© Libro N° 14090. La Raza
Perdida. Howard, Robert
E. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © La Raza Perdida. Robert E. Howard
Versión Original: © La Raza Perdida. Robert E. Howard
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Robert E. Howard
La Raza
Perdida
Robert E. Howard
Robert E. Howard
La Raza Perdida
Coróme examinó lo
que le rodeaba y apresuró el paso. No era un cobarde, pero el lugar no le
gustaba.
Altos árboles se alzaban a su alrededor, sus
ramas taciturnas bloqueando la luz del sol.
El oscuro sendero
entraba y salía entre ellos, a veces rodeando el borde de un precipicio, donde
Coróme podía contemplar las copas de los árboles más abajo.
Ocasionalmente, a través de un claro en el
bosque, podía ver a lo lejos las formidables montañas que dejaban presentir las
cordilleras mucho más lejanas, al oeste, que constituían las montañas de
Cornualles.
En esas montañas se
suponía que acechaba el jefe de los bandidos, Buruc el Cruel, para caer sobre
las víctimas que pudieran pasar por ese camino.
Coróme aferró su lanza y avivó la zancada. Su
premura no se debía sólo a la amenaza de los forajidos, sino también al hecho
de que deseaba hallarse de nuevo en su tierra nativa.
Había estado en una
misión secreta entre los salvajes tribeños de Comish; y aunque había tenido
cierto éxito, estaba impaciente por encontrarse fuera de su poco hospitalario
país.
Había sido un viaje largo y agotador, y aún
tenía que atravesar toda Inglaterra. Lanzó una mirada de aversión a los
alrededores.
Sentía nostalgia de
los agradables bosques a los que estaba acostumbrado, con sus ciervos huidizos
y sus pájaros gorjeantes. Anhelaba el alto acantilado blanco, donde el mar azul
chapaleaba animadamente.
El bosque que
estaba cruzando parecía deshabitado. No había pájaros ni animales; y tampoco
había visto señal alguna de viviendas humanas.
Sus camaradas
permanecían aún en la salvaje corte del rey de Cornish, disfrutando de su tosca
hospitalidad, sin ninguna prisa por marcharse.
Pero Coróme no estaba contento. Por eso les
había dejado seguir su capricho y se había marchado solo.
Espléndida era la
apostura de Coróme. Medía un metro ochenta de estatura, tenía una constitución
fuerte pero esbelta, y era, con sus ojos grises, un britano puro aunque no un
celta puro, ya que su larga cabellera amarilla revelaba, en él como en toda su raza,
un vestigio de belga.
Iba ataviado con
pieles de ciervo hábilmente cosidas, pues los celtas no habían desarrollado aún
la áspera tela que más tarde crearían, y la mayoría de su raza prefería el
cuero de ciervo.
Iba armado con un
gran arco de madera de tejo, hecho sin ningún arte especial pero un arma
eficiente; una espada de bronce, con una vaina de piel de gamo, una larga daga
de bronce y un escudo pequeño y redondo, ribeteado con una banda de bronce y
cubierto con duro cuero de búfalo. Un tosco yelmo de bronce cubría su cabeza.
En sus brazos y
mejillas se distinguían borrosos emblemas pintados con hierba pastel.
Su rostro lampiño
pertenecía al tipo más elevado de britano, despejado, rectilíneo, la bravia y
práctica determinación del nórdico mezclándose con el indómito coraje y la
ensoñadora habilidad artística del celta.
Así marchaba Coróme
por la senda del bosque, precavidamente, dispuesto a huir o luchar, pero
prefiriendo no tener que hacer ninguna de las dos cosas.
El camino se
alejaba del barranco, desapareciendo alrededor de un gran árbol.
Y desde el otro lado del árbol Coróme oyó
ruido de lucha.
Deslizándose cautamente hacia delante, y
preguntándose si vería a alguno de los elfos y enanos que era fama poblaban los
bosques, atisbo alrededor del gran árbol.
A unos metros de
distancia vio un extraño cuadro.
Un gran lobo estaba apoyado en un árbol,
acorralado, y la sangre le brotaba de las heridas que tenía en el lomo; frente
a él, preparándose para saltar, el guerrero vio una gran pantera.
Coróme se preguntó
por la causa de la batalla.
