© Libro N° 14081. Armadale. Collins,
Wilkie. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Armadale. Wilkie Collins
Versión Original: © Armadale. Wilkie
Collins
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://www.textos.info/wilkie-collins/armadale/descargar-pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/8d/1c/30/8d1c30928a54890daa29a57faf932342.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://www.wilkie-collins.info/images/books_armadale_ybse.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Wilkie
Collins
Armadale
Wilkie Collins
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO I
LOS VIAJEROS
En el balneario de Wildbad, se abría la
temporada de mil ochocientos treinta y dos.
Las sombras de la noche empezaban a acumularse
sobre la pequeña y tranquila ciudad alemana; la diligencia iba a llegar de un
momento a otro. Delante de la puerta del edificio principal, hallábanse
reunidos, esperando la llegada de los primeros visitantes del año, los tres
personajes más importantes de Wildbad en compañía de sus esposas: el alcalde,
que representaba a la población; el médico, como portavoz del balneario, y el
propietario, en representación de su propio establecimiento. Apartados de este
círculo selecto y formando alegres grupos en la bien cuidada plazuela de
delante de la posada, los habitantes de la población se mezclaban aquí y allá
con los campesinos, ataviados con sus pintorescos trajes alemanes y que
esperaban plácidamente la llegada de la diligencia: los hombres, con chaqueta
corta y negra, calzón negro ajustado y sombrero de castor de tres picos; las
mujeres, con los rubios cabellos colgando en una gruesa trenza sobre la espalda
y el talle de los cortos vestidos de lana púdicamente subido hasta debajo de
los omóplatos. Alrededor de este grupo correteaban en perpetuo movimiento
bandadas de chiquillos rollizos y de pelo albino; al mismo tiempo,
misteriosamente apartados del resto de los moradores, los músicos del balneario
permanecían tranquilos en un rincón olvidado, mientras esperaban la aparición
de los primeros visitantes para tocar la serenata que abriría la temporada. La
luz de aquel atardecer de mayo brillaba todavía en las cimas de los altos y
frondosos montes que custodiaban la ciudad a derecha e izquierda, y la fresca
brisa que sopla antes de ponerse el sol traía el penetrante perfume balsámico
de los abetos de la Selva Negra.
—Señor posadero —dijo la esposa del alcalde,
dando al propietario el tratamiento adecuado—, ¿llegará algún huésped
extranjero este primer día de la temporada?
—Señora alcaldesa —respondió el posadero,
devolviéndole el cumplido—, van a llegar dos. Me escribieron, el uno por medio
de su criado y el otro creo que de su puño y letra, para reservar sus
habitaciones. A juzgar por sus apellidos, creo que ambos vienen de Inglaterra.
No pronunciaré sus nombres, porque se me trabaría la lengua; pero si quiere que
los deletree, ahí van, letra por letra, por el orden en que llegaron las
cartas. El primero, un extranjero de alto linaje (tiene el título de mister),
lleva un apellido de ocho letras: A, r, m, a, d, a, l, e, y viene enfermo en su
propio carruaje. El segundo, un extranjero de alta cuna (también con título de
mister), tiene un apellido de cuatro letras: N, e, a, l, y viaja enfermo en la
diligencia. Su excelencia de ocho letras me escribió (por medio de su criado)
en francés; su excelencia de cuatro letras lo hizo en alemán. Las habitaciones
de ambos están preparadas. No sé nada más.
—Quizá —sugirió la esposa del alcalde— el
señor doctor tendrá más noticias de uno o de los dos ilustres extranjeros, ¿no?
—Sólo de uno de ellos, señora alcaldesa; pero
para ser precisos, no las he recibido directamente de él. Me han enviado un
informe médico sobre su excelencia de ocho letras, y su estado parece grave.
¡Que Dios le ayude!
—¡La diligencia! —gritó un chiquillo, apartado
de la multitud.
Los músicos prepararon sus instrumentos y se
hizo el silencio en la comunidad. Desde el lejano y serpenteante camino de la
boscosa garganta, llegó, débil pero inconfundible, el campanilleo de los
cascabeles en la quietud del anochecer. ¿Cuál sería el carruaje que se
aproximaba? ¿El coche particular que traía a Mr. Armadale, o la diligencia
donde viajaba Mr. Neal?
—¡Tocad, amigos míos! —indicó el alcalde a los
músicos—. Sea la diligencia o el coche particular, nos trae a los primeros
enfermos de la temporada. ¡Que nos encuentren alegres!
La banda empezó a tocar una animada pieza
bailable y los chiquillos que estaban en la plaza patalearon alegremente al
compás de la música. En el mismo momento, los mayores que estaban cerca de la
puerta de la posada se apartaron a un lado y se proyectó la primera sombra de
tristeza sobre la alegría y la belleza de la escena. Por la abertura que se
había formado avanzó una pequeña procesión de robustas mozas campesinas,
tirando cada cual de una silla de ruedas vacía; todas se quedaron esperando (y
haciendo calceta) a los infelices tullidos que en aquella época llegaban a
cientos —al igual que ahora—, en busca de alivio para sus males en las aguas de
Wildbad.
Mientras tocaba la banda, mientras bailaban
los chiquillos, mientras crecía el zumbido de los muchos que hablaban, mientras
las jóvenes y vigorosas enfermeras de los pacientes que iban a llegar hacían
calceta, imperturbables, la insaciable curiosidad femenina sobre otras mujeres
se manifestó en la esposa del alcalde. Se llevó aparte a la posadera y acto
seguido le susurró una pregunta.
—Una palabra más, señora, sobre los dos
extranjeros que vienen de Inglaterra. ¿Se muestran explícitos en sus cartas?
¿Les acompaña alguna mujer?
—Al de la diligencia, no —respondió la
posadera—. Pero sí al del coche particular. Éste trae un chiquillo, una
enfermera y —concluyó la posadera, reservándose taimadamente la noticia más
interesante para el final— a su esposa.
La alcaldesa se animó, la mujer del médico
(que asistía a la conferencia) se animó también y la posadera asintió de modo
significativo. En la mente de las tres surgió simultáneamente el mismo
pensamiento: «¡Veremos la moda!» Un instante más tarde la multitud se agitó y
un coro de voces anunció que los viajeros estaban a punto de llegar.
Ahora se veía ya el vehículo que se aproximaba
y se desvanecieron todas las dudas. Era la diligencia, que se acercaba por la
larga calle que conducía a la plaza; la diligencia, que con su nueva y
brillante capa de pintura amarilla, dejaría en la posada a los primeros
visitantes de la temporada. De los diez viajeros que ocupaban los
compartimientos central y posterior (procedentes todos ellos de diversas
regiones de Alemania), tres inválidos fueron sacados del carruaje y sentados en
las sillas de ruedas, para ser conducidos enseguida a sus alojamientos en la
ciudad. En el compartimiento de delante, sólo había dos pasajeros: Mr. Neal y
su criado. Apoyándose con los brazos a ambos lados de la portezuela, el
extranjero (cuya dolencia parecía limitada a flojedad en un pie) consiguió
bajar con bastante facilidad los escalones del carruaje. Mientras recobraba el
equilibrio con ayuda del bastón y miraba sin demasiada complacencia a los
músicos que le obsequiaban con el vals de Der Freischutz, su aspecto personal
enfrió bastante el entusiasmo del pequeño y amistoso círculo que se había
formado para darle la bienvenida. Era un hombre enjuto, alto, grave, entrado en
años, de fríos ojos verdes y alargado labio superior, de cejas hirsutas y
pómulos prominentes; un hombre que parecía lo que era: un escocés de los pies a
la cabeza.
—¿Dónde está el dueño de este hotel? —preguntó
en alemán, hablando fluida y rápidamente, y con gélidos modales—. Vaya en busca
del médico —continuó, cuando se hubo presentado el posadero—. Quiero verlo de
inmediato.
—Aquí estoy, señor —se anunció el médico,
separándose del círculo de amigos—. A su entera disposición.
—Gracias —dijo Mr. Neal, observando al médico
como habría mirado cualquiera de nosotros a un perro que hubiese acudido a su
silbido—. Mañana acudiré con mucho gusto a su consulta, a las diez, para
hablarle de mi caso. Ahora sólo le molestaré con un mensaje que me he
comprometido a transmitirle. Por el camino alcanzamos un carruaje en el que
viajaba un caballero, creo que inglés, que parecía gravemente enfermo. La dama
que le acompañaba me suplicó que, a mi llegada, le viese inmediatamente a usted
y le pidiese ayuda profesional para bajar al paciente del coche. Su guía sufrió
un accidente y tuvo que quedarse en la carretera y ellos tienen que viajar con
mucha lentitud. Si aguarda usted aquí durante una hora, podrá recibirlos. Este
es el mensaje. Pero ¿quién es este caballero que parece interesado en hablar
conmigo? ¿El alcalde? Si desea usted ver mi pasaporte, señor, mi criado se lo
mostrará. ¿No? ¿Quiere darme la bienvenida y ofrecerme sus servicios? Esto me
halaga muchísimo. Pues bien, si goza de alguna autoridad para abreviar la
actuación de la banda municipal, me haría un gran favor. Mis nervios se irritan
fácilmente y me molesta la música. ¿Dónde está el posadero? No, quiero ver mis
habitaciones. No necesito su brazo, puedo subir la escalera sin más ayuda que
la de mi bastón. Señor alcalde y señor doctor, no es preciso que nos
entretengamos más. Les deseo buenas noches.
Tanto el alcalde como el médico se quedaron
mirando al escocés, que subía cojeando la escalera, y ambos sacudieron la
cabeza en un gesto de muda desaprobación. Las damas, como de costumbre, fueron
un poco más lejos y expresaron lisa y llanamente su opinión. A su entender se
trataba de la escandalosa conducta de un hombre que había hecho caso omiso de
su presencia. La señora alcaldesa sólo podía atribuir este ultraje a la
ferocidad innata de un salvaje. La esposa del médico sostenía un criterio
todavía más duro y lo consideraba fruto de la innata brutalidad de un cerdo.
La hora de espera del coche iba transcurriendo
y la noche trepaba sigilosamente por las laderas de los montes. Una a una
fueron apareciendo las estrellas, y las primeras luces centellearon en las
ventanas de la posada. Cuando reinó la oscuridad, los últimos ociosos
abandonaron la plaza, el imponente silencio del bosque descendió al valle y,
súbita y extrañamente, hizo callar a la pequeña ciudad solitaria.
La hora de espera tocó a su fin y el médico,
que paseaba inquieto arriba y abajo, era el único ser viviente que permanecía
todavía en la plaza. Pasaron cinco, diez, veinte minutos, según el reloj del
doctor, antes de que el primer ruido rompiese el silencio de la noche
anunciando la llegada del coche. Éste entró despacio en la plaza, con los
caballos al paso, y se detuvo, como habría podido hacerlo un coche fúnebre,
ante la puerta de la posada.
—¿Está aquí el médico? —preguntó en francés
una voz de mujer desde la oscuridad del carruaje.
—Aquí estoy, señora —respondió el doctor,
quien tomó una linterna de manos del posadero y abrió la portezuela del coche.
