© Libro N° 14093. La Noche Del
Lobo. Howard,
Robert E. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © The Night of the Wolf
Versión Original: © La Noche Del Lobo. Robert E. Howard
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Robert E. Howard
La Noche Del
Lobo
Robert E. Howard
La Noche Del Lobo
Robert E. Howard
La penetrante
mirada de Thorwald Hiende-Escudos se desvió de la amenaza que brillaba en los
expresivos ojos del hombre que se hallaba frente a él, y con ella recorrió la
longitud del gran skalli. Se fijó en las
largas filas de guerreros ataviados con cotas de malla y yelmos con cuernos,
jefes con rostro de halcón que habían cesado en el festín para escuchar. Y
Thorwald Hiende-Escudos rió.
Pues en verdad, el
hombre que había hablado con rudeza ante las mismas fauces de los vikingos no
parecía particularmente amenazador al lado de los gigantes armados que
abarrotaban la sala. Era un hombre bajo, de fuerte musculatura, de facciones
suaves y muy oscuras. Sus únicas ropas y ornamentos eran unas toscas sandalias
en sus pies, un taparrabos de piel de ciervo, y un amplio tahalí de cuero del
cual pendía una espada con una curiosa forma de sierra. No llevaba armadura y
su negra melena cuadrada sólo era guardada por una delgada banda de plata que
le ceñía las sienes. Sus fríos y negros ojos brillaban con furia contenida y
sus impulsos interiores se reflejaban con claridad en su usualmente inmóvil
faz.
—Hace un año —dijo
él, en un tosco norteño— llegasteis a Golara, deseando sólo la paz con mi
pueblo. Decíais que seríais nuestros amigos y nos protegeríais de las
incursiones de otros de vuestra maldita raza. Fuimos bobos; pensamos que habría
buena fe en un pirata. Os escuchamos. Os trajimos carne y pescado y cortamos
troncos cuando construisteis vuestro fuerte y os protegimos de otros de nuestra
gente que fueron más sabios que nosotros. Entonces sólo erais un puñado venido
en un navío. Pero tan pronto como vuestros muros estuvieron construidos,
vinieron más de los vuestros. Ahora tus guerreros suman cuatrocientos, y seis
barcos-dragón se hallan amarrados en la playa.
“Pronto os
volvisteis arrogantes y prepotentes. Insultasteis a nuestros jefes y abatisteis
a nuestros jóvenes, después de que vuestros diablos se hubieran llevado a
nuestras mujeres y hubieran asesinado a nuestros niños y nuestros guerreros.
—¿Y qué querrías
que hubiese hecho? —preguntó Thorwald cínicamente—. He ofrecido pagarte tu
diezmo de jefe por cada guerrero asesinado sin causa por mis hombres. Y en lo
que se refiere a tus mujeres y mocosos, un guerrero no debería preocuparse por
esas bagatelas.
—¡Un diezmo! —Los
ojos del jefe relampaguearon con fiera ira—. ¿Lavará la plata la sangre
vertida? ¿Qué es la plata para nosotros los de las islas? Sí, las mujeres de
otras razas son bagatelas para vosotros, Vikingos, lo sé. ¡Pero os daréis
cuenta que hacer esto a las mujeres de los hombres del bosque está lejos de ser
una bagatela!
—Bien —espetó
Thorwald bruscamente— habla sin rodeos y vete de aquí. Tus mejores tienen
asuntos más importantes que atender tus quejas.
Aunque los ojos del
otro ardieron con un brillo de lobo, no replicó al insulto.
—¡Iros! —contestó,
señalando hacia el mar—. A Noruega, al Infierno, o de dondequiera que vengáis.
Si os lleváis de aquí vuestra maldita presencia, podéis ir en paz. ¡Yo, Brulla,
jefe de Hjaltland, he hablado! —Thorwald
se reclinó en su asiento y rió profundamente; sus camaradas secundaron sus
risas y las vigas del techo se estremecieron con la multitudinaria burla.
—¿Por qué,
estúpidos —miró con desprecio el norteño— pensáis que los vikingos abandonamos
alguna vez lo que hemos obtenido? Los Pictos fuisteis lo bastante tontos como
para dejarnos entrar, y ahora nosotros somos los más fuertes. ¡Nosotros los del
Norte gobernamos! ¡De rodillas, estúpido, y da gracias a los dioses que os
permitimos vivir y servirnos, en lugar de acabar con vuestra tribu de insectos
de una vez por todas! De aquí en adelante ya no se os conocerá más como los
Hombre Libres de Golara, no. ¡Llevaréis el collar de plata de la esclavitud y
los Hombres os conocerán como los siervos de Thorwald! —El rostro del picto se
puso lívido y su autocontrol se desvaneció.
—¡Estúpido! —rugió
con una voz que se esparció por toda la sala como el entrechocar de las espadas
en la batalla—. ¡Habéis sellado vuestra perdición! Los del Norte gobernáis
todas las naciones, ¿eh? ¡Bien, habrá algunos que mueran, puede ser, pero nunca
serviremos a señores extranjeros! ¡Recuerda esto, escoria rubia, cuando el
bosque cobre vida y veas tu skalli derrumbarse entre llamas y ríos de sangre!
¡Nosotros los de Golara fuimos los Reyes del Mundo al principio de las eras,
cuando vuestros ancestros corrían junto a los lobos en los bosques árticos, y
no inclinamos la cabeza como vosotros! ¡Los sabuesos de la Muerte aúllan a
vuestra puerta y tú morirás, Thorwald Hiende-Escudos, y tú, Aslaf
Perdición-de-Hombres, y tú, Grimm hijo de Snorri, y...! —El dedo del picto, que
señalaba a cada uno de los rubios jefes, se detuvo; el hombre que se hallaba
sentado junto a Hakon Skel difería extrañamente de los otros. No en que hubiera
un ápice menos de salvajismo y ferocidad en su aspecto. Desde luego, con su
aspecto oscuro y lleno de cicatrices y pequeños ojos de color gris, parecía más
siniestro que cualquiera de los otros. Pero tenía el pelo negro y era
barbilampiño, y su cota de malla era de anillos entrelazados, del tipo de las
que forjan los armeros irlandeses en lugar de las de escamas de los norteños.
Su yelmo, coronado por una cola de caballo, yacía en el escaño a su lado.
El Picto le saltó y
terminó con la maldición del hombre que había tras él:
—¡Y tú, Hordi el
Saqueador!
Aslaf
Perdición-de-Hombres, un alto y malencarado jefe, se revolvió en el asiento:
—¡Por la sangre de
Thor, Thorwald!, ¿vamos a oír las insolencias de este chacal? ¡Yo, que he sido
perdición de hombres en mis días!
Thorwald le hizo
callar con un gesto. El rey del mar era un gigante de barba amarilla, cuyos
ojos eran los de un hombre acostumbrado a gobernar. Cada movimiento y palabra
suya proclamaban el poder de mando, la fuerza inmisericorde de aquel hombre.
—Has hablado mucho
y alto, Brulla —dijo con voz melosa—. Quizá estés sediento.
Alcanzó un
espumeante cuerno de beber y el Picto, cogido por sorpresa, extendió la mano
mecánicamente, como si fuera contra su voluntad. Entonces, con un rápido giro
de muñeca, Thorwald volcó todo su contenido en su cara. Brulla trastabilló con
un aullido gatuno de furia infernal, su espada brilló como el relámpago de una
tormenta de verano, y se lanzó contra su burlador. Pero sus ojos estaban
cegados por la cerveza ácida, y Thorwald desenfundó rápidamente su espada y
detuvo sus ciegos tajos mientras reía burlonamente. Entonces Aslaf asió un
escaño y asestó al Picto un terrible golpe que le dejó estirado y aturdido a
los pies de Thorwald. Hakon Skel sacó su daga, pero Thorwald le detuvo.
—No quiero que la
sangre de este insecto ensucie el suelo de mi skalli. Ho, guerreros, llevaos a
este despojo.
