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Libro N° 14094. Las Aventuras De Solomon Kane. Howard, Robert E.

 


© Libro N° 14094. Las Aventuras De Solomon Kane. Howard, Robert E. Emancipación. Julio 26 de 2025

  

Título Original: © Las Aventuras De Solomon Kane. Robert E. Howard

 

Versión Original: © Las Aventuras De Solomon Kane. Robert E. Howard

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/las-aventuras-de-solomon-kane/

 

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Portada E.O. de Imagen:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS AVENTURAS DE SOLOMON KANE

Robert E. Howard

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las Aventuras De Solomon Kane

Robert E. Howard

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Este volumen, que comporta un elaborado aparato crítico, reúne por primera vez las aventuras completas de Solomon Kane, el frío espadachín y puritano inglés, en lucha contra piratas, asesinos, hechicerías, vampiros, seres alados y razas perdidas. Solomon Kane es un hombre sombrío, de rostro tétrico y mirada de hielo, que vaga sin rumbo por el mundo, movido únicamente por el impulso fanático de combatir el mal en todas sus formas. Viste siempre de negro y porta un sombrero caído, y sus armas son un estoque, una daga y unos mosquetes con percutor de pedernal, además del talismán vudú que le entregó su amigo africano N’Longa.

 

 

«La descripción que hace Howard de las vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio, alrededor de cuyas oscuras torres y laberínticas criptas persiste un aura de miedo sobrehumano y nigromancia, es algo que ningún otro escritor ha conseguido imitar» (H. P. LOVECRAFT).

 

«La obra de Robert E. Howard encierra universos de púrpura y oro donde todo puede suceder, excepto el aburrimiento» (John D. CLARK).

 

«Quizá Solomon Kane sea el personaje más logrado de Howard» (Robert WEINBERG).

 

«Si has disfrutado con mis novelas de fantasía, entonces no debes dejar de leer a Robert E. Howard» (George R. R. MARTIN).

 

«Si ante el trono del Altísimo alguien puede ser reconocido como el narrador más puro, vigoroso y eficaz de la aventura física, ese es Robert E. Howard: autor de una obra inmensa, desigual pero inolvidable» (Fernando SAVATER).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Robert E. Howard

 

Las aventuras de Solomon Kane

 

 

ePub r1.5

 

SoporAeternus 03.01.15


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Título original: The savage adventures of Solomon Kane Robert E. Howard, Glenn Lord, 1968 Javier Martín Lalanda, 1994

 

Traducción: Javier Martín Lalanda

 

Diseño de cubierta e ilustraciones interiores: Gary Gianni

 

Editor digital: SoporAeternus

 

ePub base r1.0

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción.

 

Robert E. Howard y la fantasía heroica

 

Javier Martín Lalanda

 

 

Los poetas menores cantan cosas mezquinas y vanas, como conviene a un cerebro huero

 

que no sueña con los reyes preatlántidas

 

ni navega por el piélago tenebroso e inexplorado que contiene islas siniestras y corrientes impías,

 

en donde se agazapan secretos oscuros y misteriosos.

 

Robert E. HOWARD, «Lo que apenas se comprenderá»

 

 

 

El norteamericano Robert Ervin Howard, que nace en 1906 en Peaster y muere en 1936 en Cross Plains, desarrollando toda su vida en el estado de Texas, es uno de los autores más notorios dentro del mundo de la literatura fantástica. Creador de mundos exóticos ambientados en nuestro pasado, la influencia de su obra llega hasta nuestros días. Más conocido por su popular personaje Conan de Cimeria, típico producto de una civilización de frontera basada en el saqueo de las tierras civilizadas, quien por la fuerza de su espada llegaría a ser rey de la poderosa Aquilonia, la nación que domina el mundo en una época mítica de nuestro pasado, Robert E. Howard (o REH, como le llamaremos en algún momento) también creó otros héroes y heroínas, tan esforzados como el bárbaro cimerio, que son legión y de los que buena parte han pasado al cómic, con mejor o peor fortuna: Kull, rey de Valusia en una época anterior al hundimiento de la Atlántida; Bran Mak Morn, un guerrero picto del siglo II, que defiende las Tierras Altas de Escocia contra las legiones de Roma; Cormac Mac Art, un pirata irlandés del siglo IV, que saquea las costas de Europa; Turlogh «Dubh» O’Brien El Sombrío, un guerrero irlandés del siglo XI que, entre otras hazañas, asiste a la batalla de Clontarf, donde se dilucidó el destino de su isla; Cormac Fitzgeoffrey, otro irlandés que llega a Palestina en los tiempos de la Tercera Cruzada y conoce a Ricardo Corazón de León; Agnès de Chastillon, una heroína francesa del siglo XVI, que no permite a ningún hombre que le ponga la mano encima, predecesora o prototipo de Sonia La Roja, la heroína rusa que defiende Viena del asedio de los turcos en el siglo XVI y a quien Roy Thomas y la «máquina» Marvel convirtieron en contemporánea de Conan; James Allison, un tullido que en su lecho de muerte recuerda sus vidas anteriores de guerrero; Terence «Black» Vulmea, un pirata irlandés del siglo XVI que ataca por igual a ingleses y españoles; Esaú Cairn, que se ve precipitado al planeta Almuric, en donde llevará a cabo hazañas sin cuento, muy en la linea del personaje John Carter de Edgar Rice Burroughs; y, además de muchos otros que quedan sin mencionar, Solomon Kane, un espadachín inglés del siglo XVI, cuyas aventuras completas se recogen en el presente volumen y de quien hablaremos a continuación.

 

Partiendo siempre de bases históricas, que conocía a la perfección, por ser la Historia una de sus aficiones favoritas, Robert E. Howard intenta ofrecer al lector su visión peculiar de lo que se oculta tras ella, de las gestas ignoradas de guerreros anónimos, de su propia Weltanschauung, de su visión del mundo, fuertemente teñida de nihilismo «activo» y de un toque melancólico y romántico. Para el autor tejano, el hombre perfecto es el «buen salvaje» de Rousseau, al que la civilización sólo sirve para perderle y malearle; por otra parte, REH se define partidario de la teoría de los ciclos, postulada, entre otros, por Spengler y Toynbee, que se caracteriza por una evolución orgánica de las culturas, así como defensor de un darwinismo wellsiano en donde no sólo existe la evolución sino la involución o regresión.

 

Durante el período 1975-1985, que corresponde grosso modo con la difusión, comercialización y consolidación entre el gran público europeo de la literatura fantástica, Robert E. Howard, principal exponente de una de las ramas más sensacionalistas de la fantasía heroica, la denominada por los norteamericanos «Sword and Sorcery» (espada y brujería) —la que está protagonizada por héroes más o menos bárbaros que tiran de espada por un «quítame allá esas pajas»—, se convirtió en el blanco preferido de todos aquellos que estaban en contra de la literatura fantástica. Por haberse suicidado a la edad de treinta años, al enterarse de la enfermedad incurable de su madre, se le motejó de desequilibrado. Por el hecho de que sus personajes masculinos no mostrasen excesivas apetencias por las hembras, se supuso que él era proclive a ciertos desviacionismos. Por haber nacido en Texas y ser

educado en el Sur se le llamó racista. Se trataba, en resumen, de ataques sin fundamento dirigidos por cierto tipo de críticos que deseaban dar a sus obsesiones personales carácter universal. La primera acusación carece de fundamento, pues desde los estoicos sabemos que cada uno es dueño de escoger el fin que desee. Respecto a la segunda, bastará con recordar las andanzas de Conan El Cimerio, el último de sus héroes en ser creado, que recapitula todos los anteriores; yo recomendaría, en particular, releer la escena final de su relato «El coloso negro» («The Black Colossus», WT[1], junio 1933), donde REH desata sus sentimientos a través del bárbaro:

 

 

Conan avanzó hacia el altar y levantó a Yasmela en sus ensangrentados brazos. Ella se afanó convulsivamente con sus blancos brazos a su cuello cubierto de malla, sollozando histéricamente, como si no fuera a soltarle jamás.

 

—¡Diablos de Crom! —dijo él con un gruñido—. ¡Suéltame! Cincuenta mil hombres han muerto en este día, y aún me queda mucho por hacer…

 

—¡No! —dijo la joven, entre jadeos, agarrándose a él con frenética fuerza, tan bárbara como él en su miedo y su pasión—. ¡No dejaré que te vayas! ¡Soy tuya por el fuego, el acero y la sangre! ¡Y tú eres mío! ¡Allí pertenezco a otros… pero aquí tan sólo a mí… y a ti! ¡No te irás!

 

Él dudó, al notar que su mente vacilaba por el fiero despertar de sus violentas pasiones. […] Fuera, en el desierto, en las colinas que despuntaban sobre los océanos muertos, los hombres estaban muriendo y aullaban por las heridas, la sed y la locura, mientras los reinos se tambaleaban. Luego, todo desapareció, sumergido por la marea carmesí que anegó el alma de Conan, mientras estrujaba con fiereza entre sus brazos de hierro el esbelto cuerpo blanco que, como un fuego encantado de locura, relucía ante él[2].

 

Si bien es cierto que Robert E. Howard no oculta sus simpatías por los héroes de ascendencia céltica o germánica, etnias de las que él mismo provenía, y que pensara, según su visión de futuro de la humanidad, que la raza blanca desaparecería ante las razas «de color» —lo que daría lugar a su relato fragmentario «The Last White Man»—, jamás atacaría en sus obras a ninguna raza o grupo racial, ni utilizaría otros clichés que no fuesen los típicos de los años treinta, como podremos apreciar en los relatos del presente volumen, ambientados principalmente en África y protagonizados por gente de raza negra. Recordemos, además, que convertiría a Ace Jessel, un púgil negro, en el principal protagonista y héroe de su relato «The Apparition in the Price Ring» (Ghost Stories, abril 1929). Por si esto no fuese suficiente, no olvidemos que Bêlit, el gran amor de Conan —posible transposición a la vida real de la joven


 

 

Novalyne Price, por la que el joven Bob Howard sentía una viva amistad—, no era hiboria, sino shemita.

 

* * *

 

Desde su primer relato «Spear and Fang» (WT, 1926) hasta su última novela, que aparecería a título póstumo, Almuric (WT, mayo, junio-julio, agosto 1939), Robert E. Howard publicaría algo más de trescientas obras de ficción, además de innumerables poemas, algunos de los cuales podrán leerse al final de este volumen en su lengua original. Cierto es que le tocó vivir en una época privilegiada para la literatura fantástica, la del auge de excelentes publicaciones periódicas, meramente fantásticas y de aventura como Argosy Weekly, The Blue Book Magazine, Golden Fleece, Oriental Stories, o de ciencia ficción de talante aventurero, como Amazing Stories o de una mezcla de todos estos géneros, con una inclinación notable hacia lo inusual, como Weird Tales, en donde aparecería la mayor parte de su producción. Codeándose con los grandes de aquel entonces —y de después— como H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith, Edmond Hamilton, Henry Kuttner, C. L. Moore, Jack Williamson o E. Hoffmann Price, entre muchos escritores excelentes, REH creó un estilo propio, definido por una tremenda intensidad descriptiva —no exenta de poesía—, que consigue un gran efecto con muy pocas palabras, lo que, además de convertirle en un maestro indiscutible del cuento y del relato, explica, asimismo, que escribiese muy pocas novelas.

 

Las influencias de otros autores en la obra de Robert E. Howard pueden ser deducidas siguiendo dos vías diferentes, complementarias y convergentes. La primera de ellas, que proviene de un análisis de su producción, muestra una influencia evidente de Jack London, sobre todo en la idiosincrasia de sus personajes, que son individualistas y aventureros. No olvidemos que London era partidario de una especie de marxismo utópico, muy impregnado de la idea del superhombre nietzscheano. Para el escritor norteamericano Ered Blosser, de quien hablaremos más adelante, la novela de London The Star Rover (1915) sirvió de fuente de inspiración no solo para el personaje de James Allison —lo que resulta evidente, ya que la novela de London recoge las ensoñaciones o recuerdos de vidas pasadas de un recluso encerrado como castigo en una especie de camisa de fuerza que le obliga a sentirse como si sufriese un experimento de privación sensorial—, sino para Conan, en la persona de un guerrero bárbaro que es miembro de la guardia de Poncio Pilatos, por el tiempo de la crucifixión de Jesucristo. Harold Lamb y su serie de estupendas biografías y novelas históricas también vienen a ser una fuente indudable de la vena orientalista y medieval de REH, lo mismo que H. P. Lovecraft, en lo referente al «horror cósmico» que acecha detrás de buena parte de sus relatos. Otras influencias importantes serían, de mayor a menor, las de Henry Rider Haggard y Edgar Rice Burroughs —en lo referente al África y a las civilizaciones perdidas—, la de Talbot Mundy —en lo concerniente al mundo antiguo y a los episodios que transcurren en la India y Afganistán, ya sean los protagonizados por Conan o por aventureros más recientes, como Francis Xavier Gordon o Kirby O’Donnell—, y, finalmente, las de Arthur Conan Doyle, R. W. Chambers, Rudyard Kipling —que incide en el mundo de los pictos de Escocia—, Arthur Machen —que influye en su serie sobre los «Gusanos de la Tierra»— y Bram Stoker y Sax Rohmer, por lo que concierne al mundo de los vampiros y los seres alados y a cierto aroma a arqueología novelesca de sus escritos.

 

Entre los 247 libros de la biblioteca de Robert E. Howard, donados tras su muerte por su padre, el doctor Isaac Howard, al Howard Payne College de Brownwood, Texas, donde REH cursase estudios, encontramos doce novelas de Edgar Rice Burroughs, cinco libros de K W. Chambers, diez de Conan Doyle, tres de H. Rider Haggard, cinco de Rudyard Kipling, cinco de Jack London, cinco de Talbot Mundy y siete de Sax Rohmer, autores que ya habíamos señalado.

 

* * *

 

 

  

 

 

La serie de relatos y poemas que componen Las aventuras de Solomon Kane se abre —desde el punto de vista de su publicación, que no en orden cronológico de eventos— con «Sombras rojas» («Red Shadows», WT, agosto 1928) y se cierra con «Alas en la noche» («Wings in the Night», WT, julio 1932). Durante estos cuatro años, REH ha escrito varios relatos protagonizados por Kull, Bran Mak Morn, Turlogh O’Brien, Cormac Fitzgeoffrey y Steve Costigan, un marinero pendenciero en busca de aventuras, además de otros cuentos de terror, poemas y su relato largo «Cara de calavera» («Skull-Face», WT, de octubre a diciembre de 1932), en donde un excombatiente de la Primera Guerra Mundial se enfrenta a Kathulos, un antiguo hechicero atlante. Indiquemos, para volver a recordarlo más adelante, el título de cuatro obras escritas por aquel tiempo: dos poemas —«The Riders of Babylon» (WT, enero 1928) y «The Gates of Nineveh» (WT, julio 1928)— y dos cuentos —«The Voice of El-Lil» (Oriental Stories, octubre 1930) y «The Blood of Belshazzar» (Oriental Stories, otoño 1931)—, todos ellos de una temática que calificaremos de «próximo-oriental».

 

El relevo de Solomon Kane lo tomaría Conan, cuya primera aventura, «El fénix en la espada» («The Phoenix on the Sword»), aparecería en el número de diciembre de 1932 de Weird Tales, y cuyos episodios coexistirían con los de James Allison, Kirby O’Donnell, Francis Xavier Gordon y la avalancha de los que llegarían más tarde, por lo general, westerns. Como si Robert E. Howard no quisiera olvidar del todo a Kane, la parte meridional del continente hiborio —donde Conan y Bêlit llevan a cabo sus incursiones piráticas— se parece enormemente a la del África Occidental que, como veremos, había conocido, en la mente de su autor, las andanzas de Solomon Kane.

 

Cuando en 1968, Glenn Lord, el albacea literario de Robert E. Howard —«El Guardián del Ídolo», como le llama amistosamente François Truchaud, el máximo experto francés en REH—, recibe el encargo de su amigo el prestigioso editor norteamericano Donald M. Grant de publicar la integral de sus aventuras, a la que da el título de la primera publicada, esto es, Red Shadows —cuyo título original era, por cierto, «Solomon Kane»—, precede a cada una de ellas de una supuesta nota biográfica que sirve de nexo de unión a las mismas, ya que entre cada una de ellas transcurren bastantes años. En la presente edición he juzgado innecesario añadirlas, optando por intercalar en esta introducción un breve apunte a las aventuras de nuestro héroe, basadas en la presente ordenación, diferente a la estándar que sigue la indicada por Glenn Lord. Como se verá, esto no ha sido debido a criterios de capricho o de preferencia, sino a una coherencia interna puesta de manifiesto al completar de manera novedosa, y con criterios rigurosamente howardianos, los episodios que J. Ramsey Campbell, en el mundo anglosajón, y Gianluiggi Zuddas, en Italia, habían terminado de manera coyuntural, o así me lo parece, para la editorial norteamericana Bantam Books y la italiana Fanucci, respectivamente.

 

No nos es posible fechar el año del nacimiento de Kane. Si nos atenemos al hecho de que en una de sus primeras aventuras, «La mano derecha de la condenación», se habla, textualmente, de «los soldados del Rey», y entendemos tal expresión no como lo que debe ser, esto es, las fuerzas de la Monarquía, sino que particularizamos al hecho de que quien gobierna es un varón, ello quiere decir que el suceso debe tener lugar durante el reinado de Enrique VIII, que fallece en 1547, o el de Eduardo VI, que dura hasta 1553, ya que después reinarían María Tudor, de 1553 a 1558, y, a partir de entonces y hasta el siglo XVII, Isabel I. Es decir, si nos atenemos a lo dicho, este primer episodio tendría que haber ocurrido antes de 1553. Por tanto, Kane habría tenido que nacer cerca de 1533 y tener por aquel entonces unos veinte años, lo que le convertiría en siete años mayor que Francis Drake. Como veremos más adelante, esto obligaría a adjudicarle una edad aproximada a los sesenta años en los sucesos relatados en el episodio «Las colinas de los muertos», ya que sir Richard Grenville, con cuyo fantasma se encontrará en dicho episodio, muere en 1591. Sinceramente, por mucha vida aventurera que Kane hubiese podido llevar, los episodios que aún le quedan por vivir después de 1591, y el modo en que están descritos, no podrían haber sido protagonizados por un hombre al borde de la vejez. Así pues, es cuestión de suponer que la expresión «los soldados del Rey» (en el original, «the King’s soldiers») es genérica, y postular para el nacimiento de Solomon Kane una fecha algo anterior a 1550. De acuerdo con ella, «Calaveras en las estrellas» y «La mano derecha de la condenación» ocurrirán en 1570, lo que concuerda con el hecho de que Kane se encuentre después en Francia, posiblemente para luchar contra los católicos a favor de los hugonotes. Recordemos que los conflictos entre ambos grupos confesionales durarán desde 1562 a 1629 y que la Noche de San Bartolomé, en que tiene lugar la tristemente célebre matanza de calvinistas franceses, ocurre en 1572. Justamente en Francia nos lo encontramos en el episodio «Sombras rojas», durante el cual, tras recorrer Europa persiguiendo al bandido Le Loup, marchará a África. Son los tiempos de la Reforma, que irá acumulando violencia sobre violencia hasta que un siglo después estalle la Guerra de los Treinta Años. Tras regresar a Europa, Kane viaja por Alemania como mercenario, y nosotros asistimos con él a sus episodios «Los Negros Jinetes de la Muerte», «Un bailoteo de huesos» y «El castillo del Diablo». Tras acompañar hasta Génova a John Silent, es capturado por los turcos, pero logrará escapar y regresar a Inglaterra. Allí se entera del rapto de la joven Marylin Taferal, a la que buscará por todo el Mediterráneo, hasta dar con ella en el reino africano de Negari, como se narra en «Luna de calaveras». Tras dejar en Inglaterra a Marylin se embarca con Francis Drake y los corsarios ingleses que han comenzado a atacar, por orden de Isabel I, a los navíos españoles. La variante del poema «El regreso al hogar de Solomon Kane», recogida en apéndice en la presente edición, e injustamente despreciada en ediciones anteriores, ilustra el momento en que Kane abandona para siempre a una joven llamada Bess para seguir la llamada del mar, pesar que acentuará, aún más, su tendencia a ser un hombre solitario. En 1578, realizando el viaje alrededor del globo que, de 1577 a 1580, efectúa junto con Drake, será testigo del juicio injusto y posterior ejecución de sir Thomas Doughty en la Bahía de San Julián, en la Patagonia, de lo que se nos informa en el episodio «El negro baldón». Al enterarse de que unos piratas han hundido el navío en donde viajaba la hija de un conocido, vuelve a Inglaterra para vengarse, ayudando de paso a una pareja de enamorados a sobreponerse a las intrigas de un aristócrata pervertido aliado con los piratas, tal y como se cuenta en «Las espadas de la Hermandad».

 

Kane se embarcará de nuevo con sir Richard Grenville, a bordo del Revenge. Pero la flotilla corsaria de la que forma parte será atacada en 1591 cerca de las Azores por una nutrida formación de buques españoles. Alfred Tennyson dedicaría su poema «Revenge» a la batalla que duró quince horas y que Kane recuerda en «El regreso al hogar de Solomon Kane». Grenville muere y él es hecho prisionero, debiendo soportar las torturas de la Inquisición. Sólo sabemos que consigue escapar de ella, pues en «Las colinas de los muertos» volvemos a encontrárnoslo en la Costa de los Esclavos, en el poblado de N’Longa, adonde fue a parar la primera vez que llegó a África. Tras exterminar a los vampiros que infestaban las colinas, continúa su avance en el corazón de África y encuentra una colonia de asirios descendientes de los habitantes de la antigua Nínive, tal y como se nos cuenta en el episodio «Los hijos de Asshur»; después, el fantasma de su amigo Grenville le previene del ataque de unos caníbales en «La aparición de sir Richard Grenville», llegando más tarde hasta un poblado que sufre el asedio de unos seres alados, que son, precisamente, las arpías de la Antigüedad. Su enfrentamiento con ellos dará lugar a la aventura «Alas en la noche». Posteriormente, en el episodio «Pasos en el interior», Kane, hecho prisionero por unos árabes esclavistas, acabará con una monstruosidad «lovecraftiana» que había sido encerrada por el Salomón bíblico en un mausoleo. Prosiguiendo su caminar hacia el interior del continente, en alas de un impulso que le obliga a ir cada vez más lejos, llegará a un gran lago cuajado de islas, a tiempo de reparar una injusticia y conducir a unos descendientes de los antiguos egipcios de la ciudad de Bubastis de vuelta a su hogar ancestral, tal y como se narra en «Hawk de Basti».

 

Algún tiempo después, Solomon Kane regresará a Inglaterra, con intención de retirarse a descansar en el pueblecito del condado de Devon donde naciera. Sus antiguos amigos han muerto, lo mismo que Bess. Pero la llamada del mar, como una condenación que pesa sobre él, le obligará a marcharse de nuevo. Este final tan propio de un aventurero y teñido con esa nostalgia tan céltica de la que tan orgulloso se sentía Robert E. Howard, aunque sólo la mostrase claramente en sus poemas, conforma «El regreso al hogar de Solomon Kane», episodio del que, como ya anunciase antes, se conocen dos versiones que podrán leerse en la presente edición.

 

En lo referente al perfil psicológico del personaje Solomon Kane, es indudable que debió sufrir alguna injusticia en su juventud que le hizo defender a los débiles y oprimidos por encima de cualquier otra consideración. En algunos momentos de sus aventuras aparecen referencias veladas a injusticias sufridas a manos de los monarcas de turno. Por otra parte, no olvidemos que su condición de puritano indisponía a mucha gente en su contra. Pero, como Robert E. Howard afirma en «Luna de calaveras», Kane —como tendremos ocasión de constatar en todos sus episodios— no es un auténtico puritano, sino «un hombre fuera de su tiempo… una extraña mezcla de puritano y caballero, con cierto matiz de filósofo antiguo y algo más de pagano». Además, Kane es hombre que se mueve por los impulsos de su corazón, que sólo permite a su razón el tiempo imprescindible para iluminar el camino a seguir. Ambas características le alinean con el resto de los héroes howardianos, con los que su autor desea identificarlo, sobre todo en el capítulo IV del episodio «Sombras rojas», cuando a Kane, obsesionado por el retumbar de los tambores, le parece revivir una situación anterior. En efecto, se trata de la descrita en el relato «Hombres de las sombras» («Men of the Shadows»), cuando su protagonista, un nórdico al servicio de Roma, observa la lucha entre el picto Bran Mak Morn y el hechicero Gonar, que se hallan rodeados por los bestiales hombres de la tribu, sentados alrededor del fuego. «Hombres de las sombras», el segundo de los relatos del ciclo de Bran Mak Morn, no fue publicado en vida de REH, pero tuvo que ser escrito al mismo tiempo que «Sombras rojas», ya que la fecha de publicación de este último es de agosto de 1928, y el primer cuento de la serie Bran Mak Morn, «La raza perdida» («The Lost Race»), de enero de 1927.

 

Otra característica de Kane es la que le relaciona con el Caín bíblico —en inglés, Cain y Kane tienen el mismo sonido— pues igual que él vaga, errante, por el mundo; connotación que en el episodio «Las colinas de los muertos» es achacable a un «innominado impulso paranoide […], el espíritu turbulento e inquieto del aventurero, del viajero», y que viene a unirse con la que se desprende de su nombre, Solomon, pues, debido a sus viajes, Kane ha conseguido la sabiduría del antiguo rey de Israel que se llamaba como él. Para terminar este apartado sobre la psicología de Kane, cabe preguntarse en algunos momentos si ese afán suyo de hacer cumplir la justicia divina, que no humana, no será debido a una necesidad de expiar una falta que no conocemos, de cumplir un castigo impuesto a sí mismo…

 

* * *

 

Al llevar a cabo la presente edición se me presentaron tres opciones. La primera de ellas parecía la más evidente, o sea, publicar, tal cual, la edición efectuada por Glenn Lord en el volumen Red Shadows, aunque varios de sus episodios se hallasen incompletos. La segunda y tercera se reducían a publicar las terminaciones de los episodios en cuestión, ya fuesen las escritas por el británico J. Ramsey Campbell para Bantam Books o por el italiano Gianluiggi Zuddas para Fanucci Editore, aunque, personalmente, me parecía recordar que la impresión que me habían dejado al leerlos, diez años atrás, era que no habían captado el ambiente e idiosincrasia propios de los héroes howardianos. Pensé dejar la elección para más tarde y comenzar por la traducción de la obra escrita por REH. Al llegar al fragmento «Hawk de Basti» —que en ambas colecciones figura antes del episodio «Pasos en el interior»— me extrañó que Kane se siguiese preguntando por las propiedades mágicas de su bastón ju-ju, cuya empuñadura adoptaba la forma de una cabeza de gato, ya que aquel animal era el utilizado por los antiguos egipcios en sus artes figurativas para representar a la diosa Bast, Basti o Bastet, de la que había tomado su nombre la ciudad de Bubastis. Si Kane había estado entre egipcios —como se deducía del fragmento en cuestión—, por fuerza tenía que conocer los orígenes de dicho bastón. Ello implicaba, por tanto, que «Hawk de Basti» debía ir después, y no antes, de «Pasos en el interior». Y como me parecía improcedente que el lector, después de leer que Kane se encontraba con los descendientes de unos egipcios, se diese de bruces con unos asirios… algo que suele ocurrir en muchas novelas de baja calidad de la temática de «razas perdidas», alteré el orden, teniendo en cuenta las referencias a varios episodios anteriores hechas, precisamente, en «Pasos en el interior». En el siguiente cuadro aparecen las diferencias entre la edición de Glenn Lord —a quien Fred Blosser siguió al escribir un interesante artículo, «The Trial of Solomon Kane. An Informal Biography», aparecido en el número 3 de septiembre de 1975 de Kull and the Barbarians, un magazine Marvel— y la mía:

 

 

 

EDICIÓN DE GLENN LORD /

ESTA EDICIÓN

FRED BLOSSER

 

Calaveras en las estrellas

Calaveras en las estrellas

La mano derecha de la condenación

La mano derecha de la

condenación

 

Sombras rojas

Sombras rojas

Un bailoteo de huesos

Los Negros Jinetes de la Muerte

El castillo del Diablo (fragmento)

Un bailoteo de huesos

Luna de Calaveras

El castillo del Diablo

El negro baldón

Luna de Calaveras

Las espadas de la Hermandad

El negro baldón

Las colinas de los muertos

Las espadas de la Hermandad

Hawk de Basti (fragmento)

Las colinas de los muertos

La aparición de sir Richard Grenville

Los hijos de Asshur

Alas en la noche

La aparición de sir Richard

Grenville

 

Pasos en el interior

Alas en la noche

Los hijos de Asshur (fragmento)

Pasos en el interior

El regreso al hogar de Solomon Kane (versión

Hawk de Basti

estándar)

 

 

El regreso al hogar de Solomon

 

Kane


 

Una vez terminada la traducción del material escrito por REH, y sin volver a leer de nuevo las terminaciones de Ramsey Campbell y de Zuddas, para no sentirme influido por ellas, comencé a pensar en el modo más interesante en que podrían acabar los episodios incompletos, teniendo en cuenta las constantes howardianas y las componentes fantásticas para los mismos que me parecían indispensables. Así que hice los correspondientes esquemas y los desarrollé, pero no de manera inflexible, sino permitiendo que la situación fuese desarrollándose por sí sola. Y así fue, pues, en más de una ocasión, la dinámica interna y la propia personalidad de los personajes se impusieron al esquema que había esbozado. Sólo mantuve una premisa, que en algún momento me costó defender: no extenderme ni convertir los relatos en novelas.

 

Cuando terminé, mis textos equivalían a la tercera parte de lo escrito por REH, de manera que mi contribución a la ficción del presente volumen es del 25 por 100. Rápidamente, volví a leer los finales de Ramsey Campbell y de Zuddas y me felicité por no haber coincidido en nada con ellos.

 

En «Los Negros Jinetes de la Muerte», era evidente que la sombra con la que se encuentra Kane era de naturaleza espectral, pues pasaba, a través de él y de su caballo. Recordé que en una región selvática similar, el Bosque de Teotoburgo, el germano Arminio había vencido a las legiones romanas. Rápidamente, urdí una historia en donde aparecía el dios Odín, con su aspecto misterioso e inquietante de siempre, y apunté el hecho de que el jinete que se abalanzaba sobre Kane, bien podría haber sido el Tuerto montando su gigantesco corcel Sleipnir. Si Poul Anderson lee en alguna ocasión el episodio completado por mí, supongo que sabrá apreciar los guiños a su obra que aparecen en él. Ni que decir tiene que esta terminación va dedicada a Emilio Pascual, por permitirme actuar como un segundo Feliciano de Silva, al traducir y completar las aventuras de Solomon Kane, que no de Amadís.

 

El desenlace de «El castillo del Diablo» me parecía más peliagudo. Era evidente que Howard se había metido él mismo en una trampa, pues una vez dentro de un castillo no resulta nada fácil salir de él. Entonces pensé que si los dos ingleses no podían salir de allí, alguien podría sacarlos. Con unos cuantos toques de magia ritual y un poco de demonología (los datos e invocaciones son correctos), creo que quedó un final muy a lo Verhoeven y su película Los señores de la guerra, lleno de guiños que desvelaré, si acaso, en otro momento. Realmente fue el episodio que hice con más gusto. Su final va dedicado a Luis Alberto de Cuenca, justamente por todos esos guiños, que él sabrá captar.

 

«Los hijos de Asshur» resultó un hueso más duro de roer. Como resultaba evidente que REH estaba pensando en un relato largo, casi una novela, por el tratamiento y lo pormenorizado de los diferentes capítulos, tuve que hacer auténticos esfuerzos para no extenderme. El desenlace era evidente, ya que Howard había escrito algunos relatos que tenían que ver con el asedio de hordas salvajes a asentamientos y ciudades de pueblos civilizados, como sucede en «Los dioses de Bal-Sagoth» («The Gods of Bal-Sagoth», WT, octubre 1931), y en «Nekht Smerketh» y en «Guns of Khartum», ambos relatos no publicados en vida de REH. Su utilización de la palabra «Sula» para designar no sólo el nombre de un cautivo, sino el de unos feroces guerreros de raza negra, me hizo pensar en los zulúes y la derrota que infligieron a las tropas coloniales británicas destacadas en Sudáfrica el 22 de enero de 1879, lo cual quería decir que REH iba a aplicar el mismo desenlace al relato en cuestión. Sólo tenía que hilvanar algunos detalles, reformar algunas palabras asirias escritas incorrectamente por él y fortificar convenientemente la ciudad de Ninn, basándome en lo que sus habitantes podrían conocer sobre tal materia hasta antes de la caída de Nínive. Curiosamente, los efectivos británicos en la batalla celebrada en Isandhlwana ascendían a mil quinientos hombres, los mismos que componen las fuerzas asirias que se enfrentan victoriosamente a los Sulas en su confrontación en campo abierto. En esta ocasión, REH reescribe la historia a favor de los civilizados, aunque como veremos más tarde, la dinámica de la situación acabe por imponerse.

 

Cuando Robert E. Howard necesitaba una documentación histórica para alguno de sus trabajos, recurría a su amigo Tevis Clyde Smith, quien aparece citado en algunos casos como co-escritor, por ejemplo en el relato histórico «Red Blades of Black Cathay» (Oriental Stories, febrero-marzo 1931). Es indudable que el fragmento que nos ocupa, fechado antes de 1934, habría acabado cayendo en sus manos si el éxito conseguido por los relatos de Conan no lo hubiera relegado al olvido. Espero que mi colaboración en materia de historia antigua me haya valido la misma sonrisa, esbozada ahora en algún Valhalla remoto, que REH habría dedicado a su colaborador usual. Por su puesta en escena, aparatosa y romántica como una película de Griffith, va dedicada a una enamorada del cine: Rosa María Maroto.

Con anterioridad, Bob Howard había escrito varias obras relacionadas con las culturas del Próximo Oriente, anteriormente mencionadas, como los poemas «The Riders of Babylon» y «The Gates of Nineveh», y el relato «The Voice of El-Lil», que presenta a una colonia de sumerios viviendo en África, argumento este que pudo influir en el del fragmento «The Children of Asshur», o a la inversa. El cuento «The Blood of Belshazzar» también está relacionado con la temática que nos ocupa, pues hace referencia a una enorme joya propiedad de Belshazzar o Baltasar, el último monarca de Babilonia, que cae ante el persa Ciro en el 539 a. C. Poco menos de un siglo antes, en el 612 a. C., Nínive, ciudad de la que proceden los asirios de Ninn, había sido tomada por otro iranio, el medo Ciaxares.

 

Entre los libros que pasaron a engrosar los fondos del Howard Payne College, procedentes de la biblioteca de Robert E. Howard, de los que antes habláramos, hay uno que llama la atención. Se trata de una traducción al inglés de una autora rusa, Alexeiema Zenaide Ragozin. Su título, Assyria, from the Rise of the Empire to the Fall of Nineveh (1887), es muy significativo para nuestro propósito.

 

A la hora de las reconstrucciones históricas para la terminación del fragmento, añadiré que Robert E. Howard no podría haber utilizado con el mismo provecho que yo la fortaleza de Dur-Sharrukin —que he tomado como modelo de la ciudad de Ninn, eliminando ciertos defectos defensivos de una de sus murallas— erigida a 24 kilómetros al noreste de Nínive, porque las excavaciones realizadas durante la campaña de Oriental Institute de Chicago comenzada en 1930 y terminada en 1935, de la que él podría haber tenido noticias, sólo serían publicadas a partir de 1936, año de su fallecimiento. Por tanto, REH sólo podría haber contado con el trabajo de Botta y Flandin, y, así mismo, el de Place, editados después de 1850, un tanto anticuados en comparación con el anteriormente indicado.

 

Respecto al fragmento que se ha traducido como «Hawk de Basti», de su lectura atenta se deducía que Jeremy Hawk intenta engañar a Kane, por lo que este, o el Destino, habrán de aplicar su inapelable justicia. Y como la estancia de Kane en África parece ligada a su extraño bastón y a la extraña llamada que le impele más y más a adentrarse en el interior del continente, pensé que sus aventuras debían concluirse entre el pueblo de Basti, a quien pertenecía el bastón en cuestión. La temática de esta terminación ha traído a mi memoria una lluviosa tarde salmantina de otoño, en donde Miguel Ángel Elvira entretenía a un nutrido auditorio, contándole cuentos egipcios. Lógicamente, a él va dedicada.

 

Debo recordar que he considerado muy interesante, a efectos de hacer más nítido el perfil psicológico de Solomon Kane, que antes esbozase, presentar como apéndice la variante de «El regreso al hogar de Solomon Kane», publicada por Glenn Lord en el número de otoño de 1971 de The Howard Collector, ya que, aunque menos elaborada que la definitiva, aparecida a título póstumo en el número de otoño de 1936 de Fanciful Tales, presenta detalles esclarecedores.

 

En el presente volumen, después de cada uno de los episodios de Kane se indica la fecha y publicación en que aparecieron, así como su título original. Para los cuatro fragmentos, mi contribución figura a continuación, seguida, a su vez, por una breve nota que resume los argumentos de las diferentes versiones o adaptaciones a que dieran lugar, y que se termina con dos números separados por una barra y encerrados en un paréntesis que obedecen a la siguiente proporción: longitud del fragmento de REH/longitud de la correspondiente terminación.

 

Al tener que optar entre una versificación en castellano, que no podría reproducir el ritmo original en inglés, y una adaptación en prosa, lo más fiel posible al sentido y contenido poéticos, opté por lo segundo. Tampoco he seguido los criterios usuales en poesía, que consisten en enfrentar el texto traducido con el texto original, pues, dado que como lo que estamos leyendo son aventuras, pensé que el discurso filológico podría perturbar el discurso de la aventura, por lo que decidí presentar, a modo de apéndice, los poemas en su lengua original, para que quien lo desee pueda confrontarlos, a posteriori, con lo traducido.

 

Observarán unos cuantos mapas, que dan una localización general de las aventuras de Kane en África y otra más particular de dos de sus episodios más complicados, que se desarrollan en recintos cerrados sometidos a asedio.

 

Mientras tanto, en espera de la proyectada película sobre Solomon Kane producida por Edward Pressman, de la que Glenn Lord me hablase en su carta del 8-7-1991, sólo deseo que las aventuras de este héroe howardiano, hasta ahora, prácticamente ignorado en España puedan llegar a conocer parte de la gloria y aceptación de su «hermano», menor en años pero mayor en fama, Conan El Bárbaro.


 

 

 

 

 

 

CALAVERAS

 

EN LAS ESTRELLAS



 

  

 

 

 

Habló del eterno vagar de los criminales

 

bajo la maldición de Caín,

 

cubiertos los ojos de nubes carmesíes y el cerebro inmerso entre las llamas; porque la sangre ha dejado sobre sus almas su mácula imperecedera.

 

HOOD

 

 

 

I

 

HABÍA DOS CAMINOS que llevaban a Torkertown. Uno, el más corto y también el más directo, pasaba a través de un páramo árido y desnudo; el otro, más largo, progresaba tortuosamente entre los cenagales y bosquecillos de los pantanos, esquivando las colinas bajas que había al Este. Era un sendero peligroso e incómodo. Por eso mismo, Solomon Kane se detuvo, extrañado, cuando un muchacho de la aldea que acababa de abandonar llegó hasta él corriendo, sin resuello, y le imploró

 

por el amor de Dios que siguiera esta última senda.

 

—¡El camino del pantano! —exclamó Kane, mirando al muchacho.

 

Solomon Kane era un hombre alto y delgado; su rostro pálido y sombrío y sus ojos profundos y soñadores parecían aún más siniestros por las austeras ropas de puritano con que gustaba vestirse.

 

—Sí, señor; es mucho más seguro —contestó el joven, al captar su sorpresa. —Entonces el camino del páramo tiene que estar maldito por el mismísimo

 

Satanás, ya que tus conciudadanos me advirtieron que tuviese cuidado al atravesar el otro.

 

—Sería a causa de los cenagales, señor, que podríais no ver en la oscuridad.

 

Haríais mejor en regresar a la aldea y continuar vuestro viaje por la mañana.

 

—¿Por el camino del pantano?

—Sí, señor.

 

Kane se encogió de hombros y movió la cabeza.

 

—La luna está saliendo con la misma rapidez con que muere el día. Gracias a su luz podré llegar a Torkertown en pocas horas, si cruzo el páramo.

—¡No lo hagáis, señor! Nadie toma nunca ese camino. No hay ninguna casa en todo el páramo, mientras que en el pantano veréis la del viejo Ezra, que vive solitario en ella desde que su primo loco, Gideon, se fue por los pantanos, sin que se le volviera a ver… El viejo Ezra, por muy avaro que sea, no se negará a daros alojamiento si decidís deteneros hasta mañana. Y ya que debéis iros, mejor será que toméis el camino del pantano.

 

Kane miró intensamente al muchacho, que se sintió cohibido y comenzó a rozar un pie con otro.

 

—Si el camino que pasa por el páramo es tan molesto para los viajeros como dices —comentó el puritano—, ¿por qué no me contaron los aldeanos toda la historia de una vez, en vez de andarse con tantos rodeos?

 

—No les gusta hablar de ello, señor. Esperaban que tomarais el camino del pantano, tal y como se os había recomendado; pero cuando, después de vigilaros, vieron que no tomabais la dirección correcta al llegar a la encrucijada, me enviaron corriendo tras vos para pediros que lo reconsideraseis.

 

—¡Por todos los diablos! —exclamó Kane sumamente irritado, como ponía de manifiesto aquel juramento, muy poco frecuente en él—. El camino del pantano y el camino del páramo… ¿cuál es el peligro que me amenaza, y por qué tendría que desviarme varias millas, aventurándome entre los cenagales y los pantanos?

 

—Señor —dijo el muchacho, bajando la voz y acercándose a él—, nosotros somos simples aldeanos a los que no nos gusta hablar de esas cosas, por miedo a atraer la mala fortuna; sólo os diré que el camino del páramo está maldito y que no ha sido recorrido por nadie de la región desde hace más de un año. Es la muerte segura para quienes atraviesan de noche aquellas soledades, como ya ha sucedido a cerca de una veintena de infortunados. Algún horror infame merodea por el camino y hace de los hombres sus víctimas.

 

—¿De veras? ¿Y qué es?

 

—Nadie lo sabe. Ninguno de los que lo han visto ha vivido para contarlo. Unos viajeros que regresaban de anochecida oyeron unas risotadas terribles a lo lejos, en el páramo, y a otros les pareció escuchar los espantosos gritos de sus víctimas. Señor, en nombre de Dios, regresad a la aldea, pasad en ella la noche y, mañana, tomad el camino que pasa por el pantano y conduce hasta Torkertown.


 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

En el fondo de los sombríos ojos de Kane había comenzado a relucir una luz brillante, como un fuego mágico que reblandeciese bajo inmensas capas de frío hielo gris. La sangre fluyó más rápida en sus venas. ¡La aventura! ¡La dramática atracción del vivir peligrosamente! Sin embargo, Kane no era consciente de tales sensaciones. Le pareció que expresaba con toda sinceridad sus sentimientos cuando dijo:

 

—Tales sucesos han de ser obra de alguna potencia demoníaca. Los señores de las tinieblas han desatado una maldición sobre la comarca. Precisaréis de un hombre fuerte para combatir a Satanás y a su poderío. Por eso iré yo, ya que he desafiado a ambos en más de una ocasión.

 

—Señor… —comenzó a decir el muchacho, pero se calló, viendo lo fútil de su argumento. Simplemente se limitó a añadir—: Los cadáveres de las víctimas han sido terriblemente mutilados y destrozados.

 

 

 

 

Y se quedó en la encrucijada, suspirando con pesar mientras veía la alta y delgada silueta alejarse por el camino que conducía al páramo.

 

* * *

 

El sol se estaba poniendo cuando Kane alcanzó la cumbre de la pequeña colina que iba a dar al páramo. Enorme y teñida de rojo, como la sangre, descendía hasta el horizonte, detrás del lúgubre paisaje de los páramos, dando una pincelada de fuego a la espesa hierba. Durante un momento, a todo aquel que la contemplara debió darle la impresión de estar viendo un mar de sangre. Después, las oscuras sombras llegaron deslizándose desde el Este e hicieron que se desvaneciesen las llamas de Poniente, y Solomon Kane penetró osadamente en la tiniebla cada vez más densa.

 

Aunque el camino no estaba bien marcado, por llevar tiempo sin ser utilizado, podían apreciarse claramente sus lindes. Kane avanzaba rápida, pero prudentemente, con la espada y las pistolas al alcance de la mano. Las estrellas parpadeaban y los vientos de la noche susurraban entre la hierba, como espectros gemebundos. La luna comenzó a salir, limpia y descarnada, como una calavera en medio de las estrellas.

 

De repente, Kane se detuvo. De algún lugar delante de él, le llegaba un eco extraño e irreal… o algo que parecía un eco. Volvió a oírlo nuevamente, aquella vez más fuerte. Reemprendió la marcha. ¿Le habrían engañado sus sentidos? ¡No!

 

A lo lejos resonó el susurro de una espantosa risotada. Volvió a repetirse de nuevo, más cerca. Ningún ser humano habría reído de aquella manera… No expresaba alegría sino odio, horror y un terror capaz de destruirle a uno el alma. Kane se detuvo. No estaba asustado, pero en aquellos momentos se había quedado sin fuerzas. Entonces, abriéndose camino entre aquellas risas espantosas, llegó el sonido de un chillido, humano, sin género de dudas. Kane avanzó nuevamente, apretando el paso. Maldijo las luces ilusorias y las sombras vacilantes que velaban el páramo, debido a la naciente luna, y que impedían ver con claridad. Las risotadas continuaban y se iban haciendo cada vez más fuertes, así como los chillidos. Después, pudo oír el débil tamborileo sobre el suelo que hacían los pies de una persona que huía. Y entonces echó a correr.

 

En el páramo, alguien estaba siendo perseguido hasta morir, y sólo Dios sabía cuál era la abominación que iba tras él. El sonido de los ágiles pies se detuvo abruptamente y el chillido se elevó hasta hacerse insoportable, mezclado con otros sonidos inenarrables y monstruosos. Era evidente que el hombre había sido atrapado, y Kane, con la carne de gallina, se imaginó algún horrible demonio de las tinieblas que se agarraba a la espalda de su víctima… mientras la iba devorando.

 

En aquel preciso momento, el ruido de una breve y terrible lucha atravesó claramente el abismal silencio de la noche, y de nuevo volvió a reanudarse el sonido de pasos, tambaleantes y desiguales. Aún podía oírse el chillido, pero ya estaba teñido de tonos guturales y espasmódicos. Un sudor frío recorrió la frente y el cuerpo de Kane. Las oleadas de horror se sucedían de una manera insoportable.

 

«¡Dios, si pudiese ver algo, aunque sólo fuera durante unos instantes!» Aquel drama espantoso se estaba desarrollando a muy poca distancia de él, a juzgar por la facilidad con que los sonidos llegaban hasta sus oídos. Pero aquella penumbra infernal lo velaba todo, reduciéndolo a sombras móviles, de suerte que el páramo parecía un amasijo de ilusiones inciertas, de árboles distorsionados y de arbustos que eran como gigantes.

 

Kane gritó, mientras intentaba correr más deprisa. Los chillidos del desconocido dieron paso a un sollozo repulsivo, por lo agudo; nuevamente volvieron a escucharse sonidos de lucha, y entonces, de entre las sombras que rodeaban la hierba crecida, emergió una cosa titubeante —una cosa que antaño fuera un hombre—, una cosa cubierta de sangre y vísceras, una cosa espantosa que se derrumbó a los pies de Kane, para retorcerse y arrastrarse, y que levantó su terrible rostro hacia la luna naciente, balbució y babeó, para derrumbarse de nuevo y morir bañada en su propia sangre.

 

La luna ya estaba en lo alto y daba más luz. Kane se inclinó sobre el cadáver, que yacía desnudo en su inenarrable mutilación, y tuvo un sobresalto… cosa rara en él, que había visto las proezas de la Inquisición española y de los cazadores de brujas.

 

Algún viajero, supuso. Entonces, como si una mano de hielo le recorriese la espina dorsal, fue consciente de que no estaba solo. Levantó la cabeza, y sus fríos ojos traspasaron las sombras de donde había surgido el hombre que acababa de morir. No vio nada, pero supo —sintió— que tenía clavados en la espalda otros ojos, unos ojos terribles que no eran de este mundo. Se irguió y sacó una pistola, expectante. La claridad lunar se derramaba por el páramo como un lago de sangre pálida, mientras los árboles y la vegetación recobraban su tamaño original.


 

 

 


 

 

 

 

Las sombras se disiparon… ¡y Kane pudo ver! Al principio, pensó que sólo era una sombra formada por la bruma, volutas de la niebla del páramo ondeando en la hierba alta que se encontraba delante de él. Miró atentamente. Dos ojos espantosos llamearon en ella —ojos que contenían todo el desnudo horror que había sido la herencia del hombre desde el espantoso alborear de los tiempos—, ojos abominables y dementes, pero con una locura que trascendía cualquier medida terrena. La forma de la cosa era brumosa y vaga, un simulacro de la figura humana, capaz de afectar a la cordura, y, sin embargo, horriblemente diferente. La hierba y los matojos se veían claramente a través de ella.

 

Kane sintió que la sangre le latía en las sienes, pero seguía tan frío como el hielo. Que un ente tan inestable como aquel que oscilaba ante él pudiese atacar a un hombre de una manera física, era algo que no podía comprender. Pero no importaba, porque el rojo horror que yacía a sus pies daba mudo testimonio de la manera en que aquel demonio podía actuar con efectos terriblemente materiales.

 

De una cosa estaba seguro Kane: de que no huiría de aquella cosa a través del lúgubre páramo, gritando y corriendo para ser alcanzado y arrojado al suelo, una y otra vez. Si debía morir, sería con plena conciencia de ello, cara a cara con la muerte.

 

Una boca vaga y siniestra comenzó a abrirse, y la demoníaca risa restalló de nuevo, calando hasta su alma, por lo cerca que estaba de él. Frente a aquella amenaza mortal, Kane apuntó tranquilamente su larga pistola e hizo fuego. Un enloquecido aullido de rabia mezclado con sorna fue la respuesta, mientras la cosa se lanzaba sobre él, como una volante cortina de humo, tendiendo unos largos brazos de sombra para atraparle y arrojarle al suelo.

 

Moviéndose con la agilidad dinámica de un lobo hambriento, disparó la segunda pistola, con escaso efecto, liberó el largo estoque de su vaina y atacó a fondo la zona central de su brumoso contendiente. La hoja cantó mientras lo atravesaba de parte a parte, sin encontrar resistencia sólida. Kane sintió que unos dedos helados se aferraban a sus miembros y que unas garras bestiales laceraban sus vestiduras y la piel que se encontraba debajo.

 

Dejó caer la espada, que de poco le servía, e intentó coger a su adversario. Era como luchar contra una bruma evanescente, contra una sombra volante armada con garras como puñales. Sus salvajes puñetazos sólo alcanzaban el aire; sus poderosos y nervudos brazos, cuyo abrazo había causado la muerte a muchos hombres fuertes, se abrieron sobre el vacío y sobre él se cerraron. Nada era sólido o real salvo los simiescos dedos que le castigaban, armados de poderosas uñas, y los enloquecidos ojos que llevaban su fuego hasta las más estremecidas profundidades de su alma.

 

Kane comprendió que se hallaba en una situación desesperada. En aquel momento, las ropas colgaban de su cuerpo hechas jirones, mientras él sangraba por una veintena de heridas profundas. Pero seguía sin cejar. Más aún, el pensamiento de salir huyendo ni se le pasó por la imaginación. Como jamás había retrocedido ante un único adversario, si se le hubiese ocurrido se habría ruborizado de vergüenza.

 

No veía ningún desenlace posible, excepto que su cuerpo no tardaría en yacer al lado de los restos de la anterior víctima, pero aquel pensamiento no le aterrorizaba. Su único deseo era comportarse tan dignamente como le fuese posible antes de que le llegase el fin y, si podía, infligir alguna herida a su sobrenatural adversario.

 

De tal suerte, alrededor del cadáver mutilado, un hombre luchaba contra un demonio bajo la pálida luz de la luna que se iba afianzando en el cielo, con todas las ventajas para el demonio, salvo una. Pero esta bastaba para equilibrar todas las demás. Pues si el odio, que es una entidad abstracta, podía aportar substancia a una criatura espectral, el valor, igual de abstracto… ¿por qué no podría servir también para combatir a aquel espectro?

 

Kane luchó con brazos, manos y pies, y vio que, finalmente, el fantasma comenzaba a retroceder ante él y que las risas espantosas se mudaban en gritos de furia contenida. Pues la única arma del hombre es el coraje, que ni siquiera se detiene ante las puertas del Infierno, y al que ni aun las legiones del Infierno pueden vencer.

 

Pero Kane no lo sabía; sólo comprendía que las garras que laceraban y desgarraban sus carnes parecían debilitarse y dudar, y que una luz salvaje crecía, más y más, en los horribles ojos. Titubeando y casi sin resuello, se lanzó al ataque, agarró a la criatura y, finalmente, consiguió derribarla. Mientras ambos rodaban por el páramo, y la cosa se retorcía y se enroscaba en sus miembros como una serpiente de humo, a Kane se le puso la carne de gallina y se le erizó el cabello, pues comenzó a comprender lo que ella balbucía.

 

No oyó y comprendió del mismo modo que un hombre oye y comprende lo que le dice otro hombre, pero los espantosos secretos que la criatura le reveló entre susurros, y sus aullidos, a los que sucedían tremendos silencios, clavaron sus helados dedos en su alma, y entonces supo.


II

 

La cabaña del viejo Ezra, el avaro, se alzaba al lado del camino que atravesaba el pantano, medio oculta por los desapacibles árboles que crecían a su alrededor. Las paredes estaban abriéndose, el tejado parecía a punto de caerse y unos hongos de color verde pálido, monstruosos por lo grandes, se aferraban a ella, retorciéndose alrededor de puertas y ventanas, como si intentasen mirar en su interior. Los árboles se inclinaban por encima de la cabaña, entrelazando sus ramas grises, de suerte que esta se encontraba agazapada en la penumbra como un monstruoso enano rodeado de ogros que mirasen por encima de sus hombros.

 

El camino que se abismaba en el pantano, entre tocones podridos, hileras de morones, charcas y cenagales cubiertos de espuma e infestados de serpientes, serpenteaba hasta la cabaña. Por aquel tiempo, muchos pasaban por él, pero pocos conseguían ver al viejo Ezra… a lo más el brillo furtivo de un rostro amarillento, fisgoneando a través de las ventanas cubiertas de excrecencias fungosas, como si se tratase de otro hongo más, igual de horrible.

 

 

 

El viejo Ezra, el avaro, había ido adquiriendo muchas de las cualidades del pantano, pues era nudoso, torcido y hosco; sus dedos tenían la fuerza de las plantas parásitas. Los mechones de sus cabellos le caían como un musgo oscuro por encima de los ojos, acostumbrados a la húmeda penumbra de las marismas, unos ojos que parecían los de un muerto. Sin embargo, sugerían profundidades abisales y repugnantes, como las de las aguas estancadas que pueblan los pantanos.

 

Aquellos ojos relucieron al contemplar al hombre que se encontraba delante de su cabaña. Era un hombre alto, nervudo y sombrío, con la mirada perdida y el rostro lleno de arañazos, e iba vendado en brazos y piernas. Detrás de él, un tanto alejados, había un puñado de aldeanos.

 

—¿Eres Ezra, el del camino del pantano?

 

—Sí. ¿Qué quieres de mí?

 

—¿Dónde está tu primo Gideon, el joven demente que vivía contigo?

 

—¿Gideon?

 

—Sí.

 

—Se adentró en el pantano y no regresó. Sin duda se perdió y acabó devorado por los lobos, o cayó en una ciénaga o fue mordido por una víbora.


 

—¿Cuánto hace de eso?

 

—Más de un año.

 

—Claro. Escúchame, Ezra el Avaro. Poco después de que tu primo desapareciera, un campesino, que regresaba a su casa por el páramo, fue atacado por un demonio desconocido y quedó descuartizado; a partir de entonces, pasar por allí es morir. Primero campesinos y después extraños que vagabundeaban por la comarca, cayeron bajo las garras de aquella cosa. Y muchos hombres siguieron en la muerte al primero.

 

»La pasada noche atravesé el páramo: escuché cómo huía y era perseguida otra víctima, un extraño que nada sabía del mal que azota la landa. Ezra El Avaro, fue una cosa espantosa, porque el desventurado consiguió escapar en dos ocasiones del demonio, aunque con terribles heridas; pero en cada una de ellas aquel espíritu le atrapó para derribarle de nuevo. Finalmente, cayó muerto ante mí, de una manera que habría conmovido hasta a la estatua de un santo.

 

Los aldeanos se agitaron, incómodos, y murmuraron espantados entre sí, mientras los ojos del viejo Ezra se apartaban furtivamente de ellos. Pero la sombría expresión de Solomon Kane no se alteró, y su mirada, como la de un cóndor, pareció traspasar al avaro.

 

—¡Sí, sí! —musitó el viejo Ezra, atropellándosele las palabras—. ¡Un feo asunto, un feo asunto! Pero ¿por qué me cuentas eso a mí?

 

—Sí, es un feo asunto. Sigue prestándome atención, Ezra. El demonio salió de las sombras y tuve que luchar contra él, como si le disputase el cadáver de su víctima. La batalla fue ardua y larga. Aún no sé cómo pude vencerle. Quizá porque las fuerzas del bien y de la luz estaban de mi parte, y porque son más poderosas que las fuerzas del Infierno.

 

  

»Finalmente, yo fui el más fuerte; pero se libró de mi presa y huyó. Intenté seguirle, pero en vano. No obstante, antes de irse, me susurró una verdad monstruosa.

 

El viejo Ezra se sobresaltó. Le miró fijamente como si estuviese loco y pareció volver en sí.

 

—Pero… ¿a qué viene todo esto? —musitó.




—Volví a la aldea y conté lo que me había sucedido —dijo Kane—, pues sabía que de mí dependía acabar para siempre con la maldición que pesa sobre el páramo. ¡Ezra, acompáñanos!

 

—¿Adónde? —preguntó, nervioso, el avaro.

 

—Hasta la encina podrida que hay en el páramo.

 

 

  

 

Ezra vaciló, como si hubiese recibido un mazazo; gritó incoherentemente y se volvió para huir.

 

Al momento, a un simple gesto de Kane, dos robustos aldeanos se abalanzaron sobre el avaro y le detuvieron. Arrancaron el puñal que sostenía su arrugada mano y le maniataron, estremeciéndose cuando sus dedos encontraron su carne, fría y húmeda al tacto.

 

Kane les indicó que le siguieran y dando grandes zancadas volvió al sendero, con los lugareños tras él, que tuvieron grandes dificultades para conseguir llevar consigo a su prisionero. Atravesaron el pantano y, después de tomar un camino poco transitado que subía hasta las lomas, llegaron a los páramos.

 

El sol comenzaba a bajar hacia el horizonte y el viejo Ezra lo miraba con sus ojos saltones… fijamente, como si quisiera saciarse con su imagen. A lo lejos, en los páramos, se levantaba un gran roble, como una horca, que ya no era más que un montón de corteza. Allí se detuvo Solomon Kane.

 

El viejo Ezra forcejeó violentamente contra sus captores y emitió unos sonidos inarticulados.

 

—Hace más de un año —dijo Solomon Kane—, tú, temiendo que tu primo demente Gideon contase las crueldades que le hacías sufrir, le condujiste fuera del pantano por el mismo sendero que acabamos de tomar y le asesinaste, por la noche, en este lugar.

 

Ezra se encogió y gritó:

 

—¡No puedes probar esa mentira!

 

Kane musitó unas breves palabras a un ágil aldeano. El joven se encaramó al tronco podrido del árbol y, de una hendidura situada en lo más alto, extrajo algo que cayó con estrépito a los pies del avaro. Ezra se derrumbó con un terrible chillido.


El objeto era un esqueleto humano, con el cráneo hendido.

 

—¿Cómo… lo has sabido? ¡Eres Satanás! —farfulló el viejo Ezra.

 

Kane se cruzó de brazos.

 

—La criatura contra la que luché anoche me lo dijo, mientras estábamos empeñados en la pelea, y yo la seguí hasta este árbol. Pues se trata del fantasma de Gideon.

 

Ezra chilló de nuevo y se debatió desesperadamente.

 

—Sabías… —dijo Kane, sombríamente—, demasiado bien sabías que cometería esos crímenes. Tenías miedo del fantasma del demente, por eso decidiste dejar su cadáver en el páramo, en vez de ocultarlo en el pantano. Estabas seguro de que el fantasma merodearía por el lugar donde había muerto. Como estuvo loco en vida, en la muerte no sabría dónde encontrar a su asesino; de otro modo habría ido a buscarte a tu cabaña. Es a ti a quien detesta, y no a los hombres. Pero como su espíritu confieso es incapaz de distinguir un ser humano de otro, los mata a todos, por miedo a no atinar con su asesino. Sin embargo, ahora te reconocerá y descansará en paz y para siempre. Como el odio convirtió su fantasma en algo sólido capaz de lacerar y matar, aunque te temiera terriblemente en vida, ahora en la muerte ya no se asusta de ti.

 

Kane hizo una pausa y miró al sol.

 

—Me enteré de todo por el fantasma de Gideon, por sus murmullos, por sus susurros y sus espantosos silencios. Sólo tu muerte conseguirá apaciguar su ira.

 

Ezra le escuchaba sin respirar. Entonces, Kane pronunció su condena.

 

—No es nada fácil —dijo Kane, sombríamente— conservar la sangre fría mientras se condena a alguien a la pena de muerte, sobre todo al tipo de muerte que he pensado para ti; pero debes morir para que otros puedan vivir… Bien sabe el Señor que mereces la muerte.

 

»No morirás por cuerda, bala o espada, sino por las garras de aquel a quien mataste… pues nada más podrá saciar su sed de venganza.

 

Al oír aquellas palabras, la razón de Ezra se quebró en mil fragmentos, las rodillas no pudieron aguantarle y se derrumbó, pidiendo a gritos que le mataran, rogándoles que le quemaran vivo, que le despellejaran. El rostro de Kane permaneció tan impasible como el de la Muerte. Los aldeanos, en cuyos corazones el miedo se había convertido en crueldad, ataron al escandaloso desventurado al roble, y uno de ellos le aconsejó que hiciese las paces con Dios. Pero Ezra no le contestó y siguió gritando con voz chillona, que resultaba insoportablemente monótona. Entonces, el aldeano quiso abofetearle, pero Kane se lo impidió.

 

—Que haga las paces con Satanás, ya que va a encontrarse con él —dijo el puritano, con aire siniestro—. El sol está a punto de ponerse. Aflójale las cuerdas para que pueda soltarse cuando esté oscuro, ya que mejor es ir al encuentro de la


 

 

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muerte libre y sin ligaduras que hacerlo como la víctima de un sacrificio.

 

Mientras se volvían para marcharse, el viejo Ezra aulló y murmuró, profiriendo sonidos inhumanos, y quedó en silencio, mirando fijamente al sol con terrible concentración.

 

Se alejaron a través del páramo, y Kane echó una última mirada a la grotesca forma atada al árbol. A la incierta luz, parecía un gran hongo que creciera de su tronco. De repente, el avaro exclamó, con un grito espantoso:

 

—¡La Muerte! ¡La Muerte! ¡Hay calaveras en las estrellas!

 

—Le gustaba la vida, aunque fuese retorcido, mezquino y malvado —dijo Kane, con un suspiro—. Quizá Dios reserve un lugar para estas almas en donde el fuego y el sacrificio puedan purificarlas de sus impurezas, de la misma manera que el fuego limpia la foresta de sus excrecencias fungosas. Sin embargo, un gran pesar me atenaza el corazón.

 

—No, señor —dijo uno de los aldeanos—, sólo habéis cumplido la voluntad de Dios, y de lo que hemos hecho esta noche sólo resultará el bien.

 

—No —replicó Kane, apesadumbrado—. No lo sé… no lo sé.

 

El sol se había puesto y la noche descendía con rapidez sorprendente, como si unas sombras enormes se precipitasen desde vacíos desconocidos para cubrir el mundo con apresuradas tinieblas. A través de la espesa noche se escuchó un eco sobrenatural, y los hombres se detuvieron para volverse hacia el lugar que acababan de dejar.

 

No se veía nada. El páramo era un océano de sombras y la crecida hierba que los rodeaba se plegaba en amplias ondas ante la ligera brisa, que rompía aquel silencio de muerte con desmayados murmullos.

 

Entonces, a lo lejos, el rojo disco de la luna apareció por encima del páramo, y, durante un instante, una funesta silueta se recortó, oscura, sobre ella. Una forma cruzó, volando, la faz de la luna… una cosa deforme y grotesca cuyos pies apenas tocaban la tierra; y muy cerca de ella surgió algo que parecía una sombra volante… un horror sin figura ni nombre.

 

Durante un instante, ambas formas se destacaron nítidamente sobre la luna; después se fundieron en una masa innominada e informe que se desvaneció entre las sombras.

 

A lo lejos, en el páramo, se escuchó un único alarido, seguido de una risotada terrible.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Título original:

 

«Skulls in the Stars»

 

(Weird Tales, enero 1929)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA MANO DERECHA

 

DE LA CONDENACIÓN


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡S ERÁ COLGADO AL AMANECER! ¡Jo! ¡Jo!

El individuo que acababa de pronunciar aquellas palabras dio una sonora palmada en una de sus rodillas y rio con voz chillona y áspera. Miró ostentosamente a su audiencia y se bebió de un sorbo el vaso de vino que descansaba cerca de su codo. El fuego ondeó, oscilante, en la chimenea de la sala y nadie hizo el menor comentario.

 

—¡Roger Simeon, el nigromante! —se mofó con voz áspera—. ¡Un habitual de las artes diabólicas y un experto en magia negra! A fe mía, que ni todo su infame poder pudo salvarle cuando los soldados del Rey rodearon su cueva y le hicieron prisionero. Se había ocultado desde el momento en que la gente comenzó a tirarle piedras a la ventana… Primero debió pensar en esconderse para, después, escaparse a Francia. ¡Jo! ¡Jo! Podrá escaparse, pero colgado del extremo de una soga. Fino trabajo el de hoy, diría yo…

 

Arrojó una bolsa encima de la mesa, que tintineó musicalmente.

 

—¡El precio de la vida de un mago! —exclamó, ufano—. ¿Qué decís, mi avinagrado amigo?

 

Las últimas palabras iban dirigidas a un hombre alto y silencioso que estaba sentado cerca del fuego. Aquel hombre, delgado, poderoso y de sombrías vestiduras, volvió su rostro pálido y severo hacia quien le dirigía la palabra, y le miró fijamente, con ojos helados y penetrantes.

 

—Digo —respondió, con voz honda y grave— que en este día habéis realizado una acción reprobable. Vuestro nigromante quizá merecía la muerte, pero os había dado su confianza, llamándoos su amigo, y vos le habéis traicionado por unas pocas monedas sucias. Pienso que algún día os reuniréis con él en el Infierno.

 

El hombre que había hablado primero, un individuo de poca estatura, rechoncho y malencarado, abrió la boca como si se dispusiera a dar una mala contestación, pero lo pensó mejor. Los ojos de hielo sondearon los suyos durante un instante. Después, el


 

 

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hombre alto se levantó con un ágil movimiento de felino y recorrió a grandes pasos la estancia.

 

—¿Quién es ese? —preguntó el fanfarrón, con resentimiento—. ¿Quién es él para defender a los magos e insultar a los hombres honestos? ¡Por Dios, que es afortunado de hablar así con John Redly y seguir con el corazón en su sitio!

 

El posadero se inclinó para recoger un tizón con el que encender su larga pipa y contestó secamente:

 

—También tú eres afortunado por haber cerrado el pico. Ese era Solomon Kane, el puritano, un hombre más peligroso que un lobo.

 

Redly gruñó para sí, rezongó un juramento y se guardó la bolsa del dinero debajo del cinturón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¿Vas a pasar aquí la noche?

 

—Sí —contestó Redly, de mal humor—. Me hubiera gustado quedarme a ver cómo colgaban mañana a Simeon en Torkertown, pero, de madrugada, me iré a Londres.

 

El posadero llenó dos vasos.

 

—¡A la salud del alma de Simeon! ¡Que Dios tenga piedad del desgraciado, y que no cumpla la venganza que juró cobrarse en ti!

 

John Redly se sobresaltó, lanzó un juramento y se rio con bravuconería insolente.

 

La risa sonó poco espontánea y acabó en falsete.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* * *

 

Solomon Kane se despertó con un sobresalto y se sentó en la cama. Tenía el sueño ligero, como corresponde al hombre que, habitualmente, sólo puede confiar en sus propias fuerzas. Dentro de la casa había sonado un ruido que le había despertado. Escuchó atentamente. Fuera, tal y como pudo ver a través de las rendijas de las contraventanas, el mundo comenzaba a palidecer con los primeros colores de la aurora.

 

De repente, volvió a oír el ruido. Era como si un gato estuviese escalando el muro exterior. Kane aguzó el oído, y entonces escuchó un sonido como el que habría hecho alguien que intentase abrir las contraventanas. El puritano se levantó, espada en mano, cruzó súbitamente la habitación y las abrió violentamente. Un mundo aún dormido se ofreció a su mirada. Una luna tardía se hacía la remolona por Poniente. No había ningún merodeador cerca de su ventana. Se inclinó hacia fuera, mirando en dirección a la ventana de la habitación contigua. Las contraventanas estaban abiertas.

 

Kane cerró las suyas y se dirigió hacia la puerta, saliendo al pasillo. Estaba actuando impulsivamente, como de ordinario. Corrían malos tiempos. Aquella posada estaba a varias millas de la población más cercana… Torkertown. Los bandidos eran moneda de uso corriente. Alguien, o algo, había entrado en la habitación contigua a la suya, y su ocupante dormido podía estar en peligro. Kane no se detuvo a sopesar los pros y los contras, sino que fue derecho a la puerta de la habitación y la abrió.

 

La ventana estaba abierta de par en par, y la luz, derramándose en el interior, iluminaba la habitación… aunque esta parecía nadar en una bruma espectral. Un hombre roncaba en el lecho. Kane reconoció en él a John Redly, el hombre que había entregado el nigromante a los soldados.

 

Inmediatamente después, su mirada fue hacia la ventana. Sobre el alféizar se agazapaba lo que parecía una araña gigante, la cual, mientras Kane estaba mirándola, se dejó caer al suelo y comenzó a arrastrarse hacia la cama. La cosa era bastante grande, peluda y oscura. Kane observó que había dejado una mancha en el alféizar. Se movía con cinco patas, cortas y curiosamente juntas, de apariencia tan extraordinaria que el puritano se quedó sin saber qué hacer durante unos instantes. Acabó por llegar a la cama de Redly y comenzó a subir por ella, con movimientos torpes.

 

Ya estaba encima del hombre dormido, sobre el dosel de su cama. Kane se abalanzó hacia ella con un grito de advertencia. En aquel instante, Redly se despertó y miró hacia arriba. Puso los ojos en blanco, y un terrible alarido brotó de sus labios, al mismo tiempo que la cosa con forma de araña se dejaba caer e iba a parar justo a su garganta. Cuando Kane llegaba a la cama, vio cómo las patas hacían fuerza, y escuchó el crujido de las vértebras cervicales de John Redly. El hombre se envaró y


 

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quedó inerte, con la cabeza colgando grotescamente de su cuello roto. La cosa se soltó y quedó inmóvil en el lecho.

 

Kane se inclinó sobre tan siniestro espectáculo, dando escaso crédito a lo que veían sus ojos. Pues la cosa que había abierto las contraventanas, reptado por el suelo y estrangulado a John Redly en su lecho… ¡era una mano humana!

 

En aquellos momentos yacía fláccida y sin vida. Kane, con mucho cuidado, la traspasó con la punta de su estoque y se la acercó a los ojos. Al parecer, la mano pertenecía a un hombre alto, pues era grande y fuerte, con dedos poderosos, y estaba cubierta casi en su totalidad de vello espeso, como la pelambre de un mono. Había sido cortada a la altura de la muñeca y estaba manchada de sangre seca. En su dedo índice podía verse un delgado anillo de plata, un curioso adorno con la forma de una serpiente enroscada.

 

Kane seguía mirando ensimismado la repelente reliquia cuando entró el posadero vestido con su camisa de noche, con una vela en la mano y un trabuco en la otra.

 

—¿Qué es eso? —rugió, mientras sus ojos se posaban en el cadáver que había en la cama.

 

Entonces vio lo que Kane tenía ensartado con su espada, y palideció. Como si se viese impelido por una atracción irresistible, se aproximó… y los ojos se le desorbitaron. Retrocedió, titubeando, y se dejó caer encima de un sillón, tan pálido que Kane pensó que se iba a desmayar.

 

—¡En el nombre de Dios, señor! —musitó—. ¡No dejéis con vida a esa cosa!

 

¡Hay un buen fuego en la taberna, señor…!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* * *

 

Kane llegó a Torkertown antes del mediodía. En los arrabales de la ciudad se encontró con un joven locuaz que le abordó sin ningún tipo de preámbulo:

—Señor, como al resto de la gente honesta, os complacerá saber que Roger


 

 

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Simeon, el mago negro, ha sido colgado esta mañana, justo antes de salir el sol.

 

—¿Y murió valerosamente? —preguntó Kane, sombrío.

 

—Sí, señor, no ha mostrado miedo ni un instante, pero fue un espectáculo de lo más extraño. Fijaos, señor, Roger Simeon subió al patíbulo con una sola mano.

 

—¿Y cómo pudo ser eso?

 

—La última noche, señor, mientras estaba arrebujado en su celda como una enorme araña negra, llamó a uno de sus guardias y le pidió como última gracia que le cortase la mano derecha. Al principio, el hombre no quiso hacerle caso; pero como tuvo miedo de que fuese a echarle una maldición, acabó, finalmente, por coger la espada y cortarle la mano a la altura de la muñeca. Entonces, Simeon, cogiéndola con la mano izquierda, la arrojó por los barrotes de la ventana de su celda, mientras musitaba unas palabras de magia, muy extrañas e infames. Los guardias se espantaron muchísimo, pero Roger les aseguró que no les guardaba resentimiento alguno, pues a quien odiaba, según afirmó, era a John Redly, que le había traicionado.

 

»Envolvió su brazo con unos trapos, para detener la hemorragia; y así pasó sentado el resto de la noche como si estuviese en trance. En ocasiones hablaba consigo mismo, como si no se diese cuenta. “¡A la derecha!”, decía, o “¡A la izquierda!”, y también: “¡Derecho, derecho!”

 

»¡Oh, señor, era espantoso oír lo que decía y verlo acurrucado mirando el ensangrentado muñón de su brazo! Y en cuanto comenzó a insinuarse el gris de la aurora, llegaron y se lo llevaron al patíbulo. Mientras le colocaban la soga alrededor del cuello, él se crispó y tensionó con un esfuerzo terrible, y los músculos de su brazo derecho, que no tenía mano, se hincharon y crujieron… ¡como si le estuviese rompiendo el cuello a un mortal!

 

»Cuando los guardas acudieron a detenerle, cejó en su empeño y se echó a reír. Y su risa sonó terrible e impía hasta que el nudo de la horca la cortó en seco, y él se balanceó, silencioso y renegrido, ante el ojo rojizo del sol naciente.

 

Solomon Kane permaneció en silencio, pues seguía pensando en el espantoso terror que había deformado los rasgos de John Redly en los últimos y breves momentos de su vida, justo después de despertarse, antes de que le alcanzase su condenación. Una imagen fluctuante se formó en su imaginación… la de una mano amputada cubierta de vello, arrastrándose con ayuda de sus dedos como una araña, a ciegas, a través de la foresta, oscurecida por la noche, que escalaba una pared y abría el par de contraventanas de un dormitorio. En aquel momento, su visión se detuvo, como si se negase a proseguir aquel siniestro y sangriento drama. ¡Cuán terribles debieron ser los fuegos del odio que ardieron en el alma del nigromante condenado, y cuán infames sus poderes, para enviar su ensangrentada mano a cumplir aquella misión a tientas, guiada por la magia y la voluntad de su febril cerebro! Para estar seguro, Solomon preguntó:


 

 

 

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—¿Encontraron, por fin, la mano?

 

—No, señor. Los hombres la buscaron donde había caído, después de que la arrojara desde la celda, pero no estaba. Sólo vieron un rastro rojo que llegaba hasta el bosque. Sin duda, un lobo se la comió.

 

—Sin duda —comentó Solomon Kane; y añadió—: Por casualidad, ¿no serían las manos de Roger Simeon grandes y velludas, y no llevaría un anillo de plata en el dedo índice de la mano derecha?

 

—En efecto, señor. Un anillo de plata, enroscado como una serpiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original:

 

«The Right Hand of Doom»

 

(Red Shadows, 1968)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SOMBRAS ROJAS


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Solomon entra en escena

 

LA LUZ DE LA LUNA brillaba débilmente, creando plateadas brumas de ilusión entre los sombríos árboles. Una tímida brisa susurraba en el fondo del valle, trayendo una sombra que nada tenía que ver con las brumas lunares. Podía olerse un leve

 

aroma de humo.

 

El hombre, cuyos largos pasos, por lo demás, regulares, tranquilos y en absoluto apresurados, le habían permitido recorrer bastantes millas desde la salida del sol, se detuvo súbitamente. Un movimiento en los árboles atrajo su atención, obligándole a moverse silenciosamente hacia las sombras, mientras acariciaba con una de sus manos la vaina de su largo y delgado estoque.

 

Avanzaba con prudencia, esforzándose en penetrar con su mirada las tinieblas que se agazapaban bajo los árboles. Aquella era una comarca salvaje y hostil; la muerte podría estar acechándole entre la foresta. Apartó la mano de la vaina y avanzó. Efectivamente, la muerte estaba allí, pero no con una forma que pudiese causarle miedo.

 

—¡Por los fuegos del Hades! —murmuró—. ¡Una joven! ¿Quién te ha atacado, pequeña? No tengas miedo de mí.

 

La muchacha le miró, y su rostro se asemejó a una rosa blanca, indistinta en medio de la oscuridad.

 

—¿Vos… quién sois… vos? —preguntó, con voz entrecortada.

 

—Sólo un viajero errante, un hombre sin tierra, pero un amigo de todos aquellos que están en la adversidad —dijo, y su gentil voz sonó un tanto incongruente, proviniendo de un hombre como él.

 

La joven intentó levantarse, apoyándose en un codo. Él se arrodilló a su lado y la ayudó a sentarse, dejando que su cabeza reposase sobre sus propios hombros. Su


 

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mano rozó el pecho de la joven y quedó manchada de sangre húmeda.

 

—Cuéntamelo —su voz era suave y tranquilizadora, como si se dirigiese a una niña.

 

Le Loup[1] —dijo ella, entre jadeos, mientras su voz se iba debilitando rápidamente—. Él y sus hombres… bajaron hasta nuestra aldea… a una milla, en el valle. Saquearon… mataron… quemaron…

 

—A eso se debía el olor a humo —murmuró el hombre—. Continúa, pequeña. —Eché a correr. Él, Le Loup, me persiguió… y… me alcanzó… —sus palabras

 

murieron en un silencio expectante. —Comprendo, pequeña. ¿Y entonces…?

 

—Entonces… él… él… me hirió… con su puñal… ¡Oh, santos del Paraíso, apiadaos de mí…!

 

De repente, aquella forma delicada quedó en silencio. El hombre la dejó en el suelo y tocó suavemente su frente.

 

—¡Muerta! —musitó.

 

Se levantó con calma, secándose maquinalmente las manos en su capa. Sobre su sombría frente podía verse una expresión amenazante. Sin embargo, no profirió ningún juramento destemplado ni impetuoso, ni juró por santos ni demonios.

 

—Algunos hombres morirán por esto —dijo fríamente.

 

 

 

II. La madriguera de Le Loup

 

—¡Eres un cretino!

 

Las palabras sonaron como un latigazo que dejó helados a quienes las escucharon. El hombre a quien iban dirigidas bajó silenciosamente los ojos y no contestó. —¡Y también los demás!

 

Quien así hablaba se inclinó hacia delante, golpeando enfáticamente con el puño la grosera mesa que le separaba de su auditorio. Era un hombre alto, de complexión robusta y rostro de depredador. Sus ojos no dejaban de moverse y de relucir con un punto de burla y de temeridad.

 

El individuo a quien se dirigiera le replicó de malos modos:

 

—¡Te aseguro que el tal Solomon Kane es un demonio salido del Infierno! —¡Bah! ¡Zopenco! Sólo es un hombre… que puede morir de una bala de pistola o

 

de un buen palmo de acero.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Eso pensaban Jean, Juan y La Costa —replicó el otro, sombrío—. ¿Y dónde están ahora? Pregúntaselo a los lobos de la montaña que se llevaron a mordiscos la carne que cubría sus fríos huesos. ¿Dónde se oculta ese Kane? Le hemos buscado por valles y montañas, en varias leguas a la redonda y no hemos encontrado ni rastro de él. Te digo, Le Loup, que ha salido del Infierno. Ya sabía yo que colgar a ese monje, hace de esto ya un mes, acabaría trayéndonos mala suerte.

 

Le Loup tamborileó impaciente con los dedos encima de la mesa. Su fino rostro, a pesar de las marcas dejadas por una vida desenfrenada y disoluta, era el de un pensador. Las supersticiones de sus seguidores no le afectaban lo más mínimo.

 

—¡Bah! Os repito que ese individuo ha encontrado alguna caverna o valle secreto, que nosotros no conocemos, y que se oculta allí durante el día.

—Y por la noche, lo abandona para venir a matarnos —comentó siniestramente su interlocutor—. Baja para cazarnos como hace el lobo con el venado… ¡Por Dios, Le Loup, te has puesto ese apodo, pero creo que, finalmente, has acabado encontrándote con un lobo más feroz y astuto que tú! La primera vez que supimos de él fue después de encontrar a Jean, el peor de los Bandidos, clavado en un árbol con su propio puñal, que le atravesaba el pecho, y las letras S. L. K. grabadas en sus mejillas muertas.

 

»Después, Juan, el español, recibió una herida mortal, aunque vivió lo suficiente para decirnos, cuando lo encontramos, que quien le había matado era un inglés, Solomon Kane, que había jurado aniquilar a nuestra banda. ¿Y quién fue el siguiente? La Costa, un espadachín sólo superado por ti, se fue, jurando entre dientes que iba a medirse con Kane. ¡Por los demonios de la condenación, parece que acabó encontrándole, pues descubrimos su cadáver, lleno de estocadas, al borde de un acantilado! ¿Y ahora? ¿Vamos a sucumbir todos ante ese diablo inglés?


 

 

 

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—Es cierto que ha acabado con nuestros mejores hombres —dijo, pensativo, el jefe de los bandidos—. Dentro de poco, el resto de nuestra banda regresará de la breve visita que ha hecho al ermitaño; entonces veremos. Kane no puede ocultarse eternamente. Y… ¿eh, qué ocurre?

 

Ambos se volvieron rápidamente cuando una sombra cayó sobre la mesa. Un hombre apareció vacilante a la entrada de la cueva que se había convertido en la madriguera de los bandidos. Sus ojos, exageradamente abiertos, miraban fijamente; vacilaba, sostenido por unas piernas prontas a ceder, y una mancha de color rojo oscuro manchaba su capa. Dio unos cuantos pasos tambaleantes hacia delante y se derrumbó sobre la mesa, antes de deslizarse hasta el suelo.

 

—¡Por los diablos del Infierno! —masculló Le Loup, levantándolo y sentándolo en una silla—. ¿Dónde están los demás, maldito?

 

—¡Muertos! ¡Todos están muertos!

 

—¿Cómo? ¡Que Satán te maldiga, habla! —Le Loup zarandeó salvajemente al hombre, mientras el otro bandido le miraba con ojos dilatados por el terror.

 

—Llegamos a la cabaña del ermitaño justo al salir la luna —murmuró el hombre

 

—. Yo me quedé fuera, vigilando, mientras los otros entraban… para torturar al ermitaño… para hacerle confesar… el lugar donde escondía… el oro.

 

—¡Sí, sí! ¿Y después? —Le Loup rabiaba de impaciencia.

 

—Entonces, el mundo se volvió rojo… la cabaña desapareció en medio de un bramido y una lluvia roja inundó el valle… A través de ella, vi… al ermitaño y a un hombre alto vestido todo de negro… que salían de los árboles…

—¡Solomon Kane! —dijo, entrecortado, el bandido—. ¡Lo sabía! ¡Yo…! —¡Silencio, imbécil! —exclamó el jefe, con un aullido—. ¡Continúa!

 

—Salí huyendo… Kane me persiguió… me hirió… pero conseguí escapar… de él… y llegar… aquí… antes…

 

El hombre se derrumbó sobre la mesa.

 

—¡Por todos los santos y los diablos reunidos! —dijo, rabioso, Le Loup—. ¿A


 

 

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quién se parece el tal Solomon Kane?

 

—Se parece… a Satanás.

 

La voz quedó en silencio. El muerto se deslizó de la mesa y cayó al suelo, donde quedó desmadejado y cubierto de sangre.

 

—¡Se parece a Satanás! —balbució el otro bandido—. ¡Te lo dije! ¡Es el mismísimo Cornudo! Ya te dije…

 

Se calló cuando un rostro asustado se asomó a la entrada de la cueva. —¿Kane?

 

—En efecto —Le Loup estaba demasiado desconcertado para mentir—. No descuides la guardia, La Mon; dentro de un momento, La Rata y yo nos reuniremos contigo.

 

El rostro desapareció y Le Loup se volvió hacia el otro bandido.

 

—Es el fin de nuestra banda —comentó—. Tú, yo y ese ladrón de La Mon somos lo único que queda de ella. ¿Se te ocurre algo?

 

Los pálidos labios de La Rata apenas esbozaron una palabra:

 

—¡Huir!

 

—Tienes razón. Cojamos las gemas y el oro de los cofres y escapemos por el pasaje secreto.

 

—¿Y La Mon?

 

—Montará guardia hasta que estemos listos para huir. Y entonces… ¿por qué repartir el tesoro entre tres?

 

Una leve sonrisa alteró los malvados rasgos de La Rata. En aquel momento tuvo una idea.

 

—Él dijo —y señaló el cadáver que yacía en el suelo— que había conseguido llegar antes. ¿Significa eso que Kane le ha perseguido hasta aquí? —y cuando Le Loup asintió con impaciencia, se volvió hacia los cofres con febril apresuramiento.

 

La vacilante llama de la vela que reposaba sobre la rústica mesa iluminó una escena extraña y, por lo demás, turbulenta. La luz, incierta y fluctuante, se reflejaba con resplandor rojizo en el lago de sangre, que iba creciendo lentamente, donde se bañaba el muerto; bailaba sobre los montones de gemas y de monedas que descansaban en el suelo, sacadas a toda prisa de los cofres reforzados con hierro apoyados contra las paredes, y relucía en los ojos de Le Loup con el mismo brillo que chispeaba en su puñal desenvainado.

 

Los cofres ya estaban vacíos y su contenido yacía en una alfombra resplandeciente que cubría el suelo de la cueva, manchado de sangre. Le Loup se detuvo y escuchó. Fuera todo estaba en silencio. No había luna. La fértil imaginación de Le Loup dio vida al sombrío verdugo, Solomon Kane, deslizándose a través de la negrura, una sombra entre las sombras. Enseñó los dientes en una mueca: en aquella ocasión, el inglés no se saldría con la suya.


 

 

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—Todavía queda un cofre sin abrir —dijo, señalando hacia él.

 

La Rata, con una sorda exclamación de sorpresa, se inclinó hacia el cofre que su jefe le indicaba. Entonces, con un simple movimiento, casi felino, Le Loup saltó sobre él y le clavó su puñal en la espalda hasta la empuñadura, justo en medio de los omóplatos. La Rata se derrumbó en el suelo, sin emitir un grito.

 

—¿Por qué repartir el tesoro entre dos? —murmuró Le Loup, limpiando la hoja en el jubón del muerto—. Y ahora, a por La Mon.

 

Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo y comenzó a retroceder.

 

* * *

 

Lo primero que pensó fue que la sombra de un hombre tapaba la entrada; pero después comprobó que se trataba del propio hombre, aunque lo veía tan oscuro y tan inmóvil que a la luz de la vela tenía una fantástica similitud con una sombra.

 

Era un hombre alto, tanto como Le Loup, vestido de negro de pies a cabeza: su severa ropa iba extrañamente a tono con su tenebroso rostro. Los largos brazos y los anchos hombros delataban al espadachín, así como la larga hoja que llevaba en la mano. Sus rasgos eran saturnales y tétricos. Bajo aquella luz incierta, la sombría palidez de su rostro le daba una apariencia fantasmal, efecto que era realzado por la satánica negrura de sus amenazantes cejas.

 

Sus ojos, grandes y profundamente entornados, observaban al bandido sin pestañear, escrutándole. Al mirarse en ellos, Le Loup no supo a ciencia cierta de qué color eran. Por otra parte, el aspecto mefistofélico de su rostro y barbilla era desmentido, curiosamente, por una frente ancha y amplia, escondida, en parte, por un sombrero sin pluma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero mientras que aquella frente pertenecía a un soñador, idealista e introvertido, los ojos y la nariz, estrecha y recta, eran los del fanático. Cualquier observador se habría asombrado al contemplar los ojos de los dos hombres que se enfrentaban en


 

 

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aquella caverna, pues, aunque escondiesen insospechados abismos de poder, ahí acababa cualquier parecido.

 

Los ojos del bandido eran duros, casi opacos, con un curioso brillo en su superficie que reflejaba, como una extraña gema, mil luces y resplandores cambiantes; en ellos había burla, crueldad y temeridad inconsciente.

 

Los ojos del hombre de negro, hundidos en sus órbitas, que miraban fijamente bajo unas cejas prominentes, eran fríos, pero profundos; al contemplarlos se tenía la impresión de estar mirando desde insondables profundidades heladas.

 

Se cruzaron con la mirada. Le Loup, que estaba acostumbrado a que le temieran, sintió que un frío le recorría la espina dorsal. Aquella sensación era nueva para él… un nuevo escalofrío que añadir a quien vivía inmerso en ellos. De repente, se rio.

 

—A lo que parece, vos debéis ser Solomon Kane —dijo, en tono de pregunta, intentando que sus palabras sonasen educadas y carentes de curiosidad.

 

—Soy Solomon Kane —la voz era tonante y poderosa—. ¿Estáis preparado para encontraros con vuestro Dios?

 

—Pero, monsieur —contestó Le Loup, esbozando una reverencia—, os aseguro que lo estoy más que nunca. Podría haceros la misma pregunta.

 

—Sin duda me expresé mal —dijo Kane, en tono siniestro—. Os lo preguntaré de otra manera: ¿Estáis preparado para encontraros con vuestro amo, el Diablo?

 

—En cuanto a eso, monsieur —Le Loup examinó las uñas de sus dedos con una indiferencia bien estudiada—, debo deciros que en este momento podría rendir unas excelentes cuentas a su Excelencia Cornuda, pero que, realmente, no tengo intención de hacerlo… al menos por ahora.

 

Le Loup no se preocupó en preguntarle por la suerte que había corrido La Mon; la presencia de Kane en la cueva era una respuesta tan evidente que hacía innecesario que buscase señales de sangre en su estoque.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Quisiera saber, monsieur— dijo el bandido—, por qué diablos habéis perseguido a mi banda de esta manera y, también, cómo conseguisteis acabar con el


 

 

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puñado de idiotas de que aún disponía.

 

—Es fácil responder a vuestra pregunta, señor —replicó Kane—. Yo mismo hice correr el bulo de que el ermitaño poseía un escondrijo de oro, sabiendo que atraería a vuestra chusma como la carroña a los buitres.

 

»Durante días y noches no hice otra cosa que vigilar la cabaña. Esta noche, al ver que vuestros rufianes se acercaban, he avisado al ermitaño y juntos nos hemos escondido entre los árboles que hay detrás de la cabaña. Cuando los rufianes estaban dentro, he golpeado eslabón sobre pedernal y he prendido la mecha que había colocado al efecto. La llama ha corrido entre los árboles como una serpiente roja, hasta alcanzar la pólvora que antes había enterrado debajo de la cabaña. De tal suerte, esta y los trece pecadores que estaban en ella se han ido al Infierno, entre un gran bramido de llamas y humo. Es cierto que uno consiguió huir. Habría podido matarle en el bosque si no llego a tropezar con una raíz y caer al suelo, lo que le permitió escapar de mí.

 

Monsieur —dijo Le Loup, con una nueva reverencia—, permitidme testimoniaros la admiración que merece tan bravo y astuto contendiente. Pero contestadme a esto: ¿Por qué me seguís como el lobo al venado?

 

—Hace algunos meses —prosiguió Kane, y su talante se hizo más amenazante—, vos y vuestros amigos asaltasteis una pequeña aldea del valle. Conocéis los detalles mejor que yo. En ella vivía una joven, casi una niña, la cual, con la esperanza de escapar a vuestra lujuria, huyó del valle; pero vos, vos, chacal del Infierno, la alcanzasteis y posteriormente la abandonasteis, después de violarla y dejarla moribunda. Allí la encontré, y sobre su cadáver tomé la determinación de perseguiros y mataros.

 

—¡Hum! —dijo Le Loup—, Sí, me acuerdo de la muchacha. Mon Dieu… ¡no sabía que en este asunto tomasen carta tan tiernos sentimientos! Monsieur, no suponía que fueseis dado a amoríos; no estéis celoso, buen amigo… Mujeres, las hay a cientos.

 

—¡Cuidado, Le Loup! —exclamó Kane, con una terrible amenaza en su voz—. Jamás he dado la muerte a un hombre mediante la tortura, pero… ¡por Dios, señor, que vos me tentáis a ello!

 

El tono y, sobre todo, aquel exabrupto, inesperado por provenir de Kane, movieron a cautela a Le Loup, sus párpados se cerraron hasta formar una rendija y su mano se movió hacia el estoque. La atmósfera estuvo en tensión durante un instante; después, Le Loup intentó calmar los ánimos.

 

—¿Quién era la joven? —preguntó, queriendo quitar importancia al asunto—. ¿Vuestra esposa?

 

—Jamás la había visto antes —contestó Kane.

 

Nom d’un nom![2]  —exclamó el bandido—. ¿Qué clase de hombre sois,


 

 

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monsieur, capaz de seguir adelante con vuestros planes para vengar, sin más, a una muchacha que os era desconocida?

 

—Eso, señor, sólo a mí incumbe; y basta con que obre de esa manera.

 

Pero Kane no habría podido explicar su conducta, ni siquiera a sí mismo, pues su conciencia jamás buscaba explicaciones para sus actos. Como un auténtico fanático, los impulsos que sentía eran razones suficientes para sus acciones.

 

—Tenéis razón, monsieur —era evidente que Le Loup intentaba ganar tiempo; poco a poco fue retrocediendo pulgada a pulgada, con tan consumada habilidad que no despertó siquiera sospechas en el halcón que le vigilaba.

 

Monsieur —dijo—, posiblemente penséis de vos mismo que sois un noble caballero errante, como un auténtico Galahad, protector de los débiles; pero vos y yo sabemos la verdad. En el suelo de esta cueva se encuentra lo equivalente al rescate de un emperador. Repartámoslo en paz; y después, si no os agrada mi compañía… ¡no sé por qué, nom d’un nom!… nos marcharemos por caminos diferentes.

 

Kane se inclinó hacia él, incubando una terrible amenaza tras sus fríos ojos.

 

Parecía un enorme cóndor dispuesto a lanzarse sobre su víctima.

 

—¿Suponéis, señor, que soy igual de villano que vos?

 

Súbitamente, Le Loup echó la cabeza hacia atrás y sus ojos bailotearon, chispeantes de mofa salvaje y temeridad demente. Su risotada suscitó innumerables ecos.

 

—¡Dioses del Infierno! ¡No, loco, no os sitúo en mi misma categoría! ¡Mon Dieu, monsieur Kane, vuestra tarea es inmensa si intentáis vengar a todas las mujerzuelas que han conocido mis favores!

 

—¡Sombras de la Muerte! ¿Debo gastar el tiempo parloteando con tan bajo rufián? —rugió Kane, con voz repentinamente sedienta de sangre, y su delgada silueta relampagueó al lanzarse hacia delante, como la cuerda de un arco al distenderse en el disparo.

 

En el mismo instante, Le Loup se echó a un lado con una risotada salvaje, tan rápido como Kane. La sincronización de sus movimientos fue perfecta; sus manos, proyectándose hacia atrás, empujaron la mesa y la volcaron, sumiendo la cueva en tinieblas, al caer la vela al suelo y apagarse.

 

En la oscuridad, la espada de Kane cantó como una flecha, mientras lanzaba furiosas estocadas a ciegas.

 

Adieu, monsieur Galahad!

 

Aquellas palabras, dichas en tono de sorna, provenían de algún lugar delante de él; pero Kane, lanzándose a fondo hacia aquella dirección, con el furor salvaje de la cólera frustrada, se topó con una pared desnuda que no cedió a sus golpes. Como si llegase de algún lugar lejano, le pareció escuchar el eco de una risa burlona.

 

Kane se volvió rápidamente, con los ojos fijos en la entrada débilmente


 

 

 

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iluminada, en cuanto pensó que su contrincante intentaría deslizarse por ella para salir de la cueva; pero ninguna forma se recortó contra el cielo. Cuando sus manos encontraron a tientas la vela y la encendieron, la cueva estaba vacía, a excepción de él mismo y de los cadáveres esparcidos por el suelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III. El canto de los tambores

 

El susurro llegaba a través de las aguas cubiertas por la penumbra: ¡bum, bum, bum!… con obsesiva reiteración. A lo lejos, y más débilmente, sonaba un susurro, de timbre muy diferente: ¡tam, tam, tam! Las vibraciones iban de atrás adelante, como si los vibrantes tambores se hablaran entre sí. ¿Qué historias se estarían contando? ¿Qué secretos monstruosos se susurrarían a través de las lúgubres y sombrías extensiones de la jungla inexplorada?

 

* * *

 

—¿Estáis seguro de que es la bahía donde atracó el navío español?

 

—Sí, senhor[3]; el negro jura que se trata de la bahía donde el hombre blanco bajó solo del navío y se internó en la jungla.

 

Kane asintió sombríamente.

 

—Entonces, conducidme a tierra. Esperadme durante siete días; después de ese plazo, si no he regresado ni habéis tenido ninguna noticia mía, podréis partir a donde deseéis.

 

—Sí, senhor.


 

 

 

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Las olas chocaban perezosamente contra el casco de la chalupa que conducía a Kane a la orilla. El poblado que buscaba se encontraba cerca de ella, pero tierra adentro, y debido a la jungla que lo ocultaba no podía divisarse desde el navío.

 

Al desembarcar de noche, Kane había puesto en práctica lo que, al parecer, era el plan más arriesgado. Por razones que le eran sobradamente conocidas, si el nombre al que estaba buscando se encontraba en el poblado, jamás daría con él desembarcando de día. En efecto, realizaba un esfuerzo desesperado al arriesgarse de noche en la jungla, pero toda su vida constituía un cúmulo de esfuerzos desesperados. En aquellos momentos, su vida dependía de la incierta posibilidad de llegar al poblado de los indígenas al amparo de la oscuridad, sin que sus habitantes le vieran.

 

Al llegar a la playa salió de la chalupa, aunque no sin dar antes algunas órdenes a los remeros, que regresaron al barco anclado cerca de la bahía; acto seguido, les dio la espalda y se hundió en la negrura de la jungla. Con la espada en una mano y el puñal en otra, avanzó hacia delante, intentando seguir la dirección desde donde sonaban los murmullos y gruñidos de los tambores.

 

Marchaba con la flexibilidad y agilidad de movimientos del leopardo, buscando precavidamente el camino, con los nervios alerta y en tensión, pues no era fácil de distinguir.

 

Las lianas le hacían tropezar, golpeándole en el rostro y dificultando su avance; se veía obligado a buscar a tientas el camino en medio de los enormes troncos de los altísimos árboles, mientras que entre el sotobosque que le rodeaba seguían acechándole todo tipo de sonidos vagos y amenazantes y de sombras en movimiento, escasamente vislumbradas. En tres ocasiones, sus pies tocaron algo que se movía y que se sustrajo a su pisada, retorciéndose, y en otra, vislumbró entre los árboles el siniestro relumbrón de unos ojos felinos. Sin embargo, se desvanecieron cuando siguió avanzando.

 

Tam, tam, tam… seguían cantando los tambores de manera repetitiva y monótona: guerra y muerte, decían; sangre y deseo; sacrificio humano y festín caníbal; hablaban del alma de África, del espíritu de la jungla, de los dioses de las tinieblas exteriores, los dioses que rugen y murmuran, los dioses que ya conocían los hombres cuando las auroras eran jóvenes, los dioses con ojos de fiera, con bocas descomunales, con enormes panzas, con sangre en las manos, los Dioses Negros… de ellos hablaban los tambores.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hablaban de todo eso y de muchas cosas más, entre rugidos y bramidos, mientras Kane se abría paso en medio de la selva. En algún lugar de su alma vibró una cuerda, como respuesta a aquellos cánticos.

 

«También tú perteneces a la noche —decían los tambores—; en ti reside la fuerza de las tinieblas, la fuerza del primitivo; retrocede hasta antiguas eras; déjanos que te enseñemos, déjanos», insistían los tambores.

 

Kane salió de la espesa jungla y llegó hasta un sendero claramente marcado. A lo lejos, a través de los árboles, le llegó el resplandor de los fuegos del poblado, cuyas llamas superaban la barrera de la empalizada. Kane avanzó rápidamente.

 

Marchaba en silencio y con suma precaución, manteniendo la espada desenvainada ante sí, esforzándose en distinguir cualquier movimiento en las tinieblas que le rodeaban. Los árboles le parecían gigantes malhumorados que surgían a cada lado, entrelazando en ocasiones sus grandes ramas por encima del sendero, lo que reducía su visibilidad a unos pocos pasos.

 

Como un fantasma sombrío, Kane avanzó a lo largo del sendero cubierto de sombras, aguzando el oído y escrutando con la vista; pero tantas precauciones no le sirvieron de nada, pues una forma vaga y enorme surgió repentinamente de las tinieblas y le golpeó en silencio.

 

 

 

IV. El Dios Negro

 

¡Tam, tam, tam! En algún lugar, con una monotonía que llegaba a ensordecer, se repetía el mismo tema una y otra vez, que siempre parecía decir: «¡Loco… loco… loco!» Ora sonaba muy lejos, ora le parecía a Kane que estaba al alcance de su mano. En aquellos momentos se mezclaba con los latidos de sus sienes, hasta que las dos vibraciones se convertían en una: «Loco… loco… loco… loco…»

 

Las brumas de su cabeza se atenuaron y desaparecieron. Kane intentó llevarse una mano a la frente, pero no pudo, porque estaba atado de pies y manos. Yacía en el suelo de una cabaña… ¿solo? Se echó sobre un costado para inspeccionar el lugar. No. En aquella tiniebla, dos ojos relucieron cuando le miraron. Poco a poco, una forma fue tomando consistencia. Kane, todavía aturdido, creyó que estaba mirando al


 

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hombre que le había dejado inconsciente. Pero no; aquel hombre no habría podido golpearle de ninguna manera. Estaba enflaquecido, marchito y arrugado. Lo único que parecía vivo en él eran sus ojos, que parecían los de una serpiente.

 

Aquel hombre estaba acurrucado en el suelo de la cabaña, cerca de la entrada, desnudo, salvo por un breve paño y la usual parafernalia de brazaletes, ajorcas y pulseras. Unos fetiches mágicos de marfil, hueso y cuero, tanto humano como animal, adornaban sus brazos y sus piernas. Súbitamente, y sin que nadie lo esperase, habló en inglés:

 

—¡Eh! ¿Tú despierto? ¡Eh! ¿Tú por qué venir aquí?

 

Kane hizo la inevitable pregunta.

 

—Hablas mi lengua… ¿Cómo es eso?

 

El indígena esbozó una mueca:

 

—Yo esclavo… mucho tiempo, yo niño. N’Longa, hombre ju-ju[4], gran fetiche. ¡Ningún hombre como yo! ¿Tú… cazar hermano?

 

Kane dijo con un gruñido:

 

—¿Yo? ¿Hermano…? Sí, busco a un hombre.

 

El indígena asintió.

 

—Quizá encontrarlo, hum, ¿y…?

 

—Entonces… ¡morirá!

 

El indígena repitió su mueca.

 

—Yo poderoso hombre ju-ju —dijo, sin que viniese a cuento. Y se inclinó sobre Kane—. Tú cazar hombre blanco, con ojos como leopardo, ¿eh? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Escuchar: hombre-con-ojos-de-leopardo, él y jefe Songa hacer poderoso trato; ellos hermanos de sangre ahora. No decir nada, yo ayudarte; tú ayudar a mí, ¿eh?

 

—¿Por qué ibas a ayudarme? —preguntó Kane, con desconfianza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre ju-ju se inclinó aún más y susurró:

 

—Hombre blanco, mano derecha de Songa; Songa más poderoso que N’Longa. ¡Hombre blanco, poderoso ju-ju! Hermano blanco de N’Longa matar hombre-con-ojos-de-leopardo, ser hermano de sangre de N’Longa. N’Longa ser más poderoso que Songa; trato acordado.

 

Al acabar de hablar, desapareció de la cabaña como un fantasma entre penumbras,


 

 

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con tanta rapidez que Kane comenzó a dudar si todo aquel asunto no habría sido un sueño.

 

Kane podía ver el resplandor de los fuegos del poblado. Los tambores aún retumbaban; sin embargo, estando tan cerca de él, interferían entre sí, confundiendo sus sonidos, con lo que las vibraciones que habían tocado su alma ya no se producían. Aquello parecía un clamor bárbaro, sin orden ni concierto, pero aún contenía un tono de sorna, salvaje y amenazante.

 

«Todo mentiras —pensó Kane, a quien todavía le daba vueltas la cabeza—. La jungla es igual de engañosa que sus mujeres, que llevan a los hombres a la perdición».

 

Dos guerreros entraron en la cabaña… gigantes de aspecto salvaje, cubiertos con pinturas espantosas y armados con lanzas rudimentarias. Levantaron en vilo al inglés y lo sacaron fuera de la cabaña. Lo llevaron hasta un espacio abierto, hicieron que se pusiese de pie y que se apoyase en un poste, y lo ataron a él. A su alrededor, un gran semicírculo de rostros oscuros le miraba, apareciendo y desapareciendo en la luz producida por el fuego, a medida que sus llamas subían y bajaban. Enfrente de él distinguió unos contornos repugnantes y obscenos… una cosa negra e informe, grotesca parodia de lo humano. Inmóvil, agazapado, manchado de sangre, como el alma informe de África, se encontraba el Dios Negro.

 

Enfrente de él, y a ambos lados, sobre unos troncos de madera de teca, toscamente esculpidos, se sentaban dos hombres. El que estaba en el de la derecha era un indígena; enorme, torpe, una masa gigantesca y desagradable de carne y músculos. Unos pequeños ojos porcinos parpadeaban en sus mejillas marcadas por el pecado; sus descomunales y fláccidos labios rojos estaban fruncidos con carnal arrogancia.

 

El otro…

 

—¡Ah, monsieur, nos encontramos de nuevo!

 

El hombre que había hablado se hallaba bien lejos del villano de maneras amables que se había burlado de Kane en la cueva perdida entre las montañas. Sus ropas estaban hechas jirones; había más arrugas en su rostro, a medida que en el curso de los años había ido cayendo más bajo. Pero sus ojos todavía brillaban y se movían inquietos, con la antigua chispa de loca temeridad, y su voz aún conservaba el mismo timbre burlón.

 

—La última vez que oí esa voz maldita —dijo Kane, con aplomo— fue en una cueva, entre tinieblas, cuando salisteis huyendo como una rata asustada.

—Sí, las condiciones eran un tanto diferentes —contestó, imperturbable, Le Loup —. ¿Qué hicisteis después de buscarme con la misma elegancia que un elefante en la oscuridad?

 

Kane dudó y dijo:

 

—Me fui de la cueva…


 

 

 

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—¿Por la entrada del frente? ¿Sí? Claro, debía haberme imaginado que erais demasiado estúpido para encontrar la puerta secreta. ¡Por las pezuñas del Diablo! ¡Si sólo hubieseis hecho presión en el cofre que tenía la cerradura de oro y que estaba apoyado contra la pared, la puerta se habría abierto, revelándoos el pasaje secreto por el que salí!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Seguí vuestro rastro hasta el puerto más cercano. Allí tomé un barco y os seguí en él hasta Italia, adonde sabía que os habíais dirigido —dijo Kane.

 

—¡Muy cierto, por todos los santos, poco os faltó para arrinconarme en Florencia! ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! ¡Salí por una de las ventanas traseras de la posada mientras monsieur Galahad echaba abajo la puerta principal! Y si vuestro caballo no hubiese comenzado a cojear, seguro que me habríais atrapado camino de Roma.

 

»Más tarde, cuando el navío en que me encontraba apenas había zarpado de España, monsieur Galahad llegaba a los muelles al galope. ¿Por qué me perseguíais de esa manera? No lo comprendo.

 

—Porque sois un criminal y porque mi destino es mataros —contestó Kane, con frialdad.

 

Pero él tampoco lo comprendía. Durante toda su vida había vagado por el mundo, ayudando al débil y combatiendo la opresión; jamás se había preguntado por qué. Esa era su obsesión, la fuerza motriz de su vida. La crueldad y tiranía ejercidas contra el débil encendían en su alma una roja llama de furia, feroz y perdurable. Cuando la vivida llamarada del odio se desertaba y se liberaba de sus cadenas, no había paz para él hasta no haber consumado por completo su venganza. Y si acaso en alguna ocasión llegó a pensar en ello, fue para considerarse un ejecutor de la voluntad divina, un vaso de ira que debía ser derramado sobre las almas de los impíos. Pero, sin embargo, Solomon Kane no era realmente un puritano, en el sentido exacto de la palabra, aunque él se tuviera por tal.

 

Le Loup se encogió de hombros.

