se trata de
reivindicar el mar-xismo, hay que volver a leerlo y “aplicarlo”.
Ciertamente
ésta es una respuesta comprometida, pero con un error, que no sólo consiste en
convalidar su lectura como un acto de fe, sino que además pulveriza el propio
objeto del Manifiesto, que es la crítica radical de lo existente, y
no el recuento litúrgico de lo escrito en el pasado. Ese tipo de exégesis
corresponde a las cofradías y sacerdocios políticos, que han hecho del
marxis-mo un culto pseudorreligioso con credos machacones, olimpos repletos,
máquinas burocráticas para hacer cumplir la fe, exco-
1\
Texto extraido de Álvaro García Linera, “¿Es el Manifiesto comunista un
arcaís-mo político, un recuerdo literario? Cuatro tesis sobre su actualidad
histórica”, en Raquel Gutiérrez, Raúl Prada, Álvaro García Linera, Luis
Tapia, El fantasma insomne. Pensando el presente desde
el Manifiesto comunista, La Paz, Muela del Diablo, 1999.
71
mulgar a los renegados y adoctrinar a los infieles.
En su versión más monstruosa, estas maquinarias funcionan como Estados
mo-dernos, variando simplemente la doctrina que deben inculcar en los legos
(nacionalismo, fascismo, estatalismo, liberalismo, etc.); en sus variantes
primitivas, son las sectillas de devotos quienes asumen la militancia como
apostolado, y quienes en el fondo han confundido sus inclinaciones
místico-religiosas con adscripciones políticas. Este tipo de encuentro con
el Manifiesto evidentemen-te nada tiene de marxista, a pesar
de que se haga en su nombre.
Un
segundo tipo de lectura es aquella que toma el Manifiesto comunista como
un texto histórico, que quizá fue revelador pa-ra la época en que fue escrito,
pero que ahora, ante los cambios sociales que ha experimentado el mundo con el
derrumbe de los “socialismos”, carece de pertinencia y que, cuando más, es una
joya de archivo para la etno-historia. La virtud de esta posición frente a la
anterior es que al menos utiliza razones, antes que creencias hipostasiadas.
Sin embargo, la limitación de esta pos-tura radica en que reduce la experiencia
y la creación social a un mero amontonamiento de actos inconexos en el devenir
histórico, sin capacidad de trascender unos en otros. La historia no es una
sucesión lineal y compartimentada de eventos: es un devenir de eventos
connotados y jerarquizados, en el que los más recientes se levantan sobre el
campo de posibilidades, despertados por los anteriores, y en el que la propia
significancia de muchos de los sucesos pasados sólo halla su verdad en el
porvenir.
En
el caso del Manifiesto comunista, si bien es cierto que su
inteligibilidad está dada por las características del desarrollo ca-pitalista
del siglo XIX, que es estudiado y criticado por el texto, hay en él mismo una
serie de reflexiones sobre los componentes fundamentales del régimen capitalista,
que se mantienen a lo lar-go de los distintos momentos que recorre su
desarrollo, porque precisamente ahí está anudada la “información genética” que
viabiliza su existencia histórica, su perdurabilidad y ocaso. Una lectura
marxista del Manifiesto precisamente afinca sus posibi-lidades
en develar esta intimidad del texto con la extraordinaria realidad capitalista
actual, con sus componentes y las condiciones
72
materiales de su superación. La lectura que vamos a
realizar aho-ra busca precisamente mostrar algunas vetas de esta actualidad
del Manifiesto o, si se prefiere, de la imposibilidad de la
época actual de trascender, en términos generales, a la época histórica
retratada por el Manifiesto comunista.
1.
El desarrollo planetario del capitalismo.
Subsunción general del mundo al capital
Mediante la explotación del mercado mundial, la
burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos
los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la
industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido
destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas
industrias […] que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias
primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo
se consumen en el propio país, sino en todas
partes del globo. En lugar de las antiguas
necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas,
que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de
los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las
regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una
interdependencia
universal
de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la
intelectual.
Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, pp. 114-115
Uno
de los argumentos más socorridos por las corrientes libera-les para
descalificar la posibilidad de un régimen social alternati-vo, o distinto al
capitalista, es que la globalización económica ha
73
vuelto imposible opciones de desarrollo autónomo
por fuera del mercado mundializado y la interdependencia de las actividades
productivas, políticas y culturales.2 Este argumento sería
correcto si se supusiera que puede haber una vía de progreso económico al
margen o paralela a la definida por el capital. Pero entonces ya no estaríamos
hablando de Marx, sino de las múltiples varian-tes ideológicas del nacionalismo
de Estado que, aprovechando el ambiente de fomento de los mercados y la
industrialización interna enarbolada por las políticas keynesianas, creyeron
hallar en el capitalismo de Estado una anticipación del socialismo o, al menos,
una “vía propia” y novedosa para alcanzar el desarrollo sin caer en garras de
las multinacionales.3
Hoy
sabemos que la sustitución de importaciones y la creación del mercado interno,
lejos de crear opciones frente al desarro-llo del capitalismo mundial, fue una
de sus formas históricas de despliegue, que permitió la docilización y soborno
de parte de las clases laborales, el disciplinamiento ciudadano de emigrantes
campesinos, y la formación estatal de millones de consumidores de mercancías en
disposición de ampliar la clientela de compra-dores de las multinacionales, una
vez disminuidas las fronteras arancelarias. Igualmente, el “socialismo
realmente existente” lo único que hizo fue desplegar, por nuevos medios, la
mercantiliza-
2\
Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, México,
Planeta, 1992; Taichi Sakaiya, La sociedad del conocimiento, Santiago,
Andrés Bello, 1994. Una visión crítica al respecto se halla en Alain
Touraine, ¿Podemos vivir juntos? Iguales y diferentes,
México, Fondo de Cultura Económica, 1997.
3\
Samir Amin, El eurocentrismo: crítica de una ideología, México,
Siglo XXI, 1989; Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia
y desarrollo en América Latina, México, Siglo XXI, 1998;
Andre Gunder Frank, América Latina: Subde-sarrollo o revolución,
México, Era, 1973; Octavio Ianni, La formación del estado populista en
América Latina, México, Era, 1975; Ruy Mauro Marini, Dialéctica de
la dependencia, México, Era, 1972; Menno Vellinga (coord.), El
cambio del papel del estado en América Latina, México, Siglo XXI, 1997;
James Malloy, Authori-tarianism and Corporatism in Latin America, Pittsburgh,
Pittsburgh University Press, 1977; Henry Kirsh, Industrial
Development in a Traditional Society, Miami, University Press of
Florida, 1977; y Jean Carrière (comp.), Industrialization and State
in Latin America, Amsterdam: Centre for Latin American Research and Documentation
(cedla), 1979.
74
ción estatalizada de la vida económica de
estructuras sociales tan abigarradas como las de los países de Europa Oriental.4
Frente
a la especulación sobre la existencia de burbujas socia-les capaces de
emprender formas de desarrollo autónomo ante y en medio del capitalismo, Marx
supo develar la tendencia in-manente de la lógica del capital a
universalizarse, o, en palabras posteriores, a subordinar, primero
externamente, las estructuras económicas, culturales y cognoscitivas
no-capitalistas que en-cuentra a su paso para retorcerlas para sus fines de
acumulación; y luego, realmente, por medio de la modificación material de esas
estructuras, hasta un punto tal que ellas lleven amalgamada a su dinámica
y coseidad la racionalidad del valor-mercantil.5
El
capitalismo, como hecho universal y universalizante, es la caracterización
básica que recorre todo el Manifiesto, y a partir de la cual Marx
indaga la posibilidad material del comunismo. La primera etapa de esta
expansión mundial fue el “descubrimiento de y la circunnavegación a África”,
que al tiempo que redondeó el mundo como un espacio cerrado y cognoscible en toda
su ex-tensión, creó el basamento de la intercomunicación de las acti-vidades de
cualquier persona con el resto de los seres humanos. Estas acciones permitieron
el surgimiento de “un mercado mun-dial” que puso en circulación y conocimiento
los productos del trabajo de distintos regímenes socioeconómicos, aunque
todavía con unos medios de comunicación y transporte correspondien-
4\
Charles Bettelheim, Las luchas de clases en la urss, 2
tomos, México, Siglo XXI, 1978; Bernard Chavance, El sistema económico
soviético, Madrid, Revolución, 1987; Jan Winiecki, Las distorsiones
en las economías de tipo soviético, Barcelona, Civilización, 1989;
Enrique Palazuelos Manso, La economía soviética más allá de
la Perestroika, Madrid, Ciencias Sociales, 1990; Alec Nove, El
sistema econó-mico soviético, Madrid, Siglo XXI, 1982; y Fernando
Claudín, La oposición en el “socialismo real”, Madrid, Siglo XXI, 1981.
5\
Karl Marx, El capital, México, Siglo XXI, 1981, Tomo 1, secciones
3, 4, 5, 7; Karl Marx, Grundrisse: Elementos fundamentales para la
crítica de la economía polí-tica, México, Siglo XXI, 1982; Karl Marx, El
capital, México, Siglo XXI, 1984; Álvaro García
Linera, Forma valor y forma comunidad, La Paz, Quipus, 1995;
Alejandro Portes, En torno a la informalidad, México, Facultad
Latinoamerica-na de Ciencias Sociales (flacso),
1995, y Alejandro Portes (ed.), La economía informal, Buenos
Aires, Planeta, 1990.
75
tes a las épocas de los intercambios locales. Ésta
es la época del predominio del capital comercial.
Una
segunda etapa de esta mundialización del capital fue la incursión de éste en la
propia producción local de mercan-cías, arrasando, erosionando antiguas formas
de trabajo. Esto dio lugar al desarrollo, en ciertas regiones, de una
producción eminentemente capitalista, y a la formación de una red material de
transporte,6 producto
del propio desarrollo industrial (ferro-carriles, compañías navieras de carga
con barcos a vapor), con lo que el comercio mundial que había antecedido y
potenciado la industria ahora aparecía como resultado de ella, en la medida en
que el nuevo aparato técnico organizativo del comercio había sido producido por
la industria.
La
tercera etapa de esta globalización del capital señalada por el Manifiesto7 es
la de extinción de la “base nacional de la indus-tria”, que no sólo lleva a una
expansión inusitada de la forma de trabajo capitalista a un número creciente de
regiones que se vin-culan al mercado mundial, sino que, además, para mantenerse
co-mo tal producción capitalista, debe hacerlo utilizando productos
industriales, las materias primas y las tecnologías elaboradas en las regiones
más diversas del globo. Esta última tendencia, delineada posteriormente en
el Manifiesto, será utilizada por Marx para en-tender cómo fue
posible que la crisis capitalista europea de 1847-1849 fuera superada
provisionalmente mediante la expansión del capital industrial de Europa al
resto del mundo8 e incluso, para dudar acerca de la posibilidad
de victoria de una revolución social
6\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, en Obras escogidas. Tomo
I, Buenos Aires, Progreso, 1980.
7\ Ibíd.
8\
Karl Marx, “Mayo a octubre de 1850”, en Historia y sociedad, No.
4, 1974. Un excelente estudio sobre esta obra de Marx y su concepción de la
crisis se halla en Jorge Veraza, “Teoría del mercado mundial”, en Seminario
de El capital, México, Universidad Nacional Autónoma de México (unam),
1993. Véase también Eric Hobsbawm, La era del capitalismo (1848-1875),
Barcelona, Labor Universitaria, 1989.
76
en Europa
mientras el capital siguiera avanzando pujantemente en un territorio geográfico
cada vez más extenso en el mundo.9 La “mundialización” actual
del capital, lejos de poner en du-da el pensamiento crítico de Marx, es el
presupuesto histórico a partir del cual él propone indagar las posibilidades de
superarlo. “El capital es un producto colectivo; no puede ser puesto en
mo-vimiento sino por la actividad conjunta de muchos miembros de la sociedad y,
en última instancia, sólo por la actividad conjunta de todos los miembros de la
sociedad”.10 Hablar del capital es entonces hablar de la
remodelación del mundo como un todo para su dominio, de la tendencia siempre
creciente, pero siempre inacabada, de la supeditación del comercio, del
transporte, de la producción, del conocimiento, de la imaginación, del
disfrute, del consumo a los patrones del capital, ya sea en términos formales
externos o reales de su materialidad interna.11 Que ésta sea
una tendencia creciente pero nunca acabada radica en que lo único que
estrictamente es no-capital, pero que a la vez es su fuente de vida, es el
trabajo-vivo en sus diferentes formas corpóreas: las
9\
Karl Marx, Las luchas de clases en Francia. Tomo I, Madrid, Espasa
Calpe, 1985. Véase también Karl Marx y Friedrich Engels, “El movimiento
revolucionario”, en Collected Works, Tomo 8, Londres, Lawrence
& Wishart, 1985. En una carta a Engels, Marx anota: “La misión particular
de la sociedad burguesa es el estable-cimiento del mercado mundial, al menos en
esbozo, y de la producción basada sobre el mercado mundial. Como el mundo es
redondo, esto parece haber sido completado por la colonización de California y
Australia y el descubrimiento de China y Japón. Lo difícil para nosotros es
esto: en el continente la revolución es inminente, y asumirá también de
inmediato un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este
pequeño rincón, teniendo en cuenta que un territorio mucho mayor del movimiento
de la sociedad burguesa está todavía en ascenso?”. “Carta de octubre de 1858”,
en Karl Marx y Friedrich Engels, Correspondencia, México, Cultura
Popular, 1977.
10\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op. cit.
11\
Sobre el carácter globalizado del capitalismo desde sus inicios, véanse
Imma-nuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, Barcelona,
Siglo XXI, 1985; John Holloway (coord.), Dinero global y estado
nacional, México, aup,
1994; John Holloway, “Un capital, muchos Estados”, en Gerardo Ávalos Tenorio y
María Dolores París Pombo (comps.), Política y Estado en el pensamiento
moderno, México, Universidad Autónoma Metropolitana (uam),
1996; y John Holloway et al., Globalización y
estado-nación, Buenos Aires, Tierra del Fuego, 1996.
77
comunidades agrarias, pero también, y ahora
mayoritariamente, la potencialidad laboral en estado de fluidez, aún no
objetivada, que despliega el trabajador social para crear riqueza material y
simbólica.12
La
importancia y la minuciosidad tan actuales, con las que Marx devela esta
cualidad inmanente del capital, tienen por ob-jetivo fundamentar positivamente
el comunismo como asociación de productores en la que “el libre
desenvolvimiento de uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”.
Claro, si el ca-pital, como sociedad de antagonismos, explotación y beneficios
privados como las anteriores sociedades escindidas en clases, se levanta, sin
embargo, sobre el trabajo social universal, la posibi-lidad de la emancipación
humana como un todo deja de ser una añoranza infundada, para hallar en esa
universalidad perversa-mente trabajada por el capital la condición material de
posibilidad de una acción humana conjunta, que ya no devenga propiedad y poderío
privado, sino posesión y poderío común universal de los propios productores que
la engendran.13
Que
la universalización del trabajo, creada por primera vez en la historia humana
por el capitalismo, abra las posibilidades ma-teriales de una acción conjunta
de las capacidades y necesidades
12\
“Lo único diferente al trabajo objetivado es el trabajo no objetivado, que aún
se está objetivando, o sea el trabajo como subjetividad. O, también, el trabajo
objetivado, es decir como trabajo existente en el espacio, se puede contraponer
en cuanto trabajo pasado al existente en el tiempo. Por cuanto debe existir
como algo temporal, como algo vivo, sólo puede existir como sujeto en el que
existe como facultad, como posibilidad, por ende como trabajador. […] el
trabajo, puesto como no-capital en cuanto tal es: 1) trabajo no objetivado,
concebido negativamente (aun en el caso de ser objetivo; lo no objetivo en
forma objetiva). En cuanto tal, es no-materia prima, no-instrumento de trabajo,
no-producto en bruto: el trabajo disociado de todos los medios de trabajo y
objetos de trabajo, de toda su objetividad; el trabajo vivo, existente como
abstracción de estos aspectos de su realidad efectiva (igualmente no-valor)”.
Karl Marx, Grundrisse, op. cit. El capital como
trabajo objetivado y el trabajo vivo, como “trabajo no-objetivado”, como lo
“único que no es capital” es el punto decisivo del concepto marxista de
revolución y de sujeto revolucionario.
13\
Sobre la comunidad universal, véase Karl Marx, Grundrisse, op.
cit., pp. 87-90, 217-219.
78
humanas no significa ni que el capital haya
producido esta inter-dependencia social deliberadamente, ni que la sola
presencia de esa universalización vaya directamente a crear la inminencia del
comunismo. De hecho, estas malas interpretaciones están en el fondo de las
actitudes de numerosos partidos e intelectuales que se proclaman marxistas y
que se han desempeñado como fervien-tes aduladores del “progreso capitalista”
pues, según ellos, eso prepararía las condiciones para el tránsito hacia el
socialismo.14
Lo
que estos aduladores del capital no toman en cuenta, o me-jor, esconden, es que
esta interdependencia universal desplegada por el capitalismo no es propugnada,
ni buscada ni propuesta por Marx: sencillamente es descrita, es explicada, es
estudiada, ya que ésta se desenvuelve “frente a nuestros ojos”. Pero, además,
la universalización creada por el desarrollo del
capitalismo sirve a ese desarrollo y es parte de
ese desarrollo del capital; en otras palabras, la interdependencia universal es
una fuerza productiva del capital, que a medida que se
expande y densifica lo hace en tanto expansión y densificación de
la racionalidad empresarial. El desarrollo histórico de la universalidad es el
desarrollo del capital, por lo que propugnar y alabar esa expansión de la
inter-dependencia universal es sencillamente propugnar el desarrollo del
capital, por mucho que se justifique que “después” vendrá el socialismo, como
postre histórico.
La
actitud de Marx en el Manifiesto frente a esta globalización
del capital es sencillamente entenderla en todas sus implicacio-nes y, por
sobre todo, indagar sus contrafinalidades, las potencias
emancipadoras ocultas en esta globalización, pero que, hasta hoy, se dan
deformadas y retorcidas por la racionalidad capitalista dominante. El Manifiesto maneja
dos dimensiones argumenta-les sobre la globalización: por una parte, la concreta,
que es la globalización creada por y para el capital como mecanismo de acumulación
ampliada. Por otro, la abstracta, despertada pero permanentemente
reprimida por la primera, que habla de esta in-
14\ 琀n
Bolivia, véanse los panfletos del Partido Comunista de Bolivia (pcb)
y del Partido Obrero Revolucionario (por).
79
terdependencia positiva de los seres humanos a
nivel planetario, y cuya trascendencia va muchísimo más allá de esa miserable y
frus-trante manera en que se desenvuelve hasta hoy en el capitalismo.
Esta
segunda dimensión abstracta ha surgido por influjo de aquella primera dimensión
concreta; sin embargo, la primera es sólo una manera estrecha y mutilada del
posible despliegue de la segunda; pero además, para que esta segunda pueda
derra-marse sobre la historia, se requiere previamente la demolición y
sustitución de la primera, pues ella a lo único que tiende es ha-cia sí misma.
El hecho de que esta superación radical de la for-ma capitalista de la
globalización sea factible, viene dado por el contundente argumento de que el
capital es simplemente fruto (enajenado) del trabajo social, una forma de ese
trabajo social que deberá dar lugar, por autotransformación, que no es otra
cosa que autoemancipación, a otra forma del trabajo social-universal en la que
sea capaz de reconocerse y disfrutar en común del producto de sus capacidades,
etcétera.
Vistas
así las cosas, resulta por demás evidente que la actual “globalización” del
capital puede ser entendida en su justa di-mensión y profundidad como una nueva
etapa de esa universa-lización del capitalismo de la que nos habla el Manifiesto,
pero ante todo, como una etapa cuyo análisis crítico debe dejar tras-lucir las
contrafinalidades, las contratendencias emancipadoras del trabajo ante el
capital que anidan materialmente en su seno y que precisamente los marxistas
tienen que entender y potenciar por todos los medios a su alcance.
En
particular, lo que hoy, con aires de novedad e ignorancia, los liberales llaman
globalización no es la existencia de un merca-do mundial, que ya se inició
entre los siglos XVI y XVIii;15 quizá
15\ 琀mmanuel
Wallerstein, El moderno sistema mundial, op. cit. En la zona
andina, la producción minera, y con ello la actividad comunal que se articulaba
coacti-vamente a ella, se vinculó estrechamente al comercio y a la producción
europea a finales del siglo XVI; y ello no sólo en términos monetarios, sino también
tec-nológicos. Véanse Enrique Tandeter, Coacción y mercado: la minería
de la plata en el Potosí colonial 1692-1896. Buenos Aires:
Sudamericana, 1992; y Peter Bakewell, Mineros de la montaña
roja 1545-1650, Madrid, Alianza, 1992.
80
lo específico ahora sea la fuerte tendencia a la
generalización de las pautas de consumo y la cualidad de las
mercancías cuya circu-lación se fomenta, como el dinero,16 o se
limita a través de des-
16\
Como lo han señalado los críticos del concepto de globalización, muchas de las
tendencias que abarcan ese nombre no son nuevas del todo. La novedad de la
llamada “revolución de la información” es impresionante, “pero la novedad del
ferrocarril y el telégrafo, el automóvil, la radio, y el teléfono impresionaron
igualmente en su día” (Harvey 1995). Incluso la llamada “virtualización de la
ac-tividad económica” no es tan nueva como puede parecer a primera vista. Desde
la década de 1860 en adelante, los cables submarinos del telégrafo conectaron
los mercados intercontinentales; hicieron posible el comercio cotidiano y la
forma-ción de precios a través de miles de millas, una innovación mucho mayor
que el advenimiento actual del comercio electrónico. Chicago y Londres,
Melbourne y Manchester fueron conectadas en tiempo real, los mercados de
obligaciones también llegaron a estar estrechamente interconectados, y los
préstamos interna-cionales a gran escala —tanto inversiones de cartera como
directas— crecieron rápidamente durante este periodo (Hirst 1996).
\
“En efecto, la inversión directa extranjera creció tan rápidamente que en 1913
supuso por encima del 9% del producto mundial —una proporción que toda-vía no
había sido superada al comienzo de la década de 1990 (Bairoch y Kozul-Wright
1996). Similarmente, la apertura al comercio exterior —medido por el conjunto
de importaciones y exportaciones en proporción del Producto Interno Bruto (pib)—
no era notablemente mayor en 1993 que en 1913 para los grandes países
capitalistas, exceptuando a los Estados Unidos (Hirst 1996). Seguramente, como
resaltan desde perspectivas diferentes los aportes de Eric Helleiner (1997) y
Saskia Sassen (1997), la más espectacular expansión de las últimas dos décadas,
y la mayor evidencia en el arsenal de los defensores de la tesis de la
globalización, no ha estado en la inversión directa extranjera o en el comercio
mundial, sino en los mercados financieros mundiales. Señala Saskia Sassen que
‘desde 1980 el valor total de los activos financieros ha aumentado dos veces y
media más rápi-do que el pib agregado
de todas las economías industriales ricas. Y el volumen de negocios en divisas,
obligaciones y anticipaciones de capital ha aumentado cinco veces más rápido’.
El primero en ‘globalizarse’, y actualmente ‘el mayor y en muchos sentidos el
único auténtico mercado global’ es el mercado de divi-sas. ‘Las transacciones
por cambio de divisas fueron diez veces mayores que el comercio mundial en
1983; sólo diez años después, en 1992, esas transacciones eran sesenta veces
mayores’. En ausencia de este explosivo crecimiento de los mercados financieros
mundiales, probablemente no hablaríamos de globaliza-ción, y seguramente no lo
haríamos hablando de un nuevo rumbo del proceso en marcha de reconstrucción del
mercado mundial producido bajo la hegemonía de Estados Unidos como resultado de
la Segunda Guerra Mundial. Después de todo, Bretton Woods era un sistema
global, así que lo que realmente ha ocurrido ha sido un cambio desde un sistema
global (jerárquicamente organizado y en su mayor parte controlado políticamente
por los Estados Unidos) a otro sistema global más descentralizado y coordinado
mediante el mercado, haciendo que las
81
póticas políticas de proteccionismo estatal, como
en el caso de la mercancía fuerza de trabajo, a la cual se le impide
desplazarse libremente del sur al norte.
Lo
singular de la actual forma de globalización tampoco es la expansión de la
producción capitalista a todos los confines del mundo, pues eso se intensificó
a mediados del siglo XIX, como forma de superación de la crisis capitalista que
vivió Europa. No por casualidad, desde los años cincuenta, la atención de Marx
se desplazó de Europa a Oriente y América, a las estructuras co-munales y a la
agricultura, pues es precisamente este “campo del mundo” el que comienza a ser
objeto de subordinación formal y real por el capital.17 La
revolución rusa —que por lo general es tomada como argumento de una decadencia
del capitalismo, en el caso de los izquierdistas, o del fracaso de cualquier
esfuerzo revolucionario anticapitalista, en el caso de los derechistas—, en sus
resultados y a la luz del Manifiesto comunista, adquiere otro
significado: en las limitaciones para expandirse planetariamen-te, a fin de
reforzar los embriones de autogobierno y autogestión económica de los
trabajadores de la ciudad y el campo rusos, la revolución devino una revolución
nacional burguesa, que bajo formas imperiales y de capitalismo de Estado,
continuó esa ola de expansión del capitalismo desde el centro hasta las
“extremida-
condiciones
financieras del capitalismo sean mucho más volátiles e inestables: la
globalización, la soberanía estatal y la interminable acumulación del capital”.
Giovanni Arrighi, “Estados y soberanía en la economía mundial”, conferencia
dictada en la Universidad de California, Irvine, 21-23 de febrero de 1997.
17\
Véanse los escritos de Marx sobre la India, China, América Latina, Irlanda,
Turquía, España, Rusia, etc., publicados en distintos periódicos desde 1852, o
presentes en sus cartas y en sus manuscritos preparatorios de El
capital. Algunos de estos trabajos se hallan en Karl Marx y Friedrich
Engels, “Materiales para la historia de América Latina”, en Cuadernos
de Pasado y Presente, No. 30, 1972; Karl Marx, “Historia diplomática
secreta del siglo XVIII”, en Cuadernos de Pa-sado y Presente, No.
87; “La cuestión nacional y la formación de los estados”, en Cuadernos
de Pasado y Presente, No. 69, 1980; “Sobre el colonialismo”, en
Cuadernos
de Pasado y Presente, No. 37, 1973; Imperio
y colonia, escritos sobre Irlanda, Pasado y Presente, 1979; La
revolución en España, Moscú, Progreso, 1974; y Marx
contra Rusia, Buenos Aires, s.e., 1974. Véase también “Formas que
preceden a la producción capitalista”, en Grundrisse, op. cit.
82
des” de su cuerpo geográfico mundializado. Lo
relevante hoy de este proceso de expansión de la producción capitalista a todo
el orbe es el acrecentamiento del abismo que separa a países y com-pañías que
controlan las condiciones materiales de producción, invención y desarrollo de
las modernas tecnologías, y los países y consumidores, facultados sólo para
acceder al uso restringido de productos terminados, mas no para producirlos o
modificar-los. Hablamos entonces de una descomunal jerarquización pro-ductiva,
no sólo globalizada, sino a la vez tecnologizada, entre industrias, regiones y
naciones.
La
actual globalización del capital, en los hechos, vendría a continuar, en un
nivel más complejizado, dos de las tres etapas señaladas como tendencias
históricas por el Manifiesto:
a) La
formación de una red de trasporte y comunicaciones por y para la
industria. Ya dijimos que un primer momento de esta subsunción
real de los medios de comunicación y transporte al capital se dio desde el
siglo XIX, cuando se modificó el aparato técnico y organizativo de la esfera de
la circulación y distribución, que comenzó a desenvolverse sobre una base
tecnológica creada por la producción industrial (ferrocarriles, barcos a vapor,
etc.)18 y en muchos casos como parte del propio proceso de
producción.19 Tenemos entonces el inicio, por parte de la
producción capita-lista, de una red material propia para el comercio mundializado
a través de estos nuevos medios de transporte. Esta tendencia avanzó durante el
siglo XX con el telégrafo, la radiocomunica-ción, el transporte aéreo, y ahora
se habría entrado en un nuevo momento con la fibra óptica, la comunicación
satelital y el uso
18\
Karl Marx, Friedrich Engels y Nikolai Danielson, Correspondencia
1868-1895, México, Siglo XXI, 1981. Véanse también las cartas entre Marx y
Engels en la década de 1850-1860, en Karl Marx y Friedrich Engels, Correspondencia, México,
Cultura Popular, 1978; Vladimir Lenin, Acotaciones a la correspondencia
entre Marx y Engels, Barcelona, Grijalbo, 1976.
19\
Karl Marx, “Maquinaria y gran industria”, en El capital, op.
cit., 1984; y “Cua-derno tecnológico-histórico” (Extractos de la lectura
B-56, Londres, 1851), México, Universidad Autónoma de Puebla (uap),
1984.
83
de los ordenadores para la interconexión simultánea
en red en la banca, el comercio, el transporte.
Si
nos fijamos bien, esta nueva base tecnológica lo que hace es consolidar la
subsunción real de los medios de intercomuni-cación mundializados al capital,
que se inició hace más de un si-glo. La peculiaridad de este nuevo momento de
subordinación globalizada de los medios de comunicación y transporte es que
está creando un tiempo de comunicación mundializado
homogé-neo, y tendencialmente convergente a cero. Esto significa que el nuevo
basamento tecnológico está creando, por un lado, una uniformización en los
tiempos de circulación y distribución de los productos de una fábrica, país o
región con los de cualquier otra fábrica, país y región del planeta; y por otra
parte, estos tiempos que tardan en trasladarse materias primas, máquinas,
capitales, productos de consumo y fuerza de trabajo, tanto al interior de
talleres, países, como entre regiones distantes en el mundo, tien-de a ser
cero. Hoy en día, las bolsas de valores y la comunicación por satélite permiten
mover capitales e inversiones de un país a otro en cuestión de minutos, la
producción intelectual puede fluir simultáneamente al mundo, y los productos y
personas pueden moverse de un continente a otro en cuestión de horas, cuando
antes esto tardaba meses o semanas. A partir de esta remodelación de la base
comunicacional mundializada está surgiendo:
b) Una
base mundializada de la propia producción. Ya hemos visto cómo el Manifiesto devela
esta tendencia, con el surgimien-to de industrias que no emplean ni materias
primas ni tecnolo-gía producidas localmente, y que además producen mercancías
que han de realizarse en un consumo igualmente mundializado. El nuevo momento
de esta mundialización vendría a darse por el inicio de un proceso de trabajo
inmediato planetarizado, esto es, que la propia actividad de producir un bien
determinado no sólo requiere de materias primas, tecnología y mercados de otras
partes del planeta, sino que la propia actividad de fabricación de un solo bien
material o simbólico no se realiza localmente, en un solo taller, sino en
múltiples talleres descentralizados y ubicados
84
en distintas partes del mundo, de acuerdo a la
explotación de las capacidades laborales, las oportunidades estatales y la
concen-tración de medios de producción que brinda cada región para la
elaboración de componentes separados, que luego serán ensam-blados en un
producto final.20
Hablamos,
por lo tanto, de un Proceso de Trabajo Direc-to mundializado o, si se prefiere,
de que el mundo comienza a aparecer como espacio geográfico unificado,
donde se despliega la actividad completa de elaboración de cualquier mercancía.
La posibilidad de esta modificación de las relaciones específi-camente
productivas, que convierte al planeta en un solo taller, del cual las regiones
y países sólo son zonas que producen partes del producto final, viene
posibilitada por la modificación de la estructura de transporte y comunicación
mundial, en la medida en que el reducir enormemente el tiempo de desplazamiento
de cosas y personas permite poner en funcionamiento simultáneo y enlazado
procesos productivos parciales desparramados a lo largo del globo.
Ciertamente,
esta modificación productiva apenas comienza (las maquilas de los años sesenta
y setenta fueron su inicio), pero ya señala el nuevo nivel de la subordinación
del mundo al capital, en la medida en que el tiempo y la geografía, además de
ser coac-cionados a adecuarse a las necesidades de la valorización —co-mo ha
sucedido hasta hoy—, su misma significancia material y la manera de vincularnos
a ellos, son reestructurados para aparecer como fuerzas productivas del
capital.
Pero
el Manifiesto no otorga únicamente los marcos concep-tuales
para volver inteligibles muchas de las “novedades” de
20\
Jürgen Heinrichs, Otto Kreye y Folker Fröbel, La nueva división
internacional del trabajo, México, Siglo XXI, 1981; Ana
Esther Ceceña y Andrés Barreda (coords.), Producción
estratégica y hegemonía mundial, México, Siglo XXI, 1995; Christian
Palloix, Proceso de producción y crisis del capitalismo, Barcelona,
Blume, 1980; José Ramírez Zaragoza, “El trabajo y la nueva organización
productiva capitalista”, Tesis de Maestría, unam,
1993; y Esthela Gutiérrez Garza (coord.),
Reconversión
industrial y lucha sindical, México, Nueva
Sociedad, 1989.
85
nuestra época; lo hace porque precisamente realiza
su crítica, porque indaga las contrafinalidades de estas tendencias, desde el
punto de vista de la potenciación del trabajo social emancipado: “el desarrollo
de la gran industria socava bajo los pies de la pro-pia burguesía las bases
sobre las que ésta produce y se apropia de lo producido […] de tal manera, la
burguesía proporciona a los proletarios los elementos de su propia educación,
es decir, ar-mas contra ella misma”.21 ¿Cómo es que el capital,
al expandir su dominio, potencialmente socava las condiciones de ese dominio?
Porque al unir instantáneamente la producción y el consumo pro-ductivo de las
más diversas regiones del mundo, el conocimiento y las capacidades laborales de
las zonas más distantes del planeta, crea material y tecnológicamente las
posibilidades de una “unión cada vez más extensa de los obreros”,22 en
la medida en que su trabajo es la sustancia social que sostiene la
intercomunicación y la interdependencia instantánea del capital. El capital es
sólo trabajo enajenado, por tanto, la mundialización del capital es sólo la
mundialización del trabajo, la interdependencia de sus capacidades y
necesidades, pero de manera enajenada, falseada por el lucro privado. La
globalización del capital existe porque ya hay entonces una globalización del
trabajo, pero reprimida, coaccionada a existir como globalización fetichizada
de las co-sas y del dinero. El triunfo planetario del capital, que hoy día se
festeja, descansa sobre la posibilidad de un triunfo planetario del trabajo y,
de hecho, el festejo empresarial es sólo una más de las maquinarias de guerra
para aprisionar y deformar esa potencia-lidad mundializada del trabajo.
Sin
embargo, esta potencialidad jamás brotará por obra del propio avance del
capital, pues éste se define precisamente por la ininterrumpida colonización,
por la sistemática expropiación del cúmulo de fuerzas sociales anidadas en el
trabajo,23 en este caso,
21\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
22\ Ibíd.
23\
Al referirse al argumento de que el proteccionismo, al concentrar las fuerzas
sociales internas en torno al empresariado local para hacer frente a la
competen-
86
de su interdependencia, de su fondo comunitario
universal, que habilita que el ser genérico humano sea un producto del propio
trabajo del conjunto de los seres humanos existentes; más su his-toria, por
supuesto. Para que esta fuerza brote, se necesita que los propios portadores
corporales del trabajo vivo sean capaces de reconocerse, de desearse, de
apropiarse material y directamente de lo que ellos hacen en común, esto es, a
escala planetaria.
El
que esto suceda ya no es fruto del capital, sino de la auto-construcción del
trabajo, frente y por encima de aquella que el capital hace cotidianamente de
ellos. Se trata de un proceso de autonegación24 del
trabajo en cuanto trabajo-para-el-capital, es decir, se trata de un hecho
político, cultural, subjetivo y organiza-tivamente material, que reclama al
trabajo universal la capacidad de autoformarse, de autodeterminarse como sujeto
histórico-universal. Las condiciones de esta autoemancipación, señaladas por
el Manifiesto, las trataremos posteriormente.
cia
extranjera, también robustece al proletariado, Marx menciona una evidente
contradicción en ese razonamiento: “Mientras que el sistema proteccionista pone
en manos del capital de un país las armas necesarias para luchar contra los
países extranjeros, mientras fortalece al capital frente a los de afuera, cree
que este capital así armado y robustecido se tornará débil y transigente frente
a la propia clase obrera. Esto valdría tanto como apelar a la caridad del
capital, como si el capital en cuanto tal pudiera ser caritativo. Pero las
reformas sociales no se logran nunca por la debilidad de los fuertes, sino que
son siempre el fruto de la fuerza de los débiles”. Karl Marx, “Discurso sobre
los aranceles protectores, el libre cambio y la clase obrera”, en Obras
escogidas, op. cit.
24\
Marx explica que la moderna sociedad capitalista es “el proceso de
autoenaje-nación del trabajo y por tanto, el ‘comunismo es la posición de
negación de la negación y, por tanto, el momento real, necesario, de la
emancipación y la recu-peración humanas’”. A esta negación de la
autoenajenación la estamos llamando autonegación del trabajo. Karl Marx, Manuscritos
económico-filosóficos de 1844, Tomo 2, México, Grijalbo, 1982.
87
2.
El desarrollo tecnológico contemporáneo: el movimiento
de la enajenación material del trabajo
La
burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los
instrumentos de producción, por consiguiente las relaciones de producción, y
con ello todas las relaciones sociales. La burguesía a lo largo de su dominio
de clase […]
ha creado fuerzas productivas más abundantes y más
grandiosas que todas las generaciones pasadas. El sometimiento de las fuerzas
de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la
industria, y a la agricultura, la navegación a vapor, el ferrocarril, el
telégrafo eléctrico, la asimilación para el cultivo de continentes enteros […].
El creciente empleo de las máquinas y la división del trabajo quitan al trabajo
del proletario todo carácter propio y le hacen perder con ello todo atractivo
para el obrero. Éste se convierte en un simple apéndice de la máquina […].
Cuanta menos habilidad y fuerza requiere el trabajo manual, es decir cuanto
mayor es el desarrollo de la industria moderna, mayor es la proporción en que
el trabajo de los hombres es suplantado por el de las mujeres y los niños.
Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, pp. 114-117
Nuestra
época se caracteriza por una expansión extraordinaria de los medios de
comunicación, así como de consumo y, ante to-do, de producción. Si en la época
de Marx se empleó la máquina a vapor, el ferrocarril, el telégrafo, etcétera,
hoy día la energía nuclear ha abierto una fuente de energía inagotable para
poner en funcionamiento máquinas. Las investigaciones en materiales conductores
están permitiendo el almacenamiento y transporte de ingentes cantidades de
información en cada vez más diminutos
88
y eficientes dispositivos; la microbiología ha
abierto la posibilidad de modificar conscientemente la estructura genética de
organis-mos vivos y aplicar procesos biológicos a otras ramas del trabajo
productivo; la computadora, las máquinas con control numérico y los robots son
ya indispensables en gran parte de las industrias más productivas del mundo, y
las tecnologías de comunicación están convirtiendo al mundo en un solo gran
taller que descen-traliza sus funciones parciales por continentes y países.
La
realidad específica en la que toma cuerpo esta modificación de los
“instrumentos de producción” es ciertamente muy distinta a la vivida hace cien
años, al igual que la pasmosa vertiginosidad con la que se han revolucionado en
las últimas décadas esos “ins-trumentos de producción” y esos saberes nuevos,
que se “hacen añejos antes de llegar a osificarse”.25
Este
abrumador desarrollo de medios de trabajo, de medios de comunicación, de
saberes científicos aplicados, ciertamente muestra a una sociedad capitalista
aparentemente vigorosa, capaz de modificar sus medios de producción, de seguir
elevando la pro-ductividad del trabajo y de modificar las condiciones
productivas para satisfacer ciertas demandas sociales haciendo brotar otras.
Pero
esta obsesión transformista del capital, estas ansias irre-frenables de
revolucionar las condiciones de producción no son sinónimo de lozanía, ni
garantía de su indestructibilidad presen-te. Pensar que el capitalismo es hoy
en día insuperable porque sigue transformando los medios de trabajo e
incrementando la productividad laboral, tal como argumenta el pensamiento
con-servador contemporáneo, significa creer que el capitalismo tiene por
objetivo histórico revolucionar las condiciones materiales de producción y
mientras lo haga, su vida estará asegurada. El error de esta creencia extendida
es que sustituye a la finalidad implícita del régimen capitalista (la ganancia,
la valorización del valor),26 por el medio que es fetichizado,
la transformación de las condi-
25\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
26\
Karl Marx, “Economic Manuscript of 1861-1863”, en The Production
Process of Capital. Collected Works. Tomo 3, New York,
International Publisher, 1988.
89
ciones de producción.27 Curiosamente,
la misma actitud esgrime cierto “izquierdismo” confesional, que pretende
explicar la de-bacle del capitalismo, pero ahora por su
“incapacidad de seguir desarrollando las fuerzas productivas”, como
si en ello se defi-niera la esencia de esta estructura social. En este último
caso, la paranoia adquiere rasgos clínicos, pues, para defender sus pun-tos de
vista, tienen que invisibilizar la evidente transformación de los instrumentos
de trabajo ocurrida en las últimas décadas y la intensificación de la
productividad en determinadas ramas de producción (telecomunicaciones,
microelectrónica, electroinfor-mática, etcétera),28 que están
contrarrestando las inocultables di-ficultades de acumulación que tiene el
capital a escala planetaria.
Pero
estos pensamientos conservadores y pseudoizquierdis-tas surgen de una misma
matriz fetichizadora de la técnica, de su avance o su parálisis como garantía
de vitalidad o decrepitud del capital, como si el desarrollo tecnológico fuera
lineal, único y cuantificable en una escala transhistórica. Este tecnologicismo
decimonónico olvida que la fuerza “motriz” del capital no es la “conquista de
las fuerzas productivas” y que, por tanto, su de-rrumbe no viene por su
“incapacidad” de fomentarlas. Lo que mueve la sociedad capitalista es la
valorización del valor, la ga-nancia monetaria acrecentada ininterrumpidamente,
y lo que ha de llevarla a la tumba es precisamente la imposibilidad de
conti-nuar la espiral de valorización. La técnica, para esos fines, es un medio
que permite esta valorización desde el movimiento del propio proceso de
producción, y así como la función social de las herramientas de trabajo está
definida por la intencionalidad
27\ Ibíd.
Véase también Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, México,
Joa-quín Mortiz, 1968 y Jürgen Habermas, Ciencia y técnica como
ideología, Madrid, Tecnos, 1986.
28\
Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda (coords.), Producción estratégica y
hegemo-nía mundial, op. cit.; Benjamin Coriat, La robótica,
Madrid, Revolución, 1985; Michael Borrus (ed.), US-Japanese
Competition in the Semiconductor Industry,
Los
Angeles, University of California, 1993; Fumio Kodama, Analyzing
Japane-se High Technologies, London, Pinter, 1991; Raquel Gutiérrez
Aguilar, Apuntes sobre la crisis actual del capitalismo mundial, La
Paz, s. e., 1993; y Jon Elster, El cambio tecnológico, Barcelona,
Gedisa, 1990.
90
de valorizar el valor que empuñan sus propietarios
y controla-dores, y que la antecede y la dirige,29 la
superación del capital tampoco está definida por las herramientas (“grado de
desarro-llo de las fuerzas productivas”), sino por los portadores de ellas,
capaces de encumbrar una nueva racionalidad social, fundada en la dispendiosa
satisfacción de necesidades sociales30.
Veamos esto más de cerca.
Como
lo muestra Marx en el Manifiesto, el capitalismo es fruto de medios
de producción y de cambio que se “crearon en la sociedad feudal”. Sobre esa
base material, formada en y para otro régimen productivo, el capital como
relación social emerge y se desarrolla; es pues, un desarrollo formal, ya que
lo hace so-bre una base tecnológica heredada, sin embargo, parcialmente
refuncionalizada, para acrecentar la acumulación de valor. Un afianzamiento
real, o mejor, las condiciones de su autorreproduc-ción vendrán desde el
momento en que el capital sea capaz de crear su propia base tecnológica, de
fundarse materialmente a sí mismo, y eso sucederá cuando la estructura
técnico-organizativa del proceso de producción aparezca como resultado del
propio capital, incluidas las fuerzas productivas. Para ello, el capitalismo
tendrá que revolucionar, para sí y en función de sí, las cualidades materiales
de los medios de trabajo y los modos organizativos de su consumo, capaces de
tecnologizar la racionalidad del valor. En El capital, Marx llamará
a esto subsunción real del proceso de tra-bajo al capital.31 Pero,
al tiempo que es sólo en ese momento que el régimen del valor logra cimentar
sus propias bases materiales
29\ Karl
Marx, “Economic Manuscript of 1861-1863”, op. cit.
30\
Sobre el comunismo como sociedad de abundancia, y el peligro de socializar la
escasez en caso de que la revolución social no se levante sobre una estructura
técnico-material capaz de permitir la satisfacción abundante de los
requerimien-tos sociales, véanse Karl Marx y Friedrich Engels, La
ideología alemana, México, Cultura Popular, 1980; y Jean-Paul Sartre, Crítica
de la razón dialéctica. Tomo I, Buenos Aires, Losada,
1979.
31\
Karl Marx, El capital, op. cit.; Jorge Veraza, Crítica a
las teorías del imperialis-mo, México, Itaca, 1987; del mismo autor, La
subsunción real del consumo bajo el capital en la posmodernidad y los
manuscritos de 1844 de Karl Marx, México, unam,
1994; y Álvaro García Linera, Forma
valor y forma comunidad, op.
cit.
91
de despliegue, lo hace amalgamando la racionalidad
del valor a la propia cualidad cósica de los medios de
trabajo.32 Decimos, por tanto, que el capital es capaz de crear
sus propias condiciones de desarrollo, imponiendo un sello propio al desarrollo
material de las fuerzas productivas, en este caso, subordinando, constriñendo
ese desarrollo a la estrecha estrategia de valorizar el valor.
El
capitalismo por tanto, no desarrolla indiscriminadamente las fuerzas
productivas, sino que las mutila, las reprime a fin de que éstas sólo sigan la
ruta que potencia la valorización del valor. Se trata de una unilateralización
que anula las posibilidades de un desarrollo multilateral de las capacidades
materiales del trabajo, fomentando sólo aquellas capacidades susceptibles de
servir, de ser compelidas a la lógica del valor.
El
capital subordina, entonces, las fuerzas productivas, tanto en su forma social
como en su contenido material; o mejor, de-forma su desarrollo para adecuarlas
a sus fines. De ahí, por ejem-plo, ese desarrollo unilateral de las fuerzas
productivas técnicas en detrimento de las fuerzas productivas simbólicas,
asociativas, o la recurrente conversión de las fuerzas productivas sociales en
fuerzas destructivas o nocivas (las armas nucleares, la destrucción de la capa
de ozono, etc.) que ponen en riesgo la propia existencia humana. Y aun en el
terreno de las fuerzas productivas técnicas, la potenciación arbitraria de
aquellas más aptas o más dóciles para incorporar en su movimiento y utilidad la
codicia y el des-potismo empresarial.
No
hay pues fuerzas productivas ingenuas o neutras. Cada herramienta, cada medio
de trabajo fruto de la sociedad con-temporánea incorpora en su cualidad
material y en las formas de su uso un conjunto de intencionalidades
sociales, un conjunto de dispositivos de orden que constriñen habilidades,
prescri-ben comportamientos, priorizan tales o cuales saberes, descartan
32\ 琀n
el capítulo VI de El capital (inédito), Marx llama “propiedad
social amal-gamada” al instrumento de producción. Véase también Karl Marx y
Friedrich Engels, “Draft of an Article on Friedrich List’s Book: Das nationale
System der politischen Ökonomie”, en Collected Works, Nueva
York, International Publi sher, 1989.
92
otros, expanden tal o cual actitud grupal y
aplastan otras, según los requerimientos históricos generales de época que
acompa-ñan a las estrategias de valorización del valor. Parafraseando a
Bourdieu,33 se trata de una especie de habitus tecnológico
implí-cito, no necesariamente explícito en los creadores científicos y en los
financiadores, pero que se manifiesta a la hora de la creatividad inventiva y
del fomento de la misma por las ramas empresariales. Todo el peso de la
predisposición del régimen del capital y de sus anhelos se agolpa a la hora de
la producción de tecnologías, con-virtiendo a las herramientas, más que en una
prolongación de la habilidad del sujeto, en una prolongación material de la
demanda epocal del régimen de valor, incluidas las resistencias que trata de
superar y que volverá a engendrar. Con las fuerzas productivas modernas, la
enajenación del trabajo adquiere pues, también, una forma tecnológica.34
El
problema con las fuerzas productivas en el capitalismo, y lo que permite hablar
de la necesidad de la superación de ese ré-gimen social, no es que no se
desarrollen; al contrario: es porque se desarrollan en demasía, es porque
“resultan ya demasiado po-derosas” para el régimen actual, como dice Marx, que
es posible postular la necesidad de un nuevo régimen social de producción. No
es la manifiesta escasez de fuerzas productivas ni su estan-camiento, como
piensa el negativismo catastrofista del izquier-dismo confesional, sino su
tendencial abundancia lo que lleva a mostrarse ineficiente y retrógrado al
capital. La abundancia de industria, de comercio, de civilización35 no
muestra el vigor del capital, sino sus límites, sus impotencias, porque cada
vez se ve más compelido a constreñir la riqueza potencialmente anidada en esas
actividades al estrecho interés del lucro, a la envejecida mirada de la
ganancia.
La
interdependencia universal del trabajo, la creatividad, el intelecto social
general, la ciencia, todas ellas capacidades socia-
33\ Pierre
Bourdieu, El sentido práctico, Madrid, Taurus, 1997.
34\
Karl Marx, Grundrisse. Tomo II, México, Fondo de Cultura
Económica, 1985. 35\ Karl Marx y
Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op. cit.
93
les que han despertado al influjo de la sociedad
moderna, y que llevan en ciernes una infinidad de fuerzas capaces de
fortale-cer aptitudes humanas y de satisfacer requerimientos colectivos, son
sistemáticamente extorsionadas para adecuarse a la estrecha disciplina de la
ganancia. Es por esto que el capital “aniquila” a las fuerzas productivas, les
impone un devenir cercenado por la valorización; pero no bien procede a este
tipo de mutilación, las fuerzas productivas así desarrolladas como fuerzas
productivas del capital vuelven a delinear las potencialidades latentes, que
van más allá del valor de cambio y que nuevamente serán repri-midas, para luego
volver a renacer con más fuerza. De hecho, el desarrollo de las fuerzas
productivas en el capitalismo, que en el fondo es un desarrollo de y para el
capital, si algún motor tiene es justamente ahogar, vencer, capturar, erosionar
en tal medida esas resistencias y autonomías erigidas por el trabajo frente al
capital, que limitan la autovalorización del valor, como las propias
po-tencialidades productivas que van más allá de la forma valor, de la forma
mercancía y que están depositadas, aunque de manera abstracta, en las propias
fuerzas productivas.36
En
este sentido, las modernas tecnologías son el producto más auténtico y más
enajenado de los trabajadores: son fruto de la laboriosidad e inventiva de la
sociedad mundialmente conside-rada; éste es su lado trascendente. A la vez,
surgen para arrebatar saberes obreros y depositarlos en la máquina, para
doblegar re-sistencias laborales, para demoler conquistas y esfuerzos
organi-zativos proletarios, para incrementar la intensidad y el volumen
36\
“Las huelgas se realizan para esto: para impedir la reducción del salario o
para lograr un aumento del salario o para fijar los límites de la jornada
laboral normal […]; contra esto el capitalista utiliza la introducción de la
maquinaria. Aquí la máquina aparece directamente como medio para abreviar el
tiempo de trabajo necesario; aparece también como forma del capital —medio del
capital—, po-der del capital sobre el trabajo para reprimir toda prestación de
autonomía por parte del trabajo. Aquí la maquinaria entra en escena también
intencionalmente como forma del capital hostil al trabajo”. Karl Marx, “El
salario”, en Escritos económicos varios, México,
Grijalbo, 1962; Antonio Negri, Dominio y sabotaje, Madrid,
Viejo Topo, 1979; y Antonio Negri y Félix Guattari, Verdades nómadas, San
Sebastián, Gakoa, 1996.
94
del trabajo impago apropiado por el capital.37 Las
fuerzas pro-ductivas actuales, son por ello fuerzas materiales que
posibilitan, que habilitan diariamente la enajenación del trabajo, la pérdida
de sí del trabajador, de su propia capacidad creativa. De ahí que Marx hable de
cómo el progreso industrial “quita al trabajo del proletario todo carácter
propio”.
Es
por este motivo material, amalgamado a la coseidad de los
medios de trabajo, de transporte, de comunicación, de disfrute, de
conocimientos sociales actuales, que la habilitación de una nueva forma social
de producción no viene, ni puede venir, por “desarrollo automático” o mero
crecimiento lineal de las fuer-zas productivas.38 El desarrollo
de las fuerzas productivas es, y existe en la actualidad, como desarrollo
dominante del capital, de su dinámica, de su intencionalidad convertida en
máquina-herramienta, en conocimiento. Y aunque este desarrollo sea ca-da vez
más parcial, más contradictorio, por el tipo de potencias sociales que tiene
que supeditar y extorsionar (el trabajo y la universalidad del trabajo), no por
ello deja de producir capital. Son precisamente estas características de las
transformaciones tecnológicas las que permiten diferenciar el servilismo
tecnicis-ta, tan propio del conservadurismo de derecha e izquierda, de la
posición crítica de Marx.
Cuando
él hace referencia al impulso de las fuerzas produc-tivas desplegado por la
burguesía, lo hace de una manera crítica, esto es, hallando en la explicitación
de su vigor y alcance sus limi-
37\
“El capital, por muy reformista que sea, jamás accede de buena gana a una fase
ulterior o superior del modo de producción. De hecho, la innovación
capitalis-ta es siempre un producto, un compromiso o una respuesta, en resumen,
una constricción derivada del antagonismo obrero. Desde este punto de vista el
ca-pital siente a menudo el progreso como declive. Y es un declive, o mejor,
una deconstrucción. Porque cuanto más radical es la innovación, tanto más
profundas y fuertes han sido las fuerzas proletarias antagonistas que la han
determinado, y extrema ha sido pues la fuerza desplegada por el capital para
dominarlas. Toda innovación es una revolución fallida, pero también intentada”.
Antonio Negri, “Ocho tesis preliminares para una teoría del poder constituyente”,
en Contra-rios, No. 1, abril de 1989.
38\ Joseph
Stalin, Obras. Tomo 14, México, s.e., 1953.
95
taciones, sus fragilidades ocultas, sus
contrafinalidades. El hecho de que Marx destaque el desarrollo de las fuerzas
productivas del capital no tiene el sentido mistificador que toma en manos de
li-berales y pseudoizquierdistas, que se centran en la técnica como motor o
halo que pone en movimiento o estanca la historia. Para Marx, las fuerzas
productivas son una relación social, una relación social de producción que se
diferencia del resto porque es una re-lación social objetivada en instrumentos
y disposiciones cósicas de la materia; es, por tanto, una
materialidad social-natural que per-mite fundar, enraizar en la propia
objetividad de la materia, unas relaciones sociales, unas intencionalidades
prácticas, un devenir histórico. De ahí que el tratamiento de las fuerzas
productivas lleve esta doble dimensión fusionada: la de la materialidad
social y la de la materialidad física subordinada a
la primera, trabajada por la primera, pero donde esa primera cobra objetividad
histórica.
Para
que las fuerzas productivas modernas, ineludiblemente desarrolladas como
fuerzas productivas-del-capital, se muestren como fuerzas productivas
trascendentes al capital, no se las pue-de tomar tal como se presentan hoy,39 tienen
que ser sometidas a una crítica práctica, a fin de superar la intencionalidad
social y la coseidad material de esa intencionalidad presente
en la propia estructura de las herramientas de trabajo, que realizan
objetiva-mente la enajenación del trabajo en capital. Las herramientas de
39\
“La industria puede ser vista como un gran taller en el que el hombre por
pri-mera vez toma posesión de sus propias fuerzas y las de la naturaleza, se
objetiva a sí mismo y crea para sí las condiciones para una existencia humana.
Cuando la industria es vista de esta manera, uno hace abstracción de las
circunstancias en las que opera en la actualidad, y en las que existe como
industria; el punto de vista no está en la época industrial, sino encima de
ella; la industria es vista no por lo que es para el hombre actualmente, sino
por lo que el hombre del pre-sente es para la historia humana, lo que es
históricamente; no es su existencia presente (no la industria como tal) lo que
es reconocido, sino el poder que la industria tiene sin saberlo ni desearlo y que
destruye y crea las condiciones para la existencia humana […]. Esta valoración
de la industria es al mismo tiempo el reconocimiento de que ha llegado la hora
de suprimirla, o para la abolición de las condiciones materiales y sociales en
las que el género humano ha desarrollado sus habilidades como un esclavo”. Karl
Marx, “Draft of an Article on Friedrich List’s Book: Das nationale System der
politischen Ökonomie”, op. cit.
96
trabajo, las máquinas y la ciencia aplicada, hoy
por hoy, son es-tructuras de disciplinamiento del trabajo; aún más, estructuras
de coerción y extrañamiento del trabajo de sus propias capacidades, porque lo
que esas fuerzas productivas cristalizan son las capaci-dades sociales del
trabajo social; son pues, medios de enajenación del trabajo. El que se supere
esta enajenación tecnologizada del trabajo exige una crítica de las tecnologías
que ponga en pie la multilateralidad de sus potencias anidadas. Mas esto no
sólo es un acuerdo o una nueva intencionalidad social conducente de la
tecnología, es también, a fin de que esa nueva intencionalidad social quede
fundamentada materialmente, una nueva estructura material de la propia
tecnología, una nueva forma maquinal.40
La
actitud de Marx ante el desarrollo industrial se muestra entonces como una
valoración despiadadamente crítica de sus logros. No se acerca a las fuerzas
productivas por lo que ellas hacen hoy, que, como él lo sabe, es enriquecer a
sus propieta-rios privados y enajenar el trabajo; las considera por lo que
ellas potencial y abstractamente contienen para la humanidad, más allá de la
miserable forma frustrante en que hoy día existen. Su mirada no está puesta en
lo que ellas hoy hacen, sino en lo que ellas podrían hacer una vez roto el
caparazón capitalista que las agobia y encadena. Su mirada no se deposita en el
presente pa-ra consagrarlo, sino para abolirlo, precisamente a partir de las
capacidades y necesidades, de las potencialidades materiales y subjetivas
latentes y encubiertas que se hallan en él. Por eso su postura es crítica;
crítica insuperable de nuestro tiempo, porque toma lo existente como punto de
partida por ser negado por la
40\
Al argumento de List según el cual “‘las causas de las riquezas’ (las fuerzas
pro-ductivas) son algo totalmente distinto al efecto, a la ‘riqueza en sí’ (el
valor de cambio)”, Marx responde: “Pero si el efecto es diferente de la causa,
¿no debe-ría la naturaleza del efecto estar contenida ya en la causa? La causa
debe llevar consigo la característica determinante que se manifiesta después en
el efecto […]. En el presente estado de cosas, la fuerza productiva consiste no
solamente en, por ejemplo, hacer el trabajo humano más eficiente o las fuerzas
naturales y sociales más efectivas, sino justamente en hacer el trabajo más
barato o más improductivo para el trabajador. Entonces la fuerza productiva
está desde el principio determinada por el valor de cambio”, ibíd.
97
propia fuerza potencialmente habilitada por ese
presente. De esa manera, el porvenir, como negación de lo actual, queda
positiva y materialmente fundado. Es el caso, por ejemplo, del avance
industrial moderno.
En
los últimos 150 años, la industria ha venido engendrando una doble modificación
de las relaciones estrictamente produc-tivas. Por un lado, incrementando
incesantemente la productivi-dad del trabajo, al permitir, mediante nuevas
máquinas, reducir el tiempo que requiere un trabajador para producir una
mercancía, en comparación al estado tecnológico anterior. En otras palabras, el
tiempo de trabajo directo aplicado a cada mercancía y en cada proceso de
trabajo por separado tiende a ser irrelevante frente al trabajo social-general;
y el trabajo de cada obrero particular tiende a disolverse en la propia
mercancía considerada indivi-dualmente, por lo que Marx llamara en los Grundrisse “la
fuerza productiva general del individuo social”.41
41\
“El cambio del trabajo vivo por el trabajo objetivado o, dicho de otro modo, la
determinación del trabajo social en cuanto forma de la antítesis de capital y
trabajo asalariado, constituye el último desarrollo de la relación de valor y
del sistema de valor basado en él. Su premisa es y no puede dejar de ser el
volumen de tiempo de trabajo directo, la aplicación de trabajo empleado, como
factor decisivo de la producción de la riqueza. Pero a medida que se desarrolla
la gran industria, la creación de la riqueza real depende menos del tiempo de
trabajo y de la cantidad de trabajo invertido que de la potencia de los agentes
puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo y cuya poderosa efectividad
no guar-da a su vez relación alguna con el tiempo de trabajo directo que ha
costado su producción, sino que depende más bien del estado general y del
progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la producción
[…]. El trabajo ya no se revela tanto como contenido en el proceso de
producción, sino que el hombre se comporta ahora más bien como guardián y
regulador del proceso de producción mismo. No es el obrero el que interfiere
como objeto natural modifi-cado, como eslabón intermedio entre el objeto y él
mismo, sino que es el proceso natural, convertido por él en un proceso
industrial el que se desliza entre él como medio y la naturaleza inorgánica de
la que se apodera. El obrero aparece junto al proceso de producción en vez de
ser su agente principal. En esta transformación lo que aparece como el gran
pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ya el trabajo directo
que el hombre mismo ejecuta, ni el tiempo durante el cual trabaja, sino la
apropiación de su fuerza productiva general, su capacidad para comprender la
naturaleza y dominarla mediante su existencia como cuerpo social, en una
palabra el desarrollo del individuo social. El robo de tiempo, de trabajo ajeno
en el que descansa la riqueza actual se revela como un fundamento
98
Por otro lado, en las últimas décadas, el empleo de
las máqui-nas, el control computarizado y los robots, vienen creando una nueva
composición orgánica del consumo de la fuerza de trabajo, al priorizar, al
menos en las ramas productivas con mayor inver-sión tecnológica, el consumo de
la fuerza de trabajo intelectual y, tendencialmente, soslayar el consumo de la
parte muscular de la fuerza de trabajo. Las máquinas sustituyen trabajo
físico-muscu-lar, ampliando la exacción del trabajo intelectual de los obreros
en el interior de los procesos de producción.42 El llamado “fin
del trabajo”,43 la “tercera ola”, la “sociedad del
conocimiento”, son otros tantos calificativos retóricos para esta modificación
social y tecnológica en la forma de utilización de la fuerza de trabajo obrera
en el proceso de producción, que lejos de desvanecer las condiciones de
explotación, las despliegan en un espacio mucho más vasto. Ya no se trata
solamente del dominio del trabajo cien-tífico a los designios del capital, a
través de la intensificación de los lazos que unen la ciencia, como esfera de
la división del tra-bajo, con la producción.
Claro,
el trabajo humano, considerado en su componente intelectual y creativo,44 es
la parte de la fuerza de trabajo más
miserable,
al lado de este otro, creado y desarrollado por la gran industria, tan pronto
como el trabajo en forma directa deje de ser la gran fuente de la riqueza, el
tiempo de trabajo dejará y tendrá que dejar necesariamente de ser su medida y,
con ello, el valor de cambio la medida del valor de uso. Con ello, se vendrá
por tierra la producción basada en el valor de cambio y el proceso directo de
la producción material se despojará de su forma y sus contradicciones
miserables”. Karl Marx, Grundrisse, op. cit.
42\ Benjamín
Coriat, El taller y el robot, México, Siglo XXI, 1992; Kazuo
Koiké,
Understanding
Industrial Relations in Modern Japan, London,
Macmillan, 1988.
43\ Jeremy
Rifkin, El fin del trabajo, Buenos Aires, Paidós, 1998.
44\
“El uso de la fuerza de trabajo es el trabajo mismo […]. El trabajo es, en
primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza. Pone en movimiento
las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza
y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma
útil […]. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del
comienzo de aquel ya existía en la imaginación del obrero, o sea
idealmente […]. El obrero no sólo efectúa un cambio de forma de lo
natural; en lo natural, al mismo tiempo, efectiviza su propio objetivo,
objetivo que él sabe que determina, como una ley, el modo y manera
de su accionar y al que tiene que subordinar su voluntad […].
99
estrictamente humana e insustituible por las
máquinas, y es ella justamente la que en las últimas décadas está siendo
subordinada en el interior de los propios procesos laborales industriales, por
el desarrollo del capital. En términos estrictos, estamos ante una
subordinación general de la capacidad intelectiva de la fuerza
de trabajo obrera, como parte nuclear y final de la subordinación del proceso
de trabajo al capital. Las modernas tecnologías que se desparraman por todas
partes del mundo, lo que buscan es crear un basamento material mundializado
para esta renovada supeditación del trabajo al capital.
El
primer momento de este avasallamiento tecnologizado del trabajo está
explícitamente tratado por Marx en el Manifiesto comunista,
cuando se refiere al crecimiento de la productividad y a la
desvalorización de la habilidad física para el trabajo con la instalación de la
gran industria y el sistema automático de máqui-nas. Los resultados de esta
modificación procesal de la actividad laboral son claros: supeditación del
trabajador a la máquina, ante la cual el obrero aparece como “un simple
apéndice” que debe realizar “las operaciones más monótonas y de fácil
aprendizaje”, lo que lleva a que el trabajo de niños y mujeres pueda suplantar
al de los varones.45
Las
consecuencias políticas de este recubrimiento son la ero-sión de las formas
organizativas del obrero de oficio, la descualifi-cación del trabajo, la
rutinización de las actividades laborales, que durante el siglo XX adquirieron
un sostén técnico-organizativo con el fordismo-taylorismo.46
Un
segundo momento de esta subordinación real es la seña-lada en términos
abstractos por Marx, cuando habla del prota-gonismo del trabajo social
considerado como un hecho global,
Además
de esforzar los órganos que trabajan, se requiere del obrero, durante todo el
transcurso del trabajo, la voluntad orientada a un fin, la cual se
manifiesta como atención”. Karl Marx, El capital, op.
cit.
45\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
46\
Benjamín Coriat, El taller y el cronómetro, Madrid, Siglo XXI,
1991; y Antonio Gramsci, “Americanismo y fordismo”, en Notas
sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado moderno,
México, Juan Pablos, 1975.
100
por encima del trabajo individual en el interior
del proceso de producción.47 Esto, cuyos inicios ya se dieron
en el siglo XIX, en las últimas décadas ha tomado dos dimensiones; la primera
es una creciente socialización de la producción de las principales tecno-logías
de punta. Ya sea la elaboración de los microprocesadores de la investigación en
biología molecular en aceleradores de par-tículas subatómicas, en inteligencia
artificial, en semiconducto-res, etc., las condiciones materiales de invención
y producción de estas ramas del conocimiento aplicado, en torno a las cuales
giran el desarrollo de las modernas fuerzas productivas, sólo pueden ser ahora
emprendidas por la acción conjunta de los centros de investigación de varias
empresas, o por la asociación de los pre-supuestos estatales y ejércitos de
científicos de varias naciones. La dimensión de la materialidad social
requerida para emprender estas investigaciones, tanto en infraestructura
(capital fijo), como en volumen de saberes y profundidad de los mismos (fuerza
de trabajo especializada), ha vuelto obsoleto al antiguo investigador que solo,
en el traspatio de su casa o el cubículo de la universidad, entregaba a la
humanidad la utilidad de su invención.48 Hoy día, el
conocimiento científico y su aplicación tecnológica requieren del trabajo
interunificado en redes de numerosos laboratorios y las inversiones de varios
países, a fin de lograr avances significa-tivos en el área estudiada. Se puede
decir que estamos asistiendo a una radical elevación de la composición
orgánica de los proce-sos de producción científica, que tienden a
hacer reposar en la propia estructura social-mundial la posibilidad material de
su continuidad y avance.
La
segunda dimensión es la forma de una configuración del consumo material de la
fuerza de trabajo, que prioriza la subor-dinación material del aspecto
intelectivo y creativo que contiene
47\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
48\
“El desarrollo del capital fijo indica hasta qué punto el saber social general,
el conocimiento, se ha convertido en fuerza productiva directa y, por tanto,
hasta qué punto las condiciones del proceso social de vida se hallan sometidas
al control del intelecto general y transformadas con arreglo a él”. Karl
Marx, Grundrisse. Tomo II, op. cit., p. 115.
101
esa fuerza de trabajo, por encima del meramente
físico-muscular; y la cada vez más irrelevante significación del trabajo
directo, apli-cado en el proceso de trabajo en el producto, frente a la “fuerza
productiva directa” del intelecto social general, del conocimiento, del cual el
propio trabajo del obrero ya forma parte.
La
importancia del desarrollo de esta tendencia, descrita luego con una lucidez
asombrosa aun para nuestros días en los Grun-drisse, radica en que
“el trabajo en forma directa deja de ser la gran fuente de la
riqueza”, pues el tiempo de trabajo directo del obrero
aplicado (y explotado) en la producción, y el tiempo en el cual trabaja,
potencialmente deja de ser la medida de esa riqueza, pues tiende a mostrarse
como un “fundamento miserable” frente al campo de posibles materias que abre la
presencia de la “fuerza productiva general” o intelecto social general. Tenemos
por ello que el conocimiento se convierte en fuerza productiva directa o
condicionante del proceso de producción, bajo tres formas histó-ricas
específicas: en cuanto máquinas o “potencias objetivadas del saber”;49 en
cuanto “combinación de las actividades humanas”50 o nuevas
formas de organización del trabajo;51 y en cuanto fuer-
49\
“La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, electric
te-legraphs, telares mecánicos, etcétera. Éstos son producto de la
industria humana, materiales naturales transformados en órganos de
la voluntad humana sobre la naturaleza o para realizarse en ella. Son
órganos del cerebro humano creados por la mano del hombre, la
potencia objetivada del saber”. Ibíd., p. 115.
50\ Ibíd., p.
114.
51\
Las distintas formas de regulación productivas “posfordistas”, y las modernas
formas de articulación y subordinación de las actividades capitalistas hacia la
economía doméstica, la producción artesanal, campesina y comunitaria, tienen
como uno de sus ejes la reorganización de las formas de organización laboral.
Ya sea sobre la base del trabajo en equipos y la polivalencia de los
trabajadores (el toyotismo), la absorción de lazos, habilidades y
culturas locales (industrializa-ción difusa italiana), o de refuncionalización
de saberes domésticos-comunales, de fidelidades parentales (Bolivia), el
desarrollo de la acumulación capitalista implementa, junto a transformaciones
técnicas del proceso de trabajo, diversas modificaciones en la interconexión e
interdependencia de los sujetos laborales en un centro industrial, una zona, el
país y el mundo. Véanse Benjamín Coriat,
Pensar
al revés, trabajo y organización en la empresa japonesa,
México, Siglo XXI, 1995; Edward Goodman y Julia Bamford
(comps.), Small Firms and Industrial Districts in
Italy, London, Routledge, 1988; Joaquín Pedro López Novo, El
te-
102
za de trabajo intelectual obrera o nueva forma del
consumo de la fuerza de trabajo en la producción,52 que viene a
redondear el sentido de las transformaciones técnicas y las variaciones
organi-zativas del trabajo social. Lentamente, el “intelecto social general” se
está postulando como la más importante fuerza productiva del trabajo social, y
ello no simplemente como una más de las ramas de la división del trabajo; sino
también en el hecho organizativo de la producción y en la mismísima forma de
existencia social de la capacidad de trabajo obrera en el interior del proceso
de trabajo.
Pero
ésta es una contradicción inmanente al propio capital, pues ese miserable
régimen se levanta precisamente sobre “el robo del tiempo de trabajo”.53 En
sí misma y para sí misma, la sociedad basada en el valor de cambio, en su afán
de lucro, va engendrando, aunque de manera abstracta, las propias
posibili-dades de superar el valor de cambio como medida de la riqueza, esto
es, el régimen del capital.
Mas
esta potencia, tan evidente hoy en las ramas de la produc-ción de punta
(biotecnología, telecomunicaciones, microchips, etc.), viene siendo ahogada y
retorcida sistemáticamente por los
rritorio
como fuente de estructura económica y modo de regulación de la economía,
Florencia,
Instituto Universitario Europeo (iue),
1988; Larissa Adler de Lom-nitz, Cómo sobreviven los marginados,
México, Siglo XXI, 1985; Jürgen Golte y Norma Adams, Los caballos de
Troya de los invasores, estrategias campesinas en la gran conquista
de Lima, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (iep),
1987; Jacques Godbout, El espíritu del don, México,
Siglo XXI, 1987; Alejandro Por-tes, En torno a la informalidad, op.
cit.; Silvia Rivera Cusicanqui, “Trabajo de mujeres. Explotación
capitalista y opresión colonial entre las migrantes aimaras de La Paz y El
Alto, Bolivia”, en Silvia Rivera (comp.), Ser mujer indígena cho-la y
birlocha en la Bolivia postcolonial de los años ’90, La Paz,
Subsecretaría de Asuntos de Género, 1997; y Álvaro García
Linera, Comentarios críticos al texto de Silvia Rivera
“Trabajo de mujeres”, Chonchocoro, s.e., 1997.
52\
Los tres ejemplos citados en la nota anterior apuntalan la absorción productiva
del conocimiento social portado por los trabajadores: en el caso del toyotismo,
a través del “involucramiento incitativo” del trabajador en la productividad
em-presarial; en el de las zonas de industrialización difusa, mediante la
incorporación de conocimientos productivos de la población local en función de
las industrias; en el último, mediante la conversión de los lazos de apoyo
mutuo no-mercantiles en mecanismos de valorización del pequeño y gran capital.
53\ Karl
Marx, Grundrisse, op. cit.
103
fines de la valorización del valor. Si bien se
reduce la importancia del tiempo de trabajo directo en la producción de cada
mercan-cía, esto es así porque ayuda a ampliar el tiempo de trabajo exce-dente
del total de la jornada laboral, pues con menor tiempo de trabajo el obrero es
capaz de reproducir la parte de su tiempo de trabajo que le es retribuido
(salario). Si bien la máquina sustitu-ye el tiempo de trabajo directo del
obrero, actualmente lo hace para disminuir únicamente el trabajo manual simple,
y absorber más tiempo de trabajo intelectual y muscular complejo. Si bien la
máquina vuelve más sencillas las funciones activas del trabajo, en el capital
lo hace para atomizar y fragmentar las condiciones materiales de organización
obrera, y para llevar por medios téc-nicos el despotismo empresarial frente al
trabajador.
En
otros términos, el capital despliega las potencias del tra-bajo social sólo
como abstracción, como fuerzas subordinadas y continuamente castradas por la
racionalidad del valor mercantil. El que estas tendencias puedan salir a flote
no es ya un problema del capital, que jamás, mientras exista, permitirá que
afloren por sí mismas; es un problema del trabajo frente y contra el capital, a
partir de lo que el capital ha hecho hasta aquí.
Hasta
la propia crisis, que es el instante cuando con mayor intensidad se devela esta
contradicción en movimiento llamada capital, cuando con inusitada violencia
salen a flote las impoten-cias del capital, de no intervenir de manera agolpada
la acumu-lación objetiva-subjetiva de autoconstrucción del trabajo ante el
capital, esas crisis, estas impúdicas desnudeces de las impotencias de la
lógica reproductiva moderna, devienen otras tantas fuerzas, que lo lanzan a
devorar nuevamente el porvenir. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía?, se
pregunta Marx: “De una parte, por la destrucción obligada de una masa de
fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la
explotación más intensa de los antiguos”.54 Las fuerzas
productivas del capital aparecen así como fuerzas destructivas de la humanidad,
fuerzas destructivas que relanzan al capital a la conquista de nuevas zonas
(subsunción
54\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
104
formal) y a la consolidación de las anteriores
(subsunción real en un nuevo nivel, hasta alcanzar la propia fuerza de
trabajo). La destrucción emerge así como coproducción de capital y, lo que
desde el punto de vista histórico es manifiesta impotencia, aparece como
potencia del capital, que la saca del fango.
No
hay, por tanto, “ni desarrollo de las fuerzas producti-vas” ni crisis que
prepare automáticamente el derrumbe del capitalismo;55 lo
que ellas hacen es, por sí mismas, acrecentar el espacio de realización del
capital. Para que las fuerzas produc-tivas funden las condiciones materiales de
una nueva sociedad, para que las crisis lleven a la agonía a la civilización
del valor, se necesita desplegar, dentro de ellas, de las fuerzas productivas y
las crisis, las fuerzas de autoorganización del trabajo. Es decir, se necesita
romper, a través de una acumulación convergente de rupturas, tanto
corpusculares como totalizantes para la forma del desarrollo de las fuerzas
productivas para y por-el-capital, y reconvertirlas en fuerzas productivas del
trabajo; igualmente, se requiere que la crisis que saca a la luz las
impotencias declaradas del capital sea simultáneamente la manifestación abierta
del po-derío del trabajo, reapropiado por el propio trabajo en estado de
autoconciencia, de autoemancipación.
Precisamente
ésta es una de las grandes debilidades históricas del trabajo en los actuales
momentos que, a diferencia de lo que vivió Marx, se revela frente al capital
como poderío pulveriza-do, reestructurado por el capital para sus fines. La
revolución de 1848, la única revolución moderna hasta hoy donde el capital,
aunque a escala continental en su medida,56 vio la propia
muer-te cara a cara, pudo adquirir tal dimensión porque las larvarias
resistencias, las silenciosas y abiertas rebeldías del trabajo en su proceso y
a escala social, manifiestas como impotencias del capital para seguir
subordinando al trabajo, como lo venía haciendo hasta
55\ Henrik
Grossman, La ley de la acumulación y el derrumbe del sistema
capitalista,
México,
Siglo XXI, 1979; Lucio Colletti (comp.), El marxismo y el derrumbe del capitalismo, México,
Siglo XXI, 1978.
56\
Jorge Veraza, Leer nuestro tiempo, leer el Manifiesto, México,
Itaca, 1998 y, del mismo autor, Crisis y desarrollo capitalista
actuales, México, unam,
1993.
105
entonces, tomó la forma de crisis económica y
política generales, que abarcaron lo fundamental del espacio capitalista
(continen-tal hasta entonces). La crisis de producción, que inicialmente
involucró a unas pocas ramas industriales inglesas, por las pro-pias relaciones
de interdependencia, se articuló en una sucesión encadenada de sucesos (aunque
no simultánea) con las resisten-cias y las insurgencias del trabajo en el
espacio circulatorio local y luego productivo-reproductivo del continente,
dando lugar a que la crisis deviniera revolución.57
La
crisis puede ser vista inicialmente como un momento frag-mentado de los
emergentes poderíos del trabajo, que engendran como sumatoria cualificada un
punto de bifurcación, a partir del cual el capital ya no puede reproducirse
como lo hacía hasta entonces. El capital se manifiesta como impotencia, como
inca-pacidad explícita de continuidad regular y, por tanto, en eufórica
búsqueda de los nuevos patrones de docilización del trabajo. En este nivel de
condensación social, el capital se encumbra como un flujo denso de explosivos
antagonismos en estado de fluidez, pero también las fuerzas del trabajo, cuya
insumisión comienza a producir contrafinalidades que se vuelcan contra él; éste
es el caso del paro o la devaluación monetaria, tan propias de toda crisis, y
que intentan incrementar la competencia obrero-popular en la obtención de sus
condiciones de reproducción física. Éste es el instante en que la crisis se
presenta como la preparación del relan-zamiento del capital que, como un todo,
pretende sobreponerse a las insolencias productivas y consuntivas parceladas
del trabajo.
Eso
se comenzó a vivir en Inglaterra y Europa desde 1847, y a una escala
mundializada desde 1870. Pero esta crisis del capi-talismo desembocará en
revolución en la Europa de 1848, y fue posible poner en duda la vigencia, tanto
del sentido social de los medios de trabajo, como del propio régimen del
capital, porque esas disidencias del trabajo tuvieron la capacidad, no sólo de
57\ 琀ric
Hobsbawm, La era de la revolución, Madrid, Labor
Universitaria, 1988 y Fernando Claudín, Marx, Engels y la revolución de
1848, Madrid, Siglo XXI, 1985.
106
interunificarse a nivel de múltiples ramas
productivas, de sectores de la producción, de la circulación y el consumo, en
fin, a nivel nacional, sino de entrelazarse embrionariamente a nivel
conti-nental, aunque bajo la forma de múltiples formas de identidad: obrera en
Francia y en parte en Inglaterra; burguesa en Alemania y en Suiza; nacional en
Eslovaquia, Hungría, Polonia, etcétera. El trabajo, con distintas maneras de
agregación, propias o prestadas, se pondrá en movimiento ante el orden de cosas
existente que, a esas alturas de la historia, a pesar de la presencia de
relaciones pro-ductivas pre o semi-capitalistas, está bajo el dominio del
capital.
Que
esta acción social de insurgencia política pudiera darse, no fue antes, ni
mucho menos ahora, una cuestión de mero agra-vamiento de las penalidades. Las
masas no son los ratones o pe-rros de Pavlov, que responden según la intensidad
de los estímu-los. De hecho, la revolución iniciada en 1848 alcanzó su cresta
de ola cuando las dificultades económicas aminoraron.58 La
crisis se metamorfoseará en revolución porque en la experiencia colectiva de
las masas trabajadoras se verterán, simultáneamente, un con-junto de
experiencias de insumisión de larga data, que, al menos desde las revueltas de
1830 en Francia, van creando un terreno de disposiciones colectivas, de redes
laborales de interunificación continental, de experiencias prácticas
racionalizadas como senti-do común actuante, que son detonadas y tensadas en el
momento de los primeros estallidos revolucionarios de 1848 en París.
Hay
una historia acumulada que (esto es decisivo) se exterio-riza en las actitudes
de un sujeto colectivo proletarizado (Francia) y en proletarización (Alemania,
España, Italia), nacional y en na-cionalización (Italia, Checo-Eslovaquia,
Polonia) de larga data; esto es, de un sujeto social cuya estructura material
de colocación lleva más de cincuenta años de expansión (desde la Revolución
Francesa de 1789) y por tanto, es portador de una subjetividad colectiva capaz
de reconocer en el accionar práctico de unos el accionar propio, y viceversa.
Parafraseando al Marx de 1860,59
58\
Karl Marx, “De mayo a octubre”, en Nueva Gaceta Renana, febrero
de 1850. 59\ “Después de
que la liga [de los comunistas] se disolvió en noviembre de 1852
107
existía la facticidad actuante de un “partido” del
trabajo en el “gran sentido histórico de la palabra”, esto es, como movimiento
de autoconstrucción colectiva del trabajo frente a los poderes do-minantes
(burguesía en Francia e Inglaterra; imperio absolutista en Austria, Rusia,
Italia; nobleza terrateniente en Alemania, etc.); movimiento de
autoconstrucción social que, a pesar de abarcar múltiples formas organizativas
“efímeras” (ligas obreras secretas o públicas, trade unions,
sindicatos, movimientos de autonomía nacional, periódicos, personalidades), era
capaz de actuar como una red apenas se ponían en marcha rebeliones en algún
lugar.
En
cambio, la situación actual en el mundo desde 1970 es muy distinta. La crisis
de sobreacumulación, que se manifestara ini-cialmente como crisis de la llamada
forma de gestión ford-taylo-rista y del “Estado de bienestar”
que lo acompañó,60 tiene
como raíz el cúmulo de disidencias, de indisciplinamientos y nuevas
pretensiones de trabajo y de consumo que la masa laboral mun-dial, de manera
dispersa, pero simultánea, comenzó a desplegar años atrás. La pretensión de
superar estas trabas de valorización sobre la base de la sola intensificación
de la forma de desarrollo tecnológico y organizacional anterior, sólo relanzó
la crisis, pero ahora como tendencia decreciente de la tasa de ganancia,
basa-da en una composición media histórica del capital y una forma de consumo
de la fuerza de trabajo que había prevalecido desde los años cuarenta.
Como
no podía ser de otra manera, desde entonces el capi-tal ha buscado
reestructurar sus relaciones materiales de poder
siguiendo
una propuesta mía, no he pertenecido nunca, ni pertenezco, a nin-guna
asociación secreta o pública, ya que el partido, en este sentido totalmente
efímero, ha dejado de existir para mí desde hace ocho años […]. Al hablar del
partido entendía el partido en el gran sentido histórico de la palabra”. “Carta
de Marx a Freiligrath”, 29 de febrero de 1860.
60\ 琀nrique
Palazuelos Manso (coord.), Dinámica capitalista y crisis actual, Madrid,
Akal Universitaria, 1988; José Antonio Santín Moral y Henry Raimond, La
acu-mulación del capital y sus crisis, Madrid, Akal Universitaria,
1986; Ernest Man-del, Las ondas largas del desarrollo capitalista, Madrid,
Siglo XXI, 1980; Pedro López Díaz (coord.), Economía política y crisis, México, unam,
1989; y Ricardo Gutiérrez Aguilar, ¿Adónde va el capitalismo?, La Paz,
Ofensiva Roja, 1990.
108
sobre el trabajo para superar esta crisis. Para
ello, ha procedido a diversas medidas que hoy son conocidas como “reformas
neo-liberales”:
a) Desmantelamiento
del Estado de bienestar, con el
consi-guiente desconocimiento arbitrario de los pactos entre patrones, Estado y
parte de la fuerza de trabajo organizada en sindicatos. Drástica reducción del
precio de la fuerza de trabajo a través del debilitamiento o extinción de la
seguridad social y el empleo se-guro.
b) Adelgazamiento
material de los grandes centros industriales; fragmentación
de la producción para desconcentrar la fuerza de trabajo costosa, y peligro,
por su sola concentración geográfica. Producción en red y mundialización del
proceso de trabajo in-mediato.
c) Violenta
campaña contra las estructuras tradicionales de la fuerza de trabajo,
especialmente sindicales, pero también de la vida barrial y
cultural.
d) Redoblado
disciplinamiento del trabajo a los cánones
del comportamiento individualizado y en términos de la propiedad;
ciudadanización por la vía de la convocatoria atomizada del con-tribuyente
(propietario individual de algo).
e) Desconocimiento
de las estructuras colectivas de trabajadores
(sindicatos,
asociaciones, etc.) como interlocutores válidos ante el Estado. Disolución de
las formas de ciudadanización (adquisición de derechos públicos) a través del
sindicato. Gigantesca ofensiva para monopolizar, en los partidos y en el ritual
electoral, las for-mas de gestión política legítimas. La globalización de una
pseu-dodemocracia, que simula mediar entre sociedad civil y Estado.
f) Modificación
de las formas de organización del trabajo en
la producción, circulación y distribución de mercancías:
involucra-miento obrero en la calidad de los productos (círculos de calidad,
vigilancia entre obreros); polivalencia laboral, quiebre de las tra-dicionales
maneras de ascenso por antigüedad.
g) Tendencial
variación en la forma de consumo de la fuerza de trabajo:
creciente sustitución del valor de uso de capacidad de
109
trabajo, definida en términos de fuerza muscular, y
priorización del otro componente orgánico de la fuerza de trabajo, de la
ca-pacidad intelectiva y comunitaria dentro del proceso de trabajo.
h) Innovación
tecnológica, capaz de objetivar estas modifica-ciones sociales
en el movimiento maquinal de los medios de tra-bajo. Robotización y
cibernetización de muchas de las actividades laborales tradicionales.
i) Refuncionalización de
técnicas, de estructuras laborales, de formaciones comunitarias, de
saberes y esfuerzos laborales no-capitalistas, hacia la acumulación
capitalista. Subordinación congelada de las fuerzas laborales de comunidades
agrarias, de las unidades domésticas urbanas, de las comunidades urbanas, de las
relaciones de parentesco, del prestigio, de las fidelidades religiosas y
locales, en función de la valorización de ramas es-trictamente capitalistas
(industriales, comerciales y financieras). Complejización de la identidad
material del trabajo.
j) Nueva
división mundial del trabajo.
k) Búsqueda
de una nueva composición orgánica del capital a escala planetaria e histórica,
que condense materialmente y, supe-dite el trabajo organizacionalmente al
capital capaz de impulsar una nueva ola de expansión planetaria del
capitalismo.
Cada
una de estas modificaciones, donde han acontecido, han provocado renovados
procesos de resistencia, pero con una cualidad social muy distinta a los
descontentos y luchas de hace 130 años.
En
primer lugar, se trata de luchas meramente defensivas, o lo que es lo mismo,
ancladas en un horizonte definido por el pasa-do. Las rutas por las que las
abundantes y dispersas resistencias laborales han sido encauzadas están
marcadas por una actitud evocadora de los antiguos pactos, de las antiguas
prebendas so-ciales, que no eran otra cosa que formas histórico-particulares
del propio dominio del capital. Al reducirse a una querella por el regreso
al statu quo, las luchas de resistencia desnudan un conser-vadurismo,
entendible pero fatal, sino además desfasado, desde el momento en que se elogia
una situación de sometimiento, que los
110
propios dominantes han desechado por obsoleta. Los
fantasmas de los muertos comprimen el cerebro de los vivos, que añoran un
pasado desvanecido y rebasado por la arrogancia práctica de los verdaderos
usufructuarios. Es cierto que en este acto de re-miniscencia histórica hay una
defensa de lo poco poseído, pero eso es precisamente lo que lo convierte en
drama, por cuanto se trata de una añoranza deliberada de la opresión anterior,
refren-dada por los derechos adquiridos y reivindicados. De una ma-nera extraña
y desconcertante, el esclavo vuelve sobre la huella de sus cadenas, para
reivindicarlas como programa, y al hacerlo, entrega voluntariamente las
banderas de la reforma a quienes precisamente encarnan su negación.
Ante
esta mirada, el porvenir es una parálisis, peor aún, un re-greso. La actitud
propositiva de las plebes insurrectas, tan propia de las revoluciones, aquí es
sustituida por el temor atrincherado a perder sus antiguas cadenas. El mundo no
se presenta como un mundo por ganar, sino como un mundo por rechazar y
conservar tal como nos fue dado. No hay una sumisión buena, que conduz-ca a la
emancipación, y eso lo viven trágicamente las fuerzas del trabajo, que ven con
pasmo cómo “todo lo sólido se desvanece en el aire” (Shakespeare); mas no
faltan los aduladores que encum-bren el sometimiento popular en nombre de una
revolución ideal, que juega con los delirios de las estrechas mentes de puñados
de sectas confesionales autotituladas “vanguardias”.
Llegadas
a este punto de abandono de una iniciativa histórica, las resistencias, en vez
de interconectarse y expandirse, se con-traen, pues de lo que se trata es de
preservar frente a los demás, ante los poderosos y ante otros (mayoritarios)
sectores subalter-nos desprotegidos, los pequeños privilegios conseguidos con
an-terioridad. La resistencia se metamorfosea en competencia intra-laboral,
entre los que aún poseen un poco y lo quieren defender para sí, y una nueva
inmensa masa laboral carente de beneficios.
La
suma de resistencias locales no alcanza entonces un pun-to de bifurcación que
las integre; todo lo contrario, cada nueva resistencia vuelve a atomizar el
campo de las luchas laborales. La moderna fragmentación material de la
producción hallará
111
en todo esto su correlato organizacional e
intersubjetivo, dando lugar a que prevalezca ese individualismo apriorístico
dentro de los propios sectores populares, que no es otra cosa que su
cons-titución social en términos de propietarios-mercaderes privados. La lucha
ya no se presenta, por tanto, como una construcción so-cial expansiva, sino
como un “encuevamiento” corporativo; se trata de una “lucha contra la burguesía
para salvar de la ruina su existencia”, como hacen ciertos estamentos medios
que, por su contenido, desde el punto de vista del Manifiesto comunista “no
son revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reac-cionarias porque
pretenden volver atrás la rueda de la historia”.61 La inmensa
mayoría de las luchas de los obreros sindicalizados, del magisterio y los
distintos sectores corporativamente recono-cidos por el antiguo Estado
benefactor, y que actualmente son golpeados por el Estado neoliberal, desde
hace casi dos décadas llevan este recorrido y ese sino fatal de derrota
prolongada.62
Que
esto suceda de la manera en que lo hace, habla ciertamen-te de una acentuada
conciencia conservadora, de una arraigada disposición práctica de las más
importantes fracciones sindicales del proletariado mundial a reactualizar una
lucha ante el capital, concebida como mero regateo de concesiones y derechos
para la
61\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 120.
62\ 琀n
el caso de la Central Obrera Boliviana (cob),
el problema de sus estrategias de lucha no radica en que no tiene una “cultura
del consenso”, como afirma toda una corriente de escritores cortesanos
(Lazarte, Toranzo, Mayorga). Las limitaciones de su accionar social, y el que
hoy aparezca casi como un cadáver, radica precisamente en ese apego a los
pactos y los sobornos sociales que dieron lugar al Estado del 1952, y que
caracterizan toda su actitud frente al Estado. Pese a los muertos, las
persecuciones, los exilios y la radicalidad de los discursos, en el fondo
la cob, los sujetos
colectivos fusionados como sindicato a escala nacio-nal, jamás, a no ser en la
rabia cerrada de excepcionales momentos como abril de 1952 o julio de 1980,
pusieron en duda el papel gobernante y mandante de unas elites letradas que
hasta hoy han heredado endogámicamente las técnicas del poder político y
económico. Pese a la sangre, la cob siempre
vio en el Estado una institución a quien demandar, pedir, exigir, porque
siempre se consideró a sí misma como sujeto mandado, y sus luchas, como un ritual
de una economía de derechos y concesiones negociada en las calles, mas nunca
cuestionada en el fondo.
112
subordinación. Este habitus, labrado
por los sobornos estatales del Estado benefactor y sus pequeños cachorros
partidarios, es, no cabe duda, la sustancia con la que se moldeó la
“acumulación en el seno de la clase” (Zavaleta), pero que ahora se desvanece
paradójicamente por iniciativa prepotente del propio capital, que no requiere
ni busca pactos sociales para distribuir el disminuido excedente social.
En
segundo lugar, y también a diferencia de lo que aconteció con la revolución de
1848, la crisis general actual no descansa en las espaldas de una forma de
proletarización social ascendente, como en los años cuarenta del siglo pasado,
sino en el desmante-lamiento de la existente y el proyecto de erigir una nueva
forma histórica de esa proletarización social. La crisis económica
con-temporánea no reposa en fracciones laborales imprescindibles para el
programa de desarrollo del capital, como lo fue el siglo pasado (industria
manufacturera en textiles, acero, obreros de oficio), sino en el
desmantelamiento o inferiorización de las ramas productivas anteriormente más
importantes y más organizadas del proletariado (automóviles, siderurgia,
carbón, petróleo, etc.), y el repunte privilegiado de nuevas ramas industriales
construi-das sobre los hombros de un proletariado nuevo,
desorganizado, carente de experiencia asociativa, en feroz competencia interna
(industria electrónica básica, telecomunicaciones, industria ae-roespacial,
etcétera).
El
proletariado históricamente ascendente (esto es impres-cindible para llevar
adelante los proyectos de reorganización del capital) no es ni el proletariado
tal como estaba organizado hasta hoy, ni, esto es lo peculiar, un proletariado
asentado en las ramas tradicionales de la antigua expansión del capital. Lo
primero, de hecho explica el sentido empresarial de cualquier crisis: la
bús-queda por erosionar y doblegar modos de autoorganización, de resistencias
peligrosas del trabajo ante el capital y, por tanto, la necesidad de
reestructuración técnico-organizativa de las moda-lidades de ejercicio de las
antiguas actividades productivas. Esto viene aconteciendo desde los años
sesenta, a través del llamado
113
posfordismo,
la industrialización difusa y otras modalidades de gestión
productiva que se innovan a nivel planetario.
Lo
segundo, en cambio, va más allá de la simple modificación de la estructura
interna de los procesos laborales en las antiguas ramas; la presupone, pero
ante todo, modifica los propios fun-damentos materiales e históricos de la
proletarización social, al reestructurar el funcionamiento de la economía
global, de las eco-nomías locales, de las ramas industriales y de la colocación
estruc-tural del proletariado, más sus gradaciones internas, a partir de la
apertura expansiva, tecnológicamente dirigente, y económica-mente dominante, de
ramas laborales y formas de consumo de la fuerza de trabajo diferentes a las
que hasta ahora habían existido.
No
sólo estamos ante una reorganización de las condiciones de trabajo del
proletariado; también se despliega ante nuestros ojos el surgimiento de un
nuevo tipo de proletariado, de una nueva vinculación entre las actividades
laborales mundiales, eso es, una nueva forma de relacionarse entre los
trabajadores a es-cala planetaria que modifica las hasta aquí labradas y, con
ello, estamos presenciando una manera distinta de vinculación de las
actividades formalmente subsumidas al capital mundial, con las ramas económicas
(productivas, circulatorias y financieras) real-mente subsumidas al capital.
La
estructura material del trabajo y del capital se reconfigura ante nuestros
ojos, y con ello, la propia estructura material de la constitución del trabajo,
del trabajo asalariado y de la clase obre-ra. Esto, que hemos de denominar un
nuevo tipo de la formación histórico-material de la proletarización social, es
lo que conspira para que esta crisis se dé bajo el manto de estupor político
del tra-bajo, de desapasionamiento, de encadenamiento interrumpido, ya no de
interunificaciones, sino de fragmentaciones que arras-tran tras de sí las
contadas reunificaciones del trabajo que por acá o por allá emergen de vez en
cuando. Entender las renovadas maneras de la constitución de las clases
sociales en la sociedad contemporánea, de sus escisiones y fusionamientos
históricos es precisamente otro de los espacios de vigencia actualísima del
Manifiesto
comunista.
114
3.
¿Quiénes son burgueses y proletarios?
Las
luchas de clases, y luego entonces
las clases sociales como
movimiento estructural
A.
Burgueses y proletarios
La
historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las
luchas de clases.
Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, p. 111.
Con
esta frase contundente Marx abre el primer capítulo del Manifiesto.
El objetivo es claro: se trata de mostrar que las di-ferencias y antagonismos
sociales que emergen en la actualidad no son exclusivos de la época de la
redacción del Manifiesto sino que, bajo modalidades y
densidades distintas, se han dado en otros momentos históricos conocidos hasta
entonces y que los habremos de encontrar en cualquier recorte que hagamos de la
sociedad capitalista.
Respecto
a la lucha de clases en sociedades anteriores a la ca-pitalista, en una nota de
1888, Engels aclara que estas divisiones sociales surgieron cuando se
desintegraron las primitivas formas de organización comunales, cuya existencia
prácticamente no se conocía en 1848.63
Actualmente
existe publicado un abundante material don-de Marx, después de la redacción
del Manifiesto comunista, es-tudió las estructuras comunales
agrarias en distintas partes del mundo,64 y también una extensa
discusión al respecto, además de
63\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit. En La ideología alemana, a propósito de la división del
trabajo, ambos autores desarrollan un primer acercamiento a diversas formas de
propiedad, desde la antigüedad (tribu, propiedad antigua, feudal) hasta hoy.
64\
Karl Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista”, en Grundrisse, op.
cit.; “Sobre el colonialismo”, en Cuadernos de Pasado y Presente,
No. 37, 1973; “El porvenir de la comuna rural rusa”, en Cuadernos
de Pasado y Presente, No.
115
estudios etnohistóricos65 sobre
la realidad comunal en la época de la expansión del capitalismo en el mundo.
Sin
embargo, son importantes dos aclaraciones sobre el tema. Una es el estudio de
las formas productivas comunales arcaicas,66 donde las
relaciones de poder sociales no toman la forma de po-los escindidos y con sus
propias reglas de autorreproducción; y la otra es el estudio de formas
comunales arcaicas y modificadas como comunidades agrícolas,67 pero
inscritas en un contexto más amplio de flujos de fuerzas sociales
contradictorias, claramente condensadas en estructuras de perpetuación de las
diferencias de-limitadas. La primera corresponde a una época extremadamente
remota y aún poco estudiada, por las dificultades que implica re-mover las
innumerables losas de la historia pasada hasta llegar a esos periodos. La
segunda, en cambio, corresponde a la presencia de estructuras comunales que,
por una parte, se definen frente a una sociedad mayor configurada
como Estado despótico, Estado colonial o Estado capitalista y, por otra,
presentan estratificacio-nes sociales internas que se intensifican ante las
extorsiones de las sociedades mayores que las dominan.
En
este segundo caso, que es el que corresponde a nuestra realidad, significa que,
frente al conglomerado social dominan-
90,
1980; Cuadernos Kovalevsky, La Paz, Ofensiva Roja, 1989;
Lawrence Kra-der (ed.), Los apuntes etnológicos de Karl Marx,
Madrid, Pablo Iglesias y Siglo XXI, 1988; Friedrich Engels, “La
marca”, en La guerra campesina en Alemania, Moscú, Progreso,
1981.
65\
Lawrence Krader, The Asiatic Mode of Production, Amsterdam,
Van Gorcum, 1975; Karl Wittfogel, Oriental Despotism, New Haven, Yale
University Press, 1963; Alexander Chayanov, La organización de la
unidad económica campesi-na, Buenos Aires, Nueva Visión, 1974;
Bronislaw Malinowski, Argonautas del pacífico occidental, Barcelona,
Ediciones 63, 1973; Marcel Mauss, Sociología y antropología, Madrid,
Tecnos, 1973; Marvin Harris, El desarrollo de la teoría an-tropológica,
Madrid, Siglo XXI, 1998; John Murra, La organización económica del
Estado inca, México, Siglo XXI, 1978; Marshall Sahlins, La economía
de la edad de piedra, Madrid, Akal Universitaria, 1977.
66\ Karl
Marx, “El porvenir de la comuna rural rusa”, op. cit.
67\
Véanse Karl Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista”
en Grun-drisse, op.cit.; “El porvenir de la comuna rural rusa”, op.
cit.; y Cuaderno Kova-levsky, op. cit.
116
te, los miembros de la comunidad se definen como
clase porque, en términos de sus condiciones de vida, de vínculos económicos
consistentes, de actitudes culturales y políticas, su campo de po-sibilidades
—además de ser distinto al campo de posibilidades materiales definido por el de
los sectores poseedores del poder estatal prevaleciente, de la actividad
económica dominante y la cultura legítima—, se hallan en relaciones de
subordinación, de sometimiento frente a ellas. Los miembros de una comunidad,
en cualquiera de sus formas y por sus vínculos ineludibles frente a estructuras
sociales mayores y dominantes son, por tanto, clase social; y las formas de
llevar adelante o de impugnar estos vín-culos respecto a la sociedad económica,
política y culturalmente dominante no harán más que consagrar ésta, su posición
de clase.
Que
estos miembros de la comunidad no sean una clase “clá-sica” de la sociedad
moderna no elude su existencia histórica. Sólo los beatos del texto pueden
pretender hacerla encajar en las “clases” prescritas por una “sagrada
escritura”.68 Frente a este idealismo vulgar, que pretende
explicar la Historia adecuándola al concepto, Marx ha de reivindicar la
Historia como lugar desde donde debe nacer el concepto como manera de volver
inteligible su devenir.69 Y si bien es cierto que en el Manifiesto Marx
no habla de la comunidad, no es porque ella no exista sino, como lo aclara
Engels, porque para entonces era desconocida, por la ausencia de estudios sobre
el tema. Cuando en los años cincuenta Marx se sumerge en una investigación más
profunda para entender el surgimiento y la función del dinero, revisa la
bibliografía sobre sociedades no mercantiles y la trabaja en el primer borrador
de
68\
Tómese en cuenta aquí la bochornosa clasificación que durante décadas han
intentado realizar teóricos pseudoizquierdistas, a fin de convertir a
comunarios en campesinos parcelarios o pequeño burgueses, a mitayos y yanaconas
en es-clavos, etcétera.
69\
Karl Marx, “Introducción general a la crítica de la economía política/1857”,
en Cuadernos de Pasado y Presente, No. 1, 1987. Véase también
“Carta a la redac-ción de Otiéchestviennie Zapiski” (1877),
en Cuadernos de Pasado y Presente, No. 90, 1980.
117
El capital.70 Más
aún, cuando Marx se lanza a investigar cómo es que la racionalidad
capitalista avanza en la subordinación del mundo a la forma productiva social
del valor (inicio de las acu-mulaciones originarias en muchas regiones del
globo), la impor-tancia, como resistencia y potencialidad revolucionaria de las
estructuras sociales existentes en las “extremidades del cuerpo capitalista”,
será un elemento que atravesará todo su pensamien-to, llevándolo a crear nuevas
categorías, que den cuenta de esta exuberante realidad social.71
Una
conceptualización mucho más precisa y completa, coetá-nea de las relaciones
capitalistas y formas comunales modificadas pero supeditadas al capital, como
sucede desde mediados del siglo XIX en todo el mundo, la encontraremos en El
capital con las categorías de “Subsunción formal y real de los
procesos de producción, circulación y consumo al capital”.72 Incluso,
Marx avanzará en una caracterización más rigurosa sobre un tipo de colonialismo
contemporáneo, a partir, precisamente, no de la subordinación del proceso de
trabajo inmediato, que supone ya una cierta homogeneización mercantil de las
relaciones laborales y culturales de la sociedad, sino de la subsunción general
de los procesos de producción y circulación social al capital comercial,73 que
supone una cualidad no mercantil del proceso de trabajo in-mediato (comunal o
pequeño-campesino), pero sin una incorpo-ración creciente al circuito mercantil
de la esfera de la circulación y el consumo local. En este caso, diríamos
entonces que este tipo de colonialismo, más que una realidad cultural, sería
ante todo una realidad reproductiva; esto es, fundada en el nivel de la
es-tructuración de las condiciones de reproducción social-natural, de un
espacio social delimitado. La cualidad del colonialismo,
70\ Karl
Marx, Grundrisse, op. cit.
71\
Por ejemplo, el concepto de “comuna asiática”, “comuna germánica”, etc., en
los Grundrisse, que luego, con una mayor información etnográfica
dará lugar, en los “Borradores a Zasúlich”, a los conceptos de “forma comunal
arcaica”, “comunidad agraria” y sus diversos tipos.
72\
Karl Marx, El capital, op. cit., caps. VII y XXII.
También el capítulo VI (inédito). 73\
Karl Marx, El capital. Tomo III, op. cit.
118
en general, y del “colonialismo interno”,74 en
particular, vendría dada inicialmente por la supeditación formal de las
relaciones so-ciales de las estructuras comunales al capital y, por tal motivo,
si-multáneamente, por la constitución de los miembros de la entidad comunal en
clase respecto a las clases sociales que configuran la realidad capitalista
externa que los engloba. Los problemas para la formación de la identidad de
clase, que en este espacio es una identidad intercomunal o supracomunal, son
similares al resto de las clases subalternas en cuanto a superar la
fragmentación social que, aquí, no sólo es promovida por el dominio externo del
capi-tal, sino que es fomentada por la propia identidad comunal local asentada
en las relaciones parentales (consanguíneas y rituales). Sin embargo, la acción
conjunta, aunque inicialmente sólo a nivel local, se halla a su vez potenciada
por las mismas características de la comunidad, que presupone prácticas
productivas y culturales emprendidas en común como basamento procesal de su
propia identidad histórica.
Pero
no sólo es el contexto social externo (relación de fuerzas), que domina las
estructuras comunales contemporáneas, el que lleva a definir a los miembros de
la comunidad como parte de una clase social, sino que las propias relaciones
internas en la comuni-dad, entre sus miembros, bajo estas condiciones tienden a
ir per-filando la constitución de clases dentro de la propia comunidad. Nos
estamos refiriendo, por ejemplo, a las llamadas “autoridades originarias”75 o
estirpes, donde está depositada la legitimidad de la autoridad comunal; a las
mujeres, cuando su situación frente a
74\
Rodolfo Stavenhagen, “Siete tesis equivocadas sobre América latina”, en Ernest
Feder (comp.), La lucha de clases en el campo, México, Fondo
de Cultura Eco-nómica, 1975.
75\
Tristán Platt, “Pensamiento político aymara”, en Xavier Albó (comp.), Raíces de
América: el mundo aimara, Madrid, Alianza y Organización de las Naciones Unidas
para la Educación, la Ciencia y la Cultura (unesco),
1988; John Murra,
Formaciones
económicas y políticas del mundo andino, Lima, iep,
1975; Reiner Zuidema y Manuel Burga, Reyes y guerreros:
ensayos de cultura andina, Lima, Asociación Peruana para el Fomento de
las Ciencias Sociales (Fomciencias), 1989; Karen Spalding, “Huarochiri: an
Andean Society under Inca and Spanish Rule”, en Claudia Rosas Lauro, El
miedo en el Perú: siglos XVI al XX, Stanford,
119
la gestión de las condiciones de vida queda
claramente diferen-ciada de la del varón; o a aquellos comunarios que
incursionan en actividades mercantiles urbanas, como la venta de fuerza de
trabajo, la venta creciente de productos, la participación en el co-mercio,
etcétera. Estos “diversos estamentos” o “múltiple escala gradual de condiciones
sociales”, tal como empieza a definir a las clases Marx, dentro de la propia
comunidad tornan complejas las particularidades de la clase comunal, pues nos
muestran varias clases en proceso de formación, a partir de la lenta
disgregación comunal. La formación de una clase campesina pobre
(semipro-letariado), clase campesina media y rica,76 es la ruta
más probable (no inevitable) de esta desintegración de la estructura comunal,
que puede durar décadas o siglos, como en Bolivia. Cuando esta conformación en
diversas clases sociales culmina, la comunidad agraria se ha extinguido.
Mientras tanto, donde existen formas sociales comunales, la clase comunal se
subdivide en varias sub-clases, que combinan de una manera híbrida y tensa
ésta, su raíz comunal, con posicionamientos campesinos y mercantiles.
Con
todo, los miembros de la comunidad que aún no han sido objeto de procesos de
estratificación social radicales e irre-versibles no forman parte de una clase
ni burguesa ni proletaria ni pequeño burguesa, en la medida en que, en la
comunidad, los medios de trabajo ni son propiedad privada en el sentido
mercan-til del término,77 ni el trabajo es concentrado como
mercancía, ni mucho menos su incorporación al proceso de trabajo se da para
Stanford
University Press, 1984; Roger Rasnake, Autoridad y poder en los Andes, La
Paz, Instituto de Historia Social Boliviana (hisbol),
1989.
76\
Friedrich Engels, “La guerra campesina en Francia y alemania” (1850) y
“Con-tribución a la historia del campesinado prusiano” (1885) en La
guerra campesi-na en Alemania. El problema campesino en Francia y
Alemania, (1894), Moscú, Progreso, 1981; Karl
Kautsky, La cuestión agraria, México, Siglo XXI, 1975;
Vladimir Lenin, “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, en Obras
completas. Tomo III, México, Salvador Allende, 1982; Mao
Tse-Tung, “Análisis de las cla-ses de la sociedad china” e “Informe sobre una
investigación del movimiento campesino en Junan”, en Obras escogidas. Tomo
I, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976.
77\ Claude
Meillasoux, Terrains et théories, Paris, Anthropos, 1977.
120
valorizar el valor, ni existe un sometimiento del
medio de trabajo sobre el trabajador directo.
En
las formas comunales, los medios de trabajo son propie-dad
individual o patrimonio común de las unidades domésticas (tierras
de cultivo) por separado o en conjunto (tierras de pasto-reo); la fuerza de
trabajo es agrupada mediante la activación de circuitos de parentesco y de
reciprocidad de los esfuerzos diferi-dos en el tiempo, mientras que las
herramientas permanecen bajo soberanía procesal de los productores directos, al
igual que las pocas o muchas técnicas comunales de trabajo necesarias para la
reproducción comunal.
¿Cuál
es el destino histórico de esta “clase comunal”? Esto dependerá del curso
aleatorio de la propia historia de las luchas de clases, frente a la cual la
prescripción de una ruta obligada no pasa de ser una majadería de profetas
decadentes o el exabrupto de una filosofía de la historia cuyo defecto “reside
precisamente en el hecho de ser una teoría suprahistórica”.78 La
comunidad no está condenada a desaparecer, aunque éste sea su camino más
probable; también puede ser el punto de partida de una renovación general de la
sociedad, en la medida en que la pro-pia sociedad moderna tiende también, tal
como lo hemos visto, como contrafinalidad de su progreso, hacia formas
superiores y universalizadas de vida comunal. Esta posibilidad estará
signada por la presencia a escala nacional de la comunidad agraria, coetá-nea
de las adquisiciones del trabajo social creadas y reprimidas por el capital. De
hecho, en países como los latinoamericanos, a estas alturas, la posibilidad de
una auténtica insurgencia contra el dominio del capital resulta impensable al
margen de la clase comunal y de su lucha por universalizar la racionalidad social
comunal que la caracteriza.79
78\ Karl
Marx, “Carta a la redacción de Otiechestviennie Zapiski”, op.
cit.
79\
“La libre individualidad fundada en el desarrollo universal de los individuos y
en la subordinación de su productividad comunitaria, social, como patrimonio
social, constituye el tercer estadio […]. La producción social […] está
subor-dinada a los individuos y controlada comunitariamente por ello como un
patri-monio [, es un] libre cambio entre individuos asociados sobre el
fundamento
121
Es claro, entonces, que las definiciones
juridicistas de las cla-ses, tan propias de los manuales y los panfletos, son
una auténtica barrera epistemológica para entender las estratificaciones
socia-les no-capitalistas. Aún más, la propia complejidad que adoptan las
clases definitorias del régimen del capital son imposibles de entender a partir
de esas caracterizaciones leguleyas o tecnicistas que se le atribuyen al
marxismo.
Una
primera aproximación a la noción de clase sería que ésta se define “por la
posición que guardan las personas con los me-dios de producción” que la
sociedad posee en un momento dado, en particular, básicamente por la
“propiedad” o no propiedad que se tiene hacia ellos. Ahora bien, ¿qué es lo que
se sostiene cuando se dice que las “clases” se establecen por la propiedad o no
propiedad de los medios de producción? Que las clases son una consecuencia de
específicas relaciones económicas; peor aún, que las clases son un subproducto
de las relaciones de pro-piedad, con lo que se reduce el conocimiento de las
clases a un asunto de legalidad local que se consagra, así como el “discurso
imparcial”, elevado por encima de las conflictividades sociales y ecuánime dirimente
de ellas. No es pues inusual que este tipo de “definiciones” se incuben en las
escuelas forjadoras de funciona-rios y burócratas de Estado.
Leyes,
códigos, formas de propiedad, muy a pesar de sus cus-todios y sus adoradores,
no preceden a la configuración conflic-tiva de la sociedad, son su
convalidación escrita, la síntesis cris-talizada de ambiciones e imposiciones
colectivas querelladas en torno al mundo de la riqueza. La propiedad, en
cualquiera de
de
la apropiación y del control comunitario de los medios de producción”. Karl
Marx, “El dinero como relación social”, en Grundrisse, op. cit.