Los soldados
saltaron con brutal entusiasmo. Brulla, semiinconsciente y sangrando, fue
alzándose tambaleante sobre las rodillas, guiado sólo por el instinto luchador
de bestia salvaje de su época y su raza. Le golpearon con los escudos, las
jabalinas, y las hojas de las hachas, haciendo llover golpes sobre su cuerpo
indefenso hasta que yació inmóvil. Entonces, burlándose y gritando, le
condujeron por la sala arrastrándole por los tobillos, y lo lanzaron por la
puerta sin contemplaciones con una patada y una maldición. El jefe Picto yacía
boca abajo sobre la tierra roja, con la sangre manando de su labio hinchado,
como muestra del poder inmisericorde de los vikingos.
En el festín,
Thorwald apuró un pichel de cerveza espumosa y rió.
—Veo que los Pictos
están molestos con nosotros —notó—. Debemos cazar a esos insectos de los
bosques o llegarán de noche y lanzarán sus dardos por encima de la empalizada.
—¡Será una extraña
caza! —gritó Aslaf con un juramento—. No cabe luchar con honor contra tales
reptiles, pero podemos cazarlos al igual que cazamos a los lobos.
—Tú y tus ínfulas
sobre el honor —gruñó Grimm Hijo de Snorri. Grimm era viejo, malvado y
cauteloso—. Hablas de honor y de alimañas —dijo con sorna—, pero hasta la
caricia de una víbora puede matar a un rey. Te digo, Thorwald, que deberías
haber tenido más cuidado al tratar con esa gente. Nos sobrepasan en proporción
de diez a uno.
—Van desnudos y son
unos cobardes —replicó Thorwald descuidadamente—. Un norteño vale por cincuenta
de ellos. Y en cuanto a tratar con ellos, ¿quién es el que ha hecho que sus
hombres robasen mujeres pictas para él? Basta ya de quejas, Grimm. Tenemos otras
cosas de las que hablar. —El viejo Grimm cerró la boca tras su barba y Thorwald
se dirigió al alto y poderoso extranjero cuyo rostro, oscuro e inescrutable, no
se había alterado durante los recientes eventos. Los ojos de Thorwald se
entrecerraron ligeramente y apareció en ellos un brillo, semejante al de los
ojos de un gato que juguetea con un ratón antes de devorarlo.
—Partha Mac Othna
—dijo él— es extraño que un saqueador tan afamado como debes ser tú [aunque sea
descortés, nunca he oído hablar antes de tí], venga solo a una fortaleza
extraña en un pequeño bote.
—No más extraño que
si hubiera llegado con una barcaza cargada con mis hombres —contestó el
gaélico—. Cada uno de ellos tiene media docena de deudas de sangre con los
norteños. Si los hubiera traído conmigo, todo lo que tú y yo podríamos haber
hecho habría sido ver cómo se lanzaban los unos contra la garganta de los
otros. Pero nosotros, aunque peleemos a veces el uno contra el otro, no somos
tan tontos como para desaprovechar una ventaja mutua sólo por causa de viejas
rivalidades.
—Cierto es, pues el
reino vikingo y los saqueadores de Irlanda no son amigos.
—Así pues, cuando
mi galera se acercó por el extremo inferior de la isla —continuó el gaélico—
monté en un pequeño bote, yo solo, icé una bandera blanca, y llegué aquí a la
puesta de sol como sabéis. Mi galera continuó hasta la Cabeza de Makki, y me
recogerá en el mismo punto en el que la dejé, al amanecer.
—Oh —musitó
Thorwald, apoyando el puño en la mejilla—. Y acerca de esa cuestión de mi
prisionero, háblame más ampliamente, Partha Mac Othna. —Al gaélico le pareció
que el vikingo pronunciaba su nombre con acento cínico, pero contestó:
—Por supuesto. Mi
primo Nial se halla cautivo de los Daneses. Mi clan no puede pagar el rescate
que ellos desean. No es cuestión de regateos, no tenemos el precio que piden.
Pero nos llegaron noticias de que en un abordaje a los Daneses más allá de
Helgoland tú tomaste como prisionero a un jefe. Deseo comprártelo; quizá
podamos usarle para forzar un intercambio de prisioneros con su tribu.
—Los daneses están
siempre en guerra unos contra los otros, Loki los maldiga. ¿Cómo sabes que mi
danés no es enemigo de aquellos que tienen a tu primo?
—Tanto mejor
—contestó el gaélico con una mueca—. Un hombre pagará más por tener a un
enemigo en su poder de lo que pagaría por la seguridad de un amigo. —Thorwald
jugueteó con su cuerno de beber.
—Es verdad; los
gaélicos sois astutos. ¿Qué pagarías por el danés, Hrut, se llama a sí mismo?
—Quinientas piezas
de plata.
—Su gente pagaría
más.
—Posiblemente. O
quizá ni una pieza de cobre. Es un riesgo que estamos dispuestos a aceptar.
Además, comunicarse con ellos significará un largo viaje por mar y muchos
riesgos. Puedes disponer del precio que te ofrezco al amanecer; nunca habrás
hecho dinero más fácilmente. Mi clan no es rico. Los reyes del mar del Norte y
los audaces saqueadores de Erin hemos perseguido menores piezas hasta el límite
de los mares. Pero necesitamos un Danés, y si tu precio es demasiado caro,
navegaremos hacia el Este y tomaremos uno por la fuerza de las armas.
—Eso sería fácil
—musitó Thorwald—. Dinamarca se halla desgajada por las guerras civiles. Dos
reyes contienden uno contra otro, o al menos lo hacían, puesto que tengo oído
que Eric lleva las de ganar, y Thorfin abandonó el país.
—Sí, eso afirman
los vagabundos del mar. Thorfin era mejor, y el amado por el pueblo, pero Eric
contaba con el apoyo de Jarl Anlaf, el hombre más poderoso entre los daneses,
incluso más que los reyes mismos.
—He oído que
Thorfinn se dirigió a Jutland en un pequeño velero, con unos cuantos fieles
—dijo Thorwald—. ¡Ojalá me los hubiera encontrado en alta mar! Pero este Hrut
servirá. Saciaría mi odio por los daneses con un rey, pero me contento con
alguien de la nobleza. Y noble es este hombre, aunque no posee título. Pensé
que había encontrado al fin un auténtico enemigo, en mitad de un abordaje,
cuando vi a mis hombres caer a su alrededor en un montón que le llegaba hasta
la cintura. ¡Por la sangre de Thor, sí que tenía una espada hambrienta! Podría
haber obtenido de su gente un precio más alto que el que tú me ofreces, pero
más complaciente para mí que el tintineo del oro son los estertores de muerte
de un Danés.
—Ya te lo he
ofrecido —el gaélico extendió las manos—. Quinientas piezas de plata, treinta
torques de oro, diez espadas de Damasco arrancadas a los hombres marrones de
Serkland y una cota de malla completa de
un príncipe franco. Más no puedo ofrecer.
—Así podré olvidar
el placer de descargar el látigo sobre la espalda del Danés —murmuró Thorwald
acariciándose la larga barba—. ¿Cómo pagarás el rescate? ¿Tienes la plata y el
resto en tus alforjas?
El gaélico captó la
burla en el tono, pero hizo caso omiso.
—Mañana al amanecer
tú, yo y el danés iremos al punto más meridional de la isla. Puedes llevar diez
hombres contigo. Mientras tú permaneces en la orilla con el danés, yo iré a mi
barco y traeré la plata y el resto, con diez de mis hombres. El intercambio lo
haremos en la playa. Mis hombres permanecerán en el bote y no pondrán ni un pie
fuera si tratas honestamente conmigo.
—Bien dicho
—asintió Thorwald, como si estuviese de acuerdo, aunque el instinto de lobo del
gaélico le advertía de que las cosas se ponían mal. Había tensión acumulándose
en el aire. Por el rabillo del ojo vio a los jefes agrupándose tras de él. Los
hijos de Grimm hijo de Snorri estaban alineados, con el rostro sombrío y
frotándose las manos con nerviosismo. Pero ningún cambio en el comportamiento
del gaélico mostró que sintiera nada fuera de lo ordinario.
—De todos modos es
un pobre precio a pagar por un hombre que restituirá a un gran príncipe
irlandés a su clan —el tono de Thorwald había cambiado; estaba tendiéndole una
trampa abiertamente— además, creo que preferiría probar el látigo en su espalda
además de en la tuya ¡Cormac Mac Art!
