© Libro N° 14092. La Espada China. Howard,
Robert E. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Sword Woman
Versión Original: © La Espada China. Robert
E. Howard
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Robert E. Howard
La Espada China
Robert E. Howard
La Espada China
(Agnes La Negra)
Robert E. Howard
1
—¡Agnès! Pelirroja
del Infierno, ¿dónde estás?
Era mi padre,
llamándome de la forma habitual. Eché hacia atrás los cabellos empapados en
sudor que me caían sobre los ojos y volví a apoyarme las gavillas en el hombro.
En mi vida había pocos momentos de descanso.
Mi padre apartó los
arbustos y avanzó por el claro...
Era un hombre alto,
de rostro demacrado, moreno por los soles de muchas campiñas, marcado por
cicatrices recibidas al servicio de reyes codiciosos y duques ladrones. Me miró
irritado y debo reconocer que no le habría reconocido si hubiera tenido otra
expresión.
—¿Qué
hacías?—rugió.
—Me enviaste a
recoger madera al bosque —respondí amorosamente.
—¿Te dije que te
ausentaras todo un día? —rugió, al tiempo que intentaba darme un golpe en la
cabeza, cosa que evité sin esfuerzo gracias a la larga práctica—. ¿Has olvidado
que es el día de tu boda?
Al oír aquellas
palabras, mis dedos quedaron sin fuerza y soltaron la cuerda; las ramas cayeron
y se esparcieron al golpear contra el suelo. El color dorado desapareció del
sol y la alegría se alejó de los trinos de los pájaros.
—Lo había olvidado
—murmuré, con los labios súbitamente secos.
—Bien, recoge las
ramas y sígueme —rezongó mi padre—. El sol se pone por el oeste. Hija
ingrata... desvergonzada... ¡que obligas a tu padre a seguirte por todo el
bosque para llevarte junto a tu marido!
—¡Mi marido!
—murmuré—. ¡François! ¡Por las pezuñas del diablo!
—¿Y juras, maldita?
—siseó mi padre—. ¿Debo darte una nueva lección? ¿Te burlas del hombre que he
elegido para ti? François es el muchacho más apuesto que puedes encontrar en
toda Normandía.
—Un buen cerdo
—alegué—, un puerco de grasa rancia que no piensa más que en atiborrarse, en
hincharse, en emborracharse y en correr detrás de las faldas.
—¡Cállate! —aulló—.
Será el apoyo de mi vejez, el bastón donde pueda apoyarme. Ya no puedo guiar la
reja del arado. Las viejas heridas me martirizan. El marido de tu hermana
Isabel es un perro; no me servirá de ayuda. François actuará de otro modo. Él
sabrá domarte, respondo de ello. No se doblegará ante tus caprichos como he
hecho yo. Probarás el bastón en su mano.
Al oír aquellas
palabras, una bruma rojiza flotó ante mis ojos. Siempre me ocurría cuando mi
padre hablaba de doblegarme. Arrojé al suelo las ramas que había recogido
maquinalmente y todo el fuego que corría por mis venas acudió a mis labios.
—¡Puede quemarse en
el infierno, y tú con él! —exclamé—. No me casaré con él. ¡Pégame..., mátame!
¡Haz de mí lo que quieras! ¡Pero nunca compartiré el lecho de François!
Al oír aquellas
palabras el infierno se reflejó en los ojos de mi padre y yo misma, a decir
verdad, me habría estremecido si la locura no se hubiera apoderado de mí. Vi,
reflejadas en sus ojos, toda la furia, la violencia y la pasión que le
dominaron mientras saqueaba, mataba y violaba como Compañero Franco. Lanzando
un rugido inarticulado, se lanzó sobre mí y, con su puño derecho, me golpeó en
la cabeza. Evité el golpe y él me lanzó un nuevo puñetazo con la mano
izquierda. De nuevo, su puño no encontró más que el vacío, pues yo me había
apartado a tiempo. Entonces, con un grito que más parecía el aullido de un
lobo, me asió por los cabellos, enrollando mis largas trenzas alrededor de su
mano y tirando de mi cabeza hacia atrás. Creí que iba a romperme la nuca. En
aquel instante, me golpeó en la barbilla con el puño derecho y la luz del día
desapareció tragada por las tinieblas.
Permanecí
desvanecida durante un largo rato... lo
bastante para que mi padre me arrastrase del cabello a través del bosque y me
llevara a la aldea. El recobrar el conocimiento tras haber recibido una paliza
no era una experiencia nueva para mí, pero tenía náuseas, me sentía débil y la
cabeza me daba vueltas. Me dolía todo el cuerpo. Permanecí tendida en el suelo
de nuestra miserable cabaña; cuando me puse en pie, vacilante, para sentarme,
me di cuenta que alguien me había quitado la burda túnica de lana que vestía.
En su lugar, llevaba un hermoso traje de novia. Por San Denis, el contacto de
aquella ropa era todavía más repugnante que tocar una viscosa serpiente; un
vivo temor se apoderó de mí, hasta tal punto que hubiera arrancado el traje de
buen grado, pero el vértigo y las náuseas me dominaron y caí de nuevo al suelo
con un gemido. Tinieblas más espesas que las producidas por un golpe me
rodearon... me veía en una trampa y luché en vano para salir de ella. Toda la
fuerza me abandonó y habría llorado si hubiera podido hacerlo. Pero nunca he
sabido llorar y estaba demasiado dolorida y vencida para maldecir. Me quedé
tendida en el suelo, mirando fijamente las vigas de la cabaña, roídas por las
ratas.
Poco después, fui
consciente de que alguien entraba en la habitación en que me encontraba. De
fuera me llegaron ecos de voces y risas de la gente que se iba reuniendo. La
persona que había entrado no era otra que mi hermana, Isabel, con su hijo más
pequeño apoyado en la cadera. Bajó sus ojos hacia mí; noté cuánto se había
arrugado y encorvado, lo nudosas que el duro trabajo había hecho sus manos y
hasta qué punto sus facciones estaban marcadas por la fatiga y los
sufrimientos. La ropa de fiesta que llevaba destacaba aún más todo aquello; no
detecté su estado cuando llevaba la ropa de diario.
—Están terminando
los preparativos de la boda, Agnès —me dijo con su titubeante forma de hablar.
No respondí. Dejó
al niño en el suelo y se arrodilló a mi lado, contemplando mi rostro con un
extraño desencanto.
—Eres joven,
robusta y fresca, Agnès —me dijo. Sin embargo, parecía hablar más consigo misma
que conmigo—. Estás casi bella con ese atavío. ¿No te sientes feliz?
Cerré los ojos con
cansancio.
—Deberías reír y
estar alegre —suspiró... pero, de hecho,
más parecía gemir—. Esto sólo ocurre una vez en la vida. Es cierto que no amas
a François. Pero yo tampoco amaba a Guillaume. La vida es algo difícil para una
mujer. Tu cuerpo esbelto y ligero se arrugará y se encorvará como el mío, será
arrasado por los sucesivos embarazos; tus manos se deformarán... tu mente se convertirá en algo raro y
melancólico... con tanto trabajo, tantas
penas... y el rostro de un hombre al que
odias siempre al alcance de tu vista...
Al oír aquellas
palabras, abrí los ojos y la miré fijamente.
—Soy sólo unos años
mayor que tú, Agnès —murmuró—. Sin embargo, mírame. ¿Te gustaría verte como me
ves a mí?
—¿Qué puede hacer
una chica? —pregunté desesperada.
Sus ojos se
clavaron en los míos de forma abrasadora; tenían algo de la violencia que tan a
menudo viera en los de mi padre.
—¡Una cosa!
—susurró—. La única cosa que una mujer puede hacer para ser libre. No te
aferres a la vida para convertirte en lo mismo que es nuestra madre y en lo
mismo que es tu hermana; no intentes vivir así, pues no tardarías en parecerte
a mí. Vete ahora que eres fuerte, esbelta y hermosa. ¡Deprisa!
Se inclinó
vivamente, deslizó algo entre mis dedos, cogió a su hijo y se marchó. Me quedé
tendida en el suelo, mirando fijamente la daga de hoja afilada que tenía en la
mano.
Alcé la vista hacia
el techo ennegrecido y grasiento; comprendí lo que quería decirme. Tendida, con
los dedos crispados en torno a la fina empuñadura de la daga, pensamientos
extraños y desconocidos invadieron mi mente. El contacto del puñal produjo en mí
una intensa quemazón que irradiaba a través de las venas de mi brazo..., una
curiosa sensación de familiaridad, como si liberase una serie de ideas todavía
oscuras, que era incapaz de comprender pero que percibía claramente de un modo
misterioso. Nunca había tenido un arma en la mano, ni ningún objeto punzante
que no fuera un hacha de leñador o un cuchillo de cocina. Aquella hoja fina y
mortal, brillando en mi mano, parecía, en cierta manera, un viejo amigo al que
se vuelve a ver después de una larga ausencia.
Fuera, las voces
sonaron más altas, así como el ruido de pasos pesados; oculté la daga entre mi
ropa, apoyada en mi seno. La puerta se abrió; unos dedos se asieron al batiente
y unos rostros me espiaron. Vi a mi madre, flemática, con el rostro ajado, una
bestia de carga con las mismas emociones que una bestia de carga; y, por encima
de su rostro, el de mi hermana. Una decepción brutal, una tristeza abrumadora,
ensombrecieron sus rasgos al verme aún con vida. Luego se apartó.
Los demás
invadieron la cabaña, levantándome a la fuerza, tirando de mí, arrastrándome,
riendo y gritando con alegría campesina. Si achacaban mi resistencia a la
timidez virginal o a mi conocida aversión hacia François parecía importarles
bien poco. El puño de hierro de mi padre aprisionaba una de mis muñecas, y una
especie de jumento, una mujer de aspecto recio, asía la otra. Me sacaron a
tirones de la cabeza y me condujeron hacia un círculo de gente que reía y
gritaba; todos estaban ya medio borrachos, hombres y mujeres. Sus bromas
groseras y sus obscenos comentarios no llegaron a mis oídos, incapaces de
entender nada. Me debatía como un animal salvaje, ciego y privado de razón. Mis
raptores necesitaban de todas sus fuerzas para poder conmigo. Oí que mi padre
maldecía sordamente; me retorcía la muñeca como si quisiera rompérmela. Sin
embargo todo lo que arrancó de mí fue un juramento en el que le deseaba que
ardiese en el infierno como merecía.
Vi que el cura se
acercaba; era un viejo imbécil, encogido, parpadeando estúpidamente; le odiaba
a él tanto como a todos. Luego llegó François a mi lado... François, con calzas
y jubón nuevo, con una corona de flores alrededor de su cuello rojo e hinchado,
y aquella sonrisa afectada en sus labios carnosos y blandos que me ponían la
piel de gallina. Se puso a mi lado sonriendo como un mono sin cerebro; sin
embargo, en sus pequeños ojos de cerdo brillaba un reflejo triunfal y
libidinoso.
Al verle, dejé de
debatirme, como alguien que es privado repentinamente de la capacidad de
movimiento. Mis raptores me soltaron y se hicieron a un lado; por un instante,
me quedé frente a él, inmóvil, casi agazapada, con la mirada brillante y sin
decir una palabra.
—¡Bésala, chico!
—bramó un paleto completamente borracho.
Entonces, como un
muelle en tensión que se libera de golpe, saqué vivamente la daga de mi seno y
salté sobre François. Mi gesto fue tan rápido para aquellos campesinos obtusos
que ni se dieron cuenta de lo que pasaba y, menos aún, pudieron impedirlo. Mi daga
atravesó su corazón de puerco antes incluso de que comprendiera que le había
apuñalado. Lancé un alarido de alegría insensata al ver la expresión aterrada
de incrédula sorpresa y dolor atroz que invadió sus rubicundas facciones.
Aparté la daga con un movimiento brutal. La sangre chorreó entre mis dedos,
manchando de púrpura los pétalos de su corona nupcial.
He necesitado un
largo párrafo para contar todos mis movimientos, pero... de hecho, todo aquello pasó en un instante.
Salté, golpeé, saqué la daga y huí. Mi padre, como viejo soldado que era, fue
más vivo de pensamiento que los demás. Reaccionó enseguida, lanzó un aullido y
se arrojó en pos de mí, pero sus manos sin destreza se cerraron sólo en el
vacío. Me lancé como una flecha a través de la asombrada multitud y corrí hacia
el bosque. Cuando llegaba a la sombra de los primeros árboles, mi padre tomó un
arco y me disparó una flecha. Me eché a un lado y el perverso dardo se clavó en
un tronco.
