© Libro N° 14091. La Cosa En El
Tejado. Howard,
Robert E. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © La Cosa En El Tejado. Robert E.
Howard
Versión Original: © La Cosa En El Tejado. Robert E. Howard
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Robert E. Howard
La Cosa En El
Tejado
Robert E. Howard
La Cosa En El
Tejado
Robert E. Howard
"Avanzan
pesadamente, a través de la noche. con paso de elefante; y yo, lleno de terror,
me estremezco, mientras me rebujo en la cama.
Despliegan sus
colosales alas sobre lo alto de los tejados, que tiemblan bajo el empuje de sus
pezuñas mastodónticas"
Justin Geoffrey
"Visiones de la Antigua Región"
Comenzaré diciendo
que me sorprendí cuando Tussmann me telefoneó. No habíamos sido muy amigos: la
naturaleza venal de aquel hombre me disgustaba y, tras nuestra áspera
controversia de hacía tres años, cuando había intentado desacreditar mi obra
Testimonios de la cultura Nahua en el Yucatán, que era el resultado de tres
años de cuidadosas investigaciones, nuestras relaciones no eran, ni mucho
menos, cordiales. A pesar de todo lo recibí y me sorprendieron sus modales
bruscos y apresurados, pero en cierta manera distraídos, como si la antipatía
que sentía hacia mí hubiera sido arrinconada por una nueva pasión que ahora lo
dominaba.
El motivo de su
llegada fue aclarado al instante: quería mi ayuda para obtener una copia de la
primera edición de los Cultos Sin Nombre de von Junzt, la conocida como Libro
Negro... ciertamente no por su color sino por su prohibido contenido. También
habría podido pedirme la traducción original griega del Necronomicon: habría
sido igualmente inútil. Aunque después de mi llegada del Yucatán hubiera
dedicado todo mi tiempo a coleccionar libros, ni siquiera había pasado por mi
mente que el volumen editado en Dusseldorf aún pudiera estar en circulación.
Algunas palabras
sobre este rarísimo texto: su extrema ambigüedad, unida a la excentricidad de
la materia tratada, había hecho que fuera considerado desde hacía tiempo como
el delirio de un maníaco, y el autor había sido marcado con el sello de la
locura. Queda constancia, sin embargo, del hecho de que muchas de sus
afirmaciones son incontrovertibles y de qué pasó los cuarenta y cinco años de
su vida explorando lugares fatales, informando sobre noticias secretas y
abismales. No fueron impresas muchas copias de la primera edición y parece ser
que fueron quemadas por sus propios poseedores, después de que von Juntz fuese
hallado muerto, estrangulado en circunstancias misteriosas, en su habitación,
atrancada y cerrada con candado, una noche de 1846, seis meses después de haber
vuelto de un misterioso viaje a Mongolia.
Cinco años más
tarde, un tipógrafo londinense, un tal Bridewall, reimprimió la obra, de forma
abusiva, y publicó una mediocre traducción con fines sensacionalistas llena de
errores de transcripción, de traducciones aproximadas y de los frecuentes
disparates en que incurren los editores improvisados, con pocos escrúpulos
científicos Todo esto desacreditó posteriormente la obra original, y editores y
público olvidaron el libro hasta 1969, cuando la Golden Goblin Press de Nueva
York hizo otra edición.
Se trataba de una
versión tan meticulosamente expurgada que faltaba la cuarta parte de la obra
original. Pero el libro estaba encuadernado con gusto y enriquecido con las
láminas fantásticas y siniestras de Diego Vázquez, un producto exquisito.
Inicialmente, esta edición había sido concebida para el gran público, pero el
gusto artístico de los editores la había preservado de este fin, ya que los
costes de producción habían sido tales que fue necesario ofrecerlo a un precio
prohibitivo.
Estaba explicando
todo esto a Tussmann, cuando me interrumpió bruscamente. afirmando no ser tan
ignorante como yo creía. Una copia de la edición Golden Goblin adornaba su
propia biblioteca, dijo, y había sido en ella donde encontró el pasaje que
había estimulado su interés.