Gritó estas últimas
palabras al tiempo que se adelantaba, y sus jefes aparecían tras él. No
llegaron ni un instante demasiado pronto. Conocían la coordinación de relámpago
del famoso pirata irlandés que hacía a su cerebro reaccionar y a su acero
actuar en el tiempo en el que un hombre ordinario aún estaría sorprendiéndose.
Antes de que las palabras hubieran terminado de salir de los labios de
Thorwald, Cormac se hallaba sobre él con un volcánico arranque de velocidad que
habría avergonzado a un lobo hambriento. Sólo una cosa salvó la vida de
Thorwald Hiende-Escudos; casi tan rápido como Cormac retrocedió hasta los
bancos del festín, y el vuelo de la espada del gaélico mató a un guerrero que
se hallaba tras él.
En un instante el
entrechocar de espadas hizo aparecer chispas en la vastedad humeante del
skalli. Había sido la intención de Cormac abrirse camino con rapidez hacia la
puerta, pero fue rodeado demasiado de cerca por guerreros ansiosos de sangre.
Apenas había
Thorwald caído maldiciendo en el suelo, Cormac retrocedió para parar la espada
de Aslaf Perdición-de-Hombres que se alzaba sobre él como la sombra de la
Muerte. La hoja enrojecida del gaélico desvió el golpe de Aslaf y antes de que
el asesino de hombres pudiese volver a equilibrarse, la muerte asomó a su
garganta en la forma de la afilada punta de Cormac.
Un revés seccionó
los músculos del cuello de un soldado que levantaba un gran hacha, y en el
mismo instante Hordi el Saqueador lanzó un golpe que pretendía seccionar el
hombro de Cormac. Pero la cota de malla detuvo el filo de la espada, y casi
simultáneamente Hordi fue empalado en aquella punta brillante que parecía estar
en todas partes a la vez, tejiendo una red de muerte alrededor del alto
gaélico. Hakon Skel, dirigiéndose hacia la desprotegida cabeza de Cormac, falló
por un pie de distancia y recibió un tajo que le cruzó el rostro, pero en aquel
momento los pies del gaélico tropezaron con los cadáveres que copaban el suelo
con escudos y con los asientos quebrados. Una carga al unísono le lanzó por
encima de la mesa del festín, donde Thorwald lanzó un golpe que destrozó su
cota de malla y le produjo un corte en las costillas. Cormac retrocedió
desesperadamente, parando la espada de Thorwald y haciendo que el rey del mar
se doblegara bajo la fuerza de sus golpes, pero la maza en las manos de un
enorme guerrero cayó sobre la desprotegida cabeza del gaélico, dejando al
descubierto el cuero cabelludo, y mientras se desplomaba, Grimm Hijo de Snorri
le arrebató la espada de las manos. Entonces, urgidos por Thorwald, los
soldados se abalanzaron sobre él, cubriendo y machacando al pirata
semiinconsciente por el puro peso de sus cuerpos. E incluso así su tarea no fue
fácil, pero al menos pudieron apartar los dedos de acero que se habían cernido
fuertemente en torno al cuello de toro de uno de ellos, y atar al gaélico de
pies y manos con cuerdas que ni siquiera su tremenda fuerza podía romper. El
soldado al que había medio estrangulado resollaba en el suelo mientras que el
resto levantaban a Cormac hasta la altura del rostro del rey del mar que reía
ante él. Cormac tenía un aspecto lamentable. Estaba teñido de rojo por la
sangre suya y de sus enemigos, y del corte en su cabellera un sendero carmesí
descendía hacia abajo secándose en su cara plena de cicatrices. Pero su
vitalidad de bestia salvaje aún le mantenía y no había ninguna señal de
obnubilamiento en los helados ojos que devolvieron a Thorwald su mirada de
dominante.
—¡Por la sangre de
Thor! —juró el rey del mar—. Me alegro de que tu camarada Wulfhere Hausakliufr,
el Rompecráneos, no estuviera contigo. Había oído hablar de tu habilidad como
asesino, pero para apreciarla uno debe verla por sí mismo. En los últimos tres
minutos he visto más choque de armas del que he visto en muchas batallas que
duraron horas. ¡Por Thor, te abriste paso entre mis hombres como un lobo
enloquecido por el hambre entre un rebaño de ovejas! ¿Son como tú todos los de
tu raza? —El pirata no se dignó replicar.
—Eres un hombre a
quien me habría gustado tener por camarada —dijo Thorwald con franqueza—,
olvidaré todas las viejas rencillas si te unes a mí. —Hablaba como alguien que
no espera que su deseo sea complacido.
La respuesta de
Cormac fue simplemente un brillo de desprecio en sus ojos de hielo.
—Bien —dijo
Thorwald—, no esperaba que accedieras, y eso sella tu muerte, porque no puedo
dejar que un enemigo tal de mi raza se vaya libre.
Entonces Thorwald
rió:
—Tu dominio de las
armas no era exagerado, pero tu astucia sí. ¡Eres tonto si esperas engañar a un
Vikingo! Te conocí tan pronto como te puse los ojos encima, aunque no te había
visto en años. ¿Dónde en los mares del Norte hay un hombre como tú, con tu altura,
tu anchura de hombros y tus cicatrices? Lo había planeado todo antes de que
hubieras terminado de contarme tu primera mentira. ¡Bah! Un jefe de piratas
irlandeses. Sí, una vez, hace años. Pero ahora sé que se te conoce como Cormac
Mac Art, an Cliun, que es lo mismo que decir el Lobo, mano derecha de Wulfhere
Hauksaliufr, Vikingo danés. Sí, Wulfhere Hauksaliufr, odiado por mi raza.
“¡Deseabas a mi
prisionero Hrut para cambiarlo por tu primo! ¡Bah! Os conozco desde hace
tiempo, al menos por la reputación. Y te vi una vez, hace años; llegaste a mí
con mentiras en tus labios para espiar mi fortaleza, dar cuenta de mis fuerzas
y debilidades a Wulfhere, para que tú y él pudierais lanzaros sobre mí alguna
noche y quemar mi skalli sobre mí.
“Bien, ahora dime.
¿Cuántos barcos tiene Wulfhere y dónde está?”.
Cormac simplemente
rió, con una risa dura y despreciativa que enfureció a Thorwald. La barba del
rey del mar se estremeció y sus ojos brillaron con crueldad.
—No me contestarás,
¿eh? —dijo—. Bien, no importa. Tanto si Wulfhere va a Cabeza de Makki como si
no, tres de mis barcos-dragón le esperarán al otro lado al amanecer. Entonces
quizá después de haber castigado la espalda de Hrut tendré también la de Wulfhere
para mi diversión; y tú puedes mirar y verlo, antes de que te cuelgue del árbol
más alto de Golara. ¡A la celda con él!.
Mientras los
soldados se llevaban a Cormac, el gaélico oyó la chillona y desagradable voz de
Grimm Hijo de Snorri elevarse en arrogante disputa con su jefe. Fuera de la
puerta, notó, no había ya ningún cuerpo tendido en la tierra rojiza. O bien
Brulla había recobrado la consciencia o había sido llevado por los de su tribu.
Cormac sabía que estos Pictos eran duros como gatos de matar, por haber peleado
contra sus parientes de Caledonia. Un castigo como el que Brulla había recibido
habría dejado serias lesiones a un hombre corriente, pero el Picto
probablemente se habría recobrado en unas pocas horas si no tenía ningún hueso
roto.
