© Libro N° 14084. Un Regalo
Para Julia. Massiani,
Francisco. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Un Regalo Para Julia. Francisco
Massiani
Versión Original: © Un Regalo Para Julia. Francisco Massiani
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Francisco Massiani
Un Regalo
Para Julia
Francisco Massiani
Francisco Massiani
Un regalo para Julia
Reservados todos los derechos
Permitido el uso sin fines comerciales
2003
UN REGALO PARA
JULIA
Francisco Massiani
Palabra que no era fácil. Casi todo el
mundo regala discos y los pocos discos de moda
son tres, cuatro.
Julia iba a terminar con la casa llena de discos repetidos. Además tenía
sólo veinte
bolívares y así no se pueden comprar sino discos o chocolates o alguna
inmundicia
parecida. Yo nunca le regalaría un talco a Julia. Menos, un muñeco. Tiene una
colección de
muñecos desbaratados en el cuarto y lo de chocolates, menos, porque sé que
Carlos se los
comería todos. Carlos, tan perfectamente imbécil como siempre. Lo imagino
clarito: oye Julia,
dame un poquito.
Uno dice: le regalo un libro. Uno dice: le
regalo cualquier cosa. Pero uno no podía
regalarle cualquier
cosa. ¿Con qué cara? Ayer, anteayer estaba con la cochinada de Carlos,
que por cierto:
fuaaa, fuaaa, y lo peor es que no tose y a mí en cambio se me salen las
tripas. Fuaaa,
botaba el humo, y fuaaa estiraba su pata y mataba una hormiga. Se comía un
moco. Se estripaba
un barro en la nariz, fuaaa, se rascaba la oreja, y después escupía el
humo por los ojos,
por la nariz, por la boca, por todos lados. Porque lo hace. Juro que sabe
fumar. Es verdad.
Fuma mejor que nadie. Y entonces te mira y dice: si llego a ser novio de
Julia. Pero lo
juré. Dije: por Dios santo que no se lo digo, y eso, ¿no?, así que nada, nada.
No puedo decirlo.
Pero en todo caso cuento que Carlos me dijo que si Julia llegaba a ser su
novia, la metía en
la bañera, la llenaba de jabón y le hacía esa porquería que juré que no se
lo decía a nadie.
Lo peor es [42] que yo vengo y salgo y voy a casa de Julia, porque algo
tenía que hacer,
¿no?, y llega Julia y me dice así mismito:
-¿Qué vienes a hacer aquí?
Quedé tieso. Después me dice:
-Pasa.
Y pasé. Y después de que pasé me senté y
ella puso un disco. Siempre que alguien llega
a su casa pone un
disco. Después te saluda, te mira, da tres pasos de última moda y después
se echa en el
sillón, tipo bandida de cine mexicano. Cine mexicano, cine mexicano... ajá:
-Oye -le digo-. Oye Julia, ¿qué tal te cae
Carlos?
-¿Carlos?
-Sí, Carlos.
-¿Por qué? -cogió una revista de mujeres y
modas y eso. Yo me puse a darle tambor a la
mesa. Creo que
pasamos como un minuto así. Me dijo:
-¿Quieres Cocacola?
Yo no le respondí. Seguí tocando tambor en
la mesa. No le respondí porque me molestó
que se olvidara que
le había hablado de Carlos, que se hiciera la loca con la pregunta que
muy bien sabía que
yo se la hacía por un montón de cosas que ella sabía muy bien que yo
sabía. O sea eso. O
sea nada, supongo que se entiende, ¿no? Bueno. Me vuelve a preguntar:
-¿Quieres Cocacola?
Y yo:
-Te pregunté por Carlos.
-No me acuerdo -dijo.
-Yo sí -le dije-. Y muy bien.
-Bueno. ¿Qué cosa? -dijo.
-Eso que tú sabes -te dije.
-Yo no sé nada, Juan -me dijo. Y cuando la
miré estaba viendo la revista. [43]
-Bueno, Julia. -Yo tenía que hacer algo.
Sabía que tenla que hacer algo-. Oye: imagínate
que Carlos te
regala el disco que estamos oyendo.
-¿Qué cosa?
-El disco.
-¿Qué disco?
-Nada -le dije.
Nunca lo entienden a uno. Yo seguí tocando
el tambor y ella se levantó del sofá, dio un
brinquito, se pasó
la mano por el pelo y me preguntó:
-¿Qué dijiste de Carlos?