El primer rostro que iluminó la linterna fue
el de la dama que acababa de hablar, una joven de belleza misteriosa, en cuyos
ojos negros y angustiados brillaban lágrimas espesas. La segunda cara que
apareció fue la de una vieja y apergaminada negra, sentada frente a la dama en
el asiento posterior. Después vio a un niño que dormía en la falda de la negra.
Con rápido e impaciente ademán, la dama ordenó a la niñera que se apease del
coche con el pequeño.
—Le ruego que se los lleve de aquí —pidió a la
posadera— y los conduzca a su habitación.
Cuando se hubo cumplido la orden, bajó a su
vez del coche. Entonces, por primera vez, la linterna alumbró de lleno el fondo
del carruaje y descubrieron al cuarto viajero.
Éste yacía inerte en un colchón colocado sobre
una camilla; un gorro negro sujetaba sus cabellos largos y revueltos, los ojos
desorbitados y angustiados miraban constantemente a un lado y otro; el resto de
la cara, desprovista de toda expresión que pudiese revelar su carácter o sus
pensamientos, parecía la de un muerto. Mirándole en aquel estado, nadie habría
podido adivinar lo que había sido antaño. El rostro plomizo e inexpresivo
respondía con un silencio impenetrable a preguntas que en otro tiempo habría
contestado sobre su edad, su categoría, su temperamento y su aspecto. No había
nada que hablase ahora por él, salvo el ataque que le había sumido en la muerte
en vida de la parálisis. El médico interrogó con la mirada a los miembros
inferiores, y la Muerte en Vida le respondió: «Aquí estoy.» La mirada del
médico continuó por las manos y los brazos, y subió, subió, interrogadora,
hasta los músculos de la boca, y la Muerte en Vida le contestó: «Ya vengo.»
Frente a una calamidad tan despiadada y tan
terrible, no había nada que decir. La mujer que lloraba junto a la portezuela
del coche no podía recibir más que una ayuda silenciosa y compasiva.
Mientras lo transportaban en camilla a través
del vestíbulo del balneario, la mirada errante del enfermo tropezó con el
rostro de la esposa. Lo observó fijamente durante un momento y entonces el
hombre habló.
—¿Y el niño? —preguntó en inglés, con lengua
estropajosa, articulando lenta y fatigosamente las palabras.
—Está a salvo en el piso de arriba —respondió
débilmente ella.
—¿Y mi portafolios?
—Lo tengo yo. ¡Mira! No se lo voy a confiar a
nadie. Yo me encargo de él.
Al oír esta respuesta, el hombre cerró los
ojos por primera vez y ya no dijo más. Cariñosa y hábilmente, lo condujeron
arriba, con su esposa a un lado y el médico, que guardaba un siniestro
silencio, al otro. El posadero y los criados que le seguían vieron abrirse y
cerrarse detrás de él la puerta de la habitación; oyeron que, al quedarse a
solas con el médico y el enfermo, la dama prorrumpía en histéricos sollozos;
media hora después, vieron salir al doctor, con su cara rubicunda un poco más
pálida que de costumbre; le apremiaron impacientes, para que les diese
información, pero sólo les contestó:
—Esperen a que le examine mañana. Esta noche,
no me pregunten nada.
Todos conocían el carácter del médico y
consideraron de mal agüero que se marchase apresuradamente después de aquella
respuesta.
Así llegaron al balneario de Wildbad los dos
primeros visitantes ingleses de aquella temporada de mil ochocientos treinta y
dos.
CAPÍTULO II
LA SOLIDEZ DEL CARÁCTER ESCOCÉS
A las diez de la mañana siguiente, Mr. Neal,
que esperaba la visita del médico a esta hora fijada por él mismo, consultó el
reloj y descubrió, para su asombro, que estaba esperando en vano. Eran casi las
once cuando al fin se abrió la puerta y el médico entró en la habitación.
—Había fijado su visita para las diez —comentó
Mr. Neal—. En mi país, los médicos son puntuales.
—Pues en el mío —replicó el doctor sin
enfadarse en absoluto— los médicos somos exactamente como los demás: estamos a
merced de las circunstancias. Le ruego que me disculpe, señor, por haberme
retrasado tanto; me ha entretenido un caso muy doloroso, el de Mr. Armadale,
cuyo carruaje adelantaron ustedes ayer en la carretera.
Mr. Neal miró al médico que le atendía con
agria sorpresa. Había en los ojos del doctor una ansiedad y una preocupación
latente en sus modales que no acertaba a explicarse. Por un instante, las dos
caras se enfrentaron en silencio y ofrecieron un marcado contraste nacional: la
del escocés, larga y escuálida, dura y regular; la del alemán, rolliza y
colorada, blanda e indefinida. La primera parecíano haber sido nunca joven; la
segunda se diría que nunca iba a envejecer.
—¿Me permite recordarle —dijo Mr. Neal— que el
caso que ahora nos ocupa es el mío y no el de Mr. Armadale?
—Desde luego —respondió el doctor, vacilando
todavía entre el paciente que venía a ver y el que acababa de dejar—. Parece
que sufre usted de cojera. Déjeme examinarle el pie.
La dolencia de Mr. Neal, por muy grave que
pudiese ser según su propio criterio, revestía poca importancia desde el punto
de vista médico. El hombre padecía una afección reumática en el tobillo. Se
formularon y respondieron las preguntas necesarias, y se prescribieron los
baños adecuados. La consulta terminó en diez minutos y el paciente esperó, en
elocuente silencio, que el médico se marchase.
—Comprendo —dijo el médico, que se levantó y
vaciló un poco— que le estoy incomodando. Pero me veo obligado a rogarle que me
disculpe si vuelvo al tema de Mr. Armadale.
—¿Puedo preguntarle qué le obliga a hacerlo?
—Mi deber de cristiano para con un moribundo
—respondió el doctor.
Mr. Neal cambió de actitud. El sentimiento del
deber religioso era el más arraigado en su naturaleza.
—Lo que acaba de decirme merece mi atención
—dijo gravemente—. Disponga de mi tiempo.
—No abusaré de su gentileza —dijo el médico,
sentándose de nuevo—. Seré lo más breve posible. Resumiendo, el caso de Mr.
Armadale es el siguiente: ha pasado la mayor parte de su vida en las Indias
Occidentales; una vida desenfrenada y viciosa, según su propia confesión. Poco
después de casarse, hará de ello unos tres años, empezaron a manifestarse los
primeros síntomas de una inminente parálisis, y sus médicos le aconsejaron que
se fuese de allí y probase el clima de Europa. Desde que abandonó las Indias Occidentales,
ha vivido principalmente en Italia, sin ningún beneficio para su salud. Antes
de sufrir el último ataque, se trasladó de Italia a Suiza, y de Suiza lo
enviaron aquí. Es todo lo que sé por el informe de su médico; el resto procede
de mi experiencia personal. Mr. Armadale ha venido a Wildbad demasiado tarde:
virtualmente, es hombre muerto. La parálisis progresa rápidamente y afecta ya
la parte inferior de la columna vertebral. Todavía puede mover un poco las
manos, pero no es capaz de sostener nada en ellas. Puede articular palabras,
pero el día menos pensado se despertará sin habla. Creo sinceramente que no
tiene más de una semana de vida. A instancias del enfermo le he revelado, lo
más delicadamente posible, lo mismo que acabo de decirle a usted. El resultado
ha sido desolador; la agitación del paciente ha sido tan violenta que no podría
describírsela. Me tomé la libertad de preguntarle si había descuidado las
cuestiones de su herencia. En absoluto. Su testamento está en poder de su
albacea en Londres y deja a su mujer y a su hijo en muy buena situación. Mi
pregunta siguiente fue más afortunada; dio en el clavo: «¿Hay algo que desee
hacer antes de morir y que no haya hecho aún?» Lanzó un profundo suspiro de
alivio que me dijo «sí» mejor que con palabras. «¿Puedo ayudarlo?» «Sí. Hay
algo que debo escribir. ¿Puede ayudarme a sujetar la pluma?» Igual habría
podido pedirme que hiciese un milagro. Tuve que decirle que no. «Y si le
dictase el texto —siguió diciendo—, ¿podría usted escribirlo?» Nuevamente tuve
que decirle «No». Comprendo un poco el inglés, pero no sé hablarlo y menos
escribirlo. Mr. Armadale entiende el francés cuando se habla despacio, como le
hablaba yo, pero no puede expresarse en este idioma e ignora por completo el
alemán. Ante esta dificultad, le formulé la pregunta más obvia dada la
situación: «¿Por qué me lo pide a mí? Mistress Armadale está a su disposición,
en la habitación de al lado.» Pero antes de que pudiese levantarme de la silla
para ir a buscarla, me detuvo, no con palabras, sino con una mirada de horror
que me dejó clavado en mi sitio, lleno de asombro. «Seguro que su esposa es la
más indicada para escribir por usted, ¿no cree?», le dije. «¡Por nada del
mundo!», me respondió. «¡Cómo! —le dije—. ¿Me pide a mí, a un extranjero
desconocido, que escriba a su dictado unas palabras que mantiene secretas para
su esposa?» Comprenda cuál fue mi asombro cuando me respondió, sin vacilar un
instante: «Sí.» Yo estaba perplejo y guardé silencio. «Si usted no sabe
escribir en inglés, busque alguien que pueda hacerlo.» Traté de protestar, pero
él lanzó un gemido espantoso; una súplica sin palabras, como el aullido de un
perro. «¡Silencio! ¡Silencio! —le rogué—. ¡Ya encontraré a alguien!» «¡Tiene
que ser hoy! —gritó—. Antes de que me falle la lengua como me falla la mano.»
«Está bien, hoy, dentro de una hora.» Cerró los ojos y se tranquilizó
inmediatamente. «Mientras espero —dijo—, déjeme ver a mi hijo.» No había
mostrado la menor ternura al hablar de su esposa, pero vi lágrimas en sus ojos
al pedir la presencia de su hijo. Mi profesión, señor, no me ha endurecido
tanto como podría usted suponer y mi corazón de médico estaba tan apenado
cuando fui en busca del chiquillo que parecía el de un lego en medicina. Temo
que piense usted que soy demasiado débil.
El médico miró a Mr. Neal con aire de súplica.
Igual habría podido mirar una roca de la Selva Negra. Mr. Neal se negaba
rotundamente a dejarse llevar por cualquier médico de la cristiandad fuera de
la región de los hechos concretos.
—Prosiga —dijo—. Presumo que todavía no me lo
ha dicho todo.
—Supongo que ahora comprende el objeto de mi
visita, ¿no? —apuntó el médico.
—Su objeto ha quedado, al fin, bastante claro.
Me invita a intervenir a ciegas en un asunto que parece de lo más sospechoso.
Me niego a darle una respuesta hasta saber más datos. ¿Consideró usted
necesario informar a la esposa de ese hombre de lo que había pasado entre
ustedes? ¿Le pidió una explicación?
—¡Claro que lo creí necesario! —replicó el
médico, indignado por la crítica a su ética que parecía implicar la pregunta—.
Si alguna vez he visto una mujer enamorada de su marido y que sufra por él, es
la infeliz Mrs. Armadale. En cuanto nos dejaron solos, me senté a su lado y le
cogí la mano. ¿Por qué no había de hacerlo? Soy viejo y feo, puedo tomarme
estas libertades.
—Discúlpeme —dijo el imperturbable escocés—.
Pero permítame indicarle que está perdiendo el hilo de su narración.