El fuerte de
Thorwald Hiende-Escudos se hallaba frente a una pequeña bahía, en la playa
donde se hallaban anclados seis barcos largos y estrechos, festoneados de
escudos y con dragones tallados en la proa. Como era usual, el fuerte consistía
en una gran sala —el skalli— alrededor de la cual se agrupaban edificios más
pequeños: establos, almacenes, y los barracones de los guerreros. Alrededor de
todo el conjunto se cernía una alta empalizada, construida, como las casas, de
pesados troncos. Los troncos de la empalizada eran de unos diez pies de alto,
profundamente hundidos en la tierra y afilados en la punta. Había saeteras aquí
y allí, y a espacios regulares, pasarelas en su parte interior sobre las que
los defensores podían repeler los ataques. Más allá de la empalizada el bosque
grande y oscuro se alzaba amenazador. La empalizada tenía forma de herradura,
con la parte abierta mirando hacia el mar. Los extremos se adentraban en la
bahía, protegiendo los barcos dragón anclados en la playa. Una empalizada interior
corría por todo el frente de la fortaleza, de un extremo a otro, separando la
playa del skalli. Se podía nadar alrededor de los bordes de la empalizada
exterior y ganar la playa, pero aún así se hallaría bloqueado su camino hasta
el fuerte. Las posesiones de Thorwald parecían bien protegidas, pero la
vigilancia era escasa. En aquel entonces, las Shetland aún no estaban inundadas
por piratas, como lo estuvieron fechas más tarde. Los pocos asentamientos
nórdicos eran como los de Thorwald, meros campamentos piratas desde los cuales
los Vikingos se abalanzaban sobre las Hébridas, las Orkneys, Gran Bretaña,
donde los sajones destruían una civilización celta-romana, y la Galia, España y
el Mediterráneo. Normalmente Thorwald no esperaba un ataque desde el mar y
Cormac había visto el desprecio con el que los Vikingos miraban a los nativos
de las Shetland. Wulfhere y sus daneses eran diferentes; proscritos incluso
entre su propia gente, llegaban en sus correrías más lejos incluso que
Thorwald, y eran ceñudos pájaros de presa, cuyos espolones eran todos igual de
afilados. Cormac fue conducido a una pequeña cabaña construida contra la
empalizada a corta distancia del skalli y allí dentro fue encadenado, la puerta
se cerró tras él y allí quedó con sus pensamientos. Las heridas superficiales
del gaélico habían dejado de sangrar, y habituado a las heridas [un hombre de
hierro en una época de hierro] apenas les dedicó un pensamiento. Donde estaba
herido era en su amor propio; cuán fácilmente había caído en la trampa de Thorwald,
¡él con cuyo espionaje habían caído y surgido reyes! La próxima vez no sería
tan confiado, pensó; y estaba determinado a que hubiera una próxima vez. No le
preocupaba demasiado Wulfhere, incluso cuando había oído los gritos, el crujir
de las velas y el chasquido de los remos que anunciaban que tres de los barcos
de Thorwald emprendían la marcha. ¡Que se acerquen al cabo y que esperen allí
hasta el amanecer del Día del Juicio Final! Ni él ni Wulfhere habían sido tan
bobos como para confiar en que podrían algo frente al poder de las fuerzas de
Thorwald. Wulfhere sólo tenía un barco y unos ochenta hombres. Él y el navío se
hallaban ahora escondidos a buen recaudo en una cueva cubierta por el bosque en
el otro lado de la isla, a menos de una milla de allí. Había poco peligro de
ser descubierto por los hombres de Thorwald y el riesgo de ser espiados por
algún picto era algo que debían aceptar. Si Wulfhere había seguido su plan,
habría salido tras el anochecer, a tientas; no había motivos para que ningún picto
o norteño estuviese acechando. Las paredes por encima de la cueva eran
salvajes; altos acantilados, afilados y desacogedores; y además Cormac había
oído que los Pictos normalmente evitaban aquella parte de la isla a causa de
alguna razón supersticiosa. Había antiguas columnas de piedra en los
acantilados y un oscuro altar que sugerían ritos fantasmales de eras ya
pasadas. Wulfhere esperaría allí hasta que Cormac volviese, o hasta que una
columna de humo elevándose desde el cabo le señalase que Thorwald llegaba con
el prisionero y que no era una trampa. Cormac se había cuidado de no decir nada
de la señal que le daría a Wulfhere, aunque no había esperado que le llegasen a
reconocer por él. Thorwald se había equivocado cuando supuso que el prisionero
sólo era un truco. El gaélico había mentido sobre él y acerca del por qué
deseaba la custodia de Hrut, pero era verdad cuando habló de que eran las
noticias sobre la cautividad del danés lo que le había llevado a Golara. Cormac
oyó el sonido de los remos desvanecerse en silencio. Oyó el tintinear de armas
y los gritos de los soldados. Luego los sonidos se desvanecieron, excepto el de
las rondas de los centinelas, vigilando que no se produjeran ataques nocturnos.
Debía ser casi
medianoche, calculaba Cormac, echando un vistazo a las estrellas que brillaban
a través de los gruesos barrotes de su ventanuco. Estaba encadenado cerca del
suelo polvoriento y ni siquiera podía adoptar una postura sentada. Su espalda
se apoyaba contra la pared trasera de la celda, que estaba formada por la
empalizada, y mientas se reclinaba allí, le pareció oír un sonido que no era el
gemido del viento nocturno a través de los frondosos árboles. Lentamente se
removió y acechó a través de una estrecha apertura entre dos de los maderos.
La luna ya estaba
en lo alto; a la vaga luz de las estrellas podía percibir los perfiles difusos
de las grandes ramas de los árboles que se inclinaban suavemente contra el
oscuro muro del bosque. ¿Había acaso algún ligero susurro entre aquellas
sombras que no fuera el del viento y las hojas? Ligero e intangible como la
impresión de un mal innombrable, los casi imperceptibles sonidos se extendieron
a lo largo de toda la empalizada. La noche entera pareció llenarse de murmullos
fantasmales, como si el bosque a medianoche se deslizase suavemente y se
moviese como una masa oscura, como un monstruo sombrío que de modo asombroso
hubiese cobrado vida. “Cuando el bosque cobre vida”, había dicho el Picto.
Cormac oyó, dentro
de la empalizada, a un soldado llamar a otro. Su ruda voz resonó en la quietud
del silencio.
—¡Por la sangre de
Thor, los trolls deben haber salido esta noche! Cómo murmura el viento entre
los árboles.
Incluso el
ignorante soldado sentía un aura de maldad en la oscuridad y las sombras.
Pegando sus ojos a la hendidura, Cormac se afanó en perforar la oscuridad. Los
sentidos del pirata gaélico eran muchos más aguzados que los de un hombre
corriente al igual que los de un lobo lo son más que los de un jabalí; sus ojos
eran como los de un gato en la oscuridad. Pero en aquella completa negrura no
podía ver nada excepto las vagas formas de las primeras ramas de los árboles.
¡Espera!
Algo tomó forma en
las sombras. Una larga línea de figuras se movían como fantasmas justo bajo las
sombras de los árboles; un escalofrío recorrió la espina de Cormac. Seguramente
aquellas criaturas eran elfos, demonios malignos del bosque. Pequeños y robustos,
medio deteniéndose, uno tras el otro, pasaron en silencio casi absoluto. En las
sombras su silencio y su postura semi agachada las hacía monstruosos remedos de
hombre. Memorias de raza, medio perdidas en las nieblas de la consciencia,
resurgían para clavar sus garras de dedos helados en el corazón de Cormac. No
les temía como se le teme a un enemigo humano; era el horror de memorias
ancestrales, viejas como el mundo las que le atenazaban; cayó en espesos,
caóticos sueños de Eras más oscuras y días más torvos cuando los hombres
primitivos batallaban por la supremacía en un mundo nuevo.
Porque estos Pictos
eran los remanentes de una tribu perdida, los supervivientes de una época
pasada, los últimos representantes de una oscura Edad de Piedra que desapareció
antes de que surgieran las espadas de bronce de los primeros Celtas. Ahora
estos supervivientes, expulsados a los límites del mundo que una vez habían
gobernado, luchaban torvamente por su existencia.
No había seguridad
de cuántos eran debido a la oscuridad y a la suavidad de su evasivo modo de
andar, pero Cormac reconoció al menos que cuatrocientos pasaron ante su línea
de visión. Solo aquel grupo era igual a todas las fuerzas de Thorwald y
sobrepasaban de lejos ahora a los que quedaban en el fuerte, dado que Thorwald
había enviado tres de sus barcos. Las acechantes figuras pasaron igual que
habían llegado, sin sonido, sin dejar ningún rastro, como fantasmas de la
noche. Cormac aguardó en un silencio que se había vuelto repentinamente tenso.
