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Libro N° 14096. Andanzas Del Impresor Zollinger. D’Ors, Pablo.


© Libro N° 14096. Andanzas Del Impresor Zollinger. D’Ors, Pablo.  Emancipación. Julio 26 de 2025

  

Título Original: © Andanzas Del Impresor Zollinger. Pablo d’Ors

 

Versión Original: © Andanzas Del Impresor Zollinger. Pablo d’Ors

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/andanzas-del-impresor-zollinger/

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 










ANDANZAS DEL IMPRESOR ZOLLINGER

Pablo d’Ors

 

























Andanzas Del Impresor Zollinger

Pablo d’Ors


















Para salvar su propia vida, el joven August Zollinger abandona su pueblo natal y permanece lejos durante siete años, emprendiendo en solitario un camino de aventuras y descubrimientos que le llevará a ejercer todo tipo de oficios. Lo que se impone como un amargo exilio terminará por convertirse en una ruta de iluminación: conocerá el amor verdadero en la minúscula garita de una estación de ferrocarril, donde recibe todos los días la llamada oficial de una misteriosa telefonista; paladeará la camaradería y la amistad más fiel en las filas del ejército; descubrirá el misterio de la naturaleza en la evanescente grandeza de los bosques. Y, sobre todo, aprenderá a valorar la dignidad de los oficios pequeños y humildes. Los pertrechos que irá ganando a lo largo de este recorrido harán de él un hombre íntegro que puede por fin regresar a casa y convertirse en un buen impresor, el oficio con el que ha soñado desde la infancia.

 

Pablo d’Ors firma una delicada fábula moral: una historia prodigiosa con ecos de Hesse, Walser y Kafka.



 

 

 

 

 

 

 

 

Pablo d’Ors

 

Andanzas Del Impresor Zollinger

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 28.4.15



 

 

 

 

 

 




Pablo d’Ors, 2003

 

Diseño de cubierta: Titivillus

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r1.2




 

 

 

 

 


INTRODUCCIÓN

 

LECCIONES DEL ZOLLINGER

 

por Andrés Ibáñez

 En el universo de Pablo d’Ors todas las cosas acaban siendo, misteriosamente, otra cosa. Este «corrimiento», por así decir, debe de ser una de las marcas de su estilo y también una de sus técnicas secretas. El corrimiento se produce de manera sistemática, pero también de forma sistemáticamente azarosa, de manera que nunca sabemos hacia qué lado o en qué dirección va a producirse. Es de esperar, por ejemplo, que una novela que nos promete contarnos la vida de un impresor esté centrada en el noble arte de la impresión de libros, una profesión no por noble menos estática y rutinaria. Pero no es así. El impresor Zollinger se pasa toda la vida de acá para allá y solo al final de su vida logra trabajar en la imprenta de su pueblo. De modo que del título, la palabra más importante de las tres no es «impresor», ni «Zollinger», sino «andanzas». Este es el primer corrimiento: esperaríamos andanzas de un vagabundo, de un pianista de café, de un ladrón, pero ¿de un impresor? El corrimiento siempre es una sorpresa, y una sorpresa que nos hace reír.

 

El corrimiento se produce casi a cada paso de esta novela singular. Zollinger se pone a trabajar como empleado de ferrocarril. Después entra al ejército. A continuación, huye a un bosque, donde se convierte en ermitaño. Más tarde, se hace funcionario, especializado en el sellado de documentos. Su penúltimo oficio, y quizá el más exitoso, será el de zapatero.

 

Pero veamos un ejemplo concreto de «corrimiento» narrativo. El trabajo de Zollinger como empleado de ferrocarril es el más aburrido que imaginarse pueda: cambiador de agujas. Antes de que llegue el tren, el empleado recibe una llamada telefónica donde se le pregunta lacónicamente si está preparado. Él contesta que sí, y cuelga. Es en dirección a este episodio minúsculo hacia donde se produce el corrimiento. Es de esto, y solo de esto, de lo que se propone hablarnos el autor. La vida de Zollinger comienza a gravitar en torno a estas lacónicas llamadas y a la voz de la mujer que las realiza, una joven llamada Magdalena de la que Zollinger se enamora perdidamente.

 

Ahora comprendemos mejor cómo se produce el corrimiento narrativo. Se relaciona con dos problemas íntimamente conectados, que llamaremos «atención compulsiva singularizadora», y «sistema rutinario omnipresente». El primero tiene que ver con la atención del personaje, que de pronto, y de forma obsesiva, comienza a fijarse en un detalle, y solo en un detalle, de la situación en que se encuentra. El segundo, con la presencia de un sistema perfectamente formalizado, normalmente absurdo y ridículo. En este caso, el sistema obliga a Magdalena a que llame por teléfono y que diga solo una palabra y solo una palabra: «¿Preparado?», a la que el guardagujas solo puede contestar con otra palabra: «Preparado». ¿Por qué esa rigidez absurda?

 

Para vivir en este mundo extraño, fragmentado y enloquecedor, es necesaria la inmensa inocencia de Zollinger, uno de esos angelicales personajes típicos de Pablo d’Ors, que a ratos nos recuerdan a Kafka, a Walser y, especialmente en este libro, a Joseph Roth, y que parecen tábulas rasas vivientes. Zollinger es honesto, sistemático, afable, dulcemente emotivo, serenamente desprendido y posee una infinita capacidad de adaptación y (curiosamente) una infinita capacidad de asombro, dos cualidades que no suelen ir unidas en la vida corriente pero que en el mundo d’Orsiano resultan casi inseparables. Sí, porque, ¿el que se adapta a todo no es el que acepta no asombrarse? ¿El que se siente a gusto en cualquier lugar no es el que no siente fascinación por nada? La difícil hazaña psicológica de los personajes de Pablo d’Ors consiste en vivir existencias rutinarias y al mismo tiempo experimentar la vida como una aventura siempre excitante. En esto se separa d’Ors de la mayoría de sus antecedentes germánicos a los que nos referíamos: Kafka acepta enseguida la incapacidad de la literatura para representar la vida; Walser es, intuimos, por debajo de ese aire contemplativo, un tipo siniestro y malvado; Roth está obsesionado por el decaimiento y la corrupción (aunque tiene santos felices, como ese «santo bebedor» tan d’Orsiano), mientras que nuestro autor apuesta claramente por la lucidez, por la plenitud, por la felicidad. En esto, como en muchas otras cosas, es un caso insólito en nuestras letras, universalmente corroídas por lo siniestro y por eso que los medievales llamaban «el odio al mundo».

 

D’Ors es un raro. Es humorístico, pero también optimista. Nada de humor negro en su obra. Es optimista, pero sublime. Es sublime, pero busca deliberadamente un tono menor. Se trata, todo el rato, la técnica del corrimiento, que nos transporta de una cosa a otra muy diferente y provoca en nosotros una continua sensación de asombro.

 

El detalle obsesivo siempre parece cogido al azar y, de pronto, se convierte en el centro de lo que sucede. Así, por ejemplo, cuando Zollinger se mete a soldado descubre que lo único que hacen los soldados es… caminar. Andan de un lado al otro, de una punta a la otra del país, andan y andan, bajo el sol y la lluvia, hasta el agotamiento. ¿No habrá otra cosa por ahí? No, señor. Solo andar. ¿Y los funcionarios? ¿A qué se dedican? El funcionario Zollinger solo a una cosa: a poner sellos con un tampón. El tampón de goma, su forma, su funcionamiento, sus sonidos diferentes llenan incontables páginas. El superior de Zollinger le advierte que el destino de los funcionarios es terrible, y que pronto comenzará a aborrecer la vida. Pero se equivoca con Zollinger, que es feliz en todas partes, que se siente fascinado por todo, que con cualquier cosa se colma.

 

En cuanto al sistema, está por todas partes. Es siempre estúpido y carente de sentido, pero eso no tiene la menor importancia. Los personajes de Pablo d’Ors no suelen sentir su pesadez como una cadena, sino más bien como un estímulo, como parte de un juego. Así se desarrolla la historia de amor de Zollinger y Magdalena: no se les permite decir más que una o dos palabras en cada llamada, pero ellos, en vez de desesperarse, logran comunicarse todo lo que desean e incluso disfrutan haciéndolo.

 

El ejemplo de corrimiento más espectacular del libro lo encontramos en el capítulo del bosque de St. Heiden, el más fantástico y poético del libro. Zollinger se va al bosque y pronto descubre que los árboles emiten música. No solo música, sino también canciones, voces, palabras. Otro corrimiento más: Zollinger se dedica a abrazarlos, como hacen ahora algunos ecologistas y algunos practicantes del neochamanismo. Llega un momento en que los árboles le dicen que se marche del bosque, y entonces él se marcha y (supremo corrimiento), con el mismo gesto, con la misma pasión o ausencia de ella, con la misma docilidad, con la misma actitud de tranquila aceptación, de ermitaño se hace funcionario.

 

Hay algo en el ser humano, parece decirnos el Zollinger, que no cambia nunca, pase lo que pase y estemos donde estemos. Hay una posibilidad de vivir y de experimentar la plenitud de la existencia en cualquier lugar, en cualquier momento, con trabajo o sin trabajo, con amigos o sin amigos, con casa o sin casa, con proyecto o sin proyecto, con reconocimiento o sin él, algo que tiene que ver con la aceptación, con la nobleza, con la ilusión, con la gratitud, con la capacidad de asombrarse, con la atención cuidadosa a lo que se tiene entre manos y con el descubrimiento tranquilo de la sorprendente belleza que tienen todas las cosas en todas partes. El secreto de ese «algo», de cómo encontrarlo y de cómo mantenerlo es, seguramente, uno de los propósitos de la intensa, mágica, incomparable obra narrativa de Pablo d’Ors.

 

ANDRÉS IBÁÑEZ

 







Para Fernando Kuhn, amigo del alma,

 

y para quienes viven lejos de su patria.



 

 

 

 

 

 

 

 

 



Hay que volar por todos los mares,

 

pero hay que procrear en un nido.

 

XENIUS



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 




ANDANZAS

 

DEL IMPRESOR ZOLLINGER

 



 

 

 

 

 

 

 

DRAMATIS PERSONAE

 

 

August Zollinger

 

Magdalena Forsch, la telefonista de la ferrovía

 

Ferdinand Klopstock, soldado

 

Albin Staufer, el impresor de Romanshorn

 

Rudolf Staufer, su hijo

 

Gaspare Naldi, su socio

 

Gerhart Weber, ferroviario suicida

 

Ferroviarios de Schwabing, Eisen y Darmbrücken

 

Soldados del tercer batallón de caballería:

 

Francis Walser, suizo tartamudo; Saphir, húngaro de negros y poblados bigotes; Efraim Eyck, «el holandés»; Karl Ramuz, apicultor; Christopher Ohnet; Peter Arx; Georg Thaler; Hermann Seume; Bruno Eisoldt; Otto von Bloesch; Büchner; Greif; director del coro; solista Dornach; solista Schlatter

 

Truder, Frieder y Heinz, compañeros de infancia Georg Frouchtmann, profesor de dibujo El alcalde de Rosenwohl

 

Funcionarios del ayuntamiento de Appen-Tobel:

 

Jacob Mazenauer, funcionario de segunda

 

Loos, jefe del despacho

 

Julius Weibel, funcionario de segunda

 

Achim, muchacho

 

El alcalde de Appen-Tobel

 

Liese Schmeller, panadera

 

Esposo de la panadera

 

Mujer del funcionario Mazenauer

 

Tobias Schneider, viejo zapatero



 

 

 

 

 

 







I.   ROMANSHORN

 

 

 

Hasta los veintisiete años August Zollinger no había desarrollado ninguna profesión u oficio —ni siquiera alguna actividad esporádica que pudiera considerarse de beneficio público—, motivo por el que todos en Romanshorn, población de la que era oriundo y de donde nunca había salido, se asombraron mucho el día en que el joven Zollinger clavó sobre la puerta de su casa un letrero en el que, con caracteres de gran tamaño, podía leerse la palabra «IMPRENTA».

 

La sorpresa de los vecinos estaba justificada: desde hacía más de tres generaciones Romanshorn contaba con una imprenta, en cuyos destartalados talleres, de altos techos y luz mortecina, trabajaba el viejo Staufer, a quien los paisanos llamaban «el impresor de Romanshorn». Tan acostumbrados estaban todos a referirse a él con esta expresión, que nadie sabía que el viejo Staufer, cuyo rostro estaba visiblemente congestionado por el abuso del alcohol, se llamaba Albin, nombre que él —quién sabe por qué razones— había pasado la vida tratando de ocultar.

 

En aquella vieja imprenta, frente al monumento de la plaza mayor dedicado a Richard Wagner —en recuerdo de la noche que el célebre compositor pasó en Romanshorn—, trabajaba también el hijo del viejo Staufer, Rudolf Staufer, quien esperaba hacerse cargo del negocio paterno en cuanto su progenitor le considerara preparado, momento este que, a su pesar, se dilataba ya desde hacía varios años. En su fuero interno, también Rudolf, el pequeño de los cuatro hermanos Staufer, ya casados y lejos del hogar, deseaba ser llamado un día «el impresor de Romanshorn», oficio con el que estaba familiarizado y que, por sus dotes manuales, desempeñaba con extrema habilidad.

 

Atendiendo a estas circunstancias, el letrero que August había clavado sobre la puerta de su casa, también en la plaza mayor, si bien lejos del monumento a Wagner, no podía sino ser considerado una amenaza para los Staufer, acaso un agravio. Los habitantes de Romanshorn, población tranquila de la rica comarca del Appen-Tobel, famosa por sus vinos, se dispusieron por ello a presenciar lo que prometía ser una encendida desavenencia entre vecinos.

 

Los que frecuentaban al desocupado Zollinger —pocos, pues el joven era de carácter esquivo y taciturno— aseguraron que nada más lejos de la voluntad de su amigo que provocar una polémica y ofender a los Staufer, conocidos en el Appen-Tobel por la imprenta y por su proverbial irascibilidad. Los pocos que trataban con August —quien a causa de su talante melancólico se recluía con enfermiza asiduidad en los bosques de los alrededores— sabían bien que no era un capricho aquel letrero



 

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que había hecho instalar sobre la puerta de su casa, y cuyo lema —como ha quedado dicho— rezaba «IMPRENTA» en grandes caracteres. En efecto, las provisiones de tinta y pliegos con que había logrado hacerse no eran un antojo; ni tampoco las grandes mesas que había hecho traer de Rorsdorf, así como la prensa y la guillotina; ni, en fin, su firme decisión de convertirse en impresor de Romanshorn, por mucho que el destino hubiera querido reservar esta misión para el pequeño de los Staufer, hacia quien —todo sea dicho— guardaba cierto resentimiento a causa de una vieja rivalidad.

 

Ya fuera por los altísimos techos de la imprenta de los Staufer o por la misteriosa y mortecina luz de sus talleres, o quizá por el fuerte olor a tinta que desprendía el local, el caso es que, desde niño, August se sintió irremisiblemente atraído por el oficio de impresor. Ya con seis años eran muchas las tardes que pasaba sentado sobre un taburete en un rincón de la imprenta, viendo cómo el viejo Staufer prensaba el papel y extraía grandes pliegos de unos rollos inmensos que tenía clavados en la pared y que poblaron a menudo los sueños de su infancia. Fascinado por el proceso de producción del libro, el pequeño observaba cómo el viejo preparaba amorosamente el papel, colocándolo en la prensa, para eliminar así el aire que pudiera quedar entre las hojas. Con ojos grandes como platos seguía el movimiento de las manos expertas del impresor, introduciendo los cordeles en la textura y ajustando la distancia entre unos y otros, no sin antes haber impregnado el cordel en cera, para vencer de este modo las naturales resistencias del papel. De todas aquellas lecciones mudas, August aprendió, por ejemplo, que la costura podía hacerse de un extremo al otro del libro (a la española), alterna cada dos pliegos (a la francesa), o incluso con cintas (para libros de especial grosor). Rompiendo su habitual hermetismo, Staufer padre le explicó en cierta ocasión cómo los acabados podían ser en rústica, en tela o incluso en piel —si es que el cliente era adinerado—, permitiendo que le ayudara a pegar el primer pliego a la primera hoja, para asegurar la consistencia del tomo. Pero lo que más le gustaba al niño Zollinger era, sin duda, el momento en que el viejo impresor golpeaba el lomo con un martillo diminuto, para así dar al volumen la justa flexibilidad.

 

Por otro lado, el ruido de la maquinaria tipográfica, así como la fragancia de la tinta fresca extendida en los rodillos, quedarían indeleblemente grabados en la memoria del hijo de los Zollinger. Así las cosas, mientras Rudolf Staufer, con quien compartía el pupitre de la escuela, se iba a los bosques a jugar con el resto de los muchachos, el pequeño August contemplaba al padre de Rudolf en el desarrollo de su oficio, admirando la maestría con que encolaba los cartones con una brocha o con que cosía los cordones a las páginas, por ejemplo, o su habilidad para que un fardo de papeles quedara perfectamente ordenado en una pila; o, y esto era lo que prefería, embriagándose con aquel olor a tinta que impregnaba la atmósfera.

 

Por todo esto, al viejo Staufer no le sorprendió aquel letrero sobre la casa del joven Zollinger, lo cual no impidió que su rostro se congestionase más de lo habitual 

y llegara a su casa barbotando una blasfemia. Esa misma noche el viejo impresor de Romanshorn habló de este espinoso asunto con su hijo Rudolf, muy irritado también por lo que ya consideraba una gravísima afrenta. Al parecer, padre e hijo resolvieron en aquel conciliábulo nocturno tomar una decisión drástica y eliminar el problema de raíz.

 

Algo terrible sucedería seguramente esa madrugada entre los Staufer y el aspirante a impresor, pues a la mañana siguiente el letrero «IMPRENTA» ya no colgaba encima de la puerta de la casa de August ni en ningún otro lugar. Aquel letrero, sin embargo, no fue lo único que desapareció de Romanshorn: al propio August nadie lo vio durante esa jornada ni en los días siguientes. Amparados en la legendaria irritabilidad de los Staufer, muchos llegaron a sospechar que ellos habían hecho desaparecer al muchacho, cosa que, por extraño que parezca, nunca negaron los impresores. Por si esto fuera poco, al joven de los Staufer le había cambiado la cara desde que August no estaba en el pueblo: su rostro, otrora franco y jovial, se había ensombrecido. Miraba a los demás como si acabara de levantarse tras una noche en blanco, o como si ya fuera un viejo cansado de vivir.

 

Cuando los vecinos de Romanshorn estaban ya francamente preocupados por el destino de August Zollinger, cuando la policía ya había sido alertada de la repentina ausencia del joven y había iniciado sus pesquisas, llegó la noticia de que August trabajaba de ferroviario en la población de Rosenwohl, famosa en toda Austria por su elevado índice de suicidios, superior incluso al de Salzburgo.





II.    ROSENWOHL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

August Zollinger llegó a Rosenwohl el mismo día en que Gerhart Weber, el ferroviario de esta pequeña población, había muerto en trágicas circunstancias después de más de treinta años al servicio de la ferrovía. Nadie puso objeciones al joven forastero para que ocupase de inmediato el puesto vacante: ninguno de los que podría haber aspirado a este empleo quería trabajar allí donde lo había hecho un

 

suicida; decían que era un mal presagio.

 

Pese a no haber conocido a Weber, August afirmó en público que no creía en el suicidio de su predecesor. ¿Por qué arrojarse desde lo alto de un cerro —argumentó (al parecer, Weber se había despeñado)—, pudiéndose tirar a diario a las vías del tren? Por lo visto, nadie en Rosenwohl había pensado la muerte del ferroviario en estos términos, causa por la que el forastero Zollinger fue considerado «un tipo que piensa» —eso se decía de él— y, en fin, alguien respetado en el vecindario por su criterio e independencia.

 

Durante los meses en que vivió en Rosenwohl, August Zollinger tuvo una existencia muy solitaria, y es que su puesto de trabajo, así como la vivienda que le estaba asociada, se encontraba a las afueras de la aldea. Por su talante taciturno y reservado, además de por su acendrado amor a la naturaleza, al nuevo ferroviario no le importó el aislamiento que implicaba su nueva tarea. Antes de aceptar el inesperado ofrecimiento, August declaró ante testigos sentirse perfectamente capacitado para una misión que no requería especiales habilidades. Afirmó también, por otra parte, que le encantaría ver pasar los trenes. Lo que no confesó es que desde el retiro de Rosenwohl, dentro de su aislada garita —que visitó antes de dar el consentimiento definitivo—, tendría tiempo para recapacitar sobre lo que le había sucedido con los Staufer, padre e hijo, la noche en que fue amenazado de muerte y expulsado de su pueblo natal; deseaba reflexionar sobre qué pasos debía dar para llegar algún día a lo que había ambicionado desde los seis años: ser el impresor de Romanshorn.

 

August tendría que estar en el puesto de mando, para el cambio de las agujas, a las seis menos cuarto de la mañana, media hora antes de que pasara el tren: un expreso nocturno que recorría el trayecto de Praga a Viena. Esta era la única función que se le encomendaba; fácil, si bien de grave responsabilidad, dado que cualquier negligencia por su parte podía provocar que el ferrocarril descarrilase. El joven August no quería ni pensar siquiera en que, por su culpa, pudiera ocurrir una catástrofe en la vía férrea. No había más trenes que pasaran por Rosenwohl, de modo que el resto del día quedaría por entero a su disposición.

