© Libro N° 14097. La Saga De
Hrolf Kraki. Anderson,
Poul. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © La Saga De Hrolf Kraki. Poul
Anderson
Versión Original: © La Saga De Hrolf Kraki. Poul Anderson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Poul Anderson
La Saga De
Hrolf Kraki
Poul Anderson
La Saga De Hrolf
Kraki
Poul Anderson
Título original:
Hrolf Kraki's Saga
INTRODUCCIÓN
Un escaldo de hoy
día y su Hrolf Kraki
Muere la
riqueza, mueren los parientes
igual morirás tú;
pero la fama no muere nunca
en quien buena la
tiene.
«Hávamal», 77 («El
discurso del Altísimo»),
Edda Poética.
Jordanes, el gran
historiador de la antigüedad que habló de los pueblos germánicos de la época de
las invasiones, por ser él mismo godo, decía en su Getica que los daneses eran
de origen sueco y que habían suplantado a los hérulos (o érulos), una oscura tribu
germánica, en el lugar donde habitaban. Aunque nadie haya sido capaz de
localizar el lugar en cuestión, lo cierto es que donde primeramente se les
encuentra es en la isla de Zelandia. Y sólo más tarde, cuando los pueblos que
vivían en la península de Jutlandia y sus proximidades: anglos, sajones, jutos
y frisios partan a la conquista de Britania, los daneses decidirán ir
asentándose poco a poco en dicha península, que pasará a formar parte de
Dinamarca.
Poco se sabe de
esta época, en que los descendientes de un tal Dan —que, posiblemente, nada
tenga que ver con los Danuna, esa tribu de los Pueblos del Mar, vikingos avant
la lettre, del siglo XI, pero antes de Cristo, que asolan el Próximo Oriente,
ni con la tribu hebrea de Dan, ni con los célebres dioses irlandeses Tuatha Dé
Danann—, o sea los daneses, se codean con los Svear, es decir, los suecos, y
los Gotar, o geatas, esto es, los godos que quedan en el sur de la actual
Suecia sin participar en los movimientos migratorios que convirtieron a sus
antepasados en los nuestros. Si Beowulf fue inmortalizado por el poema
anglosajón del mismo nombre —Luis Lerate de Castro lo ha editado en Alianza—, y
buena parte de los reyes míticos de los suecos, los Ynglingos, viven en las
páginas de la Ynglingasaga, al comienzo de la Heimskringla, de la Edda en Prosa
de Snorri, compuesta entre los siglos XI y XII —así mismo editada por Luis
Lerate, también en Alianza—, los Skioldungos, los reyes de la Dinamarca
primigenia, aparecen citados en Beowulf, en la Edda Poética y en la Gesta
Danorum, compuesta a fínales del siglo XII, la obra de un sajón muy leído, que
quiso hablar de ellos. Los Skioldungos, quienes al parecer intentaron dar
cierta singularidad, y autenticidad, a sus nombres al comenzarlos por Hro-,
vivieron en la mítica Hleidhrar, hoy Lejre, a algunos kilómetros al oeste de
Roskilde, en Selandia. Allí debió elevarse al cielo su célebre palacio Heorot
(El Ciervo), donde viviera Hroar y, más tarde, su nieto Hrolf Kraki, personaje
que inspirara la obra de Poul Anderson que motiva el presente comentario;
aunque en esto el novelista norteamericano y, en esta ocasión, también escaldo,
no fuera el único, ya que existe una saga tardía al respecto, la Hrólfs Saga
Kraka — que Gwyn Jones editara en 1961 para la Oxford University Press, en el
volumen Eric the Red and other Icelandic Sagas— que recoge los últimos
destellos de su mito.
En el siglo VII, el
último de los Skioldungos, Harald Hildetand, o sea, Diente de Combate, habría
extendido su poderío por toda Dinamarca y parte del Götaland, además de —si
hemos de creer al erudito sajón, anteriormente citado, que escribe bajo el
nombre de Saxo Grammaticus—, la totalidad del territorio de los sajones
continentales y Kíev, imperio que acabaría siendo destruido por una coalición
de pueblos del Norte, dirigidos por los suecos, sempiternos enemigos de los
daneses. De tal suerte, éstos, imposibilitados de extenderse por el Este,
volverían los ojos hacia el Oeste y comenzarían a asolar las costas de
Inglaterra, la Britania de antes, conquistada siglos atrás por anglas, sajones
y un puñado de jutas, hasta establecerse en ella, en la región conocida como
Danelaw, que Alfredo el Grande, el monarca inglés, les concede a finales del
siglo IX.
Nada se ha podido
probar respecto a la autenticidad de la leyenda de los Skioldungos y de Hrolf
Kraki, puesto que cuando se excavaron los túmulos de Lejre, la Leidhra de
Anderson, que el anticuario Ole Worms (de cuyo nombre se apropia Lovecraft para
inventarse el «Olaus Wormius» traductor al latín de su Necronomicon) había
reseñado en su obra Monumenta Dánica, de 1643, como pertenecientes a los
Skioldungos —excavación que habría podido revelarse importante para la
constatación de la realidad histórica de la leyenda—, se comprobó que eran
anteriores en varios milenios a la dinastía mítica.
Estos son, pues,
los antecedentes históricos de La saga de Hrolf Kraki de Poul Anderson,
anteriores por tanto a los acontecimientos que forman la trama argumental de su
novela La espada rota, a la que cupo el honor de inaugurar esta colección, y
con la que mantiene una innegable coherencia, o trasfondo mitológico común, de
raíces germánico-nórdicas. Quizá el escritor más apropiado para recrear la vida
del rey danés fuera el que se atrevió a tal empresa, Poul Anderson, de orígenes
daneses, que había vivido en aquella tierra durante un tiempo, quien ha sabido
dar una coherencia y emotividad a la narración —publicada en 1973 por la
prestigiosa editorial norteamericana Ballantine— que se apodera del lector
desde un principio, de suerte que poco antes de llegar a la mitad de la saga se
siente hechizado por ella y por el destino de sus personajes, que avanzan hacia
un final inexorable, presagiado por las inquietantes apariciones del Tuerto,
del Vagabundo, del Señor de la Lanza, del Padre de la Victoria..., de Odín, en
suma, uno de los «actores secundarios» —mejor sería decir «característicos»
que, además, Anderson prodiga entre sus obras— de esta estupenda novela, que
alcanza el ritmo de una película, cuyo final recuerda tremendamente al Kurosawa
épico de Los siete samurais, Kagemusha o Ran..., sobre todo por el
comportamiento heroico de Hrolf y sus doce —¡oh, el mítico número!— compañeros
y del joven Vögg, endeble pero de corazón de guerrero. En ella encontramos
magias, encantamientos, elfos, trolls y monstruos, por lo que Hrolf Kraki puede
encuadrarse perfectamente como fantasía heroica, siendo equiparable en temática
y tratamiento a la obra de Tolkien, El Señor de los Anillos, lo que le valió a
su autor el premio August Derleth de 1974, concedido un año después, como es
usual, en 1975.
* * *
Físico de
formación, Poul Anderson, nacido en 1926 en Estados Unidas, es poseedor de
dieciséis premios por las más de 410 obras que ha escrito, que deben repartirse
en todos los géneros conocidos: fantástico, ciencia ficción, novela negra,
ensayo, histórico, etc.
Las obras que más
se acercan a La saga de Hrolf Kraki, es decir, las de tema histórico, y del
género de fantasía heroica, escritas por el autor que nos ocupa, son las
siguientes, que se escriben con titulo inglés y castellano cuando existe la
correspondiente traducción:
Tres corazones y
tres leones (Three Hearts and Three Lions, 1953) y La espada rota (The Broken
Sword, 1954), que transcurren en el mundo de Faerie, la Tierra Mágica, poblada
por elfos y trolls, que vienen a ser —sobre todo la segunda— una mezcla entre
Roben E. Howard y J. R R Tolkien, con las que también se relacionaría La saga
de Hrolf Kraki; The Golden Slave y Rogue Sword, ambas de 1960, de corte
histórico; The Merman's Children (1979), cuya fantasía oscila entre la heroica
y la propia de los mundos tolkienianos, por presentarnos las aventuras de unos
seres elementales marinos; la trilogía de 1980, The Last Viking, ambientada
después de los sucesos narrados en La espada rota; el pastiche Conan the Rebel
(1980), en donde el héroe cimmerio lucha contra un brujo estigio, y Bélit hace
una fugaz aparición; y, finalmente, la tetralogía El Rey de Ys, escrita en
colaboración con su esposa Karen, quien anteriormente se encargara de
proporcionarle la documentación histórica para sus novelas, cuyo primer volumen
apareciera en 1986, y que transcurre en los últimos tiempos de una Roma llena
de sincretismos religiosos.
Anderson también
utiliza el sincretismo en su obra, pero no el religioso, del que es un gran
conocedor, sino el de temáticas, mezclando la fantasía con la ciencia ficción o
el terror, aunque siempre con ese impulso tan suyo que debe venirle de su
ingente lectura de sagas escandinavas, y que impregna con el sentido de la
aventura toda su producción.
A punto ya de
terminar estas líneas de presentación a la novela y al prólogo del propio
autor, sólo queda remitir a la introducción, bastante más extensa que la
presente, De espadas y aventureros: la fantasía de Poul Anderson, que prologa
La espada rota, por si acaso algún lector quiere profundizar en alguno de los
particulares de la obra de nuestro escaldo, y señalar que en esta edición se
han insertado bastantes notas, del traductor y de quien escribe estas líneas
—aunque quizá no las suficientes—, para aclarar algunas puntos oscuros con los
que el lector pueda no hallarse familiarizado, así como un mapa que recoge los
lugares más importantes del mundo de Hrolf Kraki.
¡Que disfruten con
esta antigua historia de honor y amor, salvaje y tierna a un mismo tiempo, una
historia de las que ya no hay!
Por desgracia...
Javier MARTÍN
LALANDA
Algo nos sobrevive,
por perdida que esté
la vida: la memoria
no se hunde en el fango.
Hasta el fin del
destino del mundo permanece,
en lo alto del
cielo, el nombre de los héroes.
Bjarkamaal
A mis urdidores de
historias favoritos:
los finlandeses
Chelsea Quinn Yarbro y Emil Petaja.
LA HISTORIA DE
HROLF KRAKI
Prólogo de Poul
Anderson
Un libro debe
hablar por sí mismo. Pero, desde el momento en que éste no es una fantasía
moderna, puede que al lector le guste conocer sus fuentes.
En contraste con la
Volsungasaga, cuya trama es una historia que se desarrolla en tierras del Rin,
el ciclo de Hrolf Kraki y sus héroes es puramente nórdico. En otro tiempo fue
ampliamente conocido y tenía múltiples ramificaciones, profundamente ancladas
en el alma y en las canciones del pueblo. Pero no tuvo la misma buena fortuna
que la historia de Sigmund, Sigurd, el Azote de Fafnir, Brynhild y Gudrun:
cuajar en una vigorosa narración en prosa e inspirar poemas que han sobrevivido
en su integridad. Por eso es hoy prácticamente desconocido, por lo que merece
que lo recordemos de nuevo.
Su argumento,
cercano en el tiempo al del Nibelungenlied, es coetáneo con el de Beowulf. De
hecho, él y este último se iluminan recíprocamente e incluyen cierto número de
personajes comunes. El ejemplo más conspicuo es el del rey Hrothgar, cuya
mansión fue liberada de monstruos por Beowulf. En la versión autóctona,
Hrothgar es el tío Hroar de Hrolf. Se han hecho suficientes investigaciones
adicionales para que no nos quede ninguna duda al respecto.
Ahora podemos
fechar esto con bastante aproximación. Gregorio de Tours, en su Historia de los
francos, menciona a un rey danés —al que una crónica un poco posterior califica
de «geata»—, Chochilaicus, que cayó en el curso de una masiva expedición en
Holanda. Tiene que tratarse de aquel señor al que Beowulf llama Hygelac, y
Hrolf (y algunos otros fragmentos de sagas nórdicas), Hugleik. Basándonos en
esto, podemos afirmar con razonable confianza que era en realidad un geata. No
estamos seguros de si este pueblo vivía en Jutlandia o en la región sueca de
Götaland, por entonces un reino independiente. Me parece que lo segundo ha de
ser lo más probable. En cualquier caso, como ese caudillo fue un personaje
real, no hay ninguna duda de que no lo sean otros cuyos nombres ocupan un lugar
mucho más importante en la tradición: como los mismos Beowulf y Hrolf.
Hugleik murió entre
el 512 y el 520. En consecuencia, Hrolf floreció dos o tres décadas después.
Ello sucedía durante el período de las invasiones, de las Völkerwanderungen,
cuando había caído Roma y las tribus germánicas estaban en marcha, un tiempo
tan salvaje como el mundo no ha visto jamás. Podemos comprender por qué Hrolf
Kraki fue gloriosamente recordado, por qué los narradores de la saga,
generación tras generación, incorporaban a su séquito a todo héroe que podían,
aunque esto significase reservarle cada vez menos parte del ciclo al rey mismo.
Su reino fue —por comparación, en cualquier caso; en ¡a narración, al menos— un
momento de sol durante una tempestad que rugió durante siglos. Se convirtió
para el Norte en lo que Arturo para Gran Bretaña, y Carlomagno, después, para
Francia. En la mañana de Stiklestad, quinientos años después y muy lejos en
Noruega, a los hombres del rey Olaf el Santo los despertó un escaldo que
cantaba en voz alta un Bjarkamaal: uno de esos cantos en que los que los guerreros
del pagano rey danés Hrolf eran llamados a su última batalla.
Fragmentos de ello
han llegado hasta nosotros. Conocemos también el Bjarkarímur, una diferente, y
tardía, colección de versos. En su crónica de la leyenda y la historia danesas,
el monje que se hace llamar Saxo Grammaticus (ca. 1150-1206) ofrece todavía otro
poema, en una larga paráfrasis latina a partir de la cual solamente podemos
intentar reconstruir el original. (Un ejemplo se encuentra en el capítulo 1 de
«La historia de Skuld», mientras que otras partes han sido elaboradas de una
forma más en consonancia con la época, tal y como puede verse en los capítulos
2 y 3). El libro de Saxo —que probablemente incluye la más antigua relación de
Hamlet de que tengamos noticia— cuenta la historia de Hrolf. Adicionalmente,
encontramos menciones de ello en las Edda Menor y Heimskringla de Snorri
Sturluson, en la abreviada Skjoldungasaga, y en referencias dispersas en
distintos lugares. Las principales fuentes son unos cuantos manuscritos
islandeses consagrados completamente a la leyenda. Desafortunadamente, ninguno
de éstos es anterior a 1650 y tanto el estilo como la coherencia dejan algo que
desear:
Todas las fuentes
se contradicen unas a otras, y en ocasiones a sí mismas, en diversos puntos.
Más aún, son demasiado fragmentarias, dejan mucho sin explicar para el lector
moderno que no sea un especialista en la antigua cultura nórdica.
Me he esforzado por
hacer una reconstrucción, si no la reconstrucción: juntar las mejores partes,
llenar los huecos, usar las viejas palabras donde me parecían adecuadas y en
caso contrario encontrar otras nuevas.
Muchas elecciones y
suposiciones pueden parecer discutibles, si no completamente arbitrarias. Sin
embargo, podemos dejar a los eruditos el divertido pasatiempo de discutir las
detalles. Para mí, las cuestiones más importantes giraban en cómo hacer que el
lector disfrutase de la narración, sin que ésta dejase de ser fiel a las
fuentes originales.
Por ejemplo, desde
mi punto de vista y sin duda el del lector, demasiados nombres comienzan con H-
e incluso con Hr. Como no me sentí con libertad de cambiar esto, a no ser que
una de las fuentes ofreciese una alternativa, he intentado escribiros de tal manera
que reduzcan al mínimo las probabilidades de confusión. Por razones similares
he usado los topónimos modernos, excepto para territorios como Svithjodh que
ahora ya no existen.
Un riesgo mayor
reside en el auténtico espíritu de la saga. Aquí no estamos en presencia de El
Señor de los Anillos, obra de un autor cristiano y civilizado —aunque
probablemente sea una de las variadas fuentes de Tolkien—, Hrolf Kraki vivió en
la medianoche de la Edad Media. Matanzas, esclavitud, robo, violaciones,
torturas y ritos paganos sangrientos u obscenos formaban parte de la vida
diaria. Los finlandeses, en particular, advertirán la brutalidad y la
superstición a las que los escandinavos sometieron a su inofensivo pueblo . Amor, lealtad y honestidad más allá de los
más nimios tecnicismos, sólo eran para los parientes, para el jefe y los amigos
mas íntimos. El resto de la humanidad eran enemigos o presas. Y a menudo, la
cólera o la traición rompían los lazos que había que haber respetado.
Adam
Oehlenschlager, escribiendo en pleno romanticismo, podía mirar sentimentalmente
a Helgi, Hroar y Hrolf. Yo no. Aunque sólo fuese por eso, necesitamos que hoy
nos recuerden que jamás debemos suponer que la civilización se nos dé como cosa
hecha.
Espero que el
lector sea indulgente con ello, así como con el obligado carácter desgarbado
del relato y de lo que hoy sentimos como una carencia de profundidad
psicológica. Lo último sólo refleja cómo se veía a sí misma esa gente. Su
conducta nos parece insanamente egoísta; pero para ellos, cada persona era en
primer lugar un miembro de su familia y sólo en segundo término —por más
codiciosa de riqueza o de fama que se sintiera— ella misma. El Héroe, con
mayúscula, no es ninguno de ellos, sino más bien ¡a sangre de Skiold, el Niño
de la Gavilla, fluyendo a través de múltiples corazones diferentes.
Me he sentido
obligado a dar al lector alguna idea de cómo vivía esa gente y de cómo
funcionaba su sociedad. Sin embargo, mi propósito no era reconstruir una
hipotética realidad histórica, sino un mito. Por esta razón he puesto la
narración en boca de una persona que vivía en la Inglaterra del siglo X, cuando
el ciclo había alcanzado su pleno desarrollo —una mujer, ya que así su estilo
narrativo podía escapar al que habría usado un hombre, más propio de la saga—.
Por tanto, ella aporta no solamente lo sobrenatural, sino también numerosos
anacronismos. La Escandinavia que describe es, en su mayor parte, la que ella
misma conoce.
Respecto a los
nombres de persona, los de los dioses están en sus formas modernas. Como los de
los hombres son exóticos, se miren por donde se miren, se han dejado en el
antiguo nórdico, lo que los anglosajones llamamos Old Norse. Ocasionalmente se
ha modificado la ortografía, sin embargo, para facilitar al mismo tiempo la
impresión y la lectura. Para aquellos lectores que se preocupen de estas cosas,
la pronunciación en castellano se ajusta a las siguientes reglas, descansando
siempre los acentos en la primera sílaba:
a: generalmente
larga; ae: como en alemán a o, aproximadamente, como en inglés eh; bj: como bi;
dh: como th en inglés this; g: siempre suave como gu; hj: como hi; hr: como jr;
j: como y; o: como en alemán o, aproximadamente, como el inglés oo en good; th:
como th, en inglés thunder; u: larga como en Skuld, excepto cuando la sigue
consonante doble (como en Gunnarj; y: como en castellano.
Pero que el lector
no se preocupe de estas cosas a no ser que esté especialmente interesado, pues
lo que realmente importa es la narración.
1
Acerca de la
narración
Había un hombre
llamado Eyvind el Rojo, que vivía en el Danelaw
de Inglaterra cuando era rey Aethelstan. Su padre era Svein Kolbeinsson,
que había llegado allí procedente de Dinamarca y a menudo había vuelto en viajes
comerciales. Cuando fue suficientemente mayor, Eyvind se marchó. Sin embargo,
como era más inquieto y ambicionaba más que Svein hacerse un nombre, al final
entró al servicio del rey. En unos pocos años fue ascendiendo, hasta que en
Brunanburh luchó tan vigorosamente y condujo tan bien a sus partidarios que
Aethelstan le otorgó su completa amistad y quiso que residiese para siempre en
la corte. Eyvind no estaba seguro de que eso fuese lo que deseaba para el resto
de su vida, por lo que le pidió permiso para ir a visitar su antiguo hogar.
Encontró a Svein
preparándose para otro viaje, y decidido a embarcar. En Dinamarca gozaron de la
hospitalidad del caudillo Sigurd Haraldsson. Éste tenía una hija, Gunnvor, una
bella doncella a la que Eyvind pronto empezó a cortejar. Los padres pensaron que
sería un buen partido para ambas casas; y cuando Eyvind regresó a Inglaterra,
se llevó a Gunnvor como su novia.
Entonces tuvo que
acompañar al rey, que estuvo viajando ese invierno. Gunnvor fue también. Ella
se ganó el corazón de las damas de la corte, porque podía hablar largamente
sobre tierras y caminos extranjeros. Aunque Aethelstan no estaba casado, le
llegaron noticias de ello: especialmente de una larga saga de los viejos días
que ella estaba relatando. La llamó a su pabellón donde se sentaba con sus
hombres.
—Éstas son noches
lóbregas —la reprendió riendo—. ¿Por qué das a las mujeres un placer que a mí
me rehúsas?
—Solamente contaba
historias, señor —dijo ella.
—Bastante buenas,
según he oído —respondió el rey.
Se la veía
cohibida. Eyvind tomó la palabra en su nombre:
—Señor, conozco
estas historias, y puede que no sean adecuadas para vuestra compañía —su mirada
cayó en el obispo que se sentaba cerca—. Es un cuento pagano —Eyvind mantenía
en secreto que aún daba culto a los elfos.
—Bien, ¿y qué
importa? —preguntó Aethelstan—. Si yo contase entre mis amigos con un hombre
como Egil Skallagrimsson...
—No hay nada malo
en oír hablar de los antepasados, mientras no olvidemos que estaban equivocados
—dijo el obispo—. Más aún, nos puede ayudar a comprender a los paganos de
nuestro tiempo, y así enseñarnos el mejor camino para conducirlos a la Fe
—después de un instante, añadió pensativo—: Debo confesar que pasé mi juventud
estudiando en el extranjero y conozco menos sobre vosotros los daneses que la
mayoría de los ingleses. Os estaría agradecido si pudierais explicarme las
cosas a vuestra manera, mi señora Gunnvor.
Y así quedaron las
cosas, de suerte que aquel invierno ella pasó muchas noches hablándoles de
Hrolf Kraki.
La historia de
Frodhi
I
Eran aquellos días,
Dinamarca era menos extensa que ahora. Abarcaba la gran isla de Selandia y las
otras pequeñas a su alrededor. Excepto por los cretosos acantilados de Mön, al
Sur, es un país llano, en el que las colinas se ondulan tan suavemente como fluyen
los ríos. Luego, hacia el Este, al otro lado del Sund, se encuentra Escania. La
parte más angosta del estrecho, que puede recorrer a nado cualquier muchacho,
se parece mucho a su hermana; y dicen que antaño la diosa Gefion arrancó
Selandia de la península para poder tenerla para sí y para su amante, Skiold,
el hijo de Odín. Pero hacia el Norte, donde se proyecta hacia el Kattegat,
Escania se alza en cumbres rojizas, el término sur del Keel.
Es una tierra de
suelo fértil, en cuyas aguas pululan los peces, las focas y las ballenas, cuyos
pantanos oscurecen y atruenan las alas de los ánades, cuyos árboles viajan
lejos convertidos en el maderamen de excelentes barcos. Pero esos mismos
árboles crecen en bosques poco menos que intransitables, guarida del ciervo y
del alce, del uro y del bisonte, del lobo y del oso. En tiempos antiguos, las
soledades abarcaban más y eran más espesas de lo que son ahora, aislando entre
sí los asentamientos de los hombres, cobijando no sólo a los forajidos, sino
también a elfos, trolls y otros seres maravillosos.
Al norte de Escania
está la tierra de los Gótar, a quienes los ingleses llaman geatas. Entonces era
un reino con su propia ley. Más al Norte se encuentra Svithjodh, donde moran
los suecos; el suyo era el mayor y el más poderoso de los países nórdicos. Al
Oeste, a través de las montañas, estaba Noruega, entonces dividida en muchos
pequeños reinos y tribus sumidos en constantes altercados. Más allá de Noruega
y de Svithjodh viven los finlandeses. Son, en su mayoría, cazadores errabundos
y pastores de renos, y hablan una lengua que no se parece a ninguna de las
nuestras. Pero son tan ricos en pieles que, a pesar de definirse muchos de
ellos como expertos en brujería, son atacados de continuo o sometidos a tributo
por daneses, suecos y noruegos.
Volviendo de nuevo
al Sur, al Oeste de Selandia encontramos el Gran Belt, y más allá de estas
aguas la isla de Fyn. Luego viene el Pequeño Belt y después la península de
Jutlandia. Jutlandia es una tierra más escarpada y dura que el resto de lo que
hoy es el reino danés. Desde las playas del Skagen, ampliamente surcadas por
los silbidos del viento, hasta los pantanos del Sur, donde los hombres andan
sobre zancos como si fuesen cigüeñas, cerca ya de la desembocadura del poderoso
Elba, se encuentra la madre de todas esas gentes que han vagado extensamente a
través del mundo: cimbros, teutones, vándalos, hérulos, anglos que dieron su
nombre a Inglaterra, jutos, sajones, y tantos otros.
No solamente para
ganar fuerza, riqueza y fama, sino para detener las interminables guerras e
invasiones, los reyes daneses de Selandia y Escania intentaron someter a los
otros a su poder. Y a veces vencieron en la batalla y fueron reconocidos como
señores supremos en diversas partes. Pero no pasaba mucho tiempo sin que se
desenvainasen de nuevo las espadas, y en los tejados de los condes que habían
establecido para que dirigiesen aquellas tierras no tardaba en cacarear el
gallo rojo. La mitad de las veces esto sucedía porque reyes que eran hermanos
luchaban entre sí.
Decían descender de
Skiold y Gefion. Se dice en Inglaterra —donde a Skiold le llaman Seyld— que fue
conducido a la orilla en un barco sin remos. Estaba lleno de armas pero llevaba
también una gavilla de grano donde descansaba la cabeza del niño. Los daneses
lo tomaron por rey, y gran rey llegó a ser, que dio leyes y paz y estableció
los cimientos del reino. Cuando al final murió, su apenado pueblo lo dejó a la
deriva en un barco ricamente cargado, para que pudiese volver a ese hogar
desconocido del que había venido. Creían que su padre había sido Odín. Y, a
decir verdad, la sangre del Tuerto se mostró después de muchas maneras, de tal
modo que algunos de los Skioldungos fueron sabios y pacientes patriarcas, otros
salvajes y codiciosos, y, todavía, otros dados a escudriñar cosas que mejor
hubiese sido no tocar.
Esto último fue lo
que les sucedió más a menudo a los revés de Svithjodh. Eran los Ynglingos, que
procedían de Freyr, que no es un dios del cielo sino de la tierra, cuya
fertilidad se evoca en extraños ritos, como así mismo sus sombras, y ese moho
que lo devora todo. En su sede de Uppsala, no pocos de estos reyes adoraron a
animales e hicieron hechicerías. Además, engendraron buenos y esforzados
guerreros, y, cuando al final los expulsó Ivar Palmo Ancho —mucho después de la
historia que voy a contaros—, uno de sus hombres fue el antecesor de aquel
Harald el de la Hermosa Cabellera, que convirtió a Noruega en un único reino.
Entre Skioldungos e
Ynglingos hubo escaso amor y sí mucho derramamiento de sangre. Entre ellos
estaba la tierra de los Gótar. Siendo menores en número que cualquiera de sus
vecinos, estos últimos buscaron la amistad de ambos, o por lo menos el jugar un
doble juego. Aun así no eran de ningún modo débiles. De entre ellos surgió ese
hombre al que los ingleses llaman Beowulf.
Así estaban los
asuntos en los días en que Frodhi el Pacificador se convirtió en rey de
Dinamarca. De él se dicen muchas cosas, y como ganó la supremacía por medio de
la guerra y de la astucia, prosiguió luego dando tales leyes y guardando tanto
la paz que una doncella podía llevar un saco lleno de oro de una punta a otra
de su reino sin sufrir ningún daño. Sin embargo, había también en él esa
voracidad que podía darse en los Skioldungos y que, anteriormente, había
ocasionado que a su antepasado Hermodh lo expulsasen del trono real en la
ciudad de Leidhra y lo condujesen a las soledades del yermo. Se oyen diferentes
historias sobre el fin de Frodhi; pero la que oiréis ahora es la que prefieren
los escaldes.
Un barco de Noruega
trajo para vender algunos cautivos de las tierras altas. De éstos, Frodhi
escogió dos mujeres enormes y jóvenes, de cabello largo, enmarañado y oscuro,
pómulos salientes, boca y nariz anchas, ojos sesgados, que iban vestidas con
pieles malolientes. Ellas se llamaban, con voz atronadora, Fenja y Menja. Se
contaba cuántas vidas, como anunciaron, había costado atraparlas y cómo ellas
no eran en realidad humanas sino de la raza de los Jötun. Un sabio advirtió a
Frodhi que jamás se las podría haber hecho cautivas de no haber intervenido en
ello la voluntad de una Norna . Pero el rey no prestó atención a aquellas
palabras.
Tenía él un molino
de mano llamado Grotti. Nadie sabía de dónde procedía; quizá de uno de esos
dólmenes que se levantan severos en las tierras danesas, desde hace tanto que
los nombres de sus constructores ya se han olvidado. Una bruja había afirmado
que el molino podía moler y fabricar, por tanto, todo lo que el rey quisiese;
pero como nadie había tenido la fuerza suficiente para manejar el mango de
roble que hacía girar la piedra superior, él pensó que aquellas mujeres sí
podrían.
Y bien que
pudieron. Las puso en un lóbrego cobertizo donde se encontraba el molino. Un
viejo canto cuenta la historia de lo que siguió.
Ahora ellas
vinieron a, la casa del rey,
las dos
divinidades, Fenja y Menja.
Vendidas a
Frodhi, el hijo de Fridhleif,
fueron las dos
doncellas, poderosas en la
esclavitud.
Allí fueron las
mujeres puestas a trabajar,
tenían que
mover la piedra pesada,
y nunca Frodhi les daba descanso.
Les ordenaba
cantar sin cese en el molino.
Dieron las
doncellas una voz al molino,
las piedras
gimieron; gruñó en la tierra.
Todavía ordenó a
las doncellas moler y moler.
Movieron y
movieron velozmente la piedra.
Fue a dormir la
mayor parte de los esclavos de
Frodhi.
Entonces cantó
Menja, junto al mango del
molino:
«Te molemos
bienestar, Frodhi, y riquezas,
y mucho
ganado, en el molino de la
suerte.
Te sentarás en la
abundancia y dormirás en plumones
y despertarás
cuando lo desees. ¡Bien está
molido!
Aquí ya nadie dañará a ningún otro,
romperá la
paz, o asesinará a su prójimo,
ni matará al que
mató a su propio hermano,
aunque tenga al
asesino preso y sin ayuda.»
Pero Frodhi para
ellas no tenía otras palabras que
éstas:
«Tanto tiempo
podréis dormir como el cuchillo
guarda silencio,
o lo que uno en
decir tarda un único verso.»
«Insensato fuiste,
Frodhi, tú a quien ama tu pueblo
cuando nos
compraste para ser tus esclavas,
viendo que
parecíamos buenas trabajadoras,
pero no
preguntaste de qué tierra somos.
Fuerte era el
gigante al que llamaban Hrungnir,
pero todavía más
fuerza tenía Thjazi.
Idhi y Aarnir son de nuestra sangre:
hermanas de los
trolls de las montañas; tal es
nuestro linaje.»
Nunca fuera
Grotti hecho de granito,
ni de los
acantilados extraídas sus
piedras.
Ni ellas
molieran —las doncellas de las
montañas—
si no
conocieran lo que hacen girar:
«Durante nueve
inviernos enteros creció nuestra
fuerza
mientras
jugábamos bajo la tierra.
Entonces estuvo
maduro de las doncellas el poder.
Levantábamos
colinas y las llevábamos en
nuestras espaldas.
Nosotras derribamos
las piedras en las mansiones de
los Jötun
y las arrojamos a
los valles con un ruido de
muerte.
Del mismo modo
tiramos las losas de los
acantilados,
con las que después
los hombres hicieron sus casas.
Después
viajamos las hermanas adivinas
a Svithjodh en busca de guerra.
Osos matamos y escudos partimos,
rompiendo las
huestes de cotas grisáceas.
A un rey
alzamos, y hundimos a otro,
dimos nuestra
ayuda al bueno de Guthorm,
con muerte y con
fuego, hasta que cayó Knui.
En todos esos
años estuvimos batallando,
bien conocidas que
éramos como las doncellas
guerreras.
Nos labrábamos
nuestro camino con las afiladas
lanzas,
y la sangre
oscurecía la maldita espada.
Ahora estamos en la casa del rey.
La mala fortuna nos
ha convertido en siervas del
molino.
Nuestros pies roe
la grava, tiritamos de frío,
otra cosa no
hacemos más que trabajar...
¡Malhaya Frodhi!
Que la piedra
pare y descansen las manos.
Ya he molido
bastante; no moleré más.
Pero nunca las
manos conocerán descanso
hasta que la
codicia de Frodhi se dé por
satisfecha.
Ahora las manos
empuñarán las endurecidas lanzas
y las enrojecidas
armas. ¡Despierta, Frodhi!
Despierta,
Frodhi, si es que deseas
oír nuestros
cantos y sagas de antaño.
Veo que arde fuego hacia el Este,
signo que
anuncia la guerra que acecha.
Una hueste
extranjera hacia aquí se apresura
para quemar la
fortaleza construida por Frodhi.
Serás arrojado del trono de Leidhra,
de los rojizos
anillos y del molino de las
riquezas
Ase más fuerte,
doncella, el mango del molino,
porque ahora
molemos sangre en la tierra.
Fuertemente
moliendo la molienda del hado,
vemos a
cuántos la muerte ha marcado.
Ahora
sacudimos los fustes de hierro
que sostienen el
molino. Duro lo menearemos.
Duro lo
menearemos. Sólo el hijo de Yrsa
puede redimir lo que para ti está perdido:
él que es al mismo
tiempo el hermano de Yrsa
y el hijo que ha
criado, como bien lo sabemos.»
Las doncellas
molían, y grande era su fuerza;
las conservó allí
jóvenes la ira de los Jötun.
El molino se
hundió y yace en el polvo,
las piedras
crujieron y se hicieron añicos.
Cantaron entonces
las doncellas procedentes de las
montañas:
«Ya hemos
trabajado como tú nos dijiste,
Frodhi,
y molido tu
destino. ¡Ya hemos trabajado
bastante!»
Y así en su ira,
Fenja y Menja conjuraron una hueste vikinga que cayó sobre la ciudad del rey y
lo asesinó. Respecto a lo que sucedió a las gigantas, se cuentan diferentes
historias; pero todas coinciden en que aquí el destino se desplomó sobre los
Skioldungos.
Frodhi dejó tres
hijos, Halfdan, Hroar y Skati. Los tres se enzarzaron en lucha para ver quién
sería el primero. Ésta ha sido la maldición de las tierras del Mar del Norte,
que sus reyes engendrasen muchos hijos y que la pretensión del uno fuese tan
buena como la del otro, tanto si hubiese nacido de una reina, de una amante, de
una esclava o de un encuentro fortuito: en cualquier caso no podría hacer otra
cosa que reclutar hombres que esperaban ganar si él vencía.
Aquella vez la
suerte recayó en Halfdan. Incluso murió en el lecho, aunque bastante joven.
Dejó dos hijos. Al mayor lo llamaron Frodhi, como a su abuelo. Al menor, que
nació después de que Halfdan hubiese muerto, le pusieron el nombre de éste.
Antes hablé de
condes. No me refería exactamente a los condes ingleses, aunque las palabras
sean semejantes. Un conde, o sea, un jarl, es un jefe solamente subordinado al
rey. En ocasiones, el rey lo establecerá sobre una parte del país; en otras un
conde se convertirá en una especie de rey, que lo es en todo menos en el
nombre. Así sucedió que mientras estos niños, Frodhi y Halfdan, fueron
pequeños, Einar, conde de las tierras de los alrededores del sitio real en
Leidhra, tomó el reino a su cargo.
Era un hombre
sensible que no quería ver de nuevo a Dinamarca desgarrada por las discordias.
Con este fin, consiguió que los pequeños terratenientes, cuando se reunían en
las Asambleas, llamadas Things, reconociesen a ambos herederos como reyes. Pero
fueron aclamados separadamente. Halfdan reinaría en Selandia y Frodhi en
Escania.
El conde Einar,
además, concertó los matrimonios para cuando los muchachos hubiesen crecido.
Halfdan se casó con Sigridh, hija de un rey sin importancia de la isla de Fyn.
De ella tuvo tres hijos, que llegaron a mayores. La mayor era una niña, Signy,
que a su debido tiempo se casó con el hijo y heredero de Einar, Saevil. Cinco
años más pequeño que ella era el niño Hroar, y dos años más pequeño que éste su
hermano Helgi.
La costumbre
establecía que los niños de alta cuna fuesen criados en las casas de gente de
rango inferior. Así aprendían las artes y las habilidades propias de un joven o
de una doncella; y al mismo tiempo se forjaban lazos de amistad. Regin
Erlingsson, sheriff del condado en
donde estaba Leidhra, se hizo cargo de Hroar y de Helgi Halfdansson. Les tomó
tanto apego como si hubiesen sido sus propios hijos.
El rey Halfdan era
apacible y de fácil trato. El pueblo lo amaba por su liberalidad y por la
justicia de sus juicios.
Pero mientras
tanto, el rey Frodhi de Escania se había convertido en un hombre violento y
codicioso. Se casó con Borghild, hija de un rey de aquellos sajones que
residían en el sur de Jutlandia, los sajones abodritas. De esta manera
consiguió aliados que, con medios para cruzar el mar Báltico, imponían el
suficiente temor a Svithjodh para que se mantuviese a distancia de su
retaguardia. Cuando Borghild murió al dar a luz a su hijo Ingjald, Frodhi envió
al niño para que lo educase su abuelo. Sin embargo, a cuenta de ello, forjó
grandes sueños. Mientras tanto, cargado de años, murió Einar. Entonces las
cosas se desarrollaron de la siguiente manera:
En la ciudad de
Leidhra, en Selandia, residían el rey Halfdan y la reina Sigridh. Él era muy
querido, pero, como no anhelaba la guerra, no se preocupó de tener una guardia
fuerte, ni ofreció a sus súbditos más turbulentos muchas posibilidades de ganar
fama y botín en el extranjero. Su hija Signy era la esposa del conde Saevil
Einarsson. Sus hijos Hroar y Helgi eran simples muchachos, que vivían con Regin
a unas veinte millas de la ciudad real.
Mientras tanto, en
Escania, el rey Frodhi meditaba taciturno.
Como conspiró con
los descontentos de Dinamarca, así como con cabecillas suecos, geatas y jutos,
le costó poco trabajo reclutar un gran ejército.
Entonces cruzó en
barco el Sund, izó su estandarte e hizo sonar el cuerno de bronce. Los
guerreros acudieron a su llamada. Demasiado tarde pasó la flecha de granja en
granja convocando a aquellos que debían luchar por el rey Halfdan. Saqueando y
quemándolo todo, Frodhi recogió una victoria tras otra por donde fue pasando.
En un encuentro sucedido en lo más oscuro de la medianoche, cayó sobre el
ejército de Halfdan, lo desbarató por completo y él mismo mató a su hermano.
Después de aquello,
llamó a los caudillos daneses a un Thing e hizo que le jurasen fidelidad. Entre
aquellos que, para salvar sus vidas, pusieron las manos sobre los anillos
dorados y juraron por Niord y Freyr y el poderoso Thor que nunca le
abandonarían, se encontraba el conde Saevil, el marido de Signy, la hija de
Halfdan.
Acto seguido,
Frodhi afianzó su posición casándose con la viuda de su hermano, Sigridh. A
ella no le quedó otra elección, pero su rostro estaba pálido cuando fue al
lecho con él. Entonces Frodhi envió a buscar a los hijos de ella. Anunció que
quería comprobar que estaban bien cuidados. La mayoría supuso que el cuidado
consistiría en cortarles el cuello lo más deprisa posible, para que no pudieran
crecer y vengar a su padre.
II
El sheriff Regin no
había estado en aquel Thing. Cuando las huestes de Halfdan se dispersaron,
regresó a su casa tan rápido como pudo, en compañía de aquellos de sus
partidarios que todavía estaban vivos. Sabía que tenía pocos días para
protegerse de Frodhi, pocos días en verdad.
—No podemos
ofrecerle resistencia —dijo—. Y yo di mi palabra de que cuidaría de estos
jovenzuelos.
—¿Qué piensas
hacer? —preguntó un guerrero.
Regin se rió entre
dientes.
—Eres un compañero
sobradamente fiel. Sin embargo, no necesitas conocerlo.
Era un hombre
grande, con el rostro enrojecido y los ojos blanqueados por la vida a la
intemperie, cabello y barba gris acero, bastante barrigudo pero todavía fuerte
y astuto para ser el sheriff del condado. Los hijos que su mujer Aasta le había
dado llevaban casados hacía tiempo. Por ello, así como por el honor que
suponía, los dos se habían sentido felices de proporcionar un hogar a Hroar y a
Helgi.
Se encontraba en el
Isefjord, que es una ancha y bien abrigada bahía, donde la tierra se extiende
verde hasta el mismo borde de las aguas, en las que siempre resuenan los
chillidos de patos, gansos, cisnes, zarapitos, gaviotas y de todo tipo de aves.
La mayoría de los árboles habían sido talados, pero la vegetación todavía
crecía salvaje en la parte sur del lugar; más cerca, subsistían pequeños
bosquecillos por los que trepaban las ardillas y los muchachos. A través de los
campos se extendían, diseminadas, las casas de los pequeños propietarios,
construidas con tablas, con tejados de césped, de cuyas chimeneas salía en
espiral el humo negro que el viento salado esparcía rápidamente. Era aquélla
una buena tierra, en la que el centeno, la cebada, el trigo y el lino parecían
sonreír bajo el sol y las nubes de verano vertiginosamente altas.
Aunque la morada de
Regin no era una mansión real, su fachada pintada de negro venía a formar uno
de los lados de un patio empedrado. Los otros tres estaban dedicadas a
cobertizo, establo, caballeriza, taller y otras dependencias menores. En los
saledizos de las vigas se habían tallado cabezas de dragones para espantar a
los trolls. Hacia el Este, la casa daba a un promontorio desde el que Regin
presidía a la vecindad en las ofrendas a los dioses.
Un sendero conducía
en declive hasta un embarcadero. Había varias islas en la bahía. La más
cercana, aunque pequeña, estaba espesamente cubierta de bosque. Allí moraba un
anciano labrador llamado Vifil, al que solamente dos grandes sabuesos hacían
compañía. La mayoría de la gente lo esquivaba, porque era un individuo extraño
y de habla cortante, y además se decía que en ocasiones practicaba la
hechicería.
Pero Regin y él
eran viejos amigos. «Si puede encerrar el viento en una bolsa, ¿por que tendría
yo que prescindir de su ayuda? —se dijo el sheriff riendo para sí—. Entonces,
¿es que pretendes remar en el tumultuoso viento?» Más aún, Viril había sido
siempre un incondicional partidario de Halfdan, cuando los jóvenes rezongaban
que el rey era un haragán. A veces, Hroar y Helgi cogían una barca e iban a
visitarlo.
Ningún regocijo se
levantó cuando Regin entró montado en el patio de su casa. Los muchachos
salieron rápidamente al oír los cascos de su caballo. Gritos, preguntas,
baladronadas salieron a raudales de sus labios. Entonces miraron a su padre
adoptivo, y fue como si una espada segase sus voces. Aasta vino detrás de
ellos, seguida de los criados de la casa, vio y no dijo nada. Por un momento,
el silencio llenó la luz de la tarde.
Al fin el sheriff
desmontó, haciendo crujir el cuero y tintinear el hierro. Se quedó encorvado,
las manos colgando vacías. Sin decir ni palabra, uno de sus hombres se llevó el
caballo. Hroar apretó los puños contra los costados y gritó:
—¡Nuestro padre ha
muerto! Ha muerto, ¿no es verdad?
—Sí —susurró
Regin—. Vi caer al suelo su estandarte, cuanto intentábamos reagruparnos a la
luz de las antorchas, después de que Frodhi nos sorprendiese en nuestro
campamento. Después me oculté...
—Yo no me habría
escondido si mi padre me necesitase —dijo Helgi, medio sofocado por las
lágrimas que no podía contener.
—No podíamos hacer
nada —le contestó Regin—, y yo tenía que pensar en vosotros, sus hijos. Hacia
el amanecer, los de Isefjord empezamos a encontrarnos los unos con los otros.
Uno había sido herido y yacía sin que nadie le prestase atención hasta que al fin
tuvo suficientes fuerzas para arrastrarse. Nos contó cómo Frodhi asesinó a
Halfdan, que estaba atado —tras un instante, añadió—: Primero hablaron. Frodhi
dijo que tenía que hacerlo porque sólo así podía reunificar el reino, como en
los días de su homónimo el Pacificador. Halfdan le contestó resueltamente:
«Ojalá que encuentres su mismo final.»
Los dedos de Aasta
retorcieron la toalla que llevaba.
—¡Tan joven!
—sollozó.
Regin asintió
gravemente. Una brisa agitó su sudorosa cabellera; una gaviota chilló.
—No creo que
Frodhi, habiendo matado al lince, deje ahora los cachorros en la madriguera
—dijo.
Su mirada cayó
sobre ellos. Hroar tenía doce inviernos y Helgi diez; pero el hermano menor era
el más alto y de hombros más anchos, pues el mayor era bajo y delgado. Los dos
tenían largas cabelleras aclaradas por el sol, que caían alrededor de sus
cuellos y de sus rostros morenos que ya empezaban a mostrar los rasgos de los
Skioldungos; entre todo ello, sus grandes ojos destellaban como rayos azules.
Iban vestidos iguales, con jubones de cuero encima de camisas y calzones de
algodón gris claro. Pero Hroar empuñaba un palo de madera donde había estado
grabando runas, para ayudarse a aprender estos signos, mientras que Helgi
llevaba en su cinturón una honda, una bolsa llena de piedras y un cuchillo de
caza.
—Ojalá... que...
hubiese podido conocer mejor a mi padre —susurró Hroar.
—Me sentiré
contento si lo vengo —Helgi tragó saliva. No parecía que aquellas palabras las
hubiese dicho un niño.
—Para eso tienes
que seguir vivo —advirtió Regin—. No puedo teneros a mi lado. Si lo intentase,
arderíamos en esta casa después de que los hombres de Frodhi nos hubiesen
cercado. Es mejor para vosotros que vuestros amigos vivan, y así poder ayudaros
en otra ocasión.
—No pueden huir a
los bosques como si..., ¡como si fuesen proscritos! —gritó Aasta.
Helgi meneó la
cabeza.
—Podemos vivir
perfectamente entre los lobos, madrina —dijo.
—Quizá; pero los
lobos nunca vencen a las espadas —dijo Regin—. Tengo un plan. Ya hablaremos de
él más tarde —arrastró los pies hacia donde estaba su esposa—. Ahora dame
comida y un trago de cerveza, y déjame dormir. ¡Oh, dioses, dejadme dormir!
Fue una silenciosa
fiesta de bienvenida.
Regin se levantó
antes del amanecer. Fue a la cama cerrada
que los hermanos compartían, descorrió las cortinas y los sacudió para
que se despertasen, un dedo puesto en la boca. Sin decir palabra se pusieron
las ropas y lo siguieron hasta la orilla. Era pleno verano y la noche luminosa
derramaba sobre sus cabezas una palidez en la que sólo centelleaban unas
cuantas estrellas, que hacía aparecer la bahía como un escudo bruñido. Lo más
despacio y sigilosamente posible, para reducir al mínimo el chapoteo de las
olas, los condujo remando hasta la isla de Vifil.
Después de encallar
la barca, el hombre y los muchachos desembarcaron en medio de espesas
tinieblas. Ladrando amenazadoramente se aproximaron dos negras formas, los
sabuesos a los que llamaban Hopp y Ho. Cuando reconocieron a los invitados que
acababan de llegar, menearon las colas y les lamieron las manos.
El granjero vivía
en una cabaña al norte de la isla. Una vez levantado, Vifil reavivó el fuego
del hogar en la única habitación, medio subterránea, que constituía su morada.
El ambiente estaba cargado de humo y hedor. A través de la oscuridad uno podía
atisbar sus pocas y pobres herramientas —un cuchillo, un hacha, una red de
pescar, anzuelos de hueso, un plato de esteatita y otras cosas semejantes—, así
como la olla, los bastones rúnicos y las cuerdas extrañamente anudadas mediante
las cuales se decía que hacía magia. Era alto y flaco, con la barba blanca,
sucio y maloliente en sus apolilladas ropas de lana y en su manto de piel de
tejón. Con todo, bajo sus prominentes cejas, sus ojos no escudriñaban con
enemistad a los príncipes.
Regin le contó lo
sucedido. Vifil asintió; ¿conocía las noticias de antemano?
—Bien, espero que
puedas esconder a estos chicos —concluyó el sheriff—, porque, si tú no puedes,
entonces no conozco ninguna otra forma de salvarlos.
Vifil se tiró de
los pelos de la barba.
—Es un mal asunto
enfrentarse con ese Frodhi —masculló, pero finalmente estuvo de acuerdo en que
tenía la obligación de ayudarlos en la medida de lo posible.
Regin los abrazó
para despedirse.
—Ojalá que la
suerte no os abandone —dijo torpemente.
—Me parece que las
Nornas que les cantaban en la cuna no les anunciaron un destino ordinario —dijo
Vifil.
Regin se apresuró a
llegar a la orilla antes de que hubiese amanecido. Pasó el resto del día
moviéndose a sus anchas por el Isefjord, para asegurarse de que lo veían. De
esta manera, cuando Hroar y Helgi no apareciesen en su casa, la gente
adivinaría que se los habría llevado, pero no sabrían adonde.
Vifil los proveyó
de pan, queso y pescado seco antes de llevarlos a los bosques. Allá tenía un
sitio en donde almacenaba en frío la carne y la leche que le daban los pocos
animales que poseía. Era poco más que un hoyo con un techo de ramas y de
césped. Uno bajaba y salía de él por medio de un kraki, un tronco de abeto
cuyos tocones, al haberlo podado de ramas, formaban una especie de escalera.
Los tres se afanaron juntos, colocando de nuevo la maleza para enmascarar toda
huella de trabajo humano.
—Probablemente, los
hombres del rey vengan a inspeccionar la isla —dijo Vifil—. Frodhi no es tonto,
y sabrá que vuestro padre adoptivo y yo éramos antiguos amigos. Quizá no os
encuentren si os agazapáis aquí. Mientras tanto, que nadie os vea desde la costa.
Yo... haré todo lo que pueda.
No permitió que le
viesen hacer lo que hizo acto seguido, tanto en la cabaña como en un dolmen que
se alzaba en medio de retorcidos árboles.
Poco después, Helgi
y Hroar estaban completamente acomodados. Ningún muchacho puede afligirse por
mucho tiempo; y en cualquier caso, ellos nunca habían conocido de verdad a su
padre. Si tenían que dormir en la tierra desnuda..., bueno, pues ya lo habían hecho
antes a menudo cuando iban de caza. Que Vifil era un hombre de pocas palabras
no tenía nada de malo; al contrario, les dejaba tiempo para charlar de sus
sueños. Cuando el sol estaba en lo alto, debían permanecer dentro del bosque,
que ellos recorrían con Hopp y Ho jugando o persiguiendo nidos de pájaros. En
las noches luminosas, antes de descansar, podían nadar y hasta pescar. A veces,
mirando a través de las aguas la casa de Regin, les parecía un sueño que se
había marchitado, que había dejado de pertenecer a la realidad.
Pero su paz fue de
corta duración. Cuando una concienzuda inspección de la propiedad del sheriff
no pudo descubrirlos, Frodhi ordenó a sus hombres que registrasen el reino
entero. Cerca y lejos, al Norte, Sur, Este y Oeste, envió observadores;
prometió rica recompensa a cualquiera que le diese noticias de sus sobrinos, y
amenazó con torturar hasta la muerte a quien se atreviese a ocultarlos. Sin
embargo, ni una sola palabra útil llegó a sus oídos; y en la expresión de la
reina Sigridh empezó a añorar una glacial alegría.
Al final, Frodhi
llegó al convencimiento de que detrás de ello debía esconderse alguna magia, y
envió a buscar a aquellos que tuvieran conocimientos de lo oscuro.
III
Durante cierto
tiempo la gran mansión de Leidhra albergó a hechiceras y sabios en rápida
sucesión. Frodhi les dijo que usasen su clarividencia para explorar Dinamarca
de arriba abajo, tanto islas y arrecifes como la tierra firme. Pero no vieron
nada.
Después solicitó el
favor de los brujos, no solamente de los expertos en ensalmos y en pronosticar
sueños, sino también de los hombres que hervían pociones mágicas en calderas y
de los que se decía que cabalgaban en el viento nocturno o levantaban a los muertos
o convocaban a seres más temibles todavía. Eran, en su mayoría, vagabundos a
los que rehuía la gente de bien. Los mercenarios y esclavos de la casa
retrocedían ante ellos y hacían signos para protegerse de la maldición; los
miembros más corpulentos de la guardia no podían reprimir del todo un
escalofrío. Finalmente vinieron tres a los que Frodhi recibió bien, sentándolos
enfrente de él al otro lado del fuego y mandando a la reina que les trajese
personalmente de comer y de beber.
—Han cambiado los
días en que yo servía a reyes y guerreros —dijo con tristeza la mujer alta de
rubias trenzas—. Jamás seré la anfitriona de aquellos que tienen que descubrir
a los hijos de mi cuerpo.
Su nuevo marido le
echó una fría mirada.
—Sírvelos, Sigridh
mía —respondió; y ella se rindió.
Se cuchicheaba
entre los sirvientes, que a veces oían casualmente lo que sucedía en las
habitaciones reales interiores, que Frodhi la estaba amansando rápidamente, no
con golpes que habrían despertado su rabia, sino con lujuria experta e
inflexible voluntad. Era uno de los Skioldungos de baja estatura, rápido de
pies, más rápido todavía con la espada, y velocísimo y mortal en su astucia.
Lustrosos cabellos castaños y una tupida y recortada barba enmarcaban un rostro
enjuto, de nariz ganchuda y mirada glacial. Vestía bien: aquella noche llevaba
una diadema y un brazalete de oro, una túnica verde guarnecida de marta,
calzones rojos y polainas de cabritilla blancas.
Con Sigridh había
hecho un acuerdo legal, pagándole el weregild
por haber asesinado a Halfdan y haciéndole un costoso regalo de duelo
después que se casaron. Ella hablaba poco y nunca reía, pero sin duda esperaba
influir lo suficiente en él para salvar algo del naufragio. Respecto al resto
de los daneses, la mayoría le tenían aversión por los pesados tributos con que
los cargaba y por los juicios que pronunciaba cruelmente en provecho propio.
Pero como ningún otro Skioldungo estaba a la vista, la cólera de Odín caería
sobre aquella tierra si no estuviera regida por un hombre de su propio linaje.
Los brujos eran una
desaseada cuadrilla de raídos mantos negros. Por sus venas corría sangre
finlandesa. Después de que se hubieron recogido las mesas, se pusieron de pie,
colocaron sus ollas en el fuego, echaron las runas y chillaron sus desiguales
cánticos ante el sitial de Frodhi. En el poste de la derecha estaba tallada la
figura de Odín, padre de la magia; en el de la izquierda la de Thor, pero era
como si aquella noche la oscuridad envolviese al Portador del Martillo. En
algún sitio un lobo aulló, y maulló un gato montés, sonidos que no se habían
oído en las proximidades de Leidhra durante años. Los hombres se acurrucaron en
los bancos. Frodhi estaba sentado inmóvil, esperando.
Al final, el gris y
arrugado portavoz de los tres brujos dijo:
—Señor, sólo nos
hemos enterado de que los muchachos no están en tierra firme; sin embargo, no
están lejos de vos.
El rey se acarició
la barba y habló tranquilamente:
—Los hemos buscado
por todas partes. Me cuesta creer que puedan estar en las proximidades. No
obstante, ahora recuerdo que hay islas en la costa donde se encuentra la casa
de su padre adoptivo.
—Entonces, buscad
primero en la más cercana de todas, señor —dijo el brujo—. Nadie vivía en ella
excepto un pobre granjero. Sin embargo, había tal niebla alrededor de la isla,
que no hemos podido mirar en su vivienda. Pensamos que tiene que ser muy sabio
y de ninguna manera lo que aparenta.
—Bien, lo
intentaremos —dijo el rey—. Es extraño que un miserable pescador pueda ocultar
a esos individuos y atreverse a tenerlos a mis espaldas.
En verdad, una
espesa neblina se había levantado en Isefjord aquella noche. Por la mañana
temprano, Viril se despertó y dijo a sus protegidos:
—Hay cosas extrañas
volando, y poderosos fantasmas han llegado hasta nosotros. Los oí susurrar en
la oscuridad, todavía los oigo en la penumbra. ¡Levantaos, Hroar y Helgi
Halfdansson, y escondeos en mis bosques este día!
De un salto, se
apresuraron a cumplir su mandato.
Antes del mediodía,
una tropa de la Guardia Real cabalgó hasta la costa y comunicó a Regin que
debía suministrarles unas barcas. Para entonces, la niebla se había despejado y
la luz del sol brillaba en yelmos y lanzas. Vifil los saludó tan hoscamente como
pudo, en cuanto se dio cuenta de lo que estaban buscando. Después de varias
horas enteras, no consiguieron encontrar nada. Por la noche, Regin tuvo que
hospedarlos, cosa que hizo con poco esmero.
Al día siguiente
regresaron a Leidhra y comunicaron su fracaso al rey.
—Habéis sido malos
cazadores —atajó el rey—. Ese granjero es un maestro de la brujería. Volved de
nuevo y ved si podéis cogerlo por sorpresa.
Una vez más, los
hombres del rey fueron a registrar el lugar. Aunque Vifil les enseñó todo lo
que pidieron, no vieron ni rastro de sus presas. De nuevo tuvieron que volverse
con el rabo entre las piernas.
Mientras tanto, los
brujos habían contado más cosas a Frodhi acerca del misterio que se agazapaba
en aquella isla, y de la ceguera que ni ellos ni los que enviaban para espiar
por cuenta suya podían penetrar. Cuando escuchó al Mariscal de su Guardia, Frodhi enrojeció y palideció
alternativamente. Golpeó el sitial y gritó:
—¡Ya hemos tolerado
bastante a ese patán! Mañana por la mañana yo mismo me encargaré de la
búsqueda.
Al amanecer, Vifil
se despertó de un sueño pesado. Turbado, levantó a Hroar y Helgi y les dijo:
—Ahora las cosas se
ponen feas, porque vuestro pariente Frodhi está en camino, y buscará vuestras
vidas con todo tipo de engaños y de malicias. No estoy seguro de poder salvaros
—se tiró de la barba y meditó tristemente—. Si tratáis de permanecer todo el
tiempo escondidos en el almacén como antes, con el tipo de búsqueda que va a
emprender puede muy bien que os encuentre. Mejor os estáis revoloteando entre
la maleza y los árboles. Por supuesto, ojearán los bosques buscándoos, por lo
que necesitaréis esa guarida en el momento preciso... Bueno, permaneced a la
escucha. Y, cuando me oigáis llamar a los sabuesos, Hopp y Ho, recordad que es
a vosotros a quienes me refiero, y meteos bajo tierra.
Hroar asintió
sombrío, con el rostro sudoroso. Helgi sonrió; para él se trataba de un gran
juego.
El rey llegó, no a
caballo sino en un barco que había salido de lo que hoy llamamos el fiordo de
Roskilde. El casco soportaba muchos más hombres de los que las barcas de Regin
hubiesen podido transportar. Encallaron en un banco de arena, echaron el ancla,
y saltaron a tierra. Viril permaneció apoyado en un bastón, bajo los árboles
que estaban empezando a cambiar de color. Un frío y estridente viento se
levantó, revoloteando en las capas. Las puntas de las lanzas oscilaban, las
cotas de malla crujían.
—¡Cogedlo! —gritó
Frodhi.
A empujones
llevaron al granjero ante el rey.
Frodhi lo miró
ceñudo y dijo, recalcando bien las palabras:
—Eres un loco, y un
taimado, ¿verdad que sí? Dime en seguida dónde están mis sobrinos..., ¡porque
yo sé que tú lo sabes!
Vifil se encogió de
hombros.
—¡Salud, rey!
—respondió—. ¿Cómo puedo defenderme de una acusación semejante, cuando, si me
retenéis aquí, ni siquiera puedo mantener al lobo alejado de mi pequeño rebaño?
—los hombres de la guardia se estaban desplegando por el terreno, en dirección
hacia los bosques. Vifil llenó los pulmones de aire y gritó—: ¡Hopp y Ho,
alejad a las bestias!
—¿A quién estás
llamando? —preguntó Frodhi.
—Son los nombres de
mis perros —dijo el granjero con voz calmada—. Mirad todo lo que queráis. No
creo que encontréis por aquí a los hijos de ningún rey. Y, verdaderamente, no
entiendo lo que os hace pensar que yo estuviese ocultando nada de vosotros, un pobre
viejo como yo.
Frodhi gruñó,
ordenó a un guerrero que vigilase al isleño, y él mismo tomó el mando de la
caza. Aquel día descubrieron el almacén. Sin embargo, para entonces los
hermanos lo habían abandonado —después de que los ojeadores hubiesen pasado— y
estaban en las cimas de los árboles muy detrás de las tropas que avanzaban
hacia adelante.
Al anochecer, los
hombres regresaron a la cabaña. Vifil esperó. Temblando de rabia, el rey le
dijo:
—En verdad que eres
un tipo taimado, por lo que debería haberte matado.
El anciano le
devolvió la mirada y replicó:
—Eso está al
alcance de vuestro poder, si no de vuestro derecho. Así por lo menos habréis
obtenido algo de vuestra excursión. De otro modo, regresaréis a casa sin botín,
¿eh?
Frodhi apretó los
puños y miró en torno al círculo de sus guerreros. Su asesinato de Halfdan, una
vez que estuvo atado, no les había caído bien. Ordenar la muerte de un anciano
indefenso contra el cual no podía alegarse nada habría supuesto que le motejaran
de inhumano. No pocos le abandonarían en esa situación si un solo enemigo se
alzase contra él.
—No puedo hacer que
te maten —dijo Frodhi entre dientes—; pero es insensato dejarte con vida.
Se volvió y con
paso majestuoso se dirigió al barco.
La tripulación
llegó remando hasta la morada de Regin, donde pasó la noche. Ya en ella, pidió
al sheriff que le jurase fidelidad, como ya habían hecho los demás caudillos
daneses.
—Me dejáis poca
elección —dijo Regin—. Además de mis propiedades, tengo mujer, hijos y nietos.
Que así sea, entonces. Y respecto a la pregunta que me habéis formulado, os
diré lo que ya dije antes a vuestros hombres: no sé dónde están Hroar y Helgi
Halfdansson.
—No —se mofó el
rey—. No con un error de un pie o dos —sin embargo, no insistió más en el
asunto. No podía permitirse provocar a aquella gente que veía en Regin a su
jefe.
Vifil vio adonde
iba el barco, y adivinó o previó lo que sucedía. Llamó a los muchachos y les
dijo:
—Aquí no podéis
permanecer por más tiempo. Estaremos estrechamente vigilados, cada vez más,
conforme los hombres de la vecindad vayan perdiendo las esperanzas de destronar
a Frodhi. Esta noche os llevaré a la otra orilla. Apartaos de los caminos
principales hasta que hayáis salido del condado.
—¿Adonde iremos?
—preguntó Hroar.
—Bueno —dijo
Vifil—, como he oído que el conde Saevil es vuestro cuñado, pienso que debe
tener una gran casa, donde dos recién llegados no llamarán demasiado la
atención. Pero como ahora también es la mano derecha del rey, no os apresuréis
a daros a conocer a él ni a nadie. Los cachorros del lince tienen que moverse
cautelosamente.
IV
Saevil y Signy
residían cerca de Haven. Cada año, durante la pesca del arenque, aquella
aldehuela se llenaba de pescadores que habían recorrido las aguas hasta el sur
del Kattegat o hacia el Norte, fuera del Báltico; los mercaderes se les unían,
con lo que se formaba un bullicioso tumulto en las barracas de la ribera. En
otras estaciones, Haven se convertía en una base de barcos de guerra, que se
apostaban vigilantes para evitar que los vikingos se infiltrasen y hostigasen
las costas danesas. Por eso no era poca la responsabilidad que tenía Saevil, el
cual no era hombre al que Frodhi ofendiese gravemente adrede. Quizá una de las
razones del rey para casarse con la madre de Signy era tratar de establecer un
lazo que lo uniese con el conde de la ribera.
Cuando los ingleses
llegaron a esta isla por primera vez, sus principales construyeron sin duda
mansiones como las de las tierras del Norte. No hicieron más. Permitidme, por
tanto, que os hable sobre una de esas casas. Es un gran edificio de madera, con
tejados de césped o de tierra batida, a menudo con una claraboya; las cabezas
de las vigas están talladas en formas fantásticas. Si hay dos pisos, una
galería corre alrededor de los muros. Las ventanas tienen las contraventanas
echadas en el mal tiempo y, quizá, están cubiertas con pieles adelgazadas hasta
hacerlas transparentes. En el interior, se entra por un vestíbulo, donde se
limpia uno los pies y se dejan colgando las prendas exteriores. A no ser que el
señor sea desconfiado y mande a sus invitados que dejen aquí también las armas,
éstas se llevan a la habitación principal, en donde se cuelgan, para que el
brillo del metal y del cuero pintado de los escudos ayude a iluminar su
lobreguez.
El piso del suelo
de la casa es de tierra batida, espesamente cubierta de juncos, ramas de
enebro, o de otras cosas semejantes, que se cambian a menudo. Hacia la mitad
corren dos o tres zanjas, o a veces sólo una, donde ruge el fuego, que los
sirvientes alimentan con madera que cogen de unos montones que hay en el
extremo. En los flancos hay una doble fila de grandes pilares de madera, que
sostienen el piso de arriba, o, si no lo hay, las vigas. También están grabados
y coloreados, mostrando dioses, héroes, bestias y vides que se entrelazan.
Contra los muros entablados, plataformas de tierra, de dos o tres pies de alto,
levantan los bancos por encima del suelo. Hacia la mitad de uno de los muros,
generalmente el del norte, se encuentra el sitial del amo de la casa y de su
señora, sostenido por dos postes menores que son especialmente sagrados. En
línea recta a través de la cámara hay un asiento un poco inferior para los
invitados más honorables. Entre las armas colgadas detrás de los bancos hay
otras esculturas, pieles, cuernos, antorchas y velas de sebo y junco brillando
en sus soportes.
A la hora de las
comidas, las mujeres y los sirvientes ponen una especie de armazones enfrente
de los bancos y ajustan tableros sobre ellos. En estos tableros sirven la
comida y la bebida, que generalmente ha sido preparada en una cocina aparte por
temor a los estragos del fuego. Después se retiran las mesas, y cuando los
hombres han bebido lo suficiente, los de más alta posición se tienden en los
bancos para dormir; su séquito lo hace en el suelo.
Puede haber, en
cualquiera de los extremos, camas cerradas para el dueño y la dueña de la casa
y para los principales invitados; o bien pueden existir habitaciones
superiores; o quizá un cenador al lado de la casa, un estrecho edificio de uno
o dos pisos donde durante el día las mujeres hilan y tejen en una atmósfera
bien iluminada, y donde, por la noche los bien nacidos duermen libres de
ronquidos y de escuchas furtivas.
Alrededor de un
patio se agrupan las dependencias. Más allá de éstas se pueden encontrar las
casas, cobertizos para las vacas y talleres de las familias humildes; y una
cerca puede rodearlo todo. De este modo, muchas mansiones con su servidumbre
constituyen por entero una pequeña ciudad, llena de hombres y mujeres, niños y
animales en permanente bullicio, y desbordante de vida por sus charlas, sus
canciones, sus gritos, los trabajos del herrero, del panadero, del cervecero,
los juegos, las bromas, los noviazgos, los llantos, y todo lo que hacen los
seres vivos.
Además de los
moradores —el señor, la señora, los niños y los parientes; guerreros,
labradores, artesanos, artífices, mercenarios, esclavos—, con toda seguridad
hay visitantes. Algunos son hombres de la vecindad, que vienen a negociar algo,
a charlar un poco o a tratar de materias más profundas. Otros son invitados que
vienen de más lejos, como cuando hay una boda o es la fiesta del Yule . Otros son viajeros de paso. Y otros son
vagabundos, pasando malos días si es que alguna vez los conocieron buenos, y a
los que se da de comer y un poco de paja en el establo por el buen honor del
señor y por cualquier tipo de historias que puedan contar de cualquier otra
parte.
Hacia una casa
semejante se encaminaron Hroar y Helgi. Vifil les había dado comida para el
camino, y no les faltaron los arroyos donde beber. Sin embargo, fue un duro y
peligroso viaje. Así mismo les había remendado un par de mantos con capucha, y
despedido dándoles consejos perspicaces.
Llamaron poco la
atención cuando al fin entraron en el patio de Saevil y pidieron refugio. Aquel
año había muchas personas vagando por los caminos, a quienes las huestes de
Frodhi habían arrojado de sus tierras para apropiárselas a cuenta de su
salario. Los dos muchachos se sentaron tranquilamente en la oscuridad, y al día
siguiente echaron una mano para dar de comer a las vacas y limpiar los
establos. «Esperad vuestra hora —les había dicho Vifil una y otra vez—. Creced
primero, y luego véngaos.»
Después de una
semana, el capataz del ganado pensó que sería mejor que hablasen con el conde
si querían permanecer más tiempo. Se le acercaron al anochecer, cuando ya se
había bebido varios cuernos de cerveza antes de comer y se sentía jovial.
Mantuvieron las capuchas en las cabezas y los mantos sobre los hombros. En la
polvorienta y vacilante luz, ni Saevil ni su ocupada hermana Signy los
reconocieron. De todos modos, la familia rara vez había estado junta después de
que Regin se hiciera cargo de los muchachos. El conde se encogió de hombros y
dijo:
—Me parece que
podéis ser de poca ayuda; pero no os negaré la comida por algún tiempo más.
Helgi se sofocó y a
punto estuvo de hablar más acaloradamente, si Hroar no le hubiese dado un
apretón de advertencia. Musitaron las gracias, hicieron una reverencia y se
fueron.
Y durante tres
inviernos permanecieron con Saevil.
Apenas lo vieron ni
a él ni a su esposa, excepto en lo alto de su sitial o a caballo. La mayor
parte del tiempo hacían las más humildes tareas de guardar los rebaños,
cosechar y cuidar las aves del corral, más apropiadas para dormir en un montón
de heno o en una pradera que en una casa. Siempre guardaban el secreto de
quiénes eran. Hroar se llamaba a sí mismo Hrani, y Helgi era Ham, y explicaban
en pocas palabras que eran hijos de un pequeño granjero muerto en combate, que
habían sido expulsados de su tierra. Con el mismo propósito, siempre iban
cubiertos cuando estaban a la vista de cualquiera.
Algunos criados los
fastidiaban diciéndoles que debían tener los cráneos deformados o pechos como
mujeres. Ellos mantenían su boca cerrada y aguantaban. Cuando estaban solos,
podían contarse sus sueños sobre lo que algún día sería suyo, o desahogar su furia
en liebres y gallinas, o pasar hora tras hora magullándose en la práctica de
las armas, usando palos en vez de espadas y escudos hechos de tablas robadas.
Pero pasados los
tres años, Helgi tenía trece y realmente estaba empezando a crecer. Hroar, que
tenía quince, era más bajo, aunque enjuto y ligero; era el más sensato de los
dos.
El rey Frodhi había
estado en paz todo aquel tiempo, y así sus temores se habían apaciguado
bastante. Envió un mensaje para invitar a Saevil y Signy a una fiesta de
invierno. Cuando lo oyó Helgi, golpeó el suelo helado y dijo:
—Hroar, es nuestra
ocasión.
Y nada pudo hacer
su hermano para quitarle aquella idea. Al contrario, fue el otro el que le
contagió, hasta que ambos estuvieron impacientes por ejecutar su venganza.
V
Saevil se alejaba a
caballo con su señora y cuarenta hombres. Los traviesos Ham y Hrani le tiraron
del brazo y le pidieron permiso para acompañarlo. Lanzó una carcajada y dijo:
—Por supuesto que
no.
Poca nieve había
caído hasta entonces. El aire estaba helado bajo un cielo bajo y pesado como
una losa de pizarra. Los campos se extendían parduscos, los árboles sin hojas,
las granjas como encogidas hacia dentro. Aquí y allá una bandada de grajos se
mofaba: «¡Croac, croac!» En el camino resonaba el ruido de los cascos de los
caballos y de las ruedas. Contra aquel deslucido paisaje, las tropas del conde
aparecían refulgentes. Todos sus guerreros llevaban yelmos, y más de la mitad
tenían lorigas, que destellaban; los tonos azules y verdes, amarillos y rojos
de las capas aleteaban a su espalda; eran en su mayoría hombres jóvenes, cuyo
alborozo brotaba en bocanadas de vaho. Sus peludos caballitos trotaban
enérgicamente hacia adelante.
Signy iba en un
carro labrado y pintado, guarnecido de oro y plata, tirado por cuatro caballos
de pura raza meridional. Con ella iba el conductor, dos criadas que la servían,
y provisiones y regalos. Era una mujer de elevada estatura, cuyo rostro y cuyas
ambarinas trenzas reflejaban la hermosura de los Skioldungos. Bajo un abrigo de
piel vestía ropas de colores alegres y preciosos adornos. Pero en sus ojos no
se reflejaba ninguna alegría.
Traqueteando
lentamente sobre los senderos, su carreta iba al fin de la comitiva. De ahí que
oyese el alboroto a sus espaldas antes que su marido o sus hombres lo
percibiesen. Al volverse, vio que la alcanzaban dos sucios y harapientos
encapuchados.
Como a los animales
aptos para cabalgar se los habían llevado de la mansión, Ham y Hrani habían
atrapado en un corral un par de potros sin domar. Con bridas de soga y varas
cortadas de espino, de alguna manera habían conseguido que aquellas monturas
los llevasen sobre sus lomos. El efecto que producía contemplar los corcóveos,
saltos y respingos de las bestias era de lo más extravagante. Ham se sentaba
detrás, vociferaba, agitaba los brazos, y se comportaba en todo como un loco.
Hrani cabalgaba más sobriamente. Con todo, fue su caballo el que dio tal brinco
que poco faltó para que se le cayese la capucha. Signy vio unos hermosos
cabellos revolotear en torno de una cara en la que, a través de la suciedad, de
la delgadez y del desaseado vello de la barba, reconoció los rasgos de su
padre. Recordó..., y quizá, durante los tres años pasados, ¿no había empezado
ya ella a sospechar?
—¡Hroar! —dijo con
voz entrecortada, como si él la hubiese apuñalado—. Entonces..., entonces tu
compañero tiene que ser Helgi.
Hroar luchó con su
corcel hasta que logró dominarlo. Se cubrió de nuevo y buscó a su hermano, que
se movía torpemente. Signy ocultó la cara entre las manos y lloró.
A lo largo de la
formación fue pasando la voz de que ella tenía algún problema. Saevil cabalgó
hacia atrás. Era un hombre moreno, de barba partida, dado a mantener su propia
opinión. Allí en el carro, bajo la asustada mirada de sus sirvientes, estaba
sentada su esposa llorando. Se puso a su lado y le preguntó qué le pasaba. Lo
que ella le contestó no necesita imaginárselo un narrador posterior. Se
esperaba de los bien nacidos que pudiesen hacer un verso en cualquier ocasión,
y cierto talento para el arte de los escaldos corría por sus venas.
Ha llegado el fin
de los príncipes
Skioldungos.
El roble ha caído,
sólo quedan las
ramas.
Mis queridos
hermanos
cabalgan a pelo,
mientras la gente
de Saevil
marcha a la fiesta.
El conde permaneció
inmóvil en la silla de montar durante un instante, hasta que dijo, muy
severamente, mirando al conductor y a las muchachas:
—Grandes noticias,
pero que no trasciendan.
Picó espuelas hasta
los muchachos. Éstos desmontaron para ofrecerle sus respetos y escucharle más
atentamente.
—¡Volveos a casa,
críos desvergonzados! —rugió—, ¡Debería colgaros! ¡No está vuestro lugar en una
tropa de hombres de verdad! —giró rápidamente su caballo y se volvió a medio
galope.
Helgi sintió un
escalofrío.
—Si se le ocurre...
—comenzó a decir.
Hroar lo atajó.
—Si se te ocurre
pensar, hermano, recordarás cómo movió la mano sin que su séquito lo viese. Nos
dio una advertencia, no una amenaza. Y mira, nuestra hermana está llorando.
Debe de haberme reconocido y habérselo dicho. Y él no quiere que nadie más lo
sepa.
—Bien —dijo Helgi—,
¿qué haremos ahora?
No tenían ningún
plan establecido. Solamente esperaban observar cómo iban las cosas mientras los
tomaban por imbéciles y, después, hacer lo que mejor les pareciese. Intentar
acercarse lo suficiente al rey Frodhi para clavarle sus cuchillos, y luego,
antes de que los hombres de la guardia los hubiesen asesinado, decir a gritos
quiénes eran. Pero Hroar llamaba a esto soñar despierto.
—Mejor no seguimos
con estos rocines —decidió el hermano mayor—. Sería un abierto desafió a
Saevil. Y si entonces no nos castigase, los demás se preguntarían por qué. De
todos modos, están más preocupados de lo que se merecen. Dejémoslos en aquel
corral y sigamos a pie.
Y eso hicieron.
Cuando empezó a anochecer, Saevil y Signy fueron hospedados por un labrador.
Sus gentes desplegaron afuera los cálidos sacos de dormir. Hroar y Helgi
tiritaban hambrientos en la espesura.
No tuvieron que
viajar muy lejos, sin embargo. Frodhi no estaba pasando el Yule en Leidhra,
sino en una mansión más pequeña que tenía al norte de Haven. La mayoría de los
reyes se pasaban parte del año viajando, ya fuera para reunir noticias, para
atender reclamaciones o para pronunciar juicios, o sea, para afianzar su poder.
Además, la verdad sea dicha, había que limpiar, airear y acicalar de vez en
cuando las residencias principales.
Aquella extremidad
de Selandia está continuamente azotada por el viento y es una tierra de páramos
y colinas arenosas, escasamente poblada. La mansión y sus dependencias se
elevaban solitarias, lindando al norte con una extensión ondulada de brezo que
en invierno se ponía gris, y al sur con un misterioso bosque de árboles pelados
que parecían esqueletos; apenas se divisaba una granja a lo largo de millas
vacías. La mayoría de los meses nadie residía allí, excepto unos pocos
vigilantes, que cuidaban, mataban, ahumaban y salaban las vacas y cerdos que
luego se comerían los invitados. El edificio principal tenía una sola planta, y
una sola puerta en la fachada principal; por la parte de atrás confinaba con un
cobertizo.
Frodhi el
Pacificador había construido la mansión por dos razones. Primera, porque el
sitio estaba prácticamente a mitad de camino entre la costa norte, donde vivían
los pescadores, y la bahía Oeste, donde los granjeros araban los brezales y los
cazadores y carboneros recorrían los yermos. Segunda, porque allí había un
grupo de robles más altos que en ningún otro sitio de la zona, donde siempre se
habían celebrado sacrificios. Una mansión que estuviese cerca de aquel lugar
ganaría en santidad, y cuando su propietario la habitase sería el sacrificador
principal y el que se dirigiese a los dioses.
Por aquel motivo,
su nieto Frodhi había escogido pasar allí el Yule. Entre los paganos, los ritos
del solsticio de invierno honran sobre todo a Thor, que se encuentra entre
nuestra tierra y los gigantes del hielo y de la noche interminables. Se cree
que, en la víspera, todo tipo de trolls y de espectros andan sueltos por la
tierra; pero al día siguiente el sol vuelve de nuevo a casa y renace la
esperanza.
Pero aún había más,
pues el rey quería conversar con diferentes caudillos, para sondearlos y ganar
su amistad haciendo uso de una generosidad que interiormente le repugnaba. Por
eso, durante unos días, las carretas no dejaban de rechinar yendo y viniendo,
trayendo comida, cerveza, hidromiel y regalos —brazaletes dorados y demás
joyas, armas, pieles, vestidos, arneses y cuernos para beber recubiertos de
plata, copas de cristal y monedas acuñadas de los lejanos países del Sur—. En
los corrales se apiñaban las vacas, ovejas y caballos que iban a ser
sacrificados a los dioses y servidos a la gente. Los siervos ocupaban los
lugares más humildes que podían encontrar. Entonces llegaron el Rey, la Reina y
la Guardia Real.