 

—Lo comprendería si os hubiese ofendido en persona. Mon Dieu! Yo también habría sido capaz de perseguir a un enemigo de un extremo a otro del mundo. Y aunque creo que habría podido daros muerte y después robaros sin ningún


 

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remordimiento, no había oído hablar de vos hasta que me declarasteis la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane permaneció en silencio, mientras una furia silenciosa recorría su cuerpo. Aunque no fuese consciente de ello, El Lobo era para él algo más que un simple enemigo; el bandido simbolizaba para Kane ese cúmulo de cosas contra las que había luchado durante toda su vida: crueldad, ultraje, opresión y tiranía.

 

Le Loup interrumpió sus meditaciones teñidas de venganza:

 

—¡Por los dioses del Hades! ¿Qué hicisteis con el tesoro que tantos años tardé en acumular? Que el Diablo me lleve… Apenas tuve tiempo de coger un puñado de monedas y unas cuantas baratijas antes de huir.

 

—Tomé lo que necesitaba para perseguiros. El resto lo devolví a la gente de las aldeas que habíais saqueado.

 

—¡Por el Diablo y todos los santos! —juró Le Loup—. Monsieur, sois el hombre más tonto que jamás haya conocido. Dilapidar así tan gran tesoro… ¡Por Satanás! ¡Me pongo rabioso al pensar en él, en manos de los bajos campesinos y los viles aldeanos! ¿No pensasteis —¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!— que para conseguirlo acabarían robando y matándose unos a otros? Así es la naturaleza humana.

 

—¡Sí! ¡Maldito seáis! —Kane se inflamó súbitamente, revelando que no tenía la conciencia tranquila—. Sin duda lo hicieron… siendo estúpidos. Pero ¿qué queríais que hiciera? Si lo hubiese dejado allí, la gente habría acabado muriéndose de hambre, y el robo y la matanza habrían sobrevenido de cualquier modo. Vos sois el responsable, pues, si esas riquezas hubiesen quedado en poder de sus legítimos


 

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propietarios, nada malo habría ocurrido.

 

Le Loup hizo una mueca y no contestó. Dado que Kane no era un hombre mal hablado, sus escasas maldiciones tenían un efecto sorprendente y siempre intimidaban a quienes las oían, por muy dados al vicio o encallecidos por la vida que estuvieran.

 

A continuación, habló Kane:

 

—¿Por qué habéis cruzado medio mundo huyendo de mí? En realidad no me temíais.

 

—No, estáis en lo cierto. Realmente, no lo sé; quizá porque salir huyendo sea un hábito difícil de abandonar. Cometí un error cuando no os maté aquella noche, en medio de las montañas. Estoy seguro de que podría haberos matado en combate leal; sin embargo, hasta el día de hoy, jamás se me había ocurrido tenderos una emboscada. Es muy posible que no tuviese ningún deseo de volver a veros, monsieur… Un capricho por mi parte, un simple capricho. Después… mon Dieu!… quizá llegué a sentir una nueva sensación… ¡yo, que pensé que las había agotado todas! En fin, monsieur, un nombre debe ser el cazador o el cazado. Hasta ahora había sido el cazado, pero como estaba comenzando a cansarme de ese papel… pensé que tenía que quitaros de en medio.

 

—Un esclavo —rompió a hablar Kane, interrumpiéndole—, que procedía de esta región, le contó al capitán de un navío portugués que un blanco había desembarcado de un barco español y se había adentrado en la jungla. Al enterarme, fleté la nave y pagué a su capitán para que me trajera hasta aquí.

¡Monsieur, admiro vuestro empeño, pero también debéis hacer lo propio conmigo! Llegué a esta aldea solo, rodeado de salvajes y caníbales, y solamente con un leve conocimiento de su lengua, que había aprendido de uno de los esclavos del barco, gané la confianza del rey Songa, suplantando a ese histrión de N’Longa. Soy más valiente que vos, monsieur, pues no dispongo de barco adonde replegarme, como es vuestro caso.

 

—Admiro vuestro coraje —dijo Kane—, aunque os sintáis a gusto reinando entre caníbales… ¡vos, que tenéis el alma más vil que las suyas! Por mi parte, intento regresar con mi propia gente en cuanto os haya matado.

 

—¡Vuestra confianza sería admirable si no moviese a risa! ¡Eh, Gulka!


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un salvaje gigantesco surgió entre ellos. A Kane le pareció el hombre más colosal que jamás había visto; sin embargo, se movía con la agilidad y la sencillez de un gato. Sus brazos y piernas eran como árboles, y unos músculos grandes y sinuosos se marcaban en ellos a cada movimiento. Su cabeza simiesca estaba encajonada entre sus hombros gigantescos. Sus manos grandes y oscuras eran como las garras de un mono, y su frente huidiza hacía resaltar sus ojos de animal. Una nariz plana y grande y unos labios rojos y carnosos completaban aquella muestra de salvajismo primitivo y lujurioso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Ese es Gulka, el Matador de Gorilas —dijo Le Loup—, Estaba apostado en el camino que seguíais… Él fue quien os golpeó. Os movíais como un lobo, monsieur Kane, pero, desde que vuestro navío fue avistado, muchos ojos han estado acechándoos, y, aunque hubieseis poseído todos los atributos del leopardo, no habríais llegado a ver a Gulka ni a oírle. Suele ir a cazar a sus bosques naturales, lejos, hacia el Norte, las bestias más terribles y poderosas de todas, las bestias que-caminan-como-hombres, como esa que veis ahí, que mató hace algunos días.

 

Al mirar en la dirección que indicaba Le Loup, Kane observó una cosa extraña, parecida a una criatura humana, que colgaba del poste de una cabaña, sujeta por la extremidad apuntada que la traspasaba. Aunque a la luz del fuego no podía distinguir claramente sus peculiaridades, observó que existía un fantástico parecido entre aquella cosa horrible y peluda y la especie humana.

 

—Una hembra de gorila que Gulka mató y trajo a la aldea —dijo Le Loup.


 

 

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El gigante se acercó a Kane con su poderoso andar y se le quedó mirando fijamente a los ojos. El inglés le devolvió la mirada con aire sombrío, y el salvaje apartó súbitamente sus ojos de los suyos, retrocediendo algunos pasos. La mirada de los funestos ojos del puritano habían traspasado las brumas primitivas del alma del Matador de Gorilas, quien, por primera vez en su vida, sintió miedo. Para librarse de él, lanzó una mirada de desafío a su alrededor; entonces, con una bestialidad insospechada, golpeó su descomunal pecho, que resonó, hizo una mueca cavernosa y flexionó sus poderosos brazos. Nadie habló. La bestialidad primordial dominaba la escena, de suerte que los individuos más evolucionados sólo pudieron contemplarla con diferentes grados de diversión, tolerancia o deprecio.

 

Gulka miró furtivamente a Kane, para ver si el inglés le vigilaba; luego, con un rugido animal, se lanzó súbitamente hacia el semicírculo de espectadores y se apoderó de uno de ellos. Mientras la temblorosa víctima gritaba desgarradoramente, implorando piedad, el gigante la lanzó sobre el tosco altar que se encontraba delante del sombrío ídolo. Relampagueó una lanza y los gritos cesaron. El Dios Negro contemplaba la escena, mientras sus rasgos monstruosos parecían animarse en la vacilante luz de las llamas. Había bebido. Estaba satisfecho el Dios Negro con aquella muestra… con el sacrificio.

 

Gulka volvió sobre sus pasos y deteniéndose junto a Kane esgrimió ante su rostro la lanza ensangrentada.

 

Le Loup rio. En aquel momento, N’Longa apareció súbitamente. Parecía no venir de ningún sitio en particular; de repente, estaba allí de pie, cerca del poste al que Kane se hallaba atado. Toda una vida dedicada al estudio del arte de la ilusión había dado al hombre ju-ju un conocimiento altamente cualificado para aparecer y desaparecer… lo que, después de todo, consistía solamente en llamar, o no, la atención de su auditorio.

 

Se acercó a Gulka y consiguió que se hiciese a un lado con un gesto teatral de la mano. El hombre-gorila retrocedió, aparentemente para alejarse de la mirada de N’Longa… pero regresó con increíble rapidez y lanzó al hombre ju-ju un golpe terrorífico con el canto de la mano abierta, que le alcanzó en una de las sienes. N’Longa se derrumbó como un buey apuntillado y, en un instante, fue apresado y atado a un poste próximo al que ocupaba Kane. Un murmullo de incertidumbre surgió entre los hombres de la tribu, que murió en cuanto el rey Songa paseó sobre ellos su mirada airada.

 

Le Loup se echó hacia atrás en su trono y rio sonoramente.

 

—Aquí se termina el rastro, monsieur Galahad. ¡Ese viejo loco debía pensar que no conocía sus maquinaciones! Oculto fuera de la cabaña, pude oír la interesante conversación que ambos mantuvisteis. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Aunque el Dios Negro deba saciar su sed, monsieur, he convencido a Songa para que os queme. Será mucho más


 

 

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divertido, aunque me temo que nos prive del consabido festín, ya que, después de que el fuego alumbre vuestros pies, ni siquiera el Diablo podrá impedir que vuestras carcasas se conviertan en un montón de huesos chamuscados.

 

Songa dijo algo a gritos que sonó imperiosamente y los hombres de la tribu se acercaron, trayendo madera que apilaron a los pies de N’Longa y de Kane. El hombre ju-ju había recobrado el conocimiento y gritaba algo en su lengua materna. De nuevo creció el murmullo entre la muchedumbre que permanecía en las sombras. Songa rezongó con un gruñido.

 

Kane observaba la escena de manera prácticamente impersonal. De nuevo, en algún lugar de su alma, las sombrías profundidades primigenias se agitaban, y subían a la superficie los recuerdos de antiguas eras, velados por las tinieblas de eones perdidos.

 

«Ya había estado antes aquí —pensó Kane—, ya conocía esto de antes… las lívidas llamas luchando contra la lobreguez de la noche, los rostros bestiales, atentos y expectantes, y el dios, el Dios Negro, agazapado entre las sombras. ¡Siempre el Dios Negro acechando entre las sombras! Ya había oído aquellos gritos, el canto frenético de los adoradores… antaño, en la aurora gris del mundo, el lenguaje de los retumbantes tambores, los cánticos de los sacerdotes, el repelente, avasallador y penetrante aroma de la sangre recién derramada. Ya conocí todo esto en otro lugar, en otro tiempo —concluyó Kane—, y ahora soy el actor principal…»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue consciente de que oía una voz que le hablaba a través del resonar de los tambores; no se había dado cuenta de que estos habían comenzado nuevamente su canción. Quien hablaba era N’Longa:

 

—¡Yo poderoso hombre ju-ju! Mirar ahora: yo hago poderosa magia. ¡Songa! — dijo, y su voz se elevó en un chirrido que sobrepasó el salvaje clamor de los tambores.


 

 

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Songa hizo una mueca al escuchar las palabras que N’Longa le dirigía a gritos. El canto de los tambores se había reducido a un ritmo bajo, siniestramente monótono, por lo que Kane pudo escuchar perfectamente a Le Loup cuando comentó:

 

—N’Longa dice que se dispone a realizar ese tipo de magia de la que no se puede hablar bajo pena de muerte. Jamás ha sido realizada anteriormente en presencia de los vivos; es la magia ju-ju, que no tiene nombre. Mire atentamente, monsieur; quizá resulte entretenido —El Lobo se rio en sordina, con aire sardónico.

 

Un salvaje se agachó y aplicó una antorcha a la madera que rodeaba los pies de Kane. Pequeños brotes de llamas comenzaron a crecer y a extenderse. Otro individuo se agachó para hacer lo propio con N’Longa, y después dudó. El hombre ju-ju sólo estaba sujeto por sus ligaduras; la cabeza le pendía sobre el pecho. Parecía estar agonizando.

 

Le Loup se inclinó hacia delante, maldiciendo:

 

—¡Por las pezuñas del Diablo! ¡No querrá quitarnos ese bribón el placer de ver cómo se retuerce entre las llamas!

 

El guerrero tocó cuidadosamente al brujo y dijo algo en su propia lengua.

 

Le Loup se echó a reír:

 

—¡Ha muerto de miedo! ¡Un gran brujo, por…!

 

Su voz se quebró súbitamente. Los tambores se detuvieron, como si quienes los tocaban se hubiesen muerto al mismo tiempo. El silencio cayó como la niebla sobre el poblado y, en aquella calma, Kane sólo pudo oír el nítido crepitar de las llamas cuyo calor estaba comenzando a sentir.

 

Todos los ojos se habían vuelto hacia el muerto que yacía sobre el altar… ¡porque su cadáver había comenzado a moverse!

 

Primero fue una contracción de la mano, después el movimiento brusco de un brazo, movimiento que, gradualmente, fue extendiéndose al cuerpo y a los demás miembros. Lentamente, con gestos ciegos y desafortunados, el muerto se volvió hacia un costado y sus extremidades tocaron el suelo. Entonces, presentando una horrible similitud con alguien que acabara de nacer, como si fuera una cosa reptiliana y espantosa que acabase de romper el cascarón de la no existencia, el cadáver vaciló y se puso de pie, manteniendo sus piernas muy separadas entre sí y muy rígidas, mientras sus brazos persistían en sus movimientos inútiles e infantiles. Se hizo un silencio opresivo, roto solamente por la rápida respiración de un hombre, que se escuchaba perfectamente en aquella calma.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Kane tenía la mirada fija y, por primera vez en su vida, se había quedado sin habla ni pensamientos. Para su mente de puritano, aquello era una manifestación de la mano de Satanás.

 

Le Loup seguía sentado en su trono, con los ojos muy abiertos, la mirada fija y la mano medio levantada en un gesto displicente que estaba haciendo cuando se quedó helado de estupor al contemplar lo inconcebible. Songa estaba sentado a su lado, con la boca y los ojos igual de abiertos, mientras sus dedos hacían unos curiosos gestos inconscientes en los brazos tallados de su trono.

 

El cadáver seguía de pie, balanceándose sobre unas piernas que más parecían zancos, con el cuerpo inclinado hacia atrás, hasta el momento en que sus ojos ciegos parecieron mirar la luna roja que, en ese momento, salía sobre la negra jungla. La cosa se movió, incierta, describiendo una amplia y errática semicircunferencia, con los brazos grotescamente echados hacia los lados, como si le sirvieran de balancines, y giró lentamente para dirigirse hacia los dos troncos… y hacia el Dios Negro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Ah-h! —dijo alguien con un tremendo suspiro, posiblemente desde el semicírculo cubierto por la penumbra, formado por los adoradores fascinados por el terror.


 

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El siniestro espectro siguió avanzando. Cuando ya se hallaba a tres pasos de los tronos, Le Loup, enfrentándose al miedo por primera vez en su sanguinaria vida, se aferró al asiento, mientras que Songa, con esfuerzo sobrehumano, rompía las cadenas del horror que le mantenían inmovilizado y, lanzando en la noche un grito salvaje, se levantaba de un salto y esgrimía una lanza, farfullando amenazas y despropósitos. Después, cuando aquella cosa espantosa no cejó en su avance, lanzó el venablo con toda la fuerza de sus músculos, que pasó a través del pecho del cadáver arrancando carne y huesos. Sin embargo, este no se detuvo ni un instante —pues los muertos no pueden morir— y el rey Songa se quedó helado de miedo, con los brazos echados hacia delante, como si quisiera alejar aquel espanto.

 

Todo quedó así durante un instante, mientras la oscilante luz del fuego y el sobrenatural claro de luna grababan para siempre aquella escena en la memoria de todos los presentes. La inmutable mirada fija del cadáver se abismó en los abultados ojos de Songa, en donde se reflejaban todos los infiernos del horror.

 

En aquel momento, con un movimiento espasmódico, los brazos de la cosa se proyectaron hacia delante y hacia arriba. Las manos muertas cayeron sobre los hombros de Songa. Al primer contacto, el rey pareció encogerse y marchitarse; con un grito que obsesionaría los sueños de todos los presentes para el resto de sus vidas, Songa se derrumbó y cayó al suelo, y el muerto se quedó rígido y se desplomó con él. Ambos quedaron inertes a los pies del Dios Negro, y a la ofuscada mente de Kane le pareció que los grandes e inhumanos ojos del ídolo se fijaban sobre ellos, con una risotada espantosa e inaudible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el instante en que el rey se desplomaba, se escuchó un fuerte grito por la parte donde se encontraban los indígenas. Kane, con la claridad que había aflorado a su mente subconsciente desde las profundidades de su odio, miró hacia Le Loup y vio cómo saltaba de su trono y se perdía en la oscuridad. Después, aquella visión quedó interrumpida por un trajín de figuras que se precipitaban en el espacio libre que había delante del dios. A patadas, los hombres apartaron las ardientes brasas cuyo calor Kane había olvidado, y unas manos ágiles le liberaron; otros hicieron lo mismo con el cuerpo del brujo y lo depositaron en tierra.

 

Kane comprendió vagamente que los hombres de la tribu creían que lo sucedido había sido obra de N’Longa, y que le relacionaban a él, Kane, con la venganza del


 

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brujo. Se inclinó y puso una mano sobre los hombros del hombre ju-ju. No había ninguna duda: estaba muerto, la carne ya estaba fría. Miró los restantes cadáveres. Songa también estaba muerto, y la cosa que le había matado yacía inerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane intentó levantarse, pero se detuvo. ¿Estaba soñando o realmente sentía una súbita tibieza en la carne muerta que tocaba? Confuso, se inclinó nuevamente sobre el cuerpo del brujo y poco a poco fue sintiendo que el calor subía por sus miembros y que la sangre comenzaba a fluir rápidamente por sus venas.

 

Entonces, N’Longa abrió los ojos y se quedó mirando fijamente a Kane, con la expresión vacua de un recién nacido. Kane esperó, sintiendo que se le ponía carne de gallina, y vio cómo regresaba nuevamente a sus ojos aquel brillo reptiliano tan característico, mientras sus gordezuelos labios se cerraban en una amplia sonrisa burlona. N’Longa se levantó y de los hombres de la tribu se elevó un extraño cántico.

 

Kane miró a su alrededor. Todos los guerreros se habían puesto de rodillas e imprimían una ondulación a sus cuerpos; Kane captó la palabra «¡N’Longa!», repetida una y mil veces en una especie de espantosa letanía extática de terror y adoración. Cuando el mago se levantó, todos se postraron.

 

N’Longa asintió, como si le agradase.

 

—¡Gran ju-ju… yo gran fetiche! —anunció a Kane—. ¿Tú ver? ¡Mi espíritu salir fuera… matar a Songa… y volver a mí! ¡Gran magia! ¡Yo, gran fetiche!

 

Kane echó un vistazo al Dios Negro, que se agazapaba entre las sombras, y a N’Longa, quien ahora dirigía sus brazos hacia el ídolo, como si estuviese invocándolo.

 

«Soy eterno —le pareció a Kane que decía el Dios Negro—, siempre bebo, no importa quién mande; jefes, asesinos, brujos… pasan como los espectros de los muertos a través de la jungla gris; yo permanezco y gobierno; soy el alma de la jungla».

 

De repente, Kane salió de las ilusorias brumas por las que había estado vagando. —¡Le Loup! ¿Por qué parte ha huido?

 

N’Longa dijo algo a gritos. Una veintena de manos señalaron al unísono; alguien le llevó a Kane su estoque. Las nieblas se disolvieron y acabaron disipándose; nuevamente era el vengador, el azote de los impíos. Y con la violenta y volcánica velocidad de un tigre aferró su espada y se fue.


 

 

 

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V. El fin del rastro

 

Las ramas y las lianas golpeaban a Kane en el rostro. Los opresivos relentes de la noche de los trópicos le rodearon como la bruma. La luna, que en aquellos momentos flotaba alta sobre la jungla, aureolaba las negras sombras de blanco resplandor y sembraba el suelo de la jungla de extraños dibujos. Kane no sabía si el hombre al que buscaba iba por delante de él, pero las ramas rotas y el sotobosque pisoteado le mostraban que alguien había tomado aquel camino, alguien que huía precipitadamente, sin detenerse a comprobar adonde se dirigía.

 

Siguió aquel rastro sin vacilar. Convencido de lo justo de su venganza, no ponía en duda que los tenebrosos seres que gobiernan los destinos de los hombres le llevarían, finalmente, a encontrarse cara a cara con Le Loup.

 

Tras él, los tambores retumbaban y murmuraban. ¡No era poco lo que tenían que contar aquella noche! El triunfo de N’Longa, la muerte del rey Songa, la caída del hombre-con-ojos-de-leopardo y un asunto mucho más tenebroso, digno de ser contado en voz baja, entre susurros trémulos: el espantoso ju-ju.

 

Mientras avanzaba sin perder tiempo, Kane se preguntó si no habría estado soñando, si todo aquello no habría formado parte de algún sueño demencial. Había visto a un muerto levantarse, matar y volver a morirse. ¿Realmente, N’Longa había enviado su fantasma, su alma, su esencia vital, a través del vacío, para dominar a un cadáver y obligarle a hacer su voluntad? Sí. N’Longa había muerto realmente, poco después de atarle al poste de la tortura, y lo que yacía muerto en el altar se había levantado para realizar lo que N’Longa habría hecho de estar libre. Después, cuando la fuerza invisible que animaba al muerto se desvaneció, N’Longa había vuelto a la vida.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Kane pensó que debía admitir la realidad. En algún lugar de los oscuros recovecos de la jungla y del río, N’Longa había dado con el Secreto… el Secreto que permite controlar la vida y la muerte y trascender las limitaciones y trabas de la carne. ¿Cómo había sido posible que el brujo poseyese aquella siniestra sabiduría, nacida entre las negras sombras manchadas de sangre de aquella tierra espantosa? ¿Qué tipo de sacrificio habría podido agradar a los Dioses Negros, qué ritual monstruoso, para que se dignasen revelar la esencia de su magia? Y, ¿qué tipo de viajes, más allá de la imaginación y del tiempo, había emprendido N’Longa al decidirse a enviar su yo, su espíritu, a través de las lejanas y brumosas regiones a las que sólo se llega tras la muerte?

 

«Hay sabiduría en las sombras —decían, melancólicos, los tambores—, sabiduría y magia; entra en las tinieblas para aprenderla; la antigua magia evita la luz; traemos el recuerdo de las eras perdidas —susurraban—, antes de que el hombre llegase a ser sabio y loco; traemos el recuerdo de los dioses con aspecto de animal… los dioses-serpiente, los dioses-mono y los dioses innominados, los Dioses Negros, que beben sangre, cuyas voces rugían entre umbrosas colinas que celebraban festines y orgías. Los secretos de la vida y de la muerte son suyos; recordamos… rememoramos…», cantaban los tambores.

 

Kane los oía mientras apretaba el paso. No conseguía entender lo que contaban a los emplumados guerreros que se encontraban río arriba, pero sí lo que le decían a él, para que lo comprendiera, porque entonces utilizaban un lenguaje más vivido, más primario.

 

La luna, alta en los cielos de azul oscuro, iluminaba su camino. Su visibilidad era excelente cuando, finalmente, llegó a un claro y vio en él a Le Loup, que estaba aguardándole. La desnuda hoja de Le Loup era un largo destello de plata bajo la luna mientras echaba el pecho hacia delante y la antigua sonrisa desafiante aparecía en su rostro.

 

—Un largo rastro, monsieur —dijo—. Comienza en las montañas de Francia y acaba aquí, en una jungla africana. El juego ha terminado por aburrirme… Por eso vais a morir. No habría huido del poblado si no hubiera sido —y es algo que admito sinceramente— por esa maldita brujería de N’Longa, que fue capaz de acabar con mis nervios. Además, comprendí que la tribu entera no tardaría en rebelarse contra


 

 

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mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane avanzó con cautela, preguntándose a qué vago y olvidado amago de caballerosidad presente en el alma del bandido se debía que se enfrentase a él en terreno descubierto. No descartaba enteramente una traición, pero su aguda mirada no detectó sombra alguna en movimiento en la jungla o en las márgenes del claro.

 

—¡Monsieur, en guardia! —la voz de Le Loup sonó crispada—. Ya es tiempo de que terminemos esta alocada danza alrededor del mundo. Aquí estamos solos.

 

* * *

 

Ciertamente, ambos hombres estaban cada uno al alcance del otro; de improviso, mientras aún no había acabado su frase, Le Loup se echó hacia delante, con la celeridad de la luz, en una estocada peligrosísima. Cualquier hombre con menos reflejos habría resultado muerto, pero no Solomon Kane, que lo paró, moviendo su propia hoja en un relámpago de plata que alcanzó la casaca de Le Loup mientras este retrocedía. El francés reconoció el fracaso de su truco con una carcajada feroz y se adelantó con la velocidad pasmosa y la furia de un tigre, mientras su hoja formaba a su alrededor un blanco abanico de acero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los estoques chocaron entre sí cuando ambos espadachines se enfrentaron. Era como si lo hicieran el fuego y el hielo. Le Loup luchaba salvajemente, pero con astucia, sin dejar huecos, aprovechando todas las oportunidades. Era una llama viva, retrocediendo, adelantándose, haciendo fintas, lanzándose a fondo, parando, golpeando… riéndose como un loco, profiriendo insultos y juramentos.

 

La habilidad de Kane era fría, calculada, brillante. No hacía ningún gesto ni


 

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movimiento que no fuese absolutamente necesario. Parecía dedicar a la defensa más tiempo y empeño que Le Loup, aunque no había incertidumbre alguna en sus ataques, y, cuando se empleaba a fondo, su hoja salía disparada con la velocidad de una serpiente dispuesta a matar.

 

En lo que a estatura, peso y envergadura se refiere había poco que diferenciase a ambos adversarios. Le Loup era el más rápido por un margen pequeñísimo y casi imperceptible, pero la habilidad de Kane alcanzaba un punto de mayor perfección. La esgrima de Le Loup era ardiente, dinámica, como el llamear de un horno. Kane era más regular —cuando menos se deja a los instintos más reflexiona el luchador, pensaba de sí—, aunque también fuese un cazador nato, con la coordinación que posee el luchador acostumbrado a ello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tirar a fondo, parar, hacer una finta, un súbito torbellino de hojas…

 

—¡Ja! —Le Loup dejó oír una risotada feroz mientras la sangre manaba de un corte en la mejilla de Kane. Como si el verlo diese alas a su furia, atacó como la fiera que era su apodo. Kane se vio obligado a retroceder ante aquel empuje sanguinario, pero la expresión del rostro del puritano no se alteró por ello.

 

Los minutos volaron; el estruendo y el choque del acero no disminuyeron. En aquellos momentos los dos hombres se encontraban en el centro del claro. Le Loup intacto, las ropas de Kane, rojas por la sangre que manaba de sus heridas en mejilla, pecho, brazo y muslo. Pero aunque esbozara una mueca salvaje y burlona a la luz de la luna, Le Loup había comenzado a sentir serias dudas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su respiración se iba haciendo cada vez más rápida y ahogada, y el brazo


 

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comenzaba a pesarle: ¿quién era aquel hombre de acero y de hielo que jamás daba muestras de cansancio? Le Loup sabía que las heridas que había infligido a Kane no eran profundas, pero incluso así, el constante flujo de sangre ya debía haber minado la fortaleza o la velocidad de aquel hombre. No obstante, si Kane sentía que saqueaban sus fuerzas no daba muestras de ello. Su reconcentrado semblante no acusaba ningún cambio, mientras seguía batiéndose con la misma furia helada que demostrara desde el principio.

 

Le Loup sintió que sus fuerzas iban menguando, y, con un último y desesperado esfuerzo, concentró toda su furia y su energía en un único asalto. Un ataque súbito e inesperado, demasiado violento y rápido para poderlo seguir a simple vista, un exabrupto dinámico de velocidad y furia que ningún hombre habría podido resistir, y Solomon Kane vaciló por primera vez, al sentir el frío acero rasgar su cuerpo. Retrocedió, titubeando, y Le Loup, con un grito salvaje, se lanzó tras él, liberando su espada ensangrentada, con una burla a flor de labios.

 

La espada de Kane, sostenida por la fuerza de la desesperación, se encontró con la de Le Loup a mitad de camino; se enfrentó con ella, la contuvo y la envió por los aires. El alarido de triunfo de Le Loup murió en sus labios mientras la espada volaba de su mano, con una canción.

 

Durante un instante fugaz se quedó inmóvil, con los brazos abiertos, como los de un crucifijo, y Kane escuchó por última vez su risotada salvaje y burlona, mientras el estoque del inglés trazaba una línea de plata bajo la luz de la luna.

 

* * *

 

De bastante lejos le llegó el murmullo de los tambores. Mecánicamente, Kane limpió su espada en sus ropas hechas jirones. Allí acababa el rastro, y el inglés fue consciente de una extraña sensación de futilidad. Siempre la había sentido después de matar a un enemigo. Y siempre le parecía que no cumplía un auténtico acto de justicia, como si, después de todo, su contrincante escapase a su justa venganza.

 

Encogiéndose de hombros, Kane volcó su atención en sus necesidades corporales. Ahora que ya había muerto el ardor de la batalla, comenzaba a sentirse débil y medio mareado por la pérdida de sangre. Aquella última estocada había estado bien cerca; si no hubiese conseguido evitarla de lleno con una finta de su cuerpo, la hoja le habría atravesado. En su lugar, la espada le había golpeado de refilón, rozando las costillas y clavándose en los músculos que se encuentran debajo de los omóplatos, infligiéndole una herida longitudinal y superficial.

 

Kane miró a su alrededor y vio una pequeña corriente que corría por una de las márgenes del claro. Allí estaría a punto de cometer el error más grave de todos los de su vida. Quizá se sintiera aturdido por la pérdida de sangre y todavía trastornado por los irreales acontecimientos de la noche; lo cierto es que dejó su estoque en el suelo y


 

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se dirigió, desarmado, hacia el arroyuelo. Se lavó las heridas y las vendó como mejor pudo, con tiras que sacó de su ropa.

 

Después se levantó, y cuando estaba a punto de volver sobre sus pasos, un movimiento entre los árboles, cerca del lugar donde antes se encontrase, llamó su atención. Una figura enorme salió de la jungla y Kane vio, y reconoció, en ella su perdición. Era Gulka, el Matador de Gorilas. Recordó que Gulka no se había encontrado entre aquellos que rindieron homenaje a N’Longa. ¿Cómo podía imaginarse la astucia y el odio que se incubaban en aquel cráneo huidizo, al punto de obligar al guerrero selvático a escapar a la venganza de los hombres de su tribu y a seguir el rastro del único hombre a quien había temido?

 

El Dios Negro había sido amable con su neófito, pues le había conducido hasta su víctima cuando esta se hallaba indefensa y desarmada. Ahora, Gulka podría matar abiertamente a su hombre… lentamente, como un leopardo, y no cayendo sobre él en una emboscada, silenciosa y súbitamente, como había planeado.

 

Una profunda mueca pareció dividir en dos el rostro del gigante, al humedecerse los labios. Mientras aguardaba, Kane comenzó a sopesar, fría y deliberadamente, sus posibilidades. Gulka había estado espiando a los espadachines. Y debía haber estado más cerca de ellos de lo que él se imaginaba. El inglés supo que una súbita carrera para ir a coger su espada no le serviría de nada.

 

Una rabia lenta y mortal comenzó a insinuarse en él… la furia de la impotencia. La sangre se agolpó en sus sienes y sus ojos refulgieron como brasas, con un destello espantoso, mientras miraba al guerrero. Sus dedos se abrieron y cerraron como garras. Aquellas manos eran fuertes; muchos eran los hombres que habían muerto entre ellas. Incluso podrían romper las vértebras cervicales de un cuello tan grande como el de Gulka… Una onda de debilidad puso en evidencia la futilidad de aquel pensamiento, hasta el punto de que el reflejo de la luz de la luna en la punta de la lanza que empuñaba Gulka hizo innecesaria su verificación. Kane no habría podido huir aunque se lo hubiese propuesto… lo que nunca había hecho ante un único contendiente.

 

El Matador de Gorilas avanzó en el claro. Imponente, terrible, era la personificación de lo primitivo, de la edad de piedra. Al esbozar una mueca, su boca se convirtió en una caverna roja; se movía con la altanera arrogancia de la fuerza bruta.

 

Kane entró en tensión, preparándose para la confrontación que sólo podría tener un final. Intentó hacer acopio de todas sus fuerzas antes de que le abandonaran. Resultó inútil, pues había perdido demasiada sangre. Al menos se enfrentaría erguido a la muerte, pensó, mientras se afianzaba sobre sus titubeantes rodillas, en un esfuerzo por mantenerse derecho. El claro fluctuaba ante su vista y la luz de la luna parecía haberse transformado en una niebla roja, a través de la cual podía vislumbrar


 

 

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vagamente al hombre que se aproximaba.

 

Kane cesó en su empeño, pues estuvo a punto de perder el equilibrio. Agachándose, recogió agua en sus manos, que había unido formando un cuenco, y salpicó con ella su rostro. Aquello le reanimó y le dio fuerzas. Ya sólo esperó que Gulka se decidiese a atacarle de una vez, para que todo hubiese acabado antes de que su debilidad le hiciese caer al suelo.

 

En aquellos momentos, Gulka casi había llegado al centro del calvero y se movía con el paso lento y cómodo del gran felino que se acerca a su presa. No parecía, en absoluto, tener prisa en consumar su propósito. Intentaba jugar con su víctima, ver cómo el miedo se apoderaba de aquellos ojos siniestros que le habían obligado a huir al fijarse en él, a pesar de que aquel a quien pertenecieran se encontrase atado al poste de la muerte. Finalmente, quería matarle, pero lentamente, para saciar lo más posible sus ansias felinas de sangre y de tortura.

 

Se detuvo de improviso y se volvió rápidamente, mirando hacia la otra parte del claro. Kane, extrañado, siguió la dirección de su mirada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* * *

 

Al principio pensó que se trataba de una sombra más negra que las demás que le rodeaban. No había movimiento ni sonido, pero Kane supo, instintivamente, que alguna amenaza terrible se agazapaba en la tiniebla que enmascaraba y confundía los árboles silenciosos. Allí se escondía un horror espantoso, y Kane sintió como si dentro de aquella sombra monstruosa unos ojos inhumanos abrasasen su mismísima alma. Entonces, al mismo tiempo, tuvo la fantástica sensación de que aquellos ojos no le buscaban a él. Y miró al Matador de Gorilas.

 

Al parecer, el gigante se había olvidado de él; permanecía inmóvil, casi en cuclillas, con la lanza en alto, mirando fijamente el cúmulo de negrura. Kane volvió a mirar. En aquel momento las sombras se movían; se fundieron de una manera irreal y avanzaron en el claro, llegando más cerca de él de lo que estaba Gulka. Kane parpadeó. ¿Estaría viendo las ilusiones que preceden a la muerte? La forma que contemplaba era parecida a las que había visto en sus pesadillas más atroces, cuando


 

 

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los vientos del sueño le llevaban hacia atrás en el tiempo, a través de eras perdidas. Lo primero que pensó fue que se trataba de una blasfema imitación de hombre,

 

pues caminaba erecta y era tan alta como un varón de estatura elevada, aunque fuera inhumanamente ancha y gruesa, y sus brazos gigantescos y colgantes casi llegasen a tocar sus pies deformes.

 

Pero cuando la luz de la luna dio de lleno en su rostro bestial, la aturdida mente de Kane pensó que aquella cosa no era sino el Dios Negro, que salía de las sombras, lleno de vida y sediento de sangre. Entonces vio que estaba cubierta de pelo y recordó el ser medio humano que había visto colgado de un poste en el poblado indígena. Miró a Gulka.

 

El guerrero estaba observando de frente al gorila, dispuesto a atacarle con la lanza. No estaba asustado, pero su mente perezosa se preguntaba a qué podría deberse el milagro de que aquella fiera se encontrase tan lejos de sus junglas nativas.

 

El poderoso mono penetró en la zona bañada por el claro de luna, de suerte que pudo apreciarse la terrible majestad de sus movimientos. Estaba más cerca de Kane que de Gulka, pero no parecía reparar en la presencia del puritano. Sus ojos, pequeños y relucientes, miraban fijamente al indígena, con una intensidad terrible. Avanzó con un paso curiosamente elástico.

 

A lo lejos, los tambores susurraron a la noche, como un acompañamiento a aquel siniestro drama de la edad de piedra. El salvaje estaba en mitad del claro, mientras el ser primitivo salía de la jungla con los ojos inyectados en sangre, sedientos de sangre. El guerrero se enfrentaba cara a cara con algo que era más primitivo que él. De nuevo, los recuerdos espectrales hablaron a Kane entre susurros.

 

«Ya has visto antes estas cosas —murmuraron— en los días inciertos, en los días del amanecer de los tiempos, cuando bestias y hombres-bestias luchaban entre sí por la supremacía».

 

Gulka escapó del mono moviéndose agachado alrededor de él, con la lanza a punto. Poniendo en práctica toda su astucia, intentaba engañar al gorila para poder matarlo rápidamente, pues jamás se había enfrentado anteriormente con un monstruo como aquel. Aunque no tuviese miedo, había comenzado a sentir dudas. El mono no hizo ademán alguno de moverse en círculo, sino que avanzó derecho hacia Gulka.

 

El poderoso guerrero que se enfrentaba a él y el inglés que contemplaba la escena nada podían saber del amor o del odio animal que habían impelido al monstruo a abandonar las colinas bajas y cubiertas de bosques del Norte, para seguir durante leguas el rastro de quien era el azote de su especie… el asesino de su compañera, cuyo cadáver colgaba del poste de una de las cabañas del poblado indígena.

 

El final llegó rápidamente, como con un gesto improvisado. En aquellos momentos, bestia y hombre-bestia estaban muy cerca la una del otro; de repente, con un rugido capaz de estremecer la tierra, el gorila cargó. Un enorme brazo peludo


 

 

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desvió hacia un lado la lanza que le atacaba, y el mono se lanzó hacia el guerrero. Hubo un sonido de algo rompiéndose, como el de muchas ramas desgajándose simultáneamente, y Gulka cayó pesadamente al suelo con piernas, brazos y tronco en posiciones forzadas, en absoluto naturales. El mono lo miró durante unos instantes, como si fuera una estatua triunfal del mundo primitivo.

 

Kane oyó que los tambores retumbaban a lo lejos.

 

«El alma de la jungla, el alma de la jungla», fue la frase que apareció en su mente con obsesiva reiteración.

 

¿En qué habían acabado aquella noche las tres personas que se habían levantado, poderosas, ante el Dios Negro? Atrás, en el poblado, donde sonaban los tambores, yacía Songa… el rey Songa, antaño señor de la vida y de la muerte, y, en aquellos momentos, cadáver marchito, con el rostro convertido en una máscara de horror. Boca arriba en medio del claro yacía aquel a quien Kane había seguido a lo largo de muchas leguas por tierra y por mar. Y Gulka, el Matador de Gorilas, yacía a los pies de su verdugo, descoyuntado, finalmente, por la misma fuerza bruta que había hecho de él un auténtico hijo de su siniestra tierra y que, finalmente, había acabado por desbordarle.

 

Pero el Dios Negro seguía reinando, se dijo Kane aún aturdido, agazapado entre la oscuridad de aquella tierra sombría, bestial, sedienta de sangre, que no se preocupaba de si quienes la ocupaban vivían o morían, sino sólo de beber de ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane vigiló al poderoso mono, preguntándose cuánto tendría que esperar antes de que el colosal simio fuese consciente de su presencia y cargase contra él. Pero el gorila siguió sin dar muestras de haberlo visto. Todavía debía sentir algún impulso de


 

 

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venganza, porque se inclinó y levantó al guerrero. Entonces se dirigió con su andar zambo hacia la jungla, mientras los miembros de Gulka se agitaban inertes y grotescos. Al llegar a los árboles, el mono se detuvo y, aparentemente sin esfuerzo, lanzó en el aire la gigantesca forma, que subió dando vueltas y cayó encima de unas ramas. Se escuchó un sonido espantoso cuando una rama partida y muy afilada atravesó brutalmente el cadáver, y los despojos del Matador de Gorilas quedaron colgados de ella, bamboleándose de manera atroz.

 

Durante un momento, la claridad de la luna iluminó en su esplendor al gran mono, que se había quedado absorto contemplando a su víctima; después, como una oscura sombra, se confundió sin hacer ruido con la jungla.

 

Kane caminó lentamente hasta el centro del claro y recogió su estoque. La sangre había cesado de manar de sus heridas, y parte de sus energías estaban volviendo, o, al menos, las suficientes para permitirle alcanzar la costa donde le aguardaba el barco. Se detuvo en la linde del claro para echar una última ojeada a la forma inmóvil de Le Loup, cuyo rostro, blanco bajo la luz de la luna, parecía mirar el cielo, y a la oscura sombra entre los árboles que fuera Gulka, quien, por un capricho bestial, había quedado colgado igual que la hembra de gorila en el poblado.

 

A lo lejos, los tambores murmuraron.

 

«La sabiduría de nuestra tierra es antigua; destruimos a quien servimos. Huye si quieres vivir, aunque jamás olvidarás nuestro canto. Jamás, jamás», dijeron los tambores.

 

Kane se volvió hacia el rastro que conducía hacia la playa y al barco que esperaba en ellas.

 

 

Título original:

 

«Red Shadows»

 

(Weird Tales, agosto 19289)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS NEGROS JINETES

 

DE LA MUERTE


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El ahorcado preguntó al carroñero cuervo,

 

y este le contestó: «De negro visten los hombres que cabalgan con la Muerte bajo el cielo de medianoche, y negros son sus corceles,

 

grises sus cráneos y siniestras sus letales miradas.

 

Pues al entregar su hálito a la vieja

 

y gris Muerte, ya no pueden morir».

 

 

 

I

 

S         OLOMON KANE TIRÓ DE LAS RIENDAS de su corcel y este se detuvo. Ningún sonido rompía la tranquilidad de cementerio de la sombría foresta que se alzaba

 

poderosa ante él, pero sentía que algo se acercaba por el sendero cubierto de sombras. Aquel lugar era extraño y espectral. Los inmensos árboles se apoyaban unos contra otros, como gigantes taciturnos, y sus ramas se entrecruzaban, ocultando la luz. La pálida luz de la luna se volvía gris al filtrarse a través de ellos. El sendero que serpenteaba entre los árboles llegaba a asemejarse a un camino impreciso que atravesase el país de las sombras.

 

Mientras Solomon Kane hacía un alto para coger una de sus pistolas, un jinete apareció por aquel camino, galopando velozmente. El negro caballo era increíblemente gigantesco en aquella luz gris, y lo montaba un jinete igual de gigantesco, que iba muy echado hacia delante. Un sombrero flexible velaba sus ojos y una enorme capa oscura ondeaba sobre sus hombros.

 

Solomon Kane tiró de las riendas para dejar paso al apresurado jinete. Por ser el sendero tan angosto y apretujarse tanto los árboles en sus márgenes, vio que no lo conseguiría a menos que el jinete se detuviese y le diese tiempo a encontrar un lugar abierto. Pero eso era, justamente, lo que aquel extraño no tenía intenciones de hacer.

 

Caballo y jinete avanzaban impetuosamente, fundidos en un objeto negro e informe, como algún monstruo fabuloso; ya se encontraban sólo a pocos pasos del


 

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perplejo Kane, quien podía distinguir el destello de unos ojos ardientes entre las sombras creadas por el sombrero de ala baja y la capa que su dueño mantenía en alto para cubrirse el rostro. Cuando el inglés vio el brillo de una espada disparó a quemarropa hacia aquel rostro. Una ráfaga de aire helado le envolvió, como la onda de un río helado. Caballo y jinete cayeron a tierra, mientras el caballo negro y su jinete les pasaban por encima.

 

Kane se puso en pie, ileso pero lleno de ira, y examinó su cabalgadura. El animal relinchaba y temblaba, tras levantarse del suelo. Con los ollares dilatados, no se movía; también había resultado ileso. Kane no podía comprenderlo…

 

 

Título original:

 

«Death’s Black Riders»

 

(The Howard Collector, primavera 1968)

 

 

 

¿Habían pasado por encima… o a través de ellos?

 

En aquella misteriosa Selva Negra, preñada de antiguos misterios, todo era posible. Y como el puritano había sido testigo de misterios inexplicables y de portentos sin cuento, capaces de helar la sangre al más valiente, comenzó a pensar que el jinete y su caballo sólo podrían ser de naturaleza espectral. Su mano derecha se dirigió, de manera refleja, hacia la otra pistola de gran calibre que aún seguía en el fajín de seda verde que ceñía su cintura. Recogió la pistola descargada, que descansaba en el suelo, acarició su cabalgadura, que ya parecía haberse calmado, y montó en ella.

 

Siguió aquel sendero durante poco más de una hora, rodeado por el ominoso ulular de los búhos y el roce de animales y de cosas que se arrastraban por el suelo, bajo la espesa bóveda arbórea impenetrable a los plateados rayos de la luna.

 

Finalmente, unas luces mortecinas en la lejanía le indicaron que se iba acercando a un lugar habitado por el hombre.

 

Las estrellas parpadeaban con mayor lentitud y comenzaban a desvanecerse bajo un cielo que comenzaba a teñirse por Oriente de un leve tono púrpura, cuando Solomon Kane llegó a la posada, que se levantaba en medio de un gran claro. El edificio era alto. Aunque sólo tuviese tres plantas, algo inusual en aquel tipo de construcciones, parecía aún más alto, como si se elevase hacia las inmensidades del cielo, en medio de la noche. Un cartel anunciaba su nombre en alemán, escrito en letras góticas de plata sobre fondo negro: El Fresno.

 

Todo estaba en calma. A Kane le extrañó observar en las cuatro vertientes del techo de la posada una especie de gárgolas o dragones orientados según los cuatro puntos cardinales, que rezumaban una intensa aura de paganismo.

 

Nadie había salido a recibirle. Inspeccionó el lugar hasta dar con una cuadra, y


 

 

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acomodó en ella su caballo, después de desensillarlo y echarse a la espalda el pesado mosquete que llevaba en el arzón. La cuadra estaba totalmente vacía a excepción de un enorme garañón negro, el animal más grande de todos los que Kane hubiera visto en su vida, que pareció salir de su sueño y mirarle con unos grandes ojos. Al inglés le pareció que no eran los de un caballo normal y que chispeaban con un destello burlón. Pero el cansancio y un viaje agitado suelen jugar malas pasadas a una imaginación exaltada, sobre todo como la de Kane. Salió de la cuadra, abrió la puerta principal de la posada y penetró en su interior. Le extrañó que no estuviese cerrada por dentro con tranca o cerrojo, ya que aquella comarca era frecuentada por todo tipo de chusma: ladrones, mercenarios, sacerdotes renegados o prófugos.

 

Tras recorrer un corto pasillo, llegó a una vasta habitación interior, iluminada por un gran fuego central. Sobre una mesa de madera, de factura tosca, humeaba un guisado de carne. Se acercó a ella atraído por el olor. Una hogaza de pan negro y una jarra de vino completaban el menú. Dejó al alcance de su mano el mosquete, se sentó ante aquel inesperado refrigerio y comenzó a comer, sin quitarse sombrero ni capa.

 

Su voracidad de lobo iba acorde con su rostro demacrado y saturnal, pálido y tétrico, en el que sólo el helado resplandor de unos profundos ojos azules, que miraban con la lejanía que da el haber contemplado cosas que no son de este mundo, aportaba un toque de vida.

 

Unas sobrias vestiduras oscuras, bastante ceñidas al cuerpo, y un sombrero de ala ancha sin ningún tipo de adornos, del que había acabado por despojarse mientras comía, al igual que de su negra capa, completaban su retrato. El de un puritano, sin lugar a dudas; pero también el de un guerrero, como delataban su largo estoque toledano, el puñal y las letales pistolas que llevaba a la cintura.

 

El fuego se agitó en el hogar, a pesar de la falta de viento, y Kane sintió que no estaba solo. Ya había pensado antes en ello, pues alguien debía haberle visto llegar y preparar lo que estaba comiendo, a pesar de que aún no se hubiese dado a conocer. Las sombras parecieron espesarse en una mesa próxima a la suya, y entonces Kane contempló una figura alta. Se embozaba con la amplísima capa de color azul oscuro que ocultaba todo su cuerpo; un sombrero de ala ancha sumía su rostro en la tiniebla, y en la mano derecha empuñaba con fuerza una especie de bastón largo y grueso, que parecía el astil de una lanza.

 

—Sé bienvenido, extranjero —dijo aquel hombre, con una profunda voz de bajo, extrañamente musical.

 

—¿Sois el posadero? —preguntó Kane, incómodo por el hecho de que el otro le hubiese estado contemplando mientras cenaba, sin que él se percatase.

—Podría decirse que sí, en cierto modo —el resplandor del fuego suscitó un brillo plateado en su rostro—. Te vi venir y pensé que un vagabundo como tú tendría hambre. Yo también he viajado mucho y sé lo agradable que resulta encontrar un


 

 

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buen fuego y un plato caliente.

 

—Os lo agradezco, señor.

 

Kane se sintió incómodo. Aquel hombre le tuteaba y, sin embargo, no lo hacía a la manera de un individuo vulgar, sino como un gran rey que se dirige a uno de sus súbditos. Por más que se esforzaba en penetrar la sombra que le cubría el rostro, no conseguía ver sus ojos. Intentando olvidar su desasosiego, se decidió a hacerle una pregunta.

 

—¿Cómo supisteis que no era un bandido? En caso de necesidad, sólo podríais haber contado con el único huésped que albergáis, aparte de mí.

 

—¡Ah, veo que has entrado en las caballerizas! No, el caballo que viste es mío. Es un viejo animal, pero aún se conserva tan fuerte como el primer día. Galopa tan deprisa que a muchos les parece que tiene ocho patas —sonrió, como si acabase de hacer una broma—. Pocos son los viajeros que acuden a esta posada, pero siempre son gente de honor.

 

—Sois demasiado confiado para los tiempos que corren —sonrió Kane.

 

—No lo creas —dijo su interlocutor, agitando la gruesa vara.

 

A Kane le pareció escuchar el rugido de un trueno lejano, y las llamas del hogar se movieron inquietas.

 

—Por favor, sigue cenando. ¿Qué te parece mi vino? Es de una cosecha bastante antigua.

 

—Es excelente, noble amigo. Fuerte y con regusto final a miel.

 

—Te reconfortará. Tiene unas hierbas que ya no se encuentran en Europa —y sonrió enigmáticamente.

 

Entonces, como es lo usual a esas horas, comenzaron a hablar de la situación actual del mundo, de los conflictos religiosos, de la enemistad entre los hombres, de la injusticia y del honor.

 

—El bien y la justicia no son patrimonio de una única religión —dijo aquel extraño posadero—. Es lamentable que los hombres discutan y se maten por pequeñas diferencias, estando de acuerdo en lo esencial. De ello sólo vendrá guerra, hambre y atraso. Llegará un día en que Europa deplore haber olvidado sus raíces y haber derramado su sangre, perdiéndose en lo accesorio y lo fútil. Entonces sí que se pondrá para siempre el sol.

 

Le hablaba a un convencido. El empeño de Kane por luchar contra la injusticia le venía de su apreciación filosófica de la vida. Sólo merecía la pena lo auténtico, lo demás era superfluo. Por eso era tan parco en el vestir, por eso atacaba la hipocresía y por eso defendía la justicia y la razón. El hombre comenzaba a hacerse civilizado, algo que repugnaba a la espléndida fiera que era Kane. El instinto y su razón le decían que no tardaría en llegar el tiempo en que las guerras se jugarían como si fuesen un juego de naipes, propio de villanos; que una bolsa repleta de dinero valdría


 

 

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más que un brazo esforzado y un corazón ardiente, y que el oficio de caballero sería algo ridículo o reducido a la ficción.

 

La conversación derivó por otros derroteros, y Kane habló de su encuentro con el extraño jinete. El posadero sonrió enigmáticamente.

 

—Esta región es rica en sucesos extraños —dijo—. La mayor parte de ellos han de ser atribuidos a los Negros Jinetes de la Muerte. Es una antigua historia del tiempo de los romanos. No me extenderé en detalles. Te bastará saber que un antiguo guerrero, Gundericus, desesperado al no poder detener el empuje de Roma, hizo un pacto con las potencias del Mal. A cambio de su alma, las legiones no entrarían en sus dominios, en donde nos encontramos, que forman parte de la Selva Negra. En efecto, las águilas romanas jamás pudieron conquistarlos. Extrañas fiebres, muertes repentinas, accesos de locura, grietas y despeñaderos que se abrían donde instantes antes el suelo era firme… lo impidieron. Pero cuando Gundericus y los suyos —que vestían de negro, lo mismo que tú, aunque por otros motivos— murieron, los seres infames de más allá de este mundo, a quienes habían invocado en su ayuda, bebieron sus almas y ocuparon sus cuerpos. Desde entonces, asolan la región al anochecer, bajo la forma de espectros de negrura. Contra ellos nada pudieron Ases ni Jotuns… ni pueden.

 

»Sólo un héroe de ánimo esforzado sería capaz de vencerlos si aprovechase la oportunidad que se ofrece una vez cada mil años. Cuando mañana la impía y lejana estrella de donde vinieron las abominaciones que ahora animan sus sombras entre en conjunción con la nebulosa que gobierna sus destinos, y Marte, el planeta de Tyr, aparezca sobre el horizonte… entonces —su único ojo brilló con un fuego que parecía horadar el Destino— unos signos apropiados hechos en el cielo, y una espada sin tacha que desate su furor en la tierra, podrán devolverlas a los abismos del Tiempo y del Espacio de donde surgieron.

 

El posadero, o mago, pues Kane ya no ponía en duda que su llegada a aquella posada de la Selva Negra fuese el resultado de alguna potente magia, hizo una pausa. El inglés observó el resplandor azulado que parecía manar de su único ojo, y ya no le cupo duda alguna de que en aquel lugar operaban extrañas magias, cuando su interlocutor se limitó a comentar, como si hubiese leído su pensamiento:

 

—Lo perdí hace mucho tiempo, cuando intentaba conseguir la sabiduría… cosas de juventud —y sonrió misteriosamente. Las llamas del hogar se agitaron cuando se levantó y se sentó al lado de Kane.

 

Sólo entonces, el puritano fue consciente de su enorme tamaño. Parecía medir más de ocho pies. Su rostro, cubierto de barba blanca, aunque de edad indefinida, aparecía surcado por el parche negro que cubría su ojo derecho. Pero el fulgor que ardía en el izquierdo habría bastado para iluminar por completo hasta las más sombrías salas del Infierno.


 

 

 

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Kane fue consciente de todo aquello de manera fugaz, como en un ensueño, mientras se preguntaba si aquel individuo era mago… o todo él era pura magia. Realmente sus poderes excedían en mucho a los del célebre John Dee, a quien había visto en una ocasión, el mago y astrólogo personal de la tiránica reina Isabel. Y mientras estaba pensando si no sería alguna manifestación diabólica, y aquella posada un antro infernal, fue consciente de que aquella larga conversación tenía lugar en inglés.

 

—Hace tiempo, mucho tiempo… tus antepasados se hallaban en muy buenas relaciones conmigo. No te extrañe, por tanto, que hable bien tu lengua, Solomon Kane.

 

—¿Cómo puedes saber mi nombre —exclamó el puritano—, a menos que seas nigromante o hechicero? En verdad, desde que entré en esta posada, todo lo que oigo y veo se halla impregnado con los relentes de Satanás.

 

—¿Estás pensando que soy el Diablo? ¿Crees que, si lo fuera, tu corazón habría saltado de gozo ante la perspectiva del glorioso combate que te ofrezco? ¿Después de luchar tantas veces contra el mal aún no has aprendido a conocerlo? Decídete de una vez, ¿me ayudarás a librar a esta tierra del mal que la aflije? ¿Cumplirás tu voto de defender a los débiles?

 

«Sabe hasta eso», se dijo Kane, atónito.

 

Realmente, jamás pensaba nada dos veces. Era un hombre de acción y no entraba en su modo de ser el reflexionar obsesivamente sobre el mismo tema. Aquel nigromante, o lo que fuese, era sincero. Los conceptos de magia blanca y negra no estaban claros en su mente, pero si una magia era capaz de acabar con el mal… entonces, ¡por San Jorge!, era lícita. Por otra parte, dejando aparte el aura de misterio con que se envolvía, había algo en aquel hombre que le infundía respeto y confianza, como si le conociese de siempre. Además, no sería la primera vez, y seguro que no la última, que por obedecer los impulsos de su corazón se lanzaba de lleno a la aventura.

 

—De acuerdo, ¿qué debo hacer? —dijo, chasqueando los dientes.

 

 

 

II

 

Cuando Solomon Kane se despertó, el sol comenzaba a ponerse tras el horizonte y su luz teñía de oro el interior de la gran sala. Se había quedado dormido encima de la mesa, después de ultimar los preparativos con el hospedero tuerto, que se reducían, básicamente, a lo siguiente: debía internarse en la espesura de la Selva Negra y localizar unas ruinas, lo que quedaba de un templo erigido por los Negros Jinetes de la Muerte a las innominadas deidades que habían escuchado su llamada. Una vez allí, esperar a que la luna se tiñese de rojo —su insólito aliado no había sido más explícito — y, entonces, atacar a sus espectrales enemigos, que a partir de aquel momento


 

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perderían su intangibilidad y serían capaces de apreciar en su justo valor el aplastante impacto de una gruesa bala de plomo o el frío helado de unos cuantos palmos de acero bien templado.

 

Se levantó, debatiéndose entre las brumas del sueño. El fuego del hogar aún seguía ardiendo, pero de su hospedero no se veía ni rastro. Comprobó que llevaba al cinto todas sus armas, se caló el sombrero, cubrió sus hombros con la larga capa, cogió el mosquete que seguía donde lo dejase horas antes, y salió fuera.

 

El otoño comenzaba a insinuarse entre los últimos días del verano. Una fría brisa agitaba las hojas de los árboles y su murmullo recorría todo el bosque, haciéndolo estremecer. Aquello, que a cualquiera le habría parecido un signo de mal agüero, sólo suscitó una mueca lobuna en Kane. Sin perder tiempo en conjeturas, se dirigió a los establos y ensilló su caballo, después de lo cual colocó su mosquete en el arzón. La enorme cabalgadura del posadero había desaparecido. Sacó el caballo de la cuadra, llevándolo de las bridas, y montó en él, dirigiéndose al trote hacia la dirección que le había indicado su reciente aliado. Al ir a doblar un recodo del camino se detuvo para echar un vistazo a la posada… pero ya no la vio. El claro del bosque donde antes se levantaba aparecía cubierto de una niebla espesa e innatural. Un soplo de aire helado aventó aquella niebla y, momentos después, en aquel lugar ya no hubo nada.

 

El caballo relinchó, inquieto, y Kane reprimió la palabrota que pugnaba por salir de sus labios, entrechocando los dientes, lo que en él equivalía a un improperio.

 

Una milla antes del lugar donde debía levantarse lo que quedaba del impío templo antiguo, detuvo su cabalgadura y se apartó del sendero que había estado siguiendo hasta entonces, adentrándose en la espesura. Dejó su caballo al pie de una encina milenaria, tan peculiar que podía distinguirse a lo lejos, y, con el mosquete listo, avanzó con mucha precaución hacia su objetivo. Observó la luna. Velada por unas nubes de aspecto malsano, aparecía pálida y surcada de estrías rojizas. Supuso que los encantamientos del hechicero debían de haber comenzado.

 

En aquel momento se levantó un fuerte viento. Una ráfaga más violenta que las demás, que a punto estuvo de arrancarle el sombrero, llevó hasta sus oídos una cantinela bárbara. Guiándose por ella, y avanzando de árbol en árbol, no tardó en llegar a las inmediaciones de una depresión, cubierta de árboles raquíticos y renegridos. Un espectáculo atroz se ofreció a su mirada. A unas doscientas yardas, un corro de sombras negras —no individuos vestidos de oscuro, sino sombras más densas que las mismísimas sombras— bailaban alrededor de un enorme altar, iluminado por una gran profusión de antorchas, que se levantaba entre dos altos monolitos. Y sobre aquel altar se encontraba una mujer desnuda.

 

Kane echó un vistazo a la luna y observó que aún no estaba roja. Era evidente que las sombras se disponían a celebrar un sacrificio. La joven comenzó a gritar desesperadamente. A pesar de las advertencias del posadero, Kane había comenzado


 

 

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a acariciar la idea de efectuar un ataque por sorpresa con el mosquete y las pistolas para cortar las ligaduras de la joven y emprender con ella la huida. Un sonido furtivo a su espalda le obligó a volverse. Una de aquellas sombras, enorme y siniestra, se abalanzaba sobre él, espada en mano. Apenas tuvo tiempo de echarse a un lado y desenvainar su estoque. La hoja de su atacante rozó su hombro izquierdo, pero él consiguió parar su segundo embate. Como Kane era un experto espadachín, cuya hoja había abonado generosamente los suelos de medio mundo, fue arrinconando poco a poco a su contrincante hasta un árbol cercano. Aquella cosa era tremendamente parecida a un muñeco de trapo negro y no parecía tener rostro. Sólo unas llameantes manchas rojas ocupaban el lugar donde debieran haber estado sus ojos.

 

Cuando Kane lanzó la estocada final, aquella cosa emitió una risotada espeluznante, capaz de helar la sangre en las venas a quien la oyese. La hoja de Kane, que habría debido abrir su tórax en dos, pareció hundirse en un abismo sin fondo, al no encontrar resistencia. Un abismo que absorbió toda su fuerza vital dejando su brazo derecho entumecido. Echándose rápidamente hacia atrás, Kane empuñó con la mano izquierda una de sus pistolas y envió su mensaje de plomo a la oscura forma. Pero la bala tampoco tuvo éxito donde había fracasado la espada. Una nueva carcajada y Kane sintió el contacto o de unas manos frías que tocaban su carne y le arrebataban la escasa fuerza que le quedaba. Después, la negrura le estrechó entre sus brazos.

 

 

 

III

 

En mitad de la noche, Kane recobró el sentido. Siempre sobre aviso, como un lobo, entreabrió levemente un solo ojo, para no dar a entender que estaba consciente. Las sombras aún seguían dando vueltas alrededor del altar, entonando su obsesiva melopea. Ningún sonido brotaba de los labios de la joven. Pensó que ya había sido sacrificada. No, rectificó, entonces no habría tenido sentido que aún prosiguiesen con sus cánticos. Debía tratarse de algún ritual complejo que precisaba mucho tiempo. Posiblemente su irrupción había obligado a las sombras a repetirlo desde el principio. Eran una docena. Además de las ocho que daban vueltas alrededor del altar en sentido contrario de las agujas del reloj, había otras cuatro que le vigilaban.

 

Le habían atado de pies y manos a uno de los monolitos, tras despojarle de su casaca y de sus armas, que podía ver tiradas cerca del altar. La luna seguía teniendo su aspecto siniestro, como si una garra gigantesca la hubiese arañado salvajemente, dejando en ella la sangrienta impronta de sus fuertes uñas; pero nadie habría podido decir que su color era rojo. Su amigo el mago debía de haberse dado por vencido.

 

Cualquier otro hombre en su misma situación sólo se habría preocupado de rezar y de encomendar su alma al Todopoderoso. Sin embargo, el puritano no perdió la


 

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calma. Sabía que alguna Potencia había dirigido sus pasos hacia la posada fantasmal para acabar con aquellas abominaciones. Teniendo la razón de su parte, sabía que la ayuda no tardaría en llegar. Lo único que le preocupaba era no comprender cómo unos entes inmateriales podían tocar a los seres materiales. Entonces se acordó del fantasma que años atrás vagara por los páramos de Torkertown, que cobraba vida con el odio que sentía por los hombres. Algo parecido debía ocurrirles a aquellas sombras, con la diferencia de que estas habían tenido quince siglos para progresar en su odio.

 

Miró a la joven. Era poco más que una niña e iba a ser sacrificada salvajemente. Su cuerpo de formas generosas, cuya cabeza y extremidades ocupaban los cinco vértices de un pentáculo, no parecía haber sido sometido a ninguna vejación, aparte de la sufrida al arrancarle las ropas.

 

Tanteó discretamente sus ligaduras. Eran resistentes. Quizá con un poco de tiempo pudiese desgastarlas al frotarlas contra el rugoso granito del monolito, pero aquel movimiento atraería la atención de sus captores.

 

Una sombra se acercó hasta él, como si adivinase sus pensamientos. Desenvainó la espada de factura antigua que llevaba al cinto y con ella recorrió los miembros de Kane, como si su punta escribiese en su cuerpo un mensaje de sangre. Aquello no inmutó al inglés, que siguió mirando fijamente a la sombra. Esta, al ver que no conseguía asustar a aquel individuo indomable, que se debatía en sus ligaduras en un esfuerzo por librarse de ellas, se dirigió hacia la joven, y comenzó a repetir sobre su seno desnudo la misma operación. La muchacha, despierta por tan infame caricia, comenzó a chillar. Kane se unió a sus gritos con unas blasfemias espantosas que prometían a aquella cosa fuegos peores que los del Infierno si conseguía ponerle la mano encima.

 

Una risa sofocada escapó de la sombra, que guardó la espada y se echó hacia atrás, aterrorizada. Pero su espanto no se debía a los improperios de Kane, sino al siseo de sus compañeros, que habían cesado en sus cánticos y miraban hacia la luna.

 

¡Una luna roja derramaba su sangrienta luz sobre el cielo surcado de nubes! Las sombras acababan de comprender que se encontraban en acción magias poderosas, capaces de devolverles a la Muerte y al olvido.

 

Entonces, la luna se oscureció. Una ráfaga de aire helado azotó el lugar y comenzó a caer una sutil e innatural nevisca. Algo comenzó a bajar por uno de los monolitos, no aquel donde se encontraba Kane, posiblemente la abominación tutelar de las sombras, que precisaba de tan larga invocación para manifestarse. Fue deslizándose poco a poco por el monolito y, tras unos momentos de titubeo, comenzó a dirigirse hacia el altar.

 

Las sombras se calmaron, regocijándose con el sacrificio que acrecentaría sus fuerzas, y parecieron olvidarse de la luna roja.


 

 

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La joven comenzó a gritar. Kane tensionó todos los músculos de su cuerpo en un intento de romper sus cuerdas, mientras los chillidos de la joven parecían centuplicar sus fuerzas. Espumeando de rabia, con la mirada llameante, sus cuerdas cedieron cuando sólo unas yardas separaban el cuerpo de la joven de la tambaleante viscosidad que, lenta pero inexorablemente, se acercaba a ella. Arrancó de un tirón las ligaduras de sus pies. Tenía el cuerpo cubierto por el sudor del esfuerzo y por la sangre que había hecho brotar el sadismo de la sombra, cuando le hirió con su espada. Como un torbellino, se abalanzó hacia el altar. Basculando sobre la pierna izquierda, lanzó una violenta patada con la derecha al supuesto rostro de la sombra que estaba más cerca de él, aplastándolo con un crujido espantoso. Casi al mismo tiempo, dejándose llevar por su impulso, caía rodando al suelo, se apoderaba del mosquete y enviaba su mensaje de humo y muerte a la primera sombra que se le ponía a tiro, que se desplomó con un sonido de fuelle, como si se deshinchase. Con la celeridad del lobo y la elasticidad de la pantera, el puritano cogió su estoque con la mano derecha y el puñal con la izquierda. Cuando apenas había comenzado a cortar las ligaduras de la joven, las sombras le rodearon, amenazándole con sus aceros, por lo que apenas pudo liberarla y hacer frente a sus atacantes al mismo tiempo. En cuanto lo consiguió, la cubrió con sus anchas espaldas mientras iba despachando, uno tras otro, aquellos espectros que se disolvían en el aire con una llamarada fría a medida que los espíritus que los animaban abandonaban sus tétricas envolturas.

 

Tropezó y cayó al suelo, encima de la joven. En su furia se había olvidado de la mayor abominación de todas, que ya estaba casi encima de él, y comenzaba a lamer sus botas. Entre un chisporroteo infernal, los ácidos comenzaron a corroer el cuero. Por más que intentó librarse de aquella cosa repugnante que quería devorarle, no lo consiguió.

 

—¡Echa a correr! ¡Sálvate! —gritó a la joven desnuda, mientras pensaba si tendría tiempo de cortar sus botas con el puñal.

 

Pero la muchacha no le contestó. Se había desmayado, ya fuese por el choque contra el suelo o por tantos sobresaltos. En el preciso momento en que Kane sentía que aquella abominación tiraba de él, y pensaba que iba a morir, un relámpago azulado, que le dejó ciego unos instantes, cayó del cielo y le liberó. Al igual que ocurriera antes con las sombras, el monstruo se disolvió en una llamarada desprovista de calor.

 

Levantó los ojos al cielo. La luna había vuelto a ser normal. El firmamento nocturno aparecía tachonado de estrellas rutilantes. Al mirar hacia el lugar de donde proviniera el relámpago le pareció ver una figura enorme rodeada de un aura azulada, la de un hombre, ni joven ni viejo, que se envolvía en un amplio manto azul oscuro y se cubría con un enorme sombrero de ala ancha. Y a pesar de que intentase ocultar la parte superior de su rostro barbado, Kane pudo ver que un parche negro le tapaba el


 

 

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ojo derecho. Agitó la poderosa lanza de madera de fresno que asía con uno de sus brazos, la cual había mantenido apuntada hacia abajo, y desapareció.

 

* * *

 

Kane se volvió hacia la joven, la cubrió con su capa, que se encontraba con el resto de sus demás pertenencias, y la cogió en brazos. Ella abrió los ojos, le rodeó el cuello con sus brazos y le miró, extrañada.

 

—No tengas miedo —dijo el inglés, con una sonrisa que intentaba vencer el cansancio de la batalla—. Ya terminó todo. ¿Cómo te llamas?

 

—Ilse, buen caballero. Y vos, ¿cómo os llamáis? ¿De dónde venís? —a la luz de las llameantes antorchas, sus ojos azules parecieron reflejarse en los de Kane.

 

—Solomon Kane es mi nombre, y vengo de cualquier parte, pues soy un hombre sin tierra —dijo, y una punzada de nostalgia se le clavó en el corazón, al sentir sobre su cuello los tibios brazos de la joven.

 

Con su preciada carga en brazos, el puritano recorrió en pocos minutos la distancia que los separaba de su corcel, que le esperaba fielmente en el lugar donde lo dejara, junto a la gran encina.

 

Subiéndose a la silla, alzó a la joven del suelo y la sentó delante de él. El caballo, que necesitaba un poco de ejercicio, apenas se hizo de rogar para ponerse al trote.

 

Por Oriente, la aurora comenzaba a insinuar sus rosados dedos. Sobre sus cabezas, el lejano galopar de un caballo pareció perderse en la inmensidad de los cielos.

 

* * *

 

En 1969, Fred Blosser escribió otro final para este episodio, que envió a Glenn Lord, quien, tras intentar en vano publicarlo en la revista Fantastic Stories, lo guardaría en sus archivos. Cuando en 1983 otra revista, Fantasy Book, le escribió pidiéndole una historia corta de Robert E. Howard, Lord envió el fragmento con el final concebido por Blosser, que, finalmente, sería publicado en el correspondiente número de junio de 1984. Como detalle anecdótico que el propio Blosser me refirió en carta fechada el 15 de noviembre de 1984, después de catorce años había perdido el original y ya ni se acordaba del desenlace.

 

ARGUMENTO: Tras su encuentro con el jinete misterioso, Kane prosigue su viaje, llegando a una posada, cuyo dueño le advierte que su encuentro es un signo de mal agüero, pues todo aquel que vea a uno de los Negros Jinetes de la Muerte, almas errantes de bandidos que recorren la Selva Negra, morirá antes del amanecer. Haciendo caso omiso de aquella superstición, Kane toma una habitación para pasar en ella la noche. Poco antes del amanecer es despertado por alguien que ha entrado por la ventana, a quien, oportunamente, expide al otro mundo. La leyenda ha resultado no ser cierta, al menos para Kane.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN BAILOTEO DE HUESOS


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¡AH, DE LA CASA!

El grito quebró el amenazador silencio y reverberó con ecos siniestros a través de la oscura foresta.

 

—Feo aspecto el de este lugar, a fe mía.

 

Había dos hombres ante la fachada principal de la posada del bosque. El edificio era bajo, largo y tosco, construido con gruesos troncos. Sus pequeñas ventanas tenían fuertes barrotes y la puerta estaba cerrada. Encima de ella podía verse, aunque vagamente, su siniestra enseña… un cráneo hendido.

 

La puerta se abrió lentamente y un rostro barbudo asomó por ella. Su propietario retrocedió e indicó a sus huéspedes que entraran… con un gesto de mala gana, o eso parecía. Una vela lanzaba sus destellos desde encima de una mesa; una llama ardía entre los rescoldos de la chimenea.

 

—¿Vuestros nombres…?

 

—Solomon Kane —dijo, escuetamente, el hombre más alto.

 

—Gaston L’Armon —contestó el otro, y añadió—: Quisiera saber en qué os concierne eso a vos.

 

—Forasteros en la Selva Negra hay pocos —explicó el posadero, con un gruñido —, pero bandidos, muchos. Sentaos en aquella mesa y os daré de cenar.

 

Los dos forasteros se sentaron, y su aspecto era el de hombres que han viajado mucho. Uno era alto y delgado, ataviado con un sombrero sin pluma y sombrías prendas negras, que resaltaban la sombría palidez de su poco amistoso rostro. El otro era de un tipo totalmente diferente, pues se adornaba con encaje y plumas, aunque sus galas estaban un tanto manchadas a causa del viaje. Su elegancia debía mucho a su desenvoltura, y su mirada inquieta iba de un lado para otro, sin detenerse un solo instante.

 

El posadero llevó comida y vino a la mesa de tosca factura y volvió a las sombras, quedándose en ellas como una imagen sombría. Sus rasgos, ora vagos, ora perfectamente visibles, según vacilasen o se avivasen las llamas de la chimenea, estaban enmascarados por una barba que parecía bestial por lo espesa. Una gran nariz se encorvaba por encima de ella y dos ojillos enrojecidos miraban sin pestañear a sus


 

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huéspedes.

 

—¿Y vos quién sois? —preguntó, de repente, el más joven de los viajeros.

 

—Soy el dueño de la Posada del Cráneo Hendido —respondió el otro, con brusquedad. Su tono parecía desafiar a su interlocutor a que siguiera preguntando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¿Tenéis muchos huéspedes? —prosiguió L’Armon.

 

—Pocos son los que vuelven —gruñó el posadero.

 

Kane se sobresaltó y miró fijamente aquellos pequeños ojos enrojecidos, como si buscase un doble sentido a las palabras del posadero. Los ojos llameantes parecieron dilatarse y después apagarse lentamente ante la fría mirada del inglés.

 

—Me voy a la cama —dijo Kane abruptamente, cuando terminó de cenar—. He de reanudar mi viaje a la luz de día.

 

—Y yo —añadió el francés—. Posadero, mostradnos nuestras habitaciones.

 

Las negras sombras oscilaron en las paredes a medida que ambos seguían al silencioso hospedero por un largo y oscuro pasillo. El cuerpo rechoncho y robusto de su guía parecía crecer y expandirse a la luz de la pequeña vela que llevaba y que arrastraba tras sí una sombra larga y siniestra. Se detuvo al llegar a una determinada puerta, indicándoles que allí era donde debían dormir. Entraron, el posadero encendió una vela con la otra que llevaba y se volvió, tambaleándose, por donde había venido.

 

Ya en la habitación, ambos hombres se miraron. Los únicos muebles que había en ella eran un par de jergones, una o dos sillas y una pesada mesa.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Veamos si hay alguna manera de bloquear la puerta —dijo Kane—. No me gusta la catadura de nuestro posadero.

 

—Hay soportes en la puerta y un hueco para la tranca —comentó Gaston—, pero lo que no veo es la tranca.

 

—Podríamos romper la mesa y hacer una con sus astillas —apuntó Kane.

 

Mon Dieu! —exclamó L’Armon—. Os asustáis por nada, monsieur.

 

Kane le miró, airado.

 

—No me gustaría morir asesinado mientras duermo —contestó con hosquedad. —¡A fe mía —exclamó el francés, sonriendo— que no había tenido el gusto de

 

conoceros…! Hasta que no coincidí con vos en el camino del bosque, una hora antes de la puesta del sol, no os había visto.

 

—Yo ya os he visto en algún lugar —contestó Kane—, aunque ahora no puedo recordar dónde. En cuanto a lo demás, doy por sentado que cualquier individuo es honrado hasta que me demuestra que es un bribón; aparte de eso, tengo el sueño ligero y siempre duermo con una pistola al lado.

 

El francés rio de nuevo.

 

—¡Me estaba preguntando cómo habría podido decidirse monsieur a compartir su dormitorio con un extraño! ¡Ja! ¡Ja! De acuerdo, monsieur inglés, vayamos a coger la tranca de cualquier habitación.

 

Y llevando consigo la vela, salieron al corredor. En él reinaba un silencio absoluto y la diminuta llama parpadeó, rojiza y malvada, en la espesa tiniebla.

—Nuestro posadero no tiene huéspedes ni sirvientes —murmuró Solomon Kane

 

—. Una extraña posada. ¿Cómo se llama? Esas palabras en alemán me resultan difíciles de recordar… ¿El Cráneo Hendido? Sanguinario nombre, a fe mía.

 

Probaron en las habitaciones próximas a la suya, pero ninguna tranca recompensó su búsqueda. Finalmente, llegaron a la última habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba amueblada como las demás, pero la puerta tenía un pequeño picaporte y se cerraba desde fuera con un pesado pestillo que llegaba hasta uno de los montantes. Tiraron de él y miraron dentro de la habitación.

 

—Aquí debería haber una ventana que diese al exterior, pero no la hay —musitó


 

 

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Kane—. ¡Mirad!

 

El suelo estaba manchado de algo oscuro. Las paredes y la única cama mostraban señales de marcas de hacha y por todas partes se veían astillas.

 

—¡Aquí han matado a alguien! —dijo Kane, sombrío—. ¿Eso que hay en la pared no es una tranca?

 

—Sí, pero se resiste —comentó el francés, mientras tiraba de ella con fuerza—. La…

 

Una sección de la pared cedió de repente, y Gaston lanzó una vivida exclamación. Acababa de aparecer una pequeña habitación secreta. Él y Kane se inclinaron ante el siniestro despojo que yacía en el suelo.

 

—¡El esqueleto de un hombre! —dijo Gaston—. Fijaos cómo está encadenado al suelo por un fémur. Debieron encerrarlo aquí dentro hasta que murió.

 

—No —objetó Kane—. Le han hundido el cráneo… Me parece que nuestro posadero tenía una buena razón al ponerle ese nombre a su infernal posada. Sin duda, este desgraciado debió ser un viajero errante como nosotros, que cayó en las manos de ese demonio.

 

—Posiblemente —dijo Gaston, desentendiéndose de la conversación mientras centraba toda su atención en liberar al esqueleto del grillete de hierro que le aprisionaba. Al no conseguirlo, desenvainó la espada y, con una exhibición de notable destreza, cortó la cadena que unía el grillete que rodeaba el fémur con otro grillete encastrado en el suelo de madera.

 

—¿Por qué encadenar un esqueleto al suelo? —dijo para sí el francés—. Morbleu![1] ¿Para qué gastar una buena cadena? Ahora, monsieur —se dirigía, irónicamente, al blanco montón de huesos—, sois libre y podéis ir adonde os apetezca.

 

—¡Ya está bien! —la voz de Kane era profunda—. Nada bueno acontece por burlarse de los muertos.

 

—Los muertos debieran valérselas por sí mismos —comentó L’Armon, entre risas—. Ignoro cómo, pero sé que mataré al hombre que acabe conmigo, aunque mi cadáver tenga que remontar cuarenta brazas de océano para poder hacerlo.

 

Kane se volvió hacia la puerta de la habitación, cerrando tras sí la entrada de la estancia secreta. No le agradaba aquella conversación que desprendía relentes de demonismo y brujería; además, tenía prisa por enfrentarse con el posadero y echarle en cara su delito.

 

Mientras daba la espalda al francés, sintió contra su cuello el frío tacto del acero y supo que la boca de una pistola estaba haciendo presión en la base de su cráneo.


 

 

 

 

 

 

 

 

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—¡No os mováis, monsieur! —la voz era suave y acariciante—. No os mováis, o esparciré vuestros escasos sesos por la habitación.

 

El puritano, tragándose la ira, se quedó quieto y levantó las manos, mientras L’Armon extraía de su cinturón su espada y sus pistolas.

 

—Ahora podéis volveros —dijo Gaston, dando un paso atrás.

 

Kane lanzó una mirada funesta al elegante individuo, que en aquellos momentos se había descubierto, el sombrero en una mano, la otra sosteniendo su larga pistola.

 

—¡Gaston El Carnicero! —exclamó sombríamente el inglés—. ¡Qué loco he sido al fiarme de un francés! ¡Viajas lejos, criminal! Ahora te recuerdo, sin ese maldito sombrero de ala ancha… Hace algunos años te vi en Calais.

 

—Ciertamente… y ahora me veis de nuevo… ¿Qué ha sido eso?

 

—Las ratas inspeccionando el esqueleto —dijo Kane, que vigilaba al bandido como un halcón, en espera de un leve titubeo de la negra boca de la pistola—. Sonaba como si bailoteasen los huesos.

 

—Ya basta —replicó el otro—. Ahora, monsieur Kane, os diré que sabía que llevabais con vos una considerable cantidad de dinero. Pensaba daros tiempo a que os durmierais y mataros entonces, pero como se me presentó la oportunidad, decidí aprovecharla. Es fácil engañaros.

 

—No se me había ocurrido pensar mal de un hombre con quien había compartido el pan —dijo Kane, y su voz sonó con un profundo timbre de fría cólera.

 

El bandido rio cínicamente. Sus ojos se entornaron cuando comenzó a retroceder lentamente hacia la puerta de la habitación. Los tendones de Kane se contrajeron involuntariamente cuando entró en tensión como un enorme lobo a punto de lanzarse con un impulso mortal, pero la mano de Gaston era como una roca y la pistola no temblaba.

 

—No habrá ningún salto mortal después del disparo —dijo Gaston—. No os mováis, monsieur; he visto morir a bastantes hombres entre las manos de otros a punto de expirar, por eso deseo que entre nosotros haya la suficiente distancia para poder descartar esa posibilidad. A fe mía que, cuando dispare sobre vos, rugiréis y me atacaréis, pero habréis caído muerto antes de alcanzarme con vuestras manos


 

 

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desnudas. Y vuestro posadero tendrá otro esqueleto en su nicho secreto. Es decir, si yo mismo no le mato. El necio no me conoce, ni yo a él, pero…

 

El francés había llegado al umbral de la habitación, sin dejar de apuntar a Kane con su pistola. La vela, que habían dejado en un hueco de la pared, derramaba una luz irreal y temblorosa que no llegaba más allá de la entrada. En ese momento, desde la oscuridad que se extendía a partir de la espalda de Gaston, se elevó una forma inmensa y vaga, y una hoja destellante se abatió con la rapidez de la muerte. El francés cayó de rodillas como un buey apuntillado, y sus sesos se desparramaron de su cráneo partido en dos. Por encima de él se erguía la figura del posadero —¡una escena terrible y salvaje!—, que aún asía el espadón con que había matado al bandido.

 

—¡Jo! ¡Jo! —rugió—. ¡Atrás!

 

Kane había saltado hacia delante mientras Gaston caía al suelo, pero el posadero enarboló ante su rostro la larga pistola que sostenía en su mano izquierda.

 

—¡Atrás! —repitió con un rugido de tigre, y Kane se batió en retirada ante la amenazadora arma y la demencia que brillaba en los rojos ojos.

 

El inglés permaneció en silencio, mientras comenzaba a ponérsele la carne de gallina, ya que aquella amenaza era mayor y más terrible que la que sintiera en poder del francés. Había algo inhumano en aquel hombre, que se balanceaba de un lado para otro, como una enorme fiera del bosque, mientras su risa sin alegría retumbaba nuevamente.

 

—¡Gaston El Carnicero! —gritó, mientras propinaba patadas al cadáver—. ¡Jo! ¡Jo! Mi elegante bandido no cazará más; había oído que este necio merodeaba por la Selva Negra… ¡Quería oro, pero encontró la muerte! ¡Ahora tu oro será mío y además del oro… la venganza!

 

—Yo no soy vuestro enemigo —dijo Kane, con aplomo.

 

—¡Todos los hombres son mis enemigos! ¡Mira… las señales de mis muñecas! ¡Mira… las señales de mis tobillos! Y grabado en mi espalda… ¡el beso del knut![2] ¡Y en lo más hondo de mi cerebro, las heridas de todos aquellos años de celdas frías y silenciosas, donde yací como castigo por un crimen que nunca cometí! —su voz se quebró en un sollozo horrible y grotesco.

 

Kane no contestó. Aquel no era el primer hombre a quien veía con el cerebro trastornado por los horrores de las terribles prisiones del continente.

 

—¡Pero me escapé! —la voz se elevó triunfal—. Y aquí hago la guerra a todos los hombres… ¿Qué fue eso?

 

¿Acaso vio Kane un asomo de miedo en aquellos ojos espantosos?

 

—¡Mi hechicero está haciendo que bailoteen sus huesos! —susurró el posadero, y añadió, con risa salvaje—: Juró al morir que sus huesos tejerían una red de muerte a mi alrededor. Por eso encadené su cadáver al suelo; y ahora, en lo más profundo de la


 

 

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noche, oigo cómo su esqueleto mondo se agita y bailotea, como si quisiera liberarse… ¡y yo me río! ¡Jo! ¡Jo! ¡Cómo le gustaría levantarse y caminar como su majestad la Muerte por esos oscuros corredores y acabar conmigo mientras estoy en la cama, dormido!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De repente, los ojos del loco brillaron espantosamente:

 

—¡Tú estuviste en la estancia secreta, con ese loco que ha muerto! ¿Habló con vosotros?

 

Kane tembló, a su pesar. ¿Había perdido la razón o, realmente, acababa de oír un débil bailoteo de huesos, como si el esqueleto se hubiese movido ligeramente? Se encogió de hombros; las ratas debían seguir tirando de los polvorientos huesos.

 

El posadero reía de nuevo. Se movió alrededor de Kane, sin dejar de cubrirle con su pistola, y abrió la puerta del cuarto secreto con la mano que le quedaba libre. Dentro todo eran tinieblas, de modo que Kane ni siquiera pudo ver el incierto brillo de los huesos sobre el suelo.

 

—¡Todos los hombres son mis enemigos! —barbotó el posadero, a la manera característica de los dementes—. ¿Por qué debía perdonar a algún hombre? ¿Quién levantó una mano para ayudarme cuando yací durante años en los infames calabozos de Karlsruhe…? Y eso que era por algo que nunca probaron. Entonces le pasó algo a mi cerebro. Me volví como un lobo… un hermano de esos de la Selva Negra, adonde huí cuando me fugué.

 

»Buen festín se dieron mis hermanos con todo el que cayó por mi posada… exceptuando a aquel que se dedica a hacer sonar sus huesos, ese mago que vino de Rusia. Por miedo a que volviese a hurtadillas amparándose en las negras sombras, cuando la noche se extiende sobre el mundo, y me matase —pues, ¿quién puede matar a un muerto?—, le dejé sin carne en los huesos y le encadené. Su brujería no fue lo suficientemente fuerte para salvarle de mí, pero todo el mundo sabe que un mago muerto es más temible que uno vivo. ¡No te muevas, inglés! Dejaré tus huesos en esta habitación secreta, al lado de los otros, para…

 

El demente se encontraba en aquellos momentos en el umbral de la estancia oculta, y su arma seguía amenazando a Kane. De repente, pareció bascular hacia atrás y desaparecer en las tinieblas. En el mismo instante, una furtiva ráfaga de aire cerró la puerta tras él. La vela de la pared parpadeó y se apagó. Las manos de Kane, buscando a tientas en el suelo, encontraron una pistola; entonces se levantó, mirando hacia la


 

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puerta por la que había desaparecido el loco. Rodeado de la más completa negrura, sintió que la sangre se le helaba en las venas al oír un grito espantoso y en sordina, que provenía de la habitación secreta, al que se unía el áspero y espantoso bailoteo de unos huesos descarnados. Después, se hizo el silencio.

 

Buscó pedernal y eslabón y encendió la vela. La cogió con una mano, mientras con la otra aferraba la pistola, y abrió la puerta de la habitación secreta.

 

—¡Dios Omnipotente! —murmuró, mientras un sudor frío le recorría todo el cuerpo—. ¡Lo sucedido sobrepasa los límites de la razón, a pesar de que pueda contemplarlo con mis propios ojos! En verdad que en esta habitación se han hecho realidad dos votos, pues Gaston El Carnicero prometió que incluso después de muerto se vengaría de su asesino, y suya fue la mano que liberó a ese monstruo descarnado. Pero él…

 

El posadero de El Cráneo Hendido yacía sin vida sobre el suelo de su estancia secreta, con su bestial rostro congelado en los últimos instantes de un terrible miedo. Los pelados huesos de la esquelética mano del hechicero ceñían su cuello roto, aún clavados profundamente en él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original:

 

«Battle of Bones»

 

(Weird Tales, junio 1929)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL CASTILLO DEL DIABLO


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I

 

UN JINETE BAJABA CANTANDO por el sendero del bosque, a la luz del creciente crepúsculo, ajustando el ritmo al paso desenvuelto de su caballo. Era un hombre alto y nervudo, ancho de espaldas y robusto de pecho, con ojos inquietos y

 

penetrantes que, al mismo tiempo, parecían lanzar un desafío y una burla.

 

—¡Hola! —tiró de las riendas de su caballo, que se detuvo súbitamente, y miró con curiosidad al hombre. Este acababa de levantarse de la roca en donde se había sentado, al borde del sendero. Era incluso más alto que el jinete… un hombre enjuto y sombrío, vestido con ropajes sencillos, de tono oscuro, cuyo rostro reflejaba una palidez siniestra.

 

—¿Inglés? Y puritano, a juzgar por el corte de ese traje —comentó el jinete—. Me alegra encontrar a un compatriota en esta tierra extranjera, aunque sea un tipo tan melancólico como tú, pues eso es lo que pareces. Me llamo John Silent y me dirijo a Génova.

 

—Yo soy Solomon Kane —contestó el otro, con voz grave y serena—. Vago por la faz de la tierra y no tengo ningún destino.

 

John Silent miró perplejo al puritano. Los ojos fríos y profundos le devolvieron la mirada sin pestañear.

 

—En nombre del Diablo, amigo… ¿no sabes adónde te diriges en este momento? —Voy allí donde mi espíritu me impulsa a ir —contestó Kane—. Por el momento me encuentro en esta región salvaje y desolada por la que viajo, impelido, sin duda,

 

por algún propósito que aún me es desconocido.

 

Silent suspiró y movió la cabeza.

 

—Monta detrás, amigo, e intentaremos encontrar una posada donde pasar la noche.

 

—No querría sobrecargar vuestro caballo, buen amigo, pero, si me lo permitís, caminaré a vuestro lado y conversaré con vos, pues desde hace muchos meses no he oído hablar en buen inglés.


 

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Mientras iban siguiendo sin prisa el sendero, John Silent no dejó de mirar a Kane ni de comprobar que, a pesar de su complexión delgada, avanzaba con pasos largos y felinos y que de uno de sus costados pendía un largo estoque. La mano de Silent tocó instintivamente el largo espadón curvo que llevaba al cinto.

 

—¿Quieres decir que viajas por cualquier país del mundo sin un motivo preciso, sin importarte dónde te encuentres?

 

—Señor, ¿qué importa eso, si el hombre que viaja de esa manera cumple, dondequiera que se encuentre, el plan que Dios ha previsto para él?

 

—¡Por Júpiter! —juró John Silent—. Todavía eres más excéntrico que yo, ya que, aunque también recorra el mundo, siempre tengo algo in mente. Aquí donde me ves, acabo de licenciarme del mando de una tropa de soldados y me dirijo a Génova para embarcarme en un navío que va a atacar a los corsarios turcos. Acompáñame, amigo, y aprende a surcar los mares.

 

—Ya los he surcado, y poco encontré en ellos que fuera de mi agrado. Muchos que se llaman a sí mismos mercaderes honestos no son más que piratas sanguinarios.

 

John Silent disimuló su sonrisa y cambió de conversación.

 

—Entonces, puesto que tu espíritu te ha impelido a atravesar esta región, habrás encontrado en ella algo que haya sido de tu gusto.

 

—No, buen caballero, sólo encontré en ella campesinos a punto de morir de hambre, señores crueles y hombres sin ley. Sin embargo, creo haber hecho algo de provecho, pues sólo hace unas horas di con un pobre diablo que pendía de una horca, y corté su soga antes de que hubiese exhalado su último suspiro.

 

Poco faltó a John Silent para no caerse de la silla.

 

—¿Cómo? ¿Has salvado a un hombre de la horca del barón Von Staler? ¡En nombre del Diablo, acabarás consiguiendo que nos cuelguen a los dos!

 

—No debierais maldecir con tanto ardor —le reconvino Kane, amistosamente—. No conozco personalmente al tal barón Von Staler, pero considero que colgó a ese hombre injustamente. La víctima sólo era un niño y en su rostro no había nada de malvado.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Y claro —dijo John Silent, airado—, tenías que arriesgar nuestras vidas para salvar a ese tipo despreciable, que, por lo demás, ya estaba condenado.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —preguntó Kane, a punto de perder la paciencia

 

—. Os lo ruego, cesad en vuestras vejaciones y decidme de quién es ese castillo que veo asomar por encima de los árboles.

 

—De alguien a quien quizá acabes conociendo demasiado bien, si no nos damos prisa —contestó Silent, enfadado—. Es el bastión del barón Von Staler, a quien robaste la presa que había ahorcado, el señor más poderoso de la Selva Negra. Allí está el camino que lleva a su puerta; y aquí el que nosotros tomaremos… el que antes nos pondrá fuera del alcance del buen barón.

—Me parece que es ese castillo del que habían hablado —dijo Kane, hablando para sí—. Lo llamaron con un nombre un tanto desabrido… el castillo del Diablo. Venid, echémosle un vistazo.

 

—¿Tienes intención de subir hasta el castillo? —exclamó Silent, atónito. —Cierto, señor. No creo que el barón rehúse dar acomodo a dos viajeros.

Además, podremos darnos una idea del tipo de hombre que es. Me gustaría conocer a ese señor que cuelga a los niños.

 

—¿Y si no te cae bien? —preguntó Silent, con sarcasmo. Kane suspiró.

 

—De vez en cuando me sucede, aquí y allá, a lo largo de mis viajes a través del mundo, que me veo en la necesidad de aliviar a algunos hombres malvados del fardo de sus vidas.

 

Tengo la sensación de que bien podría ocurrir lo mismo con el barón.

 

—¡Por todos los diablos! —juró Silent, estupefacto—. Hablas como si fueses el juez de un tribunal, y el barón Von Staler yaciese inerme ante ti, en lugar de lo contrario… pues tú sólo tienes una espada, mientras que el barón está rodeado de vigorosos hombres de armas.

 

—La verdad está de mi parte —dijo Kane, sombrío—. Y es más poderosa que mil hombres de armas. Pero ¿a qué viene tanta palabrería? Todavía no he visto al barón, y no soy quién para emitir juicios sin verlo. Quizá el barón sea un hombre justo.

 

Silent sacudió la cabeza, maravillado.

 

—¡No sé si eres un loco inspirado, un necio o el hombre más valiente del mundo! —y rompió a reír—. ¡Adelante! Esta aventura no tiene pies ni cabeza, y estoy por asegurar que acabará en muerte; pero su despropósito me atrae. ¡Que nadie llegue a decir que John Silent se niega a ir adonde pueda conducirle el valor de otro hombre!

 

—Tu discurso es alocado e impío —dijo Kane—, pero comienzas a caerme bien.

 

 

 

Título original:

 

«The Castle of the Devil»

 

(Red Shadows, 1968)


 

 

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De tal suerte, Kane y su excéntrico amigo tomaron el camino que los conduciría al castillo del barón Von Staler. A medida que se acercaban a él, iba siendo más empinado. Y como los árboles eran cada vez más frondosos, el camino que recorrían se estrechaba por momentos, dando la impresión de que apenas era transitado. En un momento dado, sucedió todo lo contrario. Los árboles fueron escaseando hasta desaparecer, con lo que se encontraron ante una amplia explanada en la cumbre de la colina que habían estado subiendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquel castillo sobrecogió a Kane. No se trataba sólo de lo imponente de su tamaño, sino de su antigüedad. Varias partes de su muralla eran de época romana, y otras del tiempo de las invasiones. Ceñido por un foso lleno de agua, tenía planta cuadrangular, de unos ciento cincuenta pies de lado, con una torre de sección cuadrada en cada una de sus murallas orientadas a los cuatro puntos cardinales, y otras cuatro, de sección circular, en los vértices del cuadrado sobre el que se asentaba. Su altura alcanzaba los sesenta pies. Por su forma, le recordó vagamente el castillo de Bodiam, que había visto en Sussex, siempre que este se hubiese asentado sobre la tierra firme, perdiendo la isla, la barbacana y los puentes. Había sido construido con una extraña piedra negro-azulada, que parecía rielar en la lejanía, como si el castillo fuese un espejismo o la obra de algún genio.

 

El jinete y su acompañante lo contemplaron en silencio y prosiguieron su avance hacia la puerta principal.

 

—¡Alto! ¿Quién vive? —preguntó a voces un centinela desde la puerta principal, apuntándolos con su mosquetes.

 

—Dos caballeros ingleses que desean hablar con su excelencia el barón Von Staler —contestó Silent.

 

Los soldados de la guardia se quedaron mudos al contemplar la extraña pareja que hacían Silent y Kane, con las ropas cubiertas de polvo y disparejos, uno de ellos a pie y el otro a caballo; además, aunque el altivo porte del puritano y la desenfadada expresión de su acompañante fuesen impropios de salteadores o de gente de mala vida, sus trazas no eran las que se suponía que debían cuadrar a unos


 

 

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gentileshombres.

 

Tras unos momentos de espera, el puente que permitía el acceso al interior rechinó bajo sus cadenas y quedó tendido sobre el foso.

 

 

 

II

 

Apenas penetraron en el estrecho pasillo, los hombres de la guardia se interpusieron entre ellos y la salida que daba al patio. Un individuo fornido, que vestía coraza y casco de acero, se abrió paso y los apuntó con una pistola.

 

—Vuestras armas —ordenó.

 

Kane y Silent, que había descabalgado para entrar, se miraron el uno al otro y, con un gesto de inteligencia, se despojaron de sus armas de fuego, entregándoselas por la culata al bigotudo teutón, sin lugar a dudas, el capitán de la guardia.

 

—También las espadas —insistió, con sonrisa burlona.

 

La rapidez con que Kane desenvainó su estoque y lo apoyó contra el desnudo cuello del alemán dejó a este sin habla, trocando su sonrisa en una mueca de estupor.

 

—Mi espada es como mi alma —objetó el puritano, clavando en el oficial una mirada más fría que su acero, capaz de helar el corazón a cualquiera—. Jamás pidáis su espada a un hombre de honor, a menos que deseéis matarlo a traición o tengáis los redaños suficientes para arrebatársela con la vuestra si se niega a entregároslas.

 

—La mía es como mi novia, muchacho. No me separo de ella ni de día ni de noche —comentó Silent, añadiendo su chanza a la amenaza de Kane.

 

El capitán, indeciso entre cumplir con su deber y salvar su vida, pues aquel inglés siniestro parecía estar muy seguro de lo que decía, no supo qué decisión tomar. En aquel momento, una aparición velada por una negra gasa que parecía cubrirle hasta los pies se dejó ver a la izquierda del pasillo. Los guardias, que habían roto cualquier tipo de formación, perdiendo al mismo tiempo toda compostura militar, se quedaron rígidos y recobraron cierto carácter de marcialidad. Una voz femenina sonó claramente entre el tintineo de las corazas y las demás piezas del equipo de los soldados.

 

—Capitán Steiner, un hombre que defiende con tanto valor el derecho a llevar espada sólo puede ser un caballero. Que él y quien le acompaña conserven sus aceros.

 

Aquella voz, tan cortante como el filo de su estoque, pensó Kane, estaba acostumbrada a mandar. Pero, al mismo tiempo, su timbre era profundamente musical y femenino, y sonaba acariciante al oído. El puritano salió de su ensoñación y miró a la dama velada que se acercaba a él. En otras circunstancias, aquella sombra enlutada habría bastado para ponerle en guardia, pero ya que le permitía entrar en el castillo del barón Von Staler, en la guarida del lobo, sólo sentía por ella agradecimiento.

 

—Soy la baronesa Von Staler. Tened la amabilidad de comunicarme vuestros


 

 

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nombres y vuestras intenciones —dijo la voz.

 

Kane envainó su estoque con una leve inclinación de cabeza. John Silent se descubrió e hizo una elaborada reverencia con su sombrero.

 

—Somos los capitanes Kane —y señaló a su compatriota— y Silent. John Silent, mylady. Soldados de fortuna e ingleses, a pesar de que mi camarada aquí presente siga empeñado en afirmar que es un hombre sin tierra. En cuanto a nuestras intenciones —se aclaró la voz y prosiguió—, el capitán Kane desea informar al barón…

 

—Que colgar de una soga —le interrumpió bruscamente Kane— a los niños, es algo que ni siquiera los salvajes de África se atreven a hacer. Encontré a un joven que pendía de una soga, casi un niño, y lo descolgué de ella por mi cuenta y riesgo. Aún vivía cuando lo dejé —hizo una pausa amenazante y llevó una mano al pomo de su espada—. Estoy dispuesto a aceptar la justicia de vuestro esposo siempre que él acepte la mía. Es un punto que me gustaría tratar con él. Por eso estoy aquí.

 

Tras sus palabras se hizo un silencio tenso que pareció durar una eternidad. Aquella escena resultaba un tanto irreal. En primer plano, la enigmática dama vestida de negro… joven o anciana, bella o repelente… aunque había algo en su compostura y en su forma de hablar que sugería la flexibilidad de una pantera al acecho y una energía inaudita. Si la suavidad acerada de aquella voz iba acorde con su cuerpo, la baronesa debía ser, entonces, una mujer bellísima. Frente a ella, los dos ingleses que, sin ser invitados, se atrevían a dar órdenes e imponer su ley en tierra extranjera. Y, al fondo, los guardias atónitos, que se veían desbordados por unos acontecimientos que jamás hubiesen supuesto que iban a encontrar en el normal ejercicio de las armas.

 

De repente, la misteriosa dama se despojó de su velo y se acercó a Kane. Era casi tan alta como el inglés y, en efecto, su rostro era bellísimo, aunque nada en él se relacionaba con las brumas que recorrían aquellas tierras germánicas. De tez tan blanca como la leche, sus rasgos alargados mostraban su pertenencia a alguna etnia mediterránea. Al perfecto óvalo de su rostro, levemente marcado por unos pómulos salientes, venían a unirse unos labios plenos y sensuales, muy rojos, una nariz delgada y recta, y unos dientes blancos y menudos, como perlas. Todo su rostro, rematado por una flotante melena negra de cabellos lisos, era un portento de belleza digno de la mano del más sublime de los artistas.

 

Pero lo que más atrajo la atención al puritano fueron sus ojos. Bajo unas cejas largas y estrechas que se abrían como la copa de una palmera sobre el tronco de su nariz, eran grandes y almendrados y desbordaban a raudales poder hipnótico. Parecían mirarle desde otro mundo, más allá de los abismos insondables del Tiempo y del Espacio, y leer su mente, penetrando todos sus secretos y miserias, compartiendo sus dolores y alegrías y esa ansia irrefrenable que le impulsaba a vagar continuamente por la tierra, venciendo el mal y restaurando la justicia.


 

 

 

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—Estoy segura de que mi esposo aceptará las disculpas… ¡perdón! Explicaciones que tengáis que darle, capitán Kane —dijo, con una sonrisa enigmática, y miró a Silent, bebiendo ansiosamente su rostro—. Nos sentiremos honrados si esta noche os dignáis ser nuestros huéspedes.

 

—Hablando en mi nombre y en el de mi camarada, aceptamos vuestro ofrecimiento en lo que vale, mylady —se apresuró a decir Silent, cuyo corazón, después de la mirada de la baronesa, había comenzado a latir con más fuerza que el de un caballo de batalla lanzándose a la carga en medio de la refriega; y apoderándose de una de sus manos, la besó largo y tendido, durante más tiempo del permitido por el protocolo y las buenas costumbres, mientras no dejaba de mirarla con ojos emocionados.

 

Finalmente, la baronesa se fue, aunque no sin ordenar a dos de los hombres de la guardia que se preocupasen de llevar el caballo al establo y de conducirlos a ellos hasta una de las habitaciones para los invitados que se encontraban en el ala sur. Según les anunció, durante la cena podrían hablar a sus anchas con el barón.

 

Acompañados por uno de los guardias, que no despegó los labios, cruzaron diametralmente el patio del castillo, y tras pasar por una amplia sala que hacía las veces de comedor en las grandes celebraciones, separada de las cocinas por unas salas más pequeñas, especie de reservados, subieron por una escalera y llegaron a las habitaciones que les habían sido destinadas.

 

Ambas estaban juntas y eran gemelas, comunicándose entre sí con una gruesa puerta de madera de roble. Sus ventanas, amplias y cubiertas de barrotes, mantenían la habitación poco iluminada, por estar orientada al Sur. Un amplio lecho con baldaquín, una mesa tosca y pesada, y un enorme armario completaban el mobiliario. En la mesa podía verse un gran candelabro de nueve velas, que debía proporcionar una buena luz de noche.

 

En cuanto su silencioso acompañante se fue, Silent entró por la puerta que unía ambas habitaciones, silbando una cancioncilla, y palmeó el hombro de Kane.

 

—¡Amigo mío, vaya aventura! ¡Qué mujer! ¿No viste cómo me miró?

 

—Sólo vi una mirada que no parecía de este mundo, y un rostro tan seductor como el de la mismísima Eva —contestó Kane, molesto por la mundanalidad de su camarada.

 

—¡Bah! Eres un puritano incorregible —se quedó pensativo unos instantes y después volvió a la carga—. Claro, seguro que su marido la tiene encerrada en el castillo, sin ver a nadie. Debe ser muy celoso y por eso la obliga a ir velada. ¡El muy turco!

 

A pesar de su severidad, Kane tuvo que hacer esfuerzos para no sonreír por los disparates de su compatriota. Reconocía, en su fuero interno, que aquella hermosa mujer guardaba algún secreto que, aún no sabía cómo, se relacionaba con el siniestro


 

 

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sobrenombre de la imponente fortaleza. Si aquel era el castillo del Diablo, su ocupante debía ser el mismísimo Satanás. Y su esposa…

 

—… Y si así fuese no me importaría raptarla —decía Silent, concluyendo una alocada perorata que tenía que ver con la baronesa y con la suposición de que su marido la hacía infeliz.

 

Cuando Kane se disponía a reconvenirle por su poco juicio, una delgada silueta se perfiló en el umbral de su habitación.

 

Era una doncella muy joven que acudía a informarles de la hora de la cena. Iba cargada con un pesado fardo de ropas que ambos habrían de ponerse por cuestión de protocolo y que dejó sobre la mesa de la habitación.

 

—Bajando por la escalera, y atravesando las cocinas, o saliendo al patio de armas, encontraréis los baños. Allí os aguardan dos criados que atenderán vuestras necesidades —dijo la joven; y dirigiéndose a Kane, añadió—: Vos debéis ser el caballero que salvó la vida al joven a quien había colgado el barón.

 

El puritano la miró, sorprendido por el hecho de que la noticia de aquel acto hubiese corrido tan rápida como la pólvora.

 

—Es mi novio —dijo la joven, y sus mejillas se arrebolaron. De repente, alzándose de puntillas, le dio un beso y echó a correr, desapareciendo por el pasillo.

 

Kane se quedó sin saber qué decir, acariciándose la mejilla, un tanto avergonzado, mientras Silent esbozaba una sonrisa burlona.

 

—Jamás me hubiera imaginado, capitán Kane, que vuestra especialidad fuesen las jovencitas.

 

—¡Salvaje! —exclamó el puritano, y le lanzó a la cabeza una de las prendas que la joven acababa de traerles.

 

Al poco rato, ambos bajaban por la escalera, entre risas.

 

 

 

III

 

El prolongado baño no sólo consiguió quitarles el cansancio y el polvo del viaje, sino, al menos a Kane, cierto embotamiento de mente que había comenzado a sentir desde que entrara en el castillo. No era amigo de los planes preconcebidos, pero en aquel caso la situación parecía diferente. Estaban en el castillo para saber si el barón era o no un satanista, como se decía por la comarca. Durante la cena, Silent intentaría acaparar la atención de la baronesa, por lo que él podría hablar largo y tendido con Von Staler y conocer algo de sus ideas. ¿Y después? Su mueca lobuna resultó elocuente. Seguro que cuando llegase el momento crucial, el Destino, o la Potencia que, según Kane, guiaba sus pasos, le diría lo que tenía que hacer.

 

Al regresar a sus respectivas habitaciones, los dos ingleses se vistieron con las ropas que les había traído la doncella. Las de Kane eran negras, casi un duplicado de


 

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las que llevaba puestas. Le quedaban como si se las hubiesen hecho a medida, y la austeridad de su corte le agradó. Las de Silent eran todo lo contrario. De color azul claro, estaban llenas de galones y encajes. El atavío de un petimetre perfumado, se dijo Kane, aun reconociendo que su excéntrico acompañante sería un formidable guerrero cuando se le presentase la ocasión.

 

La doncella que agradeciese con un beso a Kane la liberación de su novio Hans, el joven ahorcado por Von Staler, acudió para guiarles a las habitaciones privadas del barón, donde iban a cenar. Se llamaba Senta, y era evidente que el barón nada debía de saber de su relación con el ajusticiado.

 

—Ambos debéis huir en seguida de aquí, señor. El barón practica la magia negra y no dudará en sacrificaros si piensa que podéis ser un obstáculo para sus planes — dijo entre susurros, nada más llegar.

 

—No podemos desairar así a nuestros anfitriones, muchacha —comentó Silent—. ¿Qué tipo de hechicerías practica Von Staler?

 

—Nadie lo sabe, pues ninguno de los que consiguieron verlas volvió para contarlo. De lo único que estamos seguros, nosotros, los humildes, es que hace unos ocho años, desde que llegó de Hungría, los niños comenzaron a desaparecer de la región.

 

—¿Sólo los niños? —inquirió Kane.