 

El suicidio de Gerhart Weber, después de treinta años de abnegado servicio a la ferrovía austrocheca, se le hizo al joven Zollinger mucho más comprensible después de la primera semana en la triste y retirada caseta de Rosenwohl. Aunque August se esforzaba por descansar lo más posible durante el día —para estar así bien despierto a la temprana hora en que pasaba el tren—, temía que la llamada telefónica que recibía media hora antes del paso del expreso pudiera sorprenderle desprevenido, lejos de su garita, a la que solo podía accederse por medio de una escalera en que trastabillaba con frecuencia; siempre le pareció al nuevo ferroviario que aquellos peldaños terminarían por resquebrajarse. Por eso, solo cuando el tren pasaba a las seis y quince, conforme lo programado, podía dormir tranquilo el nuevo ferroviario, aunque siempre por pocas horas y con el sueño ligero, pues tanto le torturaba la preocupación de no cambiar las agujas a tiempo que llegaba a despertarse empapado en un mar de sudor. Por culpa del insomnio y con los nervios de punta, durante sus mortificantes y prolongadas vigilias, August juzgó justificable la drástica medida de Weber, cuya larga y austera existencia —ahora lo comprendía— tenía que haberle resultado penosísima.

 

¿Por qué entonces aguantó August Zollinger tantos meses en aquella ocupación? Para responder a esta pregunta hay que saber que en la vida de August hubo una mujer.

 

 

 

Tan grande era el deseo del ferroviario Zollinger de que el expreso Praga-Viena pasara de una vez —y ahora agradecía que solo fuera uno—, tal era su afán de que llegase la hora del cambio de agujas para así poder irse de nuevo a la cama, que no fueron pocas las veces en que, urgido por el sueño, August pensó estar oyendo el sonido del ferrocarril cuando todavía faltaba mucho para que pasara por su estación.

 

En esas ocasiones, August pegaba la oreja al raíl y, malhumorado por los infinitos sonidos de la noche en el campo, creía escuchar lo que ningún oído humano habría podido percibir. Tal era el realismo con que la locomotora de aquel expreso sonaba en su imaginación, tal su verosimilitud, que más de una vez el ferroviario se incorporó a toda prisa y corrió hasta su garita para un cambio de agujas que enseguida se revelaba prematuro.

 

Por todo lo dicho, si aún restaba en August algún resquicio de amor romántico por el ferrocarril —como llegara a declarar antes de la firma de su contrato—, esa afición suya se vio por completo mermada durante los largos meses que pasó en Rosenwohl asaltado, cada vez con mayor frecuencia, por el sonido de veloces y amenazantes locomotoras imaginarias.

 

¿Qué fue entonces lo que le hizo cambiar? ¿Cómo es que prolongó tanto su tormento? La pregunta sigue en pie, aunque ya ha quedado escrito que en el corazón de August Zollinger entró por aquel entonces una mujer: la telefonista de la ferrovía.


Para asegurarse media hora antes de que pasara el tren que los ferroviarios de Schwabing, Eisen y Darmbrücken estaban en sus respectivos puestos, la ferrovía austrocheca había contratado a una telefonista cuya misión era llamar a diario a los encargados del tren en estas poblaciones, así como a otros ferroviarios de otras localidades más lejanas, a cuyo cargo —es de suponer— estaría el paso de otros trenes, tanto nacionales como europeos. De este modo, «la telefonista de la ferrovía» —así comenzó a llamarla August en su fuero interno— pasaba su jornada confirmando telefónicamente que todos cumplían su papel. Tan elevado era el número de llamadas que la joven telefonista debía hacer (por el tono de su voz, August consideró que tenía que ser joven), que la muchacha, apremiada siempre por la urgencia, no podía detenerse en formulismos o cortesías de clase alguna. Siguiendo las instrucciones de sus superiores, hablara con el ferroviario de Eisen, el de Schwabing, Darmbrücken o cualquier otro, en cuanto se levantaba el auricular del aparato ella debía preguntar: «¿Preparado?», solo eso. Del ferroviario se esperaba que respondiera con la misma fórmula, si bien sin entonación interrogativa: «Preparado».

 

Dado que muchas veces era la voz de aquella telefonista la única que el ferroviario novato escuchaba durante toda la jornada, no debe extrañar en exceso que, al cabo de pocos días en su nuevo trabajo, el solitario Zollinger hiciera algunas consideraciones que, fuera de esta situación, no se habría hecho jamás. Se dio cuenta, por ejemplo, de que, en un mínimo pero significativo acto de rebeldía, aquella mujer no solo decía «¿Preparado?», conforme le habían indicado que hiciera, sino también «¿Listo?». Se trataba, sin duda, de una pequeña variación léxica —acaso no reprochable por sus patronos—, pues ambas palabras eran sinónimas y, por ende, transmitían la misma información.

 

Por su propio pasado díscolo e indisciplinado, esta leve insubordinación predispuso al joven ferroviario a favor de aquella voz, de la que, por otra parte, solo podía saber lo que pudiera deducirse del modo en que entonaba la palabra «preparado» o «listo» en que consistía toda su comunicación. A este respecto hay que advertir que una de las consignas que los superiores habían dado, tanto a los ferroviarios como a su telefonista, era la terminante y justificada prohibición de prolongar la conversación telefónica. De la irresponsabilidad de hablar más de lo debido, violando esta medida de seguridad propuesta por el sindicato de ferroviarios, podría depender algún accidente en la enmarañada red ferroviaria del país. Por su formación germánica y por su riguroso sentido del deber, tanto los ferroviarios como su telefonista comprendían que aquel precepto no era un mero capricho, motivo por el que lo obedecían sin tan siquiera plantearse una eventual insurrección.

 

No sin el íntimo regocijo de un descubrimiento encantador y, posiblemente, de alguna secreta significación —o eso consideró August—, el nuevo ferroviario se percató de que «su» telefonista decía «preparado» o «listo» indistintamente, aunque era más frecuente que dijera «listo» conforme pasaban los días, lo cual revelaba que el impulso a desobedecer en aquella mujer desconocida iba en aumento. August conocía bien lo irresistible que podía llegar a ser ese impulso. Según sus cálculos, operaciones estas en las que se entretuvo durante días, la telefonista de la ferrovía decía cuatro «listos» por cada «preparado», proporción que —como ya quedó indicado— tendía deliciosamente al alza.

 

Desconociendo qué responderían sus colegas de Darmbrücken, Eisen o Schwabing —aunque no sin interés por averiguarlo—, August solía contestar según se le preguntaba, de modo que si aquella voz femenina (¡qué femenina era, cielo santo!) decía «¿Preparado?», él respondía «Preparado», y si, por el contrario, decía «¿Listo?», él aplicaba la misma palabra. August examinó la conveniencia de buscar también él algún sinónimo de «preparado» o de «listo» —tales como «prevenido» o «dispuesto»— que, rompiendo la rutina de sus brevísimos intercambios telefónicos, le ayudara a sobresalir frente al resto de los ferroviarios.

Pero nada de esto fue necesario. Bastó que no respondiera con la palabra que ella había utilizado, como hasta entonces había hecho, para que la telefonista, desde el otro lado de la línea, quedase perceptiblemente desconcertada. En efecto, aquella mañana, a las cinco y cuarenta y cinco en punto, a la pregunta «¿Listo?» él respondió «Preparado», provocando que, en lugar de colgar enseguida, como era lo acostumbrado, la mujer se mantuviera todavía algunos segundos al aparato, aunque en silencio. ¡Qué silencio tan dulce!, recordó August, quien pasó gran parte de ese día no solo evocando el silencio en cuestión, sino intentando estimar, con los cálculos más estrafalarios, su duración exacta.

 

 

 

Tanto le gustó al joven Zollinger ese silencio telefónico —signo inequívoco de la adorable turbación de la mujer— que al día siguiente se sentó frente al teléfono mucho antes de lo que era su costumbre, esperando con impaciencia a que sonara. ¡Cuánto pudo mirar August ese descascarillado aparato gris! ¡Qué grande era la esperanza que acariciaba en su corazón atendiendo a la brevedad y banalidad del coloquio que mantendría!

Sonó el teléfono. Ella dijo «¿Preparado?», en lugar de «Listo», que era lo que venía diciendo los últimos días. En su ánimo por despuntar y destacarse de sus desconocidos colegas —hipotéticos competidores—, él replicó: «Listo». Era lo que había proyectado: responder con la palabra opuesta a aquella con que se le preguntara. Y una vez más, milagrosamente, se produjo un silencio al otro lado de la línea. Imposible saber si de mayor o menor duración que el del día anterior. Excitado como estaba, con la mano temblorosa todavía en el auricular, aquel segundo silencio —promesa de silencios futuros y, acaso, más reveladores— le pareció a Zollinger en un primer momento más breve que el de la llamada anterior; luego, volviendo obsesivamente sobre él, como haría durante horas, decidió que ese silencio segundo había sido exacto al primero —decisión que consoló al ferroviario, aunque no lo bastante—. ¿Por qué no llegaría ya el día siguiente?, se preguntó August, mientras saltaba de un raíl al otro, como lo haría un muchacho.

 

Por culpa de estas reflexiones, y de tantas otras de índole similar, August estuvo a punto de no cambiar las agujas ese día y de provocar un accidente en su línea. Por fortuna, nadie se enteró de su descuido, y hasta él mismo, ocupado como estaba en recrear la voz de la telefonista, lo olvidó poco después del susto.

 

Le inquietaban dos cosas: una de orden teórico y otra práctica. La teórica era cómo podía dedicar tantas horas de reflexión a lo que había sucedido en unos pocos segundos, los que se tarda en decir «¿Preparado?» y «Listo» y, en fin, cuánto había durado verdaderamente el mágico silencio posterior. La práctica, como es natural, era cuál debía ser el paso siguiente en su relación, si es que podía llamarse así a sus efímeras conversaciones con la telefonista.

 

Hubo, sin embargo, algo más dulcemente hiriente que estas reflexiones: la añoranza de un sonido, el del tren. En efecto, gracias al tren, que por la benevolencia del destino pasaba por Rosenwohl —estación de la que él era responsable—, el teléfono gris sonaba en su garita bajo la triste luz de una bombilla. Ese teléfono viejo en una garita sucia y mal iluminada era, para August Zollinger, el escenario de su ilusión. Y fue así como el ruido del tren, que tanto le había atormentado días antes, se transformó para él en lo que bien podría llamarse «el sonido del amor», presagio de gratísimos paraísos futuros.

 

Todo esto puede decirse de una manera mucho más sencilla: August Zollinger, el recién contratado ferroviario de Rosenwohl, aquel que quiso en su juventud ser impresor en Romanshorn —sueño este ya algo lejano— estaba enamorado, perdidamente enamorado, de una voz.

 

 

 

En honor a la verdad, ni August Zollinger sabía nada de la telefonista de la ferrovía ni ella de él: esto llegaba a admitirlo el ferroviario enamorado. Le consolaba sobremanera, en medio de este desconocimiento, que la siguiente vez que le llamase, y faltaban solo siete horas, ella no telefonearía con la misma actitud con que hacía el resto de las llamadas: de eso también estaba casi seguro.

 

Su espíritu atrevido, casi temerario, no eximió al enamorado Zollinger del miedo a presentarse a la joven en su próximo coloquio. ¿Debía hacerlo ya? ¿No era prematuro? Por la natural excitación que comporta la violación de una norma y, sobre todo, por desconocer cuál sería la reacción de la telefonista, la voz del ferroviario tembló al otro lado de la línea cuando, como respuesta a la pregunta de si estaba preparado, él contestó: «Preparado. Me llamo August». «Preparado. Me llamo August»: ¿podía ser este el inicio de una historia de amor?

 

Desde dondequiera que estuviese —idea esta que Zollinger no cesaba de plantearse—, ella colgó de inmediato, sin dejar ese silencio que August tanto había esperado. Aquel final tan brusco era, ciertamente, susceptible de muchas interpretaciones, y August las consideró todas.


Con la voz rota por el insomnio y la emoción, a la mañana siguiente el ferroviario corrió un riesgo todavía mayor: no dijo simplemente «me llamo August», sino que, tras advertir que estaba listo, se aventuró a preguntar: «¿Cómo te llamas?». «¿Cómo te llamas?»: ¿cuántas historias de amor habrían comenzado con estas mismas palabras?

 

Fue un veinte de abril, el día después, a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana (¿a qué hora iba a ser?), cuando se produjo el auténtico y bienaventurado inicio de lo que, más rigurosamente, puede llamarse una relación. Al descolgar el auricular, el ferroviario no oyó solo «¿Preparado?», ni tampoco «¿Listo?», sino algo infinitamente más dulce y prometedor: «Me llamo Magdalena. ¿Preparado?».

La emoción de la muchacha tuvo que ser muy intensa, pues también a Zollinger le costó reconocer en aquella tibia vocecita a la misma mujer con quien había hablado todos esos días: solo tres palabras, cierto, pero ya más de un centenar de conversaciones. Este último dato —mucho más que el primero— encendía su ánimo. Por otra parte, ella colgó sin dilación, avergonzada quizá por su desmedido atrevimiento, con lo que ni siquiera le dio tiempo al ferroviario a responder con la palabra debida, o acaso con otras más originales y amorosas que seguramente tendría bien dispuestas.

 

La relación entre August y Magdalena fue creciendo día a día o, lo que es lo mismo, palabra a palabra. Él, por ejemplo, dijo: «Listo. Nací en Romanshorn» y: «Listo. Tengo veintiocho años» y: «Preparado. Quiero ser impresor». Luego, durante una semana, estuvo contando cómo había llegado a ser ferroviario en Rosenwohl: «Listo. Me echaron de mi pueblo». «Listo. Es una historia larga». «Listo. Había muerto Weber». «Listo. Weber era el antiguo ferroviario.»…

 

Naturalmente, antes de todo esto, August había manifestado con vehemencia su admiración por todo lo que ella iba diciendo, hasta lo más banal. Quizá era esto último, lo banal, lo que más le seducía y llenaba de ilusión. «Preparado. Me gusta tu nombre». «Listo. Estaba seguro de que tendrías veinticuatro años». «Listo. No me sorprende que tengas los ojos azules».

 

E incluso se atrevió a dar algunos pasos que, devorado por las dudas, se reprochaba más adelante en sus prolongados paseos a lo largo de la ferrovía: «Preparado. ¿Te gustaría que nos viéramos?». (Exclamación privada posterior: «¡Que diga que sí, que diga que sí!»). «Listo. ¿Por qué no me respondes?». (Reproche: «¡Maldición! Esto no tenía que haberlo dicho»). «Listo. ¿Podría hablar con tu padre?». (Duda: «¿Y si ha fallecido? ¿No se sentirá atosigada?»).

 

Por su parte, también Magdalena iba dándole información, aunque más recatada y paulatinamente. «Mi nombre es Magdalena. ¿Preparado?». Esto lo repitió en dos ocasiones, ¿por qué lo repetiría? «Los míos son azules (se refería a los ojos). ¿Listo?». Hasta que una mañana no dijo nada tras su «¿Listo?». ¿A qué obedecería ese silencio, teniendo tantas cosas que contarle?, se torturaba August. Por fortuna, ella volvió pronto a las andadas: «Mi padre es labrador. ¿Preparado?». «¿Y el tuyo?


¿Preparado?».

 

Al tener solo la posibilidad de unas pocas palabras, de modo que su violación de la normativa no fuera descubierta, y debiendo turnarse uno y otro para que —en medio de estos límites— las respectivas notificaciones se asemejaran a un diálogo, la historia de amor entre August y Magdalena avanzó muy, muy despacio. Esta lentitud exasperó al principio al joven Zollinger, enardecido como nunca por la pasión amorosa recién descubierta; pero esta lentitud, también, conforme él mismo reconocería más adelante, resultaba demasiado esperanzadora y subyugante como para hacer que se precipitara. ¿Podrían vivir siempre así, en este inexorable y creciente intercambio verbal? En la morosidad de aquel trueque de verbos y emociones, la relación entre los enamorados fue madurando como debería avanzar toda historia: degustando cada palabra, tan preñada de sentimientos, proyectando cada pregunta —acicate siempre de nuevas preguntas—, imaginando cada respuesta y ensoñando un futuro que se les antojaba eterno. Ambos tenían la impresión de que si lograban verse algún día, sus conversaciones mantendrían la brevedad y urgencia propia de las comunicaciones telefónicas; suponían que en sus diálogos se intercalarían siempre, porque así debía ser, grandes silencios. En esas suposiciones y sueños se les pasaron las semanas; ni August ni Magdalena vivirían después, nunca, días más felices.

 

¿Días felices? Sí, aunque puntualmente enturbiados por unos celos intensísimos que devoraban al enamorado Zollinger hasta consumirle. Meditabundo como nunca, August no podía dejar de preguntarse por lo que Magdalena podría haber dicho a los demás ferroviarios en sus brevísimas conferencias telefónicas. Sin duda, también a sus colegas de Darmbrücken, Eisen o Schwabing, ella les había dicho «¿Preparado?» o incluso «¿Listo?»; eso podía perdonarlo. Pero —y era esto lo que le angustiaba— ¿también con ellos utilizaría la misma entonación que con él, tan cariñosa, tan irresistible?

 

Junto a esta cuestión había otra no menos grave: en la soledad de sus respectivas garitas —diferente de cualquier otra soledad—, ¿también ellos —casados, solteros, jóvenes o mayores…— estarían enamorados? Agotado por sus cábalas, August quería saber cómo no enamorarse de una voz —cualquiera que esta fuere— en medio de la soledad. Y, todavía más, ¿no es, después de todo, la soledad el mejor caldo de cultivo del amor, el único?

 

Y así, en esa fragua de celos y de amor, estuvieron él y ella durante meses, concediéndose un minuto al día y dedicándose el resto de la jornada, casi por completo, a pensar y ensoñar cómo podrían quererse más en el nuevo minuto que se les brindaría al cabo de unas horas.

 

 

 

Una llamada telefónica —¡qué, si no!— fue lo que sacó al joven Zollinger de un sueño del que no pensaba llegaría a despertar:



—¿Preparado? —le dijo aquella mañana una voz masculina.

 

Tal fue su desconcierto y desazón —su lengua quedó en el paladar, paralizada— que August no respondió.

—¿¡Preparado!? —repitió aquella voz desconocidísima, ahora con el inequívoco tono de la impaciencia, casi del enfado.

—Preparado —respondió August, y el auricular se le cayó en ese instante de las manos.

¿Qué habría sido de Magdalena?, se preguntó el enamorado, bajo la titilante luz de su vieja garita, más mortecina ahora que nunca. ¿Por qué la habrían reemplazado —¿pero realmente podía ser reemplazada?— por aquella voz masculina y fastidiosa?

Algunas horas después, August Zollinger obtuvo la respuesta brutal a sus preguntas. Incrédulo, desesperado, leyó la brutal noticia en un diario regional. Mientras se dirigía a su trabajo, la joven telefonista de la ferrovía Magdalena Forsch —de modo que se apellidaba Forsch, pensó August— había muerto atropellada por el expreso nocturno de la línea Praga-Viena.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



III.    MARCHAS

 

 

 

 

 

Lo primero que el soldado Zollinger observó del tercer batallón de caballería, además de la extendida y de todo punto exacerbada inclinación al alcohol, fue que ni la tropa ni los mandos tenían caballos; lo segundo, que todos caminaban sin descanso, un día tras otro, sin que nadie supiera bien ni el destino ni la razón. De ambas impresiones, confirmadas durante el tiempo que permaneció en filas, dedujo August que tal vez fueran los soldados de infantería los que en el ejército austriaco

 

gozasen del privilegio de ir a caballo por la campiña.

 

Salvo los domingos y las así llamadas fiestas de precepto —que los soldados, desde la fundación del regimiento, aprovechaban para acercarse a las poblaciones más próximas para emborracharse y hacerse con provisiones de alcohol—, el resto de los días, en implacable sucesión, todos estaban obligados a ir de marcha. Sí, una vez alistado —medida esta que August entrevió como la mejor salida a su situación—, al nuevo recluta se le entregaba uniforme, botas y fusil, y se le instaba a que caminara con el grupo. De hecho, desde su enrolamiento, August Zollinger no había hecho otra cosa.

 

Estando la formación militar rigurosamente establecida en las compañías de mayor a menor estatura, al soldado Zollinger le tocó en suerte caminar junto al suizo Francis Walser —quien, por su exasperante tartamudez, era aún más reservado que él —, así como junto a un tal Ferdinand Klopstock, apenas un centímetro más alto y con quien haría buenas migas.

 

—¿Adónde vamos? —preguntó Zollinger a su vecino Ferdinand en un descanso, mientras este resoplaba y se enjugaba el sudor.

Ni Klopstock ni nadie le respondió entonces; tampoco lo harían después. Y no ya porque no supieran la respuesta, sino porque —como bien apreció August— muchos de aquellos hombres —acaso todos— no se planteaban la cuestión. A excepción del descanso dominical, destinado al esparcimiento, para ser soldado en Austria lo único que hacía falta era poder caminar, uno tras otro, en fila india, o uno junto a otro, en filas de a dos, o en la formación característica del batallón, por compañías, si la carretera era ancha y permitía ese despliegue.