\ 琀n
la traducción de Siglo XXI, las palabras gemeinschaftlich y gemeinsam que
corresponden a comunitariamente y comunitario, han sido traducidas
como colectiva y común, definiciones que
empalidecen la clara distinción que hace Marx entre Gesellschaft (sociedad
fundada en lazos abstractos) y Gemeinschaft (comunidad fundada
en lazos productivos y directos). Igualmente, en La ideo-logía alemana,
Marx y Engels hablarán del comunismo como “la comunidad de los
proletarios revolucionarios que toman bajo su control sus condiciones de
existencia”. Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, op.
cit.
122
sus categorías, se ejerce tanto como supresión de
otras formas de propiedad, como exclusión de potenciales propietarios; es la
legi-timación de un poder de control y de un poder de uso por parte de
determinados miembros de la colectividad, y de la inermidad institucionalizada
ante esos poderes por parte de otros miembros.
La
propiedad en cualquiera de sus formas es, desde su inicio, la consagración y la
ambición de perpetuidad de un inconfesable antagonismo social por el control y
el poder sobre los medios de vida existentes. La propiedad sobre algo no es
sólo la relación de una persona con un objeto, es la ubicación en un espacio de
sórdidas belicosidades entre las personas, al mismo tiempo que ella misma es la
beligerancia social en movimiento. De aquí que la propiedad jurídica deba ser
vista como un efecto hipócritamente apologético de las clases (de su lucha).
El
que uno pueda adscribirse formalmente a tal o cual rela-ción social, por medio
de la relevancia o elección de tal o cual propiedad jurídica sobre tal o cual
medio de producción, no debe hacernos olvidar la carga o programa social que
tiene el objeto de propiedad, independiente y previamente al propietario y, por
otro lado, el conjunto de prácticas e intenciones que el propietario se ha de
ver compelido a ejecutar para convalidar el sentido de “su propiedad”. La
propiedad por sí misma sólo establece una so-beranía abstracta sobre el objeto
de propiedad; la realidad de la propiedad es el modo del ejercicio de la
soberanía y en contra de quienes se la reivindica; esto es, las divisiones y
jerarquizaciones sociales que la anteceden y la explican.
Cuando
se ha pretendido explicar las clases sociales por las relaciones de propiedad,
lo que se ha hecho en realidad es invertir y mistificar la problemática de las
clases, pues se toma como ori-gen lo que en sentido estricto es el resultado,
con lo que la crítica radical de la división social en clases es sustituida por
una crítica juridicista de las formas de propiedad. Si alguna verdad sobre las
clases tiene la propiedad, es el ser un momento del movimiento antagonizado de
ellas en un momento histórico dado.
En
tal manera de ver las cosas hay un cierto halo ahistoricista. Parecería que las
personas, medios de producción y diversas “re-
123
laciones” (o combinaciones, como prefieren
llamarlas algunos), existieran unas independientemente de otras y cuya mezcla,
pe-riódicamente distinta, vendría a estructurar las diversas clases sociales.
Lo inaceptable de esto es que convierte la disección ana-lítica de la realidad
pensada en la representación de conjunto de esa realidad. Los medios de
producción, aun en su corporeidad física, no son más que una manera que tienen
las personas de vincularse entre sí y con la naturaleza a través de las cosas,
por lo que no es sólo el modo del uso, sino el sentido del uso y la propia
certeza material del uso, lo que es un programa de intencionali-dades y
confrontaciones sociales.
Las
personas, por su parte, son la más plena sustancia social viva, que desde que
nacen cargan como significado de su exis-tencia las misiones de la época de la
sociedad que las cobija, por lo que no tiene sentido referirse a un periodo
primigenio de las personas que concurren inocentemente al encuentro con los
lla-mados medios de producción, de donde nacerían las modalidades encendidas o
atenuadas de las divergencias sociales. Las personas y el modo de acontecer de
las cosas, de los objetos, son conflicti-vidad y confrontación en movimiento
incesante; han nacido de antagonismos, son ellos mismos antagonismos en estado
de flui-dez y se deben en el futuro a esa confrontación para superarla por
otros antagonismos o para perpetuarlos. Las personas y las cosas tienen
existencia social, por y con la marca maldita de estas sórdidas batallas y
agresiones sociales, por lo que no tiene ningún sentido hablar de personas que
anteceden a las clases, ni de an-tagonismos que las preceden. Los tres momentos
son momentos de una misma realidad.
¿Cuál
sería entonces el concepto de clase que permitiría dar cuenta de la complejidad
de la estructura social contemporánea, incluida la de las formas comunales,
subsumidas formalmente por el capital? Revisemos la que nos propone Marx en
el Manifiesto. Cuando él nos habla de la burguesía, no la define en
términos ju-rídicos de propiedad,80 sino en tanto movimiento
histórico, co-
80\ 琀ngels,
en su nota aclaratoria de 1888 procede, a nuestro juicio, a una simplifica-
124
mo actividad productiva, política y cultural que
adquiere ciertas intenciones, que toma ciertas posiciones respecto a las
condicio-nes de realidad material de esas prácticas económicas, políticas y
culturales. Ya sea como vecino libre organizado en gremio, como “estamento
medio industrial” o como “industriales modernos”, que personifican los
distintos momentos del desarrollo burgués europeo, su “enclasamiento” viene
dado por procesos prácticos, en tres niveles de la realidad social que van
estructurando el con-cepto de burguesía:
a) A
nivel económico: inicialmente, la producción gremial ur-bana que abastece
bienes mercantiles.81 Luego como flujo de in-tercambios, bajo
la forma de mercancía, despertados por la aper-tura de mercados con China, la
India y las colonias americanas;82 el trabajo deviene también
mercancía.83 Posteriormente, como división del trabajo al
interior del taller, en vez de la división del trabajo entre corporaciones
gremiales,84 es el inicio del despotis-mo industrial, que
empieza a disciplinar al trabajo como trabajo asalariado.85 Después,
la revolución tecnológica, que se apode-ra de la realidad técnica de la
producción, permite la expansión propiamente industrial del capital al resto
del mundo, la con-centración de la propiedad y el desarrollo del mercado
mundial, arraigando así materialmente la interdependencia mundial del
ción
del concepto de clases sociales, sobre la cual se levantarán posteriormente
diversas interpretaciones reduccionistas. Sin embargo, aun en esta
simplificación “engelsiana”, la definición de clases sociales menciona, además
de la propiedad, el empleo de trabajo asalariado, en el caso de la burguesía.
Para el proletariado, además de su carencia de los medios de producción, se
menciona la venta de fuerza de trabajo como único modo disponible de existir
como trabajador y ser humano.
81\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 112.
82\ Ibíd.
83\ Ibíd., p.
117.
84\ Ibíd., p.
112.
85\ Ibíd., p.
117.
125
trabajo;86 pero
simultáneamente, convirtiendo al obrero en un apéndice de la máquina.87 Por
tanto, doble subsunción: por un lado, del trabajo mundial al capital, a través
de la generalización de la producción capitalista a los demás países del globo,
inter-conectadas por el mercado mundial que las precedió y que ahora aparece
como un producto industrial más. Por otro, por la supe-ditación tecnológica del
trabajo en la propia producción.
b) A
nivel político: de estamento dominado por la
pelea au-tónoma por sus intereses frente a las antiguas clases dominantes,
hasta la conquista de la “hegemonía exclusiva del poder político en el Estado
representativo moderno”.88 Simultáneamente o me-jor, para la
formación de esta hegemonía, proceso de centraliza-ción política, bajo la forma
de interés nacional,89 logrando, por una parte, arrastrar al
proletariado tras sus banderas; por otro, enfrentar a las burguesías de los
demás países para preservar el monopolio del territorio social hegemonizado; y
por último, rom-per la resistencia de aquellas fracciones burguesas que entran
en contradicción “con el progreso de la misma industria”.90 El
su-puesto de todo este proceso es la capacidad que se pueda tener de fragmentar
ininterrumpidamente las otras formas de organi-zación política de la sociedad,
especialmente del proletariado,91 porque sólo a partir de esa
disgregación se pueden verificar las estrategias de articulación colectiva en
torno al valor de cambio y el desarrollo industrial.
c) A
nivel cultural: erosión de los vínculos y
las representa-ciones serviles, religiosas y sociales que no estén guiadas más
que por el “frío interés” del lucro; “supeditación de las razones prácticas,
las elecciones estéticas, y las normas morales a la lógica
86\ Ibíd., pp.
112-117.
87\ Ibíd., p.
117.
88\ Ibíd., p.
113.
89\ Ibíd., p.
115.
90\ Ibíd., p.
119.
91\ Ibíd.
126
del valor de cambio”.92 “Constitución
de un concepto de nación sustentado en la competencia interburguesa y el
monopolio de mercados”.93 Incorporación
de la lógica mercantil en el propio comportamiento laboral y sus horizontes de
acción; “guerra civil más o menos oculta”, incesante y cotidiana, no sólo para
hacer del trabajador un trabajador asalariado, cosa que es un hecho eco-nómico-político,
sino, también, para que el trabajador se asuma a sí mismo como trabajador
asalariado, como propietario de una mercancía que entabla vínculos sociales con
los demás (obreros y burgueses) en tanto propietarios privados.
Cada
uno de estos niveles presupone simultáneamente a los otros, y aunque el
político-cultural puede jugar un papel más ac-tivo en determinadas coyunturas,
éstos adquieren materialidad técnica y organizativa cuando se cristalizan como
modificaciones en la reorganización productiva de la sociedad moderna. Hoy en
día, la burguesía sería aquel sector social que a escala planetaria y local
personifica este movimiento de expansión de las relacio-nes de
producción e intercambio como relaciones supeditadas al valor de cambio; aquel
sector que, por su posición en el con-trol de las condiciones de producción e
invención económicas, políticas y culturales subordina trabajo ajeno para hacer
de él, de una manera crecientemente tecnologizada, fuente de valori-zación del
valor. La burguesía es, por tanto, la personificación de un movimiento y una
posición social que se define frente y con-tra otros movimientos y posiciones
sociales; la burguesía, y luego también el proletariado, son sujetos sociales
que existen en tanto relaciones de lucha, de apropiación, de defensa, de
dominio, de resistencia en el campo material que configura las condiciones de
producción, reproducción e invención de la vida económica-política-cultural. El
concepto de lucha precede al de las clases; más bien, porque hay lucha entre
sujetos sociales es que luego hay clases sociales, de ahí que no sea casual que
en el Manifiesto
92\ Ibíd., p.
113.
93\ Ibíd., p.
127.
127
Marx hable primero de lucha de clases y luego de
las clases que se forman a partir de la lucha.
Es
claro entonces que la propiedad jurídica94 es apenas un aspecto
parcial de esta relación social. Lo que acontece con las sociedades por
acciones anónimas en las que jurídicamente pa-recería que los propios
trabajadores “son dueños”; con la pro-piedad del Estado en el que “todo el
pueblo es dueño”; o con el trabajo a domicilio en el que aparentemente el
trabajador es un “empresario”, muestran claramente la superficialidad y
fetichiza-ción extrema sobre las que opera esta ideología jurídica, pues sólo
es capaz de dar cuenta de la caracha epidérmica del tumultuoso flujo interno de
fuerzas y posiciones que constituye la realidad de las relaciones sociales, en
este caso del capital.
En
el caso de la moderna fábula liberal que quiere justificar detrás de la
“democratización de la propiedad”95 la extinción de las
diferencias de clases, el izquierdismo juridicista cae de hino-jos, impotente
ante sus imposturas, pues es partícipe de su pun-to de partida. Encontrar,
detrás de la costra de leyes, códigos y mistificaciones legalistas, el furor de
las relaciones sociales que estructuran las clases permite ver, en cambio, que
detrás de esta “democratización de la propiedad” se hallan brutales procesos
de proletarización eufemistizados por la retórica juridicista
de que el “pueblo” se está convirtiendo en empresario. Detrás del
obrero convertido en accionista atomizado hay una descomunal expro-piación de
ahorros y beneficios acumulados durante décadas, que caen en manos de los
inversionistas más grandes, y que además coaccionan simbólicamente a sus
trabajadores a una mayor efi-
94\
Desde los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, pasando por
el Manifiesto comunista, hasta el final de sus obras,
el concepto de propiedad que utiliza Marx no se restringe al
sentido jurídico actual, sino que abarca, ante todo, el sustan-tivo de atributo
social incorporado en las propias cosas. A este significado de propiedad, que
“no es su expresión legal” sino “su forma real”, Marx lo llama “relaciones de
producción”. Véase la “Carta de Marx a Schweitzer”, 24 de enero de 1865.
95\
Hernando de Soto, El otro sendero. Lima, Instituto Libertad y
Democracia (ild), 1986. Véase
también, del mismo autor, “Los informales presentan una respuesta a Marx”,
en Perspectivas Económicas, No. 2, 1989.
128
cacia laboral para “su empresa”. Detrás de la
propiedad de “to-dos” (la estatal) se agazapa el poder de una burguesía de
Estado en posibilidad de disponer privadamente de parte del excedente social, y
además simulando hacerlo en nombre de la “patria”, la “nación” o la
“revolución”.
Por
último, detrás de estos “empresarios” vendedores de ser-vicios que pueden ser
desde costureros, comideras, limpiado-res de oficinas, consultores o
investigadores, se hallan obreros a domicilio o ambulantes que venden su fuerza
de trabajo bajo la forma de productos (salario a destajo), cuyo esfuerzo
laboral, junto al de un inmenso ejército disperso de trabajadores, directa o
indirectamente, ayuda a valorizar los procesos capitalistas cen-tralizados, ya
sea mediante la reducción del valor de la fuerza de trabajo formalmente
asalariada que consume los productos de estos “cuenta propias”, ya sea mediante
la reducción de costos de realización comercial de las grandes empresas en el
caso de los gremiales, o mediante la elaboración de productos materia-les o inmateriales
que forman parte de los mecanismos de fun-cionamiento de las grandes empresas y
de la fuerza de trabajo absorbida para valorizar el capital.96 Marx
llama a estas formas de asalariamiento de la fuerza de trabajo
“formas en transición” que hablan de una fuerza laboral “subsumida formalmente
en el capital”,97 pero
que hoy son reactualizadas como modo de desarrollo de la acumulación
capitalista en las ramas realmente subsumidas en el capital.
En
todo caso, lo decisivo de esto es que la clase burguesa no es un título de
propiedad, sino todo un conjunto de dispositivos y de disposiciones sociales en
flujo, desplegado en los diferentes espacios de la vida material
(económica-política-cultural) y que configuran identidades y campos de
comportamientos, posibles a partir de la sumatoria interdependiente de las
relaciones de fuerza, desplegadas en esos espacios en torno al control y a la
96\
Sobre el concepto de productos materiales e inmateriales, véase Karl
Marx, Ma-nuscritos económico-filosóficos de 1844, op. cit.
97\ Véase
Karl Marx, “Trabajo productivo e improductivo”, en El capital, op.
cit.
129
posesión de las condiciones materiales de la
producción de esos espacios. Las clases sociales vendrían a ser, entonces, los
polos de este antagonismo social en estado ígneo que, nacido y finalmente
técnicamente reproducido desde el proceso de producción de la riqueza material,
atraviesa y comprende todo el proceso de re-producción social.
Ahora,
en la medida en que el valor y el trabajo (o si se prefiere, capital y trabajo,
pues el capital es valor que se autoproduce) no son más que el devenir, el
acontecer histórico de una misma sus-tancia social: el trabajo como energía
creadora de la humanidad y el trabajo como enajenación de sí mismo (el
capital), los polos del antagonismo social, las clases, deben ser tratadas como
relaciones de fuerza antagonizadas en el control, en el uso, en la
generaliza-ción y disfrute de esa energía productora de materialidad social.
Relaciones de fuerza que se alojan en todos los actos y los territo-rios de los
actos de las personas, en que adquieren realidad social como múltiples formas
de existencia relativamente compactas del poder del trabajo humano, de su actividad
creativa en su acepción más diversa, y como múltiples formas relativamente
compactas de la antítesis de esa potencia. Dicho de otra manera, tenemos que
entender las luchas de clases y luego las clases, como el proceso constante de
desarrollo en todos los espacios de las actividades sociales (grupales e
individuales), comenzando desde el proceso de producción, de enajenar y
desenajenar el poder del trabajo, de arrebatar y volver contra sus portadores
la capacidad creati-va del hombre, y de resistir, de recuperar el control, de
expandir ilimitadamente esa capacidad creadora, por parte de quienes la vierten
cotidianamente. Lo uno y lo otro, vuelto a comenzar a cada momento, en cada
hecho de creatividad humana.
A
las clases en el capitalismo (pero también en cualquier otra forma social de
organización del proceso de producción y repro-ducción de la vida material,
fundada en el antagonismo social entre una de las formas del trabajo vivo y su
enajenación) tene-mos que verlas, por tanto, como condensación de fuerzas, de
intenciones, de comportamientos, de voluntades, de prácticas, de
representaciones, de disfrutes; de acontecimientos dirigidos
130
a desplegar el poderío del trabajo- en-acto, del
trabajo vivo en sus diferentes especialidades y componentes (comenzando,
cla-ro, desde el proceso de producción de bienes materiales que sostienen la
vida, pero abarcando también, y mayoritariamente, las otras formas de riqueza
social como el placer, la política, la imaginación, la salud, la educación, el
sacrificio, la convivencia, el ocio, la contemplación, el consumo, la
procreación, todo lo que es creatividad humana en estado de realización); y a
supeditarlo al proceso de valorización del capital. Para Marx, el capital “no
es pues una fuerza personal, es una fuerza social”, por tanto, “ser capitalista
significa ocupar no sólo una posición personal en la producción, sino también
una posición social”;98 el
“capitalista en cuanto tal es sólo función del capital”.99
La
definición de clase en el Manifiesto es procesal, no estática,
no juridicista, ni tecnicista. El capital es una relación social, no un grupo
de personas con ciertas cualidades particulares. La impor-tancia de esta
manera categorial de la expresión de las relaciones sociales
modernas radica en que permite superar las concepciones
burocrático-juridicistas que han marcado la experiencia política de los últimos
setenta años. Para estas concepciones, mientras la burguesía y su poder son un
problema de propiedad poseída por tales o cuales personas, la derrota de la
burguesía pasa por la expropiación estatal de esa propiedad y el exterminio
físico o exilio de los propietarios, es decir, por medidas administrativas. La
experiencia de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss)
muestra que la propiedad estatal de los medios de produc-ción, defendida por
burócratas estatales y minúsculas sectas de aspirantes a funcionarios públicos,
simplemente instaura al Esta-do como “capitalista colectivo”,100 y
a los miembros del partido
98\ Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
99\ Karl
Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, op. cit.
100\
“Pero las fuerzas productivas no pierden su condición de capital al convertirse
en propiedad de las sociedades anónimas y de los trusts o en
propiedad del Estado. Por lo que a las sociedades anónimas y a los trusts se
refiere, es palpablemente claro. Por su parte el Estado moderno no es tampoco
más que una organiza-ción creada por la sociedad burguesa para defender las
condiciones exteriores
131
como a nuevos sujetos portadores de la función
social burguesa, con lo que la relación social del capital se reproduce, aunque
de manera modificada.
Superar
al capital, desde el punto de vista de la definición de Marx, significa superar
las relaciones sociales de fuerza, los com-portamientos, las disposiciones y
los posicionamientos en el con-trol, el uso y la modificación de las
condiciones de producción de necesidades materiales (economía), de soberanía
(política) y de bienes simbólicos (cultura). Y esto, por supuesto, no es un
atri-buto de pastor alguno101 o de ningún burócrata estatal
agazapado detrás de alguna autotitulada “vanguardia”; es un movimiento social
de revolucionarización de las relaciones sociales, en el que los sujetos de
tales transformaciones no pueden ser otros que los sujetos que las padecen: el
trabajo en todas sus formas corporei-zadas que, en la sociedad moderna
mayoritariamente (aunque no únicamente), es el proletariado. El capital como
relación social, y la burguesía como posición social, tan explícitamente
definidos en el Manifiesto, fundamentan la posibilidad de la
superación del capitalismo en el propio automovimiento de emancipación de la
clase trabajadora moderna, el proletariado, en tanto son precisamente sus
actitudes, sus esfuerzos, sus disposiciones, sus tolerancias, sus fuerzas las
que sostienen y crean, como producto enajenado de sí, al
capital y a los personificadores de esa relación social, a los
burgueses.
La
revolución social no es, pues, un golpe de mano que ex-termine a las familias
burguesas, ni mucho menos una medida administrativa en la que un jefecillo
dicta un decreto de “sociali-
generales
del modo capitalista de producción contra los atentados, tanto de los obreros
como de los capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera sea su
forma, es una máquina esencialmente capitalista, es el Estado de los
ca-pitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más
fuerzas productivas asuma en propiedad, tanto más se convertirá en capitalista
colectivo y tanto mayor can-tidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen
siendo obreros asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos de
abolirse con estas medidas, se agu-diza, llega al extremo, a la cúspide”.
Friedrich Engels, “Del socialismo utópico al socialismo científico”, en Obras
escogidas, op. cit.
101\
Michel Foucault, La vida de los hombres infames, Buenos Aires,
Caronte, 1996.
132
zación”; es un movimiento práctico, histórico, de
larga duración, en el que el trabajo va quebrando y erosionando, incluso mucho
antes del derrocamiento político de la burguesía, las relaciones de fuerza en
la economía, la política, la cultura y la técnica que sostienen al capital. Aún
más, se trata de un proceso económico-político-cultural, en el que el trabajo
va creando las nuevas dis-posiciones, las nuevas actitudes y capacidades para
modificar a su favor el control, la gestión de las condiciones materiales de
producción de la economía, la política y la cultura.
Este
proceso revolucionario es un proceso histórico de déca-das, que se inicia mucho
antes de la disputa abierta y nacional del monopolio de la violencia física y
simbólica del Estado;102 dis-puta
descarnada que, cuando se da, para no devenir otra fuerza productiva del
capitalismo, ha de verificarse como acumulación concentrada y explosiva de
múltiples experiencias previas de autonomía, de autogestión social, que
preparan al proletariado para tomar en sus manos colectivas la responsabilidad
del des-tino social.103 Revolución
que, de vencer, deberá seguir desple-gándose después en otros medios más
favorables y centralizados (el socialismo).
La
posibilidad social de este proceso, su devenir, es el proceso de construcción de
la clase proletaria.
102\
Pierre Bourdieu, Razones prácticas, Barcelona, Anagrama, 1997.
103\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit. En este mismo sentido, Marx declaró: “En lugar de la concepción
materialista del Manifiesto se promueve la idealista. En lugar
de las relaciones reales, que es lo esencial en la revolución, se pone la
voluntad. Mientras que nosotros les decimos a los obreros: tal vez os tocará
pasar aún por 15, 20, 50 años de guerra civil para cambiar las condiciones
actuales y capacitaros vosotros mismos para la dominación, ellos les dicen: tenemos
que conquistar ahora mismo el poder o podemos irnos a dormir”. Karl Marx,
“Intervención ante el Comité”, 15 de septiembre de 1850.
133
B.
La determinación del trabajo por el capital: la mercantilización
de la fuerza de trabajo. ¿Quiénes
son los proletarios hoy?
Primero: “La
clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar
trabajo”, es decir, se trata de trabajadores que no pueden vivir con lo que
ellos producen, que tienen que disponer de su potencialidad creadora (el
trabajo) para otros
Estamos
entonces ante trabajadores que ya no son partícipes de las estructuras de
autosuficiencia (comunidad, unidad domésti-ca), en la que los medios de vida
del trabajador y de su familia eran resultado directo, sin mediación de cambio,
de su propia laboriosidad. Ahora, el obrero está definido por que su trabajo ya
no se dirige a satisfacer sus propios requerimientos, sino que debe satisfacer
requerimientos externos, debe ser trabajo útil para otros distintos
a él. En los términos del primer capítulo de El capital, se trata
de un trabajador cuya capacidad, el trabajo, ha devenido “valor de
uso social”,104 en valor
de uso para-sí, y por tanto ya no es un simple valor de uso en-sí. Hay aquí un
pri-mer rasgo de universalidad del obrero moderno en cuanto a su laboriosidad,
que para devenir trabajo efectivo, tiene que tener utilidad social, tiene que
ser consumida por Otros, que no son sus productores. Este trabajador está
definido por su vínculo con el mundo, con necesidades exteriores cuyo límite
máximo son las necesidades del mundo. La capacidad de trabajo halla en el
régimen capitalista, aunque de manera abstracta y reprimida, el descubrimiento
de una potencialidad comunitaria que abarca a todos los seres humanos.
Sin
embargo, esta universalidad del valor de uso del trabajo del obrero moderno no
existe así abiertamente; se da bajo el dominio de la relación de valor, como
supeditación del valor de uso al valor
104\
Karl Marx, El capital, op. cit.
134
de cambio, esto es, como forma mercancía;105 la
universalidad de las capacidades aparece así como simple pretexto redomado por
el interés privado del lucro, de la ganancia empresarial.
Segundo:
“Estos obreros, obligados a venderse al detalle son una mercancía como
cualquier otro artículo comercial”106
La
capacidad de trabajo, definida en cuanto lo es para otros, el valor de uso
social del trabajo no puede realizarse abiertamente en su realidad genérica y
comunitaria; se halla constreñida, más aún, dominada, retorcida y oculta, por
el valor de cambio, por una medida cuantificable, abstracta y privada que se le
aparece como contraparte visible, pero castrante, en sus utilidades
con-suntivas; peor aún, como contraparte privada, que a manera de espejo
cóncavo deforma la realidad del valor de uso del trabajo y lo hace verse a sí
mismo, sentirse a sí mismo como mero coágulo de valor de cambio, como otra
mercancía que habita el mundo de las mercancías y se realiza en el cambio con
otras mercancías. Esta segunda característica del proletario lo muestra como un
trabajador que realiza su capacidad creadora, el trabajo, como mercancía, como
un bien intercambiable en el mercado y sujeto a sus reglas de intercambio. Mas
como la capacidad que posee el trabajador es su fuerza de trabajo, indisoluble
de su ser corpóreo, en tanto no se materializa, no se desdobla en trabajo
objetivado (trabajo pasado), lo que deviene mercancía no es el ser corpóreo
laboral, que sería la esclavitud, sino la capacidad laboral medida en el
tiempo. Esto supone dos cosas: la soberanía del trabaja-dor sobre su capacidad,
pues de otro modo no podría acceder al mercado como poseedor de un bien
ofertable, como lo hacen los otros concurrentes (los compradores de fuerza de
trabajo) y, simultáneamente, cuantificación mercantil de esta fuerza de
105\
Karl Marx, El capital, op. cit.; Bolívar Echeverría
Andrade, El discurso crítico de Marx, México, Era,
1989.
106\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 117.
135
trabajo, su medida en el tiempo en función de su
equiparación con el resto de fuerzas de trabajo concurrentes que regulan
in-conscientemente, y en complejas aproximaciones sucesivas, un promedio de
medida del valor de cambio del trabajo, un valor social de la fuerza de
trabajo.107
El
hecho de que el trabajo devenga trabajo asalariado, o lo que es lo mismo, que
la capacidad de trabajo aparezca como mercan-cía, es por tanto, un proceso de
parametrización del trabajo, de domesticación de sus potencialidades, de
mutilación de sus con-tenidos trascendentes, a fin de volverla una vulgar
mercancía y a su portador, un mercader. Puesto como un mercader, el trabaja-dor
tiene que “venderse al detalle”, tiene que entregarse a otros a cambio de un
monto de valor, porque ésa es la única manera en que ahora puede volver útil su
trabajo y reproducir la utilidad de ese trabajo. Esta última idea es decisiva
para comprender las múltiples formas de proletarización contemporánea.
La
primera condición de la obrerización es que su trabajo sea útil para otros que
no son el propio productor, lo que hace que el trabajo del obrero, en cuanto
contenido material de riqueza (valor de uso), adquiera un carácter universal.
Pero esta universalidad, para manifestarse, requiere tomar la forma de una
“objetividad espectral”108 cuantificable: el valor. Ésta es la
condición segunda que redondea y domina a la anterior. Sólo bajo esta medida
so-cial, y bajo una magnitud de esa medida (el valor de cambio) la utilidad en
sí del trabajo obrero se muestra como utilidad especí-ficamente social. Esto
parecería una transición lógica simple, sin embargo, presupone el
aprisionamiento en cuatro dimensiones de su existencia material:
a)
Que el trabajador pierda soberanía efectiva sobre el fruto de su trabajo. El
primer momento de esta enajenación es que el
107\
Karl Marx, El capital, op. cit.; Isaac Rubin, “Ensayos
sobre la teoría marxista del valor”, en Cuadernos de Pasado y Presente,
No. 53, 1977.
108\
Karl Marx, El capital, op. cit.; Jacques Derrida,
“Sobre la fantasmatización de la mercancía”, en Espectros de Marx, Madrid,
Trotta, 1995.
136
trabajador produzca algo, no como despliegue
generoso de sus capacidades, sino como sumisión a necesidades externas que
fijan el ámbito del trabajo útil por encima y en contra de la inclinación del
trabajador. Es el obrero a domicilio, el trabajo artesanal anti-guo y moderno,
y cierto tipo de cuentapropismo derivado de él. El segundo momento de la
enajenación vendrá cuando la obje-tivación del trabajo, material y
técnicamente, se presenta como no-propiedad, como objetividad extraña y
opuesta. Es el obrero industrialmente concentrado y organizado.
b) Que
el gasto de fuerza de trabajo pueda ser considerado en forma abstracta y luego
equiparable por un monto de valor, el equivalente a los medios de consumo para
reponer el esfuerzo desplegado. Lo primero es condición de lo segundo pues,
hasta el régimen del capital, la fuerza de trabajo en magnitud y habilidad era
equiparable sólo a sí misma (reciprocidad diferida en el tiem-po, en las
estructuras comunales), o al uso y posesión de ciertos bienes (tierras, monto
de la cosecha). Cuando se puede medir el trabajo concreto por un monto
indiferenciado de trabajo general, esto ha de permitir que el trabajo concreto
del trabajador quede subordinado al trabajo abstracto, que lo vuelve
cuantificable en función del trabajo social medio que requiere la elaboración
del producto por otras personas. Cuantificar el esfuerzo laboral en función del
esfuerzo social medio que requiere la elaboración de los productos generados
por el trabajador ha de permitir, a su vez, cuantificar el valor social de la
fuerza de trabajo, con lo que el obrero, de productor de mercancías, parece él
mismo mejor su capacidad laboral, como otra mercancía más. El círculo se cierra
en un entorno de socialización abstracta, que inicialmente emergió de una forma
de interpretar la laboriosidad, y que ahora aparece como fuerza extraña que la
domina, la guía y la define: estamos ante el movimiento de la enajenación plena
del trabajo.
c) Que
la utilidad del producto del trabajo se dé sólo y úni-camente en tanto genere
un valor excedente en alguno de los escalones del ordenamiento económico de la
sociedad donde desemboca el resultado del trabajo. Cuando la valorización es
expropiada directamente por el propietario y controlador de los
137
medios de producción que utiliza el trabajador,
estamos ante la organización empresarial característica del capitalismo. Cuando
la valorización se realiza para el empresario contratista que no controla ni el
uso ni la propiedad parcial de los medios de trabajo, estamos ante las diversas
formas de trabajo a domicilio, antiguas y modernas. Cuando la valorización,
para realizarse, debe pasar todavía por diversos escalones de mediación estamos
ante el arte-sano, campesino mercantilizado, cuentapropista o vendedor cuyo
trabajo, consumido por segmentos de consumidores populares, reduce el valor de
la fuerza de trabajo social disponible por el empresariado, o reduce
indirectamente los costos de realización del capital productivo y comercial.
Esto último dará lugar a for-mas de obrerización híbridas, en las
que habilidades domésticas, manufactureras, comunales, y en general fuerzas
productivas inventivas y asociativas no-capitalistas, en vez de disolverse, son
refuncionalizadas para la valorización del capital. Estos modos de subsunción
formal articulados a la subsunción real de los procesos de producción e
invención sociales por el capital son característicos de los inicios del
régimen capitalista, pero también en las últimas décadas, pues están siendo
utilizados por las estrategias neoliberales para erigir la nueva ola de
expansión de la acumulación del capital.
d)
En todos los casos, de una manera directa o indirecta, el trabajo ha de
comportarse no sólo como valor de uso que se inter-cambia por un monto de
valor, sino además como la fuente del valor cuyo consumo, en términos
generales, tiene explícitamente para el capital social la función de generar
más valor que el que retribuye y el de expropiarlo para sí.
Esta
valorización del capital puede suceder en unos casos a nivel individual, como
la que acontece con los asalariados de em-presa o, en otros, a nivel de la
sociedad en su conjunto, como lo que sucede con el trabajo campesino,
artesanal, familiar o “cuenta propia”, que sin valorizar a tal o cual
empresario privado, y sin mantener contratos de empleo con ningún burgués,
mercantili-zan su capacidad de trabajo y valorizan al capital social en cuanto
se sumergen en relaciones mercantiles (compra y venta de fuerza
138
de trabajo temporal, compra de productos
industriales, venta de productos propios, prestamos bancarios, etcétera).109 Y
como estas abigarradas formas extorsivas del consumo de la fuerza de trabajo
requieren que su utilidad esté bajo el mando general del capital, el trabajo,
como trabajo mercantilizado, es llevado a apa-recer como parte del capital,
como uno de sus momentos: como capital variable.110
La
capacidad de trabajo como capital variable del capital es una definición
estructural del obrero moderno, que ordena la función económica del trabajador
en la sociedad, pero también su función política y cultural. Ya sea que el
trabajador sea llevado a desempeñar el papel de capital variable para una
empresa par-ticular (el obrero asalariado) o para el capital social considerado
en su conjunto (el obrero híbrido sometido a abigarradas formas de
mercantilización de su fuerza de trabajo), su práctica econó-mica, su práctica
política y su práctica cultural están marcadas y dominadas desde el inicio por
la práctica económica, política y cultural del capital. Desde el inicio, y
hasta los momentos histó-ricos cíclicos de su autonegación como
obrero-de-capital, el tra-bajador es una criatura del capital, la “parte
variable”.
En
suma, la fusión jerarquizada de estos elementos constituti-vos de la
obrerización social y la variación al interior de ellas dan lugar a complejos
procesos de proletarización universalizante de la fuerza de trabajo moderna,
además de ser el hilo conductor para entender la erosión de la comunidad
agraria.
Ya
sea que los trabajadores sometidos a esas relaciones sociales vendan su fuerza
de trabajo como sustancia abstracta al empre-sario, o bajo la forma de
productos o de servicios, estamos ante múltiples formas de mercantilización del
consumo de la fuerza de trabajo:111 obreros de industria,
agroindustria y la minería for-
109\
Karl Marx, “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, en Obras escogidas en
tres to-mos. Tomo I, Progreso, Moscú, 1981; Armando Bartra, La
explotación del trabajo campesino por el capital, México, Macehual, 1979.
110\
Karl Marx, El capital, op. cit.
111\
Karl Marx, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, op.
cit. Véase también Immanuel Wallerstein, “La unidad doméstica y la
formación de la fuerza de
139
malmente contratados; obreros eventuales,
jornaleros a tiempo parcial, obreros subcontratados, obreros a domicilio;
científicos de empresas de investigación, analistas individuales que venden sus
conocimientos; obreros de la construcción, asalariados de empresas que venden
servicios, asalariados de la industria del transporte; asalariados de los
medios de comunicación, produc-tores individuales de los medios de información,
de la banca, del comercio; cooperativistas que emplean únicamente su capacidad
laboral, operarios de microempresas concentrados bajo relacio-nes de
parentesco; campesinos cuya producción es total o mayo-ritariamente mercantil;
pequeños comerciantes individuales que realizan las mercancías de empresas
capitalistas, productores-ven-dedores de vestimenta y alimentación en mercados
segmentados de la propia población trabajadora; recolectores de basura, etc.,
son distintas maneras de mercantilización de la fuerza de trabajo que dan lugar
a una caleidoscópica proletarización moderna de la fuerza de trabajo.
Los
cambios técnicos y productivos de las últimas décadas, lejos de desproletarizar
a la población, la están llevando a niveles extremos y mundializados; y esta
creciente variedad de estratos de hecho, lo único que hacen es validar aún más
el significado esencial del ser obrero: su fragmentación, su atomización, su
pulverización por y ante el capital, porque en ello radica precisa-
trabajo
en la economía-mundo capitalista”, en Étienne Balibar e Immanuel Wallerstein
(comps.), Raza, nación y clase, Madrid, Instituto de Estudios
Políti-cos para América Latina y África (iepala),
1988.
\
De los 3.000 millones de personas trabajadoras registradas en 1995, el 45,7%
tiene un empleo remunerado que le permite reproducirse “por
encima de los niveles de pobreza absoluta”; el 27% es catalogado en el autoempleo (aquí
se incluye a empleadores, trabajadores por cuenta propia, miembros de
coopera-tivas de producción y trabajadores familiares no remunerados). Estos
últimos, por lo general no están regidos por un contrato laboral y por tanto,
carecen de prestaciones sociales o un ingreso regular; el 23% son subempleados (la
Orga-nización de las Naciones Unidas [onu]
los define como “los trabajadores po-bres”, esto es, que aunque trabajan por
largas horas, la mayoría no percibe un salario suficiente para salir de la
pobreza, dado su bajo nivel de productividad); y el 4% se encuentra en el desempleo
abierto. Alicia Peña López, El proletariado hoy:
¿nostalgia o realidad?, México, s.e., 1998.
140
mente la posibilidad de una renovación sin límite
de la conversión del trabajo en trabajo asalariado, esto es, del trabajo en
valor de uso del capital.
Esta
fragmentación de la estructura material del trabajo cier-tamente rompe con esa
imagen de la fábrica fordista compuesta por un ejército obrero homogeneizado,
uniformizado y com-pacto. Esa fue una forma histórica temporal de la
obrerización en ramas decisivas de la economía, que ahora van disolviéndose
para dar paso a formas de obrerización más complejas, abigarra-das y
desconcentradas a través de la subcontratación, la “venta de servicios”,
etcétera.
Muchos
ideólogos liberales han visto en esta extinción del obrero clásico un argumento
de la secundarización de los obre-ros, y paradójicamente tienen como coro de
sus invenciones cier-to discurso pseudoizquierdista que anhela al obrero masa
de la gran empresa como forma definitiva y exclusiva de la constitución obrera.
Estos precursores de Francis Fukuyama, por su apego a congelar como “última
etapa” periodos transitorios del capital, la única creencia (ya ni siquiera
argumento) que pueden esgrimir frente al discurso liberal es que los
desocupados forman parte del contingente histórico de los obreros, cosa que es
cierta en par-te, pero sin ver que estos desocupados o sus familias, junto a la
inmensa masa de trabajadores que no están en la gran empresa industrial, en
cuanto trabajadores sujetos a distintas modalidades de supeditación del
capital, están dando lugar a nuevas rutas de obrerización de la fuerza de
trabajo y, con ello, a nuevas formas de construcción social
de clase, que por supuesto escapan a la com-prensión de estos pastores de
pequeñas sectas y a su manualesca conceptualización de clase, que en el fondo
no sirve para nada.
El
obrero social moderno tiene que ser buscado no sólo en la gran fábrica con los
asalariados de contrato fijo; se halla en las empresas subcontratistas, en las
microempresas, en el trabajo a domicilio que se mueve en torno a la lógica de
valorización defini-da por las primeras. Se halla en la construcción, en la
minería, en el transporte; en los medios de comunicación, en la aeronavegación,
141
en la producción de servicios; en los laboratorios
donde se inven-tan nuevos productos, en los basurales de las ciudades,
etcétera.
Se
puede decir que el mundo poco a poco se está convirtiendo en una gigantesca
factoría donde pueblos, comunidades, traba-jadores son arrojados a una
trituradora que intenta convertir a todos en fuerza de trabajo que valoriza el
capital, en obreros.112 De
ahí que lo afirmado en el Manifiesto respecto a que “toda la
sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos
grandes clases” sea hoy una evidencia que se desenvuelve frente a nuestros ojos
con una inusitada fuerza a es-cala planetaria en las últimas décadas.
Con
todo, no olvidemos que Marx está hablando aquí de una tendencia creciente, de
una fuerza histórica que apunta hacia allá, no de un hecho realizado. La
persistencia de estructuras co-munales, de formas de organización y trabajo
no-capitalistas o precapitalistas, no anulan esta fuerza mundial obrerizante;
pre-cisamente la muestran como una tendencia que tiene que remon-tar otras
fuerzas que apuntan a sentidos históricos distintos, no como una ley
ineluctable y por encima de la historia. Desde este punto de vista, el
congelamiento y refuncionalización parcial por el capital de capacidades
laborales no-mercantiles habla de las particulares maneras, en este caso
ambiguas, de la realización y de las fronteras transitorias de esta tendencia.
Pero además, el Manifiesto no sólo habla de la creciente
ampliación del “campo” obrerizado de la población mundial: habla de
un campo fragmen-tado, contradictorio, atravesado por una infinidad de murallas
112\
Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (oit):
“[…] el mundo pasa a ser un gigantesco bazar formado por naciones que ofrecen
su mano de obra en competencia unas con otras, proponiendo los precios más
bajos para conseguir el trato […]. Aun no expresándolo tan crudamente, se puede
decir que el incremento en la competencia internacional, que afecta a un número
creciente de trabajadores en todo el mundo, es considerada como la consecuencia
más problemática de [la] evolución [del mercado de trabajo planetario]. El
temor fundamental es que la intensificación de la competencia mundial ejerza
presiones hacia la baja de los salarios y de las normas del trabajo en todo el
mundo”. oit, El
empleo en el mundo 1996-97. Las políticas en la era de la
mundialización, Genève, oit,
1997.
142
que dividen brutalmente la unidad del campo de
clase y lo hacen aparecer como un campo disuelto. Todas las actuales ideologías
sobre la extinción de los obreros son la representación retórica de esta
transfiguración de la constitución material invisibilizante del trabajo obrero
por y para el capital. De ahí que:
Tercero: “Estos
obreros […] son una mercancía […] sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de
la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado”113
Al
adquirir el trabajo humano la estrecha forma social de mer-cancía, no sólo la
fuerza de trabajo asume un valor histórico para el capital (el de crear valor)
y un valor económico para el per-sonificador del capital (el empresario),
también asume un valor económico para el dueño de la fuerza de trabajo, que es
el propio trabajador. A diferencia de lo que sucede con el mundo de las
mercancías, la fuerza de trabajo es una mercancía cuyo propieta-rio es el
propio portador corpóreo de esa mercancía, el trabajador. Las vicisitudes del
mercado que tiene que soportar la mercancía “capacidad de trabajo”, la
competencia que tiene que vencer para realizar su venta exitosa; los regateos a
los que tiene que recurrir su propietario, como cualquier propietario de mercancías,
para lograr que “alguien” la consuma, es la competencia, el regateo entre
propietarios de similares mercancías que no son otros que los trabajadores.
La
fuerza de trabajo como mercancía supone entonces la con-frontación entre
obreros, la competencia para venderse mejor al patrón, las miserias y
servilismos ante el comprador para resultar más apetecible ante el contratante.
De ahí ese sinfín de estrate-gias de sumisión obrera ante los poderosos, de
fraccionamientos y enconos entre trabajadores en una fábrica, entre fábricas,
entre trabajadores de diversas ramas. Estas escisiones, que enfrentan a obrero
contra obrero, no son un problema de falta de lectura de
113\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 117.
143
una tesis política o una de esas recetas idealistas
que a diario se inventan las camarillas autotituladas vanguardias. Es un hecho
material fundamental del ser obrero, que sólo puede ser supe-rado a través de
otro hecho material también fundamental. La competencia y las vicisitudes del
mercado, que atraviesan el com-portamiento de los trabajadores, su conciencia,
sus disposiciones prácticas, no surgen de una fuerza externa al obrero que lo
ven-dría a arrastrar por los caminos de la ignorancia; la competencia entre sí,
el egoísmo respecto a los demás obreros y el servilismo ante el empresario son
el resultado material de su constitución como mercancía fuerza de trabajo, como
capital variable. En la propia constitución histórica como trabajo
para-el-capital, esto es, en el devenir material de trabajo en trabajo
asalariado, viene la incorporación implícita del ser mercancía, de confrontarse
con los otros mercaderes de fuerza de trabajo, con los otros obreros. La
fragmentación contemporánea de la fuerza de trabajo, su inca-pacidad de
estructurar formas de unificación a nivel de empresa, a nivel local, a escala
nacional y mundial, tan característica de es-tos tiempos neoliberales, muestra
abruptamente esta preponde-rancia del ser-mercancía de la fuerza de trabajo, de
hecho, es el fondo material y procesal de los discursos del desencantamiento
del mundo, del vaciamiento del sentido histórico de la historia.114
El
llamado neoliberalismo, en el fondo, es la brutal reactualiza-ción de este
proceso de pulverización de la unidad del trabajo, por tanto, de una nueva
división del trabajo y de una nueva estructura material de la realidad
histórica del trabajo, capaz de reflotar la identidad mercancía de su ser
social. Es por ello que el principal sostén de las modernas estrategias de
dominio del capital pasa por la desarticulación de la sociedad civil, por la
agresión a las formas de autoaglomeración que los trabajadores de distintos
rubros fue-
114\
Gianni Vattimo, El fin de la modernidad, Barcelona, Gedisa,
1990; Paul Feyera-bend, Adiós a la razón, Madrid, Tecnos,
1992; André Glucksmann, Los maestros pensadores, Barcelona,
Anagrama, 1977; Jean Baudrillard, El intercambio sim-bólico y la
muerte, Caracas, Monte Ávila, 1993; Alain Finkielkraut, La
derrota del pensamiento, Barcelona, Anagrama, 1987; Bolívar Echeverría
Andrade, Las ilusiones de la modernidad, México, unam,
1995.
144
ron creando durante décadas; por la proscripción de
los sindica-tos, por la deslegitimación de las estructuras de mediación
política plebeyas consagradas por el Estado de bienestar, por la perdida de
derechos públicos y laborales,115 etcétera. Pero ante todo, por
la inscripción de este disciplinamiento en las propias estructuras materiales
del proceso de trabajo social, en las nuevas formas de consumo de la fuerza de
trabajo y las nuevas tecnologías que han comenzado a recrear el trabajo, desde
el propio proceso de pro-ducción, con una nueva identidad económica, política y
cultural mercantilizada, atomizada, en descarnada competencia interna.
La
definición de obrero parte entonces de estas determina-ciones estructurales,
por el sencillo motivo de que quien define inicialmente al obrero es el
capital, el consumidor de su fuerza de trabajo. El valor de uso universal del
trabajo viene dado y mediado por su consumidor, que es el capital, y por ello
es él quien define las características materiales válidas, remarcables,
fundamentales de ese valor de uso, que no son otra cosa que esa fuente de
valor, que se venda como mercancía y que se comporte como mercancía, esto es,
que sea un objeto social fracturado y en frenética compe-tencia con las otras
mercancías. La cultura obrera levantada sobre esta determinación es la cultura
que ahora vemos predominar a escala nacional y mundial entre los obreros-del-capital.
El
obrero mercancía, el obrero “en tanto capital variable”116 es
el obrero para el capital, el obrero que existe para servir al capital. Dado
que el obrero es obrero porque oferta su fuerza de trabajo (como sustancia
abstracta o vertida en cosas), es obrero porque es mercancía y porque es
mercancía se contrapone a las otras mercancías que son a la vez obreros. La
competencia inter-obrera viene incorporada a la definición inicial del trabajo
asalariado, es parte de su materialidad histórica constitutiva, de su
ser-en-sí.
El
problema con la competencia entre trabajadores moder-nos, el miserabilismo
entre propietarios de la mercancía fuerza de trabajo, la cultura del regateo y
el servilismo ante el consumi-
115\ 琀oam
Chomsky, Lucha de clases, Barcelona, Crítica, 1997.
116\
Karl Marx, El capital, op. cit.
145
dor de esa mercancía (el capital) están arraigados
materialmen-te en la propia constitución social del obrero y como tal, marca
con igual huella indeleble sus comportamientos culturales, sus opciones
políticas. No es una cuestión de ignorancia respecto a las normas fijadas por
una tesis política o la falta de liderazgo lo que empuja al trabajador a estos
tipos de disposiciones mercan-tilizantes, enajenantes del trabajador. Se
comporta así porque así ha sido convocado por el capital, para poder existir como
trabajador; la sola aceptación de la mercantilización de la fuerza de trabajo
lleva implícita, con la fuerza de la materia social, este tipo de actitudes
contractuales, pues de otro modo se trataría de un trabajo que carecería de
utilidad para el capital y no sería un valor de uso social.
La
superación de esta definición estructural y parcial de la cla-se obrera no
pasa, como cree cierto idealismo radicalizado de las pequeñas sectas
pseudoizquierdistas, por un hecho meramente de ideas (el programa, la tesis,
etc.), sino que habrá de ser también un hecho de materialidad social que
modifique simultáneamente las condiciones de conciencia e idea, y las convierta
también en otra fuerza material de superación de la primera y básica
deter-minación material del obrero como mercancía.
Que
el obrero por definición estructural inicial y básica sea capital variable
significa que, en el campo de las clases sociales modernas, las posiciones de
la burguesía y el proletariado están marcadas por la iniciativa dominante de la
burguesía respecto al obrero. De ahí se desprende que la ubicación del ser
obrero es ya de entrada, por definición, una ubicación subordinada,
sub-alternizada por la ubicación, las posesiones y las posiciones de la
burguesía. Ser obrero es entrar desde el inicio a un campo estruc-turado en sus
funciones por el ser burgués. El obrero, desde que se ubica en este campo de
fuerzas como obrero, es un ser que ha aceptado incorporarse a ese campo a
partir de la curvatura y las normas que establece el empresario: ser mercancía,
ser fuente de valor, ser capital variable. El mundo entero como campo de clases
se mueve a partir de esta lógica inicial, que continuamente tiene
146
que ser reproducida, reafirmada para asegurar la
continuidad mundializada del capital.
El
obrero es, por tanto, de entrada, un ser definido por y pa-ra el capital; es el
trabajo que ha devenido trabajo para el capital y el conjunto de sus
comportamientos cotidianos estará guiado por esta determinación esencial. Una
mirada a la clase obrera contemporánea, en las distintas épocas históricas que
ha atra-vesado, muestra, más allá de las reminiscencias heroicas y como parte
unilateral pero presente de su historia, a un obrero permi-sivo con los
poderes, indulgente con las extorsiones padecidas, distante ante los suyos, en
predisposición de negociar el monto de sus sumisiones ante el capital.
Romper
esta determinación, curvar en otra dirección el cam-po de las clases, definir
de otra manera el trabajo por el propio trabajo, es un problema de construcción
para sí del trabajador, de la determinación de sí del trabajo frente a la
determinación para sí del capital: es el problema histórico-material de la
auto-determinación.
4.
La determinación del trabajo sobre sí mismo: la
autodeterminación social
El proletariado pasa por distintas etapas de
desarrollo […]. Al principio la lucha es entablada por obreros aislados,
después por los obreros de una misma fábrica, más tarde por los obreros del
mismo oficio […] las colisiones entre el obrero individual y el burgués
individual adquieren más y más el carácter de colisiones entre dos clases. Los
obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses, y actúan en común
para la defensa de sus salarios. Llegan hasta formar asociaciones permanentes
para asegurarse los medios necesarios, en previsión de estos choques
eventuales.
Aquí y allá la lucha estalla en sublevación […]
147
A veces los obreros triunfan; pero es un triunfo
efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la
unión cada vez más
extensa de los obreros. Y basta ese contacto para
que las numerosas luchas locales, que en todas partes revisten el mismo
carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas
toda lucha de clases es una lucha política […]. Esta organización del
proletariado en clase, y por tanto en partido político, vuelve sin cesar a ser
socavada por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge, y siempre
más fuerte […]
Karl
Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, pp.
118-119
He
citado este extenso párrafo porque en él está resumida la con-cepción de Marx
sobre la constitución del obrero en clase y del “partido político”, que a pesar
de los años, se muestra tan actual y vigorosa ante nosotros.
El
primer momento de la constitución estructural del obrero está definido por la
iniciativa del capital frente al trabajo. Es el capital quien convierte el
trabajo en trabajo mercantilizado, la capacidad de trabajo en capital variable.
Hasta aquí el obrero aparece como una criatura del capital, aunque es el
trabajo el que crea al capital. Estamos ante el fetichismo de la conciencia
obre-ra que se presenta como conciencia subordinada, dependiente y tributaria
de la conciencia alevosa del capital. Incluso la pro-pia aglomeración del
trabajo en los centros laborales se presenta como una organización del trabajo
para el capital: él es quien los convoca, los agrupa, los ordena en funciones
específicas, los vigila. Es la “fuerza de masa” del trabajo, convertida en
fuerza del capital, que acrecienta los montos de ganancia empresarial. Hasta
aquí, la identidad obrera y su unidad son una identidad y una
unidad creadas por el capital para sus fines. De no suceder otras
circunstancias, el obrero desarrollará su vida de esta manera
148
y habrá sido totalizado como fuerza productiva del
capital, que habrá construido una hegemonía histórica sobre los trabajadores.
Sin
embargo, sobre estas condiciones materiales de realidad del obrero moderno,
existe otra posibilidad material: que el obre-ro vaya rompiendo estas cadenas
escalonadas de sumisión; prime-ro individualmente frente al patrón, al
capitalista individual, lo cual supone la erosión de la complacencia con los
miedos inter-nos, el hastío del abuso, la recuperación de una dignidad huma-na
enterrada detrás de la docilidad regateada. Éste es el inicio de una serie
escalonada de rupturas con el antiguo ser, por tanto de antagonismos con las
disposiciones del capital, que estará dando inicio a la constitución
del obrero en clase por afirmación propia.
Esto
llevará inmediatamente a plantearse la necesidad de de-jarse de ver a sí mismo
como una vulgar mercancía o un mercader y por tanto, a la necesidad de tener
que entablar la relación con otros trabajadores, ya no como competidores, sino
como asocia-dos. De darse esas circunstancias y no ser derrumbada esta
interu-nificación parcial del trabajo, surgirán coaliciones permanentes para
obtener sus objetivos. En caso de que estas asociaciones lo-cales únicamente
reivindiquen para sí los montos de retribución por la venta de su mercancía, se
habrá superado parcialmente la competencia entre obreros de una fábrica o rama,
pero para retomarla a nivel de obreros de varias ramas o regiones; en vez del
sujeto mercader individual presentado por un solo indivi-duo, tendremos un
sujeto mercader presentado por una entidad colectiva, que simplemente
manifiesta la competencia obrera a un nivel de estructuras corporativas más
grandes; pero el fondo mercantil será el mismo.
Con
todo, este nivel de unidad parcial representará un desa-rrollo de la
confrontación del trabajo con el capital, que podrá engendrar una mayor
comprensión práctica de los frutos de su unidad que, de no quedar enajenada
como unidad refuncionali-zada por el capital, como sucede en la mayoría de los
casos, po-drá dar lugar a luchas más enconadas, a rebeliones y triunfos que,
por su parcialidad restringida a una rama o localidad, tendrán la
contrafinalidad de intensificar las condiciones de opresión obre-
149
ra, en otras ramas menos organizadas, con lo que
nuevamente se acentuará la competencia obrera que conspirará contra los brotes
de unidad local existentes.
Pero
también hay otra posibilidad: que estas luchas locales aumenten y en algún
momento se interunifiquen en una lucha nacional, esto es, en una lucha que
dispute el sentido de totalidad orgánica primaria del capital,117 el
espacio de dominio, de man-do, de dirección de la vida social; la lucha de
clases habrá toma-do la forma de una lucha política general, en la que se
pondrán en discusión las relaciones de poder social y cuyo resultado, de
continuar este proceso de acumulación, dependerá de las corre-laciones de
fuerzas económicas, políticas, culturales y militares forjadas en los años y
décadas anteriores, convergentes ahora en un mismo instante definitorio: la
sublevación.
Sin
embargo, las cosas también podrían tomar otro rumbo: esta autoformación del
proletariado en clase no necesariamente desembocará en esta confrontación con
el capital, pues ella, la unidad proletaria, con la misma fuerza con que nació,
“vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre los propios obreros”,
con lo que todo lo conseguido “se desvanece en el ai-re” y obliga a los obreros
a refundar su unidad sobre las ruinas de la anterior. Y aunque no fuera así, y
estas luchas convertidas en sublevaciones triunfaran, no aseguran por ese
simple hecho la victoria de la causa obrera: pueden ser ellas mismas fuerzas
productivas políticas del capital, que en vez de superar su lógica, la
generalicen a todo el país, como lo que sucedió en la urss.
En este caso, como ya lo previno Marx en su tiempo, la revolución proletaria
habrá sido una simple revolución política, que habrá ayudado a instaurar el
dominio social general de la burguesía.118
117\
Sobre la nación concebida a partir de la forma valor, véanse Bolívar Echeverría
Andrade, “La ‘forma natural’ de la reproducción social”, en Cuadernos
Políticos, No. 84, 1984; René Zavaleta, “El mundo del temible Willka”,
en Lo nacional-popular en Bolivia, México, Siglo XXI, 1986; Álvaro
García Linera, Forma valor y forma comunidad, op. cit.
118\
“Aunque el proletariado derroque la dominación política de la burguesía, su
triunfo sólo será transitorio, simple momento en el proceso de la revolución
150
No hay por tanto, ni camino ineluctable hacia la
victoria re-volucionaria, ni ascenso gradual e históricamente ascendente del
obrero al pedestal de clase organizada. Éste ha sido uno de los nefastos mitos
idealistas del pseudoizquierdismo, preso de un me-canismo linealista que
sustituyó el devenir histórico contingente de las luchas sociales por un curso
preconcebido en las cabezas afiebradas de los profetas.
La
construcción del obrero en clase revolucionaria es un pro-ceso histórico de
autoconstrucción de los obreros como entidad y unidad, por encima de la
definición que de ellos ha hecho el capital. Aunque tiene que partir del
patético ser en que el capital lo ha convertido, pues ahí están asentadas las
condiciones mate-riales de posibilidad de lo que será, el trabajador tiene que
tra-bajar sobre sí mismo, tiene que moldearse en función de lo que desea ser,
derrumbando las prescripciones de su ser establecido por los otros que lo
dominan y lo han deformado. Aquí, liber-tad y necesidad se fusionan, pues, por
un lado, la construcción de la clase obrera por los propios obreros es la
producción de un sujeto autónomo, de un sujeto que se
define a sí mismo como co-lectividad, que elige, opta en la formación de su
horizonte his-tórico. En estas condiciones, la libertad obrera es el proceso de
su liberación del ser-obrero-del-capital, y que por tanto deja de ser obrero para
afirmarse como trabajador libremente asociado. Por otro lado, esta
autoconstrucción obrera para sí parte de los condicionamientos materiales de la
realidad obrera hecha por el capital (en-sí); su campo de posibilidades está
marcado por lo que, abierta y potencialmente, ha moldeado el capital sobre el
cuerpo del trabajador. Cualquier cosa que haga el obrero, incluso el negarse
colectivamente como obrero, lo hará a partir y sobre la base de su ser obrero,
de las necesidades sociales despertadas
burguesa
misma y servirá a su causa, cuyo desarrollo ulterior favorecerá, como sucedió
en 1794 y sucederá aún, mientras el curso, es decir, el “movimiento” de la
historia no elabore los factores materiales que crean la necesidad de poner
término a los métodos de producción capitalistas y, en consecuencia, a la
do-minación política de la burguesía”. Karl Marx, La crítica
moralizante y la moral crítica, México, Domes, 1982.
151
por ése, su ser mutilado, y de las potencialidades
contenidas y constreñidas por su ser obrero para el capital.
La
autoconstrucción de la clase obrera es simultáneamente el proceso de autodisolución de
la propia clase, pues la clase obrera existe únicamente como clase dominada,
extorsionada y desuni-ficada. La unificación entre obreros a escala general, la
rebelión contra la explotación y la insumisión a las relaciones de dominio que
caracterizan a la autoafirmación del obrero es, simultánea-mente, la negación
de su ser dominado; esto es, de su ser obrero para el capital. Es por eso que
Marx afirma que la clase obrera sólo puede liberarse aboliendo la propia
estructuración de la so-ciedad en clases (“Todo modo de expropiación existente
hasta nuestros días”).119 Pero la negación proletaria de su ser
obrero-para-el capital es afirmación positiva del ser comunitario negada por el
capital. El proletariado niega en el proceso revolucionario una negación, y así
produce positivamente su autodeterminación.
La
“clase revolucionaria” en Marx es el concepto que per-mite sintetizar esta
contradicción procesal de la producción de autodeterminación proletaria: el
obrero se construye como clase para sí, pero para comenzar a disolverse en
tanto clase, ya que su ubicación en esta categoría es su aceptación de la
dominación. Luchar contra la dominación es hacerlo contra su situación de
clase; pero sólo puede derrotar su situación de dominada disol-viéndose como
tal. La clase revolucionaria es, por tanto, el pro-ceso histórico de luchas
colectivas de la clase obrera para dejar de ser clase obrera, esto es, clase
dominada y explotada, y emer-ger en un largo proceso histórico ya no como
clase, lo que, por su función de trabajador, es el eufemismo que toma su
domina-ción. La perspectiva revolucionaria del proletariado, en caso de
construirse, no es el ser clase, ni siquiera clase dominante, sino extinguirse
como tal, extinguiendo la dominación de clases. La emancipación obrera, a
diferencia de todas las revoluciones pa-
119\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 121.
152
sadas, no tiene por objetivo instaurar otro dominio
estructural de clase, sino superar las relaciones de clase.120
Sólo
este horizonte del comunismo vuelve inteligible y otor-ga sentido a los pasos
intermedios u “objetivos inmediatos”, que pueden permitir su obtención, como
“la constitución del pro-letariado en clase dominante”;121 la
detención del movimiento revolucionario en cualquier etapa intermedia, esto es,
que el co-munismo no haya superado por completo al capitalismo y conviva con él
o lo promueva como parte subsidiaria (la revolución por etapas o la revolución
permanente), sólo puede provocar que el capital vuelva a devorar al trabajo, y
las fuerzas del comunismo se enajenen como fuerzas del capitalismo.
En
cualquiera de sus momentos de autoemancipación, desde la resistencia desplegada
por el obrero individual, hasta la con-versión del proletariado en clase
dominante, el ser obrero-para-el capital y el ser obrero-para-sí-mismo, se
hallan presentes estados de flujo candente y jerarquizado uno junto al otro, de
manera indisoluble. A cada momento del ser mercancía, está la posibi-lidad
material de un lento o rápido proceso de formación de la autonomía obrera
frente al capital y de su extensión; a cada paso del avance de la
autounificación del obrero como clase revolucio-
120\
Ante la pregunta de Mijaíl Bakunin sobre “qué quiere decir esto del
proletariado organizado como clase dominante”, Marx responde: “Es decir que el
proletaria-do en vez de luchar aparte contra las clases económicamente
privilegiadas, ha adquirido la fuerza y la organización suficientes para
emplear medios generales de coacción en la lucha contra ellas; pero sólo puede
emplear medios económi-cos que correspondan a su propio carácter de asalariado,
aboliéndolo, por tanto, como clase; con su victoria total se termina también,
por tanto, su dominación, porque desaparece su carácter de clase”. Karl Marx y
Friedrich Engels, “Re-sumen del libro de Bakunin Estatalidad y anarquía”,
en Obras fundamentales.
Tomo
17, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.
\
Respecto a la Comuna de París, Marx escribe: “La comuna no suprime las luchas
de clases, por medio de las cuales la clase obrera se esfuerza por abolir todas
las clases, y por eso toda dominación de clase, pero la Comuna crea el ambiente
racional dentro del cual esa lucha de clases puede recorrer sus diferentes
fases de manera más racional y humana […]. Ella da comienzo a la emancipación
del trabajo”. Karl Marx, Borrador de la guerra civil en Francia, Pekín,
Lenguas Ex-tranjeras, 1978.
121\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
153
naria está la posibilidad material dominante de la
competencia y la desintegración de esa unidad por fuerza del capital; la
historia contemporánea del capitalismo no es otra cosa que el curso his-tórico
contradictorio, de ida y vuelta incesante de este fluir con-densado de fuerzas
sociales llamadas clases sociales. Si el capital avanza, crea máquinas, y
modifica la naturaleza para sus fines, es porque necesita mediante ello crear
condiciones de la sumisión del trabajo obrero, que sobre esos hechos encuentra,
a la larga, las maneras de inventar, de renovar o de reproducir las maneras de
su autounificación frente al capital; que de no extenderse a escala nacional y
luego mundial, volverán a ser trituradas por el capital, por sus modificaciones
organizativas y tecnológicas, en un proceso ininterrumpido que sólo podrá
finalizar con la extinción plena del capitalismo y de las relaciones de clase
que lo sostienen.
Esto
significa que no hay adquisiciones obreras de historia, de conciencia, de
organización perennes y definitivas; cada una de ellas es un fruto histórico
contradictorio que ha nacido de una correlación de fuerzas antagónicas
específicas, ella misma es sín-tesis de esa tensión de fuerzas contradictorias
y ha de disolverse nuevamente en ellas, para luego dar paso a otras
cristalizaciones o solidificaciones temporales que se disolverán ante el
caldero de lava de las relaciones de clase. Detrás de cada avance
autoorga-nizativo del trabajo acecha el capital, que utilizará todos sus
me-dios económicos, políticos y culturales para diluir esa conquista laboral o
para retorcerla y darle otros fines. El gremio, las coope-rativas, las cajas,
los sindicatos, los partidos, todos llevan en sus entrañas y su desarrollo esta
doble naturaleza contradictoria de la relación de clases; ninguna creación,
ninguna invención, nin-guna teoría, ninguna institución de los dominados escapa
a este potencial designio fatal de devenir su contrario; es por eso
preci-samente que las clases dominadas son dominadas.122
122\
Göran Therborn, ¿Cómo domina la clase dominante?, México,
Siglo XXI, 1990; Barrington Moore, La injusticia: bases sociales de la
obediencia y la rebelión, México, unam,
1996, y Biaggio de Giovanni, La teoría política de las clases en El
capital, México, Siglo XXI, 1984.
154
Lo único revolucionario es el movimiento histórico
de la re-volución, el proceso histórico de la revolucionarización de las
relaciones de poder social, que se inicia desde que el capital pone pie en la
producción y que terminará, si es que lo hace, cuando el capital como relación
social sea un arcaísmo del pasado. La revolución comunista es, pues, un proceso
que se inicia con el capitalismo, que atraviesa distintas etapas de
intensificación, de retrocesos, de pequeñas victorias y descomunales derrotas que
relanzan las nuevas condiciones de posibles victorias más extendi-das y que, en
caso de finalizar, lo hará en el comunismo, si es que éste logra realizarse. A
esto Marx lo llama “movimiento histórico que se está desarrollando ante
nuestros ojos”.123
La
revolución social no es un Putsch de vanguardias arriesgadas,124 no
es un golpe de Estado que derroca a los malos funcionarios del poder estatal
por otros más abnegados, com-prometidos o letrados en el “programa”; es un
largo proceso de autodeterminación social, económica, política y cultural que,
iniciándose en cada centro laboral, en varias regiones y países de manera
aislada, es capaz de interunificar materialmente prácticas, actitudes y hechos
para crear un sentido de totalización práctica del trabajo que totalice, que
supere positivamente la totalización
123\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit.
124\
“Los conspiradores no se limitan a organizar de modo sistemático al
proleta-riado revolucionario. Su tarea consiste precisamente en anticiparse al
proceso de desarrollo revolucionario, en conducirlo artificialmente hasta la
crisis, en improvisar una revolución sin que estén dadas las condiciones para
ella. Según ellos, la única condición para la revolución es que su complot esté
organizado de manera suficiente. Alquimistas de la revolución, comparten el
desorden men-tal, la estrechez de espíritu y las ideas fijas de los antiguos
alquimistas. Traman inventos que les permitirán lograr milagros
revolucionarios: bombas incendia-rias, máquinas infernales de efecto mágico,
motines de efecto tanto más fulmi-nante cuanto menos racional sea su
fundamento. Ocupados en imaginar esos proyectos, sólo piensan en derrocar de
modo inmediato el gobierno existente, mientras guardan el más profundo
desprecio hacia la educación propiamente teórica de los obreros […]. Para la
revolución moderna es insuficiente ya esa parte del proletariado; sólo
el proletariado en su conjunto puede realizar la revo-lución”. Karl Marx,
“Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, en Neue Rheinische
Zeitung. Politisch-ökonomische Revue. Politisch-ökonomische Revue, No.
1, 2, 3 y 5-6, 1850.
155
del capital. Es, pues, un hecho de masas, de sus
comportamien-tos, de sus creencias, de sus acciones, de sus creaciones, de sus
sueños, de sus objetivaciones materiales que, en su unificación, son capaces de
producir, tanto una nueva relación de poder a es-cala nacional
primero (“elevarse a la condición de clase nacional” dice el Manifiesto
comunista),125 y
luego mundial (porque el capi-tal es una relación mundial), como una nueva
forma de ejercicio no disciplinario del poder,126 que
permita que el hecho factual de masa se presente a sí mismo sin
intermediación re-presentable, que ha sido precisamente la técnica para
escamotear y enajenar el rol de la fuerza colectiva.
La
constitución de la clase revolucionaria es, entonces, desde todo punto de
vista, un hecho material de clase imposible de ser suplantado por la pericia de
las vanguardias, la mística de un pu-ñado de militantes o la escritura
prolífica de algún bienpensante. La constitución de la clase revolucionaria es
un hecho histórico que compete a la experiencia histórica de la propia clase,
de la multitud abigarrada que valoriza al capital. A este movimiento material
de autoconstrucción, que es un proceso de autodetermi-nación general del
trabajo frente al capital, Marx lo llama partido político
de la clase.
Lo
que para Marx es el partido revolucionario de la clase, no es otra cosa que el
proceso social de autoconstrucción obrera de su autonomía frente al capital, lo
que tiene dos implicancias histórico-generales. En primer lugar, que es un
proceso que com-pete a los trabajadores en su conjunto, en su totalidad y en su
vida cotidiana, en un centro de trabajo, en una zona, en el país y en el mundo.
En segundo lugar, que no puede ser sustituido por la abnegada militancia, la
astucia teórica o la radicalidad de unos adeptos de algún profeta de secta: o
el partido es un producto del movimiento de autoemancipación material del
trabajo, o no
125\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 127.
126\
Michel Foucault, Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1985.
156
es más que una farsa de un puñado de impostores que
hablan en nombre de los trabajadores.
En
la medida en que el capital es una realidad social y mate-rial que enajena el
trabajo, y el comunismo no es otra cosa que el “movimiento real que anula y
supera el estado de cosas actual”,127 la
superación de esa realidad no puede ser más que un hecho igualmente social y
material, que involucra a las clases trabaja-doras en su conjunto, a su
actividad práctica colectiva. El parti-do es entonces el largo movimiento de
constitución histórica de la masa proletaria en sujeto conductor de su destino,
a través de la elaboración de múltiples y masivas formas prácticas, capaces de
producir una realidad diferente a la establecida por el capi-tal. El partido,
en tal sentido, es un hecho material de masa, no de sectas ni
vanguardias; es un movimiento de acciones prácticas, no simplemente de
adquisiciones teóricas, es lucha de clases de la propia clase obrera, no un
programa o “ideal al cual sujetar la realidad”.128
Es
en este contexto que debe entenderse también aquella afirmación del Manifiesto que
sostiene que “de todas las clases que hoy se enfrentan contra la burguesía,
sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria”.129 Marx
y Engels no están afirmando que sólo es el proletariado quien se enfrenta a la
burguesía, ni que el proletariado es por excelencia revolucio-nario. En el
primer caso, el propio Manifiesto habla de la posible acción
revolucionaria de una parte de lo que él llama estamentos medios,130 y
en los años posteriores, en su encuentro con las for-maciones sociales de
Rusia, Asia, América, estudiará el potencial revolucionario y comunista de
estructuras comunales coetáneas al régimen capitalista.131 En
el segundo, la definición del obrero
127\
Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, op.
cit.
128\ Ibíd.
129\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit. 130\ Ibíd. Véase
también Karl Marx, “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, op. cit.
131\
“Otra circunstancia favorable a la conservación de la comuna rusa (por la vía
del desarrollo) es que no sólo es contemporánea de la producción capitalista
sino que
157
como capital variable, como mercancía, anula
cualquier posibi-lidad de deificar al proletariado como el ser revolucionario
por antonomasia.132
Dado
que lo que de entrada define al obrero es su ser mer-cancía para el capital, la
posición revolucionaria no puede venir por su definición estructural, que
precisamente la descarta; por el contrario, el ser revolucionario es el proceso
de negación de ese ser impuesto por el capital, la negación colectiva de ese
ser obrero. Es por eso que el Manifiesto, al afirmar el carácter
revolucionario del proletariado, condiciona esta posición a la lucha,
al enfrenta-miento contra la burguesía. No es lo revolucionario lo que prece-de
a la lucha, sino a la inversa, la lucha contra el capital, que es un hecho de
contingencia histórica, una elección, es lo que convier-te al obrero en
proletario revolucionario. Lo revolucionario no es entonces una esencia
trascendente depositada en los obreros esperando realizarse en algún momento.
Esto sería suplantar la historia por una metafísica de la sustancia
transhistórica. Lo re-volucionario es una posición social que debe ser
conquistada en el terreno mismo de la práctica cotidiana de la lucha, que no
sólo nunca es completa, sino que además no se mantiene por inercia; para darse
en el porvenir tiene que producírsela nuevamente,
ha
sobrevivido además a la época en que el sistema social se presentaba todavía
intacto y que en cambio lo halla, en Europa Occidental como en Estados Uni-dos,
en lucha tanto contra la ciencia como contra las masas populares […]. Lo halla,
en una palabra, en una crisis que sólo terminará con su eliminación, con la
vuelta de las sociedades modernas al tipo ‘arcaico’ de la propiedad común,
forma donde —como dice un autor norteamericano, nada sospechoso de tendencias
revolucionarias, apoyado en sus trabajos por el gobierno de Washington— el
‘sistema nuevo’ al que tiende la sociedad moderna, será ‘un renacimiento en una
forma superior de un tipo social arcaico’. Luego no hay que asustarse demasiado
de la palabra arcaico”. Karl Marx, “Carta a Vera Zasúlich”, en “El porvenir de
la comuna rural rusa”, en Cuadernos de Pasado y Presente,
No. 90, 1980.
132\
Refiriéndose a esos miembros de la Liga de los comunistas que les dicen a los
obreros, como nuestros pseudoizquierdistas de atrio, que “debemos ahora mismo
alcanzar el poder o irnos a dormir”, Marx los critica: “A semejanza de los
demó-cratas, que convierten la palabra pueblo en un fetiche, vosotros habéis
hecho un fetiche de la palabra proletariado. A semejanza de los demócratas,
vosotros sustituís también el desarrollo revolucionario por frases sobre la
revolución”. Karl Marx, 15 de septiembre de 1850, en “Mayo a octubre de
1850”, op. cit.
158
pues siempre estará siendo socavada por la propia
competencia renovada entre obreros; y ello mientras se mantengan en pie las
relaciones del valor como medida del trabajo social.133
Para
Marx, lo “verdaderamente revolucionario” no es el obre-ro como tal, sino el
obrero en lucha contra el capital, y es eso justamente lo que Marx toma en
cuenta cuando, por ejemplo, en diciembre de 1849, al referirse a las masas
obreras de Francia y Alemania, señala que “tal vez sean revolucionarias de
palabra, pero no lo son evidentemente en los hechos”;134 o
cuando se re-fiere al aburguesamiento del proletariado francés a partir de la
reacción y la prosperidad imperante;135 o
cuando comenta sobre el “servil espíritu” del obrero inglés.136
133\
Sobre las condiciones de superación del régimen del valor, véanse Karl Marx,
“Crítica al Programa de Gotha”, en Obras escogidas. Tomo
III, op. cit.; “Notas marginales al ‘Tratado de economía política’
de A. Wagner”(1880), en Cuadernos de Pasado y Presente,
No. 97, 1982; “Contradicción entre la base de la produc-ción burguesa (medida
del valor) y el desarrollo de ésta”, en Grundrisse, op.
cit.
134\
Karl Marx, “Carta a Weydemayer”, 19 de diciembre de 1849, en meof.
Tomo 4, p. 455.
135\
Karl Marx, “Carta a Engels”, 24 de diciembre de 1852.
136\
Karl Marx, “Carta a Engels”, 17 de diciembre de 1862. Al comentar la
tergiver-sación que sobre ese párrafo del Manifiesto hace F.
Lassalle, señala: “...desde este punto de vista es también absurdo que frente a
la clase obrera (las otras clases) ‘no forman más que una masa reaccionaria’,
juntamente con la burgue-sía, y, además, —por si eso fuera poco—, con los
señores feudales. ¿Es que en las últimas elecciones se ha gritado a los
artesanos, a los pequeños industriales y a los campesinos: frente a nosotros,
no formáis, juntamente con los burgueses y los señores feudales, más que una
masa reaccionaria?”. Karl Marx, “Glosas marginales al programa del partido
obrero alemán”, en Obras escogidas. Tomo II, op. cit.
\ 琀gualmente,
Engels es contundente al respecto: “En primer lugar se acepta la frase
altisonante pero históricamente falsa de Lassalle: respecto de la clase
obre-ra, las demás clases no son sino una masa reaccionaria. Esta afirmación
sólo es verdadera en casos particulares y excepcionales: por
ejemplo, en una revolución proletaria como la Comuna o en un país en que el
Estado y la sociedad no sólo hayan sido moldeados por la burguesía a su imagen
y semejanza, sino en que la pequeña burguesía democrática haya hecho lo mismo
llevando a cabo esta re-fundición hasta sus últimas consecuencias”. Friedrich
Engels, “Carta a Bebel”, 18-28 de marzo de 1875.
\ Sobre
la posición de Marx respecto a la actuación revolucionaria de los traba-
159
En el Manifiesto, el partido es una
acción histórica prolongada que reclama materialmente a toda la clase, a todas
sus actitudes, a todas sus acciones, a todas sus percepciones, a todas sus
capa-cidades creativas por dos motivos evidentes: porque la domina-ción del
capital es una realidad material totalizadora de la vida, que sólo puede ser
remontada también por realidades materia-les que retotalizan la vida del
trabajo en función de sus propios designios; y porque la conformación de las
clases no es fruto de una enunciación, aunque ello contribuya; es un resultado
prác-tico, que atraviesa todos los espacios de la vida social. De ahí que el
concepto fuerte de partido en Marx no puede reducirse ni a la acción de una
abnegada elite esclarecida que forma su red de clientela política o devotos, ni
a una adquisición de conciencia, de cultura “inyectada” a esa clientela, para
que al fin sepan lo que tienen que hacer.137
Esta
manera falseada de entender y practicar el “partido mar-xista”, que en el
último siglo ha sido cómplice de las derrotas revolucionarias en el mundo, en
el fondo es una renovación del discurso liberal e idealista bajo el disfraz
deformado de un su-puesto “marxismo”.138
Del
liberalismo, porque pretende que una ruidosa elite de adeptos a algún manojo de
“principios inventados por algún re-formador del mundo” sea la que suplante a
la clase, a su proceso material de autoconstrucción política y cultural. Estos
“represen-
jadores
del campo frente al capital, véase Álvaro García Linera, De demonios escondidos
y momentos de revolución, La Paz, Ofensiva Roja, 1991.
137\
“Durante casi cuarenta años hemos insistido en que la lucha de clases es la
fuerza motriz esencial de la historia, y en particular en que la lucha de
clases entre la burguesía y el proletariado es la máxima palanca de la
revolución social moderna; por ello no es posible colaborar con gentes que
desean desterrar del movimiento esta lucha de clases. Cuando se constituyó la
Internacional formulamos expresa-mente el grito de combate: la emancipación de
la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por ello no podemos
colaborar con personas que dicen que los obreros son demasiado incultos para
emanciparse por su cuenta y que deben ser liberados desde arriba por los
burgueses y pequeñoburgueses filán-tropos”. Karl Marx y Friedrich Engels,
“Circular a Bebel, Liebknecht, Bracke y otros”, septiembre de 1879.
138\ 琀mmanuel
Wallerstein, Después del liberalismo, México, Siglo XXI, 1996.
160
tantes” del proletariado, que ejercen un efecto
ventrílocuo respec-to a la auténtica voz multiforme del proletariado, se
asignan un papel similar al de los ideólogos del liberalismo, que consiste en
elaborar técnicas políticas de suplantación de la voluntad general, por el
mando de unos “representantes” que pueden ser parlamen-tarios, burócratas
virtuosos, o, en este caso, unas pseudovanguar-dias letradas. En todos los
casos, el efecto es el mismo: mantener la acción política, esto es, la gestión
de los asuntos comunes de la sociedad, como patrimonio privado de unos
“especialistas” del mando, del poder social.
Pero,
además, se trata de un liberalismo enroscado en un idealismo filosófico de poca
monta, en cuanto reduce, además, el problema de la construcción del partido a
un asunto de ideas, discurso, tesis y programas, como si la dominación del
capital fuera simplemente una cuestión de tesis, discursos o mala con-ciencia.
Escribe Marx en La sagrada familia:
Según
la crítica crítica, todo el mal (que padecen los obreros) ra-dica
exclusivamente en cómo “piensan” los obreros […]. Pero estos obreros de masas,
comunistas, que trabajan, por ejemplo, en los talleres de Manchester y Lyon, no
creen que puedan eliminar mediante el “pensamiento puro” a sus amos
industriales y su pro-pia humillación práctica. Se dan cuenta muy dolorosamente
de la propia diferencia que existe entre el ser y el pensar, entre la
con-ciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el dinero, el
trabajo asalariado, etc., no son precisamente quimeras ideales de sus cerebros,
sino creaciones muy prácticas y muy materiales de su autoenajenación, que sólo
podrán ser superadas, asimismo, de un modo práctico y material.139
El
capital, como relación social, es un hecho material que involucra a todas las
clases trabajadoras; el proceso histórico de supresión de esta relación de
subordinación, esto es, la construc-
139\
Karl Marx y Friedrich Engels, La sagrada familia, México, Grijalbo,
1967, p. 118.
161
ción de la clase, es también un proceso material
que compete a toda la clase. De hecho, Marx llama partido precisamente a la
“construcción del proletariado en clase”,140 que
no es otra cosa que un proceso de materialidad social, en la cual el trabajador
comienza a producir una nueva significación social al valor de uso de su
trabajo, al valor de uso de su unidad, al valor de uso de su creatividad, en
síntesis, a la objetividad material de la clase. Las ideas juegan ciertamente
un papel destacado en todo ello, pues son la “parte ideal de lo material
social”,141 pero no
pueden ni suplantarla ni sustituir el resto de componentes prácticos de esa
materialidad.
Los
liberales consecuentes en este sentido son mucho más consistentes en sus
planteamientos; no esconden sus intencio-nes respecto al interés de usurpación
de la voluntad política popular, a la que consideran marcada por vicios o
incapaz de autorrepresentarse,142 además de ser conscientes del
dominio material que tienen que refrendar políticamente. Los liberales
ver-gonzantes de nuestra época, en cambio, esconden detrás de una retórica
obrerizante la anulación del protagonismo obrero, y se llenan la boca de un
vulgar materialismo filosófico que en verdad rinde culto a la idea como
exclusiva fuente creadora de realidad.
Frente
al liberalismo en todas sus expresiones, Marx mues-tra con extrema precisión
que la organización del proletariado en clase es un devenir práctico que
impugna materialmente, en todos los terrenos de la vida y por todos los medios
posibles, las condiciones de dominación social que el capital ha levantando; se
trata de una deconstrucción de la identidad obrera producida por el capital
como relación de subordinación (el obrero como capital variable), y la
construcción de una nueva identidad prác-tica, por obra de los propios
trabajadores (la libre asociación de
140\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., p. 119.
141\
Maurice Godelier, The Mental and the Material , London,Verso,
1988.
142\
Georg W.F. Hegel, Filosofia del derecho, México, unam,
1985; John Locke, Two Treatises of Government, New
York, The New American Library, 1965; Norbert Bobbio, El
futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura Económica, 1985.
162
los productores). De ahí que en la actualidad,
dadas las condicio-nes de fragmentación mercantil en las que ha sido
arrinconado el trabajo por el desarrollo “globalizado” del capitalismo, la
forma-ción del partido revolucionario en el gran sentido histórico puede
también ser interpretada como la reconstrucción de las redes de una nueva
sociedad civil autónoma frente al capital.
Sociedad
civil, porque en sus nuevas décimas partes, ella es hoy el mundo del trabajo en
sus múltiples maneras de existir. Interunificada en red, porque la estructura
del trabajo ha alcan-zado tal complejidad de estratificación
económico-cultural, que no es posible hablar, como en la época fordista, de un
trabajador uniformizado, homogéneo; cada fracción laboral está creando una
connotación diferente de su identidad, que parecería exi-gir formas de
interunificación similares a las neuronales, esto es, capaces de lograr
fusiones temporales y desplazables, con alto grado de densidad compacta para
determinado tipo de acciones, pero preservando a la vez un amplio margen de
independencia y de elección aleatoria en la construcción de las redes de acción
común. Por último, autónoma frente al capital, y por tanto ante el Estado del
capital, porque precisamente ahí radicó el límite histórico de la antigua
“sociedad civil”, que en parte creció a la sombra del Estado, en parte lo
impugnó, pero sólo para negociar ante él las mejores condiciones de su
subordinación, esto es, el monto del soborno social por arrancar para reafirmar
la ineluc-table supremacía del capital.
El
partido del proletariado, para Marx y para los verdaderos comunistas de hoy, es
por tanto el conjunto de razones y de accio-nes prácticas, de luchas, de
resistencias, de organización y estrate-gias individuales, colectivas, locales,
nacionales e internacionales que el mundo del trabajo despliega frente a la
racionalidad del valor de cambio en los terrenos de la vida económica, política
y cultural; en este proceso histórico multiforme, que no necesa-riamente
requiere de vínculos externos que no sean la lucha en común, el proletariado
produce su propia fisonomía económica, política y cultural, y en ese sentido se
empieza a autodeterminar socialmente.
163
De ahí que no resulte extraño que en el Manifiesto Marx
ha-ble de la organización de los comunistas, a los que él pertenece, como uno
más de los partidos proletarios; que llame primer par-tido obrero a los
Cartistas ingleses, a los partidarios de la reforma agraria en Estados Unidos,
o que después hable de los Blanquistas como el auténtico partido obrero de la
revolución de 1848-1850 en Francia;143 que años después señale
a los sindicatos como los únicos representantes de un verdadero partido obrero;144 que
luego de haber participado en la Internacional, como un mo-mento más de ese
partido histórico, la disuelva; que en los años setenta hable de un único
partido obrero alemán, a pesar de ha-ber dos estructuras organizativas, o que
en 1885, Engels señale a la solidaridad obrera entre los obreros de todos los
países como base suficiente para formar un gran partido del proletariado.145
143\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., pp.122-129; y Karl Marx, “Las luchas de clases en Francia de
1848 a 1850”, op. cit.
144\
“Los sindicatos son la escuela del socialismo. En ellos, los obreros se educan
y llegan a ser socialistas porque presencian todos los días la lucha contra el
ca-pital. Todos los partidos políticos sin excepción, entusiasman a la masa
obrera sólo durante cierto tiempo, momentáneamente; los sindicatos, por el
contrario, lo captan de manera perdurable, son los únicos capaces de
representar un ver-dadero partido obrero y ofrecer protección contra el poder
del capital”. Karl Marx, “Declaración formulada ante una delegación de
sindicalistas alemanes”, 27 de noviembre de 1869. Véase también la
“Carta de Marx a Schweitzer”, 13 de febrero de 1865.
\
Por su parte Engels, comentando el proyecto del partido socialdemócrata,
cri-tica que “no aparece una palabra sobre la organización de la clase
obrera como clase mediante los sindicatos. Y éste es un punto
principalísimo, porque ésta es la verdadera organización de clase del
proletariado, en el que lleva a cabo sus luchas diarias con el
capital, en la que se entrena, y que hoy día no puede simplemente ser aplastada
ni siquiera en medio de la peor reacción”. “Carta de Engels a Be-bel”, 28 de
marzo de1875 (las cursivas son nuestras).
145\
“Hoy, el proletariado alemán ya no necesita de ninguna organización oficial, ni
pública, ni secreta; basta con la simple y natural cohesión que da la
conciencia del interés de clase, para conmover a todo el Imperio Alemán, sin
necesidad de estatutos, de comités, de acuerdos ni de otras formas tangibles
[…]. El movi-miento internacional del proletariado europeo y americano es hoy
tan fuerte, que no sólo su primera forma estrecha —la de la Liga secreta—, sino
su segunda forma, infinitamente más amplia —la pública de la asociación
internacional de los trabajadores—, se ha convertido en una traba para él, pues
hoy basta con el
164
Estos dos niveles del partido en Marx —primero como
pro-ceso de autoconstrucción de la clase en su conjunto, y segundo, como
estructura organizativa específica y efímera que se levanta sobre la primera—
nos muestran que lo decisivo del partido son los procesos de interunificación
política de los trabajadores desde el centro de trabajo, y de vida social
frente al capital. Ahí, el parti-do es sinónimo de construcción de la clase,
por la acción práctica de la propia clase, capaz de ir forjando un sentido de
totalidad interpelatorio, y luego antagónico al establecido por el régimen del
capital. Es decir, la clase obrera, en su sentido estricto de masa en estado de
autodeterminación, es el partido de la clase obrera, porque construye
materialmente su propia personalidad ante la personalidad delegada por el
capital. No se es clase revolucionaria por participar en algún partido
específico. Pensar de tal manera es simplemente el efecto del fetichismo de la
mercancía trasmutado a la esfera política, que convierte a los medios y los
productos en fines y productores. Se es clase para-sí misma y en esa medida se
es partido. En 1860, Marx llamará a este partido-clase el
partido en “el gran sentido histórico de la palabra”.146
En
cambio, el partido como estructura organizativa especí-fica son las expresiones
fenoménicas y transitorias del proceso de la autoconstrucción política de la
clase. La labor de estas es-tructuras, en caso de ser expresiones reales del
movimiento, sin lugar a dudas es decisiva en cuanto permite ayudar a unificar,
en estructuras organizativas más o menos compactas, más o menos públicas o
cerradas, un flujo de intenciones, de disposiciones prácticas latentes en el
seno de la clase. Un partido, en este sentido
simple
sentimiento de solidaridad, nacido de la conciencia de la identidad de su
situación de clase, para crear y mantener unido entre los obreros de todos los
paí-ses y lenguas un sólo y único partido: el gran partido del
proletariado”. Friedrich Engels,
“Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas”, en Obras
es-cogidas. Tomo III, op. cit., pp. 201-202.
146\
“La Liga (de los comunistas), lo mismo que la sociedad de las estaciones de
París, que centenares de otras asociaciones, no fue más que un episodio en la
historia del partido que nace espontáneamente, por doquier, del suelo de la
sociedad moderna […], del partido en el gran sentido histórico del término”.
Karl Marx, “Carta a Freiligrath”, 29 de febrero de 1860.
165
específico, puede contribuir, solamente contribuir,
a potenciar, a reforzar, a expandir, a “destacar y hacer valer”, dice el Manifiesto,
el interés común del “movimiento en su conjunto” de emanci-pación del trabajo.
El
papel del partido en este sentido restringido hoy en día sería, entonces, el
mismo que propugnaba Marx para los comu-nistas de su época: impulsar, reforzar,
generalizar, destacar la autonomía obrera frente al capital; no prescribir el
rumbo que “debería” tomar el movimiento de autoemancipación, ya que ésa es
tarea de pastores que consideran a los trabajadores incapaces de liberarse por
sí mismos, no de comunistas.147
“Las
tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas y
principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador del mundo. No
son sino la expresión de con-junto de las condiciones reales de una lucha de
clases existente”, nos señala el Manifiesto.148 El
partido, en este sentido específico, no inventa ni puede sustituir la lucha de
clases; tan sólo puede reforzar las tendencias autodeterminativas que se dan
dentro de la lucha de clases.
Los
tipos de organización que asumirá este proceso de auto-formación de la clase
son diversos, pero también efímeros, por-que son producto, resultado de las
condiciones del desarrollo de la lucha de clases, y en especial, de las
condiciones reales de la autoconstrucción histórica del proletariado en clase
frente al ca-pital. En el marxismo no es posible hallar, por tanto, una teoría
definitiva de la organización política, porque el marxismo no es una filosofía
del fin de la historia.149
La
lucha de las clases es un movimiento real que se transforma incesante y
aleatoriamente ante nuestros ojos, y en tal medida, las
147\ 琀o
por casualidad la consigna de la Primera Internacional fue: “La emancipa-ción
de la clase obrera será obra de ella misma”.
148\
Karl Marx y Friedrich Engels, “El manifiesto del partido comunista”, op.
cit., pp. 122-123.
149\
Francis Fukuyama, “¿El final de la historia?”, en Ciencia Política, No.
19, 1990; para una crítica, Perry Anderson, Los fines de la historia, Bogotá,
Tercer Mundo, 1992.
166
organizaciones obreras, mediante las cuales esa
lucha se expresa y se constituye teóricamente, son también modificadas por ese
movimiento de fuerzas estructurales que acontece en los campos de la vida
social.
En
Marx no hay receta organizativa; las estructuras fosiliza-das son propiedad de
las sectas. Es en las formas concretas en que se va tejiendo y retejiendo el
automovimiento impugnador del trabajo contra el capital donde se ha de delinear
el espacio de posibles organizaciones específicas del trabajo. Es en las
con-diciones materiales de la dominación histórica, de las formas de consumo de
la fuerza de trabajo, de la supeditación técnica en el proceso de producción,
que se revolucionan incesantemente, que hay que ir a hallar las condiciones
materiales de insubordinación del trabajo y, por lo tanto, de las formas
organizativas transitorias más eficaces para potenciar ese movimiento de
emancipación.
Después
que la liga [de los comunistas para la cual Marx y Engels redactaron el Manifiesto]
se disolvió en noviembre de 1852 siguien-do una propuesta mía, no he
pertenecido nunca, ni pertenezco, a ninguna asociación secreta o pública, ya
que el partido, en este sen-tido totalmente efímero, ha dejado de existir para
mí desde hace ocho años […]. Al hablar del partido entendía el partido en el
gran sentido histórico de la palabra.150
Sentido
histórico y sentido efímero del partido forman
parte de una dialéctica histórica del partido en Marx, que hoy es
preciso reivindicar, ante una trágica experiencia del partido-Estado
pre-valeciente en las experiencias organizativas de gran parte de la izquierda
mundial. El partido-Estado, en todo los casos, ha sido la réplica en miniatura
del jerarquizado despotismo estatal, que ha enajenado la voluntad del militante
en los omnímodos poderes de los jefecillos y funcionarios partidarios; y no
bien se dan las transformaciones sociales revolucionarias, estos aparatos
tienen una extraordinaria facilidad para amalgamarse a las máquinas
150\
Karl Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, op. cit.
167
estatales, para reconstruirlas en su exclusiva
función expropia-dora de la voluntad general, que a la vez reforzará la
racionalidad productiva capitalista de donde ha emergido.151
Si
el partido, en el gran sentido histórico, es la autoconstruc-ción de la clase
revolucionaria, que a su vez no es más que el lar-go proceso histórico de
disolución de las escisiones sociales en clases explotadas, por tanto del
Estado, las estructuras organiza-tivas transitorias que expresen este
desarrollo no pueden menos que objetivar una forma organizativa de un nuevo
tipo, que lleve implícita la tendencia de lucha hacia la disolución del
funciona-miento maquinal estatal. Sólo así estas estructuras organizativas
podrán garantizar su vínculo de expresión del movimiento de autonomía obrera de
clase ante el capital.152
151\
La única rectificación que Marx propone al Manifiesto en 1872,
después de la experiencia de la Comuna de París, es precisamente que “la clase
obrera no pue-de limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del
Estado tal como está y servirse de ella para sus propios fines”. La comuna como
“forma política de la emancipación social” de los trabajadores, había mostrado
la necesidad de “destruir el Poder del Estado, que pretendía ser la encarnación
de aquella uni-dad (de la nación), independiente y situado por encima de la
nación misma, de la cual no era más que una excrecencia parasitaria” a fin de
ser sustituido por una forma política en la que “las funciones públicas,
militares, administrativas, políticas, sean funciones verdaderamente de todos
los obreros, en vez de los ocultos atributos de una casta entrenada”. Karl
Marx, Borrador de la guerra civil en Francia, op. cit.
Sobre esta rectificación del Manifiesto, véase Étienne Balibar,
Cinco
ensayos de materialismo histórico, Barcelona,
Laia, 1976.
152\
“El Congreso de La Haya confirió al Consejo General (de la Internacional)
poderes nuevos y más amplios. De hecho, en un momento en que los reyes se
reúnen en Berlín, en que nuevas medidas represivas contra nosotros agravadas
deben salir de esa reunión de las potencias representativas de la feudalidad y
del pasado y en que se organiza sistemáticamente la persecución, el Congreso de
la Haya estimó conveniente y necesario ampliar los poderes del Consejo General
y centralizar con miras al combate en curso todas las acciones que, aisladas,
son impotentes. ¿Y quién podría inquietarse de los poderes atribuidos al
Consejo General (de la Internacional) sino nuestros enemigos? ¿Acaso éste
cuenta con una burocracia, con una policía armada para obligar a la gente a la
obediencia? ¿Acaso su autoridad no es una autoridad puramente moral? ¿Acaso no
somete sus resoluciones al juicio de las federaciones que están encargadas de
ejecutar-las? Si ellos (los gobiernos) estuvieran colocados en semejantes
condiciones, sin ejército, sin policía, sin tribunales, el mismo día en que se
vieran reducidos a disponer más que de una influencia y de una autoridad
morales para mantener
168
De todo esto se desprenden dos tareas ineludibles
para los comunistas de hoy en día: mientras el comunismo “no es una doc-trina
sino un movimiento”, en la “medida en que teóricamente es la expresión teórica
de la posición que el proletariado ocupa en esta lucha y la síntesis teórica de
las condiciones para la liberación del proletariado”153 o, en palabras
del Manifiesto, “expresión de conjunto de un movimiento histórico
que se está desenvolviendo ante nuestros ojos”, los comunistas no tienen que
afinar añejas premoniciones sobre un predestinado fin apocalíptico embosca-do
detrás del actual triunfalismo liberal; tampoco deben hacer un acto de fe
acerca de una resurrección del ideal socialista. Lo primero es para
charlatanes, y lo segundo para feligreses.
Los
comunistas tienen que dar cuenta del “movimiento real” que suprime el estado de
cosas actual, reforzarlo allá donde surge, destacar el interés general anidado
en las luchas particulares aisla-das. Y eso, hoy en día, es en primer lugar
entender lo que sucede con el régimen del capital, ver sus actuales fuerzas
motrices, sus posibilidades de expansión, sus modificaciones tecnológicas para
la obediencia obrera, sus reorganizaciones para debilitar las re-sistencias
obreras y vencer la competencia interempresarial; pero todo ello para elucidar
sus impotencias fácticas, sus limitaciones efectivas. De lo que se trata no es
de amoldar al esquema mental la realidad indagada, sino de construir y ordenar
las categorías conceptuales requeridas para aprehender el significado del
mo-vimiento de la realidad.
Simultáneamente,
tienen que volver inteligibles las condicio-nes materiales que han posibilitado
las frustraciones de las luchas
su
poder, los reyes no opondrían más que obstáculos irrisorios al avance de la
revolución. […]. El principio fundamental de la Internacional es la
solidaridad”. Karl Marx, “Discurso sobre el Congreso de La Haya”, 15
de septiembre de 1872, en meof.
Tomo 17, pp. 320-321.
153\
“El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento, no arranca de premisas
sino de hechos; los comunistas no parten de esta o la otra filosofía, sino de
toda la historia anterior […]. El comunismo en la medida en que teóricamente
es, es la expresión teórica de la posición que el proletariado ocupa en esta
lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del
proletariado”. Friedrich Engels, “Los comunistas”, en Obras escogidas, op.
cit.
169
sociales, sus derrotas y su conversión en fuerzas
productivas del capital, como en Europa del Este. De otra manera, las
condicio-nes de los fracasos proletarios que cubren la historia de este siglo
no habrán sido incorporadas en la memoria práctica de las clases laboriosas y,
por tanto, las posibilidades de emancipación queda-rán aún más dificultadas de
lo que ya lo están hoy.
Por
último, y atravesando las dos prácticas anteriores, se tie-nen que indagar y
reforzar prácticamente, comprometiéndose hasta el fondo con ellos, los
múltiples medios actuales y dispersos con los que el trabajo resiste y trata de
superar la lógica del capi-tal, las condiciones materiales de su extensión e
interunificación capaces de crear un sentido de totalidad contestataria al
orden civilizador del capital, las nuevas circunstancias de la existencia de la
forma social capitalista que habilitan un nuevo abanico de vías posibles de
irrupción de la autonomía proletaria.
De
lo que se trata es de retomar en nuestro tiempo la inten-cionalidad comunista
sintetizada en el acto de creación y la pro-sa del Manifiesto comunista:
indagar acuciosamente la realidad del capital para hallar, en esta manera
actual de su existencia, las condiciones materiales propias de su superación
como régi-men social, a fin de expresarlas más nítidamente, de reforzarlas. La
modalidad de la organización o de las organizaciones de los comunistas,
necesarias para esta nueva época del capitalismo, resultará de los
requerimientos marcados por las características que está asumiendo actualmente
el movimiento práctico de des-enajenación del trabajo.
170
III.
Ciudadanía y democracia
CIUDADANÍA
Y DEMOCRACIA EN BOLIVIA (1900-1998)1
¿Cuándo
surge el ciudadano? Básicamente, cuando un conglome-rado de individuos
vinculados por múltiples lazos de interdepen-dencia supone que sus
prerrogativas políticas están incorporadas en la normatividad estatal y las
practican en ese entendimiento. Se trata de una eficiencia entre la vida civil
y la manera de pro-yectarla como vida política, como vida compartida y
gestionada con otros.
Hablar
de ciudadanía es, por tanto, la verificación de una sen-sibilidad colectiva
convertida en un hecho estatal, que transmu-ta un temperamento socializado en
un dispositivo público que normativiza la vida política de todos. No es casual,
entonces, que los procesos de formación ciudadana sean también aquellos de la
construcción de las naciones, pues se trata de dos maneras de abordar el mismo
problema de la constitución del yo colectivo.
Aunque
la ciudadanía evoca un conjunto de derechos polí-ticos reglamentados y
ejercidos por los individuos (ciudadanos) de un determinado espacio social y
geográfico, su sustancia no es una ley, un decreto o una sanción; ley y sanción
sólo regentan una sustancia social, producida en lugares más prosaicos y
poderosos,
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Ciudadanía y democracia en Bolivia
1900-1998”, en Revista Ciencia Política, Año IV, No. 4, junio de
1999.
173
como la aglomeración, la rebelión, la derrota o la
muerte vividas en común. Por ejemplo, Bolivia, como invención ciudadana de
masas, sólo surgirá a partir de los cincuenta mil muertos del Chaco y la
Revolución de Abril, que interconectan, en la tragedia y el des-tino, a
personas que habían vivido la patria como una prolonga-ción de la hacienda, la
mina o el ayllu. La ley, pálida transcripción de estos sucesos,
evocará a la larga los fuegos primigenios de las relaciones de fuerzas, de los
pactos, las osadías y servilismos que dieron lugar a los “derechos”, mas no
será capaz de sustituirlos.
En
este sentido, el ciudadano no es un sujeto con derechos, aunque necesite de
ellos para verificar su ciudadanía: ante todo es un sujeto que se asume como
un sujeto con derechos políticos, que son correspondidos por la normatividad
estatal, es decir, es un sujeto en estado de autoconciencia de
ciertas facultades políti-cas. El acto de producir el derecho,
de reconocerse activamente en él, es lo decisivo de su cualidad ciudadana, pues
en el fondo no hay ciudadano al margen de la práctica de la ciudadanía, esto
es, de la voluntad de intervenir en los asuntos que lo vinculan a los demás
conciudadanos. Estamos hablando entonces de la ciudadanía como
responsabilidad política ejercida, como forma de intersubjetivación
política.
De
ello se desprenden dos conclusiones. La primera es que si bien es cierto que el
ciudadano se constituye en torno al Estado, como espacio social de verificación
institucional de sus derechos ciudadanos, no es él quien puede crear por sí
mismo el efecto de ciudadanía, porque el Estado es la síntesis expresiva de los
proce-sos de ciudadanización que bullen en el interior de la estructura social.
El Estado puede potenciar una manera específica de ciu-dadanía para garantizar
su papel dominante, puede sancionar y subalternar modos distintos o antagónicos
al prevaleciente, pero no puede inventarse al ciudadano. Cuando lo hace, una
vulgar arbitrariedad burocrática, apoyada en el monopolio de la violen-cia
física y simbólica, se extenderá sobre el cuerpo político de la sociedad, sin
más receptividad que la indiferencia, el temor y la displicente tolerancia que,
más pronto o más tarde, harán brotar las ansias por una ciudadanía efectiva, en
la que las colectivida-
174
des se sientan efectivamente interpeladas por el
ámbito público, perturbando la estabilidad gubernamental hasta que ésta logre
un mayor grado de eficiencia respecto a las pulsaciones emana-das desde la
“sociedad civil”. Una buena parte de los procesos de ciudadanización
neoliberales está marcada por estas limita-ciones burocráticas y las
recurrentes búsquedas de adecuaciones administrativas, que agravan el
distanciamiento entre voluntad social-general y gestión estatal.
La
ciudadanía requiere de un ininterrumpido ritual de seduc-ción y adhesión entre
Estado y “sociedad civil”, además de fluidos pactos y compromisos en su
interior. Que las personas involu-cradas en esta producción de voluntad
colectiva sean un grupo definido por el linaje, o que sean todos los miembros
abarcados por la soberanía administrativa del Estado, habla del ámbito de
irradiación social del ejercicio ciudadano, y también de la medida de
la ambición histórica de esta ciudadanía estatalmente refren-dada. Igualmente,
el que la interconexión de las voluntades se dé sobre la base de una previa
comunidad laboral o de una capricho-sa abstracción de las diferencias
económicas, refleja la densidad o superficialidad social del hecho de
ciudadanía.
En
segundo lugar, el que la ciudadanía sea una disposición de poder, un
comportamiento político y una intelección ética de la vida en común muestra que
el espacio de aplicación de las facul-tades ciudadanas va más allá y más acá
del espacio estatal, aunque lo abarque. El que las modernas formas de
ciudadanía se muevan en torno a la irresistible atracción del poder estatal, no
invalida que la inclinación a algún tipo de compromiso político haya sido
habilitada previamente por las cualidades civiles del sujeto de
ciudadanización. Predisposición o talento que se ha ejecutado en otras esferas
de la vida (económica, cultural, simbólica), al margen de la propia mediación
estatal. La voluntad práctica de ciudada-nía se manifiesta en todos los
terrenos de la vida en común y lo que hace el Estado es, o disciplinarla, o
encumbrarla en oposición a otras, o proscribirla en beneficio de una ya
existente, o sancio-narla, o educarla a través de unos dispositivos de
legitimación, que convierten a una de las prácticas difusas de ciudadanización
175
en la ciudadanía estatalmente reconocida y
fomentada. Es en este punto que hay que buscar la pertinencia de la crítica de
Marx a Hegel, y luego entonces también a Bolívar, en su pretensión de crear
sociedad y ciudadanía desde el Estado, cuando en verdad este último es un
producto de las primeras.
Es
por ello que es posible hallar formas de ciudadanización no estatales, o al
margen de los circuitos estatales del recorrido del poder político. De hecho,
el Estado tiene como función el mono-polio de normativizar lo políticamente
lícito, y dominar o extirpar los múltiples modos políticos y de ciudadanización
diferentes o peligrosos para la arbitraria ciudadanía legítima.
El ayllu republicano,
por ejemplo, o la asamblea obrera y ba-rrial, y sus maneras de unificación
política, son modos de ejercicio de derechos y responsabilidades públicas,
aunque sean locales. Cuando ellos tienen vigor propio, se desenvuelven al
margen del Estado, y aunque distintas estructuras estatales han intentado
utilizarlos como modos de ciudadanización (el ayllu en el
Esta-do colonial, el sindicato en el Estado nacionalista), por épocas han
desempeñado el papel de auténticas creaciones sociales de interunificación
política, que no requieren de mediación ni lega-lidad estatal para hacerse
efectivas.
En
todos los casos, la ciudadanía es el proceso de producción del contenido
y de la forma de los derechos políticos de una estructura social.
A través de ella, la sociedad se desnuda en sus capacidades e ineptitudes para
gestionar los asuntos comunes; pero también el Estado se exhibe, en su
consistencia material, para cooptar las iniciativas que se agitan en la
“sociedad civil”.
Hasta
hoy, la historia política de Bolivia presenta al menos tres momentos de
construcción de ciudadanía legítima, en los que es-tas múltiples
dimensiones sociales se han puesto en movimiento.
La
ciudadanía de casta
Desde
que la asamblea deliberante de 1825 y la Constitución de 1826 otorgan derechos
políticos y jurídicos a quienes posean una elevada renta, una profesión, sepan
leer y escribir, y no se hallen
176
en relación de servidumbre, es claro quiénes han de
ser inter-pelados como ciudadanos por el naciente Estado, y quiénes no.
En
este orden, los indios son la nada del Estado, constituyen su
externalidad más fundamental; mientras que los niños deben esperar
la herencia y el crecimiento biológico para acceder a sus derechos, y las
mujeres, que también están excluidas de los de-rechos ciudadanos, pueden
influir en el curso de las estrategias matrimoniales para preservar y ampliar
el patrimonio familiar que garantice la ciudadanía. Los indios, hombres y
mujeres, se presentan de entrada como la exterioridad más profunda e
irre-ductible del Estado. De hecho, el Estado republicano nace a ca-balgadura
en contra de la indiada, y todo su armazón argumental no hace más que repetir,
mediante disposiciones administrativas, este imperativo social de unas clases
pudientes que no tienen en común más que la misión de atrincherarse en el
Estado en con-tra de los indios.
El
Estado republicano, conservador o liberal, proteccionis-ta o librecambista, es
pues, de entrada, un Estado construido al modo de un sistema de trincheras y
emboscadas en contra de la sociedad indígena, de los ayllus, de los
comunarios. No hay en él ni un atisbo de simulación de incorporar al indio,
porque lo que define al Estado, a las fracciones sociales unificadas
política-mente como poder gubernamental, es precisamente la conjura permanente
contra la indiada. Por encima de las rencillas entre oligarcas mineros,
comerciantes arribistas y gamonales puebleri-nos, está la contención del ayllu soliviantado,
considerado como el fin de la historia, como la hecatombe de la civilización.
El Es-tado republicano es entonces un Estado de exclusión; todos sus mecanismos
administrativos están atravesados por la exacción y la disuasión del tumulto
comunal. Lo indio es lo pre-social, con sus amenazantes horrores desbocados,
ocultos tras el manto de elusivos silencios y humildades.
Si
el indio no es la apetencia poblacional del Estado, sino el límite de su
comprobación, es claro que el ciudadano es el sujeto que se construye en tanto
antípoda de la indianidad: propiedad privada contra propiedad común, cultura
letrada contra cultura
177
oral, soberanía individual contra servidumbre
colectiva; he ahí los fundamentos de la civilidad legítima. El ciudadano es
pues el no-indio, esto es, aquel que es capaz de dar fe pública de ser
irreconciliable con las estructuras comunales. No cabe duda de que la
ciudadanía en esta época se construye a través de la feroz negación del mundo
indígena. De hecho, la construcción de los símbolos de poder que han de ser
monopolizados por el Estado se la hace por la vía de la negación de la
simbología del mundo indígena. Que este exorcismo social tome la forma de
estratifica-ción étnico-racial sólo viene a validar el arquetipo colonial de la
realidad histórica, en la que la división del trabajo, de los poderes
dominantes, está marcada por las fisionomías raciales diferencia-das entre
colonizadores y colonizados. El social-darwinismo de principios de siglo, lejos
de innovar esta secular escisión social, ha de adornar con retórico lenguaje
positivista la sustancia de un secular espíritu colectivo.
En
estas condiciones fundacionales de la identidad colectiva de las clases
dominantes, la ciudadanía, como el poder, la propie-dad y la cultura legítima,
no son prerrogativas que se deliberan, sino que se ejercen como imperativos
categóricos, pues son un derecho de conquista. La ciudadanía no se presenta
entonces para los ciudadanos como una producción de derechos, sino como
una herencia familiar, y en eso todas las fracciones dominantes
pre-sentan un acuerdo tácito; de ahí que se pueda hablar en toda esta época
republicana del ejercicio de una ciudadanía patrimonial.
Los
únicos momentos en que esta ciudadanía hereditaria se rompe,
es cuando la plebe irrumpe en la historia como muche-dumbre politizada (los
artesanos de Belzu, los comunarios aima-ras de Willka). Mas estos desbordes
democráticos rápidamente serán anulados por un Estado y una cultura política
urbano-mes-tiza cuya razón de ser es, justamente, la posesión patrimonialista
del poder de Estado.
La
ciudadanía se presenta, entonces, como una descarada ex-hibición de la estirpe;
no se hacen ciudadanos sino que se nace ciudadano, es un enigma de cuna y
abolengo; su realización es
178
sólo un problema de madurez biológica, porque el
abolengo del apellido es aquí la garantía de los derechos políticos.
El
ejercicio de la ciudadanía no es en esta época un modo de responsabilidad
pública, a no ser que tal compromiso sea la leal-tad jurada a la perennidad de
la casta; es por sobre todo la exhi-bición de los blasones familiares, de la
pureza de sangre que con-valida el poder y el buen gusto. En boca de los
antiguos liberales, como hoy de los advenedizos, la igualdad de los hombres es
una impostura discursiva, que encumbra la más terrible segregación de los que
no pueden lucir la blanquitud de sus ancestros y de sus caprichos pueblerinos.
Esto
no impide, por supuesto, la intrusión en este espacio cerrado y endogámico de
ciertos puñados de arribistas que son capaces de blanquear su linaje, por tanto
de hacerse partícipes de los reales códigos de ciudadanía, mediante el abultado
volumen de sus ganancias publicitadas. Son los comerciantes exitosos, los
dueños de pequeñas factorías, de haciendas cocaleras y trigueras lanzados al
éxito económico por los procesos de urbanización y recuperación minera de
principios de siglo. Son, también, los frutos bastardos de los encholamientos
oligárquicos que, ma-nipulando el rango simbólico del apellido del padre y
lucrando de las fidelidades laboriosas de la línea materna, logran puestos
burocráticos, juntan pequeñas fortunas o apresurados conoci-mientos letrados
para poder transar la legalidad del patroními-co. Pero son ciudadanos de
sospechosa alcurnia, pues siempre habrá en ellos, en su mal gusto para vestir,
en su afección por la gordura como emblema de bonanza, en su simpleza estética
o su insuficiente blancura facial, un motivo para comprobar su velada
complicidad con una indianidad estigmatizada.