—¡Borracho
estúpido! —grité, riendo salvajemente—. ¡No vales para alcanzar un blanco como
yo!
—¡Vuelve, zorra!
—gritaba, loco de rabia.
—¡Que las llamas
del infierno te devoren! —repliqué—. ¡Que el demonio te arranque el negro
corazón!
Aquella fue la
despedida que le dediqué a mi padre. Luego, di la vuelta y huí corriendo a
través del bosque.
Durante cuánto
tiempo corrí, lo ignoro. A mis espaldas oía los aullidos de los campesinos y el
ruido de su precipitada persecución de avanzar ciego y torpe. No tardé en oír
sólo sus aullidos, cada vez más lejos y apagados. Al fin, cesaron por completo.
Muy pocos de aquellos valerosos aldeanos tenían estómago para seguirme en la
profundidad del bosque, donde las sombras de la noche empezaban a deslizarse
furtivamente. Corrí hasta que mi aliento se transformó en jadeos roncos e
indeciblemente dolorosos y mis piernas se negaron a seguir moviéndose. Mis
rodillas cedieron y caí a tierra violentamente, tendiéndome cuan larga era
sobre la suave alfombra vegetal, cuajada de hojas. Estaba medio desvanecida. La
luna no tardó en aparecer en el cielo, cubriendo las ramas más altas con una
escarcha plateada y dando vida a nuevas sombras, cada vez más profundas. A mi
alrededor oía crujidos y movimientos furtivos que traicionaban la presencia de
las bestias salvajes..., y quizá cosas peores: por lo que sabía, hombres lobos,
trasgos y vampiros. Pese a todo, no tenía miedo. Había dormido en el bosque
antes, muy a menudo, cuando la noche me sorprendía lejos de la aldea con mi
cargamento de ramas, o cuando mi padre, lleno de bebida, me echaba de la cabaña
familiar.
Me levanté y
reemprendí el camino, avanzando bajo la claridad de la luna, a través de las
sombras, sin apenas atender a la dirección que llevaba. Sólo deseaba poner la
mayor distancia posible entre la aldea y yo. En las tinieblas que preceden al
alba, la fatiga se apoderó de mí; dejándome caer de nuevo al suelo mullido por
las hojas, me sumí en un profundo sueño, sin que me importara nada saber si una
bestia salvaje o algo peor me devoraría antes de la llegada del día.
Cuando el alba se
alzó por encima del bosque, todavía estaba con vida, sana y salva, y dominada
por un hambre de lobo. Me incorporé, preguntándome por un instante sobre el
lugar en que me encontraba. Al ver mi traje de boda totalmente rasgado y la
daga manchada de sangre pasada por mi cintura, los sucesos del día anterior
volvieron a mi mente. Reí al recordar la expresión de François al caer al suelo
y una oleada de salvaje libertad invadió mi mente, hasta tal punto que ardí en
deseos de bailar y cantar como si me hubiera vuelto loca. En lugar de hacerlo,
limpié la daga en las hojas caídas y, pasándomela de nuevo por la cintura, me
dirigí hacia el sol que se alzaba.
No tardé en
alcanzar un camino que serpenteaba a través del bosque, cosa que me alegró,
pues mis zapatos de novia, un saldo de pacotilla, estaban ya hechos pedazos.
Tenía por costumbre andar descalza, pero, con todo, las espinas y ramas del
bosque me habían hecho sangrar los pies.
El sol aún no
estaba alto en el cielo cuando llegué a un recodo del camino —que no era más
que un sendero en medio del bosque— y oí los ruidos producidos por el galopar
de un caballo. El instinto me dijo que me ocultara en la espesura. Pero otro
instinto me impidió hacerlo. Sondeé mi alma, esperando encontrar un miedo
aterrador; pero no fue el caso. Así que estaba en medio del camino, inmóvil,
con la daga en la mano, cuando el jinete apareció por el recodo de la senda.
Tiró violentamente de las riendas de su montura y exclamó un sorprendido
juramento.
Me miró atentamente
y le devolví la mirada. Era atractivo, aunque de una belleza tenebrosa, de una
estatura ligeramente superior a la mía y mucho más delgado. Su caballo era un
magnífico semental negro, con arnés de cuero rojo y brillante metal. El hombre
iba vestido con medias de seda y un jubón de terciopelo, aunque un poco ajado,
con una capa escarlata cayendo sobre sus hombros; una pluma adornando su
tocado. No portaba talabarte, pero una espada colgaba de su cinturón, envainada
en una funda de cuero viejo.
—¡Por San Denis!
—exclamó—. ¿Eres un trasgo o una diosa del alba, joven?
—¿Quién eres tú
para preguntarlo? —repliqué, sin sentir miedo ni timidez alguna.
—Por Dios, soy
Etienne Villiers, en otro tiempo de Aquitania —respondió.
Un instante más
tarde, se mordía el labio y sacudía la cabeza, como lamentando haber dicho más
de lo que quería. A continuación, me examinó atentamente, de la cabeza a los
pies y de abajo hacia arriba, y lanzó una carcajada.
—¿De qué loca
historia sales? —preguntó—. ¡Una joven pelirroja, con un traje de novia hecho
jirones, con una daga en la mano, en el corazón del viejo bosque, justo al
salir el sol! ¡Es todavía mejor que un romance! Vamos, chica, explícame la
broma.
—No es ninguna
broma —murmuré seriamente.
—¿Quién eres?
—insistió.
—Me llamo Agnès de
Chastillon —respondí.
—¡Una noble dama
disfrazada! —se burló—. ¡Por Santiago, la historia es aún más intrigante! ¿De
qué rincón escondido —que será un castillo guardado por un gigante, a no dudar—
habéis escapado, ataviada como una campesina, gentil dama?
Se quitó el tocado
haciendo una irónica reverencia.
—Tengo tanto
derecho como la que más a llevar ese nombre, como las personas que se atribuyen
títulos importantes —repliqué encolerizada—. Mi padre es hijo bastardo de una
campesina y del duque de Chastillon. Siempre ha llevado su nombre, y sus hijas
tras él. Si no te gusta mi nombre, sigue tu camino. No te he pedido que parases
para burlarte de mí.
—Querida, no tenía
intención de burlarme de ti —se excusó, al tiempo que recorría mi cuerpo con
una ávida mirada—. Por San Trignant, eres digna de portar un nombre grande y
noble..., a diferencia de muchas damas de noble cuna que he visto remilgar y
languidecer a causa de su nobleza. ¡Por Zeus y Apolo, tú eres una chica guapa
de cuerpo hermoso..., por mi honor, toda una hembra normanda!. Me gustaría ser
tu amigo; dime por qué estás sola en el bosque a estas horas, con un traje de
novia hecho pedazos y con el calzado en el mismo triste estado.
Saltó a tierra
ágilmente y se plantó ante mí, con el gorro en la mano. Sus labios ya no
sonreían y sus ojos no se burlaban de mí; sin embargo, tuve la impresión de que
brillaban con algún fuego interior y fantástico. Sus palabras me recordaron
brutalmente mi situación: estaba sola y sin apoyo, sin nadie a quien dirigirme.
De un modo natural... quería desahogarme ante aquel desconocido que me brindaba
su confianza..., además, Etienne Villiers tenía algo que hacía que las mujeres
siempre confiasen en él.
—La pasada noche
huí de la aldea de La Fére —le dije—. Querían casarme a la fuerza con un hombre
al que detestaba.
—¿Y has pasado la
noche sola en el bosque?
—¿Por qué no?
Sacudió la cabeza
como si le costase trabajo creerme.
—¿Qué piensas hacer
ahora? —preguntó—. ¿Tienes amigos en esta región?
—No tengo amigos
—contesté—. Seguiré andando hasta que me muera de hambre..., o me pase alguna
otra cosa.
Reflexionó durante
un momento, pasándose la mano por el mentón. En tres ocasiones, alzó la cabeza
y me recorrió entera con la mirada; por un momento, creí ver que una sombra
atravesaba furtivamente sus facciones, haciendo que durante un instante
pareciese otro hombre. Al fin, sacudió la cabeza y declaró:
—Eres demasiado
bonita para perecer en el bosque o ser presa de los bandidos. Si lo deseas,
puedo llevarte a Chartres, donde encontrarás fácilmente trabajo como criada y
te podrás ganar la vida. ¿Eres capaz de trabajar?
—En La Fére, ningún
hombre trabajaba más que yo —apostillé.
—Por Santiago, te
creo —dijo con un movimiento de admiración de la cabeza—. Con ese porte y ese
atractivo que tienes, hay algo en ti que es casi pagano. Bien, ¿confías en mí?
—No quiero causarte
problemas —le contesté—. Los hombres de La Fére empezarán a buscarme.
—¡Bah! —exclamó con
desprecio—. ¿Quién ha oído hablar de un campesino que se aleje más de una legua
de su aldea? No corres ningún riesgo.
—Con mi padre, sí
—objeté ferozmente—. No es un simple campesino. Fue soldado. Seguirá mi pista
hasta el fin del mundo y, cuando me encuentre, me matará.
—En ese caso
—murmuró Etienne—, debemos pensar en cómo librarnos de él. ¡Ah! ¡Lo he
encontrado! Acabo de recordar que apenas a una legua de distancia he dejado a
un adolescente cuya ropa te sentaría bien. No te muevas de aquí hasta que
vuelva. ¡Vamos a convertirte en muchacho!
Con estas palabras,
dio medio vuelta, saltó a la silla y se alejó al galope. Le miré mientras se
alejaba, preguntándome si le volvería a ver o si se habría burlado de mí.
Escuché y percibí que los cascos del caballo se apagaban a lo lejos. El
silencio volvió a invadir el bosque y de nuevo me di cuenta del hambre atroz
que me atenazaba. Luego, tras lo que me pareció un tiempo infinito, un ruido de
cascos retumbó de nuevo a través del bosque. Etienne Villiers surgió al galope,
riendo alegremente y agitando en el aire un montón de ropa.
—¿Le has asesinado?
—pregunté.
—¡Claro que no!
—replicó Etienne riendo—. Pero le he obligado a seguir su camino... llorando y
tan desnudo como Adán en el Paraíso. Toma, chica, vete detrás de esa breña y
ponte esta ropa lo más deprisa que puedas. Debemos seguir nuestro camino y hay
muchas leguas hasta Chartres. Échame cuando puedas tu traje de novia y lo
llevaré junto al río que corre no lejos de aquí y los dejaré junto a la orilla.
Quizá los encuentren y piensen que te has ahogado.
Estaba de vuelta
antes de que me hubiera puesto la ropa recién traída y le oí hablar a través de
los arbustos que nos separaban.
—Tu venerado padre
busca una hija —dijo, riendo—, y no un chico. Cuando pregunte a los lugareños
si han visto a una chica alta y de cabellos rojos, negarán moviendo sus
redondas cabezas. ¡Ja, ja, ja! ¡Buena broma le vamos a gastar al viejo
tunante!.
Salí de los
arbustos y me lanzó una singular mirada al verme aparecer con jubón, calzas y
gorro de hombre. Aquella ropa me hacía sentirme rara, pero me daba una
sensación de libertad que no había conocido cuando llevaba falda.
—¡Zeus! —exclamó—.
Ese disfraz es menos perfecto de lo que había esperado. El más ciego paleto del
campo se dará cuenta de que esas ropas no van encima de un hombre. Espera; deja
que te corte esas mechas rojas con mi daga; quizá con eso se arreglen un poco
las cosas.
Cuando me hubo
recortado el cabello, de modo que me llegara apenas por los hombros, alzó las
cejas.
—Incluso así eres
toda una mujer —declaró—. Con suerte, puede que si nos cruzamos con algún
desconocido, a paso de marcha, le engañemos con el disfraz. Vamos, probemos
fortuna.
—¿Por qué te ocupas
de mí? —pregunté con curiosidad; no estaba acostumbrada a tantos miramientos.
—¿Por qué? ¡Por
Dios! —exclamó—. ¿Dejaría un hombre digno de tal apelativo que una joven
corriera la aventura de morir de hambre en un bosque?. Mi bolsa contiene más
cobre que plata, y mi jubón de terciopelo está un poco raspado, pero Etienne
Villiers sabe lo que es el sentido del honor, ¡como si fuera un caballero
errante o el barón de un castillo!. Y no consentirá ninguna injusticia en tanto
su bolsa contenga un escudo o su vaina una espada.