 

Después de un mes marchando de lunes a sábado siete, ocho y hasta nueve horas, recorriendo valles y montañas, atravesando idílicas praderas sobre las que apetecía solazarse y holgar tras haber escalado picos y vadeado ríos, levantando polvo en el verano —la estación en que se encontraban— y soportando las ruidosas tormentas estivas, en que las marchas más que suspenderse se recrudecían, también Zollinger dejó de hacerse esta pregunta. No es que la meta de esas enojosas caminatas — enojosas fundamentalmente por la obligación de hacerlas sin hablar y con el fusil a cuestas— hubiera dejado de interesarle; es que ni se acordaba ya de que alguna vez le hubiese preocupado este asunto.

 

Aunque en aquel tiempo Zollinger perdiera el interés tanto por el itinerario como por la razón de aquellos interminables desplazamientos, ahora sí que es posible responder a su primera duda, aunque no a la segunda: en aquella época, el tercer batallón de caballería recorría el país sin interrupción de este a oeste y de norte a sur, una vez tras otra. Si damos crédito a las ocho horas que, de promedio, según August, pasaban caminando —información difícilmente creíble—, y teniendo en cuenta que la superficie de Austria es de ochenta y tres mil ochocientos setenta y ocho kilómetros cuadrados (quinientos veinticinco de este a oeste y trescientos exactos de norte a sur por las zonas más anchas), es de suponer que, en los dieciocho meses que August Zollinger pasó en el ejército, el tercer batallón recorriera esa república unas nueve veces, sin que en ninguna de ellas reconociera August el paisaje como familiar. Estos cálculos parecen, en todo caso, exagerados; es probable que, aunque fuerte, el ritmo de aquellas marchas no fuera tan intenso como el antiguo ferroviario aseguraba.

 

Gracias a la simpatía de sus camaradas, durante sus dieciocho meses de soldado el solitario August no se acordó mucho del agravio que le habían infligido los Staufer —padre e hijo— la noche fatídica en que, asustado por el peligro que corría, tuvo que abandonar su pueblo natal. Tampoco pensó demasiado en su querida imprenta de techos altos, adonde confiaba regresar un día, y ni siquiera se entretuvo recordando los bosques de Romanshorn, en los que solía recluirse con enfermiza frecuencia durante sus melancólicos años mozos. Ninguno de los paisajes que recorría junto a la tropa se asemejaba ni remotamente —juzgaba el soldado Zollinger— a aquellos en los que se había criado y a los que, por ser los más bellos, se retiraba a veces con la imaginación.

 

De quien sí se acordó August todos los días fue de Magdalena, la telefonista, o, por ser rigurosos, de la voz de aquella mujer a la que nunca había podido ver. Recordaba sobre todo el «¿Preparado?» o «¿Listo?» que ella le brindaba cada mañana. ¿Preparado? No, no lo estaba para que ella se marchara, al igual que tampoco ella estaba lista para partir.

 

Dolorosamente se acordaba August del «Me llamo Magdalena» que ella le musitara un día con una vocecita tibia e irreconocible. Durante muchos tramos de aquellas absurdas excursiones, esa era precisamente la música que sonaba en su corazón de enamorado: «Me llamo Magdalena», «Me llamo Magdalena», «Me llamo Magdalena»… ¿Cuántas veces llegaría a repetir esas tres palabras, convertidas ahora, secretamente, en una oración?

 

El pensamiento de Magdalena era, pues, recurrente y se producía en los momentos más insospechados: al abrir los ojos por la mañana, como un fulgor; al agacharse para anudar los cordones de las botas, como si el pliegue de su cuerpo se lo



 

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revelara; o cuando el viento azotaba su rostro, como si la desconocida imagen de su amada impregnase cada partícula de la atmósfera. De todo lo que, con fundamento o sin él, extraía Zollinger el recuerdo de su amada, había algo que, por encima de todo lo demás, traía ineludible y dolorosamente a Magdalena a su memoria: el sonido del tren.

 

 

 

El liderazgo natural sobre la tropa en el tercer batallón de caballería del flamante ejército austriaco —mucho más importante que el propio del rango militar— provenía más de la resistencia al alcohol que de la fuerza física, la simpatía del carácter, la habilidad para los juegos de manos —a que los soldados eran muy aficionados— o, por supuesto, la capacidad intelectual —escasamente valorada—. August comprendió enseguida que del tiempo que aguantara sin derrumbarse y, a ser posible, sin tambalearse tras ingerir un litro de becherovka —bebida alcohólica de origen checo— iba a depender no solo la consideración y el respeto de su regimiento, sino su apoyo y amistad incondicional.

 

Tras brindar animoso, August empinó el codo y comenzó a beber, arropado por los vítores de los compañeros que le jaleaban, hasta dejar la botella por la mitad. Él sabía, aunque no por experiencia, que el alcohol ahoga las penas, y la pavorosa muerte de la telefonista de la ferrovía estaba todavía demasiado reciente como para rechazar la ayuda que le prestaba la botella. Mientras bebía con la cabeza violentamente inclinada hacia atrás, August pensó una vez más en lo que ella le dijera en la última conversación: «Me gusta tu nombre». Así había empezado su historia, con un nombre: «Me llamo Magdalena». Dar un nombre es ya algo importante, pensó Zollinger, visiblemente ajado tras la trágica desaparición de su amor.

 

La primera hazaña, la de beber el becherovka sin pausa casi hasta la mitad de la botella, sorprendió gratamente a sus camaradas, quienes, tanto por la complexión física de August, más bien enclenque, como por sus modales —extrañamente refinados—, pensaron que pasarían un buen rato a costa del nuevo enrolado. No fue así. A medida que August iba bebiendo, el silencio que reinaba entre los presentes fue haciéndose mayor: un silencio roto solo cuando el envejecido Zollinger pidió una segunda botella.

 

—¿Una segunda botella? —le preguntaron.

 

—¡Una segunda botella! —murmuró, admirada, la soldadesca.

 

Hasta su alistamiento, a los pocos días del mortal accidente de Magdalena, habían sido varios en ese tercer batallón los que habían conseguido, en ese rito al que ahora August se estaba sometiendo, beberse todo un litro de alcohol de alta graduación, generalmente el dulce y renombrado becherovka que, por su empalagoso sabor, similar al anís, hacía la prueba más difícil. Solo aquel a quien llamaban Saphir, de poblados y negros bigotes, así como Efraim Eyck, «el holandés», habían reclamado en sus respectivas pruebas una segunda botella, si bien ninguno de ellos había sido capaz de terminarla. De los dos era Saphir, de origen húngaro, quien había conseguido ingerir mayor cantidad; se decía que, por la proverbial tristeza húngara, la costumbre de beber estaba más arraigada en su país.

 

Desde el momento en que August solicitara la segunda botella, muchos de los soldados —que hasta entonces habían preferido sestear o jugar a los naipes para dirimir sus reyertas y ganarse unas monedas— se fueron acercando, aguijoneados por la curiosidad. Cansados ya de un ritual que se repetía con cada nuevo recluta, estaban convencidos de que, de un instante a otro, Zollinger se desplomaría inconsciente, provocando las risas y burlas de los concurrentes. Más tarde o más temprano, todos se habían derrumbado: Karl Ramuz, por ejemplo, el apicultor, fue combándose muy poco a poco, con hilarante lentitud; al más pequeño de los Ohnet, Christopher, fue imposible separarle de la botella, cuyo cuello agarró con una determinación y firmeza impropias de la ebriedad; Peter Arx, por otro lado, afligido como estaba por el reciente fallecimiento de su madre, se puso a reír tras el primer trago: esa risa húmeda, floja y salivosa, típica de los borrachos; antes de llegar a la mitad de la botella, Georg Thaler, que tanto había presumido de su resistencia a los vodkas, ya estaba llorando: gemidos desgarradores que provocaron las mofas del escuadrón; Hermann Seume —una anécdota más— se puso a cantar a voz en grito a los pocos minutos, costumbre esta que, según se sabe, es habitual entre las gentes dadas al alcohol.

 

Las canciones de Hermann Seume se hicieron inolvidables para la tropa. Del contenido de las letras, de carácter invariablemente religioso, dedujo el regimiento, no sin razón, que Hermann Seume había sido seminarista antes que soldado, pasado del que a Hermann no le gustaba hablar ni sobrio ni borracho. Por otro lado, el soldado Seume cantaba muy bien, como un auténtico profesional, motivo por el que todos en el regimiento querían que se emborrachase, pues Hermann se negaba en redondo a cantar canción alguna si no era bajo los efectos del alcohol.

Cada soldado del regimiento, en fin, guardaba en su memoria las borracheras más sonadas, las más comentadas y, ciertamente, aunque solo fuera de oídas, la suya propia. Lo que llamó la atención de la borrachera de August Zollinger —si es que el espectáculo que brindó podía calificarse de este modo— es que tras la ingestión del primer litro de becherovka —licor que, según confesó después, no había probado con anterioridad—, no hubiese reído ni llorado ni cantado ni llamado insistente y quejumbrosamente a su mamá, como hacían muchos, provocando así los aplausos de todos. Así era: cada uno de los asistentes aguardaba el momento en que se oyera el grito de «¡mamá!» de labios del novato.

 

Para decepción de su público, August no se tambaleó y mucho menos cayó cuerpo en tierra: tan honda era su tristeza por la pérdida de Magdalena que ni siquiera el alcohol pudo apagarla. No, como si nada ni nadie pudiera hacerle flaquear, se mantuvo erecto, extrañamente digno y solemne. Miraba sereno a la asamblea entre trago y trago, pues —eso sí— bebía cada vez con mayor parsimonia. Haciendo



 

 salvedad de la vez en que dijo el nombre de su amada —Magdalena— sin que nadie pudiera entenderlo —acaso ni él mismo fuera consciente de que lo decía—, Zollinger no profirió palabra durante la prueba. Solo respondía «bien», serenamente, cuando se le preguntaba por su estado, cada pocos minutos. Es cierto que le quemaba la garganta, por lo que, entre sorbo y sorbo, cada vez más pequeños y con un intervalo mayor, buscaba refrescar con la lengua las encías y el paladar abrasados. Este movimiento, el de la lengua rebuscando algún alivio y frescor, hizo que algunos se rieran. Pero la mayoría permaneció en un silencio grave y respetuoso, admirada de la resistencia de aquel individuo que, superando a todos los presentes, incluso al mencionado Saphir —que caballerosamente aceptó el fin de su reinado—, finalizó la segunda botella y llegó a ordenar una tercera, que solo empezaría.

 

Le trajeron esa tercera botella y, frente a sus colegas —todos estaban allí—, August la descorchó sin pestañear.

—¡No bebas más! —exclamó uno de sus compañeros, asustado.

 

Era Klopstock. August le miró con afecto, pero se llevó pese a todo la botella a los labios, que apenas mojó. Poco después, dando por terminada la ceremonia, se sentó sobre una roca, junto a sus camaradas boquiabiertos. Y así fue como empezó lo que dio en llamarse «la leyenda del bebedor triste».

 

De aquella demostración —cuya secuela física fue un perceptible temblor en la sien, que le sobrevenía ocasionalmente—, le quedó a Zollinger no solo el respeto y la admiración de todos, como ya ha quedado dicho, sino la camaradería más franca y la más saludable amistad. Como se acostumbraba con los bebedores más resistentes, fueron varios los compañeros que, tras la proeza, se pusieron a su servicio, ofreciéndose de continuo a llevarle la mochila y el fusil, privilegio este que, desde la fundación del tercero de caballería, podía exigir el vencedor de quien le viniera en gana. Sin llegar a extremos tan serviles, buena parte de los soldados, e incluso de los cabos y otros mandos, quería contarse entre sus preferidos, procurando estar siempre cerca del nuevo líder.

 

Agradándole el afecto que despertaba entre sus colegas —más generoso y espontáneo que el que consiguieron recibir sus predecesores—, nada de esto restañaba la herida de August, más melancólico y taciturno en aquella época que en ninguna otra. Todos querían saber por qué el soldado Zollinger era así, tan melancólico, tan taciturno; querían que les contara la penosa historia que había vivido en ese pasado suyo, tanto más legendario cuanto menos hablaba de él. Cuando no estaba presente, eran muchos los que comentaban entre sí cuán grande tenía que ser la desgracia que le habría caído en suerte a ese hombre para que el alcohol no llegase a apagarla, siquiera temporalmente. Pero él nunca les contó la verdad. Ni tampoco alguna mentira. ¿Cómo explicarles a esas gentes, a las que su corazón ya se iba aficionando, que su tristeza se derivaba de la muerte de una mujer a la que ni siquiera había visto? Porque ¿cómo contar al mundo que había amado a una voz?


La profunda melancolía de August se hizo particularmente dolorosa para sus compañeros por culpa de la música, a la que se daba una importancia exagerada, seguramente superior a la que pudiera recibir en otros ejércitos europeos, e incluso mayor también en aquel tercer batallón que en los demás batallones y compañías del propio ejército austriaco, famoso precisamente en el mundo entero por su musicalidad. Tal era la relevancia y prestigio que la música tenía para la tropa que, junto a la resistencia al alcohol, cantar mejor o peor era algo muy estimado por el grupo.

 

Los ensayos de música eran, por lo que acaba de referirse, de larga duración (dos o tres horas) y, aunque había una regularidad establecida (uno por semana), no era inusitado que el director del coro estableciera un segundo y hasta un tercer ensayo, si es que las circunstancias así lo exigían. Nadie se atrevía nunca a poner en tela de juicio las opiniones y consignas de aquel director, a quien, por el alcance de su misión, se eximía de otras funciones más prosaicas.

 

Según comprobó August —a quien el asunto divertía—, los soldados acudían voluntaria y gustosamente a estos ensayos, conscientes de que aquella actividad artística no solo era buena o conveniente, sino también imprescindible tanto para el honor y prestigio del ejército como para el mantenimiento del buen ánimo en la tropa. En este sentido, el tipo de canción que se cantara (el repertorio era muy variado y no siempre de índole militar), así como la calidad y armonía de las voces, reflejaba con sorprendente exactitud el estado de ánimo general. En otras palabras: cantar mal significaba que la tropa estaba descontenta. O preocupada. El director del coro insistía mucho en lo determinante que era el entusiasmo —o al menos el bienestar— para que las canciones sonaran como debían. Por todas estas razones los soldados acudían muy puntuales y bien dispuestos a la convocatoria de los ensayos, antes incluso de lo convenido, y regañaban al que desafinaba o no se tomaba el canto con la suficiente unción y seriedad.

 

Dada la impronta militar de la mayoría de los cánticos, lo habitual era que los cantores se organizaran en coros, fuera todos juntos o en pequeños grupos, entre los que existía no poca rivalidad. Pero también había himnos que, según las partituras, exigían de algún solista. Los principales solistas del tercero de caballería eran los soldados Dornach y Schlatter, quienes, por el parecido timbre de sus voces, así como a causa de una trifulca en que se habían enzarzado meses atrás, tenían una relación muy tensa. El destino había querido que resultara muy difícil diferenciar cuándo cantaba Dornach y cuándo lo hacía Schlatter, y ello incluso cuando, disgustados por esta similitud, ambos procuraban diferenciarse y cantar lo más distintamente posible. En vano, la diferencia solo era perceptible durante los primeros compases, olvidando los dos enseguida la impostura y recuperando su propio timbre. Por si esto fuera poco, cuando cantaban a la par —cosa a la que les obligaba en ocasiones el director —, las dos voces se ensamblaban tan asombrosamente que parecían una sola, logrando así el efecto de que era una única persona la que cantaba, si bien con extraordinaria potencia. Como es natural, este descubrimiento entusiasmó al director. Schlatter y Dornach nunca cantaban por las noches, momento en que a los soldados les gustaba reunirse al calor de una fogata campestre. Bajo las estrellas, la tropa entonaba sus canciones más queridas, pero también lo hacía durante las marchas para así distraerse y aliviar el cansancio. Cualquier viajero que fortuitamente hubiera pasado por las inmediaciones y hubiese oído cantar a todos aquellos hombres con tanto sentimiento, habría pensado, sin duda, que la melodía que emanaba de aquellos bosques provenía nada menos que de un magnífico coro celestial.

 

Semanas después de su alistamiento, August seguía sin unirse al coro; tampoco cantaba con sus compañeros durante las veladas nocturnas, sino que se limitaba a sentarse bajo un árbol y dibujar en la tierra con una rama. No podía —sino traicionando su corazón— unirse al grupo en sus canciones, como habría sido su deseo. Por este hermetismo suyo, del que parecía no podría desprenderse, había algunos —pocos, en realidad— que le miraban con reserva y maledicencia.

—¡Un hombre que no canta! —decían, meneando la cabeza, en señal de preocupación y censura.

Pero todas esas cautelas quedaron desbaratadas cuando August empezó a presentarse en los innumerables ensayos, si bien solo de oyente. Lo más definitivo fue, en cualquier caso, la velada nocturna en que varios oyeron cómo el bebedor triste había empezado a tararear, aunque muy bajito. Alguno comentó entonces —y para todos ellos era esencial— que había cogido bien el tono —signo, en definitiva, de que poseía un buen oído—. Muchos se daban codazos y asentían sonrientes y silenciosos, en claro signo de complicidad: era evidente que aquel soldado era, después de todo, uno de los suyos.

 

 

 

Contrariamente a lo sucedido con sus predecesores, el prestigio de August Zollinger en el tercero de caballería, afianzado en su extraña popularidad, fue creciendo con el paso de las semanas. Y no ya solo porque finalmente cantase con los demás, aunque siempre muy bajito, y porque al beber becherovka lo hiciera en cantidad superior a cualquiera de sus camaradas —sin que jamás perdiese el conocimiento ni el equilibrio—, sino por la tristeza y pesadumbre que con cruel elocuencia se dibujaba en su semblante en todo momento, pero sobre todo cuando bebía. Si la asombrosa capacidad que tenía para ingerir alcohol se extendió rápidamente por todo el ejército austriaco —y no ya solo en el tercer batallón—, mucho más aún se divulgaría su profundísima tristeza, clave de comprensión de la ineficacia del alcohol sobre su organismo. Esa era al menos la interpretación que el propio Zollinger ofrecía cuando le preguntaban al respecto.

 

—Estoy demasiado triste —respondía el «bebedor triste», título que ostentaba con auténtica majestad y del que difícilmente podría ser relevado.

Y a veces, lacónico:



—Para mí es muy difícil olvidar.

 

Pero, más que conmiseración, esta tristeza suya inspiraba precaución y reverencia, por lo que tras aquellas breves conversaciones nadie se atrevía a hacerle más preguntas, no fuera que el abismo de su pena, tan insondable, se hiciera aún más hondo. Sí, todos en aquel batallón respetaban la patente aflicción de su cabecilla, hasta los más frívolos y alborotados. Ante August se hablaba más bajo, por si los ruidos le turbaban; se bajaba la vista, pues eran pocos los que resistían la nostalgia de su mirada; se hablaba de él —y en esto apenas había excepciones— con el respeto que se tiene a los mayores y con la admiración que produce el silencio de los que han sufrido.

 

Pero no todo era precaución y reverencia. Ferdinand Klopstock, por ejemplo — aquel que tímidamente le aconsejó que no bebiera más tras la segunda botella, el día de su iniciación—, se acostumbró a ponerle la mano sobre el hombro, o a gastarle bromas, cosa que, al principio, algunos juzgaron reprobable. Durante las largas y agotadoras marchas, con el propósito de aliviar su tormento, el soldado Klopstock se ponía junto a Zollinger para conversar. En virtud del privilegio que se concedía al máximo bebedor, así como a quien caminara a su lado, August y Ferdinand podían charlar durante la marcha; el resto del batallón, por el contrario, tenía que andar en silencio, escuchando una conversación que se reducía la mayoría de las veces al engorroso monólogo de Klopstock, raramente interrumpido por los monosílabos de su camarada. Sin saber nada de su frustrada aspiración de ser el impresor de Romanshorn —y no de cualquier otro lugar, como aclararía el propio August más adelante—, Ferdinand Klopstock le relataba a su nuevo amigo los episodios más divertidos de su propia infancia, allá en la rica comarca del Wienachtel, precisamente en una imprenta medio abandonada que su padre se obstinaba en mantener.

 

—No la vendas nunca —le decía August a Ferdinand, sin que este lograra comprender el porqué de este comentario.

La amistad entre Ferdinand y August no solo mejoró el carácter de este último, haciéndole más risueño y acomodado a su destino, sino que benefició al batallón entero. En efecto, así como durante los primeros días fueron varios los que criticaron que los dos amigos fueran caminando ya con la mano de Ferdinand sobre el hombro de August, ya —y esto sorprendió todavía más— con la de August sobre el hombro de Ferdinand, estas reservas iniciales terminaron por ceder, hasta el punto de que muy pronto cundió el ejemplo.