Si lograba
procurarle una copia de la edición de 1839, me recompensaría abundantemente: y
sabiendo, añadió, que habría sido inútil ofrecerme dinero, a cambio de mi
trabajo haría una completa retractación da las antiguas acusaciones sobre mis
investigaciones en el Yucatán, y me presentaría las más sentidas excusas en las
paginas del Scientific News.
Admitiré que me
sentí verdaderamente aturdido por esta proposición y comprendí que si el asunto
era tan urgente para Tussmann debía, ciertamente, ser de la más absoluta
importancia. Le respondí que creía haber rechazado suficientemente sus
acusaciones a los ojos del mundo y que no deseaba obligarlo a humillarse, pero
que haría todo lo que pudiera para procurarle lo que deseaba.
Me dio las gracias
bruscamente y se apresuró a marcharse, explicando vagamente que en el Libro
Negro esperaba encontrar la completa información sobre algo que, evidentemente,
había sido expurgado de la edición americana.
Me puse a trabajar,
escribiendo cartas a amigos, colegas y libreros de todo el mundo y bien pronto
descubrí el haberme comprometido a una colosal tarea. Necesite tres meses para
que mis esfuerzos fueran coronados por el éxito, pero finalmente gracias a la
ayuda del profesor James Clement, de Richmond, Virginia. Pude obtener los que
deseaba.
Se lo comuniqué a
Tussmann, que llegó a Londres en el primer tren. Sus ojos ardían de avidez,
mientras miraba el polvoriento y grueso volumen, con cubierta de cuero y
cierres de hierro oxidado, y sus dedos temblaban de codicia mientras hojeaban
sus páginas amarillentas por el paso del tiempo.
Después lanzó un
grito y pegó con el puño en la mesa, y entonces supe que había encontrado
aquello que había estado buscando.
-¡Escuche! —ordenó,
y me leyó un fragmento en el que se hablaba de un antiguo templo en ruinas, en
la selva de Honduras, donde un extraño dios había sido adorado por una tribu,
extinguida antes de la llegada de los españoles. Después Tussmann leyó, en voz
alta, acerca de la momia que había sido, en vida, el último gran sacerdote de
aquel pueblo desaparecido y que ahora yacía en una cámara tallada en la sólida
roca contra la que habían edificado el templo. Alrededor del apergaminado
cuello de la momia había una cadena de cobre y sobre la cadena una gran Joya
esculpida en forma de sapo. La joya era la llave, continuaba von Juntz, del
tesoro del templo, que yacía escondido en un cripta, en profundos rincones bajo
el altar.
Los ojos de
Tussmann se encendieron.
-¡Yo he visto aquel
templo! He estado frente al altar. He visto la entrada sellada de la cámara en
la que los indígenas dicen que reposa la momia del sacerdote. Es un templo
curioso, tan diferente de las ruinas indias prehistóricas como lo es de los
modernos edificios latinoamericanos. Los indios del contorno insisten en
declarar no tener ninguna relación con aquel lugar y afirman que el pueblo que
construyó el templo era de una raza distinta de la suya, y que ya estaba allí
cuando sus antepasados se instalaron en la región. Yo creo que es la reliquia
de una civilización perdida hace muchísimo tiempo y que comenzó a decaer
milenios antes de la llegada de !os españoles.
»Me habría gustado
penetrar en la cámara sellada, pero no tuve tiempo y además me faltaban los
útiles necesarios. Tenía prisa en alcanzar la costa, porque me había herido
accidentalmente con la pistola, de un tiro en el pié, y llegué casualmente a
aquel lugar.
»Había decidido
volver y echarle otro vistazo, pero les circunstancias me lo impidieron: ¡Mas
ahora no dejaré que nada se interponga en mi camino!. Casualmente leí un
fragmento, en la edición de la Golden Goblin, de este libro, en el que venía
descrito el templo. Pero esto era todo: apenas se mencionaba a la momia.