Los señores del
bosque no solían enfrentarse en combate. Y le dejaban perplejo los rugidos del
felino. Salvajes y sedientos de sangre, contenían con todo una extraña ñora de
miedo; y la bestia parecía dudar ante el salto.
El porqué Corome
escogió tomar partido por el lobo, ni él mismo podría decirlo.
Sin duda fue sólo
la temeraria caballerosidad de su lado celta, una admiración ante la impávida
actitud del lobo contra su más poderoso enemigo.
Sea lo que fuere,
Corome, olvidando significativamente su arco y eligiendo el curso de acción más
temerario, desenvainó la espada y saltó ante la pantera.
Pero no tuvo oportunidad de usarla.
La pantera, cuyo valor parecía ya un tanto
quebrantado, lanzó un chirriante grito de sorpresa y desapareció entre los
árboles con tanta rapidez que Corome se preguntó si había visto realmente una
pantera-
Se volvió hacia el lobo, preguntándose si éste
saltaría sobre él.
Le estaba mirando,
medio encogido; se aparró lentamente del árbol y, mirándole aún, retrocedió
unos cuantos pasos, luego se volvió y se marchó arrastrando extrañamente las
patas. Mientras el guerrero le contemplaba desvanecerse en el bosque, una
misteriosa sensación le invadió; había visto muchos lobos, les había dado caza
y había sido cazado por ellos, pero nunca antes había visto un lobo semejante.
Vaciló y luego
marchó con cautela tras el animal, siguiendo las huellas claramente marcadas en
la blanda marga.
No se dio prisa, contentándose meramente con
seguir el rastro. Después de una corta distancia, se detuvo en seco, y el vello
de la nuca se le erizó.
Sólo había huellas de las patas traseras: el
lobo andaba erguido.
Miró a su
alrededor. No se oía nada; el bosque permanecía silencioso.
Sintió el impulso de dar la vuelta y poner
todo el terreno posible entre él y el misterio, pero su curiosidad celta no se
lo permitía.
Siguió el rastro. Y
éste se desvaneció por completo Debajo de un gran árbol las huellas
desaparecían. Corome sintió un sudor frío en la frente.
¿Qué clase de lugar
era aquel bosque?
¿Estaba siendo conducido a la perdición y
siendo eludido por algún monstruo inhumano y sobrenatural de los bosques, que
buscaba cogerle en una trampa?
Retrocedió, la
espada en alto; su coraje le impedía correr, pero sentía grandes deseos de
hacerlo.
Y así regresó al
árbol donde había visto por primera vez al lobo.
El sendero que había seguido se alejaba del
árbol en otra dirección y Corome lo tomó, casi corriendo en su prisa por salir
de la vecindad de un lobo que caminaba sobre dos patas y luego se desvanecía en
el aire.
El camino daba
rodeos cada vez más tediosos, apareciendo y desapareciendo en apenas una docena
de pasos, pero bueno era para Coróme que así lo hiciera, pues así pudo oír las
voces de los hombres que venían por la senda antes de que ellos le vieran.
Se subió a un gran
árbol que se extendía sobre el camino y se apretó contra el gran tronco, a lo
largo de una rama.
Tres hombres venían
por la senda del bosque.
Uno era todo un
hombretón, de más de un metro noventa de estatura, con una larga barba roja y
una espesa mata de pelo rojo.
En contraste, sus ojos eran como cuentas
negras. Iba ataviado con pieles de ciervo, y armado con una gran espada.
De los otros dos,
uno era un canalla larguirucho y de maligno aspecto, con un solo ojo, y el otro
un hombrecillo enjuto, cuyos ojillos bizqueaban espantosamente.
Coróme les conocía,
por las descripciones hechas por los hombres de Cornish entre maldiciones, y en
su excitación para obtener una mejor visión del más malvado asesino de
Inglaterra resbaló de la rama del árbol y cayó al suelo justo entre ellos.
En un momento
estuvo de pie, con la espada desenvainada. No podía esperar piedad, pues sabía
que el pelirrojo era Buruc el Cruel, el azote de Cornualles.
El jefe de los
bandidos lanzó una terrible maldición y desenvainó de golpe su gran espada.
Evitó la furiosa estocada del britano con un
ágil salto hacia atrás, y se inició la batalla.
Buruc se lanzó de cara contra el guerrero,
luchando por abatirle de un solo golpe, en tanto que el villano tuerto y
larguirucho giraba a su alrededor, intentando colocarse detrás de él.