 

—Sólo ellos, y los jóvenes que aún no habían llegado a ser hombres y mujeres — dijo Senta, mirando nerviosa a uno y otro lado, como si tuviese miedo de que pudiesen oírla, pues las sombras habían comenzado a caer.

 

Kane reflexionó un instante. En el transcurso de sus viajes por Europa Oriental había oído historias respecto a algunas familias de siniestra reputación. Al parecer, practicaban rituales satánicos en los que la sangre jugaba un papel esencial, pero siempre había creído que eran meras patrañas. En algunos pueblos apartados de Hungría y Transilvania, Dracul, Karnstein o Báthory no sólo eran apellidos de abolengo, sino incitaciones al demonio. Su simple mención era recibida con un supersticioso santiguarse. ¿Procedería de alguna de ellas Von Staler?

 

Al parecer, el barón sólo parecía servirse de vírgenes para sus actividades, fueran las que fuesen, lo cual cuadraba bien con los sacrificios a Satanás.

—¿Por qué ahorcó el barón a tu novio? —preguntó a la joven.

 

—No lo sé, señor. Una tarde, cuando anochecía, después de que Hans… —bajó la mirada— estuviese conmigo y volviese a la cabaña de sus padres, unos hombres le cogieron y se lo llevaron. Y ya no recuerda nada más hasta el momento en que se encontró en el suelo, con una soga al cuello que vos habíais cortado, y vio un rostro, el vuestro, inclinado encima de él, que le daba ánimos mientras friccionaba su cuello.

 

—¿De quién era antes el castillo? —inquirió el puritano, cuyos ojos se habían estrechado por la intensa concentración de su mente, mientras comenzaba a atar


 

 

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cabos.

 

—Vivíamos bien, eso dice la gente, porque yo era muy pequeña para recordarlo, hasta que el anterior barón Von Staler murió hace diez años, guerreando en el Este contra los turcos. Dicen que era justo y bondadoso con los campesinos. Como no se había casado aún, pues era muy joven, el castillo quedó a cargo de las tropas del Imperio. Pero dos años después, llegó un noble de Hungría que alegó pertenecer a la familia del barón, reclamó sus tierras y se quedó con ellas. Desde entonces, señor, sólo conocemos el terror, y nadie sale de sus casas al ponerse el sol.

 

La joven había terminado casi histérica. Kane descansó una de sus poderosas manos sobre sus frágiles hombros.

 

—Tranquilízate, muchacha, pues en verdad el Altísimo ha guiado mis pasos hasta este pozo de iniquidad, y difícil será que lo abandonemos sin haberlo purificado de su podredumbre. ¿Sabes cómo se llama el nuevo barón?

 

—Batosky… Baroshky… no sé. Es uno de esos apellidos húngaros tan raros —se disculpó la joven, y añadió, con alborozo infantil—: Pero puedo enseñaros su retrato, está aquí mismo… ¡y su nombre está escrito debajo!

 

—Muy bien, Senta, vayamos a verlo —y mientras hablaba se ciñó el cinto con el estoque—. ¿No te armas, John? —preguntó a su amigo.

 

—Jamás me separo de mi secretario —dijo Silent, y se sacó de la bota izquierda un sutil estilete de dos palmos de largo.

 

* * *

 

No tuvieron que andar mucho. El largo pasillo que se extendía desde sus habitaciones hasta la torre sureste estaba cubierto con los retratos de todos los Von Staler. A medida que lo recorrían les daba la impresión de efectuar un viaje en el tiempo. Nada más salir al pasillo, lo primero que vieron los ingleses y la doncella fueron los fundadores del linaje, poco más que bárbaros germanos, con cabellos en desorden, o peinados en moño, bigotes lacios, barbas muy pobladas y ojos que desprendían fuego. Más adelante tomaban el relevo los guerreros de la época de las Cruzadas, desde los que habían entrado a saco en Jerusalén, emborrachándose en una marea de sangre que había hecho dudar al mundo de los altos principios que impulsaban a Godofredo de Bouillon y sus seguidores, hasta aquel puñado de locos que había seguido hasta Egipto a San Luis, en aquella postrera cruzada. También había muchos miembros de órdenes militares, cubiertos con capas negras y blancas. Las expresiones de los rostros habían ido dulcificándose con el paso del tiempo, como si quisiesen congraciarse con las escasas damas representadas, de suerte que el rosero que finalmente contemplaban, el del barón Ullrich von Staler, anterior ocupante del castillo, unía a la expresión altiva y guerrera de toda la familia la profunda mirada del soñador, del poeta.


 

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¡Pero qué contraste con el cuadro que le seguía y que cerraba la serie! Como si aquello fuese una clara constatación de los tiempos que corrían, en donde la nobleza y la caballería daban paso a la zafiedad y las artimañas, el último retrato era el de un hombre de edad madura. Su rostro y cabeza estaban totalmente afeitados, sus labios eran carnosos y los oscuros ojos negros estaban muy abultados. En su juventud debía de haber sido un hombre atractivo, pero los excesos de una vida disipada le habían dado una inconfundible apariencia de mago negro. Aquellos ojos de mirada profunda parecían extrañamente planos, como si no tuviesen vida propia, como si fuesen de cristal.

 

El retrato era de cuerpo entero y estaba realizado con un verismo increíble. Mostraba al barón en el campo de batalla, vestido de rojo, con un traje de atamán, rodeado de cadáveres. Con la bota derecha pisaba el cuello de un turco herido, que se contorsionaba con los espasmos de la muerte, mientras que en una larga pica que sostenía en vilo con ambas manos, se encontraba atravesado el cadáver de otro. Si aquella escena, de por sí, era espantosa, el hecho de que aconteciese tras la llegada de la noche y de que bajo la luna rojiza se recortasen unas sombras aladas que se cernían sobre el campo de batalla le añadían una dimensión de blasfema malignidad.

 

Kane apartó sus ojos del retrato para mirar el nombre que aparecía escrito debajo. Despejadas sus dudas de que aquel lugar estaba habitado por el mal, apenas le sorprendió que el barón que ocupaba la fortaleza de los Von Staler se llamase Alexis Báthory.

 

 

 

IV

 

El salón privado donde tenía lugar la cena estaba decorado principescamente. Gran número de armaduras de todos los tipos y épocas se alineaban a lo largo de sus paredes. Del techo colgaban espléndidas arañas y lustres, que difundían una luz tan intensa como la de una mañana de junio. En uno de los rincones de la estancia, un quinteto de músicos alternaba gallardas con pavanas, realzando o templando los ánimos. En uno de los extremos de la mesa se había dispuesto todo tipo de postres, mientras que los platos iban llegando uno tras otro, escoltados por excelentes vinos del Rhin y del Mosela, de Borgoña y de Burdeos. Kane sólo probó un poco de verdura y del excelente goulash, acompañándose morigeradamente con un Borgoña; John Silent, sin embargo, comió y bebió por los dos; pero como era hombre habituado a la buena vida, aquello sólo sirvió para que su corazón se rindiese a los encantos de su bella anfitriona, la baronesa Adriana, que seguía vertiendo de negro, con quien estuvo charlando toda la velada.

 

Por su parte, Kane tuvo que repartir su conversación entre el barón y un hombre muy entrado en años, casi un anciano, que los acompañaba. Se llamaba Luciano y


 

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había estudiado alquimia con Paracelso y magia con el controvertido Cornelio Agripa. Pero también era un científico que estudiaba la teoría del color y la transmisión de la luz por el espacio: en su juventud había diseñado varias linternas mágicas para los Sforza de Milán. La charla se encontraba en un momento interesante. Luciano estaba hablando de la inmortalidad.

 

—… Y si la sangre, al igual que el resto de nuestro cuerpo, está constituida por átomos, como suponían Demócrito y buena parte de los antiguos, y es bien sabido que esos átomos se regeneran y mueren, como os diría cualquier discípulo de Galeno —sobre todo, de la especie proclive a las sangrías, con las que purifican, precisamente, esos átomos corruptos de la sangre de sus pacientes—, entonces, si pudiésemos regenerar continuamente esa sangre, habríamos vencido a la muerte. Por otra parte… —el alquimista hizo un alto en su perorata para recobrar el resuello. Los ojos le brillaban de manera extraña y Kane pensó que no debía estar en su sano juicio —, por otra parte…

 

—Por otra parte, mi buen Luciano, la sangre, por su color rojo, es un principio activo —le interrumpió la voz levemente nasal del barón, que curiosamente llevaba prendas carmesíes, como en el retrato de la galería—, y sólo con su ayuda se podrá vencer la pasividad y negrura de la muerte y alcanzar el oro de la inmortalidad.

 

A Kane todo aquel discurso le sonó a perversión y hechicería diabólica, y no pudo reprimir su enfado.

 

—¡Pardiez! En los tiempos de la decadente Roma, las cortesanas, y entre ellas las impúdicas esposas de algunos emperadores demasiado indulgentes, se bañaban en leche de burra para mantener tersa su piel y seguir complaciendo a sus amantes. ¿Acaso pensáis alterar el procedimiento bañándoos en sangre?

 

—No hay duda de que os excedéis en vuestras sospechas, capitán Kane, como demuestra vuestra actitud al haber acudido armado a esta cena, cual si formaseis parte del séquito del rey Gunther de Burgundia y yo fuese un nuevo Atila redivivo — comentó con una sonrisa el barón, como si aquel comentario le divirtiese y quisiera quitar importancia al hecho. Pero su mirada hipnótica decía lo contrario—. La oscuridad de vuestros ropajes acabará por opacar vuestra inteligencia. Por supuesto que estaba hablando en hipótesis, pero quizá no sólo se trataría de bañarse en sangre, sino de hacer que esa sangre se incorporase a la de uno.

 

—Disculpad mis suspicacias, excelencia, pero en la región se cuentan cosas bastante extrañas de este castillo —apuntó Kane.

 

—¡Habladurías de patanes, querido amigo! Cuando murió mi predecesor, se hicieron a la idea de que estas tierras pasarían al Imperio, con lo cual los impuestos que debían pagar a su señor natural se convirtieron en poco más que un símbolo. Y cuando supieron que llegaba un nuevo barón, la realidad se les hizo tan insoportable que acabaron odiándome —comentó, mientras daba una dentellada a unas costillas de


 

 

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venado asado.

 

—Nos quitáis un peso de encima, señor barón —dijo un tanto fuera de lugar John Silent, ya que hasta aquel momento no había hecho otra cosa que honrar su peculiar apellido mientras hablaba en voz baja con la baronesa, demasiado baja para los usos de la etiqueta—, pues el capitán Kane pensaba tener que habérselas con un demonio, o poco menos, dado el sobrenombre que esos rústicos, como vos decís, dan a vuestro castillo.

 

—¡Mentiras! ¡Todo mentiras! —exclamó el alquimista, sin que viniese a cuento. Los demás le miraron incómodos, sobre todo Von Staler. Inconscientemente, Kane chasqueó los dientes. Aquel anciano debía ser cómplice, si no instrumento, de las siniestras maquinaciones del barón.

 

La baronesa aprovechó la circunstancia para levantarse.

 

—Querido —dijo—, caballeros, os ruego que me disculpéis, pero se me ha levantado una terrible jaqueca. Capitán Silent…

 

—¿Sí, baronesa? —al inglés le dio un salto el corazón.

 

—¿Tendréis la amabilidad de acompañarme? Estos pasillos son tan oscuros…

 

—Será un placer, mylady. Buenas noches, caballeros. Señor barón…

 

—Buenas noches, capitán Silent. Espero que sepáis llegar bien a vuestros

 

aposentos —dijo el barón, con sorna y un ápice de amenaza.

 

Kane fue el único que se levantó de la mesa para saludar a la baronesa, que se marchaba. En cuanto se sentó, Von Staler reanudó la conversación, tras despedir con un displicente movimiento de una de sus enjoyadas manos a los músicos.

 

—Ese sobrenombre es debido al odio que me profesan. ¿No sabéis que hace tres años tuve que ajusticiar a unos cuantos de esos patanes para impedir su revuelta? — los ojos le brillaron con un placer sádico—. No murieron, precisamente, bendiciendo mi nombre mientras se retorcían entre tormentos.

 

A Kane le pareció que tenía un aspecto envejecido, detalle aquel que le dejó perplejo, y que los labios se le llenaban de baba, mientras rememoraba los suplicios que había hecho sufrir a aquella gente, y se preguntó si no debería desenvainar allí mismo su estoque y clavárselo al barón en su negro corazón. Silent había dicho que hablaba como un juez; pero un juez, precisamente, jamás condena sin pruebas. Si aquel hombre que había heredado el título de barón Von Staler practicaba la magia negra, debía disponer de una habitación secreta o templo donde realizar sus ritos. Necesitaba, por tanto, descubrir su guarida. Sólo entonces podría erigirse en juez y verdugo.

 

—Los Báthory —y el barón comenzó a extenderse en un largo discurso sobre los orígenes de su familia—, de quienes desciendo, somos un pueblo guerrero. Llegamos con los magiares y fundamos Hungría, pero antes habíamos cabalgado con Atila y sometido a medio mundo, tanto en Europa como en el lejano Oriente. Los chinos


 

 

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tuvieron que construir su Gran Muralla para defenderse de nosotros. Fuimos los últimos en abandonar la estepa y llegamos hasta Europa pisando los cadáveres de los eslavos y los búlgaros. Somos un pueblo guerrero, ávido de sangre. La sangre nos mantiene con vida. Si dejásemos de derramarla, tanto en la guerra como en la paz, nuestra estirpe desaparecería.

 

—Interesante hipótesis —comentó Kane—, aunque no lo suficientemente válida para que decidáis acabar con vuestros súbditos.

 

—¡Bah! No lo creáis. Justamente ahora estoy planeando realizar una incursión contra los turcos que asolan el Imperio. A vos, que sois hombre de acción, lo mismo que yo, ¿no os interesaría mandar una compañía bajo mis órdenes?

 

—En absoluto. Nunca creí que una buena causa sirviese para santificar una guerra. Al contrario, suelen ser las buenas guerras las que acaban santificando las causas. Y al final, la muerte se encarga de convertir en fútiles todas las buenas causas y de nivelar todas las injusticias.

 

—Extraña filosofía la vuestra, amigo inglés. ¿No concedéis, entonces, valor a nada en este mundo?

 

—Sólo a aquello que se hace sin apego y sin buscar beneficio y, quizá, también a la mirada de unos ojos hermosos, a la sonrisa de un niño y al canto de los pájaros en un día de primavera —contestó Kane, y su vena poética se abrió una vez más por obra de algún recuerdo desgarrado.

 

—Sea —concedió el barón, con una sonrisa—. Me gustaría pensar como vos. Pero este mundo es obra del Diablo, no de Dios, y para vivir en él debemos seguir las leyes de nuestro demiurgo y amo, el Diablo, y no las de la bondad suprema que enseñan los curas, o las que os dicta vuestro peculiar código del honor, que quizá algún día acabe llevándoos a la santidad —hizo un ademán con la mano para acallar a Kane, que se había removido, inquieto, en su asiento—. Quizá si nos hubiésemos conocido antes, habría conseguido convenceros y os habríais pasado a mi bando. ¿Quién sabe? No hay nada imposible. De cualquier modo, presiento que no tardaremos en saber quién de los dos tiene razón.

 

Un fuerte ronquido del alquimista pareció poner punto final a sus palabras. —¿Qué os decía? La ciencia duerme. Siempre ha dormido. Ya es hora de que la

 

hagamos despertar y aprovechemos sus descubrimientos para cambiar la faz del mundo. ¡Arriba, Luciano!

 

El anciano se despertó, pareció dudar y se puso en pie, destemplado. El fuego del hogar también había comenzado a adormilarse.

 

—Capitán Kane, mejor será que nos vayamos a descansar. Mañana será un día muy agitado.

 

* * *


 

 

 

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Cuando Kane llegó a su habitación en el primer piso del castillo, después de dar un breve paseo por su interior, para familiarizarse con su arquitectura, lo primero que hizo fue intentar ver a Silent. La puerta que comunicaba con su habitación sólo se abría desde el otro lado, por lo que se limitó a dar unos ligeros golpes en ella. Al ver que nadie le contestaba, cogió el candelabro que alguien había dejado encendido, salió de su habitación y se dirigió hacia la de Silent, la cual pudo abrir pues, en su precipitación, había olvidado que, al igual que la suya, no tenía llave.

 

Estaba vacía y nada encontró en ella que pudiese explicar la ausencia de Silent, a menos que este estuviese haciéndole la corte a la baronesa o hubiese caído en una trampa. La cama estaba intacta y sobre ella se encontraban las ropas que había llevado puestas su camarada, así como las alforjas que contenían sus pertenencias y que había descargado de su caballo. Lo único que faltaba era su espadón. Era evidente que había regresado a su habitación para armarse.

 

Kane cerró la puerta de la habitación de Silent, poniendo tras ella la pesada mesa, abrió la puerta medianera, entró en su habitación, volvió a repetir el proceso con la mesa, encima de la cual dejó el candelabro, desenvainó su estoque, que quedó cerca de su mano y se sentó en la cama, para meditar en lo sucedido. Si alguien intentaba entrar en cualquiera de las habitaciones, lo oiría y podría hacerse fuerte en la otra. Y si el que volvía era Silent… bueno, ya se daría a conocer. Cuando cogió la almohada para apoyarse en ella, oyó el inconfundible roce de un papel, que alguien había dejado debajo. Levantándose de un salto, lo acercó al candelabro para poder leerlo. Estaba escrito en inglés, en una caligrafía apresurada, y decía así:

 

Solomon, Adriana me ha contado el secreto del barón. Nos ayudará si la protegemos. Voy a bajar hasta las criptas secretas donde Van Staler lleva a cabo sus brujerías de sangre ayudado por ese demente de Luciano. Pensé que era mejor moverme solo mientras tú hablabas con el barón. Ten confianza en mí. No tardaré en volver.

 

J. S.

 

 

Kane masculló un juramento, furioso por la temeridad de su amigo y por el hecho de que echase a correr tras las primeras faldas que veía. Su plan, cualquiera que fuese, le obligaba a quedarse en su habitación, para no desbaratar el suyo, y eso era, precisamente, lo único que él, que había recorrido el mundo impulsado por un anhelo extraño que le hacía vagar continuamente de un lado para otro, no podía soportar.

 

Poco a poco fueron pasando las horas y Silent seguía sin volver. De repente, le pareció oír un leve crujido proveniente del armario de su habitación. Se había quedado adormilado durante bastante tiempo, pues las velas del candelabro estaban


 

 

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medio consumidas. Empuñó su estoque y se incorporó en la cama, al acecho. La puerta del armario se movió imperceptiblemente, y una mano se insinuó sobre su marco.

 

 

 

V

 

Por un momento, Kane creyó que tendría que vérselas con algún sicario del barón enviado para acabar con él, pero el rostro que asomó por el entreabierto armario, que, sin lugar a dudas, debía comunicarse con algún pasaje secreto, era el de John Silent. Había perdido el sombrero y tenía una fea cicatriz en la mejilla, que le sangraba. El elegante traje azul que aún vestía estaba hecho jirones.

 

—¡Todo está perdido! —exclamó sin resuello, como si fuesen pisándole los talones varias legiones infernales. Pero seguía asiendo firmemente su espadón.

 

El puritano le miró con sus fríos ojos, capaces de helar la sangre en las venas, dudando entre ayudarle o recriminarle por su imprudencia. Pero el afecto venció al rigor, y le ayudó a salir del armario.

 

—¡Debemos liberarla! ¡Hay que matar al barón! —seguía diciendo a gritos Silent, mientras entraba como una exhalación en su habitación y extraía una botella de barro de las alforjas, presumiblemente de ginebra. Tras echarse un largo trago, vació el aire de sus pulmones con un enorme suspiro y se dejó caer pesadamente sobre la cama.

 

—¿Por qué no pruebas a tranquilizarte y me lo cuentas todo? —preguntó Kane, cuya paciencia estaba llegando al límite.

 

—Sí, será lo mejor —dijo el otro, y comenzó su narración—: Acompañé a Adriana… la baronesa, pero no a sus aposentos, tal y como me pidiera en la cena, sino a esta habitación, que le parecía más segura. Te confesaré que, en un principio, había creído que se trataba de una de tantas damas desatendidas por maridos demasiado proclives a hacer la guerra, pero mucho menos el amor. Contestó ardientemente a mis avances —Kane hizo una mueca de desagrado, pues no le gustaba aquel tipo de detalles—, y entonces me contó que su marido no era tal y que la había secuestrado siendo niña, obligándola a vivir con él.

 

—¡He aquí la gota que desborda el vaso de iniquidad que es el barón! —exclamó Kane, presa del acceso de puritanismo que le poseía en ocasiones y que le convertía en el azote de los malvados.

 

—No es lo que crees —prosiguió Silent, intentando calmar a su interlocutor—, pues Báthory no requiere sus aptitudes en cuanto mujer, sino que, induciéndola a dormir, se entera por ella del futuro y del pasado, siendo capaz de hablar con los espíritus de los muertos. Creo que es eso que llaman médium.

 

Kane conocía bien las supuestas clarividencias de los médium. Había oído hablar de Edward Kelly, el vidente de John Dee. Pero, al parecer, se trataba de un farsante.


 

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En cierta ocasión, un hombre sabio le había dicho que de cien supuestos videntes, noventa y nueve eran un fraude, pero el centésimo… ese valía por todos los demás. Así se explicaba lo penetrante de la mirada de aquella mujer, cuando posó sus ojos sobre él, nada más entrar en el castillo.

 

—Ella no recuerda lo que dice cuando está en trance, pues siempre acaba desertándose en sus aposentos —prosiguió Silent—. Le gustaría librarse de él. De hecho, ya ha intentado escaparse varias veces del castillo. Pero, sin saber cómo, cuando ya se considera a salvo, una fuerza irresistible la obligaba a volver: el poder hipnótico del barón.

 

»Y lo que dice es cierto, pues esta noche, mientras me lo estaba contando, se envaró bruscamente y quedó inerte, como si escuchase una llamada misteriosa, echando a andar inexplicablemente hacia la puerta que conducía a tu habitación, con la mirada perdida. Debió ser poco antes de que volvieses. Ya en ella, se dirigió hacia el armario. Cuando, ante mi estupor, parecía que iba a desaparecer por él, la detuve, obligándole a salir fuera; y, entreteniéndome lo justo para dejarte la nota que supongo que habrás visto y ceñirme el espadón, la dejé en libertad y la seguí. El armario debió de cerrarse después de entrar en él, pues el estrecho pasillo por donde nos aventuramos estaba a oscuras. Yo había cogido a Adriana de la cintura, por miedo a que se me escapase. Como no tardé en acostumbrarme a la tiniebla, cada vez que cambiábamos de dirección, o doblábamos una esquina, marcaba con el espadón una señal visible en la pared, por si tenía que volver de nuevo por aquel camino tan intrincado. A los pocos minutos de recorrido, era evidente que el castillo estaba horadado de pasadizos, como si fuese un termitero.

 

»No tardó en aparecer ante nosotros un tenue resplandor rojizo, que fue haciéndose más pronunciado a medida que avanzábamos. En aquel momento, me encontré en un dilema. Seguir a Adriana, adonde quiera que fuese, o mantenerme a la expectativa y aguardar el momento de actuar.

 

»No me resultó fácil la elección, ¡por las pezuñas de Belcebú!, pero me decidí por la segunda. El camino pareció terminarse en una rejilla que nos separaba del resplandor rojo. Atraje a Adriana hacia mí, besé sus labios fríos e inertes y dejé que fuese al encuentro de lo desconocido, mientras yo retrocedía unas cuantas yardas, al amparo de la oscuridad, por si acaso había alguien esperándola al otro extremo del pasadizo.

 

»Después de que hubiera salido, me acerqué hasta la rejilla y miré por ella. Al otro lado, y más abajo, pues Adriana había comenzado a bajar por una escalinata poco elevada, se encontraba una habitación circular y, al parecer, abovedada. Debía de estar profusamente iluminada con velas o fuegos rojos, porque todo aparecía bañado en esa luz… ¡como el mismísimo Infierno! Desde mi escondite pude ver cómo Adriana se dirigía al encuentro de una gran figura cubierta con una especie de


 

 

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capa que terminaba en capuchón. Debía de ser roja, porque no se distinguía bien en medio de aquella luz. A todo esto, la figura tapada no dejaba de golpear un gran parche destemplado que sonaba de manera ensordecedora, viniendo a unirse a un chillido monocorde que me sonó a latín. Después pude ver que debía proceder de alguien que estaba cubierto con una capucha parecida a la de la figura alta, pero de color negro.

 

»La figura de rojo condujo a Adriana al interior de una circunferencia pintada de blanco en el suelo, con unos símbolos mágicos que no pude distinguir, y ella se quedó allí, inmóvil.

 

»Entonces, dio una palmada y entraron otras figuras más, vestidas de negro, que llevaban en sus brazos a tres niños. Debían de estar drogados o muertos, porque no se movían. Abrí un poco la rejilla, confiando en que nadie me viera, absortos como todos parecían estar en lo que se desarrollaba, y vi que los niños eran llevados a una especie de altar de forma redondeada, con unas depresiones en su superficie superior. Un canalillo, contorneando su superficie lateral, como el estriado de un tornillo, partía de ella y desaguaba en una especie de bañera de poco fondo, donde se había cincelado el contorno de un cuerpo humano. La figura de rojo se despojó de sus vestiduras —era el barón, pero terriblemente envejecido… casi no podía caminar— y se recostó en la bañera. Entonces, la figura de negro fue degollando a los niños uno tras otro, mientras el tambor, que otro de los esbirros de negro había comenzado a tocar, parecía sonar más fuerte que nunca.

 

»Supongo que me creerás si te digo que estuve a punto de abandonar mi escondite y clavar mi espadón en el negro corazón del barón. Pero lo que sucedió me dejó atónito. A medida que la sangre de las jóvenes víctimas iba fluyendo, la piel del barón se iba haciendo más flexible y tersa. ¡Ese maldito húngaro parecía un joven de veinte años! El repugnante baño duró un buen cuarto de hora, mientras yo no hacía más que mirar hacia donde se encontraba Adriana.

 

—La magia de la sangre ya fue practicada por un francés, Gilíes de Rais, que enloqueció y se entregó al mal cuando los ingleses quemamos, para eterno baldón nuestro, a su noble amiga Juana, la Doncella de Orléans. Pero dudo que este infame Báthory siguiera alguna vez la senda del bien, pues su familia brotó de la simiente de la serpiente del Edén. ¡A nosotros incumbe aplastar su ponzoñosa cabeza! —dijo Kane, interrumpiendo la narración de su camarada. Quizá la inminencia del combate cambió su habitual talante taciturno en otro más eufórico, porque desenvainó su estoque, lo cogió por la hoja, puso ante sí la empuñadura y la besó. Y como si fuese un objeto digno de veneración, se hincó de rodillas y pronunció el siguiente juramento, cosa poco habitual en él—: ¡Pongo al Dios de los Ejércitos por testigo de que antes de que salga el sol habremos aplastado a la Serpiente y liberado a tu enamorada! Pero prosigue, hermano Silent.


 

 

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—Báthory abandonó aquel baño infernal y entró en una pila que le lavó de todo resto de sangre, tras lo cual se vistió con una túnica blanca. Acto seguido, se acercó a un altar cuadrangular, encendió unas velas de color negro, abrió un enorme libro que ocupaba medio altar y pronunció unas palabras bárbaras. Un viento sobrenatural que yo sólo escuché, desde mi escondrijo, apagó la mitad de las velas, mientras una tiniebla más densa que la oscuridad más penetrante, se adueñó del lugar.

 

»En ese momento, Adriana comenzó a hablar con una voz espantosa que no era la suya, como si estuviera poseída, y contestó a las preguntas que le hacía Báthory acerca de dónde encontrar tesoros y cómo aumentar su poder. Recuerdo exactamente que dijo, con esa voz que parecía contener las resonancias de muchas otras, algo que me dejó helado. Creo que no debo repetir exactamente sus palabras, aunque su voz no se borrará de mis recuerdos mientras viva. Dijo que mejor haría en ocuparse de los enemigos que hospedaba en su castillo y que en ese momento le estaban espiando. Entonces, Adriana señaló hacia mí.

 

—Su nombre es legión. No era Adriana quien te delataba —explicó Kane, mientras comenzaba a abotonarse la casaca—. Prosigue, no hay tiempo que perder.

 

—Ya no pude contenerme y salí de mi escondite, a tiempo de enfrentarme con varios de los sayones que se dirigían a mi encuentro. Maté a tres de ellos y puse en fuga al cuarto. Era ese alquimista loco, Luciano. El barón se contentó con mirarme. Me lancé hacia él y le atravesé con mi espadón. Se limitó a reírse, a sacarme la lengua y a comentar que, si todavía seguía gustándome, podía llevarme a su esposa. Me quedé atónito, sin saber por qué no le había matado y conjeturé que debía de haberme lanzado un hechizo.

 

»Sin perder tiempo, me dirigí hacia donde se encontraba Adriana, que no hacía más que dar vueltas como un torbellino, en un espantoso estruendo de alaridos, risotadas y blasfemias.

 

»—No puedo irme contigo, amor mío —me dijo con una voz espantosa—. Pero entra dentro de este círculo y ámame: seré tuya.

 

»Y durante todo ese tiempo no dejaba de mirarme de una forma lasciva que me espantó. Es cómplice del barón. Y todo lo demás es una terrible patraña —dijo, y se derrumbó, desconsolado.

 

—Y supongo —fue el turno de hablar de Kane, quien no había perdido el aplomo ni por un instante— que después de eso, viendo que no podías llevarte a la que ya no sabías si era tu amada, ni acabar con el rejuvenecido barón, volviste corriendo por el pasadizo y regresaré hasta aquí.

 

—En efecto —asintió Silent.

 

—Bien, mi impulsivo amigo, pues creo que sólo nos queda intentar vender caras nuestras vidas o aventurarnos por esos pasadizos que a estas horas deben estar llenos de guardias del barón… Elige: quedarnos aquí o intentar la fuga por el patio.


 

 

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—¡Huir por el patio! —contestó Silent, sin dudar.

 

—De acuerdo, pues. Ayúdame a quitar la mesa.

 

Pero en cuanto el pesado mueble se hubo desplazado de la posición que ocupaba antes, la acerada lengua de una pica se insinuó por el quicio de la puerta.

 

—¡Cierra! ¡Están fuera! —exclamó Silent.

 

En tan difícil situación, mientras los dos ingleses, armados sólo con sus espadas, se disponían a vender caras sus vidas, una tremenda explosión resonó a sus espaldas.

 

 

VI

 

Buena parte del muro donde se encontraba la ventana cubierta de barrotes acababa de saltar por los aires. Entre el acre olor de la pólvora y el humo se recortaba una enorme figura, vestida enteramente de cuero negro. Llevaba en bandolera un pesado mosquete, y su cintura parecía repleta de pistolas. Una gruesa soga que le ceñía el pecho, bajo los hombros, debía haberle permitido bajar desde la muralla hasta el nivel en que se encontraba.

 

—¡Rápido, señores, no perdáis tiempo! —exclamó, y Kane vio que no estaba sólo. Detrás de él distinguió la silueta de un hombre joven, casi un niño, Hans, a quien salvara, tras ser ahorcado, que también colgaba por los hombros de otra soga

 

—. La única salida libre se halla arriba, donde no os buscan… aún. Cogeos a mí, y vos —el gigante señaló a Silent— cogeos al muchacho.

 

Así lo hicieron y, tras acercarse a los restos del muro, aún humeante, fueron izados hasta el extremo superior de la torre cuadrada que colindaba con sus habitaciones. Ante sus ojos se extendía un espectáculo inesperado. La torre estaba atentada de hombres vestidos como su hercúleo salvador y armados, también como él, hasta los dientes. Kane oyó que algunos intercambiaban unas palabras en el idioma de los Países Bajos. Los asaltantes ocupaban las tres torres del ala sur, desde las que hacían un nutrido fuego contra las demás. Kane no podía ver lo que sucedía en el ala norte, pero le pareció que los defensores dedicaban más sus esfuerzos a ella que al grupo de asaltantes que se habían hecho fuertes en la sur. Posiblemente rechazaban un ataque contra las puertas del castillo. El patio de armas estaba lleno de soldados del barón que tenían asidos por las bridas una veintena de caballos. Cada dos minutos, aproximadamente, una granada de cañón caía en el patio, o se desplomaba contra el ala norte, sembrando la muerte y el desconcierto.

 

Más abajo, en la llanura sobre la que se asentaba el castillo, Kane distinguió una línea de antorchas que delimitaban un espacio cuadrado, dentro del cual le pareció distinguir los contornos de las blancas tiendas de un campamento militar. Sus efectivos, según estimó, debían ascender a los de un batallón, medio millar de hombres. Sobre la más alta de las tiendas, y a la incierta luz de la aurora, al puritano


 

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le pareció ver ondear el estandarte imperial del águila bicéfala.

 

Wunderbar![1] —comentó en alemán aquel individuo, y, dirigiéndose a Kane en inglés, se presentó—. ¡Comandante Otto van Worden, de las tropas imperiales! Espero que no os importará que unos papistas os hayan salvado la piel, ¿eh, capitán Kane? —y ante la sorpresa de este, que no suponía que su presencia en la Selva Negra fuese conocida por nadie, añadió, sonriendo—: Nuestro Servicio Secreto jamás deja de interesarse por un súbdito de su Graciosa Majestad Británica, aunque este súbdito no sea uno de sus hijos predilectos.

En cuanto Hans nos habló de un extranjero que le había liberado de la horca, supimos que se trataba de vos.

 

—¿Me estabais siguiendo? —preguntó Kane, incrédulo.

 

—No —sonrió Van Worden—. Al barón. A lo largo de una ardua investigación que nos ha llevado varios años, hemos conseguido demostrar que Alexis Báthory secuestró y mató al barón Ullrich von Staler para quedarse con su título y sus tierras. Sus últimas actividades contra los turcos nunca estuvieron claras, pues se le había dado por desaparecido en combate. Como las Ordenes de la Merced y de Malta no habían podido encontrar su nombre en ninguna lista de cautivos, fuimos reconstruyendo los últimos días de la vida de Von Staler. Así llegamos a descubrir su cadáver encadenado en la mazmorra secreta de una villa del barón Alexis Báthory, quien ya había estado sujeto a anteriores investigaciones por sospecha de prácticas satánicas, aunque nunca pudo probarse nada en su contra. La confirmación de nuestras sospechas vino a unirse a las reiteradas denuncias por abuso de poder que los súbditos del barón habían hecho llegar a Viena, por lo que se impuso una acción directa. Una embajada al barón con la orden de que se rindiera sólo habría servido para hacerle ganar tiempo y permitirle escapar por cualquier pasadizo secreto. Y quizá habría supuesto la eliminación de los desgraciados que deben poblar sus mazmorras. Así que por eso nos enviaron a nosotros.

 

—Parece que la vuestra es una unidad que utiliza métodos expeditivos…

 

—Ayer, mientras estábamos ocultos en la espesura —Van Worden sonrió—, os vimos cuando descolgabais al pobre Hans —debo decir que os adelantaréis a nosotros por muy poco—, y más tarde asistimos a vuestro encuentro con el capitán Silent. Al oír lo que decíais, no nos cupo duda alguna de que exigiríais una explicación al barón. Se trataba de la maniobra de diversión que estábamos buscando. Y cuando todo el castillo comenzó a buscar al capitán Silent, despreocupándose de lo que ocurría en el exterior, yo, con cincuenta hombres, y la ayuda de Hans, a quien atendimos después de que vos le dejarais, escalé el ala sur con suma facilidad. Gracias a su enamorada supimos que os alojabais aquí y pensamos que lo mejor era haceros una visita.

 

—Formáis un extraño grupo, comandante —comentó Kane con admiración, pues


 

 

 

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comenzaba a sentir simpatía por aquel puñado de locos que se tomaba la guerra como un juego.

 

—Es muy posible. Mirad —repuso su interlocutor—, aquí hay lansquenetes, ávidos de disputas y cerveza; españoles que dejaron los Tercios, aburridos de cobrar siempre tarde; un puñado de flamencos, como el que os habla, amantes de los viajes largos; bailantes borgoñones, poco amigos de los franceses, pero mucho del vino; unos cuantos irlandeses, que siempre están discutiendo con una docena de escoceses, aunque siempre se emborrachan con ellos; y, para terminar, unos pocos húngaros, algunos suecos, noruegos y daneses y cuatro ingleses a quienes su isla se les quedó estrecha. ¡Ah, y un raso, amante de la intriga… uno de los músicos, el que toca el laúd! No es el único que conseguimos infiltrar en el castillo. Os diré que todos son peculiares en su forma de ser, pero en los golpes de mano olvidan sus diferencias y luchan como un solo hombre.

 

En la incierta luz del amanecer, el bigote rojizo del flamenco resaltaba contra sus oscuras ropas. Y a Kane le pareció que le habría gustado proponerle que se le uniera. Pero él no era hombre para estar mucho tiempo seguido en el mismo sitio, ni sujeto a más disciplina que la propia.

 

—Bien —dijo—. Veo que llegamos en el momento preciso. Vuestra misión es tomar el castillo. La mía, rescatar a la enamorada de mi camarada Silent y enviar el alma del barón a visitar a su amo el Diablo. Dadme a varios de vuestros hombres y la llevaré a cabo, con la ayuda de Dios.

 

—Esperemos que nos ayude a todos, aunque, en ocasiones, más vale confiar en esto —dijo Van Worden, y se llevó la mano a la cintura—. ¡Pacheco! ¡O’Brien! ¡Erikson! ¡Acompañad a los ingleses! Esperad un momento. Que cada uno de vosotros —y se dirigió a los ocho hombres que le acompañaban— me entregue una de sus pistolas.

 

Así lo hicieron y, de tal suerte, Kane y Silent recibieron cada uno cuatro pistolas, lo que les proporcionaba una excelente potencia de tiro.

 

—Gracias, comandante —comentó Silent, que comenzaba a recobrar los ánimos con tanta artillería encima—. Muchacho, no te separes de mí —dijo al irlandés, que resultaba inconfundible entre el sombrío español y el pálido nórdico—, y ya verás cómo salimos de esta.

 

—Señor —dijo Hans, dirigiéndose al flamenco—. Dejadme ir con ellos. Conozco bien el castillo de las veces que he venido a ver a Sentar.

 

—Claro que sí —concedió el jefe de los invasores; y dirigiéndose a Kane, preguntó—: ¿Cuál es vuestro plan de acción?

 

—Volver a nuestras habitaciones e introducirnos por el pasadizo secreto que se abre en uno de los armarios y conduce a la cripta mágica del barón. A estas alturas ya habrán echado abajo las puertas. Y como saben que nos hemos unido a vosotros, no


 

 

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supondrán que volvemos a bajar —explicó Kane.

 

—Me parece acertado. ¡Buena suerte! —y se estrecharon las manos.

 

* * *

 

Descolgarse desde lo alto de la torre y entrar nuevamente por el boquete que el explosivo colocado por los Imperiales había hecho en la pared de la habitación de Kane resultó más sencillo que la operación inversa. Nadie les esperaba, como habían supuesto. Sin perder tiempo, avanzaron por los estrechos pasadizos, con Hans a la cabeza, hasta que llegaron a la sala donde antes estuviera Silent. Como era lógico, estaba vacía, a excepción de una figura enjuta que se encargaba de dejar todo en orden. Era Luciano, ya despojado de su capucha, que hacía los preparativos para una nueva sesión, como si ignorase que el castillo estaba rodeado de tropas y a punto de ser tomado. Ningún rastro quedaba del anterior sacrificio. Los cadáveres de los niños habían desaparecido, el altar y la bañera de sangre se hallaban perfectamente limpios.

 

Como un torrente de lava, Kane y sus hombres parecieron brotar del pasadizo y derramarse sobre el enloquecido alquimista.

 

—¡Habla, infame! —exclamó Kane, paseando deliberadamente la punta de su estoque sobre los ojos de Luciano, como si, de un momento a otro, fuese a taladrárselos—. ¿Dónde están el barón y su esposa?

 

—¡Soy inocente! —exclamó el otro—. ¡Me obliga a hacer todo eso! ¡Primero fingió querer aprender mi magia, y cuando le enseñé todo lo que sabía me impidió abandonar el castillo! ¡Lo juro!

 

—¡Canalla! —Silent no se pudo contener y se arrojó sobre el anciano. Poco le faltó para estrangularle—. Contesta, ¿dónde está Adriana?

 

—Se la ha llevado a sus aposentos, para invocar al espíritu que le sirve, uno de los Setenta y Dos consignados en la Clavícula de Salomón o Lemegeton, que se manifiesta a través de Adriana. Es él quien le revela los secretos del pasado y del futuro.

 

—¿No puede invocarlo directamente? —preguntó Kane.

 

—Sí que podría —contestó Luciano—. Pero, obligándole a entrar en el cuerpo de Adriana, impide que pueda revolverse contra él y hacerle daño con su fuerza, al estar sujeto a las limitaciones de un cuerpo material. El espíritu también depende de su propia mente, pues el barón mantiene a Adriana en un estado hipnótico.

 

—¡Ya está bien de palabrería! —exclamó Silent, airado—. Condúcenos hasta él. —La entrada a sus aposentos está guardada por lo más selecto de su guardia —

 

protestó el anciano—. ¡No podréis pasar!

 

—Eso lo veremos —dijo Silent, y con un empellón le obligó a caminar.

 

La estancia secreta donde Báthory realizaba sus sangrientos ritos se encontraba debajo de la gran sala donde habían cenado la víspera, pues una puerta disimulada


 

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tras un tapiz les condujo hasta ella. A su derecha, a unos cien pies, al otro lado del patio, un grupo de unos diez guardias impedía el acceso a las cámaras privadas del barón.

 

Todo era confusión. Desde la fachada sur, los hombres de Van Worden mantenían inmovilizados a los soldados del barón. Un cañonazo había alcanzado de lleno la gran puerta del castillo. Los defensores habían formado una barricada con todo tipo de muebles y vigas. El patio estaba lleno de cadáveres de hombres y de caballos. Nada costó, por tanto, en medio de aquella barahúnda a los hombres de Kane, acabar con la práctica totalidad de los guardias de Báthory, al descargar sobre ellos sus pistolas. Los tres que sobrevivieron se pusieron a cubierto.

 

* * *

 

—… Nuestro Señor, de venir aquí, a este lugar, inmediatamente. ¡Ven de cualquier parte del mundo en que te encuentres! Y responde una vez más a mis preguntas, oh, Gomory, y que tus respuestas sean sinceras y comprensibles. Ven y habla claramente, manifestándote en este espléndido cuerpo de hembra, para que yo pueda comprender tus palabras.

 

Báthory estaba repitiendo por tercera vez el ritual de evocación del espíritu Gomory, a quien consultaba usualmente. Como es el único de los Setenta y Dos que se manifiesta bajo forma de mujer, no se sentía humillado al poseer a Adriana. Cualquier otro espíritu lo habría considerado como una ofensa.

 

Adriana, con los ojos en blanco, se encontraba dentro de un círculo de tiza, en cuyo interior había sido trazado el sello del espíritu. Los ojos se animaron y despidieron un fulgor rojizo.

 

—¿Cómo te atreves, mortal, a invocarme dos veces seguidas? ¿Acaso crees que sólo existo para satisfacer tus necesidades? —dijo una voz espantosa.

 

—¡Silencio, espíritu recalcitrante! ¡O invocaré a tu Rey y te haré sufrir los terrores de la Cadena y los ardores del Fuego! ¡Obedece a mi mandato y dime cómo puedo huir de mis enemigos! —la voz del barón intentaba parecer dura, pero estaba teñida con un acento de miedo.

 

—De poco te servirá, pues ya se acerca la hora de tu eterna condenación. Tu verdugo acaba de entrar en tus aposentos —la voz del demonio, aunque espantosa, estaba teñida de ironía.

 

—¿Kane? —Báthory ya no pudo disimular su miedo.

 

—Ese hijo de Albión que se llama como el rey que nos venció y que escribió el libro con el que me invocas —dijo aquella voz espantosa, y su dueño, o mejor la forma que lo albergaba, comenzó a girar velozmente en el interior de la circunferencia que la contenía, alargando los brazos como si quisiera capturar al barón, y encogiéndolos rápidamente, como si chocase con alguna barrera invisible.


 

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En ese momento, irrumpieron en la sala los tres guardias, perseguidos por los hombres de Kane. Aunque opusieron una resistencia férrea, no tardaron en caer muertos.

 

—¡Virgen María! —exclamó Pacheco, espantado por la aparición en forma de mujer, y disparó contra Adriana, quien recibió el disparo y cayó al suelo, exánime. Su cuerpo asomó fuera de la barrera de tiza.

 

—¡Necio! —poco faltó a Silent para traspasar con su espadón al español, que recibió un tremendo derechazo suyo y se derrumbó.

 

—¡Perdón, señor! Yo no sabía…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—En guardia, señor barón —era la voz de Kane, que se acababa de agachar para recoger una de las espadas de los caídos y lanzársela a Báthory, quien la cogió. Con una voz tan cortante como el hielo, en la que no se percibía el menor asomo de piedad, añadió—: Vais a expiar vuestras fechorías una a una, y puedo aseguraros que vuestra muerte será lenta, tanto como la de vuestras víctimas.

 

De repente, notó que algo había cambiado en la escena. Las velas parecieron oscilar, como si las agitase un viento enorme. Y una vaharada de espantoso hedor estuvo a punto de hacerle perder el sentido. De la boca de la inconsciente Adriana, que, afortunadamente, sólo había sido rozada por la bala de Pacheco, comenzaba a brotar una niebla espesa, con la consistencia de una gasa blanca. Poco a poco, fue adquiriendo los contornos de una mujer, aquella bajo cuya forma se aparecía el espíritu Gomory. Altísima, pareció ondear sobre el suelo de la estancia, y sus ojos refulgieron mientras hablaba con una voz tremendamente femenina.

 

—En efecto, su muerte será larga… Puedo asegurarte, oh, hombre de negro, que


 

 

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beberé su vida con la misma fruición que él la de sus víctimas. ¡Ya no vejará más a hombres… ni a demonios!

 

Y lanzándose sobre Báthory, se lo echó debajo del brazo, entre los gritos espantosos del húngaro, y se filtró por el suelo de la habitación, con una risotada espantosa.

 

* * *

 

Las primeras luces de la aurora, uniéndose al incendio de la fachada norte del castillo, prácticamente desmoronada a cañonazos, trajeron la victoria a los Imperiales. De los partidarios del barón, sólo un puñado de soldados y el alquimista Luciano habían escapado con vida. Como la muchedumbre de campesinos que había invadido el castillo y de prisioneros liberados de sus cárceles se esforzaba en hacerles pagar sus crímenes, Van Worden tuvo que poner a los nuevos prisioneros a buen recaudo.

 

El patio de armas estaba ocupado por los vencedores, que después de sacar fuera del castillo los cadáveres y formar con ellos una pira a la que prendieron fuego, se habían sentado en el suelo. Después del arduo combate que les había llevado varias horas, entonaban canciones obscenas mientras bebían. Silent mantenía abrazada a Adriana, ya repuesta de su leve herida, lo mismo que Hans a Sentar.

 

El inconfundible olor de la carne quemada se insinuaba, molesto, en el ambiente. Mientras Kane constataba una vez más cómo los poderosos y los que siempre se ensalzan acaban por ser humillados, Van Worden se acercó hasta él.

 

—Podríais quedaros con nosotros. Puedo aseguraros que no os faltará acción. Y olvidaríamos vuestras antiguas actividades a favor de los protestantes.

 

—Os lo agradezco, pues aprecio un corazón esforzado como el vuestro, pero soy un hombre que busca su destino —miró al cielo y observó, por primera vez, la cicatriz que surcaba la mejilla izquierda del flamenco.

 

Van Worden no insistió, y estrechó su mano.

 

—Buen viaje, capitán Kane.

 

—Gracias, comandante Van Worden —dijo Kane—. ¡Ah! ¿Podréis conseguirme un caballo?

 

—Por supuesto. ¡Eh! —llamó a sus hombres—. Un caballo para el capitán Kane, de prisa.

 

—Gracias —dijo el inglés.

 

—¡Solomon! —era la voz de Silent—. ¿No pensarás que voy a dejarte tan fácilmente? Vinimos juntos al castillo del Diablo y juntos nos iremos, aunque seamos tres —y señaló a Adriana, que sonreía.

 

—¿No tenías que ir a Génova? —preguntó Kane.

 

—Sí, pero mientras llego me lo iré pensando. Quizá me convendría sentar alguna vez la cabeza.


 

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—¿No podemos ir con vos, capitán Kane? —Adriana le miró fijamente—. Quizá un poco de compañía, sólo de vez en cuando, haría que perdieseis vuestros modales de lobo. Estos dos corderos que aquí veis no os causarán incomodo alguno.

 

—Señora, jamás lo he dudado. Será un placer que vos y ese botarate al que amáis me acompañéis… hasta Génova o hasta donde el Destino disponga. Pero ¿no os lleváis nada del castillo?

 

—No —dijo aquella mujer valiente—. Sin nada llegué a él, y sin nada me iré. Además…

 

—¿Además…? —repitió Kane, en tono de pregunta.

 

—Cualquier recuerdo del castillo del Diablo sería infausto, pero me pondré ropas más apropiadas para el viaje.

 

Kane asintió con la cabeza.

 

Adriana no tardó en volver, acompañada de Silent, que traía tres caballos; había cambiado sus ropas por las de uno de los Imperiales. Montaron en los caballos y salieron del castillo.

 

Cuando habían recorrido menos de media milla, el estruendo de varias salvas de fusilería desde lo alto de las almenas, les dio una cálida despedida. Kane pudo divisar a Van Worden, que agitaba su sombrero.

 

El puritano devolvió el saludo y Silent hizo dar unas cuantas cabriolas a su caballo, haciendo reír a sus dos acompañantes. Después, emprendieron nuevamente, pero en sentido contrario, el camino que les había conducido hasta el castillo del Diablo.

 

* * *

 

En 1978, J. Ramsey Campbell recibió el encargo de Bantam Books de terminar los relatos incompletos de

 

Solomon Kane para incluirlos en la edición en dos volúmenes de libro de bolsillo, excepción hecha del anterior

 

Death’s Black Riders, que no fue incorporado a la edición por ser demasiado exiguo.

 

ARGUMENTO: Mientras están entretenidos contemplando los restos de un caballo al que se atormentó para matarlo, Kane y Silent son detenidos por una docena de soldados del barón y conducidos al castillo, que está en franca decadencia. El siniestro barón ha perdido la vista como consecuencia de un accidente producido por el caballo cuyos restos antes vieran los dos ingleses. Pero, al parecer, la dolencia de sus ojos también debió afectar a su cerebro. Como Kane y Silent no tardan en enterarse de que el barón mantiene a su esposa encerrada en su habitación, deciden liberarla. Mientras se enfrentan con los guardianes del aristócrata, este recibe un golpe y recobra la vista. La lucha continúa. Finalmente, el barón muere, lo mismo que su esposa. Era la hermana de su hombre de confianza, que recluida en sus habitaciones había engordado hasta convertirse en un monstruo.

 

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Posteriormente, en 1979, cuando la editorial italiana Fanucci emprende la edición en un único volumen de los episodios completos de Solomon Kane, no contenta con los finales pensados por el escritor británico o creyendo quizá que su idiosincrasia no cuadra con la del pueblo italiano, va a encargar al traductor, y también novelista, Gianluiggi Zuddas, unos nuevos finales, prologados y epilogados por dos episodios originales: «L’isola del serpente piumato» y «La corona di Asa».

ARGUMENTO: Cuando Silent y Kane se dirigen al castillo, divisan entre la espesura a una joven rubia, a la que verán nuevamente en el bastión de Von Staler, después de ser recibidos por el barón. Se trata de una valquiria, Haalnj, que confunde a Kane con Heimdall, uno de los dioses del panteón germánico. Sus ocho hermanas


 

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restantes se encuentran en las mazmorras del castillo. El misterio se aclara: Von Staler aún rinde culto a los dioses paganos. Tras una lucha en que el barón muere a manos de Kane, este, junto con Silent y una valquiria, Hulnare, escapan del castillo, que es invadido por el fango del pantano sobre el que se asentaba… Pero Hulnare muere al oír el nombre de la Virgen.

 

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LUNA DE CALAVERAS


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Un hombre que busca

 

UNA GRAN SOMBRA NEGRA cruzaba la región, hendiendo la roja llama del ocaso. Para el hombre que ascendía penosamente a lo largo del sendero de la jungla, significaba un símbolo de muerte y de horror, una amenaza latente y terrible, como la sombra de un asesino furtivo proyectándose sobre una pared iluminada por las velas. Pero sólo se trataba de la sombra de un gran pico que se elevaba ante él, la primera avanzadilla de las siniestras colinas que constituían su meta. Mientras mantenía una mano sobre sus ojos, a guisa de visera, le pareció observar un leve movimiento en su cima; pero como la luz que reflejaba le aturdía, no estaba seguro.

 

¿Era un hombre que se había escondido rápidamente? ¿Un hombre o…?

 

Se encogió de hombros y comenzó a estudiar el áspero sendero que conducía a su cima y después bajaba. A primera vista, daba la impresión de que sólo podría escalarlo una cabra montes; un examen más atento le mostró gran cantidad de asideros tallados en la roca sólida. Sería una empresa difícil en la que tendría que emplearse a fondo, pero no había recorrido mil millas para echarse atrás en aquel momento.

 

Dejó caer el gran saco que llevaba a la espalda, y lo aligeró de su pesado mosquete, dejando sólo el largo estoque, el puñal y una de las pistolas. Se echó todo aquello a la espalda y comenzó la penosa ascensión, sin dignarse a mirar el sendero que había seguido y que ya comenzaba a perderse en la oscuridad.

 

Era un hombre alto, de brazos largos y músculos de acero. De vez en cuando se veía obligado a detenerse unos instantes para descansar, lo que hacía adhiriéndose como una hormiga a la escarpada pared de la montaña. La noche cayó rápidamente y el pico que estaba encima de él se convirtió en una mancha de sombra a la que no tuvo más remedio que agarrarse a ciegas con los dedos, en busca de los asideros que le servían de precaria escala.

 

Más abajo comenzaron a elevarse los ruidos nocturnos de la jungla tropical. Le pareció que aquellos sonidos le llegaban con poca intensidad y de manera


 

 

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fragmentaria, como si las grandes colinas negras que se elevaban por encima hubiesen arrojado un encantamiento de silencio y de miedo que alcanzaba a las criaturas de la jungla.

 

Prosiguió la ascensión y no tardó en descubrir que comenzaba a hacerse aún más difícil. Cerca de la cumbre, la pared se curvaba hacia fuera, con lo que la tensión de nervios y de músculos le resultó insoportable. De vez en cuando, su mano se escurría de un asidero, lo que estaba a punto de precipitarle en el vacío. Pero todas las fibras de su cuerpo musculoso y nervudo estaban perfectamente coordinadas, y sus dedos eran garras de acero que no soltaban su presa. Su progresión fue haciéndose cada vez más lenta, hasta que, al fin, vio cómo la cumbre hendía el cielo estrellado a menos de veinte pies por encima de él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De repente, distinguió una vaga silueta que vaciló en el reborde de la pendiente y se precipitó hacia él, produciendo una gran vaharada de aire. Con la carne de gallina, se aplastó contra la pared del risco y sintió un tremendo golpe en la espalda; aunque sólo se trató de un roce, a punto estuvo de hacer que se soltase. Mientras luchaba desesperadamente para incorporarse, escuchó las reverberaciones que aquello hacía al chocar contra las rocas del fondo. Con la frente bañada en sudor frío, miró hacia arriba. ¿Quién… o qué… había empujado aquel peñasco pendiente abajo? A pesar de su valor, atestiguado fehacientemente por los huesos que poblaban numerosos campos de batalla, la idea de morir como un animal sacrificado, inerme y sin posibilidad alguna de ofrecer resistencia, le helaba la sangre.

 

Una oleada de furia expulsó sus miedos, haciéndole proseguir la escalada con celeridad temeraria. Sin embargo, el segundo peñasco que esperaba de un momento a otro no llegó. Tampoco consiguió ver ninguna criatura viva cuando superó el borde y se puso en pie de un salto, suscitando un relámpago al desenvainar su espada.

 

Se encontraba en una especie de altiplano que desembocaba en un paisaje de colinas escarpadas, media milla hacia el Oeste. La pared que acababa de escalar sobresalía del resto de las cimas como un promontorio tétrico que dominaba el mar de verdor en movimiento, ya por entonces sombrío y misterioso en la noche tropical.


 

 

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El silencio gobernaba allí como soberano absoluto. Ninguna brisa agitaba las sombrías profundidades que se abrían más abajo, ningún ruido de pasos se escuchaba entre los castigados matojos que cubrían el altiplano… y, sin embargo, la roca que había estado a punto de precipitarle en el vacío no había caído accidentalmente. ¿Qué seres se movían entre aquellas siniestras colinas?

 

Las tinieblas tropicales cayeron sobre el viajero solitario como un pesado velo, a través del cual parpadeasen, malignas, las amarillentas estrellas. Los vapores de la vegetación en descomposición de la jungla flotaban a su alrededor, tan tangibles como una niebla espesa. Con una mueca, el hombre se alejó del borde del precipicio y atravesó el altiplano con paso resuelto, la espada en una mano y la pistola en la otra.

 

En la atmósfera se palpaba la desagradable sensación de que alguien le estaba observando. El silencio seguía incólume, salvo por el ligero roce que delataba el felino avance del extranjero a través de la hierba del altiplano, considerablemente alta; pero aquel hombre presentía que cosas vivas se deslizaban delante de él, detrás… por todos lados. No sabía si quien le seguía era hombre o animal. Tampoco le preocupaba en exceso, pues estaba preparado para luchar contra cualquier ser, humano o diabólico, que se cruzase en su camino. De vez en cuando hacía un alto y miraba desafiante a su alrededor, pero nada se ofrecía a su mirada, excepto los arbustos, acurrucados como oscuros espectros de poca estatura que siguieran su pista, camuflados y confundidos en la espesa y cálida oscuridad, a través de la cual las parpadeantes estrellas parecían debatirse.

 

Por último, llegó al lugar donde el altiplano daba paso a las pendientes de las colinas. Un bosquecillo de árboles contrastaba de manera evidente con las sombras más pequeñas que lo circundaban. Se acercó a él con precaución y se detuvo cuando su mirada, habituándose progresivamente a la oscuridad, descubrió una forma vaga entre los sombríos troncos, que no formaba parte de ellos. Dudó. La figura no avanzó hacia él ni emprendió la fuga. Imprecisa forma de silenciosa amenaza, le acechaba como si le esperase. Horror sin nombre suspendido de aquel silencioso grupo de árboles.

 

El extranjero avanzó con precaución, con la espada por delante. Sus ojos escrutaban las sombras buscando el menor signo de amenaza. Sin lugar a dudas aquella forma era humana, aunque resultase intrigante. No tardó en dar con la clave del misterio. Se trataba del cadáver de un hombre negro. Las lanzas que atravesaban su cuerpo y se clavaban en los troncos de los árboles lo mantenían erguido. Tenía un brazo extendido hacia delante, fijado con un puñal que le taladraba la muñeca a una larga rama. Como si el cadáver quisiera indicar algo, su dedo índice apuntaba en la dirección por donde había venido el extranjero.

 

La intención era obvia; aquel poste indicador, mudo y siniestro, sólo podía tener un significado… más allá está la muerte. El hombre que seguía mirando fijamente


 

 

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aquella macabra advertencia rara vez reía, pero en aquella ocasión se permitió el lujo de una sonrisa sardónica. ¡Más de mil millas recorridas por tierra y mar —a través del océano y de la jungla— y alguien, no sabía quién, esperaba, con esa mascarada, que diera media vuelta y se marchase!

 

Se resistió a la tentación de saludar al cadáver, porque le parecía algo indecoroso, y atravesó valientemente el bosquecillo, esperando, de un momento a otro, un ataque por la retaguardia o una emboscada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin embargo, no ocurrió nada parecido. Al salir de entre los árboles, se encontró al pie de una pendiente accidentada, la primera de una serie de laderas. En medio de la noche comenzó a escalarlas intrépidamente, sin detenerse a reflexionar lo extraño que su comportamiento le habría parecido a un individuo sensato, ya que cualquier persona en sus cabales habría acampado al pie de la pared y esperado a que amaneciera para escalarla. Pero él no era un hombre ordinario. En cuanto su objetivo estaba a la vista, seguía la línea más recta que le conducía hasta él, sin preocuparse de los obstáculos y si era de día o de noche. Siempre hacía lo que tenía que hacer. Como al atardecer había llegado a los límites de aquel reino del miedo, penetrar de noche hasta sus misterios más recónditos le parecía algo perfectamente lógico.

 

Mientras escalaba las accidentadas laderas, salió la luna, con su cortejo de ilusión. Bajo su luz, las colinas atormentadas que se encontraban más delante se asemejaron a los negros chapiteles de los castillos de los magos. El extranjero no apartaba los ojos del sendero impreciso que estaba siguiendo, pues no sabía cuándo podría precipitarse sobre él otro pedrusco, rodando laderas abajo. Y como esperaba un ataque, lo que aconteció le resultó totalmente inesperado.

 

Improvisadamente, por detrás de una gran roca salió un hombre… un gigante de ébano bajo la pálida luz de la luna. La larga hoja de la lanza que sostenía en la mano brillaba plateada, la diadema de plumas de avestruz flotaba sobre él como una nube blanca. Alzó la lanza en un ostentoso saludo y se expresó en el dialecto de las tribus del río.


 

 

 

 

 

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—Esta no es la tierra del hombre blanco. ¿Quién es mi hermano blanco en su propio kraal[1] y por qué ha venido a la Tierra de las Calaveras?

 

—Me llamo Solomon Kane —contestó el hombre blanco en la misma lengua—, y busco a la reina vampira de Negari.

 

—Pocos la buscan. Pocos la encuentran. Ninguno regresa —comentó el otro, de modo críptico.

 

—¿Me conducirás hasta ella?

 

—Llevas un largo puñal en tu mano derecha. Aquí hay leones.

 

—Una serpiente dejó caer una piedra. Pensé que podría haber más entre los matorrales.

 

El gigante recibió aquel intercambio de sutilezas con una sonrisa torva, a la que siguió un breve silencio.

 

—Tu vida —prosiguió el hombre negro— está entre mis manos.

 

Kane sonrió levemente.

 

—Yo llevo entre las mías las de muchos guerreros.

 

La mirada del negro recorrió de arriba abajo, con incertidumbre, la rielante y longilínea espada del inglés. Acto seguido, encogió sus poderosos hombros y bajó la punta de su lanza hacia el suelo.

 

—No traes presentes —comentó—, pero sígueme y te conduciré hasta la Terrible, la Compañera de la Perdición, la Mujer Roja, Nakari, que gobierna en la tierra de Negari.

 

Se echó a un lado e hizo una seña a Kane para que fuese delante, pero el inglés se negó con la cabeza, al verse en su imaginación con una lanza clavada en la espalda.

 

—¿Por qué habría de marchar delante de mi hermano? Ambos somos jefes… Caminemos, pues, juntos.

 

En su fuero interno, Kane lamentaba verse obligado a tener que emplear tanta diplomacia con un guerrero salvaje, pero no lo dio a entender. El gigante se inclinó


 

 

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con cierta majestuosidad bárbara y ambos subieron juntos por el sendero de la colina, sin hablar. Kane fue consciente de que otros hombres salían de sus escondrijos y los seguían de cerca: una mirada subrepticia por encima del hombro le mostró una cuarentena de guerreros que marchaban tras ellos formando las dos líneas de una cuña. La luz de la luna relucía sobre sus cuerpos ágiles, sus tocados ondulantes y las largas y crueles puntas de sus lanzas.

 

—Mis hermanos son como leopardos —dijo Kane, con cortesía—. Se ocultan en los matorrales y ningún ojo los percibe; se deslizan entre la alta hierba y nadie les oye llegar.

 

El jefe negro recibió el cumplido con una inclinación cortés de su cabeza leonina, lo que provocó un murmullo de plumas.

 

—El leopardo de las montañas es nuestro hermano, ¡oh, conductor de hombres! Nuestros pies son como el humo llevado por el viento, pero nuestros brazos son como el hierro. Cuando hieren, la sangre mana roja y los hombres mueren.

 

A Kane le pareció percibir cierto tono de amenaza en su voz. No había nada preciso en qué poder basar sus sospechas, pero aquel tono siniestro persistió. No dijo nada más durante cierto tiempo y la extraña banda prosiguió silenciosamente su marcha hacia arriba, bañada por la luz de la luna, como una cabalgata de espectros.

 

El sendero se fue haciendo más empinado y rocoso, y comenzó a serpentear entre riscos y rocas gigantescas. De improviso, un gran precipicio se abrió ante ellos, cabalgado por un puente natural de piedra, ante el cual se detuvieron.

 

Kane contempló el abismo con curiosidad. Su anchura era de unos cuarenta pies. Al mirar hacia abajo, su vista se perdió en una impenetrable negrura de cientos de pies de profundidad, según calculó. Al otro lado se erguían unos picachos sombríos y amenazantes.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Aquí —dijo el jefe— comienza realmente el reino de Negari.

 

Kane fue consciente de que los guerreros se iban acercando discretamente a él. Sus dedos se crisparon, instintivamente, sobre la empuñadura de su estoque, que no había devuelto a su vaina. De repente, el aire se cargó de tensión.

 

—Y también aquí —prosiguió el cabecilla— quienes no traen presentes para Nakari… ¡mueren!

 

La última palabra se convirtió en un grito, como si aquella frase hubiese convertido a quien la pronunciaba en un demente. Mientras gritaba, echó su gran brazo hacia atrás y después hacia delante, con una contracción de sus poderosos músculos, y la larga lanza se dirigió hacia el pecho de Kane.

 

Sólo un luchador nato habría podido esquivar aquel golpe. El movimiento instintivo de Kane le salvó la vida… La enorme punta de la lanza arañó su costado mientras se echaba hacia un lado y devolvía el golpe con una estocada a fondo que acabó con un guerrero que se interponía entre él y el jefe.

 

Las lanzas relampaguearon a la luz de la luna, y Kane, parando una e inclinándose para eludir otra, saltó hacia el angosto puente, donde sólo podrían atacarle de uno en uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie se apresuró a ser el primero. Los guerreros se quedaron al borde del abismo, mirándole mientras intentaban alcanzarle con sus lanzas, atacando cuando se retiraba, retrocediendo cuando avanzaba. Y aunque las lanzas eran más largas que su estoque, Kane pudo contrarrestar aquella desventaja, así como la gran diferencia numérica, gracias a su espléndida destreza y la fría ferocidad de sus ataques.

 

Se movían de atrás adelante. De repente, un gigante emergió del grupo de guerreros y cargó en dirección al puente como un búfalo enloquecido, con los hombros encogidos, la lanza baja y los ojos destellándole con un brillo anormal. Kane se echó hacia atrás para evitar el ataque. En un intento de escapar a la lanza que intentaba atravesarle y de encontrar un hueco para poder introducir por él su espada, dio un salto hacia un lado y resbaló hasta el borde del puente, con la boca de la eternidad bajo él. Los guerreros aullaron con exultación salvaje mientras vacilaba, intentando recuperar el equilibrio, y el gigante que había subido al puente rugió al abalanzarse sobre él.

 

Kane paró el golpe con todas sus fuerzas —proeza que muy pocos espadachines


 

 

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habrían podido realizar, faltos de equilibrio como él—, vio la cruel punta de la lanza relampaguear cerca de su mejilla… y comprendió que se hallaba a punto de caer de espaldas en el abismo. Con un esfuerzo desesperado, se agarró al astil de la lanza, se irguió y atravesó a su adversario. De la boca del gigante, que parecía una enorme caverna roja, brotó un chorro de sangre; con sus últimas fuerzas, se lanzó a ciegas contra su adversario. Kane, con los talones fuera del puente, no pudo evitarlo, y ambos cayeron juntos al abismo y desaparecieron silenciosamente en sus profundidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había sucedido todo tan rápidamente que los guerreros no reaccionaron. Cuando apenas había muerto en los labios del gigante su rugido de triunfo, ambos contendientes desaparecieron en las tinieblas. Los indígenas subieron al puente para mirar con curiosidad hacia abajo, pero del oscuro vacío no subió hasta ellos ningún sonido.

 

 

 

II. El pueblo que camina con la muerte

 

Mientras caía, Kane siguió su instinto de luchador y se contorsionó en medio del aire, para que cuando tocara tierra, ya fuese a diez o a mil pies más abajo, lo hiciese encima del hombre que caía con él.

 

El final llegó repentinamente… más repentinamente de lo que el inglés había pensado. Permaneció un instante medio conmocionado. Después, al mirar hacia arriba, vio confusamente el delgado puente que hendía el cielo que se hallaba sobre su cabeza y las formas de los guerreros, perfilándose a la luz de la luna, grotescamente empequeñecidos al inclinarse desde el puente. Permaneció inmóvil, sabiendo que los rayos lunares no llegarían hasta aquella profundidad que le amparaba y que él era invisible para aquellos observadores. Sólo cuando desaparecieron de su vista comenzó a considerar su situación actual. Su oponente


 

 

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estaba muerto, y, si no hubiera sido por el hecho de que su cadáver había amortiguado su caída, también él lo estaría en aquellos momentos, pues se habían precipitado desde una altura considerable. A pesar de todo, el inglés se sentía entumecido y lleno de contusiones.

 

Extrajo su espada del cuerpo del indígena, musitando una muda plegaria porque no se hubiera roto, y comenzó a buscar a tientas a su alrededor, en medio de las tinieblas. Su mano encontró lo que parecía ser el borde de un precipicio. Creía que había caído hasta el fondo, pero en aquellos momentos comprendía que la impresión de hallarse a gran profundidad sólo era una ilusión. Un saliente de roca había interrumpido su caída, impidiéndole recorrer todo el camino. Dejó caer una piedra en el vacío y oyó el débil sonido que hacía al chocar contra el fondo, después de un tiempo que le pareció muy largo.

 

Sin estar seguro de lo que debía hacer, sacó pedernal y eslabón de su cinturón e hizo saltar unas cuantas chispas encima de un poco de yesca, formando una pantalla con las manos. La débil luz le permitió ver una larga cornisa que salía de uno de los lados del precipicio, en la parte de las colinas adonde quería ir. Había caído cerca de su borde. En aquellos momentos en que conocía su posición, comprobaba que sólo por un escasísimo margen no se había precipitado en el vacío.

 

Agachándose cerca del borde para que sus ojos se fueran acostumbrando a aquella penumbra abismal, descubrió entre las sombras de la pared lo que parecía una sombra más oscura. Al examinarla con más atención, comprobó que se trataba de una abertura lo suficientemente grande para poder pasar erguido por ella. «Una caverna», pensó, y entró en ella, a pesar de que su apariencia fuese siniestra y extremadamente inquietante. Cuando se quedó sin yesca, caminó a tientas.

 

Por supuesto que no tenía ni idea de adonde iba, pero cualquier tipo de acción era preferible a quedarse sentado en silencio hasta que los buitres de la montaña fuesen a roer sus huesos. Durante un buen trecho, el suelo de la cueva aumentó su pendiente —bajo sus pies había roca viva—, y a Kane le costó trabajo seguir adelante, ya que tropezaba o resbalaba a cada paso. La caverna parecía bastante grande, pues después de entrar en ella no pudo llegar a tocar en ningún momento su techo, ni tampoco abarcar su anchura con las manos.

 

Finalmente, el suelo volvió a ser horizontal, y Kane presintió que ello se debía a que la caverna era mucho mayor en aquel lugar. El aire parecía más puro, aunque la oscuridad seguía siendo impenetrable. Repentinamente, se detuvo. De algún punto delante de él, le llegaba un crujido extraño e indefinido. Sin previo aviso, algo le golpeó en el rostro y se debatió cruelmente a su alrededor. Se sintió rodeado por el irreal murmullo de una infinidad de pequeñas alas. Kane sonrió aviesamente, divertido, tranquilo y molesto al tiempo. Murciélagos, por supuesto. La cueva era un hervidero de ellos. Sin embargo, resultaba una experiencia desagradable. Mientras


 

 

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seguía avanzando y las alas susurraban a través de la inmensa oquedad de la gran caverna, la mente puritana de Kane se distrajo con un pensamiento singular. Por alguna inexplicable circunstancia, ¿no habría ido a parar al Infierno?… ¿Eran murciélagos o almas perdidas revoloteando en medio de la noche eterna?

 

«En ese caso —pensó Solomon Kane—, pronto me enfrentaré al mismísimo Satanás»… Y en el instante en que ese pensamiento pasaba por su mente, sus fosas nasales se vieron asaltadas por un horrible miasma, fétido y repelente. Aquella pestilencia aumentó a medida que Kane fue avanzando, hasta el punto que arrancó de sus labios un tibio juramento, y eso que el inglés no era amigo de palabrotas. Sentía que aquel hedor revelaba una presencia oculta, alguna malevolencia invisible, inhumana y letal, por lo que su mente sombría llegó a conclusiones sobrenaturales. Sin embargo, tenía perfecta confianza en su habilidad para enfrentarse con cualquier espíritu o diablo, acorazado como estaba con la inquebrantable fe en sus creencias y la certeza de lo acertada de su causas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todo sucedió rápidamente. Mientras que en medio de la oscuridad buscaba a tientas su camino, delante de él brillaron dos ojos hendidos y amarillos… fríos y sin expresión, repugnantes y demasiado juntos entre sí para ser humanos, aunque demasiado altos para pertenecer a un animal de cuatro patas. ¿Qué horror se erguía de aquel modo frente a él?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Será Satanás», pensó Kane, en el momento en que los ojos comenzaron a oscilar sobre su cabeza. Instantes después luchaba para salvar su vida contra la tiniebla, que parecía haber asumido forma tangible y que retorcía alrededor de su tronco y de sus


 

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miembros unos grandes anillos viscosos. Aquellas espiras atenazaron el brazo que tenía la espada y lo dejaron sin fuerza; Kane buscó con la otra mano el puñal o la pistola y sintió que se le ponía la carne de gallina cuando sus dedos resbalaron sobre las lisas escamas y el silbido del monstruo llenó la caverna con un frío peán de terror.

 

Allí, en la negra oscuridad y acompañado por el membranoso batir de las alas de los murciélagos, Kane luchó como una rata entre los anillos de la serpiente ratonera y sintió cómo iban cediendo sus costillas y comenzaba a faltarle el resuello… En ese momento, su mano izquierda se cerró frenéticamente sobre la empuñadura del puñal.

 

Con una contorsión volcánica y una sacudida de su cuerpo de músculos de acero, consiguió liberar parcialmente su brazo izquierdo y hundir la afilada hoja, una y otra vez hasta la empuñadura, en el terror sinuoso y aplastante que le envolvía. Finalmente, las trémulas espiras aflojaron su presa y se deslizaron lentamente de sus miembros, para yacer a su pie como un montón de enormes cables.

 

La poderosa serpiente azotó salvajemente el aire en los estertores de la muerte. Evitando aquellos golpes capaces de romperle los huesos, Kane retrocedió en las tinieblas, mientras intentaba recuperar la respiración. Aunque su antagonista no hubiera sido el mismísimo Satanás, sí que había sido su satélite terrenal más próximo, se dijo Solomon, esperando devotamente no tener que volver a combatir con otro de su especie en medio de aquellas tinieblas.

 

Cuando tenía la impresión de llevar siglos caminando y comenzaba a preguntarse si aquella cueva terminaría alguna vez, un destello de luz taladró la negrura. Pensó que se trataba de una salida, aunque bastante alejada, y comenzó a andar rápidamente hacia ella. Sin embargo, para su estupor, después de dar unos pocos pasos tuvo que detenerse ante una pared lisa.

 

Entonces observó que la luz provenía de una estrecha hendidura en la pared. Al tocarla, comprobó que era de un material diferente al del resto de la cueva, pues, al parecer, estaba construida con bloques regulares de piedra, unidos mediante algún tipo de mortero… una pared levantada, sin duda alguna, por el hombre.

 

La luz se filtraba entre dos piedras que habían perdido el mortero que las mantenía unidas. Kane pasó los dedos sobre su superficie, con un interés que se encontraba más allá de sus necesidades más perentorias. La obra parecía muy antigua, y mejor hecha de lo que cabría esperar en una tribu de salvajes ignorantes.

 

Le asaltó ese escalofrío que suelen sentir exploradores y descubridores. Era evidente que ningún hombre blanco había visto aquel lugar y vivido después para contarlo, ya que, después de desembarcar en la húmeda Costa Oeste y de llevar meses preparando su incursión en las tierras del interior, jamás había oído hablar de un territorio como aquel. Los escasos hombres blancos con los que había hablado, porque conocían algo de África, jamás habían hecho ninguna referencia a la Tierra de las Calaveras, ni a la diablesa que gobernaba sus destinos.


 

 

 

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Kane empujó la pared, con mucha precaución. La estructura parecía debilitada por el tiempo… Un fuerte empujón, y comenzó a moverse de forma perceptible. Se arrojó sobre ella con todas sus fuerzas y una sección de la pared cedió con un crujido, precipitándolo en un corredor escasamente iluminado, entre una lluvia de piedras, polvo y mortero.

 

Se levantó de un salto y miró a su alrededor, esperando que aquel ruido hubiese atraído hasta él una horda de feroces lanceros. Reinaba un silencio absoluto. El corredor parecía una cueva larga y estrecha, excepto que había sido hecha por la mano del hombre. Tenía varios pies de anchura y su techo se encontraba muy por encima de su cabeza. El polvo del suelo le llegaba hasta los tobillos, como si no hubiese entrado nadie desde hacía incontables siglos. La débil luz, supuso Kane, debía filtrarse de alguna manera a través del techo, ya que no veía por ningún sitio puertas o ventanas. Finalmente, decidió que la fuente luminosa era la misma bóveda, que poseía una singular cualidad fosforescente.

 

Se adentró en aquel pasadizo a disgusto, como si fuese un fantasma gris que recorriese las grises salas de la muerte y de la podredumbre. La evidente antigüedad de aquellos lugares le deprimía, haciéndole sentir vagamente lo breve y fútil de la existencia humana. Supuso que aún se encontraba sobre la superficie de la tierra, ya que la luz se filtraba hasta él, pero dónde… eso era algo que ni siquiera se prestaba a conjeturas. Aquella era una tierra de encantamientos, una tierra de horror y de misterios espantosos, como le habían dicho los indígenas de la jungla y del río; él mismo había podido oír sus murmullos dominados por el miedo, que hablaban de aquellos horrores, cuando había dado la espalda a la Costa de los Esclavos, para aventurarse en solitario por las tierras del interior.

 

Como, de vez en cuando, escuchaba un murmullo bajo e indistinto que parecía llegar hasta él a través de una de las paredes, acabó llegando a la conclusión de que había descubierto casualmente el pasadizo secreto de algún castillo o mansión. Los pocos indígenas que se habían atrevido a hablarle de Nagari habían mencionado, entre cuchicheos, una ciudad ju-ju de piedra, situada en lo alto de los siniestros picos negros de las colinas prohibidas.

 

«Entonces —se dijo Kane—, he ido a dar de pies a cabeza con lo que estaba buscando y debo de encontrarme en medio de esa ciudad de pesadilla».

 

Se detuvo y, eligiendo al azar un punto en la pared, comenzó a quitar el mortero con ayuda de su puñal. Mientras proseguía su actividad, volvió a escuchar aquel murmullo vago, que fue aumentando de intensidad a medida que perforaba la pared, hasta que, finalmente, la punta cayó en vacío; al mirar por la abertura que acababa de practicar, vio una escena tan extraña como fantástica.


 

 

 

 

 

 

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Estaba contemplando una habitación muy amplia, con paredes y suelos de piedra y una bóveda impresionante, apoyada en gigantescas columnas de piedra singularmente esculpidas. A lo largo de las paredes se alineaban gran número de guerreros negros, adornados con plumas; una doble fila de ellos, inmóviles como estatuas, se encontraba delante de un trono flanqueado por dos dragones de piedra, más grandes que elefantes. A juzgar por la manera como se vestían y por su apariencia general, aquellos hombres debían pertenecer a la misma tribu que los que habían luchado contra él al borde del abismo. Pero la mirada de Kane fue atraída irresistiblemente por aquel trono enorme y grotescamente decorado. En él, empequeñecida por el ostentoso esplendor que la rodeaba, estaba reclinada una mujer. Era joven y de melena leonada: tenía el donaire de una tigresa. Se encontraba desnuda, si exceptuamos un yelmo de plumas, los brazaletes, las ajorcas y el ceñidor de plumas de avestruz colorado, y yacía displicentemente sobre cojines de seda, con los labios entreabiertos en un voluptuoso abandono.

 

Incluso a aquella distancia, Kane pudo observar que sus rasgos eran regios, aunque bárbaros; altaneros e imperiosos, pero sensuales. Un toque de crueldad implacable la recorría cada vez que fruncía aquellos labios, rojos y carnosos. Kane sintió que su pulso se aceleraba. No podía tratarse de nadie más que de aquella cuyos crímenes habían llegado a ser casi míticos… Nakari de Negari, la demoníaca reina de una ciudad de demonios, cuya monstruosa sed de sangre había hecho estremecerse a medio continente.

 

Sin embargo, parecía lo suficientemente humana para darle el nombre de mujer. Como las consejas de las atemorizadas tribus del río le habían atribuido un aspecto sobrenatural, Kane había esperado encontrarse con un repelente monstruo semihumano salido de alguna demoníaca era del pasado.

 

El inglés se sentía fascinado y, al mismo tiempo, repelido. Ni siquiera había contemplado tanta grandiosidad en las cortes de Europa. La estancia y todos sus adornos, desde las serpientes esculpidas que se enroscaban alrededor de las basas de las columnas hasta los dragones apenas visibles del techo sumido en la penumbra, habían sido diseñados a escala gigantesca. El esplendor era inquietante, elefantino, inhumanamente exagerado, y podría llegar a embotar la mente de quien intentase medir o penetrar sus dimensiones. A Kane le pareció que todo aquello debía ser obra más de dioses que de hombres, pues la estancia habría hecho parecer minúsculos a la mayor parte de los castillos que había visto en Europa.


 

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Los guerreros que se agolpaban en aquella inmensa sala parecían grotescamente incongruentes. No eran los arquitectos de aquel lugar antiguo.

Mientras Kane era consciente de aquel pensamiento, la siniestra importancia de la reina pareció desvanecerse. Echada en aquel augusto trono, en medio de la terrible gloria de otra era, parecía asumir sus auténticas proporciones… Una niña consentida y petulante, empeñada en el juego de las apariencias, que usaba por mero entretenimiento un juguete abandonado por sus mayores. Al mismo tiempo, un pensamiento se insinuó en la mente de Kane… ¿Quiénes eran sus mayores?

 

Pero el juego de aquella niña podría llegar a ser mortal, como no tardaría en comprobar el inglés.

 

Un guerrero alto y robusto avanzó entre las filas que se encontraban delante del trono. Después de postrarse cuatro veces seguidas ante él, permaneció arrodillado, como muestra evidente de que esperaba permiso para hablar. La reina abandonó sus aires de displicente indiferencia y se irguió con un movimiento rápido y ágil que a Kane le recordó el del leopardo. Comenzó a hablar, y sus palabras llegaron débilmente hasta sus oídos, por lo que aguzó sus sentidos. Hablaba en un lenguaje muy similar al utilizado por las tribus del río.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Habla!

 

—¡Oh, Grande y Terrible! —dijo el guerrero arrodillado, y Kane reconoció en él al jefe que había salido a su encuentro en el altiplano… el jefe de los guardias de las colinas—, no permitas que el fuego de tu furia consuma a tu esclavo.

 

Los ojos de la joven se entornaron con perversidad.

 

—¿Sabes por qué has sido llamado a mi presencia, hijo de un buitre? —Fuego de Belleza, el extranjero llamado Kane no traía presentes.


 

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—¿Venía sin ellos? —escupió aquellas palabras—. ¿Y a mí qué me importan los presentes?

 

El jefe titubeó, al comprender que aquel extranjero revestía particular importancia.

 

—Gacela de Negari, llegó en medio de la noche, escalando la pared como un asesino, llevando en la mano un puñal tan largo como el brazo de un hombre. Como la roca que arrojamos sobre él no le alcanzó, fuimos a su encuentro en la meseta para conducirle al Puente-sobre-el-Cielo, donde, según lo acostumbrado, pensábamos acabar con él; pues, según tus propias palabras, estabas cansada de los hombres que venían a cortejarte.

 

—¡Necio! —exclamó la reina—. ¡Necio!

 

—Tu esclavo no lo sabía, oh, Reina de Belleza. El extranjero ha luchado como un leopardo de las montañas. Ha matado a dos hombres y se ha precipitado con un tercero en el precipicio, pereciendo de tal suerte, Estrella de Negari.

 

—Sí —el tono empleado por la reina rezumaba ponzoña—. ¡El primer hombre auténtico que llega a Negari! ¡El que podría…! ¡Álzate, necio!

 

El hombre se puso en pie.

 

—Poderosa Leona, ¿y si hubiese venido en busca de…?

 

Pero jamás consiguió completar la frase. Mientras se ponía en pie, Nakari hizo un rápido gesto con la mano. Dos guerreros abandonaron las silenciosas filas y dos lanzas traspasaron el cuerpo del jefe antes de que pudiese mirar hacia atrás. Un grito estrangulado brotó de sus labios, un surtidor de sangre surcó los aires, y el cadáver cayó de bruces al pie del gran trono.

 

Las filas ni se movieron, pero Kane captó el persistente relámpago de los ojos peculiarmente rojos y del roce involuntario de las lenguas sobre los carnosos labios. Nakari se había incorporado en su trono mientras las lanzas refulgían, para volver a abandonarse, con una expresión de satisfacción cruel en el hermoso rostro y el brillo de un pensamiento agazapado tras los chispeantes ojos.

 

Un gesto indiferente de su mano y el cadáver fue arrastrado por los pies y sacado de la sala. Mientras sus brazos fláccidos se revolcaban en la gran mancha de sangre que dejaba el cuerpo a su paso, Kane pudo distinguir otras manchas sobre el suelo de piedra, algunas claramente visibles, otras no tanto. ¿Cuántas escenas espantosas, dominadas por la sangre y el cruel frenesí, habían visto con sus ojos de piedra los grandes dragones del trono?

 

En aquellos momentos, no ponía en duda las historias que le habían contado las tribus del río. Aquella gente se había criado en la rapiña y en el horror. Sus acciones habían acabado por trastornar sus mentes. Vivían como si perteneciesen a alguna especie de bestia feroz, sólo para destruir. Extraños resplandores ardían bajo sus ojos, que, a veces, parecían encenderse con las inquietantes llamas y sombras del Infierno.


 

 

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¿Qué decían las tribus del río de aquel pueblo de las montañas que las había saqueado durante incontables siglos? Que eran los secuaces de la muerte, que caminaba a su lado y a la que servían.

 

Pero un pensamiento no abandonaba la mente de Kane mientras miraba desde su escondrijo… ¿Quién había construido aquel lugar, y por qué esa gente se había apoderado de él? Un pueblo de guerreros como aquel no podía haber alcanzado el grado de cultura que reflejaban las esculturas que había visto. Sin embargo, las tribus del río no habían hablado de otros hombres aparte de los que se encontraban ante él.

 

* * *

 

El inglés consiguió librarse de la fascinación de aquella escena bárbara, aunque no sin esfuerzo. No tenía tiempo que perder; mientras le creyesen muerto tendría mayores probabilidades de eludir a los posibles guardias y de encontrar lo que había ido a buscar. Se volvió y comenzó a caminar por el pasadizo cubierto de sombras. No le venía a la mente ningún plan de acción preciso, y le daba lo mismo seguir cualquier dirección. El pasadizo no corría en línea recta, sino que torcía y doblaba según el perímetro de las paredes, como supuso Kane. En más de una ocasión llegó a maravillarse por el espesor, evidentemente enorme, de las mismas. Esperaba encontrarse en cualquier momento con algún guarda o esclavo, pero como los pasillos seguían extendiéndose vacíos ante él, manteniendo su polvoriento suelo exento de cualquier huella de pisadas, pensó que o bien aquellos pasadizos eran desconocidos por la gente de Negari o que por alguna razón jamás habían sido usados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comenzó a mirar atentamente las paredes para ver si encontraba una puerta secreta, hasta que dio con una, cerrada por aquel lado con un tosco pasador encajado en una ranura de la pared. Lo manipuló con precaución y la puerta se abrió hacia dentro, con un crujido que le pareció terroríficamente sonoro en aquel silencio. Miró a ambos lados del pasillo. Al no ver a nadie, entró cuidadosamente por ella, cerrándola tras sí y observando que formaba parte de un dibujo fantástico pintado en el muro. Como no sabía cuándo necesitaría usar nuevamente aquella entrada, hizo una marca con su puñal en el punto donde suponía que debía estar el resorte.

 

Se encontraba en una gran sala de columnas gigantescas, muy parecidas a las del


 

 

 

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salón del trono. Entre ellas se sintió como un niño en una inmensa foresta, aunque le dieran cierta sensación de seguridad, ya que pensaba que, deslizándose entre ellas como un fantasma por la jungla, podría eludir a los guerreros, por muy hábiles que fuesen.

 

Eligió una dirección al azar y progresó cuidadosamente por ella. En cierta ocasión, al oír unos murmullos de voces, se subió al capitel de una columna y se agazapó sobre ella, mientras dos mujeres pasaban directamente por debajo de él; después ya no se encontró con nadie. Aunque sabía que una gran muchedumbre podía hallarse oculta tras las columnas, Kane experimentó una sensación extraña al recorrer aquella vasta sala, que parecía despojada de vida.

 

Finalmente, después de continuar por aquel monstruoso laberinto en lo que a él le duró una eternidad, llegó hasta un muro enorme que debía formar parte de la sala o ser una pared medianera; lo siguió y no tardó en encontrar una puerta ante la que se hallaban dos lanceros, tan tiesos como estatuas negras.

 

Kane, subido al capitel de una columna, distinguió dos ventanas en lo alto del muro, una a cada lado de la puerta. Y como las paredes estaban cubiertas de esculturas, concibió un plan desesperado.

 

Sentía la necesidad imperiosa de ver qué había dentro de aquella habitación. Por encontrarse guardada, debía tratarse de la cámara de un tesoro o de una mazmorra. Tuvo la certeza de que sería lo último.

 

Se retiró hasta un lugar donde los guardias no pudieran verle y comenzó a escalar la pared, usando sus profundos bajorrelieves para apoyar manos y pies. Aquello resultó más fácil de lo que había esperado. Después de llegar a la altura de las ventanas, se desplazó cuidadosamente siguiendo una línea horizontal, mientras se sentía como una hormiga en medio de una pared.

 

Los guardias, muy por debajo de él, no levantaron la vista en ningún momento, con lo que, finalmente, alcanzó la ventana más próxima y pudo apoyarse en su alféizar. La habitación, amplia y vacía, se hallaba amueblada con un gusto sensual y bárbaro. Divanes de seda y cojines de terciopelo cubrían profusamente el suelo, y pesados tapices recamados de oro colgaban de las paredes. El techo también estaba recubierto de oro.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Extrañamente incongruentes, unas toscas baratijas de marfil y de madera endurecida, de factura inconfundiblemente salvaje, estaban dispersas por la habitación, simbolizando con algún acierto aquel extraño reino, donde los indicios de la barbarie rivalizaban con una cultura desconocida. La puerta que daba al exterior seguía cerrada, lo mismo que otra puerta que se encontraba en la pared opuesta.

 

Kane bajó de la ventana, deslizándose por el borde de un tapiz como un marinero lo haría por la cuerda de una vela, y cruzó la estancia. Sin hacer ruido, sus pies se hundieron en el espeso tejido de la alfombra que cubría el suelo y que, como el resto del mobiliario, parecía muy antigua y a punto de convertirse en polvo.

 

Titubeó al llegar a la puerta. Entrar en la pieza contigua podría acarrearle consecuencias imprevistas; si estaba llena de guerreros, tendría cortada la retirada debido a los lanceros que se encontraban al otro lado de la puerta exterior. Pero como estaba acostumbrado a correr todo tipo de riesgos disparatados, abrió la puerta bruscamente, espada en mano, para sorprender, al menos durante un instante, a los adversarios que pudiesen encontrarse al otro lado.

 

Kane penetró rápidamente en el interior, dispuesto a todo… y se detuvo al instante, mudo e inmóvil durante un segundo. Había recorrido miles de millas buscando algo, y allí, delante de él, se encontraba el objeto de esa búsqueda.

 

 

 

III. Lilith

 

Un diván ocupaba el centro de la habitación. Sobre su superficie de seda yacía una mujer… una mujer de piel clara y de cabellos de oro rojo que se derramaban sobre sus hombros desnudos. Se incorporó de un salto, con el espanto inundando sus hermosos ojos grises, y de sus labios partió un grito, que reprimió casi al instante.


 

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—¡Vos! —exclamó—. ¿Cómo conseguisteis…?

 

Solomon Kane cerró la puerta tras sí y se dirigió a su encuentro, con una sonrisa inusual en su sombrío rostro.

 

—Supongo que no te habrás olvidado de mí, ¿eh, Marylin?

 

El miedo casi había desaparecido de sus ojos incluso antes de que hablase Kane, para ser reemplazado por una expresión de estupor increíble y de sorprendente contento.

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Capitán Kane! No consigo comprenderlo… pensé que jamás vendría nadie… A punto de desmayarse, se pasó por la frente una de sus delicadas manos.

 

Kane la tomó entre sus brazos —para él sólo era una niña— y la depositó con delicadeza sobre el diván. Una vez en él, aplicó un suave masaje a sus muñecas y habló rápidamente en voz baja, mientras no perdía de vista la puerta, ya que parecía la única vía de entrada o de salida de la habitación. También consiguió echarle un vistazo a esta, que le pareció un duplicado de la otra habitación exterior, en lo concerniente a la tapicería y los muebles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Antes de abordar otras cuestiones —dijo—, debo saber si estás guardada estrechamente.

 

—Muy estrechamente, señor —murmuró ella, con desesperanza—. No sé cómo conseguisteis llegar hasta aquí, pero jamás podremos escapar.

 

—Te contaré de forma resumida cómo conseguí llegar, y quizá renazca en ti la esperanza cuando sepas cómo pude vencer todas las dificultades. Sigue descansando, Marylin, y te contaré cómo fui a buscar a una heredera inglesa en la diabólica ciudad de Negari.

 

»Maté en duelo a sir John Taferal. En lo que respecta al motivo, diré que por una calumnia y por una negra mentira. Pero antes de morir me confesó que pocos años antes había cometido un crimen abyecto. Supongo que no habrás olvidado el afecto que sentía por ti tu primo, el viejo lord Hildred Taferal, tío de sir John. Bueno, pues


 

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sir John tenía miedo de que el viejo señor, al morir sin herederos directos, te dejara en su testamento la inmensa fortuna de los Taferal.

 

»Hace algunos años desapareciste misteriosamente y sir John hizo correr el rumor de que te habías ahogado. Pero cuando agonizaba, después de haberle atravesado con mi estoque, me confesó entre estertores que te había secuestrado y vendido a un pirata de Berbería… cuyo nombre me reveló… Se trataba de un pirata sanguinario, conocido de antes en las costas de Inglaterra. Y así dio comienzo mi búsqueda, que fue larga y ardua y se extendió a lo largo de las leguas y de la amargura de los años.

 

»Lo primero que hice fue buscar a El Gar, que era el corsario berberisco al que se refirió sir John. Lo encontré entre el estruendo y el griterío de un combate naval; murió, pero mientras agonizaba me dijo que te había vendido, a su vez, a un mercader de Estambul. Así que me dirigí hacia Levante y allí tuve la suerte de encontrar a un marino griego a quien los moros habían crucificado en la playa por piratería. Le liberé y le hice la pregunta que hacía a todos los hombres: si en sus vagabundeos no habría visto a una joven cautiva inglesa, casi una niña, con bucles de oro. Y así supe que él había sido uno de los tripulantes del navio del mercader de Estambul, el cual, al regresar a puerto, había sido atacado y hundido por un traficante de esclavos español… Aquel renegado griego y la niña se encontraron entre los pocos supervivientes que fueron rescatados por sus atacantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

»Este, dirigiéndose al Sur en busca de marfil negro, fue víctima de una emboscada en una pequeña bahía de la costa occidental de África; pero nada supo decirme el griego respecto a ti, porque él consiguió escapar de la masacre general en un bote y llegar a mar abierto, donde fue recogido por el navío de unos filibusteros genoveses.


 

 

 

 

 

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»Por consiguiente, me dirigí hacia la Costa Oeste, con la vaga esperanza de que aún estuvieses viva, y llegué a saber por los indígenas que, hacía algunos años, una niña blanca había sido recogida de un navío cuya tripulación había sido aniquilada, y enviada al interior como parte del tributo que las tribus de la costa pagaban a los jefes del curso superior del río.

 

»Allí se acabaron las pistas. Erré durante meses, sin la más leve indicación de dónde podrías estar y sin saber, siquiera, si aún te encontrabas con vida. Entonces, tuve la suerte de oír hablar entre las tribus del río de la ciudad demoníaca de Negari y de la malvada reina que tenía como esclava a una joven extranjera. Y vine hasta aquí.

 

El tono seguro de Kane, su narración desprovista de florituras, no hacían justicia al auténtico alcance de lo sucedido… de lo que subyacía bajo aquellas palabras tranquilas y mesuradas… las batallas por tierra y mar, los años de privación y de desánimo, el peligro incesante, la labor tediosa e ingrata de arrancar la información que buscaba a salvajes ignorantes, malhumorados y hostiles.

 

«Y vine hasta aquí», había dicho simplemente Kane; pero todo un mundo de coraje y esfuerzo estaba simbolizado por aquella frase. Una larga pista roja, donde sombras negras y carmesíes bailaban una danza diabólica, resaltada por espadas relampagueantes y el humo de la batalla, por palabras convulsas que caían como gotas de sangre de los labios de los moribundos.

 

Desde luego que Solomon Kane no era hombre dado al dramatismo. Había contado su historia del mismo modo en que había superado los obstáculos más terribles… con frialdad, laconismo y sin heroísmos vacuos.

 

—Como ves, Marylin —concluyó gentilmente—, no he llegado tan lejos ni he hecho tantas cosas para encontrarme ahora con una derrota. Anímate, jovencita. Ya verás cómo encontramos un modo de salir de este lugar espantoso.


 

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—Sir John me montó en su silla —dijo la joven, de forma un tanto desmañada; y hablando despacio, como si su lengua materna volviese extrañamente a ella después de varios años sin utilizarla, fue describiendo con palabras entrecortadas un atardecer en la Inglaterra de hacía mucho tiempo—. Me llevó hasta la orilla del mar donde esperaba el bote de una galera, llena de hombres espantosos, oscuros y bigotudos, que tenían cimitarras y grandes anillos en los dedos. El capitán, un musulmán con rostro de halcón, me cogió, mientras yo lloraba de miedo, y me subió a su galera. Pero, a su manera, fue bueno conmigo; era poco más que una niña, y al final me vendió a un mercader turco, como os contó. Se encontró con ese mercader cerca de la costa sur de Francia, después de muchos días de viaje por mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

»Aquel hombre no me trató mal, pero me daba mucho miedo, porque su aspecto era cruel y porque me dio a entender que sería vendida a un sultán negro de los moros. Sin embargo, en las Columnas de Hércules su barco fue atacado por un navío negrero de Cádiz y las cosas sucedieron como vos contasteis.

 

»El capitán del navío esclavista supuso que yo era la heredera de alguna rica familia inglesa y pensó devolverme tras un cuantioso rescate; pero en una siniestra bahía perdida en la costa africana pereció con todos sus hombres, excepto el griego a quien mencionasteis, y yo fui hecha cautiva por un cabecilla salvaje.

 

»Estaba terriblemente asustada y no hacía más que pensar que iba a matarme, pero no me hizo ningún daño y me envió al interior con una escolta, que también llevaba casi todo el botín del barco. Aquel botín, del que yo formaba parte, como bien sabéis, debía ser entregado a un poderoso rey de las tribus del río. Pero jamás lo recibió, puesto que una banda de saqueadores de Negari cayó sobre los guerreros de la playa y los exterminó. De ese modo fui traída a esta ciudad en la que he permanecido desde entonces, como esclava de la reina Nakari.

 

»Cómo he sobrevivido a tantas escenas terribles de batallas, crueldades y crímenes… es algo que ignoro.

 

—La Providencia velaba por ti, jovencita —dijo Kane—. La Potencia que cuida de las mujeres débiles y de los niños desamparados me condujo hasta ti, a pesar de


 

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todos los impedimentos, y también nos ayudará a abandonar este lugar, si Dios quiere.

 

—¡Los míos! —exclamó Marylin de repente, como si despertase de un sueño—. ¿Cómo están?

 

—Todos gozan de buena salud y fortuna, hija mía, aunque se hayan sentido apenados por ti durante todos estos largos años. Bueno, el viejo sir Hildred tiene gota y jura tanto que hay veces que llego a temer por la salvación de su alma. Pero creo que sólo con verte, Marylin, se curará en seguida.

 

—Sin embargo, capitán Kane —dijo la joven—, no puedo comprender por qué habéis venido solo.

 

—Tus hermanos querían venir conmigo, mi querida niña, pero yo no se lo permití porque no estaba seguro de que aún siguieses con vida y porque tampoco deseaba que muriesen en tierra extranjera. Había librado al buen suelo inglés de un Taferal malvado, y por eso debía devolverle otro Taferal bueno, si es que aún vivía… pero yo solo.

 

Kane creía realmente aquella explicación. Jamás intentaba analizar sus motivos y jamás tenía dudas después de tomar una decisión. Aunque siempre actuase por impulsos, creía firmemente que todas sus acciones estaban gobernadas por razonamientos fríos y lógicos. Era un hombre fuera de su tiempo… una extraña mezcla de puritano y caballero, con cierto matiz de filósofo y algo más de pagano; aunque esta última aserción le habría dejado sin habla. Era un atavismo de los días de la antigua caballería, un paladín errante bajo los austeros ropajes de un fanático. Un anhelo en lo más hondo de su alma le impulsaba a reparar todos los entuertos, a proteger a todos los seres débiles, a vengar todos los crímenes contra el derecho y la justicia. Viajero e inquieto como el viento, era consecuente consigo mismo por un único motivo… ser fiel a sus ideales de justicia. Así era Solomon Kane.

 

—Marylin —dijo amablemente, tomando sus delicadas manos entre sus dedos, callosos por el manejo de la espada—, me parece que has cambiado mucho con los años. Antaño, en la vieja Inglaterra, eras una pequeñaja coloradita y regordeta a la que yo llevaba a caballito sobre mis rodillas. Ahora pareces cansada y pálida de rostro, aunque seas tan hermosa como las ninfas de los libros paganos. Veo fantasmas al acecho en el fondo de tus ojos… Muchacha, ¿te han maltratado?

 

Ella se abandonó sobre el diván, y la sangre fue huyendo poco a poco de su rostro, de por sí ya pálido, hasta que quedó mortalmente blanco. Kane se inclinó sobre ella, sorprendido. La voz de la joven le llegó como un murmullo.

 

—No me hagáis más preguntas. Hay cosas que mejor será que queden ocultas en la negrura de la noche y en el olvido. Hay escenas que escocerían la vista y dejarían para siempre en el cerebro la cicatriz de su quemadura. Los muros de las antiguas ciudades que no fueron erigidas por el hombre han contemplado escenas de las que


 

 

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no se debe hablar, ni siquiera entre susurros.

 

Sus ojos se cerraron de cansancio, y la mirada sombría e inquieta de Kane siguió inconscientemente las sutiles líneas azuladas de sus venas, que resaltaban sobre la blancura anormal de su piel.

 

—Aquí hay algo demoníaco —musitó—. Un misterio…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—En efecto —murmuró la joven—, un misterio que ya era viejo cuando Egipto era joven. Una maldad innominada más antigua que la tenebrosa Babilonia… que nació de unas terribles ciudades negras cuando el mundo era joven y diferente.

 

Kane frunció el ceño, turbado. Al oír las extrañas palabras de la joven había sentido una irreal punzada de miedo en la base del cráneo, como si oscuros recuerdos ancestrales se agitasen en profundos abismos, más allá de los eones del tiempo, suscitando en él visiones caóticas, ilusorias y de pesadilla.

 

De repente, Marylin se incorporó en el diván, con los ojos abiertos por el miedo.

 

Kane oyó el abrirse de una puerta en algún lugar.

 

—¡Nakari! —susurró la joven, con un tono de alerta—. ¡Deprisa! ¡No debe encontraros aquí! —y mientras Kane se volvía, añadió—: ¡Ocultaos rápidamente y quedaos en silencio, pase lo que pase!

 

* * *

 

La joven se echó nuevamente en el diván, fingiendo que dormía. Kane cruzó la habitación y se ocultó detrás de unos tapices que colgaban de las paredes, tapando un nicho que antes debía de haber alojado algún tipo de escultura.

 

Apenas lo había hecho, la puerta de la habitación se abrió y una figura bárbara y extraña se recortó ante ella. Nakari, reina de Negari, hacía una visita a su esclava.

 

Estaba vestida como cuando la había visto en el salón del trono, y sus ajorcas y brazaletes de colores tintinearon al cerrar la puerta tras sí y entrar en la habitación. Se movía con la ágil ondulación de una pantera; a su pesar, Kane no pudo reprimir su admiración por aquella belleza felina. Pero, al mismo tiempo, un escalofrío de repugnancia le corrió por todo el cuerpo, pues sus ojos destellaban con una mirada


 

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vibrante y magnética, más vieja que el mundo.

 

«¡Lilith! —pensó Kane—. Es igual de bella y de terrible que el Purgatorio. Es Lilith… la mujer bella e impura de la antigua leyenda».

 

Nakari se detuvo junto al diván, mirando a su cautiva durante unos instantes y después, con sonrisa enigmática, se agachó y la zarandeó. Marylin abrió los ojos, se sentó, se deslizó del diván y se arrodilló ante su salvaje ama… obligando a Kane a maldecir para sus adentros. La reina se rio y se sentó en el diván, indicando con un gesto a la joven que se levantase. Después, le pasó un brazo por la cintura y la sentó en sus rodillas. Kane observó la escena, perplejo, mientras Nakari acariciaba a la joven con aire despreocupado y divertido. Aquello podría ser afecto, pero a Kane le parecía más el juego de una pantera ahíta con su víctima. En todo aquel asunto había cierto aire de burla y de crueldad estudiada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Eres muy tierna y bonita, Mara —murmuró Nakari con languidez—, mucho más bonita que las demás jóvenes que me sirven. Se acerca el tiempo, pequeña, de tus nupcias. Jamás novia tan hermosa habrá caminado por la Escalera Negra.

 

Marylin comenzó a temblar, y Kane pensó que iba a desmayarse. Los ojos de Nakari relucieron de modo extraño bajo sus párpados entornados, cubiertos de largas pestañas, y sus labios rojos y plenos se curvaron en una sonrisa levemente sádica. Todas sus acciones parecían estudiadas con un fin preciso y siniestro. Kane comenzó a transpirar profusamente.

 

—Mara —dijo la reina—, has sido honrada por encima de las demás jóvenes y no estás contenta. Piensa en lo que te envidiarán todas las muchachas de Negari, Mara, cuando el sacerdote entone la canción nupcial y la Luna de las Calaveras aparezca


 

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sobre la negra cresta de la Torre de la Muerte. Piensa, pequeña Novia-del-Señor, cuántas darían su vida por ocupar tu puesto.

 

Y Nakari rio con esa forma odiosamente musical que le era propia, como si acabase de hacer un chiste. Pero, repentinamente, se detuvo. Sus ojos se convirtieron en tenues rendijas mientras recorrían rápidamente la estancia, y su cuerpo se tensionó. Deslizó una mano hasta el ceñidor y extrajo de él un largo estilete. Kane tomó puntería con su pistola y apoyó el dedo en el gatillo. Sólo una duda natural en él a disparar contra una mujer, le impidió enviar la muerte al salvaje corazón de Nakari, pues creía que maquinaba asesinar a la joven.

 

Entonces, con un movimiento felino, Nakari empujó al suelo a Marylin y atravesó la habitación, mirando con ardiente intensidad el tapiz detrás del cual se escondía Kane. ¿Le habrían descubierto aquellos ojos penetrantes? No tardaría en saberlo.

 

—¿Quién hay ahí? —preguntó, con voz feroz—. ¿Quién se oculta detrás de esas colgaduras? No te veo ni te oigo, pero sé que estás ahí.

 

Kane permaneció en silencio. El salvaje instinto bestial de Nakari le había descubierto, y no sabía qué solución adoptar. El resultado de sus posteriores acciones dependía de la reina.

 

—¡Mara! —la voz de Nakari resonó como un látigo—. ¿Quién está detrás de esas colgaduras? ¡Contéstame! ¿Tendré que hacerte probar de nuevo el sabor del látigo?

 

La joven parecía incapaz de hablar. Se acurrucaba en el mismo lugar en que había caído y sus hermosos ojos estaban llenos de terror. Nakari, cuya mirada llameante no había cedido en ningún momento, extendió hacia atrás la mano que tenía libre y aferró un cordón que pendía del muro. De repente, tiró de él. Kane sintió que los tapices comenzaban a subir a derecha e izquierda de donde se encontraba, y no tardó en quedar al descubierto.

 

Durante un instante, aquel extraño cuadro se mantuvo invariable… El enjuto aventurero, con las ropas hechas jirones y manchadas de sangre, que amartillaba ferozmente en su mano derecha una larga pistola… Al otro extremo de la habitación, la salvaje reina, con su bárbaro atavío, una de cuyas manos aún tiraba del cordón, mientras que la otra seguía esgrimiendo por delante de su cuerpo el estilete… La joven prisionera acuclillada en el suelo.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Entonces, Kane dijo:

 

—¡No grites, Nakari, o morirás!

 

La reina pareció quedarse confusa y sin habla ante aquella súbita aparición. Kane salió de entre la tapicería y lentamente se acercó a ella.

 

—¡Tú! —exclamó Nakari en cuanto recuperó la voz—. ¡Debes ser de quien hablaban los guardias! ¡No hay ningún otro hombre blanco en Negari! ¡Dijeron que te precipitaste hacia la muerte! Entonces, ¿cómo…?