Interesado, me procuré una copia de la edición Bridewall, pero choqué con un
muro de disparates que desfiguraban el texto. Por un error sobremanera
irritante, el traductor había equivocado hasta la ubicación del Templo del
Sapo, como lo llama von Juntz, situándolo en Guatemala en lugar de Honduras. La
descripción general es poco correcta, aunque venga mencionada la joya, como
incluso el hecho de que se trate de una «llave». Pero, ¿una llave para qué? La
edición Bridewall no lo aclara. Comprendí entonces que estaba sobre la pista de
un descubrimiento sensacional, a menos que von Juntz no fuera, como sostienen
muchos, un loco. Pero está claramente probada su visita a Honduras en el curso
de sus viajes, y nadie podría describir tan vivamente el templo como él lo hace
en el Libro Negro, sin haberlo visto personalmente. No llego a explicarme cómo
hizo para conocer el secreto de la joya, porque los indios que me hablaron de
la momia no me dijeron nada de ninguna gema: no me queda más que pensar que von
Juntz consiguió, de cualquier manera, entrar en le cripta, porque aquel hombre
conocía extraños métodos para enterarse de los más recónditos secretos.
»A lo que sé, sólo
otro hombre blanco ha visitado el Templo del Sapo, aparte de von Juntz y de mi
mismo, el viajero español Juan González, que exploró parcialmente la región en
1793. En sus informes mencionó brevemente un curioso lugar sagrado que difería
de la mayor parte de las ruinas indias halladas, y refirió, en términos
escépticos, una leyenda difundida entre los indígenas, según la cual,
"algo insólito" se escondía bajo el templo. Estoy seguro que se
refería al Templo del Sapo.
»Mañana partiré a
Centroamérica. Quédese con el libro: ya no lo necesito. Este vez iré equipado
con lo conveniente, e intentaré encontrar lo que está escondido en aquel
templo, aunque sea a costa de demolerlo. ¡No puede ser otra cosa que una enorme
cantidad de oro! Los españoles no llegaron a apropiárselo porque cuando
llegaron a aquella región el Templo del Sapo estaba abandonado y ellos buscaban
indios vivos para poder quitarles el oro, por medio de la tortura, y no momias
de razas perdidas. Pero yo obtendré aquel tesoro.
Diciendo esto,
Tussmann se fue. Yo me senté y abrí el libro por la página que él había dejado
de leer y así permanecí hasta medianoche, arrobado por las curiosas
revelaciones de von Juntz, increíbles y, a veces, extremadamente vagas. De esta
forma aprendí sobre el Templo del Sapo cosas que me inquietaron, a tal punto de
inducirme, la mañana siguiente, a intentar avisar e Tussmann, para simplemente
descubrir que ya se había marchado.
Pasaron muchos
meses, después de los cueles recibí una carta suya en la que me invitaba a
pasar algunos días con él en su propiedad de Sussex. Me pidió también que
llevara conmigo el Libro Negro.
Llegué a la
hacienda de Tussmann, que estaba bastante apartada, poco después del
crepúsculo, Vivía según usos casi feudales, y la gran casa cubierta de hiedra y
los prados en torno a la misma estaban rodeados por un alto muro de piedra.
Mientras atravesaba el paseo, flanqueado por setos que conducían desde la
cancela hasta la casa, noté que, durante la ausencia de su dueño, aquel lugar
había permanecido abandonado. La grama crecía lujuriosa entre los árboles,
sofocando casi la hierba, y, entre las desordenadas matas detrás del muro, oí
lo que parecía el arrastrarse de un caballo o de un buey y percibí claramente
el golpear de los cascos sobre la piedra.
Un sirviente que me
miraba con reserva me acompañó y me encontré con Tussmann. que paseaba de un
lado a otro en su estudio, como un león enjaulado. Su fisonomía gigantesca me
pareció, de cualquier modo, más flaca, más dura que cuando le había visto la última
vez, y su piel estaba bronceada por el sol del trópico. La recia cara estaba
surcada por lineas numerosas y profundas, y los ojos ardían más intensamente
que antes. Una ira frustrada, reprimida con dificultad, parecía esconderse tras
sus modales.