El más pequeño de los hombres se había
retirado hacia el borde del bosque.
El sutil arte de la esgrima era desconocido
para estos primeros espadachines.
Se trataba de cortar, acuchillar y apuñalar,
poniendo todo el peso del brazo detrás de cada golpe. Los terribles golpes que
se estrellaban en su escudo derribaron a Corome al suelo y el tuerto se
precipitó a terminar con él.
Corome giró sobre
sí mismo sin incorporarse, le cortó las piernas al bandido por detrás y le
apuñaló mientras caía, lanzándose después a un lado y levantándose, a tiempo de
evitar la espada de Buruc.
Entonces, elevando
su escudo para atrapar la espada del bandido en mitad del aire, la desvió e
hizo girar la suya con toda su fuerza.
La cabeza de Buruc voló de sus hombros.
Entonces Cororuc se
dio la vuelta y vio al bandido enjuto escabullirse en el bosque. Corrió tras
él, pero el hombre había desaparecido entre los árboles.
Sabía que era
inútil intentar perseguirle, de modo que dio la vuelta y corrió por el sendero.
No sabía si había más bandidos en esa
dirección, pero sabía que si esperaba salir del bosque de algún modo, tendría
que hacerlo rápidamente.
Sin duda el
malhechor que había huido alertaría a los demás bandidos, y pronto estarían
registrando los bosques en su búsqueda.
Tras correr cierta
distancia por el sendero, y no viendo señales de enemigo alguno, se detuvo y
trepó a las ramas superiores de un gran árbol que se alzaba por encima de sus
congéneres.
Por todos los lados
parecía rodearle un océano de hojas. Hacia el oeste pudo ver las colinas que
había evitado.
Hacia el norte, en la lejanía, se alzaban
otras colinas. Hacia el sur corría el bosque, como un mar ininterrumpido.
Pero hacia el este,
a lo lejos, podía distinguir apenas la línea que marcaba el desvanecimiento del
bosque en las fértiles llanuras. Millas y millas más allá, no sabía cuántas;
sin embargo, significaban un viaje más agradable, aldeas de hombres, gente de
su propia raza.
Se sorprendió de ser capaz de ver tan lejos,
pero el árbol en que se hallaba era un gigante entre los de su especie.
Antes de iniciar el
descenso, observó las cercanías.
Podía ver la línea
débilmente marcada del sendero que había estado siguiendo, rumbo hacia el este,
y podía distinguir otros senderos que llevaban a él o que se alejaban.
Entonces un
destello atrajo su vista. Fijó la mirada en un claro a cierta distancia por el
sendero y vio a un grupo de hombres entrar y desvanecerse.
Aquí y allá, en cada sendero, captó atisbos de
pertrechos que destellaban y la ondulación del follaje. Así pues, el villano
tuerto había alertado ya a los bandidos...
Estaban por todos
lados; se hallaba virtualmente rodeado.
Unos gritos
salvajes que llegaban de más allá del sendero le sobresaltaron.
De modo que ya
habían tendido un cordón alrededor del lugar del combate y habían descubierto
su huida... Si no hubiera escapado con rapidez, le habrían atrapado.
Se hallaba fuera del cordón, pero los bandidos
le rodeaban por todos lados. Se deslizó velozmente del árbol y penetró en el
bosque.
Entonces empezó la
más emocionante cacería en que se hubiera embarcado Corome, pues él era la
presa y los cazadores eran hombres.
Escurriéndose,
deslizándose de un arbusto a otro y de árbol en árbol, ahora corriendo
velozmente, ahora agazapado en la espesura, Corome huyó, siempre hacia el este,
no atreviéndose a retroceder para no ser obligado a internarse de nuevo en el
bosque.
A veces se veía forzado a desviar su camino;
de hecho, muy raramente huyó en línea recta, aunque siempre se las arreglaba
para acercarse al este.
A veces se
agazapaba entre los arbustos o se tendía sobre alguna rama frondosa, y vio
bandidos pasar tan cerca de él que podría haberles tocado.
Una o dos veces le vieron y escapó, saltando
sobre troncos y arbustos, entrando y saliendo como una flecha de entre los
árboles; y siempre les eludió.