Nunca. Nunca entiende. Yo le dije que
nada, que se sentara, y ella me sonrió y se sentó.
Cuando se sentó, me
sonrió. Cuando eso pasa, cuando me sonríe, entonces yo aprovecho
para verle la
boquita, esos dos gajitos de naranja, porque es así: tiene dos gajitos de
naranja,
y sé por ejemplo
que el labio de arriba, cuando se separa del de abajo, parece que le diera
miedo dejarlo solo,
y entonces tiembla un poquito, no mucho, un poquito solamente y
entonces se le
acerca y lo acompaña un poco y entonces entre los dos gajitos sale como un
juguito que le
mancha un poco las arruguitas de los labios y entonces yo siento un marco y
algo como un chicle
entre las muelas y ella se me queda mirando y me dice:
-¿Qué te pasa?
Y despierto. Sé que nunca sería capaz de
agarrarle la mano, nunca. Pero sabía, estaba
convencido, como
nunca, que tenía que hacer algo. Así que seguí tocando tambor a ver si
me venía algo a la
cabeza. Nada. Seguía tocando tambor. Nada. Seguía tocando y tambor y
tambor y ella y
tambor y nada. De repente ella me dice:
-Tengo un vestido para mañana que es una
maravilla.
Yo digo: [44]
-Qué bueno.
Y ella dice:
-Es algo que te deja desmayado.
Y yo sigo:
-Qué bueno.
Y ella:
-Lo ves y te mueres. Es de locura.
Y yo seguía con el tambor. Eso lo cuento
para que vean.
Bueno. En eso pasó la hermana, después una
de las sirvientas de las diez sirvientas que
tienen en su casa y
después, un rato después, vengo y le digo:
-Julia -ni sabía lo que iba a decir-, dime
una cosa: si yo te regalara ese disco y Carlos el
otro, ¿cuál
pondrías más en el día?
Se me quedó mirando con mirada matemática
de raíz cuadrada, y me dijo:
-Éste. El que estamos oyendo.
Yo entonces estiré las piernas, la miré,
le eché una sonrisita y seguí tocando tambor,
pero palabra que me
costaba tocar tambor, porque lo que provocaba era salir gritando y
llamar al cochinada
de Carlos y decirle: mira Carlos, pendejo, nunca vas a hacerle esa
cochinada porque
Julia y yo, ¿no?, pero justo cuando se estaba acabando el disco me dijo:
-¿Qué fue lo que me preguntaste?
Palabra que no es mentira. Se lo repetí y
ella me sonrió. Y me dijo:
-Qué salvaje eres.
Nunca la he entendido. Me imaginé que
debía sonreírme y me sonreí. Después me dijo:
-Lo pondría todos los días si me gustaba.
-¿Qué cosa? -Yo comenzaba a olvidar todo
el plan, todo lo que tenía en la cabeza se me
reventó, ya nada,
[45] juro que yo no entendía a nadie, que estaba loco, tan loco que dije:
-Julia. Quiero que mañana vayas a la
fuente de soda de la esquina porque quiero darte un
regalo especial.
Ella preguntando cosas hasta que por fin
aceptó y a las tres y media era la cosa. O sea
que a las tres y
media nos íbamos a encontrar en la fuente de soda. Así fue que salió lo del
regalo. Por eso lo
conté.
Total que hoy vengo y cogí lo que me dio
mamá y salí a la calle. Me metí en todos
lados. Vi todas las
vitrinas. Entré en todas las tiendas y ni sabía qué podía regalarle. Pero no
soy tan imbécil: si
le dije que el regalo era especial por nada del mundo le doy cualquier
cosa. Eso era lo
que pensaba cuando estaba mirando el conejo. Porque en una de ésas vi un
conejo. Ustedes lo
han visto. Está por ahí, en una de esas tiendas de Sabana Grande, y es un
conejo blanco. Es
un conejo más grande que un caballo y mueve las orejas y tiene los ojos
rojos. Por cierto
que me acordé del profesor Jaime, porque el profesor Jaime tenía siempre
los ojos rojos. Por
cierto que el profesor Jaime era un gran tipo, y cada vez que me acuerdo
de él tengo una
vaina con Carlos. Porque sé que Carlos es el cochinada típico que le pone
tachuelas a
profesores como el señor Jaime. Cuando estaba mirando el conejo, me juré que
si alguna vez
Carlos tocaba el oso de mi hermanita, que también tiene los ojos rojos, lo
agarraba por las
patas, lo batía contra el árbol y lo volvía una cochinada. Porque es lo que
merece. Juro que si
alguna vez Carlos se burla del oso, lo machaco, lo aplasto, le martillo
los dedos y lo
reviento. Eso es lo que merece. Total que estaba viendo el conejo y ¡ah!