—Bien, Tussmann —le
saludé—. ¿Qué ha sucedido? ¿Ha encontrado usted el oro?
—No he encontrado
una onza de oro. —gruñó—. Todo el asunto era un cuento... Bueno, no exactamente
todo. He entrado en la cámara sellada y he encontrado la momia.
—¿Y la Joya?
—exclamé.
Extrajo algo del
bolsillo y me lo puso en la mano.
Observé con
curiosidad el objeto que tenía en la mano: era una gran gema, clara y
transparente como el cristal, pero con un siniestro color carmesí, esculpida,
como había afirmado von Juntz, en forma de sapo. Sentí un involuntario
escalofrío: la imagen era particularmente repelente. Centré después mi atención
en la cadena de cobre que la sostenía, pesada y extrañamente trabajada.
—¿Qué son estos
caracteres grabados sobre la cadena? —inquirí con curiosidad.
—Lo ignoro —replicó
Tussmann—. Había pensado que quizás usted lo sabría, pero encuentro una extraña
similitud entre estos signos y ciertos jeroglíficos, parcialmente borrados, de
un monolito conocido como la Piedra Negra que se encuentra en las montañas de
Hungría. De cualquier modo no he podido descifrarlo.
—Cuénteme de su
viaje —le invité, y frente a nuestros whiskys con soda. comenzó a hablar, si
bien con una extraña repugnancia.
—Volví a encontrar
el templo sin mucha dificultad, a pesar de que se encuentra en una región
solitaria y poco frecuentada. El templo está construido contra una pared de
pura roca en un valle desierto y desconocido, tanto en los mapas como para los
exploradores. No me arriesgaré a estimar su antigüedad, pero aquel edificio
está hecho con una clase especialmente dura de basalto, como no he visto jamás
otra igual. y la extrema erosión debida a la intemperie hace pensar en una edad
increíble.
»Muchas de las
columnas que forman la fachada se hallan en ruinas y sus muñones se elevan del
basamento consumido por el tiempo, como los dientes partidos de una bruja. Las
paredes externas están en ruinas, pero las interiores y les columnas que
sostienen lo que queda del techo parecen lo bastante sólidas como para durar
otros mil años, así como los muros de la cámara interior.
»La cámara
principal es una espaciosa pieza circular, cuyo pavimento está compuesto por
grandes bloques de piedra. En el centro se encuentra el altar, nada más que un
bloque muy grueso, del mismo material, redondo y extrañamente esculpido,
Inmediatamente detrás del altar, excavada en la pared de roca que forma el muro
posterior de la sala, se encuentra la cámara sellada en donde yace la momia del
último sacerdote del templo.
»Me introduje en la
cripta sin excesiva dificultad y encontré la momia, exactamente como se narra
en el Libro Negro. A pesar de que el estado de conservación era verdaderamente
notable, fui incapaz de clasificarla. Las facciones apergaminadas y el contorno
general del cráneo sugerían una cierta semejanza con poblaciones degradadas y
bastardas del Bajo Egipto y estoy seguro de que el sacerdote pertenece a una
raza más próxima al tronco caucásico que al amerindio. Pero aparte de esto, no
Puedo afirmar nada con seguridad.
»No obstante, la
joya estaba allí y la cadena pendía del cuello disecado.
Fue a partir de
este momento que el relato de Tussmann se hizo tan inconexo, que tuve
dificultad en seguirle y me pregunté si el sol tropical no habría hecho mella
en su mente. Con la ayuda de la joya había abierto una Puerta secreta en el
altar: no me reveló ningún particular sobre esta operación y me asaltó el
pensamiento de que él mismo no había aprendido totalmente el funcionamiento de
la joya-llave. Pero la apertura de la Puerta secreta había tenido un efecto
altamente negativo sobre le banda de truhanes que estaban a su servicio.
Inmediatamente, habían rehusado seguirlo en la negra abertura que se abría
frente a él y que había aparecido como por milagro cuando la gema había tocado
el altar.