¡Entonces sin aviso la noche se vio rota por un temible aullido! Un pandemónium
se liberó y un infierno enloquecido de sonido se alzó en el aire. ¡Y el bosque
cobró vida! De todos los lados figuras achaparradas salieron de sus refugios e
inundaron las murallas. Un brillo cegador extendió una luz fantasmal y Cormac
se revolvió sobre sus cadenas, con un nerviosismo salvaje. ¡Monstruosos
acontecimientos estaban ocurriendo y allí estaba él, encadenado como una oveja
para el matadero! Lanzó una tremenda maldición. Los norteños defendían los
muros; el entrechocar del acero se elevaba ensordecedor en la noche, el
chasquido de los arcos llenaba el aire, y los profundos gritos de batalla de
los Vikingos contrastaba con los infernales aullidos lupinos de los Pictos.
Cormac no podía ver, pero tenía la sensación de que surgían olas humanas contra
la empalizada, del entrechocar de las hachas y las lanzas, de la retirada y el
nuevo ataque. Los Pictos, sabía, no llevaban armadura e iban armados con
cualquier cosa. Era muy posible que las limitadas fuerzas de los Vikingos
lograsen aguantar hasta que Thorwald retornase con el resto, lo que seguramente
haría en cuanto viese las llamas, pero ¿de dónde salían las llamas? Alguien
llegó torpemente ante la puerta. Se abrió y Cormac vio la expresión confusa y
la lívida barba de Grimm Hijo de Snorri recortada contra la claridad roja. En
una mano tenía el yelmo y una espada que Cormac reconoció como suyos y en la
otra un manojo de llaves tintineaba según temblaba su mano.
—¡Somos todos
hombres muertos! —graznó el viejo Vikingo—. ¡Se lo advertí a Thorwald! ¡Los
bosques hierven de Pictos! ¡Hay miles de ellos! ¡Nunca aguantaremos en la
empalizada hasta que Thorwald llegue! ¡Y él está también condenado, porque los
Pictos le cerrarán el paso cuando esté en la bahía y llenarán a sus hombres de
flechas antes de que puedan parlamentar! ¡Han nadado alrededor de los extremos
de la empalizada y han incendiado los tres navíos que restaban! ¡Osric ha
salido corriendo con una docena de hombres para salvar los barcos y apenas
había llegado a las puertas cuando cayó bajo una lluvia de dardos negros que le
atravesaron y sus hombres fueron rodeados y aplastados por una centena de esos
demonios aulladores! ¡No escapó ni un hombre, y apenas tuvimos tiempo de cerrar
las puertas cuando esa masa aullante estaba empujándolas!
”Los matamos a
montones, pero por cada uno que cae, tres ocupan su lugar. He visto más Pictos
esta noche de los que pensé que había en Golara o en el mundo. Cormac, tú eres
un hombre bravo; tienes un barco en algún lugar de la isla, ¡prométeme salvarme
y te liberaré! Quizá los Pictos no te hagan daño; ese demonio de Brulla no te
nombró en su lista de muerte.
”¡Si algún hombre
puede salvarme, ese eres tú! Te enseñaré dónde está Hrut y lo llevaremos con
nosotros. —Echó una rápida ojeada por encima de su hombro hacia la batalla que
había en la playa y palideció—. ¡Por la sangre de Thor! —gritó—. ¡Las puertas
han cedido y los Pictos están dentro de la barbacana! —El aullido creció hasta
un crescendo de pasión demoníaca y exultación.
—¡Libérame,
estúpido! —rugió Cormac, sacudiendo sus cadenas—. Ya tendrás tiempo para
balbucear cuando... —Temblando de miedo Grimm Hijo de Snorri pasó dentro de la
celda, manejando torpemente las llaves, y entonces mientras sus pies cruzaban
la puerta una sombra maligna le alcanzó rápida y silenciosamente como un lobo
saliendo de las sombras producidas por las llamas. Un brazo oscuro se abalanzó
sobre el cuello del viejo Vikingo, que alzó la barbilla. Un gemido temeroso
surgió de sus labios para interrumpirse bruscamente en un gorgoteo fantasmal
cuando un filo puntiagudo surgió de su correosa garganta. Sobre el tembloroso
cuerpo de su víctima, el picto miró a Cormac Mac Art, y el gaélico se echó
atrás, esperando la muerte, pero sin preocupación. Entonces a la luz de las
naves que ardían, que hacían que el techo de la celda brillase como el día,
Cormac vio que el asesino era el jefe, Brulla.
—Eres el que mató a
Aslaf y Hordi. Te vi a través de la puerta del skalli antes de que huyese hacia
los bosques —dijo el Picto, tan calmadamente como si no se estuviese librando
ninguna batalla o aquello no fuera un infierno—. Les hablé a mi gente de tí y
les dije que no te dañasen, si aún vivías. Odias a Thorwald tanto como yo. Te
liberaré. Tómate cumplida venganza; pronto Thorwald volverá con sus naves y le
cortaremos la garganta. No habrá más nórdicos en Golara. ¡Todas las gentes
libres de las islas se han unido para ayudarnos, y Thorwald está condenado!
Se inclinó sobre el
gaélico y le liberó. Cormac se alzó, y un fuego renovado de confianza se
derramó por sus venas. Se ajustó su yelmo con su cola de caballo y asió su
espada. También tomó las llaves de Brulla.
—¿Sabes tú dónde
estaba prisionero el danés llamado Hrut? —preguntó mientras salían por la
puerta. Brulla señaló a un impersonal remolino de llamas y entrechocar de
espadas.
—El humo oscurece
el barracón ahora mismo, pero está al lado del almacén en aquella parte.
Cormac asintió y se
dirigió a la carrera. Dónde fue Brulla ni lo sabía ni le preocupaba. Los Pictos
habían incendiado el establo, el almacén y el skalli, así como los barcos de la
playa fuera de la empalizada interior. Al lado del skalli y aquí y allí en
puntos cercanos a la empalizada que aún ardía por varios sitios, la lucha
persistía, ya que el puñado de supervivientes vendían sus vidas con toda la
ferocidad desesperada de su raza. Había, de todos modos, miles de hombres bajos
y oscuros, que se abalanzaban sobre cada hombre alto y rubio en una masa
aplastadora y cortante. Las pesadas espadas de los armados Vikingos se cobraron
un tributo temible, pero los pequeños hombres se lanzaban con un frenesí de
bestia salvaje que les hacía ignorar las heridas, y aplastar a sus gigantes
enemigos a fuerza de peso. Una vez en el suelo, las afiladas espadas de los
hombres oscuros hacían su trabajo. Gritos de muerte y aullidos de furia
flotaban en los cielos enrojecidos por las llamas, pero mientras Cormac corría
velozmente hacia el almacén, no oyó súplicas de piedad. Conducidos a la locura
por incontables afrentas, los Pictos se tomaron venganza en los restantes, y
ningún norteño dio ni pidió cuartel.
Mujeres rubias,
escupiendo y maldiciendo en los rostros de sus asesinos, sentían el cuchillo
abrirse camino por sus blancas gargantas, y los bebés nórdicos eran asesinados
sin más compasión que la que sus amos habían mostrado en la caza [por deporte]
de niños Pictos.
Cormac no tomó
parte en este holocausto. Nadie de ellos eran sus amigos; cada raza le habría
cortado la garganta a la otra si la ocasión se hubiera presentado. Mientras
corría usó su espada simplemente para desviar golpes ocasionales que le venían
de pictos y norteños por igual, y se movía con tal rapidez entre los grupos de
hombres resoplando y lanzándose tajos que alcanzó espacio abierto sin encontrar
una oposición seria. Llegó hasta la cabaña y unos pocos segundos de trabajo con
la cerradura abrieron la pesada puerta. No había llegado demasiado pronto; las
chispas que caían del almacén adyacente que estaba ardiendo habían prendido en
la choza y el interior ya estaba lleno de humo. Cormac avanzó a tientas hacia
una figura que apenas podía distinguir en una esquina. Hubo un tintinear de
cadenas y una voz con acento danés habló:
—¡Asesíname, en el
nombre de Loki; mejor un golpe de espada que este maldito humo!
Cormac se agachó y
se afanó con las cadenas:
—Vengo a liberarte,
oh Hrut —dijo.