Como él había
pedido a los principales nobles que fuesen a verle trayendo cada uno de ellos
su séquito, las tropas de Frodhi eran menores en aquella ocasión de lo
acostumbrado. Aparte de los sirvientes, sólo había llevado sus berserkir y una
selección de esos jóvenes hijos de terratenientes que más a menudo entraban al
servicio del rey —escogidos sobre todo por su apariencia, por sus maneras y su
garbo—. A los demás les dio permiso para que pasaran la estación sagrada con
sus familiares. Como ya he dicho, Frodhi empezaba a mentir asegurada su
soberanía.
Pronto empezaron a
llegar los invitados, hasta que el lugar se convirtió en un atronador remolino
de voces. La mayoría de los habitantes del condado se quedaron en casa. No
habría espacio dentro para ellos, y no les agradaba el pensamiento de acampar
al aire libre la víspera del Yule. Cierto número de vagabundos se aventuró a
ir, para disfrutar de comida y cerveza durante unos pocos días de sus famélicas
existencias. Entre ellos se encontraba una bruja conocida como Heidh. Cuando
Frodhi se enteró de su presencia, dijo que entrase en la mansión.
VI
Hroar y Helgi
llegaron al lugar a media tarde, una hora o dos después que lo hiciese la
comitiva del conde Saevil. Se mezclaron sin dificultad con la muchedumbre que
atestaba el patio. Se habían abierto barriles, y distribuido pan, queso y
comida fría a todo el que le apeteciese; el olor a buey asado salía de la
cocina, calentando la atmósfera inclemente. Los hombres reían y fanfarroneaban,
las damas charlaban mientras escudriñaban los vestidos y adornos de las otras,
los niños tropezaban jugando, los perros se quejaban.
Entre su propia
inexperiencia y la inspiración que una copa o dos de cerveza pueden dar a un
vientre vacío, los hermanos cumplieron por completo su propósito de comportarse
como unos simples. Corrieron por los alrededores, dieron vueltas de campana,
contaron bromas disparatadas, se pusieron boca abajo, agitaron las piernas en
el aire, y en todo se manifestaron como unos estúpidos que sólo sabían gritar.
Así la gente solamente los miraba con desprecio, o se apartaba de ellos.
El día llegó a su
fin. En aquella época del año, era poco más que una trémula luz entre dos
oscuridades que la aniquilaban. Los invitados pasaron al interior. Frodhi
exigió que dejasen las armas en la habitación de la entrada. La excusa que dio
fue que la víspera del Yule los hombres siempre bebían demasiado, por lo que
era muy posible que estallase una disputa, y si un metal afilado se encontraba
a mano, aquello podía perfectamente transformarse en una pelea sangrienta. Pero
la verdad era que no se fiaba de ellos. Claro está que tuvo que dar la misma
orden a sus propios guerreros; cualquier otra cosa hubiese sido un insulto
imperdonable. Pero, estando armados únicamente con los cuchillos de comer,
difícilmente atacarían a las tropas de la casa, que, sobrepasadas en número o
no, de todas formas estaban formadas por expertos luchadores.
La habitación de la
entrada, por lo tanto, pronto estuvo atestada e iluminada. A pesar de los
grandes fuegos y de muchas llamas menores, las cámaras posteriores seguían
pareciendo lóbregas. Los respiraderos no estaban funcionando bien, por lo que
se estaba formando una neblina azul que escocía en ojos y pulmones.
Cuando se
introdujeron entre la multitud, los muchachos se pusieron rígidos de repente.
Reconocieron a un hombre sentado cerca del asiento del invitado de honor que
Saevil y Signy debían compartir. Robusto, encanecido, toscamente vestido, debía
de haber permanecido allí todo este tiempo.
—¡Regin! —gritó
Helgi con alegría—. ¡Antiguo padrino!
Se dirigió hacia el
sheriff. Hroar lo agarró por el manto.
—Estáte quieto,
cabeza hueca —le susurró el hermano mayor—. ¿Es que quieres que nos maten?
Helgi obedeció,
pero no pudo evitar saltar y danzar a lo largo de la sala. Hroar tuvo que
llamar al orden a su hermano. A través de la atmósfera en penumbra y maloliente
y de la gente que parloteaba y se abría paso a codazos, echó un vistazo hacia
el sitial. Allí estaban sentados su tío y su madre. El rey se inclinaba hacia
delante, hablando con gran solemnidad con una vieja de aspecto miserable que
llevaba un cayado. De tal manera que no se fijaba en lo que hicieran los demás.
Al otro lado estaba Signy. Su marido todavía no se había reunido con ella. Los
fuegos rugían elevando por los aires llamaradas rojas, azules, amarillas,
echando chispas y esparciendo un oleaje de calor. Entre vastas y corcovadas
sombras brillaba el oro en los brazos de Signy, en su garganta, en los
enrollados bucles que llevaba por debajo de su tocado. Estaba haciéndoles
signos a sus hermanos.
Hroar instó a Helgi
a ir a su encuentro. Se plantaron ante ella, sus caras exultas por las
capuchas. La de ella estaba tensa y ojerosa. Les hizo señas para que se le
acercasen y les susurró palabras poco amistosas, de modo que sólo ellos
pudieron oírlas en todo aquel estrépito:
—No os quedéis aquí
en la sala. ¡Idos! Disponéis de pocas fuerzas.
Helgi empezó a
responder. Hroar lo empujó hacia delante. No sería apropiado que viesen a la
dama del conde suplicando a dos simples. Se fueron al extremo de la sala y se
sentaron en cuclillas entre perros y vagabundos a la espera de cualquier cosa
que el rey ordenase que les diesen o que se dignasen arrojarles los nobles.
Comenzó la fiesta.
Buena y abundante fueron comida y bebida: los trincheros estaban repletos de
jugosa carne; rebanadas y hogazas de pan se apilaban en las bandejas junto a
recipientes de mantequilla y queso, los criados acudían incesantemente a
mantener los cuernos llenos de cerveza o de hidromiel. Sin embargo, no había
alegría. La conversación zumbaba aburrida y taciturna. Unos cuantos jóvenes
invitaron a las doncellas a sentarse y a beber a su lado. Un escaldo se puso a
cantar viejas trovas y otras recientes en loor del rey Frodhi, pero sus acentos
parecían difuminarse entre el humo. Sólo se oía de verdad el rugido del fuego,
alborotando y chisporroteando sobre los carbones candentes.
Aquella falta de
calor humano se debía al humor mismo del anfitrión. Estaba sentado encerrado en
sí mismo y sin apenas hablar, despidiendo frío como un iceberg. La reina
Sigridh parecía completamente afligida, retorciendo sus dedos sin cesar.
Al final se
retiraron las mesas. El rey se levantó e hizo el signo del Martillo sobre una gran copa de plata que apuró acto
seguido. A continuación le tocaba el turno al dios de la tierra, Freyr. En su
honor, se debería haber transportado un verraco hecho de oro, para que quienes
lo deseasen pusiesen las manos encima y ofrecieran votos.
En lugar de
aquello, Frodhi dijo, con voz átona y los labios apretados, mientras la
melancolía se cernía sobre su cabeza:
—Quiero que sepáis
que la mala fe se encuentra entre nosotros esta noche, sí, y también la
voluntad homicida. Si no acabamos con ello en seguida, seguramente los dioses
se sentirán agraviados, y podemos esperar que el próximo año haya escasez o
algo peor —guardó silencio durante un instante; se vio relucir el blanco de los
ojos de los presentes al caer sobre él; algunos invitados no pudieron evitar
una tos, por feo que pareciese—. Una bruja me ha dicho —prosiguió Frodhi—, que
huele el peligro cerca, procedente de mi propia sangre.
»Bien, ya sabéis
cómo he perseguido a los hijos de mi hermano y mi señora. Quiero curar la
herida, restablecer la paz que debería haber entre parientes. Sin embargo,
siempre se me han escapado. ¿Por qué sino con la esperanza de levantarse y
matarme? ¿Y quién podía estar rondando por aquí, deseándome daño, sino esos
dos?
»Recompensaré
abundantemente, y perdonaré cualquier cosa que antes haya hecho o tramado
contra mí, a cualquiera que me diga dónde se encuentran Hroar y Helgi
Halfdansson.»
La reina Sigridh
intentaba no llorar. El rey Frodhi miraba a su alrededor, sin poder distinguir
bien en la oscuridad. Además, las caras de los hombres como el conde Saevil y
Regin eran frías e impenetrables.
—Ponte de pie,
Heidh —ordenó el rey—, y dime lo que necesitas para que yo conozca lo que he de
conocer.
La mujer se levantó
del asiento cojeando. Las sombras se combinaban con sus harapos mientras el
resplandor del fuego enrojecía sus despeinados cabellos grises. Se apoyó en su
cayado y habló en voz baja.
Helgi y Hroar
seguían acuclillados en el suelo, entre los hediondos mendigos, sin soltar sus
cuchillos. Un sabueso les olió el sudor y gruñó.
Frodhi habló a sus
asustados siervos. Trajeron una mesa de practicar brujerías. Como a menudo
había tratado con hechiceros, tenía cosas semejantes en todas sus mansiones.
Era un alto taburete de madera de haya cuyas tres patas eran de fresno, olmo y
espino. Heidh lo colocó delante del rey y ella misma se encaramó como un cuervo
sobre el taburete. Cerró los ojos, movió sus marchitas manos, y murmuró.
No había ningún
hogar encendido entre el sitial regio y el lugar de honor enfrente de él.
Frodhi miró de soslayo a Signy y Saevil. El conde estaba sentado inmóvil —los
tallados pilares parecían tener más movimiento en aquella luz intranquila—,
pero su esposa respiraba fuerte y su mirada iba de un sitio a otro. Heidh se
hundió en el silencio.
—Bueno, ¿qué has
visto? —chilló Frodhi—. Sé que se te han desvelado muchas cosas. Veo que has
tenido suerte. ¡Contéstame, bruja!
Ella abrió sus
mandíbulas y jadeó. Un cascado graznido brotó de su boca:
Aquí hay dos
en quienes yo no
confío,
esos que se sientan
al lado del
fuego...
El rey tembló. Su
mano se crispó en la empuñadura de su puñal.
—¿Te refieres a los
muchachos — preguntó— o a quienes los ocultan?
Dijo ella:
Esos que estaban
allí con Vifil
y que tenían
nombres de
sabuesos,
Hopp y Ho.
Al oír esto, Signy
la interpeló:
—¡Bien dicho, sabia
mujer! Has hecho más de lo que podía esperarse de ti — quitándose su brazalete,
tiró la pesada joya de oro a través de la habitación, hacia el regazo de Heidh.
La bruja lo cogió
al vuelo.
—¿Quieres
explicarme qué significado tiene? —dijo Frodhi con voz áspera.
Heidh le miró y
luego a Signy y luego otra vez a él.
—Disculpadme, señor
—dijo ella—. ¿Qué fue ese despropósito de que hablé? Todos mis hechizos han
fallado su destino durante todo el día.
Estremeciéndose y
tragando saliva, Signy se levantó para irse. Frodhi también se puso de pie,
amenazó con el puño a la bruja y vociferó:
—¡Si no sueltas lo
que tienes que decir, te torturaré hasta que lo hagas! De momento no sé más que
antes de lo que piensas sobre los que están en esta mansión. ¿Por qué se ha
levantado Signy del asiento? Me pregunto si los lobos no estarán aquí en consejo
con las zorras.
—Yo... os suplico
que me dejéis salir —balbució su sobrina—. Me he puesto enferma del humo.
Frodhi la miró
ferozmente. Saevil le dio un tirón para que volviera a sentarse a su lado.
—Seguramente otro
cuerno de hidromiel le hará sentirse mejor —dijo afablemente el conde. Hizo
señas a una doncella, que se apresuró, castañeteándole los dientes, a servir a
su esposa. Ella bebió largamente. Él se inclinó, rodeó su talle con el brazo
como para sujetarla, y le susurró al oído:
—Estáte quieta.
Permanece en tu sitio. Los muchachos todavía pueden salvarse, si es ése su
destino. Hagas lo que hagas, no muestres lo que piensas. Tal y como están las
cosas no podemos hacer nada para salvarlos.
Frodhi casi chilló:
—¡Di la verdad,
bruja, o te despedazaré y te echaré al fuego!
Heidh se encogió
ante él. Sin embargo no soltó el brazalete, sino que se quedó boquiabierta,
esforzándose por continuar con sus hechizos, hasta que profirió:
Veo sentados
a los hijos de
Halfdan,
Hroar y Helgi,
los dos robustos.
Vienen a ejecutar
su venganza en
Frodhi...
«A no ser que
alguien se apresure a impedirlo, pero decir esto sin duda sería poco sabio»,
añadió por lo bajo y, saltando del trípode, cacareó:
Con dureza los
miran
a Ham y a Hrani.
Han crecido los
niños
que son dignos de
un reino.
Un revuelo de
susurros se hizo entre los hombres de Saevil que recordaban los nombres.
—¿Ham y Hrani?
—dijo el rey—. ¿Quiénes? ¿Dónde?
Pero la adivina, a
su manera, había advertido a los hermanos. Se habían acercado cautelosamente,
mezclándose con los mendigos, hasta la puerta del cobertizo. Cuando estalló el
tumulto, se deslizaron fuera y huyeron hacia los bosques.
—¡Alguien ha salido
corriendo! —vociferó un mendigo.
—¡A por ellos!
—chilló el rey.
Seguido de sus
guerreros se precipitó hacia aquel extremo de la casa. Regin se levantó de su
asiento. Dando traspiés, como si estuviese impaciente por prestar ayuda, pero
bastante borracho, tiró al suelo unas cuantas antorchas de sus soportes. Los
hombres de su séquito vieron lo que sucedía e hicieron otro tanto. La oscuridad
y el tumulto llenaron el espacio más allá del fuego de la última zanja. Los
hombres de Regin fueron detrás de los de Frodhi. Para cuando se puso orden en
la confusión, no había ni rastro de los muchachos. Fuera no había nada salvo la
niebla.
Frodhi se mordía el
bigote cuando regresó. Sigridh y Signy sollozaban abrazadas. Heidh se había
escabullido por la puerta de la entrada llevándose su brazalete de oro. Pero
poco le importó a Frodhi. Cuando las luces se encendieron de nuevo, permaneció
de pie ante todas las miradas atónitas y dijo a los concurrentes con amargura:
—Otra vez los he
perdido. Aquí parece haber mucha gente en connivencia con ellos, a la que
castigaré en su momento. Mientras tanto, los que parecéis tan contentos de que
hayan escapado, podéis seguir bebiendo.
—Señor —dijo Regin
entre hipos—, vos nos malinterpretáis. Seguramente mañana habrá más fortuna que
hoy. Esta noche, bebamos en verdad... como amigos... porque ¿quién sabe cuánto
tiempo más dejarán las Nornas que sigamos al lado de aquellos a quienes amamos?
Y pidió a gritos
que le trajeran cerveza. Inquietos por lo que había sucedido, los hombres del
rey y la mayoría de los presentes se sentían contentos ante la posibilidad de
emborracharse tanto como sus gaznates se lo permitiesen. Regin —y, después de
que Regin se lo hubiese susurrado, Saevil— pasó la contraseña entre su séquito.
—Simulad que estáis
tan borrachos como los demás, pero mantened despierta la cabeza. Están en juego
los hados poderosos, y nosotros estamos lejos de casa.
Pronto se alzaron
las voces y las risas, chillonas, no verdaderamente de felicidad, pero que por
lo menos conjuraban el silencio de la noche. Corrió la borrachera hasta que las
tropas de la casa y muchos más cayeron dormidos, unos apoyados sobre otros. Para
entonces, Frodhi y Sigridh se habían ido a la cama. Por eso Saevil y Regin no
atrajeron la atención cuando condujeron a su gente a un establo que se había
limpiado y cuyo piso se había cubierto de paja y de pieles debido al aluvión de
invitados, aunque aquel alojamiento no estaba destinado para ellos. En la sala
sólo resonaban ronquidos que parecían de cerdos y el chisporroteo de los
mortecinos fuegos.
VII
Durante aquellas
horas, la brisa despejó los encapotados cielos. Acurrucados y tiritando en un
soto al borde de los bosques, Hroar y Helgi veían parpadear los signos
celestes: la Osa Mayor, la Osa Menor, en cuyo extremo está la Estrella Polar,
el Huso de Freyja, y otros más hasta que la tierra se volvió gris y la mole de
la mansión apareció oscura bajo la luz helada.
—No hemos
conseguido nada —dijo Hroar.
—Al contrario,
hemos hecho mucho —le replicó Helgi—, porque ahora la gente sabe que los hijos
de Halfdan viven. ¡Mira! ¡Allá!
Un hombre venía a
caballo de los establos, atravesando el espacio abierto entre las viviendas y
los bosques. Al principio era una mancha y un fragor rítmico de cascos. Cuando
estuvo más cerca, lo reconocieron.
—¡Regin! —gritó
Helgi. Y corrió a su encuentro, con Hroar detrás—. ¡Oh, padrino, te hemos
echado tanto de menos!
El sheriff no los
saludó. La oscura silueta de él y de su corcel dieron media vuelta y regresaron
hacia la mansión. Dolidos, los muchachos le miraban boquiabiertos. El frío les
mordía más profundamente los huesos.
—¿Qué pasa?
—susurró Hroar. La luz de las estrellas se reflejó en sus lágrimas—. ¿Reniega
de nosotros? ¿Va a contárselo a Frodhi?
—No, nunca lo
creeré de él —dijo Helgi con expresión vacilante.
Regin volvió grupas
a su caballo. Por segunda vez se les acercó. Sacó la espada y, cuando estaba
encima de ellos, vieron que fruncía el ceño. Hizo como si fuese a herirlos.
Hroar se sofocó pero permaneció en su lugar. Helgi chasqueó los entumecidos
dedos y dijo en voz baja:
—¡Eh!, me parece
que sé lo que quiere decir.
Regin envainó la
hoja, tiró bruscamente de las riendas, y de nuevo cabalgó hacia la mansión. Iba
a un paso muy moderado. Helgi apremió a Hroar, y lo siguieron de cerca.
—No comprendo —dijo
este último, débilmente.
Helgi le respondió
con voz resonante:
—Mi padrino se
comporta así porque no quiere romper el juramento que hizo a Frodhi. Por eso no
quiere hablarnos; pero de todas formas quiere ayudarnos.
Se acercaron,
rodeando el patio. Unos perros ladraron. Ningún hombre se levantó, ni había
nadie vigilando. La sombra de unos árboles amenazantes se tragó a Regin. Los
jóvenes lo oyeron hablar en voz alta:
—Si tuviese que
vengarme por algo grande del rey Frodhi, quemaría este bosque.
Acto seguido
espoleó al trote su caballo, rodeó el edificio principal y desapareció de su
vista.
Los muchachos se
pararon.
—¿Quemar el bosque
sagrado? —se preguntó Hroar—. ¿Qué puede significar esto?
Helgi aferró a su
hermano por el brazo.
—No los árboles.
Dice que prendamos fuego a la mansión, lo más cerca posible de la puerta.
—¿Cómo podemos
hacer eso nosotros, dos simples muchachos, con todo ese poder que está en
contra de nosotros?
—No se puede evitar
—gruñó Helgi—. Alguna vez tenemos que atrevernos, si es que al fin queremos
vengarnos del daño que nos han hecho.
Después de un
instante, y hablando lentamente, dijo Hroar:
—Sí. De acuerdo.
Aquí hay gente que sabrá que lo hemos hecho nosotros. Y si damos el primer
paso, algunos de ellos nos seguirán, en consideración a nuestro padre y con la
esperanza de que los tratemos mejor que Frodhi. Una oportunidad como ésta puede
que no vuelva a presentársenos.
—¡Vamos, entonces!
—rió ruidosamente Helgi.
Impacientes o no,
se movieron haciendo uso de todo el sigilo y disimulo que habían aprendido
cazando. Y, sin lugar a dudas, el corazón les martilleó con fuerza cuando
volvieron a entrar en la mansión.
Las armas
amontonadas brillaban en la habitación de la entrada. La cámara posterior era
una oscuridad atestada de humo amargo, calor, olor a humanidad y de los
ronquidos de los borrachos. Los hogares del fuego relucían con un rojo apagado,
pero apenas se distinguían los dioses de los pilares que sostenían las vigas.
Con mano insegura,
los herederos cogieron los equipos de combate. De nuevo afuera, se ayudaron el
uno al otro a ponerse la camisa y la cofia de guata, el yelmo con el protector
para la nariz, la loriga de cota de malla cuyo peso sólo sintieron por un breve
instante, la espada a la cintura y el escudo en la mano. No les sentaban
demasiado mal los que habían escogido, si pensamos que Hroar tenía quince años
y Helgi trece, aunque crecido para su edad.
—¡Armas de hombre!
—dijo Helgi aturdido de la alegría—. Después de pasar tres años como esclavos,
¡por fin guerreros!
—¡Silencio! —le
amonestó Hroar, aunque la esperanza también había expulsado en él el invierno
de su alma.
Lo más
sigilosamente posible, se llevaron todo lo que pudieron de la habitación de la
entrada y lo dejaron en el suelo. Luego se deslizaron a la habitación
principal. Apoyándose en manos y rodillas, fueron a tientas entre los cuerpos
tirados por el suelo. Cuando alguno se removía o rezongaba, se quedaban
helados. Sin embargo, una marea de seguridad los impulsaba hacia delante.
Ningún muchacho piensa realmente que puede morir.
En uno de los
hogares encontraron astillas no apagadas del todo, que cogieron para
llevárselas afuera. La luz que brotaba de ellas les prevenía de no dar un
tropezón que pudiese despertar a nadie. Helgi llevaba una astilla más entre los
dientes.
Una vez bajo las
estrellas, se irguieron. Avivaron los tizones hasta que de nuevo aletearon con
vida. Empinándose lo más que podían, trataron de prender fuego a los aleros que
caían hacia abajo.
Al principio no
prendieron. Helgi masculló una serie de juramentos. Hroar trabajaba
pacientemente, intentando primero en un sitio y luego en otro.
Por fin brotó una
llama. Era diminuta, de color azul pálido, un pájaro de Surt recién salido del cascarón, sumamente frágil.
Temblando en la gélida brisa, se encogió entre dos estremecimientos y pió una
débil cancioncilla como para mantener el ánimo. Pero durante todo el rato no
dejó de alimentarse, y creció; ahora era el viento el que le insuflaba
fortaleza; se irguió temerariamente, se pavoneó de sus brillantes plumas, miró
alrededor y crepitó dando la bienvenida a las hermanas que habían aparecido.
La madera de la
mansión estaba vieja y gastada. El musgo que crecía en las rendijas se había
secado con la caída de las hojas. La brea del tejado embebía el fuego como en
otro tiempo en los pinos había embebido el sol del estío.
Helgi se apostó a
la puerta de la entrada.
—Si se despiertan
los de dentro antes de que este camino esté bloqueado —dijo—, tendremos que
mantenerlos a raya hasta que estén bien cocidos —frunció el ceño—. ¡El
cobertizo! Mejor será que vayas a prenderle también fuego.
—¿Qué pasa con
nuestra madre? —se inquietó Hroar. Con la emoción no se había acordado hasta
entonces de la reina Sigridh.
—Oh, los guerreros
siempre permiten que salgan las mujeres, los niños, los siervos y gente por el
estilo —dijo Helgi—. Pero... —calló repentinamente y se dio la vuelta. Del
patio salía una banda de hombres armados.
A su cabeza iba
Saevil. Se volvió a sus hombres y les habló:
—Avivad el fuego y
ayudad a estos muchachos. Vosotros no tenéis ninguna obligación hacia el rey
Frodhi.
Se apresuraron a
obedecer. Muchos llevaban ya antorchas, los demás se alinearon con los
príncipes. Helgi vitoreó. Hroar tartamudeó:
—Se... señor
Conde...
Saevil se acarició
la barba.
—Me parece que de
aquí en adelante tú serás mi señor..., Hrani —murmuró.
—Hay una salida por
el cobertizo...
—Regin se ocupa de
ello.
El sheriff se les
unió. El resplandor del fuego creció hasta que brincó sobre el metal y atrajo a
los severos rostros fuera de la sombra. Sin embargo, todavía no había
prosperado mucho el incendio. Ni el ruido ni el calor despertaron al rey
Frodhi.
Se removía en su
cama cerrada. Una cama semejante es de escasas dimensiones, porque los que la
utilizan duermen en ella sentados. El colchón crujía bajo él.
—¡Uf, uf! —se
sofocaba—. Se está tan apretado y oscuro aquí dentro como en una tumba —corrió
la cortina. Un sangriento resplandor se arrastró hasta él desde los hogares del
fuego.
—¿Qué pasa?
—preguntó a su lado la reina Sigridh.
Suspiró hondamente
antes de gritar:
—¡Despierta!
¡Despertad, mis leales! He tenido un sueño que no presagia nada bueno.
Por mucho que
hubieran bebido, sus guerreros se habían acordado de permanecer a su lado. La
llamada los sacó bruscamente de su sueño.
—¿Qué sucede, mi
señor? —preguntó un hombre. En el hedor de las tinieblas, parecía tener la
forma de un troll.
Frodhi resopló en
busca de aire.
—Te diré lo que
sucede. Soñé que alguien nos gritaba: «Por fin has llegado a casa, rey, con tus
hombres.» Y alguien preguntó, con un tono macabro: «¿Qué casa?» Entonces
gritaron tan cerca de mí que hasta llegué a sentir la respiración del que
gritaba: «¡La casa de Hel , la casa de Hel!» Y me desperté.
—¡Oooh! —gimió
Sigridh.
Los perros que
había dentro de la casa no habían advertido nada, mientras dormían, por lo que
valiese la pena ladrar. En aquel momento, también ellos se removieron,
olfatearon la primera vaharada de muerte y armaron una tremenda barahúnda.
Los de fuera lo
escucharon. Era necesario tranquilizar los temores hasta que la trampa se
hubiese cerrado de manera efectiva. Frodhi tenía dos herreros que eran ambos
buenos operarios, ambos llamados Var, que significa «Prudente». Regin exclamó:
Fuera está
Regin (que puede significar «lluvia»)
y los hijos del
rey,
fieros enemigos;
se lo digo a
Frodhi.
Un prudente forjó
clavos,
un prudente las
cabezas,
y para un prudente,
un prudente
forjó clavos
prudentes.
Un hombre de la
Guardia refunfuñó:
—¿A cuento de qué
vienen ahora unos versos? Que está lloviendo, o que los herreros del rey estén
trabajando, poco importa...
Frodhi respondió,
ceñudo:
—¿No te das cuenta
de que son un aviso? Les encontraremos un significado diferente, estáte seguro
de ello. Regin me juró fidelidad, y por eso me advierte del peligro. Pero ese
sujeto es astuto y solapado.
La mayoría de los
que después discurrieron sobre ello pensaron que Regin mantuvo así su palabra
diciendo que Hroar —un prudente— estaba realizando algo tortuoso que Helgi
—otro prudente— ejecutó, mientras que Regin —un tercer prudente— avisaba de
ello a un cuarto prudente que era el mismo Frodhi. El sheriff jamás le había
prometido que no le daría las noticias en forma de acertijos tan retorcidos que
no resultase fácil interpretarlos.
No encontrando
reposo, Frodhi se levantó poco después. Echó un manto sobre su cuerpo desnudo y
fue a la habitación de la entrada. Allí descubrió que el tejado estaba
ardiendo, que las armas habían desaparecido y que unos hombres armados
esperaban fuera. Después de parpadear habló firmemente:
—¿Quién controla el
incendio?
Helgi y Hroar
dieron un paso hacia delante. En sus jóvenes rostros no había piedad.
—Nosotros —dijo
Hroar—, los hijos de tu hermano Halfdan a quien asesinaste.
—¿En qué términos
queréis la paz? —preguntó Frodhi—. Resulta indecoroso entre parientes que uno
busque la vida de otro.
Helgi escupió.
—Nadie puede
confiar en ti —dijo—. ¿Estarías menos dispuesto a traicionarnos de lo que
estuviste con nuestro padre? Esta noche lo pagarás.
Un rescoldo cayó
sobre Frodhi y le chamuscó el cabello. Retrocedió a la sala gritando que todo
el mundo se aprestase a la batalla.
Los hombres de la
Guardia no tenían cotas ni escudos ni armas mejores que cuchillos de mesa.
Echaron leña en los hogares para iluminarse y rompieron los muebles para
hacerse con palos y arietes. Algunos de los invitados los ayudaron. Los demás
estaban demasiado aturdidos, y no hacían más que tropezar farfullando en busca
de la salida.
De común acuerdo,
juntos, al menos en la medida en que las estrechas puertas lo permitían, los
hombres del rey atacaron. La mayoría cayeron, alanceados o cercenados o
traspasados conforme salían. Un puñado, llevando un banco entre ellos, irrumpió
violentamente entre el enemigo y ganó cierto espacio. Las gentes de Saevil los
rodearon. Uno era un berserkr, un gigante peludo del que se había apoderado el
frenesí. Aullaba, echaba espuma por la boca, hacía oscilar su maza que era uno
de los soportes del sitial, y golpeaba con ella sin prestar atención a los
cortes y estocadas que se clavaban en su desnudo cuerpo. La estrelló sobre un
yelmo, que vibró y se desfondó; el hombre que lo llevaba quedó muerto.
Helgi salió de la
línea que estaba guardando la puerta, y se lanzó contra el berserkr.
—¡Nooo!
—vociferaron a un mismo tiempo Saevil y Regin, horrorizados.
El príncipe no los
escuchó. Se apostó con los pies separados, las piernas dobladas y tensas, el
escudo cubriéndole el cuerpo desde debajo de los ojos, la espada inclinada
sobre el hombro. Después de tres años ensayando con tablas y palos, era como si
aquellos ejercicios bien hechos cobrasen vida. La maza cayó con rabia. Aflojó
la rodilla derecha y así rápidamente lo esquivó. El golpe rozó meramente el
borde del escudo. Fue suficiente para hacerlo tambalear y que la muñeca
izquierda le doliese durante días. Pero su hoja ya estaba en movimiento.
Silbaba por encima del escudo. Mordió profundamente en el cuello del berserkr.
La sangre brotó a borbotones. Se derrumbó. Por unos instantes luchó por
levantarse. Luego perdió la vida y quedó allí en medio de un charco creciente.
—¡Tu primer hombre,
tu primer hombre! —Saevil abrazó a Helgi. Regin se apresuró a acudir a la parte
trasera de la casa.
Frodhi no había
estado en aquella carga a la desesperada. Cogió a su esposa por el brazo.
—Ven —dijo—. Quizá
nos quede todavía una salida.
Corrieron al
cobertizo. Apostados en la puerta estaban los nombres de Regin y el mismísimo
sheriff.
—Nosotros los
Skioldungos no somos una raza de larga vida —dijo Frodhi, y se volvió.
El último de los
hombres del rey había muerto. Las llamas seguían creciendo, devorándolo todo a
su paso sin limitarse al tejado. Se propagaron a los muros. Martilleaba el
calor. La casa crepitaba llameante. Helgi gritó con su desigual voz de
muchacho:
—¡Que salgan las
mujeres y los criados, y los hombres que sean amigos de los hijos de Halfdan!
¡Rápido, antes de que sea demasiado tarde!
No eran muchos. La
mayoría de los criados, siervos y mendigos habían dormido en otra parte y
estaban reunidos aterrorizados, contemplando el fuego. Unos pocos se
arrastraron fuera, y bastantes de los que salieron eran pequeños propietarios
que habían sido invitados, aquellos que no habían trabajado de manera infame al
servicio de Frodhi. Balbuceaban de la esperanza que siempre habían tenido de
que llegase aquel maravilloso día.
—Pero, ¿dónde está
mi madre? —preguntó Hroar.
Sigridh fue a la
puerta. Las llamas brotaban de los lados y de arriba.
—¡Aprisa! —gritó
Helgi. Ella se detuvo, con un manto que le ceñía el vestido, y miró a sus
hijos.
Finalmente dijo
(apenas podían escucharla a través del rugido del fuego):
—Bien os habéis
vengado, Hroar y Helgi, os deseo toda clase de bienes para la vida que os
aguarda. Pero respecto a mí, abandoné a un marido después de su muerte. Mal
hablarían de vuestra madre, queridos míos, si ahora ella abandonase a su
segundo marido mientras todavía estaba vivo —alzó una mano—. Mis bendiciones
para vosotros.
Y entró de nuevo en
la casa.
Los hermanos
chillaron e intentaron seguirla. Los hombres, rápidamente, los contuvieron. La
puerta se derrumbó con estrépito. El tejado comenzó a desplomarse. Las
estrellas se borraron en la humareda. El ruido se hizo insoportable y ahogó el
llanto de Hroar y de Helgi.
3
La historia de los
hermanos
I
l conde y el
sheríff se llevaron a los príncipes a Leidhra. Allí convocaron un Thing, y,
cuando los hombres estuvieron reunidos, les contaron lo sucedido. Mientras
estaban subidos en la elevada piedra , los jóvenes vieron desenvainar las
espadas, cuyas hojas relucieron un instante en lo alto para golpear los
escudos, mientras la multitud gritaba aclamándolos como a sus reyes.
Ellos, a su vez,
prometieron comportarse de acuerdo con las antiguas leyes, impartir justicia y
devolver las tierras de las que la banda de Frodhi se había apropiado. Dieron
las gracias al marido de su hermana, Saevil, por la ayuda prestada, así como a
su padre adoptivo Regin, y a los hombres de ambos; y repartieron regalos a
muchos, regalos procedentes de la gran mansión y de los almacenes que ahora
eran suyos.
Desde allí viajaron
por toda Dinamarca acompañados por sus dos mayores y una tropa bien armada. En
cada condado fueron reconocidos como señores.
En el camino, Hroar
preguntó a Helgi si estaba de acuerdo en que se repartiesen el gobierno entre
ellos, uno en Selandia y otro en Escania. Regin se tiró de la barba y dijo:
—No estoy seguro de
que sea sensato, si recordamos lo que antes sucedió.
Helgi se ruborizó.
—Nunca empuñaré una
lanza contra mi hermano —dijo—. Permaneceremos juntos y compartiremos todas las
cosas.
Se quedarían en
Leidhra. Y como Escania necesitaba un hombre de confianza que se hiciera cargo
de ella, se la ofrecieron a Saevil. Éste aceptó, y se fue hasta allí con Signy
y los niños, viviendo largo tiempo en paz. A menudo, él y sus cuñados se
invitaban recíprocamente; pero en líneas generales, Saevil queda al margen de
la saga.
Los nuevos reyes
eran muy diferentes. Hroar siguió siendo de baja estatura, aunque ágil y
diestro. Era de habla suave, no dado a mostrar más de lo que resultaba
conveniente, apacible, amistoso y de espíritu profundo. Helgi, al contrario,
creció hasta ser descomunalmente alto y fuerte, llegando a ser reconocido como
el más poderoso guerrero de la región. Era tumultuosamente alegre cuando no se
le contrariaba, y generoso, y la gente buscaba su casa con cualquier excusa
porque sabían que la comida, la bebida y el regocijo fluían a raudales en ella.
No tenía término medio: o se vestía tan toscamente como el más humilde granjero
o con las más lujosas pieles y telas, equiparándose al tesoro escondido de un
dragón el oro que lucía en los brazos y alrededor de su cuello. Para
contrapesar lo dicho, hay que agregar que era impetuoso, impaciente, despiadado
con cualquiera que contrariase el cumplimiento de sus deseos, y excesivamente
irritable cuando se sentaba en consejo.
Algunos pensaban
que Hroar era como su padre Halfdan, y Helgi como el tío Frodhi, y temían que
se produjese la ruptura. Pero esto nunca se produjo. El amor entre los dos
hermanos permaneció inquebrantable mientras ambos vivieron.
El primer año
debieron estar en continuo movimiento, aprendiendo los entresijos de su reino,
obligando a sus lugartenientes a que les fuesen leales. Así no hubo razón para
preocuparse de que les ocasionasen ulteriores problemas. Hroar se estableció
tranquilamente para dominar el oficio de la realeza, mientras Helgi se
entrenaba en la lucha y en los caminos del mar.
Y aquel trato
funcionó. Tan pronto como el tiempo lo permitió al año siguiente, Helgi
encabezó una expedición de guerreros. Siempre habían hostigado la región bandas
de salteadores y nidos de vikingos, lo que había ido a peor bajo Frodhi. Helgi
recorrió los bosques y las aguas, persiguiéndolos con el fuego y la espada, con
el hacha y la soga; los labradores bendijeron su nombre. Al principio viajó
bajo la guía de expertos guerreros. Para el otoño, éstos reconocieron que ya no
los necesitaba.
Pasó el invierno en
una ronda de joviales fiestas, mientras planeaba los viajes del verano. Estos
consistieron en una expedición por la mayor parte de Jutlandia, Fyn y todas las
islas que pudo, comerciando, peleando y explorando aquellas tierras para una
posterior visita.
Cuando Helgi se
había ido aquel año, Regin, que entonces ya era conde, fue a visitar a Hroar.
Aparte, sin que nadie los oyese, estuvieron hablando.
—Estoy mal —le dijo
al rey su padre adoptivo—. Cada vez con más frecuencia me duele el corazón, que
palpita como un pájaro tratando de escapar de la jaula. Me gustaría, antes de
que me vaya, poder apuntalar con una viga más fuerte la casa de los Skioldungos.
Hroar le apretó la
mano. Nada más era necesario entre los dos. Regin prosiguió.
—He inquirido al
respecto, y enviado a algunos de mis hombres para que lo averigüen. Creo que he
encontrado una esposa para ti que no solamente te traerá una rica dote y
sólidos amigos, sino que es la dama que te conviene.
—Siempre he hecho
bien al seguir tus consejos —dijo Hroar en voz baja.
Se trataba de
Valthjona, hija de Aegthjof, el principal conde de Götaland y pariente cercano
del rey. De esta manera, Hroar conseguiría tener alguien que hablase a su favor
en aquel reino situado entre el suyo y el de los suecos Ynglingos.
Se entablaron
conversaciones al respecto, con envío de mensajeros y regalos. Antes del Yule,
Valthjona llegaba a Leidhra. Era una mujer robusta y de buen aspecto, firme
cuando era necesario y amable en caso contrario, perspicaz y resuelta. Ella y
Hroar fueron felices juntos.
Poco después de que
el Martillo los hubiese santificado, Regin murió. El pueblo lo consideró una
pérdida irreparable. Los reyes le dieron entierro en un barco cargado de
lujosos bienes, y levantaron un túmulo que dominaba el Isefjord, como si desde
él tratase de ver donde yacían los huesos del viejo Vifil. Aasta no sobrevivió
mucho a su marido, también ella tuvo túmulo y regalos de despedida de sus
ahijados.
—Ahora tenemos que
apoyarnos en nuestra propia sabiduría, tal cual es —dijo Hroar, entristecido.
—Si eso nos falla
—respondió su hermano—, tenemos nuestra fuerza.
—Nuestro bisabuelo
tenía más poder que nosotros, y sin embargo cayó —los dedos de Hroar se
deslizaron por su reciente barba, aún rala. Estaban sentados solos en una
habitación de la galería, en donde sólo una lámpara de piedra ahuyentaba la
noche. El aire era el del crudo invierno—. Ahora estamos más protegidos por el
Este que antes, gracias a Regin. Pero tenemos pocos amigos por el Oeste a ambos
lados del Gran Belt.
—¿Quieres decir que
debería buscarme una esposa?
—Bueno, deberíamos
empezar a pensar en ello.
—Hum. Todavía soy
demasiado joven.
—No para la vida
que solemos tener los Skioldungos.
De vez en cuando en
los meses que siguieron, Hroar volvió a recordar el asunto. Helgi lo dejaba a
un lado, generalmente con bromas. No era a causa de su timidez. Casi lo primero
que hizo Helgi cuando vinieron a Leidhra, después de la muerte de Frodhi, fue
llamar a una sierva a su lecho. Desde entonces, si no estaba en el mar, rara
vez dormía solo.
—Estás engendrando
hijos que luego pueden socavar el reino para apoderarse de él —le respondió
Hroar.
—Oh, no he tenido
que coger a ninguno en mis rodillas y darle un nombre —rió Helgi—. Nunca he
tenido a una muchacha demasiado tiempo. Las mando de vuelta al trabajo, o a su
casa con un regalo si no son siervas, y eso es todo.
—No obstante,
aunque no hablemos de los parientes políticos, deberías reconocer a los niños.
—Déjame, ¿quieres?
—y Helgi se marchó ofendido de la casa.
Sin embargo,
meditó, sombrío, en ello, hasta que al final decidió asombrar al mundo
mostrándole cómo podía dirigir sus propios asuntos —y, al mismo tiempo, llevar
a cabo una empresa que lo haría famoso fuera de Dinamarca—. Con este propósito
envió dos espías en secreto, mientras abiertamente reunía barcos y hombres,
prometiendo, una vez llegado el verano, emprender una expedición para ganar
riquezas.
No pocos jóvenes se
sintieron felices de unírsele. Después de la siembra, una gran flota salió
remando de Haven.
Hroar se había
opuesto a ello.
—Ya tenemos
bastantes vikingos y enemigos cerca de casa, sin necesidad de convertirnos en
vikingos nosotros mismos.
Pero Helgi había
replicado:
—Los hombres no
querrán ir bajo nuestro estandarte si no les damos la posibilidad de conseguir
un botín —y no se dejó convencer.
Sus barcos fueron
Sund abajo, siendo su confesado propósito el de asolar las costas meridionales
del Báltico. Entonces, en Mön, cuando habían desembarcado, Helgi dijo a sus
capitanes que primero girarían al Oeste. Después de que él les descubriese por
primera vez sus planes, algunos dijeron que era demasiado arriesgado. Se les
hizo callar y no tardaron en estar de acuerdo. Recordad que eran jóvenes. El
mismo Helgi no tenía más que dieciséis inviernos.
II
Los sajones habían
nacido en el istmo de la península de Jutlandia. Como todos los pueblos
nórdicos, aparte de los finlandeses, hablaban una lengua que los demás podían
comprender. Conforme fue creciendo su número, comenzaron a expandirse, llegando
a ocupar reinos desde el Elba hasta el Rin... y también Inglaterra, junto con
sus parientes anglos y jutos. Unos pocos se mantuvieron en su viejo país.
Uno de aquellos
reinos estaba en la isla de Ais, entre Flensborg y los fiordos de Aabenraa. Sus
señores procedían de Odín y de Freyr a un mismo tiempo, aunque también corría
por sus venas sangre de las tribus vendas , que moran hacia el Este, más allá
del Bosque de Hierro, y que no hablan ni como los daneses ni los finlandeses.
Aunque valientes, carecían de gran número de hombres y debían prestar fidelidad
y pagar tributo en tierra firme a los reyes de Slesvik.
El último de
aquellos regios vasallos se llamaba Sigmund. Se había casado con una hija de su
señor Hunding. Ella le dio una niña a la que llamaron Olof, pero ningún hijo
varón que sobreviviese a la temprana muerte de la madre. Esto hizo que Sigmund
educase a su hija como si fuese un muchacho, llevándola de caza, enseñándole el
juego de las armas, contándole hazañas guerreras, dejándola que escuchase
cuando hablaba con hombres. De tal suerte, Olof creció dura y arrogante,
despreciando las tareas femeniles, incluso a veces llevando escudo y loriga,
espada en la cintura y yelmo en la cabeza.
Su padre tampoco
llegó a una edad avanzada. Cuando murió, su abuelo el rey Hunding de Slesvik
temió una lucha por el trono que pudiese independizarlo de él. Por eso apremió
a los hombres de Ais a que tomasen por reina a Olof. Aquello no era
completamente insólito entre los sajones; además, los más sabios caudillos
estuvieron de acuerdo en que era preferible a cualquier desorden. Y así se
hizo.
Después murió
Hunding y fue su reino el que cayó en desorden. Astutamente, jugando con los
diversos bandos y enfrentándolos a los unos con los otros, la reina Olof fue
capaz de hacer lo que se le antojase. En sus planes no entraba tomar marido.
Aunque era considerada como el mejor partido del Norte —siquiera porque la isla
estaba bien situada tanto para la guerra como para el comercio—, despidió a
todos los pretendientes que tuvo, y no muy cortésmente que digamos.
No era muy amada de
su propio pueblo, que la encontraba demasiado despótica y avariciosa. Sin
embargo, no era lo suficientemente malvada para levantarse contra ella,
teniendo en cuenta que era el último miembro de la familia real y, en
consecuencia, seguramente estaba bajo la protección de sus antepasados los
dioses.
Así habían estado
las cosas durante varios años cuando los barcos de Helgi pusieron proa hacia su
reino.
Él sabía que Olof
pasaba los veranos en la costa este de la isla. Allí tenía una morada, que no
llegaba a mansión, sino simplemente una casa con algunas dependencias, con el
Pequeño Belt enfrente y millas de bosque verde detrás. Era un lugar donde podía
cazar, lo que le gustaba mucho, y donde rara vez tenía que dar a los forasteros
comida o regalos, de lo que se preocupaba bien poco.
La casa se
levantaba en un risco con una amplia vista sobre la playa y el mar. Así, ella
podía advertir la presencia de barcos con el tiempo suficiente para pedir
ayuda, o, en el peor de los casos, huir rápidamente tierra adentro. Helgi se
encontraba oculto detrás de la isla de Lee, al otro lado del Belt, esperando a
que se levantara la niebla, lo que no tardó en suceder, dada la época del año.
La flota cruzó en hilera, los hombres remando sigilosamente. A menudo, en la
espesa y húmeda grisura, el timonel que iba en la popa de un barco no podía
distinguir al vigía de proa del siguiente. Unas sogas les servían de enlace. A
la cabeza iba el rey. De piloto llevaba a un pescador que conocía de memoria
todas las mareas, corrientes, escollos y ensenadas de aquellos estrechos.
Atracaron casi en su mismísimo destino. Helgi envió guerreros a tierra y
después ancló debajo del risco.
La niebla se
despejó repentinamente hacia el atardecer —y allí estaban los enjutos cascos de
los barcos destellando con las cotas de malla y las lanzas, mientras los
guerreros haraganeaban sonrientes por las lindes de los bosques—. No hicieron
ningún signo hostil: el mástil del navío insignia mostraba en lo alto el escudo
pintado de blanco que significa paz. En cualquier caso, la reina estaba
acorralada y sobrepasada en número más allá de toda esperanza.
Con una tensa calma
en el rostro recibió a los mensajeros.
—Helgi Halfdansson,
rey danés, saluda a Olof Sigmundsdottir, reina de Ais, y se declara dispuesto a
aceptar su hospitalidad —le comunicaron. No le quedaba otra opción que
mostrarse prudente, y ordenar que tanto él como sus hombres fuesen sus
invitados.
Recorrieron
ruidosamente el camino de la playa y entraron en el patio: eran jóvenes,
turbulentos como el viento del mar, altivos como águilas. Olof esperaba en su
sitial. La luz del crepúsculo doraba la cabellera y la poblada barba de él, que
entró y la saludó. Se miraron fija y solemnemente a través de las sombras que
los separaban.
Helgi era más alto
que la mayoría de sus altos guerreros, ancho de pechos y de hombros, de caderas
estrechas, nariz aguileña, cabeza y mentón prominentes. Unos ojos de fuego azul
danzaban en un rostro moreno como el cuero. Iba toscamente vestido y la humedad
todavía goteaba de su cota y capa; pero los brazaletes de oro resplandecían en
sus sólidos antebrazos, e incrustado de oro brillaba el mango de su espada.
Olof era más bien
de baja estatura, aunque de aspecto agradable, y el ejercicio de la caza le
había dado una inusual gracia de movimientos. Era de cabeza redonda, ancha de
pómulos, nariz y boca; sus ojos eran grandes, del mismo color moreno oscuro que
su pelo recogido; en conjunto, era bien parecida, y no muchos años mayor que
Helgi. Lo miró provocativamente, y le dio la bienvenida con voz apagada.
—He oído hablar
tanto de vos —rió él—, que no he podido evitar haceros una visita —sin esperar
a que se lo ofreciesen, se reunió con ella en su sitial y ordenó a un criado
que les trajese de beber.
—Esmeraos —dijo
Olof a su gente—. Que nuestros invitados no echen nada en falta.
Preparar comida
para tan grande e inesperada compañía requirió tiempo. Mientras tanto, la
cerveza y el hidromiel corrieron libremente. Los daneses atestaron la casa,
vociferaron, trataron de apoderarse de las mujeres, se pavonearon jactanciosos
y se emborracharon. Helgi y Olof, sentados uno al lado del otro en el sitial,
tenían casi que gritar para entenderse. Ella le dejó llevar el mayor peso de la
conversación —que recayó sobre él mismo—, a lo que él no se opuso en absoluto,
y menos todavía cuando estuvo borracho. Ella no parecía sentirse incómoda.
Cuando finalmente
estaban comiendo, él dijo:
—Debes haber
adivinado que he venido aquí para algo más que una fiesta. Así es: quiero que
bebamos nuestra cerveza nupcial esta misma noche.
Ella se puso tensa.
—Vais demasiado
deprisa, señor.
—No, no —Helgi
agitó una chuleta de buey—. Aquí hay suficiente gente para una boda. Grande
será mi honor y beneficio si obtengo una reina de tan alta alcurnia y, hum, tan
útil como tú para mí solo. Más tarde podemos bendecirlo, y hablar de dotes y
regalos y de lo que sea. Pero esta noche dormiremos juntos, tú y yo.
—Si tengo que
casarme —respondió ella, con los nudillos que se le pusieron blancos de apretar
fuertemente la empuñadura del cuchillo—, en ese caso no conozco a ningún hombre
que tenga más merecimientos que vos. Confío en que no haréis que me avergüence
por ello.
Helgi la miró
impúdicamente.
—En verdad es
magnífico que tú, con lo engreída que eres que vivamos juntos mucho tiempo es
lo que yo quiero.
—Hubiera deseado
que hubiese más amigos míos presentes —dijo Olof—. Pero seréis satisfecho.
Estoy segura de que os comportaréis decorosamente conmigo.
—¡Sí, sí, sí! —dijo
Helgi sin mayor miramiento. La atrajo hacia sí de un tirón, aplastó su boca
contra la suya y empezó a toquetearla a la vista de todo el mundo. Luego se
puso de pie y vociferó para comunicar la noticia.
Los daneses
rugieron de júbilo. Los sajones no sabían qué hacer, excepto aquellas muchachas
que se reían con risitas sofocadas en los rincones oscuros al lado de los
navegantes. La reina Olof se levantó, como si su túnica no se hubiese ensuciado
ni su peinado deshecho, y habló:
—Bebamos para
celebrar las nupcias lo mejor que tengamos. ¡Descorchad el vino!
A veces, los
mercaderes del Sur lo traían a estos lugares. Era poco conocido en cualquier
otra parte del Norte. Helgi dio un alarido al probarlo. Olof sonrió —en la
mortecina luz poblada de sombras pareció una verdadera sonrisa— y le sirvió una
y otra vez en la profunda noche.
Nadie advirtió que
ella sólo pretendía aparentar beber tanto como él, excepto sus hombres de
confianza, a quienes había susurrado que hiciesen otro tanto.
Finalmente Helgi
dijo, entre eructos, que la llevasen a la cama, pues de otro modo su noche de
bodas tendría lugar por la mañana. Gritando, aullando, desgañitándose con las
más obscenas bromas y canciones, aquellos daneses que todavía podían tenerse en
pie, portando antorchas, la escoltaron a través del patio a una habitación
interior para pasar la noche. Es la costumbre nórdica que la novia sea
conducida por delante del novio. Se supone que de este modo se espanta a los
seres malignos, y que las palabras groseras traen amor e hijos. Pero a Olof no
la esperaban flores y ramos verdes; ni le habían hablado largamente de
antemano, ni tenía viejos amigos a su alrededor en aquel día especial de su
vida, ni había sido santificada, ni llevaba su guirnalda de doncella en señal
de ofrenda a Freyja.
La tropa volvió a
por Helgi.
—Dentro de un
momento, dentro de un momento —gruño—. Bribones, no permitiré que acabéis el
vino sin mí.
La noche ya se
estaba desvaneciendo cuando salió tambaleándose. Pocos eran los que estaban
suficientemente despiertos para poder acompañarle. Cerraron la puerta tras él,
le gritaron obscenamente sus últimos votos de felicidad, y dando tumbos
volvieron a reunirse con los demás en el profundo sueño.
Una débil lámpara
iluminaba la habitación..
—¡Ven aquí! — gritó
Helgi, palpando en busca de la reina—. Quítate la ropa.
—Tiéndete —murmuró
ella, guiándolo hasta el lecho—, y en seguida estaré contigo.
Eso hizo. Ella
desapareció de la vista, como si estuviese preparándose. No había transcurrido
mucho cuando oyó que roncaba.
Sin duda, ella
aguardó un instante, mientras lo contemplaba tumbado en la cama, dando vueltas
una y otra vez a un cuchillo entre sus manos. Sin embargo, por muy borrachos
que estuviesen, sus guerreros eran demasiados para los pocos hombres de su
Guardia. Y más aún, matarlo en aquellas circunstancias significaría una disputa
sangrienta con los poderosos Skioldungos. Pero ella ya había decidido lo que
iba a hacer.
Algunos dicen que,
entonces, le clavó a Helgi una espina soporífera para evitar que se despertase.
Otros sostienen que no fue necesario.
Se deslizó afuera
en la fría oscuridad, bajo las pálidas estrellas, y habló a sus hombres. No se
atrevieron a sacar un caballo; pero entre ellos había un corredor de fondo
sumamente rápido. Emprendió en seguida el camino, bosque a través. Olof fue a
buscar lo que necesitaba, y volvió acompañada de una pareja de sus hombres para
que la ayudasen.
—¿Es esto prudente?
—oyó que le preguntaban.
Irguió su cabeza.
—Tengo que pensar
en mi honor —respondió ella—. Con vergüenza hay que vengar la vergüenza.
Ataron al rey;
cogieron tijeras y navajas, y le cortaron todo el pelo de su cuerpo; luego lo
untaron de brea; lo metieron junto con un montón de trapos en un saco de cuero,
lo ataron para cerrarlo; y finalmente los hombres lo llevaron abajo a la playa.
Al amanecer, bajo
las órdenes de Olof, sus hombres despertaron a los daneses —utilizando sin
ningún reparo cubos de agua fría— y les dijeron que Helgi ya estaba en su barco
y que quería zarpar, aprovechando que había marea baja y viento favorable.
Salieron tan
rápidamente como pudieron, abotargados por la borrachera, sin apenas recordar
dónde se encontraban. Cuando llegaron a la costa, no vieron al rey por ninguna
parte «En seguida vendrá», pensaron confundidos. Entretanto descubrieron un
grueso saco de cuero. Les entró curiosidad de ver lo que contenía.
Desataron los nudos
y descubrieron a Helgi en un estado lamentable. Se le había pasado el efecto de
la espina soporífera, si es que alguna vez existió tal cosa, y se despertó de
un sueño feliz. Deliraba de rabia.
Entonces oyeron
sonar cuernos, pies que corrían y galopes de cascos, ruidos metálicos, voces
que gritaban. Recortados contra el cielo de la mañana en la cima del risco,
divisaron una hueste de guerreros contra los cuales hubiera sido desesperado
entablar combate, especialmente abatidos como estaban por el dolor de cabeza y
la resaca. Remaban muy torpemente. Durante un buen trecho los siguieron las
burlas de los sajones; y después los gritos sarcásticos de las gaviotas.
III
Enorme fue el
asombro cuando se supo, después de que aquella historia se difundiera
ampliamente, que la reina Olof se había mofado de un rey de la talla de Helgi
Halfdansson. Los habitantes de Ais la miraron con temor reverencial. Eso hizo
que su altivez y terquedad creciesen fuera de toda mesura. Al mismo tiempo, a
partir de entonces siempre llevó una fuerte guardia a dondequiera que fuese.
Por lo que a Helgi
respecta, se encontraba en tal estado de humor que nadie se atrevía a hablar
del asunto en su presencia, ni siquiera a mirarle prolongadamente. Llevó la
flota a Wendland como había prometido,
donde se comportó con una temeridad, matando y quemando, que dejó estupefactos
hasta a los más duros de su tripulación. Ganaron cada batalla que emprendieron,
y en el otoño volvieron a casa cargados de botín y de esclavos. Helgi no
mostraba ninguna alegría.
Al desembarcar en
Haven dio a regañadientes unas cuantas órdenes acerca de cómo debían descargar
y cuidar de los barcos, cogió un caballo y partió solo al galope.
El rumor había
llegado a Leidhra. Cuando llegó Helgi, Hroar fue a buscarlo a su casa. Subieron
a una habitación de la galería para poder hablar sin que nadie los oyese.
—Te habría
preparado una fiesta de bienvenida —dijo apaciblemente el hermano mayor—. Pero
me pareció que este año preferirías que no lo hiciese.
—En realidad, no
habría acudido —musitó Helgi, mirando al piso.
—Sobrevivirás a
ello —dijo Hroar.
Helgi se
encolerizó.
—¡Es una vergüenza
para nosotros!
—¿Y quién la trajo?
—replicó Hroar, de pronto cortante—. ¿Quién la merece?
Helgi alzó el puño
como si fuese a golpearlo, luego gruñó, bajó precipitadamente la escalera y se
marchó de la casa.
Durante todo aquel
invierno se mantuvo tan apartado como le fue posible, violento con los
inferiores, y brusco y avariento con los de más alto rango. Los hombres se
susurraban al oído sus temores de que la sangre del alma más oscura de los
Skioldungos estuviera bullendo en su interior. Después de que empezase a
mantener conversaciones secretas con aquellos de sus guerreros que siempre le
habían sido más incondicionales, muchos pensaban que estaba conspirando para
hacer lo que había hecho Frodhi.
Pero cuando la
oscuridad menguó ante la luz diurna, la nieve se derritió en rápidos arroyos, y
las cigüeñas y las golondrinas volvieron a casa, Helgi empezó a estar más
calmado. Las gentes de su casa supieron que estaba ocupado, preparando algo,
pero lo que fuese no se lo dijo a nadie excepto a unos pocos elegidos. Una
mañana de verano temprano, habían partido, el rey y el más veloz de sus barcos.
Se alzó el mástil y
se desplegó la vela del cuervo, que voló bajo el favorable viento, viento que
restallaba frío y salado, besando las mejillas y los cabellos despeinados. Las
olas retumbaban y gorjeaban, el rocío saltaba por encima de sus arrugadas crestas
grises y de sus azules depresiones oscuras, con los rayos del sol filtrándose a
través de las nubes, encendiendo en ellas fuegos verdes. El casco saltaba,
cantaban las traviesas, rasgueaban las jarcias de piel de morsa. Helgi empuñaba
el timón. Cuando la tierra que era suya onduló a su lado a estribor, sonrió por
primera vez en casi todo un año.
Cuando Mön quedó a
popa, ordenó que colocasen en la proa la cabeza de dragón que anunciaba la
guerra.
Sin embargo, el
navío viajaba cautelosamente, desviándose de cualquier bajel que apareciese en
el horizonte, sin hacer ningún alto. Al llegar al Pequeño Belt estuvieron al
pairo hasta que oscureció, y entonces empezaron a remar hacia el Norte, a la
luz de la luna.
Antes del amanecer
llegaron a la cala que su piloto les había escogido. Estaba varias millas al
sur de la casa de Olof. Los árboles se apiñaban en una pequeña playa. Helgi
ordenó que encallasen el barco. Dejó el de Olof, que había encontrado en la
cala, vigilando en la boca de la ensenada, para que el enemigo no los cogiese
por sorpresa y les cortase la retirada. Después durmió unas pocas horas. Los
que estaban de guardia le oyeron reír entre dientes mientras dormía.
Cuando amaneció
comió algo de alimento y se puso en camino. Iba vestido con harapos de mendigo.
En bandolera llevaba una espada y dos cofres llenos de oro y plata.
La marcha es dura a
través de un bosque salvaje. Los árboles se elevan a las alturas, robles,
hayas, olmos, alerces; sus copas susurran verdedoradas por la luz del sol que
motea el oscuro sotobosque; los pájaros cantan a miles, las ardillas se
deslizan vertiginosamente entre los troncos como el rojo fuego; el aire es
caliente y está lleno de los olores de la tierra. Pero la maleza construye
muros que estorban el paso, bloqueando el pecho y apuñalando los ojos,
crujiendo desdeñosamente. Por eso no resulta extraño que a menudo determinados
lugares sólo sean accesibles desde el mar.
Helgi también era
cazador. Descubrió rastros y se deslizó en pos de ellos tan rápido como un
ciervo. Pronto estuvo cerca de su meta. En un tronco vacío dejó la espada,
medio escondió los cofres bajo un arbusto, y siguió hacia delante, en el
camino, fuera de la vista de la casa, esperó.
Un siervo de la
reina venía por el camino. Llevaba un cesto de huevos, que traía de una granja.
Cuando vio al hombreton, retrocedió. Helgi sonrió, extendiendo las manos
vacías.
—No tengas miedo
—dijo—. No tengo casa, pero no te haré daño.
El siervo no se
sorprendió. Los vagabundos eran corrientes en aquellos días en que Slesvik
padecía disturbios. Y respecto a encontrarse en aquella parte de la isla, podía
haber llegado por el más estrecho de los canales.
—¿Cómo van las
cosas por aquí? —le preguntó el extranjero.
—Todo está en paz
—dijo el siervo un poco más tranquilo—. ¿De dónde eres?
—Qué importa. Sólo
soy un pobre tipo. Mira aquí, sin embargo. He tropezado con un tesoro en estos
bosques. ¿Quieres que te lo enseñe?
El siervo no veía
ninguna razón por la que el vagabundo debiese atacarle. Además, llevaba un
robusto palo. Le siguió, y empezó a respirar agitadamente cuando vio el brillo
bajo las hojas.
—¡Fabuloso,
verdaderamente fabuloso! —dijo—. ¿Quién puede haberlo dejado aquí? Quizá, por
alguna razón, el rey Helgi, antes de que buscase a nuestra reina el año pasado
y ella lo convirtiese en el hazmerreír de todo el mundo.
—Ni idea —dijo el
desharrapado con aspereza—. Dime, ¿le gusta a ella el oro?
—¡Huy! En eso no
hay otra igual.
—Lo mismo he oído
yo. Bueno, entonces, le gustará esto, y seguro que lo reclamará, al ser ésta su
tierra. En tal caso no quiero que mi buena suerte se convierta en mala por
tratar de ocultar el tesoro. ¿Cómo puede alguien como yo convertirse en rico de
un día para otro, sin que sospechen que lo ha robado y lo cuelguen para pasto
de los cuervos? No, mejor que lo coja ella y que me dé lo que crea conveniente.
¿Crees que se molestará en venir ella misma a por el tesoro?
—Seguro que sí, si
puede venir sin que nadie lo sepa excepto un guerrero o dos que tengan la boca
cerrada.
—Iba a decir que
era lo mejor que podía hacer —asintió el vagabundo—. Si se pregona el hallazgo
fuera de la isla, los caudillos del reino esperarán fiestas y regalos; y me han
contado que es muy avara. Mejor que solamente lo sepáis tú y ella. Ya ves que no
soy nadie de quien haya que tener miedo —se inclinó para coger algo—. Aquí hay
una joya y un anillo que enterraré aparte y te lo daré después, si consigues
que venga sola. Si ella se enfadase contigo por cualquier cosa, yo cargaría con
las consecuencias.
Al principio el
siervo se negó. Aquel cálido parloteo le hizo cambiar de opinión. Adivinaba que
el extranjero sabía de más oro en otra parte, y quería regatear con la reina.
Un hombre de tanta labia, seguramente podría apaciguar su cólera. Y después él,
el siervo, podría darle a ella los dos valiosos objetos a cambio de su libertad
y de una pequeña granja.
Así pues, dejó al
vagabundo guardando el tesoro y se apresuró hasta la casa, el corazón
latiéndole aceleradamente. Necesitó cierto tiempo para poder hablar aparte con
Olof, y entonces le contó jadeante cómo había encontrado un tesoro fabuloso, y
le pidió que lo siguiese y se apoderase de él, sin que nadie lo supiese, para
que, por envidia de él, no se volviesen rencorosos.
Sus ojos de color
pardo rojizo lo miraron de hito en hito. Un arrebol se encendió en las anchas
mejillas de la reina.
—Si me estás
diciendo la verdad —le respondió—, estas noticias te traerán suerte. De otro
modo, te costará la cabeza. Sin embargo, siempre me has sido fiel. Confiaré en
tu palabra.
Decidió que se
reunirían después de que anocheciese. Entonces se levantó, se vistió, y a
hurtadillas se deslizó de su habitación. La vigilancia estaba establecida para
impedir la llegada de una banda o de una flota enemiga. Una persona sola,
acostumbrada además a moverse al acecho, no tendría problemas para burlarla.
Bajo un roble plateado por la luna estaba el siervo, quien la guió en la
oscuridad.
Los cofres estaban
cerca de un pequeño claro. La luz de la luna se deslizaba entre ramas y hojas
hasta extraer destellos del metal... de la hoja de la espada que sostenía en la
mano el hombre que salió de la noche.
—Salud, reina Olof
—rieron sus labios que no se divisaban—. ¿Os acordáis de Helgi Halfdansson?
Ella chilló, se
volvió y empezó a correr. De un par de zancadas él la atrapó. El siervo gimió y
le golpeó con el palo. La espada de Helgi lo arrojó a un lado.
—Puedo matarte,
compañero —dijo el rey tan serenamente como si la mujer no estuviese
retorciéndose y vociferando, dándole arañazos y puntapiés—. Pero, ya que nos
habremos ido antes de que puedas traer ayuda, mi consejo es que huyas a otra
parte —el siervo farfulló algo. Helgi apuntó hacia abajo con la espada—. Allí
está lo que te prometí —el siervo estaba demasiado aturdido para cogerlo. Helgi
lo empujó con la punta de la espada—. ¡Vete! —el siervo cayó sobre la maleza.
Helgi envainó la
espada.
—Cállate —dijo a
Olof, y le dio una bofetada que hizo que le crujiesen los dientes—. ¿Creías que
iba a dejar sin vengar tu perfidia?
Ella cayó de
rodillas, sollozó un rato, y tartamudeó:
—Sí, es verdad, me
porté mal contigo. Para repararlo, yo... ahora... seré tu legítima esposa.
—No —dijo él—, esta
vez no saldrás del paso tan fácilmente. Vendrás conmigo a mi barco, y
permanecerás en él todo el tiempo que a mí me plazca. Para vengar mi honor no
puedo hacer otra cosa que tratarte tan grosera y tan vergonzosamente como tú me
trataste.
—Esta noche se
cumplirá tu voluntad —susurró ella.
Utilizó su
conocimiento de la vida del bosque para no dejar huellas a lo largo de la
primera parte del camino. Después ya no fue necesario, en aquella maleza que
parecía un muro de lanzas. Tampoco fue necesario que la llevase arrastrando.
Una vez, intentó escaparse del camino de ciervos que él había encontrado. Las
afiladas puntas de las ramas la detuvieron.
No le fue fácil
abrirse camino en la oscuridad. Ella llegó a la cala tan destrozada como él,
con los pies ensangrentados, sin resuello y dando tropezones.
Las olas se
estrellaban en la playa. Un ruiseñor cantaba. La luna, baja en el horizonte,
tendía un puente reluciente a través de las aguas, contra el que se perfilaban
oscuros el casco y la cabeza de dragón del barco varado. No muchas estrellas
mostraban su brillo en el cielo crepuscular. Una fría brisa se levantó,
trayendo olor a algas.
Cuando sus pasos se
acercaron, los hombres de Helgi que estaban de guardia en tierra saltaron de su
pequeño fuego. Él los saludó. Sus gritos de júbilo sacaron a los demás de los
sacos de dormir, que fueron a agolparse a su alrededor, darle palmadas en la
espalda y a ofrecerle toscamente sus mejores deseos. Él sonrió y empujó a Olof
hacia un costado del buque, ya dentro.
—Ahora quítate la
ropa —dijo; y ella lo hizo a la luz de la luna delante de todos.
Le señaló la
cubierta de proa. Ella se arrastró en la oscuridad tan negra como la pez y se
tendió en un colchón, con los puños apretados a los costados. Él se le acercó.
Al amanecer fue a
buscar los cofres, y luego se hicieron a la mar a través del Belt. En la
solitaria Aeró, los daneses desembarcaron fuera de peligro. Durante una semana
cazaron, pescaron, pelearon, nadaron, jugaron, se contaron historias o
sencillamente holgazanearon. El rey se les unía, excepto cuando estaba con la
reina.
Ella no le causó
problemas; sólo le dejaba hacer. Nunca lloró; ni habló más de lo estrictamente
imprescindible.
—Eres una buena
chica, Olof —le susurró una noche con la boca en su cabellera—. Ojalá que
nuestro destino hubiese sido de otra manera —ella yacía rígida. Él suspiró—.
Creo que no te puedes interesar por los hombres. Y ahora es demasiado tarde
para nosotros dos.
—A pesar de todo,
tú y yo no tenemos por qué romper —dijo ella.
—¿Qué? —preguntó
él. Olof ya no habló más. Un zarapito chilló a través de la fría niebla que se
estaba levantando. Helgi se estremeció y se apretó contra ella, sólo para
calentarse. Ella no acusó el abrazo.
Al día siguiente
cruzó el Belt de nuevo y la dejó cerca de su casa. Ninguno de los dos se
despidió. Ella caminó por las aguas hacia la playa con los mugrientos andrajos
de su vestido. Los hombres de Helgi empujaron el barco hacia el agua, subieron
a bordo y cogieron los remos. Olof no vio alejarse el barco, mientras avanzaba
como una araña. Acababa de regresar a su casa.
IV
Aquel mismo verano
fue a Leidhra, a ver al rey Hroar, su suegro Aegthjof, conde de Götaland.
Habían estallado las disputas. Aegthjof había matado a Heidhleif de la familia
de los Ulfingos, pero como sus parientes habían resultado ser demasiado
poderosos, tuvo que huir.
Aunque era joven,
Hroar no ordenó que la flecha de guerra fuese de granja en granja.
—¿Para qué sirve
reclutar un ejército, matar, quemar y saquear, granjeándonos más enemigos
irreconciliables? —se preguntó—. ¡Oh, eso es lo que querrían los Ynglinglos de
Uppsala! Mis posesiones de Götaland pasarían a su poder.
Envió un mensaje al
conde Saevil, en Escania, que a su vez se dirigió a los cabecillas de los
Ulfingos. Actuando de intermediario, Saevil acordó la paz. Aegthjof tuvo que
pagar una elevada compensación, pero Hroar le ayudó. Así mismo, se concertaron
un par de matrimonios para mantener las casas unidas, al menos durante cierto
tiempo.
—Me has ayudado
admirablemente —dijo Aegthjof, estrechando la mano de Hroar antes de regresar a
su patria—. Espero que o yo o alguno de mis hijos podamos hacer algún día lo
mismo por ti.
—Es un hermoso
deseo —sonrió el rey—. Sin embargo, para necesitar ayuda, primero tengo que
tener problemas.
—Por ahí empieza la
fama —dijo Aegthjof.
—¿No se puede
edificar una fama mejor y de más larga vida construyendo el país? Hemos
trabajado para muchas generaciones: consolidando la paz dentro y fuera de este
reino, despejando los campos, levantando casas, fletando barcos para la pesca y
el comercio, haciendo buenas leyes y vigilando para que se guarden, trayendo
las artes del extranjero... Bueno, pariente, no hace falta que hable como si
estuviese en la Piedra del Thing.
Helgi regresó del
mejor de los humores y volvió a ser el de antes. Al principio no perdía la
ocasión de divulgar cómo se había vengado de la reina Olof. Con el tiempo dejó
de hablar e incluso de pensar en ello.
No así la mujer.
Ella sabía que la
gente adivinaría lo sucedido, y que las historias que llegasen a Saxland desde Dinamarca despejarían pronto cualquier
duda al respecto. Ello no la perjudicaría si se mostraba firme. En consecuencia
rehusó hablar de lo ocurrido durante aquella semana. Cuando supo que un siervo
y un cortesano habían estado cotilleando, hizo que se arrastrasen ante ella; y
por haber mancillado su nombre, ordenó que al cortesano le fuera cortada una
mano y que al siervo le azotasen hasta morir. En los demás asuntos también se
comportaba ella con la misma severidad y, al mismo tiempo, con tanta habilidad
que la gente decía que, más que una reina, era un rey en todo menos en el
cuerpo.
Los que así
pensaban desconocían cuántas veces permanecía despierta por la noche, o tenía
horribles pesadillas, o cómo, cuando estaba sola en los bosques, alzaba al
cielo los dedos engarabitados y gritaba.
Pero lo peor para
ella fue cuando supo que estaba embarazada.
Después de que una
bruja fracasase en sus planes de abortar, Olof se preparó para lo que estaba
por venir. Jamás la gente se reiría solapadamente o Helgi Halfdansson
fanfarronearía por su causa. Declaró que se iba a emprender un viaje a Slesvik,
para ver la tierra firme y sus alrededores, y de qué manera se podía conseguir
que acabasen las rencillas entre las casas que estaban asolando el reino.
Y así lo hizo, y
verdaderamente lo hizo bien, reconciliando a veces a dos partidos, y echando en
otras el peso de su pequeña, pero bien adiestrada hueste, en uno de los
platillos de la balanza. Nadie se extrañaba de que, de vez en cuando,
desapareciese. Tenía que hablar con los caudillos en secreto.
Las pesadas ropas
de invierno ocultaban la redondez de su vientre. Y, si alguien sospechaba algo,
sabía muy bien tener la boca cerrada.
Cuando llegó el
momento, se fue a una solitaria cabaña escogida y preparada de antemano. Los
hombres de su guardia la rodearon. La reina no les permitió que entrasen
adentro, alegando que no había espacio y que ella necesitaba paz para pensar y,
así lo insinuó, hacer magia. Los soldados levantaron unas tiendas para
protegerse de la lluvia, se acurrucaron en el fango junto a los fuegos
humeantes, se soplaron los ateridos dedos y procuraron que los aceros no se les
oxidasen. Olof permaneció dentro, acompañada solamente de una comadrona y de
dos viejas criadas.
Y en una noche
tormentosa, húmeda y oscura, con el granizo estrellándose contra los muros y
los árboles gimiendo en el viento, dio a luz una niña.
—Llorad —dijo la
comadrona, viéndola sudorosa—. Alivia el dolor.
—No —dijo la reina
con las mandíbulas apretadas—. No por esto.
No estando el padre
presente, la comadrona cogió a la niña, la lavó y envolvió en los pañales, y la
depositó en el piso de tierra al lado del lecho de la madre. Olof miró sombría,
a través del vacilante y rojizo resplandor de las antorchas, a aquella cosa
diminuta y chillona.
—¿La criaréis, mi
señora? —preguntó la comadrona.
—Jamás llevaré yo
eso a mi pecho —dijo Olof. Alzó una mano—. Espera. No te la lleves. Puede ser
útil, de alguna manera, algún día... No sé cómo...
—Entonces, ¿qué
nombre le pondréis?
La mirada de Olof
recorrió apáticamente la habitación, hasta que vino a recaer en una perra suya,
llamada Yrsa. Soltó una carcajada. Señaló con el dedo al animal y luego a la
niña.
—Sí, le pondré un
nombre —dijo—. La llamaré Yrsa —y se tumbó de nuevo.
La comadrona y las
viejas criadas se estremecieron.
Sin embargo, no
podían hacer más que obedecer. Y, sin que les resultase inesperado, fueron a
buscar a una nodriza.
Cuando Olof estuvo
de nuevo lista para viajar, se atrevieron a preguntarle qué quería que se
hiciese con Yrsa.
—Una sola palabra
sobre la mocosa será vuestra perdición —espetó—. Pero traedla. Ya encontraré la
casa adecuada en donde pueda ser adoptada, como corresponde a los niños de alta
cuna.
De regreso a Ais,
fue a ver a un pobre granjero y su mujer. A ellos les entregó la niña junto con
algunos regalos, diciéndoles que era la hija de una fiel sierva que había
muerto en el parto, y que se llamaba Yrsa. Habrían de educar a la niña como si
de veras fuese hija de ellos.
Con posterioridad,
Olof jamás volvió a ver o a interesarse siquiera por la hija que odiaba.
Pasaron los años.
Dinamarca crecía en
poder y riqueza. Los reyes hermanos trabajaban bien juntos. Hroar dirigía el
reino y se esforzaba por mejorarlo, con una sabiduría que crecía al mismo
tiempo que él. Mostrando la suficiente destreza varonil para hacerse respetar
por los guerreros, además era sumamente amado. Él y la reina Valthjona tuvieron
tres hijos que se hicieron mayores: una niña, Freyvar, y dos niños, Hrodhmund y
Hrörik, este último nacido cuando ambos eran muy entrados en años. Eran una
pareja feliz. Hroar solamente se llevaba a otra mujer al lecho cuando llevaba
mucho tiempo lejos de casa.
Tenía que viajar
mucho para construir el reino según sus deseos. Anualmente hacía un recorrido
por los Things de los condados, y también escuchaba a solas a los hombres que
tuvieran algo que decirle. Quería comprobar, en todas partes y por sí mismo,
cómo iban los asuntos. Salía a navegar por el extranjero, bajo el escudo
blanco, aunque más a menudo hospedaba a los extranjeros en cualquiera de las
mansiones que tenía y escuchaba atentamente lo que quisieran contarlo.
Para que los
hombres puedan realizar un trabajo bien hecho, han de tener la certeza de que
lo que hacen no será presa fácil de los codiciosos y los despiadados. Por este
motivo, Hroar tuvo que acudir personalmente al campo de batalla en algunas
ocasiones. Sin embargo, la mayoría de las veces le dejaba la guerra al
voluntarioso Helgi.
Cada verano, el más
joven de los reyes iba a buscar pelea. A veces eran expediciones de saqueo,
para mantener contentos a los hombres de su guardia y para que los
terratenientes estuviesen ansiosos de unírsele entre la siembra y la cosecha.
Pero generalmente, permanecía en los alrededores de Dinamarca. Durante los
primeros años persiguió a los bandidos y registró las guaridas de los vikingos,
hasta llegar a intimidar a cualquiera que pudiera haber tenido el más remoto
pensamiento de perturbar la paz.
Pero los
extranjeros persistieron, sin embargo, en estas actividades, sobre todo si eran
incitados por Svithjodh o Saxland. Cuando Helgi y Hroar se sintieron al fin
firmemente afianzados en su patria, Helgi empezó a hacer que se arrepintiesen
de sus tropelías. Los que no se sometiesen a sus requerimientos, se negasen a
empuñar la espada cuando se les pedía, a prestar juramento de fidelidad o a
pagar tributo a los señores de Leidhra, una mañana se despertarían, muy
probablemente, divisando en el mar los dragones, o viendo un ejército en tierra
dispuesto para la batalla en la formación del puerco , enarbolando el escudo
rojo y el Estandarte del Cuervo.
Aquellos pequeños
caudillos jamás pudieron hacer frente al poder danés. Ni siquiera llegaron a
coaligarse; los hermanos pronto aprendieron a hacer que las disputas brotasen
entre ellos. Los choques armados regocijaron a los lobos y a las aves de
rapiña. Helgi ganó cicatrices, y unas cuantas veces pareció que iba a recorrer
la vía del infierno. Pero siempre sanó, y siempre se alzó con la victoria.
En el curso de
aquellos años invadió Fyn y todas las islas menores. Se jactaba de que había
sojuzgado a tantos reyes como mujeres había poseído.
—¿Y cuándo te
casarás? —le preguntaba Hroar.
—Cuando esté
preparado —se encogía de hombros Helgi—. No tengo prisa. La única vez que hice
la corte no resultó —podía bromear sobre ese recuerdo, ya desvaído—. Sé lo que
te atrae la idea de que yo pase a formar parte de una gran casa, para que tú
consigas lo que quieras de ellos. ¿Por qué no mantener el señuelo que aún nos
sirve?
—Cuando tú y yo
estemos muertos...
—Pero si tú ya
tienes un hijo. ¿Es que acaso temes que mis bastardos puedan desafiarlo? Parece
improbable. Mis bastardos resultan baratos, son tantos... En realidad, Hroar,
quizá resulte preferible para los Skioldungos que jamás tome una reina, cuyos
hijos podrían sentirse con derechos a reclamar su parte. Ahora quitémonos de
encima esa cara tuya tan larga y bebamos otro cuerno de hidromiel.