Al oír aquellas
palabras me sentí humilde y extrañamente confundida, pues yo era una persona
iletrada y sin educación, y no tenía palabras que pudieran expresar la gratitud
que sentía hacia él. Farfullé sin sentido; sonrió y me hizo callar gentilmente,
añadiendo que no necesitaba ningún tipo de agradecimiento, pues la bondad ya
tenía su propia recompensa.
Luego montó a
caballo y me tendió la mano. Salté a la silla, a sus espaldas, y partimos al
galope por el sendero. Me agarré a su cinturón, medio cubierta por la capa que
flotaba a sus espaldas, agitada por la brisa de la mañana. Tuve la certidumbre
de que cualquiera que nos viera pasar a la carrera pensaría de nosotros que
éramos un hombre y un muchacho, y no un hombre y una jovencilla.
Mi hambre iba en
aumento mientras el sol subía en el cielo, pero aquella sensación no era
ninguna novedad para mí, y no dejé escapar la menor queja. La ruta que
seguíamos conducía hacia el sudeste; tuve la impresión de que a medida que
avanzábamos, un extraño nerviosismo se apoderaba de Etienne. Hablaba poco y
nunca salía de las rutas menos frecuentadas, siguiendo a menudo caminos de
tierra o simples senderos de leñadores que serpenteaban entre los árboles,
entrando y saliendo de los bosques. Encontramos muy poca gente..., sólo
aldeanos, con el hacha o manojos de leña al hombro; se quedaban con la boca
abierta y se quitaban la gorra hecha jirones al vernos pasar.
El mediodía estaba
cercano cuando nos detuvimos ante una taberna... un albergue en medio del
bosque, solitario y apartado, cuyo emblema era de muy pobre calidad y estaba
casi borrado. Pero Etienne me dijo su nombre: Los Dedos del Pícaro. El posadero
salió —un zopenco de espalda jorobada y marchar renqueante—; con una malvada
mirada de soslayo, se limpió las manos en el mandil de cuero grasiento y
balanceó la redonda cabeza.
—Queremos comer
algo y una habitación —dijo Etienne con voz recia—. Soy Gérard de Bretaña,
nacido en Montauban, y este es mi hermano pequeño. Venimos de Caen y nos
dirigimos a Tours. Ocúpate de mi caballo y prepáranos un capón asado,
tabernero.
El hombre movió la
cabeza y murmuró entre dientes. Tomó las riendas del semental, pero se
entretuvo mientras Etienne me tomaba en sus brazos y me ayudaba a saltar a
tierra; estaba fatigada del largo viaje y mi disfraz era menos perfecto de lo
que habíamos esperado; la larga mirada que me dedicó el posadero no era la que
un hombre dedica a un muchacho.
Según entrábamos en
la taberna, no vimos más que a un hombre, sentado en un banco, bebiendo vino de
un odre de cuero. Era un hombre gordo y grande, con una panza enorme que
sobresalía de su cinturón de cuero. Alzó los ojos cuando entramos y empezó a
abrir la boca como si fuese a decir algo. Etienne no pronunció una sola
palabra, pero le miró fijamente a los ojos; vi o percibí una viva centella de
connivencia saltar entre los dos hombres. El hombre gordo volvió a su odre, en
silencio. Etienne y yo nos dirigimos hacia una mesa, en la que una sucia criada
servía el capón encargado al tabernero, junto con unos guisantes, unas
rebanadas de pan, un plato grande lleno de tripas de Caen y dos jarros de vino.
Me lancé con avidez
sobre la comida, ayudándome con la daga; Etienne, por su parte, comía poco.
Roía la comida con la punta de los dientes; dirigía su mirada hacia el hombre
tripudo sentado en el banco, que parecía amodorrado; luego me miraba a mí,
luego las ventanas grasientas de formas romboidales, o alzaba la vista hacia
las vigas del techo ennegrecidas por el humo. Por el contrario, bebía mucho,
llenando continuamente su vaso; finalmente, me pregunto por qué no había
probado mi jarra.
—Estaba demasiado
ocupada en comer como para pensar en beber —reconocí, alzando mi copa con
cierta desconfianza, pues nunca antes había bebido vino. Todo el alcohol que,
por el mayor de los azares, llegaba a nuestra cabaña era engullido en su
totalidad por mi padre. Me lo bebí de un trago, como había visto hacer a otros,
me sofoqué y me atraganté, aunque reconozco que el sabor era muy agradable al
paladar.
Etienne juró en voz
baja.
—¡Por San Miguel,
en mi vida había visto a una mujer beber de ese modo, vaciando una copa hasta
la última gota de un solo trago! ¡Vas a emborracharte, chica!
—Te olvidas que no
soy una chica —le reprendí, también en voz baja.—. ¿Vamos a reemprender el
camino?
Sacudió la cabeza.
—Nos quedaremos
aquí hasta mañana. Debes estar cansada y necesitas descansar.
—Mis miembros están
tensos porque no tengo costumbre de montar a caballo —respondí—. Pero no estoy
fatigada.
—Sin embargo
—replicó el hombre con ligera impaciencia—, nos quedaremos hasta mañana por la
mañana. Creo que es lo más seguro.
—Como quieras
—dije—. Haré lo que quieras y mi único deseo es seguir tus consejos en todo.
—Perfecto —aclaró—,
no hay nada que le siente mejor a una joven que una obediencia libremente
consentida.
Alzando la voz,
llamó al posadero; éste había vuelto de las caballerizas y estaba al fondo de
la sala.
—Posadero, mi
hermano está muy cansado. Conducidle a una alcoba donde pueda dormir. Hemos
recorrido un largo camino.
—¡Seguro, su
Señoría! —rezongó el patrón, moviendo la cabeza y frotándose las manos; Etienne
causaba una honda impresión en aquel hombre. A juzgar por su confianza y sus
modales, podría ser considerado, al menos, como conde. Pero ya hablaremos de
ello.
El posadero
atravesó, arrastrando el paso, una sala contigua a la comunal, también en la
planta baja, que daba a otra, más espaciosa, en la planta de arriba. Estaba
atestada y pobremente amueblada; con todo, me pareció más lujosa que todo
cuanto había conocido hasta entonces. Vi —de un cierto modo había empezado a
percibir instintivamente aquel tipo de detalles— que la única entrada o salida
era la puerta que daba a la escala por la que habíamos subido. No había más que
una ventana, y era tan pequeña que ni siquiera yo podría deslizar por ella mi
delgada figura. No había cerrojo por dentro. Miré hacia Etienne, que ceñudo y
desconfiado observaba al posadero; el patán no parecía darse cuenta. Frotándose
las manos, siguió charloteando y alabando la infecta madriguera a la que nos
había conducido.
—Duerme, hermano
—dijo Etienne, para que lo oyera el posadero. Al volverse, me susurró al oído—:
No me inspira confianza; nos iremos al caer la noche. Descansa, mientras tanto.
Vendré a buscarte al crepúsculo.
Si fue por el vino
o por un inesperado cansancio, no sabría decirlo; en todo caso, apenas me hube
tendido sobre el lecho de paja, sin desvestirme, me sumí en un profundo sueño,
antes incluso de que me diera cuenta de lo que me pasaba. Dormí durante mucho
tiempo.
2
Me despertó el
ruido de la puerta que se abría suavemente. Me encontré en la oscuridad; la
habitación estaba débilmente iluminada por la luz de las estrellas filtrándose
a través de la pequeña ventana. Nadie habló; algo se desplazaba por el seno de
las tinieblas. Oí que el suelo crujía y creí detectar el sonido de una pesada
respiración.
—¿Eres tú, Etienne?
—pregunté. No hubo respuesta, y pregunté de nuevo, esta vez un poco mas alto:
¡Etienne! ¿Eres tú, Etienne Villiers?
Me pareció escuchar
una respiración silbando suavemente entre dientes; luego, el suelo volvió a
crujir. Un paso renqueante y furtivo se alejo de mí. Detecté que la puerta se
abría y se cerraba con sigilo y comprendí que estaba otra vez sola en la
alcoba. Me levanté de un salto, sacando el puñal.
No era Etienne que
viniera a buscarme como había prometido; yo deseaba saber quién se había
deslizado hacia mí amparado por la oscuridad.
Me acerqué sin
hacer ruido a la puerta, la abrí y miré a la planta de abajo. Sólo vi las
tinieblas, como si estuviera mirando al fondo de un pozo; oí que alguien se
movía por abajo, tanteando para abrir la puerta que daba a la sala común.
Tomando mi daga entre los dientes, bajé la escala con seguridad y discreción
tales que yo fui la primera sorprendida. Cuando mis pies llegaron al suelo,
cogí la daga con las manos y me acurruqué en las tinieblas. Vi abrirse la
puerta rápidamente y recortarse en su umbral una silueta. Reconocí en ella al
pesado y cheposo posadero. Respiraba tan fuerte que sería incapaz de oír los
ligeros ruidos que yo misma hacía. Corrió desgarbado pero rápidamente,
atravesando el patio situado detrás de la taberna. Le vi desaparecer en el
interior de las caballerizas. Esperé, escrutando las tinieblas atentamente; no
tardó en volver, sujetando un caballo por las riendas. Se dirigió con el animal
hacia el bosque; evidentemente, su intención era actuar en silencio y en
secreto, pues no montó. Poco tiempo después, desapareció, y oí el sordo galope
de un caballo. Sin duda alguna, nuestro posadero había esperado para montar a
encontrarse lo suficientemente lejos del albergue. En aquel momento se dirigía
al galope hacia algún destino desconocido.
Pensé que, de un
modo u otro, me había reconocido: sabía quién era yo e iba a advertir a mi
padre. Di media vuelta y entreabrí ligeramente la puerta, mirando discretamente
en la sala comunal. No había nadie, salvo la criada, durmiendo en el suelo. Una
vela estaba encendida encima de una mesa y las polillas nocturnas revoloteaban
a su alrededor.
Desde alguna parte
me llegó un indistinto murmullo de voces.
Me deslicé por la
puerta del fondo y rodeé silenciosamente la taberna. El silencio cubría el
bosque negro, invadido por las tinieblas; sólo se oía el chillido lejano y
sordo de algún pájaro nocturno y el resoplar inquieto del gran semental que se
encontraba en el establo.
La luz de una vela
se filtraba por la ventana de una habitación pequeña, a espaldas de la taberna,
separada de la sala comunal por un pequeño corredor. Cuando avanzaba a la
sombra del muro y pasé ante la ventana, me detuve bruscamente. Acababan de
pronunciar mi nombre. Me pegué a la pared y escuché atentamente. Oía voz rápida
y clara, ligeramente en sordina, de Etienne y los gruñidos de otra persona.
—Agnès de
Chastillon, dice llamarse así. ¿Y luego? El nombre de un pueblo que no tiene la
más mínima importancia. ¿No es una preciosidad de chica?
—Las he visto más
guapas en París, sí, y en Chartres —respondió el otro roncamente. Entendí que
se trataba del hombre grueso que ocupaba el banco cuando llegamos a la posada.
—¡Guapa! —Había
desprecio en la voz de Etienne—. Esa chica es más que guapa. Hay en ella algo
salvaje e indomable. Ya te digo, está llena de frescura y vitalidad. Cualquier
noble pagaría una fortuna por poseerla; es capaz de hacer recobrar la juventud
y el ardor del más decrépito anciano. Escucha, Thibault, no te propondría esto
si el riesgo no fuera tan grande para mí... de otro modo iría a Chartres con
ella. Además, desconfío de ese perro de posadero.
—Si ha reconocido
en ti al hombre cuya cabeza desea el duque de Alençon... —murmuró Thibault.
—¡Calla, imbécil!
—silbó Etienne—. Hay otra razón que me obliga a desembarazarme de esa chica.
Por descuido le he confiado mi verdadero nombre. Pero, por todos los santos,
¡mi encuentro con ella habría bastado para hacer perder la serenidad a un
ermitaño! Me la encontré en un recodo del camino, alta y erguida, recortándose
contra los árboles del bosque, vestida con un traje de novia hecho pedazos.
Había llamaradas en el fondo de sus ojos azules; el sol rodeaba con una aureola
dorada sus rojos cabellos y transformaba la daga que tenía en su mano en un
rayo de sangre. Por un instante, me pregunté si era realmente humana y un
extraño escalofrío, casi de terror, recorrió mi cuerpo.