 

Sí, los herreros Bruno Eisoldt y Otto von Bloesch, cuya coalición trascendía su pasada comandita profesional, fueron los primeros que, imitando a Zollinger y a su confidente Klopstock, comenzaron a marchar también de esta guisa. Fue Bruno quien dio el primer paso, poniendo la mano sobre el hombro de Otto; pero enseguida también Otto reaccionó así, y no solo se turnaron en esta manifestación de afecto, sino que caminaron así al tiempo, como buenos compañeros. Todavía hubo algún insensato que se rio de ellos, es cierto, pero enmudeció en cuanto Büchner y Greif, de cuya inclinación sexual en modo alguno podía dudarse, comenzaron también a caminar de esta forma. Siguiendo el ejemplo de sus antecesores, muchos otros —en realidad casi todos— fueron asumiendo esta práctica de caminar enlazados (normalmente de buen grado). Así, solo dos meses después del alistamiento del soldado Zollinger, el tercer batallón de caballería del ejército austriaco se había transformado radicalmente. Reinaba entre ellos la concordia y, ciertamente, una benéfica y envidiable libertad de expresión.

 

—Es extraño —dijo más tarde Ferdinand— cómo la tristeza de un hombre puede repercutir beneficiosamente sobre sus camaradas.

 

 

 

La noche en que, al calor de la lumbre, el antiguo ferroviario cantó por primera vez una melodía de inequívoco aire marcial, todos pensaron que sus insondables tristezas, fueran las que fuesen, comenzaban a quedar atrás. Nada más incierto. Esa misma semana sucedió lo que nadie habría esperado: August Zollinger, el indiscutible líder del tercer batallón de caballería, desapareció del regimiento sin dejar rastro.

 

Acusado de prófugo por el ejército austriaco, el soldado Zollinger fue buscado sin éxito durante meses por todo el país, especialmente en los bosques de St. Heiden, donde se le perdió la pista. Mucho después llegó a saberse que solo se había despedido de su mejor amigo, Ferdinand Klopstock: un fuerte abrazo, difícil de concluir; unas manos encallecidas, apretando afectuosas las espaldas; una sonrisa que, por la pena de la separación, acabó en una mueca.

 

Cuando Klopstock juzgó que su amigo estaba fuera de peligro, explicó a sus más allegados lo poco que August le había referido antes de partir y que él, en su simplicidad, había comprendido a duras penas. No es que a Zollinger no le agradara la compañía del batallón; ni que renegase de aquellos con quienes había caminado tantos kilómetros y que tan generosamente le habían brindado un trato de favor; no se trataba de eso, sino de… —Klopstock hizo aquí un silencio— … de una historia de amor. Los que le escuchaban se le acercaron todavía más, deseosos de conocer el secreto de la legendaria melancolía de su antiguo cabecilla.

Tanto por la amplitud de la red ferroviaria austriaca como por lo reducido de la geografía nacional, eran muchas las poblaciones por las que, al pasar en aquellas interminables marchas, se oía el sonido del tren. Por mucho que se alejara de Rosenwohl —y esa era, después de todo, la razón por la que, rompiendo su contrato de ferroviario, se había reclutado—, August no podía dejar de pensar en su querida telefonista. Este recuerdo, indeleblemente asociado ya al sonido de la ferrovía, más que apagarse se enardecía con el tiempo. ¿Lograría alguna vez —se lamentaba August, siempre sumergido en sus pensamientos— olvidarse de esa voz? ¿Podría recuperar la ilusión por su imprenta sin que las palabras «listo» y «preparado» martillearan su cerebro al ritmo enloquecedor de una locomotora?

 

Fue en los bosques de St. Heiden, precisamente en el día de su trigésimo aniversario —que decidió celebrar en secreto—, cuando el bebedor triste se percató de que tanto en la jornada precedente como en aquella, y ya estaba anocheciendo, no había oído en absoluto el inconfundible ruido del tren: ese sonido que todos los días durante aquellos meses, ya en sueños ya en vigilia, le había hecho pensar en su malograda Magdalena. Ante la soberbia belleza del paisaje y asistido por un coraje del que imaginaba podría ser desposeído después, al informarse de que los bosques de St. Heiden estaban efectivamente lejos de toda vía férrea, August decidió abandonar su vida militar, a la que había consagrado los últimos dieciocho meses.

 

Solo se lo comunicó a Ferdinand, quien no fue capaz de convencerle para que desistiera. En verdad, nadie habría podido; tal era la intensidad con que el bosque le llamaba. Fue entonces cuando los amigos se abrazaron y separaron, sin saber cuándo ni cómo volverían a reencontrarse; entonces también cuando se palmotearon las espaldas, con los ojos llorosos, y cuando ambos se dijeron las últimas palabras que habrían de dirigirse:

 

—Gracias.

 

—No tienes que dármelas.

 

—Me has hecho muy dichoso.

 

—No te olvidaré.

 

Mientras se adentraba en los oscuros bosques de St. Heiden, de legendaria y espesísima vegetación, August Zollinger echaba de menos la mano de Ferdinand Klopstock sobre su hombro. Se caminaba mejor con esa mano ahí; se sentía muy solo sin un amigo. Ahora que había conocido la amistad, comprendía que tenía un nuevo motivo por el que sufrir.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



IV. ST. HEIDEN

 

 

 

 

 

 

Para alejarse lo más posible del tercer batallón de caballería y evitar que las autoridades  fuesen  inmediatamente  en  su  busca,  una  vez  descubierta  su deserción, el soldado Zollinger caminó toda la noche a buen paso, adentrándose cada vez más en los inmensos y sombríos bosques de St. Heiden, famosos por su oscuridad y peligro. En cuanto pudo dejar atrás la entrañable imagen de su amigo, August se sintió perfectamente bien: fuerte como un roble; con el pecho henchido, gracias a la independencia que sentía recuperar a cada paso; satisfecho por encaminarse hacia una soledad de la que, después de todos aquellos meses en compañía de la tropa, creía

necesitar más que nunca.

 

No pensó August, ataviado todavía con la mochila y el uniforme militar —el fusil se lo había entregado a Klopstock—, en las legendarias amenazas que, con un aura de misterio, rodeaban los fríos bosques de St. Heiden. Sí, eran muchos los excursionistas y viajeros —avezados algunos— que se habían perdido en aquellas tierras, gentes de las que —incluso después de una operación de rescate— no había vuelto a saberse jamás. Según pudo apreciar August en las primeras horas de marcha, la leyenda sobre la frondosidad de la arboleda de St. Heiden no era completamente fantástica, llegando a encontrarse con tramos que le resultaron del todo impenetrables. No se trataba de simple hojarasca, o de un ramaje enmarañado que un buen machete hubiera podido despejar, como en los bosques de Laarketten o en los de Otta-Penzing, por los que había caminado hacía algunas semanas. La mítica frondosidad de St. Heiden se debía a la insólita proximidad en que crecían los árboles y, sobre todo, a su colosal altura, que dificultaba la visión del cielo, siendo así que había grandes extensiones en que, incluso de día, parecía ser de noche.

 

Por estas circunstancias, con las que August tendría que familiarizarse durante los siguientes días con sus respectivas noches, el bebedor Zollinger trocó su alegría en miedo, sin que pudiera determinar cuándo y cómo se había producido este cambio. La inexplicable vecindad entre ambos sentimientos —la efervescencia de la alegría y la pasión del temor— le desconcertó hasta el punto de hacerle perder el rumbo durante algunos metros. Para ahuyentar el pánico y para olvidarse de que su partida ya sería pública, el prófugo Zollinger caminaba cada vez más deprisa, consciente de que cuanto más le doliese el cuerpo, a causa de su titánico esfuerzo —llevaba andando más de diez horas—, menores serían también los ruidos de su alma. En realidad, esta no era la primera vez que recurría a este método: había comprobado que cansándose hasta caer exhausto era como mejor se acallaban las insistentes protestas de su corazón. Asustado por la inmensidad de una sombra que pareció envolverle como un manto, August dijo para sí: «Parece una selva», y siguió hacia adelante, confiado en que en algún momento tendría que encontrar un claro desde el que se viera la luna.

 

Lo que había animado al triste bebedor Zollinger a iniciar una vida solitaria precisamente en esa región casi salvaje, de altísimos pinos y abetos, había sido una nostalgia intensísima, casi física. Obediente tan solo a ese impulso interior que le instaba a ir siempre más lejos —como si ese «lejos» fuera un lugar concreto, susceptible de situarse en un mapa—, August no pudo ni quiso resistirse a la llamada de aquella arboleda que con su belleza y aroma le reclamaba tan poderosamente. Por la negrura de aquellos bosques —tan completas eran las tinieblas que ni siquiera los propios pies podían apreciarse al caminar— y porque la noche en que había decidido huir era particularmente cerrada, August se golpeaba a menudo los brazos y las piernas, llegando a gemir por el dolor, pero sobre todo por los miles de sonidos que poblaban aquella tenebrosidad y que le hacían volverse súbitamente, aterrorizado. Comenzó a jadear. Y comenzó también a pensar en lo difícil que le resultaría encontrar una salida, hasta que, forzándose a la serenidad, comprendió que él no quería salir de esos bosques, sino precisamente adentrarse en ellos.

 

Mucho más tarde, August supo discernir mejor qué fuerza era la que le empujaba, ayudándole a superar el terror. A lo largo de todas aquellas marchas militares — incontables, silenciosas—, August había echado de menos «sus bosques», los de Romanshorn, en los que tantas veces se había escondido del mundo siendo un muchacho. Ninguna de las alamedas y florestas por las que había marchado durante los últimos meses, junto a los soldados Walser y Klopstock, le habían reportado la quietud espiritual que su ánimo necesitaba, motivo por el que durante su adolescencia daba esos largos paseos. Los bosques de St. Heiden, sin embargo, negros e impenetrables como ningunos otros, habían evocado en él la memoria de aquellos de Romanshorn; por eso, ahora, a sabiendas de que se iniciaba una nueva etapa en su vida, se internaba en ellos, añorando esa rabiosa alegría con que había iniciado su fuga.

 

 

 

El triste bebedor de Romanshorn huyó durante varios días, y se detuvo solo para buscar y arrancar las raíces que le parecían más apetitosas. Subsistió mordisqueando cañas y raíces crudas hasta que pudo hacer fuego; fue entonces cuando descubrió que no eran pocas las hojas y tallos que, por sus propiedades nutritivas y riqueza mineral, servían de alimento y renovaban sus fuerzas debilitadas. A menudo August estrujaba las hojas con frenesí, o las trituraba sobre una roca, para que su aroma le quedara en las manos, que luego inhalaba con ansiedad, como si su supervivencia dependiera solo de aquel olor. Las primeras semanas las pasó durmiendo como los animales, bajo las ramas o en pequeñas grutas que encontraba, cubriéndose con el follaje. Quería hallar el lugar idóneo para establecerse, quién sabe por cuánto tiempo, pues la idea de que seguía siendo perseguido le martilleaba la conciencia, obligándole a volverse cada poco.

 

Fueron incontables las ocasiones en que, estando de camino, creyó oír lejanamente las recias voces de sus compañeros de regimiento, canturreando los himnos del batallón. Tal era la verosimilitud con que aquellas melodías sonaban en el alma de August que, sobresaltado, miraba hacia atrás, de donde provenían, temeroso de que ya le hubieran alcanzado y perplejo de que hubiesen podido hacerlo en tan poco tiempo. De hecho, no se sintió tranquilo ni empezó a construirse una cabaña hasta que dejó de oír esas músicas fantasmales.

 

Al acabar de construir una pequeña choza en que dormir al resguardo de los animales y donde refugiarse de las lluvias, Zollinger encontró una que ya estaba terminada, si bien mucho más espaciosa y confortable que la que él hubiera podido construir nunca: parecía claro que alguien había habitado ahí antes que él, en esos bosques. Pero no habría encontrado esa choza —pensó August— si no hubiera intentado construirla. Siempre es así: los mejores hallazgos van precedidos de los más grandes fracasos y de los más hondos sentimientos de pérdida.

Algunos días atrás August había estado recogiendo leña para el fuego y, tras separar las ramas más finas y flexibles, las pulió y abrillantó para apilarlas más tarde en un rincón de su cabaña, sin saber aún el uso o fin al que las destinaría. Aquel amanecer tomó una entre sus dedos, y luego otra, y otra más, hasta que, sin darse cuenta, comenzó a entrelazarlas y amarrarlas con gran facilidad. Era como si esas ramitas, tan dóciles y elásticas, hubieran estado esperando que fuera eso precisamente lo que alguien hiciera con ellas. Cuando el sol estuvo sobre su cabeza, indicando la hora del mediodía, August tuvo ante sus ojos una cesta. Sí, aquello era una cesta: él mismo la había fabricado y con sorprendente destreza y perfección. El ermitaño miraba sus manos y miraba la cesta y no sabía cuál de ambas cosas le maravillaba más: si el ágil y experto movimiento con que las primeras habían tejido aquella forma o si la redondez y finura de esa pequeña cesta —preparada, sin duda, para que una mano femenina depositara en ella una fruta—.

 

El solitario Zollinger pasó la tarde muy contento y satisfecho de sí, admirado de que aquella cesta hubiera salido de sus manos. Tal era su dicha que, en el paseo que acostumbraba a dar antes de que anocheciera, se puso alegremente a silbar: primero algunas notas sueltas, pocas; luego más, todavía inconexas; finalmente en armonía, al comprobar su mágica sonoridad. Era la primera vez que silbaba en el bosque y, acaso por ello, la melodía sonaba como si nadie antes que él la hubiera silbado o cantado, como si fuese él quien la creara para ese instante. Pero no era así: se trataba de una marcha militar, aprendida con su antiguo regimiento. A los oídos de August, sin embargo —el único que pudo escucharla—, esa melodía no era sino la que suena en el corazón del hombre ante una obra bien hecha.

 

¿Cómo podía ser tan feliz en medio de la absoluta carencia en que vivía?, se preguntaba August, bajo el estrellado cielo de la noche. Porque no tenía riquezas — todas habían quedado en Romanshorn—, ni amigos —los había dejado atrás—, ni mujer —la había perdido sin conocerla—; no tenía ni una casa tan siquiera, sino una cabaña provisional que abandonaría sin pensarlo en cuanto el destino se lo indicara. Al ermitaño Zollinger se le antojó bajo aquellas estrellas que para ser dichoso le bastaba con la habilidad de sus manos de soldado, ferroviario e impresor. Ignoraba aún que pronto iba a descubrir lo que constituiría su compañía más preciada: la música secreta que escondían los árboles de St. Heiden.

 

Aquella misma madrugada, la cesta que poco antes tanto había admirado se le antojó burda y simple. Avergonzado de su anterior sentimiento de orgullo, ahora tan ridículo como pueril, comenzó entonces a destejerla con violencia, llegando a lastimarse las manos. Una vez que estuvo deshecha, August miró las varillas, desparramadas junto a sus pies, y supo entonces que aquello que había hecho significaba algo, aunque no pudo adivinar qué.

 

 

 

Los días en St. Heiden se sucedieron al principio en aparente monotonía —era poco lo que diferenciaba una jornada de otra—, pero en medio de su rutina comportaron para August sorprendentes novedades. Ávido siempre de aprender, al ermitaño se le pasaban las horas descubriendo los secretos que la naturaleza le reservaba y ofrecía. Superados los peligros y temores iniciales de la vida en el bosque, todo parecía discurrir plácida y serenamente. Hasta que sobrevino lo insólito.

Habiéndose encaramado a un árbol para otear el horizonte desde las alturas, Zollinger creyó oír de pronto el estruendo de una locomotora: ese sonido que tanto le había acompañado en otros tiempos y que tan encontrados sentimientos lograba suscitarle.

 

—¡No puede ser! —dijo August para sí, agarrado como estaba con brazos y piernas al tronco de un pino.

Y no le faltaba razón, puesto que, antes de retirarse a St. Heiden, se había asegurado de que la ferrovía no pasaba por las inmediaciones. Como por arte de magia, el ruido del tren se desvaneció enseguida, y Zollinger continuó trepando, temeroso ahora de que sus alucinaciones sonoras pudieran reaparecer después de más de medio año de vida oculta.

 

Estando a punto de alcanzar la copa de aquel árbol, August oyó de nuevo su antes deseado y ahora repudiado sonido del tren. Sí, allí estaba, inconfundible; pero —y esto le dejó atónito— el zumbido no provenía de fuera, sino… ¡del interior del árbol!, como si fuese por dentro por donde circulara el ferrocarril. Recuperado de la impresión, ceñido todavía al árbol, August pensó si no estaría enloqueciendo. Devorado por la curiosidad, volvió a aproximarse al punto donde poco antes había creído oír el chirrido de aquella locomotora. No había duda, allí estaba, muy lejano al principio —es cierto—, pero perfectamente reconocible si permanecía a la escucha durante un tiempo suficiente. Descendió entonces con destreza y se alejó rápidamente; estaba temblando. ¿Qué era aquello?, se preguntaba Zollinger, dando vueltas en torno a ese árbol, pero manteniéndose siempre a una distancia prudencial. ¿Un engaño macabro? ¿Una broma de los sentidos?

 

Pasarían varios días antes de que August Zollinger recuperara el coraje para regresar de nuevo a ese lugar embrujado. Para superar su pánico, se abrazó a otro árbol, deseando que el extraño fenómeno no se repitiera. Confiaba todavía en que solo hubiera uno en toda la floresta de St. Heiden con esa absurda y chocante propiedad sonora. Para esta ocasión escogió una especie distinta —un abeto—, tomando la precaución de que estuviera alejado del «árbol-tren», que así fue como llamó al que tanto había logrado avivar el recuerdo de su amada telefonista.

A los pocos segundos, una sonrisa se dibujó en los labios de August, satisfecho al constatar el mutismo del nuevo árbol. Pero esta sonrisa desapareció en cuanto oyó el característico e inconfundible sonido del agua cuando fluye. Tampoco esta vez podía tratarse de un engaño —el río estaba lejos— ni de un ofuscamiento —cualquiera lo habría oído—. Tal era la intensidad de ese fluir que no hacía falta abrazar el abeto para que el manantial que este llevaba dentro comenzara a correr. En efecto, bastaba aproximarse y… Pero ¿cómo es que nadie se había percatado jamás de ese fenómeno? ¿Cómo es que nunca le habían hablado de ello?, se preguntaba, maravillado e intimidado por su genial descubrimiento.

 

La reacción de Zollinger frente al «árbol-agua» no fue en absoluto la misma que frente al árbol-tren; si este le había aterrorizado, obligándole incluso a evitar el tránsito por la zona donde ese árbol se enraizaba, ante el árbol-agua o «árbol-río» — como también lo llamaría— experimentó algo así como un encantamiento: una fuerza recóndita e irresistible le impelía a dirigirse hasta él para escucharlo sin descanso. No bien se había alejado de ese abeto, dispuesto a continuar con sus faenas ordinarias — o acaso para escuchar en el interior de otros árboles, no fuera que hubiera más dotados de sonoridad—, ya echaba de menos aquella música fluvial. Corría entonces hacia el abeto y, como si fuera una persona —o quizá con mayor libertad—, lo abrazaba complacido, dejándose acunar por el misterioso fluido que recorría su interior.

 

Aceptado lo extraordinario como normal —cosa mucho más sencilla de lo que le cabía imaginar—, las semanas que seguirían transcurrieron para August en el continuo y estimulante descubrimiento de los sonidos escondidos en los árboles. En sus constantes expediciones y pruebas —abrazando ora un árbol ora otro—, pronto daría con el «árbol-viento», cuyo tronco no era posible abrazar por entero —tal era su grosor—; y el de la lluvia, al que se aficionó tanto como al árbol-río; y, en fin, el «árbol-trueno», cuyo estruendo sobrevenía de improviso, como es propio, por otra parte, de la naturaleza de los truenos.

 

 

 

Ya creía August haber desenmascarado el secreto de los árboles de St. Heiden — caso el secreto de todos los árboles del mundo—, cuando se abrazó a uno que no le trajo un mero sonido natural, sino ¡una melodía! Por hermosos y reconocibles que fuesen los árboles en los que estaba inscrita la sonoridad de la naturaleza, la complacencia que encontró el ermitaño en los «árboles-música» fue incomparable.

 

Al primer árbol en que pudo escucharla, lo llamó «el árbol-música», en la creencia de que sería el único de todo el bosque que se la transmitiría. Pero luego, afinando el oído en la corteza de un pino de gran tamaño —y ya era un experto en hacerse sordo a los ruidos externos—, escuchó una música nueva y primaveral, mucho más alegre que la proporcionada por el llamado árbol-música, de modo que a este último lo llamó «árbol-allegro», y al anterior, «moderato», términos que recordaba haber aprendido en la escuela. El esbelto árbol-allegro le hizo conjeturar a Zollinger lo que pronto se revelaría como una certeza: que al igual que algunos árboles tenían sonidos naturales en lo profundo de sus troncos, otros escondían melodías. Y que si no había podido escucharlas hasta entonces era, seguramente, porque su oído no estaba preparado como solo una vida solitaria puede prepararlo. No se equivocaba: eran muchos los árboles que escondían música dentro de sí, decenas en realidad, y en cada uno de ellos la melodía era nueva.

 

Tras esta revelación, August corría de un árbol a otro —tal era el placer que encontraba en la música secreta de los árboles más familiares, de los más remotos—. No sabía si le agradaba más encontrar alguna melodía nueva —nunca descubriría todas— o volver a las que ya había escuchado e impuesto un nombre, para después reconocerlas: «la melodía-melancólica», por ejemplo; o «la celeste», pues abrazándose a ese árbol tenía la impresión de que un coro de ángeles le acogía en el Cielo; o «la apasionada», porque escuchándola no podía por menos de ponerse a cantar; o, en fin, «la melodía-fúnebre», pues siempre que la oía pensaba en que, de un momento a otro, podía morir.