Los hermanos no se
veían el uno al otro durante mucho tiempo, ni siquiera en invierno, y por eso
sus encuentros eran una buena ocasión tanto para el regocijo como para tratar
los asuntos serios. Hroar se había ido de Leidhra.
No había partido
enojado. El entendimiento entre los dos hermanos era tal que, cuando volvió,
Helgi dio una fiesta en su honor. Hroar pudo decirle:
—Pareces el mayor
de los dos, ya que ocupas la más antigua sede de los reyes daneses; y esto yo
te lo concedo gustosamente, a ti y a cualquier heredero que puedas tener. Pero
a cambio quiero el anillo que guardas, porque tengo tanto derecho a él como tú.
Los que casualmente
oyeron la conversación contuvieron la respiración. Sabían que Hroar sólo podía
referirse a un determinado anillo. No era un sencillo anillo de oro, que se
pudiera partir en trozos para recompensar a un escaldo que hubiera compuesto un
lai o a cualquier otra persona por tal o cual servicio. No, era una gruesa
banda en forma de serpiente que se retorcía una y otra vez sobre sí misma hasta
que mordía su propia cola, allí donde sus ojos granates brillaban funestos. Se
contaba que era una de las primeras alhajas que Fenja y Menja habían molido
para el rey Frodhi el Pacificador. En cualquier caso, durante mucho tiempo
había sido el orgullo de los Skioldungos.
Helgi se limitó a
sonreír y respondió:
—Nada sería más
adecuado, hermano, que tú tuvieras el anillo.
Sin embargo, Hroar
tuvo buenas razones para mudarse. Dos casas reales en la misma población, cada
una manteniendo su tropa de jóvenes animosos, significaba disputas que podían
llegar a ser mortales. No siempre se podía detener la pelea, una vez estallada,
entre familias que tenían que luchar contra los enemigos de Dinamarca y no
entre sí.
Más aún, Leidhra
estaba mal situada para sus propósitos. Se decía que antiguamente el fiordo
llegaba más tierra adentro. Pero ya no era así. Solamente un arroyo indolente
la atravesaba. En cambio, un abrigado puerto, abierto al mar pero profundamente
situado dentro de la isla, atraería a los mercaderes y, con ellos, la riqueza.
Hroar fundó
Roskilde en la bahía así llamada. Llegaría a ser la principal ciudad del reino.
Situada a un cómodo paseo a caballo de Leidhra, estaba sin embargo lo
suficientemente alejada para dejar a un lado la mayoría de sus problemas. Por
aquel entonces, la llamaban Hroarskildi, la Fuente de Hroar, debido a un
manantial de agua pura que no solamente daba de beber al lugar, sino que le
confería santidad.
Por supuesto que el
asentamiento no alcanzó su pujanza de la noche a la mañana. Al principio, allí
no había más que la mansión que el rey se había edificado, con sus dependencias
exteriores y las casas de los sirvientes, así como cobertizos y muelles en la
costa para los barcos. Aunque los campos se extendían hacia el Sur, hacia el
Este lo hacían brezales y pantanos, y hacia el Oeste se divisaban, sombríos,
los bosques salvajes. Aun así, se decía que no había habido casa mejor en el
Norte desde que Odín habitase en la tierra.
Era inmensa,
construida con las maderas más preciosas, artísticamente talladas y pintadas.
Los extremos de las vigas de encima de las alas del tejado se ramificaban en
forma de poderosas cornamentas, sobredoradas para que brillasen a la luz del
sol: de aquí que la mansión fuese llamada El Ciervo.
Pero sobre aquella
casa se iba a cernir la aflicción.
Quizá fue la mala
suerte. Quizá la ira de un dios. Generosos con los hombres, los hermanos eran
bastante descuidados en hacer ofrendas a los Ases y a los Vanes. Realizaban lo
que se suponía era la obligación de los reyes en los antiguos y sagrados tiempos.
Por lo demás, Helgi podía sacrificar un gallo o cosas similares de vez en
cuando para tener suerte; pero generalmente confiaba en su propia fuerza.
Cuando los pensamientos de Hroar se apartaban de los asuntos de la realeza o de
la familia, se dirigían a menudo hacia el aprendizaje de extraños saberes.
Fuera como fuese,
la historia es que El Ciervo se convirtió en un lugar maldito. Hacía mucho
tiempo que un rey llamado Hermodh había sido expulsado del trono por su
avaricia y su crueldad: era uno de los peores de la rama más siniestra de los
Skioldungos. Oculto en los pantanos, procreó hijos con una hembra de troll. A
su sangre pertenecía el ser que llamaban Grendel, que entraba en la mansión por
la noche y arrebataba hombres para comérselos.
En Inglaterra dicen
que eso se prolongó durante doce años. Los daneses no lo creen así. ¿Cómo un
guerrero como Helgi no iba a haber liberado a su hermano de aquellas
tribulaciones? Suponen, más bien, que Hroar edificó El Ciervo poco después de
haber protegido a Aegthjof y de que Helgi hubiese humillado a Olof. Y allí
vivió durante nueve años, en los que los hermanos trabajaron juntos hasta que
al fin los daneses se sintieron más felices en sus casas que nunca, desde los
tiempos del Pacificador. Entonces Helgi, siempre inquieto, se embarcó en un
viaje por tierras desconocidas. Quizá navegó hacia el Oeste, a Inglaterra, o
hacia el Este y el Norte, a Noruega, Finlandia y Bjarmiland, o hacia el Este y
el Sur, hasta los ríos de Gardaríki , saqueando a veces, otras comerciando,
siempre saboreando vientos frescos bajo nuevos cielos; y así pasaron tres años
antes de que sus barcos estuviesen de vuelta en casa.
Apenas se había ido
Helgi cuando Grendel salió, arrastrándose. Durante esos tres años El Ciervo
permaneció desierta, y el ceño de Hroar estuvo fruncido por la pesadumbre.
Esperó a que Helgi
regresase, ya que no sabía de ningún otro que pudiese afrontar al monstruo. Sin
embargo, no podía estar seguro de que los huesos de Helgi no estuviesen
blanqueando en tierra extraña. Por eso acogió con agrado el ofrecimiento de
ayuda hecho por el hijo del conde Aegthjof, al que anteriormente había ayudado:
su pariente Bjovulf de Götaland, al que en Inglaterra llaman Beowulf.
La historia es bien
conocida: cómo Bjovulf agarró a Grendel y le arrancó un brazo, cómo la madre de
Grendel vino después a vengar a su hijo, cómo Bjovulf la siguió bajo las aguas
y la mató también, ganando un nombre que permanecerá incólume mientras el mundo
exista. Baste con esto y con decir que Bjovulf acababa de volverse a su tierra
cuando regresó Helgi, para encontrarse con que a lo largo de toda Dinamarca
resonaba el nombre de ese héroe extranjero, mientras apenas si había un oído
dispuesto a escuchar sus propias hazañas.
No era tan cobarde
que envidiase a Bjovulf su bien ganada fama. Sin embargo, recordaba
melancólicamente los años en que él también era joven. No era todavía un hombre
mayor —poco más de treinta inviernos habían blanqueado el mundo desde que había
gritado por primera vez para salir a él—, pero sus ojos habían perdido su
antigua frescura. Por lo menos, la gente daba por supuesto que Helgi
Halfdansson emprendería empresas como navegar más lejos de lo que lo hubiera
hecho nadie. ¡Ah, qué diferente era el mundo cuando él, un muchacho, había
destronado a un rey y después se había vengado de una reina!
Quizá ésa fuese la
razón de que, el verano siguiente, planease una expedición que lo llevaría
cerca de Ais. Dijo que quería explorar los reinos sajones. Poco podría hacer en
el norte de Jutlandia mientras no supiese cómo estaba el Sur. Sin duda estaba
en lo cierto. Sin embargo..., ¿recordaba cuando se había jactado de recobrar el
honor?... O, incluso, ¿se acordaba de unos ojos morenos y unos puños fieramente
apretados?
No sabía nada de
Yrsa. Nadie lo sabía, excepto Olof su madre, la comadrona y dos ancianas que ya
habían muerto. La pareja de granjeros que la estaba criando casi habían llegado
a olvidar que la niña no era su propia hija.
Vivían en la costa
norte de la isla, la que da al fiordo de Aabenraa. Al Sur se extendían los
brezales, moteados aquí y allá por grupos de robles bajos y retorcidos y
árboles perennes, hasta que comienzan los pantanos donde crecen los sauces y
después el verdor del bosque, intransitable excepto por unos pocos senderos. Al
Norte estaban las grandes dunas amarillas y luego el mar, un vislumbre de
tierra firme a la izquierda y por doquier olas, nubes y gaviotas. A menudo la
lluvia, la niebla o la nieve, o simplemente las interminables noches de
invierno, cerraban el horizonte. Era una tierra dura y ventosa, donde unas
cuantas familias vivían muy apartadas unas de otras porque cada una necesitaba
muchos acres para poder extraer el sustento de ella y donde nadie tenía mucho
que pudiera atraer a los ladrones.
Allí creció Yrsa,
hija del rey Helgi y de la reina Olof.
Ella sabía que
había sido adoptada. No habría hecho falta que se lo hubieran dicho, ya que
parecía completamente distinta de sus padres y de sus hermanos. Sin embargo,
esto era normal. Un hombre podía morir ahogado o una mujer de tos hasta arrojar
fuera sus pulmones, dejando hijos detrás. Un niño era un par de manos, por
tanto, algo que siempre resultaba necesario. Yrsa pensaba poco en una madre que
suponía muerta en la esclavitud, y en un padre desconocido. Ni pensaba tampoco
que su destino fuese feliz o infeliz. Más tarde, recordaría estos años como
mejores de lo que quizás habían sido.
Por supuesto que
ella conocía lo que era el esfuerzo, el andar siempre con la azada y el hacha,
el molinillo y la olla, el telar y la escoba, las nunca dichas y en realidad
indecibles tareas que se suponía que debía realizar la muchacha que tendría que
casarse con algún granjero. Pero la vida no consistía solamente en que a una le
doliese la espalda de fatiga o que le sangrasen los dedos. Podía consistir
también en cuidar de un recién nacido, o recoger nueces y frutas silvestres con
una pandilla que no paraba de reírse, o cantar y soñar despierta mientras
pacían los gansos.
Los vestidos eran
de algodón gris, tosco y áspero. Los niños iban con los pies descalzos en
verano, y en el mejor de los casos con zuecos de corteza de abedul en invierno.
Pero crecían duros y rara vez les importaban las inclemencias del tiempo. La
comida era basta y en ocasiones escaseaba. Pero gachas, pan negro, un poco de
queso de cabra y puerros, guardados como si fuese un tesoro, la mantenían a una
hasta que llegaban las estaciones en que se podía tener pescado fresco, ostras,
huevos de cormorán y lo que se recogía en los bosques y en los brezales. La
morada la componía una sola habitación, de por sí lóbrega, si Yrsa no tenía en
cuenta la parte en donde se guardaban las cabras, los gansos y los cerdos. Sin
embargo, la respiración de aquellos animales no solamente desprendía olores,
sino que además daba calor, y ella se sentía unida a sus doce hermanos
adoptivos, y cuando en la oscuridad escuchaba el agitarse de padre y madre,
podía esperar dar la bienvenida a un pequeño recién nacido llegado el próximo año.
Sabía lo que era el
miedo: cuando la tormenta se arremolinaba en el Norte, mientras padre estaba
afuera pescando en la barca que compartía con los vecinos. Que no volviese a
casa —o que volviese arrojado a la playa por las olas como una cosa hinchada
con los ojos saltones y medio comida por las anguilas— no solamente podía
significar dolor, sino también estar a punto de morirse de hambre, o de caer en
la esclavitud por falta de ayuda. Ran
reía en el fondo del mar; las charcas de los pantanos estaban llenas de
seres misteriosos; la Mujer de los Olmos tejía la niebla; los duendes
cabalgaban de noche por encima del tejado, la paja crujía bajo sus zuecos
tamborileantes; la más mínima cosa mal hecha podía traer una suerte funesta. O
cuando un barco se acercaba como si fuese a desembarcar, o venían extranjeros a
pie; y ella se metía en la maleza para ocultarse, porque ¡hasta la más pobre de
las muchachas tiene lo que está buscando el bandido!
Pero también sabía
lo que era la camaradería y el divertirse, tanto en casa como con los vecinos.
Los vecinos podían murmurar, podían dar lugar a horribles disputas, pero al
final todos permanecían juntos frente al resto del mundo. Había cuatro
festividades sagradas e importantes: la de Gracia, el Solsticio de Verano, la
Cosecha y el Yule, o Solsticio de Invierno, momentos que imponían un terror
reverencial y que después eran ocasión de regocijo. Llegaría un día en que ya
habría crecido, y durante uno o dos años se escabulliría en las noches
luminosas para reunirse con los jóvenes, hasta que se casara con uno de ellos y
entonces como ama de casa ofreciera leche a los elfos y cerveza a los invitados
a la vista de todo el mundo. Mientras tanto, los niños veían pasar los barcos,
a millas de distancia, barcos que estaba muy claro que jamás desembarcarían
aquí («¡Oh, si lo hiciesen por lo menos una sola vez!»): remos alejándose a
grandes zancadas o audaces velas a rayas, y un lejano, lejanísimo destello de
metal brillando a la luz del sol. ¿Quién sabe, iba a bordo un rey o quizás un
dios?
El invierno traía
frío y oscuridad y había que apretarse el cinturón... y así mismo había que
trabajar menos, había hielo que crujía bajo los pies y también hielo por el que
deslizarse, bolas y muñecos de nieve, era la ocasión para contar las viejas y
queridas historias. La primavera traía las labores del campo y las lluvias
torrenciales, y así mismo los espinos que se volvían blancos y el cielo que se
llenaba de pájaros regresando nadie sabía de dónde. El verano era verde, verde
por doquier, un vértigo de olores, el zumbido de las abejas, la luz del sol
brillando cegadora en cálidos torrentes —salvo cuando había tormenta, pero
entonces era maravilloso: ¡fiuú!, volaba el martillo de Thor , y ¡plas!,
aplastaba a los trolls, hasta que las ruedas de su carro conducido por machos
cabríos retumbaban lejos a todo lo ancho de los cielos—. El otoño parecía arder
en llamas, daba frutos a manos llenas, los vientres se llenaban hasta reventar,
el brezo florecía púrpura, la luna llena inundaba la noche de una blancura que
destellaba en la escarcha y en el rocío sobre las telas de araña, y construía
un rocoso camino a través de las aguas que conducía hasta el fin del mundo; y
muy alto, en los cielos, sonaba el canto errante del ganso salvaje...
Yrsa no comprendía
por qué sus hermanos adoptivos no prestaban atención a cosas semejantes. Bueno,
ella los amaba, pero eran diferentes.
V
—Me gustaría
comprobar por mí mismo qué ha sucedido en esta tierra —dijo Helgi—, pero no
creo que fuese muy bien acogido si me reconociesen.
Nadie pudo
apartarlo de su propósito de recorrer a pie, y en solitario, la isla de Ais. Su
barco lo dejó en una cala que aún recordaba y que vendría a recogerlo todos los
días, después de una semana.
No esperaba sufrir
ningún percance. ¿Quién iba a atacar a un sujeto tan fuerte como él,
especialmente cuando estaba furioso? Además, el palo que llevaba era el mango
de una lanza cuya punta y pasadores llevaba sobre su piel junto con una daga.
Hizo con la mano un jovial signo de despedida y se escabulló a grandes zancadas
bajo los árboles.
Se sintió un poco
defraudado cuando le dijeron que Olof no estaba en casa. El superintendente le
echó una mirada desabrida, pero un cortesano le sirvió una escudilla y le dejó
dormir en un montón de heno, a cambio de sus canciones y de sus historias. Declaró
que era un habitante de Himmerland que
se había quedado sin casa y que buscaba trabajo.
—Aquí no te
necesitamos —le dijo su anfitrión—. Pero si vas un poco más lejos, a la costa
norte, encontrarás pescando a un grupo de gente humilde. Me atrevo a decir que
se alegrarán de contar con un par de robustos brazos para sus remos.
Helgi se encogió de
hombros y siguió el consejo, principalmente para poder espiar aquellas playas.
Ahora que Fyn estaba en su poder, necesitaba conocer mejor aquel lado del
Pequeño Belt.
Y así fue como
llegó arriba del todo de una alta duna, y desde allí vio a una muchacha que
andaba por la playa. La noche anterior había habido tormenta. Ella iba buscando
madera, o ámbar, o cualquier otra cosa que las olas pudieran haber arrojado a
la costa.
Sabía que, si le
veía acercarse, saldría corriendo hacia una cabaña, oculta tras unos pinos
diminutos, cuyo humo tiznaba el ciclo. Sería agradable charlar un poco a solas
si no era demasiado fea. En cualquier caso, habiendo mostrado que traía buenas
intenciones al no ponerle las manos encima, sus parientes estarían dispuestos a
recibirle. A no ser que temiesen que fuese un prófugo, o un cazador de esclavos
que anduviese rondando a su alrededor.
Helgi se acurrucó
detrás de la duna mientras sus ojos inspeccionaban el camino. Podía ir en
zigzag ocultándose en matorrales, arbustos y rocas y usar sus trucos de cazador
para moverse a hurtadillas por los brezales, hasta que estuviese casi encima de
ella.
Y así lo hizo. Pero
cuando, oculto en la maleza detrás de un roble, la miró de cerca, el corazón le
latió aceleradamente.
Era un día ventoso.
La luz del sol hería las nubes que se apresuraban, brillaba en las aguas y
desaparecía cuando la sombra se extendía por el mundo. Las olas retumbaban,
reventaban blancas contra los arrecifes, y luego retrocedían para en seguida
volver de nuevo, grises, verdes y azules como el acero. A un lado, brumosas
como un sueño, se alzaban las colinas del interior. El viento silbaba en las
rompientes, rugía en las ramas y susurraba en los brezos. Sobre ese viento
cabalgaban chillando las gaviotas. Era frío y salado, golpeaba y se deslizaba:
agitó el cabello de la doncella que se abría camino andando con los pies
desnudos por la arena, entre los desparramados filamentos morenos de las algas.
No era alta; bien
erguida le llegaría a la mitad del pecho. Un vestido gris se estiraba sobre
unos pechos pequeños, una cintura delgada y unos miembros flexibles, exhibiendo
un aspecto juguetón sumamente atractivo. Por debajo del hollín y del bronceado
del sol, su piel era blanca; la nariz salpicada de pecas. La cara era ancha y
de pómulos salientes, la barbilla pequeña y fuerte, la boca ancha y suave, los
labios un poco abiertos exhibiendo unos dientes sanos, los ojos grandes, muy
abiertos bajo las arqueadas cejas, fulgurando como el azul grisáceo del mar. Se
había tejido para su propio uso una guirnalda de dientes de león amarillos. Sus
cabellos le ondeaban hasta las caderas. Cuando la fugaz luz del sol los tocaba,
brillaban como si estuviesen ardiendo.
Helgi le salió al
encuentro.
—¡Vaya, eres
bonita! —gritó.
Ella dio un brinco
hacia atrás con un grito ahogado, tiró la madera que había recogido, y echó a
correr. Él la siguió con grandes zancadas.
—No tengas miedo
—dijo—. No te haré daño. Sólo quiero ser tu amigo.
Ella corría
encarnizadamente. Él forzó su marcha hasta adelantarla y bloquearle el camino.
Ella cogió un palo, bufó como un gato montes y empezó a atizarle. A él le gustó
el valor que mostraba. Extendiendo los brazos soltó unas risotadas.
—Tú ganas —dijo
él—. Me rindo. Haz lo que quieras.
Ella bajó el palo y
respiró más pausadamente. Él podía aplastarla, pero se limitaba a estar allí,
plantado y sonriente. Además, ¡qué fuerte y guapo que era! Su porte no cuadraba
con los sucios y ondeantes andrajos. Y la cara era como el cuerpo, nariz aguileña,
ojos azul celeste, cabellera muy rubia hasta los hombros y barba muy recortada.
Y entre los dorados cabellos sus brazos estaban llenos de blancas cicatrices.
—¿Cómo os llamáis,
señora? —preguntó con acento extranjero—. ¿Y de qué pueblo sois?
Ella señaló en
dirección al humo.
—Soy hija de aquel
granjero —susurró en medio del viento y del oleaje—. Bueno, en realidad no,
yo... mi madre era una esclava. Me llamo Yrsa.
Él fue a su
encuentro. Ella permaneció inmóvil como bajo un hechizo, el corazón latiéndole
estrepitosamente. Él le tomó las manos entre las suyas, que eran fuertes y
cálidas. Después de mirarla detenidamente, dijo pensativo:
—No tienes ojos de
esclava.
Se sentaron de
espaldas al viento y charlaron. Ella nunca se habría imaginado que a un
extranjero le pudieran importar los avatares de su vida diaria.
—¿Quién eres tú?
—le preguntaba ella una y otra vez.
Pero él siempre
desviaba la pregunta.
—Dime más cosas
tuyas, Yrsa. Hay algo escondido en ti —añadió—. ¿Cuántos años tienes?
—¿Para qué? Yo...
yo nunca los conté —respondió extrañada.
—Piénsalo —le cogió
los dedos—. Este año; el año pasado...
Después de un buen
rato jugando con los dedos, ella se sintió ruborizada y un poco aturdida, y
casi llegó a adivinar que quizá tenía trece o catorce inviernos.
—Yo tenía esa edad
cuando... Bueno, qué importa —dijo él—. Los dos venimos de un linaje que crece
deprisa.
Compartieron el
queso y la galleta que él llevaba en su bolsa. Después, cuando pasó un brazo
por su cintura, ella no se apartó, sino que suspiró e inclinó la cabeza sobre
su pecho.
Una gaviota
revoloteaba por lo bajo, blanca como la leche en un rayo de luz.
—Me he enamorado
perdidamente de ti, Yrsa —dijo Helgi—. Perdidamente.
—¡Oh, vamos!
—respiró Yrsa.
El sonrió.
—Tú, la hija de un
granjero... —dijo—. Es completamente adecuado que te posea un pobre mendigo.
Ella saltó de su
lado horrorizada.
—¿Qué? ¡No, no, no!
Se irguió
amenazador sobre ella.
—¡Sí, oh, sí! —y la
aferró con cuidado pero firmemente—. Ven conmigo, Yrsa. Debes hacerlo. Una
Norna presidió nuestro encuentro.
Ella comenzó a
llorar y a suplicar. Por un instante, él se sintió impaciente y confuso, hasta
que dijo:
—Te podría tener
contra tu voluntad. Pero tus lágrimas me harían mucho daño. Esto es algo que
pocas mujeres me han oído decir. Te pido que seas mía libremente.
Ella lo miró y
pensó en los patanes de la vecindad que conocía; de repente la sangre la
dominó. Llorando y riendo se acercó a él.
Buscaron un
refugio. Ella conocía un manantial donde el murmullo de los árboles resguardaba
del viento y donde el verano había hecho madurar la hierba como si fuese heno.
Helgi permaneció
oculto en los bosques, para que nadie pudiera entrometerse y espiarlos
impúdicamente. Diariamente, ella venía a buscarle, trayéndole a escondidas
alimentos que casi ninguno de los dos probaba. En la cabaña advirtieron que
algo le había sucedido, pero ella conseguía burlar la vigilancia. Por lo demás,
no tenía mayor importancia; nadie en los alrededores tomaría como esposa a una
muchacha cuyo vientre no mostrase que podía dar hijos.
En el momento
propicio, Helgi se fue. Le había dicho a ella que no se asustase si llegaba un
barco. Cuando así sucedió y todo el mundo salió huyendo, ella se quedó. El
hombre ricamente vestido que saltó a tierra le dijo que era el rey de los
daneses.
—No me habría
importado que solamente fueses un vagabundo —dijo ella con voz entrecortada, y
se desmayó.
Después, Yrsa fue
en busca de su familia adoptiva y de buena manera los convenció. Helgi les dio
lujosos regalos antes de embarcarse con ella.
No pudo abandonar
su flota, a la que había dicho que permaneciese en Fyn. Los hombres le
despreciarían, si él renunciase a su viaje anual para quedarse mirando a las
musarañas en tierra enfermo de amor. Por eso confió Yrsa a su hermano Hroar y
se hizo a la mar acto seguido. Tanto para él como para ella, los meses
siguientes fueron arduos.
—Me parece que esta
vez será algo más que otra de las queridas de Helgi —dijo la reina Valthjona a
su marido.
—Puede ser —Hroar
se tiró de la barba y frunció el ceño—. Mala cosa es ésta. ¡La mocosa de un
granjero nacida de una esclava!
—Ahora ya no, es
una dulce muchacha —dijo Valthjona—. Además, por el buen nombre de los
Skioldungos, tendré que acogerla bajo mi protección.
Había tantas cosas
que una dama debía conocer: todo lo concerniente a la forma de llevar una gran
casa; técnicas como las de tejer y de hacer cerveza; las buenas maneras, la
forma de bien vestir, de bien hablar; las tradiciones y ritos de los antiguos
dioses y de los antepasados; quiénes eran los amigos de su señor, quiénes sus
enemigos, y cómo había que tratar a unos y a otros. Yrsa no podía aprenderlo
todo en un solo día.
—A pesar de todo
ella se esfuerza —dijo Valthjona a Hroar—. Si yo hubiese empezado tan
humildemente, habría tardado más que ella en dominar lo que tenía que saber.
Aparte de la
nostalgia de Helgi, Yrsa era un alma rebosante de alegría, cantando cada día
mientras revoloteaba cumpliendo sus tareas. Tenía muchos animales, perros y
caballos y pájaros, cuyo número iba en aumento. No le gustaba ir de caza. En
cambio, se la veía tan diestra y tan feliz en una barca como cualquier
muchacho. Joven como era, se divertía con los jóvenes de El Ciervo.
Humildemente criada, era de un trato más amistoso con criados y siervos
—siempre dispuesta a escuchar sus largas historias de interminables infortunios
y a prestar ayuda— de lo que fueran Hroar o Valthjona, aunque éstos fueran
considerados como muy amables.
—Y además —dijo la
reina al rey—, ella conoce tan bien su trabajo, al haberlo hecho ella misma,
que no tratan de defraudarla o de mostrarse gandules por segunda vez. Ni
tampoco tiene necesidad de azotarlos. Se limita a preguntarles en el tono más
suave si preferirían servir a otra persona. Por supuesto que no lo prefieren.
—Hum, sí, también a
mí me empieza a gustar —dijo
—Es de buena
estirpe —dijo Valthjona—. Su madre puede que haya sido una esclava, como le
dijeron. Pero, aunque así haya sido, juraría que era una mujer de alta alcurnia
a la que habían cogido cautiva. Y su padre, vamos, puede que haya sido un rey.
Cuando Helgi volvió
y vio a Yrsa vestida de lino y pieles, con adornos de oro, llevando en el
cinturón las llaves de su casa y dándole la bienvenida cortésmente, se quedó
como si le hubiesen golpeado con un martillo. Aquella noche, cuando ya
amanecía, le dijo que no era suficientemente bueno para ella que fuese su
concubina. La convertiría en su reina.
Y así lo hizo.
Durante años no se habló más que de su fiesta de bodas.
Hroar aprovechó la
ocasión para ofrecer su amistad a los caudillos de las islas recientemente
conquistadas. Los invitó y con dádivas y buenas palabras hizo que rindieran
fidelidad a los Skioldungos.
—Por lo menos, el
encuentro con Yrsa nos ha servido para algo —comentó a Valthjona.
—¿Todavía sigues
diciendo que ella impidió que Helgi hiciese un matrimonio mejor? —preguntó su
esposa—. Vamos, él puede tener tantas mujeres como le plazca.
—Ninguna otra le
gustará —dijo Hroar—. Ni siquiera ha vuelto a tener amantes —sonrió a
Valthjona—. Ah, bueno, yo soy igual.
Yrsa continuó
aprendiendo cómo ser una dama, hasta que la gente dijo que, por joven que ella
fuese, Leidhra rara vez había tenido una reina tan primorosa. Advertían también
que Helgi se iba tranquilizando cada vez más. Empezó a pasar los veranos en
Dinamarca, haciendo el tipo de trabajo reservado a Hroar. Aunque menos paciente
que su hermano, era igualmente justo. Los hombres eran felices de dejar los
pleitos en sus manos. Pensaban que los comentaba con Yrsa y que ésta suavizaba
su severidad.
Sin embargo, ella
aún era joven. Durante dos años no tuvo hijos. Al tercero dio a luz un niño.
Fue un nacimiento
largo y difícil, en la víspera del Yule por añadidura. Helgi estaba sentado en
la sala, bebiendo, escuchando a un escaldo, hablando con sus hombres. Lo que
decía tenía poco sentido; y continuamente volvía la cabeza hacia la puerta,
como si se esforzase por escuchar, sobreponiéndose a la tormenta del exterior,
los gritos de dolor que nacían en la habitación de la reina.
Al fin vino la
comadrona. En un solemne silencio, excepto por el rugido del fuego y del
vendaval, se aproximó trayendo un bulto que dejó en el suelo ante el elevado
asiento. Helgi estaba sentado, inmóvil. El sudor brillaba en su frente y en sus
mejillas, impregnando de mal olor sus ropas.
—Os traigo vuestro
hijo, rey Helgi —dijo la comadrona.
—¿E Yrsa? —gruñó.
—Espero que esté
bien, mi señor.
—Dame a nuestro
hijo —le temblaban las manos cuando las alargó para coger al niño y ponerlo
sobre sus rodillas.
Al día siguiente,
seguro ya de que Yrsa viviría, sacrificó una manada de caballos y bueyes en el
bosque sagrado, y convocó a los hombres a una fiesta casi tan espléndida como
la de su boda. Él mismo roció con agua al niño y lo llamó Hrolf. Los guerreros que
habían viajado a su lado de un extremo a otro del mundo conocido, hicieron
resonar las hojas de las espadas contra los escudos y aclamaron a su príncipe.
Poco a poco, Yrsa
fue recobrando plenamente la salud. No tuvo más hijos. Sin embargo, ella y
Helgi siguieron siendo felices. Se regocijaban con su Hrolf. Era pequeño pero
hermoso, alegre, rápido de pies y de inteligencia.
Fueron años
tranquilos para Dinamarca. Sin embargo, los hermanos no perdían de vista a
Götaland y Svithjodh, donde estaban sucediendo muchas cosas.
Hugleik, el rey de
Götaland —quizá buscando fama para igualarse con Helgi—, llevó una flota de
guerra, más allá de Jutlandia y de Saxland, al país de los francos. Allí estuvo
asolando el reino; pero los francos le tendieron una emboscada a él y a los suyos,
y cayó en la batalla. Entre los pocos geatas que lograron escapar estaba
Bjovulf, que llegó nadando con loriga y el resto de su equipo encima hasta sus
barcos. Triste fue su regreso a la patria. Por su esforzado valor, los geatas
quisieron hacerlo su señor. Rehusó, y él mismo hizo subir al trono al hijo de
Hugleik, Haerdredh, ante el Thing. Sin embargo, al ser el caudillo más
poderoso, muerto Aegthjof, Bjovulf debió forzosamente regir la región en todo
menos en el nombre.
En aquel momento,
el rey sueco de Svithjodh era Egil. Como otros Ynglingos, era un pródigo
sacrificador a los dioses, y un brujo además. Quizá uno de sus hechizos salió
mal; sea lo que fuere, en una ocasión un toro que iba a sacrificar escapó, se
abrió camino a cornadas entre los esclavos ya colgados en honor de Odín, y
escapó. Durante mucho tiempo vagó por los campos, causando daño a mucha gente.
El rey Egil dirigió una expedición de caza en su búsqueda. Una vez se apartó
cabalgando de sus hombres en aquellos frondosos parajes, y repentinamente se
encontró con la bestia. Le arrojó la lanza. El toro se sacudió el hierro, salió
de estampía y embistió al caballo del rey, arrojando a éste al suelo. Egil sacó
la espada. Pero el toro lo alcanzó antes. Un cuerno le atravesó el corazón.
Entonces llegaron los hombres del rey y acabaron con el animal. Después se
llevaron el cuerpo de Egil y lo enterraron en Uppsala.
Había tenido un
hermano llamado Ottar, de modo que estalló la lucha por el poder entre el hijo
de Egil, Aali, y los hijos de Ottar, Asmund y Adhils. Durante años asolaría
Svithjodh. Asmund cayó, y el derrotado Adhils huyó a Götaland. Los geatas, bajo
el rey Haerdredh, lo respaldaron. Pero cuando su ejército invadió Svithjodh, de
nuevo Aali se alzó con la victoria y el mismo Haerdredh encontró la muerte.
Los geatas
nombraron a Bjovulf su nuevo rey, como habían querido hacer desde el principio.
Pidió ayuda a su pariente y amigo Hroar, que le envió guerreros. En otro
combate, en el helado lago Vänem, murió Aali. Adhils cabalgó hasta Uppsala y
fue aclamado rey de los suecos.
Hroar y Bjovulf
tuvieron así la esperanza, de que el señor de Svithjodh les quedase agradecido
a ambos, ya que no era hombre inclinado a la guerra. Pero Adhils profundizó en
el arte de la hechicería mucho más que ninguno de los Ynglingos anteriores.
Habiendo obtenido lo que buscaba, dejó al mundo en paz en la medida que le
concernía.
Aun así, los
hermanos Skioldungos cometieron un error al ayudarlo. Pero no se percataron de
ello en un primer momento, pues antes padecieron otras tribulaciones.
Cuando ya habían
transcurrido siete años desde el día en que Helgi encontrara a Yrsa en la
costa, la reina Olof acudió a cobrarse venganza.
VI
El granjero no se
atrevió a hacer otra cosa que ir en busca de Olof y comunicarle que un
navegante que decía ser el rey de los daneses se había llevado a la muchacha
que le había entregado. Ella siguió sentada, inmóvil hasta que, muy débilmente,
dejó aflorar una sonrisa en sus labios. A partir de entonces, dio muestras de
ansiedad por oír noticias de Dinamarca. No las obtenía abiertamente, porque
como nunca dejó que supiesen que había cambiado de idea, la gente todavía temía
mencionarle a Helgi Halfdansson. Pero de un modo o de otro, se enteró de que él
y una tal Yrsa, de familia desconocida, estaban felizmente casados.
—Tendrás dolor y
vergüenza, Helgi, en vez del honor y la alegría que ahora tienes —prometió
ella, a solas con sus fantasmas.
El tiempo pasó, no
obstante, porque ella no podía embarcarse en seguida como un hombre. Más aún,
encontró alegría en el hecho de pensar en el terrible dolor que causaría con
sus revelaciones. Primero era necesario asegurarse de que él no atacaría de
nuevo. Con esta finalidad tejió una red de alianzas, tanto con otros sajones
como con los juros del Norte. Después de lo que había sucedido en las islas,
aquellos señores sabían que debían permanecer unidos si querían seguir siendo
libres. Pero Olof trabajó pacientemente y esperó hasta que estuvo segura de que
no se usaría la avaricia y la belicosidad de ellos para enfrentarlos entre sí.
Finalmente, hizo
saber que viajaría a Dinamarca para llegar a un acuerdo con los Skioldungos. Al
pueblo le gustó la idea. Facilitaría el comercio si se podía apartar el horror
de la guerra. Ella preparó solamente tres barcos. Por eso a nadie le extrañó que
escogiese un mes en el que sabía que Hroar y Helgi estarían lejos de casa,
haciendo la ronda de los Things del condado. Así podría entablar relaciones con
las reinas y sondearlas, ganándose su amistad, para que intercediesen en su
favor ante sus maridos.
La nave sajona se
adentró en el fiordo de Roskilde y amarró en los muelles delante de la ciudad.
Una multitud de mercaderes ya estaba en acción. Se apresuraba en torno a los
almacenes y a los puestos alegremente adornados, que los comerciantes habían
instalado —hombres, mujeres, caballos, perros, vacas, cerdos, niños que se
arrastraban entre el ganado, aquí una prostituta, allí un extranjero venido de
tan lejos como los reinos francos, todo aquello entre un estrépito horrible y
un torbellino de colores—. Detrás de aquellos puestos la empalizada se elevaba
hacia lo alto, con una atalaya en cada esquina, en las que brillaban los yelmos
y las lorigas de los guerreros de guardia, y las cabezas de los forajidos
pudriéndose en lo alto de las estacas. Por encima de aquel muro todavía podían
verse los tejados de césped de infinidad de casas, verdes y moteados de flores
ya que, por entonces, era verano. El humo bogaba cargado de olores hacia las
gaviotas que chillaban en una nevada de alas.
A ambos lados, la
tierra formaba ondas desde las aguas rutilantes de sol, excepto donde había
trozos de bosque, arada y sembrada, rica y pacífica. En lo alto de una colina,
circundado de un bosque de robles sagrado, un templo construido con tablones se
elevaba tejado sobre tejado. Cerca de él, destacando poderosamente entre sus
dependencias exteriores, la mansión de El Ciervo alzaba sus cornamentas
resplandecientes de oro.
—Lo han hecho bien
esos hermanos —dijo a Olof el capitán de su barco.
Ella estaba de pie
en la cubierta de proa, los puños apretados en los costados: una mujer de baja
estatura, con el vestido manchado por el mar, canas en el pelo y arrugas
profundamente grabadas en el rostro cuyas anchas facciones aparecían ceñudas,
pero con todo, erguida y de altiva mirada.
—Quizá no lo harán
de ahora en adelante —dijo ella, e hizo señas al Mariscal de su Guardia de que
se le acercase. A éste le dio un mensaje más preciso. Junto con varios de sus
hombres el Mariscal partió a paso largo hacia El Ciervo, con cotas de malla que
habían limpiado con esmero, las lanzas en alto, las capas rojas y azules
tremolando a sus espaldas.
Cuando Helgi estaba
fuera, Yrsa acostumbraba a traerse a su hijo Hrolf y quedarse con Valthjona.
Las dos mujeres se tenían mucho aprecio. Además, la residencia de Hroar era la
mejor que había en Leidhra. Olof se había informado de ello.
Los hombres de Olof
pidieron ver a Yrsa a solas. Ella los recibió en una habitación en la que se
sentaba a hilar con sus doncellas. Las muchachas tenían los ojos bien abiertos
cuando los velludos sajones entraron en la cámara.
—Bienvenidos
—sonrió Yrsa—. Ya nos habían llegado rumores de que tres barcos más habían
entrado hoy en el puerto. ¿De dónde sois y qué es lo que queréis?
—Me llamo
Gudlímund, señora —las maneras del Mariscal eran tan toscas como su forma de
hablar la lengua nórdica. La gente no tenía en la pequeña y apartada corte de
Olof los modales que allí se estilaban—. Os traigo saludos de mi reina —y dijo
de quién se trataba.
—Vaya, ¡qué
estupendo! —aplaudió Yrsa, enrojeciendo tan intensamente como cualquiera de sus
doncellas. Aunque la historia de las hazañas que su marido llevara a cabo
antaño con Ais hacía tiempo que había dejado de formar parte de la conversación
corriente, ella las había oído—. ¿Olof quiere ser al fin nuestra amiga? ¡Por
supuesto, por supuesto! Que venga en seguida —se volvió a una muchacha—.
Thorhild, ve a buscar a los cocineros...
—Un momento, señora
—dijo Gudhmund—. Mi reina me ha dicho que os diga que de ninguna manera quiere
ser invitada aquí.
Yrsa frunció las
cejas.
—¿Que?
—Tiene algo que
comunicaros, señora, si queréis llegaros hasta donde está.
Yrsa frunció
todavía más el ceño. Si la reina Valthjona hubiese estado presente, sin duda le
habría aconsejado que rehusase una invitación tan insultante. Pero Yrsa creyó
que haría mejor enterándose de lo que fuese. Empleó tiempo en arreglarse; se
puso un vestido blanco recamado de pámpanos verdes, toca de lino, una cadena de
oro en el cuello y brazaletes también de oro en los brazos, zapatos de
cabritilla con hebillas de plata y una capa escarlata guarnecida de armiño.
Requirió a los hombres de la guardia para que la acompañasen a caballo. Estuvo
a punto de dejar que los sajones fuesen andando, pero en el último momento
pensó que no había que humillarlos sólo porque su reina tuviese tan mal genio,
y ordenó que ensillasen caballos para ellos.
Vistosa y
ruidosamente, entre llamativos escudos y bajo brillantes lanzas, Yrsa cabalgaba
al encuentro de su fatal destino.
Al llegar al muelle
desmontó, dejó a sus hombres alineados, y sin ayuda de nadie saltó ágilmente a
la cubierta de proa del barco. Durante unos instantes ella y Olof se midieron
con los ojos. La multitud en tierra, contemplando atónita el espectáculo, guardaba
silencio. Sólo se oían los gritos de las gaviotas, una brisa que susurraba, las
olas que chocaban con el casco del barco, las jarcias que crujían.
—Bienvenida a
Dinamarca —dijo Yrsa con voz tranquila—. ¿Por qué no queréis ser nuestra
invitada?
Olof todavía seguía
contemplándola. En siete años, la muchacha que iba por la playa con los pies
desnudos se había convertido en una mujer. Aunque tampoco era alta, Yrsa andaba
erguida y flexible; su cabello de bronce, ojos grises y rostro gentilmente moldeado
eran agradables de ver; como lo eran los pequeños hoyuelos hechos por la risa
en las comisuras de sus labios. Ni siquiera en aquel momento podía mirar
ceñuda.
—No tengo ningún
honor que devolverle al rey Helgi —dijo Olof con voz uniforme.
Yrsa se sintió
ofendida.
—Poco honor me
mostrasteis cuando vivía en vuestra tierra —sin embargo, sintió una especie de
fuerza en su interior. Se inclinó hacia adelante, como si quisiese coger a la
mujer mayor por las manos, y dijo, vacilante—: Me pregunto... ¿podéis hablarme
de mi familia? He pensado que es posible que las cosas no sean como he oído...
Olof sonrió.
—Claro que sí,
querida mía. No es imposible que yo pueda decirte algo al respecto. De hecho,
si he viajado hasta aquí, ha sido sobre todo porque quería que supieses la
verdad —respiró hondamente—. Dime, ¿eres feliz en tu matrimonio?
Aturdida y
ruborizada, Yrsa, sin embargo, respondió con alegría.
—Sí, debo decir que
lo soy, porque tengo como marido a un rey muy valiente y muy famoso.
Estremeciéndose de
gozo, Olof habló en voz alta, de tal modo que pudieran oírla no solamente los
hombres que había en el barco sino también los que estaban en el muelle.
—Tienes menos
razones para estar contenta de lo que te crees. Él es tu padre, y tú eres mi
hija.
Yrsa dejó escapar
un chillido.
Después dijo a
gritos que eso era una sucia mentira y que Helgi quemaría toda Ais hasta que su
honor quedase limpio. Olof insistió, implacable. Durante años había estado
preparando aquel momento. Se había traído como testigo a la comadrona que
extrajo a Yrsa de su vientre y oyó por qué le habían puesto aquel nombre: hasta
se había traído la calavera del perro.
Los hombres de su
guardia vieron cómo la reina de los daneses se derrumbaba en la cubierta,
sumida en llanto, mientras la mujer sajona permanecía en pie encima de ella y
sonreía. Levantaron las armas y se abalanzaron hacia adelante.
—No, deteneos,
deteneos —musitó su capitán—. Temo... que se trate... de algo que no podemos
matar. ¡Oh, Elfos de la Luz , ayudadnos en este día!
Pero nada voló
sobre Yrsa excepto los gritos de las gaviotas.
Finalmente, ella se
levantó y dijo jadeante:
—Creo que mi madre
es la peor mujer y la más despiadada que... que haya vivido nunca. Nadie ha
oído otra cosa igual. Nunca, nunca se olvidará.
—Puedes
agradecérselo a Helgi —dijo Olof.
Y, para asombro de
los que allí estaban bajo el sol, dio unos pasos hacia adelante, cogió a su
hija en sus brazos, estrechó la cabeza de trenzas anudadas contra su pecho, y
dijo:
—Vente conmigo,
Yrsa. Vente a casa con honor y respeto, y haré lo que pueda para que todo sea
bueno para ti.
Yrsa se soltó.
Esperó hasta que hubo reunido suficiente fuerza, y entonces contestó sin
alterarse:
—No sé cuál será el
resultado de todo esto. Pero aquí no puedo quedarme por más tiempo, sabiendo la
imposible situación en que me encuentro.
Y volviéndose,
abandonó el barco, montó en su caballo, y regresó cabalgando con trote ligero.
Era una Skioldunga.
La historia no nos
dice lo que pasó entre ella y la reina Valthjona, o entre ella y Hrolf
Helgisson.
Ni siquiera nos
dice lo que hizo Olof. Sin duda mantuvo otras conversaciones con su hija, y
hábilmente, con la astucia aprendida durante los años de ejercicio de la
realeza, apremió a Yrsa a que volviese con ella a Ais. En verdad, si abandonaba
a su marido, ¿en qué otro lugar podría encontrar cobijo? Una mujer sola era
fácil presa. Asimismo, es muy probable que Olof no se demorase allí mucho
tiempo. Lo que había sucedido habría llegado a conocimiento de Helgi, que
estaría reventando un caballo tras otro para regresar cuanto antes. Sin
dilación, los sajones debieron irse remando. Su mejor plan habría sido
apostarse más allá del estrecho que une el fiordo de Roskilde con el Isefjord,
de tal manera que en cualquier momento pudieran huir por el Kattegat. La historia
no dice poco más, salvo que Helgi e Yrsa volvieron a verse. El encuentro debió
de ser a solas, y ni siquiera el pequeño Hrolf estaría presente para no
asustarse de la ira y el dolor de su padre. Yrsa habría enviado a doncellas,
criados y guardias fuera del pabellón en donde dormía con Helgi, y en el que,
antaño, se sentara cantando a la rueca, mientras esperaba su regreso para
contarle que estaba embarazada.
La habitación de
ambos estaba en el piso superior. Las puertas daban a una galería desde la que
se podía tener una visión panorámica de la mansión, del patio y de la vida que
en él hormigueaba y, siguiendo hacia adelante, la vista llegaba hasta la ciudad
y su bahía, y también se extendía hasta los prados de verde intenso donde
pastaban las vacas, los frondosos árboles susurraban, los campos de cereales
aparecían listos para la cosecha, los tejados humeaban del simple fuego del
hogar, hasta atisbar en el horizonte un dolmen en la cima de una colina. Las
nubes parecían cumbres nevadas, un halcón se remontaba hacia lo alto, una
alondra cantaba. Los rayos del sol fluían sobre el entarimado pulido con arena,
brillaban misteriosamente en los revestimientos de las paredes y en los muebles
labrados, acariciaban la piel de un oso cuya pista Helgi había seguido y matado
después con su lanza, sólo para darle a Yrsa una cálida manta, y hacían brotar
olores de cedro del arcón en que ella guardaba algunos vestidos de ricas y
exóticas telas que, así mismo, él le había regalado.
El robusto Helgi se
debatía impotente ante su enamorada y balbució:
—Tu madre está loca
y es despiadada. Que todo siga entre nosotros como antes.
—No, no, no puede
ser —le suplicaba ella, y se apartaba cuando él trataba de cogerla entre sus
brazos—. Tú... yo... No. Helgi —decía poco menos que llorando—, ¿que suerte
conocería una tierra cuyo rey duerme con su propia hija?
Entonces fue él
quien se derrumbó. Campos devastados, mohos en los graneros, epidemias
extendiéndose entre el pueblo famélico, Dinamarca, guarida de cuervos y lobos,
asesinos y locos, hasta que un hacha extranjera talase el árbol de los
Skioldungos... Posiblemente aquel horror del incierto futuro le dejó abatido y
sin habla.
—¡Yrsa! —exclamó
finalmente; pero ella se había ido.
Puede que ella
diese a su hijo un beso de adiós. Puede que un hombre la llevase en su bote de
remos, a través de la bahía, en medio de la noche y de la lluvia, hasta
encontrar los barcos de su madre.
VII
Yrsa pasó tres años
en Ais. Su madre la trataba correctamente, si bien con frialdad. Estaba mucho
tiempo sola, y cuando permanecía en compañía hablaba poco. Sus días menos
desgraciados eran aquellos en que navegaba en una tía que tenía, como ella y
Helgi solían hacer. Incluso entonces, nadie la oyó cantar jamás.
Aunque la posición
de Olof convertía a Yrsa en un buen partido como reina, ningún rey acudió a
hacerle la corte. Esto se debió en su mayor parte a que no estaban seguros de
que Helgi no volviese por ella, o a que tomara a mal que ella se casase con
otro.
Pero él nunca se
movió. Había divagado con Hroar, después de que su hermano se le uniese,
respecto a la idea de dirigir una flota y un ejército en busca de su esposa.
—Eso no tiene
sentido, y tú bien lo sabes —le espetó Hroar—. No podemos pelear con media
Jutlandia, que es lo que supondría hacerle la guerra a Ais. ¿Y qué podrías
ganar con ello? Una muchacha que es tu propia hija y a la que tendrías que
mantener enjaulada para que no huyese de ti, además de que, con toda seguridad,
los dioses nos volverían la espalda, si hicieses a sabiendas una cosa
semejante. ¡No!
Derrotado, Helgi
pasó mucho tiempo acostado, mirando al vacío. Después de aquello estuvo siempre
irascible y violento y, casi siempre, borracho. Cuando iba con mujeres, no
podía hacer nada con ellas —se susurraba que la misma Frigg le había castigado—, y al final dejaron de
preocuparle. Se construyó una choza en los bosques, donde permanecía a menudo
completamente solo, a veces durante semanas enteras.
Hroar y Valthjona
criaron a Hrolf. Cualquiera que fuese la maldición que se cernía sobre su
familia, no parecía haberle alcanzado. Era un muchacho de temperamento alegre
que se ganaba los corazones de las mujeres que le servían maternalmente y de
los más severos hombres de la guardia. Diestro en aquellas habilidades de
muchacho que luego llegan a ser las del hombre, era, así mismo, inclinado a
pensar, a hacer conjeturas, preguntando siempre en voz alta si las respuestas
que le habían dado contenían toda la verdad: en resumen, igual que había sido
su tío a su edad.
Al tercer verano
llegó a Ais una flota bajo el escudo blanco. Jamás antes había albergado Olof a
tropa tan grande y espléndida. A su cabeza venia Adhils, el rey de los suecos,
había viajado directamente desde la ciudad de Uppsala.
Olof le recibió con
el mayor respeto. En las habitaciones de los invitados dispuso lo mejor que
tenía. Yrsa estuvo simplemente cortés, y pronto se retiró a la casa apartada en
donde vivía. Esa noche Olof y Adhils bebieron juntos en el sitial.
—He oído hablar de
vuestra hija —le dijo—, y veo que es verdad lo que se dice de lo hermosa que es
y de lo poderosas que son las familias de que procede. Señora, os pido su mano.
Olof le miró
atentamente. Adhils era un hombre joven alto y fuerte, aunque con tendencia a
la obesidad. Su cabello y su barba eran largos, de color de ámbar, y
grasientos; con sus pecosos dedos jugueteaba con sus patillas. Una nariz
afilada como una espada parecía fuera de lugar entre sus anchos pómulos
rojizos. Aunque iba vestido con las más finas ropas de lino y con adornos de
oro, no estaba tan aseado como debiera; un olor desagradable se desprendía de
su persona.
Además, nunca reía.
Su voz sonaba lenta y pesada como el oleaje del Mar del Norte. Los pequeños
ojos pálidos como el hielo, hundidos bajo las cejas, miraban fijamente. Se
sabía que era muy versado en brujerías. Su gente sentía el peso de su codicia y
de su severidad, pero él los regía con una astucia impropia de su edad.
Svithjodh era el mayor de los reinos del Norte, extendiéndose desde las colinas
de la frontera con Götaland hasta los interminables y humédos yermos de
Finlandia.
Docenas de reyes
subsidiarios y de reyezuelos tribales pagaban tributo a Adhils, por lo que así
tenía tanta riqueza y guerreros a su disposición como los Skioldungos.
—Ya sabéis lo que
le pasa —dijo Olof muy despacio—. Sin embargo, si ella lo desea, yo no me
opondré.
—Espero que no, mi
señora —dijo Adhils sin sonreír.
Y aunque la noche
era cálida y los fuegos ardían altos, Olof no pudo evitar un escalofrío.
Sin embargo, pensó
que, teniéndolo de aliado, no habría por qué temer a Helgi ni a ningún otro.
Al día siguiente,
Adhils fue al encuentro de Yrsa. Ella estaba sentada fuera, en un banco, bajo
el sauce de un herboso jardín detrás de su morada. Un par de muchachas la
ayudaban a coser un vestido. Tenía poca servidumbre, y ni un solo esclavo.
Discretamente como vivía, no le faltaban nunca criados, porque sabían que los
trataría amablemente.
Aquel día iba
vestida como siempre con un vestido sencillo y sin adornos. La luz del sol se
filtraba entre la penumbra, despertando matices rojizos en sus trenzas. El aire
estaba pesado e inmóvil, lleno de los olores de hierbas culinarias o
medicinales: el afilado puerro, el cerafolio, el ajenjo, la gualreria; la
acedera agria como la leche; la amarga ruda, el dulce tomillo, el tímido berro.
Un par de golondrinas de color azul pastel se lanzaban en persecución de un
mosquito. Cuando la grava del sendero crujió bajo los pasos de Adhils, Yrsa
alzó la vista.
—Buenos días, mi
señor —dijo con voz apagada.
—Os echamos de
menos en la fiesta de anoche —contestó él con voz grave.
—No tengo humor
para diversiones.
—Había esperado
haceros un regalo. Aquí está —Adhils sacó un collar. Las criadas pusieron el
grito en el cielo. Aquellos lazos y láminas de oro bruñido, aquellas joyas
destellantes, podían valer lo que un navío largo .
—Gracias, mi señor
—dijo Yrsa turbada—. Sois demasiado amable. Pero...
—No quiero oír
peros —Adhils dejó caer el objeto en su regazo y despidió con la mano a las
doncellas, que se escabulleron para cuchichear sin ser oídas por la escuadra de
guerreros suecos que había seguido a su rey. Él se agachó para sentarse a su
lado.
—Vuestra madre es
una reina rica —dijo—. No deberíais llevar una vida tan solitaria como la que
lleváis.
—Así lo he elegido
—dijo Yrsa.
—En otro tiempo
erais más felices.
Ella palideció.
—Eso es asunto mío.
Adhils giró la
cabeza para atravesarla con su fría mirada.
—No, estáis
equivocada. Lo que un gran señor o una gran señora hagan es asunto de todo el
pueblo. No solamente porque quieran inmiscuirse en lo que no deben, sino porque
sus vidas dependen de las nuestras.
Ella intentó
alejarse de él sin parecer demasiado grosera ni asustada.
—Yo he renunciado a
eso —susurró.
—No podéis
renunciar a vuestra sangre —replicó él con su lenta y machacona voz.
—¿Qué queréis, rey
Adhils?
—Que seáis mi
esposa, reina Yrsa.
Ella se puso tensa.
—No.
La sonrisa de
Adhils apenas se dibujaba en sus labios.
—No soy tan mal
partido.
De un salto, se
puso en pie y estalló:
—¡No veo nada bueno
en tamaña elección! ¡Bien sé lo odiado que sois!
—Soy temido, Yrsa
—dijo él, desconcertantemente impertérrito.
Ella le devolvió el
collar.
—Idos. Os lo
suplico, idos —furiosa, señaló el nido de cigüeñas en lo alto del tejado—. Esos
pájaros se supone que traen hijos y buena suerte. Yo no tengo ninguna. Vos no
querréis una reina estéril.
—Aquí habéis
dormido sola —le recordó él.
—¡Y siempre lo
haré!
Alzó su pesada
silueta, interponiéndose ante la puerta.
—En efecto, podéis
haberos convertido en estéril después de dar a luz ese niño que nunca debísteis
tener —dijo con franqueza—: no importa. Yo engendraré otros. Con vuestra madre
y sus amigos sajones como aliados, y vos como mi esposa, los Skioldungos tendrán
que saber comportarse conmigo —apretó el collar en la mano de ella—. Más aún
—dijo—, seréis para mi casa un adorno incluso más brillante que éste —no
hablaba alegremente, como habría hecho Helgi; al contrario, era como si lo
dijese todo a la vez y lo hubiese aprendido de antemano.
—No quiero causar
problemas, ni tampoco quiero ofender a... a tan grande rey —dijo Yrsa. Estaba
cubierta de sudor; y quizás a punto de llorar—. Sin embargo, idos. Idos.
Él le dio la
espalda y regresó andando parsimoniosamente. Cuando estuvo fuera de su vista,
Yrsa tiró al suelo el collar y se acurrucó en el banco, respirando con
dificultad.
Olof se enteró de
lo sucedido y acudió a verla a su casa. Era después del atardecer. El
crepúsculo invadía la habitación. Yrsa no pidió que le trajesen fuego para
encender una lámpara. Las dos mujeres sentadas se veían como si fuesen sombras.
Una ventana abierta dejaba entrar el frío del exterior. En aquel momento, eran
murciélagos los que revoloteaban, y en algún lugar un búho ululó.
—Eres una tonta,
Yrsa —le espetó Olof—. Una completa tonta, cabeza de chorlito. No hay nadie
como el rey Adhils.
—Lo hay... había
uno mejor para mí —se lamentó su hija.
—¡Cha, un carnero
sin esquilar siempre encerrado en su madriguera! —se mofó Olof—. Ya has oído en
lo que se ha convertido Helgi.
—No pierdes ocasión
de injuriarlo.
—Yaciste con tu
propio padre..., el mismo cuerno que me corneó malamente, Yrsa. Que no hayas
sido castigada con la muerte o con la ceguera..., que ahora el señor más
poderoso de la tierra venga a cortejarte, sí, que te dé un regalo que podría
ser el mismo Brisingamen , que tú lo tires a la basura...
Yrsa sacudió la
cabeza.
—Para conseguir el
Brisingamen, Freyja se abrió de piernas para cuatro horribles enanos.
—Sólo necesitas ir,
santificada y con honor, a un gran rey —Olof se calló por un instante, luego
continuó—: Nunca deseé a los hombres; no, sólo los aborrecí. Tú eres de otra
manera. Me enteré, aunque estuviese lejos, de cómo tu mano en la suya y tu
forma de mirarlo decía a todo el mundo lo feliz que eras con Helgi. En los años
que llevas aquí, he notado que sonreías a cosas que yo no podía ver, como
acariciar un manzano bañado por la luz de la luna, o (¡no me contradigas!)
dejar la mirada perdida en un joven guapo. Yrsa, necesitas un hombre.
—No ese hombre.
—Ese precisamente.
Como te iba diciendo, a pesar de tu anterior matrimonio, que ha hecho que te
parezcas a esa perra cuyo nombre te di; a pesar de haberlo tratado hoy de una
manera que le daría todo el derecho a declararnos la guerra, Adhils tiene
paciencia. No puede ser sólo simple suerte. Una Norna está cerca, y es tu sino
que te conviertas en la reina de Svithjodh.
Uh-uh, ululó el
búho. Yrsa se encogió, como si fuese a ella a quien estuviese persiguiendo el
animal.
—Mucho peor podría
ser ese sino —prosiguió Olof—. Y mucho peor será, si dejas que tu
empecinamiento se convierta en locura. No tengo herederos, Yrsa. Los hombres de
Ais no desearán que los gobiernes cuando yo haya muerto ni tú sabrás hacerlo
aunque ellos quisieran. ¿Qué preferirías ser, la presa de algún vikingo, la
querida de grado o por fuerza de algún mugriento reyezuelo, o la señora de la
gran Uppsala? ¿Qué es más adecuado para una Skioldunga?
—No —suplicó Yrsa—,
no, no, no.
—Si tú eres su
reina —dijo Olof—, Adhils tendrá derecho a reclamar este reino. Podrá
establecer un conde en él cuando yo no esté, un hombre fuerte que lo mantenga a
salvo. De otro modo... bueno, piensa en tus hermanos adoptivos de la costa
norte. Piensa en tus hermanos, muertos, con los cuervos comiéndoles los ojos;
piensa en tus hermanas destrozadas y arrastradas lejos para mover el molino de
un extranjero. ¡Entonces dirán que su madre hizo bien al darle a Yrsa el nombre
de un perro!
Olof se levantó y
se marchó. Yrsa lloraba.
Al día siguiente
tenía el semblante tranquilo. Cuando vino Adhils, lo saludó cortésmente. El le
ofreció más regalos, más adornos y costosas telas. Sin embargo, ella no dijo en
voz alta que se pondría aquellas cosas, aunque fuese su esposa.
Después de un par
de semanas en compañía de él y de su madre, Yrsa inclinó, cansada, la cabeza y
dijo:
—Sí.
Cuando los suecos
zarparon, llevándose a la novia, Olof permaneció de pie en la ribera viéndolos
alejarse. Cuando el casco del último barco se perdió de vista en el horizonte,
se rió y exclamó:
—¡Esto también es
para ti, Helgi!
Pero sólo vivió
unos pocos años más: un tumor la mató.
VIII
Cuando el rey Helgi
se enteró de la noticia, estuvo de peor humor todavía y se retiró por completo
a su casa.
La había construido
él mismo, talando troncos como si fuesen enemigos, en la escasamente poblada
región norte de Selandia. En caso necesario podía andar varias millas hasta la
granja más cercana y comprar comida y cerveza. El carretero que se las traía no
tardaba en marcharse, y nadie venía a molestarlo. Decían que era una tierra
embrujada. A su espalda se extendía un yermo de malezas y árboles bajos
retorcidos por el huracán. Delante, un brezal, salpicado aquí y allá de
matorrales, se extendía hasta un pantano en donde siempre estaba
arremolinándose una húmeda neblina. A la vista de la casa se alzaba una adusta
sierra, en cuya ladera, el Pueblo Antiguo
había construido en otro tiempo una tumba de cámara.
Había poco que
cazar en los alrededores, unos cuantos ciervos, sobre todo liebres y ardillas y
otros animalillos que se escabullían asustados; sin embargo, los lobos aullaban
a menudo. El pantano atraía aves acuáticas cuyas alas y estruendo llenaban el cielo;
pero los hombres no cazaban cerca de esas profundas y verdosas charcas. Las
aves de rapiña y de carroña vivían en bandadas: águilas, cernícalos, azores,
esmerejones, milanos, grajos, cuervos, chovas y otras más. Helgi cogía a las
crías y trataba de amaestrarlas. Nunca lo conseguía, principalmente porque
siempre estaba borracho. Pero le gustaba tenderse de espaldas en los mullidos
brezos, contemplando cómo se remontaban y revoloteaban.
Cuando vino el
invierno, no pudo seguir contemplándolas.
Antes del Yule hizo
mal tiempo. En Roskilde, en Leidhra, en cualquier hogar a lo largo de
Dinamarca, las personas se apretaban entre sí, atizaban el fuego, y creaban un
entorno apacible como un muro que los separase de los seres que rondaban por
aquella noche. Helgi engulló deprisa pan rancio y bacalao seco, se bebió a
grandes tragos muchos cuernos de cerveza, y dando tumbos se metió en su cama de
paja y pieles de oso. Dejó una lámpara de aceite encendida.
Después de un rato
se despertó y frunció el ceño en la oscuridad. En la habitación hacía un frío
cortante; la noche parecía emanar de la arcilla del suelo. El viento silbaba.
Donde encontraba un resquicio sin tapar entre los troncos, hurgaba con los dedos
en su desnudez. Un sonido diferente, un débil quejido y rasguño en la puerta...
;por qué lo había hecho levantarse?
¿Alguna bestia
extraviada? Sentía la cabeza extrañamente despejada, como si no hubiese bebido
cerveza corriente sino que en su lugar hubiese probado el hidromiel que, según
se dice, prepara Odín para sus invitados de medianoche. Pensó que no sería
digno de un rey dejar a una criatura viva fuera si podía evitarlo.
Cogió la lámpara, y
a tientas sobre el rigor de la escarcha que cubría el suelo, a través de las
vastas y vacilantes sombras, fue a abrir la puerta. La nieve silbaba en el
viento. Un montón informe de harapos grises se acurrucaba temblando en el
umbral. Él se inclinó, apremió a la pobre criatura a que entrase, cerró la
puerta de nuevo y alzó la lámpara para verla mejor.
Era una muchacha.
Estaba escuálida como la muerte. Un cabello negro y lacio colgaba alrededor de
un cráneo mal formado en el que castañeteaban los dientes que todavía no se
habían podrido. Sus pies estaban desnudos e hinchados por el frío. Se acuclilló
en el suelo, intentó taparse con las azuladas manos que remataban unos brazos
que parecían palos de escoba, y gimió.
—Habéis hecho bien,
rey —oyó él.
Helgi hizo una
mueca. Sin embargo... volvió a dejar en el suelo la lámpara, atravesó la
habitación de un par de zancadas, se agachó y empezó a coger paja y una piel de
su cama.
—Ponte esto
alrededor y no tendrás frío —dijo.
—No, déjame meterme
contigo —gimoteó la mendiga—. Déjame acostarme junto a ti. De otro modo moriré.
Tengo tanto frío, tanto frío.
Helgi frunció el
ceño. Pero, habiéndola acogido como su invitada, no le quedó más remedio que
decir:
—Eso me contraría
enormemente. Sin embargo, si lo necesitas, entonces acuéstate a mis pies sin
quitarte la ropa. Eso no puede hacerme daño —confiaba en que se le hubiesen
muerto pulgas y piojos.
Como una torpe
araña, ella se arrastró hasta donde le había dicho y se echó una piel encima.
Helgi se tumbó de nuevo en la paja y estiró las piernas. La desamparada mozuela
podría, al menos, calentarse con sus pies, pensó él.
¿Qué era aquello?
No tocaban sucios andrajos ni raquíticos huesos. No, era algo suave como la
seda; la sensación le hizo estremecerse por completo.
Se sentó y apartó
las pieles. Allí estaba tendida una mujer con una camisa escarlata. Nunca había
visto tanta belleza. La paja apenas crujió cuando ella se puso de rodillas y le
sonrió. Sus pechos plenos y sus caderas anchas se dibujaban bajo el vestido y
brillaban a través de él; su encanto aniquiló todo hedor y el frío del
invierno, de suerte que él se encontró inmerso en pleno verano. Unos bucles,
del mismo color que el de un cuervo, enmarcaban su rostro pálido y extraño,
tallado con demasiada perfección para ser del todo humano. Sus ojos eran de un
dorado imperturbable, como los de un halcón.
—Pero... pero tú...
—el miedo le aguijoneó. Retrocedió e hizo el Signo del Martillo. Ella sonrió, y
el temor huyó de su mente y de su corazón. Mortecina como era la luz de la
lámpara, destellaba en su piel, venciendo a la oscuridad del interior. Muy lejano
y débil parecía el aullante viento. Extendió los brazos temblorosos para
alcanzarla.
Casi parecía que
ella cantaba cuando dijo:
—Ahora tengo que
irme. Me has salvado de la aflicción y de la adversidad, cuando había sido
hechizada por mi madrastra. He ido en busca de muchos reyes. Sólo tú, Helgi
Halfdansson, tuviste el coraje de hacer lo que podía librarme.
—No hacía falta
coraje —cuando él la tocó, su virilidad se despertó.
Ella lo miró, y
alzó una mano.
—No —dijo
dulcemente—, no debes acostarte conmigo. No me quedaré aquí por más tiempo.
Él la agarró y le
contestó con creciente alegría:
—Bueno, no podrás
irte tan pronto. No nos separaremos así.
Ella le cogió por
los hombros. La sensación le llegó a él hasta la médula.
—Me has hecho mucho
bien, Helgi. No quiero llevar aflicción a tu casa.
—Lo que has llevado
es una alegría mayor de lo que pueda expresar con palabras —balbució—. Me
casaré contigo tan pronto como sea posible. Esta noche...
El pesar
ensombreció aquellos ojos de halcón.
—Como queráis,
señor —luego volvieron a brillar, y ella se quitó la camisa y fue a su lado.
Mucho, mucho
después, la mañana se deslizó gris como un lobo a través de un mundo blanco y
silencioso. Él la había amado más veces y más ardientemente de lo que hubiera
pensado que fuese capaz un hombre. Agitándose en el duermevela, la vio en la
semioscuridad de pie, encima de él. Estaba vestida. ¿De dónde había sacado ese
vestido verde y ese manto, o la guirnalda roja de serbal que ceñía su cabeza?
Ella se inclinó, puso un dedo en los labios de él, y le dijo sigilosamente:
—Se ha hecho tu
voluntad, rey. Has de saber que hemos engendrado una niña. Cuando me tomaste,
te deseé el bien por eso no quiero hacerte daño. Haz lo que te digo, y quizá
podamos detener la aciaga suerte que sembraste en mi vientre. Nuestra niña
tiene que nacer bajo el mar, porque soy del linaje de Ran. El próximo invierno,
por estas fechas, dirígete a los cobertizos de tus barcos y búscala —su boca se
contrajo en una mueca de dolor—. Si no lo haces, los Skioldungos sufrirán.
El rey Helgi pensó,
entonces, que ella se iría. Cuando despertó del todo, ya no estaba.
Salió a los campos
de nieve, y la vio en cada sombra azul y en cada destello del hielo; cuando el
corto día concluyó y las estrellas empezaron a parpadear en el cielo, ella
susurró a su alrededor. No era Yrsa, sin embargo, un corazón arrancado de cuajo
que había dejado un vacío sangrante. Era de la raza de los elfos, era como un
viento de primavera, que pronto se va y nunca se recuerda cómo fue, pero que
deja tras de sí flores que acaban de nacer.
Advirtió que había
recobrado al mismo tiempo su virilidad y su deseo de ser un hombre. Cantando,
volvió a Leidhra a caballo.
Hroar había hecho
lo que había podido durante los años en que su hermano andaba desesperado. Sin
embargo, muchas cosas se habían torcido. Un rey era un gran terrateniente, un
gran propietario de mercancías y de barcos mercantes. Los mayordomos y capitanes
mercantes de Helgi se atrevían a hacer poco sin las órdenes precisas que rara
vez llegaban. Volvió a hacerse cargo de sus asuntos y en breve los enderezó. Lo
mismo hizo en lo concerniente al reino, a su hermano y su cuñada, y a su hijo
Hrolf.
Tan ocupado como
estaba —también por las mujeres—, se olvidó de lo que su amante élfica le había
pedido. Realmente, ella era tan diferente a todo lo que conocía, que a veces se
preguntaba si no habría sido más que un sueño. Entonces, ¿quién le había enviado
ese sueño y qué significaba. Eran pensamientos pavorosos. Los dejó de lado y se
zambulló en el mundo de los hombres.
En la tercera
víspera del Yule, estaba de nuevo solo en la casa cerca del túmulo.
Pensó que había
sido debido al azar. Un hombre, recientemente proscrito por asesinato, había
estado merodeando por los alrededores, causando daños. Cuando Helgi pasó por
alli, los granjeros le pidieron ayuda.
—De poco servirá
organizar una batida en su busca —rió el rey—. Bueno, quizá yo y mis sabuesos
podamos encontrarlo.
Así lo hicieron.
Helgi mató al individuo y le cortó la cabeza para que lo vieran. Para entonces
había anochecido, y se acordó de su choza. Deshabitada durante tres años, era
un lugar poco acogedor para pasar aquella noche. Sin embargo, sus paredes le
dieron algún abrigo.
Alrededor de la
medianoche, el ladrido de los perros despertó a Helgi. Cogió la espada y fue a
la puerta. El cielo estaba muy claro y calmo. Las estrellas cubrían de escarcha
la vasta oscuridad; el puente brillaba frío como la plata; abajo relucía la nieve,
excepto donde se alzaba el montículo con la tumba.
Cuatro seres, tres
con aspecto de hombres y un cuarto con apariencia de mujer montaban
cabalgaduras que rielaban, pálidos y mudables como cascadas, con largas crines
y colas, cuyos cascos no hacían crujir la helada nieve sino vibrar
rítmicamente: caballos élficos. Los caballeros iban vestidos con lorigas
tintineantes en consonancia, con botas de oro engastado que parpadeaban como el
fuego. Sus rostros eran demasiado hermosos para ser humanos. La dama... Helgi
la conocía.
Ella se inclinó.
Asustado, Helgi arrojó el arma para coger el bulto de piel de foca que ella
sostenía en sus brazos. Con un tono lleno de tristeza, le habló.
—Rey, tus parientes
sufrirán por no haberte preocupado de lo que te pedí. Con todo, las cosas te
irán bien, ya que me libraste de la desgracia. Aquí está nuestra hija. La he
llamado Skuld.
Más velozmente que
si hubieran sido de carne y hueso, los caballos desaparecieron de la faz del
mundo.
Helgi jamás volvió
a ver a la dama élfica. Se quedó de pie sosteniendo a una niña dormida que se
llamaba Skuld: Lo que Habrá de Ser .
IX
Entonces, la
aflicción volvió a apoderarse de él. No recayó sin embargo en sus antiguos
salvajismo y ebriedad. Pero hablaba poco más de lo necesario, nunca reía, y
salía a cabalgar durante mucho tiempo en solitario o se sentaba mirando el
fuego hora tras hora.
Hroar se enteró, y
hacia la primavera le mandó que viniese a El Ciervo para la ceremonia de la
Gracia. Era un año dulce y precoz. Los espinos aparecían ya blancos, secos los
caminos y el cielo lleno de los cantos de los pájaros, cuando los reyes
salieron a caballo del templo siguiendo el carro de Ereyr. Brillaba en él el
oro del relicario que ocultaba la imagen del dios; majestuosa era la dama
escogida para asistirlo durante el mes; con guirnaldas iban los bueyes que
tiraban del carro, y con guirnaldas las muchachas de Roskilde que danzaban a su
encuentro. Los cánticos resonaban por encima de la vigorosa alegría de los
enamorados; el agua que se fundía de las nieves gorjeaba en los arroyos; los
árboles alzaban sus ramas, que una diosa había cubierto con el primer y tierno
verdor, hacia un cielo de oblicuos rayos de sol y encumbradas nubes; las vacas
parecían una mancha rojiza de óxido en las brumas que avanzaban por los prados;
una brisa soplaba fría y húmeda, henchida de los olores de la vegetación.
Las noches negras
como el carbón y el apretujarse puertas adentro habían terminado. El día había
vuelto otra vez. La nueva vida estaba en camino; uno no podía sino oír cómo se
agitaba el suelo. Que la alegría se alce con la creciente savia. ¡Que el hombre
también se alce, y que fecunde a su mujer una y otra vez, para que Freyr y los
elfos de la tierra no dejen de hacer que fructifique nuestra Madre Tierra!
Después de que el carro del dios se hubiese ido de Roskilde para recorrer el
condado, hubo una fiesta. La gente se apresuró como nunca, cogidos de las
manos, no sólo los jóvenes sino también los graves patriarcas y sus esposas.
Helgi estaba
sentado, taciturno. Lo poco que hablaba se refería a su hijo Hrolf, preguntando
cómo se comportaba el muchacho y qué planes tenía. De once años de edad, Hrolt
era delgado y de baja estatura. Sin embargo, se movía corno un ciervo, y los
ricos trajes le sentaban bien. Su cabello era rubio, con tintes rojizos, más
sombrío que el de su padre. Los ojos eran grandes y grises bajo las oscuras
cejas —los ojos de Yrsa— y había mucho de ella en su rostro de piel clara,
además del mentón prominente de los Skioldungos. Contestaba con presteza. Por
otra parte, Helgi podía seguir tranquilo, contemplando lo que los demás hacían
y sumido en sus pensamientos.
Aquella noche Helgi
durmió solo.
Hroar le buscó por
la mañana.
—Ven, vamos a
montar un poco a caballo —dijo el hermano mayor.
Helgi asintió. Los
mozos de cuadra les ensillaron los caballos y partieron rápidamente al trote.
Los hombres de su guardia comprendieron que querían hablar y permanecieron
bastante detrás.
La bahía
centelleaba, los bosques respiraban y retoñaban, el viento daba alaridos. Muy
alto, por encima de sus cabezas, iba una bandada de cigüeñas. Finalmente Hroar
dijo:
—No te diré lo que
tienes que hacer, Helgi. Pero algunos dirán que es un mal presagio que tú, un
rey, estuvieses tan melancólico durante la ofrenda y la fiesta, y que luego no
dieses tu semilla a ninguna mujer.
Helgi suspiró.
—Que digan lo que
quieran.
—Me contaste que la
dama élfica te advirtió de que habría problemas. Bueno, siempre hay problemas,
de un modo u otro; por lo menos te dijo que tenía buena disposición para
contigo. Respecto a la niña...
Helgi se volvió
hacia él y dijo roncamente:
—Te diré lo que
pasa. Al verla por segunda vez y comprobar que después de todo era real, y
desde entonces estar viendo a nuestra hija, que llora tan rara vez y cuyos ojos
son demasiado despiertos para ser los de un recién nacido... me acuerdo de
Yrsa.
—¿Qué? Creía que la
habías alejado de tu pensamiento.
—Nunca. Oh,
comprobé que podía vivir sin ella. Pero... no sé... la Otra Gente tiene una extraña influencia sobre nuestros
corazones... Quizá recuerdo a Yrsa porque tengo miedo de pensar en la que vino
a buscarme... y además Hrolf, el hijo que Yrsa y yo tuvimos, tiene sus mismos
ojos...
Helgi pareció
derrumbarse.
—Ella vive en
Uppsala, y no muy feliz, por lo que he oído —musitó—. Yo me siento en la casa
que fue nuestra y me hago viejo.
Hroar miró a su
hermano. Los huesos sobresalían en la cara de Helgi, tenía la piel surcada por
profundas arrugas, los cabellos le comenzaban a encanecer. Hroar se llevó la
mano a su propia, y también, canosa barba y dijo:
—Todos nos hacemos
viejos.
—¿Es necesario que
nos pudramos antes de estar muertos? —dijo Helgi con aspereza.
—Aún tenemos
grandes cosas por delante —Hroar trató de sonreír—. En cualquier caso, aunque
lo dije para animarte, te has ganado el afecto de un ser más poderoso
todavía...
De pronto se
detuvo, porque de repente su hermano dio una sacudida en la silla. El vello se
erizó en los brazos de Helgi; miró fijamente hacia delante y silbó como un
lince.
—¿Qué sucede?
—preguntó Hroar intranquilo.
Helgi levantó el
puño. Su voz resonaba como si fuese de hierro.
—¡Por el Martillo!
¡Tienes razón! ¿Por qué tengo que estar abatido toda mi vida?
—Bravo, me alegro
de oír... —comenzó Hroar. Pero el grito de su hermano le cortó.
—¡Iré a Uppsala y
la traeré de vuelta!
—¿Qué? —gritó
Hroar—. ¡No!
Helgi habló
precipitadamente.
—Sí. Óyeme. He
estado triste pensando en ello, hasta que en un instante me has hecho ver...
—cogió a Hroar por el antebrazo con tanta fuerza que le dejó las marcas de los
dedos—. Yo, yo tengo el favor de alguien que ocupa un lugar elevado entre los
Otros, que es de la misma sangre de Ran. Engendré a su hija, que yo mismo estoy
criando. ¿Permitiría ella que se le hiciese daño a nuestra hija? ¿Qué necesidad
hay de que siga temiendo una maldición? ¿O de que la temas tú, o el reino
danés? ¿Qué necesidad tenemos? ¿Sería Hrolf tan apuesto y tan prometedor como
es, si hubiese una maldición en su nacimiento? No, nuestro pesar no procedía de
nadie más que de esa loba de Olof, que ahora está muerta y que no puede volver
a hacernos daño —alzó las manos al cielo y vociferó—: ¡Somos libres!
—Ningún hombre está
libre de su destino —dijo Hroar.
Pero Helgi no le
escuchó, sino que espoleó su caballo y partió a todo galope.
A ello siguió un
torbellino de preparativos. Febrilmente alegre, Helgi se impuso a todas las
negativas. Las tropas de su casa estaban tan felices de verlo nuevamente
animoso que lo habrían seguido a cualquier parte. Los que habían estado
previamente en Uppsala contaban tales historias al respecto, que los jóvenes
partían en bandadas de las granjas para engrosar la tripulación de los barcos,
tan pronto como el equipo estuvo listo.
—Viajaremos con
ánimo pacífico —hizo saber Helgi—. Si Adhils corresponde a mi buena voluntad,
puedo ofrecerle buenas relaciones en cuestiones importantes tales como el
comercio del ámbar. Si no... Adhils demostrará que es un insensato.
Hroar protestaba en
vano.
—Bjovulf y yo
trabajamos esforzadamente y perdimos nuestros hombres para tener a un Ynglingo
que no fuese enemigo nuestro. ¿Quieres echar todo esto por tierra, para
satisfacer tu lujuria?