—¡Una campesina en
un sendero del bosque haciendo temblar a Etienne Villiers, el más conocido de
los bandidos! —rezongó Thibault, vaciando su vaso de vino con un sonoro ruido
de succión.
—Era más que eso
—replicó Etienne—. Había algo fatídico en ella, como en un personaje de
tragedia antigua, algo aterrador. Es bella y pura; no obstante, hay en ella
algo extraño y sombrío. Soy incapaz de explicarlo o comprenderlo.
—¡Oh, basta de
charla! —bostezó Thibault—. ¡Estás haciendo todo un romance a costa de una
maldita normanda! Vayamos a lo que nos interesa.
—Es lo que iba a
hacer —respondió Etienne secamente—. Tenía intención de llevarla a Chartres y
venderla al propietario de un burdel a quien conozco; pero ahora creo que eso
es una locura. Tendría que pasar cerca de las tierras de Alençon; si el duque
se entera de que paso por allí...
—No te ha olvidado
—añadió Thibault—. Está dispuesto a pagar cualquier precio por la información
que le lleve hasta ti. No se atreverá a detenerte abiertamente; será una daga
saliendo de las sombras, un disparo de arcabuz saliendo de los matojos... Le gustaría
hacerte callar para siempre, pero con la mayor discreción y silencio posible.
—Lo sé —gruñó
Etienne, estremeciéndose—. He sido un estúpido al aventurarme tan hacia el
este. Al alba me encontraré lejos de aquí. Pero tú puedes llevarte a la chica a
Chartres, o a París, como quieras. Dame lo que te pido y es tuya.
—Tu precio es
demasiado elevado —protestó Thibault—. ¡Y si se debate como una gata salvaje!
—Eso es cosa tuya
—respondió duramente Etienne—. Ya has domado a demasiadas como para que te
cause problemas. Pero te prevengo: esta chica es tan peligrosa como el fuego.
Bah, después de todo, es cosa tuya. Me has dicho que tus compañeros te esperan
en una aldea no lejos de aquí. Ve a buscarles y pídeles ayuda. Si no sacas un
buen beneficio en Chartres, en Orleans o incluso en París, es que eres todavía
más estúpido que yo.
—Está bien, está
bien —rezongó Thibault—. Correré el riesgo; es una de las reglas de los hombres
de negocios, ¿no?
Oí cómo las monedas
de plata tintineaban sobre la mesa; el sonido fue para mí como el de una
campana fúnebre.
Y era realmente
así. Mientras me apoyaba contra el muro de la taberna, ciega y dominada por las
náuseas, la joven que había sido murió en aquel mismo instante; en su lugar
surgió la mujer en que me he convertido. Las náuseas desaparecieron y una
cólera fría nació en mí interior, haciéndome tan frágil como el acero y tan
ligera como las llamas.
—Bebamos para
cerrar el trato —le oí decir a Etienne—, luego me pondré en camino. Cuando
vayas a buscar a la chica...
Abrí violentamente
la puerta; la mano de Etienne se inmovilizó mientras se llevaba la copa a la
boca. Los ojos de Thibault se abrieron exageradamente al verme por encima del
borde de su copa. Una palabra de bienvenida murió en los labios de Etienne y
palideció bruscamente al ver la muerte reflejándose en mis ojos.
—¡Agnès! —exclamó
levantándose. Entré en la habitación y mi hoja se hundió en el corazón de
Thibault antes de que pudiera levantarse. Un gruñido de agonía salió a
borbotones de entre sus gruesos labios y se derrumbó sobre su asiento,
escupiendo sangre.— ¡Agnès! —gritó de nuevo Etienne, abriendo los brazos como
pretendiendo apartar mis golpes—. ¡Espera un poco, muchacha...!
—¡Perro inmundo!
—bramé, dominada por una furia demencial—. ¡Cerdo... cerdo... cerdo!
Sólo mi rabia ciega
le salvó cuando me lancé sobre él y empecé a golpearle.
Estaba sobre él
antes de que pudiera ponerse a la defensiva; mi acero se hundió locamente en
sus costillas. Tres veces le golpeé, silenciosa y malignamente; sin embargo,
consiguió evitar que la hoja le traspasara el corazón. La sangre le corría
entre las manos, por sus brazos y hombros. Agarró mi muñeca con desesperación e
intentó romperla. Estrechamente abrazados, caímos, golpeando en la mesa. Me
puso bajo su cuerpo e intentó estrangularme. Pero, para agarrarme la garganta
tuvo que asirme la muñeca con una sola mano. Me libré fácilmente de ella y le
lancé un golpe mortal. La punta de mi daga golpeó en un adorno metálico,
rompiéndose; el fragmento atravesó jubón y camisa, rasgando su pecho.
La sangre brotó de
él y un gemido escapó de sus labios. Por efecto del dolor, su presa se
debilitó; me retorcí, aún bajo él, me libré y le asesté un puñetazo que hizo
que su cabeza se proyectara hacia atrás al tiempo que un río de sangre nacía de
sus narices. Buscándome a ciegas, consiguió atraparme; mientras apuntaba hacia
sus ojos con las uñas, me echó hacia atrás, con tanta violencia que recorrí de
espaldas toda la habitación para ir a golpear contra el muro. Caí al suelo.
Estaba medio
desvanecida; sin embargo, me levanté lanzando un gruñido y cogí una pata rota
de la mesa. Con una mano, se limpiaba la sangre que le enturbiaba los ojos y
buscaba, con la otra, a tientas, la espada; de nuevo, subestimó la rapidez de
mi ataque. La pata de la mesa golpeó violentamente en su cráneo, desgarrándole
profundamente el cuero cabelludo y haciendo aparecer un torrente de sangre.
Alzó los brazos para detener los golpes. Golpeé de nuevo, sobre sus brazos y su
cabeza, obligándole a recular, medio encogido, ciego y titubeante. Al fin, se
derrumbó entre los restos de la mesa. —¡Señor! —gimió—. ¿Realmente quieres
matarme, chica?
—¡Con el corazón
contento de hacerlo! —dije, soltando una risotada, como nunca antes había
reído, y golpeándole en la oreja. Se derrumbo de nuevo entre los restos de la
mesa de los que intentaba salir.
Un largo lamento,
al borde de los sollozos, escapó de sus labios sanguinolentos.
—En el nombre de
Dios, muchacha —gimió, tendiendo las manos hacia mí y sin poder ver nada—, ¡ten
piedad! ¡Detente, por todos los santos! ¡No estoy listo para morir!
Se puso de
rodillas; la sangre chorreaba por las heridas de la cabeza, tiñendo su ropa de
escarlata.
—¡Detén tus golpes,
Agnès! —gimió—. ¡Piedad, en nombre del Señor!
Dudé, mirándole
sombríamente. Luego arrojé la daga a un rincón.
—Guarda tu preciosa
vida —dije con un desprecio cargado de amargura—. Eres demasiado vil para que
tu sangre manche mis manos. ¡Está bien, puedes irte!
Intentó
incorporarse, pero volvió a caer al suelo.
—No puedo
levantarme —gimoteó—. La habitación da vueltas, las tinieblas me rodean. ¡Oh,
Agnès, ha sido un beso muy amargo el que me has dado! ¡Que Dios se apiade de
mí, porque muero en pecado! He reído ante la muerte, cuando la he tenido ante
los ojos, y ahora tengo miedo. ¡Oh, Dios, cuánto miedo tengo! ¡No me abandones,
Agnès! ¡No dejes que muera como un perro!
—¿Por qué no?
—pregunté con rudeza—. Confiaba en ti y te creía más noble que el común de los
mortales, creyendo en todas tus mentiras sobre el honor y la conducta
caballerosa. ¡Bah! ¡Ibas a venderme y a condenarme a una esclavitud más vil que
la de las destinadas al harén del Turco!
—Lo sé —gimió—. Mi
alma es más negra que la noche que se me avecina. Llama al posadero y dile que
avise a un sacerdote.
—Se ha ido hacia un
destino que sólo él conoce —respondí—. Salió por la puerta trasera furtivamente
y lanzó al galope su caballo hacia el corazón del bosque.
—Ha ido a
denunciarme al duque de Alençon —murmuró Etienne—. Me ha reconocido... Estoy
perdido, esa es la verdad.
Recordé entonces
que si el posadero había reconocido la personalidad de mi falso amigo era
porque yo había pronunciado el nombre de Etienne en la alcoba del piso de
arriba. Así que si el duque arrojaba a Etienne a sus mazmorras, podría decirse
que mi involuntaria traición era la que le había causado la desgracia. Y como
la mayor parte de la gente pueblerina, yo también sentía odio y desconfianza, y
sólo eso, por la nobleza.
—Te sacaré de aquí
—dije—. Ni si quiera un perro caería entre las manos de la ley por mi culpa.
Salí rápidamente de
la taberna y me dirigí hacia las caballerizas. De la fregona no se veía ni
rastro. O bien había huido a los bosques o estaba demasiado borracha para darse
cuenta de la situación. Ensillé y embridé el semental de Etienne, aunque el animal
intentó morderme y cocearme, y le llevé hasta la puerta. Entré y me dirigí a
Etienne; la verdad es que ofrecía un espectáculo atroz, herido y derrumbado,
totalmente cubierto de sangre, con el justillo y el jubón hechos jirones.
—He traído tu
caballo —le dije.
—No puedo
levantarme —murmuró.
—Aprieta los
dientes —le ordené—. Te llevaré yo.
—No lo conseguirás,
muchacha —protestó.
Pero mientras decía
aquellas palabras, le levanté, me lo eché a los hombros y avancé hacia la
puerta. Era un peso totalmente muerto y sus piernas se arrastraban por el suelo
como las de un cadáver. Alzarle a lomos del caballo fue una tarea agotadora,
pues todas sus fuerzas le habían abandonado; pero finalmente lo conseguí. Acto
seguido, salté a la silla y le sujeté.
Pero yo no sabía
qué ruta tomar; Etienne, al ver mi indecisión, murmuró:
—Hacia el oeste,
hasta Saint Girault. Allí hay una taberna, a una legua de la aldea, El Jabah
Rojo: el posadero es amigo mío.
De la galopada a
través de la noche hablaré muy brevemente. No encontramos a nadie siguiendo un
camino iluminado por la claridad estelar, flanqueados a ambos lados por los
árboles de un bosque sumido en las tinieblas. Mi mano estaba resbaladiza,
manchada por la sangre de Etienne; durante el trayecto, sus numerosas heridas
se habían abierto de nuevo y sangraban abundantemente. No tardó en delirar y
hablar de un modo incoherente, citando hechos y personas desconocidos para mí.
A veces, mencionaba nombres que conocía por su reputación: señores, damas,
soldados, forajidos y piratas; divagaba a propósito de oscuros negocios,
crímenes sórdidos y hechos heroicos. Otras veces, entonaba canciones de marcha,
de taberna, soeces tonadas o canciones de amor, o divagaba en idiomas
extranjeros que resultaban incomprensibles. Ah..., desde aquella noche he
seguido mucho caminos, fértiles en intrigas y violencia, pero nunca he
realizado una galopada tan fantástica como la que nos llevó a Saint Girault, a
través de aquel bosque cubierto por la noche.
El alba apuntaba
por el este atravesando las ramas de los árboles cuando detuve el caballo ante
una taberna que correspondía con la descripción que me había hecho Etienne. El
dibujo de la su enseña probaba que el sitio era aquél, por lo que llamé a grandes
voces al posadero. Apareció un joven muchacho, vestido con una simple camisa,
bostezando hasta casi desencajarse la mandíbula y restregándose los ojos
hinchados por el sueño con los puños. Cuando vio el semental y a los que lo
montaban, empapados en sangre, lanzó un gemido de temor y volvió
precipitadamente al interior de la taberna, con los faldones de la camisa
flotando a su espalda. Al poco se abrió cuidadosamente una ventana del piso
superior, y una cabeza cubierta con un gorro de noche se asomó por ella, detrás
de la enorme bocacha de un arcabuz.
—Seguid vuestro
camino —dijo el del gorro de noche—, no alojamos ladrones ni asesinos cubiertos
de sangre.
—No somos ladrones
—respondí irritada, agotada y sin paciencia—. Este hombre ha sido atacado y
está gravemente herido. Si eres el posadero del Jabalí Rojo, este hombre es
amigo tuyo... Etienne Villiers, de Aquitania.