 

Pasada la locura de los primeros días, en los que August se precipitaba alborozado y expectante hacia cualquiera de los árboles con que se topaba, en una segunda etapa, más serena, el ermitaño comprendió que el placer era mayor si racionaba los árboles que deseaba abrazar, distribuyéndolos según cierto orden e itinerario e incluso haciendo sobre la corteza de los mismos alguna señal que le permitiera identificarlos. De este modo —consideró— no confundiría la música de unos árboles con la de otros, y así, reconocidos en su individualidad, el gozo sería superior.

 

Después de haber escuchado decenas de músicas, August abrazó un pequeño pino que ya no podría olvidar. Fue casi sin querer, pues se dirigía hacia otro árbol al que, por su aislamiento y majestad, llevaba días queriendo dedicar algunos minutos: estaba seguro de que la melodía que saldría de su interior sería diferente. Pero un arbolito se interpuso en su camino y, pareciéndole que le llamaba, decidió concederle algunos segundos, para pasar luego al que, seguramente, le reclamaría mayor atención. No pudo August, conforme a lo proyectado, alejarse pronto de ese pequeño pino que, por haber nacido en una pendiente, crecía inclinado. Enseguida comprendió que de él dimanaba una melodía remota y conocida, pero tardó en adivinar de qué labios la había aprendido. La tarareó durante algunos compases hasta que, con los ojos cerrados —prefirió cerrarlos—, pudo identificarla: era una nana infantil, una de las que su madre acostumbraba a cantarle. Como si el tiempo no hubiera pasado, ahora, treinta años después, el bosque se la traía de nuevo. Tiernamente apoyado en ese árbol y con esa libertad que solo conocen los solitarios, el ermitaño lloraba y reía, sin saber si era llanto o risa lo que manaba de su garganta a borbotones.

 

Además de aquella suave canción de cuna, August escuchó en sus árboles las canciones escolares, con las que había aprendido el abecedario y las tablas de multiplicar, y las del coro de la iglesia, cuya letra recordaba como si las hubiese cantado siempre, e incluso algunas de su añorado regimiento militar, tan recientes.

Al árbol viejo que le brindó la canción que él mismo cantara junto a la tropa lo llamó August «el árbol del tercer batallón». Y a él acudía siempre que necesitaba de la cordialidad de sus camaradas, tan alegres en apariencia y tan tristes en realidad, tan duros y zafios por fuera pero tan dóciles y tiernos por dentro. Cuanto más convivió con ellos, mejor comprendió August cuánto se parecía él a todos aquellos hombres, incluidos los violentos y dicharacheros —con los que, en un principio, había creído estúpidamente no tener nada en común—. Porque ¿cuánto tiempo llevaba él allí, en esos bosques?, se preguntaba cuando escuchaba al llamado «árbol del tercer batallón». ¿Cuántos meses habrían pasado desde que se despidió de Ferdinand entre abrazos y palabras, quebradas por esa forma de amor que es la amistad?

 

—¡Ferdinand! ¡Ferdinand! —barbotó August.

 

Y tanto le echó de menos, que deseó ardientemente que su amigo estuviera allí, junto a él.

 

 

 

Siendo maravilloso el descubrimiento de las músicas encerradas en los árboles de St. Heiden —acaso en los árboles de cualquier bosque del mundo—, todavía le esperaba al ermitaño Zollinger la última y mejor de las sorpresas: en uno de «sus» árboles (se había acostumbrado a llamarlos suyos) oyó un día una palabra.

 

—¿No te he abrazado todavía? —preguntó August a un árbol del que no recordaba nada de particular.

Al no poder atribuirle ninguna cualidad, el rejuvenecido Zollinger lo abrazó y… ¡no pudo oír nada en absoluto! Eso le desconcertó.

—¿Cómo es posible? —le preguntó; o se preguntó a sí mismo, es difícil saberlo. Aguzó el oído durante mucho tiempo, resistiendo la tentación de irse hacia otros

árboles, que le prometían música con su silencio.

 

—El árbol del silencio —dijo entonces para sí, temeroso de que, de algún modo, también la música de los demás árboles pudiera enmudecer.

No quería ni imaginar algo así. ¿Sería capaz de sobrevivir en los bosques sin las



 

 músicas? ¿Cómo lo habría conseguido durante los primeros meses?, se preguntaba ante el larguísimo silencio de aquel árbol de gran altura.

 

—¡Calla!

 

Era él mismo quien hablaba, ordenándose silencio. Agitado como quien se sabe en la antesala de una revelación, August reconoció que en aquel árbol había un sonido, pero no podía identificarlo. Oía algo así como:

 

—Ffff, fff, ffff…

 

—¿El viento? —se preguntó.

 

Poco después el sonido ya se había transformado: —Fffeeeee, ffffeeeeeeeee, fffffeeeeeeeee —parecía decir. Y enseguida, un nuevo cambio:

 

—Ffffeeeerdinaaaa, Fffffeeeerdinaaaaaaaa… —¿Ferdinand? —preguntó August, separándose del árbol.

Así, separado, no se oía nada, de manera que volvió a acercarse. Una vez más oyó:

—Fffffff, ffffffffffffff, ffffffffffffffffff…

 

Y luego:

 

—Fffeeee, ffffeeeeeeeeeee, fffffeeeeeeeeeeeeeee… Y por fin, ya sin lugar a duda: —Fffffffeeeeeeeeerdinaaaaaaaaand,

 

8SjFSqSJ6DYAcBJrNGN76hEhcij5vtyJK5G819CvV7Fm… —¡Ferdinand! —gritó August, alejándose.

Sí, aquel árbol decía «Ferdinand», no cabía dudarlo. No lo pronunciaba desde el primer momento —eso era cierto—, pero si uno se quedaba a su vera el tiempo necesario, entonces se oía la palabra «Ferdinand» con toda claridad. De modo que Ferdinand estaba con él, pensó August. De una manera misteriosa e inexplicable, pero estaba con él. La certeza de esta presencia le hizo temblar de emoción.

—¿Qué tal estás? —preguntó al árbol.

 

Pero este, incapaz de conversar, solo le respondía «Fffff, fffff, ffffff…», hasta que lograba proferir por entero el nombre de pila de Klopstock.

¿Habría más hombres y mujeres en aquellos árboles?, se preguntó August. ¿Estarían allí, esperándole, todas las personas que había conocido a lo largo de sus treinta años? ¿Las que conocería? ¿Estarían allí sus padres? ¿Estaría… Magdalena?

 

Las siguientes semanas las pasó August Zollinger buscando a sus seres queridos en la entraña de los árboles, tarea con la que cultivó su paciencia y aprendió a perseverar, pues los árboles solo le daban palabras si permanecía largo tiempo a la escucha.

 

Y sí, a muchos de sus seres queridos encontró allí, aunque no a todos: Magdalena, por ejemplo, no estaba, y no pudo hallarla por mucho que la buscó. Como contrapartida —y el reencuentro le llenó de ilusión—, allí estaban Truder, Frieder y Heinz, compañeros de infancia. Y Georg Frouchtmann, su profesor de dibujo, a quien tanto quiso y admiró. E incluso el alcalde de Rosenwohl, que fue quien le contrató para el trabajo en la ferrovía y cuya presencia en el grupo de sus seres queridos August no sabía explicar.

 

Dio además con otro árbol, igualmente de gran altura, que también dijo la palabra «Ferdinand», e incluso con mayor claridad que el genuino «árbol-Ferdinand», a quien costaba arrancar el nombre completo. De manera que su amigo Klopstock tenía dos árboles: era el único con ese privilegio, según observó. Claro que también cabía la posibilidad de que se tratara de otro Ferdinand a quien hubiera conocido tiempo atrás y de quien ya no se acordase; o acaso de algún otro Ferdinand al que todavía tuviera que conocer.

 

 

 

Por si todo esto fuera poco, los árboles de St. Heiden no encerraban solo nombres propios, sino sustantivos de toda clase y verbos y preposiciones y adjetivos… Así por ejemplo, por mencionar alguna curiosidad, había un árbol dentro del que podía oírse la palabra «árbol»: a este lo llamó August el «árbol-árbol». Y otro en el que se oía «mar», pero ya no el característico sonido del oleaje, sino solo la palabra «mar». Existía también el árbol «solo» y el «azul», y el «árbol-gigante» y el «extranjero», uno de los más desvalidos. También encontró Zollinger al «árbol-pan» y al «árbol-vino», que no era una vid, y al «árbol-ciervo», y al «árbol-hoja», y al «árbol-alto», y al «caído», y a otros tantos que le reportaron un sinfín de pensamientos y sensaciones.

 

Junto al «árbol-teoría», encontró August al «árbol-llanto», que, al poco de abrazarlo, provocó en él la reacción de lo que proclamaba. Sí, el joven ermitaño se puso a llorar, consciente al fin de que le habría hecho bien llorar un poco más siendo soldado y ferroviario. Agradecido con el árbol que le enseñaba a desahogarse, August acudía diariamente a él, sin poder nunca discernir si a su vera lloraba de tristeza o de alegría.

 

Así, abrazándose a los árboles, vivió el ermitaño Zollinger durante meses en los impenetrables bosques de St. Heiden. Hasta que oyó una palabra que, helándole la sangre, le impulsaría a cambiar de vida.

 

—¡Fuera! —gritaron las entrañas de un árbol.

 

—¿Fuera? —preguntó August, separándose asustado.

 

—¡Fuera, fuera, fuera! —dijo el viejo pino, todavía con mayor énfasis.

 

August no sabía cómo interpretar aquello, aunque se daba cuenta de que aquel árbol le impelía a marcharse. Pero ¿de dónde? ¿De ese pino, que no quería que estuviese junto a él? ¿Del bosque?

 

Preocupado por este mandato inesperado, no quiso August acercarse a ese árbol en varios días, con la confianza de que su mensaje dejaría de resonar si no lo abrazaba. Pero el magnetismo con que ese viejo pino le atraía era irresistible, de modo que, aun sin proponérselo, se acomodaba de nuevo junto al tronco para escuchar siempre ese «fuera, fuera, fuera…» que tanto le desazonaba.

 

Obedeció, pues, August la voz del árbol y se dispuso a partir de los bosques en que había estado ocultándose durante más de un año.

Con el hatillo amarrado a la espalda, el ermitaño se despidió de sus amigos de St. Heiden, los árboles, fuera abrazándolos o, simplemente, tocando en silencio sus troncos o ramas más poderosas. ¿Estaría haciendo lo correcto?, se preguntaba, con la congoja en la boca. ¿Adónde le conduciría este nuevo exilio?

 

Cuando ya se alejaba de su cabaña, quiso August escuchar a un árbol más, solo a uno —lo prometió—, con la esperanza de que aquello que este le dijera iluminaría definitivamente su destino. Jurando acatar el mensaje que se le transmitiese y sin pensar a cuál de todos aquellos pinos debía escuchar, August oyó del árbol que abrazó la palabra «lejos» con la misma claridad con que días antes había oído aquel temible «fuera». Y ya no quiso recurrir a más árboles. Había prometido obediencia; tenía que irse lejos —esa era la consigna—.

 

Y así fue como August Zollinger dejó atrás los oscuros y recónditos bosques de St. Heiden, donde tan acompañado se había sentido en medio de aquella misteriosa soledad sonora.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



V.  APPEN-TOBEL

 

 

 

 

 

 

Pocos días antes de que August Zollinger llegara a la rica comarca del Appen-Tobel —en cuya capital, que lleva el mismo nombre, residió el célebre compositor Richard Wagner—, un funcionario municipal, conocido como Jacob Mazenauer, se había fugado con la panadera del lugar, Liese Schmeller. Todo el vecindario hablaba de esta fuga sin cansarse, y no ya solo porque la mujer de Mazenauer hubiera quedado sola y desamparada o porque el marido de la panadera Liese, en las mismas circunstancias, hubiera jurado vengarse —cosa que pocos creían, en razón de su cobardía y debilidad—, sino porque la panadera enamorada era muy apreciada por los varones del Appen-Tobel, y no exclusivamente por sus panes y pasteles. Por desgracia, el esposo de Liese Schmeller no tenía una buena relación con la mujer del funcionario Mazenauer, cosa que habría arreglado este contratiempo de

 

la forma más conveniente.

 

Por constituir el rango inferior en el escalafón y, en consecuencia, el de menor responsabilidad, los funcionarios de segundo grado del lujoso ayuntamiento de Appen-Tobel —famoso por la vastedad de su burocracia— desempeñaban los quehaceres más variopintos. La fortuna quiso sonreír a Zollinger, que fue admitido en el cabildo de inmediato, habida cuenta de la desaparición de uno de sus funcionarios —Mazenauer—, así como de la permanente necesidad de nuevos empleados. Se le propuso sellar todos los documentos que sus superiores introdujeran en el despacho que le asignaran y que habría de compartir con otros dos colegas de su misma posición y un funcionario de primera, a quien debería dirigirse para cualquier duda o permiso.

 

—Usted es una persona formal, ¿no es cierto? ¿No se fugará usted con nadie? — le preguntó aquel funcionario de primera, apellidado Loos—. ¿Ve esto? —continuó Loos, al tiempo que mostraba al nuevo empleado un sello y un tampón.

Antes de que August pudiera responder, el funcionario de primera ya se lo estaba aclarando.

—Es su instrumento de trabajo, un tampón. Más vale que se vaya haciendo amigo de él, pues serán muchas las horas que pasarán juntos.

—Un tampón —repitió August, que inspeccionaba el utensilio como si se tratara de un elemento extrañísimo y, en cualquier caso, como si fuese la primera vez que veía un objeto de esa índole.

 

El funcionario de primera intentó facilitarle las cosas:

 

—Esto —dijo en un tono de voz mucho más alto del necesario— sirve para estampar y autorizar documentos. Es un timbre oficial —continuó, con el sello entre los dedos—. Sirve para dar valor y eficacia a los documentos.

 

Acto seguido, entregándole una cajita, prosiguió:

 

—Se trata de una almohadilla empapada en tinta; se emplea para entintar los sellos y las estampillas.

August seguía mirando el sello con auténtica delectación. Parecía obnubilado. Lo giraba de un lado a otro, como esperando que le revelara algo que no podía descubrirse a simple vista. Una vez que el funcionario de primera le hizo una demostración, él mismo pudo ejercitarse durante algunos segundos. La demostración de Loos fue definitiva. Aquel hombre había sellado muchos documentos en poco tiempo, eso era cierto. Pero ¿con qué calidad? El nuevo funcionario Zollinger no le hizo ver al viejo funcionario Loos, su superior, la baja calidad de sus selladuras en las que la tinta iba perdiendo intensidad —cosa que August consideró un defecto grave aunque subsanable—.

 

—Sí, sí, entiendo —contestó finalmente August, que observaba con la atención del mejor de los discípulos el ágil movimiento de las manos de Loos, visiblemente habituado a la tenencia y manejo del papel.

 

Por los ojos con que miraba —abiertos, expectantes—, por la exagerada inclinación de su espalda sobre el impreso, para no perder detalle, resultaba evidente que a Zollinger le interesaba lo que su jefe le contaba. Tenía ganas de comenzar y se lamentó de que aquel hombre no le permitiera hacerlo enseguida, como deseaba. Le habría gustado comprobar si realizaba bien su nueva tarea; tenía la impresión de que no pasaría mucho tiempo hasta que superase a su jefe en velocidad y perfección, si es que en verdad no sabía sellar mejor de lo que le había demostrado.

Aquella tarde August marchó contento a su casa, ilusionado como el niño que sabe que pronto concluirá el colegio y se irá de vacaciones. Soñó esa noche incluso con su tampón, el que pondrían en sus manos al día siguiente, así como con la gran mesa de despacho tras la que desempeñaría su cometido en la administración. En el sueño de August, aquel escritorio era mucho más largo de lo que en un principio parecía, si bien no pudo percibir adecuadamente su descomunal longitud hasta que extendió la mano para alcanzar sus utensilios. Pero ¿cómo había podido pensar en una cosa así?, se reprochaba en sueños. Su añorado sello y su deseado tampón estaban muy lejos, pero no ya a un metro o dos, sino a muchos más; solo caminando a lo largo de aquella mesa de horizontes infinitos habría podido alcanzarlos. En la lontananza, el sello y el tampón parecían de un tamaño muy pequeño, como si fueran de juguete, cosa que le desanimó. Quién sabe por qué razón, August no caminaba hacia ellos sino que pretendía alcanzarlos con los dedos, que se debatían en vano desde la distancia.

 

 

 

Cuando August tomó asiento tras su pequeño escritorio a la mañana siguiente, no

pensó ya en la imposible mesa de sus sueños sino en la importancia de dar una buena impresión a sus superiores, al menos durante los primeros días. En lugar de ponerse manos a la obra, pues los impresos ya se amontonaban, August miró azorado a sus compañeros de despacho y les sonrió con timidez. Julius Weibel le devolvió la sonrisa, en inequívoca señal de bienvenida. Los otros dos, sin embargo, estaban demasiado ocupados en sus respectivos quehaceres, de modo que no advirtieron la bellísima sonrisa con que August quería captar su benevolencia.

 

Después de aquello, August miró al tampón con respeto, casi con afecto. Ahí estaba, justo en el centro de su escritorio —ahora le parecía mucho más grande que en su sueño—. El tampón le aguardaba, pensó August, sin atreverse a cogerlo todavía, no fuera que tuviese que esperar alguna orden.

 

—¿Qué tal? —le decía en su interior—. ¿Cómo estás? ¿Vamos a ser amigos?

 

No, no le decía nada de todo esto, pero esa fue la impresión que le causó al funcionario de primera, quien, rompiendo el silencio reinante en el despacho, voceó:

—¿Qué? ¿No vas a empezar nunca?

 

Asustado, August se abalanzó hacia su tampón; lo mojó en la cajita de tinta y empezó a estampar, muy despacio al principio, temeroso de hacerlo desaliñada y precipitadamente.

 

Ningún otro ayuntamiento del país podía compararse al de Appen-Tobel en la magnitud y eficiencia de su gestión; tampoco en el frenético ritmo que todos imprimían a sus quehaceres. Por ello no fue fácil para August reparar en la personalidad de sus ajetreados compañeros de oficina. Julius Weibel, por ejemplo, su colega de la derecha, metía los impresos que él sellaba en los elegantes sobres del municipio, de cuyo membrete se había discutido mucho en ese despacho. El tal Weibel, hacia quien August manifestó sus claras preferencias, deseaba los buenos días cada mañana con un entusiasmo que no pocos juzgaban fuera de lugar; decía «¡Buenos días!» con el mismo tono con que habría proclamado «¡Soy feliz!». No era improbable —estimó August— que ese tal Weibel (muchos le llamaban así, «el tal Weibel») escondiera algún secreto gusto en doblar en tres pliegues los documentos que él había sellado previamente. Por culpa de todos estos pensamientos, al funcionario Zollinger —más vigilado que el resto— se le habían acumulado algunos impresos sobre la mesa, retrasando así la entera cadena y ocasionando en la oficina un pequeño colapso.

 

Lo importante, según Loos —el empleado responsable de aquel despacho—, era salvaguardar siempre la cadena, que funcionaba del siguiente modo: de un brazo anónimo que emergía milagrosamente por la puerta sosteniendo unos informes — mano que nunca se retiraba hasta que alguien se hiciera cargo de ellos—, estos papeles pasaban al escritorio del ya mentado Loos, quien solo levantaba los ojos de sus asuntos para vigilar a sus subordinados. Después de que Loos revisara ceñudo la ortografía y comprobase que los impresos estaban efectivamente firmados por la autoridad, estos pasaban a Zollinger, que los sellaba. De ahí, por medio de Achim —



el muchacho que los llevaba de un lado a otro—, pasaban al sonriente Julius Weibel, quien los dejaba en la esquina izquierda de su mesa para que otra mano anónima, o quizá la misma —pues nunca se supo quién era el que introducía y sacaba los impresos de la oficina—, los extrajera con el sigilo y la eficacia que caracterizaba la impecable gestión de aquel ayuntamiento. Si por casualidad Loos se retrasaba en su revisión —cosa que rara vez sucedía—, August quedaba sin trabajo; pero si era August quien tardaba en poner sus tampones, entonces el tal Weibel era quien resultaba ocioso. Por último, si Weibel no doblaba con destreza, la mano anónima, colgante, daba claros signos de impaciencia sin perder su impersonalidad. A pesar de estas condiciones de trabajo, tan adversas, al menos la mitad de los funcionarios de aquel despacho parecía feliz en el mecánico cumplimiento de sus funciones.

 

Cuando finalmente hubo estampado unos veinte impresos, August corrió para enseñárselos al funcionario de primera. Era patente que estaba deseoso de complacer.