Sólo
un mayor volumen de dinero del mestizo exitoso, junto con la fuerza de las
armas del caudillo militar de turno, capaz de mostrar en la ferocidad contra
los indios sublevados la lealtad al linaje anhelado, serán capaces de sobornar
los airados reclamos de pureza racial, y por tanto de su derecho a la
ciudadanía.
Pero
su densidad interna será justamente la condición de su disolución. Ningún
Estado que se precie de serlo, esto es, que
179
pretenda perpetuarse, puede lograrlo mediante la
impúdica ex-hibición de los privilegios privados que salvaguarda; tiene que
camuflarlos como interés general, como voluntad común de los habitantes
incorporados en el ámbito geográfico de su señorío. Por eso es Estado. Esto lo
sabía Toledo y por eso fundó las Le-yes de Indias, que no son más que la
confirmación jurídica de dos formas de ciudadanía hasta cierto punto autónomas,
la de los españoles y la de los indios, pero con la última subsumida y tutelada
por la primera.
La
ciudadanía de casta, en cambio, era una forma de politi-zación social que
clausuraba deliberadamente la entrada de lo más amplio de la propia sociedad,
los indios, a la ilusión de un usufructo común de los fueros políticos. En tal
sentido era una ciudadanía decadente, sin decoro ni grandeza histórica, y que
sólo atinaba a insuflarse por la lentitud de su ocaso. Su muerte, que
paradójicamente no será otra cosa que la extensión de la ciudadanía,
precisamente será obra de esa masa de quien hasta entonces se había pensado que
era incapaz de racionalizar lo que es el bien público: los indios y la plebe
urbana.
La
ciudadanía corporativa
Que
la plebe armada conquiste lo que considera sus derechos habla más que de una
insolencia épica, de un contenido colec-tivo, muchedúmbrico, del concepto de
ciudadanía. Esto fue lo que sucedió en 1952.
Fue
un momento de la historia en el cual los códigos jurídicos enmudecieron, los
viejos prejuicios señoriales parecieron desmo-ronarse, y el linaje dejó de ser
suficiente argumento para conservar el monopolio de la gestión del interés
colectivo.
La
sociedad subalternada irrumpió como sujeto deseoso de hacerse responsable de su
porvenir, como sujeto cargado de in-tenciones frente al cometido de los asuntos
públicos, creando con ello una nueva legalidad de facto, que se desbordó al
conjunto de la sociedad y que, por eso, esta sociedad comenzó recién a actuar
como parte de una entidad unificada. La enunciación práctica de
180
este sentido común de pertenencia se presenta, en
este caso, como la invención social de la nación, que el Estado no podrá menos
que corroborar y luego unilateralizar según sus fines.
La
ciudadanía emergente de la insurrección de abril resulta entonces de la fusión
calificada de tres aspectos. En primer lugar, de la acción autónoma de la
sociedad llana que decide intervenir, sin pedir permiso a nadie, en la gestión
de lo político. En segun-do lugar, que lo hace con tanta fuerza (el Estado
oligárquico ha sido derrotado militarmente), que la institucionalidad del nuevo
poder político no puede menos que incorporar en sus disposi-tivos la impronta
de esta energía colectiva. De hecho, la única manera de domarla ha de ser
precisamente la de cooptada. En tercer lugar, en cuanto esta acción se
generaliza a todo el espacio social de soberanía territorial del Estado, se
trata de un hecho nacionalizador, en la medida en que es la primera construcción
política verosímil de aglutinamiento político de toda la sociedad civil.
Expliquemos estos tres elementos y su entrecruzamiento.
Cuando
decimos que una cualidad de la ciudadanía emergente de la Revolución de 1952 es
la acción autónoma de la plebe, no nos estamos refiriendo a que ella actúe al
margen de los prejuicios o influencias de la época. Cuando los obreros armados
congelan a la puerta de las fábricas y bancos con su envalentonamiento
callejero, es claro que el hábito de ser mandado se reconstruye desde lo más
profundo de las experiencias de una masa domina-da, por lo que la autonomía en
este terreno del poder económico y espiritual es inverificable.
Sin
embargo, políticamente, la plebe hace explícita una ambi-ción democrática que
marca una ruptura con el criterio emanado del Estado. La destrucción de los
diques de abolengo, que restrin-gían la práctica política, mostrará una
extraordinaria capacidad de ruptura, de invención social del espacio público,
cuyo origen no es posible rastrear en la mansedumbre hacia los poderosos, sino
en los ardores irreductibles de la insumisión. Más aún, esta osadía con el
porvenir vendrá manifiesta por medio de unas téc-nicas de organización, el
sindicato, que es quizá lo más auténtica-mente propio que ha producido la plebe
a lo largo de todo el siglo.
181
Que esta masa abra la puerta de la historia
política moderna bajo la forma de sindicato muestra que no sólo se están
creando los derechos políticos como una apetencia colectiva, sino además, que
la producción de este precepto social se hace bajo estructuras organizativas
igualmente propias, lo que una vez más hace notar que los auténticos momentos
de democratización son simultá-neamente épocas de autoconocimiento social.
La
política, o mejor, lo que la sociedad civil ha de interiorizar como
política por propia voluntad práctica es, entonces, la agre-gación
disciplinada por centro de trabajo, por rama de actividad y por identidad
laboral, para interpelar en conjunto al Estado. La revolución ha sido,
precisamente, la eficacia suprema de esta manera de unificación, y el que la
revolución triunfara ha de sig-nificar inapelablemente que ya nadie puede
quedar al margen de esta manera particular de afiliación social.
En
todo esto hay sin duda efectos de grandeza y de miseria. De grandeza, porque se
da la invención real de un derecho co-lectivo que no reclama más legalidad que
la belicosa enunciación práctica. La legalidad y la política son asumidas como
un asunto que compete a todos en su elucidación, no simplemente a
espe-cialistas. Estamos ante un nuevo concepto de democracia entendida como
intervención en los asuntos de Estado a través del sindicato, con
lo que los sujetos políticos legítimos se han de constituir a partir de ahora
de manera corporativa. La democracia no es en-tonces un derecho abstracto, ni
un decálogo de comportamientos administrados por una elegante burocracia
política, como, por ejemplo, hoy. Democracia ha de adquirir el sentido común de
práctica sindical, de cara a participar en las orientaciones de go-bierno, con
lo que también el potencial significado de ciudadanía se ha de presentar como
la consagración de este hecho como un derecho público. Durante
treinta años, la separación entre demo-cracia y dictadura no fue un hecho
cuantificable en votos para elegir gobernantes; fue el grado de permeabilidad
del Estado a la intrusión sindical, que no es más que reclamar al Estado la
re-membranza de que el nuevo Estado está ahí desde 1952, porque los sindicatos
armados así lo quisieron.
182
Pero también hablábamos de unas miserias colectivas
que se abren camino en el decurso histórico. Si bien la plebe armada, en un
arrebato histórico, abroga el monopolio de las decisiones políticas basadas en
el linaje, el conocimiento letrado y el dinero, jamás, a no ser en momentos
extremos y cortos, ha de abandonar la creencia de que el apellido, el dinero y
el conocimiento letrado son los requisitos imprescindibles para gobernar los
asuntos pú-blicos. Esto significa que la democratización del espacio político
es meramente interpelatoria, no ejecutiva; esto es, que la plebe se siente con
el nuevo derecho de hablar, de resistir, de aceptar, de presionar, de exigir,
de imponer un rosario de demandas a los gobernantes, mas jamás ha de
poder verse a sí misma en el acto de gobernar. Es como si la
historia de sumisiones obreras y popula-res se agolpara en la memoria como un
hecho inquebrantable y, frente al poder, la masa sólo pudiera reconocerse como
sujeto de resistencia, de reclamo o conminación, mas nunca como sujeto de
decisión, de ejecución o soberanía ejercida. La imagen que de sí
misma habrá de construirse la sociedad trabajadora es la del que-rellante, no
la del soberano.
Desde
1952, la historia del poder es también la historia de conglomerados populares,
de los sindicatos; pero nunca como modo de aplicación misma del poder, sino tan
sólo como regu-lación de sus atribuciones, de su extensión, de su eficacia.
Surge así una relación de derechos y concesiones permanentemente ne-gociados
entre unos gobernantes que están ahí porque hay unos gobernados que así lo
desean, y unos gobernados que están ahí porque necesitan a un gobernante para
refrendar su situación de gobernados.
Esto
significa que el poder estatal es reconstituido por la ac-ción colectiva en su
externalidad institucional, tanto respecto a la corporalidad física y cultural
de la plebe, como a los hábitos organizativos que ella posee. El señorialismo
del poder resurge así de los gestos y los cerebros de quienes lo impugnaron,
sólo que ahora, por ello mismo, es un poder interpelable, presiona-ble,
negociable. De ahí que la democracia, junto con la legalidad de la estructura
sindical en toda esta época, sea sólo la medida
183
de la permeabilidad, de los que se considera que
siempre han de gobernar por derecho consuetudinario, a las demandas
corpo-rativamente postuladas por la masa.
Hay
que preguntarse por qué el Estado aceptó una manera de politización tan extrema
de una sociedad que lo obliga a verificar su autenticidad en la deliberación
asambleística de los sindicatos. Inicialmente, porque no le quedó otra opción;
al fin y al cabo la violencia armada legítima estaba en manos de los
sindicatos, y el Estado era, ante todo, un imaginario colectivo de poder,
ob-jetivado en prácticas de obediencia, y muy poco un dispositivo institucional
de administración de obediencia que le permitiera imponer sus fueros de manera
inconsulta.
Pero,
como ya lo vimos, no todo es desborde en la manera de proceder de la plebe. Hay
en su efervescencia un núcleo conserva-dor que reconstruye al Estado como única
manera de entender el poder político, y al instrumentalismo privatizable como
exclusivo modo de ejercerlo; esto quiere decir que entre el encomendero
colonial, el caudillo republicano y el presidente elegido en urnas ha de haber
el mismo fondo común acumulado en la experiencia de los
dominados de conceptualizar el poder como una atribución personalizada.
Esta sustancia política tradicional-colonialista, que atraviesa la fogosidad
sindical, es precisamente lo que ha de per-mitir que el Estado se reconstituya
a través del sindicato, aunque para ello haya tenido que pagar, o tolerar, a
tal sindicato como forma histórica de presencia de la sociedad civil en el
interior del propio Estado o, si se prefiere, como modo de ciudadanía.
El
que el sindicato asuma la forma de ciudadanía legítima ha de
significar que, a partir de entonces, los derechos civiles, bajo los cuales la
sociedad busca mirarse como colectividad política-mente satisfecha, tienen al
sindicato como espacio de concesión, de dirección, de realización. Pero para
que esta manera de filia-ción ciudadana se vuelva duradera y forje auténticos
procesos de identidad social no basta con que los de abajo le recuerden a los
de arriba que están ahí por obra de los primeros; se requiere que los de arriba
les hagan ver a los de abajo que hicieron bien en colocarlos arriba, por el
conjunto de beneficios que por ello
184
reciben. Se requiere entonces que las estructuras
sindicales ca-nalicen un acervo de dividendos sociales, que pueden ser tanto
políticos como culturales y económicos.
Desde
el momento en que esto empieza a suceder, el sindicato deviene el modo del
ejercicio de la ciudadanía legítima, lo que significa que es una fuerza que
emerge de la sociedad hacia el Es-tado, pero también una fuerza cuya legalidad
emana del Estado para aplicarla a la sociedad. Desde entonces, ser
ciudadano es ser miembro de un sindicato. Ya sea en el campo,
la mina, la fábrica, el comercio o la actividad artesanal, la
manera de adquirir iden-tidad palpable ante el resto de las personas y de ser
reconocido como interlocutor válido por las autoridades gubernamentales es por
medio del sindicato. Ahí queda depositada la individua-lidad social plausible.
Se puede decir que en todo este periodo la sociedad boliviana se ha de componer
de sujetos sociales co-lectivos que, en cuanto tales, adquieren derechos de
ciudadanía para los individuos que la componen. Esto ciertamente no es nuevo;
la estructuración corporativa o, mejor, la subordinación de la individualidad a
formas colectivas de filiación pública es característica de sociedades con
influencia comunal agraria en su vida económica. Lo nuevo es que estas formas
de identidad sean reconocidas también por el Estado como formas legítimas de
adquisición de derechos políticos.
Durante
treinta años, la poca democratización política, eco-nómica y cultural tuvo al
sindicato como mediador privilegiado. Ya fuera la oposición a gobiernos, la
movilización para defen-derlos o la aquiescencia colectiva para tolerarlos, lo
que fuera a suceder pasaba por la decisión que tomaran los sindicatos más
importantes, y luego entonces por la Central Obrera Boliviana (cob).
Igualmente, la ampliación del salario indirecto a través de beneficios
sociales, la seguridad en el empleo, el trámite de pro-piedad de la tierra, la
garantía de una educación gratuita, tenían al gremio como lugar de
concurrencia. Esto significaba que tanto la sociedad llana como el Estado veían
al sindicato como lugar a donde ir a deliberar la amplitud de lo que se
consideraba ya un derecho público.
185
Que esto lo hagan los trabajadores no es extraño
pues, al fin y al cabo, el sindicato es su criatura, es la manera que
encuentran para concretar sus ansias de unificación y el lugar donde por
pri-mera vez hacen de la historia lo que ellos quieren.
Lo
que en cambio no ha de ser normal es que sea el Estado el que regule el propio
temperamento de la sociedad civil mediante la promoción del sindicato. Que esto
pueda suceder supone que las sumisiones políticas arraigadas en el alma
colectiva comen-zaron a servir de sustento tecnológico de una particular manera
de acumulación económica, esto es, que la organización sindical tendió a formar
parte de la composición orgánica media del ca-pital social.
Llegada
a este punto, la racionalidad del capital comenzará a expandirse por medio de
la propia interunificación de las fuerzas del trabajo, con lo que habrá tenido
lugar una eficaz subsunción general de la capacidad organizativa del trabajo a
los requerimien-tos de acumulación ampliada del capital. No ha de ser entonces
extraño que el sindicato sea, también, el intermediario de una serie de medidas
de homogeneización cultural requeridas para llevar adelante la consolidación de
una identidad nacional que el Estado intentó fundar aprovechando la amplia
disponibilidad social que supone toda revolución.
El
que el sindicato sea el modo en que la población adquiere ciudadanía ha de
esculpir un particular perfil del concepto de lo público. Inicialmente, que se
trata de una prerrogativa colectiva, fundada en una genealogía histórica (por
ejemplo los obreros) o una fidelidad vernácula (los comunarios-campesinos). La
ciu-dadanía no se presenta por ello como una potestad individual, privada; es,
por sobre todo, un acto de sociabilidad enraizado en la historicidad palpable
de un conglomerado que antecede y engloba al individuo que la compone.
Además,
la ciudadanía a través del sindicato dará lugar a una
atribución de derechos políticos fusionados a derechos sociales y laborales,
en correspondencia con la intromisión de una corpo-ración creada por centro de
trabajo en la esfera del Estado. Con ello tenemos que los derechos políticos
vendrán amalgamados a
186
los derechos laborales, la democratización a la
sindicalización, y la ciudadanía al arquetipo del trabajador disciplinado por
el taller y el mercado.
Al
igual que la primera forma de ciudadanía mencionada, la debilidad de esta forma
de ejercer los atributos políticos radicará en la fuerza de legitimidad asumida
a través de la instituciona-lización estatal de esta ciudadanía corporativa.
Bastará que sea el mismo Estado quien quite de manera arbitraria la legitimidad
del sindicato, para que esta manera de ciudadanización entre en crisis,
incluida la forma de nacionalización de la sociedad que se había levantado
sobre ella. Los últimos trece años son justamen-te la historia de esta crisis y
de los infructuosos esfuerzos de unas remozadas castas, codiciosas de los
espacios públicos, por refor-mar el sentido de lo político, de lo democrático y
de los procesos de ciudadanización.
La
ciudadanía irresponsable
Desde
1986, un nuevo escenario político ha comenzado a erigirse. La consolidación del
voto como mecanismo de elección de los gobernantes, la continuidad reglamentada
del sistema de parti-dos, los pactos de gobernabilidad y, en fin, toda esa
parafernalia de compromisos administrativos entre elites adineradas y
arribis-tas portadoras de capitales simbólicos y culturales estructuran el
moderno mercado de fidelidades políticas llamado democracia.
Paradójicamente,
no se trata de una ampliación de los dere-chos ciudadanos, de una
democratización de nuevos espacios sociales, sino precisamente de una sutil
mutilación de derechos sociales adquiridos en las últimas décadas. Claro, si
bien es cier-to que las elecciones certifican la presencia de la voluntad de
las personas, cualquiera sea su rango y posición social, en el nombra-miento de
presidentes y diputados, no es menos cierto que este poderío se transmuta en
impotencia cotidiana cuando su aplica-ción se constriñe a los escasos minutos
que dura el acto de votar, pues en el resto de los meses o años que han de
interponerse en-tre un voto y otro, sencillamente el votante carece de
facultades
187
políticas para gestionar o variar la decisión
tomada. En este caso, tenemos que el tiempo democrático de la vida social se
comprime a su mínima expresión, mientras que el tiempo de la arbitrariedad
estatal se amplía en términos absolutos.
La
democracia, como práctica recurrente y dilatada en el tiem-po, practicada por
la vida sindical, barrial y comunal, pasa así a ser abruptamente sustituida por
una libertad de decisión com-primida en un acto ritual en el que la
sociedad abdica voluntaria-mente de su decisión de gobernarse
y de autopresentarse como conglomerados colectivos, como fidelidades asociadas,
ya que el voto exige el aplanamiento individualizado del elector.
Pero
para que este tipo de achatamiento estratégico de la sub-jetividad popular
funcione, se requiere, en primer lugar, la diso-lución de la anterior
composición orgánica del trabajo social en y para el capital, y de las formas
organizativas de la sociedad bajo las cuales adquiría presencia pública
legítima. De ahí el cierre de las grandes empresas, que concentraban enormes
contingentes de obreros; la flexibilización de los contratos, que vuelve más
precaria la unidad laboral e intensifica la competencia obrera. De ahí la
generalización de los modos fragmentados del trabajo familiar, que diluyen la
separación formal entre propietarios y trabajadores, y que en conjunto buscan
confeccionar un mundo laboral técnicamente atomizado, materialmente despojado
de los antiguos modos de aglomeración, de seguridad laboral, que forjaron la
cultura política de épocas pasadas y las maneras de desplegar los derechos de
ciudadanía. El eslogan de “achicamien-to” del Estado, con el que se llenan la
boca los pseudoliberales locales para justificar la apropiación privada de los
bienes públi-cos, tiene como contraparte precisamente este agigantamiento de la
función reguladora, disuasiva y normativizadora del Estado hacia la sociedad
civil.
Estamos
hablando entonces de una necesidad estatal de in-ducir un colapso en la forma
corporativa de la constitución de la sociedad llana y, con ello, de toda una
tradición histórica de autorrepresentación política del trabajo, de todo un
patrimonio de luchas, de saberes, conquistas e identidades, con los cuales
188
—y a través de los cuales— el trabajador vivió su
vínculo con los suyos, con el resto de la sociedad y con los gobernantes. Junto
al debilitamiento de los sindicatos en los últimos años está, por sobre todo,
la búsqueda incesante del Estado de proscribir la manera corporativa de la
constitución de los sujetos políticos suscepti-bles de ser oídos y de influir
subordinadamente en el manejo de la cosa pública. El antiguo andamiaje de la
filiación ciudadana (el sindicato), a partir del cual el individuo adquiría
identidad social y calidad interpelante, trata de ser abolido por un Estado
empeñado en enseñar que el ciudadano público es el individuo aislado, votante y
propietario.
Se
trata ciertamente de una modalidad distinta de la consti-tución de la
ciudadanía, que exige que la incorporación de los subalternos en el Estado ya
no se dé por la cooptación conflictiva de las estructuras grupales para
hacerlas intervenir en las disputas circulatorias del excedente social (demanda
salarial, beneficios sociales, estatizaciones, etc.), sino por la sumisión del
individuo aislado a la normatividad institucionalizada de elecciones de
re-presentantes cada determinado tiempo. Se trata, pues, del tránsito del viejo
Estado benefactor y pródigo —cuya legitimidad venía tanto de la tácita
incorporación de demandas corporativas en la gestión pública, como de su
capacidad de neutralizar, a través de la prebenda, las infidelidades
antigubernamentales de las clases menesterosas— a un Estado neoliberal, que
pretende sustituir el soborno de las identidades plebeyas locales por la
mercantiliza-ción y prebendización de las soberanías
individualizadas y frag-mentadas del cuerpo social.
En
la medida en que esta reconfiguración de la textura ma-terial y espiritual de
la sociedad desde el Estado se lleva a cabo, lo democrático, su unilateralidad
institucional, sus dispositivos participativos, sus modos de plasmarse en los
hechos, de practi-carse, se muestran como un conjunto de técnicas sociales, en
gran parte burocráticas, que colonizan almas, que retuercen hábitos y purgan
conocimientos para imponer otros.
Claro,
los modernos y “racionales” modos de hacer política, pactados entre
representantes, entre partidos, no sólo suponen
189
que quienes deben pactar y conversar a nombre de
los intereses sociales son unas elites cuyas intenciones, en el fondo, y más
allá de la ilusión burocrática, no se representan más que a sí mismas; sino que
también supone que la gente debe ser representada en el manejo del mundo
público, debe ser mediada en su acción política por los partidos. Más aún, todo
ello requiere que la cosa pública deba existir como esfera separada de la
sociedad civil. Incluso, que la sociedad civil sólo pueda existir como sociedad
política a través de mediadores o sacerdotes de la política. Pero estos
arcaísmos políticos, que se remontan a Hobbes y Montes-quieu, aparte de no
tener ya nada de modernos, expresan un tipo de ideologización inventada del
quehacer político, cuyo raciona-lismo no radica en el vigor argumental, sino en
la fuerza estatal para legitimarlo.
El
liberalismo político, en el que el “interés común” se cons-truye como
transacción entre iguales jurídicos, requiere tanto individuos
ilusoriamente iguales y portadores de un bien comercia-ble (el voto),
como de sujetos carentes de fidelidades asociativas, parentales,
para poder lanzar a la circulación su bien transable (su soberanía).
Esto, que parece tan obvio y aséptico, necesita sin embargo de gente
desprovista materialmente del bagaje de los circuitos de filiación comunal y de
parentesco; supone al in-dividuo en estado de desprendimiento moral y en
disposición al mercadeo de su historia, de su voluntad.
Es
a partir de este individuo abstracto que el “interés general” puede formarse,
como suma de voluntades aisladas, en una ex-ternalidad ajena a todos, esto es,
el Estado liberal. La elección vo-luntaria de la sumisión requiere
entonces un imaginario histórico cercenado, una autorrepresentación
abstractiva, una politicidad impalpable, externa, éticamente inverificable. La
delegación de la voluntad política presupone, por tanto, un tipo específico de
sujeto, el sujeto delegante que no es responsable de
sus actos por-que es impotente frente a sus circunstancias, y queda compelido a
desprenderse del manejo de sus intereses. En otras palabras, requiere de
individuos sometidos a una particular disciplina de mandos tolerados, de
sumisiones refrendadas, de expropiaciones
190
soportadas y de carencias padecidas como
inevitables. Requiere pues, de la construcción disuasiva o forzada de una
cierta “mo-ralidad de esclavos” que permite arrebatar a los sujetos libres su
impulso genérico y esencial de seguir siendo libres.
La
moderna ciudadanía es, descaradamente, una ciudadanía irresponsable,
en la medida en que el ejercicio de derechos pú-blicos es simplemente una
ceremonia de dimisión de la voluntad política, de la voluntad de gobernar, para
depositarla en manos de una nueva casta de propietarios privados de la
política, que se atribuye el conocimiento de las sofisticadas e impenetrables
técnicas del mando y del gobierno.
Con
ello, lo democrático, que ya desde 1952 no significa ges-tión directa de los
asuntos comunes, sino tan sólo intervención colectiva (bajo la forma de presión
o reclamo movilizado) en el curso de los asuntos comunes, ahora sufre un nueva
mutilación, por cuanto de lo que se trata es de escoger, entre los que portan
los símbolos señoriales del poder, a quienes han de administrar arbitrariamente
la cosa pública. Se trata de una representación, que
simultáneamente es una suplantación de la soberanía social,
y que viene a ampliar los procesos de expropiación política ini-ciados con la
República.
No
cabe duda de que esta ciudadanía liberal es una ciuda-danía fantasmagórica, en
la medida en que propugna abusivos procesos de despolitización social y
de desarraigo histórico, para depositar en unas elites burocráticas, en sus
felonías legalizadas, el concepto de política y juego democrático. De esta
manera, a lo que se intenta llamar ciudadano es a una individualidad
abstrac-ta, a una conciencia sumisa guiada por los preceptos mercantiles del
regateo monetario de su soberanía. De ahí que la prebendi-zación de
las fidelidades y la moralidad de mercado, que guían la elección de
gobernantes hoy día, no es un defecto transitorio enmendable con emplastos
administrativos o concienciales; es el basamento espiritual que
lubrica estos modernos modos de ena-jenación política.
En
síntesis, se puede decir que esta manera de estructurar la forma de gobierno y
de ciudadanía está atravesada por una doble
191
impostura. La primera, porque lejos de ampliar los
territorios de intervención democrática de la sociedad dentro del propio
es-pacio político y hacia los espacios económicos, culturales, etc., se
restringen los derechos políticos a un mero nombramiento de los que habrán de
pensar y decidir por uno. La segunda, porque se simula la concurrencia de
individualidades privadas y en es-tado de desprendimiento asociativo, que son
el requisito para la eficacia de los modos liberales de construcción de la
unidad político-estatal, cuando en realidad la estructura social boliviana está
atravesada por innumerables segmentos corporativos, por múltiples filiaciones
comunales, por densas redes de agregación económicas y políticas locales de
larga tradición histórica, que desnudan como una estafa el ideal liberal de la
sociedad como mera aglomeración de propietarios privados desarraigados. Esto
significa que la subsunción real de los procesos de trabajo bajo el capital,
esto es, la propiedad privada como fundamento de iden-tidad social, y la
tecnología como regulador de las disposiciones corporales, no es un hecho
consumado. Si la economía funciona, si existe producción, mercado, acumulación,
es porque gran parte de la sociedad urbana y rural marcha basada en lazos de
parentes-co, en lógicas productivas no totalmente mercantilizadas, con
in-dividualidades definidas por su entorno colectivo filial o comunal, con
saberes y técnicas económicas no-capitalistas, etcétera. Las estructuras
corporativas como formas de organización política local (sindicatos, juntas
vecinales, ayllus), las redes de parentesco como recursos
productivos que limitan la abstractización mercan-til del uso
de la fuerza de trabajo, etc., originan identidades polí-ticas y prácticas
políticas que limitan estructuralmente la eficacia de los dispositivos
liberales de (des)politización social. Mientras se mantenga la subsunción
formal del trabajo al capital, la indivi-dualidad liberal es una falsificación
administrativa de complejas y abigarradas formas de individualización social.
¿Cómo
salir de este atolladero de artificios democráticos sos-tenidos con alfileres?
Lo más probable es que la mediocridad intelectual de los que adulan lo
existente se dedique a maquillar por acá y por allá un cuerpo político
desarticulado entre politi-
192
cidad social
y despolitización estatal, manteniendo y ahondando más la escisión,
que podría ser catastrófica, entre gestión estatal y configuración social. La
otra opción, lúcidamente asumida por ciertas fracciones empresariales en el
ámbito de la economía, es la refuncionalización de comportamientos y
estructuras políti-cas colectivas al sistema de representación electoral.
Ejemplo de estas maneras más eficaces de subordinación política es lo que
sucede en los llamados “municipios indígenas”, en los que prác-ticas políticas
comunales locales son incorporadas y luego inme-diatamente refuncionalizadas
por un sistema de administración representativa y delegada de la gestión
pública.
Sin
embargo, reconocer los “usos y costumbres” de una en-tidad local en un
municipio perdido en el mapa no representa para los gobernantes el mismo
peligro que la institucionalización de esos hábitos políticos en los niveles
ejecutivo y legislativo del Estado, y además al 70 u 80% de los ciudadanos.
Hasta qué pun-to el Estado estará dispuesto a arriesgarse a la formación de una
real hegemonía es algo incierto, aunque lo que hasta hoy acontece muestra que
las “tolerancias” de las que hace gala toda la intelec-tualidad orgánica del
Estado no dudan en transmutarse en celosos despotismos, no bien se pone en
discusión la permanencia de sus privilegios emergentes de este liberalismo
falseado.
Una
tercera posibilidad es que las prácticas políticas plebeyas, comunales y
obreras salgan del cerco en que se hallan y se expan-dan de manera autónoma a
todo el espacio público. Con todo, esto requeriría la superación de las estafas
liberales, pero también de las autoconstricciones políticas de la época del
capitalismo de Estado. Sería entonces una ampliación de la democracia, a partir
de un arranque de iniciativa social que reinventaría el significado de
ciudadanía como acto de responsabilidad permanente de cada persona en el
destino de las demás.
193
IV.
Movimiento obrero
LOS
CICLOS HISTÓRICOS DE LA FORMACIÓN
DE
LA CONDICIÓN OBRERA MINERA EN
BOLIVIA
(1825-1999)1
El
desarrollo de la producción minera en Bolivia, desde inicios de la república,
se ha caracterizado por la coexistencia de com-plejas formas de organización
del trabajo, que van desde el rudi-mentario trabajo manual en la extracción y
refinamiento de los minerales, pasando por organizaciones laborales artesanales
y semi-industriales en pequeña escala, hasta modernos sistemas de extracción
masiva sin rieles, y sofisticados tratamientos computa-rizados de la roca
mineralizada. En la misma medida, la condición obrera de los trabajadores
mineros ha estado y está atravesada por el mismo grado de complejización y
abigarramiento, con la coexistencia de obreros disciplinados por el moderno
régimen industrial, junto a obreros temporales vinculados a actividades agrícolas
comunales, y obreros-artesanos distribuidos en unida-des familiares o
individuales. Igualmente, la subjetividad de clase ha estado marcada por la
cohesión corporativa otorgada por los grandes centros mineros donde vivían y
trabajaban dos, tres o cinco mil obreros, junto con la subjetividad atomizada
del “coo-perativista” y los hábitos agrarios esquivos del obrero temporal.
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Los ciclos históricos de la formación
de la condición obrera minera en Bolivia (1825-1999)”, en Revista
Umbrales, No. 7, 2000.
197
Cada una de estas cualidades técnicas y
organizativas ha otor-gado a cada época histórica características específicas
de la con-dición objetiva de clase y de las posibilidades de autounificación de
clase, esto es, de la identidad de clase con capacidad de ejercer efectos
políticos en la estructura social. En general, se puede de-cir que la condición
obrera minera ha tenido tres grandes perio-dos desde la fundación de la
república, correspondientes a tres grandes etapas de las cualidades materiales
y organizativas de la producción minera:
El
obrero artesano de empresa
La
primera, de 1850 a 1900, en la cual la composición del prole-tariado minero va
a estar sustentada en el obrero artesano de em-presa. Se trata de
un obrero agrupado en centros industriales que extraen en gran
escala, como en Huanchaca, Portugalete, Real Socavón, Chorolque o Antequera,
pero no a partir de una espe-cialización globalmente escalonada del trabajo,
sino a través de una concentración masiva de operarios artesanos que despliegan
individualmente habilidades productivas segmentadas. Los tra-bajadores, aunque
comienzan a concentrarse en pueblos, no han interiorizado como hábito y
prejuicio colectivo la disciplina in-dustrial, por lo que son poco afectos a
unificaciones corporativas que enraícen una identidad duradera. Mantienen
fuertes víncu-los con la estructura productiva comunal-campesina, manifiesta en
sus formas de resistencia, como el motín, la fiesta, el uso del tiempo y
el cajcheo.2 En esta época, a pesar de la gran
renovación tecnológica que va a experimentar la minería, cerca del 35% de la producción
de empresas “modernas”, como Huanchaca, va a depender del trabajo Cajcha y
de la laboriosidad manual de pa-
2\
Práctica de los trabajadores nativos que, de sábado a domingo, explotaban y
recogían mineral, sin ningún tipo de control (N. del E.). Al respecto,
véase Gus-tavo Rodríguez, El socavón y el sindicato, La Paz,
Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ildis),
1991; y de este mismo autor, “Vida, trabajo y luchas sociales de los
trabajadores mineros de la serranía Corocoro-Chacarilla”, en Historia y
Cultura, N° 9, 1986.
198
lliris3 que,
como en esta empresa, llegan a constituir el 43% de la fuerza
laboral.4 Se puede decir que hasta aquí, la subsunción formal
de la fuerza de trabajo al capital sólo ha adquirido la ca-racterística de la
agregación a gran escala de operarios artesanos quienes,
portadores de una productividad autónoma, la ejercen al interior de un sistema
industrial sostenido por crecientes proce-sos de subsunción real5 de
procesos técnicos específicos, como el procesamiento y el transporte. La
subsunción formal del proceso de trabajo es, en este caso, primaria, con lo
cual la propia subjeti-vidad obrera está anclada en la temporalidad agraria o
artesanal, más que en la propia industria.
En
estos momentos, la organización obrera estará marcada por las cajas de socorro
o las mutuales con base territorial.6 Bási-camente,
son estructuras de solidaridad por empresa o localidad, y con facultades de
reivindicación de demandas referidas a un segmentado mercado de fuerza de
trabajo. En términos de efec-to estatal, su dispersión práctica y simbólica, y
su intermitente tránsito a los mecanismos de adhesión agrarios, permitía que su
representación colectiva quedara diluida en las construcciones discursivas y
los aprestos facciosos con los que partidos y cau-dillos militares interpelaban
al “pueblo” para encumbrarse en puestos de gobierno.
El
basamento técnico que sostendrá esta forma de constitu-ción obrera será el de
una coexistencia claramente segmentada dentro de cada mina, de medios de
trabajo artesanales y manuales en el proceso de trabajo inmediato, con
innovaciones en la infra-estructura, como los rieles y carros metaleros para la
extracción
3\
Del quechua pallay (recoger). El término designaba en la época
colonial y al principio de la república a las personas que seleccionaban el
mineral. Con el transcurso de los años, esta actividad se fue feminizando y hoy
en día el término designa a las mujeres que trabajan seleccionando y recogiendo
mineral entre los desechos de la explotación minera (N. del E.).
4\
Antonio Mitre, Los patriarcas de la plata, Lima, Instituto de
Estudios Peruanos (iep),
1981.
5\ Karl
Marx, El capital, México, Siglo XXI, 1985, Capítulo VI (inédito).
6\ Ibíd.
199
y transporte del mineral, acueductos y máquinas a
vapor para el desagüe, hornos de doble bóveda, selección magnética de mineral y
tinas de amalgamación calentadas por vapor,7 que
culminarán con la sustitución definitiva del antiguo “repasiri”
colonial, que amalgamaba con los pies el mineral y el azogue.8
Si
bien es cierto que a finales del siglo XIX se ha de introducir el uso de
dinamita y las máquinas compresoras de aire, que prepa-ran una revolución en el
sistema de organización del trabajo en el interior de la mina, es una
introducción tardía, cuyos efectos han de ser limitados por la rápida debacle de
la minería de la plata y, con ello, de los conglomerados obreros, cerca de
veinte mil, que estaban vinculados a ella.
La
moderna minería de la plata de finales de siglo, con sus pueblos mineros y
conglomerados obreros desaparecerá de la misma manera rápida como emergió,
cercenando los procesos de acumulación organizativa y subjetiva de ese
proletariado minero, que nuevamente será lanzado a las haciendas, a las
comunidades o al trabajo por cuenta propia. Es en este sentido que hay que
hablar del fin de un tipo de condición obrera y de la extinción de un ciclo de
lenta acumulación de experiencias, que apenas llegó a treinta años y que no
pudo ser ni mantenida ni transmitida de una manera orgánica, sistemática, a un
nuevo contingente obrero capaz de recibir esa labor como herencia sobre la cual
levantar nuevas construcciones identitarias.
El
obrero de oficio de gran empresa
El
segundo ciclo de la condición obrera minera se iniciará a finales de la primera
década del siglo XX, con el repunte de la minería del estaño y la aparición
del obrero de oficio de gran empresa. En términos técnicos, es un
obrero heredero del virtuosismo artesa-
7\ Antonio
Mitre, Los patriarcas de la plata, op. cit.
8\
Peter Bakewell, Mineros de la montaña roja 1545-1650, Madrid,
Alianza, 1983; Enrique Tandeter, Coacción y mercado: la minería de la
plata en el Potosí colonial 1692-1896, Cuzco, Centro de
Estudios Regionales Andinos (cera)
Bartolomé de las Casas, 1992.
200
nal del antiguo obrero, pero con la diferencia de
que la habilidad portada en el cuerpo, y de la cual depende la producción, se
halla asentada en una nueva realidad tecnológica, que se articula en torno a la
destreza personal del obrero de oficio.
La
pericia (destreza, aptitud) laboral no es de carácter simple y rutinario, como
era la del obrero-artesano; la destreza perso-nalmente poseída y depositada en
los movimientos del cuerpo es compleja, pues combina varias funciones
simultáneas, pero además articula la eficacia de un sistema tecnológico vasto,
que despliega su rendimiento en función de la sabiduría laboral po-seída por
este nuevo obrero. Es un obrero que ya no trabaja con técnicas artesanales sino
industriales, pero supeditadas al virtuo-sismo del cuerpo
obrero, a sus movimientos, a sus saberes perso-nalizados, que no han podido ser
arrebatados por el movimiento maquinal. El modelo paradigmático de este tipo de
obrero es el maestro perforista que, rodeado de un armazón de maquinarias y
sistema de trabajo tecnificados, desata la productividad de ese entorno
mecanizado, por el conjunto de aptitudes corporales y conocimientos personales
que ha adquirido a través de la expe-riencia, y sin los cuales todos los medios
tecnológicos se vuelven inoperantes, improductivos. Algo similar comenzará a
suceder con los mecánicos, carpinteros y la gente encargada de la pros-pección.
El
obrero de oficio es un obrero que, resultado del nuevo soporte técnico en el
trabajo, implementado por las principales empresas estañíferas desde la década
de los veinte, que aniquiló al errático obrero artesano, tiene un enorme poder
sobre esos me-dios de trabajo, pues sólo el obrero y su destreza pueden
despertar la elevada productividad contenida en las máquinas.9
Este
poder obrero sobre la capacidad productiva de los me-dios de trabajo industrial
habilita no sólo un amplio ejercicio de autonomía laboral dentro la extracción
o refinamiento, sino que, además, crea la condición de posibilidad de una
autopercepción
9\
Sobre el obrero de oficio en la industria, véase Benjamin Coriat, El
taller y el cronómetro, Madrid, Siglo XXI, 1985.
201
protagónica en el mundo: la empresa, con sus
monstruosas má-quinas, sus gigantescas inversiones, sus fantásticas ganancias,
tiene como núcleo de su existencia al obrero de oficio; sólo él permite sacar
de la muerte ese sistema maquinal que tapiza la mi-na; sólo él sabe cómo volver
rendidora la máquina, cómo seguir una veta, cómo distribuir funciones y
saberes. Esta autoconfian-za productiva, y específicamente técnica, del trabajo
dentro del proceso de trabajo, con el tiempo dará lugar a la centralidad de clase,
que parecería ser precisamente la trasposición al ámbito político estatal de
este posicionamiento productivo y objetivo del trabajador en la mina.
Paralelamente,
la consolidación de este tipo de trabajador como centro ordenador del sistema
laboral creará un procedi-miento de ascensos laborales y promociones dentro de
la empre-sa, basados en el ascenso por antigüedad, el aprendizaje práctico
alrededor del maestro de oficio y la disciplina laboral industrial, legitimados
por el acceso a prerrogativas monetarias, cognitivas y simbólicas,
escalonadamente repartidas entre los segmentos obreros.
El
épico espíritu corporativo del sindicalismo boliviano nació, precisamente, de
la cohesión y mando de un núcleo obrero com-puesto por el maestro de oficio,
cuya posición recreaba en torno suyo una cadena de mandos y fidelidades
obreras, mediante la acumulación de experiencias en el tiempo y el aprendizaje
prác-tico, que luego eran transmitidas a los recién llegados a través de una
rígida estructura de disciplinas obreras recompensadas con el “secreto” de
oficio y la remuneración por antigüedad. Esta ra-cionalidad en el interior del
centro de trabajo habilitó la presen-cia de un trabajador poseedor de una doble
narrativa social. En primer lugar, de una narrativa del tiempo histórico, que
va del pasado hacia el futuro, pues éste es verosímil por el contrato fijo, la
continuidad en la empresa y la vida en el campamento o villa obrera. En segundo
término, de una narrativa de la continuidad de la clase, en tanto el aprendiz
reconoce su devenir en el maestro de oficio, y el “antiguo”, portador de la
mayor jerarquía, ha de entregar poco a poco sus “secretos” a los jóvenes, que
harán lo
202
mismo con los nuevos que lleguen, en una cadena de
herencias culturales y simbólicas que aseguran la acumulación de la
expe-riencia sindical de clase.
La
necesidad de anclar este “capital humano” en la empresa, pues de él dependen
gran parte de los índices de productividad maquinal y en él están corporeizados
saberes indispensables pa-ra la producción, empujaron a la patronal a
consolidar el anclaje definitivo del obrero en el trabajo asalariado, a través
de la institu-cionalización del ascenso laboral por antigüedad. Ello, sin duda,
requirió un doblegamiento del fuerte vínculo de los obreros con el mundo
agrario, mediante la ampliación de los espacios mer-cantiles para la
reproducción de la fuerza de trabajo, el cambio de hábitos alimenticios, de
formas de vida y de ética del trabajo, en lo que puede considerarse como un
violento proceso de se-dentarización de la condición obrera, y la paulatina
extirpación de estructuras de comportamiento y conceptualización del tiem-po
social ligadas a los ritmos de trabajo agrarios. Hoy sabemos que estas
transformaciones nunca fueron completas; que incluso ahora continúan mediante
la lucha patronal por anular el tiempo de pijcheo10 y
que, en general, dieron lugar al nacimiento de hí-bridas estructuras mentales,
que combinan racionalidades agra-rias, como el intercambio simbólico con la
naturaleza ritualizado en fiestas, wajtas11 y pijcheos,
o el de las formas asamblearias de deliberación, con comportamientos propios de
la racionalidad industrial, como la asociación por centro de trabajo, la
disciplina laboral, la unidad familiar patriarcal y la mercantilización de las
condiciones de reproducción social.
La
sedentarización obrera, como condición objetiva de la producción capitalista en
gran escala, dio lugar entonces a que los campamentos mineros no fueran ya
únicamente dormitorios provisionales de una fuerza de trabajo itinerante, como
lo era has-
10\
Mascado de coca o, más precisamente, succión de una bola de hojas de coca
insalivadas, que se mantiene en la boca como un estimulante suave y no adictivo
(N. del E.).
11\ Ofrendas
a la tierra para iniciar la siembra (N. del E.).
203
ta entonces; permitió que se volvieran centros de
construcción de una cultura obrera a largo plazo, en la que quedó depositada
espacialmente la memoria colectiva de la clase.
La
llamada “acumulación en el seno de la clase”,12 no es pues un
hecho meramente discursivo; es, ante todo, una estructura mental colectiva,
arraigada como cultura general, con capacidad de reservarse y ampliarse; la
posibilidad de lo que hemos deno-minado narrativa interna de clase y
la presencia de un espacio fí-sico de la continuidad y sedimentación de
la experiencia colectiva fueron condiciones de posibilidad simbólica y física
que, con el tiempo, permitieron la constitución de esas formas de identidad política
trascendente del conglomerado obrero, con la cual pue-den construirse momentos
duraderos de la identidad política del proletariado minero, como la revolución
de 1952, la resistencia a las dictaduras militares y la reconquista de la
democracia par-lamentaria.
Pero
además, la forma contractual que permitió la retención de una fuerza de trabajo
errante fue el contrato por tiempo in-definido, tan característico del
proletariado boliviano en general y del proletariado minero en particular desde
los años cuarenta, convertida en fuerza de ley desde los años cincuenta.
El
contrato por tiempo indefinido aseguraba la retención del obrero de oficio, de
su saber, de su continuidad laboral y su ad-hesión a la empresa por largos
periodos. De hecho, ésta fue una necesidad empresarial que permitió llevar
adelante la efectivi-dad de los cambios tecnológicos y organizativos dentro de
la inversión capitalista minera. Pero, además, esto permitirá crear una
representación social del tiempo homogéneo y de prácticas acumulativas, que
culminan un ciclo de vida obrero asentado en la jubilación y el apoyo de las
nuevas generaciones. El contrato a tiempo indefinido permite prever el porvenir
individual en un devenir colectivo de largo aliento y, por tanto, permite
com-prometerse con ese porvenir y ese colectivo, porque sus logros podrán ser
usufructuados en el tiempo. Estamos hablando de
12\ René
Zavaleta, Las masas en noviembre, La Paz, Juventud, 1985.
204
la construcción de un tiempo de clase caracterizado
por la pre-visibilidad, por un sentido de destino certero y enraizamientos
geográficos que habilitarán compromisos a largo plazo y osadías virtuosas en
pos de un porvenir factible, por el cual vale la pena luchar, pues existe, es
palpable. Nadie lucha sin un mínimo de certidumbre de que se puede ganar, pero
tampoco sin un mínimo de convicción de que sus frutos podrán ser aprovechados
en el tiempo. El contrato por tiempo indefinido del obrero de oficio funda
positivamente la creencia en un porvenir por el cual vale la pena luchar,
porque, al fin y al cabo, sólo se pelea por un futuro cuando se sabe que hay
futuro.
Por
tanto, este moderno obrero de oficio se presenta ante la historia como un
sujeto condensado, portador de una tempora-lidad social específica y de una
potencia narrativa de largo alien-to, sobre las cuales se levantarán las
acciones autoafirmativas de clase más importantes del proletariado minero en el
último siglo. La virtud histórica de estos obreros radicará, precisamente, en
su capacidad de haber trabajado estas condiciones de posibilidad material y
simbólica para sus propios fines. De ahí la épica con la que estos generosos
obreros bañarán y dignificarán la historia de este pequeño país.
La
base técnica sobre la cual se constituirá esta forma de obre-rización de la
fuerza de trabajo minera será la de la paulatina sus-titución del diésel y el
carbón de los generadores de luz por la electricidad como fuerza motriz de las
máquinas; ferrocarriles y camiones para el transporte de mineral, que ampliarán
la división técnica del trabajo y sustituirán radicalmente la fuerza motriz del
transporte y acarreo. En los ingenios, se introducirá el sistema de
preconcentración Sink and float,13 que terminó desplazando
el trabajo de las palliris, mientras que en la extracción, ya sea
que se mantuviera el método tradicional o el nuevo llamado Block Caving (o
excavación por bloques), la tracción eléctrica y el uso de barrenos
de aire comprimido o eléctricos, reconfigurará los
13\
Manuel Contreras, Tecnología moderna en los Andes, La
Paz, ildis, Biblioteca
Minera Boliviana, 1994.
205
sistemas de trabajo y consagrará la importancia de
los obreros de oficio en los procesos de producción mineros.
Ciertamente,
no se trata de que esta revolución en la base tec-nológica y organizativa del
trabajo capitalista creara por sí misma las cualidades del proletariado minero
industrial; tal mecanicismo olvida que los sistemas técnicos similares
despiertan respuestas sociales y subjetivas radicalmente distintas de un país a
otro, de una localidad a otra, de una empresa a otra. Lo que importa, en todo
caso, es lo que Zavaleta llamaba el “modo de recepción de las
estructuras técnicas”, esto es, de la manera en que son traba-jadas,
significadas, burladas, utilizadas y aprovechadas por los conglomerados
sociales. En este acto, el trabajador acude con su experiencia y memoria
singular, sus hábitos y saberes específicos heredados del trabajo, la familia,
el entorno local, y con este bagaje peculiar e irrepetible en otro lugar,
resignifica culturalmente los nuevos soportes técnicos de su actividad de
trabajo. El resultado de esta lectura y asimilación resultará de la aplicación
de diagra-mas culturales previos sobre la nueva materialidad, con lo que habrá
una predominancia del pasado sobre el presente, de los esquemas mentales
heredados y las prácticas aprendidas, sobre la cualidad maquinal.
Pero
a la vez, esos esquemas mentales activados, exigidos, sólo podrán ser
despertados del letargo o la potencialidad por este nuevo basamento
tecnológico, y además, adquirirán una di-mensión objetiva: quedarán enraizados,
devaluados o ampliados sólo en la medida de la existencia de esas estructuras
técnicas. En ese sentido, existe una determinación de la composición
técnico-material sobre la composición simbólica organizativa del traba-jador.
La interacción histórica de estos niveles de determinación es lo que nos da la
formación de la condición de clase. De ahí que no sea casual que los núcleos
obreros que más contribuyeron a crear una vigorosa subjetividad obrera, con
capacidad de efecto político estatal, hayan sido los que se concentraban en las
grandes empresas, en las que estaban instituidas plenamente estas cualida-des
de la composición material de clase. Patiño Mines, Llallagua, Oploca,
Unificada, Colquiri y Araca son los centros de trabajo
206
donde se han ido construyendo, desde muy temprano,
modali-dades de organización obrera que, desde las cajas de socorro y mutuales,
pasaron rápidamente a las de centros de estudio, ligas y federaciones con
carácter territorial; esto es, con capacidad de agrupar a personas de distintos
oficios asentadas en una misma área geográfica. Proletarios, empleados,
comerciantes y sastres participan de una misma organización, lo que le da una
fuerza de movilización local, aunque con mayores posibilidades de que los intereses
específicos de los asalariados queden diluidos en los de otros sectores,
poseedores de mayor experiencia organizativa y manejo de los códigos del
lenguaje legítimo.
El
tránsito a la forma sindical no fue abrupto en estos grandes centros mineros.
Primero fueron los sindicatos de oficios varios, emergentes en los años veinte,
que continuaban la tradición de agregación territorial; finalmente, se crearon
los sindicatos por centro de trabajo que, después de la guerra del Chaco, se
erigi-rán como la forma predominante que adquirirá la organización laboral
minera.
A
partir de estos nudos organizativos, como los sindicatos y las asociaciones
culturales, con el tiempo se irá articulando una red, que dará lugar a la más
importante identidad corporativa de clase de la sociedad boliviana, primero en
torno a la federación sindical de trabajadores mineros de Bolivia (fstmb),
y luego, después de la revolución de abril de 1952, con la Central Obrera
Boliviana (cob). En estos años
previos a 1952, y apoyada en la forma institucional del sindicato como lugar de
acumulación de la experiencia de clase, se irá enlazando toda una narrativa
obrera, fundada en el drama de las masacres de obreros con pechos des-nudos,
mujeres envueltas en banderas tricolores y una autoper-cepción de que el país
existe gracias a su trabajo. El resto de los esquemas mentales con los que los
obreros imaginarán su futuro estará guiado por la certeza inapelable de
redención colectiva ga-nada por tanto sufrimiento. Es por ello que se puede
decir que, desde la revolución de 1952, el obrero minero se ve a sí mismo como
un cuerpo colectivo de tormento, portador de un futuro factible que, por ello
mismo, porque es viable, puede arriesgarse
207
y pelearse sostenidamente por él. Se trata de una
específica sub-jetividad productiva,14 que
vincula el sacrificio laboral y callejero con un porvenir de recompensa
histórica. La duración de estas cualidades organizativas, materiales y
simbólicas del proletariado minero que tiene sus inicios en los años treinta,
su apogeo en los años cincuenta, sesenta, y setenta, y su declive en los años
ochen-ta del siglo pasado, llegará a su fin, de una manera poco heroica y en
gran medida miserable a finales de los años ochenta, con el desmantelamiento de
los grandes centros mineros, la progresiva muerte del obrero de oficio y su
sustitución por un nuevo tipo de condición obrera.
El
obrero de especialización industrial flexible
El
fin del ciclo del estaño en la minería boliviana ha sido también el fin de la
minería estatal, de las grandes ciudadelas obreras, del sindicalismo como
mediador entre Estado y sociedad, como mecanismo de ascenso social; pero
también del obrero de oficio industrial y de la identidad de clase construida
en torno a todos estos elementos técnicos, políticos y culturales. Nada ha
sustitui-do aún plenamente a la antigua condición obrera; en pequeñas y
aisladas empresas, subsiste parte de las cualidades de la antigua organización
del trabajo, unificada en torno al maestro perforis-ta; en otras se ha
regresado a sistemas de trabajo más antiguos, manuales y artesanales; pero en
las empresas que comienzan a desempeñar el papel más gravitante y ascendente
dentro de la producción minera, la llamada Minería Mediana, se está gene-rando
un tipo de trabajador que técnica y organizativamente tiende a presentarse como
el sustituto del que prevaleció duran-te sesenta años.
Este
nuevo trabajador ya no está reunido en grandes contin-gentes. Hoy, ninguna
empresa tiene más de setecientos trabaja-dores, e internamente se han
reestructurado los sistemas de di-
14\ Antonio
Negri, Marx más allá de Marx. Nueve Lecciones sobre los Grundrisse,
Nueva
York, Automedia, 1991.
208
visión del trabajo, de rotación, de ascenso y
cualificación técnica del laboreo. El nuevo trabajador, a diferencia del
antiguo, que cumplía un oficio y ocupaba un puesto en función del aprendizaje
práctico en una línea de ascenso rígidamente establecida, hoy es de tipo
polivalente, capacitado para desempeñar varias funciones según los
requerimientos de la empresa, y entre las que la perfo-ración, o no existe, por
la operación a cielo abierto (Inti Raymi), o es una más de las operaciones
intercambiables susceptible de ser atendida tras breves cursos de manipulación
de palancas y bo-tones que guían las perforaciones (Mina Bolívar). Por lo
demás, esta actividad ya no tiene la jerarquía suprema que anteriormente
poseía, además de que ya no culmina una serie de conocimientos trasmitidos por
un escalonamiento de oficios que aseguraban una herencia de saberes de clase
entre los trabajadores más antiguos y los más jóvenes.
Dado
que cada vez cuenta más la eficiencia en las tareas asig-nadas, la destreza en
operaciones de aprendizaje rápido y la ca-pacidad para adecuarse a las
innovaciones decididas por la ge-rencia, toda una carrera obrera de ascensos,
privilegios y méritos fundados en la antigüedad y, hasta cierto punto, el
autocontrol obrero de su historia dentro de la empresa, comienza a ser
sus-tituida por una competencia por beneficios y méritos basada en cursos de
capacitación (“licencias”), pautas de obediencia, pro-ductividad,
polifuncionalidad y otros requerimientos estableci-dos por la gerencia.
Está
naciendo, así, un tipo de obrero portador de unos anda-miajes materiales muy
distintos a los que caracterizaron al obre-ro de la Patiño o la Corporación
Minera de Bolivia (comibol).
Dado que el saber productivo indispensable para despertar la productividad
maquinal recae menos en el trabajador individual que en los sistemas
automatizados y la inversión en capital fijo, el contrato a plazo indefinido ya
no se presenta como condición indispensable, ni tampoco la retención del
personal en función de la antigüedad, que estratificaba la acumulación de
habilidades y su importancia productiva en la empresa.
209
En otros casos, la polifuncionalidad obrera, que
quiebra el sis-tema de ascensos y disciplinas anterior, está viniendo de la
mano, no tanto de renovaciones tecnológicas, como de reestructuracio-nes en la
organización del proceso de trabajo y de la forma de pagos (Caracoles,
Sayaquira, Avicaya, Amayapampa, etcétera). En vez de la anterior división del
trabajo, claramente definida en secciones y escalones internos, la nueva
arquitectura laboral se ha vuelto elástica, obligando a los trabajadores a
cumplir, según sus propias metas de pago, el oficio de “perforista”, “ayudante”
“carrilero”, “enmaderador”, etcétera; o incluso interviniendo en el ingenio
para el procesamiento del mineral. El cambio del sistema de pago por función
cumplida o volumen de roca extraí-da, a la de remuneración por cantidad de
mineral procesado y refinado entregado a la empresa, ha creado en varias
empresas una polivalencia asentada en la antigua base tecnológica, aunque con
los mismos efectos disolventes de la antigua organización y subjetividad
obrera.
Objetivamente,
todas las condiciones de posibilidad material que sostuvieron las prácticas
organizativas de cohesión, discipli-na, mandos propios y autopercepciones sobre
su destino, han sido revocadas por unas nuevas, que no acaban aún de ser
nue-vamente trabajadas, para dar pie a nuevas estructuras de identi-dad de
clase. Se puede decir que las estructuras materiales que sostuvieron las
antiguas estructuras mentales, políticas y cultu-rales del proletariado minero
han sido reconfiguradas, y que las nuevas estructuras mentales y
autounificadoras, resultantes de la recepción de las nuevas estructuras
materiales, aún no están con-solidadas, son muy débiles y parecerían requerir
un largo proceso de totalización antes de tomar cuerpo en una nueva identidad
de clase con efecto estatal.
De
ahí ese espíritu atónito, dubitativo y ambiguo que carac-teriza a los
accionares colectivos que de rato en rato brotan de este joven trabajador que
está comenzando a generar y a vivir la nueva condición de clase del
proletariado minero.
210
LA
MUERTE DE LA CONDICIÓN OBRERA
DEL
SIGLO XX1
La
marcha minera por la vida
Todo
hecho, y con más razón todo hecho social, es una síntesis expresiva de
determinaciones de larga trayectoria, que se mani-fiestan contundentemente como
acontecimiento, como acto. Su realidad e importancia primarias radican en la
explicitación de un conglomerado de vínculos significativos del presente
visible, palpable. Pero hay hechos sociales en los que, de una manera poderosa,
el presente y la acumulación connotada del pasado inmediato no son suficientes
para entender su significado real y su trascendencia. Son “presentes” que
rebasan su época y cuya verdad profunda sólo se ha de hallar en el porvenir.
Hablamos entonces de acontecimientos que al momento de suceder no aca-ban de
desplegar toda la verdad implícita que portan, y además marcan una época,
porque jalan a los restantes acontecimientos presentes y pasados hacia un rumbo
en el que todos han de hallar finalidad y sentido. No son pues acontecimientos
cotidianos, sino condensaciones de época que, en el momento de brindarnos el
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “La muerte de la condición obrera del
siglo XX”, en El retorno de la Bolivia plebeya, La Paz, Comuna y
Muela del Diablo, 2000.
211
lenguaje para volver inteligibles los sucesos
anteriores, parten la historia, pues anuncian que a partir de entonces otras
serán las pautas del devenir social, aunque sólo nos demos cuenta de ello años
o décadas después.
La
marcha por la vida de agosto de 1986 es uno de esos suce-sos, que parte la
historia social boliviana en dos segmentos distin-tos. En alguna medida es el
epítome heroico, y hasta cierto punto falaz, de un proyecto de modernización
iniciado a principios de siglo y que mostró sus límites en el ocaso del siglo.
De hecho, en realidad en Bolivia, el fin de época no fue un registro numérico
de años, sino un acontecimiento social acaecido catorce años atrás. La marcha
por la vida fue también la síntesis de una condición social, de unas prácticas
colectivas, de un horizonte de vida y de un proyecto cultural de una identidad
de clase que, con su osa-día, había alumbrado e intentado unir las dispersas
hilachas de nación que deambulan por la geografía intensa de este país. Fue el
alarido más desesperado no sólo de quienes, como ningún otro sujeto colectivo,
creían en la posibilidad de la nación e hicieron todo lo que pudieron por
inventarla por medio del trabajo, la asamblea y la solidaridad; a la vez, fue
el acto final de un sujeto so-cial que como ningún otro había abrazado los
componentes más avanzados y dignificantes de la modernidad, como la cultura del
riesgo, la adhesión por convicción y no por filiación sanguínea, la ciudadanía
como autoconciencia y no como dádiva, y una am-bición expansiva
territorializada, no familiarizada, de la gestión de lo público, que resultan
de una interiorización cosmovisiva y crítica de la subsunción real del trabajo
al capital.
El
resultado trunco de una marcha, que será detenida en Ca-lamarca a punta de
bayonetas e impotencias históricas canaliza-das como miedos y cálculos, será a
la vez el de la extinción de los únicos portadores colectivos de una
sensibilidad de modernidad expansiva. Los mineros del siglo pasado fueron lo
más positi-vamente moderno que tuvo este país donde, como mucho, la modernidad
se enclaustra en una fantochería de elite, mediante la cual unos cuantos
intentan impresionar y distinguirse de los pueblerinos. Los mineros, en cambio,
fueron lo más auténtico y
212
lo más socializado de lo poco de subsunción real
que se implan-tó en estas tierras; y en sus desplantes colectivos hacia el
poder estatal, hacia la tradición filial y hacia el conservadurismo de lo
existente practicaron, sin necesidad de desearlo ni exhibirlo, una seguridad
ontológica en la historia que no tiene paralelo en la vida republicana.
La
belicosidad de su lenguaje, la desfachatez de sus ilusio-nes en el porvenir,
con las que los mineros irradiaron el tempe-ramento del siglo XX, le dieron una
densidad de multitud a las construcciones y sueños colectivos que, vistos ahora
a distancia, se muestran tan distintos a la mojigatería cultural y cobardía
po-lítica de aquellos insípidos pensantes y administradores de corte que han
pretendido sustituir, con sus veleidades de poca monta, a ese gigante social. Y
sin embargo, esta miseria moral se yergue ganadora y vanidosa en los albores de
este nuevo siglo. Pero no es la escenificación de un triunfo donde una
concepción del mundo superó a otra por la pertinencia de sus argumentaciones o
la am-plitud totalizante de sus percepciones. La significación del mun-do
neoliberal, sus símbolos abstractos de dinero, individualismo y desabridos
sujetos de traje, que han sustituido a la asamblea, el guardatojo y
la concreción del cuerpo musculoso del minero perforista, no están ahí por sus
méritos, porque en verdad ellos no derrotaron a nadie. Son como esos gusanos
que están encima del gigante no porque lo derrotaron, sino porque la muerte le
ha arrebatado la vida. La visión del mundo neoliberal sólo pudo saltar a la
palestra porque previamente fue disuelto, o mejor, se autodisolvió, el sujeto
generador de todo un irradiante sentido del mundo. ¿Cuáles fueron las kantianas
“condiciones de posibi-lidad” de este derrumbe, cuyo significado apenas
comenzamos a apreciar ahora, aunque su efecto es el fondo sustancial de lo que
es Bolivia hoy?
La
marcha minera de 1986
Era
agosto, y los mineros comenzaron a llegar de todas partes: macizos y
sonrientes cochalos de Siglo XX, Huanuni y Colquiri;
213
sobrios y angulosos de Quechisla, Caracoles, Siete
Suyos y Co-lavi; angustiadas señoras de Cañadón Antequera, de San José y de
Catavi confluían en la carretera Oruro-La Paz para empren-der la gran marcha.
Días
antes, un Ampliado Minero había decretado una Huelga General Indefinida, las
organizaciones cívicas de Oruro y Potosí se habían lanzado a un paro de
actividades a nivel regional y el 21 de agosto miles de mineros y pobladores
marchaban por las calles de Oruro para, en una asamblea, tomar la decisión de
mar-char a la ciudad de La Paz de manera inmediata. Los camiones repletos de
mineros gritando sus insolentes consignas, y los trenes que venían del sur
atiborrados de cascos y banderas, evocaban las impactantes escenas de Esenin
sobre la toma de Petrogrado a principios de siglo.
Algo
hay en el obrero de cualquier parte del mundo que hace que su presencia
tumultuosa opaque el entorno, y que su persona-lidad se imponga a la deslucida
monotonía del ambiente urbano; parecería que sólo entonces la vida dejara de
ser una casualidad despreciable, para recordarnos su sentido de grandeza. Este
era uno de esos momentos; nuevamente los mineros dejaban las he-rramientas y
venían por miles a La Paz, lo cual no es poca cosa, si tomamos en cuenta que
cuando lo han hecho casi siempre el país ha vivido insurrecciones o los
preparativos para ella.
Pero
ahora hay algo que da una tonalidad distinta a los trazos de los rostros
mineros, una sensación de incredulidad y cautela muy diferente al certero
envalentonamiento de otros años, cuan-do se sabía que el bienestar de los
gobernantes había surgido de la laboriosidad de ellos. Ahora en cambio, el
Estado, el mayor empresario minero país, está cerrando las minas, está
estrangu-lando las pulperías, está ofertando bonos para los retiros. No se
trata de deshacerse de los obreros más revoltosos para que los sustituyan
obreros sumisos, ni siquiera se trata de reducir costos de operaciones para
ampliar las ganancias, como sucedía en cada asonada militar. Se trata de algo
peor que eso; está en marcha el abandono productivo de los centros mineros, el
cierre de opera-
214
ciones y, con ello, la muerte del fundamento
material de la con-dición obrera minera más importante de los últimos cien
años.
Junto
con el cierre de operaciones de la empresa Corporación Minera de Bolivia (comibol),
se está decretando la extinción del fundamento material de la historia de una
clase, que se había for-mado entre privatismo y estatismo en sesenta años; pero
a la vez, se derrumba la fuente de una certeza colectiva que alimentaba una
confianza en el porvenir y una audacia colectiva memorable, en torno a la cual
se habían constituido mitos sociales alrededor del comportamiento
revolucionario de los mineros. El desabas-tecimiento de pulperías, la
suspensión de los envíos de material de trabajo, la retención de las horas
extra y el abandono de la prospección en los últimos meses, no respondían sólo
a una mala administración gerencial: era el preludio de la parálisis produc-tiva
del aparato minero estatal, de un tipo de formas de trabajo y organización
laboral que finalizaría en enero de 2000 y, con ello, de los soportes
estructurales de las relaciones de fuerza creadas y mantenidas a lo largo de
tres décadas y media.
El
cierre de operaciones de la mayoría de las empresas esta-tales, silenciosamente
dispuesto por el presidente Víctor Paz Es-tenssoro, no era entonces una
penalidad más en el largo camino de extorsiones que la familia minera había
sabido resistir, forjan-do su heroica historia de clase; era la conminatoria
inconsulta a un fin absoluto de esa historia o, al menos, de lo que ella fue en
los treinta y cinco años anteriores. Pero, ¿no era acaso la minería estatal el
núcleo fuerte de la acumulación que permitía la diver-sificación productiva del
país y la inversión en el oriente? ¿No eran acaso los mineros, sus luchas y sus
mártires los que habían arrancado a la república del fango hacendal, los que
reconquis-taron la democracia?
Ciertamente,
los mineros eran el alma virtuosa de la nación nacida en 1952. Y con esa
conciencia de sí es que ahora los mi-neros ocupan la carretera para ir a
interpelar al Estado. Mas la desdicha de los tiempos surgirá desde el momento
en que la re-configuración de la economía, de los soportes estatales y de la
antigua condición proletaria, no su preservación, serán el pro-
215
grama de las elites gobernantes. Indudablemente, el
excedente minero había creado la Corporación Boliviana de Fomento y sus más de
treinta empresas productivas; fueron las divisas mineras gestionadas por el
Estado las que permitieron la comunicación expedita al oriente, las que
lograron la universalización de la educación estatal gratuita, las que
expandieron el comercio in-terno, las que aseguraban los salarios de los
burócratas, de los maestros, oficiales y oficinistas. Era la minería la que
permitía creer al migrante en la posibilidad de un ascenso social progra-mable
a largo plazo, articulando un imaginario colectivo de uni-dad social
verificable y deseable. Igualmente, eran los mineros, apoyados en fabriles, los
que habían apostado infatigablemente por la democracia como opción de
intervención en los asuntos comunes, eran los fundadores de un sentido real de
ciudadanía sumamente democratizadora, a través de la figura del sindicato, que
se expandió hasta el último rincón de la geografía estatal. En fin, si algo
existía de nación y de Estado en Bolivia, era por los mineros de las grandes
empresas nacionalizadas, por su trabajo y sus deseos ¿Cómo pensar entonces en
su disolución como sujeto productivo y como sujeto político, cuando ni en las
dictaduras, que fueron sus enemigos jurados, jamás se les pasó por la cabeza
deshacerse físicamente de este conglomerado social estratégico?
Por
la sencilla razón de que presiones internacionales e inte-reses empresariales
locales, vientos e intereses de los que los mi-neros jamás estuvieron separados
en los años anteriores, apunta-ban a otros rumbos en cuanto a lo que debería
ser la composición económica de la sociedad y la composición política del
Estado.
Claro,
si nos atenemos al marco general de los ciclos econó-micos propuestos por
Kondratieff,2 desde
principios de los años
2\ 琀ikolai
Kondratieff, “The Long Waves in Economy Life”, en Beverly Hills and
London Review, No. 4, 1979; Robert Brenner, Turbulencias en la
economía mundial, Santiago de Chile: lom y
Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo (cenda),
1999; Theotonio Dos Santos, “La cuestión de las ondas largas”, en Jaime Estay,
Alicia Girón y Osvaldo Martínez (coords.), La globa-lización de la
economía mundial, México, Universidad Nacional Autónoma de México
(unam) e Instituto de
Investigaciones Económicas (iie),
1999.
216
setenta, las regiones capitalistas más importantes
habían entrado en una fase B o de descenso, que contrajo las tasas de ganancia,
estancó o declinó el crecimiento y contuvo los flujos de capital en
inversiones. Esta declinación económica exacerbó la disputa del excedente:
cierre de empresas con bajas tasas de ganancia, reducción salarial para ampliar
los márgenes de ganancia em-presarial y despidos para reorganizar la
composición orgánica del capital, que en etapas de estancamiento se presenta
rígida y estorbosa, fueron oleadas de medidas que comenzaron a barrer, una tras
otra, a las naciones más industrializadas, a los consorcios más grandes y, a la
larga, a las propias economías articuladas de forma subordinada, como la
nuestra y la de todos las países pro-veedores de materias primas.
El
capital, como suma de iniciativas individuales, comenzó a desplegar tres
vertientes, en la búsqueda de superación de esta fase descendente y de
estancamiento mundializado:
a) Potenciar,
a lo largo de varios años, la acción de nuevas ra-mas productivas capaces de
generar un paradigma tecnológico que, por las ganancias extraordinarias, la
formación de nuevos mercados de consumo y la atracción de capitales, pudiera
abrir un boquete de innovación que arrastrara el resto de la economía,
inaugurando, al final de un periodo de diez a quince años, un nuevo ciclo de
onda A o de ascenso.3
b) Lograr
consolidar e irradiar una composición orgánica del capital (relación
político-cultural y técnica entre el monto social que se invierte en salarios
respecto al total de la inversión empre-sarial) que consagrara una tasa de
ganancias elevada, reestructu-rar las formas de trabajo que consagraran
tecnológicamente esta nueva composición y aseguraran una tasa de ganancias
apetecible para las nuevas inversiones.4
3\ 琀mmanuel
Wallerstein, Después del liberalismo, México, Siglo XXI, 1996.
4\
Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda (coords.), Producción estratégica y
hege-monía mundial, México, Siglo XXI, 1996.
217
c) Deshacerse de las resistencias y antiguas reglas
de negocia-ción alcanzadas en la fase ascendente, cuando el trabajo pudo
imponer beneficios y derechos.5
Todo
lo anterior provoca, por lo tanto, una reconfiguración de la condición objetiva
de la situación de clase, por la introduc-ción de nuevas ramas de producción,
nuevas tecnologías, nueva organización del trabajo; pero también, una
reconfiguración de la trama de poder entre trabajo y capital en el ámbito
estatal, por la reducción de la capacidad de negociación que introduce
ob-jetivamente el paro, la depresión y el despido, que caracteriza la fase
descendente de la economía mundial.6
La
destrucción de medios de trabajo, mercancías y fuerza de trabajo que acompaña
esta fase de descenso en ocasiones ha des-encadenado guerras, donde la
humanidad parece hundirse en el fango de la destrucción material y física, como
en 1913-1918 con la Primera Guerra Mundial,7 y en 1940-1945 con
la Segunda Gue-rra Mundial; pero en otras oportunidades crea las condiciones de
posibilidad de grandes cambios sociales, como en 1848, cuando se produjo la
primera, y hasta ahora la única, revolución moder-na a escala de
todo el territorio capitalista de la época (Europa),8 o cuando
dio lugar a los intentos, inmediatamente ahogados, de revolución social en la
Rusia zarista en 1917.
Sin
embargo, el aumento de las penalidades, los despidos, la contracción económica
y la crisis no necesariamente desembo-can en revueltas sociales. En general, la
miseria material engen-dra más miseria material, organizativa y espiritual de
los sectores
5\
Robert Boyer y Jean-Pierre Durand, L‘Après-fordisme, Paris,
Syros, 1999; Ro-bert Boyer, La flexibilidad del trabajo en Europa, Madrid,
Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1986.
6\
Stéphane Beaud y Michel Pialoux, Retour sur la condition ouvrière,
Paris, Fayard, 1999.
7\
Giacomo Marramao, Lo político y las transformaciones, México,
Pasado y Pre-sente, 1982.
8\
Jorge Veraza, Revolución mundial y medida geopolítica de capital; a 150
años de la revolución de 1848, México, Itaca, 1999.
218
subalternos; la posibilidad de que estas fuerzas
activen actos de resistencia y autonomía radica en la acumulación previa de
ex-periencias, en la extensión de redes de acción y solidaridad, en la creación
de certezas movilizadoras, en la confianza en la acción común y la capacidad
propositiva acumulada en décadas ante-riores que, en un momento de vértigo
social, son capaces de ca-tapultar al mundo del trabajo a prácticas
autodeterminativas de gran riesgo y a gran escala.
Que
esto no hubiese sucedido en el mundo desde los años setenta, cuando se
comenzaron a desmontar las estructuras or-ganizativas de los trabajadores en
Inglaterra, en Estados Unidos, en Italia, en Francia, etc., tiene que ver con
el hecho de que, a diferencia de 1848 y 1917, los sectores del trabajo más
agredidos en sus beneficios, y que eran el baluarte del espacio de autonomía
laboral de los años anteriores, no sólo sufrieron una brutal con-tracción
temporal y reestructuración interna, sino que en muchos casos sencillamente
dejaron de existir, como los metalúrgicos, los obreros del carbón, de las
manufacturas textiles y ciertos sectores de la industria automotriz. Frente a
ellos, surgieron nuevas ramas productivas sostenidas en la electro-informática,9 con
su infinidad de vertientes en la manufactura, la circulación y los servicios; o
la expansión de la industria aeroespacial, que creó un hueco de memoria y
continuidad en la capacidad de resistencia del mundo del trabajo, de tal forma
que, para finales de los años noventa, el recorte en beneficios sociales, en
salarios y en estabilidad laboral ha hecho regresar a una gran parte de la
sociedad mundial a la precariedad del siglo XIX.10
En
Bolivia, la lapidaria frase del presidente Paz Estenssoro: “Bolivia se nos
muere”, venía cargada de los mismos presagios. O se cambia el patrón de
acumulación, la forma de regulación de la economía y se modifican las reglas de
negociación-inclusión
9\
Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda (coords.), Producción estratégica y
hege-monía mundial, op. cit.
10\
Pierre Bourdieu, La miseria del mundo, Buenos Aires, Fondo de
Cultura Eco-nómica, 1999.
219
del trabajo, o Bolivia, entendida como el ámbito
geográfico del dominio (barroco e híbrido) del capital, se acaba.
Si
algo hay que reconocerle a Paz Estenssoro es su olfato para nadar siempre a
favor de la corriente de las reglas mundiales de la economía. En verdad, no es
una virtud darse cuenta de las ob-viedades que requieren las clases dominantes
locales para validar ése, su sitial. Sólo se trata de una buena dosis de
pragmatismo y una cultura media respecto a lo que pasa en el mundo; claro que
en un ambiente cultural raquítico como el de las elites confor-mes
de este país, ésa es una poderosa ventaja. Cuando había que ser nacionalista,
bregar por la constitución del Estado-nación, intentar vías de sustitución de
importaciones, colocar al Estado como locomotora de la economía y benefactor
social, como venía sucediendo en todo el mundo industrializado, Paz Estenssoro
hizo lo suyo desde sus dos primeros gobiernos, aunque siempre preocupado por el
excesivo envalentonamiento de unos obreros insurrectos triunfantes, que lo
habían colocado en el timón del poder gubernamental.
Ahora,
en cambio, los vientos soplaban para pasar a la libre empresa, a la
desregulación de los mercados, al cierre de empresas temporalmente
deficitarias, a la apertura de fronteras, a la con-tracción estatal para
integrar, a la esfera de la valorización empre-sarial y el mercado, áreas
anteriormente gestionadas al margen de este criterio.11 Había
también que modificar las relaciones de poder estatal, cambiando las técnicas
de ciudadanización corpo-rativa a fin de reducir beneficios sociales, elevar
las posibilidades de rentabilidad con el abaratamiento de la fuerza de trabajo,
ga-rantizar inversiones extranjeras con la desarticulación de formas de
organización contestatarias de la sociedad civil y, en fin, dar por terminada
una composición política de la sociedad12 que consa-
11\
Chávez Corrales, Juan Carlos (ed.), Las reformas estructurales en
Bolivia, La Paz, Fundación Milenio, 1998.
12\
Luis Tapia, Turbulencias de fin de siglo, La Paz, Instituto de
Investigación en Ciencias Políticas (iincip),
1999.
220
graba, para la anterior etapa de desarrollo del
capitalismo local, normas de negociación y mercadeo entre el trabajo y el
capital.
En
este estrecho sentido del término, había previsión guberna-mental, un plan,
iniciativa histórica. El gobierno y ciertos sectores de inversionistas locales
y extranjeros sabían más o menos que, para preservar su poder y ampliarlo, se
tenía que dar un nuevo rumbo general a los ambiguos territorios donde desplegar
las reglas del mercado y la industrialización.
Los
trabajadores, el horizonte de previsibilidad de los asalaria-dos organizados,
en cambio, se habían quedado rezagados; peor aún, ese tapiz cultural y letrado
que desde 1950 estaba adherido al cuerpo obrero, a través de dirigentes
sindicales “fabricados” y discursos políticos “inyectados” bajo múltiples
formas partidarias de izquierda, carecía de cualquier otra perspectiva que no
fuera la del capitalismo de Estado. Atrincherada tras un discurso
esta-talizante, homogeneizador, disciplinante de la fuerza de trabajo —y sin
esconder esas irrefrenables ansias de mirar a la plebe co-mo una masa
movilizable, educable, guiable y predispuesta a ser gobernada por la inmaculada
“vanguardia civilizada”, portadora del designio de las leyes de la historia—,
la izquierda simplemente había convertido el sueño del nacionalismo
revolucionario y de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (cepal)
en una versión más radicalizada, en su “programa revolucionario”. Sólo podía
ver entonces hasta dónde llegaba el capitalismo de Estado, apoyado por las
propias fuerzas capitalistas que poten-ciaban esta ruta. Cuando el capital dio
un giro y se embarcó en la “libre empresa”, los formadores de opinión de la
izquierda ya no supieron qué hacer; en una escena cómica y ridícula, se
quedaron sin fuerza, sin discurso o, cuando más, a seguir demandando un
capitalismo de Estado a los propios capitalistas, que lo estaban abandonando
por obsoleto.
Sin
embargo, no se trataba de una retórica sin influencia; de hecho, se trataba de
un discurso y una práctica política que adu-laban disposiciones conservadoras
dentro de la propia clase, que estimulaban estados de ánimo de querellantes, de
obedientes, de demandantes, tan arraigados en las clases subalternas, en detri-
221
mento de la práctica de soberanía, propositiva,
autodetermina-tiva de la condición de clase trabajadora. Bajo estos estandartes
se había constituido un habitus de clase, y con ellos acudía a
su encuentro con la muerte.
Los
fuegos de la insumisión y la mansedumbre
La
marcha por la vida fue también, en parte, el escenario de estas disposiciones
culturales de clase del movimiento obrero. Como no podía ser de otra manera, la
marcha multitudinaria de casi quince mil personas, entre los cuales se
encontraban mineros, amas de casa, estudiantes y campesinos, cristalizó un modo
ple-beyo de reclamar al Estado. Ahí quedaba condensada una secu-lar memoria
colectiva de producir voz demandante a través de la explicitación del cuerpo
social en movimiento. En verdad, es lo único que la multitud tiene de propio,
de directo: su número, su agregación palpable, que manifiesta la fuerza de
masa. Aquí, la ocupación de las calles, de las carreteras, es la verificación
de una identidad de cuerpo de clase, fundada en la intervención directa en la
escenificación del agobio, de la injusticia soportada y en la voluntad de que
eso cambie.
Es
claro que este acto de fusión colectiva de indignación, que se abre paso por la
geografía, es un impetuoso acto de des-posesión de la función parlamentaria
como vertedero delibera-tivo de las pulsaciones sociales; aquí la aglomeración
actuante se sobrepone como mecanismo de deliberación fáctica de los asuntos
comunes. Se abandona el centro de trabajo, se ocupan las carreteras (Oruro-La
Paz; Sud Yungas-La Paz), y se recurre al tumulto para externalizar la palabra y
el sentimiento de todos los trabajadores. Ya de entrada, esto habla de la
vigencia de una particular manera en la que se interiorizó la ciudadanía como
ejercicio de derechos,13 bajo
la forma de asociación, de cuerpo movilizado. Se trata de una exultante
interpretación ética de la
13\
Thomas Marshall y Tom Bottomore, Ciudadanía y clase social, Madrid,
Alianza, 1998.
222
vida en común,14 entendida
como asociación y movilización por centro de trabajo, por rama de actividad y
por identidad laboral como forma de filiación social.
En
este sentido, la marcha vuelve a validar un modo histórico de entender la
política como un hecho de masas mediante el cual: a) el trabajador asume una
identidad corporativa por centro de trabajo; y b) este trabajador colectivo,
así constituido como sin-dicato, interpela al Estado y ejerce, sin más
mediación, su lucha por el reconocimiento y sus derechos públicos.
Esta
manera de filiación política y de práctica política obrera era portadora de
múltiples virtudes. Por un lado, permitió crear un sentido de responsabilidad
política sumamente arraigado en la vida cotidiana y la actividad laboral. Dado
que, para ejercer derechos y modificarlos, el punto de encuentro y verificación
es la unificación por centro de trabajo más su movilización, el acto de la
política es una competencia socializada, practicada directamen-te por el
trabajador como una más de sus funciones cotidianas. El papel de los
especialistas de la “política”, que monopolizan y privatizan este bien
colectivo, queda así en gran parte limitado, ya que hay una inclinación
generalizada a conceptuar el bien co-mún como una competencia del común, de
todos.
Por
otro lado, la verificación de esta responsabilidad, por su propia cualidad de
masa, no puede menos que practicarse a tra-vés de mecanismos de unificación
colectiva como la asamblea, la marcha, la movilización, la rebelión. Esto
significa que la repre-sentación simbólica15 de la lucha por
los derechos colectivos no sólo es un lugar de formación de una identidad
social, sino que además sólo se puede ejecutar mediante técnicas asociativas
co-munalizadas, esto es, que son capaces de crear interunificación práctica y
autónoma entre los trabajadores. De ahí que la medida de la democracia, en toda
la época en la que prevaleció esta mane-ra de entender la política, no fuera un
problema cuantificable en
14\ David
Held, “Ciudadanía y pluralismo”, en La Política, No. 3, 1996.
15\ 琀rnest
Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas; fenomenología del
reconoci-miento. Tomo II. México, Fondo de Cultura Económica, 1998.
223
votos ni en ingeniería de pactos parlamentarios,
como lo es hoy. Democracia era básicamente la intensidad unificadora por centro
de trabajo del conglomerado laboral y el grado de permeabilidad del Estado para
reconocer, oír y canalizar las demandas de la so-ciedad sindicalmente
organizada.
Estos
elementos, a su vez, han permitido forjar en la historia una
autorrepresentación obrera signada por la unidad, la disci-plina laboral y la
movilización de masas. Dado que el obrero sólo puede mirarse a sí mismo a
través de su cohesión con los demás y a todos juntos en estado de tumulto
movilizado, hablamos de una identidad de clase caracterizada por la fidelidad a
los man-dos sindicales y al estado de congregación actuante. Se trata de un
auténtico prejuicio de clase, resultante de una lectura interna de la historia,
en la que lo único permanente en las luchas des-plegadas ha sido el sindicato y
la solidaridad de otros sindicatos. Mientras los pequeños partidos y los
caudillos se disuelven ante las primeras balaceras, el sindicato está ahí para
proteger a las familias, para cuidar a los hijos abandonados, dar trabajo a las
viudas, para hacer conocer lo que pasa en otros campamentos, para enterrar a
los muertos. En fin, ha sido el sindicato-en-lucha el lugar donde el ser
desarraigado de la tierra y del ayllu encuentra un sentido de
intelección de la vida, una nueva familia perenne, que le devuelve la vivencia
de integración y de trascendencia sin la cual ningún ser humano es capaz de
sostenerse en pie. En fin, el sindicato, su disciplina, sus costumbres
movilizadas, son el lugar donde el obrero se puede mirar a sí mismo en la
historia y proyectarse en el porvenir, de retarlo, de desearlo y hundirse en
él. En este sentido, se puede decir que el sindicato fue la única organización
de clase obrera del siglo XX.
Por
último, esta manera de entender y ejercer las funciones políticas fue, con
todo, el único momento duradero, en las últimas décadas, en que la política
dejó de sostenerse en la activación de redes de parentesco y el soborno del
miserabilismo económico, tan propios del comportamiento de las clases
dominantes y las
224
clases subalternas. El patrimonialismo16 y
el clientelismo,17 tan
enraizados en los habitus señoriales de las clases pudientes y
en los habitus dominados18 de
las clases menesterosas, tuvieron en la forma sindicato, en particular obrero,
el único lugar donde material y culturalmente, y no sólo por medio de “llamados
a la conciencia” como hoy, comenzaron a ser disueltas por prácticas y redes de
filiaciones políticas modernas basadas en la adhesión y el compromiso ético.
Personas
provenientes de los más distintos lugares geográfi-cos, desprendidos de los
tejidos de filiación sanguínea o de paisa-naje, se agrupaban por centro de
trabajo para practicar desde ahí, sin mediación ni mercadeo de voluntades, su
manera de interve-nir en la gestión de los asuntos públicos. La extinción
posterior de esta manera de hacer política, que trajo consigo la
“relocali-zación” (despido) y el enseñoramiento de los partidos políticos, hará
regresar a la sociedad entera a los hábitos decimonónicos de la consagración
política por la vía del linaje de las elites gober-nantes y la extorsión de la
pobreza de los dominados.
Pero
a la vez, hay un tronco de mansedumbre que se recons-truye a través de estas
formas de entender la política. La marcha minera, en su euforia colectiva
desparramada por la carretera, no se presenta en ningún momento para los
mineros como un medio para arrebatar, para tomar de facto lo que se cree que es
propio. Se puede decir que en todo el acto dramático de marchar lo que se está
escenificando es la primordial manera de estructurar el mundo a la que está
acostumbrado el obrero, y según la cual su papel muchedúmbrico y arriesgado lo
es en cuanto demandante,
16\
Max Weber, “Sociología de la dominación”, en Economía y sociedad, México,
Fondo de Cultura Económica, 1987.
17\ 琀orbert
Bobbio, El futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura
Econó-mica, 1986; Máximo Quisbert, “Fejuve El Alto 1990-1998: dilemas del
clien-telismo colectivo en el mercado político en expansión”, Tesis de
Licenciatura, carrera de Sociología, Universidad Mayor de San Andrés (umsa),
1999.
18\
Pierre Bourdieu, La distinción, Madrid, Taurus, 1998; también,
del mismo au-tor, “Campo del poder, campo intelectual y habitus de
clase”, en Intelectuales, política y poder, Buenos
Aires, Eudeba, 2000.
225
en cuanto peticionario alevoso y digno de lo que
supone son sus derechos, sus necesidades y expectativas. Pero entonces aquí el
derecho no es tanto una autoconciencia con efectos prácticos de la posición que
uno ocupa en el mundo, y mediante la cual uno ocupa el mundo, sino un gesto
colectivo para obtener reconoci-miento ante el Estado, para obrar de una manera
en el mundo. Es, en definitiva, en el Estado en quien el obrero se refleja para
hacerse reconocer en sus prerrogativas públicas. Ciertamente, es una apetencia
política muy intensa la que se pone en marcha, y de hecho no es exagerado
afirmar que los obreros, y en particular los mineros, en toda esta época que va
de 1952 a 1990, han interiori-zado como un componente indisoluble de su
identidad de clase la cercanía al Estado, la ambición de integración en el
Estado.
Pero,
a la vez, no se trata de una presencia en el Estado como objetivación de un yo
colectivo de clase; es decir, el minero no se ambiciona en el Estado como
titularidad gubernativa. Al con-trario, se ambiciona poderosamente en el Estado
como súbdito, como seguidor, arrogante y belicoso, pero tributario de adhesión
y consentimiento negociados. El obrero no se ha visto jamás, a no ser en
momentos extremos y evanescentes, como soberano; pues el soberano no pide sino
ejerce, no reclama sino sentencia. Si bien el sindicato, movilizado a lo largo
de todos los años anteriores desde la revolución de 1952, fue capaz de abrogar
el monopolio de las decisiones políticas basadas en el linaje, el conocimiento
letrado y el dinero, nunca ha de abandonar la creencia de que el apellido, el
dinero y el conocimiento letrado son los requisitos imprescindibles para
gobernar.
Esto
significa que la manera de proyectarse en el ámbito po-lítico sea meramente
interpelatoria, no ejecutiva; esto es, que el obrero, a raíz de sus luchas, se
siente portador inexcusable del derecho a hablar, a resistir, a aceptar, a
negarse a acatar, a presio-nar, a exigir, a imponer un rosario de demandas a
los gobernantes, pero nunca ha de poder verse a sí mismo en el acto de
gobernar. Es como si la historia de sumisiones obreras y populares practica-das
desde el coloniaje se agolpara en la memoria como un hecho inquebrantable,
adherido al cuerpo obrero, y empujara a la masa
226
movilizada a enfrentarse al poder como simple
sujeto de resisten-cia, de conminación, de reclamo, y no como sujeto de
decisión y soberanía ejercida. La imagen que de sí misma habrá de producir la
condición obrera es la del querellante, no la del soberano.19
Hay
una inclinación irreductible de este proletariado, y en general del
proletariado moderno, a buscar sus derechos por me-diación del Estado, lo que
significa un reconocimiento implícito del Estado como representante general de
la sociedad, como lugar de la constitución de un sentido de comunidad y
adquisición de reconocimiento.20 Pero, y esto es una
singularidad de la forma-ción de la condición obrera y popular en Bolivia, se
trata además de una pertenencia dependiente, de una integración subordinada al
Estado. La actitud peticionaria en el ámbito obrero explicita el carácter
imprescindible de la aquiescencia de los gobernantes para ejercer un derecho,
porque parecería ser que sin ese consen-timiento, ese derecho careciera de
legitimidad y validez. Parecería que el mundo se estructurara en el imaginario
de clase, de tal ma-nera que la propia identidad actuante sólo pudiera
consagrarse públicamente mediante el reconocimiento positivo (conquista de
derechos) o negativo (la represión y la masacre) por parte de los gobernantes.
Sin duda se trata de un auténtico habitus de clase, que a lo
largo de la historia reconstituirá el núcleo conservador y dominado de la
condición obrera. Es quizá en esta anhelante búsqueda de la mirada de los
dominantes para poder certificar la presencia de los dominados, donde habría
que ir a buscar la inclinación a un hábito mendigo de las clases populares o la
pre-disposición a observar el cumplimiento de sus derechos como dá-divas y
favores personales otorgados por el personal gubernativo.
En
la marcha, la memoria de estas sumisiones, corporeizadas como sentido común,
guía los gestos mineros que se despliegan en el pavimento. En términos
estrictos, la marcha, que con el pasar de los días llegará a cobijar a más de
diez mil mineros, será la más grande escenificación de esta sujeción de la
clase a la legitimidad
19\
Georges Bataille, Lo que entiendo por soberanía, Barcelona,
Paidós, 1996. 20\ Axel
Honneth, La lucha por el reconocimiento, Barcelona, Crítica,
1997.
227
estatal. En general, los mineros hacen lo que hacen
para recor-dar al Estado que él no puede hacer lo que está haciendo, que no
puede romper unilateralmente un pacto con los primordiales fuegos de abril,
cuando quedaron fijadas las prerrogativas y las dependencias entre dominantes y
dominados; se marcha, pues, para forzar nuevamente la inclusión de los derechos
del trabajo en el ordenamiento del Estado.
A
nadie se le ha ocurrido marchar para desconocer a Paz Es-tenssoro, que incluso
había ganado en varios de los distritos mi-neros en las recientes elecciones de
1985; se marcha pues como gesto ritual y recordatorio de los compromisos
históricos a quien precisamente emblematiza la impronta obrera en la nación:
Víc-tor Paz Estenssoro.
Sin
embargo, el hecho de que en este llamado a la reconstitu-ción de los pactos
inclusivos en el Estado los mineros recurran al gesto doloroso y sufriente del
cuerpo colectivo señala hasta qué punto las inclinaciones insurrecionales, con
las que se forjó la correlación de fuerzas del Estado nacionalista, han cedido
su lenguaje vigoroso y arriesgado, por la puesta en escena de un tor-mento
colectivo a lo largo de trescientos kilómetros.
Ciertamente,
en esto está presente la reactivación de un ima-ginario de clase, que narra su
paso por la historia a través del recuento de las masacres, el dolor y la
injusticia perenne de una patria ingrata que maltrata a quienes la sostienen.
De ahí que se pueda decir que el movimiento obrero ha producido una narra-tiva
sufriente de su devenir de clase, donde el martirologio, la desgracia y las
tribulaciones marcarán el único camino hacia lo que se considera una venidera
redención, ineluctablemente ga-nada a costa de tanta desdicha. La marcha, los
pies sangrantes, la comida improvisada, la lejanía de los seres queridos, son
los gestos mediante los cuales reconstruyen su memoria para inter-pelar al
Estado.
Pero
ahora hay una peculiaridad distintiva de este recuento de experiencias pasadas.
Antes, las experiencias de tribulacio-nes y actos de sufrimiento colectivo
siempre fueron el resultado inesperado de demandas, de reclamos y luchas que
los obreros
228
se sintieron empujados a dar para obtener lo que
ellos habían considerado como justo. Las penalidades colectivas emergían como
respuesta brutal de unos gobernantes insensibles, que no derogaban la creencia
moral de la justeza de lo reclamado y que, por tanto, más pronto o más tarde
sería nuevamente contraargu-mentada con una nueva movilización de las certezas
morales de la clase. La marcha, en cambio, es una producción de penalidades
deliberadas, decididas por cuenta propia; no la respuesta, sino el enunciado
con el que se dirigen al Estado.
¿Qué
es lo que ha llevado a esos mineros a recurrir a lo último que el ser humano
utiliza cuando ya no tiene otras opciones, como es el cuerpo, como lugar de
exhibición pública de dolor? La huel-ga de hambre, o el suicidio, en su versión
más radical, siempre ha sido el último refugio del ser que, inhabilitado de
medios de poder e influencia ante sus interlocutores, arrojado a la impotencia
ab-soluta, recurre al propio cuerpo, a la autoprivación y al riesgo de muerte
autoinfligido como último recurso de libertad para eludir la cadena de
imposiciones que le ha arrebatado la posibilidad de ser reconocido. Es el
último peldaño del ser dominado que está a la defensiva, que ya nada puede
hacer para revertir su situación subalterna, y que se refugia en el drama del
cuerpo para lograr re-conocimiento, mediante la conminatoria extrema del
autosuplicio o la búsqueda de la muerte. Su efecto, en caso de darse, vendrá
por el hecho de remover los más básicos fundamentos morales de los dominantes,
en cuanto seres humanos, que podrán verse compelidos a otorgar un plus simbólico
de credibilidad, de po-der al dominado, a fin de integrarlo nuevamente al
ámbito de la economía de derechos y concesiones sociales.
La
dramática marcha por la vida de 1986, que abrirá un largo ciclo de marchas y
crucifixiones populares en las siguientes déca-das, marcará a su modo el
nacimiento de una época de impoten-cias dramatizadas de las clases populares.
La impotencia, puesta de manifiesto aquí, no es, en aquella parte del espacio
político, definida por la capacidad de movilizarse en masa o por la obten-ción
de solidaridad de otros sectores sociales. Diez mil mineros caminando por días
es, no cabe duda, una inédita acción multi-
229
tudinaria, y el apoyo de los Comités Cívicos de
Oruro y Potosí, que entraron en huelga en los días previos,21 más
la adhesión de comunarios, pobladores y estudiantes, muestra esta amplitud de
conquistar apoyo de otros conglomerados empobrecidos. La impotencia aquí se ha
de dar en aquella franja central del espacio político que tiene que ver con la
capacidad de generar horizontes de organización y acción
social propositiva. Los mineros carecen de un plan para
producir historia colectiva que vaya más allá del legado por el capitalismo de
Estado, en su versión nacionalista o izquierdista (el llamado “socialismo”), y que
en 1986 se derrum-bará estrepitosamente frente a los atónitos ojos de los
mineros.
La
fuerza obrera, la identidad de clase consagrada revolucio-nariamente a través
de la insurrección de abril, tuvo al Estado y a la economía estatalizada como
su fundamento material y político. La fortaleza del Estado nacionalista y de su
basamento econó-mico, como la industrialización estatalizada, fue simultánea a
la fortaleza del movimiento obrero. De hecho, la posibilidad de la obtención
del excedente social gestionado por el Estado, que le permitió crear los
primeros pasos de una integración territorial y económica, dependía de la
minería y sus mineros. A su vez, los mineros podían tener la certeza de su
importancia social y de su capacidad de producir efectos de reacción estatal,
en la medida en que pertenecían a empresas estatales y el sindicato era
recono-cido como el modo predominante de ejercicio de ciudadanía.22 Por
eso los hechos políticos sucedían de ese modo tan paradó-jico en el cual, si
bien por una parte mineros y Estado aparecían como los más irreductibles
opositores (bajo la forma elocuente de enfrentamiento entre mineros y
militares), lo eran porque al mismo tiempo, en la raíz de la historia de ambos,
cada uno era el engendro del otro y su extensión más duradera (bajo la forma
21\
José Pimentel Castillo, “La marcha por la vida”, en Problemas del
sindicalismo, Llallagua, Universidad Nacional Siglo XX, 2000.
22\
Álvaro García Linera, “Ciudadanía y democracia en Bolivia, 1900-1998”, en Ciencia
Política, No. 4, junio de 1999.
230
de la gestión de la producción minera y circulación
de los exce-dentes económicos).
Los
mineros habían producido, como ningún otro sector so-cial, las cualidades
estatales de la vida política, y cuando los usu-fructuarios dominantes creyeron
que había llegado el momento de romper ataduras y reconfigurar la relación de
fuerzas en el interior del Estado, los obreros no supieron qué hacer; carecían
de opción, y a lo único que se inclinaron de manera obsesiva fue a rememorar la
antigua composición de fuerzas, los añejos pactos inclusivos dentro del mismo
ordenamiento estatal y económico. Carecían de plan histórico y, por primera vez
en su historia de clase, se volvieron conservadores, pues sólo atinaron a
proponer la preservación de lo existente.
El
minero, que había impuesto su sello al corpus espiritual del Estado
nacionalista, se había desenvuelto en él, y su campo de visibilidad era el que
otorgaba ese ambiente cultural. Más allá de la retórica pseudosocialista, el
proletariado era nacionalista y con razón, porque fue dentro del programa
nacionalista donde produjo su unidad, su identidad de clase, su épica, su
ascenso so-cial a través del sindicato y su pequeño bienestar. Por eso, cuando
el propio Estado inició el desmantelamiento de los pilares mate-riales y
organizativos de la antigua trama estatal y de las antiguas adhesiones, se
estaba evidenciando que las principales fracciones de las clases dominantes,
constituidas en y gracias al Estado na-cionalista, estaban delineando una nueva
trama política, donde el obrero quedaría desprovisto de su intrusión y
protagonismo en el Estado. En cierto modo, era una declaratoria de guerra, si
entendemos la guerra como una abrupta ruptura de la relación de fuerzas
sociales llevada a cabo por todos los medios, incluidos los de la violencia
física.
Inicialmente,
el movimiento obrero no lo entendió así, o no quiso entenderlo, y obró como
estaba acostumbrado: reponer la economía de demandas y concesiones mediante la
huelga, el paro y la movilización. Y cuando se percató de que lo que estaba en
juego no era la forma de ese mercado político, sino la propia naturaleza, el
contenido de los vínculos políticos anunciado por
231
el cierre de minas y la muerte de la condición
material de clase, se sintió incapaz de producir un proyecto autónomo de orden
social distinto al que había conocido hasta el momento, y demandó el regreso al
antiguo horizonte histórico del Estado nacionalista.
Con
ello, se inició un ciclo de derrotas de largo aliento en el que, frente a una
iniciativa arrolladora de las clases pudientes, las clases subalternas no
atinaron más que a atrincherarse en la evocación de antiguos pactos sociales
que la habían arrojado a la pérdida de iniciativa histórica, de imaginación
propositiva, de autonomía, que hoy, catorce años después, lentamente comienza a
ser revertida por estructuras de movilización social de nuevo tipo, como la
Coordinadora del Agua y la Vida de Cochabamba.
Por
cierto, el problema no fue la falta de propaganda de los “activistas” que panfleteaban sus
ofertas programáticas. Pensar que las clases sociales eligen sus rumbos en
función de la influen-cia pedagógica de unos cuantos escribanos es reducir la
sociedad a un aula escolar compuesta por párvulos ignorantes y maestros
portadores del saber y, peor aún, pensar que la objetividad del devenir de las
luchas sociales y de las condiciones de clase puede ser reemplazada por los
efímeros diagramas de las ideas.
La
impotencia de horizonte histórico que emergerá en la mar-cha por la vida está
anclada en hechos más poderosos que la pro-pia constitución de las clases
laboriosas, como son los hechos prácticos y los efectos materiales que las
clases son capaces de desplegar en el interior de las estructuras técnicas y
simbólicas de su condición de clase. En particular, es en las características
de las maneras de unificarse, de resistir, de proyectarse en el ám-bito de la
estructura técnica y organizativa del proceso de traba-jo industrial, es decir
que es en la manera de constitución de la identidad política de clase
contemporánea donde hay que ir a rastrear la producción de sumisiones,
dependencias y limitacio-nes de la clase obrera boliviana que emergerá en el
momento de la marcha y en su desenlace.
En
general, la condición obrera se ha caracterizado por la radicalidad de demandar
y no tanto por la radicalidad de lo de-mandado al Estado y a la patronal. Desde
los años veinte, el mo-
232
vimiento obrero ha creado una cultura
reivindicativa centrada en el salario, los beneficios sociales, la
alimentación, la protección familiar, la salud, la vivienda, el cuidado
familiar que, ciertamente, poseen una absoluta legitimidad en cuanto conquista
de derechos sociales y laborales mínimos e indispensables para garantizar la
continuidad del trabajo y la vigencia de una dignidad colectiva. Se trata en su
totalidad de un conjunto de derechos articulados a la regulación del valor
social medio de la fuerza de trabajo, es-to es, refieren al ámbito de la
valorización histórico-moral de la fuerza de trabajo23 dentro
del espacio del mercado de la fuerza de trabajo. Se trata del punto de partida
y del punto de llegada de la constitución del obrero como clase moderna, esto
es, como portador de una mercancía que negocia los niveles de su realiza-ción
mercantil, y que a lo largo de la vigencia del capitalismo ha tenido fuertes
implicancias políticas de tipo reivindicativo, como sucede en Bolivia.
Sin
embargo, existe otro espacio probable de constitución moderna de la condición
obrera que, emergiendo de la posición objetiva del sujeto que vende la fuerza
de trabajo bajo las leyes de la lógica mercantil, inicia su desmonte
simultáneo, por cuanto se dedica a erosionar la propia constitución de la
fuerza de trabajo como mercancía medida y regulada por el valor. Este espacio,
que marca la franja crepuscular de la normatividad del capital como hecho
económico, cultural y simbólico, es el de la autoor-ganización del trabajador
en el interior del proceso de trabajo, en acto de disputa y modificación de la
realidad técnica y orga-nizativa del trabajo como trabajo asalariado, como
trabajo para valorizar el valor. Son los actos de resistencia, de interunificación
de los trabajadores para desplegar, corpuscular o ampliamente, estructuras de
gestión de la realidad material del trabajo capaces de eludir la subsunción
general del trabajo al capital, y, por me-dio de cuyas luchas, vertidas de
múltiples formas y a lo largo de décadas, van creando un tejido organizativo,
cultural y simbólico en disposición de engendrar horizontes de historia social
autóno-
23\ Antonio
Negri, Del obrero masa al obrero social, Barcelona, Anagrama, 1980.
233
mos, proyectos de iniciativa histórica susceptibles
de disputar el sentido general del devenir, producido recurrentemente por las
clases dominantes. Este nivel de autoorganización de clase es el que, con el
tiempo, produce efectos políticos de tipo revolucio-nario, que complementan y
expanden ilimitadamente el tipo de práctica política reivindicativa,
surgida de la lucha por derechos laborales mercantiles. Otra manera
de leer estos dos niveles de la lucha política en la sociedad moderna es que el
primero com-pete al nivel del sistema social de libertades, en tanto que el
otro compete al sistema de necesidades. Una lectura del socialismo como mera
satisfacción del sistema de necesidades, al margen de la ampliación del sistema
de libertades, es el que en general ha predominado en los antiguos partidos de
izquierda con influencia en el movimiento obrero, y que ha creado el ambiente
intelectual y discursivo del enseñoramiento de la razón cultural del
capita-lismo de Estado y del discurso nacionalista.
El
mundo obrero boliviano, precisamente, ha cultivado un ti-po de práctica
política fundamentalmente reivindicativa, en tanto que
las prácticas políticas productoras de horizonte estratégico
al-ternativo han sido bastante restringidas, por la reconstitución de sumisiones
y mansedumbres en el interior del campo de fuerzas de clase que se dan dentro
del proceso de trabajo y el proceso de producción en general. En cierta medida,
el obrero boliviano, a diferencia de los trabajadores de otros países
latinoamericanos, ha sabido llevar adelante una cultura de subordinación
productiva basada en la sublevación intermitente y el lenguaje de masas. Pero a
la vez, se ha impuesto limitaciones sistemáticamente, ha eludido o no ha creído
necesario expandir luchas en el propio ordena-miento de la racionalidad
productiva moderna, reconstituyendo continuamente los mandos organizacionales,
los usos técnicos de los sistemas productivos, la intencionalidad sesgada de la
pro-ductividad capitalista y los esquemas organizativos técnicos del trabajo
objetivantes de la lógica empresarial y de la acumulación.
Los
contados momentos visibles en los que esta mansedumbre técnico-organizativa se
ha puesto en duda, a través de las propues-tas de co-gestión, señalan una
búsqueda renovada por incorpo-
234
rar este ámbito fundamental en las estrategias de
resistencia. Sin embargo, por lo general, han sido propuestas de elites
dirigentes, que se han limitado a modificar cuestiones de administración y
gestión externa, dejando de lado el espacio de la materialidad específicamente
productiva del proceso de trabajo.
Que
los mineros concurran a la carretera Oruro-La Paz con sus cascos, sus frazadas
y unas cuantas dinamitas, pero sin una creencia aglutinante de lo que podría
ser un devenir histórico autónomo, precisamente hallará sus condiciones de
posibilidad en que éste tampoco había sido producido previamente desde el
centro de trabajo. La estructura simbólica de clase quedará así fusionada al
Estado nacionalista y, cuando éste comenzara a des-pedazarse, lo haría
arrastrando las propias estructuras mentales y organizativas del proletariado
boliviano.
No
ha de ser extraño entonces que los mineros que atraviesan Caracollo, Konani,
Lahuachaca y Patacamaya no se estén movi-lizando para imponer un nuevo derecho
legítimo, porque así lo han imaginado desde el momento en que lo han
experimentado como prerrogativa deseada desde su fuente de trabajo; lo que se
está pidiendo es que se cumpla con un derecho que ya se sabe que está
impregnado en la antigua institucionalidad estatal. La experiencia del cuerpo,
que representa en la carretera el drama-tismo de la vida en los campamentos, se
muestra también como lugar de enunciación de una mitología política de clase
del obrero en el Estado. La autoridad de la Autoridad gubernativa
no está en cuestión; sus atributos de decidir, delegados y
tolerados por los propios gobernados, no son puestos en duda. Es más, tanto
gobernantes como gobernados están siendo ratificados en sus respectivas
posiciones políticas por obra práctica de los mismos gobernados, que no hacen
más que reafirmar su posición de go-bernados en el momento de demandar la
vigencia de sus antiguos derechos de gobernados.
Desde
el momento en que se acude al gobernante para exigirle que no quiebre
impunemente los acuerdos primigenios, se está convalidando tácitamente la
delegación del poder de decisión y la separación reglamentada entre dominantes
y dominados. El
235
lenguaje colectivo de la denuncia de la
transgresión moral del Estado, que se manifiesta a través de los signos del
cuerpo, de la gesticulación dramática de los dilemas sociales, exacerbará aún
más la fatal impotencia de estos mineros heroicos, que han cambiado las balas
en los pechos por los callos en los pies, para demandar lo que consideran sus
derechos.
La
marcha, desde su inicio hasta su cerco, será el recordatorio mímico de un
pasado subalterno, sostenido en la pertenencia de la minería al núcleo fundador
el Estado-nación; en los pliegues del belicoso lenguaje y la puesta en escena
del testimonio del cuerpo, está la remembranza agónica de la centralidad del
ser minero en el Estado, en tanto que la escenificación de la demanda pertenece
al gesto del suplicio colectivo, que pretende rasgar la máscara de indolencia
que se han puesto los gobernantes.
Atrás
ha quedado la tentación de la ocupación y el levanta-miento armado, que había
despuntado en el horizonte en las jor-nadas de marzo de 1985. Incluso, vistas
desde el temperamento de esta nueva marcha, se puede decir que esas consignas
gritadas entonces desde los camiones que los regresaban a sus distritos eran
poco menos que efímeros destellos, en medio de un estado de ánimo signado por
la pasiva espera de que “alguien” distinto a ellos, unos “doctores”, unos
“jefes”, unos “militares”, tomaran las riendas de los asuntos públicos para
apoyarlos.
Durante
años se había originado una larga cadena de hábitos colectivos, donde los
obreros se veían a sí mismos y actuaban como feroces opositores de gobernantes
autoritarios, o inque-brantables soportes de gobiernos y propuestas que
ampliaran el campo de ejercicio de demandas populares. Pero, en ninguno de los
dos casos, se habían visto a sí mismos como ejecutantes del acto de gobierno,
como tampoco se veían como gestores del ám-bito técnico productivo de la
empresa. Siempre habían ordenado el campo significante de la lucha en términos
de alguien a quien resistir y de alguien a
quien apoyar, sin necesidad de cuestionar la pertinencia de la existencia de
“alguien” por encima de ellos. Es como si la identidad de clase requiriera,
para existir pública-
236
mente, de un tercero inclusivo, de un portavoz24 que
validara la existencia colectiva de la clase movilizada. Pero aquí, este
“tercero inclusivo”, por la vía de la resistencia o el apoyo brindado hacia él,
es un agente externo, que no pertenece ni a la clase ni a sus repre-sentantes
directos, sino al mundo institucionalizado del Estado.
La
marcha minera es, así, un eslabón de estas luchas de re-conocimiento no en el
Estado, sino por el Estado como modo de validación de la
propia presencia histórica de la clase obrera. Ante él, lo que se le dice ahora
es que no puede abandonar a los obreros; el sacrificio de la marcha es el medio
al alcance, el último en este caso, para llamar la atención, para pedirle que
regrese a alguien que ya no está dispuesto a seguir moviéndose en el mismo
espacio y con las reglas de juego a las que están acostumbrados los mineros. El
cierre de operaciones no es la radicalización de las opciones del espacio compartido
entre Estado y mineros, es sencillamente el fin del espacio social de la
narrativa obrera de los últimos cincuenta años; en realidad el único que
conoció, y el que interiorizó el proletariado como substancia. El fin de este
espacio se comenzará a vislumbrar como el fin del proletariado, de las
estructuras materiales y de las estructuras mentales de la condición obrera.
Muchos hablarán de la extinción de la clase obrera.25 Sólo años
después se darán cuenta de que el fin obrero, sellado en Calamarca, no será el
del proletariado en general, sino el de un tipo de proletariado, de
un tipo de estructuras materiales y simbólicas de la condición de clase, y del
largo y tortuoso pro-ceso de formación de nuevas estructuras materiales y
simbólicas que están dando nacimiento a una nueva condición obrera
con-temporánea en el siglo XXI.
24\
Pierre Bourdieu, “La delegación y el fetichismo político”, en Cosas
dichas, Bar-celona, Gedisa, 1996.
25\
C. Toranzo et al., Nueva derecha y desproletarización en
Bolivia, La Paz, Unión Nacional de Instituciones para el Trabajo de Acción
Social (unitas) e Instituto
Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ildis),
1989.
237
Los
designios de una época amarga
El
contenido de una época histórica se define, más que por una clasificación
secuencial de sucesos, por el encuentro fundador de fuerzas sociales que, en un
choque decisivo y en el resultado de éste, producen la estructura duradera de
las jerarquías institucio-nales, de las relaciones de poder consuetudinarias,
de los saberes prácticos legítimos, de los esquemas mentales mundanos con los
cuales la sociedad, a partir de entonces, da sentido a su existen-cia. Al mismo
tiempo, reactualiza por otros medios, y en todos los espacios de la vida
pública y privada, la conflictiva e inestable relación de fuerzas primigenias.
Una
época histórica puede definirse, entonces, como la diaria remembranza práctica
y corporeizada, imaginada y objetivada, de un armazón relativamente estable de
correlaciones de fuerzas sociales que fueron establecidas en un momento preciso
y fecha-ble de lo que Foucault llama una “prueba de fuego”;26 y
a partir de la cual, para re-producirla, todos, dominantes y dominados, arman
el horizonte de probables legítimos. A su vez, el fin de una época ha de ser la
revocatoria y la lucha por la imposición legíti-ma de otro armazón
institucional y simbólico, correspondiente a una nueva trama de la correlación
de fuerzas entre los sujetos actuantes del escenario social.
La
insurrección de abril de 1952, por ejemplo, es el punto de arranque de una
época marcada por la irrupción altanera y violenta de la multitud
sindicalizada, en la consagración de una ciudadanía expansiva. La composición
estatal no hará más que consagrar, reglamentar y, en su momento, utilizar esta
impronta obrera, adecuándola a los fines unificadores de las clases
domi-nantes.
Los
puntos de inicio y finalización de las épocas históricas son momentos
desbocadamente propositivos, en los que la fuerza triunfante puede mirarse a sí
misma como activa constructora de las circunstancias que luego, una vez
enfriada la costra superior
26\ Michel
Foucault, Genealogía del racismo, Buenos Aires, Caronte, 1996.