—¡Etienne! —exclamó
el posadero—. Bajo ahora mismo. En un momento. ¿Por qué no me dijiste que era
Etienne?
La ventana se cerró
violentamente y oí que alguien bajaba a toda prisa una escalera. Salté a tierra
y recibí en mis brazos el cuerpo de Etienne cuando cayó de la silla. Le
deposité en el suelo al tiempo que el posadero llegaba a la carrera, con unos
criados llevando antorchas.
Etienne yacía en el
suelo, como si estuviera muerto; su rostro estaba lívido allí donde no se
encontraba cubierto de sangre, pero su corazón latía con fuerza y supe que
estaba medio consciente.
—¿Quién ha hecho
esto, en nombre de Dios? —preguntó el posadero, horrorizado.
—Yo —respondí
lacónicamente.
Se apartó de mí
vivamente, pálido bajo la luz de las antorchas.
—¡Que Dios se
apiade de nosotros! Un joven... ¡Que San Denis nos proteja! ¡Eres una mujer!
—¡Basta de charla!
—exclamé encolerizada—. Levantadle y llevadle a la mejor alcoba de la taberna.
—Pe... pero...
—empezó el posadero, absorto, mientras sus criados retrocedían asustados.
Di una patada en el
suelo y juré, costumbre bastante frecuente en mí.
—¡Por la muerte del
Demonio y de Judas Iscariote! —blasfeme—. ¡Vas a conseguir que muera tu amigo
si no haces otra cosa que seguir ahí con la boca abierta mirándome
estúpidamente! ¡Ocúpate de él!
Puse la mano en la
daga de Etienne, que me había pasado por el cinturón. Se apresuraron a
obedecerme, lanzándome miradas aterradas, como si fuera la hija de Satanás.
—Etienne siempre es
bienvenido —balbuceó nuestro anfitrión—, pero una diablesa...
—Vivirás más si
hablas menos y trabajas más —le vaticiné, arrancando una pistola de boca ancha
de la cintura de uno de sus criados. Este estaba tan asustado que era incapaz
de recordar que se encontraba armado—. Haz lo que digo y no habrá más heridos
esta noche.
Todo cuanto me
había ocurrido aquella noche me había madurado. Aunque todavía no era una mujer
por completo, faltaba ya muy poco.
Llevaron a Etienne
hasta lo que el posadero —que se llamaba Perducas— juró ser la mejor habitación
de la taberna. A decir verdad, era mucho más espaciosa que todo lo que habíamos
visto de Los Dedos del Pícaro. Era una habitación en la planta alta que daba al
descansillo de una escalera de caracol; tenía ventanas de dimensiones
adecuadas, aunque con una única puerta.
Perducas juró que
era tan buen médico como cualquiera, por lo que desvestimos a Etienne y
procuramos devolverle la salud. La verdad es que había sido muy maltratado —¡su
cuerpo era la prueba!— y yo no había visto antes a nadie en tan mal estado... pero si estaba gravemente herido, era algo
que había que descubrir lo antes posible. Felizmente, tras haber limpiado la
sangre y lavado su cuerpo, averiguamos que ningún órgano vital había sido
alcanzado por mi daga. No tenía fractura alguna en el cráneo, aunque su cuero
cabelludo estuviera desgarrado en varios sitios. Su brazo derecho estaba roto y
el izquierdo negro por las contusiones; arreglamos la fractura. Yo podía ayudar
a Perducas con cierta seguridad, pues los accidentes y las heridas eran cosa
frecuente en La Fère.
Una vez hubimos
vendado las heridas de Etienne, le acostamos en una cama limpia. Recuperó el
sentido, lo bastante como para beber unos cuantos tragos de vino y preguntar
dónde estaba. Cuando se lo dije, murmuró:
—No me dejes,
Agnès; Perducas es un hombre excelente, pero yo necesito los cuidados atentos y
delicados de una mujer.
—¡Que San Denis nos
libre de la delicada atención de esta gata del infierno! —dijo Perducas en voz
baja.
—Me quedaré hasta
que te encuentres totalmente restablecido —le contesté a Etienne.
Aquella respuesta
pareció satisfacerle y se durmió apaciblemente.
Pedí entonces una
habitación para mí misma. Perducas, tras enviar a un muchacho a ocuparse del
semental, me enseñó una alcoba, vecina a la de Etienne, aunque ni siquiera
estaban comunicadas por una puerta interior. Me acostaba cuando el sol empezaba
a asomar por el horizonte. Era el primer colchón de plumas que veía en mi vida
—¡inútil decir que era el primero en el que me acostaba!— y dormí varias horas.
Cuando volví junto
a Etienne le encontré en plena posesión de sus facultades y ya no deliraba. A
decir verdad, en aquel tiempo los hombres eran de hierro; si sus heridas no
eran mortales en el acto, se recuperaban rápidamente, a menos que sus llagas se
infectasen como resultado de la negligencia o ignorancia de los médicos.
Perducas no utilizaba ninguno de los remedios estúpidos e inoperantes tan
queridos por los médicos, sino diversas hierbas y plantas que él mismo recogía
en la profundidad de los bosques. Me reveló que había aprendido su arte junto a
los hakims sarracenos, pues había viajado mucho en su juventud y recorrido
muchos países lejanos. Perducas era un hombre sorprendente.
Entre los dos
curamos a Etienne, se que restableció rápidamente. Intercambiamos pocas
palabras. Perducas y Etienne hablaban mucho más, pero la mayor parte del tiempo
Etienne estaba acostado en su cama mirándome en silencio.
Perducas me hablaba
poco, pues parecía tenerme miedo. Cuando abordé la cuestión de mi parte en los
gastos de hospedaje, me respondió que no le debía nada; mientras Etienne
desease mi compañía, ni comida ni cama tenían que preocuparme. Pero Perducas
deseaba vivamente que no conversase con la gente de la aldea, pues su
curiosidad podía ser la perdición de Etienne. Podía confiar en sus lacayos —me
explicó—; no dirían nada. Nunca le pregunté por qué razón el duque de Alençon
odiaba a Etienne; sin embargo, un día me dijo:
—El rencor del
duque no es nada extraordinario. Hace tiempo, Etienne Villiers formaba parte
del séquito del noble, y fue tan imprudente como para ejecutar para él una
misión muy delicada. D'Alençon es un hombre ambicioso; se murmura que aspiraba
al título de Condestable de Francia. En aquel tiempo, gozaba del favor del rey;
aquel favor no habría brillado con tanto lustre si se hubiera conocido el hecho
de que entre el duque y Carlos de Germania se estaban intercambiando cartas,
ese mismo Carlos que ahora es conocido bajo el nombre de emperador del Santo
Imperio Romano.
»Etienne es el
único en saber el alcance completo de la traición. Por eso D'Alençon desea tan
ardientemente la muerte de Etienne. Sin embargo, no se atreve a golpear
abiertamente, por temor a que su victima, con el último suspiro, le denuncie y
pierda para siempre. Prefiere actuar de un modo más sigiloso, en secreto,
recurriendo a la daga de un asesino, al veneno o a una emboscada. Mientras
Etienne se encuentre aquí, su única oportunidad de salir bien librado es el
secreto absoluto.
—¿Y si hay más
hombres como ese perro de Thibault? —pregunté.
—No —me aseguró—.
Es cierto que hay más, pero los conozco a todos. Su honor se basa en no
traicionar a sus compañeros. En otro tiempo, Etienne formó parte de su banda...
saqueadores, raptores de mujeres, pícaros y asesinos, eso es lo que son.
Sacudí la cabeza,
meditando sobre la singularidad de los hombres. Perducas, un hombre honesto,
era amigo de un canalla como Etienne, incluso estando al corriente de sus
villanías. Estoy segura de que más de un hombre honrado admira en secreto a un
bandido, pues ve en él lo que le gustaría ser, si tuviera coraje para serlo.
Seguí al pie de la
letra los consejos de Perducas y los días pasaron lentamente. Salía raramente
de la taberna, salvo por la noche, para pasear por el bosque, evitando a los
campesinos y a los habitantes de la aldea. Un nerviosismo y una agitación
creciente se apoderaron de mí; tenía el presentimiento de que iba a ocurrir
algo..., sin saber qué, sentía que pronto había que pasar a la acción y
hacer..., qué era, lo ignoraba. Así pasó una semana, y luego conocí a Guiscard
de Clisson.
3
Más allá de las
vigas roídas por las ratas, las sórdidas cabañas de los campos:
Por encima del
lamento de las ruedas de la carreta arrastrada por los bueyes sobre el suelo
endurecido, escucho el retumbar de tambores lejanos que me llaman noche y día.
Hacia rutas por las
que cabalgan capitanes envueltos en hierro y cubiertos de rosas, con banderas
que ondean en el aire, teñidas de escarlata...
¡Al otro lado del
mundo!
Tambores en mis
oídos
Una mañana entré en
la sala comunal tras haber paseado desde muy temprano en el bosque y me
inmovilicé al ver a un desconocido instalado en una mesa, dedicado a roer a
dentelladas un grueso hueso de buey. El hombre dejó de comer y me miró
fijamente. Era un hombre grande y fuerte, de hombros cuadrados. Una larga
cicatriz señalaba sus demacradas facciones y sus ojos grises tenían la misma
frialdad del acero. A decir verdad, era un hombre envuelto en acero; llevaba
coraza, quijotes y perneras metálicas. Su gran espada estaba cruzada sobre sus
rodillas, el capacete sobre el banco a su lado.
—¡Por Dios!
—exclamó—. ¿Eres un hombre o una mujer?
—¿Tú qué crees?
—repliqué, apoyando las manos sobre la mesa y bajando la mirada hacia él.
—Sólo un imbécil
haría la pregunta que acabo de hacerte —dijo con un movimiento de cabeza—.
Tienes todos los atributos de la mujer; sin embargo, esa ropa parece
adecuada..., en cierto modo extraño. Lo mismo que la pistola que llevas al
cinto. Me recuerdas a una mujer que conocí hace tiempo; andaba y luchaba como
un hombre; murió en un campo de batalla, atravesada por la bala de una pistola.
Sin embargo, no era atractiva; tú eres bella y seductora; pero hay algo en ti,
sin embargo, que te hace parecida a ella, algo en tu silueta, en tu aspecto...,
no, no sé... Siéntate y hablemos un poco. Me llamo Guiscard de Clisson. ¿Has
oído hablar de mí?
—Más de una vez
—respondí sentándome—. En mi aldea natal se cuentan muchas historias sobre ti.
Eres el jefe de los mercenarios y de los Compañeros Francos.
—Cuando los hombres
tienen estómago como para seguirme —dijo, volviendo a comer y señalando la
jarra de vino—. ¡Ah, por las tripas de Judas, bebes como un hombre! ¡Quizá las
mujeres se estén convirtiendo en hombres en estos tiempos, pues ya hay muchos
hombres que se han convertido en mujeres! Todavía no he enrolado a nadie en
esta provincia, mientras que antes, todavía lo recuerdo, los hombres peleaban
para tener el honor de seguir a un capitán de mercenarios. ¡Muerte de Satanás!
Ahora que el Emperador reúne a sus malditos lansquenetes para atacar a de
Lautrec y echarle de Milán, cuando el rey más necesita soldados, sin hablar del
rico botín que espera en Italia, todo francés robusto debía ponerse en marcha
hacia el sur, ¡por Dios! ¡Ah, el valor y la fuerza de los hombres de antaño!
Mientras examinaba
a aquel veterano de rostro marcado por las guerras y oía sus palabras, los
latidos de mi corazón se aceleraron, llenándome de un extraño deseo. Tuve la
impresión de escuchar, como había escuchado tan a menudo en mis sueños, el
lejano retumbar de los tambores.
—¡Iré contigo!
—grité—. Estoy cansada de ser una mujer. ¡Formaré parte de la compañía!
Se echó a reír y
dio una sonora palmada en la mesa, como si hubiera oído una buena broma.
—¡Por San Denis,
muchacha —exclamó—, tienes el ardor necesario, pero hacen falta algo más que un
par de pantalones para ser un hombre!
—Si esa mujer de la
que hablabas era capaz de ir al combate, ¡yo también! —exclamé a mi vez.
—No. —Sacudió la
cabeza—. Margot la Oscura de Avignon era un caso único, una entre un millón.
Olvida esas fantásticas ideas, hija mía. Vuelve a ponerte faldas y conviértete
en una mujer como las demás. Cuando hayas alcanzado el puesto que te
corresponde, con lo guapa que eres, a fe mía... ¡que me encantará que vengas
conmigo!