Fue en una de esas
precipitadas escapatorias cuando se dio cuenta de que había entrado en un
desfiladero de pequeñas colinas, de las que no se había percatado, y atisbando
sobre su hombro, vio que sus perseguidores se habían detenido, aun teniéndole a
la vista.
Sin pararse a reflexionar en cosa tan extraña,
rodeó corriendo un gran peñasco, sintió que su pie tropezaba con una enredadera
u otra cosa, y cayó cuan largo era.
Al mismo tiempo,
algo golpeó la cabeza del joven, dejándole inconsciente.
Cuando Corome
recobró el sentido, descubrió que se hallaba atado de pies y manos. Estaba
siendo transportado por un terreno lleno de baches.
Contempló lo que le rodeaba. Era llevado a
hombros por unos hombres, pero unos hombres como jamás había visto antes.
El más alto apenas si llegaba al metro veinte,
y eran de complexión pequeña y tez muy morena. Tenían los ojos negros, y la
mayoría de ellos se inclinaban hacia delante, como a resultas de una vida
pasada agazapándose y escondiéndose, acechando furtivamente en todas
direcciones.
Iban armados con
pequeños arcos, flechas, lanzas y puñales, todos muy aguzados, pero no de
bronce toscamente trabajado sino de pedernal y obsidiana, de la más fina
hechura.
Se vestían con
pieles de conejo y otras bestezuelas magníficamente cosidas, y una especie de
tela áspera; y muchos estaban tatuados de la cabeza a los pies con ocre y
hierba pastel.
Eran quizá una
veintena en total.
¿Qué clase de
hombres eran? Corome nunca había visto otros iguales.
Descendían por un
barranco, a ambos lados del cual se alzaban acantilados. Llegaron fácilmente a
lo que parecía una pared desnuda, donde el barranco semejaba llegar a un
abrupto final.
Allí, a una palabra del que parecía hallarse
al mando, bajaron al britano y, agarrando un gran peñasco, lo corrieron a un
lado. Quedó al descubierto una pequeña caverna, que parecía desvanecerse en la
tierra; luego los extraños hombres cogieron de nuevo al britano y avanzaron.
El cabello de
Corome se erizó ante la idea de ser llevado a aquella caverna de lúgubre
aspecto.
¿Qué clase de hombres eran?
En toda Britania y Alba, en Cornualles o en
Irlanda, Cororuc nunca había visto hombres parecidos. Hombres pequeños, casi
enanos, que habitaban en la tierra.
Un sudor frío apareció en la frente del joven.
Con seguridad eran los enanos malévolos de quienes la gente de Cornish había
hablado, que moraban en sus cavernas durante el día y salían por la noche para
robar y quemar las casas, ¡matando incluso si se presentaba la oportunidad!
Oiréis de ellos, incluso hoy, si viajáis a
Cornualles.
Los hombres, o los
elfos, si eso eran, le llevaron al interior de la caverna, mientras otros
entraban y colocaban de nuevo el peñasco en su sitio.
Por un momento todo
fue oscuridad, y luego empezaron a brillar a lo lejos las antorchas.
A un grito se
movieron hacia delante. Otros hombres de las cavernas avanzaron, portando
antorchas.
Cororuc miró a su
alrededor.
Las antorchas
esparcían una vaga claridad sobre la escena. A veces uno y otro muro de la
caverna aparecía por un instante, y el britano era confusamente consciente de
que estaban cubiertas de pinturas, toscamente ejecutadas, pero con cierta
habilidad que su propia raza no podía igualar. Sin embargo, el techo permanecía
siempre invisible. Cororuc sabía que la caverna, aparentemente pequeña, había
dado paso a una cueva de sorprendente tamaño. El extraño pueblo se movía a
través de la vaga luz de las antorchas, yendo y viniendo, silenciosamente, como
sombras de un borroso pasado.
Sintió que se
aflojaban las cuerdas o correas que mantenían sus pies atados. Le pusieron en
pie.
—Camina recto hacia
delante —dijo una voz, hablando el lenguaje de su propia raza, y sintió la
punta de una lanza tocarle la nuca.
Y hacia delante
caminó, sintiendo el roce de sus sandalias en e1 suelo de piedra de la cueva,
hasta que llegaron a un lugar donde el suelo se inclinaba hada arriba. La
cuesta era empinada, y la piedra tan resbaladiza que Cororuc no habría podido
subirla solo. Pero
sus captores le empujaron y tiraron de él, y vio que largas cuerdas de lianas
colgaban de algún lugar en la cima.