238
de la conflagración, harán de las personas lo que
ellas son en la vida cotidiana. Abril de 1952, visto en términos de su efecto
en la estructura social, fue un acontecimiento revolucionario por-que trastocó
de manera radical la situación de las clases sociales: derribó a unas, encumbró
a otras, mejoró la posición de otras y, a partir de ello, se reconfiguraron en
forma y contenido las cua-lidades materiales del orden socioeconómico. Visto
desde la tra-yectoria de las clases subalternas, éstas transformaron su estado
de dominación tradicional y lograron imponer un conjunto de prerrogativas y
resistencias en la conformación del nuevo orden estructural de dominación.
El
año 1986 trae, en cambio, otros signos de época. Vista en perspectiva, la
marcha es la derrota de los límites populares de la vieja época. Las clases
dominantes preservaron su poder, am-pliándolo a terrenos de gestión
anteriormente vedados gracias a la resistencia obrera. En este sentido, se
puede hablar de un acto conservador, pero por traslación, esto
es, un hecho transforma-dor que renueva, bajo nuevas formas, el ejercicio de
poder so-cial por parte de las antiguas clases dominantes o, al menos, de la
parte más importante de ellas. Desde las clases dominadas, es una
revolucionarización de sus condiciones de existencia, pero dentro del mismo
esquema general heredado de su dominación; peor aún, es un momento de pérdida
de prerrogativas, de retro-ceso en sus facultades autónomas e interpelatorias.
Se trata de un cambio reaccionario, que disuelve conquistas de derecho
demo-crático para intervenir corporativamente en las decisiones esta-tales,
erosiona sus capacidades organizativas, fragmenta técnica y materialmente su
unidad histórica, disuelve grandes trechos de memoria colectiva, etcétera.
Desde
el punto de vista del antiguo proletariado minero, en cambio, se trata de su
deceso cultural, entendido como el fin de su protagonismo en la historia, al
menos durante varias décadas; es la muerte de su iniciativa histórica, de sus
certidumbres de clase, por mucho que su extinción física se prolongara duran-te
catorce años más, hasta el año 2000, con la privatización de Huanuni y
Colquiri.
239
Lo terrible de este momento fundador es que —a
diferencia de 1952, cuando cada una de las fuerzas antagónicas sabía o intuía a
qué acudía a las calles, predisponiéndose a jugarse la vida por la búsqueda de
sus intereses primordiales puestos en juego— en 1986 sólo una de las fuerzas,
la dominante, supo cabalmente la importancia del acontecimiento que se
avecinaba y por eso con-currió en traje de combate a la carretera: el ejército
del Estado y un estado mayor de empresarios y ministros coaligados. Para este gran
desenlace, las clases gobernantes desplegaron con anteriori-dad una eficaz
batalla simbólica por los esquemas de enunciación legítima del mundo: se
estigmatizó como antidemocrática la ac-ción obrera, se habló de la “carga” que
representaban los mine-ros de comibol para
el Estado y los contribuyentes, se atizaron los temores de los pequeños
propietarios urbanos respecto a la demoníaca prepotencia minera y, cuando la
marcha rebasó los cordones de seguridad policial de Caracollo, una conjura
cuar-telera de gran envergadura se puso en acción.
A
estos preparativos de una inminente guerra, que anunciaba la reestructuración
despótica de la relación entre capital y trabajo, entre ciudadanía y Estado,
los mineros respondieron inicialmente con el llamado a la reposición de la
estratificación social inaugu-rada treinta y cinco años atrás; iban, por tanto,
a una guerra sin saberlo o, al menos, sin querer reconocerla como tal. El
“volvere-mos pero armados” con el que se despidieron del pueblo paceño en marzo
de 1985, y que era un lúcido presagio del irreversible anquilosamiento de la
relación de fuerzas que sostenía el Estado nacionalista, quedó en nada.
El
problema en agosto de 1986 no era que no hubiera armas; en verdad nunca hay
armas para la plebe facciosa, y la rebelión so-cial es precisamente el
auténtico modo mayoritario de obtenerlas. Lo que aquí contaba de la defección
obrera era que los mineros no se veían ni se deseaban a sí mismos como un
ejército en apronte de batalla. ¡Si lo único que pedían era que se respetaran
sus antiguos derechos, que se reestablecieran los antiguos pactos! Su desarme
era entonces ante todo espiritual y, mientras éste se mantuviera, no había
posibilidad alguna de armarse materialmente.
240
A medida que la marcha avanzaba, la carretera se
iba llenan-do de más mineros con frazadas, con más incredulidad ante las
medidas gubernamentales de cierre de operaciones y con más demandas
respetuosas. Sin embargo, el guión de la historia no estaba escrito aún. El
entorno humano que cobijaba de pueblo en pueblo a los mineros en marcha, las
comunidades aimaras del altiplano, los humildes de El Alto, palpaban lo que
sucedía y comenzaron a obrar en consecuencia. Miles de comunarios, de escolares
asombrados, salieron a saludar y a alimentar a los que consideraban
inevitablemente un ejército. Se puede decir que los agasajaron como a quien va
a retar impúdicamente a la muerte. Cada pueblo atravesado por los mineros
festejó a estos “coyas lo-cos” con música, ritual y variadas comidas dispuestas
a los cuatro costados de las plazas. En la práctica se comienza a remontar ese
infeliz desencuentro entre mineros y comunarios, que continua-mente ha
fracturado la fuerza de acción de las clases populares.
Con
el avanzar de los kilómetros, los mismos mineros comen-zaron a ser impregnados
por el encendido ambiente que prome-tía la cercanía de La Paz. Llegando a
Patacamaya, en una gran asamblea, similar a la que todos los días realizaron en
el pueblo de pernoctación, surgió de entre los marchistas la propuesta de
treparse a los camiones y llegar lo más pronto posible a la ciudad. Algunos
dirigentes de sindicatos y activistas mineros ya habían tomado la precaución de
traer dinamita, junto a otras provisio-nes, desde las minas. Grupos de
militantes de lo que luego sería el Ejército Guerrillero Tupac Katari (egtk)
habían comenzado a juntar decenas de armas de fuego de largo alcance en las
co-munidades aimaras paralelas a la marcha minera. Otros obreros propusieron
que había que salirse de la carretera y caminar de noche para eludir la
inminente represión, y más de mil mineros se adelantaron hasta Villa Remedios,
quedando fuera de la acción de las tropas militares que luego cercarían al
contingente mayor de marchistas en Calamarca.
Comenzó
a despuntar la constitución de un nuevo estado de ánimo, más lúcido ante las
señas de la época. Ésta no era una marcha cualquiera; era un acto resolutivo
del posicionamiento
241
estratégico de las fuerzas sociales: “ya no se
debería marchar in-defensos porque es inminente la represión”; “hay que llegar
hoy mismo a El Alto porque el gobierno no va a permitir que llegue-mos allí”;
“se tiene que llegar a El Alto para luego descolgarse a La Paz con los miles de
pobladores que los estaban esperando”, fueron los argumentos de distintos
oradores en la asamblea. Y ciertamente, la población humilde de El Alto, como
los fabriles, maestras de los mercados, gremiales, profesores, habían ya ini-ciado
los preparativos para recibir triunfantemente a estos mar-chistas valerosos y
sumarse a la movilización frente al gobierno. La presencia de mineros aparecía
como la seña mediante la cual todo el malestar individualmente soportado, todo
el desprecio recibido y silenciado, habría de desembocar en un torrente de
indignación y resistencia con capacidad de acción colectiva. Se necesitaba a
alguien en quien confiar; siempre se necesita a al-guien en quien confiar para
transubstanciar la miseria material y organizativa de los subalternos en
capacidad propositiva de acción común autónoma. Al final, esa señal nunca
llegó, incluso hasta ahora: de ahí la escasez de moralidad pública de esta
época.
Más
pudo la demagogia de un puñado de dirigentes sindicales sin brillo, sin valor,
sin lucidez política, embobados por las virtu-des de sus salarios
parlamentarios y que, empequeñecidos ante la dimensión del significado epocal
del gobierno movimientista y de la marcha, sólo atinaron a actuar en obediencia
fatal a las reglas de juego tradicionalmente utilizadas con gobernantes
anteriores: movilizar para pactar; enfervorizar el ánimo para luego merca-dear
en mejores condiciones la economía de derechos y conce-siones.27 No
entendieron, ni han entendido aún, que la marcha era el presagio del fin de
época, la extinción de ese mercado de negociaciones entre sindicato y Estado y,
junto a sus antiguos ad-versarios trotskistas que fomentaron la pelea por los
extralegales para el retiro, encabezaron la responsabilidad de la muerte del
proletariado minero, tal como éste existió desde 1940.
27\ 琀dward
Thompson, Tradición, revuelta y conciencia de clase, Barcelona,
Crítica,
1979.
242
Desde Patacamaya, los sucesos comenzaron a tomar un
ritmo frenético. Rumores de represión, asambleas deliberativas para adelantar
el camino, discusiones sobre si había que entrar en huelga de hambre llegando a
La Paz, propuestas de pelear y re-sistir la represión, desplazamiento de más
armas y activistas desde Cochabamba y Potosí para acercarse a la marcha. En
medio de ello, estaba el discurso conciliador de la dirección sindical que,
curiosamente, no había sido reemplazada aún por un Comité de huelga, como
siempre sucede en estos casos. Uno de ellos, dipu-tado, puso las manos en el
fuego, garantizando la palabra de los ministros que le aseguraron dejar entrar
la marcha a La Paz. Vein-ticuatro horas después, este hombre lloroso sería
escupido por las mujeres mineras, al constatar tardíamente el paralizante
engaño.
La
palabra oficial de la dirección sindical acabaría por prepa-rar el escenario de
la derrota. Ciertamente, no “fueron los culpa-bles”, en la medida en que el
devenir de las luchas de las clases sociales no depende de la astucia o
valentía de un buen o mal diri-gente orgánico. Había ya una predisposición de
largo aliento que fue creando, a lo largo de años y días, la adversidad del
momento y la impotencia histórica minera para mirar más allá del horizonte
nacionalista; las pocas hendiduras por las que se colaban opciones de porvenir
distinto eran eso, grietas escasas y tenues de alterna-tivas en una muralla de
condescendencias al orden establecido. Sin embargo, esos dirigentes y esos
partidos nada hicieron para ampliar esas grietas de autonomía y horizonte
estratégico alter-no. Al contrario, cuando pudieron, taponaron esas opciones y
se dedicaron a adular el ya extendido conservadurismo colectivo, la mansedumbre
de clase, en la medida en que en ellos radicaba la preservación de sus
privilegios, de su ascenso social personal.
Calamarca
será el lugar del encierro, la derrota militar y la derrota histórica de la
antigua estructura de la clase obrera do-minante durante todo el siglo XX en
Bolivia. El 28 de agosto se declara estado de sitio en todo el país, y en
Calamarca regimien-tos enteros de soldados y policías, tanquetas de guerra,
aviones, en un despliegue militar sin precedentes de tropas de infantería y
artillería, rodean a los obreros y sus familias.
243
Los generales ríen: es la venganza final de la
vergüenza de abril, cuando les tocó a ellos desfilar con los uniformes volcados
ante la torva mirada de victoriosos mineros armados. Los mineros ahora lloran
su impotencia: es una derrota estratégica en toda la línea. Hasta ese día, el
proletariado minero era la substancia viva de la época; su trabajo la sostenía,
sus luchas la garantizaban; sus sueños eran la más destacable fuerza productiva
que la confir-maba. El colapso final de esa época, que pasaba por el quiebre de
la forma en que acontecía el trabajo productivo, en cómo se había formado la
condición material y simbólica de clase obrera, se inició en Calamarca.
No
se necesitó disparar un solo tiro para consumar la derro-ta; era tal la
superioridad militar del enemigo y tal la indefensión espiritual de los
mineros, tal la ausencia de un imaginario colec-tivo de un orden de cosas
sociales que fuera más allá del Estado nacionalista, la estatización productiva
y los pactos inclusivos de su dominación, que ya no había necesidad de muertos
para con-validar la hecatombe y la derrota frente a la iniciativa histórica que
desde entonces comenzaron a retomar las clases gobernantes.
¿Se
podía haber intentado romper el cerco? Tal vez. Al menos eso fue lo que
propusieron las mujeres mineras, que no se resigna-ban a volver a la muerte
silenciosa de campamentos abandonados. Habían nacido y crecido en el ambiente
de asambleas y luchas comunes que preservaban el trabajo digno y el pan de los
hijos; no se rindieron antes y no aceptaban fácilmente hacerlo ahora, más aún
cuando lo que esperaba al retornar era la extinción de su mundo, de su
historia.
Quizá
el intento de ruptura hubiera cambiado el posterior mísero destino de las
familias mineras. Quizá la cuota de sangre hubiese dejado irresuelta en la
pampa la fácil y contundente vic-toria política de los gobernantes. Por lo
general, la sangre y los muertos en los mitos populares dejan pendiente una
deuda que reclama a las siguientes generaciones un resarcimiento; son una
convocatoria a la búsqueda de una unificación actuante que satis-faga en el
imaginario la recompensa, la reposición simbólica del sacrificio de la vida que
podía haber sido la propia. Los muertos
244
desempeñan el papel del tercero inclusivo, de la
externalidad unificadora, de la línea de sangre que amplía el parentesco
sim-bólico, la pertenencia y la adhesión de una genealogía recordada por el
recuento de los mártires. Quizá con ello la época posterior no hubiera sido tan
descentrada y desapasionada como lo es hoy. Lo cierto es que, sin embargo, el
cerco y la rendición sin batalla marcarán de manera duradera el temperamento
cultural de las siguientes décadas. Los obreros se despedirían de la historia de
una manera amarga y descolorida. En la altiplanicie, rodeados de soldados,
subirán a los trenes sin nadie que los despida. No habrá estallidos de dinamita
ni rostros altivos de quienes se arriesgan para saludar a la muerte. Los
mineros tienen la mirada desplo-mada y se despiden sin gloria de esa patria y
de esa sociedad a la que tanto amaron, a la que dieron todo su esfuerzo para
sacarla del lodazal de la insignificancia y el temor vergonzante.
En
Calamarca la condición obrera, creada trabajosamente durante cincuenta años, se
hará añicos como un vaso lanzado al pavimento y, con ello, nacerá otro mundo
del trabajo, igualmente signado, hasta hoy, por la pulverización, la hibridez
de sus asen-tamientos geográficos, la levedad de sus creencias, la ausencia de
confianza y de lazos de interunificación.
Desde
entonces, y por más de una década, la historia de clase se hace trizas frente a
la mirada atónita del obrero, que sólo ex-perimenta pedazos fragmentados de
vida, tránsitos temporales por un centro de trabajo en el que sabe que no puede
depositar su porvenir, porque el futuro se ha vuelto una interrogante
irreduc-tible. El tiempo va perdiendo su homogeneidad para partirse en
múltiples densidades, correspondientes a las múltiples geografías en las que el
nuevo obrero debe realizar su capacidad laboral.
Esta
reconfiguración material del mundo del trabajo ha puesto fin a un tipo de
identidad obrera y a un tipo de estructura material del trabajo asalariado,
dando lugar al surgimiento de un nuevo tipo de estructura material y simbólica
de la condición obrera, que apenas comienza a dar sus primeros pasos en la
configura-ción de una nueva manera de autopresentarse, de imaginarse en la
historia, de organizarse y enunciarse políticamente.
245
En gran parte, se trata de obreros muchísimo más
numero-sos que hace dos décadas y extendidos en cada vez más variadas ramas de
la actividad productiva,28 pero fragmentados en me-dianos
centros laborales industriales, en pequeñas factorías de subcontratación, en
trabajos a domicilio que pulverizan en la geografía las posibilidades de
reunión en grandes contingentes. Se trata además de trabajadores por lo general
carentes de con-trato fijo, y por tanto nómadas que van de un oficio a otro,
que combinan la venta de fuerza de trabajo en productos o servicios por cuenta
propia con la venta de fuerza de trabajo temporal por un salario; los pocos que
tienen contrato fijo han perdido la jerar-quía de ascensos escalonados por
antigüedad y son compelidos a una competencia interna de ascensos fundada en la
habilidad, el aprendizaje, la sumisión y la polivalencia laboral. En su gran
mayoría, se trata de obreros y obreras jóvenes, disciplinados/as en el
individualismo urbano por la escuela, la familia y los medios de comunicación
masivos; a diferencia de los antiguos obreros, forja-dos en un espíritu de
cuerpo sindical como garantía de derechos y ascenso social, los jóvenes obreros
mineros, fabriles, constructo-res, petroleros de hoy, carecen de un horizonte
de previsibilidad obrera, de estabilidad geográfica y de experiencia sindical,
que dificulta enormemente la formación de una densificada cultura de
unificación y proyección social.
Con
todo, y pese a todas estas pesadas estructuras que cons-piran para una rápida
articulación de lo que será un nuevo movi-miento obrero y una nueva identidad
de clase obrera, catorce años después de esa marcha aciaga, proletarios
forjados en la antigua cultura de la adherencia obrera, pero lúcidos
conocedores de la nueva realidad material y simbólica fragmentada de la
condición obrera moderna, pondrán en pie formas organizativas como la
Coordinadora del Agua y la Vida en Cochabamba. Estas formas, por sus victorias
conseguidas, su fuerza de articulación de secto-
28\
Sobre la nueva condición obrera en Bolivia, véase Álvaro García Linera,
“Pro-cesos de trabajo y subjetividad en la formación de la nueva condición
obrera en Bolivia”, en Cuadernos de futuro, No. 5, 2000.
246
res laborales dispersos, por su producción de
solidaridad popular en torno a una autoridad moral obrera, por la reactivación
de la capacidad de creer de las clases subalternas en sí mismas y, ante todo,
por la “recuperación de la capacidad de acción” o, mejor, por la producción de
un horizonte de acción autodeterminativo, están dando lugar a una novedosa
reconstitución del tejido social del mundo laboral y, en particular, de la
identidad obrera contem-poránea. Se puede decir que, desde abril de 2000, estamos
ante un punto de inflexión histórico: el del inicio del fin de esa
época signada por el programa neoliberal que se inauguró con la derrota de la
“marcha por la vida”.
247
V.
Movimiento indígena
NARRATIVA
COLONIAL Y NARRATIVA
COMUNAL1
A
lo indígena le sucede con la sociedad oficial lo mismo que a la muerte con los
aferrados a la vida: ambos son colocados como negación de cualquier existencia
posible. Así como la vida es la permanente huida de la muerte, en nuestros
países lo “social” es la perpetua prevención de lo “indio” en el ordenamiento
público; el progreso es el exterminio del indio o su doma ciudadanizante; y aun
aquí, convertido en semiproletariado nómada, cualquier atisbo de indianidad es
objeto de renovadas pesquisas y aplaza-mientos sociales: la modernidad es el
extático holocausto de la racionalidad indígena, aunque lo que la sustituya sea
un vulgar remedo de las inalcanzables angustias del occidental industrial; la
nacionalidad es la erradicación de las identidades colectivas irre-ductibles a
la abstracción del Estado, en tanto que la diferencia es la folclorización
paternalista de las distinciones civilizadoras.
Tan
internalizada está esta horrorización del llamado mundo indígena, que hasta sus
personificadores, cuando pueden, salen despavoridos de allí en una búsqueda
redimidora de la norma-
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Narrativa colonial y narrativa
comu-nal. Un acercamiento a la rebelión como reinvención de la política”,
en Memoria de la XI Reunión Anual de Etnología, La
Paz, Museo Nacional de Etnografía y Folklore (musef),
1998.
251
tividad que los esclaviza. Lo indio es pues, para
la racionalidad estatal, la purulencia social en proceso de displicente
extirpación; es la muerte del sentido histórico de lo válido.
Y,
sin embargo, todo brota y vuelve ineludiblemente a él: la riqueza, el poder, el
colonialismo, la república son distintos nombres dados a la confiscación de las
facultades creadoras que emanan de los músculos y las mentes indias. En esta
irresistibi-lidad productora radica la tragedia de su extorsión histórica,
sistemáticamente renovada a título de catequización, de patria, de
campesinización, de ciudadanía o multietnización; en este sentido, se puede
hablar del colonialismo como la enajenación fundamental del devenir de la
sociedad contemporánea, en la medida en que anuncia la conversión de las
potencias vitales del indio en fuerzas separadas, y luego ajenas, que se
vuelven contra él para domesticarlo y someterlo. Curiosamente, los mal llamados
proyectos “revolucionarios” del último siglo, lejos de oponerse a esta obra
devastadora, han resultado ser sus secuaces, con una efectividad sorprendente.
El
nacionalismo de Estado
Si
bien es cierto que las elites coloniales, preservadas con la
repú-blica, jamás abandonaron, y cuando pudieron lo llevaron a cabo, el íntimo
deseo del exterminio físico de la población indígena, la prédica nacionalista
ha sido la que mayores estragos ha pro-vocado en la continuidad material y
espiritual de las entidades colectivas indígenas.
Arropado
en una extraordinaria predisposición popular an-tioligárquica, el Estado
nacionalista cristalizó el proceso de de-legación centralizada de soberanías
públicas en manos de un equipo de funcionarios profesionales, que a la larga
resultó el más exitoso de los últimos siglos. Para que funcionara esta
su-misión, que cautiva ya no los cuerpos sino las almas de la gente, se
precisaba algo mucho más poderoso que la fuerza compulsiva capaz de saciar el
hambre de tierra, provocada por el monopolio hacendal, y algo mucho más
persuasivo que el control de recursos
252
monetarios susceptibles de corromper las
fidelidades populares a favor de un Estado pródigo; se requería, por sobre
todo, la uni-formización del sentido popular de totalidad social imaginada,
imprescindible para la reproducción material y simbólica, que es la que
habilita la posibilidad de una abdicación generalizada de las prerrogativas
públicas en manos de una asociación de es-pecialistas permanentes. Y qué mejor
para esta taylorización del espíritu social que la igualación
compulsiva a través de la propie-dad privada, la ley, la escolarización
universal, el servicio militar y las restantes tecnologías de ciudadanización
estatalizada, que precisamente comenzaron a funcionar una vez dispersado el
hu-mo de la insurrección de abril.
Con
la construcción del individuo abstracto o sindicalizado como modos de
existencia ciudadana estatalmente reconocidos, el Estado, más que emblematizar
la nación, aparecerá como la nacionalización misma de la población, capturada
por los lími-tes territoriales de su influjo. Todo lo que se opone a este
acha-tamiento homogeneizador, será catalogado paralelamente como apátrida,
comunista, subversor, salvaje.
El
régimen tributario del Estado colonial quedará así desdo-blado en registro
cultural y moral, que debe ser ofrendado dia-riamente en el altar de una
burocracia escolar, militar, legislativa e informativa que patrulla la
conciencia del flamante ciudadano. De México a Argentina, de Brasil a Colombia,
de Cuba a Boli-via, el llamado Estado Nacional ha representado la producción en
serie de este anónimo espécimen social llamado ciudadano ci-vilizado, poseedor
de ambiciones similares y penurias comunes. Su auténtica personalidad es el
Estado, peor aún, el nombre del Estado que lo distingue en los mapas o el
volumen de escurridi-zos beneficios que la membresía estatal permite ostentar
ante las repúblicas vecinas más desdichadas.
En
todos los casos, la nación-del-Estado, afanosamente perse-guida por las elites
mercantiles en el último siglo, ha consolidado el intento más sistemático y
feroz de extirpación de las identida-des sociales indígenas. Junto al
disciplinamiento político-cultural, llamado a “incorporar” en la “nación” y en
la “cultura” a sujetos
253
supuestamente “carentes” de ellas, el mercado, el
dinero y el asa-lariamiento duradero han sido propuestos como métodos para
arrancar al indio de un supuesto primitivismo petrificado en la comunidad
agraria. La nación, propugnada por audaces profe-sionales urbanos, no ha sido
entonces otra cosa que la coartada de la forzada descomunitarización de las
poblaciones urbanas y suburbanas, y su encapsulamiento pasivo en una comunidad
abs-tracta, distinguida por la falsa igualación de derechos públicos de personas
económica, cultural e históricamente diferenciadas profundamente.
Este
proyecto de decapitación de realidades sociales con dis-tinto contenido
étnico-cultural, productivo-organizativo, en la mayoría de los países ha
culminado, o no falta mucho para lo-grarlo; mientras renuevan ímpetus para esta
moderna cruzada, los “nacionalistas revolucionarios”, de viejo y nuevo cuño,
exhiben a los reductos indígenas como peculiaridades antropológicas a donde ir
a verter las inclinaciones filantrópicas o turísticas de los componentes más
sensibles de la “sociedad nacional”.
Sin
embargo, hay países donde este arrasamiento social in-concluso en su resolución
es deliberadamente reproducido en ése, su estado de suspensión. Mas esto no se
debe sólo a lo que algunas corrientes de pensamiento han calificado como
inexpug-nable resistencia de las agrupaciones llamadas “indígenas”, y a un
reprochable miserabilisimo estratégico de las elites gobernan-tes; ciertamente
esta desestructuración a medias de la identidad material “indígena” tiene que
ver con la densidad preservada de las formas comunales, con la falacia del
proyecto homogeneiza-dor del Estado, pero también, y ésta es una de las
paradojas de la resistencia simplemente local al expolio colonial, porque es en
la simultaneidad jerarquizada de distintas formas productivas y organizativas
que el régimen del capital comercial, industrial y financiero puede supeditar
formalmente a un conjunto abun-dante de tecnologías, de fidelidades culturales,
de capacidades productivas no capitalistas, al proceso de monetarización
for-zada y a la posterior valorización del capital social considerado en su
conjunto, sin que para ello medie la necesidad de grandes
254
inversiones. Paradójicamente, se trata de un
circuito de mone-tarización y capitalización, también implementado activamente
por los propios estratos subalternos urbano-rurales, que repro-ducen entre sí,
unos contra otros, los mecanismos de extorsión que soportan de las elites
gobernantes, incrementando aún más su vulnerabilidad respecto a ellas.
El
cuentapropismo, la migración intermitente a empleos pre-carios, la creciente
mercantilización de los recursos familiar-co-munales, que se deprimen sin
extinguirse, son las tortuosas ru-tas a través de las cuales se despliega este
modo de expropiación indirecta del trabajo indígena. La conversión de estas
antiguas formas de acumulación del capital en programa explícito de
“mo-dernización” es lo que, en términos del consumo de la capacidad de trabajo,
se ha venido a llamar neoliberalismo. Los multicultu-ralismos y multietnicismos
con los que hoy barnizan su retórica las criaturas del nacionalismo de Estado,
lejos de superar la seria-lización nacionalista, vienen a resarcir sus
frustraciones, ya que la “tolerancia cultural” que se invoca es simplemente la legitimación
discursiva del neototalitarismo del capital, que se nutre del retor-cimiento
suspendido de racionalidades comunales fragmentadas, parcialmente
reconstituidas, y para las que las diferenciaciones culturales y políticas
deliberadamente fomentadas por el Estado vienen a cohesionar los ritmos
escalonados e intermitentemente congelados de la subsunción productiva al
capital.
El
socialismo de Estado
Si
el “nacionalismo revolucionario” se presentó como la concien-cia burocrática
del Estado, el izquierdismo con ínfulas de mar-xista lo hizo como teologización
de la razón estatal.
Con
notables excepciones, abruptamente censuradas, la vul-gata marxista
se presentó en el continente como grosera apología gubernamental.
La crítica radical e implacable de lo existente, in-manente a un marxismo
serio, fue sustituida desde los años treinta por sacralizaciones de un
“partido” y un Estado paranoico, que se creían portadores de un designio
ineluctable del curso histórico.
255
Mientras el primero creía preservar, en la avidez
confabuladora de sus miembros, la conciencia emancipada de la sociedad, y sus
consignas profetizaban el advenimiento del nuevo mundo, el se-gundo encarnaba
la eficacia actuante de la revelación. El todo-poderoso Estado, cuya
omnipresencia en todos los rincones de la sociedad sería la consumación de la
revolución salvadora, tenía en esos partidos a sus clérigos, encargados de
anunciar y conducir la nueva sociedad. La fe secularizada en el programa
dividió el mundo en fieles y pecadores, estos últimos susceptibles de
con-versión a través del culto parroquial de la proclamada militancia.
Esta
política ejercida como credo monástico no podía menos que converger en la
divinización de las jerarquías ventrílocuas que se atribuían la palabra y el
mandato de la gente, en este caso, del proletariado y del pueblo. ¿Que hay que
dar pan a los ham-brientos? ¿Que hay que dar agua a los sedientos? ¿Que hay que
curar a los enfermos? ¿Que hay que dar trabajo a los desocupa-dos? ¿Que hay que
dar tierra a los desposeídos? ¿Que hay que liberar a los oprimidos? Por
supuesto, responden. Y quién más propicio para tan noble tarea que el supuesto
“Estado socialista”, que sabe lo que la chusma de hambrientos inconscientes
necesita.
Pero
si hay que dar de comer, de beber, de trabajar, prime-ro los
apóstoles de esta empresa han de tener los panes que se han de repartir y el
vino que se ha de dividir. El Estado nacional popular, “obrero” o como quiera
llamársele, pero Estado al fin, precisamente ha de ser la ocupación
centralizada de las riquezas en manos de una autotitulada vanguardia
benevolente, que ha de dar a todos en nombre de todos. Así, si antes era tras
la nación que se agazapaba el pequeño capital local, ahora es el fantasma de
una revolución tras de la que se halla emboscada otra angu-rria particular del
burócrata convicto, que quiere encumbrar su interés privado como interés
colectivo.
¿Y
es que acaso la estatalización de la producción, de la rique-za, de la vida,
que tanto añora el pensamiento izquierdizante tras-toca lo que nacionalistas,
republicanos y realistas han implantado siglo tras siglo? Para nada.
Simplemente elevan a grado superior lo que sus antecesores han inaugurado. El
clásico mercado laboral
256
del capitalismo de libre concurrencia, en el
Capitalismo de Estado Absoluto, impostoramente llamado “socialismo” (por
ejemplo, la ex Unión Soviética) es metamorfoseado en sobreacumulación de
obreros en oficios irrelevantes, que compiten entre sí frente a los directores
de empresa nombrados burocráticamente por el “partido”; la equivalencia de la
fuerza de trabajo a un quantum de trabajo abstracto cosificado
de la sociedad de mercado tiene en el Estado Propietario a su difusor, que se
yergue como equiva-lente general simbólico de la abstracción de los distintos
trabajos concretos. La tiranía patronal en el proceso de trabajo de la “libre
empresa”, en el capitalismo de Estado, es sustituida por el des-potismo
funcionario, que replica las exigencias empresariales en el trabajador directo;
la competencia entre las empresas tiene en este supuesto “socialismo” la forma
de competencia de ramas de producción en la asignación de recursos materiales y
humanos, mientras que la propiedad estatal, en vez de hacer desaparecer los
mandos jerárquicos y el uso de las tecnologías como medios de explotación y
descalificación de las autonomías obreras en la producción, las intensifica y
unifica como patrimonio de los or-ganismos burocráticos de la planificación.
La
estatalización de la sociedad, en la que un tipo de izquierda se ha regodeado
durante el último siglo, en los hechos ha reem-plazado la valorización del
valor en cuanto intención personal de empresarios-propietarios por el mismo
proyecto, pero ahora encauzada como estrategia centralizada de jerarcas
públicos. El mentado “socialismo” al que convocaban, en realidad solamente
encubría un capitalismo de Estado y un correlato político que, precisamente,
idolatraba al Estado y a cualquier práctica que lo venerara. La política, desde
entonces y hasta ahora, ha quedado deformada como querella evangélica, en la
que puñados de fun-cionarios se disputan el derecho a los cargos públicos.
Tenemos
así que, mientras para los funcionarios en ejercicio hacer política es rotar en
ministerios, ocupar oficinas guberna-mentales y hacerse elegir en las
diputaciones; para los protofun-cionarios, que se llaman de izquierda mientras
están en la sala de espera, la política es la ocupación de direcciones
sindicales,
257
centros de estudiantes y, si se puede, alguna
concejalía o al me-nos una organización no gubernamental (ong)
para desde ahí “lanzar línea”.
La
diferencia entre ellos es sólo de grado; todos por igual ex-hiben
inescrupulosamente una obsesión por la suplantación de la plebe, por la
representación perennizada, por la reificación de la jerarquía. Aquí la
política es el usufructo de la sumisión volun-taria de las personas hacia las
jerarquías institucionalizadas que acaparan el mandar, el decir público, el
gobernar. No es casua-lidad que esta mal llamada izquierda que rinde culto al
Estado haya propugnado obstinadamente la abstracción mercantil de los
individuos como modo de volverlos prisioneros de la represen-tación general en
el Estado o desertificación del mundo indíge-na en cuanto portador de distintos
modos de unificación social.
Para
que la cohesión de las personas se dé por medio de la igualdad abstracta del
ciudadano, el capital, con la mercantiliza-ción mayoritaria de las actividades
productivas e inventivas de la gente, y el Estado, con el disciplinamiento
cívico, deben derogar la sustancia de otros modos de identidad grupal
reproductiva, fundadas en las facultades más sensibles, míticas y comunita-rias
de las personas; sólo en ese momento, la capitulación de las voluntades
individuales en el abismo de una voluntad general autonomizada adquirirá una
realidad tecnológica autofundada. Precisamente, la obtención de dicho objetivo
ha sido el programa agrario, y desde hace poco “étnico-cultural”, del
izquierdismo, ya sea en sus vertientes más radicales o reformistas. La
campesiniza-ción, obrerización y colectivización ofertadas, no sólo reflejaron
esa enfermiza propensión a convertir en ley natural lo que en otras partes del
mundo fue una excepcional contingencia histórica, sino que, por sobre todo,
testificaron una aversión inocultable hacia unas extrañas racionalidades
comunales que los desconocen a ellos como regidores absolutos de los poderes
públicos.
Con
la excepción de José Carlos Mariátegui en Perú, que vio a la comunidad como
fuerza cooperativa, pero no como tecnología de interunificación política a gran
escala; de Jorge Ovando Sáenz, que imaginó en la autonomía indígena una forma
más expedita
258
de la ciudadanización estatalizable, mas no germen
de unificación social al margen del Estado y el capital; y de René Zavaleta,
que dio cuenta de la constitución de una intersubjetividad nacional indígena
por fuera de la subsunción real, aunque de porvenir des-dichado frente a la
expansión del régimen del valor-mercantil; el tenue pensamiento socialista se
presentó como la avanzada más compacta de la uniformización indígena, si bien
ya no sobre la base del molde mestizo-votante del nacionalismo, sí del asalaria-miento
cuartelero que complementaba al primero.
La
mirada condescendiente, que de rato en rato el izquierdis-mo regalaba a los
movimientos indígenas, nunca estuvo exenta del afán clientelista copiado de los
nacionalistas, además de estar marcada por un gracioso paternalismo, similar al
de los ejércitos bolivarianos en camino a las ciudades liberadas: si ellos
tuvieron a la indiada como quépiris2 de sus
alimentos y decoración paisajista a la vereda de los caminos, el vanguardismo
los requería para ha-cerse alzar en hombros en su entrada triunfal al palacio
quemado.
El
gamonalismo de la izquierda no es pues un adjetivo, sino un contenido implícito
en ese afán irrefrenable por atribuirse la tutoría de indios y obreros, de
quienes siempre ha dudado que tengan conciencia revolucionaria, así como sus
antecesores es-pañoles también dudaron que los indios tuvieran alma. A pesar
del tiempo, este prejuicio colonial no se ha extinguido, ni en la resaca
izquierdista después del derrumbe del Muro de Berlín. Toda la charlatanería
sobre los “pueblos originarios”, con la que quieren remozar las decadentes
letanías estatalizantes, se rinde ante la exigencia imperativa de un padrinazgo
“boliviano” sobre las nacioncitas de segunda clase a quienes se les regalarán
dosifi-cadamente autonomías controladas que no pondrán en entredi-cho la
“unidad nacional”. La cultura y los nichos “indígenas” son reconocidos en
cuanto ese reconocimiento permite la manipu-lación de símbolos susceptibles de
encapsular votos electorales. En definitiva, las variantes aún más indigenistas
del socialismo
2\
Porteadores de carga que toman su denominación del bulto que llevaban a la
espalda (N. del E.).
259
de Estado pueden ser vistas como racionalización de
las estruc-turas políticas y mentales engendradas por la colonización o, si se
prefiere, como renovada neutralización de los reclamos indígenas manifestados
en las décadas recientes.
El
movimiento indígena
De
Katari a los Willcas del siglo XIX; de la república del Qu-llasuyu a los
rebeldes de Ayopaya de 1949; del apedreamiento a Barrientos en Omasuyus al
bloqueo de caminos de 1979; de los comités de autodefensa en el Chapare a la
última avalancha co-munal aimara de septiembre hay un fondo común, que comprime
épocas y lugares para destacar el significado concreto cambiante, pero también
persistente e irreductible, de lo que se ha acordado llamar “lo indígena”.
Que
la mayoría de estos movimientos sociales, que pusieron en jaque los cimientos
del orden colonial y republicano del Estado, no hayan recurrido a
la narración escrita para validar la radicali-dad de sus objetivos nos enfrenta
al hecho de que las auténticas insurgencias comunales y plebeyas no requieren
indispensable-mente del texto escrito para surgir y plantear de manera cristali-na
sus propuestas subversoras del orden social vigente, más aún cuando se trata de
la explicitación de un programa de renovación social que, en vez de venir de la
mano de una minoría virtuosa, lo hace de poblaciones ágrafas, que han diseñado
otros medios más elocuentes de comunicación, como la palabra, la rebelión de
facto, el tejido, el ritual, el sacrificio, la escenificación simbó-lica y el
lenguaje de los hechos. Esto, sin embargo, no elude que la palabra escrita
pueda ser parte de los medios de difusión de los proyectos sociales como, por
ejemplo, cuando Julián Apaza convoca a las comunidades de Tiquina a sumarse a
la rebelión a través de la lectura de una carta, o que la reflexión conservada
en papel pueda coadyuvar a reavivar los fuegos de la memoria prác-tica, como
sucedió con los textos indianistas de los años setenta, que alentaron a una
oleada dirigente a entender, a precisar el sig-
260
nificado profundo de la disidencia indígena
Aimara-Quechua revitalizada desde esos años.
Así
como la carencia de narración escrita no es obstáculo pa-ra referirnos a la
existencia de un programa de acción histórica alternativa al predominante, la
sola interpelación al Estado a tra-vés de una acción social tampoco es
suficiente para hablar de la emergencia de una propuesta de superación del
ordenamiento vigente. Por ejemplo, la marcha de los indígenas del oriente en
1992, que impugnó la normatividad estatal con la sacrificada ca-minata, lo que
le reclamó al Estado no fue su presencia, sino su ausencia, en una porción de
la población y el territorio que forma parte del espacio de irradiación del
poder estatal. Lo que ellos vinieron a plantear fue el litigio de una economía
de derechos y concesiones para su incorporación a una identidad nacional que
los había olvidado. Su trascendencia radica en que ellos asu-mían el
protagonismo de su inconclusión gradual en el Estado; su limitación venía, en
cambio, de la voluntaria abdicación de su autonomía en el altar de la
jurisdicción estatal y de la imaginada superioridad imparable de la economía
mercantil.
En
cambio, el movimiento indígena aimara-quechua, en la ambigüedad que caracteriza
a toda acción autónoma de los sub-alternos, junto con la demanda de ser
incluidos en la ciudadanía oficial y en los derechos reconocibles por el
Estado, intermina-blemente ha venido desplegando un conjunto de disposiciones
propositivas que no le piden nada a nadie; que postulan lo que se
es como lo que se debe ser, al margen y por encima de lo
que la sociedad oficial dominante pretende que se sea. De ahí que
no sea raro que la indulgente concesión de “territorios étnicos” no se acerque
ni por asomo a los lugares donde habitan los portadores de esta pulsación
autodeterminativa.
El
indianismo-katarismo —en sus distintas variantes políticas, culturales,
académicas, festivas, armadas, electorales y sindicales, aunque a veces a un
nivel de elites ilustradas, pero vinculadas di-rectamente a los cauces de las
pasiones comunales— de un modo u otro ha reflejado la tensión de estas
tendencias inclusionistas y rupturistas anidadas en la cotidianidad de la
multitud indígena.
261
Sin embargo, parecería que con el tiempo estas
fuerzas tendieran a polarizarse, no en cuanto a la composición poblacional que
se desliza por una u otra opción, sino en términos de las modalida-des
organizativas para poder llevarlas a cabo.
Y
es que mientras antes el peticionismo y la demanda inclusiva en el ámbito
ciudadano venían encabezados por elites indígenas fuertemente vinculadas a
organizaciones comunales y sindicales, que formaban parte de la identidad que
se deseaba integrar en la configuración estatal, en gesto de auténtica
democratización de los poderes públicos, ahora resulta que la posibilidad de
cualquier tipo de integración indígena viene bajo el sello de la obediencia
silenciosa, de la atomización individualizada refrendada y el aban-dono
cultural verificado previamente. Claro, ahora hay munici-pios seccionales que
supuestamente descentralizan la “política” al área rural, pero para ser
practicada por intermediación de la forma clientelista de partidos legales, que
han devenido la única ruta reconocida de ciudadanización o ejercicio de
derechos pú-blicos locales y nacionales, en oposición a la forma comunidad y la
forma asamblea; hay comités de vigilancia cantonales, pero sólo para
cristalizar la necesidad de fiscalización social en un impo-tente veedor del
dispendio de una cofradía de mistis3 que
hacen pasanaku4 con las concejalías; las
diputaciones uninominales, a su vez, escamotean la demanda de la
participación directa de las comunidades en la formación y el control de un
poder político que machaconamente afirma que reposa en la voluntad de todos.
Así,
recientemente, se ha consolidado la incorporación a una ciudadanía oficial, a
través de nuevas tecnologías que mutilan la politicidad comunal, con lo que
alguna vez las corrientes más pactistas del indianismo-katarismo pretendieron
entrar al espa-cio público. Simultáneamente, se ha incorporado a una buena
parte de estas élites nativas, que no han dudado un solo instante en sumarse
“democráticamente” a los mecanismos inquisitoria-
3\ Mestizos
(N. del E.).
4\
Préstamo temporal de dinero a partir de lazos y afinidades familiares o
sociales (N. del E.).
262
les del Estado, encargados de las modernas
domesticaciones cul-turales. En su mayoría, el encendido discurso etnicista de
otros años hoy se postra sumisamente en los despachos ministeriales y las
ofertas electorales.
Con
todo, esta intempestiva conversión de indianistas en in-digenistas de
escritorio, de kataristas en oficinistas, de kuracas5 comunales
en caciques coloniales, en vez de solucionar el proble-ma fundamental de la
construcción de una ciudadanía igualada, lo ha ahondado más, pues los
mediadores de este pedido, quienes serían capaces de traducir a los códigos
políticos del Estado las exigencias colectivas indígenas, ya no están ahí, han
sido corrom-pidos y arrastrados al estrecho carro de los excluyentes.
¿Cómo
mantener entonces en pie esta reivindicación, cuando sus ideólogos andan
justificando decretos y represiones neoco-loniales o han sido silenciados por
la coima ministerial? No es pues una excepción volátil el hecho de que, en
medio de la tole-rancia pasiva a las coacciones estatales, los puntuales brotes
de impugnación de las arbitrariedades gubernamentales sean llama-tivamente
beligerantes, rupturistas, abiertamente transgresores de la regularidad hasta
aquí soportada. Ya sean las comunidades quechua-hablantes del Norte, Potosí y
Sucre mediante bloqueos, o los aimaras del altiplano, a través de la ocupación
de carreteras y de la ciudad de La Paz, hay en esas acciones un gesto común de
sutil, pero tendencialmente creciente, irreconciliabilidad con el Estado, con
el mundo urbano que los desprecia y con el poder q’ara. Se trata de
una irreconciabilidad potencialmente trágica en el futuro, de
seguir las cosas tal como están. De hecho, si al-gún sentido tiene ahora hablar
de un movimiento indígena desde Chiapas, Guatemala, Ayacucho y la zona andina
de Bolivia, es precisamente por la impronta social revelada en los momentos de
muchedúmbrico exceso indígena-comunal frente a los pode-res dominantes.
5\
Máximas autoridades comunitarias de las regiones quechua hablantes (N. del
E.).
263
Referirnos
a un movimiento indígena, a sus propuestas, exige pues ir más allá de los
sórdidos acomodamientos urbanos de cier-tos estratos dirigentes. Incluso,
requiere ir más allá de la pálida traducción escrita con la que los cronistas
modernos intentan retratar el sentido propositivo de lo indígena: aquí incluyo
tan-to a los historiadores de origen nativo, como a las publicaciones
indianistas.
Es
necesario comprender las vehemencias programáticas de la asociación comunal.
diariamente reinventada, y el lenguaje terrible de la acción común.
Ciertamente, esta ruta que propo-nemos es una opción que podemos llamar
“metodológica”, que busca hablar de la exuberancia de las propuestas enunciadas
por el “movimiento indígena”, no en las argucias discursivas de lo dicho y lo
escrito, sino en el carácter inquebrantable de lo hecho directamente, sin más
mediación que el compromiso de la volun-tad actuante. Postulamos entonces a la
comunidad y a sus rebe-liones como fundamento esclarecedor de lo llamado
“indígena”.
Porque,
¿qué es lo que hoy nos permite referirnos a lo “indí-gena”, como provisional
categoría social de inocultable conse-cuencia política y expositiva, si no es
la comunidad “realmente existente”? Es la vigencia de la comunidad, en
resistencia y reti-rada simultánea, lo que define a lo “indígena” en sus
potencias y en sus debilidades; incluso, el hecho de que lo indígena no sea
solamente un asunto rural, sino que también abarque los dife-rentes anillos
concéntricos de las zonas urbanas y sus oficios, en-cuentra su explicación en
la fuerza expansiva de la comunidad agraria, en la capacidad de reconstruirse
parcialmente en otros campos sociales. Igualmente, hay un “problema indígena”
para el Estado, allá donde existen trazos de comunidad; sin la comu-nidad, lo
indígena deviene un asunto de marginalidad suburbana o reclamo campesino.
¿Y
qué es entonces esa comunidad capaz de engendrar un movimiento social del
ímpetu que todos conocemos? Indepen-dientemente de las precisiones sociológicas
y la abundancia de va-
264
riaciones locales, es una forma de socialización
entre las personas y de la naturaleza; es tanto una forma social de producir la
riqueza como de conceptualizarla, una manera de representar los bienes
materiales como de consumirlos, una tecnología productiva co-mo una
religiosidad, una forma de lo individual confrontado a lo común, un modo de
mercantilizar lo producido, pero también de supeditarlo a la satisfacción de
usos personales consuntivos, una ética y una forma de politizar la vida, un
modo de explicar el mundo; en definitiva, una manera básica de humanización, de
reproducción social distinta y, en aspectos relevantes, antitética para el modo
de socialización emanado por el régimen del capital; pero a la vez, y esto no
hay que eludirlo, de socialización fragmen-tada, subyugada por poderes externos
e internos, que la ubican como palpable realidad subordinada. La comunidad
personifica una contradictoria racionalidad, diferente a la del valor
mercantil, pero subsumida formalmente por ella desde hace siglos, lo que
significa que, en su autonomía primigenia respecto al capital y centrada en el
orden técnico procesal del trabajo inmediato, se halla sistemáticamente
deformada, retorcida y readecuada por los requerimientos acumulativos, primero
del capital comercial y luego del industrial.
La
historia de la comunidad, de sus condiciones de cambios, no hay duda, es el
cuerpo unificado de esta descarada guerra entre dos lógicas civilizadoras y la
persistencia de los propios comu-narios de sostener el curso de esa
conflagración. De aquí que sea imposible entender el cauce de mayor
protagonismo de las luchas “indígenas” al margen de las campañas de exacción
económica y política lanzadas por el Estado contra las comunidades dispersas.
La
comunidad, por tanto, lleva el sello de la subalternidad a la que ha sido
arrinconada y de la que no ha podido sustraerse hasta ahora. De igual manera,
los distintos tipos de unificación intracomunal, ya sean en la forma de
resistencia a las imposicio-nes estatales o de demanda por sus exclusiones,
cargan el efecto de esta supeditación colonial que, paradójicamente, es
renovada por la resistencia y la demanda. El movimiento de caciques apode-rados
de las primeras décadas del siglo XX, o de las nuevas leyes
265
agrarias desde 1984, muestran que hay
interpelaciones al Estado que son al mismo tiempo su convalidación como tal,
esto es, con derecho a decidir sobre el destino de todos, pero atendiendo los
reclamos que sus gobernados le piden tomar en cuenta. En este caso, la
conminatoria es una radicalización extrema de la obedien-cia aceptada. Ya sea
como temores avivados, autodesprecios prac-ticados, faccionalismos y
localismos, las supeditaciones consenti-das e interiorizadas condicionan los
actos de resistencia comunal contra los gobernantes y, hasta cierto punto, no
es extraño que personalidades destacadas en estas luchas prefieran, de un
mo-mento a otro, descargar contra los suyos los padecimientos hasta aquí
soportados, convirtiéndose en cómplices conscientes de los abusos estatales. La
fuerza de la subalternación es tan contunden-te, que incluso está interiorizada
en las estructuras reproductivas e imaginativas de las entidades familiares de
las comunidades, por lo que la superación de esta subalternidad es tanto una
cuestión de transgresión moral como de revolucionarización productiva.
Esto
es precisamente la rebelión. Es en ella que se cumple la sentencia
catastrofista de Guamán Poma y de Hegel respecto al “mundo al revés”. En la
rebelión comunal, todo el pasado se con-centra activamente en el presente; pero
a diferencia de las épocas de quietud, donde el pasado subalterno se proyecta
como presen-te subalternado, ahora es la acumulación del pasado insumiso el que
se concentra en el presente para derrocar la mansedumbre pasada. Es pues un
momento de ruptura fulminante contra todos los anteriores principios de
comportamiento sumiso, incluidos los que han perdurado en el interior de la
unidad familiar. El porvenir aparece al fin como insólita invención de una
voluntad común que huye descaradamente de todas las rutas prescritas,
reconociéndose en esta audacia como soberana constructora de sí misma. Este
contenido reconstructivo e inventivo de comuni-dad, a cargo de los hombres y
mujeres de las comunidades partici-pantes de la rebelión, es lo que queremos
ahora reivindicar como “texto” en el cual ir a descubrir el programa social
verificable de los movimientos indígenas.
266
Sólo cuando la comunidad sale en rebelión, es capaz
de de-rogar de facto la fragmentación en la que hasta hoy ha sido con-denada a
languidecer, y rehabilita los parámetros comunales de la vida cotidiana como
punto de partida expansivo de un nuevo orden social autónomo. Esto significa
que es en estos momentos que el mundo comunal-indígena se desea a sí mismo como
ori-gen y finalidad de todo poder, de toda identidad y todo porvenir que le
compete; sus actos son la enunciación tácita de un orden social que no reconoce
ningún tipo de autoridad ajena o exte-rior que la propia autodeterminación
en marcha. Que esta mane-ra protagónica de construir el porvenir común
reivindique a la vez una figura social-natural distinta de la reproducción
social (autodeterminación nacional-indígena), o transite por la refun-dación de
la existencia en coalición pactada con la plebe urbana (lo nacional-popular),
nos exige indagar sobre las distintas formas de la constitución nacional de las
sociedades. Respecto a estas op-ciones, el moderno Estado nacional es apenas
una particularidad suplantadora y tiránica de estas energías.
Con
la rebelión, así como con la forma comunal de producir, la comunidad deja de
ser catalogada como una reliquia de épo-cas remotas, y se relanza como
basamento racional de una forma superior de producir autónomamente la vida en
común, la polí-tica de la comunidad deja de ser un aditivo “étnico” con el cual
edulcorar localmente el predominio de la democracia liberal, y se muestra como
posibilidad de rebasamiento de todo régimen de Estado.
Claro,
la comunidad insubordinada, más que el ejercicio de una democracia directa, que
podría complementar la democra-cia representativa, como arguye cierto
izquierdismo frustrado, lo que efectivamente postula es la supresión de todo
modo de dele-gación de poderes en manos de especialistas institucionalizados.
El aporte de la comunidad a las prácticas políticas no es tanto la democracia
directa, ni tampoco se contrapone irremediablemente a la democracia
representativa; aunque es cierto que la primera es consustancial a las
prácticas comunales, la segunda le permite en ocasiones coordinar criterios a
una escala territorial y pobla-
267
cional más amplia. La auténtica contribución de la
comunidad en rebelión es la verificable reapropiación, por parte de la gente
comunalmente organizada, de las prerrogativas, de los poderes públicos, de los
mandos y de la fuerza legítima anteriormente delegada en manos de funcionarios
y especialistas.
Cuando
la comunidad se rebela, está disolviendo el tiempo de retar al Estado en la
práctica de los acontecimientos de la rebelión. En primer lugar, recupera para
sí el uso legítimo de la violencia pública, hasta aquí monopolizada por los
cuerpos represivos del Estado. Ahora, en cambio, la fuerza emerge como una
plebisci-taria voluntad colectiva practicada por todos los que lo decidan, con
las mismas comunidades, las que insurgen como órganos si-multáneamente
deliberativos y ejecutivos, pues hacen uso de la fuerza armada, si es que la
necesitan, simplemente como una de las actividades ético-pedagógicas del
cumplimiento de sus deci-siones acordadas. El efecto de coerción, bajo esta
nueva forma social de aplicarlo, ya no es una imposición arbitraria aplicada a
otros; simplemente es una protección de los acuerdos adoptados emprendida por
la multitud comunal como un todo actuante.
Sin
duda, la legalidad queda trastocada de cuajo. El juez, el tribunal, los códigos
y todas las tecnologías institucionales, que posibilitan el acaparamiento del
sentido social de justicia por un staff de cuadros
corporativos al servicio del Estado, son derroca-dos como portadores de
legalidad reconocible. En sustitución, la ley es la decisión colectiva del
tumulto y las normas morales que guían su aplicabilidad fluyen como
recomendaciones propaga-das por las personas más prestigiosas, que carecen de
autoridad institucional alguna.
En
este desafío ritualizado a los poderes disciplinarios, la vo-luntad comunal
insurrecta, encumbrada a través de antiguas se-ñas que acarician la memoria
imaginada de antiguos derechos, es ejercida como soberano fundamento de todo
poder. Estamos por tanto ante una nueva forma de sensación y producción del
poder social, en la que la gente aparece como consciente sujeto creador de su
destino, por muy trágico que éste pueda ser; en tanto que el viejo poder,
enajenado como Estado, retorna a la fuente de
268
donde se autonomizó: las personas sencillas, de
carne y hueso, los creadores del mundo y de la riqueza, que se reasumen como
los verdaderamente poderosos. La desenajenación del poder políti-co y
económico, moral y espiritual, es por ello la gran enseñanza legada por las
contemporáneas revueltas indígenas continentales de estos últimos años.
El
movimiento indígena, si alguna característica notable tiene, si alguna
enseñanza y reto hay en los acontecimientos de Chia-pas, del altiplano aimara,
del Chapare, es esta reinvención de la política como reabsorción por las
mismísimas comunidades de todos los poderes públicos. Practicar así la política
constituye un golpe mortal al Estado del Capital y a todos sus cachorros, que
bajo distintas ideologías, se profesionalizan para acceder a su
ad-ministración. Paralelamente, es una invitación a una razón política que no
delega a nadie la voluntad de hacer y decidir el destino propio; y, por el
contrario, exige la autodeterminación común en todos los terrenos de la vida
cotidiana, la insumisión a todos los poderes disciplinarios, sean cuales sean
éstos; la creación autó-noma de los requerimientos insatisfechos; la
intercomunicación de estas alevosías entre todos los que las practican.
La
pertinencia actual de estas reflexiones prácticas propues-tas por las
rebeliones indígenas radica en que, a despecho de los bufones del liberalismo,
pone en el tapete la discusión de la supe-ración crítica, tanto de la
descomunal estafa histórica equivoca-damente llamada “socialismo real”, como de
la ilusión académi-ca llamada “fin de la historia”. A la vez, a la luz de las
rebeliones comunal-indígenas es posible reencontrarse con otras formas de
comunidades insurgentes de obreros y de la plebe urbana, que desde hace más de
cien años pugnan por abrirse camino, y sin cuya presencia lo comunal indígena
no puede prosperar.
269
AUTONOMÍAS
INDÍGENAS Y ESTADO
MULTINACIONAL1
I.
La república excluyente
Bolivia
se inició como república heredando la estructura social colonial. La
distribución de tierras, la estratificación social, el ré-gimen de tributos, e
incluso parte de la administración pública y el personal encargado de
ejecutarla, no sufrieron variaciones sus-tanciales, dejando en pie el conjunto
de enclasamientos, poderes, instituciones y personal jerárquico formado durante
las distintas etapas del régimen colonial. Y con ello se mantuvo quizás lo más
duradero, el sistema de creencias, prejuicios y valores dominan-tes que había
ordenado los comportamientos colectivos antes del proceso independentista: la
racialización de las diferencias sociales a través de la invención estatal del
“indio”, no sólo co-mo categoría tributaria, sino, ante todo, como el “otro
negativo”, ordenador de los esquemas simbólicos con los que las personas daban
sentido al mundo, incluidos los propios indios.
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Autonomía indígena y Estado
multi-nacional. Estado plurinacional y multicivilizatorio: una propuesta
democrática y pluralista para la extinción de la exclusión de las naciones
indias”, en aa. vv., La
descentralización que se viene, La Paz, Instituto Latinoamericano de
Investi-gaciones Sociales (ildis)
y Plural, 2004.
271
La categoría indio fue inicialmente introducida por
los repre-sentantes de la corona española como categoría tributaria y fiscal.
Esta clasificación, además de diluir parcialmente otras formas de
identificación autóctonas, estableció una división del trabajo, una
jerarquización de saberes y vías de acceso a oficios, dando lugar a una
compleja estructura de enclasamiento social. Pero, parale-lamente, y para que
esta tributación funcionara, la colonia cons-truyó la indianidad como un
discurso y prejuicio naturalizador de las estructuras de dominación social,
identificándolo con el que no está capacitado, con el que debe ser mandado,
educado, adoctrinado, guiado, gobernado y aplacado. En cualquier caso, la
estigmatización por la indianidad (que a su vez tiene escalones de medición
simbólica) naturalizó prácticas de exclusión económica y legitimó monopolios
políticos o culturales en la definición de las reglas de competencia social,
contribuyendo de esa manera, no sólo a expresar, racializándolas, determinadas
condiciones so-cioeconómicas de exclusión y dominación, sino también a
cons-truir objetivamente esas condiciones socioeconómicas.
Esta
indianización de la sociedad colonizada tuvo un modo de producción de la
categorización, por medio de una serie de com-ponentes que, en momentos
determinados y en contextos parti-culares, delimitaron al indio que había de
pagar tributo y quedar excluido de los niveles superiores del poder colonial. Y
—como bien lo muestran el padrón de revisitas y las estrategias de huida de los
indígenas— el lugar de residencia, el idioma materno, el oficio, el apellido,
el nivel de ingresos, el tipo de propiedad, la vestimenta e incluso los rasgos
físicos serán hilvanados de mane-ra flexible en los distintos periodos para
objetivar al indio, o huir de él, como sujeto de exacción económica y exclusión
política. En este sentido, el indio no es una raza, ni tampoco una cultura,
pero la dominación colonial sistemáticamente buscó racializar al indio, pues de
alguna manera había que delimitar a la población tributaria y subordinada, por
lo que de facto se estableció una etnificación de la explotación. Tenemos
entonces en todo ello tres procesos interconectados. El primero, la conquista,
que delimita dominantes y dominados como un hecho resultante de la confron-
272
tación de fuerzas de aparatos político-estatales.
En segundo lugar, la colonia, que delimita los espacios de la división del
trabajo y los poderes culturales, administrativos y económicos, a partir de una
identificación geográfica, cultural, somática y racial del coloniza-do. Y por
último, la legitimación y naturalización del orden de la dominación a partir de
esta jerarquización culturalista, espacial y racial del orden social.
La
república boliviana se fundó dejando en pie estas estruc-turas coloniales que
consagraban prestigio, propiedad y poder en función del color de piel, del
apellido, el idioma y el linaje. El libertador Simón Bolívar claramente
escindió la “bolivianidad”, asignada a todos los que habían nacido bajo la
jurisdicción te-rritorial de la nueva república, de los “ciudadanos”, que
debían saber leer y escribir el idioma dominante (castellano) y carecer de
vínculos de servidumbre, lo que hizo que, desde el inicio, los indios
carecieran de ciudadanía.2 Previamente, y en un retroceso
frente a la propia colonia, que había reconocido la vigencia local de los
sistemas de autoridad indígena, Bolívar, en un intento de instaurar una
constitución liberal, había declarado extinguida la autoridad de los caciques
indígenas, sustituyéndolos por funcio-narios locales designados por el Estado.3
Las
distintas formas estatales que se produjeron hasta 1952 no modificaron
sustancialmente este apartheid político. El Estado caudillista4 (1825-1880)
y el régimen de la llamada democracia “cencitaria” (1880-1952),5 tanto
en su momento conservador como liberal, modificaron muchas veces la
constitución políti-
2\
Wolf Grüner, “Un mito enterrado: la fundación de la República de Bolivia y la
liberación de los indígenas”, en Historias: Revista de la Coordinadora
de Historia, No. 4, 2000.
3\
Simón Bolívar, “Decreto del 4 de julio de 1825, Cuzco” (1825), citado en Isaac
Sandoval Rodríguez, Nación y Estado en Bolivia, La Paz, Mundy
Color, 1991.
4\
Marta Irurozqui, La armonía de las desigualdades. Elites y conflictos
de poder en Bolivia, 1880-1920, Lima, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (csic) y
Centro de Estudios Regionales Andinos (cera)
Bartolomé de las Casas, 1994.
5\
René A. Mayorga, “La democracia o el desafío de la modernidad política”, en
Fernando Campero Prudencio (coord.), Bolivia en el siglo XX, La
Paz, Harvard Club Bolivia, 1999.
273
ca del Estado (1826, 1831, 1834, 1839, 1843, 1851,
1861, 1868, 1871, 1878, 1880, 1938, 1945, 1947), sin embargo, la exclusión
político-cultural se mantuvo tanto en la normatividad del Estado como en la
práctica cotidiana de las personas. De hecho se puede decir que, en todo este
periodo, la exclusión étnica se convertirá en el eje articulador de la cohesión
estatal.
En
todo esta etapa, el Estado no hará ninguna simulación de incorporación de los
indios en la toma de decisiones estatales, aunque, por cierto, una buena parte
de los gastos gubernamen-tales se financiarán con el tributo indígena, incluso
comenzado el siglo XX.6 Acá, la ciudadanía, como el poder, la
propiedad y la cultura legítimas no son prerrogativas que se deliberan, sino
que se ejercen como imperativo categórico, pues son aún una especie de derecho
de conquista. La ciudadanía no es tanto una produc-ción de derechos como una
herencia familiar, por lo que se pue-de hablar de la existencia de un tipo de
ciudadanía patrimonial.
Los
derechos de gobierno se presentarán durante más de cien años como una
exhibición de la estirpe; no se hacen ciudadanos sino que se nace ciudadano o
indio. En todo caso, es un estigma de cuna y abolengo. La ciudadanía
patrimonial del Estado oli-gárquico, más que una cultura de responsabilidad
pública, es un compromiso de lealtad a la perennidad de la casta; es, por sobre
todo, la exhibición de los blasones familiares, de la pureza de san-gre. Esto
no impide, por supuesto, la intrusión en el espacio polí-tico endogámico de
arribistas que han sido capaces de blanquear el linaje. Es la historia de
comerciantes exitosos, de compradores de tierras comunales o de encholamientos
oligárquicos que, sin embargo, portarán una ciudadanía sospechosa, que deberá
ser negociada con la formación de redes clientelistas, la exhibición de dinero
y el acatamiento del estilo de vida de las elites tradicionales.
Hasta
qué punto esta baja apetencia de población, por parte del Estado, era una
lógica estructural de su organización se puede
6\
Jorge Viaña, “La llamada ‘acumulación originaria’ del capital en Bolivia”,
Tesis de grado, Universidad Mayor de San Andrés, Carrera de Economía, 2000;
Gus-tavo Rodríguez, La acumulación originaria de capital en Bolivia,
Cochabamba, Instituto de Estudios Sociales y Económicos (iese),
1979.
274
apreciar comparando el número de habitantes
censados en el país con el número de votantes alcanzados en las distintas
elecciones. Así, desde 1880 hasta 1951, el número de personas votantes,
“ciudadanas”, se mueve entre el dos y el tres por ciento del total de la
población habitante en Bolivia.7
Los
procesos de democratización y homogeneización cultural, iniciados a raíz de la
revolución de 1952, transformaron en parte el régimen de exclusión étnica y
cultural del Estado oligárquico. El voto universal amplió el derecho de
ciudadanía política a mi-llones de indígenas, anteriormente marginados de
cualquier con-sulta en la toma de decisiones estatales. Igualmente, la
educación fiscal y gratuita, que comenzó a expandirse por las áreas rurales,
permitió que indígenas que constituían la abrumadora mayoría de los
“analfabetos” marginados de un conjunto de saberes estatales, ahora pudieran
estar más cerca de ellos y se abrieran ciertas posi-bilidades de ascenso
social, a través de la acumulación de capitales culturales escolares. Todas
estas medidas, junto con la creación de un mercado interno, la
individualización de la propiedad agraria y la estatización de los principales
centros productores de exce-dente económico, se inscribían claramente en un
programa de nation-building, cuyo protagonista era el Estado.
Sin
embargo, la adquisición de conocimientos culturales le-gítimos por parte de los
grupos indígenas quedó constreñida a la adquisición obligatoria de un idioma
ajeno, el castellano, y de pautas culturales producidas y monopolizadas por las
colectivida-des mestizo-urbanas, con lo que nuevamente los mecanismos de
exclusión étnica se activaban, aunque ahora de manera renovada y eufemística.
De esta manera, entre 1952 y 1976, entre el 60 y el 65% de la población
boliviana que tenía como lengua materna un idioma indígena sólo pudo ejercer
sus derechos de ciudadanía por medio de un idioma extranjero, ya que la
educación oficial, el sistema universitario, el vínculo con la administración
pública,
7\
Porcentajes elaborados con base en los datos proporcionados por Marta
Iruroz-qui, La armonía de las desigualdades, op. cit.;
y Manuel Contreras, “Reformas y desafíos de la educación”, en Fernando Campero
Prudencio (coord.), Bolivia en el siglo XX, op.
cit.
275
los servicios, etc., sólo podían realizarse por
medio del castellano, y no empleando el idioma quechua o aimara.
Con
la revolución de 1952, el castellano devino el único idio-ma oficial del
Estado, devaluando de facto los idiomas indígenas, que no tenían ningún
reconocimiento oficial que permitiera su reconocimiento como idioma legítimo,
de atención pública, as-censo social o acceso a funciones
burocrático-administrativas. Igualmente, la admisión del voto universal para
los indios impuso un único molde organizacional de derechos políticos, el
liberal, en medio de una sociedad portadora de otros sistemas tradicionales de
organización política y de selección de autoridades, que ahora quedaban
borrados como mecanismos eficientes en el ejercicio de prerrogativas políticas.
Este
aplanamiento lingüístico y organizativo al que fueron sometidos los pueblos
indígenas, portadores de otros saberes culturales y otros sistemas de formación
de la autoridad, rápida-mente dio lugar a la construcción de un espacio de
competencias y acumulaciones lingüísticas y organizativas reguladas por el
Es-tado, en el que los indígenas, convertidos ahora en “hermanos campesinos”,
quedaban nuevamente ubicados en los puestos más bajos en la lucha por la
conquista de saberes políticos y educati-vos legítimos. Obviamente, si el único
idioma tomado en cuenta por el Estado para viabilizar las acciones
comunicativas de efec-to estatal es el manejado como materno por las elites
mestizas, aquellos que, como los indios, parten de otro idioma materno y tienen
que aprender con el tiempo una segunda lengua, tendrán que realizar un mayor
esfuerzo para acceder a los sitiales que, de entrada, ocupan aquellas personas
que tienen como primer idioma el castellano. Aquí, la mezcla idiomática y la
deficiencia en la construcción sintáctica en castellano, permanentemente
mostrada por las personas que tienen como idioma materno una lengua indígena,
será una forma expedita de identificar, sancionar y devaluar los esfuerzos
indígenas por castellanizarse.
En
este mercado lingüístico, la parte superior, con acceso a los puestos de
decisión estatal, estará ocupada por personas castella-nohablantes de larga
data, en tanto que en el polo estigmatizado
276
y en la antípoda de la jerarquía estarán las
personas que sólo ha-blan idiomas indígenas, mientras que en medio, en un
complejo sistema de ascensos escalonados, estarán aquellos que hablan el idioma
castellano junto con algún idioma indígena, pero sin saber escribirlo;
inmediatamente después, quienes que sí saben escribir en castellano, pero no
pueden pronunciarlo bien; aque-llos que sólo hablan castellano pero como
primera generación, y por tanto arrastran el efecto, en este caso negativo, del
entorno familiar que practica algún idioma indígena; luego quienes que han
logrado algún título académico como resultado de una caste-llanización de
segunda generación; después aquellos que redac-tan y hablan con mayor propiedad
en castellano; los que además pueden pronunciar y escribir algún otro idioma
extranjero, mejor si es el inglés, etcétera.
De
la misma forma, en términos de las prácticas culturales, es-tá claro que
tendrán mayores probabilidades de acumulación de otros tipos de capital
cultural quienes, como los mestizo-urbanos, han definido desde el Estado sus
conocimientos y habilidades particulares como prácticas culturales legítimas,
socialmente va-loradas; mientras que los indígenas, poseedores de otros hábitos
y costumbres, tendrán menos opciones de ascenso y acumulación cultural, porque
no han accedido a la producción de esas habi-lidades como parte de su entorno
inmediato, y, para conocerlas, tienen que realizar un esfuerzo mayor para
entenderlas, asimilar-las y utilizarlas de manera eficiente.
En
el terreno de los sistemas organizativos de la política, será igualmente
evidente que tendrán mayores opciones de acceder a cargos públicos y de
beneficiarse de ellos aquellos grupos de personas aptos para el ejercicio de
derechos liberales, que han sido educados por esos derechos y para esos
derechos, que se-rán nuevamente los mestizos letrados y de profesiones
liberales; mientras que quienes han sido formados en la lógica de
compor-tamientos corporativos, comunalistas y tradicionales, como los indios, tendrán
mayores probabilidades de acceder a puestos subalternos. De este modo, en la
formación del campo político legal, la conquista de los distintos capitales
políticos estará ma-
277
yoritariamente concentrada en aquellas personas
que, siendo educadas por preceptos y hábitos liberales, están preparadas para
moverse eficientemente en ellos y para ellos; mientras que quienes son
portadores de otra cultura política, para tener algu-na opción en la estructura
del campo de competencias políticas, tendrán que adquirir obligatoriamente
habilidades extrañas, por lo general de manera tardía y ambigua, por lo que, de
una manera “espontánea”, sus esfuerzos sólo podrán materializarse en puestos de
escaso capital político legítimo, subordinados y marginales.
Esta
manera de construcción jerarquizada de idiomas en el campo lingüístico, y de
culturas político-organizativas en el cam-po político, generará una nueva
maquinaria social de exclusión de los indígenas, aunque ahora no por la fuerza
de la ley o las ar-mas, sino de manera “suave”, por medio de los procedimientos
y los contenidos que llevarán a que, de una manera aparente-mente “natural”,
los puestos jerárquicos en el aparato estatal, en la gestión de la cultura y en
la economía, estén ocupados por los grupos de larga tradición
castellanohablante, por los herederos de las antiguas redes de poder colonial,
marcados por procesos de individuación. En tanto que, también por aparentes
procesos de “selección natural de aptitudes”, los indígenas, los poseedores de
hábitos comunitaristas, llegarán por el peso de sus destrezas a ocupar siempre
las posiciones de menor privilegio y poder. Se trata de una re-etnificación
modernizada de la división social del trabajo, de los oficios, de los poderes y
de las jerarquías políti-cas. Lo “modernista” aquí radica en el empleo del
camuflaje de la igualdad para reproducir desigualdades. Se habla de la
igual-dad del voto individual, pero para encubrir un desigual recono-cimiento
de culturas y prácticas organizativas políticas, pues la liberal representativa
aparece como la única legítima, frente a las prácticas y sistemas políticos
indígenas, marcados por la predo-minancia de la colectividad. Se habla de
igualdad en la educa-ción, pero para encubrir una desigualdad en el reconocimiento
de los idiomas válidos públicamente para el ascenso social. Si a ello sumamos
que existen elevadas probabilidades de asociar a los distintos grupos sociales
en las aptitudes idiomáticas, culturales
278
y organizativas, con determinados rasgos somáticos,
no es rara entonces una racialización de esas aptitudes, con lo que queda
conformado nuevamente un campo étnico en el que un bien de-seable, la etnicidad
legítima basada en la blanquitud social y so-mática, aparece como el polo
ordenador de unas acumulaciones, apuestas y competencias que reditúan
reconocimiento, grandeza y posición social.
Todo
esto es lo que el indianismo emergente desde los años setenta del siglo XX ha
denunciado como la existencia de la “ciu-dadanía de segunda clase”.8 La
ciudadanía de primera es para las personas que puedan exhibir los blasones
simbólicos de la blan-quitud social (apellido, redes sociales, porte personal),
que las ubican como aptas para acceder a cargos de gobierno, de mando
institucional o empresarial y reconocimiento social; en tanto que la ciudadanía
de segunda es para aquellos que, por su origen ru-ral, su idioma o color de
piel, son “disuadidos” para ocupar los puestos subalternos, las funciones de
obediencia y los ascensos sociales mutilados.
A)
La etnicidad como capital
En
términos muy generales, una etnicidad es una colectividad que construye un
conjunto de atributos culturales compartidos, así como la creencia de una
historia arraigada en una ascenden-cia común, además de un inconsciente
colectivo.9 Estos
atribu-tos culturales pueden ser de tipo subjetivo, como los criterios
afectivos, emotivos y simbólicos respecto a afinidades colectivas; u objetivos,
como la lengua, la religión, el territorio y la organi-zación social. Sin
embargo, lo importante de todo ello radica en su composición connotada,
esto es, en su forma de articulación y entendimiento.
8\
Javier Hurtado, El katarismo, La Paz, Instituto de Historia
Social Boliviana (hisbol), 1985.
9\
Michael Hechter, Principles of Group Solidarity, Berkeley,
University of Califor-nia Press, 1987; Arnold Epstein, Ethos and
Identity, London, Tavistock, 1978.
279
Hay etnicidades en las que los criterios de
diferenciación son de tipo racial y biológico (en Guyana, entre africanos e
indios); idiomáticos y religiosos (tamiles y cingaleses en Sri Lanka); o
exclusivamente asentados en el idioma (valones y flamencos en Bélgica). En todo
caso, lo que importa de este repertorio de et-nicidad10 es que
logre formar una memoria colectiva que remita a una línea de ancestros, y que
permita que el grupo imagine una singular trayectoria que lo diferencia de
otros; una valoración del lenguaje como archivo vivo de una visión del mundo
compartida por los portadores de este código comunicacional; esquemas de
dramatización de la existencia del grupo, que visibilizan su vida pública, y
una reivindicación de territorios considerados como “ancestrales”, en los que
se que supone están anclados los refe-rentes simbólicos e identitarios del
grupo.
El
devenir de las etnicidades puede asumir varias trayecto-rias. Algunas pueden
dar lugar a naciones con Estado, como los ingleses; pueden formar parte de un
Estado multinacional que las reconoce como nacionalidad confederada (la antigua
Yugos-lavia); pueden existir como minorías o mayorías sin presencia
institucional en los Estados coloniales, o pueden mantenerse en medio de un
rechazo a su existencia, como los kurdos en Turquía.
Las
etnicidades pueden tener varias rutas de formación. Exis-ten identidades
estatalmente producidas y, de hecho, no existe Estado moderno que no haya
inventado de alguna u otra manera una identidad étnica;11 en
otros casos, pueden tener un origen antiguo o ser fruto de una reciente
etnogénesis; así como las etni-cidades también suelen ser fruto de políticas
coloniales.12
En
este último caso, se puede coincidir con Oommen en que las etnicidades son
procesos por los cuales ciertas colectividades son definidas como extranjeras
en sus propios territorios, y son
10\
Étienne Balibar e Immanuel Wallerstein, Raza, nación y clase, Madrid,
Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África (iepala),
1992.
11\ Ibíd.
12\
Rodolfo Stavenhagen, Conflictos étnicos y Estado nacional, México,
Siglo XXI, 1996; Bartolomé Clavero, Derecho indígena y cultura
constitucional en América,
México,
Siglo XXI, 1994.
280
despojadas del control de la vida política y
económica de ese mismo territorio,13 por
lo que la colonia y la república pueden ser entendidas como continuos procesos
de etnización de los pueblos indígenas.
La
etnización de los indígenas, al disociar la comunidad cul-tural de la soberanía
territorial, crea la base estructural de los procesos de exclusión,
discriminación y explotación social que caracterizan a los regímenes de
ocupación. En ese sentido, las designaciones étnicas pueden ser también leídas
como artefactos culturales y políticos de los complejos sistemas de
enclasamiento social14 que, mediante el trabajo del poder
simbólico de determi-nadas fracciones de clase, permite en unos casos
naturalizar las diferencias de clase y, en otros, consagrar diferencias
culturales como pautas de diferenciación social fundamentales.15 En
este último caso, el discurso de la etnicidad toma la forma de discur-so
político, mediante el cual las diferencias objetivas de clase son reducidas a
diferencias culturales, con el objeto de agrupar en torno a una posición
objetiva de clase (por ejemplo, cierta frac-ción dominada de intelectuales o
fracciones de comerciantes ur-banos), y alrededor de proyectos particulares, a
sectores sociales que, poseyendo distintas condiciones de clase, comparten con
mayor o menor intensidad una misma matriz cultural y simbólica. Se trata de una
auténtica eufemistización de la condición de clase, cuyo
peligro radica en que al echar un manto sobre ella, sólo busca
13\
T. K. Oommen, Citizenship, Nationality and Ethnicity, Cambridge,
Polity Press y Blackwell, 1997.
14\
Étienne Balibar, “Racismo y nacionalismo”, en Étienne Balibar e Immanuel
Wallerstein, Raza, nación y clase, op. cit. Para
una discusión entre “primordialis-tas” e “instrumentalistas” sobre las bases de
la etnicidad, véase Clifford Geertz, The Interpretation of Cultures,
New York, Fontana, 1993; Abner Cohen, Two-dimensional Man: An Essay on
the Anthropology of Power and Symbolism in Complex Society, London,
Routledge, 1974; Fredrik Barth (comp.), Los grupos étnicos y sus
fronteras. La organización social de las diferencias culturales,
Méxi-co, Fondo de Cultura Económica, 1976.
15\
Una manera parecida de entender la formación de clases sociales en una región
de los Andes se halla en Peter Gose, Aguas mortíferas y cerros
hambrientos, rito agrario y formación de clases en un pueblo
andino, La Paz, Mamahuaco, 2001.
281
potenciar en el mercado de bienes culturales el
valor cultural de un cierto tipo de prácticas que permitan a esa fracción (que
basa su ascenso en la posesión de un cierto tipo de capital cultural) una mayor
capacidad de negociación en la definición del capital cultural y político
legítimo, pero dejando en pie la distribución de las otras condiciones
objetivas de clase, que orillan nuevamente a las clases subalternas a su
consuetudinaria subalternidad de clase.
Con
todo, quedan por indagar las condiciones de posibilidad de que pautas
somáticas, como el color de la piel, del pelo, el ape-llido, tengan un valor
tan grande a la hora de la clasificación y naturalización de las diferencias
sociales de clase. Es insuficiente afirmar que se trata simplemente de
construcciones culturales mediante las cuales las diferencias de clase se
representan como diferencias naturales. El hecho de que las clasificaciones
somá-ticas tengan un papel como bienes perceptibles, apetecibles o rechazables,
nos lleva a considerar que no son sólo “expresión”, reflejo o simples “efectos
de engaño” discursivo. Las diferencia-ciones étnicas en general y las
clasificaciones raciales en particular, en determinadas circunstancias, como
por ejemplo las colonia-les y postcoloniales bolivianas, pueden ser vistas como
un tipo de capital específico,16 de bien social específico: el
capital étnico que, junto con los otros capitales económicos, culturales,
socia-les y simbólicos, ayudan a conformar los principios de diferen-ciación de
clase.
El
capital étnico hablaría entonces de dos dimensiones com-plementarias: por una
parte, de prácticas culturales distintivas con rango de universalidad, que
eufemistizarían y borrarían las huellas de las condiciones objetivas de su
producción y control (lengua legítima, gustos y saberes letrados legítimos,
etc.); y por otra, de diferencias sociales objetivas que han adquirido el
ran-go de diferencias somatizadas, y que luego han borrado el ori-gen de las
luchas objetivas de la instauración de esas diferencias. El color de piel, el
apellido notable con el que los colonizadores inicialmente explicitan
simbólicamente su posición objetiva de
16\ Pierre
Bourdieu, La distinción, Madrid, Taurus, 1998.
282
conquistadores triunfantes con derecho a las
riquezas, tierras e indios, convierten esta diferencia simbólica somatizada en
una riqueza corporal, cuya exhibición consagra simbólicamente su posición
objetiva de fuerza y dominio. Se trata de un producto cultural de significación
valiosa de los rasgos raciales y de la estir-pe, pero cuya virtud consiste en
convertir las diferencias de hecho conquistadas, en la victoria política,
militar, organizativa y técnica sobre los colonizados, en diferencias de sangre
que ejercen un efecto de naturalización de la relación de fuerzas objetivas. En
términos más horizontales, esta manera de construcción de bien étnico, pero sin
sus efectos de dominación, podría ser también la estructura simbólica mediante
la cual los sólidos, y hasta cier-to punto cerrados, lazos de parentesco de las
comunidades (que articulan la circulación de fuerza de trabajo y la posesión de
la tierra), expresan su valor social, su lugar privilegiado en el mun-do,
frente a otros grupos comunales circundantes.
El
capital étnico, con estas características, que hoy en día tie-nen un valor
mayor que las diferencias fundadas en la distribución de los bienes escolares
legítimos, es un tipo de capital simbólico que atraviesa la eficacia de todos
los demás capitales (económi-co, social, político, lingüístico, etc.), y que
además ha creado su propio campo de distribución, competencias y
posicionamien-tos por su control. La competencia por la “blanquitud”17 en
la sociedad boliviana sería entonces una forma de somatizar unos enclasamientos
reales o ficticios, pero que tienen toda la fuerza del poder simbólico para
producir efectos prácticos enclasantes o desclasantes, en el orden del espacio
de las condiciones obje-tivas de clase. Esto se ve con claridad a la hora, por
ejemplo, de las pretensiones que una persona de una clase social ubicada más
atrás puede tener de desear o sentirse capaz de acceder a un pretendiente de
una clase social más distante, por el hecho de poseer el capital étnico (rasgos
somáticos, apellido) distintivo de una clase social ubicada en un escalón
superior del espacio social;
17\
Ruth Frankenberg, “The Social Construction of Whiteness”, en Annual
Review of Anthropology, No. 18, 1989.
283
o la silenciosa búsqueda de cualquier familia de
cualquier clase social para hallar una pareja que pueda “blanquear” cultural o
somáticamente la descendencia.
La
importancia objetiva en los procesos de enclasamiento social, y sus
posibilidades de conversión en otros capitales (por ejemplo económicos), se
pueden apreciar en la propia estructu-ra de las oportunidades económicas en el
mercado laboral bo-liviano. Según una muestra trabajada por Jiménez Zamora, los
indígenas ocupan el 67% de los empleos más vulnerables y pre-carios, el 28% de
los empleos semicalificados, y sólo el 4% de los empleos calificados.18 Estos
datos pueden ser interpretados como que, abiertamente, hay una discriminación
de los ofertantes calificados y semicalificados indígenas, o bien, que el
número de indígenas con capacidad de ofrecer mano de obra calificada es
inferior al de los mestizos castellanohablantes; que los indígenas calificados y
semicalificados ya no se identifican con una identi-dad indígena o, por último,
una sumatoria de dos o tres de estas consideraciones, que dan lugar a este tipo
de segmentación étni-ca del mercado de trabajo. En cualquiera de los casos,
abierta o veladamente, la etnicidad indígena se presenta como objeto de
sistemática exclusión y devaluación social.
Se
puede llegar a la misma conclusión a partir de la revisión de la estructura de
los ingresos laborales. Los emigrantes no indíge-nas ganan tres veces más que
los emigrantes indígenas, en tanto que los indígenas, por lo general, recibirán
sólo el 30% del salario de los trabajadores no indígenas por cumplir el mismo
trabajo, mientras que las mujeres no indígenas, percibirán sólo el 60% del
salario de los varones.19 En términos esquemáticos, un indio
“vale” la tercera parte de un varón mestizo castellanohablante y la mitad de
una mujer mestiza castellanohablante.
18\ 琀lizabeth
Jiménez Zamora, “El costo de ser indígena en Bolivia: discriminación
salarial versus segregación laboral”, en Revista de la
Sociedad Boliviana de Eco-nomía Política, Vol. 1, 2000.
19\ Ibíd.
284
Ahora bien, la República y la adquisición de
derechos políticos individuales, a partir de 1952 hasta el día de hoy, al menos
formal-mente han disuelto el régimen colonial de división del trabajo, tanto
económico como político; pero lo que no ha desaparecido, pues más que una
medida administrativa es una estructura cog-nitiva de la realidad incorporada,
es la representación racializada o etnificada del mundo, la naturalización de
las diferencias y ap-titudes sociales a partir de determinadas propiedades culturales,
históricas, geográficas o somáticas. La discriminación expresada racialmente,
al menos en Bolivia, hoy ya no es sólo una invención estatal o tributaria; es,
por sobre todo, un sentido común. Y en la medida en que se trata de una
estructuración imaginada del mundo, mediante la cual tanto dominantes como
dominados se ven y ven a los demás en el mundo, tiene un papel efectivo de
estructuración práctica de ese mundo.
Borrada
la memoria del hecho social que dio lugar a esta etni-ficación de las
diferencias sociales y los enclasamientos, la jerar-quización racial o étnica
del mundo tiene fuerza estructurante, porque ayuda a delimitar simbólicamente
las diferencias sociales, aumentando, con su fuerza, la fuerza de la
diferenciación social. De ahí la presencia del capital étnico, esto es, de un
régimen de competencias en torno a bienes étnicos (contingentemente atri-buidos
al idioma materno, al lugar de origen, al color de piel, al apellido), que
refuerza o devalúa a cada persona, según su acercamiento a la etnicidad
legítima o a la estigmatizada, para la adquisición de los otros bienes sociales
de tipo económico, rela-cional o educativo. De esta forma, hoy, como puede comprobar-se
en las distintas trayectorias desplegadas por los sujetos en sus estrategias
matrimoniales, en las adquisiciones culturales, en las jerarquías salariales,
en la distribución proporcional de prestigios por procedencia cultural y en el
propio tratamiento del cuerpo, la “blanquitud cultural” y la indianitud no son
sólo enunciacio-nes estigmatizadoras, sino polos ordenadores del campo de los
bienes simbólicos legítimos que contribuyen a los enclasamien-tos sociales.
285
B)
Estado monocultural, sociedad
multinacional
Se
ha dicho que una nación es una unidad de idioma, cultura, te-rritorio y
economía. En parte esto es cierto, pero como resultado de la consolidación de
la nación, y no como su punto de partida o su sustancia definitoria.
Hay
naciones que tienen más de un idioma como lengua ofi-cialmente practicada, por
ejemplo Bélgica y Paraguay; y en otros casos, la nación por formarse contuvo
inicialmente en su interior numerosísimos idiomas regionales y locales, sin que
ello impidiera la formación de un espíritu nacional que luchara por su
indepen-dencia, como en Estados Unidos y Alemania. Actualmente en el mundo
existen más de 400 lenguas, pero el número de naciones no rebasa las 190, lo
que reafirma la suposición de que no toda lengua da como resultado una nación,
ni toda nación requiere de un solo idioma para formarse.
Igualmente,
la unidad cultural, que puede ser el resultado de largos siglos de cohesión
social, no es un prerrequisito para la formación nacional. De hecho, todas las
naciones modernas, inicialmente eran, y siguen siendo, conglomerados de
diversas prácticas culturales, pero con la capacidad articulatoria de una
identidad nacional, que les permitió y les permite competir en el contexto
global. Francia, por ejemplo, en el siglo XVIII era un mosaico cultural y
lingüístico, en el cual regiones enteras compar-tían más afinidades culturales
con las zonas del sur alemán o con el norte italiano, pero ello no fue
obstáculo para la construcción de la nacionalidad francesa como ente
republicano portador de soberanía estatal.
De
la misma manera, la unidad económica no es prerrequisito para la formación
nacional. Israel, mucho antes de poseer unas instituciones económicas
relativamente unificadas, ya existía co-mo voluntad nacional en todos los que
se sentían connacionales y que estaban desperdigados en distintas regiones del
mundo. Aquí, la economía unificada e incluso el territorio fueron resul-tado de
la fuerza de identificación nacional, no su condición. En el fondo, territorio,
cultura, lengua, son un producto del devenir
286
de la nación, su validación histórica y su
verificación material, no el punto de inicio de su formación. De hecho, existen
muchos pueblos que, poseyendo territorio, unidad cultural, lingüística y
económica, quedan como simples retazos étnicos o, en otros casos, prefieren
disolverse en entidades nacionales mayores, en las que creen hallar
prerrogativas públicas más satisfactorias que las que podrían obtener de manera
autónoma. La historia de ciertos pueblos europeos, africanos y latinoamericanos
ha sido precisamente la de este devenir, en tanto que las de otros ha sido la
extinción violenta.
Lo
que importa del territorio, de la lengua, de la cultura, in-cluso de la
economía, no es su sumatoria, porque ni aun sumando esos cuatro componentes se
logran las naciones; lo que importa es cómo se trabajan estos elementos hacia
el porvenir, esto es, su connotación histórica o grado de calificación,
utilizables por el conglomerado social que por adelantado se reconoce en un
des-tino común, en una comunidad de pertenencia y trascendencia.
Es
sabido que el idioma o el territorio poseídos pueden ser asumidos como
componentes particulares (folclóricos) de una estructura social mayor, como
pertenencias devaluadas de las cuales es mejor desembarazarse, o como
manifestaciones de una identidad separada, diferenciada irreductiblemente de
las que la rodean y la dominan. Sólo en este caso, la lengua, el territorio o
la cultura devienen componentes de una identidad nacional; por lo tanto, lo que
importa de ellas es cómo son leídas, inter-pretadas, significadas, deseadas o,
lo que es lo mismo, su forma de politización.
Las
naciones son, entonces, artefactos políticos, construccio-nes políticas que
crean un sentido de pertenencia a un tipo de entidad histórica capaz de otorgar
sentido de colectividad tras-cendente, de seguridad histórica ante los avatares
del porvenir, de adhesión familiar básica entre personas a las cuales
seguramente nunca se podrá ver, pero con las cuales se supone que se comparte
un tipo de intimidad, de cercanía histórica, de potencialidades de convivencia
que no se poseen con otras personas que confor-man la “otredad”, la alteridad.
De ahí la importancia y el papel
287
destacado que pueden jugar, en la formación de las
identidades nacionales, las construcciones discursivas y los liderazgos, en su
capacidad de articular demandas, disponibilidades, expectativas y solidaridades
en esquemas simbólicos de agregación y acción política autónoma del campo de
competencias culturales, terri-toriales, y de políticas dominantes.20 Las
naciones son fronteras sociales, territoriales y culturales que existen
previamente en las cabezas de los connacionales, y que tienen la fuerza de objetivar-se
en estructuras materiales e institucionales. En este sentido, las naciones son
comunidades políticas en las que sus componentes, los que se asumen como parte
de la nación, se reconocen por ade-lantado en una institucionalidad a la que
reconocen como propia, y dentro de la cual integran sus luchas sociales, sus
competencias y mentalidades.21 Precisamente, la formulación de
estas fronteras simbólicas en el imaginario colectivo, a partir de la
visualización y politización de las fronteras reales de la segregación colonial
ya existente, parecería ser una de las reivindicaciones ascendentes del
movimiento social indígena aimara en los últimos años.22
Las
formaciones nacionales inicialmente son discursos per-formativos23 con
la fuerza para generar procesos de construcción
20\ David
Miller, Sobre la nacionalidad: autodeterminación y pluralismo cultural,
Barcelona,
Paidós, 1997; Terry Eagleton, “El nacionalismo y el caso de Irlanda”, en New
Left Review No. 1: el nacionalismo en tiempos de globalización,
Madrid, Akal, 2000.
21\
Étienne Balibar, “La forma nación: historia e ideología”, en Étienne Balibar e
Immanuel Wallerstein, Raza, nación y clase, op. cit.
22\
“Las luchas sobre la identidad étnica o regional, es decir, respecto a
propiedades (estigmas o emblemas) vinculadas con su origen al lugar de
origen y sus señales correlativas, como el acento, constituyen un caso
particular de las luchas de clases, luchas por el monopolio respecto al poder
de hacer creer, hacer conocer y hacer reconocer, imponer la definición legítima
de las divisiones del mundo social y, a través de eso, hacer y deshacer
los grupos: en efecto, lo que se ventila en esas luchas es la posibilidad
de imponer una visión del mundo social a tra-vés del principio de división que,
cuando se imponen al conjunto de un grupo, constituyen el sentido y el consenso
sobre el sentido y, en particular, sobre la identidad y la unidad que hace
efectiva la realidad de la unidad e identidad de ese grupo”. Pierre
Bourdieu, ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos,
Madrid, Akal, 1999, p. 88.
23\ 琀l
discurso étnico o regionalista “es un discurso performativo, que
pretende
288
de comunidades de consentimiento político, mediante
las cua-les las personas definen un “nosotros” separado de un “otros”, a través
de la reinterpretación, la enunciación o la invención de algún o algunos
componentes sociales (por ejemplo, el idioma, la religión, la etnicidad, la
historia de dominación), que a partir de ese momento pasan a ser componentes de
diferenciación y adscripción a la comunidad, que garantizan a sus miembros una
seguridad colectiva en el porvenir igualmente común. Se trata de un tipo de
interacción comunicativa que produce, o desentierra, o inventa, una hermandad
extendida, un parentesco ampliado capaz de crear, primero, un efecto de
atracción gravitatoria ha-cia ciertos sectores poblacionales que se sentirán
atraídos; y se-gundo, un efecto complementario de repulsión hacia los que se
sentirán excluidos. Es por todo ello que se dice que las naciones son
“comunidades imaginadas”.24 En
este sentido, las naciones no necesitan previamente de una comunidad étnica
para conso-lidarse, aunque ello puede favorecer, dando lugar a una nación
monoétnica.
Por
lo general, las naciones resultan de la agregación políti-ca de muchas
etnicidades, y la nación ha de ser precisamente la producción de una nueva
etnicidad (real o ficticia), que permita proyectar imaginadamente en el pasado
la pertinencia y necesi-dad de la existencia actual de la nación. Pero, a la
vez, en cuanto se trata de procesos de remodelación de la subjetividad
colectiva que crea un sentido de “nosotros”, las naciones son también una forma
de producir lo “común”, el bien común que une al grupo y lo diferencia de los
“otros” grupos y, en ese sentido, se trata de
imponer
como legítima una nueva definición de las fronteras y hacer conocer y reconocer
la región así delimitada frente a la definición dominante y
descono-cida como tal. El acto de categorización, cuando consigue hacerse
reconocer o es ejercido por una autoridad reconocida, ejerce por sí mismo un
poder: como las categorías de parentesco, las categorías ‘étnicas’ o
‘regionales’ instituyen una realidad utilizando el poder de revelación y
de construcción ejercido por la ob-jetivación en el discurso”. Pierre
Bourdieu, ¿Qué significa hablar?, op. cit.
24\ 琀rnest
Gellner, Naciones y nacionalismos, Madrid, Alianza, 1994;
Benedict An-derson, Comunidades imaginadas, México, Fondo de
Cultura Económica, 1989; Montserrat Guibernau, Los nacionalismos, Barcelona,
Ariel, 1998.
289
comunidades políticas, pues su fuerza articulatoria
es precisamen-te la gestión, la distribución, la conservación de ese bien
común.
De
aquí que no sea raro que a veces se confunda Estado con nación, pues ambos
tratan sobre la gestión del bien común, aun-que el primero es un hecho
institucionalizado desde arriba, que trabaja produciendo la ilusión de una
comunidad política hacia abajo (Marx); la nación, en cambio, existe desde el
momento en que se imagina una comunidad política desde abajo y se traba-ja para
crear una institucionalidad que condense hacia arriba esa apetencia política.
En las sociedades modernas, cuando só-lo funciona la “comunidad ilusoria”
(Estado), estamos ante los autoritarismos y los procesos truncos de
nacionalización, como los de Bolivia. Cuando la “comunidad ilusoria” resulta de
la ex-plicitación institucionalizada de la “comunidad imaginada” (la nación),
estamos ante los procesos de formación de legitimidad política y
nacionalización exitosa.
Esta
identificación entre nación y concretización institucional de la comunidad
política bajo la forma de Estado ha llevado a afirmar que sólo se puede hablar
de naciones en sentido estricto cuando la intersubjetivación política de los
connacionales alcanza la autonomía gubernamental a través del Estado, y que
hasta que esto no suceda habría que referirse a nacionalidades. La virtud de
esta afirmación radica en que no asume una visión esencialista ni estática de
la construcción nacional; la ve como un campo de fuerzas, como un proceso, como
un devenir político que alcanza madurez cuando se institucionaliza como Estado.
En
Bolivia, es por demás evidente que, pese a los profundos procesos de mestizaje
cultural, aún no se ha podido construir la realidad de una comunidad nacional.
En el país existen por lo me-nos treinta idiomas y/o dialectos25 regionales,
existen dos idiomas que son la lengua materna del 37% de la población (el
aimara y el quechua), mientras que cerca del 62% se identifica con algún
25\
Xavier Albó, “Etnias y pueblos originarios”, en Fernando Campero Prudencio
(coord.), Bolivia en el siglo XX, op. cit.
290
pueblo originario.26 Y, en la
medida en que cada idioma es toda una concepción del mundo, esta diversidad
lingüística es también una diversidad cultural y simbólica. Si a ello sumamos
que existen identidades culturales y nacionales más antiguas que la república,
y que incluso hoy reclaman la soberanía política sobre territorios usurpados
(el caso de la identidad aimara), es muy claro que Boli-via es, en rigor, una
coexistencia de varias nacionalidades y cultu-ras regionales sobrepuestas o
moderadamente articuladas.27 Sin
26\ 琀nstituto
Nacional de Estadística (ine), Censo
nacional de población y vivienda 2001, La Paz, ine,
2002.
27\
Toda identidad siempre es fruto de un trabajo deliberado en el terreno
discursi-vo, simbólico y organizativo, que produce un estado de
autorreflexividad de los sujetos para demarcar fronteras imaginadas (reales o
creídas) que los diferencian de otros sujetos. Esta voluntad distintiva siempre
es fruto de una actividad espe-cíficamente dirigida a generar un fin, por tanto
siempre es fabricada, producida. En ese sentido, toda identidad es un invento
cultural que, de manera externa al grupo (por ejemplo los “indios” de la
colonia), o por presencia de elites políticas propias (la identidad aimara
contemporánea), visibiliza, resignifica algún elemen-to común entre las
personas (el idioma, la historia, los antepasados, la cultura, la religión,
etc.), mediante el cual se demarcan fronteras hacia otras personas y se
inculcan fidelidades sustanciales (un tipo de parentesco ampliado) con los
“identificados”.
\
Ahora, ciertamente esta producción de identidades no se puede hacer sobre la
nada; tiene más probabilidades de éxito donde existen cierto tipo de
condicio-nes similares de existencia objetiva entre las personas, pero también
es posible que, aun existiendo estas condiciones objetivas similares, ello
nunca dé lugar a una identidad cultural o política diferenciada. Toda identidad
es históricamente contingente y relacional, por lo que es deleznable cualquier
especulación sobre identidades “originarias” y “fabricadas”. Lo único riguroso
aquí sería pregun-tarse, en todo caso, sobre las condiciones de producción de
tal o cual identidad y su capacidad de movilización, no sobre su
artificialidad, pues toda identidad es, a su tiempo, una invención social.
\
Un error común sobre el concepto de identidad, por ejemplo el de Jorge Lazarte,
es confundir la identidad étnica, basada en prácticas culturales, con el
régimen so-cioeconómico o la adquisición técnica, pues considera que el
reivindicarse como aimara o indígena es antagónico a la demanda de Internet o
tractores. Mientras que lo primero tiene que ver con el aparato cultural de
significación con el que los sujetos conocen y actúan en el mundo, lo segundo
se refiere a la organiza-ción económica y al acceso a recursos sobre los cuales
actuará la significación del mundo. Un alemán y un inglés pueden tener en común
un automóvil, un celular y una industria, pero eso no los hace partícipes de
una misma identidad cultural, ni su apego al idioma y la tradición cultural de
sus respectivas comuni-dades culturales es un regreso a la tecnología de la
edad media. Igualmente, el
291
embargo, y pese a ello, el Estado es monolingüe y
monocultural en términos de la identidad cultural boliviana castellanohablante.
Esto supone que sólo a través del idioma español la gente obtiene prerrogativas
y posibilidades de ascenso en las diferentes estruc-turas de poder, tanto
económico, político, judicial, militar, como cultural del país. Pese a una
presencia mayoritaria de proceden-cias culturales indígenas rural-urbanas, la
“blanquitud” somática y cultural es un bien perseguido por todos los estratos
sociales, en la medida en que ella simboliza el ascenso social, y se constituye
en un plus simbólico, que contribuye a ubicarse en una mejor
po-sición en los procesos de enclasamiento y desclasamiento social.
Lo
paradójico de todo esto es que esta construcción compul-siva de identidades
étnicas delegadas o atribuidas (lo indígena)
que
los aimaras reclamen caminos, telefonía y tecnología moderna no significa que
lo hacen renunciando a su idioma, a su tradición, y que jubilosos exijan la
pronta castellanización y mestización cultural.
\
A diferencia de lo que cree Lazarte, la identidad cultural indígena no está
aso-ciada con el regreso al arado de takit´aclla, como si la
identidad estuviera aso-ciada con un específico nivel tecnológico de la
sociedad y a una sola actividad (el trabajo agrícola). Los aimaras, por
ejemplo, han mostrado que es posible ser culturalmente aimaras en el momento
del cultivo en suka kollos precoloniales, como también en
tiempos de la mita colonial, de la hacienda republicana y de la fábrica
moderna. La confusión entre identidad étnica y régimen socioeconó-mico lleva a
una lectura petrificada, y por tanto inservible para dar cuenta de los
complicados procesos de construcción de las identidades étnicas modernas. Como
en otras partes del mundo, no hay incompatibilidad entre una deman-da
identitaria indígena, por ejemplo, y la modernidad industriosa o técnica; de
hecho, en ello se pone a prueba la propia vitalidad y capacidad regenerativa de
las identidades culturales. El que los aimaras exijan tractores, pero mediante
discursos en su propio idioma y como parte de un proyecto indígena de
auto-nomía política, lejos de debilitar el proceso de construcción identitaria,
lo que hace es insertarla en la propia modernidad o mejor, pelear por una
modernidad articulada a la tradición y a partir de los repertorios de
significación cultural in-dígenas. ¿No es acaso posible ser aimara
culturalmente o nacionalitariamente y simultáneamente ser ingeniero, obrero,
industrial o agricultor?
\ 琀l
reduccionismo campesinista y arcaizante con el que algunos ideólogos
con-servadores pretenden leer la formación de la identidad cultural indígena no
sólo peca de desconocimiento de la historia y la teoría social, sino que además
está fuertemente marcado por un esquema mental etnocentrista, que tiende a
asociar lo indígena con lo atrasado, lo rural y opuesto al “desarrollo” y la
“modernidad” que vendría de la mano, naturalmente, del mundo mestizo y
castellanohablante.
292
desde el mismo Estado, que permite la constitución
de la blan-quitud como capital acumulable y la indianitud como estigma
devaluatorio, viene acompañada de un desconocimiento de la etnicidad como
sujeto de derecho político, en una repetición de la clásica actitud
esquizofrénica del Estado, que promueve insti-tucionalmente la inexistencia de
identidades étnicas mayoritarias, al mismo tiempo que reglamenta la exclusión
étnica como medio de monopolización racializada de los poderes sociales.
En
Bolivia hay cerca de medio centenar de comunidades his-tórico-culturales con
distintas características y posiciones jerár-quicas. La mayoría de estas
comunidades culturales se halla en la zona oriental del país, y
demográficamente abarcan desde unas decenas de familias hasta cerca de cien mil
personas. En la zona occidental del país se hallan concentradas las dos más
grandes comunidades histórico-culturales indígenas: los quechua y
ai-marahablantes.
La
primera, resultante de las migraciones indígenas y de las políticas de
colonización española, que impusieron el idioma quechua en las antiguos ayllus aimaras,
constituyen, en sentido estricto, únicamente una comunidad lingüística, y no
tanto una identidad étnica con niveles de politización cohesionadores. Por lo
general, esta comunidad lingüística, a pesar de tener un núme-ro cercano a lo
tres millones y medio de componentes, presenta altos grados de porosidad que
los llevan, en algunos casos, a fu-sionarse rápidamente a otras estructuras
culturales, especialmente urbano-mestizas, a agruparse en torno a identidades
clasistas de tipo campesino o gremial y, en otros casos, a condensarse en
mi-croidentidades étnicas en torno a ayllus o federaciones
de ayllus (los ayllus ubicados en Potosí y en
Sucre).
En
cambio, la otra gran comunidad lingüística, la aimara, que abarca a un poco más
de dos millones y medio de personas, presenta todos los componentes de una
unidad étnica altamente cohesionada y politizada. A diferencia del resto de las
identidades indígenas, la aimara ha creado, desde hace décadas, elites
cultu-rales capaces de dar pie a estructuras discursivas con la fuerza para
reinventar una historia autónoma, que ancla en el pasado la
293
búsqueda de un porvenir autónomo; un sistema de
movilización sindical de masas en torno a estas creencias políticas y,
reciente-mente, un liderazgo con capacidad de dar cuerpo político visible a la
etnicidad. En términos históricos, la identidad aimara no sólo es la más
antigua en el territorio boliviano, sino que, por sobre to-do, es la que más
sistemáticamente ha creado una arquitectura de creencias, de discursos
políticos centrados en el autogobierno, de proyectos y de fuerza de
movilización en torno a esas demandas.28 A diferencia del resto
de las identidades culturales indígenas, es la que cuenta con una amplia elite
intelectual constructora de un discurso étnico que, a través de la red
sindical, ha sido apropiado por amplios sectores poblacionales, constituyéndose
en la única identidad de tipo nacionalitario indígena en la actualidad.
Por
último, tenemos la identidad cultural boliviana dominan-te, resultante de los
179 años de vida republicana y que, si bien inicialmente surgió como artificio
político desde el Estado, hoy tiene un conjunto de hitos históricos culturales
y populares que la hacen consistente y predominantemente urbana.
Todo
esto no debe hacernos olvidar que, como toda identidad étnica, en Bolivia
estamos ante identidades flexibles y, en casos extremos, contingentes a las
cualidades del contexto, que avanzan o retroceden sus fronteras según los
ciclos históricos de expansión económica y apertura de los espacios de poder
gubernamental.
Estas
diversas comunidades lingüísticas e identidades étnicas son portadoras de
diferentes configuraciones simbólicas, de vi-siones del mundo, de formas
organizativas, de saberes y prácticas culturales y de apegos territoriales. Sin
embargo, la mayoría de estas referencias cognitivas y prácticas nunca ha sido
integrada a la conformación del mundo simbólico y organizativo estatal
legítimo, debido a que las estructuras de poder social se hallan bajo el
monopolio predominante de la identidad étnica bolivia-na; por tal razón, se
puede decir que el Estado republicano es
28\
Javier Hurtado, El katarismo, op. cit.; Álvaro García
Linera, “La formación de la identidad nacional en el movimiento
indígena-campesino aimara”, en Fe y pueblo, N° 2,
2003.
294
un Estado de tipo monoétnico o monocultural y, en
tal sentido, excluyente y racista.
Esta
monoculturalidad del Estado es visible cotidianamente cuando, por ejemplo, un
estudiante que tuvo como lengua de hogar o de infancia el aimara o quechua
tendrá que incorporar entre los condicionantes estructurales para el éxito
académico, además de la disposición de tiempo y recursos culturales
resul-tantes de su condición socioeconómica, la conquista de nuevas aptitudes
lingüísticas, monopolizadas por los estudiantes cas-tellanohablantes, ya que el
idioma legítimo para la adquisición de los bienes educativos es el castellano.
En este caso, el idioma de hogar es el punto de partida de una indianidad
visibilizada, y por lo tanto de un estigma, que depreciará el conjunto de
des-trezas disponibles para las distintas competencias sociales. Algo similar
sucede en gran parte de los ámbitos públicos (servicio militar, cargos
administrativos, judicatura, acceso bancario, etc.), y no de forma minoritaria,
sino con poco más de la mitad de la población. En ciertos contextos, el
apellido, la vestimenta y el color de piel pueden cumplir esta misma función
devaluatoria de la trayectoria social.
Es
sabido que todo Estado necesita crear adherencias colecti-vas, sistemas de
fines y valores comunes, que permitan cohesionar imaginariamente a los
distintos grupos sociales presentes en el ámbito de su influencia territorial.
La escuela, el sistema de re-gistros de nacimiento, de carnetización, de
sufragio, los rituales públicos, el conjunto de símbolos cívicos, etc., crean
esta base de filiación cultural, que a la larga dan lugar a una etnicidad
estatal-mente inventada. El problema de ello empieza cuando esta
mo-noetnización del Estado se hace seleccionando arbitrariamente un conjunto de
aptitudes, de competencias y valores monopo-lizados por determinados grupos, en
detrimento de otros. Este problema se torna complejo cuando estos componentes
identi-tarios están bajo el control predominante de sectores limitados o
minoritarios de la población y, peor aún, cuando la adquisición de esos
componentes de legitimación étnica es una empresa fallida o mutilada por la
devaluación simbólica, estatalmente refrendada,
295
a la que son sometidas las personas que incursionan
en estos pro-cesos de desetnificación y re-etnificación, que es precisamente lo
que sucede en Bolivia.
Siendo
un país de aproximadamente ocho millones de habi-tantes, en términos
lingüísticos, poco más de cuatro millones tie-nen como idioma materno el aimara
o quechua, o son bilingües con el castellano. Sin embargo, ninguna repartición
pública, nin-gún instituto de enseñanza superior, ni ningún puesto de jerarquía
económica, política o cultural tiene al idioma aimara o quechua como medio de
comunicación oficial. El monolingüismo estatal, a la vez que consagra
arbitrariamente un solo idioma como len-gua de Estado, devalúa de facto las
otras lenguas como modo de acceso a los cargos públicos o como mecanismo de
ascenso social urbano y, de manera velada, coacciona a los bilingües o
monolin-gües aimara-quechuahablantes a abandonar sus idiomas, pues no están
incluidos entre los bienes culturales legítimos.
El
hecho de que cada vez haya más personas que hablen el castellano o combinen el
castellano con otro idioma nativo no es ninguna “elección” fundada en el
reconocimiento de las virtudes del mestizaje monoétnico del Estado; es un
efecto de las relacio-nes de dominación étnicas que han jerarquizado, con la
fuerza del poder estatal, bienes culturales específicos en detrimento de otros.
Con ello, es fácilmente comprensible la negativa de varias comunidades
campesinas indígenas a que la enseñanza en la es-cuela primaria sea bilingüe
(castellano/aimara, por ejemplo); se trata de un acto racional de cálculo de
expectativas. Claro, ¿de qué sirve aprender a leer y escribir en aimara si ello
no va a ser útil para adquirir empleos urbanos, ni para tramitar en reparti-ciones
públicas, ni acceder a una profesión reconocida? Por ello, la disminución de
las personas que sólo hablan un idioma nativo, junto con el crecimiento del
bilingüismo o del bloque de personas que sólo hablan castellano, no debe
sorprender a nadie, ya que es el resultado directo de la coerción cultural y
simbólica del Es-tado. Es fácil prever que las tasas de medición del
bilingüismo, e incluso del monolingüismo nativo, crecerían notablemente si las
estructuras de poder estatal, de manera normativa y generaliza-
296
da, fueran bilingües o trilingües, como sucede en
otros Estados modernos multiculturales y multinacionales.
C)
Sociedad multicivilizatoria y estado esquizofrénico
La
monoetnicidad o mononacionalidad del Estado, en una socie-dad multiétnica o
multinacional, es por tanto el primer disloque de una relación eficiente y
democrática entre sociedad y Estado. Sin embargo, éste no es el único problema
de la complejidad estructural de lo que llamamos Bolivia. El otro eje de
desarticu-lación social sustancial es lo que René Zavaleta llamó “lo
abiga-rrado”, concepto que puede ser resumido como la coexistencia sobrepuesta
de varios modos de producción, de varios tiempos históricos y sistemas
políticos.29 En
términos más operaciona-lizables, se puede decir que Bolivia es un país donde
coexisten desarticuladamente varias civilizaciones, pero donde la estruc-tura
estatal recoge la lógica organizativa de una sola de ellas, la moderna
mercantil capitalista.
Siguiendo
a Elias,30 a nivel general, se puede entender al ré-gimen
civilizatorio como el entramado social y las pautas del comportamiento por
medio de las cuales las personas están acos-tumbradas a vivir. Esto supone los
modos de diferenciación de las funciones sociales, las formas de constitución
de los institu-tos del monopolio de la violencia física e impositiva, las
maneras de simbolizar las previsiones prolongadas de secuencias en las
relaciones entre las personas (la técnica), y los mandatos y pro-hibiciones que
modelan el vínculo entre las personas.31 Se trata,
29\
René Zavaleta, Lo nacional popular en Bolivia, México, Siglo XXI,
1986; Luis Tapia, La producción del conocimiento local. Historia y
política en la obra de Re-né Zavaleta, La Paz, Postgrado en Ciencias
del Desarrollo (cides), Universidad Mayor
de San Andrés (umsa) y Muela del
Diablo, 2002.
30\ 琀orbert
Elias, El proceso de la civilización, México, Fondo de Cultura
Econó-mica, 1993; véase también Fernand Braudel, Civilización material,
economía y capitalismo, Madrid, Alianza, 1984.
31\ Un
uso pionero del concepto de civilización para estudiar los pueblos indíge-
297
por tanto, de un conjunto coherente de estructuras
generativas de orden material, político y simbólico que organizan de mane-ra
diferenciada las funciones productivas, los procesos técnicos, los sistemas de
autoridad, la organización política, además de los esquemas simbólicos con los
que colectividades extensas dan co-herencia al mundo. Un régimen civilizatorio
es mucho más que un modo de producción, pues integra la matriz cognitiva y los
procedimientos de autoridad que regulan la vida colectiva; asimis-mo, una
civilización puede atravesar varios modos de producción, como por ejemplo, la
comunidad arcaica y la comunidad rural que, siendo dos modos de producción
diferentes, compartieron matrices organizativas de la vida similares.