Dejando escapar un
juramento que le hizo sobresaltarse, me levanté de un salto, echando el banco
hacia atrás, derribándolo sonoramente. Me planté en pie ante él, apretando y
levantando los puños, sintiendo que la rabia me invadía.
—¡Siempre el hombre
en un mundo de hombres! —siseé entre dientes—. Una mujer debe saber cuál es su
puesto: ordeñar vacas, hilar lana, coser, cocer el pan y tener hijos. Sobre
todo, no debe mirar más allá del umbral de su casa, ni apartarse de las órdenes
de su amo y señor. ¡Bah! ¡Escupo sobre todos vosotros! ¡No hay un hombre vivo
que pueda enfrentarse a mí con las armas en la mano y sobrevivir! Y antes de
morir se lo demostraré al mundo entero. ¡Mujeres! ¡Vacas! ¡Esclavas! Siervas
temerosas que gimen y se arrastran... que inclinan la espalda bajo los golpes y
se vengan... matándose con sus propias manos, como mi hermana me proponía que
hiciera yo misma. ¡Ja! ¿Me niegas un sitio entre tus hombres? Por Dios, viviré
como quieras y moriré como el Señor lo desee, pero si no soy digna de ser la
camarada de un hombre, menos lo soy de ser su amante. ¡Así que vete al
infierno, Guiscard de Clisson, y que el diablo te arranque el corazón!
Con aquellas
palabras, di media vuelta y me fui a toda marcha, dejándole con la boca abierta
a mis espaldas.
Subí la escalera y
entré en la alcoba de Etienne; le encontré tendido en la cama, casi curado,
aunque todavía pálido y débil. Sin duda, aún le quedaban varias semanas de
convalecimiento.
—¿Cómo te sientes?
—le pregunté.
—Bastante bien
—respondió. Tras considerarme durante un instante, añadió—: Agnès, ¿por qué me
perdonaste la vida cuando estabas dispuesta a matarme?
—Lo hizo la mujer
que hay en mí —le contesté de mala gana—, que no puede soportar que un ser
indefenso pida perdón.
—Merecía la muerte
—murmuró— más que Thibault. ¿Por qué me has cuidado, por qué te has ocupado de
mí?
—No quería que
cayeras en manos del duque por mi culpa —le contesté—, pues fui yo quien,
involuntariamente, te traicionó. Ahora que me has preguntado todo lo que
querías, te preguntaré una sola cosa: ¿por qué eres tan canalla?
—Sólo Dios lo sabe
—me dijo, cerrando los ojos—. Nunca he sido otra cosa, por lo menos hasta dónde
recuerdo. Me acuerdo perfectamente de los vertederos de las calles de Poitiers
donde, de niño, robaba mendrugos de pan y mendigaba unas monedas; allí aprendí
a desenvolverme y a vivir. He sido soldado, contrabandista, chulo, matón,
ladrón... siempre un oscuro canalla. Por San Denis..., algunas de mis acciones
son tan negras que no te las puedo revelar. Y sin embargo, en alguna parte, de
cierto modo, siempre ha habido un Etienne Villiers, oculto en lo más profundo
del ser que soy, que no ha sido afectado por mi otra naturaleza. Ahí adentro
subsisten los remordimientos y el miedo, las cosas que me hacen sufrir. Por eso
te supliqué que me perdonaras cuando debía recibir la muerte con alegría..., y
ahora, entendido esto, estoy diciéndote la verdad cuando lo que debía hacer es
contarte mentiras para seducirte. ¡Ojalá el Cielo quisiera que sólo fuese un
santo o un canalla!
En aquel instante,
un ruido de pasos pesados retumbó en la escalera, junto con el sonido de unas
voces brutales. Salté para echar el cerrojo de la puerta al escuchar el nombre
de Etienne junto con un alarido. Me detuvo con un gesto de la mano, con el oído
atento; se dejó caer hacia atrás con un suspiro de alivio.
—No; he reconocido
la voz. ¡Entrad, compañeros! —gritó.
Una banda de
rufianes de mala cara irrumpió en la habitación; aquellos hombres eran
conducidos por un canalla de vientre inmenso, con unas botas gigantescas. A sus
espaldas, avanzaban cuatro hombres, vestidos con harapos, cubiertos de
cicatrices, con las orejas cortadas, los ojos cubiertos por parches y las
narices aplastadas. Me miraron amenazadoramente y luego lanzaron furibundas
miradas al hombre postrado en la cama.
—Vamos, Etienne
Villiers —dijo el hombre tripudo—, ¡al fin te encontramos! Es menos fácil
escapar de nosotros que del duque de Alençon, ¿no es verdad?
—¿Qué dices,
Tristán Pelligny? —preguntó Etienne, con una sorpresa apenas disimulada—.
¿Habéis venido a saludar al compañero herido o...?
—¡Hemos venido a
pedirle cuentas a una rata! —rugió Pelligny. Se volvió y señaló con un gesto
teatral a su banda de miserables, señalando con un índice mugriento a cada uno
de ellos—. ¿Ves quién está aquí, Etienne Villiers? Jacques el Verrugas, Gastón
el Lobo, Jehan el Desojerado y Conrad el Germano. Y yo mismo, con lo que
sumamos cinco. Hombres de bien, cierto; antiguos compañeros... ¡venidos a
juzgar a un infame asesino!
—¡Estáis locos!
—exclamó Etienne, apoyándose sobre los codos—. Cuando estaba con vosotros,
¿acaso no soporté siempre la parte que me tocaba, aceptando el penoso trabajo y
los peligros de la vida del ladrón, compartiendo lealmente el botín con
vosotros?
—¡No se trata del
botín! —bramó Tristán—. Hablamos de nuestro compañero Thibault Bazas,
cobardemente asesinado por ti en la taberna Los Dedos del Pícaro.
Etienne abrió la
boca; dudó, me lanzó una mirada sorprendida y cerró la boca. Yo di un paso
hacia adelante.
—¡Idiotas!
—exclamé—. Él no asesinó a ese puerco de Thibault. ¡Yo fui quien lo hizo!
—¡San Denis! —dijo
Tristán lanzando una risotada.—Eres la chica disfrazada de hombre de la que nos
habló la fregona! ¿Que tú mataste a Thibault? ¡Ja! Una buena mentira, pero nada
convincente para alguien que conociera a Thibault. La criada nos dijo que oyó
los ruidos de la pelea; aterrada, huyó hacia el bosque. Cuando se atrevió a
volver, Thibault estaba tirado en el suelo, muerto; Etienne y la chica que iba
con él se habían ido juntos al galope. No, esto está claro, Etienne mató a
Thibault, sin duda por esta zorra, precisamente. Cuando hayamos arreglado
cuentas con Etienne, nos ocuparemos de su amante, ¿no os parece, camaradas?
Gritos de
aprobación y bromas obscenas le respondieron.
—Agnès —dijo
Etienne—, llama a Perducas.
—¡Hazlo y te mando
al Infierno! —exclamó Tristán—. De todos modos, Perducas y todos sus criados
están fuera, en los establos; están curando al jamelgo de Guiscard de Clisson.
Habremos terminado cuando vuelvan. Vamos, coged a ese traidor y echadle sobre ese
banco. Antes de rebanarle la garganta voy a cortarle con el cuchillo algunas
otras partes de su cuerpo.
Me echó hacia un
lado con desprecio y avanzo con pasos largos hacia el lecho de Etienne, seguido
por los demás. Etienne intentó levantarse; Tristán le asestó un puñetazo,
haciéndole caer de nuevo sobre la cama. En aquel momento, la habitación se tiñó
de rojo para mis ojos y todo dio vueltas a mi alrededor. De un salto, sostuve
la espada de Etienne en mis manos; al contacto de su empuñadura, una fuerza y
seguridad desconocida corrieron como fuego por mis venas.
Lanzado un grito de
feroz alegría, me lancé sobre Tristán. Se volvió vivamente, boqueando y
buscando torpemente su propia espada. Puse fin a sus balidos hundiendo la
espada en su cuello y destrozándole los músculos. Cayó a tierra, escupiendo un
río de sangre; su cabeza se unía a su cuerpo por unos pocos jirones de carne.
Los otros rufianes empezaron a aullar, como si fueran una jauría de perros, y
se lanzaron sobre mí, impulsados por el miedo y la cólera. Recordando
bruscamente la pistola que llevaba a la cintura, la saqué velozmente y disparé
a bocajarro en la cara de Jacques, haciendo saltar su cráneo y transformando
sus facciones en un amasijo sanguinolento. Entre el humo que llenó súbitamente
la habitación, los otros se lanzaron sobre mí, bramando obscenos juramentos.
Las cosas para las
que hemos nacido..., las hacemos con naturalidad, con talento, y no hace falta
ninguna enseñanza. Yo, que nunca antes había tenido una espada entre las manos,
la manejaba con un instinto que no había conocido hasta entonces, como si tuviera
algo vivo entre mis dedos. Me di cuenta de nuevo que mi agudeza visual y mi
rapidez de movimientos —tanto de las manos como de los pies— no podían ser
igualados por la de aquellos estúpidos rufianes. Lanzaban aullidos y golpeaban
el aire al azar, malgastando la energía de sus movimientos, como si sus espadas
fueran navajas. Por mi parte, golpeaba observando un silencio mortal, con una
precisión e infalibilidad igualmente mortales.
No conservo muchos
recuerdos de aquel combate; todo pasó en medio de una bruma escarlata y de ello
me quedan sólo algunos detalles. El curso de mis ideas era demasiado rápido
para que mi cerebro pudiera registrarlo; no sé nada realmente, salvo algunos saltos,
algunos movimientos de la cabeza, y contraataques, pero evité las hojas que
cortaban el aire. Sólo sé que abrí en dos la cabeza de Conrad el Germano, como
si fuera un melón; su cerebro chorreó por la hoja de mi espada de un modo
aterrador. Y recuerdo que el que se llamaba Gastón el Lobo, confiando en la
cota de malla que llevaba bajo los harapos, se mostró imprudente: bajo mis
golpes furiosos, las apretadas mallas cedieron y se derrumbó, esparciendo sus
entrañas por el suelo. Luego, como en medio de una bruma rojiza, sólo quedó
Jehan: se lanzó sobre mí, alzando la espada y abatiéndola ferozmente.
Detuve la muñeca
mientras descendía y se la corté con la espada. La mano que sostenía la espada
voló de la muñeca y describió un círculo inmenso y escarlata en el aire.
Mientras miraba estúpidamente el muñón que chorreaba sangre, le atravesé el
cuerpo con tal ferocidad que la guarda en forma de cruz golpeó violentamente
contra su pecho; llevada por el impulso, caí con él al suelo.
No recuerdo cómo
hice para levantarme y sacar la hoja. Con las piernas tensas y separadas,
apoyando la espada en el suelo, me tambaleaba rodeada de cadáveres hasta que
fui dominada por unas náuseas horribles. Conseguí llegar hasta la ventana,
donde, inclinando la cabeza, vomité abundantemente. Me di cuenta entonces de
que sangraba por una herida en el hombro; tenía la camisa hecha jirones. La
habitación daba vueltas a mi alrededor y el olor a sangre fresca, manando de
las entrañas de los que había reventado, me reanimó. Como en medio de la niebla
vi el pálido rostro de Etienne.
Entonces, un ruido
de rápidos pasos resonó en la escalera y Guiscard de Clisson irrumpió en la
habitación, empuñando la espada, seguido de Perducas. Abrieron los ojos
desmesuradamente y me miraron fijamente, como impactados por un rayo. De
Clisson lanzó un juramento terrible.
—¿No te lo había
dicho? —exclamó Perducas—. ¡Es el demonio en persona! ¡San Denis, que matanza!
—¿Es obra tuya,
hija mía? —preguntó Guiscard con una voz extrañamente aflautada. Eché hacia
atrás mis empapados cabellos y me incorporé titubeante, luchando contra el
vértigo.
—Sí. Era una deuda
que debía pagar.
—Por Dios —murmuró,
lanzándome inflamadas mirada—. Hay algo oscuro y raro en ti, pese a tu juventud
y belleza.
—¡Es en verdad
Agnès la Negra! —dijo Etienne, apoyándose en un codo—. Una estrella tenebrosa
brilla desde que nació..., una estrella hecha de tinieblas y tumulto. Por donde
quiera que vaya, habrá sangre derramada y hombres muertos. Lo comprendí en
cuanto la vi, recortándose contra el sol que transformaba en sangre la daga que
llevaba en la mano.