Los hombres
extraños las agarraron y, poniendo los pies contra la resbaladiza pendiente,
subieron velozmente. Cuando sus pies encontraron de nuevo terreno llano, la
cueva describió un giro y Cororuc penetró en una escena iluminada por el fuego
que le hizo boquear sorprendido.
La cueva
desembocaba en una caverna tan vasta que era casi increíble. Los potentes muros
se alzaban hasta un gran techo abovedado que se desvanecía en la oscuridad. El
suelo estaba nivelado, y a través de él fluía un río, un río subterráneo. Nacía
bajo un muro para desvanecerse silenciosamente bajo el otro. Un arqueado puente
de piedra, aparentemente de origen natural, salvaba la corriente.
A lo largo de los
muros de la gran caverna, que era aproximadamente circular, había cuevas más
pequeñas, y ante cada una de ellas ardía un fuego. Más arriba había otras
cuevas, dispuestas con regularidad, hilera sobre hilera. Con toda seguridad,
tal ciudad no podía haber sido construida por seres humanos.
Entrando y saliendo
de las cuevas, por el suelo nivelado de la caverna principal, la gente se
afanaba en lo que parecían sus tareas cotidianas. Los hombres hablaban en
grupos y arreglaban armas; algunos pescaban en el río. Las mujeres alimentaban
los fuegos y preparaban vestidos. A juzgar por sus ocupaciones, podría haberse
tratado de cualquier aldea de Britania. Pero todo le pareció a Cororuc
extremadamente irreal; el lugar extraño, el pueblo pequeño y silencioso,
ocupado en sus tareas, el río fluyendo en silencio a través de todo.
Entonces vieron al
prisionero y se agolparon a su alrededor. No hubo nada del griterío, los malos
tratos y las indignidades que los salvajes usualmente acumulan sobre sus
prisioneros mientras los hombrecillos se acercaban a Cororuc, contemplándole
silenciosamente con miradas lobunas y malévolas. A pesar suyo, el guerrero se
estremeció.
Pero sus captores
se abrieron paso entre el gentío, conduciendo al britano delante de ellos.
Cerca de la orilla del río, se detuvieron y se apartaron de él.
Dos grandes
hogueras saltaban y parpadeaban ante él, y había algo entre ellas. Enfocó la
mirada y distinguió por fin el objeto. Un gran sillón de piedra, como un trono;
y en él sentado un hombre de avanzada edad, con una larga barba blanca,
silencioso, inmóvil, pero con ojos negros que brillaban como los de un lobo.
El anciano iba
ataviado con un ropaje largo y ondulante de una sola pieza. Una mano parecida a
una garra, de dedos huesudos y retorcidos, y uñas como las de un halcón,
descansaba en el asiento junto a él. La otra mano estaba escondida entre las
ropas.
La luz del fuego
bailaba y parpadeaba; ora el viejo se destacaba claramente, con su nariz
ganchuda y semejante a un pico y su larga barba en vivido relieve, ora parecía
alejarse hasta ser invisible a la mirada del britano, excepto por sus ojos
relucientes.
—¡Habla, britano!
—Las palabras brotaron de repente, fuertes, claras, sin ninguna señal de
vejez—. ¡Habla! ¿Qué tienes que decir?
Coróme, cogido por
sorpresa, tartamudeó y dijo:
—Yo..., yo... ¿Qué
clase de pueblo sois? ¿Por qué me habéis tomado prisionero? ¿Sois elfos?
—Somos pictos —fue
la austera réplica.
—¡Fictos!
Coróme había oído
relatos sobre ese antiguo pueblo de los britanos gaélicos; algunos decían que
aún acechaban en las colinas de Siluria, pero...
—He luchado con los
pictos en Caledonia —protestó el britano—; son bajos, pero enormes y
contrahechos. ¡No se parecen en nada a vosotros!
—No son pictos
auténticos —se le replicó ásperamente—. Mira a tu alrededor, britano. —Hizo un
gesto con el brazo—. Estás viendo los restos de una raza que se desvanece, una
raza que en otros tiempos gobernó Inglaterra de un mar a otro.
El britano miró,
asombrado.
—Escucha, britano
—continuó la voz—. Escucha, bárbaro, mientras te cuento la historia de la raza
perdida.