Entonces, Tussmann
había entrado sólo, con la pistola y una linterna eléctrica, encontrando una
estrecha escalinata de piedra que, aparentemente, se hundía hasta les entrañas
de la tierra. La había seguido y finalmente había llegado a un amplio corredor,
cuyas amenazadoras tinieblas casi engullían su sutil rayo de luz. Después de
haber contado esto. Tussmann llegó, con sorprendente repugnancia al momento en
que vió un sapo que había sentido saltar delante de él, apenas más allá del
abanico de luz, durante todo el tiempo que había permanecido bajo tierra.
Abriéndose camino,
atravesó húmedos corredores y escalinatas que eran pozos de densa oscuridad,
llegando finalmente ante una pesada puerta, fantásticamente grabada, con el
pensamiento de que fuera la cripta en la que los antiguos adoradores habían
amontonado el tesoro del templo. Había aplicado la joya, de forma de sapo,
contra la puerta, en varios puntos y, finalmente, la puerta se abrió por
entero.
-¿Y el tesoro? —me
entrometí ansiosamente.
El rió, como
burlándose salvajemente de sí mismo.
—No había oro, no
había piedras preciosas... nada —dudó— nada que pudiera llevarme.
De nuevo, la
narración se hizo vaga, pero comprendí que había dejado el templo casi a la
carrera, sin hacer posteriores tentativas de encontrar el pretendido tesoro. En
un primer momento había pensado llevar la momia consigo, para donarla a un
museo, pero cuando salió de esa sima no había conseguido encontrarla y creyó
que sus hombres, temiendo encontrarse con tamaño compañero en todo el viaje
hacia la costa, la habían escondido supersticiosamente en cualquier pozo o
caverna.
—Y así —concluyó—.
Estoy de nuevo en Inglaterra, no más rico que cuando me fui.
—Pero tiene la
joya, recuérdelo. Ciertamente es de gran valor.
La miró sin
satisfacción, también con una especie de feroz y obsesiva avidez.
—¿Piensa que es un
rubí? —inquirió.
Sacudí la cabeza:
—No sería capaz de
clasificarlo.
—Yo tampoco. Pero
déjeme ver el libro.
Pasó lentamente las
pesadas páginas, moviendo los labios mientras leía. A veces, sacudía la cabeza
como si algo lo turbara y noté que se detenía largamente en un determinado
pasaje.
—Este hombre se
había sumergido verdaderamente a fondo en los secretos prohibidos —dijo,
refiriéndose a von Juntz.—. No me maravillo, en verdad, de que tuviera un
destino tan extraño y misterioso. Y debió, de cualquier manera, haber previsto
su fin…, porque advierte a los hombres no molestar a lo que duerme.
Tussmann pareció
perdido en sus pensamientos durante algunos momentos.
—¡Salud, oh cosas
durmientes! —murmuró—, que parecéis muertas, pero que yacéis en espera del loco
que os despierte... Debería haber leído el Libro Negro antes de partir. En ese
caso habría cerrado la puerta, cuando abandoné la cripta... Pero tengo le llave
y la mantendré a despecho del mismo infierno!
Se liberó de sus
ensoñaciones e intentó hablar, después se calló de golpe. Desde algún punto del
piso superior había llegado un rumor muy extraño.
—¿Qué era? —Me
miró, yo sacudí la cabeza y él corrió a la puerta y llamó, gritando, a un
sirviente. El hombre que entró, pocos instantes después, estaba más bien
pálido.
—¿Era en el piso de
arriba? —rugió Tussmann.
—Sí, señor.
—¿Y ha escuchado
algo? —preguntó Tussmann ásperamente, con tono de amenaza y acusación.
—Sí, lo he
escuchado —respondió el hombre, con una mirada desconcertada.
—¿Qué ha escuchado?
—La pregunta era casi un rechinar de dientes.
—Bien, señor —El
hombre rió para excusarse—-Usted dirá que estoy un poco tocado, presumo, pero
para decir la verdad, me ha parecido un caballo que patalease sobre el techo.
Un relámpago de
locura total vibró en los ojos de Tussmann.
—¡Idiota! —gritó—.