—¿Qué amenaza
supone ese haragán? —se burló Helgi—. Podríamos saquear sus costas a todo lo
largo, y nunca se movería de sus malditos altares de piedra —y añadió—: No
podría llamarme señor, si dejase a mi Yrsa con quien no hace más que darle
pesares.
Sólo una vez se
sintió desconcertado. Él y su hijo Hrolf habían ido a cazar con halcón. El ave
había abatido una grulla. Helgi dijo en plena luz del día:
—Así te traeré a tu
madre.
—¿Muerta como esa
presa? —respondió gravemente Hrolf.
—¿Qué quieres
decir?
—Me han dicho que
ella nos dejó en contra de tu voluntad. Pudiera ser que en contra de la suya
volviese.
Helgi se quedó
callado por un instante en el vibrante aire, antes de decir con los labios
prietos:
—Bueno, tendré que
darle la oportunidad.
Hablando a solas
con su marido, la reina Valthjona expuso la misma duda.
—Si conozco a Yrsa,
Helgi habrá hecho el viaje en vano.
—Espero que el
resultado no sea peor —dijo Hroar preocupado.
—Yrsa hará lo que
pueda por la seguridad y el honor de Helgi.
—Pero Adhils...
Nunca me gustó Adhils, aunque pareciera que podía sernos útil. Y lo que he oído
de él desde entonces no es precisamente para sentirse tranquilo.
Valthjona sonrió
inquieta..
—Nunca harás que
Helgi se desvíe de su propósito —advirtió—. Por eso no hagas que se rompa el
vínculo que os une a los dos. No te alteres, deséale el bien, y dale una
despedida lo más amistosa que puedas.
X
Adhils rara vez
salía de Uppsala. Pero un reino tan vasto como Svithjodh, que abarcaba tantas
tribus diferentes, reyes subsidiarios y reyezuelos, era proclive a padecer
tumultos de vez en cuando. Aunque no intentasen dejar de pagar tributo o
separarse por completo, se enzarzaban continuamente en disputas los unos con
los otros. Para atajarlo, mantenía una extensa guardia real. En ella ocupaban
un lugar principal doce berserkir .
Eran descomunales y
fuertes, pero desagradables de contemplar, desaseados y descuidados, hoscos y
brutales. En la batalla, la locura se apoderaba de ellos: aullaban, les salía
espuma por la boca, se les hinchaba y enrojecía el rostro, roían los bordes de
sus escudos, y arremetían como uros furiosos. Entonces su fuerza era tal que
ningún hombre normal podía resistirse a ellos. Se decía que ni siquiera el
hierro podía herirlos. La verdad era que las heridas que sufrían, salvo las más
profundas, apenas sangraban y se cerraban casi al instante. Una vez que se les
había pasado aquel ardor, se encontraban débiles y temblorosos. Para entonces,
sin embargo, la mayoría de los que hubiesen intentado luchar con ellos habrían
muerto o huido.
La buena gente
detestaba a los berserkir... y los temía. El miedo que despertaban servía tanto
como su fuerza para romper una línea de batalla. Aunque Adhils no era el primer
monarca que utilizaba aquel tipo de hombres, el hacer tal cosa iba en contra del
prestigio del rey. Pero poco le importaba a él todo aquello.
En cambio, sí se
preocupó cuando, estando lejos los doce y la mayoría del resto de sus
guerreros, entró a galope un explorador y dijo, jadeando, que una veintena de
barcos había remontado el canal entre el mar Báltico y el lago Malar, que ahora
estaban cruzando. Poco después, un muchacho trajo un mensaje de la flota. Ésta
se había quedado en la desembocadura del río, ya que remontando su corriente no
podría darse a la fuga. Su jefe había cogido al muchacho y le había dado una
pieza de plata para que fuese a la mansión real y dijese:
—Helgi, el Rey de
los Daneses, viene en son de paz, para visitar a su aliado y hablar de los
asuntos que puedan ser de interés para ambos.
La reina Yrsa
estaba presente. Adhils se volvió hacia ella.
—Bien —preguntó,
medio sonriendo—, ¿cómo te gustaría que lo recibiese?
Ella había
permanecido completamente en silencio, salvo que primero palideció, y después
enrojeció en frente y mejillas, notando un vacío y una opresión en la garganta
y en el pecho. Tragó saliva, y su tono fue indeciso.
—Debes decidirlo
por ti mismo. Pero ya sabes de antes... que no existe hombre... a quien yo deba
más que a él.
Adhils se acarició
la barba, dio unos cuantos pasos, murmurando entre dientes, y al fin dijo:
—Bueno, entonces,
lo recibiremos como nuestro invitado. Mandaré a alguien que pueda, hum, hum.
hacerle saber sin que se sienta ofendido, hum, hum, que mejor será que no
traiga hasta aquí todas sus fuerzas.
Yrsa se volvió y se
fue rápidamente.
Adhils envió el
mensaje. Después buscó en secreto a otro nombre de su confianza.
—Apresúrate para
llegar a donde están los berserkir y sus secuaces —le ordenó—. Diles que dejen
lo que estén haciendo y que regresen tan rápidamente como puedan. Que se
oculten en los bosques cerca de Uppsala, sin que nadie sepa de su llegada,
excepto yo. Ya les diré lo que tienen que hacer.
Cuando Helgi
recibió la indirecta con la invitación del rey sueco, dijo, riendo entre
dientes, a su primer capitán:
—¡Con razón llaman
a Adhils tacaño! Me pregunto si los que se queden vigilando los barcos no
comerán mejor que nosotros, que vamos a su casa.
El marinero frunció
el ceño.
—Si preparan una
traición...
Helgi bufó.
—No le creo capaz,
siendo tan cauteloso. Recuerda, además, que nos aseguramos de que sus
principales guerreros estuviesen lejos. El no arriesgará su propio pellejo
contra nosotros —giró sobre los talones, temblando de impaciencia—, ¡Venga, en
marcha!
El y sus capitanes
montaron en los caballos que habían traído. Un centenar de hombres iba detrás,
a pie. Era un vistoso espectáculo, marchando a lo largo del río Fyris que se
deslizaba reluciente, entre las ricas granjas de las tierras bajas de la margen
oriental y el alto y verde bosque de la orilla opuesta. Helgi cabalgaba altivo,
con cota de malla gris, yelmo dorado y capa escarlata. Por encima de él,
llevado por un joven también a caballo, flotaba su estandarte, el cuervo negro
de su antepasado Odín, sobre campo rojo de sangre. Detrás de los jinetes
ondeaban las puntas de las lanzas iluminadas por el sol.
Aquella noche, sin
embargo, hospedado por un rico hacendado, durmió poco. Despertó a sus hombres
antes del amanecer y les hizo llevar un paso rápido. Al anochecer llegaron a
Uppsala.
La empalizada que
la rodeaba surgió por encima de ellos, oscura contra un cielo pálido, conforme
fueron subiendo del camino del río. Los hombres de la guardia del rey salieron
a su encuentro con destellos y tintineos de metal y mugidos de cuernos de bronce;
en las sombras del crepúsculo, los escudos brillaban como lunas. Puertas
adentro se encontraron con una gran ciudad que se extendía desgarbadamente,
bulliciosa de gentes que moraban en recias casas de madera sin orden ni
concierto, que generalmente eran de dos pisos. Sin embargo, a esa hora aquellos
muros sumían las calles en la oscuridad, convirtiendo a hombres, mujeres y
niños en contornos imprecisos que zumbaban y desaparecían en seguida. Parecía
haber curiosamente muchos verracos por allí... animales preferidos de Frey,
quien fuera el primer Ynglingo. Los animales gruñían, hozaban en el estiércol,
apoyaban pesadamente los gruesos lomos llenos de cerdas sobre las piernas de
los que pasaban cerca.
En una cumbre fuera
de la ciudad se alzaba el mayor templo del Norte. Estaba hecho a la manera
usual de un edificio dedicado a los dioses, con un tejado apilado sobre otro
como si el conjunto intentase volar hacia los cielos. Pero aquellos tejados y
las cabezas de monstruos que remataban los extremos de las vigas se destacaban
claramente contra el bosque que descendía por la parte de atrás, al no estar
embreados ni pintados sino revestidos de oro. Dentro estaban las imágenes, de
madera pero altas y ricamente engalanadas, de los doce dioses principales: Odín
con la Lanza; Thor con el Martillo; Frey con su Verraco, blandiendo el
descomunal signo de su virilidad; Balder, a quien Hel escogió para que
gobernase a su lado el Reino de los Muertos; Tyr, cuya mano derecha se comió el
lobo Fenrir; Aegir del Mar, cuya esposa Ran echa redes para atrapar los barcos;
Heimdal, que lleva el cuerno Gjallar, con el que anunciará el Fin del Mundo, y
otros más de quienes se cuentan menos historias. En los tiempos sagrados, la mayoría
de la gente de la región podía congregarse dentro del templo. Entonces, los
hombres principales sacrificaban caballos, recogían la sangre en escudillas, la
asperjaban sobre la multitud con ramitas de sauce, y hervían su carne en ollas
gigantes de la que todos comían. Por lo demás, había mujeres que cuidaban el
templo, limpiándolo y lavando a los dioses con agua procedente de una fuente
sagrada.
Pero en el
bosquecillo se colgaba tanto a hombres como animales, se los alanceaba, y se
los dejaba para alimento de los cuervos. Hacia allí solía ir personalmente
Adhils, para hacer sacrificios y brujerías.
—Admirable
espectáculo —dijo el portaestandarte de Helgi.
El rey danés
frunció el ceño.
—Tenemos que tratar
más con hombres que con dioses, eso espero al menos —respondió.
Los aposentos de
Adhils se encontraban en el centro de Uppsala, una ancha plaza cubierta de
edificios, con su propia empalizada. Los edificios eran hermosos, y en medio de
ellos había un ancho patio empedrado que resonaba bajo los cascos y el calzado.
Con todo, el gesto de Helgi se hizo más sombrío cuando vio la mansión.
—Esto es demasiado
lóbrego para que Yrsa viva dentro —le oyeron murmurar.
Los criados se
movían de aquí para allá en el anochecer. Un mozo de cuadra le cogió el caballo
por la brida. Desmontó y a grandes zancadas se encaminó a la puerta que se
abría como la boca de una cueva. Entonces, se paró en seco, como muerto, y fue
como si nada existiese para él, excepto la mujer vestida de blanco que iba a su
encuentro.
—Bienvenido, rey
Helgi —dijo ella, y titubeando casi imperceptiblemente añadió—: mi pariente.
—¡Oh, Yrsa!
—exclamó él, cogiéndole las manos entre las suyas. En el azul del ocaso apenas
si podía verle el rostro; pero el resplandor de Poniente persistía en los ojos
de ella. En el cielo, la estrella vespertina parpadeaba.
—Mi señor os espera
—dijo el jefe de la guardia.
—Sí, vamos —dijo
Yrsa, y le fue mostrando el camino. Helgi la siguió envarado.
Adhils estaba
sentado envuelto en pieles en su sitial. El oro brillaba en torno a su frente,
en su pecho, muñecas y dedos, aunque de alguna manera los fuegos y las velas lo
eclipsaban. Quizá se debiera a que despedían mucho humo, un humo gris que
escocía.
—Sed bienvenido,
rey Helgi, amigo mío —ronroneó por debajo del ruido que hacía la leña que
crepitaba—. Me siento feliz de que hayáis venido a verme.
De mala gana, Helgi
estrechó la gordezuela mano. Adhils siguió hablando, en términos que nunca
decían claramente que el Skioldungo había venido para reconocerle como su jefe
supremo. Yrsa le interrumpió.
—Deja que se
sienten nuestros invitados, y bebamos cada uno en honor del otro antes de
cenar.
Llevó a Helgi al
asiento enfrente de su anfitrión. A lo largo de la velada le estuvo sirviendo
cerveza e hidromiel. En tales ocasiones él dejaba que sus dedos se tocasen,
sostenía su mirada y le sonreía con una sonrisa extrañamente trémula para un
guerrero tan famoso. En los intermedios, y escogiendo las palabras, él y Adhils
se intercambiaban noticias de sus respectivos reinos. Los hombres de ambos
comenzaron a charlar más alegremente. Un escaldo cantó lais. Entre ellos, uno
en loor de Helgi, que le valió un brazalete de parte del rey danés. Miró a
Yrsa, que estaba sentada al lado de su marido, como diciéndole: «Tú le dijiste
que compusiera esos versos, ¿verdad?»
Pasó una semana.
Adhils hospedaba y alimentaba bien a sus invitados, les enseñaba los
alrededores, hacía que los llevasen de caza, hablaba sobre el comercio, la
pesca y otros asuntos semejantes; nunca sobre aquello por lo que debía de saber
que Helgi realmente había venido. Tampoco el rey danés mencionó la cuestión.
Acalló sus sentimientos y esperó la ocasión de ver a Yrsa a solas.
Hubo más de una. La
primera fue dos días después de su llegada. Había estado cazando uros y, ya de
regreso, entró a caballo en el patio cerca de la caída de la noche, húmedo de
sudor y manchado de barro, con sus hombres detrás, el arco colgando de su silla.
Desmontó y cogió el arma para desencordarla.
—Mi señor Adhils
está fuera —dijo el mozo de cuadra.
Helgi miró hacia
arriba. En la galería de un dormitorio exterior estaba Yrsa. Allí en lo alto,
todavía alcanzaba a tocarla la luz del sol, que brillaba, leonada, en su
vestido y encendía chispas de fuego en las profundidades de su cabello. El
cielo detrás de ella era de un azul infinito.
La cuerda del arco
resonó.
—¡Bienvenido,
pariente! —le saludó. El tono de su voz bajó claro y frío entre los vencejos
que se precipitaban como saetas—. Venid a beber una copa y a charlar un poco
hasta que el rey Adhils regresen.
—Gracias, mi señora
—contestó él, y procuró que no pareciese que se apresuraba al trasponer aquella
puerta y subir la escalera.,.
Una criada les
sirvió hidromiel. Leyendo la mirada de la reina, la muchacha cerró la puerta al
marcharse. Estaban en la galería, donde podía verlos todo el mundo; nadie
podría murmurar sobre ellos, pero nadie tampoco podría oír lo que decían. El
patio se extendía por debajo, lo mismo que la humeante y sombría ciudad, y los
campos de cereales siguiendo el curso del río Fyris hasta que se perdía en los
bosques, más al Sur. Hasta ellos llegaba un débil estruendo de ruedas, cascos
de caballos, pasos, voces; en alguna parte un herrero estaba golpeando el
hierro, arrancándole sonidos de campanas; de vez en cuando un perro ladraba.
Pero, por lo general, era silencio lo que reinaba alrededor de Helgi e Yrsa. La
brisa le hizo sentir frío en sus ropas empapadas de sudor.
Ella alzó la copa
de cristal, traída del extranjero:
—A tu salud —dijo.
Él chocó su copa con la suya y bebió un largo y reconfortante trago. Bajaron
los vasos y permanecieron un momento en silencio antes de que ninguno de los
dos supiese qué decir.
—Me alegro de verte
—dijo él al fin—. Después de siete años.
Ella se había
convertido por entero en una mujer. Delgada, de esqueleto grácil, se movía más
despacio —casi pesadamente— que antes. Las sombras se dibujaban bajo sus
pómulos y en torno de sus grandes ojos grises. Las arrugas habían empezado a
aparecer en su piel. Más pálida que antaño, parecía embeber los rayos del sol
poniente, cuyo resplandor se escurría sobre su pecho hasta hacer notar lo
tensos que estaban sus dedos, al apretar el pie de la copa.
—Te han marcado
estos años —dijo ella inexpresivamente—. Estás más flaco. Te estás volviendo
canoso.
—Te he echado de
menos, querida mía —Helgi hizo una pausa—. Y también tu hijo —añadió—. Te
alegraría ver lo hermoso que es el muchacho.
—¿Tu hijo...? El
nuestro... —ella torció a un lado la cabeza—. No. Eso ya acabó para mí.
—¿Para siempre? No
he venido hasta aquí para hablar de la pesca o... ya me entiendes. Quiero
llevarte a casa.
—No. Te lo suplico,
por todo lo que una vez compartimos, no..., padre.
La boca de Helgi se
contrajo. Miró por detrás de ella, al templo de la colina y a los sombríos
árboles.
—¿Cómo es tu vida
aquí? —le preguntó.
Ella no contestó,
pero se le aceleró la respiración.
—¿Cómo te trata él?
—casi gritó Helgi.
Ella echó una
mirada al patio, donde se movían las gentes de la casa, y a la puerta de atrás
donde se sentaban sus doncellas, todas ojos y oídos, ojos y oídos, sin parar de
hablar.
—¡Cállate! —le
suplicó—. No trates de hacerme hablar mal de aquél a quien di mi fe.
—A mí me la diste
antes —dijo Helgi.
Ella tiró la copa.
Se partió en mil pedazos. El hidromiel formó un charco a sus pies y cayó
goteando por la barandilla de la galería. Sus manos se retorcían nerviosas.
—¡No sabíamos lo
que hacíamos!
—¿Lo sabes con
Adhils? —atacó él.
Ella se irguió.
—Sí.
—¿Y?
—Ha sido más o
menos como yo esperaba.
—Te guarda el honor
debido, ¿no?
Ella podía ver
cuánto ansiaba él que dijese que no.
—Sí —contestó—. Lo
has visto con tus propios ojos. Me comporto como la Primera Dama de un gran
país. Él... ni siquiera tiene otras mujeres —hizo una pausa para enmudecerse
los labios y aclararse la garganta—. En realidad, no me solicita a menudo, lo
que se ajusta bastante bien a mis propios deseos.
—¡Qué sola estás!
—dijo él, como si le hubieran clavado una lanza.
—No, no, no. Las
cosas no están tan mal como piensas. Tengo a mis doncellas, tú las has visto,
ellas me miran como a una especie de madre. Escucho sus penas, les doy consejos
y... y trato de que hagan un buen matrimonio... Tengo mis obligaciones, en la casa,
en el templo, en todo lo que concierne a una reina. Puedo ir a navegar por el
lago cuando estoy aquí. Tenemos invitados...
—¿Muchos? Nunca oí
que Adhils fuese hospitalario.
Ella se sonrojó. Él
sabía que se avergonzaba de la tacañería de su marido, y evitó decir que estaba
enterado.
—Gente que viene
aquí a prestar servicio —dijo ella precipitadamente—: Condes, caudillos,
escaldos, mercaderes, forasteros. Traen noticias del mundo de fuera. Y yo...,
yo me ocupo de la cocina —su sonrisa era triste—. No te creerías lo experta que
me estoy haciendo en hierbas. También en hierbas curativas, todo tipo de
medicamentos, vamos, yo, yo... voy camino de convertirme en una sabia.
El miró al templo
en lontananza.
—¿O en una bruja?
—rezongó.
—¡No! —su voz era
presa del horror. Él pensó en cuerpos muertos balanceándose en el viento bajo
aquellas ramas, y en Adhils en su escabel de hechicero, enconado sobre una olla
en donde se cocían cosas innombrables—. ¡No, no tengo nada que ver con eso! —ella
se volvió hacia él, apretó los puños y dijo temblando—: No haré nada indigno de
un Skioldungo. Ni siquiera... regresar contigo... oh, querido.
No pudieron seguir
hablando mucho más. Ella tuvo que ir a comprobar que todo estuviera listo para
recibir a su marido y para la velada. Helgi estuvo seco durante la comida y
bebió enormemente.
Volvió a hablar con
Yrsa a solas unas pocas ocasiones más. El final era siempre el mismo. Con
Adhils hablaba más a menudo, naturalmente, y hacía todo lo posible por sondear
al Ynglingo. Éste se comportaba correctamente.
—Sí, sí —decía,
cogiendo a Helgi por el brazo como si no advirtiese la mueca de desagrado del
danés—, me alegra que hayas venido, pariente, me alegra que podamos
entendernos. Nunca debe haber disputas entre parientes, como ambos sabemos
bien, ¿eh? Y me parece que los dos estamos más estrechamente unidos que la
mayoría... Mi esposa, tu hija..., esa desgracia que pasó entre tú y ella y que
se me puede permitir creer que yo he enderezado, al darle un honorable
matrimonio con ofrendas a los dioses y, hum, hum, con otras cosas.
Más de uno de sus
hombres advirtió a Helgi:
—Algo marcha mal
aquí, señor. No he hecho amistad con ninguno de los capitanes suecos, no. Pero
me he emborrachado y he ido a pescar o a cazar o a participar en juegos y
diversiones con algunos de los que están a su mando (ah, sí, también me he
divertido con una o dos muchachas), y algo están tramando. Me han contado lo
cautelosos que se comportan sus jefes y cómo cuchichean en los rincones.
Observadlos, señor, vos que os sentáis todas las noches entre ellos, y ved si
sus maneras no os chocan lo mismo.
Él, con el corazón
lleno de Yrsa, solía responder:
—Oh, probablemente
será por ese problema que tienen en el Norte, que ocupa la mayor parte de sus
guerreros lejos de aquí. Tomarían a mal que yo me entrometiese.
Transcurrida una
semana, le llegó en secreto a Adhils la noticia de que sus tropas habían
regresado velozmente según su mandato y que estaban en los bosques a la espera
de sus órdenes. Dio una excusa y se apresuró a salir. Al jefe de los berserkir,
una peluda y verrugosa mole que arrastraba los pies y que se llamaba Ketil, le
contó lo que había sucedido y le ordenó que se quedase emboscado con su banda,
para caer sobre el rey Helgi cuando los daneses regresasen a sus barcos.
—Enviaré cierto
número de hombres desde la ciudad para ayudarte —prometió—. Atacarán por la
retaguardia y pondrán a nuestros enemigos en apuros. Porque son nuestros
enemigos. Pondré todo en juego para asegurarme de que Helgi no escape. He
notado de sobra que ama tanto a mi reina que nunca estaré a salvo mientras él
esté vivo.
Mientras tanto,
Helgi e Yrsa tuvieron una última conversación a solas.
—Ya que no quieres
venir —dijo él—, tendré que despedirme.
—Sé feliz —susurró
ella—, querido mío.
—Lo llevas con
entereza —replicó él—. Yo no puedo ser menos. Pero desearía que... —dio una
palmada y la dejó. Ella le vio alejarse, con la mirada fija mucho tiempo
después de que hubiera desaparecido de su vista.
Helgi comunicó a
Adhils su intención de regresar a su casa. La reina Yrsa dijo a su señor, no a
gritos, pero sí lo suficientemente alta para que lo oyesen todos los que
estaban en la sala:
—Ya que nuestro
huésped vino por propia iniciativa para establecer la amistad entre nuestras
casas, creo que nos corresponde ofrecerle regalos de despedida que pongan de
relieve todo lo que esto significa para nosotros.
—Claro, por
supuesto, por supuesto —dijo Adhils al instante.
—Ni siquiera
palidece —murmuró uno de sus hombres que estaba borracho—. ¿Qué le pasa al
gordo avaro?
Todo el mundo
estaba demasiado feliz en un final tan espléndido para darse cuenta de nada.
Hasta Helgi se puso de algún modo contento. Nadie podría decir ahora que había
viajado para nada.
A la mañana
siguiente, a la vista de la gente que se habían congregado, Adhils mandó que
sacasen un carro tirado por seis caballos blancos procedentes del Sur.
—Te doy el carro y
los caballos, pariente —sonrió—, y algo más.
Gritos de júbilo se
alzaron cuando empezaron a traer las cosas de los depósitos: pesados anillos y
broches de oro, estuches de plata llenos de monedas procedentes de Romaborg,
hachas y espadas relucientes, marfiles artísticamente tallados de morsa y narval,
copas con joyas incrustadas, prendas de lujosas telas y vistosos colores,
ámbar, pieles, objetos extrañamente trabajados nadie sabía en dónde, hasta que
los ejes del carro crujieron..
Helgi enrojeció y
tuvo dificultades para encontrar las palabras adecuadas con que dar las
gracias. No llegaba a saber si aquel joven de sonrisa satisfecha y hablar
zalamero se estaba burlando de él o lo que pretendía era comprar su regreso.
Entonces su mirada recayó en Yrsa, y la vio tan anhelante que supuso que todo
debía de ser por causa de ella.
El rey y la reina
de los suecos montaron a caballo para acompañarlo parte del camino. Adhils
charlaba con una elocuencia sospechosa; Helgi e Yrsa iban en silencio. Después
de un rato, el Ynglingo se detuvo.
—Bueno, pariente
—dijo—, me temo que tenemos que despedirnos, en espera de la próxima vez que
podamos estar juntos.
—Venid a ser
nuestros invitados —dijo Helgi con voz ronca—. Los dos.
—Ya hablaremos de
ello —dijo Adhils—. Mientras tanto, viaja con prontitud, rey Helgi, al lugar a
que estás obligado —y volvió grupas.
Helgi cogió las
manos de Yrsa.
—Vive en paz —le
susurró precipitadamente—. Siempre te amaré. Algún día...
—Algún día —ella le
dio la espalda, espoleó su caballo y trotó detrás de su señor y sus hombres.
Helgi cabalgaba a
la cabeza de su tropa. El río murmuraba y parpadeaba a la luz del sol. Las
sombras de los árboles lo moteaban. Se precipitaba un martín pescador, azul
como las libélulas que flotaban en el aire. Se oían las pisadas de los cascos,
el cuero crujía, el metal tintineaba. La atmósfera era espesa y caliente; los
hombres sudaban y aplastaban las chinches. Hacia el Oeste, por encima de las
hojas, se estaba formando una montaña de nubes violeta, y los truenos
retumbaban a lo lejos.
Repentinamente, se
levantó un estrépito. Saliendo de la maleza para apostarse en el sendero venía
una hueste de gentes armadas. Entre ellos una docena de gigantes, la mayoría
sin cota de malla, gruñendo, babeando y royendo los bordes de los escudos.
El caballo de Helgi
se encabritó.
—¿Qué sucede, en
nombre de Loki?
—Me parece —dijo el
jefe de su flota— que el rey Adhils no quiere que guardéis lo que os ha dado.
—No... no, Yrsa...
—Helgi estuvo a punto de darse la vuelta, como si fuese a batirse en retirada
por primera vez en su vida.
En la retaguardia,
por un recodo del camino, venían más hombres. Debían de haber salido de Uppsala
por un camino lateral —incluso a aquella distancia y pese a las guardas nasales
de sus yelmos, Helgi reconoció a algunos— y haber estado acechando a que él
hubiese pasado.
Helgi descendió a
tierra, descolgó su escudo de la grupa del caballo y lo empuñó por su asa. Alto
como era, destacaba entre sus hombres; sólo su estandarte, ondeando en la brisa
cada vez más fuerte, sobresalía por encima de él.
—Bien, estamos
entre la espada y la pared —dijo—. Pero puede que descubran que somos más
resistentes de lo que se piensan.
Entre el río y el
escarpado terreno, como la ribera no dejaba espacio para adoptar adecuadamente
el orden de batalla de la formación del puerco, sólo pudo formar en cuña a sus
hombres con cota de malla, disponiendo detrás a arqueros y honderos. Por su parte,
apiñados juntos, con la muerte saludándolos por delante y por detrás, los
daneses dejaron oír su grito de guerra y arremetieron lo mejor que pudieron. A
su vanguardia iba Helgi. Su espada silbó fuera de la vaina, brillando y
gritando. Se lanzó contra el primero de los suecos, voluminoso en su reluciente
cota de malla. Su escudo paró el golpe, pero él se tambaleó. Helgi lo hostigó,
dando alaridos. Su espada brincaba, arriba, abajo, alrededor, chocando
estrepitosamente con el yelmo y con el borde del escudo, siempre haciendo que
el hombre retrocediese entre los suyos. El sueco creyó ver la oportunidad de
tajar el muslo de Helgi. Lo intentó, pero se encontró con que el brazo que
sostenía la espada chorreaba sangre. Vaciló antes de derrumbarse para que lo
pisoteasen.
Un hacha retumbó
contra el propio escudo de Helgi. Aquel arma, manejada con las dos manos, podía
aplastar por su solo peso a la mayoría de los hombres por muy en guardia que
estuviesen. Helgi se echó a un lado. Solamente por pura fuerza paraba esos
golpes. Aventuró su espada por debajo del mango del hacha y le cortó una pierna
a su enemigo.
Una lanza le
alcanzó en la pantorrilla. Apenas si lo notó.
—¡Adelante,
adelante!
Sabía arrancar
gritos de las profundidades de sus pulmones, de tal manera que venciesen a
todos los demás, gruñidos, golpes, ruidos y quejidos de muerte.
—¡Abrámonos paso!
¡Salvémonos!
Había visto, por
encima de los oscilantes yelmos y rostros desencajados, que si su gente podía
abrirse paso entre sus atacantes, no habría nadie a sus espaldas. Volviéndose,
podían avanzar y contener las embestidas mientras se iban retirando, de suerte
que la mayoría pudiese llegar a los barcos.
Aquella podía ser
una larga batalla de retirada. Se lanzó contra un berserkr. Rodeado como
estaba, no pudo tomar velocidad. El monstruo hizo oscilar un hacha en lo alto y
la dejó caer con tremendo estruendo. El escudo de Helgi se hizo pedazos. Y poco
faltó para que su brazo izquierdo corriese igual suerte. Retrocedió
tambaleándose. Habría atacado al berserkr de nuevo, pero había demasiados en su
camino.
Sus hombres
luchaban a su lado con tenacidad. Sobrepasados en número, iban cayendo uno a
uno. Las lanzas le atravesaban donde no estaba protegido por el yelmo o la cota
de malla; chapoteaba sobre su propio sudor y sangre; y aunque el metal parase
los golpes, éstos le magullaban los huesos. Sin embargo, él seguía luchando. Su
espada se agitaba frenética como si estuviese segando. Un berserkr alcanzó al
portaestandarte. El muchacho no tuvo ninguna opción. Con los sesos aplastados,
se vino abajo, y la bandera cayó en el polvo. En adelante, los daneses no
tuvieron ninguna referencia que les indicase el lugar donde debían estar. El
verraco dorado ondeaba en lo alto. Los
suecos no dejaban de acosarlos.
Las nubes corrían
negroazuladas por el cielo, se levantó un viento frío, la luz se volvió de un
extraño amarillo cobrizo.
Helgi, separado del
último de sus hombres, retrocedía, siempre empuñando la espada, cuyo filo
estaba ya mellado y embotado. Los muertos y heridos marcaban su paso. Pero el
enemigo no cejaba en su persecución. Se adentró en el río, que enrojeció con su
sangre. Ketil, el principal berserkr, fue a su encuentro, dando alaridos,
aullando y lanzándole un golpe tras otro como el granizo que había empezado a
caer y, sin embargo, sin acusar ninguno de los golpes del rey.
—Garm se ha
soltado. Se ha tragado la Luna...
—oyeron los hombres que decía Helgi. Cayó, y el río llevó hacia el mar
lo que todavía quedaba de su sangre.
Con él murieron
todos los que habían desembarcado. El resto se enteró de lo sucedido por los
exploradores que habían destacado y huyó de regreso a Dinamarca. Yrsa lloró.
Aquí termina la historia del rey Helgi.
4
La historia de
Svipdag
I
rsa lloraba.
No se enteró de lo
que había decidido Adhils hasta el final. Deseó que sobre él cayese todo género
de males, que su barco no navegase aunque soplara viento favorable, que su
caballo no corriese aunque huyera de sus asesinos, que su espada nunca mordiera
hasta que cantase sobre su propia cabeza .
—¡Que no seas digno
del barco ni del caballo ni de la espada, tú, afeminado cocinero de hechizos,
tú, grajo que te alimentas de cadáveres! —se decía ella.
Adhils esperó a que
se le pasase la ira con aquella calma vigilante que aterraba a los hombres.
Cuando ella no hacía más que llorar, le decía él suavemente:
—No he podido
comportarme de otro modo. Bien sabes que Helgi finalmente, y ni siquiera hace
tanto, habría conseguido deponerme y acabar conmigo, para llevarte a una vida
de vergüenza de la que tú misma habías huido.
Yrsa se tragó las
lágrimas, le devolvió la mirada de tal modo que casi se oía el sonido que hizo
al cruzarse con la suya, y dijo:
—No hay decoro en
jactarse de haber traicionado a ese hombre al que yo debo tanto y al que tanto
he amado, y por este motivo nunca te seré leal cuando tengas que tratar con los
hombres del rey Helgi. Y ya veré cómo se puede eliminar a tus berserkir que lo
asesinaron, tan pronto como encuentre jóvenes lo suficientemente audaces para
intentarlo por mí y por su propio renombre.
—No divagues, Yrsa,
que es inútil, y bien lo sabes —le dijo Adhils—. Suponiendo que te dejase
partir, ¿adonde irías? No trates de amenazarme a mí o a mis berserkir, porque
no ganarás nada con ello. Sin embargo, ennobleceré con ricos presentes la
muerte de tu padre, con tesoros y la mejor de las tierras, si quieres.
La reina se alejó,
para volver al cabo de un instante y aceptar, fríamente, su ofrecimiento.
Algunos se preguntaron por qué ella, en vez de obrar así, no intentó reunirse
en Dinamarca con el rey Hroar. Sus hombres pensaron que quizá fue por una
triple razón. Ella, hija y esposa del rey Helgi, no huiría como una fugitiva ni
como una mendiga. Ni tampoco dejaría de lavarlo y amortajarlo, de cerrarle los
párpados, de anudar en sus pies, y con sus propias manos, los zapatos
mortuorios, de verificar que tanto él como sus seguidores tuviesen un entierro
digno y de que se tratara con el debido honor sus tumbas. Ni tampoco perdería
la esperanza de conseguir su venganza, pues estaba claro que Hroar no tomaría
ninguna.
Después de aquello,
nadie volvió a ver alegre a la reina. La hostilidad en la mansión fue peor que
antes. Luego de intentarlo una vez, Adhils no volvió a compartir más la cama
con ella. Tan a menudo como Yrsa veía la más remota oportunidad de contradecirle,
se enfrentaba abiertamente a él. Sin duda Adhils la mantuvo únicamente a su
lado debido a sus parientes, a sus seguidores suecos y a su dote.
Mientras tanto, los
barcos habían llevado las noticias a Dinamarca. Hrolf Helgisson no era el único
en desear la guerra.
—Eso escapa a
nuestros deseos —decía su tío—; pero ni pienses que dejo de dolerme por mi
hermano —y se alejó, con la capucha echada sobre su cabeza, para llorar a
solas.
Más tarde llegó una
embarcación de Svithjodh. Su capitán habló en nombre de Adhils. Aunque Helgi
había caído por sus propias acciones, decía el mensaje, ya que había urdido
planes contra el señor de Uppsala, sin embargo éste estaba deseoso de llegar a
un acuerdo que guardase la paz entre ambos reinos.
Hroar recibió el
weregild por Helgi y juró que no enarbolaría la lanza para vengar su muerte.
Adhils lo había
previsto. De otro modo, nunca se habría atrevido a descargar el golpe. Por
medio de sus espías y, quizá, de su brujería, bien sabía cómo estaban en aquel
momento las cosas en la casa de los Skioldungos. La verdad era que Hroar tenía
tales problemas que no podía permitirse pelear con Svithjodh.
Su cuñado Saevil,
conde de Escania, había fallecido recientemente. Hrok, el hijo de Saevil, era
un joven hosco y codicioso que pensaba que se le debían muchas cosas a causa de
la ayuda que su padre había prestado a Hroar y a Helgi. Cuando le rehusaron el
gran brazalete que Fenja y Menja habían molido, se puso furioso. En parte en
atención a la madre de Hrok, la hermana de Hroar, Signy, y en parte por miedo a
los desórdenes, el rey no quiso expulsarlo de su puesto. Pero en adelante,
Escania no volvió a conseguir la confianza de Hroar.
Más aún, una de sus
empresas había salido mal y eso suponía que la guerra sería inminente.
Su tío Frodhi, a
quien él había ayudado a quemar, había tenido un hijo, Ingjald, de su primera
mujer, Borghild de Saxland. Había enviado al muchacho fuera para que se educase
con su abuelo, un poderoso rey que vivía en la desembocadura del Elba. Ahora Ingjald
se estaba abriendo camino en la vida; pero era un cabecilla poderoso y
probablemente sucedería como rey a su actual pariente. Y, como recientemente
había enviudado, Hroar pensó que un aliado semejante aseguraría su flanco
sudoeste: entonces ya no importaría que un conde sueco gobernase la isla de Ais
y estuviese en tratos con el rey de Slesvik. Hroar ganaría una paz duradera que
le dejaría libre para fortalecer su reino.
Así pues, esperó
poder casar a su hija Freyvar con su primo Ingjald.
Los mensajeros
fueron de uno a otro lado, y al principio todo parecía prometedor. Pero sucedió
que Starkadh estaba en la ciudad sajona.
Sobre él se cuenta
una larga saga. Era, según dicen, descendiente de los Jötuns, y había nacido
con seis brazos. Thor le cortó cuatro, pero no dejó de odiarle por su
ascendencia. Cuando Odín, que lo favorecía, dijo que viviría las vidas de tres
hombres, Thor dijo que tendría que hacer una penosa hazaña en cada una de
ellas. Odín le dio la mejor de las armas; Thor dispuso que nunca poseería
ninguna tierra. Odín dijo que siempre tendría dinero; Thor añadió que nunca
tendría bastante. Odín le dio la victoria en todos los combates; Thor hizo que
siempre resultara herido. Odín hizo de él el mejor de los escaldos; Thor hizo
que se olvidase de sus estrofas una vez las había pronunciado. Descomunal,
violento y desgraciado, Starkadh pasaba como una tormenta por aquel siglo, y su
llegada siempre significaba problemas.
En la fiesta de
bodas de Ingjald y Freyvar, se levantó, reprochó al novio el casarse con la
hija del hombre que había asesinado a su padre, y recitó a gritos versos que
hicieron hervir la sangre. Daneses y sajones, por igual, recordaron entonces lo
que habían sufrido unos a causa de los otros. Se llegó a las manos y hubo
muertos. Ingjald expulsó a Freyvar de su lado y la envió a su casa con el
mensaje de que él mismo, por su honor, llevaría una tea para incendiar El
Ciervo.
Por eso Hroar no
podía permitirse tener a los guerreros de Svithjodh a sus espaldas.
La víspera del
Yule, Hrolf, el hijo de Helgi, cumplió doce años y, desde entonces, se le
consideró ya un hombre. Cuando se pasó el verraco entre la asistencia para
hacer los votos, puso las manos sobre el y juró:
—¡Nunca huiré del
fuego o del hierro!
Los hombres
exclamaron que en verdad era el hijo de su padre. Sin embargo, algunos pensaban
que, sobre todo, se parecía a su tío; pero otros decían que por su calma y por
ser siempre un soñador podía convertirse en uno de los Skioldungos perezosos.
Después de todo, el suyo había sido un nacimiento extraño, y su hermana aún era
más misteriosa todavía.
Los que dudaban
cambiaron de opinión al verano siguiente. Cuando los sajones cruzaron el
Pequeño Belt, los daneses les hicieron frente en las playas de Fyn y tuvo lugar
una batalla que atrajo a lobos y a cuervos de una gran extensión a la redonda.
Hrolf no había crecido del todo, aunque nunca llegaría a ser muy alto, y
naturalmente necesitó la ayuda de los mayores. Sin embargo, se comportó tan
valiente y, para su edad, tan diestramente, que se ganó las simpatías de todos
los guerreros.
Con estruendo y
fragor, gritando y chillando, mutilando y matando, los daneses hicieron
retroceder a los sajones y los aplastaron por completo. Allí cayó Ingjald, el
hijo de Frodhi.
Y también
Hrodhmund, el hijo mayor de Hroar.
Apenado, el rey de
los daneses regresó a casa. Desde entonces, su único cuidado fue tener paz.
Aquello pudo deberse a que su hijo menor, Hrörik, aunque un año mayor que
Hrolf, había tenido un comportamiento muy pobre.
Y los años
siguientes hicieron patente que era en Hrörik, y no en Hrolf, donde corría la
mala sangre. Hrörik era haragán, cobarde y codicioso. En torno suyo se congregó
una pandilla de matones y aduladores, y pronto supo cómo debía lisonjear a este
caudillo, sobornar a ése y amenazar a aquél. Su padre, que envejecía
rápidamente, mostraba cada vez más predilección por su sobrino Hrolf.
La reina Valthjona
murió.
Un fuego se propagó
a partir de las cocinas y El Ciervo se quemó por entero.
Hrörik y su padre
iban en barco a Escania, donde el rey presidiría los ritos de la Cosecha, para
que el pueblo no se olvidase de él, para hacerse respetar y —así lo esperaba—
para ganarse la amistad de Hrok Saevilsson. El viaje a través del Sund es corto,
por lo que quienes iban a bordo llevaban puestos sus mejores trajes. En el
brazo de Hroar brillaba el brazalete de la serpiente.
—Deberías darme eso
—dijo Hrörik. Estaba completamente borracho.
—Me lo dio mi
hermano —dijo Hroar—, y lo llevaré puesto hasta que muera.
—Bueno, déjame que
lo vea de todos modos —le apremió su hijo—. Se supone que es el mayor tesoro
que tenemos, ahora que tu mansión ha desaparecido, pero nunca lo he mirado de
cerca.
Hroar se lo quitó y
se lo pasó. Hrörik lo hizo girar entre sus dedos. Los ojos de la serpiente que
rodea el mundo relucían rojos.
—Bueno —dijo el
joven—, lo mejor será que ninguno de los dos lo tenga —y tiró el brazalete por
la borda.
El canto del
nostromo se calló y los remos se movieron alborotadamente. Un quejido se
extendió a lo largo del casco. Era el peor de los augurios.
Hroar echó un
pliegue de su manto sobre su cabeza gris.
Murió aquel
invierno.
Hrörik ya lo había
preparado todo, aunque no lo necesitase. Hrolf nunca se opondría al hijo del
hombre que había sido como un padre para él. Por lo tanto, los daneses
aclamaron a Hrörik como su rey.
Casi de inmediato,
aquellas tierras que Helgi había regido por sí mismo comenzaron a separarse.
Había en ello algo más que antiguo orgullo. Los caudillos no tenían fe en un
soberano célebre por su pereza y su avaricia; y cuando él se limitó a hacer
algún que otro débil intento para intentar que volviesen a él, ellos pudieron
comprobar que lo habían juzgado correctamente.
«Si no somos necios
—se dijeron—, de ahora en adelante nos cuidaremos nosotros mismos.»
La más grave
pérdida se produjo cuando el conde de Odense —el Lago de Odín— dijo que sería
rey lo mismo que su padre lo había sido. Era una ciudad tan grande como
Roskilde y mucho más antigua, el sitio más sagrado de Dinamarca. En breve, la
isla de Fyn se separó de Leidhra.
Empezaron a hacer
su aparición los bandidos; los vikingos hostigaban las costas; jutos, sajones y
vendos hacían incursiones sin dificultad y estaban planeando una guerra a
fondo.
Entonces los
caudillos de Selandia se agruparon y se alzaron. Hrolf les dijo que no lucharía
contra su pariente. Ellos le dijeron que lo harían ellos mismos, dijera lo que
dijese, y que después lo nombrarían su señor.
Furioso, Hrörik
envió hombres a la casa donde vivía Hrolf. El príncipe escapó vivo de milagro.
En lo sucesivo, no le quedó otro remedio que desenvainar su espada contra el
hijo de su tío y de su tía, a los que tanto había amado.
Hrörik cayó en la
batalla. Guerreros y terratenientes se congregaron en la piedra del Thing para
proclamar a gritos que Hrolf, hijo de Helgi, era ahora su rey. Apenado, aferró
los anillos del juramento y asumió la soberanía de una tierra al borde de la desintegración.
Mientras tanto, en
Svithjodh, Adhils se había hecho rico y poderoso, de tal forma que los hombres
consideraban un alto honor ir a servirlo.
II
Al Oeste de las
tierras bajas que se dominaban desde Uppsala, se alzaban altas, abruptas y
espesamente cubiertas de bosque las montañas de Svithjodh: una tierra para las
águilas y los osos, con arroyos caudalosos y valles profundos. Allí moraba un
granjero llamado Svip. Su granja estaba muy alejada de las demás; sin embargo
era de buen tamaño y albergaba a mucha gente, porque era de posición acomodada.
De joven había sido un guerrero valiente y viajado mucho. Era más sabio de lo
que parecía —un hombre canoso y fornido, un poco bizco, con la nariz rota— y se
formaba su propia opinión sobre cualquier asunto. Aunque no fuese brujo,
algunos pensaban que poseía la clarividencia, y, en efecto, a menudo tenía
sueños admonitorios.
Tenía tres hijos,
Hvitserk, Beigadh y Svipdag. Los tres eran fuertes, capaces y guapos. A pesar
de ser el menor, Svipdag superaba a sus hermanos tanto en estatura como en
fortaleza.
Cuando tenía
dieciocho inviernos, luego de meditarlo largamente, fue a ver a su padre y le
dijo:
—Ésta es una vida
monótona, estar aquí siempre entre las montañas, sin ir a visitar a nadie, ni
que nadie venga a visitarnos a nosotros. Deberíamos ir a unirnos al rey Adhils
y sus guerreros, y ver si nos acepta.
Svip el labrador
frunció el ceño y contestó:
—No creo que fuese
sensato. Conozco al rey Adhils de antiguo. Sus palabras pueden ser sucias al
mismo tiempo que hermosas, por grandes que sean sus promesas. Y si sus hombres
son suficientemente valientes, también son gente indisciplinada que no sabe comportarse
—suspiró en su presencia y añadió—: Sin embargo, el rey Adhils es tan fuerte
como famoso.
Svipdag levantó un
puño.
—Algo hay que
arriesgar para ganar algo, y nadie puede saber de antemano las vueltas que dará
su suerte. Lo único que sé es que no permaneceré aquí por más tiempo, a pesar
de lo que pueda aguardarme.
El labrador miró
atentamente a su hijo. Alto, de hombros anchos, huesudo, la barba amarilla ya
espesa en su rubicunda y austera cara, Svipdag estaba erguido con la melena
brillando bajo el sol, perfilándose contra los verdes pinos y el cielo azul. La
cosecha del heno acababa de terminar y la granja estaba llena de ese dulce olor
de paz.
—Qué se le va a
hacer —dijo Svip—, también yo he sido joven.
Hvitserk y Beigadh
decidieron seguir los deseos del padre y permanecer en casa un poco más. Para
el viajero, Svip trajo excelentes regalos: un caballo lo suficientemente grande
para que los pies del jinete no fuesen arrastrando por el suelo, el equipo completo
de un combatiente, y una larga hacha, extrañamente reluciente y afilada.
También le dio muchos consejos tales como:
—Nunca te fíes de
los demás y nunca fanfarronees; con esto no se gana sino un mal nombre. Pero si
alguien te acosa, entonces defiéndete, porque la forma de comportarse de un
hombre hábil es hablar con moderación, pero en el peligro lanzarse con energía
hacia adelante.
No temía por la
suerte de Svipdag en una pelea. Él mismo había sido su maestro; los hermanos
habían empleado multitud de horas atizándose, sin dejar pasar casi un solo día,
entrenándose en el uso de las armas.
De tal suerte,
Svipdag abrazó a sus parientes, a sus mejores amigos entre la gente de la
granja, y a todas las muchachas con las que últimamente hubiese estado
retozando, y partió a caballo. Durante un rato estuvieron escuchando sus
canciones. Pero al fin se perdieron en el ruido de una cascada.
No pareciendo
especialmente vulnerable, no tuvo problemas en su viaje. Su buen humor
resplandeció en las casas en las que se quedaba para pernoctar. Preguntando por
el camino, se enteró de que el rey Adhils y la reina Yrsa no estaban entonces
en Uppsala, sino en un sitio que tenían a orillas del lago Malar, donde ella
pasaba mucho tiempo todos los veranos, mientras él estaba haciendo su ronda
real.
Svipdag llegó al
atardecer. Bosques y campos de cereales ondulaban el terreno hasta el borde de
una vasta lámina de agua, cuya superficie, brillante por los rayos del sol
poniente, solamente la interrumpían algunas islas emergentes. El aire era frío
y húmedo, y reinaba el silencio, excepto por el bullicio y los gritos
procedentes de la casa, cuyos ecos resonaban hasta perderse en el cielo.
Svipdag se detuvo en una puerta enrejada de la empalizada que rodeaba la
mansión y sus dependencias exteriores. Estaba cerrada por dentro, y nadie la
custodiaba. Los hombres pululaban por el patio interior, algunos jugando y
otros contemplando un entretenido partido de pelota. Svipdag llamó para que le
dejasen entrar. Los pocos que lo oyeron se limitaron a mirarlo un instante y
continuaron con su deporte.
Espoleó el caballo
para que se encabritase. Los cascos golpearon la empalizada, la cerradura se
rompió, crujió la puerta y Svipdag entró ruidosamente en el patio.
El rey Adhils
estaba sentado fuera de la mansión, espléndidamente vestido, en una silla
dorada. Sus doce berserkir se encontraban de pie o en cuclillas a su alrededor,
peludos, sucios, hoscos, tan desagradables de ver como de oler. Gruñeron y
miraron fijamente en medio del silencio que se había hecho en el gentío. Las
palabras de Adhils fluyeron lentamente:
—Ese hombre sigue
adelante sin hacer caso de nada. Nunca se había visto que nadie se atreviese a
tanto. Debe de tener buen concepto de sí mismo.
Svipdag se detuvo,
desmontó y sonrió alegremente.
—Salud, rey Adhils,
mi señor —dijo—, porque seguramente un hombre tan ricamente ataviado debe ser
el Rey. Me llamo Svipdag, hijo de Svip Arnulfsson, quien vive en las tierras
del Oeste y al que conocisteis en otro tiempo.
—Vienes aquí con
mayor temeridad de la que tu padre debería haberte aconsejado.
—No, señor. Pedí
permiso para entrar, y nadie me contestó. Una grosería semejante por parte de
vuestros hombres os deshonra, y confío que consideréis apropiado el que les
enseñe cómo deben comportarse.
—¿Qué? —retumbó
Ketil, el principal de los berserkir—. Te aplastaré como la cucaracha que
eres...
Se movió
pesadamente hacia adelante. Svipdag, siempre sonriente, cogió el hacha del
arzón delantero.
—¡Deteneos! —ordenó
Adhils—. Hablemos primero. Me acuerdo de Svip. Luchó valientemente por mí
contra Aali, aquel día en el hielo. ¿Qué quiere su hijo de nosotros?
—Me gustaría mucho
entrar a vuestro servicio, señor —dijo Svipdag.
Adhils le mandó que
se sentase. Lo hizo en un trono que había visto junto a la silla, y se puso a
mirar el partido de pelota luego de que se reanudase, mientras conversaba con
el rey de modo amistoso. A los berserkir esto les pareció mal, y rezongaron y murmuraron.
Cuando se oyó la llamada para ir a comer y el rey encabezó la comitiva hacia el
interior, rodeado de sus doce guardias, Ketil le dijo:
—Vamos a desafiar a
ese cabeza de lobo y a cortársela antes
de que cause más problemas.
Adhils arrugó la
nariz.
—No creo que sea
fácil de manejar —respondió con voz tranquila—. Sin embargo, hum, hum, sí, me
gustaría comprobar si es tan fornido como parece.
Ketil dibujó la
mueca de una sonrisa en su cara verrugosa. Mientras los hombres se dirigían a
sus asientos, dejó al rey, se abrió camino hasta el joven, lo agarró por la
capa debajo de la garganta, y bufó:
—Bien, ¿crees que
eres tan buen guerrero como nosotros los berserkir, para comportarte tan
descaradamente?
Svipdag se sonrojó,
sofocado en la vacilante luz de las antorchas. Apartó de un golpe la mano del
hombretón y habló para que lo oyese toda la sala:
—Sí, soy tan bueno
como cualquiera de vosotros.
Un bramido se
levantó al unísono de los doce. Se acercaron para rodear a Svipdag. Nadie
llevaba armas puertas adentro, y él había dejado yelmo y loriga en la
habitación de la entrada. Quizá una docena de hombres como aquellos pudieran
desmembrarle a uno. Los hombres se alejaron de su camino, tratando de que no
pareciese que huían para ponerse a salvo.
—¡Deteneos!
¡Deteneos, os digo! —gritó Adhils desde su sitial—. Quedaos tranquilos. No
habrá lucha aquí dentro, no a esta hora esta noche.
Los berserkir
aullaron. Ketil escupió a los pies de Svipdag.
—¿Te atreves a
luchar con nosotros mañana? —rugió—. Entonces tendrás que usar algo más que
baladronadas y fanfarronería, y podremos comprobar de qué madera estás hecho.
Svipdag se echó
para atrás.
—Me enfrentaré con
vosotros uno a uno. Así veremos quién es el mejor.
Adhils asintió. Le
gustaba la idea de una prueba, porque en el curso de los años de paz se había
hecho difícil saber hasta qué punto un guerrero era realmente útil.
—Ese hombre será
bienvenido en este lugar —dijo una voz clara.
Svipdag miró a
través de las sombras y del parpadeo del fuego a la mujer que había hablado.
Estaba sentada al lado del rey, no más cerca de lo necesario: no era alta pero
su porte sí era orgulloso, vestida sobriamente y marcada por la pena, aunque
todavía con sus ojos grises encendidos y el cabello moreno rojizo que le
relucía. Debía de ser la reina Yrsa.
Ketil encogió los
hombros y rechinó:
—Ya hace tiempo que
os gustaría vernos en el Infierno. Pero no somos tan débiles para rendirnos
ante meras palabras y mala voluntad.
Ella se volvió a su
marido y dijo:
—No conseguirás
nada bueno si los sacas del apuro, tú que sientes necesidad de usar una escoria
semejante.
Lívido de rabia,
Ketil aulló:
—¡Maldita sea! ¡No
nos da miedo enfrentarnos a él!
Adhils hizo señas a
las mujeres para que trajesen rápidamente las bebidas. La velada transcurrió en
paz, aunque intranquila. Los berserkir estaban de mal humor; el resto de los
cortesanos parecían más animados. La mirada de Yrsa se mantuvo perdida en Svipdag,
en un extremo de la sala donde él estaba sentado, hablando, bebiendo,
festejando, el hombre más alegre bajo aquel techo.
Por la mañana tuvo
lugar «la ida a la isla» .
Es uso corriente
entre los paganos, cuando los hombres desean batirse en desafío, que vayan a un
islote, a una isla pequeña, donde pocos o nadie puedan verlos ni ir a
alborotar. Cuatro varas de sauce señalan el campo, y el que es arrojado fuera
de él se considera que ha perdido. De otro modo se establece que los golpes
vayan por turnos. Y el asunto se decide al primer derramamiento de sangre, por
abandono, o por muerte.
Aquel día había más
testigos que de ordinario. El mismo Adhils había venido a remo junto con los
doce y estaba sentado entre ellos, en un tocón, contemplando el prado señalado
con estacas. Bajo los árboles del lado opuesto, el hierro refulgía en torno a una
delgada figura con una capa azul. Yrsa también había venido, y una veintena de
los guerreros que la escoltaban y que se sentían más obligados a ella que al
rey.
Svipdag estaba
erguido con túnica y calzones. Sólo llevaba el yelmo y se había quitado la cota
de malla, porque no quería que lo considerasen desleal con sus enemigos en
aquella prueba de su valor. Tampoco llevaba escudo, al ser su hacha un arma que
había que manejar con ambas manos. Yrsa se mordió el labio cuando lo vio; e
inclinó, desanimada, la cabeza.
Ketil se dio
cuenta, y la miró impúdicamente antes de entrar en la alta hierba. Empezó a
bambolearse, esforzándose por entrar en el frenesí típico de los suyos. La baba
corría por su barba. Sus mejillas soplaban y enrojecían. Mordía el borde del
escudo, blandía la espada, y hacía ruidos que parecían de animal.
Svipdag bostezó.
—No te habría
dejado que dieses el primer golpe —exclamó—, si hubiese sabido el rato tan
fatigoso que ibas a pasar para levantar ese corazón de mula que tienes.
Ketil chilló y
embistió. Su espada remolineó en lo alto y silbó al caer. El hacha de Svipdag
la encontró a mitad de camino, con un estruendo y una lluvia de chispas. Luego,
la pesada cabeza del hacha osciló hacia atrás, y de nuevo hacia adelante, para
estrellarse contra el escudo y hacer que el berserkr se tambalease.
Yrsa apretó los
puños contra su pecho y respiró agitadamente.
Ketil se recobró.
Dio un tajo tras otro —sin pensar más en guardar el turno— y fuertes eran los
golpes. Pero Svipdag siempre los paraba, y siempre, a su vez, golpeaba el
escudo de su enemigo. Asía con ambas manos el hacha, y la guiaba con las
muñecas y los hombros, que habían talado árboles y empujado rocas por las
montañas. El estruendo hacía que las bandadas de pájaros gritasen en lo alto.
De repente, el
hacha cayó de lleno en el yelmo de Ketil. Medio aturdido, el guerrero soltó el
escudo. Svipdag le atizó en las costillas. Ketil dio un quejido y cayó sobre
una rodilla. Tenía inclinado el cuello. Svipdag se lo cortó de un golpe. Ketil
se derrumbó mirándose boquiabierto.
—¡Svipdag, Svipdag,
oh, Svipdag! —Yrsa reía y lloraba.
—¡Por mis pelotas
—gritó otro berserkr— que te las cortaré por lo que has hecho antes de que
mueras! —y se lanzó en busca de venganza.
Svipdag, aunque
mojado de sudor y resollando, esbozó una sonrisa y se lanzó resueltamente a su
encuentro. Imprudente, aquel hombre era una partida más fácil. Svipdag fue
recobrando el aliento mientras jugaba con él como, en la granja de su padre,
solía jugar con los toros para divertirse. En el momento oportuno, le abrió el
vientre a su enemigo. La sangre salía a borbotones.
Enloquecido, un
tercer berserkr saltó del lado del rey. Ganó velocidad conforme corría a través
del prado, balanceando su hacha por encima de la cabeza. Svipdag lo esquivó,
echándole al mismo tiempo la zancadilla. El monstruo tropezó. El arma de
Svipdag le partió el espinazo.
Horrorizado, Adhils
gritó a sus hombres que se quedaran en su sitio. Un cuarto no prestó atención.
Svipdag giró sobre sus talones con el tiempo justo de hacer frente al ataque
desde atrás. El berserkr saltó sobre él para derribarlo al suelo. El hacha de Svipdag
voló de tal modo que, por un instante, se formó como una cola de sangre. No
pudo evitar caer bajo el escudo del otro hombre; pero le había aplastado una
rótula. De un tirón se liberó, rodó limpiamente, agarró el hacha y se puso en
pie de un salto. El enloquecido guerrero no sentía dolor, quizá ni siquiera
sabía que estuviese tullido. Sin embargo, no pudo levantarse, y en su delirio
se defendió pobremente sobre una sola pierna. Svipdag, rápidamente, esquivó su
guardia. Nuevamente, el hacha golpeó. Cuatro hombres yacían en la hierba, las
moscas ya revoloteando a su alrededor. Yrsa no cesaba de aplaudir.
Svipdag, salpicado
de sangre, con heridas frescas, las ropas mojadas y el cabello lacio de sudor,
jadeaba para recobrar el aliento. Frenético de rabia, el rey Adhils se levantó
y gritó:
—¡Gran daño me has
hecho, y ahora lo pagarás! ¡Mis hombres, todos juntos! ¡Matadlo!
—¡Jamás mientras
vivamos! —gritó Yrsa, y corrió hacia delante. Los hombres de su guardia se
precipitaron tras ella para adoptar la formación de tortuga en torno a Svipdag
según ella les ordenó.
Los ocho berserkir
que rondaban en torno gruñían, bufaban, escupían juramentos y maldiciones, como
si de un momento a otro fuesen a lanzarse al ataque. Los hombres de la reina
permanecían firmes, lanzas y espadas en alto. Detrás de ellos, los arqueros encordaban
y tensaban los arcos, haciendo un ruido sordo como un enjambre de furiosas
avispas. No era una empresa fácil tratar de vencer a tantos hombres.
Yrsa fue al lado de
su marido, quien no cesaba de estremecerse y de gruñir, se plantó ante él y
dijo:
—Llama a tus
perros. Mis hombres van a defender a Svipdag hasta que hagas las paces con él.
—Oh, es un día
feliz para ti, ¿verdad, Yrsa, perra? —respondió Adhils. Hizo ademán de pegarle.
Ella apretó los puños, le devolvió la mirada y dijo:
—La lucha no partió
de él. Vino de buena fe a ofrecernos sus servicios. Ellos lo provocaron, esos
trolls. Bien, ¡ya has visto lo que valen! Deberías alegrarte de tener esa grasa
de ballena fuera de tus tropas. ¡Haz las paces, te digo! Ganarás más honor con
este solo hombre que con todos los berserkir que hayan ensuciado la tierra.
—¿Qué te importa a
ti mi honor, Yrsa?
—Bastante poco, en
verdad; sin embargo, más que a ti, a lo que parece.
Acto seguido, Yrsa
habló con suavidad. Los años le habían dado una hábil lengua a la hora de
mostrar dónde estaba la sabiduría. Finalmente, consiguió hacer las paces entre
Adhils y Svipdag. Cuando el recién llegado volvió a tierra firme y las gentes
de la casa conocieron lo sucedido, lo rodearon y confesaron que nunca antes una
criatura semejante había venido a ser su hermano de armas.
Sin embargo la
reina, en un momento en que nadie lo advertía, le susurró:
—Ten cuidado. Esos
ocho se olvidarán en seguida de la palabra que te dieron.
Asintió con la
cabeza. La víspera, al final de la velada en la sala, había oído detalladamente
la muerte del rey Helgi ocurrida nueve años antes. Pensó con el calor de la
juventud que había sido la peor de las hazañas; y aquel día, esa mujer que
tanto había sufrido por ello le había salvado la vida.
—Sí, me parece que
les he hecho menos daño hasta ahora de lo que debería, señora —le dijo él.
Los ojos de ella se
abrieron asustados.
—¿Qué quieres
decir? ¡No, Svipdag! ¡Cuidado! ¡Nunca estés solo! —entonces se acercaron otras
gentes y ya no pudo haber más intimidad entre ellos.
Por indicación de
la reina, Adhils le ofreció a Svipdag aquella noche el asiento de honor
enfrente del suyo, y lo alabó cortésmente todo el rato que los hombres
estuvieron bebiendo juntos. Los berserkir no estaban presentes. Adhils ya había
hablado con ellos, en un lugar apartado. Después dijo que había estado
tranquilizándolos. Svipdag había advertido cómo habían salido arrastrando los
pies, al parecer contentos, pero con una cara siniestra. El hijo del labrador
se había comportado como si no esperase nada adverso, y como si hubiese
empleado la tarde en afilar el hacha solamente porque cualquier buen trabajador
habría hecho otro tanto. Cuando el rey le dijo que no dormiría en un banco
aquella noche, sino en una casa de invitados, al otro lado del patio, Svipdag
se lo agradeció... y luego, sigilosamente, bajo la protección de la oscuridad,
hizo un fardo con la cota de malla y las armas y se lo llevó, no a la casa que
le había indicado, sino a una esquina del vestíbulo del palacio.
Llevaron mucha
bebida. Era muy tarde cuando Adhils le dio las buenas noches. En las tinieblas
de fuera lloviznaba. La cámara de la entrada estaba oscura como la pez. Svipdag
se alegró. Podía ponerse a tientas el yelmo y la cota de malla, sin que nadie
lo viese.
Andando
resueltamente —había bebido mucho menos de lo que había aparentado— cruzó el
patio. Cerca de la casa de invitados, sucedió lo que esperaba. Los ocho
berserkir salieron de las sombras para caer sobre él.
Rió entre dientes,
retrocedió hasta la pared, y dejó que se acercasen. En la oscuridad era difícil
ver. Solamente él podía golpear a su antojo, e iba vestido de hierro.
Había matado ya a
uno cuando el estrépito de lo que tendría que haber sido un rápido y sigiloso
asesinato atrajo a los hombres, que salieron a trompicones de la mansión.
Rápidamente detuvieron la lucha, y se enfurecieron por la vergüenza que había
caído sobre ellos.
Adhils no pudo
hacer otra cosa que decir lo mismo, y afirmar que los berserkir mentían al
pretender que él los había impulsado a ello. Los expulsó del lugar. Salieron
bajo escarnios y mofas, bramando en la lluviosa noche, jurando volver y asolar
todo Svithjodh.
—No le concedo
ningún valor a esa amenaza —dijo Adhils, de nuevo en el interior de la casa—.
Tú has demostrado que no hay nada que temer de esos bobos.
—No estoy tan
seguro, señor —respondió Svipdag.
Ahora que se sentía
seguro, se bebió una gran jarra de hidromiel.
—Bueno, ahora
tienes que convertirte en lo que se suponía que ellos eran, y darme no menos
protección que la que los doce me daban —dijo el rey con una débil sonrisa. Su
mirada cayó sobre Yrsa, cuyos ojos brillaban al mirar a Svipdag, como si fuesen
soles—. Sobre todo —añadió lentamente—, porque la reina quiere que ocupes su
puesto.
—¿Quieres hacerlo?
—le preguntó ella anhelante—. ¡Ojalá que una buena Norna haga que aceptes!
Svipdag estuvo un
instante en silencio. Realmente había dejado de interesarle servir a este
Adhils. Sin embargo, habiendo ganado un gran nombre, podía esperar conseguir
más honor, y riquezas, de las que había venido buscando. E Yrsa suplicaba...
—Sí —dijo Svipdag—.
Os lo agradezco, mi señora.
III
Hrolf Helgisson
sólo tenía dieciséis inviernos cuando los caudillos lo hicieron rey de una
quebrantada Dinamarca. Aunque ellos tenían buenas intenciones en los consejos
que le daban, ninguno era un Regin o un Saevil. Debió ir con pies de plomo en
el dominio del ejercicio del poder. A pesar de sus aptitudes, era seguro que
cometería disparates. Era demasiado blando con los hombres de su guardia, que
así se convirtieron en una salvaje y despótica tropa; y a mucha gente le
desagradó cuando siguió el ejemplo de Adhils y, uno a uno, tomó doce berserkir
a su servicio.
Pacientemente
explicó a los que estaban en contra de tal proceder:
—Yo soy más
parecido a mi tío Hroar que a mi padre Helgi. Antes prefiero construir que
arrasar. Sin embargo, Hroar no podría haber sido lo que fue ni haber hecho lo
que hizo, si no hubiese tenido a su hermano como espada y escudo. Yo estoy
solo, estos son tiempos difíciles, y, antes de que podamos tener esperanzas de
paz, tenemos que acabar con la violencia. Con este fin, usaré los medios a mi
alcance.
Había heredado
grandes tesoros y los regalaba generosamente. Ningún cortesano era mejor
albergado, festejado, vestido, armado y adornado de anillos que los suyos. Y
aunque fueran toscos, lo amaban. Si él hubiese querido, habría podido
conducirles al asalto del Asgard. (Algunos decían esto con estas mismas
palabras, porque Hrolf, como sus predecesores, no se preocupaba mucho de adorar
a los dioses.) Siempre encontraba alguna tarea para que ellos la realizasen. Y
durante todo el tiempo, no dejaba de aprender.
En cuatro años
limpió de bandidos los bosques de Selandia y de vikingos las costas. El conde
Hrok se levantó en Escama; Hrolf cruzó las aguas y ganó la batalla en la que
Hrok cayó; en atención a Signy, su madre, Hrolf le dio a su enemigo un lujoso
entierro, pero también se aseguró de dejar en aquella región a alguien en quien
poder confiar. Recobró Mön, Langeland y otras islas menores. Una vez más a
salvo, Roskilde floreció. Como el pequeño puerto pesquero en el Sund, que
atraía a los mercaderes hasta que empezaron a llamarlo Köbenhaven . Entre una y
otra expedición de guerra, Hrolf acudía a los Things de condado, o se sentaba
en su trono de Leidhra, para escuchar a los hombres, pronunciar juicios y
esforzarse por lograr que se hiciesen mejores leyes.
—Me gustaría ver
que volvéis a estar como en los tiempos de Frodhi el Pacificador y Hroar el
Sabio —les decía—, en un reino tan grande y tan fuertemente edificado que no
pueda desmoronarse de nuevo sobre vosotros.
Mientras tanto, su
hermana de padre, Skuld, seguía creciendo.
Después de que
Ingjald el Sajón devolviese a Freyvar Hroarsdottir a su casa, ella se casó con
Ulf Asgeirsson, un poderoso caudillo del norte de Selandia. Hrolf lo ascendió
de sheriff a conde y dejó a Skuld bajo su custodia. Ulf gobernaba bien sus
tierras, por lo que el ocupado rey tenía escasos motivos para verlo. Pero al
cabo de esos cuatro años, envió un mensaje a Leidhra para invitar a su señor a
que viniese a visitarlo pasadas las ofrendas de la Cosecha. El mensajero añadió
al oído de Hrolf:
—Dice que es un
asunto importante; no me ha dicho cuál.
Hrolf lo miró con
atención.
—¿Puedes adivinarlo
al menos? —le preguntó. El hombre pareció apesadumbrado. Hrolf sonrió, aunque
con poca alegría—. Bien, no te presionaré —dijo—. Simplemente, iré.
Dio un vistoso
espectáculo cuando entró cabalgando en el patio de Ulf. Hrolf no destacaba como
lo hacía su padre; de complexión menuda, no era más alto que la mayoría.
Silencioso, se movía como un gato montés, ganando peleas con hombres mucho más
fuertes por pura rapidez y habilidad. En medio de las ondas de su cabello
amarillo rojizo, su rostro era de pómulos salientes, ancho entre los grandes
ojos grises bajo los oscuros arcos de las cejas, con la nariz recta y un poco
ladeada, y boca de labios gruesos con propensión a doblarse hacia arriba. Pero,
por debajo de la suave y recortada barba ambarina, sobresalía el mentón de los
Skioldungos. Su voz era ligera, generalmente hablaba despacio y rara vez
gritaba.
También se parecía
a los gatos monteses en la pulcritud. Si una casa de baños se encontraba cerca,
iba a meterse en el vapor; él mismo se frotaba y lavaba todos los días. Los
hombres decían en broma que el rey Hrolf era hospitalario con todo el mundo excepto
con las pulgas. Le gustaban los buenos vestidos. Aquel día llevaba camisa
blanca de lino, jubón rojo cosido con hilo de oro, cinturón de cuero labrado
con una ancha hebilla de plata, pantalones azules y polainas blancas, zapatos
de piel de foca con espuelas doradas, manto azafranado con guarniciones de
marta y cerrado por un broche tachonado de granates, y el oro brillando en su
cabeza, en los brazos, en los dedos y en la vaina de la espada.
Se había traído
solamente una veintena de hombres. Siendo el norte de Selandia una tierra pobre
y escasamente poblada, no quería ser una carga para el conde. Sin embargo,
aquellos jóvenes iban con sus lorigas de hierro que brillaban y tintineaban, y
con capas de vivos colores. Cuando se acercaban a su meta, cada uno sopló un
cuerno y rompieron al galope. Era una tormenta, ruidosa y llena de arcos iris,
la que se adentró en el patio.
Ulf y Freyvar les
dieron la bienvenida. Sin embargo, estaba claro que era una pareja
apesadumbrada. Hrolf dijo que le gustaría ver las tierras por la tarde, y sus
anfitriones le tomaron la palabra.
Salieron a pie de
la mansión, con unos cuantos hombres que los seguían a distancia. Era un día
frío de otoño. El viento rugía a través de los campos de rastrojos y de los
grises brezales más a lo lejos. Las nubes se apresuraban en un cielo pálido
como el hielo, en el que una bandada de cigüeñas emprendía la marcha, cada vez
más arriba. Más cerca del suelo, algunos cuervos aleteaban oscuros. En la
lejanía, a un lado se alzaba un bosque, las hojas llameando con todos los
matices del rojo, rojo bermejo, rojo cobre, rojo bronce, hasta que se soltaban
y se arremolinaban en las ráfagas del viento. Hacia el Norte un vislumbre de
acero señalaba el mar.
—¿De qué queréis
hablar? —preguntó Hrolf.
—De tu hermana
Skuld —dijo Freyvar. Era una mujer delgada; su marido era bajo y rechoncho—.
Nos da miedo por nuestros hijos, por lo que ella pueda enseñarles.
—Estoy preocupado
por lo que pueda traer a toda la región —dijo Ulf. Señaló con la mano a su
alrededor—. Ésta es una tierra dura en el mejor de los casos, llena de lugares
secretos y de seres misteriosos. Hay pantanos de los cuales muchos hombres,
niños y animales no han vuelto nunca. Hay túmulos donde después del anochecer
se ven fuegos sin calor y formas que andan. A menudo yo mismo he oído pisadas
de cascos y aullidos de sabueso vagando en el aire nocturno. La gente prudente
evita encontrarse con esas cosas. Me temo que Skuld no.
—Ella fue siempre
una niña rara —suspiró Freyvar—. Apenas lloraba, ni siquiera cuando era muy
pequeña, ni mostraba cariño ni parecía necesitarlo. Generalmente se comportaba
como si se bastase a sí misma. Era testaruda, chillaba cuando se enfurecía,
despreciando siempre los trabajos de mujer, más inclinada a subirse a los
árboles, a nadar (¡oh, nada como una nutria!), a vagar por los yermos, más
tarde a cazar y a pescar y, sí, si es necesario, a afilar cuchillos...
—Ya había oído algo
de ello, por supuesto —dijo Hrolf—. Bueno, si su alma se parece tanto a la de
un hombre, pensad en quién era su padre.
—Pienso más bien en
quién era su madre —refunfuñó Ulf—. Muchachas que se comportan como muchachos
ya las había visto antes. La mayoría cambian cuando les crecen los pechos.
Skuld... es tranquila, aunque no menos terca y mordaz. Los sirvientes la temen,
por el rencor con que los trata. Lo que más me inquieta es lo aficionada que es
a todo lo que huele a hechicería. No es sólo una runa grabada en una uña por
diversión; no, la he oído mumurar y visto dar pases de modo desconocido para
mí, que he tratado con tantas clases distintas de gente. La han vislumbrado en
los brezales, acuclillada ante un dolmen, sus manos llenas de la sangre de un
pájaro despedazado por ella misma. Se marcha a aquellos bosques sin preocuparse
de los lobos, ni de los proscritos, ni de los trolls. En ocasiones desaparece
durante mucho tiempo, y luego no dice ni dónde ha estado ni lo que ha hecho.
Pero cuando su manto se desliza a un lado, hemos visto que lleva un omóplato de
oveja con signos grabados en él. No sé
dónde ha podido conseguir una cosa semejante.
Hrolf se
estremeció.
—No me gustan estas
cosas —dijo—. Sin embargo, podría estar simplemente jugando, quizá burlándose
de vosotros. ¿Qué edad tiene ahora... doce años? Veamos si puedo ganar su
confianza y sondearla un poco.
Esa noche le pidió
a Skuld que se sentase a beber a su lado en el sitial que Ulf le había cedido
al rey. Ella se apresuró a sentarse.
A la brillante luz
del fuego, en una habitación cálida y llena de los olores del humo de la leña,
de la carne asada, de los juncos del suelo, donde las llamas crepitaban y
fluían las charlas y la risa, Skuld no parecía ningún ser de las tinieblas. Era
muy hermosa. Tenía la delgadez propia de su edad, pero no su torpeza; corría
más que andaba. Los sueltos cabellos de doncella caían lacios y negros sobre un
sencillo vestido blanco, hasta más abajo de la cintura. Era una negrura que
brillaba, como brilla un lago iluminado por las estrellas. Su cara era delgada
y finamente cincelada, la piel de una blancura de cisne, los labios
intensamente rojos. Pero sobre todo, uno se fijaba en los ojos, grandes y de
largas pestañas, de un verde cambiante que oscilaba casi del azul al dorado,
como las olas del mar. Su voz era ronca, aunque cuando se enfurecía se
convertía en chillona y cortante como una sierra.
Aquella noche
sonrió y alzó la copa para chocarla con el cuerno que sostenía su hermano.
—Salud —dijo—.
Bienvenido. He sabido demasiado poco de ti.
—Tenemos que
arreglarlo —contestó Hrolf.
—¿Cuándo? —ella se
estremeció al instante—. Estoy aquí en este charco de ranas, bostezando y
enmoheciendo, mientras que tú... ¡Llévame contigo!
—A su hora, a su
hora —dijo Hrolf—. Todavía tienes que aprender lo que corresponde a una mujer.
—¡A una mujer! —se
mofó—. Cocinar, hacer cerveza, lavar, barrer, vigilar, y servir a una jauría de
zoquetes borrachos... y ser poseída cuando le plazca al que me llame suya, y
poner cada año mi vida en peligro, con sangre y angustia, para parir... ¡No!
—Tendrás una alta
posición, Skuld. Pero tienes que ser digna de ella, y eso significa cumplir sus
funciones. ¿Crees que no preferiría estar cazando ciervos antes que estar
sentado oyendo malditas disputas de patanes y pronunciando juicios que los
apacigüen? ¿Crees que guerrear o perseguir bandidos no significa largas
jornadas en medio de la lluvia, y acampar en el fango, y pasar hambre y sed, y
estar expuesto a las sabandijas y a las diarreas? ¿Crees que...?
—¡Termina ya! Tú
vives en grandes mansiones, te diviertes con amigos y amantes, viajas por
tierras y mares, conoces gente nueva y oyes nuevas historias, los escaldes
cantan tus alabanzas, celebras juegos en reinos enteros sirviéndote de los
hombres como si fuesen piezas de ajedrez, y cuando estés muerto te recordarán,
no te pudrirás en el olvido... ¿No crees tú que a la hija de tu padre, nacida
en la profundidad del mar de una dama élfica, le gustaría lo mismo?
—Bueno... bueno,
tenemos que sopesar el asunto... —incómodo, Hrolf recordó las cosas extrañas
que le habían contado de ella—. Dime, ¿conservas algún recuerdo de tus primeros
años?
Ella se calmó, su
estado de ánimo siempre era muy cambiante; miró hacia delante fijamente y
murmuró:
—No estoy segura.
¿Qué es lo que se recuerda? A veces me parece que había... un inmenso frescor
verde, en el que había formas que pasaban rápidamente y las mareas latían como
música... Canciones, punteo de cuerdas y tubos vibrantes de plata, o ¿era únicamente
los pájaros del mar, o un sueño? Mis sueños no son los mismos que los de las
demás gentes.
—Me dicen que te
escapas sola. Eso no es prudente, tú lo sabes.
—Para mí lo es.
—¿A dónde vas?
Skuld rió, y su
risa era dulce.
—No, hermano mío,
ahora me toca a mí. Háblame del mundo de fuera, Leidhra, Roskilde, todo
espléndido. ¡Oh, cuéntame!
Deseando ganarse su
amistad, él obedeció. Ella le escuchaba seductoramente, la cabeza ladeada, la
reluciente mirada fija en él, haciendo preguntas inteligentes y apremiantes.
Hrolf llegó a pensar que quizá su padre se había equivocado y no había ninguna maldición
en ella después de todo.
Pero aquella noche
había luna llena, y Ulf le había dicho que a veces Skuld salía afuera después
del crepúsculo. Antes de que su séquito se fuese a dormir, Hrolf se llevó
aparte a dos de sus mejores hombres y ordenó:
—Buscad un lugar
donde podáis esconderos y desde donde se pueda ver el patio. Vigilad por
turnos. Si veis a mi hermana que sale, venid en seguida a despertarme.
—¿Despertar al Rey,
señor? —inquirió uno de ellos lleno de dudas—. Podríais estar teniendo un
sueño...
—Que podría estar
lleno de significado para el Reino —le atajó Hrolf—. Ya lo sé. Bien, el asunto
de mi hermana es quizás aún más grave. Por eso, mientras estemos aquí, derogo
esa ley. Vosotros me llamaréis... sigilosamente, sin que nadie más lo sepa.
Por la misma razón
rehusó el ofrecimiento de Ulf de llevarle una sierva y se metió solo en la cama
cerrada. No se desvistió. Su intención fue recompensada cuando, en las espesas
tinieblas, un panel se deslizó a un lado y una mano le zarandeó el hombro.
Siguió al hombre al
exterior, donde se ciñó la espada.
—Ella se fue hacia
allá —dijo el guerrero, señalando hacia el bosque.
—Bien hecho —dijo
el rey—. Esperadme aquí.
—¡No vais a ir
solo, mi señor!
—Sí que voy a ir, y
no tengo tiempo de discutir.
Hrolf salió
precipitadamente del patio.
La luna era alta y
pequeña, pero tan brillante que eclipsaba la mayoría de las estrellas. La
atmósfera estaba inmóvil y fría. La escarcha cubría los rastrojos y los brezos
que había más a lo lejos. Apenas podía distinguir la figura, con un ondulante y
pálido vestido, que se deslizaba por delante de él. Ella no miraba hacia atrás.