nada: un pollo,
Dios mío, ¿cómo no se me había ocurrido? Un pollito, chiquito, metido en
una caja, y ella
mirando el pollo, y jugando [46] con su pollo todos los días, y dándole de
comer, y así tú
puedes preguntarle por el pollo y tienes algo de qué hablar y es algo
especial, es un
regalo único, anda, apúrate, y salí disparado a Canilandia. Creo que se llama
así: Canilandia. Y
está en una callecita que se mete de Sabana Grande a la avenida
Casanova. Bueno. Y
entré y el señor me regaló el pollo. Ni siquiera aceptó que yo se lo
comprara. Bueno.
Me fui a la fuente de soda. Cuando llegué
pedí una merengada. Eso fue lo que pedí. Y
ahí estuve. ¡Ajo!
Estaba cansado. Hay que ver, corriendo, el sol, el pollo, y lo peor es que
no podía correr
mucho. Pero ahí estaba.
Bueno. Pedí una merengada de chocolate. Ya
van a ver. Pido la merengada. Es para
quedarse en casa.
Francamente: pido la merengada y el imbécil del mozo viene y se queda
mirando a la caja.
Claro que la caja se movía, ¿no?, pero por eso no tenía que poner cara de
imbécil y quedarse
mirando y mirando y decirme, porque me lo dijo:
-¿Y eso?
Tuve que decírselo:
-Un regalo.
-¿Un regalo? -se sonreía con los dientes
puercamente llenos de oro.
-Un regalo.
-¿Y por qué se mueve?
-Porque adentro hay un pollo -digo.
-Ah, ¿sí? ¿Un pollo?
-Sí. Eso. Un pollo.
-Qué bien -dijo el tipo. Que si qué bien.
Qué tipo, francamente.
Bueno. La verdad es que no sé por qué
cuento lo del mozo. Lo que sí es que ya estaba
poniéndome nervioso
porque Julia no llegaba y eran más de las tres y media. [47] Ya como
a las cuatro, dejé
la caja con la copa encima y llamé a casa de Julia. Como estaba pendiente
de la caja, o sea,
pensando en que a lo mejor el pollo se ponía histérico y pateaba y se
armaba el relajo,
estuve como media hora sin responderle a la mamá. La mamá:
-¿Aló? ¿aló? ¿aló? ¿aló?
Bueno. Por fin le pregunté por Julia.
-No está, Juan -me dijo-. ¿Eres tú, no?
-Sí. Soy yo, señora.
-Ayer vi a tu mamá. ¿Cómo estás?
-Ah, bueno...
-Me dijo que no estudiabas casi nada.
-Un poco.
-Tienes que estudiar.
-Sí, señora -palabra que eso era lo que me
decía. No miento. Siguió así:
-...y portarte muy bien, mira que ya eres
un hombrecito.
-Sí, señora.
-Bueno. Tú vienes al cumpleaños, ¿no?
-Sí, señora.
-Julia está como loca... ya no sabe qué
hacer. Bueno, Juan. Saludos por tu casa.
-Gracias, señora.
-Adiós.
-Adiós, señora.
¿Ven? Y la caja y la copa y el mozo y
Julia no llega y la vieja: es para volverse loco.
Palabra. Estuve
apunto de tirar el teléfono. Y lo peor es que no he terminado: apenas me
siento se me acerca
de nuevo el mozo. ¡Qué tipo más imbécil! Me dice:
-¿Y para quién es el regalo?
Juré que si me seguía haciendo preguntas
que a ti no te importan te tiro la copa
desgraciado. Eso es
lo que pensaba. Y dale con el regalo. Menos mal que alguien [48] lo
llamó. Ya yo estaba
realmente harto. Dale con la caja, el pollo, la vieja. «Ayer vi a tu mamá
en el mercado» y
que si «tienes que estudiar porque eres un hombrecito, Julia está como
loca». Francamente.