Un momento después
puso al sorprendido guerrero sobre sus pies y juntos salieron de la cabaña,
justo cuando el tejado se desplomaba. Tomando grandes bocanadas de aire, Cormac
se volvió y miró con curiosidad a su compañero; un espléndido hombre gigante con
una coleta pelirroja, con el porte de un noble. Estaba medio desnudo, herido y
con un aspecto lamentable tras semanas de cautividad, pero sus ojos refulgían
con una luz inconquistable.
—¡Una espada!
—gritó, con los ojos brillando mientas contemplaba aquella escena—. ¡Una
espada, señor, en el nombre de Thor! ¡Hay aquí una gran batalla y nosotros
permanecemos ociosos! —Cormac se agachó y asió una hoja enrojecida de la mano
de un norteño cosido por las flechas.
—Aquí hay una
espada, Hrut —gruñó—, ¿pero por quién pelearás? ¿Por los norteños que te han
mantenido encarcelado como un lobo y que te habrían asesinado? ¿O por los
Pictos, que te cortarán la garganta tan sólo por el color de tu cabello?
—Podemos tener una
pequeña elección —contestó el danés—. Oí los aullidos de las mujeres.
—Todas las mujeres
están muertas —gruñó el gaélico—. No podemos ayudarles ahora; debemos salvarnos
nosotros. ¡Es la noche del lobo, y los lobos están mordiendo!
—Me gustaría cruzar
espadas con Thorwald —dudaba el gran danés mientras Cormac le conducía hacia la
empalizada en llamas.
—¡No ahora! ¡No
ahora! —gritaba el pirata—. ¡Tenemos una gran tarea delante, Hrut-Thor!
¡Volveremos más tarde y acabaremos lo que dejen los Pictos; pero ahora tenemos
que pensar más que en nosotros mismos, porque si no me equivoco Wulfhere
Rompecráneos ya está marchando a través de los bosques a paso rápido! —La
empalizada era en algunas partes una masa de carbones ardientes; Cormac y su
compañero se abrieron camino, y mientras se adentraban en las sombras de los
árboles exteriores, tres figuras surgieron y se lanzaron contra ellos con
bestiales aullidos. Cormac gritó una advertencia, pero fue en vano. Una hoja se
dirigió a su garganta y tuvo que contraatacar para salvarse. Dando la espalda
al cadáver que contra su voluntad había causado, vio a Hrut, apoyando el pie
sobre el cuerpo de un picto, tomar la espada serrada del otro en su mano
izquierda y reventar el cráneo de su atacante con un golpe de revés.
Maldiciendo, el gaélico se lanzó hacia adelante:
—¿Estás herido? —La
sangre manaba de una profunda herida en el poderoso brazo de Hrut.
—Un rasguño. —Los
ojos del danés brillaban a acusa de la batalla. Pero a pesar de sus protestas
Cormac rasgó una tira de sus propias vestiduras y vendó el brazo para detener
el flujo de sangre.
—Ayúdame a esconder
estos cuerpos bajo la maleza —dijo el pirata—. No me gustó matarles, pero
cuando vieron tu barba roja era su vida o la nuestra. Creo que Brulla
comprendería nuestro punto de vista, pero si el resto se entera de que hemos
matado a sus hermanos ni Brulla ni el Diablo guardarán sus espadas de nuestras
gargantas. Hecho esto.
—¡Escucha! —ordenó
Hrut. El rugido de la batalla había aminorado mientras tanto a un crepitar y
arder de llamas y el horrible y triunfante aullido de los Pictos. Sólo en una
sola habitación, en el skalli incendiado, aún no tocada por el fuego, un puñado
de Vikingos aún mantenían una tenaz resistencia. A través del sonido del fuego
se oyó un rítmico clack-clack-clack.
—¡Thorwald vuelve!
—exclamó Cormac, volviendo rápidamente al límite del bosque para otear las
ruinas de la empalizada. En la bahía se adentraba un solo barco dragón. Los
largos remos lo conducían por el agua y de los remeros y los hombres
amontonados en la popa y la punta de la proa se elevaba un rugido de ferocidad
al ver las ruinas humeantes de la fortaleza y los cuerpos asesinados de su
gente. Del interior del skalli incendiado surgió un grito resonante. A la luz
del resplandeciente ardor que convertía la bahía en un golfo de sangre, Cormac
y Hrut vieron la faz de halcón de Hakon Skel en su puesto de la popa. ¿Pero
dónde estaban los otros dos barcos? Cormac pensó que lo sabía y una sonrisa de
torvo reconocimiento cruzó su sombría cara.
Ahora el barco
dragón se deslizaba sobre la playa y cientos de pictos aullantes se dirigían a
su encuentro. Metidos hasta la cintura en el agua, manteniendo sus arcos en
alto para que no se mojasen las cuerdas, lanzaron sus flechas y una tormenta de
dardos cubrió el navío dragón de una punta a la otra. El barco dragón se
adentraba en las mismas faces de la galerna más mortal que jamás hubiera
afrontado, mientas que los hombres se agachaban bajo la borda, inmovilizados
por los largos dardos negros que perforaban las tablas de madera y las
armaduras de escamas y penetraban en la piel que había debajo.
El resto se
agazapaba tras los escudos y remaba y se esforzaba lo mejor que podía. Ahora la
quilla rozaba la arena de la playa y una horda de salvajes se cernía sobre
ella. Por cientos se encaramaban por la borda y la proa arqueada, mientras que
otros mantenían un fuego de apoyo desde el agua y la playa. Su puntería era
casi increíble. Volando entre dos pictos una flecha derribaba a un norteño.
Pero en lo que se refería al combate cuerpo a cuerpo, la ventaja de los
Vikingos era inmensa. Su gigantesca estatura, su armadura y largas espadas y su
posición en la borda sobre sus enemigos les hacían por el momento invencibles.
Las espadas y las
hachas se alzaban y caían, esparciendo sangre y cerebros, y sombras
achaparradas caían revolviéndose desde los lados del navío para hundirse como
piedras. El agua alrededor del barco se espesó con los muertos, y Cormac
contuvo la respiración al ver el desprendimiento con el que los desnudos Pictos
entregaban sus vidas. Pero pronto oyó a sus jefes gritando y se percató, al
tiempo que los atacantes se retiraban súbitamente, que les estaban diciendo que
retrocedieran y luchasen contra los Vikingos a larga distancia.
Los Vikingos
también se dieron cuenta. Hakon Skel cayó con una flecha perforándole el
cerebro, y los hombres del Norte comenzaron a lanzarse al agua desde su barco,
en un desesperado intento de acercarse a sus enemigos y cobrarse un tributo en
muerte. Los Pictos aceptaron el desafío. Sobre cada norteño se lanzó una docena
de Pictos y toda la bahía a lo largo de la playa se convirtió en una batalla.
Las olas se volvieron rojas como la sangre y los cadáveres flotaban o se
amontonaban en el fondo, atrapando los pies y embotando las armas de los vivos.
Los guerreros se agruparon en el skalli dispuestos a morir con sus
compatriotas. Entonces ocurrió lo que Cormac había estado esperando. Un rugido
profundo tronó sobre la furia de la lucha, y de los bosques que bordeaban la
bahía surgió Thorwald Hiende-Escudos, con las tripulaciones de dos barcos
dragón tras él. Cormac sabía que, suponiendo lo que había ocurrido, había
enviado al otro barco para distraer a los pictos y darle tiempo para
desembarcar más allá de la bahía y marchar a través de los bosques con el resto
de sus hombres. En sólida formación, escudo contra escudo, salieron del bosque
por el puerto y se encaminaron por la playa hacia sus enemigos. Con aullidos de
furia implacable, los Pictos los recibieron con una lluvia de dardos y una
carga de cuerpos y cortantes hojas. Pero las flechas de la primera andanada
rebotaron contra los escudos y la carga encontró una sólida pared de hierro.
Pero con idéntica desesperación a la que habían mostrado durante la lucha, los
Pictos lanzaron carga contra carga contra el férreo muro. Era como un mar
viviente rompiendo en olas rojas en aquella barricada de hierro. El suelo bajo
sus pies se llenaba de cadáveres, no todos Pictos, pero según caían los
norteños, sus camaradas acercaban más aún sus grandes escudos, atrapando a los
caídos bajo sus pies. No avanzaron más los Vikingos, pero permanecieron sólidos
como una roca y no dieron ni un solo paso atrás. Las alas de su formación en
forma de cuña se retrajeron al tiempo que los Pictos los rodeaban
completamente, hasta que quedó como un cuadrado, mirando hacia todos los lados.