Él advirtió que, si lo hubiese hecho, habría podido permanecer sin ser visto
bajo aquella engañosa luz.
Cuando llegó a los
bosques, su persecución se hizo más dificultosa. La maleza arañaba, crujían las
hojas secas, había ramas que se partían. El brillo de la luna no hacía sino
motear de manchas de luz la oscuridad. Skuld se movía más rápida y sigilosamente
de lo que Hrolf se habría imaginado.
De repente se
encontró en un prado. Se paró en seco respirando ansiosamente.
Los árboles con las
copas peladas disminuían en torno de la hierba seca, cuya escarcha relucía bajo
la luna. En el medio se alzaba un menhir, recubierto de liquen, erigido hacía
mucho tiempo por un pueblo desconocido a un dios desconocido. Llegó el aullido
de un lobo, reducido por la distancia a poco más que un estremecimiento, como
si el frío que le roía por dentro la carne hubiese cobrado voz.
Ante la piedra
estaba una mujer. Alta y plenamente formada, con lustrosos vestido y manto,
inspiraba temor reverencial. Unos cabellos más oscuros que el cielo de la noche
ondulaban detrás de un rostro que recordaba al de su hermana. Sobre todo, Hrolf
se fijó en sus ojos. Incluso a la macilenta luz de la luna, brillaban dorados
como los de un halcón. Sus manos alzadas hacia lo alto llevaban una espada
desnuda.
—Alto, caminante
—cantó ella más que habló—, y no busques más, antes de que al final te veas
obligado a detenerte.
—¿Estoy soñando y
no despierto del todo? —preguntó. Su voz parecía tan lejana como la del lobo y
se sentía fuera de sí mismo—. ¿Habrán cumplido mi orden?
—Estés dormido o
despierto, di lo que buscas, Hrolf hijo del rey Helgi.
—Sigo a mi hermana.
—No la sigas más.
La búsqueda solamente te depararía dolor. Ya son bastantes los sufrimientos
dados a los hombres; jamás pretendas conocer de antemano tu destino. Vuélvete a
casa, rey, hazte cargo del timón y gobiérnalo vigorosamente. Alza poderoso lo
que los hombres puedan recordar.
—¿Quién eres tú que
estás saludando a Hrolf?
—No me preguntes
eso, porque solamente los condenados a muerte necesitan llevar nombres para
lamentarse.
—¿Cómo es que
estáis aquí y por qué me estáis advirtiendo, Señora de la Hermosura? ¿Acaso
alguna vez debajo de vuestro corazón la habéis llevado a ella, a la muchacha
que me causa pesar?
—Una palabra no
puede cambiarse una vez que ha sido pronunciada. Ni siquiera las Nornas pueden
hacerlo. Óyeme, sin embargo, hijo de Helgi mi amado: que tengas bienestar te
deseo yo. Deja que la muchacha se vaya, y vive tu vida. Profundamente puedes
beber de la luz del sol y vivir cada día con amor y alegría, sin temor de que
se haga la oscuridad; al final puedes permanecer firme y reírte de las Nornas,
y de este modo ganar la batalla que pierdes. Mira lo que llevo, esta espada que
se llama Skofnung. A un alto precio la obtuve de los enanos. Empuña bien la
hoja, y ancha crecerá su fama, tan alta como la de Hrolf mismo. Golpea al
malhechor, defiende al pueblo, ¡oh, Hrolf, hijo de quien yo amaba!
Se arrodilló para
recibirla de ella, y vio que se había ido; él emprendió el regreso.
Con Gram, que
Sigurd dirigió contra Fafnir, y con Tyrfing la infausta, y con Lövi, de la que
se hablará más tarde, Skofnung era una de las espadas mágicas, que nunca se
oxidaban y siempre mordían. Agradable era de ver, larga y ancha, reluciendo a
veces oscura y otras azul. El mango era de oscura, dura y desconocida madera,
entretejida de oro, y en el pomo había una piedra de múltiples facetas,
blanquecina pero descomponiendo la luz en ardientes matices. Había runas
grabadas en el guardamano, que nadie sabía leer.
Hrolf no volvió a
intentar descubrir lo que Skuld hacía en el bosque.
IV
Svipdag tuvo que
acompañar al rey Adhils en sus giras y después en Uppsala. Pero cuando la reina
Yrsa regresó a la capital, el joven estaba a menudo a su lado. Aquello
desagradaba al rey. Pero no pudo hacer nada al respecto, porque nada adverso
sucedió. Cuando los dos estaban juntos, era siempre a la vista de otros. Y si
no, siempre se podía escuchar lo que hablaban, los retazos de su conversación
que se percibían eran inofensivos. Svipdag hablaba generalmente de lo que había
sucedido y de lo que había sabido acerca de la solitaria granja de su padre, y
ella del más amplio mundo que conocía, añadiendo muchos sabios consejos para
él.
Conforme fue
creciendo su amistad, él se atrevió cada vez más a confesarle sus sueños y
esperanzas, mientras que ella, a su vez, rememoraba cada vez más en su charla
sus días con el rey Helgi. Hicieron lo posible para que no oyesen que hablaban
de él. Sin embargo, no siempre se le podía ocultar todo a Adhils, hacia quien
soplaba el viento.
Él guardaba
silencio y se comportaba amablemente con Svipdag. En realidad, había salido
ganando con aquel nuevo hombre. Svipdag era el más fuerte y hábil de toda la
tropa, incluso el vencedor en la mayoría de los juegos y deportes. Por eso,
siendo imparcial, cortés, deseoso de escuchar cuando los otros hablaban, y
alegre por añadidura, se ganó sus simpatías.
De tal modo
transcurrió el año, y llegó de nuevo la primavera, en la que Svipdag e Yrsa
pasearon entre las flores, y los grandes verdores del estío.
Entonces el rey
recibió un mensaje de guerra. Los berserkir que había expulsado regresaron a
Svithjodh. En las islas del Báltico y a lo largo de las costas de Finlandia y
Wendland, se habían hecho con barcos, habían reunido tripulaciones de rufianes,
y ahora se encontraban en el lago Malar, saqueando, matando y quemando por
doquier.
Adhils le hizo un
guiño a Svipdag.
—Esto es en cierto
modo por causa tuya, amigo mío —le dijo con su tono más melifluo—. Por tanto,
marcha contra ellos. Tendrás tantos hombres como necesites.
El joven se
ruborizó.
—Apenas estoy
preparado para dirigir una hueste... —comenzó a decir.
—¡Y marchar a su
vanguardia para que lo maten! —dijo Yrsa calurosamente.
—¡No, no, aquí está
tu oportunidad de probarte a ti mismo —sonrió Adhils—. Serás el jefe.
Svipdag meditó un
instante antes de responder.
—En ese caso quiero
que me concedáis mi propio séquito de doce hombres, a los que yo mismo
escogeré.
Adhils torció el
gesto.
—Sea como quieres
—no le quedó más remedio que decir.
—Cualquiera de los
míos —le ofreció Yrsa. Svipdag enrojeció aún más, al darle las gracias.
Escogió a los doce
cuidadosamente, entre los partidarios de la reina y entre los que
incuestionablemente sostenían al rey. Todos eran fuertes guerreros y estaban
contentos de tenerlo de jefe después de Adhils. Se juraron fraternidad en el
templo, sobre el brazalete de tres gruesas espiras de oro, después de mojarlo
en la sangre de un novillo, poniendo por testigo a Freyr en la tierra, Niord en
el mar y Thor en los cielos. Después, él y sus capitanes salieron al mando de
la hueste. El rey se quedó en casa.
Atentamente había
escuchado Svipdag a los más ancianos durante el año anterior. Cuando tuvo que
establecer la línea del puerco y los estandartes, ya conocía muchos ardides de
guerra, tales como poner trampas para los caballos en la hierba alta.
Los vikingos
cargaron. La lucha fue encarnizada. Se les hizo retroceder, y los que cayeron
en las trampas lo pasaron mal. Un berserkr murió, y un montón de bandidos. El
resto huyó a los barcos y zarparon apresuradamente.
Svipdag llevó las
nuevas a Uppsala. El rey se lo agradeció mucho. La reina Yrsa dijo ante la
atestada sala:
—En verdad, mejores
hombres se alojan aquí, cuando un hombre como Svipdag se sienta entre nosotros,
que cuando lo hacían los berserkir.
El rey asintió a
regañadientes. Dio una fiesta y regalos a los guerreros. Pero no fue nada en
comparación con la que dio la reina una semana más tarde.
Transcurrió el año.
Svipdag se convirtió en Mariscal de la Guardia, lo que le supuso multitud de
obligaciones. Así mismo, a menudo cazaba, pescaba, navegaba, nadaba, hacía
visitas o las recibía. En su casa, además de los sirvientes, mantenía a una o
dos alegres mozuelas. Sin embargo, siempre encontraba excusas para ver a Yrsa.
Su marido fruncía el ceño.
Mientras tanto, los
berserkir que quedaban con vida meditaban sombríamente su venganza. Reunieron
una banda mayor que la de antes, y a comienzos del verano siguiente estaban
navegando otra vez de vuelta a Svithjodh. Les parecía que habían cometido un
error la vez anterior al desembarcar cerca de Uppsala, donde se encontraban los
mejores soldados del rey. Aquella vez dejaron los barcos muy al norte, en el
golfo de Botnia, y viajaron por tierra hasta las montañas, y luego hacia el Sur
hasta que llegaron a Westland. Desde allí pensaban atacar rápidamente a
Uppsala. A lo largo del camino saqueaban, mataban, torturaban, violaban,
devastaban y acogían en su banda a todo tipo de proscritos y malhechores.
Las noticias
llegaron a Adhils. De nuevo ordenó a Svipdag que fuese contra ellos. En esta
ocasión tendría menos gente que la vez anterior —un tercio menos que la manada
de lobos—, porque los berserkir habían escogido el momento apropiado. Los
hombres más robustos estaban diseminados aquí y allá, dedicados a la cosecha.
—Yo iré por un
camino diferente con las tropas de la Guardia —dijo Adhils—, dando un rodeo,
sin que el enemigo se entere. Llegaremos al mismo tiempo que tú, que marcharás
con los labradores más viejos y los jóvenes más inexpertos que podamos reunir.
Ataca al enemigo de frente. Cuando sólo piense en vosotros, yo caeré sobre él
desde atrás.
Svipdag frunció el
ceño.
—Señor, no será
fácil seguir no ya el rastro de los vikingos sino uno el del otro.
—Emplearemos vigías
y mensajeros —dijo Adhils altivamente, y no quiso saber nada más.
Yrsa encontró una
oportunidad de hablar con Svipdag, junto a la orilla del reluciente río, sin
nadie, excepto una vieja criada, sorda además, que pudiese espiarlos.
—Temo por tu vida
—dijo ella afligida—. Tengo el presentimiento de que Adhils piensa que no
pasará nada si eres derrotado y caes en la batalla. Entonces, podrá hablar con
esos locos para que piensen que su honor ha sido vengado. Se les podrá comprar
por poco, o incluso —una desagradable sensación la recorrió— traerlos de nuevo
entre nosotros.
Él miró su cabeza
ladeada y respondió lentamente.
—Todos los hombres
deben aceptar su destino. Sin embargo, lo que teméis no sucederá mientras me
quede una gota de sangre en las venas, mi señora.
Ella le echó una
mirada que él ya había visto antes en los ojos de un terso cisne.
A pesar de lo
apresurada que fue la leva realizada, Svipdag y sus capitanes se las arreglaron
para llegar antes de lo que se esperaban los berserkir. En un valle de
escarpadas y rojizas laderas y caudalosos arroyos, bajo la arboleda y en medio
de los floridos prados, comenzó un violento combate.
Los berserkir
habían adiestrado a sus revoltosos seguidores hasta formar un equipo. Hicieron
retroceder cada vez más atrás a los inexpertos suecos, que se veían
sobrepasados en numero. No había el menor signo del rey ni de las tropas de la
Guardia.
Ahora debiera
hablarse de Svip el granjero, quien se despertó del sueño, suspiró hondamente y
dijo a Hvitserk y Beigadh:
—Vuestro hermano
Svipdag se ve en una dolorosa necesidad, porque está batallando no lejos de
aquí contra fuerzas muy superiores. Ha perdido un ojo y recibido además muchas
heridas. Ha derribado a tres berserkir; quedan otros tres.
Rápidamente se
armaron y reunieron los hombres que pudieron, y se apresuraron adonde su padre
les había indicado. Cuando llegaron al valle, la lucha continuaba todavía en la
luminosa noche. Para entonces, los vikingos tenían el doble de hombres que
Svipdag. Había luchado valerosamente, pero retrocedía a causa de sus heridas y
sus hombres yacían muertos por todo el campo. El rey aún no había acudido a
ayudarle.
Sin embargo, los
enemigos también estaban agotados. No es poca cosa blandir el hierro hora tras
hora; y también ellos habían recibido heridas y pérdidas en abundancia. La
refriega se había dividido en grupos de hombres que se tambaleaban, golpeando
con armas embotadas como si fuesen mazas, o que se arrastraban, respirando
afanosamente. De repente cayó sobre ellos una banda pequeña pero fresca,
empuñando aceros recién afilados, y ansiosa de venganza.
Los hermanos fueron
directamente adonde estaban los berserkir, y el intercambio de golpes terminó
con la muerte de los que quedaban. Se necesitaron sólo unas cuantas muertes más
para que el miedo se extendiese entre los forajidos. Los hombres de Svipdag se
reagruparon y cargaron sobre ellos. Los vikingos se vinieron abajo. Suplicando
por sus vidas se entregaron voluntariamente a los hermanos, quienes se
apoderaron asimismo de un enorme botín.
Como querían
regresar a casa, y en cualquier caso en ninguna mansión de los alrededores se
podía alimentar a todos ellos, los suecos retornaron directamente a Uppsala.
Svipdag iba en una litera, al cuidado de sus hermanos. Se había desvanecido y
no estaban seguros de si sobreviviría.
Al llegar a la
ciudad y a la mansión real, se encontraron con que allí estaba Adhils. El les
agradeció en voz alta su viril comportamiento, lamentando haber perdido el
contacto con la hueste de Svipdag y no haberlo podido restablecer a tiempo.
Pero en seguida se extendió la voz de que el rey había estado cerca del lugar,
y prohibido a sus tropas seguir adelante.
Svipdag sufría
penosas heridas. Las más graves eran dos cuchilladas en los brazos y una en la
cabeza, que hubo que coser. Y había perdido el ojo izquierdo. La enfermedad se
apoderó de su carne. Durante mucho tiempo yació ardiendo de fiebre, murmurando,
delirando o durmiendo pesadamente. La reina Yrsa lo cuidó. Sin mostrar
repugnancia por el pus y el hedor, lo lavaba y lo tranquilizaba como si hubiese
sido su propio hijo y su propio hombre, y cuando empezó a mejorar, le traía
leche y caldos y pasaba tantas horas al lado de su cama como él podía
permanecer despierto.
Al fin curado,
aunque débil y moviéndose con dificultad, fue, acompañado de sus hermanos, a
presentarse ante el rey Adhils una noche en la sala.
—¡Qué alegría
volver a verte! —dijo el rey, mintiendo—. ¿Qué quieres de mí?
—Permiso para
partir —dijo Svipdag sin mirar a Yrsa, que jadeó y se llevó una mano a los
labios—. Buscaré un señor que me muestre más honor del que vos me mostráis. Mal
me pagáis el trabajo de custodiar esta tierra y las victorias que tengo que
ganar en vuestro nombre.
—Bien, ya he dicho
que fue sólo mala suerte lo que me impidió reunirme contigo. Quedaos aquí, los
tres hermanos, y bien os recompensaré. Ninguno estará por encima de vosotros.
Svipdag se abstuvo
de decir al rey que mentía; y Adhils realmente no insistió en que se quedase.
Los ojos de Svipdag brillaban cuando por un instante miró a Yrsa. Ella estaba
sentada sin decir palabra. Pronto Adhils le preguntó adonde pensaban dirigirse.
—Todavía no lo
tenemos decidido —admitió Svipdag—. Quiero conocer las costumbres de otros
pueblos y de otros reyes, y no hacerme viejo aquí en Svithjodh.
—Bien —dijo Adhils
feliz—. Para mostrarte que no tengo malos sentimientos, te prometo que te daré
salvoconducto siempre que quieras venir a visitarnos.
Svipdag miró a
Yrsa.
—Lo haré —dijo.
A la mañana
siguiente, los hermanos se prepararon para partir. Cuando lo tuvieron todo
listo, Svipdag buscó a la reina en sus habitaciones. Desde la cámara en que
estaba con sus doncellas se tenía una vista de árboles que susurraban, cuyas
verdes fragancias las traía el soplo del viento, y del cielo en que navegaban
blancas nubes. Ella miró fijamente su cara llena de cicatrices y envejecida,
sus huesos sobresaliendo por debajo de la piel cetrina, un parche negro donde
había estado un ojo. El silencio creció.
—Yo querría...
daros las gracias..., mi señora —dijo al fin, muy despacio—, por el honor que
me habéis mostrado.
—No ha sido nada
—respondió ella, apenas audible bajo el viento de fuera—. Ahora Helgi descansa
en paz. Y yo, yo no tengo necesidad de ver diariamente a sus asesinos a mi
alrededor —la rueca se le cayó de las manos. Ella la recogió—. ¡Oh!, ¿por qué
tienes que irte?
—No sería bueno
para ninguno de nosotros —dijo él con dificultad—. Quizá os he liberado de
algo, pero... he notado que me he convertido en una espada tendida entre vos y
el rey.
—Nunca hubo mucho
más entre nosotros —dijo Yrsa, como si sus muchachas no estuviesen a su
alrededor.
—Solamente
agravaría vuestras penas, mi señora —dijo Svipdag—. Y al final, por culpa mía,
hasta podría estar en peligro vuestra vida.
Ella asintió
desolada.
—Lo más probable es
que yo fuera la causa de tu caída. Tienes razón, éste no es un sitio adecuado
para ti. Vete, pues, y que la suerte y la alegría cabalguen a tu lado —y dejó
caer el escudo—. ¿Te veré de nuevo algún día?
—Si ese es mi
destino, como verdaderamente es mi deseo, lo prometo.
Hablaron sólo unas
pocas palabras más antes de que Svipdag saliese de la habitación. Ella escuchó
los cascos de su caballo perdiéndose con huecas sonoridades en la lejanía.
V
Los hermanos se
fueron a casa de sus padres, donde Svipdag pasó los meses siguientes recobrando
fuerzas y aprendiendo a asestar sus golpes con un solo ojo. Estaba menos alegre
que antes.
Sin embargo,
todavía era joven, y el mundo se abría ante él. La ilusión fue creciendo
conforme lo hizo su salud. Hvitserk y Beigadh no estaban menos ansiosos de
partir. Preguntaron a Svip adonde podrían dirigirse con mejor fortuna.
—Bien, el más alto
honor, las mayores oportunidades de conseguir oro y renombre, están con el rey
Hrolf de Dinamarca y sus guerreros —les dijo el granjero—. He oído decir que,
sin duda, a él acuden los mejores soldados de los países del Norte.
—¿Qué puesto crees
que me darán? —quiso saber Svipdag.
Su padre se encogió
de hombros y dijo:
—Eso en cierto modo
depende de ti. Pero he oído decir que no hay otro igual al rey Hrolf. Nunca
escatima el oro y demás cosas de valor a cualquiera que deba recibirlas de él.
Es pequeño de estatura, según he oído, pero grande por su forma de pensar y su saber,
un hombre cabal, altivo con los que no son pacíficos, pero de fácil y amistoso
trato con la gente de a pie y con cualquiera que no se interponga en su camino.
Un pobre no tiene mayores dificultades para ir a su encuentro y obtener de él
una palabra agradable que la que pueda tener un rico. Al mismo tiempo, está
consiguiendo que los reyes vecinos se le subordinen. Algunos voluntariamente le
prestan juramento, porque tras él hay paz y leyes justas. Sí, no se olvidará su
nombre mientras el mundo dure.
Svipdag asintió.
Había oído lo mismo en Uppsala.
—Después de lo que
nos has dicho —dijo, mientras sus hermanos se apresuraban a corroborar sus
palabras—, creo que deberíamos buscar al rey Hrolf, y ver si nos coge a su
servicio.
—Eso debéis
comprobarlo vosotros mismos —replicó el granjero. Y añadió tristemente—: Por mi
parte, preferiría que os quedaseis en casa con nosotros.
No quisieron oír
nada de quedarse, como ya él había previsto. No había transcurrido mucho tiempo
cuando se despidieron de sus padres. Entonces, su madre juntó las manos y dijo:
—La que cría
águilas y no puede volar... Bueno, tenemos a nuestras hijas y a nuestros
nietos.
Del viaje al Sur no
hay nada que contar. Al llegar al Sund, los hermanos pagaron el peaje para
pasarlo en barco, ellos y sus caballos, y desde Köbenhaven cabalgaron a través
de Selandia hasta llegar a Leidhra.
Roskilde había
atraído a la mayoría de los que una vez vivieron allí. Hrolf, al igual que
Helgi antes de él, pensaba que era mejor mantener a sus pendencieros soldados
lejos de la ciudad. Más aún, Leidhra era la más antigua sede de los reyes
daneses, fundada por el mismo Dan, santificada por el recuerdo de Skiold, el
Niño de la Gavilla. Y no era meramente una fortaleza. La empalizada rodeaba,
además de la mansión real, grandes casas, así como moradas menores, cobertizos,
casas de baño, graneros, establos, caballerizas, perreras, herrerías que
resonaban estruendosamente durante el día. Aparte de esto, muchos de los que
estaban relacionados con la Casa Real vivían en casas esparcidas por esa tierra
de granjas y bosques que se extendían arrebatadoramente verdes desde Leidhra
hasta los Confines del Mundo.
Al Norte, Sur, Este
y Oeste, cuatro caminos, siempre en buen estado, llegaban hasta las puertas de
la ciudad. El tráfico corría denso por ellos, ruedas, cascos, pies. Fuera de
los muros había siempre puestos y tiendas de mercaderes, para regatear unos cuantos
días antes de irse a otra parte: un remolino de ropas brillantes, una batahola
de charlas y de risas, quizá un rugido cuando dos hombres se enzarzaban en una
pelea entre sus garañones. El humo de las chimeneas convertía el aire en
agridulce, por encima de los aromas de la carne asada, del heno, de la brea,
del estiércol, del sudor, de las tablas de pino bajo el sol de verano. Aquí
rodaba un carro de bueyes, allí parloteaba un guerrero, más allá un herrero
golpeaba el martillo en la fragua, la sierra de un carpintero hacía ris-ras,
chiquillos desnudos rodaban, en medio del ladrido de los perros, en la tierra
que había entre las casas, una mujer sacaba agua de un pozo que aprovechaba las
aguas de un arroyo cercano, una doncella movía sus pestañas al mirar a los tres
mozos altos recién llegados.
—Es más pequeño que
Uppsala —dijo Hvitserk.
—Bueno, sí,
teniendo en cuenta que la mayor parte del comercio está en otra parte —dijo
Beigadh—. Ésta es una ciudad de caudillos.
—No me has dejado
terminar: parece como si su alma fuese más noble.
—Su mansión real al
menos lo es —dijo Svipdag, señalando. Pues un año antes, en el séptimo de su
reinado, Hrolf había edificado una nueva, tan grande en todos los aspectos como
había sido la de su tío. Solamente que renunció a las cornamentas doradas, para
que no le trajesen la misma mala suerte; pero todo tipo de tallas artísticas
adornaban los tejados y los extremos de las vigas.
—Después de esa
lóbrega cueva de Adhils... ¡qué luminoso parece esto! —dijo Svipdag, conforme
entraban.
El rey se
encontraba presente, jugando al ajedrez con un hombre mayor. Cuando los
hermanos lo saludaron, se echó hacia atrás en el banco, sonrió y les preguntó
sus nombres.
Ellos se lo
dijeron, añadiendo que Svipdag había estado cierto tiempo con el rey Adhils.
La frente de Hrolf
se ensombreció. Habló con la suficiente calma:
—Entonces, ¿por qué
venís aquí? Entre Adhils y yo no existe estrecha amistad.
—Ya lo sé, señor
—dijo Svipdag—. No obstante, me placería mucho ser vuestro hombre, si fuere
posible, y a mis hermanos también, aunque, como podéis ver, están poco
acostumbrados a este tipo de cosas.
—Espera —el rey
Hrolf se irguió en el asiento—. ¿Svipdag... ? Claro, sí, he oído hablar de ti,
si es que eres tú: vosotros tres acabasteis con los berserkir de Adhils e
hicisteis otras valerosas hazañas.
—Somos nosotros,
señor —dijo Svipdag; y no tan rotundamente, añadió—: Vuestra madre la reina
Yrsa era amiga mía.
Hrolf se animó. Les
ordenó que se sentaran y pidió a gritos que trajesen de beber. Hablaron
largamente. Esa noche el rey los puso de pie junto a su sitial, y una vez que
llegaron los hombres de la guardia, declaró en voz alta quiénes eran.
—Nunca pensé que
nadie que hubiese servido al rey Adhils llegaría a ser camarada mío —dijo—.
Pero ya que ellos han venido a buscarnos, los tomaré a mi servicio y creo que
esto redundará en beneficio nuestro, porque veo que son individuos esforzados.
—¿Dónde nos
sentamos? —preguntó Svipdag un tanto fríamente.
Hrolf señaló hacia
la derecha, donde había un trecho de banco vacío antes del primero de la fila
de los guerreros.
—Junto a ese hombre
que se llama Starulf; pero dejad espacio para doce.
Era un sitio
bastante honorable. Después de todo, los hermanos todavía no habían mostrado en
aquel lugar su valía. Cuando estuvo sentado, Svipdag preguntó por qué debían
permanecer doce plazas vacías. Starulf le dijo que pertenecían a los berserkir
del rey, que estaban lejos, batallando. Svipdag frunció el ceño.
Hrolf no se había
casado, porque hasta entonces no había encontrado ninguna casa regia con la que
estuviese seguro de anudar lazos. Sin embargo, con las hijas de dos granjeros
había tenido dos niñas, Drifa y Skur. Todavía eran jóvenes, aunque suficientemente
mayores para servir en la sala, las dos bonitas, y las dos se ocupaban de los
hermanos de Svithjodh y les mostraban buena voluntad, como el resto de los
hombres de la guardia, conforme fue madurando la amistad.
El año siguiente,
el rey saldría a batallar en persona, pero no en una expedición de unos cuantos
barcos. Por entonces, ya estaría preparado para recuperar Fyn, la segunda de
las islas danesas. Muchas oportunidades habría de que un guerrero pudiese ganar
renombre. Mientras tanto, hubo tranquilidad, alegría, viajes a los lugares de
los Things, partidas de caza, fiestas, y una vida cordial bajo un generoso
señor. Svipdag, Hvitserk y Beigadh estaban de acuerdo al afirmar que habían
acertado al llegar a buen puerto.
Y así, después del
verano y el otoño, los berserkir regresaron.
Los cabellos de
Svipdag se erizaron al ver entrar a aquellas peludas moles, armados como para
la batalla, tan semejantes a los otros que tanto habían hecho sufrir a Yrsa. Le
habían advertido de sus costumbres. Su jefe iba preguntando a los que se
sentaban allí si eran tan buenos como ellos. Ni siquiera el rey se libraba de
la pregunta. Para guardar la paz con aquellos hombres animalizados, que eran de
gran valor en la guerra, él acostumbraba a responder algo así:
—Es difícil de
decir, porque ciertamente vosotros no conocéis el miedo, vosotros que habéis
ganado tanto honor en la lucha de las armas y derramado la sangre de tantas
gentes del Norte y del Sur.
El resto de la
tropa hacía otro tanto, declarándolo con diferentes palabras que no pareciesen
completamente serviles. A pesar de todo, era fácil percibir el miedo y la
vergüenza en sus voces.
Un gigante barbudo
surgió por encima del sueco del parche en un ojo y chillando como un halcón le
espetó la pregunta. Svipdag se puso en pie de un salto. Su espada silbó al
salir de la vaina. (Hrolf dejaba que sus hombres llevasen armas en la sala,
alegando que no los deshonraría desconfiando de ellos.)
—¡De ningún modo
soy inferior a cualquiera de vosotros! —exclamó.
El sobresalto trajo
el silencio más allá del mordiente y aleteante fuego. Los berserkir se quedaron
boquiabiertos, hasta que su jefe se estremeció y le retó:
—¡Raja mi yelmo!
Svipdag lo hizo. El
metal resonó. Su filo no mordió ni el yelmo ni la cota de malla que aquella
gente llevaba a pesar de su apelativo. El berserkr gritó y desenvainó. Se
prepararon para la pelea. Hvitserk y Beigadh asieron sus armas.
El rey Hrolf llegó
a la carrera. Se interpuso entre ellos, y a punto estuvo de recibir los golpes.
—¡No quiero que
peleéis! —gritó—. Ya tenemos suficientes enemigos sin necesidad de que nos
dediquemos a despilfarrar nuestra propia sangre. De ahora en adelante, Aguar,
Svipdag, seréis considerados iguales, y los dos buenos amigos míos.
Los hombres
gruñeron y se miraron con fiereza. Pero el rey permaneció en medio y habló
palabras que, al mismo tiempo, eran duras y suaves. Demasiadas reyertas había
habido ya en aquella tropa, dijo. No habría ninguna más. Todos eran fuertes, y
él detestaría perder a cualquiera de ellos. Sin embargo, quienquiera que
provocase una pelea con un hermano de armas, fuesen estos tres de Svithjodh que
habían matado a los doce de Adhils —al oír aquello los berserkir parecieron
pensativos, en la medida en que estaba a su alcance serlo— o alguno que llevase
allí más tiempo y tuviese mayores honores, sería expulsado para siempre y
proscrito de Dinamarca. ¡Que hicieran las paces!
Al final, Hrolf
impuso su voluntad. En adelante, el tuerto recién llegado sería mirado con
temor reverencial.
VI
Cuando llegó de
nuevo la primavera, el rey danés reunió una hueste y se embarcó para Langeland.
Desde allí invadió Turó y después toda la mitad sur de Fyn. Dondequiera que
fueron obtuvieron victoria. A todos los reyes que Hrolf derrotaba les hacía
jurar fidelidad y pagar un tributo. Sus partidarios aumentaron conforme pasaban
las semanas, porque los hombres se apresuraban a unírsele, al saberse que era
más imparcial y generoso que los demás señores. Así podía él seleccionar y
escoger a los que consideraba dignos de ingresar en su Guardia.
Sin embargo, hubo
una contrariedad. Svipdag le recordó los tesoros que el rey Helgi, su padre,
había obtenido del rey Adhils. Éste se había apoderado de ellos tan pronto como
Helgi había muerto.
—Pero son vuestros
con todo derecho —decía Svipdag—. No redunda en vuestro honor que no los
reclaméis. Además, por vuestra forma tan expeditiva de repartir anillos,
tendréis necesidad de tantos como podáis conseguir.
Hrolf se rió, pero
pronto envió hombres a su madre la reina Yrsa para pedirle el tesoro.
Ella respondió que
su obligación era, en la medida que pudiese, procurar que se lo devolvieran,
pero que aquello estaba fuera del alcance de sus fuerzas.
—El rey Adhils es
demasiado codicioso; no hace voluntariamente nada que pudiera alegrarme. Decid
a mi hijo que si él viene aquí en persona en busca de los bienes, lo ayudaré
con mis consejos y con todo lo que pueda —los mensajeros creían que ella había
susurrado—: Y te veré de nuevo, Hrolf —sin embargo, no podían asegurarlo.
Le llevaron el
mensaje adonde estaba acampado. Habiendo tantas cosas que hacer, decidió
posponer aquella búsqueda.
Estaba entonces en
medio de graves asuntos. El anciano rey de Odense, que había roto con Leidhra,
había muerto. Su hijo Hjörvardh le había sucedido, pero era bastante cobarde.
Aunque hubiese podido reclutar más hombres en los alrededores de los que Hrolf
hubiese podido pasar en barco cruzando el Belt, se avino a hablar de paz. Hrolf
lo recibió bien y entablaron negociaciones. De todos modos, los daneses estaban
dispuestos a suspender la guerra aquel año. Para la época en que ya habían
establecido firmemente su control en lo que habían conquistado, nombrado condes
y sheriffs de confianza, se aproximaba la estación de la cosecha.
Hrolf no dejó pasar
por alto su exigencia de que Hjörvardh se convirtiese en su súbdito, aunque
éste respondió con evasivas y habló en su lugar de una alianza. ¿No era acaso
Skuld, la hermana de Hrolf, de edad casadera? Al final, se separaron de modo
amistoso, y Hrolf invitó a Hjörvardh a que fuese a visitarlo el próximo año.
Así lo hizo el rey
de Odense, acompañado de un séquito que ofreció un vistoso espectáculo. Hrolf
lo hospedó con todos los honores. Skuld se encontraba en Leidhra. Tenía
entonces diecisiete años.
Cuando Hjörvardh la
vio por primera vez, se quedó boquiabierto. La sangre se le subió a las
mejillas. Era un joven coloradote y chato, al que empezaba a escasearle el pelo
castaño al mismo tiempo que a abultarle el vientre. En conjunto, presentaba un
buen aspecto, porque llevaba la barba y las uñas bien cortadas y no vestía sino
las más finas ropas.
—Había, había oído
decir que erais blanca, mi señora —balbució—. No comprendo... Sois más que
blanca.
—¿Morena ,
entonces? —sonrió burlonamente Skuld, mientras sus dedos jugaban con sus
trenzas, negras como la medianoche. Ello no hacía sino destacar mejor lo clara
y blanca que era su piel, lo tormentosamente verdes que eran sus ojos. Los
últimos rasgos infantiles habían desaparecido de esa cara estrecha. El cuerpo,
ricamente vestido, era delgado pero por entero el de una mujer, salvo en que se
movía de un modo sigiloso y ondulante que inquietaba a algunos.
Otros hombres
podrían haberla cortejado antes, de no haber sido por el desasosiego que
provocaba. Había aprendido a hablar afablemente y a parecer que cedía, cuando
en realidad conseguía lo que pretendía. Pero seguía siendo cruel con la gente
humilde, dada a chillar en sus accesos de cólera, sedienta de oro y avara a la
hora de darlo. Todo el mundo sabía que practicaba la brujería; nadie sabía
hasta dónde había llegado a conocerla y lo que hacía cuando estaba a solas.
La gente se extrañó
de que ella, que hasta entonces se había burlado siempre que se había hablado
de bodas, se comportase de repente dulcemente con un hombre que sabía que tenía
esperanzas de conseguirla.
—Quisiera ser
hermosa para vos, rey Hjörvardh —murmuró, y le cogió de la mano.
—Quisiera...
quisiera que no fueseis de otro modo... que como sois —dijo él.
—Venid, sentémonos
y bebamos juntos —le ofreció ella.
En lo sucesivo cada
noche la pasaron juntos, hablando tan ilusionados que apenas prestaban atención
a nadie más. Svipdag habló con voz cansada a sus hermanos:
—Por lo que sé de
ella, está tratando de convertirse en una reina. Y no precisamente en la esposa
de un rey tributario. No me extrañaría que instigase a Hjörvardh a que se
resista y no preste juramento a Hrolf...
—¿Cómo va a hacer
que resista? —preguntó Hvitserk, y soltó una risotada.
—Si Hjörvardh no se
somete, habrá guerra —dijo Beigadh—, porque le apoya la mitad de Fyn. Hrolf
está empeñado en recuperar todo lo que pertenecía a sus antepasados.
—Y si los reyes se
separan como enemigos —preguntó Hvitserk—, ¿cómo se casará Skuld?
Al haber muerto el
padre, era el hermano quien decidía con quién se casaban las hermanas y en qué
términos. Entre los paganos, una mujer puede escoger a su segundo marido y los
sucesivos por sí misma, si ha enviudado o se ha divorciado; pero en lo que concierne
al primer matrimonio, los familiares rara vez contradicen los deseos de la
hermana. Por eso, Svipdag contestó:
—No digo que ella
no sea capaz de escaparse con Hjörvardh. Pero no es eso lo que temo. Nuestro
Hrolf es un hombre que ve lejos y seguro que tiene algún plan.
Ese plan se
descubrió varios días después. Los dos reyes habían salido de caza a la cabeza
de toda una tropa. Alegremente sonaban los cuernos y ladraban los sabuesos, a
lo largo de los frondosos espacios del verde bosque, mientras los ciervos daban
saltos para escapar, la piel moteada de doradas manchas de luz solar, hasta que
caían ante los vibrantes arcos; un jabalí se volvió y atacó, temblando en el
suelo al chocar con la lanza; cuando la partida se detuvo a descansar en un
claro, todo el mundo estaba feliz y distendido.
Hrolf, de pie, se
desabrochó el cinturón de la espada.
—¿Quieres tenerme
esto? —le pidió a Hjörvardh.
El hombre de Fyn
asintió y cogió la empuñadura. De alguna manera la vaina se salió, y Skofnung
brilló desnuda en su mano. Hrolf sonrió.
—Es perfecta —dijo
mientras se bajaba los pantalones—. Se maneja bien, ¿verdad?
—¡Magnífica! —gritó
Hjörvardh, y la blandió antes de devolverla a la vaina que Hrolf le había
alcanzado.
Una vez que hubo
orinado, el rey danés cogió de nuevo el arma, se la ciñó, y dijo en voz alta y
clara:
—Los dos sabemos
que cualquiera que sostenga la espada de un hombre mientras se quita el
cinturón de sus pantalones será su súbdito en adelante. Y ahora tú serás mi rey
vasallo, y cumplirás mis órdenes como los demás.
Atónitos, todos
quedaron en silencio. Hjörvardh farfulló que aquello no tenía sentido: que sí
lo tenía, en efecto, si al prestar fidelidad uno tocaba con la mano la espada
del señor, pero no de aquel modo, y él no había jurado nada, y...
Tranquilamente, incluso sonriendo y dándole palmadas en la espalda, Hrolf le
habló de su deseo de seguir siendo amigos, de ahorrar a ambas tierras una
costosa guerra, de convertirlas en un solo país. Como rey tributario, dijo,
Hjörvardh ganaría más renombre y riqueza que antes, dentro de un reino cada vez
más rico y poderoso, sobre todo porque Skuld era su hermana...
Las discusiones
continuaron durante días, a menudo con duras palabras, y los hombres guardaban
sus armas consigo. Pero, al final, Hjörvardh se reconoció súbdito de Hrolf, y
se casó con Skuld en una fiesta de rebosante esplendor.
—Creo que nuestro
señor no gastó aquel día ninguna broma en el claro del bosque —dijo Svipdag a
sus hermanos—. Ya debía de haber hecho saber a Hjörvardh que podía aplastarlo.
Por supuesto, habría significado graves pérdidas para nosotros. De esta forma, Hjörvardh
podía salvar su orgullo diciendo que lo habían engañado; y, para asegurarse,
obtenía la mujer que deseaba.
—Con todo, parece
rencoroso —dijo Hvitserk.
—Creo que Skuld lo
está más que él —dijo Beigadh.
Svipdag asintió.
—Sí. Ese haragán,
por sí solo, no sería peligroso. Pero teniendo en cuenta que está ella...,
todavía la bestia no ha enseñado el rabo.
Skuld y su marido
se fueron a su mansión de Odense, pagaron tributo a su hermano, enviaron
guerreros cuando se les requirió, y gobernaron la tierra de acuerdo con las
leyes de aquél. Mejor dicho, ella lo hacía, porque pronto dominó a Hjörvardh en
todos los aspectos. Una vida dura le dio, y además resultó estéril. Sin
embargo, él nunca se atrevió a yacer con otra, ni le prohibió a ella practicar
las brujerías finlandesas y marcharse
cuando y adonde quisiese.
Un pescador contaba
en voz baja cómo, en cierta ocasión, el viento lo había llevado lejos de sus
aguas habituales, hasta que al fin él y sus hijos pudieron desembarcar en una
solitaria playa de Hindsholm. Los dejó al cuidado de la barca mientras él se fue
en busca de agua fresca, pues la que llevaban se les había acabado en los días
que había durado la tormenta. Al atardecer, vio a alguien en un alto risco de
los acantilados, su silueta oscuramente perfilada contra las aceradas nubes que
fluían; tras sopesar su hacha, fue a ver si esa persona les podía prestar
ayuda. Pero, al acercarse, oculto en un espeso matorral, vio que era la reina
Skuld —sí, con toda seguridad era ella, pues la había visto antes una vez que
había ido al Lago de Odín para hacer una ofrenda que le trajera suerte— la que
estaba al borde del promontorio. Salvajemente flotaban sus vestidos y sus
sueltos cabellos. Había alzado un poste que sostenía el cráneo de un caballo,
la peor forma de desear mal a alguien, y apuntaba con las vacías cuencas al
Este, hacia Selandia. Sacudía el puño y vomitaba horribles maldiciones,
mientras lloraba de pura rabia.
5
La historia de
Bjarki
I
l oeste de las
tierras de Westland, al oeste de Svithjodh, las montañas del Keel se alzan
todavía más altas y abruptas, hasta que el caminante llega a las Tierras Altas
de Noruega. Su rey se llamaba Hring. Sólo vivía uno de sus hijos, llamado
Björn. Como era un muchacho prometedor, el pueblo no quería arriesgarse a que
con él pudiera perecer la casa real, que descendía de Thor. Por eso, cuando
murió la reina, pensaron, lo mismo que el rey, que era una gran pérdida, y
apremiaron al rey a que se casara de nuevo. Aunque en cierto modo se estaba
haciendo viejo, al final consintió. Envió hombres al Sur para que le
encontrasen una esposa digna. A su cabeza iba un capitán de la Guardia que se
llamaba Ivar el Flaco.
Fueron a caballo
por los valles hasta el fiordo de Oslo, donde cogieron tres barcos para
dirigirse a Jutlandia. Nada más llegar al Skagerrak se levantó una horrible
tormenta. Achicando, remando, para salir de esa costa de sotavento, rodearon la
extremidad de Noruega. Pero la galerna seguía bramando. Las tripulaciones no
podían sino navegar con viento a popa, siempre hacia el norte de la costa. Cada
vez que pensaban que el tiempo había amainado y volvían las proas, se
encontraban primero con pesados vientos en contra, y luego otra vez con la
tempestad que parecía llegar de la acuosa inmensidad de más allá de Irlanda.
Dos barcos se
hundieron. La callosa piel se desgastó en las manos de los hombres de Ivar; con
las palmas y dedos en carne viva, los brazos ya sin fuerza, no pudieron seguir
manejando los remos por más tiempo. Tuvieron que izar las velas y moverlas en
los palos, para permanecer lejos de escollos y acantilados, en los que se oía
bramar el oleaje a través del viento y la nevisca.
Después de días y
noches enteras, Ivar al fin consiguió adentrarse entre unas islas, hasta llegar
a un fiordo que penetraba tierra adentro entre montañas de nevadas cumbres, y
allí pudo varar la embarcación. Hacía agua por todas las juntas; no se atrevió
a confiar por más tiempo en el aparejo; las olas se habían llevado o estropeado
por completo la mayoría de las provisiones de a bordo; la estación estaba en
todo su apogeo y los horribles vientos seguían aullando en los lóbregos cielos.
No le quedó más remedio que posponer su misión aquel invierno y dedicarse a
cazar y salar la carne, a hacer cuero y cuerdas para reparar lo dañado.
—Quizá podamos
comerciar con los finlandeses, si es que encontramos alguno —dijo Ivar—.
Seguramente estamos en sus tierras —y soltó una risotada—. Quizás algún brujo
nos pueda vender vientos favorables, atados en un saco.
Los hombres de su
tripulación se acurrucaron tiritando bajo sus mantos. Las brumas los envolvían,
las montañas se alzaban lúgubres por encima de sus cabezas, estaban ateridos de
frío y de humedad y horriblemente hambrientos.
Una vez que
hubieron establecido un campamento, Ivar cogió a media docena de hombres y se
los llevó tierra adentro para explorar los alrededores. Escalaron cumbres de
piedra hasta que llegaron a un pinar cuyo suelo marrón crujía bajo sus pasos y
vislumbraron entre sus árboles un glaciar reluciente. Hacia el atardecer
encontraron una casa de madera, pequeña pero sólidamente construida. Había
renos en un corral. Un sabueso vino a su encuentro, negro como el carbón y con
los ojos brillantes, tan enorme como Garm, que devorará la Luna. No ladró ni
aulló, pero tuvieron la sensación de que allí había algo extraño, por lo que,
cautelosamente llamaron a la puerta.
Una sirvienta los
dejó entrar. Dos mujeres más estaban sentadas junto al hogar. Una iba bien
vestida y su aspecto no era desagradable, pese a todos los años que pesaban
sobre ella. El grupo de Ivar no tenía ojos más que para su compañera. Como las
otras, era claramente finlandesa: baja de estatura, pero de cuerpo finamente
moldeado, de pómulos salientes, cabello dorado, sesgados ojos azules; nunca
habían visto una cara tan encantadora. Ella sonrió y les dio la bienvenida en
la lengua de ellos, como si tres mujeres solas no tuviesen nada que temer de un
grupo de hombres armados. Ivar pensó que de alguna manera así era. A lo largo
de las paredes vio varas y huesos rúnicos, cuchillos de pedernal, bolsas de
polvos de raros olores, un caldero excesivamente grande, cosas, en fin, que
hablaban de brujería.
Pese a todo, él y
los suyos fueron recibidos amablemente; ellas les dieron comida y bebida y
buenos consejos respecto a dónde podrían encontrar caza. Ivar les habló de la
misión que le habían encomendado y de sus viajes, luego preguntó a las mujeres
por qué vivían tan solas, con lo bellas y hermosas que eran.
—Todo tiene su
razón, amigos. El motivo de estar aquí es que un poderoso rey cortejó a mi
hija, pero ella no le quería. Él amenazó con venir a llevársela por la fuerza.
Su padre está muy lejos en la guerra. Pensé que lo mejor sería esconderla aquí.
—¿Quién es su
padre? —preguntó Ivar.
—Es la hija del rey
de los finlandeses, quien la tuvo de mí, una concubina.
—¿Puedo saber
vuestros nombres? —preguntó, aunque a los finlandeses a veces les disgusta dar
sus nombres a los extranjeros, no vayan a resultar enemigos y los utilicen en
sus conjuros.
—Me llamo
Ingebjörg, y mi hija Hvit.
Ivar tuvo sus dudas
al respecto, porque aquellos nombres eran nórdicos. Sin embargo, los hombres
del Norte ya viajaban en esa época hasta Finlandia, comerciando, saqueando y
obligando a aquellas tribus a que les pagasen tributo de cueros y pieles; y las
colonias establecidas cada vez más al Norte estaban poco a poco obligando a
retroceder a los nómadas. Había mestizos, y mucha otra gente, que conocían las
dos lenguas.
La criada no, pero
Ingebjörg hablaba bien la lengua nórdica y Hvit mejor todavía, las pocas veces
que hacía algo más que sonreír vagamente. Ivar durmió bien aquella noche encima
de los juncos del piso.
En los meses
siguientes, fue invitado a menudo a la casa, trayendo carne como regalo y luego
oro. Después de mucho hablar con Ingebjörg y todo lo que pudo con Hvit, se
convenció de que la última era en verdad la hija de algún caudillo poderoso, si
no de alguien a quien un habitante de las Tierras Altas pudiese llamar rey. Y
por cierto que era hermosa, y él se pasaba las noches despierto, deseándola. La
joven no conocía lo que debe saber una reina, pero parecía de mente despierta.
De todos modos, las Tierras Altas no eran como el reino danés, el sueco o el de
los geatas. El suyo era un pueblo que no hubiese comprendido los modales
altaneros. Podría ser conveniente tener un vínculo con los finlandeses. La
patria estaba mucho más al Sur; sin embargo, los mercaderes que querían ir al
Norte se embarcaban en el fiordo de Oslo llevando con ellos hombres de las
Tierras Altas...
No todo lo de ella
le gustaba a él. Seguramente era una bruja. ¿Adonde iba con su madre cuando el
Yule? ¿Cómo podían viajar por las nieves? Cierto, tenían esquíes, como todos
los finlandeses, tan andarines. Sin embargo, Ivar se preguntaba, y no podía encontrar
respuesta, por qué no se veían huellas en ninguna parte de los alrededores.
¿Quizá se dirigían tierra adentro, a esas tres grandes rocas que dominan un río
al que los finlandeses hacen ofrendas? Las rocas estaban justo en aquel lugar
donde, hacia el Norte, se puede ver el sol todo el día en el solsticio de
verano y nunca en el de invierno. Los viajeros nórdicos juraban que los brujos
no dan la bienvenida ni bendicen al sol, sino que lo maldicen y lo ahuyentan.
Aquello podía no
ser cierto. Además, Hvit era muy hermosa; e Ivar estaba cansado y sentía
nostalgia del hogar, y ningún deseo de embarcarse de nuevo, al menos aquel año.
Cuando llegó la
primavera y su barco estaba casi preparado, le preguntó a ella si le gustaría
venir y casarse con el rey Hring.
Ella bajó la
mirada. Luego de un largo rato, susurró:
—Que decida mi
madre.
Ingebjörg frunció
el ceño antes de responder:
—Como dice el viejo
refrán, uno tiene que sacar lo mejor de lo malo. Creo que es equivocado no
preguntarle primero a su padre. Vuestra gente nunca se ha portado bien con la
nuestra... Sin embargo, me arriesgaré a ello, para asegurar su futuro.
Ivar pensó que
había algo que no marchaba bien, sobretodo cuando la madre prefirió quedarse en
casa. Ellas deberían haber dado un rotundo no o un sí más alegre. Pero las
hojas estaban brotando, él suspiraba por partir, y Hvit era demasiado hermosa.
De este modo, ella
se embarcó. Tuvieron el mejor de los viajes hasta el fiordo de Oslo. De aquí
fueron a caballo hasta la mansión de Hring y le presentaron a la mujer.
—¿Os gusta
—preguntó Ivar—, o tenemos que devolverla de la misma forma?
El rey ya era un
hombre voluminoso, convertido por la edad en desvaído y canoso, y había pasado
un triste invierno. En seguida se enamoró perdidamente de Hvit y la desposó, en
contra de la opinión de algunos de sus consejeros. No importaba que ella no fuese
rica, dijo. Era tan bella.
Pero él... él se
estaba haciendo viejo. La nueva reina no tardó en comprobarlo.
II
No lejos moraba un
granjero llamado Gunnar. En su juventud había estado mucho tiempo en la guerra,
ganando renombre y botín. Ahora que se había establecido con su mujer, sólo uno
de sus hijos había llegado a mayor, Bera, una muchacha. Siendo de su misma edad,
Björn, el heredero al trono, se las había ingeniado para cruzar las pocas
millas de bosques, laderas escarpadas y vados helados que los separaban, y se
había hecho su amigo. Durante años estuvieron jugando juntos, completamente
felices uno al lado del otro. Más tarde vagaron por bosques y pinares, para
salir riendo y jadeando, entre cimas nevadas, a prados cubiertos de flores que
parecían estrellas; se quedaban al raso durante las luminosas noches de verano,
que eran como un prolongado sueño del día, o permanecían en el tintineante frío
invernal, viendo brillar las luces del Norte en medio de los cielos.
Entonces un día,
cuando se estaban desvistiendo para tomar el vapor en una casa de baños, Bera
enrojeció de repente, y apresuradamente intentó taparse el cuerpo con las
manos. Björn volvió la vista a otro lado, más avergonzado y temeroso que ella.
En adelante, todavía fueron más inseparables. Sus padres sonreían y asentían y
empezaron a hablar sosegadamente de la boda dentro de unos años.
Mientras tanto, los
niños se convirtieron en joven y doncella, los dos altos y hermosos, él rubio y
sobresaliendo en todo aquello que requiriese fortaleza y destreza, ella morena
y dulce pero tenaz en lo que realmente le importara. Y también, mientras tanto,
el padre de Björn se casó por segunda vez.
Había mucho que
pelear contra pueblos salvajes y reyes de los países vecinos. Por eso, Hring
pasaba a menudo muchas semanas lejos de casa. Entonces, la reina Hvit gobernaba
el país. No era querida, al ser engreída, fría y despótica con todo el mundo
excepto con Björn. Afortunadamente, la mayoría de los habitantes de las Tierras
Altas vivían en granjas y pequeños caseríos esparcidos, lejos unos de otros, y
así no necesitaban ocuparse mucho de ella.
Llegó el día en que
el rey Hring se estaba preparando para una de sus expediciones. Björn estaba
ansioso por ir. Sería la primera vez que participara en una batalla. La reina,
a solas con su marido, le dijo que su hijo debería quedarse con ella para ayudarla.
Pronto le convenció, pues había convertido a este hombre poderoso en un ser que
bailaba al son que ella tocase. Björn se puso furioso cuando lo supo; pero
Hring todavía sabía ser severo con su hijo. Al final, el príncipe vio cómo la
hueste partía sin él.
Esforzándose por no
llorar, buscó la cama de la habitación de la galería que era la suya. Ya
llevaba un rato tendido, mirando melancólico al techo, cuando la puerta se
abrió, para volver a cerrarse de nuevo y a echarse el picaporte. Era la reina
Hvit la que había entrado. Llevaba un vestido lascivo y los cabellos sueltos.
Se acercó a él, le pasó la mano por la frente y susurró:
—Pobre Björn. Pobre
querido Björn. No sufras de ese modo. Tu pena me apena a mí.
—Bueno, ¿para qué
querías que me quedase? —gruñó él.
Ella sonrió y movió
las pestañas.
—Te he visto
luchar, correr a caballo, practicar el manejo de las armas, enfrentarte con
verracos y alces. No dudes de tu hombría en la guerra. En el arte del gobierno,
sin embargo, y en... otras cosas... todavía tienes mucho que aprender. Esta es
tu oportunidad, fuera de la sombra de tu padre. Ahora ponte alegre, déjame que
te alegre yo, mi osito preferido —y habló así porque Björn significa «oso».
Él se sentó en la
cama.
—¡Fuera! —gritó—.
¡Fuera de aquí!
Ella se marchó, sin
enfadarse por ello. En los días siguientes lo persiguió una y otra vez. Al
final le susurró que fuese a verla a su habitación antes del amanecer,
secretamente, porque tenía algo importante que decirle. De mala gana, él fue.
Ninguna de sus
damas estaba en la habitación, bañada por la luz de la aurora. Ella se echó
sobre él, ofreciéndole su amor y tratando de arrastrarlo hasta el lecho.
—¡Contémplame,
osito mío, yo, joven y ardiente, atada a un palo seco como Hring! ¡Oh, ven y te
mostraré la plenitud de la vida, haré que te sientas vivo!
Demasiado
sorprendido para moverse, se quedó muerto por un instante. Luego la rabia
explotó. La golpeó en la mejilla haciéndola tambalearse.
—¡Sucia ramera!
—gritó él—. ¿No te he dicho que me dejes en paz?
Ella respiró con
dificultad antes de hablar con voz que parecía de víbora.
—Fue estúpido por
tu parte hacer eso. No estoy acostumbrada a que me golpeen y me empujen. ¿Acaso
piensas, Björn, que es mejor estrechar entre tus brazos a la hija de un
granjero, que ser amado y querido por mí? Bien, como quieras. Por tu duro
corazón y... y por tu frialdad... ¡toma tu recompensa!
Y cogiendo un
guante de piel de oso, le cruzó con él la cara.
—Como un oso me has
tratado, Björn; no eres más que un oso. y nunca serás otra cosa. No, te
convertirás en un oso de verdad, un horrible y furioso oso que no come sino los
rebaños de tu padre. Matarás más de lo que nunca se haya tenido noticia; y
nunca te podrás librar de cambiar de forma; pero el saberlo será para ti lo
peor de todo.
Aquel fuerte y
valeroso muchacho comenzó a chillar, se dio media vuelta y huyó rápidamente.
Pero conforme cruzaba el patio, comenzó a andar arrastrando los pies. La aguda
risa felina de Hvit lo siguió en el amanecer.
Lo que ella hizo
después no se sabe. Ni nadie supo tampoco dónde había ido Björn ni lo que había
pasado con él. Algunos temían que lo hubiese cogido un enorme oso gris que
empezó a hostigar los rebaños del rey. Mató a tantas vacas como una comadreja
gallinas en un gallinero; a pesar de todo, los asustados hombres se limitaban a
espiarlo desde lejos. Los cazadores fueron en su busca. Pero su número era
escaso en tiempos de guerra. Con más astucia de lo que cupiera esperar, el oso
se apostaba a la espera, atacaba desde atrás, mataba, mutilaba y ponía al resto
del rebaño en fuga. Vieron que nada se podía hacer hasta que el rey y sus
guerreros regresaran.
Bera lloraba por su
amado.
Declinaba el
verano. Uno de sus últimos días ella estaba en el campo recogiendo frutos
silvestres. Al regresar, mientras un viento frío soplaba bajo el cada vez más
sombrío cielo, se paró en seco en mitad del camino, tiró la cestilla y se puso
a gimotear. Porque saliendo de la maleza se arrastraba la gran bestia de color
de acero.
Irreflexivamente,
miró a su alrededor en busca de ayuda, un árbol al que trepar, cualquier cosa.
Pero el oso se limitaba a estar donde estaba, unas yardas más lejos. Le oyó
hacer un sonido que más parecía un ronroneo que un gruñido. Paso a paso,
lentamente, esperando a cada paso que daba, como si estuviese asustado, el oso
se fue acercando. Ella pensó entonces que estaba contemplando algún prodigio.
Se dio ánimos para hacerse la fuerte y se quedó firme. El oso llegó a su lado.
Ella extendió una mano temblorosa. Él se la lamió. Ella le miró a los ojos y
pensó, en un instante de vértigo, que conocía aquellos ojos, los ojos de Björn,
el hijo del rey.
El oso se volvió y
empezó a trotar. Ella en la oscuridad lo fue siguiendo. Subieron hasta muy
arriba, en la ladera de la montaña, donde los achaparrados robles se retuercen
entre las hierbas macilentas y el ojo se precipitaba sobre un valle sombreado
de azul hasta los picos de nieve que parecen flotar en el cielo. Aquel
atardecer ella vio un frío y silbante crepúsculo, una cueva cerca de un
manantial, una figura en la boca de la cueva. El oso se puso sobre sus dos
patas traseras... ¿Era realmente un oso?
Corrió a los brazos
de Björn.
Pasado un instante
él dijo que debía ponerse alguna ropa. Riendo, sollozando, hipando, ella lo
estrechó y dijo que le daría calor. Cuando el se entró en la cueva, ella lo
siguió. En el suelo de arena ardía un lecho de carbones encendidos, que empezó
a alimentar con leña. Ella dijo que ésa era tarea suya.
Conforme las llamas
crecían, distinguió un montón de heno y pieles para dormir, y se echó muy cerca
de él.
—Debes irte
—balbució él—. No haces bien quedándote. Sólo soy un hombre por la noche. Al
amanecer vuelvo a convertirme en animal.
—Por eso mismo...
con más motivo... es acertado que me quede aquí... ¡Oh, amor mío! —lloró ella
dulcemente.
Semanas enteras
vivió allí. Cuando él llegaba hacia el ocaso, le limpiaba las goteantes
mandíbulas, cocinaba las costillas y piernas arrancadas apresuradamente que él
había traído, y esperaba a que se convirtiese de nuevo en Björn. Por las
mañanas le cepillaba la áspera piel que era su abrigo, le besaba la terrible
cabeza, y le decía adiós con las manos mientras lo veía alejarse pesadamente
por la pendiente. El resto del tiempo estaba sola con el sol, las nubes, la
lluvia, el viento, los halcones. Ella podía dormir, recoger leña y nueces para
el invierno, tratar de dar a la cueva un aspecto familiar; de vez en cuando
lloraba un poco, pero más a menudo cantaba.
Después de aquello,
no contó a nadie su vida en las cumbres. Pudiera ser muy bien que el oso no
siempre estuviese causando estragos entre los hombres. ¿Cabalgaba ella encima
de su espalda, como la rapazuela que había sido, no hacía aún muchos veranos?
¿Asaltaba él a las abejas para traerle panales de miel tan rebosantes como su
amor, y trenzaba ella guirnaldas para colgarlas alrededor del cuello de él?
¿Se la llevaba
consigo cuando salía en busca del pueblo de los elfos? Porque seguramente, a la
luz de lo que sucedió después, él los conocía. Medio fuera del mundo de los
hombres, él había medio entrado en el Semimundo, el que se encuentra entre el
mundo de la realidad y el de Acre. El hechizo también debía haberle afectado a
Bera, de algún modo no palpable. ¿Se reía ella entre sofocos de las bromas de
una nixe o huía cuando un nicor
monstruoso rompía la tersa superficie de un lago iluminado por la luna?
¿Se sentaba a los pies de un enano, viejo, retorcido y vigoroso como los
robles, para escuchar sus recuerdos y adivinanzas? ¿Corría asustada de las
cataclísmicas zancadas de los trolls? ¿Oía el grito de la Cabalgata de Asgard,
con sus muertos, a través del cielo nocturno, veía al Lancero Tuerto , montado
en su caballo de ocho patas, que dirigía la partida de caza?
¿Se encontró con
los elfos? Altos y graves son, aunque a veces una perversa alegría los haga
estremecerse; vienen de sus ocultas salas de altas techumbres, o de servir a
los dioses, para bailar a la luz de la luna en círculos de piedra levantados en
tiempo inmemorial; horribles y bellos son, y misteriosamente hacen su trabajo
en el mundo. Una de sus hembras le habló mucho a Björn de lo que había sucedido
y de lo que tenía que suceder, lejos, en una tierra llamada Dinamarca. Después
de aquello, él necesitó todos los ánimos que Bera pudiera darle.
La joven se
apretaba estrechamente contra él ante el odioso amanecer.
Al llegar el otoño,
el rey Hring volvió de la guerra, y sus hombres le contaron lo sucedido, o lo
que ellos pensaban que había sucedido. Cuando supo que había perdido a su hijo,
probablemente muerto y devorado por aquella bestia que estaba arruinando sus
ganados mucho más que los de ningún otro, se tapó los ojos. Y durante mucho
tiempo se quedó sentado antes de volver a andar. Después, la reina le apremió
todo lo que pudo a que reuniese suficientes hombres y sabuesos para ir en busca
del monstruo y librarse de él. Él miró a un lado y dijo que eso no corría
ninguna prisa.
A los ojos de todos
se comportaba como si el oso no le importase nada. Pero la reina Hvit seguía
insistiendo, como lo hacía su amigo Gunnar, cuya única hija había desaparecido
del mismo modo, y los parientes de aquellos que habían perdido a sus seres queridos
por culpa de la bestia, y todos los que la temían. Al final, Hvit le dijo
sarcásticamente:
—¿También es tu
hombría pequeña en lo que respecta a mantener el reino a salvo? En ese caso
tendré que dirigirme a otra parte, porque malas cosechas vendrán por culpa de
un rey semejante hasta que esté colgado en lo alto en honor de los dioses.
Hring dio un fuerte
gemido y se apartó de ella. A la mañana siguiente ordenó que viniesen los
cazadores de los alrededores.
Algunas noches
después, la cama crujió bajo Björn al despertarse de su sueño, se volvió y
atrajo a Bera hacia sí. Ella se apretaba junto al latido de su corazón,
aspirando los olores del heno y de las pieles y la amada calidez del cuerpo de
él. En la ventosa oscuridad le oyó decir:
—Mi sueño se ha
cumplido. Mañana será el día de mi ruina. Vienen hacia aquí para matarme.
Ella empezó a
gritar. Él la acalló con un beso y prosiguió en un sordo susurro:
—Bueno, ya me
quedan pocas alegrías, excepto cuando estamos los dos juntos, y ahora esto
tiene que terminar. No hables. Te entrego el brazalete que llevo en el brazo
izquierdo. Mañana cuando esté muerto, ve al rey y pídele que te dé lo que haya
bajo el hombro izquierdo de la bestia . El te lo dará. Probablemente la reina
adivinará dónde has estado y te ofrecerá carne del oso para que la comas. No le
hagas caso...
—¡No podría!
—Estás embarazada,
lo sabes. Tendrás tres niños: esa comida los dañaría gravemente, porque la
reina es la más horrible de las brujas. Vete a casa con tu padre y tu madre, y
da allí a luz a nuestros hijos. Llegarás a querer a uno más que a los
restantes, aunque mantenerlos a todos ellos será duro. Cuando no puedas seguir
haciéndolo, tráelos a esta cueva. Aquí encontrarás un cofre con tres
cerraduras. Las runas grabadas en él te dirán lo que es para cada uno. También
habrá tres armas clavadas en la montaña, y cada muchacho cogerá la que yo, por
adelantado, he querido que tenga.
Trató con un beso
de alejar sus lágrimas.
—Pon buenos nombres
a nuestros hijos: Frodhi al primero, Thori al segundo, Bjarki al tercero,
porque por mucho tiempo serán recordados —ella se abrazó a él y creyó oír casi
imperceptiblemente—: Con todo, el signo de la bestia estará sobre cada uno.
Incluso aquel que parece que no ha sido marcado lo estará al final... —se
detuvo y trató de consolarla lo mejor que pudo.
Al amanecer volvió
a transformarse en oso. Salió al exterior y ella lo siguió en la débil luz del
día. Mirando adonde se había levantado un gran tumulto, distinguió a un
centenar de hombres subiendo por la ladera. Delante de ellos ladraban y
brincaban jaurías enteras de sabuesos.
El oso lamió la
mano por última vez y atacó.
Sabuesos y
cazadores se lanzaron contra él. Fue un largo y violento combate. Mató
prácticamente a todos los perros —a uno lo desgarró, a otro le rompió el
espinazo, a otro lo partió en dos sangrientas mitades— e hirió a no pocos
hombres. Pero lanzas y flechas se hundieron en él hasta que ya no fue gris sino
rojo. Los guerreros lo tenían rodeado. Él atacaba una y otra vez. Por todas
partes había escudos y afilados metales. Empezó a tropezar con los dardos y
tripas que le colgaban del vientre. No había ningún camino por donde escapar.
Se volvió hacia el rey y golpeó al hombre que estaba a su lado, desgarrándolo
de parte a parte.
Pero para entonces,
el oso estaba tan exhausto y consumido que se desplomó. Arrojaba sangre al
respirar. Las lanzas se precipitaron, las hachas subieron y bajaron, los
hombres se agolparon sobre él hasta matarlo.
Cuando regresaban,
jactándose y gritando con entusiasmo, Bera se acercó al rey Hring. Su habla era
firme y su paso resuelto. El la conocía y dijo:
—¡Cómo, mi querida
Bera! ¿Dónde has estado este tiempo...?
—Eso no importa,
señor —respondió ella—. En nombre de los viejos tiempos, ¿me daréis lo que haya
bajo el hombro de vuestra presa?
La miró un instante
antes de asentir con su encanecida cabeza y habló lo suficientemente alto para
asegurarse de que lo oían sus hombres:
—Por supuesto.
Debes de estar muerta de hambre, luego de errar perdida tanto tiempo. Allí no
puede haber nada, excepto lo que yo pueda darte.
Como si fuera una
figura de piedra, Bera los miró desollar y tajar el cadáver del animal, hasta
que pudo ir al informe montón y meter la mano por debajo. Nadie la vio sacar un
anillo de oro y esconderlo en su pecho.
Dando alaridos, la
expedición entró en el patio del rey. Hubiera parecido extraño que la muchacha
que acababa de regresar de los yermos no viniese con ellos, y no entrase en la
mansión para festejarlo como cualquier otro.
La reina Hvit vino,
muy alegre, a darles la bienvenida y a ordenar que preparasen la carne del oso
para la fiesta. Cuando vio a Bera, acurrucada en una esquina con aspecto
afligido, se quedó inmóvil. Sus dedos se retorcieron hasta formar una garra. Se
dio la vuelta y salió en un remolino de faldas. Mucho antes de que nadie lo
hubiese esperado —los hombres acababan en realidad de empezar a beber— volvió
trayendo una tajada de carne recién asada.
Se fue derecha
adonde estaba Bera y dijo para que no hubiese confusión posible:
—¡Qué alegría saber
que estás viva! Pobre niña, no tienes que pasar hambre ni un instante más.
Toma, come.
La muchacha se
encogió en el banco.
—No —suplicó.
Hvit se irguió
amenazadora. Su vestido de un blanco fantasmal brillaba entre las sombras, como
lo hacían sus ojos y sus dientes.
—¡Cómo! Es inaudito
—dijo— que rechaces la comida que la reina en persona te ha hecho el honor de
traerte. ¡Cógela en seguida, o sabrás lo que es bueno!
Cogió el cuchillo,
ensartó un pedazo de carne y se lo puso a Bera en los labios. Agotada,
entumecida por la pena, aterrorizada por sus hijos que debían nacer, la
muchacha no sabía que hacer. Los hombres estaban empezando a mirar. Si supieran
la verdad, ¿qué podrían hacer ellos? Cerraba con fuerza los ojos y las manos.
El bocado iba entrando caliente en su boca. El olor a sangre chamuscada rugía
en su cabeza. Lo engulló entero.
La reina rió.
—Bien, no era tan
malo, ¿verdad, pequeña Bera? — y le metió otro bocado.
Lo tenía en la
lengua. Bera recobró un poco de su fortaleza. Lo escupió, se levantó de un
salto, y chilló.
—¡No, no más,
aunque me torturéis o me matéis!
Otra vez se rió
Hvit.
—¿Es que un simple
bocado puede hacerte algo? —alzó un tercero.
Como una
exhalación, Bera salió huyendo de la sala. La reina apenas pudo evitar que la
gente empezase a hacerse preguntas.
—Vaya, vaya, qué
delicada para ser la mozuela de un granjero —dijo—. Sólo estaba tratando de
alegrarle el ánimo.
Bera se fue a casa
de sus padres; ciertamente pesada era la carga que llevaba. Únicamente a ellos
les contó lo que había sucedido.
III
Hvit no intentó
hacerle más daño a la muchacha. O no se atrevió, o pensaba que ya se había
vengado bastante. Porque al llegar el parto, Bera dio a luz, en primer lugar, a
un horrible niño deforme. Por arriba era humano, pero del ombligo para abajo
era un alce. Aunque Gunnar el granjero se lo habría llevado a una colina para
que chillase hasta que muriese o se lo encontrara un lobo, ella dijo en medio
del sudor y las lágrimas:
—No, es el hijo de
Björn. Él quería que se llamase... Frodhi.
Luego dio a luz
otro niño, cuyos pies eran como los de un perro, aunque en todo lo demás era de
aspecto agradable; lo llamó Thori.
Todavía tuvo un
tercer niño. Éste no tenía ningún defecto. Era Bjarki, al que amó más que a
ninguno.
De los años
siguientes poco hay que decir. Al principio, la gente debió haber evitado
aquella casa de mala suerte. Sin embargo, Gunnar era rico y muy querido; había
levantado un santuario a Thor, en el que hacía ofrendas a menudo; sus cosechas
y ganados prosperaban. Él y los suyos no podían estar bajo la maldición de los
dioses o de los espíritus de la tierra. Y después de todo, los monstruos no
eran una novedad, aunque habitualmente se les dejaba morir. Antes de que
hubiera transcurrido mucho tiempo, la vida prosiguió como antes, excepto que no
volvió a haber estrecha amistad entre Gunnar y el rey Hring. El temperamento
cada vez peor de la reina había hecho que la mayoría de los hombres se
mantuviesen tan alejados de la mansión real como les resultase posibles.
Gunnar y su esposa
pensaron que era más prudente mantener silencio respecto al padre de sus
nietos. Bera dijo a todo el mundo que eran los bastardos de un vagabundo que se
había encontrado cuando estuvo perdida en las montañas. Esa clase de sucesos
era bastante corriente. Siendo bonita y robusta y con la garantía de que
aportaría una gran dote, tuvo pretendientes, pero no aceptó a ninguno.
Los muchachos
crecieron como la hierba. Frodhi el Alce, con sus largas piernas peludas y sus
pezuñas que daban un golpecito seco, se bamboleaba adelante y atrás y,
forzosamente, necesitaba ir despacio cuando anclaba. Inclinándose para correr,
dejaba atrás a todo el mundo excepto a su hermano Thori Pies de Sabueso, que
corría a grandes zancadas. En cuanto hubo crecido del todo, nadie pudo
resistírsele cuando peleaba o golpeaba con las armas de madera que se empleaban
en los entrenamientos.
Era enorme y feo,
grosero y hosco. Solo se entendía bien con sus hermanos, que eran los muchachos
más apuestos, y de los que, dejando aparte los pies, apenas había algo que
reprochar. El mayor de ellos era más gruñón que el segundo. Bjarki era de
temperamento más risueño.
Sin embargo, como
siempre andaba en compañía de los otros dos, sus modales influyeron en él.
Conforme iban creciendo, más turbulentos y revoltosos se convertían. Cuando
jugaban con los niños de la vecindad, eran despiadados y testarudos; más de uno
lo pasó mal en sus manos.
El peor era Frodhi
el Alce. A la edad de doce años, era ancho y pesado como cualquier hombre
maduro, y habría sido tan alto si sus piernas no le hubiesen obligado a andar
agachado. Empezó a acudir al patio del rey y a desafiar en combate a los
hombres de la Guardia Real. A varios les sacudió tan malamente que quedaron
tullidos. Cuando la rabia se apoderaba de él, podía acuchillar a uno con sus
afiladas pezuñas o golpearle con el puño como si fuese un martillo. Algunos
hombres murieron.
Ello costó a Gunnar
tener que pagar fuertes weregilds y dio lugar a palabras duras entre abuelo y
nieto.
Al final, Frodhi
fue a hablar con Bera y le dijo que quería marcharse.
—No quiero tener
nada que ver con la gente de los alrededores —gruñó—. Son unos cobardes, que
piensan que vas a pegarles si te acercas a ellos.
Bera suspiró, y se
sintió culpable porque el suspiro había sido de alegría.
—Sería lo mejor
—dijo ella—. Pero antes ven y coge lo que te dejó tu padre.
Fueron juntos,
arriba a la montaña. No había vuelto a estar allí desde el día en que
desollaron a Björn. Las hierbas inclinándose a la luz del sol, las flores
flotando en el viento, los árboles susurrantes, un halcón en lo alto entre
nubes que parecían haberse desprendido de las nieves de allá lejos, nada le
recordaba a él. Cuando entró en la cueva con su hijo, descubrieron un cofre de
bronce con tres cerraduras, hermoso de ver aunque su factura no fuese humana.
Bera había empleado tiempo en aprender a leer las runas. Ahora las que estaban
sobre la caja le hablaban. Cuando tocó las cerraduras, se abrieron al momento.
Dentro había brillantes cotas de malla, ricos vestidos, anillos de oro y joyas.
Las runas decían que Frodhi el Alce tendría poco de todo aquello.
—Cogeré lo mío,
entonces —dijo con desprecio, pero trató de asir un yelmo. Los dedos
resbalaron. No podía agarrar nada que no fuese para él—. Bueno, ya ganaré lo
mío, ¡y que el Infierno te lleve! —rugió.
¿Se le saltaron
entonces las lágrimas?
Echando una mirada
a las sombras del fondo de la cueva, percibió un brillo de acero y fue a verlo
más de cerca. Clavadas en el granito que formaba como una pared contrastando
con la piedra más clara de alrededor, había tres armas: una espada larga, fuerte
y hermosa; una gran hacha de guerra, y una espada corta de hoja curva.
—¡Ah! —gritó él, y
aferró el puño de la primera.
Aunque tiró hasta
estar empapado de sudor, no pudo desprenderla, ni tampoco el hacha.
—Quizá el que la
puso aquí quería repartirlas de la misma forma que lo demás —dijo Frodhi el
Alce.
Cogió la espada
corta por el mango y en seguida se soltó de la pared.
La miró un instante
y dijo:
—Injusto fue quien
dividió los tesoros —aullando de ira blandió la hoja con ambas manos y dio un
tajo contra la montaña. No se rompió; no, sino que tintineó cuando tajó el
granito.
La miró de nuevo.
Finalmente dijo:
—¿Qué importa que
viaje con esta cosa misteriosa? Seguro que puede morder.
Se dio la vuelta,
cogió lo demás que era para él, y se alejó al galope. No dijo adiós a su madre,
ni ella lo volvió a ver.
La noticia llegó
pasados unos meses. Frodhi el Alce se había ido al Keel, un territorio agreste
atravesado por un camino. Allí se había construido una cabaña y vivía en ella
como un bandido. Se requería algo más que unos cuantos hombres para mantenerlo
a distancia. Si el grupo era pequeño, les quitaba sus bienes y, si se
resistían, dejaba muertos y heridos tras él.
El rey Hring se
enteró, y supuso que conocía la brujería que había en el fondo del asunto. Sin
embargo, se limitó a decir que no pensaba que fuese su cometido mantener a
salvo un camino de mercaderes que conducía a Götaland.
Cuando se hubo ido
su hermano, Thori Pies de Sabueso y Bjarki empezaron a comportarse mejor. Pero
también eran inquietos, y luego de tres años el primero pidió permiso para
marcharse..
Su madre lo llevó a
la cueva para coger las cosas que le estaban reservadas. Tuvo una parte mayor.
También él intentó coger la hermosa espada larga, y tampoco pudo. El hacha, en
cambio, fue a sus manos sin dificultad, y por cierto que era un arma formidable.
Dijo adiós a su madre y abuelos, y salió cabalgando hacia el Este.
Todos los hermanos
eran expertos cazadores. Cuando Thori descubrió huellas demasiado débiles para
la mayoría de los ojos, que partían del camino a Götaland, las siguió. Encima
de un escarpado risco, oculta entre los abetos, encontró una casa de troncos con
el tejado de césped. Se sentó en la única silla que había dentro y se
encasquetó el sombrero.
Hacia el anochecer
hubo un vasto estrépito de cascos, el piso de tierra tembló bajo el peso, y
allí estaba Frodhi el Alce, siete pies de alto y más ancho de lo que él
recordaba. Miró en la oscuridad al apenas visible recién llegado, percibió su
hacha, y cantó:
Sonriendo la corta
espada
sale de la vaina;
bien que él
recuerda
la obra de Hild.
Hild es una
Valkiria y su obra es la guerra y la matanza. Frodhi dio un tajo con su espada
contra un banco, espumeó por la boca y bufó:
Yo puedo igualmente
hacer que mi hacha
cante para ti
la misma estrofa.
Y no ocultó su
rostro por más tiempo. Frodhi, a su manera brusca, se alegró muchísimo de
verlo, habiendo vivido todo aquel tiempo sin ningún amigo. Le pidió que se
quedase, y le ofreció la mitad del botín.
Thori dijo que no
lo cogería. Se quedó allí unos cuantos días, pasados los cuales dijo que tenía
que irse de nuevo.
Frodhi el Alce
suspiró.
—No soy una mujer
para hacer que te quedes: apenas soy... parte de un hombre. Como quieras,
hermano. Oye mis consejos, sin embargo... porque a veces recibo noticias de
aquellos que asalto a quienes perdono la vida. Ve a Götaland. A orillas del
lago Vänem está el país de los geatas del Oeste, que paga tributo al alto rey
Bjovulf. Su propio rey tributario de él ha muerto y han convocado una reunión
en el solsticio de verano para escoger uno nuevo. Ésta es la forma en que lo
hacen. Ponen una silla en medio del sitio del Thing, tal que dos hombres
normales apenas si conseguirían ocuparla del todo; y aquel que se siente
cómodamente en ella, sin dejar espacio para ningún otro, ése será el rey. Creo
que es de tu tamaño.
—Una extraña
costumbre —dijo Thori.
Frodhi se rió.
—Tiene tanto
sentido para mí como todo lo que hacen los hombres. O consiguen un gigante que
los conduzca a la victoria, o simplemente alguien demasiado gordo para empezar
una guerra.
—Bien, dicen que
Bjovulf es un buen soberano. Gracias por el bien que me has hecho.
—Ojalá... pudiese
hacer más... ¡Vete de una vez, si tienes que hacerlo! —Frodhi volvió su tosca
cabeza a un lado.
De este modo, Thori
viajó hasta el país de los geatas del Oeste, donde fue recibido por un conde.
El pueblo admiró su aspecto y su estatura. Cuando tuvo lugar el Thing, el más
experto en la ley juzgó que era quien mejor ocupaba el asiento, y entonces los
hombres libres lo aclamaron como su rey.
Muchas son las
historias que se cuentan sobre el rey Thori Pies de Sabueso. Ganó muchas
amistades, entre ellas la del conde, con cuya hija se casó, y la de su
soberano. Cuando más tarde Bjovulf cayó peleando con un dragón, los conflictos
estallaron entre los geatas. Thori se mantuvo firme al lado de Vigleik, a quien
el viejo rey había querido que le sucediese, y en la mayoría de las batallas se
alzó con la victoria.