 

—¡Silencio! —la voz de Kane interrumpió en seco aquellas palabras motivadas por la sorpresa; aunque sabía que la pistola no significaba nada para ella, sí que comprendía la amenaza de la larga hoja que llevaba en la mano izquierda—. Marylin —inconscientemente, habló en la lengua de las tribus del río—, coge los cordones de la tapicería y átala con ellos…

 

Se encontraba en medio de la habitación. El rostro de Nakari había perdido casi toda su expresión de extrañeza e indefensión, y en sus llameantes ojos se insinuaba un destello de astucia. Deliberadamente, dejó caer al suelo el estilete, como señal de rendición, pero, a continuación, estiró rápidamente las manos por encima de la cabeza y agarró otro cordón más grueso. Kane oyó gritar a Marylin, pero antes de que pudiera oprimir el gatillo, o incluso pensar en ello, el suelo desapareció bajo sus pies y se precipitó en una negrura abismal. Aquello duró poquísimo y cayó de pie; pero la fuerza del choque le hizo ponerse de rodillas; mientras caía de nuevo, sintió una presencia en aquella oscuridad, tras él, y algo se estrelló contra su cráneo, sumiéndole en el abismo aún más negro de la inconsciencia.

 

 

 

IV. Sueños de imperio


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lentamente, Kane fue emergiendo de los oscuros reinos adonde le había enviado el mazazo de su invisible asaltante. Algo le impedía mover las manos. Hubo un tintineo metálico cuando quiso llevárselas a la cabeza, que le palpitaba dolorosamente.

 

Yacía en la más completa negrura, aunque no podía determinar si ello era debido a la ausencia de luz o a que se había quedado ciego por el golpe. Todavía aturdido, fue haciendo acopio de sus facultades diversas y pudo comprobar que se encontraba sobre un húmedo pavimento de piedra, inmovilizado de pies y manos por unas pesadas cadenas de hierro, ásperas y oxidadas al tacto.

 

Durante cuánto tiempo permaneció allí… eso fue algo que jamás supo. El silencio sólo se veía roto por el tamborileo de su pulso en su dolorida cabeza y por el ruido y el trajín de las ratas. Finalmente, un brillo rojizo fue abriéndose paso en las tinieblas, creciendo ante sus ojos. Enmarcado por tan lúgubre resplandor, apareció el siniestro y sardónico rostro de Nakari. Kane movió la cabeza, en un intento de borrar aquella ilusión. Pero como la luz fue en aumento, cuando sus ojos se acostumbraron, vio que emanaba de una antorcha que la reina llevaba en la mano.

 

Gracias a aquella iluminación, Kane comprobó que se encontraba en una celda de reducidas dimensiones, cuyas paredes, techo y suelo eran de piedra. Las pesadas cadenas que le mantenían cautivo eran de sólidos eslabones de metal que se hundían profundamente en la pared. Sólo había una puerta, al parecer de bronce.

 

Nakari colocó la antorcha en un nicho que había cerca de la puerta y, adelantándose, se acercó hasta su cautivo, a quien miró de manera más especulativa que burlona.

 

—Tú eres el que luchó contra mis hombres sobre el precipicio —la observación era más una afirmación que una pregunta—. Dijeron que habías caído al abismo… ¿Mintieron? ¿Les pagaste para que mintieran? Si no, ¿cómo escapaste? ¿Eres un mago, y bajaste volando hasta el fondo del precipicio, y después hasta mi palacio? ¡Habla!

 

Kane permaneció en silencio. Nakari lanzó un juramento.

 

—¡Habla o haré que te saquen los ojos! ¡Te cortaré los dedos de las manos y te quemaré los pies!


 

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Le lanzó un violento puntapié, pero Kane permaneció en silencio, escrutando su rostro con ojos profundamente sombríos, hasta que el destello bestial se desvaneció de los de ella y fue reemplazado por un interés invencible y lleno de estupor.

 

Se sentó sobre un banco de piedra y descansó los codos sobre las rodillas y el mentón en las manos.

 

—Jamás había visto antes un hombre blanco —dijo—. ¿Todos los hombres blancos son como tú? ¡Bah! ¡Seguro que no! La mayor parte de los hombres son imbéciles, ya sean blancos o negros. Sé que los hombres blancos no son dioses, como dicen las tribus del río… sino sólo hombres. Yo, que conozco todos los misterios antiguos, digo que sólo son hombres.

 

»Pero los hombres blancos también tienen misterios extraños… como me contaron los vagabundos de las tribus del río y Mara. Tienen mazas de guerra que hacen un ruido como de trueno y que matan a distancia… ¿Esa cosa que tenías en tu mano derecha era una de esas mazas?

 

Kane se permitió una sonrisa torva.

 

—¿Cómo voy a enseñar algo a Nakari, la conocedora de los antiguos misterios, que ella no sepa?

 

—¡Cuán profundos, fríos y extraños son tus ojos! —dijo la reina, como si pensase en voz alta—. ¡Cuán extraña es toda tu apariencia… y ese porte, que es el de un rey! ¡No me temes!… Jamás encontré un hombre que no me amase o me temiese. Creo que jamás me temerás, pero yo podría enseñarte a amarme. Mírame, oh, valiente… ¿No soy hermosa?

 

—Lo eres —contestó Kane.

 

Nakari sonrió, pero después frunció el ceño.

 

—De la forma en que lo dices no resulta un cumplido. Me odias, ¿no es así? —Como un hombre odia a una serpiente —replicó Kane, brutalmente.

 

Los ojos de Nakari relampaguearon con furia demente. Apretó una mano contra otra, hasta que las largas uñas se hundieron en sus palmas; entonces, con la misma rapidez con que la había dominado, su cólera la abandonó.

 

—Tienes el corazón de un rey —dijo, ya calmada—, pues de lo contrario me tendrías miedo. ¿Eres rey en tu tierra?

 

—Sólo soy un vagabundo sin tierra.

 

—Aquí podrías ser rey —dijo lentamente Nakari.

 

Kane rio siniestramente.

 

—¿Me ofreces la vida?

 

—¡Te ofrezco más que eso!

 

Los ojos de Kane se convirtieron en poco más que una rendija cuando la reina se inclinó hacia él, vibrante de excitación reprimida.

 

—Kane, ¿qué es lo que deseas más que cualquier otra cosa en el mundo?


 

 

 

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—Coger a la joven blanca a quien tú llamas Mara e irme.

 

Nakari retrocedió con una exclamación de impaciencia.

 

—No puedes tenerla; es la prometida del Señor. Ni siquiera yo podría salvarla, aunque lo desease. Olvídala. ¡Mira, presta atención a las palabras de Nakari, reina de Negari! Dices que eres un hombre sin tierra… ¡Yo haré de ti un rey! ¡Te regalaré el mundo entero!

 

»¡No, no! No digas nada hasta que no haya terminado —prosiguió precipitadamente, atropellando las palabras. Le ardían los ojos y todo su cuerpo se estremecía de dinámica pasión—. He hablado con viajeros, cautivos y esclavos, hombres todos ellos de lejanos países. Sé que esta tierra de montañas, ríos y jungla no es todo el mundo. Más allá hay naciones y ciudades, y reyes y reinas a los que vencer y destruir.

 

»Negari está desapareciendo, su poder se derrumba, pero un hombre fuerte al lado de su reina podría invertir ese proceso, podría restaurar toda esa gloria que se desvanece. ¡Escucha, Kane! ¡Siéntate junto a mí en el trono de Negari! ¡Haz traer de tu tierra mazas de trueno para armar a mis guerreros! Mi nación aún es la dueña de África Central. ¡Juntos uniremos las tribus sojuzgadas… como antaño, cuando el reino de la antigua Negari se extendía de mar a mar! ¡Subyugaremos a todas las tribus del río, de la llanura y de la costa, y, en lugar de acabar con ellas, las convertiremos en un ejército poderoso! Entonces, cuando toda África se encuentre bajo nuestro talón… ¡caeremos sobre el mundo, como un león furioso, para lacerarlo, desgarrarlo y destruirlo!

 

Solomon comenzó a sentir que el cerebro le daba vueltas. Quizá fuese debido a la personalidad increíblemente magnética de aquella mujer, al dinamismo que imprimía a sus palabras ardientes; la cuestión era que, en aquellos momentos, su insensato plan no le parecía tan disparatado o imposible como se podría esperar. Visiones espeluznantes y caóticas atravesaron como un hierro al rojo la imaginación del puritano… Europa estaba desgarrada por guerras civiles y religiosas y se tambaleaba… En efecto, Europa se encontraba en una situación desesperada y podría ser víctima fácil para cualquier raza de conquistadores salvajes y fuertes. ¿Qué hombre podría afirmar sinceramente que en su corazón no anidan sentimientos de poder y de conquista?

 

Durante un momento, el Diablo tentó a Solomon Kane. Pero, después, cuando en su imaginación surgió el rostro triste y cansado de Marylin Taferal, el puritano lanzó un improperio.

 

—¡Fuera de aquí, hija de Satanás! Vade retro! ¿Acaso soy una fiera selvática para conducir a tus feroces diablos contra mi propia gente? No, ni siquiera una fiera haría tal cosa. ¡Vete! Si deseas mi amistad, libérame y deja que me vaya con la joven.

 

Nakari se puso en pie de un salto, como una tigresa, con los ojos llameantes de


 

 

 

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furia y de pasión. En su mano brilló un puñal, que blandió sobre el pecho de Kane con un grito felino de odio. Durante un instante, estuvo inclinada sobre él, como una sombra de muerte; después, bajó el brazo y estalló en una risa.

 

—¿La libertad? La tendrá cuando la Luna de las Calaveras brille desde lo alto del Altar Negro. En cuanto a ti, te pudrirás en esta mazmorra. Eres un necio; la reina más importante de África te ha ofrecido su amor y el imperio del mundo… ¡y tú la deprecias! ¿Amas, quizás, a la esclava? Hasta que llegue la Luna de las Calaveras es mía… piensa en esto: será castigada igual que en otras ocasiones… colgada de las muñecas, desnuda y azotada hasta que pierda el conocimiento.

 

Nakari rio mientras Kane intentaba librarse de sus cadenas con todas sus fuerzas.

 

Fue hasta la puerta, la abrió, pareció dudar y se volvió para decir una última palabra.

 

—Este es un lugar abyecto, oh, valiente, y posiblemente llegues a odiarme más por encadenarte en él. Pero quizá en la esplendida sala del trono de Nakari, con lujo y opulencia rodeándote, consigas verme de manera más indulgente. Muy pronto enviaré a por ti, pero antes debes quedarte aquí para reflexionar. Recuerda… ama a Nakari y tuyo será el reino de este mundo; ódiala… y esta celda será tu único imperio.

 

La puerta de bronce se cerró con un sonido desagradable, pero más desagradable aún le pareció al inglés cautivo la emponzoñada risa argentina de Nakari.

 

* * *

 

El tiempo pasaba lentamente en la oscuridad. Después de lo que pareció un largo momento, la puerta se abrió de nuevo, en aquella ocasión para dejar pasar a un guerrero enorme que traía un guisado y una especie de vino joven. Kane comió y bebió vorazmente y después se quedó dormido. La tensión de los últimos días le había agotado mucho, tanto en lo físico como en lo moral; cuando se despertó se encontró descansado y con nuevas fuerzas.

 

La puerta volvió a abrirse y dos robustos guerreros salvajes entraron por ella. A la luz de las antorchas que llevaban, Kane vio que eran gigantes vestidos con telas de paño, que llevaban plumas de avestruz en la cabeza y una larga lanza en la mano.

 

—Nakari desea que vayas a verla, hombre blanco —fue todo lo que dijeron, mientras le quitaban las cadenas. Él se levantó, exultante por su breve libertad, y su ágil cerebro comenzó a buscar desesperadamente una escapatoria.

 

Era evidente que la fama de sus proezas se había extendido, pues ambos guerreros mostraban por él gran respeto. Le indicaron con un gesto que fuese delante de ellos y se mantuvieron precavidamente a su espalda, apuntándole con sus lanzas. Aunque eran dos contra uno, y él estaba desarmado, no querían correr ningún riesgo. Las miradas que le dirigían citaban llenas de temor y desconfianza.

 

Siguieron un largo corredor a oscuras; los guardias guiaron a Kane, empujándole


 

 

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ligeramente con sus lanzas, hasta llegar a una escalera de caracol muy angosta, y después a otro pasillo y a otra escalera, para salir, finalmente, al vasto laberinto de columnas gigantescas por el que Kane había pasado anteriormente. Conforme atravesaban la descomunal sala, los ojos de Kane repararon súbitamente en el fantástico y extraño fresco pintado en la pared de enfrente. El corazón le dio un vuelco al reconocerlo. Se acercó imperceptiblemente hacia él, hasta que los tres estuvieron más cerca. En aquellos momentos pudo distinguir la marca que había dejado su puñal.

 

Los guerreros que seguían a Kane se quedaron estupefactos al oírle gemir de repente, lo mismo que si hubiese sido alcanzado por una lanza. El inglés titubeó y extendió un brazo, como si buscase un sitio donde apoyarse.

 

Se intercambiaron una mirada llena de desconfianza y le empujaron con las lanzas, pero él gritó como si estuviese agonizando y se deslizó lentamente hacia el suelo, donde permaneció en una postura extraña y poco natural, con una pierna doblada bajo el cuerpo y un brazo que se aferraba a su tronco, privado de fuerza.

 

Los guardias le miraron asustados. Todo parecía indicar que se estaba muriendo, aunque no presentaba ninguna herida. Le amenazaron con las lanzas, pero él no respondió. Entonces las bajaron, desconcertados, y uno de ellos se inclinó sobre él.

 

Todo sucedió en un instante. Cuando el guardia se agachaba, Kane saltó como un resorte de acero. Su puño derecho, siguiendo una trayectoria inversa a la del guerrero, salió disparado desde su costado hasta la mandíbula del guardia, aplastándose contra ella, tras describir un semicírculo. Asestado con toda la fuerza del brazo y del hombro, y sostenido por el movimiento ascendente de sus poderosas piernas, mientras Kane se incorporaba de un salto, el impacto fue tan poderoso como el de una honda. El guardia se derrumbó en el suelo, inconsciente antes de caer.

 

El otro guerrero se lanzó hacia él con un grito. Mientras su víctima caía, Kane se echó hacia un lado y su mano, moviéndose lo más deprisa que podía, encontró el resorte escondido en el fresco y lo pulsó.

 

Apenas duró un segundo. Si el guerrero era rápido, Kane lo era aún más, porque se movía con la celeridad de un lobo hambriento. Durante un instante, el cuerpo del guardia inconsciente, que caía, obstaculizó los movimientos del que quedaba en pie, justamente cuando Kane sentía que la puerta iba cediendo. Con el rabillo del ojo vio el largo brillo del acero que se dirigía hacia su corazón. Se apartó hacia un lado y se lanzó hacia la puerta, desapareciendo por ella en el mismo instante en que la lanza le alcanzaba de refilón en un hombro.

 

Al guerrero, que atónito y estupefacto permanecía de pie con el arma dispuesta para herir de nuevo, le dio la impresión de que su prisionero se había desvanecido simplemente a través de la sólida pared, ya que ante él sólo había un fresco que representaba un tema fantástico, que no cedió a pesar de todos sus esfuerzos.


 

 

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V. «… Durante mil años…»

 

Kane cerró la puerta secreta violentamente tras de sí, bloqueando el resorte. Durante un instante hizo fuerza contra ella, tensionando todos los músculos de su cuerpo, en espera de tener que contrarrestar los esfuerzos de una horda de lanceros. Pero no ocurrió nada de eso. El guardia seguía hurgando fuera; al cabo de un rato, dejó de oír el sonido que hacía. Le pareció imposible que aquella gente llevase viviendo tanto tiempo en el palacio y no hubiese llegado a descubrir la puerta secreta y los pasadizos, pero no tuvo más remedio que admitirlo.

 

Tras comprender que, por el momento, se encontraba a salvo de sus perseguidores, Kane se volvió y echó a andar por el largo y estrecho corredor, con su polvo de eones y su débil luz gris. Se sentía chasqueado y furibundo, a pesar de haberse librado de las cadenas de Nakari. No tenía ni idea del tiempo que llevaba en el palacio. Debía ser de día, porque se veía luz en las salas exteriores y no había encontrado ninguna antorcha después de salir de los calabozos subterráneos.

 

Se preguntó si Nakari habría puesto en práctica su venganza en la persona de la joven indefensa, y lanzó un juramento apasionado. Sí, libre por el momento; pero desarmado y perseguido a lo largo de todo aquel palacio infernal, como una rata. ¿Cómo podía ayudar a Marylin o, siquiera, a sí mismo? Sin embargo, su confianza jamás flaqueaba. Como hacía lo que debía, no tardaría en encontrar alguna salida.

 

De repente, del corredor que estaba siguiendo nació una estrecha escalera; sin pensarlo dos veces, subió por ella. A medida que ascendía, la luz se fue haciendo más intensa, hasta convertirse en la rotunda claridad del sol africano. La escalera terminaba en una especie de plataforma pequeña, enfrente de la cual había una diminuta ventana provista de gruesos barrotes. A través de ella contempló el cielo azul, teñido de oro por un sol resplandeciente. Aquella vista le hizo el mismo efecto que el vino, mientras aspiraba a grandes bocanadas el aire fresco y puro, como si quisiera liberar sus pulmones del aura de polvo y de decadente grandeza que había atravesado.

 

Contempló un paisaje irreal y nunca visto. Lejos, a derecha e izquierda, se erguían grandes picos sombríos, y bajo ellos se levantaban castillos y torres de piedra, de una arquitectura extraña… como si unos gigantes llegados de otro planeta los hubiesen construido en medio de alguna orgía caótica. Aquellos edificios parecían surgir de las caras internas de los precipicios, y Kane supuso que al palacio de Nakari debía ocurrirle lo mismo. En aquellos momentos, debía de encontrarse en la fachada exterior de aquel palacio, en una especie de minarete construido sobre la pared externa. Pero sólo tenía una ventana y su vista era muy limitada.

 

Por debajo de él, a lo lejos, corrían las calles, angostas y sinuosas, de aquella extraña ciudad, surcadas por una muchedumbre que iba y venía, como hormigas. Al Este, al Norte y al Sur, los precipicios formaban un baluarte natural; sólo al Oeste


 

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habían construido una muralla.

 

El sol comenzaba a ponerse. Kane se apartó con desgana de la ventana y bajó nuevamente las escaleras. Una vez más caminó a lo largo del estrecho pasillo gris, sin ningún fin ni plan establecido, durante muchas millas, o al menos eso le pareció. Cada vez iba bajando más, siguiendo pasadizos que desembocaban en otros pasadizos. La luz se hizo más incierta y una materia viscosa comenzó a rezumar de las paredes. Entonces, Kane se detuvo, pues le había parecido escuchar un leve sonido que procedía del otro lado de la pared. ¿Qué era aquello? Un leve tintineo… el de unas cadenas.

 

Se acercó al muro, y en la semioscuridad su mano encontró un resorte oxidado.

 

Lo manipuló con precaución y comprobó que la puerta secreta cedía hacia dentro.

 

Miró al interior, alerta.

 

Lo que veía era una celda, réplica de aquella en la que fuera encerrado. Había una antorcha en el nicho de una de las paredes, y a la luz débil e incierta de sus brasas distinguió una forma en el suelo, encadenada de manos y pies, lo mismo que él antes.

 

Un hombre. En un principio, Kane pensó que se trataba de un indígena, pero una segunda mirada le hizo dudar. Aunque su piel era oscura, sus rasgos estaban finamente cincelados, su frente era alta y magnífica, sus ojos, duros y vibrantes, y su cabello, negro y liso.

 

El hombre habló en una lengua desconocida, curiosamente diferente de la jerga gutural de los indígenas que a Kane le resultaba familiar, y en claro contraste con ella. El inglés le respondió en su propia lengua y después en la de las tribus del río.

 

—¿Quién eres tú, que acabas de entrar por la antigua puerta? —preguntó aquel hombre en aquella última lengua—. No eres un salvaje… Lo primero que pensé es que eras de la Antigua Raza, pero ahora veo que no eres como ellos. ¿De dónde vienes?

 

—Soy Solomon Kane —dijo el puritano—, y me hallo prisionero de esta ciudad diabólica. Vengo de muy lejos, del otro lado de las azules aguas del mar salado.

 

Los ojos del cautivo se iluminaron al oír aquella palabra.

 

—¡El mar! ¡Antiguo y eterno! ¡El mar que jamás llegué a ver, pero que engendró la gloria de mis antepasados! Dime, extranjero, ¿navegaste como ellos en el seno del gran monstruo azul y viste con tus ojos los chapiteles dorados de la Atlántida y las murallas carmesíes de Mu?

 

—En verdad —contestó Solomon Kane, dudando—, he recorrido los mares, hasta el Indostán y Cathay, pero jamás oí hablar de los países que mencionas.

—No —suspiró el otro—. Soñaba… soñaba. La sombra de la gran noche comienza a caer sobre mi mente y mis palabras se extravían. Extranjero, hay ocasiones en que estas frías paredes y este áspero suelo parecen mudarse en verdes profundidades ondeantes, y mi alma se llena con el hondo rugido del mar eterno. ¡Yo,


 

 

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que jamás contemplé el mar!

 

Kane tuvo un sobresalto involuntario. Sin duda, aquel hombre estaba loco. De repente, el otro extendió una mano apergaminada, como una garra, y aferró su brazo, a pesar de la cadena que impedía sus movimientos.

 

—¡Oh, tú que tienes la piel tan extrañamente clara! ¿Has visto a Nakari, la diablesa que reina sobre esta ciudad que se tambalea?

 

—La he visto —dijo Kane, con tono siniestro—, y ahora huyo como una rata, perseguido por sus sicarios.

 

—¡La odias! —exclamó el otro—. ¡Ja, ya veo! ¿Buscas a Mara, la joven blanca que es su esclava?

 

—En efecto.

 

—Escucha —dijo el encadenado, con extraña solemnidad—. Me estoy muriendo. Los tormentos de Nakari han hecho bien su trabajo. Conmigo muere la sombra de la gloria que fue mi nación. Pues soy el último de mi raza. En todo el mundo no queda nadie como yo. Escucha ahora la voz de una raza que agoniza.

 

Y Kane, en la vacilante semioscuridad de la celda, escuchó la historia más extraña que jamás hombre alguno hubiera oído, arrancada de las inciertas brumas de la aurora de los tiempos por los labios del delirio. Claras y precisas, las palabras brotaron del moribundo, y Kane sintió que pasaba del fuego al hielo, y a la inversa, ante las colosales perspectivas más allá del Espacio y del Tiempo que se ofrecían a su imaginación.

 

—Hace muchísimos eones… hace muchísimas eras… el imperio de mi raza se levantaba orgulloso sobre las olas. Hace tanto tiempo que ningún hombre se acuerda de ninguno de sus antepasados que a su vez fuese capaz de recordarlo. Nuestras ciudades surgieron de un gran país al Oeste. Nuestros chapiteles dorados se recortaban contra las estrellas; nuestras galeras de proas purpúreas rompían las olas recorriendo el mundo, robando al sol poniente sus tesoros y al naciente sus riquezas.

 

»Nuestras legiones se dirigieron hacia el Norte y el Sur, hacia el Este y el Oeste, y nadie pudo resistirse a ellas. Nuestras ciudades circundaban el mundo; enviábamos colonias a todos los países para subyugar a todos los salvajes, hombres de todos los colores, y esclavizarlos. Trabajaban para nosotros en las minas y en los remos de las galeras. El pueblo de la Atlántida reinaba sobre todo el mundo como su señor. Eramos un pueblo marinero y habíamos sondeado las profundidades de todos los océanos. Los misterios nos eran conocidos, lo mismo que los secretos de la tierra, el mar y los cielos. Leíamos en las estrellas y éramos sabios. Hijos del mar, lo exaltábamos sobre todas las cosas.

 

»Adorábamos a Valka y Hotah, a Honen y Golgor[2]. Muchas vírgenes, muchos jóvenes vigorosos, morían en sus altares, y el humo de los santuarios oscurecía el sol. Entonces el mar se elevó y se agitó. ¡Atronó desde sus abismos, y la Atlántida y Mu


 

 

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fueron tragadas por las aguas! El mar verde se precipitó rugiendo entre los templos y las fortalezas, y las algas recubrieron los chapiteles dorados y las torres de topacio. El imperio de la Atlántida desapareció y fue olvidado, abismándose en el eterno remolino del tiempo y del olvido. Después de aquello, las ciudades de nuestras colonias en los países bárbaros, aisladas del reino original, perecieron. Los salvajes bárbaros se levantaron, quemando y destruyendo hasta que en todo el mundo sólo quedó como único símbolo del imperio desaparecido la ciudad-colonia de Negari.

 

»Mis antepasados reinaron en ella como reyes, y los antepasados de Nakari… ¡la felina!… doblaban la rodilla de la esclavitud ante ellos. Los años fueron pasando, convirtiéndose en siglos. El imperio de Negari comenzó a declinar. Las tribus se rebelaron, una tras otra, y se soltaron de sus cadenas, alejando cada vez más nuestras fronteras del mar, hasta que, finalmente, los hijos de la Atlántida cedieron por completo y se retiraron a la ciudad… el último reducto de la raza. Ya no eran conquistadores y se hallaban rodeados de tribus feroces, aunque todavía consiguieron tenerlas a raya durante mil años. Negari era inexpugnable; sus murallas resistieron. Pero dentro de ellas, el mal ya había comenzado su trabajo.

 

»Los hijos de la Atlántida habían llevado sus esclavos al interior de la ciudad. Los gobernantes eran guerreros, estudiosos, sacerdotes, artesanos; no realizaban labores serviles. Pues para eso tenían los esclavos. Pero había mayor número de esclavos que de amos. Y este número aumentaba, a medida que disminuía el de los hijos de la Atlántida.

 

»Se mezclaron entre sí cada vez más, hasta que la estirpe degeneró y sólo la casta sacerdotal se vio libre de la contaminación de la sangre de los salvajes. Los jefes que se sentaron en el trono de Negari poseían bien poco de la sangre de la Atlántida, de suerte que permitieron una mayor afluencia en la ciudad de gente de las tribus salvajes, bajo el pretexto de que eran criados, mercenarios o amigos.

 

»No tardó en llegar el día en que aquellos feroces esclavos se rebelaron y mataron a todos los que aún tenían en las venas algo de sangre atlántida, excepto a los sacerdotes y a sus familias, quienes fueron encerrados como “gente fetiche”. Durante mil años, los salvajes gobernaron Negari, y sus reyes fueron aconsejados por los sacerdotes cautivos, quienes, aunque prisioneros, se habían convertido en los auténticos reyes.

 

Kane escuchaba con fascinación. Para su espíritu imaginativo, aquella historia parecía tener vida propia y arder con un fuego extraño, propio del Tiempo y del Espacio cósmicos.

 

—Después de que todos los hijos de la Atlántida, salvo los sacerdotes, hubiesen muerto, un gran rey subió al trono mancillado de la antigua Negari. Él era como un tigre, y sus guerreros como leopardos. Se dieron a sí mismos el nombre de Negari, llegando a usurpar, incluso, los nombres propios de sus antiguos amos, y nadie pudo


 

 

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resistirse a ellos. Devastaron el país desde un mar hasta el otro, y el humo de la destrucción llegó hasta las estrellas. El gran río corrió rojo, y los nueve señores de Negari pisotearon los cadáveres de sus adversarios tribales. Pero el gran rey murió y el imperio se derrumbó, igual que lo hiciera el reino atlante de Negari.

 

»Eran hábiles combatiendo, pues los hijos ya fallecidos de la Atlántida, sus antiguos amos, les habían entrenado a conciencia en el sendero de la guerra, y resultaban invencibles contra las tribus salvajes. Pero como sólo se les enseñó el arte de batallar, el imperio no tardó en ser desgarrado por luchas intestinas. El crimen y la intriga se paseaban con manos ensangrentadas por calles y palacios, y los límites del imperio no dejaban de menguar. Mientras tanto, reyes salvajes, de mente frenética y sanguinaria, se sentaban en el trono; pero, tras el telón, invisibles, aunque muy temidos, los sacerdotes atlantes guiaban la nación, manteniéndola unida, preservándola de la destrucción absoluta.

 

»Eramos prisioneros de esta ciudad, pues no había ningún lugar en el mundo adonde ir. Nos movíamos como fantasmas por los pasadizos secretos de los muros y bajo tierra, espiando las intrigas y practicando magia secreta. Defendíamos la causa de la familia real —los descendientes de aquel rey parecido al león de hacía tanto tiempo— contra todos los jefes que conspiraban… ¡Cuán siniestras serían las historias que podrían contar estas silenciosas paredes si fuesen capaces de hablar!

 

»Los salvajes de Negari no son como los demás indígenas de la región. Una demencia latente se incuba en el fondo del cerebro de cada uno de ellos. Han paladeado con tanta intensidad y durante tanto tiempo la matanza y la victoria que son como leopardos humanos, siempre sedientos de sangre. Han saciado todas sus ansias y deseos en sus infortunados esclavos, que son miríadas, hasta convertirse en bestias inmundas y terribles, siempre en busca de sensaciones nuevas, apagando siempre con sangre su espantosa sed.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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»Encaramados en estas rocas durante mil años, han estado al acecho como leones, precipitándose sobre la gente de la jungla y del río, esclavizando y destruyendo. Aún siguen siendo invencibles ante cualquier ataque exterior, a pesar de que sus dominios se hayan reducido a las mismísimas murallas de esta ciudad, y sus grandes conquistas e invasiones de antaño no sean hoy más que incursiones para conseguir esclavos.

 

»Pero mientras iban declinando, también les ocurría lo mismo a sus maestros secretos, los sacerdotes atlantes. Fueron muriendo uno tras otro, hasta que, al final, sólo quedé yo. En los últimos cien años, también ellos habían acabado mezclándose con sus gobernantes y esclavos, y ahora —¡oh, que la vergüenza caiga sobre mí!—, yo, el último hijo de la Atlántida, llevo en mis venas la corrupción de la sangre bárbara. Ellos murieron, y yo seguí haciendo magia y guiando a los reyes salvajes, yo, el último sacerdote de Negari. Poco después llegaba la diablesa, Nakari.

 

Kane se echó hacia delante, con súbito interés. La narración se animaba aún más, ya que cubría el tiempo que le había tocado vivir.

 

—¡Nakari! —escupió el prisionero, con el mismo sonido que habría hecho una serpiente al silbar—. ¡Esclava e hija de esclava! Pero supo prevalecer hasta el momento en que llegó su hora y murió toda la familia real.

 

»Entonces ordenó que yo, el último hijo de la Atlántida, fuese encarcelado y encadenado. No temía a los silenciosos sacerdotes atlantes, pues era hija de un satélite… una categoría menor de sacerdote, reservada a los indígenas. Estos hombres realizaban las labores domésticas de sus maestros y los sacrificios menores, como la adivinación mediante el hígado de pajarillos y serpientes, y cuidaban de los fuegos sagrados que debían arder eternamente. Pero Nakari conocía muy bien nuestras costumbres e idiosincrasia, y una perversa ambición comenzó a devorarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

»De pequeña había bailado en la Procesión de la Luna Nueva, y cuando creció se convirtió en una de las Doncellas de la Estrella. Conocía la mayor parte de los misterios menores y otros más que fue aprendiendo, al espiar los ritos secretos de los sacerdotes, quienes celebraban rituales prohibidos que ya eran antiguos cuando la


 

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tierra aún era joven.

 

»Pues los escasos supervivientes de la Atlántida habían perpetuado en secreto los antiguos cultos a Valka y Hotah, a Honen y Golgor[3], olvidados desde hacía mucho tiempo y desconocidos por aquel pueblo salvaje, cuyos antepasados habían muerto gritando aterrorizados en sus altares. Sólo ella, entre todos los salvajes Negari, no tenía miedo de nosotros. Nakari no sólo depuso al rey y subió por sí misma al trono, sino que dominó a los sacerdotes, a los satélites y a los pocos señores atlantes que aún quedaban. Todos los que pertenecían a este último rango, salvo yo, murieron bajo los puñales de sus esbirros o en medio de la tortura. Ella fue la única, entre todas las miríadas de salvajes que habían vivido y muerto entre aquellas paredes, en sospechar la existencia de pasadizos secretos y corredores subterráneos, que nosotros, los miembros de la casta sacerdotal, habíamos guardado celosamente del pueblo durante mil años.

 

»¡Ja! ¡Ja! ¡Necios ciegos y salvajes! ¡Vivir durante incontables eras en esta ciudad sin haber aprendido sus secretos! ¡Monos… imbéciles! Ni siquiera los sacerdotes menores conocían la existencia de los largos y grises corredores, iluminados por techos fosforescentes, a través de los cuales y a lo largo de eras periclitadas se habían deslizado silenciosamente extrañas formas. Pues nuestros antepasados construyeron Negari al mismo tiempo que la Atlántida… a escala gigantesca, gracias a un arte desconocido. No sólo la construyeron para los hombres, sino para los dioses que se movían invisibles entre nosotros. ¡Cuán profundos son los secretos que encierran estas antiguas paredes!

 

»La tortura no pudo arrancar esos secretos de nuestros labios, pero, encadenados en sus mazmorras, ya no pudimos caminar por nuestros pasadizos ocultos. Durante años, el polvo fue acumulándose en ellos, sin ser tocado por pies humanos, mientras que nosotros, y al final sólo yo, yacíamos encadenados en estas celdas infectas. Mientras tanto, en los templos y en los oscuros santuarios de antaño, se deslazaban los viles satélites, elevados por Nakari a honores que en otros tiempos fueron míos… pues yo soy el último sumo sacerdote de la Atlántida.

 

»¡Su condenación es segura, y roja será su ruina! ¡Valka y Golgor, dioses perdidos y olvidados, cuya memoria morirá conmigo, sacudirán sus muros y los humillarán en el polvo! ¡Romped los altares de sus ciegos dioses paganos…!

 

Kane comprendió que el hombre divagaba. Finalmente, aquel cerebro tan lúcido había terminado por derrumbarse.

 

—Atiéndeme —dijo—. Esa joven rubia que antes mencionaste, Mara. ¿Qué sabes de ella?


 

 

 

 

 

 

 

 

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—Hace algún tiempo la trajeron a Negari unos saqueadores —contestó su interlocutor—, sólo unos años después de la subida al trono de la reina salvaje, en cuya esclava se convirtió. Casi nada sé de ella, pues al poco tiempo de su llegada, Nakari se fijó en mí… y los años que siguieron fueron lúgubres y tenebrosos, rojos por la tortura y la agonía. Permanecí aquí, sujeto por estas cadenas que me impedían llegar a la puerta por la que has entrado… y por la cual, para que le revelase su existencia, Nakari me atormentó en el potro y me colgó encima de brasas ardientes.

 

Kane sintió un escalofrío.

 

—Entonces, ¿no sabes si han maltratado a la joven blanca? Sus ojos estaban asustados y parece consumida.

 

—Ha bailado con las Doncellas de la Estrella por orden de Nakari, y ha asistido a los sangrientos y terribles ritos del Templo Negro. Durante años ha vivido entre un pueblo para el que la sangre tiene menos valor que el agua, y que se deleita en matanzas y torturas infames; ha debido ver cosas que quemarían los ojos y pondrían carne de gallina a hombres mucho más fuertes que ella. Ha visto morir a las víctimas de Nakura entre hórridos tormentos y su imagen se ha impreso para siempre en su mente. Los salvajes se adueñan de los ritos de la Atlántida para honrar a sus groseros dioses y, aunque su esencia se haya perdido con el paso de los años y los siervos de Nakari los realicen de manera imperfecta, pocos son los hombres capaces de contemplarlos impávidos.

 

Kane se dijo, para sus adentros:

 

«Cuando la Atlántida fue tragada por las aguas fue un buen día para el mundo, porque, en verdad, alumbró una raza extraña de gente rara y malvada».

 

Pero, sin embargo, preguntó en voz alta:

 

—¿Quién es el Señor de que habló Nakari, y a qué se refería cuando dijo que Mara era su prometida?

 

—Nakura… Nakura. La Calavera del Mal, el símbolo de la Muerte, a la que ellos rinden culto. ¿Qué conocen esos salvajes de los dioses de la Atlántida, la ceñida por los mares? ¿Qué saben ellos de los dioses espantosos e invisibles a quienes sus amos


 

 

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rendían culto con ritos majestuosos y misteriosos? Nada saben de la esencia de lo invisible, de la deidad invisible que reina sobre el aire y los elementos, sólo adoran a un objeto material, revestido de forma humana. Nakura fue el último mago famoso de la Negari atlántida. Era un renegado, que conspiró contra su propio pueblo y ayudó a los salvajes a rebelarse. Si en vida le siguieron, en la muerte le deificaron. En lo alto de la Torre de la Muerte se encuentra su cráneo descarnado, y alrededor de esa calavera giran las mentes de todos los de Negari.

 

»Los atlantes adorábamos a la Muerte, pero también a la Vida. Esa gente sólo rinde culto a la Muerte y se llama a sí misma los Hijos de la Muerte. Durante mil años, la calavera de Nakura ha sido para ellos el símbolo de su poder, la evidencia de su grandeza.

 

—¿Quieres decir —le interrumpió Kane, impaciente por tanta divagación— que la joven será sacrificada a su dios?

 

—Cuando sea la Luna de las Calaveras morirá en el Altar Negro.

 

—¡En nombre de Dios! ¿Qué es eso de la Luna de las Calaveras? —exclamó Kane, apasionadamente.

 

—La luna llena. Al comienzo de cada plenilunio, que nosotros llamamos la Luna de las Calaveras, una virgen muere sobre el Altar Negro, ante la Torre de la Muerte, donde, desde hace siglos, las vírgenes morían en honor de Golgor, el dios de la Atlántida. Ahora, desde lo alto de la torre que antaño albergase la gloria de Golgor, muestra su mueca la calavera del mago renegado, y la gente cree que su cerebro aún vive en su interior y que guía los destinos de la ciudad. Porque, oh, extranjero, cuando la luna llena brilla sobre la torre y el canto de los sacerdotes enmudece, entonces, de la calavera de Nakura retumba una gran voz que entona un antiguo canto atlante, y el pueblo se prosterna ante ella.

 

»Pero, atiende, hay un pasadizo secreto, una escalera que conduce hasta un nicho oculto detrás de la calavera, donde un sacerdote se esconde y canta. En los días de antaño, uno de los hijos de la Atlántida realizaba esa función, y hoy, gracias a todos los derechos otorgados por hombres y dioses, hubiera debido corresponderme a mí. Como nosotros, los hijos de la Atlántida, adorábamos en secreto a nuestros dioses, para que los salvajes no los profanasen, si queríamos conservar nuestro poder no teníamos más remedio que servir a sus dioses abyectos, a los que cantábamos y ofrecíamos sacrificios, mientras maldecíamos su memoria.

 

»Pero Nakari descubrió el secreto, solamente conocido antes por los sacerdotes atlantes, y ahora uno de sus satélites sube por la escalera oculta y salmodia el canto extraño y terrible que para él, lo mismo que para los que le escuchan, no es más que una jerigonza incoherente. Yo, y solamente yo, conozco su significado siniestro y espantoso.

 

A Kane le daba vueltas la cabeza por los esfuerzos que hacía para encontrar algún


 

 

 

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plan de acción. Por primera vez desde que había comenzado a buscar a la joven, se sentía acorralado. El palacio era un laberinto, un dédalo en el que era imposible orientarse. Los corredores parecían extenderse sin ningún plan ni propósito… ¿Cómo iba a encontrar a Marylin, prisionera, como sin duda lo estaba, de una de las miríadas de habitaciones o de celdas? Eso si no había franqueado el umbral de la vida o sucumbido a la brutal ansia de tortura de Nakari.

 

Apenas prestó atención a los murmullos delirantes del moribundo.

 

—Extranjero, ¿de veras estás vivo o eres uno de los fantasmas que me acechan últimamente, insinuándose en la tiniebla de mi celda? No, eres de carne y hueso… pero también un salvaje, lo mismo que la gente de Nakari. ¡Hace eones, cuando tus antepasados defendían sus cuevas contra el tigre y el mamut, con toscas lanzas de pedernal, los chapiteles dorados de mi pueblo se recortaban contra las estrellas! Pero mi pueblo se ha ido y ha caído en el olvido, y el mundo es un desierto de barbarie. Déjame también que me vaya, como un sueño perdido en las brumas de las eras…

 

Kane se levantó y comenzó a recorrer la celda. Sus dedos se cerraron como garras de hierro sobre la imaginaria empuñadura de una espada, y una oleada de furia roja y ciega inundó su cerebro. ¡Oh, Dios! ¡Tener a sus adversarios ante la sutil hoja que le habían quitado… enfrentarse a toda la ciudad, uno contra todos…! Apretó sus sienes con ambas manos.

 

—La luna estaba a punto de alcanzar el plenilunio la última vez que la observé. Pero no sé cuánto hará de eso. Desconozco el tiempo que llevo dentro de este maldito palacio, ni el que pasé en el calabozo donde Nakari me arrojó. Quizá ya haya pasado la luna llena y… ¡oh, Dios misericordioso!… Marylin esté muerta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Hoy es la Luna de las Calaveras —murmuró el otro—. Oí que lo comentaba uno de mis carceleros.

 

Sin ser consciente de ello, Kane agarró violentamente uno de los hombros del moribundo.


 

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—Si odias a Nakari o amas a la humanidad, dime, en nombre de Dios, cómo puedo salvar a la joven.

 

—¿Amar a la humanidad? —el sacerdote rio como un demente—. ¿Qué significado tiene para un hijo de la Atlántida, y sacerdote del olvidado Golgor, el amor? ¿Qué son los mortales sino carnaza para las mandíbulas de los dioses? Jóvenes más dulces que tu Mara han muerto gritando entre estas manos, y mi corazón fue como hierro ante sus gritos. Pero el odio… —los extraños ojos llamearon con una luz espantosa— ¡por odio te diré lo que deseas saber!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

»Ve a la Torre de la Muerte en cuanto salga la luna. Mata al falso sacerdote que se esconde detrás de la calavera de Nakura, y cuando el cántico de los adoradores cese y el oficiante que está enmascarado junto al altar levante su daga sacrificial, habla en voz alta, para que todos te puedan oír, y ordena liberar a la víctima e inmolar en su lugar… ¡a Nakari, reina de Negari!

 

»En cuanto al resto, sólo podrás contar con tu astucia y tus propias fuerzas para salir con vida.

 

Kane le zarandeó.

 

—¡Deprisa! ¡Dime cómo puedo llegar hasta esa torre!

 

—Retrocede hasta la puerta por donde viniste —el hombre se estaba apagando rápidamente y sus palabras se convertían en susurros—. Gira a la izquierda y recorre cien pasos. Sube por la escalera que encontrarás, hasta arriba del todo. En el corredor adonde te habrá conducido, recorre otros cien pasos y cuando llegues a lo que parece una pared ciega, pasa las manos por ella hasta que encuentres un resorte que sobresale. Presiónalo y entra por la puerta que se abrirá. Entonces te encontrarás fuera del palacio, entre las rocas contra las que está construido y en el único corredor que conoce la gente de Negari. Gira a la derecha y sigue de frente durante quinientos pasos: habrás llegado a la escalera que conduce al nicho situado detrás de la calavera. La Torre de la Muerte está construida en la parte rocosa y se levanta sobre ella. Allí hay dos escaleras…

 

De repente, la voz se debilitó y murió. Kane se inclinó y zarandeó al sacerdote,


 

 

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quien se levantó rápidamente, a costa de un gran esfuerzo. Sus ojos ardían con una luz salvaje que no era de este mundo, mientras abría sus brazos cargados de cadenas.

 

—¡El mar! —gritó con voz potente—. ¡Los chapiteles dorados de la Atlántida y el sol sobre las profundas aguas azules! ¡Esperadme!

 

Y mientras Kane intentaba ayudarle a tumbarse de nuevo, cayó hacia atrás, muerto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI. La destrucción de la calavera

 

Kane enjugó el sudor frío de su pálida frente mientras avanzaba lo más deprisa que podía por el sombrío pasadizo. Fuera de aquel horrible palacio debía de ser de noche. Incluso entonces, la luna llena —la Luna de las Calaveras— podría estar surgiendo del horizonte. Contó cien pasos y encontró la escalera de que había hablado el sacerdote moribundo.

 

Subió por ella y llegó hasta el corredor de más arriba, midió otros cien pasos y se detuvo delante de lo que parecía ser una pared sin puerta alguna. Le pareció que transcurría una eternidad hasta que sus frenéticos dedos encontraron una pieza metálica que sobresalía. Hubo un crujido de goznes oxidados, y la puerta secreta quedó abierta, con lo que Kane echó un vistazo a un pasadizo aún más sombrío que aquel en donde se encontraba.

 

Entró y cuando la puerta se cerró tras él giró a la derecha y prosiguió a tientas durante quinientos pasos. El corredor aparecía más iluminado; la luz se filtraba de fuera, y Kane distinguió una escalera. Después de subir por ella varios peldaños, se detuvo, desconcertado. Formando una especie de descansillo, la escalera se bifurcaba, una rama iba hacia la derecha y la otra hacia la izquierda. Kane masculló una maldición. Sabía que no podía permitirse ningún error —el tiempo era demasiado precioso—, ¿pero cómo saber cuál era la que le conduciría hasta el nicho donde se ocultaba el sacerdote?

 

El atlante iba a hablarle de aquellas escaleras cuando fue alcanzado por el delirio que precede a la muerte, y Kane lamentó profundamente que no hubiera vivido sólo


 

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un poco más.

 

De cualquier modo, no tenía tiempo que perder; con suerte o sin ella, debía arriesgarse. Eligió la escalera de la derecha y subió rápidamente por ella. Ya no era cuestión de andarse con rodeos.

 

Sintió instintivamente que el momento del sacrificio se hallaba próximo. Llegó hasta otro pasadizo y por el cambio en la obra de fábrica observó que de nuevo había abandonado la parte rocosa y se encontraba en algún edificio… presumiblemente, la Torre de la Muerte. Esperaba en cualquier momento encontrarse con otra escalera. De repente, aquella previsión se realizó… pero sus peldaños, en vez de subir, bajaban. De algún lugar delante de él, le llegó un murmullo vago y rítmico, y una mano helada le oprimió el corazón. ¡Era el cántico de los adoradores delante del Altar Negro!

 

Corrió rápidamente sin perder tiempo, dobló un recodo que formaba el corredor, se detuvo ante una puerta y miró a través de una estrecha abertura. Se le encogió el corazón. Había elegido el camino equivocado, yendo a parar a cualquier otro edificio que colindaba con la Torre de la Muerte.

 

Veía una escena terriblemente macabra. En un amplio espacio abierto delante de una gran torre negra, cuyo chapitel se elevaba por encima de las rocas que la rodeaban, dos largas hileras de bailarines salvajes se balanceaban y contorsionaban. Sus voces se levantaban en una extraña letanía sin sentido y ellos no se movían de sus sitios.

 

De rodillas para arriba, sus cuerpos oscilaban con un movimiento increíblemente rítmico, y las antorchas que llevaban en sus manos se agitaban y oscilaban, bañando la escena con una cambiante luz roja, bastante desagradable. Tras ellos se agolpaba una gran muchedumbre que permanecía en silencio.

 

Las luces de las antorchas de los bailarines destellaban sobre un mar de ojos rutilantes y rostros ansiosos. Ante los bailarines se elevaba la Torre de la Muerte, gigantescamente alta, negra y horrible. Sobre su fachada no se abría ninguna puerta ni ventana, pero, a cierta altura de la pared, como una especie de adorno, un siniestro símbolo de muerte y decadencia miraba de soslayo. ¡La calavera de Nakura! Un resplandor irreal y débil la rodeaba, alumbrado por alguien desde el interior de la torre, como bien sabía Kane, a quien le habría gustado conocer el tipo de artes empleadas por los sacerdotes para detener en aquel cráneo el deterioro y disolución propios de sus muchos años.

 

Pero no fue la calavera, ni tampoco la torre, lo que atrajo la aterrorizada mirada del puritano y la mantuvo fija. En el punto en que convergían las filas de adoradores, que seguían bailando y contorsionándose, se levantaba un gran altar negro. Y sobre aquel altar yacía una delgada forma blanca.


 

 

 

 

 

 

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—¡Marylin! —la palabra brotó de los labios de Kane, en medio de un sollozo apagado.

 

Durante un momento se quedó petrificado, inerme, cegado. No tenía tiempo para volver sobre sus pasos y encontrar el nicho donde se agazapaba el sacerdote de la calavera.

 

Para entonces, un débil resplandor fue manifestándose detrás del chapitel de la torre, haciendo que se recortase negro sobre el cielo. Acababa de salir la luna. El cántico de los bailarines subió hasta alcanzar el paroxismo, y de los espectadores silenciosos que se encontraban detrás de ellos comenzó a elevarse el siniestro retumbar sordo de los tambores. A la mente dada a ensoñaciones de Kane le pareció que aquello era como contemplar las rojas orgías de los círculos inferiores del Infierno.

 

¿Qué espantoso culto de eones pasados simbolizaban aquellos ritos perversos y degenerados? Kane supuso que aquella gente imitaba a su manera grosera, como si fuesen monos, los rituales de sus antiguos amos, por lo que, a pesar de su desesperación, no pudo por menos de estremecerse al pensar cómo serían los ritos originales.

 

En aquel momento, una figura espantosa apareció junto al altar donde yacía la joven silenciosa. Una silueta alta, enteramente desnuda, salvo por una horrenda máscara pintada encima del rostro y un espeso tocado de plumas ondeantes. El ronroneo del cántico disminuyó durante un instante, para alcanzar de nuevo las cotas más salvajes. ¿Fueron las vibraciones de aquel cántico lo que hizo que el suelo temblase bajo los pies de Kane?

 

El puritano comenzó a retirar la barra de la puerta, con dedos temblorosos. No podía hacer otra cosa que lanzarse sobre la muchedumbre con las manos desnudas y morir al lado de la joven que no había podido salvar. En aquellos instantes, su vista quedó bloqueada por la gigantesca forma que cubría con su espalda el otro lado de la puerta. Un hombre inmenso, un jefe, a juzgar por su porte y su atavío, se apoyaba indolentemente en la puerta mientras contemplaba cómo se desarrollaba el espectáculo. El corazón de Kane brincó en su pecho. ¡Aquello era demasiado bueno


 

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para ser verdad! ¡Atravesada en el cinturón del jefe se encontraba su pistola! Entonces supuso que sus captores se habían repartido sus armas. Aquella pistola no significaba nada para el jefe, que debía de haberla cogido por su forma extraña y la llevaba por el mismo motivo que a los salvajes les gusta llevar encima adornos inútiles. O quizá porque pensase que se trataba de una especie de maza de guerra. Nuevamente, le pareció que el suelo y el edificio temblaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane abrió silenciosamente la puerta hacia dentro y se agazapó en las sombras, detrás de su víctima, como un enorme tigre dispuesto a saltar.

 

Su cerebro comenzó a trabajar rápidamente y formuló un plan de acción. En el cinturón, junto a la pistola, había un puñal; el jefe le daba completamente la espalda, por lo que tenía que atacarle por la izquierda para alcanzar el corazón y matarle sin darle tiempo a gritar. Todo aquello le pasó rápidamente a Solomon por el cerebro mientras saltaba.

 

El jefe no se dio cuenta de la presencia de su adversario hasta que la vigorosa y delgada mano derecha de Kane apareció sobre su hombro y le tapó la boca, tirando de él hacia atrás. Al mismo tiempo, la mano izquierda del puritano arrancó el puñal de su cinturón y con un esfuerzo desesperado hundió la delgada hoja en su cuerpo.

 

El guerrero se derrumbó sin un sonido. En el mismo instante, la pistola de Kane volvió a la mano de su dueño. Un rápido examen le mostró que seguía estando cargada y que el pedernal se encontraba en su sitio.

 

Nadie había visto el rápido asesinato. Los pocos que se encontraban cerca de la


 

 

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puerta miraban hacia el Altar Negro, absortos en el drama que se estaba desarrollando. Mientras Kane pasaba por encima del cadáver, el cántico de los bailarines cesó bruscamente. En el instante de silencio que siguió, Kane oyó, por encima de los labios de su propio corazón, el viento de la noche que agitaba las letales plumas del horror enmascarado que se encontraba cerca del altar. El borde de la luna despuntaba, reluciente, encima del chapitel.

 

En aquel momento, desde lo alto de la fachada de la Torre de la Muerte, resonó una voz profunda que entonaba un extraño cántico. Muy posiblemente, el sacerdote que se ocultaba detrás del cráneo ignoraba el significado de aquellas palabras, pero a Kane le dio la impresión de que, por lo menos, imitaba la verdadera entonación de los acólitos atlántidas, muertos desde hacía tanto tiempo. Profunda, misteriosa, suscitando ecos, la voz se elevaba como el flujo interminable de la pleamar sobre una inmensa playa blanca.

 

El enmascarado que estaba junto al altar se irguió completamente y levantó una larga hoja reluciente. Kane reconoció en ella su propia espada, en el mismo momento en que apuntaba su pistola y disparaba… no al sacerdote enmascarado, sino directo a la calavera que titilaba en la fachada de la torre. Pues en un deslumbrante relámpago de intuición, había recordado las palabras del atlante moribundo: «¡Sus mentes giran alrededor de la calavera de Nakura!»

 

Coincidiendo con la detonación de la pistola se escuchó un golpe y un crujido: la reseca calavera voló en mil pedazos y se desvaneció, al mismo tiempo que el cántico moría y se convertía en un quejido de agonía. El estoque cayó de la mano del sacerdote enmascarado y muchos de los bailarines se arrojaron al suelo, mientras los demás se quedaban inmóviles, como hechizados. A través del silencio mortal que reinó durante un instante, Kane se precipitó hacia el altar; y entonces, se desencadenaron todos los infiernos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una Babel de gritos bestiales subió hasta las temblorosas estrellas. Durante siglos, sólo la fe en el difunto Nakura había mantenido unidas las mentes sedientas de sangre


 

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de los Negari. En aquellos momentos, su símbolo había desaparecido, se había convertido en polvo ante sus ojos. Para ellos era lo mismo que si los cielos se hubiesen abierto, la luna se hubiese precipitado desde lo alto y hubiese llegado el fin del mundo. Todas las rojas visiones que se encontraban agazapadas en el fondo de sus cerebros corruptos cobraron una vida espantosa, y toda la demencia latente que era su herencia se desencadenó, reclamando lo que era suyo. De tal suerte, Kane pudo ver cómo toda una nación se convertía en una horda de locos furiosos.

 

Aullando y rugiendo, se volvieron los unos contra los otros, tanto hombres como mujeres, arañándose frenéticamente con las uñas, traspasándose con lanzas y puñales, golpeándose entre sí con las llameantes antorchas, mientras que, dominándolo todo, se elevaba el rugido de aquellas enloquecidas bestias humanas.

 

Usando su pistola como una maza, Kane se abrió paso a través de aquel ondulante y encrespado océano de carne, hasta el pie de las gradas del altar. Las uñas le arañaron, los cuchillos le rozaron, las antorchas chamuscaron sus ropas, pero él siguió impertérrito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando llegaba al altar, una terrible figura apareció de entre aquella masa convulsa y cargó contra él. Nakari, reina de Negari, tan enloquecida como cualquiera de sus súbditos, se precipitó sobre el inglés, blandiendo la desnuda hoja de un puñal en la mano y un espantoso llamear en la mirada.

 

—¡Esta vez no escaparás! —decía a gritos, pero antes de que pudiese llegar hasta Kane, un guerrero inmenso, que chorreaba sangre y estaba ciego por una cuchillada en los ojos, vaciló en su camino y chocó contra ella.

 

Nakari gritó como un gato herido y le clavó el puñal; dos manos titubeantes se cerraron sobre ella. El gigante ciego la hizo girar por los aires antes de morir, y el grito de una mujer se clavó como un cuchillo en el clamor de la pelea antes de que Nakari, última reina de Negari, se estrellase contra las piedras del altar y cayese, dislocada y muerta, a los pies de Kane.

 

* * *

 

El puritano subió los negros peldaños, desgastados profundamente por el paso de


 

 

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miríadas de sacerdotes y de víctimas y, en ese momento, la figura enmascarada, que había permanecido inmóvil, como si se hubiese convertido en piedra, volvió a la vida. Se agachó rápidamente, cogió la espada que había dejado caer y lanzó con ella una feroz estocada al inglés que cargaba. Pero la dinámica agilidad de Solomon Kane era algo que pocos hombres podían igualar. Una torsión y una inclinación de su cuerpo de acero, y evitó la espada; mientras esta pasaba, inofensivamente, entre su tórax y uno de sus brazos, abatió brutalmente el pesado cañón de su pistola sobre las ondeantes plumas, aplastando tocado, máscara y cráneo de un solo golpe.

 

Acto seguido, se volvió hacia la joven inconsciente que yacía atada sobre el altar, arrojó a un lado la pistola inservible y arrancó la espada que era suya de la mano inerte que todavía la empuñaba, experimentando un feroz escalofrío de renovada confianza al sentir el familiar contacto de su empuñadura.

 

Marylin yacía blanca y silenciosa, con el rostro pálido como la muerte vuelto, aunque sin ver, hacia la luz de la luna que esplendía en calma sobre aquella escena de demencia. En un principio, Kane pensó que estaba muerta, pero sus dedos no tardaron en encontrar el débil indicio de pulso que habían estado buscando ansiosamente.

 

Cortó sus ligaduras y la levantó con delicadeza… pero sólo para dejarla en el suelo y echarse a un lado mientras una horrible figura cubierta de sangre bajaba por la escalera, titubeando y oscilando de un lado para otro. La criatura se arrojó sobre la hoja de Kane y cayó hacia atrás, en medio del rojo remolino, llevando unas manos como garras a la herida mortal.

 

Entonces, el altar osciló bajo los pies de Kane; un súbito temblor le tiró al suelo, en el que cayó de rodillas, y sus aterrorizados ojos vieron cómo la Torre de la Muerte se movía de un lado para otro.

 

Estaba a punto de desencadenarse alguno de los horrores de la Naturaleza. Aquella premonición penetró en los cerebros tambaleantes de los diablos que luchaban y gritaban en la explanada. Un elemento nuevo apareció en su griterío… después, la Torre de la Muerte comenzó a oscilar con lenta y terrible majestuosidad… se extirpó de la pared rocosa y se desplomó con el estruendo de un entrechocar de mundos.

 

Grandes piedras y lienzos enteros de pared comenzaron a caer desde lo alto, llevando la muerte y la destrucción a los centenares de seres humanos que gritaban más abajo.

 

Una de aquellas piedras se estrelló en el altar sobre el que poco antes estuviera Marylin, llenando de polvo a Kane.

 

—¡Un terremoto! —exclamó el inglés, quien espoleado por aquel nuevo terror tomó entre sus brazos a la joven que seguía inconsciente y descendió rápidamente los peldaños que se resquebrajaban, abriéndose paso con su espada a través de los


 

 

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torbellinos carmesíes de la humanidad bestial que aún seguía entregándose a la destrucción y a la rapiña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que sucedió después fue una roja pesadilla, cuyos horrores se negó a recordar la aturdida mente de Kane. Tuvo la impresión de caminar, durante siglos carmesíes llenos de griterío, a lo largo de calles estrechas y sinuosas, donde los demonios luchaban y morían entre aullidos estridentes, pasando entre murallas titánicas y columnas negras que oscilaban recortándose sobre el cielo y que caían convertidas en ruinas a su alrededor, mientras la tierra se levantaba y temblaba bajo sus pies vacilantes, y el trueno de las torres que se deslomaban llenaba el mundo.

 

Demonios barbotantes en forma humana le agarraban con sus garras, para desvanecerse ante el azote de su espada, y las piedras que se deslomaban caían sobre él, produciéndole magulladuras. Avanzaba agachado, protegiendo a la joven con su cuerpo lo mejor que podía, amparándola de la ceguera de las piedras y de la ceguera, aún mayor, de los hombres.

 

Finalmente, cuando le parecía haber llegado a los límites de la residencia humana, vio la gran muralla exterior de la ciudad levantarse oscura ante él, agrietada desde su base hasta el parapeto y a punto de derrumbarse. Se lanzó con la joven a través de una hendidura y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, se empeñó en una última carrera. Cuando apenas se había alejado, la muralla se vino abajo, desplomándose sobre la ciudad como una gran ola negra.

 

El viento de la noche soplaba sobre el rostro de Kane. A su espalda se elevaba el clamor de la ciudad condenada. Lentamente, comenzó a bajar por el largo sendero de la colina, que temblaba bajo sus pies.


 

 

 

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VII. La fe de Solomon

 

El alba posó su fría mano blanca sobre la frente de Solomon Kane. Las pesadillas desaparecieron de su alma mientras aspiraba profundamente el viento matutino procedente de la jungla, que se extendía abajo, a lo lejos… un viento cargado del olor almizclado de la vegetación en descomposición, pero que para él era como el soplo de la vida, pues aquel olor era el limpio y puro de la desintegración natural de todas las cosas, y no el de la aborrecible aura de senil decadencia que acecha entre los muros de ciudades con una antigüedad de eones… Kane tuvo un sobresalto involuntario.

 

Se inclinó sobre la joven dormida, que yacía a sus pies, instalada lo más cómodamente que le había sido posible en el lecho de las pocas ramas verdes que había podido encontrar. En aquel momento, abrió los ojos y, durante un instante, su mirada vagó perdida; después, sus ojos se posaron sobre el rostro de Solomon, iluminado por una de sus escasas sonrisas, y, con un pequeño sollozo de gratitud, le abrazó.

 

—¡Oh, capitán Kane! ¿Realmente hemos escapado de esa ciudad espantosa? Ahora todo me parece un sueño… Después de que cayerais en la trampa oculta que había en mi habitación, Nakari fue más tarde a vuestra mazmorra —eso me dijo— y volvió muy enfadada. Dijo que erais un necio, porque os había ofrecido gobernar el mundo y vos la habíais insultado. Gritó, desvarió y maldijo como una loca, y juró que construiría, sola, el gran imperio de Negari.

 

»Entonces se volvió hacia mí y me insultó, diciendo que me teníais —a mí, una esclava— en más estima que a una reina en toda su gloria. Y a pesar de mis súplicas, me puso encima de sus rodillas y me azotó hasta que me desmayé.

 

»Después de aquello, permanecí durante algún tiempo con los sentidos embotados y sólo conseguí comprender que unos hombres habían ido a ver a Nakari y le habían dicho que habíais escapado. Le contaron que erais un brujo, porque conseguisteis desvaneceros a través de una pared como un fantasma. Pero Nakari mató a los hombres que os habían sacado de vuestra celda, y durante horas se comportó como una fiera salvaje.

 

»Ignoro durante cuántas horas permanecí en aquel estado. En aquellas habitaciones y pasillos tan terribles, donde jamás entra la luz del sol, se acaba perdiendo la noción del tiempo. Pero desde el momento en que fuisteis capturado por Nakari hasta aquel en que me colocaron sobre el altar, pasó, al menos, día y medio. Sólo unas pocas horas antes del sacrificio corrió la noticia de que habíais escapado.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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»Nakari y sus Doncellas de la Estrella llegaron con intención de prepararme para el rito —al simple recuerdo de aquella prueba espantosa, la joven comenzó a sollozar y ocultó el rostro entre sus manos—. Sólo sé que me vistieron con la túnica blanca del sacrificio y me llevaron hasta una gran estancia de paredes negras repleta de estatuas espantosas.

 

»Allí permanecí durante algún tiempo, como en trance, mientras las mujeres realizaban algunos ritos, extraños y obscenos, de su siniestra religión. Recuerdo que me desmayé y que cuando volví en mí yacía atada sobre el Altar Negro —veía antorchas agitándose y oía los cánticos de los fieles—, y que, detrás de la Torre de la Muerte, la luna que acababa de salir comenzaba a relucir… Pero todo eso lo percibía de manera confusa, a la manera de un sueño profundo. Y como si siguiese dormida,

 

vi    el resplandor de la calavera en lo alto de la torre… y al sacerdote esquelético y desnudo que tenía una espada sobre mi corazón; y ya no vi nada más. ¿Qué ocurrió?

 

—Muy poco antes —contestó Kane—, salí del edificio hasta el que me había aventurado por error y, con una bala de pistola, convertí en átomos la maldita calavera. En ese momento, todos los de Negari, que llevaban desde su nacimiento la marca del demonio, comenzaron a matarse unos a otros, como si estuvieran poseídos. En medio del tumulto, se desencadenó un terremoto que derrumbó los muros. Entonces te cogí y, echando a correr sin saber adonde, llegué hasta una grieta en el muro exterior, por donde me deslicé y escapé, llevándote en brazos, porque aún seguías desmayada.

 

»Sólo volviste en ti en una ocasión, después de cruzar el Puente-sobre-el-Cielo, como decía la gente de Negari, que por poco no se derrumba bajo nosotros debido al terremoto. Después de llegar a estas pendientes, no me he atrevido a bajar por ellas en medio de la oscuridad, ya que la luna estaba a punto de ponerse. Entonces te despertaste, gritaste y te agarraste a mí, y volviste a dormirte, pero esta vez con un sueño reparador.

 

—¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

—¡Irnos a Inglaterra! —los profundos ojos de Kane se iluminaron al pronunciar aquel nombre—. Me resulta difícil quedarme más de un mes en la tierra en que nací; pero aunque sufra la maldición del ansia de viajar, su nombre aún aviva los rescoldos


 

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de mi corazón. ¿Y tú, pequeña, qué harás?

 

—¡Oh, cielos! —exclamó la joven, juntando sus delgadas manos—. ¡Volver a casa! Un hermoso sueño… pero que nunca conseguiré, me temo. ¡Oh, capitán Kane! ¿Cómo podremos llegar hasta ella, con tantas millas de jungla como hay entre este lugar y la costa?

 

—Marylin —dijo Kane con gentileza, acariciando los rizos de su cabello—, creo que te falta algo de fe en mí y en la Providencia. Realmente, sólo soy una criatura débil, que no tiene fuerza ni energía; sin embargo, en varias ocasiones, Dios ha hecho de mí el imponente vaso de su ira y la espada de la liberación. Y estoy seguro de que lo hará de nuevo.

 

»Piensa un poco, pequeña Marylin: en las últimas horas hemos asistido al fin de una raza malvada y a la caída de un imperio abominable. Los hombres han muerto a miles a nuestro alrededor y la tierra se ha levantado bajo nuestros pies, abatiendo las torres que desafiaban a los cielos; sí, la muerte cayó a nuestro alrededor como una lluvia roja, pero nosotros escapamos indemnes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

»¡En todo ello hay algo más que la mano del hombre! ¡Sí, una Potencia… la del Todopoderoso! ¡La que me guio a través del mundo, derecho hacia esta ciudad de demonios… la que me llevó hasta tu habitación… la que me permitió escapar de nuevo y me condujo hasta el único hombre en la ciudad que podía darme la información que necesitaba, el malvado y diabólico sacerdote de una antigua raza que yacía en una celda subterránea… y la que me guio hasta la muralla externa, mientras corría a ciegas y sin saber adónde… pues si hubiésemos pasado bajo las paredes rocosas que forman el resto de la muralla, seguramente habríamos perecido! ¡La misma Potencia que nos puso a salvo fuera de la ciudad agonizante y nos permitió cruzar el puente… que oscilaba sobre el abismo y que se precipitó en él en el mismo instante en que mis pies tocaban tierra firme!

 

»¿Y ahora piensas que después de haberme llevado tan lejos y cumplido tales portentos esa Potencia iba a dejarnos? ¡No! El mal florece y gobierna en las ciudades de los hombres y en los desiertos del mundo, pero, de vez en cuando, el gran gigante


 

 

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que es Dios se levanta y golpea en ayuda de los justos, y ellos perseveran en su fe en Él.

 

»Fíjate en lo que te digo, que bajaremos a salvo por este precipicio y que atravesaremos la jungla húmeda que nos espera abajo; y también te digo, como si lo estuviese viendo ahora mismo, que en el viejo Devon los tuyos volverán a abrazarte, como antaño.

 

Al oír aquello, Marylin sonrió por vez primera, con la naturalidad con que lo habría hecho cualquier muchacha, y Kane suspiró aliviado. Los fantasmas iban desapareciendo de sus ojos asustados y el puritano pensó que no se hallaba lejos el día en que la joven recordaría sus horribles experiencias como un sueño cada vez más borroso. Echó un vistazo a su espalda, donde, más allá de las colinas hostiles, la ciudad perdida de Negari yacía rota y en silencio, entre las ruinas de sus propias murallas y los riscos que se habían despeñado sobre ella y que la habían hecho inexpugnable durante tanto tiempo, pero que, al final, la habían entregado a su destino.

 

Sintió una angustia momentánea cuando vio la miríada de formas inmóviles y aplastadas que yacían entre aquellas ruinas, pero el lacerante recuerdo de sus malvados crímenes le sumergió y sus ojos se endurecieron.

 

—Y sucederá que el que huya de la voz de pánico caerá en la hoya, y el que salga del medio de la hoya se enredará en la red, porque ábrense las cataratas en lo alto y tiemblan los fundamentos de la tierra.

 

»Porque hiciste de la ciudad un montón de piedras, de la ciudad fuerte una ruina.

 

Ya la ciudadela de los extranjeros no es ciudad, y no será jamás reedificada.

 

»Y será la muchedumbre de tus enemigos como fino polvo; la turba de tus tiranos como paja que vuela, y vendrá esto de repente, en un momento.

 

»Espantaos, asombraos, ofuscaos y cegaos; embriagaos, pero no de vino; bamboleaos, pero no por los licores.

 

»En verdad, Marylin —finalizó Kane con un suspiro—, que he visto con mis propios ojos realizarse las profecías de Isaías[4]. ¡Estaban embriagados, pero no de vino! No, la sangre era su licor preferido… ¡y en la roja marea, larga y terriblemente han bebido!

 

Y tomando de la mano a la joven se dirigió al borde del precipicio. Se encontraba en el mismo lugar hasta el que subiera aquella noche… que tan lejana le parecía en aquellos momentos.

 

A pesar de que sus ropas, hechas jirones, le colgaban por el cuerpo y de que estaba lleno de arañazos, heridas y contusiones, en sus ojos brilló la tranquila luz de la serenidad cuando el sol comenzó a aparecer en los cielos e inundó las escarpaduras y la jungla con una luz dorada que era como una promesa de alegría y felicidad.


 

 

 

 

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Título original:

 

«The Moon of Skulls»

 

(Weird Tales, junio y julio 1930)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL NEGRO BALDÓN


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sir Thomas Doughty, ejecutado en 1578 en la Bahía de San Julián

 

LE LLEVARON FUERA, a la estéril arena, donde murieran los capitanes rebeldes, donde se levantaban los siniestros patíbulos grises, medio podridos, que Magallanes erigiese, y donde las gaviotas que merodean por los lugares perdidos se lamentaban ante las mareas solitarias. Drake se enfrentó a todos ellos, como un león

 

acorralado, echando hacia atrás su cabeza leonina:

 

—¿Os atrevéis a desafiar mi palabra que es ley, a decir que este traidor no debe morir?

 

Y sus capitanes no se atrevieron a mirarle a los ojos, pero todos se mordieron la lengua.

 

El único que dio un paso al frente fue Solomon Kane, un hombre taciturno, de una raza sombría:

 

—Muy posiblemente merezca la muerte, pero el juicio que celebrasteis fue una farsa, pues escondisteis vuestro despecho bajo un disfraz, mientras la Justicia escondía su rostro.

 

»Más digno de hombres habría sido desenvainar a la vista de todos vuestra espada y, con honesta furia, en el puente, abrirle la cabeza desde la coronilla hasta los dientes… antes que escabulliros y ocultaros tras la hueca palabrería de la Ley.

 

El Infierno llameó en los ojos de Francis Drake.

 

—¡Bellaco de puritano! —exclamó—. ¡Verdugo, entrégale tu hacha! ¡Que sea él quien corte la cabeza del traidor!

 

Solomon se cruzó de brazos y dijo, con aire tenebroso y siniestro:

 

—No soy un esclavo para hacer tu trabajo de carnicero.

 

—¡Atadle con triple cuerda! —rugió Drake, airado, y los hombres obedecieron, indecisos, como hombres lisiados.

 

Pero Kane ni se movió cuando le arrebataron su espada y ataron sus manos de hierro.

 

Obligaron al condenado a ponerse de rodillas, al hombre que iba a morir; vieron curvarse sus labios en una extraña sonrisa; vieron que enviaba una última y larga mirada a Drake, su juez y su amigo de otros tiempos, quien no se atrevió a mirarle a los ojos.

 

El hacha relampagueó plateada bajo el sol, y un arco rojo ensangrentó la arena.


 

 

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Una voz gritó mientras caía la cabeza, y los espectadores vacilaron, presa de súbito miedo; pero sólo era un pájaro marino, volando bajo sobre la playa solitaria.

 

—¡Así acabarán todos los traidores! —exclamó Drake, y lo repitió una vez más; lentamente, sus capitanes se dieron media vuelta y se fueron, y la mirada del almirante se posó en otro lugar, para no ver el frío desprecio mezclándose con la cólera en los ojos de Solomon Kane.

 

La noche cayó sobre las lentas olas; la puerta del almirante estaba cerrada; Solomon yacía en la apestosa cala, y sus hierros chocaban entre sí mientras el navío se balanceaba. Su guardián, excesivamente cansado y demasiado confiado, dejó la pica y echó una cabezada.

 

Se despertó con una mano que le acogotaba, apretándole como el garrote; temblando, le entregó la llave, y el sombrío puritano se irguió, libre, y sus helados ojos relucieron con fulgor asesino, con esa ira que va creciendo lentamente.

 

Sin ser visto por la guardia, Solomon llegó hasta la cabina del almirante, en medio de la noche y del silencio del barco, con la afilada daga del guardián apretada fuertemente en su mano; ningún hombre de la soñolienta tripulación le vio deslizarse hasta el interior de la puerta cerrada, pero sin llaves.

 

Drake seguía en la mesa, con el rostro hundido entre las manos; levantó la mirada, como si volviese del sueño… pero sus ojos estaban vacíos por el llanto, como si no viese deslizándose hacia él, lentamente, las flotantes arenas de la Muerte.

 

No movió mano alguna para tomar pistola o espada con la que detener la mano de Kane.

 

Ni siquiera parecía oírle o verle, perdido en las negras brumas del recuerdo, el amor convertido en odio y traición, roído por un dolor amargo.

 

Durante un instante, Solomon Kane permaneció inmóvil, apuntándole con la daga, como un cóndor dispuesto a lanzarse sobre un ave, y Francis Drake no habló, ni siquiera se movió.

 

Y Kane salió sin decir palabra y cerró tras de sí la puerta de la cabina.

 

 

Título original:

 

«The One Black Stain»

 

(The Howard Collector, primavera 1962)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS ESPADAS

 

DE LA HERMANDAD


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La muerte es una llama azul bailando sobre los cadáveres.

 

Solomon Kane

 

 

 

I. Las espadas cantan y aparece un extranjero

 

LAS ESPADAS CHOCARON entre sí con un maligno estruendo de acero, que hizo saltar chispas azules. A través de aquellas hojas se enfrentaban dos miradas ardientes… la dureza de unos ojos negros contra la frialdad volcánica de unos ojos azules. El resuello se escapaba silbando entre los dientes apretados; los pies labraban

 

el suelo, avanzando, retrocediendo.

 

El hombre de ojos negros hizo una finta y lanzó una estocada, tan rápida como el ataque de la serpiente. El otro, más joven, la paró, con media vuelta de su férrea muñeca y el golpe que devolvió fue como el resplandor del trueno en verano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Deteneos, caballeros! —las espadas apuntaron al cielo. Un hombre corpulento fue a situarse entre ambos combatientes, con un estoque cuajado de gemas en una mano y un tricornio en la otra.

 

—¡Todo ha terminado! ¡El asunto ha sido zanjado y el honor satisfecho! ¡Sir George está herido!

 

El hombre de ojos negros, con un gesto impaciente, ocultó detrás de la espalda su brazo izquierdo, del que había comenzado a manar sangre.

 

—¡Apartaos! —exclamó furiosamente, y añadió, con un juramento—: ¿Una herida…? ¡Un arañazo! ¡Eso no significa nada! ¡No tiene importancia! ¡Este duelo


 

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debe ser a muerte!

 

—Cierto, haceos a un lado, sir Rupert —dijo, tranquilamente, el vencedor; pero sus ojos azules eran chispas de acero—; el asunto que nos enfrenta sólo podrá ser zanjado con la muerte.

 

—¡Envainad vuestros aceros, jóvenes gallitos! —dijo secamente sir Rupert—. ¡Os lo ordeno como magistrado! ¡Señor médico, acercaos y echad un vistazo a la herida de sir George! ¡Jack Hollinster, guardad vuestra hoja, pardiez! ¡En este distrito no habrá crímenes de sangre, tan cierto como me llamo Rupert d’Arcy!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El joven Hollinster no dijo nada, ni obedeció la orden del colérico magistrado, pero dejó caer hacia el suelo la punta de su espada, y, un tanto cabizbajo, permaneció silencioso y taciturno, observando a la concurrencia bajo sus fruncidas cejas negras.

 

Sir George había estado indeciso, pero cuando uno de sus testigos le musitó algo al oído, al parecer con urgencia, obedeció al punto, tendió su espada a quien había hablado y aceptó el examen del médico.

 

Aquel lugar desierto se prestaba a ese tipo de lances. Un terreno bastante llano, escasamente cubierto de una hierba rala y por aquel entonces marchita, se extendía hasta una ancha banda de arena blanca, surcada por los restos que dejaba en ella la marea. Más allá de la playa, el mar gris se movía incesantemente, como un ente muerto en cuyo desolado seno el único signo de vida fuera una única vela rondando en la distancia. Hacia dentro, al otro lado de las lúgubres landas, podía verse a lo lejos las apretadas casitas de un pueblo.

 

En semejante paisaje, desnudo y desolado, el estallido de color y el interés humano de lo que ocurría en la playa venían a marcar una extraña novedad. El pálido sol otoñal refulgía sobre las brillantes hojas, los enjoyados puños, los botones de plata de las casacas de algunos de los hombres y los adornos dorados del tricornio de sir Rupert.

 

Sir George recibió la ayuda de sus testigos a la hora de vestirse la casaca; el de Hollinster, un joven robusto vestido con ropas modestas, urgía a este último a que se pusiese la suya. Pero Jack, todavía resentido, la apartó hacia un lado. De repente, se lanzó hacia delante, con la espada aún en la mano y habló con voz que poseía un timbre de ferocidad y que vibraba de pasión.

 

—¡Sir George Banway, no bajéis la guardia! ¡Un arañazo en el brazo no podrá


 

 

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borrar el insulto que bien conocéis! ¡La próxima vez nos encontraremos donde no haya ningún magistrado que pueda salvar vuestra repugnante piel!

 

El noble se volvió como un torbellino y lanzó un improperio, mientras sir Rupert daba un paso adelante y rugía:

 

—¡Pardiez! ¿Cómo os atrevéis…?

 

Hollinster se rio en sus barbas y, dando media vuelta, se fue a grandes pasos, después de envainar su espada con golpe seco. Sir George hizo amago de seguirle, con el oscuro rostro congestionado, pero su amigo volvió a decirle nuevamente algo al oído y apuntó al mar. Los ojos de Banway se posaron en la única vela que se divisaba, que parecía hallarse suspendida en el cielo, y asintió con una mueca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hollinster caminaba en silencio a lo largo de la playa con la cabeza descubierta, el sombrero en una mano y la casaca colgada del brazo. El viento helado, que enfriaba los rizos de su cabello, pegados por el sudor, no conseguía bajar la temperatura de su cerebro excitado.

 

Su ayudante, Randel, le seguía en silencio. A medida que avanzaban a lo largo de la playa, el decorado se hizo más salvaje y escarpado; rocas gigantescas, grisáceas y recubiertas de musgo, asomaban la cabeza por la costa y, dispersándose de manera caótica, corrían al encuentro de las olas. Un poco más lejos, un arrecife de aspecto amenazante dejaba oír su lamento grave y continuo.

 

Jack Hollinster se detuvo, volvió el rostro hacia el mar y maldijo larga, ferviente y coléricamente. Randel, que le escuchaba asustado, comprendió que el motivo de tanta palabrota debía buscarse en el hecho de que Hollinster no había podido hundir en el negro corazón de aquel cerdo, de aquel chacal, de aquel maldito canalla de sir George Banway, su hoja hasta la empuñadura.

 

—Y ahora —dijo, con un gruñido—, seguro que después de probar mi acero, el villano jamás se enfrentará conmigo en un combate limpio… ¡pero por Dios…!

 

—Cálmate, Jack —le aconsejó el honesto Randel, a pesar de sentirse igual de incómodo que él; aunque era el amigo más íntimo de Hollinster no comprendía los accesos de negro furor que, en ocasiones, asaltaban a su camarada—. Te has batido excelentemente; él se llevó la peor parte. A fin de cuentas, creo que no se puede matar a un hombre por lo que él hizo.

 

—¿Tú crees? —exclamó Jack, apasionadamente—. ¿Crees que no podría matar a


 

 

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un hombre por un insulto tan grave? ¡Quizá a un hombre no, pero sí a un vil canalla aristócrata, cuyo corazón he de ver antes de que cambie la luna! ¿Comprendes la mala fama que eso supondrá para Mary Garvin, la joven a quien amo? ¿Comprendes que haya mancillado su nombre mientras se tomaba una copa en la taberna? ¿Por qué…?

 

—Eso sí lo comprendo —musitó Randel—, después de haber oído todos los detalles por lo menos veinte veces. Y también sé que le echaste en la cara una copa de vino, que le abofeteaste, que le tiraste la mesa encima y que, por último, le propinaste dos o tres puntapiés. ¡De veras, Jack, lo que hiciste sería más que suficiente para cualquier hombre! Sir George se relaciona con las altas esferas… mientras que tú sólo eres el hijo de un capitán de navío retirado… a pesar de que te hayas distinguido en el extranjero por tu valor. Bueno, después de todo, Jack, sir George no tenía ninguna necesidad de batirse contigo. Muy bien podría haberse acogido a su título y haberte enviado a sus domésticos para que te diesen una buena lección.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Si lo hubiera hecho —dijo Hollinster con acento sombrío, mientras hacía castañetear sus dientes con un chasquido seco—, le habría metido una bala de pistola entre sus malditos ojos negros… Dick, déjame con mi locura. Tú predicas el camino recto que conozco demasiado bien… el camino de la tolerancia y la mansedumbre. Pero yo he vivido en lugares donde un hombre sólo cuenta como guía y ayuda con la espada que lleva al cinto; y la sangre de la que procedo es muy ardiente. En este preciso momento, el hervor de esa sangre me llega hasta la médula a causa de ese cerdo aristócrata. Sabía que Mary era mi amada, y se atrevió a sentarse cerca de mí y a insultarla en mi presencia… ¡Sí, en mi propia cara!, mientras me miraba con sorna. ¿Y por qué? Pues porque él tiene dinero, tierras, títulos… contactos con las familias importantes, y sangre noble. Yo soy un hombre pobre, hijo de otro hombre pobre, que lleva su fortuna en la vaina que le cuelga del cinturón. Si yo o Mary hubiésemos sido de alta cuna, él nos habría respetado…

 

—¡Psé! —le interrumpió Randel—. ¿Cuándo ha respetado George Banway a alguien? En verdad que le cuadra su mal nombre[1]. Sólo respeta sus propios deseos.

 

—Y desea a Mary —rezongó el otro, de mala gana—. Bueno, quizá quiera llevársela como se llevó a muchas otras jóvenes de la región. Pero antes tendrá que


 

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matar a Jack Hollinster. Dick… no quiero parecer grosero, pero creo que sería conveniente que no nos viésemos durante algún tiempo. No soy un compañero muy adecuado para nadie; necesito soledad y el frío aliento del mar para enfriar mi sangre ardiente.

 

—No irás a buscar a sir George… —dijo Randel, indeciso.

 

Jack hizo un gesto de impaciencia.

 

—Seguiré el otro camino, te lo prometo. Sir George habrá vuelto a su casa para lamerse las heridas. No dará la cara durante quince días.

 

—Pero Jack, sus sicarios tienen una pésima reputación. ¿Es prudente por tu parte? Jack hizo una mueca lupina.

 

—No tengas miedo; si devuelve el golpe de esa manera… será en medio de la oscuridad de la noche… y no en pleno día.

 

* * *

 

Randel se fue hacia el pueblo, moviendo la cabeza con aire de duda, y Jack siguió caminando por la playa; cada uno de sus pasos le alejaba de los lugares habitados por el hombre y le acercaba a un reino incierto de tierras baldías y aguas estancadas. El viento gemía a través de sus ropas, cortándole como un cuchillo, pero, a pesar de eso, no se cubrió con su casaca. La fría aura gris del día caía sobre su alma como una mortaja, haciéndole maldecir aquella tierra y aquel clima.

 

Su alma ansiaba las lejanas y cálidas tierras del Sur, que había conocido en sus vagabundeos… Un rostro desvaneció sus visiones… el rostro sonriente de una joven, enmarcado por rizos dorados, en cuyos ojos había un calor que trascendía la calidez dorada de las lunas de los trópicos y convertía aquellos parajes desolados en cálidos y placenteros.

 

Entonces, en medio de sus ensoñaciones surgió otro rostro… sombrío y burlón, con duros ojos negros y una boca cruel, curvada en un rictus amargo bajo un delgado bigote negro. Jack Hollinster maldijo con convicción.

 

Una voz profunda y vibrante interrumpió sus invectivas.

 

—Joven, vuestras palabras me recuerdan el resonar de los bronces y el tintineo de los címbalos, repletos de furia y de sonido, pero vacíos de significado.

 

Jack se volvió rápidamente, con la mano en la empuñadura de su espada. Un hombre se sentaba encima de un peñasco gris. Se levantó mientras Jack se daba la vuelta, desojándose de una gran capa negra que dobló y colgó en uno de sus brazos. Le sacaba unas cuantas pulgadas a Hollinster, que era considerablemente más alto que la media. No había una onza de grasa, o de exceso de carne en aquella enjuta carcasa, pero no por ello el hombre parecía frágil o demasiado delgado. Al contrario, sus anchas espaldas, su pecho robusto y sus largos miembros revelaban fuerza, velocidad y resistencia… delatándolo como un espadachín, si es que ya no lo hubiera


 

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hecho el largo y sobrio estoque que llevaba al cinto. Aquel hombre le recordó a Jack, más que cualquier otra cosa, uno de los nervudos lobos grises que había visto en las estepas siberianas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero fue su rostro lo que primero atrajo la atención del joven, para cautivarla después. Era más bien alargado, estaba afeitado recientemente y tenía una extraña palidez sombría, que unida a unas mejillas algo hundidas le daba en algunos momentos la apariencia de un cadáver… hasta que se le miraba a los ojos, que relucían con energía ardiente y vitalidad dinámica, profundamente contenida o, más bien, tenida a raya con ironía. Al mirar de frente a aquellos ojos, Jack Hollinster sintió el frío choque de su extraño poder y fue incapaz de definir su color. En ellos veía el color gris del hielo muy antiguo, pero también el frío azul de los abismos más profundos de los mares del Norte. Los enmarcaban unas cejas negras y tupidas, acabando de dar en conjunto a aquel rostro una apariencia claramente mefistofélica.

 

El atavío del extranjero era de una severidad austera, en consonancia con él. Su sombrero era negro, flexible y de ala ancha, desprovisto de plumas. Desde los talones hasta el cuello llevaba ropa poco holgada, de tonos sombríos, que no aliviaba aderezo ni joya alguna. Ningún anillo adornaba sus dedos poderosos; ninguna gema parpadeaba en la empuñadura de su estoque, y su larga hoja estaba enfundada en una sencilla vaina de cuero. Sobre su casaca no había botones plateados, ni hebillas brillantes en su calzado.

 

Curiosamente, la triste monotonía de su atavío era rota de manera original y novedosa por un ancho fajín anudado alrededor de la cintura, a la manera de los gitanos. El fajín era de seda elaborada en Oriente, de color verde esmeralda; de él sobresalían la empuñadura de un puñal y las culatas de dos pistolas enormes.

 

La mirada de Hollinster se aventuró sobre aquella aparición extraña, mientras se preguntaba cómo habría llegado hasta allí aquel hombre de tan extraña indumentaria, armado hasta los dientes. Su apariencia hacía pensar en un puritano, pero…

 

—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó Jack de sopetón—. ¿Y cómo es


 

 

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que no os vi hasta que no me dirigisteis la palabra?

 

—Llegué hasta aquí como habría hecho cualquier hombre honesto, joven señor —contestó aquella voz profunda, mientras aquel a quien pertenecía volvía a echarse sobre los hombros su amplia capa negra y se sentaba nuevamente encima de la gran piedra—, andando sobre mis piernas… En cuanto a lo otro… los hombres absortos en sus propios asuntos, hasta el punto de tomar Su nombre en vano, no suelen ver a sus amigos, para vergüenza suya, ni a sus enemigos… para su perdición.

 

—¿Quién sois?

 

—Me llamo Solomon Kane, joven señor, un hombre sin tierra… antaño del condado de Devon.

 

Jack frunció las cejas, inquieto. En algún lugar, váyase a saber por qué motivo, el puritano había perdido, de eso no había duda, el inconfundible acento del Devonshire. A juzgar por su voz, podría provenir de cualquier región del norte o del sur de Inglaterra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¿Habéis viajado mucho, señor?

 

—Mis pasos me han llevado a muchos países lejanos.

 

Una luz se hizo en el interior de Hollinster mientras contemplaba a su extraño compañero con renovado interés.

 

—¿No fuisteis capitán del ejército francés durante algún tiempo, y no estuvisteis en…? —y nombró una ciudad.

 

—En efecto. Mandé una compañía de hombres sin Dios, para mi oprobio, debiera decir, aunque la causa fue justa. En el saqueo de la ciudad que mencionasteis, se llevaron a cabo grandes y numerosas infamias con el pretexto de la causa, y mi corazón sufrió gran congoja… Desde entonces han pasado muchas cosas y he conseguido ahogar en el mar algunos malos recuerdos…

 

»Y hablando del mar, joven, ¿qué sabéis de ese barco que no hace más que acercarse y alejarse de la costa desde que ayer amaneciera?

 

Y apuntó hacia el mar con uno de sus delgados dedos. Jack hizo un movimiento de negación con la cabeza.

 

—Se mantiene muy lejos. Nada sé de él.

 

Los ojos sombríos sondearon los suyos, y Hollinster no puso en duda que aquella fría mirada fuese capaz de franquear grandes distancias y distinguir sobre el costado


 

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de un buque hasta su nombre. Con aquellos ojos extraños todo era posible. —Realmente está demasiado lejos para poder ver algo —dijo Kane—, pero por la

 

disposición del mástil creo que lo reconozco. Nada me gustaría más que encontrarme con el capitán de ese barco.

 

Jack no dijo nada. No había ningún puerto por la región, pero, con buen tiempo, un barco podía acercarse a la costa y anclar al otro lado del arrecife. Quizás aquel barco fuese de unos contrabandistas. Siempre se había dado a lo largo de aquella costa alejada mucho comercio ilegal, ya que los oficiales de aduanas no solían aparecer con frecuencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¿Habéis oído hablar de un tal Jonas Hardraker, a quien se conoce con el sobrenombre de El Halcón Pescador?

 

Hollinster tuvo un sobresalto. Aquel nombre siniestro era conocido en todas las costas del mundo civilizado, y en otras muchas del que no lo era, pues quien lo llevaba era temido y aborrecido en muchos mares, ya fuesen fríos o cálidos. Jack intentó leer el rostro del extranjero, pero aquellos ojos soñadores eran inescrutables.

 

—¿El pirata sanguinario? La última vez que oí hablar de él, se decía que navegaba por el Caribe.

 

Kane asintió.

 

—Las mentiras viajan más deprisa que un buen barco. El Halcón Pescador navega por donde lo hace su barco, y dónde está su barco… eso es algo que sólo sabe Satanás, su amo.

 

Se levantó y se cubrió mejor con la capa.

 

—Por caminos ciertamente singulares, el Señor ha conducido mis pasos hasta muchos lugares extraños —dijo, sombrío—. Algunos fueron buenos, pero la mayoría abyectos; en ocasiones me parecía que vagaba sin propósito ni guía, pero siempre que buscaba con más ahínco acababa por descubrir algún sentido. Aprended esto, joven, que, aparte de los fuegos del Infierno, no hay fuego más ardiente que la llama azul de


 

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la venganza, que, sin descanso, quema el corazón de un hombre día y noche, hasta que se apaga con sangre.

 

»En anteriores ocasiones me he visto obligado a aliviar a algunos hombres malvados del fardo de sus vidas… En verdad, el Señor es mi bastón y mi guía, y tal parece que haya dejado un enemigo a mis cuidados.

 

Y diciendo esto, Kane se fue con su larga zancada de felino, mientras Hollinster, con la boca abierta y sin saber qué pensar, veía cómo se alejaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II. Alguien llega por la noche

 

Jack Hollinster se despertó de un sueño poco profundo, poblado de pesadillas. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. Todavía no había salido la luna, pero en la ventana, contra la luz de las estrellas, se recortaba la negrura de una cabeza y de unos hombros. Un susurro de advertencia llegó hasta sus oídos como el silbido de una serpiente.

 

Desenvainando su espada de la funda que colgaba de una de las patas de la cama, Jack se levantó y se acercó a la ventana. Un rostro barbado, con dos ojillos chispeantes le miraba; el hombre respiraba profundamente, como si hubiese corrido mucho.

 

—¡Coge la espada, muchacho, y sígueme! —dijo, en un susurro acuciante—. ¡Se la ha llevado!

 

—¿Qué dices? ¿Quién se ha llevado a quién?

 

—¡Sir George! —dijo aquel susurro, subiendo de tono—. Le envió un escrito con tu nombre, diciéndole que fuese hasta Las Rocas, y sus esbirros la han cogido y…

 

—¿A Mary Garvin?

 

—¡Es la verdad, señor!

 

La habitación le dio vueltas. Había esperado que le atacasen a él; no había supuesto que la villanía de sir George fuese tan grande que se atreviese a raptar a una joven indefensa.

 

—¡Que su negra alma se pudra en los Infiernos! —masculló entre dientes, mientras se vestía—. ¿Dónde está ella ahora?

 

—Se la llevaron a la casa, señor.

 

—¿Y tú quién eres?

 

—Sólo soy el pobre Sam, el que atiende el establo que está junto a la taberna. Vi


 

 

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cómo se la llevaban.

 

Ya vestido, y con la espada desnuda en la mano, Hollinster se deslizó por la ventana.

 

—Te estoy muy agradecido, Sam —dijo—. Si vivo, siempre lo recordaré.

 

Sam hizo una mueca, que dejó al descubierto sus dientes podridos y amarillentos. —Iré contigo, mi señor; tengo uno o dos asuntos que arreglar con sir George —y

 

enarboló un feo garrote.

 

—Entonces vámonos. Iremos directamente a casa de ese cerdo.

 

* * *

 

La mansión de sir George Banway, una antigua casa señorial en la que vivía solo, con excepción de un puñado de criados malencarados y bastantes más esbirros de peor facha, se levantaba a dos millas del pueblo, cerca de la playa, pero en dirección opuesta a la que Jack había seguido en su caminata de la víspera. Era un gran edificio sombrío, que necesitaba algunas reparaciones, por ejemplo en el revestimiento de madera de roble, manchado por los años. De la casa se decían muchas cosas, y sólo los crápulas y los rufianes del pueblo que gozaban de la confianza de su inquilino habían puesto un pie en ella. No la rodeaba ninguna valla, sólo unas cuantas hayas en mal estado y unos pocos árboles desperdigados. Los páramos corrían por detrás de la casa; la fachada que daba a una cinta de playa arenosa, de unas doscientas yardas de ancho, se extendía entre la casa y el arrecife batido por las olas. Las rocas que se encontraban exactamente enfrente de la casa, al borde del agua, eran inusualmente altas, desnudas y erosionadas. Se decía que bajo ellas había unas cuevas muy raras, pero eso era algo que nadie había comprobado personalmente, ya que sir George consideraba aquella zona de la playa propiedad privada suya y porque, además, tenía la costumbre de disparar su mosquete a quienes mostrasen excesiva curiosidad al respecto.

 

Mientras Jack Hollinster y su extraño partidario proseguían su avance a través de la humedad del páramo, no se veía ninguna luz en la casa. Una ligera bruma había ocultado prácticamente todas las estrellas, de suerte que la enorme construcción oscura se recortaba sombría y ominosa, rodeada de fantasmas tenebrosos que se inclinaban sobre ella, las hayas y los demás árboles. Hacia el mar, todo aparecía velado por un sudario gris; en cierta ocasión, a Jack le pareció escuchar el tintineo apagado de la cadena de un ancla. Se preguntó si un barco podría anclar al otro lado de la peligrosa línea de rompientes. El mar gris gemía incesantemente, como un monstruo dormido en medio de su sueño.

 

—Las ventanas, señor —dijo Sam, con un susurro feroz—. Ha debido apagar las luces, pero seguro que está al acecho.

 

Prosiguieron su avance silencioso hasta la casa rodeada de sombras. Jack tuvo


 

 

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tiempo de extrañarse por la aparente falta de vigilancia. ¿Tan seguro de sí mismo estaba sir George, que no se había tomado la molestia de apostar centinelas? ¿O es que estos habían descuidado su obligación y se habían quedado dormidos? Con mucha precaución, probó con una ventana. Aunque parecía cerrada, se abrió con sorprendente facilidad. Una sospecha cruzó por su mente, tan rápida como el rayo… ¡todo había sido demasiado fácil! Se volvió en el momento preciso en que el garrote de Sam caía sobre él. No tuvo tiempo de atacar o de esquivar. Incluso en aquel instante fugaz, pudo ver un brillo de triunfo en aquellos ojillos… y el mundo voló hecho añicos a su alrededor, y todo fue una negrura absoluta.

 

 

 

III. La Muerte camina esta noche

 

Jack Hollinster fue recobrando poco a poco el conocimiento. Un resplandor rojizo saturaba su vista, haciéndole parpadear continuamente. La cabeza le dolía hasta producirle náuseas, y aquel resplandor le hacía daño en los ojos. Los cerró, con la esperanza de que desapareciese, pero aquella radiación implacable atravesó sus párpados… y llegó hasta el cerebro, que no dejaba de palpitar, o eso le pareció. Una confusa mezcolanza de voces llegaba débilmente hasta sus oídos. Intentó llevarse una mano a la cabeza, pero no pudo moverse. Entonces todo le vino de golpe y fue plena y dolorosamente consciente de ello.

 

Estaba atado de pies y manos, y yacía sobre un suelo oscuro y sucio. Se encontraba en una amplia bodega, llena hasta el techo de toneles rotos y de barriles y barriletes oscuros y manchados de materias viscosas. El techo de la bodega era muy alto, sostenido por pesadas vigas de roble. De una de ellas pendía una linterna, de la que emanaba el resplandor que tanto daño le hacía en los ojos. Aquella luz iluminaba la bodega, llenando sus rincones de sombras vacilantes. Una especie de piedra de grandes peldaños se elevaba de uno de los extremos de la bodega, y un pasadizo sombrío salía del otro.

 

En la bodega había muchos hombres; Jack reconoció los rasgos sombríos y burlones de Banway, el rostro del traidor Sam subido de color por el vino, y los de dos o tres canallas que repartían su tiempo entre la casa de sir George y la taberna del pueblo. A los demás, unos diez o doce hombres, no los conocía. No había duda de que todos eran gente de mar; hombres fuertes de pelo en pecho, con anillos en las orejas y en la nariz y pantalones manchados de alquitrán. Pero sus tocados eran inusuales y grotescos. Algunos llevaban pañuelos de colores chillones alrededor de la cabeza, y todos estaban armados hasta los dientes. Podía ver chafarotes, con grandes guardas de latón, así como puñales de empuñadura enjoyada y pistolas con nielados de plata. Aquellos hombres jugaban a los dados, bebían y juraban con terribles blasfemias, mientras sus ojos relucían espantosamente bajo la luz de la linterna.


 

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¡Piratas! Realmente aquellos individuos con tan extraños contrastes de elegancia y rufianería no podían ser honestos marineros. Llevaban pantalones manchados de alquitrán y camisas de marinero, pero también fajines de seda alrededor de la cintura; iban sin medias, pero muchos calzaban zapatos con hebillas de plata, y de oro eran los pesados anillos que adornaban sus dedos. Grandes gemas relucían sobre los numerosos aros de oro que les servían de pendientes. No llevaban encima ningún cuchillo de marino honesto, sino costosas dagas españolas e italianas. Su ramplonería, sus rostros feroces, sus modales salvajes y blasfemos denotaban en ellos el origen de su sangriento comercio.

 

Jack se acordó del barco que había visto antes de la puesta de sol y del tintineo de la cadena del ancla entre la bruma. Recordó de repente a ese hombre extraño, Kane, y pensó en sus palabras. ¿Sabía que aquel barco estaba lleno de bucaneros? ¿Cuál era su relación con aquellos hombres feroces? ¿No sería su puritanismo una máscara para ocultar sus siniestras actividades?

 

Un hombre que jugaba a los dados con sir George se volvió súbitamente hacia el cautivo. Era alto, fuerte y de anchos hombros… el corazón le dio un brinco a Jack. Después se recuperó. Al primer vistazo había pensado que aquel hombre era Kane, pero después pudo comprobar que el bucanero, aunque parecido en líneas generales al puritano, era su antítesis en muchos aspectos. Sus ropas no eran excesivas, pero sí chillonas, y se adornaba con un fajín de seda, hebillas de oro y borlas sobredoradas. Su ancho cinturón estaba erizado de empuñaduras de dagas y de culatas de pistolas, que relucían por sus joyas. Un largo estoque, resplandeciente por sus gemas y sus nielados de oro, pendía de un rico tahalí, finamente trabajado. De cada uno de los aros de oro que adornaban sus orejas colgaba un chispeante rubí rojo, cuyo brillo carmesí contrastaba extrañamente con el oscuro rostro de quien lo llevaba.

 

Era delgado, de rasgos de halcón, y cruel. Coronaba la frente alta y estrecha un tricornio que el pirata llevaba calado hasta unas cejas negras, pero no lo suficiente para ocultar el pañuelo de colores chillones que cubría su cabeza. A la sombra del tricornio, un par de fríos ojos grises se movían inquietos, con cambiantes estallidos de luz y de sombra. Una nariz tan estrecha como la hoja de un cuchillo se curvaba sobre la sutil hendidura que era su boca, y el cruel labio superior aparecía adornado por unos bigotes largos y lacios, similares a los que usaban los mandarines manchúes.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Jo, George, nuestro huésped se despierta! —exclamó aquel hombre, imprimiendo un cruel latigazo de sorna a sus palabras—. ¡Por Zeus, Sam, creía que le habías administrado correctamente la dosis, pero debe tener una mollera más dura de lo que pensábamos!

 

Los piratas cesaron en sus juegos y miraron hacia Jack, ya fuese con curiosidad o con burla. El rostro de sir George se ensombreció y señaló su brazo izquierdo, donde bajo la manga remangada de su camisa de seda podía verse un vendaje.

 

—Estabas en lo cierto, Hollinster, cuando dijiste que en nuestro próximo encuentro no estaría presente ningún magistrado. Sólo que ahora me parece que será tu repugnante piel la que lo sufra.

 

—¡Jack!

 

Mucho más que las intimidaciones de Banway, aquella voz que fue acallada al momento le hirió como un cuchillo. Jack, con la sangre helándosele en las venas, se retorció frenéticamente hacia un costado y estiró el cuello, consiguiendo ver algo que a punto estuvo de pararle el corazón. Una joven estaba encadenada a un gran grillete hincado en un soporte de roble… una joven arrodillada en el frío y húmedo suelo, que tendía sus brazos hacia él, pálido el rostro, los ojos dilatados de espanto, los dorados bucles en desorden…

 

—¡Mary! ¡Oh, Dios mío…! —la exclamación brotó de los angustiados labios de Jack. Un coro de brutales carcajadas acogió sus frenéticas palabras.

—¡Echemos un trago por nuestro par de enamorados! —rugió el tipo alto, el capitán de los piratas, alzando un vaso espumeante—. ¡Bebamos a su salud, compañeros! Pero me parece que nuestra compañía no le agrada. ¿Quizá preferirías estar a solas con esa jovencita, eh, chaval?

 

—¡Maldito seas, cerdo asqueroso! —le espetó Jack, poniéndose en cuclillas con un esfuerzo sobrehumano—. ¡Cobardes, infames, viles, diablos sin sangre en las venas! ¡Oh, dioses del Infierno… si tuviese libres las manos! ¡Soltadme, si es que entre todos vosotros aún queda algo de humanidad! ¡Soltadme y retorceré vuestros cuellos de cerdo con las manos desnudas! ¡Y si no os convierto en carroña de chacales… entonces motejadme de flojo y de cobarde!

 

—¡Por Judas! —exclamó uno de los bucaneros, con admiración—. ¡El tío es capaz de sujetarse las tripas en una situación como esta! ¡Vaya retahíla de palabras, no he tenido más remedio que agacharme! ¡Arrancadme si queréis los ojos y el hígado, capitán, pero no…!

 

—Cállate —le interrumpió rudamente sir George, pues el odio le roía el corazón como una rata—. Hollinster, malgastas tu saliva. No me enfrentaré a ti esta vez con una hoja desnuda. Tuviste tu oportunidad y no la aprovechare. Ahora lucharé contra ti con armas más en consonancia con tu rango y condición. Nadie sabe adonde fuiste, ni con qué fin. Ni nadie lo sabrá jamás. El mar ha ocultado cuerpos mejores que el tuyo,


 

 

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y lo seguirá haciendo después de que tus huesos hayan vuelto al fango del fondo del mar. En cuanto a ti —se volvió hacia la joven horrorizada que no hacía más que sollozar e implorar a sus verdugos—, permanecerás algún tiempo conmigo, en mi casa. En esta misma bodega, presumiblemente. Y cuando me haya cansado de ti…

 

—Mejor que te hayas cansado de ella cuando esté nuevamente de vuelta, dentro de dos meses —le interrumpió el capitán pirata, con una especie de demoníaca jovialidad—. Si esta vez tengo que llevar un cadáver en el barco —¡bien sabe Satanás que es un cargamento que no me agrada!—, la próxima vez me gustaría embarcar un pasaje más agradable.

 

Sir George tuvo una sonrisa torva.

 

—Que así sea. En dos meses será tuya… a menos que tenga la suerte de morir antes. Zarparás exactamente antes de la aurora, con un saco que contendrá la roja ruina de lo que antes fuera un hombre… ¡Hollinster, después de que haya acabado con él!… y lo arrojarás por la borda en alta mar, para que la marea no lo devuelva a la costa. ¿Entendido?… y dos meses después podrás volver por la joven.

 

* * *

 

Al escuchar tan espantosos preparativos, a Jack por poco no se le parte el corazón.

 

—Mary, amada mía —dijo, con voz débil—, ¿cómo viniste a parar aquí?

 

—Un hombre me llevó una misiva —explicó entre susurros, demasiado asustada para hablar alto—. Había sido escrita por alguien que debió imitar tu caligrafía y firmar con tu nombre. Decía que habías sido herido y que me esperabas en Las Rocas. Fui hasta ellas; esos hombres me atraparon y me condujeron hasta aquí a través de un largo túnel.

 

—¡Lo que yo te había dicho, jefe! —exclamó el hirsuto Sam, con una alegría perversa—. ¡Confía en el viejo Sam para engañarlos! ¡Y él vino, tan dócil como un corderito! ¡Oh, fue una trampa poco corriente… lo mismo que él, que es un necio poco corriente!

 

—¡Un momento! —dijo un pirata moreno de piel, delgado y de aspecto saturnal, evidentemente, el primer oficial—. Ya hemos corrido demasiado peligro al fondear en esta bahía y dejar en ella el botín. ¿Qué pasaría si encontrasen a la joven y ella lo contase todo? ¿Dónde encontraríamos a este lado del canal otro mercado parecido para pasar lo que sacamos de nuestras actividades en el mar del Norte?


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sir George y el capitán se rieron.

 

—Tranquilízate, Allardine. Siempre has sido un tipo melancólico. Pensarán que la chica y el muchacho se fugaron juntos. El padre de ella está en contra de él, según dice George. Nadie de la gente del pueblo volverá a verlos o a oír hablar de ellos. Te sientes abatido porque calamos demasiado lejos de las costas de América. Ten confianza, hombre, ¿no hemos atravesado antes el canal, y no hemos capturado en el Báltico barcos mercantes, delante de las mismísimas narices de las naves de guerra que los escoltaban?

 

—Puede que tengáis razón —rezongó Allardine—. Pero me sentiré más seguro cuando haya dejado bien atrás estas aguas. Los días de la Hermandad tocan a su fin por estas latitudes. Mejor estamos en el Caribe. Siento el mal en los huesos. La muerte merodea a nuestro alrededor como una nube negra, y no veo ningún claro para mirar a través de él.

 

Los piratas se removieron, incómodos.

 

—Ya basta, hombre, ese tipo de comentarios trae mala suerte.

 

—Peor suerte es tener como lecho el fondo del mar —contestó el otro, con aire sombrío.

 

—¡Anímate! —exclamó el capitán, riéndose, mientras daba una fuerte palmada en la espalda de su abatido lugarteniente—. ¡Echate un trago de ron a la salud de la novia! Estoy de acuerdo contigo en que el sitio donde hemos fondeado, el Muelle de la Ejecución, no suena nada bien, pero dentro de poco estaremos lejos de él, con viento a favor. ¡Bebe por la novia! La de George y la mía… aunque la muy golfa no parece loca de alegría…

 

—¡Escuchad! —la cabeza del segundo se estiró de pronto—. ¿No habéis oído de repente un grito apagado?

 

Se hizo el silencio mientras todas las miradas se dirigían hacia la escalera y los pulgares acariciaban furtivamente el filo de las espadas. El capitán encogió con impaciencia sus poderosos hombros.

 

—No he oído nada.

 

—Yo sí. Un grito, y después un cuerpo que caía… os lo aseguro. La Muerte camina esta noche…

 

—Allardine —dijo el capitán, con una especie de cólera reprimida, mientras daba unos golpecitos en el cuello de una botella—, cada vez te pareces más a una vieja a punto de diñarla, que se asusta de las sombras. ¡Fíate de mí! ¿Me has visto asustado


 

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alguna vez o preocupado por algo?