¡Váyase, fuera de aquí! —El hombre se retiró, estupefacto, y Tussmann aferró la
esplendente joya en forma de sapo.
—¡He sido un loco!
No he leído bastante... Y habría debido cerrar la puerta, pero ¡por Dios, la
llave es mía, y la tendré a despecho de hombres y demonios!
Y con estas
extrañas palabras, se volvió y corrió al piso superior. Un momento más tarde,
la puerta de su habitación se cerró sonoramente y un sirviente que había
golpeado tímidamente, no obtuvo más que la emponzoñada orden de retirarse, a lo
que siguió la amenaza, expresada con palabras horribles, de que dispararía a
cualquiera que intentara penetrar en la estancia.
Si no hubiera sido
tan tarde, ciertamente habría dejado la casa, porque me parecía que Tussmann
había enloquecido. Pero dado que no podía, me retiré a la habitación que me
indicaba un doméstico aterrorizado, aunque no me fui a le cama; en su lugar,
abrí las páginas del Libro Negro en el pasaje que había atraído la atención de
Tussmann.
De hecho, era
evidente una cosa, a menos que yo hubiera enloquecido totalmente: en el Templo
del Sapo se había encontrado con algo imprevisible. Algo innatural había
aterrorizado a sus hombres cuando la puerta del altar se había abierto de par
en par y cuando, en la cripta subterránea, Tussmann había encontrado lo que no
esperaba encontrar. Ahora estaba convencido de que esa cosa lo había seguido
desde Centroamérica y que el motivo de esa persecución era la joya, que él
llamaba la llave.
Buscando una
explicación en el texto de von Juntz, releí el pasaje sobre el Templo del Sapo
y sobre el extraño pueblo pre-indio que lo había convertido en centro de su
culto, así como sobre la inmensa y tentaculada monstruosidad con pezuñas que
habían adorado.
Tussmann había
dicho que no había leído lo suficiente la primera vez que había visto el libro:
interrogándome sobre esta frase enigmática, encontré el párrafo o sobre el que
se había entretenido largamente, que había sido subrayado con el trazo de una
de sus uñas. Me pareció, sin embargo, otra de las muchas ambigüedades de von
Juntz, porque simplemente declaraba que el dios de un templo es el tesoro de
dicho templo. Después, la horrenda implicación que contenía la alusión se me
reveló de improviso y un sudor frío perló mi frente.
¡La Llave del
Tesoro! ¡Y el tesoro del templo era el dios del templo! Y ¡Las cosas que
duermen pueden despertarse cuando se abre la puerta de su prisión! Contraje los
pies, nervioso por aquella insoportable idea, pero en aquel preciso momento, la
quietud fue destrozada por el rumor de algo que se quebrantaba, y el grito de
muerte de un ser humano explotó en mis oídos.
En un segundo, me
precipité afuera de la estancia, y mientras corría escaleras arriba oí sonidos
que, de entonces a esta parte, me han hecho dudar de mi salud mental. Habiendo
llegado a la puerta de la habitación de Tussmann me paré, intentando girar la manilla
con manos temblorosas. La puerta estaba cerrada con llave, y mientras
permanecía allí delante, indeciso, oí en el interior un agudo croar y después
un rumor desagradable de légamo, como si un inmenso cuerpo hecho de gelatina
estuviera intentando pasar a través de la ventana. Aquel rumor cesó y juraría
haber oído el débil batir de unas alas gigantescas. Después, silencio.
Haciendo acopio de
todos mis sacudidos nervios, abatí la puerta. Un hedor inmundo e insoportable
se difundía a través de una niebla amarilla. Entré, sofocado por la náusea; la
habitación estaba destrozada, pero no faltaba nada: excepto la joya carmesí en
forma de sapo que Tussmann llamaba la llave; ésta no fue jamás encontrada. Un
fango asqueroso e inexplicable ensuciaba el antepecho de la ventana, y en el
centro de le habitación yacía Tussmann, con la cabeza hundida y reventada; y
sobre los bermejos despojos del cráneo y la cara, resaltaba claramente la
impronta de una pezuña enorme.
FIN

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