—No es de extrañar —contestó el médico,
recobrando su buen humor—. Perder constantemente el hilo es una costumbre de mi
nación, como encontrarlo siempre es, evidentemente, típico de la suya. ¡He aquí
un ejemplo del orden del universo y de la eterna armonía de las cosas!
—¿Quiere hacerme el favor de ceñirse a los
hechos de una vez? —insistió Mr. Neal, frunciendo impaciente el ceño—. ¿Puedo
preguntarle, para mi debida información, si Mrs. Armadale le ha dicho qué
quiere redactar su marido y por qué se niega éste a permitir que lo escriba
ella?
—Aquí está el hilo que había perdido, ¡gracias
por encontrarlo! Mrs. Armadale me dijo textualmente: «Creo firmemente que no me
concede su confianza por la misma razón que me ha cerrado siempre las puertas
de su corazón. Soy su legítima esposa, pero no la mujer a quien ama. Cuando me
casé con él, sabía que otro hombre le había quitado a su amada. Creí que podría
hacer que la olvidase. Lo esperé cuando me casé con él, volví a esperarlo
cuando le di un hijo. ¿Es necesario que le diga que he perdido toda esperanza,
después de lo que ha visto usted con sus propios ojos?» Espere usted, señor, se
lo suplico. No he vuelto a perder el hilo, lo estoy siguiendo palmo a palmo.
«¿No sabe usted nada más?», le pregunté. Ella me respondió: «Es todo lo que
sabía hasta hace muy poco tiempo. Cuando estábamos en Suiza, después de haberse
agravado considerablemente su dolencia, se enteró por casualidad de que la otra
mujer, la que ha sido sombra y veneno de mi vida, le había dado también un
hijo. En el momento en que hizo este descubrimiento (insignificante, si algo
podía serlo aún), un miedo mortal se apoderó de él; no por mí, ni por él mismo,
sino por su hijo. El mismo día (sin decirme una palabra) envió a buscar al
médico. Fui ruin, mala, lo que usted quiera, pero escuché detrás de la puerta.
Oí que decía: "Tengo algo que decirle a mi hijo, cuando sea lo bastante
mayor para comprenderme. ¿Viviré para contárselo?" El médico no quiso
asegurarle nada. Aquella misma noche (todavía sin haberme dicho una palabra) se
encerró en su habitación. ¿Qué habría hecho otra mujer en mi lugar, si la
hubiesen tratado como a mí? Lo mismo que yo hice: escuchar una vez más. Y oí
que decía para sí: "No viviré para contarlo. Debo escribirlo antes de
morir." Oí que su pluma rascaba durante mucho rato el papel, le oí gemir y
sollozar mientras escribía, le supliqué por Dios que me dejase entrar. La pluma
cruel siguió arañando interminablemente, la pluma cruel era toda su respuesta.
Esperé junto a la puerta, durante horas, no sé cuántas. De pronto, la pluma se
detuvo, ya no se oía. Susurré por el ojo de la cerradura, sin levantar la voz;
dije que tenía frío, que estaba cansada de tanto esperar; dije: " ¡Oh,
amor mío, déjame entrar!" Esta vez, ni siquiera la pluma cruel me
respondió: sólo el silencio. Con toda la fuerza de mis pobres manos, golpeé la
puerta. Entonces subieron los criados y la forzaron. Demasiado tarde; el mal
estaba hecho. Mientras escribía la carta fatal, había sufrido el ataque..., y
le encontramos sobre aquella carta, paralizado como está ahora. Las palabras
que quiere dictarle son las que habría escrito él si el ataque no se lo hubiese
impedido. Desde entonces, hay un vacío en la carta, y es este vacío el que él
le ha pedido que llenase.» Esto es lo que me ha dicho Mistress Armadale, y estas
palabras son el resumen y el núcleo de toda la información que puedo darle.
Dígame, señor, se lo suplico, si al fin he seguido el hilo de mi narración. ¿He
conseguido demostrarle por qué he considerado necesario venir aquí desde el
lecho de muerte de su compatriota?
—Hasta ahora —dijo Mr. Neal— sólo me ha
demostrado que se ha puesto nervioso. Éste es un asunto demasiado serio para
tratarlo como usted lo hace ahora. Me ha implicado en esta cuestión e insisto
en averiguar claramente cuál es mi posición. No levante las manos, que nada
tienen que ver con esto. Si tengo que terminar esta misteriosa carta, ¿no
considera prudente que pregunte de qué trata la misiva? Por lo visto, Mrs.
Armadale le ha brindado un sinfín de detalles de su vida doméstica..., a
cambio, supongo, de su cortés atención al cogerle la mano. ¿Puedo preguntarle
qué le reveló sobre la carta de su marido, o al menos sobre el fragmento que
éste escribió?
—Mrs. Armadale no ha podido decirme nada
—respondió el médico, con una súbita formalidad en sus modales que demostraba
su impaciencia—. Antes de reponerse lo bastante para pensar en la carta, su
marido le ordenó que la guardase bajo llave en su escritorio. Sabe que, desde
entonces, ha intentado varias veces terminarla y que, otras tantas, la pluma le
ha resbalado de los dedos. Sabe que, cuando allí no había nada que esperar, los
médicos que le atendían le aconsejaron que probase las aguas de este lugar. Por
último, comprende que toda esperanza es inútil..., porque sabe lo que le he
dicho a su marido esta mañana.
El enfado que se había pintado últimamente en
el semblante de Mr. Neal se hizo más sombrío y acusado. Miró al médico como si
éste le hubiese ofendido personalmente.
—Cuanto más pienso en el favor que me pide
usted, menos me gusta. ¿Puede asegurar, sin género de duda, que Mr. Armadale
está en su sano juicio?
—Sí; con toda la certeza que puede expresarse
con palabras.
—¿Aprueba su esposa que venga usted a pedir mi
intervención?
—Ha sido ella quien me ha enviado a usted, el
único inglés que se aloja en Wildbad, a pedirle que escriba para su compatriota
moribundo lo que no puede redactar él, ni podría escribir por él ninguno de los
que estamos en este lugar.
Esta respuesta puso a Mr. Neal entre la espada
y la pared; pero incluso en aquel pequeño espacio, resistió todavía el escocés.
—¡Espere un momento! —dijo—. Se ha expresado
usted con energía, asegurémonos de que lo ha hecho también correctamente.
Quiero tener la absoluta seguridad de que nadie, salvo yo, puede asumir esta
responsabilidad. En primer lugar, Wildbad tiene un alcalde; un hombre que
desempeña un cargo oficial que justificaría su intervención.
—Un hombre entre mil —admitió el médico—. Pero
tiene un defecto: sólo conoce su propio idioma.
—Hay una legación inglesa en Stuttgart
—insistió Mr. Neal.
—Pero muchos kilómetros de bosque separan esta
ciudad de Stuttgart —replicó el médico—. Si les enviásemos recado ahora mismo,
no recibiríamos ayuda de la legación hasta mañana; y lo más probable, dado el
estado del moribundo, es que mañana no pueda articular palabra. No sé si su
última voluntad puede ser inocua o perjudicial para su hijo y para otros, pero
sé que debe cumplirse ahora o nunca, y usted es el único que puede ayudarle.
Esta tajante declaración puso fin a la
discusión. Colocó a Mr. Neal ante la alternativa de aceptar y cometer una
imprudencia, o negarse y cometer una acción inhumana. Durante unos minutos,
reinó el silencio. El escocés reflexionaba gravemente y el alemán le observaba
con igual seriedad.
La responsabilidad de la última palabra
correspondía a Mr. Neal y, al cabo de un rato, éste la asumió. Se levantó del
sillón; el mal humor se reflejaba en el fruncimiento de sus cejas hirsutas y en
las arrugas que se habían formado junto a las comisuras de los labios.
—Me encuentro en una posición forzada
—espetó—. No tengo más remedio que aceptar.
El carácter impulsivo del médico se rebeló
contra la despiadada brevedad y la brusquedad de la respuesta.
—¡Por Dios que quisiera saber suficiente
inglés para acudir junto al lecho de Mr. Armadale en lugar de usted! —exclamó
airadamente.
—No tome el nombre del Todopoderoso en vano
—contestó el escocés—. Pero estoy de acuerdo con usted. ¡Ojála lo conociese!
Sin añadir palabra, ambos salieron de la
habitación, el médico en primer lugar.
CAPÍTULO III
EL NAUFRAGIO DEL BARCO MADERERO
Nadie respondió a la llamada del médico cuando
éste y su acompañante llegaron a la antecámara de los aposentos de Mr.
Armadale. Entraron sin que los invitaran y vieron que el cuarto de estar estaba
vacío.
—Debo ver a Mrs. Armadale —dijo Mr. Neal—. Me
niego a actuar en este asunto si Mrs. Armadale no me da personalmente su
autorización.
—Lo más probable es que Mrs. Armadale esté con
su marido —respondió el médico. Mientras hablaba, se acercó a la puerta del
fondo del cuarto de estar; vaciló... dio media vuelta y miró con inquietud a su
hosco acompañante—. Lamento, señor, haberle hablado con cierta aspereza cuando
salimos de su habitación. Le pido perdón por ello, de todo corazón. Pero, antes
de que veamos a esa pobre y afligida dama, ¿me... me disculpará si le pido que
la trate con la máxima amabilidad y consideración?
—No, señor —repuso secamente el otro—. No le
disculpo. ¿Qué derecho tiene a pensar que carezco de cortesía y de amabilidad
hacia quien sea?
El médico comprendió que era inútil.
—Le pido perdón de nuevo —suspiró con
resignación y dejó solo al intratable extranjero.
Mr. Neal se acercó a la ventana y se quedó
plantado allí, contemplando mecánicamente el paisaje y preparando su mente para
la entrevista que iba a celebrar.
Era mediodía; resplandecía el sol, brillante y
cálido, y todo el pequeño mundo de Wildbad bullía alegre y animado en el
reconfortante ambiente de la primavera. Una y otra vez, pesados carros
conducidos por carreteros de rostro renegrido pasaban por delante de la
ventana, transportando su preciosa carga de carbón desde la Selva. Una y otra
vez, arrastrados por la impetuosa corriente del río que cruzaba la ciudad,
grandes troncos de árboles, flojamente sujetos entre sí con cuerdas y en series
interminables —con los almadieros calzados con botas y armados de pértigas,
plantados, alertas, en ambos extremos—, se deslizaban veloces y serpenteando
ante las casas, en dirección al lejano Rin. Altas y escarpadas, dominando los
tejados en arista de las casas de madera de la orilla del río, las grandes
laderas de los montes, empenachados de negro por los abetos, resplandecían bajo
el brillante cielo con el lustroso esplendor de su verdor. Aquí y allá, donde
los senderos del bosque dejaban el herbazal para introducirse entre los árboles
y volver luego, los llamativos vestidos primaverales de mujeres y niños que
buscaban flores silvestres se movían en la majestuosa lejanía como destellos
móviles de luz. Allá abajo, en el paseo junto al río, los tenderetes del
pequeño almacén, que había entrado puntualmente en actividad al iniciarse la
temporada, exhibían sus brillantes chucherías y hacían ondear en el aire
embalsamado sus gallardetes multicolores. Los niños observaban anhelantes aquel
espectáculo; las muchachas, pacientemente, hacían calceta mientras deambulaban
por el paseo; los transeúntes de la ciudad, en grupos de cuatro o cinco, y los
forasteros, solos o emparejados, se saludaban cortésmente, sombrero en mano; y
lentamente, muy lentamente, los tullidos y los inválidos, salían en las sillas
de ruedas al apogeo del mediodía, como todos los demás, y compartían con ellos
la bendita luz que alegra, el bendito sol que brilla para todos.
