© Libro N° 14082. Exterminio. Cabanillas,
Rafael. Emancipación. Julio 26 de 2025
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Rafael Cabanillas
Exterminio
Rafael Cabanillas
Exterminio
Rafael Cabanillas
Escritor. Autor de
'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
21/07/2025 21:30
Las ruedas del tren chirrían al frenar en la única vía, de relucientes
raíles, que se introduce en esa extraña estación de gigantescas puertas. Una
verdadera fortaleza de ladrillo naranja y hierro forjado. Cuando finalmente
para, los soldados descerrajan desde afuera las puertas correderas de los
vagones de madera y, al abrirlas, un olor nauseabundo anega el ambiente. Huele
a animal enjaulado, a ganado, a detritus y a muertos en descomposición. Un olor
que se mezcla con el humo grisáceo y sin fuerza que sale de las chimeneas. Como
si les faltara combustible.
A miles de kilómetros de distancia, una multitud de hombres, viejos,
jóvenes y niños, blanden al aire barreños y cacerolas, a la espera de que
comience el reparto. El milagro de peces y panes de la hambruna. Algunos están
demacrados, esqueléticos, y apenas si tienen fuerza para mantenerse en pie.
Mucho menos para correr y competir a codazos, medio espachurrados, en busca de
esa comida que les arrojan como a los cerdos, o de luchar por el saco de harina
que salvará la vida de su familia. Lo que queda de ella: su mujer, Bahija, y
las pequeñas Zaida y Amira. El resto, sus padres y sus otros tres hijos –Karim,
Naim y Akram–, los reventó hace semanas una bomba. Estaban tan deshechos y
destrozados, que ni siquiera pudo juntar sus restos para enterrarlos.
Al descender del tren, los soldados les gritan en una lengua áspera e
incomprensible y los perros mordisquean sus brazos y sus pantorrillas si se
salen de las filas. A voces y culatazos, separan a los hombres de las mujeres.
A algunas se les ha aflojado el vientre de miedo y la suciedad corre entre sus
blancas piernas. A los niños, que lloran sin consuelo, les permiten quedarse
con las madres o abuelas. Para que se calmen y cese el escándalo. Una vez
dispuestas y bien alineadas las filas, desde un altavoz se les pide, en varios
idiomas, que se quiten la ropa. Que no tengan miedo ni vergüenza, es por su
bien, por una cuestión higiénica.
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Israel mata a 81 personas en puntos de reparto de ayuda en Gaza
EFE
Zona devastada por un ataque israelí el 30 de junio de 2025.
En medio del tumulto de hambrientos, desesperados por acercarse al
convoy de reparto de ayuda, se ha organizado una pelea. El reparto, tras un año
de tener las fronteras cerradas sin permitir la entrada de alimentos y
medicinas, sin dejar trabajar a las ONGs, se ha reiniciado a cuentagotas a
cargo de una entidad privada, formada por militares o paramilitares. Pero el altercado va a más. Hasta que un
francotirador, desde la altura de un carro de combate, dispara a uno de los
"alborotadores" que después llamarán “sospechoso”, reventándole el
cerebro. Al impacto, el hombre cae al suelo con unas breves convulsiones
dejando un charco de espesa sangre en la tierra, que se empapa con brillos
iridiscentes.
Ya desnudos, el médico, rodeado de varios soldados, va revisando a los
hombres y a las mujeres. Les mira la dentadura, mira el interior de su ojo
derecho, palpa el bíceps y así va seleccionando –este sí, este no, este
tampoco– el material que le interesa. También a los niños, que pronto serán
enviados al laboratorio para realizar con ellos los más espeluznantes ensayos
médicos: cortarles tendones para probar si un nuevo fármaco, invento suyo,
podría reconstruirlos, congelarlos para verificar su resistencia a bajas
temperaturas, amputar, extirpar e injertar órganos del cuerpo, esterilizaciones
y demás aberraciones quirúrgicas.
Para mantener el orden, un soldado ha lanzado una ráfaga de metralla al
aire. Innecesaria, pues en ese preciso momento un caza ha pasado rompiendo la
barrera del sonido, soltando después varios proyectiles con un estruendo que ha
hecho temblar el suelo. Las bombas han caído sobre el último hospital que
quedaba en pie y sobre un campo de refugiados aledaño. Refugiados sin refugio,
indefensos. Protegidos por la lona de la tienda de campaña. A su alrededor, ya
sólo quedan escombros. Ruinas del apocalipsis. Imágenes que nos perseguirán a
lo largo de nuestra vida. Los edificios son calaveras huecas, envueltas en humo
y polvo, de donde salen gritando y tosiendo unos niños fantasma, huyendo como
cucarachas que estuvieran pisoteando.