Igualmente, una ci-vilización puede abarcar varios territorios discontinuos y
varios pueblos o naciones, como la civilización capitalista mundial, que abarca
más de un centenar de naciones-Estado, o la civilización comunal, que abarca
por igual aimara y quechuahablantes que radican en comunidades agrarias.
En
Bolivia, se puede afirmar que existen cuatro grandes regí-menes civilizatorios.32 Estas
cuatro civilizaciones son:
nas
fue hecho por Guillermo Bonfil, aunque de manera directamente asociada a las
características sociales del campesino (orientación a la producción
auto-suficiente, solidaridad familiar, reciprocidad, propiedad comunal de la
tierra, la naturaleza como cuerpo vivo dialogante, etcétera). Véase Guillermo
Bonfil,
México
profundo. Una civilización negada, México,
Secretaría de Educación Pú-blica (sep)
y Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas),
1987.
32\ 琀n
un texto reciente (“El país está dividido: ¿habrá que dividirlo mejor?”,
en Tink’azos, No. 17, 2004) Rafael Archondo ha intentado realizar
un conjunto de observaciones a nuestra propuesta sobre la
multinacionalización del Estado. Lamentablemente, el esfuerzo por la estética
de la palabra irónica ha sacrificado la razón argumentativa y el conocimiento.
Señala que el Estado no puede ser “síntesis” (connotada) de la sociedad, sino
tan sólo “de lo político” (¿?), como si la autoridad que garantiza los derechos
de ciudadanía de los miembros de un territorio, los impuestos que sostienen la
administración burocrática o el régi-men de propiedad que jerarquiza accesos a
los bienes colectivamente generados sólo afectara a las pequeñas elites
“sedientas de poder”, mientras que el resto, la mayoría, viviera en una suerte
de no-estatalidad, tan soñada por el anarquismo primitivo.
298
•
La moderna, mercantil-industrial, que abarca a personas
que,
poseedoras de una racionalidad eminentemente mercantil
\
La ingenuidad de una sociedad por fuera del Estado no pasaría de ser una
ino-cente especulación si no fuera porque en ello se “olvida” o se esconde que
el Estado “vive” de los recursos de toda la sociedad, asigna jerárquicamente
esos bienes en función de la fuerza de la totalidad de las fracciones sociales,
y consa-gra el acceso a esos poderes por medio de la coerción que ejerce y la
legitimidad que obtiene de la totalidad de los miembros de la sociedad. El
Estado es pues una relación social total, no solamente la ambición de los
“capaces” o los “se-dientos” de poder; el Estado nos atraviesa a todos de algún
modo, de ahí su con-tenido público. Si el Estado sólo afectara a las “elites
ideológicamente activas”, Archondo debería preguntarse entonces por el sentido
fantasmal del impuesto salarial que entrega cada mes, por la irrealidad de los
títulos de propiedad o la ficción del voto.
\ 琀n
parte, toda esta ilusión está emparentada con el sueño del burócrata estatal,
que cree que no le debe nada a la sociedad y que lo público es sólo un hecho de
virtuosos. Lo que pasa es que Archondo confunde la administración del Estado
con el Estado. Lo primero es ciertamente un hecho de elites que administran el
poder estatal, en tanto que lo segundo es un hecho relacional y maquinal que
atraviesa, de un modo o de otro, toda la sociedad. La solidez de un estado
mo-derno radica en que es capaz de producir la relación política en toda la
sociedad, por medio de la legitimidad activa, permitiendo que los intereses de
los distintos bloques sociales políticamente activos queden articulados jerárquicamente
en las funciones estatales, y las elites de esos bloques puedan acceder
competitivamente a los distintos mecanismos de poder, que es precisamente lo
que no sucede en el país. Acá, ni el Estado es un hecho relacional social
(basta con anotar el porcen-taje de personas que no tributan ni acceden a la
ciudadanía política o social), ni las prerrogativas colectivas de una mayoría
poblacional (los indígenas en tanto identidad histórico-política) están
integradas en los derechos de ciudadanía plena.
\
La candidez prerreflexiva de Archondo deviene una clara militancia política en
el momento de criticar la propuesta de una multiculturalización o
multinacio-nalización de las estructuras decisorias del Estado. Es comprensible
que des-conozca las formas de arreglo institucional a las que han llegado otros
Estados democráticos multiculturales (Bélgica, Suiza, India, Canadá, etc.). En
ese caso, simplemente se puede recomendar que revise la literatura pertinente
antes de aventurarse a adjetivar sobre cosas que no comprende. Pero lo que sí
merece una observación es el criterio de que la presencia proporcional de las
identida-des culturales en el Estado sería una forma de “apartheid”. Si
Archondo hubiera tenido el tino de revisar el significado de las palabras que
utiliza con memorable ligereza, se hubiera enterado que el apartheid significó
la exclusión de la socie-dad de las estructuras de poder, precisamente a partir
de la pertenencia a una comunidad cultural, y que ello estaba legalmente
reglamentado. Eso es lo que sucede en Bolivia, pero no de manera legal, sino de
hecho, tal como lo estamos demostrando, y con unos efectos prácticos de
segregación en el acceso a recursos públicos y movilidad social.
299
y
acumulativa, han atravesado procesos de individuación y desa rraigo
comunitario tradicional; viven la separación de lo político
\ 琀ste apartheid hipócrita,
al que se apega Archondo, es el que precisamente de-bería desmontarse y no ser
legitimado detrás de frasecillas sobre una “demo-cracia” desetnizada que
consagra la monoetnicidad de la estructura estatal. En sociedades
multiculturales, el demos de la democracia tiene que ser
culturalmente plural porque, de otro modo, deja en pie los mecanismos de
exclusión política, mediante la imposición de un solo parámetro de demos que
jamás será imparcial ni universal. Al respecto, no deja de ser sintomático el
apego de Archondo a la ilusión de que la identidad es un hecho de elección
individual, tal como procla-ma el liberalismo de sociedades culturalmente
homogéneas. Lo que no debería perder de vista es que la identidad es un
producto de luchas colectivas en torno al acceso a recursos, a partir de la
politización de determinados componentes (idioma, religión, historia,
tradición, etc.), y que el Estado produce también identidades, dominantes y
dominadas. Se trata de una trama de poderes de la que el individuo no puede
sustraerse para optar libremente y, menos aún, cuan-do ellas sirven para
regular el acceso a los bienes económicos y políticos de una sociedad, como en
Bolivia.
\
La inmaculada individualidad a la que se apega Archondo es una ficción que
legitima, con ropaje universalista, la identidad estatalmente dominante (pues
el Estado monopoliza la educación legítima, el idioma legítimo, la cultura
legítima, la historia legítima) y reproduce en los hechos las identidades
dominadas. En el fondo, el desmonte de esta dominación realmente existente es
el límite infran-queable de todo este pseudoliberalismo, que raya en la
frivolidad. Archondo debería preguntarse sobre la “libertad” que tienen los
indios para “blanquearse” o “agringarse” exitosamente
en el momento de optar a los intercambios matri-moniales, a puestos laborales o
reconocimientos públicos.
\
Sobre la angustia que agobia a nuestro crítico respecto a cómo identificar las
comunidades culturales, éste es un acto político de autoadscripción que tiene
como jurisdicción la territorialidad del Estado. En democracias
multiculturales, cada ciudadano puede ejercer sus derechos ciudadanos a partir
de su pertenencia cultural, donde sea que se ubique, u optar por representantes
de su comunidad cultural desde cualquier lugar, pues el Estado es multicultural
en su estructura central. Con la diferencia de que allá donde territorialmente
es mayoría una identidad cultural, las estructuras decisorias del poder
subnacional (regional) tienen una predominancia cultural, pero que reconoce los
derechos de otras minorías culturales en su seno.
\ 琀n
cuanto a considerar las identidades y las diferentes civilizaciones como
es-pacios estancos, tal como lo plantea Archondo, se pueden revisar las
respuestas que damos en este texto a argumentaciones críticas más sólidas y
coherentes. En todo caso, no porque Bush utilice las palabras “democracia” y
“libertad” para legitimar sus guerras, el concepto de democracia y libertad son
conceptos guerre-ristas. Lo mismo sucede con el concepto de “civilización”
empleado por Samuel Huntington. Si Archondo hubiera leído al autor antes de
usarlo con afanes com-parativos y devaluatorios, se daría cuenta de que, para
Huntington, la civilización
300
respecto a lo económico y asientan el fundamento de
sus condi-ciones de existencia, como actores dominantes o subordinados, en
actividades laborales asalariadas como la minería y manufac-tura industrial, la
banca, el gran comercio, los servicios públicos, el transporte, etc., con sus
respectivos circuitos de acumulación e intercambio directamente mercantil de
productos, bienes y fuerza de trabajo. En términos poblacionales, no más de un
20 o 30% de las personas en el país están involucradas directa y técnicamente
en esta trama social.
• El
segundo régimen civilizatorio es el que se refiere a la economía y cultura
organizadas en torno a la actividad mercantil simple de tipo doméstico,
artesanal o campesino. Quienes perte-necen a él son portadores de una
racionalidad gremial o corpora-tiva, y poseen un régimen de instituciones
políticas basadas en la coalición normativizada de pequeños propietarios
mercantiles. Una buena parte de la llamada informalidad, que ocupa el 68% del
empleo urbano, de los artesanos y los pequeños campesinos parcelarios
corresponde a este segmento social.
• En
tercer lugar, está la civilización comunal, con sus proce-dimientos
tecnológicos fundados en la fuerza de masa, en la ges-tión de la tierra
familiar y comunal, en la fusión entre actividad económica y política, con sus
propias autoridades e instituciones
\
es sinónimo de cultura y ésta es reducida a idioma y en algunos casos a
religión. Y es con ello que arma la lectura conservadora de “choque de
civilizaciones”.
\ 琀n
nuestro caso, y retomando el empleo sociológico de Norbert Elias y de otros
investigadores latinoamericanos, que le vendría bien revisar a Archondo, con el
concepto de civilización buscamos articular el concepto de modo de producción,
en su fondo técnico y organizativo duro, con el sistema de autoridad política y
el modo de significar estructuralmente el mundo. Como todo concepto, no es la
realidad, sino una manera de ordenar mentalmente datos de la realidad, por lo
que es epistemológicamente abusivo querer “mapear” y delimitar geográfica-mente
con regla y lápiz las “civilizaciones”. Este concepto es una categoría que
permite entender cómo es que en los comportamientos de las personas se hallan
sobrepuestas, o a veces fusionadas jerárquicamente, lógicas y técnicas
organi-zativas del modo de producir y reproducir material y simbólicamente sus
vidas. El descalificar una categoría por el empleo que le da otro autor, que la
define de una manera distinta, es un malabarismo ideológico de aplauso fácil,
aunque intelectualmente es una impostura.
301
políticas, que privilegian la acción normativa
sobre la electiva33 y
en la que la individualidad es un producto de la colectividad y de su historia
pasada.
•
Por último, está la civilización amazónica, basada en el
carácter
itinerante de su actividad productiva, la técnica basada en el conocimiento y
laboriosidad individual y la ausencia de Estado.
En
conjunto, las dos terceras partes de los habitantes del país34 se
hallan en alguna de los últimas tres franjas civilizatorias o so-cietales.35 Es
claro que éste es un modelo conceptual que no ex-cluye vínculos, cruces e
hibridaciones complejos, producto de la colonización, entre estos cuatro
bloques civilizatorios, al tiempo que hace resaltar la diferencia de los
patrones de organización social vigentes en el espacio social boliviano.36
33\ Jürgen
Habermas, Teoría de la acción comunicativa, Barcelona, Taurus,
1998.
34\
La agricultura está compuesta por 550.000 unidades domésticas, que abarcan el
90% de la población agraria, y en el trabajo urbano predomina la existencia de
700.000 unidades semiempresariales, en tanto que el 65% del empleo urba-no lo
otorgan estas unidades semiempresariales y familiares. Al respecto, véase Horst
Grebe, “El crecimiento y la exclusión”, en aa. vv., La
fuerza de las ideas, La Paz, Banco Mundial, Instituto Prisma,
Instituto Latinoamericano de Inves-tigaciones Sociales (ildis)
y Maestrías para el Desarrollo (mpd),
2002; Carlos Arze, “Empleo y relaciones laborales”, en aa. vv., Bolivia
hacia el siglo XXI, La Paz, umsa,
Coordinadora Nacional de Redes (cnr),
Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (cedla),
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud)
y cides, 1999.
35\
Una persona que propuso el uso de la categoría de civilización para entender la
estructura organizativa de los pueblos indígenas fue Guillermo Bonfil. Para él
la civilización sería “un nivel de desarrollo cultural (en el sentido más
amplio e inclusivo del término) lo suficientemente alto y complejo como para
servir de base común y orientación fundamental a los proyectos históricos de
todos los pueblos que comparten esa civilización”. Véase Guillermo
Bonfil, México pro-fundo, op. cit. Un concepto parecido
al que acá utilizamos como civilización es el propuesto por Luis
Tapia con la categoría de societal. Véase Luis Tapia, La condición
multisocietal. Multiculturalidad, pluralismo, modernidad, La Paz, ci-des, umsa y
Muela del Diablo, 2002.
36\
La propuesta de diferenciar entre tres o cuatro bloques la heterogeneidad
estruc-tural de Bolivia fue desarrollada por Luis Tapia en La condición
multisocietal, op.
302
Ahora bien, por lo general, las normas, funciones,
institucio-nes y representaciones con las que se ha constituido la vida estatal
en Bolivia sólo han tomado como universo de representación, de interpretación y
síntesis general, las prácticas y disposiciones po-líticas liberales (régimen
de partidos políticos, voto individual y secreto, división de poderes,
separación de la política respecto a la economía, etc.), resultantes de una
inserción en la vida moder-na mercantil, con sus hábitos de filiación electiva,
de individuos parcialmente desarraigados de anclajes, de linaje o paisanaje
tra-dicional y, por tanto, potencialmente aptos para formas de agre-gación
partidaria y constitución del poder público mediante el mercado político
moderno.37
En
cambio, una mayoría de la población —sumergida en es-tructuras económicas,
cognitivas y culturales no industriales, y además detentadoras de otras
identidades culturales y lingüísti-cas— es portadora de otros hábitos y
técnicas políticas, resultan-tes de su propia vida material y técnica. La
superposición de la identidad colectiva por encima de la individualidad, la
práctica
cit. y
Álvaro García Linera en “Estado y sociedad: en busca de una modernidad no
esquizofrénica”, en aa. vv., La
fuerza de las ideas, op. cit.
\
Posteriormente, Roberto Laserna, en el artículo “Bolivia: la crisis de octubre
y el fracaso del Chenko” (La Paz, Muller y Asociados, 2004) ha propuesto el
“con-cepto” de “distintas economías” para referirse a esta complejidad social
bolivia-na. Dejando de lado este repentino cambio de horizonte teórico de quien
hasta pocos meses atrás hacía una evaluación entusiasta de una economía en
imparable proceso de globalización (véase Roberto Laserna, “Bolivia en la
Globalización. Estado y sociedad. Temas del presente”, en aa. vv., La
fuerza de las ideas, op. cit., y mi crítica a ese tipo de
esquizofrenia ideológica), lo único que puede calificarse de novedoso en el
escrito de Laserna radica en que atribuye a la existencia de estas “distintas
economías” el fracaso de la aplicación de las reformas liberales. Si se trata
de fracasos, quizá sería más honesto pensar en el fracaso social y la
ignorancia de aquellos ideólogos del libre mercado que se lanzaron a aplicar
re-cetas modernizantes en un país que no conocían ni comprendían. Con todo, a
diferencia del concepto “las distintas economías” propuesto por Laserna, aquel
de multisocietal o multicivilizatorio no sólo incorpora el tema de los “modos
de producción” o economías diferenciadas, sino que también hace referencia a la
existencia de múltiples sistemas de autoridad y múltiples estructuras
simbólicas para definir el mundo que coexisten jerárquicamente en Bolivia.
37\ 琀orbert
Bobbio, El futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura
Econó-mica, 1995.
303
deliberativa por encima de la electiva, la coerción
normativa co-mo modo de comportamiento gratificable por encima de la libre
adscripción y cumplimiento, la despersonalización del poder, su revocabilidad
consensual y la rotatividad de funciones, etc., son formas de comportamiento
que hablan de culturas políticas dife-renciadas de las liberales y
representativas partidarias, profunda-mente ancladas en las propias condiciones
de vida objetivas, en los propios sistemas técnicos de reproducción social de las
per-sonas. El cooperativismo, el asambleísmo consensual, la rotación de cargos,
el hábito de tipo normativo tradicional, hablan de unos tipos de acción
política, de organización política, de tecnologías políticas, enraizadas en la
propia estructura económica y técnica de sistemas civilizatorios no modernos y,
por tanto, vigentes en tanto estos sistemas económicos, culturales y simbólicos
de or-ganización de la vida social se mantengan.
En
sociedades culturales homogéneas y políticamente nacio-nalizadas existe un
principio ético político de unificación de cri-terios, que erige al Estado como
un hecho de verificación legítima de esta integración histórica, la titularidad
final de los recursos y las decisiones sobre las formas de gestión de esos
recursos. Esto puede ser así porque el Estado, pese a sus jerarquías, se
presenta como síntesis imaginada de la sociedad, por lo que la soberanía fi-nal
no es un asunto de querella sino de cumplimiento deliberado.
En
sociedades complejas como la boliviana, el Estado se pre-senta como una
estructura relacional y política monoétnica y mo-nocivilizatoria que, así como
desconoce o destruye otros términos culturales de lectura y representación de
los recursos territoriales, vive con una legitimidad en permanente estado de
duda y acecho por parte de las otras entidades culturales y étnicas, y de otras
prácticas de entendimiento de la responsabilidad sobre el bien común, excluidas
de la administración gubernamental.
Esto
da lugar a un principio de incertidumbre estratégico de la legitimidad estatal,
subsanada de vez en cuando por medio de pactos verticales de mutua tolerancia,
susceptibles de ser que-brados por cualquiera de los bandos, apenas alguno de
ellos se descuide y debilite. Ésta ha sido precisamente la situación del
304
Estado boliviano a lo largo de sus 179 años de vida
republicana, lo que lo convierte en un Estado no sólo aparente,38 sino
también gelatinoso y bajo permanente sospecha, debido a su incapacidad de
articular estructuralmente las fuerzas sociales que cohabitan en su espacio de
influencia geográfica.
Ante
la ausencia de un principio nacionalizador de pertenen-cia o de parentesco
simbólico ampliado entre las personas que se encuentran bajo la influencia
estatal, la soberanía se presenta como un continuo escenario de guerras de baja
y alta intensidad en las que los distintos sujetos —el Estado a través de sus
nor-mas, los empresarios por medio de sus intereses económicos, y las
comunidades a través de sus usos y costumbres— dilucidan temporalmente
caleidoscópicas y fracturadas maneras de sobe-ranía territorial. La afirmación
de que en Bolivia cada región se asemeja a una republiqueta no hace más que
afirmar esta situación de incertidumbre estatal, que impide cualquier
pretensión de ins-tauración de una normatividad gubernamental territorial
común-mente aceptada, acatada y refrendada por todos los integrantes de la
sociedad. En Bolivia, el Estado no es un emisor hegemónico, en cuanto no ha
logrado generar creencias ni comportamientos compartidos de largo aliento que
asienten un principio básico de soberanía aceptada. Ante esta ausencia de una
ilusión compartida de comunidad política, el Estado y sus normas siempre son
vistos como una mera herramienta instrumentable, y casi nunca como una síntesis
expresiva de la sociedad como un todo.
Este
desencuentro catastrófico entre estructuras civilizatorias ha sido una
constante en todos los ordenamientos políticos de la república, incluido el más
democrático, que emergió de la revo-lución de 1952; y hoy, cuando se intenta
construir un Estado de derecho, se vuelve a manifestar con mayor virulencia,
debido a la articulación extraestatal de esas otras racionalidades y técnicas
políticas no liberales, a través los movimientos sociales indígenas y
campesinos.
38\ René
Zavaleta, Lo nacional popular en Bolivia, op. cit.
305
La limitación de la actual institucionalidad
democrático-re-presentativa liberal no es un hecho resultante de la
persistencia de una cultura autoritaria,39 como
si la política dependiera úni-camente de hábitos culturales susceptibles de ser
enmendados mediante acciones pedagógicas o de evangelización política. Es un
hecho estructural, que está anclado en la materialidad de la coexistencia
desarticulada o poco articulada de regímenes civi-lizatorios que no se
modificaron mediante simples mensajes a la conciencia. De hecho, esta creencia,
que intenta reducir como única vía legítima de hacer política a las formas
liberales repre-sentativas e individualizadas, es no sólo una forma de
intoleran-cia política, sino también de autoritarismo exacerbado frente a la pluralidad
cultural de las maneras de hacer y entender la política, incluida la
democracia.
En
sentido estricto, el régimen liberal de democracia repre-sentativa (detrás del
cual corren desesperadamente las elites), para funcionar exitosamente, requiere
de una serie de requisitos imprescindibles o condiciones de posibilidad
primarias. En pri-mer lugar, lo que alguna vez Zavaleta denominó el prejuicio
de la igualdad como hecho de masas.40 Claro, si de lo que se
trata es de que al mercado político de partidos concurran individuos con
facultades de intercambiabilidad de bienes políticos al margen de las
coerciones “extrapolíticas”, a fin de que garanticen la libre elegibilidad
personal y el principio de igualdad de cada opción en la constitución de la
“voluntad general”, en el mercado deben confrontarse personas portadoras de los
mismos derechos jurídi-cos de transacción y de las mismas prerrogativas
políticas frente al poder público. Éste es el sustento del mercado económico y,
con más razón, del mercado político. Se trata ciertamente de una ilusión
jurídica y política; sin embargo, se trata de una ilusión bien
39\
H.C.F. Mansilla, Autonomía e imitación en el desarrollo, La
Paz, Centro Boli-viano de Estudios Multidisciplinarios (cebem),
1994; Jorge Lazarte, “Entre dos mundos: la cultura democrática en Bolivia”, en
Carlos Toranzo et al., Democracia y cultura
política en Bolivia, La Paz, Banco Interamericano de Desarrollo (bid), Corte
Nacional Electoral (cne)
y pnud, 2001.
40\ René
Zavaleta, Las masas en noviembre, La Paz, Juventud, 1983.
306
fundada, en la medida en que en el acto electoral
la gente “cree” que tiene el mismo poder que los demás, independientemente de
su posición económica o cultural, así como cree que en el merca-do tiene los
mismos derechos y opciones que sus competidores, clientes y ofertantes. Pero
entonces esto requiere:
a) Que
la sociedad haya generalizado la lógica mercantil en la mayoría de sus
actividades productivas, consuntivas, culturales, intelectivas y éticas; cosa
que sucede mediante la generalización y conducción técnica del régimen de
producción capitalista y la extinción de estructuras productivas no
capitalistas, como las agrario-campesinas, comunales, artesanales. A esto es a
lo que se llama subsunción real.41 Ubicados desde los
requerimientos del buen funcionamiento de la democracia representativa, la
ausencia de subsunción real, o si se prefiere, la existencia de estructuras
productivas no capitalistas, de regímenes de intercambio no mer-cantil, es un
obstáculo para la constitución de sujetos igualados, con capacidad de asumir el
mercado como fundamento racional de sus comportamientos sociales, incluido el
político.
En
el caso de Bolivia, es por demás evidente que nos encon-tramos con un dominio
de la racionalidad capitalista, pero no con su generalización. Es más, cerca de
dos tercios de los circui-tos económicos se mueven bajo parámetros no
industriales. De ahí que, en términos de esquemas mentales, no sólo sea escasa
la presencia de un sentido de igualación social en correspondencia a la
pequeñez de una economía capitalista plenamente desplega-da, sino que, además,
se tengan espacios de igualación fragmen-tados, territorializados por lugar de
residencia, por parentesco, paisanaje, etcétera. Una de las condiciones
estructurales de la democracia representativa es, por tanto, inexistente en la
forma-ción social boliviana.
b) El
otro componente de la constitución de la igualdad po-lítica es la disolución de
aquellos modos de diferenciación en el acceso a derechos políticos fundados en
la cultura, la etnicidad, la
41\ Karl
Marx, El capital, México, Siglo XXI, 1985, capítulo VI (inédito).
307
religión o el género, que impedirían el escrutinio
numérico como modo de resolución de la voluntad general. Esto significa que la
conformación de los capitales políticos relevantes debe ceñirse a los bienes
culturales institucionalizados, pública e indiferen-ciadamente emitidos; como
en el caso de las titulaciones. Dado que los colonialismos, entre otras cosas,
instituyen la etnicidad y la cultura heredada como bienes sociales
jerarquizantes y como formas de capital político que garantizan o excluyen de
derechos políticos, la razón de la democracia representativa requiere la
descolonización política y ciertos grados de homogeneización cultural de la
sociedad. A eso se le ha llamado nacionalización de la sociedad, y es un
requisito de la formación de ciudadanía y aptitud representativa liberal.
No
puede haber representación liberal en medio de la vigencia de regímenes
coloniales que imponen una cultura, una etnicidad o una religión minoritaria
como sellos de ingreso a la participación política. En el caso de Bolivia, ésta
es precisamente la realidad. Sobre la presencia de poblaciones mayoritarias portadoras
de una cultura, de unos usos lingüísticos y una etnicidad particular, se halla
un grupo social minoritario, portador de un idioma, una cultura y una etnicidad
diferentes, pero instituidas como legíti-mas y dominantes. Resulta así que los
hábitos racistas y coloniales de las elites políticas, supuestamente empeñadas
en procesos de modernización política, son a la vez unos de los más importantes
obstáculos a ésas, sus inclinaciones liberalizantes de la política.
En
segundo lugar, para que esta forma liberal de intercambio político funcione, se
necesita un mínimo de lo que Max Weber definió como “fines y valores comunes”,
capaces de promover un sentido común y relativamente articulado de lo público,
que validen como norma aceptada la competencia de ofertas políti-cas, las
reglas de elección y las equivalencias políticas de las pro-puestas
electorales.
La
posibilidad de que el mercado político sea asumido como el lugar de la
constitución de los poderes públicos reposa en un cuerpo de creencias
compartidas de que ésa es la mejor forma de
308
constituir la intervención de la sociedad en la
gestión de lo que les une (el mundo de los fines sociales), pero, además, en
que en-tre los miembros de la sociedad exista la certeza de que tienen, de
manera duradera, algo en común: el mundo de los valores compartidos.
Se
trata de un hecho espiritual, cultural, pero también proce-dimental, capaz de
inaugurar una narrativa de un cuerpo social, que es a su vez una manera de
inventar su cohesión y su deseo de permanencia. La posibilidad de que estas
estructuras de percep-ción y acción social existan, en tiempos modernos, ha
requerido cierta homogeneidad cultural estatalmente inducida (de ahí que las
naciones sean en parte artificios estatales), pero ante todo, los efectos
culturales y organizativos de la subsunción real, que no es otra
cosa que la destrucción o debilitamiento de otras formas de filiación social,
la extinción o subalternación de otras redes de constitución espiritual del
cuerpo social, como fueron la familia, la localidad, la comunidad agraria,
etcétera.
La
persistencia de otros mecanismos de identificación so-cial, de obtención de
valores colectivos locales, tiene la virtud de imposibilitar la agregación de
voluntades políticas a través de un partido, pues esta última se sostiene
en filiaciones electivas, voluntarias, de individuos desarraigados
de otras formas de ads-cripción colectiva. La persistencia de estructuras
tradicionales de producir y de pensar, en cambio, generan tanto formas de filiación normativa,
en tanto el individuo es lo que es por la preexistencia y pertenencia
al grupo, como formas de participación política y sis-temas de
autoridad política locales, ancladas en las características de
estas estructuras civilizatorias. En este caso, la colectividad (de parentesco,
comunal, laboral), que es la condición de la indivi-dualidad y la práctica
política, se entenderá como la responsabili-dad y obligatoriedad del individuo
en la reproducción simbólica, económica, ritual y cultural de la trayectoria de
la colectividad.
En
el modelo liberal, en cambio, la individualidad es el punto de partida de la
constitución de la colectividad; y para que ello ocurra, deben haber
desaparecido previamente las estructuras colectivas concretas que interponen
otro sentido de pertenencia
309
y de participación, lo que a su vez requiere la
generalización de las relaciones capitalistas de producción, cosa que en
Bolivia acon-tece de manera limitada y no mayoritaria, aunque sí dominante.
II.
Un estado multinacional y multicivilizatorio
Ahora
bien, ¿cómo modificar este desencuentro entre vida esta-tal y composición
socioeconómica del país? La opción que aquí proponemos es que dejemos de
simular modernidad política y homogeneidad cultural en una sociedad
predominantemente pre-moderna, multicivilizatoria y pluricultural. Esto
significa romper la esquizofrenia de unas elites que durante siglos han soñado
con ser modernas y blancas, que copian instituciones y leyes moder-nas para
aplicarlas en una sociedad en la que los indígenas son mayoría, y la modernidad
mercantil y organizativa es inexistente para más de la mitad de la población, y
lo seguirá siendo en las siguientes décadas.
La
existencia fáctica de múltiples identidades étnicas en el país y la propia
comprobación histórica de la gelatinosidad estatal, que vive en permanente
acecho de sistemas sociales débilmente inte-grados a un régimen de legitimidad
normativa de largo aliento, obliga a asumir con seriedad y franqueza el debate
en torno a las etnicidades, comunidades culturales y naciones sin Estado42 co-mo
sujetos políticos y territoriales decisivos para la conformación y consagración
de cualquier orden estatal duradero en el país.
Ante
el reconocimiento de identidades étnicas, culturales y lingüísticas en la mayor
parte de su territorio, que abarcan la ma-yor parte de su población, hay varias
opciones a emprender. La primera es negar o simular un reconocimiento de esta
diversidad, pero trazar políticas de extinción, ya sea a través de la exclusión
coercitiva de esas identidades, o por medio de su devaluación simbólica, que
empujen a estrategias de autonegación étnica. En términos estrictos, ésta es la
política estatal que ha sido aplicada durante los últimos cien años, con
algunas variantes “blandas” en
42\ Montserrat
Guibernau, Los nacionalismos, op. cit.
310
la última década, pero cuyo resultado es una
constante reconsti-tución de las identidades excluidas y el surgimiento de
proyectos indianistas secesionistas respecto del Estado boliviano.
Otra
opción es la potenciación de proyectos de autonomía na-cional indígena, que
podrían dar lugar a la formación de nuevos Estados de composición mayoritaria
indígena, por ejemplo en el caso de los aimarahablantes, que son la comunidad
cultural que mayor trabajo de politización étnica ha emprendido en las últimas
décadas, dando lugar a un cuerpo político nacionalitario, además de presentar
una potencial densidad demográfica suficiente para volver viables estas
propuestas de autodeterminación política. Es-te tipo de programas políticos han
comenzado a revitalizarse en los últimos años, especialmente en la zona aimara,
y marcan una pauta de diferenciación radical con el resto de los movimientos
indígenas del continente. Esta ruta no debería extrañarnos pues, en el fondo,
una nacionalidad es una etnicidad desterritorializada o, si se prefiere, una
nación es una etnia exitosamente identificada con un territorio,43 a
través de la conformación de un régimen po-lítico de soberanía estatal sobre la
misma. La diferencia entre una etnia y una nación únicamente radica en que la
última ha empren-dido un proceso de estructuración de una comunidad política
institucionalizada, por medio de un régimen de Estado. Cuando una etnia se
autonomiza de un sistema de dominación deviene nación, y el conjunto de luchas
y reclamos indígenas desplegados en las últimas décadas por el pueblo aimara,
lo hace un candidato potencial para constituirse en identidad nacional-estatal.
Una
tercera opción, carente de traumatismos culturales, se-ría la de diseñar una
nueva estructura estatal, capaz de integrar en todo el armazón institucional,
en la distribución de poderes y en normatividad, estas dos grandes dimensiones
de la cualidad social boliviana: la diversidad étnico-cultural y la pluralidad
ci-vilizatoria de los regímenes simbólicos y técnico-procesales de la
organización del mundo colectivo. En términos de un régimen de
43\ T.
K. Oommen, Citizenship, Nationality and Ethnicity, op. cit.
311
derechos ciudadanos y de prácticas democráticas,
esto significaría la constitución de un Estado multinacional y
multicivilizatorio.
A)
La dimensión multinacional o multicultural de la comunidad
política
Está
claro que uno de los ejes de construcción estatal, capaz de reconciliar al
Estado con la sociedad y de poner fin a la exclusión cultural, radica en una
profunda reforma estatal que habilite, en términos normativos globales, el
reconocimiento de la multicul-turalidad social y, por tanto, la necesidad de la
construcción de un armazón político institucional estatal de tipo
multinacional. Para ello, las distintas experiencias internacionales y la
teoría política brindan una serie de experiencias y reflexiones que conviene
sin-tetizar de manera breve, para articularlas con la lógica del lugar, en este
caso con el conjunto de potencialidades y disponibilidades sociales presentes
en la realidad boliviana.
A
principios del siglo XX, el debate en torno a los derechos políticos y
territoriales de las identidades culturales, pueblos, etnias o construcciones
nacionales sin Estado (stateless nation-building)44 fue
abordado en torno a la necesidad, o no, de la autodeterminación
estatal de los pueblos o naciones que así lo desearan. Los mayores aportes en
este terreno vinieron del pen-samiento socialista,45 aunque
también hubo aportes similares por parte del pensamiento liberal. Immanuel
Wallerstein ha mostrado que la política de los presidentes norteamericanos
Thomas Woo drow Wilson y Theodore Roosevelt de apoyar la autodetermina-ción de
las naciones, en los Balcanes y Rusia, era la aplicación del
44\
Michael Keating, “Naciones sin Estado. Nacionalismo minoritario en la era
glo-bal”, en Ferrán Requejo (coord.), Democracia y pluralismo nacional,
Barcelona, Ariel, 2002.
45\
Otto Bauer, La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia,
México, Siglo XXI, 1979; Vladimir Lenin, “Sobre el derecho de las naciones a la
autodeter-minación”, en Obras completas. Tomo XVIII, México,
Allende, 1982; Rosa de Luxemburgo, “La cuestión nacional y la autonomía”,
en Cuadernos de Pasado y Presente, No. 81, 1979; Karl
Kautsky, “La nacionalidad moderna”, en Cuadernos de Pasado y Presente,
No. 73, 1978.
312
principio liberal del sufragio individual al ámbito
de la soberanía estatal en la organización política mundial.46
En
los años setenta y ochenta, el debate en teoría política ha sido entablado
entre liberales y comunitaristas. En esta etapa, los liberales se oponían a los
derechos de las naciones y/o minorías oprimidas, pues esto desviaba la atención
de la autonomía indivi-dual, considerada central en el momento de decidir su
bienestar,47 en tanto que los comunitaristas veían los derechos
de las “mino-rías” como una manera de proteger una forma de vida en común que
está por encima de las elecciones individuales.48
En
los últimos años ha habido una proliferación de discusio-nes en torno a los
derechos de las naciones y etnicidades sin Esta-do, tanto en el ámbito de la
construcción institucional pluralista, como en el de la reflexión filosófica
sobre el alcance y justicia de esos derechos.49
Charles
Taylor, cuestionando la existencia de Estados etno-culturales neutrales que
brindarían a las distintas percepciones culturales el mismo ambiente para su
despliegue, considera que el reconocimiento de derechos a comunidades
culturales diferen-ciadas permite la satisfacción de una necesidad de
visibilización social que, lejos de oponerse a las libertades individuales
recono-cidas a todos, crea una base sólida y equitativa de ejercicio de esas
libertades.50 Will Kymlicka, presuponiendo que estas entidades
culturales no exigen derechos que las protejan de la modernidad sino que, por
el contrario, demandan su acceso a instituciones
46\ 琀mmanuel
Wallerstein, Después del liberalismo, México, Siglo XXI, 1996.
47\
Jan Narveson, “Collective Rights”, en Canadian Journal of Law and
Jurispruden-ce, Vol. 4, No. 2, 1991.
48\
Darlene Johnston, “Native Rights as Collective Rights” en Canadian
Journal of Law and Jurisprudence, Vol. 2, No. 1, 1989.
49\
William Pfaff, The Wrath of Nations: Civilization and the Furies of
Nationalism, New York, Simon and Schuster, 1993.
50\
Charles Taylor, El multiculturalismo y la política del reconocimiento, México,
Fondo de Cultura Económica, 1993; también, del mismo autor, “Valores
com-partidos y divergentes”, en Enric Fossas y Ferrán Requejo (eds.), Asimetría
fe-deral y Estado plurinacional, Madrid, Trotta, 1999.
313
liberales, considera que los derechos colectivos
demandados pro-mueven en su seno la extensión de valores liberales, con lo que,
desde el punto de vista de la filosofía liberal, no habría razón al-guna para
oponerse a estos derechos colectivos.51 Es más, con-sidera que
aquellas comunidades culturales que se enfrentan a desventajas respecto a la
preservación de su cultura, ubican a los individuos que la componen en una
situación desventajosa, que rompe el principio de igualdad de la convivencia
democrática, por lo que, para preservar ese principio de igualdad, es necesario
el reconocimiento de derechos colectivos especiales, que permitan equilibrar
sus competencias y posibilidades de vida con el resto de las personas de la
sociedad.52
Hay
quienes consideran que el reconocimiento de los de-rechos de las identidades
culturales y étnicas “minoritarias” es un planteamiento retrógrado,53 mientras
que hay liberales que consideran que el reconocimiento de esos derechos
colectivos fomenta la desagregación social, que puede dar lugar a una es-piral
de competencias mutuas y enfrentamientos entre distintas “etnicidades”.54 Sin
embargo, como recientemente lo ha mostra-do Kymlicka, existen evidencias de
que, por el contrario, el reco-nocimiento de autogobierno a las minorías
nacionales contribuye a la estabilidad y cohesión de los Estados.55
En
América latina, el debate en torno a los derechos de los pueblos indígenas ha
sido extenso, y permanentemente vinculado a la acción de los Estados o de
movimientos sociales y políticos indígenas. Dejando de lado la lectura estatal
indigenista de corte
51\
Will Kymlicka, La política vernácula, Barcelona, Paidós, 2003;
también, del mis-mo autor, Ciudadanía multicultural, Barcelona,
Paidós, 1996.
52\
Will Kymlicka, Liberalism, Community and Culture, Oxford,
Clarendon, 1995; también, La política vernácula, op. cit.
53\
Ralf Dahrendorf, “Preserving Prosperity” en New Statesman and Society,
Vol. 8, No. 383, 1995.
54\
Cynthia Ward, “The Limits of Liberal Republicanism”, en Columbia Law
Re-view, Vol. 91, No. 3, 1991.
55\
Will Kymlicka, “El nuevo debate sobre el derecho de las minorías”, en Ferrán
Requejo (coord.), Democracia y pluralismo nacional,
Barcelona, Ariel, 2002.
314
integracionista de los años cuarenta y cincuenta,56 las
distintas interpretaciones propuestas desde los años setenta, a raíz de un
resurgimiento de movimientos sociales y políticos indígenas, han transcurrido
desde la reivindicación de gobiernos indios “an-tioccidentales”, pasando por
encima de muchas de las fronteras estatales republicanas,57 hasta
el reconocimiento de derechos co-munitarios locales y la formación de
autonomías regionales con mayores o menores grados de autodeterminación.58
A
raíz del levantamiento indígena de Chiapas, la discusión política y teórica
respecto a los regímenes de autonomía ha ad-quirido una madurez considerable.
Debido a la complejidad de la diversidad étnica en México, pero también a su ya
reducido porcentaje de indígenas en relación con la totalidad de la pobla-ción
mexicana, estas lecturas han hecho más hincapié en los de-rechos de las
minorías étnicas59 que
en los derechos de mayorías nacionales sin Estado. Parte de este debate y de
sus aportes la retomaremos posteriormente.
En
términos generales, el reconocimiento político de identi-dades culturales o
nacionales diferenciadas al interior de un Es-tado puede asumir una escala de
grados en cuanto a “densidad” y “altura” institucional. En el caso de la
“altura” institucional, los derechos políticos pueden simplemente quedarse en
el ámbito local, comunal, o abarcar dimensiones mezo o regionales y, por
último, alcanzar a la propia estructura macro o superior de la ges-tión
estatal, como el ejecutivo, el parlamento o la corte superior. Hasta dónde
llegue el reconocimiento de derechos de las nacio-
56\
Gonzalo Aguirre Beltrán, Formas de gobierno indígena, México,
Fondo de Cul-tura Económica, 1991.
57\
Fausto Reinaga, La revolución india, La Paz, Partido Indio de
Bolivia, 1969; José Alcina (comp.), Indianismo e indigenismo en
América, Madrid, Alianza, 1990.
58\
Héctor Díaz Polanco, La cuestión étnico-nacional, México, Línea,
1985; tam-bién, del mismo autor, Autonomía regional, la
autodeterminación de los pueblos, México, Siglo XXI, 1991; Luis Bate, Cultura,
clases y cuestión étnico-nacional, México, Juan Pablos, 1984; Héctor Díaz
Polanco y Consuelo Sánchez, México diverso. El debate por
la autonomía, México, Siglo XXI, 2003.
59\
Héctor Díaz Polanco y Consuelo Sánchez, México diverso, op.
cit.; Revista Chia-pas, No. 11, 2001.
315
nalidades, dependerá de la fuerza de su cohesión
política interna, de la apertura del Estado y de las expectativas
democratizadoras del resto de las colectividades sociales existentes dentro de
éste.
En
cuanto a la densidad de derechos, éstos pueden ir desde el reconocimiento de
derechos de propiedad sobre tierras y recursos naturales, hasta derechos
territoriales y soberanías políticas pac-tadas sobre determinados recursos.
Igualmente, pueden abarcar el reconocimiento contingente de la presencia de
miembros de las culturas excluidas en algún nivel del aparato de Estado, hasta
la construcción de una “cultura societaria” entendida como una cultura
territorialmente concentrada, basada en un idioma com-partido que es usado en
las instituciones políticas y sociales, tanto en la vida pública como privada
–gobierno, escuelas, derecho, economía, empleos públicos, medios de
comunicación.60 En tér-minos generales, la ciudadanía es la
integración de una persona como miembro competente de una comunidad política, a
través de un conjunto de prácticas jurídicas, económicas y políticas defi-nidas
como derechos.61 Esto supone la existencia de un conjunto de
fines y valores comunes capaces de constituir, de manera du-radera, una
comunidad política que, por lo general, es fruto de procesos de homogeneización
económica en torno a economías sólidas de tipo industrial y de mercado, además
de dilatados pro-cedimientos de integración cultural. En sociedades
multiétnicas o multinacionales, la comunidad política sólo se puede construir
mediante mecanismos que, sin eliminar la particularidad cultural de
las personas, éstas tengan las mismas oportunidades y derechos para constituir
parte de la institucionalidad política. Para permi-tir lo anterior, algunos
autores han propuesto el ejercicio de una
60\ Will
Kymlicka, “El nuevo debate sobre el derecho de las minorías”, op. cit.
61\
Sobre el tema de ciudadanía, se puede revisar Thomas Marshall y Tom
Bottomo-re, Ciudadanía y clase social, Madrid, Alianza, 1998;
Jürgen Habermas, “Ciudada-nía e identidad nacional”, en Facticidad y
validez, Madrid, Trotta, 1998; Charles Tilly (ed.), “Citizenship, Identity
and Social History”, en International Review of Social
History Supplements, No. 3, 1996; David Held, “Between State and Civil
Society: Citizenship”, en Geoff Andrews, Citizenship, London,
Lawrence & Wishart, 1995; La Política, No. 3: Ciudadanía, el debate
contemporáneo, 1996; Revista Metapolítica, No. 15, 2000.
316
ciudadanía diferenciada,62 que
da lugar al ejercicio de derechos políticos plenos en tanto se
pertenece a una determinada comu-nidad étnica-cultural o nacional al interior
del propio Estado. De esta manera, las identidades étnico-nacionales excluidas
contarían con medios institucionales que garantizarían su representación, en
tanto identidades culturales, en las instituciones políticas, in-cluida su
capacidad de veto colectivo frente a cualquier decisión que se vaya a tomar que
afecte a la comunidad étnica.
La
comunidad política, como lugar de ciudadanía, sería en-tonces un proceso de
construcción colectiva, en la que las di-versas identidades étnicas excluidas
estarían reconocidas en sus prerrogativas y poderes en tanto colectividades.
Esta ciudadanía diferenciada puede asumir varias formas, como el Estado
auto-nómico o el Estado multinacional.
Algunos
autores locales han considerado que un Estado mul-ticultural o multinacional se
opondría a la “idea” del fundamento democrático del Estado, asentado en la
ciudadanía universal o “demos”. En este caso uno no puede dejar de
preocuparse por la ignorancia de estos “críticos” respecto al abundante debate
académico en ciencia política relativo al tema. Corrientes inte-lectuales sobre
las que no recae ninguna sospecha de postura antidemocrática, como los
liberales comunitaristas o los libe-rales multiculturalistas, durante más de
una década han venido trabajando la temática de la “democracia multinacional”
como parte de los esfuerzos por ampliar el soporte democrático de los Estados
modernos en sociedades multiculturales, y de hecho, la realidad muestra que no
sólo sociedades recientemente descolo-nizadas han avanzado en la formación de
un Estado democráti-co con instituciones multinacionales (la India, Malasia,
Nigeria,
62\ 琀ris
Marion Young, Justice and the Politics of Difference, Princeton,
University of Princeton Press, 1990; Charles Taylor, El
multiculturalismo y la política del reconocimiento, México,
Fondo de Cultura Económica, 1993; Will Kymlicka,
Ciudadanía
multicultural, op. cit., 1996; Gerd
Baumann, El enigma multicultu-ral, Barcelona, Paidós, 2001;
Luis Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas, México,
Paidós, 1998. Para una crítica ligera de estas interpretaciones, véase Giovanni
Sartori, La sociedad multiétnica, Madrid, Taurus, 2001.
317
Sudáfrica), sino también sociedades altamente
industrializadas y con larga tradición democrática (Bélgica, Suiza o Canadá).
Con cerca de ocho mil grupos etnoculturales en el mundo, y solamente cerca de
doscientos Estados, está claro que más del 90% de los Estados modernos tienen
que afrontar algún tipo de multicultu-ralidad, mayoritaria o minoritaria, en
sus territorios.
Es
por tanto incoherente separar el etnos del demos pues,
en sentido estricto, todo demos es también un etnos, ya
que al fin y al cabo el ejercicio de la “ciudadanía universal” supone una
lengua de educación pública, de acceso a las funciones estatales superio-res y
a los servicios públicos, supone una historia, unos héroes, unas festividades y
conmemoraciones adecuadas a la narrativa histórica de una cultura particular,
lo que promueve, de manera inevitable, una particular identidad cultural por
encima de otras identidades. Esto es precisamente lo que sucede en Bolivia,
don-de pese a que cerca del 45% de las personas tiene como idioma materno una
lengua indígena, y el 62% se autoidentifica como indígena, existe un mercado
lingüístico jerarquizado en torno al castellano, hay un mercado labor
estratificado étnicamente, las funciones públicas son monoculturales y la
etnicidad mes-tiza castellanohablante tiene la función de un capital que ayuda
a producir los enclasamientos sociales. En sociedades multicul-turales, ningún
Estado es neutro, ni ningún demos es resultado de reglas
procedimentales de la democracia liberal. Siempre ha sido resultado de
imposiciones culturales, dominaciones y ex-clusiones étnicas.
El
debate de la democracia multinacional, lo que busca es trabajar un demos,
no como “nación política”, sino como “co-munidad política”, por tanto
susceptible de ser producida como articulación multicultural o multinacional de
una sociedad cul-turalmente plural. Cuando se confunde demos con
“nación po-lítica”, lo que tenemos es un tipo de etnocentrismo que atribuye
valores universales a lo que simplemente son valores, saberes y prácticas
particulares de una cultura dominante, resultante de la colonización y la
guerra.
318
Ocultar este hecho bajo los supuestos de un
universalismo etnocentrista,63 negarse a buscar alternativas de
superación de-mocráticas, es precisamente la expresión de un tipo de
colonia-lismo mental, que refuerza la continuidad de instituciones esta-tales
coloniales, etnificadas y racializadas, como las del Estado boliviano. Y esto,
lejos de ayudar a la “cohesión” interna de una sociedad que nunca ha sido
cohesionada, pese a todos los artilu-gios liberalizantes y modernizantes del
Estado monocultural, lo que hace es reforzar las estructuras de dominación
cultural y étnica, provocando a la larga mayores posibilidades de rebelio-nes
étnico-nacionales. En ese sentido, la multinacionalización o
multiculturalización del Estado no etnifican el Estado, pues éste siempre está
etnificado, por mucho que se encubra con el respeto de “derechos universales”.
Lo que la multinacionalidad estatal hace es desmonopolizar la etnicidad del
Estado, permitiendo a las otras etnicidades dominadas y excluidas compartir las
estruc-turas de reconocimiento social y de poder político.
En
el caso boliviano, la existencia de dos grandes comuni-dades lingüísticas
(aimara y quechua), una de ellas con elevados
63\
Hay que recordar que desde hace tiempo, las ciencias sociales han logrado
es-clarecer que muchos de los llamados “valores universales” modernos son
arbi-trariedades históricas, producto de determinadas correlaciones de fuerzas
ma-teriales y discursivas, que transmutaron valores e intereses locales y
parciales en valores generales, primero locales y luego “universales”. Como nos
lo recuerda Richard Rorty, el hecho de que uno, en apego a su capacidad de
raciocinio y argumentación, pueda asumir un compromiso moral con esos valores,
no elude la comprensión de su contingencia y temporalidad. Véase Richard
Rorty, Obje-tividad, relativismo y verdad, Barcelona, Paidós,
1996.
\
La mistificación de los “universalismos” como norma, por encima de la sociedad
y de su capacidad de reflexión argumentativa, no sólo es insostenible
intelectual-mente, sino que es una impostura ideológica detrás de la cual
pueden agazaparse viejos y nuevos autoritarismos (el “socialismo real” de ayer,
la “economía de libre mercado” de hoy). Con todo, las democracias
multiculturales y las reivindica-ciones étnico culturales no tienen por qué ser
contradictorias con el ejercicio de los hoy predominantes valores “universales”
de igualdad, tolerancia y liber-tad individual. Como ya lo señaló el liberal
Kymlicka, los derechos colectivos de autogobierno de los pueblos y
nacionalidades dominadas o colonizadas son la mejor manera de defender la
“cultura societaria de cada pueblo”, pues ellos brindan el “contexto de
elección individual” de las opciones y valoraciones so-bre la igualdad y la
libertad, que fundan precisamente la ciudadanía moderna.
319
grados de politización nacionalitaria (la aimara),
además de la existencia de varias decenas de comunidades lingüísticas y
cul-turales menores, habla de la existencia de una multiplicidad de comunidades
culturales portadoras de fines y valores diferen-ciados de la identidad
nacional dominante y mayoritaria: la bo-liviana. Sin embargo, esta complejidad
multicultural del país no es recogida por las estructuras administrativas del
Estado, que se mantienen monoculturales, monolingüísticas y monoétnicas, limitando
radicalmente el ejercicio de la ciudadanía y de los de-rechos democráticos.
Un
modo de iniciar la resolución de este desencuentro entre pluralidad cultural de
la sociedad y monopolización étnica del Estado, que reproduce discriminación y
dominación colonial, reside precisamente en emprender procesos de
reconocimiento asimétrico y diferenciado de identidades nacionales y étnicas, a
escala macro y regional. Claro que en el caso de Bolivia no toda comunidad
cultural distinta a la boliviana es nacional; existen identidades culturales
menores y menos politizadas, especial-mente en el oriente del país, cuyo
reconocimiento político estatal pasa por procedimientos organizativos distintos
a los de aquellas comunidades culturales nacionales, como la aimara, que
requie-ren una modificación sustancial de la estructura organizativa general
del Estado.
De
lo que se trata, entonces, es de garantizar mediante una concepción pactista
del poder la convivencia, por medio de la articulación de la pluralidad, en una
unidad política común de una sociedad diferencial, es decir, que tenga
comunidades que son nacionales y otras que no lo son. El primer paso para ello
es el otorgamiento de autonomías regionales por comunidad lingüística y
cultural con distintos grados de autogobierno político, depen-diendo
de la densidad política y extensión de las identidades cul-turales demandantes.
Entendemos como autonomía, siguiendo a Donald Rotchild y Caroline Hartzell, un
arreglo institucional que
[…]
delimita una entidad o una serie de entidades de carácter regio-nal con
administración propia dentro de un Estado, de manera que
320
tengan responsabilidades explícitas en la
elaboración de políticas en uno o más ámbitos de tipo político, económico o
cultural […]. El objetivo de la autonomía territorial es ceder
responsabilidades sobre materias específicas y, en algunos casos, permitir un
cierto grado de autodeterminación a un grupo que constituye la mayoría dentro
de los límites de una determinada región.64
Sólo
mediante diferentes formas de autogobierno las distintas culturas pueden hallar
un espacio de reconocimiento, validación y desarrollo, ya que el autogobierno
permite estructurar un sistema de instituciones políticas capaces de premiar y
sancionar positi-vamente las prácticas culturales de la colectividad (el
idioma, la vestimenta, los hábitos, etc.), y crear un campo de competencias
administrativas, económicas y culturales basadas en una homo-geneidad
lingüística.
En
regiones indígenas campesinas del altiplano, los valles y el trópico, existen
de facto estas estructuras de ciertas formas de autogobierno local, a nivel de
comunidades y sindicatos agrarios, o de varias comunidades,65 desde
mucho antes de que existiera la república de Bolivia. Pero lo que no existe es
una estructura de autogobierno a nivel superior, entre varias comunidades o
entre todos los cientos o miles de comunidades y barrios urbanos que son
partícipes de una gran comunidad lingüística y cultural, de tal forma que,
cuando los miembros de estas comunidades cultu-rales se vinculan con los
distintos aparatos gubernamentales de gestión económica, educativa,
administrativa, policial o militar, lo tienen que hacer mediante el abandono de
sus saberes culturales (lingüísticos, orales, etc.), y el uso obligado del
idioma, los saberes y los hábitos, ambiguamente aprendidos, de la identidad
cultural
64\
Donald Rothchild y Caroline Hartzell, “La seguridad en sociedades
profun-damente divididas: el papel de la autonomía territorial”, en William
Safran y Ramón Maíz (coords.), Identidad y autogobierno en sociedades
multiculturales,
Barcelona,
Ariel, 2002.
65\
William Carter y Mauricio Mamani, Irpa Chico; individuo y comunidad en
la cultura aimara, La Paz, Juventud, 1982; Silvia Rivera, Ayllus
y proyectos de desa-rrollo en el Norte de Potosí, La Paz, Aruwiyiri, 1993.
321
dominante que regula la gestión estatal. Es el caso
de cualquier comunario o vecino de barrio aimara o quechuahablante, que para
tramitar un registro de propiedad tiene que utilizar el cas-tellano como
exclusivo idioma para hacer conocer su petición, para redactar los memoriales y
obtener la legalidad de su derecho propietario. La misma esquizofrenia
lingüística y cultural tiene que vivirla diariamente cualquier persona que
tenga como idioma materno algún idioma indígena; ya sea el padre de familia
ante el director o profesor de escuela, el vendedor urbano en la alcaldía, el
dirigente sindical ante el servicio de caminos, el comerciante ante la aduana,
el estudiante ante el profesor universitario, la vecina ante los empleados de
cobro de servicios de luz o agua.
En
todo ello hay que reconocer que la Participación Popular ha permitido, no tanto
por intención propia sino por empuje de las propias comunidades, que varias
alcaldías modifiquen parcial-mente los usos lingüísticos en la gestión
administrativa. Es posi-ble observar que, por la organización política de los
sindicatos campesinos, algunos alcaldes y personal administrativo hablan
idiomas indígenas en su vinculación con los electores de la zona, y en algunos
casos están sometidos a formas de control social prac-ticadas por las
comunidades indígenas;66 sin embargo, en todos estos casos,
simplemente se puede hablar de formas de autogo-bierno municipal de baja
intensidad, en la medida en que estas autoridades sólo tienen competencias
municipales y, lo decisivo, delimitadas y decididas desde el gobierno central,
monopoliza-do por colectividades monoétnicas dominantes. Esto ayudaría a
explicar el por qué, pese a los logros de la municipalización del territorio
boliviano y al copamiento de algunas alcaldías por comunidades indígenas, y a
la propia formación de municipios indígenas,67 éstos no han
podido conformar un campo de com-petencias culturales y políticas en torno a
una homogeneidad lin-
66\
José Blanes, Mallkus y alcaldes, La Paz, Programa de
Investigación Estratégica en Bolivia (pieb)
y cebem, 2000; Xavier
Albó, Ojotas en el poder local, La Paz, Centro de Investigación y
promoción del Campesinado (cipca)
e hisbol, 1999.
67\
Diego Pacheco, “Tierra, territorio y productividad”, en aa. vv., Visiones
y con-textos para un nuevo desarrollo rural, La Paz, Agencia Suiza
para el Desarrollo
322
güística indígena. Claro, si de lo que se trata es
simplemente de ejecutar las directrices normativas decididas por colectividades
mestizas castellanohablantes y el resto de las competencias gu-bernamentales
que, tanto a nivel local, regional y superior, están basadas en el uso del
idioma castellano, el idioma indígena no deja de ser más que un idioma de uso
meramente local y privado, sin opciones de viabilizar ascenso social y
ciudadanía plena. La intro-ducción de idiomas indígenas en algunos despachos de
atención gubernamental o de servicios no solucionaría el problema, pues
seguiría siendo un idioma oficialmente marginal, que continuaría careciendo del
rango de idioma oficialmente practicado, esto es, de ejercicio pleno de
ciudadanía, de ascenso social y competencia por las jerarquías públicas
legítimas.
El
reconocimiento de formas de autogobierno en territorios delimitados por
comunidades idiomáticas sería un tipo de jura singularia (derecho
particular) que permitiría, de manera inme-diata, la creación de un campo de
competencias y acumulación de capitales políticos, culturales, económicos,
escolares y buro-cráticos, sobre la base de una homogeneidad lingüística que
re-valorizaría y legitimaría estatalmente los distintos idiomas indíge-nas. Con
ello se pondría en pie una “cultura societaria”, esto es, una cultura
territorialmente concentrada, basada en una lengua compartida, usada en un
amplio abanico de instituciones socia-les de la vida tanto pública como privada
(educación, gobierno, economía, medios de comunicación, tributaciones, etc.).
La im-portancia de la construcción de estas culturas societarias radica en que,
sin promover secesiones,68 se reconoce a las comunidades
culturales, distintas a la hasta hoy dominante, el mismo derecho que ella
practicó en su proceso de construcción nacional, pues toda nación estatal es en
sentido estricto una cultura societaria.69
y
la Cooperación (cosude), Asociación de
Instituciones de Promoción y Edu-cación (aipe)
y Grupo de Desarrollo Rural (dru),
2002.
68\
Sobre el derecho a la secesión, véase Wayne Norman, “Secesión y democracia”, en
Ferrán Requejo (coord.), Democracia y pluralismo nacional, op. cit.
69\ 琀jemplos
de estas formas de autonomía por comunidad cultural en territorios especiales
existen en Finlandia, en la región de los Asland; en Cataluña y en el País
323
Ahora bien, en cuanto a las características del
autogobierno de las comunidades culturales y/o lingüísticas, éstas pueden
variar según la extensión territorial de la identidad cultural, la densidad
demográfica y los grados de polinización étnica y nacionalitaria que han
atravesado las distintas colectividades. En el caso de identidades étnicas
reducidas, un nivel mínimo de autogobierno regional, capaz de garantizar el
desarrollo de la cultura, la ciuda-danía multicultural y el ejercicio
democrático de derechos polí-ticos diferenciados susceptibles de quebrar la
exclusión actual, tendría que reconocer:
a) El
derecho de los pueblos indígenas, y no solamente de las comunidades, a la libre
determinación y, por tanto, a la autonomía política como parte del Estado
boliviano.70 Esto supone la posibi-lidad de que varias
comunidades indígenas, ayllus o identidades étnicas mayores,
por ejemplo Laymes y Qakachacas, se confede-ren para dar lugar a una región
autonómica con autogobierno indígena regional de composición monoétnica o
pluriétnica.
b) Elección
de autoridades ejecutivas y formación de estruc-turas de deliberación regional
por las comunidades culturales resultantes de la federación de pueblos y etnias
indígenas. Las federaciones provinciales, las federaciones de ayllus,
con sus sis-temas de cabildo o sistemas alternativos de elección individual
Vasco,
en España; en las Islas Azores y Madeira en Portugal, y próximamente, en
Inglaterra con los territorios de Irlanda del Norte y Escocia. Sobre esto,
véase Eliseo Aja, El Estado autonómico, Madrid, Alianza, 1999.
Un estudio sobre los límites de la aplicación de este modelo de organización
estatal ha sido realiza-do en Shaheen Mozaffar y James Scarritt, “Por qué la
autonomía territorial no es una opción viable para resolver el conflicto étnico
en las sociedades plurales africanas”, en William Safran y Ramón Maíz
(coords.), Identidad y autogobierno en sociedades
multiculturales, op. cit.
70\
Sobre el amplio debate acerca de la ambigüedad de la declaración de la
Organi-zación Internacional del Trabajo (oit)
y del Grupo de Trabajo de la Organización de las Naciones Unidas (onu)
en torno al reconocimiento del derecho de los “pueblos” a la autodeterminación,
véase Bartolomé Clavero, Derecho indígena y cultura
constitucional en América, op. cit.
324
de
representantes, podrían cumplir este papel de gobierno re-gional mínimo.
c) Preservación
del principio de proporcionalidad y repre-sentación étnica equilibrada en la
formación de los gobiernos regionales autonómicos, a fin de impedir la
sobreposición de un grupo étnico o una comunidad lingüística sobre otra.
d) Integración
de los habitantes no indígenas de ciudades o barrios comprendidos dentro de la
territorialidad autonómica, como sujetos de los mismos derechos individuales y
colectivos en la conformación de los sistemas de autoridad regional.
e) Jurisdicción
territorial de la autonomía con competencias administrativas negociadas y
diferenciadas con el Estado en los ámbitos educativo, judicial, de titulación
agraria, y de manejo y protección de recursos naturales (agua, bosques, flora,
fauna, recursos minerales). Esto supone una redefinición del sentido de la
territorialidad, a fin de articular la soberanía estatal con los derechos de
propiedad y soberanía indígenas preexistentes al Estado republicano.
f) Acceso
a fondos del Estado bajo los principios de la equidad y la solidaridad, a fin
de que las regiones más empobrecidas, por las exacciones y exclusiones
precedentes, puedan participar del bien común estatalmente regulado.
g) Participación
de las regiones autónomas basadas en comu-nidades culturales y/o lingüísticas
en las instancias de decisión general o superior. La redistribución de las
diputaciones unino-minales para dar lugar a la creación de distrititos, en
función de regiones autonómicas y comunidades étnico-culturales, podría
permitir precisamente esta articulación entre lo micro y lo macro de la
organización multicultural del Estado.71
71\
Sobre el origen de algunos de estos puntos, véase el extenso debate sobre
au-tonomías indígenas suscitado en México a raíz del levantamiento zapatista.
En particular, véanse: “Postura del ezln para
la plenaria resolutiva de las partes. Tema I: Derechos y cultura indígena”
(manuscrito), San Andrés, México, ene-ro de 1996; “Resultados de la consulta a
las bases zapatistas sobre la mesa I de derechos y cultura indígena”,
comunicado de febrero de 1996, en Convergencia Socialista,
Año 1, No. 1, julio-agosto de 1997; “Pronunciamiento conjunto que el
325
Esta forma de autonomía regional podría ser
implementada entre comunidades culturales y lingüísticas relativamente
peque-ñas como las del oriente, entre comunidades lingüísticas o étnicas
diferenciadas, pero que juntas pueden edificar una región auto-nómica más
sólida; pero también entre identidades étnicas más o menos compactas, como las
existentes en el norte de Potosí y Sucre; o entre varias identidades étnicas
diferenciadas, pero poseedoras de un mismo idioma, como en el caso de las
comu-nidades culturales quechuahablantes, que a pesar de compartir una misma
base lingüística, presentan una diversidad identitaria muchas veces
irreductible entre ellas.
Pero,
simultáneamente, existe al menos una comunidad lin-güística y cultural de
dimensión y cualidad nacional, la aimara, cuyo proceso de politización interna
y cohesión nacionalitaria exige una estructura de autogobierno autonómico más
compleja.
Por
la historia de construcción nacional aimara;72 por la
for-mación de una narrativa autonomista política de largo aliento; por la
consolidación de una elite nacionalista con gran capacidad de irradiación
discursiva; por la persistencia y expansión de sus repertorios culturales y su
propio peso demográfico, altamente politizado a través de estructuras de acción
colectiva como la Con-federación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de
Bolivia (csutcb) y los partidos
indianistas (Partido Indio, Movimiento Indio Tupac Katari (mitka),
Movimiento Revolucionario Tupac Katari (mtrk)
—junto con sus posteriores desprendimientos— y, el más exitoso, el Movimiento
Indígena Pachacuti (mip),
la de-
gobierno
federal y el ezln enviaran a
las instancias de debate y decisión nacional, correspondiente al punto 1.5 de
las reglas de procedimiento” (manuscrito), San Andrés, 16 de febrero de 1996;
“La autonomía como nueva relación entre los pueblos indios y la sociedad
nacional”, en Ojarasca, No. 38-39, 1994; “Com-paración entre
la iniciativa de ley elaborada por la Cocopa y presentada por el Ejecutivo y
las reformas aprobadas por el Congreso de la Unión”, en Chiapas, No.
11, 2001; Héctor Díaz Polanco y Consuelo Sánchez, México diverso, op.
cit.
72\
Xavier Albó (comp.), Raíces de América: el mundo aimara, Madrid,
Alianza y Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y
la Cultura (unesco), 1988; Álvaro
García Linera, “La formación de la identidad nacional en el movimiento
indígena-campesino aimara”, op. cit.
326
manda de reconocimiento político de esta comunidad
nacional requeriría al menos de los siguientes puntos de caracterización del
autogobierno de la autonomía regional por comunidad lin-güística:
a) El
derecho de la nacionalidad aimara, no solamente de co-munidades, a la libre
determinación y, por tanto, a la autonomía política como parte del Estado
boliviano.
b) Reconocimiento
constitucional de la autonomía regional por comunidad lingüística, a fin de
garantizar, por encima de la coyuntura, este reconocimiento de la igualdad de
las culturas en el Estado. Toda reforma de la Constitución requerirá
ineludi-blemente la participación y aprobación mayoritaria de la región
autónoma. A su vez, la región autónoma gozará de su propio ré-gimen normativo
constitucional, considerado como norma básica de la región autónoma, aunque de
rango inmediatamente inferior a la Constitución de la comunidad política del
Estado boliviano.
c) Un
ejecutivo y una cámara legislativa nacional aimara, de entre cuyos miembros es
elegido el ejecutivo del régimen autóno-mo. Esta asamblea, que ejerce sus
funciones sobre la jurisdicción territorial continua en la zona aimarahablante
(urbana-rural), es elegida directamente por los propios miembros de la
comunidad cultural, y únicamente es responsable ante ella.
d) Gobierno
autónomo con competencias políticas totales en el sistema educativo primario y
superior, administración pú-blica, titulación de tierras, medios de
comunicación, impuestos, vivienda, obras públicas, turismo, comercio,
industria, transpor-te, vivienda, comercio interior, medio ambiente, derecho
civil, policía73 y
recursos naturales como agua, bosques, flora, fauna, recursos mineros,
etcétera. Temas como la legislación laboral,
73\ 琀n
el caso de Alemania, el 80% del personal policial depende de los Länder o
regiones autónomas, mientras que sólo el 20% está a cargo del Estado federal.
En el caso de Cataluña y el País Vasco en España, las policías autonómicas
tienden a convertirse en las únicas policías con competencia sobre la seguridad
ciudadana en la región autónoma, con excepción del control de los servicios
supracomuni-tarios como las fronteras, aeropuertos, etc., donde existe una
policía estatal con
327
propiedad intelectual e industrial, propiedad de
recursos hidro-carburíferos y la legislación mercantil pueden ser competencias
compartidas entre la comunidad autónoma y el Estado.74 Como
en el caso anterior, esto supone una redefinición del sentido de la
territorialidad, a fin de articular la soberanía estatal con los derechos de
propiedad y soberanía indígenas preexistentes al Estado republicano.
e) Financiamiento
estable y previsible para el funcionamiento del régimen autónomo. Esto se puede
lograr a través de la fijación de la recaudación de determinados impuestos en
el ámbito de la región autónoma, más la aplicación del principio de la equidad
y la solidaridad estatal, por medio de la transferencia condicionada e
incondicionada de recursos por parte del Estado para el funcio-namiento regular
de la administración autonómica.75
f) Integración
de las minorías no indígenas de ciudades o barrios comprendidos dentro de la
territorialidad autonómica aimara, como sujetos de los mismos derechos
individuales y co-lectivos en la conformación de los sistemas de autoridad
regional. Reconocimiento de derechos de minorías culturales a las comu-nidades
culturales no aimarahablantes, con posibilidad de acce-der a sistemas de
educación que preserven su identidad cultural. En el caso del área
metropolitana de La Paz, que se halla como enclave en medio de una
territorialidad cultural aimarahablante, ésta puede ser objeto de un doble
tratamiento.
Por
una parte, el reconocimiento de un estatuto especial co-mo región territorial
autónoma, como la ciudad de Bruselas en Bélgica,76 con
un estatuto bilingüe en la construcción del auto-
competencias
especiales. Al respecto, véase Eliseo Aja, El Estado autonómico, op.
cit.
74\ 琀liseo
Aja, El Estado autonómico, op. cit.
75\
Sobre las distintas maneras de financiación del régimen de autonomías, véase
Esther Seijas, Configuración asimétrica del sistema de comunidades
autónomas,
2
vols., León, Universidad de León, 2003.
76\
Miquel Caminal, El federalismo pluralista. Del federalismo nacional al
federalismo plurinacional, Barcelona, Paidós, 2002;
también véase Patrick Peeters, “Federa-lismo: una perspectiva comparada.
Bélgica se transforma de Estado unitario en
328
gobierno, de tal forma que la cámara legislativa
esté compues-ta proporcionalmente al número de miembros de la sociedad
adscritos a la comunidad lingüística aimara y a la comunidad lingüística
castellanohablante; proporción que también debería mantenerse en el ejecutivo
regional, con excepción de la del pre-sidente regional. Esto permitiría,
localmente, una distribución de la administración de las competencias
regionales de la ciudad por adscripción cultural y lingüística. Otra opción es
que la ciudad de La Paz, y miembros de las zonas aledañas que así lo deseen por
afinidad cultural, se mantengan como parte discontinua de la comunidad cultural
castellanohablante, bajo el estatuto de un régimen municipal similar al de hoy,
como el resto de las ciudades y zonas agrarias que no se reconocen como
partícipes de identi-dades culturales indígenas.
Este
conjunto de reglas mínimas permitiría una inmediata re-valoración de las
culturas indígenas, una ampliación democrática de la participación social en
las estructuras de poder estatal y, lo más sustancial, una igualación política
de las culturas, mediante una justa etnización positiva de determinadas
estructuras esta-tales. De este modo, el idioma y la cultura aimara
encontrarían un sistema de instituciones públicas que le garantizarían su
de-sarrollo, que sancionarían positivamente su utilización pública y privada,
además de formarse un esquema regional-nacional de legitimación
económico-administrativa para su conocimiento e utilización.
En
sentido estricto, se trataría de la consagración de un espa-cio social de gran
escala, que garantizaría un régimen de aptitu-des, competencias y acumulaciones
de distintos tipos de capital77 (económico, político, cultural,
social, estatal, sindical, etc.), asen-tados en una homogeneidad lingüística y
cultural. En otros tér-minos, se asentaría la formación de una cultura
societaria aimara
Estado
federal”, en Enric Fossas y Ferrán Requejo, Asimetría federal y Estado plurinacional, op.
cit.
77\ Pierre
Bourdieu, La distinción, op. cit.
329
en igualdad de condiciones de desarrollo político
normativo que la cultura societaria mestiza castellanohablante.78
78\
Recientemente, Félix Patzi ha criticado nuestra propuesta de las autonomías
indígenas en el libro Sistema comunal (La Paz, cea,
2004). Él considera que el régimen de autonomías no afecta el núcleo del
régimen del capital, por lo que su reivindicación no sería revolucionaria. El
primer error de Patzi radica en que confunde el tema de las identidades
culturales con el tema de la diversidad civilizatoria. Mientras el primero se
refiere a la existencia de varias identidades lingüísticas o culturales en un
mismo territorio, atravesando indistintamente distintas lógicas productivas
(capitalista, comunitaria, familiar, etc.) y distintas clases sociales
(comunarios, empresarios, obreros, campesinos, etc.); la segun-da se refiere a
la sobreposición de lógicas societales, productivas, organizativas, políticas y
simbólicas diferenciadas (civilización mercantil-industrial, comunal, etcétera).
El desmonte de las relaciones de dominación étnico-cultural, como lo demuestra
la historia política de otros países, no necesariamente es un hecho
anticapitalista, ni mucho menos socialista. De hecho, por lo general esto se da
dentro de los procesos de democratización y descolonización sociales moder-nos
que forman parte del desarrollo capitalista, lo que no impide que, en el caso
boliviano, su extinción sea con mucho una gigantesca revolución
descoloniza-dora de las relaciones políticas y económicas. En cambio, el
desmonte de las relaciones de dominación civilizatoria sí afecta la propia
expansión del régimen capitalista y, si bien puede cruzarse con el tema de la
dominación cultural, tiene su dinámica interna propia. Estudiar hasta qué punto
es posible avanzar en la transformación de las relaciones de dominación
civilizatorias es un tema que no se resuelve voluntariosamente, sino a partir
del estudio de la estructura de fuerzas reales y potenciales de la lucha social
contemporánea.
\ 琀n
segundo lugar, si bien los indígenas son “mayoría”, ésta es una mayoría
circunstancial, en la medida en que depende de la fortaleza de la construcción
identitaria indígena, que es un hecho político e histórico, y no un hecho
somá-tico natural. Más aún, en sentido estricto, la mayoría indígena es una
sumatoria general de distintas minorías culturales y nacionales indígenas, los
aimaras, los quechuas, los guaraníes, los mojeños, etc. Incluso en el caso de
los quechuas, más que una identidad común, como en el caso de los aimaras,
estamos ante iden-tidades territoriales y locales bastante fragmentadas, que
imposibilitan hablar de una efectiva mayoría quechua socialmente movilizable.
En sentido estricto, aimaras, quechuas, guaraníes, etc., pero también los
mestizos, en cuanto identi-dades socioculturales movilizadas, todos son
“minorías” frente al resto, lo que justifica con mayor razón la necesidad de
modos de autogobierno territorial, allá donde éstas son mayoría, y su posterior
articulación a nivel macro en un régimen de instituciones superiores
multinacionales.
\ 琀n
tercer lugar, el tema de la afectación de la sociedad capitalista y la
posibilidad de una sociedad comunitarista no es un tema de lógica libresca,
sino de lógica histórica. No se supera el capitalismo, como lo hace Patzi, por
mera deducción teórica de un esquema conceptual, sino por el seguimiento del
“movimiento real que se desenvuelve ante nuestros ojos”. El hecho de que el
comunitarismo social pueda superar el capitalismo es un hecho que tiene que
escudriñarse en
330
Dependiendo de los grados de integración y
politización étni-ca de las identidades culturales quechuahablantes,
teóricamente es posible pensar en la formación de un segundo gobierno
auto-nómico a gran escala, basado en la comunidad lingüística indí-gena más
extendida del país, como es precisamente la quechua.
Pero
para que estas formas de autogobierno indígenas, a nivel local, regional o
nacional, no generen procesos centrífugos que habiliten tendencias separatistas
del Estado boliviano y, además, para completar la desmonopolización étnica de
la estructura macro o general del Estado boliviano, a fin de consolidar el
re-conocimiento a escala superior de las comunidades culturales y regiones
lingüísticas indígenas, se requiere, simultáneamente a estos procesos de
construcción autonómicos, una redistribución de competencias entre el Estado y
el gobierno autonómico, y una presencia real y proporcional de las comunidades
culturales in-dígenas en la composición del sistema de instituciones y poderes
que regulan la comunidad política superior del Estado boliviano.
En
el caso de la comunidad nacional aimara, esto se podría cumplir mediante:
a)
Reforma del Estado boliviano, a fin de establecer democrá-ticamente su unidad,
preservando la diversidad político-cultural mediante la integración
constitucional de comunidades político-indígenas regionales en una nueva
comunidad política superior, en la que el poder se halla compartido y dividido
entre un gobier-no general, con responsabilidades nacionales, y unos gobiernos
constituyentes, que disponen de responsabilidades regionales o subnacionales.
Esto supone, por tanto, dos ámbitos de gobierno
los
acontecimientos históricos y las luchas reales de las comunidades, y nada de
eso ha podido comprobar Patzi. El error de la posición de Patzi radica en
confundir la propuesta de un modelo teórico y voluntarista de emancipación a
largo plazo, con una propuesta de coyuntura política en función de la
correla-ción de fuerzas existentes y potenciales, como lo plantea nuestra
propuesta de autonomías indígenas. Por lo demás, está claro que la racionalidad
campesina del trabajo familiar, no comunal, aplicado a la producción
industrial, que es en el fondo la propuesta “emancipativa” de Patzi, poco o
nada tiene de una real comunitarización de las condiciones de reproducción
social.
331
articulados verticalmente: el estatal y el
autonómico. En caso de conformarse autonomías departamentales en las zonas
castella-nohablantes, recogiendo la reconfiguración territorial del Esta-do
producida por las autonomías indígenas, estos regímenes de gobierno
departamental podrían igualmente quedar vinculados en este nuevo ordenamiento
vertical de los poderes del Estado boliviano.
b) Representación
y participación de la comunidad autonómi-ca en los entes de gobierno general
del Estado, tanto en la Cámara alta, Cámara baja, como en los ministerios.
c) En
el caso de la Cámara baja, compuesta por representan-tes de toda la nación y
con competencias sobre el gobierno del Estado, presencia numérica de diputados
aimaras en función del porcentaje que representan los aimaras respecto al total
de los habitantes de Bolivia, aproximadamente el 25-30%, lo que implicaría el
control del total del 25-30% de las diputaciones del parlamento general. En el
caso de otras comunidades auto-nómicas indígenas, como las del oriente, es
posible establecer el criterio de sobrerrepresentación, a fin de potenciar la
presencia de comunidades culturales pequeñas.79
d) En
el caso de la Cámara alta, que representa a los depar-tamentos, igual presencia
proporcional de los gobiernos auto-nómicos con criterios de igualdad y simetría
institucional. En ambos casos, tanto de la Cámara baja como de la Cámara alta,
es posible establecer criterios de “doble mandato”,80 de
tal manera que algunos de los parlamentarios elegidos para el parlamento
autonómico estén también presentes de manera directa en el parlamento estatal.
e) En
el caso del ejecutivo del Estado, presencia proporcional de las principales
comunidades lingüísticas (castellano, aimara, quechua) en la composición del
gabinete, a fin de llevar hasta la
79\
Arend Lijphart, Las democracias contemporáneas, Barcelona,
Ariel, 1998; del mismo autor, Modelos de democracia. Formas de gobierno y
resultados en treinta y seis países, Barcelona, Ariel, 2000.
80\
Wouter Pas, “La estructura asimétrica del federalismo belga”, en Enric Fossas y
Ferrán Requejo (eds.), Asimetría federal y Estado plurinacional, op.
cit.
332
propia cabeza del ejecutivo la diversidad
lingüística del país y el equilibrio de prerrogativas de las comunidades
lingüísticas más importantes. Esto, ciertamente, no anula la competencia
parti-daria, pero obliga al mismo sistema partidario a multiculturali-zarse, o
a establecer alianzas partidarias multiculturales a fin de poder gobernar.
De
lo que se trata, en el fondo, es de conformar culturalmente un tipo de
gobierno consociacional (consociación con
consenso),81 o de tipo federativo plurinacional devolutivo,82 capaz
de articular una representación equilibrada de todas las culturas y
comunida-des lingüísticas en el diseño institucional, tanto en el núcleo del
Estado como en los espacios de gobierno local y regional. De esta manera, el
espacio de reconocimiento, de valoración y legitimi-dad social de los idiomas
indígenas más importantes ampliarán su radio oficial de reconocimiento y, por
tanto, su aptitud para ser utilizados como idiomas legítimos estatalmente, esto
es, como capital lingüístico apto para alcanzar puestos en la administra-ción
pública, en la gestión del gobierno central, en la dirección económica del
país, etcétera.
La
posibilidad de estructurar los sistemas de gobierno general, a partir de la
distribución proporcional de los cargos por comu-nidad lingüística, rompe la
monoculturalidad del actual Estado boliviano, y amplía a nivel de la estructura
estatal superior la validez de los idiomas indígenas principales, posibilitando
así la igualación política de las culturas y los idiomas, que se convier-ten
por igual en dispositivos paralelos y equilibrados de ascenso social y
ciudadanía.
Por
último, esta igualación política administrativa del idioma castellano con el
idioma aimara y quechua inicia el proceso es-tructural de disolución de la
herencia colonial, que había hecho de la etnicidad un capital, de tal manera
que los enclasamientos sociales, el acceso a bienes, la oferta de fuerza de
trabajo y las po-
81\ Arend
Lijphart, Modelos de democracia, op. cit.
82\ Miquel
Caminal, El federalismo pluralista, op. cit.
333
sibilidades de acceder a cargos de poder general
dejan de tener al idioma o a la cultura (mestiza castellanohablante) como
un plus que incrementa la eficacia y volumen de los otros
capitales.
B)
La dimensión multicivilizatoria de la comunidad política
Pero
el problema por resolver en el país no es solamente el de la multiculturalidad
o multinacionalidad de sus integrantes, sino también el de la diversidad de
sistemas y técnicas políticas me-diante los cuales las personas asumen el
ejercicio y ampliación de sus prerrogativas públicas. La ciudadanía es un
estado de au-toconciencia y autoorganización política de la sociedad que es
reconocida como legítima por las normas de derechos estatales. El problema
surge cuando el Estado prescribe un conjunto de normas, de rutas exclusivas
mediante las cuales los ciudadanos pueden expresar y practicar esta producción
de mandatos políti-cos de eficacia pública, anulando, desconociendo o
reprimiendo otras rutas, otras formas institucionales, otras prácticas,
culturas políticas o sistemas de autoridad.
No
existe una sola forma de ejercer derechos políticos ni de intervenir en la
gestión del bien común. La democracia liberal, mediante el voto individual, la
competencia electoral, la forma-ción de colectividades políticas electivas y el
mercado político,83 es un modo de constitución democrática de
ciudadanía, corres-pondiente a sociedades que han pasado por procesos de
indivi-duación modernos, que han erosionado las fidelidades normativas y de los
regímenes de agregación de tipo tradicional (parentesco, paisanaje, etc.).
Esto, por lo general, sucede en países que se han integrado de manera
mayoritaria y dominante a procesos econó-micos industriales sustitutivos de
economías campesinas, arte-sanales, comunitarias que sostienen materialmente la
existencia de modos normativos de constitución de la agregación social. En
Bolivia, la economía presenta una heterogeneidad tal, que apenas
83\ 琀orbert
Bobbio, El futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura
Econó-mica, 1995; Robert Dahl, La democracia y sus críticos, Barcelona,
Paidós, 1998.
334
el 20% puede ser calificada de mercantil-industrial
moderna, en tanto que el resto está ocupada por sistemas técnico-procesales
tradicionales, semimercantiles, anclados en una fuerte presencia de los
sistemas gremiales y comunitarios en la organización de los procesos
productivos. De allí que las formas de filiación corpo-rativa, gremial,
comunitaria se presenten como sistemas de cons-titución de sujetos colectivos,
mayoritariamente practicados en ciudades y zonas agrarias, como modos de
filiación social, de reso-lución de conflictos, de mediación y
autorrepresentación política.
Ahora,
es cierto que estas técnicas de democracia delibera-tiva, de democracia étnica
y ciudadanía corporativa tradicional, regidas por otros parámetros morales y
políticos distintos a los liberales, y efectivizadas a través de instituciones
no partidarias de tipo asociativo y asambleario, tienen una existencia
preponde-rantemente local y regional. Sin embargo, distintos momentos de la
historia muestran que estos sistemas pueden articularse en red, en sistemas
macro de democracia abarcadora de miles de comu-nidades, de numerosos gremios,
asumiendo la forma de ejercicio democrático en gran escala (federaciones
sindicales provinciales, federaciones o confederaciones de ayllus,
bloqueos de caminos, participación electoral, etc.). Con un poco de esfuerzo y
apoyo, como aquel que da el Estado a los partidos para no desaparecer, estas
prácticas democráticas no liberales fácilmente podrían tener una existencia
regular y a escala macroestatal.
Considerar
que la democracia representativa de corte liberal es la única manera de
despliegue del ejercicio de responsabilidad política es suponer erróneamente
que Bolivia es un país econó-micamente moderno en su aparato técnico
organizativo, y que la individuación es mayoritaria, pues esos son requisitos
previos a la implementación de modelos de democracia representativa.
En
Bolivia, las identidades colectivas normativas por barrio, ayllu,
comunidad, gremio laboral, preceden mayoritariamente a cualquier
manifestación de individualidad, y son utilizadas coti-dianamente para ejercer
control social, para plantear demandas, para elegir representantes, para
introducir querellas igualitarias, para formar una moral cívica de
responsabilidad ciudadana. Sin
335
embargo, estas instituciones de corte democrático,84 que
tie-nen sus propias técnicas de deliberación, de rendición de cuen-tas, de
elección de autoridades, de introducción de querellas, de formación de opinión
pública, de disensos y consensos, de igualación política entre sus miembros,
esto es, de ejercer dere-chos democráticos en su definición sustancial, no son
tomadas en consideración por el Estado actual que, por el contrario, hace
sistemáticos esfuerzos por disciplinar de manera autoritaria a los moldes
demo-liberales al conjunto de estas otras expresiones de democratización
social.
Estas
técnicas políticas diferenciadas, estos sistemas de auto-ridad
indígeno-campesinos85 y urbano-plebeyos86 forman
parte de la compleja trama multicivilizatoria de la realidad boliviana, visible
también a través de otras prácticas sociales, como las que se despliegan en el
entendimiento y ejercicio de la justicia del ayllu,87 en
las técnicas escriturales andinas (textil y trenado), en la
predominancia de repertorios textuales (la oralidad, la visuali-zación, táctil,
etc.),88 en la gestión de recursos colectivos,89 en
la
84\
Para una discusión del hecho democrático, más allá de la mirada procedimen-tal
y minimalista liberal, véase Jacques Rancière, El desacuerdo, Buenos
Aires, Nueva Visión, 1996; Luis Tapia, La velocidad del pluralismo, La
Paz, Muela del Diablo, 2002.
85\
Silvia Rivera, Ayllus y proyectos de desarrollo en el Norte de Potosí, op.
cit.; Alison Spedding y David Llanos, No hay ley para la cosecha.
Un estudio comparativo del sistema productivo y de las relaciones
sociales en Chari y Chulumani, La Paz, pieb y
Sinergia, 1999.
86\
Álvaro García Linera, “Sindicato, multitud y comunidad. Movimientos socia-les y
formas de autonomía política en Bolivia”, en Álvaro García Linera, Felipe
Quispe, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada y Luis Tapia, Tiempos de rebelión, La
Paz, Comuna, 2001.
87\
Marcelo Fernández, La ley del ayllu, La Paz, pieb,
2000 y El sistema jurídico in-dígena, Santa Cruz, Centro de
Estudios Jurídicos e Investigación Social (cejis), 2003.
Véanse también los diez libros sobre justicia comunitaria elaborados por el
Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de Bolivia en el año 1999.
88\
Denise Arnold y Juan de Dios Yapita, El rincón de las cabezas. Luchas
textuales, educación y tierras en los Andes, La Paz, umsa,
2000.
89\
Gerben Gerbrandy y Paul Hoogendam, Aguas y acequias. Los derechos al
agua y la gestión campesina de riego en los Andes bolivianos,
La Paz, Plural, 1998.
336
gestión de derechos familiares vinculados a las
responsabilidades políticas,90 etcétera.
La
posibilidad de una real igualación política de la sociedad pasa entonces por
una supresión de la estructura monoorganizati-va del actual Estado boliviano,
que simplemente ha reconocido e instituido como únicas instituciones legítimas
de ejercicio político de derechos (ciudadanía y democracia liberal) a las
provenientes de la civilización dominante y minoritaria (mercantil-industrial).
Una igualación política sustancial entre culturas e identidades requiere una
igualación de modos de producir política, en todos los niveles de la gestión
gubernamental (general, regional y local), esto es, igualación de prácticas
políticas, de instituciones políticas y sistemas de autoridad política
diferentes, pertenecientes a las distintas comunidades culturales y regímenes
civilizatorios que coexisten en el territorio boliviano.
A
esta composición de instituciones y formas políticas pro-venientes de diversas
matrices civilizatorias, o societales, que coexisten en condiciones de
igualdad, Luis Tapia la ha llamado política mestiza,91 capaz
de generar procesos de democratización y ciudadanización sólidos y extendidos.
En
la medida en que estas distintas formas de producción técnica y organizativa de
la política pertenecen a regímenes civi-lizatorios distintos, sus ritmos y
tiempos históricos son hetero-géneos, por lo que es necesario pensar en una
sincronía puntual, por periodos cortos, a fin de que “se incluya en la
deliberación y acción global su presencia, fuerza, opinión y decisión”.92 Un
ejemplo de estas sincronías puntuales de los regímenes políticos civilizatorios
es, por ejemplo, el que, a escala regional, se da en municipios del Chapare o
Norte de Potosí, cuando en el momen-to de la elección de autoridades
municipales a través de partidos y el voto individual (régimen liberal), la
decisión de escoger a las personas que integrarán el consejo es tomada bajo
formas de
90\ Alison
Spedding y David Llanos, No hay ley para la cosecha, op.
cit.
91\
Luis Tapia, La condición multisocietal, op. cit. 92\ Ibíd.
337
deliberación y cabildeo de sindicatos agrarios
o ayllus (régimen corporativo o comunal).
En
este caso, los sistemas institucionales tradicionales se arti-culan con los
“modernos”. En algunos casos, esta composición de facto de instituciones
políticas también se da en el momento de las elecciones de representantes
parlamentarios, aunque es un hecho eventual, que se sostiene en circunstancias
excepcio-nales de politización y autoorganización de comunidades y ay-llus.
Una composición democrática de instituciones y formas políticas
diferenciadas supondría la reglamentación, expansión e institucionalización de
estas experiencias locales y efímeras de articulación civilizatoria. Ello
podría quedar normado mediante los siguientes puntos:
a) El
reconocimiento constitucional de sistemas políticos y sistemas de conformación
de autoridad practicados por las co-munidades campesinas, ayllus,
barrios y gremios (federaciones, confederaciones, asociaciones), como sistemas
legítimos de elec-ción y toma de decisiones en ámbitos puntuales del sistema de
gobierno a escala general, regional y local.
b) Los
ámbitos legítimos de elección de representantes donde actuarían estos otros
sistemas de deliberación serían: 1) los repre-sentantes parlamentarios del
nivel superior del Estado (o comu-nidad política general), en las regiones en
las que estas formas de organización política son predominantes o tienen una
presencia parcial; 2) los parlamentos de las regiones autonómicas de
auto-gobierno indígena. La combinación porcentual de los represen-tantes
elegidos a través de partidos o a través de estructuras cor-porativas será
negociada, dependiendo de la amplitud, historia y presencia de cada una de
estas formas organizativas, en cada región autonómica y circunscripción
departamental.
c) Obligatoriedad
de reconocimiento, en calidad de sanción o veto, de su deliberación en torno a
temas centrales de la gestión estatal (propiedad estatal de recursos, inversión
pública global, reformas constitucionales, etcétera).
338
d) Reconocimiento
institucional, con efecto de legalidad es-tatal, de las formas de gestión
comunal de la justicia, del control de recursos colectivos y conocimientos
médicos practicados de manera regular por las comunidades culturales indígenas.
Am-pliación a escala regional y estatal general de instituciones de
ad-ministración burocrática y política que permitan su legitimidad social,
aprendizaje regular y obtención de recursos para dichas prácticas.
e) Reconocimiento
constitucional de sistemas de rotación de autoridades de rendición de cuentas a
entes colectivos (no sólo individuales, como en el régimen liberal) de las
autoridades políti-cas que componen los distintos niveles de verticalidad del
Estado (municipios, regiones autonómicas, gobiernos departamentales, Estado
general).
Un
Estado multicivilizatorio significaría precisamente el re-conocimiento de
múltiples mecanismos, de múltiples técnicas y sentidos de entender, practicar y
regular las pulsiones democrá-ticas de la sociedad, en correspondencia con las
múltiples formas de ejercer ciudadanía, a partir de la pluralidad de las
matrices civilizatorias de la sociedad.
Debido
a las cualidades de su formación histórica, la compleja realidad social
boliviana ha producido variadas técnicas de com-portamiento político
democrático, y un Estado efectivamente democrático requeriría reconocer a gran
escala, en el ámbito de las tomas de decisión fundamentales de las políticas
públicas, la legitimidad institucionalizada de las distintas maneras de
prac-ticar y entender la democracia, como un hecho que enriquece la comprensión
de la democratización del poder político. Esto es precisamente el carácter
multiinstitucional del armazón estatal que, junto con una redefinición de las
etnicidades legítimas y las normas de administración territorial, en
correspondencia con las prácticas y soberanías étnicas, podrían dar lugar a un
tipo de Estado multinacional y multicivilizatorio.
Si
Bolivia es una superposición de varias culturas y varias ci-vilizaciones, el
Estado, como síntesis, debería ser una institucio-
339
nalidad capaz de articular, de componer una
ingeniería política formada por una presencia proporcional de las culturas e
iden-tidades lingüísticas, además de unas instituciones modernas y
tradicionales, deliberativas, representativas y asamblearias en la toma de
decisiones a escala general, “nacional”.
Complejidad
administrativa
Dado
que la superación de la exclusión de las comunidades cultu-rales indígenas y
sus sistemas de autoridad pasa inevitablemente por una reforma del Estado, que
multiculturalice la totalidad de las instituciones públicas, y que componga
múltiples lógicas orga-nizativas de la acción política en los distintos niveles
de gobierno, es claro que la preparación de los cuadros administrativos, para
adecuarse a esas funciones complejas, tiene que interiorizar for-mas igualmente
complejas de formación, de procedencia étnica y de habilidades organizativas.
Al respecto, es posible anotar al menos la necesidad de los siguientes cambios
en la formación de los cuadros administrativos, que los adecuen a la puesta en
vigen-cia de un Estado multicultural y multicivilizatorio:
a) Procesos
de reclutamiento de funcionarios públicos en similar proporción al número de
cargos públicos que cada co-munidad lingüística utiliza respecto a la totalidad
de los cargos administrativos del Estado, tanto en el nivel micro y regional,
como en el macro.
b) Selección
y jerarquización del personal por competencia meritocrática en el interior de
cada uno de los segmentos adminis-trativos escogidos por pertenencia a una
comunidad lingüística.
c) Diseño
de escalones de ascenso meritocrático en función, no sólo de saberes letrados y
racionalización burocrática,93 sino
también del conocimiento de la lógica organizativa de las cultu-ras indígenas y
los repertorios textuales de las civilizaciones no mercantil-industriales. En
la medida en que la racionalidad bu-
93\ Max
Weber, Economía y sociedad, México, Fondo de Cultura Económica,
1987.
340
rocrática es producto de la interiorización social
de la moderna lógica del mercado y la fábrica94 en la
reglamentación de los sa-beres administrativos legítimos del Estado, la
aceptación de una pluralidad de reconocimiento de méritos administrativos
introdu-ce la pluralidad de los sistemas de autoridad y de conocimientos de
gestión pública en el funcionamiento estatal. Esto significa la alternancia o
coexistencia de varios tipos de capital meritocrático en la carrera
administrativa y la gestión gubernamental.
d)
Formación, en las carreras administrativas de gobierno, en los tres idiomas
mayoritarios del país.
Con
todo ello, se trata es de que las carreras de formación de cuadros
burocrático-administrativos se democraticen, a través del reconocimiento de los
idiomas indígenas como medios legítimos para acceder y ascender a funciones
públicas, y del reconocimien-to de una pluralidad de técnicas y saberes
administrativos como rutas válidas para el acceso al mérito.
Ahora
bien, dado que el proceso de extinción de la discrimi-nación étnica pasa por
una reforma gradual pero estructural del Estado, existen varias vías para
iniciar este proceso. Una posibi-lidad sería una reforma “desde abajo”, que a
niveles intermedios vaya instaurando formas de autogobierno indígena en
territorios especiales, que luego sirvan de experiencia para otras regiones.
Esto supone una iniciativa local y una tolerancia y apoyo del Es-tado desde los
niveles máximos de dirección.
Otro
modo de reforma es “desde arriba”, de tal manera que, desde los niveles
superiores del Estado, se adopte la decisión de modificar partes principales de
la arquitectura organizativa del sistema de autogobierno, para que luego esto
vaya cayendo en cascada en los niveles intermedios (autonómicos) y micro
(auto-gobiernos indígenas locales). Ello requeriría inmediatas reformas
constitucionales que, por ejemplo, multiculturalicen a corto plazo
94\
David Osborne y Ted Gaebler, Un nuevo modelo de gobierno, México,
Gernika, 1994; Jon Elster y Rune Slagstad, Constitucionalismo y
democracia, México, Fon-do de Cultura Económica, 1999.
341
la composición del Congreso y del funcionamiento de
algunas reparticiones públicas de la administración pública.
Si,
como hemos visto anteriormente, la clave para erosionar los procesos de
exclusión étnica en sociedades multiculturales radica en la igualación de los
idiomas y de las prácticas culturales en los ámbitos de gestión pública, a fin
de legitimar estatalmente en el uso y el ascenso social a todas las culturas,
se requiere que el Estado consagre, desde los niveles más altos y más amplios
po-sibles de los sistemas de autogobierno, las culturas mayoritarias, en este
caso, identificadas por las comunidades lingüísticas. Por ejemplo, la ocupación
normativizada y regularizada de ministerios a cargo de indígenas y una lenta
mayoría indígena, y/o la distri-bución proporcional del parlamento por
adscripción lingüística. Esto permitiría la emisión de una señal estatal de que
los idiomas indígenas son reconocidos como capitales lingüísticos para la
ocu-pación de cargos públicos, la ciudadanía real y el ascenso social.
En
conjunto, todas estas transformaciones significarían que, en el ámbito de los
poderes legislativos, judiciales y ejecutivos, además de distribuir
proporcionalmente su administración uni-taria general y territorial en función
de la procedencia étnica y lingüística, las formas de gestión, representación y
de interven-ción social deberían incorporar múltiples mecanismos políticos
compuestos, como la democracia representativa, a través de par-tidos; la
democracia deliberativa, a través de asambleas; la demo-cracia comunal, a
través de acción normativa de comunidades y ayllus, etcétera. De lo
que se trata, entonces, es de componer a escala macro, general,
instituciones modernas con tradicionales, representación multicultural con
representación general en co-rrespondencia con la realidad multicultural y
multicivilizatoria de la sociedad boliviana. En otras palabras, se trata de
buscar una modernidad política a partir de lo que en realidad somos, y no
simulando lo que nunca seremos ni podremos ser.
Todo
esto ciertamente apunta a una ampliación radical de la democracia, en la medida
en que iguala las posibilidades reales de ciudadanía, tanto en el ámbito de los
derechos colectivos de las identidades culturales, como en el ejercicio de
prácticas or-
342
ganizativas para el acceso al reconocimiento
público. A su vez, la radicalidad de este proceso viene por el desmonte de las
es-tructuras de dominación colonial y civilizatoria persistentes hasta ahora,
no sólo desde el nacimiento de la República, sino que se remontan hasta el
propio momento del nacimiento de la colo-nialidad indígena en el siglo XVI, y
que a lo largo de los siglos se han remozado a través de las distintas formas
de pseudomoder-nizaciones económicas y políticas impuestas.
343
VI.
Estructuras de los movimientos sociales
SINDICATO, MULTITUD Y COMUNIDAD Movimientos
sociales y formas de autonomía política en Bolivia1
Reformas
liberales y reconstitución del tejido social
Bolivia
es un país marcado por la gelatinosidad de sus estructuras institucionales y
por la marginalidad en el contexto internacio-nal, pero donde, quizá por ello,
ciertas cosas tienden a suceder antes que en otros lugares. En los años
cincuenta, el país vivió una insurrección proletaria, adelantándose a la
irradiación del movimiento obrero que luego se daría en varias naciones del
con-tinente. Igualmente, en los años sesenta, se acercó con premura a la oleada
autoritaria de los gobiernos militares y, a finales de los años setenta, abrazó
la reconquista de regímenes democráticos. En 1984, cinco años antes de la caída
del muro de Berlín, vivió el derrumbe del horizonte izquierdista, forjado en
los cuarenta años anteriores, a través del fracaso de una coalición de
izquierda que llevó al país a una bancarrota económica. A finales de la década
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Sindicato, multitud y comunidad.
Mo-vimientos sociales y formas de autonomía política en Bolivia”, en Álvaro
García Linera, Felipe Quispe, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada y Luis Tapia, Tiempos
de rebelión, La Paz, Comuna y Muela del Diablo, 2001.
347
de los ochenta, mientras otras naciones buscaban
experimentar, con gobiernos populistas, una salida alternativa al estatismo y
al neoliberalismo acechante, Bolivia se sumergió en un radical proceso de
neoliberalización económica y cultural, que llevó a toda una generación de
furibundos radicales del “socialismo” a convertirse en furibundos radicales del
libre mercado, la “gober-nabilidad pactada” y la privatización.
En
quince años, estas políticas produjeron grandes cambios sociales. No sólo se
entregó a las empresas transnacionales el control del 35% del Producto Interno
Bruto (pib), dejando al
Estado en un papel de mendigo internacional y de policía local, encargado de
disciplinar a las clases peligrosas; sino que, además, se modificaron los
patrones del desarrollo económico. El Esta-do productor dio paso al capital
extranjero como locomotora económica,2 en tanto que los
capitalistas locales retrocedieron al papel de socios menores, intermediarios o
raquíticos inversionis-tas de áreas subalternas de la actividad comercial y
productiva.
Esto
ha llevado a conformar un sistema productivo “dualizado”3 entre
un puñado de medianas empresas con capi-tal extranjero, tecnología de punta,
vínculos con el campo eco-nómico mundial, en medio de un mar de pequeñas
empresas, talleres familiares y unidades domésticas articuladas bajo múl-tiples
formas de contrato y trabajo precario a estos escasos pero densos núcleos
empresariales. En esta estructura, en la que las empresas económicas se
deslocalizan4 dentro de
las infinitas y diminutas actividades productivas y comerciales, las relaciones
laborales son precarias, los contratos temporales, la tecnología escasa y la
clave del sostenimiento económico radica en la cre-
2\
Luis Carlos Jemio y Eduardo Antelo (eds.), Quince años de reformas
estructurales en Bolivia: sus impactos sobre inversión, crecimiento
y equidad, La Paz: Comisión Económica para América Latina y el
Caribe (cepal) y Universidad
Católica Bo-liviana, 2000 y Juan Carlos Chávez (ed.), Las reformas
estructurales en Bolivia, La Paz, Fundación Milenio, 1999.
3\
Pierre Bourdieu, “Por una nueva Aufklärung”, en El campo
político, La Paz, Plural, 2001.
4\ Pierre
Bourdieu, Les estructures sociales de l’économie, Paris,
Seuil, 2000.
348
ciente extorsión de las fidelidades parentales, en
una gigantesca maquinaria de mercantilización híbrida del trabajo infantil, de
ancianos, mujeres y de familiares.5
Abandonando
el ideal de la “modernización”, a través de la sustitución de las estructuras
tradicionales urbanas y campe-sinas, el nuevo orden empresarial ha subordinado,
de manera consciente y estratégica, el taller informal, el trabajo a domicilio
y las redes sanguíneas de las clases subalternas, a los sistemas de control
numérico de la producción (industria y minería) y los flujos monetarios de las
bolsas extranjeras (la banca). El modelo de acumulación ha devenido así un
híbrido que unifica, en forma escalonada y jerarquizada, estructuras
productivas de los siglos XV, XVIII y XX, a través de tortuosos mecanismos de
exacción y extorsión colonial de las fuerzas productivas domésticas,
co-munales, artesanales, campesinas y pequeño-empresariales de la sociedad
boliviana. Esta “modernidad” barroca —si bien ha man-tenido en pie el modelo de
regulación y acumulación económica fundado en la exportación de materias
primas, débil producción industrial para un mercado interno raquítico, y un uso
intensivo de la fuerza de trabajo como principal fuerza productiva técnica del
proceso laboral, con las nuevas modalidades que asume la gestión productiva y
circulatoria de la riqueza— ha reconfigu-rado la estructura de las clases
sociales en Bolivia, las formas de agregación de los sectores subalternos y las
identidades colectivas.
Durante
estos quince años, hemos visto desaparecer de esce-na a la Central Obrera
Boliviana, que desde 1952 condensaba las características estructurales del
proletariado, de su subjetividad, de la ética colectiva. La condición obrera de
clase y la identidad de clase del proletariado boliviano han desaparecido con
el cierre de las grandes concentraciones obreras y, con ello, ha muerto una forma organizativa,
con capacidad de efecto estatal, en torno a
5\
Álvaro García Linera, Reproletarización. Nueva clase obrera y
desarrollo del capi-tal industrial en Bolivia (1952-1998), La Paz,
Comuna y Muela del Diablo, 1999; y Estructuras materiales y
mentales del proletariado minero, La Paz, Comuna y Universidad Mayor de San
Andrés (umsa), Carrera de
Sociología, 2001.
349
la cual se aglutinaron durante treinta y cinco años
otros sectores menesterosos de la ciudad y el campo.
Frente
a ellos ha surgido una estructura obrera numéricamen-te mayor a la de hace
décadas, pero materialmente fragmentada en diminutos talleres legales y
clandestinos, formas de contrato eventualizadas, temporales; sistemas de
ascenso fundados en la competencia, y sindicatos carentes de legitimidad ante
el Estado. Está surgiendo, entonces, una nueva forma de vasta proletariza-ción
social, pero sin arraigo organizativo, desterritorializada,6 atravesada
por una profunda desconfianza interna, con mentali-dad precarizada, y a corto
plazo, por el nomadismo de los jóve-nes obreros, que tienen que combinar el
pequeño comercio, el contrabando, el trabajo asalariado o el trabajo agrícola,
según las temporadas y las necesidades.7
Igualmente,
en el campo, el libre comercio, la nueva legisla-ción agraria y la
municipalización han transformado drástica-mente las relaciones entre Estado y
estructura comunal agraria, modificando las pautas de reproducción social, las
estrategias de recorrido familiar y las jerarquías de dominación colonial. Las
grandes movilizaciones urbano-rurales del último año hallan pre-cisamente en
estos procesos de reconfiguración de la vida social sus condiciones de
posibilidad.
Fruto
de estos cataclismos socioeconómicos han reemergido poderosas y radicales
estructuras de autoorganización social, que han cerrado el corto ciclo de la
legitimidad neoliberal forjada en quince años, por medio de la desorganización,
estatalmente in-ferida, de las antiguas maneras de agregación popular (los
sindi-catos), el desplome moral de los subalternos y una industria cul-tural de
consagración liberal, que incorporó un amplio abanico de ideólogos e
intelectuales abatidos.
6\
Raúl Zibechi, “La disgregación de la clase obrera”, en La mirada
horizontal: movimientos sociales y emancipación, Montevideo,
Nordan-Comunidad, 1999.
7\
Álvaro García Linera, “Procesos de trabajo y subjetividad en la nueva condición
obrera”, en Guillermo Campero et al., Culturas obreras y
empresariales, La Paz, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(pnud), 2000.
350
Estudiar brevemente las características de estas
formas de autoorganización social emergentes, compararlas con la antigua forma
sindical, ver sus condiciones de posibilidad y sus poten-cialidades históricas,
son los objetivos que vamos a abordar en las siguientes páginas.
Contexto, estructuras, estrategias
y simbolismos de la
movilización social
Existen
diferentes vertientes teóricas para el estudio de los mo-vimientos sociales.
Algunos autores han trabajado como fuerza movilizadora la reacción emocional
resultante del desfase entre las expectativas colectivas y los resultados;8 otros,
a su vez, han adecuado la lógica de la razón instrumental a la dinámica de la
acción colectiva; mientras que algunos han hecho hincapié en la importancia de
la “oportunidad política” (clausura de los espa-cios políticos, división en las
elites, presencia de aliados, repre-sión, etc.) en la concurrencia de los
movimientos sociales.9
Por
otra parte, hay investigaciones que han abordado la im-portancia de un contexto
internacional específico como facili-tador de ciertas acciones colectivas;10 en
tanto que otras se han
8\
Ralph Turner y Lewis Killian, Collective Behavior, Englewood
Cliffs, Prentice May, 1957; Mancur Olson, The Logic of Collective
Action, Cambridge, Harvard University Press, 1965 y Ted Gurr, Why
Men Rebel?, Princeton, Princeton Uni-versity Press, 1971.
9\
Sidney Tarrow, “States and Opportunities. The Political Structuring of Social
Movements” y Donatella Della Porta, “Social Movements and the State: thoughts
on the Policing of Protest”, en Mayer Zald, Doug McAdam y John McCarthy
(eds.), Comparative Perspectives on Social Movements, New
York, Cambridge University Press, 1996; Charles Brockett, “The Structure of
Political Opportu-nities and Peasant Mobilization in Central America”, en Comparative
Politics, Vol. 23, No. 3, 1991; Sidney Tarrow, El poder en movimiento.
Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política, Madrid,
Alianza, 1997.
10\
Anthony Oberschall, “Opportunities and Framing in the Eastern European Re-volts
of 1989”, en Mayer Zald, Doug McAdam y John McCarthy (eds.), Compa-rative
Perspectives on Social Movements, op. cit.; también, del mismo autor, Social
Movements: Ideologies, Interests, and Identities, New Brunswick,
Transaction, 1993.
351
preocupado por la dimensión de las orientaciones
culturales de-finitorias de las acciones conflictivas que dan lugar a los
movi-mientos sociales11 y a las etapas posibles que preceden a
su ins-titucionalización.12 De manera puntual, Anthony
Oberschall ha propuesto una lectura de los movimientos sociales como “em-presas
de protesta”, caracterizadas por su capacidad de acción estratégica, la
amplitud de los recursos movilizados y las redes sociales de articulación
interna y externa;13 mientras que hay au-tores cercanos que se
han centrado en movimientos sociales que resultan de una crisis de Estado y
afectan al sistema político. Por su parte, William Gamson14 ha
propuesto la identificación de los procesos de formación de las solidaridades;
mientras que Franck Poupeau ha incorporado al estudio de la racionalidad,
implícita y explícita de la movilización, la dimensión estatal o contra-estatal
de la acción colectiva, las estrategias de descomposición de la dominación, la
forma de institucionalización de la acción social y la función del “capital
militante” como fuerzas dinamizadoras.15
En
términos estrictos, consideramos que el modelo de “nuevo movimiento social”,
propuesto por Alain Touraine en los años se-tenta, no resulta pertinente para
estudiar los movimientos sociales contemporáneos en Bolivia, debido a que esa
teoría se centra en las conflictividades que cuestionan los marcos culturales
dentro
11\
Alain Touraine, Producción de la sociedad, México, Universidad Nacional
Au-tónoma de México (unam)
e Instituto Francés de América Latina (ifal),
1995 y “An Introduction to the Study of Social Movements”, en Social
Research, Vol. 52, 1985; véase también, Alberto Melucci, “The New Social
Movements: A Theoretical Approach”, en Social Science Information,
Vol. 19, No. 2, 1980.
12\
Claus Offe, La gestión política, Madrid, Ministerio de Trabajo
y Seguridad Social, 1992.
13\
Anthony Oberschall, Social Conflict and Social Movements, Englewood
Cliffs, Prentice-Hall, 1972; Franck Poupeau, Le “mouvement du 93”,
Paris, École des Hautes Études en Sciences Sociales, 1999.
14\
William Gamson, “The Social Psychology of Collective Action”, en Aldon Mo-rris
y Carol McClurg, Frontiers in Social Movement Theory, New Haven,
Yale University Press, 1992.
15\ Franck
Poupeau, Le “mouvement du 93”, op. cit.
352
de las instituciones sociales,16 lo
cual es importante, pero deja de lado los conflictos dirigidos contra el
Estado, las estructuras de dominación y las relaciones que contraponen a las
elites gober-nantes con las masas, que precisamente caracterizan las actuales
acciones colectivas. En ese sentido, para el estudio de los acon-tecimientos en
Bolivia, resultan más útiles los aportes brindados por Oberschall, Sidney
Tarrow, Tilly, Jenkins, Poupeau y Eckert, que precisamente se centran en los
efectos de los movimientos en la estructura política de la sociedad, sin perder
de vista, sin embargo, que la acción colectiva es mucho más que un cálculo
consciente de objetivos en función de medios para alcanzarlos, y que vínculos
como la solidaridad, las pautas morales de igual-dad y la identidad, que
también forman una racionalidad interna de la acción, son componentes sociales
por los cuales la gente es capaz de movilizarse.
Recuperando
varios de los elementos brindados por estos autores, vamos a considerar los
movimientos sociales como es-tructuras de acción colectiva capaces de producir
metas autóno-mas de movilización, asociación y representación simbólicas de
tipo económico, cultural y político. De manera analítica, en su interior se
pueden diferenciar, al menos, los siguientes aspectos: las condiciones de
posibilidad material que habilitan un espacio amplio, pero acotado de probables
ámbitos de interacción social y que, bajo circunstancias excepcionales de
trabajo colectivo, ge-neran la emergencia de determinado movimiento social; el
tipo y la dinámica de las estructuras de agregación corpuscular y mo-
16\
Alain Touraine, Producción de la sociedad, op. cit. Un
autor que retoma varios de los aportes de Touraine para la lectura de los
movimientos sociales en América Latina en la década de los ochenta es Fernando
Calderón, Movimientos sociales y política, México,
Siglo XXI y unam,
1985. Una lectura parecida, que busca fijarse en el desplazamiento
de la esfera “estado-céntrica” a la “sociocéntrica” de los llamados “nuevos
movimientos sociales” en Bolivia (movimiento de mujeres, ecologista, cultural,
etc.), es Fernando Mayorga, en el artículo “La sociedad civil en Bolivia”, en
Fernando Mayorga y Ricardo Paz, Sociedad civil y democracia
par-ticipativa, La Paz, Instituto Latinoamericano de Investigaciones
Sociales (ildis), 1999.