Mientras tanto,
Bjarki permanecía en casa. Pasaron tres años más.
Su madre se sentía
contenta con él. Era bondadoso, aunque temerario en la caza y en los ejercicios
violentos. Si dejó de luchar, de correr o de contender en juego con sus
compañeros de cualquier otra forma, fue porque ninguno tenía a su lado una
oportunidad y todos lo sabían. Sobresalía una cabeza por encima del más alto de
ellos. Tan ancho y robusto era que, desde lejos, no parecía que fuese tan alto;
además, perseguía caballos y ciervos sin apenas sofocarse, y era flexible como
un mimbre. De cara, así como de talle, se parecía mucho a su hermano Thori:
hermoso, con cejas espesas, nariz embotada, pecoso, cabello rojo y ojos tan
azules como el vivaz fuego. Pero no corría a pasos largos como un perro, sino
que andaba a grandes zancadas como un hombre.
Alegre al
principio, con el tiempo empezó a parecer melancólico. Bera lo contemplaba con
creciente preocupación. A ella no le sorprendió que, finalmente, le pidiese un
día que lo acompañase a pasear por el bosque. Allí le preguntó quién era su
padre. Él había meditado sobre la historia que ella le había contado y no
estaba muy convencido de que fuese verdad.
Con una mezcla de
horror y de alegría, ella le habló de su relación con Björn, y de cómo su
madrastra había destruido a su amado.
Bjarki golpeó el
puño contra la palma de su mano; los pájaros huyeron de las ramas.
—¡Tenemos mucho que
recompensarle a esa hembra de troll! —gritó.
—Ten cuidado con
ella —le suplicó su madre. Y le contó cómo le había hecho comer la carne del
oso—. Y sus efectos se han visto en tus hermanos, Thori y Frodhi el Alce.
Bjarki dijo entre
dientes:
—Me parece que
Frodhi tiene más motivos para vengar a su padre y a sí mismo que para robar y
matar a gentes inocentes. Y es raro que Thori pueda viajar tan lejos sin darle
a esa bruja su merecido.
—Ellos no sabían
nada —susurró Bera.
—Bien, entonces —y
Bjarki puso una sonrisa de lobo—, será mejor que yo se lo haga pagar a ella en
nombre de todos nosotros.
Bera le advirtió de
la brujería de Hvit. Él prometió tener cuidado, y empleó cierto tiempo en
prepararse.
El abuelo Gunnar se
había debilitado con la edad. Bjarki y su madre fueron solos, a través de los
bosques, a la mansión del rey Hring. La encontraron mal atendida, con la
pintura cayéndose de las paredes, las malas hierbas proliferando en el patio, y
poca gente por allí excepto los desaseados hombres de la guardia y los criados.
No tuvieron ningún obstáculo para hablar con el rey en una habitación exterior.
También éste estaba muy envejecido. Sin embargo en él, a diferencia del
granjero, no quedaba ni resto de su antigua arrogancia, y sus manos no dejaban
de temblar.
Bera estaba de pie
ante él, con su hijo detrás, y le contó lo que había sucedido. Como prueba
tenía el brazalete que había cogido de los restos del asesinado oso.
El rey lo hizo
girar en sus blanquecinos dedos, lo miró con sus débiles ojos acuosos y dijo
con voz temblorosa:
—Sí, sí, sí, lo
conozco bien, yo mismo se lo di a mi pequeño Björn, y... y... oh, me había
forjado una opinión, no estaba ciego entonces, pero guardé silencio porque...
porque me preocupo tanto por ella.
La profunda voz
juvenil de Bjarki resonó bajo las vigas:
—Que ella se vaya
de aquí, o me vengaré.
Estremeciéndose,
aunque era un luminoso día estival, Hring le suplicó. Él le recompensaría con
bienes, le prometió oro, todo tipo de riquezas, lo colmaría de modo que no le
quedase nada que desear, con tal de que Bjarki dejase el asunto reposar en la
tumba. Le daría a su nieto un condado para que lo gobernase, sí, y el
nombramiento de conde en seguida, y todas las Tierras Altas para que fuese su
rey cuando él, Hring, hubiese muerto, lo que no tardaría en suceder. Hvit no le
había dado hijos. Pero, ¡oh!, que la dejase vivir...
—No tengo ninguna
intención de hacerlo —dijo Bjarki—, ante todo, ninguna intención tengo de
llamar reina a esa diablesa. Y tú, tú estás demasiado engañado por ella para
poder regir con propiedad no ya tu reino, sino tu propio juicio. ¡La asesina de
mi padre jamás vivirá en paz en las Tierras Altas!
Hring se encogió,
como si fuese a desmoronarse. Podía haber llamado a los hombres de su Guardia.
¿Sabía que Bjarki, que había vencido a cada uno de ellos en los juegos, se
abriría camino a través de cualquier barrera de escudos que pudiesen levantar?
¿O temía que se pusiesen a su lado por odio a la reina? Inexorable en su
juventud, Bjarki atravesó el patio y abrió violentamente la puerta que llevaba
a las habitaciones de la señora.
Las mujeres de Hvit
se apartaron chillando. Ella se acurrucó y escupió a sus pies. Él vislumbró un
rostro ojeroso, un alma más hambrienta de lo que pudiera estar ningún cuerpo;
luego le echó un saco de piel de foca sobre la cabeza y tiró de la cuerda hasta
tensarla casi sofocándola.
Así cegada, no
podía lanzarle ningún hechizo. Ella le arañó, y él oyó su voz amortiguada
dentro del saco:
—Ah, te conozco, te
conozco, y te digo que llegará la hora en que otra bruja labre tu perdición...
La abofeteó. La
encapuchada cabeza se inclinó a un lado y ella cayó al suelo.
—¡Esto es por mi
padre! —gritó él, alzándola de nuevo; y golpe tras golpe—: ¡Esto por mi madre!
¡Esto por Frodhi el Alce! ¡Esto por Thori Pies de Sabueso! —cuando estuvo
muerta, la ató por los tobillos y la arrastró por la tierra para que todo el
mundo pudiese verla. Después, para que no se le ocurriese volver, le cortó la
cabeza y la quemó.
De esta manera
murió Hvit, la hija del rey de los finlandeses, lejos de su patria millas y
años. La mayor parte de la gente de la Casa Real pensaron que su suerte no
había sido demasiado cruel.
Más tarde, Bera
mostró a Bjarki la cueva. Él cogió el resto de los tesoros, que eran casi
todos; y entre sus manos, la espada larga salió fácilmente de la piedra.
Las runas que había
grabadas en su hoja decían que se llamaba Lövi y que era una de las mejores
armas, porque no había sido forjada por mano de hombre. Nunca había que
confiársela a nadie ni dejar que tocasen su empuñadura; ni necesitaba que la
afilasen más de tres veces a lo largo de la vida de su poseedor. Siempre que se
sacase, provocaría la muerte, y no haría falta lanzar un segundo golpe.
Siguiendo los consejos de su madre —ella se acordaba de los elfos—, Bjarki hizo
para ella una vaina de corteza de abedul.
El viejo rey Hring
no sobrevivió mucho tiempo a su mujer. Cuando enfermó y murió, los hombres
aclamaron a Bjarki en el trono.
Reinó por espacio
de tres años, y lo hizo bien, reparando el daño causado por la reina bruja. Sin
embargo, era tan inquieto como sus hermanos. Las Tierras Altas no eran un lugar
apropiado para un joven como él. En ellas había escarpadas montañas y buena caza,
y muy poco más. Los hombres enmohecían en sus alejadas granjas. En el mejor de
los casos, podían viajar al extranjero como comerciantes o como vikingos. ¿Por
qué no buscar algo que aquel país nunca podría darle?
Primero procuró el
bienestar de su madre. El conde Valsleif era viudo, y hombre de elevada
posición, al que Bera había llegado a querer. Bjarki hizo que se casaran, y él
mismo entregó el novio a la novia. Después convocó un Thing, comunicó a su
gente que se iba, y la indujo a que eligiera un nuevo rey.
Entonces,
finalmente, fue libre de partir.
Tenía un caballo
apropiado a su tamaño, y ninguna otra compañía. La mayor parte del oro y la
plata la dejó detrás; ya estaba bien equipado con armas y ropas.
Se alejó cabalgando
y de repente, después de tanto tiempo, pudo al fin dar rienda suelta a su
regocijo. Arriba en los cielos, las alondras le oyeron cantar.
De su viaje nada
hay que decir hasta que un día, al igual que Thori antes, llegó a la guarida de
Frodhi el Alce. Llevó su caballo al establo que había detrás de la casa y se
instaló. En un montón vio cosas semejantes a las que había cogido del cofre de
los elfos, y supo que tenía cierto derecho a utilizarlas en caso de
necesitarlas.
Hacia el atardecer
llegó Frodhi a su casa y miró ceñudo al recién llegado que se sentaba en su
silla, con el sombrero encasquetado de modo que su rostro quedase oculto en las
sombras. Incluso para él, un huésped era un huésped, y por tanto sagrado. Llevó
su propio caballo al establo, y se encontró con que no se llevaba bien con el
otro.
Entrando de nuevo,
dijo:
—Bien, este es un
sujeto descarado e inútil, que se atreve a sentarse sin mi permiso.
Bjarki mantuvo el
sombrero como estaba y no contestó.
Tratando de
asustarlo, Frodhi sacó la espada corta de la vaina haciendo ruido. Dos veces lo
hizo; pero Bjarki no prestó atención.
El bandido sacó la
hoja por tercera vez y se abalanzó hacia adelante. Descomunal como era Bjarki,
Frodhi el Alce le ganaba en estatura y en peso. Sin embargo, el huésped
permanecía sentado muy tranquilo. Frodhi gruñó y babeó.
—¿Quieres que
luchemos? —le dijo.
Su intención era
romperle al hombre el cuello en el juego y así estar en libertad de arrojarlo
fuera.
Bjarki se rió, se
puso en pie de un salto y agarró a Frodhi por el peludo cuello. Terrible fue la
lucha, retorciéndose y pisoteándose hasta que las paredes temblaron.
Entonces el
sombrero cayó al suelo. Frodhi reconoció a su hermano, lo soltó y dijo con voz
áspera:
—¡Bienvenido,
pariente! ¿Por qué no me lo dijiste? Hemos luchado durante largo rato.
—Oh, no hay
necesidad de acabar aún —dijo Bjarki, aunque respiraba sofocadamente y el sudor
le calaba las ropas hasta llegar a la piel.
Frodhi el Alce se
puso serio.
—Escasa suerte
habrías tenido, pariente, si realmente hubiéramos peleado —retumbó—. No puedo
sino alegrarme de haberte visto a tiempo... Ven —abrazó a su hermano; el olor
selvático de él llenó por entero las narices de Bjarki—. Bebamos y comamos y,
¡oh, tienes que contármelo todo!
Bjarki se quedó
algunos días, charlando cuando no iban de caza. Frodhi le ofreció quedarse y
darle la mitad de sus riquezas. Bjarki dijo que no; no le gustaba matar a la
gente para robarle sus bienes.
Frodhi suspiró en
la oscuridad iluminada por el fuego.
—He tenido piedad
de muchos cuando eran pequeños y débiles.
—Me alegra oír eso
—replicó Bjarki—. Mejor sería que los dejases a todos ir en paz, pensaras o no
que pudieses ganar algo matándolos.
—Me ha tocado una
suerte que de todos modos es pesada —dijo Frodhi el Alce.
Después de un rato
añadió:
—Respecto a ti,
bien, ya sé algo del mundo, a pesar de mi soledad. Los que van de paso y... y
otros... me cuentan cosas. Si quieres riquezas y renombre, busca al rey Hrolf
de Dinamarca. Los mejores guerreros se dirigen a él, porque es el más valiente,
sabio, generoso y espléndido de los reyes de los países del Norte.
Más cosas le tuvo
que decir, hasta que al fin Bjarki se convenció.
A la mañana
siguiente, Frodhi acompañó a su hermano durante un trecho del camino,
hablándole, a su tosca manera, lo mejor que pudo. Al fin tenían que decirse
adiós. Bjarki desmontó para estrecharle la mano de igual a igual. Frodhi lo
empujó fuertemente, y él dio un traspié hacia atrás. Una sonrisa se deslizó por
los feos labios del bandido.
—No pareces tan
fuerte como debieras, pariente —dijo.
Sacando el
cuchillo, se rajó su propio muslo de alce.
—Bebe de esta
sangre —dijo, señalando la que brotaba.
Como si estuviese
soñando, Bjarki se arrodilló y obedeció.
—Levántate —le
ordenó Frodhi.
Cuando Bjarki lo
hizo, lo empujó de nuevo. Esta vez, el que era más joven, aunque sólo por una
hora, se mantuvo en su sitio.
—Creo que esta
bebida te ha hecho bien, pariente —dijo Frodhi—. Ahora puedes estar por encima
de la mayoría, como yo te deseo de todo corazón.
Hundió su pata en
la cuesta junto a él, profundamente en la roca, más abajo de los helechos y la
tierra, hasta que la pezuña desapareció allí dentro. Sacándola de nuevo, dijo:
—Todos los días
vendré a ver este agujero. Si mueres de enfermedad, habrá mantillo en él, y
agua si mueres ahogado en el mar. Pero si mueres por las armas, habrá sangre, y
entonces yo iré a vengarte... el más querido para mí de todos los hombres.
Y Frodhi el Alce
desapareció por el camino entre la selva.
Bjarki sacudió la
cabeza para quitarse la tristeza y siguió cabalgando. Nada digno de contarse
sucedió antes de cruzar las sierras que conducen al lago Vänem. El rey Thori
Pies de Sabueso estaba ausente, no se sabe si guerreando o cazando. El pueblo
se sorprendió al verlo volver solo, porque, calzado y a caballo, era idéntico a
Bjarki.
Sin saber a ciencia
cierta lo que estaba pasando, éste pensó que lo mejor sería fingir hasta que
pudiese enterarse. Los dejó que le condujesen a la mansión real, le sirviesen
en el elevado asiento y, a la noche, le llevasen a la cama junto a la reina.
Cuando estuvieron
solos, Bjarki dijo:
—No dormiré bajo la
misma manta.
Ella se quedó
desconcertada hasta que él le explicó lo que pasaba. Cuando lo supo, también
ella pensó que sería más prudente seguir disimulando; una bruja o una Norna
podía estar en medio de todo aquello.
Así siguieron las
cosas por algún tiempo. Aunque no se convirtieron en amantes, Bjarki y la reina
se hicieron amigos.
Cuando Thori volvió
a casa y se encontró a su hermano, fueron todo abrazos. Cuando supo toda la
historia, el rey dijo que no había otro hombre en el mundo en quien hubiese
confiado para dormir al lado de su esposa. Quería que se quedase y que lo
compartiesen todo.
Bjarki dijo que ése
no era su deseo. Thori le ofreció hombres entonces, para que lo acompañasen a
donde tuviese que ir. También esto lo rehusó Bjarki.
—Me dirijo al
encuentro del rey Hrolf de Dinamarca —dijo—, para ver si es verdad lo que
dicen, que se puede ganar más siendo uno de sus hombres que rey en cualquier
otra parte.
—Puede ser —dijo
Thori; y añadió secamente—: Sin embargo, yo me quedaré donde estoy —y, ya más
serio—: Recuerda que los pájaros que vuelan más alto tienen más probabilidades
de ser abatidos por el halcón.
—Más vale eso que
ser un topo —dijo Bjarki.
Thori empezó a
replicar, pero supo dominarse. En el momento de la despedida cabalgó un trecho
del camino con su hermano. Se separaron de modo amistoso, aunque cada uno
manteniendo su forma de pensar.
Nuevamente no hay
mucho que decir salvo que Bjarki llegó al Sund, que pagó para cruzarlo, y que,
al fin, ya le quedaba poco para llegar a Leidhra.
IV
El año había ido
pasando hasta llegar el otoño, cada día más corto y frío que el anterior. Hacia
el fin del viaje de Bjarki, la lluvia caía desde el alba hasta el ocaso, sin
mostrar ningún signo de cesar. Él había proseguido, sin embargo, llevado de su
ansia, por lo que, al caer la noche, se encontró en una extensión solitaria
cubierta de brezos, calado por completo. El caballo estaba extenuado. Tropezaba
y chapoteaba en el fango metiendo las pezuñas hasta las cernejas. Pero el
chaparrón seguía alborotando, helado en una negrura cada vez más profunda. Al
final se encontró completamente perdido.
Poco después, la
bestia tropezó con lo que parecía una especie de túmulo. Bjarki desmontó,
avanzó a tientas, y descubrió que era una casa, una de la especie más humilde,
construida con turba y césped alrededor de un hoyo cavado en tierra. La
chimenea estaba tapada, pero la luz brillaba de un rojo apagado a través de las
rendijas de la puerta. Bjarki llamó.
Un hombre la abrió
a medias. Canoso y harapiento, empuñaba una especie de alabarda. El noruego se
preguntó qué iban a pensar unos ladrones para atreverse a aventurarse en aquel
lóbrego agujero. Ni siquiera la mujer resultaba atractiva, vista a la luz de una
lámpara de arcilla sobre la que se inclinaba para calentarse un poco.
—Buenas noches
—dijo Bjarki—. ¿Puedo cobijarme aquí para pasar la noche?
El campesino, que
había tragado saliva al ver su gran estatura, se sintió a salvo y dijo:
—Sí, no te dejaré
fuera con este tiempo horrible y con esta oscuridad, aunque veo que eres
extranjero.
Le ayudó a
desguarnecer y a atar el caballo, que tuvo que quedarse fuera, no habiendo
espacio dentro en el reducido establo que ocupaba su única vaca. Bjarki dispuso
de un raído abrigo para arroparse después de quitarse sus ropas empapadas, un
plato de raíces y galleta, y un lugar para tenderse sobre los juncos en las
malolientes tinieblas. Pronto se quedaron todos dormidos.
Por la mañana, la
esposa, Gydha, le dio a Bjarki el mismo alimento de desayuno, ya que no tenían
otro. Entretanto Eilif, el hombre, le preguntó por noticias recientes. A su
vez, Bjarki le preguntó por el rey Hrolf y sus guerreros, y si todavía le
quedaba mucho para llegar hasta ellos.
—No —dijo Eilif—,
sólo un pequeño camino. ¿Te diriges allá?
—Sí —contestó
Bjarki—, ésa es mi intención: ver si me admite a su servicio.
—Sería
completamente adecuado para ti, sí, sí —asintió el campesino—, viendo lo grande
y fuerte que eres.
Parecía
extrañamente conmovido; y de improviso, Gydha rompió a llorar.
—¡Vaya! ¿Por qué
lloras, buena mujer? —preguntó Bjarki.
Ella suspiró.
—Mi hombre y yo...
teníamos un único hijo... al que llamamos Hott. Aquí había para él un sustento
precario... y el año pasado ninguno, después de que perdiésemos nuestro
rebaño... Eilif y yo apenas si pudimos mantenernos con lo que quedó... Hott se
marchó a la ciudad del rey a ver si podía conseguir trabajo, y allí lo hicieron
pinche de cocina, pero... —tuvo que dejar de hablar hasta que pudo dominar su
dolor—. Los hombres del rey se burlan de él. Tiene que ayudar a servir, y...
cuando se sientan y comen, tan pronto como han roído la carne y dejado el hueso
pelado, se lo tiran a él... con lo que le hacen daño, y así no hay manera de
saber si vivirá o morirá; sin embargo, ¿a qué otro sitio podría ir? —ella se
inclinó hacia adelante en la semioscuridad de la choza y dijo con convicción—:
El pago que te pido por haberte albergado es que le tires huesos pequeños y no
grandes, si es que todavía no lo han mandado a golpes al Infierno.
—De buen grado haré
lo que me pides —dijo Bjarki—, pero pienso que es una cobardía arrojar
desperdicios a nadie o tratar mal a los niños y a las personas débiles.
—Entonces pórtate
bien —dijo la mujer, cogiéndole las manos con sus gastados dedos—, porque me
parecen manos muy fuertes, y mi Hott nunca podría resistir tus golpes.
Bjarki dijo adiós a
la vieja pareja y continuó a caballo su camino según las indicaciones que le
dieron. La lluvia había cesado, el cielo estaba deslumbrante, la luz del sol
centelleaba en los charcos esparcidos en la tierra oscura y en las ramas
mojadas en las que todavía flameaban unas cuantas hojas. Los estorninos acudían
en bandadas, los petirrojos brincaban por los campos, los zarapitos silbaban
alegremente en la fría y húmeda brisa. Bjarki prestaba poca atención a todo
ello. Iba con el ceño fruncido. No hubiera esperado encontrar hombres del rey
que se comportasen como trolls.
Brezales y pantanos
dieron paso a una tierra más rica, en la que abundaban las granjas y el ganado
dormitaba como manchas de color rojo óxido detrás de las vallas. Mucha gente
iba y venía. Bjarki se detuvo para hablar con algunos. Las doncellas sonreían al
gigante de cabello rojizo, pero él no estaba de humor para preocuparse por
ellas. Las preguntas que hacía en su cerrado acento de las Tierras Altas tenían
que ver con el rey Hrolf y su palacio.
Sí, le había dicho
un granjero, éste era un buen rey, un rey sabio y recto, además de fuerte para
rechazar a los piratas de fuera o perseguir a los proscritos y colgarlos...
Bueno, sí, sus soldados eran un grupo de revoltosos; realmente tenía que
refrenarlos, pero, sin duda, tenía muchas otras cosas en la cabeza... Había
estado fuera aquel verano. El año antepenúltimo había puesto al rey Hjörvardh
de Fyn bajo su poder y (¡ja!) a su hermana bajo el de Hjörvardh. Con sus
espaldas así cubiertas, todas las islas en sus garras, ahora iba en pos de los
reinos de los jutos. Una vez que también los tuviera, los hombres honrados
podrían cultivar sus campos y no temer más los ataques del exterior. Por
supuesto, que primero el rey tenía que espiar las costas de Jutlandia. Por eso
se había llevado esta estación sólo unos cuantos barcos. El resto de sus
guerreros se habían quedado en Leidhra y, sí, en su ociosidad se habían
engreído mucho... El rey debía volver uno de estos días, ahora que habían
llegado las tormentas de otoño. Quizá ya había vuelto. Un granjero no podía
saberlo. Los granjeros tenían trabajo que hacer, era el tiempo de la matanza y
esas cosas. Que las gentes de arriba se preocupasen de sus propios asuntos,
¿eh?
Bjarki siguió
cabalgando a lo largo del arroyo. Por la tarde, se alzó ante él Leidhra.
En aquella época
del año, en la que se viajaba poco, la fortaleza estaba tranquila dentro de su
empalizada, y las puertas abiertas sin vigilancia. Mujeres, niños, esclavos,
artesanos pululaban en torno, pero pocos guerreros. Bjarki supuso que la
mayoría estaría cazando o haciendo algo por el estilo. Cabalgó por los fangosos
caminos hasta las paredes de madera ricamente talladas de la mansión real. Las
losas del patio resonaron bajo los cascos de su caballo. Desmontó en los
establos.
—Pon mi caballo
junto al mejor del rey —dijo a un mozo de cuadra—, dale avena y agua y cuídalo
bien, y pon mis pertrechos en una esquina limpia hasta que envíe a buscarlos
—el hombre se le quedó mirando, boquiabierto.
Luciendo costosos
vestidos, un cuchillo y la espada Lövi a la cintura, pero sin llevar yelmo ni
cota de malla, Bjarki se introdujo en la cámara principal de la mansión. Aunque
humosa y sombría al entrar desde fuera, era más soleada y estaba más aireada de
lo que hubiera pensado en un lugar semejante. Brillantes escudos, anchos
cuernos, hermosas pieles, candelabros de velas de junco, frisos de abedul se
alineaban en las paredes. Las figuras de los paneles y de los pilares que
sostenían el techo eran de animales, pámpanos y héroes; no vio dioses entre
ellos. Los postes del sitial mostraban la pareja de Skiold y Gefion. Unos
cuantos criados se movían sobre las ramas de enebro del suelo, que prestaban su
frescura a aire, y unos cuantos sabuesos estaban tumbados. Por lo demás, la
extensión de la sala parecía vacía. El noruego se sentó en un banco, cerca de
la puerta, y esperó a cualquier cosa que pudiese suceder.
Pronto oyó un
tableteo en una esquina opuesta. Su vista, acostumbrada ya al interior, pudo
distinguir un montón de huesos apilados allí. Una mano se movía por encima de
su extremo. Bjarki se levantó y a grandes zancadas se aproximó. La mano, pudo
ver, estaba negra de suciedad. Arrugó la nariz del hedor a trozos de carne
podrida.
—¿Quién está aquí?
—preguntó.
Una voz de
muchacho, débil y asustada, dijo:
—Yo... yo... Me
llamo Hott, señor bien nacido.
—¿Qué estás
haciendo?
—M-m-me estoy
haciendo una empalizada, señor...
—Tu empalizada es
lamentable —Bjarki alcanzó, cogió por un brazo, y tiró estrepitosamente del que
estaba agazapado detrás del montón..
Una escuálida
figura se retorcía, indefensa en las garras del hombrón. La voz gimoteaba.
—¡Ahora me
mataréis! ¡No hagáis eso..., yo lo hubiera asegurado bien! ¡Habéis tirado mi
empalizada...!
Bjarki le miró.
Hott tendría unos quince años, pensó, era alto pero lamentablemente delgado.
Sus cabellos estaban tan enmarañados y grasientos que uno tenía dificultad para
distinguir que eran rubios; su rostro no parecía sino afilada nariz y ojos
enormes; temblaba por entero.
—Lo estaba
levantando a mi alrededor para defenderme de los huesos que me arrojáis
—sollozaba—. Estaba casi a-a-acabado.
—Ya no lo
necesitarás más —dijo Bjarki.
Hott se encogió.
—¿Queréis decir...
que me vais a matar... ahora mismo, señor?
—No lloriquees tan
alto —dijo Bjarki.
Tuvo que darle una
bofetada o dos para que el famélico muchacho se tranquilizase. Entonces agarró
al bulto, fláccido del miedo que tenía, y se lo llevó fuera. No estaba lejos de
la más próxima de las puertas de la empalizada. Un poco más allá había visto
que el arroyo se ensanchaba hasta formar un estanque. Pocos le prestaron
atención.
De un tirón le
quitó los sucios andrajos y arrojó al muchacho al estanque, luego se arrodilló
y le restregó con la mano hasta que ninguna langosta hervida habría estado más
limpia y roja que él. Alzándolo de nuevo, sacudió los harapos y dijo:
—¡Tú te lavarás
esos trapos!
Hott obedeció, y
echó a trotar, chorreando, detrás de él cuando regresó a la mansión. Bjarki se
sentó en el mismo sitio del banco que antes. Colocó al muchacho junto a él.
Hott apenas podía hablar dos palabras seguidas. Se estremecía en todos sus
miembros y articulaciones, aunque, a través de la confusión del miedo, veía que
el extranjero pretendía ayudarle.
Cayó el crepúsculo.
Los guerreros del rey empezaron a llegar. Miraban al recién llegado y le
saludaban, porque aquella dinastía se enorgullecía de su hospitalidad. Uno le
preguntó a Bjarki para qué había venido.
—Pensaba unirme a
vuestra tropa, si el rey lo quiere —dijo el noruego.
—En ese caso,
tienes suerte —dijo el soldado—, porque ha regresado esta misma tarde. Está
cansado y hoy cena en su torre con algunos de sus mejores amigos. Mañana podrás
verle, y seguramente aceptará a un individuo tan fuerte como tú —echó una
mirada maliciosa al encogido Hott—. Dale un puntapié a ese llorón para que se
vaya de tu lado —le advirtió—. Demasiada audacia por tu parte supone colocar...
a esa cosa... entre los hombres.
Bjarki frunció el
ceño. El soldado miró de arriba abajo su voluminosa mole, decidió no insistir
en el asunto, y pavoneándose se marchó. Hott hizo ademán de irse. Bjarki lo
agarró por la cintura.
—Quédate —dijo el
noruego.
—P-p-pero me
matarán... porque seguro... cuando estén borrachos... si me atrevo a sentarme
aquí —lloriqueó el mozuelo—. T-t-tengo que trabajar y... ¡déjame construir mi
empalizada de nuevo!
—Quédate —dijo
Bjarki.
Seguía sin soltarlo
de la cintura. A Hott le habría dado lo mismo haber intentado arrastrar una
montaña.
Se cebaron los
fuegos, se trajeron las mesas de caballete, comida apilada en los trincheros y
cuernos llenos de bebida. Bjarki y Hott estaban sentados solos. Ninguno de los
hombres quería tener a aquel blanco del desprecio general por compañero de
banco. Cuanto más bebían, más lo miraban fijamente, como hacían los sirvientes
de la cocina a los que se suponía que tenía que ayudar.
Al final, los
guerreros empezaron a arrojarle huesos pequeños. Bjarki se comportaba como si
no lo viese. Hott estaba demasiado asustado para comer o beber hidromiel.
Bjarki, que podía despreocuparse de él ahora que no se atrevía a moverse, comía
y bebía por los dos.
Más alto creció el
tumulto de voces por encima del fuego que crepitaba; los perros ladraban y
gruñían en la atmósfera cargada de humo. De repente, la luz parpadeó rojiza en
un enorme fémur que volaba por los aires. Era algo que podía matar.
Bjarki lo atrapó en
mitad del vuelo, a unas pulgadas de distancia del cráneo del chillón Hott.
Poniéndose de pie, apuntó al que lo había arrojado, y se lo lanzó de vuelta.
Fue directamente a su cabeza. Se oyó un crujido, y el soldado se derrumbó
muerto.
La sala retumbó por
los gritos de horror. Los hombres asieron sus armas y se lanzaron furiosos
contra Bjarki, quien empujó a Hott detrás de él. No llegó a sacar su espada
Lövi, pero su mano descansaba en su empuñadura: golpeó a los primeros atacantes
con el puño, y dijo con voz atronadora que quería ver al rey.
La noticia le llegó
a Hrolf en su habitación de la torre. Era una amplia cámara, con paneles de
diferentes maderas, que daba a una galería desde la que se dominaba el patio,
más sencillamente amueblada de lo que pudiera haberse esperado de tan rico
señor. Ya había acabado de comer y estaba sentado tranquilamente bebiendo y
conversando con Svipdag, Hvitserk, Beigadh y unos pocos más de quienes lo
habían acompañado en la expedición de aquel verano.
Un par de soldados
subieron pesadamente la escalera y jadeando le comunicaron lo sucedido: que un
guerrero del tamaño de un oso había llegado a la mansión y matado a uno de los
hombres. ¿Debían acabar con él sin más?
Hrolf se acarició
su corta barba de color oro cobrizo.
—¿Fue el hombre
asesinado sin motivo? —preguntó.
—Sí..., sí, por
decirlo así —dijo quien le había llevado la noticia.
Con el mismo tono
suave, el rey Hrolf quiso conocer exactamente lo que había sucedido. Toda la
verdad salió a luz.
Entonces se
enderezó en el banco, el invierno le cubrió los ojos, y todos recordaron que
aquel hombre menudo de voz suave era hijo de Helgi el Temerario.
—De ningún modo
tendréis mi permiso para matarlo —dijo; ellos se arredraron a cada palabra—.
Habéis adquirido aquí el feo hábito de arrojar huesos a gente inocente. Ello va
en contra de mi honor, y es la peor de las vergüenzas. A menudo os he
sorprendido, pero no habéis hecho caso. Por la cortada cabeza de Mimir , ya es
hora de que recibáis una lección. ¡Traed ese hombre a mi presencia!
Entre erizados
aceros, Bjarki entró. No parecía inmutarse.
—Salud, mi señor
—dijo orgullosamente.
Hrolf lo miró un
instante.
—¿Cuál es tu
nombre? —preguntó.
—Vuestros guardias
me llaman la «empalizada de Hott» —rió el noruego—, pero me llamo Bjarki, hijo
de Björn, que era hijo del rey de las Tierras Altas.
—¿Qué crees que
deberías darme por el hombre de mi séquito al que mataste?
—Nada, señor. Cayó
por sus propias acciones.
—Hum, tendré que
arreglarlo con sus parientes... Bien, ¿serás mi hombre y ocuparás su lugar?
—No es que me
niegue a ello, señor. Pero es que a Hott y a mí no se nos debe separar a causa
de ello, y los dos debemos sentarnos más cerca de vos que lo hacía el otro
sujeto. De otro modo nos iremos.
El rey frunció el
ceño.
—No veo qué voy a
ganar con Hott —dijo. Después de mirar de nuevo al rostro que se cernía sobre
él, añadió—: No obstante, él siempre tendrá aquí alimento.
Bjarki prestó
juramento al momento sobre la espada Skofnung. Nadie pensó en degradar la
ceremonia por pedirle a Hott que hiciera lo mismo. El noruego volvió a la sala,
hizo señas al joven de que se acercase y buscó un sitio donde sentarse. No
escogió el mejor, ni tampoco el peor. Más cerca del sitial de lo que hubiera
pensado, arrojó a tres hombres adormilados en un banco fuera de él, y se sentó
con Hott a su lado. Cuando oyó que le insultaban, se encogió de hombros y dijo:
—Ya he visto las
buenas maneras que usáis aquí —el rey Hrolf así mismo dijo a los hombres que no
podrían quejarse por ser tratados de la manera que ellos trataban a los demás.
De este modo,
Bjarki y Hott continuaron en la mansión durante algunas semanas. Nadie se
atrevió a hacer nada contra ellos, y poco a poco el muchacho empezó a ganar
peso y a dejar de estar encogido, pero siguió sin encontrar a nadie que
quisiera ser su amigo.
V
Conforme se fue
acercando el Yule, la gente estaba cada vez más temerosa. Bjarki preguntó a
Hott a qué se debía.
—La Bestia —se
estremeció Hott.
—Deja de
castañetear los dientes y habla como un hombre —dijo Bjarki.
A trompicones le
contó la historia.
—Durante dos
inviernos, una bestia grande y horrible viene hasta aquí, en esta época del
año, una cosa alada que vuela. Causa grandes estragos, matando rebaños y
manadas; nadie puede construir establos para guardar lo poco que le queda. Esto
fue lo que arruinó el sustento de mis padres y me trajo aquí.
—Esta mansión no
está tan bien gobernada como yo pensé, si una bestia puede asolar libremente el
reino y las posesiones del rey.
—Los hombres han
intentado matarla. Las armas no mordían, y algunos de los mejores nunca
volvieron. No es una bestia, realmente, creemos. Es un troll —Hott miró a su
alrededor y acercó los labios al oído de Bjarki—. A veces he oído, por
casualidad, a Svipdag y sus hermanos preguntarse si no será un regalo de la
reina bruja Skuld. Ellos dicen que debe estar amargada pensando que la casaron
con un simple rey tributario, allí junto al Lago de Odín donde los esclavos son
ahogados en honor del Tuerto.
Temeroso de hablar
más, se escabulló a trabajar. Se había convertido en el mozo de cuadra, criado
y recadero del noruego. Entre una y otra tarea se magullaba entrenándose en el
uso de las armas, que odiaba e intentaba vanamente evitar.
En la víspera del
Yule las ofrendas fueron mal realizadas, ya que nadie se atrevía a salir fuera
de techado luego que oscurecía. La fiesta de palacio fue poco vistosa. El rey
Hrolf se puso de pie y dijo:
—¡Escuchadme! Mi
voluntad es que todo el mundo esté tranquilo y en paz esta noche. Prohíbo a mis
hombres que ataquen a ese demonio. Que el ganado sufra la suerte que le esté
reservada; pero no quiero perder a ninguno más de vosotros.
—Sí, señor, sí, sí
—dijeron las aliviadas voces. Bjarki estaba sentado callado, sin prestar
atención.
Los fuegos fueron
apagándose. El rey y la amante que por aquel entonces tenía se fueron a su
torre. Los hombres de la guardia se estiraron en los bancos, arrebujados en las
mantas. Habían bebido mucho para desechar sus temores, y pronto las tinieblas
se llenaron de ronquidos.
Bjarki se levantó.
Sacudió a Hott, que dormía en el suelo a sus pies.
—Sígueme —le
susurró.
Había observado
dónde estaba en la habitación de la entrada su equipo de batalla, y lo cogió en
la oscuridad. Fuera, la noche se extendía fría y silenciosa, clara y
estrellada, una curvada luna brillando pálidamente sobre la escarcha y el vaho
de la respiración. Bjarki se puso la cota de malla y la camisa de guata en
medio del empedrado.
—Ayúdame a
ponérmelo —le ordenó.
Hott ahogó un
gemido.
—Señor, no
pensaréis...
—Pienso hacerte un
nudo en el espinazo si despiertas a alguien. ¡Deja de gimotear y échame una
mano!
Para cuando Bjarki
se había puesto el equipo completo, Hott estaba demasiado asustado para andar.
—Vos, vos, vos vais
a poner mi vida en peligro... —gimió.
—Oh, probablemente
no llegaré a tanto —dijo Bjarki—. En marcha —el joven no podía. Bjarki lo alzó,
se lo echó sobre un hombro, y a grandes zancadas salió del patio. Coger un
caballo habría hecho demasiado ruido.
Percibieron un gran
estrépito poco después de haber salido por una de las puertas de la ciudad. Las
vacas mugían de terror, en uno de los prados del propio rey a una milla de
allí. Bjarki irrumpió en un trote que martilleaba sobre el suelo helado, a lo largo
del arroyo que relucía con resplandor sombrío. Cerca del prado, se ensanchaba
en una especie de pantano, donde los juncos muertos sobresalían rígidos sobre
el hielo. Por encima del redil, una sombra borraba las estrellas. A través del
clamor del ganado se oía un roce de cuero y un ventarrón poderoso.
—¡La Bestia! ¡La
Bestia! —chilló Hott—. ¡Viene a tragarme! ¡O-o-o-oh!
—Deja de gritar,
canalla —le atajó bruscamente Bjarki.
Le despegó los
dedos que estaban aferrados a las anillas de su malla y soltó su fardo sobre el
pantano. Hott se estrelló en el hielo y se acurrucó para ocultarse en el agua y
el fango que había por debajo.
El noruego empuñó
el escudo y fue al encuentro del monstruo.
Éste lo vio, osciló
en lo alto y se preparó a abalanzarse: una cosa sin plumas de enormes alas
nauseabundas, garras y pico crueles, cola como un timón fustigante, cresta
escamosa por encima de unos ojos tortuosos. Bjarki se plantó sobre sus pies y
puso la mano en el puño de su espada.
El arma no podía
salir de la vaina.
—¡Brujería! —se
quejó.
El monstruo siseó
perfilándose contra el desvaído brillo del Puente . Las alas impelieron el
aire, y se lanzó en picado.
—Espada de los
elfos... —Bjarki tiraba de Lövi hasta que crujió la vaina. Entonces quedó
desnuda para destellar bajo las estrellas.
La criatura, de la
misma esencia que los trolls, estaba casi encima de él. Un fétido olor abrumaba
sus pulmones. Sosteniendo firmemente el escudo, atacaba por detrás de él. El
pesado cuerpo le golpeó, un sordo estruendo metálico, un torbellino de aire y un
silbido procedente de unas fauces de dientes afilados que parecían sonreír
burlonamente. Bjarki se tambaleó hacia atrás. Cualquier otro hombre habría
quedado aplastado, con los huesos rotos. Pero su espada ya había mordido. Entró
entre un ala y una pata, cortó piel, carne y costillas, y llegó hasta el
corazón.
El monstruo se
contorsionó y se estrelló contra el suelo. Durante unos instantes estuvo
revolcándose. La tierra temblaba bajo los golpes de las alas. Cuando la mayor
parte de su fría sangre se hubo derramado sobre la escarcha, murió.
Bjarki resopló para
recobrar el aliento y fue en busca de Hott.
Tuvo que tirar del
infeliz, cegado por el miedo como estaba, temblando y lloriqueando, para
sacarlo del pantano, llevarlo a cuestas hasta donde yacía el animal, todavía
moviéndose de manera refleja, y depositarlo allí en el suelo. Señalando a la
herida, de la que brotaba sangre negra, le dijo:
—Bebe de esto.
—No, oh, no, os lo
suplico —Hott lloraba a lágrima viva.
—¡Bebe, te digo!
¿No te he contado lo que mi hermano Frodhi el Alce hizo por mí? Quienquiera que
haya llamado a esta cosa, fuera de no sé qué infierno, quería que hubiese
fuerza dentro de ella.
Hott se arrastraba
sollozando. Bjarki le dio un tortazo y le prometió algo peor si no obedecía. El
muchacho cerró los ojos y puso la boca en el boquete que había hecho su espada.
A pesar de lo mucho que bebió, Bjarki le hizo engullir dos largos tragos más.
Después, el noruego arrancó el corazón a la bestia, se lo ofreció, y dijo:
—Toma un mordisco
de esto.
Hott lo hizo. Había
dejado de temblar. Cuando hubo masticado la carne, dio un salto.
—¿Cómo...? —miró
alrededor maravillado—. ¿Cómo? El mundo es hermoso.
—Te sientes mejor,
¿eh? —dijo Bjarki mientras enfundaba de nuevo la espada élfica en su vaina de
corteza de abedul.
—Me siento... como
si hubiese despertado de la muerte.
Bjarki palpó los
brazos de Hott.
—Sabía que había
buenos músculos en ti, una vez que estuvieses adecuadamente alimentado —dijo
con un gruñido—. Lo que necesitabas era tensarlos —se desabrochó el cinturón de
la espada—. Probémoslos.
Mucho tiempo
lucharon hasta que Bjarki pudo al fin poner a Hott sobre una rodilla, mucho más
tiempo del que le habría llevado incluso con Svipdag. Levantándolo de nuevo,
resolló alegremente:
—Ahora tienes un
poco de fuerza. No creo que necesites temer más a los hombres de la guardia del
rey Hrolf.
Hott alzó las manos
al cielo y gritó con el calor de la juventud:
—Desde esta noche,
no los temeré..., ¡ni a ti, ni a nadie ni a nada!
—Eso está bien,
Hott, amigo mío —dijo Bjarki—. Creo que ya he pagado una deuda que tenía
—sonrió. Tampoco él era viejo—. Ayúdame a colocar el cadáver de tal modo que
piensen que está vivo.
Riendo como
borrachos, lo hicieron. Después volvieron en silencio a la mansión, se
acostaron, y se comportaron como si nada hubiese sucedido.
Por la mañana, el
rey preguntó si se había sabido algo del demonio, si se había hecho notar de
alguna manera durante la noche. Le respondieron que el ganado de los
alrededores de la ciudad no parecía haber sufrido ningún daño.
—Comprobadlo
—ordenó.
Los vigías lo
hicieron. No había transcurrido mucho tiempo cuando regresaron corriendo
estrepitosamente, y dijeron jadeando que habían visto la Bestia y que se
dirigía hacia allí.
Los hombres, con
gran estruendo, se apresuraron a empuñar las armas. El rey les ordenó que se
comportasen como valientes y que cada uno hiciese lo más posible para quitarle
la vida al monstruo. Iba a la cabeza de la expedición. Cuando descubrieron la
gran forma oscura, apoyada sobre las rígidas alas en el glacial amanecer, se
apretaron unos contra otros para formar un cuadro de escudos, y un solemne
silencio cayó sobre ellos.
Después de un rato,
el rey dijo lentamente:
—No creo que ni
siquiera se mueva. ¿Quién obtendrá la recompensa por ir a ver lo que pasa?
Bjarki habló en voz
alta:
—Verdaderamente
sería algo digno de un hombre valiente llevar a cabo eso a la vista de todos
—dio una palmada en la espalda al joven que lo había seguido—. Hott, compañero
mío —dijo—. Aquí está tu oportunidad de lavar la afrenta con que te han
calumniado, de que no tienes fuerza ni coraje. ¡Ve a acabar con aquella peste!
Ya ves que ninguno de los demás se atreve.
Las miradas de
todos se clavaron en la cabeza de cabellos rubios que de repente se había
erguido tanto.
—Sí —dijo Hott—, yo
iré.
El rey enarcó las
cejas.
—No veo de dónde
has podido sacar esta audacia, Hott —dijo—. Tienes que haber cambiado en muy
poco tiempo.
—No tengo armas de
mi propiedad —fue la respuesta. Señalando una de las dos espadas que llevaba el
rey Hrolf, añadió—. Dadme vuestra espada Empuñadura de Oro, y acabaré con la
Bestia o será mi perdición.
Hrolf le miró por
un instante antes de decir:
—No es adecuado que
esta espada la lleve nadie sino un bravo mozo digno de confianza.
—Pronto veréis que
yo lo soy.
—¿Quién sabe si no
se ha producido incluso más de un cambio en ti que nunca imaginamos que
veríamos? Es como si fueses un ser por completo diferente... Bien, toma la
espada, pues, y si puedes realizar esta hazaña, quizá piense que eres digno de
poseerla.
Pocos habían
seguido esta conversación. Estaban demasiado pendientes de la horrible cosa que
tenían enfrente. Pero todos vieron que Hott desnudaba la espada y salía
corriendo hacia ella. De un único golpe, la derribó por entero.
—¡Mirad, señor!
—exclamó Bjarki—. ¡Qué cosa tan valerosa ha realizado!
Pasmados al
principio, los hombres estallaron en gritos de júbilo, blandieron las armas,
hicieron resonar las espadas contra los escudos, se precipitaron a abrazar a
Hott y a llevarlo en sus hombros. Hrolf se mantuvo atrás, como Bjarki. El rey
le dijo en voz baja:
—Sí, se ha
convertido en algo distinto de lo que era. Sin embargo, Hott solo no ha matado
a la Bestia. Más bien, lo hiciste tú.
El noruego se
encogió de hombros.
—Pudiera ser.
Hrolf asintió.
—Lo vi en seguida
cuando llegaste aquí: que había pocos como tú. Con todo, me parece que tu mejor
obra es haber hecho un hombre de ese, hasta ahora, infeliz de Hott.
Los hombres se
aproximaron. Hrolf levantó la voz.
—Ahora no quiero
que se le llame más con un nombre de esclavo como Hott. Que se le llame por la
espada Empuñadura de Oro que ha ganado —y, volviéndose al ruborizado joven
guerrero, dijo—: De aquí en adelante serás Hjalti.
O sea,
«Empuñadura», y en la empuñadura de la espada rey se convirtió, como Bjarki era
la hoja de la espada y Svipdag el escudo.
VI
De aquel día en
adelante, Bjarki y su amigo se ganaron la buena voluntad, y hasta la
incondicional adoración de los hombres de la guardia. Al principio al mozo no
se le vio mucho en la mansión. Después de reunir alimentos y cosas útiles para
ayudar a sus padres, trató de compensar el tiempo perdido echándoles el lazo a
todas las mujeres disponibles en muchas millas a la redonda. Bjarki se comportó
más gravemente. Ganó la estrecha amistad del rey, que le hizo grandes regalos,
y de Svipdag, el del parche en el ojo. Los tres juntos sostuvieron largas
conversaciones sobre cómo ensanchar y fortalecer el reino y qué se podía hacer
por su bienestar.
Bjarki también
empezó a ver con mucha frecuencia a la hija mayor de Hrolf, Drifa, que estaba
convirtiéndose en una hermosa dama. Y, al estar más entre los guerreros de lo
que le era posible al rey —que tenía que ir a los Things, escuchar los
problemas y disputas del pueblo, pronunciar juicios, actuar de anfitrión de los
visitantes, vigilar sus propias y extensas posesiones, y otras muchas cosas—,
Bjarki se esforzó por lograr que la tropa corrigiese sus maneras.
Svipdag le dijo:
—Pienso que
nuestros doce berserkir son la raíz de todas las malas costumbres. Intimidan a
la mayoría de los hombres, que entonces tienen que descargarse en alguien más
débil. Desearía que pudiésemos librarnos de ellos, y estoy seguro de que el rey
Hrolf desea lo mismo, por muy útiles que puedan ser en la batalla. Pero son
seguidores fieles y no le han dado motivo real para despedirlos.
—¿Dónde están
ahora? —preguntó el noruego.
—Al frente de una
banda que ha asolado las tierras sajonas. Mira, el rey no quiere sojuzgar a los
sajones bajo su poder. Tienen demasiados lazos más al Sur. Pero ellos nos han
estado hostigando, incitados, a mi parecer, por el conde sueco de Ais. Y no podremos
obligar a los jutos a que formen parte de Dinamarca, como esperamos, hasta no
haber convencido a golpes a los sajones de que mejor harían en dejarnos solos.
Nuestras avanzadas decidieron invernar allí, y estarán de vuelta en primavera.
Más tarde, Bjarki
preguntó a Hjalti qué se podía esperar de los berserkir. El muchacho le contó
la costumbre que tenían al llegar, de dirigirse a todo el mundo en la mansión y
preguntarles si se consideraban tan valientes como ellos.
—Han aprendido a
convertirlo en algo meramente simbólico por lo que concierne al rey, y también
a esos tres hermanos de Svithjodh; pero los demás tienen necesariamente que
humillarse ante ellos.
—Pequeño es el
número de los hombres verdaderamente valientes entre los seguidores del rey
Hrolf, si soportan palabras de desprecio de los berserkir —dijo Bjarki.
El tiempo pasó,
hasta que llegó la tarde en que, cuando en la mansión se estaba preparando la
cena, se abrió la puerta y entraron los doce hombres enormes, grises por el
acero, brillando hasta parecer campos de hielo.
—¿Te atreves a
igualarte con cualquiera de ellos? —le susurró Bjarki a Hjalti.
—Con cualquiera o
con todos.
Los doce avanzaron
pesadamente hasta el sitial y preguntaron al rey Hrolf la fórmula acostumbrada.
Él respondió de tal manera que pudiera mantener su orgullo al mismo tiempo que
una paz insegura. Luego se dirigieron a los bancos. Uno a uno, con voces en las
que podía percibirse el odio, los guerreros fueron reconociéndose más débiles
que ellos.
Agnar, su
cabecilla, había visto a Bjarki y pensó que no era un muchacho de poca monta el
que había venido. Sin embargo, se fue hacia el noruego y rezongó:
—Bien, Barbarroja,
¿te crees tan bueno como yo?
Bjarki sonrió.
—No —ronroneó—, no
lo creo. Me considero mejor que tú, sucio hijo de puta.
Se puso en pie de
un salto, agarró al berserkr por la cintura, lo levantó y lo arrojó al suelo
con un gran estrépito. Hjalti hizo lo mismo con el siguiente.
Los hombres
gritaron. Los berserkir aullaron. Bjarki, con un cuchillo en la mano, mantenía
a Agnar en el suelo, con un pie puesto encima. Hjalti había sacado la espada
Empuñadura de Oro y, amenazándolos con ella, sonreía a la decena de berserkir
que se arremolinaban ante él, mascullando injurias.
Hrolf saltó del
sitial y se apresuró a acudir.
—¡Detente! —le
gritó a Bjarki—. ¡Que haya paz!
—Señor —dijo el
noruego—, este bellaco va a perder la vida a no ser que reconozca que es
inferior.
El rey contempló a
la pareja que yacía aturdida bajo los dos amigos.
—Eso está hecho
—dijo, incapaz de permanecer serio del todo.
Agnar refunfuñó
algo y Bjarki dejó que se levantase, y lo mismo hizo Hjalti con el otro. Todo
el mundo volvió a sus asientos, los berserkir a los suyos con el corazón
entristecido.
Hrolf se levantó y
habló severamente a sus guerreros. Aquella noche, les dijo, habían visto que
nadie era tan valiente, fuerte o descomunal que no pudiera hallarse su igual.
—Os prohíbo
suscitar más peleas en mi casa. No importa quién sea el que rompa la
prohibición, ello le costará la vida. Contra mis enemigos podéis ser tan
furiosos y rabiosos como deseéis, y de este modo ganar honor y fama. Ante un
tropel tan excelente de guerreros como sois, no tengo necesidad de estar
manteniendo siempre el orden. Y os digo: ¡Haceos dignos de vosotros mismos!
Todos alabaron las
palabras del rey y se juraron amistad.
No fue sino un puro
disimulo por parte de los berserkir. Siguieron con su odio hacia Bjarki y
Hjalti, no perdiendo oportunidad de murmurar sobre ellos y hablándoles siempre
malhumoradamente. Sin embargo, no se atrevieron a causar auténticos problemas.
En cuanto dejaron de incordiar y humillar al resto de los hombres, éstos a su
vez perdieron su arrogancia. En breve tiempo, no sólo trabajadores y
sirvientes, sino hasta los mismos esclavos, decían que la casa del rey Hrolf
era un sitio feliz donde vivir.
Los guerreros, sin
embargo, estaban con frecuencia alejados de ella, porque en aquellos días Hrolf
estaba intentando sojuzgar a los jutos. Grandes fueron las hazañas realizadas
en playas, colinas y brezales, en bosques y valles; y astutas también eran las
estratagemas ideadas por el rey. La narración de sus batallas sería demasiado
larga, porque es únicamente una narración de victorias.
En casa vivía en
pleno esplendor. Así es como sentaba a sus hombres: a su derecha estaba Bjarki,
reconocido el primero de todos y por eso era el Mariscal. Habían acabado
llamándolo Bodhvar-Bjarki, Batalla-Bjarki, que le sentaba tan bien que incluso
hoy se habla de Bodhvar refiriéndose a él, como si ése fuese el nombre que su
padre le hubiese otorgado. Pero Bjarki es completamente adecuado, y a más de
una trova en la que se insta a los hombres a que se apresten para el combate se
la llama un Bjarkamaal. Aunque terrible en la guerra, era de ánimo alegre y
generoso, perdonaba siempre la vida a los enemigos que se le entregaban, nunca
poseía a una mujer en contra de su voluntad, y le gustaba hacer reír a los
niños pequeños. A la derecha de Bjarki se sentaba Hjalti el Noble. El rey le
había puesto este sobrenombre, porque todos los días se encontraba con los
hombres de la guardia que se habían portado tan malvadamente con él y no tomaba
ninguna venganza, ni siquiera entonces que les ganaba en fortaleza a todos ellos,
a pesar de que Hrolf, con toda seguridad, habría encontrado disculpable que les
hubiese devuelto unos cuantos recuerdos.
Más lejos de él se
sentaban algunos de los que eran considerados como los mejores: Hromund el
Duro; el tocayo del rey, Hrolf el Veloz; Haaklang, Hrefill el Fuerte, Haaki el
Osado, Hvatt el de la Alta Cuna, y Starulf.
A la izquierda del
rey estaban aquellos que no eran inferiores a ninguno excepto a Bjarki y a
Hjalti —o sea, Svipdag, Beigadh y Hvitserk—. A la izquierda de éstos iban los
berserkir encabezados por Agnar. Eran unos compañeros de banco bastante
taciturnos, pero se habían ganado este honor por su fortaleza. De todos modos,
los hermanos de Svitjodh tampoco eran muy extrovertidos. Svipdag,
especialmente, podía llegar a ponerse muy melancólico cuando estaba borracho,
como si se acordase de alguien desaparecido hacía años.
Las demás plazas, a
ambos lados de la sala, estaban atestadas de selectos luchadores, cuyo número
ascendía a más de trescientos. Eran una banda turbulenta, una alegre y
bulliciosa tropa, cuyos gritos y carcajadas resonaban en toda la ciudad, como
así mismo en la campiña de los alrededores.
Además estaban los
trabajadores de la casa, y habitualmente también huéspedes. Conforme fue
creciendo la fama del rey Hrolf, y las aguas y caminos daneses fueron
limpiándose de bandidos, los barcos afluyeron a Roskilde, Köbenhaven y demás
puertos, trayendo bienes que podían proceder de Finlandia o del Mar Blanco, de
Irlanda o de Gardaríki, del profundo corazón de Saxland, o de más lejos
todavía. A cambio, los daneses entregaban pescado y ámbar extraídos de las
olas, carne, manteca, queso y miel de sus fértiles granjas. Pero también ellos
estaban botando, cada vez más, cascos y dirigiendo proas hacia el mundo
exterior.
Resultaba costoso
vivir como el rey Hrolf, sobre todo porque era el más pródigo de los dadivosos.
Sin embargo, las riquezas que afluían conforme su paz fue extendiéndose eran
suficientes y aun sobraban. Además de los pagos de los reyes tributarios, él mismo
era propietario de exuberantes acres de tierra y de una extensa flota pesquera.
No necesitaba establecer penosas gabelas sobre la pesca, las granjas y el
comercio; ni tampoco, cuando las guerras decrecieron por falta de enemigos,
echó de menos el botín que solía ganar con ellas.
Más difícil
resultaba mantener tranquilos a sus hombres. En general, siempre encontraba
alguna solución. Todos poseían algo, bien fuese en tierras o en barcos, que
tenían que inspeccionar a menudo. Todos tenían así mismo amantes en los
alrededores que los mantenían cómodos y bien calientes, y ahora muchos dormían
en sus propias casas cerca de la mansión. El rey les hacía practicar todo
género de juegos y artes, que llegaron a realizar con habilidad y orgullo.
Fuera lo que fuese
lo que emprendieran, Bjarki siempre era el mejor en todo. Llegó a ser el
preferido del rey, quien en el transcurso del tiempo le regaló hasta doce
granjas diseminadas por toda Dinamarca —y, como colofón, a su hija Drifa como
esposa—. Eran una pareja feliz, el barbarroja y la augusta joven de trenzas
rubias; la gente decía que parecían Thor y Sif.
En cambio, Hrolf
seguía sin casarse. Habiendo muerto Bjovulf y estando Götaland sumida en los
disturbios, no había una auténtica compañera digna de él en ningún lugar de las
tierras del Norte, salvo, quizá, en Svithjodh, donde el rey Adhils difícilmente
estaría dispuesto a tenerlo por aliado.
—Además —le dijo
una vez a Bjarki—, tengo demasiadas cosas que hacer para permitirme que una
mujer llegue a ser algo más para mí que una compañera de lecho —el Mariscal
creyó percibir en el tono del rey cierta melancolía.
Nada de todo lo
dicho se realizó de la noche a la mañana. Llevó cinco años desde el día en que
Bjarki entró a caballo por primera vez por las puertas de Leidhra; y violento
fue el juego de la espada. Hacia el final, las cosas fueron más rápidas. Los
reyes subsidiarios y caudillos jutos vieron que no había esperanzas de
evitarlo. Más aún, ellos y los que estaban bajo sus órdenes llegaron a
comprender que cualquiera que tuviese a Hrolf Helgisson por soberano, obtenía
cosas que compensaban con creces lo que él les pedía a cambio.
Tenían paz. En
adelante a ningún jefe de la vecindad se le metería en la cabeza la idea de
venir a matar, quemar, saquear, violar y capturar esclavos; y si se atisbase
cualquier cosa parecida a una amenaza procedente del extranjero, en seguida el
Alto Rey de Leidhra podría congregar más guerreros, los más expertos y
temibles, de tal modo que nadie se atreviese a enfrentarse con ellos. Al
principio, los cuervos se atracaron con la carne de los proscritos colgados,
las gaviotas con la de los vikingos arrojados a la playa. Después, las aves
estuvieron hambrientas. El granjero y el pescador podían hacer sus faenas
libres de temor; el mercader que tuviese una empresa en mente, el colono que
quisiera cultivar nuevas tierras, se atrevían a hacer planes.
El Alto Rey era
justo. La más pobre e indefensa abuelita podía dirigirle la palabra cuando
estaba de gira por la Dinamarca que él había construido, y tener la seguridad
de que el rey la escucharía pacientemente. El más arrogante rey subsidiario,
conde o sheriff tenía que responder por cada yerro cometido. Sin embargo, Hrolf
nunca era más severo de lo necesario. Cuando estaba juzgando una disputa,
intentaba en la medida de lo posible que los hombres se reconciliasen.
—Si das un poco al
mismo tiempo que ganas un poco —solía decir—, no perderás nada. Al contrario,
eso supondrá que, después de muerto, la gente se alegrará de recordarte y hará
ofrendas a tu memoria.
El comercio se
extendió como un benevolente fuego. Cualquier habitante de las islas, de
Escania o de Jutlandia podía acudir a los mercados y regatear por lo que los
patronos de los barcos habían traído. Era algo más que meras mercancías; era
artes, oficios, técnicas hasta entonces desconocidos, era noticias, sagas,
poemas y canciones del extranjero, para levantar los ánimos por encima de los
estrechos recintos de las casas.
De este modo,
cuando Hrolf Helgisson llevaba ya treinta y cinco años sobre la tierra,
gobernaba un reino solamente menor en extensión que Svitjodh, pero mucho más
rico, feliz y abierto al exterior. Majestuosa como un cielo de verano, la paz
le servía de techo; y a nadie dio motivos para llorar, excepto a esos pocos que
seguían odiándolo, y a una mujer, muy lejos en Uppsala, que lo amaba.
6
La historia de Yrsa
I
n el último año que
Hrolf pasó edificando su reino, las cosas que hizo no fueron más que un trabajo
de carpintería. Algunos hombres se quejaban de no tener que luchar. Bjarki no
se encontraba entre ellos; no tenía necesidad de exhibir su virilidad o de ganar
botín. Sin embargo, cada vez estuvo más meditabundo, y aquello continuó incluso
después de haber regresado a casa. Enorme fue la fiesta de la víspera del Yule
en Leidhra. La mansión estaba repleta del estrépito causado no sólo por los
guerreros sino también por multitud de huéspedes: reyes tributarios, condes,
sheriffs y terratenientes de todos los lugares del reino, así como extranjeros
que pasaban el invierno en Roskilde. Pequeños granjeros, mendigos y vagabundos
se sentían mejor allí que si hubieran sido jefes de las principales casas. A
Hrolf lo entristeció que su cuñado Hjörvardh y su hermana Skuld no hubiesen
venido. De todo lo demás se sintió feliz y orgulloso.
Los escaldos
cantaban viejas trenas sobre sus antepasados y otras nuevas sobre él, y a él no
le faltaban anillos que quitarse y repartir en recompensa, ni tampoco buenas
armas y costosas ropas que ofrecer a los amigos. Los fuegos saltaban y rugían,
las velas de junco ardían con claridad, llenando el aire con su calidez, con el
dulce olor del enebro, con los destellos del oro, de la plata, del cobre y del
acero pulido. Las figuras grabadas en pilares y paneles parecían agitarse, como
si quisieran salir de las sombras para unirse al regocijo. Charlas, risas,
choques de cuernos y de copas, rodaban bajo el techo como el oleaje. Los bancos
estaban atestados de señores y damas, un arco iris de colores, el brillo
estrellado de las joyas. De aquí para allá se escurrían los criados, esquivando
los sabuesos repantigados en el suelo royendo un hueso y meneando la cola. Ya
habían quitado las mesas de caballete. Buey, jabalí, ciervo, oveja, cisne,
gallo, perdiz, ballena, foca, atún, platija, bacalao, ostra, langosta, pan,
manteca, queso, salchichas, puerros, manzanas, miel, nueces... éstas y otras
muchas cosas se convertían en estómagos repletos y regustos agradables. Había
llegado el momento de las bebidas: cervezas de diferentes clases, morena o
rubia; hidromiel, espeso y dulce o ligero y ardiente; vino de bayas danesas o
de viñedos de las tierras del Sur. Algunas cabezas empezaban a sentir tanto
ruido dentro de ellas como fuera. Sin embargo, no se había pronunciado una sola
palabra que no fuese amistosa.
Con una sonrisa
resplandeciente, el rey Hrolf miró a derecha e izquierda y dijo:
—Gran poderío se ha
reunido aquí en una sola sala —se inclinó hacia Bjarki, que se sentaba
inusualmente en silencio, con su esposa Drifa a su lado. Más allá, Hjalti y una
doncella sentada en sus rodillas estaban enzarzados en una alegre discusión—.
Dime, amigo mío, ¿conoces a algún rey como yo, que gobierne sobre hombres como
vosotros?
—No —dijo el
noruego—, a ninguno. Vuestra obra nunca será olvidada —luego, lentamente,
añadió—: Creo que queda una cosa que empaña vuestro honor regio.
Cogido de improviso
en su feliz disposición de ánimo, Hrolf le preguntó de qué se trataba.
Bjarki le devolvió
la mirada y sopesando las palabras respondió:
—Lo que os degrada,
señor, es que no vais a buscar a Uppsala la herencia de vuestro padre, el
tesoro que sin ningún derecho guarda el rey Adhils.
Svipdag, a la
izquierda del elevado asiento, se inclinó por delante de la amante de Hrolf. El
único ojo centelleó repentinamente en su severo rostro lleno de cicatrices.
Hrolf no podía
negar que aquello no fuese una vergüenza para él, y en consecuencia una amenaza
para su dignidad. Lo que dijo en voz alta fue:
—Sería difícil
apoderarse de él. Porque Adhils es un hombre sin honor. Más aún, es experto en
brujería, malvado, taimado y avieso, y de él siempre hay que temer lo peor.
—Incluso así —dijo
Bjarki—, lo más conveniente para vos, señor, sería reclamar lo que os es
debido, y si es preciso buscar a Adhils y ver qué responde a ello.
Hrolf guardó
silencio un instante antes de decir:
—Gran empresa es la
que has nombrado; porque tengo que vengar a mi padre —lanzó una mirada a
Svipdag—. Adhils es el más codicioso y excéntrico de los reyes, así que
tengamos cuidado.
Bjarki se rió entre
dientes, ¿o más bien gruñó?
—No desdeñaría
enterarme algún día de qué clase de sujeto es.
Svipdag resolló.
—Cuando me fui de
su lado, le prometí que volvería a visitarlo. Señor, la reina nos ayudaría.
—Volveremos a
hablar del asunto —dijo Hrolf; el resto de la velada tuvo que esforzarse por
estar alegre.
—Iréis. Sé que
iréis —le susurró Drifa a Bjarki.
—Yo también lo creo
—asintió él, más contento que hasta entonces.
Ella estrechó su
brazo.
—Vosotros, los
hombres, siempre os vais. Mi madre, ¿te acuerdas?... Mi padre la casó con un
granjero, y ella le dio a su marido un hijo que cayó en una ida a la isla...
Ella me decía que le parecía que era ayer cuando lo tenía en la cuna, mientras
le llevaba a la tumba —irguió la cabeza adornada de oro—. Tienes que ir,
Bjarki, porque tú lo quieres. Pero, ¡oh, vuelve! No te he tenido mucho tiempo.
Pese a lo ocupado
que estaba el rey, durante las semanas siguientes pasó mucho tiempo hablando en
secreto con sus asesores, estableciendo planes y haciendo preparativos.
—Si vamos despacio
—advirtió—, Adhils seguramente se pondrá al corriente de nuestras intenciones y
así tendrá tiempo de preparar algo que nos contraríe. Pero si viajamos mientras
todavía dura el invierno y hay pocos viajeros por los caminos, quizá podamos ir
por delante de cualquier mensaje que delate nuestra presencia.
—¿Por qué no ir por
mar? —preguntó Bjarki.
El rey Hrolf
frunció el ceño.
—No fue un camino
afortunado para mi padre.
—Es demasiado
arriesgado en esta época del año ir a lo largo de esa costa llena de
incontables escollos e islas —advirtió Svipdag—. Cualquier tormenta repentina
podría arrojarnos contra los arrecifes; y no estoy seguro de que el rey Adhils
no pueda provocar una.
Por lo tanto, los
remos sólo fueron necesarios para atravesar el Sund y llegar a Escania. Hrolf
había declarado que quería hacer una gira para ver qué tal iba esa parte de su
país. Con la intención de que pareciese verdad y, así mismo, para ir más rápidamente
y dejar suficientes fuerzas en su recién construido reino, no se llevó consigo
una gran tropa. Solamente escogió a sus doce jefes guerreros, a los doce
berserkir y a un centenar de hombres de la Guardia.
Fueron con los
mejores caballos, llevando suficientes remontas y bestias de carga. Las ropas
que vestían eran gruesas para protegerse del frío, preciadas pieles y paños de
atractivos colores. Hrolf y los doce capitanes llevaban cada uno un halcón en
el hombro, tan bien entrenados que les podían quitar las correas y los
capirotes para dar un espectáculo todavía más vistoso. El del rey se llamaba
Calzaslargas, un gerifalte grande y brioso, con los ojos como esos escudos
dorados que se dice que alumbran las salas de los dioses de la guerra. A su
lado, corría a largos pasos Gram, un gigantesco sabueso rojizo que había
abatido lobos, alces, verracos y hombres.
Donde Escania se
iba convirtiendo gradualmente en Götaland, los daneses atajaron hacia el Norte.
Aquella región de los geatas del Este era de terreno escarpado, densamente
cubierta de bosques y escasamente poblada. A menudo tenían que dormir al aire
libre, envueltos en sacos echados encima de ramas cortadas. Para ir más
deprisa, no solían cazar sino que vivían de los alimentos secos que habían
traído consigo. No se inquietaban por nada, y de su viaje nada hay que decir
hasta un atardecer en que llegaron al solitario corral de un granjero.
II
Aquello fue una
sorpresa. No habían visto rastro alguno de arado en las proximidades. Escasas
nieves engalanaban un claro cercado de árboles de hoja perenne, techado por un
cielo encapotado. Deberían haber visto antes la casa. Parecía alzarse en una
sombra profunda, como si fuese otra oscuridad más, indistinta. El aire era
frío, y amortiguaba los golpes de los cascos, las voces, el tintineo del metal,
el crujido del cuero, los suspiros de los animales fatigados. El vaho de la
respiración era turbio.
Más fácil de
distinguir era el hombre que estaba fuera, excepto su rostro. Un sombrero de
ala ancha lo mantenía entre tinieblas. Debajo ondeaba una larga barba gris. Era
muy alto, iba envuelto en un manto azul, y llevaba una lanza.
El rey se detuvo.
—Saludos, amigo
—dijo—. No temas si acampamos en tu tierra. No queremos hacerte daño.
Una voz profunda le
respondió:
—No necesitáis
dormir al aire libre. Pasad la noche bajo mi techo.
—Estaría mal de mi
parte que hiciese lo que no pueden hacer mis hombres.
—Me refiero a todos
vosotros.
Hrolf parpadeó
lleno de asombro.
—¡Eres realmente
temerario! ¿De verdad que puedes ofrecérnoslo? No somos pocos, y no está al
alcance de un pequeño propietario acogernos a todos.
El granjero se rió
de un modo que recordaba los aullidos de los lobos.
—Sí, señor. Pero ya
he visto otras veces a tantos hombres llegar adonde yo estaba. No os faltará de
beber esta noche, o cualquier otra cosa que podáis necesitar.
El rey comprendió
que sería incorrecto negarse.
—Confiaremos en
ello.
—Sois bienvenidos
de verdad —dijo el granjero—. Seguidme.
Los llevó detrás de
la casa. Allí encontraron un cobertizo de madera bien construido, lo bastante
grande para dar cabida a todos los animales. Aparte de contener unos
recipientes con heno y con agua, parecía vacío. El anciano dijo que estaba
demasiado oscuro dentro para cualquiera que no conociese bien el lugar, y que
él mismo guardaría los caballos en el establo y cuidaría de ellos. Esto lo hizo
de un modo extrañamente rápido.
—¿Quién eres,
granjero? —preguntó el rey.
—Algunos me llaman
Hrani —respondió.
Hrolf se admiró de
la respuesta, porque no era un nombre corriente. Su tío Hroar lo había
utilizado cuando se ocultaba del rey Frodhi. Pero aún más se admiró al entrar
en la casa que parecía de tan pobre aspecto. La habitación que encontró tras la
puerta era tan espaciosa y estaba tan brillantemente iluminada como la sala de
su mansión, aunque tan desamparada como el establo. Había runas grabadas en las
paredes.
—Aquí hay algo
misterioso —susurró Bjarki a Hjalti.
El joven se encogió
de hombros.
—Mejor que quedarse
a la intemperie.
Hrani les mandó que
se sentaran. ¿Estaban ya puestas las mesas de caballete, los trincheros de
carne de cerdo caliente, las copas llenas de hidromiel? ¿Los sirvió el mismo
Hrani, sin quitarse nunca el sombrero, tan rápidamente como había guardado los
caballos? Lo que después les extrañaría más sería la forma tan nebulosa,
semejante a la de los sueños, con que recordaban aquel hospedaje. Por el
momento, la mayoría de los hombres no tardaron en estar borrachos y de buen
humor, jurando que apenas habían estado alguna vez en lugar tan hermoso y
dejando de lado su asombro.
Hrani se sentó
junto a Hrolf. Ellos y unos pocos más de los que se reunieron alrededor
estuvieron hablando. El rey se dio a conocer y le habló del motivo de su viaje.
El granjero asintió y le dio consejos sobre el camino más corto para llegar a
Uppsala. Svipdag le preguntó cómo lo sabía, porque la mayor parte de los
pequeños propietarios rara vez salen del lugar en que nacieron.
—Aunque soy viejo
—dijo Hrani—, viajo mucho.
—¿Cómo puedes vivir
en esta casa tú solo? —preguntó Bjarki.
—No estoy solo esta
noche, ¿no? —respondió Hrani con su risa de lobo—. Más a menudo de lo que
pensáis tengo invitados, así como fuertes hijos que no están aquí en este
momento. Por lo que respecta a vuestro camino... —siguió contándoles cosas que
desconocían sobre aquella tierra y sus moradores. De allí llevó la conversación
a sucesos del pasado. Nunca habían oído historias mejor contadas; y no pocos
sabios refranes y sonoras estrofas intercalaba entre ellas. Les pareció que
verdaderamente era un sujeto singular.
Pero habían
cabalgado duramente durante toda la jornada. El cansancio pronto se apoderó de
ellos, a lo que se añadió el excelente hidromiel que habían bebido. Hrani les
ordenó que se tendieran en los bancos y en el suelo. Él no se quedó en la
habitación. Los fuegos fueron apagándose.
En un momento dado
el rey y sus hombres se despertaron en mitad de la noche. Sólo carbones
cubiertos quedaban en los fosos, desprendiendo una luz rojiza que apenas
permitía andar a tientas. Hacía tanto frío que los dientes les castañeteaban.
Se levantaron, deshicieron los fardos que habían llevado en los caballos de
carga, y se pusieron más ropas encima y todo lo que pudiese servirles de abrigo
—excepto Hrolf y sus jefes guerreros, que resistieron con lo que llevaban
puesto—. Todos estuvieron tiritando hasta que llegó el amanecer y Hrani trajo
leña para echar sobre las ascuas.
Entonces preguntó
el granjero:
—¿Cómo habéis
dormido?
—Bien —gruñó
Bjarki.
El granjero le echó
una mirada al rey, más desolada que el más oscuro invierno.
—Sé —dijo
secamente— que vuestros soldados sintieron que hacía demasiado frío aquí
durante la noche; y lo hacía de verdad. Así que no crean que podrán resistir lo
que desate sobre ellos el rey Adhils de Uppsala, si esto lo soportan tan mal —y
añadió severamente—: Si queréis salvar vuestra vida, enviad de vuelta a casa a
la mitad de vuestro séquito; porque no será debido al número de hombres por lo
que podáis vencer al rey Adhils.
—No es un hombre
corriente quien me lo dice —dijo Hrolf en voz baja—. Seguiré tu consejo.
Luego de haber
desayunado, con palabras apacibles hizo que se volviesen los cincuenta
guerreros que habían temblado más durante la noche. Nadie podía recordar más
tarde qué era lo que les había dicho o por qué ninguno llegó a sentirse
ofendido. Cuando el resto se disponía a partir, le dieron las gracias al
granjero, deseándole que le fuese bien.
Prosiguieron su
viaje a caballo, cruzando las colinas cubiertas de pinares y valles en los que
se había espesado la nieve. Conforme se fueron despejando sus ánimos,
comentaron quién había sido su anfitrión, y por qué les había albergado.
Finalmente Bjarki dijo, malhumorado:
—Bueno, hay más
cosas revoloteando por los yermos aparte de hombres y bestias, como yo tengo
buenos motivos para saber. No tienen por qué ser hostiles... Sin embargo
—añadió después de un instante y de echarle una ojeada al yelmo del rey, que
iba delante—, tratarlos amistosamente puede resultar delicado.
Al anochecer
llegaron de nuevo a un claro en el que se levantaba una casa, a cuya puerta
estaba un anciano alto que llevaba un sombrero de ala ancha y un manto azul. La
casa, así mismo, se percibía con dificultad en las sombras que la envolvían. Un
murmullo se extendió por los hombres, un resquemor los recorrió. El rey Hrolf
se detuvo y puso la mano en la espada Skofnung.
—Saludos, señor
—dijo el hombre, sonriéndose—. ¿Cómo es que venís tan a menudo?
El rey respondió
con firmeza:
—No sabemos qué
tipo de prestidigitación se está usando con nosotros. Eres un individuo
extraño.
—Tampoco os
recibiré mal esta vez —dijo el granjero.
El rey miró hacia
atrás a las líneas de sus hombres.
—Mejor que nos
quedemos, ya que nos lo piden —les dijo—. La noche viene deprisa.
Una vez dentro,
nadie se sorprendió mucho, y la hospitalidad fue buena.
Antes de que
hubiese transcurrido mucho tiempo, yacían dormidos.
Se despertaron
presas de una sed tal que apenas podían mover la lengua en la boca. Había un
barril de hidromiel en una esquina de la habitación. Todos fueron allí a beber
largamente, excepto el rey y sus doce capitanes.
Por la mañana,
Hrani el granjero dijo:
—Escuchadme de
nuevo, señor. Creo que hay escasa resistencia en los que tuvieron que beber
durante la noche. Peores problemas tendrán que soportar al encontrarse con el
rey Adhils.
Nada se pudo hacer
por el momento, porque se había levantado la ventisca. Una ciega blancura
chillaba en torno de la casa. Muy fuertes eran los muros de madera para no
crujir bajo ese viento. Los hombres se sentaron a escuchar a Hrani desgranar
tales historias prodigiosas que el día se les hizo muy corto, «como si de
alguna forma nos hubiesen llevado fuera del tiempo», murmuró Svipdag a sus
hermanos.
Al aproximarse el
crepúsculo terminó la tormenta. Había caído menos nieve de lo que se habían
imaginado; podrían reemprender el viaje al día siguiente. Hrani trajo leña y
cebó el fuego. Resplandeció con extraña rapidez, cada vez más alto, un remolino
rojizo y azulado sobre un lecho candente, rugiendo tan alto como antes había
hecho la ventisca. Las oleadas de calor llegaban adonde estaban sentados los
hombres. Se cambiaron de sitio para alejarse lo más posible. El rey Hrolf
recordó el voto que había hecho de muchacho, de que nunca huiría del acero o
del fuego. Permaneció donde estaba, y los capitanes a su lado, pese a que
estaban chorreando de sudor y parecía que les iban a empezar a arder los ojos.
Un único destello
brilló bajo el sombrero de Hrani.
—De nuevo, señor
—dijo—, tenéis que hacer una selección en vuestro séquito. Mi consejo es que
ninguno prosiga más adelante excepto vos y estos doce. Así quizá consigáis
volver a casa; de otra manera, no.
Aturdido por el
calor, el rey Hrolf trató de hablar con entereza.
—Tengo tal idea de
ti, granjero, que pienso que lo mejor que puedo hacer es prestar atención a tus
palabras.
Las llamas pronto
disminuyeron. Aquella noche los hombres durmieron bien, libres de sueños
intranquilos.
Por la mañana,
Hrolf envió a casa a los cincuenta que quedaban, junto con los berserkir. De
nuevo, nadie protestó contra la orden hasta después, cuando ya era demasiado
tarde. Una vez montado, el rey dijo al anciano:
—Quizá tenga mucho
que agradecerte.
—Quizá puedas
pagármelo algún día —respondió Hrani.
—Adiós hasta
entonces —dijo Hrolf. Su halcón sacudió las alas a la vista de dos cuervos en
lo alto; su sabueso gruñó al cercano aullido de un lobo. En breves instantes,
los bosques habían ocultado la casa entre la nieve y el silencio.
Por ellos iban
cabalgando Hrolf, rey de Dinamarca, que se dirigía a recuperar sus riquezas
porque en ellas estaba su honor y, según esperaba, a vengar a su padre; Bjarki,
el hijo del hombre oso; Hjalti, que había obtenido su virilidad de la sangre y
el corazón de una criatura troll; Svipdag, cuyo único ojo miraba
penetrantemente de los días pasados a los días por venir; Hvitserk, Beigadh,
Hromund, Hrolf, el tocayo del rey, Haaklang, Hrefill, Haaki, Hvatt, Starulf,
hombres que no se dejaban intimidar por ningún dios o demonio, con los halcones
al hombro, ojo avizor. Brillaban los yelmos y las puntas de las lanzas contra
el macilento cielo invernal, brillaban las cotas de malla y las capas contra
las ramas verdeoscuras y la blancura sombreada de azul; apenas sentían el frío
que formaba el vaho de su respiración y que hacía que las sillas crujiesen. A
pesar de todo, no era una gran tropa para enfrentarse al rey de Svithjodh y a
todos sus poderes sobrenaturales.