 

—¿Qué le parece? —dijo al tiempo que se los extendía—. ¿Han quedado bien? El recién ascendido Loos miró esos impresos con los mismos ojos con que

August había mirado el tampón el día anterior: perplejo, sin entender. ¿Qué pretendía aquel hombre enseñándole su trabajo?, se preguntaba. ¿Que lo elogiase? ¿Se burlaba de él? Loos había llegado a ser jefe de despacho tras años de servicio; él mismo había desempeñado tiempo atrás la función de sellar, pero a Zollinger no le sirvió de gran ayuda. Fue el propio Loos quien advirtió a su nuevo subordinado de cuán aburrida era su tarea y de que, precisamente por ello, él había pedido ser relevado de aquella actividad, tan estúpida como funcionarial. Según Loos, el funcionariado en general, pero particularmente el de segundo grado y, desde luego, aquel de segundo grado de Appen-Tobel, no era una simple función social, sino una forma elemental de ser.

 

—Usted piensa —dijo Loos, arrogándose la facultad de adivinar los pensamientos de August— que una vez concluida su jornada de trabajo podrá regresar a casa y vivir una existencia apacible y normal. ¡Pues no! —gritó Loos, a quien nadie había pedido una reflexión de esta índole—. Toda su existencia estará marcada de ahora en adelante por el hecho de sellar papeles oficiales. Y esto —e hizo el inequívoco gesto con que se estampa un sello—, esto —y repitió el ademán— se acabará convirtiendo en algo inconsciente y rutinario que le devorará.

August Zollinger escuchó con gran atención a Loos, que se enjugaba el sudor tras la soflama. Halagado en su poderío y vanidad, prosiguió enseguida con su discurso.

 

—Perderá el gusto por la vida, ya lo verá.

 

Y añadió:

 

—No se pueden manejar expedientes impunemente. Son demasiado abstractos. Fuese porque su verdadera vocación no era la de impresor sino la de funcionario,

o porque su habilidad manual resultaba apta para cualquier empleo, lo cierto es que el recién contratado no se aburrió de sellar impresos; ni se le agrió el carácter —como le habían profetizado—, y ello teniendo en cuenta que la burocracia de Appen-Tobel era de considerable magnitud. Pese a las advertencias de su jefe, August Zollinger ejerció



 

 su nuevo oficio con admirable ilusión infantil, como se hará patente a continuación.

 

 

 

Quizá todo empezó gracias a que Loos no se dignó siquiera mirar los impresos recién sellados por August, ordenándole que volviera de inmediato con sus estampillas.

—¡Estampillas! —dijo August para sí, convencido de que, al ser esta su misión, debía iniciarse ahora en el vocabulario específico de su nuevo oficio. Fue el tal Weibel, su compañero de la derecha, quien le aclaró la duda a la hora del descanso.

—La estampilla es una especie de sello que contiene en facsímil la firma y rúbrica de una persona, o bien un letrero para estampar ciertos documentos.

 

—Facsímil —repitió August—. Rúbrica.

 

—Pero tú preocúpate solo de imprimir el molde —continuó Weibel.

 

¡Imprimir!, pensó August, entusiasmado. De modo que aquello que se disponía a realizar tenía que ver, aunque remotamente, con lo que había querido siempre. Si ya su predisposición para empezar aquel nuevo oficio era buena, con esta noticia de Weibel se reduplicaría su ilusión y habilidad. Tan es así que logró estampar más de cincuenta impresos en un minuto, cincuenta y uno en concreto, si bien es cierto que nadie en el ayuntamiento de Appen-Tobel parecía que valorase esta capacidad. Y si no valoraban la velocidad, de la que no podrían evitar percatarse, tanto menos la calidad de la impresión de cada una de esas selladuras, las cincuenta y una que conseguía por minuto, o, en fin, cualquiera de las que estampara a lo largo del día.

 

Porque también esto era importante: no es que la calidad de los sellos se fuera degradando a medida que pasaba la jornada, llegando a una pésima impresión al final de la misma —como le sucedía al antiguo funcionario de segunda, a quien August había reemplazado—, sino que del primer sello de la primera hora de la mañana al último, antes de concluir la faena, la calidad se mantenía siempre invariable. Un hipotético experto que hubiese revisado todos esos documentos no habría podido aventurar a qué hora se había producido cualquiera de esas selladuras.

 

Todo esto dejaba muy satisfecho a Zollinger, a quien nunca se le corría la tinta, como le sucedía muy a menudo al antiguo y desaseado funcionario de segunda, según August se molestó en comprobar. Los impresos sellados por August tenían todos la misma calidad, es decir, no había unos sellos más oscuros y otros más pálidos, como suele pasar cuando se ponen tampones sin preparación. Todos los documentos que llegaban hasta sus manos eran sellados en el lugar exacto en que cualquier espectador esperaría encontrar un sello oficial, sin que nunca se le torciera el sello ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, como ocurrió en las primeras pruebas. No, cada una de las impresiones del nuevo funcionario quedaba recta y centrada, sencillamente perfecta, o casi; aun siendo primorosas, según August podrían mejorarse si el molde fuera de otro material.

 

No es que a Zollinger le entristeciera no ser reconocido por sus colegas del ayuntamiento, ya fueran funcionarios de segunda o de rango superior. Él hacía todo aquello por la dignidad del oficio mismo y, pese a la indiferencia generalizada, nunca dejó de creer que poner un tampón bien fuese mucho mejor que ponerlo mal. Dentro de su aparente simplicidad, sellar algo correctamente no resultaba ni mucho menos tan sencillo como parecía, de eso estaba convencido. De ahí que todos aquellos a los que dejaba el tampón para que sellasen ellos mismos los documentos —y no eran pocos—, lo hicieran francamente mal, incluido el alcalde. El modo tibio, casi femenino, con que el alcalde de Appen-Tobel había puesto el sello desconcertó al funcionario Zollinger, quien habría esperado de su máximo superior, al menos en este punto, una mayor determinación y contundencia. Pero August se reservó toda censura o reproche; no quería avergonzar a nadie. En su alma de poeta, sin embargo, un sello mal puesto le entristecía infinitamente y, para resarcirse, sellaba con el mayor primor cuantos más documentos podía.

 

August razonaba para sí que al igual que frente a un impreso sucio y desaliñado el espíritu del lector se contrae y, sea por las tachaduras o por estar mal doblado, tienden las manos a soltarlo lo antes posible, a todos gustan, por el contrario, los impresos limpios y presentables; parece que ante ellos el espíritu se ensancha, e inicia uno la lectura de los mismos con otra predisposición; con los documentos bien compuestos y pulcros se siente uno orgulloso de la condición humana.

 

 

 

Respecto a la misión que se le encomendó, no tardó August en hacerse dos consideraciones de carácter teórico. La primera, una constatación: que ninguno de los documentos que, tras pasar por los juzgados pertinentes, llegasen hasta sus manos — fueran de compraventa o arrendamiento, de herencias, donaciones, edictos o querellas

 

— tendría validez legal hasta que él estampara el sello en sus hojas. El acto de estampar un sello en un documento oficial —o, por mejor decir, en un documento que, en virtud de ese sello precisamente, se convertiría en oficial— parecía algo importante. Si era el sello lo que hacía que un papel alcanzara el rango de oficial, si en virtud de ese estampado en tinta aquello que enunciara el escrito poseía una eficacia de la que antes de la impresión carecía, entonces, lo quisieran sus superiores o no, se insistiera más o menos en la nobleza de su actividad, lo cierto era que estampar documentos tenía su trascendencia. La segunda consideración era de carácter más metafísico: ¿cómo era que un simple sello podía conferir a un papel una dignidad y una honorabilidad de las que antes carecía? ¿Dónde radicaba la oficialidad? ¿En esa tinta azul que convendría renovar, pues ya se estaba gastando? (¿Se desgasta, entonces, la oficialidad?). ¿En ese escudo? ¿En el tampón mismo? Bajo su apariencia de estupidez, estas preguntas se le antojaban a Zollinger enormemente graves, y para resolverlas estuvo observando con todo detenimiento los más mínimos movimientos que comportaba el recto ejercicio de su misión.

Lo primero que hacía era abrir el cajón de su escritorio para extraer de él la cajita de tinta y el hermoso sello donde figuraba el escudo comarcal del Appen-Tobel junto con un lema difícilmente legible. Acto seguido, abría la cajita de tinta, empresa que no lograba realizar sin mancharse los dedos, y untaba el tampón en la alfombrilla, de forma que quedase bien embadurnado. A veces, cuando nadie le veía, el funcionario Zollinger se acercaba aquella cajita de tinta azul a la nariz e inhalaba ansioso y melancólico aquella intensa fragancia que desprendía y que tanto le recordaba a la de la imprenta de Romanshorn. También había en el fondo de aquel cajón, como descubriría más adelante, una cajita cuya alfombrilla era negra, pero lamentablemente reseca y desgastada. Llegaba entonces el momento culminante: estampar el sello sobre un impreso.

 

Antes de hacerlo había algunas decisiones que tomar, como por ejemplo el lugar del papel en que convendría estampar el sello (la parte superior, la inferior, un lateral…); el ángulo en que debía quedar ese sello, para lo que tenía particular importancia el modo en que se sujetaba el tampón; y, en fin —y esto era probablemente lo esencial—, la presión exacta que había que ejercer en el acto de sellar, resolución esta de la que dependían otras, tales como la altura a que debía elevar el tampón sobre el papel, la velocidad a que el susodicho tampón debería caer y —por último— si había que mover el tampón o no, y en qué medida, una vez que había hecho contacto con la superficie del documento. Todas estas menudencias, aparentemente banales, mantuvieron entretenido al funcionario Zollinger durante muchos más días de lo que habría imaginado. Pero solo le distrajeron hasta que, más allá de la teoría, quiso el destino que August descubriera el verdadero secreto de su oficio.

 

 

 

Observó August que, al estrellarse contra el papel, su tampón sonaba a veces algo así como «pot» y otras «poc», sin que hubiera una clara razón que justificara esta diferencia sonora. Aquella variación era ciertamente pequeña: el sonido inicial y el intermedio eran idénticos; solo se diferenciaban en el final —momento en el que alzaba el sello del papel—. Pero este ligero cambio, imperceptible seguramente para la mayoría, era apreciable para él, pues no en vano pasaba la jornada estampando impresos, sin que nunca pudiese calcular de modo mínimamente fiable cuántos podía sellar por día, o acaso por semana y por mes. «Pot» y «poc»: esos eran los únicos sonidos que procedían de su tampón, aunque sin duda abundaba más el «pot», como pudo constatar August tras algunas pruebas en que aplicó toda su concentración.

 

Entre los constantes «pot» y los «poc», al funcionario Zollinger se le pasaban las horas sin darse cuenta, hasta que una tarde, tras haber sellado centenares de impresos —aquella había sido una jornada dura—, se llevó una sorpresa tan grande que mereció ser celebrada: su tampón había hecho un ruido diferente. Sí, al golpear contra el impreso, el sonido que había brotado no era ni el acostumbrado «poc» ni el todavía más habitual «pot», sino algo así como «poch». «Poch» era, definitivamente, a lo que más se asemejaba aquel sonido, mucho más que a «pof» o que a «pox», posibilidades estas que también consideró. ¿Habría sido imaginación suya?, se preguntó August, al tiempo que miraba su tampón como si la vista pudiera revelarle algo para lo que solo el oído tenía competencia. ¿Acaso no habría oído bien? No, estaba seguro, y para cerciorarse se molestó en comprobar que el cambio no se debía a que tuviera debajo de aquel impreso más o menos papeles de los acostumbrados. Fuera porque había agarrado el tampón como nunca hasta entonces o porque le había imprimido una nueva velocidad, o incluso por la calidad de aquel papel en concreto, algo más grueso, lo cierto en todo caso era que aquella vez el tampón no había hecho «pot» ni «poc», como durante las primeras semanas de trabajo, sino «poch». Este cambio sonoro final —los sonidos inicial e intermedio continuaban inalterados—, inaudible para cualquiera menos para él, llenó el corazón del funcionario Zollinger de una especial felicidad: una felicidad extraña, genuina, intransferible. Ni siquiera buscó August que su «poch» se repitiera: le bastaba con saber que en su tampón, por años que pudiera llevar ejerciendo su oficio, se esconderían siempre sonidos nuevos y que él estaría allí, con su espíritu exquisito, para percibir y recibir esos regalos, tan diminutos como esenciales.

 

Por su talante nostálgico, así como por los constantes pot, pot, pot, que no podía dejar de escuchar, durante el periodo en que actuó como funcionario de segunda en el ayuntamiento de Appen-Tobel, August se acordó con frecuencia de los sonidos y palabras que le regalaron los misteriosos árboles de St. Heiden. Tal era su añoranza que un día, mientras estampaba algunos impresos, se encontró componiendo con los pot, pot, pot alguna de las canciones que le brindaron aquellos árboles sonoros. En efecto, mediante el sonido del tampón, golpeado rítmica y repetidamente sobre la alfombrilla de tinta y las hojas, podían componerse algunas melodías (no todas). Esto le gustó mucho a Zollinger, quien descubrió así, en el sonido de los tampones estrellándose contra la cajita y los impresos, una secreta fuente de entretenimiento: otro de los placeres escondidos que encerraba su ocupación.

 

Difícilmente podía pasarse por alto el constante y velocísimo pot, pot, poc, pot, pot, poc que emanaba del escritorio del nuevo contratado, de manera que no pocas veces sus compañeros de oficina se quedaban mirando a un August hipnotizado que componía con sus impresos y tampones su música particular. Por la expresión de sus rostros —imaginó el nuevo funcionario, cuando finalmente reparó en ellos—, lo más probable era que, captando su fervor en el cumplimiento de su deber, ninguno de aquellos tres colegas fuese capaz de escuchar la música escondida del artista Zollinger, genialmente interpretada con instrumentos tan elementales. Esto desconcertó al improvisado intérprete en un primer momento: como todo artista en sus comienzos, también August pensó que su público caería rendido ante la exhibición de su talento. Tras una demostración de su habilidad en el manejo artístico de los tampones, con los que compuso, en aquella ocasión, con toda claridad, una conocida cancioncilla de Mozart, el funcionario August miró radiante a sus compañeros y dijo:


—¿Sabéis cuál es?

 

No hubo respuesta. Habiendo oído cómo golpeaba alternadamente los tampones tanto sobre los impresos como sobre la espumilla de la tinta, era evidente que los funcionarios espectadores no habían apreciado la melodía. Inmersos en sus quehaceres burocráticos, el mensaje que el nuevo funcionario les ofrecía se les había escapado. August se entristeció y estuvo algunos instantes —en el silencio de su despacho, quebrado solo por sus tampones y otros sonidos familiares— estampando algunos impresos de manera rutinaria y disonante. Lo hacía bien, ¡qué duda cabe!; pero sin componer alguna canción con el sello y la espumilla ya no disfrutaba tanto.

¿Por qué no revelaba a sus compañeros lo que había descubierto? Sabía —lo había ido comprendiendo— que no se puede ser feliz sin guardar algún secreto. Más tarde se consolaría pensando que tal vez también ellos, los otros dos funcionarios de segunda, e incluso el de primera —por serio que pareciese al principio—, esconderían sus propios placeres, íntimos e intransferibles, patrimonio espiritual del ejercicio continuado de sus respectivos oficios.

 

 

 

Durante las pocas semanas que trabajó como funcionario de segunda, August Zollinger se acostumbró a llegar muy temprano al ayuntamiento, algunos minutos antes incluso que el empleado encargado de abrir el edificio, motivo por el que debía aguardar a la puerta. Definitivamente le gustaba poner sellos; no podía evitarlo. Esta espera frente al colosal e imponente portón de aquella arquitectura no le incomodaba; tanto más orgulloso se sentía de trabajar para tan prestigiosa institución cuanto más admiraba la majestuosidad del edificio.

 

Fue precisamente en una de aquellas esperas matutinas, mientras aguardaba a que abriesen el portón, cuando August recibió la noticia del regreso de su predecesor, aquel insensato que, abandonando a sus hijos y esposa, así como sus responsabilidades municipales, había huido con la panadera de Appen-Tobel, con quien había mantenido una turbulenta relación. Regresaba, sí, pero sin la panadera — según se llegó a saber—, y pretendía que se le devolviera el puesto comunal que tan impulsivamente había descuidado. Al parecer, el amante tornaba doblemente humillado por la publicidad de su secreto, del que todos murmuraban sin descanso, y por una vergonzosa enfermedad que le hacía particularmente vulnerable frente al vecindario.

 

—Estoy abochornado —decía entre penosísimos sollozos—, muy abochornado.

 

Pero no decía mucho más.

 

Tal era el pesar de aquel hombre, fracasado antes en su amor oficial y ahora también en el oficioso —era evidente que su escapada amorosa no había tenido un buen final—, que August no quiso ser para quien tanto sufría causa de una nueva aflicción; así las cosas, le entregó su puesto en cuanto supo que lo deseaba. Entre pucheros, el antiguo funcionario se sentó a la mesa tras la que August se había estado sentando durante las últimas semanas y, sin que nadie le dijera nada, se puso a sellar la pila de impresos que el empleado Zollinger había ordenado la tarde anterior para poder a la mañana siguiente estampar muchos de corrido, como a él le gustaba.

Probablemente —pensó August con ese deje de melancolía que incluso en los mejores momentos le acompañaba desde su infancia—, nadie advertiría en el ayuntamiento de Appen-Tobel, ni en ninguno de los destinos a los que estos documentos llegasen, que las impresiones de aquellos expedientes eran de una calidad infinitamente inferior a la de los sellados por su mano. Pero ¿significaba eso que su esmero y pulcritud no habían merecido la pena? ¿Perdía su belleza la obra que dejaba ahora tras de sí solo porque no hubiera nadie que la viese y admirase?

Con la solemnidad y sencillez propias de los grandes hombres a los que el mundo no conoce, August Zollinger abandonó sus impresos (también había empezado a llamarlos «suyos») con ademán respetuoso y soberano, al igual que los buenos escritores que abandonan sus novelas cuando están a punto de concluirlas, solo porque ya no les ilusionan. Hizo entonces, sin proferir palabra, una inclinación de cabeza a la derecha —quizá en exceso marcial—, otra a la izquierda —más leve esta vez, acaso demasiado— y una última al centro —fue esta, al fin, la que le quedó conforme deseaba—. Se despedía así de Loos, Achim y Julius Weibel, sus compañeros de despacho, cuyas miradas —vigilante, angustiada y entusiasta— reflejaban su carácter a la perfección —mucho mejor, seguramente, de lo que ellos habrían imaginado y deseado—. Así de silencioso, sin dar lugar al melodrama —que imaginaba le azotaría después bajo la forma familiar de la nostalgia—, August se dio media vuelta y abandonó la oficina en la que durante las últimas siete semanas había descubierto la música secreta de los objetos.

 

Todavía tuvo tiempo, mientras bajaba ágilmente las escaleras, con las manos en los bolsillos, de canturrear: «poc, poc, poc…», imitando el entrañable sonido de sus tampones, a los que ya no podría acceder. Y luego, en el segundo tramo de las escaleras: «pot, pot, pot…». Y finalmente, en el último peldaño, como aquella vez que ya nunca olvidaría: «poch». August Zollinger estaba convencido de que había terminado una nueva etapa de su vida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






VI. APPEN-TOBEL

 

 

 

Nuevamente sin oficio, comenzó a vagar August Zollinger por las concurridas y centelleantes calles de Appen-Tobel, donde las gentes iban y venían atareadas en sus ocupaciones. Viendo el modo en que los hombres discutían, encendidos como

 

si en ello les fuera la vida, y la forma en que caminaban las mujeres, contoneándose y sabiéndose observadas, el desempleado Zollinger decidió quedarse en aquella población algún tiempo más. En su corazón no pesaba la tristeza que, en buena lógica, tendría que haber sentido por la injusta pérdida de su trabajo. Como cuando abandonó el tercero de caballería tras abrazar al amigo Klopstock, como cuando se internó en los bosques de St. Heiden pletórico de alegría, también ahora se sentía ligero y animoso, como un muchacho. Sobre él no se cernía una noche tenebrosa en un bosque legendario, como antaño, sino un día luminoso en una ciudad conocida y efervescente en la que brillaba un sol enloquecedor. Fue entonces cuando se percató de los muchos espectáculos callejeros que, con probabilidad, se le habían brindado a diario, cuando iba al ayuntamiento, pero que solo ahora, sin un empleo, era capaz de percibir.

 

Vio, por ejemplo, la puerta de un comercio que se abría como si nunca antes se hubiera abierto, y a una mujer que gritaba y que sorprendía al mundo con el milagro de su voz. Vio también una larga pierna femenina, enfundada en una media, que salía de un vehículo; y a un niño que empezaba a llorar en el instante en que su hermanito, junto a él, dejaba de hacerlo; y un balón de colores que surcó el cielo, sin que pudiese adivinar quién lo había arrojado. Y vio también un perro que se asomaba entre las rejas de una terraza, como si él fuera el único vecino de aquella casa; y un balcón con muchas flores; y otro con pocas; y un tercero sin ninguna, en cuyo interior, sin duda, alguien habría fallecido, quién sabe cuándo. Vio, en fin, a un hombre en el instante en que mira a una mujer, y a una mujer que sabe que ese hombre, en ese instante, la mira.