A uno que se niega a desnudarse le han azuzado los perros, pastores
alemanes adiestrados para matar. Tanto, que lo están devorando a dentelladas,
ante el estupor de la gente. Pero el hombre, en una entereza incomprensible y
admirable, no grita de dolor. Que es lo que quisiera el comandante, que llorara
y aullara más que esos perros, para servir de ejemplo. Ejemplo para
disciplinarlos. Como no lo hace, se ha acercado a él, ha pedido que aparten a
esas fieras y poniéndole la pistola en la sien, le ha soltado un tirascazo a
bocajarro. Tan cerca, que la sangre ha salpicado su rostro. Después, escupe con
rabia y se limpia con un pañuelo blanco la cara.
Humo en Ciudad de Gaza durante un bombardeo israelí el 6 de julio de
2025.
A los hombres que se han acercado al cadáver, que intentan levantarlo
para llevarlo como un mártir por los aires y depositarlo en un carro del que
tira un famélico asno, otro soldado les ha soltado una ráfaga y ha matado a
siete de ellos. A su alrededor, se ha hecho un círculo de miedo y horror,
alejando a la gente que no suelta sus cacerolas. Es lo único que les queda. Esa
cacerola de zinc. Símbolo de todas sus pertenencias: su casa, su dignidad, su
alma. Uno de los abatidos gimotea de dolor, herido de muerte, retorciéndose
como una culebra entre esa marabunta de cadáveres. Solo se atreve a acercarse
una mujer, quizás sea su madre o su hermana, que lo abraza y zarandea para
reanimarlo, con fuerza, hasta que cae como un guiñapo en sus brazos. Su grito
es tan terrorífico que te deja sin respiración.
El mismo altavoz vuelve a sonar, gangoso al principio y firme y potente
después, diciendo que ahora deben pasar ordenadamente, pero sin vacilación, a
las duchas. Es una simple ducha, que les vendrá bien para limpiar y relajar sus
cuerpos tras el largo viaje en tren. No teman nada y obedezcan las órdenes.
Dejen su ropa y pertenencias –la mayoría traen pequeñas maletas, bolsos, bultos
envueltos en pañuelos, varias muñecas, estuches de instrumentos: algún violín,
dos clarinetes, una armónica– en un montón a su lado, y, tras la ducha, lo
recogerán de nuevo. Que para algo es suyo. Nadie va a robárselo. Y viendo a las
mujeres que se cubren con un brazo el pecho y con la mano el pubis, el altavoz,
entre risas, dice: "No sean tan pudorosas, todos los seres humanos tenemos
los mismos miembros. Siempre será bueno airearlos".
Después van entrando a la cámara de gas como los corderos al matadero.
Sin protestar, cabizbajos, en silencio, sin un balido. Las manos de los niños,
clavando las uñas con fuerza y temor en la de sus progenitores. Se cierran las
puertas herméticas. El gas Zyklon B hace su trabajo en un momento. Hasta que
llegan las carretillas que trasiegan por el interior del módulo. A los pocos
minutos, de la chimenea del crematorio salen volutas, como bocanadas, de un
humo muy negro. Con fuerza emergente. Huele a carne quemada, como si estuvieran
quemando muertos.
Alrededor de los camiones se agolpan miles de personas. Una baraúnda de
muertos de hambre, porque llevan meses utilizando el hambre como arma de
guerra. Que nunca fue guerra, sino exterminio. La hambruna, que es peor que el
fósforo blanco. El Zyklon B mata rápido, el hambre y el fósforo lentamente. Es
lo que quieren, la ley del talión, la venganza más inhumana y deleznable de la
historia. Los hombres reclaman su pan y darían la vida por conseguir unas
migajas. Ya no les importa morir. Quizás seguir vivos sea su mayor
remordimiento: ¿Por qué no me llevaste con ellos? Seguir vivos es un tormento,
un suplicio, cuando han exterminado a todos los tuyos. 17.000 niños, ante el
silencio cómplice y abominable del mundo, entre los que están tus hijos. ¿Para
qué vivir ya? Entonces suenan nuevos disparos. No puedes taparte los oídos
porque ya has enganchado un saquito de trigo. Suenan más disparos. Nadie corre.
Lo único que te importa es no perder tu botín y no tropezar con los cadáveres:
un día 16, otros 25, otros 50, otros 75. Todos los días un montón de asesinados
en el reparto de la ayuda humanitaria. Una mentira, pues la ayuda no es ayuda,
sino un cebo, un engaño, al que acuden como las ratas, para matarlos.
Rafael Cabanillas
Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'

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