Y nada que llegaba la desgraciada. ¿Por qué la gente tiene que
preguntar tanto? En
serio: ¿para qué vienen y te preguntan que por qué tu mamá usa
anteojos? ¿Ah?
Palabrita que si alguien pregunta que por qué mi mamá usa anteojos le
nombro la madre.
Palabrita. Sinceramente le digo así mismo: mire desgraciado, señor, ¿qué
pasa? ¿Qué le pica?
¿Nunca ha visto un pollo? ¿Nunca ha visto una señora con anteojos?
¿Ah? Dígame esa
gente que viene y te dice: ¿Qué hay? O te dicen: ¿Qué has hecho? ¿Pero
qué carajo les
importa? ¿Ah?
Bueno. Por fin Julia llegó. Era tardísimo.
La vi bajarse de su impresionante Buick negro,
con su vestido de
pepas, y meneándose, para todos los tipos que estaban en la fuente de
soda. Julia no
puede dejar de menearse y mirar a todos los tipos. Por mí que se iría con el
primer tipo que le
dijera: «Oye tú, mira...». Seguro. Lo único que le importa a esa carajita
es menearse y poder
menearle los ojos a todos los degenerados que la miran. A veces
comprendo un poco
por qué a la cochinada de Carlos se le ocurrió eso que me dijo y que yo
no puedo contar
porque juré por Dios santo que no se lo decía a nadie. Pero bueno. Llega,
se sienta, se monta
el vestido hasta las pantaletas, se bota el pelo para atrás, se pasa la mano
por el cuello, y
después que me volvió porquería, se quedó mirando la caja vacía y me dijo:
-Ajjj Dios mío, me estoy muriendo de sed.
Se me olvidó decir que justo en el momento
en que la vi salir de su maldito Buick, justo
en ese momento, me
dio una vaina y en un segundo abrí la caja, agarré al pobre pollo, y lo
escondí en el
bolsillo de la chaqueta. [49]
Me salió con que si:
-¿Llevas mucho tiempo aquí?
-No. Acabo de llegar -le dije.
-¿Qué calor, verdad?
-Sí. Espantoso -dije.
-No lo aguanto -dijo ella-. Puf, me muero.
Y para colmo me di cuenta que el tipo de
la corbatica negra nos estaba espiando. Apenas
llegó Julia me di
cuenta que paró las orejas y hacía lo posible por acercarse y vamos a ver
qué oímos y qué
pasará con el pollo. Francamente. Deben volverse imbéciles. Que si la
mesa uno un perro
caliente, la mesa cuatro una hamburguesa sin tomate y otra con tomate,
la mesa ocho una
merengada de chocolate y una Cocacola, y la mesa dos un café negro y
otro marroncito
pero sin mucho café y la mesa tres un helado de mantequilla y la mesa
nueve... Claro:
nosotros ahí, así se divertía. No sé si se han dado cuenta la cara de loquitos
tristes que tienen
todos. Y además de la tristeza de loquitos llevan una corbatica de lazo.
Pobrecitos. No le
metía la nariz en las piernas de Julia porque no podía, y claro, porque
Julia, justo cuando
el pobre desgraciado la miraba, cerraba un poco las rodillas, la maldita
botaba el aire, se
sobaba la rodilla, y después te miraba como para que no te pusieras a
llorar ahí mismo.
Después que se subió más de lo que tenía subido el vestido, vino, y con su
vocesita de pito,
levantó un dedito y llamó al mozo. Inmediatamente pensé que el pendejo
del mozo llegaba y
le contaba lo del pollo. Y lo peor es que con lo del pollo, tenía que
mantener el brazo
en una sola posición, así, con la mano en el bolsillo, sin dejar que el
pollo chillara,
tapándole la jeta con los dedos, y ya sentía el brazo calambreado. Además
estaba comenzando a
sudar por todas partes. Era horrible. No exagero. Bueno. [50]
El mozo llega y se para delante de Julia:
-¿Desea algo, señorita?
-Sí. Por favor...
-Dígame.
-¿Tiene Cocacola?
El tipo le dice:
-Pepsicola -y aprovecha para mirarle todo.
-¿Pepsicola?
-Pepsicola -se hizo el loco y le miró las
rodillas. Julia seguía con el dedo en el aire y se
soplaba un mechón
de pelo que te caía sobre la nariz. Por fin parece que Julia se dio cuenta
que estaba
pidiéndole algo al mozo y le dijo:
-¿Tiene Orange?
-No. No hay.
