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Libro N° 14083. Lágrimas De Cocodrilo. Liendo, Eduardo.

 


© Libro N° 14083. Lágrimas De Cocodrilo. Liendo, Eduardo.  Emancipación. Julio 26 de 2025

  

Título Original: © Lágrimas De Cocodrilo. Eduardo Liendo

 

Versión Original: © Lágrimas De Cocodrilo. Eduardo Liendo

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/lagrimas-de-cocodrilo--0/html/ff61cabe-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LÁGRIMAS DE COCODRILO

Eduardo Liendo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lágrimas De Cocodrilo

Eduardo Liendo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eduardo Liendo

 

 

Lágrimas de cocodrilo

 

Reservados todos los derechos

2003

 

 

 

 

Eduardo Liendo

LÁGRIMAS DE COCODRILO

 

Me arrecha que me miren ¿qué me ven?, ¿nunca habían visto un cocodrilo? Todo el mundo

viene y me molesta, me jalan por la cola, me meten un dedo en la nariz. Sí, lo hacen ahora

después que se me cayeron los dientes. Algunos dicen que estoy loco, eso me desquicia y

les grito: cocodrilo, cocodrilo, cocodrilo. Yo estaba bien en la playa con Amatista, ella me

cortaba las uñas, me cepillaba las escamas, me lustraba la cola. Tenía un cuerpo calientico y

yo la tranquilizaba con la cola cuando las rodillas le comenzaban a temblar, ella me decía

Ramón, y yo, ningún Ramón, cocodrilo, cocodrilo, cocodrilo. Cuando estaba en la playa

estaba bien, a veces me escamaba o me volteaba panza arriba para ver el cielo: era un cielo

rojito, se iba incendiando, incendiando, hasta que el diablo metía sus barbas en el agua. Yo

con el diablo siempre me he entendido, es como un compadre, nos sentamos, conversamos

de las almas envenenadas y de los cuernos que le pone su mujer con un autobusero; es un

pobre diablo, él me dice, «mira Ramón, éste sí es el infierno». Es una vaina seria cuando

uno es de playa, porque se acostumbra a ese suelo blandito que le lame las plantas y uno va

marcando sus patas por aquella arena y después se voltea y le dice a Amatista por aquí pasé

yo, ese rastro soy yo.

 

     Ella me contestaba, tienes que hacerte un porvenir Ramón, en Caracas busca trabajo en

una construcción, y se me recostaba así, así pegadita, hasta que la cola se me iba

templando, templando. ¿Y cuándo te vas mi amor? Y yo, ningún mi amor, cocodrilo,

cocodrilo, cocodrilo.

 

     Me vine por la carretera arrastrando mi cola hasta que llegué aquí, a la gente no le

gustan mis escamas pero a la comadre Teotiste sí, ella me dijo: «si quieres te acuestas en

esta esterilla que donde caben quince caben dieciséis». Yo aplané el Avila con mi cola, el

italiano me dijo póngase esas botas y túmbeme aquel cerro. Yo venía con mi cola, plaf,

plaf, plaf, Paraulata con su pala y lo dejamos todo parejito  plaf, plaf, plaf. Amatista decía,

en Caracas busca trabajo en una construcción, yo aplané la playa con mi cola plaf, plaf,

plaf.

 

     Ahora me monto en autobús y siempre la puerta me aplasta la cola ¿y qué carajo me

miran? ¿por qué se ríen? y después esa tipa se restruja, se restruja, se le pone caliente esa

pierna, se mete mi cola verde en las rodillas y empieza a brincar hasta que se queda

tranquilita, toca el timbre y se va. Éste es el infierno Amatista, me empujan, me arrecha que

me empujen, los carajitos me pisan la cola y gritan ¡mira un cocodrilo! ¡un cocodrilo! Y yo,

ningún cocodrilo, Ramón, Ramón, Ramón. Por la noche me tiro en la esterilla y tampoco

puedo descansar, están todos revueltos en el rancho y cuando Pantaleón viene borracho

 

 

 

 

siento a Teotiste, qué vaina es ésta digo, cállate corazón, y me agarra la cola y la soba y la

soba y la soba hasta que se endereza, y la chupa y la chupa y la chupa hasta que se vacía.

 

     A veces me pongo a dar vueltas por ahí como si fuera loco, casi ni arrastro la cola para

que no me vean, cuando me canso entro en el botiquín y pido una cerveza pero siempre hay

algún borracho que me mira y se frota los ojos, me arrecha que me miren, se frota los ojos y

grita: ¡un cocodrilo!, ¡mesonero, un cocodrilo!... pero si me dejan tranquilo escucho la

rockola: Voy por la vereda tropical la noche llena de quietud. ¿Te acuerdas Amatista?

cuando paseábamos por el malecón, cuando tenía una cola verde nuevecita, cuando te lamía

la arena de los pies. Y llega Paraulata y me dice: «Sécate esas lágrimas de cocodrilo, vamos

a poner otra canción»: Yo tenía una luz que a mí me alumbraba y venía la brisa y suaz... y

me la apagaba.

 

     Voy arrastrándome por esas calles en plena madrugada. No sé cómo subo esas

escalinatas que nunca terminan plaf, plaf, plaf. Me tiro en la esterilla y Teotiste viene

calladita a sobarme la cola, cuando siente que está como muerta me da un chancletazo en la

trompa y me dice: «tú también llegaste borracho desgraciado, eres más inútil que el pipí del

Papa».

 

     Ahora dicen que estoy loco, que vivo babeado, que se me fueron los tapones: la verdad

es que esta no es vida para un cocodrilo, yo soy de arena y sol, me gusta sentarme en una

piedra y que la vista se me pierda lejos, lejísimos, hasta donde la mirada se gasta en el agua.

En la playa soy igual a todos, igual a Amatista y a los caracoles. Por eso escondo mi cola

verde debajo de la mesa y meto el espinazo dentro de esta franela. Paraulata me dice,

quítate ese complejo Ramón, y yo, ningún complejo, cocodrilo, cocodrilo, cocodrilo. Un

día entré en el restaurant escondí bien la cola pero al ratico dijo una mujer en la mesa de al

lado «mi amor, no sientes un olor a cocodrilo» y desde el frente me miraron dos más y una

le dijo a la otra en el oído, «huele a cocodrilo», y una vieja le dio un codazo a su marido y

murmuró, «esto está hediondo a cocodrilo». Después pasó el mesonero tapándose la nariz

con una servilleta y me piso la cola; entonces para no arrancarle la canilla de un mordisco,

salí arrastrándome y me perdí por la avenida, plaf, plaf, plaf.

 

     ¡Ay Amatista, esto está lleno de trampas para cocodrilos! Lo peor es que ya no puedo

regresar, se me perdió el camino, me encandilan mucho las vidrieras del centro comercial,

me gusta subir y bajar la escalera mecánica aunque algún carajito me tuerza la cola, para

colmo ya hasta prefiero las salchichas a los camarones. A veces pienso en regresar a la

quebrada y esperar las lluvias, perderme contigo en el gamelotal, escamarme en la arena,

volver a ser Ramón. Ya hasta miedo me da quitarme la franela. A veces sueño que a las

palmeras se las llevó el viento. Me despierto sudando, me toco las escamas y digo: no está

muerto cocodrilo, estaba de parranda, todavía puedes aguantar, todavía te quedan dos

colmillos.

 

 

FIN

 

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