El escocés contemplaba esta escena sin
advertir su belleza, cerrada la mente a las lecciones que ésta le brindaba.
Meditaba, una a una, las palabras que diría cuando entrase la esposa. Sopesaba,
una a una, las condiciones que pondría antes de tomar la pluma junto al lecho
del marido.
—Mrs. Armadale está aquí —anunció la voz del
médico, interrumpiendo súbitamente las reflexiones del hombre.
Mr. Neal se volvió al instante y vio ante sí,
iluminada por la pura luz del mediodía, a una mujer que llevaba sangre europea
y africana en las venas, de delicadas facciones nórdicas y con un semblante que
mostraba el rico color del sur; una mujer en todo el esplendor de su belleza,
que se movía con gracia innata y tenía una fascinación también innata en la
mirada. Sus grandes y lánguidos ojos se posaban en él, agradecidos, mientras le
tendía una mano pequeña y morena, en muda expresión de gratitud, como si diera
la bienvenida a un amigo. Por primera vez en su vida, el escocés fue pillado
por sorpresa. Todas las frases preventivas que había rumiado hacía sólo un
instante desaparecieron de su mente. Su triple coraza habitual de recelo,
disciplina y reserva, que nunca lo había abandonado en presencia de una mujer,
se desprendió delante de ésta y le dejó postrado y rendido a sus pies. Tomó la
mano que ella le ofrecía y se inclinó en silencio, en el primer homenaje
sincero que rendía al bello sexo.
Ella vaciló. La rápida perspicacia femenina
que, en otras circunstancias más felices, le habría hecho descubrir en un
instante el secreto de la turbación del hombre, le falló en esta ocasión.
Atribuyó a altivez la extraña manera en que él la había recibido; a
repugnancia, a cualquier causa, menos a la inesperada revelación de su belleza.
—No tengo palabras para agradecerle —dijo con
voz débil, tratando de congraciarse con él—. Si tratase de hablar, sólo le
causaría aflicción.
Le temblaron los labios, se apartó un poco y
volvió la cabeza en silencio.
El médico, que se había mantenido apartado
observando desde un rincón, se adelantó y, anticipándose a Mr. Neal, condujo a
Mrs. Armadale a un sillón.
—No le tenga miedo —murmuró el buen hombre,
dándole unas afectuosas palmadas en el hombro—. Conmigo se ha mostrado duro
como el hierro; pero su actitud me induce a pensar que, con usted, será blando
como la cera. Dígale lo que le he indicado y conduzcámosle a la habitación de
su marido antes de que pueda recobrar su vivo genio.
Ella se armó de valor y fue al encuentro de
Mr. Neal, acercándose a la ventana.
—Mi amable amigo, el doctor me ha dicho,
señor, que si usted ha dudado en venir ha sido por mi causa —dijo, bajando un
poco la cabeza y palideciendo mientras hablaba—. Se lo agradezco infinito, pero
le ruego que no piense en mí. Lo que mi esposo desea... —Le flaqueó la voz;
hizo una pausa deliberada para recobrar el ánimo—. Lo que mi esposo desea en
sus últimos momentos es también mi deseo.
Ahora, Mr. Neal se había calmado lo bastante
para responder. En voz baja y grave, le suplicó que no dijera más.
—Sólo quise mostrarle toda mi consideración, y
ahora sólo deseo evitarle cuanto pueda serle motivo de aflicción.
Mientras hablaba, su rostro cetrino se coloreó
ligera y lentamente. Ella le estaba mirando con sumisa atención y Mr. Neal
recordó, con un sentimiento de culpa, lo que había estado pensando junto a la
ventana antes de que ella entrase.
El médico captó la oportunidad. Abrió la
puerta que comunicaba con la habitación de Mr. Armadale y permaneció de pie
junto a ella, esperando en silencio. Mrs. Armadale entró la primera. Un
instante más tarde, la puerta volvió a cerrarse y Mr. Neal asumió,
irremisiblemente, la responsabilidad que le había sido impuesta.
La habitación estaba decorada según el
llamativo estilo continental y el sol brillaba alegremente en el interior.
Había cupidos y flores pintados en el techo, las cortinas de la ventana estaban
sujetas con cintas brillantes, un elegante reloj dorado emitía su tictac sobre
la repisa de la chimenea, cubierta de terciopelo; varios espejos resplandecían
en las paredes y flores de todos los colores del arco iris daban brillo a la
alfombra. En medio de aquellas galas, de aquel esplendor y de aquella luz,
yacía el paralítico, de mirada extraviada y rostro inanimado. La cabeza
descansaba sobre un montón de almohadas y las manos, ya inútiles, reposaban
sobre la colcha como las de un cadáver. Junto a la cabecera de la cama, la
apergaminada niñera negra permanecía de pie, triste, vieja, silenciosa. Sobre
la colcha, entre las manos extendidas de su padre, el niño, con su vestidito
blanco, se divertía, absorto, con un nuevo juguete. Cuando se abrió la puerta y
entró Mrs. Armadale, el niño hacía pasar el juguete —un soldado a caballo—
sobre las manos inmóviles tendidas junto a él, y los ojos errantes del padre
seguían los movimientos con atención cautelosa y continua: la atención de un
animal salvaje al acecho, amenazador.
Cuando Mr. Neal apareció en el umbral de la
puerta, aquellos ojos inquietos se detuvieron, miraron hacia arriba y se
fijaron en el desconocido con expresión ansiosa e interrogadora. Poco a poco,
los labios inmóviles iniciaron un movimiento forzado. Con articulación confusa
y vacilante, tradujo en palabras la pregunta que sus ojos formulaban en
silencio.
—¿Es usted el hombre que he enviado a buscar?
Mr. Neal se acercó a la cama; Mrs. Armadale se
retiró cuando el extraño se aproximó y esperó con el médico al fondo de la
habitación. El niño, sin soltar el juguete, levantó la cabeza al acercarse el
desconocido, abrió los brillantes ojos castaños con momentáneo asombro y
después continuó jugando.
—Me han informado de la triste situación en
que se encuentra, señor —empezó Mr. Neal—. He venido a ofrecerle mis servicios,
unos servicios que, según me ha dicho su médico, sólo yo estoy en condición de
prestarle en este extraño lugar. Me llamo Neal. Soy escribano en Edimburgo y
creo poder asegurarle que, si deposita en mí su confianza, no se arrepentirá de
ello.
Ahora no le turbaban los ojos de la bella
esposa. Hablaba al marido inválido con voz suave y grave, sin su aspereza
habitual y en una actitud sería y compasiva que le presentaba en su mejor
aspecto. La visión de aquel lecho de muerte lo había serenado.
—¿Desea que escriba algo para usted?
—continuó, después de esperar en vano una respuesta.
—¡Sí! —replicó el moribundo, con toda la
apremiante impaciencia que su lengua no podía expresar, pero que brillaba
furiosamente en los ojos—. La mano ya no me responde, me estoy quedando sin
habla. ¡Escriba!
Antes de tener tiempo de replicar, Mr. Neal
oyó el susurro de un vestido de mujer y el rápido chirrido de unas ruedecillas
sobre la alfombra. Mrs. Armadale estaba trasladando la mesa escritorio a los
pies de la cama. Si quería poner en práctica las medidas de protección que
había previsto para salir con bien de aquello, fuera cual fuese el resultado,
tenía que hacerlo entonces o nunca. De espaldas a Mrs. Armadale, formuló
enseguida, sin darle más vueltas, su pregunta preventiva.
—¿Puedo preguntar, señor, antes de tomar la
pluma, qué desea usted que escriba?
Los ojos irritados del paralítico brillaban
con creciente intensidad. El hombre abrió los labios y los cerró de nuevo. No
respondió.
Mr. Neal ensayó otra pregunta preventiva, en
una nueva dirección.
—Cuando haya escrito lo que usted me dicte,
¿qué quiere que haga con ello?
Esta vez hubo respuesta:
—Que lo selle ante mí y lo envíe por correo a
mi al...
Su tartajeo se interrumpió de repente y el
enfermo se quedó mirando lastimosamente a su interlocutor, buscando la palabra.
—¿Quiere decir su albacea?
—Sí.
—Supongo que es una carta que habré de echar
al correo, ¿no? —No obtuvo respuesta—. ¿Puedo preguntarle si modifica con ella
su testamento?
—En absoluto.
Mr. Neal reflexionó un poco. El misterio se
complicaba cada vez más. Hasta aquel momento, la única pista era la que se
traslucía débilmente de la extraña historia de la carta inacabada que el médico
le había referido repitiendo las palabras de Mrs. Armadale. Cuanto más se
acercaba a su ignorada responsabilidad, más siniestro parecía lo que vendría
después. ¿Debía arriesgarse a formular otra pregunta antes de comprometerse de
manera irrevocable? Mientras se debatía en estas dudas, sintió el roce del
vestido de seda de Mrs. Armadale en el costado. La delicada mano morena se le
apoyó suavemente en el brazo, y los negros ojos africanos lo miraron
suplicantes.
—Mi marido está muy angustiado —murmuró la
dama—. ¿Quiere usted tranquilizarlo, señor, tomando asiento detrás del
escritorio?
Era ella quien se lo pedía, la persona que
tenía más motivos para vacilar, ¡la esposa a quien se negaba el conocimiento
del secreto! Cualquier hombre que se hubiese hallado en la posición de Mr. Neal
habría depuesto en el acto todas sus armas defensivas. El escocés las depuso
todas, salvo una.
—Escribiré lo que usted me dicte —claudicó,
dirigiéndose a Mr. Armadale—. Lo sellaré ante usted y lo enviaré yo mismo a su
albacea. Pero, al comprometerme a hacer esto, debo pedirle que recuerde que
estoy actuando totalmente a ciegas, y le ruego que me disculpe si me reservo
entera libertad de acción, una vez cumplido su deseo de redactar la carta y
enviarla por correo.
—¿Me da usted su palabra?
—Se la daré, señor, con la condición que acabo
de expresar.
—Acepto su condición y mantenga usted su
promesa. Mi portafolios —pidió después, mirando por primera vez a su esposa.
Ella cruzó rápidamente la habitación en busca
del portafolios, que estaba sobre una silla en un rincón del dormitorio. Al
volver con la cartera de mano, hizo una seña a la negra, que permanecía en pie,
ceñuda y callada, en el lugar donde había estado desde el principio. La mujer
avanzó, obediente a la señal, para llevarse al niño de la cama. En el mismo
instante en que lo tocó, los ojos del padre, que miraban fijamente el
portafolios, se volvieron hacia ella con la cautelosa rapidez de un gato.
—¡No! —dijo el hombre.
—¡No! —repitió la fresca voz del niño, todavía
entusiasmado con el juguete que manipulaba cómodamente sobre la cama.
La negra salió de la habitación y el niño, con
aire de triunfo, continuó haciendo trotar el jinete encima de la colcha
arrugada sobre el pecho de su padre.