-¿Qué tienen?
El mozo como que ya estaba arrecho:
-Colita, Pepsicola, Hit, Sevenup y Grin.
-¿Tienen Grin?
-Sí.
-Bueno. Entonces una merengada de
chocolate.
-¿De chocolate?
-No. Bueno. Tráigame una Grin.
El mozo estaba loco:
-¿Entonces Grin?
-Perdone -dijo Julia y se rió mirándome-,
tráigame un helado de chocolate.
El mozo ni siquiera la miró. Salió
disparado. Pobrecito. Y a todas éstas al maldito pollo
como que le dio
taquicardia porque comenzó a temblar y patalear y no sé que diablos tenía.
De golpe le abrí la
jeta y el desgraciado chilló. Julia me miró y me dijo:
-¿Oíste?
-No -dije.
-Como un pito. [51]
-Un niñito -dije.
-Fue raro -siguió Julia.
-Sí. A veces pasa.
-Mamá dice que oye todo el día una avispa
en la oreja.
-Qué raro.
-Sí.
Por fin miró la caja, que estaba vacía, y
me preguntó:
-¿Ése es el regalo?
Yo estaba esperando desde el principio la
pregunta. Por fin. Sí, pero no sabía qué
diablos podía
decirle, ¿no? ¿Qué se puede decir si a uno le pasa una cosa de ésas? ¿Qué
dice uno? Uno no
sabe qué decir. Y yo dije que no. Que ése no era el regalo.
-¿Dónde está?
«¿Dónde está? ¿Dónde está?» ¡Qué pregunta!
-Me pasó algo, Julia.
-¿Qué cosa? ¿Se te quedó en tu casa?
-Fue un problema -le dije.
-¿Te caíste? ¿Y esa caja?
-Sí. Me caí. Se rompió. Ésa es la caja.
-Qué lástima -dijo. Y justo oí que el
pollo eructaba o algo así.
No sé qué le pasaba al bicho. Como que
estaba ahogado.
-¿Dónde te caíste?
-En una escalera -le dije.
-Palabra que lo siento, Juan -dijo.
-No importa.
-Por supuesto que importa -me dijo. Y
aprovechó para agarrarme la mano. Yo sudé.
Después me sonrió,
cambió las piernas para que todo el mundo le mirara las pantaletas y
me dijo:
-¿Te vienes conmigo?
-No, gracias Julia. [52]
En eso fue que llegó el mozo. O bueno.
Llegó antes o después de que se subió el vestido.
El tipo traía una
Cocacola. La puso, después pasó el pañito por una orilla de la mesa y se
perdió. Julia me
preguntó:
-¿No fue un helado de chocolate lo que le
pedí?
-No sé -le dije. Y sí sabía.
-Ah no... es verdad -dijo-. Ahora me
acuerdo que pedí una Cocacola...
Cogió el pitillo, lo metió en la Cocacola
y echó una chupadita.
Después se paso la lengua por la boca, se
limpió la manchita de Cocacola que tenía en
los labios, y se me
quedó mirando sonreída. Inmediatamente comencé a sentirme como
perdido. Como
levantado del suelo. Lejos y al mismo tiempo muy cerca, tanto, que podía
contarle los
lunares que tiene en la nariz, esos punticos como marroncitos, como rosados
que tiene juntados
en la nariz, y mientras más la miraba, ella más se sonreía y yo volaba
más lejos de ella,
con la sonrisa, sin ella, con la sonrisa sola, flotando en el aire, con su
sonrisa de espuma
roja, y después que había volado con la sonrisa, la sonrisa regresaba a su
cara, le cubría
toda su cara y yo me daba cuenta que estaba ahí, frente a ella, y me entraba
en el vientre un
miedito dulce. Era un miedito como cuando vamos en un auto y de golpe el
auto llega a una
subida, y cae, y a ti te entra algo, se te abre algo en la barriga, y se te
llena
la barriga de ese
miedo dulce que después sientes que se te escapa y te lo deja como vacío,
como con un hambre
raro.
-Juan -decía-. Oye, Juan...
-Ni siquiera me di cuenta que tenía el
pollo en el bolsillo, palabra, No me daba cuenta de
nada. Para colmo
ella me decía Juan, así, suavecito, Juan, como soplando el nombre, como
soplándolo con el
aliento, y apenas me llegaba el nombre, apenas lo oía, y volvía [53] a
entrarme esa vaina
y me quedaba más perdido y más mareado que antes.