—He pagado mi deuda
contigo —dije—. Si, algún día, puse tu vida en peligro, he rehecho mi error con
toda esta sangre.
Lanzando a sus pies
su propia espada manchada de sangre, me volví hacia la puerta.
Guiscard se había
quedado inmóvil, asombrado, estupefacto. Sacudió la cabeza como si saliera de
un trance y se unió a mí con pasos largos.
—¡Por las garras
del Demonio! —dijo—. Lo que acaba de pasar hace que cambie radicalmente de
opinión. ¡Eres la nueva Margot la Oscura de Avignon! Una verdadera guerrera,
con una buena espada, vale por una veintena de hombres. ¿Sigues queriendo venir
conmigo?
—Como compañera de
armas —le respondí—. No soy amante de nadie.
—De nadie, salvo de
la Muerte —replicó, mirando los cadáveres.
4
Sus hermanas se
encorvan para tejer
Y roen unas migajas
de pan,
Pero ella lanza su
caballo al galope, vestida con seda y acero,
Y sigue los
tambores de sus sueños.
La Balada de Agnès
la Negra.
Una semana después
del combate que se desarrolló en la alcoba de Etienne, Guiscard de Clisson y yo
abandonamos la taberna El Jabalí Rojo para tomar la ruta que conducía hacia el
este. Montaba un brioso alazán e iba ataviada como correspondía a un compañero
de Giscard de Clisson. Llevaba un jubón de terciopelo y calzas de seda, con
altas botas españolas; bajo el jubón, una fina cota de mallas de acero protegía
mi cuerpo y un capacete pulido colgaba tras mi roja melena. Llevaba dos
pistolas cruzadas a la cintura, y una espada colgaba envainada en una funda
ricamente trabajada. Una gran capa de seda escarlata flotaba sobre mis hombros.
Guiscard había comprado todo aquello, riendo al verme protestar ante su
generosidad.
—Me lo devolverás
todo con el botín que nos espera en Italia —replicó—. De todos modos, un
compañero de Guiscard de Clisson debe partir a la guerra elegantemente
ataviado.
A veces me
preguntaba si la aceptación de Guiscard por considerarme como a un hombre era
tan sincera como pretendía hacerme creer. Quizá alimentaba, secretamente, su
primera idea... ¡pero poco importaba!
Aquella semana
había sido completa. Cada día, durante varias horas, Giscard me había enseñado
el arte de la esgrima. Él mismo era considerado como una de las mejores espadas
de Francia, y afirmaba que nunca había tenido un alumno tan aventajado como yo.
Aprendí todas las delicadezas y las trampas de aquel arte, como si hubiera
nacido para ello; mi rapidez de movimientos y mis ataques relampagueantes
sacaban frecuentes juramentos de sorpresa de sus labios. En cuanto a lo demás,
había aprendido a disparar, tanto con pistola como con arcabuz, y descubierto
muchas artimañas mortales y asaltos muy eficaces para el combate cuerpo a
cuerpo. Nunca un principiante tuvo un maestro tan eficiente, ni nunca un
maestro tuvo un estudiante tan deseoso de aprender todo lo que tenía aquel
oficio. Ardía en deseos de aprender. Tenía la impresión de haber nacido por
segunda vez y descubrir un mundo totalmente nuevo..., sin embargo, yo estaba
hecha para aquel mundo, desde que nací. Mi vida anterior parecía un sueño
lejano que no tardaría en olvidar.
Así, muy temprano,
aquella misma mañana, antes de que el sol naciera, montamos, en el patio de El
Jabalí Rojo, mientras Perducas nos deseaba buen viaje. Cuando nos íbamos,
alguien gritó mi nombre; vi un rostro muy pálido asomando de una de las
ventanas del piso superior.
—¡Agnès! —gritó
Etienne—. ¿Te vas sin decirme adiós?
—¿Por qué debía
haber tanta ceremonia entre nosotros? —le pregunté—. Ninguno de los dos le debe
nada al otro. Ni tenemos mucha amistad, que yo sepa. Estás lo bastante
recuperado como para ocuparte de ti mismo; en consecuencia, ya no necesitas mis
cuidados.
Y, sin decir nada
más, sacudí las riendas del caballo y me lancé al lado de Giscard en la ruta
que serpenteaba a través de los bosques. Me miró de soslayo y enarcó las cejas.
—Eres una mujer muy
rara, Agnès la Negra —dijo finalmente—. Pareces ir por la vida como una de las
Parcas, insensible, inmutable, llevando la tragedia y el destino. Creo que los
hombres que te acompañen no se harán muy viejos.
No respondí y
seguimos atravesando el bosque. El sol se alzó, inundando de oro las hojas de
los árboles; las ramas se agitaban suavemente con la brisa del amanecer. Un
ciervo atravesó con paso vivo el sendero ante nosotros y los pájaros cantaban
llenos de la alegría de vivir.
Seguimos el camino
que había seguido tras el combate en Los Dedos del Pícaro, sosteniendo a
Etienne entre mis brazos. Pero, casi al mediodía, tomamos otro camino, más
ancho, que derivaba hacia el sudeste. Habíamos recorrido muy poco trecho cuando
Guiscard exclamó:
—¡Qué tranquilidad!
¿Por qué no será el hombre tan apacible como la naturaleza?
Poco después,
añadió:
—¡Hola! ¿Quién anda
ahí?
Un bribón que
dormía bajo un árbol se despertó sobresaltado. Se incorporó, nos miró fijamente
y, acto seguido, dándose la vuelta, echó a correr entre los enormes robles que
bordeaban el camino y desapareció.
Apenas tuve tiempo
para verle: era, aparentemente, un ladronzuelo con las ropas encapuchadas de un
leñador.
—Nuestra apariencia
marcial le ha atemorizado —dijo Guiscard riendo.
Sin embargo, una
extraña inquietud se apoderó de mí, haciéndome mirar nerviosamente las verdes
murallas que nos rodeaban.
—No hay ladrones en
este bosque —murmuré—. No tenía razón alguna para huir así, sólo con vernos. No
me gusta esto. ¡Escucha!
Un silbido agudo y
estridente se elevó súbitamente en el aire, saliendo de entre los árboles.
Algunos instantes más tarde, otro silbido respondió al primero, más lejano,
hacia el este, apagado por la distancia. Prestando oídos, me pareció escuchar
un tercer silbido, todavía más lejano.
—No me gusta esto
—repetí.
—Un pájaro llamando
a su compañera —se burló.
—Nací y me crié en
los bosques —respondí, impaciente—. No se trata de pájaros. Son hombres
intercambiando señales, ocultos entre los árboles. No sé decir por qué, pero
estoy segura de que se relaciona con ese rufián que huyó nada más acercarnos.
—Tienes el instinto
de un viejo soldado —dijo Guiscard riendo. Se quitó el casco, pues hacía mucho
calor, y lo ató al arzón de la silla—. Desconfiada... Siempre en vela..., muy
bien. Pero no malgastes tanta reserva en estos bosques, es inútil, Agnès. Yo no
tengo enemigos en esta región. Soy muy conocido por aquí y sólo cuento con
amigos. Y, como no hay forajidos en el bosque, no hay nada que debamos temer.
—Te aseguro
—protesté, mientras seguíamos nuestro camino— que tengo el funesto
presentimiento de que se está preparando algo. ¿Por qué ha huido ante nosotros
ese ladronzuelo y ha avisado a sus compañeros ocultos de que estábamos
llegando? No sigamos por esta ruta, tomemos un camino forestal.
Nos alejábamos del
lugar en que oímos el primer silbido y entrábamos en un valle de terreno
accidentado, cruzado por un río poco profundo. La ruta se ensanchaba
ligeramente, aunque sin dejar de estar rodeada por los árboles y una tupida
espesura. Al lado izquierdo, muy cerca del camino, los arbustos eran muy
abundantes. A la derecha estaban más diseminados, bordeando un arroyuelo cuya
orilla opuesta se hallaba a los pies de abruptos acantilados. El espacio
invadido por las ramas, entre el camino y el arroyo, podía tener cien pasos de
ancho.
—Agnès, hija mía
—decía Guiscard—, te repito que estamos tan seguros como...
¡Craac! Con el
sonido de un trueno una salva retumbó en la espesura a nuestra izquierda,
cubriendo el camino con un humo espeso. Mi caballo lanzó un gemido de dolor y
tropezó. Vi a Guiscard de Clisson alzar las manos y caer hacia atrás sobre su
silla. Acto seguido, su montura se encabritó y cayó sobre él. Vi todo aquello
en un instante fugitivo, pues mi caballo se lanzó con una velocidad frenética a
través de la fragosidad del monte por la parte derecha de la ruta. Una rama me
golpeó violentamente y me derribó por tierra, donde quedé tendida, medio
desmayada, oculta por la espesura.
Al estar en el
suelo no podía ver el camino por lo espeso de la vegetación, pero pude escuchar
unas voces brutales y exclamaciones groseras; a continuación, el ruido de unos
pasos precipitados, como de hombres que salieran de sus escondrijos y corrieran
por el sendero.
—¡Tan muerto como
Judas Iscariote! —bramó uno de ellos—. ¿Qué ha sido de la chica?
—Su caballo se ha
ido hacia allí. ¡Mirad, está cruzando el arroyo, chorreando sangre! ¡La chica
no lo monta! Ha debido caerse entre los arbustos.
—Lástima que no
tengamos que capturarla viva —dijo un tercero—. Nos habría divertido un poco.
Pero el duque nos ha dicho que no corramos ningún riesgo. ¡Ah, ahí llega el
capitán de Valence!
Un retumbar de
cascos se escuchó al otro lado del camino y el jinete observó:
—He escuchado el
disparo. ¿Dónde está la chica?
—Muerta, entre la
espesura —le respondieron—. El hombre está aquí.
Un breve silencio.
A continuación:
—¡Abortos del
Infierno! —rugió el capitán—. ¡Imbéciles! ¡Desgraciados! ¡Perros! ¡Éste no es
Etienne Villiers! ¡Habéis asesinado a Guiscard de Clisson!
Confusas protestas
se dejaron oír, al igual que maldiciones, acusaciones y negaciones, dominadas
por la voz de aquél a quien llamaban de Valence.
—Estoy seguro,
¡reconocería a de Clisson incluso en el Infierno! Es él, seguro, aunque su
cabeza no sea más que un amasijo sanguinolento. ¡Malditos imbéciles!
—No hemos hecho más
que obedecer las órdenes —rezongó otro—. Cuando oísteis la señal, nos
apostasteis en emboscada y nos ordenasteis abatir a quienes avanzaran por el
camino. ¿Cómo podíamos reconocer al que debíamos matar? Nunca dijisteis su
nombre; nuestro trabajo no consistía más que en abatir al hombre que nos
dijeseis. ¿Por qué no os quedasteis con nosotros para certificar el trabajo?
—¡Porque así sirvo
mejor los intereses del duque, imbécil! —aulló duramente de Valence—. Soy
demasiado conocido. No podía correr el riesgo de que alguien me viera y me
reconociese... si es que la emboscada fracasaba.
Empezaron a echarse
la culpa unos a otros. Oí un golpe violento y un gemido de dolor.
—¡Perro! —juró de
Valence—. ¿No diste tú la señal de que Etienne venía en esta dirección?
—¡No es culpa mía!
—aulló el pobre diablo, un campesino a juzgar por su acento—. No le conocía. El
tabernero de Los Dedos del Pícaro me dijo que estuviese atento al hombre que
viajaba acompañado por una muchacha vestida con ropas masculinas. Así que, cuando
la vi con el soldado, pensé que era Etienne Villiers sin lugar a dudas...
¡Aaaah..., no, piedad!
Retumbó una
detonación seguida de un grito estrangulado y el ruido de un cuerpo al caer al
suelo.
—Si el duque se
entera de esto, nos colgará —se le oyó decir al capitán—. Guiscard gozaba del
favor del vizconde de Lautrec, gobernador de Milán. D'Alençon nos ahorcará para
congraciarse con el vizconde. Debemos salvar la piel. Arrojemos los cuerpos al
arroyo y así nadie sabrá nada. Dispersaos y buscad el cuerpo de la chica. Si
todavía está viva, debemos hacerla callar para siempre.