Para una crítica del reduccionismo culturalista de estas interpretaciones,
véase William Carroll (ed.), Organizing Dissent, Toronto,
Garamond, 1997.
353
lecular de los sujetos movilizados; las técnicas y
los recursos de movilización y, por tanto, la trama material del espíritu de
cuer-po movilizado; los objetivos explícitos e implícitos de la acción social,
manifiestos en los discursos y la acción del cuerpo social movilizable; la
narrativa del yo colectivo, esto es, el fundamento cultural y
simbólico de autolegitimación del grupo constituido en el momento de su
movilización; las dimensiones política (estatal o antiestatal) y democrática
(reinvención de la igualdad y de lo público) puestas en juego.
I.
La forma sindicato
La
historia de la conformación de la condición de clase del pro-letariado urbano y
minero en Bolivia durante el siglo XX es la historia del sindicato como modo de
construcción de identidad colectiva.
Para
los trabajadores, principalmente mineros y fabriles, al menos durante cincuenta
años (1940-1990), el sindicato fue la red organizativa de la identidad de clase
y de la acumulación de la experiencia de clase, esto es, de su existencia
movilizada como clase. Por lo general, las otras formas organizativas que
compitie-ron para desempeñar este papel de condensador histórico de la
subjetividad obrera, como los partidos políticos, fueron transito-rias y
superficiales; eran más un conglomerado de propagandis-tas externos, que
desaparecían apenas la represión asomaba en el centro de trabajo. No fueron,
pues, estructuras que lograron enraizarse en el hábitat proletario, aunque su
influencia cultural ciertamente ayudó a crear un lenguaje discursivo y, en
parte, un imaginario colectivo. Con todo, la asimilación de la experiencia de
clase vino exclusivamente por el lado del sindicato, pues los trabajadores, al
final, sólo tenían a éste para afrontar la vida, la represión y la muerte. El
sindicato ha sido el único lugar durade-ro para experimentar los avatares de la
existencia colectiva; ha sido la única red de apoyo, amistad y solidaridad
continua, y el auténtico lugar para asumirse como cuerpo colectivo. Lo que los
trabajadores han hecho en la historia desde 1940 hasta 1990, ha
354
sido bajo la forma sindicato: han luchado en él,
han hecho una revolución (y eso no es poca cosa), han obtenido derechos, han
conquistado salud y vivienda, han protegido a sus familias, han enterrado a sus
muertos. De ahí su perdurabilidad y prioridad en la construcción de la memoria
de clase obrera.
Varias
fueron las formas previas de agregación laboral que des-de finales del siglo
XIX fueron surgiendo en empresas mineras, en pequeñas manufacturas y servicios,
pero ninguna de ellas marcó con tanta fuerza la manera de mirarse y entregarse
a la historia como el sindicato. Inicialmente, las cajas de socorro, mutuales,
centros de estudio, ligas y federaciones fueron experiencias orga-nizativas que
durante los primeros treinta años del siglo XX em-plearon una masa creciente de
trabajadores, que había optado por la mercantilización de sus capacidades
productivas como princi-pal medio de obtención de medios de vida. Obreros
asalariados, cajchas, artesanos autónomos, vendedores,
cuentapropistas, que abandonaron la organización del ayllu o
la hacienda, fundaron modos de protección y resistencia bajo lenguajes de
tolerancia y rebelión que evocan una arraigada memoria agraria. En esos
mo-mentos, no es raro que la organización sea territorial, esto es, que abarque
a personas de distintos oficios asentadas en una misma área geográfica.
Proletarios, empleados, comerciantes y sastres participan de una misma
organización, lo que le da una fuerza de movilización local; aunque con mayores
posibilidades de que los intereses específicos de los asalariados queden
diluidos en los de otros sectores, poseedores de mayor experiencia organizativa
y manejo de los códigos del lenguaje legítimo.
El
tránsito a la forma sindical no fue abrupto. Primero fueron los sindicatos de
oficios varios, emergentes en los años veinte, que continuaban la tradición de
agregación territorial; luego los sindicatos de ferroviarios, culinarios y
mineros, que empezaron a segmentar la identidad colectiva por oficio y; por
último, por cen-tro de trabajo. Finalmente, después de la Guerra del Chaco,
ésta será la forma predominante que adquirirá la organización laboral.
Se
ha dicho que el surgimiento del sindicalismo estuvo fuer-temente influido por
la presencia de trabajadores de otros países,
355
que transmitieron su experiencia a trabajadores
bolivianos y de trabajadores bolivianos que se desplazaban por temporadas al
norte de Chile y Argentina para emplearse como asalariados. Es probable que
éste sea un factor coadyuvante, pero no decisivo, pues la composición
organizativa de la condición social no es fruto de un hecho discursivo.
Requiere de condiciones de po-sibilidad material capaces de ser gatilladas,
despertadas por la memoria o el lenguaje.
En
particular, consideramos que hay cuatro elementos que resultan decisivos para
la consagración de la forma sindical, por encima de otras maneras de
organización laboral:
a)
Las características de los procesos de acumulación de ca-pital y de consumo de
la fuerza de trabajo que, por una parte, comienzan a concentrar enormes
volúmenes de medios y fuerza de trabajo, para llevar adelante una producción
“masiva”.
Ciertamente,
no son muchas las empresas que cumplirán estos requisitos, pero las que sí lo
hacen comenzarán a jugar un rol de primera línea en la conformación de la nueva
experiencia sindical; en la autopercepción obrera de que ellos son “los que
sostienen al país”, por la cantidad de recursos y dinero que dependen de su
trabajo; y, ante todo, en el asentamiento de una cultura obrera que articula el
trabajo, el lugar de vivienda, las celebraciones, los encuentros familiares y
la descendencia.
Estos
grandes centros de trabajo (Volcán, Soligno, Forno, Siglo XX-Catavi, Huanuni,
Colquiri, Caracoles, Manaco, etc.), por sus características estructurales de
concentración de enormes montos de inversión técnica y capital variable, se
apoderan de una fuerza productiva organizativa, a saber, de la fuerza de masa,
que permitirá elevar gratuitamente la productividad laboral frente a formas
tradicionales y artesanales de la producción. Pero a la vez, esto ayudará a
crear otra fuerza productiva asociativa del traba-jo, la fuerza de masa obrera,
resultante de la concentración en reducidos centros geográficos de enormes
conglomerados obre-ros, portadores de las mismas condiciones laborales y, por
tanto, asumir su número como un hecho social de fuerza movilizable.
356
Igualmente, estas enormes inversiones y
concentraciones labo-rales, en la medida en que se harán cargo de los mayores
índices de producción y generación de excedente económico, minero y fabril,
complementarán esa autopercepción de fuerza colectiva obrera con una certeza
estructural de su importancia económica que, asimilada como experiencia
colectiva, se convertirá en la cen-tralidad económica obrera, tan
característica de la subjetividad proletaria del movimiento sindical. En este
caso, la poca pero de-terminante subsunción real de los procesos de trabajo al
capital17 es en
realidad lo único moderno en el país, y lo que permitirá la formación de
condiciones de posibilidad de las características del movimiento obrero
organizado.
b)
La consolidación de un tipo de trabajador con contrato por tiempo indefinido,
regular, necesario para aprender los nuevos y complejos sistemas laborales, y
mantenerlos ininterrumpidamen-te en marcha. Los principales centros de trabajo
fabril y minero no van a suplir al hábil artesano, portador personal del
virtuosismo laboral, pero lo van a integrar en un sistema de trabajo industrial
permanente, en lo que se ha denominado el obrero-artesano de industria. La
manera contractual que permitió la retención de esta fuerza de trabajo virtuosa
e imprescindible para poner en marcha la inversión maquinal, pero errante por
sus hábitos artesanales y agrarios, fue el contrato por tiempo indefinido, tan
característi-co del proletariado boliviano en general, y del proletariado
des-de los años cuarenta, convertido en fuerza de ley desde los años cincuenta.
Este tipo de contrato aseguró la retención del obrero de oficio, de su saber,
de su continuidad laboral y su adhesión a la empresa por largos periodos. De
hecho, ésta fue una nece-sidad empresarial que permitió llevar adelante la
efectividad de los cambios tecnológicos y organizativos dentro de la inversión
capitalista de las grandes empresas, que requerían la presencia ininterrumpida
de trabajadores disciplinados y adecuados para los requerimientos maquinales.
Pero además, en la medida en que esta condición material se interioriza como
experiencia colecti-
17\ Karl
Marx, El capital, México, Siglo XXI, 1985, capítulo VI (inédito).
357
va obrera, permitirá crear una representación
social del tiempo homogéneo y de prácticas acumulativas, que culminan un ciclo
de vida obrero asentado en la jubilación y el apoyo de las nuevas generaciones.
El
contrato por tiempo indefinido permite prever el porvenir individual en un
devenir colectivo de largo aliento y, por tanto, permite comprometerse con ese
porvenir y ese colectivo, porque sus logros podrán ser usufructuados en el
tiempo. Estamos ha-blando de la construcción de un tiempo de clase,
caracterizado por la previsibilidad, por un sentido de destino certero, y
enrai-zamientos geográficos que habilitarán compromisos a largo plazo y osadías
virtuosas en pos de un porvenir factible por el cual vale la pena luchar pues
existe, es palpable.
Nadie
lucha sin un mínimo de certidumbre de que se puede ganar, pero tampoco sin un
mínimo de convicción de que sus fru-tos podrán ser aprovechados en el tiempo.
El contrato por tiempo indefinido del obrero de oficio funda positivamente la
creencia en un porvenir por el cual vale la pena luchar porque, al fin y al
cabo, sólo se pelea por un futuro cuando se sabe que hay futuro.
Por
tanto, este moderno obrero de oficio se presentará ante la historia como un
sujeto condensado, portador de una temporali-dad social específica y de una
potencia narrativa de clase de largo aliento, sobre las
cuales, precisamente, se levantarán las acciones autoafirmativas de clase más
importantes del proletariado en el último siglo. La virtud histórica de estos
obreros radicará, preci-samente, en su capacidad de haber trabajado estas
condiciones de posibilidad material y simbólica para sus propios fines.
c)
Existencia de un sistema de fidelidades internas, que permi-tirá convertir en
un valor acumulable la asociación por centros de trabajo. Esto surgirá por la
implantación de un procedimiento de ascensos laborales y promociones dentro de
la empresa, basados en el ascenso por antigüedad, el aprendizaje práctico
alrededor del maestro de oficio y la disciplina laboral industrial, legitimadas
por el acceso a prerrogativas monetarias, cognitivas y simbólicas,
escalonadamente repartidas entre los segmentos obreros.
358
El épico espíritu corporativo del sindicalismo
boliviano nació, precisamente, a partir de la cohesión y mando de un núcleo
obre-ro compuesto por el maestro de oficio, cuya posición recreaba en torno a
él una cadena de mandos y fidelidades obreras, median-te la acumulación de
experiencias en el tiempo y el aprendizaje práctico, que luego era transmitido
a los recién llegados a través de una rígida estructura de disciplinas obreras,
recompensadas con el “secreto” de oficio y la remuneración por antigüedad. Esta
racionalidad en el interior del centro de trabajo habilitó la pre-sencia de un
trabajador poseedor de una doble narrativa social. En primer lugar, de
una narrativa del tiempo histórico, que va del pasado hacia el
futuro, pues éste es verosímil por el contrato fijo, la continuidad en la
empresa y la vida en el campamento o villa obrera. En segundo término, de
una narrativa de la continuidad de la clase, en tanto
el aprendiz reconoce su devenir en el maestro de oficio y el
“antiguo”, portador de la mayor jerarquía, y que ha de entregar poco a poco sus
“secretos” a los jóvenes, que harán lo mismo con los nuevos que lleguen, en una
cadena de herencias culturales y simbólicas que aseguran la acumulación de la expe-riencia
sindical de clase.
La
necesidad de anclar este “capital humano” en la empresa, pues de él depende
gran parte de los índices de productividad maquinal, y en él están
corporeizados saberes indispensables para la producción, empujó a la patronal a
consolidar definitivamente al obrero en el trabajo asalariado, a través de la
institucionaliza-ción del ascenso laboral por antigüedad.
Ello,
sin duda, requirió un doblegamiento del fuerte vínculo de los obreros con el
mundo agrario, mediante la ampliación de los espacios mercantiles para la
reproducción de la fuerza de tra-bajo, el cambio de hábitos alimenticios, de
formas de vida y de ética del trabajo, en lo que puede considerarse un violento
pro-ceso de sedentarización de la condición obrera, y una paulatina extirpación
de estructuras de comportamiento y conceptualiza-ción del tiempo social ligadas
a los ritmos de trabajo agrarios. Hoy sabemos que estas transformaciones nunca
fueron completas; que incluso ahora continúan, mediante la lucha patronal por
anular
359
el tiempo de festividad o pijcheo y
que, en general, dieron lugar al nacimiento de híbridas estructuras mentales,
que combinan racionalidades agrarias, como el intercambio simbólico con la
naturaleza ritualizado en fiestas, wajtas y pijcheos o
las formas asamblearias de deliberación, con comportamientos propios de la
racionalidad industrial, como la asociación por centro de trabajo, la
disciplina laboral, la unidad familiar patriarcal y la mercantili-zación de las
condiciones de reproducción social.
La
sedentarización obrera, como condición objetiva de la pro-ducción capitalista
en gran escala, dio lugar, entonces, a que los campamentos mineros y barrios
obreros no fueran ya únicamen-te dormitorios provisionales de una fuerza de
trabajo itinerante, como lo eran hasta entonces; permitió que se volvieran
centros de construcción de una cultura obrera a largo plazo, en la que quedó
depositada espacialmente la memoria colectiva de la clase.
La
llamada “acumulación en el seno de la clase”,18 es,
en este sentido, también una estructura mental colectiva arraigada como cultura
general, con capacidad de preservarse y ampliarse. La po-sibilidad de lo que
hemos denominado narrativa interna de clase, y la presencia de un
espacio físico de continuidad y sedimentación de la
experiencia colectiva, fueron condiciones de posibilidad simbólica y física
que, con el tiempo, permitieron la constitución de esa forma de identidad
política trascendente del conglomerado obrero, con la cual pudieron construirse
momentos duraderos de la identidad política del proletariado, como la
revolución de 1952, la resistencia a las dictaduras militares y la reconquista
de la democracia parlamentaria.
d)
Fusión de los derechos ciudadanos con los derechos la-borales resultantes del
reconocimiento por parte del Estado, a partir de los años cuarenta, de la
legitimidad de la organización sindical. Inicialmente, a excepción de las
sociedades de socorro fomentadas por la patronal, las organizaciones laborales
fueron sistemáticamente desconocidas por el empresariado y personal del Estado.
Sólo la presión, la persistencia y la fuerza de masa
18\ René
Zavaleta, Las masas en noviembre, La Paz, Juventud, 1985.
360
obligaron a empresarios y funcionarios
gubernamentales a reco-nocer como interlocutores válidos a las federaciones y
sindicatos. Sin embargo, desde finales de la década de los años treinta, fue el
propio Estado quien comenzó a tomar la iniciativa de promover la organización
sindical, a validarla oficialmente y a potenciarla como mecanismo de
negociación tripartito, junto a la patronal. Ya desde 1936, el gobierno decreta
la sindicalización obligatoria; posteriormente, otros gobiernos promovieron la
estructuración de organizaciones sindicales con carácter nacional como la
Con-federación Sindical de Trabajadores de Bolivia (cstb)
en 1939, la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (fstmb)
en 1944, la Confederación General de Trabajadores Fabriles de Bolivia (cgtfb)
en 1950, etcétera. El sindicalismo emergerá en el escenario como creación
autónoma, pero también como iniciati-va tolerada y luego apuntalada por el
propio Estado. Esta doble naturaleza del sindicato, llena de tensiones
permanentes, contra-dicciones y desgarramientos que inclinan la balanza hacia
la auto-nomía obrera, en unos casos, o hacia su incorporación estatal, en
otros, atravesarán su comportamiento en las décadas posteriores.
Con
todo, desde entonces y hasta 1985, el sindicato será la forma legítima del
acceso a los derechos públicos, con lo que la nación del Estado, la hegemonía
estatal y sus preceptos ho-mogeneizadores se expandirán, a través de los
sindicatos, en los enormes tumultos de emigrantes del agro que marchan a las
ciu-dades y fábricas. El hecho de que el sindicato asuma la forma de ciudadanía
legítima ha de significar que, a partir de entonces, los derechos civiles, bajo
los cuales la sociedad busca mirarse como colectividad políticamente
satisfecha, tienen al sindicato como espacio de concesión, de dirección, de
realización, además de que el propio sindicato aparece como la red organizativa
de la forma-ción y acumulación de un capital político específico.19
19\
Stéphane Beaud y Michel Pialoux, Retour sur la condition ouvrière, Paris,
Fayard, 1999.
361
Desde entonces, ser ciudadano es ser miembro de un
sindi-cato. Ya sea en el campo, la mina, la fábrica, el comercio o la
acti-vidad artesanal, la manera de adquirir identidad palpable ante el resto de
las personas y de ser reconocido como interlocutor válido por las autoridades
gubernamentales es por medio del sindicato. Ahí queda depositada la
individualidad social plausible, y el sin-dicato se erige como el interlocutor
tácito entre sociedad civil y Estado, pero con la virtud de que se trata de una
ciudadanía que permanentemente reclama su validación en las calles, en la
ac-ción tumultuosa de la fuerza de masa, que es en definitiva, desde la
insurrección de abril de 1952, el lenguaje de la consagración ciudadana en y
por el Estado.
Sobre
esta base estructural es que los trabajadores pudieron producir esa forma
singular de presencia histórica llamada “mo-vimiento obrero” que, en el fondo,
es una forma de autoagrega-ción con fines de movilización práctica, una
estructura cultural de filiación colectiva, de sedimentación de experiencias
comunes, un sentido de la historia imaginada como compartida, unas rutinas
institucionales de verificación de existencia del colectivo y unos símbolos que
refrendan cotidianamente el espíritu de cuerpo.
La
formación histórica de esta manera de existencia colecti-va fue un proceso social
que, atravesando revoluciones, persecu-ciones, congresos, mártires y
documentos, tuvo como punto de partida y de llegada insoslayable el centro de
trabajo. De ahí la primera característica básica de esta forma de movilización
social. En la medida en que el sindicato obrero supone un tipo de traba-jador
asalariado perteneciente a una empresa con más de veinte obreros (exigencia de
ley) y con contrato por tiempo indefinido (costumbre), la forma sindicato tiene
como célula organizativa la empresa. El sindicato es, entonces, una unidad y, a
la larga, la identidad obrera por centro de trabajo. Claro, en tanto la
pre-sencia visible y pública del trabajador va siendo asumida por el sindicato
de empresa, y desechando otras formas organizativas (como las barriales,
deportivas, culturales, etc.), el sindicato se va constituyendo en el referente
identitario de la condición obrera, capaz no sólo de engendrar una narrativa
cohesionadora de sus
362
miembros, sino también de convertirse en centro de
atracción y porvenir de los otros conglomerados sociales no sindicalizados.
Esto
ha de marcar internamente la dinámica de la base or-ganizativa del movimiento
obrero. Su fuerza, su expansión y su durabilidad son directamente
proporcionales a la consistencia, amplitud y diversificación de las plantas
productivas instaladas bajo modalidades de subsunción real, contrato indefinido
y acu-mulación vertical, y es por ello que se puede asociar la formación del
movimiento obrero con una de las fases de la expansión del capitalismo, y un
modelo de regulación y acumulación del capital. No es raro, entonces, que el
ocaso de esta forma particular de la identidad obrera venga de la mano de la
modificación técnico-organizativa de los modos de gestión y regulación
empresarial, que precisamente están haciendo desaparecer la gran empresa, el
contrato por tiempo indefinido, el ascenso por antigüedad, ampliando
enormemente el segmento obrero que, precisamente esta forma sindicato,
no tomó en cuenta en su política de agrupa-miento y filiación.
La
segunda característica de esta forma de existencia social de
las clases trabajadoras viene también de este anclaje estructural: la formación
de un discurso unificador y un horizonte de acción central en torno al litigio
por el valor histórico-moral de la fuerza de trabajo. Ya que la empresa es el
nodo articulador de la filiación social, el material primario que identifica a
todos como miembros de una empresa es la venta de la capacidad de trabajo, el
salario. Es claro que ello marca de manera fundamental los motivos de la
agregación y las pautas de la reivindicación mediante las cuales el grupo se
hará visible públicamente. Sin embargo, esto no limita necesariamente el
horizonte de acción social colectiva en torno a una economía política del
salario. El hecho de que la lucha en torno al salario sea el centro de las
demandas movilizadoras, o una entre otras; el que el salario sea tratado como
una economía de regateos mercantiles entre propietarios privados
corporati-vamente representados (asociación de empresarios/sindicatos), o como
una técnica de autovalorización del trabajo, esto es, de reapropiación del
resultado común del trabajo social, dependerá
363
de las maneras particulares en que la relación
salarial sea trabajada y significada históricamente por los trabajadores.
En
el caso del sindicalismo obrero, es claro que el salario nunca fue posicionado
como único referente aglutinador y mo-vilizador; a lo largo del tiempo, siempre
ha venido acompañado de la búsqueda de formas complejizadas del valor social de
la fuerza de trabajo (por ejemplo, derechos sociales), de demandas políticas
(cogobierno, fuero sindical, democracia política, etc.), y gestión del bien
público (nacionalización de la gran minería, modificación de políticas
gubernamentales, etc.). Sin embargo, también es cierto que el salario y una
economía política del valor de la fuerza de trabajo han jugado un papel central
en la cons-trucción de la identidad obrera, de su institucionalización y su
modo de interpelar a los poderes dominantes. La mirada del sa-lario como
regateo de mercaderes, por lo general prevaleció por encima del salario como
reapropiación de la capacidad creativa del trabajo (la autovalorización), y de
ahí que haya sido un movi-miento obrero con una débil interpelación a las redes
de poder intraempresarial, a las formas de gestión productiva y a los usos
tecnológicos en la producción.
Con
todo, esta fortaleza cohesionadora por empresa lenta-mente irá cimentando la
tercera característica de esta forma de movilización social: una sólida
estructura organizativa que, sos-tenida por la consistencia de la identidad por
centro de trabajo, abarcará el territorio nacional, en una extensa y tupida red
de mandos jerarquizados por rama de oficio, de múltiples ramas de oficio, por
departamento y, por último, a escala nacional.
La
Central Obrera Boliviana (cob),
fruto de este poderío de interunificación laboral, ha sido la única estructura
de moviliza-ción de efectiva dimensión nacional creada por los trabajadores y,
ésta fue otra de sus virtudes, con un sistema de prácticas orga-nizativas y
estructuras materiales (edificios, documentos, aportes) duraderamente
institucionalizados.
Asambleas
por centro de trabajo, direcciones por empresa, congresos de sector, congresos
departamentales, congresos na-cionales ampliados, direcciones por rama, por
departamento y en
364
el ámbito nacional fueron la escenificación
institucional de una trama de participación y deliberación que logra abarcar a
la parte más significativa del proletariado boliviano, y cuya materialidad y
peso en la experiencia social, pese a su sistemático desmante-lamiento por las
elites dominantes, sigue aún pesando notable-mente en las prácticas
organizativas de las nuevas experiencias de organización social de las clases
subalternas.
Esta
red organizativa, estas técnicas de delegación controlada de autoridad, y estos
medios materiales de la existencia de la co-lectividad arraigaron de manera
duradera un sentido de pertenen-cia y de participación capaz, no sólo de
permitir la consolidación de una cultura organizativa arraigada en la
cotidianeidad de la actividad laboral de los obreros, sino además de la
continuidad en el tiempo de una trayectoria social de clase capaz de
sobrepo-nerse a las persecuciones militares, los despidos empresariales, las
masacres y sanciones con las que el Estado continuamente sancionará la solidez
de la autonomía obrera. Paralelamente, esta estructura organizativa funcionará
como un sistema de mandos y jerarquías centralizado a escala, primero de rama
de trabajo (Federaciones y Confederaciones) y, luego, en el ámbito nacional
(la cob), de amplia
eficacia en la movilización de sus afiliados.
La
cuarta característica es una fuerza de masa movilizable y disciplinada en torno
a los mandos jerárquicos por centro de tra-bajo, rama de oficio y dirección
nacional. No toda estructura de organización y participación a escala
departamental o nacional es inmediatamente una fuerza de masa movilizable. Esto
requie-re una forma particular de acumulación de experiencias que, en el caso
del movimiento obrero, se presentará con la fuerza de un dogma virtuoso de la
formación de la clase.
Las
justificaciones no son pocas para esta manera tan compac-ta de
autorrepresentación de las clases subalternas. El hecho de que los obreros
descubran que la acción conjunta y disciplinada amplía los márgenes de
posibilidad de sus demandas es una ex-periencia general de todos los
trabajadores asalariados confron-tados a las competencias del mercado de
trabajo, que devalúan permanentemente la medida histórico-moral de la mercancía
365
fuerza de trabajo que ellos poseen. Pero que la
unidad de la clase se presente como un prejuicio de masas institucionalizado en
una sola organización nacional y, además, bajo la forma de sindicato, requiere
unas singulares maneras de procesar las reglas del mer-cado laboral y del
devenir de la autovalorización.
Para
que la unidad de la clase, y luego la unidad de lo popular, se
institucionalizaran en una sola estructura sindical nacional, y en unos hábitos
de disciplina interna jerárquicamente escalonada, fue necesaria, no sólo una
irrupción victoriosa de lo obrero y lo popular fusionados, tal como sucedió en
la insurrección de abril de 1952, sino que además fue decisivo que la
experiencia orga-nizativa de este acontecimiento fundacional de lo “popular” se
diera en tanto disciplina sindical, que será precisamente el modo de
articulación de las estructuras militarizadas obreras y plebeyas que derrotarán
en tres días al ejército oligárquico. Aquí hay enton-ces la fundación de un
hito de la acción de la masa, que obtiene su triunfo social mediante la
movilización conjunta en torno al sindicato, y a una estructura de mandos y
fidelidades claramente delimitados en torno a la institucionalidad estatal. La
cultura de los pliegos petitorios, que agregan demandas sectoriales de varios
centros de trabajo y luego de varios sectores sociales en un solo documento,
vendrá a refrendar anualmente una memoria colec-tiva del entretejimiento de
demandas y acciones como modo de reconstruir la unidad de la masa.
De
ahí que el devenir posterior del sindicato unitario, y sus prácticas de
disciplina sindical escalonada como forma de iden-tidad de clase, no sean
simplemente una remembranza de este hecho iniciador; en gran parte también
serán la reactualización, aunque ya no victoriosa, sino sufriente y dramática,
de este aglu-tinamiento obrero para soportar, resistir o bloquear el paso de
las dictaduras, los despidos y las masacres, y de renovados flujos de
reconocimiento entre las bases y los dirigentes.
La
disciplina se presenta así como una experiencia marcada por las mejores
conquistas de la clase (la revolución) y la defen-sa de la posición de clase
(la resistencia a las dictaduras); se trata entonces de un comportamiento
premiado por la historia de la
366
conquista de la ciudadanía de la clase. Esto
permitirá, por tanto, la habilitación de una certeza de movilización, a saber,
el núme-ro mínimo de afiliados movilizables detrás de una demanda que, en el
terreno de la negociación, brinda una poderosa fuerza de disociación del
adversario.
El
hecho de que el devenir colectivo haya recompensado a un sistema de mandos no
significa que éste pueda ejercerse impune-mente. Su permanencia requiere de una
serie de prácticas orga-nizativas internas, que constituyen la quinta
característica de esta forma de acción histórica. Una de estas
prácticas es la democracia asamblearia y deliberativa que se
ejercita al interior de cada una de las estructuras jerárquicas del sistema
sindical.
Ya
fuera desde la asamblea de empresa, la de rama de oficio, la departamental o
nacional, los obreros supieron crear, como sus-tancia articuladora de su
interunificación, un tipo de democracia radical, que combinó de manera certera
un sentido moral de res-ponsabilidad personal con el bien común, un régimen de
control de los representantes (dirigentes) por parte de los representados
(bases sindicales), unos mecanismos periódicos de rendición de cuentas a
electores colectivos (asambleas), y una virtud cívica de intervención
generalizada de los sindicalizados en la formación de la opinión pública y la
elaboración del horizonte de acción, que conformaron las culturas democráticas
modernas más arraigadas y duraderas en la sociedad boliviana. Esto no elude la
presencia de hábitos colectivos que tienden a obstaculizar la práctica
de-mocrática ampliada, como los límites al disenso una vez delibe-radas las
razones y tomadas por mayoría las resoluciones, el uso de sutiles medios de
coacción interna, etcétera. Sin embargo, ello tampoco puede eclipsar el
desborde de una amplia gama de prácticas democráticas incorporadas como acervo
histórico de la constitución de la clase obrera.
El
sentido de la responsabilidad individual surgió en torno a la creencia, y luego
hábito memorable, de buscar las mejoras personales a través de la conquista de
mejoras para los demás miembros, ya sea de la cuadrilla de trabajo, del centro
laboral, de la rama de oficio o de todos los sindicalizados; claro que esto
367
se vio favorecido por las características técnicas
del proceso de trabajo, que exigía formas de fidelidad grupal para la
transmisión de saberes, pero el hecho de que esta posibilidad técnica haya
de-venido prejuicio de clase fue ante todo una creación de la propia identidad
de la clase obrera.
Por
su parte, la cultura deliberativa al interior de la democra-cia asambleísta
resultaba, no sólo de la convergencia verificable de iguales (el gran déficit
contemporáneo de la democracia li-beral), en tanto portadores de fuerza de
trabajo, que otorgaba a cada trabajador la certidumbre de la validez de su
opinión en el conjunto, sino de la dependencia de los representantes respecto
al temperamento y decisión de los representados, que obliga a que las
decisiones que ellos tomen sean producto de un consenso discursivo entre las
bases sindicalizadas y no una arbitrariedad de los dirigentes. Pero además,
dado que los dirigentes tienen supeditados una buena parte de sus gastos y
actividades a los aportes de las bases, hay un vínculo material de los
dirigentes hacia las bases, que limita aún más la posibilidad de decisiones
autónomas de los primeros. En este sentido, son conocidas las sesiones de
asambleas obreras de evaluación crítica de la acción de los dirigentes, donde
éstos rinden cuentas de sus acciones ante la colectividad, con riesgo de
censura o destitución, y donde se elaboran los pasos siguientes del movimiento
sindical, a través de una lista interminable de oradores, que permite la
creación consensuada de los puntos de vista que habrán de presentar pú-blicamente
como colectividad.
Ha
sido el ejercicio de estas prácticas democráticas lo que ha sostenido una
eficaz maquinaria de movilización social autónoma articulada desde los centros
de trabajo y, hasta cierto punto, la existencia práctica, más que reflexiva, de
una manera distinta de gestionar los asuntos públicos y de soberanía política.
Y
éste es el sexto componente de la forma sindicato. Tal como fue
constituyéndose, la estrategia de acción política del movimien-to obrero estuvo
profundamente influenciada por el horizonte estatal, no en el sentido de
apetencia estatal, sino de supeditación a la normatividad y lectura que el
Estado nacionalista expedía.
368
Las prácticas de soberanía política que se
estructuraron en torno al sindicato, por lo general estuvieron restringidas al
ámbito de las estrategias y la intensidad del litigio frente al Estado, y no
tan-to en la perspectiva del fin de la querella o del desconocimiento radical
del reclamo, que hubiera supuesto la asunción del papel de soberano y dirimente
por parte de los trabajadores. Esto sig-nifica que entre los trabajadores se
incubó un arraigado espíritu demandante frente al Estado, belicoso por cierto,
pero enmarca-do en los marcos de significación y modernización promovidos por
el Estado nacionalista.
Surgió
así un modelo de movilización pactista e integrado a la racionalidad estatal
que, a no ser en los puntuales momentos extremos de peligro de muerte, no se
atrevió a mirarse a sí mis-mo como soberano, prefiriendo atrincherarse en la
mirada del peticionario, recreando así la legitimidad estatal, que sólo puede
existir como monopolizadora de la violencia física y simbólica legítimas,20 si
hay sujetos sociales que admiten, o soportan y re-crean, esta expropiación de
prerrogativas públicas.
Ahora,
ciertamente, esta delegación recurrente del derecho a gobernar a la pequeña
estirpe, que siempre se ha atribuido ese derecho de gobierno, no es sólo
resultado de una interiorización prerreflexiva de los hábitos del gobernado;
resultó también de un sistema de recompensas sociales que el sindicato pudo
recoger, mediante la institucionalización y la atemperación de su actividad
movilizadora. Los beneficios sociales, la ciudadanía sindical, los bonos
salariales, los bienes materiales del sindicato y, en general, el conjunto de
derechos sociales que obtuvo después de la revo-lución de 1952 y, precisamente,
como su prevención estructural, dieron lugar a una economía de demandas
ciudadanas (ciuda-danía sindical y derechos sociales) y concesiones políticas (legi-timidad
del Estado nacionalista e integración en sus estructuras simbólicas de
emisión), que atravesaron el temperamento de las formas sindicales de
movilización.
20\ Pierre
Bourdieu, La noblesse d’État, Paris, Minuit, 1989.
369
El movimiento obrero, y la forma sindicato bajo la
cual exis-tió, fueron entonces una síntesis intensa de tres economías, que
constituyeron la columna vertebral de esta forma de movilización e identidad
histórica: a) una economía mercantil del valor histó-rico moral de la fuerza de
trabajo; b) una economía moral de la sumisión y la resistencia; y c) una
economía política y simbólica de la autonomía y el horizonte de acción.
A
partir de la fusión de estos tres componentes internos de la existencia de la
clase obrera, la forma sindicato cíclicamen-te fue capaz de crear un espacio de
irradiación social o bloque compuesto de clases sociales. La cob,
que es el nombre de este proceso histórico, a la vez que permitió
institucionalizar y fundar el diagrama de la narrativa de la clase obrera,
contribuyó a que otras clases subalternas adquirieran una existencia pública y
una sedimentación histórica verificable. La cob fue
una trama de la autoconstrucción de clases sociales, pero en torno a los
símbo-los, los códigos y los parámetros organizacionales del movimien-to
obrero. La filiación sindical borró o desplazó otras formas de autoorganización
de los subalternos; las prácticas deliberativas fueron imitadas parcialmente
por los otros componentes, en tanto que el discurso y la disciplina obrera por
centro de trabajo fue-ron integradas como acervo colectivo por un espectro
mayor de fracciones y clases sociales, adecuándolas, por supuesto, a sus
propios fines y habilidades.
La forma
masa, que según René Zavaleta fue el modo de la pre-sencia activa de la
centralidad obrera y su irradiación,21 no sólo se mostró en el
momento de la movilización plena de la cob (1970-1971/1978-1981/1982-1985),
sino también en la movilización de unos pocos sindicatos o de la cob como
centro convocante, aglu-tinador y representante del levantamiento de múltiples
sectores des-sindicalizados o portadores de otras fidelidades corporativas no
específicamente sindicales, como lo que sucedió con la pobla-
21\
René Zavaleta, Las masas en noviembre, op. cit. Véase también
el estudio de las diferencias que propone Zavaleta entre “forma masa”, “forma
clase” y “forma multitud”, en Luis Tapia, “La producción del conocimiento
local; historia y política en la obra de Zavaleta”, Tesis de doctorado
(inédita), 1997.
370
ción indígena-urbana en torno a los sindicatos
mineros en 1981, o con la población civil paceña en 1979, a partir de la
convocatoria a la huelga indefinida decretada por la cob.
Cada
una de estas compactaciones de bloques de clases socia-les son singularidades
históricas, excepcionalidades que articu-lan, espacial y geográficamente, lo
obrero en torno al sindicato, lo popular asalariado en torno a lo obrero y lo
plebeyo en torno a lo sindical, rompiendo el diagrama de fuerzas estatales y
creando un punto de inflexión en la estructura de legitimidad gubernamental. De
ahí la carga eminentemente política de este tipo de articulación social, que
dio lugar a grandes modificaciones de la vida políti-ca nacional; en unos casos
a procesos de democratización social (1978-1982) y en otros de regresión
conservadora (1971, 1985), dependiendo de la densidad y la continuidad
propositiva de este “bloque histórico compuesto” (Zavaleta).
II.
La forma multitud
En
los últimos trece años, todo el basamento que hizo de los sin-dicatos y
la cob el núcleo
de las identidades subalternas urbanas ha sido desmontado sistemáticamente. No
se trata de que ahora ya no haya obreros, o de que no haya dirigentes
radicales, o de que se haya caído el muro de Berlín. En realidad, la historia
social se sostiene en hechos más poderosos que los prejuicios.
Nuevo modelo de
desarrollo empresarial
Si
bien en términos técnico-productivos Bolivia sigue siendo, co-mo hace décadas,
un espacio geográfico donde se superponen ra-cionalidades productivas,
técnicas, laborales y formas asociativas correspondientes a diferentes épocas
históricas y civilizaciones (la capitalista, la comunal, la campesina, la
doméstica artesanal, etc.); y si, igualmente, como hace siglos, seguimos siendo
un país pre-dominantemente exportador de materias primas (gas, petróleo,
minerales, soya, etc.), el modo de articulación parcial o defectuosa
371
entre esas estructuras productivas modernas y
tradicionales ha variado notablemente.
Hasta
los años ochenta del siglo XX, en correspondencia con el modelo de
desarrollo fordista prevaleciente a escala mundial, las elites
dominantes en Bolivia, a su modo híbrido y retardado, em-prendieron procesos de
sustitución de importaciones, ampliación del mercado interno de consumidores y
productores, conversión de campesinos autosuficientes en propietarios y
asalariados, di-versificación de la base productiva a partir de la intervención
del Estado en la creación de empresas, gestión del salario a través de derechos
sociales, etcétera. En el horizonte, para empresarios, gobernantes, opositores,
intelectuales y financiadores externos, se asomaba una lenta disolución de las
estructuras productivas tradicionales, consideradas como resabios temporales de
lo que tendría que dar paso a la “modernidad” del trabajo asalariado, la gran
industria, las grandes concentraciones de obreros de cuello azul, el mercado de
productos y tierras, el comercio generalizado y la homogeneidad cultural y
consumista regulada por un Estado protector socialmente, y empresarial
económicamente.
Hoy
día, este modelo ya no va más. Aunque el Estado mantie-ne una fuerte
intervención en el ámbito de la regulación del precio de la fuerza de trabajo,
de la seguridad para las inversiones, de la norma del precio del dinero y el
ahorro público, ha sido des-pojado de sus funciones propietario-empresariales,
por lo cual ya no se hace cargo de la generación de excedentes económicos, ni
controla las ramas productivas más decisivas de la economía capitalista local.
Las áreas económicas de mayor inversión de capital, de mayor generación de
excedentes y de más intensa ar-ticulación con el mercado mundial están en manos
de capitales transnacionales, que se han convertido en el principal agente de
promoción de la economía moderna.22
La
llamada “burguesía nacional”, en sus vertientes de burgue-sía de Estado y de
burguesía afincada en el mercado interno, es un
22\
Unidad de Análisis de Políticas Sociales y Económicas (udape), Bolivia:
pros-pectiva económica y social 2000-2010, La Paz, pnud,
2000.
372
sector empresarial subalterno, reducido a pequeñas
actividades artesanal-comerciales; en tanto que las burguesías exportadoras
(mineras, agroindustriales) junto con la bancaria, han integrado su destino
como socios minoritarios y técnicamente serviles de la gran inversión
extranjera, que no ha abierto nuevas áreas econó-micas, sino simplemente ha
desplegado la colonización intensiva de aquellas que ya fueron habilitadas por
la intervención del Es-tado: petróleo, gas, telecomunicaciones, electricidad,
transporte aéreo, ferrocarriles y banca.
Sin
embargo, lo novedoso en esta remodelación de la econo-mía boliviana no es sólo
el cambio en el régimen de propiedad y concentración del capital; lo es también
la modalidad de concen-tración técnica de esa inversión.
El
modelo fordista, o en su vertiente latinoamericana de “sus-titución de
importaciones”, supuso un tipo de acumulación ex-tensiva basada en la creación
de grandes factorías, que acoplaban distintas funciones laborales y agregaban
enormes contingentes de trabajadores en ámbitos territoriales compactos. Hoy,
la in-versión extranjera y local está desplegando, en cambio, un mo-delo
desagregado de inversión técnica y de ocupación laboral. Los procesos
productivos en general, como los de la minería, el petróleo y la industria, han
sido fragmentados en pequeños nú-cleos de inversión intensiva de capital y
reducida fuerza de trabajo asalariado. En áreas como las del comercio y la
banca se ha dado una descentralización de tareas.
Está
surgiendo así un modelo económico, técnica y poblacio-nalmente atomizado en
pequeños centros de trabajo articulados en red, de manera horizontal, entre
sectores de economía moder-na mercantilizada, pero además, y éste es el tercer
componente novedoso de la estructura económica actual, también articulado
verticalmente, con áreas de economía tradicional artesanal, fa-miliar y
campesina por varias vías: compra-venta de fuerza de trabajo temporal precaria,
bajo consumo empresarial temporal; compra-venta de fuerza de trabajo en la
forma de productos se-mielaborados, que luego son integrados a procesos
industriales o comercial-empresariales; consumo de productos industriales,
373
como parte de la reproducción de la economía
campesina comu-nal y de las unidades económicas doméstico-artesanales urbanas;
acceso a mercancía-dinero a través de crédito y ahorro; y, por último,
confiscación, expropiación empresarial, de las condicio-nes de reproducción
vital de la sociedad (agua, tierra, servicios básicos). La particularidad que
asumen estos nuevos vínculos de dominación, entre estos dos niveles de la
estructura social dualiza-da de la sociedad boliviana, es decisiva para
entender las actuales modalidades de la actual reconstitución del tejido social
plebeyo.
A
diferencia de lo que sucedía a mediados del siglo pasado, cuando el ideal de
modernización pasaba por la erosión paulatina de los sistemas tradicionales de
economía campesina, artesanal y comunal, hoy la banca, la industria, el gran
comercio, la gran minería privada, la agroindustria de exportación, cada uno a
su modo, ha refuncionalizado el uso de sistemas laborales, asociati-vos y
culturales de la economía campesina, artesanal, doméstico-familiar para la
obtención de materia prima (leche, lana, soya, tri-go, arroz, minerales, coca);
para la elaboración de partes de com-ponentes del producto total (joyas en oro,
zapatos, textiles, pasta base); para el abastecimiento de fuerza de trabajo
temporal y la tendencia a la baja del salario urbano (petróleo, industria); o
para la obtención de tasas de interés superiores al promedio (banca).
En
la medida en que el proyecto de desarrollo capitalista des-plegado por las
reformas liberales ha reforzado una estructura económica caracterizada por
pequeños nodos de modernización técnica y organizativa, que articulan
verticalmente una gigantesca gama de actividades, tecnologías, saberes y redes
organizativas económicas tradicionales, artesanales, campesinas y familiares,
se ha creado un régimen de acumulación híbrido y fractalizante de una lógica de
escasa “modernización” de enclaves económicos transnacionalizados (minería,
banca, petróleo, telecomunicacio-nes, cocaína), sobrepuesta y parcialmente
articulada, bajo moda-lidades de exacción, dominación y explotación a
estructuras eco-nómicas no modernas de tipo agrario-comunal,
pequeño-campe-sina, artesanal, microempresarial, doméstico-familiar, etcétera.
Se puede decir que el modelo de desarrollo contemporáneo es una
374
integración defectuosa de mayoritarios espacios de
subsunción formal en torno a pequeños, pero densos y dominantes espacios de
subsunción real23 de
estructuras laborales, de circulación y consumo bajo el capital.
Reconfiguración
de las clases sociales, de los modos de dominación política y de las
resistencias
Las
transformaciones en los procesos técnico-organizativos de la economía han
venido acompañadas de modificaciones en la com-posición técnica y la
composición política de las clases populares. En particular, la más afectada
fue la clase obrera.
El
número de trabajadores asalariados y de personas que tie-nen que mercantilizar
alguna capacidad productiva para reponer sus fuerzas es hoy dos veces mayor que
el de hace quince años, cuando el sindicalismo era el eje en torno al cual
giraba el país. Lo que sucede es que las condiciones de posibilidad material y
simbólica sobre las que se levantaron la forma sindical y la
trayec-toria del antiguo movimiento obrero hoy ya no existen.
Las
grandes empresas y ciudadelas obreras, que forjaron una cultura de agregación
corporativa, han sido sustituidas por nu-merosísimas medianas y pequeñas
fábricas capaces de extender el trabajo industrial hasta el domicilio,
produciendo un efecto de desagregación social contundente y fragmentación
material de la fuerza de masa del trabajo.24 El
contrato fijo, que sostuvo el sentido de previsibilidad, es hoy una excepción
frente a la sub-contratación, la eventualidad, el contrato por obra, que
precariza la identidad colectiva y promueve el nomadismo laboral, limita-do en
su capacidad de forjar fidelidades a largo plazo,25 dando
lugar, por una parte, a una “hibridación” (Bajtin) de la condi-
23\ Karl
Marx, El capital, op. cit.
24\
Pablo Rossell y Bruno Rojas, Ser productor en El Alto, La Paz,
Centro de Estu-dios para el Desarrollo Laboral y Agrario (cedla),
2000.
25\
Carlos Arze, “Empleo y relaciones laborales”, en Bolivia hacia el siglo
XXI, La Paz, Postgrado en Ciencias del Desarrollo (cides),
Coordinadora Nacional de Redes (cnr),
Academia Nacional de Ciencias (anc), pnud y cedla,
1999; tam-
375
ción de clase, y a la emergencia de “identidades
contingentes”26 de
los trabajadores según la actividad, los oficios laborales, los entornos
culturales donde se encuentren transitoriamente, y la dinámica de “contornos
difusos” entre el espacio del trabajo y del no trabajo.27 La
transmisión de saberes por estratificaciones laborales estables y los ascensos
por antigüedad van siendo sus-tituidos por la polivalencia, la rotación del
personal y el ascenso por mérito y competencia, quebrando la función del
sindicato como mecanismo de ascenso, estabilidad social28 y
la estructura de mandos disciplinados, tan propios de la antigua forma
sindi-cal de movilización.
Por
último, el sindicato ha sido proscrito de la mediación legí-tima entre Estado y
sociedad, para ser lentamente sustituido por el sistema de partido, erosionando
aún más la eficacia representa-tiva que antes poseía, en la medida en que era
el mediador político y el portador de ciudadanía.29 En su
sustitución arbitraria, pero a la vez inestable, se ha levantado un sistema de
partidos políticos que ha llevado a la dualización de la vida política, entre
una elite que se reproduce endogámicamente en la posesión privativa de la
gestión del bien público, y una inmensa masa votante clientelizada y sin
capacidad real de intervenir en la gestión del bien común.
En
este ambiente, la precariedad simbólica, resultante de una precariedad
institucionalizada, se alza como temperamento social que potencia un sentido
común de imprevisibilidad a largo plazo,
bién,
del mismo autor, Crisis del sindicalismo boliviano: consideraciones
sobre sus determinantes materiales e ideológicas, La Paz, cedla,
2001.
26\
Homi Bhabha, The Location of Culture, New York, Routledge,
1994; Pnina Werbner y Tariq Modood, (eds.), Debating Cultural Hybridity:
Multi-cultural Identities and the Politics of Anti-racism,
London, Zed Books, 1997.
27\
Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz: la precariedad del trabajo en la era
de la glo-balización, Barcelona, Paidós, 2000.
28\
Álvaro García Linera, Estructuras materiales y mentales del
proletariado minero, op. cit.
29\
Patricia Chávez, “Los límites estructurales de los partidos de poder como
es-tructuras de mediación democrática: Acción Democrática Nacionalista en el
Departamento de La Paz”, Tesis de Licenciatura, Carrera de Sociología, umsa,
2000.
376
ausencia de narrativa colectiva, individualismo
exacerbado y fa-talismo ante el destino, que erosiona, por hoy, el “sentimiento
de pertenencia a una comunidad de destino”,30 como
el que logró articular el antiguo movimiento obrero boliviano.
La
certeza de que hay que pelear juntos para mejorar la situa-ción de la vida
individual se hunde poco a poco, dando lugar, de manera mayoritaria, pero no
absoluta, a un nuevo precepto de la época, según el cual es mejor acomodarse
individualmente a las exigencias patronales y gubernamentales para obtener
algún beneficio, con lo que la larga cadena de dispositivos objetivos de
sumisión y de intimidación se pone en movimiento, para in-teriorizar en la
subjetividad asalariada la reticencia (temporal) a modificar su situación
mediante la acción conjunta, a través de la solidaridad. Surge así una nueva
calidad material compleja de la identidad y la subjetividad del trabajador
contemporáneo.
Es
la muerte de la cob,
esto es, del sentido, de las condiciones y las proyecciones de la acción en
común obrera que prevalecieron durante cuarenta años, pero también de la manera
de inclusión del sindicato en la composición estatal. Es la muerte, entonces,
no del sindicalismo, sino de una particular manera material y simbólica de ser
del sindicalismo, que ya no existe ni va a existir más. Es también la muerte
de una forma de la condición obrera y del movimiento obrero, y
no del Movimiento Obrero, que en los siguientes años podrá adoptar otras formas históricas.
La antigua interunificación en sus formas, sus modalidades y características ya
no existe, y evocarla o desearla hoy es un tributo al idealismo ingenuo, que
cree que basta enunciar las ideas para que ellas se hagan efectivas.
En
conjunto, en la última década asistimos a la disolución de la única y duradera
estructura de unificación nacional con efec-to estatal que produjeron las
clases trabajadoras, abriendo un largo periodo de pulverización de demandas y
agregaciones de los sectores dominados de la sociedad boliviana, pero, a la
vez, a una lenta y multiforme reconstitución de identidades laborales,
30\ Stéphane
Beaud y Michel Pialoux, Retour sur la condition ouvrière, op. cit.
377
a partir, y por encima, de esta fragmentación que
en la siguiente década podrían poner en pie nuevas formas históricas del
movi-miento obrero y de agrupamiento de las clases laboriosas.
Pero
la disolución de las condiciones de posibilidad de la for-ma sindicato también
han sido, en parte, las condiciones de posi-bilidad del surgimiento de otras
formas de interunificación social y de acción colectiva. Claro, la
fragmentación de los procesos de trabajo, la muerte del obrero de oficio, con
su cadena de mandos y fidelidades corporativas, y la sustitución del sindicato
como me-diador político, han demolido la forma de unificación nacional por
centro de trabajo y legitimidad estatal, pero, en la medida en que no han sido
sustituidos por otras estructuras de filiación social, de identidad colectiva
duradera, ni por otros mecanismos de mediación política estatalmente
reglamentados, en la última década ha habido un regreso o fortalecimiento
social de formas de unificación locales de carácter tradicional y de tipo
territorial.31
La multitud
No
vamos a detenernos aquí en las circunstancias particulares que permitieron la
emergencia de la forma multitud en las jornadas de
movilización social de enero a septiembre de 2000, existen tra-bajos detallados
al respecto.32 Lo que vamos a intentar es hacer un análisis más
estructural de esta forma de acción colectiva, que
31\ 琀l
concepto de forma multitud que ahora vamos a proponer difiere
del pro-puesto por Zavaleta. Él, por lo general, trabajó este concepto en
relación con el comportamiento del proletariado como sujeto espontáneo, como
“plebe en acción y no como clase”. Sobre esto, véase René Zavaleta, “Forma
clase y forma multitud en el proletariado boliviano”, en René Zavaleta
(comp.), Bolivia hoy, México, Siglo XXI, 1983; también, del mismo
autor, Las masas en noviembre, op. cit.
\ 琀osotros
en cambio, hemos de trabajar la multitud como bloque de acción
co-lectiva, que articula estructuras organizadas autónomas de las clases
subalternas en torno a construcciones discursivas y simbólicas de hegemonía,
que tienen la particularidad de variar en su origen entre distintos segmentos
de clases subal-ternas.
32\
Luis Tapia, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada y Álvaro García Linera, El
retorno de la Bolivia plebeya, La Paz, Comuna, 2000; Tom
Kruse y Humberto Vargas, “Las
378
se presenta de manera recurrente en la historia
social boliviana, aunque con características diferentes en cada contexto.
1) Modo
de unificación territorial y flexible. En la medida en que gran parte
de las unificaciones por centro de trabajo han sido atacadas por las políticas
de flexibilización laboral, libre contrata-ción y fragmentación productiva,
formas preexistentes de orga-nización territorial, como las juntas vecinales,
los sindicatos por jurisdicción (campesinos y gremiales), o asociaciones por
rama de oficio, han adquirido una relevancia de primer orden. Ante-riormente
opacadas por el sindicalismo de empresa, el debilita-miento de éste ha dado
paso a un mayor protagonismo de estas estructuras unificadoras. Se pensó que,
tras el desmantelamiento de las estructuras de unificación nacional como
la cob, se asisti-ría
a un largo proceso de desorganización social, susceptible de ser disciplinada y
capturada por instituciones clientelistas como partidos, organizaciones no
gubernamentales (ong) o la Iglesia.
Sin embargo, el desmoronamiento de las antiguas estructuras de movilización
nacional con efecto estatal ha mostrado una multi-facética, compleja y
generalizada urdimbre organizativa de la so-ciedad subalterna, enraizada en
ámbitos locales de preocupación.
Pero
además, en tanto uno de los ejes de la estrategia neolibe-ral de
reconfiguración de la generación de excedente económico es el que se refiere a
la subsunción de valores de uso por la lógica del valor de cambio o, lo que es
lo mismo, la mercantilización de las condiciones de reproducción social básica
(agua, tierra, ser-vicios), anteriormente reguladas por lógicas de utilidad
pública (local o estatal), las riquezas sociales directamente involucradas en
esta expropiación son precisamente las que tienen una función territorial, como
la tierra y el agua, creándose así las condiciones de posibilidad material para
la reactivación práctica de nuevas estructuras de unificación, emergentes de
los nuevos peligros. Este es el caso de las Asociaciones de Regantes que,
asentándose
victorias
de abril: una historia que aún no concluye”, en Observatorio Social de América
Latina, No. 2, 2000.
379
en muchos casos en conocimientos y habilidades
organizativas tradicionales practicadas desde hace siglos,33 pero
adecuadas a las nuevas necesidades, han creado medios de agrupamiento y de
filiación modernos, para defender la gestión del agua según “usos y
costumbres”.
Por
lo general, estos núcleos de agrupamiento tienen una vida activa en términos
locales, por su corta edad, o han sido arrin-conados a un estrecho marco, a
raíz de la creciente proscripción estatal de la lógica política corporativa,
que guió la relación entre Estado y sociedad desde los años cuarenta del siglo
XX. Sin em-bargo, la persistencia, la amplitud, la propia herencia colectiva e
individualizada de acción general, y la propia generalidad de la agresión
localmente soportada han ayudado a que estos nodos puedan crear una extensa red
de movilización y acción común, primero regional, luego provincial y, por
último, departamental.
La
Coordinadora del Agua y de la Vida, nombre regional y temporal de una de las
maneras de manifestación de la forma mul-titud, es una red, primero
de acción comunicativa —en un sentido parecido al propuesto por
Habermas—,34 de tipo horizontal, en la medida en que es el
resultado de la formación, de manera prác-tica, de un espacio social de
encuentro entre “iguales”; los afecta-dos por la problemática del agua, con
iguales derechos prácticos de opinión, intervención y acción, y que a través de
complejos y variados flujos comunicacionales internos van creando un discur-so
unificador, unas demandas, unas metas y unos compromisos, para lograrlos de
manera conjunta. En segundo lugar, es una red de acción práctica con capacidad
de movilización autónoma res-pecto al Estado, la Iglesia, los partidos
políticos y las ong.
33\
O. Fernández, “La relación tierra-agua en la economía campesina de Tiquipaya”,
Tesis de Licenciatura en Economía, Universidad Mayor de San Simón (umss),
1996; Gerben Gerbrandy y Paul Hoogendam, Aguas y acequias, los derechos
al agua y la gestión campesina de riego en los Andes
bolivianos, La Paz, Plural, 1998; Paul Hoogendam (ed.), Aguas
y municipios, La Paz, Plural, 1999.
34\
Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa. Tomo II,
Barcelona, Taurus, 1992.
380
Lo decisivo de esta multitud es que, a diferencia
de la mu-chedumbre, que permite agregar individualidades sin filiación o
dependencia alguna además de la euforia de la acción inmediata, ésta es
mayoritariamente la agregación de individuos colectivos, es decir, una
asociación de asociaciones, donde cada persona que está presente en el acto
público de encuentro no habla por sí mismo, sino por una entidad colectiva
local ante la cual tiene que rendir cuentas de sus acciones, de sus decisiones,
de sus palabras.
Es
muy importante tener esto en cuenta pues, a diferencia de lo que cree Habermas,
el poder de intervención en el espacio público nunca está equitativamente
repartido; hay personas e instituciones portadoras de una mayor experiencia
discursiva, de una mayor habilidad organizativa (el llamado “capital militante”
propuesto por Poupeau), que les puede permitir influir en una asamblea, un
cabildo o una reunión, e inclinar las decisiones a favor de una postura y
acallar otras. Esto se puede apreciar, por ejemplo, en las intervenciones
estridentes y en los “amarres” asamblearios mediante los cuales planifican sus
intervenciones al-gunos partidarios de estructuras políticas de la antigua
izquierda. Sin embargo, estas intervenciones de “profesionales del discurso” y
de pseudorradicalismo fácil, pues no responden ante nadie por sus actos, tienen
como muralla de su influencia la responsabilidad que tiene cada participante en
una asamblea, en sus palabras, sus decisiones y compromisos con su distrito,
con sus mandantes de barrio, comité o comunidad, que son los que, en última
instancia, aceptan o rechazan las acuerdos adoptados en las asambleas. Y estas
asociaciones, bajo cuya identidad actúan los individuos, son ante todo
organizaciones territoriales en las que reposa una buena parte de la
infraestructura comunicacional (radios y periódicos con públicos locales,
locales de reunión, zonas de bloqueo, etc.) y, ante todo, la fuerza y la
amplitud de la movilización. La mul-titud no es un arremolinamiento de
desorganizados, sino, por el contrario, una acción organizada de personas
organizadas previa-mente, como en su tiempo lo fue la cob,
sólo que ahora contando como nudos de reunión a estructuras territoriales.
381
Pero además, y esta es una virtud respecto a
la forma sindicato, si bien, tal como las hemos descrito al inicio,
las organizaciones de tipo territorial son la columna vertebral que sostiene la
acción pública, las movilizaciones y la presión social de la multitud, éstas no
crean una frontera entre afiliados y desafiliados, como ante-riormente lo hacía
el sindicato. Tanto en sus reuniones locales, departamentales, en las acciones
de masas, en las asambleas y ca-bildos, en las movilizaciones, bloqueos o
enfrentamientos, otras personas, carentes de filiación grupal (individuos) o
representan-tes de otras formas de organización (sindicatos obreros, ayllus),
también pueden intervenir, opinar, participar, etc., ampliándose enormemente la
base social de acción y legitimidad.
En
este sentido, la multitud es una red organizativa bastante
flexible, hasta cierto punto laxa que, presentando un eje de aglu-tinación
bastante sólido y permanente, es capaz no sólo de con-vocar, dirigir y
“arrastrar”, como lo hacía la cob,
a otras formas organizativas y a una inmensa cantidad de ciudadanos “sueltos”,
que por su precariedad laboral, por los procesos de moderniza-ción e
individualización carecen de fidelidades tradicionales, sino que además es una
estructura de movilización capaz de integrar a sus propias redes a la dinámica
interna de deliberación, resolución y acción, a individualidades y
asociaciones, a fin de emprender la búsqueda de un objetivo, de manera
inmediata o a largo plazo.
2) Tipo
de reivindicaciones y base organizacional. Las princi-pales demandas en
torno a las cuales han comenzado a articular-se estos centros locales de
asociación han sido las de gestión del agua, el acceso a la tierra y el precio
de los servicios básicos que, en conjunto, delimitan el espacio de riquezas
vitales y primarias que sostienen materialmente la reproducción social.
En
el caso de los trabajadores del campo, la defensa de la gestión del agua, la
tierra y la cultura de complejas redes sociales vinculadas a esta gestión, le
hace frente a los intentos de sustituir el significado concreto de la riqueza
(satisfacción de necesidades) y sus formas de regulación directas (filiación
familiar-comunal), por un significado abstracto de la riqueza (la ganancia
empresa-rial) y otros modos de regulación alejados del control de los usu-
382
fructuarios (legislación estatal). Lo novedoso y lo
agresivo de esta reconfiguración del uso de la riqueza social no radica tanto
en la mercantilización, que es frecuente en comunidades campesinas y en ayllus,
sino en que, pese a evidentes desigualdades y jerar-quías internas en la
gestión de estos recursos, el valor mercantil se convierta en sustancia y
medida, tanto de la propia riqueza, como de su control y regulación.
En
las comunidades campesinas, la mercantilización de recur-sos está normada, no
sólo por acuerdos de adhesión a la estructura comunal y al cumplimiento de
responsabilidades políticas y festi-vas, sino que además son normas que, en
mayor o menor medida, se hallan supeditadas a convenciones y acuerdos
colectivos, que subordinan el mercadeo de bienes a necesidades de reproducción
de la entidad comunitaria, fundada en otra lógica económica.
En
el caso de los trabajadores y pobladores urbanos y peri-urbanos, la lucha en
contra de la elevación del valor de los servi-cios (agua potable, electricidad,
transporte) tiene que ver con la defensa de lo que se podría denominar un
salario social indirecto, que se manifiesta a través de las tarifas de los
servicios básicos. A diferencia del salario de empresa, que el trabajador
recibe a través de remuneración o seguridad social, este salario social tie-ne
que ver con la manera en que el Estado regula la provisión de servicios
indispensables para la reproducción. El primer tipo de salario es el que más ha
sido afectado en los últimos veinte años por las reformas estructurales y el
deterioro laboral, en tanto que el segundo es el que ahora comienza a ser objeto
de disputa social y que, al afectar a las personas sin importar si trabajan en
una gran fábrica o en un taller artesanal, crea la posibilidad estructural de
una interunificación global de las fuerzas del trabajo fragmentado.
En
ambos casos estamos, en primer lugar, ante la reivindica-ción de demandas
territorialmente asentadas, pues la condición directa de usufructo de estas
riquezas viene dada por la ocupación de un espacio de territorio. En segundo
lugar, estamos ante ob-jetivos de movilización que buscan detener el avance de
la lógica mercantil y las reglas de la acumulación capitalista en áreas de
383
riqueza social anteriormente gestionadas por otra
racionalidad económica.
En
ese sentido, utilizando la clasificación dada por Tilly en su trabajo sobre el
tránsito de las estructuras de poder local tradi-cionales hacia estructuras de
poder nacionales y modernas,35 por este carácter defensivo de
las necesidades y tradiciones locales por parte del movimiento social generado
en Cochabamba, se podría decir que estamos ante un tipo de acción colectiva
“reac-tiva”, similar a aquellas que él estudió en el siglo XVIII europeo. La
preexistencia de “comunidades solidarias locales” como base de la movilización,
y el que la gran fuerza de agregación de los regantes recoja
la vigorosa tradición de la cultura y experiencia organizativa del
movimiento campesino, formadas entre los años 1930-1960,36 tiende
a reforzar esta mirada. Sin embargo, como ya explicamos en el anterior punto,
la forma multitud no sólo presen-ta redes de asociación con
base comunal o tradicional; también contiene, y de una manera creciente, grupos
de base asociativa y electiva emergentes de los intermitentes y mutilados procesos
de modernización social.
Precisemos
esta última idea. La Coordinadora, si bien tiene como punto de partida
corpuscular formas organizativas —mu-chas de las cuales pueden ser clasificadas
como de tipo tradicio-nal, porque están fundadas en lógicas pre o no
mercantiles de acceso a la tierra, el agua o servicios públicos—, la adherencia
al movimiento, tanto personal como grupal, es de tipo electivo, propio de los
movimientos sociales modernos. En las llamadas formas tradicionales de
asociación, en tanto la individualidad es
35\
Charles Tilly, Louise Tilly y Richard Tilly, The Rebellious Century:
1830-1930, Cambridge, Harvard University Press, 1975.
36\
José Gordillo, Campesinos revolucionarios en Bolivia: identidad,
territorio y sexualidad en el Valle Alto de Cochabamba,
1952-1960, La Paz, Programa de Mejoramiento de la
Formación en Economía (promec), umss,
Universidad de la Cordillera y Plural, 2000; véase también, José Gordillo
(coord.), Arando en la historia; la experiencia política
campesina en Cochabamba, La Paz, Centro de Estudios de la
Realidad Económica y Social (ceres), umss y
Plural, 1998.
384
un resultado de la colectividad,37 en
su interior se ejercitan me-canismos de deliberación, consenso
deliberativo y obligatoriedad participativa; esto sucede en una
buena parte de la vida interna de las organizaciones locales de la
Coordinadora. Pero, en las accio-nes conjuntas emprendidas bajo la forma de
multitud actuante, el acoplamiento de sindicatos, asociaciones de regantes,
barrios po-pulares nominalmente integrantes de su estructura organizativa, ha
sido fruto de una libre elección al margen de cualquier coac-ción, sanción o
presión. La Coordinadora no tiene un mecanismo de vigilancia, control y sanción
de sus integrantes, y sostiene su convocatoria en la autoridad moral de sus
representantes, en los acuerdos y convencimientos llevados adelante en las
asambleas regionales, y la adhesión voluntaria a la acción colectiva. A
dife-rencia de la forma sindicato, portadora de conductas “modernas”, que creó
una estructura estable de control y movilización de sus miembros, la
Coordinadora carece de ello y apela, ante todo, a la justeza y convencimiento
de la causa emprendida, como garantía de la contundencia de la movilización.
Así que la diferenciación entre moderno y tradicional resulta sumamente ambigua
y a ve-ces arbitraria, pues parecería que, en general, los movimientos sociales
fueran simultáneamente “modernos” y “tradicionales”, “defensivos” y ofensivos”,
etcétera.
Por
otra parte, las movilizaciones de septiembre y abril, tanto en el Altiplano
como en Cochabamba, han hecho uso, han am-pliado y han creado, espacios
públicos para buscar legitimidad regional y nacional a sus demandas. A través
de tradicionales, pero también modernas, técnicas de comunicación, han
influi-do notablemente en la opinión pública para ampliar su base de adherentes
y, circunstancialmente, persuadir u obligar a las elites gobernantes a
modificar las leyes. Han hecho uso de las libertades de asociación, reunión,
deliberación y manifestación para hacer conocer sus necesidades, para reclutar
adherentes, para neutrali-
37\
Sobre estas formas de constitución de la individualidad social, véase Karl
Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista”, en Grundrisse:
elementos fundamentales para la crítica de la economía
política. Tomo 1, México, Fondo de Cultura Económica,
1985.
385
zar al Estado, etcétera. En otras palabras, los
movimientos socia-les de abril y septiembre han usado y ampliado los
componentes institucionales y democráticos de lo que se denomina la “sociedad
civil moderna”, que son derechos civiles y políticos que no sólo están
asociados a los sistemas multipartidistas, como señalan Jean Arato y Andrew
Cohen,38 sino que, ante todo, son derechos de ciudadanía
conquistados por los propios movimientos sociales, en particular por el
movimiento obrero durante los siglos XIX y XX tanto en Europa39 y
Estados Unidos40 como en Bolivia.41
Por
último, la forma multitud también ha puesto en escena demandas
y acciones de tipo “proactivo”,42 pues a medida que se fue
consolidando, ampliando y radicalizando el movimiento social, la base
movilizada de la Coordinadora comenzó a buscar reconocimiento a sus formas de
democracia asamblearia como técnica de gestión de demandas civiles; la institucionalización
de otras maneras de ejercer los derechos democráticos, como el re-feréndum
llevado a cabo en marzo de 2000, o la convocatoria a una Asamblea Constituyente;
el control directo del poder político a nivel departamental durante las
jornadas de movilización, o la propuesta de la implementación de una forma
autogestionaria de la provisión de agua potable. Tenemos así una combinación de
de-fensa de recursos anteriormente poseídos (el agua), y la demanda de recursos
que anteriormente no existían, en este caso derechos democráticos y poder
político, que hacen a la multitud una for-
38\
Jean Cohen y Andrew Arato, Sociedad civil y teoría política, México,
Fondo de Cultura Económica, 2000.
39\
Anthony Giddens, Profiles and Critiques in Social Theory, London,
Macmillan, 1982.
40\
David Montgomery, El ciudadano trabajador; democracia y mercado libre
en el siglo XIX norteamericano, México, Instituto Mora, 1997.
41\
René Zavaleta, Las masas en noviembre, op. cit.; Luis Tapia, Turbulencias
de fin de siglo: Estado-nación y democracia en
perspectiva histórica, La Paz, Instituto de Investigación
en Ciencias Políticas (iincip)
y umsa, 1999; Álvaro
García Line-ra, “Ciudadanía y democracia en Bolivia”, en Ciencia
Política, No. 4, Segunda época, 1999.
42\
Charles Tilly, Louise Tilly y Richard Tilly, The Rebellious Century:
1830-1930, op. cit.
386
ma de movilización profundamente tradicional y
radicalmente moderna, por una parte y, por otra, defensiva y ofensiva a la vez.
•
Identidad. El hecho de que sean formaciones territoriales y demandas
de reproducción vital las que sostengan el movimiento social de la Coordinadora
y, paulatinamente, las movilizaciones en la ciudad de El Alto contra el aumento
de las tarifas de luz y agua y por la creación de una universidad pública,
habilita un abanico de posibilidades de autoidentificación diferentes a las que
hasta ahora habían prevalecido. No es el acceso a la tierra lo que las agrupa,
por lo que el sindicalismo agrario no es centro de agre-gación, aunque puede
participar; tampoco es la remuneración salarial la que los convoca, por lo que
no es la identidad obrera la que los engloba, aunque también ella está
involucrada. Son el agua y los servicios lo que atraviesa a campesinos, obreros
fijos, obreros y obreras temporarias, pequeños comerciantes, talleris-tas,
artesanos, desocupados, estudiantes, dueñas de casa, etc., quienes, a pesar de
la diversidad de sus ocupaciones y prácticas culturales, tienen una necesidad
en común: el acceso al agua y a los servicios públicos, como componentes
esenciales y mayorita-rios de su reproducción (poseedores de escasos recursos),
el he-cho de tener acceso a esos bienes bajo modalidades tradicionales o
modernas en cuanto “valores de uso” (“usos y costumbres”/ servicios públicos),
pero además, se trata de personas que, por lo general, “no viven del trabajo
ajeno”.43
Estos
tres componentes constitutivos y comunes de todos los sectores partícipes de la
movilización son los que han quedado agrupados como “pueblo sencillo y
trabajador”, que vendrían a jugar el papel del lugar discursivo del
autorreconocimiento entre iguales, de irradiación hacia otros segmentos
sociales, y el punto de partida para la sedimentación de una narrativa
colectiva del
43\
Sobre el concepto de “personas que no viven del trabajo ajeno” y su importancia
en la conformación de identidades colectivas entre las clases subalternas en la
sociedad moderna, véase Karl Marx, La guerra civil en Francia, Pekín,
Lenguas Extranjeras, 1975 (incluidos sus dos borradores editados).
387
grupo que, al hacerlo, existe precisamente como
grupo, como identidad social.
Es
cierto que las formaciones de identidad son, ante todo, enunciaciones de
significación que demarcan fronteras sociales, que inventan un sentido de
autenticidad y alteridad con efecto práctico en el desenvolvimiento del sujeto
así construido, pero son construcciones discursivas que trabajan sobre soportes
ma-teriales, sobre hechos, sobre huellas de la acción práctica. Esto significa
que no hay una identidad exclusiva para unos agentes sociales involucrados en
unos hechos sociales, pero tampoco hay todas las identidades posibles; hay un
espacio amplio, pero claramente delimitado, de posibles conformaciones
identitarias correspondientes a la cualidad diversa, compleja, pero delimitada,
de los agentes y sus interrelaciones, que dan lugar a los sucesos. En el caso
de la Coordinadora como movimiento social, es cla-ro que esta identidad plebeya
y laboriosa que hoy la caracteriza, bien podría ser sustituida por otras
identidades, dependiendo de la actividad de los sujetos y grupos que actúan en
su interior. Sin embargo, la identidad que con mayor vigor ha comenzado a
consolidarse es ésta del “pueblo sencillo y trabajador”, que ha sido capaz de
integrar identidades locales urbanas y rurales, y, al tiempo, de heredar la
antigua identidad nacional del movimiento obrero, centrada en la virtud del
trabajo.
•
Ascendencia obrera y capital de solidaridad.
Se ha dicho rei-teradas veces que la fuerza de la movilización y que los
sujetos colectivos que constituyen la columna vertebral de la acción co-lectiva
han sido y son las Organizaciones de Regantes44 y que, en
términos prácticos, el mundo obrero precarizado, y lo que queda de la
antigua forma sindical, en términos de movilización y fuerza de
masas, ha actuado diluida en las estructuras territoriales de los barrios, los
regantes y las asambleas regionales.
Sin
embargo, hay una fuerte presencia de los dirigentes obre-ros en el espacio
público; entre los nuevos núcleos de dirección
44\
Luis Tapia, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada y Álvaro García Linera, El
retorno de la Bolivia plebeya, op. cit.
388
obrera hay un discurso crítico y un conocimiento
más elaborado respecto de las redes de poder y dominio del capitalismo
contem-poráneo; hay una experiencia organizativa y militante entre los núcleos
obreros sindicalmente organizados,45 heredada de la lar-ga
trayectoria de la forma sindicato, y hay una estructura material de
organización obrera compuesta por edificios, publicaciones, vínculos orgánicos
con otros sectores laborales (juntas vecinales, comerciantes, transportistas,
federaciones campesinas, universita-rios, profesionales, etc.), que en conjunto
han sido incorporadas, como fuerza productiva técnica y como fuerza productiva
orga-nizativa, al nuevo movimiento social de la multitud.
Este
aporte ha sido decisivo en el momento de articular fuerzas de descontento y
demandas sociales dispersas, ha permitido unir reivindicaciones regionalizadas
y esfuerzos aislados en un gran torrente de querella globalizada, y ha
contribuido a la formación de unas estrategias de movilización y de luchas
simbólicas de una extensión y un impacto nunca antes visto en la historia de
los mo-vimientos sociales en Bolivia.
Un
elemento de dimensión subjetiva, pero gravitante en el momento del tejido de
las alianzas entre sectores tan diversos, ha sido el liderazgo moral del
dirigente obrero regional, que ha permitido concentrar, en su persona y en su
trayectoria política, una ruptura con las prácticas clientelistas y de
prebendas de la vida política y sindical, que continuamente malogran las
accio-nes autónomas de las clases subalternas. El que este dirigente se haya
mantenido al margen de la incorporación partidaria y del mercado de fidelidades
electorales ha permitido crear un referente moral de compromiso social, capaz
de despertar senti-mientos de creencia, adhesión y confianza en la autonomía de
la acción social, en la claridad de los objetivos y la honradez de los dirigentes.
En el fondo, nadie se moviliza si no cree en el efecto práctico de esa
movilización, o nadie pelea en asociación con otros y por el bienestar de los
otros si previamente no se ha generado
45\
Pierre Bourdieu, “Contre la politique de dépolitisation”, en Contre-feux
2, Paris, Raisons d’Agir, 2001.
389
un “capital de solidaridad”, que convierte a la
acción asociada y desprendida en un bien social reconocido, gratificado,
buscado y acumulado por los agentes de la acción social. Este capital de
solidaridad sería un tipo de capital simbólico que, con el tiempo y su
generalización, da continuidad histórica a los movimientos sociales, pero, en
momentos como los actuales, donde prevale-ce una sospecha común de la
utilización de la solidaridad como plataforma político-partidaria, el hecho de
que dirigentes y or-ganizaciones sociales de antiguo y nuevo prestigio social
puedan refrendar con su comportamiento la valoración de la solidaridad como un
valor en sí mismo ha contribuido a la consolidación de redes dispersas de
solidaridad y a la creciente formación de este espacio de conversión de la
solidaridad en riqueza reconocida y buscada socialmente.
•
Soberanía y democratización social. Resultante de
la amplia-ción a escala departamental de una serie de prácticas democrá-ticas
locales, pero, además, de la necesidad de asumir responsa-bilidades a medida
que la movilización va erosionando la pre-sencia de la administración estatal,
la actual forma multitud se ha comportado básicamente como una
forma de democracia y de soberanía política.
Teniendo
como base a las estructuras territoriales, donde la asamblea, la deliberación y
la consulta directa son prácticas co-tidianas para atender asuntos particulares
de linderos, justicia, trabajo común, arbitrariedad policial, trámites o hasta
vínculos clientelistas con partidos políticos o el Estado, estas extendidas
prácticas de democracia directa comenzaron a convertirse en soporte para la
consulta y elaboración de estrategias de moviliza-ción, primero en el ámbito
regional o provincial. Pero, a medida que las redes de movilización centradas
en una misma deman-da crecieron a nivel departamental, estos saberes
democráticos y estas técnicas de deliberación tuvieron que expandirse, y
si-multáneamente reconfigurarse, para dar paso a una compleja y sistemática
estructura de ejercicio democrático de prerrogativas públicas, de asociación,
de formación de una opinión pública y, con el tiempo, de resolución y ejecución
de la gestión de un
390
bien público (el agua), con lo que, sin necesidad
de pensarlo o desearlo, se convirtieron en un tipo de organización social que
no reconocía más fuente de autoridad que a sí misma; esto es, de gobierno
asentado en un entramado de prácticas democráticas asamblearias, deliberativas
y representativas, que suplieron en los hechos al sistema de partidos
políticos, al poder legislativo y judicial y, a punto estuvieron de hacerlo, al
monopolio estatal de la fuerza pública.
Asambleas
de barrio, comunidades campesinas, de sindicato y de regantes, asambleas
provinciales y regionales, asambleas de-partamentales y cabildos dieron lugar a
una estructura jerarquiza-da, que combinó democracia asamblearia y deliberativa
en cada uno de los niveles horizontales, con democracia representativa y
asamblearia entre los distintos niveles escalonados que permitían formar
criterio público entre iguales en el ámbito local (asamblea territorial) y
departamental (cabildo), y condensación ejecutiva de opiniones a nivel
departamental (Asamblea de representantes locales, Portavoces de la
Coordinadora).
Repetidas
veces (febrero, abril, septiembre, octubre), esta tu-pida red de asambleas y de
prácticas democráticas plebeyas no sólo se presentó como demandante de derechos
ante el Estado con su sistema de partidos y parlamento, sino que lo
sustituye-ron como mecanismo de gobierno, como sistema de mediación política y
como cultura de obediencia. De ahí que, a diferencia de lo que propone Touraine46 respecto
a los “nuevos movimien-tos sociales”, que no serían movimientos políticos
dirigidos a la conquista del poder, la multitud de facto es
una politización extrema de la sociedad, poseedora de una fuerza organizativa
capaz de poner en duda la pertinencia de los sistemas de gobier-no
prevalecientes y el régimen de democracia liberal, y de erigir, hasta ahora
provisionalmente, sistemas alternativos de ejercicio del poder político y de
vida democrática legítima.
La
virtud de este movimiento social es que ha nacido y ha puesto en entredicho las
relaciones de dominación vigentes y, en
46\ Alain
Touraine, Producción de la sociedad, op. cit.
391
la medida en que hay una fuerte cultura de
autogobierno local, estas lógicas del poder y de la democracia asamblearia
pueden ser proyectadas a escala departamental o nacional, poniendo en
entredicho la manera de enunciar lo público, la manera de ges-tionarlo; es
decir, la forma de gobierno.
Esto,
por supuesto, no elude la dificultad y ambigüedad con la que se forma esta
apetencia de poder político del movimiento social. Partiendo de unas clases
populares acostumbradas a una economía y resistencias morales47 de
los dominados, regidas por una lógica de demandas y concesiones con las elites,
refrendadas en esos actos como dominantes, la formación de un espíritu
co-lectivo de soberanía es permanentemente sustituido por los viejos hábitos de
obediencia a quienes se supone que están capacitados para gobernar o, por un
repliegue a la participación local desen-tendida de lo general, permitiendo que
lo general sea nuevamente asumido por las tradicionales elites gobernantes.
La
historia de la conformación de una empresa autogestio-naria del agua en
Cochabamba es un ejemplo de esta incesan-te confrontación entre el siervo y el
soberano en el interior del comportamiento individual y colectivo de cada uno
de los sujetos involucrados. Con todo, queda claro que las clases subalternas
han abierto, con su propia experiencia, un campo de posibles ejercicios del
poder, de democratización social y transformación de las relaciones de
dominación, que podrían guiar posteriores acciones.
•
Institucionalidad y amplitud. A diferencia
del movimiento obrero, la forma multitud carece de
mecanismos duraderos de convocatoria y consulta que permitan hacer rutinarios
ámbitos de presencia de sus componentes. Si bien los sujetos colectivos locales
que la componen mantienen continuamente prácticas de asamblea, la actuación
mancomunada como multitud es siempre una incertidumbre que sólo se resuelve en
la práctica. De ahí que
47\ 琀dward
Thompson, Tradición, revuelta y conciencia de clase, Barcelona,
Crítica, 1979; Claude Grignon y Jean-Claude Passeron, Lo culto y lo
popular: miserabi-lismo y populismo en sociología y literatura, Buenos
Aires, Nueva Visión, 1991.
392
cada convocatoria a la movilización sea a su vez un
referéndum acerca de la vitalidad, la continuidad o la debilidad de la
Coor-dinadora, que permite entonces forjar una cultura organizativa que asume
la unidad como resultado de un paciente trabajo, y no como un hecho dado que
sólo basta con evocar para presen-ciarlo, tal como, por ejemplo, comenzó a
suceder con la cob en
los últimas décadas.
Sin
embargo, esta virtud colectiva viene acompañada de un déficit de presencia
estructural y material de continuidad, de permanencia organizacional, esto es,
de institucionalización, que permita un seguimiento continuo de las tareas
acordadas, la con-sulta de nuevos objetivos, etcétera. Así, en ciertos
momentos, la Coordinadora es medio millón de habitantes, mientras que en otros
no pasa del centenar de miembros permanentes acti-vos. Quizá una forma de
superar este déficit organizativo sea la consagración, institucionalización y
ritualización simbólica de las asambleas locales y regionales existentes, como
asambleas instituidas de la Coordinadora, la regularización de una asam-blea
departamental con un mínimo de delegados seguros a los que pudieran incorporarse
otros en cualquier momento, y la implementación de mecanismos de elección y
revocabilidad de dirigentes en asambleas de delegados. Igualmente, se requiere
la formulación de dispositivos de aportes económicos, que per-mitan que los
representantes puedan desempeñar funciones de organización permanente, pero
también para que haya un mejor control de los dirigentes hacia la base.
En
este caso, hablaríamos de una forma de institucionalización interna diferente a
la propuesta por Claus Offe en su modelo de etapas del movimiento social, según
la cual la institucionaliza-ción llevaría a los dirigentes de la movilización a
su inclusión en el sistema político dominante.48 La
institucionalización interna, en cambio, no sólo articularía en un mismo
proceso social la fun-
48\
Claus Offe, “Reflexiones sobre la autotransformación institucional de la
política de los movimientos: un modelo experimental por etapas”, en La
gestión política, op. cit.
393
ción “expresiva” y la “instrumental”, sino que
mantendría en pie la demanda inicial de la acción social de modificación
radical del campo político, de sus reglas y sujetos legítimos.
Otra
de las dificultades que enfrenta la forma multitud es su
carácter regionalizado. Después de la coordinadora del agua en Cochabamba, ha
habido intentos de construir instancias pareci-das en la ciudad de El Alto,
Santa Cruz, Tarija, etc., que podrían darle un carácter nacional a esta forma
de movilización social. Las condiciones de posibilidad para ello están dadas
por las pro-pias políticas neoliberales, que han socializado nacionalmente la
escasez, la precariedad y la agresión a las condiciones vitales de
reproducción. El logro de esta estructuración local de movimien-tos sociales
de multitud, y la interconexión a escala nacional, per-mitiría una
gran capacidad de movilización y efecto estatal. Pero, mientras esto sucede, en
los siguientes años parece que la vitali-dad de esta forma de movimiento social
ha de asentarse primero en el ámbito regional. La constitución nacional de la
multitud, en caso de darse, será resultado de un largo y paciente trabajo de
interunificación de confianzas, apoyos mutuos, liderazgos y soli-daridades
pacientemente trabajadas a escala local.
III.
La forma comunidad
Los ciclos de
las reformas
La
actual estructura económica y social del mundo indígena-cam-pesino del
Altiplano y los valles circundantes, que ha dado lugar a la reconstitución del
movimiento comunal indígena entre abril y octubre, es bastante variada, pero
también tiene componentes comunes decisivos.
Una
gran parte de las comunidades y ayllus movilizados de las
provincias de Omasuyus, Larecaja, Manko Cápac, Los Andes, Camacho, Murillo,
Ingavi, Aroma, Tapacarí, Bolívar, etc., tienen como el antecedente más
inmediato de su constitución el proceso social de reforma agraria iniciada en
1952, que permitió a comu-
394
nidades cautivas por la antigua hacienda y a
colonos49 recuperar
parte de sus tierras, posesionarse de las que ocupaban provisio-nalmente, y
ampliar sus extensiones, haciendo desaparecer las formas de propiedad hacendal
y el trabajo servil. Se conformó, desde entonces hasta ahora, un sistema de
propiedad de la tierra que combina, de manera flexible y diferenciada según la
zona, la propiedad individual-familiar con la propiedad y posesión co-munal de
tierras de cultivo, en algunas comunidades, y tierras de pastoreo y recursos
hídricos, en la mayoría.50
Este
acceso directo a la tierra, junto con la industria domés-tico-rural de tejidos,
construcción, artesanía, han permitido ar-ticular las condiciones de una
economía familiar-comunal con elevado índice de autorreproducción. El
crecimiento poblacional, que no puede ser retenido en el trabajo agrícola; la
variación de los consumos alimentarios propiciada por el Estado, la Iglesia e
instituciones; el aumento de las rutas de transporte; la ampliación de la
demanda urbana y de la oferta industrial que, en conjunto, modificaron los
flujos de intercambio y las expectativas de ascen-so social, han creado nuevas
necesidades de consumo, de trabajo
49\
Xavier Albó (comp.), Raíces de América: el mundo aimara, Madrid,
Alianza y Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y
la Cultura (unesco), 1988; Silvia
Rivera, “Estructura agraria contemporánea y efectos a largo plazo de la Reforma
Agraria boliviana”, en Danilo Paz Ballivian, Estructura agraria
en Bolivia, La Paz, Popular, 1979; Silvia Rivera, Oprimidos
pero no ven-cidos. Luchas del campesinado aimara y quechua de Bolivia.
1900-1980, La Paz, Instituto de Historia Social Boliviana
(hisbol) y
Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (csutcb),
1984; Danilo Paz Ballivian,
Estructura
agraria en Bolivia, op. cit.
50\
William Carter y Mauricio Mamani, Irpa Chico, La Paz,
Juventud, 1988; M. Mamani, “Agricultura a los 4000 metros”, en Xavier
Albo, Raíces de América: el mundo aimara, op.
cit.; Enrique Mayer y Ralph Bolton (comps.), Parentesco y
matrimonio en los Andes, Lima, Universidad Católica, 1980; Miguel
Urioste, La economía del campesino altiplánico en 1976, La
Paz, cedla, 1989; Pierre
Morlon (comp.), Comprender la agricultura campesina en los
Andes centrales: Perú-Bolivia,
Lima,
Instituto Francés de Estudios Andinos (ifea)
y Centro Bartolomé de las Casas (cbc),
1996; Alison Spedding y David Llanos, No hay ley para la cosecha, La
Paz, Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (pieb)
y Sinergia, 1999; Hans Van den Berg, La tierra no da así nomás, La
Paz, hisbol, 1994; Félix
Patzi,
Economía
comunera y explotación capitalista, La
Paz, Edcom, 1996.
395
y de ingresos, que en estas últimas cuatro décadas
han llevado a una mayor estratificación ocupacional51 y
a un crecimiento de la vinculación, bajo relaciones de dominación, de la
producción familiar-comunal con la economía mercantil, agraria y
urbano-capitalista dominante.
En
cambio, otras comunidades, algunas ubicadas en las pro-vincias de Franz Tamayo,
Muñecas, Bautista Saavedra, Loayza, pese a los cambios de 1952, no han logrado
la plena consolidación de la base para cualquier autonomía económica, la
soberanía de la posesión territorial, y por consiguiente mantienen vínculos de
dependencia con hacendados o sus descendientes, que aún con-trolan el poder
comercial y político local.
Sin
embargo, la mayoría de las comunidades-ayllus que han sostenido las
movilizaciones son estructuras productivas, cul-turales y de filiación que
combinan modos de organización tra-dicionales con vínculos con el mercado, la
migración urbana y pausados procesos de diferenciación social interna. La
tenencia de la tierra mezcla formas de propiedad o posesión familiar con la
comunal; las reglas de posesión territorial están engranadas con
responsabilidades políticas dentro de la comunidad-ayllu; los sistemas
de trabajo asentados en la unidad doméstica mantienen formas no mercantiles de
circulación de la fuerza de trabajo y de la laboriosidad colectiva para la
siembra y la cosecha; el sistema ritual y de autoridades locales vincula la
responsabilidad rotativa de cada familia en el ejercicio de la autoridad sindical
y el ciclo de celebraciones locales con la legitimidad y continuidad de la
tenencia familiar de las tierras de cultivo y pastoreo, y las técnicas
productivas básicas, que están dirigidas por patrones culturales de
reproducción de la unidad comunal.
Si
bien es creciente la parte del producto familiar que se incor-pora al mercado y
del consumo que es necesario complementar con productos urbanos, no estamos
ante campesinos plenamen-
51\
Pablo Pacheco y Enrique Ormachea, Campesinos, patrones y obreros
agrícolas: una aproximación a las tendencias del empleo y los
ingresos rurales, La Paz, cedla, 2000;
véase también, Pablo Pacheco, La dinámica del empleo en el campo. Una aproximación
al caso boliviano, La Paz, cedla,
1998.
396
te mercantilizados, ni ante comunidades resultantes
de la mera agregación de propietarios privados. La comunidad se presenta como
una entidad social de vínculos tecnológicos, formas de cir-culación de bienes y
personas, transmisión de herencia, gestión colectiva de saberes y recursos,
sedimentación de experiencias, funciones políticas y proyección de porvenir que
se antepone y define a la propia individualidad.
El
mercado de tierras que lentamente se viene practicando en el altiplano está
regulado por compromisos y responsabilidades comunales; la fuerza de trabajo no
circula de manera prioritaria como mercancía, y si bien existen formas
primarias de mercanti-lización recubierta por la ideología de la reciprocidad,
la princi-pal fuente de abastecimiento de fuerza productiva son las redes
parentales, en función de un complejo sistema de flujos laborales medidos por
la cercanía social, la necesidad mutua, el tiempo de trabajo y el resultado del
trabajo, además del hecho de que más de la mitad de las necesidades de
reproducción comunal son autoabastecidas. De ahí su posición social como
comunarios y no como campesinos, que ya supone la mercantilización de la
producción del consumo y la privatización parcelada de la tierra.
En
conjunto, hablamos de las comunidades y los ayllus como
estructuras civilizatorias portadoras de sistemas culturales, tem-porales,
tecnológicos, políticos y productivos estructuralmente diferenciados de las
constituciones civilizatorias del capitalismo dominante.52 El
encuentro de estas configuraciones societales, y la formación de relaciones de
subsunción de las primeras a las segundas, se dio inicialmente como
colonialismo político y mer-cantil (colonialismo español), para luego
desembocar en un colo-nialismo estatal productivo y cultural (la república). La
manera en que esta arbitraria relación de dominación-explotación fue
soma-tizada, primero, y luego “naturalizada”, fue a través del racismo.
52\
Sobre la dinámica del proceso civilizatorio que acompaña a la instauración de
la sociedad moderna, véase Norbert Elias, The Civilizing Process: The
Development of Manners, New York, Urizen, 1978.
397
En toda la zona andina, la colonización estructuró
dos repúbli-cas: la de indios y la de españoles; ambas con legislaciones
separa-das, pero también con funciones sociales diferenciadas: las tierras, el
poder político, la cultura y el idioma legítimos, el control de las minas, las
empresas y los negocios en manos de los españoles; en tanto que el trabajo
servil, el tributo, la obediencia, el lenguaje proscrito, los dioses
clandestinos y la cultura estigmatizada, en manos de los indios. La
colonización de América, como toda co-lonización, fue un hecho de fuerzas que
estableció una división entre dominados y dominantes, entre poseedores y
desposeídos; pero con la diferencia de que la “naturalización” de este brutal
hecho de fuerzas, su legitimación, su lectura y justificación se ha-ce en
nombre de la diferencia de culturas (“unas más aptas para el gobierno y otras
para la esclavitud”); a través de las religiones (“unas más civilizadas y otras
profanas”); o a través de la dife-rencia de razas (“unas más humanas y
racionales que las otras”).
De ahí que toda colonización sea también discursiva
y simbó-licamente una “guerra de razas”. La propia modernidad, con sus
divisiones sociales, es una continuidad de esta guerra de razas.53 La
república boliviana nació bajo estos fuegos, que consagra-ban prestigio,
propiedad y poder en función del color de piel, del apellido y del linaje.
Bolívar claramente escindió la “boliviani-dad”, asignada a todos los que habían
nacido bajo la jurisdicción territorial de la nueva república, de los
“ciudadanos”, que debían saber leer y escribir el idioma dominante (castellano)
y carecer de vínculos de servidumbre, con lo cual, desde un principio, los
indios carecían de ciudadanía.54 Las constituciones
posteriores, hasta 1952, consolidaron una ciudadanía de casta para los
here-deros del poder colonial, y una exclusión institucionalizada de derechos
políticos para las poblaciones indígenas, lingüística,
cultural
y somáticamente estigmatizadas.
53\ Michel
Foucault, Genealogía del racismo, Buenos Aires, Caronte, 1998.
54\
Wolf Grüner, “Un mito enterrado: la fundación de la República de Bolivia y la
liberación de los indígenas”, en Historias. Revista de la Coordinadora
de Historia, No. 4, 2000.
398
Los procesos de democratización y homogeneización
cultu-ral iniciados a raíz de la revolución de 1952, lejos de abolir esta
segregación, la eufemistizaron detrás de una ciudadanía diferen-ciada según el
idioma materno, lugar de origen, oficio, apellido y fisionomía corporal. Así
surgió la ciudadanía de primera, para las personas que puedan exhibir los
blasones simbólicos de la blanquitud social (apellido, redes sociales, porte
personal), que los colocan en aptitud de acceder a cargos de gobierno, de man-do
institucional o empresarial y reconocimiento social; en tanto que la ciudadanía
de segunda era para aquellos que, por su origen rural, su idioma o color de
piel, eran “disuadidos” para ocupar los puestos subalternos, las funciones de
obediencia y los ascen-sos sociales mutilados. Con ello se reconstituyó la
lógica colonial y el Estado racista. Como en el siglo XVI, después de 1952, un
apellido de “alcurnia”, la piel más blanca o cualquier certificado de
blanqueamiento cultural que borre las huellas de indignidad cuenta como
un plus, como un crédito, como un capital étnico que lubrica las
relaciones sociales, otorga ascenso social, agiliza trámites, permite el acceso
a los círculos de poder.
Precisamente
ésa fue la denuncia del movimiento indianista-katarista de los años sesenta y
ochenta,55 que logró
unificar a una creciente intelectualidad urbana de origen cultural aimara, y
cu-yos integrantes dieron los primeros pasos en la formación discur-siva y en
la influencia pasiva en las comunidades, por medio del sindicalismo en las
mismas comunidades que, veinte años des-pués, protagonizarían el levantamiento
indígena más importante de los últimos cincuenta años.
Las
reformas estructurales de la economía y el Estado, inicia-das desde 1985 con
Víctor Paz Estenssoro y reforzadas durante la gestión de Gonzalo Sánchez de
Lozada, se centraron priorita-riamente en el ámbito “formal”, contable de la
economía: esto es, en aquel minoritario segmento donde predomina la
racionalidad mercantil-capitalista de la acción económica. Relocalización y
cie-rre de empresas, racionalización del presupuesto estatal, “libre
55\ Javier
Hurtado, El katarismo, La Paz, hisbol,
1986.
399
comercio”, reforma tributaria, desregulación,
privatización, ca-pitalización, flexibilización laboral, fomento a las
exportaciones, e inclusive la ley inra (que
creó el Instituto Nacional de Reforma Agraria), estuvieron centradas en
favorecer la racionalidad em-presarial, la tasa de ganancia en la gestión de
fuerza de trabajo, de mercancías, dinero y tierras. Sin embargo, con el tiempo,
sus efectos se fueron haciendo sentir de manera dramática en las condiciones de
vida de las comunidades.
La
libre importación de productos —decretada en 1986, ini-cialmente para detener
la especulación, satisfacer una peligrosa demanda insatisfecha de consumidores
urbanos que amenaza-ba con trastocarse en conflicto político y, posteriormente,
para adecuar las normas comerciales a los vientos neoliberales que soplaban
desde el norte, en la exigencia de abrir las fronteras pa-ra el ingreso de
producción y capitales transnacionales—, con el tiempo inició un proceso de
desestabilización del flujo de trabajo y productos de las unidades
familiar-comunales hacia la ciudad. Proveedoras de tres cuartas partes de los
productos alimenticios de las ciudades, en función de una regulación de precios
en tor-no a estrechos y estables márgenes de variación de productivi-dad entre
unidades económicas campesino-comunales, a partir de mediados de los años
ochenta este modo de regulación de precios, vigente durante cerca de cuarenta
años, fue roto por la creciente productividad industrial (y las distintas
formas de renta agraria moderna) aplicada a la agricultura en países aledaños
y, frente a las cuales, por la lógica de la formación de la tasa de ga-nancia56 empresarial,
la producción campesino-comunal quedó estructuralmente imposibilitada para
participar en la regulación del precio de venta que le permitiera un trecho de
renta (en tanto propietaria), un monto de ganancia (en tanto inversionista y
admi-nistradora de la producción). Por el contrario, esta supeditación a reglas
capitalistas en la formación de los precios, crecientemente habilitada por la
libre importación de productos agrícolas, no sólo comenzó a entorpecer la
reposición del esfuerzo entregado
56\ Karl
Marx, El capital. Tomo III, op. cit.
400
(en tanto
productor directo), sino que además ha comenzado a succionar una mayor cantidad
de esfuerzo familiar (ya sea de otros parientes o de otras áreas de trabajo
como la artesanal), a fin de permitir la reproducción simple de la unidad
productiva.57 Ahora, si bien es cierto que la apertura
comercial ha permi-tido también una disminución de precios de varios productos
industriales, debido a la competencia, ésta siempre es proporcio-nalmente menor
al promedio que afecta a la producción campe-sina, ya que ella, por su carácter
no-capitalista, estructuralmente carece de facultades para intervenir en la
regulación de la tasa de ganancia y el precio de venta empresarial. En términos
de Niko-lai Bujarin, estaríamos ante una riesgosa apertura de la “tijera de
precios”58 de las producciones campesino-comunales y las
industriales, dando lugar a una ampliación del drenaje del tra-bajo impago de
la civilización comunal a la urbano-capitalista. Las formulaciones discursivas
de una brecha campo/ciudad, presentes en varios de los dirigentes medios de la
movilización de septiembre-octubre, podrían ser leídas como denuncias mo-rales
de la violación de las fronteras toleradas de esta explotación
económica.
Paralelamente
a ello, las reformas estructurales han agredido otros dos componentes de la
reproducción comunal, como son la diversificación económica urbana, y la
ocupación de tierras de colonización en el oriente por miembros de las unidades
familia-res y de las comunidades indígenas. En los últimos años, debido a la
nueva legislación agraria, principalmente aplicada para el ac-ceso a las
tierras en los llanos y a la flexibilización laboral genera-lizada en todas las
actividades mercantiles urbanas, las unidades comunal-campesinas están
sufriendo un cerco, que redobla su anclaje en la economía de autosubsistencia
exaccionada por el intercambio desigual.
57\
Álvaro García Linera, “Comunidad, capital y explotación”, en Temas
sociales, Revista de Sociología, No. 20, 1998.
58\ 琀ikolái
Bujarin, “La nueva política económica y nuestros objetivos”, en La
acu-mulación socialista, Madrid, Alberto Corazón, 1971.
401
Esta muralla estaría dada por la imposibilidad que
se le ha im-puesto para ampliar, como lo venía haciendo desde hace décadas, la
frontera agrícola campesina del altiplano hacia los llanos del oriente. Antes,
debido a la presión demográfica en el occidente, donde la posesión familiar ha
sido reducida a unos pocos metros cuadrados, miles de familias campesinas se
dirigían al oriente para sembrar las tierras bajo modalidad de economía de
auto-subsistencia y completar los tradicionales ciclos reproductivos de larga
duración, territorialmente fragmentados, de la estructura comunal. Hoy, miles y
miles de hectáreas han sido concedidas a hacendados, ya no existe tierra de
“colonización”, y los pocos in-gresos exitosos a la economía de mercado
(producción de coca y contrabando, que generaban cerca de quinientos millones
de dólares anuales) vienen siendo proscritos por el Estado.
Pero,
además, la posibilidad de un tránsito estable del cam-po (donde se concentra
todavía cerca del 45% de la población del país) hacia la ciudad, ahora también
se halla bloqueada por la precariedad laboral y el libre comercio que,
literalmente, ha arruinado a miles y miles de pequeñas actividades informales,
ar-tesanales e industriales, que anteriormente cobijaban a la fuerza de trabajo
emigrante del campo, poniendo fin a muchas de sus expectativas de integración
social, de ascenso y ciudadanización plena, a la vez que habilitan un espacio
de receptividad y disponi-bilidad a nuevos proyectos de modernización,
ciudadanía e inte-gración, como, por ejemplo, los que están siendo articulados
por el discurso de la identidad étnico-nacional indígena desde hace décadas, y
con mayor fuerza desde el nuevo liderazgo aimara en la estructura
sindical-comunal de la csutcb.
Precisamente,
un intento ideológico y burocrático de disua-dir la consolidación de esta
identidad nacional-indígena fue la presencia de un profesional aimara en la
vicepresidencia, y el dictado de la Ley de Participación Popular (pp).
Ambos crearon una retórica multicultural en la que supuestamente los pueblos
indígenas eran reconocidos en su diferencia cultural, pero con iguales
prerrogativas públicas. Paralelamente, de manera ins-titucional, se crearon
oficinas, cargos públicos centralizados y
402
descentralizados, financiamientos y opciones de
ingreso salarial, que lograron incorporar a una errante intelectualidad
citadina que creyó hallar, en esta suerte de cruzada civilizatoria de la
in-diada, un referente noble para legitimar la venta de sus servicios
ideológicos al nuevo régimen político.
Por
su parte, la pp dio lugar
a una división administrativa de municipios, que en gran parte fragmentó y creó
un efecto de descentramiento de las demandas y de la estructura de
movili-zación de estas demandas del movimiento indígeno-campesino, gestado
desde los años setenta. La formación de trescientos trece municipios con
prerrogativas financieras y recursos económicos territorializados comenzó a
condensar, en el ámbito local, las demandas anteriormente centralizadas por
la csutcb, dando lugar a
desprendimientos reales —no así formales, pues siguen afiliados— de núcleos
poblacionales campesinos y comunales anteriormente articulados de manera
directa y movilizable por la Confederación.
Viabilizando
este intento de fragmentación de la fuerza de ma-sa, la racionalidad
burocrático-estatal se descentralizó y amplió a territorios sociales
anteriormente desvinculados de un contacto directo con la maquinalidad
gubernamental, y de mayor poten-cialidad de autonomía organizativa. Esta
recolonización estatal de espacios territoriales vino acompañada de una
modificación de lo que se podría denominar la amplitud de eficacia de
la acción política y la racionalidad institucionalizada de la
política.
En
el primer caso, el de los alcances de la intervención política, la pp ha
creado, a nivel local, un marco normativo de facultades fiscalizadoras, de
mecanismos de representación (los partidos), de administración descentralizada
de recursos y de disciplina-miento cultural en torno al “poder municipal”, que
ha creado institucionalmente una segmentación en el acceso a oportunida-des de
gestión de lo público “nacional” para los habitantes de las ciudades, y gestión
de lo público local-municipal para la gente del campo. Pero esta dualización
territorializada del espesor de la intervención política sufre una nueva
partición, a partir del mo-mento en que el acceso a estos sistemas normativos
está regulado
403
por un lenguaje legítimo (comenzando con el idioma
castellano, y terminando con el hermético lenguaje de la redacción de los
Programas Operativos Anuales (poa)
y Programas de Desarro-llo Educativo Municipal (pdem),
etc.), por redes de eficacia de la intencionalidad estratégica (vínculos de
parentesco con las esferas de poder nacional), y por dinero y tiempo libre para
po-ner en marcha los aparatos de escenificación de representación política (los
partidos), que excluyen, por así decirlo, de manera “naturalizada”, a los
comunarios indígenas de un control de la política, tanto local como nacional,
al tiempo que, sin esfuerzo, estas facultades de administración de lo general
tienden a concen-trarse monopólicamente en manos de redes parentales,
centena-riamente administradoras del poder estatal, y la administración del
poder municipal en manos de elites pueblerinas ansiosas de blanqueamiento
cultural.
Paradójicamente,
a través del lenguaje de la “modernización política”, se reconstruyen y
renuevan las viejas jerarquías colo-niales, en las que los indios quedan
excluidos de cualquier poder que no sea el de la clientelización de su voto;
las mistis de pueblo se redistribuyen el poder político local,
y los q’aras se ocupan de la administración nacional.
En
lo que respecta al segundo componente de la dimensión política, que instaura la
“Participación Popular”, a saber, la lógi-ca y materialidad de la acción
política, ésta en su intencionalidad se asemeja a una nueva “extirpación de
idolatrías” colonial, pero ahora política. Consideradas como rudimentos
arcaicos y exter-nos de la de por sí arbitraria y falseada “modernidad
política”, las prácticas y las instituciones políticas comunales se han
convertido en objeto de sistemático desconocimiento, devaluación y susti-tución
por esquemas procedimentales liberal-representativos, asentados en el voto
individual, el sistema de partidos, el merca-do político, la autonomización de
los representantes y la concep-tualización de la política como renuncia
negociada de soberanía política. Como lo han señalado otras investigaciones,
este tipo de prácticas no sólo genera procesos de despolitización y usurpación
404
de la responsabilidad pública,59 que
nada tienen que ver con la virtud republicana del ciudadano y la instauración
de un régimen democrático de buen gobierno; sino que, además, institucionali-za
una impostura histórica de querer erigir instituciones políticas “modernas” (o
de subsunción real) según los particulares cánones occidentales, en una
sociedad que, según los mismos parámetros, es mayoritariamente no-moderna o
pre-moderna (o de subsun-ción formal)60 y, además, donde estas
elites modernizantes hacen todos los esfuerzos por desmontar lo poco de
modernidad que había, como la gran producción industrial, los sindicatos
obreros y la seguridad social, que garantizaban una ciudadanía efectiva.
A
ello simplemente habría que añadir que tales desencuen-tros reactualizan, en el
terreno de la institucionalidad política, una razón colonial que legitima y
premia un instrumental orga-nizacional, el de la representación liberal de la
voluntad política, cercano o perteneciente a una estructura civilizatoria y a
unos segmentos poblacionales que descienden por apellido, cultura y poder, de
las “castas encomenderas”; mientras castiga, discrimi-na y destruye unos
sistemas políticos comunales, asamblearios, correspondientes a la estructura
civilizatoria indígena.
La
reivindicación de estos procedimientos políticos y la anu-lación de su
exclusión colonial, instruida por la pp,
será precisa-mente una de las demandas implícitas de la acción del movimiento
indígena en septiembre-octubre.
Tenemos
entonces cuatro componentes básicos, que han ha-bilitado las condiciones de
posibilidad de la formación del mo-vimiento social indígena: a) características
socioculturales, que permiten hablar de una estructura civilizatoria común en
toda el área de conflicto; b) una intensificación de la
expropiación-ex-plotación del trabajo comunal por la civilización capitalista,
en su
59\
Guillermo O’Donnell, “¿Democracia delegativa?”, en Romeo Grompone (ed.), Instituciones
políticas y sociedad, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (iep), 1995.
60\
Patricia Chávez, “Los límites estructurales de los partidos de poder como
es-tructuras de mediación democrática: Acción Democrática Nacionalista en el
Departamento de La Paz”, op. cit.
405
variante neoliberal, a través de la compraventa de
mercancías y la precariedad del mercado de fuerza de trabajo, en comunidades
fuertemente vinculadas a los circuitos comerciales entre campo y ciudad; c) una
acumulación, acentuada en los últimos años, de politización y construcción
identitaria en torno a la resignifica-ción de la historia pasada, la lengua
compartida, el rescate de la herencia cultural poseída, la construcción de
mitos unificadores y de un porvenir autónomo y posible (nacionalismo indígena),
a raíz del trabajo meticuloso de una nueva generación de militantes de las
propias comunidades, formados en el sindicalismo y la vida orgánica de
organizaciones políticas radicalizadas; d) fracaso de las políticas estatales
de incorporación de las demandas indíge-nas, además de una marcada
reactualización de las exclusiones coloniales, que han engendrado un
debilitamiento de las pautas de integración social y una predisposición a la
distancia o desa-filiación de las comunidades con respecto al sistema político
y cultural dominante.
En
términos generales, se puede hablar del mundo indígena contemporáneo como de
una estructura social sometida a tres modos analíticamente diferenciables de
injusticia y dominación: la “injusticia de la redistribución” y la “injusticia
del reconoci-miento”, propias de las “comunidades bivalentes” de las que nos
habla Fraser,61 y
de la dominación civilizatoria, que vendría a ser un conflicto de poder en el
orden sustantivo de las racionalidades de la integración social.
La rebelión
indígena
Sin
embargo, la suma de estos componentes, por sí mismos, no genera rebeliones;
cuando más, produce estados de desmembra-miento societal y estados de ánimo
predispuestos a mesianismos religiosos o populistas, que también son fáciles de
comprobar
61\ 琀ancy
Fraser, “¿De la redistribución al reconocimiento? Dilemas de la justicia en la
era ‘postsocialista’”, en New Left Review No. 0: Pensamiento crítico
contra la dominación, 2000.
406
hoy en determinados segmentos de la población
comunaria y de los barrios periféricos. Las rebeliones sociales como la del
alti-plano son, en cambio, procesos de autounificación comunitaria, portadores
de proyectos políticos con alto grado de autonomía, cuya producción requiere de
otros componentes con raíces en la memoria colectiva y en su capacidad de
proyectar horizontes de acción, racionalmente fundados en esta historia
colectiva o, al menos, en lo que se imaginan que es su historia.
La
rebelión aimara del altiplano ha podido acontecer, preci-samente, porque allí
se han agolpado penurias contemporáneas con herencias históricas y
representaciones de la vida que leen el pasado, que significan el mundo vivido
como un hecho de domi-nación colonial que debe ser abolido. De ahí la profunda
carga política de la acción de las comunidades, pues en su acción, en su
simbolismo, en su discurso corporal y en su manera de escindir el mundo
entre q’aras y aimaras hay toda una recuperación de la historia,
una denuncia del racismo que acompaña la vida republi-cana y una propuesta de
democratización del poder, de lo público, de la producción de lo común. Y
precisamente “la oportunidad política” —en el sentido propuesto por Sidney
Tarrow, que ha permitido “gatillar” como rebelión social este conjunto de
po-tencialidades sociales y de seculares escisiones civilizatorias— ha sido,
por una parte, la intención gubernamental de mercantilizar el agua controlada
por las comunidades, brindando así un espa-cio de unidad inmediata entre ellas,
ante el inminente “peligro de muerte”, que según Sartre62 permite
reactualizar los pactos de fidelidad práctica entre los miembros del grupo.
Por
otra parte, la presencia de un dirigente sindical-comunal, Felipe Quispe, a la
cabeza de la csutcb que, por
sus caracterís-ticas, permitió condensar en estado de insurgencia ámbitos de
predisposición y de voluntad colectiva largamente acumulados en las comunidades
indígenas del altiplano y valles adyacentes. Es portador de la construcción
discursiva y política más elaborada
62\
Jean Paul Sartre, Crítica de la razón dialéctica. Tomo 1, Buenos
Aires, Losada, 1979.
407
de la identidad indígena contemporánea, poseedor de
una larga trayectoria en la lucha por la autonomía e independencia de las
nacionalidades indígenas respecto al tutelaje e incorporación es-tatal,
partidaria e institucional en las que cayeron gran parte de los otros antiguos
dirigentes indianistas-kataristas; personifica un elevado prestigio por su
liderazgo político, los años de cárcel como preso político, la ferocidad de su
lenguaje frente a los po-derosos, a los cuales jamás miró desde abajo sino desde
arriba; y ha logrado articular antiguas y nuevas fidelidades de ayllu,
en un movimiento social que puso en crisis el ordenamiento estatal y la
configuración republicana.
Aquí,
la institucionalidad (la csutcb)
y la personalidad del dirigente —sistemáticamente vinculado con las
comunidades, las cuales visitó una por una para consultar la acción conjun-ta—
lograron traducir la complicidad tácita del sufrimiento y la discriminación,
aisladamente soportada por todos, en una viven-cia comunitariamente resistida.
En este caso, su palabra desem-peñó el papel de la “palabra del portavoz”, de
la que nos habla Bourdieu,63 como
explicitador de la situación de las comunida-des, y con la fuerza para
constituir públicamente la situación de interunificación de esas comunidades,
para hacer existir esa uni-ficación y para movilizarlas.
Las tecnologías
sociales del movimiento comunal
El
levantamiento aimara de septiembre-octubre no sólo ha sido una explosión de
descontento, ni siquiera un recordatorio de que Bolivia es un país donde están
dominadas otras naciones. Ante todo, en él se han desplegado, de una manera
intensa, una serie de mecanismos de movilización social que, al igual que lo
que sucedió en abril en la ciudad de Cochabamba, marcan pautas y tendencias
para una regeneración de la política y el buen gobierno en el país, en este
caso a través del ayllu en acción o movilización actuante de
una estructura civilizatoria comunal-andina.
63\ Pierre
Bourdieu, El campo político, La Paz, Plural, 2001.