La luz del fuego
parpadeaba y danzaba, arrojando vagos reflejos en los imponentes muros y en la
rápida corriente.
La voz del anciano
resonó a través de la enorme caverna. ^—Nuestro pueblo vino del sur. Más allá
de las islas, más "la del mar Interior. Más allá de las montañas coronadas
de nieve, donde algunos permanecieron, para contener a cualquier enemigo que pudiera
seguirnos. Bajamos a las fértiles llanuras. Nos esparcimos por toda la tierra.
Nos hicimos ricos
y prósperos.
Entonces dos reyes se levantaron en el país, y el que venció expulsó al
vencido. Así pues, muchos de nosotros hicimos barcos y pusimos vela a los
lejanos acantilados que destellaban radiantes bajo el sol. Encontramos una
tierra hermosa con fértiles llanuras. Encontramos una ra2a de bárbaros
pelirrojos, que moraban en cuevas. Poderosos gigantes, de cuerpos grandes y
mentes pequeñas.
»Construimos
nuestras chozas con zarzales. Aramos el suelo. Despejamos el bosque. Arrojamos
a los gigantes pelirrojos de vuelta al bosque. Lejos y más lejos les condujimos
hasta que por fin huyeron a las montañas del oeste y a las montañas del norte.
Eramos ricos. Éramos prósperos.
»Entonces... —Su
voz se llenó de rabia y odio, hasta que pareció reverberar a través de la
caverna—. Entonces llegaron los celtas. De las islas del oeste, vinieron en sus
toscos coráculos. Desembarcaron en el oeste, pero no estaban satisfechos con el
oeste. Avanzaron hacia el este y tomaron las fértiles llanuras. Luchamos. Ellos
eran muy fuertes. Eran feroces guerreros y estaban armados con bronce, mientras
que nosotros sólo teníamos armas de pedernal.
«Fuimos expulsados.
Nos hicieron esclavos. Nos arrojaron al bosque. Algunos de nosotros huimos
hacia las montañas del oeste. Muchos huyeron a las montañas del norte. Allí se
mezclaron con los gigantes pelirrojos que habíamos expulsado tanto tiempo
atrás, y se convirtieron en una raza de enanos monstruosos, perdiendo todas las
artes de la paz y ganando sólo la habilidad de combatir.
»Pero algunos de
nosotros juramos que nunca dejaríamos la tierra por la que habíamos peleado.
Mas los celtas nos empujaron. Eran muchos, y muchos vinieron. Así que fuimos a
las cavernas, a los barrancos, a las cuevas. Nosotros, que habíamos morado
siempre en chozas que dejaron entrar tanta luz, que siempre habíamos arado el
suelo, aprendimos a vivir como bestias, en cuevas donde jamás había entrado la
luz del sol. Algunas las encontramos, de las cuales ésta es la mayor; algunas
las hicimos.
»Tú, britano... —La
voz se convirtió en un graznido y un largo brazo se tendió acusatorio—. ¡Tú y
tu raza habéis hecho de una nación libre y próspera una raza de ratas!
¡Nosotros que nunca huimos, que morábamos al aire libre, bajo la luz del sol,
junto al mar, adonde venían los mercaderes, debemos huir como bestias acosadas
y enterrarnos como topos! Pero de no-
che... ¡Ah,
entonces nos vengamos! ¡Entonces reptamos de nuestros escondites, barrancos y
cavernas, con antorcha y puñal! ¡Mira, britano!
Y siguiendo el
gesto, Cororuc vio un poste circular de algún tipo de madera muy dura, colocado
en un agujero en el suelo de piedra, cerca de la orilla. Alrededor del agujero,
el suelo estaba calcinado como por antiguas hogueras.
Cororuc miró, sin
entender. En realidad, poco entendía de todo lo sucedido. No estaba seguro de
que aquella gente fuera humana. Había oído hablar tanto de ellos como del
«pequeño pueblo»... Historias de sus actos, su odio por la raza del hombre y su
malicia volvieron a él como un torrente. Ignoraba que estaba contemplando uno
de los misterios de las eras. Que las historias que los viejos gaélicos
contaban de los pictos, ya deformadas, se harían aún más deformes de una era a
otra, para resultar en las historias de elfos, enanos, trolls y hadas, primero
aceptadas y luego rechazadas, en su totalidad, por la raza del hombre, al igual
que los monstruos de Neanderthal originaron las historias de duendes y ogros.