 

—Mejor haríais en estar más atento a lo que os rodea —contestó el otro, sin ocultar su franqueza ni abandonar su aire siniestro—. Estar apurando continuamente la suerte… mientras un lobo humano os sigue la pista de día y de noche, como a vos… ¿o es que habéis olvidado el mensaje que os envió hará ahora dos años?

 

—¡Bah! —el capitán se rio y se llevó la botella a los labios—. El rastro es demasiado complicado incluso para…

 

Una sombra negra cayó sobre él, la botella se deslizó y se estrelló en el suelo. Como si hubiese tenido una premonición, el pirata palideció y se volvió lentamente. Todos los ojos se dirigieron hacia la escalera de piedra que bajaba hasta la bodega. Nadie había oído ninguna puerta abrirse o cerrarse, pero allí, en los escalones, había un hombre alto, vestido todo de negro, con excepción de un fajín de color verde brillante que ceñía su talle. Bajo sus espesas cejas oscuras, sobre las que caía la sombra de un sombrero de ala baja, los ojos helados refulgían como el hielo que espejea. En cada mano llevaba amartillada una pistola de gran calibre. Era… ¡Solomon Kane!

 

 

 

IV. La llama se extingue

 

—¡No te muevas, Jonas Hardraker! —dijo Kane, con voz átona—. ¡Quieto ahí, Ben Allardine! George Banway, John Harker, Mike El Negro, Bristol Tom… ¡echad las manos hacia adelante! ¡Que nadie toque la espada o la pistola, si no quiere morir al instante!

 

Aunque en la bodega había unos veinte hombres, aquellas negras bocas eran la muerte segura para dos de ellos. Por eso nadie deseó ser el primero en morir y ninguno se movió. Sólo el segundo, Allardine, con el rostro más blanco que una hoja de papel, exclamó, ahogándose:

 

—¡Kane! ¡Lo sabía! ¡La muerte está en el aire cuando él está cerca! ¡Ya te previne hace dos años, cuando te envió ese mensaje, Jonas, y tú te reíste! ¡Te dije que vendría como una sombra y mataría como un fantasma! ¡Los pieles rojas de las Indias Occidentales no son nada comparados con él en astucia! ¡Oh, Jonas, deberías haberme escuchado!


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los sombríos ojos de Kane le escalofriaron, obligándole a guardar silencio.

 

—Tú me conoces de mucho antes, Ben Allardine… Me conoces desde antes de que la Hermandad de los Bucaneros se convirtiese en una banda sangrienta de piratas asesinos. Tuve cierta relación con quien era tu capitán por aquel tiempo, como ambos recordamos… primero en la isla de la Tortuga y después rodeando el cabo de Hornos. Era un hombre malvado, alguien a quien, sin duda, ya habrán devorado los fuegos del Infierno… y a cuyo final contribuí con una bala de mosquete.

 

»En cuanto a mi astucia… es cierto que he vivido en el Darién, donde pude aprender algo de cautela, de destreza en la caza y de estrategia, pero el tipo de pirata al que pertenecéis es el adocenado y no cuesta nada sorprenderle. Los que vigilan fuera de la casa no me vieron mientras me deslizaba amparado en la espesa niebla, y el fiero pirata armado de espada y mosquete que guardaba la puerta de la bodega, ni siquiera se enteró de que yo había entrado en la casa; murió súbitamente y con un breve chillido, como un cerdo apuntillado.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hardraker lanzó una blasfemia y preguntó:

 

—¿Qué has venido a hacer aquí?

 

Solomon Kane le echó una mirada que heló su sangre con la fría certeza de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Algunos de tus hombres me conocen hace tiempo, Jonas Hardraker, a quien llaman El Halcón Pescador —la voz de Kane era monocorde, pero bajo ella subyacía una fría cólera—, y tú bien sabes por qué te he seguido desde la coda de América hasta Portugal y desde Portugal hasta Inglaterra. Hace dos años hundiste un barco en el Caribe, El Corazón Volante, que había salido de Dover. En él iba una joven, la hija de… ¡Bueno, el apellido no importa, no la habrás olvidado! Su padre, un hombre ya mayor, era íntimo amigo mío, y antaño, en muchas ocasiones, a ella la tuve sobre mis rodillas… sin saber que crecería para ser mancillada por tus manos impuras… ¡perro sangriento! Cuando capturasteis el barco, la joven cayó entre tus garras y murió al poco tiempo. La muerte se apiadó de ella más que tú. Su padre, que se enteró de su suerte por los supervivientes de la masacre, enloqueció y en ese estado continúa hasta el día de hoy. Ella no tenía hermanos, no tenía a nadie, salvo a aquel anciano. Nadie para vengarla…

 

—¿Exceptuándoos a vos, sir Galahad? —le interrumpió, sarcástico, El Halcón Pescador.

 

—¡Sí, maldito cerdo sangriento! —rugió Kane, sin que nadie se lo esperase. El estruendo de su poderosa voz estuvo a punto de romper los tímpanos de quienes le escuchaban; los encallecidos piratas se sobresaltaron y se quedaron lívidos. Nada es más espantoso ni terrible que ver a un hombre de nervios helados y férreo control que, de repente, pierde el control y estalla en una llama devoradora de furia asesina. Durante un breve instante, mientras profería violentamente aquellas palabras, Kane fue el espantoso asiento de una pasión primitiva hecha carne. Después, la tormenta pasó en un instante y él volvió a ser el de siempre… tan frío como el helado acero, tan mortal como la cobra.

 

Un negro hocico apuntaba al pecho de Hardraker, mientras el otro amenazaba al

 

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resto de la banda.

 

—Haz las paces con Dios, pirata —dijo Kane, sin levantar la voz—, pues dentro de un instante será demasiado tarde.

 

Entonces, por primera vez en su vida, el pirata retrocedió.

 

—¡Gran Dios! —dijo, tragando saliva, mientras el sudor perlaba su frente—. ¿No me matarás como a un chacal, sin darme una oportunidad?

 

—Eso voy a hacer, Jonas Hardraker —contestó Kane, sin ninguna vacilación en la voz o en su mano de acero—, y con el corazón alegre. ¿No has cometido en este mundo todos los crímenes posibles? ¿No eres una pestilencia para el olfato de Dios y un borrón en los libros de los hombres? ¿Acaso perdonaste a los débiles o te apiadaste de los indefensos? ¿Tendrás miedo del destino que te aguarda, pobre cobarde?

 

Con un esfuerzo terrible, el pirata consiguió recuperarse.

 

—¿Por qué iba a tener miedo? El cobarde no soy yo, sino .

 

Durante un instante, la amenaza y la furia se confabularon para cubrir con una nube aquellos ojos deshielo. Kane pareció reconcentrarse en sí mismo… para preservarse aún más de cualquier contacto humano. Seguía allí en la escalera, como una criatura que meditase… como un gran cóndor negro dispuesto a herir y a matar.

 

—Eres un cobarde —prosiguió el pirata, con temeridad, comprendiendo, pues no era ningún estúpido, que había tocado el único punto débil de la coraza de Kane… el orgullo. Aunque jamás se vanagloriase de nada, Kane sentía un profundo orgullo por el hecho de que nadie le hubiese llamado nunca cobarde, a pesar de todo lo que sus enemigos pudieran decir de él.

 

»Quizá merezca ser muerto a sangre fría —seguía diciendo El Halcón Pescador, sin dejar de vigilarle—, pero si no me das la oportunidad de defenderme, los hombres te llamarán cobarde.

 

—La alabanza o la injuria del hombre no es sino vanidad —dijo Kane, sombríamente—. Y los hombres bien saben si soy o no un cobarde.

 

—¡Pero yo no! —exclamó Hardraker, triunfante—. ¡Y si disparas sobre mí, entraré en la Eternidad sabiendo que eres un vil cobarde, a pesar de lo que los hombres digan o piensen de ti!

 

Aunque Kane fuese un fanático no dejaba de ser humano. Intentó convencerse a sí mismo de que no le importaba lo que aquel desgraciado dijera o pensara, pero en el fondo de su corazón sabía que por profundo que se hallase aquel orgullo del que brotaba su valor, si aquel pirata moría con una mueca de desprecio en los labios, él, Kane, sentiría su escozor durante el resto de sus días. Por eso asintió con talante sombrío.

 

—Así sea. Tendrás tu oportunidad, aunque el Señor sepa que no te la mereces.

 

Elige tus armas.


 

 

 

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Los ojos de El Halcón Pescador se convirtieron en simples fisuras. La habilidad de Kane con la espada era proverbial entre los fuera de la ley y los piratas que vagaban por el mundo. Con las pistolas, Hardraker no tendría ninguna oportunidad de hacer trampas ni de utilizar su fortaleza de hierro.

 

—¡El cuchillo! —exclamó, mientras entrechocaba sonoramente sus fuertes dientes blancos.

 

Kane le miró un instante con aire de pesar, sin que la pistola oscilase lo más mínimo, y el aire de una lúgubre sonrisa se fue dibujando en sus rasgos sombríos.

 

—No está mal; el cuchillo no es, que digamos, un arma de caballero… pero puede dar una muerte que en absoluto es rápida o indolora.

 

Se volvió hacia los piratas.

 

—Arrojad vuestras armas —ordenó.

 

Aunque a regañadientes, todos le obedecieron.

 

—Ahora soltad a la joven y al hombre.

 

También cumplieron aquella orden. Jack estiró sus miembros entumecidos, palpó la herida de su cabeza, que se había convertido en un grumo de sangre seca, y tomó en sus brazos a Mary, que sollozaba.

 

—Dejad salir a la joven —susurró.

 

—No, la cogerían los guardias de fuera de la casa —dijo Kane, negando con la cabeza.

 

E hizo una seña a Jack para que se apartase y se fuese a lo alto de la escalera, llevando a Mary consigo. Entregó sus pistolas a Hollinster, se despojó rápidamente del cinturón que sujetaba su espada y de la casaca, y dejó ambos sobre el primer peldaño. Hardraker hizo lo propio con sus armas y se quito la ropa, quedándose sólo con los pantalones.

 

—Vigílalos a todos —musitó Kane—. Yo me ocuparé de El Halcón Pescador. Si cualquier otro intenta coger un arma, dispara rápido y a la cabeza. Si caigo, huye por la escalera con la joven. ¡Pero mi cráneo arde con la llama azul de la venganza, y venceré!

 

Los dos hombres se acercaron el uno al otro, Kane en camisa y con la cabeza descubierta, Hardraker con su pañuelo multicolor todavía anudado a la cabeza y desnudo de cintura para arriba. El pirata estaba armado con una larga daga turca, cuya punta miraba hacia arriba. Kane esgrimía un puñal que proyectaba hacia delante, como si se tratase de un estoque. Como combatientes experimentados, ninguno de ellos apuntaba hacia abajo su arma, a la manera convencional… que resulta poco ortodoxa y desmañada, salvo en casos especiales.

 

* * *

 

Era una escena extraña, como de pesadilla, iluminada por el siniestro resplandor


 

 

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de la linterna colgada de la viga: el pálido joven que apuntaba desde la escalera con las pistolas, manteniendo tras de sí a la sobrecogida joven, los rostros hirsutos y feroces apostados a lo largo de las paredes, con ojos que relucían con feroz intensidad, el reflejo de aquella luz en las hojas azul oscuro, las dos altas siluetas en el centro, dando vueltas cada una alrededor de la otra, al mismo tiempo que sus sombras, que atacaban y retrocedían, según que las primeras recuperasen terreno o lo cediesen.

 

—Ven y pelea, puritano —le intimó el pirata, que no dejaba de retroceder ante los rápidos avances de Kane—. ¡Piensa en la chica, metomentodo!

 

—¡En ella estoy pensando, desecho del Purgatorio! —dijo Kane, sombrío—. Hay muchos tipos de fuego, escoria, unos más ardientes que otros —¡cuán mortalmente azules relucieron las hojas bajo la luz de la linterna!—, pero, salvo los del Infierno…, todos pueden ser apagados… ¡con sangre!

 

Y Kane atacó como lo habría hecho un lobo. Hardraker paró la estocada que le llegaba de frente y, saltando hacia delante, lanzó un golpe hacia arriba. La punta del puñal de Kane que apuntaba hacia abajo desvió la trayectoria de la hoja de su contrincante; entonces, con un impulso de sus músculos, tan potentes como resortes de acero, el pirata saltó hacia atrás, quedando fuera de alcance. Kane se acercó de nuevo, como las interminables olas, pues siempre llevaba la iniciativa en todos los combates. Golpeó como el rayo hacia cabeza y tórax y, durante un instante, el pirata estuvo demasiado ocupado, parando los golpes que silbaban a su alrededor, para lanzar un ataque. Aquello no podría prolongarse, pues un combate a cuchillo es, forzosamente, breve y mortal. La naturaleza de las armas impide cualquier exhibición prolongada del virtuosismo de la esgrima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hardraker, que estaba esperando su oportunidad, atrapó con una presa de hierro la muñeca de la mano de Kane que aferraba el puñal y, en el mismo instante, asestó una puñalada hacia su vientre. Kane, a costa de un feo corte en la mano, aferró el puño que caía y detuvo la punta de la daga a una pulgada de su cuerpo. Durante un


 

 

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momento ambos permanecieron tan inmóviles como estatuas, mirándose a los ojos y desplegando toda su energía.

 

A Kane no le agradaba aquel estilo de lucha. Hubiera preferido con diferencia el otro que daba la muerte con más rapidez, el estilo propio de la esgrima… saltar adelante y atrás, lanzarse a fondo y parar… donde todo dependía de lo rápidos que fuesen la mano, el pie y el ojo, donde se daban y se recibían golpes abiertos. Pero, dado que, en fin de cuentas, aquello era una prueba de fuerza… ¡tenía que aceptarla!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hardraker ya había comenzado a albergar serias dudas. Jamás había encontrado un hombre que pudiese igualarle en fuerza bruta, pero estaba descubriendo que aquel puritano era tan inamovible como el hierro. Concentró todas sus fuerzas, que eran inmensas, en las muñecas y en sus poderosas piernas. Kane cogía el puñal de manera distinta a la de antes, como resultado de la emergencia que había tenido que solventar. Al principio, Hardraker había obligado a Kane a mantener el puñal hacia arriba. En aquellos momentos, Solomon tenía su arma encima del pecho del pirata, con la punta hacia abajo. Todo su empeño consistía en bajar la mano que retenía su muñeca hasta que pudiese clavar el puñal en el pecho de Hardraker. La mano de El Halcón Pescador que tenía la daga seguía baja, con la punta hacia arriba; luchó contra la mano izquierda de Kane que la retenía, estirando el brazo todo lo que podía para alcanzar el vientre de Kane y destriparlo.

 

De tal suerte se enfrentaron ambos hombres, hasta que sus músculos se contrajeron en torturados nudos a lo largo de sus cuerpos, y el sudor frío corrió por sus frentes. Las venas de las sienes de Hardraker sobresalían tensas como cuerdas. Del corro de hombres que los contemplaban, se elevaban respiraciones entrecortadas, que se escapaban de entre los apretados dientes.

 

Durante un momento, ninguno de los dos disfrutó de ventaja alguna. Después, lenta pero inevitablemente, Kane obligó a Hardraker a retroceder. Las manos unidas en su presa de ambos hombres no cambiaron de posición, pero todo el cuerpo del pirata comenzó a inclinarse. Sus delgados labios se contrajeron en un espantoso rictus que ya no expresaba alegría, sino un esfuerzo sobrehumano. Su rostro parecía la mueca de una calavera, los ojos se le salían de las órbitas. Tan inflexible como la Muerte, la energía de Kane, superior a la suya, iba prevaleciendo. El Halcón Pescador se iba plegando lentamente, como el árbol cuyas raíces se quedan sin tierra, que va cayendo lentamente. Su respiración, entrecortada, se llenaba de silbidos

 

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mientras luchaba con todas sus fuerzas para levantarse, para oponer una resistencia férrea y para recuperar el terreno perdido. Pero seguía inclinándose hacia atrás, pulgada a pulgada, y en poco tiempo, que a todos les pareció que durase horas, su espalda se apoyaba con fuerza contra una de las mesas de madera de roble, y Kane se inclinaba sobre él, como un heraldo del Destino.

 

La mano derecha de Hardraker aún aferraba su daga, y su mano izquierda todavía seguía soldada a la muñeca derecha de Kane. Sin embargo, este, teniendo a raya con su mano izquierda la punta de la daga de Hardraker, conseguía, poco a poco, bajar la suya. Debido al esfuerzo, las venas de sus sienes parecieron a punto de estallar. Pulgada a pulgada, de la misma forma que había obligado a El Halcón Pescador a doblarse hacia atrás y caer encima de la mesa, fue adelantando la mano que tenía el puñal. Los músculos se hinchaban y se retorcían, como atormentados cables de acero, en el brazo izquierdo del pirata, que, lentamente, iba cediendo. Poco a poco, el puñal iba bajando. En ocasiones, El Halcón Pescador conseguía detener su inflexible avance… pero sólo durante unos instantes, pues jamás pudo conseguir que se moviese en sentido contrario, ni aunque fuese una fracción de pulgada. Hizo esfuerzos desesperados con su mano derecha, que todavía sostenía la daga turca, pero la mano izquierda de Kane, cubierta de sangre, no cejó en su presa de acero.

 

La punta implacable del puñal se encontraba en aquellos momentos a dos pulgadas del angustiado pecho del pirata. Los helados y mortales ojos de Kane rivalizaban con el helado frío del azulado acero. De repente, la punta se detuvo, contenida por la desesperación del hombre que se sabía condenado. ¿Qué estaban viendo sus dilatados ojos? En ellos había una mirada lejana y vidriosa, a pesar de que estuviesen concentrados en la punta del cuchillo, que para ellos era el centro del universo. Pero, aparte de eso, ¿qué veían?… ¿Barcos hundiéndose en el negro mar, que se los bebía en medio de un gorgoteo? ¿Pueblos costeros, ardiendo con roja llama, donde gritaban las mujeres y en medio de cuyo rojo resplandor bailaban y blasfemaban unas figuras sombrías? ¿Negros mares, azotados por los vientos e iluminados por los racheados relámpagos de un cielo ultrajado? ¿Humo, llama y roja ruina… formas negras balanceándose en el extremo de las vergas… siluetas retorciéndose y cayendo de una pasarela que sobresale de la borda… una forma blanca de muchacha, cuyos pálidos labios musitan súplicas angustiadas…?


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De los labios cubiertos de baba de Hardraker brotó un grito terrible. La mano de Kane bajó bruscamente… y la punta de su puñal se hundió en el pecho de El Halcón Pescador. Desde la escalera, Mary Garvin volvió el rostro y lo apoyó contra la pared húmeda para no ver… y se tapó los oídos para no oír.

 

Hardraker había dejado caer su daga; intentó soltar su mano derecha para librarse de aquel puñal fatal, pero Kane no aflojó su presa en ningún instante. Sin embargo, el pirata seguía retorciéndose y no soltaba la muñeca de Kane. Enfrentándose a la muerte hasta su amargo final, la seguía conteniendo, y como Kane hacía fuerza para que la punta de su puñal se clavase en el corazón del pirata, este, al no soltar su muñeca, iba acompañándola en el movimiento que la llevaba a clavarse, pulgada a pulgada, en su corazón. Aunque aquella escena hizo que las frentes de todos los que la contemplaban se llenasen de sudor frío, los helados ojos de Kane no pestañearon. También él había visto en su imaginación a una joven indefensa que pedía gracia en vano.

 

Los aullidos de Hardraker aumentaron en intensidad hasta hacerse insoportables, transformándose en un chillido espantoso; no eran los gritos del cobarde que se asusta de la oscuridad, sino el aullido ciego de un hombre en la agonía de la muerte. Cuando faltaba bien poco a la empuñadura del cuchillo de Kane para tocar su pecho, el aullido se convirtió en un horrible gorgoteo estrangulado y él murió. La sangre brotó de los labios del color de la ceniza, y la muñeca que Kane sujetaba con su mano izquierda quedó sin fuerza. Sólo entonces, los dedos de la mano izquierda que apretaban la muñeca de la mano de Kane donde estaba el cuchillo se aflojaron por la muerte que tan neciamente había intentado evitar.

 

* * *

 

El silencio lo cubrió todo como un sudario blanco. Kane extrajo su cuchillo de un tirón, arrastrando un poco de sangre que comenzó a brotar de la herida, pero que cesó al poco tiempo. Mecánicamente, el puritano sacudió la hoja en el aire, para limpiarla de las gotas de sangre que se adherían al acero; y mientras reflejaba la luz de la linterna, a Jack Hollinster le pareció que en ella brillaba una llama azul… una llama


 

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que había sido apagada con sangre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane tendió la mano para coger su estoque. En ese instante, Hollinster, que acababa de vencer su estupor, vio que Sam levantaba rápidamente una pistola y apuntaba con ella al puritano. Verlo y actuar fue todo uno. A la detonación del disparo de Jack fue a unirse el grito de Sam, quien se levantó convulsionándose, al tiempo que su pistola disparaba al aire. Y como se encontraba exactamente debajo de la linterna, al extender los brazos en los estertores de la agonía, el cañón de su pistola chocó contra la linterna y la hizo añicos, sumiendo la bodega en la negrura.

 

En el mismo instante, la oscuridad se llenó de sonidos estridentes y blasfemos. Se volcaron cajas, los hombres tropezaron unos con otros y juraron violentamente, mientras los aceros chocaban entre sí y las pistolas lanzaban su plomo al azar.

 

Alguien aulló, con una blasfemia entre los dientes, lo que mostraba que alguna de aquellas balas, disparadas a ciegas, había encontrado un blanco. Jack tenía cogida a la joven por el brazo y la estaba ayudando a subir a oscuras por la escalera. Entre resbalones y tropezones, llegó hasta arriba y abrió bruscamente la pesada puerta. Una débil luz se filtró por la abertura, por lo que pudo ver que un hombre iba justo detrás de él. Más abajo, había observado un incierto tumulto de siluetas subiendo a gatas los escalones.

 

Hollinster apuntó la pistola que aún seguía cargada de las dos que le diera Kane, y escuchó una voz que le decía:

 

—Soy Kane, joven amigo. Salgamos rápidamente de este lugar con tu dama. Hollinster obedeció, y Kane, saliendo de la bodega tras él, se volvió y cerró

 

violentamente la puerta de roble en las mismísimas narices de la horda aulladora que subía rápidamente las escaleras. La aseguró con una sólida tranca y caminó unos pasos hacia atrás. Al otro lado de la puerta todo fueron aullidos apagados, golpes y disparos, que consiguieron artillar en algunos lugares la madera de la puerta. Pero ninguna de las balas fue capaz de atravesar del todo sus espesas planchas.

 

—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Jack, volviéndose hacia la alta figura del puritano. En aquel momento acababa de darse cuenta de que a sus pies yacía una extraña figura… la de un pirata muerto, con aros en las orejas y pañuelo en la cabeza,


 

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que tenía al lado una espada y un mosquete. Sin duda, el centinela con cuya guardia acabara la silenciosa espada de Kane.

 

Con el pie, el puritano empujó descuidadamente hacia a un lado el cadáver e hizo señas a los enamorados de que le siguieran. Los condujo hacia una corta escalera de peldaños de madera y después, tras pasar por un pasillo oscuro, hasta una habitación ante la cual se detuvo. Aquella estancia estaba iluminada por la gran vela que reposaba sobre una mesa.

 

—Esperadme aquí un momento —rogó—. La mayor parte de esos malvados están encerrados abajo, pero fuera aún quedan guardias… unos cinco o seis hombres. Cuando llegué me deslicé entre ellos, pero ahora que ha salido la luna debemos tener cuidado. Miraré por una de las ventanas que dan afuera e intentaré ver si todavía hay alguno.

 

* * *

 

Después de quedarse a solas en la habitación, Jack miró a Mary con amor y lástima. Aquella noche habría resultado terrible para cualquier muchacha. Y la pobre Mary jamás había sufrido violencias ni ningún tipo de malos tratos. Su rostro estaba tan pálido que Jack se preguntó si el color volvería alguna vez a sus rosadas mejillas. Sus ojos estaban dilatados y atemorizados, aunque expresaron confianza al mirar a su amante.

 

La tomó tiernamente entre sus brazos.

 

—Mary, mi niña… —comenzó a decirle con dulzura. En aquel mismo instante, al mirar por encima de su hombro, ella gritó, con ojos espantosos ante un nuevo terror. Al momento les llegó el chirrido de un picaporte oxidado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hollinster se volvió. Donde antes sólo hubiera un simple lienzo de pared, se había abierto una boca sombría. Ante ella se encontraba sir George Banway, con los ojos llameantes, las ropas en desorden, las pistolas alzadas.

 

Jack echó a Mary hacia un lado y levantó su arma. Los dos disparos sonaron al


 

 

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tiempo. Hollinster sintió que la bala le rozaba la mejilla y le quemaba como la hoja de una navaja al rojo. Un trozo de tela salió volando de la camisa de sir George, quien, sofocando una maldición, cayó al suelo. Pero cuando Jack se volvió hacia la aterrorizada joven, Banway se levantó, titubeando. Bebía el aire a grandes bocanadas, como si le faltase el aliento, pero no parecía herido y sobre su pecho no se apreciaba ninguna mancha de sangre.

 

Estupefacto y extrañado, porque sabía que la bala le había acertado de lleno, Jack se quedó boquiabierto, sosteniendo en su mano la pistola humeante hasta que sir George le tiró al suelo con un violento puñetazo. Hollinster se levantó rabiosamente de un salto, pero, mientras tanto, Banway había capturado a la joven, a la que mantenía cogida con una presa brutal, y entraba de un salto en el hueco, cerrando de golpe la entrada secreta. Solomon Kane, que volvía todo lo deprisa que se lo permitían sus largas piernas, se encontró con un Hollinster que golpeaba y arañaba con los puños una pared desnuda.

 

Unas cuantas palabras entrecortadas, mezcladas con blasfemias espantosas y reproches ardientes contra sí mismo, pusieron a Kane al corriente de la situación.

 

—La mano de Satanás le protege —exclamó el joven, enloquecido—. Le di en mitad del pecho… ¡pero no le hice nada! ¡Oh, qué loco, qué estúpido y qué imbécil he sido…! ¡Me quedé quieto, como una estatua, en vez de lanzarme sobre él y golpearle con el cañón de mi pistola…! ¡Me quedé como un idiota ciego y sordo, mientras que él…!

 

—El idiota soy yo, por no haber pensado que la casa debía de estar llena de pasadizos secretos —dijo el puritano—. Por supuesto que esa puerta secreta ha de conducir a la bodega. No insistas… —Hollinster se disponía a hacer palanca en la pared con el chafarote del pirata muerto que Kane había cogido—. Si consiguiéramos abrir esa puerta y bajar hasta la bodega, o incluso si llegáramos a ella después de abrir la puerta que da a la escalera, los de ahí abajo nos matarían como a conejos, y nuestra muerte no serviría para nada. Mantén la calma durante un momento y atiende:


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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»¿Recuerdas ese pasadizo oscuro que salía de la bodega? Bueno, pues estoy seguro de que debe tratarse de un túnel que conduce a las rocas que bordean la playa. Banway lleva mucho tiempo compinchado con contrabandistas y piratas. Y sin embargo, supongo que jamás nadie vio que entrara o saliera de la casa nada que fuese sospechoso. De lo que se deduce que por fuerza debe haber un túnel que conecta la bodega con el mar. Y también se deduce que esos criminales, junto con sir George — que jamás podrá vivir en Inglaterra después de esta noche—, huirán por el túnel y se dirigirán al barco. Así que vamos a la playa a encontrarnos con ellos a medida que vayan saliendo.

 

—¡Entonces démonos prisa, en nombre de Dios! —suplicó el joven, secándose el sudor frío de la frente—. ¡Una vez a bordo de aquel navío infernal, no volveremos a ver a Mary!

 

—Tus heridas sangran de nuevo —murmuró Kane, echándole una mirada inquieta.

 

—No importa. ¡Vayámonos, por el amor de Dios!

 

 

 

V. Voy hacia el amanecer

 

Hollinster siguió a Kane, quien se dirigió hacia la puerta de la fachada principal de la casa, la abrió y salió precipitadamente por ella. La niebla había desaparecido, y la luna brillaba en el cielo, mostrando las negras rocas de la playa, doscientas yardas delante; detrás de ellas, el navío, de apariencia maligna, oscilaba, sujeto por el ancla, al otro lado de la espumeante línea de rompientes. De los guardias de fuera de la casa no había ni uno, ya fuese porque se alarmaran al oír ruido en el interior de la casa y salieran huyendo, porque recibieran alguna orden, o porque se les hubiese ordenado volver a la playa a una hora determinada… lo cierto es que Kane y Jack jamás supieron el motivo ni vieron a nadie. A lo largo de la playa, las rocas se levantaban negras y siniestras, como casas destartaladas y lúgubres, disimulando lo que pudiera estar ocurriendo sobre la arena que se encontraba al borde del agua.

 

Los dos camaradas recorrieron a la carrera, en muy poco tiempo, el espacio que los separaba de ella. Kane no mostraba signos de fatiga que dieran a entender que acababa de librar un terrible combate a vida o muerte. Parecía que estuviese hecho de resortes de acero, pues aquella carrera extra de doscientas yardas no tuvo ningún efecto sobre sus nervios o su respiración. Pero Hollinster no hacía más que tropezar mientras corría. Estaba muy débil por las preocupaciones, la excitación y la pérdida de sangre. Sólo su amor por Mary y una fría determinación le mantenían en pie.

 

Mientras se acercaban a Las Rocas, como las llamaban por la comarca, un ruido de voces roncas les aconsejó ser precavidos en sus movimientos. Hollinster, presa del delirio, quiso cruzar por encima de las rocas y caer sobre quienes se encontraban al


 

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otro lado, pero Kane se lo impidió. Continuaron su avance juntos, agachados todo el rato sobre el terreno; al llegar a un saliente rocoso, se asomaron a él, reptando sobre el vientre, y miraron hacia abajo.

 

La claridad lunar les permitió ver que los bucaneros, a bordo de su navío, se disponían a levar anclas.

 

Debajo de ellos se encontraba un pequeño grupo de hombres. Una barca llena de malhechores se dirigía hacia el buque, mientras otra esperaba para partir. Sus ocupantes, que empuñaban los remos, comenzaban a dar muestras de impaciencia mientras sus jefes discutían en la playa. Era evidente que la fuga por el túnel había sido realizada sin pérdida de tiempo. Si sir George no se hubiese entretenido para capturar a la joven en un golpe de mano afortunado, por aquel entonces todos los piratas se hubieran encontrado a bordo. Quienes los espiaban pudieron ver la pequeña cueva que se abría al mover una gran piedra que tapaba la boca del túnel.

 

Sir George y Ben Allardine estaban frente a frente, enzarzados en una violenta discusión. Mary, atada de pies y manos, se encontraba a sus pies. Nada más verla, Hollinster intentó levantarse, pero la mano de acero de Kane se lo impidió.

 

—¡Me llevo la chica a bordo! —decía la voz airada de Banway.

 

—¡Y yo digo que no! —fue la ronca respuesta de Allardine—. ¡De esto no saldrá nada bueno! ¡Fíjate! ¡Ahora Hardraker yace bañado en sangre dentro de la bodega, por culpa de la chica! ¡Las mujeres siempre son causa de disputas y tensiones entre los hombres…! ¡Sube esa golfa a bordo y tendremos una docena de gaznates rajados antes de que salga el sol! Córtale aquí mismo la garganta, te digo, y…

 

Hizo un ademán señalando a la joven. Sir George apartó la mano y desenvainó su estoque, pero Jack no esperó hasta entonces, porque soltándose de la mano de Kane que le retenía, se puso en pie de un brinco y saltó temerariamente del saliente. Al verle, los piratas de la barca gritaron al unísono, y pensando, según todas las evidencias, que eran atacados por un grupo más nutrido, se afanaron en los remos, dejando al segundo y al patrón del navío que se enfrentaran solos a su propio destino.

 

Hollinster, aunque cayó de pie sobre la blanda arena, tuvo que arrodillarse para no perder el equilibrio, a causa del impacto; levantándose de un salto, cargó contra los dos hombre que le miraban boquiabiertos. Allardine se derrumbó, con el cráneo partido en dos, antes de que pudiese levantar su acero, pero sir George pudo parar el segundo de sus feroces golpes.

 

Un chafarote resulta incómodo y nada apropiado para realizar un trabajo rápido y limpio. Jack había probado su superioridad sobre Banway con una hoja recta y ligera, pero no estaba acostumbrado a aquella pesada arma curva; además se sentía débil y cansado, mientras que Banway se hallaba fresco.

 

No obstante, durante unos pocos segundos, Jack obligó al aristócrata a permanecer a la defensiva, debido a la tremenda furia de sus asaltos… después, a


 

 

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pesar de todo su odio y determinación, comenzó a desfallecer. Banway, con una fría sonrisa en su sombrío rostro, le alcanzó una y otra vez, en mejillas, pecho y piernas… No eran heridas profundas, sino arañazos que escocían y, sobre todo, sangraban, empeorando su estado general de debilidad.

 

Sir George fintó hábilmente y lanzó el golpe definitivo. Pero su pie resbaló en la arena suelta y perdió el equilibrio, lo que le hizo romper la guardia y lanzar cuchilladas al aire. Jack, viendo aquella oportunidad, a pesar de la sangre que casi le cegaba, hizo acopio de fuerzas y las concentró en un último ataque desesperado. Saltó hacia adelante y golpeó de lado. El filo alcanzó el cuerpo de sir George a medio camino entre la cadera y la axila. Aquel golpe habría bastado para abrirle en canal, pero en lugar de ello la hoja se partió como si fuera de vidrio. Jack, aturdido, retrocedió titubeando, mientras la empuñadura inservible resbalaba de sus manos inertes.

 

Sir George se recobró y atacó con un feroz grito de triunfo. Pero mientras la hoja cantaba al hender el aire, derecha hacia el indefenso pecho de Jack, una gran sombra se interpuso entre ambos combatientes. La hoja de Banway fue desviada hacia un lado con increíble facilidad.

 

Hollinster se alejó, arrastrándose como una serpiente con las vértebras rotas, y vio a Solomon Kane irguiéndose, como una nube negra, por encima de sir George Banway, mientras el largo estoque del puritano, tan inexorable como el destino, obligaba al aristócrata a ceder terreno y a parar desesperadamente sus golpes.

 

* * *

 

Bajo la luz de la luna, que rielaba de plata las largas hojas que volaban, Hollinster siguió el combate, mientras se inclinaba sobre la joven desvanecida e intentaba quitar, con manos débiles y desmañadas, sus ligaduras. ¿No había oído hablar de la notable esgrima de Kane?… Pues iba a tener ocasión de verla por sí mismo. Como un apasionado incondicional de la esgrima que era, no tardó en lamentar que el contrincante de Kane no demostrase mayor habilidad.

 

Pues aunque sir George fuese un excelente espadachín y se hubiese hecho un nombre como duelista, Kane simplemente jugaba con él. Además de contar a su favor con la ventaja que le daban estatura, peso, fuerza y envergadura, Kane poseía otras más… destreza y velocidad. A pesar de su tamaño, era más rápido que Banway. En lo concerniente a la destreza, el aristócrata era un novicio, comparado con él. Kane luchaba con una economía y una falta de ardor que robaban a su juego algo de vistosidad… No hacía amplias paradas espectaculares o arremetidas capaces de quitar el aliento. Pero cada movimiento que realizaba era el correcto; jamás era cogido en falta, jamás se excitaba… era una combinación de hielo y acero. Tanto en Inglaterra como en el continente, Hollinster había conocido a espadachines más fogosos y


 

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brillantes que Kane, pero jamás a ninguno que fuese tan perfecto desde el punto de vista de la técnica, tan astuto y tan letal como el puritano de elevada estatura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estaba seguro de que Kane podría haber traspasado a su adversario desde el primer momento, pero que aquella no era la intención del puritano. Se mantenía cerca de él, amenazando constantemente su rostro con la punta de su espada. Mientras obligaba al joven aristócrata a permanecer a la defensiva, comenzó a hablarle con voz tranquila y desprovista de pasión, sin dejar de batirse ni un segundo, como si lengua y brazo trabajasen independientemente.

 

—No, no, joven señor, no tenéis necesidad de exponer así vuestro pecho. Vi la hoja de Jack romperse contra vuestro flanco y no arriesgaré mi acero, por flexible y resistente que sea. Bien, bien, no os avergoncéis, señor. Yo también he llevado en ocasiones una malla de acero bajo la camisa, aunque dudo que fuese tan recia como la vuestra, al punto de desviar una bala disparada tan de cerca. Sin embargo, el Señor en su infinita justicia y misericordia hizo al hombre de tal suerte que no todos sus órganos quedaran encerrados en su pecho. Tened la amabilidad de ser más diestro con el acero, sir George; me avergonzaría mataros… pero, a decir verdad, cuando un hombre pisa una serpiente nunca se preocupa de lo que mide.

 

Aquellas palabras fueron pronunciadas con tono serio y sincero, y no sardónico. Jack comprendió que Kane no quería que pareciesen bravatas. Sir George era pálido de rostro; en aquellos momentos, a la luz de la luna, se le había puesto de color ceniza. El brazo le dolía de cansancio y le pesaba como el plomo; sin embargo, aquel enorme demonio vertido de negro le acosaba más que nunca, consiguiendo, con facilidad sobrehumana, que sus esfuerzos más desesperados acabaran convirtiéndose en humo.

 

Repentinamente, la frente de Kane se ensombreció, como si tuviese que realizar alguna labor ingrata y quisiese hacerla cuanto antes.

 

—¡Basta! —exclamó, con aquella voz suya tan vibrante, que helaba de miedo y daba escalofríos a quienes la oían—. ¡Las hazañas infaustas… deben ser hechas cuanto antes!


 

 

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Lo que entonces sucedió fue demasiado rápido para poder ser apreciado a simple vista. Hollinster jamás había puesto en duda que la esgrima de Kane pudiera ser brillante cuando él lo desease. Atisbó el relampagueante rastro de una finta, a la altura del muslo… un vendaval súbito y cegador de brillante acero… y sir George Banway quedó muerto a los pies de Solomon Kane, sin un solo espasmo. Un tenue hilillo de sangre rezumaba de su ojo izquierdo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Entró en el cerebro a través del globo ocular —dijo Kane, con aire triste, limpiando la punta de su espada, donde brillaba una gota de sangre—. No se enteró de lo que le pasaba; ha muerto sin sufrir. ¡Quiera Dios que los demás conozcamos una muerte tan dulce! Pero siento pesado el corazón en lo más hondo de mi pecho, pues era poco más que un joven, aunque habitado por el Maligno, y no era mi igual con la espada. No dudo que cuando llegue el Día del Juicio Final, el Señor elegirá entre él y yo.

 

Mary, que acababa de recobrar el conocimiento, sollozaba entre los brazos de Jack. Un extraño fulgor se estaba extendiendo sobre la región; Hollinster escuchó un crujido característico.

 

—¡Mirad! ¡La mansión está ardiendo!

 

Las llamas brotaban del oscuro tejado de la casa señorial de los Banway. Los piratas que huían habían prendido fuego a la casa, que ardía por sus cuatro costados, haciendo palidecer la claridad lunar. El mar espejeaba siniestramente, bajo el relumbrón escarlata, y el barco pirata que se dirigía a mar abierto parecía cabalgar sobre un mar de sangre. Sus velas se volvieron rojizas al reflejar el arrebol del cielo.

 

—¡Navega sobre un océano de sangre! —exclamó Kane, mientras afloraban en él su superstición latente y su vena poética—. ¡Navega en el horror y sus velas son brillantes por la sangre! ¡La muerte y la destrucción van tras él y, más atrás, el Infierno! ¡Roja será su ruina y negra su condenación!

 

Después, cambiando súbitamente de talante, el fanático se inclinó hacia Jack y la joven.

 

—Me gustaría curar tus heridas y vendarlas, amigo —dijo, cortésmente—, pero


 

 

 

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no creo que sean serias. Oigo el golpeteo de los cascos de muchos caballos a través de los páramos: han de ser vuestros amigos y no tardarán en llegar. Al acabar la tarea vuelven de nuevo la fortaleza, la paz y la felicidad.

 

Quizá después de esta noche de horror vuestros caminos corran más rectos. —¿Pero quién sois vos? —preguntó la joven, acercándose a él—. No sé cómo

 

podría daros las gracias…

 

—Creo que ya me las has dado con creces, pequeña —dijo, con ternura, aquel hombre extraño—. Pues me basta con ver que te encuentras bien y que has escapado de quienes te perseguían. ¿Puedes prosperar, casarte y criar varones fuertes e hijas de mejillas rosadas?

 

—¿Pero quién sois vos? ¿De dónde venís? ¿Qué buscáis? ¿Adónde vais?

 

—Soy un hombre sin tierra —un extraño fulgor intangible, casi místico, relampagueó en sus ojos helados—. Vengo del ocaso y voy hacia el amanecer, a cualquier lugar donde el Señor quiera guiar mis pasos. Busco… la salvación de mi alma, quizá. He llegado siguiendo un rastro de venganza. Ahora debo dejaros. La aurora no está lejos y no quisiera que me encontrase inactivo. Es muy posible que jamás vuelva a veros. Aquí ya terminó mi trabajo; el largo rastro rojo moría en este lugar. El hombre responsable de tanta sangre ha muerto. Pero quedan otros, y otros rastros de venganza y de cuentas pendientes. Yo hago el trabajo de Dios. Mientras el mal florezca y las injusticias crezcan, mientras los hombres sean perseguidos y las mujeres vejadas, mientras los seres débiles, ya sean hombres o animales, sean maltratados, no habrá descanso para mí bajo los cielos, ni paz en la mesa o en el lecho. ¡Adiós!

 

—¡Quedaos! —exclamó Jack, levantándose, con los ojos cubiertos súbitamente de lágrimas.

 

—¡Oh, esperad, señor! —dijo Mary, tendiendo sus delicados brazos.

 

Pero la alta silueta se había desvanecido en la oscuridad y ya no se escuchaba ni el sonido de sus paso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original:

 

«Blades of the Brotherhood»

 

(Red Shadows, 1968)

 

* * *


 

 

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En 1964, August Derleth, co-director, junto con Donald Wandrei, de la prestigiosa editorial Arkham House, decidió publicar en la antología Over the Edge este relato inédito de REH. Pero como no tenía ningún elemento fantástico, encargó a John Pocsik que lo reescribiese. Pocsik aprovechó aproximadamente la mitad, reescribiendo el resto y cambiando su título por el de «The Blue Flame of Vengeance» («La llama azul de la venganza»), ya que, precisamente, la venganza de Kane es lo que constituye el motivo argumental del episodio. ¿A qué se reducen los cambios? Pues a convertir a sir George Banway en un adepto de la magia negra que secuestra a Mary, y a hacer que Solomon Kane se enfrente a un monstruoso hombre-pez que el aristócrata mantiene encerrado en una cueva que se comunica con el mar. Apuntemos que esta adaptación del relato original está bien conseguida —algo que no es muy frecuente— y que se lee con agrado.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS COLINAS

 

DE LOS MUERTOS


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Vudú

 

LAS RAMAS QUE N’LONGA había echado en el fuego crepitaron y se partieron. Las llamas que brincaban hacia lo alto iluminaron los rasgos de dos hombres.

 

N’Longa, el hechicero vudú de la Costa de los Esclavos, era muy viejo. Su figura nudosa y retorcida era frágil y estaba cargada de espaldas, y su rostro surcado de infinidad de arrugas. La roja luz del fuego bailoteaba sobre los huesos humanos que formaban su collar.

 

El otro hombre era inglés y se llamaba Solomon Kane. Alto y de anchas espaldas, iba vestido con ropas negras que se ceñían a su cuerpo, el atavío de un puritano. Sobre sus tupidas cejas llevaba muy calado un sombrero de ala ancha y sin plumas, que cubría de penumbra su sombrío y pálido rostro. Sus ojos, helados y profundos, se ensimismaban en el fuego.

 

—Has vuelto, hermano —rezongó el hechicero, hablando en la jerga que se había convertido en lengua franca de negros y blancos a lo largo de la Costa Oeste—. Muchas lunas ardieron y murieron desde que hacer pacto de sangre. Fuiste hacia el ocaso, pero ahora volver.

 

—En efecto —la voz de Kane era profunda y casi espectral—. La tuya es una tierra cruel, N’Longa. Una tierra roja, atrasada a causa de la negra tiniebla del horror y de las sangrientas sombras de la muerte. Y sin embargo, he vuelto…

 

N’Longa atizó el fuego, sin decir nada, y, tras una pausa, Kane siguió hablando. —Allí, en la vastedad desconocida —su largo índice apuntó hacia la silenciosa

 

jungla negra que se agazapaba al otro lado del espacio iluminado por el fuego—, allí se encuentran el misterio, la aventura y el terror sin nombre. Una vez desafié a la jungla… y faltó bien poco para que se quedara con mis huesos. Algo se mezcló con mi sangre, algo penetró en mi alma, como el murmullo de un pecado innominado. ¡La jungla! Oscura y amenazante… me ha hecho recorrer muchas leguas de azul mar salado. Al alba debo adentrarme hasta su corazón. Quizá encuentre extrañas aventuras… quizá me aguarde el fin. Pero mejor la muerte que esta urgencia incesante y permanente, este fuego que ha quemado mis venas con su amargo anhelo. —Es su llamada —murmuró N’Longa—. Por la noche enroscarse como una


 

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serpiente alrededor de mi cabaña y susurrar cosas extrañas. Ai ya! La llamada de la jungla. Nosotros hermanos de sangre, tú y yo. ¡Yo N’Longa, poderoso hacedor de magia sin nombre! Tú irás a jungla, como todos los hombres que oyen su llamada. Quizá vivas, aunque más probable mueras. ¿Creer en mis obras de magia?

 

—No la comprendo —dijo Kane, sombrío—, pero he visto cómo enviabas tu alma fuera de tu cuerpo para animar a un cadáver sin vida.

 

—¡Ser cierto! ¡Yo soy N’Longa, sacerdote del Dios Negro! ¡Ahora atender, voy a hacer magia!

 

Kane miró al viejo hombre del vudú que se inclinaba sobre el fuego, mientras hacía con las manos movimientos que se repetían y murmuraba encantamientos. Según le observaba, sintió que se iba quedando dormido. Una bruma ondeó ante él, a través de la cual vio tenuemente la forma de N’Longa, recortándose de negro contra las llamas. Después, todo se desvaneció.

 

Kane se despertó con un estremecimiento y dirigió rápidamente una mano a la pistola que llevaba al cinto. N’Longa le miró con una mueca, a través de las llamas, mientras sentía en el aire el aroma de la cercana aurora. El brujo tenía entre las manos un largo bastón de una extraña madera negra. Aquel bastón había sido labrado de manera singular y una de sus puntas estaba aguzada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Este bastón vudú —dijo N’Longa, dejándolo en las manos del inglés—, salvarte cuando pistolas y cuchillo largo no servir. Si necesitarme, poner sobre el pecho, coger con tus manos y dormir. Yo ir a ti en sueños.

 

Kane sopesó el bastón en una de sus manos, sospechando su brujería. No era pesado, pero parecía tan duro como el hierro. Por lo menos era una buena arma. Mientras tanto, la aurora había comenzado a insinuarse furtivamente sobre la jungla y el río.

 

 

 

II. Ojos rojos


 

 

 

 

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Solomon Kane descolgó el mosquete de su espalda y apoyó su culata en el suelo. El silencio le envolvía como si fuese niebla. El rostro de Kane, lleno de arañazos, y sus ropas, hechas jirones, mostraban los efectos de un largo viaje a través del sotobosque. Miró a su alrededor.

 

Detrás de él, a cierta distancia, aparecía la verde y espesa jungla que se iba aclarando a medida que se acercaba a los arbustos, a los árboles raquíticos y a la hierba alta. Delante de él, no muy lejos, se levantaba la primera de una serie de colinas desnudas y sombrías, en donde sólo crecían las piedras, que espejeaban bajo el despiadado calor del sol. Entre las colinas y la jungla se extendía una amplia pradera de hierba tupida y ondulada, salpicada aquí y allá de grupos de espinos.

 

Un silencio completo dominaba aquel paisaje. El único signo de vida lo daban unos pocos buitres que planeaban pesadamente sobre las distantes colinas. Durante los últimos días, Kane había sido consciente del número creciente de aquellas aves repugnantes. El sol vacilaba hacia el Oeste, pero su calor aún no había disminuido.

 

Cogiendo el mosquete, avanzó lentamente. No tenía ningún objetivo preciso. Aquel país le era desconocido, por lo que cualquier dirección le parecía tan buena como las demás. Muchas semanas antes se había adentrado en la jungla con la confianza que nace del coraje y la ignorancia. Después de haber sobrevivido milagrosamente durante las primeras semanas, se había hecho aún más duro y animoso, y ya era capaz de plantar cara a cualquiera de los siniestros habitantes de la vastedad que estaba atravesando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras avanzaba, observó unas huellas diversas de león, aunque nada parecía indicar que hubiese animales en la pradera… o al menos, ninguno que dejase pistas. Los buitres se habían posado, como amenazantes ídolos negros, en uno de los árboles raquíticos. De repente, Kane observó cierta actividad entre los que se encontraban un poco más lejos. Varias de aquellas aves oscuras volaban en círculos alrededor de un corro de hierba alta, bajando hasta el suelo y elevándose después. Alguna fiera salvaje estaba defendiendo su presa, pensó, y se extrañó de no haber oído los gruñidos y rugidos que, usualmente, acompañaban aquel tipo de escenas. Impulsado por la curiosidad, dirigió sus pasos hacia aquella dirección.

 

Moviéndose entre la hierba que le llegaba hasta los hombros, Kane no tardó en observar a través del pasillo que formaba la ondeante vegetación una escena espantosa: el cadáver de un hombre negro boca abajo. Mientras lo estaba mirando,


 

 

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una gran serpiente oscura se apartó de aquel cuerpo y se deslizó entre la hierba, moviéndose con tanta rapidez que el inglés no pudo distinguir su especie. Pero, sin saber cómo, le pareció sentir en ella algo humano.

 

Kane se detuvo junto al cadáver. Aparte del hecho de que sus miembros yaciesen desmadejados, como si hubiesen sido descoyuntados, no le faltaba nada de carne, lo que no habría sido el caso de ser atacado por un león o un leopardo. Echó una mirada a los buitres que seguían volando en círculo y le sorprendió ver que algunos de ellos daban varias pasadas en la dirección en que había huido la cosa que, presumiblemente, había matado al hombre negro. Kane se preguntó qué estarían cazando en medio de la pradera aquellas aves carroñeras que sólo comen cosas muertas. Pero África está llena de misterios inexplicados.

 

Se encogió de hombros y alzó nuevamente el mosquete. Había corrido numerosas aventuras desde que dejara a N’Longa, varias lunas atrás, pero aquel innominado impulso paranoide había seguido empujándolo más y más hacia el interior, por caminos inexplorados. Si hubiese intentado analizar esa llamada, Kane la habría atribuido a Satanás, que empuja a los hombres hacia su destrucción. Pero, en realidad, no era más que el espíritu turbulento e inquieto del aventurero, del viajero… El mismo impulso que empuja las caravanas de gitanos alrededor del mundo, que lanzó las naves de los vikingos sobre mares desconocidos y que guía el vuelo de los gansos salvajes.

 

Kane suspiró. En aquella tierra desolada no parecía haber agua ni alimento, pero estaba mortalmente cansado del veneno húmedo y maloliente de la jungla tropical. Incluso la aridez de unas colinas desnudas era preferible, al menos durante un tiempo. Miró hacia ellas, que se veían torvas bajo el sol, y reanudó su marcha.

 

Llevaba el bastón mágico de N’Longa en la mano izquierda. Aunque su conciencia no estuviese muy tranquila por el hecho de haberse quedado con un objeto de naturaleza tan claramente diabólica, no había podido decidirse a deprenderse de él.

 

En aquellos momentos, mientras se dirigía hacia las colinas, una súbita conmoción cobró forma en la hierba que se encontraba ante él, en algunos lugares más alta que un hombre. Sonó un grito agudo y después un tremendo rugido que hizo temblar la tierra. La hierba se abrió y una figura delgada se dirigió, corriendo, hacia él, como una brizna de paja impulsada por el viento… Era una joven de piel tostada, vestida sólo con una especie de falda. Tras ella, a unas cuantas yardas, pero ganando terreno rápidamente, llegaba un león enorme.

 

La joven cayó a los pies de Kane, gimiendo y sollozando, y se abrazó a sus rodillas. El inglés dejó caer el bastón vudú, se llevó el mosquete a los hombros y apuntó fríamente al feroz rostro del felino que cada vez estaba más cerca. ¡Bang! La joven gritó nuevamente y escondió el rostro. El enorme felino dio un salto tremendo y feroz y se derrumbó sin vida.


 

 

 

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Kane se apresuró a recargar su arma antes de reparar en la forma que se hallaba a sus pies. La joven yacía tan inmóvil como el león que acababa de matar, pero después de un rápido examen comprobó que sólo se había desmayado.

 

Mojó su rostro con un poco del agua de la cantimplora y ella no tardó en abrir los ojos y sentarse. El miedo ocupaba su rostro mientras miraba a su salvador y hacía ademán de levantarse.

 

Kane alzó una mano para detenerla. La joven se hizo un ovillo y comenzó a temblar. El rugido del mosquete de gran calibre era suficiente para aterrorizar a cualquier indígena que no hubiese visto jamás a un hombre blanco, pensó el inglés.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La joven era delgada y bien formada. Su nariz era recta y estrecha. El color de su piel era marrón oscuro, debido quizá a una fuerte aportación de sangre beréber.

 

Kane habló en uno de los dialectos del río, una lengua sencilla que había aprendido en sus vagabundeos, y ella le respondió con titubeos. Las tribus del interior intercambiaban esclavos y marfil con la gente del río, y estaban familiarizadas con su lenguaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Mi poblado está por ahí —dijo, contestando a una pregunta de Kane, y apuntó al Sur, hacia la jungla. Sus brazos, perfectamente torneados, eran delgados—. Me


 

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llamo Zunna. Mi madre me azotó por romper una olla y yo me escapé porque estaba enfadada. Tengo miedo. ¡Déjame que vuelva con mi madre!

 

—Claro que puedes volver —dijo Kane—, pero yo iré contigo, pequeña. Supón que apareciese otro león. Hiciste una locura al escaparte.

 

Ella lloriqueó un poco.

 

—¿No eres un dios?

 

—No, Zunna. Sólo soy un hombre, aunque el color de mi piel no sea como el tuyo. Vamos, guíame hasta tu poblado.

 

Ella se levantó, dudando, mirándole con aprensión a través de su desordenada cabellera. A Kane le recordaba algún animal espantado pocos años. Abrió la marcha y Kane la siguió. Como su poblado se encontraba hacia el Sudeste, la ruta que tomaron les fue acercando a las colinas. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte y el rugido de los leones reverberaba sobre la sabana. Kane miró hacia el cielo de Poniente. En aquel terreno abierto no había ningún lugar donde guarecerse. Echó un vistazo a las colinas y vio que la más próxima se encontraba a unos pocos cientos de yardas. Distinguió algo que podría ser una cueva.

 

—Zunna —dijo, deteniéndose—, no podremos llegar a tu poblado antes de que anochezca. Si nos quedamos aquí nos cogerán los leones. Más allá hay una caverna donde podremos pasar la noche…

 

Ella se apartó, temblando.

 

—¡Las colinas, no, amo! —imploró—. ¡Antes los leones!

 

—¡Tonterías! —su tono era de impaciencia; ya estaba harto de las supersticiones de los indígenas—. Pasaremos la noche en esa cueva.

 

La joven no insistió y le siguió. Superaron una ligera pendiente y llegaron a la entrada de la caverna, que era más bien pequeña, con paredes de roca sólida y suelo cubierto de arena fina.

 

—Recoge un poco de hierba seca, Zunna —ordenó Kane, apoyando el mosquete en la pared de la entrada—, pero no te alejes, y estate atenta a los leones. Voy a encender un fuego que nos mantendrá a salvo de las fieras por esta noche. Sé buena chica y trae un poco de hierba y todas las ramas que puedas encontrar. Después cenaremos. En la bolsa tengo carne seca y también agua.

 

Ella le miró durante un largo instante, de manera un tanto extraña, y se alejó sin decir nada. Kane cogió un poco de la hierba que tenía cerca, comprobó que estaba reseca y quebradiza por el sol y la acercó al eslabón y el pedernal que había sacado. La llama no tardó en brotar y en devorar rápidamente la hierba. Cuando se estaba preguntando de qué modo podría recoger la suficiente hierba para dejar encendido el fuego toda la noche, se dio cuenta de que tenía visita.

 

Kane había visto muchas cosas grotescas, pero al primer vistazo que echó, un escalofrío le recorrió el espinazo. Ante él había dos hombres que permanecían en


 

 

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silencio. Altos y muy delgados, estaban totalmente desnudos. Su piel era de color negro sucio, como si estuviese manchada con el tono gris ceniza de la muerte. Sus rostros eran diferentes de todos los que había visto hasta entonces. La frente era alta y estrecha; la nariz, enorme, como la de un animal; los ojos, inhumanamente grandes y rojos. Mientras permanecían inmóviles, a Kane le pareció que sólo aquellos ardientes ojos estaban animados de vida.

 

Les habló, pero no le contestaron. Los invitó a comer con un gesto de la mano, pero ellos se sentaron en cuclillas cerca de la entrada de la cueva, en silencio y tan lejos como podían de las moribundas brasas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane cogió su bolsa y comenzó a extraer de ella trozos de carne seca. En cierta ocasión que miró de soslayo a sus silenciosos invitados, le pareció que más que mirarle a él, estaban pendientes de las cenizas de su fuego, aún parpadeantes.

 

El sol estaba a punto de desaparecer por Poniente. Un resplandor rojo se extendió sobre la sabana, convirtiéndola en un ondeante mar de sangre. Kane se arrodilló encima de su bolsa. Al levantar los ojos, vio que Zunna subía por la colina, llevando entre sus brazos gran cantidad de hierba y de ramas secas.

 

Mientras estaba mirándola, los ojos de la joven perdieron su expresión; las ramas cayeron de sus brazos y su grito, henchido de una terrible advertencia, apuñaló el silencio. Kane giró sobre sus rodillas. Dos grandes formas cayeron sobre él mientras se ponía en pie con el ágil movimiento del leopardo cuando salta. Con una mano cogió el bastón mágico y lo clavó en el cuerpo del agresor que tenía más cerca, atravesándolo de parte a parte con tanta violencia que su aguzada punta sobresalió de sus omóplatos. Mientras tanto, los largos y delgados brazos de otro atacante se cerraron a su alrededor, y ambos cayeron al suelo.

 

Las uñas del desconocido se clavaron como garras en su rostro, y los infames ojos rojos le miraron fijamente con terrible desafío mientras se debatía. Agarrando las zarpas de su enemigo con una sola mano, Kane empuñó con la otra una pistola. Apretó su boca contra el costado del salvaje y oprimió el gatillo. Tras la detonación, que sonó apagada, el cuerpo del extraño se agitó al recibir la bala, pero sus delgados labios sólo se contrajeron en una hórrida mueca.

 

Un largo brazo se deslizó bajo los hombros de Kane, mientras tiraba de sus


 

 

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cabellos. El inglés sintió que su cabeza iba hacia atrás de forma irresistible. Agarró las muñecas de su oponente con ambas manos, pero la carne que tocó era tan dura como un leño. Su cerebro comenzó a darle vueltas; sólo un poco más de presión y le partiría el cuello. Echándose hacia atrás con un esfuerzo volcánico, rompió la mortal presa que le sujetaba. El otro se le echó encima y sus garras se clavaron nuevamente en él. Kane encontró la pistola descargada y golpeó con ella a su contendiente, sintiendo que su cráneo se rompía como un huevo cuando concentró todas sus fuerzas en el golpe. Pero una vez más, aquellos labios temblequeantes sonrieron con una mueca burlona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entonces, Kane comenzó a sentir pánico. ¿Qué tipo de hombre era aquel que seguía amenazando su vida con sus dedos acerados después de encajar un disparo y un mazazo, por fuerza mortales? ¡Seguramente, ninguno de los engendrados por el hombre, sino alguno de la progenie de Satanás! Nada más pensarlo, Kane se debatió y consiguió levantarse violentamente. Ambos combatientes cayeron rodando por el suelo de la cueva, deteniéndose cerca de las humeantes brasas que aún relucían a la entrada. Kane apenas advirtió el calor, pero la boca de su adversario se desencajó, aquella vez con una mueca de dolor. Sus espantosos dedos aflojaron su presa y Kane se liberó de ellos.

 

La bestial criatura con el cráneo hundido se levantaba, apoyándose sobre una mano y una rodilla cuando Kane la golpeó, volviendo al ataque como un enflaquecido lobo acosando a un bisonte herido. Saltó desde uno de sus costados, y cayó de lleno encima de la columna vertebral de su adversario. Sus brazos de acero buscaron y encontraron algún punto donde agarrarle, de forma que, mientras se revolcaban por el suelo, pudo romperle el cuello. El odioso rostro quedó colgando de un hombro y, aunque aquel cuerpo no se movió, a Kane le pareció que no estaba totalmente muerto, pues los ojos rojos todavía seguían ardiendo con su resplandor macabro.

 

El inglés se volvió, y vio a la joven sentada en cuclillas a la entrada de la cueva. Buscó su bastón; yacía en un montón de polvo, en medio de unos cuantos huesos humeantes. Se quedó mirando sin dar crédito a lo que veía. A continuación,

 

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agachándose bruscamente, cogió el bastón vudú y se volvió hacia el hombre que estaba en el suelo. Su rostro se cubrió de arrugas funestas mientras lo levantaba, antes de atravesar con él el pecho del salvaje. Ante sus ojos, aquel cuerpo enorme se derrumbó, disolviéndose en polvo, lo mismo que le había sucedido a su anterior adversario.

 

 

 

III. Magia, en sueños

 

—¡Gran Dios! —susurró Kane—. ¡Esos hombres estaban muertos! ¡Vampiros!

 

¡Una manifestación de la obra de Satanás!

 

Zunna se arrastró hasta sus rodillas y se abrazó a ellas.

 

—Eran los muertos que caminan, amo —se lamentó—. Habría debido advertirte.

 

—¿Por qué no saltaron sobre mí nada más llegar? —preguntó.

 

—Tenían miedo del fuego. Esperaron a que las brasas se apagasen del todo. —¿De dónde venían?

 

—De las colinas. Cientos de los suyos se agazapan entre los peñascos y cavernas de estas colinas, alimentándose de almas humanas, pues nada más matar a un hombre devoran su espíritu en cuanto abandona su tembloroso cuerpo. ¡Sí, chupan las almas!

 

»Amo, en la mayor de estas colinas se encuentra una silenciosa ciudad de piedra donde ellos vivían en tiempos de mis antepasados. Eran humanos, pero no como nosotros, pues habían gobernado esta tierra a lo largo de las eras. Mis antepasados les hicieron la guerra y mataron a muchos, pero sus magos convirtieron a todos sus muertos en lo que has visto. Al final, todos murieron.

 

»Desde entonces han atacado a las tribus de la jungla, bajando de sus colinas a medianoche o al ponerse el sol, para merodear por los caminos de la jungla y matar una y otra vez. Los hombres y los animales huyen de ellos, pues sólo el fuego puede destruirlos.

 

—Esto los destruirá —dijo lúgubremente Kane, levantando el bastón-vudú—. La magia negra sólo se combate con magia negra; ignoro qué tipo de encantamiento posee este bastón, pero…


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Tú eres un dios —sentenció Zunna, en voz alta—. Ningún hombre puede vencer a dos de los muertos que caminan. Amo, ¿no podrías librar de esta maldición a mi tribu? No tenemos ningún lugar adonde huir, y los monstruos nos matan cada vez que lo desean, capturando a los viajeros que se aventuran fuera de la valla del poblado. ¡La muerte se ha adueñado de esta tierra, y nosotros morimos indefensos!

 

En lo más hondo de Kane se agitó el espíritu del cruzado, el ardor del zelota… del fanático que dedica su vida a batallar contra los poderes de las tinieblas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Tomemos algo —dijo—; después encenderemos un gran fuego a la entrada de la cueva. El fuego que mantiene alejadas a las bestias, también alejará a los demonios.

 

* * *

 

Más tarde, Kane se sentó a la entrada de la cueva, con el mentón apoyado en uno de sus puños, y miró intensamente el fuego, ensimismándose en él. A su espalda, en las sombras, Zunna le observaba, atemorizada.

 

—¡Dios de los Ejércitos —murmuró Kane—, ayúdame! A mi mano incumbe extirpar la antigua maldición que pende sobre esta tenebrosa tierra. ¿Cómo habré de combatir a esos demonios muertos, que no ceden ante las armas mortales? El fuego los destruye… Si se les rompe el cuello se quedan inermes… El bastón vudú, al penetrar en sus cuerpos, los reduce a polvo… Pero ¿de qué me sirve todo eso? ¿Cómo podré prevalecer contra los centenares que merodean por estas colinas, para quienes la esencia vital del hombre es Vida? ¿No fueron contra ellos en el pasado, como afirma Zunna, los guerreros, y sólo consiguieron descubrir que habían huido a su ciudad fortificada, contra la que nada puede ningún hombre?

 

La noche fue pasando. Zunna dormía con la mejilla apoyada en su torneado brazo de muchacha. El rugido de los leones sacudía las colinas, pero Kane aún seguía sentado delante del fuego, pensativo. Fuera, la noche rebosaba de vida y de susurros, de roces y de furtivos pasos mullidos. En varias ocasiones en que Kane se distrajo de su meditación, le pareció ver el resplandor de unos grandes ojos rojos más allá de la titubeante luz del fuego.

 

La aurora gris comenzaba a insinuarse sobre la sabana cuando Kane tocó a Zunna


 

 

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en el hombro, para despertarla.

 

—Que Dios se apiade de mi alma, por ahondar en magias bárbaras —dijo—, pero es más que posible que los demonios sólo puedan ser combatidos con otros demonios. Atiende al fuego y avísame si te ocurre cualquier percance.

 

Kane se echó de espaldas sobre el suelo de arena y dejó encima de su pecho el bastón vudú, que agarró con ambas manos. Al instante se quedó dormido. Y al dormirse, soñó. A su yo adormilado le pareció caminar a través de una niebla espesa, y que en medio de ella se encontraba con N’Longa, como si aquello ocurriera realmente. N’Longa habló, y sus palabras fueron claras y vividas, y se imprimieron profundamente en su subconsciente, como si tuvieran que vencer el abismo que separa el sueño de la vigilia.

 

—Envía a la joven de vuelta a su poblado poco después de salir el sol, cuando los leones hayan regresado a sus madrigueras —dijo N’Longa—, y ordénale que vuelva a la cueva con su enamorado. Después haz que se eche a dormir, sin soltar de sus manos el bastón vudú.

 

El sueño se desvaneció y Kane se despertó de repente, maravillado. ¡Cuán extraña y vivida había sido la visión, y lo extraño que le parecía oír a N’Longa hablando en un inglés perfecto, y no en su jerga! Kane se encogió de hombros. Sabía que N’Longa afirmaba poder enviar su espíritu a través del espacio, y sabía que era cierto, porque él mismo había visto al hombre del vudú animar el cuerpo de un muerto. Sin embargo…

 

—Zunna —dijo Kane, dejando de lado aquellas divagaciones—, te acompañaré hasta donde comienza la jungla; te dirigirás a tu poblado y después volverás a esta cueva con tu enamorado.

 

—¿Kran? —preguntó ella, con ingenuidad.

 

—Kran o como se llame. Come algo y nos iremos.

 

* * *

 

El sol iba poniéndose una vez más hacia el Oeste. Kane esperaba sentado en la cueva. Había dejado a la joven, sana y salva, en el lugar donde la jungla comenzaba a perder su espesura y se convertía en sabana. Aunque le remordiese la conciencia al pensar en los peligros que quizá tendría que afrontar, la dejó sola y regresó a la cueva. Y allí seguía sentado, mientras se preguntaba si no sería condenado al fuego eterno por coquetear con la magia de un brujo negro, fuese o no su hermano de sangre.

 

Escuchó unos pasos ligeros y mientras echaba mano al mosquete, entró Zunna, acompañada de un joven alto y espléndidamente proporcionado, cuya piel marrón mostraba su pertenencia a su misma raza. Sus tranquilos ojos soñadores miraron fijamente a Kane con una especie de temor reverencial. Era evidente que Zunna, al contarle lo sucedido, no había escatimado la gloria de aquel nuevo dios.


 

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Ordenó al joven que se echase y le puso entre las manos el bastón vudú en la manera apropiada. Zunna se sentó en cuclillas a su lado, con los ojos muy abiertos. Kane retrocedió, medio avergonzado por tener que rodearse de tanto misterio y sin dejar de preguntarse si, a fin de cuentas, aquello serviría para algo. Entonces, para su espanto, el joven gimió y se quedó rígido.

 

Zunna se levantó de un salto.

 

—¡Has matado a Kran! —exclamó, y se abalanzó sobre el inglés, que se había quedado sin habla.

 

Pero, de repente, se detuvo, vaciló, se pasó ligeramente una mano por la frente… y se dejó caer al suelo, para rodear con sus brazos el cuerpo inmóvil de su enamorado.

 

Entonces, aquel cuerpo se movió, hizo unos gestos sin intención aparente con manos y pies, y se sentó, desembarazándose de los brazos exánimes de la joven, que acababa de perder el conocimiento.

 

Kran alzó la mirada hacia Kane y sonrió con una astuta mueca de malicia, que parecía fuera de lugar en su rostro. Kane se sobresaltó. La expresión de los ojos tranquilos había cambiado, pues en aquellos momentos eran duros, chispeantes y reptilianos… ¡los ojos de N’Longa!

 

Ai ya! —dijo Kran, con una voz grotescamente familiar—. Hermano de sangre, ¿tú no saludar a N’Longa?

 

Kane no rompió su mutismo. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, se le había puesto carne de gallina. Kran se levantó y le estrechó la mano de un modo extraño, como si sus miembros le resultasen ajenos. Se golpeó en el pecho con gesto de aprobación.

 

—¡Yo N’Longa! —dijo, con su acostumbrado modo rimbombante—. ¡Poderoso hombre ju-ju! Hermano de sangre no conocerme, ¿eh?

 

—Tú eres Satanás —le contestó Kane, con toda sinceridad—. ¿Quién dices ser, Kran o N’Longa?

 

—Yo N’Longa —aseguró el otro—. Mi cuerpo dormir en cabaña ju-ju en costa, muchas jornadas de aquí. Yo tomo prestado cuerpo de Kran por poco tiempo. Mi espíritu marcha diez días en un respiro; veinte días marcha en mismo tiempo. Mi espíritu salir de mi cuerpo y sacar fuera el de Kran.

 

—¿Y Kran ha muerto?

 

—No, él no muerto. Yo enviar su espíritu a Tierra de las Sombras durante un poco… enviar también el de la joven para hacerle compañía; pronto volver.

—Esto es obra del Demonio —dijo Kane con franqueza—, pero te he visto hacer magia aún más infame… ¿Debo llamarte N’Longa o Kran?

 

—¡Kran… no! Yo N’Longa… ¡Cuerpos como vestidos! ¡Yo N’Longa, aquí dentro! —y se golpeó el pecho—. Dentro de poco, Kran vivir aquí dentro… entonces


 

 

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él ser Kran y yo ser N’Longa, igual que antes. Kran no vivir dentro ahora; N’Longa vivir ahora en cuerpo de este amigo. ¡Hermano de sangre, yo soy N’Longa!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane asintió. Realmente, aquella tierra estaba llena de horrores y encantamientos; cualquier cosa era posible, incluso que la voz sutil de N’Longa le hablase desde el fuerte pecho de Kran y que los ojos de reptil de N’Longa le hiciesen un guiño desde la juventud y belleza de aquel rostro.

 

—Conozco esta tierra desde hace mucho —dijo N’Longa, cambiando de conversación—. ¡Poderoso ju-ju, gente muerta! No hay que perder tiempo, lo sé, yo hablé contigo en sueño. Mi hermano de sangre quiere exterminar a esas criaturas muertas, ¿eh?

 

—Son algo contra natura —dijo, sombríamente, Kane—. En mi tierra se los conoce como vampiros… pero jamás esperé encontrarme con toda una nación de ellos.

 

 

 

IV. La ciudad silenciosa

 

—Ahora nosotros encontrar esta ciudad de piedra —dijo N’Longa.

 

—¿Sí? ¿Y por qué no mandas tu espíritu para que termine con esos vampiros? — preguntó Kane, un tanto ociosamente.

 

—Espíritu debe tener cuerpo en condiciones para trabajar bien —contestó N’Longa—. Ahora dormir. Mañana partir.

 

El sol se había puesto; el fuego ardía a la entrada de la cueva, bailoteando inquieto. Kane miró la figura inmóvil de la joven que yacía en el mismo lugar en que cayese al suelo, y se dispuso a echar una cabezada.

 

—Despiértame cuando sea medianoche —le advirtió—, y montaré guardia hasta que amanezca.

 

Pero cuando, finalmente, N’Longa le dio un golpecito en el brazo, Kane se despertó y vio la primera luz de la aurora tiñendo de rojo la tierra.

 

—Tiempo de marchar —dijo el hechicero.


 

 

 

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—Pero la joven… ¿estás seguro de que sigue viva?

 

—Ella vivir, hermano de sangre.

 

—Entonces, en el nombre de Dios, no podemos dejarla aquí a merced de cualquier depredador que pueda caer sobre ella. Quizá algún león podría…

 

—Ningún león venir. Olor de vampiro aún fuerte, mezclado con olor de hombre. Ningún león gusta olor hombre y él temer a hombres muertos que andan. Ninguna bestia venir, y —en ese momento, levantó el bastón vudú y lo dejó en el suelo de la entrada de la cueva, cruzándolo transversalmente— ahora, no venir tampoco ningún hombre muerto.

 

Kane le miró, sombrío y sin entusiasmo.

 

—¿De qué modo la protegerá esa vara?

 

—Ella poderoso ju-ju —dijo N’Longa—. ¿Tú ver cómo vampiro hacerse polvo con ese bastón atravesado? Ningún vampiro atreverse a tocar o acercarse. Yo dar a ti porque cerca Colinas de Vampiros algún hombre encontrar, en ocasiones, un cadáver vagando en jungla cuando las sombras estar negras. No todos los muertos que caminan estar aquí. Y todos deben chupar Vida de hombres… si no, pudrirse como madera muerta.

 

—Entonces haz más varas como esa y arma a la gente con ellas.

 

—¡No poder! —N’Longa movió enérgicamente la cabeza—. ¡Esa vara ju-ju ser poderosamente mágica! ¡Vieja! ¡Vieja! Ningún hombre vivir hoy que poder decir lo viejo que ser bastón ju-ju. Yo hacer dormir a mi hermano de sangre y realizar magia con él para protegerle, aquella vez que hacer pacto en poblado de costa. Hoy exploramos y corremos; no necesitarlo. Dejar aquí para proteger muchacha.

 

Kane se encogió de hombros y siguió al hechicero, después de volverse para mirar la delgada figura que yacía inmóvil en la cueva. Jamás habría estado de acuerdo en abandonarla de esa manera si no hubiera creído en el fondo de su corazón que estaba muerta. La había tocado, y su carne estaba fría.

 

Cuando el sol comenzaba a salir, se pusieron en marcha hacia las áridas colinas. Subieron cada vez más por pendientes arcillosas, siguiendo un recorrido tortuoso entre quebradas y enormes piedras. Las colinas estaban acribilladas, como un panal, de oscuras y amenazantes cuevas, por las que pasaron con mucha precaución, aunque a Kane se le puso la carne de gallina al pensar en sus macabros ocupantes. Además, N’Longa dijo:

 

—Estos vampiros dormir en cuevas casi todo el día, hasta puesta de sol. Estas cuevas llenas de hombres muertos.

 

El sol subió más, quemando las pendientes desnudas con un calor intolerable. El silencio se agazapaba sobre aquella tierra como un monstruo maléfico. Aunque no habían visto nada, Kane habría podido jurar en varias ocasiones que, al acercarse, una sombra negra se escondía detrás de un peñasco.


 

 

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—Estos vampiros estar ocultos de día —dijo N’Longa con una risita—. ¡Asustarse del amigo buitre! ¡No tonto el buitre! ¡Conocer la muerte cuando verla! ¡Atacar amigo muerto y destrozar y comer si él caminar o estar tumbado!

 

Un escalofrío recorrió a su compañero.

 

—¡Gran Dios! —exclamó Kane, golpeándose en el muslo con el sombrero—. ¿Es que no hay límite para el horror en esta tierra espantosa? ¡En verdad toda ella parece consagrada a las potencias de las tinieblas!

 

Sus ojos brillaron con una luz peligrosa. El terrible calor, la soledad y el hecho de conocer los horrores que les acechaban a cada momento, sacudían de continuo sus nervios de acero.

 

—Ponerte el amigo sombrero, hermano de sangre —le reconvino N’Longa, con un gorjeo divertido—. Amigo sol darte en la cabeza si tú no atento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane se colgó a la espalda el mosquete que se había empeñado en llevar y no respondió. Finalmente, llegaron a una elevación del terreno y vieron debajo una especie de meseta. En el centro de aquella meseta se levantaba una silenciosa ciudad de piedra gris que se desmoronaba. Mientras miraba, a Kane le asaltó la sensación de que veía algo increíblemente antiguo. Las murallas y las casas estaban construidas con grandes bloques de piedra, y sin embargo se caían, de puro viejas. La hierba crecía en la meseta, y en medio de las calles de aquella ciudad muerta. Kane no observó ningún movimiento entre las ruinas.

 

—Si esa es su ciudad… ¿por qué prefieren dormir en las cuevas?

 

—Quizá porque las buenas piedras caer del techo encima de ellos y aplastar. Esas


 

 

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chozas de piedra derrumbarse a veces. Quizá porque no agradar estar juntos… posible que también comerse unos a otros.

 

—¡El silencio —susurró Kane— lo cubre todo!

 

—Estos vampiros no hablar ni gritar: estar muertos. Ellos dormir en cuevas, vagar atardecer y de noche. Quizá cuando hombre de la pradera venir con lanzas, vampiros ir a fanal de piedra y luchar detrás murallas.

 

Kane asintió. Las vacilantes murallas que rodeaban la ciudad muerta eran lo suficientemente altas y sólidas para resistir el embate de las lanzas… sobre todo si aquellos demonios de hocico de animal se encontraban detrás de ellas.

 

—Hermano de sangre —dijo, solemnemente, N’Longa—. ¡He pensado poderosa magia! Estar callado un poquito.

 

Kane se sentó sobre una gran piedra y miró pensativamente hacia las pendientes y precipicios desnudos que los rodeaban. Lejos, hacia el Sur, vio el océano de hojas verdes que era la jungla. La distancia confería cierto encanto a la perspectiva. Las manchas oscuras que eran las bocas de aquellas cuevas de espanto estaban al alcance de la mano.

 

N’Longa se había sentado en cuclillas y trazaba algún motivo extraño sobre la arcilla con la punta de un puñal. Kane le miró, mientras pensaba con cuánta facilidad podrían caer víctimas de los vampiros si sólo a tres o cuatro de aquellos demonios se les ocurriese salir de sus cavernas. Mientras lo pensaba, una sombra negra y horripilante cayó encima del hechicero.

 

Kane reaccionó sin pensarlo. Saltó desde el peñasco donde se encontraba, como una piedra lanzada por una catapulta, y su mosquete hundió el rostro de la cosa repugnante que se había acercado furtivamente hasta ellos. Kane comenzó a empujar a su inhumano contendiente, sin darle ocasión de detenerse o lanzar un contraataque, golpeándolo con la ferocidad de un tigre enfurecido.

 

El vampiro vaciló en el mismísimo borde del precipicio y se precipitó por él, estrellándose cien pies más abajo, entre las rocas de la meseta. N’Longa se había puesto de pie y apuntaba con el dedo: las colinas habían comenzado a vomitar sus muertos.

 

Las terribles figuras, negras y silenciosas, salían de las cuevas y comenzaban a trepar; las que subían por las pendientes llegaban a la carga; las que tenían que franquear los peñascos, iban a gatas; los rojos ojos de todas ellas estaban vueltos hacia los dos humanos que se encontraban encima de la ciudad silenciosa. Y las cuevas seguían eructándolas, como en un impío Día del Juicio.

 

N’Longa señaló hacia un picacho, que se hallaba a cierta distancia más adelante, y con un gritó echó a correr hacia él. Kane le siguió. Detrás de los peñascos salían manos como garras que se aferraban a ellos y desgarraban sus ropas. Pasaron corriendo delante de otras cuevas, y los monstruos momificados de su interior


 

 

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salieron titubeando de las tinieblas, respirando ruidosamente, para unirse a la persecución.

 

Las manos de los muertos rozaban sus espaldas cuando subieron la última pendiente y se detuvieron sobre una cornisa que había en la cima. Los demonios se quedaron en silencio durante un momento y después subieron a gatas hacia ellos. Kane utilizó su mosquete como una maza, hundiendo aquellos rostros de ojos rojos y golpeando las zarpas que intentaban cogerles. Eran como una marea entre la que, una y otra vez, sepultaba su mosquete con una furia silenciosa que igualaba la suya. La marea se detuvo y comenzó a retroceder; después volvió.

 

¡No… conseguía… matarlos! Aquellas palabras resonaban en su cerebro como un martillo sobre el yunque, mientras lanzaba golpes furibundos sobre carnes tan duras como la leña y huesos podridos. Les hacía morder el polvo, conseguía que retrocedieran, pero ellos se levantaban y volvían. Aquello no podía durar… ¡En nombre de Dios…! ¿Qué estaba haciendo N’Longa? Kane echó un rápido vistazo por encima del hombro. El hechicero estaba de pie en la parte más alta de la cornisa, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos levantados, como si realizase alguna invocación.

 

La vista de Kane era confusa ante aquella marea de cosas horrendas de ojos rojos. Las que iban al frente ofrecían un aspecto horrible, pues tenían el cráneo partido, el rostro hundido y los miembros descoyuntados. Pero seguían avanzando. Las que llegaban detrás extendían sus brazos por encima de ellas, para agarrar al hombre que se atrevía a desafiarlas.

 

Kane estaba cubierto de sangre que procedía enteramente de él, pues las resecas venas de aquellos monstruos no habrían podido manar ni una sola gota de sangre caliente. De repente, a su espalda se elevó un lamento, largo y penetrante… ¡N’Longa! Venciendo el clamor del ondeante mosquete que aplastaba tanto hueso, su voz sonaba alta y clara… la única voz de aquel horrendo combate.

 

La marea de vampiros llegó hasta los pies de Kane, arrastrándole con ella en su reflujo. Las férreas garras abrieron sus carnes y los fláccidos labios succionaron sus heridas. Consiguió soltarse, vacilante y ensangrentado, y abrirse camino gracias a los golpes que aún lanzaba con lo que le quedaba de mosquete. Pero los vampiros cerraron filas y le hicieron retroceder de nuevo.

 

«¡Esto es el fin!», pensó; y en aquel mismo instante, su avance se detuvo y el cielo se llenó súbitamente del batido de grandes alas.

 

Después volvió a tener espacio libre ante sí, y se lanzó a la carga, corriendo, sin mirar, dispuesto a continuar la lucha. Pero se detuvo atónito. Por debajo de donde se encontraba, la horda de vampiros huía, y sobre sus cabezas y sus hombros volaban unos buitres colosales que los estaban descuartizando con avidez, hundiendo sus picos en la carne muerta y devorando las criaturas que huían.


 

 

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Kane rio como un loco.

 

—¡Desafiáis al hombre y a Dios, pero no podéis engañar a los buitres, hijos de Satanás! ¡Ellos saben cuándo un hombre está vivo o muerto!

 

N’Longa se erguía como un profeta encima del pináculo, y las grandes aves negras se cernían y daban vueltas a su alrededor. Sus manos se movían, y su voz todavía resonaba a través de las colinas. Del horizonte seguían viniendo hordas interminables de buitres… de más y más buitres, que acudían al festín que durante tanto tiempo se les había negado. Oscurecían el cielo con su número, eclipsaban el sol; una extraña oscuridad cayó sobre la región. En largas filas oscuras, penetraron en las cavernas, entre agitar de alas y estruendo de picos. Sus garras desgarraban los malignos horrores vomitados por las cuevas.

 

Todos los vampiros emprendieron la huida hacia su ciudad. La venganza que habían conseguido apartar de sí durante eras se desplomaba sobre ellos, por lo que su última esperanza se encontraba entre las pesadas murallas que habían resistido los ataques de sus desesperados enemigos humanos. Bajo aquellos techos a punto de

 

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derrumbarse podrían encontrar refugio. Y N’Longa vio cómo confluían hacia la ciudad, y rio hasta que los picos le devolvieron el eco de sus risas.

 

Ya habían entrado todos. Las aves se cernieron como una nube sobre la ciudad condenada, posándose en sólidas filas a lo largo de sus muros y afilándose picos y garras en sus torres.

 

Entonces, N’Longa cogió pedernal y eslabón y un haz de ramas secas. Cuando estas comenzaron a arder, cogió la cuerda que las mantenía juntas y arrojó el haz lo más lejos que pudo. Cayó como un meteoro a la meseta que se extendía debajo, entre una lluvia de chispas, y prendió en la hierba crecida.

 

Como una niebla blanca, el miedo se agitó en ondas invisibles por la ciudad silenciosa que se extendía debajo. Kane sonrió torvamente.

 

—La hierba está marchita y reseca a causa de la sequía —dijo—; esta estación ha llovido menos de lo usual; arderá fácilmente.

 

Como una serpiente carmesí, el fuego corrió entre la hierba alta y seca. Comenzó a extenderse, y Kane, que miraba desde arriba, sintió la espantosa intensidad de los cientos de ojos rojos que espiaban desde la ciudad de piedra.

 

La serpiente escarlata había llegado a las murallas y se retorcía como si quisiese saltar sobre ellas. Los buitres alzaron el vuelo, agitando sus pesadas alas, casi a regañadientes. Una racha de viento cayó sobre las llamas, haciéndolas ondear como una enorme gola roja que rodease las murallas, de suerte que la ciudad quedó ceñida por una sólida barricada de llamas. El rugido llegó hasta los dos hombres que se encontraban sobre el pico elevado.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las chispas cruzaron las murallas y prendieron en la hierba alta de las calles. Una veintena de llamas cobró cuerpo con velocidad increíble. Un velo rojo vistió calles y edificios. A través de aquella bruma carmesí que se arremolinaba, Kane y N’Longa vieron cientos de formas oscuras huir y retorcerse para desvanecerse súbitamente en una explosión de llamaradas, que suscitó la intolerable pestilencia de la carne podrida al arder.

 

Kane contemplaba la escena, sobrecogido. Aquello sí que era el Infierno en la tierra. Como en una pesadilla, miró hacia el hirviente caldero rojo donde unos insectos negros luchaban contra su destino y morían. Las llamas se elevaron hasta cien pies y, de repente, sobre sus rugidos, pudo oírse un grito bestial e inhumano, que parecía llegar a través de los innominados golfos del espacio cósmico, como si un vampiro, al morir, rompiese las cadenas del silencio que le habían retenido durante siglos sin cuento. Se elevó alto y obsesivo, el grito de muerte de una raza que se extinguía.

 

Después, las llamas comenzaron a apagarse. Había sido uno de los típicos incendios de la sabana, breve pero violento. La meseta mostraba una extensión ennegrecida, mientras que la ciudad se había convertido en una masa carbonizada y humeante de piedras derruidas. No se veía ni un solo cadáver, ni siquiera un hueso carbonizado. En lo alto volaban las oscuras formaciones de buitres, que ya habían comenzado a dispersarse.

 

Kane miró enfurecido hacia el límpido cielo azul. Y le recordó el mar, como si un fuerte viento marino lo hubiese limpiado de las nieblas del horror. De algún lugar le llegó el lejano y débil rugido de un león. Los buitres se alejaban en negras filas irregulares.

 

 

 

V. «¡Terminar de hablar!»

 

Kane se sentaba en la entrada de la cueva donde yacía Zunna, mientras dejaba que el hechicero le vendase.

 

Las ropas del puritano colgaban de su cuerpo hechas jirones; su tórax y extremidades estaban surcados de profundos cortes y de moratones, pero no había sufrido ninguna herida mortal en aquella espantosa lucha en las alturas.

 

—¡Nosotros ser hombres poderosos! —declaró N’Longa, muy contento consigo mismo—. ¡Ciudad de vampiros ahora bastante silenciosa! Ningún muerto que camina por estas colinas.

 

—No consigo comprenderlo —dijo Kane, apoyando el mentón en una mano—. Dime, N’Longa, ¿cómo pudiste hacer todo eso? ¿Cómo hablaste conmigo en sueños? ¿Cómo entraste en el cuerpo de Kran, y cómo llamaste a los buitres?

 

—Hermano de sangre —comenzó a explicar N’Longa, olvidándose de su manía


 

 

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por hablar en la jerga que había estado utilizando hasta entonces y expresándose en la lengua del río, que Kane conocía bien—. Soy tan viejo que me llamarías mentiroso si te dijera mi edad. Durante toda mi vida he hecho magia, primero sentándome a los pies de los poderosos hombres ju-ju del Sur y del Este y, después, siendo esclavo de los Buckra y aprendiendo más. Hermano, ¿tengo que resumir todos estos años en un momento, y hacer que comprendas en pocas palabras lo que tanto me ha costado aprender? Ni siquiera podría conseguir que aprendieras el modo en que esos vampiros mantuvieron apartados sus cuerpos de la corrupción al beber la vida de los hombres.

 

»Cuando duermo, mi espíritu vaga sobre la jungla y los ríos para charlar con los espíritus dormidos de mis amigos. Hay una poderosa magia en el bastón vudú que te entregué… una magia proveniente del País Antiguo que atrae mi espíritu, lo mismo que el imán del hombre blanco atrae el metal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane le escuchó en silencio, viendo por última vez en los brillantes ojos de N’Longa algo más vivido y más profundo que el ávido destello de quien opera con la magia negra. Y casi llegó a tener la sensación de contemplar los ojos de mirada premonitoria y misteriosa de uno de los profetas de antaño.

 

—Hablé contigo mientras dormías —proseguía N’Longa—, e hice caer un sueño profundo sobre las almas de Kran y de Zunna, enviándolos a una tierra tenebrosa, de donde no tardarán en volver sin acordarse de nada. Todo se pliega a la magia, hermano de sangre, y tanto las bestias como las aves obedecen las palabras del maestro. Operé un fuerte vudú, la magia de los buitres, y el pueblo alado de los aires acudió a mi llamada.

 

»Conozco esas cosas y soy parte de ellas, pero ¿cómo podría explicártelas? Hermano de sangre, eres un guerrero poderoso, pero en los senderos de la magia serías como un niño perdido. Lo que me ha llevado tantos años conocer, no puedo


 

 

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revelártelo de manera que puedas comprenderlo. Amigo mío, sólo piensas en los malos espíritus, pero si mi magia fuese maligna… ¿no crees que me quedaría con este cuerpo joven y bien formado en lugar del mío, viejo y apergaminado? No temas. Kran no tardará en volver a él, sano y salvo.

 

»Conserva el bastón vudú, hermano de sangre. Posee un gran poder contra los brujos, las serpientes y todas las cosas malignas. Ahora regreso al poblado, en la costa, donde descansa mi auténtico cuerpo. ¿Tú qué harás, hermano de sangre?

 

Kane señaló en silencio hacia el Este.

 

—La llamada no ha enmudecido. Proseguiré.

 

N’Longa asintió y tendió una mano. Kane la estrechó. La expresión misteriosa había abandonado el rostro del hechicero, y sus ojos chineaban como los de una serpiente, con una especie de alegría reptiliana.

 

—Yo ir ahora, hermano de sangre —dijo el hechicero, volviendo a la jerga que tanto le gustaba, y cuyo dominio era mayor motivo de orgullo que todos sus trucos y conjuros—. Tú tener cuidado… ¡esa amiga jungla, todavía poder dejar limpios tus huesos! Recordar ese bastón vudú, hermano. ¡Ai ya, terminar de hablar!

 

Cayó de espaldas sobre la arena, y Kane vio cómo se borraba la expresión astuta e inteligente de N’Longa del rostro de Kran. Volvió a ponérsele carne de gallina. En algún lugar de la Costa de los Esclavos, el cuerpo de N’Longa, encogido y lleno de arrugas, se agitaba en el interior de la cabaña ju-ju, como si despertase de un sueño. Kane sintió un escalofrío.

 

Kran se incorporó en el suelo, y se sentó, estirándose y sonriendo. A su lado, Zunna se puso en pie, restregándose los ojos.

 

—Amo —dijo Kran, en tono de disculpa—, hemos debido de quedarnos dormidos.

 

 

Título original:

 

«Hills of the Dead»

 

(Weird Tales, agosto 1930)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS HIJOS DE ASSHUR


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I

 

EN MEDIO DE LA OSCURIDAD, Solomon Kane se levantó de un salto y comenzó a recoger  sus  armas  de  encima  del  montón  de  pieles  que  le  servían  de rudimentario lecho. Lo que le había despertado no era el tamborileo frenético de la lluvia del trópico sobre las hojas del techo de la cabaña, ni tampoco el retumbar del trueno. Eran los gritos de agonía, el clamor del acero que hendía el tumulto de la tormenta tropical. Algo estaba sucediendo en el poblado indígena donde se había refugiado de la tormenta, y todo parecía indicar que se trataba de una incursión violenta. Mientras buscaba a tientas su espada, se preguntó qué tipo de hombres se atreverían a realizar un ataque en plena noche y en medio de una tormenta como aquella. Sus pistolas estaban junto a la espada, pero no las cogió, ya que dejarían de

 

funcionar bajo aquel diluvio en cuanto el agua mojara sus mecanismos.

 

Como se había acostado sin quitarse la ropa, excepto el sombrero de ala ancha y la capa, salió corriendo hacia la puerta de la cabaña sin detenerse a buscarlos. La desigual cicatriz de un rayo, que pareció abrir los cielos, le mostró la visión caótica de unas formas que se batían entre las cabañas, entre el sorprendente destellar de los relampagueantes aceros. Sobre el fragor de la tormenta pudo oír con claridad los chillidos de los indígenas y otras exclamaciones más graves y profundas, en una lengua desconocida. Al salir de sopetón fuera de la cabaña sintió la presencia de alguien frente a él; en aquel momento, otro atronador exabrupto de fuego hendió el cielo, inundándolo todo con una extraña luz azul. Solomon se lanzó salvajemente a fondo, sintió que la hoja de su estoque parecía doblarse al chocar contra su oponente y vio una pesada espada abatiéndose sobre su cabeza. Una lluvia de chispas, más brillantes que el relámpago, explotó ante sus ojos; después, una negrura más oscura que la noche de la jungla se lo tragó.

 

* * *


 

 

 

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La aurora ya derramaba su palidez sobre la húmeda extensión de la jungla cuando Solomon Kane se desperezó y se encontró en el fango, delante de la cabaña. La sangre se había secado sobre su cuero cabelludo, y la cabeza le dolía un poco. Despejándose del ligero aturdimiento que aún le dominaba, se levantó. Había dejado de llover desde hacía bastante tiempo. El cielo estaba despejado. El silencio reinaba sobre el poblado… En verdad era un poblado de muertos, se dijo Kane. Cadáveres de hombres, mujeres y niños aparecían tirados por todas partes… en las calles, a la puerta de las cabañas, dentro de ellas; algunas de las viviendas habían sido literalmente destrozadas, ya fuese porque buscaran en su interior víctimas escondidas o por simple afán de destrucción. No habían tocado las lanzas, hachas y tocados de plumas de las víctimas, ni tampoco sus utensilios de cocina, lo que parecía abonar la hipótesis de una incursión llevada a cabo por gente de cultura y artesanía superiores a las de los habitantes del poblado. Pero sí se habían llevado todo el marfil que habían podido encontrar y también, como Kane no tardaría en descubrir, su estoque y su puñal, las pistolas, las bolsas con la pólvora y las balas, su sombrero y su capa, además del bastón, la vara de punta aguzada, extrañamente labrada y adornada con una cabeza de gato, que su amigo N’Longa, el brujo de la Costa Oeste, le había entregado.

 

Kane se detuvo en el centro del poblado devastado y reflexionó sobre lo sucedido. Unas extrañas especulaciones recorrieron al azar su mente. Su conversación la noche anterior con los habitantes del poblado, adonde había dirigido sus pasos, huyendo de la jungla azotada por la tormenta, no le había proporcionado ningún indicio acerca de quiénes pudieran ser los atacantes. Los propios indígenas no conocían mucho de la región, pues habían llegado a ella no hacía mucho, después de huir de su tierra natal ante el empuje de una tribu rival más poderosa que la suya. Eran gente buena y sencilla, que le habían acogido en sus cabañas y habían compartido amablemente con él su humilde comida. El corazón de Kane ardía de ira contra los desconocidos que los habían aniquilado, pero también por la llama de esa curiosidad insaciable que es el azote de los hombres inteligentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Porque aquella noche Kane había contemplado un misterio. Y la tormenta —el


 

 

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vivido resplandor de aquel relámpago— le había mostrado, recortándose momentáneamente sobre su fulgor, un rostro fiero, de barba negra… el de un hombre blanco. Pero de acuerdo con la lógica, no podía haber hombres blancos —ni siquiera negreros árabes— en muchos cientos de millas a la redonda. Sin tiempo para observar las ropas del hombre, había conservado la vaga impresión de que iba vestido de manera extraña. Y aquella espada con la que su contrincante le golpeara de plano, haciéndole perder el sentido… no había sido, con toda seguridad, la grosera arma de un indígena.

 

Kane contempló el tosco muro de barro secado al sol que rodeaba el poblado y las puertas de cañas arrancadas de sus goznes por los atacantes. Al parecer, la tormenta se había calmado después de que se fueran, ya que en la tierra húmeda se distinguía una pista inconfundible que salía de todas y cada una de las puertas violentadas y se perdía en la jungla.

 

Kane recogió un hacha primitiva que vio cerca. Nada había quedado de los misteriosos asaltantes, como si estos se hubiesen llevado los cuerpos de sus caídos. Con unas cuantas hojas y ramas se fabricó un sombrero rudimentario para protegerse del sol. Después franqueó la destrozada puerta del poblado y se adentró en la jungla que rezumaba agua, siguiendo la pista de los desconocidos.

 

* * *

 

Bajo los árboles gigantescos, el rastro se hizo más claro, por lo que Kane pudo comprobar que la mayor parte de las huellas procedían de sandalias… de un tipo desconocido. Las demás eran de pies descalzos, lo que indicaba que los atacantes habían hecho prisioneros. Al parecer le llevaban mucha delantera, pues a pesar de que caminó sin pausa y con paso largo y desahogado se le hizo de noche sin que consiguiera avistar la columna.

 

Comió de los alimentos que había recogido del poblado en ruinas y prosiguió su avance sin detenerse, consumido por la cólera y el deseo de resolver el misterio de aquel rostro vislumbrado a la luz de un relámpago; además, los atacantes se habían llevado sus armas, y en aquella tierra sombría las armas de un hombre eran su vida. A medida que el sol se fue acercando al horizonte, la jungla dio paso a una región boscosa; al atardecer, Kane se encontraba ante una llanura ondulada, cubierta de hierba y salpicada de árboles, y veía a lo lejos lo que parecía una cadena de colinas bajas y homogéneas; como las huellas cruzaban en línea recta la llanura, supuso que la meta de sus enemigos debía encontrarse entre las colinas.

 

Se detuvo mientras tomaba una decisión. A través de la pradera llegaron a sus oídos los atronadores rugidos de los leones, llamándose y contestándose unos a otros desde una veintena de puntos diferentes. Los grandes felinos acababan de abrir la veda. Habría sido un suicidio aventurarse a través de un espacio abierto tan grande,


 

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armado sólo con un hacha. Por eso, nada más ver un árbol gigantesco, Kane gateó por él y se acomodó lo mejor que pudo en una de sus ramas, que tenía forma de horquilla. A lo lejos, en el extremo de la llanura, entre las colinas, distinguió un punto luminoso, seguido, después, por una línea serpenteante de luces titilantes que se dirigía hacia las colinas, escasamente visibles al recortarse contra el horizonte que comenzaba a cuajarse de estrellas. Supuso que se trataba de la columna formada por los atacantes del poblado y sus cautivos. Llevaban antorchas y avanzaban deprisa. Posiblemente, las antorchas servían para mantener alejados a los leones, y Kane pensó que su meta debía estar muy cerca para arriesgarse a viajar de noche por aquellas praderas infestadas de depredadores.

 

Mientras vigilaba, vio cómo subían unos puntos luminosos para brillar durante unos instantes entre las colinas y después desaparecer.

 

Sin dejar de especular sobre el misterio que encerraba todo aquello, Kane se quedó dormido. Durante su sueño, los vientos de la noche susurraron entre las hojas del árbol los extraños secretos del África antigua y los leones rugieron debajo de él, agitando sus peludas colas mientras miraban hacia arriba con ojos hambrientos.

 

Una vez más, la aurora iluminó la región de rosa y oro, y Solomon bajó de su asiento y reemprendió el camino. Comió lo que quedaba de las provisiones que había cogido, bebió de un arroyo que le pareció de aguas muy claras y especuló con la posibilidad de ir a buscar comida entre las colinas. Si no la conseguía, podría encontrarse en una posición muy precaria; pero no era la primera vez que pasaba hambre… Además, ya había estado a punto de morirse en otras ocasiones de agotamiento, de frío y de cansancio. Su delgado cuerpo de anchas espaldas era tan duro como el hierro, tan elástico como el acero.

 

Avanzó con decisión a través de la sabana, mirando a su alrededor por si había algún león al acecho, pero sin aflojar el paso. El sol ya había llegado a su cénit y comenzaba a hundirse tras el horizonte por Poniente. A medida que el inglés se acercaba a la cadena de colinas bajas, comenzaba a verlas con más nitidez. En lugar de encontrarse con unas elevaciones más o menos similares, lo que tenía ante sí era una meseta baja que se levantaba abruptamente de la llanura circundante y que parecía lisa. En sus extremos vio árboles y una hierba muy alta, pero sus paredes parecían áridas y accidentadas. Sin embargo, no tenían más de setenta u ochenta pies, como no tardó en comprobar, y no parecía que fuesen difíciles de escalar.

 

Al acercarse, vio que eran de roca sólida, aunque recubierta por una gruesa capa de tierra. Esparcidas por el terreno había muchas rocas enormes, que debían de haberse desplomado de las alturas; pensó que un hombre decidido no tendría dificultad para escalar las paredes en más de un punto. Pero también vio otra cosa… una ancha rampa que subía por la empinada pendiente del precipicio adonde se dirigían las huellas que él estaba siguiendo.


 

 

 

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Kane se acercó hasta la rampa y observó la perfección de la técnica empleada en ella… ciertamente no era el resultado del paso cotidiano de los animales. Tampoco era obra de los indígenas. Había sido tallada en la roca con consumada maestría y estaba pavimentada con bloques de piedra hábilmente encajados entre sí.

 

Tan prudente como un lobo, la evitó; un poco más lejos, encontró una pendiente menos escarpada y comenzó a escalarla. Los asideros eran inestables y las rocas, que daban la impresión de estar simplemente apoyadas en la pared, parecían a punto de deslomarse sobre él en cualquier momento; no obstante, consiguió su objetivo sin demasiados riesgos y llegó hasta el borde de la pared.

 

Se encontró sobre un declive accidentado, sembrado de roquedales, que descendía abruptamente hacia una extensión plana. Desde donde estaba, vio una amplia llanura extenderse a sus pies, tapizada de abundante hierba verde. Y en el centro… Parpadeó y sacudió la cabeza, de un lado a otro, pensando que contemplaba un espejismo, una alucinación. ¡No! Todavía seguía allí: era una enorme ciudad amurallada, que se levantaba en medio de la llanura herbosa. Veía sus edificios y más allá sus torres, con pequeñas figuras que se movían alrededor. Al otro extremo de la ciudad divisó un pequeño lago, en cuyas márgenes se extendían jardines y campos lujuriantes y una especie de pradera llena de rebaños que pastaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estupefacto por lo que veía, el puritano se quedó pasmado durante unos instantes, hasta que el sonido metálico de un talón de hierro al pisar sobre una piedra le hizo volverse rápidamente, para encontrarse con un hombre que había salido de entre las rocas. Era de constitución robusta y muy fuerte, casi tan alto como Kane, pero más pesado. Sus brazos desnudos mostraban unos músculos poderosos, y sus piernas eran como columnas. Su rostro era un duplicado del que Kane viera a la luz del relámpago… fiero y barbado, el rostro de un hombre blanco con ojos arrogantes y nariz ganchuda de ave de presa. Desde el cuello de toro hasta las rodillas llevaba una loriga de láminas de hierro y en la cabeza un yelmo de acero. Un escudo hecho de madera endurecida y cuero se encontraba en su brazo izquierdo; en su cinturón podía


 

 

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verse un cuchillo, y en la mano derecha blandía una corta maza de hierro, bastante pesada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane vio todo aquello en un instante, mientras el guerrero daba un rugido y atacaba. Y, también en un instante, comprendió que no habría lugar para conversaciones de ningún tipo. Era una batalla a muerte. Como un tigre, saltó a su encuentro y golpeó con su hacha, empeñando toda la fuerza que le permitía su robusto cuerpo. El guerrero paró el golpe con su escudo. El extremo del hacha siguió la trayectoria de este último, y Kane se quedó con su empuñadura en la mano, mientras que el escudo se hacía pedazos.

 

Arrastrado por el impulso de su salvaje ataque, el cuerpo de Kane chocó contra su contrincante, que dejó caer el escudo inservible y, a punto de perder el equilibrio, agarró al inglés. Con los músculos en tensión y sin resuello, ambos oscilaron sobre sus pies, mientras intentaban no perder el contacto con el suelo. Kane aulló como un lobo cuando sintió la fuerza de su enemigo. El guerrero apretaba con más fuerza la empuñadura de su maza de hierro, para descargarla con ferocidad sobre la cabeza desnuda de su contrincante, y su loriga hacía inefectivos los esfuerzos de Kane.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El inglés intentó inmovilizar el brazo del guerrero, pero sus dedos perdieron su presa y la maza se abatió dolorosamente contra su cabeza. Cayó nuevamente, y una bruma surcada de estrías rojas nubló su vista; no obstante, al echarse rápidamente hacia un lado, pudo esquivar en gran parte el golpe, que dejó medio insensible y en carne viva uno de sus hombros, haciendo manar sangre de la herida.

 

Enloquecido, Kane se lanzó ferozmente contra el robusto cuerpo del enemigo que le castigaba con su maza, y una de sus manos encontró a ciegas la empuñadura del


 

 

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cuchillo que su oponente llevaba al cinto. Lo extrajo de su vaina y se lo clavó, ciega y salvajemente.

 

Fundidos en un abrazo, ambos luchadores retrocedieron vacilando; el uno golpeando en silencio con el cuchillo, el otro intentando liberar alguno de sus brazos para poder aplastar a su contrincante con un golpe definitivo. Los embates cortos, y por ello imprecisos, del guerrero caían, aunque no de lleno, sobre la cabeza y los hombros de Kane, lacerando su piel y haciendo manar su sangre a borbotones. Rojas lanzas de sufrimiento traspasaban el obnubilado cerebro del inglés. Pero el cuchillo que tenía en la mano que arremetía se veía desviado por las láminas de hierro que guardaban el cuerpo de su adversario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cegado, aturdido, luchando por instinto, como sólo lucha un lobo herido, Kane chasqueó los dientes y los hundió como si fuese una fiera en el grueso cuello de toro de su adversario. La carne lacerada y un espeso chorro de sangre arrancaron un rugido de agonía del cuerpo poderoso. La maza golpeó con menos fuerza y el guerrero cayó hacia atrás. Ambos guerreros titubearon durante un instante al borde de un precipicio poco profundo y cayeron por él rodando, pero sin soltarse. Finalmente, cuando llegaron abajo, se detuvieron. Kane había quedado encima de su adversario. El puñal que llevaba en la mano brilló sobre su cabeza y cayó tan rápido como un relámpago, hundiéndose hasta la empuñadura en la garganta del guerrero. El cuerpo de Kane fue hacia delante, siguiendo la trayectoria del cuchillo, y se detuvo, inerte, encima de su enemigo muerto.

 

Los contendientes quedaron inmóviles, yaciendo en un extenso charco de sangre. En el cielo aparecieron unas pequeñas manchas, negras sobre el azul, que volaban en círculo, cada vez más bajas.

 

En aquel momento, surgiendo del desfiladero, aparecieron unos hombres similares en aspecto y atavío al que yacía muerto bajo el cuerpo desvanecido de Kane. Atraídos por el sonido de la batalla, se habían detenido después de discutir con palabras ásperas y guturales qué debían hacer. Ligeramente apartados de ellos, unos esclavos se mantenían en el más completo silencio.

 

Movieron los cuerpos y descubrieron que uno de los hombres había muerto y que el otro, probablemente, no tardaría en seguirle. Tras nuevas discusiones, improvisaron una litera con sus lanzas y tahalíes y ordenaron a sus esclavos que levantasen los


 

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cuerpos y que cargasen con ellos. La partida se puso en camino hacia la ciudad que relucía extrañamente en medio de la llanura herbosa.

 

 

 

II

 

Solomon Kane recuperó el conocimiento. Estaba echado en un diván cubierto de pieles finamente trabajadas, en medio de una espaciosa habitación, cuyo suelo, paredes y techo eran de piedra. Había una ventana con muchos barrotes y una única puerta. Fuera montaba guardia un robusto guerrero, muy parecido al hombre a quien había matado.

 

Kane descubrió otra cosa, que en muñecas, cuello y tobillos tenía unas cadenas de oro. Se unían entre sí de manera complicada, sujetándose a un grillete sólidamente anclado en la pared con un robusto candado de plata.