 

Maravillado de todos aquellos regalos con que la vida le obsequiaba —porque era la vida—, August se admiró de que la fruta del mercado fuera de tantos colores y de que una bicicleta rodase (¿no era realmente milagroso?); y de que una persiana se subiera y una ventana se abriese sin que nadie se asomara. Todos aquellos milagros siempre habían estado ahí, ante sus ojos: un viejecito que hablaba solo y hasta reía; y el chico de los recados, arrastrando la carretilla; y un joven que encendía un cigarrillo mientras un anciano arrojaba lejos el que colgaba de sus labios. Y una mano ladrona deslizándose en un bolsillo ajeno; y otra mano, femenina, apretando secretamente la del amado.

 

Abandonando la avenida principal, por la que había transitado hasta entonces, dio August con una calle estrecha que, por su sombrío aislamiento, parecía de otra ciudad. Solo se oía el lejano repiquetear de un martillo y fue eso lo que le condujo hasta un pequeño local, en cuyo escaparate se mostraban un sinfín de plantillas de calzado, betunes de los colores más vivos y una larga hilera de tacones de zapato femenino ordenada escrupulosamente de mayor a menor altura. Bajo un gran rótulo que indicaba el nombre del propietario —«Zapatería Schneider»—, podía leerse en un letrero: «Se busca aprendiz». Le llamó la atención que un zapatero (Schuster, en alemán) se apellidase precisamente Schneider (que significa sastre) y consideró que, aunque solo fuera en desagravio, sería justo que el sastre del lugar se apellidase Schuster. Descorrió una cortinilla y se deslizó en el interior, para lo cual tuvo que bajar tres peldaños, incómodos y peligrosos por ser de una altura mucho mayor de lo normal.

 

 

 

Las paredes de aquella pequeña zapatería estaban forradas con una interminable fila de fundas de las que sobresalían, como si de un ejército se tratara, las puntas de varios centenares de zapatos a la espera de ser arreglados o, acaso, como simple depósito previo al desguace. Había zapatos de todas clases: masculinos y femeninos, aunque abundaran más estos últimos; negros, marrones, incluso rojos. Había botas militares, de lluvia, sandalias, zapatillas, alpargatas, zapatos nuevos y viejos, feos, bonitos, bastos, estilizados, zapatos de charol, de piel, con correas o cordones, de punta redonda, triangular, cuadrada, con refuerzos, sin ellos, limpios o sucios, de faena y de domingo…

 

—¿Quiere trabajar para mí?

 

Antes de que pudiera responder, el viejo zapatero que le había hablado sacó su húmeda y puntiaguda lengua de la grieta de su boca, para volver luego a introducirla rápidamente, repitiendo esta operación tres veces y dejando a Zollinger muy impresionado, pues no sabía cómo interpretar aquella mueca. El zapatero Schneider, cuyas gafas le colgaban de la punta de la nariz, estaba sentado en una silla llamativamente pequeña, tras un mostrador mucho más bajo de lo que habría sido habitual y conveniente. Por esta posición suya, tan baja, y porque August no había descendido aún del último escalón, de al menos doble altura respecto a la de los peldaños normales, la impresión que le ofreció aquel viejo encogido con un martillo en la mano —también muy pequeño— y un zapato boca arriba, preso entre sus piernas, fue de total desvalimiento.

 

—Yo… —musitó August al fin.

 

Al tiempo que abría su boca, dejando ver su penosa dentadura, el zapatero alzó la cabeza, intentando distinguir mejor al visitante. El reflejo de sus lentes destelló en el rostro de August.


—Si no tiene inconveniente —respondió August al fin, embrujado por el intenso olor a betún.

 

—¡Ja! —espetó el viejito, dejando ver su dentadura, prieta y sucia. Y continuó claveteando la suela que tenía presa entre sus rodillas.

Aquello había sido una risa, o eso estimó August, confundido y azorado por la situación. Un clavito sobresalía de la comisura derecha de la boca del viejo. Sin que apenas pudiera entendérsele, el zapatero Schneider dijo por la comisura izquierda:

—¿Tiene experiencia?

 

August negó con la cabeza.

 

—¡Las manos! —increpó el viejo, ahora por la comisura derecha, pues el clavito se había deslizado, hábil y velozmente, a la comisura izquierda, desde donde se balanceaba según hablase.

 

En cuanto August extendió sus grandes manos, el zapatero las tomó entre las suyas, pequeñas y rugosas, viejísimas, para inspeccionarlas con detenimiento; aquella exploración duró varios minutos. El zapatero comprobó cada dedo, las palmas, incluso la flexibilidad de las muñecas; verificó, desde su experiencia de años, si aquellas manos inexpertas podrían adiestrarse algún día en favor de sus zapatos.

Mientras contemplaba aquellas manos manchadas de betún, August se acordó de las de Staufer padre, el impresor, perennemente manchadas de tinta. Después reparó en las suyas: se daba cuenta de cómo se habían transformado esas manos suyas en las de ferroviario que cambiaba agujas, de soldado que cargaba un fusil, de ermitaño que tejía cestas, de funcionario que estampaba sellos y, finalmente, si el destino le sonreía, de zapatero aprendiz. Vio sus manos rugosas y tempranamente envejecidas y reconoció en ellas las mismas manos del anciano impresor de Romanshorn, aquellas que se grabarían indeleblemente en su mente infantil. Reconoció entonces, ante sus manos encallecidas, el inequívoco sentimiento del orgullo: él era un trabajador.

 

Sin el clavito entre los labios —August no supo qué había sido de él—, Schneider volvió a hundirse en su sillita. Solo cuando hubo puesto el zapato en que trabajaba nuevamente entre sus rodillas, cuando reapareció el clavito en la comisura derecha, dijo:

 

—Haremos una prueba.

 

Y señaló con la punta de aquel zapato una pequeña sillita que había a pocos metros, invitando a Zollinger a que comenzase de inmediato.

 

 

 

El viejo Tobias Schneider, propietario de la zapatería de Appen-Tobel y zapatero de cuarta generación, observaba complacido los progresos de su provecto aprendiz, al que todos en la ciudad comenzaron a mirar con afecto y a quien más de una mujer había hecho ya alguna insinuación. Pero August no tenía ojos para las mujeres, sino solo para los zapatos, que arreglaba con tanto gusto y primor como si hubiera nacido para ello. No se cansaba de contemplarlos, e incluso rescató de la basura más de uno que ya parecía inservible.

 

Según el nuevo aspirante —Schneider había tenido ya varios—, solo con ver un zapato podía adivinarse mucho del alma de aquel o aquella que lo calzaba. De hecho, durante aquella época, August se acostumbró a caminar con la vista gacha, pues decía conocer más de la persona por sus zapatos que por su cara. Argumentaba que los zapatos se estropeaban por el modo de caminar de aquellos que los calzaban y que, en buena lógica, la forma en que se camina refleja también la personalidad. En otras palabras: un zapato era para el zapatero Zollinger como un espejo. Y por eso no cesaba de abrillantarlo hasta que su rostro se veía reflejado en él.

 

Durante las primeras semanas de trabajo en aquella zapatería, lo habitual era que fuese el patrón Schneider quien recibiese a los clientes tras el mostrador y quien recogiera la mercancía, pasándosela más tarde al aprendiz Zollinger, que trabajaba en la trastienda. Fue así como August se acostumbró a mirar antes al calzado que al rostro, costumbre esta que llegó a practicar incluso fuera de las horas de trabajo. Le llegaba de manos de Schneider una sandalia, por ejemplo, o un botín de señora, y August se preguntaba, inevitablemente, cómo sería el campesino que calzase esa sandalia, cómo la dueña de ese botín. Al igual que durante los primeros días en la tienda era capaz, si se lo proponía, de adivinar el calzado de una persona a partir de su rostro, podía ahora, y con indudable éxito, adivinar el rostro a partir del calzado. Resultaba increíble —se decía el divertido aprendiz— cuánto podía llegar a saberse de la gente gracias tan solo a los zapatos que, incauta, dejaba en su taller.

 

Las cosas cambiaron en un segundo periodo cuando, ante la insistencia de la clientela, el zapatero en jefe no tuvo otro remedio que poner al propio August tras el mostrador para que fuese él quien atendiera a los parroquianos. Durante aquella época gloriosa, el zapatero Zollinger comprobó una y otra vez —no sin la satisfacción que da la propia valía— qué pocas eran las ocasiones en que sus vaticinios resultaban erróneos, así como cuánto puede llegar a saberse del ser humano a partir de un simple zapato, por mudo o neutro que pueda parecer a un inexperto. Porque no se trataba tan solo de concluir que la propietaria de aquel zapatito de tacón fuera joven o vieja, obesa o liviana, rica o humilde…; eso era fácil. Lo difícil era aventurar rasgos del carácter a partir de un tipo de correa, por ejemplo, o del desgaste de una punta, o incluso de la infinita variedad de cordones que, con no poca frecuencia y para su deleite, los clientes habían olvidado quitar, dejando en ellos, así, una preciosa huella de su personalidad.

 

Conociera o no a las gentes a partir de sus zapatos, August llegó a confesar que le habría gustado ver no ya solo el calzado de sus clientes —por elocuente que este fuera—, sino sus pies, convencido como estaba de que en los pies de los seres humanos se escondían sus secretos más hondos. Pero nunca manifestó este deseo hasta mucho después, dedicándose con el rigor y la tenacidad que le eran característicos a deducir cómo sería el pie en razón de la forma en que había quedado el zapato, tras meses o incluso años de andadura y desgaste.


 

Una de las cosas que más le gustaba de su oficio al nuevo aprendiz Zollinger, más incluso que remendar y coser los zapatos, era lustrarlos. En efecto, August pasaba gran parte de la jornada sacando brillo al calzado que llegaba a sus manos; y tal era la perfección con que realizaba esta tarea que no solo los zapatos lustrados por él eran los que más tiempo conservaban el lustre, sino los que más brillaban en absoluto, sin que ningún otro admitiera comparación. Combinando los distintos betunes y sin que se perdiese el color original —cosa que podría hacer enfadar a sus propietarios—, Zollinger lograba un lustre tan insólito y singular que, a falta de otro nombre, terminó por llamarse el «brillo Zollinger». Por ello, desde que él entró en aquella vieja zapatería, fueron muchos en el municipio del Appen-Tobel los que empezaron a presumir de zapatos resplandecientes. No resulta exagerado afirmar que el zapatero Zollinger cambió en Appen-Tobel no solo el modo de calzar de ese pueblo, sino, por ello, el de caminar y, en este sentido, el de ser. En realidad, ni el propio August imaginó nunca que unos buenos y hermosos zapatos podrían tener tanta importancia.

 

Meister August —que fue así como empezaron a llamarle, dada su maestría— no disfrutaba solo del trabajo mismo, sino también del momento en que entregaba los zapatos a sus propietarios; hasta ese instante no consideraba que un encargo estuviera realmente terminado. El maestro Zollinger gozaba viendo la expresión de sus clientes cuando recuperaban sus zapatos, llegando incluso a probárselos allí mismo, tal era su impaciencia.

 

—¡Qué bien han quedado! —le decían muchos, dando vueltas y vueltas a los zapatos en cuestión, para admirar el brillo.

O:

 

—¡Parecen nuevos!

 

O incluso:

 

—¿Está seguro de que son estos los zapatos que yo le dejé?

 

Lo que al Meister August —o August Meister, como también decían algunos— le hacía disfrutar no era solo la creciente coincidencia entre sus presagios de experto y el rostro real de sus propietarios, sino las manifestaciones de admiración y reconocimiento que aquellas buenas gentes le brindaban antes de abonar el coste del arreglo. Cuanto más intenso era el brillo que él sacaba a los zapatos, mayor era también el júbilo que refulgía en sus rostros. Solo una vez quedó desconcertado el nuevo Meister al comprobar que las facciones de la mujer que recogía unas botitas tras el mostrador no se correspondían con las que él se había figurado; no tardó en averiguar, sin embargo, que aquella joven no era la dueña legítima de aquellas botitas, en cuya reparación tanto había logrado saber del alma de su propietaria.

 

Todo lo que no supieron ver los habitantes de Appen-Tobel del celo y finura con que August sellaba los documentos, habrían de apreciarlo ahora en el universo de los zapatos. Sí, el reconocimiento que le fuera negado al funcionario Zollinger se le regalaba ahora con creces en la zapatería de Schneider, puesto en el que alcanzó la justa fama que merecía su admirable habilidad manual. Y puesto, también, que habría de cambiar su destino, tanto al menos como ya se lo habían cambiado los bosques de St. Heiden y la lejana ferrovía de Rosenwohl, cuyo sonido seguía oyendo algunas noches.

 

En efecto, tal fue el esplendor y cuidado con que August lustraba y remozaba el calzado —sin que nunca nadie pudiera decidir qué era lo que hacía mejor, si remozar o lustrar— que todos en la comarca del Appen-Tobel, y más tarde también en otros municipios, quisieron que fuera él y solo él quien les lustrara y arreglase los zapatos (e incluso otros objetos de cuero, tales como bolsos y portamonedas). En realidad, hasta que August Zollinger empezó a lustrar y arreglar zapatos en Appen-Tobel, nadie daba excesiva importancia al hecho de llevar el calzado más o menos brillante o finamente presentado. Sin embargo, el contraste entre los zapatos lustrados por él y aquellos lustrados por cualquier otro, incluso por zapateros de oficio, era demasiado grande como para que la diferencia no se hiciera notar.

 

—¡Qué brillantes tienes los zapatos! —se decían entre sí los vecinos de Appen-Tobel, a quienes, como es natural, agradaba en grado sumo escuchar estos comentarios.

 

—Me los ha lustrado el nuevo aprendiz de Schneider, un tal Zollinber —decían de él, equivocando su apellido.

Porque a Zollinger, hasta que fue realmente famoso por el perfecto acabado de sus arreglos y por el inigualable brillo que lograban sacar del cuero sus cepillos, se le llamó Zollinber, como ya he dicho, pero también Zollizer —error este que se extendió durante bastante tiempo—; e incluso llegó a tergiversarse su nombre, llamándole Albert en lugar de August —cosa que al afectado divertía sobremanera, pues ese era el nombre de su padre—. Fuera como fuese, pocos quedaron en el Appen-Tobel sin acudir al zapatero y presumir de su calzado. Pocos también los que no acabaron sabiendo cuánto había deseado aquel zapatero prodigioso ser el impresor de Romanshorn, población de la que era oriundo.

 

Cuando se le preguntaba por qué no había abierto su ambicionada imprenta en Appen-Tobel —o incluso en Rosenwohl, antes de aceptar el empleo de la ferrovía—, August respondía siempre que una voz recóndita en su conciencia le instaba a ser paciente y a esperar la llegada de tiempos mejores. También aseguraba que había abandonado pronto sus oscuros proyectos de resarcimientos y actos de desagravio por las amenazas recibidas; la intimidación de que había sido víctima estaba perdonada.

 

Como era de esperar, también a Romanshorn llegó la fama del nuevo zapatero de Appen-Tobel y también desde allí, como desde tantos otros lugares, fueron muchos los que, ya por curiosidad, ya porque realmente necesitaran arreglar su calzado, acudieron a verle y a saludarle después de todos aquellos años.

—¿Dónde has estado? —le preguntaban.

 

—¿Qué has hecho en todo este tiempo?

 

Al no necesitar silencio para trabajar, mientras claveteaba alguna suela o encolaba



algún remiendo, August conversaba a gusto con sus antiguos vecinos, dado que nada tenía contra ellos. Ni siquiera hacia Rudolf Staufer guardaba resentimiento, pese a que tenía sobrados motivos para ello. Supo en esas conversaciones que su padre, el genuino y auténtico impresor de Romanshorn, había fallecido dos años antes y sintió lástima por él, de quien tanto había aprendido del oficio de imprimir. Y es que August era demasiado afortunado en su zapatería y, siendo tan afortunado, las pasadas reyertas se le antojaban realmente muy pasadas, casi ridículas.

 

—¡Es de Romanshorn! —decían orgullosos de Zollinger sus viejos vecinos. —¡Se crio con nosotros! —repetían una y otra vez, mostrando a unos y a otros los

zapatos que August acababa de lustrar.

 

 

 

Si el mundo sonoro de los tampones le había sido grato, el que ahora le brindaban los zapatos era infinitamente más rico e insospechado: las suelas, fueran de goma o de cuero, producían un estruendo peculiar cuando se golpeaban una contra otra o contra el suelo. Y luego estaban los tacones de zapato de mujer, cuya sonoridad estaba en relación con el material de que estuvieran hechos, además de con su mayor o menor altura. Y el increíble universo de los cepillos —grandes, pequeños, cortos, alargados, cada cual con su función específica—, así como la enorme variedad de cremas y betunes que podían extenderse con ellos y cuyo olor, al igual que la tinta de su tampón cuando trabajaba en el despacho, lograba embriagar al zapatero Zollinger.

 

Los cepillos le gustaban mucho a August, muchísimo, y es que también con ellos podía componer sus canciones secretas, las que le brindaron los árboles de St. Heiden, las que ofrendó cual verdadero artista al público sordo de su oficina. Al no poder oír ni entender las canciones que él componía con sus cepillos mientras lustraba los zapatos, nadie comprendía por qué era tan dichoso.

 

Nunca había disfrutado tanto como en la zapatería, que condensaba en sí todos los deleites: el sonido, el olor, el tacto… Pero ¿por qué estaba tan contento si, después de todo, por grande que fuera su fama, él solo era un zapatero remendón? Aquel no era su oficio —eso lo sabía— y, sin embargo, se sentía bien entre sus zapatos (se había acostumbrado a llamarlos suyos, aunque no fueran de su propiedad). ¡Les había tomado afecto! Sí, afecto a los zapatos, por extraño que pueda resultar para quienes nunca han sentido amor por los objetos. Porque en su simplicidad, en su burda sencillez, también un zapato (¿por qué no?) podía ser amado: por su color, por su forma, por las arrugas que van surcando su piel, reveladoras del uso y del tiempo. También podía amárselos porque «hablaban» de las personas que los calzaban, porque alineados parecían un ejército y porque solitarios, sin su pareja, inspiraban compasión. Todo esto —August no lo ignoraba— podría parecer pueril a quien no pudiera ver los zapatos como él los veía.

 

Pero entonces —consideró August, que dejó de martillear para hacer esta reflexión—, entonces también el carpintero podría amar sus mesas y sus sillas. Y también el lechero amaría las vacas —siguió cavilando— y el herrero el yunque. También el hortelano, en fin, tenía que amar su huerta —tenía que hacerlo si deseaba ser feliz—. Consideró August que, probablemente, la molinera amase el molino: el agua que corría por debajo, las aspas girando al viento, los sacos de harina, tan blancos. Si lo que pensaba era cierto —concluyó—, si era cierto que el sastre amaba las prendas y el picapedrero las piedras, si era cierto que todos estos hombres y mujeres escondían algún secreto en la práctica de sus oficios (al igual que solo él escuchaba la música de sus zapatos cuando los frotaba con sus cepillos), ¿por qué entonces no iba él a poder amar sus zapatos? ¿Quién podría decirle que ese amor no era bueno?

 

August Zollinger amó el calzado como nadie lo había amado antes; por eso llegó a ser el más admirable zapatero del país, quizá el mejor de todos los tiempos.

 

 

Al propio zapatero Schneider, satisfechísimo por el inesperado revés de su suerte, le costó creer una mañana lo que veían sus ojos: un grupo de parroquianos, ordenadamente en fila, esperando que se abriera su taller. A su zapatería llegaban ya no solo los habituales clientes de Appen-Tobel —a los que parecían estropeárseles los zapatos con inusitada frecuencia—, sino gentes de otras poblaciones, incluso lejanas. Tal era la maestría del aventajado aprendiz no solo en el arreglo de los zapatos sino en su abrillantamiento, que todos los habitantes de Schlossfeld, Neuenfelds, Kreuzbaden y Dorsten querían que fuese August y solo August quien les arreglara los zapatos. Su deseo era comprensible: el zapato que arreglaba el Meister no se estropeaba jamás. Y, caminando mejor, más a gusto, la gente era más dichosa. Más aún: la gente empezó a desear calzar solo los zapatos confeccionados por el propio Zollinger, motivo por el que comenzó a no cubrir las demandas. A nadie sorprendió, pues, que —sin romper la exitosa comandita Schneider-Zollinger— se abriese pronto en Appen-Tobel una nueva zapatería, y enseguida una tercera en Schlossfeld, donde estaban particularmente envidiosos de la prosperidad de la población vecina, y una cuarta, la más grande de todas, en la ciudad de Klagenberg, donde las perspectivas del negocio eran muy halagüeñas.

 

Muy pronto fue el propio Meister August quien contrató a los nuevos aprendices, a los que, además de mirar las manos —como había aprendido del viejo Schneider—, sometía a una prueba más extravagante: mostrarles algunos zapatos para que, a partir de ellos, adivinaran el rostro de quienes los calzaban. Zollinger no olvidaría fácilmente el día en que, ante la llegada de un nuevo aspirante, con una suela atrapada entre sus rodillas y un clavito sobresaliéndole de la comisura derecha, dijo entre dientes:

 

—¿Quiere trabajar para mí?

 

Y  luego: —¡Las manos!