Y allí permaneció como una esquina de piedra e hierro, y todas las ciegas,
salvajes cargas de los Pictos no pudieron romperla, aunque lanzaban sus pechos desnudos
contra el acero hasta que sus cadáveres formaron un montón que los vivos apenas
podían escalar. Entonces repentinamente, aparentemente sin advertencia, se
desbandaron hacia todas direcciones, algunos hacia el fuerte iluminado por las
llamas, algunos hacia al bosque. Con gritos de triunfo los Vikingos rompieron
su formación y se lanzaron tras ellos, aunque Cormac veía a Thorwald lanzando
órdenes frenéticamente y golpeando a sus hombres con la hoja de su espada
enrojecida. ¡Era un truco! Cormac lo sabía tan bien como Thorwald pero la
frenética ceguera de lucha de los soldados los traicionó tal y como sus
enemigos habían supuesto. En el momento en que se separaron y comenzaron a
perseguirlos, los Pictos se dieron la vuelta aullando y una docena de Vikingos
cayeron ante una andanada de flechas. Antes de que el resto pudiera
reagruparse, se hallaban rodeados por completo uno a uno, y comenzó el trabajo
de la Muerte. De ser una sola unidad de batalla, el combate se convirtió en
asaltos aislados en la playa, donde los supervivientes del barco dragón se
habían abierto camino, antes que a las ruinas carbonizadas del skalli y al
borde de la floresta. Y repentinamente como si fuera de un sueño Cormac
despertó y se maldijo a sí mismo.
—¡Por la sangre de
los dioses, qué estúpido soy! ¿Somos chiquillos que nunca han visto una
batalla, para quedarnos aquí mirando cuando deberíamos estar adentrándonos en
el bosque? —Tuvo que arrastrar a Hrut casi por la fuerza, y los dos se
dirigieron rápidamente al interior del bosque, oyendo por todas partes el
resonar de las armas y los gritos de la muerte. La batalla se había desplazado
hasta el bosque y aquella madera torva y oscura fue escenario del derramamiento
de mucha sangre. Pero Cormac y Hrut, guiándose por los sonidos, procuraron
mantenerse apartados de aquello, aunque una vez unas figuras difusas les
salieron al paso desde las sombras, y en el ciego fragor de la lucha que
siguió, nunca supieron si eran Pictos u hombres del Norte quienes cayeron ante
sus espadas.
Finalmente los
sonidos del conflicto quedaron tras ellos y enfrente resonaba el paso de muchos
hombres. Hrut se detuvo de repente, agarrando su enrojecida espada, pero Cormac
le empujó.
—¡Hombres marchando
a esta hora; sólo pueden ser los lobos de Wulfhere!
Al siguiente
instante irrumpieron en un claro, tenuemente iluminado por las primeras luces
del amanecer, y del extremo opuesto surgió un grupo de gigantes de barba roja,
cuyo jefe semejaba un auténtico dios de la guerra, dio la bienvenida:
—¡Cormac! ¡Por la
sangre de Thor, parece que llevemos toda la vida marchando por entre este
maldito bosque! ¡Cuando vi el brillo sobre los árboles y oí el vocerío traje
conmigo a todos los hombres de mi navío, porque pensaba que estabas saqueando y
quemando el fuerte de Thorwald tú solo! ¿Qué pasa ahí delante, y quién es ese?
—Este es Hrut a
quien estábamos buscando —contestó Cormac—. El infierno y los rojos remolinos
de la guerra es lo que está delante. ¡Hay sangre en tu hacha!
—Sí. Tuvimos que
abrirnos camino a golpes entre una horda de personajillos pequeños y oscuros.
Pictos, me parece que les dices.
Cormac maldijo.
Hemos adeudado tanta sangre que ni siquiera Brulla podrá responder por...
—Bien —rumió el
gigante—, los bosques están llenos de ellos, y les oíamos aullar como lobos
detrás nuestro. Pensé que todos estarían en el fuerte —comentó Hrut.
Cormac sacudió la
cabeza:
—Brulla habló de
una alianza de clanes; han venido de todas las islas Hjaltland y probablemente
hayan desembarcado en todos los puntos de la isla. ¡Escucha!
El clamor de la
batalla crecía en volumen mientras los luchadores se introducían en las
profundidades de la maleza, pero del lugar del que Wulfhere y sus vikingos
habían venido resonaba un largo aullido semejante el de una manada de lobos
corriendo, aumentando rápidamente.
—¡Cerrad las filas!
—gritó Cormac, palideciendo, y los daneses apenas tuvieron tiempo de agrupar
sus escudos antes de que la manada estuviera sobre ellos. Saliendo de los
gruesos árboles un centenar de pictos cuyas espadas aún estaban secas impactó
como un golpe de mar en los escudos de los daneses.
Cormac, golpeando y
lanzando tajos como un demonio, gritó a Wulfhere:
—¡Aguantadles como
podáis! ¡Tengo que encontrar a Brulla! ¡Les dirá que somos enemigos de Thorwald
y nos dejarán ir en paz!
Excepto un puñado
de los atacantes, todos habían caído, pisoteados, gruñendo incluso ente sus
estertores de muerte. Cormac abandonó la protección de los escudos y salió
disparado por el bosque. Buscar a un jefe Picto en aquel bosque torturado por
la batalla era como para volverse loco, pero era su única oportunidad. Ver a
Pictos de refresco que llegaban tras ellos le dijo a Cormac que él y sus
camaradas probablemente tendrían que batallar por toda la isla hasta lograr
regresar a su barco. Sin duda estos eran guerreros que venían de alguna isla
cercana al este, ya que habían desembarcado en la costa oriental de Golara.
Si pudiera
encontrar a Brulla... No había dado ni un puñado de pasos fuera del claro
cuando se topó con dos cadáveres, engarzados en un abrazo mortal. Uno era
Thorwald Hiende-Escudos. El otro era Brulla. Cormac se agachó sobre ellos y
mientras se cernía sobre él el aullido de los Pictos, su piel se erizó.
Entonces se levantó de repente y volvió corriendo al claro donde había dejado a
los daneses. Wulfhere dejó su gran hacha y se inclinó sobre los cuerpos que
había a sus pies. Sus hombres habían mantenido sólidamente la posición.
—Brulla está muerto
—dijo el Gaélico con un chasquido—. Deberemos ayudarnos nosotros mismos. Estos
Pictos nos cortarán la garganta si pueden, y los dioses bien saben que no
tienen motivos para amar a un Vikingo. Nuestra única oportunidad es volver a
nuestro barco si podemos. Pero es desde luego una magra oportunidad, porque no
me cabe duda de que el bosque está repleto de salvajes. No podemos mantener
siempre la posición cerrada entre los árboles, pero...
—Piensa otro plan,
Cormac —dijo Wulfhere sombríamente, señalando al Este con su gran hacha. Allí
un brillo cegador era visible entre los árboles y una horrenda mezcolanza de
aullidos llegó hasta sus oídos. Sólo había una respuesta para aquel resplandor
rojo.
—Han encontrado e
incendiado nuestro barco —Cormac enmudeció—. ¡Por la sangre de los dioses, los
Dados del destino juegan en contra nuestra! —Repentinamente un pensamiento le
sobrevino.
—¡Tras de mí!
¡Manteneos agrupados y abriros camino a tajos, si es necesario, pero seguidme
de cerca! —Sin hacer preguntas le siguieron a través del bosque atestado de
cuerpos, oyendo a cada lado el sonido de hombres luchando, hasta que llegaron
al límite del bosque y saltaron sobre la empalizada derruida a las ruinas del
fuerte. Por mera coincidencia ningún picto había aparecido en su rápida marcha,
pero tras ellos se elevaba un temible clamor de venganza según se encontraba un
grupo de ellos con el sendero sembrado de cadáveres que los daneses habían
dejado tras de sí. No se luchaba entre las ruinas del fuerte. Los únicos
norteños que quedaban eran cadáveres mutilados. La pelea se había trasladado al
bosque donde los Vikingos, cercados, se habían batido en retirada o habían
muerto. A juzgar por el incesante entrechocar de acero que surgía de sus
profundidades, aquellos que aún quedaban vivos de ellos estaban dando buena
cuenta de sí mismos. Bajo los árboles, donde los arcos eran más o menos
inútiles, los supervivientes podrían defenderse unas horas, aunque, con la isla
inundada de Pictos, su destino definitivo era cierto. Trescientos o
cuatrocientos nativos, hartos de batalla al fin, habían dejado la lucha a sus
compañeros de refresco, y saqueaban lo que podían de los restos de los
almacenes.