 

El puritano comprobó que sus heridas habían sido vendadas. Mientras ponderaba su situación, entró un esclavo, con alimentos y una especie de vino púrpura. Kane no intentó entablar conversación, sino que comió y bebió abundantemente. El vino estaba drogado, y no tardó en quedarse profundamente dormido. Muchas horas después, cuando desertó, vio que le habían cambiado los vendajes. Otro guardia que no era el de antes, vigilaba fuera —aunque, no obstante, era de su mismo tipo físico —, musculoso, con barba y cubierto de hierro.

 

Al fondo se encontraba el esclavo que anteriormente le diera de comer. Delante de él se habían reunido varios hombres. Se vestían con largas túnicas y sus rostros eran inescrutables. Llevaban afeitados cabeza y rostro. Ligeramente apartado de ellos se encontraba otro hombre, cuya figura dominaba la escena. Era alto, con ropajes de seda sostenidos en la cintura por un ceñidor de escamas de oro. Su cabello y barba negro-azulados estaban curiosamente rizados; su rostro de nariz de halcón era tan cruel como el de un depredador. La arrogancia de sus ojos, que Kane ya había definido como una de las características de aquella raza desconocida, era en él mucho más evidente que en los demás. Llevaba una diadema de oro extrañamente cincelada en la cabeza y un cetro de oro en la mano. La actitud del resto de los hombres hacia él era del más puro servilismo, y Kane supuso que debía de encontrarse ante el rey o el sumo sacerdote de la ciudad.

 

Junto a aquel personaje se encontraba un hombre bajo y rechoncho, afeitado como los demás y vestido con ropas similares, pero mucho más costosas. Tenía en la mano un látigo formado por siete tiras de cuero que se unían en un mango salpicado de joyas. Las tiras terminaban en pequeños remates triangulares de metal, formando en su conjunto el instrumento de castigo más salvaje que Kane jamás hubiera visto. Aquel individuo poseía unos ojillos inquietos y astutos, y toda su actitud era una mezcla de servilismo adulador hacia el hombre que asía el cetro y de intolerable


 

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despotismo hacia sus inferiores.

 

Kane sostuvo las miradas de aquella gente mientras intentaba recordar a qué podría ser debida la sensación de familiaridad que le asaltaba. Había algo en sus rasgos que le recordaba vagamente a los árabes, aunque eran muy diferentes de todos los árabes que había visto. Hablaban entre sí, y algunas de sus palabras le sonaron familiares en más de una ocasión. Pero no consiguió concretar aquellos vagos sobresaltos que acudían a su memorias.

 

Finalmente, el hombre alto del centro le dio la espalda y se fue con paso majestuoso, seguido de sus serviles acompañantes. Kane volvió a quedarse solo. Después de algún tiempo, el rollizo lugarteniente regresó con media docena de soldados y de acólitos. Entre ellos se encontraba el joven esclavo que diera de comer a Kane, y una figura alta y sombría, desnuda, con excepción de un paño de seda a la cintura, del que pendía una gran llave. Los soldados rodearon a Kane, apuntándole con sus jabalinas, mientras el gigante soltaba las cadenas del grillete de la pared. Los soldados las mantuvieron en alto y le indicaron por señas que los acompañase. Rodeado por sus captores, Kane salió de la cámara y penetró en lo que parecía ser una serie de grandes galerías que recorrían el interior del vado edificio. Subieron peldaño a peldaño y llegaron finalmente a una cámara muy parecida a la que habían dejado, amueblada de forma similar. Las cadenas de Kane fueron enganchadas al grillete encajado en la pared de piedra, cerca de la única ventana. Podía estar de pie, echarse o sentarse en el diván cubierto de pieles, pero le resultaba imposible desplazarse más de media docena de pasos en cualquier dirección. Al poco tiempo le llevaron vino y alimentos.

 

Cuando sus captores se fueron, Kane observó que no cerraban la puerta ni dejaban ningún guardia en la entrada, por lo que supuso que debían confiar en que sus cadenas le mantenían a buen recaudo; después de tirar de ellas tuvo que darles la razón. Pero había otra razón más para su aparente despreocupación, como no iba a tardar en conocer.

 

Miró por la ventana, que era mayor que la de su anterior habitación y tenía menos barrotes, y descubrió que veía la ciudad a una altura considerable. Bajo él se extendían calles estrechas, anchas avenidas flanqueadas por lo que parecían columnas y leones de piedra tallada, y vastas perspectivas de casas de tejado plano. Muchos de los edificios eran de piedra, y los demás de adobe. Aquella arquitectura tenía un colosalismo que le resultaba vagamente repelente… era una constante sombría y opresiva que parecía sugerir el carácter torvo y un tanto inhumano de sus constructores.


 

 

 

 

 

 

 

 

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La muralla que rodeaba la ciudad era alta y de notable espesor, con torres espaciadas a intervalos regulares. Vio figuras cubiertas con corazas moviéndose como si fueran centinelas en lo alto de la muralla, y meditó sobre el aspecto guerrero de aquel pueblo. Las calles y plazas de los mercados le mostraban un laberinto de colores, donde la gente, ricamente vestida, creaba al desplazarse un panorama siempre cambiante.

 

En lo referente al edificio donde se encontraba prisionero, Kane apenas podía adivinar su naturaleza. Sin embargo, casi debajo de donde se encontraba vio una serie de peldaños enormes que descendían, como si perteneciesen a una escalera gigantesca. Debía estar construido, pensó, mientras sentía una sensación bastante desagradable, como la fabulosa Torre de Babel, con peldaños unos encima de otros.

 

Decidió examinar la habitación donde se encontraba. Las paredes tenían gran abundancia de decoraciones murales y bajorrelieves policromos, con colores firmes y bien repartidos. Realmente, la calidad de su arte era tan buena como la de cualquier otro que hubiese visto en Asia o en Europa. La mayor parte de las escenas eran de guerra o de caza… hombres poderosos de barba negra, frecuentemente rizada, cubiertos de coraza, que mataban leones o perseguían a otros guerreros. Algunos de estos eran de raza negra, y estaban completamente desnudos; otros se parecían curiosamente a sus perseguidores.

 

Las figuras humanas no estaban tan logradas como las de los animales; eran tan convencionales que parecían de madera. Pero los leones habían sido representados con un realismo sorprendente. Algunas de las escenas mostraban a los guerreros de negra barba subidos en carros tirados por fogosos corceles. Kane volvió a sentir una vez más aquella extraña sensación de familiaridad, como si no fuese la primera vez que las veía. Le pareció que los carros y los caballos estaban menos vivos que los leones. Y al ver algunos errores que parecían incongruentes con la maestría con que habían sido realizadas algunas escenas, pensó que no debían achacarse al manierismo de la representación, sino al desconocimiento del artista sobre la materia.


 

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* * *

 

El tiempo pasó rápidamente mientras Kane contemplaba los bajorrelieves, por lo que le sorprendió ver que el silencioso esclavo entraba con comida y vino.

 

Cuando dejó las viandas, Solomon le habló en un dialecto de las tribus de la pradera. Como su rostro presentaba ciertas cicatrices rituales que le eran conocidas, había supuesto, acertadamente, que debía pertenecer a alguna de ellas. Aquel rostro apagado se iluminó débilmente, y el hombre contestó en una lengua lo suficientemente parecida a la que Kane había empleado para que pudiese comprenderle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¿Qué ciudad es esta?

 

—Ninn, bwana.

 

—¿Quién es esa gente?

 

El esclavo negó con la cabeza, sin saber qué decir.

 

—Un pueblo muy antiguo, bwana. Llevan viviendo aquí desde hace muchísimo tiempo.

 

—¿El que llegó a mi cámara, acompañado por otros hombres, es su rey? —Sí, bwana. Era el rey Asshur-ras-Arib. —¿Y el hombre del látigo?

 

—Yamen, el sumo sacerdote, bwana persa.

 

—¿Por qué me llamas así? —preguntó Kane, atónito.

 

—Porque así te llaman los amos, bwana

 

El esclavo dio un paso atrás, y su rostro se volvió del color de la ceniza cuando la sombra de una figura alta cruzó el umbral. Era la de un gigante semidesnudo de cabeza afeitada que acababa de entrar en la habitación. El esclavo cayó de rodillas, temblando de terror. Unos dedos poderosos se cerraron alrededor de la atemorizada garganta. Kane vio los ojos del desgraciado salirse de sus órbitas y su lengua colgar


 

 

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de una boca descomunalmente abierta. Su cuerpo se retorció y se debatió en vano; sus manos intentaron agarrar aquellas zarpas de hierro, pero cada vez con menos fuerza. Después su cuerpo quedó inerte entre las manos de su asesino. Cuando el guerrero de cabeza afeitada lo soltó, el cadáver cayó desmadejado sobre el pavimento. El guerrero batió palmas y entraron dos esclavos. Sus rostros se quedaron tan blancos como la ceniza al ver el cadáver de su compañero, pero, a un gesto del gigante, lo cogieron de los pies y lo sacaron fuera.

 

El guerrero se volvió hacia la puerta, y sus ojos turbios e implacables se encontraron en un gesto de advertencia con los de Kane. Pero el odio tamborileaba en las sienes del inglés, y la torva mirada del asesino no tardó en apartarse de la fría furia que ardía silenciosamente en sus ojos. El esbirro se retiró sin hacer ruido, dejando al prisionero entregado a sus meditaciones.

 

Cuando llegó la hora de la comida, el encargado de llevársela fue un joven esclavo, de complexión delgada y apariencia despierta e inteligente. Kane no hizo ningún intento de hablar con él; al parecer, por el motivo que fuese, los señores de la ciudad no deseaban que su cautivo se enterase de nada de lo que les concernía.

 

El puritano jamás supo los días que permaneció en aquella habitación. Como cada día era exactamente igual que el anterior, acabó perdiendo la noción del tiempo. Yamen, el sacerdote, acudía a visitarle con frecuencia, y le miraba con aire satisfecho, lo que tenía la virtud de convertir su mirada en una llamarada roja, por las ganas de matarle que le entraban; en otras, era el gigantesco asesino el que aparecía sin hacer ruido, marchándose después igual de silencioso.

 

Los ojos de Kane sólo estaban pendientes de la llave que se balanceaba en la cintura del silencioso gigante. Si aquel individuo se pusiese a su alcance… Pero su carcelero tenía buen cuidado de permanecer lejos de él, a menos que Kane estuviese rodeado de guerreros que le apuntaban con sus jabalinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cierta noche, el sacerdote Yamen, acompañado del silencioso gigante, que se llamaba Shem, llegó a su habitación, escoltado por cerca de cincuenta acólitos y soldados. Fue Shem el que soltó de la pared las cadenas de Kane, quien, flanqueado


 

 

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por dos columnas de soldados y sacerdotes, fue escoltado a lo largo de unas galerías tortuosas, iluminadas por unas antorchas resplandecientes colocadas en nichos a lo largo de las paredes, además de las que llevaban los sacerdotes.

 

Gracias a aquella iluminación, Kane observó los bajorrelieves que adornaban las ciclópeas paredes de las galerías. Muchos eran de tamaño natural y algunos aparecían poco nítidos, como si se hubiesen borrado o alterado por el tiempo. La mayor parte, como pudo comprobar, representaban hombres montados en carros tirados por caballos. Aquello le hizo pensar que las figuras imperfectas de jinetes y corceles que había visto en su habitación debían de haber sido copiadas de aquellos antiguos bajorrelieves, pues ya no debían de quedar en Ninn carros ni caballos. En las figuras humanas se apreciaban varias diferencias raciales… las narices ganchudas y las barbas negras y rizadas de la raza dominante eran claramente distinguibles. En ocasiones, sus oponentes eran gente de raza negra, en otras hombres como ellos, y, en casos más raros, individuos de gran estatura, con rasgos inconfundiblemente árabes.

 

Kane se sorprendió al observar que, en algunas de las escenas más antiguas, aparecían hombres cuyos rasgos y atavío eran totalmente diferentes de los que caracterizaban a los Ninnitas. Aquellos extranjeros siempre eran representados en escenas de batalla y, hecho importante, se dijo Kane, no siempre en retirada. Con mucha frecuencia aparecían como vencedores; de cualquier modo, no consiguió verlos representados como esclavos. Pero lo que más le llamó la atención fue cierto aire de familia… Mirar aquellos rasgos esculpidos en la piedra era como encontrar a un amigo en tierra extranjera. Dejando a un lado lo extraño y bárbaro de sus armas y atavío, podrían haber pasado por ingleses, por sus rasgos de europeo y sus cabellos rubios.

 

En algún lugar, y hacía tiempo, mucho tiempo, los antepasados de los Ninnitas habían guerreado contra hombres muy parecidos a sus propios antepasados. Pero ¿cuándo y dónde? Ciertamente, aquellas escenas no habían tenido lugar en la región que ocupaban por aquel tiempo los Ninnitas, ya que en ellas se observaban llanuras fértiles, colinas herbosas y ríos caudalosos. Y también ciudades populosas como Ninn, aunque con una sutil nota de diferencia.

 

De repente, Kane recordó dónde había visto unos bajorrelieves similares, con reyes de barba negra y rizada esculpidos en ellos que mataban leones subidos en sus carros… en los muros en ruinas que señalaban el antiguo lugar de una ciudad de Mesopotamia, olvidada desde hacía mucho tiempo. La gente que merodeaba por los alrededores le había dicho que aquellas ruinas eran todo lo que quedaba de Nínive la Sangrienta, la maldita de Dios.

 

El inglés y su escolta llegaron finalmente al piso inferior del gran templo, y franquearon unas grandes columnas, excesivamente anchas y con bajorrelieves, como las paredes. A continuación, llegaron a un vasto espacio circular, situado entre el


 

 

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espeso muro y las columnas que lo flanqueaban. Tallado en la piedra del poderoso muro, pudo distinguir un colosal ídolo sentado, cuyos rasgos faciales parecían tan carentes de debilidad y gentileza humanas como los de un ídolo de la edad de piedra.

 

Debajo del ídolo, sobre un trono de piedra a la sombra de las columnas, se sentaba el rey Asshur-ras-Arib. El resplandor de las antorchas reflejándose en su rostro, de rasgos durísimos, indujo a pensar a Kane que había otro ídolo sentado en el trono.

 

Ante el dios y enfrente del rey había otro trono más pequeño. A su lado podía verse un brasero que descansaba sobre un trípode de oro; las brasas que ardían en él deprendían un humo que se retorcía lánguidamente mientras ascendía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un vestido vaporoso de seda verde, que creaba mil irisaciones, cayó sobre los hombros de Kane para ocultar sus ropas sucias, en jirones, y sus cadenas de oro. Por señas le indicaron que se sentase en el trono junto al brasero, lo que él hizo sin despegar los labios. Las cadenas de sus muñecas y tobillos quedaron enganchadas al trono de manera ingeniosa, disimuladas bajo los pliegues de su túnica de seda.

 

Los sacerdotes menores y los soldados se retiraron, dejando solos a Kane, al sacerdote Yamen y al rey en su trono. A su espalda, entre las sombras que rodeaban las columnas que parecían árboles, Kane distinguía, de vez en cuando, el destello del metal, como si la oscuridad estuviese llena de luciérnagas. Los guerreros acechaban tras ellas, ocultos. Presintió que todo aquello formaba parte de alguna puesta en escena, y le pareció percibir un asomo de montaje.

 

Asshur-ras-Arib alzó el cetro de oro y golpeó el gong que pendía cerca de su trono. Una nota plena y dulce como la de una campana lejana resonó, despertando mil ecos entre las imponentes sombras del templo. A lo largo de la avenida sumida en penumbras que se levantaba en medio de las columnas, avanzó un grupo de hombres que debían ser, según supuso Kane, los nobles de aquella ciudad fantástica. Eran altos, de barba negra y porte altanero, vestidos con seda espejeante y oro


 

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resplandeciente. Entre ellos caminaba una persona cargada de cadenas doradas, un joven cuya actitud parecía una mezcla de aprensión y desafío.

 

La asamblea se arrodilló delante del rey, prosternándose en el suelo. A una palabra suya, quienes la componían se levantaron y miraron al inglés y al dios que estaba a su espalda. Yamen, con el resplandor de las antorchas brillando sobre su cabeza afeitada y sus malignos ojos, lo que le daba la apariencia de un demonio panzudo, comenzó a entonar una extraña melopea y arrojó al brasero un puñado de polvo. Instantáneamente, un humo verdoso se elevó hacia el techo, velando parcialmente el rostro de Kane, quien se sintió sofocado, pues el olor y el sabor que dejaba en los labios eran extremadamente desagradables. Mareado y medio drogado, el cerebro comenzó a darle vueltas, como si estuviese ebrio, por lo que tiró salvajemente de sus cadenas. Escasamente consciente de lo que decía, de sus labios brotó un torrente de juramentos, algo impropio en él.

 

Tuvo la vaga noción de que Yamen contestaba a sus exabruptos con una avalancha de gritos, mientras se inclinaba hacia él como si estuviese atento a lo que decía. Después el polvo se consumió, el humo se desvaneció, y Kane se quedó aturdido y desconcertado en su trono.

 

Yamen se volvió hacia el rey y se prosternó. Levantándose acto seguido, extendió los brazos y habló con voz fuerte. El rey repitió solemnemente sus palabras y Kane vio que el rostro del noble prisionero se volvía blanco. En aquel momento, sus captores le cogieron de los brazos, y la comitiva prosiguió su camino; el ruido de sus pasos resonó de manera extraña en la inmensidad sombría.

 

Como fantasmas silenciosos, los soldados regresaron de las sombras y soltaron sus cadenas. Volvieron a formar a derecha e izquierda de Kane y le condujeron a través de galerías poco iluminadas hasta su cámara, donde nuevamente Shem aseguró sus cadenas en la pared. Kane se sentó en la cama, con el mentón apoyado en uno de sus puños, mientras intentaba encontrar alguna explicación a los sucesos tan extraños que había presenciado. Pero no lo consiguió, pues había una agitación anormal en las calles.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Miró por la ventana. En la plaza del mercado ardían unos grandes fuegos, y unas figuras de hombres, curiosamente empequeñecidas, iban y venían. Parecían rodear a alguien que se hallaba en el centro de la plaza, pero tanto se agolpaban a su alrededor que no pudo verlo bien. Un grupo de soldados rodeaba a los asistentes; la luz de los fuegos se reflejaba en sus corazas. A su alrededor todo era algarabía desordenada de gente que chillaba.

 

De repente, un grito de espantosa agonía resonó a través de tanto estruendo, que murió durante unos instantes para renacer después con más fuerza. La mayoría de aquellos gritos eran de protesta, según le pareció a Kane, pero mezclados con ellos pudo distinguir risotadas crueles, invectivas sarcásticas y carcajadas demoníacas. Sin embargo, por encima de todo aquel estruendo siguieron resonando los chillidos espantosos e intolerablemente sobreagudos de antes.

 

Un rápido ruido de pasos sonó en el pavimento, y un joven esclavo llamado Sula entró rápidamente en la habitación, sin resuello, y sacó la cabeza por la ventana. Las luces de fuera brillaron en su rostro contorsionado.

 

—¡La gente se pelea con los lanceros! —exclamó, olvidando en su excitación la orden recibida de no conversar con aquel extraño cautivo—. Gran parte del pueblo adoraba al joven príncipe Bel-lardath… ¡Oh, bwana, en él no habita el mal! ¿Por qué permitiste que el rey le desollase vivo?

 

—¡Yo! —exclamó Kane, atónito, sin saber qué decir—. ¡Pero si yo no he dicho nada! ¡Si no sé quién es ese príncipe! ¡Si jamás le vi!

 

Sula volvió la cabeza y miró intensamente el rostro de Kane.

 

—Ahora sé que lo que había pensado en secreto, bwana, era cierto —dijo, en la lengua bantú que Kane conocía—. No eres un dios, ni el portavoz de un dios, sino un hombre, como los que vi en una ocasión, antes de que la gente de Ninn me llevase cautivo. Antaño, cuando era pequeño, vi a unos hombres, salidos del mismo molde


 

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que tú, llegar con criados indígenas y matar a nuestros guerreros con armas que hablan con fuego y trueno.

 

—Es cierto que sólo soy un hombre —contestó Kane, turbado—. Pero… no lo comprendo, ¿qué están haciendo ahí abajo, en la plaza del mercado?

 

—Están desollando vivo al príncipe Bel-lardath —contestó Sula—. En la plaza del mercado se dice que el rey y Yamen odian al príncipe, que es de la sangre de Idibail[1]. Pero como tiene muchos seguidores entre el pueblo, especialmente entre los Aribi, el rey nunca se atrevió a sentenciarle a muerte. Cuando tú fuiste llevado al templo en secreto, sin que nadie en toda la ciudad lo supiese, Yamen dijo que eras portavoz de los dioses. Y añadió que Baal le había revelado que el príncipe Bel-lardath era el culpable de provocar la cólera de los dioses. Por eso le llevaron ante su oráculo…

 

Kane juró, asqueado. Cuán increíble —cuán espantoso— se le hacía pensar que unas cuantas palabrotas en inglés hubiesen condenado a aquel hombre a una muerte tan horrible. Realmente, el astuto Yamen había interpretado según sus intereses sus palabras dichas al azar. Por eso, el príncipe, a quien Kane jamás había visto antes, se retorcía ante los cuchillos de desollar de sus verdugos en la plaza del mercado bajo la que se encontraban, mientras el populacho gritaba o se burlaba.

 

—Sula —dijo—, ¿cómo se llaman estos hombres a sí mismos?

 

—Asirios, bwana —contestó el esclavo, de manera ausente, mientras contemplaba con horrorizada fascinación la espantosa escena que tenía lugar abajo.

 

 

III

 

Durante los días siguientes, Sula aprovechó todas las ocasiones que se le presentaron para hablar con Kane. Poco pudo contar al inglés del origen de los hombres de Ninn. Sólo sabía que habían venido del Este hacía mucho, muchísimo tiempo, y que habían construido su enorme ciudad en la meseta. Unas pocas leyendas de su tribu, por lo demás inciertas, hablaban de ellos. Los suyos vivían en las llanuras onduladas que se encontraban lejos, al Sur, y habían hecho la guerra contra la gente de la ciudad a lo largo de los siglos. Era la tribu de los Sulas, fuerte y belicosa, según dijo. De vez en cuando realizaban incursiones contra los Ninnitas, quienes ocasionalmente se las devolvían, ya que no se aventuraban con mucha frecuencia lejos de la meseta. Precisamente en una de ellas, Sula había caído prisionero. En los últimos tiempos, los Ninnitas se habían visto obligados a aventurarse hasta mucho más lejos para buscar esclavos, a medida que las tribus circundantes evitaban la lúgubre meseta, de suerte que, generación tras generación, llegaban a territorios cada vez más alejados.

 

La vida de un esclavo era muy dura en Ninn, según contaba Sula, y Kane le


 

 

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creyó, al ver las señales dejadas en su joven cuerpo por el látigo, la rueda y las quemaduras. El paso del tiempo no había ablandado el espíritu de los asirios, ni modificado su fiereza, proverbial en el antiguo Oriente.

 

Kane estaba muy intrigado por la presencia del pueblo de la antigüedad en aquella región desconocida, pero Sula no pudo contarle nada más. Que habían llegado del Este hacía muchísimo tiempo… era todo lo que sabía. El inglés comenzó a comprender por qué sus rasgos y su lenguaje le habían parecido remotamente familiares. Sus rasgos eran los de los semitas originales, que en su época, la de Kane, se habían visto alterados por las aportaciones de los modernos habitantes de Mesopotamia. Muchas de sus palabras tenían una inconfundible similitud con algunas frases y expresiones hebraicas.

 

Gracias a Sula, Kane supo que no todos los habitantes de Ninn eran de la misma sangre. No se unían con sus esclavos, pero si lo hacían, los hijos de tales uniones recibían instantáneamente la muerte. La estirpe dominante, seguía diciendo Sula, eran los asirios; pero también había otro grupo, cuyos miembros pertenecían al pueblo llano y a la nobleza, que eran llamados Aribi. Muy parecidos a los asirios, presentaban, no obstante, ciertas diferencias entre ellos.

 

Otro grupo era el de los Kaldii… magos y adivinos, que no eran tenidos en gran estima por los auténticos asirios. Shem, según dijo Sula, y los suyos eran elamitas. Kane se sobresalto al oír el término bíblico. Sin ser muy numerosos, se habían convertido en el instrumento de los sacerdotes… asesinos y responsables de actos extraños y fuera de lo corriente. Sula había sufrido a manos de Shem, lo mismo que los demás esclavos del templo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día tras otro, los ojos de Kane seguían posándose en el tal Shem, sobre todo


 

 

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en la llave dorada que llevaba a la cintura y que significaba su libertad. Pero como si leyera en los ojos del inglés lo que se proponía, Shem iba y venía con suma prudencia… Siniestro y sombrío gigante de rostro tallado en una mueca, jamás se ponía a tiro de los largos y acerados brazos del cautivo, a menos que fuese acompañado de guardias armados.

 

No pasaba un día sin que Kane oyese el restallido del látigo y los gritos de los esclavos marcados a fuego o despellejados. Ninn era un verdadero infierno, se dijo, gobernado por el demoníaco Asshur-ras-Arib y por su astuto y lascivo satélite, el sacerdote Yamen. También el rey era el sumo sacerdote de la ciudad, al igual que sus regios antepasados de la antigua Nínive. Y Kane comprendió por qué le llamaban «persa». Era indudable que debían ver en él un gran parecido con aquellos salvajes de las antiguas tribus indoeuropeas que habían bajado de sus montañas para borrar al imperio asirio de la faz de la tierra. Casi con toda seguridad, la gente de Ninn había llegado a África huyendo de aquellos conquistadores de cabellos rubios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo fue transcurriendo y Kane siguió cautivo en la ciudad de Ninn. Pero no le llevaron más veces como oráculo al templo.

 

Cierto día hubo gran confusión en la ciudad. Kane oyó el atronar de las trompetas desde lo alto de las murallas y el batir de los tambores. El acero dejaba oír su estruendo por las calles, y el sonido de hombres marcando el paso subió hasta él. Mirando hacia el otro lado de las murallas, vio que una horda de guerreros de raza negra, desnudos, se acercaba a la ciudad en formación abierta, llegando a la meseta. Sus lanzas relucían al sol, sus tocados de plumas de avestruz flotaban en la brisa y sus gritos llegaban débilmente a sus oídos.

 

Sula entró en la habitación, con ojos llameantes.

 

—¡Los míos! —exclamó—. Vienen contra los hombres de Ninn. ¡Los míos son guerreros! Bogaga es el jefe guerrero… y Katayo su rey. Los jefes guerreros de los Sulas obtienen tal honor por el poder de sus manos, pues cualquier hombre que tenga la fuerza suficiente para matarlos a su vez con las manos desnudas ocupará su puesto. Por eso Bogaga ahora tiene el mando de la guerra, y lo tendrá por mucho tiempo


 

 

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antes de que otro acabe con él, pues es el más fuerte de todos.

 

La ventana de Kane ofrecía mejores vistas que las demás, porque su habitación era la más alta del templo de Baal. Yamen, acompañado de su siniestra escolta, Shem, y otro elamita no se hicieron esperar. Los tres se mantuvieron fuera del alcance de Kane, mientras miraban por la ventana.

 

Las poderosas puertas de la ciudad se abrieron lentamente y los asirios marcharon al encuentro de sus enemigos. Kane calculó que el número de guerreros armados era de unos mil quinientos; en la ciudad quedaban trescientos, además de la guardia del rey, los centinelas y las tropas personales de varias familias nobles.

 

La hueste, como observó Kane, estaba repartida en cuatro divisiones. El centro iba delante, con seiscientos hombres, y cada uno de sus flancos o alas se componía de trescientos. Los trescientos restantes marchaban en formación compacta detrás del centro y entre las alas, de forma que en conjunto adoptaba el siguiente aspecto:

 

 

 

 

 

Los guerreros iban armados con jabalinas, espadas, mazas y pequeños arcos compuestos. A la espalda llevaban aljabas que rebosaban de flechas.

 

Los Ninnitas se desplegaron en la llanura, guardando un orden perfecto, y tomaron posiciones como si esperasen el ataque. Este no tardó en producirse. Kane estimó que el número de asaltantes ascendía por lo menos a tres mil, e incluso a aquella distancia pudo apreciar su espléndida estatura y coraje. Pero hacían la guerra sin método ni orden. Lo que avanzaba era una gran masa discontinua y desordenada, que fue recibida con una furiosa lluvia de flechas que penetró a través de los escudos de piel de búfalo como si fuesen de papel.

 

Los asirios se habían colgado el escudo del cuello y lanzaban flechas a discreción, no en salvas escalonadas, como hicieron los arqueros de Crécy y de Azincourt[2], sino continuamente y sin pausa. Con un coraje a toda prueba, los Sulas se lanzaron contra aquellas salvas mortales. Kane vio líneas enteras morder el polvo, y la llanura quedó cubierta de cadáveres. Pero los atacantes siguieron avanzando, malgastando sus vidas como el que derrama el agua. Kane se maravilló de la perfecta disciplina de los soldados semitas que ejecutaban los diferentes movimientos de orden cerrado con la misma frialdad que si estuviesen realizando un ejercicio. Las alas se habían desplazado hacia delante, para que sus extremos entrasen en contado con el centro y formaran de tal suerte un frente compacto. Los hombres de la reserva que se encontraban entre las alas seguían sin moverse, manteniendo su posición sin tomar parte aún en la batalla.

 

La horda de invasores, ya rota, fue obligada a retroceder bajo el fuego mortal que no podía resistir ningún ser de carne y hueso. La gran media luna irregular había sido


 

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hecha añicos, y, a causa del tiro cruzado del flanco derecho y del frente, los Sulas habían comenzado a huir en desorden, seguidos por las flechas de los guerreros Ninnitas. Pero en el flanco izquierdo, un grupo de unos cuatrocientos indígenas había superado, gracias a su ímpetu, la barrera de las flechas y, aullando como demonios, se lanzaba contra el ala asiria. Antes de que las lanzas llegasen a encontrarse, Kane vio que la reserva que se encontraba entre las alas giraba hacia la izquierda y marchaba a paso ligero para apuntalar el ala amenazada. Contra aquella doble barrera de seiscientos guerreros cubiertos de cota de malla, el asalto flaqueó y terminó en repliegue.

 

Las espadas relampaguearon entre las lanzas, y Kane vio a los guerreros desnudos caer como grano maduro ante el segador, a medida que las jabalinas y espadas de los asirios hacían su sangrienta cosecha. No todos los cadáveres que yacían en el suelo eran de los atacantes, pero por cada asirio muerto o herido había diez indígenas muertos.

 

Los guerreros negros habían emprendido una fuga desordenada a través de la llanura. Las filas de hierro prosiguieron su avance a paso ligero, pero ordenado, lanzando flechas a cada paso, persiguiendo a los vencidos a través de la meseta, dando el golpe de gracia a los heridos. No hicieron prisioneros, pues los Sulas no eran buenos esclavos, como Solomon no tardaría en comprobar.

 

En la habitación de Kane, los espectadores se agolpaban en la ventana, sin poder apartar los ojos de la fascinación que suponía aquel espectáculo sangriento y salvaje. El pecho de Sula se agitaba con pasión, y sus ojos llameaban con la sed de sangre del salvaje, a medida que los gritos, la carnicería y las lanzas de los suyos despertaban la ferocidad que dormitaba en su alma de guerrero.

 

Con un maullido de pantera sedienta de sangre, saltó sobre la espalda de quienes le habían esclavizado. Antes de que nadie pudiese hacer el menor gesto, cogió el puñal que Shem llevaba a la cintura y lo clavó hasta la empuñadura entre los omóplatos de Yamen. El sacerdote chilló como una mujer herida y cayó de rodillas, escupiendo sangre, mientras los elamitas rodeaban al enfurecido esclavo. Shem intentó cogerle de la muñeca, pero el otro elamita y Sula se trabaron en un abrazo mortal, clavándose mutuamente sus cuchillos, que en un instante se mancharon de sangre hasta la empuñadura.

 

Con la mirada enloquecida y la boca llena de espuma, siguieron dando vueltas, tambaleándose y apuñalándose. Shem, que intentaba coger a Sula de la muñeca, fue golpeado por el movimiento brusco de ambos cuerpos y lanzado violentamente hacia un lado. Perdió el equilibrio y cayó sobre el lecho de Kane.

 

Antes de que pudiera moverse, el inglés encadenado se lanzaba sobre él con la elegancia de un gran felino. ¡Por fin había llegado el momento que tanto esmeraba! Shem se encontraba al alcance de su mano. Mientras intentaba levantarse, la rodilla


 

 

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de Kane le golpeó el pecho, rompiéndole las costillas. Los dedos de hierro del puritano se cerraron sobre su garganta. Solomon apenas fue consciente de las terribles y bestiales contorsiones que el elamita hacía para librarse de su presa. Una bruma roja veló la vista del inglés, quien a través de ella vio cómo crecía el horror en los inhumanos ojos de Shem, a medida que se iban dilatando, inyectándose en sangre; y también vio cómo abría la boca y sacaba fuera la lengua, que quedaba colgando de ella, mientras su cabeza afeitada caía hacia atrás en un ángulo imposible, hasta que su cuello crujió como una rama gruesa al partirse, y su cuerpo quedó inerte entre sus manos.

 

Kane se apoderó de la llave que el muerto llevaba a la cintura, e instantes después estaba en libertad, sintiendo una salvaje ola de exultación que le subía por el cuerpo a medida que flexionaba sus miembros. Echó un vistazo por la habitación. Yamen estaba exhalando su último suspiro, tirado en el suelo, y Sula y el otro elamita yacían muertos, atravesado cada uno por el arma del contrario, literalmente cosidos a puñaladas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salió rápidamente de la habitación. No tenía ningún plan, excepto escapar del templo que había llegado a odiar tanto como al Infierno. Bajó corriendo por galerías sinuosas, sin encontrar a nadie. Era evidente que los sirvientes del templo se habían agolpado en lo alto de las murallas para ver la batalla. Pero en el nivel inferior se topó con uno de los guardias del templo. El hombre se quedó mirándole boquiabierto, de manera estúpida, y el puñetazo de Kane se aplastó contra su mejilla cubierta de negra barba, dejándole sin sentido. El inglés cogió su pesada jabalina. Había pensado que, si todos contemplaban ensimismados la batalla, las calles estarían desiertas y podría cruzar la ciudad y escalar la parte de muralla que le separaba del lago.

 

Corrió a través del bosque de columnas del templo y franqueó su imponente portal. Algunas personas gritaron, para salir después huyendo, al ver la extraña figura


 

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que emergía del siniestro templo. Kane tomó sin perder tiempo la calle que conducía hacia una de las puertas, encontrándose con muy poca gente. Pero cuando dobló hacia una calle lateral, pensando acortar así su recorrido, escuchó un rugido atronador.

 

Ante él se encontraban cuatro esclavos que transportaban una litera ricamente adornada, de las utilizadas por los nobles de la ciudad. Su ocupante era una joven de alta alcurnia, a juzgar por sus ropajes enjoyados. En aquel momento, una enorme forma parda apareció por la esquina… ¡un león en libertad por las calles de la ciudad!

 

Los esclavos dejaron caer la litera y salieron huyendo entre chillidos, mientras la gente de los edificios circundantes ponía el grito en el cielo. La joven también chilló, titubeando, pues se encontraba en el camino del monstruo que cargaba. Se quedó mirándolo, inmovilizada de terror.

 

Solomon Kane, nada más oír el primer rugido de la bestia, experimentó una feroz satisfacción. Tan odiosa había llegado a hacérsele aquella ciudad que el pensamiento de una fiera salvaje correteando por sus calles y devorando a sus crueles habitantes suscitaba en él una innegable satisfacción. Pero después, al ver la triste figura de la joven enfrentándose al devorador de hombres, se apiadó de ella y actuó.

 

Mientras el león saltaba por el aire, Kane lanzó su jabalina con toda la fuerza de su cuerpo de acero, de suerte que, alcanzándolo justo entre los poderosos omóplatos, atravesó aquel cuerpo de pelaje parduzco. Un rugido ensordecedor brotó de la bestia, que en mitad de su trayectoria giró de lado, como si hubiese golpeado una pared sólida. Así se explica que en lugar de sus aceradas garras fuera su pesado rostro peludo lo que chocó contra su temblorosa víctima, lanzándola hacia un lado mientras la enorme fiera se estrellaba en el suelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane, olvidando su situación personal, corrió hacia la joven y la levantó con suavidad para comprobar que no estaba herida. Aquello no fue una tarea difícil, ya que sus vestidos, como los de la mayor parte de las nobles asirias, eran tan sutiles que más servían para realzar que para ocultar. Kane se cercioró de que sólo se encontraba contusionada, a pesar de que aún se hallase bajo los efectos del susto.

 

La ayudó a ponerse en pie, consciente de que una muchedumbre de curiosos le


 

 

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rodeaba. Se volvió para abrirse paso entre ellos, y nadie intentó retenerle. De repente, apareció un sacerdote y dijo algo a gritos, mientras le señalaba. La gente retrocedió instantáneamente, y media docena de guardias cubiertos de hierro salieron a su encuentro, amenazándole con sus jabalinas. Kane miró de frente al sacerdote, con la furia devorándole el alma. Cuando estaba preparándose para saltar en medio de ellos y hacer el máximo daño que pudiese con las manos desnudas antes de que le matasen, el empedrado de la calle transmitió el sonido rítmico de muchos hombres marcando el paso. No tardó en aparecer una centuria de guerreros con las lanzas aún rojas de la batalla reciente.

 

La joven lanzó un grito y salió corriendo para colgarse del cuello del joven oficial que la mandaba. Siguió una rápida conversación entre ambos, que Kane no pudo comprender. Después, el oficial dio una orden seca a los guardias, que retrocedieron, y avanzó hacia el inglés, extendiendo los brazos a ambos lados del cuerpo y mostrándole las palmas vacías, con una sonrisa en los labios. Sus maneras eran extremadamente amistosas, y Kane comprendió que estaba intentando expresarle su gratitud por rescatar a la joven, que, sin duda, debía ser su hermana o su enamorada. El sacerdote protestó y rezongó, pero el joven noble le contestó secamente, mientras indicaba por señas a Kane que le acompañase. Como el inglés daba muestras de desconfianza, desenvainó su propia espada y se la tendió por la empuñadura. Kane tomó el arma; quizá no aceptarla hubiera sido la forma correcta de cortesía, pero ya había corrido demasiados riesgos y se sentía mucho más seguro con un arma en la mano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original:

 

«The Children of Asshur»

 

(Red Shadows, 1968)

 

 

 

IV

 

Recorrieron rápidamente la parte baja de la ciudadela, que se hallaba alborozada


 

 

 

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por la victoria conseguida sobre los indígenas, por lo que nadie les prestó atención. Durante aquel breve trayecto, Kane no perdió de vista el zigurat del templo, que situado en la parte alta de la ciudadela, dominaba toda Ninn. Finalmente llegaron a un edificio imponente, cuya puerta, rematada en su parte superior por un friso de escenas de caza, se abría entre dos altas palmeras pintadas de oro. Dos sirvientes armados, de guardia a la puerta, saludaron al oficial, y este, tras despedir a sus hombres, entró, junto con sus dos acompañantes, al interior de la vivienda. Tras recorrer un ancho pasillo flanqueado por extraños animales quiméricos, unos toros alados que poseían el mismo rostro barbudo que los hombres de aquel pueblo, llegaron a una habitación enorme. Estaba decorada con bajorrelieves policromos de animales, sobre todo leones y una especie de dragón que a Kane le llamó muchísimo la atención. Su anfitrión le indicó con un gesto que tomase asiento, mientras él y su enamorada, pues la forma en que la miraba, aunque llena de afecto, descartaba cualquier posible parentesco, hacían lo propio.

 

Inmediatamente después comenzaron los intentos del asirio para hacerse comprender por el «persa». Comenzó por un antiguo dialecto medo, que a Kane le sonó musical, pero que no comprendió. Después fue pasando al nesita, al hurrita, a una lengua que poseía la sonoridad del griego, pero de la que Kane sólo pudo comprender muy pocas palabras, y al arameo. Finalmente, a un dialecto bantú, no tan armónico como las anteriores lenguas, pero mucho más efectivo, pues era el utilizado por Kane para entenderse con Sula: sin lugar a dudas debía ser la lengua franca de la región.

 

El oficial dijo llamarse Asshur-bel-kala, que era el nombre de un antiguo monarca asirio, y su enamorada, Ishtar, como la diosa protectora de la antigua Nínive, divinidad del amor y de la guerra limpia, ya que Nergal, señor de los Infiernos, atendía a sus afectos tenebrosos e infamantes, por desgracia los más usuales.

 

—Te agradezco, ¡oh, Parsu!, que salvaras del devorador de hombres a mi enamorada —y miró a la joven—. Mi reconocimiento hacia ti es infinito, pues ello te impidió huir, como presumo que era tu intención.

 

—En efecto, vine hasta aquí para recuperar mis armas, y también saciar mi sed, no sólo de venganza, por la destrucción de todo un poblado de gente que me había acogido como a uno de ellos, sino de conocimiento. No podía creer que hubiese hombres blancos tan dentro de África. Pero fui capturado y encerrado. Por mi culpa murió el príncipe Bel-lardath.

 

No dije nada inconveniente contra él, sino, simplemente, unas palabras malsonantes en mi lengua materna, producidas por un humo diabólico que me hicieron respirar, y que el infame Yamen, que en este momento arde en los Infiernos, interpretó para su provecho. Tras su muerte, que tuvo lugar mientras duraba vuestro valiente combate contra los salvajes, conseguí huir de la torre escalonada del templo.


 

 

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—Sin duda, ahora estará entrando en el arallu. ¡Que su alimento no sea más que el polvo y el olvido! —masculló Asshur-bel-kala—. Pero dinos, ¡oh, héroe tan esforzado como Gilgamesh!, que pareces ignorar el lenguaje de Parsua y de Madai, las tierras bárbaras del Este, así como de las del Oeste, ¿de qué país procedes? Sin embargo, tus rasgos… —hizo una pausa y prosiguió—. ¿Acaso los descendientes de Umakishtar, quien se llamaba a sí mismo Uvarkhsattra[3], han conquistado todo el mundo?

 

—Contestaré con sumo gusto a tu pregunta, pero antes debes decirme cómo llegasteis hasta aquí desde la lejana Nínive —dijo Kane.

 

—Oír es obedecer, ¡oh, salvador de mi amada! —concedió el asirio—. Cuando en el decimosexto año del reinado de nuestro rey Asshurbanipal[4], los ribereños del Gran Río, al mando del traidor Psamtik, expulsaron a nuestro ejército expedicionario que castigaba sus tierras, no todos los asirios regresaron al hogar. Una fuerza importante se estableció en el curso medio del Gran Río, al Este de la ciudad de Tebas, y allí permaneció por espacio de varios años. De tal suerte, cuando mucho después[5] las fuerzas de Umakishtar se encontraron ante los muros de Ninua[6] y se dispusieron a arrasarla, un pequeño grupo de nuestros antepasados consiguió burlar el cerco y escapar. Su meta no era otra que reunirse con las tropas que habían quedado aisladas en el País del Gran Rio y lograr reconstruir en cualquier parte el esplendor de Asshur, o morir en el empeño. Tras muchas penalidades, fueron engrosando sus filas con gente que se les iba uniendo en su niga, como Kaldu y elamitas —a pesar de que los primeros se hubiesen aliado con la gente de Madai, y los segundos fuesen sus enemigos desde tiempo inmemorial—, además de un nutrido grupo de Aribi que les ayudó a cruzar sus desérticas tierras. De tal suerte, tras franquear el Gran Mar, pudieron llegar al País del Gran Río y reunirse con los nuestros. Después de sopesar la situación, decidieron avanzar hacia el interior de África, contorneando el norte de Nubia y adentrándose cada vez más en los territorios de los negros. Su avance fue penoso, pero la fuerza de sus armas, proverbial en el País-entre-los-dos-ríos, les permitió atacar con éxito a sus enemigos, y progresar hasta esta meseta natural que nuestros sacerdotes, tras la reiterada consulta de hígados de oveja, consideraron que se adaptaba a sus necesidades. Y aquí se quedaron y construyeron la ciudad-fortaleza, a imitación de Dur-Sharrukin, que el gran Sargón edificara al noroeste de la querida Ninua. Y aquella ciudad recibió el nombre de Ninru.

 

»Y ahora dime, ¿aún domina la gente de Parsua nuestra tierra?

 

Kane intentó explicarle a duras penas que muchos pueblos salidos del mismo molde que los persas se habían extendido hacia el Oeste, y que estos últimos habían sido vencidos por el gran Alejandro, un macedonio, un griego.

 

—¿Griego?

 

Asshur-bel-kala se sintió desorientado. Kane intentó hacerle comprender que


 

 

 

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algunas de las palabras con que había tanteado su don de lenguas sonaban parecidas al «griego». El asirio reflexionó y dijo:

 

—¡Ah! ¡Ahhiyawa! ¡Aqayawas! ¡Mushki!

 

Kane comprendió que debía referirse a los aqueos y asintió, omitiendo cualquier referencia a la palabra mushki[7], que le resultaba totalmente desconocida. Le habló de los romanos, de los escitas, de los cimerios, que su interlocutor acogió con la palabra gimirrai, y, finalmente, de los israelitas y de los Aribi, quienes se hallaban ocupando la tierra de sus antepasados. También le habló del poder que habían conseguido sobre medio mundo, gracias a una tribu que se les había unido, la de los turcos, que también había sometido a los persas. Y pudo ver cómo el asirio se iba emocionando y los ojos se le humedecían de emoción.

 

—Así que, a fin de cuentas…, no todo se perdió —dijo pensativo.

 

—Poco sabe el mundo del esplendor de la antigua Asshur, salvo a través de la Biblia, un libro sagrado que recoge la historia de esa tierra. Pero estoy por asegurarte que en los años venideros los sabios descubrirán, al fin, sus misterios —le aseguró Kane, con la mirada perdida y extrañadamente penetrante, como si contemplase un ejército de obreros excavando entre las inmemoriales arenas. Y pensó que las palabras del profeta Nahum refiriéndose a Nínive se habían cumplido en los habitantes de Ninn: «Y también tu irás en busca de un refugio contra el enemigo».

 

Kane contó parte de sus aventuras, adaptándolas en expresiones y situaciones a la mentalidad de su reducido auditorio, que quedó maravillado. También los primeros asirios que llegaron a África tuvieron que habérselas con todo tipo de enemigos y seres extraños. Sus hazañas habían sido consignadas en tablillas de arcilla, según comentó Asshur-bel-kala, quien contó al inglés que entre la gente de su familia y la de Ishtar, al igual que ocurría con buena parte de los dirigentes de Ninn, se contaban muchos partidarios del príncipe Bel-lardath, que había gozado del apoyo de los descendientes de los Aribi, mayoría en la ciudad. El sharr Asshur-ras-Arib sólo disponía del apoyo de elamitas y caldeos, así como de las demás familias asirias que no habían sostenido la causa de Bel-lardath. Pero el turtanu Salmanasar, al frente del ejército, le apoyaba, aunque casi en solitario, ya que los oficiales jóvenes, como Asshur-bel-kala, comprendían que el esplendor de Asshur ya sólo era un nombre, desde el momento en que la divinidad suprema de Ninn no era uno de los señores antiguos, sino Baal, un dios cananeo, ante quien Yamen y sus siniestros servidores inmolaban a los disidentes. Ya era tiempo de intentar hacer la paz con los pueblos de los alrededores antes de que estos decidieran borrarlos de la faz de la tierra.

 

Kane asintió a aquellas palabras, sin saber que resultarían proféticas. —Habríamos conseguido deponer a Asshur-ras-Arib, a pesar de la muerte de Bel-

 

lardath —proseguía el joven asirio—, si no hubiera sido por el ataque de los salvajes. Después de la victoria del ejército, Salmanasar y el rey han visto aumentado su


 

 

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prestigio. Creo, maryannu[8] S’hlomo —dijo Asshur-bel-kala, adaptando el nombre de Kane a su propia lengua—, que nuestras horas están contadas. Los tiranos no tardarán en ordenar que nos despellejen vivos.

 

—¿Con qué medios contamos? —prosiguió Kane.

 

No pensaba darse por vencido. Tampoco había recorrido media África, en pos de ese impulso que le llamaba insistentemente, para prosternarse a los pies de un espectro del pasado, del cabecilla de un pueblo extinguido hacía milenios, condenado, quizá irremisiblemente, a repetir los errores de antaño. Sus ojos refulgieron y sus anchas espaldas se arquearon bajo su poderosa respiración, mientras agarraba ferozmente la espada que no había soltado desde que entrase en la mansión señorial. El afilado borde se clavó en las palmas de sus manos, y unas gotas de sangre cayeron al suelo.

 

—¡Que Tammuz haga germinar esa sangre en su seno y la convierta en el árbol de la victoria! —exclamó la hermosa asiria por lo que creyó una ofrenda de sangre al dios del submundo, excitada por el aspecto sobrehumano de Kane, que ansiaba vengarse de los responsables de tanta injusticia. Y añadió—: Podemos contar con los guardias de nuestras familias y de las de nuestros amigos, además de la centuria de mi prometido y, posiblemente, con dos de las divisiones mejor pertrechadas, la Sargón y la Ishtar, es decir, con unos mil hombres. Contra nosotros tenemos la Nergal —que también es la más numerosa—, la Marduk y la Ea, además de los sicarios de Yamen y los guardias de los templos. En total unos mil quinientos hombres.

 

Kane se quedó pensativo durante unos instantes. Apenas había tiempo para organizarse. Podría asegurar que ya había corrido la voz de su fuga y de su rescate por el oficial asirio. Los acontecimientos se precipitaban. Debían ponerse en contado con los mandos de las divisiones, con los amigos… Sonrió para sí. Sería interesante comprobar si sus conocimientos del arte de la guerra moderna le servirían de algo en medio de una confrontación a la usanza del mundo antiguo.

 

En aquel momento, un tremendo griterío, seguido por el entrechocar de los aceros, inundó la estancia. Parecía provenir de la entrada.

 

—¡Deprisa! —ordenó Kane—. ¡Que Ishtar huya en seguida y avise a vuestros partidarios! ¡Nosotros le cubriremos la retirada! —y diciendo esto, entregó su espada al asirio, mientras descolgaba de una panoplia de la pared una jabalina, que pensaba utilizar como una larga estaca. Acostumbrado al estoque y al arte de la esgrima, la espada de acero asiria sólo le parecía un puñal largo, bueno para el combate cuerpo a cuerpo, pero no para mantener a raya a los enemigos. La joven se despidió con un beso del joven oficial y se deslizó bajo un tapiz que debía de disimular algún pasaje secreto.

 

Apenas hubo desaparecido, un grupo de veinte guerreros cubiertos de hierro de pies a cabeza, penetró en la amplia estancia. La sangre de los guardias de la entrada


 

 

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había quedado adherida a sus armas. Su mirada era hosca cuando se detuvieron para leer el siguiente mensaje, escrito sobre un pergamino:

 

Por el presente edicto de justicia, el traidor Asshur-bel-kala, que ampara bajo su techo al espía de Parsua que penetró en los sagrados muros de Ninn, es expulsado de la comunidad de gracias que le otorgan los dioses de Asshur, así como de la viña y presencia de sus hermanos, los hijos de la madre Ishtar y del padre Baal. Acompañará de grado o por fuerza al portador de este edicto, en espera de que el Consejo de Sacerdotes resuelva el modo en que habrá de unirse con su cómplice en el «arallu», ya sea tras la pérdida en vivo de toda la piel de su cuerpo o por inmersión en un baño sofocante de cenizas. Desde el momento de la lectura del presente edicto, sus bienes serán confiscados y administrados por los sacerdotes de Baal.

 

Garantiza lo escrito el sello de Asshur-ras-Arib, vicario del dios y rey poderoso de Ninn y de las Cuatro Regiones, en el decimocuarto día del mes de Tammuz del año 2120 del resurgir de Ninn.

 

Kane no necesitó que su aliado le tradujese las palabras que acababa de oír para saber que suponían la cárcel para ambos, si no su condena a muerte. Por eso mismo chasqueó los dientes y se lanzó contra sus enemigos. Moviendo hábilmente su lanza, golpeó primero con el extremo acerado y después con el otro, reforzado con una contera de acero, en los rostros de dos de ellos, produciéndoles terribles heridas. Al mismo tiempo, de una furiosa patada, le hundió el esternón a un tercero, que cayó al suelo escupiendo sangre. Girándose rápidamente, aún tuvo tiempo de clavar su lanza en el tórax de un cuarto enemigo, que se le aproximaba por la izquierda, aprovechando que había bajado el escudo. Con el rabillo del ojo derecho, pudo ver cómo Asshur-bel-kala había despachado a un enemigo y estaba enzarzado en un combate a muerte con otros tres, a los que conseguía mantener a raya a duras penas. En ese momento, varios de sus contendientes se echaron encima de Kane y la oscuridad se adueñó de su mente.

 

 

 

V

 

Aquel lugar estaba oscuro como boca de lobo. Quizá por ello, el insistente sonido de una gota de agua al caer en algún lugar impreciso de la celda parecía estruendoso. Entre una y otra gota, Kane y Asshur-bel-kala podían escuchar unos chillidos capaces de helarles la sangre en las venas. Los verdugos debían de estar cumpliendo su trabajo. Y a destajo, porque cada vez eran más numerosos, pensó Kane, quien, al despertarse, se había encontrado encadenado dentro de aquella lóbrega mazmorra.


 

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Tenía un sabor amargo en la boca, lo que le hizo pensar que debían haberle administrado alguna poción para que siguiera inconsciente, lo mismo que a su compañero de cautiverio. Apenas había intercambiado unas palabras con él, que le ratificaron en aquella observación, cuando se oyó un ruido rítmico de pasos, y el incierto llamear de unas antorchas se insinuó por la ventanilla llena de barrotes de la puerta. Al abrirse, entró por ella un individuo alto y moreno cubierto de hierro, flanqueado por otros cuatro del mismo tipo racial que al inglés le parecía haber visto ya repetido hasta la saciedad. Pero en sus ojos había una tremenda ansia de poder, y su boca, curvada en un rictus diabólico, parecía solazarse anticipadamente con los placeres que le depararía el tormento de aquellos prisioneros, a quienes, curiosamente, se dirigió en el dialecto que ambos usaban para comunicarse entre sí.

 

—¡Levantaos, chacales! —y los azotó con el látigo que llevaba, similar al que Kane contemplase en las manos del infame Yamen.

 

Asshur-bel-kala lanzó un juramento en su idioma, y Kane tiró con fuerza de las cadenas, en un intento por alcanzar a aquel individuo.

 

—Esto te divierte, ¿eh, Salmanasar? —dijo Asshur-bel-kala, mientras escupía con odio al esbirro del rey.

 

El turtanu se limpió con uno de los extremos de su capa y le miró fijamente. —¡Deshazte de tu veneno, serpiente, antes de que me fabrique unas sandalias con

 

tu piel! Nuestras reservas se hallan generosamente provistas, gracias a tus cómplices —comentó, sarcástico.

 

Como si quisiese darle la razón, otro chillido inhumano hizo estremecer aquella lóbrega oscuridad, aliviada tan sólo por las inciertas llamas de las antorchas.

 

Asshur-bel-kala se agitó, inquieto por la suerte que habría sufrido Ishtar. El general asirio pareció leer sus pensamientos.

 

—Esa mujerzuela a la que tanto aprecias y que se llama como la amante de los dioses —el hombre encadenado se encendió de ira al escuchar aquel insulto por partida doble, porque ofendía a su enamorada y también a la diosa— ha conseguido escapar. No sufras por ella, porque sólo con verla se encienden mis deseos. Aventará la soledad de mis noches de insomnio. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —cesó en sus burlas, y prosiguió

 

—. Pero no he venido aquí a presentarte mis cumplidos, sino para llevaros a ambos a presencia del sharr. ¡Liberadlos! —e hizo una seña a los soldados que habían entrado con él, quienes les desojaron de sus cadenas pero sólo para colocarles una especie de esposas que los mantenían unidos.

 

Ascendieron varios pisos, acompañados por un coro de lamentos y chillidos de los cautivos, que estaban siendo atormentados en las mazmorras, y salieron a la luz del día, que ya comenzaba a decaer. Habían debido permanecer en ellas casi un día. Así se explicaba el vacío que Kane sentía en el estómago. Por las calles de la ciudad amurallada no se veía ni un alma, claro indicio de la represión que Salmanasar y sus


 

 

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acólitos debían de estar aplicando con guante de hierro a los Ninnitas. El inglés miró hacia las murallas, que le parecieron anormalmente llenas de soldados y guardias armados, así como de balistas, catapultas y demás pertrechos pesados de guerra. Aquello le hizo pensar que la batalla de la víspera no había concluido. Todo indicaba que los asirios esperaban un ataque mucho más violento.

 

Finalmente, tras subir la empinada rampa que conducía a la parte alta de la ciudadela y cruzar una amplia plaza, la comitiva llegó a su destino: un palacio encalado en blanco, con dos toros alados de rostro humano en el portal de la entrada, sobre el que se elevaba una especie de muralla que contorneaba todo el recinto. Kane observó honderos y arqueros, además de los usuales lanceros. Los soldados que acompañaban a los cautivos y al general asirio regresaron a sus respectivos acuartelamientos, siendo reemplazados por otros de la escolta personal del soberano.

 

Como un duplicado del que había visto en el templo, pero mucho mayor, el salón del trono era amplio y se encontraba a oscuras, a pesar de estar iluminado por antorchas que, al igual que los soldados, lo recorrían a lo largo. La enorme estatua de Baal ocupaba un gigantesco nicho en la pared del fondo. Debajo de ella, como empequeñecido, se levantaba el trono ocupado por el monarca asirio. Su rostro no había perdido la expresión de fiereza que caracterizaba a aquel pueblo. A su lado se encontraba un intérprete. Era evidente que no quería rebajarse a hablar la única lengua en la que Kane podía comunicarse con él.

 

—¿Por qué vosotros, la gente de Parsua, habéis levantado a los salvajes contra nosotros? —dijo el intérprete.

 

—No sé de qué me hablas —contestó Kane—. Y entérate de una vez de que no soy persa, sino que vengo de las islas de más allá del mar que se halla al norte del País del Gran Río.

 

—¿El Mar Verde? ¿Tursha? ¿Shardanu? ¿Peleset? —preguntó el intérprete, pero aquellas palabras que se referían a pueblos que habían caído como lobos sobre el Próximo Oriente, nada dijeron a Kane, que se encogió de hombros.

 

—¡Mientes! —era la traducción del rugido gutural del monarca—. Nuestros exploradores han regresado a toda prisa a Ninn para decirnos que los salvajes se acercan como una nube de langosta. Antes de que tú llegaras siempre habían mantenido la distancia que inspira el miedo. Tú y la gente de Parsua los habéis incitado a venir. Queréis acabar con Ninn como acabasteis con Ninua. ¡Confiesa o morirás entre terribles tormentos!

 

—Os he dicho la verdad, nada sé de eso que decís. Pero si es cierto, el dios de Israel castigará por segunda vez vuestra insolencia. El vaso de iniquidad será derramado de nuevo.

 

Al traducir aquellas últimas palabras, entre los asistentes comenzó a oírse una palabra que el inglés pudo distinguir sin intérprete. Sonaba parecida a Habiru, por lo


 

 

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que Kane pensó que debía referirse a los hebreos.

 

—¿Qué relación mantienes con los infames Habiru? —dijo el intérprete.

 

—No mantengo ninguna relación con el pueblo de Abraham, pero mi gente ha desarrollado una religión que procede de la suya —intentó explicar Kane, pero fue interrumpido por los gritos de los asirios, que ya no sabían si se encontraban ante un persa o un hebreo.

 

El rey hizo acallar a los congregados. Parecía contrariado y se mesaba la larga barba, dispuesto a emitir su sentencia. ¿Era una ilusión producida por la luz de las antorchas al bailotear en medio de la imponente oscuridad del palacio, o la estatua del dios se había movido?

 

De repente, entró corriendo un soldado en el salón del trono y se postró a los pies del monarca. Comunicó su mensaje a toda prisa, sin levantar la mirada del suelo, como si temiese que el tirano fuese a descargar su ira sobre él.

 

—Los Sulas han regresado, tal y como esperábamos, y ahora rodean completamente la ciudad… Es el fin de Ninn. Nuestras horas están contadas —dijo Asshur-bel-kala. Y Kane no supo qué le sorprendía más, si aquella noticia o el comprobar que ese fatalismo que había observado en tantos árabes tenía raíces muy antiguas.

 

Asshur-ras-Arib meditó durante unos instantes y entonces habló.

 

—Ante la llegada de las fieras que infestan la sabana, el jefe Asshur-bel-kala podrá incorporarse a su unidad, y así recibir una muerte honorable. En cuanto al extranjero —e hizo una pausa efectista, que respetó el intérprete, mientras un grupo de sacerdotes salían de las sombras que rodeaban el trono y mantenían con él un breve conciliábulo—, morirá lapidado.

 

En ese momento se escuchó una voz femenina desde lo alto de la techumbre que se levantaba sobre la pared donde se encontraban trono e ídolo. Kane no tuvo necesidad de que nadie le tradujese lo que decía, puesto que volvió a oír repetidas algunas de las últimas palabras del monarca. Era Ishtar, que gritaba:

 

—¡Tú sí que morirás lapidado!

 

A una señal suya, varias sombras encapuchadas, ocultas en el nicho que albergaba la estatua del dios Baal, movieron las cuñas que la mantenían en precario equilibrio. La inmensa mole de piedra se desplomó sobre el monarca, aplastándole instantáneamente.

 

Con una agilidad que nadie hubiese supuesto en una mujer, Ishtar se descolgó por una soga y llegó hasta donde se encontraban los dos cautivos, que habían asistido, atónitos, a tan inesperado espectáculo.

 

La joven se despojó de su capa, revelando su esplendida figura y su vestido vaporoso que bien poco ocultaba. Como si estuviese habitada por la diosa cuyo nombre llevaba, se enfrentó a los soldados de la guardia.


 

 

 

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—¿Seguiréis obedeciendo a los tiranos y a los sacerdotes del infame dios cananeo ansioso de sacrificios humanos, y cuyo poder de nada ha servido a su principal adorador, o volveréis al culto de la Madre y lucharéis por ella hasta la muerte… o hasta la victoria?

 

Los asirios, supersticiosos como todos los pueblos de la antigüedad, no estaban menos extrañados que Kane y su amigo ante la fulgurante aparición de aquella joven, tan bella como la diosa y tan ardiente en el combate como ella. El ardor salvaje de su raza hirvió en sus corazones. Uno de ellos lanzó su lanza contra el pecho de Salmanasar, que se derrumbó junto a los restos de su señor. Los demás, aprobando su acción, lanzaron vítores y se aprestaron a liberar a Kane y a Asshur-bel-kala. Fue cosa de poco que acabaran con los sacerdotes de Baal presentes en el palacio.

 

—¡Condúcenos, oh, señora, a la batalla! ¡Que Asshur-bel-kala sea nuestro jefe y que el poderoso maryannu, fuerte como un toro, esté a nuestro lado en la lucha!

 

—Sea —dijo ella, y corrió al lado de su enamorado. Después miró a Kane, y este, en lo más hondo de su corazón amante de fantasías y sentimentalismos, algo que jamás daba a entender, se preguntó si, en efecto, no hablaría por ella la diosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

Mientras salían del palacio, dominado totalmente por los hombres de Asshur-bel-kala, y comenzaba la matanza por toda la ciudad de los sacerdotes de Baal y de sus partidarios, Kane no pudo por menos de sentir un escalofrío al comprobar la fiereza y sed de sangre de aquel pueblo. Pero las palabras de Ishtar, contándole lo sucedido tras su detención y la de su aliado, le devolvieron a la realidad.

 

—Cuando el turtanu y el sharr enviaban a sus esbirros para detenernos, nuestros amigos también recibían su visita. Algunos se hicieron fuertes en sus casas y contuvieron a los atacantes, pero la mayoría fueron detenidos, encarcelados y ajusticiados acto seguido, entre atroces sufrimientos. Como se imponía una acción drástica y ejemplar, conseguimos infiltrarnos de noche en el palacio. Algunos de los hombres de tu centuria —miró a Asshur-bel-kala— suplantaron a los centinelas de las puertas, por lo que pudimos escondernos en el salón del trono. Si no


 

 

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conseguíamos aplastar al tirano con la imagen de su señor cananeo, el resto de nuestros hombres desataría un ataque suicida contra él y le daría muerte. Como veis, hemos tenido éxito, aunque —sonrió, y su rostro expresó una alegría empañada por el desánimo— los días de Ninn están contados. No sabíamos que los salvajes Sulas se dispusieran a asestar el golpe definitivo.

 

Kane, inmóvil ante la puerta del palacio del sharr, comprendió que su destino se hallaba ligado al de los Ninnitas. Un rictus de lobo se formó en sus labios, al recordar lo odiosa que había llegado a parecerle aquella gente. Sin embargo, resumía los dolores, las alegrías, las ansias y las miserias del mundo, y, diferencias aparte, salvo la deformación que siempre se producía al mirar el pasado con los ojos del presente, lo sucedido bien habría podido ocurrir en cualquier ciudad del mundo civilizado. Además, el futuro inmediato que los amenazaba era una constante del mundo de los hombres: la lucha de los salvajes contra los civilizados y, quizá, la desaparición de los reinos e imperios roídos por la decadencia frente a pueblos más salvajes, pero que poseían la lozanía de la juventud. De cualquier modo, se dijo, dejando a un lado las sombrías disquisiciones filosóficas que se insinuaban de vez en cuando en su alma taciturna, si había que luchar, necesitaría sus pistolas.

 

Después de que Ishtar despachase a dos soldados al templo de Baal para que volviesen con las armas del «persa», subieron a la azotea del palacio. El zigurat del templo, de siete pisos, pintado cada uno de un color diferente, según los planetas, los dioses y los días de la semana, dominaba la parte más elevada de la ciudadela, donde se encontraban algunos templos y el palacio. Aunque desde lo alto del palacio la perspectiva no era tan amplia como desde las murallas o desde el zigurat, el espectáculo que se ofreció a sus ojos fue asombroso. Una tremenda marabunta de cuerpos negros cubría la llanura herbosa que bordeaba la ciudad. Kane calculó que debían de ser más de cien mil. Los asirios se veían superados, por tanto, en la proporción de cincuenta a uno. Tras conocer los datos defensivos de la ciudad, que obtuvo de Asshur-bel-kala, un rápido cálculo de su bien entrenada mente de guerrero le permitió ver que, si apostaban los hombres a lo largo de la muralla exterior, que formaba un cuadrado de algo menos de cinco mil pies de lado, estarían separados entre sí por una distancia de unos diez pies, que se reducía muchísimo si se replegaban hacia la ciudadela interior, aunque ello traería consigo que la presión de los invasores aumentase en la misma proporción. Las murallas de treinta pies de espesor resistirían cualquier ataque, por lo que los defensores habrían de concentrarse en sus siete puertas. Por otra parte, aunque su altura superaba los noventa pies, era casi seguro que los salvajes se las ingeniarían para franquearlas mediante escalas o algún método similar.

 

Dentro del recinto amurallado de la ciudad se encontraba el lago que Kane había divisado a lo lejos. Nacía de un caudaloso manantial que mantenía constante el nivel


 

 

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de sus aguas gracias a la abundante evaporación. Una vez canalizado, proveía de agua potable a toda la ciudad, lo que la permitía resistir un largo asedio. A ello venía a unirse la abundancia de trigo en los graneros y de una amplia zona verde, que aseguraba el alimento de los seres humanos y del ganado. Nada más conocerse la noticia de la gran afluencia de guerreros Sulas, los talleres de fundición habían comenzado a fabricar flechas, ya que este tipo de arma era fundamental en un combate en que resultaba peligrosísimo llegar al cuerpo a cuerpo, dada la manifiesta y secular inferioridad numérica de los asirios frente a sus enemigos. Kane se preguntó si contarían con el millón de proyectiles necesarios para contener a tan nutrido grupo de asaltantes.

 

No, por desgracia, no tenían caballos. El inglés hizo una mueca de lobo ante aquel comentario de Asshur-bel-kala. Ni tampoco carros de combate, como los que había visto en los bajorrelieves de las paredes… aunque de poco les habrían servido ante aquella masa compacta que se extendía como hormigas o como una nube de langostas, por decirlo con las palabras del sharr fallecido.

 

Como suponían que serían atacados por todas partes al mismo tiempo, Kane y el nuevo turtanu decidieron distribuir a lo largo de las murallas los arqueros y honderos, mientras que la mitad de los lanceros se concentraban en las barbacanas y torres que protegían las siete puertas, y la otra mitad a lo largo de las murallas. Para una primera fase defensiva de la lucha se prefirió el escudo largo, de forma rectangular, al otro, redondo y más liviano, que se usaba en patrullas e incursiones. A los guardias de palacio y al resto de los voluntarios civiles, encargados de proteger con sus escudos a arqueros y honderos, se los armó con el mismo equipo que al resto de los soldados y se los proveyó de espadas largas y mazas. Y como la zona de las murallas que se encontraba más cerca del palacio, que rodeando la ciudadela se proyectaba hacia fuera, era la más débil, Kane concentró en ella los recipientes del aceite que debía derramarse sobre el enemigo, repartiendo los demás entre las torres de las distintas puertas.

 

Por toda la ciudad podía verse todo tipo de pertrechos bélicos. Quizá los más extraños fuesen las grúas móviles que servían para desplazar las catapultas y demás ingenios de artillería, porque llevaban un tiro de cebras domesticadas, algo que le extrañó a Kane, buen conocedor de la indocilidad de aquellos solípedos.

 

Una reserva de doscientos lanceros, cubiertos de hierro, quedó acantonada a la salida de la puerta sur de la ciudadela, al mando de Ishtar, que se había vestido como un hombre. Pero los preparativos para la defensa no se redujeron a eso. Un grupo de veinte veteranos se encargaba de formar a veinte centurias de civiles en el arte de la guerra. Y como aquellos jóvenes descendían de un pueblo que llevaba luchando durante tres mil años, posiblemente tanto como los árabes, los afganos o los cosacos, aprendían rápidamente. Mientras tanto, en los templos de Nabu y de Ishtar, los


 

 

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sacerdotes elevaban sus preces y efectuaban sus augurios.

 

A todo esto, Kane ya había recuperado sus armas, junto con el saco que contenía la pólvora y las balas. Oyó que Ishtar y Asshur-bel-kala intercambiaban unas palabras que no comprendió a propósito de su bastón ju-ju, pero no les dio importancia. El joven asirio admiró muchísimo su estoque, que empuñó después de que Kane se lo ofreciera, suscitando su sonrisa, pues lo utilizaba como si fuese una espada. Cuando el inglés lo tomó de su mano y lanzó varias estocadas con él, sonrió avergonzado y alabó su maestría por aquella forma tan rara de luchar.

 

—¿Y esta extraña maza, para qué sirve? —fue el turno de preguntar de la joven Ishtar.

 

—Para matar con el humo y el trueno —contestó Kane, utilizando la expresión que solían adoptar los indígenas a propósito de sus armas de fuego—. Observa su efecto. Mira hacia la muralla —y apuntando la pistola que había estado observando la joven hacia una de las almenas que se encontraba a unos cuarenta pies, disparó.

 

El puñado de soldados que estaban presentes, así como los que se encontraban en la muralla cercana, miraron hacia Kane, quien aún mantenía en su mano derecha la pistola humeante. Ishtar había podido ver cómo de aquella maciza muralla de granito había saltado una esquirla del tamaño de un ladrillo de mediano tamaño. Nerviosa por lo que había visto, musitó algo en su lengua, que fue repetido por los soldados que le rodeaban y que a Kane le sonó como Marduk.

 

En efecto, tal y como le explicó Asshur-bel-kala, todos los presentes creían que Kane era la reencarnación del dios babilónico Marduk, pues sólo él, junto con Adad y el hitita Teshub, poseía el poder de desatar el rayo. Y aunque el inglés explicase al joven asirio el funcionamiento de su arma y las extrañas virtudes de aquel polvo negro que introducía por su cañón, no consiguió quitar de su cabeza la idea de que era un dios. Sonrió para sus adentros, pensando lo confusos que debían sentirse aquellos hombres al hallarse ante un persa que profesaba la religión de los hebreos y que poseía el poder de un dios babilónico.

 

* * *

 

Los Sulas aún tardaron dos días en atacar. Mientras tanto, los soldados que hacían guardia en las murallas comenzaron a acusar el cansancio. Durante el día, el sol abrasador calentaba ferozmente yelmo, loriga y grebas de su equipo de combate, del que no se podían desembarazar porque los salvajes aún seguían cubriendo la llanura que rodeaba la ciudad. A ello venía a unirse el estruendo obsesivo de los tambores que no dejaban de sonar salvo en breves intervalos, y que pudo ser paliado en parte con el uso de bolas de cera en los oídos, un remedio homérico que Kane aplicó a una realidad más apasionante que la ficción. En cierta forma, él y Asshur-bel-kala, que nunca se habían enfrentado a un asedio de tales características —sobre todo el


 

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segundo, ya que Kane tenía cierta experiencia al respecto por las guerras de religión que habían comenzado a desatarse en Europa—, se alegraron de que los indígenas dilatasen tanto su ataque, ya que ello les permitía descubrir sus propias deficiencias de logística. Era evidente que la guarnición debía guardar una estricta disciplina en lo referente a sueño y horas de servicio, pues de lo contrario en pocos días sería derrotada sin haber lanzado un solo proyectil.

 

Durante la noche del tercer día, y sin aviso previo, una lluvia de flechas incendiarias cayó sobre la ciudad, penetrando unos cien pies en el interior del recinto amurallado. Afortunadamente, los indígenas disparaban desde muy lejos, casi al límite del alcance de sus arcos, para no exponerse al tiro de los arcos compuestos de los Ninnitas, hechos de madera y tendones. Ello, unido a la peculiar arquitectura mesopotámica de edificios de piedra con techos planos y ventanas reducidas a su mínima expresión, permitió que los escasos fuegos que se produjeron, concentrados en la parte más vulnerable de la ciudad, la de los cultivos y pastos, pudieran atajarse con relativa facilidad. Kane, que dormitaba en el cuartel general, instalado en el cuerpo de guardia de la puerta sur de la ciudadela, ordenó que arqueros y honderos contestasen adecuadamente, disparando, tras guiarse por las llamas de las flechas y sus trayectorias, una media de quince proyectiles sobre las primeras filas de atacantes. Así lo hicieron y Kane calculó que las bajas causadas al enemigo, dado lo compacto de sus filas, debieron ascender a cinco mil, entre muertos y heridos. Pero la oscuridad reinante impidió cualquier tipo de verificación. El ataque volvió a repetirse aquella misma noche en dos ocasiones más, y la contestación de los defensores fue tan adecuada y enérgica como en la primera, sin sufrir, prácticamente ninguna baja.

 

Cuando todas las miradas de los defensores estaban puestas en el campo de batalla, la aurora tiñó de rosa la llanura cubierta de hierba. No había ni rastro de los vivos, pero tampoco de los muertos. Y Kane comprendió que tenían que habérselas con un enemigo muy hábil, que acababa de escamotear a los sitiados la victoria moral que necesitaban tras una noche de insomnio, impidiéndoles calcular, además, la cuantía de las bajas infligidas. Era como si no hubiese ocurrido nada, como si todo hubiese sido un sueño. Y así se lo dijo a Asshur-bel-kala, quien se había reunido con él desde los primeros instantes de los ataques.

 

—Sí, Bogaga es un jefe nato —explicó el Ninnita—. Nuestros exploradores y los cautivos que hicimos en los últimos años siempre coincidieron en afirmar que citaba realizando levas forzosas entre todos los poblados de la región. Incluso penetró en territorios que no pertenecían a su etnia, en busca de ayuda.

 

—¿Qué posibilidades tenemos de conseguir una victoria, o mejor, de que se retiren si se les infligiese gran número de bajas? —preguntó Kane, deseando saber más sobre los Sulas.

 

—Ninguna mientras Bogaga siga con vida —contestó en ese momento Ishtar, que


 

 

 

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entraba por la puerta de la estancia, tropezando con un soldado que salía precipitadamente con una cesta llena de tablillas y pergaminos donde se habían consignado las órdenes del día, que debía repartir entre la guarnición—. Ese maldito salvaje se ha propuesto acabar con Ninn y tal parece que tenga a Nergal de compañero.

 

—Debieras estar descansando hasta el mediodía —la reconvino amablemente su enamorado—. Con dos de nosotros sin dormir ya es suficiente.

 

—¿Acaso crees que ya eres mi marido? —estalló la joven. Y Kane se maravilló de la perfección de sus dientes y de la blancura de su piel, que durante buena parte de su vida había permanecido bajo la protección de un quitasol, como era regla habitual en las familias asirias de abolengo—. Deberíamos enviar un grupo de guerreros escogidos para acabar con esa fiera —terminó por decir.

 

—¡Ni lo sueñes! ¿No ves que han desaparecido de la pradera para que nos confiemos y enviemos un grupo de exploradores? Lo que desean es ir matándonos uno a uno, lentamente. A ellos no les preocupa el número, lo mismo les da que mueran mil que quince mil —replicó, airado, Asshur-bel-kalan.

 

Kane se sintió en la obligación de decir algo para poner paz entre aquella tigresa de ojos negros y su amante.

 

—¿Se prestaría Bogaga a un combate singular?

 

—Si sólo se tratase de sus deseos personales, yo diría que sí —contestó el asirio —; pero como es consciente de que representa la única fuerza válida para acabar con nosotros, se cuidará mucho de arriesgarse a luchar. Incluso es posible que no participe en los combates.

 

—Humm, no lo creo. Eso le convertiría en un cobarde a los ojos de su pueblo. —No —terció Ishtar—. Bien saben ellos que nadie fue capaz de reunir antes que

 

él tan crecido número de guerreros.

 

Kane reflexionó un instante. No era hombre dado a largas cavilaciones, sino a la acción súbita. Sin embargo, tenía una virtud, la de saber esperar. Cualquier grupo armado que saliera de la ciudad no conseguiría franquear el altiplano, pues bajo sus estribaciones, que no eran visibles desde Ninn, debían encontrarse agazapadas las fuerzas de los salvajes, o al menos una fracción importante de las mismas. Y como la hierba crecida que cubría la llanura podía esconder enemigos, descontando el hecho de que les permitía acercarse hasta la ciudad sin ser vistos al amparo de la noche, decidieron hacer una salida por la muralla oeste. La división Nergal protegería a un grupo de segadores que recogerían en carros todo el forraje que les fuese posible, a fin de disponer de las reservas suficientes para el ganado. Después, prenderían fuego a la sabana.

 

No se alejaron mucho de la ciudad, para estar cubiertos por la artillería y los arcos. Mientras recogían todo el forraje que podían, observaron que la hierba estaba


 

 

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quemada en algunos lugares. Después regresaron a la ciudad para lanzar desde ella las flechas incendiarias que terminarían su trabajo.

 

De pronto, Kane y la joven asiria tuvieron la misma idea. Cuando atacasen de nuevo, ¿por qué no dejarles avanzar en la sabana, al amparo de la vegetación y, después, incendiarla, con ellos dentro? Las balistas lanzarían sobre su retaguardia sus grandes dardos cubiertos de estopas inflamadas y las catapultas sus piedras ardientes para prender la hierba, mientras los arcos enviaban sus llameantes flechas sobre la vegetación de las proximidades. Aquella idea los animó muchísimo, hasta el punto de que Asshur-bel-kala sirvió en unos elegantes vasos de cerámica blanca unas raciones generosas de la fuerte cerveza amarga que los Ninnitas fabricaban con cebada y malta, y que a Kane le recordó la cerveza de abadía que hacían los flamencos, para brindar por la victoria.

 

Todo ocurrió según lo previsto. Los indígenas desataron su ataque en mitad de la noche sumiendo a la ciudad, en la que no ardía ningún fuego, en una lluvia de flechas incendiarias que no consiguieron penetrar en su corazón. Las ballestas pesadas, que habían quedado apuntadas la víspera con el alcance correcto, y los arcos lanzaron su mensaje de fuego. La pradera se convirtió en un mar de llamas, cuyo rumor no consiguió apagar los gritos y estertores de agonía de los atacantes, que experimentaron cuantiosas pérdidas. Un estruendo de júbilo se elevó de los muros de Ninn, cuando sus defensores y buena parte de sus pobladores, excepción hecha de los esclavos, que habían sido confinados en las mazmorras desde el comienzo de las hostilidades, celebraron la fuga de los atacantes.

 

A la mañana siguiente, la pradera era una mancha oscura y renegrida, cauterizada por el fuego que se había desatado de noche. Pero, como era de esperar, ningún cadáver cubría su superficie.

 

 

 

VII

 

Como ya habían pasado tres días sin que los indígenas volvieran a hacer acto de presencia, Kane y Asshur-bel-kala enviaron una patrulla de ágiles corredores fuera de los límites de la ciudad, que exploró toda la meseta y no tardó en regresar para informar de que no había enemigos a la vista.

 

Cuarenta y ocho horas después quedaban instalados cuatro pequeños destacamentos de infantería ligera en cada uno de los puntos cardinales, que se comunicaban entre sí, y con la ciudad, mediante espejos, para informar de cualquier indicio del enemigo.

 

Tranquilizados ya los nervios de los defensores, después de los últimos ataques nocturnos que de tan poco habían servido a los indígenas, en la ciudad reinaba una situación de calma. La diosa no tardó en ser paseada por la ciudad, revestida con su


 

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atavío guerrero, en una solemne procesión en la que participó todo el mundo, con excepción de quienes se encontraban de guardia. Desde lo alto del zigurat, adonde se retiraba a descansar cuando no estaba de servicio, acompañado en ocasiones por la bella Ishtar, Kane contemplaba las calles atestadas de gente que seguía el paso de la divinidad. Su fervor le recordaba el que había visto en más de una ocasión en algunos pueblos del sur de Europa, y pensó que a pesar de los avances y descubrimientos de los nuevos tiempos, que no tardarían en dejar pequeño el planeta, los hombres seguían siendo los mismos. No comprendía aquel sentimiento tan intenso hacia un símbolo de la divinidad, que incluso adquiría a sus ojos de puritano visos de idolatría, pero lo respetaba porque aquel impulso irracional, que procedía del corazón, y no de la mente, era quizá lo único que, a fin de cuentas, podía diferenciar a ese formidable depredador que es el hombre de las fieras salvajes.

 

Unos pasos en el corredor que conducía a su habitación, la misma en que se encontrase encerrado cuando Sula mató a Yamen y él consiguiera escaparse, la que tenía mejores vistas, le sacaron de sus pensamientos.

 

—¿Te interrumpo, S’hlomo? —era la voz de Ishtar, que había dejado sus ropas de soldado y se vestía con un mantón de lino de color azul celeste que le llegaba hasta los tobillos, rematado en gruesos flecos colgantes, que cubría su hombro derecho pero dejaba libre el izquierdo y parte del pecho, velado por una suave gasa blanca que escasamente ocultaba sus formas generosas. El cabello lo llevaba recogido con una diadema de plata rematada en forma de media luna.

 

—No. Pensaba simplemente en lo extraña que me resulta vuestra ciudad. Apartada del tiempo que lo devora todo, y que no la respetará ni a ella. Eso en el caso de que consiga sobrevivir a lo que se nos avecina.

 

—¿Cómo son las mujeres en tu tierra? —preguntó la joven, haciendo un mohín de fastidio e intentando cambiar de conversación.

 

—Como en todas partes… —dijo el inglés, dejando la frase en suspenso, y sonrió. Sólo a una mujer, y además hermosa, se le habría ocurrido hacer esa pregunta en medio de un comentario tan trascendente.

 

Entonces Kane fue presa de una extraña sensación. Desde el primer momento en que había visto a la joven le había parecido que ya la conocía de antes, de muchísimo antes. Y tuvo la impresión de balancearse sobre la cubierta de un barco tripulado por hombres de raza negra y capitaneado por una mujer de negra cabellera. Y de ver cómo aquel mismo barco en llamas, se hundía con ella, y para siempre, en los abismos de un mar primigenio. Abandonó aquellas ideas y contempló a la joven. Ella esperaba una respuesta.

 

—Aunque… quizá no tan hermosas como tú —concluyó, en un cumplido. Y lo fue, porque, inconscientemente, había pronunciado aquellas palabras en la lengua de los Ninnitas, ya que, después de tantos días de vida intensa y azarosa, había


 

 

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conseguido descubrir sus relaciones con el árabe, lengua que hablaba con fluidez.

 

—¿Te espera alguna de ellas en tu tierra? —preguntó la hermosa.

 

—No. Soy un hombre sin tierra, que vaga en busca de algo que no consigue encontrar… Nada podría ofrecer a una mujer. Sin saber cómo, camino a lo largo de una senda que me obliga a reparar las injusticias y castigar a los culpables, haciendo que me olvide de mí mismo. Pero ese sentimiento de ser un instrumento divino no me permite hallar la paz en el lecho ni en la mesa. No sé si es una bendición o el castigo eterno.

 

—Quizá si te quedaras entre nosotros acabaría amándote, espléndido guerrero de ojos claros.

 

Kane sonrió.

 

—¿Qué pensaría de eso Asshur-bel-kala?

 

—¡Oh! ¡Sería capaz de matarte!

 

—¿A esos extremos llegarían sus celos? —comentó Kane, divertido.

 

—Sí. Hace muchos años, cuando nuestros antepasados llegaron a esta tierra, las mujeres iban totalmente veladas. No encontrarás a ninguna representada en las escenas que adornan nuestros palacios, tan sólo algunas diosas. Afortunadamente — sonrió bajo la luz dorada que bañaba la habitación, y sus labios adquirieron la tersura carmesí del granate—, el calor y el sol inclemente los obligaron a ser más indulgentes, por miedo a quedarse sin mujeres. S’hlomo —y le cogió del brazo—, no me abandones cuando llegue la hora de luchar.

 

—No te preocupes. Estaré a tu lado —dijo Kane, dándole ánimos, mientras sentía una especie de premonición, a menos que fuese un recuerdo, como si se hallase respirando la roja bruma de la batalla y luchase al lado de aquella mujer que se defendía como una tigresa. Y se vio vistiendo unas ropas extrañas y pisando una pila de cadáveres, mientras su hacha de doble filo ondeaba sobre sus enemigos.

 

La realidad le sacó de su ensimismamiento. Los espejos habían comenzado a transmitir mensajes.

 

—Algo ocurre. Vayamos a ver.

 

Y soltándose del brazo de Ishtar la tomó de la mano y tiró de ella, bajando a la carrera la escalinata exterior del zigurat. En pocos minutos llegaron a la entrada sur de la ciudadela, donde seguía instalado el cuartel general. Asshur-bel-kala estaba reunido con varios oficiales, discutiendo la nueva situación. Al ver que entraban, se levantó de la mesa y explicó lo que ocurría.

 

—Los salvajes, procedentes de los cuatro puntos cardinales, están llegando a la carrera al talud de la meseta. Hemos ordenado a nuestros destacamentos que regresen inmediatamente. Si subimos a lo alto de la muralla podremos ver algo.

 

Así lo hicieron y, en efecto, no tardaron en divisar un grupo de veinte hombres que se dirigía corriendo desesperadamente hacia la puerta sur de la ciudad. Tras ellos,


 

 

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extendiéndose como una mancha de aceite que se derramase sobre la llanura, llegaban los indígenas. El ruido de sus pies lanzados a la carrera y el estruendo de sus gritos bárbaros hacía temblar las paredes. Finalmente, el grupo de asirios consiguió entrar por una de las puertas de la ciudad, cuando escasamente les separaban de sus perseguidores doscientas yardas. Los espejos informaron que las demás patrullas de observación habían podido abrigarse tras los muros.

 

Los salvajes prosiguieron su avance hasta el límite de la mancha renegrida que había sido la pradera, donde se detuvieron. El viento agitaba sus penachos de plumas, de suerte que, si hubiesen llegado en son de paz, habrían ofrecido un espectáculo de lo más vistoso. Pero como cabalgaban sobre las alas de la muerte, los defensores se quedaron sobrecogidos, pues eran tantos como la última vez.

 

Aquella muchedumbre realizó una serie de movimientos, abriendo infinidad de claros entre sus filas, por lo que los defensores no tardaron en comprobar que estaban montando unas largas escalas que habían llevado desarmadas. Al observar su maniobra, Asshur-bel-kala ordenó abrir fuego. Una lluvia de todo tipo de proyectiles se abatió sobre los salvajes, quienes, a pesar de sufrir cuantiosas bajas, avanzaron hasta las murallas y apoyaron en ellas sus rudimentarias escalas. Entonces entraron en acción el aceite hirviendo y los soldados provistos de una especie de bieldos, con los que empujaban hacia el vacío las escalas que los atacantes habían conseguido situar sobre la muralla. Pero aunque la mayoría demostraron ser muy mañosos, los salvajes consiguieron subir por algunos puntos. No tardarían en ser rechazados violentamente por los defensores. Parecieron cambiar de táctica y comenzaron a amontonar en varias de las puertas de la ciudad, y a riesgo de sus vidas, grandes cantidades de ramas secas, que debían haber traído consigo, a las que prendieron fuego. Pero al estar recubiertas las puertas por varias chapas de bronce, el fuego no prendió en ellas. Tras infructuosos intentos, los indígenas optaron por retirarse.

 

Como a todos pareció evidente que sería muy difícil resistir nuevos ataques, Kane y Asshur-bel-kala ordenaron el repliegue de las máquinas de guerra al interior de la ciudadela, por miedo a tener que abandonarlas en manos del enemigo. En aquella operación intervendría toda la población, que obedeció las instrucciones de los expertos ingenieros asirios, quienes, gracias a los complejos sistemas de grúas y poleas que se encontraban diseminados por la ciudad, consiguieron terminar la operación antes de que se pusiese el sol.

 

Mientras tanto, ya habían acabado de construir una torre de madera, más alta que el zigurat, forrada de una chapa de bronce, que Kane y Asshur-bel-kala proyectaron desde el primer día del asedio. Se levantaba en la explanada que se encontraba entre el puesto de mando y la parte alta de la ciudadela y les permitía enterarse de los movimientos del enemigo.

 

* * *


 

 

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La historia del asedio de la ciudad estaría llena de detalles apasionantes, no sólo por la entereza de sus ocupantes, que en todo momento ayudaron a los combatientes, sino por todos los ejemplos de valor, tanto individuales como colectivos, que habrían llenado muchísimas tablillas de arcilla con las que construir una apasionante epopeya. Al tercer día del ataque en masa con escalas, el inglés y el asirio decidieron llevar al interior de la ciudadela todos los animales, alimentos y enseres que pudiesen servir para su defensa, e incendiaron la ciudad. Entonces comenzó una nueva fase del asedio.

 

Después de dos semanas de permanencia en las murallas, durmiendo sólo lo imprescindible entre uno y otro asalto, la barba de Kane había crecido lo suficiente para darle un aire, si no de asirio, sí bárbaro. En su antigua celda del zigurat habían quedado su estoque y su puñal, así como la capa, el jubón y el sombrero, ya que había decidido cubrir su cabeza con un casco cónico de cuero endurecido, y su poderoso tórax con una loriga de laminillas de acero. Aunque seguía llevando al cinto sus dos pistolas, que aún no había utilizado, sus armas favoritas eran el hacha de doble filo y la maza, templadas una y otra vez en los humeantes sesos de sus enemigos. La superioridad guerrera de los defensores les había permitido sufrir un número de bajas relativamente bajo, un treinta por ciento aproximadamente, mientras que los atacantes se habían visto reducidos, al menos, a la mitad de sus efectivos. Era evidente que aquella era una guerra de desgaste, que oponía fuerza bruta a inteligencia y disciplina; pero mientras que los asirios, que ya habían empeñado todos los efectivos en la batalla, no podían reemplazar sus bajas, los asaltantes siempre parecían contar con fuerzas de refresco. Durante el día tenían que impedir que los indígenas lograsen pasar sus escalas, que parecían no terminárseles nunca, por encima de la muralla, y defender las dos puertas de la ciudadela, que resistían perfectamente los golpes de ariete que caían sobre ellas procedentes de las chamuscadas vigas que habían sobrevivido al incendio de la ciudad, además de la protuberancia que se proyectaba hacia el Norte, sobre la que se habían concentrado las reservas de aceite. Al caer la noche recibían la consabida lluvia de flechas incendiarias, que cumplía una labor más psicológica que efectiva. Algunas de las casas de los notables se habían convertido en establos para el ganado, mientras que el manantial subterráneo que manaba del santuario de Ea —el lago que quedaba fuera de la ciudadela había sido envenenado por los defensores— proveía de agua a los sitiados, que, a pesar de todo, seguían resistiendo.

 

A Kane le habría gustado tener a tiro de sus pistolas a Bogaga. Entre la masa de asaltantes contra los que se batía no hacía otra cosa que buscar algún signo distintivo de poder o de mando; pero le parecía que aquellos guerreros, que ya no se molestaban en llevarse del campo de batalla a sus numerosos caídos, se repetían hasta la saciedad. Siempre los mismos rostros pintados, los mismos alaridos, las mismas


 

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muecas al morir, tajados espantosamente por su hacha. Su concepto de los asirios como un pueblo salvaje cambió radicalmente. ¿Cómo habrían podido sobrevivir en aquel país inhóspito y dejado de la mano de Dios si no hubieran sido más salvajes que él?

 

En cierta ocasión bajó a las mazmorras donde se hacinaban los esclavos indígenas. Le molestaba la esclavitud y las prisiones en cualquier parte en que se diesen, pero reconocía que dejar en libertad a los cautivos supondría una excelente fuente de información para Bogaga, que así conocería los puntos débiles de los defensores. Cuando Asshur-bel-kala sugirió que podían torturarlos para que les revelasen los tatuajes distintivos del jefe guerrero de los Sulas, y así concentrar contra él toda la potencia de su fuego en cuanto le descubrieran, se negó tajantemente a ello, hasta el punto de que el asirio no tuvo más remedio que desistir de su idea. Además, estaba seguro de que, cuando se encontrasen frente a frente, sabría que se trataba de él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

Kane no dio crédito a sus ojos. A unas mil quinientas yardas, atravesando una de las puertas de las murallas de la ciudad, avanzaba una hilera de más de una docena de elefantes. Asshur-bel-kala le miró extrañado, sin saber a qué obedecía aquello. Pero el inglés lo comprendió en seguida. Bogaga pensaba utilizar los elefantes para echar abajo las puertas de las murallas de la ciudadela, y así se lo dijo al jefe asirio. Mas tuvo que guardarse para sus adentros el sinsabor que le producía tener que matar unos animales que no le habían hecho ningún daño, porque el Ninnita no habría comprendido aquel aspecto de su sensibilidad. Tras una breve orden, las balistas que se hallaban dispersas a todo lo largo del perímetro defensivo, se concentraron en las murallas sur y oeste, donde se encontraban las puertas. A Kane le hubiese gustado disponer del suficiente número de ingenios para poder cruzar con su fuego a los paquidermos, pero tal no era el caso. Tras unos tiros de prueba, las balistas de la puerta sur consiguieron acertar a dos de la media docena de elefantes que se dirigían hacia ella, que se desplomaron en el suelo, atravesados por los gigantescos dardos de


 

 

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varias yardas de largo. Los artilleros de la otra puerta lograron un éxito similar, a todas luces insuficiente, puesto que los cornadas de los animales, comprendiendo que avanzar en línea recta era mortal para sus monturas, las hicieron zigzaguear, lo que imposibilitó la puntería de las enormes armas. Ante aquello, lo único que podía hacerse era bajarlas al suelo y apostar un mayor número de ellas ante las puertas, para, abriendo y cerrando rápidamente estas, herir al paquidermo que se encontrase más cerca. Pero tal operación le pareció a Kane una locura, por lo que se contentó con herir a los animales en cuanto franqueasen las puertas, para bloquearlas y así impedir la afluencia masiva de la horda de salvajes.

 

Cuando los animales estuvieron a tiro de los arcos compuestos de los defensores, una nube de flechas oscureció el sol, acabando con sus cornadas y causándoles a ellos múltiples heridas, aunque de poca importancia, porque su gruesa piel les servía de coraza. Los animales sobrevivientes huyeron de la ciudadela que los había recibido a flechazos y regresaron por donde habían venido, sin que ninguno de los dardos lanzados por las balistas los acertase en su retirada.

 

Al poco tiempo, los indígenas volvieron a la carga, en aquella ocasión acompañando a los elefantes. Pero tampoco tuvieron éxito, porque cuando estos se revolvieron y salieron huyendo, aplastaron a la mayoría. Y como Bogaga no poseía el genio de Aníbal ni, sobre todo, su experiencia en la táctica de los elefantes, no volvió a emplearlos.

 

Como aquella noche los sitiados no recibieron la habitual lluvia de flechas, presintieron que algo debían estar tramando. En efecto, cuando todavía estaba oscuro, se elevó un griterío desde la puerta oeste. ¡Sus defensores estaban siendo aniquilados! Los soldados del retén, que dormían por la noche en mitad de la explanada que se abría detrás del puesto de mando, se desembarazaron de sus mantas, recogieron sus pertrechos, formaron y se lanzaron a paso ligero hacia el lugar donde se oían los gritos. Como de noche no se mantenía encendida ninguna luz en la ciudadela, para que el enemigo no dispusiese de referencias, sólo contaron con el resplandor de la luna llena, que parecía cubierta de sangre, lo que a todos pareció de muy mal augurio.

 

Kane, cuyo sueño siempre era tan ligero como el de una fiera selvática, se había despertado por el griterío en el lugar donde dormía usualmente… precisamente en la terraza que dominaba las dos torres gemelas de la barbacana de la puerta sur, el punto de máximo peligro. Levantándose rápidamente, intentó correr a lo largo de la muralla. Como los desniveles de las almenas le habrían retrasado muchísimo, bajó por una escala de cuerda, se unió a los doscientos hombres del retén y se situó al lado de Ishtar.

 

El espectáculo que se ofreció a su vista fue desolador. «Las puertas de tu país se abrirán de par en par al enemigo», había dicho el profeta Nahum, y así se encontraban las puertas de Ninn. Sobre ellas se veía varias antorchas ardiendo que debían señalar


 

 

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su posición a los del exterior. Un grupo de salvajes con el cuerpo cubierto de manchas que imitaban el moteado del leopardo corrió al encuentro de los Ninnitas, mientras la noche se llenaba con el estrépito de miles de pies lanzados a la carrera: los salvajes que se precipitaban hacia la brecha abierta en la ciudad. Kane se estremeció. Había oído hablar del Anioto, la sociedad secreta que extendía su dominación por el África Central, cuyos miembros, según decían, se vestían con pieles de fieras salvajes e ingerían una droga desconocida que los sumía en un frenesí de muerte y destrucción. Pero hasta aquel momento no había conseguido ver a ninguno. Muy a pesar suyo, su admiración hacia Bogaga fue en aumento.

 

Uno de aquellos demonios aulladores se le echó encima, espumeante de rabia. Sus sesos salpicaron a los que le seguían. Con la maza en la mano izquierda y el hacha en la derecha, Kane parecía uno de esos dioses mesopotámicos que había visto esculpidos en la ciudad, enarbolando triunfantemente sus armas mientras pisaban a los enemigos vencidos. Ishtar, que no se apartaba de su lado, contenía con su arco y flechas a los salvajes. El resto del grupo de defensores que los seguía había roto la formación y se había empeñado en combates individuales, olvidando que lo más importante era contener el avance hacia la puerta. A la luz de la luna, Kane observó que la ciudad estaba reaccionando y que nuevos contingentes se les unían para repeler a los agresores. Hizo un gesto a Ishtar y ambos abandonaron la pelea para subir a una de las torres de la muralla y, desde allí, dirigirse a la barbacana de la puerta, para volcar sobre la marea humana que ya se precipitaba sobre ella los enormes recipientes de aceite que hervían durante el día, para, acto seguido, prender fuego al líquido derramado con una de las antorchas. Tan impetuoso era el empuje de los salvajes que su inercia los impulsó hacia dentro, de suerte que una masa de enemigos en llamas penetró en la ciudad. De la misma forma en que la arena apaga el fuego, sofocándolo, los indígenas pasaron por encima de quienes ardían, pisoteándolos como animales en estampida.

 

Desde lo alto de la barbacana, que había comenzado a arder, Kane e Ishtar contemplaban aquel espectáculo con el mismo arrobamiento que dos mariposas nocturnas encandiladas por la luz. De repente, la joven emitió un quejido y cayó en sus brazos. El inglés tocó el astil de una flecha que se había clavado en su pecho, justamente en el hueco de uno de los desgarrones de su loriga. Instintivamente, empuñó una de sus pistolas y la descargó sobre una forma agachada que se encontraba enfrente. El estruendo del disparo frenó a los atacantes, que se detuvieron perplejos y comenzaron a retroceder. Aquello excitó a los defensores, que, arremetiendo contra ellos con sus escudos, consiguieron echarlos fuera de las puertas de la ciudad.

 

Pero el aceite ardiendo había quemado desde dentro la carpintería de las puertas, de suerte que no pudieron cerrarlas con el enorme pasador, ni hincar en el suelo la


 

 

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viga que inmovilizaba una de ellas. Por eso mismo, Kane, cogiendo a Ishtar en brazos, ordenó el repliegue hacia la parte alta de la ciudadela, donde se encontraban el palacio y el zigurat.

 

Y así, perdiendo cada vez más terreno, la gente de Ninn fue retrocediendo paulatinamente, hasta que, al fin, poco antes del amanecer, sólo un escaso número de defensores pudieron hacerse fuertes en el zigurat, cuya rampa era tan estrecha que sólo permitía el paso de un guerrero.

 

Desde lo alto del edificio, Kane divisó un espectáculo dantesco. La ciudadela ardía por sus cuatro costados. Las calles estaban llenas de cadáveres de hombres y de animales. Los invasores no habían perdonado a nadie, ni siquiera a las imágenes de los dioses, que habían sacado de los templos y profanado, infligiéndoles tremendas mutilaciones. Y como si no les bastase la muerte de sus enemigos ancestrales y aún quisieran vengarse de ellos, derramaron sobre sus cadáveres la sangre de cerdos salvajes, animales que abundaban por la llanura y que constituían una abominación para todos los semitas, como bien sabía Kane.

 

Pasaron dos días y todo pareció indicar que los indígenas se habían olvidado del puñado de defensores, escasamente un centenar, que seguían resistiendo en el zigurat. De vez en cuando se contentaban con enviarles una rociada de flechas. Quizá pensaron matarlos de sed o castigarlos con el atroz espectáculo que tenía lugar en el patio del palacio. En efecto, aquellas dos noches, los hombres-leopardo sacrificaron a varios Ninnitas. Los gritos de terror de las víctimas, a las que arrancaban el corazón, fueron saludados con un coro de carcajadas blasfemas. Hasta a los feroces asirios, acostumbrados a las más refinadas torturas, les espantó aquel ritual macabro: los hombres-leopardo devoraban con sus dientes tallados en punta, cuya blancura recortándose sobre su piel oscura los hacía perfectamente distinguibles, el corazón aún palpitante de sus víctimas, para apoderarse al mismo tiempo de su valor.

 

Y Kane supo que su corazón estaba reservado para Bogaga.

 

* * *

 

La herida de Ishtar no era grave. Afortunadamente, la flecha no había atravesado ningún centro vital. Asshur-bel-kala, que se contaba entre los supervivientes, había cambiado el oficio de la guerra por el de la medicina, prodigando a la joven todas las atenciones que podía, que no eran muchas, dada la escasez de medios que todos sufrían.

 

Con ellos estaba Shamsi-ilu, uno de los sacerdotes del templo de Nabu, que gimoteaba continuamente y decía palabras sin sentido. Entre tanto despropósito había una expresión que a Kane le sonaba como «la salida» y «no hay salida».

 

—¿Qué dice? —preguntó a Asshur-bel-kala, pensando que él podía comprender mejor lo que decías.


 

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—Que podríamos habernos ido por la salida —contestó el asirio, después de prestar unos instantes de atención a las palabras del otro—. ¿A qué salida te refieres, anciano?

 

Aquel hombre presa del delirio les contó que en el templo de Nabu había una salida secreta que iba a dar a una gruta que se extendía hasta la pendiente por la que se accedía a la meseta. A la pregunta de Kane, de por qué no había hablado de la salida, sonrió con cara de niño travieso y se limitó a decir:

 

—Si os lo hubiese dicho habría dejado de ser secreta. Además, ¿de qué habría servido, si los salvajes ocupaban toda la meseta?

 

Todos pensaron que tenía razón. Por otra parte, si los indígenas hubiesen encontrado vacía la ciudadela no habrían tardado en pensar que se habían fugado, y en redoblar su vigilancia. Mejor era morir luchando que no como ratas atrapadas.

 

—¿No queréis saber dónde está, ahora que ninguno de nosotros podrá salir por ella? —preguntó el anciano, que seguía con su discurso.

 

—Claro que sí —dijo Ishtar.

 

Entonces les habló de la salida secreta. Y aunque les separasen de su salvación menos de cincuenta yardas en línea recia, ninguno de los presentes pensó en dirigirse a las ruinas del templo, ya que, rodeados de enemigos como estaban, aquello habría supuesto una muerte segura.

 

Pero el inglés apenas prestó atención a las explicaciones del sacerdote. Una figura empenachada que acababa de salir a uno de los patios había atraído su mirada. Debía tratarse de Bogaga. Kane bajó hasta la base del edificio, para desde allí disparar sobre el jefe guerrero de los Sulas. Aunque le repugnaba matar a distancia a un hombre que no podía defenderse, sabía que tenía que hacerlo. El solo recuerdo de los hombres-leopardo devorando los corazones de sus víctimas acabó de disipar sus escrúpulos.

 

A medida que bajaba por la escalera interior fue comprobando en cada uno de los pisos cuál era el que ofrecía mejor visibilidad, quedándose en el tercero. El salvaje se encontraba a unas ciento treinta yardas, distancia considerable para una pistola. En aquellos momentos, Kane echó de menos el mosquete que había destrozado luchando contra los vampiros en las Colinas de los Muertos. Apoyó una pistola en la parte inferior de una de las estrechas ventanas, casi troneras, del edificio, apuntó a la figura que se contoneaba con los brazos en jarras, contuvo el aliento y disparó.

 

El proyectil fue a estrellarse en la cabeza de un guerrero que estaba al lado de aquel a quien apuntaba Kane, que reventó como un melón, esparciendo los sesos a su alrededor. El guerrero a quien iba dirigido se quedó anonadado, sin saber qué ocurría, mientras el trueno de la detonación llegaba a sus oídos, una fracción de segundo después de la bala. Aquella falta de reflejos ante lo desconocido le costó la vida. Con una maldición, Kane soltó la pistola descargada y tomó la otra. Apuntó con ella cuidadosamente, corrigiendo la desviación y disparó nuevamente.


 

 

 

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Un grito unánime de júbilo escapó de las gargantas de los defensores del zigurat. —¡Ese maldito hijo de Pazuzu se ha reunido con su padre en el arallu! —

 

exclamó Ishtar, contagiada de los improperios de la soldadesca.

 

Kane subió a su habitación para cargar sus pistolas. La idea de quitarse aquella barba de varias semanas y de vestirse con sus ropas de puritano para la batalla final se insinuó de manera extravagante en su mente. Le pareció indecoroso reunirse con el Sumo Hacedor vestido como un pagano, y por ello comenzó a afeitarse cuidadosamente en seco con la navaja que tenía en su bolsa, junto con la pólvora y las balas. Cuando terminó, vistió el negro jubón y escondió sus cabellos bajo su sombrío sombrero de ala ancha.

 

Mientras se paseaba entre los sitiados y saludaba a Ishtar quitándose el sombrero, todos le miraron con cierta suspicacia, pues sin aquella barba oscura había vuelto a ser el «persa». Cuando Kane se disponía a hacer un comentario sarcástico sobre su nueva apariencia, uno de los asirios apuntó con el dedo a una figura que los miraba desde el patio.

 

Si Bogaga era el muerto, entonces aquel debía ser Katayo. Pero… ¿no sería al revés? Y el inglés aplaudió una vez más la inteligencia de aquel diablo negro, que le había utilizado para librarse de su rey, Katayo, y convertirse en dirigente de su pueblo. Y quizá más aún, de una vasta confederación de tribus capaces de extender la sangre y el fuego por todo el continente. En aquel preciso momento, como si volviese a reanudarse aquella partida de ajedrez que el puritano había estado jugando a ciegas, los indígenas se lanzaron a miles sobre el zigurat.

 

Aunque Kane, Asshur-bel-kala, Ishtar y los demás lucharon valientemente, al final fueron sumergidos por la incesante marea negra.

 

 

 

IX

 

Casi desvanecido y cubierto de sangre, Kane, junto con la docena escasa de supervivientes, fue llevado a rastras ante Bogaga.

 

Era un hombre alto, con cuello de toro y brazos tan gruesos como una pitón. Llevaba el cabello largo, peinado en trenzas, y sus intensos ojos negros parecían reflejar las profundidades del Infierno. Al encontrarse con los de Kane, que refulgían con una luz que parecía arder bajo el hielo de un glaciar de espesor inconmensurable, dudaron y miraron a otra parte. Su sonrisa era burlona cuando dijo en su lengua:

 

—Por fin conozco al gran jefe blanco llegado del mar.

 

—Y yo al poderoso guerrero de los Sulas —contestó Kane, y añadió—: Quizá podamos comprobar finalmente quién de los dos es el más fuerte.

 

—Sería algo que alegraría mi corazón. Pero mi pueblo me necesita y no podría prescindir de mí.


 

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—Grave pecado es el orgullo, gran guerrero.

 

—Peor aún es la imprudencia, hombre blanco. Y hay grandes planes que descansan exclusivamente sobre mis hombros —dijo Bogaga, y poniendo los ojos en blanco exclamó—: ¡Hoy Ninn, mañana toda África!

 

—Y quizá, pasado mañana, el mundo —aquella observación maliciosa de Kane fue hecha en tono de pregunta.

 

—¿Por qué no? Los blancos comenzáis a llegar a África para apoderaros de nosotros, vendernos como esclavos y vivir en nuestras tierras. En tres siglos nos habréis exterminado. Por eso hemos comenzado a vengarnos… ¡Por nuestros enemigos más antiguos! Tai, Damballa! —la exclamación iba dirigida a los indígenas que le rodeaban.