Pero nada de eso sabía Cororuc y nada le importaba, y el anciano estaba
hablando de nuevo.
—Ahí, ahí, britano
—exultaba, señalando el poste—, ¡ahí pagaras! Un escaso pago por la deuda que
tiene tu raza con la mía, pero hasta el límite de tu alcance.
La alegría del
anciano habría sido demoníaca, de no ser por cierto elevado propósito en su
rostro. Era sincero. Creía que sólo estaba tomando su justa venganza; y se
asemejaba a algún gran patriota luchando por una causa poderosa y perdida.
—¡Pero yo soy
britano! —tartamudeó Cororuc—. ¡No fue mi pueblo quien exilió a vuestra raza!
Eran gaélicos, de Irlanda. Soy un britano y mi raza llegó de la Galia hace sólo
cien años. Conquistamos a los gaélicos y los expulsamos a Erin, Gales y
Caledonia, igual que ellos expulsaron a vuestra raza.
—¡No importa! —El
anciano jefe se había puesto en pie—. Un celta es un celta. Britano o gaélico,
no hay diferencia. Si no hubieran sido los gaélicos, habrían sido los britanos.
Cada celta que cae en nuestras manos debe pagar, sea guerrero o mujer, niño o
rey. Cogedle y atadle al poste.
En un instante
Cororuc fue atado al poste, y vio con horror que los pictos amontonaban leña
junto a sus pies.
—Y cuando hayas
ardido lo suficiente, britano —dijo el anciano—, esta daga que ha bebido la
sangre de un centenar de britanos saciará su sed en la tuya.
—¡Pero nunca le he
hecho daño a un picto! —jadeó Coróme, luchando con sus ataduras.
—Pagas no por lo
que hiciste, sino por lo que ha hecho tu raza —respondió secamente el anciano—.
Bien recuerdo lo que hicieron los celtas cuando desembarcaron por primera vez
en Inglaterra..., los aullidos de los degollados, los gritos de las muchachas violadas,
el humo de las aldeas ardiendo, el saqueo...
Coróme sintió que
se le erizaba el vello de la nuca. ¡Cuando los celtas desembarcaron por primera
vez en Inglaterra! ¡De eso hacía quinientos años!
Y su curiosidad
celta no le permitió callarse, ni siquiera en el poste con los pictos
preparándose a encender la leña apilada a su alrededor.
—No puedes recordar
eso. Fue hace eras. El anciano le miró sombríamente.
—Y yo tengo eras de
edad. En mi juventud fui cazador de brujas, y una vieja me maldijo mientras se
retorcía en la estaca. Dijo que viviría hasta que el último niño de la raza
picta hubiera desaparecido. Que vería a la nación una vez poderosa hundirse en el
olvido, y entonces, sólo entonces, debería seguirla. Pues me impuso la
maldición de la vida eterna.
Su voz se alzó
hasta llenar la caverna.
—Pero la maldición
no era nada. La palabras no pueden hacer daño, no pueden hacerle nada a un
hombre. Vivo. He visto ir y venir a un centenar de generaciones, y a otro
centenar más. ¿Qué es el tiempo? El sol sale y se oculta, y otro día ha pasado
al olvido. Los hombres vigilan el sol y disponen sus vidas según él. A cada
momento se alían con el tiempo. Cuentan los minutos que les llevan a la carrera
hacia la eternidad. El hombre sobrevivió a los siglos cuando empezó a contar el
tiempo. El tiempo es obra del hombre. La eternidad es la obra de los dioses. En
esta caverna no existe el tiempo. No hay estrellas, no hay sol. Dentro está la
eternidad, fuera está el tiempo. No contamos el tiempo. Nada marca el paso de
las horas. Los jóvenes salen al exterior. Ven el sol, las estrellas. Cuentan el
tiempo. Y pasan. Era un hombre joven cuando entré en esta caverna. Nunca la he
dejado. Tal como vosotros contáis el tiempo, puedo haber estado aquí un millar
de años; o una hora. Cuando no está ceñida por el tiempo, el alma, la mente,
llámalo como quieras, puede conquistar al cuerpo. Y los hombres sabios de mi
raza, en mi juventud, sabían más de lo que el mundo exterior nunca aprenderá.