—¡Mira! —La espada
de Cormac apuntó hacia el barco dragón cuya proa, varada en la arena, mantenía
la cubierta, aunque parte estaba hundida—. En un momento tendremos un millar de
demonios aullantes a nuestras espaldas. Ahí está nuestra oportunidad, lobos, el
Cazador de Hakon Skel. Debemos abrirnos paso hasta él, reflotarlo y remar antes
de que los pictos puedan detenernos. ¡Algunos de nosotros morirán, y quizá
muramos todos, pero es nuestra única oportunidad! —Los Vikingos no dijeron nada
pero la brillante luz de sus ojos refulgió y muchos hicieron una mueca de lobo:
—¡Vamos allá! ¡La
vida o la muerte en una tirada de dados! ¡Esa era la única excusa de un Vikingo
para vivir!
—¡Cerrad escudos!
—rugió Wulfhere—. ¡Cerrad filas! ¡Formación de cuña volante! ¡Hrut en el
centro!
—¡¿Qué?! —comenzó a
decir con enfado Hrut, pero Cormac le empujó bruscamente entre las filas
armadas.
—No tienes armadura
—le espetó impacientemente—. ¿Estas listo, viejo lobo? ¡Entonces carguemos, y
que los dioses elijan a los vencedores! —Al igual que una avalancha la cuña
revestida de acero avanzó por entre los árboles y corrió hacia la playa. Los
Pictos que saqueaban las ruinas se volvieron con giros de incredulidad, y una
línea imparable barrió el camino hacia el límite del agua. Pero el muro de
escudos rompió las líneas Pictas sin gran dificultad, las aplastaron y pasaron
sobre ellas, y sobre sus restos enrojecidos se abalanzaron hacia la playa.
Allí la formación
se quebró inevitablemente. Metidos hasta la cintura en el agua, sorteando los
cadáveres, acuciados por la lluvia de flechas que ahora les llegaba desde la
playa, los Vikingos ganaron el barco dragón y se encaramaron a su borda,
mientras que una docena de gigantes acercaba sus hombros a la proa para sacarla
de las arenas. La mitad de ellos murieron en el intento, pero los titánicos
esfuerzos del resto triunfaron y el navío comenzó a ceder.
Los daneses eran
los mejores arqueros de las razas vikingas. Treinta de los ochenta y tantos
guerreros que seguían a Wulfhere llevaban arcos largos y carcajs de largas
flechas a sus espaldas. Tantos de ellos como fue posible evitaron ponerse a los
remos y con un rápido movimiento descolgaron sus armas y dirigieron sus dardos
hacia los Pictos que se introducían en el agua para atacar a los hombre que se
hallaban en la proa. Con las primeras luces del sol las flechas danesas
hicieron temibles ejecuciones, y el ataque perdió ímpetu y retrocedió. Las
fechas caían sobre todo el navío, y algunas encontraban su objetivo, pero
guareciéndose tras sus escudos los guerreros resistieron con valentía, y
pronto, aunque parecieron horas, el barco-dragón se deslizó libremente hacia el
agua, los hombres que quedaban en el agua dieron un salto y se aferraron a las
cadenas y la borda, y los largos remos condujeron al navío fuera de la bahía,
justo cuando una horda de figuras lupinas salían de los bosques corriendo hacia
la playa. Sus flechas cayeron como la lluvia, estrellándose sin daño contra las
filas de escudos y el casco mientras el Cazador se abría paso hacia el mar
abierto.
—¡Vamos allá!
—rugió Wulfhere con una gran carcajada, palmeando a Cormac entre los hombros
con una fuerza terrible. Hrut meneaba su cabeza. Para aumentar su humillación,
un guerrero se había encargado de protegerle con un escudo durante la pelea.
—Muchos bravos
guerreros están muriendo en aquellos bosques. Me duele abandonarles así, aunque
sean nuestros enemigos y me hubieran matado.
Cormac se encogió
de hombros:
—A mí también; les
habría ayudado si hubiese existido algún modo. Pero de mal modo les habríamos
agasajado quedándonos allí y muriendo con ellos. ¡Por la sangre de los dioses,
vaya noche! ¡Golara está libre de Vikingos, pero los Pictos pagaron un precio rojo!
Los cuatrocientos hombres de Thorwald están todos muertos o lo estarán pronto,
pero no menos de un millar de Pictos han muerto en el fuerte y sólo los dioses
saben cuántos más en el bosque. —Wulfhere echó un vistazo a Hrut que se hallaba
en la popa, empuñando con firmeza la espada enrojecida cuya punta carmesí
descansaba sobre los tablones de cubierta. Aun descuidado, teñido de sangre,
medio desnudo y herido, su porte de realeza permanecía intacto.
—Y ahora que tan
bravamente me habéis rescatado afrontando increíbles peligros —dijo él—, ¿qué
desearíais tener, además de mi eterna gratitud, que ya tenéis? —Wulfhere no
contestó; girándose hacia los hombres que descansaban sobre los remos y que
miraban con atención y expectantes al grupo que se hallaba en la popa, el jefe
Vikingo levantó su hacha roja y dijo en voz alta:
—¡Skoal, lobos!
¡Saludad con fuerza a Thorfinn Cresta-de-Águila, rey de Dinamarca! —Un rugido
como el del trueno se elevó hacia los azules cielos de la mañana que asustó a
los albatros que volaban en círculos. El rey medio desnudo emitió un sonido de
asombro, mirando rápidamente a unos y otros, como si no reconociera su
posición.
—Y ahora que me
habéis reconocido —dijo él—, ¿soy invitado o prisionero? —Cormac hizo una mueca
sombría.
—Te seguimos la
pista desde Skagen, desde donde huiste en un barco a Helgoland, y supimos que
Thorwald Hiende-Escudos había tomado cautivo a un danés con el porte de un rey.
Sabiendo que ocultarías tu identidad, no esperábamos que supiera que tenía a un
rey de los daneses en sus manos.
”Bien, Rey
Thorfinn, este barco y sus espadas son tuyas. Somos fuera de la ley, cada uno
en su tierra. No puedes cambiar mi condición en Erin, pero puedes perdonar a Wulfhere y hacer que
los puertos daneses sean seguros para nosotros.
—Gustosamente haría
eso, amigos míos —dijo Thorfinn, profundamente conmovido—, ¿pero cómo puedo
ayudar a mis amigos si no puedo ni ayudarme a mí mismo? También yo soy un
proscrito, y mi primo Eric es quien gobierna sobre los daneses.
—¡Sólo hasta que
pongamos pie en suelo danés! —exclamó Cormac—. ¡Oh Thorfinn!, huiste demasiado
pronto ¿pero quién puede predecir el futuro? Incluso aunque te halles en el mar
como un pirata perseguido, el trono se tambalea bajos los pies de Eric. Mientras
permanecías cautivo en el barco de Thorwald, Jarl Anaf cayó en batalla en
Jutlandia y Eric perdió a su más fuerte partidario. ¡Sin Anlaf, su reinado se
derrumbará de una noche para otra y las multitudes se unirán a tu bandera! —Los
ojos de Thorfinn se iluminaron con un brillo esperanzado. Lanzó su cabeza hacia
atrás al igual que un león su melena y sumió su espada enrojecida en el centro
del disco solar.
—¡Skoal! —gritó—.
¡Hacia Dinamarca, amigos míos, y que Thor guíe nuestra singladura!
—Encarad la proa
hacia el Este, soldados —rugió Wulfhere a los hombres en sus puestos—. ¡Vamos a
sentar un nuevo rey en el trono de Dinamarca!
FIN

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