Entrando en aquella
tierra, cruzando campos abiertos poblados por tantas granjas y caseríos,
necesitando a veces que los transportasen de una orilla a otra, era inevitable
que los viesen. Aunque tuvieron la precaución de no llamarse más por sus
nombres, bien se podía haber aventurado una palabra sobre ellos y Adhils haber
así adivinado la verdad. O quizá miró en una de sus calderas y vio algo en el
humo u oyó algo cuando hervía, el hecho es que una tarde dijo a la reina, que
estaba a su lado, alto, para que todos pudiesen oírlo:
—He sabido que el
rey Hrolf Helgisson está en camino hacia aquí.
Yrsa respiró
anhelante, antes de poner un rostro impenetrable.
—Está bien, está
bien —sonrió Adhils—; porque seguramente obtendrá tal recompensa por sus
molestias, antes de que regrese, que la historia de lo ocurrido llegará lejos.
III
Al fin el rey Hrolf
y sus guerreros llegaron cabalgando a los Campos del Fyris. Esos prados se
extendían estriados de vieja nieve polvorienta, cuando no oscura y endurecida
al helarse, que hacía un ruido sordo bajo los cascos de los caballos. Adelante
estaba el río, y en la elevada ribera oeste la ciudad de Uppsala, coronada por
el templo. Sus tejados se levantaban unos sobre otros contra el blanquecino
cielo, relucientes de oro; pero detrás, los árboles del bosque sagrado estaban
desnudos como esqueletos. Unos cuantos grajos aleteaban y graznaban en la
brisa.
Hrolf alzó el
cuerno que llevaba suspendido del hombro y sopló tres veces, profundas y largas
como el desafío de un uro. Picando espuelas al caballo, rompió al galope. Sus
hombres fueron tras él, un resplandor de cotas de malla y de puntas de lanza
que se movían como olas, un aleteo de capas rojas, azules y leonadas a través
de la tierra invernal. Al cruzar el puente, la tablazón crujió bajo ellos.
La gente se apiñaba
en las atalayas y en las entradas de la empalizada para ver tan vivo
espectáculo. Las puertas estaban abiertas; nadie veía ninguna razón para temer
a trece extranjeros, por bien armados que estuviesen. Hrolf comprendió que ni
siquiera en lo que dura un parpadeo debía actuar como si aquella amplia y
poblada ciudad lo intimidase. A lo largo del camino, al atravesar las puertas,
a lo largo de las calles entre los muros, iba a toda velocidad. Hombres,
mujeres, niños, carreteros, cerdos, perros, gallinas debían hacerse a un lado
por igual para dejarle libre el paso. Gritos furiosos le seguían. Pero nadie se
atrevió a arrojarle una lanza, especialmente porque se veía claramente que se
dirigía a la mansión real.
Las puertas de ésta
estaban así mismo abiertas. Los hombres de la guardia atestaban el patio detrás
de ellas, formando un campo de escudos en forma de media luna. Ninguno sacó las
armas, sin embargo; y los cortesanos estaban esperando ricamente vestidos, las
sonrisas pintadas en sus labios.
Los daneses se
detuvieron. Los caballos se encabritaron, los halcones desplegaron las alas en
las que se reflejaba la luz del sol, el sabueso Gram ladró una vez más.
—¡Decid al rey
Adhils que tiene de huésped a Hrolf Helgisson, rey de los daneses! —gritó
Svipdag.
—Bienvenidos,
bienvenidos —dijo el portavoz de los suecos. No parecía extrañado de la
noticia—. Es un honor para mí dar la bienvenida a un hombre tan excelso y a
todo su séquito —pasó su mirada lentamente por todos ellos—. Seguramente el rey
Adhils se lamentará tanto como yo de poder ofrecer su hospitalidad solamente a
estos pocos que habéis traído.
—Hemos traído
suficientes.
—Ah... Svipdag
Svipsson... sí. Has vuelto, ¿eh?
—Dije que volvería.
—¿Queréis seguirme,
pues?
Cabalgaron entre
los edificios hasta llegar a los establos. Los mozos de cuadra cogieron las
bridas. Al desmontar, Bjarki dijo:
—Vosotros, mozos,
aseguraos de que ni las crines ni las colas de nuestros caballos estén
despeinadas. Cuidadlos bien y preocupaos de que no pasen sed.
El portavoz se
sonrojó al oír aquello —que allí pudiese haber algo menos que lo mejor— e hizo
un signo a un muchacho, que se escabulló al instante. Después estuvo charlando
un rato con los daneses, preguntándoles por su viaje. Mientras tanto el
muchacho entró en la mansión y contó al rey Adhils lo que había sucedido hasta
ese momento.
El señor de
Svithjodh golpeó el brazo del elevado asiento y dijo con voz rechinante:
—¡Duro es soportar
lo orgullosos y arrogantes que son! Llévale mis órdenes al mozo de cuadra
principal y mira que haga lo que yo mando. Cortad las colas de los caballos, lo
más cerca posible de la grupa, y también las crines hasta que se vea el cuero
cabelludo. Luego guardadlos en los establos de la peor forma posible,
dejándolos apenas con vida.
El muchacho se
inclinó, reverente, y partió con premura. Adhils permaneció en su asiento.
Estaba temblando. Como temblaban así mismo los tapices recientemente colgados
de las paredes.
Al momento los
daneses fueron llevados a la mansión. Nadie había en la puerta de la cavernosa
entrada para recibirlos como hubiese sido lo correcto. El guía sonrió
afectadamente.
—El rey os espera
dentro —y se marchó.
Hjalti puso la mano
en la espada.
—¡Se atreven a
tratar a nuestro señor de esta manera!
Hrolf echó una
ojeada al patio. Los hombres de la guardia se habían retirado, pero estaban
bajo la empalizada, alineados y con cotas de malla.
—No os precipitéis
—murmuró—. Nuestra llegada no es en absoluto la sorpresa que esperábamos.
Svipdag se tiró de
sus caídos bigotes y dijo:
—Sí, me lo temía.
Dejadme ir en primer lugar. Conozco esta casa de antes, y tengo una
desagradable sospecha de la forma en que piensan recibirnos. Ahora escuchad:
pase lo que pase, que nadie declare quién de nosotros es el rey Hrolf. Esto lo
convertiría en el blanco, no solamente de cualquier espada o lanza si las cosas
llegan hasta aquí, sino de cualquier brujería que Adhils pueda haber preparado.
El rey suspiró.
—Supongo que
debiera alegrarme de que ni siquiera mi madre haya venido a nuestro encuentro
—dijo—. A pesar de los años transcurridos, todavía podría haberme reconocido
—se irguió—. Bueno, no perdamos el tiempo, o pensarán que les tenemos miedo.
Svipdag descansó su
hacha sobre el hombro derecho —el halcón saltó al izquierdo— y se introdujo
entre las figuras, que hacían muecas, talladas en las jambas de la puerta. Tras
él iban sus hermanos Hvitserk y Beigadh, luego Bjarki y Hrolf, y después los demás,
todos entremezclados.
La habitación de la
entrada era amplia y sombría. Svipdag la atravesó y entró en la sala. Era como
introducirse en la noche, de lo lóbrega que era. Apenas si vio grandes cambios
alrededor. Los hogares del fuego se abrían fríos. Unas cuantas velas de junco
parpadeaban en sus soportes, muy separadas unas de otras, para hacer resaltar
los tapices de pesado paño. Por lo demás, la sala se extendía vacía y
completamente silenciosa. En la helada oscuridad, parecía todavía más vasta de
lo que era, como si las filas de oscilantes llamitas azules disminuyeran
progresivamente de tamaño, como si se fuesen alejando hacia los Confines del
Mundo.
Svipdag, a grandes
zancadas, siguió adelante, destellante de acero. Sus amigos iban apretados
detrás. Se oía susurrar en el silencio que los envolvía. De repente Svipdag se
bamboleó hacia atrás.
—¡Un agujero!
—advirtió—. Por poco caigo en él.
Usando las armas
como bastones, los daneses encontraron que, aunque parecía extenderse a lo
largo de la habitación, la zanja no era demasiado ancha para que hombres como
ellos saltasen sobre ella. Así lo hicieron, y prosiguieron la marcha.
Luego fue como si
colgasen a su alrededor telarañas. Estaban enmarañados en redes viscosas,
invisibles y de fuertes cuerdas. Se oyó una risilla sofocada.
—Cortadlas —dijo
Svipdag. Conforme el frío acero los talaba, los filamentos se desmoronaron.
Una cosa venía a su
encuentro. Tenía la forma de una giganta muerta —veían la corrupción de la
tumba y los ojos sin luz—, cuya piel se movía sobre los huesos y cuyas manos se
abrían para estrangular a alguien. La risa de Svipdag chirrió.
—Cada vez tiene
menos que ofrecernos el bueno de Adhils —dijo, y le dio un tajo. El hacha
golpeó en el vacío; la giganta había desaparecido.
Cuando habían
recorrido unas yardas más, otra forma apareció ante ellos. En lo alto de su
trono descansaba la gruesa figura del rey sueco. Apenas podían distinguirlo,
alejado en la semioscuridad entre monstruosas sombras. Svipdag levantó un brazo
indicando alto. Parecía como si más trampas les aguardasen delante.
Los ojos de Adhils,
ocultos para ellos en el contorno impreciso de su rostro, podían taladrar mejor
las tinieblas que él mismo había fabricado que los suyos. Dijo burlonamente:
—Bien, por fin has
regresado, ¿eh, Svipdag, amigo mío? Hum, hum, ¿qué misión trae el guerrero? No
es como yo lo recuerdo: ¿ese cuello inclinado es el tuyo, falta un ojo, la
frente está llena de arrugas y las manos de cicatrices, y Beigadh, tu hermano,
no cojea de las dos piernas?
Svipdag se puso
rígido. Sabía que parecía más viejo de lo que era; y Beigadh había recibido
heridas al servicio del rey Hrolf de tal modo que no volvería a andar tan
fácilmente como la mayoría. Svipdag respondió en un tono tan alto como severo.
—Según lo que me
prometísteis, rey Adhils, os demando seguridad para estos doce hombres que
están aquí reunidos.
—La tendrán. Ahora
entrad en la sala valiente y virilmente, con el corazón más tranquilo de lo que
habéis mostrado hasta ahora.
—No os dejéis
provocar —susurró Hrolf.
—Estad preparados
para formar una barrera de escudos —añadió Bjarki—, porque me parece que esos
tapices de las paredes están muy abultados, como si se ocultasen detrás hombres
armados.
Los daneses
avanzaron con cuidado, y encontraron otra zanja que debieron saltar. Entonces
estaban ya cerca del sitial. Signos rúnicos ondulaban en los paños de los
tapices, cuando de pronto de detrás de cada uno saltó un soldado en cota de
malla.
—¡Formad un
círculo! —rugió Bjarki.
No había necesidad;
todos sabían lo que tenían que hacer. Escudo contra escudo, se aprestaron a
combatir contra un número de hombres tres veces superior.
Hrolf arrojó su
lanza. Un sueco se tambaleó con el cuello atravesado. Volaron más dardos, hasta
que los atacantes se acercaron. Por los aires silbaban las espadas Skofnung,
Lövi, Empuñadura de Oro y sus hermanas. En lo alto se alzó el hacha de Svipdag,
girando por encima de su cabeza hasta que golpeó más allá del hombro de
Hromund, quien lo protegía con su escudo. El metal retumbó. El escudo del sueco
al que había golpeado se desprendió del entumecido brazo. El hacha osciló de
nuevo partiéndole la sien.
Un hombre de gran
estatura se acercó a Bjarki. El noruego echó su escudo hacia adelante, para
golpear con su borde el del enemigo, y desviarlo hacia un lado para crear una
brecha en la defensa. A través de ella golpeó su acero; y una cabeza rodó por
el suelo.
La hoja de Hjalti
zumbó y se precipitó sobre otro. Golpe tras golpe lo empujó a un lado, vio la
escasa oportunidad que necesitaba, tajó en profundidad y le inutilizó la
muñeca. Cuando el hombre aullaba dando tumbos, Hjalti lo remató. Mientras
tanto, el rey Hrolf se agachaba, escudo en alto, y cercenaba una pierna de uno
de los atacantes. El resto de sus hombres golpeaba y acuchillaba. Los halcones
habían volado a las vigas, pero el sabueso Gram atacaba con sus colmillos,
moviéndose con demasiada rapidez para que pudiesen herirlo.
En un estruendo de
voces, los daneses hicieron retroceder a los suecos. Conforme éstos retrocedían
en desorden, los trece formaron en cuña y cargaron sobre ellos. Las armas
parecían llamas. Muertos y mutilados yacían por doquier, resonando en la
oscuridad los ecos de los gritos de dolor. En Hrolf y sus capitanes, en cambio,
apenas si habían quedado marcas de la lucha.
—¡Matadlos! —voceó
Bjarki—. ¡Tajadlos como a perros!
El rey Adhils se
puso en pie de un salto y chilló desde el estrado:
—¿Qué es este
tumulto? ¡Deteneos, os digo!
Poco a poco la
lucha terminó, hasta que sólo hubo silencio, excepto los quejidos de los
heridos y la pesada respiración de los que habían quedado ilesos. Ojos y aceros
destellaban en las sombras. Adhils vociferó a sus guardias:
—¡Debéis ser los
peores de los ineptos, que os atrevéis a atacar a hombres tan relevantes...,
nuestros huéspedes además! ¡Fuera! ¡Salid de la sala! ¡Que vengan sirvientes
y... y luz, traed luz...! ¡Fuera, cabezas de lobo! Después os ajustaré las
cuentas.
Los guerreros lo
miraron fijamente. Sin embargo, comprendieron el mensaje, y después de la
derrota no quisieron empeorar las cosas contradiciéndolo. Se escabulleron
fuera, ayudando a aquellos de sus compañeros que podían moverse.
—¡Perdonadme! —dijo
Adhils a los daneses—. Tengo enemigos, y temí una traición... Cuando entrasteis
armados, lo que no es la costumbre aquí... entonces, algunos de mis seguidores
se dejaron llevar por un celo excesivo, en contra de mis deseos... Pero veo
ahora que debéis de ser en verdad el rey Hrolf, mi pariente, y sus famosos
campeones, como dijisteis al portero. Sentaos, poneos cómodos, y alegrémonos
juntos.
—Poca suerte habéis
tenido, rey Adhils —gruñó Svipdag—, y deshonrado quedáis en este asunto.
Contemplaron al
señor de Svithjodh. Adhils se había quedado calvo y engordado mucho. La barba
que caía sobre el rico manto que cubría su panza era más gris que rubia. Sólo
el filo de su nariz permanecía enjuto, y los bizqueantes y parpadeantes ojos.
Esclavos y
sirvientes se apresuraron a llevarse a los muertos y heridos, a limpiar la
sangre, a esparcir juncos frescos sobre el suelo, a traer lámparas y a avivar
los fuegos. Con ellos llegaron nuevos hombres de la Guardia, y otros más debían
de estar apiñándose en el exterior. No serviría de nada lanzarse al estrado y
tratar de asesinar a Adhils. Además, tal acción mancillaría el buen nombre del
rey Hrolf, después de que hubiese sido saludado con palabras amistosas, por
vacías que fueran.
—Sentaos, sentaos
—apremió su anfitrión—. Venid a darme la mano, mi pariente de Dinamarca.
—Todavía no ha
llegado la hora de que podáis conocer quién es de entre todos nosotros —dijo
Svipdag.
Hjalti se rió
sarcásticamente.
—Sí —añadió—, iría
en contra de vuestro... honor..., rey Adhils, si algunos más de vuestros
hombres se dejasen llevar por... un celo excesivo.
—Os equivocáis
conmigo, os equivocáis conmigo —resolló el hombre grueso. No se atrevió a
insistir en el asunto, para no recordar a todos los presentes en la sala su
humillación. Solamente podía acomodarse en el asiento y lanzar pullas—. Como
queráis. Si no eres, hum, hum, del todo tan valiente como para darte a conocer,
Hrolf, bien, que sea corno quieras —y luego de un instante añadió—: Porque veo
que no vas por el extranjero como suele hacerlo la gente bien nacida. ¿Por qué
no trae mi pariente más que esta pequeña tropa?
—Como no os
abstenéis de usar traiciones contra el rey Hrolf y sus hombres —dijo Svipdag—,
poca diferencia hay en que llegue hasta aquí con pocos o muchos.
Adhils lo pasó por
alto, e hizo que trajesen un banco a los pies del estrado en el que pudiesen
sentarse sus invitados. Aunque la sala no tardó en estar más iluminada y menos
silenciosa, persistía una atmósfera de erizada cautela. En ningún momento la mirada
de Adhils dejó de parpadear de uno a otro de los que se sentaban debajo de él.
¿Cuál de ellos, que miraban tan orgullosamente como los halcones que habían
vuelto a posarse sobre sus hombros, sería el rey Hrolf, el hijo de Helgi, a
quien había asesinado, y de su propia esposa Yrsa, que lo odiaba?
Había diez hombres
a los que no conocía; no podía escabullirse para operar un hechizo que pudiera
revelarle sus nombres. Probablemente el de la barba roja, grande como un oso,
no era Hrolf, que se decía que era un hombre delgado de estatura normal. Pero ¿sería
ese hombre pulcro con los cabellos doradorrojizos que se sentaba a su lado, o
el joven de pelo rubio más allá que llevaba una espada con el puño de oro, o
más bien el bajo y moreno pero rápido y diestro, o el flaco que había manejado
tan terriblemente la alabarda, o... o todo aquello era mentira? En la ciudad
había navegantes que habían visto al rey danés. Podría hacerlos comparecer al
día siguiente. Parecería demasiado impaciente, sin embargo, y hasta podría
crear más problemas, si los enviase a buscar aquella misma tarde. No obstante,
debía saberlo lo más pronto posible, para establecer sus planes antes de que
Hrolf llevase a cabo lo que hubiese pensado para vengar a su padre —Hrolf, que,
a diferencia de su tío Hroar, nunca había jurado paz...—. ¿Podría Yrsa conocer
a su hijo, a pesar de ser muy niño cuando ella lo había abandonado? ¿Por eso
había permanecido en sus habitaciones?
—Preparemos los
fuegos para nuestros amigos —exclamó Adhils—, y mostrémosles nuestros más
efusivos votos, como habíamos pensado desde un principio.
Sus consejeros,
capitanes y mayordomos se reunieron con él.
—Perdóname,
pariente —dijo—, si, hum, tengo que hablar de algo secreto ante ti. Ya te he
dicho que tengo enemigos fuertes y solapados que buscan mi vida. Y tú mismo no
consideras que sea cobarde o descortés, hum, guardar secretos ante mí, ¿eh?
—No os ocultaremos
para qué hemos venido —dijo Svipdag—. Estamos aquí por los tesoros que son para
el rey Hrolf la legítima herencia del rey Helgi.
—Bueno, bueno,
podemos hablar de ello —Adhils se volvió y susurró algo al mayordomo principal,
que asintió y se fue, cogiendo de la manga al jefe de la Guardia para que se
fuese con él. Cruzaron los tablones que ya se habían colocado sobre las zanjas,
y se perdieron de vista.
Frotándose las
manos y soplándolas entre vaharadas, el señor de Svithjodh dijo:
—Sí. Podemos
hablar. Podemos sentarnos y beber como hermanos. Porque verdaderamente no te
reprocharé, Hrolf, que tu padre tramase mi perdición mientras era mi huésped,
ni que tú, hum, ahora estés mirándome maliciosamente. Quiero mostrarte honor.
Por eso, si no me dices quién eres, para poder darte el asiento enfrente de mí,
entonces yo me bajaré para estar al mismo nivel que tú. Aquí hace un frío
bestial, ¿no? No está bien que te tenga tiritando bajo mi techo. Venid,
sentémonos cerca de uno de los hogares.
Los hombres de
Hrolf se miraron unos a otros, pero apenas pudieron refrenarse cuando Adhils
pasó contoneándose por delante de ellos. En seguida estuvieron situados en fila
en un banco muy cerca de uno de los fuegos mayores. Enfrente de ellos se
sentaba Adhils y los capitanes de sus tropas. Habría parecido en exceso una
planeada traición que éstos hubiesen roto la norma de que sólo podían llevarse
allí dentro cuchillos de mesa. Los hombres de Hrolf conservaron sus armas, y no
se dijo nada al respecto.
Trajeron cuernos.
Adhils bebió a su salud y estuvo charlando alegre e insensatamente. Cada vez
fue más difícil, sin embargo, verlo u oírlo. Porque hombres de su casa
—guardias, por el aspecto y las maneras, aunque vestidos con las túnicas de los
sirvientes— añadían, mientras tanto, turba y leña seca al fuego.
Cada vez más alto
se agitaban las llamas, rojas, azules, amarillas sobre carbones demasiado
calientes para que el ojo se perdiese en ellas. El ruido crecía hasta hacer
retemblar los cráneos de los hombres. El techo por encima de sus cabezas
parecía un cielo de tormenta lleno de humo rojizo. Las oleadas de calor no
cesaban de llegar. Los halcones huyeron a lo alto, el sabueso se apartó
cabizbajo.
Adhils sonrió.
—El pueblo no
exagera al alabar vuestro coraje y voluntad, guerreros del rey Hrolf. Parece
como si estuvieseis por encima de todos y que lo que se dice de vosotros no
fuese mentira. Bien, avivemos el fuego, porque verdaderamente me gustaría
descubrir quién es vuestro rey, y vosotros nunca huiréis del fuego. En lo que a
mí concierne, que hoy no he estado fuera en el aire invernal, empiezo a tener
un poco de calor.
Hizo una señal a
sus hombres. Movieron el banco echándolo bien atrás. Los fogoneros iban de un
lado para otro, trayendo siempre más combustible. Manchados de hollín, miraban
maliciosos a los recién llegados.
La malla y la guata
debajo de ella hacían doblemente cruel el calor. Los daneses chorreaban de
sudor, que hacía que los globos oculares les escociesen como si se estuviesen
cociendo al horno, hiriendo su olfato y empapándoles la ropa que se les había
pegado a la piel. Chasqueaban los labios. Las lenguas eran como esos bloques de
madera que los suecos traían, como si trabajasen para el mismo Surt.
—La casa de Hrani
no era nada al lado de esto —dijo Hjalti, ásperamente y en voz baja—. ¿Qué
pretende?
—Espera conocer al
rey Hrolf por suponer que no será capaz de soportar el fuego tan bien como los
demás —respondió Svipdag—. Verdaderamente desea la muerte de nuestro rey.
—Juré que jamás
retrocedería ante el fuego o el acero —llegó el seco susurro de Hrolf, apenas
perceptible en aquella estruendosa crepitación.
Bjarki se inclinó
hacia adelante, moviendo su escudo para dar a su señor un poco de protección.
Lo mismo hizo Hjalti del otro lado. Pero no se atrevieron a ayudarle demasiado
para no descubrirlo.
Entornando los ojos
en aquella luz deslumbradora, apenas podían ver que Adhils y sus hombres se
habían movido hacia atrás lo más lejos posible. Seguro que el rey sueco sonreía
burlonamente.
—Sus promesas y
buenas palabras no significaban nada —gruñó Starulf—. Pretende quemarnos vivos.
Hjalti se miró las
rodillas.
—Mis pantalones han
empezado a echar humo —dijo—. Si nos quedamos aquí, estaremos asados... ¡bien
asados!
Tres de los
fogoneros corrieron a arrojar al fuego otro enorme tronco. Las chispas rugieron
saltando. Los fogoneros se dieron la vuelta en busca de más. Se reían.
Bjarki miró más
allá de Hrolf, hacia Svipdag. Habían tenido la misma inspiración. El noruego
improvisó a gritos un poema:
¡Avivemos el fuego
aquí en la mansión!
Se interrumpió. Su
amigo sueco y él se pusieron en pie de un salto. Cada uno agarró a un fogonero
y lo arrojó en medio de las llamas.
—Ahora disfrutad
del calor que os afanabais en darnos —exclamó Svipdag—, porque nosotros ya
estamos bien cocidos.
Hjalti hizo lo
mismo con un tercero. Quizá los demás escaparon. No pudo ser una muerte tan
horrible como parece, porque ningún ser vivo pudo sobrevivir más de un latido
del corazón en aquel foso.
El rey Hrolf se
levantó. Cogió su escudo y lo echó sobre la zanja mientras acababa el poema a
gritos:
No huye del fuego
quien salta por
encima.
Sus hombres vieron
en seguida su intención y colocaron del mismo modo sus propios escudos. Así
taparon la hoguera hasta que pudieron saltar sobre ella.
Adhils y su gente
oyeron chillidos sofocados, vieron cuerpos consumiéndose en el humo... y
saliendo de las llamas, trece hombres que llegaban bramando, sin escudos pero
con malla y yelmos, negros de hollín y empapados de sudor, pero más sedientos
de sangre que de agua, con las ropas chamuscadas y ampollas en las mejillas,
pero con armas tan destellantes como el mismo fuego.
Llenos de horror,
los soldados de Adhils se dispersaron ante la banda que ya había causado tal
carnicería entre camaradas que llevaban lorigas y espadas. Probablemente
también, muchos sintieron que no podía provenir la buena fortuna del luchar por
un señor que trataba de asesinar a sus huéspedes.
—¡Aquí estoy,
pariente! —vociferó Hrolf, y se lanzó contra él. Por encima del yelmo de Hrolf
la espada Skofnung oscilaba en lo alto, como su propia risa.
Adhils huyó. Uno de
los pilares que sostenía el techo mostraba la figura de tamaño descomunal de un
dios apoyado en su escudo, escudo que resultó ser una puerta que conducía a una
cavidad. Adhils se apretujó en ella, cerró de un portazo y atrancó la puerta
por dentro.
—¡Echémosla abajo!
—gritó Hjalti.
—No —dijo Hrolf—.
Debe de estar arrastrándose a lo largo de un túnel. ¿Acaso somos gusanos como
él?
—Podría haber
trampas para atraparnos si lo intentásemos —corroboró Svipdag—. No podemos
estar seguros con ese brujo.
En realidad, Adhils
se había escabullido hacia el exterior. Saliendo del terreno que se hallaba
detrás de donde estaban los aposentos de la señora, entró en ellos. Yrsa estaba
sentada. Sus doncellas retrocedieron al ver llegar al rey sudando, sucio y con
las ropas en desorden.
—Idos —dijo—. Yo...
quiero hablar... con la reina.
—No, quedaos
—replicó Yrsa—. Quiero testigos, para que después él no pueda mentir sobre lo
que se dijo.
Las mujeres se
apiñaron en un rincón. Adhils se olvidó de ellas.
—Ese hijo tuyo...,
Hrolf el Danés..., está aquí —resolló—. Me ha atacado... Se ha apoderado de la
sala...
Yrsa respiró,
completamente aliviada.
—No te expulsó de
allí sin razón —dijo con voz trémula.
—Ve a buscarle. Haz
las paces entre nosotros. El escuchará tus súplicas.
—Iré, pero no en tu
nombre. Primero mataste a traición al rey Helgi, mi marido; y te quedaste con
los bienes que pertenecían a los que son mejores que tú. Ahora, para culminar
tu infamia, querrías matar a mi hijo. Eres el peor hombre, más vil que ningún otro.
¡Oh, haré todo lo posible para ayudar al rey Hrolf a recobrar el oro, y tú no
cosecharás sino males de esto, como bien mereces!
Adhils se irguió.
En aquel momento no era del todo un gordo grasiento que había sido expulsado de
su morada.
—Parece que aquí no
se puede confiar en nadie —dijo sosegadamente—. No volveré a verte —se dio la
vuelta y salió al crepúsculo que había empezado a caer. Poco después ella lo
oyó al frente de sus soldados, alejándose de la casa.
IV
En seguida, la
reina Yrsa se dirigió a la sala. Encontró a los daneses presa de una alegría
tumultuosa, pidiendo a gritos cerveza y carne a los asustados sirvientes que
todavía quedaban. Pero cuando la vieron entrar, vestida de blanco, con un manto
azul y un pesado collar de ámbar, en ellos se hizo el silencio. Recorrió la
habitación a todo lo largo hasta llegar al banco donde se sentaba el rey Hrolf.
¡Ahora nadie seguiría ocultando quién era él! Durante unos instantes se
estuvieron mirando recíprocamente a la luz del todavía muy crecido fuego.
La espalda de Yrsa
todavía era recta y ágil su cuerpo, aunque sus pies no danzaban ya sobre la
tierra como cuando era la novia de Helgi. La piel del rostro ancho era clara,
aunque muchas arrugas la surcaban, el cabello de bronce estaba cubierto de
escarcha, y en los ojos grises se percibía una fatiga insondable. Mucho de ella
había en los rasgos de su hijo, quien, sin embargo, llevaba holgadamente sobre
los erguidos hombros la loriga salpicada de rojo con que había quedado
victorioso.
Svipdag se dirigió
nerviosamente a su encuentro. Sus enjutas mejillas parecían húmedas bajo el
parche del ojo; las cicatrices de su frente se estremecieron.
—Mi señora...
—comenzó a hablar. Ella no apartó su mirada de Hrolf.
—¿Sois, pues, la
reina Yrsa? —preguntó el rey—. Pensé que os veríamos antes.
Ella se quedó muda.
—Bien —dijo Hrolf—,
aquí, en vuestra casa, me han roto la camisa —alzó el brazo con el que empuñaba
la espada, cuya manga había sido desgarrada por una lanza—. ¿Me la remendaréis?
—¿Qué quieres
decir? —susurró ella.
Hrolf sacudió la
cabeza.
—Difícil es
encontrar amistad —suspiró—, cuando la madre no da alimento al hijo ni la
hermana cose para el hermano.
Svipdag miraba
aturdido a uno y a otra. Yrsa apretó los puños. Tragándose las lágrimas, dijo:
—¿Estás enfadado
porque no haya venido antes a saludarte? Escucha. Sabía que Adhils estaba
planeando tu muerte. Pasaba trabajando noche tras noche en su escabel de brujo,
con sus marmitas y sus bastones rúnicos y sus huesos. Seguramente, pensé, él
contaba con... con la madre que acudía a abrazar al hijo..., con la hermana
cogiendo la mano del hermano... Seguramente contaba con ello en sus hechizos.
—Por eso, a fin de
cuentas, ella se mantuvo aparte —dijo Svipdag—, y la brujería no tuvo efecto, y
Adhils tuvo que intentar en su lugar todo lo que pudo.
Hrolf se puso de
pie.
—Oh, perdóname
—imploró, también él al borde de las lágrimas—. No lo comprendía.
Se abrazaron
estrechamente, y reían y retrocedían sin soltarse las manos para contemplarse
mejor, y respiraban desacompasadamente, y hasta balbucían. Tras unos momentos,
se fueron tranquilizando. Ella dio a los guerreros una majestuosa bienvenida,
mandó a los sirvientes que preparasen comida y que tuviesen listas las
habitaciones de los huéspedes, y se sentó a su lado impaciente de conversar. Él
tenía que contarle casi toda su vida.
Svipdag dio unos
pasos atrás.
—¡Cómo ha
envejecido en estos doce inviernos! —dijo ahogadamente—. Viviendo con ese
troll... —parecía temblar—. Bueno, esta noche, por supuesto, está feliz de
haber visto a su hijo.
Corrió la bebida y
repicó el regocijo. ¡No tan a menudo trece hombres tomaban la fortaleza de un
rey! Al final se sintieron soñolientos. Yrsa envió a buscar a un joven que
velaría por lo que necesitasen.
—Se llama Vögg
—dijo ella a Hrolf—: un poco inocentón, pero mañoso y de buen corazón.
El muchacho llegó:
pequeño y flaco, la nariz como el pico de un grajo, poco mentón y cabellera
trigueña, pero risueño y animoso.
—Aquí está tu nuevo
señor —le dijo la reina.
Los ojos azul
pálido de Vögg se abrieron asombrados.
—¿Es éste vuestro
rey, daneses? —soltó con la vacilante voz de un muchacho—. ¿El, el gran rey
Hrolf? Vaya, pero si es casi tan huesudo como yo... ¡un auténtico kraki!
Un kraki no es otra
cosa que un tronco de árbol cuyas ramas se han podado dejando los tocones para
formar una especie de escalera. En su alegría rebosante de cerveza y del brillo
de las hazañas del día, las palabras de Vögg chocaron a los guerreros como la
cosa más divertida que hubiesen oído nunca. Hasta Svipdag soltó una carcajada y
se unió a los gritos de todos.
—¡Kraki, kraki, sí,
salud rey Hrolf Kraki!
Él se rió también y
dijo al mozuelo:
—Me has dado un
nombre que me pega bien. ¿Qué me regalarás, también, por haberme dado nombre?
—Yo, yo... no te
daré n-n-nada —balbuceó Vögg—. Soy pobre.
—En ese caso, el
que tiene debe dar al otro —dijo Hrolf. Durante la noche había dispuesto que le
trajeran varios brazaletes de oro que llevaba en el equipaje, por si acaso
debía recompensar a alguien. Sacó uno y se lo entregó a Vögg.
Dando gritos de
júbilo el muchacho le dio las gracias, se lo puso en el brazo derecho, y se
paseó por los alrededores pavoneándose, manteniendo el brazalete en alto para
que brillase a la luz del fuego. El brazalete se le deslizó hasta el codo. En
cambio el brazo izquierdo lo mantenía oculto detrás de la espalda. El rey lo
observó.
—¿Por qué haces
eso? —le preguntó.
—Oh —dijo Vögg—, el
brazo que no tiene nada que enseñar tiene que esconderse avergonzado.
—Tenemos que
arreglarlo —dijo Hrolf, sobre todo porque advirtió que Yrsa tenía debilidad por
aquel simple. Y le dio otro brazalete.
Vögg estuvo a punto
de desmayarse. Cuando al fin pudo recobrar el habla, dijo chillando:
—¡Gracias, muchas
gracias, señor! ¡Es maravilloso tener algo así!
El rey sonrió.
—Vögg se pone
contento por poca cosa.
El joven saltó
sobre un banco, alzó ambas manos hacia las vigas, y gritó:
—¡Señor, juro que
si alguna vez sois derrotado por los hombres, y yo estoy con vida, os vengaré!
—Te doy las gracias
—dijo el rey secamente.
Sus hombres
asintieron sin molestarse en ocultar sus propias risas. Sin duda, aquel
muchacho se comportaría lealmente en la medida de sus fuerzas, pensaban, pero
¿de qué podría servir tan desastroso pícaro?
Al cabo de unos
instantes, Yrsa los condujo a través del patio a una de las casas para los
huéspedes. Aunque mucho más pequeña que la mansión principal, era más
confortable y luminosa y sin las lóbregas trazas de la brujería. El sabueso
Gram iba con ellos; los halcones ya habían sido llevados a las caballerizas. En
el frío, bajo las incontables y penetrantes estrellas, Yrsa cogió las manos de
su hijo una vez más y le dijo:
—Buenas noches, que
descanses bien, querido mío. Pero ten cuidado. El mal nos acecha aquí por todas
partes.
—¿No deberíamos
daros una escolta, mi señora? —preguntó Svipdag.
—Gracias, viejo
amigo, pero no es necesario. Es a vosotros a quienes buscará.
—Todos los dioses
prohíben que os pongamos en peligro.
—Buenas noches
—Yrsa y sus damas los dejaron.
En el interior, el
fuego del hogar y de las lámparas de las paredes daban luz y calor, aunque
llenaban de humo la atmósfera. Vögg les enseñó cómo habían sido colocadas sus
pertenencias y los bancos dispuestos para dormir. Bjarki advirtió:
—Aquí podemos
ponernos cómodos, sí, y la reina nos quiere bien. Pero ella tiene razón: el rey
Adhils urdirá todo el mal que pueda contra nosotros. Me extrañaría que dejase
las cosas como están.
Vögg se estremeció
e hizo una mueca.
—El r-r-rey
Adhils... es un terrible hacedor de... de ofrendas de sangre —les dijo—. ¡Uf,
cuán a menudo he oído crujir de noche las sogas bajo sus cargas en el bosque, o
a los cuervos ensordecer el aire con sus gritos durante el día! Sin embargo, él
no da más de lo necesario a los altos dioses. No, su adoración se dirige a un
horrible y enorme v-v-verraco... —se encogió. Los dientes le castañeteaban—. No
comprendo cómo puede estar todo tan tranquilo —dijo desconsolado—. ¡Tened
cuidado, tened cuidado! Es taimado y maligno, y hará todo lo que pueda para
a-a-acabar con... nosotros... de cualquier forma.
—Creo que no
necesitamos estar de guardia esta noche —dijo Hjalti—, porque Vögg no piensa
dormirse..
Los guerreros
rieron soñolientos y se tendieron para descansar. Hacía tiempo que se habían
quitado sus equipos de combate. Los fuegos ardían y solamente Vögg permanecía
angustiadamente despierto, la felicidad de antes inmersa por entero en el
horror.
A medianoche, la
banda se despertó de nuevo, consciente del frío y de la oscuridad. Un estrépito
en el exterior estaba repicando en las mismas paredes, horribles gruñidos y
chillidos. Algo golpeaba la casa, haciéndola balancearse arriba y abajo como si
estuviese en medio del mar.
Vögg gimió:
—¡Socorro! ¡El
verraco está fuera, el dios verraco del rey Adhils! ¡Lo ha enviado para
vengarse..., y nadie puede resistir a ese espanto!
La puerta crujió
astillándose bajo los golpes. El arma de Bjarki relució fuera de la vaina.
—Empuñad de nuevo
vuestros aceros, mi señor y compañeros —dijo—. Trataré de contener a lo que
sea.
La puerta se vino
abajo, hecha pedazos. Más allá estaban las losas del patio cubiertas de
escarcha, los negros muros y los picos de los tejados, las lejanas estrellas.
Pero, en su mayor parte, estaban borrados de la vista por la cosa cuya joroba
obstruía la salida. Lo que había de luz mostraba su pelambre y los colmillos
que salían del hocico como espadas torcidas. Un fétido olor a puerco saturaba
el olfato. Los gruñidos parecían el estruendo de un terremoto.
—¡Hei... ha! —gritó
Bjarki. La hoja de su espada osciló hacia abajo. Rebotó de tal modo que estuvo
a punto de soltarla. Por primera vez, Lövi, que había matado al monstruo
volador, no quería morder.
El sabueso Gram
gruñó y arremetió.
Cuando sus fauces
se cerraron, el verraco, de la misma esencia que los trolls, chilló, un ruido
que hacía en la carne el efecto de una sierra. Los dos animales luchaban en el
patio. Bjarki los siguió. Si su espada no quería morder, todavía podría usarla como
si fuese una maza. El verraco se dio la vuelta para embestirlo. El peso de Gram
lo sostenía por atrás, y Bjarki lo esquivó. El verraco sacudía la cabeza,
debatiéndose contra Gram. El sabueso no lo soltaba.
Dura fue la lucha
mientras los hombres del rey la contemplaban preparándose para intervenir. Pero
de repente el chillido del verraco se convirtió en un quejido. Gram cayó a un
lado. Entre sus sangrientas fauces sostenía una oreja y la piel de una quijada.
Como si su única herida fuese suficiente, el jabalí se vino abajo, muerto. La
tierra tembló. Gram levantó la cabeza y aulló hasta que suscitó ecos.
Bjarki no se unió a
los gritos de júbilo de sus amigos.
—Mejor me pongo mi
cota de malla —dijo—, y arrastramos lo que podamos para hacer una barricada en
la puerta. La noche todavía no ha terminado.
—Tú... t-t-tú... te
enfrentaste a la cosa que pudo con tantos hombres... —tartamudeó Vögg—. Oh,
¿cómo puedo llegar a ser tan valiente?
Los demás le
prestaron poca atención. Oían un ruido procedente de más allá del patio: toques
de cuerno, gritos de guerra, aceros que tintineaban y el rítmico sonido de
pisadas.
En el patio entró
en tropel la hueste entera de la Guardia de Adhils, acrecentada con muchos más
hombres de la ciudad, atestándolo de parte a parte. Una corcovada luna, que
acababa de salir por encima de una figura de dragón que remataba uno de los
tejados, hacía brillar las cotas de malla y los afilados metales, convirtiendo
la respiración de los hombres en una niebla desigual, pero dejando los rostros
en la sombra. El rey sueco debía de hallarse informado por sus espías, porque
su gente no perdió tiempo en cercar la casa de los huéspedes.
—¿Qué queréis?
—gritó Bjarki a través de la puerta.
—Esto, tú que
mataste a mi hermano —respondió alguien.
Y después de unos
cuantos latidos de corazón, por encima de sus cabezas, oyeron crepitar el techo
de paja. Las llamas brotaron. Habían incendiado la casa.
—No nos va a faltar
calor —dijo Hjalti.
—Mala manera de
morir, tener que quemarnos aquí —dijo Bjarki—. Un fin lamentable para el rey
Hrolf y sus guerreros. Antes preferiría caer por las armas en campo abierto.
Svipdag contempló
el seto de lanzas que los cercaba.
—La salida es
demasiado estrecha —dijo—. Nos atravesarían como a cerdos conforme fuésemos
saliendo de uno en uno o de dos en dos como mucho.
—Sí —respondió el
noruego—. No veo otro camino mejor que tirar una pared, y luego cargar todos
juntos, si es que se puede. Entonces, cuando nos acerquemos, que cada uno se
enfrente con un enemigo, y pronto perderán los ánimos —ladeó la cabeza como
para escuchar—. Oíd con qué estridencia gritan, ¿o es que se están burlando de
nosotros? Conozco esa nota. Los sucesos del día, y luego la muerte del dios de
Adhils... Tienen que estar desconcertados.
—Me parece un buen
consejo —dijo el rey Hrolf—. Será lo mejor.
Usaron los bancos
como arietes. No era un juego de niños tirar la tablazón. Una y otra vez
golpearon, mientras el tejado ardía y las ascuas llovían sobre ellos, escupían
las llamas y el humo picaba. Entonces, estrepitosamente, la pared se vino
abajo. Agarraron los escudos que habían cogido de la armería de Adhils,
saltaron fuera y cayeron sobre los suecos.
Las espadas
silbaban, las hachas volaban, los hombres maldecían y vociferaban bajo la luna.
Al principio, los daneses formaron una especie de línea de puerco, que rasgó
las filas de los sorprendidos enemigos como una punta de flecha. Cuando
estuvieron en medio de ellos, formaron un círculo. No, más bien era una rueda,
bordeada de hojas, que rodaba imparable hendiendo y quebrantando cualquier
línea que los contrarios intentasen mantener.
Más alto
ascendieron la luna, el incendio y el estrépito. Furiosamente se luchaba. En
todo momento, el rey Hrolf y sus camaradas siguieron adelante. Detrás de ellos
iban dejando un camino de muertos y heridos, hombres que miraban incrédulamente
la sangre vital que se escapaba de sus cuerpos, manchando la escarcha. Pronto
estuvieron fuera del patio y se adentraron en la ciudad. Las filas que todavía
se les oponían iban menguando cada vez más —porque, aunque también ellos
recibían magulladuras y heridas, bien sabían cómo defenderse unos a otros, y
nadie era tan fuerte que no necesitase virar ante sus golpes.
Unas alas aletearon
en el cielo. El halcón Calzaslargas del rey Hrolf, que venía de la fortaleza,
descendió y se posó en el hombro de su amo. Sumamente orgulloso parecía.
—Se comporta como
alguien que ha ganado un gran honor —resolló Bjarki. No se arredraba ante las
armas que buscaban a su señor.
Finalmente el
combate terminó. Por muchos que fuesen contra trece, los suecos no podían
reagrupar sus fuerzas en los estrechos callejones que había entre las casas.
Más aún, como Bjarki había observado, estaban sumamente desconcertados.
Cualquier orden que hubiesen mantenido había quedado roto. Pocos se cuidaban,
además, de arriesgar su vida por un rey que ni siquiera estaba a la vista. Y
sus más sagaces jefes empezaron a temer que los daneses irrumpiesen en una
casa, cogiesen un tizón del hogar, y diesen comienzo a un fuego que podría
devorar a toda Uppsala.
Uno tras otro,
pidieron paz a gritos. La súplica se extendió tan rápidamente como una bola de
nieve. Hrolf dio cuartel y preguntó dónde estaba el rey Adhils. Nadie lo sabía.
Las armas
desenvainadas, la sangre limpiada con trapos para que los aceros destellasen en
la noche, Hrolf y sus hombres marcharon, cansinos, de vuelta a la mansión.
Encontraron a sus gentes afanándose por contener el incendio.
—Parece que está
controlado —hizo notar Hrolf—. Pero veo que tendremos que utilizar la casa del
rey, después de todo.
A la cabeza de sus
hombres entró en ella, pidiendo que trajesen luces y cerveza y que preparasen
las camas en los bancos.
—¿Dónde nos
sentaremos mientras tanto? —preguntó Bjarki.
—En el estrado real
—respondió el rey Hrolf—, y yo mismo ocuparé el trono.
Luego de que
hubiesen estado un rato bebiendo, Hjalti el Noble dijo:
—¿No sería mejor
que alguien fuese a ver cómo están nuestros caballos y nuestros halcones,
después de todo este tumulto?
—En seguida, en
seguida —chilló Vögg, y salió.
Volvió llorando,
diciendo lo vergonzosamente que habían sido tratados los pobres corceles. Los
daneses rugieron de cólera y desearon todo tipo de calamidades a Adhils.
—Ve a ver nuestras
aves ahora —ordenó Hrolf, mientras su propio Calzaslargas extendía las alas
sobre su cabeza.
Aquella vez, Vögg
tenía algo prodigioso que contar.
—En las
caballerizas... todos los halcones del rey Adhils... ¡están muertos...
desgarrados por picos y garras!
Calzaslargas se
limpiaba las plumas con el pico. Los hombres gritaron. De nuevo recobraron la
alegría de la victoria.
V
Por la mañana, la
reina Yrsa fue a ver al rey Hrolf y lo saludó de manera solemne.
—No fuiste recibido
aquí, pariente —dijo ella—, como yo hubiese deseado y como era tu derecho...
—su voz se quebró un poco—. Pero no debes permanecer por más tiempo, hijo mío,
en un lugar tan maligno. Seguramente Adhils está ahora reuniendo un ejército para
matarte.
—Eso lleva tiempo,
madre —respondió él—. No huiremos como bandidos. No, reuniremos lo que es
nuestro, con tu ayuda; y mientras tanto, descansaremos y lo celebraremos.
La sonrisa de ella
tembló.
—No debería
contradecirte, pero me es imposible. No cuando ésta es probablemente la última
vez que estaremos juntos —y, dándose la vuelta, salió rápidamente de la sala.
—Señor —dijo
Svipdag con un tono áspero—, lo menos que podemos hacer es protegerla.
—Ella tiene sus
propios guerreros —dijo Hrolf.
—A pesar de todo
podemos rendirle honores por lo que ha hecho.
El rey miró
gravemente a Svipdag a los ojos antes de asentir.
—Haz lo que creas
conveniente.
El sueco se echó al
hombro su hacha y siguió a la reina. Se había detenido en el patio, cerca de
las cenizas y carbones de los aposentos de los huéspedes, dándole la espalda al
mundo. Los trabajadores se movían a su alrededor. Una docena de guerreros esperaba
unos pasos más allá. Saludaron a Svipdag. Observó que no se habían contado
entre sus enemigos de antaño. La mañana era al mismo tiempo luminosa y
desapacible. Sonidos de pasos, de voces, de bufidos y pisadas de animales, el
graznido de una urraca, llegaban cortantes como la luz del sol.
Svipdag se detuvo
detrás de Yrsa y se aclaró la garganta. Ella se volvió para mirarlo, ahora que
ya estaba más calmada.
—Salud —le dijo
ella.
—Pensé que
podríamos hablar un poco, mi señora —declaró él.
—¿Como en los
viejos tiempos? No, los años pasados no pueden volver, lo mismo que los
muertos. Pero, por supuesto, me alegra tu compañía. Demos un paseo junto al
río.
Los soldados iban
muy detrás de ellos. Nadie habló mientras marchaban por el bullicio, el
parloteo y las múltiples miradas de la ciudad de Uppsala. Al salir de las
puertas, Yrsa se encaminó hacia el Sur, a lo largo de la orilla. Aunque el
sendero estaba helado, el hielo se estaba deshaciendo en el río, y la oscura y
murmurante corriente arrastraba sus láminas grises. Hasta más allá se extendían
los Campos del Fyris, allí casi desiertos excepto por un par de granjas cuyo
humo ascendía a la atmósfera fría pero sin viento. A la derecha, los riscos
estaban recubiertos de maleza y, en las cumbres, de bosques sin hojas.
—Mi señora... —dijo
Svipdag al fin. Tragó saliva—. Mi señora, os volvéis a casa con nosotros...
¿no?
Ella miró a otra
parte. Él apenas si podía oírla.
—No.
—¡Pero es una
locura! Adhils...
—No me asusta lo
que pueda hacerme —ella buscó su mirada y le cogió del brazo—. Hrolf...
Svipdag, ¿no puedes hacerle comprender que debéis partir? Adhils, si es
preciso, levantará todos los condados de Svithjodh y suscitará las magias más
temibles para vuestra perdición. ¡No puedes imaginarte cómo sabe odiar!
Los nudillos de
Svipdag estaban blancos de apretar el mango del hacha.
—¿Debo yo... debe
vuestro hijo dejaros sola para que ese odio caiga sobre vos?
—Ya tengo a mis
hombres —y señaló a su espalda—. No sólo ésos. Bastantes más. Puede que no me
hayan jurado abiertamente lealtad, pero son mis deudos y lo reconocen. En
cierto lugar ayude a una familia cuando pasaba hambre, en otro hice que se
suavizase un veredicto, o liberté a un esclavo al ver cómo seguía un águila con
los ojos... Bueno, ya sabes lo que pueden hacer los de alta cuna —en el tono de
su voz había una prudencia que él había percibido a menudo en las palabras de
su hijo y hermano—. Me ayudarán por su propio interés, y también lo harán
cierto número de jefes y terratenientes. Saben lo despiadado y codicioso que es
el rey. Yo soy un contrapeso para él. Y él sabe que ellos lo saben. No se
atreve a tocarme. Al contrario, teme que yo sufra una enfermedad mortal que
pudiera parecer efecto de su brujería. ¡En ese caso sus días estarían contados!
—su risa era quebradiza—. ¿No crees, Svipdag, que la hija y esposa del rey
Helgi el Skioldungo bien sabrá cuidar de sí misma?
Anduvieron un rato
en silencio, hasta que él dijo:
—Incluso así, no
hay nada aquí que pueda reteneros. Tendríais honor en Dinamarca, y... y amor en
todas partes a vuestro alrededor.
Sus dedos
acariciaron los de él.
—Lo sé, mi querido
y viejo vengador. Demasiado bien lo sé. Pero tengo mis obligaciones. ¿Qué
pasaría con aquellos que me dieron su fe durante años, si yo los abandonase?
¿Qué sería de la guerra contra vosotros que seguramente comenzaría, en cuanto
no pudiese dar más consejos y desenredar la madeja? —señaló hacia adelante—.
¿Qué pasaría con mi Helgi? Allí yacen en sus sepulturas él y sus hombres, unas
millas más lejos, donde cayeron. Sin mí, ¿quién llevaría ofrendas a la tumba,
quién la cuidaría —no pudo reprimir un estremecimiento—, quién impediría que
Adhils la deshonrase, sí, ahuecando su cráneo para hacerse una copa que le
sirviese para beber y sus omóplatos para marcarlos con runas hechiceras?
Svipdag la tomó del
codo.
—Dicen —prosiguió
ella, luego de un instante— que en otro tiempo, en esta tierra, cuando el rey
Domald Visbursson, las cosechas se perdieron. Para ganarse de nuevo el favor de
los dioses, los suecos les ofrecieron muchos bueyes; pero al siguiente año aún
fue peor. Entonces, les ofrecieron hombres; pero todavía hubo más hambre. Al
tercer año, mataron al rey Domald y esparcieron su sangre sobre el altar de sus
ídolos. Entonces tuvieron paz y buenas cosechas.
—Ya veo. Sois una
reina, Yrsa.
—Y tú eres uno de
los leales de mi hermano, Svipdag.
Prosiguieron hasta
llegar al túmulo de Helgi, y estuvieron un rato antes de regresar.
Aquella noche, y en
las dos que siguieron, Yrsa compartió el trono con Hrolf. Aunque rara vez
sonreía, nadie la vio apenada. Los guerreros eran felices. Cada vez más usaban
el sobrenombre de Kraki para su rey. Vögg se ruborizaba por ello, y se
apresuraba a atender sus necesidades. Como su vida estaría allí en peligro, y
como además él lo anhelaba, Yrsa obtuvo de su hijo que accediese a llevárselo
consigo.
Durante el día,
ella se ocupaba de preparar el viaje de regreso de Hrolf. Por lo demás, pasaba
la mayor parte del tiempo a su lado, escuchando sus relatos de lo que había
sucedido en todos aquellos años desde que él era un muchacho con el cabello
despeinado al que ella podía dar un beso de buenas noches.
La mañana de su
partida, el pueblo se había reunido procedente de muchas millas a la redonda.
Atestaban la ciudad de Uppsala, y sus cuchicheos formaban un zumbido como de
abejas, mientras aguardaban fuera de la mansión para ver partir a los daneses.
Dentro de la empalizada, los soldados de la Guardia y los trabajadores de la
casa formaban una muralla alrededor del patio. El tiempo era claro y frío,
aunque el viento llevaba ya el primer soplo húmedo de la primavera.
El rey Hrolf y sus
hombres estaban en mitad del patio, vestidos con las más finas ropas y cotas,
un grito brillante de color, las puntas de las lanzas oscilando en lo alto,
regalos de Yrsa para reemplazar lo que el fuego había consumido. Para el
acrecentamiento de la fama de Hrolf, ella quería que todo el mundo viese lo que
se llevaba. Primero rodó un carro tirado por ocho caballos, conducido por Vögg,
cargado de tesoros de oro, plata, piedras preciosas, ámbar, marfil, pieles,
paños, copas, armas, monedas y objetos del extranjero. Un murmullo se levantó
entre la multitud.
Luego los mozos de
cuadra sacaron doce grandes caballos rojizos de las tierras del Sur, con
bridas, sillas, cotas, y uno para el rey, blanco como la nieve.
Entonces la reina
avanzó entre sus guerreros, ricamente vestidos. Con ambas manos llevaba un
cuerno de plata tan largo como un brazo, en el que estaban grabadas figuras de
dioses, animales y héroes. Llegó ante su hijo y habló mientras el viento
aullaba:
—Mira lo que es
tuyo.
En presencia de los
espectadores, de tal modo que nadie pudiese después ponerlo en duda, él
preguntó:
—¿Me has dado ya
todo lo que legítimamente me pertenece y que fue de mi padre?
—Esto es mucho más
de lo que tendrías derecho a reclamar —respondió ella con orgullo—. Más aún, tú
y tus hombres habéis ganado gran honor.
Y alzó el cuerno.
—Además te doy
esto. Aquí están los mejores aderezos del rey Adhils, entre ellos el que llaman
el Cerdo de los Suecos, del que se dice ser el mejor del mundo —lo sacó. Su
brillo levantó murmullos y gritos. No era una joya corriente, sino un ancho y
espeso brazalete, tachonado de gemas, con la figura grabada de un verraco, la
montura de Frey.
—Mucho os lo
agradezco, mi señora madre —dijo Hrolf. Dio el cuerno a Beigadh para que lo
llevase. Bjarki asintió. Le pareció una pieza tan excelente que solo era digno
de llevarla quien hubiese quedado cojo al servicio del rey.
—Ahora preparaos lo
mejor que podáis, para que nadie pueda sorprenderos —instó Yrsa—, porque
pasaréis muchas adversidades.
No pudo evitar
proferir aquella última e inútil advertencia. Ya antes había suplicado a Hrolf
que se llevase algunos de sus hombres. Pero él pensaba que ella los necesitaba
más. Además, los que dejasen detrás familia, probablemente no lucharían bien.
—Oh, que la suerte
te acompañe —le susurró ella—. Haré ofrendas en el templo y en la tumba de tu
padre...
El contempló el
rostro que era a medias el suyo, puso las manos sobre los frágiles hombros, y
dijo:
—Mejor que ninguna
otra cosa es tu buen deseo, hermana mía. Mejor que el tesoro que hemos ganado
ha sido encontrar tu amor de nuevo, madre mía —su halcón extendió las alas
sobre ella, su sabueso le lamió los dedos.
—Que hayas venido a
verme excede cualquier regalo que yo pudiera hacerte.
—Los hombres buscan
ganar fama para que su memoria no muera con ellos. Siempre te recordarán en
Dinamarca, Yrsa.
—Por ti y por
Helgi.
—No, por ti misma.
Los dos se
callaron, pues sus voces se estaban quebrando ante la multitud. Luego de un
instante, Yrsa fue entre los hombres del rey, y uno a uno les estrechó la mano
y los despidió, como si hubiesen sido sus camaradas. Brevemente abrazó a Hrolf.
Después se quedó a su lado mientras él montaba en su caballo. Éste sacó la
espada y la besó, mirándola a ella. Cuando él y sus hombres salían por la
puerta los despidió con la mano.
Después, dijo al
jefe de la Guardia:
—Tendríamos que
hablar respecto a la forma de mantener la paz en el Reino. Pero primero tengo
que ver al primer mayordomo para unos asuntos de la casa.
Los daneses
cabalgaron para salir de Uppsala más lentamente de como habían llegado, porque
el carro del tesoro no podía marchar deprisa. La mayoría de ellos hacían
cabriolas con sus briosos nuevos corceles y los hacían encabritarse. Hjalti no
dejó de saludar a las muchachas que había conocido. Por lo demás, los moradores
estaban sin duda contentos de verse libres de unos huéspedes tan peligrosos.
Sin embargo, no hicieron comentarios desagradables, mientras se apiñaban en los
caminos, ventanas y muros de la ciudad. Los abuelos contarían a sus nietos lo
que habían visto cuando eran pequeños.
El puente retumbó
bajo los cascos y crujió bajo las ruedas. Cruzando el río, el rey Hrolf condujo
la marcha directamente hacia el Sur por los Campos del Fyris. No sería fácil
llevar a casa el enorme y pesado tesoro que habían ganado. Tenía la intención de
pasar por aquellos campos abiertos, donde el camino era todavía firme y la
nieve solamente persistía en las manchas de los charcos, en toda la extensión
que alcanzaban.
Uppsala desapareció
de la vista; lo último que vislumbraron fueron los cuervos sobre el bosque del
templo. Era después de mediodía. La tierra comenzaba a ondularse, los grupos de
árboles a mostrarse más frecuentes y densos. No había granjas por allí, sino
pastos de verano para el ganado y bellotas para los cerdos. El viento se hizo
más fuerte, agitando la capa de Hrolf como si flamease, obligándolo casi a
cerrar los ojos, y a que su halcón se inclinase hacia adelante con las garras
bien agarradas a las mallas de su cota. El viento olía bien, y no era del todo
el viento frío del invierno. Impulsaba a las grandes nubes blancas por el
cielo, cuyas sombras se movían veloces por la tierra.
El rey cabalgaba
melancólico, la mirada baja. De repente, una nube tapó el sol y apareció un
destello en el camino ante él. Los hombres también lo vieron y lo señalaron a
voces. Era el de un pesado brazalete de oro. Cuando el caballo del rey pasó por
encima, tintineó.
Se detuvo.
—Hace tanto ruido
—dijo— porque cree que no está bien sin compañía —se quitó uno del brazo, lo
arrojó al lado del otro, y dijo a sus guerreros—: A esto yo renunciaré, a
recoger el oro aunque esté tirado en el camino. Y que ninguno de vosotros
intente recogerlo; porque lo echaron allí para estorbar nuestro viaje,.
—Gustosamente lo
prometeremos, señor —dijo Svipdag—. Se ve que la mano de Adhils llega bien
lejos.
El grupo se había
detenido. Vögg, en el carro, apenas pudo reprimir un estremecimiento. Los
hombres miraban severos. En la quietud, escucharon como un mugido traído por el
viento. Bjarki alzó la palma de la mano.
—¡Silencio! —dijo,
y después—: Sí, trompetas. La mano de Adhils no estaba tan lejos después de
todo.
—Prosigamos —ordenó
Hrolf—. Fustiga los caballos, Vögg.
El carro se movía
pesadamente, balanceándose y chirriando. No había transcurrido mucho tiempo
cuando los daneses vieron un ejército tras ellos. Al principio no era más que
una mancha en el horizonte; pero pronto fueron estandartes y armas
destellantes, toques de cuerno, pisadas de cascos y gritos de cólera.
—Caballería —dijo
Svipdag—. Así es como Adhils los reunió tan pronto.
—Dos o tres
cientos, me parece —añadió Hjalti—. Creo que tenemos una atareada tarde por
delante.
Bjarki se acarició
la roja barba.
—Verdaderamente
vienen a toda velocidad —dijo con voz sorda—. Ojalá encuentren algún obstáculo.
—No nos inquietemos
por ellos —dijo el rey Hrolf—. Probablemente se estorbarán unos a otros.
Cogió a Beigadh el
cuerno que le había dado Yrsa.
—¡Arre! —gritó a su
caballo blanco. Partió al galope, una milla a la derecha y una milla a la
izquierda. Conforme cabalgaba, metía la mano en el cuerno y arrojaba su
contenido a puñados. Por todas partes sembró anillos de oro en los Campos del
Fyris.
—¿Seremos menos
espléndidos que nuestro señor? —preguntó Bjarki—. Una parte del tesoro es
nuestra —fue al carro, cogió dos puñados de joyas, e imitó al rey. Y lo mismo
hicieron sus compañeros. El oro y la plata destellaban por los aires como
estrellas fugaces hasta que todos los caminos relucieron.
Una vez hecho
aquello, la pequeña tropa siguió adelante a toda prisa. Cuando las huestes
suecas vieron las riquezas brillando esparcidas ante ellos, la mayoría de los
jinetes saltaron de los caballos y se apresuraron a ver quién era el que las
cogía primero. Mirando atrás, Hrolf y sus hombres vieron que se estaban
peleando entre ellos; y los daneses se rieron a carcajadas.
El rey Adhils
alcanzó a sus tropas. Por obeso que estuviera, era un gran amante de los
caballos y un buen jinete; sólo que su peso retrasaba la marcha de cualquier
montura. Su rostro se puso rojo como la cresta de un gallo, la barba le caía
como los cabellos de un elfo sobre la barriga cubierta con la loriga.
—¿Qué es esto?
—rugió cuando vio el desorden a su alrededor—. ¿Vosotros os llamáis hombres?
¡Vosotros, que recogéis lo menos y dejáis que se os escape lo más! —golpeó a
diestra y siniestra con el extremo de su lanza—. ¡Escuchad, imbéciles!
¡Deteneos y oíd a vuestro rey! ¡Esta vergüenza se conocerá en todos los
rincones de la tierra... que vosotros, que sois tantos, dejasteis escapar a una
docena! ¡Una docena que mató a vuestros propios parientes!
Poco a poco, él y
unas cuantas mentes frías volvieron a los demás a la sensatez, quienes a su
vez, golpearon y reprendieron a otros más. Al final, cerca de la mitad de la
hueste se puso en marcha de nuevo. Los demás se quedaron disputándose el botín.
Algunos estaban ya muertos. Las disputas familiares que se crearon ese día se
arrastrarían durante años.
El sol ya estaba
bajo en el horizonte, las sombras se alargaban, las grajas buscaban sus nidos
con gritos agudos en los verdosos cielos, el viento era frío y estridente. Unas
cuantas millas más allá se extendía la barrera de un pinar, y luego se alzaban tierras
escarpadas, donde los hombres superados en número tendrían esperanzas de perder
a sus perseguidores.
—¡Cabalgad,
destripaterrones! —chillaba Adhils. Iba inclinado sobre la silla como si
quisiera coger algo que se hallase en la cabeza del animal al que espoleaba y
fustigaba. Los cascos golpeaban sordamente, el metal tintineaba, los yelmos y
las lanzas brillaban en la oscuridad—. ¡Cabalgad, cabalgad! ¡Oh, si tuviera
aquí mis bastones! ¡Si tuviera tiempo de llamar a mis trolls...!
Hrolf miraba
delante y detrás.
—No nos pondremos a
salvo tal y como vamos —dijo—. Qué importa el tesoro. No lo necesitamos.
Ganarlo ha sido suficiente. ¡Vaciad el carro!
Una vez más, los
Campos del Fyris resplandecieron de oro. Bjarki cortó los arreos de uno de los
caballos para que Vögg pudiese montarlo a pelo.
Cuando los suecos
vieron todas aquellas riquezas esparcidas por el suelo, la codicia se apoderó
de casi todos ellos. Se lanzaron hacia los anillos, joyas y monedas como si lo
hiciesen sobre mujeres. Sólo Adhils y un puñado de leales no se detuvieron siquiera
para reprenderlos. En su lugar, siguieron adelante a toda velocidad; y estos
pocos todavía sobrepasaban a los daneses tres o cuatro veces.
El rey Hrolf metió
la mano en el ya vacío cuerno de plata. Unas cien yardas por delante de su
padrastro, sacó el brazalete llamado el Cerdo de los Suecos y lo arrojó al
camino. Despedía luz como si fuese otro sol.
Adhils paró tan en
seco el caballo que el animal chilló de dolor sangrando por la boca. Bien podía
Hrolf tener más derecho a ese anillo que él; pero era la joya más sagrada del
tesoro de Svithjodh.
Sus secuaces
siguieron a pleno galope. La espada de Hrolf osciló en lo alto.
—¡A por ellos!
—gritó. Con sus doce campeones se lanzó al encuentro de sus perseguidores.
Los hombres del
Norte no están acostumbrados a embestir desde la silla de montar. Ni dominan la
técnica ni tienen adiestradas las monturas para ello. Pero a Leidhra habían ido
los mejores guerreros. No solamente se esforzaban por ser sin par en las viriles
artes conocidas en todas partes, sino que siempre estaban pensando en otras
nuevas y practicándolas. Así pues, sabían lanzarse con su montura contra la del
enemigo, y manejar las armas sin por ello perder riendas ni estribos.
Las espadas
cantaban. Las hachas golpeaban. Volaban las lanzas. Los halcones se lanzaban a
arrancar los ojos de los suecos; el gran sabueso Gram acosaba los corceles
contrarios. Ni uno solo de los que se mantuvieron fieles al rey Adhils volvió a
casa con vida.
Él no se había
atrevido a desmontar. Mientras su caballo se movía nerviosamente, asustado del
tumulto que lo rodeaba, trataba de ensartar el brazalete con la lanza. Una y
otra vez lo intentó; pero siempre erraba el golpe. Golpeó al animal para que se
parase, se inclinó hacia abajo, y con ambas manos tanteó el suelo buscando el
objeto de oro.
Hrolf acababa de
matar a un hombre que había amenazado al desarmado Vögg. Mirando a su
alrededor, vio lo que pasaba. Sus guerreros oyeron que reía.
—¡Ahora, inclinado
como un puerco está el señor de los suecos! —se lanzó como un rayo en el
garañón que le había regalado Yrsa.
Adhils casi había
ensartado al Cerdo en su lanza. Hrolf, a toda velocidad, se le vino encima.
Arriba y abajo iba la espada Skofnung, un silbido como el del viento, un golpe
sordo como el de la cuchilla del carnicero. La sangre se agolpaba. Adhils dio
un quejido. Hrolf le había partido las nalgas hasta el hueso.
—¡Luce esa
vergüenza por un tiempo — gritó el rey danés—, para que sepas quién es el que
estabas persiguiendo!
Adhils se cayó de
la silla. Hrolf espoleó el caballo. Inclinándose, sin haber llegado al galope,
con un único pie en el estribo, atrapó el brazalete. Eso le permitiría decir
que había regresado con su herencia. Y había vengado al rey Helgi, mejor que si
hubiese matado a su asesino.
Los que se
disputaban el esparcido botín vieron lo que había sucedido. Horrorizados,
algunos de ellos volvieron a montar y fueron a ayudar a Adhils. Para entonces
se había desvanecido por pérdida de sangre. No pudieron hacer más que
restañarle la herida y llevárselo. Sin que nadie volviese a perseguirlos, Hrolf
y sus hombres prosiguieron su camino.
Desde esa ocasión,
los escaldos suelen llamar al oro «la simiente de Kraki» o «la siembra de los
Campos del Fyris». Si las riquezas se quedaron atrás, se llevaron a casa el
honor, que nunca sería olvidado.
VI
El rey Hrolf y sus
hombres llegaron a los bosques. Los pinos eran altos y espesos; los rayos del
sol que se filtraban entre ellos sólo contribuían a hacer más densa la
oscuridad. El camino estaba libre de nieve y despejado, pero cubierto de una
especie de musgo, de tal modo que los caballos marchaban en un extraño
silencio. Estaban cansados y, a menudo, tropezaban. Los jinetes sentían el
mismo tipo de cansancio.
Entonces llegaron a
un claro. Apenas podían ver una casa bajo los árboles, aunque no podían
distinguir su forma ni su tamaño. Un hombre alto estaba afuera, apoyado en una
lanza, cubierto con un manto azul y un sombrero de ala ancha.
El rey se detuvo.
—Buenas tardes,
Hrani —dijo.
—Buenas tardes,
Hrolf Kraki —respondió el granjero.
—¿Cómo sabe el
sobrenombre? —susurró Vögg—. Y yo... yo he estado aquí antes... No había
ninguna casa.
—Sed bienvenidos a
mi techo —dijo Hrani.
—Eres muy amable
—dijo el rey.
—Me parece que
vuestro viaje no ha sido distinto de lo que yo había previsto.
—Es cierto. No te
cegó el humo.
El granjero llevó
sus caballos al establo y luego los condujo dentro, a la gran habitación donde
estaba el fuego, llena de sombras, que tanto recordaban. Otra vez tomaron las
cosas como iban sucediendo, como si estuviesen soñando; pero por hospitalario que
pareciese el anciano, sentían que se movían como en una pesadilla.
Hjalti, en un
murmullo, comunicó sus impresiones a Bjarki. El noruego asintió.
—Sí, yo pienso lo
mismo —dijo al oído de su compañero—. Bueno, después de lo que vimos en la
mansión de Adhils, debemos tener cuidado de lo que pueda venir de fuera de
nuestro mundo.
El mismo Hrolf
tenía que esforzarse por parecer cortés. La huesuda mano de Hrani le sujetaba
un codo, conduciéndolo a una mesa. Allí había una espada, un escudo y una
loriga. Los tres eran negros y extrañamente fabricados.
—Quiero daros estas
armas, señor —dijo Hrani.
Hrolf frunció el
ceño.
—Son feas armas
—replicó.
Hrani lo soltó.
Bajo el sombrero, un ojo reflejó la parpadeante luz de color sangre del fuego
como si fuese el brinco de un relámpago. En medio de la larga barba grisácea,
la boca se contrajo hasta formar una línea.
—¿Qué queréis
decir? —espetó.
—No querría ser
descortés con mi anfitrión... —comenzó a decir el rey.
—¿Pero pensáis que
mi regalo es indigno de vos?
Hrolf miró arriba a
la semioculta faz, y mostrando fortaleza de ánimo dijo:
—Acabamos de llegar
de un cubil de trolls y de brujería. Todavía puede haber hechizos actuando
contra nosotros, o trampas puestas para atraparnos en un final fatal. La espada
Tyrfing va por el mundo, y todo el que la
posee obtiene la victoria, pero se convierte en un proscrito y a la larga la
espada es su perdición.
—¿Pensáis que
también éstas son cosas malditas que yo he forjado?
—No lo sé. Por eso
no quiero cogerlas.
Frías como el
viento que sale del Hielo Oscuro brotaron las palabras de Hrani.
—Poco me apreciáis,
cuando despreciáis mis regalos. Creo que sufriréis una aflicción tan grande
como el desprecio que me hacéis.
—No quise decir tal
cosa, amigo —trató de sonreír Hrolf.
El granjero lo
atajó.
—No me llaméis más
amigo. Esta vez no habéis sido tan prudente como creéis, rey Hrolf—atravesó con
la mirada a cada hombre hasta la médula—, y ninguno de vosotros sois tan
afortunados como pensáis.
—Lo mejor será que
nos vayamos —dijo Hrolf lentamente.
—No os lo impediré
—replicó Hrani.
No volvió a hablar
una sola palabra. Sacó los caballos del establo, los ensilló y les puso el
freno para que estuvieran listos para partir, apoyándose en su lanza en la
oscuridad. Aparecía ceñudo e inflexible. Los hombres pensaron que nada se
ganaría diciéndole adiós. Montaron y salieron apresuradamente, para avanzar lo
más posible antes de que fuera noche cerrada.
Pero cuando habían
andado apenas una milla, suficiente, sin embargo, para que se les despejasen
las cabezas, Bjarki se detuvo. Lo mismo hicieron los demás. Sombríamente en el
ocaso, les dijo:
—Demasiado tarde
llega a comprender el insensato. Acabo de darme cuenta de ello. Tengo la
sensación de que no nos hemos comportado muy sabiamente diciendo no cuando
tendríamos que haber dicho que sí. Puede que hayamos espantado de nuestro lado
a la victoria.
—Empiezo a creer lo
mismo —comentó el rey Hrolf—. Puede haberse tratado del viejo Odín.
Ciertamente, sólo ahora comprendo lo que vi, era un hombre con un solo ojo.
El único ojo de
Svipdag brilló con luz trémula.
—Volvamos de prisa
—dijo— y averigüémoslo.
Trotaron bajo las
agujas de los pinos y las primeras pálidas estrellas. Salvo por los apagados
golpes de los cascos, el débil crujido del cuero y el tintineo del metal, y el
gemido que Vögg no podía reprimir del todo, iban en silencio. Por oscuro que
estuviera el camino, reconocieron perfectamente el lugar cuando llegaron a él.
La casa y el granjero habían desaparecido. El rey Hrolf suspiró.
—De nada sirve
buscarlo —dijo—, porque es una aparición muy colérica.
Se volvieron de
nuevo, y al final encontraron un prado donde acampar. Ninguno quiso comer ni
beber nada, y para entonces estaba demasiado oscuro para ponerse a buscar ramas
y leña para hacer fuego. Durmieron mal o nada en absoluto.
Por la mañana
prosiguieron el viaje. Nada hay que decir de ellos hasta que llegaron a
Dinamarca.
Seguramente, los
ánimos no tardaron en volver de nuevo. Eran hombres valientes que se dirigían a
casa luego de realizar poderosas hazañas. Y respecto a su destino, ni por un
instante hubieran supuesto que pudiesen escapar de él, fuera el que fuese y
cuando fuese que tuviera que alcanzarlos. Mientras tanto, en los brotes de las
hojas y de las flores, en los cantos de los pájaros y en las luminosas miradas
de las doncellas cuando pasaban cabalgando a su lado, la primavera volvía a
nacer.
Pero en Leidhra,
Hrolf, el rey, y Bjarki, el mariscal, hablaron mucho a solas. Fue
Bodhvar-Bjarki quien dio el consejo de que, en adelante, los daneses deberían
procurar mantenerse alejados de las batallas. Los dos pensaban que no serían
atacados mientras ellos mismos estuvieran en paz. Sin embargo, el noruego dijo
que temía que el rey no siguiese siendo el vencedor, si la guerra le llamase;
porque Odín es el padre de la victoria.
—El propio destino
establece la vida de cada hombre, y no esa aparición —replicó Hrolf.
—Parece que no te
importa perderla, cuando podríamos seguir adelante —dijo Bjarki—. Sin embargo,
tengo la tremenda corazonada de que los acontecimientos se precipitarán sobre
nosotros.
Con todo, alto
creció el nombre de ambos. Habían humillado al asesino del rey Helgi. La
criatura infernal a la que servía y los mejores de sus hombres habían caído. El
tesoro que había incautado lo había perdido, llevado desde los Campos del Fyris
en un centenar de alforjas distintas. Avergonzado y lisiado, más solo que un
náufrago en un arrecife, de noche en su lóbrega mansión, el rey Adhils lloraba.
7
La historia de
Skuld
I
ntonces, por
espacio de siete años, no hubo guerra ni dentro ni fuera de Dinamarca.
Esto no significa
que todo estuviese tranquilo.
Al llegar, Bjarki
fue alegremente recibido por su esposa Drifa —que tenía un hijito que
mostrarle— y por la gente, no solamente de las tierras que poseía sino de los
alrededores. Sabían que, como brazo derecho del rey, era su principal guardián
contra proscritos e invasores extranjeros. Los soldados a los que se había
hecho regresar estaban menos contentos; sentían que había sido mancillado su
honor. Hrolf encontró palabras para dulcificar el dolor: mágicos poderes habían
estado en juego, y su hombría no era menor porque las Nornas no hubiesen
grabado runas en sus cunas que dijesen que tendrían que viajar fuera de los
dominios de la humanidad. Después les dio tales regalos en oro y armas, que
todo el reino supo la alta estima en que los tenía. Mientras tanto, la franca
alegría de Bjarki los hizo sonreír de nuevo.
Había doce a los
que no hubo forma de tranquilizar: los berserkir. Además de ser en su mayor
parte de ingenio demasiado débil para comprender que ningún hombre vale para
todas las tareas, eran turbulentos. Para ellos no había nada más en la vida que
pelear, engullir, emborracharse y acostarse con mujeres. Estas actividades, las
tres pacíficas, pronto empezaron a empalagarles y Hrolf Kraki no volvió a
enviarlos a batallar.
Una tarde, a fines
del verano, Aguar su cabecilla se encolerizó con Bjarki en la sala de la
mansión de Leidhra. Hrolf detuvo la pelea y reprendió al berserkr ante toda la
concurrencia. Agnar se marchó melancólico. Al final regresó cabizbajo para
hablar con el rey. Para compensar la vergüenza en que lo había puesto, rezongó,
debía darle por esposa a su hija Skur, con la correspondiente dote.
Horrorizada, la
muchacha corrió a contárselo a su hermana Drifa, quien la consoló y habló con
su marido. Bjarki se apresuró a ir a ver al rey. Hrolf estaba sumamente
perplejo por el dilema de cómo mantener por un lado la paz, sin violar los
juramentos de sus hombres, y por el otro cómo mantener a aquel patán fuera de
su familia.
—Señor —dijo el
noruego—, habéis prohibido justamente las peleas cuando estamos todos reunidos.
Pero nada se ha dicho sobre las idas a la isla, ¿no es así? Personalmente
preferiría estar muerto antes que tener a ese hijo de mula por cuñado; y
seguramente me obligará a ello.
Agnar bramó. Hrolf
trató de hacer las paces, sobre todo porque temía por la vida de su mariscal,
pero no se pudo arreglar. Al final, Agnar y Bjarki partieron a remo a un
pequeño islote y colocaron las varas que acotaban el campo del desafío.
Al berserkr le
correspondió el primer golpe. Su espada, que se llamaba Hóking, cayó
estrepitosamente sobre el yelmo de Bjarki, rompió los remaches y desgarró las
planchas de acero. A punto estuvo de penetrar hasta el cráneo; la sangre corrió
por la guarda de la nariz. Antes de que pudiese retirar la espada, la otra hoja
ya estaba arriba, la mano izquierda aferrando la muñeca derecha y un pie sobre
un tocón para darle más fuerza.
Lövi golpeó de
lleno. Más tarde, Bodhvar-Bjarki compondría un poema:
Esto os diré en
verdad, al más bravo de los ciervos golpeé,
espantosamente
herido en la lucha con la larga y afilada espada, llamada Lövi,
ganando una enorme
fama el día en que yo abatí
a Agnar, el hijo de
Ingjald. ¡En alto aclamaron nuestros nombres!
Levantó la espada
llamada Hoking y la lanzó contra mi yelmo.
¡Bien que estaba
gastada la hoja para que su gimiente filo no pudiera herirme!
Amargamente habría
mordido si el acero hubiera seguido su camino.
Velozmente me
aparté y mi espada lo hendió por la mitad,
cortándole la mano
derecha y dejándolo sin el pie izquierdo,
mientras en el
remolino entre ambos, le arrancaba el corazón hasta las raíces.
Diré la verdad:
nunca, vi que un hombre muriese tan valientemente.
Se iba a pique pero
no se desmayaba, y sobre los codos se afanaba por alzarse.
La risa brotaba de
su boca, indemne quedó en su desprecio por la muerte.
Felizmente marchó
de aquí a la morada de los héroes.
La audacia moraba
en ese pecho, y burlonamente se reía de las tinieblas.
Lo indecible pienso
que sufrió, tanto en el cuerpo como en el alma,
porque la suya no
me hirió; sin embargo, abatido, aún sabía reír.
Bjarki procuró que
Agnar tuviese un entierro honorable. Aquello no apaciguó la cólera del resto de
los berserkir. Cayeron sobre él cuando se dirigía a casa. Hjalti y Svipdag
habían ido como testigos. El resultado fue que hubo dos berserkir más muertos y
ninguno de los otros salieron sin heridas.