La madre lo miró y su rostro adorable se
contrajo al sentir la punzada de los celos.
—¿Quieres que abra la cartera? —preguntó,
apartando al mismo tiempo el juguete del niño, con brusco ademán.
Su marido le respondió con una mirada que guió
su mano al lugar donde se ocultaba la llave, bajo la almohada. Ella abrió el
portafolios, en cuyo interior había varias hojas manuscritas prendidas con un
alfiler.
—¿Esto? —preguntó mientras las sacaba.
—Sí—dijo él—. Ahora puedes marcharte. El escocés, sentado a la mesa, y el
médico, que agitaba una mezcla estimulante en un rincón, se miraron con una
inquietud que sus semblantes no lograron disimular. Se habían pronunciado las
palabras que expulsaban a la esposa de la habitación. Había llegado el momento.
—Puedes marcharte —repitió Mr. Armadale. Ella miró al niño, cómodamente
instalado en la cama, y una palidez cenicienta se apoderó poco a poco de su
semblante. Contempló la carta fatal, que constituía un secreto sellado para
ella, y la tortura de los celos, la sospecha de aquella otra mujer que había
sido sombra y veneno de su vida, le atenazó el corazón. Después de apartarse
unos pasos de la cama, se detuvo y retrocedió. Armada con el doble coraje del
amor y la desesperación, apretó los labios sobre la mejilla del marido
moribundo y le suplicó por última vez. Sus lágrimas ardientes cayeron sobre el
rostro del moribundo, mientras le susurraba al oído:
—¡Oh, Allan! ¡Piensa en lo mucho que te he
amado! ¡Piensa en que siempre he intentado hacerte feliz! ¡Piensa en que pronto
voy a perderte! ¡Oh, amor mío! ¡No me apartes de tu lado!
Las palabras suplicantes, el beso humilde, el
recuerdo del amor que ella le había brindado y que nunca había sido
correspondido, conmovieron el corazón del moribundo como nada lo había
conmovido desde el día de su boda. Lanzó un profundo suspiro. La miró y vaciló.
—Deja que me quede —murmuró ella, acercando
más el rostro a su marido.
—Sólo serviría para afligirte más —musitó él a
su vez. —¡Lo único que me apena es que me apartes de ti! Él hizo una pausa. La
mujer comprendió lo que estaba pensando y esperó.
—Si dejo que te quedes un rato...
—¡Oh, sí!
—¿Te marcharás cuando te lo pida?
—Lo haré.
—¿Lo juras?
Las trabas que sujetaban su lengua parecían
haberse aflojado momentáneamente en aquel estallido de angustia que había
forzado a sus labios a formular la pregunta.
—Lo juro —repitió ella, que se arrodilló junto
a la cama y besó la mano del enfermo apasionadamente.
Los dos extraños que estaban en la habitación
volvieron la cabeza, como de mutuo acuerdo. En el silencio que siguió, no se
oía más sonido que el del niño al deslizar el juguete de un lado a otro.
Por fin, el médico interrumpió aquel silencio
que parecía haber hechizado a todos los presentes. Se acercó al enfermo y le
examinó con ansiedad. Mrs. Armadale, que estaba de rodillas, se levantó y, una
vez obtenido el permiso de su marido, llevó las hojas manuscritas que había
sacado de la cartera a la mesa donde esperaba Mr. Neal. Sofocada y anhelante,
más hermosa que nunca en la vehemente agitación que se había apoderado de ella,
se inclinó sobre el escocés para depositar la carta en sus manos. Resuelta a
conseguir sus propósitos y abandonándose, como mujer que era, a sus impulsos,
le susurró:
—Léala desde el principio. ¡Debo saber lo que
dice!
Él sintió en sus ojos el fuego de aquella
mirada, percibió el aliento de ella en la mejilla. Antes de poder responder,
antes de poder pensar, la mujer volvió al lado de su marido. Sólo le había
hablado un momento, pero, en aquel instante, su belleza había doblegado la
voluntad del escocés. Frunciendo el ceño, como si reconociera de mala gana su
incapacidad de resistirse a la mujer, Mr. Neal volvió las hojas de la carta,
contempló el espacio en blanco que había dejado la pluma al resbalar de la mano
del hombre que escribía y la mancha de tinta; volvió al principio y pronunció,
en interés de la esposa, las palabras que ésta había puesto en sus labios.
—Tal vez, señor, desea usted hacer alguna
corrección —dijo, mientras fijaba aparentemente toda su atención en la carta y
con todas las evidencias de dejarse dominar de nuevo por el mal humor—. ¿Quiere
que le lea lo que escribió?
Mrs. Armadale, sentada a un lado de la cama
junto a la cabecera, y el médico, sentado al otro lado mientras tomaba el pulso
al paciente, esperaron la respuesta a la pregunta de Mr. Neal, cada cual con su
propia y muy distinta inquietud.
Los ojos de Mr. Armadale se volvieron del hijo
a la esposa, con mirada escrutadora.
—¿Quieres oírlo? —dijo.
Ella respiraba con agitación, deslizó una mano
y asió la del marido. Asintió con la cabeza. El enfermo hizo una pausa mientras
consultaba en secreto sus propios pensamientos y mantenía fija la mirada en su
esposa. Al fin se decidió y contestó:
—Léalo. Pero deténgase cuando yo se lo
indique.
Era cerca de la una y sonaba la campana que
llamaba a los visitantes para el almuerzo en el balneario. Sonaron rápidas
pisadas y un murmullo de voces en el exterior, que penetraron alegremente en la
habitación, mientras Mr. Neal extendía el manuscrito sobre la mesa y leía las
primeras frases, que decían así:
«Dirijo esta carta a mi hijo, para cuando éste
tenga edad suficiente para comprenderla. Como he perdido toda esperanza de
vivir para verle convertido en un hombre, no tengo más remedio que escribir
aquí lo que había deseado contarle de viva voz en el futuro.
Esta carta tiene tres objetos. Primero:
revelar las circunstancias en que se celebró el matrimonio de una dama inglesa
amiga mía, en la isla de Madeira. Segundo: que se haga la luz sobre la muerte
de su esposo, poco tiempo después, a bordo del barco maderero francés La Grâce
de Dieu. Tercero: poner a mi hijo sobre aviso de un peligro que se cierne sobre
él y que surgirá de la tumba de su padre cuando la tierra se haya cerrado sobre
sus cenizas.
La historia de la boda de la dama inglesa
empieza cuando yo heredé el importante patrimonio de los Armadale y adquirí
este fatal apellido.
Soy el único hijo superviviente del difunto
Mathew Wrentmore, de Barbados. Nací en la finca que poseía mi familia en
aquella isla y perdí a mi padre cuando era todavía un niño. Mi madre me quería
con locura: no me negaba nada, me dejaba vivir a mi aire. Mi infancia y
adolescencia transcurrieron en el ocio y en la complacencia, entre personas
(esclavos y mestizos en su mayoría) para quienes mi voluntad era la ley. Dudo
de que exista en toda Inglaterra un caballero de mi clase y posición tan
ignorante como yo en este mundo. Dudo también de que haya existido un joven
cuyas pasiones pudiesen desfogarse sin el menor control, como las mías en
aquella edad temprana.
Mi madre sentía una romántica aversión de
mujer hacia el nombre vulgar de mi padre. Por consiguiente, me pusieron Allan,
por el nombre de un acaudalado primo de aquél (el difundo Allan Armadale), que
poseía, en la vecindad, las fincas más extensas y productivas de la isla, y que
consintió en ser mi padrino por poderes. Mr. Armadale no había visitado nunca
sus propiedades en las Indias Occidentales. Vivía en Inglaterra y, después de
enviarme el acostumbrado regalo del padrino, dejó transcurrir muchos años sin
comunicarse de nuevo con mis padres. Yo acababa de cumplir veintiún años cuando
volvimos a tener noticias de Mr. Armadale. En aquella ocasión, mi madre recibió
una carta donde le preguntaba si yo seguía con vida y le ofrecía (en caso de
que fuese así) nada menos que nombrarme heredero de sus propiedades en las
Indias Occidentales.
Debí enteramente esta suerte a la mala
conducta del único hijo de Mr. Armadale. El joven se había deshonrado de modo
irremediable, había abandonado su casa para huir de la ley, y había sido
repudiado por su padre de forma definitiva. Como no tenía otro pariente varón
que pudiese sucederlo, Mr. Armadale recordó al hijo de su primo, que era a su
vez ahijado suyo, y me ofreció (y después de mí a mis herederos) su hacienda de
las Indias Occidentales, con una condición: que yo y mis herederos tomásemos su
apellido. Aceptamos la proposición con agradecimiento y realizamos las
gestiones legales pertinentes para cambiar mi apellido en la colonia y en la
madre patria. El siguiente correo llevó a Mr. Armadale la noticia de que la
condición impuesta por él se había cumplido. El correo de vuelta trao una
información de los abogados. El testamento se había modificado en mi favor y,
una semana después, la muerte de mi bienhechor me había convertido en el mayor
propietario y en el hombre más rico de Barbados.
Éste fue el primero de una serie de
acontecimientos. El segundo se produjo seis semanas después.
Aquellos días se produjo una vacante en la
administración de la hacienda y vino a ocuparla un joven de aproximadamente mi
misma edad, que había llegado hacía poco a la isla. Se presentó con el nombre
de Fergus Ingleby. Yo me dejaba llevar en todo por mis impulsos, no conocía más
ley que mis propios caprichos y simpaticé con el desconocido desde el primer
momento en que le vi. Tenía modales de caballero y lo adornaban las cualidades
sociales más atractivas que mi breve experiencia me había dado a conocer. Cuando
me enteré de que las referencias que había traído consigo no se consideraban
satisfactorias, intervine e insistí en que se le concediese la plaza. Mis
deseos eran órdenes y así se hizo.
Mi madre desconfió de Ingleby desde el primer
instante. Cuando vio que la amistad crecía rápidamente entre nosotros, cuando
descubrió que yo aceptaba a aquel ser inferior como amigo íntimo y le otorgaba
mi confianza (yo había vivido siempre con personas inferiores a mí, y esto me
gustaba), realizó toda clase de esfuerzos para separarnos, pero fue en vano.
Como recurso final, resolvió aprovechar la única oportunidad que le quedaba:
persuadirme de hacer un viaje en el que a menudo había yo pensado, un viaje a
Inglaterra.
Antes de hablarme del asunto, decidió
interesarme en la idea de visitar Inglaterra más de lo que me había atraído
hasta entonces. Escribió a un viejo amigo y antiguo admirador, el hoy difunto
Stephen Blanchard, de Thorpe-Ambrose, en Norfolk, caballero hacendado, viudo y
padre de hijos mayores. Más tarde supe que debió aludir a sus pasados amoríos
(que, según creo, fueron desbaratados por los padres de ambos interesados), y
que, al rogarle a Mr. Blanchard que acogiese a su hijo cuando fuese a
Inglaterra, tuvo que preguntarle también por su hija, insinuando con ello la
posibilidad de un matrimonio que uniese las dos familias, si la damisela y yo
nos conocíamos y nos gustábamos. Parecíamos hechos el uno para el otro en todos
los aspectos, y el recuerdo que mi madre conservaba de su afecto juvenil por
Mr. Blanchard hacía que la perspectiva de mi boda con la hija de su antiguo
admirador fuese la más brillante y feliz que se ofrecía a sus ojos. Yo no supe
nada de todo esto hasta que llegó a Barbados la respuesta de Mr. Blanchard.