 

Tai, Damballa! —exclamaron a coro, repitiendo aquella palabra una y otra vez. Damballa. La espantosa divinidad ofidia, cuyas sangrientas ceremonias Kane había presenciado en África. Su historia ofrecía extrañas conexiones con cultos prehumanos que ya eran viejos cuando la Atlántida aún no había surgido de las aguas. —Muy pronto seréis sacrificados a Damballa —dijo Bogaga, a modo de despedida, y dio unas órdenes a quienes le rodeaban, en una lengua que Kane no

 

había oído nunca.

 

* * *

 

Por una ironía del destino, las mazmorras adonde fueron conducidos estaban guardadas por varios de los esclavos que anteriormente fueran confinados en ellas. Kane reconoció algunos rostros.

 

El inglés compartió su celda con Asshur-bel-kala e Ishtar. No dudó, ni por un momento, que el jefe guerrero, al encerrarlos con él, desconociese la identidad de sus prisioneros.

 

—Es casi seguro que muramos esta noche, cuando la luna esté en lo más alto — comentó, y la joven se estremeció, estrechando fuertemente a su enamorado—. Suele ser lo usual en los sacrificios a Damballa.

 

Calculó que debían quedarles unas seis horas. Supo que la espera acabaría haciéndose interminable. Morir sacrificado como un cordero a una deidad bárbara… sin haber comprendido la naturaleza de la extraña llamada que le había hecho adentrarse en África y llegar hasta aquel mundo perdido.

 

Un ruido de pasos interrumpió sus reflexiones. Estaban sacando a los demás de sus celdas. Kane no se hizo ninguna ilusión sobre la suerte que los esperaba. Acabarían sus vidas en el patio del palacio.

 

El tiempo transcurrió lentamente, como si se aferrase a aquellas paredes llenas de humedad. De repente, el puritano oyó un ruido furtivo de pasos y un quejido de muerte. Una sombra se destacó de la penumbra que la rodeaba. La reconoció: era uno


 

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de los esclavos. Los ojos le brillaban extrañamente en medio de aquella oscuridad. En una mano llevaba unas capas oscuras en las que había escondido unas espadas y en la otra un manojo de llaves, con el que abrió su celda.

 

—¿Por qué haces esto? —preguntó Ishtar.

 

—Soy Asulo. Sula era mi hermano —respondió, mirando a Kane—. Me hablaba mucho de ti, y de que no tenías miedo a los Ninnitas. Pero lo que no te dijo es que era hijo de Katayo… como yo —hizo una pausa y se golpeó el pecho—. ¡Yo debía ser ahora el rey de los Sulas! Pero Bogaga dice que un hombre manchado por la esclavitud nunca podrá ser rey. Sé que si me quedo aquí mis días están contados. Por eso he matado al guardia. Por eso quiero ayudaros a escapar. A cambio de que me llevéis con vosotros.

 

—¿A pesar del trato que te dimos? —preguntó Asshur-bel-kala, no convencido del todo.

 

—Sí. Sé que vosotros dos apoyabais a Bel-lardath. Si él hubiese sido rey, la vida habría sido más fácil para todos nosotros. Por eso no os guardo rencor. Pero, démonos prisa. Echaos estas capas por encima, para que podáis pasar desapercibidos.

 

—¿Cómo vamos a escapar? —preguntó Kane, echando una mirada de inteligencia a los Ninnitas, para que no revelasen el pasadizo secreto que se abría bajo el templo de Nabu.

 

—Por las murallas. Sólo hay unos guardias en las puertas. Bogaga ha licenciado a todos los guerreros, y sólo se ha quedado con los miembros del Anioto. La ceremonia de Damballa que tendrá lugar esta noche está prohibida a los no iniciados.

 

—¿Y mis armas?

 

—Bogaga las guarda consigo, porque dice que son como tu alma.

 

Kane permaneció en silencio, mientras su mente de guerrero, bien entrenada en las situaciones difíciles, comenzaba a urdir rápidamente un plan. Llegarían hasta el templo y escaparían por él. Pero después no tendría más remedio que volver para matar a Bogaga y recuperar sus armas. Si al menos hubiese tenido su bastón ju-ju… Todo dependía de la credulidad y superstición de aquellos salvajes. Y en cosa de unos segundos, dio con la solución.

 

Los demás ya comenzaban a impacientarse. Pero él no les contó su plan. Sólo les pidió que hiciesen lo que les dijera. Así pues, escondieron en el calabozo más apartado el cadáver del carcelero y le desojaron de todas las plumas con que se adornaba, que Kane guardó entre los pliegues de su capa. Acto seguido, cerraron con llave la celda que habían estado ocupando, escondieron el manojo de llaves entre la paja de otra y se fueron sigilosamente.

 

Las mazmorras se encontraban en un subterráneo situado cerca de la pared este de la muralla, por lo que para llegar al templo de Nabu tuvieron que contornear la muralla norte y llegar hasta donde se levantaba el zigurat, bajando después de la parte


 

 

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alta de la ciudadela. Pasaron por el templo de Ea, acallaron las protestas de Asulo, que no hacía más que repetir que estaban dando muchas vueltas, y entraron en las ruinas del templo de Nabu. Una vez en él, oprimieron un resorte y se abrió un pasadizo secreto.

 

—Nos veremos después de la ceremonia —dijo Kane.

 

La extrañeza se pintó en los rostros de sus acompañantes.

 

—Debo quedarme para acabar con Bogaga. Es un peligro para todos, negros y blancos. Esperadme a la salida del pasadizo. Y si después de la medianoche no he regresado, huid. Que Asulo os indique cómo llegar a algún sitio frecuentado por los actuales descendientes de los Aribi, con quienes podréis vivir hasta el fin de vuestros días.

 

—¡Que la diosa te guíe, S’hlomo! —dijo la bella Ishtar, y le besó.

 

—¡También Asshur! —añadió el último hijo de aquel dios, estrechándole la mano.

 

—Pronto nos veremos —comentó enigmáticamente Kane, y cerró la puerta tras ellos. Entonces, parsimoniosamente, se despojó de su ropa y la dobló como mejor pudo, ocultándola debajo de la basa de una columna caída, lo bastante lejos de la entrada secreta para evitar una ulterior pesquisa por parte de alguien que llegase a descubrirla. Acto seguido, humedeció todo su cuerpo con el agua que aún manaba de la fuente, lo espolvoreó abundantemente con ceniza, hasta que ocultó completamente el color blanco de su piel, y pegó en él, como mejor pudo, las plumas que había quitado al carcelero muerto. Cuando hubo terminado, volvió a cubrirse con la capa y musitó una silenciosa plegaria al Cielo para que la superchería que había planeado tuviese éxito.

 

* * *

 

Cuando Bogaga descubrió que la celda donde se hallaban sus prisioneros estaba vacía montó en cólera. Sin que pudiera explicárselo, aquel blanco y sus amigos se habían escapado. Y cuando recordó el fulgor apagado de la mirada de Kane, que había hecho que se le encogiera el corazón, se dejó invadir por un terror supersticioso. Por si aquello fuera poco, el dios-serpiente Damballa no había querido aceptar el sacrificio del Ninnita que acababa de ofrecerle. Todavía seguía esperando que se le apareciese sobre las dos maderas unidas en forma de T que había levantado en medio del patio del palacio. Ni siquiera el saco mágico y las armas del blanco que llevaba a la cintura, los dos puñales, las dos mazas del trueno que parecían haber enmudecido, y el poderoso bastón ju-ju, le habían servido de ayuda.

 

Los hombres-leopardo ya habían ingerido sus pociones secretas entrando en el sueño de la muerte, agitado de pesadillas que sólo podían apaciguarse con el espectáculo de la sangre. En aquel estado de trance confundían sueño y realidad,


 

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mientras caminaban entre sombras. Algunos de ellos dijeron que la luna llena estaba preñada de señales de mala suerte, e incluso se atrevieron a insinuar que la magia del hombre blanco era más poderosa que la del jefe guerrero de los Sulas, ya que le había permitido desvanecerse llevándose consigo a sus amigos y al carcelero.

 

Cuando Bogaga insistía una vez más en la invocación a Damballa, una sombra pareció salir de la nada. Su frente se perló de sudor. Y más aún cuando aquella aparición comenzó a hablar.

 

—He enviado mi espíritu fuera de mi cuerpo para recoger mis armas —dijo aquella voz—. Tú dijiste que eran como mi alma y acertaste. Dámelas o vendrás conmigo.

 

En ese momento, aquella figura, en quien Bogaga había reconocido la voz de Kane, abrió su capa. El cuerpo que mostraba, pintado con la ceniza de la muerte y cubierto de plumas, correspondía a la imagen tradicional entre los africanos de un espíritu.

 

En circunstancias normales, aquella superchería no habría tenido éxito. Pero, afortunadamente para Kane, en aquellos momentos Bogaga sentía un pánico mortal porque Damballa seguía sin manifestarse. Y eso, según él, indicaba que el dios le había abandonado.

 

Poco a poco fue retrocediendo ante la aparición, hasta apoyarse en el poste de varias yardas de altura que debía sostener a la gran serpiente que era la manifestación viviente del dios.

 

Kane se acercó al tembloroso indígena, y flemática y metódicamente le fue despojando de sus armas. Entonces, poco a poco, fue retrocediendo.

 

Los hombres-leopardo se habían dejado vencer por la apacible entereza de la aparición, y estaban tan asustados como Bogaga. En aquel momento, uno de ellos gritó algo que Kane no comprendió, pero que erizó todos los vellos de su cuerpo. Sobre el poste comenzaba a percibirse una forma blanca, la de una serpiente descomunal, más grande que la madre de todas las boas y pitones. Entonces Kane supo que, mientras el bastón mágico se había encontrado en poder del sacerdote de Damballa, el dios no había podido materializarse. Pero la gran serpiente, que a Kane le pareció la forma ancestral del mismísimo Satanás volviendo nuevamente al Edén, se sentía ofendida por la injuria del oficiante, que se había atrevido a invocarla empuñando —o teniendo encima de su cuerpo, igual daba— un arma que contrarrestaba sus poderes, el bastón que el brujo N’Longa regalara a Kane, de cuyos efectos el inglés no era totalmente consciente. Por eso, abrió sus enormes fauces fosforescentes y atrapó con ellas a Bogaga. Su cuerpo crujió de manera espantosa cuando se quebraron sus costillas. Aún siguió debatiéndose débilmente mientras era deglutido. Damballa lanzó una mirada, mezcla de malignidad y de temor, hacia Kane y pareció disponerse a atacar a los hombres-leopardo, que echaron a correr medio


 

 

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muertos de miedo. Cuando el inglés volvió a mirar a la enorme serpiente, esta había desaparecido con la misma rapidez con que había llegado.

 

Amparándose en las sombras, después de detenerse un momento a recoger un arco y varias aljabas de flechas que encontró en el lugar donde habían estado los hombres-leopardo, Kane escaló la fachada oeste del patio del palacio y regresó al templo de Nabu.

 

Poco después, cuando se hubo lavado y desojado de la ceniza y las plumas que cubrían su cuerpo, Kane se vistió con sus ropas oscuras y entró por el pasaje secreto. Al poco tiempo llegaba a la salida de la gruta adonde iba a desembocar el pasadizo. Allí le esperaban Asulo y los dos Ninnitas. La alegría que demostraron al verle fue genuina e infinita. Y más aún al conocer la muerte de Bogaga y el disfraz utilizado por el inglés. El joven Asulo, que ya comenzaba a recobrar las esperanzas de verse sentado en el trono de los Sulas, ofreció su casa a los Ninnitas, prometiendo, incluso, que les proporcionaría ropas más actuales que las que llevaban y que les acompañaría hasta un lugar frecuentado por los árabes. Ishtar agradeció infinitamente el arco y las aljabas que Kane le había traído, pues eran las armas de la diosa. Y con la sensación de euforia que siempre suele sentirse al escapar de un peligro inminente que parece invencible, decidieron quedarse aquella noche en la boca de la cueva y emprender su camino al día siguiente.

 

* * *

 

—Jamás podremos pagarte lo que has hecho por nosotros —musitó Ishtar, mirándole apenada a los ojos.

 

Él no dijo nada. Sólo negó con la cabeza, mientras abrazaba a la pareja de Ninnitas y permanecía en silencio durante unos instantes, como si quisiera grabar sus rostros en su corazón. Estrechó la mano de Asulo y, dándoles la espalda, comenzó a caminar.

 

El sol había comenzado a salir por Oriente, tiñendo de rojo las tierras que rodeaban la negra llanura donde se había levantado Ninn, la segunda Nínive.

«No quedará ni memoria de tu nombre», había dicho el profeta. Kane se volvió y contempló a la pareja de asirios. No, la profecía no era cierta. También Adán y Eva habían sido expulsados del Edén.

 

Y con el corazón rebosándole de una extraña ternura, reanudó su caminar.

 

* * *

 

J. RAMSEY CAMPBELL: El oficial, Labashi, y su hermana Siduri conducen a Kane a su casa. Ambos forman parte de una conjura: si vuelve a actuar nuevamente de oráculo —le dicen— de suerte que el rey de Ninn quede en descrédito y Labashi sea elegido nuevo monarca, él y la gente que secuestraran de la aldea quedarán en libertad. Cuando el rey intenta matar a Kane, a causa de sus gestos, uno de los conjurados le atraviesa con una lanza. Labashi es coronado. Pero Siduri, que deseaba a Kane, es asesinada por su amante despechado. Kane


 

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abandona Ninn como en un sueño.

 

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G. ZUDDAS: Kane es llevado a la casa del padre de la joven que acaba de salvar. Algún tiempo después, los Sulas invaden la ciudad, Kane se enfrenta a ellos haciéndose pasar por una divinidad del vudú y consigue que se vayan. Muerto el rey de Ninn en el asalto de los Sulas, el oficial asirio que acudiese en ayuda de Kane, después de que este librase del león a la joven asiria, su prometida, es proclamado rey.

 

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LA APARICIÓN

 

DE SIR RICHARD GRENVILLE


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN HOMBRE DORMÍA bajo las inciertas ramas, envuelto en su capa, rodeado por la reptante bruma. Richard Grenville se acercó hasta él y rozó una de sus

 

muñecas.

 

El viento de la noche no agitaba la profundidad de la foresta, por donde se extendían las sombras del destino. Solomon Kane despertó de su sueño y miró al muerto.

 

Habló maravillándose, sin asustarse:

 

—¿Cómo puede caminar el hombre que ha muerto? ¿Qué hacéis aquí, amigo de los viejos tiempos, vos que hace tanto caísteis a mi lado?

 

—Levántate, levántate —dijo sir Richard—. Los sabuesos del destino están en libertad; se acercan los asesinos para tomar tu cabeza y colgarla del árbol ju-ju.

 

»Ágiles pies hollan el fango de la jungla, cubierto de sombras siniestras y compactas, y hombres desnudos que suspiran por sangre corren a través de la oscuridad.

 

Solomon se levantó y desnudó su espada y, con la misma rapidez con que lo cuenta la lengua, la tiniebla vomitó una horda pintarrajeada, como si fueran sombras saliendo del Infierno.

 

Sus pistolas atronaron la noche, y en aquel estallido de llamas vio ojos rojos que odiaban la luz, pero avanzó hacia aquellas siluetas.

 

Su espada era como el ataque de la cobra, y tarareaba una canción de muerte; su brazo era de acero y nudosa encina bajo la luna naciente.

 

Pero junto a él cantó otra espada, y una gran figura rugió y combatió, y abatió como hojas secas a la aulladora horda, que se revolcó en el ensangrentado polvo.

 

Si su carga fue tan silenciosa como la muerte, igual de silenciosos se marcharon; en el húmedo calvero sólo quedaron los muertos lacerados.

 

Y Solomon se volvió, con la mano extendida, y se detuvo de súbito, pues ningún hombre se tenía en pie, con la espada desnuda, bajo el árbol iluminado por la luna.


 

 

 

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Título original:

 

«The Return of Sir Richard Grenville»

 

(Red Shadows, 1968)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ALAS EN LA NOCHE


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. El horror del poste

 

SOLOMON KANE SE APOYÓ en su bastón de extraña factura y contempló, perplejo y frunciendo el ceño, el silencioso misterio que se extendía ante él. Durante los meses que habían transcurrido desde que diese la espalda a la Coda de los Esclavos y se perdiese en los meandros de la jungla y del río, había visto muchos poblados

 

desiertos, pero jamás ninguno como aquel.

 

No era el hambre lo que había obligado a sus habitantes a abandonarlo, porque el arroz silvestre aún crecía, exuberante y descuidado, en los campos incultos. No se trataba de una incursión de traficantes de esclavos árabes, que hubieran caído sobre aquella tierra sin nombre… sino que la devastación del poblado debía ser atribuida a alguna lucha tribal, pensó Kane, mientras contemplaba con mirada sombría los huesos desparramados y las calaveras de sonrisa burlona que alfombraban los claros que había en los campos y entre los matojos. Aquellos huesos estaban rotos y astillados, y Kane vio hienas y chacales moviéndose furtivamente entre las cabañas derruidas. Pero ¿por qué los asesinos no se habían llevado el botín? Había lanzas de guerra, cuyos astiles se desmoronaban por los ataques de las hormigas blancas; había escudos, arruinados por las lluvias y el sol; había cerámica de varios tipos, y alrededor de los huesos del cuello de un esqueleto destrozado brillaba una gargantilla de conchas y guijarros pintados con colores chillones… ciertamente, un raro botín para cualquier guerrero salvaje.

 

Miró las cabañas, preguntándose por qué motivo sus techos de paja habían sido arrancados por partes o rasgados, como si unos seres provistos de garras se hubiesen abierto camino a través de ellos. Pero algo le obligó a entornar los ojos de helada mirada a causa del estupor y la incredulidad. Justo fuera del derruido montón de maderas que antes fuera la valla que rodeaba el poblado, se levantaba un gigantesco baobab, desprovisto de ramas en sus primeros sesenta pies de altura, cuyo tronco era demasiado imponente para subirse a él y escalarlo. Sin embargo, sobre su copa se bamboleaba un esqueleto, al parecer, empalado en una rama rota.

 

La fría mano del misterio rozó los hombros de Solomon Kane. ¿Cómo habrían llegado hasta el árbol aquellos tristes despojos? ¿Acaso los había lanzado hasta allí la mano de algún ogro inhumano?

 

El inglés se encogió de hombros, mientras sus manos rozaban inconscientemente las negras empuñaduras de sus pesadas pistolas, la vaina de su largo estoque y el puñal que llevaba atravesado al cinto. No sintió el miedo que cualquier hombre


 

 

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normal habría experimentado en aquella situación, al enfrentarse con lo desconocido y lo innominado. Años de vagabundeo por tierras extrañas y de guerrear contra criaturas desconocidas habían hecho desaparecer de su mente, de su alma y de su cuerpo todo aquello que no poseyera la naturaleza del acero y de los resortes de ballena. Era alto y nervudo, casi delgado, y su complexión poseía la sobriedad salvaje del lobo. Ancho de espaldas, de largos brazos, con nervios de hielo y tendones como muelles de acero, era la naturaleza convertida en máquina de matar… un espadachín nato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las zarzas y espinas de la jungla le habían maltratado cruelmente, sus ropas colgaban hechas jirones, su sombrero flexible sin plumas tenía varios rotos y sus botas de cuero cordobés estaban llenas de arañazos y muy desgastadas. El sol le había tostado pecho y brazos hasta darles un profundo tono bronceado, pero su rostro de ascética delgadez era impenetrable a sus rayos. Sus rasgos seguían teniendo aquella palidez extraña y sombría que le daba una apariencia casi cadavérica, sólo desmentida por sus fríos ojos claros.

 

En aquellos momentos, Kane, que no había dejado de escrutar el poblado con su penetrante mirada, ajustó su cinturón en una posición más cómoda, desplazó su mano izquierda hasta tocar la vara terminada en una cabeza de gato que le entregara N’Longa, y prosiguió su camino.

 

Hacia el Oeste se extendía una banda de bosques poco tupidos, que iban bajando poco a poco hasta llegar a un amplio cinturón de sabanas, un mar ondulante de hierba muy crecida. A lo lejos aparecía otra banda estrecha de bosques, que se iban convirtiendo rápidamente en una espesa jungla. De allí era de donde Kane había


 

 

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salido huyendo como un lobo, perseguido por aquellos hombres de dientes afilados en punta. Incluso entonces la brisa viajera llevaba hasta sus oídos el latido apagado de un tambor que susurraba su obsceno relato de odio, de sed de sangre y de bajos placeres, a través de muchas millas de junglas y sabanas.

 

El recuerdo de su fuga y de haber conseguido escapar por muy poco aún estaba vivo en la mente de Kane, pues sólo un día antes había comprendido, aunque demasiado tarde, que se hallaba en tierra de caníbales. Durante todo el atardecer, en el asfixiante calor de la espesa jungla, había reptado y echado a correr, se había escondido, había vuelto sobre sus pasos y duplicado su rastro… Siempre con aquellos feroces cazadores muy cerca, hasta que anocheció y pudo ganar la pradera y cruzarla, cubierto por las sombras.

 

En aquellos momentos en que finalizaba la mañana, no había visto ni oído a sus perseguidores, aunque no tenía motivos para creer que hubieran abandonado la caza. Debían estar pisándole los talones al entrar en la sabana.

 

Así pues, Kane estudió el terreno que se extendía ante él. Hacia el Este, curvándose de Norte a Sur, corría una cadena irregular de colinas, en su mayor parte áridas y sin vegetación, que se convertían, más al Sur, en un horizonte negro y mellado que le recordó las oscuras colinas de Negari. Entre él y aquellas colinas se extendía una amplia zona de terreno suavemente ondulado, con gran abundancia de árboles, pero sin alcanzar la densidad de la jungla. Kane tuvo la impresión de que se trataba de una vasta llanura, limitada al Este por las colinas redondeadas y al Oeste por las sabanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Echó a andar hacia las colinas con su característico paso largo, elástico y descansado. Con toda seguridad, más atrás los salvajes demonios lo seguían a escondidas, pero él no tenía ninguna intención de dejar que le cogieran. Un disparo quizá conseguiría que saliesen huyendo, presa de súbito espanto; pero, por otra parte, como estaban tan bajo en la escala de la humanidad quizá no habría bastado para transmitir miedo sobrenatural a sus mentes obtusas. Ni siquiera Solomon Kane, a quien sir Francis Drake llamara «El Rey de Espadas de Devon», podría salir victorioso en una batalla campal contra toda una tribu.


 

 

 

 

 

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El poblado silencioso, con su carga de muerte y de misterio, se desvaneció tras él. Un silencio absoluto reinaba en aquel altiplano misterioso, donde no cantaba ningún pájaro, y donde un silencioso loro volaba de uno a otro de los grandes árboles. Los únicos sonidos eran los pasos felinos de Kane y el susurro de la brisa que llevaba el canto de los tambores.

 

En aquel momento, Kane vislumbró algo entre los árboles que hizo estremecerse su corazón con un horror súbito e innominado. Poco después se detenía ante el mismísimo Horror, sin paliativos y macabro. Había remado encadenado al banco de una galera turca y sufrido todo tipo de fatigas en los viñedos de Berbería; había luchado contra los indios de los nuevos territorios y había languidecido en las mazmorras de la Inquisición española. Y aunque conocía bien el lado diabólico de la inhumanidad del hombre, sintió náuseas. Sin embargo, no fue lo espantoso de aquellas mutilaciones, realmente horribles, lo que sobrecogió el alma de Kane, sino el saber que el desventurado que las había sufrido aún seguía vivo.

 

Cuando estuvo más cerca, la cabeza ensangrentada que colgaba flàccida sobre el pecho eviscerado se levantó y giró a uno y otro lado, salpicando sangre de los tocones en que se habían convertido sus orejas, mientras un gemido bestial y gorgoteante salía de sus labios llagados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kane habló a aquella cosa espantosa, que gritó de una manera horrible, a punto de dislocarse por las increíbles contorsiones, mientras su cabeza subía y bajaba entre


 

 

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sacudidas, por las contracciones de unos nervios destrozados, y sus vacías órbitas parecían esforzarse en ver, a pesar de su ceguera. Con un lamento tan profundo que taladraba el cerebro, hizo fuerza contra el poste al que había sido atada, y levantó la cabeza en una espantosa actitud de escucha, como si esperase que algo bajase de los cielos.

 

—Atiende a mis palabras —dijo Kane, en el dialecto de las tribus del rio—. No temas… no te haré daño, nadie volverá a hacértelo. Voy a soltarte.

 

Mientras hablaba, el puritano se sintió amargado por la vaciedad que encerraban aquellas palabras. Pero su voz había llegado vagamente hasta el desfalleciente cerebro, tocado por la agonía, del hombre que se hallaba ante él. De aquellos dientes destrozados brotaron algunas palabras, titubeantes e inciertas, mezcladas y salpicadas con las babeantes incoherencias de la imbecilidad. Hablaba un lenguaje similar a los dialectos que, a lo largo de sus vagabundeos, Kane había aprendido del amistoso pueblo del río, y supuso que debía llevar atado al poste mucho tiempo… Durante muchas lunas, susurró el desgraciado, en el delirio de la muerte que se aproximaba, unos seres diabólicos e inhumanos habían hecho en él su monstruosa voluntad. Los mencionó por su nombre, pero a Kane no le dijo nada, ya que usó un término en absoluto familiar que le sonó parecido a Akmna. Pero no habían sido aquellos seres quienes le habían atado al poste, pues el mísero despojo balbució el nombre de Goru, el sacerdote que amarró sus piernas con una cuerda demasiado prieta… A Kane le sorprendió que el recuerdo de un detalle tan poco relevante pudiese persistir a través de los rojos dédalos de agonía que el moribundo había tenido que recorrer.

 

Para espanto de Kane, aquel hombre dijo que su propio hermano había ayudado a atarle, y se deshizo en sollozos infantiles. La humedad se concentró en las vacías cuencas de sus ojos y sus lágrimas fueron de sangre. También musitó algo acerca de una lanza, rota hacía mucho tiempo en alguna oscura caza; y mientras balbucía en su delirio, Kane cortó delicadamente sus ligaduras y acomodó su cuerpo roto sobre la hierba. Pero aunque le cogió con sumo cuidado, el pobre desgraciado se retorció y aulló como un perro moribundo, mientras la sangre le brotaba de nuevo de veinte oquedades espantosas, que, según observó Kane, más parecían heridas hechas por garras y zarpas que por cuchillos o lanzas. Finalmente, aquella cosa ensangrentada y rota descansó sobre la suave hierba, con el viejo sombrero de Kane debajo de su casi calavera, que respiraba con enormes boqueadas ruidosas.

 

El puritano vertió un poco del agua de su cantimplora en aquellos labios destrozados e inclinándose, dijo:

 

—Cuéntame más cosas de esos diablos, pues, por el Dios de mi gente, sus infamias no quedarán sin venganza, aunque el propio Satanás se me atraviese en el camino.

 

Es poco probable que el moribundo oyera aquellas palabras. Pero lo que sí oyó


 

 

 

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fue otra cosa. El loro, con la curiosidad propia de su especie, bajó volando desde un bosquecillo cercano, y pasó tan cerca que abanicó con sus grandes alas el cabello de Kane. Al sonido de aquellas alas, el hombre que había sufrido aquella carnicería se levantó y gritó con una voz que obsesionaría los sueños de Kane hasta el día de su muerte:

 

—¡Las alas! ¡Las alas! ¡Vuelven! ¡Ahhh, piedad, las alas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sangre brotó como un torrente de sus labios, y murió.

 

* * *

 

Kane se levantó y secó el sudor frío de su frente. La foresta del altiplano rielaba por el calor del mediodía. El silencio caía sobre la tierra como un encantamiento de sueño. Los pensativos ojos de Kane miraron hacia las colinas, negras y de aspecto maligno, agazapadas a lo lejos, y después a las lejanas sabanas. Una antigua maldición pendía sobre aquella tierra misteriosa, y su sombra caía sobre el alma de Solomon Kane.

 

Con delicadeza, levantó del suelo la roja ruina que antaño había latido de vida, juventud y vitalidad y la llevó hasta el borde del claro, donde ordenó los fríos miembros como mejor pudo. Sin poder evitar un nuevo estremecimiento al contemplar las innumerables mutilaciones, apiló encima del cadáver tantas rocas que hasta al depredador chacal le habría resultado difícil quitarlas para conseguir la carne que protegía.

 

Apenas había terminado cuando algo le hizo volver bruscamente de sus sombrías reflexiones, recordándole el lugar donde se encontraba. Un levísimo sonido —a menos que fuese su propio instinto de lobo— le obligó a volverse.

 

Al otro lado del claro captó un movimiento entre la hierba crecida… un rostro horrible, con un aro de marfil en su nariz plana, labios delgados y entreabiertos, que mostraban unos dientes puntiagudos, visibles hasta a aquella distancia, ojos vítreos y una frente baja y huidiza, rematada por una mata de cabellos crespos. Mientras aquel rostro se ocultaba de nuevo, Kane saltó hacia atrás, amparándose en la masa de árboles que rodeaban el claro, y echó a correr como un perro de caza, pasando de la protección de un árbol a otro y esperando a cada momento oír el clamor exultante de


 

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los guerreros y verlos aparecer a su espalda.

 

No tardó en comprender que se contentaban con acosarlo, como algunas fieras hacen con sus presas, lenta e inevitablemente. Mientras atravesaba la foresta del altiplano no desaprovechó las ventajas que le ofrecía cualquier abrigo, no tardando en perder de vista a sus perseguidores; sin embargo, sabía, lo mismo que el lobo cuando huye, que rondaban cerca, esperando el momento de caer sobre él sin riesgo para su propia piel.

 

Kane sonrió duramente, sin alegría. Si se trataba de una prueba de resistencia, habría que ver si la energía de aquellos salvajes era comparable a su propia elasticidad, parecida a la de un resorte de acero. Cuando cayera la noche podría intentar burlarlos de nuevo. Si no… sabía en lo más hondo de su corazón que la naturaleza salvaje de su propia condición, cansada de tanta huida, no tardaría en obligarle a enfrentarse con los que le perseguían, aunque le superasen en una proporción de cien a uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sol iba cayendo por el Oeste. Kane estaba hambriento, porque no había comido nada desde las primeras horas de la mañana, cuando había despachado con avidez de lobo el último trozo de carne seca que le quedaba. Una fuente que encontró por casualidad le ofreció su agua, y, en cierta ocasión, le había parecido ver a lo lejos una larga cabaña entre los árboles. Pero había pasado de largo. Era difícil creer que aquella meseta estuviese habitada, pero si lo estaba, sus habitantes serían, sin duda, tan feroces como los que le daban caza.

 

Delante de él, el terreno se iba haciendo más accidentado, con roquedales erosionados y fuertes pendientes, a medida que se acercaba a las estribaciones de las siniestras colinas. Seguía sin ver rastro alguno de sus perseguidores, aunque en varias ocasiones le pareció distinguir al mirar hacia atrás una sombra que desaparecía, la hierba que se doblaba, el súbito crujido de una rama al partirse, un rumor de hojas. ¿Por qué se tomarían tantas precauciones? ¿Por qué no se acercaban más y terminaban de una vez?

 

Cayó la noche, y Kane llegó hasta las laderas, bastante empinadas, de las estribaciones de las colinas, que se elevaban negras y amenazantes sobre él. Aquella era su meta, y allí esperaba poder librarse de una vez por todas de sus contumaces


 

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enemigos; sin embargo, una aversión inexplicable le decía que se mantuviese apartado de ellas. Estaban preñadas de oculta maldad, tan repelente como los anillos de una gran serpiente dormida que se acaba de vislumbrar entre la hierba alta.

 

En seguida se hizo de noche. Las estrellas parpadeaban rojizas en el intenso calor de la noche tropical. Y Kane, deteniéndose durante unos momentos en un bosquecillo inusualmente tupido, a partir del cual los árboles comenzaban a escasear a medida que subían por las laderas de las colinas, oyó un movimiento furtivo que no era el del viento nocturno… pues ni un soplo de aire movía las pesadas hojas. Mientras se volvía, escuchó en medio de la oscuridad el sonido de algo que se movía entre los árboles.

 

Una sombra que se fundía con las demás se abalanzó sobre Kane, con un grito bestial y un estruendo de hierro; el inglés, parando el arma, advertido por las estrellas que se reflejaban en ella, comprobó que su atacante se acercaba más e intentaba entablar un combate cuerpo a cuerpo. Unos brazos largos y musculosos le rodearon, y unos dientes puntiagudos rechinaron cuando Kane se zafó del abrazo. Su destrozada camisa se rompió por la acción de una hoja mellada, y sólo de casualidad encontró y retorció la mano que empuñaba el cuchillo de hierro, al tiempo que sacaba su puñal y sentía ponérsele la carne de gallina al pensar que de un momento a otro podrían clavarle una lanza por la espalda.

 

Mientras se preguntaba por qué los demás salvajes no acudían a ayudar a su camarada, empeñó todo el esfuerzo de sus músculos de hierro en la lucha. Unidos en un abrazo mortal, ambos contendientes tropezaron y cayeron entre tinieblas, intentando clavar las respectivas hojas en la carne del contrario. Como la superior fuerza del puritano comenzaba a imponerse, el caníbal aulló como un perro rabioso, arañando y mordiendo.

 

Con una violenta contorsión que les hizo dar varias vueltas, acabaron en medio del claro iluminado por la luz de las estrellas, y Kane vio el aro de marfil en la nariz y los dientes puntiagudos que buscaban su cuello como lo haría una fiera. En aquel instante, echó hacia atrás y hacia abajo la mano que le apretaba el brazo derecho y hundió profundamente su cuchillo en una de las muñecas del salvaje. El guerrero gritó, y el crudo y acre olor de la sangre inundó el aire de la noche. En aquel instante, Kane apenas tuvo tiempo de sorprenderse por el estruendo súbito y salvaje de unas alas poderosas que le arrojaron al suelo y le arrebataron al caníbal, que desapareció con un grito de agonía mortal. Kane se levantó, profundamente conmovido. El apagado grito del desgraciado salvaje aún sonaba débilmente por encima de él.

 

Forzando la vista al mirar hacia el cielo, le pareció vislumbrar una cosa informe y terrorífica que pasaba entre las inciertas estrellas —y en la que los temblorosos miembros de un ser humano se fundían, de manera inconcebible, con unas grandes alas y una forma tenebrosa—, pero como desapareció tan rápidamente, no pudo estar


 

 

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seguro de nada.

 

Se preguntó si todo aquello no habría sido una pesadilla. Pero al buscar a tientas en el bosquecillo, encontró la vara ju-ju con que había parado el golpe de la lanza corta que estaba a su lado. Y por si aquello no bastase, acababa de ver su largo puñal, que todavía seguía manchado de sangre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Alas! ¡Alas en la noche! El esqueleto del poblado con los techos hundidos… el guerrero mutilado, cuyas heridas no eran de cuchillo ni de lanza, que murió balbuciendo algo relacionado con alas. Seguramente, aquellas colinas estaban frecuentadas por aves gigantescas que habían convertido a los hombres en su presa. Pero, si eran aves, ¿por qué no habían devorado completamente al hombre que estaba atado al poste? Y Kane supo en lo más profundo de su corazón que ninguna ave auténtica arrojaría una sombra como la que él había visto volando entre las estrellas.

 

Se encogió de hombros, extrañado. La noche estaba en silencio. ¿Dónde se encontraban los demás caníbales que le seguían desde la distante jungla? ¿La suerte de su camarada les había asustado tanto que se habían decidido a emprender la huida? Kane miró sus pistolas. Con caníbales o sin ellos, aquella noche no seguiría caminando hacia aquellas tenebrosas colinas.

 

Necesitaba dormir, aunque todos los diablos del Viejo Mundo estuviesen tras su pista. Como un profundo rugido que se oía por el Oeste le anunció que los animales de presa estaban cazando, descendió rápidamente de las estribaciones de las colinas hasta llegar a un bosquecillo bastante denso y suficientemente apartado de aquel otro donde luchara contra el caníbal. Subió a uno de sus árboles y comenzó a escalarlo, hasta que encontró una rama ahorquillada lo bastante grande y resistente para


 

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acomodarse en ella. Las ramas superiores le protegían de cualquier ataque por sorpresa de aquellas cosas aladas, y si los salvajes seguían acechándole de cerca, al subir por el árbol le despertarían, porque tenía el sueño ligero como los gatos. En lo referente a las serpientes y a los leopardos… se trataba de un riesgo que había corrido miles de veces.

 

Así que se quedó dormido y sus sueños fueron vagos y caóticos y estuvieron dominados por la presencia de una maldad prehumana, aunque al final se fundieron en una visión tan real como la vida misma. Solomon soñó que se desertaba con una sacudida y que sacaba una pistola… pues, como su vida había sido durante tanto tiempo la de un lobo, coger el arma era una reacción natural ante un súbito despertar.

 

Su sueño trataba de una cosa extraña y arropada en sombras que se inclinaba sobre una gran rama cerca de él y le miraba con unos ojos amarillos, ávidos y luminosos que le quemaban el cerebro. La cosa del sueño era alta, delgada y extrañamente deforme, y tanto se mezclaba con las sombras que parecía una sombra en sí misma, sólo distinguible por aquellos estrechos ojos amarillos. Y Kane soñó que la miraba, fascinado, mientras la incertidumbre se abría paso en aquellos ojos, y que, después, la criatura caminó por la rama como un hombre, extendió unas grandes alas sombrías, se arrojó al espacio y desapareció.

 

Kane se despertó sobresaltado, mientras se desvanecían las brumas del sueño. Bajo la incierta luz de las estrellas, bajo las arcadas góticas de las ramas, el árbol estaba vacío de cualquier presencia, salvo la suya. Así que, después de todo, sólo había sido un sueño —aunque muy vívido y cargado de inhumana blasfemia—; no obstante, un leve olor, como el que exudan las aves de presa, parecía persistir en el aire. Kane aguzó los oídos. Oyó el suspirar del viento nocturno, el susurro de las hojas, el lejano rugido del león… pero nada más. Volvió a dormirse nuevamente… mientras muy alto, encima de él, una sombra giraba y se recortaba contra las estrellas, volando en círculos una y otra vez, como un buitre alrededor de un lobo moribundo.

 

 

 

II. La batalla en el cielo

 

La aurora se derramaba, blanca, sobre las colinas de Naciente cuando Kane se despertó. El recuerdo de su pesadilla le asaltó nuevamente, haciendo que se maravillara al pensar en lo vivida que le había parecido. Una fuente cercana aplacó su sed y algunos frutos, raros en aquellas tierras altas, calmaron su hambre.

 

Después volvió su mirada hacia las colinas. Kane era un luchador consumado. A lo largo del siniestro horizonte moraba alguna maldad, dañina para los hijos de los hombres, y aquel simple hecho era un desafío para el puritano, lo mismo que si cualquier espadachín atolondrado de Devon le hubiese arrojado un guante a la cara.

 

Más descansado por el sueño, echó a andar con su paso largo y tranquilo, tan


 

 

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característico, y dejó atrás el bosquecillo que fuese testigo de su batalla nocturna, llegando a la región donde los árboles iban escaseando a medida que se acercaban a las laderas de las colinas. Se aventuró por una de ellas y se detuvo un momento para mirar hacia atrás. Como se encontraba encima de la meseta, pudo ver a lo lejos un poblado… un cúmulo de cabañas de adobes con techo de cañas, una de las cuales, inusualmente grande y alejada de las demás, se elevaba sobre una especie de mota.

 

Mientras miraba, escuchó el súbito rumor de unas siniestras alas… ¡y el terror se le echó encima! Kane se volvió, galvanizado. Como todos los indicios apuntaban a una cosa alada que cazaba de noche, no se esperaba un ataque a la luz del día. Un monstruo con aspecto de murciélago descendía hacia él, como si saliese del mismísimo ojo del sol naciente. Kane vio la envergadura de las poderosas alas, entre las que aparecía un rostro terriblemente humano, y sacó su pistola, que disparó con puntería certera. El monstruo viró salvajemente en el aire y cayó del cielo dando vueltas, para estrellarse a sus pies.

 

Kane avanzó con la pistola aún humeante, y se quedó atónito. La sombría mente del puritano dedujo que, sin duda, aquella cosa era un demonio salido de los pozos del Infierno; sin embargo, una bala de plomo había acabado con ella. Kane se encogió de hombros, perplejo; jamás había visto nada que se le pareciese, por más que a lo largo de su vida se hubiese movido por caminos extraños.

 

La cosa era como un hombre, pero inhumanamente alta e inhumanamente delgada; la cabeza era larga, estrecha y sin cabello… como la de una criatura depredadora. Las orejas eran pequeñas, muy juntas y curiosamente puntiagudas. Los ojos, abiertos en la muerte, eran estrechos, oblicuos y de un extraño color ambarino. La nariz era sutil y aguileña, como el pico de un ave de presa; la boca, una hendidura amplia y cruel cuyos delgados labios, contraídos en la mueca de la muerte y cubiertos de espuma, mostraban colmillos de lobo.

 

La criatura, que estaba desnuda y desprovista de pelo, no era diferente de los seres humanos en otros aspectos. Los hombros eran anchos y poderosos; el cuello largo y delgado; los brazos largos y musculosos; el pulgar de sus manos oponible, a la manera de los grandes monos. Los dedos estaban armados con pesadas garras ganchudas. Del pecho, curiosamente deforme, sobresalía el esternón, como la quilla de un barco, bajo el cual se curvaban las costillas. Las piernas eran largas y fuertes, con enormes pies prensiles, parecidos a las manos, cuyo gran pulgar era oponible a los demás dedos, que eran como los humanos. Las garras de los pies no eran más que simples uñas largas.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero el rasgo más curioso de aquella criatura singular se daba en la espalda. Un par de grandes alas, muy parecidas a las de las mariposas, pero formadas por un armazón de huesos y cartílagos, crecían de sus hombros, justo detrás de los omóplatos, y bajaban hasta un poco antes de la cintura. Aquellas alas, supuso Kane, medirían unos dieciocho pies de envergadura.

 

Cogió a la criatura, estremeciéndose de manera involuntaria ante el contacto de aquella piel fría, tan dura como el cuero, y la levantó. Pesaba mucho menos de la mitad de lo que habría pesado un hombre de la misma estatura… de unos seis pies y medio. Era evidente que los huesos tenían que poseer la estructura típica de las aves y que su carne debía consistir, casi exclusivamente, en fuertes músculos.

 

Kane retrocedió para contemplar nuevamente al ser. ¡Así que, después de todo, no había soñado! Aquella cosa blasfema o cualquier otra como ella se había posado en el árbol, cerca de él.

 

De repente, escuchó… ¡el aleteo de un par de alas poderosas! ¡Un súbito rumor que llegaba del cielo! Mientras se volvía rápidamente, Kane comprendió que había cometido el error más imperdonable de quien viaja por la jungla… permitir que la perplejidad o la curiosidad le hagan bajar a uno la guardia. Un demonio alado estaba muy cerca de su garganta, y él no tenía tiempo para sacar y disparar la otra pistola. En un frenesí de alas que se agitaban, Kane vio un rostro diabólico y semihumano… sintió aquellas alas caer sobre él… sintió las crueles garras hundiéndose profundamente en su pecho y sintió que se lo llevaban en volandas y que bajo él se abría el vacío.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hombre alado mantenía sujetas con las suyas las piernas del inglés, y las zarpas que había clavado en los pectorales de Kane eran sólidas como grapas de acero. Los dientes de lobo se acercaron a la garganta de Kane, pero el puritano aferró el huesudo cuello de su adversario y mantuvo hacia atrás la pavorosa cabeza, mientras intentaba desenvainar su puñal con la mano derecha. Lentamente, el hombre-pájaro iba tomando altura, y un rápido vistazo mostró a Kane que ya estaban muy por encima de los árboles. El inglés no esperaba sobrevivir a aquella batalla en los cielos, pues, aunque llegase a matar a su enemigo, moriría al estrellarse en el suelo. Pero con la innata ferocidad del luchador decidió, mientras esbozaba una mueca siniestra, llevarse consigo a su captor.

 

Manteniendo lejos de sí aquellos colmillos, Kane consiguió extraer su puñal y


 

 

 

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plantarlo profundamente en el cuerpo del monstruo. El hombre-murciélago comenzó a dar frenéticas vueltas, y un quejido ronco y cavernoso brotó de su desfallecida garganta. Se contorsionó salvajemente, agitando frenéticamente sus grandes alas, arqueando la espalda y girando a ambos lados la cabeza, en un vano esfuerzo para librarse del puñal y clavar sus mortales colmillos. Hundió una de sus garras aún más profundamente en los pectorales de Kane, mientras que con la otra intentaba desgarrar la cabeza y el cuerpo de su enemigo. Pero el inglés, lleno de heridas y sangrando, con el salvajismo silencioso y tenaz de un buldog, clavó sus dedos con más fuerza en el delgado cuello y sepultó su puñal una y otra vez en aquel cuerpo, mientras, mucho más abajo, unos ojos asuntados observaban la diabólica batalla que hacía estragos en aquella vertiginosa altura.

 

Se encontraban sobre la meseta, y las alas, cada vez más fatigadas, del hombre-murciélago soportaban a duras penas el peso de ambos. Cayeron rápidamente hacia el suelo, pero Kane, cegado por la sangre y la furia de la batalla, ni se enteró. Con buena parte del cuero cabelludo arrancado, pecho y hombros llenos de cortes y desgarrones, el mundo se había convertido para él en una cosa ciega y roja en la que sólo era consciente de una sensación… la necesidad que tiene el buldog de matar a su adversario.

 

En aquellos momentos, el débil y espasmódico aleteo de las alas del monstruo moribundo se detuvo por un infante sobre un tupido cúmulo de árboles gigantescos, mientras Kane sentía cómo se iba debilitando la presa de las garras de la criatura y el ataque de las garras de sus extremidades inferiores se convertía en un mero roce.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con un último estallido de energía, dirigió el ensangrentado cuchillo a través del


 

 

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esternón y sintió que una convulsión recorría todo el cuerpo de aquel ser. Las grandes alas quedaron inertes… y vencedor y vencido, sin soltarse, cayeron a plomo hacia el suelo.

 

A través de una ola roja, Kane vio cómo las oscilantes ramas iban a su encuentro… y sintió cómo azotaban su rostro y desgarraban sus ropas, mientras que, aún preso en un abrazo mortal, iba cayendo entre ellas, a pesar de que intentase evitarlas en vano extendiendo una mano; después, su cabeza se estrelló contra una gran rama y un abismo interminable de negrura le engulló.

 

 

 

III. El pueblo bajo la sombra

 

A través de los colosales corredores del negro basalto de la noche, Solomon Kane estuvo huyendo durante mil años. Gigantescos demonios alados, terribles en la negrura total, volaban sobre él, batiendo sus grandes alas de murciélago, y él luchó contra ellos, como haría una rata arrinconada contra un vampiro, mientras unas mandíbulas descarnadas derramaban en sus oídos blasfemias espantosas y hórridos secretos y las calaveras humanas rodaban bajo sus apresurados pies.

 

Solomon Kane regresó repentinamente del país del delirio y lo primero que vio, ya recobrada la cordura, fue el rostro grueso y amable de un indígena inclinándose sobre él. Kane observó que se hallaba en una cabaña espaciosa, limpia y bien ventilada, donde una olla hirviente difundía por el aire unos aromas apetitosos. Comprobó que tenía un hambre de cuervo y que sentía una debilidad extraña. La mano que se llevó a la vendada cabeza temblaba, y su bronceado comenzaba a perderse.

 

El hombre grueso y otro alto y delgado, un guerrero de expresión torva, se inclinaron sobre él. Y el primero dijo:

 

—Está despierto, Kuroba, y sano de mente.

 

El hombre delgado asintió y dijo algo a gritos, que fue respondido por quienes se encontraban fuera.

 

—¿Qué sitio es este? —preguntó Kane en un lenguaje similar al dialecto que los otros acababan de utilizar—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

 

—Estás en el último poblado de Bogonda —dijo el más grueso, aplicando unas manos tan suaves como las de una mujer sobre su cuerpo, mientras le obligaba a recortarse—. Te encontramos debajo de los árboles de las laderas, herido gravemente y sin sentido. Te has debatido en el delirio durante muchos días. Ahora come.

 

Un joven guerrero delgado entró con un cuenco de madera lleno de comida humeante, y Kane comió vorazmente de él.

 

—Es como un leopardo, Kuroba —dijo el obeso, en un tono de admiración—.

 

Nadie más entre mil habría sobrevivido a sus heridas.


 

 

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—En efecto —replicó el otro—. Y mató al Akaana que le había destrozado, Goru.

 

Kane se incorporó con dificultad sobre sus codos.

 

—¿Goru? —exclamó airado—. ¿El sacerdote que ata a los hombres al poste para que se los coman los diablos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Intentó levantarse para ver si era capaz de estrangular al hombre grueso, pero su debilidad cayó sobre él como una ola, la cabaña comenzó a girar a su alrededor y él se derrumbó sobre la cama, donde no tardó en quedarse dormido, en aquella ocasión de un modo natural y reparador.

 

Cuando despertó más tarde, se encontró con una joven delgada, llamada Nayela, que había estado velándole. Después de que le diera de comer y se sintiera mucho más fuerte, le hizo varias preguntas que ella contestó con timidez, aunque inteligentemente.

 

Se encontraba en la tierra de Bogonda, gobernada por el jefe Kuroba y el hechicero Goru. Nadie de los Bogondi había visto con anterioridad a un hombre blanco, ni siquiera habían oído hablar de ellos. Le dijo el número de días que había permanecido sin recobrar el conocimiento y él se extrañó. Pero una batalla como la que había librado habría bastado para acabar con cualquier hombre ordinario. Se maravilló de no tener roto ningún hueso. La joven le explicó que las ramas habían frenado su descenso y que, además, había caído encima del cuerpo del Akaana. Preguntó por Goru, y el grueso sacerdote acudió a verle, trayendo sus armas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Algunas las llevabas encima —dijo Goru—, otras estaban cerca del cuerpo del Akaana que mataste con el arma que habla con fuego y humo. Debes de ser un dios… pero los dioses no sangran, y tú has estado a punto de morir. ¿Quién eres?


 

 

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—No soy un dios —contestó Kane—, sino un hombre como tú. Vengo de un país lejano, en medio del mar, cuya tierra, al menos para mí, es la más bella y noble de todas. Me llamo Solomon Kane y soy un vagabundo sin tierra. La primera vez que oí tu nombre fue de los labios de un moribundo. Sin embargo, tu rostro parece bondadoso.

 

Una sombra cruzó por los ojos del hechicero, que inclinó la cabeza.

 

—Quédate entre nosotros y reponte, ¡oh, hombre!, o dios, o lo que seas —dijo—, y no tardarás en conocer la antigua maldición que pesa sobre esta antigua tierra.

 

Y en los días que siguieron, mientras Kane recobraba e iba incrementando la vitalidad de bestia salvaje que siempre había tenido, Goru y Kuroba se sentaron junto a él y hablaron largo y tendido, contándole muchas cosas curiosas.

 

Aquella tribu no era autóctona, sino que había llegado a la meseta ciento cincuenta años antes, dándole el nombre de su antigua patria. Antaño habían sido una tribu poderosa en la antigua Bogonda, situada más al Sur, a orillas de un gran río. Pero las guerras tribales acabaron con su poderío, hasta que, después de una insurrección generalizada, la tribu entera no tuvo más remedio que escapar; Goru le narró leyendas de la gran migración a lo largo de más de mil millas de junglas y pantanos, perseguidos a cada paso por crueles enemigos.

 

Finalmente, después de abrirse camino a través de una región de feroces caníbales, estuvieron a salvo de los ataques de los hombres… pero se encontraron prisioneros de una trampa de la que ni ellos ni sus descendientes pudieron escapar. Habían ido a parar a la terrible tierra de los Akaanas, y Goru dijo que sus antepasados no tardaron en comprender la feroz risotada de los comedores de hombres que los habían perseguido hasta los mismísimos límites de la meseta.

 

Los Bogondi encontraron un valle fértil con agua potable y lleno de caza. Había gran número de cabras y de cerdos salvajes que crecían en abundancia. Al principio comieron de aquellos cerdos, pero más tarde cambiaron de parecer por una buena razón. Las sabanas que se extendían entre el altiplano y la jungla hervían de antílopes, búfalos y otras especies, y, también, muchos leones. Estos últimos también se aventuraban por la meseta, pero, como Bogonda significa en su propia lengua «matador de leones», no pasaron muchas lunas antes de que la excesiva población de leones alcanzase sus niveles más bajos. Mas no sería de los leones de lo que acabarían teniendo miedo, como los antepasados de Goru no tardarían en saber.

 

Al ver que los caníbales no habían penetrado en las sabanas, descansaron de su largo viaje y levantaron dos poblados… Bogonda de Arriba y Bogonda de Abajo. Kane se encontraba en Bogonda de Arriba; las ruinas que había visto eran del poblado del valle. No tardarían en descubrir que se habían adentrado en un territorio habitado por unas pesadillas armadas de colmillos y garras. Oyeron el batir de las poderosas alas en la noche y vieron sombras terribles cruzando las estrellas y


 

 

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perfilándose bajo la luna. Los niños comenzaron a desaparecer y, finalmente, un joven cazador se perdió entre las colinas y allí se le hizo de noche. En la luz gris de la aurora, un cadáver mutilado y devorado a medias cayó desde los cielos en medio de la calle central del poblado, y el susurro en que se había convertido la risotada de ogro que les llegaba de las alturas dejó helados a quienes lo encontraron. Los Bogondi no tardarían en ser plenamente conscientes de lo terrible de su situación.

 

Al principio, los hombres alados tenían miedo de los recién llegados. Se ocultaban y sólo se aventuraban a salir de sus cavernas por la noche. Después, fueron haciéndose más osados. A plena luz del día, un guerrero alcanzó a uno con una flecha; pero como los demonios habían comprobado que podían matar a un ser humano, el grito de muerte del herido atrajo a una veintena de demonios que bajaron de los cielos para descuartizar al asesino delante de toda la tribu.

 

Después de lo sucedido, los Bogondi se prepararon a abandonar aquella comarca diabólica y cien de sus guerreros se precipitaron hacia las colinas en busca de un paso. Encontraron paredes empinadas, que un hombre sólo podía escalar con mucha fatiga, y también que estaban agujereadas de cuevas donde vivían los hombres alados.

 

Y así tuvo lugar la primera batalla campal entre hombres y criaturas aladas, que se concluyó con una victoria aplastante de los monstruos. Los arcos y lanzas de los Bogondi resultaron inútiles contra los asaltos de los demonios alados. Del centenar de hombres que se dirigió hacia las colinas no sobrevivió ni uno solo, pues los Akaanas persiguieron a los que huían. El último fue cazado a un tiro de flecha del poblado de la meseta.

 

Tras aquello, los Bogondi, viendo que no tenían ninguna esperanza de atravesar las colinas, intentaron abrirse camino por donde habían venido. Pero una gran horda de caníbales se encontró con ellos en las sabanas y, en una gran batalla que duró casi todo el día, les hizo retroceder, rotos y vencidos. Goru dijo que cuando la batalla estaba en su apogeo, los cielos se atestaron de formas repugnantes, que volaban en círculo y reían con espantosa alegría al ver que los hombres se mataban a gran escala.

 

Así pues, los sobrevivientes de aquellos combates, lamiéndose las heridas, se plegaron a lo inevitable con la filosofía fatalista del salvaje. Cerca de mil quinientos hombres, mujeres y niños se quedaron y construyeron sus cabañas, cultivaron los campos y vivieron impasibles bajo la sombra de la pesadilla.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En aquellos días, los hombres alados eran muy numerosos y habrían podido aniquilar completamente a los Bogondi si hubiesen querido. Ningún guerrero podía plantar cara a los Akaanas, ya que eran más fuertes que los seres humanos, atacaban como los halcones y, si fallaban, podían confiar en sus alas para huir del contraataque.

 

En aquel punto, Kane interrumpió la narración para preguntar por qué los Bogondi no habían utilizado flechas contra los demonios. Pero Goru le contestó que sólo un arquero de excelente puntería habría sido capaz de acertar en el aire a un Akaana y que como tenían la piel demasiado dura, a no ser que la flecha le alcanzase de forma certera, no conseguiría atravesarlo. Kane sabía que los indígenas eran unos arqueros mediocres y que para las puntas de sus flechas utilizaban piedra tallada, hueso o hierro batido, casi tan blando como el cobre; se acordó de Poitiers y de Azincourt[1], y echó de menos un puñado de robustos arqueros ingleses… o unos cuantos mosqueteros dispuestos en línea.

 

Pero Goru dijo que los Akaanas no parecían tener intenciones de aniquilar a los Bogondi. Su principal alimento consistía en los pequeños cerdos y cabras que crecían en el altiplano. En ocasiones, llegaban hasta las sabanas para cazar algún antílope, pero desconfiaban de los lugares abiertos y temían a los leones. Jamás se aventuraban en las junglas y regiones boscosas, porque los árboles crecían tan juntos que no podían desplegar sus alas. Así que se mantenían cerca de la meseta y de las colinas… Nadie de los Bogondi sabía lo que había más allá.

 

Los Akaanas dejaban a los Bogondi vivir en aquel lugar por la misma razón que impulsa a los hombres a dejar vivir a los animales salvajes, o a llenar los lagos de peces… para su propio placer. El pueblo alado, según decía Goru, tenía un extraño y siniestro sentido del humor que se complacía en los gritos de sufrimiento de los seres humanos. Los gritos que habían repercutido entre aquellas funestas colinas le habrían helado el corazón a cualquiera.

 

Pero durante muchos años, decía Goru, después de que los Bogondi aprendieran a


 

 

 

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no resistirse a sus amos, los Akaanas se habían contentado con raptar de vez en cuando a algún niño, o a cualquier joven que por la noche se hubiese aventurado fuera de la valla que rodeaba al poblado. A los del pueblo alado no les gustaba el poblado; volaban alto, dando vueltas a su alrededor y no se aventuraban dentro, por lo que los Bogondi habían vivido seguros durante los últimos años.

 

Goru dijo que los Akaanas se estaban extinguiendo rápidamente; si se daba el caso de que los hombres que quedaban de su raza consiguiesen acabar con ellos… entonces, dijo con fatalismo, los caníbales volverían sin duda de la jungla y meterían a los sobrevivientes en sus cazuelas. En aquellos momentos no creía que quedasen vivos más de ciento cincuenta Akaanas. Kane le preguntó por qué no realizaban una incursión violenta y aniquilaban a los diablos, y Goru tuvo una sonrisa amarga y repitió sus observaciones respecto a las proezas que el pueblo alado solía realizar luchando. Además, dado que la tribu de los Bogondi sólo contaba entonces al completo con cuatrocientas almas, el pueblo alado era su única protección contra los caníbales del Oeste.

 

Y añadió que la tribu había menguado más en los últimos treinta años que en todos los anteriores. A medida que el número de Akaanas disminuía, su salvajismo infernal aumentaba. Cada vez capturaban a más gente de los Bogondi para torturarla y devorarla en sus siniestras cuevas en lo alto de las colinas, y Goru habló de incursiones por sorpresa contra partidas de cazadores y grupos de agricultores en los campos de llantén, y de noches que resultaban espantosas por los gritos terribles y el rumor de conversaciones que llegaban de las colinas oscuras, y por una risa semihumana capaz de helarle a uno la sangre; y de miembros arrancados y de cabezas ensangrentadas, congeladas en una mueca espantosa, que caían del cielo sobre el asustado poblado, y de fiestas impías entre las estrellas.

 

Entonces llegó la sequía, dijo Goru, y una gran hambruna. Muchas de las fuentes se secaron y los cultivos de arroz, ñame y llantén se arruinaron. Los ñus, los antílopes y los búfalos que representaban la mayor parte de la dieta cárnica de los Bogondi huyeron a la jungla en busca de agua, y los leones, una vez que su hambre venció al miedo que tenían del hombre, se dirigieron a las tierras altas. Murieron muchos de la tribu, y los demás se vieron obligados a comerse los cerdos que eran la presa natural del pueblo alado. Aquello enfureció a los Akaanas y diezmó a los cerdos. La sequía, los Bogondi y los leones terminaron con todas las cabras y con la mitad de los cerdos.

 

Finalmente, la hambruna pasó, pero el mal ya estaba hecho. De tantos bosquecillos como antes poblaban la meseta, sólo quedaban unos pocos, que no servían para ocultarse en ellos. Como los Bogondi se habían comido los cerdos, los Akaanas se comieron a los Bogondi. La vida se convirtió en un infierno para los seres humanos, y el poblado del valle, que sólo albergaba unas ciento cincuenta almas, se rebeló. Empujados al paroxismo por los repetidos ultrajes, se volvieron contra sus


 

 

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amos. Un Akaana que se estaba posando en un paseo para robar un niño fue asaeteado y muerto. Después de aquello, los habitantes de Bogonda de Abajo se retiraron a sus cabañas y aguardaron su destino.

 

Y este llegó de noche, según contaba Goru. Los Akaanas habían superado la desconfianza que sentían por los lugares habitados. La bandada entera llegó volando desde las colinas, y Bogonda de Arriba se despertó a tiempo de escuchar el espantoso cataclismo de gritos y blasfemias que marcaba el fin del otro poblado. Durante toda la noche, la gente de Goru había estado sudando de miedo, sin atreverse a moverse, escuchando los aullidos y los gemidos que desgarraban la oscuridad. Finalmente, aquellos sonidos cesaron, seguía diciendo Goru mientras secaba el sudor frío que perlaba su frente, pero los otros sonidos, fruto de un festín infame y espantoso, siguieron poblando la noche con demoníaca obscenidad.

 

Al despuntar la aurora, la gente de Goru vio que la bandada infernal regresaba volando a las colinas, como demonios que volvieran al Infierno al despuntar el día. Volaron lenta y pesadamente, como buitres ahítos. Más tarde, la gente se atrevió a bajar hasta el poblado maldito, y lo que en él encontraron les hizo salir corriendo entre aullidos. Y hasta aquel día, según decía Goru, ningún hombre pasaba a menos de un tiro de arco de aquel silencioso horror. Kane asintió y comprendió, y sus fríos ojos parecieron más sombríos que nunca.

 

Después de aquello, la gente aún permaneció a la expectativa durante muchos días, temblando aterrorizada. Finalmente, con la desesperación que da el miedo y que es capaz de generar una indecible crueldad, echaron a suerte quién debía ser atado al poste que se levantaba entre los dos poblados. Tenían la esperanza de que los Akaanas reconocieran aquello como un signo de sumisión y que el poblado que aún quedaba en pie pudiese sustraerse a la suerte sufrida por el otro. La costumbre, apuntó Goru, había sido tomada de los caníbales que antaño adoraban a los Akaanas, a los que ofrecían un sacrificio humano cada novilunio. Pero como el azar les había demostrado que los Akaanas podían morir, por eso habían dejado de adorarlos… al menos esa era la deducción de Goru, quien explicó profusamente que ninguna cosa mortal merece adoración, por malvada o poderosa que pueda ser.

 

Sus propios antepasados habían hecho sacrificios ocasionales para aplacar a los demonios alados, pero sólo en los últimos tiempos aquello se había convertido en una costumbre regular. Y necesaria. Y como los Akaanas la aguardaban, en cada novilunio los Bogondi escogían entre su menguada población a un joven fuerte, o a una muchacha, que ataban al poste.

 

Kane observó atentamente el rostro de Goru mientras le hablaba de lo terrible que todo aquello había sido para él, y supo que el sacerdote era sincero. Sintió un escalofrío al pensar que toda una tribu de seres humanos iba a acabar, lenta pero inexorablemente, entre las fauces de una raza de monstruos.


 

 

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Les habló del desgraciado que había visto, y Goru asintió, con la mirada llena de dolor. Había estado atado al poste durante un día y una noche, mientras los Akaanas saciaban sus abominables ansias de tortura en su carne estremecida y agonizante. Hasta entonces, los sacrificios habían mantenido alejado al poblado de su destino. Los cerdos que quedaban proveían de sustento a los pocos Akaanas sobrevivientes, junto con algún niño que raptaban de vez en cuando; al parecer se sentían contentos por tener garantizada su inconfesable diversión gracias a la víctima que sacrificaban en cada luna nueva.

 

Kane tuvo una idea.

 

—¿Los caníbales nunca suben a la meseta?

 

Goru negó con la cabeza; a salvo en su jungla, jamás realizaban incursiones en la sabana.

 

—Pero me estuvieron persiguiendo hasta las mismísimas estribaciones de las colinas.

 

Goru negó nuevamente con la cabeza. Sólo se había tratado de un caníbal; ellos habían encontrado sus huellas. Al parecer, un único guerrero, más osado que los demás, había permitido que su pasión por la caza venciera el miedo que sentía por la siniestra meseta, y había pagado su error. Kane cerró violentamente la boca, haciendo sonar los dientes, lo que en él equivalía a una palabrota. Se sintió irritado al pensar que había estado huyendo durante tanto tiempo de un único enemigo. No era de extrañar que le hubiese seguido con tanta precaución y que esperase a que anocheciese para atacar. Pero no comprendía, y así se lo hizo saber a sus interlocutores, por qué el Akaana había cogido al caníbal y no a él… Y por qué no había sido atacado por el hombre-murciélago que se posó en su árbol aquella noche.

 

El caníbal sangraba, le explicó Goru. Y el olor de la sangre debió incitar a los demonios alados a atacar, porque ellos la percibían de lejos, como los buitres. Por otra parte, se mostraron muy precavidos, ya que jamás habían visto a un hombre como Kane, que no parecía tener miedo. Posiblemente decidieron espiarle y aprovechar cuando estuviese distraído para atacar.

 

¿Qué eran esos seres? Goru se encogió de hombros al oír la pregunta de Kane. Ya estaban allí cuando llegaron sus antepasados, que nunca habían oído hablar de ellos. Como no se relacionaban con los caníbales, estos no les habían podido contar nada al respeto. Vivían en cuevas, desnudos como animales; no conocían el fuego y sólo comían carne fresca. Pero tenían una especie de lenguaje y reconocían un rey entre ellos. Muchos habían muerto durante la gran hambruna, porque los más fuertes se comieron a los más débiles. Se estaban extinguiendo rápidamente: en los últimos años no se había visto entre ellos hembras ni jóvenes. Cuando aquellos machos muriesen, se acabarían los Akaanas; pero Bogonda, según pensaba Goru, habría desaparecido antes, a menos que… Y entonces miró a Kane de una manera extraña y


 

 

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melancólica. Pero el puritano estaba absorto en sus pensamientos.

 

Entre las numerosas leyendas de los indígenas que había oído durante sus vagabundeos, recordó una. Hacía tiempo, mucho tiempo, como le contara un viejo hombre ju-ju, unos demonios alados llegaron volando del Norte y pasaron sobre su territorio, perdiéndose en el laberinto de junglas que se extendía hacia el Sur. Y el hombre ju-ju relató una leyenda antigua, más bien antiquísima, que tenía que ver con aquellas criaturas… que antaño habían sido miríadas, cuando vivían más allá de un gran lago de agua amarga, a muchas lunas hacia el Norte, hasta que, hacía muchas eras de aquello, un jefe guerrero y sus hombres habían luchado contra ellas con arcos y flechas, y matado a muchas, expulsando a las demás hacia el Sur. El nombre de aquel jefe era N’Yasunna, y poseía una gran canoa de guerra con muchos remos que la impulsaban velozmente sobre el agua salada.

 

Al recordar aquello, un gélido viento sacudió de improviso el corazón de Solomon Kane, como si se acabase de abrir violentamente una puerta que diese a los abismos exteriores del Tiempo y del Espacio. Acababa de comprender el sentido de aquel mito falseado y la verdad de una leyenda, aún más antigua y terrible. El gran lago amargo debía ser el mar Mediterráneo, y el jefe N’Yasunna no era otro que el héroe Jasón, que venció a las harpías y las expulsó… no sólo hacia las islas Estrófades, sino hacia el interior de África. Así que el viejo cuento pagano era cierto, se dijo Kane, todavía desconcertado, porque aquello le abría la puerta de un extraño reino de sobrecogedoras posibilidades. Si el mito de las harpías era una realidad… ¿también lo serían las demás leyendas, la Hidra, los centauros, la Quimera, la Medusa, Pan, los sátiros…?

 

Tras aquellos mitos de la antigüedad… ¿no estarían agazapadas realidades de pesadilla, con colmillos llenos de baba y zarpas manchadas de una espantosa maldad? África, el Continente Negro, tierra de sombras y de horror, de embrujamiento y brujería, adonde habían sido desterrados los seres diabólicos antes que comenzase a despuntar la luz en el mundo occidental…

 

Kane se libró de sus ensoñaciones con un sobresalto. Goru le estaba tirando, suave y tímidamente, de la manga.

 

—¡Sálvanos de los Akaanas! —dijo Goru—. ¡Aunque no seas un dios, llevas sobre ti su poder! Empuñas el poderoso bastón ju-ju que antaño fuera el cetro de los imperios caídos y la vara de los sacerdotes poderosos. Además, posees armas que hablan de muerte con fuego y humo… pues nuestros jóvenes te vigilaban y vieron cómo matabas a dos Akaanas. Te haremos nuestro rey… nuestro dios… ¡lo que tú quieras! Ha transcurrido más de una luna desde que llegaste a Bogonda y ya ha pasado el tiempo del sacrificio, pero el poste ensangrentado sigue vacío. Los Akaanas no han venido por el poblado desde que estás en él y ya no roban niños. ¡Nos hemos podido librar de su yugo porque creemos en ti!


 

 

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Kane se llevó las manos a las sienes.

 

—¡No sabes lo que me pides! —exclamó—. ¡Bien sabe Dios que mi más profundo deseo es liberar esta tierra de su maldición, pero no soy un dios! Con mis pistolas puedo matar a unos cuantos demonios, pero me queda muy poca pólvora. Si tuviese una buena provisión de pólvora y balas, y el mosquete que destrocé en las Colinas de los Muertos, que estaban infestadas de vampiros, sí que haría una buena caza. Pero, aunque matase a todos esos demonios… ¿qué pasaría con los caníbales?

 

—¡También se asustarían de ti! —exclamó el viejo Kuroba, mientras su hijo Loga, que tenía que ser la próxima víctima, y la joven Nayela le miraban desde lo más profundo de su alma. Kane apoyó el mentón en uno de sus puños y reflexionó.

 

—Me quedaré en Bogonda lo que me queda de vida, si pensáis que con ello puedo proteger a vuestra gente.

 

* * *

 

De tal suerte, Solomon Kane se quedó en el poblado de Bogonda de Arriba, más bien Bogonda de la Sombra. Sus habitantes eran gente amable, cuya vivacidad natural y ganas de vivir estaban apagadas y tenían un toque de tristeza por llevar tanto tiempo viviendo bajo la Sombra. Pero se habían animado muchísimo desde la llegada del inglés, haciendo que a Kane se le encogiese el corazón al sentir la patética confianza que habían depositado en él. Cantaban en los campos de llantén, bailaban alrededor del fuego y no dejaban de mirarle con ojos llenos de fe y de adoración. Pero Kane, maldiciendo su propia impotencia, sabía cuán fútil sería su imaginaria protección si los demonios alados aparecieran de improviso en el cielo.

 

No obstante, se quedó en el poblado. En sus sueños, las gaviotas evolucionaban alrededor de los acantilados del querido Devon, recortándose sobre los límpidos cielos azules, azotados por el viento; pero durante el día, la llamada de las tierras desconocidas que se extendían más allá de Bogonda se clavaba como una garra en su corazón, embargándole de feroz anhelo. A pesar de todo, siguió en Bogonda y se estrujó el cerebro para encontrar un plan. Se quedaba sentado, mirando durante horas el bastón ju-ju, esperando en su desesperación que la magia negra le ayudase donde su mente había fracasado. Pero el antiguo regalo de N’Longa no le ayudó. En una ocasión había evocado al hechicero de la Costa de los Esclavos, a pesar de tantas leguas como les separaban… pero N’Longa sólo podía acudir en su ayuda cuando estaban en juego fuerzas sobrenaturales, y era evidente que aquellas harpías no eran sobrenaturales.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El germen de una idea comenzó a crecer en el fondo de la mente de Kane, pero la descartó. Tenía que ver con una gran trampa… ¿Cómo podría atrapar a los Akaanas?

 

El rugido de los leones supuso un lúgubre acompañamiento a sus deprimentes meditaciones. A medida que los hombres escaseaban en la meseta, las bestias salvajes, que sólo tenían miedo de las lanzas de los cazadores, comenzaron a aparecer por ella. Kane rio amargamente, pues lo que le preocupaba no eran los leones, que podían ser perseguidos y muertos uno a uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A poca distancia del poblado se levantaba la gran cabaña de Goru, antaño sala del consejo. Aquella cabaña estaba llena de fetiches extraños, llenos de magia poderosa con la que vencer a los malos espíritus, según decía Goru, agitando sus gordezuelas manos en un gesto de impotencia, pero que ofrecían escasa protección contra demonios alados hechos de cartílago, carne y hueso.

 

 

 

IV. La locura de Solomon

 

Kane dormía tranquilamente, sin soñar, y, de repente, se despertó. Una espantosa mezcolanza de gritos había irrumpido en su cerebro. Fuera de su cabaña, la gente moría en medio de la noche, de forma espantosa, como ganado en el matadero. Se


 

 

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había ido a dormir como siempre, vestido y con sus armas. Al ir hacia la puerta, algo cayó a sus pies, balbuciendo y gimoteando, para agarrarse a sus rodillas con una mueca convulsa y una súplica incoherente.

 

Bajo la débil luz de un fuego que agonizaba cerca, Kane reconoció con un estremecimiento el rostro del joven Loga, espantosamente descuartizado y manchado de sangre, que comenzaba a fijarse en una máscara de muerte. La noche estaba llena de sonidos aterradores: aullidos inhumanos que se mezclaban con el rumor de poderosas alas, el ruido de la paja de los techos al ser rasgada, y una horrible risotada demoníaca. Kane se liberó del abrazo de los brazos muertos y corrió hacia el fuego agonizante. Sólo pudo ver un caos vago y confuso de formas que huían y de siluetas en rápido movimiento, un borrón confuso de alas oscuras recortándose contra las estrellas.

 

Cogió un madero que ardía y lo aplicó al techo de su cabaña; cuando comenzó a arder y las llamas le mostraron lo que ocurría, Kane se quedó atónito por tanto horror. El destino, rojo y aullador, había caído sobre Bogonda. Los monstruos alados recorrían gritando sus calles, volando por encima de las cabezas de la gente que huía, levantando los techos de paja de las cabañas para atrapar a las llorosas víctimas que estaban dentro de ellas.

 

Con un grito estrangulado, el inglés se liberó de aquel trance de horror en que había caído, sacó una pistola y disparó hacia una veloz sombra de ojos llameantes, que cayó a sus pies con el cráneo partido. Kane lanzó un fiero y profundo rugido y se arrojó en medio del pandemónium, y toda la furia de berserkr[2] de sus antepasados paganos, los sajones, explotó en él.

 

Aturdidos y desconcertados por el súbito ataque, acobardados por largos años de sumisión, los Bogondi fueron incapaces de ofrecer resistencia, y la mayor parte murieron como borregos. Algunos, enloquecidos de desesperación, lucharon, pero sus flechas cayeron al azar o rebotaron en las durísimas alas, aparte del hecho de que la diabólica agilidad de aquellas criaturas convertía en inciertos los lanzazos y hachazos. Saltando por el terreno, eludían los golpes de sus víctimas y, cayendo sobre sus hombros, las derribaban en el suelo, donde colmillos y zarpas terminaban su macabra faena.

 

Kane vio al viejo Kuroba, enjuto y manchado de sangre, apoyado contra la pared de una cabaña, con los pies encima del cuello de un monstruo que no había sido lo suficientemente rápido. El viejo jefe de rostro lúgubre empuñaba con ambas manos un hacha de guerra, lanzando fortísimos golpes que, al menos durante unos momentos, habían detenido el espeluznante avance de media docena de diablos. Cuando Kane se disponía a ir corriendo para ayudarle, escuchó un débil gemido, henchido de dolor. La joven Nayela se debatía débilmente boca abajo en un charco de sangre, con una cosa parecida a un buitre en la espalda, que la estaba destrozando.


 

 

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Sus ojos vítreos buscaron el rostro del inglés en una angustiosa súplica.

 

Kane lanzó un amargo juramento y disparó a quemarropa. El diablo alado cayó hacia atrás con un chillido aborrecible y un agitar salvaje de alas muertas, y Kane se acercó a la moribunda. Ella gimió y besó sus manos con labios estremecidos, mientras él acunaba su cabeza entre sus brazos. Poco después cerró los ojos.

 

Kane dejó suavemente el cadáver y miró hacia donde estaba Kuroba. Sólo vio un montón compacto de siluetas espantosas que chupaban y rasgaban algo que ocultaban con sus cuerpos. Entonces enloqueció. Con un aullido que pudo oírse en el Infierno, se arrojó contra ellas, comenzando a matar desde aquel mismo momento. Mientras se ponía de pie de un salto, pues estaba arrodillado, sacó el puñal y con él traspasó la garganta de una cosa que parecía un buitre. Acto seguido, desenvainó su estoque y, mientras aquella cosa se derrumbaba y se debatía en la agonía, el enfurecido puritano cargó hacia delante buscando nuevas víctimas.

 

A su alrededor, la gente de Bogonda moría de forma espantosa. Luchaban fútilmente o escapaban, y los demonios les daban caza, como un halcón a una liebre. Corrían hacia las cabañas, y entonces los demonios abrían el techo de paja o echaban abajo la puerta, y lo que ocurría en el interior no era contemplado, afortunadamente, por los ojos de Kane.

 

Para este, o mejor para su mente conmovida por tanto horror, él era el único responsable. Los Bogondi habían confiado en que él los salvaría. Habían desatendido el sacrificio y desafiado a sus siniestros amos. En aquellos momentos pagaban un precio horrible por ello, y él era incapaz de salvarlos. En los ojos nublados por la agonía que se volvían hacia él, Kane apuró los posos negros de su amarga copa. No era cólera, ni tampoco el odio que genera el miedo. Era dolor y reproche por algo que no comprendían. Él era su dios, y les había fallado.

 

Se hundió en la masacre, pero los demonios le evitaron y fueron en busca de presas más fáciles. Era imposible ignorar a Kane. En una niebla roja, que nada tenía que ver con la cabaña que ardía, contempló el culmen del horror: una harpía tenía una cosa desnuda y palpitante que había sido una mujer y ahondaba con sus colmillos lobunos en sus carnes. Mientras Kane se arrojaba sobre ella, precedido por su espada, el hombre-murciélago dejó caer su temblorosa y gemebunda presa y emprendió el vuelo. Pero Kane soltó el estoque y con el salto de una pantera sedienta de sangre aferró la garganta del demonio y rodeó con sus piernas de acero sus extremidades inferiores.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De nuevo se encontró luchando en el aire, pero en aquella ocasión a poca altura por encima de las techumbres de las cabañas. El terror había penetrado en el frío cerebro de la harpía. Ya no se debatía para inmovilizarlo y matarlo, sino sólo para librarse de aquel ser silencioso que se aferraba a ella y que luchaba con tanto ardor por su vida. Se contorsionó salvajemente, gritando cosas aborrecibles y dando aletazos; pero cuando el puñal de Kane la mordió más profundamente, se inclinó bruscamente hacia un lado y cayó en picado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El techo de paja de una cabaña interrumpió su caída, y Kane y la harpía moribunda se desplomaron sobre una masa que se retorcía en el suelo. Bajo la espantosa y titubeante luz de la cabaña que ardía, en cuyo interior habían ido a parar, Kane contempló una escena capaz de producir una conmoción cerebral a quien la contemplase: unos colmillos que goteaban sangre en la descomunal oquedad de una boca, y un simulacro carmesí de forma humana, todavía animado con una vida que agonizaba. Después de aquello, en el laberinto de locura que había comenzado a recorrer, sus dedos de acero apretaron la garganta del demonio con una presa que no pudieron soltar los desgarrones de las zarpas ni los martillazos de las alas, hasta que Kane sintió la hórrida vida fluir por sus dedos y el óseo cuello se partió con un crujido.

 

Fuera proseguía la roja locura de la carnicería. Kane se levantó de un salto y su mano se cerró sobre la primera arma que encontró. Al salir corriendo de la cabaña, una harpía se le echó prácticamente encima. Lo que había cogido era un hacha, que


 

 

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descargó encima del demonio, con un tremendo golpe que hizo que sus sesos saltasen por el aire como si fuesen agua. Se lanzó hacia delante, tropezando con cadáveres y miembros mutilados, perdiendo sangre por una docena de heridas, y se detuvo, desconcertado y gritando de rabia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pueblo alado había comenzado a levantar el vuelo. No querían enfrentarse por más tiempo con aquel extraño loco que, en su demencia, era más terrible que ellos. Pero no se iban solos a las regiones superiores. Entre sus ávidas zarpas se debatían unas formas que se retorcían y gritaban; y Kane, que corría de un lado a otro con su hacha que goteaba sangre, se encontró solo en un poblado lleno de cadáveres.

 

Echó hacia atrás la cabeza para dar a conocer a gritos el odio que sentía por aquellos demonios, y entonces sintió que unas gotas cálidas y espesas le caían por el rostro, al tiempo que los cielos cubiertos de sombras se llenaban con los gritos de agonía y la risa de los monstruos.

 

Mientras los sonidos de aquel horrendo festín que se celebraba en los cielos llenaban la noche, y la sangre que llovía de las estrellas le caía en el rostro, el último vestigio de razón que le quedaba a Kane se esfumó. Y comenzó a moverse de un lado para otro, gritando blasfemias caóticas.

 

Pero ¿acaso no era él un símbolo del hombre, titubeando entre huesos con señales de dientes y cabezas humanas separadas de sus troncos, en una mueca espantosa, y


 

 

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blandiendo una fútil hacha, mientras profería palabras incoherentes de odio a las tremendas y aladas siluetas de la noche que habían hecho de él su presa, y que reían entre dientes con demoníaco triunfo, volando sobre él y tirando sobre sus ojos enloquecidos la lastimosa sangre de sus víctimas humanas?

 

 

 

V. El vencedor

 

El trémulo y blanco rostro de la aurora se deslizó sobre las negras colinas para rielar sobre los rojos despojos de lo que había sido el poblado de Bogonda. Las cabañas estaban intactas, excepto la que se había convertido en cenizas humeantes, pero los techos de paja de muchas de ellas estaban hundidos. Miembros mutilados, total o parcialmente desprovistos de carne, alfombraban las calles y algunos aparecían dislocados, como si hubiesen caído desde gran altura.

 

Era un reino de muerte, donde sólo había una señal de vida. Solomon Kane se apoyó en el hacha manchada de cuajarones de sangre seca y contempló la escena con ojos cansados y enloquecidos. Estaba lleno de mugre y de grumos de la sangre que había manado de las largas heridas que le cubrían pecho, rostro y hombros, pero no se molestó en pensar en ellas.

 

La gente de Bogonda no había muerto sola. Diecisiete harpías yacían entre sus restos. Kane había matado a seis de ellas. El resto eran el resultado de la frenética desesperación de los Bogondi ante la muerte. Pero era una venganza bastante pobre. De los más de cuatrocientos habitantes de Bogonda de Arriba, ninguno había vivido para ver el nuevo día. Y las harpías habían regresado a sus cuevas en las colinas negras, saciadas hasta reventar.

 

Con pasos lentos y mecánicos, Kane comenzó a recoger sus armas. Encontró la espada, el puñal, las pistolas y el bastón ju-ju. Salió del recinto de la ciudad y se dirigió a la gran cabaña de Goru. Allí se detuvo, presa de un nuevo horror. El espantoso humor de las harpías les había sugerido una broma deliciosa. Desde encima de la puerta de la cabaña, la cabeza cortada de Goru le miraba fijamente. Las mejillas regordetas estaban contraídas, los labios pendían, dándole un aspecto de idiotez horrorizada, y los ojos abiertos al máximo parecían los de un niño herido. En aquellos ojos, Kane vio estupor y reproche.

 

El inglés contempló la masacre en que se había convertido Bogonda y la máscara de muerte de Goru. Y levantó sus apretados puños sobre su cabeza y, con ojos desorbitados y labios temblorosos y espumeantes de saliva, maldijo al cielo y a la tierra, y a las esferas superiores e inferiores. Maldijo a las frías estrellas, al sol llameante, a la luna burlona y al murmullo del viento. Maldijo a todos los hados y destinos, a todo lo que había amado y odiado, a las ciudades silenciosas bajo los mares, a las eras pasadas y a los eones futuros. En una explosión desordenada de


 

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impiedad, maldijo a dioses y diablos, que juegan con la humanidad, y maldijo al hombre, porque vive ciegamente, y ciegamente ofrece su espinazo a los herrados pies de sus dioses.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Después, cuando se quedó sin resuello, se detuvo, jadeante. Desde más abajo le llegó el profundo rugido de un león, y en los ojos de Kane apareció un destello de astucia. Permaneció quieto, como si se hubiese quedado congelado, y de lo más profundo de su locura surgió un plan desesperado. En silencio, comenzó a retractarse de su blasfemia de antes, pues, aunque los dioses de pies de hierro hicieran al hombre para que les sirviese de diversión y entretenimiento, también le dieron un cerebro capaz de pergeñar astucias y crueldades mayores que las que puedan realizar los demás seres vivos.

 

—Tú te quedarás aquí —dijo Solomon Kane a la cabeza de Goru—. El sol secará tu piel y los fríos rocíos de la noche harán que te encojas. Pero yo apartaré de ti a los milanos, y tus ojos podrán contemplar la caída de vuestros asesinos. Es cierto que no pude salvar a la gente de Bogonda, pero, por el Dios de mi raza, juro que la vengaré. El hombre es el juguete y el sustento de las titánicas criaturas de la noche y del horror, cuyas alas gigantescas siempre se encuentran sobre él. Pero incluso a las criaturas del mal puede llegarles su fin… y tú lo verás, Goru.

 

En los días que siguieron, Kane trabajó arduamente, desde la primera luz gris de la aurora hasta después de ponerse el sol, bajo la blanca luz de la luna, hasta que caía y se quedaba dormido, completamente agotado. Comía a ratos mientras trabajaba y no se preocupaba de sus heridas, por lo que apenas se dio cuenta de que habían sanado por sí solas. Bajaba por la pendiente y recogía cañas similares al bambú, que cortaba en trozos largos, aunque resistentes. También cortaba grandes ramas de los


 

 

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árboles y lianas, que usaría como cuerdas.

 

Con aquel material reforzó las paredes y el techo de la cabaña de Goru. Clavó las cañas profundamente en la tierra, a lo largo de las paredes, y las entrelazó, atándolas después fuertemente con las lianas, que eran tan resistentes y flexibles como cuerdas. Extendió sobre el techo las ramas de los árboles, fijándolas fuertemente. Cuando hubo terminado, hasta a un elefante le habría costado trabajo tirar abajo las paredes.

 

Los leones habían llegado a la meseta en gran número, por lo que las piaras de cerdos salvajes comenzaron rápidamente a disminuir. A los que no mataban los leones, los mataba Kane, y después los arrojaba a los leones. Aquello atormentó su corazón, pues era hombre de naturaleza amable, y aquella matanza generalizada, aunque fuese de cerdos, que bien habrían podido caer ante otros depredadores, le causó dolor. Pero como formaba parte de su plan de venganza, tuvo que reprimir sus sentimientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los días se convirtieron en semanas. Kane trabajó día y noche, sin dejar de hablar a la cabeza marchita y momificada de Goru, cuyos ojos, de manera extraña y a pesar del ardor del sol y del hechizo de la luna, no se habían apagado, sino que aún retenían una chispa de vida. Mucho después, cuando la memoria de aquellos días lunáticos se había convertido en una vaga pesadilla, Kane se preguntó si, tal y como entonces le pareciera, los resecos labios de Goru se habían movido para contestarle, hablándole de cosas extrañas y misteriosas.

 

Kane veía a los Akaanas volar a lo lejos, recortándose en el cielo, pero no se acercaban ni siquiera cuando dormía en la gran cabaña, con las pistolas al alcance de la mano. Temían su poder, que le permitía dar la muerte con el humo y el trueno.

 

Al principio, notó que volaban torpes, saciados por la carne fresca que habían comido durante aquella noche roja y por los cuerpos que se habían llevado a sus cuevas. Pero a medida que fueron pasando las semanas, parecían cada vez más flacos, cada vez se aventuraban más lejos en busca de alimento. Y Kane se reía en voz alta, como un loco.

 

Su plan no podría haberse realizado antes; pero dadas las circunstancias de aquel entonces, ya no había seres humanos para llenar las barrigas de las harpías. Ni tampoco cerdos. En toda la meseta no quedaban criaturas que pudiesen alimentar al

 

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pueblo alado. Podrían haberse ido al Este de las colinas, pero Kane creía saber el motivo que se lo impedía. Debía ser una región de jungla espesa, como la que se encontraba al Oeste. Los vio volar sobre la sabana para cazar antílopes y comprobó que los leones se cobraban tributo. Después de todo, los Akaanas eran débiles comparados con los depredadores; su fuerza sólo les permitía cazar cerdos, antílopes… y hombres.

 

Al final acabaron por acercarse de noche hasta él, y pudo ver cómo le miraban en medio de la oscuridad sus ávidos y relucientes ojos. Juzgó que había llegado el momento. Los enormes búfalos, demasiado grandes y feroces para que el pueblo alado se atreviese a matarlos, habían entrado en la meseta para pastar en los campos que quedaran desiertos tras la extinción de los Bogondi. Kane consiguió separar de su manada a uno de ellos y conducirlo, con gritos y pedradas, hasta la cabaña de Goru. Fue una tarea pesada y peligrosa, y en varias ocasiones Kane escapó de milagro a las súbitas cargas del búfalo, pero perseveró y, finalmente, delante de la cabaña, lo abatió de un tiro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había comenzado a levantarse un fuerte viento del Este, por lo que Kane arrojó al aire grandes cantidades de sangre para que su olor se propagase hasta las colinas, donde estaban las harpías. Despedazó el búfalo y llevó los cuartos a la cabaña, y después consiguió llevar a su interior el enorme tronco. Entonces se retiró a la espesura de los árboles de un bosquecillo cercano y aguardó.

 

No tuvo que esperar mucho. El aire de la mañana se llenó repentinamente con los batidos de muchas alas, y una espantosa bandada aleteó encima de la cabaña de Goru. Tuvo la impresión de que todos aquellos animales —a menos que fuesen hombres— estaban allí, y se extasió al contemplar aquellas criaturas altas y extrañas, tan parecidas al hombre y, sin embargo, tan diferentes… los verdaderos demonios de las leyendas que contaban los curas papistas. Plegaban sus alas como si fuesen una capa y caminaban erguidas, hablándose unas a otras con voz estridente y crepitante, que nada tenía de humana.

 

No, pensó Kane, aquellas cosas no eran hombres. Quizá fueran la materialización de alguna broma macabra de la Naturaleza… alguna parodia de la infancia del mundo, cuando la creación era un experimento. Quizá fuesen el resultado de un acoplamiento obsceno y prohibido entre hombre y bestia; pero lo más posible es que se tratase de una excrecencia monstruosa del árbol de la evolución… Porque ya hacía


 

 

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tiempo que Kane había intuido la verdad en las heréticas teorías de los filósofos antiguos, para quienes el hombre no era más que un animal superior. Y si la Naturaleza había creado muchas bestias extrañas en épocas pasadas, ¿por qué no iba a haber experimentado con formas monstruosas de humanidad? Seguramente, el hombre, tal y como Kane lo entendía, no había sido el primero de su especie en caminar sobre la tierra, y no sería el último.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las harpías dudaron, con su natural desconfianza por las viviendas, y algunas volaron hasta el techo y quitaron algo de paja. Pero Kane había trabajado a conciencia. Terminaron por bajar al suelo y, finalmente, impelida más allá de lo que podía resistir por el olor de la sangre y la vista de la carne, una de ellas se aventuró dentro de la cabaña. En un instante, todas se agolparon en el interior, atacando vorazmente la carne. Cuando entró la última, Kane alargó un brazo y tiró de una larga liana que hacía caer el gancho que mantenía abierta la puerta de la cabaña que había construido. Esta cayó con un fuerte ruido, y la barra que la cerraba quedó en su sitio. Aquella puerta habría resistido la carga de un toro salvaje.

 

Kane salió de su escondite y observó el cielo. Cerca de unas ciento cincuenta harpías habían entrado en la cabaña. Como no vio a ninguna más volando por el cielo, tuvo la certeza de que había atrapado a toda la bandada. Entonces, con una sonrisa cruel y premeditada, aplicó pedernal y eslabón a una pila de hojas secas que había amontonado cerca de uno de los muros. Dentro se escuchó un parloteo de inquietud, pues las criaturas acababan de darse cuenta de que estaban encerradas. Un débil rizo de humo se agitó, seguido de un parpadeo rojo; el montón de hojas secas comenzó a arder y su fuego prendió en las cañas secas.

 

Instantes después, todo el muro estaba ardiendo. Los demonios que estaban dentro olieron el humo y comenzaron a inquietarse. Kane los oyó parlotear alocadamente y clavar sus garras en las paredes. Su mueca fue salvaje, fría y desprovista de alegría. Una racha de viento hizo que las llamas rodeasen la cabaña y saltasen a la techumbre… y, con un rugido, toda la cabaña quedó envuelta en llamas.

 

En el interior sonó un espantoso pandemónium. Kane oyó el aplastarse de los cuerpos contra las paredes, que acusaron los impactos y resistieron. Los horribles gritos eran música para su alma; levantando al cielo los brazos, los saludó con unas espantosas risotadas que calaban hasta los tuétanos. El cataclismo de horror fue


 

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creciendo hasta hacerse insoportable y vencer el tumulto de las llamas. Después, a medida que las llamas mordían el interior y el humo se espesaba, se redujo a una mezcolanza de balbuceos estrangulados y jadeos. Un intolerable olor de carne quemada inundó la atmósfera y, si en la mente de Kane hubiese quedado espacio para otra cosa que no fuese un insano triunfo, se habría estremecido al pensar que aquel olor nauseabundo e indescriptible era el que desprende la carne humana cuando arde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre la espesa nube de humo, Kane vio una cosa que, entre gemidos y sonidos angustiosos, emergía del techo destrozado y comenzaba a elevarse, batiendo de manera lenta y agonizante unas alas que estaban terriblemente quemadas. Apuntó tranquilamente y disparó. La criatura ciega y abrasada se precipitó en la masa llameante, justo en el momento en que las paredes se desplomaban hacia dentro. A Kane le pareció que el rostro de Goru, poco antes de caer y desaparecer en el humo, esbozaba de improviso una tremenda mueca, y que una risotada de alegría se mezclaba insólitamente con el rugido de las llamas. Pero el humo y la locura suelen jugar extrañas bromas.

 

* * *

 

Kane seguía inmóvil, con el bastón ju-ju en una mano y la humeante pistola en la otra, encima de las humeantes ruinas que ocultaban para siempre de la vista del hombre los últimos restos de aquellos monstruos terribles y semihumanos que otro


 

 

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héroe había expulsado de Europa en una era desconocida. Kane seguía inmóvil, sin ser consciente de que era como una estatua triunfal de fría mirada, dominante… el combatiente supremo.

 

El humo subía hacia el cielo matutino, y el rugido de los leones que cazaban resonaba en la meseta. Lentamente, como una luz que taladrase las brumas, la cordura volvió a Solomon Kane.

 

 

 

 

 

 

 

—La luz de la mañana de Dios penetra hasta las tierras más tenebrosas y remotas —dijo, con tono sombrío—. El mal gobierna en los lugares desolados de la tierra, pero hasta al mal puede llegarle su fin. La aurora sigue a la medianoche, e incluso en esta tierra perdida las sombras se desvanecen. Extrañas son Tus vías, oh, Dios de mi pueblo… ¿quién soy yo para cuestionar Tu sabiduría? Mis pies han caído en los senderos del mal, pero Tú me has guiado sin que sufriera daño y has hecho de mí un azote de las potencias del mal. Sobre las almas de los hombres se extienden las alas de cóndor de monstruos colosales, y seres malignos de mil y una especies intentan apoderarse del corazón, del alma y del cuerpo del hombre. Pero quizá, en un día lejano, las sombras se desvanezcan y el Príncipe de las Tinieblas sea encadenado para siempre en el Infierno. Hasta entonces, el hombre podrá resistir valientemente a los monstruos que se encuentran dentro y fuera de su propio corazón, y con la ayuda de Dios conseguirá triunfar.

 

Y Solomon Kane miró hacia las silenciosas colinas y sintió su muda llamada y la de otras comarcas que se encontraban más lejos, a distancias inimaginables; y ciñéndose el cinturón, afirmó el bastón en su mano y volvió su rostro hacia el Este.

 

 

Título original:

 

«Wings of the Night»

 

(Weird Tales, julio 1932)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PASOS EN EL INTERIOR


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SOLOMON KANE MIRÓ SOMBRÍAMENTE a la mujer indígena que yacía muerta a sus pies. Era poco más que una niña, pero sus enflaquecidos miembros y sus ojos desencajados mostraban que había sufrido mucho antes de que la muerte le trajese su piadoso consuelo. Kane notó las señales que las cadenas habían dejado en sus miembros, las profundas cicatrices de su espalda, la marca del yugo en su cuello. Sus fríos ojos se hicieron extrañamente profundos, mostrando destellos helados y reflejos

 

como de nubes que pasaran sobre profundas capas de hielo.

 

—Han llegado incluso hasta esta tierra solitaria —murmuró—. No había supuesto…

 

Levantó la cabeza y miró hacia el Este. Unos puntos negros se recortaban contra el azul, volando en círculos.

 

—Los milanos siguen su camino —prosiguió el inglés, irguiéndose en toda su estatura—. La destrucción los precede y la muerte los sigue. ¡Ay de vosotros, hijos de la iniquidad, pues la cólera de Dios se alza sobre vuestras cabezas, y el arco de la venganza es fuerte! Sois de estómago fuerte y decididos y el pueblo grita bajo vuestros pies, pero la venganza llega en la negrura de la noche y en el enrojecerse de la aurora.

 

Se apretó el cinturón que soportaba sus pesadas pistolas y el delgado puñal, tocó instintivamente el largo estoque que golpeaba su cadera y se encaminó hacia el Este, con paso rápido y furtivo. Una furia cruel ardía en sus ojos profundos, como fuegos volcánicos bajo muchas leguas de hielo, y la mano que aferraba la larga vara de cabeza de gato se endureció como el hierro.

 

Después de algunas horas de marcha incesante, se acercó lo suficiente a la columna de esclavos, que se abría camino con dificultad a lo largo de la jungla, para oír lo que se decía. Los gritos de dolor de los esclavos, las imprecaciones y maldiciones de los negreros y el restallar de los látigos, llegaban con claridad a sus oídos. Una hora más tarde avanzaba paralelamente a ella, de forma que, moviéndose entre la jungla y sin perder su posición respeto a la trayectoria seguida por los traficantes de esclavos, pudo espiarlos sin peligro. Kane había luchado con los indios del Darién, aprendiendo mucho de su arte de moverse entre la vegetación.

 

Más de cien indígenas, todos ellos hombres y mujeres jóvenes, marchaban


 

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titubeantes a lo largo del sendero, completamente desnudos y unidos unos a otros por unos crueles yugos de madera. Aquellos yugos, bastos y pesados, les aprisionaban el cuello y los hacían marchar en parejas. A su vez, los yugos estaban unidos entre sí por una larga cadena. Los esclavistas eran quince árabes y cerca de setenta guerreros negros, cuyas armas y lo vistoso de sus adornos mostraban su pertenencia a alguna tribu del Este… una de aquellas tribus subyugadas y convertidas al islam por los conquistadores árabes, que habían hecho de ella su aliada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cinco árabes marchaban al frente de la columna con cerca de treinta guerreros, y otros cinco cerraban el avance con los restantes. Los demás iban al flanco de los titubeantes esclavos, obligándolos a caminar a fuerza de gritos y maldiciones, además de la que suponían sus largos y crueles látigos que salpicaban sangre en cuanto se movían. Aquellos negreros eran unos necios, además de ladrones, pensó Kane…, pues, con tan malos tratos, menos de la mitad de sus cautivos lograrían sobrevivir a las fatigas del viaje hasta la costa.

 

Le extrañó la presencia de aquellos saqueadores, ya que aquella región se encontraba muy al Sur de las zonas que ellos solían frecuentar. Pero la avaricia puede hacer llegar lejos al hombre, como bien sabía el inglés. Ya había tratado con ese tipo de gente en más de una ocasión. Mientras los acechaba, las viejas cicatrices de su espalda comenzaron a escocerle… las que le habían dejado los látigos musulmanes a bordo de una galera turca. Y el odio insaciable de Kane ardió con mayor intensidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El puritano siguió a sus enemigos como una sombra, y, mientras se escondía de ellos en medio de la jungla, no dejaba descansar su imaginación, buscando un plan.


 

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¿Cómo podría vencer a aquella horda? Todos los árabes y muchos de sus aliados estaban armados con arcabuces… largos y poco manejables, ciertamente, pero armas de fuego al fin y al cabo, suficientes para hacer huir a cualquier tribu de indígenas que se les enfrentase. Algunos llevaban en sus amplias cinturas largas pistolas repujadas en plata, bastante más efectivas, de fabricación árabe o turca.

 

Kane los seguía como un espectro acechante, y la rabia y el odio le devoraban el alma como un cáncer. Cada vez que oía restallar el látigo era como si lo sintiera en su propia espalda. El calor y la crueldad de los trópicos juegan malas pasadas. Las pasiones ordinarias se convierten en monstruosidades, la irritación genera una furia de bersekr, la cólera explota en llamas y da paso a una locura inesperada, y los hombres matan en una bruma roja de pasión y después se preguntan, atónitos, por qué.

 

La furia que sentía Solomon Kane habría bastado en cualquier otra circunstancia para conmover profundamente a un hombre. En aquellos momentos estaba asumiendo proporciones monstruosas, de suerte que Kane se estremeció como si sintiese un escalofrío; unas garras de hierro se aferraron a su mente, y vio a los esclavos y a sus captores a través de una bruma carmesí. A pesar de todo, no habría puesto en acción aquella locura que nacía del odio si no hubiese ocurrido un hecho inesperado.

 

Una de las esclavas, una joven delgada, se desmayó de repente y cayó al suelo, arrastrando consigo a su compañera de yugo. Un árabe alto, de nariz de halcón, aulló salvajemente y la azotó con saña. La que compartía el yugo con ella se levantó a medias, pero la otra joven siguió en el suelo, boca abajo, estremeciéndose ligeramente por los latigazos, pero incapaz de levantarse. Se quejaba penosamente, con los labios resecos; el resto de los negreros la rodeó y sus látigos descendieron sobre su carne estremecida, dejando estelas de roja agonía.

 

Media hora de descanso y un poco de agua la habrían revivido, pero los árabes no tenían tiempo que perder. Solomon, que había comenzado a morderse un puño hasta hacerse sangre, mientras luchaba para recuperar su propio control, dio gracias a Dios porque hubieran dejado de azotarla y esperó de un momento a otro el rápido fulgor del puñal que habría evitado a la joven ulteriores sufrimientos. Pero los árabes tenían ganas de divertirse. Como la joven no les iba a reportar ningún beneficio en el mercado de esclavos, decidieron divertirse con ella… y su humor era de esos que son capaces de helarle a uno la sangre.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un grito que lanzó el primero que había comenzado a azotarla atrajo a los demás a su alrededor, y sus rostros barbados esbozaron muecas de deleite anticipado, mientras sus salvajes aliados se les acercaban, con los ojos brillantes. Los desgraciados esclavos comprendieron las intenciones de sus captores y un coro de gritos lastimeros se elevó de sus labios.

 

Kane, a quien tanto horror daba náuseas, comprendió que la muerte de la joven no sería en absoluto liberadora. Y supo lo que aquel musulmán alto intentaba hacer, mientras se inclinaba sobre ella con el puñal afilado que los árabes suelen usar para despellejar la caza. Entonces, la locura le dominó. Valoraba en bien poco su vida; siempre la había arriesgado sin pensar en ella, ya fuese para salvar a un niño pagano o a cualquier bestezuela. Sin embargo, no habría tirado por la borda de manera premeditada la esperanza de haber socorrido a aquellos desgraciados. Pero el hecho fue que actuó inconscientemente. En su mano humeó una pistola, y aquel individuo alto con aficiones de carnicero mordió el polvo del camino, derramando en él sus sesos, antes de que Kane se diese cuenta de lo que acababa de hacer.

 

Estaba igual de extrañado que los árabes, que se quedaron como congelados durante un momento, antes de prorrumpir en una algarabía de aullidos. Varios de ellos alzaron sus arcabuces y enviaron sus pesadas balas hacia los árboles. El resto, pensando, sin duda, que habían sufrido una emboscada, entraron a la carga en la jungla. La osadía de aquel movimiento inesperado fue perjudicial para Kane. Si se hubiesen detenido a reflexionar sólo un momento, Kane habría podido ocultarse sin ser visto. Así que comprendió que no tendría más remedio que enfrentarse abiertamente con ellos y vender cara su vida.

 

Pero cuando se enfrentó a sus agresores, que seguían aullando, lo hizo con cierta fascinación feroz. Ellos se detuvieron súbitamente, extrañados al ver a aquel inglés, alto y lúgubre, que salía de los árboles y se dirigía hacia ellos. En ese mismo instante, uno de ellos murió con el corazón traspasado por la bala de la otra pistola de Kane. Aullando de rabia salvaje se arrojaron contra aquel único hombre que los desafiaba.

 

Solomon Kane apoyó su espalda contra un árbol enorme, y su largo estoque trazó a su alrededor un arco resplandeciente. Un árabe y tres de sus aliados, igual de fieros


 

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que él, le atacaron con sus pesadas espadas curvas, mientras los demás daban vueltas en círculo, gruñendo como lobos, con la esperanza de aventurar una hoja o una bala sin alcanzar a ninguno de los suyos.

 

El relampagueante estoque paró las sibilantes cimitarras, y el árabe murió al clavarse en él su punta, que pareció dudar ante su corazón un instante antes de traspasar el cerebro de uno de los guerreros que tiraban de espada. Otro de los atacantes dejó caer su arma, intentando entablar con Kane un combate cuerpo a cuerpo. Fue eviscerado por el puñal que Kane empuñaba en su mano izquierda; los demás, al ver lo ocurrido, retrocedieron rápidamente, pues, de repente, a todos les había entrado miedo. Una bala de gran calibre se aplastó en el tronco del árbol, cerca de la cabeza de Kane, quien tensionó su cuerpo, dispuesto a saltar y morir en medio de sus enemigos. Entonces, el jefe de estos le azotó con su largo látigo y, gritando, ordenó a sus hombres que cogiesen vivo al infiel. Kane contestó a aquella orden lanzando súbitamente su puñal, que silbó tan cerca de la cabeza del jeque que cortó su turbante y se clavó profundamente en el hombro de uno que estaba detrás de él.

 

El jeque desenfundó sus pistolas repujadas en plata, amenazando a sus propios hombres con la muerte si no capturaban a su fiero oponente, y entonces ellos cargaron de nuevo, a la desesperada. Uno de los guerreros cayó ante la espada de Kane. El árabe que le seguía, con implacable astucia, empujó súbitamente hacia delante al desgraciado que gritaba, que se clavó aún más en la espada, bloqueándola. Antes de que Kane consiguiese extraerla, la horda entera se lanzó contra él con un aullido de triunfo, derribándolo al suelo por su gran número. Mientras le asían por todas partes, el puritano lamentó haber arrojado su puñal. Pero a pesar de todo, no les resultó nada fácil reducirlo.

 

La sangre salpicaba y los rostros caían desfigurados bajo sus puños de acero, que rompían dientes y huesos. Un guerrero cayó hacia atrás, doblado en dos, pues acababa de recibir en la ingle una fuerte patada. Incluso antes de que le hubiesen tirado al suelo y uno de sus enemigos se hubiese sentado encima de él para que no pudiese golpear con brazos y piernas, los dedos largos y delgados de Kane se hundieron ferozmente en una barba espesa, para acabar cerrándose sobre una garganta musculosa, en una presa que necesitó la fuerza de tres hombres para anular su efecto y liberar a su víctima, que jadeaba y había tomado una coloración verdosa.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Finalmente, tras terribles esfuerzos, le ataron de pies y manos. El jeque, volviendo a deslizar sus pistolas en su fajín de seda, se acercó a grandes pasos y miró a su cautivo, que yacía en el suelo. Kane levantó la mirada hacia aquel individuo alto y delgado, de rostro de halcón, barba rizada y negra, y arrogantes ojos oscuros.

 

—Soy el jeque Hassim ben Said —dijo el árabe—. ¿Quién eres?

 

—Me llamo Solomon Kane —rezongó el puritano, en la misma lengua que había utilizado el jeque—. Atiende, soy inglés, chacal pagano.

 

Los oscuros ojos del árabe chispearon, interesados.

 

—Suleimán Kahani —dijo, arabizando el nombre—, he oído hablar de ti… En otro tiempo combatiste contra los turcos, y los corsarios bereberes se lamieron las heridas que les causaste.

 

Kane no se dignó responder. Hassim se encogió de hombros.

 

—Debes valer una buena suma —dijo—. Quizá te lleve a Estambul, donde hay shahs que darían cualquier cosa por tenerte como esclavo. Ahora me viene a la mente un tal Kemel Bey, hombre de mar, que ostenta sobre su rostro una profunda cicatriz que tú le hiciste, y que maldice el nombre de «inglés». Me pagaría por ti un alto precio. Pero has de saber, oh, franco[1], que te haré el honor de que dispongas de una guardia para ti solo. No irás con los demás, encadenado al yugo, sino libre, con excepción de tus manos.

 

Kane no contestó. A un gesto del jeque fue levantado y liberado de sus ataduras, excepto las de las manos, que dejaron sólidamente atadas a su espalda. Le pasaron por el cuello una cuerda recia, cuyo extremo fue confiado a un gigantesco guerrero que empuñaba una gran cimitarra curva.

 

—Y ahora, ¿qué piensas del favor que te he hecho, oh, franco? —preguntó el jeque.

 

—Pienso —contestó Kane tranquilamente, con voz profunda cargada de amenaza

 

— que sería capaz de comerciar con la salvación de mi alma para enfrentarme a ti y a tu espada, solo y desarmado, y arrancarte el corazón del pecho con las manos desnudas.