Al oír aquellas
palabras empecé a arrastrarme, alejándome y abriéndome paso hacia la corriente
de agua. Mirando hacia el otro lado del arroyo, vi que la orilla opuesta era
poco elevada y lisa, cubierta por la espesura y rodeada de acantilados como ya
he dicho, donde me pareció ver la entrada de un desfiladero. Quizá pudiera
escapar por allí. Reptando hasta el borde del agua, me levanté rápidamente y
corrí sin hacer ruido hacia la corriente: el arroyo se desplazaba sobre un
lecho rocoso y era poco profundo. El agua apenas me llegaba a las rodillas. Los
rufianes se habían dispersado, formando un arco, y daban una batida por la
espesura. Les oía a mis espaldas y a ambos lados de mí. Súbitamente, uno de
ellos empezó a gritar, como un perro que encuentra su presa.
—¡Allí, está
huyendo! ¡Detente, maldita seas!
Retumbó una
detonación y una bala de arcabuz pasó silbando junto a mi oreja, pero seguí
corriendo tan deprisa como podía. Se lanzaron en mi persecución corriendo entre
los arbustos y lanzando alaridos..., eran una docena, con mallas y armadura,
con la espada en la mano.
Uno de ellos salió
de entre la espesura, muy cerca del arroyo, mientras yo avanzaba a duras penas
por el agua. Temiendo una estocada en la espalda, me di media vuelta y le
esperé en medio de la corriente. Entró impetuosamente en las aguas, chapoteando
como un toro. Era un rufián enorme, con espesas patillas; me lanzó una estocada
y un alarido.
Cruzamos nuestros
aceros, lanzando estocadas y fintas, atacando, contraatacando y deteniendo
golpes con el agua hasta las rodillas. Yo estaba en desventaja, pues la
corriente entorpecía mis movimientos, de ordinario relampagueantes. Su espada
golpeó violentamente en mi casco, produciendo chispas delante de mis ojos. Al
ver que los otros llegaban en su auxilio, puse todas mis fuerzas en un ataque
feroz y hundí la espada entre sus dientes tan ferozmente que la punta apareció
por su nunca y tintineó al chocar contra su casco.
Saqué la hoja con
un vivo giro al tiempo que se derrumbaba, tiñendo de púrpura las aguas del
arroyo. En el mismo instante, una bala de pistola me alcanzó en el muslo.
Tropecé y recuperé el equilibrio, consiguiendo salir a trompicones del agua. Me
arrastré sobre la orilla. Los espadachines se lanzaron al agua, profiriendo
amenazas y blandiendo las espadas. Algunos me dispararon, pero apuntaron mal y
conseguí llegar hasta el acantilado, arrastrando la pierna herida. Tenía la
bota llena de sangre y apenas sentía la pierna.
Me hundí entre la
espesura, hacia la entrada de la cañada; luego, me inmovilicé. Una helada
desesperanza hizo presa en mi corazón. Estaba cogida en una trampa. No era de
un desfiladero de lo que había visto la entrada, sino una simple grieta, aunque
bastante ancha; la grieta seguía apenas unos pasos, para luego irse estrechando
y convertirse en una angosta fisura en la pared rocosa. Formaba casi un
triángulo cuyas paredes eran demasiado altas y abruptas para que pudiera
escalar por ellas, con la pierna herida o no.
Los espadachines se
dieron cuenta de mi desesperada situación y se acercaron lanzando gritos de
triunfo. Dejándome caer sobre la rodilla indemne, detrás de las matas de la
entrada de la grieta, alcé la pistola y abatí al primero de aquellos rufianes
de un balazo en la cabeza. Aquello detuvo momentáneamente su asalto y se
dispersaron para ponerse a cubierto. Los que todavía se hallaban en la otra
orilla se retiraron hacia los árboles, mientras que los que habían cruzado el
río se protegían entre las matas cerca de la orilla.
Recargué la pistola
y quedé a la espera, mientras se insultaban entre ellos y empezaban a disparar
los arcabuces hacia el lugar donde me había refugiado. Pero las pesadas balas
silbaron al pasar por encima de mi cabeza, o se aplastaron en la pared rocosa.
Vi a uno de aquellos rufianes correr a la descubierta, encogido, hacia un
matojo más cerca de mi escondrijo, y le alojé una bala en el cuerpo; sus
compañeros empezaron a gritar invectivas sanguinarias y dispararon a
discreción. Pero la distancia era demasiado grande para los que se encontraban
en la orilla opuesta, y los otros no podían apuntar con precisión, por miedo a
descubrirse.
Uno de ellos gritó
al poco:
—¡Malditos
bastardos! ¡Seguid algunos de vosotros el curso de agua! Buscad un lugar por el
que se pueda trepar el acantilado... ¡así podréis disparar contra ella desde
arriba!
—¡Eso no servirá de
nada! ¡No podemos cruzar sin descubrirnos! —respondió de Valence desde su
escondite—. ¡Y dispara con una precisión diabólica! ¡Esperemos! ¡La noche está
a punto de caer! En la oscuridad, no podrá apuntar. De todos modos, esta cogida
como una rata. Cuando esté tan oscuro que no pueda vernos, atacaremos y
acabaremos con este asunto. La muy zorra está herida, lo sé. ¡Esperemos el
momento adecuado!
Disparé al azar un
tiro lejano, apuntando a los arbustos de donde provenía la voz del capitán. Por
la sarta de blasfemias que llegó hasta mí, pude averiguar que la bala había
pasado lo bastante cerca como para darle más miedo que mil diablos. Siguió un período
de espera, marcado ocasionalmente por el disparo de un arcabuz desde los
árboles. La pierna me dolía atrozmente y me rodeaba una nube de moscas. Al
principio, el sol impactaba violentamente en mi refugio; luego, se retiró y
pude disfrutar de una sombra muy agradable. Pero el hambre me atenazaba; la sed
se hizo tan ardiente que me hizo olvidar el hambre. El hecho de tener el arroyo
a pocos pasos y oír el suave chapoteo del agua estaba a punto de volverme loca.
Y la bala en el muslo me dolía de un modo tan atroz que me decidí a extraería
con ayuda de mi daga. Una vez hecho, taponé la herida con un amasijo de hojas.
No veía ninguna
salida. Aparentemente, iba a morir allí..., y conmigo desaparecían todos mis
sueños de gloria, de magnificencia, de aventuras brillantes y exultantes. Los
tambores cuyo retumbar había pretendido seguir parecían apagarse e irse cada
vez más lejos, como un clamoreo lejano, sin dejar tras ellos más que las
cenizas moribundas de la muerte y el olvido.
Sin embargo, cuando
me enfrenté con mi alma en busca del miedo, no lo encontré, y sí en cambio
hallé resentimiento y una cierta tristeza. Más valía morir así que vivir y
envejecer como todas las mujeres a las que había conocido. Pensé en Guiscard de
Clisson, yaciendo junto al cadáver de su caballo, con la cabeza bañada en
sangre. Lamenté amargamente que la muerte le hubiera sorprendido de un modo tan
lamentable y que su muerte no llegara como a él le hubiese gustado..., en un
campo de batalla, con la bandera de su rey ondeando por encima de su cabeza y
las fanfarrias de las trompetas atronando en sus oídos.
Las horas pasaban
lentamente. En un momento dado me pareció escuchar el galope de un caballo,
pero no tardó en desaparecer. Cambié de lugar mi cuerpo dolorido y maldije
contra los mosquitos, deseando que mis enemigos se lanzaran al asalto mientras
todavía había algo de luz que me permitiera apuntar.
Luego, en el
momento en que les escuchaba empezar a preguntarse, en la noche creciente, una
voz —por encima de mí y a mis espaldas— me hizo volverme vivamente, alzando las
pistolas. Creí que al fin habían escalado el acantilado para pillarme por la
retaguardia.
—¡Agnès! —La voz
era apenas un susurro e insinuaba una plegaria—. ¡No dispares, por amor de
Dios! ¡Soy yo, Etienne!
Los arbustos se
abrieron y un rostro pálido me miró por encima del borde del acantilado.
—¡Ocúltate, loco!
—exclame—. ¡Van a matarte como a un pichón!
—No pueden verme
desde donde están —me confirmó—. Habla en voz baja, muchacha. Mira, voy a dejar
caer una cuerda. Tiene nudos. ¿Puedes, trepar? Con un único brazo indemne, no
podré serte de mucha ayuda.
Me inflamó una
súbita esperanza.
—¡Sí! —silbe—. Deja
caer la cuerda y átala fuerte. Les estoy oyendo cruzar el arroyo.
En el seno de las
cada vez más profundas tinieblas, vi una cuerda reptilesca que bajaba por el
acantilado; la así con impaciencia. Enrollando la rodilla sana alrededor de la
cuerda, subí lentamente a pulso. Era un esfuerzo penoso; el extremo inferior de
la cuerda colgaba libremente y yo no dejaba de dar vueltas como si fuera un
péndulo. Además, todo el trabajo debía realizarlo sólo con las manos, pues la
pierna herida estaba tan tiesa como la vaina de una espada. De todos modos, mis
botas españolas no eran lo más adecuado para aquel tipo de escalada.
Sin embargo,
conseguí llegar hasta lo alto y me asomé por el borde de la pared rocosa. En
aquel momento el prudente crujido del cuero sobre la arena y los chasquidos del
acero me hicieron saber que los espadachines se reunían para acercarse a la
entrada de la grieta, preparándose para el asalto final.
Etienne subió la
cuerda velozmente y me hizo un gesto para que le siguiera. Me señalaba un
camino entre la espesura y me hablaba en voz baja y rápida y con un tono
excitado:
—Oí los disparos
cuando seguía el camino; dejé mi caballo atado a un árbol, en el bosque, y
seguí a pie, acercándome sin hacer ruido para ver lo que pasaba. Vi a Guiscard,
tirado en el camino, muerto. Comprendí, por los gritos de los espadachines, que
estabas rodeada y que tu situación era bastante comprometida. Volví al camino
sin pérdida de tiempo; seguí, a caballo, el arroyo, buscando un lugar desde el
que pudiera llegar a lo alto del acantilado. Encontré un vado. Con mi capa,
hice una cuerda, desgarrándola y entrelazándola con el cinturón, las riendas y
las bridas. ¡Escucha!
A nuestras espaldas
y por debajo de nosotros se alzó un clamor enloquecido..., un furioso concierto
de aullidos y juramentos.
—¡D'Alençon no se
contentará si no es con mi cabeza! —murmuró Etienne—. Pude escuchar a esos
rufianes mientras estaba escondido entre los árboles. Cada ruta de los
alrededores de Alençon está siendo vigilada por bandas como ésta desde que el
maldito posadero le reveló al duque que había vuelto a esta parte del reino de
Francia. Ahora también te perseguirán a ti con el mismo encarnizamiento.
Conozco a Renault de Valence, el capitán de esos soldados. Mientras esté con
vida, la tuya estará amenazada, pues intentará con todas sus fuerzas hacerte
desaparecer..., pues tú eres la única prueba de que sus esbirros asesinaron a
Guiscard de Clisson. ¡Ah, ahí está mi caballo! Deprisa..., ¡es inútil que nos
retrasemos!
—¿Por qué me has
seguido? —le pregunté.
Se volvió y me miró
a la cara, con la suya ensombrecida y pálida en la noche cerrada.
—Te equivocaste al
declarar que no quedaba ninguna deuda entre nosotros —me dijo—. Te debo la
vida. Por mí luchaste contra Tristan Pelligny y sus matones. ¿Por qué sigues
odiándome? Lograste una justa venganza por mi infamia. Consentiste en que
Guiscard de Clisson fuese tu compañero. ¿Puedo ahora ir contigo y luchar a tu
lado?
—Como compañero,
sea, pero nada más —repliqué—. Acuérdate de una cosa...: ya no soy una mujer.
—Seremos hermanos
de armas —aceptó.
Extendí la mano, él
la suya, y nuestros dedos se fundieron por un instante.
—Una vez más,
debemos contentarnos con un solo caballo —dijo, riendo, recuperando la labia y
la alegría de otros momentos—. Vayámonos antes de que esos perros encuentren el
modo de llegar hasta aquí. D'Alençon hace vigilar todos los caminos que
conducen a Chartres, París y Orleans, ¡pero el mundo nos pertenece! ¡Estoy
convencido de que nos esperan horas gloriosas, aventuras, guerras y botín hasta
hartarnos! ¡Vayamos a Italia y lancemos un grito de victoria por las aventuras
intrépidas!
FIN

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