Por lo que habían
intentado hacer, el rey Hrolf los proscribió. Partieron gritando promesas de
venganza. Pero a diferencia de los que habían sido expulsados de Uppsala, no
parecían tener ningún lugar a donde acudir en busca de ayuda, tan firme era la
paz que reinaba en el país y el temor reverencial que inspiraba en el
extranjero la Dinamarca de Hrolf. Todo el mundo estaba de acuerdo en que no
solamente el palacio, sino toda la tierra estaba mejor sin ellos.
Skur, después, se
convirtió en la novia de Svipdag. Dicen que fue bastante feliz, por severo que
él fuese.
Al año siguiente
llegaron grandes noticias: el rey Adhils había muerto.
Había estado
dirigiendo las ofrendas de primavera a las Potencias de la fertilidad. Conforme
cabalgaba en torno a sus altares manchados de sangre, su caballo tropezó. No
estando en condiciones de mantenerse bien en la silla como antes, salió
despedido y se golpeó la cabeza contra una piedra. Se le reventó el cráneo, los
sesos se le salieron fuera. Los extraños dioses a los que servían los Ynglingos
no les eran demasiado favorables.
Los suecos le
levantaron un túmulo y eligieron por rey a Eystein, un hijo que había tenido
con una amante hacía años. Sin embargo ellos, y también él, sentían todavía
amor por la reina Yrsa; ¿y no era ella, acaso, madre y hermana al mismo tiempo
del gran rey danés? Así pues, siguió formando parte de los consejos del país, y
contó con la amistad de muchos hombres. De buena gana habría visitado a Hrolf,
pero la edad estaba empezando a debilitarla. Él, por su parte, pensaba que
sería imprudente imponerse al nuevo señor de Svithjodh, ya que parecería
despótico en vez de amistoso. Por eso, Yrsa y él siguieron aplazando un nuevo
encuentro.
Una de las cosas
que preocupaba por entonces a Hrolf Kraki era el dejar de hacer ofrendas.
—Odín se ha
convertido en nuestro enemigo —dijo—. Además, nunca me gustó colgar y ahogar a
hombres indefensos , y por eso siempre ofrecí sólo animales. Y respecto a los
cruentos, no veo que los sacrificios que hizo Adhils le sirviesen de mucho.
Al principio, el
pueblo temió que hubiese hambre o algo peor, porque su rey había dejado de
entrar en el templo. Para apaciguarlo tuvo que hablar con cierto número de sus
portavoces. Pero los años que siguieron fueron buenos; el comercio crecía y se
extendía; la paz parecía inquebrantable.
Cada cual podía
hacer lo que mejor le pareciese. Aparte de ofrendas a las tumbas de los
antepasados y a los pequeños seres que andan por las casas y los campos, el rey
y sus hombres dejaron de solicitar ayuda de ninguna de las Potencias, pues sólo
confiaban en su propia fuerza.
Por supuesto que
aquello no era así en lo que concernía a sus reyes tributarios, y menos que a
ninguno a Hjörvardh en el Lago de Odín, el marido de su hermana Skuld, la hija
de la dama élfica.
En los años que
siguieron a su boda, habían permanecido más bien aislados. Luego de que Bjarki
matase a la bestia que asolaba el ganado, Hjörvardh, particularmente, estuvo
ansioso de mostrar buena voluntad. Durante unas cuantas estaciones participó en
las guerras de Jutlandia, y nunca dejaba de enviar hombres, así como de pagar
el tributo en oro y especies. Por lo demás, se preocupaba de las tierras que
poseía y de dirigir el norte de Fyn. Era de algún modo un haragán, que se
sentía feliz de que otro hiciese por él las cosas, y podría haber terminado sus
días en paz, de no haber sido por su reina.
En todos los
asuntos de importancia, aquel hombre, que se había quedado completamente calvo,
era dominado por la delgada mujer de cabello negro cuyos ojos eran como un
cambiante lago verde en un campo de nieve. A causa de ella, los veredictos del
monarca eran crueles. El pueblo pronto supo que les daba lo mismo protestar que
si fueran las propias esclavas de Skuld. Quienes causaban problemas a la reina
o a su marido acababan víctimas de la mala suerte: una enfermedad, una plaga
que se cebaba en sus ganados o en sus cosechas, un fuego, o algo peor. Ella no
hizo un secreto de su brujería, aunque nadie se atrevía a espiarla cuando salía
sola a los bosques o a los brezales. Había quien susurraba que la había visto
cabalgar de noche, en un flaco caballo que galopaba más rápido que ningún otro
animal viviente, y que una tropa de sombras y de cosas deformes la seguía.
Sin embargo, Skuld
y Hjörvardh debían de estar a bien con los dioses, porque con ellos eran
liberales. En las fiestas sagradas siempre ofrecían a cada uno de los Doce las
vidas de los seres a ellos asociados: machos cabríos a Thor, cerdos a Freyr,
gatos a Freyja, toros a Heimdal, caballos a Tyr, y así a los demás hasta llegar
a Odín, quien siempre recibía vidas humanas.
Prosperaban,
mantenían una gran mansión con su correspondiente séquito, sus arcas estaban
repletas. Si no mostraban un esplendor semejante al de Hrolf Kraki se debía más
a la tacañería de Skuld que a la falta de recursos.
Ella odiaba
hondamente que su marido fuese el súbdito de su hermano. Cada año, cuando salía
el tributo para Leidhra, era como si la sangre de su propio corazón fuese en el
cargamento.
Siempre incordiaba
a Hjörvardh sobre su bajeza. Esta forma suya de comportarse fue a peor después
de que el Alto Rey regresase de Uppsala, para no volver a guerrear y para
mantenerse alejado de los dioses.
—No debe continuar
—decía ella.
Hjörvardh
suspiraba, tendido en la cama de al lado.
—Mejor será para
nosotros, y los demás, que lo suframos y dejemos las cosas en paz.
—Poca hombría
tienes —le recriminaba ella en la oscuridad— si permites que continúe esta
vergüenza.
—Es imprudente
desafiar al rey Hrolf. Nadie se atreve a levantar el escudo contra él.
—Tú no te atreves,
porque te falta valor. El que nada arriesga nada gana. ¿Quién puede saber antes
de intentarlo, si es cierto o no que hay alguien que pueda derrotar al rey
Hrolf y a sus guerreros? Creo que se le han acabado por entero las victorias, y
él lo sabe, por eso se queda en casa. Bien, ¡nosotros podemos ir allí!
—Skuld, es tu
propio hermano...
—No lo perdono por
eso.
—Alégrate de lo que
tenemos, querida —se acercó a ella en la oscuridad, sintiendo la fría tersura
de su piel, aspirando el verano en su cabello. Ella le rechazó y le volvió la
espalda. Hjörvardh no intentó poseerla. Hacía mucho tiempo que había aprendido
que solamente podía hacerlo cuando a ella le apetecía, y entonces generalmente
era ella la que le montaba a él, y no a la inversa.
No volvió a
insistir en el asunto durante cierto tiempo, aunque su irritabilidad fue
creciendo. En realidad, el derrocamiento del rey Hrolf no era algo que se
pudiese emprender a la ligera. Durante cuatro años más se afanó en profundizar
en los saberes de la brujería.
—Ten cuidado con
esos hechizos —le suplicaba Hjörvardh—. El rey Adhils era un gran brujo. No le
fue bien.
La risa de Skuld lo
dejó helado.
—¿Adhils? ¿Ese
pobre infeliz? Él únicamente creía que sabía algo; y había pocos seres que le
prestasen atención. Yo tengo maestros... —se calló repentinamente y no dijo
más.
Entonces, cuando
llegó la víspera del Yule, ella salió cabalgando sola, como era su costumbre.
El pueblo la vislumbró desde lejos, montada en el feo y viejo rocín que solía
usar en tales ocasiones, el cabello y una capa igualmente negra agitándose
sobre sus hombros. Iba armada únicamente con un cuchillo y un bastón grabado
con runas; pero de los hombres no tenía nada que temer. Desapareció en el
crepúsculo, y aquellos que la habían visto alejarse se apresuraron a entrar en
sus casas al calor del fuego.
A algunas millas de
Odense, en las riberas de la bahía, se alzaba una colina. árboles y matorrales
retorcidos por el viento, despojados de sus hojas por el invierno, crecían a su
pie. Brezos y tojos cubrían el resto, hasta llegar a la cima en la que se levantaba
un dolmen. Ese año había caído poca nieve; la tierra estaba oscura, los
arbustos reían torvamente en respuesta al quejido del viento del Norte. Las
nubes bogaban por el cielo, orladas de la palidez emanada de la torva luna que
fluía entre ellas. Las olas se estrellaban en la playa, traqueteando sobre las
piedras. El aire era áspero. Transportaba sabor a sal y el hedor de una foca
muerta que había sido arrastrada a la orilla. Tierra adentro, los lobos
aullaban.
Skuld desmontó y se
introdujo en el dolmen. Allí había una marmita y leña para realizar los
hechizos. Alguien o algo lo había preparado ya para ella, por lo que no tuvo
que afanarse con yesca y pedernal para encender la hoguera. Eran llamas bajas,
azules, que no calentaban la piel sino el agua, y que hacían moverse tan
monstruosamente las sombras en las paredes de piedra que la oscuridad, en vez
de alejarse, se acrecentaba.
Acurrucada en la
baja y estrecha cámara, Skuld mantuvo el bastón rúnico sobre el brebaje y gritó
ciertas palabras.
Llegó un sonido
como de succión. Ella dio unos pasos afuera. Cualquier otro caballo que no
fuese el suyo habría chillado desbocado según el agua borbotaba más abajo y
algo salía de ella hacia la orilla. La tierra temblaba al sufrir el peso de
cada lenta pisada. Lo que estaba subiendo por la colina chorreaba agua que
brillaba fríamente blanca. Frío era también el aliento de su húmeda carne, que
despedía un olor a pez y a extensiones submarinas. El pelo y la barba eran como
algas, y como lámparas los ojos.
—Atrevida eres para
haberme llamado —susurró.
Ella miró su enorme
tamaño y dijo:
—Necesito que me
ayudes, pariente.
El esperó.
—Sé cómo convocar
seres de fuera del mundo de los hombres —dijo ella—, pero pueden destruirme a
no ser que un poder como el tuyo les ordene que se guarden de atacarme.
—¿Por qué debería
yo protegerte?
—Para que pueda
acabar la paz del Alto Rey.
—¿Qué me importa a
mí eso?
—¿No surcan tus
aguas los barcos, más cada año, sin que siquiera haya un homicidio a bordo para
alimentar a tus congrios? ¿No viajan los hombres en mayor número cada año, sin
temer nada, para matar a golpes tus focas, arponear tus ballenas, asaltar los nidos
de los cormoranes y alcatraces, arrastrar sus redes llenas de tus peces, y
arruinar la soledad únicamente cubierta por el cielo de tus más remotas islas?
Te lo advierto, yo que sólo soy humana a medias, te lo advierto: el hombre es
el enemigo de la Vida Antigua, lo sepa o no, y al final, sus obras cubrirán el
mundo entero, y ya nunca se volverá a conocer la libertad ni la magia de la
vida salvaje, a no ser que lo abatamos, que lo hagamos retroceder antes de que
sea demasiado tarde, y que pueda volver la hermandad de animales, árboles y
aguas. ¡Por tu propio bien, ayúdame!
—¿No te limitarás a
reemplazar un rey por otro?
—Sabes que no. En
absoluto. Yo utilizaré a la gente.
Durante un largo
rato la estuvo contemplando, allí en la ventosa oscuridad, hasta que ella
empezó a tener miedo. Finalmente él soltó una carcajada, un extraño y
estridente chillido como el de una gaviota brotando de aquella enorme garganta.
—¡Hecho! ¿Sabes
cómo se sella un pacto semejante?
—Lo sé —dijo Skuld.
Cuando ella se
desnudó y lo siguió al interior del dolmen, tuvo que morder sus labios para
aguantar su fría, escamosa y maloliente gordura, y apretar los puños contra la
mole que la estaba magullando tan terriblemente. Y sabía que aquello tendría
que volver a repetirse a menudo.
Pero él estaría a
su lado cuando invocase a los horrores que no son de este mundo.
Hacia el amanecer
cabalgó de vuelta a casa. El cielo estaba completamente amortajado de nubes. El
rocín tropezaba en la oscuridad. Una nieve seca caía sobre la tierra. Temblando
de frío, con el cuerpo fatigado y dolorido, mantenía sin embargo erguida la cabeza
con un orgullo que ningún halcón habría podido igualar.
De repente,
resonaron ruidos de cascos de caballo. No golpeaban, sino que tintineaban, e
iban más veloces que los rayos de la luna. El corcel que alcanzó al suyo era
del color de la leche y de la plata, de una blancura sobrenatural. Lo mismo que
la mujer que iba en la silla. Vestida con un manto que relucía y rielaba como
si estuviese tejido de arcos iris, tenía la misma faz que Skuld y los mismos
cabellos, negros como la medianoche; pero sus ojos eran como el oro, y estaban
apenados.
—¡Hija —gritó—,
espera! ¡Óyeme! No sabes lo que estás haciendo...
Otros cascos
—infinidad de cascos— atronaron el cielo. Los sabuesos aullaban, sonaban los
cuernos, destellaba el acero. El que cabalgaba a la cabeza de la tropa iba en
un semental que tenía ocho patas, y llevaba un manto que ondeaba como si fuesen
alas y un sombrero de ala ancha que mantenía entre sombras su único ojo. Alzó
la lanza como para arrojarla contra la mujer. Esta gimió, volvió grupas y huyó
llorando. Skuld permaneció donde estaba, contempló cómo la Caza Salvaje se
precipitaba a toda velocidad, y soltó una carcajada.
Por la mañana,
cuando ella y su marido se preparaban para las ofrendas del Yule, hizo que se
fuesen los sirvientes. Atravesó la habitación con grandes zancadas y agarró a
Hjörvardh por la muñeca. Sus uñas le hicieron sangre. Él la miró: agotada, los
hundidos ojos sumidos en las tinieblas, y pese a todo parecía una llama vestida
de carne.
—¡Óyeme! —aunque el
tono de su voz era bajo, de alguna manera le hizo estremecer—. Ya te he dicho
antes lo incorrecto que es que te rebajes ante Hrolf Kraki. Te lo digo ahora,
no hace falta que continúe, y no continuará.
—¿Qué... qué...?
—tartamudeó él—. ¿Qué estás pensando?
—He recibido signos
que nos prometen la victoria.
—Di mi palabra, lo
juré...
—La noche pasada oí
otros juramentos. Hjörvardh, eres mi hombre. Tienes que ser lo suficientemente
hombre para poder vengarte de la ruin artimaña que te jugó mi hermano hace
tiempo, y, más aun, obtener la soberanía de Dinamarca —él abrió la boca. Ella
le tapó los labios con un dedo, sonrió, y ronroneó—: He ideado un plan que
funcionará. Escucha.
»Fuerte es la casa
del rey Hrolf. Sin embargo, podemos reunir más soldados que los que él tiene y,
si lo cogemos por sorpresa, no tendrá oportunidad de enviar la flecha de la
guerra de granja en granja. Sin duda te preguntarás cómo podemos reunir ese ejército
sin que llegue a enterarse. Bueno, mucha gente no siente amor por él, jefes que
ha humillado, berserkir que ha expulsado, proscritos acechando hambrientos,
sajones, suecos, geatas, noruegos, sí, hasta finlandeses que se sentirán
felices de verlo derrocado y... otros que yo conozco.
«Necesitamos
riquezas para los sobornos y para comprar armas en el extranjero y traerlas
aquí de contrabando. Se me ha ocurrido la forma de poder conseguirlo,
conservarlo, mejor dicho, conservar lo que es nuestro por derecho. Enviaremos
un mensaje a Leidhra, pidiendo permiso para aplazar el pago del tributo durante
tres años, añadiendo que al final de este período lo pagaremos todo de una vez.
—¿Por qué?
—preguntó Hjörvardh.
—Le explicaremos
que lo necesitamos para comprar barcos y mercancías, con el fin de promover
nuestro comercio exterior. A Hrolf le tiene que gustar la idea. Y nos ayudará a
llevarla a cabo, ya que el asunto parecerá inofensivo.
—Pero... pero...
—¿Cuál es el
riesgo? En el peor de los casos puede negarse, y entonces tendremos que
permanecer en paz. No creo que sea necesario. Si podemos estar sin pagarle,
entonces tantearemos el camino a seguir, no haciendo nada sin estar seguros del
próximo paso a dar, no dando ningún movimiento hasta que no haya ninguna duela
de que podemos aplastarlo.
Hjörvardh no estaba
de acuerdo, pero Skuld siguió insistiendo día tras día, noche tras noche. Al
final asintió, y los mensajeros cruzaron el Gran Belt.
Regresaron con la
noticia de que el rey Hrolf se sentía feliz de dejar que su cuñado pospusiese
el pago durante el plazo que le solicitaba, y que le deseaba el mayor éxito en
sus empresas.
Después, Hjörvardh
empezó a buscar a aquellos que tuvieran motivos de queja contra su soberano, y
a malhechores de todo tipo. Aguijoneado por Skuld, cada vez se fue ilusionando
más con el asunto, conforme fueron engrosando sus fuerzas. Ella, por su parte,
se las ingeniaba para mantener oculto ante Leidhra lo que realmente estaba
sucediendo. Si alguien que fuese leal a Hrolf Kraki empezaba a hacer preguntas
sobre los hombres que estaban llegando a Odense, y si la historia que le
contaban no calmaba su inquietud, en ese caso siempre tenía hechizos a mano con
los que cegar y deslumbrar.
No volvió a
incordiar a su marido. Al contrario, estaba tan amable con él que éste llegó a
convertirse en una especie de perrito faldero. Pero ni aun así se atrevía a
preguntarle qué hacía aquellas noches en que salía a caballo sola de la
mansión. Así pasaron tres años.
Respecto a lo que
fue del rey Hrolf y de sus hombres durante aquel tiempo, ¿qué se puede decir
sino que vivieron felices, como feliz vivió la tierra que regía? En el
bienestar y la seguridad del pueblo, en leyes y juicios justos, en buenas
cosechas y mercados que proliferaban, en el crecimiento de ciudades y la
siembra de nuevos campos, en el hombre viviendo en paz con su vecino, en nada
de esto hay historias que contar: solamente, cuando el tiempo ha pasado, quedan
recuerdos.
Ciertamente, los
soldados tenían mucho que hacer. Además de servir al rey, tenían sus propios
barcos y granjas que cuidar. Sin duda, Bjarki volvió a las Tierras Altas a
saludar a su madre y a su padrastro, llevando consigo muchos y ricos regalos; y
Svipdag se fue hasta Finlandia en busca de pieles, y Hjalti viajó a Inglaterra
para ver cosas nuevas; y puede ser muy bien que llegasen a remo hasta los ríos
de Gardaríki o a lo largo del Rin, en tierras de los francos. De ser así, eran
comerciantes. Fuertes y bien armados como iban, nadie osaba atacarlos.
En Palacio había
regocijo, cada noche una fiesta en la sala del rey donde los tableros de las
mesas casi se combaban bajo el peso de la carne y los cuernos estaban siempre
llenos, los escaldos cantaban, los viajeros contaban historias de sus viajes, y
Hrolf Kraki el Donante de Anillos no escatimaba nada. Había a diario
instrucción con las armas, y el cuidado del acero, y tareas semejantes; pero
también había caza, pesca, partidos de lucha, carreras a pie o a caballo o en
barco, combates de sementales, juegos de habilidad como las damas o las tabas,
largas charlas indolentes, viajes por los alrededores, el regatear con los
labradores, hacer planes y soñar despierto; y, en alguna parte, dentro o cerca
de la ciudad de Leidhra, cada hombre tenía por lo menos una mujer, y así caía
en los lazos que tejen las manos de los niños pequeños.
No hay nada que
contar sobre aquellos años de paz, salvo que Dinamarca nunca los ha olvidado.
Al final, el rey
Hjörvardh y la reina Skuld enviaron un mensaje a su pariente el rey Hrolf.
Querían ir a pasar el Yule con él, y así traerle el tributo que le debían.
—Diles que me
congratulo de ello, y que serán bienvenidos —comunicó a los mensajeros.
II
La semana en que
caía el solsticio de invierno era tiempo de fiesta, de reuniones junto al fuego
con alegría y amor, una ruptura en esa estación en que el día no es más que una
luz trémula en medio de la noche. Pero nunca hubo allí más honesto regocijo que
en la sala de Hrolf Kraki.
Esa víspera del
Yule las llamas crepitaban alborozadamente, se entrechocaban los cuerpos, y las
copas, la risa, las charlas y las canciones iban en oleadas de aquí para allá
haciendo retumbar los muros. Con un manto guarnecido de cebellina recamado de
rojo y azul, pantalones de blanco lino, pesados oros en brazos, cuello y
frente, el rey en su sitial brillaba a la vista de todos. A sus pies jadeaba el
sabueso Gram, en sus hombros se posaba el halcón Calzaslargas, y a ambos lados
estaban los compañeros de sus viajes, y más allá los hombres y las damas más
renombrados de todo el ancho reino que él había forjado. Sin embargo, una
ligera pena ensombrecía su semblante y dijo a Bjarki:
—¿Porqué no están
entre nosotros Skuld y Hjörvardh? ¿Habrán naufragado?
—Es poco probable,
señor, en un viaje tan corto y con el tiempo tan calmado —respondió el
noruego—. Seguramente algo los habrá hecho retrasarse, y habrán desembarcado
para pasar la noche en la costa oeste de Selandia y mañana llegarán a remo al
puerto de Roskilde.
—A no ser que ella
haya sufrido un desastre en uno de esos asuntos que siempre se trae entre manos
—musitó Svipdag. Nunca le había gustado la hermana del rey ni sus oscuras
artes.
—Oh, no seas
aguafiestas —Bjarki apuró la copa de plata, llena de cerveza, se limpió la
espuma de su rojizo bigote, y pidió a gritos que le trajesen más.
Vögg se apresuró a
obedecer. El niño de Uppsala se había convertido en un joven. Pero apenas podía
decirse; seguía siendo bajo, escuálido, casi imberbe en el pequeño mentón que
tenía, el pelo siempre enmarañado por más cuidado que pusiese en peinarlo. Los
soldados habían renunciado a hacer de él un guerrero. Practicando con las
armas, débil, lento, desmañado, sólo ganaba magulladuras y, a veces, huesos
rotos. Sin embargo, le querían bien —y sus ojos pálidos se posaban sobre ellos
con temor reverencial—, le hablaban amablemente, procuraban que estuviese bien
alimentado y vestido. A cambio, él se desvivía por hacer cualquier encargo o
trabajo que le encargasen. Su mayor proeza consistía en haber llegado a ser el
copero del rey y de sus doce capitanes. —Gracias —dijo Bjarki. Le contempló a
través del molesto y cálido humo con olor a enebro y añadió en medio del
estrépito—: Vaya, estás tan empapado de sudor que pareces un bacalao recién
pescado. Siéntate, muchacho, toma un trago y deja que las mujeres sirvan por un
rato.
—E-e-es un honor
para mí estar a vuestra disposición —tartamudeó Vögg. Volvió la cabeza,
parecida a la de un pájaro, de un lado a otro de la fila de guerreros—.
¿Q-quiere alguien, alguno de mis señores quiere más?
—Sí, puedes
llenarme esto —dijo Hjalti, tendiéndole un cuerno de uro engastado en oro. Vögg
salió de estampía, meneando aguadamente brazos y piernas. Hjalti se rió—.
Sabes, creo que lo que le pasa es que necesita ser útil. Y eso intento, por lo
que a mí concierne.
—Bueno, tienes una
amante muy bonita —dijo el rey—, ¿Por qué no la trajiste esta noche?
—La asustaba
demasiado la idea de tener que volver a casa la víspera del Yule después de que
hubiese oscurecido. Y tenía que irse de todos modos, porque aquí no hay sitio
donde albergarla, estando los invitados apilados como leña.
A diferencia de
Bjarki y de los otros hombres de alto rango, Hjalti no poseía una casa en o
cerca de Leidhra. Pensaba que le daría demasiados problemas cuando estuviese
fuera cazando o pescando.
Vögg regresó con el
cuerno lleno y dobló la rodilla al ofrecérselo. Hjalti se acarició la corta
barba rubia —todavía no tenía treinta inviernos a sus espaldas— y dijo:
—Naturalmente,
siempre puede haber un montón de heno en el granero o algo por el estilo. Vögg,
amigo mío, ¿te gustaría como regalo del Yule que dijese a una esclava que fuese
complaciente contigo?
El joven abrió la
boca desconcertado. Se ruborizó, farfulló algo, se balanceó de un pie a otro,
hasta que al fin soltó: —Yo, yo, yo os lo agradezco, señor, p-p-pero... no, si
ella no quisiera... —hizo rápidamente una reverencia y desapareció. Hjalti se rió
entre dientes y se encogió de hombros. Bjarki se volvió para mirar al rey con
solemnidad.
—Mi señor —comenzó
a decir—, ya os he hablado de ello antes, pero disculpad que vuelva a
recordároslo: vuestros únicos actuales descendientes son mujeres.
—Y debería
engendrar un hijo, preferentemente de una esposa legítima —dijo Hrolf Kraki.
—Sí. Un heredero
para que nosotros o nuestros hijos lo alcemos sobre el escudo, y así pueda
continuar existiendo Dinamarca después de vos.
—Hay buenos
partidos en Svithjodh, después de que el rey Adhils nos librase de su presencia
—dijo Svipdag.
Hrolf Kraki
asintió.
—Tenéis razón todos
vosotros, ya he esperado demasiado tiempo. Una vez hubo una muchacha... —una
nota de dolor se percibía en su voz—. Ella murió. Algún día tendré que
liberarme de su fantasma. Hablaremos más de esto los próximos días.
Trajeron el verraco
dorado. Aunque el rey y sus hombres habían dejado casi por entero de tener
trato con los dioses, no habían renunciado a la vieja costumbre de hacer votos
cuando el Yule. Él fue el primero. Se levantó, puso la mano derecha sobre la
imagen, asió una copa de vino con la izquierda, y pronunció las mismas palabras
de todos los años:
—Me esforzaré todo
lo que pueda por ser el Padre de la Tierra... para todos —su voz era baja pero
se oyó de un extremo a otro de la habitación. Los hombres permanecieron
sentados en silencio mientras él apuraba la copa. Entonces, con gritos
fervorosos, lo aclamaron.
Poco después,
Hjalti pidió permiso para marcharse. Tenía unas cuantas millas por delante para
poder apaciguar su lujuria. Un mozo de cuadra, soñoliento y tiritando, le trajo
al patio su caballo enjaezado. Sobre la grupa estaban colgadas la cota de malla
y el escudo, y llevaba lanza, además de espada y cuchillo. Parecía improbable
que pudiera necesitar nada de aquello en la paz del rey. Montó. Los cascos
golpearon el empedrado, martillearon a lo largo de las calles donde las casas
se alzaban como riscos, y cruzaron las puertas, dejando la ciudad atrás.
Cabalgó hacia el
Norte con paso rápido. La noche era fría y silenciosa; el aliento del hombre y
del animal formaban vaho, el acero se cubría de escarcha, el ruido que hacían
los cascos al golpear sobre las piedras del camino resonaba a través de los
prados grises y de las granjas lóbregamente acurrucadas. Por encima de su
cabeza se veían incontables estrellas y un vasto y tembloroso haz de Luces del
Norte , del que rayos de un pálido rojo y de un verde glacial se desparramaban
por la mitad de los cielos. El Puente brillaba, las Osas giraban en su
interminable vuelta anual. En un momento, un búho pasó a su lado sigiloso, y
Hjalti pensó en los ratones de campo acurrucados temiendo por el miedo a esas
alas... ¿igual que los hombres temían a los Poderes?
Irguió su cabeza.
¡No él!
Thyra, su amante,
vivía en una cabaña, pequeña pero sólida, que él había comprado para las
mujeres que encontraba entre los esclavos o los granjeros pobres. Cuando se
quedaban embarazadas, o por cualquier otro motivo se cansaba de ellas, su
costumbre era despedirlas con el oro suficiente —y la libertad, si es que no la
habían conseguido antes— para que pudiesen casarse bastante bien. Con todo, a
veces lloraban.
Metió el caballo en
el establo, tanteando el camino en la oscuridad, y golpeó la puerta de la casa.
—¿Quién es? —dijo
una voz temblorosa desde detrás de las contraventanas.
—¿Quién te crees?
—bromeó Hjalti.
—Yo... no te
esperaba...
—Bien, aquí estoy,
¡y por cierto que necesito calentarme!
Habiendo dejado
encendida una lámpara de terracota, pudo desatrancar la puerta y dejarlo entrar
en seguida. Sus manos fueron a calentarse a la luz de la mecha y luego a las
ascuas del fuego del hogar. Thyra era una joven robusta, de cabello rubio,
pechos macizos, agradable de contemplar.
Ella se abrazó a
él, los dedos tensos, como si quisiera desmentir la redondeada suavidad de todo
lo demás.
—Oh, estoy
contenta, estoy contenta —susurró—. Estaba asustada. He tenido sueños
horribles, me despertaba y trataba de quedarme despierta, pero siempre
volvían...
Él frunció el ceño;
porque siempre sucedían cosas extrañas fuera de casa en la víspera del Yule.
—¿Qué sueños son
ésos?
—Águilas
desgarrando las entrañas de hombres muertos, hombres que habían sido
horriblemente acuchillados... cuervos sobre ellos, y oscuridad a lo lejos,
iluminada por relámpagos, como esas luces de allí fuera esta noche... Teníamos
un viejo vecino cuando yo era pequeña, que llamaba a las Luces del Norte la
Danza de los Hombres Muertos... Entonces oía una y otra vez una voz en mis
sueños, sin cesar nunca, como si la voz y yo cayésemos por una grieta sin fondo
que atravesase el mundo, pero no podía comprender lo que decía...
Por el espacio de
un latido Hjalti se acobardó, recordando lo que había pensado cuando cabalgaba
hasta la casa; sonrió de nuevo.
—Yo haré que esas
cosas se alejen de ti en seguida, querida.
Se apresuraron a
meterse en la cama, donde él le hizo tres veces seguidas el amor en muy poco
tiempo. Después cayeron dormidos uno en los brazos del otro.
Pero los sueños se
cernieron también sobre él: galopes y gritos a través de un cielo ventoso,
golpes de alas, picos y garras crueles, un sentimiento de pérdida innombrable e
insondable.
Luchó por
despertarse.
—¡No volveré a
quedarme dormido! —dijo en voz alta.
Thyra gimió a su
lado. ¿Y quizá oyó él otro ruido en la espesa noche en que yacía?
Sí, algo se movía y
chillaba, millas lejos a través de la soledad. Hjalti se deslizó fuera de las
mantas. El frío le roía la carne desnuda. A tientas, a través del cuarto, fue a
una ventana y abrió las contraventanas.
La tierra estaba
todavía gris y vacía, bajo las lanzas que saltaban de las luces y las
completamente apartadas estrellas. Aquí y allá, los árboles se alzaban como
esqueletos ennegrecidos. Bordeando los Confines del Mundo, del fiordo de
Roskilde hacia Leidhra, se movía un ejército.
Hjalti tenía la
vista aguda; y sabía demasiado bien lo que significaba aquello del acero, las
masas de hombres apiñados por centenares, los sonidos apagados de las pisadas
de las botas y de los cascos, el rechinar de las ruedas de los carros cargados
con pertrechos de guerra. Sin embargo no era del todo una tropa humana. Había
alas que se afanaban oscuras y ásperas por encima de las cabezas; monstruosas
cosas deformes marchaban, se arrastraban, se retorcían al lado de los
guerreros.
De pronto
comprendió la verdad. Gritó.
Thyra salió del
sueño.
—¿Qué pasa?
—gimoteó.
—Ven aquí —fue su
brusca respuesta—. Mira.
Y señaló en aquella
dirección.
—La gente amistosa
no viaja así —dijo—. Demasiado tarde veo lo que se traían entre manos el rey
Hjörvardh y la reina Skuld. Reclutaron soldados en Fyn, desembarcaron en un
lugar despoblado, y ahora... y ahora... ¡Tienen que ser ellos! ¿Quién si no esa
bruja podría traer seres semejantes?... Y ella retuvo el tributo... ¡Oh,
dioses!
Tienen una forma de
vengarse en el Norte a la que llaman «grabar el águila de sangre»; mantienen al
hombre tendido sobre el vientre, y con la espada le desgarran las costillas del
espinazo hasta que estén extendidas como si fuesen alas. Ello no habría sacado
de la garganta de Hjalti el grito que aquella noche oyó la mujer.
—Son muchos más,
nos han cogido de improviso —gruñó. Y gritando de nuevo—: ¡Luz! ¡Enciende la
lámpara, golfa perezosa! ¡Tengo que prepararme y avisar al rey!
Puede ser que a
ella le molestase el quedar de pronto convertida en nada a los ojos de el, y
que quisiera devolverle el golpe, para recordarle su presencia. O quizá lo que
pasaba es que era frívola, y no comprendía el peligro que acechaba al rey
Hrolf, que había sido siempre todopoderoso tan lejos como llegaba su memoria, y
esperaba alegrarle a su amante el ánimo por medio de una broma. Es difícil de
saber, pues lleva muerta cientos de años y no puede hablar. Cuando Hjalti, con
cota de malla y yelmo, sacaba el caballo, Thyra estaba en la puerta. La lámpara
que sostenía arrojaba un parpadeo amarillento sobre el manto que se había
echado sobre los hombros y el orgullo de su hermoso cuerpo. Sonrió y exclamó,
con voz de algún modo trémula:
—Si caes en la
batalla, ¿de qué edad será el hombre con el que tendré que casarme?
Hjalti se paró en
seco como si se hubiese quedado congelado bajo las estrellas. Finalmente
rechinó:
—¿Qué preferirías,
dos de veinte o uno de ochenta?
—Oh, los dos
jóvenes —dijo, con risa insegura. Quizá estaba a punto de añadir algo así como:
«Aunque ellos dos no podrían reemplazarte a ti solo, querido.» Pero él
vociferó:
—¡Pagarás por lo
que has dicho, ramera! —saltó sobre ella; su cuchillo fulguró; la agarró por el
pelo y le cortó la nariz.
Ella retrocedió
tambaleándose. La lámpara se estrelló en el suelo y se apagó. La sangre
chorreaba entre los dedos que se había llevado a la cara.
—Acuérdate de mí si
alguien viene a jadear sobre ti —se mofó Hjalti—, aunque creo que la mayoría te
encontrarán poco apetecible en lo sucesivo.
Demasiado aturdida
para llorar, ella replicó (su dulce voz ahora desapacible y ahogada):
—Te has portado mal
conmigo. Nunca esperé eso... de ti.
El cuchillo se le
cayó a Hjalti de las manos. Se quedó un rato inmóvil, viendo con horror que en
nombre de su señor y de sus hermanos de armas se había convertido en un
berserkr. Inclinándose, recogió el arma, porque todavía podía necesitarla, y la
metió en la vaina de nuevo, aunque estuviera tinta de sangre.
—Nadie puede
preverlo todo —dijo apenado.
Podía haber
intentado besarla, pero ella retrocedió ante él horrorizada. Y... estaban
dormidos en Leidhra. Saltó a la silla y partió al galope.
La hueste enemiga
se movía deprisa y avanzaba muy por delante de él. Iba por la tierra como una
exhalación. El viento rugía en sus oídos, y también en sus pulmones y en su
sangre. Era como si las Luces del Norte le atiborrasen el cráneo. Era
consciente de que debía dar un largo rodeo, para no ser visto por el enemigo,
o, peor todavía, para que la noche hecha carne que marchaba y se agitaba en
torno a ellos no le detectase. Llegó a la empalizada de la ciudad de Leidhra
con el tiempo justo de que su caballo cayese muerto.
Saltó limpiamente,
rodó por el suelo, se levantó de nuevo y gritó al cielo:
—¡Ahora quédate con
él si quieres!
Pasó furioso ante
los soñolientos centinelas y cruzó las calles hasta llegar a la dormida
mansión. Allí cogió un rescoldo del mortecino fuego de uno de los fosos, lo
avivó hasta que las llamas volvieron a crecer, y gritó para advertir a todo el
mundo.
Salió de nuevo a
toda velocidad en medio de las casas, llamando a todo hombre que alguna vez
hubiese dado su palabra a Hrolf Kraki para que se despertase y se preparase
para el combate. Un antiguo Bjarkamaal pone estas palabras en su boca:
¡Guerreros,
despertad para defender al rey!
Todos los que sean
leales a su señor,
sepan que ha
llegado la hora de luchar.
Te digo que aquí,
portando armas crueles,
ha llegado, Hrolf,
la hueste enemiga,
y cercan nuestras
casas, las espadas en alto.
Creo que el tributo
de tu hermana Skuld
no ha traído oro
que en las salas brille,
pues busca
contiendas con los Skildungos.
No como un amigo
viaja el falso Hjörvardh,
para deponerte y
que el reino sea suyo.
Condenados a muerte
en verdad estamos
si ninguna venganza
tomamos de la víbora.
¡Señores, levantaos
y honrad vuestra palabra,
todo lo que
jurasteis, por la cerveza vehementes!
Sean favorables o
contrarios los vientos,
mantened la lealtad
dada a vuestro señor,
él que no retuvo
para sí tesoro
sino que generoso
os daba oro y plata.
Lucha con las
espadas os ofrece y las lanzas,
con lorigas y
yelmos que de él obtuvisteis;
que brillen los
escudos que compañía con vosotros,
para que
honradamente os ganéis lo que os dio.
Como hombres
debemos sostener el derecho
a los bienes que
logramos en una hora más feliz
Fiestas y regocijos
se han terminado.
Los cuernos
alzábamos brindando y bebiendo;
mucho nos
jactábamos comiendo en las mesas;
mucho nos
divertíamos sentados con las muchachas,
y las doncellas se
alegraban al vernos pasar
con coloridas capas
que nos dio nuestro rey.
¡Pero ahora dejad a
vuestras queridas! Que él nos necesita
en el duro juego de
Hild, de cortantes espadas,
para alejar la
amenaza de su garganta y las nuestras.
Hombres temerosos
no deben seguirlo;
más bien
necesitamos los que ignoran el miedo
y no piden cuartel
ni a flechas ni a hachas,
mirando
impertérritos los helados aceros.
Los campeones
sostienen el honor de su jefe;
mejor es que marche
con audaces por séquito.,
hombro con hombro
listos a ser su escudo.
Férreamente el
soldado empuñará el mango,
oscilando veloz
sobre el enemigo la espada,
o con el pico del
hacha partiéndole el pecho.
No retrocedáis, por
más que las contrarias
fuerzas os
sobrepasen. Malo es siempre que el noble
no le planta cara a
la suerte adversa.
De un salto se
levantaron Hromund el Duro, Hrolf el Veloz, Svipdag, Beigadh, y Hvitserk el
quinto, Haaklang el sexto, Hrefíll el Fuerte el séptimo, Haaki el Osado el
octavo, Hvatt el de la Alta Cuna, Starulf el décimo, y en la vanguardia
Bodhvar-Bjarki y Hjalti el Noble; y otros muchos, hasta que la ciudad se llenó
con su estruendo y el estrépito de las armas.
Mientras tanto,
habían llegado las tropas de Hjörvardh y Skuld, cercando Leidhra con un número
de gentes que hormigueaban más allá de lo que la vista podía alcanzar en la
oscuridad. Algunos ya se apresuraban a traer arietes para echar abajo la
empalizada, aunque sin duda estarían dispuestos a salvar la ciudad luchando en
campo abierto si sus defensores accedían a ello. En perspectiva, se divisaban
algunas casas ardiendo a las que habían prendido fuego. Por encima de las
cabezas se oían los susurros de extrañas cosas que volaban, y en medio del
estrépito y del tumulto de los hombres se percibían gruñidos inhumanos. Habían
levantado unas tiendas negras de feas formas; podía verse que dentro de ellas
ardían fuegos brujeriles.
—Ahora el rey Hrolf
necesita compañeros que no se asusten de nada —dijo Bjarki—. Los que no se
queden acurrucados detrás de él deben tener valor en el pecho.
—Hablas
extrañamente, viejo amigo —le dijo su señor.
Bjarki se
estremeció. Encorvado en una atalaya, su grande y velludo cuerpo parecía menos
el de un hombre que el de un oso.
—El aire hiede a
hechizos —musitó—. Siento... ¿como una conmoción? ¿Algo que mi padre conoció
antes de que yo hubiera nacido, y que su fantasma recuerda...?
Arrastrando los
pies, entró de nuevo en la sala.
Allí el rey Hrolf
estaba sentado en su sitial y permitió que los mensajeros de Hjörvardh y Skuld
fuesen a su presencia. Dijeron, con una firmeza que vacilaba ante las severas
miradas que se clavaban en ellos, que si quería conservar la vida, debía someterse
a su cuñado.
La cabellera de
color oro rojizo de Hrolf Kraki parecía arder entre las sombras iluminadas por
el fuego.
—Eso nunca sucederá
—respondió—. Debo demasiado a los que han confiado en mí. Oídme, y llevad de
vuelta las palabras que yo digo a los hombres de mi guardia —levantó la voz—.
Tomemos la mejor bebida que tengamos —exclamó—, y alegrémonos y veamos qué clase
de hombres hay aquí. Lucharemos por una sola cosa, para que nuestro valor y
nuestra audacia sobrevivan en la memoria. Porque hasta aquí han venido
verdaderamente los más fuertes y bravos guerreros procedentes de todas las
partes de los alrededores —y, dirigiéndose a los mensajeros, dijo—: Decid a
Hjörvardh y Skuld que beberemos alegremente antes de recibir su tributo.
Cuando se lo
comunicaron a la reina, que estaba sentada en su tienda, acurrucada en su
escabel de brujería, inclinada sobre un fuego que hacía hervir una caldera, se
quedó callada unos instantes. Finalmente resolló:
—No hay otro hombre
como mi hermano el rey Hrolf. Una lástima, una lástima... —la pena oscilaba en
su voz, y dijo, totalmente sombría—: Sin embargo, haremos que conozca el fin.
Mientras tanto, los
hombres del rey estaban sentados amistosamente y de buen humor. Bjarki, Hjalti
y Svipdag mostraban por diferentes motivos una tristeza que trataban que no
cundiese. Los demás hablaban de los viejos días, y fanfarroneaban sobre lo que harían,
y alababan a su rey; y él era el más alegre de todos.
Llegó el amanecer
cruzando la tierra invernal. Hrolf Kraki y sus hombres cogieron las armas. Y
salieron fuera de las puertas de Leidhra.
III
Se habían levantado
las nubes. Lejos de los muros de la empalizada, la tierra ondulaba parda,
veteada de delgadas franjas blancas, bajo un cielo acero mate. El aire era
gélido pero sin viento. No había mucho color en las tropas del rey Hjörvardh.
Hasta sus banderas parecían sombrías. Era una abigarrada multitud que había
reclutado de donde había podido, entre la que no escaseaban proscritos asesinos
y bandidos, el mal percibiéndose bajo los yelmos que les había dado. Contra
ellos, la banda del rey Hrolf lucía capas de brillantes tonalidades; la suya
era tan roja como el más vivo fuego. Pájaros y bestias retozaban sobre los
estandartes multicolores de sus capitanes, espaciados a lo largo de la línea de
puerco a ambos lados del suyo, que mostraba un verde fresno sobre campo dorado.
—¡Adelante! —gritó.
La espada Skofnung
osciló en lo alto. Sus seguidores lo corearon con sus gritos, sonaron los
cuernos de bronce, los sabuesos de guerra aullaron. Como un solo hombre, los
guerreros se lanzaron desde la ciudad hacia sus enemigos. Aunque excesivamente
sobrepasados en número, no eran pocos. A lo largo de sus filas podía observarse
esa ondulación semejante a la que produce el viento en un campo de centeno, que
indica un sólido entrenamiento.
Las flechas
silbaban en lo alto. Las lanzas ondeaban severas entre ellas. Las piedras de
las hondas golpeaban sordamente en los escudos. Hrolf cambió del trote al
galope. Su banda venía con él como si formase parte de su propia carne.
Cayeron sobre las
líneas de Hjörvardh. El acero resonaba. Un hombre golpeó a Hrolf con una
alabarda. El rey era más bajo y delgado que él. Sin embargo no se detuvo. Paró
el retumbante golpe con su escudo mientras la hoja de su espada brincaba y
chillaba. El hombre se vino abajo. Saltando por encima de él, Hrolf abrió un
hueco más profundo en las filas rebeldes. A su derecha resonaba la espada
Empuñadura de Oro de Hjalti, a su izquierda retumbaba el hacha de Svipdag. El
sabueso Gram desgarraba piernas y saltaba a los cuellos. Por encima de sus
cabezas se encumbraba el halcón Calzaslargas con sus brillantes alas.
Golpe tras golpe
sonaba en los yelmos, escudos y lorigas, cuando no en la carne y en el hueso.
Lanzas y flechas volaban densamente por lo alto. Los hombres se hundían,
atravesados, acuchillados, acelerando la sangre en un esfuerzo supremo. Sobre
ellos marchaban pesadamente los impetuosos guerreros de Leidhra. Hombres a
caballo en los flancos, que buscaban un lugar débil por donde conducir el
ataque, no encontraban sino una tormenta humana, o sus propias muertes.
Hjalti el Noble
cantó jubiloso:
—Muchas lorigas
están ahora hechas jirones, muchos yelmos hendidos y muchos valientes jinetes
acuchillados han caído de la silla. Sin embargo, nuestro rey está de buen
ánimo, tan contento como cuando alegremente bebía cerveza, y temibles son los
golpes de sus manos. No hay otro rey igual en la refriega, porque parece que
tiene la fuerza de doce, y a no pocas robustas criaturas ha muerto ya. Así,
ahora el rey Hjörvardh podrá ver cómo muerde la espada Skofnung; cómo grita
hondamente al entrar en los pechos.
Riendo, llamando a
sus hombres, manchado de rojo pero apenas tocado, Hrolf Kraki indicaba el
camino a seguir. Lentamente, las filas ante él se rompían, se apartaban a
derecha e izquierda si es que no se hundían o salían huyendo. Implacable era el
combate. Si las fuerzas de los dos bandos hubiesen sido más parejas, entonces
allí mismo habría concluido. Pero el señor de Leidhra no tenía suficientes
hombres para rebasar la hueste enemiga. Aunque la hendiese por la mitad, los
flancos quedaban ilesos. Bajo las banderas y los bocinazos de los cuernos de
sus capitanes, se movieron a un lado, no muy debilitados.
Nada podía hacer la
gente de Hrolf sino contener la respiración mientras esperaban el ataque.
Svipdag rugió a algunos que eran vehementes en exceso:
—¡Retroceded a
vuestras filas! ¡Quieren que nos extenuemos persiguiéndolos! Sin embargo
—añadió ceñudamente, mirando a su señor—, si no penetramos pronto en sus líneas
y llegamos a las tiendas en que la reina Skuld está preparando sus hechizos,
tendremos que luchar con cosas peores que con hombres. Esos seres monstruosos
que vislumbramos pueden ser tímidos a la luz del día, pero esa bruja hará algo
con ellos si tiene ocasión —su único ojo recorrió mortecino los furiosos
muertos vivientes y los heridos retorciéndose quejumbrosos, hasta las líneas
que se reagrupaban para un nuevo combate. Hjalti se enjugó el sudor del rostro,
miró alrededor y dijo asombrado:
—¿Cómo, dónde está
Bjarki? Pensé... él debía fijar nuestra ala derecha... allí está su estandarte,
sus hombres, pero no lo veo por ninguna parte.
La alegría del rey
se ensombreció. Se dio la vuelta, y parpadeó atónito al descubrir cerca al
pequeño Vögg. El joven sueco lo había revuelto todo hasta que al fin había
encontrado un jubón de cuero, una vieja y oxidada marmita que llevaba de yelmo,
y un cuchillo de carnicero. Entrechocaba las rodillas. Le caía un hilo de
sangre de sus mordidos labios.
—¡Ven aquí! —le
gritó Hrolf. Vögg obedeció—. Deberías haberte quedado atrás, muchacho —dijo el
rey.
—Yo... yo también
soy hombre vuestro, señor —contestó—. ¡Lo soy!
—Bien, en ese caso
puedes servir de mensajero. Ve a ver qué le ha pasado a Bodhvar-Bjarki. Si lo
han matado, capturado, o lo que sea, alguien tiene que haberlo visto... un
hombre de su tamaño, con la barba rojiza...
Vögg se escabulló a
toda prisa. Hrolf lo siguió con la vista.
—No creo que
tiemble de miedo —murmuró el rey—. Hay corazón en ese delgado pecho.
Hjalti se mordía el
bigote, daba patadas en el suelo y se palmoteaba los brazos, tratando de
mantener el calor en aquella espera interminable. ¿Nunca iba a comenzar de
nuevo el combate? El primer encuentro había llevado no poca parte de ese día
que era el más corto del año. Poco había faltado para que el sol se hubiese
puesto detrás de la grisúra.
Vögg regresó.
—Señor—jadeó—,
nadie ha visto a Bjarki. Ni rastro desde que s-s-salimos de la mansión..
—¿Cómo puede ser?
—interrumpió Hjalti—. ¿Cómo puede escurrir el bulto y no venir al lado del
rey..., él que pensábamos que era el más intrépido de todos nosotros?
El rey Hrolf le dio
una palmada en el hombro y dijo:
—Debe de estar
donde pueda ayudarnos mejor. No puede querer otra cosa. Vela por tu propio
honor, sigue adelante y no te mofes de el, porque ninguno de vosotros podéis
compararos con él —y se apresuró a añadir—: No desprecio a ninguno, sin
embargo; todos sois guerreros sobresalientes.
Hjörvardh y sus
capitanes habían estado arengando a sus propios hombres y situándolos en mejor
orden que hasta entonces. Ahora todos ellos, en masa, se movieron hacia los
defensores. Hrolf levantó de nuevo la voz y condujo a su gente hacia adelante.
Una vez más
silbaron lanzas y flechas, una vez más hubo choques y estruendo y gritos
roncos. Encontrándose con enemigos contra los que no habían tenido que pelear
antes, los de Leidhra podían haberse visto en mala situación. Sin embargo, a
fuerza de tajos y de golpes se iban abriendo paso. Nada podía resistir su
empuje.
Por delante de la
cuña que formaban, cerca del rey, iba un gran oso rojo. De cada zarpazo
arrojaba muerto por tierra a un hombre; desgarraba con las quijadas; alzándose,
tiraba a los jinetes de las sillas o mataba a los mismos caballos; y ningún
filo podía morderlo.
Pocos de ambos
bandos podían verlo, de lo estrechamente apretados que estaban los
combatientes. La gente de Hrolf, que no padecía los ataques del oso, sólo sabía
que las filas contrarias estaban perdiendo terreno de nuevo. Tajaban
vigorosamente, sin pensar en nada más. Mientras tanto, el terror empezó a
extenderse por la hueste de Hjörvardh. Éste, montado y a cierta distancia para
dominar el campo con la vista, observó lo que pasaba. Llamó a sus capitanes que
tocasen retirada antes de que sus partidarios huyesen en desbandada.
Hjalti, por su
parte, no había prestado mucha atención a la bestia. Estaba demasiado ocupado
parando y lanzando golpes. A través del fragor de las armas, de los escudos,
yelmos, rostros que lo odiaban, no podía distinguir lo que el oso hacía en
realidad. Oscuramente suponía que era uno de los enviados de la reina Skuld,
que sin embargo no podía servirle a ella de ayuda mientras durase la luz del
día.
Sobre todo, en
medio del rugiente tumulto, pensaba tristemente en Bjarki, que había sido para
él más que un padre, en la vergüenza que empañaría indeleblemente la memoria de
Bjarki por no haber estado allí aquel día.
Cuando el enemigo
se dispersó de nuevo y vio que habría otro alto en el combate, Hjalti echó a
correr. Regresaba a la ciudad, saltando por encima de muertos y moribundos,
pisoteando los charcos de sangre, dispersando asustadas a las aves de carroña
que ya se habían congregado en la retaguardia. Se precipitó por las puertas
abiertas, cruzó las calles vacías, entre puertas atrancadas y ventanas cerradas
detrás de las cuales las mujeres y los niños se acurrucaban atemorizados, hasta
que llegó a la casa de Bjarki.
Allí ningún cerrojo
lo detuvo. Abrió de una patada la puerta y se precipitó en la habitación.
Estaba fría y su oscuridad invernal apenas era despejada por el pequeño fuego
del hogar. Vislumbró a la mujer de Bjarki, Drifa, la hija de Hrolf Kraki, en
una esquina entre las sombras, sus hijos apretados en torno suyo. En una cama
yacía el hombre. Llevaba la loriga, pero la espada estaba envainada y miraba
fijamente hacia el techo.
La mujer soltó un
grito y corrió a cortarle el paso a Hjalti. Éste la rozó al pasar sin prestarle
atención, aferró a Bjarki por el ancho hombro, lo sacudió y gritó:
—¿Cuánto tiempo
tendremos que esperar al primero de los guerreros? ¡Esto es insólito, que no
estés levantado, usando tus brazos que son fuertes como los de un oso! ¡Arriba,
Bodhvar-Bjarki, maestro mío, arriba o quemaré esta casa y contigo dentro! ¡La
vida del rey está en peligro, ayúdanos! ¿Quieres destruir el buen nombre que te
has labrado con tanto esfuerzo?
El noruego se
removió. Se volvió, se sentó, se levantó. Era mucho más alto que su amigo.
Suspiró hondamente antes de responder.
—No hay necesidad
de que me llames temeroso, Hjalti. No he tenido miedo. Nunca huí del fuego o
del acero; y todavía hoy podrás ver cómo sé luchar. Siempre el rey Hrolf me ha
llamado el principal de sus hombres. Y tengo mucho que agradecerle, porque me
dio a su hija y doce ricas casas y otros muchos tesoros. Marché contra vikingos
y bandidos; guerreé a lo largo y ancho de la Dinamarca que construimos con
nuestra sangre; fui contra Adhils, y maté a Agnar, y a otros muchos hombres...
Sus palabras, que
él casi había canturreado como si estuviera soñando, se quebraron. Miró
intensamente a Hjalti, que fue sacudido por un repentino escalofrío. La voz de
Bjarki se avivó de nuevo.
—Pero aquí tenemos
que habérnoslas con más y peores brujerías que antes. Y tú no has hecho al rey
el servicio que pensabas; porque ahora no falta mucho para el fin del combate
—y añadió, con un acento de benevolencia—: Oh, has obrado inconscientemente, no
porque no quisieses el bien del rey. Y nadie excepto tú y él podrían haberme
llamado como tú lo has hecho; a cualquier otro lo habría matado —y dijo,
tristemente—: Ahora las cosas deben seguir su paso. No hay ninguna escapatoria,
y ahora menos ayuda puedo darle al rey Hrolf de la que le di antes de que
vinieras .
Hjalti inclinó la
cabeza, entrelazó los dedos, y dijo tragándose las lágrimas:
—Bjarki, tú y él
siempre habéis ocupado el lugar más alto en mi estima. ¡Es tan difícil saber lo
que uno tendría que hacer!
El noruego se puso
la cofia y el yelmo en la cabeza. Drifa fue a su lado. Él cogió sus manos entre
las suyas.
—Me entristece el
no poder velar más por ti —dijo—. Cuida bien de los niños que tuvimos juntos.
—Con un padre como
el suyo —le dijo ella—, tendrán poca necesidad de ayuda.
Los abrazó también.
Con un escudo en la mano y otro colgado de la espalda para emplearlo cuando el
primero hubiese quedado inservible de los golpes, siguió a Hjalti a la salida.
El día había
empezado a oscurecer. Bjarki se presentó ante el rey Hrolf y le dijo:
—Saludos, mi señor.
¿Dónde debo hacerme fuerte?
—Donde tú mismo
escojas.
—Entonces será
cerca de vos —la espada Lövi relució fuera de la vaina.
Un mensajero se
acercó al rey Hjörvardh desde la negra tienda en la que la reina Skuld estaba
sentada en cuclillas. Miró en el crepúsculo y no vio rastro del oso rojo; ni se
le volvió a ver más. Fortalecido en su ánimo, dijo a sus capitanes que
incitasen a sus tropas.
Su hueste se movió
hacia delante lenta y desordenadamente. Habían sufrido espantosas pérdidas. En
el bando de Leidhra habían caído muchos menos hombres, y la fortaleza no había
disminuido en los que quedaban. Sin embargo —quizá porque todavía temían más a
la bruja—, los rebeldes volvieron al combate.
Sola, aunque no del
todo, la reina Skuld echaba las runas y cantaba unas estrofas. El fuego crecía
cada vez más alto; había cosas que se movían entre el humo y el vapor que salía
de la caldera.
De las filas del
rey Hjörvardh salió corriendo un horrible verraco. Gris como un lobo, enorme
como un toro, hacía temblar la tierra bajo sus pezuñas. Sus colmillos
destellaban como espadas. El sonido de sus gruñidos y chillidos infundía miedo
en las almas de los más valientes.
Sobre él saltaron
los sabuesos de Leidhra. Ladrando y aullando, lo rodearon. Moviendo el hocico a
derecha e izquierda, enganchaba a uno y a otro. Acuchillados, desgarrados, los
perros de guerra pronto yacieron amontonados a su alrededor. Por un instante,
el sabueso Gram colgó aferrado a su garganta. Al final el verraco de una
sacudida lo tiró por los aires, y al caer al suelo lo corneó de lleno.
Entonces la bestia
corrió furiosa hacia adelante. De las cerdas de su piel empezaron a volar
flechas. Ningún escudo podía detenerlas. Los hombres de la guardia del rey
Hrolf caían a racimos. Empezaron a verse huecos en sus filas que no podrían
rellenarse de nuevo.
El hacha de Svipdag
osciló en lo alto.
—¡A él! —vociferó—.
¡Acabemos con ese engendro de los trolls antes de que alcance al rey!
Se lanzó hacia
adelante. Sobre su cabeza volaba el halcón Calzaslargas. Una flecha atravesó el
hombro izquierdo del guerrero. No la sintió. La galopante bestia estaba casi
encima de él, que seguía moviendo su arma, listo para partir aquel horrible
cráneo. Dos cuervos volaron hacia Calzaslargas. El halcón salió a su encuentro
con pico y garras. Ilesos, lo picotearon hasta matarlo. El único ojo de Svipdag
había captado lo sucedido, sólo con un rabillo, pero no lo suficiente para
advertir lo cerca que estaba del puerco. Los colmillos le atravesaron loriga y
estómago. Despedido hacia el cielo en una nube de sangre, el cuerpo de Svipdag
cayó pesadamente.
El verraco alcanzó
la línea de defensa de Hrolf Kraki. A todo lo largo, moviéndose a uno y otro
lado, corneó y desgarró.
No podía estar en
todas partes. Podía desbaratar un ala. La otra continuaba. Como asimismo el
centro, donde brillaban las espadas del rey, de Bjarki y de Hjalti.
Sin embargo, la
presión del combate rompió pronto las dos líneas. La batalla se convirtió en un
combate cuerpo a cuerpo, barrera de escudos contra barrera de escudos,
agitación, estruendo, golpes, jadeos, hombres que caían en la enrojecida tierra
invernal en la que el crepúsculo y el frío se hacían más intensos.
Más fuertemente que
la bestia rugía Bodhvar-Bjarki. Su espada chillaba, tronaba, bramaba,
aplastaba. Aquí alcanzaba una cabeza, una mano, una pierna; allí hendía un
escudo o un yelmo, penetrando hasta el hueso; un enemigo caía después de otro.
Sus brazos estaban ensangrentados hasta los hombros. No pretendía sino acabar
con tantos como pudiese, antes de caer él a su vez. Hrolf Kraki ya no reía.
Solamente golpeaba. Hjalti estaba a su lado, tratando de detener los golpes
enemigos. El resto de los hombres de Leidhra no luchaban con menos valor.
Sin embargo,
conforme aumentaba la oscuridad, no parecía que, por muchos que matasen,
menguara el tropel de los enemigos. Bjarki reconoció a uno de los guerreros. Lo
conocía de antiguo, de cuando el reino estaba intacto. Ahora era un hombre de
Hjörvardh e iba por él. Agotado, muchas veces herido, el noruego no se defendió
bien. Sintió que una lanza se abría paso por un desgarrón de su loriga, si bien
era una sensación apagada y lejana. Su espada partió el escudo del contrario.
Durante unos instantes él y el otro hombre estuvieron intercambiando golpes.
Bjarki le cortó un brazo y un pie, y de un revés le atravesó el pecho. El
hombre cayó tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de suspirar.
La lucha proseguía.
Los guerreros de Hrolf Kraki se veían forzados a retroceder. Bjarki se encontró
con el mismo hombre que antes. La cosa le sonrió; sus ojos estaban vacíos; sin
embargo todavía golpeaba. Bjarki se mantuvo firme hasta que la marea de la batalla
los separó de nuevo. No fue la única vez que se encontró con un ser semejante.
Los capitanes de
Hrolf que todavía vivían hicieron sonar sus cuernos. Aquellos de sus seguidores
que pudieron se les unieron ante las puertas de Leidhra. Allí, por un breve
instante, se mantuvieron firmes, tajando tan ferozmente en la oscuridad que la
hueste contraria retrocedió. Entonces pudieron recobrar el aliento por unos
momentos.
Bjarki reconoció a
Hjalti en las tinieblas y gruñó:
—Nuestros enemigos
son poderosos. Me parece que los muertos hormiguean por aquí y se levantan de
nuevo; y no hay gloria en luchar contra espectros. ¿Dónde está el hombre del
rey Hrolf que dijo que yo tenía miedo?
Hjalti respondió:
—Dices la verdad,
no dices mentira. Aquí está el que se llama Hjalti y no es mucho el espacio que
nos separa. Siento que necesito amigos intrépidos, porque escudo, loriga y
yelmo están desgarrados, hermano de juramento. Y aunque mato a tantos como
siempre, no puedo vengar los golpes que recibo. Ahora más que nunca debemos
exponernos.
A través de las
puertas corrió el último de los hombres de Leidhra. El rey y unos cuantos más
mantuvieron el sitio, hasta que llegó el verraco-troll. Sus embates hacían
incrustarse los escudos en las costillas; los hombres se tambaleaban y se
desplomaban a un lado. Bjarki avanzó al encuentro de la bestia. Su espada Lövi
brilló como una estrella fugaz. El verraco se desplomó muerto. Pero no sin
conseguir introducir antes uno de sus colmillos por entre las anillas de la
cota del mariscal.
—Muy grande es mi
dolor —rezongó— por no poder ayudar a mi rey...
Hjalti le dio un
brazo para que se apoyase. Caminó nueve pasos antes de caer. Los escudos que
protegían al rey Hrolf quedaron dentro de la empalizada. Los enemigos les
siguieron. Contra ellos se lanzó una figura delgada.
—¡Yo los contendré!
—chirrió Vögg.
Un guerrero soltó
una risa como un ladrido y blandió un hacha. No atravesó la marmita-yelmo, pero
Vögg se tambaleó aturdido.
Todavía la lucha
continuaba. El Bjarkamaal nos cuenta la arenga de Hjalti:
Nuestras vidas
están perdidas, el último cuerno apurado.
A una muerte cierta
vamos sin esperanza.
Nunca volveremos a
ver amanecer...
a no ser que entre
nosotros, faltando a la hombría,
se vuelva uno
miedoso y huya del combate
o no muera a los
mismos pies de su señor,
y piedad
arrastrándose cobardemente pida.
Por las brechas
abiertas penetró el enemigo,
las hachas resuenan
contra nuestras puertas;
las lorigas hechas
harapos de los golpes,
desnudando los
pechos nuestros a los ataques,
rotos los escudos y
heridos los hombros.
Fieramente las
armas chocan y resuenan.
¿Quién es tan
cobarde que del campo huya?
Hombres yo he visto
caer a montones,
magullados y rotos
los huesos de sus bocas;
los dientes
brillando en la manante sangre,
como piedras que
lavan las aguas de un arroyo.
Pocas son las
gentes que a mi lado quedan,
aunque lejos del
Rey no me apartaré.
Mucho necesitamos
la ayuda y no vienen.
Roídos los escudos
sólo quedan los mangos,
nuestras armas
melladas y nosotros cansados.
¡Cubríos las
muñecas con los anillos de oro
que nuestro Rey nos
dio en días más felices
para que las
riquezas presten peso a los golpes!
Alegres o
afligidos, siempre fieles al Rey,
y hasta en el
Infierno sostendremos su honor.
Muramos realizando
hazañas en su nombre;
que se asuste la
misma guerra de nuestras voces;
que las armas midan
lo que vale el guerrero.
Algo nos sobrevive,
por perdida
que esté la vida:
la memoria no se hunde en el fango.
Hasta el fin del
destino del mundo permanece,
en lo alto del
cielo, el nombre del héroe.
Moribundo, Bjarki
yacía en la tierra helada. Hjalti se arrodilló a su lado. El mariscal miró al
cielo y musitó:
—Son tantos los que
hay aquí contra nosotros que no tenemos ninguna esperanza de resistirlos. Pero
a Odín no lo he visto. Creo que debe estar rondando en algún sitio alrededor,
ese hijo de troll, ese sucio desleal. Si pudiese ver dónde estaba, ese desgraciado
se volvería a casa con una herida que le hiciera aullar, por lo que ha hecho a
nuestro rey.
—No es fácil torcer
el destino —dijo Hjalti—, ni resistir a poderes sobrehumanos.
Tras un instante
cerró los ojos de Bjarki y se encaminó inexorablemente al encuentro de su
propia muerte.
Los últimos
guerreros del rey Hrolf formaron un círculo en torno suyo. Skuld en persona
había llegado en medio de la noche. Completamente loca, iba conjurando un
monstruo tras otro. Ante esa marea de brujería, que ellos no percibían sino
como horribles sombras y hedores, gruñidos y colmillos, los soldados y los
grandes capitanes fueron cayendo. Hrolf Kraki salió fuera de la destrozada
barrera de escudos. Fue derribando a un hombre tras otro. Ninguno pudo
enorgullecerse de haberlo matado; pues ninguno le sobrevivió.
Cuando obtuvo la
victoria, Skuld se apresuró a enviar sus trolls de vuelta al lugar de donde
habían venido y ordenó a los muertos que yaciesen tranquilos. Después, a la luz
de las antorchas buscó a su marido y lo aclamó como Alto Rey de Dinamarca. Esto
se hizo con unas pocas y desvaídas palabras, pues tanto ella como él estaban
demasiado cansados para sentirse felices. Buscaron el abrigo de la mansión. La
oscuridad y el silencio se habían posesionado por completo de la ciudad de
Leidhra, excepto en el lugar donde Vögg recobró el sentido para sentirse solo y
echarse a llorar.
8
La historia de Vögg
I
uando ya era noche
avanzada empezó a nevar, y así siguió durante todo el día y la noche
siguientes. Apantalló el mundo, hizo de la tierra y del cielo una sola cosa,
llenó el aire completamente sigiloso. La nieve se acumuló sobre los tejados,
sobre el suelo hollado y manchado de sangre, sobre los apilados y esparcidos
cadáveres, como si pretendiese esconderlos de los cuervos.
En la sombría
mañana salieron las mujeres de Leidhra. Drifa Hrolfsdottir las conducía.
Llevaban capuchas que ocultaban sus rostros. Con escobas para descubrir a los
caídos, buscaban a sus hombres y, cuando los encontraban, se ayudaban unas a
otras para llevarlos a casa. El rey Hjörvardh dio órdenes de que nadie las
molestase. Quizá era innecesario. El bandido más salvaje, apoyado en su lanza
mientras estaba de guardia, debe de haber sentido respeto por esas mudas
figuras que se movían de aquí para allá en la ciega nieve que caía por todas
partes a su alrededor. Lo sucedido la víspera era demasiado misterioso.
Demasiado alto había sido el precio. La victoria estaba cubierta de cenizas.
Los que vieron a la
reina regresar de la tienda adonde había ido cuando el día estaba a punto de
concluir, se sintieron todavía más desasosegados. Iba como una sonámbula, con
sus ojos verdes mirando fijamente hacia delante sin ver nada, la delgada faz completamente
pálida. La nieve que caía sobre su cabello descubierto le daba una apariencia
envejecida.
Una vez dentro de
la sala, su marido se la llevó aparte, a una esquina lejos de las gentes de la
casa que se movían tristemente.
—Bien, ¿qué
presagios obtuviste? —susurró él. Sus dedos tiraban del manto de su esposa.
—Malos —dijo ella;
su voz era vacía, su mirada perdida—. Una y otra vez eché las runas. Siempre
salían llenas de calamidades. Cuando miré en el caldero, no pude ver ni oír
nada excepto que... que muy lejos en las Tierras Altas, alguien vociferaba
hasta que las montañas le devolvían el eco de su dolor y de su cólera; y no era
humano... Pienso que quizá nos han utilizado a ti y a mí —agitó la cabeza. Se
aclaró la mirada, irguió el rostro. Altivamente, pronunció—: Bueno, somos el
rey y la reina de Dinamarca. ¡Que se entere todo el mundo!
Hjörvardh debía
celebrar una fiesta obligatoriamente por la noche, en la que diese las gracias
a sus guerreros y les ofreciese regalos. No hubo alegría. La sala parecía
enorme y vacía. Los altísimos fuegos no conseguían desterrar del todo la noche
ni llenar el silencio que el ruido de las conversaciones no podía disfrazar.
Aunque los invitados del rey Hrolf no podían regresar a casa con aquel tiempo,
casi todos ellos habían encontrado alojamiento en casa de la viuda de uno de
sus hombres, o en familias corrientes que también lloraban la suerte de su
señor, y por tanto no estaban presentes. Aparte de los siervos, ninguna mujer
se sentaba en los bancos o traía comida y bebida. Las sombras se agitaban como
si fuesen los fantasmas de los que habían estado antes. El crepitar del fuego
parecía el eco de sus risas. El aire era frío y viciado, como si fuese el
interior de un túmulo.
—Uf—se estremeció
Hjörvardh, y bebió y bebió.
Fueron viniendo
ante él a recibir su recompensa en oro y tierras los mercenarios, los
extranjeros, los proscritos, la escoria de los daneses, sus hombres, y él tuvo
que alabarlos, sin dejar de recordar todo el tiempo a los otros. La estridente
alegría de la reina Skuld no se le contagió.
Cuando hubo hecho
lo que debía, y escuchado a un escaldo que había traído consigo decir unas
cuantas estrofas defectuosas en su honor, ya estaba completamente borracho.
Repentinamente inspiró hondo y vociferó:
—Bien habéis
trabajado, soldados, sí, sí, bien lo habéis hecho. Pero cuánto me maravilla que
ninguno de los muchos guerreros del rey Hrolf salvase su propia vida huyendo y
rindiéndose. Ninguno. ¿Estoy en lo cierto? Ved cuan fielmente amaban a su
señor... Ni siquiera querían vivir sin él. ¿Eh? Desgraciado soy (oh, no digo
nada contra vosotros, mis buenos hombres, ni una palabra, no me malentendáis),
pero ¿no soy desgraciado... de no poder alejar la maldición... de que ni uno
solo de esos bravos súbditos sobreviva y pueda ahora convertirse en uno de mis
leales? Quiero ser un rey justo... ¿Hay algún hombre de Hrolf Kraki que esté
con vida en este momento, y que esté dispuesto a venir bajo mi bandera?
Skuld frunció el
ceño. Se oyeron agrios murmullos en los bancos.
—Sí, mi señor. Yo
sobreviví a ayer por la noche.
Se oyó entonces una
voz cascada. De la habitación de la entrada salió cojeando un escuálido y
greñudo joven vestido con un jubón de cuero lleno de mugre y de sangre
coagulada. Torpemente avanzó a lo largo de la sala hasta que estuvo delante del
elevado asiento.
La reina Skuld
aguzó la mirada.
—¿Tú, un hombre de
mi hermano? —dijo ella—. ¿Quién eres?
—Me llamo Vögg, mi
señor y señora. Yo... yo confieso que lo soy. No era el mejor de ellos. Pero
los ayudé cuando estuvieron con el rey Adhils, y yo, ayer yo estaba allí, y
estoy vivo únicamente porque sucedió que me dejaron sin sentido.
—¿Quieres ser uno
de mis hombres? —preguntó Hjörvardh.
—No tengo ningún
sitio adonde ir, y... y vos vencisteis, mi señor.
—¡Vaya, esto es por
lo menos un presagio de esperanza! —Hjörvardh tenía una espada en su regazo. La
sacó—. Sí, un signo, ¿no dirías eso Skuld, querida mía? Lo que era no sigue
luchando con lo que es. Ah —asintió muy satisfecho de su propia sentencia—. Bien,
Vögg —continuó antes de que su esposa pudiese decir nada, pese a que ella
estaba intentando interrumpirle—, serás muy bien recibido, Vögg, y pórtate
mejor conmigo de lo que parece que te portaste con mi cuñado. Sí —sostuvo la
hoja—. Júrame fidelidad sobre esta espada, y sabrás, hum, sabrás en seguida lo
bueno que soy.
El recién llegado
cuadró sus estrechos hombros.
—Señor, no puedo
hacer eso. Antes no jurábamos en la punta. Lo hacíamos en el puño. El rey Hrolf
solía entregar su espada a sus hombres para que la sostuviesen ante él mientras
le prestaban fidelidad.
—¿Eh? ¡Hum! Bien...
—¡No! —empezó
Skuld. Pero Hjörvardh ya se había inclinado, y Vögg cogido el acero.
—Ahora dame tu
palabra —dijo Hjörvardh.
—Sí, señor —dijo
Vögg firmemente—. Aquí está.
Le dio una
estocada. La punta penetró en el pecho del rey. Durante el tiempo de un
parpadeo, Hjörvardh, atónito, vio brotar su propia sangre. Luego se desplomó.
Su cuerpo rodó pesadamente hasta quedar extendido en el suelo.
Skuld chilló. Los
guardias aullaron y empuñaron sus propios aceros. Vögg fue a su encuentro.
Mientras ellos lo asesinaban, él reía, gritando el nombre de Hrolf Kraki.
II
Sobre las cumbres
del Keel, atravesando yermos y campos de labrantío donde la gente se estremecía
al verlo, más veloz que ningún caballo de guerra iba la grande y desgarbada
figura de Frodhi el Alce. Ni los montones de nieve ni la ventisca lo detenían;
con la espada corta rebanaba lo que necesitaba para comer y lo engullía sobre
la marcha; rara vez descansaba y nunca por mucho tiempo. En unos cuantos días
había llegado a la mansión al oeste de Götaland donde moraba el rey Thori Pies
de Sabueso.
Los guerreros
apuntaron lanzas y arcos al horror que galopaba hacia ellos. Frodhi se detuvo y
rogó con un rugido que saliese su hermano. Así lo hizo el rey. Frodhi le habló:
—Bjarki ha muerto,
asesinado. La sangre llena la huella que yo tracé para saberlo.
Thori se quedó
completamente silencioso, hasta que dijo, bajo el cielo invernal:
—Necesitaré
semanas, en esta época del año, para reunir hombres con qué vengarnos.
Entretanto podemos intentar hacernos con noticias.
Entre los
exploradores y mensajeros que partieron uno fue a Uppsala, en Svithjodh. La
reina Yrsa se enteró de su venida, lo hospedó y le dijo lo que sabía sobre la
caída del rey Hrolf.
—Fija lugar y hora
—le prometió ella—, y hallarás allí esperando a una hueste de mis propios
hombres —se quedó sentada unos instantes, contando con los dedos el tiempo
transcurrido. Finalmente asintió—. Sí, mi Hrolf vivió incluso menos años que mi
Helgi, aunque realizó más cosas. No es una casta que viva mucho la de los
Skioldungos. Aspiran a llegar demasiado lejos.
Las tropas se
reunieron en la frontera con Escania. Conforme la cruzaron, los daneses
afluyeron en tropel a unírseles. La reina Skuld estaba gobernando inflexible y
despreocupadamente; querían acabar con ella.
A una cosa no se
atrevió la hechicera, a impedir que su pueblo enterrase al rey Hrolf. Lo
pusieron en un barco y lo llevaron a un promontorio sobre el Kattegat, que él
había defendido para ellos. Junto a él estaba la espada Skofnung, así como sus
hombres, cada uno con sus armas, ricamente vestidos. A su alrededor apilaron
tesoros, y después levantaron un túmulo, alto como una colina para que sirviese
de hito. Ardió la pira funeral, las mujeres lloraron, y una y otra vez los
caudillos cabalgaron en torno del túmulo, golpeando lentamente la espada en el
escudo, dando la despedida a su señor, que tan buenos y felices días había
llevado a Dinamarca.
De ellos la reina
no obtendría ninguna ayuda. Sólo podía contar con los rufianes que la habían
alzado al poder. Había que recompensarlos con cosas quitadas a otros. De este
modo fue creciendo el odio hacia ella. Pronto, de un extremo a otro de la
tierra, el gallo rojo cacareó en los tejados de los condes. Los reyes
tributarios retuvieron las rentas y le retiraron la fidelidad; y cuando estaban
junto a las piedras de los Things los hombres libres los aclamaron como señores
soberanos que no debían nada a nadie.
Las runas que
echaba, los seres que conjuraba, no le daban a Skuld sino premoniciones de
aflicción. No le podían o no le querían decir aquello que le permitiría
prepararse. Otro extraño poder, en alguna otra parte, estaba actuando contra
sus hechizos, impidiéndole el mañana.
—Creo —exclamó una
vez al que había sacado del mar— que Odín no me quería para nada más que para
vengar su despecho.
—¿Crees que era
mero despecho? —replicó él—. El Padre de las Victorias tiene que destruir a
cualquiera que pueda poner un freno a la guerra. Muy bien puede haber dado la
bienvenida al rey Hrolf Kraki y sus hombres, para que banqueteen con él hasta
el fin del Destino del Mundo . Que sea o no cierto lo que se cuenta sobre la
vida póstuma dé los héroes, es seguro que sus nombres vivirán en la memoria.
—¿Y el mío?
—Sí, el tuyo
también, a su manera.
Skuld buscó la
tumba de su marido. Echaba de menos más de lo que había imaginado a aquel
hombre del que se burlaba y al que despreciaba cuando la amaba humildemente.
Las esclavas a las que había encargado que cuidasen de la tumba no habían sido
muy diligentes en su trabajo.
A comienzos de la
primavera, el ejército del rey Thori y de la reina Yrsa se embarcó para cruzar
el Sund. Skuld había llenado las aguas con nicors y krakens. Pululaban en torno
a la flota, pero cuando vieron a Frodhi el Alce en la proa del primer drakkar,
huyeron a sus cubiles. Como así mismo hicieron los trolls y demás apariciones
que ella había conjurado para mantener Selandia en su poder, pues Frodhi
resultaba más espantoso que ellos.
El fue quien
dirigió el ataque sobre Leidhra. Violentamente rompió las filas de los
atemorizados hombres de la guardia hasta penetrar en la mansión. Cogió a la
reina con sus feas manos, le echó un saco de piel de foca sobre su cabeza y
estiró fuertemente las cuerdas.
—No nací por
casualidad —dijo él.
Su hermano luchaba
a su lado, y entre ellos llevaron a la muerte a Skuld, la Reina Bruja.
Durante la
refriega, el fuego se extendió fuera de control. Ardió toda la ciudad.
—Eso está bien
—dijo Thori Pies de Sabueso—. Así se limpia esta tierra.
Los vengadores
entregaron lo que quedaba del reino a las hijas de Hrolf. Después, cada cual se
volvió a su tierra: Thori y sus gaetas, a sus valles; los suecos, con la
anciana reina Yrsa; Frodhi el Alce, a su soledad.
Drifa y su hermana
eran muy queridas. Sin embargo, las mujeres no podían dirigir las cosas cuando
éstas se estaban cayendo literalmente a trozos. Antes de que hubiese
transcurrido mucho tiempo la soberanía pasó, de modo amistoso, a un nieto que
Helgi había tenido con una amante. Él salvó algo del naufragio.
Pasaron muchos años
y siglos antes de que Dinamarca volviese a estar unida. Los fuegos de los
vigías ardieron de nuevo para anunciar que había enemigos a la vista. Vikingos,
proscritos, merodeadores de los bosques, hostigarían a la gente del Norte.
Aunque no hicieron más daño que todos sus reyes, innumerables y altivos:
antorcha, espada, gente libre empujada a la esclavitud, los recelos de los
hombres y el llanto de las mujeres. Nada sino un cuento queda de un día que
fue.
Aquí termina la
saga de Hrolf Kraki y sus guerreros.
FIN

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