-Juan -me dijo-. Oye. ¿Qué te pasa?
-Nada -le dije.
-Oye. Tienes una cara...
Cuando me preguntó eso sentí el calambreo
en el brazo y comencé a asustarme y de
verdad verdad me
comencé a sentir mal.
-No, Julia -dije-. No me pasa nada.
-Me pareció que te sentías mal -me dijo
ella.
El pollo volvió como a pitar y le tapé el
pico, la cabeza y todo lo que pude taparle,
desgraciado si
sigues te ahogo, cállate, y Julia:
-¿Seguro que no te sientes mal, Juan?
Dale con lo mismo:
-¿Segurito, Juan? ¿Seguro que no te
sientes mal?
-No, Julia. No. Palabra.
-¿Segurito?
-No, Julia.
-¿Pero seguro que no? No sé, tienes una
cara...
-Palabra, te lo juro.
-¿Pero palabra, Juan? ¿No quieres ir al
baño, Juan?
No le tiré el pollo porque francamente.
Casi se lo estripo en la cara. Y lo peor es que
siguió. Ya van a
ver:
-Por mí -me decía la desgraciada-. Por mí
puedes ir al baño.
-Pero bueno, Julia. Si no quiero ir al
baño ¿para qué voy a ir?
-Pero no te dé pena. Anda.
-Julia. Deja la cosa del baño. No tengo
ganas.
-No sé, Juan. Estás sudando y tienes una
cara, yo sé, te conozco, eres capaz...
-¿Capaz...?
-Capaz de aguantarte por mí.
Eso era lo último. [54]
-¿Aguantar qué?
-Aguantarte. Yo lo sé.
-Bueno, Julia. No me estoy aguantando. Te
juro que no.
Por fin como que dejó la cosa y, siguió
tomando su maldita Cocacola.
La odiaba. Juro que la odiaba como nunca.
Hasta pensé en lo que me dijo Carlos y me
pareció que Carlos
no era tan inmundicia como yo lo había pensado. Me pareció que Carlos
tenía razón en
pensar en esas inmundicias, y le rogué que lo hiciera, que le hiciera
inmundicias más
asquerosas todavía. Me provocaba matarla. Cuando terminó su Cocacola
y dio los últimos
chupitos me dijo:
-Bueno, Juanito. Te espero en casa. No
faltes -me lo dijo con lástima. Después miró la
caja vacía. Y
después se levantó, me echó una sonrisita de «no sufras tanto que la vida no
es tan mala» y se
fue meneando el culo hasta su impresionante y asquerosísimo Buick
negro. Ahí abrió la
puerta, levantó las patas para que yo me derritiera con sus pantaletas, y
después levantó su
dedito y el maldito carro se perdió de vista en la esquina.
¡Dios mío! ¿Por qué pasan esas cosas?
Apenas se fue, vuelve el mozo. Tenía que volver.
No podía quedarse
quieto. Tenía que volver, llegar con cara de melón y preguntarme con su
vocecita de marica
dulce:
-¿Le dio miedo dárselo?
¿Por qué todo, por qué me pasa, por qué?
¿Por qué nunca podré, por qué jamás he
podido...? ¡Dios
mío! Me sentía tan mal...
Metí la cabeza entre los brazos y por fin
oí que el mozo se alejaba hacia otra mesa.
Entonces oí las risas. Apenas levanté la
cara, vi que el mozo se reía junto a un gordo, y
los dos me miraban.
[55] Se reían, hablaban un poco y volvían a soltar la carcajada. Yo
comencé a sentirme
rojo hirviendo, vi que no aguantaba más y que ese rojo hirviendo era
cada vez más
caliente y me quemaba más la garganta y los ojos y aflojé todo y entonces
todo se me fue por
los ojos y ya nada me importó entonces, lo juro, ya nada me importaba.
Cuando terminé de llorar, saqué al pobre
pollo del bolsillo y me le quedé mirando:
estaba tranquilito.
Estaba como dormido. Me gustó pasarle la mano por su cabecita, por su
cuerpo, y era tibio
y bueno, y pensé que nos parecíamos los dos, él y yo, y estaba muy tibio
y seguía como
dormido. Estaba tan tranquilo que comencé a sentir algo espantoso.
Entonces me dio
frío y todo asustado lo dejé caer en el suelo.
____________________FIN____________________

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