Entonces mi madre me mostró la carta y puso abiertamente en mi camino la
tentación que había de separarme de Fergus Ingleby.
La carta de Mr. Blanchard estaba fechada en la
isla de Madeira. El hombre estaba delicado de salud y los médicos le habían
aconsejado que probase aquel clima. Su hija estaba con él.
Después de corresponder calurosamente a todas
las esperanzas y deseos de mi madre, proponía que (si yo pensaba salir en breve
de Barbados) pasase por Madeira en mi viaje hacia Inglaterra y le visitase en
su residencia temporal en la isla. Si esto no era posible, mencionaba la fecha
en que pensaba regresar a Inglaterra, donde me recibiría gustoso con los brazos
abiertos en su casa de Thorpe-Ambrose. Para terminar, se disculpaba por no
escribir más extensamente, explicando que tenía delicada la vista y que había
desobedecido las órdenes del médico al ceder a la tentación de escribir a una
vieja amiga de su puño y letra.
A pesar de la gentileza de sus términos, es
posible que aquella carta hubiese influido poco en mí. Pero había otra cuestión
además de la carta: su autor había incluido un retrato en miniatura de Miss
Blanchard. En el dorso del retrato, el padre había escrito, medio en broma,
medio con afecto: "No puedo pedir a mi hija que escriba por mí como de
costumbre, sin enterarla de tus preguntas y sin que su timidez de doncella
encienda sus mejillas. Por consiguiente, te la envío en efigie (sin que ella lo
sepa) para que te responda por sí misma. Es un buen retrato de una buena chica.
Si le gusta tu hijo (y si él me gusta a mí, cosa que doy por descontada), aún
podremos ver, mi buena amiga, realizado en nuestros hijos lo que nosotros
habríamos podido ser: marido y mujer." Mi madre me entregó la miniatura
con la carta.
El retrato me impresionó al instante (ni
siquiera ahora sabría decir por qué) más de lo que nada me había impresionado
en mi vida.
Inteligencias más claras que la mía
atribuirían quizás aquella extraordinaria impresión a la confusión que me
dominaba en aquella época; al tedio que, desde hacía unos meses, me producían
mis bajos placeres; al indefinido afán, quizá producto de aquel tedio, de
encontrar nuevos intereses y esperanzas más puras que las que hasta entonces
había albergado. Pero yo no pretendí hacer un examen de conciencia tan sensato,
entonces creía en el destino, como creo en él ahora. Me bastaba saber, como
sabía, que la cara de aquella joven que me miraba desde el retrato como ninguna
cara de mujer me había mirado jamás, había despertado en mí el convencimiento
de que en mi naturaleza había algo mejor que el instinto animal. Vi mi destino
escrito en aquellos ojos tiernos..., si lograba que aquella amable criatura
fuera mi esposa. El retrato que había llegado a mis manos tan extraña e
inesperadamente era el mudo mensajero de la felicidad puesta a mi alcance,
enviado para alentarme, para animarme, para despertarme antes de que fuese
demasiado tarde. Aquella noche guardé la miniatura debajo de la almohada y
volví a contemplarla a la mañana siguiente. Mi resolución del día anterior
permaneció firme, mi superstición (si queréis llamarla así) me señalaba
irresistiblemente el camino que debía seguir. Había en el puerto un barco que
zarparía hacia Inglaterra al cabo de quince días y haría escala en Madeira.
Compré un billete para aquel barco.»
Hasta aquí, Mr. Neal había leído sin detenerse
una sola vez. Pero, al pronunciar las últimas palabras, otra voz, grave y
entrecortada, lo interrumpió.
—¿Era rubia? —preguntó la voz—. ¿O morena,
como yo?
Mr. Neal hizo una pausa y levantó la cabeza.
El médico estaba todavía junto a la cabecera de la cama, tomando mecánicamente
el pulso al paciente. El niño, que echaba de menos la siesta, empezaba a jugar
lánguidamente con su nuevo juguete. Los ojos del padre lo observaban absortos y
con fija atención. Pero se había producido un gran cambio en los oyentes desde
que se iniciara la narración. Mrs. Armadale había soltado la mano de su marido
y vuelto la cara en otra dirección. La ardiente sangre africana ruborizó las
mejillas morenas cuando repitió obstinadamente la pregunta:
—¿Era rubia, o morena como yo?
—Rubia —respondió su marido, sin mirarla.
Ella se retorció las manos que tenía cruzadas
sobre la falda y no dijo más. Mr. Neal frunció siniestramente las cejas y
reanudó la lectura. Estaba enojado consigo mismo: se había sorprendido
apiadándose en secreto de aquella mujer.
«Ya he dicho —proseguía la carta— que había
depositado en Ingleby toda mi confianza. Lamentaba separarme de él y me afligió
su visible sorpresa y su contrariedad al enterarse de que iba a marcharme. Para
justificarme, le mostré la carta y el retrato, y le confesé la verdad. Su
interés por el retrato apenas si pareció inferior al mío. Me preguntó por la
familia de Miss Blanchard y por la fortuna de ésta, con la simpatía de un
verdadero amigo, y reforzó mi consideración y mi creencia en él cuando se puso
al margen del asunto y me animó generosamente a persistir en mi propósito.
Cuando nos separamos, yo estaba muy animado y gozaba de excelente salud. Pero
antes de que volviésemos a encontrarnos al día siguiente, me atacó de pronto
una enfermedad que amenazó tanto mi razón como mi vida.
No tengo ninguna prueba contra Ingleby. Había
en la isla más de una mujer con la que me había comportado de modo imperdonable
y que tal vez quería vengarse de mí en aquella época. No puedo acusar a nadie.
Sólo sé que mi antigua niñera negra me salvó la vida y que la mujer reconoció
después haber empleado el antídoto que usan los negros contra un veneno
conocido por los que habitan en aquellos parajes. Cuando inicié mi
convalecencia, el barco para el que había tomado pasaje había zarpado hacía ya
tiempo. Pregunté por Ingleby y me dijeron que se había marchado. Me presentaron
pruebas de su imperdonable conducta en el desempeño de su cargo, que, a pesar
de mi parcialidad para con él, no pude rebatir. Le habían despedido durante los
primeros días de mi enfermedad y no se supo nada más de él, salvo que abandonó
la isla.
Mientras estuve enfermo, el retrato permaneció
debajo de mi almohada. Durante toda mi convalecencia, me sirvió de único
consuelo cuando recordaba el pasado y de único aliento cuando pensaba en el
futuro. No puedo expresar con palabras el dominio que aquella quimera ejercía
sobre mí, ayudada por el tiempo, la soledad y el sufrimiento. Mi madre, que
había puesto todo su interés en la boda, estaba asombrada ante el éxito
inesperado de su plan. Había escrito a Mr. Blanchard para informarle de mi
enfermedad, pero no había recibido contestación. Entonces me prometió que
volvería a escribirle, si yo le aseguraba que no me marcharía hasta que
estuviese completamente restablecido. Pero yo era incapaz de dominar mi
impaciencia. Otro barco atracado en el puerto me brindaba una nueva oportunidad
para viajar a Madeira. Después de leer una vez más la carta de Mr. Blanchard
tuve la seguridad de que aún lo encontraría en la isla si no desaprovechaba
esta ocasión. Haciendo caso omiso de los ruegos de mi madre, insistí en sacar
billete para este segundo barco, y esta vez, cuando zarpó la embarcación, yo
estaba a bordo.
El cambio me sentó bien, el aire del mar me
convirtió de nuevo en un hombre completo. Después de un viaje
desacostumbradamente rápido, llegué al destino de mi peregrinación. Una noche
hermosa y tranquila que nunca olvidaré, me planté solo en la playa, con el
retrato sobre el pecho y contemplé las blancas paredes de la casa donde vivía
ella.
Di un paseo alrededor de los linderos de la
finca para serenarme antes de entrar. Después, crucé una verja, pasé entre unos
arbustos, observé el jardín y vi en él a una dama que paseaba ociosa por el
césped. Volvió el rostro hacia mí y reconocí el original de mi retrato, ¡mi
sueño hecho realidad! Resulta inútil, peor que inútil, escribir ahora acerca de
esto. Diré solamente que en el instante en que vi por primera vez a la mujer
real pensé captar con los ojos todas las esperanzas que el retrato había despertado
en mi fantasía. Digo esto, y nada más.
Me sentía demasiado agitado para confiar en mí
mismo ante su presencia. Me aparté antes de que ella me descubriera y, después
de dirigirme a la puerta principal, llamé y pregunté en primer lugar por el
padre. Mr. Blanchard se había retirado a su habitación y no podía recibir a
nadie. Entonces me armé de valor y pregunté por Miss Blanchard. El criado
sonrió. "Mi joven señora ya no es Miss Blanchard. Está casada."
Aquellas palabras habrían dejado sin sentido a cualquiera que se hubiese
hallado en mi lugar. A mí me encendieron la sangre y agarré al criado por el
cuello, en un ataque de ira. "¡Es mentira!", le grité, tratándole
como a un esclavo de mi propia hacienda. "Es verdad —replicó el hombre,
debatiéndose—. Su marido seencuentra precisamente en casa en este
instante." "¿Y quién es, canalla?" El criado respondió,
pronunciando mi nombre ante mi propia cara: "Allan Armadale."
Ya debes de imaginar la verdad. Fergus Ingleby
era el hijo rechazado de cuyo nombre y de cuya herencia me había apoderado yo.
Se había vengado de mí, por privarle de los derechos que por su cuna le
correspondían.
Aquí es preciso referir la manera en que se
había realizado el engaño, para explicar (no digo para justificar) la parte que
tomé en los sucesos que siguieron a mi llegada a Madeira.
Según propia confesión de Ingleby, se había
trasladado a Barbados (conocedor de la muerte de su padre y de mi sucesión en
sus bienes) con el decidido propósito de robarme y de perjudicarme. Mi absurda
confianza había puesto en sus manos una oportunidad mejor de lo que nunca
habría podido esperar. Se había apoderado de la carta que mi madre había
dirigido a Mr. Blanchard al caer yo enfermo, había ocasionado él mismo un
motivo para que le despidiesen y había zarpado con rumbo a Madeira en el mismo
barco que yo hubiese debido tomar. Ya en la isla, había esperado a que el barco
continuase su ruta y se había presentado en casa de Mr. Blanchard, no con el
nombre supuesto que yo sigo dándole aquí, sino con el que tanto le pertenecía a
él como a mí: Allan Armadale. De momento, el engaño tropezó con pocas
dificultades. Tenía que habérselas solamente con un viejo achacoso (que no
había visto a mi madre desde hacía muchísimos años) y con una joven ingenua y
confiada (que no la había visto nunca), y había averiguado lo suficiente,
estando a mi servicio, para responder a las pocas preguntas que le formularon
con la misma naturalidad con que yo lo habría hecho. Su buena presencia y sus
modales, su talante de conquistador, su ingenio y astucia, hicieron el resto.