408
1) Sustitución del poder estatal por un poder
político comu-nal suprarregional descentralizado en varios nodos (cabildos). A
pocos días de la movilización, el sistema estatal de autoridades
(subprefecturas, corregidores, alcaldías, retenes policiales, ad-ministración
estatal) fue disuelto en toda el área de movilización comunal (Sorata, Cambaya,
Achacachi, Huarina, Ancoraimes, Pukarani, etc.) y reemplazado por un complejo
sistema de auto-ridades comunales (denominadas dirigentes sindicales, pero que
en verdad funcionan bajo la lógica comunal de la responsabilidad pública
rotativa, ligada a la legitimidad de la tenencia familiar-comunal de la
tierra). Este armazón de poder político alternativo tenía a las asambleas de
comunidad (sindicato campesino) como punto de partida y soporte de la
movilización. Es aquí donde se toman las decisiones e, internamente, la única
fuerza capaz de movilizarlas es el convencimiento asambleariamente decidido de
la justeza de la demanda y del objetivo de la acción colectiva.
Por
encima de él, los representantes de decenas de comunida-des (subcentrales); por
encima de ellas, representantes de varias subcentrales agrupadas en una
federación provincial, que es el nivel organizacional hasta donde llega el
control de las bases co-munales sobre la acción de sus dirigentes, pues son
miembros que siguen labrando las tierras en sus comunidades. En esta red recayó
la capacidad de movilización de las cerca de diez provincias pace-ñas que
concentran la mayor parte de la población aimara rural del país, apoyadas por
las comunidades quechuahablantes del norte del departamento y de las zonas de
altura de Cochabamba.
Dado
que el bloqueo dio lugar a la formación de grandes concentraciones, se
conformaron cuatro Cabildos interprovin-ciales, que llegaron a agrupar cada uno
hasta veinticinco mil co-munarios, y que deliberaban permanentemente, al margen
de que otros se mantuvieran en los bloqueos a lo largo de los cientos de
kilómetros de las carreteras que confluían en la ciudad de La Paz. Como fruto
de estos cabildos, se formaron Comités de Blo-queo con representantes
destacados de las zonas más aguerridas y movilizadas, y que constituyeron el
auténtico Estado Mayor de la movilización, pues coordinaba a las comunidades de
base con
409
los dirigentes máximos, que se movían por otras
provincias o se hallaban en la ciudad para entablar las mesas de negociación
con el gobierno; y por último, Felipe Quispe y algunos dirigentes de la csutcb,
que se movían entre las comunidades movilizadas, las reuniones de coordinación
con otros sectores (maestros rura-les, transportistas, gremiales), y las
negociaciones oficiales con el gobierno.
Durante
los dieciocho días, nada se movía, nadie transitaba por los caminos y ninguna
decisión se tomaba si no era a través de estas redes de poder, que ocuparon
carreteras, pueblos inter-medios y medios de comunicación. En los hechos, la
autoridad territorial de la zona de rebelión se desplazó, del Estado, a las
estructuras sindicales de la comunidad y a sus cabildos, y duran-te quince días
éstas se mostraron como eficientes y coordinadas formas de ejercicio de poder
gubernamental en una extensa re-gión del país.
2)
Sistema comunal productivo, aplicado a la guerra de movi-mientos. La
posibilidad de que tanta gente pudiera mantenerse durante tantos días en las
carreteras se sostuvo por el sistema de “turnos” mediante el cual, cada
veinticuatro horas, la gente mo-vilizada de una comunidad era sustituida por la
de otra comu-nidad, a fin de permitir que la primera descansara, se dedicara
durante unos días a sus faenas agrícolas y regresara nuevamente a la
movilización cuando le tocara su “turno”. Por cada cien per-sonas movilizadas,
en uno de los cientos de bloqueos había un círculo de otras mil o dos mil
personas que esperaban su turno para desplazarse. De ahí el cálculo conservador
de que, sólo en el altiplano, se movilizaron cerca de quinientos mil
comunarios.
La
logística del bloqueo estuvo también asentada en las pro-pias comunidades. Cada
grupo movilizado traía su alimentación comunal, que luego era reunida con la de
otras familias y comu-nidades, en un apt’api64 que
consolidaba solidaridades y cohesio-naba, a través del alimento, lo que se
venía haciendo en la guerra.
64\
Comida colectiva comunal en la que cada participante contribuye con alimentos (N.
del E.).
410
Por otra parte, la técnica de bloqueo que
inviabilizó cualquier intento de desbloqueo militar fue el traslado de la
institución del trabajo comunal, en el que todas las familias trabajan
colectiva-mente en la tierra de cada una de las familias, al ámbito guerrero. A
lo largo de los caminos, unas poderosas máquinas humanas productivas se ponían
en movimiento, sembrando de piedras y tierra cada metro de asfalto. No bien
pasaban los tractores y los soldados, esta poderosa fuerza productiva agrícola,
que permite la roturación o la siembra en corto tiempo, ahora servía para
ta-pizar la carretera de infinitos obstáculos.
Objetivamente,
los comunarios aimaras ocuparon militarmen-te el espacio y ejercieron su
soberanía sobre él a través del tensa-miento de instituciones comunales, tanto
políticas y económicas como culturales. El Estado, mientras tanto, donde
asomaba la cara, lo hacía como un intruso inepto, a quien la geografía y el
tiempo se le presentaban como fuerzas ajenas e incontrolables. La única manera
de querer conjurar esta soledad fue a través de las muertes, que lo arrojaban a
una mayor adversidad, pues con el recuento de los muertos, los aimaras
comenzaron a proponerse desalojar los cuarteles que se hallaban en las
provincias rebeldes. En términos militares, el Estado perdió la iniciativa;
perdió el control del tiempo, perdió el control del territorio y fracasó en su
intento de represión. Esta derrota militar del ejército estatal es un
acontecimiento que seguramente también marcará los siguientes pasos que
emprenda el movimiento indígena en la construcción de su autonomía política.
3)
Ampliación de la democracia comunal al ámbito regional-nacional y la producción
de una moral pública de responsabilidad civil. La pedagogía de democratización
de la vida pública, en este caso de la decisión de desplazar la
institucionalidad estatal, de conservar el agua como un bien común y de abolir
el colonialismo republicano, fue sin duda extraordinaria, y se ejerció mediante
la aplicación de los saberes democráticos practicados en el ám-bito de las
comunidades campesinas a escala superregional, que permitió acordar fines
colectivos, consultar reiteradamente a las bases acerca de la continuidad de la
movilización, lograr consen-
411
sos acerca de las demandas, coordinar la defensa
territorial de las comunidades movilizadas ante el avance del ejército, y
controlar la vida política en las zonas sublevadas.
Bajo
esta nueva forma de poder político, las prácticas demo-cráticas mediante las
cuales la población recuperó su capacidad de intervención y gestión en la
formulación del bien común y el uso de la riqueza colectiva fueron:
a) Los
cabildos y las asambleas, que funcionaron como orga-nismos públicos de
intercambio de razones y argumentos de los cuales nadie estaba excluido, ni
siquiera los funcionarios estatales, pero como iguales frente a los comunarios
indígenas; es decir, las asambleas y cabildos funcionaron como espacios de
producción de igualdad política real y de formación de opinión pública, am-bos
componentes básicos de lo que se denomina “democracia deliberativa”, pero no
como complemento del Estado de derecho, como lo hubiera deseado Habermas,65 sino
precisamente como interpelación a un Estado que ha institucionalizado la
desigual-dad entre hombres y mujeres pertenecientes a distintas culturas.
b) Los
participantes de estas condensaciones de cultura de-mocrática ejercieron un
principio de soberanía, en la medida en que no obedecían a ninguna fuerza
externa distinta a la decisión colectivamente acordada por todos, y de ahí la
radicalidad con la que sus decisiones eran recibidas por el Estado.
c) Las
deliberaciones entre iguales se sustentaron en movi-mientos sociales (las
comunidades movilizadas), portadores de una moral de responsabilidad pública
(local), en la que rigen formas de acción normativamente reguladas.66 Ciertamente,
es-to lleva a que muchos de los valores colectivos que guían los
comportamientos de sus integrantes estén regidos por principios previos y
obligatorios que pudieran limitar la generación de nue-vos consensos
sustanciales, como sucede, por ejemplo, a escala comunal, donde lo público
tiene la misma dimensión territorial
65\ Jürgen
Habermas, Facticidad y validez, Madrid, Trotta, 1998.
66\ Jürgen
Habermas, Teoría de la acción comunicativa. Tomo II, op.
cit.
412
que el espacio de eficacia de los valores
normativos. De ahí que se pueda hablar de la presencia de un “principio de
comunidad”,67 que obliga a las personas a actuar dentro de la
colectividad, bajo el supuesto implícito de que esos lazos de unidad ya existen
con anterioridad a cualquier actitud que se tome respecto a ellos. Sin embargo,
es en el marco de las acciones colectivas a gran escala donde la esfera
pública, lo común que interconecta a los sujetos colectivos, rebasa el marco de
las regulaciones normativas locales y tiende a ser fruto de una nueva
interacción comunicativa, pro-ductora de nuevos consensos y normas colectivas.
La
democracia comunal fusiona, entonces, la acción comunica-tiva,
mediante la cual los comunarios deliberan sus acuerdos para formar
discursivamente un horizonte de acción común, con la acción normativa,
que hace que los acuerdos así producidos cuen-ten con un carácter obligatorio
respecto a los sujetos colectivos e individuales partícipes en su elaboración.
Esto tiene que ver con la preponderancia de lo común por encima de lo
individual en las estructuras sociales tradicionales. Sin embargo, las
asambleas buscan, ante todo, la producción de consenso a través de largas sesiones
de mutua persuasión; y si bien no falta la formación de disensos minoritarios,
estas minorías no pierden su derecho a la voz disidente y a aprobar en una
nueva asamblea un cambio en la correlación de fuerzas. Lo decisivo no radica,
por tanto, en la coerción para el cumplimiento, muchas veces simbolizada por la
amenaza de usar el chicote,68 sino en una moral de
responsabi-lidad pública, que exige a quienes han acordado una elección a
cumplirla, a refrendarla con la acción.
4)
Política de la igualdad. Uno de los componentes más im-pactantes de la
movilización social, tanto en las declaraciones de
67\
Ranajit Guha, Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial
India, Oxford, Oxford University Press, 1983; véase también Partha
Chatterjee, “La nación y sus campesinos”, en Silvia Rivera y Rossana Barragán
(comps.), Deba-tes post coloniales; una introducción a los estudios de
la subalternidad, La Paz, Historias, Sephis y Aruwiyiri, 1997.
68\ Látigo
de cuero trenzado (N. del E.).
413
sus portavoces como en la gestualidad colectiva de
los comuna-rios bloqueadores, fue el derrumbe simbólico del prejuicio de la
desigualdad entre indios y q’aras, entre aimaras y mistis.
“He de negociar de presidente a presidente”, “inquilinos”, “asesinos” y
“carniceros” fueron frases lanzadas por un indígena que, afirmán-dose como tal,
usaba los tonos, los epítetos y las representaciones discursivas anteriormente
reservadas a las elites dominantes. Y por ello se lo acusó de racista, esto es,
por asumir precisamente la norma de la igualdad frente a cualquier habitante.
La
estructura simbólica colonial, que había acostumbrado a colonizados y
colonizadores a que los indios se dirigieran a los q’aras en
actitud de sumisión, de petición, de genuflexión o de reclamo
lloroso, de golpe se quebró ante la impronta de un diri-gente indígena que no
les tenía miedo, que les decía que él podía gobernarlos, y que no rogaba sino
que imponía. Paralelamente, en los caminos bloqueados, algo parecido sucedía
pues, en vez de ancianos y niños mendicantes a la vereda de las rutas, había
insolentes comunarios que no hacían caso a la voz de paso lanzada desde los
lujosos Mitsubishis raibanizados. La indiada se había alzado y, con ello, el
miedo, el pavor se apoderó de familias que, por si acaso, reservaron boletos de
avión para Miami o Madrid. En el fondo, mientras los indígenas ocupaban la
geografía como prolongación de su cuerpo colectivo, los otros, los q’aras, asumie-ron
la conciencia de la impostura de su soberanía real; para ello, el territorio se
presentó como un inmenso cuerpo sospechoso de emboscadas, cuyo control se
diluía a medida que se opacaban las luces de sus shoppings. La
incursión punitiva, con tanques y aviones para despejar caminos bloqueados, o
para “rescatar” a la esposa del vicepresidente de la mancha indígena que se
despren-día de los cerros que rodean a las lujosas residencias del sur, fue el
lenguaje fundador que volvía a renacer en las elites dominantes.
Las
palabras, los gestos, la corporalidad y la estrategia de es-tos indios
insurgentes habían roto una secular jerarquía étnico-cultural, por medio del
ejercicio y la reivindicación del derecho básico de la igualdad. El pedido no
era extremo, sin embargo, era lo suficientemente poderoso como para provocar un
cataclismo
414
en el sistema de creencias dominantes y reinventar
el sentido de lo político.69
En
el fondo, lo que se ejercía por la vía de los hechos era una economía de
derechos de igualdad ciudadana. Derecho a hablar, a ser oído y a ser reconocido
por los poderes instituidos; de ahí que todos los delegados de las comunidades
exigieran hablar, elaborando interminables listas de oradores, una vez que las,
hasta entonces inaccesibles, autoridades de gobierno se vieron obligadas a
sentarse frente a frente con la dirección indígeno-campesina. Derecho a
participar de los beneficios del “intelecto social general”,70 del
conocimiento universal y de las creaciones tecnológicas de la modernidad, por
parte de una estructura social que sostiene su productividad económica sobre el
antiguo arado egipcio; de ahí el reclamo sobre la ausencia de Internet en
Pata-manta y sobre la falta de tracción motorizada para las faenas agrí-colas.
Derecho a prerrogativas públicas similares entre el campo y la ciudad, entre
los productores del campo y los habitantes de la ciudad; de ahí el reto a
negociar, no sólo en brillantes edificios urbanos, sino en las destartaladas
oficinas sindicales de Achaca-chi. Derecho a la ciudadanía plena entre
indígenas y criollos, en-tre aimaras y q’aras; de ahí el
convencimiento irrenunciable del mallku71 de
que un indio podría ser presidente de todos los bo-livianos. En fin, derecho a
formular las pautas de la modernidad colectiva y la igualdad entre culturas,
idiomas, colores y apellidos.
Curiosamente,
la demanda de igualdad no estaba presente en la larga lista de demandas al
gobierno, pero sí se explicitaba a
69\
“No hay política porque los hombres, gracias al privilegio de la palabra, ponen
en común sus intereses. Hay política porque quienes no tienen derecho a ser
contados como seres parlantes se hacen contar entre éstos e instituyen una
co-munidad por el hecho de poner en común la distorsión, que no es otra cosa
que el enfrentamiento mismo, la contradicción de dos mundos alojados en uno
solo: el mundo en que son y aquél en que no son, el mundo donde hay algo
‘entre’ ellos y quienes no los conocen como seres parlantes y contabilizables y
el mundo donde no hay nada”. Jacques Rancière, El desacuerdo: política
y filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión, 1996.
70\
Antonio Negri y Michael Hardt, Imperio, Barcelona, Paidós,
2000. 71\ Autoridad
comunal aimara, literalmente significa cóndor (N. del E.).
415
través de unas sofisticadas estrategias simbólicas
que recurrían a la textura del cuerpo colectivo, a la manera de ocupar el
espacio, al dramatismo de los gestos, al rumor, al desplante, a la broma, al
discurso de asamblea y a los relatos radiales que, al tiempo que cubrían de una
manera memorable la información pública y los planes de acción colectiva en
idioma aimara, sin que las autori-dades gubernamentales y militares se dieran
cuenta, ayudaron a crear un tipo de espacio público paralelo al oficial urbano,
exi-giendo en la práctica también el reconocimiento de otras textua-lidades en
la construcción de las narrativas sociales de la nación.
5)
Política de la identidad y la alteridad. La rebelión de abril, pero ante todo
de septiembre-octubre, ha sido en primer lugar una guerra simbólica, una lucha
por las estructuras de repre-sentación, jerarquización, división y
significación del mundo. A medida que los esquemas mentales dominantes
(coloniales) eran impugnados, otros se interponían y se levantaban, orientando
la acción movilizada de los objetores del orden establecido. Es por ello que la
dinámica de la rebelión indígena y su programa, su estrategia orientadora, no
debe buscarse sólo en los papeles es-critos, sino en los otros símbolos que
produjo la rebelión y que, a su vez, la produjeron.
Ahí
está, en primer lugar, el uso del idioma aimara o quechua para tejer
públicamente, en medios de comunicación, en asam-bleas y diálogos, el tejido,
la intensidad, la amplitud y los pasos del levantamiento. En segundo lugar, el
conocimiento comunal del territorio, de sus rutas, de su importancia, de los
modos de cubrirlo y de usarlo en su favor. En tercer lugar, el uso de sistemas
de deliberación asamblearia, que creó un sistema de consulta y ejecución
colectiva a gran escala. En cuarto lugar, la lógica de una economía comunal con
alto grado de autosustentabilidad, que permitió controlar el tiempo de guerra
en función de los dilatados ciclos de siembra-cosecha, y de quebrar la
sustentabilidad de los tiempos de producción-consumo mercantil-capitalista.
Pero
es sabido que el idioma, el territorio, la lógica organi-zativa o económica
diferentes pueden ser asumidos como com-ponentes particulares, regionales o
folclóricos de una estructura
416
social mayor, como pertenencias devaluadas de las
cuales es me-jor desembarazarse, o como manifestaciones de una identidad
separada, diferenciada irreductiblemente de las que la rodean y la dominan.
Sólo en este caso, la lengua, el territorio, o la cultura y la organización
devienen componentes de una identidad na-cional; por lo tanto, lo que importa
de ellas es cómo son leídas, interpretadas, significadas, deseadas o, lo que es
lo mismo, su forma de politización.72
En
la rebelión indígeno-campesina de septiembre, dirigida por la csutcb,
esto fue precisamente lo que pasó: el conocimiento territorial devino
materialidad de soberanía que separó dos mun-dos, el de ellos y el de los q’aras.
El idioma, de medio de comuni-cación, devino medio de diferenciación entre un
“nosotros” y un “ellos”, verificable por el saber lingüístico y su modo de
adquisi-ción. Por su parte, la participación en las técnicas organizativas y
los saberes productivos aplicados a la acción de movilización se convirtieron
en medios de reafirmación electiva de una perte-nencia a una colectividad que
les precede a todos, y los empuja a la imaginación de un porvenir igualmente
común y autónomo, esto es, de una nación.
En
conjunto, estos componentes del movimiento social, tal como tendieron a ser
resignificados, comenzaron a re-crear los ejes de una identidad cultural
contrapuesta (escindida de la do-minante), de un sentido de filiación
colectiva, de alteridad irre-ductible y que, por la dimensión de disputa
territorial y de auto-nomía política que adquirió esta construcción comunal de
destino compartido, tiene todas las características de una rearticulación
72\
Sobre la formación de la identidad étnica en el caso del movimiento indígena
ecuatoriano, véase Pablo Ospina, “Reflexiones sobre el transformismo:
movili-zación indígena y régimen político en el Ecuador (1990-1998)”, en Julie
Massal y Marcelo Bonilla (eds.), Los movimientos sociales en las
democracias andinas,
Quito,
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (flacso)
e ifea, 2000. Véase
también Jorge León, El levantamiento indígena: de campesinos a
ciudada-nos diferentes, Quito, Centro de Investigación de los
Movimientos Sociales del Ecuador (cedime),
1994.
417
de identidad nacional indígena, mayoritariamente
aimara, cuya vitalidad o existencia efímera se medirán en los siguientes años.
En
general, las naciones son artefactos políticos, construccio-nes políticas que
crean un sentido de pertenencia a un tipo de entidad histórica capaz de otorgar
espíritu de colectividad tras-cendente, de seguridad histórica ante los
avatares del porvenir, de adhesión familiar básica entre personas, a las cuales
seguramente nunca se podrá ver, pero con las cuales se supone se comparte un
tipo de intimidad, de cercanía histórica, de potencialidades de convivencia que
no se tienen con otras personas que conforman la otredad, la alteridad; de ahí
la importancia y el papel destacado que pueden jugar, en la formación de las
identidades nacionales, las construcciones discursivas y los liderazgos, en su
capacidad de articular demandas, disponibilidades, expectativas y
solidari-dades, en esquemas simbólicos de agregación y acción política,
autónoma del campo de competencias culturales, territoriales y políticas
dominantes.73
Las
naciones son fronteras sociales, territoriales y culturales, que existen
previamente en las cabezas de los connacionales, y que tienen la fuerza de
objetivarse en estructuras materiales e institucionales. En ese sentido, las
naciones son comunidades políticas en las que sus componentes, los que se
asumen de la na-ción, se reconocen por adelantado en una institucionalidad a la
que conciben como propia y dentro de la cual integran sus luchas sociales, sus
competencias y mentalidades.74 Precisamente, la for-mulación de
estas fronteras simbólicas en el imaginario colectivo, a partir de la
visualización y politización de las fronteras reales de la segregación colonial
ya existente, parecería ser la primera de una serie de tareas nacionalitarias
del actual movimiento social
73\
Terry Eagleton, “El nacionalismo y el caso de Irlanda”, en New Left
Review No. 1: El nacionalismo en tiempos de globalización,
2000; también, David Miller, So-bre la nacionalidad: autodeterminación
y pluralismo cultural, Barcelona, Paidós, 1997.
74\
Étienne Balibar, “La forma nación: historia e ideología”, en Immanuel
Wallerstein y Étienne Balibar, Raza, nación y clase, Madrid,
Instituto de Estudios Políticos para América Latina y Africa (iepala),
1991.
418
indígena que, por ello, simultáneamente se presenta
como un movimiento de construcción nacional indígena.75
En
la medida en que las formaciones nacionales inicialmente son discursos
performativos76 —con la fuerza de generar proce-sos de
construcción de comunidades de consentimiento político, mediante las cuales las
personas definen un “nosotros” separa-do de un “otros” a través de la
reinterpretación, la enunciación o la invención de algún o algunos componentes
sociales (por ejemplo, el idioma, la religión o la etnicidad, la historia de
domi-nación), que a partir de ese momento pasan a ser componentes de
diferenciación y adscripción a la comunidad, que garantiza a sus miembros una
seguridad colectiva en el porvenir igualmente común—, se trata de un tipo de
interacción comunicativa que produce, o desentierra, o inventa una hermandad
extendida, un parentesco ampliado capaz de crear: a) un efecto de atracción
gravitatoria hacia ciertos sectores poblacionales que se sentirán atraídos, y
b) un efecto complementario de repulsión hacia los
75\
“Las luchas sobre la identidad étnica o regional, es decir, respecto a
propiedades (estigmas o emblemas) vinculadas con su origen al lugar de
origen y sus señales correlativas, como el acento, constituyen un caso
particular de las luchas de clases, luchas por el monopolio respecto al poder
de hacer creer, hacer conocer y hacer reconocer, imponer la definición legítima
de las divisiones del mundo social y, a través de eso, hacer y deshacer
los grupos: en efecto, lo que se ventila en esas luchas es la posibilidad
de imponer una visión del mundo social a tra-vés del principio de división que,
cuando se imponen al conjunto de un grupo, constituyen el sentido y el consenso
sobre el sentido y, en particular, sobre la identidad y la unidad que hace
efectiva la realidad de la unidad e identidad de ese grupo”. Pierre
Bourdieu, ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos, Madrid,
Akal, 1999.
76\ 琀l
discurso étnico o regionalista “es un discurso performativo, que
pretende imponer como legítima una nueva definición de las fronteras y hacer
conocer y reconocer la región así delimitada frente a la
definición dominante y descono-cida como tal. El acto de categorización, cuando
consigue hacerse reconocer o es ejercido por una autoridad reconocida, ejerce
por sí mismo un poder: como las categorías de parentesco, las categorías
“étnicas” o “regionales” instituyen una realidad utilizando el poder de revelación y
de construcción ejercido por la objetivación
en el discurso”. Pierre Bourdieu, ¿Qué significa hablar?, op. cit.
419
que se sentirán excluidos; por todo ello, se dice
que las naciones son “comunidades imaginadas”.77
Pero,
a la vez, en tanto se trata de procesos de remodelación de la subjetividad
colectiva que crea un sentido de “nosotros”, las naciones son también una forma
de producir lo “común”, el bien común que une al grupo y lo diferencia de los
“otros” gru-pos y, en ese sentido, se trata de comunidades políticas, pues su
fuerza articulatoria es precisamente la gestión, la distribución, la
conservación de ese bien común. En ese sentido, la política de las necesidades
vitales, que disputa la forma de gestión de los bienes comunes imprescindibles
para la reproducción social, en la actua-lidad es una fuerza social que en unos
casos (la Coordinadora del Agua) está conduciendo a una regeneración de la vida
democráti-ca y plebeya de la nación boliviana, mientras que en otro caso
(la csutcb), está
permitiendo la formación de una identidad nacional indígena
separada de la identidad boliviana. Parecería que estas dos fueran las formas
de acción colectiva ascendente con mayo-res probabilidades de erosionar las
estructuras de dominación, y ampliar las prácticas de politización y
democratización de la vida colectiva en los siguientes años. De ser así,
estaríamos ante la irradiación de dos nuevas formas de autodeterminación
social.
77\ 琀rnest
Gellner, Naciones y nacionalismos, Madrid, Alianza, 1994;
Benedict An-derson, Comunidades imaginadas, México, Fondo de
Cultura Económica, 1989; Montserrat Guibernau, Los nacionalismos, Barcelona,
Ariel, 1998.
420
VII. crisis
estatal y época de revolución
CRISIS
DEL ESTADO Y SUBLEVACIONES
INDÍGENO-PLEBEYAS
EN BOLIVIA1
Fue
Kant quien definió el Estado como una unión de personas que se proponen vivir
jurídicamente, entendido esto como des-pliegue de la libertad bajo una ley y
una coacción universal.2 Más allá de ver al Estado como la idea
del derecho en acto, lo que aquí nos interesa resaltar es la concepción del
Estado como el “yo común” del sistema de libertades que posee una sociedad. Sin
embargo, fue Marx quien nos llamó la atención sobre el ca-rácter ilusorio de
esta comunidad.3 No es que el Estado no sea un resumen de la
colectividad, sino que es una síntesis enajena-da, pues transfigura los
conflictos internos de la sociedad bajo la apariencia de la autonomía de las
funciones estatales. De ahí que se pueda decir que el Estado es una síntesis de
la sociedad, pero una síntesis cualificada por la parte dominante de esa
sociedad.4
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Crisis del Estado y sublevaciones
in-dígena-plebeyas en Bolivia”, en Álvaro García Linera, Luis Tapia y Raúl
Prada, Memorias de octubre, La Paz, Comuna y Muela del Diablo,
2004.
2\ 琀mmanuel
Kant, Crítica de la razón práctica, Buenos Aires, El Ateneo,
1951.
3\
Karl Marx, “De la crítica de la filosofía del derecho de Hegel”, en Obras
funda-mentales, México, Fondo de Cultura Económica, 1981.
4\ René
Zavaleta, El Estado en América Latina, La Paz, Los Amigos del
Libro, 1989.
423
En los últimos años, la escuela derivacionista y
regulacionista5 ha trabajado, precisamente, los procesos
sociales mediante los cuales las estructuras estatales modernas, y sus ámbitos
de autono-mía política, responden a las distintas maneras de configuración de
los procesos productivos, a los modos de gestión de la fuerza de trabajo, y a
la propia articulación de las redes transnacionali-zadas de los circuitos del
capital social planetario. Esto significa que, cuando hablamos del Estado,
estamos hablando de algo que es mucho más que un conjunto de instituciones,
normas o proce-dimientos políticos, pues en el fondo, el Estado es una relación
social conflictiva, que atraviesa el conjunto de toda la sociedad, en los modos
en que realiza la continuidad de su sistema de ne-cesidades (propiedad,
impuestos, moneda, derechos laborales, créditos, etc.), y en el modo en que
representa la articulación entre sus facultades políticas y sus actividades
cotidianas.
Esta
manera de ver al Estado como totalidad fue sistematiza-da por Antonio Gramsci,
quien propuso el concepto de Estado, en su “sentido integral”, como la suma de
la sociedad política y la sociedad civil, recogiendo, a su modo, el legado
hegeliano de que la sociedad civil es el momento constitutivo del Estado que, a
su vez, mediante el andamiaje de sus instituciones, sintetiza el ideal de
eticidad de una colectividad, esto es, las costumbres, va-lores y creencias que
los miembros de una sociedad comparten.6
La
importancia de las creencias, como elemento fundamen-tal en la constitución del
poder político, fue lo que llevó a Émile Durkheim a ver al Estado como “el
órgano mismo del pensa-miento social y, sobre todo, el órgano de la disciplina
moral”, lo que, sin embargo, no debe hacernos olvidar el ámbito de la
“vio-lencia organizada” como núcleo del poder estatal.7 Coerción
y creencia, ritual, institución y relación, sociedad civil y sociedad
5\ Robert
Boyer y Yves Saillard (dir.), Théorie de la régulation. L’état des
savoirs,
Paris,
La Découverte, 1990.
6\
Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el
estado moder-no, México, Juan Pablos, 1975; Georg W.F. Hegel, Fundamentos
de la filosofía del derecho, Buenos Aires, Siglo Veinte, 1975.
7\ Émile
Durkheim, La división del trabajo social, México, Premiá,
1985.
424
política son por tanto elementos constitutivos de
la formación de los Estados. Max Weber sintetizará esta composición del hecho
estatal a través de la definición del Estado como una organiza-ción política
continua y obligatoria que mantiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza
física.8
Esto
significa que hay Estado, no sólo cuando en un territo-rio unos funcionarios
logran monopolizar el uso de la coerción física, sino también cuando ese uso es
legítimo, esto es, cuando la legalidad de tal monopolio se asienta en la
creencia social, lo que a su vez supone, según Pierre Bourdieu, un monopolio
pa-ralelo, el de la violencia simbólica, que no es otra cosa que la ca-pacidad
de imponer y consagrar, en las estructuras mentales de las personas, sistemas
cognitivos, principios de visión y división del mundo considerados evidentes,
válidos y legítimos por los miembros de una sociedad.9
Crisis
de estado
Ahora
bien, como lo ha mostrado Norbert Elias, estos mono-polios que dan lugar a los
Estados son procesos históricos que necesitan reproducirse continuamente.10 De
tal manera que la estatalidad de la sociedad no es un dato, un hecho fijo, sino
un movimiento. Este monopolio del “capital de fuerza física” y del “capital de
reconocimiento”, que da lugar al Estado, genera a su vez otro capital, el
“capital estatal”, que es un poder sobre las distintas especies de capital
(económico, cultural, social, simbó-lico), sobre su reproducción y sus tasas de
reconversión, por lo que el escenario de disputas y competencias sociales en el
Estado está constituido, en el fondo, por confrontaciones sociales por las
características, el control y direccionalidad de este capital estatal
burocráticamente administrado.
8\
Max Weber, Economía y sociedad, México, Fondo de Cultura
Económica, 1987. 9\ Pierre
Bourdieu, Razones prácticas, Barcelona, Anagrama, 1997.
10\ 琀orbert
Elias, El proceso de la civilización, México, Fondo de Cultura
Econó-mica, 1987.
425
En síntesis, en términos analíticos es posible
distinguir en la organización del Estado al menos tres componentes
estructura-les que regulan su funcionamiento, estabilidad y capacidad
re-presentativa. El primero es el armazón de fuerzas sociales,
tanto dominantes como dominadas, que definen las características
ad-ministrativas y la dirección general de las políticas públicas. Todo Estado
es una síntesis política de la sociedad, pero jerarquizada en coaliciones de
fuerzas que poseen una mayor capacidad de decisión (capital
estatal-burocrático), y otras fuerzas, compuestas por grupos que tienen menores
o escasas capacidades de influen-cia en la toma de decisiones de los grandes
asuntos comunes. En ese sentido, los distintos tipos o formas estatales
corresponden analíticamente a las distintas etapas históricas de regularidad
es-tructural de la correlación de fuerzas, que siempre son resultado y
cristalización temporal de un corto periodo de conflagración intensa, más o
menos violento, de fuerzas sociales que disputan la reconfiguración de las
posiciones y la toma de posición en el control del capital estatal.
En
segundo lugar, está el sistema de instituciones, de normas y reglas
de carácter público, mediante las cuales todas las fuerzas sociales logran
coexistir, jerárquicamente, durante un periodo duradero de la vida política de
un país. En el fondo, este sistema normativo de incentivos, de señales, prohibiciones
y garantías sociales, que se objetiva por medio de instituciones, es una for-ma
de materialización de la correlación de fuerzas fundacional, que dio lugar a un
tipo de régimen estatal y que, a través de este marco institucional, se
reproduce por medios legales.
Como
tercer componente de un régimen de Estado, está el sistema de creencias
movilizadoras. En términos estrictos, todo Estado, bajo cualquiera de sus
formas históricas, es una estructura de categorías de percepción y de
pensamientos comunes, capaces de conformar, entre sectores sociales gobernados
y gobernantes, dominantes y dominados, un conformismo social y moral sobre
426
el sentido del mundo que se materializa mediante
los repertorios y ritualidades culturales del Estado.11
Cuando
estos tres componentes de la vida política de un país muestran vitalidad y un
funcionamiento regular, hablamos de una correspondencia óptima entre régimen
estatal y sociedad. Cuando alguno o todos estos factores se estancan, se
diluyen o se quiebran de manera irremediable, estamos ante una crisis
de Estado, manifiesta en el divorcio y antagonismo entre el
mundo político, sus instituciones, y el flujo de acciones de las
organiza-ciones civiles. Esto es precisamente lo que viene sucediendo en
Bolivia desde hace tres años. Lo más llamativo de esta crisis es-tatal es que,
a diferencia de las que cíclicamente se repiten cada quince o veinte años, la
actual crisis de Estado presenta una doble dimensión. Parafraseando a Braudel,
podemos decir que hoy se manifiesta la crisis de una estructura estatal de
“larga duración” y otra de “corta duración”. La primera tiene que ver con un
dete-rioro radical y un cuestionamiento de las certidumbres societales,
institucionales y cognitivas que atraviesan de manera persistente los distintos
ordenamientos estatales de la vida republicana, a las que llamaremos estructuras
de invariancia estatal; mientras que la crisis de “corta duración” hace
referencia al modo “neolibe-ral” o reciente de configuración del Estado, al que
llamaremos estructuras estatales temporales que, pese a sus
variadas formas históricas, utilizan, moldean y dejan en pie
sistemas de poder que dan lugar a las estructuras invariantes. Veamos
brevemente cómo se manifiesta esto.
1.
La trama de las fuerzas sociales
Desde
mediados de la década de los ochenta del siglo anterior, la constitución del
armazón de fuerzas colectivas que dieron lugar al llamado Estado
“neoliberal-patrimonial” contemporáneo, en Bolivia tuvo como punto de partida
la derrota política y cultural
11\
Gilbert Joseph y Daniel Nugent (comps.), Aspectos cotidianos de la
formación del Estado, México, Era, 2002.
427
del sindicalismo obrero articulado en torno a la
Central Obre-ra Boliviana (cob),12 que
representaba la vigencia de múltiples prerrogativas plebeyas en la
administración del excedente social y en la gestión del capital estatal
(ciudadanía sindical, co-gestión obrera, etc.). Sobre esta disgregación del
sindicalismo adherido al Estado se consolidó un bloque social, compuesto por
fracciones empresariales vinculadas al mercado mundial, partidos políticos,
inversionistas extranjeros y organismos internacionales de regu-lación, que
ocuparon el escenario dominante de la definición de las políticas públicas.
Durante
quince años, la toma de decisiones en gestión pública (reformas estructurales
de primera y segunda generación, priva-tizaciones, descentralización, apertura
de fronteras, legislación económica, reforma educativa, etc.) tuvo como único
sujeto de decisión e iniciativa a estas fuerzas sociales, que reconfiguraron la
organización económica y social del país bajo promesas de mo-dernización y
globalización.
En
la actualidad, esta composición de fuerzas se ha agrietado de manera acelerada.
Por una parte, la desorganización y des-politización del tejido social,
generadas por la inermidad de las clases subalternas y la garantía de la
aristocratización del poder estatal durante quince años, ha sido revertida. Los
bloqueos de abril-septiembre de 2000, julio de 2001 y junio de 2002 señalan una
reconstitución regional de diversos movimientos sociales con capacidad de
imponer, sobre la base de la fuerza de su moviliza-ción, políticas públicas,
régimen de leyes y hasta modificaciones relevantes de la distribución del
excedente social. Leyes como la 2029 y el anteproyecto de Ley de Aguas, que
buscaban redefi-nir el uso y propiedad del recurso líquido, las adjudicaciones
de empresas estatales a manos privadas, la aplicación del impuesto
12\
Organización de obreros de gran empresa de distintos ramos productivos, que
durante décadas logró articular un amplio frente de clases trabajadoras de la
ciudad y el campo. Después de los procesos de flexibilización laboral, cierre
de empresas y privatización, implementados desde 1985, su base social de
movili-zación se redujo a profesores, trabajadores de hospitales públicos,
estudiantes universitarios y algunos gremios urbanos.
428
al salario, etc., han sido anuladas o bien
modificadas extra-par-lamentariamente por los bloqueos de los movimientos
sociales y los levantamientos populares. Decretos presidenciales como el cierre
del mercado de acopio de la coca o de interdicción en los Yungas han tenido que
ser abolidos por el mismo motivo, mien-tras que artículos de las leyes
financieras han sido cambiados en función de las demandas corporativas o
nacionales de grupos sociales organizados (Confederación Sindical Única de
Trabaja-dores Campesinos de Bolivia [csutcb],13 vendedores,
jubilados, campesinos cocaleros, cooperativistas mineros, policías, etc.),
mostrando la emergencia de bloques sociales compuestos que, al margen del
parlamento, y ahora con apoyo en él, tienen la fuerza suficiente para frenar la
implementación de políticas guberna-mentales, para cambiar leyes y para
imponer, por métodos no parlamentarios, determinadas demandas y
redistribuciones de los recursos públicos. Lo importante de estas fuerzas
emergentes es que, por las características de su composición interna (plebeyas,
indígenas) y de sus demandas aglutinadoras, son bloques sociales anteriormente
excluidos de la toma de decisiones, que al tiempo que buscan
autorrepresentarse, pretenden modificar sustancial-mente las relaciones
económicas, por lo cual su reconocimiento como fuerza de acción colectiva pasa
obligatoriamente por una transformación radical de la coalición social con
capacidad de control del capital estatal y del uso de los bienes públicos, esto
es, de la forma estatal dominante en las últimas décadas, que se sostuvo en
estrategias de marginación e individuación de las cla-ses subalternas.
13\
Organización de comunidades indígenas y campesinas fundada en 1979. Par-tiendo
de unas “células de base”, las comunidades indígenas, tiene niveles de
articulación a nivel local, regional y nacional, con una gran capacidad de
movi-lización, especialmente en las zonas de valles y altiplano, donde existe
una cen-tenaria tradición organizativa indígena. Portador de un discurso de
reivindica-ción nacional indígena, su actual dirigente máximo, Felipe Quispe,
propugna la indianización de la sociedad boliviana y la necesidad de un
gobierno dirigido por indígenas.
429
Pero además, y esto es lo más notable de los
actuales procesos de reconstitución de los movimientos sociales, las fuerzas de
ac-ción colectiva más compactas, influyentes y dirigentes son indíge-nas,
entendido esto como una comunidad cultural diferenciada y un proyecto político.
A diferencia de lo que sucedió desde los años treinta del siglo XX, cuando los
movimientos sociales fue-ron articulados en torno al sindicalismo obrero,
portador de un ideario de mestizaje, y resultante de la modernización económi-ca
de las elites empresariales, hoy los movimientos sociales con mayor poder de
interpelación al ordenamiento político son de base social india, emergentes de
las zonas agrarias, bloqueadas o marginadas de los procesos de modernización
económica im-pulsados desde el Estado.
Los
aimaras del altiplano, los cocaleros de los Yungas y el Cha-pare, los ayllus de
Potosí y Sucre, y los indígenas del oriente han desplazado en el protagonismo
social a los sindicatos obreros y organizaciones populares urbanas. Y, a pesar
del carácter regional o local de sus acciones, comparten una misma matriz
identitaria indígena, que interpela el núcleo invariante del Estado bolivia-no
desde hace 178 años: su monoetnicidad. El Estado boliviano, en cualquiera de
sus formas históricas, se ha caracterizado por el desconocimiento de los indios
como sujetos colectivos con pre-rrogativas gubernamentales. Y el hecho de que
hoy aparezcan los indios, de manera autónoma y como principal fuerza de presión
demandante, pone en cuestión, precisamente, la cualidad estatal, heredada de la
colonia, de concentrar la definición y control del capital estatal en bloques
sociales culturalmente homogéneos y diferenciados de las distintas comunidades
culturales indígenas que existieron antes de que hubiera Bolivia, y que, incluso
ahora, siguen constituyendo la mayoría de la población.14
Por
otra parte, la propia alianza de las elites económicas domi-nantes muestra
claros signos de fatiga y conflicto interno, debido al estrechamiento de los
marcos de apropiación del excedente
14\ 琀nstituto
Nacional de Estadística (ine), Censo
Nacional de Población y Vivienda 2001, La Paz, ine,
2002.
430
económico, resultante de la crisis internacional y
los límites fi-nancieros del Estado liberal (privatización de empresas
públi-cas, externalización del excedente, erradicación de la hoja de coca,
contracción de la masa tributaria por el incremento de la precariedad). En un
ambiente marcado por el pesimismo a largo plazo, cada una de las fracciones del
poder comienza a jalar para su lado, enfrentándose a las demás (reducción de
las ganancias transferidas al Estado por las empresas capitalizadas, rechazo de
las empresas petroleras y procesadoras de carburantes a modifi-car los precios
de compra del petróleo, renegociación del precio del gas vendido a Brasil,
rechazo al pago de impuestos a la tierra, etc.), resquebrajándose así la unidad
de destino compartido que había garantizado, en la última década, la formación
de la coali-ción social en el monopolio del capital estatal.
Pero
además, en términos de los patrones de largo aliento o de invariabilidad epocal
de las estructuras sociales, un elemen-to que está presente como telón de fondo
de la crisis del bloque empresarial de poder y de la propia insurgencia de los
actuales movimientos sociales, surgidos de los márgenes de la modernidad
capitalista, es el carácter primario exportador15 y de enclave
de la economía boliviana. El hecho de que la modernidad industrial se presente
como pequeñas islas en un mar de fondo de informali-dad y economía campesina
semimercantil, si bien puede derribar los costos salariales, limita la
formación de un mercado interno capaz de diversificar la actividad empresarial
de valor agregado, además de convertir en endémica su vulnerabilidad a las
fluctua-ciones del precio mundial de materias primas, secularmente con
tendencia a la baja. En ese sentido, se puede decir que la crisis estatal de
“larga duración” es el correlato político de una crisis económica igualmente de
“larga duración” de un patrón de acu-mulación primario exportador, incapaz de
retener productiva-mente los excedentes y, por tanto, sin posibilidades de
disponer
15\
José Valenzuela, ¿Qué es un patrón de acumulación?, México,
Universidad Na-cional Autónoma de México (unam),
1990.
431
internamente de volúmenes de riqueza necesarios
para construir duraderos procesos de cohesión social y adscripción estatal.
No
debe olvidarse que las construcciones nacionales moder-nas, como hechos de
unificación cultural y política, se erigen so-bre procesos exitosos de
retención y redistribución del excedente industrial-mercantil; de ahí que las
propuestas de autonomía de-partamental de los Comités Cívicos, cíclicamente
reivindicadas cada vez que hay una renta hidrocarburífera a disponer; o de
autogobierno indígena, con la que distintos grupos sociales re-gionales
cuestionan la configuración del bloque de poder estatal y el ordenamiento
institucional, develan a su modo las fallas de un orden económico de larga
data, que en lo últimos años sólo ha exacerbado sus componentes más elitistas,
monoproductivos y externalizables en el mercado mundial.
2.
Régimen de instituciones políticas
Durante
los últimos dieciocho años, junto con la división de po-deres y la centralidad
parlamentaria, los partidos políticos han adquirido mayor importancia en la
organización de la institucio-nalidad gubernamental. Apoyados en el
reconocimiento otorgado autoritariamente por el Estado, pues por sí mismos
nunca fueron relevantes, los partidos han pretendido sustituir el antiguo
régi-men de mediación política desempeñado por los sindicatos, que recogía la
herencia colectivista de las sociedades tradicionales con el moderno
corporativismo del obrero de oficio de gran empresa. Sistema de partidos,
elecciones y democracia representativa son hoy los mecanismos por medio de los
cuales se ha definido pres-criptivamente el ejercicio de las facultades
ciudadanas.
Sin
embargo, está claro que los partidos no han logrado con-vertirse en mecanismos
de mediación política, esto es, en vehícu-los de canalización de las demandas
de la sociedad hacia el Esta-do. Las investigaciones sobre el funcionamiento de
los partidos, y las propias denuncias de la opinión pública, muestran que ellos
son, ante todo, redes familiares y empresariales mediante las cua-les se
compite por el acceso a la administración estatal, como si
432
se tratara de un bien patrimonial, y en los que los
modos de vin-culación con la masa votante están organizados básicamente en
torno a vínculos clientelistas y de prebendas.16
De
esta manera, destruida la ciudadanía sindical del Estado nacionalista, pero
apenas asomada una nueva ciudadanía política moderna de tipo partidario y
electivo, la sociedad ha empezado a crear o a retomar otras formas de mediación
política, otras ins-tituciones de ejercicio de representación, organización y
movili-zación política, al margen de los partidos. Éstos son los nuevos, y
viejos, movimientos sociales, con sus tecnologías de deliberación, del
asambleísmo, cabildeo y acción corporativa, y de ahí que se pueda afirmar que,
en términos de sistemas institucionales, hoy en Bolivia existen dos campos
políticos. En regiones como el Cha-pare, Yungas y Norte de Potosí, la
institucionalidad de comuni-dades se halla superpuesta no sólo a la
organización partidaria, sino también a la propia institucionalidad estatal, en
la medida en que alcaldes, corregidores y subprefectos están subordinados de
facto a las federaciones campesinas. En el caso del altiplano norte, varias
subprefecturas y puestos policiales provinciales han desaparecido en los
últimos tres años, debido a las movilizaciones; en capitales provinciales se
han creado “policías comunitarias”, que resguardan el orden público en nombre
de la Federaciones Campesinas y, de manera recurrente, cada vez que hay un
nuevo bloqueo, cientos de comunidades altiplánicas erigen lo que ellas
denominan el Gran Cuartel Indígena de Q’alachaca, que es una especie de
confederación circunstancial de ayllus y comunidades en estado
de militarización.
Ciertamente,
todo ello tiene que ver con lo que alguna vez Re-né Zavaleta denominó el
“Estado aparente”, en el sentido en que por la diversidad societal o
civilizatoria del país, amplios territo-rios y numerosas poblaciones de lo que
hoy denominamos Bolivia son portadores de formas de producir que no han
interiorizado,
16\
Patricia Chávez, “Los límites estructurales de los partidos de poder como
estruc-turas de mediación democrática: Acción Democrática Nacionalista”, Tesis
de Licenciatura, Universidad Mayor de San Andrés (umsa),
Carrera de Sociología, 2000.
433
como hábito y reforma técnica de los procesos
laborales, la ra-cionalidad capitalista, tienen otra temporalidad de las cosas,
po-seen otros sistemas de autoridad y de lo público, enarbolan fines y valores
colectivos diferenciados a los que el Estado oferta como concepción del mundo y
destino.17 Esto, que es una constante de la historia de los
distintos estados bolivianos, hoy atraviesa pro-cesos de autounificación
institucional creciente, tanto coercitivos como simbólicos, bajo la forma de
nacionalismos e identidades étnicas, que están dando lugar a una dualización de
los sistemas políticos y principios de autoridad, en algunos casos de manera
permanente (territorios agrario-indígenas politizados) y en otros, esporádicos
(zonas urbanas de Cochabamba, La Paz y El Alto).
Resulta
entonces que el Estado neoliberal ha comenzado a tener frente a él órdenes
institucionales fragmentados y regio-nales que le arrebatan el principio de
autoridad gubernativa y la lógica de acción política; pero, simultáneamente,
esta otra ins-titucionalidad, en la medida en que está anclada en los saberes
colectivos de aquella parte del mundo indígena ubicado al mar-gen de la
subsunción real o, si se prefiere, del capitalismo como racionalidad técnica,
es una institucionalidad basada en normas, procedimientos y culturas políticas
tradicionales, corporativas no-liberales, que está poniendo en entredicho la
centenaria simu-lación histórica de una modernidad y liberalidad política
estatal de texto e institución, que ni siquiera es acatada por las elites proponentes
que, pese a todo, no han abandonado jamás el viejo método de la política
señorial y patrimonial. La corrupción ge-neralizada en el aparato de Estado,
que hoy ha llegado a afectar la propia legitimidad gubernamental, no es más que
la represen-tación modernizada del antiguo hábito prebendal y patrimonial con
el que las elites en el poder asumen, entienden y producen la función estatal.
La
cultura política liberal y las instituciones liberales, que hoy en día son
rebasadas por los movimientos sociales, y dejadas de
17\
Luis Tapia, La condición multisocietal, La Paz, Postgrado en
Ciencias del Desa-rrollo (cides), umsa y
Muela del Diablo, 2002.
434
lado en el comportamiento real de las elites en el
poder, son un sistema de valores y procedimientos que presuponen la
indivi-duación de la sociedad, esto es, la disolución de las fidelidades
tradicionales, las relaciones señoriales y los sistemas productivos
no-industriales, cosa que en Bolivia apenas acontece, en el mejor de los casos,
con un tercio de la población. Sin embargo, pese a este “abigarramiento” de una
sociedad que, estructural y mayo-ritariamente, no es industrial ni individuada,
el Estado, en todas sus formas republicanas, incluso la “neoliberal”, en un
tipo de esquizofrenia política, ha construido regímenes normativos libe-rales,
instituciones modernas que no corresponden, sino como superposición
hipostasiada, a la lógica real de la dinámica social. De ahí que la
institucionalidad generalizada de los movimientos sociales indígenas y
plebeyos, que privilegian la “acción normati-va” sobre la “acción
comunicativa”,18 cuestione la validez de una institucionalidad
estatal republicana que aparenta modernidad en una sociedad que carece, e
incluso está privada, de las bases estructurales y materiales de esa modernidad
imaginada.
Por
último, otro momento paradigmático de este eclipse ins-titucional del Estado
“neoliberal”, y potencialmente repetible a mayor escala, ha acontecido
recientemente, cuando las institucio-nes armadas del Estado, que son su núcleo
sustancial y final, se han enfrentado en las inmediaciones de la casa de
gobierno. Con ello, no sólo se ha derrumbado la estructura de mandos y
fideli-dades que da continuidad y verificabilidad al espíritu de Estado, no
sólo se ha disuelto el principio de cohesión y unicidad estatal, que es algo
como el instinto de preservación básico de cualquier Estado, sino que además no
se ha podido ejercer el mandato fis-cal que, según Elias, es el monopolio que
sostiene el monopolio de la violencia, y ambos, al Estado.
18\
Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa. Tomo II,
Barcelona, Taurus, 1992.
435
3.
Matriz de creencias sociales movilizadoras
Por
más de una década y media, los “dispositivos de verdad”, que articulaban
expectativas, certidumbres y adherencias prácticas de importantes sectores de
la población, fueron las ofertas de li-bre mercado, privatización,
gobernabilidad y democracia liberal representativa. Todas estas propuestas
fueron ilusiones bien fun-dadas, pues si bien en verdad nunca lograron
materializarse de manera sustancial, permitieron realinear el sentido de la
acción y las creencias de una sociedad que imaginó que, por medio de ello, y
los sacrificios que requería, se iba a lograr el bienestar, la modernidad y el
reconocimiento social. Clases altas, clases medias y subalternas urbanas, estas
últimas vaciadas de las expectativas y adherencias al Estado protector y al
sindicato por centro de tra-bajo, creyeron ver en esta oferta de modernización
una nueva vía de estabilidad y ascenso social, dando lugar así a un nuevo
espacio de apetencias, grandezas y competencias individuales considera-das como
legítimas. Hoy, a quince años de esta apuesta colectiva, y frente a una
creciente brecha entre expectativas imaginadas y realidades obtenidas, se ha
generado una población defraudada y en proceso de divorcio social con respecto
a la emisión estatal, que está empujando a un pesimismo social, en unos casos;
en otros, a una atracción por diferentes convicciones emitidas al margen del
Estado, o que desconocen abiertamente una buena parte del régimen de rutinas y
rituales de la dominación estatal.
La
modernidad anunciada se ha traducido en el regreso a formas de extracción de
plusvalía absoluta, y a un incremento de la informalidad laboral, del 55% al
68% en veinte años. La promesa de ascenso social sólo ha producido una mayor
concen-tración de la riqueza y una reactualización de la discriminación étnica
en los capitales legítimos para el ascenso a los espacios de poder. La
privatización, lejos de ampliar el mercado interno, se ha convertido en la
pérdida del mayor excedente económico de los últimos cincuenta años (los
hidrocarburos) y la extranjeriza-ción acelerada de los débiles ahorros
sociales.
436
El sistema de convicciones y esquemas mentales que
permi-tió que gobernantes y gobernados se articularan muestra hoy un acelerado
proceso de agotamiento, por la imposibilidad material de mostrarse verificable,
dando lugar nuevamente a un estado de disponibilidad cultural de la población
hacia nuevas fidelida-des y creencias movilizadoras. De hecho, nuevos
discursos, que han contribuido a la erosión de las certidumbres estatales, hoy
comienzan a hallar receptividad en amplios grupos sociales, que empiezan a utilizar
esas propuestas como ideas-fuerza, esto es, como creencias en torno a las
cuales están dispuestos a entregar tiempo, esfuerzo y trabajo para su
materialización y que, como en zonas del altiplano aimara, comienzan a promover
modos de escenificación y ritualización alternativos de poder y mando
(sustitución de banderas bolivianas por wiphalas19 indígenas,
el chicote y bastón de mando en vez del escudo como símbolos de poder,
etcétera).
Entre
las nuevas ideas-fuerza con carácter expansivo, que comienzan a aglutinar a
sectores sociales, está la reivindicación nacional-étnica del mundo indígena,
que ha permitido el avance de un tipo de nacionalismo indígena en el sector
aimara del alti-plano, y la constitución de una izquierda electoralmente
exitosa a la cabeza de caudillos indios en las pasadas elecciones generales.
Otras propuestas, como la recuperación estatal de los recursos públicos
privatizados, y la ampliación de la participación social y la democracia a
través del reconocimiento de prácticas políticas no liberales de corte
corporativo, asamblearios y tradicionales (comunidad indígena, sindicato,
etc.), son convicciones que es-tán desplazando las fidelidades liberales y
privatizadoras emitidas por el Estado.
Se
puede decir que el Estado ha perdido el monopolio del ca-pital de
reconocimiento y hoy, al menos por un tiempo, estamos atravesando un periodo de
transición de las estructuras cognitivas con efecto de adherencia y
movilización de masa. Lo notable de
19\
Banderas indígenas con 49 cuadrados de colores, aunque no es precisa la fecha
de su creación, su uso político remite a los años setenta del siglo XX (N.
del E.).
437
esta mutación cognitiva es que una parte de las
nuevas creencias articuladoras de las convicciones sociales, a la vez que se
enfren-tan con los discursos de modernidad neoliberal, afectan también las
certidumbres últimas y primarias del ideario republicano del Estado, como la
creencia de una desigualdad sustancial entre indígenas y mestizos, o el
convencimiento de que los indios no están capacitados para gobernar el país. El
que los indios, acos-tumbrados a entregar su voto a los mistis (mestizos),
en 2002 ha-yan votado ampliamente por indios, que los líderes sociales sean
indígenas o que las nuevas izquierdas estén acaudilladas ahora por indios,
habla ciertamente de un cataclismo de las estructuras simbólicas de una
sociedad profundamente colonial y racializa-da en su manera de significar y
ordenar mentalmente el mundo.
En
conjunto, está claro que en Bolivia los tres pilares de la estructura estatal
“neoliberal”, y en general estatal republicana, muestran un deterioro
creciente, y es esta sobreposición de crisis estatales lo que ayuda a explicar
la radicalidad de la conflictividad política, pero también su complejidad y su
irresolución, en térmi-nos de construcción de hegemonía urbana, por parte de
las fuer-zas sociales indígenas, en la medida en que es allí donde lo indíge-na
encuentra mayores espacios de hibridismo o disolución frente a la constitución,
no exenta de ambigüedades y contramarchas, de una identidad cultural mestiza,
tanto de elite como popular.
Con
todo, es sabido que las crisis estatales no pueden durar mucho, porque no hay
sociedad que soporte largos periodos de incertidumbre y vacío de articulación
política. Más temprano que tarde, habrá una recomposición duradera de fuerzas,
creencias e instituciones, que abrirán un nuevo periodo de estabilidad
esta-tal. La pregunta que queda pendiente es si esta mutación estatal vendrá
por un incremento del autoritarismo de las fracciones en el poder, con lo que
entraríamos a algo así como un “Estado neo-liberal autoritario” como nueva fase
estatal, que tal vez podría sobreponerse a la crisis de “corta duración”, pero
no así a la de “larga duración”, con lo que los problemas volverían a
manifes-tarse en un tiempo breve; o si, por el contrario, habrá una apertura de
nuevos espacios de ejercicio de derechos democráticos (Esta-
438
do multicultural, institucionalidad combinada entre
liberalismo y comunitarismo indígena) y redistribución económica (papel
productivo del Estado, autogestión, etc.), capaces de afrontar, mediante la
ampliación de los sujetos y la institucionalidad es-tatal, las dos dimensiones
de la crisis. En este último caso, los hechos políticos parecen haberse
engarzado de tal manera, que una resolución democrática de la crisis estatal
neoliberal pasa inevitablemente por una simultánea resolución multicultural de
la crisis de la colonialidad del Estado republicano.
Los clivajes
étnico-clasistas de la crisis estatal
Fue
Zavaleta quien afirmó que las hegemonías también se cansan, que es lo mismo que
decir que hay momentos en que el Estado deja de ser irresistible, y que la masa
se separa de los marcos cog-nitivos que la llevaron a desear su
realidad, tal como las elites de poder organizaban la
subalternidad de la plebe, abriendo así un periodo de crisis de Estado, pues no
hay Estado que se precie de tal, que no garantice su perdurabilidad, basada en
la concordan-cia moral entre las estrategias de reproducción de las elites
go-bernantes y las apetencias y tolerancias de los subalternos. Esto significa
que el Estado es, ante todo, una maquinaria de produc-ción de ideología, de
esquemas simbólicos de legitimación de los monopolios del poder. La coerción
detentada por el Estado es, por tanto, sólo la ultima ratio de
todo poder político pero, aun para serlo, debe sostenerse en la legitimidad y
unicidad de su propia fuerza, cosa que precisamente se quebró en febrero de
2003, cuando policías y militares se mataban en los alrededores de la plaza
Murillo, a raíz de un motín policial que rechazaba el incremento de impuestos a
los asalariados.
Sin
embargo, la sublevación de octubre de 2003 ha sido la ex-presión máxima de la
disidencia de la plebe respecto al Estado “neoliberal-patrimonial” y, por
tanto, del agotamiento de esta forma estatal, al menos con las
características con las que la cono-cimos hasta ahora. Si toda crisis estatal
por lo general recorre cua-tro etapas (manifestación de la crisis, transición o
caos sistémico,
439
surgimiento conflictivo de un nuevo principio de
orden estatal, consolidación del Estado), octubre —con sus cientos de miles de
indios y plebe urbana sublevados en las ciudades de La Paz y El Alto, que
culminó con la huida del presidente de la república Gonzalo Sánchez de Lozada—
ha marcado ineludiblemente el ingreso a la etapa de la transición.
La
sucesión constitucional, más que un apego al parlamenta-rismo, fue el apego
popular al viejo prejuicio de la personalización del poder, que
consuetudinariamente hace creer a las plebes in-surrectas que el cambio de
personas es ya un cambio del régimen del poder; pero también hubo una especie
de lucidez histórica respecto a las consecuencias posteriores que supondría, en
la ac-tual correlación de fuerzas, el cierre de la institucionalidad liberal.
Con
todo, si algo supo la gente sublevada en octubre fue su disidencia irreversible
del sistema de creencias hegemónicas del Estado neoliberal. Sin embargo, así
como no hay dominación es-tatal legítima sin el consenso de los dominados (lo
que en Bolivia se viene erosionando desde los bloqueos de 2000), tampoco hay
disidencia exitosa sin la capacidad de postular un orden estatal alterno, que
es precisamente lo que los insurrectos experimenta-ron detrás de cada
barricada, que fue capaz de paralizar al Estado, pero sin ser ellas mismas un
proyecto de poder alterno y legítimo. De ahí esta tregua ambigua y confusa, en
la que un comunicador ilustrado de las viejas elites canaliza el programa
mínimo de los sublevados (renuncia de Sánchez de Lozada, Asamblea Constitu-yente,
nueva ley de hidrocarburos), a la vez que deja en pie toda la maquinaria
gubernamental de la reforma neoliberal (capitali-zación, superintendencia,
flexibilización laboral).
Época
revolucionaria
Fue
Marx quien propuso el concepto de “época revolucionaria”20 para
entender los extraordinarios periodos históricos de ver-
20\
Karl Marx y Friedrich Engels, Sobre la revolución de 1848-1849,
Moscú, Pro-greso, 1981.
440
tiginosos cambios políticos, de abruptas
modificaciones de las posiciones y del poder de las fuerzas sociales, de
reiteradas crisis estatales, de recomposición de las clases, de las identidades
colec-tivas, de sus alianzas y de sus fuerzas políticas promovidas por las
reiteradas oleadas de sublevación social; por flujos y reflujos de insurgencias
sociales, separadas por periodos de relativa estabili-dad, pero que a cada paso
cuestionan u obligan a modificar, par-cial o totalmente, la estructura general de
la dominación política.
Una época
revolucionaria se caracteriza por ser un periodo relativamente largo,
de varios meses o años, de intensa actividad política en la que: a) sectores,
bloques o clases sociales, ante-riormente apáticos o tolerantes con los
gobernantes, se lanzan a desafiar a la autoridad abiertamente y a reclamar
derechos o peticiones colectivas, mediante acciones de movilización directa
(Coordinadora del Agua y el Gas, csutcb,
indígenas, vecinos, cocaleros, regantes, etc.); b) una parte, o la totalidad,
de estos sectores movilizados se plantean activamente la necesidad de ha-cerse
con el poder del Estado (Movimiento al Socialismo (mas),21 csutcb, cob);
c) surge un apoyo y adhesión a esas propuestas por parte
de sectores importantes de la ciudadanía (cientos de miles de movilizados en la
guerra del agua, en contra del impuestazo, en la guerra del gas, en las
elecciones apoyando candidaturas indias), con lo que la separación entre
gobernantes, que toman decisiones, y gobernados, que acatan esas decisiones,
comienza a disolverse, por la creciente participación de la masa en asuntos
políticos; y d) incapacidad por parte de los gobernantes de neu-tralizar esas
aspiraciones políticas, con la consiguiente polariza-ción del país en varias
“soberanías múltiples”,22 que
fragmentan
21\
Organización política liderada por el dirigente indígena-campesino Evo Morales.
Más que un partido, en sentido estricto es una coalición electoral de múltiples
movimientos sociales urbano-rurales que, con base en la decisión de asambleas
de comunidades y sindicatos, pudo introducir un elevado número de diputados en
el parlamento, convirtiéndose en la segunda fuerza electoral del país desde
julio de 2002.
22\ Charles
Tilly, Las revoluciones europeas. 1492-1992, Barcelona,
Crítica, 2000.
441
la sociedad (el famoso principio de “autoridad”
extraviado, hasta hoy, en abril de 2000).
En
las épocas revolucionarias, la sociedades se fragmentan en
coaliciones de bloques sociales poseedores de propuestas, dis-cursos,
liderazgos y programas de poder político antagónicos e incompatibles entre sí,
dando lugar a “ciclos de protesta”23 u oleadas de
movilizaciones, seguidas de repliegues y momentos de retroceso y estabilidad,
en las que los movilizados muestran la debilidad de los gobernantes (de Hugo
Banzer, en abril, octubre de 2000 y junio de 2001; de Jorge Quiroga en enero de
2002; de Gonzalo Sánchez de Lozada, en febrero y octubre de 2003), inci-tan o
“contagian”24 a otros sectores a utilizar la movilización como
mecanismo exitoso de demanda (maestros, jubilados, sin tierra, “generación
sándwich”, universidades), y afectan los intereses de determinados sectores del
bloque gobernante, con el consi-guiente desequilibrio de la estructura de
poder, lo que dará lugar a acciones de respuesta de los afectados (la llamada
“media luna” empresarial-cívico-política del oriente del país), y luego,
enton-ces, a otra oleada de movilización, generando así un proceso de
inestabilidad y turbulencia política que se alimenta de sí misma.
No
toda época revolucionaria culmina con una revolución,
en-tendida ésta como un cambio por la fuerza del poder del Estado, que tendría
que venir precedida, entonces, de una situación revo-lucionaria o
insurreccional. Hay épocas revolucionarias que tam-bién pueden
dar lugar a una restauración por la fuerza política del viejo régimen (golpe de
Estado), o a una modificación negociada y pacífica del régimen político,
mediante la incorporación parcial (reformismo moderado) o sustancial (reformismo
radical) de los insurgentes y sus propuestas de cambio en el bloque de poder.
Una época
revolucionaria es precisamente lo que caracteriza la actual situación
política en Bolivia. Desde el año 2000, hay una
23\
Sidney Tarrow, El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la
acción co-lectiva y la política, Madrid, Alianza Universidad, 1997.
24\
Anthony Oberschall, Social Movements: Ideologies, interests and
identities, New Brunswick, Transaction, 1993.
442
creciente incorporación de sectores sociales en la
deliberación y decisión política (agua, tierra, gas, Constituyente), mediante
sus organizaciones de base sindical, comunal, vecinal o gremial; hay un
continuo debilitamiento de la autoridad gubernamental y fragmentación de la
soberanía estatal y, por supuesto, hay una ascendente polarización del país en
dos bloques sociales porta-dores de proyectos de economía y Estado radicalmente
distintos y enfrentados.
En
uno de los polos políticos se encuentra el núcleo funda-mental de la fuerza de
acción colectiva con efecto estatal, y los que posen claramente un proyecto de
país diferenciado de todo lo que hasta ahora existe, y es el movimiento
indígena, en su vertien-te rural-campesina y obrero-urbana, con lo que el
componente étnico-nacional, regional y de clase está claramente delimitado. En
conjunto, este polo tiene una propuesta de economía centrada en el mercado
interno, tomando como eje la comunidad campe-sina, la actividad artesanal,
familiar y microempresarial urbana, en un papel revitalizado del Estado como
productor e industria-lizador, y en un protagonismo de los indígenas en la
conducción del nuevo Estado.
Por
su parte, en el otro polo ordenador del campo político, se encuentra el sector
que posee una clara imagen de lo que debe ser el país en términos de
vinculación a los mercados externos, del papel de la inversión extranjera, de
subordinación del Estado a los negocios privados y de preservación, o
restauración, del viejo orden que los ha encumbrado (igualmente su viabilidad
es tema de otro debate), y es el empresariado agro-exportador, financiero y de
las petroleras, que posee el papel más dinámico, moderni-zador y ascendente de
la actividad económica nacional. Pero, a la vez, se trata de sectores que, al
tiempo que han creado un dis-curso abiertamente racializado, están anclados en
la zona oriental y sur-oriental del país, lugares que precisamente no alcanzan
la irradiación organizativa del polo de los movimientos sociales, a pesar de la
existencia de ciertas estructuras de acción colectiva.
Esto
significa que la polaridad política tiene tres componen-tes simultáneos que le
dan cuerpo: tiene una base étnico-cultural
443
(indígenas/q’aras-gringos), una base
clasista (trabajadores/empre-sarios), y regional (occidente/media luna). En el
caso del polo de “izquierdas”, la identidad movilizadora es predominantemente
étnico-cultural (lo nacional-indígena), en torno a lo cual la iden-tidad propiamente
obrera o bien queda disuelta (en un tipo no-vedoso de obrerismo indígena), o
bien complementa secundaria-mente su liderazgo (cob,
fabriles, Cooperativistas). En el caso de la polaridad de “derechas”, la
identidad movilizadora y discursiva es de corte regional, de ahí la importancia
de los comités cívicos en la articulación de estas fuerzas conservadoras.
Esto
está llevando a una disociación entre poderío económi-co en “Oriente”, y
poderío político de los movimientos sociales en “Occidente” y, con ello, a una
apertura de las tijeras de la es-tabilidad, pues los componentes del poder se
hallan repartidos en dos zonas distintas, en dos regiones distintas, sin
posibilidad inmediata de que una logre derrotar o desplazar a la otra de la
posición que ocupa. El poder económico ascendente, pese a sus problemas, se ha
desplazado de occidente a oriente (inversión extranjera en hidrocarburos,
servicios, agroindustria), pero el poder sociopolítico de movilización se ha
reforzado en occiden-te, dando lugar a una nueva incertidumbre geográfica del
poder estatal en los siguientes años. Lo interesante de esto, que podría-mos
llamar la paradoja de octubre, es que esta separación regional
simultáneamente expresa una separación y una confrontación étnicas y de clases
nítidamente diferenciadas: empresarios en oriente (Departamento de Santa Cruz,
Beni, Tarija) con poder económico, e indígenas y sectores plebeyos de occidente
(La Paz, Cochabamba, Potosí, Oruro) con poder político, ambos acechando a un
Estado, a una burocracia y a una correlación de fuerzas políticas
gubernamentales, que territorial, social y cultu-ralmente no expresan de manera
óptima la nueva configuración económica, geográfica, clasista y política de la
sociedad bolivia-na. Ciertamente hay empresarios, indígenas, mestizos, obreros
y campesinos en todo el territorio del país, pero los discursos y las
identidades ascendentes y articuladoras de la región tienen estas
444
calidades diferenciadas por procedencia de clase,
adscripción étnica y enraizamiento territorial.
En
conjunto, el mapa de la correlación de fuerzas sociopolí-ticas del país muestra
un campo político polarizado en extremo, con tendencias hacia salidas de
fuerza, tanto golpistas (Movimien-to Nacionalista Revolucionario (mnr))25 como
insurreccionales (csutcb y cob),
y hacia salidas electorales, tanto restauradoras del viejo régimen (Acción
Democrática Nacionalista (adn)),26 como
de transformación progresiva del mismo (mas).
En cualquiera de los casos, ninguna de las fuerzas y tendencias de los polos
extre-mos, o de las salidas moderadas, ha logrado articular a un bloque
mayoritario al resto de los componentes, y mucho menos de otros segmentos
ciudadanos, que si bien no aparecen como fuerzas or-ganizadas y visibles, son
indispensables para producir liderazgo social con capacidad de impacto y poder
estatal duradero. Desde el punto de vista de los movimientos sociales y de sus
perspectivas de transformación indígena-plebeya de las estructuras de poder,
está claro que ellos están impulsando dos alternativas: un camino de cambios
graduales, institucionales por vía electoral, a la cabeza de una candidatura de
Evo Morales, y una vía insurreccional de retransformación revolucionaria del
Estado.
En
el primer caso, se requeriría articular en torno a Morales, y con un consenso
amplio y negociado con los otros líderes y movimientos sociales, sin cuyo apoyo
el triunfo de Morales sería imposible, un bloque social electoral, tanto para
las elecciones municipales, como para la Constituyente y para las generales,
adelantadas o en 2007, de la totalidad de estos movimientos con fuerza
política real, a fin de generar un polo popular e indígena
su-ficientemente fuerte, compacto, unificado, que haga creíble ante el
electorado un gobierno con capacidad de mando, con amplio respaldo social y con
propuestas de cambio lo suficientemente
25\
Partido político que promovió la revolución de 1952 y que en los años ochenta
fomentó las reformas liberales guiadas por el llamado Consenso de Washington.
26\
Partido fundado, en el momento de su caída, por el dictador Hugo Banzer, y que
lo llevó a participar exitosamente en las sucesivas elecciones y acceder a la
presidencia de la república en el periodo 1997-2002.
445
consistentes como para atraer a aquellos segmentos
urbanos, de clase media, populares ascendentes, e incluso empresariales
vin-culados al mercado interno, que por hoy son reacios a aceptar una salida
gubernamental de corte indígena y que, de hecho, de no contar con su apoyo,
tornaría inviable un triunfo electoral y la gobernabilidad de un candidato
indígena.
Sin
embargo, en cualquiera de ambas vías, que no necesaria-mente son antagónicas
sino que pueden resultar complementa-rias, el polo indígena-plebeyo debe
consolidar una capacidad hegemónica (Gramsci), entendida ésta como liderazgo
intelec-tual y moral sobre las mayorías sociales del país. No habrá triunfo
electoral o insurrección victoriosa sin un amplio y paciente traba-jo de
unificación de los movimientos sociales, y una irradiación práctica,
ideológica, que materialice un liderazgo político, moral, cultural,
organizativo del polo indígena-popular sobre la mayoría de las capas populares
y medias de la sociedad boliviana.
446
LA
LUCHA POR EL PODER EN BOLIVIA1
Crisis
estatal, renovación de
elites y ampliación de derechos
Bolivia
está viviendo los momentos de mayor intensidad de lu-cha sociopolítica que
hayamos visto, al menos en los últimos cin-cuenta años, y quizás en los últimos
cien años. Estamos ante un escenario de lucha generalizada y ampliada por la
reconfiguración del poder económico, del poder político y del poder cultural. A
este escenario tan conflictivo se lo puede caracterizar como una época de
crisis estatal general. ¿Cuáles son los síntomas de esta crisis estatal?
Crisis
del modelo económico
Un
elemento estructural que sostiene, y ha dado lugar, a esta crisis política es
la visibilización de los límites del modelo de crecimien-to económico aplicado
desde hace veinte años. Como sabemos, desde hace dos décadas, las elites
políticas y económicas del país adoptaron un proyecto de modernización
económica, de amplia-ción del empleo y ascenso social a través de la reducción
del papel
1\ Texto
extraído de Álvaro García Linera, “La lucha por el poder en Bolivia”, en
Horizontes
y límites del Estado y el poder, La
Paz, Muela del Diablo, 2005.
447
productivo del Estado, la privatización de las
empresas públicas y la apertura de los mercados. Se dijo que con ello el país
iba a crecer el 10% anualmente, que iba a mejorar el bienestar social, y se
iban a crear centenares de miles de fuentes de empleo.
A
veinte años de estas reformas, los resultados son literalmente catastróficos en
términos de efectos económicos y sociales. La tasa de crecimiento del producto
interno bruto (pib), desde la
capitali-zación a la fecha, es sorprendentemente modesta: en 1997, 4,9%; en
1998, 5 %; en 1999, 0,4%; en 2000, 2,2%; en 2001, 1,5%; en 2002, 2,7% y en
2003, 2,4%. Esto da un promedio de 2,7% de crecimiento anual del pib en
estos siete años.2 Si a ello le restamos la tasa de crecimiento
demográfico del 2,2% anual,3 en realidad la economía ha crecido
en promedio un 0,5% anual en los últi-mos años. Si comparamos estas cifras con
la oferta que se hizo en el momento de la capitalización, de un crecimiento del
10% anual, está claro que, desde el punto de vista de las expectativas
ofrecidas, el proceso de capitalización es un fracaso económico.
En
términos comparativos, entre 1991 y 2002, en momentos de libre mercado e
inversión extranjera, la economía ha crecido en promedio el 3,1% anual, muy
lejos del récord histórico de crecimiento promedio anual del 5,6% entre los
años 1961-1977,4 cuando prevalecía el Estado productor. En los
siguientes años, estas cifras pueden ser aún menores, si, como viene
sucediendo, estamos asistiendo a un declive estructural de la inversión
extran-jera en el país, que de 1.026 millones de dólares en 1998 bajó a 832
millones en 2000,5 cayendo a 160 millones en el año 2003.6
Si
bien en los últimos dos años la tasa de crecimiento nueva-mente busca
mantenerse más allá del 3,5%, y se ha experimenta-
2\
Muller y Asociados, Estadísticas socio-económicas, La Paz,
Muller y Asociados, 2004.
3\ 琀nstituto
Nacional de Estadística (ine), Banco
de datos, 2004.
4\
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud), Informe
nacional de desarrollo humano 2004, La Paz, pnud,
2004.
5\ ine, Inversión
extranjera directa 1996-2002, La Paz, ine,
2003.
6\
“Datos entregados por el Banco Central de Bolivia”, en La Razón, 28
de abril de 2004.
448
do un notable crecimiento de las exportaciones
(2.100 millones de dólares en 2004), éstas se sostienen básicamente en la
amplia-ción de la actividad hidrocarburífera7 que,
al menos hasta junio de 2005, está en manos de inversionistas extranjeros que
exter-nalizan fuera del país el excedente gasífero.
En
términos de estrategia de desarrollo, el modelo de
priva-tización-capitalización de las empresas públicas, iniciado desde 1989,
tenía por objeto atraer inversión externa capaz de mejorar la productividad
empresarial, elevar los ingresos del Estado, ampliar la base moderna de la
economía boliviana y generar bienestar so-cial, que es en el fondo la intención
de cualquier política pública.
Sin
embargo, en la última década y media la informalidad ha crecido del 58% al 68%,8 mientras
que siete de cada diez em-pleos son de baja calidad, con tecnología artesanal y
relaciones semiasalariadas.
En
el mundo asalariado, por su parte, según el propio minis-tro de Desarrollo
Económico, Gorst Grebe, ocho de cada diez empleos son precarios,
insatisfactorios y mal remunerados.9 Se
puede decir que en las últimas décadas Bolivia ha tenido una invo-lución
económica, por el creciente proceso de desasalariamiento de su
actividad laboral.
Todo
esto está dando lugar a una intensificación de la duali-zación catastrófica de
la estructura económica del país. Por una parte, las empresas grandes y con
relaciones de trabajo asalariado sólo emplean al 7% de la población
trabajadora; las pequeñas y medianas empresas lo hacen con el 10%, en tanto que
la empresa familiar, bajo relaciones de trabajo tradicionales, emplea a poco
más del 80% de la población ocupada. De manera inversa, son
7\ Nueva
Economía, 27 de febrero de 2005.
8\
Carlos Arze, “Empleo y relaciones laborales”, en Bolivia hacia el siglo
XXI, La Paz, Postgrado en Ciencias del Desarrollo (cides),
Universidad Mayor de San Andrés (umsa),
Coordinadora Nacional de Redes (cnr),
Academia Nacional de Ciencias (anc),
Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (cedla),
y pnud, 1999.
9\ La
Prensa, 7 de julio de 2004.
449
las grandes empresas quienes generan el 65%
del pib, mientras que
la economía familiar produce apenas el 25% del pnb.10
En
lo que se refiere a la tasa de desempleo, éste se ha incre-mentado del 3% en
1994 al 8,5% en 200111 y,
según el cedla, en 2003 se
habría llegado al 13%,12 lo
que representa un índice de desempleo mayor al de los momentos de la crisis
económica y el quiebre productivo de los años ochenta. Y en lo que respecta al
aporte de las empresas capitalizadas al empleo, éstas emplean hoy a cerca de
6.100 personas,13 5.000
trabajadores menos que las 11.100 personas que trabajaban antes de la
capitalización.14 En
cuanto a los ingresos laborales, pese a los supuestos 2.700 millones de
inversión de las empresas capitalizadas y a los 7.300 millones de toda la
inversión extranjera directa (ied)
—según los economistas neoliberales—, el ingreso promedio del boliviano en 2002
es de alrededor de los 1.100 dólares, similar al de 1982 y menor al de 1978,
cuando se llegó a los 1.250 dólares.15 En
lo que se refiere a los últimos años, los cálculos del ine muestran
una contracción del 13,5% del promedio de los ingresos de los bolivianos entre
1999 y 2003.16
En
términos de la reducción de las desigualdades sociales, las reformas y el
modelo de desarrollo privatizador han tenido un efecto contrario. Según el
Banco Mundial, en Bolivia, en la últi-ma década se ha dado un constante
crecimiento de la diferencia entre los ingresos del sector más rico respecto a
aquellos del sec-tor más pobre. Mientras que en América Latina el promedio de
la diferencia es de 1 a 30, en Bolivia es de 1 a 90, y en el campo
10\ Nueva
Economía, 28 de diciembre de 2004.
11\ pnud, Informe
nacional de desarrollo humano 2004, op. cit.
12\ 琀fraín
Huanca, Economía boliviana: evaluación del 2003 y perspectivas para el 2004, La
Paz, cedla, 2004.
13\ Alejandro
Mercado, Capitalización y empleo, La Paz, Fundación Milenio,
2002.
14\
José Valdivia, “La capitalización”, en Juan Carlos Chávez (ed.), Las
reformas estructurales en Bolivia, La Paz, Fundación
Milenio, 1998.
15\ pnud, Informe
nacional de desarrollo humano 2004, op. cit. 16\ ine, Síntesis
estadística de Bolivia, La Paz, ine,
2004.
450
llega a 1 a 170, lo que nos hace uno de los países
con mayor des-igualdad del mundo.17
Ciertamente,
una parte de estas cifras deplorables del desem-peño de la economía nacional
tiene condicionantes estructurales, que vienen desde hace décadas e incluso
siglos, por lo cual, en rigor, no se puede decir que sólo la capitalización o
la inversión externa son las generadoras de estos desequilibrios. Sin embargo,
el modelo de desarrollo sostenido en la inversión externa como locomotora
productiva de la economía sí ha tenido los siguien-tes efectos:
1) Incrementar
drásticamente las desigualdades económicas, elevar la tasa de concentración de
la riqueza, aumentar la preca-riedad de las condiciones de trabajo y el
desempleo, limitar las tasas de crecimiento y reducir la redistribución de la
riqueza.
2) Inaugurar
un tipo de desarrollo económico basado exclusi-vamente en el protagonismo
productivo de la inversión externa, siendo que esta inversión, en sociedades
como las nuestras, es de tipo de enclave, de alta inversión tecnológica, bajo
empleo, nula diversificación productiva, y de externalización (exportación) de
las ganancias.
3) Romper
los lazos de articulación entre, por una parte, la economía moderna y
globalizada del país, que abarca cerca del 28% de la población boliviana,18 y,
por otra, la economía cam-pesina tradicional, compuesta por 550.000 unidades
familiares (35% de la población boliviana), y la economía mercantil
fa-miliar-artesanal de los 700.000 establecimientos urbanos, que agrupa al 37%
de la población nacional.19 Desde
hace décadas,
17\
David de Ferranti, Guillermo Perry, Francisco Ferreira y Michael Walton, Desi gualdad
en América Latina y el Caribe. ¿Ruptura con la historia?, Washington,
Banco
Mundial, 2004.
18\
Roberto Laserna, Bolivia: la crisis de octubre y el fracaso del Chenko, La
Paz, Muller y Asociados, 2004.
19\
Horst Grebe, “El crecimiento y la exclusión”, en aa. vv., La
fuerza de las ideas, La Paz, Banco Mundial, Instituto Prisma,
Instituto Latinoamericano de Inves-tigaciones Sociales (ildis)
y Maestrías para el Desarrollo (mpd),
2002.
451
la inversión productiva del empresariado es
endémica (no más del 2% del pib entre
1985 y 2002),20 y,
a lo largo de la historia, ha sido el Estado, pese a su corrupción y a veces
ineficiencia, el que ha ayudado a expandir las relaciones industriales en
Bolivia, articular mercados regionales, generar empleos, abastecer de
ser-vicios subvencionados a poblaciones sumergidas en la pobreza extrema,
creando ciertos espacios de fusión entre lo moderno y lo tradicional, además de
habilitar mecanismos de movilidad y ascenso social, imprescindibles para
cualquier proceso de nacio-nalización de poblaciones cultural y únicamente tan
diferentes como las que habitan Bolivia.
Hoy,
con la capitalización y sus reglas de rentabilidad y ex-portación del excedente
económico, tenemos un diminuto tren bala vinculado a los procesos de
globalización, y unos gigantes-cos carretones anclados en tecnologías del siglo
XVII y XIX, abandonados a una suerte de degradación interna, sin puentes ni
eslabones que permitan impulsar hacia la modernidad económi-ca a estos
mayoritarios sectores productivos. El hecho de que la economía familiar sea la
base material de los movilizados de los últimos años (campesinos, vecinos, sin
tierra, cocaleros, gremia-les, indígenas urbanos, cooperativistas,
colonizadores), se basa precisamente en esta disociación entre las esferas
económicas de la sociedad boliviana.
Crisis
de los componentes de corta duración del Estado
A
partir de este escenario de crisis del modelo de crecimiento eco-nómico,
manifiesta desde 1999, ha surgido un proceso de desle-gitimación social del
sistema político, de fractura de las creencias
20\ ine,
citado en La Prensa, 29 de agosto de 2004. La Fundación Milenio
cita un informe del Ministerio de Hacienda, en el que se establece que en el
año 2001 la Formación Bruta de Capital Fijo (fbcf)
privado nacional fue de 89 millones de dólares, en tanto que en 2002 hubiera
sido de 84 millones. Fundación Milenio,
Informe
de Milenio sobre la economía en el año 2002,
La Paz, Milenio, 2003.
452
conservadoras, de frustración entre las ofertas de
modernidad y los resultados reales alcanzados y, con ello, de disponibilidad
social a nuevas creencias y fidelidades, de articulación de nuevas demandas en
torno a lo que Hegel definió como el sistema de necesidades (defensa de las
condiciones de reproducción bási-cas: agua, tierra, servicios, energéticos), y
el sistema de libertades (Asamblea Constituyente, autogobierno indígena,
democracia comunitaria, etcétera).
Un
elemento que ayuda a caracterizar el escenario sociopolí-tico actual es el
resquebrajamiento de los componentes de todo Estado. Es sabido que todo Estado
tiene tres grandes bloques constitutivos: es una correlación de fuerzas, es un
sistema de ins-tituciones y es un sistema de creencias. Veamos qué ha sucedido
en cada uno de estos componentes estatales.
La
correlación de fuerzas que caracterizó al Estado boliviano entre los años 1985
y 2000 se basó en una concentración, una mo-nopolización del capital
burocrático administrativo, de la capaci-dad de decisión; en un bloque de poder
conformado por sectores exportadores —básicamente minería y agroindustria—,
parte de la banca, la inversión extranjera directa y organismos de apoyo
multilateral, que están ahora encargados del 85% de nuestra deuda externa. Éste
fue el bloque de poder que se estructuró en los años ochenta y noventa, que
desplazó a los bloques organiza-dos corporativamente, como los sindicatos de la
Central Obrera Boliviana (cob),
lo que le dio relativa estabilidad política en los años noventa.
Hoy
en día, esa correlación de fuerzas se ha modificado de manera drástica. Otros
sectores, otros grupos sociales, que an-teriormente no tenían fuerza de presión
ni poder político, ahora tienen la capacidad de cambiar leyes, de cambiar
presidentes, de modificar políticas públicas. Es decir, el bloque de poder que
caracterizó a la sociedad boliviana durante veinte años se ha res-quebrajado, y
otros sectores, externos a ese bloque de poder, es-tán comenzando a construir,
desde hace cuatro años, fuerzas de presión capaces de modificar la manera de
influir en las políticas
453
públicas. Por lo tanto, el primer componente del
Estado neoli-beral patrimonial está debilitado.
Otro
elemento de la crisis estatal es el tema de las instituciones. De 1985 a 2000,
la institucionalidad democrática se caracterizó por la división de los poderes
ejecutivo, legislativo y judicial; la subordinación fáctica del judicial al
ejecutivo, el soborno fáctico del ejecutivo al legislativo y la llamada
gobernabilidad pactada, que consistía en la formación de bloques mayoritarios
en el par-lamento, que le daban estabilidad al presidente. A cambio, el
presidente redistribuía porcentualmente la votación que tenían los partidos de
gobierno en el parlamento, la estructura de cargos de la administración pública
(de alrededor de 18.000 a 19.000 fuentes de trabajo), que quedaba loteada por
colores y siglas par-tidarias. Esto caracterizó a la llamada gobernabilidad
pactada.
Hoy
en día, este sistema de estabilidad institucional está en crisis. En primer
lugar, tenemos un ejecutivo sin apoyo legisla-tivo mayoritario; un presidente
que no tiene partidos, al menos visibles, en el ámbito parlamentario. Por otra
parte, en Bolivia hay una abierta dualización del sistema político; por un
lado, se toman decisiones en el parlamento y, por otro, se toman decisio-nes a
través de las movilizaciones de sindicatos, comunidades, comités cívicos y
movimientos sociales.
Esto
significa que en este momento Bolivia tiene un campo político dualizado. Se
hace política a través de partidos, cada vez menos, y se hace política
extrapartidariamente desde las corpo-raciones empresariales, los comités
cívicos, los sindicatos, los gremios, las juntas de vecinos, que también son
estructuras de acción política. Y es así en tal medida, que lo que ahora
discute el parlamento no es una agenda propia: la agenda de Asamblea
Constituyente, de Referéndum, de Nueva Ley de Hidrocarburos es impuesta desde
la calle, lo que nos habla de esta dualidad de instituciones políticas en el
país, que resquebraja el modelo de democracia o de gobernabilidad pactadas de
los últimos veinte años, que le dieron estabilidad al Estado boliviano.
Por
último, está el sistema de creencias. Todo Estado es una maquinaria de
creencias, la política es ante todo la administración
454
de las creencias dominantes de una sociedad. Tales
creencias, las ideas-fuerza que caracterizaron al país durante dieciocho años
fueron modernidad, libre mercado, inversión externa, democra-cia liberal, como
sinónimos de progreso y de horizonte moder-nizante de la sociedad. Estas ideas,
que seducían a la sociedad, en todos sus estratos, se han debilitado, no
convocan entusias-mos colectivos y surgen nuevas ideas-fuerza: nacionalización,
descentralización, autonomía, gobierno indígena, autogobierno indígena,
etcétera. Son nuevas ideas-fuerza, con creciente apoyo social, que están
imponiéndose en el escenario político, y que han debilitado las ideas-fuerza
que caracterizaron al neoliberalismo los últimos dieciocho años.
Por
lo tanto, estamos ante la crisis de las instituciones estata-les, crisis de las
ideas-fuerza del Estado, crisis de la correlación de fuerzas: crisis de Estado.
Esto significa que la actual crisis política no es un problema meramente de
gobernabilidad; no estamos frente a un problema de ineficiencia administrativa
del presidente, que por cierto lo tiene. La crisis actual rebasa la mala
gestión presidencial y la mediocridad parlamentaria. La estructu-ra
institucional del Estado está en crisis: su correlación de fuerzas, sus
creencias y su institucionalidad están siendo cuestionadas, debilitadas,
resquebrajadas o reblandecidas por este tipo de fe-nómenos sociales y
políticos.
Crisis
de los componentes de larga duración del Estado
Como
si fuera poco, no sólo estamos asistiendo a una crisis del Estado
“neoliberal-patrimonial”, lo que podría ser resuelto me-diante un orden
postneoliberal, moderado o radical, sino que también estamos asistiendo,
simultáneamente, a una crisis del conjunto de instituciones y de estructuras de
larga duración del Estado republicano boliviano. Es sabido que todo Estado
tiene dos niveles de instituciones y componentes: uno, de larga dura-ción, que
permanece durante décadas y siglos, constituido por los componentes
estructurales del orden estatal. Por otra parte, es-
455
tán los componentes de “corta duración”, que se
modifican cada dos o tres décadas (Estado nacionalista, Estado neoliberal,
etc.). Resulta que ahora no sólo están en cuestión los componentes de corta
duración del Estado (su carácter neoliberal), sino también varios de sus
componentes de “larga duración” de su cualidad republicana. Por lo tanto,
estamos asistiendo a una doble crisis o a una superposición de dos crisis; una
crisis del Estado, en sus com-ponentes de corta duración neoliberales, y una
crisis del Estado, en sus componentes de larga duración republicana. Veamos
esto.
La fisura
colonial del Estado
Hay
dos temas centrales en la lucha política que están cuestio-nando la estructura
republicana del Estado. El primero tiene que ver con la presencia de los
actores sociopolíticos más influyen-tes del país, que son básicamente los
indígenas. Hoy en día, los movimientos sociales más impactantes son o están
dirigidos por indios, son fuerzas indígenas. Esto no había pasado desde 1899,
en época de la guerra federal. Los indios nunca habían tenido tanta posibilidad
de presión y de contra-poder como lo estamos viendo hoy. No cabe duda de que
son los sujetos fundamentales de la actual interpelación al Estado.
Es
sabido que la república boliviana se fundó dejando en pie los mecanismos
coloniales que consagraban prestigio, propiedad y poder en función del color de
piel, del apellido, el idioma y el linaje. La primera constitución republicana
claramente escindió la “bolivianidad”, asignada a todos los que habían nacido
bajo la jurisdicción territorial de la nueva república, de los “ciudadanos”,
que debían saber leer y escribir el idioma dominante (castellano) y carecer de
vínculos de servidumbre, con lo que desde el inicio los indios carecían de
ciudadanía.
Las
distintas formas estatales que se produjeron hasta 1952 no modificaron
sustancialmente este apartheid político. El Estado caudillista
(1825-1880), y el régimen de la llamada democracia “censitaria” (1880-1952),
tanto en su momento conservador co-mo liberal, modificaron muchas veces la
Constitución Política
456
del Estado; sin embargo, la exclusión
político-cultural se man-tuvo, tanto en la normatividad del Estado, como en la
práctica cotidiana de las personas. De hecho, se puede decir que en todo este
periodo la exclusión étnica se convertirá en el eje articulador de la cohesión
estatal.
Los
procesos de democratización y homogeneización cultural, iniciados a raíz de la
Revolución de 1952, transformaron en parte el régimen de exclusión étnica y
cultural del Estado oligárquico. El voto universal amplió el derecho de
ciudadanía política libe-ral a millones de indígenas; pero lo hizo imponiendo
un único molde organizacional de derechos políticos, el liberal, en medio de
una sociedad portadora de otros sistemas tradicionales de organización política
y de selección de autoridades, que ahora quedaban borrados como mecanismos
eficientes en el ejercicio de prerrogativas políticas. Igualmente, la educación
fiscal y gratuita permitió que indígenas que constituían la abrumadora mayoría
de los “analfabetos”, marginados de un conjunto de saberes es-tatales, ahora
pudieran estar más cerca de ellos. Sin embargo, la adquisición de conocimientos
culturales legítimos quedó cons-treñida a la adquisición obligatoria de un
idioma ajeno, el caste-llano, y de unas pautas culturales producidas y
monopolizadas por las colectividades mestizo-urbanas, con lo que nuevamente los
mecanismos de exclusión étnica se activaban, aunque ahora de manera renovada y
eufemistizada. De esta manera, entre 1952 y 1976, entre el 60 y el 65% de la
población boliviana que tenía como lengua materna un idioma indígena sólo pudo
ejercer sus derechos de ciudadanía por medio de un idioma extranjero, ya que la
educación oficial, el sistema universitario, el vínculo con la administración
pública, los servicios, etc., sólo podían realizarse por medio del castellano,
y no empleando el idioma quechua o aimara.
Los
180 años de vida republicana, pese a sus evidentes avan-ces en cuanto a
igualación de derechos individuales, han reetni-ficado la dominación, dando
lugar a un campo de competencias por la adquisición de la etnicidad legítima
(el capital étnico), a fin de contribuir a los procesos de ascenso y
enclasamiento social.
457
En Bolivia es por demás evidente que, pese a los
profundos procesos de mestizaje cultural, aún no se ha podido construir la
realidad de una comunidad nacional. En el país existen por lo me-nos treinta
idiomas y/o dialectos regionales, existen dos idiomas que son la lengua materna
del 37% de la población (el aimara y el quechua), en tanto que cerca del 62% se
identifica con algún pueblo originario.21 Y, en la medida en
que cada idioma es toda una concepción del mundo, esta diversidad lingüística
es también una diversidad cultural y simbólica. Si a ello sumamos que existen
identidades culturales y nacionales más antiguas que la república, y que
incluso hoy reclaman la soberanía política sobre territorios usurpados (el caso
de la identidad aimara), es muy claro que Bo-livia es, en rigor, una
coexistencia de varias nacionalidades y cul-turas regionales superpuestas o
moderadamente articuladas. Sin embargo, y pese a ello, el Estado es monoétnico
y monocultural, en términos de la identidad cultural boliviana castellanohablan-te.
Esto supone que sólo a través del idioma español la gente ob-tiene
prerrogativas y posibilidades de ascenso en las diferentes estructuras de
poder, tanto económico, político, judicial, militar, como cultural del país.
En
Bolivia, hay por lo menos medio centenar de comunidades histórico-culturales
con distintas características y posiciones je-rárquicas. La mayoría de estas
comunidades culturales se hallan en la zona oriental del país y
demográficamente abarcan desde unas decenas de familias, hasta cerca de cien
mil personas. En la zona occidental del país se hallan concentradas las dos más
gran-des comunidades histórico-culturales indígenas, los quechua y
aimarahablantes, que suman más de cinco millones de personas. Los aimaras
alcanzan un poco más de dos millones y medio de personas, y tienen todos los
componentes de una unidad étnica altamente cohesionada y politizada. A
diferencia del resto de las identidades indígenas, desde hace décadas, la
aimara ha crea-do elites culturales capaces de dar pie a estructuras
discursivas con la fuerza de reinventar una historia autónoma que ancla en
21\ ine, Censo
nacional de población y vivienda 2001, La Paz, ine,
2002.
458
el pasado la búsqueda de un porvenir autónomo, un
sistema de movilización sindical de masas en torno a estas creencias políti-cas
y, recientemente, un liderazgo con capacidad de dar cuerpo político visible a
la etnicidad. Por último, tenemos la identidad cultural boliviana dominante,
resultante de los 180 años de vida republicana, y que si bien inicialmente ha
surgido como artificio político desde el Estado, hoy tiene un conjunto de hitos
históri-cos culturales y populares que la hacen consistente y predomi-nantemente
urbana.
Sin
embargo, la mayoría de estas referencias cognitivas de las comunidades
culturales nunca ha sido integrada a la conforma-ción del mundo simbólico y
organizativo estatal legítimo, debido a que las estructuras de poder social se
hallan bajo monopolio predominante de la identidad étnica boliviana; por lo
tanto, se puede decir que el Estado republicano es un Estado de tipo
mo-noétnico o monocultural y, en tal sentido, excluyente y racista.
A
lo largo de toda la república, esto ha llevado a varios ciclos de movilización
indígena, tanto por reivindicaciones parciales como por el poder político, ya
sea bajo la forma de cogobierno o de autogobierno.
Precisamente,
a partir de 2000, estamos viviendo nuevamente un ciclo de insurgencia indígena,
dirigida a disputar la conduc-ción estatal y la hegemonía político-cultural de
la sociedad. Este nuevo ciclo de movilización indígena tiene su antecedente en
los años setenta, con la emergencia del movimiento indianista-kata-rista en los
ámbitos intelectuales y sindicales agrarios. Primero se dio el movimiento
indígena de tierras altas, que cobró presen-cia y discurso interpelador en los
años setenta y ochenta; luego fueron los indígenas de tierras bajas quienes
visibilizaron los me-canismos de exclusión de decenas de pueblos olvidados por
la sociedad como sujetos de derecho; y a mediados de la década del noventa, los
cocaleros se convirtieron en los sectores que mayor esfuerzo realizaron para
resistir las políticas de erradicación de la hoja de coca.
Pero
será abril de 2000 el momento que marcará un punto de inflexión en las demandas
y la capacidad de movilización socio-
459
política de los movimientos sociales, especialmente
indígenas. Articuladas en torno a la conquista de necesidades básicas y a la
defensa de recursos territoriales de gestión comunitaria, pequeñas estructuras
organizativas locales de tipo territorial y no territorial, basadas en el lugar
de residencia, en el control de bienes como la tierra y el agua, en la
actividad laboral, gremial o simplemente la amistad, han ido creando redes de
movilización colectiva que han puesto en pie a nuevos movimientos sociales; es
el caso de la Coordinadora del Agua y la Vida, los Sin Tierra, el Consejo
Na-cional de Ayllus y Markas del Qullasusyu (conamaq),
así como la revitalización de organizaciones antiguas, como la Confederación
Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (csutcb),
la Confederación de Colonizadores, los productores cocaleros, la Coordinadora
de Pueblos Étnicos de Santa Cruz (cpesc),
las Juntas de Vecinos, entre otras.
La
importancia histórica de estos movimientos sociales radica en su capacidad para
reconstruir el tejido social y su autonomía frente al Estado, además de que
redefinen radicalmente lo que se entiende por acción política y democracia. En
términos exclusi-vamente organizacionales, la virtud de estos movimientos
sociales se basa en que han creado mecanismos de participación, de adhe-sión y
filiación colectiva a escala regional, flexibles y fundamental-mente
territorializados, que se adecuan a la nueva conformación híbrida y porosa de
las clases e identidades sociales en Bolivia.
Mientras
el antiguo movimiento obrero tenía como centro la cohesión sindical por centro
de trabajo, en torno al cual se articu-laban otras formas organizativas de tipo
gremial urbanas, los ac-tuales movimientos sociales (csutcb,
Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (cidob),
Colonizadores, cpesc,
Regantes, Cocaleros) tienen como núcleo organizativo a la comunidad
indí-gena-campesina en el área rural, y a las comunidades vecinales en el área
urbana, alrededor del cual se aglutinan asociaciones labo-rales (maestros
rurales), gremiales (transportistas, comerciantes de la zona), estudiantiles,
etcétera. Aquí, la comunidad indígena urbana y rural, campesina y vecinal, que
equivalen a las células de una sociedad otra, son la columna vertebral
articuladora de otros
460
grupos sociales y otros modos locales de
unificación, influencia-dos por la actividad económica y cultural
campesino-indígena, y hacen de esta acción colectiva, más que un movimiento
social, un movimiento societal,22 pues
se trata de una sociedad entera que se traslada en el tiempo.
La
posibilidad de que un abanico de organizaciones y sujetos sociales tan plural
pueda movilizarse, ha de garantizarse mediante la selectividad de fines, que
permite concentrar en torno a algu-nas demandas específicas voluntades
colectivas diversas. Esto ha requerido descentrar las reivindicaciones de la
problemática del salario directo, propia del antiguo movimiento obrero, pa-ra
ubicarlas en términos de una política de necesidades vitales (agua, territorio,
servicios y recursos públicos, hidrocarburos, educación), que involucra a los
múltiples segmentos poblacio-nales subalternos y que, dependiendo de la
ubicación social de los sujetos, puede ser leído tanto como el componente del
sala-rio indirecto (para los asalariados), como el soporte material de la reproducción
(vecinos, jóvenes) o la condensación del legado histórico cultural de la
identidad (los indígenas).
Pero
los actuales movimientos sociales indígenas no son sólo actividades de protesta
y reivindicación; por sobre todo, son es-tructuras de acción política. Son
políticos porque los sujetos de interpelación de la demanda que desencadenan
las movilizaciones son, en primer término, el Estado (abolición de la Ley de
Aguas, anulación de contratos de privatización, suspensión de la erradi-cación
forzosa, territorialidad indígena, Asamblea Constituyente, nacionalización de
los hidrocarburos), y el sistema de institucio-nes supraestatales de definición
de las políticas públicas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial,
inversión extranjera). Incluso, la propia afirmación de una política de la
identidad in-dígena (de tierras altas y de tierras bajas) se hace frente al
sistema institucional estatal, que en toda la vida republicana ha racializado
la dominación y la exclusión de los indígenas.
22\ Luis
Tapia, La condición multisocietal. Multiculturalidad, pluralismo,
modernidad,
La
Paz, Muela del Diablo, cides y umsa,
2002.
461
Por otro lado, entre los múltiples movimientos, se
encuentran aquellos que tienen una orientación de poder. En la medida en que
las empresas de movilización de los últimos años han estado dirigidas a
visibilizar agravios estructurales de exclusión política y de injusta
distribución de la riqueza, los movimientos sociales han retomado las
tradicionales palestras locales de deliberación, gestión y control (asambleas,
cabildos), proyectándolas regional-mente como sistemas no institucionales de
participación y control público que han paralizado, y en algunos casos disuelto
intermi-tentemente, el armazón institucional del Estado en varias regiones del
país (Altiplano Norte, Chapare, Ciudad de Cochabamba), dando lugar a la
coexistencia de dos campos políticos con com-petencias normativas, algunas
veces mestizas y otras confronta-das. Paralelamente, en torno a estas
experiencias de ejecución práctica de derechos, los movimientos sociales han
comenzado a proyectar a escala nacional general estas experiencias exitosas de
deliberación y gestión de derechos, mediante la formulación de un diseño
razonable de “dirección de la sociedad”23 que, al tiempo que
demuele el fatalismo histórico con el cual el proyecto neoliberal se legitimó
en los últimos veinte años, ha diseñado un modelo alternativo de reforma
estatal y económica, que no sólo se plantea transformar el orden de cosas existente
en las últimas décadas, sino que además se propone desmontar las estructuras de
colonialidad vigentes en toda la historia republicana.
Se
puede decir, por tanto, que los movimientos sociales y so-cietales han
transformado varios aspectos del campo político, modificando el espacio
legítimo donde se produce política, re-diseñando la condición socioeconómica y
étnica de los actores políticos, innovando con técnicas sociales novedosas para
hacer política, además de mutar los fines y sentidos de la política en sus
características no sólo neoliberales, sino fundamentalmente repu-blicanas,
planteándose transformar el actual Estado monocultural en un Estado y una
institucionalidad política multinacionales.
23\
Giovanni Arrighi, Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos
an-tisistémicos, Madrid, Akal, 1999.
462
El
segundo eje de fractura estructural del Estado es el que tiene que ver con el
traslado de los ejes decisorios económico-políticos del Estado, de una región
(norte-occidental) a otra (oriental).
Según
Zavaleta, el territorio es lo profundo de los pueblos: “sólo la sangre es tan
importante como el territorio”, y más aún si, como nos sucede a los bolivianos,
nuestro momento agrícola constitutivo y el nacimiento de la República fueron
decididos por la lógica del espacio, antes que por la lógica de la sociedad.
Esto significa que, a diferencia de aquellas sociedades cuya ansiedad colectiva
de cohesión ha dado lugar a la producción del territo-rio, aquí somos hijos del
espacio, sin el cual no seríamos lo que somos en realidad.
Fue
también Zavaleta quien distinguió entre territorios inhe-rentes y aledaños. Los
primeros son los que definen el destino y carácter de una nación, mientras que
los otros sólo complemen-tan esa vida central, y la formación estatal de los
Estados se dará precisamente por su capacidad de validar territorialmente esos
espacios. Se puede decir, por tanto, que la densidad de una na-ción, o la
manera cómo se mira y define sus fines, se mide por la forma de interiorizar
socialmente el espacio como base material de su realización colectiva. Por eso,
cuando acontece una crisis de Estado como la que actualmente atravesamos en
Bolivia, ésta es también una tensión estructural del modo en que la sociedad
concibe su territorialidad y del modo en que se piensa como co-munidad política
moderna, esto es, como nación.
Es
sabido que el Estado no se manifiesta con la misma inten-sidad en todas partes;
él también tiene zonas esenciales y com-plementarias. En el primer caso, se
trata de los ejes político-geo-gráficos de la articulación soberana del Estado,
en tanto que en el segundo hablamos de las áreas de irradiación de esa
soberanía. Estos ejes político-geográficos no son fijos ni perpetuos, se
mo-difican según los desplazamientos espaciales de los núcleos arti-culadores
de la economía y de los centros de emisión de reforma político-cultural de los
países. Así, por ejemplo, el desplazamiento
463
de la sede de gobierno de Sucre a La Paz, a finales
del siglo XIX, significó el desplazamiento del eje político-cultural del Estado
de Sucre-Potosí, con su economía de la plata y su intelectualidad jurídica, al
eje La Paz-Oruro-Cochabamba, con la nueva minería del estaño, la producción
manufacturera, los indios aimaras como sujeto político y los letrados
liberales, que buscaban imaginar la patria más allá de los cuerpos legales.
Hoy,
estamos asistiendo nuevamente a un cuestionamiento de la centralidad geográfica
del poder, que no significa necesa-riamente el cambio de la sede de gobierno,
sino un diferendo en torno a qué dinamismo económico espacial estructurará el
blo-que de poder y la concepción del mundo estatalmente irradiada. Santa Cruz
con su vitalidad agroindustrial globalizada, y Tarija con su reservas
gasíferas, apuntan hacia una probable conver-sión en el núcleo movilizador de
la economía nacional en las si-guientes décadas; en tanto que Oruro, con su
economía minera en repliegue y La Paz, que no logra instaurar un nuevo patrón
tecnológico adecuado a los nuevos requerimientos productivos de la economía
mundial, habilitan un posible traslado de la cen-tralidad económica del Estado
de occidente a oriente.
Sin
embargo, la constitución de los ejes político-espaciales del Estado no depende
sólo del poderío económico de las geografías locales, pues el Estado no es una
empresa cuyos ejes se decidan por la rentabilidad económica que proporcionan al
todo. Con Max Weber, sabemos que el Estado es una correlación de fuerzas
políticas connotada, portadora de legitimidad y hegemonía, es decir, es una
relación política de dominación legítima, que habilita una comunidad política
ilusoria entre gobernantes y gobernados. El liderazgo económico puede ayudar y,
de hecho, a la larga, da el soporte material de la legitimidad de la dominación
política. Pero el poderío económico no es inmediatamente poderío
polí-tico-cultural, y puede darse el caso de que los desplazamientos espaciales
del poder queden truncos por la ausencia de reforma moral e intelectual de la
elite económicamente ascendente. De igual manera, puede darse la posibilidad de
una hegemonía políti-ca sobre la base de una economía estancada o decadente,
aunque
464
esta hegemonía sólo será duradera si al final está
acompañada por una reforma y una vitalidad económica.
De
hecho, ésta parecería caracterizar la actual situación de he-gemonías mutiladas
que presenta la actual polarización regional-clasista y étnica del país. Por
una parte, una economía empresarial de “occidente” estancada, con un
empresariado que ha abdicado a cualquier liderazgo político, en medio de un
liderazgo político-cultural plebeyo-indígena, aunque sostenido en una economía
tradicional urbano-campesina en crisis. Por su parte, un liderazgo económico
moderno de “oriente”, pero con una capacidad políti-ca limitada regionalmente,
sin que haya muchas posibilidades de que la irradiación geográfica y clasista
de uno de los polos pueda ampliarse al ámbito de la especialidad articulada por
el otro polo. Claro, es muy difícil que el discurso liberal y de libre empresa
que enarbolan las elites empresariales cruceñas cautive a una plebe andina, que
durante diez años le apostó a esa forma de moder-nidad, obteniendo únicamente
una contracción de sus ingresos y sus expectativas de movilidad social. Un
discurso autonomista que no venga acompañado de un tipo de postneoliberalismo
ca-rece de posibilidades de seducir y, por tanto, de ser hegemóni-co en
“occidente”. Pero a su vez, el neoestatismo popular, y en particular el
liderazgo indígena, difícilmente habrán de cautivar a una clase media y a un
empresariado ascendentes mediante el libre mercado y que, en occidente y
oriente, secularmente han sido educados en la subalternidad servil de los
indios.
Sin
embargo, en todo esto hay una doble paradoja. Por una parte, el bloque social
que se levanta y reivindica la pujanza de una economía moderna tiene una
lectura de la territorialidad es-tatal no moderna, de tipo señorial, por lo que
carece de fuerza cultural y simbólica para alzarse con un liderazgo nacional;
mien-tras que quienes se erigen sobre la precariedad de una economía
tradicional, urbano-campesina, sí leen el espacio nacionalmente, aunque carecen
del sustrato material para liderar la economía, pues no se construyen Estados
modernos desde la pequeña eco-nomía doméstico-familiar.
465
Y es que el empresariado, en todos los momentos, y
en todas las regiones, y pese a todos sus modernismos técnicos, nunca ha dejado
de imaginar de manera patrimonial el poder y el territo-rio; en el primer caso,
como privilegio de abolengo, y en el se-gundo, como prolongación de la lógica
señorial de la hacienda. Independientemente de la globalización de sus
actividades eco-nómicas y de sus estilos de vida, el empresariado cruceño lee
el espacio regionalmente, y ha renunciado a una lectura socialmen-te incorporada
del territorio nacional. Por eso puede imaginar —en momentos extremos, a fin de
garantizar un blindaje espacial a sus intereses— una disociación de la unidad
territorial, pues la territorialidad estatal no se le presenta como una
espacialidad inherente a su destino, sino tan sólo como una contingencia de la
esencialidad de la hacienda. En ese sentido, la visión del vínculo espacial del
Estado es premoderna, señorial, similar a la de las elites andinas del siglo
XIX, a las que, según Zavaleta, les impor-taba más el estado de la estatua de
la Virgen de Copacabana que la mutilación del litoral.
En
cambio, para el movimiento indígena-plebeyo, la lógica nacional del espacio
estatal está incorporada en su horizonte in-telectual; es el legado de una
lógica agrícola de “múltiples pisos ecológicos”. Es por eso que los indios se
imaginan el poder no sólo donde son mayoría indígena, sino en todo el país
(mediante la victoria electoral en la versión moderada, a través de la
Asam-blea Constituyente; o mediante la instauración del Qullasuyu,
en la versión radical), pues el espacio de sus pretensiones llega hasta donde
llega el Estado, e incluso a veces más allá, como en el caso aimara. Se trata
entonces de una incorporación moderna de la geografía estatal, aunque, claro
está, el sustento técnico-económico de este ímpetu nacionalizador puede ser
considerado “premoderno”.
Estos
límites y tensiones de la lucha por el poder en la actua-lidad están teniendo
un correlato territorial a través del debate por un Estado autonómico.
466
Descentralización
político-administrativa y autonomía
En
Bolivia, la lucha o la demanda por autonomía y/o federalismo se remontan hasta
los debates de los años sesenta del siglo XIX, en torno a las diversas
propuestas de federalismo. Estas discusio-nes vuelven a ser retomadas en 1899,
cuando las elites paceñas, económicamente en ascenso, política y culturalmente
con mayor capacidad discursiva y con apoyo de sectores sociales más activos
(los indios aimaras y los artesanos), habían reconfigurado un esce-nario de
fuerzas políticas y buscaron, bajo la bandera del federalis-mo, trasladar la
sede de gobierno de Sucre a La Paz. Este traslado de la sede de gobierno de
Sucre a La Paz en realidad significó el traslado del eje económico
Potosí-Sucre, vinculado a la minería de la plata y la hegemonía cultural de
grupos intelectuales vincu-lados al ámbito judicial, hacia la economía del
norte, vinculada a la minería del estaño, que comenzaba a desplazar a la
minería de la plata, a las manufacturas en Cochabamba, Oruro y La Paz, y a una
presencia más activa de una intelectualidad liberal urbaniza-da, no
estrictamente ligada al aparato burocrático estatal, como lo era en Sucre. Esto
significa que el desplazamiento de la sede de gobierno de Sucre a La Paz es un
traslado del eje económico y del eje político cultural del sur hacia el norte.