 

Fue así como Zollinger comenzó a amasar una fortuna, y así también como empezó a olvidar su viejo proyecto de ser el impresor de Romanshorn o, al menos, dejó de soñar con aquella imprenta de techos altos y luz mortecina. En Appen-Tobel, entre sus zapatos, August había logrado asentarse. Todos le auguraban un gran futuro, sobre todo tras la muerte del zapatero titular, su protector Tobias, quien, no teniendo hijos y sabedor de que solo a su experto aprendiz debía el éxito de su empresa, le dejó en herencia todo el negocio de las zapaterías. Y así fue como quien fuera empleado de la ferrovía y funcionario pasó a ser el propietario de un flamante negocio que creció en sus manos mucho más de lo que nadie habría esperado. Pero también fue así como August Zollinger comprendió que había traicionado su sueño y que, por ello, casi sin darse cuenta, estaba dejando de ser feliz.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII. ROMANSHORN

 

 

 

 

 

Las muchas lecciones que encierran las andanzas de August Zollinger, así como el encanto y simplicidad de su vida errante, me animaron enseguida a escribir todos los incidentes que un día me relató aquel que fue ferroviario en Rosenwohl, bebedor del tercero de caballería, ermitaño en St. Heiden, anónimo funcionario de segunda y afamado zapatero de Appen-Tobel y, al fin —porque así estaba escrito—, el impresor de Romanshorn. Fue el propio Zollinger quien me contó su historia. Junto

 

a una jarra de cerveza, me dijo:

 

—Usted escríbala, que ya la imprimiré yo algún día.

 

Ahora, en cuanto haya redactado su final, la habré terminado. Y pronto se la haré llegar al propio August para que la imprima, conforme pactamos.

Más allá de su voluntad explícita, que avala y sostiene mi empresa narrativa, aquello que realmente determinó que me pusiera manos a la obra fue la convicción de que August Zollinger (y no se me escapa que las letras iniciales de su nombre y apellido son la primera y la última del abecedario) es, en cierto sentido, cada uno de nosotros. Sí, también yo —lo confieso— tengo un Ferdinand en mi vida, y una Magdalena, más o menos clandestina, y unos compañeros con los que caminé y canté durante un tiempo, y un destino —quizá sea esto lo esencial— por el que sufro y gozo. Esta es la razón por la que finalmente me decidí a tomar la pluma. Solo espero —eso sí— haber hecho justicia a mi amigo Zollinger, cosa que rara vez consiguen las palabras ante la belleza y exuberancia de la vida.

 

 

 

Solo resta decir que la buena marcha del negocio de las zapaterías, así como la celebridad y prosperidad de la que gozó en aquella época, no impidieron que August comprendiera que aquel no era su oficio. Pero ¿por qué no iba a serlo?, le preguntaban. No podía dar una razón; simplemente sabía que él había nacido para ser el impresor de Romanshorn; parecía que eso bastaba. Ahora que estaba llegando a su meta —o eso creía él—, no debía traicionar la voz interior que había escuchado siendo un niño. Aunque tuviese que renunciar a lo que le agradaba —a eso en lo que había sido reconocido—, necesitaba demostrarse que podía ser lo que siempre había querido. De modo que ni el amor ni la amistad, ni el campo ni la ciudad, ni la fama ni el dinero lograron apartarle de su destino. Las cosas sucedieron como paso a exponer.

 

A la creciente bonanza económica de August vino a unirse una noticia que, siendo fúnebre de por sí, le beneficiaría grandemente, animándole a orientar su existencia como lo había deseado antes de que se iniciaran sus «años de aprendizaje» (era así como los llamaba). Su antiguo compañero de escuela, Rudolf Staufer —aquel que con sus bravuconadas y amenazas le expulsó de su tierra natal, impidiéndole que fundara en Romanshorn una segunda imprenta—, había fallecido tras una larga y penosa enfermedad. Pero no acababa aquí la noticia que vinieron a traerle expresamente de su querido pueblo, ahora que todos sabían de su buena estrella para los negocios.

 

Gaspare Naldi —con quien Staufer hijo se había asociado para la regiduría de la imprenta— había fallecido también, y curiosamente el mismo día que su socio Rudolf. Estando de camino hacia la imprenta —donde habían instalado con toda solemnidad el ataúd del malogrado Rudolf—, Gaspare empezó a sentirse mal y llegó al velatorio pálido como la cera y muy indispuesto. A falta de otro lugar, se le acostó sobre una de las grandes mesas en las que tanto había trabajado y fue allí mismo donde falleció a los pocos minutos, víctima de un ataque cardíaco. Nadie pudo hacer nada. Murió exactamente en el mismo lugar en que había trabajado y junto a quien había sido su socio durante los últimos siete años, fecha de la partida-destierro de Zollinger. Como es lógico, los vecinos no tenían preparado un segundo ataúd, por lo que hubo que exponer el cadáver sin féretro, junto al de Staufer. Habiendo estado unidos en vida, en perfecta comunión de destinos, Rudolf y Gaspare lo estarían también en la muerte. Todos intuían que aquella muerte doble tenía que encerrar alguna oscura significación.

 

 

 

Hizo, pues, August Zollinger el equipaje y marchó a Romanshorn, de donde se había ausentado durante seis años y nueve meses: había partido a la edad de veintisiete; ahora, cuando regresaba, contaba treinta y tres.

 

 

 

Cuando August entró de nuevo en la vieja imprenta de los Staufer —que pudo adquirir por un módico precio—, tomó asiento en el mismo rincón en que solía sentarse siendo un muchacho, veinticinco años antes.

 

Al comprobar que sus piernas no le colgaban del taburete, como antaño, se dio cuenta del largo tiempo que había pasado, así como de cuánto cuesta alcanzar lo más elemental. Miró hacia los techos altos, desconchados ahora, de donde pendían, como absurdas excrecencias, aquellas lámparas que otrora desprendían una luz mortecina.

 

Cerró los ojos y respiró profundamente. Pese a que en la imprenta no se desarrollaba ninguna actividad desde hacía varios meses, el aroma de su infancia seguía allí, como si en aquel local todo menos ese olor hubiera podido desaparecer. Comprendió entonces que aquel olor no era sino el de su propio destino.

August se acercó a la pared en que estaban clavados los inmensos rollos de papel que poblaron tantos de sus sueños adolescentes. Haciendo que el rollo girase sobre su eje, mientras el papel rodaba hasta el suelo, oyó:

 

—Fffffffffff…

 

Probó de nuevo, ahora con más fuerza. El rollo giró con mayor violencia y el papel se deslizó hasta amontonarse en el embaldosado.

—Fffffffffffffffffffffffffffff…

 

—¿Ferdinand? —preguntó August, recordando el árbol-Ferdinand y la compañía que el soldado Klopstock le brindara durante los lejanos días del regimiento.

—Fffffffffffffff… —volvió a exclamar el papel, incapaz de pronunciar la palabra «Ferdinand», como hiciera el árbol de St. Heiden, pero muy hábil, por contrapartida, para generar en el corazón de August los mismos sentimientos que este le provocara.

 

—¿Ferdinand? —volvió a preguntar August.

 

¿A quién se lo preguntaba? ¿Esperaba acaso que los papeles de su vieja imprenta le hablaran como años atrás le habían hablado los árboles de St. Heiden? Antes de retirarse, August hizo girar el rollo una vez más. Aquel fffff —ahora lo sabía— no le permitiría ya sentirse solo. Pero sería aquel fffff, también, lo que le haría recordar en cada jornada, aunque solo fuera por unos segundos, que no se puede amar sin el peso de la melancolía.

 

¿Era feliz? Casi siempre lo había sido, aunque nunca como en ese instante, invadido como estaba por la sensación de haber llegado tras un largo camino a su verdadera patria. Para que su suerte fuera completa, solo le faltaba la voz de un ser querido a su lado. Y no una voz cualquiera, sino precisamente aquella que le decía «¿Preparado?», desde el otro lado de una línea telefónica. A esa voz, inaudible ya, le habría respondido: «Listo», a sabiendas de que solo ahora, por haber llegado a su estación de término, estaba realmente preparado para la felicidad.

August lloró entonces como le había enseñado el árbol-llanto; lloró porque después de años de peripecias era demasiado afortunado; porque finalmente comprendía que sus andanzas habían tenido un sentido y, sobre todo, porque esa alegría tan grande de la que ahora disfrutaba no podría compartirla con el amor de su vida. No, nunca podría decirle a Magdalena: «Preparado. He vuelto a casa»; «Listo. Soy el impresor de Romanshorn».

  

 

Una vez que puso en marcha su imprenta, el impresor Zollinger comprobó que el ruido que emitía la maquinaria tipográfica le recordaba al del ferrocarril, y este — como ha quedado dicho— a Magdalena. Por otra parte, el sonido del inmenso rollo de papel, como también advertí, le traía a la memoria el árbol-Ferdinand y este, como es natural, a la persona-Ferdinand, con lo que tanto su amigo como su amada —esta parecía ser la conclusión— estaban en su taller, a su vera. Nunca habría podido August echarlos de allí; tampoco lo deseaba. Sabía que la vida de los hombres, cuando envejecen, se va poblando de fantasmas. Y sabía también —lo iba sabiendo— que son esos fantasmas los que, después de todo, ayudan a vivir.


Por ello, desde entonces, cada vez que entraba en su taller por las mañanas, miraba con verdadero afecto la maquinaria tipográfica y decía: «Buenos días, Magdalena», inclinando ligeramente la cabeza, como en una leve reverencia. Poco después, dirigiendo la vista al inmenso rollo de papel, añadía: «Buenos días, Ferdinand», y nuevamente bajaba los ojos —quién sabe si para mejor mirar adentro, que era donde sin duda habitaban sus Ferdinand y Magdalena—. También al atardecer, concluida la faena, se despediría August de quienes habían sido y aún eran sus compañeros de andadura: «Adiós, Magdalena», decía con un inevitable deje de tristeza, o «Hasta mañana, Ferdinand». Ya en la puerta de la imprenta —su verdadero hogar—, añadía casi inaudible: «Dormid bien, mirad que no estáis solos; os dejo a uno junto al otro». Y a veces, para divertirse: «Fffffffffffff…».

 

Cada domingo August se paseaba por sus queridos bosques de Romanshorn y cuando nadie lo observaba —o eso creía él— se abrazaba a los árboles que más le gustaban, con frecuencia los más enfermos y desvalidos. Deseaba que también allí, como en St. Heiden, los árboles le hablaran; quería que le dijeran algo para confirmar así que el milagro de su vida había sido verdad. Pero los árboles de Romanshorn ni sonaban ni le hablaban; aquello —concluyó August— era solo una virtud de los de St. Heiden, cosa que nunca quiso revelar más que a mí, no fuera que le tomaran por un loco.

 

Aun sin los sonidos de la naturaleza ni de la música, aun sin las palabras, August se sentía bien en aquellos abrazos dominicales, cada vez más prolongados. Le parecía que si bien en Romanshorn sus árboles eran silenciosos, poseían una particularidad de la que carecían los de St. Heiden. Allí, él abrazaba a los árboles; aquí, de algún modo, eran ellos los que le abrazaban, haciéndole sentirse benéficamente acogido y reconciliado. Por eso, porque se sentía amparado, los dramáticos abrazos de August a esos árboles fueron siempre más largos e intensos.

Y así hasta que algunos niños del poblado le descubrieron en ese trance. Pero no se atrevieron a reírse de él; ni tampoco a ir corriendo a la plaza para contar a todos lo que habían visto; y ni mucho menos a tirarle piedras, como acostumbraban con otros solitarios. Solo le miraron desde lejos, en silencio, como ante un espectáculo que no se comprende pero del que se sabe que es sagrado. Fueron los niños los que desde entonces empezaron a llamar al impresor de Romanshorn «el hombre que se abraza a los árboles».

 

 

 

Madrid, primavera de 2002



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GUÍA PARA LAS «ANDANZAS»

 

 

 

 

 

I.   ROMANSHORN

 

En la imprenta. Un letrero; Albin Staufer; Rudolf Staufer, su hijo; Desavenencias entre vecinos; Preparativos para un oficio; Sobre un taburete en un rincón; Impresiones del niño August; Conciliábulo nocturno; Desaparición del joven Zollinger; Reaparición en Rosenwohl.

 

 

 

II.   ROSENWOHL

 

El suicidio del ferroviario Weber. El suicida; Un tipo que piensa; Una existencia solitaria; Cambio de agujas; Insomnio en una caseta; Una mujer.

 

Un silencio al otro lado de la línea. Sonidos imaginarios; Trenes rigurosamente vigilados; Romanticismo y ferrocarril; La telefonista de la ferrovía; Los ferroviarios de Schwabing, Eisen y Darmbrücken; Un acto de rebeldía; Prohibición de prolongar la conferencia; Desproporción entre «listos» y «preparados»; Búsqueda de sinónimos; A las cinco cuarenta y cinco.

 

¿Preparado? ¿Listo? Grandes esperanzas; Aquel segundo silencio; Un descuido; Conversaciones efímeras; Escenario de una ilusión; Enamorarse de una voz.

Días felices y coloquios breves. Faltan siete horas; Me llamo August; Interpretaciones posibles a un final brusco; ¿Cómo te llamas?; Me llamo Magdalena; Aquella tibia vocecita; Palabra a palabra; Exclamaciones, recriminaciones y dudas; Informaciones recatadas y paulatinas; Lentitud de una historia de amor; ¿Días felices?; La soledad de las garitas; Un minuto al día.

 

Noticias sobre Magdalena Forsch. Una voz masculina; El expreso nocturno de la línea Praga-Viena.

 

 

 

III.   MARCHAS

 

El tercer batallón de caballería. Primeras impresiones; Alistamiento; La formación militar; Razón de las caminatas; Dejar de preguntarse; Metáforas de la eternidad; Comparación de paisajes; Oración secreta; Ocasiones para el recuerdo de la amada.

La leyenda del bebedor triste. Un litro de becherovka; Dar un nombre; Una segunda botella; El húngaro Saphir y el holandés Efraim Eyck; Variaciones de un ritual; Las canciones de Hermann Seume; Borracheras sonadas; Ardor en la garganta; La tercera botella; Camaradas boquiabiertos; Privilegios del vencedor; ¿Cómo contar



 

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un amor?

 

Canciones del regimiento. El prestigio de la música; El director del coro; Los ensayos; Los solistas Dornach y Schlatter; Al calor de una fogata campestre; ¡Un hombre que no canta!; Uno de los nuestros.

 

Caminando unidos. Demasiada tristeza; Precaución y reverencia; Monólogos de Klopstock; Cunde el ejemplo; Caminar enlazados.

Despedida del amigo Klopstock. Deserción del soldado Zollinger; La mueca del amigo Ferdinand; Explicaciones a una melancolía legendaria; Olvidar el sonido del tren; Abandono de la vida militar; La llamada del bosque; Un nuevo motivo por el que sufrir.

 

 

 

IV. ST. HEIDEN

 

Fuga a los bosques. Recobrando la independencia; Frondosidad de la arboleda; Una sombra como un manto; Una nostalgia casi física; Añoranza de la quietud espiritual.

Episodio de la cesta. Raíces y hojas; Músicas fantasmales; El hallazgo de una cabaña; Tejer unas varillas; Una obra bien hecha; Bajo el estrellado cielo de la noche; Destrucción de la cesta.

 

Los sonidos de los árboles. Sobreviene lo insólito; Estruendo de una locomotora; ¿Un engaño macabro?; Elegir un abeto; El «árbol-agua» o el «árbol-río»; Encantamiento de la música fluvial; Sonidos escondidos.

 

La música de los árboles. La sonoridad de la naturaleza; «Árbol-allegro» y «árbol-moderato»; Las melodías melancólica, celeste, apasionada y fúnebre; Racionamiento e itinerario; Una nana infantil; Canciones escolares, religiosas y militares; El «árbol del tercer batallón».

 

El «árbol-Ferdinand». El «árbol-palabra»; El «árbol-silencio»; Ffff, fff, fff; ¿Ferdinand?; ¡Ferdinand!; Conversar con un árbol; Personas injertadas en los árboles; Los seres queridos; El otro árbol-Ferdinand.

 

Las palabras de los árboles. Árboles sustantivos y adjetivos; El «árbol-llanto»; ¡Fuera!; Interpretar un mensaje; Magnetismo del viejo pino; Obedeció, pues, August…; La despedida; ¡Lejos!; Adiós a la soledad sonora.

 

 

 

V. APPEN-TOBEL

 

Entrada en el ayuntamiento. Fuga del funcionario Jacob Mazenauer con la panadera Liese Schmeller; Admisión en el cabildo; El tampón; Aclaraciones del funcionario Loos; La cajita de tinta; Una demostración determinante; Deseos de comenzar; El sueño de August.

 

Los compañeros de oficina. Una sonrisa bellísima; En el centro del escritorio;



 

 

 

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Recriminación del funcionario de primera; Primeras selladuras; Un tal Weibel; La cadena; Muestra de ejercicios; Filosofía del funcionariado; Tras la soflama; Abstracción de los expedientes; Una ilusión infantil.

 

Práctica de la selladura. Vocabulario específico; Cincuenta y un impresos por minuto; Calidad de impresión; Sellar en el lugar exacto; Indiferencia generalizada; Diferencia espiritual entre los documentos pulcros y los desaliñados.

 

Teoría de la selladura. Consideraciones teóricas; Pormenores del acto de sellar; Algunas decisiones.

La música de los tampones. «Pot» y «poc»; «Poch»; El sonido del tampón; Incomprensión de los colegas; Sellar de forma disonante; Guardar un secreto.

 

Cese del funcionario de segunda. Frente al portón; Retorno del predecesor; Estoy abochornado; Entrega del puesto; Estética de la recepción; Tres inclinaciones de cabeza; Mientras bajaba las escaleras.

 

 

 

VI. APPEN-TOBEL

 

Paseo por la villa. Por las concurridas y centelleantes calles; Espectáculos callejeros; Regalos de la vida; Se busca aprendiz.

 

El zapatero Schneider. Un ejército de zapatos; Total desvalimiento; Una dentadura penosa; Un clavito entre los labios; ¡Las manos!; La inspección; Orgullo del trabajador; Hundido en su sillita.

 

Deducciones a partir de un zapato. Nacer para algo; Adivinar la personalidad; En la trastienda; Tras el mostrador; La lógica de los pies.

El «brillo Zollinger». Presumir de zapatos resplandecientes; Entregas del Meister August; Reconocimiento y admiración de las buenas gentes; Una fama justa; ¡Qué brillantes!; Equivocar el apellido; La voz de la conciencia; Visitas de los vecinos de Romanshorn; Noticia del fallecimiento de Staufer padre.

 

La música del calzado. Mundo sonoro de los zapatos; Música de los cepillos; Amor por los objetos; La alegre práctica de los oficios; El mejor zapatero del mundo.

El negocio de las zapaterías. Apertura de nuevos talleres; Un examen extravagante; Traicionar un sueño.

 

 

 

VII. ROMANSHORN

 

Presentación del narrador. Lecciones de las andanzas; Redactar el final; Hacer justicia narrativa.

 

El socio de Rudolf Staufer. La fuerza del destino; Tras los años de aprendizaje; Rudolf y Gaspare.

Marchó, pues, August Zollinger…



 

 

 

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El «rollo-Ferdinand». El taburete de antaño; El aroma de la infancia; El inmenso rollo de papel; El fantasma de Ferdinand; Amor y melancolía; Preparado para la felicidad; Volver a casa.

 

Los sonidos de la imprenta. Ayuda de los fantasmas; Buenos días, Magdalena.

 

Buenos días, Ferdinand.

 

El hombre que se abraza a los árboles. Abrazarse a los árboles; Duración y amparo de los abrazos; Ante un espectáculo sagrado.



 

 ***

 

 

PABLO D’ORS nace en Madrid en 1963, en el seno de una familia de artistas, y se forma en un ambiente cultural alemán. Es nieto del ensayista y crítico de arte Eugenio d’Ors, hijo de una filóloga y de un médico dibujante, y discípulo del monje y teólogo Elmar Salmann.

 

Tras graduarse en Nueva York y estudiar Filosofía y Teología en Roma, Praga y Viena donde se especializa en germanística, se doctora con una tesis titulada Teopoética. Teología de la experiencia literaria. Es ordenado sacerdote en 1991 y es destinado a la misión claretiana de Honduras. Ha ejercido como pastoralista matrimonial (1996-2000); capellán universitario y profesor de dramaturgia (2001-2005); y como capellán hospitalario y crítico de literatura centroeuropea en el ABC Cultural (2006-2013). En busca del silencio ha peregrinado a pie a Compostela y ha viajado al desierto del Sahara, al Monte Athos y al Himalaya, entre otros lugares de irradiación espiritual.

 

Su trayectoria como escritor comienza en 2000 con el libro de relatos El estreno, que inaugura su inconfundible estilo, cómico y lírico a un tiempo, espiritual y sensorial, y con la novela Las ideas puras, finalista del premio Herralde. Su nouvelle de 2003, Andanzas del impresor Zollinger, es adaptada al teatro y representada en 2011 en Italia por el famoso actor y director Roberto Abbiati. Publicará luego El estupor y la maravilla (2007); Lecciones de ilusión (2008); El amigo del desierto (2009); Sendino se muere (2012); Biografía del silencio (2012), que obtuvo cuatro ediciones en pocos meses; y El olvido de sí (2013), una autobiografía ficticia de Charles de Foucauld. Todas sus obras, emparentadas principalmente con la literatura de Franz Kafka,Hermann Hesse y Milan Kundera, han tenido una excelente acogida por la crítica.


FIN

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