Mientras yo seguía en mi lecho de enfermo, se había ganado el afecto de Miss
Blanchard. Mientras yo soñaba contemplando el retrato, durante los primeros
días de mi convalecencia, él había obtenido el consentimiento de Mr. Blanchard
para que se celebrase la boda antes de que éste y su hija abandonasen la isla.
Hasta aquí, la debilidad de la vista de Mr.
Blanchard había facilitado el engaño. El hombre estaba satisfecho, enviaba
mensajes a mi madre y recibía contestaciones simuladas. Pero cuando aceptó al
pretendiente y se fijó el día de la boda, se creyó en el deber de escribir a su
vieja amiga para pedirle su consentimiento formal e invitarla a la ceremonia,
pero no pudo terminar él mismo la carta, cuyo final fue escrito, bajo su
dictado, por Miss Blanchard. Esta vez no había manera de interceptar la misiva,
e Ingleby, seguro del puesto que ocupaba en el corazón de su víctima,
permaneció al acecho hasta que ella salió de la habitación de su padre y en
secreto le reveló la verdad. Ella era todavía menor de edad, de manera que la
situación era grave. Si se enviaba la carta, no habría más remedio que esperar
y separarse para siempre, o fugarse en circunstancias que harían casi
inevitable su descubrimiento. El destino de cualquier barco que tomasen se
conocería de antemano, y el yate veloz en que había llegado Mr. Blanchard a
Madeira estaba esperando en el puerto para llevarle de regreso a Inglaterra. No
quedaba más remedio que destruir la carta y confesar la verdad cuando
estuviesen casados. Ignoro qué artes de persuasión empleó Ingleby y cómo
consiguió explotar el amor y la confianza de Miss Blanchard para degradarla
hasta colocarla a su nivel. Lo cierto es que lo consiguió. La carta no llegó a
su destino y, con el consentimiento y el silencio de la hija, se abusó hasta
este extremo de la confianza del padre.
La única precaución que debían tomar entonces
era elaborar la respuesta de mi madre a Mr. Blanchard, que llegaría a su debido
tiempo, antes del día señalado para la boda. Ingleby tenía en su poder la carta
que había hurtado a mi madre, pero carecía de suficiente habilidad para imitar
su caligrafía. Miss Blanchard, que había consentido pasivamente el engaño, se
negó a toda intervención activa en la superchería de que era víctima su padre.
Ante esta dificultad, Ingleby encontró un instrumento adecuado en la persona de
una huerfanita de apenas doce años, maravilla de precoz habilidad, a quien Miss
Blanchard, llevada de un impulso romántico, se había empeñado en proteger,
trayéndola con ella desde Inglaterra para adiestrarla como su doncella. La
perversa destreza de la niña eliminó el único obstáculo serio para el éxito del
engaño. Vi la imitación de la caligrafía de mi madre que la niña realizó
siguiendo las instrucciones de Ingleby y (en honor a la triste verdad) con el
conocimiento de su joven señora, y creo que incluso yo me habría dejado engañar
por ella. Más tarde conocí a la muchacha y se me heló la sangre con sólo
mirarla. Si continúa viva, ¡ay de aquellos que confíen en ella! Jamás vi
criatura más falsa y más cruel andando por los senderos de este mundo.
La carta falsificada allanó el camino para la
boda y cuando yo llegué a la casa, eran ya (como me había dicho el criado)
marido y mujer. Mi llegada al escenario no hizo más que precipitar la confesión
que ambos habían convenido en hacer. Ingleby reveló descaradamente la verdad.
Nada tenía que perder con ello: estaba casado y la fortuna de su esposa no
estaba ya en manos del padre de ésta. Omitiré todo lo que siguió (mi entrevista
con la hija y con el padre) e iré directamente al resultado. Durante dos días,
los esfuerzos de la esposa y del sacerdote que había celebrado la boda
consiguieron mantenerme apartado de Ingleby. Pero el tercer día fui más
afortunado al disponer mi trampa y me encontré a solas, cara a cara, con el
hombre que me había herido de muerte.
Recuerda cómo había abusado de mi confianza,
recuerda cómo había visto frustrado el único proyecto cabal de mi vida,
recuerda las violentas pasiones que habían arraigado en mi naturaleza, sin que
nadie las dominara nunca... y podrás imaginarte lo que pasó entre nosotros.
Sólo te contaré el final. Él era más alto y fuerte que yo, y aprovechó su
ventaja física con ferocidad brutal. Me golpeó.
Piensa en las ofensas que aquel hombre me
había inferido, ¡y piensa que me dejó en la cara la marca de su mano!
Fui a ver a un oficial inglés que había sido
compañero mío de viaje desde Barbados. Le conté la verdad y estuvo de acuerdo
conmigo en que el duelo era inevitable. El duelo tenía en aquellos tiempos
formalidades tradicionales y leyes establecidas. El oficial empezó a hablarme
de ellas. Yo le interrumpí. "Empuñaré una pistola con la mano derecha —le
dije— y él hará lo mismo. Sostendré la punta de un pañuelo con la mano
izquierda, y él asirá la otra punta con la suya y ambos dispararemos a través
del pañuelo." El oficial se levantó y me miró como si lo hubiese ofendido.
"Me está pidiendo que sea testigo de un asesinato y un suicidio. Me niego
a servirle." Acto seguido salió de la estancia. En cuanto se hubo
marchado, escribí lo mismo que le había dicho al oficial y lo envié por un
mensajero a Ingleby. Mientras esperaba la respuesta, me senté ante el espejo y
contemplé la marca que me había dejado en la cara. ¡Muchos hombres se han
manchado de sangre las manos y la conciencia por mucho menos que esto!, pensé.
Volvió el mensajero con la respuesta de
Ingleby. En ella se fijaba el encuentro para las tres de la tarde del día
siguiente, en un lugar solitario del interior de la isla. Yo ya había decidido
lo que haría si él se negaba, pero su carta me libraba del horror de mi propia
resolución. Le agradecí que la hubiese escrito; sí, se lo agradecí de corazón.
Al día siguiente acudí al lugar convenido. Él
no estaba allí. Esperé dos horas en vano. Al fin comprendí la verdad. El que ha
sido cobarde una vez, lo será toda la vida, pensé. Volví a la casa de Mr.
Blanchard. Pero antes de llegar a ella, me asaltó un súbito presentimiento y me
dirigí al puerto. No me había equivocado, él había ido al puerto. Un barco que
había zarpado hacia Lisboa aquella tarde le había ofrecido la oportunidad de
embarcar en él con su esposa y escapar a mis iras. Su respuesta a mi desafío le
había servido para librarse de mí y llevarme al interior de la isla. Una vez
más yo había confiado en Fergus Ingleby, de nuevo su agudo ingenio me había
burlado.
Pregunté a mi informador si Mr. Blanchard se
había enterado ya de la partida de su hija. Lo había descubierto, sí, pero no
antes de que zarpase el barco. Esta vez aproveché la lección de astucia que me
había dado Ingleby. En vez de presentarme en la casa de Mr. Blanchard, fui
primero a echar un vistazo al yate de éste.
La embarcación me reveló lo que su dueño tal
vez me habría ocultado: la verdad. Reinaba allí la confusión deunos súbitos
preparativos para hacerse a la mar. Todos los tripulantes estaban a bordo, a
excepción de unos pocos a quienes se había permitido desembarcar y que estaban
en el interior de la isla, nadie sabía dónde. Cuando descubrí que el patrón
estaba tratando de sustituirlos por los mejores hombres que pudiese encontrar
con tanta premura, tomé inmediatamente mi decisión. Conocía bastante bien las
funciones que se desempeñan a bordo de un yate, ya que había tenido uno de mi
propiedad y había navegado en él. Corrí a la ciudad, cambié mi traje por una
chaqueta y una gorra de marinero, regresé al muelle y me ofrecí para ocupar una
de las plazas vacantes en la tripulación. No sé lo que vería el patrón en mi
semblante. Mis respuestas a sus preguntas fueron satisfactorias, sin embargo me
miraba y vacilaba. Pero los marineros escaseaban y acabó aceptándome. Una hora
más tarde, llegó Mr. Blanchard y lo condujeron a su camarote en un estado
lamentable, tanto física como moralmente. Una hora después, estábamos en alta
mar, bajo un cielo nocturno sin estrellas e impulsados por una fresca brisa.
Como había supuesto, perseguíamos el barco en
el que Ingleby y su esposa habían abandonado la isla por la tarde. Aquel barco
era francés y se dedicaba al transporte de madera: su nombre era La Grâce de
Dieu. Sólo se sabía de él que se dirigía a Lisboa, que se había desviado de su
ruta y que había hecho escala en Madeira para abastecerse de hombres y de
provisiones. Habían conseguido estas últimas, pero no empleados. Los marineros
desconfiaban de que el barco estuviese en buenas condiciones para navegar y no
les gustó el aspecto de la tripulación de vagabundos. Al enterarse Mr.
Blanchard de estas dos graves circunstancias, las duras palabras que había
dirigido a su hija, irritado al descubrir que ésta había participado en el
engaño, fueron como una espina clavada en su corazón. Inmediatamente resolvió
dar refugio a su hija en su propia embarcación y tranquilizarla diciéndole que
el villano de su esposo estaría fuera del alcance de mis manos. El yate era
bastante más veloz que el barco. No había duda de que alcanzaríamos al La Grâce
de Dieu; el único peligro radicaba en que le adelantásemos sin verlo en la
oscuridad. Después de algún tiempo de navegación, el viento amainó súbitamente
y reinó una calma bochornosa. Cuando se dio la orden de bajar los masteleros a
cubierta y arriar las grandes velas, todos supimos lo que nos esperaba. Algo
más de una hora más tarde estalló la tormenta, retumbó el trueno sobre nuestras
cabezas y el yate empezó a capear el temporal. Era una sólida embarcación de
trescientas toneladas y velas cangrejas, todo lo resistente que permitía su
construcción de madera y hierro, la gobernaba un capitán que conocía su oficio
y resistió con bravura. Antes de amanecer menguó un poco la fuerza del viento
que soplaba del sudoeste y el oleaje perdió fuerza. Momentos antes de que
despuntase el día, oímos débilmente, entre los rugidos de la galerna, el
disparo de un cañón. Los hombres, ansiosamente agrupados sobre la cubierta, se
miraron y dijeron: "¡Ahí está!"
Al hacerse la luz vimos el barco, y era
efectivamente el que buscábamos. Se balanceaba sobre las olas, el trinquete y
el palo mayor habían desaparecido, estaba inundado y amenazaba con hundirse. El
yate llevaba tres botes, uno en medio de la embarcación y dos sujetos a
pescantes en los costados. El patrón comprendió que la tormenta no tardaría en
desatarse de nuevo con toda su furia y decidió bajar los botes de los costados
mientras durase la tregua. Aunque eran pocos los que iban en el barco a la
deriva, excedían la capacidad de un solo bote, de manera que el riesgo de
emplear dos botes a la vez se consideró menor, dado el estado crítico del
tiempo, que el de hacer dos viajes separados desde el yate hasta el barco.
Podía haber tiempo para hacer un viaje sin peligro, pero nadie que observase el
cielo podía decir que lo habría para dos.