Cuando siento que mi cuerpo empieza a debilitarse, tomo la poción mágica que en
todo el inundo sólo yo conozco. No da la inmortalidad, eso es obra sólo de la
mente; pero reconstruye el cuerpo. La raza de los pictos se desvanece;
desaparecen como la nieve en la montaña. Y cuando el último se haya ido, esta
daga me liberará del mundo.
Y con un brusco
cambio de tono, añadió:
—¡Prended los haces
de leña!
La mente de Coróme
daba vueltas. No entendía en absoluto lo que acababa de oír. Estaba seguro de
que enloquecía, y lo que vio un minuto después se lo confirmó.
De entre el gentío
surgió un lobo, ¡y supo que era el lobo que había salvado de la pantera junto
al barranco en el bosque!
Era extraño, lo
lejano y antiguo que parecía... Sí, era el mismo lobo. Aquel mismo paso extraño
y como rastrero. Entonces la criatura se levantó y se llevó las patas
delanteras hacia la cabeza. ¿De qué horror sin nombre se trataba?
Luego la cabeza del
lobo cayó hada atrás, revelando el rostro de un hombre. El rostro de un picto;
uno de los primeros «hombres-lobo». El hombre salió de la piel del lobo y
avanzó, diciendo algo. Un picto que empezaba a encender la leña junto a los
pies del britano apartó la antorcha y vaciló.
El lobo-picto dio
un paso adelante y empezó a hablar con el jefe, usando el celta, evidentemente
en beneficio del prisionero. (Cororuc estaba sorprendido de oír a tantos hablar
su lengua, sin pararse a pensar en su comparativa simplicidad y en la habilidad
de los pictos.)
—¿Qué es esto?
—preguntó el picto que había actuado como lobo—. ¡ Un hombre que no debería va
a ser quemado!
—¿Cómo? —exclamó
con fiereza el anciano, aferrando su larga barba—. ¿Quién eres tú para ir
contra una costumbre antigua como las eras?
—Me encontré con
una pantera —respondió el otro—, y este britano arriesgó su vida para salvar la
mía. ¿Mostrará ingratitud un picto?
Y mientras el
anciano dudaba, evidentemente impulsado en un sentido por su fanática sed de
venganza, y en otro por su igualmente feroz orgullo racial, el picto prorrumpió
en una salvaje andanada oratoria, en su propia lengua. Por fin, el viejo
asintió.
—Un picto siempre
paga sus deudas —dijo con impresionante grandeza—. Un picto nunca olvida.
Desatadle. Ningún celta dirá jamás que un picto se mostró ingrato.
Coróme fue
liberado, y mientras, aturdido, intentaba tartamudear su agradecimiento, el
jefe hizo un gesto desdeñoso.
—Un picto jamás
olvida a un enemigo, y recuerda siempre un acto de amistad —replicó.
—Ven —murmuró su
amigo picto, tirando del brazo de Cororuc.
Le condujo a una
cueva que se alejaba de la caverna principal. Mientras andaban, Cororuc miró
arras, y vio al anciano jefe sentado en su trono de piedra, los ojos
relucientes mientras parecía contemplar de nuevo las glorias perdidas de la
antigüedad; a cada lado las hogueras saltaban y parpadeaban. Una imagen de
grandeza, el rey de una raza perdida.
Más y más adelante
condujo su guía a Cororuc. Y por fin salieron y el britano vio sobre él las
estrellas del cielo.
—Por ahí hay una
aldea de tu tribu —dijo el picto, señalando—, donde serás bienvenido hasta que
desees reemprender tu viaje.
Y le hizo regalos
al celta; le regaló vestimentas de tela y piel de ciervo finamente trabajado,
cinturones de cuentas, un magnífico arco de cuerno con flechas de punta de
obsidiana hábilmente trabajada. Le dio comida. Sus propias armas le fueron
devueltas.
—Un momento —dijo
el britano, cuando el picto se dio la vuelta para marcharse—. Seguí sus huellas
en el bosque. Desaparecieron.
Había un
interrogante en su voz.
El picto rió
quedamente.
—Salté a las ramas
del árbol. Si hubieras mirado hacia arriba, me habrías visto. Si alguna vez
deseas un amigo, lo encontrarás en Berula, jefe de los pictos albanos.
Se volvió y
desapareció. Y Cororuc anduvo bajo la luz de la luna hacia la aldea celta.
FIN

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