 

Tan grande era el odio concentrado en aquella voz profunda y tonante, y tan primitiva la furia invencible que llameaba en sus terribles ojos, que el cabecilla, a


 

 

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pesar de no ser cobarde ni apocado, palideció y retrocedió sin quererlo, como si se encontrase ante una fiera rabiosa.

 

Instantes después, Hassim recobró la compostura y, con una breve orden dirigida a sus seguidores, se fue hacia la vanguardia de la columna. Kane observó, agradecido, que el respiro ocasionado por su captura había dado a la joven que antes cayera al suelo una posibilidad de descansar y revivir. El cuchillo de desollar no había tenido tiempo de tocar su cuerpo; podría seguir caminando, aunque a duras penas. La noche no estaba lejos. Los traficantes de esclavos no tardarían en verse obligados a detenerse y acampar.

 

El inglés se vio obligado a seguir a los esclavos, ya que su guardia se mantenía unos pocos pasos detrás de él, vigilándole con su enorme espadón. Kane también notó, con un toque de vanidad no exento de singularidad, que otros más ceñían sus flancos con los arcabuces dispuestos y las mechas encendidas. Después de contemplar una muestra de sus proezas no querían arriesgarse. Cuando le arrebataron todas sus armas, Hassim no tardó en apropiárselas. El bastón ju-ju de cabeza de gato, que el jeque arrojó displicentemente a un lado, fue recogido por un guerrero indígena.

 

El inglés acababa de darse cuenta de que un árabe delgado y de barba gris caminaba a su lado. Aquel árabe parecía deseoso de entablar conversación con él, aunque se mostraba un tanto tímido; la fuente de tal timidez parecía ser debida, curiosamente, a la vara ju-ju que le había quitado al guerrero negro, a la que daba vueltas, nervioso, entre sus manos.

 

—Me llamo Yussef el Hadji —dijo, de sopetón—. No tengo nada contra ti. No he participado en el combate ni en tu captura, por eso me gustaría ser tu amigo si tú lo eres mío. Dime, franco, ¿de dónde procede este bastón, y cómo es que llegó hasta tus manos?

 

La primera intención de Kane fue la de enviar a las regiones infernales a quien le interrogaba, pero cierta sinceridad en el modo de hablar de aquel hombre mayor le hizo cambiar de idea, por lo que respondió:

 

—Me lo entregó mi hermano de sangre… un brujo de la Costa de los Esclavos, llamado N’Longa.

 

El viejo árabe asintió y habló para sí, no tardando en enviar un guerrero a la vanguardia de la columna para rogar a Hassim que se acercase. El estirado jeque no se demoró en recorrer la columna en sentido contrario al de su avance con un tintineo de puñales y sables, entre los que se encontraban el cuchillo y las pistolas de Kane, que había metido en su amplio fajín.

 

—Mira, Hassim —dijo el viejo árabe, enseñándole el bastón—, lo tiraste al suelo sin saber qué hacías.

 

—¿A qué te refieres? —refunfuñó el jeque—. Sólo veo un bastón… con uno de sus extremos en punta y el otro terminado en una cabeza de gato… un bastón con


 

 

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unos símbolos extraños grabados por los infieles.

 

El hombre mayor agitó el bastón, muy excitado.

 

—¡Este bastón es más viejo que el mundo! ¡Encierra una magia muy poderosa! ¡He leído cosas sobre él en los libros antiguos con cierres de hierro, y el propio Mahoma —la paz sea con él— lo menciona mediante alegorías y parábolas! ¿Ves la cabeza de gato que tiene? Pues hace muchas eras, antes de Mahoma, antes de que existiese Jerusalén, los sacerdotes de Basti apuntaban con este bastón sagrado a los fieles, que se prosternaban y cantaban ante él. Con este bastón, Musa hizo maravillas delante del faraón y, cuando los Yahudi huyeron de Egipto, lo llevaron consigo. Durante siglos fue el cetro de Israel y de Judá, y, gracias a él, Suleimán ben Daud expulsó a echadores de suertes y magos, y encerró a los ifrits y genios malignos. ¡Mira! ¡Una vez más nos encontramos con el antiguo bastón entre las manos de un Suleimán!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El viejo Yussef continuó inmerso en una oleada de fervor tremendamente fanático, pero Hassim se limitó a encogerse de hombros.

 

—No salvó a los judíos de la esclavitud, ni a este Suleimán de su cautividad — dijo—. No le otorgo la misma estima que me merece la larga y estrecha hoja con que liberó de sus cadenas las almas de tres de mis mejores espadachines.

 

Yussef movió la cabeza.

 

—Tus burlas no nos conducirán a buen fin, Hassim. Algún día encontrarás un poder que no se partirá en dos ante tu espada, ni que caerá ante tus balas. Me quedaré con el bastón, pero te hago una advertencia… no maltrates a este franco. Ha llevado el terrible bastón sagrado de Suleimán, de Musa y de los faraones, y quién sabe qué magias habrá podido obtener de él. Pues es más viejo que el mundo y ha conocido las terribles manos de los extraños sacerdotes preadamitas en las silenciosas ciudades que se encuentran bajo los mares, y ha sacado de un mundo antiguo misterios y magias inimaginables para la humanidad. Cuando las auroras eran jóvenes hubo reyes


 

 

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y sacerdotes muy extraños, y ya entonces existía el mal. Con este bastón, ellos lucharon contra él, pues ya era antiguo cuando su extraño mundo aún era joven, hace tantos millones de años que un hombre se estremecería al contarlos.

 

Hassim dijo algo, dando muestras de impaciencia, y se fue, seguido por el viejo Yussef, que no le dejaba tranquilo, mientras proseguía con su parloteo en tono quejumbroso. Kane se encogió de hombros. Con lo que conocía de los extraños poderes del más que extraño bastón, no habría podido poner en duda las aseveraciones del viejo árabe, por fantásticas que pareciesen.

 

Había presentido buena parte de lo que contaba… pues el bastón estaba hecho de una madera que en aquellos tiempos había desaparecido de la tierra. Bastaba con verlo y tocarlo para comprender que había crecido en un mundo aparte. La exquisita factura de la cabeza, de una era anterior a la de las pirámides, y los jeroglíficos, símbolos de un lenguaje que fue olvidado cuando Roma era joven… Kane comprendió que habían sido añadidos y que resultaban tan modernos en comparación con la antigüedad del bastón como una inscripción en inglés sobre uno de los monolitos de Stonehenge.

 

En cuanto a la cabeza de gato… había ocasiones en que, cuando la miraba, Kane tenía la sensación peculiar de que sufría una alteración, el vago sentimiento de que antaño el pomo del bastón había sido esculpido de manera diferente. El egipcio convertido en polvo desde hacía siglos que había tallado la cabeza de Basti, se había limitado simplemente a alterar la figura original. Pero ¿de qué figura se trataba?… La contestación a esta pregunta era algo que Kane jamás se había atrevido a averiguar. Cualquier examen atento del bastón le producía siempre una gran turbación y una extraña sugerencia de abismos de eones, que le impedían proseguir con sus especulaciones.

 

El día transcurrió sin novedad. El implacable sol lanzó sus rayos y después se ocultó entre los grandes árboles, como si descendiese oblicuamente hacia el horizonte. Los esclavos sufrieron ferozmente por la sed, y un gemido continuo se elevó de sus filas mientras avanzaban a ciegas. Algunos caían y medio se arrastraban, siendo llevados a trompicones por sus compañeros de yugo, tan cansados como ellos. Cuando todos vacilaban por el agotamiento se puso el sol, la noche cayó rápidamente y se dio la orden de detenerse. Se montó el campamento y se apostaron guardias. Los esclavos recibieron un alimento escaso y la cantidad de agua precisa para seguir con vida… pero nada más. No les quitaron los hierros, pero se les permitió que se echaran en el suelo. Después de haber calmado su hambre y sed espantosas, fueron capaces de soportar la incomodidad de sus cadenas con un estoicismo característico en ellos.


 

 

 

 

 

 

 

 

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A Kane le dieron de cenar sin quitarle las cadenas, y bebió toda el agua que quiso. Los resignados ojos de los esclavos le vieron beber en silencio, y él, avergonzándose por saciarse con lo que a otros les había sido negado, dejó de beber antes de haber apagado por completo su sed. Habían elegido un gran claro para montar en él el campamento, rodeado de árboles gigantescos. Después que los árabes hubieron comido, y mientras los musulmanes negros se preparaban sus alimentos, el viejo Yussef se acercó a Kane y volvió a hablarle del bastón. Kane contestó a sus preguntas con una paciencia admirable, considerando el odio que profesaba a la raza a la que pertenecía El Hadji; durante la conversación, Hassim se acercó a grandes pasos y los miró con desprecio. Hassim, pensó Kane, era el auténtico símbolo del islam militante… valiente, despiadado, materialista, que no perdonaba nada, que no temía a nadie, tan seguro de su propio destino y depreciando tanto los derechos de los demás como el más poderoso de los reyes de Occidente.

 

—¿Todavía pierdes el tiempo hablando de ese bastón? —se burló—. Hadji, con los años te vas pareciendo cada vez más a los niños.

 

La barba de Yussef se agitó de cólera. Blandió el bastón ante su jeque como si le amenazase.

 

—Tus burlas poco honor hacen a tu rango, Hassim —exclamó—. Nos encontramos en el corazón de una tierra sombría e infestada de demonios, adonde, hace mucho tiempo, se dirigieron los diablos expulsados de Arabia. Si este bastón, que cualquiera que no sea un loco puede ver que no pertenece a ninguno de los mundos que conocemos, ha perdurado hasta hoy, quién sabe qué otro tipo de cosas, tangibles o intangibles, han podido existir a través de las eras. Este mismo camino que estarnos siguiendo… ¿sabes lo viejo que es? Los hombres lo recorrieron antes de que los selyúcidas llegasen del Este o los romanos del Oeste. Por este camino, así dicen las leyendas, llegó el gran Suleimán cuando expulsó los demonios de Asia hacia el Oeste y los encerró en extrañas prisiones. Tú dirías…

 

Un grito salvaje le interrumpió. Un guerrero salía de las sombras de la jungla, corriendo como si le persiguieran los sabuesos del Infierno. Sus brazos se agitaban locamente, los ojos giraban en sus órbitas y la boca se abría tanto que podía verse completamente su magnífica y blanca dentadura… Era la imagen misma del terror,


 

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imposible de olvidar. La horda musulmana se puso en pie de un salto para aferrar sus armas, y Hassim lanzó un juramento.

 

—¡Es Alí… le había enviado a buscar carne… sin duda es un león…!

 

Pero ningún león perseguía al hombre, que cayó a los pies de Hassim, vociferando incoherencias y apuntando frenético hacia la negra jungla, mientras los demás, con los nervios en tensión, aguardaban de un momento a otro que fuese a aparecer por ella cualquier horror espantoso.

 

—Dice que ha encontrado un extraño mausoleo en la jungla —explicó Hassim, con una mueca—, pero es incapaz de decir qué le ha asustado. Sólo sabe que un horror indecible se apoderó de él y le hizo huir. Alí, eres un loco y un bellaco.

 

Lanzó un feroz puntapié al salvaje que yacía postrado, pero los demás árabes le rodearon, con evidente incertidumbre. El pánico comenzaba a cundir entre los guerreros indígenas.

 

—Van a huir, a pesar de nosotros —murmuró un árabe barbudo que observaba inquieto a sus aliados indígenas, que se habían congregado y parloteaban muy excitados, mirando asuntados por encima del hombro—. Hassim, mejor sería levantar el campamento y desviarnos unas cuantas millas. A fin de cuentas, este lugar está maldito y, aunque ese imbécil de Alí se haya espantado de su propia sombra, sin embargo…

 

—Sin embargo —le remedó el jeque—, todos os sentiréis mucho mejor cuando nos hayamos ido. Comprendido: para apaciguar vuestros miedos voy a levantar el campamento… pero antes quiero echar un vistazo a esa cosa. Que se levanten los esclavos; nos adentraremos en la jungla y pasaremos por ese mausoleo; quizá yazca dentro de él algún rey importante. No creo que nadie se asuste si todos avanzamos en bloque con nuestras armas de fuego listas.

 

De tal suerte, los cansados esclavos fueron desertados y reunidos a latigazos. Los aliados indígenas avanzaron en silencio, comidos por los nervios, obedeciendo a regañadientes la implacable voluntad de Hassim, pero manteniéndose muy cerca de los árabes. La luna había salido, enorme, roja y tétrica, y la jungla estaba bañada en un siniestro relumbrón plateado sobre el que se recortaban las sombras negras de los árboles, que parecían dormir. El tembloroso Alí indicaba el camino a seguir, tranquilizado, en cierta forma, por la presencia de su salvaje amo.

 

Así fueron avanzando por la jungla, hasta que llegaron a un extraño claro, rodeado de árboles gigantes… extraño porque en él no crecía nada. Los árboles lo contorneaban de un modo inquietante, asimétrico, y ningún musgo ni liquen crecía en la tierra, que parecía extrañamente seca y quemada. En medio del claro se levantaba el mausoleo.

 

Era una enorme construcción de piedra de aspecto siniestro, preñada de antigua maldad. Muerta desde hacía cien siglos, o eso parecía, aunque Kane hubiera jurado


 

 

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que el aire que la rodeaba vibraba con la lenta e inhumana respiración de algún monstruo gigantesco e invisible.

 

Los aliados indígenas de los árabes retrocedieron entre murmullos, asaltados por la atmósfera maligna del lugar. Los esclavos se agruparon, en silencio y resignados, bajo los árboles. Los árabes avanzaron hacia la negra y siniestra edificación, y Yussef, cogiendo el extremo de la cuerda de Kane de la mano de su guardia, llevó consigo al inglés, como si fuese un mastín malencarado que le protegiese de lo desconocido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Sin duda, algún sultán poderoso descansa ahí dentro —dijo Hassim, golpeando la piedra con la vaina de su espada.

 

—¿De dónde sacarían estas piedras? —murmuró Yussef, inquieto—. Su aspecto es sombrío y repelente. ¿Por qué iba a querer descansar para siempre un gran sultán en un sitio tan alejado de los hombres? Si en los alrededores hubiésemos visto las ruinas de una ciudad antigua sería diferente…

 

Se agachó para descifrar la inscripción de la pesada puerta de metal, provista de una cerradura enorme, curiosamente sellada y fundida. Movió la cabeza con aire cansado al ver los antiguos caracteres hebraicos grabados en la puertas.

 

—No puedo leerlos —dijo, temblando—, y creo que es bueno para mí que así sea. Lo que los antiguos reyes sellaron de esa manera, el hombre no habrá de tocarlo. Hassim, vayámonos de aquí. Este lugar está impregnado de una maldad que resulta terrible para los hijos de los hombres.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pero Hassim no le hizo caso.

 

—Lo que reposa ahí dentro no es un hijo del islam —dijo—. ¿Por qué no podríamos despojarle de las gemas y riquezas que sin duda se quedaron con él? Vamos a echar abajo la puerta.

 

Algunos de los árabes movieron la cabeza en señal de duda, pero la palabra de Hassim era ley. Llamando a su lado a un guerrero descomunal que llevaba un pesado martillo, le ordenó que echase abajo la puerta.

 

Mientras el hombre blandía su martillo, Kane lanzó una exclamación. ¿Se habría vuelto loco? La aparente antigüedad de aquella amenazante mole de piedra era la prueba de que nadie había turbado su reposo durante miles de años. ¡Pero habría podido jurar que había oído ruido de pasos en el interior! Iban de atrás adelante, como si algo caminase entre los estrechos confines de aquella lúgubre prisión, en una interminable monotonía de movimientos.

 

Una mano helada tocó la columna vertebral de Solomon Kane. No habría podido decir si los sonidos le llegaban al cerebro por mediación del oído, o si provenían de alguna profundidad insondable del alma o del subconsciente, pero sabía que algo dentro de su conciencia repetía como un eco las pisadas de unos pies monstruosos dentro de aquel siniestro mausoleo.

 

—¡Alto! —exclamó—. Hassim, puedo estar loco, pero estoy oyendo los pasos de un demonio dentro de esa mole de piedra.

 

Hassim alzó la mano y el martillo se inmovilizó en el aire. Escuchó atentamente, y los demás hicieron lo mismo, en un silencio que, de repente, se había hecho tenso.

 

—No oigo nada —gruñó un gigante barbudo.

 

—Ni yo —dijeron a coro otros árabes—. ¡El franco está loco! —¿Y tú, Yussef, oyes algo? —preguntó Hassim, sardónicamente.

 

El viejo El Hadji se agitó, nervioso. Su rostro expresaba una indudable inquietud. —No, Hassim, aún no…

 

Kane decidió que debía estar loco. Pero en su corazón supo que nunca había estado más cuerdo, y también supo, de alguna manera, que aquella percepción oculta


 

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que le diferenciaba de los árabes procedía de su larga asociación con el bastón ju-ju que, en aquellos momentos, el viejo Yussef tenía entre sus manos temblorosas.

 

Hassim lanzó una tremenda risotada e hizo un gesto al guerrero. El martillo cayó con un estruendo que suscitó ecos ensordecedores y se perdió en la negra jungla con una especie de risotada. Una y otra vez siguió cayendo el martillo, impulsado por toda la energía de los nudosos músculos y del poderoso cuerpo. Pero entre los golpes, Kane seguía oyendo aquellos pesados pasos, y él, que jamás había conocido el miedo, tal y como los hombres lo conocen, sintió la helada mano del terror agarrada a su corazón.

 

Aquel miedo era diferente de cualquier otro, terrestre o mortal, de la misma forma que el sonido de aquellos pasos era diferente del producido por un hombre. El terror de Kane era como un viento gélido que soplase sobre él desde los dominios exteriores de una inimaginable tiniebla, trayéndole el mal y la corrupción de una época periclitada en una era increíblemente antigua. Kane no estaba seguro de si había oído aquellos pasos o de si los había percibido gracias a algún sentido oculto. Pero de lo que sí estaba seguro era de su realidad. No eran las pisadas de un hombre o de un animal, sino que dentro de aquel antiguo mausoleo, negro y siniestro, alguna cosa sin nombre se movía con pasos de elefante, capaces de zarandearle a uno el alma.

 

El poderoso guerrero sudaba y resoplaba, por lo duro de aquel trabajo. Finalmente, bajo sus pesados golpes, la antigua cerradura saltó en pedazos; los goznes cedieron; la puerta explotó hacia dentro, y Yussef gritó.

 

Pero de aquella abertura negra y abismal no saltó ninguna fiera con dientes de tigre, ni ningún demonio de carne y hueso que se pudiese palpar. Un hedor espantoso fluyó de ella en oleadas casi tangibles, y después, en una voraz tormenta capaz de hacer perder la razón, fue como si el portal comenzase a vomitar sangre, y el horror les cayó encima. Envolvió a Hassim, y el impávido jeque, intentando herir en vano al intangible horror, gritó, presa de un espanto súbito, que jamás había sentido, mientras su sibilante cimitarra atravesaba una substancia tan blanda e inconsistente como el aire, y él desaparecía entre los anillos de la muerte y de la destrucción.

 

Yussef chilló como un alma perdida, dejó caer al suelo la vara ju-ju y se reunió con sus compañeros, que ya habían emprendido una alocada carrera hacia la jungla, precedidos por sus aulladores aliados. Los únicos que no se movieron fueron los esclavos, que gemían de terror, esperando la hora final. Como en una pesadilla de delirio, Kane vio a Hassim ondear como una caña en el viento, engullido por una gigantesca cosa roja que latía y que carecía de forma o substancia terrenales. Después, cuando escuchó el crujido que hacían sus huesos al romperse, y el cuerpo del jeque se dobló como una brizna de paja bajo el golpe seco de una pezuña de caballo, el inglés rompió sus ligaduras con un esfuerzo titánico y empuñó la vara ju-ju.


 

 

 

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Hassim yacía en el suelo, aplastado y muerto, desmadejado como un juguete roto, con los miembros dislocados. La cosa roja y pulsante se dirigió hacia Kane como una espesa nube de sangre que flotase en el aire, cambiando continuamente de forma y apariencia, aunque sin dejar de avanzar pesadamente… ¡como si se apoyase en unas patas monstruosas!

 

Kane sintió los helados dedos del miedo clavarse en su cerebro, pero, sobreponiéndose y alzando el antiguo bastón, lo sepultó, con todas sus fuerzas, en el centro del horror. Entonces, sintió que una substancia innominada e inmaterial iba al encuentro del bastón que caía y se apartaba de él. En aquel instante, poco le faltó para ahogarse por la nauseabunda explosión del impío hedor que inundó el aire. En algún lugar de los imprecisos paisajes de su alma consciente, resonaron de manera insoportable los ecos de un espeluznante e informe cataclismo, y supo que era el grito de agonía del monstruo. En efecto, yacía a sus pies, moribundo, con su tono carmesí palideciendo en lentas pulsaciones, como el flujo y el reflujo de unas olas rojas sobre alguna coda de blasfemia. Y a medida que se desvanecían, el grito carente de sonido fue menguando en la lejanía cósmica, como si se dirigiese hacia una esfera aparte, alejada de todo conocimiento humano.

 

Kane, aturdido e incrédulo, observó la masa sin forma ni color, prácticamente invisible, que yacía a sus pies, que, como bien sabía, era el cadáver del horror, expedido de vuelta, con un simple golpe de su bastón, a los negros reinos de donde había venido. En efecto, Kane estaba seguro de que se trataba del mismo bastón que en las manos del poderoso rey mago de una era antigua había conducido al monstruo hasta aquella extraña prisión para morar en ella, hasta que unas manos ignorantes lo habían dejado de nuevo libre sobre el mundo.

 

Las antiguas narraciones eran verdad, y el rey Salomón había expulsado realmente a los demonios hacia el Oeste, encerrándolos en lugares extraños. ¿Por qué los había dejado con vida? ¿Quizá la magia humana era demasiado débil en aquellos lejanos días para poder hacer algo más que subyugar a los diablos? Kane se encogió de hombros, sin saber qué decir. No tenía muchos conocimientos sobre magia, a pesar de haber acabado con lo que otro Solomon había encerrado.

 

Y Solomon Kane sintió un escalofrío, porque había visto una vida que no era la vida que él conocía, y había dado y contemplado una muerte que tampoco era la muerte que siempre había visto. Una vez más, como en los corredores cubiertos de polvo de la atlante Negari, como en las aborrecibles Colinas de los Muertos, como le sucediera con los Akaanas, tuvo la constatación de que la vida humana sólo era una de tantas entre miríadas de formas de existencia, que dentro de los mundos existían otros mundos, y que había más de un plano de existencia. El planeta al que los hombres llamaban Tierra giraba a través de incontables eras, se dijo Kane, y al girar daba origen a la vida, y los seres vivos que se retorcían en su superficie como


 

 

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gusanos, nacían de la podredumbre y de la corrupción. De momento, el hombre era el gusano dominante —aunque en su orgullo, hubiera llegado a suponer que él y sus semejantes eran los primeros gusanos—, quizá el último en gobernar un planeta que rebosaba de una vida jamás imaginada.

 

Movió la cabeza, contemplando con nueva admiración el antiguo regalo de N’Longa, pues ya no sólo veía en él un instrumento de magia negra, sino una espada del bien y de la luz contra los poderes de la eterna maldad que no procede del hombre. Y fue penetrado de un extraño respeto hacia él, que casi le pareció miedo.

 

Después se inclinó sobre la cosa que estaba a sus pies, estremeciéndose cuando sintió deslizarse bajo sus dedos aquella masa extraña, como volutas de espesa niebla. Introdujo el bastón bajo ella y consiguió levantarla y llevarla hasta el mausoleo, cerrando a continuación la puerta.

 

Acto seguido, se detuvo a contemplar el cuerpo extrañamente mutilado de Hassim, y observó que estaba manchado de una baba inmunda y que había comenzado a descomponerse. Un nuevo escalofrío y una tímida voz le sacaron de sus sombríos pensamientos. Los cautivos estaban arrodillados debajo de los árboles y le observaban con grandes ojos de resignación. Contrayendo bruscamente todo su cuerpo, se liberó de aquel estado de ánimo. Cogió del humeante cadáver sus propias armas: las dos pistolas, el puñal y el estoque, y los limpió como mejor pudo de la viscosa suciedad que había empezado a oxidar el acero. También tomó una buena provisión de pólvora y balas que los árabes habían abandonado en su precipitada fuga. Sabía que no volverían. Quizá muriesen mientras huían, o quizá llegasen a la costa después de recorrer interminables leguas de jungla; pero jamás regresarían otra vez a aquel lugar para enfrentarse con el terror del siniestro claro.

 

Kane llegó al lado de los desgraciados esclavos y, después de familiarizarse con sus cadenas, los dejó en libertad.

 

—Coged esas armas que los guerreros dejaron caer en su precipitación —les dijo —, y volved a vuestras casas. Este lugar no es bueno. Regresad a vuestros poblados y, cuando lleguen los próximos árabes, morid en las ruinas de vuestras cabañas antes que consentir en ser esclavos.

 

Ellos quisieron arrodillarse y besar sus pies, pero él, muy turbado, se lo impidió con rudeza. Y mientras se preparaba para irse, uno de ellos le dijo:

 

—Señor, ¿y tú? ¿Por qué no vuelves con nosotros? ¡Te haremos rey!

 

Pero Kane negó con la cabeza.

 

—Voy hacia el Este —dijo.

 

Y aquella gente le saludó con una reverencia y regresó por el largo camino que les conduciría a su casa. Kane se colgó a la espalda el bastón que había sido el cetro de los faraones, de Moisés y de Salomón y, antes de ellos, de los desconocidos reyes atlantes, y volvió su rostro hacia el Este, deteniéndose sólo para echar un último


 

 

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vistazo al gran mausoleo que otro Solomon había construido con artes extrañas hacía mucho tiempo, y que se recortaba oscuro… y silencioso ya para siempre bajo las estrellas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original:

 

«The Footfalls Within»

 

(Weird Tales, septiembre 1931)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HAWK DE BASTI


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I

 

—¡SOLOMON KANE!

Las ramas de los grandes árboles se entrecruzaban formando poderosos arcos, a cientos de pies por encima de la tierra tapizada de musgo, creando entre los troncos gigantes un crepúsculo gótico. ¿Sería brujería? ¿Quién rompía el amenazador silencio de aquella tierra olvidada y pagana, llena de misterios tenebrosos, para pronunciar a gritos el nombre de un vagabundo extranjero?

 

Los fríos ojos de Kane escrutaron los árboles; una de sus nervudas manos de hierro agarró con fuerza un bastón labrado terminado en una punta aguda, mientras que la otra se mantenía cerca de los dos pistolones de chispa que llevaba al cinto.

 

No tardó en salir de entre las sombras una extraña figura. Kane abrió desmesuradamente los ojos. Se trataba de un hombre blanco, vestido de manera muy rara. Calzado con unas sandalias harto curiosas, su único atavío era un paño de seda a la cintura. Unos brazaletes y una pesada cadena alrededor del cuello, todo ello de oro, completaban lo bárbaro de su aspecto. Pero mientras que los demás adornos eran de factura extraña y poco familiar, los aros que adornaban sus orejas eran iguales que los que Kane había visto cientos de veces en los lóbulos de los marineros europeos.

 

El hombre estaba lleno de arañazos y moratones, como si hubiese corrido a toda prisa a través de la espesa jungla; pero en las extremidades y en el resto de su cuerpo podían verse unos cortes superficiales que no habían sido hechos por ninguna rama ni espina. En la mano derecha llevaba una especie de espada curva, siniestramente teñida de rojo.

 

—¡Solomon Kane, por los sabuesos aulladores del Infierno! —exclamó el hombre, acercándose al inglés, que se había quedado de piedra mientras le miraba fijamente—. ¡Que me pasen por debajo de la quilla del barco de Satanás si no me has asustado! ¡Pensaba que era el único hombre blanco en mil leguas a la redonda!

 

—Yo había pensado lo mismo —le replicó Kane—, pero no sé quién sois.

 

El otro rio groseramente.


 

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—No me extraña —comentó—. Posiblemente yo tampoco me reconocería si me pusiesen un espejo delante. Bien, Solomon, mi sobrio degollador, han pasado muchos años desde que contemplé ese sombrío rostro tuyo, pero lo reconocería hasta en el Hades. Vamos, ¿has olvidado los buenos tiempos, cuando asaltábamos a los hidalgos[1] desde las Azores hasta el Darién, y viceversa? ¡Chafarotes y cañonazos! ¡Por los huesos de los santos, eso sí que era un oficio sangriento! ¡No te habrás olvidado de Jeremy Hawk!

 

El resplandor del recuerdo pasó por los ojos de Kane como una sombra sobre la superficie de un lago helado.

 

—Me acuerdo de ti, aunque no navegásemos en el mismo barco. Yo iba con sir Richard Grenville y tú con John Bellefonte.

 

—¡En efecto! —exclamó Hawk, y masculló un juramento—. ¡Daría la corona que he perdido por volver a vivir de nuevo aquellos días! Pero sir Richard yace en el fondo del mar, Bellefonte se encuentra en el Infierno y muchos de los valientes camaradas reman encadenados o alimentan a los peces con buena carne inglesa. Cuéntame, mi melancólico asesino, ¿todavía gobierna la buena reina Bess[2] sobre la vieja Inglaterra?

 

—Han pasado muchas lunas desde que dejé nuestras costas —contestó Kane—. ¿Cuando zarpé todavía se sentaba con fuerza en el trono de Inglaterra?

 

Habló poco, y Hawk le miró con curiosidad. —Jamás te gustaron los Tudor, ¿eh, Solomon?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Su hermana[3] persiguió a los míos como si fuesen bestias de presa —contestó, ásperamente, Kane—. Y ella engañó y traicionó a mis correligionarios… Pero no importa. ¿Qué haces aquí?

 

Kane había observado que Hawk volvía la cabeza de vez en cuando y que miraba fijamente el camino por donde había venido, en actitud de atenta espera, como si supiese que le perseguían.

 

—Es una larga historia —contestó—. Te la contaré brevemente… Sabrás que hubo más que palabras entre Bellefonte y algunos capitanes ingleses…

 

—Había oído decir que al final se convirtió en un vulgar pirata —dijo Kane, con cierta brusquedad.


 

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Hawk esbozó una mueca siniestra.

 

—Sí, eso dicen. De cualquier forma, nos fuimos al Caribe y, ¡por los ojos de Satanás!, vivimos como reyes entre sus islas, apresando barcos cargados de plata y galeones llenos de tesoros. Después llegó un barco de guerra español y comenzó la cacería. Una bala de cañón envió a Bellefonte a visitar a su amo, el Diablo, y yo, como primer oficial, me convertí en el capitán. Había un bandido francés llamado La Ctiste que me disputaba el mando… así que lo colgué del palo mayor y pusimos vela al Sur. Finalmente, conseguimos burlar al barco de guerra y nos dirigimos hacia la Costa de los Esclavos para agenciarnos un cargamento de marfil negro. Pero nuestra suerte se había ido con Bellefonte. En medio de una espesa niebla chocamos contra un arrecife, y cuando se levantó nos encontramos rodeados por cien canoas de guerra, llenas de diablos desnudos y aulladores que caían sobre nosotros.

 

»Luchamos durante toda la mañana y, cuando conseguimos rechazarlos, descubrimos que estábamos cortos de pólvora, que la mitad de nuestros hombres había muerto y que nuestro barco estaba a punto de desprenderse del arrecife donde continuaba encallado y de arrastrarnos a las profundidades. Tal y como estaban las cosas, sólo podíamos hacer dos cosas: salir a mar abierto con las chalupas o alcanzar la costa. Pero sólo quedaba una chalupa intacta que no hubiera sufrido la metralla del barco español. Algunos de los miembros de la tripulación subieron a ella. La última vez que los vimos se dirigían hacia Poniente. Los demás llegamos a la playa después de improvisar unas almadías.

 

»¡Por los dioses del Hades! Era una locura… pero no podíamos hacer otra cosa. La jungla hervía de salvajes sedientos de sangre. Marchamos hacia el Norte, con intención de llegar a una especie de barracones frecuentados por los traficantes de esclavos, pero nos cortaron el paso y tuvimos que desviarnos forzosamente hacia el Sudeste. Combatimos durante todo el camino; nuestra banda se disipó como la bruma ante el sol. Lanzas, fieras salvajes y serpientes venenosas se cobraron un espantoso tributo. Al final, sólo yo me enfrentaba a la jungla que se había tragado a todos mis hombres. Burlé a los indígenas. Durante meses viajé solo y desarmado por esta tierra hostil. Por último, llegué hasta las orillas de un gran lago y vi las murallas y las torres de un reino insular alzarse frente a mí.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hawk rio con ganas.

 

—¡Por los huesos de los santos! ¡Debe sonar como un cuento de sir John Mandeville[4]! En aquellas islas me encontré con gente muy rara… y una raza extraña e impía que la gobernaba. Jamás habían visto a un hombre blanco. Como en mi juventud había recorrido esos mundos con una banda de ladrones que disfrazaban sus verdaderas actividades con acrobacias y juegos de manos, conseguí engañar a aquella gente. Me vieron como un dios… todos excepto el viejo Agara, su sacerdote… a pesar de que ni siquiera él fuese capaz de explicarse el color de mi piel.

 

»Me honraron como a un dios, y el viejo Agara se ofreció, secretamente, a convertirme en sumo sacerdote. Yo acepté, y aprendí muchos de sus secretos. Al principio tuve miedo de aquel viejo buitre, porque era capaz de practicar una magia que hacía que mis trucos pareciesen juegos de niños… pero el pueblo se sentía fuertemente atraído por mí.

 

»El lago recibe el nombre de Nyayna; las islas que hay en él son las islas de Ra, y la principal se llama Basti. Los miembros de la clase dirigente son los Khabasti, y los esclavos, los Masutos.

 

»La vida de estos últimos es realmente muy dura. No tienen voluntad propia, sino que deben cumplir los deseos de sus crueles amos. La brutalidad con que son tratados sobrepasa la que los indios del Darién reciben de los españoles. He visto mujeres muertas a bastonazos y hombres crucificados por el menor motivo. El culto de los Khabasti es oscuro y sangriento y vino con ellos desde la tierra inmunda de donde proceden. Sobre el gran altar del Templo de la Luna, una víctima muere gritando una vez a la semana, sacrificada por el cuchillo del viejo Agara… siempre de los Masutos, ya sea un hombre en el vigor de su juventud o una virgen. Pero eso no es lo peor… porque, antes de que el cuchillo los libre de sus sufrimientos, las víctimas son mutiladas de tal manera que su sola mención resulta blasfema. La Santa Inquisición


 

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palidecería ante las torturas infligidas por los sacerdotes de Basti, pues su arte es tan diabólico que la víctima, sin lengua ni miembros, ciega y despellejada, aún vive hasta el momento en que el cuchillo la permite escapar de sus diabólicos torturadores.

 

Una mirada disimulada que Hawk echó a Kane le permitió ver que unos profundos fuegos volcánicos comenzaban a arder fríamente en sus extraños ojos. Su expresión se hizo más pensativa y sombría que nunca, mientras indicaba al bucanero que prosiguiese su relato.

 

—Ningún inglés habría podido contemplar las agonías cotidianas de aquellos desventurados sin sentir lástima. Por eso me convertí en su campeón en cuanto aprendí su lenguaje, y me puse de parte de los Masutos. Entonces, el viejo Agara quiso matarme, pero los esclavos se rebelaron y mataron al diablo que se sentaba en el trono. Acto seguido me pidieron que me quedara y que los gobernase. Así lo hice. Bajo mi guía, Basti prosperó y tanto los Masutos como los Khabasti vivieron felices. Pero el viejo Agara, refugiado en algún escondrijo secreto, seguía trabajando en la sombra. Conspiró contra mí y, finalmente, consiguió que algunos Masutos traicionasen a su liberador. ¡Pobres locos! Ayer salió de su escondite, y las calles de la antigua Basti se han vuelto rojas. Pero el viejo Agara se hizo fuerte gracias a su maligna magia, y muchos de mis partidarios fueron abatidos. Nos retiramos en barcas a una de las islas menores, donde nos atacaron nuevamente, y una vez más perdimos. Todos mis seguidores murieron o fueron hechos prisioneros… ¡Que Dios ayude a los que quedaron con vida! Yo fui el único que consiguió escapar. Desde entonces me han acechado como lobos. También ahora siguen mi pista. No descansarán hasta que me maten, aunque tengan que perseguirme a través del continente.

 

—Entonces no perdamos tiempo hablando —dijo Kane, pero Hawk se rio fríamente.

 

—No… en el momento en que te vi a través de los árboles pensé que por algún extraño capricho del destino encontraba a un hombre de mi propia raza. Entonces comprendí que nuevamente llevaría la diadema de oro, engaitada de gemas, que es la corona de Basti. ¡Que vengan… les daremos un buen recibimiento!

 

»Tampoco olvides, mi osado puritano, todo lo que hice antes careciendo de armas, con la simple fuerza de mi ingenio. Si hubiese tenido un arma de fuego, ahora sería el soberano de Basti. Nunca han oído el lenguaje de la pólvora. Tú tienes dos pistolas… con ellas podríamos ser reyes una docena de veces… pero me gustaría que tuvieses un mosquete.

 

Kane se encogió de hombros. No venía a cuento que hablase a Hawk de aquella diabólica batalla en el curso de la cual había destrozado el mosquete; incluso entonces se preguntaba si aquel episodio fantasmagórico no habría sido una visión producida por el delirio.

 

—Tengo las armas que preciso —dijo—, aunque mis reservas de pólvora y de


 

 

 

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balas sean limitadas.

 

—Tres disparos nos bastarán para sentarnos en el trono de Basti —comentó Hawk

 

—. Qué, mi valeroso amigo del sombrero de ala ancha, ¿estás dispuesto a arriesgarte por un viejo camarada?

 

—Te ayudaré en todo lo que esté en mi mano —contestó, sombrío, Kane—. Pero no deseo tronos terrenales de orgullo y vanidad. Si podemos llevar la paz a una raza que sufre y castigar al malvado por su crueldad, me sentiré bien pagado.

 

Aquellos dos ingleses hacían un extraño contraste mientras seguían parados bajo la penumbra del gran bosque tropical. Jeremy Hawk era igual de alto que Solomon Kane y, como él, delgado y poderoso… resortes de acero y ballenas. Pero mientras que el cabello de Solomon era oscuro, el de Jeremy Hawk era rubio. Su piel había tomado un tono bronceado debido al sol, y sus revueltos rizos amarillos le caían sobre la frente alta y estrecha. La mandíbula, enmascarada por una pelusa amarilla, era delgada y agresiva; la sutil hendidura de su boca era cruel. Sus ojos grises eran brillantes e inquietos, llenos de reflejos salvajes y de luces cambiantes. Su nariz era delgada y aquilina, y todo su rostro parecía el de un ave de presa. Permanecía ligeramente inclinado hacia delante con su habitual actitud de fiereza y de ansiedad, casi desnudo, empuñando la espada llena de sangre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Frente a él se encontraba Solomon Kane, igual de alto y de poderoso, con sus botas gastadas, las ropas hechas jirones, su sombrero de ala baja y sin plumas, el cinturón con las pistolas, el estoque y el puñal, y la bolsa con la pólvora y las balas pendiendo de él. No había ningún parecido entre el rostro de halcón, salvaje e implacable, del bucanero y los rasgos sombríos del puritano, cuya palidez siniestra hacía que su rostro pareciera el de un cadáver. Sin embargo, en la agilidad de tigre del pirata y en la apariencia lobuna de Kane había una misma cualidad. Ambos eran viajeros y asesinos natos y sufrían la misma maldición, la de un impulso paranoide que les quemaba como un fuego inextinguible y que jamás les dejaba descansar.

 

—¡Dame una de tus pistolas —exclamó Hawk—, y la mitad de tu pólvora y de


 

 

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tus balas! No tardarán en caer sobre nosotros… ¡Por Judas, que no los esperaremos! ¡Vayamos a su encuentro! Déjame hacer a mí… un disparo y se postrarán para adorarnos. ¡Ven! Mientras tanto, cuéntame cómo viniste a parar aquí.

 

—He vagado durante muchas lunas —dijo Kane, casi a regañadientes—. No sé por qué estoy aquí… el hecho es que la jungla me llamó a través de incontables leguas de mar azul, y acudí. Sin duda, la misma Providencia que ha guiado mis pasos durante todos estos años me habrá conducido hasta aquí por algún propósito que mis débiles ojos aún no han descubierto.

 

—Llevas un extraño bastón —dijo Hawk, mientras avanzaban con pasos largos y flexibles a través de las enormes arcadas.

 

Los ojos de Kane miraron la vara que llevaba en la mano derecha. Era tan larga como una espada y tan dura como el hierro, afilada en uno de sus extremos. El otro había sido tallado con la forma de una cabeza de gato. A todo lo largo de la vara se veían unas extrañas líneas onduladas y unas curiosas incisiones.

 

—No pongo en duda que sea un instrumento de magia negra y de brujería —dijo, sombríamente, Kane—. Pero en el pasado ha prevalecido poderosamente contra los seres de la tiniebla, y es un arma excelente. Me fue entregado por una criatura extraña, un tal N’Longa, hechicero de la Costa de los Esclavos, a quien he visto realizar proezas impías y sin cuento. Pero bajo su piel salvaje y apergaminada late el corazón de un hombre íntegro, estoy seguro.

 

—¡Escucha! —Hawk se detuvo, envarándose de repente. Delante de ellos se oía el pataleo de muchos pies calzados con sandalias… tan débil como el viento entre las copas de los árboles. Kane y su compañero, que tenían el oído tan fino como el de un perro de caza, lo captaron y no tardaron en interpretarlo.

 

—Hay un claro más adelante —dijo Hawk, con una feroz mueca—. Los esperaremos allí…

 

Kane y el exrey de Basti se encontraban en terreno abierto, en uno de los extremos del claro, cuando un centenar de hombres irrumpieron por el otro lado, como una manada de lobos siguiendo un rastro reciente. Se detuvieron sorprendidos y enmudecieron al comprobar que el hombre que hasta entonces había estado huyendo de ellos para salvar su vida, les miraba tranquilamente con una sonrisa cruel y burlona… y que acababa de encontrar un silencioso compañero.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En cuanto a Kane, los miraba maravillado. La mitad de ellos eran negros robustos y rechonchos, con el amplio tórax y las piernas cortas de quien ha pasado gran parte de su vida en canoa. Iban desnudos y estaban armados con pesadas lanzas. Pero fueron los otros los que atrajeron la atención del inglés. Eran altos y bien formados, con rasgos regulares y cabello negro y liso, que evidenciaba una escasa presencia de sangre negroide. El color de su piel era moreno cobrizo, que iba desde un bronceado ligeramente tostado hasta un bronce oscuro. Sus rostros mostraban franqueza y no resultaban desagradables. Su único atavío eran unas sandalias y un paño de seda. Muchos llevaban en la cabeza una especie de yelmo de bronce y todos tenían en el brazo izquierdo una pequeña rodela de madera, reforzada con pieles curtidas y asegurada con clavos de cobre. En el derecho podían verse espadas curvas similares a la que empuñaba Hawk, mazas de madera pulimentada y hachas de combate ligeras. Algunos llevaban arcos pesados, de evidente poder, y aljabas con largas flechas barbadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Solomon Kane tuvo la fuerte convicción de que ya había visto hombres parecidos a aquellos, o, al menos, sus imágenes. Pero no recordaba dónde. Se detuvieron en medio del claro y miraron con recelo a los dos hombres blancos.

 

—Bueno —dijo Hawk, en tono de burla—, ya habéis encontrado a vuestro rey… ¿Acaso olvidasteis vuestros deberes para con él? ¡De rodillas, perros!

Un guerrero, joven y de magnífica presencia, que iba a la cabeza de los hombres,


 

 

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habló apasionadamente, y Kane se sorprendió al comprobar que conocía aquel lenguaje. Era muy afín a los numerosos dialectos bantúes, que había chapurreado a lo largo de sus viajes, aunque algunas de sus palabras le resultasen ininteligibles y le sonasen con un timbre de peculiar antigüedad.

 

—¡Asesino con las manos manchadas de sangre! —exclamó el joven, con sus mejillas morenas virando al rojo, por la cólera—. ¿Te atreves a burlarte de nosotros? No sé quién podrá ser el hombre que te acompaña, pero nuestras diferencias nada tienen que ver con él; a Agara sólo hemos de llevarle tu cabeza. Cogedlo…

 

Llevó el brazo hacia atrás para lanzar su jabalina. En ese instante, Hawk apuntó con calma e hizo fuego. La pistola de gran calibre sonó ensordecedora. En medio del humo del disparo, Kane vio al joven guerrero caer al suelo como un árbol talado. El efecto que tuvo sobre los demás fue el mismo que el que ya había observado entre los salvajes de muchas otras naciones. Las armas se deslizaron de sus manos inertes y ellos se quedaron helados, con la boca abierta como niños asustados. Algunos gritaron y cayeron de rodillas o de bruces.

 

Las distendidas miradas de todos los guerreros se veían atraídas magnéticamente por el cadáver silencioso. A tan poca distancia, la pesada bala había reventado el cráneo del joven, desparramando su cerebro. Mientras todos se quedaban inmóviles, como borregos, Hawk no aguardó a que los ánimos se enfriasen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Al suelo, perros! —dijo con un grito estridente, avanzando a grandes pasos y golpeando con su mano abierta a un guerrero, haciéndole caer de rodillas—. ¿Tendré que desatar los truenos de la muerte sobre vosotros, o me aceptaréis de nuevo como vuestro rey de pleno derecho?

 

Aturdidos y con la mente confusa, los guerreros fueron poniéndose de rodillas; algunos incluso se tumbaban boca abajo, entre lamentos. Hawk colocó el pie sobre el


 

 

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cuello del guerrero que tenía más cerca e hizo una salvaje mueca de triunfo a Kane. —Levantaos —dijo, dando al guerrero un puntapié cargado de deprecio—. ¡Pero

 

que nadie olvide que soy el rey! ¿Queréis volver a Basti y luchar por mí, o quedaros aquí y morir?

 

—Lucharemos por ti, amo —contestaron a coro. Hawk repitió su mueca.

 

—Reconquistar el trono es más sencillo de lo que había pensado —dijo—. Levantaos y dejad esa carroña donde ha caído. Soy vuestro rey, y este es Solomon Kane, mi camarada. Es un mago terrible… Aunque consiguieseis acabar conmigo — lo que sería difícil, ya que soy inmortal—, él os borraría de la existencia.

 

Al ver a los guerreros de ambos grupos étnicos formar según les ordenaba Hawk, Kane pensó que, en ciertas ocasiones, los hombres se comportan como borregos. Se colocaron en columna de a tres y dejaron en el centro a los ingleses.

 

—Así evitamos que nos claven una lanza por la espalda —dijo el bucanero a Kane—. Tienen miedo… ¿No ves la mirada asustada de sus ojos? Sin embargo, estate en guardia.

 

Después, dirigiéndose a un hombre que tenía toda la apariencia de un jefe, le ordenó que se situase entre él y Kane.

 

 

Título original:

 

«Hawk of Basti»

 

(Red Shadows, 1968)

 

 

 

II

 

Aquella noche, los dos ingleses se repartieron la guardia. Hubieran podido recorrer a buen paso las veinte millas que los separaban del lago, desde el lugar en que Hawk, acompañado ya de Kane, se había encontrado con los guerreros, y llegar a él al atardecer; pero el antiguo bucanero quería hacer su entrada triunfal en Basti a la luz del día. Pensaba que deslumbraría al pueblo si recobraba el trono en medio del estruendo de las armas de fuego. Por eso se detuvieron a pocas millas de las márgenes del lago Nyayna, cerca del lugar donde habían fondeado las barcas que persiguieron al monarca en desgracia.

 

El lago se encontraba en una inmensa depresión y era tan grande que desde el bosquecillo donde habían pernoctado se extendía ilimitado hacia Norte, Este y Sur. Si en él había varias islas, como afirmaba Hawk, Kane no había conseguido ver ninguna. Sólo el perfil de una tierra enorme, rodeada de agua, parecía surgir en mitad del lago al límite del horizonte. Debía tratarse de la isla principal, la isla de Basti, pues en mitad de la noche aparecía constelada de infinidad de luces que rivalizaban en fulgor con la rutilante brillantez estrellada del cielo africano. Los aéreos cazadores


 

 

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nocturnos no dormían, pensó Kane, mientras una cosa con alas rozaba su sombrero. A lo lejos sonó el rugido de un león: tampoco lo hacían los terrestres. Aquella era una tierra extraña y primitiva, capaz de acabar en un instante con un hombre; sin embargo, había momentos en que Kane se sentía extrañamente en ella como en casa. El ondeante mar de hierba de la sabana le resultaba tan familiar como aquel otro, de agua salada, que había acunado sus huesos en tantas ocasiones y durante tantos años.

 

Los guerreros dormían plácidamente. ¿Qué más les daba a ellos ser gobernados por Agara o por Hawk? Al parecer, Khabasti y Masutos seguían siendo enemigos irreductibles hasta en el sueño, pues yacían muy separados unos de otros. Sin embargo, algo los hermanaba: si hubiese llegado a apagarse el fuego alrededor del cual se habían tendido, sus ronquidos habrían bastado para espantar a cualquier depredador.

 

Kane observó a Jeremy Hawk, que se agitaba inquieto. Su sueño se hallaba surcado de pesadillas. El sudor perlaba su frente, mientras sus labios musitaban palabras sin sentido. El puritano no supo qué pensar. En su época de corsario a las órdenes de Drake había hecho pocos amigos, y era evidente que entre ellos no se encontraba aquel hombre. La historia que le había contado parecía demasiado fantástica para ser cierta y, sin embargo, debía serlo. No obstante… él tenía un concepto de la realeza muy diferente al de Hawk. La forma en que había matado a sangre fría al guerrero Khabasti, sin apenas dejarle hablar, había suscitado las sospechas de Kane. Por eso, cuando llegó el momento de despertarle para que cumpliera su parte de la guardia, el puritano le dejó dormir. Recordó algo que le había dicho el árabe Yussef el Hadji, cuando se refería a su bastón, pero no pudo recordarlo. Algo referente a los sacerdotes de una diosa… ¿No se llamaba también Basti?

 

Después de avivar el fuego con nuevas ramas y troncos, Kane fue a acurrucarse entre unos matojos desde los que podía contemplar al grupo de durmientes. Su duermevela duró hasta el amanecer. El más leve crujido de una ramita de árbol al ser pisada por pies o garras habría bastado para despertarle. Sin embargo, al levantarse y desentumecer sus músculos, le pareció recordar que el bastón ju-ju, que nunca abandonaba su cintura, había relucido en la oscuridad, como si su rostro felino se animase con una luz azulada y pulsante.

 

* * *

 

Cuando el sol comenzaba a ascender por el horizonte, después de que los guerreros se hubieran desayunado con raicillas y frutos silvestres y de que Kane compartiera con su compatriota sus magras reservas, se dirigieron al lugar donde se hallaban las barcas. Eran tres, de madera oscura y bastante largas. La proa y la popa se hallaban rematadas por un mascarón estilizado, pintado de purpurina, que adoptaba la forma de una flor de loto. Kane pidió a Hawk su pistola, la cargó y se la devolvió.


 

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El otro le miró con un asomo de sospecha, pues era evidente que el puritano no quería entregarle parte de la pólvora y las balas, pero no dijo nada. Después de que ambos se acomodaran en una de las barcas, con las armas dispuestas, los indígenas empuñaron los remos. Avanzaban hacia el centro del lago, flanqueados por las otras dos barcas que iban ligeramente adelantadas. A las dos horas de navegación comenzaron a distinguir mejor la isla adonde se dirigían y a cruzarse con pequeñas embarcaciones de pescadores, que saludaron a los guerreros sin que estos les contestasen. Cuando Kane calculó que habían recorrido unas veinte millas, las aguas parecieron cobrar vida y llenarse de plantas, cocodrilos, hipopótamos y de todo tipo de aves acuáticas que al volar se recortaron sobre los edificios de la isla.

 

Basti parecía muy extensa. Tenía la forma de una cabeza de gato que midiera cuarenta millas de oreja a oreja y treinta desde la frente hasta la barbilla. A medida que se acercaban, pudieron apreciar el aspecto vetusto de los edificios y templos de piedra rojiza que llenaban la capital. Sorteando todo tipo de embarcaciones que entraban y salían de numerosos canales, la flotilla se dirigió hacia un muelle que estaba vacío y atracó en él. Una centuria de soldados de la etnia Khabasti, descalzos pero armados con lorigas y grandes escudos dorados, acudió a la carrera, con las lanzas dispuestas. El oficial que estaba al mando, un hombre muy joven, exteriorizó su gozo al ver que las embarcaciones volvían con el fugitivo. Pero poco le duró su júbilo tras comprobar que sus tripulaciones no se comportaban con el hombre rubio como si fuese un asesino de la peor especie. El rostro del bucanero pareció darle la razón. Sonreía con la ferocidad de un ave de presa mientras sus supuestos captores, que ya habían desembarcado, se postraban ante él en el maderamen del muelle.

 

El otro hombre que estaba a su lado le resultó desconocido. El Khabasti lo estudió cuidadosamente con la mirada. Vestido con ropas demasiado oscuras para el calor africano, se mantenía impávido mientras contemplaba a los recién llegados. Había algo en él que infundía respeto. Y en su mano derecha empuñaba una vara de madera extrañamente trabajada, terminada en una cabeza de…

 

El oficial avanzó unos pasos para ver mejor y se quedó atónito. ¡En el bastón que llevaba aquel extranjero había sido esculpida la cabeza de la diosa! Le asaltó una oleada de temor reverencial. ¿Iría a cumplirse por fin la antigua profecía? Se volvió hacia sus soldados y les impartió unas breves órdenes.

 

Kane no tardó en observar las extrañas reacciones de aquel hombre. Acostumbrado como estaba a una vida llena de peligros, el conocer rápidamente a la gente, para saber si eran amigos o enemigos, se había convertido para él en un sexto sentido.

 

—¡De rodillas, chacal!

 

Era la voz de Hawk que increpaba al oficial, mientras este seguía anonadado por algo que Kane no conseguía comprender. El antiguo bucanero levantó su pistola y


 

 

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apuntó cuidadosamente.

 

¡Boumm! El manotazo del puritano le hizo errar el blanco. La bala cayó entre el montón de objetos de cerámica de un alfarero que había instalado su puesto en los muelles y rompió buena parte de sus existencias.

 

—¡Ya basta de muertes, Hawk! —dijo Kane. Y en su voz podía percibirse un asomo de amenaza.

 

El bucanero le miró furioso, como si fuese a golpearle con la pistola descargada. En su mirada ardieron todos los fuegos del Infierno, y Kane supo que jamás habría de darle la espalda. Pero Hawk se contuvo, limitándose a decir:

 

—No será con palabras suaves y modales de caballero como consiga recuperar mi trono, maldito entrometido. ¿Dónde te crees que estás, en una corte de Europa? ¡Maldita sea! Esto es África, y aquí en cuanto uno deja de luchar es hombre muerto —pero sus ojos seguían mintiendo.

 

Kane se disponía a contestarle adecuadamente, cansado ya de los malos modos de su compatriota, cuando comprobó que la compañía de soldados que había ido a su encuentro, incluido su oficial, parecía haber perdido su hostilidad y se prosternaba a sus pies. Los suyos, no los de su supuesto rey. Aquello le pareció excesivo. No podía permitir que siguieran pensando que era un dios, ni, mucho menos, que le idolatrasen.

 

—Levantaos y escuchad lo que el hombre a quien perseguíais haya de deciros. Pero nada temáis de él, ni de mí, si os comportáis con justicia y equidad —acabó por decir, presa de uno de esos accesos de puritanismo que le agitaban de vez en cuando.

 

—Tenemos órdenes de llevarle a presencia del sumo sacerdote Agara —dijo el oficial.

 

—¿No ves que he vuelto? ¡Saluda a tu rey! —exclamó Hawk—. ¡Obedece!

 

El sexto sentido de Kane volvió a avisarle. Sabía que siempre que utilizase la suficiente astucia, el hombre blanco acababa imponiéndose a los salvajes. Pero también que, si se daba la injusticia, ni toda la fuerza del mundo podría conseguir que los domeñase. Aquel oficial era honrado. A pesar del susto que aún padecía por el estruendo del disparo, no estaba dispuesto a doblegarse ante Hawk. Luego este era un impostor.

 

La mejor forma de desenmascararlo, se dijo, sería seguirle la corriente.

 

—¡Eh, tú! —exclamó, dirigiéndose al Khabasti en un esfuerzo por olvidar su natural cortés—. ¿Es que no has oído? Lleva a tu rey al palacio. ¿O es que quieres que te fulmine con el trueno sin rayo?

 

—¡Ah, viejo amigo! ¡Así se habla! —dijo alborozado el corsario—. Por un momento creía que te ablandabas, pero veo que sigues siendo tan duro como siempre. ¡Ah, pásame las balas y la pólvora para que pueda cargar el arma, hermano Kane!

 

—Todo a su tiempo. Creo que no me has contado toda la verdad —comentó el puritano, mirándole con frialdad, mientras descansaba su mano involuntariamente


 

 

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sobre la empuñadura de su estoque.

 

—¡Ssssí! Te lo he contado todo. Los sacrificios, el rey al que maté porque torturaba a esa pobre gente, lo de Agara… y que tuve que huir. ¿No te parece justo que reclame mi reino? ¿No crees que tengo derecho a un poco de oro en mi vejez?

 

Las dudas de Kane se despejaron del todo. Hawk mentía. Rápidamente tomó una decisión. Si allí había una injusticia, él la repararía.

 

—¡Oh, claro que sí! Siempre que lo compartas con un viejo compañero de armas.

 

¿No te parece? —dijo entonces Kane, y su rostro se llenó de arrugas maliciosas.

 

—¡Sí! ¡Claro! ¡Ah, Solomon, sabía que lo comprenderías!

 

Y Kane se vio en la obligación de reír animadamente las gracias de aquel canalla para desenmascarar sus planes. Después, volviéndose hacia el oficial, que no comprendía la conversación que aquellos hombres blancos mantenían en su extraña lengua, le preguntó cómo se llamaba.

 

—Sesostris, señor.

 

—Bien, Sesostris —dijo Kane—. Ahora mismo vas a ordenar a tus hombres y a los que venían con nosotros que nos escolten a través de la ciudad hasta palacio. Una vez en él, anunciarás que el rey ha vuelto para reclamar su trono acompañado por el poderoso hechicero que soy yo. Nuestras mazas hablan con humo y trueno, como has podido comprobar. Pero eso sólo es una muestra de nuestros poderes. Tú te quedarás conmigo y probarás mi comida. Designa a un hombre de confianza para que haga lo mismo con su majestad. ¿Has comprendido bien mis instrucciones?

 

El Khabasti asintió con la cabeza y fue a hablar con sus hombres, que se situaron a sus flancos. Un grupo de seis infantes les cubrió la espalda y el frente, lo mismo que la otra vez, y escoltados de tal suerte hicieron su entrada en la capital.

 

Era la época de la celebración de la diosa Basti, y la ciudad estaba llena de gente que había llegado de la propia isla y de las vecinas, a las que también llamaban los Cachorrillos, según iba contando su guía Sesostris. Los hombres tocaban la flauta y las mujeres agitaban el sistro. Todo era tumulto festivo y algarabía. Gran número de gente ebria cubría los suelos de la ciudad, y eso que el sol aún no se encontraba en lo más alto. Con tanto estruendo, nadie parecía prestarles atención, lo que contrarió a Hawk. Sin lugar a dudas, había elegido un mal día para su regreso.

 

Las casas del barrio portuario eran de adobe. Había algunas de piedra, posiblemente edificios administrativos. Se veía gente de los dos grupos étnicos, aunque los Masutos eran mayoría. A medida que se adentraban en la ciudad, las casas iban siendo generalmente de piedra. Kane comenzó a contemplar con más frecuencia rostros exclusivamente Khabasti. En aquel momento se dio cuenta de un hecho extraño, al que no había dado importancia. Y posiblemente no la tuviese: la isla, o al menos la ciudad, estaba llena de gatos domésticos, de todo tamaño y pelaje, que campaban por sus respetos a lo largo y ancho de sus calles, llenándolas con sus


 

 

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maullidos. Kane sonrió para sus adentros. Sería cuestión de acostumbrarse, pues era como los grillos en verano, sólo que con felinos.

 

A aquella constatación fue a unirse otra, posiblemente relacionada con ella. Algunas de las columnas de los edificios de piedra eran cilíndricas, y a Kane le recordaban la forma de la palmera o del papiro. De nuevo tuvo la impresión de haberlas visto en algún sitio. Pero otras estaban rematadas por una cabeza estilizada de gato, tremendamente parecida a la que había sido esculpida en su bastón. Y recordó que la noche anterior le pareció ver, como en sueños, que aquella madera inanimada latía con vida propia. Se detuvo un instante para tocar su bastón. Le pareció cálido. Sesostris se dio cuenta de lo que hacía y le miró con aprensión, pero sin decir nada.

 

Cuando llevaban recorridas unas dos millas, entraron en una pendiente que les condujo a la parte superior de la ciudad. Todos los edificios presentaban gran profusión de columnas. Algunos de ellos estaban protegidos por una especie de portal, que a Kane le recordó la barbacana de un castillo. Al poco tiempo, penetraban en una avenida flanqueada por estatuas colosales surgidas de una pesadilla, pues representaban seres humanos con cabeza de animal. Kane distinguió el chacal, el carnero, el hipopótamo, e incluso el cocodrilo. Cuando se acabó aquella exhibición de formas fantásticas, que suscitó la admiración del puritano y cuya calidad artística no desmerecía de la que había contemplado en Europa o Asia, la comitiva llegó ante un edificio de dos plantas, con columnas en todas sus fachadas, ante el que se detuvieron. Sesostris los dejó un instante, para hablar con los guardias, y después penetraron en el edificio.

 

 

 

III

 

Jeremy Hawk se dirigió con su séquito al salón del trono, que se hallaba totalmente vacío, y dispuso que habilitasen en él un lecho y le trajesen la comida. Al poco tiempo, en la pared del trono quedó levantado un pabellón provisto de todo lo necesario, muy similar al de un jeque árabe. El bucanero ordenó algo a uno de los Khabasti y este partió al instante. Después de elegir a los diez hombres que le parecieron más impresionados por sus supuestos poderes capaces de desatar la muerte con fuego y trueno, despidió a los demás, que se fueron alborozados de no tener que soportar a tan terrible amo.

 

Mientras tanto, Kane había estado observando aquella sala. En el pavimento, entre el espacio libre que dejaba el bosque de columnas que parecían crecer del suelo, cuyas formas alternaban la del papiro con la de aquellos extraños dioses con cabeza de animal, pudo apreciar diversas escenas de hombres cazando y pescando entre juncos. El artesonado del techo se hallaba decorado con discos solares alados, que


 

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combinaban tonos rojo y oro. Una estatua colosal de la diosa con cabeza de gato que parecía ser la patrona de la ciudad, se levantaba detrás del trono, como si protegiese al monarca que se sentara en él. Por todas partes, esculpida en las paredes o en las columnas, Kane pudo ver una extraña escritura jeroglífica, realizada con enorme pulcritud.

 

¿Qué pueblo era aquel, capaz de haber realizado tan extraordinarias obras de arte, sin parangón con ningunas de las que él conocía? De nuevo le asaltó el extraño sentimiento de familiaridad que ya había sentido al ver por primera vez a los Khabasti. Pero a pesar de que rebuscó en su memoria, no dio con la solución al enigma.

 

La voz del bucanero le sacó de su ensimismamiento.

 

—Las leyendas de este pueblo afirman que llegaron del Norte, hace muchos años. También dicen que la diosa les enviará un extranjero, que será su rey y los guiará hasta el lugar del que salieron.

 

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Kane.

 

—No olvides, hermano, que Agara me hizo sacerdote. Pero ignoraba esa verdad tan vieja de que el hábito no hace al monje —rio groseramente y prosiguió—. No sé si yo seré ese rey, pero lo que sí puedo asegurarte es que no pienso moverme de mi trono. Tú y yo podemos gobernarlos a todos y vivir en la abundancia. Poder, riquezas… y mujeres. ¿Eh, qué tal?

 

—Creo que lo pensaré, majestad —dijo Kane, reprimiendo el deseo que le asaltaba de arrojarse al cuello de aquel criminal y obligarle a confesar toda la verdad

 

—. Si me dais venia, desearía ver mis aposentos.

 

—¡Ja! La tenéis, visir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —y dejando de hablar en inglés, añadió,

 

dirigiéndose a los soldados que seguían formados—: ¡Eh! Una habitación para este poderoso brujo. Y también comida. ¡Deprisa!

 

Acompañado de Sesostris, Kane subió hasta el primer piso y entró en una habitación. Estaba amueblada sobriamente, con una cama de madera, en la que dejó sus armas, un armario y dos sillas. Cada uno de los lados de la cama adoptaba la forma de un animal diferente: el hipopótamo, el cocodrilo, el icneumónido y el cinocéfalo. En el armario de madera oscura aparecían esculpidos profusamente, a tamaño mayor que el natural, escarabajos con los élitros desplegados y arrastrando una bola de excrementos. Las sillas eran poco más que taburetes, pero sus patas se terminaban en garras de animales, de león posiblemente.

 

Las paredes y el techo estaban cubiertas de frescos. Kane supuso que debían de ser escenas mitológicas. La que más le gustó fue la de una mujer cubierta de estrellas, que arqueaba el cuerpo y se apoyaba en el suelo con manos y pies. También había otras, como la de un dios alanceando una serpiente desde una barca o un grupo de dioses pesando un corazón en una balanza, que habían sido ejecutadas con suma


 

 

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maestría. Los colores que predominaban en aquellas composiciones eran el azul turquesa y el granate. Después de contemplarlas un buen rato, lo que dio tiempo a que le trajeran un suculento asado, una fuente repleta de frutos exóticos y una botella llena de lo que parecía vino, junto con una cubertería de piedra, finamente trabajada, se sentó a comer. Como llevaba muchos días sin tomar alimentos frescos, las vituallas despertaron su apetito. Con un gesto de la mano, invitó al oficial a que tomase asiento y le acompañase. Pero Sesostris, muy impresionado por la invitación, permaneció de pie, sin romper su mutismo.

 

—Creo que tú y yo tenemos que hablar —dijo Kane, mirándole fijamente—. ¿No pensarás que la comida está envenenada y por eso no quieres comer, eh? —hizo una pausa, miró al otro, sonrió con mueca de lobo y prosiguió—. No, no lo creo. Bien, desearía conocer tu versión de esta historia. Siéntate y háblame de vuestros orígenes. ¿De dónde venís?

 

Bajo la atenta mirada del inglés, Sesostris comenzó a hablar.

 

* * *

 

—Antes quisiera darte las gracias, viajero desconocido, por haberme salvado la vida, cuando ese que dice ser nuestro rey, pero que sólo es un chacal sediento de sangre, agitó su vara del trueno. No temas que la comida esté envenenada, o al menos la tuya, porque ninguno de nosotros querría hacerte ningún mal, ¡oh, extranjero que llevas el bastón de la diosa!

 

Hizo una pausa, mientras Kane había dejado de comer, como si agradeciese silenciosamente aquellas palabras de afecto, y prosiguió.

 

—Cuentan los sacerdotes (yo no sé si será cierto) que, en el cuarto año del reinado del faraón Smendes[5] —Kane se sobresaltó al oír aquel término bíblico y, de repente, todo lo que había olvidado y había intentado recordar volvió a su memoria —, una expedición encargada de descubrir las fuentes del Gran Río, partió de Karnak y comenzó a remontarlo por tierra. Como se trataba de una tarea que llevaría años, los soldados se llevaron a sus familias. Y dado que aquellas tierras se hallaban infestadas de leones, la expedición se encomendó al cuidado de la diosa Bastí, la Señora del Este, forma amable de la diosa-leona Sekhmet. También viajaban con los soldados muchos sacerdotes que efectuarían las anotaciones pertinentes y el registro del descubrimiento. Pero a medida que fueron avanzando hacia el Sur, adentrándose en Kush, los ataques de los salvajes fueron arreciando. No tuvieron más remedio que dirigirse hacia su derecha, hacia el Oeste para entrar en terrenos montañosos, menos habitados que el llano y la cuenca. Varios años después de su partida, llegaron hasta un gran lago poblado de islas, que atrajeron su atención, ya que la mayor, sobre la que nos hallamos, tenía forma de cabeza de gato. Aquello les hizo pensar que aquella tierra estaba bendecida por la diosa, y que sería una grave ofensa pasar de largo. Pero


 

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aquellas islas no se encontraban deshabitadas, pues en ellas vivía un pueblo de Khusitas pacíficos, los Masutos. Después de varias escaramuzas, que sirvieron para tantear las respectivas fuerzas, les hicieron comprender que podrían vencerlos, pero que ninguno de ambos pueblos se repondría de la batalla, porque se exterminarían en la lucha. De ese modo, aquellos viajeros acabaron estableciéndose en las islas, coexistiendo con los Masutos, aunque sin mezclarse con ellos, excepto en el ejército, que es común a ambos pueblos.

 

—Entonces, ¿no son vuestros esclavos?

 

—¿Esclavos? ¿Quién te ha dicho eso? —Sesostris estaba extrañado.

 

Kane le contó la historia que le refiriera Hawk acerca de su fuga.

 

—Todo lo que me cuentas es mentira —repuso el Khabasti, airado—. Ese hombre te ha engañado. Posiblemente quería tu bastón. Ahora vas a escuchar la verdad.

 

»Cuando Halcón, el hombre que dice ser nuestro rey, llegó medio muerto a esta isla, el sumo sacerdote Agara se lo llevó al templo. Afirmaba que, en sueños, la diosa había revelado a uno de sus antecesores que enviaría a un extranjero con sus atributos para ayudarnos a volver a nuestra antigua patria. Jamás habíamos visto a un hombre de piel tan blanca como la suya, excepto en las pinturas que mostraban a los libios y a los invasores llegados de las Islas del Gran Verde en tiempos de nuestros antepasados. Una vez en el templo, Agara intentó enseñarle su ciencia y nuestro idioma, lo poco que quedaba de él tras tantos años viviendo con los Masutos. Incluso llegó a prometerle a su hija Senet si nos ayudaba.

 

»Pero Agara no obedecía los dictados de su corazón, ni cumplía los designios de la diosa Basti, porque nada había en el recién llegado que pudiese relacionarse con los atributos de la Gata —mientras hablaba miró supersticiosamente el bastón ju-ju que reposaba sobre la cama—. Más bien, al comportarse de aquella forma sólo aspiraba a situar a uno de sus hombres de confianza cerca de nuestro rey, el faraón Erihor, para recuperar el poder que los sacerdotes habían perdido en los últimos años. Senet comprendió en seguida que Halcón acabaría librándose del faraón, y así se lo dijo a su padre. Pero este no quiso creerla. En efecto, Halcón no se contentó con ser el hombre de confianza de Erihor, sino que acabó matándolo. Agara, llorando amargamente el ansia de poder que le había hecho fiarse de aquel chacal y ser cómplice de su pecado, tuvo que huir. Su hija le acompañó. Mientras tanto, Halcón se había aliado en secreto con algunos cabecillas de los Masutos que aún practicaban en secreto el culto a la diosa Luna. Ellos, y nadie más, aterrorizaron a la población con sus espantosos sacrificios, hasta que tuvo lugar una revuelta, promovida por los sacerdotes de Basti, que puso en fuga a los criminales. Casi todos los sicarios de Halcón murieron. Al parecer, consiguió mantenerse con vida hasta que le encontraron.

 

Kane se quedó pensativo unos instantes. Aquella historia era demasiado fantástica


 

 

 

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para ser cierta, aunque explicaba los recuerdos imprecisos que le asaltaron al ver por primera vez a los Khabasti. Ya había visto hombres como aquellos esculpidos en las ruinas de la poderosa Alejandría, en cierta ocasión en que huía disfrazado de árabe. No le parecía nada imposible encontrarse en el corazón de África con unos descendientes de los antiguos egipcios. De hecho, desde que escuchara la llamada que le obligaba a adentrarse cada vez más en el continente, las reliquias del pasado salían una y otra vez a su encuentro.

 

Entonces hizo una pregunta cuya contestación ya sabía.

 

—Esa diosa Basti vuestra, ¿cómo es?

 

—Es una diosa con cabeza de gato, como la de ese bastón que llevas. De ella hemos tomado su nombre. Somos los Khabasti, el Alma de la diosa Basti.

—Si es cierto todo lo que me has contado, y podría serlo porque el hombre que me acompaña, a quien tú llamas Halcón, terminó siendo un criminal en su tierra, ¿por qué no nos atacasteis nada más verle, como tus compañeros cuando nos descubrieron en medio de la jungla? —preguntó Kane, extrañado por aquel acto de súbita sumisión.

 

—La explicación es muy sencilla —Sesostris esbozó una sonrisa—. Quizá los que os atacaron en la jungla sólo se fijaron en él. No sabría decirte. En lo que a nosotros se refiere, lo único que sé es que, nada más verte, reparé en el bastón de la diosa que llevabas al cinto. Entonces recordé la profecía e impedí a mis hombres cualquier acto de hostilidad. Más aún, les ordené que ejecutasen mis órdenes —hizo una pausa mientras miraba fijamente a los ojos de Kane, de un color que nunca había visto en los de ningún ser humano, y supo que quien los llevaba era un hombre de honor—. No podíamos correr el riesgo de acabar con aquel que nos llevará de vuelta a nuestra casa.

 

—Vuestra casa… —dijo tristemente Kane—. Es un nido de hienas y chacales. Fue decayendo poco a poco y acabó su existencia pasando de mano en mano, como una cortesana. Ahora lo gobierna una tribu de… —hizo una pausa para encontrar una palabra que, aunque incorrecta, fuese más asequible al egipcio que la de «turcos»— beduinos.

 

Su interlocutor acogió sus palabras con claras muestras de desesperanza. Para el espíritu conservador de los egipcios, los veinticinco siglos transcurridos desde su exilio, sólo unos pocos más que los que ellos habían vivido desde el resurgir del período dinástico, no tenían importancia. Siempre habían dado por sentado que en el País de la Tierra Negra y de la Tierra Roja aún gobernaban Isis, Osiris, Horus, Anubis y los demás dioses de sus antepasados. Y de repente, un extranjero le decía que llevaban siglos olvidados. Una idea cruzó por su mente.

 

—Ven, extranjero —dijo—. Quiero que veas a alguien.

 

Y al comprobar que el inglés estaba indeciso, añadió:


 

 

 

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—No me sentiré ofendido si tomas tus armas.

 

* * *

 

Salieron del palacio y recorrieron en silencio la parte alta de la ciudad. Kane llevaba el cinturón con la espada, sujetando con él la pistola que le quedaba y el bastón de cabeza de gato. Sus pesados ropajes contrastaban con los de los Khabasti con quienes se cruzaban, que se quedaban mirándole. Otros, sin embargo, parecían inmersos en esa especie de furor báquico que observara al llegar a la ciudad, pues canturreaban estentóreamente, totalmente ebrios, o hacían sonar sus flautas. En mitad de calles y plazas, algunas parejas se entregaban a los placeres de la carne sin ninguna inhibición, pues era el tiempo de la diosa, y la procreación formaba parte de sus atribuciones. Dejando atrás la barahúnda de eructos, cantinelas y jadeos, llegaron a una península en medio de un pequeño lago, unida a la tierra firme de la isla por un estrecho istmo, que cruzaron. A lo lejos parecía cubierta de árboles altísimos, pero, cuando accedieron a ella, comprobaron que estos rodeaban un templo de algo menos de ciento ochenta yardas de longitud. Después de franquear lo que a Kane le pareció una especie de barbacana —los pilares del templo—, un patio que ocupaba más de un tercio de la longitud total del edificio, en cuyas paredes se alineaba una multitud de sarcófagos de apariencia extraña, una antecámara y una sala llena de columnas, el inglés y su guía llegaron al santuario.

 

La estancia estaba sostenida por columnas de planta rectangular y presentaba en su interior una habitación más pequeña. En la pared del fondo se levantaba una estatua a tamaño natural de la diosa, que tenía entre las manos una corona circular engastada de joyas y rematada por varias serpientes aladas. Pero, además de ella, Kane vio dos figuras. El hombre tenía afeitada la cabeza, lo que le daba una apariencia severa, y se vestía con una túnica blanca de lino, que cubría con una piel de leopardo. La mujer, más joven que él, llevaba un vestido plisado y transparente de lino blanco que le llegaba a los tobillos, sujeto al talle por un cordón rojo. Un collar de oro, con flores de loto y cabezas de gato, y una peluca negra, de cabellos muy finos, completaban su atavío. Sus ojos, pintados de negro, resaltaban muchísimo sobre un rostro de piel muy blanca, realzado por la más coralina de las bocas. El inglés se confesó que jamás había contemplado mujer tan bella como aquella.

 

Tal y como explicó Sesostris, aquellos eran Agara y su hija Senet, únicos sacerdotes del templo de Basti, ya que Hawk, durante su breve reinado, había dado muerte a los demás.

 

Cuando Kane les entregó su bastón, a instancias de Agara, padre e hija estudiaron sus inscripciones durante algún tiempo, con un silencio reverencial.

—En uno de nuestros mitos —dijo Senet—, se habla de un bastón como este, que ya era antiguo cuando nuestros dioses comenzaban a asentarse en el curso del Gran


 

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Río. Basti lo ganó después de luchar contra el dios del inframundo con el que se había empeñado en combate, y, tras expulsar a la abominación que lo habitaba, instiló en él parte de su esencia. El sacerdote a quien fue confiado cambió la espantosa silueta que tenía en un principio por la más familiar de nuestra diosa. Pero cuando los invasores del Este[6] nos sojuzgaron, se llevaron consigo este bastón.

 

—Siempre creímos que se trataba de un mito. Ahora doy gracias a los dioses por permitirme verlo con estos ojos antes de morir —añadió el sacerdote, emocionado, mientras se lo devolvía.

 

—Es el regalo de un hechicero —explicó Kane—, de mi hermano de sangre N’Longa. En el pasado he tenido ocasión de conocer sus extraños poderes, aunque nada sabía a ciencia cierta de su procedencia. Ahora comprendo las palabras de un estudioso que me habló de él y de los sacerdotes de la diosa a la que representa. Se llamaba Yussef el Hadji y dijo que era muy antiguo.

 

—Ya ves que sus orígenes se pierden en la noche de los tiempos —comentó la joven sacerdotisa—. Dinos, extranjero, ¿cómo llegaste a nuestra tierra?

 

—Siguiendo un extraño impulso que me llevaba cada vez más hacia el Este, y que me llamó a través de muchas millas de mar salado.

 

—Era el bastón que te traía hacia nosotros, para que se cumpliera la profecía. —Puede ser, pero no creo que la profecía pueda realizarse. Unos pocos tendrían

 

alguna posibilidad de regresar con vida a la tierra de vuestros antepasados, que ahora se halla invadida por gente hostil. Pero si el viaje debe realizarlo todo vuestro pueblo… entonces puedo aseguraros que no conseguiréis llegar ninguno.

 

—¿Es cierto eso que dices, que nuestro país, tal y como lo conocieron nuestros antepasados, ya no existe y que se halla ocupado por extranjeros? —preguntó Agara.

 

—Lo es, por desgracia.

 

—Entonces, ¿nadie conoce hoy nuestras tradiciones ni las practica? —la voz de la joven estaba cargada de angustia.

 

Kane reflexionó un instante.

 

—Aún existen descendientes de los antiguos pobladores que recuerdan algunas de vuestras creencias. Se llaman a sí mismos Coptos y llaman a vuestro país Kimi, La Tierra Negra.

Ka-Ptab, Het-Ka-Ptah[7] —dijo Senet, mientras traducía aquellas palabras a la antigua lengua egipcia, y añadió—: Kmt[8].

 

—Entonces la antigua tierra no está muerta —comentó su padre. Miró fijamente al inglés, y por el color de sus ropas y la palidez de su rostro comprendió que aquel hombre ignoraba lo que era la felicidad—. ¿Por qué estás aquí, con nosotros, y no con ese chacal bárbaro que acabó con nuestro faraón y nuestros sacerdote?

 

—Porque sólo sirvo a la justicia, y lo demás no tiene importancia. Ni honores, ni privilegios, ni descanso.


 

 

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—¿Ni familia? —preguntó Senet.

 

—Ni familia —contestó él.

 

—¿Cómo te llamas, hombre que llevas en tus ropas la oscuridad de nuestra tierra y el dolor de Osiris en su tumba? —volvió a preguntar la joven sacerdotisa.

 

—Solomon Kane.

 

En ese momento, le pareció oír un ruido apagado de pasos a la entrada. Se volvió, impuso silencio con la mano y caminó unos pocos pasos, pero no vio nada ni a nadie.

 

—Me pareció oír algo —explicó, azorado.

 

—En el templo de la diosa estamos a salvo. Ningún criminal se atrevería a entrar —dijo Agara.

 

De nuevo, el ruido de pasos volvió a insinuarse. Una oscura silueta llegó corriendo y arqueó su cuerpo contra las botas del puritano. Era un gatito.

 

Kane sonrió y lo cogió en brazos, pues su corazón, hosco ante los hombres, siempre se alegraba con la presencia de animales. El felino comenzó a juguetear con él, emitió un maullido de placer y sus garras se aferraron al bastón, que comenzó a lamer. Todos se echaron a reír.

 

En aquel momento, un sonido diferente al de los mullidos pasos de un felino se insinuó en la entrada del santuario.

 

—¡Qué reunión familiar tan entrañable! No esperaba esto de ti, hermano Kane — dijo una voz en inglés, y el perfil de depredador de Jeremy Hawk se recortó en la puerta de la estancia. Se había puesto un ropaje similar al del sacerdote, pero seguía sin participar de su esencia. Además, la pistola que esgrimía en su mano derecha no dejaba dudas acerca de sus intenciones.

 

Kane entrechocó los dientes para reprimir una blasfemia, pues aquel templo, aunque de una religión pagana, también era santo.

 

El bucanero movió la mano que empuñaba la pistola, como si jugase con ella. —Está cargada. Dejaste encima de la cama la pólvora y las balas. Como verás,

 

aproveché la ocasión. ¡Qué lástima, habrías hecho un excelente visir!

 

—¡No te saldrás con la tuya, canalla! —exclamó Kane—. Trae dos cuchillos y arreglemos esto como hombre.

 

Hawk le ignoró y siguió avanzando hasta llegar a la estatua de la diosa. Sin dejar de apuntar a Kane, tomó la corona de sus manos y ciñó con ella su frente.

 

—No, no. Sé muy bien que no conseguiría vencerte —se adelantó unos pasos con la pistola por delante y cogió a la joven de una muñeca—. En estos momentos, mis partidarios, esos pocos Masutos que compartieron el poder conmigo, deben estar dirigiéndose al palacio. Dentro de poco impondremos nuestra ley… aunque para ello tengamos que exterminar a media población. Pero no creo que esta preciosidad se vaya contigo a los Infiernos, porque la reservo para que alegre mis noches. Después… cuando me haya cansado de ella, se la daré a mis hombres —lanzó una


 

 

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carcajada—. Seguro que nunca habrán probado una sacerdotisa de Basti… ¡Maldita gata!

 

La joven acababa de arañarle. No había comprendido nada de lo que hablaban, ni nada sabía del poder de las pistolas. Pero conocía demasiado bien la fama de aquel canalla que había hecho lo posible para conseguir sus favores antes de ser rey y que, después, despechado, había intentado encontrarla por todos los medios a su alcance.

 

Hawk le propinó una sonora bofetada que la arrojó al suelo. La corona cayó de su cabeza y llegó rodando a los pies de la diosa. Kane tensionó los músculos, preparándose para lanzarse de un salto sobre su compatriota.

 

En más de una ocasión, Solomon se había librado de una muerte segura gracias a su proverbial rapidez de reflejos. Pero aquella agilidad que poseía no era nada comparada con la que demostraron los cientos de gatos que comenzaron a llover sobre el bucanero, cayendo del artesonado del techo. En unos instantes desgarraron su cuerpo hasta convertirlo en un guiñapo ensangrentado. Después, con la misma rapidez con que habían aparecido, se marcharon. Pero lo más espeluznante de aquella escena no fueron los desaforados gritos del criminal que recibía su justo castigo, ni la marea de sangre y de vísceras que recorrió su cuerpo, sino el completo silencio en que aquellos animales llevaron a cabo su labor. Con la metódica frialdad de un verdugo aplicando la pena de muerte.

 

Cuando todo hubo acabado, Kane comprobó que ya no tenía el bastón. Había desaparecido.

 

—Eso quiere decir que ya no lo necesitarás y que la diosa se lo ha llevado. Quizá se lo entregue a otro viajero, obligándole como a ti a recorrer un continente o a ayudar a algunos de sus hijos —dijo Agara.

 

—No lo sé —comentó Kane—. De repente me siento fuera de lugar. No estoy acostumbrado a que los dioses, o los demonios, hagan mi trabajo.

 

—Realmente, no está acabado. Aún debemos volver a nuestra tierra. ¿Vendrás con nosotros, Solomon? —preguntó Senet, mirándole a los ojos.

 

En ese momento, el rostro de la estatua de la diosa se iluminó. De nuevo, tenía entre sus manos la corona. Y Kane hubiera jurado que le decía con voz acariciante:

 

«Ve con ellos, mortal. Ya tendrás tiempo de vagar por la faz de la tierra como ese Caín[9] cuyo nombre llevas, intentando reparar el daño que antaño cometiste… ¿Por qué? Hasta yo lo ignoro. Hay cosas más poderosas que los dioses. Adiós, mortal».

 

Kane miró a los presentes para ver si ellos habían visto u oído algo. Pero sólo contempló el rostro severo de Agara, los pocos años de Sesostris y la espléndida belleza de Senet. Y fue mirando a esta última que dijo:

 

—¿A vuestra Kimi? Contad con ello —y su mirada se perdió en los ojos de la joven.

 

* * *


 

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Los tres Khabasti y el inglés salieron del santuario de la diosa y se unieron a los festivos habitantes de la isla, que redoblaron su alegría al celebrar conjuntamente el festival de Basti y la muerte de un impostor.

 

En el templo, como muda ofrenda al poder de la diosa, quedaron para siempre los huesos de Jeremy Hawk, un bucanero impío que había soñado con llegar a ser Hawk de Basti.

 

* * *

 

J. RAMSEY CAMPBELL: Kane y Hawk se dirigen al lago y se embarcan en unas piraguas, llegando a Basti acompañados por su escolta. Con sus armas de fuego se imponen a Agara, quien intenta vencerlos más adelante, en el transcurso de un festín. Tiene lugar un duelo mágico entre Hawk y Agara, en que vence el inglés, ayudado por el bastón. Tras acabar con el sacerdote, Hawk desea la sumisión de todos, incluido Kane. Entonces interviene N’Longa, quien se manifiesta por mediación del bastón y entra en el cuerpo de Hawk, cuya alma parte a la región de las sombras hasta que haya aprendido a mandar.

 

(1 / 1,7)

 

G. ZUDDAS: Kane y Hawk, antes de llegar a una de las islas del lago, acompañados por su séquito, tienen que luchar contra los partidarios de Agara. Hawk es hecho prisionero. Cuando está a punto de ser sacrificado en el interior de un templo, Kane logra salvarle gracias a la ayuda de Hatasú, hermana del monarca a quien matara Hawk, que está enamorada de este último. Agara muere y Hawk se queda, posiblemente para gobernar Basti al lado de Hatasú.

(1 / 1,2)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL REGRESO AL HOGAR

 

DE SOLOMON KANE


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS BLANCAS GAVIOTAS revoloteaban sobre los acantilados, el aire estaba salpicado de espuma y las largas olas gemían a lo largo de la playa, cuando Solomon Kane

 

regresó a su tierra.

 

Caminó en un silencio extraño y turbado a través de la pequeña ciudad de Devon; su mirada, como la de un fantasma que vuelve a la vida, recorría las calles de un extremo a otro.

 

La gente, que le seguía con asombro al notar su mirada espectral, se agrupó silenciosamente en la taberna, a su alrededor.

 

Solomon oyó como en sueños el crujido de las viejas vigas gastadas, alzó su jarra y habló como si fuese un fantasma:

 

—Allí se sentaba antaño sir Richard Grenville. Se fue en medio del humo y de las llamas: éramos uno contra cincuenta y tres, pero les devolvimos golpe por golpe. Desde la aurora escarlata hasta la aurora escarlata mantuvimos a raya a los hidalgos. Los muertos alfombraban nuestros puentes, y el enemigo había volado nuestros mástiles a cañonazos. Les hicimos retroceder con nuestras hojas rotas, hasta que las olas se volvieron carmesíes; la muerte atronó entre el humo del cañón cuando sir Richard Grenville perdió la vida. Deberíamos haber volado su navío, hundiéndonos con él en el océano.

 

Entonces, aquella gente contempló en sus muñecas las cicatrices dejadas por el potro de la Inquisición.

 

—¿Dónde está Bess? —dijo Solomon Kane—. ¡Qué pena que llorase por mi culpa!

 

—Hace ya siete años que duerme en el tranquilo cementerio que está al borde del mar.

 

El viento del mar gimió en la contraventana, y Solomon agachó la cabeza.

 

—Cenizas a las cenizas y polvo al polvo… Hasta lo más hermoso se desvanece.

 

Sus ojos eran profundos abismos de misterio que ocultaban cosas no terrenales.

 

Solomon alzó el rostro y habló de su vagar.

 

—Mis ojos han contemplado brujerías en tierras oscuras y desoladas, horrores nacidos de la jungla, y muertes en las arenas vírgenes.

 

»He conocido a una reina inmortal en una ciudad tan vieja como la muerte, cuyas imponentes pirámides de calaveras daban testimonio de sus hazañas. Su beso, que era


 

 

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como el colmillo de una víbora, poseía la dulzura de Lilith, y sus vasallos de ojos rojos aullaban clamando por sangre en aquella ciudad de locura.

 

»He aniquilado a una forma vampírica que chupaba la sangre de un rey negro, y he vagado entre colinas tétricas, donde los muertos caminaban de noche.

 

»He visto rodar cabezas como frutos maduros en el barracón de los traficantes de esclavos, y he contemplado a demonios alados volar desnudos bajo la luna.

 

»Mis pies están cansados de tanto viajar, y la vejez llega deprisa; ahora me gustaría quedarme en Devon, en mi sitio, para siempre.

 

El aullido de la manada del océano llegó silbando a lomos de la brisa, y Solomon Kane levantó la cabeza como un sabueso que olfateara una pista.

 

Mezclado con el viento, como si llegase a la carrera, Solomon Kane escuchó el aullido de los sabuesos del océano; se levantó nuevamente y se ciñó su hoja española. En sus ojos extraños y fríos, un resplandor vagabundo fue abriéndose paso, cegador y brillante.

 

Solomon hizo a un lado a la gente y salió en mitad de la noche.

 

Una luna salvaje cabalgaba las cerriles nubes blancas, y las olas estaban adornadas de níveas crestas cuando Solomon Kane se fue de nuevo, sin que nadie supiese adónde.

 

Vislumbraron su figura recortándose contra la luna, donde las nubes se adelgazaban en la cumbre de la colina, y oyeron una llamada sobrenatural de sibilantes ecos que se fundió con el viento.

 

 

Título original:

 

«Solomon Kane’s Homecoming»

 

(Fanciful Tales of Space and Time, otoño 1936)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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APÉNDICES


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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APÉNDICE 1.

 

Variante de El regreso al hogar de Solomon Kane

 

 

 

Las blancas gaviotas revoloteaban sobre los acantilados, el viento estaba salpicado de espuma y las largas olas gemían a lo largo de la playa, cuando Solomon Kane regresó a su tierra.

 

Caminó en silencio a través de las calles de la pequeña ciudad de Devon; toda la gente le seguía cuchicheando, mientras recorría el pueblo de un extremo a otro.

 

Hablaban entre susurros de su tez bronceada y de sus extraños ojos, fijos y penetrantes. Le siguieron a la taberna y se agruparon a su alrededor.

 

Solomon oyó, como en un sueño, el crujido de las viejas vigas gastadas, alzó su jarra y habló como si fuese un fantasma:

 

—¿Dónde están los muchachos que se reunían aquí, hace ahora tantos años? ¿Drake, Hawkins, Oxenham, Grenville, Leigh y Yeo? Hace tanto tiempo… —dijo Kane—. ¿Se sentaba ahí Richard Grenville?

 

»¡Esos perros de España! —prosiguió Solomon Kane—. ¡Vive Dios, buena lección les dimos! Durante todo un día y buena parte de otro los mantuvimos a raya, hasta que sus certeros disparos nos acribillaron y arrancaron nuestros mástiles.

 

»¿Y dónde está Bess? —dijo luego—. Me atormentó tanto tener que irme… pero escuché la pleamar acariciando la quilla y el soplo del viento marino. La abandoné, aunque se me desgarrase el corazón al ver llorar a una muchacha…

 

—Hace ya siete años que duerme en el tranquilo cementerio que está al borde del mar.

 

El viento del mar gimió en la contraventana, y Solomon agachó la cabeza.

 

—Cenizas a las cenizas y polvo al polvo… Hasta lo más hermoso se desvanece.

 

Sus ojos eran profundos abismos de misterio que ocultaban cosas no terrenales.

 

Solomon alzó el rostro y habló de su vagar.

 

—Mis pies han seguido un rastro sangriento a través de arenas nunca holladas, y mis ojos han contemplado brujerías en tierras oscuras llenas de desolación.

 

»He conocido a una reina inmortal en una ciudad tan vieja como la muerte; su sonrisa era como el beso de la serpiente, y su beso era como el aliento de Lilith.

 

»He vagado entre colinas tétricas, donde los muertos caminaban por las noches. »He visto a un cadáver destrozado ponerse en pie para cegar la vista de los

 

hombres.

 

»He escuchado cómo crecía el cántico mortal en el barracón de los traficantes de esclavos, y he visto volar desnudo a un engendro alado bajo la lunas.

 

»Mis pies están cansados de tanto viajar, y la vejez llega deprisa; ahora me gustaría quedarme en Devon, en mi sitio, para siempre.


 

 

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El grito de los vientos del océano llegó silbando a lomos de la brisa, y Solomon Kane irguió la cabeza como un sabueso que olfateara un rastro.

 

Mezclado con los vientos, como si llegase a la carrera, Solomon Kane escuchó el aullido de los sabuesos del océano; se levantó nuevamente y se ciñó su hoja española.

 

Muchas manos intentaron retenerle, pero el resplandor vagabundo de sus ojos se hizo más cegador y brillante. Solomon Kane hizo a un lado a la gente y salió en mitad de la noche.

 

Una luna salvaje cabalgaba las cerriles nubes blancas y las olas mostraban sus níveas crestas cuando Solomon Kane se fue de nuevo, sin que nadie supiese adónde.

 

Vieron su figura recortarse contra la luna, sobre la colina, donde se adelgazaban las nubes, y oyeron una llamada sobrenatural de sibilantes ecos que se fundió con el viento.

 

Una vez más, Solomon Kane salía de la taberna para perderse en la noche: había oído el clamor de los vientos, y había atendido a la rugiente llamada del océano.

 

Título original:

 

«Solomon Kane’s Homecoming (Variant version)»

 

(The Howard Collector, otoño 1971)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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APÉNDICE 2.

 

Los poemas de Solomon Kane en su lengua original

 

 

 

The one black stain

 

Sir Thomas Doughty, executed at St. Julian’s Bay, 1578

 

They carried him out on the barren sand where the rebel captains died;

 

Where the grim grey rotting gibbets stand as Magellan reared them on the strand, And the gulls that haunt the lonesome land wail to the lonely tides.

 

Drake faced them all like a lion at bay, with his lion head upflung: «Dare ye my word of law defy, to say that this traitor shall not die?» And his captains dared not meet his eye but each man held his tongues.

 

Solomon Kane Stood forth alone, grim man of a sombre race: «Worthy of death he well may be, but the court ye held was a mockery, «Ye hid your Spite in a travesty where Justice hid her facts.

 

«More of the man ye been, on deck your sword to cleanly draw

 

«In forthright fury from its sheath, and openly cleave him to the teeth— «Rather than slink and hide beneath a hollow word of Law».

 

Hell rose in the eyes of Francis Drake. «Puritan knave!», swore he, «Headsman, give him the axe instead! He shall Strike off your traitor’s head!». Solomon folded his arms and said, darkly and sombrely:

 

«I am no slave for your butcher’s work». «Bind him with triple strands!». Drake roared in wrath and the men obeyed, hesitantly, as men afraid, But Kane moved not as they took his blade and pinioned his iron hands.

 

They bent the doomed man to his knees, the man who was to die;

 

They saw his lips in a Strange smile bend; one last long look they saw him send at Drake, his judge and his one-time friend, who dared not meet his eyes.

 

The axe flashed silver in the sun, a red arch slashed the sand;

 

A voice cried out as the head fell clear, and the watchers flinched in sudden fear, Though’t was but a sea-bird wheeling near above the lonely strand.

 

«This be every traitor’s end!». Drake cried, and yet again;


 

 

 

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Slowly his captains turned and went, and the admiral’s Stare was elsewhere bent Then where cold scorn with anger blent in the eyes of Solomon Kanes.

 

Night fell on the crawling waves; the admiral’s door was closed;

 

Solomon lay in the Stenching hold; his irons clashed as the ship rolled.

 

And his guard, grown weary and overbold, laid down his pike and dozed.

 

He woke with a hand at his corded throat that gripped him like a vise;

 

Trembling he yielded up the key, and the sombre Puritan Stood up free,

 

His cold eyes gleaming murderously with the wrath that is slow to rises

 

Unseen to the admiral’s cabin door went Solomon from the guard,

 

Through the night and silence of the ship, the guard’s keen dagger in his grip; No man of the dull crew saw him slip in through the door unbarred.

 

Drake at the table sat alone, his face sunk in his hands;

 

He looked up, as from sleeping —but his eyes were blank with weeping As if he saw not, creeping, Death’s swiftly flowing sands.

 

He reached no hand for gun or blade to halt the hand of Kane, Nor even seemed to hear or see, lost in black mists of memory, Love turned to hate and treachery, and bitter, cankering pain.

 

A moment Solomon Kane Stood there, the dagger poised before,

 

As a condor Stoops above a bird, and Francis Drake spoke not nor stirred, And Kane went forth without a word and closed the cabin door.

 

 

The return of Sir Richard Grenville

 

One slept beneath the branches dim.

 

Cloaked in the crawling mist,

 

And Richard Grenville came to him

 

And plucked him by the wrist.

 

No nightwind shook the forest deep

 

Where the shadows of doom were spread,

 

And Solomon Kane awoke from sleep

 

And looked upon the dead.

 

He spoke in wonder, not in fear,

 

«How walks a man who died?


 

 

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«Friend of old times, what do ye here,

 

«Long fallen at my side?».

 

«Rise up, rise up», sir Richard said,

 

«The hounds of Doom are free;

 

«The slayers come to take your head

 

«To hang on the ju-ju trees.

 

Swift feet press the jungle mud

 

«Where the shadows are grim and stark, «And naked men who pant for blood «Are racing through the dark».

 

And Solomon rose and bared his sword, And swift as tongue could tell,

 

The dark spewed forth a painted horde

 

Like shadows out of Hell.

 

His pistols thundered in the night,

 

And in that burst of flame

 

He saw red eyes with hate alight,

 

And on the figures came.

 

His sword was like a cobra’s stroke

 

And death hummed in its tune;

 

His arm was steel and knotted oak

 

Beneath the rising moon.

 

But by him sang another sword,

 

And a great form roared and thrust,

 

And dropped like leaves the screaming horde To writhe in bloody dust.

 

Silent as death their charge had been,

 

Silent as night they fled;

 

And in the trampled glade was seen

 

Only the torn dead.

 

And Solomon turned with outstretched hand, Then halted suddenly,

 

For no man stood with naked brand


 

 

 

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Beneath the moon-lit trees.

 

 

 

Solomon Kane’s homecoming

 

The white gulls wheeled above the cliffs, the air was slashed with foam,

 

The long tides moaned along the strand when Solomon Kane came hornet.

 

He walked in silence strange and dazed through the little Devon town,

 

His gaze, like a ghost’s come back to life, roamed up the Streets and down.

 

The people followed wonderingly to mark his spectral stare, And in the tavern silently they thronged about him theres.

 

He heard as a man hears in the dream the worn old rafters creak,

 

And Solomon lifted his drinking-jack and spoke as a ghost might speak:

 

«There sat sir Richard Grenville once; in smoke and flame he passed, «And we were one to fifty-three, but we gave them blast for blast. «From crimson dawn to crimson dawn, we held the Dons at bay. «The dead lay littered on our decks, our masts were shot away.

 

«We beat them back with broken blades, till crimson ran the tide; «Death thundered in the cannon smoke when Richard Grenville died. «We should have blown her hull apart and sunk beneath the Main». The people saw upon his wrists the scars of the racks of Spain.

 

«Where is Bess?», said Solomon Kane. «Woe that I caused her tears».

 

«In the quiet churchyard by the sea she has slept these seven years».

 

The sea-wind moaned at the window-pane, and Solomon bowed his head.

 

«Ashes to ashes and dust to dust, and the fairest fade», he said.

 

His eyes were mystical deep pools that drowned unearthly things, And Solomon lifted up his head and spoke of his wanderings. «Mine eyes have looked on sorcery in the dark and naked lands, «Horror born of the jungle gloom and death on the pathless sands.

 

«And I have known a deathless queen in a city old as Death, «Where towering pyramids of skulls her glory witnesseth.

 

«Her kiss was like an adder’s fang, with the sweetness Lilith had, «And her red-eyed vassals howled for blood in that City of the Mad.

 

«And I have slain a vampire shape that sucked a black king white,


 

 

 

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«And I have roamed through grisly hills where dead men walked at night. «And I have seen heads fall like fruit in the slaver’s barracoon, «And I have seen winged demons fly all naked in the mooru.

 

«My feet are weary of wandering and age comes on apace;

 

«I fain would dwell in Devon now, forever in my place»,

 

The howling of the ocean pack came whistling down the gale,

 

And Solomon Kane threw up his head like a hound that snuffs the trail.

 

A-down the wind like a running pack the hounds of the ocean bayed, And Solomon Kane rose up again and girt his Spanish blades.

 

In his Strange cold eyes a vagrant gleam grew wayward and blind and bright, And Solomon put the people by and went into the night.

 

A wild moon rode the wild white clouds, the waves in white crests flowed, When Solomon Kane forth again and no man knew his road.

 

They glimpsed him etched against the moon, where clouds on hilltop thinned; They heard an eery echoed call that whistled down the wind.

 

 

 

Solomon Kane’s homecoming (Variant version)

 

 

The white gulls wheeled above the cliffs, the wind was slashed with foam,

 

The long tides moaned along the strand when Solomon Kane came home.

 

He walked in silence through the streets of the little Devon town,

 

The folk all followed whispering all up the streets and down.

 

They whispered of his sun-bronzed hue and his deep Strange Stare; They followed him into the tavern and thronged about him there. He heard, as a man hears in a dream, the old worn rafters creak,

 

And Solomon lifted his drinking jack and Spoke as a ghost might Speak:

 

«Where are the lads that gathered here so many years ago?

 

«Drake and Hawkins and Oxenham, Grenville and Leigh and Yeo?

 

«Was it so long ago», said Kane, «sat Richard Grenville there?

 

«The dogs of Spain», said Solomon Kane, «by God, we fought them fair!

 

«For a day and a night and a day again we held their fleet at bay,

 

«Till their round shot riddled us through and through and ripped our masts away. «Where is Bess?», said Solomon Kane. «It racked me hard to go—


 

 

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«But I heard the high tide grate the keel and I heard the sea-wind blow.

 

«I left her —though it racked my heart to see the lass in tears».

 

«In the quiet churchyard by the sea she has slept these seven years».

 

The sea-wind moaned at the window-pane and Solomon bowed his head.

 

«Ashes to ashes, dust to dust, and the fairest fade», he said.

 

His eyes were mystical deep pools that drown unearthly things, And Solomon lifted up his head and Spoke of his wanderings. «My feet have tracked a bloody way across the trackless sands, «Mine eyes have looked on sorcery in the dark and naked lands.

 

«And I have known a deathless queen in a city old as Death; «Her smile was like a serpent’s kiss, her kiss was Lilith’s breath. «And I have roamed in grisly hills where dead men walked by night, «And I have seen a tattered corpse stand up to blast men’s sight.

 

«And I have heard the death-chant rise in the slaver’s barracoon.

 

«And I have seen a winged fiend fly, all naked, in the moon. «My feet are weary of wandering and age comes on space— «I fain would dwell in Devon now, forever in my place».

 

The shouting of the ocean-winds went whirling down the gale,

 

And Solomon Kane raised up his head like a hound that snuffs the trail.

 

A-down the winds like a running pack, the hounds of the ocean bayed,

 

And Solomon Kane rose up again and girt his Spanish blades.

 

Hands held him hard, but the vagrant gleam in his eyes grew blind and bright, And Solomon Kane put by the folk and went into the night.

 

A wild moon rode in the wild white clouds, the waves their white crests showed When Solomon Kane went forth again, and no man knew his road.

 

They saw him etched against the moon on the hill in clouds that thinned,

 

They heard an eery, echoed call that whiffled down the wind.

 

Out of the tavern into the night went Solomon Kane once mores.

 

He had heard the clamor of the winds, he had harked to the ocean’s roar.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MAPAS


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Epílogo de Fernando Savater:

 

Batallas, monstruos, maravillas[1]

 

Hace mucho prometí sustituir el dictamen «este libro no me gusta porque es malo» por otro igual de concluyente pero más exacto: «no me gusta porque no es para mí». No siempre me atengo a este principio, claro (ni a casi ninguno del resto de cuantos profeso), pero en mis accesos de lucidez veo segura su conveniencia. Ahorra explicaciones y lamentos. Por supuesto, también impide ejercer la así llamada crítica literaria, pero esa renuncia es un lujo que me puedo ya permitir. De modo que procuro hablar sólo de mis placeres, nuevos o antiguos, y no de lo que mi dieta o mi paladar excluyen.

 

Vayamos un paso más allá: una y otra vez descubro o reencuentro lecturas que me convienen, pero además hay géneros por los que siento adicción. Estos vicios son poco confesables, porque tropiezan con la intransigencia casi inquisitorial o la mera rechifla de quienes no los comparten. Lo cual, por cierto, aumenta perversamente el placer que me proporcionan. De modo que hoy me regodearé dándoles cuenta de uno entre tantos: los relatos truculentos y fantásticos del pulp americano entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Ah, seguro que ya me conocían esta querencia…

 

El pulp duró apenas una década atiborrada de civilizaciones sumergidas o subterráneas El pulp (llamado así porque las revistas populares que publicaban esos relatos se imprimían en papel barato y no porque en ellos salieran muchos pulpos gigantes, como creía yo en mi mocedad) duró apenas una década, atiborrada de civilizaciones sumergidas o subterráneas, batallas ciclópeas entre guerreros exóticos, sangre a raudales, monstruos babeantes, zarpazos en la tiniebla y alaridos de bellas «sin chales en los pechos y flojo el cinturón», como requería Espronceda. Quizá el emperador sin trono de ese reino anárquico fue Robert Erwin Howard, que se carteó con Lovecraft y creó a Conan el cimerio, así como muchos otros héroes fuertes y sombríos, obsesionados por la muerte y asediados por las hordas de la espada y la brujería, a los que él dio carta de naturaleza literaria. Si ante el trono del Altísimo alguien puede ser reconocido como el narrador más puro, vigoroso y eficaz de la aventura física, ese es Robert E. Howard: autor de una obra inmensa, desigual pero inolvidable, antes de suicidarse a los 29 años para no ver morir a su madre.

 

No sólo Conan, Solomon Kane o el rey Kull (todos tienen ya sus películas correspondientes): hay otros héroes del pulp a quienes debemos eterna gratitud los adictos. Están desde luego los editores que hoy se arriesgan a rescatar piezas de ese género ayer popular y hoy minoritario, como la Biblioteca del Laberinto (tienen en su valeroso catálogo, además de mucho Howard, a Abraham Merritt, Edgar Rice Burroughs, D. H. Keller, etcétera) y Valdemar (aún reciente su antología Los hombres


 

 

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topo quieren tus ojos, preparada por Jesús Palacios). Pero sobre todo los investigadores eruditos y apasionados que rastrean para nosotros, con tanto amor como frecuente humor, las joyas perdidas de Opar: Javier Martín Lalanda, autor de Cuando cantan las espadas (ed. Biblioteca del Laberinto), la obra definitiva sobre Robert R. Howard, y el incansable Paco Arellano, quien a lo largo de muchos años tantas maravillas ha encontrado y traducido para deleitar a sus frikis, entre los que me cuento desde la primera campanada.

 

Turbio es el día y rara la noche, pródiga en susurros inquietantes: nos sentamos en la butaca con el libro de furia y temblor en una mano, mientras con la otra acariciamos la cabeza peluda del perro a nuestro lado… hasta que de pronto recordamos que no tenemos perro.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ROBERT E. HOWARD (1906-1936), nacido en Texas, Estados Unidos, desarrolló una breve pero intensa carrera literaria en las revistas de género norteamericanas, llegando a convertirse en uno de los colaboradores más destacados de la revista Weird Tales, junto a H. P. Lovecraft y Clark Ashton Smith. Durante los últimos diez años de su vida (1927-1936), Howard escribió y publicó en diversas revistas una gran cantidad de relatos de ficción de distintos géneros: deportivo, de detectives, del Oeste, históricos, de aventuras orientales, cuentos de misterio y terror, además de poesías y cuentos fantásticos.

 

De personalidad psicótica, Howard se quitó la vida a la edad de 30 años. Sus relatos han venido publicándose desde entonces en múltiples recopilaciones y, en algunos casos, ateniéndose a la cronología interna de sus ciclos de personajes. La popularidad del autor, siempre creciente, ha motivado la aparición de numerosas secuelas autorizadas a cargo de otros autores que han explotado la comercialidad de sus creaciones más importantes, muy en particular el ciclo de Conan.

 

Howard se convirtió en uno de los escritores más influyentes del género fantástico, a la par de autores tales como H. P. Lovecraft y J. R. R. Tolkien, y es mundialmente conocido por ser el creador de personajes populares como Conan el Bárbaro, el Rey Kull y Solomon Kane. Se le considera uno de los padres del subgénero conocido como «espada y brujería» o «fantasía heroica».


 

 

 

 

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Notas

 

 

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