Este
tema de lo federal y lo autonómico vuelve a renacer inte-lectualmente en Santa
Cruz a principios de siglo, con el Manifiesto de la Sociedad Geográfica, que le
critica al Estado el abandono de las regiones del oriente, y plantea un modelo
de desarrollo económico integral y un modelo de desarrollo político con una
fuerte presencia autonómica de autogobiernos regionales. El tema de los
gobiernos regionales vuelve a renacer en 1957, cuando se debate el tema de las
regalías del petróleo y, después de múltiples incidentes y enfrentamientos, se
distribuye departamentalmente un porcentaje de las regalías petroleras, que se
mantiene hasta hoy.
El
tema de la autonomía de la descentralización se hará nue-vamente presente por
medio de los comités cívicos, cuando se retoma la democracia en los años 1982 y
1984. En ese momento no sólo será Santa Cruz quien demande descentralización,
sino
467
también otros departamentos como Cochabamba, Sucre
y Potosí. Este ascenso de la demanda de la descentralización departamental
quedará neutralizado con la aplicación de la Ley de Participación Popular, que
hace una descentralización ya no política, sino ad-ministrativa a nivel de los
municipios.
La
Ley de Participación Popular, que descentraliza adminis-trativamente el Estado
por municipios, sumada a la mayor inte-gración de las elites regionales,
especialmente cruceñas y a la es-tructura del Estado centralista a través de
los partidos Movimien-to Nacionalista Revolucionario (mnr),
Movimiento de Izquierda Revolucionaria (mir)
y Acción Democrática Nacionalista (adn),
terminará con el ímpetu descentralizador de los años ochenta, y llevará a las
elites empresariales cruceñas a ocupar fundamentales posiciones de poder en la
estructura estatal que acompañará las reformas de libre mercado de toda la
etapa neoliberal.
Sin
embargo, desde hace cinco años, la crisis estatal iniciada ha debilitado y
hecho retroceder la hegemonía neoliberal (partidaria e ideológica) instaurada
desde 1985. Pero este debilitamiento ha dejado sin resolver el nuevo liderazgo
nacional. Por una parte, las ideas conservadoras del orden establecido se han
atrincherado y reforzado en las regiones del oriente y el sur del país (Santa
Cruz, Beni, Tarija), mientras que las ideas y proyectos renovadores y
progresistas han avanzado y han logrado un liderazgo en las zonas occidentales
del país, aunque sin que ninguno de estos proyectos políticos logre irradiarse
ni expandirse como proyecto nacional, lo que ha dado lugar a una
regionalización de los liderazgos.
En
ese sentido, la actual revitalización de la demanda auto-nomista en Santa Cruz,
a la cabeza de los partidos tradicionales (mnr, mir y adn)
y las corporaciones empresariales regionales (Cámara Agropecuaria del Oriente [cao]
y Cámara de Indus-tria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz [cainco]),
es una clara sublevación empresario-regional contra las demandas e ímpetus
indígeno-populares de transformación económica y política; es un levantamiento
burgués de reacción a los procesos de cambio propugnados por los movimientos
sociales. Se trata de una serie de manifestaciones, movilizaciones y acciones
directas
468
dirigidas por el empresariado regional, en torno a
objetivos y con-vocatorias de los sectores empresariales, que buscan preservar
el orden económico y establecer un blindaje político regional a esos intereses,
en retirada en el resto del país. Lo llamativo es que esta convocatoria tiene
recepción social, apoyo regional de sectores laborales y populares, lo que
permite hablar de la presencia acti-va de una hegemonía, de un liderazgo
empresarial en la región.
A
diferencia de lo que sucede en las zonas de occidente, donde los movimientos
sociales populares e indígenas han construido un sentido común generalizado,
que explica las carencias sociales, la falta de empleo, la discriminación y la
crisis debido al “modelo neoliberal”, en oriente, los mismos problemas que
atraviesan los sectores subalternos son explicados por el “centralismo”, que es
una ideología y visión del mundo administrada por las elites em-presariales, lo
que permite entender su liderazgo y base social. Esto ciertamente tiene que ver
con la debilidad del tejido social popular en Santa Cruz, con la ausencia de
autonomía política de los sectores populares, etc., que permitirían que las
demandas y frustraciones de varios sectores populares urbanos, y en particu-lar
de jóvenes emigrantes andinos, se articulen individualmente en las ofertas que
hacen las elites empresariales.
Esta
rebelión de las elites regionales contra el gobierno tiene que ver
fundamentalmente con el hecho de que en los últimos dieciséis meses, desde
octubre de 2003, las elites empresariales cruceñas han perdido el control de
una buena parte de los resortes del poder político, que durante diecinueve años
administraron de manera ininterrumpida. Desde 1985, independientemente de los
gobiernos del mnr, adn o mir,
las elites cruceñas ocuparon cargos ministeriales clave en la definición de las
políticas eco-nómicas del país; estaban posesionados en niveles de dirección de
los principales partidos de gobierno y controlaban áreas de decisión en el
parlamento. Esto les permitió influir de manera directa en la definición de
políticas públicas que favorecieron su potenciación como moderna fracción
empresarial. A su modo, la burguesía cruceña desde hace treinta años, y con
particular énfa-sis en los últimos quince años, ha hecho lo que desde la
historia
469
republicana ha realizado todo empresariado
dominante: utilizar el poder político para ampliar, extender y proteger su
capitaliza-ción económica empresarial sectorial.
El
desplazamiento de los hilos de poder vino inicialmente con la renuncia de
Gonzalo Sánchez de Lozada, quien creó una serie de vínculos de fidelidad y
apoyo con el empresariado cru-ceño, que se mantuvo hasta el último minuto en
que el ex presi-dente partía a su “autoexilio”, en octubre de 2003. El segundo
momento de esta pérdida de poder vino por el debilitamiento político de los
partidos donde este empresariado cruceño con-trolaba estructuras de influencia
y decisión (mnr y mir);
el tercer momento de esta pérdida de control personal de los aparatos de poder
gubernamental se dio cuando el presidente Carlos Mesa posesionó en ministerios
a representantes cruceños provenientes de elites intelectuales
y civiles distantes de las elites económicas regionales. Y el punto final de
esta pérdida de los resortes del poder gubernamental vino con los resultados de
las elecciones municipales, que acabaron por debilitar, y casi marginalizar de
las esferas de decisión política, a los partidos que tradicionalmente habían
sido el centro de la política nacional (mnr, mir, adn).
A partir de entonces, era sólo cuestión de tiempo para que se pro-dujera una
ofensiva empresarial, de manera corporativa, que es su último reducto de
agregación de intereses (Comité Cívico y gre-mios empresariales), a fin de
recobrar posiciones en un esquema de poder que se ha desprendido de su manejo
directo y personal.
El
aumento del diésel en diciembre de 2004 fue el pretexto que le permitió
movilizar, canalizar y liderar un malestar social hacia la defensa de intereses
empresariales cruceños que, por cierto, son los que más se benefician con la
subvención de ese combustible por parte del Estado. La actual sublevación
empresario-regional es, por tanto, una lucha abierta por el poder de Estado,
por el control de la totalidad, o de una parte sustancial (tema de tierras,
régimen de impuestos, modelo económico) de los mecanismos de toma de decisión
sobre la manera de gestionar los recursos públicos. El hecho de que se trate de
un empresariado regional, y que las fuerzas armadas tengan por el momento una
actitud
470
neutral o distante respecto al reclamo empresarial
(debido a sus insinuaciones escisionistas con las que a veces lo presentan los
dirigentes cívicos), limita la posibilidad de un cambio total de la estructura
de poder a su favor, aunque su fuerza puede obligar a un tránsito gradual hacia
una retoma de la influencia que tenían antes de octubre.
Por
las características de esta lucha por el poder gubernamen-tal, por lo que estos
sectores empresariales defendieron y buscan defender, y por la manera en que
acumularon poder económico en los últimos años, esta lucha también busca
redireccionar, de-tener el conjunto de reformas políticas y económicas que
están en marcha debido a la presión popular-indígena de occidente, ya que la
continuación de esas reformas puede afectar directa-mente los mecanismos de
poder económico empresarial (Asam-blea Constituyente, que modifique el sistema
de propiedad de la tierra; nacionalización de los hidrocarburos, que ponga
freno a la esperanza de una regalías petroleras regionalizadas, etc.). De ahí
que esta lucha por el poder sea a la vez una resistencia a la continuidad de la
llamada “agenda de octubre”, resultante de la rebelión urbano-rural de octubre
de 2003.
Sin
embargo, esta lucha empresarial por el control de las es-tructuras decisorias
del poder político no toma la forma de una lucha “nacional”, general, de
control total del Estado, lo que exi-giría por parte del empresariado cruceño
una serie de propuestas, de convocatorias dirigidas a movilizar al resto del
país, para arti-cular intereses de otros sectores sociales que no sean
solamente los regionales del oriente. Esto, a las elites, les
resulta imposible, ya que el horizonte de país que propugnan y defienden (libre
mercado, inversión externa, racismo, etc.) fue derrotado en to-da la región de
occidente en octubre de 2003, y es una ideología cansada y en retirada, al
menos temporalmente. De ahí que el empresariado cruceño haya apostado por una
regionalización de su lucha política a través de la demanda de autonomía.
En
sentido estricto, la demanda de autonomía de los empre-sarios cruceños se
presenta, por tanto, como una lucha defensiva, de repliegue en su zona de
irradiación básica (Santa Cruz) y, con
471
ello, el abandono de la lucha por una hegemonía
nacional que sienten imposible. La lucha por la autonomía cruceña es, pues, el
retroceso político respecto a lo que anteriormente controlaban las elites
cruceñas (aparatos de Estado “nacional”), y la constata-ción de los límites
regionales de una burguesía que no se anima a intentar dirigir, política,
económica y culturalmente, el país, y se repliega en su dominio regional para
disputar ahí el control, compartido con las petroleras, del excedente gasífero existente.
La autonomía cruceña, convertida en la bandera central de la demanda
empresarial, es por tanto la lucha por el poder políti-co, pero en su dimensión
fraccionada, regionalizada, parcial, y la materialización del abandono de la
disputa del poder general, “nacional” del país. Su victoria, en caso de darse,
no resolverá la ausencia de hegemonía nacional, de liderazgo y horizonte
general compartido por la mayoría de la sociedad; radicalizará la
regio-nalización de la lucha de clases, de los liderazgos políticos y de los
proyectos de país, incrementando las tendencias escisionistas que siempre han
anidado larvariamente en el comportamiento político de los sujetos sociales de
oriente y occidente.
Con
todo, y pese a esta carencia local de la disputa del poder político, la demanda
de la burguesía cruceña y las empresas pe-troleras que la secundan está
cuestionando directamente no sólo a un gobierno, sino a la estructura del
Estado, a su base constitu-cional y, ante todo, al control de los recursos
imprescindibles para cualquier estrategia de desarrollo económico nacional en
las si-guientes décadas: tierra e hidrocarburos. Se trata por tanto de una
sublevación reaccionaria que está poniendo en duda la viabilidad del Estado y,
lo más riesgoso, el sustento material económico de cualquier proceso de reforma
o de transformaciones progresistas que deseen impulsar los sectores populares e
indígenas del país.
Está
claro, entonces, que la actual demanda autonómica del Comité Cívico de Santa
Cruz, si bien tiene una función democra-tizadora, es ante todo un pretexto de
elite para contener proyec-tos de reforma económica y política
desneoliberalizantes. Resulta entonces que, en torno a la agenda cruceña, parte
de los sectores políticamente derrotados en octubre ha comenzado nuevamente
472
a rearticularse; hablamos del mnr,
del mir, del adn,
que sienten a Santa Cruz y su movimiento regional como un territorio desde el
cual pueden comenzar nuevamente a irradiar propuestas y li-derazgo político.
En
lo que se refiere al actual debate sobre si primero debería realizarse el
referéndum por la autonomía o la elección de consti-tuyentes no es un debate
falso; es un debate donde se posicionan intereses colectivos de poder. Las
fuerzas políticas y económicas que quieren primero autonomía, buscan posicionar
la autonomía a nivel departamental para postergar la Asamblea Constituyente de
manera indefinida, porque se sienten aún minoría electoral; sienten que ahí no
podrían jugar un papel dirigente, como lo ve-nían haciendo en todas las
elecciones nacionales previas, más aún cuando los partidos que les permitían
convertir la minoría demo-gráfica en mayoría política (adn, mir, mnr)
están en un proceso de debilitamiento estructural. Los que buscan la Asamblea
Cons-tituyente, en cambio, quieren hacerla antes o al mismo momento que la
autonomía, justamente para obligar a este bloque oriental a participar dentro
de la Asamblea Constituyente, creyendo que en ella estos bloques sociales,
populares e indígenas, tendrán ma-yor presencia y mayoría para promover cambios
en los regímenes económicos, de propiedad y de derechos sociales que beneficien
a los sectores anteriormente excluidos.
Como
se ve en conjunto, alrededor del debate sobre autono-mías están en juego las
estrategias de posicionamiento de cada una de las fuerzas sociales y políticas
del país y, por ello, es im-portante que, en el momento de hacer una lectura
contextual de este tema, se sepa el telón de fondo de los distintos argumentos
legitimadores que utilizan los distintos actores. En sentido estric-to, en
torno a la agenda de la autonomía se están jugando temas de poder político de
grupos, clases y facciones sociales.
Campo político
polarizado y empate catastrófico
En
este escenario de crisis estatal de dos dimensiones, a saber, crisis del Estado
neoliberal, y crisis de los componentes republi-
473
canos monoculturales y centralistas del Estado
boliviano, se está produciendo un creciente proceso de polarización social y
polí-tica, entendida como confrontación de proyectos contrapuestos de dos
miradas distintas de entender la vida, la economía, el fu-turo y el porvenir.
Por
una parte, podemos ubicar un proyecto neoconservador, liberal, que en lo
económico sigue apostando a una economía abierta, globalizada, de inversión
externa, de débil intervención del Estado. El otro polo apuesta por una
economía más centrada en el mercado interno, con mayor presencia de un Estado
produc-tivo, y que intenta recuperar la dinámica económica de sectores
tradicionales en el campo, comunidades, en el mundo urbano familiar
microempresarial.
En
lo político, el primero es un proyecto que apunta hacia una lectura partidaria
de la política o corporativa empresarial de la política, manteniendo la
monoculturalidad del Estado, con liderazgos de tipo tradicional de las
viejas elites políticas. El otro apunta a un tipo de
comunitarismo sindical, una reivindicación de la multiculturalidad, de la
presencia indígena en la toma de de-cisiones, y está encabezada por liderazgos
básicamente indígenas.
La
primera nos da una confrontación de carácter clasista, la segunda una
confrontación de carácter étnico, y existe una tercera que nos va a dar una
confrontación regional. Por una parte, estas fuerzas neoconservadoras —que no
es un adjetivo, en la medida en que pretenden preservar lo que existe con
algunas modifica-ciones— si bien están presentes en todo el país, tienen su
fuerza dominante en sectores del oriente del país. Mientras tanto, las fuerzas
renovadoras, que están presentes en las distintas regiones con su mayor
capacidad de movilización, tanto electoral como de acción colectiva, están en
las zonas de los valles y del altiplano. Entonces Bolivia está viviendo
simultáneamente una polarización clasista, étnica y regional.
En
conjunto, se puede decir que estamos ante un escenario de conflicto
generalizado por la redistribución del poder estatal en Bolivia entre sectores
que tradicionalmente tenían poder, y sectores nuevos, anteriormente marginados
de las estructuras
474
decisorias del país, que ahora pugnan por hacerse
cargo de la administración del Estado. Pero lo característico de esta pugna por
el poder es que ninguno de los bloques tiene la capacidad de imponerse sobre el
otro.
Tenemos
entonces polaridades que atraviesan las regiones, las clases y las identidades
étnicas; pero ninguna de estas polaridades o bloques de poder tiene la
suficiente capacidad para imponerse sobre la otra ni para seducirla; es decir,
en términos gramscianos, estamos ante un “empate catastrófico”. Un empate
catastrófico surge cuando no existe la capacidad de una hegemonía comple-ta,
sino de una confrontación irresuelta por esa hegemonía entre dos
protohegemonías, y esto genera procesos de confrontaciones permanentes de baja
intensidad, de enfrentamientos, desgastes mutuos que impiden que alguno de
ellos expanda su liderazgo sobre el resto de la sociedad.
De
ahí que lo más sensato sea pensar que la única manera de resolución de este
“empate” sea precisamente la del armisticio o, lo que es lo mismo, la de una
redistribución pactada del poder es-tatal, lo que llevaría necesariamente a una
ampliación de derechos de los sectores más excluidos y a una redistribución
negociada de las oportunidades económicas de la sociedad.
475
INDIANISMO
Y MARXISMO
El
desencuentro de dos razones revolucionarias1
En
Bolivia, el antiguo marxismo no es significativo ni política ni
intelectualmente, y el marxismo crítico, proveniente de una nueva generación
intelectual, tiene una influencia reducida y círculos de producción aún
limitados. Por el contrario, el indianismo, poco a poco, se ha ido
constituyendo en una narrativa de resistencia que en estos últimos tiempos se
propuso como una auténtica opción de poder.
En
los últimos cien años, en Bolivia se han desarrollado cin-co grandes ideologías
o “concepciones del mundo” de carácter contestatario y emancipador. La primera
de estas narrativas de emancipación social fue el anarquismo, que logró
articular las ex-periencias y demandas de sectores laborales urbanos vinculados
al trabajo artesanal y obrero en pequeña escala, y al comercio. Presente desde
finales del siglo XIX en algunos ámbitos labora-les urbanos, su influencia más
notable se da en los años treinta y cuarenta del siglo XX, cuando logra
estructurar federaciones de asociaciones, agremiadas de manera horizontal, en
torno a un
1\
Texto extraído de Álvaro García Linera, “Indianismo y marxismo. El
desencuen-tro de dos razones revolucionarias”, en Revista Donataria, No.
2, marzo-abril de 2005.
477
programa de conquista de derechos laborales y a la
formación autónoma de una cultura libertaria entre sus afiliados.
Otra
ideología que ancla sus fundamentos en las experiencias de siglos anteriores es
la que podríamos llamar indianismo de resistencia, que surgió después de la
derrota de la sublevación y del gobierno indígena dirigido por Pablo Zárate
Willka y Juan Lero, en 1899. Al ser reprimido este proyecto de poder nacional
indígena, el movimiento étnico asumió una actitud de renovación del pacto de
subalternidad con el Estado, mediante la defensa de las tierras comunitarias y
el acceso al sistema educativo. Susten-tado en una cultura oral de resistencia,
el movimiento indígena, predominantemente aimara, combinará, de manera
fragmentada, la negociación de sus autoridades originarias con la sublevación
local hasta ser sustituido, como horizonte explicador del mundo en las
comunidades, por el nacionalismo revolucionario a me-diados de siglo.
El
nacionalismo revolucionario y el marxismo primitivo se-rán dos narrativas
políticas que emergerán simultáneamente con vigor después de la Guerra del
Chaco, en sectores relativamen-te parecidos (clases medias letradas), con
propuestas similares (modernización económica y construcción del Estado
nacional) y enfrentados a un mismo adversario, el viejo régimen oligárqui-co y
patronal.
A
diferencia del marxismo naciente, para el cual el problema del poder era un
tema retórico que buscaba ser resuelto en la fi-delidad canónica al texto
escrito, el nacionalismo revolucionario, desde su inicio, se perfilará como una
ideología portadora de una clara voluntad de poder, que debía ser resuelta de
manera prácti-ca. No es casual que este pensamiento se acercara a la
oficialidad del Ejército —la institución clave en la definición del poder
esta-tal— y que varios de sus promotores, como Víctor Paz Estensso-ro,
participaran en gestiones de los cortos gobiernos progresistas militares que
erosionaron la hegemonía política conservadora de la época. Tampoco es casual
que, con el tiempo, los nacionalistas revolucionarios combinaran de manera
decidida sublevaciones
478
(1949), con golpes de Estado (1952) y participación
electoral, como muestra de una clara ambición de poder.
Obtenido
el liderazgo de la revolución de 1952 por hechos y propuestas prácticas, el
Movimiento Nacionalista Revoluciona-rio (mnr)
hará que su proyecto partidario devenga toda una con-cepción del mundo emitida
desde el Estado, dando lugar a una reforma moral e intelectual que creará una
hegemonía político-cultural de treinta y cinco años de duración en toda la
sociedad boliviana, independientemente de que los sucesivos gobiernos fueran
civiles o militares.
El
marxismo primitivo
Si
bien se puede hablar de una presencia de pensamiento marxis-ta desde los años
veinte, a través de la actividad de intelectuales aislados como Tristán Marof,2 el
marxismo, como cultura políti-ca en disputa por la hegemonía ideológica,
cobrará fuerza en los años cuarenta, por medio de la actividad del Partido de
Izquierda Revolucionaria (pir),
el Partido Obrero Revolucionario (por)
y la producción intelectual de sus dirigentes (Guillermo Lora, José Aguirre
Gainsborg, José Antonio Arze, Arturo Urquidi, etcétera).
El
surgimiento del marxismo, y su recepción en el ámbito so-cial, vendrán marcados
por dos procesos constitutivos. El prime-ro radica en una producción ideológica
directamente vinculada a la lucha política, lo que conjuró la tentación de un
“marxismo de cátedra”. Los principales intelectuales que se adscriben a esa
corriente participan del activismo político, ya sea en la lucha parlamentaria o
en la organización de las masas, lo que influirá tanto en las limitaciones
teóricas de la producción intelectual de la época —más apegada a una repetición
de los sencillos esque-mas de los manuales de economía y filosofía soviéticos—,
como en la constante articulación de sus reflexiones con el acontecer político
práctico de la sociedad.
2\ Tristán
Marof, La justicia del inca, Bruselas, Falkfils, 1926.
479
El otro hecho notable de este nacimiento lo
representa la re-cepción del marxismo, y del propio nacionalismo
revolucionario, en el mundo laboral, que viene precedida por una modificación
de la composición de clase de los núcleos económicamente más importantes del
proletariado minero y fabril boliviano, que se hallan en pleno tránsito del
“obrero artesanal de empresa” al “obrero de oficio de gran empresa”. Esto
significa que el mar-xismo se enraíza en el locus obrero en el
momento en que se está consolidando la mutación de la centralidad de los
saberes indivi-duales del trabajo y del virtuosismo tradicional artesanal, que
ca-racterizaba la actividad productiva en los talleres y las industrias, en la
primacía del soporte técnico industrial y en una división del trabajo
eslabonada en el tiempo de los obreros industriales, en las empresas mineras de
estaño y de las fábricas, principalmente textileras urbanas.3
Se
trata, por tanto, de un proletariado que interioriza la racio-nalidad técnica
de la modernización capitalista de gran empresa, y que está subjetivamente
dispuesto a una razón del mundo guia-da por la fe en la técnica como principal
fuerza productiva, en la homogeneización laboral y la modernización industriosa
del país. Se trata ciertamente del surgimiento de un tipo de proletariado que
se halla en proceso de interiorización de la subsunción real del trabajo al
capital como un prejuicio de masa,4 y será sobre esta nueva
subjetividad proletaria, que ocupará el centro de las actividades económicas
fundamentales del país, que el marxismo, con un discurso de racionalización
modernizante de la sociedad, logrará enraizarse durante décadas.
El
marxismo de esta primera época es, sin lugar a dudas, una ideología de
modernización industrial del país en lo económico, y de consolidación del
Estado nacional en lo político. En el fon-do, todo el programa revolucionario
de los distintos marxismos
3\
Álvaro García Linera, La condición obrera. Estructuras materiales y
simbólicas del proletariado de la minería mediana 1950-1999, La
Paz, Instituto Latinoame-ricano de Investigaciones Sociales (ildis),
Universidad Mayor de San Andrés (umsa)
y Comuna, 2000.
4\ René
Zavaleta, Lo nacional popular en Bolivia, México, Siglo XXI,
1986.
480
de esta etapa, hasta los años ochenta, tendrá —aun
cuando lleve diversos nombres: la revolución “proletaria” del por,
“democrá-tica- burguesa en transición al socialismo” del Partido Comunista
Boliviano (pcb), de
“liberación nacional” del Ejército de Libe-ración Nacional (eln),
“socialista” del Partido Socialista 1 (ps-1)—
objetivos similares: despliegue incesante de la modernidad capitalista del
trabajo; sustitución de las relaciones “tradiciona-les” de producción,
especialmente de la comunidad campesina, que deberá “colectivizarse” u
“obrerizarse”; homogeneización cultural, para consolidar el Estado; y una
creciente estataliza-ción de las actividades productivas como base de una
economía planificada, y de una cohesión nacional-estatal de la sociedad.
En
el fondo, este marxismo primitivo, por sus fuentes y sus objetivos, será una
especie de nacionalismo revolucionario radi-calizado, y de ahí que no sea raro
que los militantes y los cuadros marxistas de las fábricas y minas,
especialmente “poristas” y “pi-ristas”, se hayan incorporado rápidamente al
partido triunfador de abril de 1952, o que la masa proletaria de influencia de
estos partidos marxistas, en los hechos, haya actuado bajo el comando
ideológico movimientista en los momentos de la definición políti-ca. De esta
forma, mientras que en los congresos mineros o fabri-les se podía aprobar el
programa de transición trotskista, en las elecciones presidenciales y en el
comportamiento político se era movimientista, pues, en el fondo, lo que
diferenciaba a marxistas y nacionalistas no era tanto el discurso,
modernizante, estatalista y homogeneizante, sino la voluntad de poder de los
últimos para llevar adelante lo prometido.
Con
todo, el marxismo llegó a formar una cultura política ex-tendida en sectores
obreros, asalariados y estudiantiles, basada en la primacía de la identidad
obrera por encima de otras identida-des, en la convicción acerca del papel
progresista de la tecnología industrial en la estructuración de la economía,
del papel central del Estado en la propiedad y distribución de la riqueza, de
la na-cionalización cultural de la sociedad en torno a estos moldes, y de la
“inferioridad” histórica y clasista de las sociedades campesinas mayoritarias
en el país.
481
Esta narrativa modernista y teleológica de la
historia, por lo general adaptada de los manuales de economía y filosofía,
creará un bloqueo cognitivo y una imposibilidad epistemológica respec-to a dos
realidades que serán el punto de partida de otro proyecto de emancipación, que
con el tiempo se sobrepondrá a la propia ideología marxista: la temática
campesina y étnica del país.
Considerada
desde la perspectiva del capitalismo europeo, cuna del proletariado llamado a
hacer la revolución, y a partir de la disolución de las relaciones
tradicionales campesinas, la izquierda marxista ubicará a la realidad agraria
como represen-tante del “atraso” que debe dar paso al “progreso” de la
indus-tria, que permitiría pensar en la emancipación. En ese sentido, el agro
se presentará como un lastre para los sujetos de la revolución social, los
proletarios, que deberán buscar la mejor manera de “arrastrar” a los “pequeños
propietarios” de la tierra. La lectura clasista de la realidad agraria que hará
el marxismo no vendrá de la subsunción formal y real, que hubiera permitido
develar las condiciones de explotación de este sector productivo; se hará desde
el esquema —prejuicio— del enclave a partir de la propie-dad, con lo que
trabajadores directos quedarán en el saquillo de “pequeños burgueses”, de
dudosa fidelidad revolucionaria, por su apego a la propiedad.
En
este esquema, la comunidad y sus relaciones productivas sencillamente no
existirán en el horizonte interpretativo de este marxismo,5 y
mucho menos cualquier otra identidad social que no sea la estrictamente
económica; en este caso, campesina. Los repertorios culturales de las clases
sociales, la diversidad identita-ria de la sociedad o la existencia de naciones
y pueblos indígenas serán un no-lugar en la literatura y en la estrategia
izquierdistas,
5\ 琀otables
excepciones, con una lectura marxista mucho más consistente sobre el tema
agrario en Bolivia, se pueden hallar en Danilo Paz Ballivian, Estructura agraria
en Bolivia, La Paz, Popular, 1983; y Jorge Echazú, Los
problemas agrario-campesinos de Bolivia, La Paz, Comité Ejecutivo de
la Universidad Boliviana (ceub)
y Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimen-tación (fao),
1983.
482
a excepción de Osvaldo Sáenz,6 cuyo
aporte pionero será silen-ciado rápidamente por la vulgata partidaria
de “clases” sociales identificadas, ni siquiera por la estructura de las
relaciones de producción y reproducción social, sino tan sólo por las
relaciones de propiedad, lo que producirá un reduccionismo clasista de la
realidad social boliviana, y un reduccionismo juridicista y legalista de la
conformación de las “clases sociales”.7
Para
este marxismo no había ni indios ni comunidad, con lo que una de las más ricas
vetas del pensamiento marxista clásico queda bloqueada y rechazada como
herramienta interpretativa de la realidad boliviana;8 además,
esta posición obligará al emer-gente indianismo político a afirmarse
precisamente en un combate ideológico, tanto contra las corrientes
nacionalistas como contra las marxistas, que rechazaban y negaban la temática
comunitaria agraria y étnico-nacional como fuerzas productivas políticas
capa-ces de servir como poderes regenerativos de la estructura social, tal como
precisamente lo hará el indianismo.
Las
posteriores conversiones respecto a esa temática por parte de la izquierda a
finales de los ochenta, a partir de las cuales se “descubrirán” la comunidad y
la diversidad nacionalista del país, no sólo serán meramente testimoniales
—pues la izquierda mar-xista primitiva había entrado en franca decadencia
intelectual y marginalidad social—, sino que además la temática será abordada
de la misma manera superficial e instrumental con la que décadas atrás fue
interpretada la centralidad proletaria.
Al
final, una lectura mucho más exhaustiva de la temática in-dígena y comunitaria
vendrá de la mano de un nuevo marxismo
6\
Jorge Ovando Sáenz, El problema nacional y colonial en Bolivia, La
Paz, Juven-tud, 1984.
7\
José Antonio Arze, Sociología marxista, Oruro, Universidad
Técnica de Oruro, 1963; Guillermo Lora, Historia del movimiento obrero
boliviano. Tomo III, La Paz, Los Amigos del Libro, 1980.
8\
Sobre la comunidad en el pensamiento de Marx, véanse “Escritos sobre Rusia II.
El porvenir de la comuna rural rusa”, en Cuadernos de Pasado y Presente,
No. 90, 1980; y Lawrence Krader (ed.) Los apuntes etnológicos de Karl
Marx,
Madrid,
Pablo Iglesias y Siglo XXI, 1988.
483
crítico y carente de auspicio estatal que, desde
finales del siglo XX y a principios del XXI, apoyándose en las reflexiones
avanzadas por René Zavaleta, buscará una reconciliación de indianismo y
marxismo, capaz de articular los procesos de producción de co-nocimiento local
con los universales.9
El
indianismo
El
voto universal, la reforma agraria (que acabó con el latifundio en el altiplano
y los valles), y la educación gratuita y universal, hi-cieron del ideario del
nacionalismo revolucionario un horizonte de época que envolvió buena parte del
imaginario de las comuni-dades campesinas, que hallaron en este modo de
ciudadanización, de reconocimiento y movilidad social, una convocatoria
naciona-lizadora y culturalmente homogeneizante, capaz de desplegar y diluir el
programa nacional étnico de resistencia gestado décadas atrás. Fueron momentos
de una creciente desetnización del dis-curso e ideario campesinos, una apuesta
a la inclusión imaginada en el proyecto de cohesión cultural mestiza irradiado
desde el Estado, y de la conversión de los nacientes sindicatos campesi-nos en
la base de apoyo del Estado nacionalista, tanto en su fase democrática de masas
(1952-1964), como en la primera etapa de la fase dictatorial (1964-1974).
El
sustento material de este periodo de hegemonía nacional estatal será la
creciente diferenciación social en el campo, y per-mitirá mecanismos de
movilidad interna a través de los merca-dos y la ampliación de la base
mercantil de la economía rural; la acelerada descampesinización, que llevará a
un rápido creci-miento de las ciudades grandes e intermedias y a la
flexibilidad del mercado de trabajo urbano, que habilitará la creencia de una
9\
Luis Tapia, La condición multisocietal, La Paz, Postgrado en
Ciencias del De-sarrollo (cides), umsa y
Muela del Diablo, 2002; Raúl Prada, Largo octubre, La Paz,
Plural, 2004; Álvaro García Linera, Felipe Quispe, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada
y Luis Tapia, Tiempos de rebelión, La Paz, Comuna y Muela del
Diablo, 2001; Álvaro García Linera, Luis Tapia y Raúl Prada, Memorias
de octubre, La Paz, Comuna y Muela del Diablo, 2004.
484
movilidad campo-ciudad exitosa, mediante el acceso
al trabajo asalariado estable y el ingreso a la educación superior como mo-dos
de ascenso social.
Los
primeros fracasos de este proyecto de modernización económica y de
nacionalización de la sociedad comenzarán a ma-nifestarse en los años setenta,
cuando la etnicidad, bajo la forma del apellido, el idioma y el color de piel,
será reactualizada por las elites dominantes como uno más de los mecanismos de
selec-ción para la movilidad social, renovando la vieja lógica colonial de
enclave y desclasamiento social, que se consideraban, junto a las redes
sociales y a la capacidad económica, los principales medios de ascenso y
descenso social.
Ello,
sumado a la estrechez del mercado laboral moderno, in-capaz de acoger a la
creciente migración, habilitará un espacio de naciente disponibilidad para el
resurgimiento de la nueva visión del mundo indianista que, en estos últimos
treinta y cuatro años, ha transitado varios periodos: el formativo, el de la
cooptación estatal, y el de su conversión en estrategia de poder.
Gestación
del indianismo katarista
El
primer periodo es el de la gestación del indianismo katarista, en cuanto
construcción discursiva, política y cultural, formadora de fronteras culturales
como modo de visibilización de exclusiones y jerarquías sociales. Inicialmente,
el indianismo katarista nace como un discurso político que comienza a
resignificar de manera sistemática la historia, la lengua y la cultura. En
algunos casos, esta formación discursiva revisará la historia colonial y
republicana para mostrar las injusticias, las usurpaciones y discriminaciones
de las que han sido objeto los pueblos indígenas en la gestión de las riquezas
y poderes sociales. En otros casos, se denunciarán las trabas en los procesos
de ciudadanización y de ascenso social ofertados por el proyecto mestizo nacionalista
iniciado en 1952. En ambas vertientes, complementarias, se trata de un discurso
de denuncia e interpelatorio que, asentado en la revisión de la historia,
reprocha la imposibilidad de cumplir los compromisos
485
de ciudadanía, de mestizaje, de igualación política
y cultural, con la cual el nacionalismo se acercó al mundo indígena campesino
después de 1952.
Esto
sucederá desde los años setenta, en plena vigencia del modelo estatal
centralista y productor, y se llevará adelante por medio de la actividad de una
intelectualidad aimara emigrante, temporal o permanente, que accede a procesos
de escolarización superior y vida urbana, pero manteniendo aún vínculos con las
comunidades rurales y sus sistemas de autoridad sindical. Estos intelectuales,
en círculos políticos autónomos o en pequeñas em-presas culturales (el fútbol,
los programas de radio, charlas en las plazas, etc.),10 van
construyendo, entre dirigentes de sindicatos agrarios, redes de comunicación y
de relectura de la historia, la lengua y la etnicidad que comienzan a disputar
la legitimidad de los discursos campesinistas con los que el Estado y la
izquierda convocaban al mundo indígena.
El
aporte fundamental de este periodo es la reinvención de la indianitud,
pero ya no como estigma, sino como sujeto de emanci-pación, como designio
histórico, como proyecto político. Se trata de un auténtico renacimiento
discursivo del indio, a través de la reivindicación y reinvención de su
historia, de su pasado, de sus prácticas culturales, de sus penurias, de sus
virtudes, que ha de tener un efecto práctico en la formación de
autoidentificaciones y formas organizativas.
En
esta primera etapa del periodo formativo se destacará la obra de Fausto
Reinaga, que puede ser considerado como el in-telectual del indianismo más
relevante e influyente de todo este periodo histórico. Su obra está dirigida a
construir una identidad, y en la medida en que no hay identidad colectiva que
construir, por lo menos en un inicio, más que afirmándose frente y en con-tra
de las otras identidades, el indianismo en esta época no sólo se diferenciará
de la “otra” Bolivia mestiza y colonial, sino tam-
10\
Javier Hurtado, El katarismo, La Paz, Instituto de Historia
Social Boliviana (hisbol), 1985.
486
bién de la izquierda obrerista, fuertemente
asociada al proyecto homogeneizante y modernista del Estado nacionalista.
De
entrada, el indianismo rompe lanzas frente al marxismo y se le enfrenta con la
misma vehemencia con la que critica a otra ideología fuerte de la época, el
cristianismo, considerados ambos como los principales componentes ideológicos
de la dominación colonial contemporánea. En esta descalificación indianista del
marxismo como proyecto emancipador ha de contribuir la propia actitud de los
partidos de izquierda, que seguirán subalternando al campesino frente a los
obreros, se opondrán a la problemati-zación de la temática nacional indígena en
el país y, como hoy lo hacen las clases altas, considerarán un retroceso
histórico res-pecto de la “modernidad” cualquier referencia a un proyecto de
emancipación sustentado en potencialidades comunitarias de la sociedad agraria.
A
partir de este fortalecimiento, en oposición, a fines de los años setenta, el
discurso katarista indianista se va a dividir en cua-tro grandes vertientes. La
primera, la sindical, que dará lugar a la formación de la Confederación
Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (csutcb),
hecho que sella simbólicamente la ruptura del movimiento de los sindicatos
campesinos con el Estado nacionalista en general y, en particular, con el pacto
mili-tar campesino, que había inaugurado una tutela militar sobre la
organización campesina. La otra vertiente es la política partidaria, no
solamente con la formación del Partido Indio, a fines de los años sesenta, sino
del Movimiento Indio Tupac Katari (mitka)
y el Movimiento Revolucionario Tupac Katari (mrtk),
que van a incorporarse, de manera frustrada, en varias competencias
elec-torales hasta finales de los años ochenta. La tercera vertiente, al lado
de la política y la sindical, será la corriente académica, his-toriográfica y
de investigación sociológica. Se ha dicho que todo nacionalismo es en el fondo
un revisionismo histórico, y de ahí que no sea raro que una amplia generación
de emigrantes aima-ras, que entran al mundo universitario entre los años
setenta y ochenta, se dedique precisamente a llevar adelante, de manera
rigurosa, este revisionismo histórico, mediante el estudio de casos
487
de levantamientos, de caudillos, de
reivindicaciones indígenas desde la colonia hasta nuestros días.
Si
bien hay varias corrientes en este momento, la fuerza del movimiento indianista
katarista estará centrada en la csutcb.
Pero, como en toda identidad de los subalternos, esta fuerza de movilización no
dejará de presentar el trenzado de múltiples pisos estratégicos de
interpelación al Estado. Así, aunque por una parte es posible encontrar una
fuerte retórica etnicista en los discursos de los dirigentes, en la simbología
usada para identificarse —los retratos de los líderes indígenas, la wiphala—;
en los hechos, la fuerza discursiva movilizable de la csutcb ha
de estar básicamen-te centrada en reivindicaciones de tipo clasista y
económico, como aquellas que dieron lugar al primer gran bloqueo de caminos de
la flamante dirección sindical con Genaro Flores a la cabeza , en diciembre de
1979. Las movilizaciones de la csutcb,
con predo-minio en la convocatoria política y étnico-nacional, por encima de
las reivindicaciones estrictamente campesinas, recién se darán con las
rebeliones de los años 2000, 2001 y 2003.
Un
segundo momento de este periodo de formación discur-siva y de elite de
la identidad aimara se producirá cuando, desde los primeros años de la década
del ochenta, habrá una lenta pero creciente descentralización de este discurso;
los ideólogos y acti-vistas del indianismo katarista se fragmentan, dando lugar
a tres grandes corrientes. La culturalista, que se refugia en el ámbito de la
música, la religiosidad, y que hoy en día es denominada la de los
“pachamámicos”. Básicamente es un discurso que ha perdido la carga política
inicial, y tiene una fuerte carga de folclorización de la indianitud.
Una
segunda vertiente, menos urbana que la anterior, se ha denominado la de los
discursos políticos “integracionistas”, en la medida en que enarbola una
reivindicación del ser indígena co-mo fuerza de presión para obtener ciertos
reconocimientos en el orden estatal vigente. Se trata de una formación
discursiva de lo indígena en cuanto sujeto querellante, demandante de
reconoci-miento por parte del Estado, para incorporarse a la estatalidad y
ciudadanía vigentes, pero sin perder por ello sus particularidades
488
culturales. El ala katarista del movimiento de
reivindicación de la indianitud es la que dará cuerpo a esta posición. Aquí el
indígena es la ausencia de igualdad ante el Estado por una pertenencia
cul-tural (aimara y quechua), que deviene así signo identificador de una
carencia de derechos (la igualdad), de un porvenir (la ciuda-danía plena) y de
una distinción identitaria (la multiculturalidad).
Este
discurso construye su imaginario a través de la denuncia de la existencia de
dos tipos de ciudadanía: la de “primera clase”, monopolizada por los q’aras;
y la ciudadanía de “segunda clase”, a la que pertenecerían los indígenas.
Mediante esta jerarquiza-ción de los niveles de ciudadanía en la sociedad
boliviana, este discurso realiza una lucha por el reconocimiento de la
diferen-cia, pero para lograr la supresión de ésta y alcanzar la igualación y
homogeneización, al menos política, en lo que se considera la “ciudadanía de
primera clase”.
En
este caso, la diferencia no es enarbolada como portadora de derechos, lo que
requeriría pensar en una ciudadanía multi-cultural o en la reivindicación de
derechos políticos colectivos, ciudadanías diferenciadas y estructuras
político-institucionales plurales, pero con iguales prerrogativas políticas
frente al Estado. La diferencia es aquí un paso intermedio a la nivelación, por
lo que el horizonte político con el que el katarismo proyecta al indí-gena
sigue siendo el de la ciudadanía estatal exhibida por las eli-tes dominantes
desde hace décadas. En cierto modo, la distancia frente al discurso
modernizador del nacionalismo revolucionario no radica en este destino fatal de
lo que ha de entenderse por ciu-dadanía y marco institucional para ejercerla,
sino en el recono-cimiento de la pluralidad cultural para poder acceder a ella,
que será precisamente el aporte del modesto discurso liberal frente a la
problemática de los “pueblos” y “etnias”. No será raro, por tanto, que mucho de
los personajes del katarismo, elaboradores de este discurso, colaboren
posteriormente con propuestas mo-dernizantes y multiculturalistas del antiguo
partido nacionalista que en 1993 llegará otra vez al gobierno.
Paralelamente,
en los años ochenta, esta corriente ideológica, más vinculada al sindicalismo
campesino, será la más propensa a
489
acercarse a las corrientes marxistas y al aún
predominante movi-miento obrero organizado en torno a la Central Obrera
Bolivia-na (cob). Por ejemplo,
Genaro Flores logrará establecer alianzas con el frente izquierdista Unidad
Democrática Popular (udp)
en las elecciones de 1980, y algunos de sus cuadros políticos se in-corporarán
a la gestión de gobierno de Siles Zuazo. En los años posteriores, dirigentes de
esta fracción katarista buscarán modi-ficar desde adentro la composición
orgánica de la representación social de la cob,
dando lugar a una de las más importantes inter-pelaciones indígenas a la
izquierda obrera.
Una
tercera variante discursiva de este movimiento indianista katarista será la
vertiente ya estrictamente nacional indígena, enar-bolada inicialmente de
manera intuitiva por militantes, activistas y teóricos indianistas influidos
por Fausto Reinaga,11 que buscan la constitución de una
República India. Se trata de un discurso que no le pide al Estado el derecho a
la ciudadanía, sino que pone de manifiesto que deben ser los mismos indígenas
quienes deben, porque quieren, ser los gobernantes del Estado. Un Estado que,
precisamente por esta presencia india, tendrá que constituirse en otro Estado y
en otra república, en la medida en que el Estado Republicano contemporáneo ha
sido una estructura de poder fundada en la exclusión y el exterminio del
indígena.
Bajo
esta mirada, el indígena aparece entonces no sólo como un sujeto político, sino
también como un sujeto de poder, de mando, de soberanía. La propia narrativa
histórica del indígena que construye este discurso va más allá de la denuncia
de las ex-clusiones, las carencias o los sufrimientos, que caracterizan a la
reconstrucción culturalista; es una narrativa heroica, hasta cierto punto
guerrera, marcada por levantamientos, por resistencias, por aportes, por
grandezas cíclicamente reconstruidas de varias formas, y que algún día habrá de
reestablecerse de manera defi-nitiva mediante la “revolución india”.
11\
Fausto Reinaga, La revolución india, La Paz, Partido Indio de
Bolivia, 1969 y La razón y el indio, La Paz,
Imprentas Unidas, 1978.
490
En este caso, el indio es concebido como proyecto
de poder político y social sustitutivo del régimen republicano de elites q’aras,
que son consideradas como innecesarias en el modelo de sociedad
propugnado. En su etapa inicial, este discurso toma la forma de un
panindigenismo, en la medida en que se refiere a una misma identidad india que
se extiende a lo largo de todo el continente, con pequeñas variantes
regionales. Esta mirada transnacional de la estructura civilizatoria indígena
puede con-siderarse imaginariamente expansiva, en la medida en que supe-ra el
localismo clásico de la demanda indígena; pero, al mismo tiempo, presenta una
debilidad, en la medida en que minimiza las propias diferencias intraindígenas
y las diferentes estrategias de integración, disolución o resistencia por las
que cada naciona-lidad indígena optó dentro los múltiples regímenes
republicanos instaurados desde el siglo pasado.
De
ahí que, en una segunda etapa, una corriente en el inte-rior de esta vertiente
indianista, encabezada por Felipe Quispe y la organización Ayllus Rojos,12 realice
dos nuevos aportes a lo heredado por Reinaga. Por una parte, el reconocimiento
de una identidad popular boliviana, resultante de los siglos de mutila-dos
mestizajes culturales y laborales en diferentes zonas urbanas y rurales. Esto
es importante, porque en la óptica inicial del in-dianismo, lo “boliviano” era
meramente una invención de una reducidísima elite extranjera, cuyo papel era el
de retirarse a sus países de origen europeo. Bajo esta nueva mirada, en cambio,
las formas de identidad popular bolivianas, como la obrera, y hasta cierto
punto la campesina en determinadas regiones, aparecen como sujetos colectivos
con los cuales hay que trazar políticas de alianza, acuerdos de mutuo
reconocimiento, etc. Éste será el significado político de la llamada teoría de
las “dos Bolivias”.
El
segundo aporte de este discurso es el de la especificidad de la identidad
indígena aimara. Si bien hay un esfuerzo por inscribir en lo indígena múltiples
sectores urbanos y rurales, hay una lectu-ra más precisa y efectiva de esta
construcción identitaria en torno
12\ Felipe
Quispe, Tupak Katari vive y vuelve... Carajo, La Paz, Pachakuti,
1989.
491
al mundo aimara, no sólo a partir de la
politización del idioma y el territorio, sino también de sus formas
organizativas, de su for-ma diferenciada respecto de los otros pueblos
indígenas. De esta forma, el indio aimara aparece de manera nítida como identidad
colectiva y como sujeto político encaminado a un destino de au-togobierno, de
autodeterminación. Ciertamente, se trata de una peculiar articulación entre las
lecturas de la tradición histórica de las luchas indígenas por autonomía, con
las modernas lecturas de autodeterminación de las naciones, desarrolladas por
el marxismo crítico, y cuya importancia radica en que permite centrar el
dis-curso en ámbitos territoriales específicos, en masas poblacionales
verificables y en sistemas institucionales de poder y movilización más
compactos y efectivos que los de la panindianidad. De ahí que
se pueda afirmar que, a partir de esta formación discursiva, el indio y el
indianismo devienen un discurso estrictamente na-cional, el de la nación
indígena aimara.
Estos
dos aportes del indianismo como estrategia de poder descentrarán la enemistad
de esta corriente ideológica con algu-nas vertientes del marxismo, dando lugar
a un diálogo, ciertamen-te tenso, entre esta corriente indianista y emergentes
corrientes intelectuales marxistas críticas, que ayudarán a definir de una
manera mucho más precisa la direccionalidad de la lucha y cons-trucción de
poder político en esa estrategia indianista.
La
incorporación estatal
El
segundo periodo de la construcción del discurso nacional indí-gena es el de la
incorporación estatal. Éste se inicia a finales de los años ochenta, en
momentos en los cuales intelectuales y activistas del movimiento indígena
atraviesan por una fuerte frustración política, en la medida en que sus
intentos de convertir la fuerza de la masa indígena sindicalizada en votación
electoral no dan los resultados esperados. Esto dará lugar a una acelerada
fragmen-tación de corrientes aparentemente irreconciliables dentro del
movimiento indianista katarista, sin que ninguna de ellas logre articular
hegemónicamente al resto. La integración y competencia
492
en el interior de las estructuras
liberal-republicanas de poder (sis-tema de partidos, delegación de la voluntad
política, etc.) marca-rán los límites estructurales de la lectura
integracionista y pactista del indianismo katarista. También es una época en la
que, simul-táneamente con una mayor permeabilidad de este discurso en la
sociedad, se dan los primeros intentos de reelaboración de estas propuestas por
partidos de izquierda e intelectuales bolivianos, pero no con el afán de
entenderlas, sino de instrumentalizarlas en la búsqueda de apoyo electoral y
financiamientos extranjeros.
Al
tiempo que la sociedad y los partidos de izquierda marxis-ta asisten al brutal
desmoronamiento de la identidad y fuerza de masa obrera sindicalmente
organizada, la adopción y reelabo-ración de un discurso etnicista se les
presenta como una opción de recambio en los sujetos susceptibles de ser
convocados. De esta manera, la estructura conceptual con la que esta izquierda
en decadencia se acerca a la construcción discursiva indígena no recupera el
conjunto de la estructura lógica de esa propuesta, lo que hubiera requerido un
desmontaje del armazón colonial y van-guardista que caracterizaba al
izquierdismo de la época.
Curiosamente,
éste también es un momento de confrontación en el interior de la csutcb,
entre el discurso étnico campesino katarista e indianista y el discurso
izquierdista frugalmente etni-zado. La derrota de Genaro Flores en el congreso
de 1988 cerrará un ciclo de hegemonía discursiva del katarismo indianista en
la csutcb, dando lugar a
una larga década de predominio de versio-nes despolitizadas y culturalistas de
la identidad indígena, muchas veces directamente emitidas desde el Estado o las
instituciones no gubernamentales. Paralelamente a este repliegue sindical y
frustración electoral, una parte de la militancia indianista adop-tará
posiciones organizativas más radicales, formando el Ejérci-to Guerrillero Tupac
Katari (egtk), bajo la
propuesta teórica de autogobierno indígena aimara y apuntalamiento de
estructuras militarizadas en las comunidades del altiplano, influyendo quin-ce
años después en las características organizativas y discursivas de las
rebeliones indígenas en el altiplano norte en el siglo XXI.
493
El mnr es
el partido político que con mayor claridad detecta el significado de la
formación discursiva de un nacionalismo in-dígena, visto como un peligro, así
como también las debilidades que atravesaba el movimiento indígena. Por medio
de la alianza con Víctor Hugo Cárdenas y una serie de intelectuales y de
acti-vistas del movimiento indígena, el mnr convierte
en política de Estado el reconocimiento retórico de la multiculturalidad del
país, mientras que la Ley de Participación Popular habilita me-canismos de ascenso
social local, capaces de succionar el discur-so y la acción de una buena parte
de la intelectualidad indígena crecientemente descontenta.
La
aplicación de la Ley de Participación Popular, si bien ha contribuido en
algunos casos a un notable fortalecimiento de las organizaciones sindicales
locales, que han logrado proyectarse electoralmente en el ámbito nacional,
también puede ser vista como un mecanismo bastante sofisticado de incorporación
de líderes y de activistas locales, que comienzan a propugnar y ha-cer girar
sus luchas y sus formas organizativas alrededor de los municipios y las
instancias indigenistas expresamente creadas por el Estado. Ello ha de
inaugurar un espacio de fragmentación étnica, en la medida en que también
fomenta el resurgimiento y la invención de etnicidades indígenas locales,
de ayllus y asocia-ciones indígenas separadas entre sí, pero
vinculadas verticalmente a una economía de demandas y concesiones en el Estado.
De esta manera, a la identidad indígena autónoma y asentada en la es-tructura
organizativa de los “sindicatos”, formada desde los años setenta, se va a
contraponer una caleidoscópica fragmentación de identidades de ayllus,
de municipios y de “etnias”.
Éste
será un momento de reacomodación de las fuerzas y co-rrientes internas del
movimiento indígena, de un rápido aman-samiento de los discursos de identidad a
los parámetros emitidos por el Estado liberal, de desorganización social y de
escasa mo-vilización de masas indígenas. A excepción de la gran marcha de 1996
en contra de la ley del Instituto Nacional de Reforma Agra-ria (inra),
el protagonismo social de las luchas sociales habrá de desplazarse del
altiplano aimara a las zonas cocaleras del Chapare,
494
donde predominará un discurso de tipo campesino,
complemen-tado con algunos componentes culturales indígenas.
El
indianismo de los noventa
El
tercer periodo de este nuevo ciclo indianista puede ser califica-do como
estrategia de poder, y se da a finales de los años noventa y principios del
siglo XXI. Es el momento en que el indianismo deja de ser una ideología que
resiste en los resquicios de la domi-nación, y se expande como una concepción
del mundo protohe-gemónica, intentando disputar la capacidad de dirección
cultural y política de la sociedad a la ideología neoliberal, que había
pre-valecido durante los últimos dieciocho años. De hecho, hoy se puede decir
que la concepción del mundo de corte emancipativo más importante e influyente
en la actual vida política del país es el indianismo, y que es el núcleo
discursivo y organizativo de lo que hoy podemos denominar la “nueva izquierda”.
Independientemente
de si los actores de esta reconstruc-ción del eje político contemporáneo
aceptan el denominativo de izquierdas como identidad,13 en
términos de clasificación sociológica,14 los movimientos
sociales indígenas, en primer lu-gar, y los partidos políticos generados por
ellos, han creado una “relación de antagonismo entre partes contrapuestas” en
el uni-verso político, precisamente representable por una dicotomía espacial,
como lo es “izquierdas y derechas”, lo que no significa que, como antes, sea
una identidad, pues, ahora éstas vienen más de la autoadscripción a lo indígena
(aimaras y quechuas), a lo ori-ginario (naciones ancestrales) o a lo laboral
(el “pueblo sencillo y trabajador” de la Coordinadora del Agua de Cochabamba).
La
base material de esta ubicación histórica del indianismo es la capacidad de
sublevación comunitaria con la que las comuni-
13\ 琀l
indianismo fuerte nunca aceptó ser calificado como de izquierda, pues la
iz-quierda tradicional reproducía los criterios antiindígenas y colonialistas
de las derechas políticas.
14\ 琀orberto
Bobbio, Derecha e izquierda, Madrid, Taurus, 1998.
495
dades indígenas responden a un creciente proceso de
deterioro y decadencia de las estructuras comunitarias campesinas, y de los
mecanismos de movilidad social ciudad-campo. Manifiestas ya desde los años
setenta, las reformas neoliberales de la eco-nomía incidirán de manera
dramática en el sistema de precios del intercambio económico urbano-rural. Al
estancamiento de la productividad agraria tradicional y la apertura de la libre
im-portación de productos, los términos del intercambio, regular-mente desfavorables
para la economía campesina, se intensifica-rán drásticamente,15 comprimiendo
la capacidad de compra, de ahorro y de consumo de las familias campesinas. A
ello se sumará un mayor estrechamiento del mercado de trabajo urbano, y un
descenso en el nivel de ingreso de las escasas actividades labora-les urbanas
con las que las familias campesinas periódicamente complementan sus ingresos.
Esto restringe la complementariedad laboral urbano-rural con la que las
familias campesinas diseñan sus estrategias de reproducción colectiva.
Bloqueados
los mecanismos de movilidad social internos y externos a las comunidades, con
una migración acelerada a las ciudades en los últimos años, pero con una
ampliación de la migración de doble residencia de aquellas poblaciones
pertene-cientes a zonas rurales con condiciones de relativa sostenibilidad
productiva (que a la larga serán las zonas de mayor movilización indígena
campesina), el punto de inicio de las sublevaciones y de expansión de la
ideología indianista se da en el momento en el que las reformas de
liberalización de la economía afectan las condiciones básicas de reproducción
de las estructuras comuni-tarias agrarias y semi-urbanas (agua y tierra). A
diferencia de lo estudiado por Bourdieu en Argelia,16 donde el
deterioro de la so-ciedad tradicional dio lugar a un subproletariado
desorganizado, atrapado en redes clientelistas y carente de autonomía política,
15\
Mamerto Pérez, Apertura comercial y sector agrícola campesino, La
Paz, Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (cedla),
2004.
16\ Pierre
Bourdieu, Algérie 60. Structures économiques et structures temporelles,
Paris,
Minuit, 1977.
496
el deterioro creciente de la estructura económica
tradicional de la sociedad rural y urbana ha dado lugar a un fortalecimiento de
los lazos comunitarios, como mecanismo de seguridad primaria y reproducción
colectiva.
Es
en medio de ello, y del vaciamiento ideológico que esta ausencia de porvenir
modernizante provoca, que se ha podido expandir la ideología indianista, capaz
de brindar una razón del drama colectivo, precisamente a partir de la
articulación política de las experiencias cotidianas de exclusión social,
discriminación étnica y memoria social comunitaria de campesinos indios dejados
a su suerte por un Estado empresario, dedicado exclusivamente a potenciar los
diminutos enclaves de modernidad transnacionali-zada de la economía. La
politización que hará el indianismo de la cultura, del idioma, de la historia y
la piel, elementos precisamente utilizados por la “modernidad” urbana para
bloquear y legitimar la contracción de los mecanismos de inclusión y movilidad
social, será el componente palpable de una ideología comunitarista de
emancipación que rápidamente erosionará la ideología neolibe-ral, para entonces
cosechadora de frustraciones por la excesiva inflación de ofertas que hizo en
el momento de consagrarse. Pa-ralelamente, este indianismo cohesionará una
fuerza de masa mo-vilizable, insurreccional y electoral, logrando politizar el
campo político discursivo, y consolidándose como una ideología con proyección
estatal.
Este
indianismo, como estrategia de poder, presenta en la ac-tualidad dos
vertientes: una de corte moderado (Movimiento al Socialismo [mas]
e Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos [ipsp])
y otra radical (Movimiento Indígena Pachakuti [mip]
y csutcb). La vertiente
moderada es la que está articulada en torno a los sindicatos campesinos del
Chapare, enfrentados a las políticas de erradicación de cocaleros. A partir de
un discurso campesinista, que ha ido adquiriendo connotaciones más étnicas apenas
en los últimos años, los sindicatos cocaleros han logrado establecer un abanico
de alianzas flexibles y plurales en función de un “instrumento político”
electoral que ha permitido a los sindicatos, especialmente agrarios, ocupar
puestos de gobierno
497
local y una brigada parlamentaria significativa.
Reivindicando un proyecto de inclusión de los pueblos indígenas en las
estructuras de poder, y poniendo mayor énfasis en una postura
antiimperialis-ta, esta vertiente puede ser definida como indianista de izquierda,
por su capacidad de recoger la memoria nacional-popular, mar-xista y de
izquierda formada en las décadas anteriores, lo que le ha permitido a su
convocatoria tener una mayor recepción urba-na, multisectorial y
plurirregional, haciendo de ella la principal fuerza político-parlamentaria de
la izquierda, y la principal fuerza electoral municipal del país.
Por
su parte, la corriente indianista radical tiene más bien un proyecto de
indianización total de las estructuras de poder polí-tico, con lo que, según
sus líderes, los que deberían negociar sus modos de inclusión en el Estado son
los “mestizos”, en calidad de minorías incorporadas, en condiciones de igualdad
política y cultural con las mayorías indígenas. Si bien la temática campesina
siempre está en el repertorio discursivo de este indianismo, todos los
elementos reivindicativos están ordenados y dirigidos por la identidad étnica
(“naciones originarias” aimaras y quechuas). Se trata, por tanto, de una
propuesta política que se conecta direc-tamente con el núcleo duro del
pensamiento indianista del pe-riodo formativo (Reinaga), y con ello, hereda la
crítica a la vieja izquierda marxista, a su cultura que aún influye pasivamente
en sectores sociales urbanos mestizos. Por ello, esta corriente se ha
consolidado sólo en el mundo estrictamente aimara, urbano rural, por lo que
puede ser considerada como un tipo de indianismo nacional aimara.
Pese
a sus notables diferencias y enfrentamientos, ambas co-rrientes comparten
trayectorias políticas similares:
a) Tienen
como base social organizativa los sindicatos y co-munidades agrarias indígenas.
b) Los
“partidos” o “instrumentos políticos” parlamentarios resultan de coaliciones
negociadas de sindicatos campesinos y, en el caso del mas,
urbano populares, que se unen para acceder a representaciones parlamentarias,
con lo que la tríada “sindicato-
498
masa-partido”, tan propia de la antigua izquierda,
es dejada de lado por una lectura del “partido” como prolongación
parlamen-taria del sindicato.
c) Su
liderazgo, y gran parte de su intelectualidad y plana ma-yor (en mayor medida
en el mip), son indígenas
aimaras o que-chuas y productores directos, con lo que la incursión en la
polí-tica toma la forma de una autorrepresentación de clase y étnica
simultáneamente.
d) La
identidad étnica, integracionista en unos casos o auto-determinativa en otros,
es la base discursiva del proyecto polí-tico con el que se enfrentan al Estado
e interpelan al resto de la sociedad, incluido el mundo obrero asalariado.
e) Si
bien la democracia es un escenario de despliegue de sus reivindicaciones, hay
una propuesta de ampliación y compleji-zación de la democracia, a partir del
ejercicio de lógicas organi-zativas no liberales, y la postulación de un
proyecto de poder en torno a un tipo de cogobierno de naciones y pueblos.
Lo
que resta saber de este despliegue diverso del pensamiento indianista es si
será una concepción del mundo que tome la forma de una concepción dominante de
Estado, o si, como parece insi-nuarse por las debilidades organizativas,
errores políticos y frac-cionamientos internos de las colectividades que lo
reivindican, será una ideología de unos actores políticos que sólo regularán
los excesos de una soberanía estatal ejercida por los sujetos políticos y
clases sociales que consuetudinariamente han estado en el poder.
Por
último, en lo que respecta a la nueva relación entre estos indianismos y el
marxismo, a diferencia de lo que sucedía en déca-das anteriores, en las que la
existencia de un vigoroso movimien-to obrero estaba acompañada de una primaria
pero extendida cultura marxista, hoy, el vigoroso movimiento social y político
indígena no tiene como contraparte una amplia producción inte-lectual y
cultural marxista. El antiguo marxismo de Estado no es significativo ni
política ni intelectualmente, y el nuevo marxismo crítico, proveniente de una
nueva generación intelectual, tiene una influencia reducida y círculos de
producción aún limitados.
499
Con todo, no deja de ser significativo que este
movimiento cul-tural y político indianista no venga acompañado de una vigorosa
intelectualidad letrada indígena e indianista. Si bien el indianismo actual
tiene una creciente intelectualidad práctica en los ámbitos de dirección de
sindicatos, comunidades y federaciones agrarias y vecinales, el movimiento
carece de una propia intelectualidad letrada y de horizontes más estratégicos.
El grupo social indígena que podría haber desempeñado ese papel se halla aún adorme-cido
por el impacto de la incorporación general de cuadros in-dígenas por el Estado
neoliberal en la década de los noventa. Y, curiosamente, son precisamente parte
de estos pequeños núcleos de marxistas críticos los que con mayor acuciosidad
reflexiva vie-nen acompañando, registrando y difundiendo este nuevo ciclo del
horizonte indianista, inaugurando así la posibilidad de un espacio de
comunicación y enriquecimiento mutuo entre indianismos y marxismos, que serán
probablemente las concepciones emanci-pativas de la sociedad más importantes en
Bolivia en el siglo XXI.
500
EL
ESTADO EN TRANSICIÓN
Bloque
de poder y punto de bifurcación1
Hoy
quisiera, con ustedes, reflexionar acerca del Estado en tiem-pos de transición;
sobre qué podemos entender por Estado en momentos en los que su forma social
está en duda, está en pro-ceso de incertidumbre o, si se prefiere, en momentos
en los que se construye una nueva estructura estatal. Ciertamente, lo que
llamamos Estado es una relación o, mejor, una estructura de re-laciones
políticas territorializadas y, por tanto, es un flujo de inte-rrelaciones y de
materializaciones pasadas de esas interrelaciones referidas a la dominación y
legitimación política. Esta relación-Estado siempre es un proceso histórico
político en construcción, en movimiento, en flujo. Pero hay momentos de su
historia en los cuales este devenir se mueve en un marco de procedimientos,
je-rarquías y hábitos relativamente previsibles y acotados, esos son los
momentos de la “estabilidad” de la relación-Estado. Pero, cuando las
jerarquías, los procedimientos y los hábitos de la rela-ción-Estado pierden su
anclaje estructural primordial, hablamos de los momentos de “transición” de una
estructura de relaciones políticas de dominación y legitimación a otra
estructura, es decir, a otra forma de relación-Estado.
1\ Álvaro
García Linera, 2008 (texto inédito).
501
En un diálogo con Emir Sader sobre esta temática,
reflexio-namos en torno a tres ejes analíticos del concepto de la
relación-Estado: el Estado como correlación política de fuerzas sociales, el
Estado como institución, y el Estado como idea o creencia co-lectiva
generalizada. Quisiera recoger este debate, entendiendo al Estado, por una
parte, como una correlación política de fuerzas entre bloques y clases sociales
con capacidad de influir, en mayor o menor medida, en la implementación de
decisiones guberna-mentales o, si se prefiere, como construcción de una
coalición política dominante; por otra, como una maquinaria donde se
materializan esas decisiones en normas, reglas, burocracias, pre-supuestos,
jerarquías, hábitos burocráticos, papeles, trámites, es decir, como
institucionalidad. Estos dos primeros componentes hacen referencia al Estado
como relación material de dominación y conducción política.
Finalmente, en tercer lugar, el Estado co-mo idea colectiva, como sentido común
de época que garantiza el consentimiento moral entre gobernantes y gobernados.
Con este tercer componente, nos referimos al Estado como relación de legitimación
política o, en palabras del profesor Pierre Bourdieu, como monopolio
del poder simbólico.2
De
ahí que, de cierta manera, la relación-Estado sea una rela-ción paradójica. Por
una parte, no hay nada más material, físico y administrativamente político que
un Estado (monopolio de la coerción, de la administración de los impuestos como
núcleo ín-timo y fundamental), pero, a la vez, no hay nada que dependa más de
su funcionamiento que la creencia colectiva de la necesidad (momento
consciente) o inevitabilidad (momento prerreflexivo) de su funcionamiento. De
igual manera, en la administración in-terna de la maquinaria, el Estado se
presenta como la totalidad más idealista de la acción política, ya que es el
único lugar en to-do el campo político en el que la idea deviene inmediatamente
materia con efecto social general, esto es: es el único lugar donde cualquier
decisión pensada, asumida y escrita por los máximos go-bernantes, deviene
inmediatamente materia estatal, documentos,
2\ Pierre
Bourdieu, Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 1987.
502
informes, memorias, recursos financieros,
ejecuciones prácticas, etc. Es por ello que se puede decir que el Estado es la
perpetua-ción y la constante condensación de la contradicción entre la
ma-terialidad y la idealidad de la acción política. Esta contradicción busca
ser superada, parcialmente, mediante la conversión de la idealidad como un
momento de la materialidad (la legitimidad como garante de la dominación
política) y la materialidad como momento del despliegue de la idealidad
(decisiones de gobier-no que devienen acciones de gobierno de efecto social
general).
Retomando
las características de estos tres componentes es-tructurales de la relación
estatal, intentemos acercarnos ahora a algunos elementos del Estado en
transición o momentos de revolu-ción política de las sociedades. Para
ello, los textos de Robespierre son reveladores de estos momentos de
transformación. También Marx, con sus textos sobre la revolución europea de
1848-1850, sobre la Comuna de París en 1871, o Lenin con sus reflexiones en el
periodo 1918-1920 y, por supuesto, René Zavaleta, cuando estudia la Revolución
de 1952.
En
lo que se refiere a los estudios del Estado como continuidad y
reproducción, hay bastantes aportes en la sociología del Estado. En
ello, las investigaciones sobre el proceso de monopolización de la coerción
legítima y de los impuestos, de construcción de los sistemas legales y
judiciales, del papel del sistema escolar co-mo reproductor de las relaciones
de dominación, son líneas de estudio de los largos periodos de regularidad y la
reproducción del Estado.
En
mi eventual estadía en el gobierno, he podido visualizar otros elementos de la
regularidad y de la reproducción de la rela-ción de la dominación estatal que
podrían explorarse con mayor detenimiento, como son: las asignaciones de la
inversión pública, el papel del Banco Central en el control de los flujos
monetarios y de la propia inversión interna, los regímenes de contratación de
obras, de contratación de deuda, más aún en tiempos en los que el Estado asume,
cada vez más, un protagonismo en la inversión pública. En conjunto, se trata de
temáticas que se pueden incor-porar al bagaje sociológico del estudio del
Estado en tiempos de
503
estabilización o de estabilidad como relación de
dominación, co-mo correlación de fuerzas y como idea dominante de la sociedad.
Ahora
bien, estas tres dimensiones o caras del mismo orden estatal, en momentos de
cambio de forma y contenido social del Estado, presentan transformaciones
diferentes en su profundi-dad y velocidad, dependiendo del momento o etapa de
la crisis de Estado que se está atravesando.
Esquemáticamente,
podemos resumir que toda crisis estatal atraviesa cuatro etapas históricas:
a) El momento
del desvelamiento de la crisis de Estado, que es cuando el sistema
político y simbólico dominante, que permitía hablar de una tolerancia o hasta
acompañamiento moral de los dominados hacia las clases dominantes, se quiebra
parcialmente, dando lugar a un bloque social políticamente disidente, con
ca-pacidad de movilización y expansión territorial de esa disidencia,
convertida en irreductible.
b) De
consolidarse esa disidencia como proyecto político na-cional imposible de ser
incorporado en el orden y discurso do-minante, se da inicio al empate
catastrófico, que ya habla de la presencia, no sólo de una fuerza política
con tal capacidad de movilización nacional como para disputar parcialmente el
con-trol territorial del bloque político dominante, sino además, de la
existencia de una propuesta de poder (programa, liderazgo y organización con
voluntad de poder estatal), capaz de desdoblar el imaginario colectivo de la
sociedad en dos estructuras políticas-estatales diferenciadas y antagonizadas.
c) Renovación
o sustitución radical de elites políticas, mediante la
constitución gubernamental de un nuevo bloque político, que asume la
responsabilidad de convertir las demandas contestata-rias en hechos estatales
desde el gobierno.
d) Construcción,
reconversión o restitución conflictiva de
un bloque de poder económico-político-simbólico desde o a partir
del Estado, buscando ensamblar el ideario de la sociedad mo-vilizada, con la
utilización de recursos materiales del o desde el Estado.
504
e) Punto de bifurcación o hecho
político-histórico a partir del cual la crisis de Estado, la pugna política
generadora de desor-den social creciente, es resuelta mediante una serie de
hechos de fuerza que consolidan duraderamente un nuevo, o reconstituyen el
viejo, sistema político (correlación de fuerzas parlamentarias, alianzas y
procedimientos de recambio de gobierno), el bloque de poder dominante
(estructura de propiedad y control del ex-cedente), y el orden simbólico del
poder estatal (ideas fuerza que guían las temáticas de la vida colectiva de la
sociedad).
En
el caso de Bolivia, la crisis estatal se manifestó desde el año 2000 con la
“Guerra del agua”, que al tiempo que revertía una política estatal de
privatización de recursos públicos, permitió reconstituir núcleos territoriales
de un nuevo bloque nacional-popular. El empate catastrófico se visibilizó desde
el año 2003, cuando a la expansión territorial de este bloque social movilizado
se sumó la construcción polimorfa de un programa de transfor-maciones
estructurales, a la cabeza de los movimientos sociales constituidos, desde
entonces, como una voluntad de poder estatal movilizada. La sustitución de
elites gubernamentales se dio en enero de 2006, con la elección del primer
presidente indígena de la historia republicana, en un país de mayorías
indígenas, en tanto que la construcción del nuevo bloque de poder económico y
el nuevo orden de redistribución de los recursos se vendrá dando hasta el día
de hoy. El punto de bifurcación se habría iniciado, de manera gradual y
concéntrica, desde la aprobación del nuevo texto constitucional por parte de la
Asamblea Constituyente, y tuvo en el referéndum de agosto de 2008 un momento
clave de su despliegue, sin que se pueda establecer de manera precisa el
momento final de su realización plena. Tomando en cuenta esta periodización,
vamos a detenernos en las características del Es-tado en transición en estas
dos últimas etapas.
Ahora
bien, ¿cuáles son los puntos nodales de la estatalidad cuando queremos ver al
Estado en tiempos de transición? En otras palabras: ¿cómo acercarnos al estudio
de los mecanismos, las formas y los medios de consagración y legitimación
duradera
505
de una correlación de fuerzas políticas?, ¿cómo se
convierte en estable una eventual estructura de relaciones políticas diferente
a la anteriormente vigente?, ¿cómo —usando palabras más aca-démicas— se
consolida un régimen de mando y de poder social, tanto material como
simbólicamente?
Es
claro que en los momentos de estabilidad política y estatal esos tres
componentes que hemos nombrado —el Estado como correlación de fuerzas, el
Estado como máquina, el Estado como idea— se definen como estables porque
se mueven en un ámbito de previsibilidad y de no antagonismo radical, ni de
quiebre en sus componentes internos. Por lo tanto, su preservación, su
trans-formación y su reconversión, que son también flujos de trabajo de poder,
son, en cierta medida, previsibles a partir de ciertos pará-metros de
movimiento interno de las ideas dominantes, de la ma-quinalidad administrativa
y de la correlación de fuerzas sociales.
En
cambio, en tiempo de crisis estatal, está claro que cada uno de estos
componentes (la máquina, la correlación de fuerzas y la idea o la imaginación
política) presentan ámbitos de antagonis-mo recurrente, de inestabilidad y de
incertidumbre estratégica en cuanto a su funcionamiento. En otras palabras, la
forma cotidiana de reconocer a un Estado en transición es la incertidumbre
dura-dera de la vida política de una sociedad, la gelatinosidad conflic-tiva y
polarizada del sentido común colectivo, la imprevisibilidad estratégica de las
jerarquías y mandos de la sociedad a largo plazo, que bien podemos denominar
“crisis de Estado”. Hoy Bolivia, desde hace ocho años, es un laboratorio
viviente, precisamente de este momento histórico de transformación acelerada y
anta-gonizada de una forma estatal a otra.
Para
acercarse al estudio de este momento político de crisis estatal y en proceso de
resolución probable, algunas preguntas pueden ayudar a precisar el problema.
Primero: ¿cuál es la coa-lición social que ha conquistado el poder político en
la sociedad boliviana a raíz de las elecciones generales de 2005?, ¿cuál es la
diferencia clasista regional y étnica con el antiguo bloque de po-der?, ¿cuáles
son las características, las medidas y estrategias de
506
expansión de la nueva base material que sustenta al
nuevo blo-que de poder?
En
segundo lugar: ¿cuáles son los actuales mecanismos de es-tabilización del poder
y de mando político del Estado? Si en los momentos de estabilidad de la
reproducción de las relaciones de dominación, el régimen judicial, el sistema
escolar, el Congreso, la relación salarial, etc., son los mecanismos decisorios
de la conti-nuidad de la correlación de fuerzas sociales, en momento de crisis
estatal, ¿cuáles son los mecanismos de reproducción y ampliación de la nueva
correlación de fuerzas emergente de la insurgencia social, la movilización
colectiva y las elecciones?
Y,
por último, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de la presencia del
momento histórico de lo que denominaremos “pun-to de bifurcación estatal”,
a partir del cual ya es posible hablar de un proceso de
estabilización y de autorreproducción de la corre-lación de fuerzas y, por
tanto, de cierre de la crisis de Estado? Es evidente que la llegada a la
estabilización estratégica del sistema estatal es un proceso, pero hay un
momento, el punto de bifur-cación política, en el que se verifica
un proceso de retroalimen-tación duradera de la correlación de fuerzas, de las
ideas-fuerza dominantes y de la maquinalidad administrativa que expresa la
correlación de fuerzas. Es decir, lo que nos interesa indagar son las
relaciones del Estado en construcción de su forma histórica, no
tanto del Estado en su reproducción y en su estabilización. Provisionalmente,
intentaré mencionar algunas ideas al respecto de estos momentos de transición
estatal.
En
lo que se refiere al primer punto de la nueva coalición dominante con poder del
Estado, está claro que en Bolivia ha habido una modificación de las clases
sociales y de sus identida-des étnicas culturales, que han asumido, primero, el
control del gobierno y, gradualmente, la modificación del poder político, el
control del excedente económico y de la estructura del Estado. Esto es
verificable a partir del origen social, trayectoria laboral y educativa, y
estructura de los capitales (económicos, culturales y simbólicos) de los
actuales gobernantes, que permiten hablar no sólo de una clásica renovación de
elites del poder del Estado,
507
sino, fundamentalmente, de un desplazamiento
radical de las elites del gobierno y de las propias clases sociales que toman
las decisiones políticas fundamentales, que filtran la selección de la
administración burocrática y que son objeto de mayor cercanía en las políticas
de distribución de la riqueza pública.
Tan
radical ha sido este trastrocamiento de la condición de clase y procedencia
étnica de las coaliciones gobernantes, que los puentes de comunicación, que
antiguamente servían para llevar adelante transiciones estatales más dialogadas
(similares colegios y universidades de los hijos de las elites, estilos de vida
comparti-dos, alianzas matrimoniales cruzadas, negocios articulados, luga-res
de residencia geográficamente similares, etc.), hoy no existen, acentuando las
diferencias y tensiones entre el bloque político as-cendente y el decadente. En
buena medida, esto ayuda también a entender el grado de beligerancia permanente
de la sociedad en esta etapa de gobierno del presidente Evo Morales, pues los
tra-dicionales puentes cotidianos de asimilación de las nuevas elites
emergentes y de reacomodo de las antiguas, que caracterizaron las transiciones
estatales precedentes (1952-1957; 1982-1988), hoy no existen ni se los
construye, con lo que la modificación de la composición clasista y cultural de
los sectores dirigentes es abrupta, sin mediaciones ni aligeramientos.
¿Cuáles
son las características de este nuevo bloque de po-der dominante? Está claro
que su base material económica está constituida por la pequeña producción
mercantil, tanto agraria como urbana, la misma que caracterizó a la multitud
movilizada en las grandes rebeliones sociales semiinsurreccionales de 2000 a
2003. En ese bloque dirigente destacan campesinos indígenas con vínculos
regulares con el mercado (el Chapare, valles co-chabambinos, zonas de
colonización en el oriente, comunarios del altiplano paceño, orureño,
chuquisaqueño y potosino, valles tarijeños), indígenas campesinos de tierras
bajas y de los ayllus andinos; así como pequeños productores
urbanos y sectores de actividad mercantil relativamente avanzada, entre los
cuales se puede hablar de la presencia de un tipo de “empresariado de origen
popular” que, autoidentificado más como trabajador que
508
como burguesía y sin haber recibido nada del Estado
para llegar a donde está, abastece el mercado interno y, en parte, a merca-dos
externos.
En
este primer círculo de decisión hay que ubicar también a una nueva intelligentzia urbana,
a un bloque de profesionales e intelectuales producto del ingreso de las clases
populares al sis-tema universitario desde los años setenta y que, a diferencia
de la intelectualidad pequeño burguesa tradicional de los años sesen-ta, que se
inclinó por construcciones partidarias de izquierda, es más afín a las
estructuras corporativas del sindicalismo urbano, rural y al movimiento
vecinal. En medio de ellos se destaca una intelligentzia indígena
letrada, que ha ido construyendo en los últimos treinta años un
horizonte utópico indianista
También
es claro que es posible ver que, en torno a este nú-cleo, se han articulado
distintas personalidades, fuerzas obreras anteriormente sometidas a políticas
de precarización laboral, y con ellos, visiblemente un segmento empresarial
industrial tra-dicional, una parte del cual está vinculado al mercado interno,
y que hoy se ve favorecido por una serie de decisiones que fomen-tan el consumo
público de productos nacionales.
A
este bloque social lo acompaña, y se construye simultá-neamente, lo que
podríamos denominar una nueva burocracia estatal, que es una especie de
síntesis de antiguos funcionarios del Estado, en niveles intermedios, y nuevos
funcionarios del Estado que poseen no sólo un capital escolar diferente, sino
que además han utilizado unas redes sociales para acercarse a los puestos
administrativos, étnica y clasistamente diferentes a los de la burocracia
tradicional. Claro, durante toda la etapa del Estado neoliberal, los niveles
intermedios del aparato de Estado reclutaron preponderantemente a profesionales
provenientes de universidades privadas, extranjeras y formados en el ámbito de
los negocios, el marketing, la gestión empresarial, etc., y que
llegaron al Estado a partir de la activación de vínculos familia-res y
compromisos partidarios. La nueva burocracia, en cambio, proviene de las
universidades públicas, de profesiones técnicas o sociales, y el tipo de
vínculos que ha mejorado su acercamiento
509
a la administración pública ha sido el de las redes
sindicales, que operan como una especie de filtro en el reclutamiento de
ciertos niveles intermedios de la burocracia estatal.
En
ese sentido, se puede decir que el nuevo bloque de poder ha ido creando tres
mecanismos de conducción del Estado, de cierto modo complementarios: por una
parte, mediante la pre-sencia directa de las organizaciones sociales en la
definición de las principales políticas públicas, que son formuladas en
ampliados y congresos, y que son la base de las acciones de gobierno que
impulsan tanto la presidencia como la bancada mayoritaria del Congreso. En
segundo lugar, por medio de la presencia directa de representantes de los
sectores sociales movilizados en distintos niveles del aparato estatal
(presidencia, ministerios, direcciones, Parlamento, Constituyente). Por último,
a través de la lenta pro-moción de una nueva intelectualidad en funcionarios
públicos vinculados a las expectativas y necesidades de este bloque de
productores.
En
ese sentido, hay nuevas clases sociales —políticamente visibilizadas a partir
de nuevas identidades étnicas, culturales y regionales— en el control de los
principales mecanismos de decisión estatal, y hay una sustitución y ampliación
de las elites administrativas del Estado. Lo relevante de este proceso de
mo-dificación de la composición social del bloque en el poder del Estado, y de
los niveles superiores de la administración pública, radica en que étnica y
clasistamente las distancias sociales con el antiguo bloque de poder estatal
son enormes. Lo que está acon-teciendo hoy en Bolivia no es, por tanto, una
simple mutación de elites en el poder, sino una auténtica sustitución de la
composición de clase del poder del Estado, cuya radicalidad es directamente
proporcional a la distancia de clase y, en particular, cultural entre el bloque
social emergente y el bloque social desplazado.
Hoy,
entre el Presidente Evo Morales, el Canciller o la presi-denta de la Asamblea
Constituyente, poco o nada, no sólo de sus propuestas políticas sino de su vida
cotidiana, tienen en común con los ex presidentes, ministros y grupos
influyentes del anti-guo bloque de poder en decadencia. Quizás esto también
ayuda
510
a explicar los escasos puentes de comunicación
entre ambos blo-ques, pues, a diferencia de lo que sucedía antes, cuando a
pesar de las diferencias políticas, las elites confrontadas compartían un mismo
estilo de vida, redes matrimoniales, espacios familiares de educación y
distracción, las clases sociales hoy confrontadas pertenecen a ubicaciones en
el espacio social-material objetiva-mente antagónicas, y con unas distancias
geográficas reales, que no hacen más que materializar y ahondar sus distancias políticas.
Es
en el Congreso, pero fundamentalmente en la estructura de la división
territorial del Estado, donde se visibilizan y per-sonifican esas diferencias.
El antiguo bloque social dominante es hoy fuerza política minoritaria y
beligerante del Parlamento; mientras que, al inaugurar la elección de prefectos
y la oposición política de este nivel subnacional, los representantes
históricos del viejo régimen (prefectos de Pando, Tarija, Cochabamba), o
formados en él (prefectos de Santa Cruz y Beni), se han reple-gado al ámbito de
los gobiernos departamentales, dando lugar a una segmentación territorial
vertical diferenciada de las elites estatales. De esta manera, el bloque de
poder del viejo Estado, carente de un nuevo proyecto político general, se ha
replegado al control de varios gobiernos regionales, en tanto que las clases
sociales regionalmente movilizadas durante los últimos ocho años hoy se están
constituyendo en nuevo bloque de poder nacional general dirigente.
Estamos,
por tanto, ante un nuevo sistema político, donde se están reconfigurando cinco
aspectos: las características clasistas y culturales del nuevo bloque de poder
estatal; las nuevas fuerzas políticas duraderas en el país; los nuevos
liderazgos generaciona-les; la distribución territorial del poder estatal; y,
por supuesto, el nuevo sistema de ideas antagonizables a corto y a mediano
plazo.
Esos
puntos nos hablan, entonces, de una estructura de po-der y de mando que tiene
actores relativamente definibles, pero donde sus ámbitos de irradiación, de
alianzas y de su propia es-tabilidad, presentan elementos de incertidumbre,
tanto entre los que están en el mando político del Estado, como entre los que
están en la oposición.
511
¿Hasta cuándo durará este repliegue regional y esta
carencia de voluntad de poder general de estas elites conservadoras en proceso
de mutación discursiva? ¿Quién será el líder de la opo-sición con potencial de
futura proyección nacional? ¿Será Branco Marinkovic, será Jorge Quiroga, será
Carlos Mesa? ¿Cuál será el centro político? ¿Será el mnr (Movimiento
Nacionalista Revolu-cionario) renacido o será un (Unidad
Nacional)? El propio siste-ma político presenta un conjunto de modificaciones
internas no estables. Incluso el bloque dominante, hoy dirigente del proceso
político, también presenta un conjunto de tendencias internas que le dan
vitalidad y fuerza, en términos de cuál será la orientación prevaleciente en la
compleja tensión entre el estatismo, más liga-do a la monopolización de
decisiones, o el comunitarismo, más vinculado a la democracia de los
movimientos sociales, etcétera.
Estudiar
con más detenimiento este flujo de la construcción de los bloques de poder hoy
en Bolivia es, sin duda, un elemento muy importante, no sólo porque
sociológicamente da un vista-zo a la correlación de fuerzas, sino porque eso
mismo da lugar a una visibilización de las tendencias de las fuerzas, de los
posibles resultados y las posibles alianzas en el corto plazo, en la medida en
que son procesos políticos comprimidos.
Mecanismos
de estabilización del poder y de mando
En
lo que se refiere al segundo punto, los mecanismos de esta-bilización del poder
y mando en momento de crisis estatal en proceso de resolución,
es posible mencionar tres aspectos. Para-dójicamente, un ámbito importante de
estabilización temporal del nuevo bloque de poder ha sido la firmeza y la
fidelidad de las estructuras de coerción del Estado (Fuerzas Armadas y Poli-cía
Nacional). Una explicación sociológica sería la siguiente: en la medida en que
el Estado tiene como núcleo fundamental los ámbitos de coerción, éstos son los
que también reclaman más in-mediatamente un nivel de previsibilidad y de
certidumbre, que garantice la perdurabilidad del núcleo estatal primario. Por
lo tanto, después de seis años de inestabilidad estructural (2000-
512
2006) y de fisuras internas en el interior del
núcleo coercitivo (2003), de manera formal, ha habido una adhesión rápida de
las estructuras de coerción a la nueva correlación de fuerzas del Es-tado,
alcanzada con la contundente victoria electoral del 54% de los votos del país.
Pero lo que más ha contribuido a este apoyo de las fuerzas de coerción legítima
ha sido que el actual gobierno ha definido de manera rápida un objetivo, un
norte estratégico en lo que se refiere al papel de las Fuerzas Armadas en democracia,
cosa que no había sucedido antes.
Desde
1982, cuando se recuperaron las libertades democrá-ticas, las Fuerzas Armadas
fueron abandonadas en una especie de crisis existencial institucional en lo
referente a su función en tiempos de democracia. Si ya no eran los centros de
reclutamien-to de futuros gobernantes, ni garantes de una soberanía que era
ofertada por los neoliberales en los mercados internacionales de capital, lo
que quedaba era una caprichosa manipulación política de los mandos militares, a
fin de tapar los errores gubernamenta-les de las elites políticas.
Educadas
y formadas en la defensa de la soberanía de la patria, en la defensa de la
sociedad, y habiendo cosechado sus mayores reconocimientos históricos en la
potenciación del Estado, las fuerzas de coerción legítima tuvieron que ver cómo
la soberanía se reducía al valor de un “comino” (Jaime Paz); la defensa de la
sociedad se transformaba en un ataque armado sistemático a la sociedad (2000,
2003); y el poderío del Estado se derrumbaba frente a las privatizaciones de
empresas que ellos mismos habían ayudado a crear (Yacimientos Petrolíferos
Fiscales Bolivianos [ypfb],
Corporación Boliviana de Cemento, etc.).
Así,
cuando el presidente Evo Morales asume el mando del gobierno, reconstruyendo la
presencia del Estado en la economía, y ampliando la base de los derechos
sociales, relanza ámbitos de soberanía y ciudadanía en el marco de una
estructura interesta-tal global más complejizada, e incorpora en la ejecución
de esta expansión estatal a las Fuerzas Armadas, lo que tiene resonancia con la
historia de potenciaciones del Estado nacional, impulsadas por las Fuerzas
Armadas décadas atrás. Esto va a dar lugar a un
513
extraordinario ensamble entre fuerzas sociales
indígenas-campe-sinas-populares y Fuerzas Armadas que, a diferencia de lo que
se intentó décadas atrás bajo tutelaje militar, ahora tendrá el lideraz-go
moral e intelectual de sectores indígenas populares. De esta manera, la
nacionalización de empresas y el control del excedente económico por el Estado
le dan una base técnico-material a la so-beranía relativa del Estado y, por
tanto, a su estabilización, que es el principio organizador de cualquier Fuerza
Armada. Y si a ello se suma la participación de las Fuerzas Armadas en la
construc-ción de carreteras, distribución del excedente (Renta Dignidad y Bono
“Juancito Pinto”) y el control real de territorios fronterizos anteriormente
sometidos al poder de caciques y mafias locales, estamos ante una estrategia de
renovada expansión territorial de la presencia del Estado a través de su
estructura coercitiva.
De
cierta forma, se puede decir que una parte de la actual capacidad de
resistencia del nuevo proyecto estatal emergente a las presiones conspirativas
de fuerzas políticas conservadoras externas e internas se debe precisamente a
este ensamblaje his-tórico entre lo indígena-popular y lo militar que, a
diferencia de lo que sucedía décadas atrás, tiene como liderazgo organizador a
los propios indígenas.
En
qué medida el nuevo liderazgo político tiene la capacidad de convertir esta
adhesión inicial en una cohesión estructural, real y duradera, dependerá de la
rapidez para interiorizar los nuevos roles militares de carácter desarrollista
en la doctrina y espíritu de cuerpo estatal de las Fuerzas Armadas, mediante un
proceso interno de reformas institucionales.
Esto
daría a la nueva estructura estatal la solidez de un primer núcleo de
consolidación, no el fundamental, pero sí un nivel im-portante. Sin embargo,
hay experiencias históricas que también revelan que los niveles de coerción y
de fidelidad pueden mos-trar fisuras en momentos de tensión de la correlación
de fuerzas. En todo caso, el síndrome de Allende es algo que siempre tiene que
recordarse.
Un
segundo momento de consolidación del poder y del man-do del Estado en crisis
es, sin duda, el ejercicio del poder ejecutor,
514
del “Poder Ejecutivo”, fundamentalmente a partir de
sus resor-tes de inversión pública. Es, quizás, en ello y en sus resultados y
efectos, donde es posible encontrar los mecanismos de mayor incidencia
inmediata del nuevo bloque de poder en la estructura económica y social, y los
mecanismos de construcción más esta-bles de la nueva situación económica a
futuro.
Cuando
una sociedad pasa a controlar de uno a tres dólares de cada cuatro que genera
la principal fuente de exportaciones del país, en este caso los hidrocarburos,
estamos, primero, ante una modificación en los mecanismos de control y
apropiación del excedente y, con ello, de la estructura económica de poder de
la sociedad. Esto es justamente lo que ha sucedido con los decre-tos de
nacionalización del 1 de mayo de 2006, de 2008 y la firma de los contratos de
producción con las empresas extranjeras. De manera inmediata, los ingresos del
Estado han pasado de cerca de 600 millones de dólares retenidos anteriormente
por éste en 2005, a poco más de 1.900 millones de dólares en 2007. Y dado que
la totalidad del sector hidrocarburífero participa con algo más del 20% de las
exportaciones nacionales, está claro que estamos ante una sustancial retención
nacional/estatal del excedente eco-nómico, que modifica estructuralmente la
relación de la sociedad boliviana con el capital global.
De
hecho, la modificación del control y propiedad de la in-dustria
hidrocarburífera en el país ha cambiado drásticamen-te la situación económica.
Por primera vez en décadas, el país tiene superávit, lo que le permite
financiar la administración y las políticas de inversión con capital propio,
dejando de lado el conjunto de sujeciones que anteriormente subordinaban las
po-líticas públicas a las exigencias de los organismos internacionales (Fondo
Monetario Internacional [fmi],
Banco Mundial, etc.). A diferencia de lo que ocurrió en todo el periodo
neoliberal, en estos dos últimos años, la principal fuente de inversión en el
país ha sido el Estado, que ha duplicado su presencia, pasando de 550 millones
de dólares en 2005 a 1.100 millones de dólares en 2007 y, aproximadamente, a
más de 1.600 en 2008, lo que está permitiendo cumplir programas sociales
vitales para reducir la
515
pobreza, y también cumplir una política expansiva
de inversión productiva que permita crear una base industrial mínima para un
crecimiento económico sostenible.
Hoy,
con la inversión estatal, se está comenzando a industria-lizar el gas (planta
de gas licuado de petróleo [glp]
en Campo Grande, planta separadora de gas en el Chaco, Termoeléctrica en el
Chapare), se están relanzando actividades mineras metalúr-gicas (Huanuni,
Vinto, Coro Coro, colas y desmontes, etc.), se está apoyando a los pequeños
productores vinculados al mercado interno, a través de la Empresa Estatal de
Apoyo a la Producción Agrícola (emapa),
a fin de garantizar la soberanía alimentaria del país, y se están creando
fábricas para abastecer el mercado inter-no (de papel, cartón y otros). La
inversión extranjera, que fue la protagonista de las inversiones en los años
1998-2001, ahora, si bien ha mejorado su desempeño respecto a la caída de 2005,
ya no es la locomotora en la inyección de capital a la economía. El Estado es
hoy el principal “empresario colectivo”, pasando a par-ticipar del 0,8% de la
generación productiva de riqueza en 2005, al 7% en 2007; en tanto que su
participación en la totalidad del pib ha
subido del 15% al 22% en tan sólo dos años. Ello traerá una
mayor generación de valor, un mayor volumen de excedente económico en manos del
Estado, y una mayor capacidad de auto-determinación en los modos de articular
el desarrollo interno de los bolivianos con el desarrollo de la economía
mundial.
Pero
esta modificación de la capacidad de acción del país en el contexto global no
hubiera sido posible sin una transforma-ción simultánea de la estructura del
poder económico nacional y de los bloques dirigentes de esa estructura
económica. Claro, los procesos de privatización en Bolivia vinieron de la mano
de la consolidación de un bloque de poder económico dirigido por las empresas
petroleras, los empresarios mineros, los agros exporta-dores y los banqueros,
que se encargaron de transferir los mono-polios y excedentes públicos al
dispendio de unas pocas empresas privadas. En esto, el Estado fue mutilado en
sus capacidades de acumulación productiva, y el resto de los sectores laborales
vin-culados al mercado externo fueron llevados a la marginalidad.
516
La precomposición de la autodeterminación
económica del Es-tado, en cambio, lo que ha hecho es internalizar y
redireccionar el uso del excedente económico a favor de los actores
productivos nacionales, configurando un nuevo bloque de poder económico.
En
términos de correlaciones de fuerzas en el campo econó-mico, el poder del
capital externo se ha debilitado abruptamente en áreas estratégicas
(hidrocarburos, telecomunicaciones), per-diendo flujos financieros, activos y
excedentes. En otros casos, el capital extranjero ha perdido el control
monopólico de los precios (soya, aceite). En tanto que los sectores del capital
comercial y de servicios locales adheridos al capital externo, que formaban
parte de las elites empresariales intermediarias, hoy ya no cuentan con las
anuales transferencias de recursos públicos, que están sien-do dirigidos en
mayor medida a apoyar a pequeños y medianos productores urbanos y agrícolas
(Banco de Desarrollo Produc-tivo (bdp),
para pequeños productores artesanales e industriales; emapa,
con créditos para pequeños agricultores).
La
nueva estructura de poder económico, que se está cons-truyendo de manera
acelerada, tiene al Estado como el principal inversionista y acumulador de
excedentes económicos. Actual-mente, el Estado ha pasado de generar el 0,6% del
valor agrega-do nacional, a más del 8% y se proyecta llegar hasta 15% en los
siguientes años. Posee la principal empresa productiva del país, que controla
el principal producto de exportación: ypfb.
Esta posición privilegiada en la producción y control del excedente económico
nacional está permitiendo al Estado desplegar una es-trategia de alianzas
productivas con la inmensa mayoría de peque-ños y medianos productores de la
ciudad y el campo, hacia donde se están transfiriendo rápidamente tecnología,
créditos, insumos y mercados (a través del bdp,
160 millones de dólares; a través de la emapa,
más de 150 millones de dólares entre 2007 y 2008). De esta forma, esta apuesta
estratégica por el fortalecimiento de la producción para el mercado interno y
por la internalización esta-tal del excedente económico generado por las ventas
al mercado externo está permitiendo consolidar un bloque de poder estatal entre
medianos y pequeños productores y el Estado, que controla
517
cerca del 58% del pib,
lo que permite hablar de un bloque con suficiente materialidad económica para
encauzar las decisiones económicas de la sociedad.
En
términos estrictos, se puede decir que al descomponerse la fuerza económica del
bloque monopólico de poder hidrocarbu-rífero, y al estar crecientemente
penetradas por la presencia del Estado las actividades mineras y
agroindustriales, que también generan porciones importantes del excedente
(minería, 1.100 mi-llones de dólares en 2007; agroindustria, 550 millones), la
actual estructura de poder económico liderada por el Estado productor tiene en
la composición social indígena-popular y de clase media letrada de la
administración estatal la fracción social con mayor capacidad de control, no de
propiedad, pero sí de recursos eco-nómicos del país. Ellos, junto con los
propietarios-productores pequeños y medianos manufactureros y agrícolas,
constituyen el comando económico de la sociedad contemporánea. Los pri-meros,
como poseedores del uso del excedente; los otros como propietarios-
productores.
Esto
marca un punto de diferenciación plena frente a la expe-riencia revolucionaria
de 1952. En ese momento, la elite dirigente del Estado, conformada
exclusivamente por clase media letrada, asumió la modernización de la economía
como obra exclusiva del Estado, en la cual se reinvirtieron los excedentes
mineros, dando lugar a la Corporación Boliviana de Fomento, y otras iniciativas
de creación de capitalismo estatal en todos los rubros posibles, en torno a un
único nodo de acumulación. Ya en su etapa de de-clinación (1970-1980), la
burocracia estatal comenzó a transferir excedentes y activos a la minería
mediana y a la agroindustria, pero en momentos en los que estas esferas
productivas estaban siendo controladas por el capital externo, lo que terminó
de con-solidar una burguesía intermediaria. Hoy, al tiempo que el Estado
controla el excedente económico y lo reinvierte productivamente, promueve la
inversión externa bajo condiciones de control estatal de esos flujos y réditos,
a la vez que promueve tempranos proce-sos de modernización y acumulación en los
sectores pequeños y medianos de la producción urbana y rural, lo que en
conjunto
518
genera un despliegue simultáneo de varios nodos de
acumulación económica, de reinversión y expansión en torno al liderazgo
ge-neral del Estado.
En
este sentido, se puede decir que la transformación de las estructuras de poder
económico de la sociedad ha avanzado con una rapidez mucho mayor que la
reconfiguración de las estruc-turas de poder político del Estado, en especial
de las estructuras territoriales del poder político.
La
consolidación formal de un nuevo horizonte estratégico en el desempeño de las
instituciones de coerción legítimas del Esta-do, y la construcción rápida de
una nueva estructura del poder económico de la sociedad boliviana tiene, sin
embargo, un con-junto de lastres en el interior del Estado que ralentizan la
conso-lidación definitiva de la nueva composición estatal. Uno de estos
obstáculos internos es, sin duda, el sistema judicial.
Aún
en poder de las antiguas fuerzas conservadoras, el poder judicial es, con
mucho, la síntesis suprema de la corrupción co-mo norma institucionalizada, y
del dogmatismo neoliberal como lógica discursiva, lo que todavía permite la
persistencia y repro-ducción de núcleos conservadores en el Estado.
Pero
también, en el interior del gobierno, es posible hallar es-pacios de
continuidad de los hábitos de la vieja burocracia estatal. Carente de recursos
económicos para inversión pública por los procesos de privatización, la
administración estatal se acostum-bró a crear una infinidad de procedimientos
que dilatan y anulan por cansancio la realización de obras públicas. Hoy,
cuando el liderazgo de la inversión está en el Estado, la herencia de las
tra-bas y la mentalidad dilatoria de niveles intermedios de la función pública
retrasa la expansión de la nueva dinámica expansiva del nuevo Modelo
Económico Nacional Productivo. De ahí que, de hecho, todas las decisiones
productivistas que tiene el gobierno actual son de iniciativa presidencial, y
que una buena parte del trabajo presidencial ministerial radique en destrabar y
remon-tar acciones y procedimientos ministeriales construidos para no construir
nada distinto a la existencia autorreferida de la propia burocracia estatal.
519
Otros elementos que dificultan la consolidación del
nuevo Estado son las rutinas y esquemas de transmisión de conocimien-tos del
sistema escolar, además de las estrategias matrimoniales. Fue el profesor
Pierre Bourdieu quien estudió el papel de las es-trategias matrimoniales en la
reproducción del orden social en sociedades precapitalistas o semicapitalistas,
como él las llama.3 En el caso de Bolivia, las estrategias
matrimoniales siempre han jugado un papel muy importante en la consolidación y
anclaje del bloque de poder dominante. Uno puede estudiar, a lo largo del siglo
XX, los mecanismos de reproducción de las elites, a partir de distintas
estrategias de circulación de esposas y esposos entre específicas redes
familiares dominantes.
Pero
está claro que hoy esto se ha roto plenamente, y es muy difícil encontrar
todavía los puentes de continuidad entre las antiguas y las nuevas elites
mediante dichas estrategias, porque parecen ser dos mundos que no tienen
vínculos fluidos de co-municación. Dos años y medio no son todavía útiles para
definir un escenario de estrategias matrimoniales de reproducción de la nueva
elite y de las nuevas clases en el poder, pero sí es un escena-rio de
reproducción de las estrategias conservadoras de las elites desplazadas
temporalmente del poder.
El
tercer elemento en el que se pueden rastrear los mecanis-mos de estabilización
del poder y del mando en tiempos de crisis es en el sentido común de la época,
las ideas-fuerza ordenadoras de la acción social cotidiana. Sin estar exentos
de flujos y reflujos —y pese a la adversidad de un sistemático flujo ideológico
con-servador, emitido desde los medios de comunicación de masas, bajo propiedad
de las antiguas clases dominantes—, los temas de descolonización, del
pluralismo cultural, el estatalismo producti-vo, la democratización social de
la política y la desconcentración territorial del poder se han convertido en el
sentido común orde-nador del campo político nacional, lo que habla de una
victoria simbólica de las fuerzas del cambio o, si se prefiere, la base de un
3\ Pierre
Bourdieu, El baile de los solteros, Barcelona, Anagrama, 2005.
520
liderazgo moral e intelectual por parte de las
fuerzas socioeco-nómicas emergentes.
Hoy
no se puede hacer política sin una ubicación prepositiva en torno a esos ejes
ordenadores. Lo que se debate y distingue polaridades en el campo político no
son los temas, sino los modos y velocidades para abordarlos: ¿pluriculturalidad
en su forma más avanzada?, ¿plurinacionalidad en su forma más conservadora?,
¿pluriculturalidad y multilingüismo? El reconocimiento de la diversidad del
Estado, el Estado productor y el Estado descen-tralizado, son los tres ejes
prevalecientes de sentido común de la época. Y no importa si uno está en el
gobierno o si está en la oposición, de alguna u otra manera tiene que referirse
a los tres componentes o simular que los asume.
Por
supuesto, existen las contrapartes radicalizadas de la exa-cerbación del
racismo. Lo hemos visto en Sucre y también en San-ta Cruz, donde algunos
pequeños sectores —que ya pueden dar lugar a que se hable de la existencia de
grupos semifascistas, por su ideología o proceder antidemocráticos— intentan
construir un contradiscurso hegemónico. Sin embargo, pese a ello y a que la
batalla por la conducción ideológica duradera de la sociedad no está resuelta,
se puede decir que hay una mayor correspon-dencia entre la transformación en el
ámbito del poder económico y la transformación en el ámbito del poder
simbólico. No sucede lo mismo con las luchas dentro del campo político, donde
la es-tructura de fuerzas aún preserva las cualidades del momento del “empate
catastrófico” de años atrás.
En
síntesis, podemos decir que la transición estatal se presenta como un flujo de
marchas y contramarchas, flexibles e interde-pendientes, que afectan las
estructuras de poder económico (co-mo propiedad y control del excedente), la
correlación de fuerzas políticas (como representación parlamentaria, fuerza de
movili-zación social, liderazgo y hábito administrativo) y la correlación de
fuerzas simbólicas (como ideas ordenadoras y reguladoras de la vida en común).
La transición estatal habla de la construcción de una nueva correlación de
fuerzas o bloque dominante en el control de la toma de decisiones
político-económicas del país;
521
pero a la vez, de la persistencia y continuidad de
antiguas prác-ticas, de antiguos núcleos de poder interno que reproducen aún
partes del viejo Estado, buscando reconstituirlo desde adentro.
De
la misma manera, la transición estatal hace referencia a la existencia de
centros de mando y decisión que concentran la ini-ciativa y vigor del nuevo
orden estatal (inversión pública, sentido común estatista-productivista), como
también de nodos de resis-tencia conservadora que pugnan por la restitución del
viejo orden. Y dentro de esa pugna en flujo, está claro que la nueva estructura
estatal ha podido avanzar más rápidamente en la construcción de un nuevo bloque
de poder económico y en la formación de un núcleo discursivo simbólico.
Mientras tanto, la arquitectura del sistema político aún es objeto de una
intensa pugna por la defini-ción de sus jerarquías, liderazgos, alianzas y
procedimientos. En ese sentido, la idea del empate catastrófico, hoy, no es
utilizable como lo era hace cuatro años, porque lo que ahora tenemos no
confronta (aún) dos proyectos de poder con fuerzas de moviliza-ción y liderazgo
nacionales. Lo que hoy tensiona al país es la con-frontación entre un sentido
común prevaleciente como proyecto nacional general, estatal y, por otra parte,
resistencias locales, con fuerzas de movilización y liderazgos estrictamente
locales tam-bién. Quizás en algún momento esas resistencias locales podrían
proyectarse como un proyecto nacional alternativo.
Teóricamente,
esto puede suceder pero, hoy por hoy, son me-ramente resistencias locales de
atrincheramiento y de defensa del poder, de la riqueza y la propiedad local de
las elites anteriormen-te desplazadas del poder nacional, y que ahora se han
replegado a las regiones. Ciertamente se trata de elites con mucha capacidad de
movilización regional, con un discurso de libre mercado timo-rato, amorfo y
confuso, pero que todavía no son portadoras de un nuevo proyecto de Estado. Hay
empate catastrófico solamente cuando hay dos proyectos nacionales de sociedad
confrontados, mientras que lo que ahora hay es un proyecto de sociedad con
fuertes resistencias locales de protección de la propiedad y del poder de las
elites desplazadas del ámbito central.
522
Finalmente, quisiera regresar de nuevo al concepto
del punto de bifurcación. Retomamos este concepto del profesor de física Ilya
Prigogine, quien estudió los sistemas alejados del punto de equilibrio. Él vio
que, a partir de cierto tiempo, estos sistemas pueden dar lugar a un nuevo
orden del sistema. A este punto de conversión, del desorden del sistema en
orden y estabilización del mismo, Prigogine lo llamó “punto de bifurcación”.4
En
el ámbito de las estructuras estatales en crisis (“sistemas alejados del
equilibrio”), éstas se caracterizan por la inestabilidad y la confrontación
política. Se trata de auténticos, generalizados y desnudos momentos de lucha
por el poder político. Pero en la medida en que ninguna sociedad puede vivir
perpetuamente en un estado de lucha generalizada y antagonizada por el poder,
la sociedad, tarde o temprano, ha de inclinarse por la estabilización del
sistema o por la construcción de un orden estatal que devuel-va la certidumbre
a las estructuras de dominación y conducción política. A este momento histórico
específico y fechable, a partir del cual el Estado se estabiliza, lo
denominamos “punto de bi-furcación”.
Ésta
es una idea que trabajamos, quizás con otras palabras, hace veinte años, para
describir el momento excepcional, de fuer-za militar y moral, de consolidación
conservadora del poder de Estado cuando se dio la Marcha por la Vida de los
trabajadores mineros en contra de las políticas de cierre de minas, decretada
por el gobierno de Paz Estenssoro.
Los
mineros hicieron un último esfuerzo para reconstituir los pactos de abril.
Utilizaron la movilización de masas y la respuesta fue el cerco militar. No
hubo enfrentamiento ni muertos. Era tal la superioridad militar del gobierno, y
tal la inermidad política y moral de los mineros que venían a reclamar el pacto
estatal del cincuenta y dos a un gobierno y un Estado que había enterrado la
idea de pactos sociales, que no hubo necesidad de disparar una sola bala para
consolidar el repliegue de los mineros.
4\ 琀lya
Prigogine y John Wiley, Self-organization in non-equilibrium Systems,
Cam-bridge, Massachusetts Institute of Technology (mit)
Press, 1989.
523
La derrota de los mineros en la Marcha por la Vida,
su re-pliegue, sin ofrecer más resistencia que el irse a sus casas sin dar
batalla, aceptando que se los relocalizara, marcó una época de abandono social.
Luego, el país —las clases medias, los trabaja-dores, los fabriles, los
maestros, absolutamente todos— repro-dujo este momento de bifurcación, que es
una especie de núcleo fundamental de la lógica y de la personalidad de la
correlación de fuerzas del Estado.
Con
los mismos actores, pero con resultados diametralmente opuestos, se dio el
punto de bifurcación que dio paso al nacimien-to del Estado de 1952. Entonces,
tras siete años de crisis estatal, y una victoria electoral escamoteada en
1951, la insurrección del 9 de abril de 1952 fue el punto de bifurcación del
Estado nacio-nalista. En ese momento, el núcleo fundamental del nuevo Es-tado
fueron las milicias de obreros y campesinos armados, cuya estructura sindical
triunfante marcó la presencia siempre belicosa de la plebe en un Estado ajeno
pero pactante, hasta que vino el nuevo Estado neoliberal, que puso fin a
cualquier pacto que no fuera de elites políticas cerradas y endogámicas.
En
cambio, en septiembre de 1986 los mineros regresaron a sus casas con el cadáver
del Estado de 1952, mientras que el Es-tado neoliberal se consolidó mediante un
hecho de demostración de fuerza militar y política que no pudo ser discutida
sino hasta catorce años después, en abril de 2000.
Si
se revisan los momentos de la construcción de los nuevos Estados —el
nacionalista, el republicano, la comuna, el soviéti-co—, cualquier Estado,
siempre, ha tenido un punto de bifurca-ción de su estructura
de poder. Ahora, este punto de bifurcación tiene varias
características: la primera es un momento de fuerza, no es un momento de
diálogo ni necesariamente un punto vio-lento, pero sí es un momento donde
tienen que exhibirse desnu-damente las fuerzas de la sociedad en pugna, tienen
que medirse las capacidades, y a partir de ello definir la suerte definitiva e
irre-versible de cada uno de los contrincantes. En segundo lugar, el punto de
bifurcación es un momento en el cual las antiguas fuer-zas asumen su condición
de derrota, o donde las nuevas fuerzas
524
ascendentes asumen su imposibilidad de triunfo y se
repliegan. No hay espacio para equilibrio. Es un momento en el cual una fuerza
social o un bloque de fuerza asume el mando reconocido por los que aceptan
obedecer, dando lugar a una nueva compla-cencia moral entre gobernantes y
gobernados. En tercer lugar, es un momento en el cual la política
(parafraseamos a Foucault) es la continuación de la guerra por otros medios y
no a la inversa, es un momento en el cual tiene más razón Foucault que
Rousseau.5 En otras
palabras, el punto de bifurcación es un momento en el cual la situación de
todos se dirime con base en el puro despliegue de correlación de fuerzas sin
mediación alguna: fuerzas materiales, simbólicas y económicas.
Ahora,
la pregunta que uno puede hacerse es: ¿En qué mo-mento se dará el cierre del
punto de bifurcación de la actual transición estatal en el país? Por el
momento, se podría decir que estamos atravesando los momentos más intensos de
este punto de bifurcación estatal, lo que permite pensar que, a corto o mediano
plazo, o el nuevo Estado se consolida, ensamblando el sistema político con la
estructura de poder económica y simbólica de la so-ciedad y, a partir de ahí,
el resto se reacomoda gradualmente o las fuerzas del nuevo bloque dominante
retroceden y se restablecen el antiguo bloque dominante con nuevos rostros,
nuevos símbo-los movilizadores y antiguas relaciones políticas de dominación.
Inicialmente,
creíamos que la construcción del Estado era posible mediante mecanismos
dialógicos y pactados y, de hecho, seguimos apostándole a ello, en la idea de
un punto de bifurcación de carácter democrático, y por aproximaciones
sucesivas. Pero las lógicas de la razón y de la historia nos hacen pensar, más
bien, que cada vez se habrá de llegar más a un momento de tensión de fuerzas,
al punto de bifurcación, y habrá que ver qué sucede. Creo que, en el caso de
Bolivia, este momento está más cerca de lo que parece. Pero, en todo caso, el
punto de bifurcación y su cualidad van a definir la personalidad y la cualidad
del nuevo Estado hacia el porvenir.
5\ Michel
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525
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Impreso
en Litográfica Ingramex, S.A. de C.V. Centeno 162-1, col. Granjas Esmeralda
09810 México, d.f.
El tiraje consta de 1,000
ejemplares y sobrantes
Se terminó de
imprimir el 18 de septiembre de 2015.

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