Los botes serían manejados por voluntarios de
la tripulación y yo me ofrecí para el segundo. Cuando el primer bote llegó
junto al costado del barco maderero (una maniobra difícil y peligrosa que no
puede describirse con palabras), todos los hombres que estaban a bordo
corrieron para abandonar juntos el barco. Si el bote no se hubiese alejado de
nuevo antes de que todos ellos saltasen a él, todos habrían perdido la vida.
Cuando se acercó nuestro bote, dispusimos que cuatro de nosotros subiríamos a
bordo: dos (entre los que me contaba) para cuidar de la seguridad de la hija de
Mr. Blanchard, y los otros dos para contener al resto de los cobardes
tripulantes, si trataban de embarcarse en primer lugar. Los otros tres, el
timonel y dos remeros, se quedaron en el bote para impedir que se estrellase
contra el barco. No sé lo que verían los primeros que subieron a La Grâce de
Dieu; pero yo vi a la mujer que había perdido, a la mujer que me habían robado
a traición, quien yacía desmayada sobre la cubierta. La trasladamos al bote sin
que recobrase el sentido. El resto de los tripulantes, cinco en total,
recibieron órdenes de seguirla ordenadamente, uno por uno y con intervalos de
un minuto, sometidos al fin por la oportunidad que se les ofrecía de salvar la
vida. Yo fui el último en abandonar el barco y, al ladearse éste de nuevo hacia
nosotros, vacía la cubierta, sin un alma viviente desde la proa hasta la popa,
dije a los tripulantes del bote que habían cumplido su misión. Avisados por el
creciente rugido de la tempestad, que recuperaba rápidamente su furia, remaron
a vida o muerte en dirección al yate.
Una serie de fuertes ráfagas habían alterado
el curso de la nueva tormenta, que ahora venía del norte. El patrón,
aprovechando el momento oportuno, había virado el yate, para capearla. Antes de
que el último de nuestros hombres hubiese subido de nuevo a bordo, el temporal
estalló sobre nosotros con la furia de un huracán. Nuestro bote se hundió, pero
nadie perdió la vida. Una vez más, navegamos bajo la tormenta, con rumbo sur, a
merced del viento. Yo estaba en cubierta con los demás, observando la única vela
rasgada que podíamos arriesgarnos a emplear y preparados para sustituirla por
otra si se desprendía de las relingas, cuando el piloto se me acercó y me gritó
al oído, entre el estruendo de la tempestad: "Ella ha recuperado el
sentido en el camarote y ha preguntado por su marido. ¿Dónde está?" Nadie
lo sabía. Registraron el yate de punta a punta, pero fue en vano. Se hizo
formar a los hombres, desafiando al temporal, pero no estaba entre ellos. Se
interrogó a los tripulantes de los dos botes. Los del primero sólo sabían que
se habían apartado del barco cuando los náufragos empezaron a luchar por
embarcar en su bote, ignoraban a quiénes habían permitido subir y a quiénes
habían rechazado. Los del segundo afirmaban que habían recogido a todos los que
quedaban en la cubierta del barco maderero. No se podía culpar a nadie; sin
embargo, no se podía negar el hecho de que aquel hombre había desaparecido.
Durante todo el día el rigor de la tormenta
nos impidió volver al barco para registrarlo. Lo único que podía hacer el yate
era dejarse llevar por el viento. Al atardecer, después de empujarnos hacia el
sur de Madeira, la galerna empezó por fin a amainar; el viento cambió de nuevo
y nos permitió poner rumbo a la isla. A la mañana siguiente, temprano,
estábamos de nuevo en el puerto. Mr. Blanchard y su hija desembarcaron, el
capitán los acompañó no sin antes advertirnos que, cuando volviese, tendría que
comunicarnos una cosa que afectaba a toda la tripulación.
Efectivamente, cuando regresó nos hizo formar
a todos sobre la cubierta y nos dijo que tenía órdenes de Mr. Blanchard de
volver inmediatamente al barco maderero y buscar al hombre desaparecido.
Teníamos que hacerlo por su bien y por el de su esposa, ya que, según los
médicos, su razón corría serio peligro si no se hacía algo por tranquilizarla.
Podíamos estar casi seguros de encontrar el barco todavía a flote, ya que su
carga de madera impediría que se hundiese mientras aguantase el casco. Si el
hombre estaba a bordo, vivo o muerto, teníamos que encontrarlo y llevarlo a la
isla. Además, si el tiempo no empeoraba, los hombres, con la ayuda adecuada,
podrían traer también el barco y participar (con el beneplácito de su capitán)
en los derechos de salvamento.
Después de estas noticias la tripulación lanzó
tres hurras y puso manos a la obra para hacerse de nuevo a la mar con el yate.
Yo fui el único que renunció a la empresa. Les dije que la tormenta me había
mareado, que estaba enfermo y necesitaba descansar. Todos me miraron a la cara
cuando pasé entre ellos para bajar del yate, pero nadie me dijo una palabra.
Esperé durante todo el día en una taberna del
puerto para saber las primeras noticias que llegasen del buque abandonado. Las
trajo al anochecer uno de los barcos del práctico que habían participado en la
empresa de salvamento. La Grâce de Dieu había sido descubierto aún a flote y
habían encontrado el cuerpo de Ingleby a bordo, ahogado en el camarote. Al día
siguiente, al amanecer, trajeron el cadáver en el yate, y aquel mismo día se
realizó el entierro en el cementerio protestante.»
—¡Alto! —gritó una voz desde la cama, antes de
que el lector pudiese volver la página y empezar un nuevo párrafo.
Se había producido un cambio en la habitación
y también había habido novedades en el auditorio desde la última vez en que Mr.
Neal había levantado los ojos de la narración.
Un rayo de sol caía sobre el lecho del
moribundo, y el niño, vencido por el sueño, dormía plácidamente bajo aquella
luz dorada. El semblante del padre se había alterado ostensiblemente. Forzados
a la acción por la mente torturada, los músculos de la mandíbula inferior,
paralizados hasta entonces, se movían ahora de un modo convulsivo. Alertado por
las gotas de sudor que cubrían la frente del enfermo, el médico se había
levantado para reanimarlo. Al otro lado de la cama, la silla de la esposa
estaba vacía. Cuando su marido había interrumpido la lectura, se había retirado
detrás de la cabecera del lecho, fuera del alcance de su vista. Apoyándose en
la pared, permanecía oculta allí, fija la ansiosa mirada en el manuscrito que
tenía Mr. Neal entre las manos.
Al cabo de un instante, Mr. Armadale rompió el
silencio.
—¿Dónde está ella? —preguntó, mirando con
irritación la silla vacía de su esposa.
El médico se lo indicó con un ademán y la
mujer no tuvo más remedio que avanzar. Caminó despacio y se detuvo ante su
marido.
—Prometiste que te marcharías cuando yo te lo
pidiese —dijo éste—. Vete ahora.
Mr. Neal realizó un gran esfuerzo por dominar
su mano oculta entre las hojas del manuscrito, pero ésta siguió temblando a su
pesar. Una sospecha que se había ido forjando poco a poco en su mente mientras
leía se convirtió en certeza cuando oyó aquellas palabras. Las revelaciones de
la carta se habían sucedido unas a otras, hasta llegar al punto de la confesión
final. Entonces, el moribundo impuso silencio al lector, para que su esposa no
oyese el resto de la narración. Allí estaba el secreto que el hijo debía saber
al cabo de bastantes años y que la madre ignoraría para siempre. Todas las
tiernas súplicas de la esposa habían sido incapaces de apartarlo un ápice de su
resolución..., y ahora lo sabía ella de sus propios labios.
No le respondió. Permaneció quieta allí,
mirándolo, dirigiéndole el último ruego silencioso..., quizá la última
despedida. Él no correspondió a su mirada, desvió implacablemente la suya para
fijarla en el niño que dormía. Ella se apartó de la cama sin pronunciar
palabra. Sin mirar al niño, sin despedirse de los dos extraños que la
observaban conteniendo el aliento, cumplió su promesa y salió de la habitación
en absoluto silencio.
Algo en su actitud hizo que los dos testigos
de la escena perdiesen parte de su aplomo. Cuando la puerta se hubo cerrado
detrás de ella, ambos se resistieron instintivamente a seguir avanzando en la
oscuridad. El desagrado del médico fue el primero en manifestarse. Pidió
permiso al enfermo para retirarse hasta que la carta quedase terminada. El
paciente se lo negó.
Después habló Mr. Neal, más extensamente y en
términos más graves:
—En el ejercicio de nuestras profesiones,
tanto el doctor como yo estamos acostumbrados a guardar los secretos que nos
confían. Pero, antes de seguir adelante, debo preguntarle si comprende
realmente la extraordinaria posición en que nos encontramos. Ante nuestros
propios ojos, acaba de negarle su confianza a Mrs. Armadale y en cambio se la
ofrece a dos hombres que le son totalmente desconocidos.
—Sí —admitió Mr. Armadale—, precisamente
porque me son desconocidos.
Aunque la frase había sido breve, lo que se
deducía de ella no servía precisamente para alejar la desconfianza; Mr. Neal lo
dio a entender claramente con sus palabras.
—Usted necesita urgentemente mi ayuda y la del
doctor. ¿Debo entender que sólo le interesa que le prestemos esta ayuda y le es
indiferente la impresión que puedan causarnos los últimos párrafos de la carta?
—Sí. No me importa herir sus sentimientos. Ni
los míos. Pero sí los de mi esposa.
—Me obliga a tomar una decisión muy grave,
señor —declaró Mr. Neal—. Si quiere que termine esta carta bajo su dictado, y
ya que he leído en voz alta la niayori parte de la misma, debo pedir su
autorización para leer el resto también en alta voz, para que lo oiga, como
testigo, este caballero.
—Léalo.
Vacilando seriamente, el médico volvió a
sentarse. Mr. Neal volvió la hoja y prosiguió la lectura:
«He de añadir algo más, antes de abandonar el
muerto a su eterno descanso. He descrito el hallazgo de su cadáver. Ahora tengo
que explicar las circunstancias en las que encontró la muerte.
Se sabía que había estado en cubierta cuando
vieron que los botes del yate se acercaban al barco, después desapareció en la
confusión que se creó por el pánico de los tripulantes. Por entonces, el agua
había alcanzado un metro y medio en el camarote, y seguía subiendo. Nadie dudó
de que se había metido en el agua por su propia voluntad.
El descubrimiento del joyero de su esposa
debajo del cuerpo, en el suelo, explicaba su presencia en el camarote. Se sabía
que había visto que se acercaban los botes y era muy probable que hubiese
bajado allí para tratar de salvar las joyas. Era menos probable, aunque cabía
dentro de lo posible, que su muerte hubiese sido el resultado de un accidente
que le hubiese dejado sin sentido al sumergirse. Pero un descubrimiento
realizado por la tripulación del yate apuntaba directamente a una conclusión
que les llenó a todos de espanto. Cuando, en el curso de la búsqueda, llegaron
al camarote, se encontraron con que la escotilla y la puerta estaban cerradas
por fuera. ¿Había cerrado alguien el camarote, ignorando que él estaba allí?
Prescindiendo del pánico que había reinado entre la tripulación, no había
ningún motivo para cerrar el camarote antes de abandonar el barco. Pero cabía
otra explicación. ¿Acaso una mano asesina había encerrado deliberadamente a
aquel hombre para que se ahogase al subir el agua?
Sí. Una mano asesina lo había encerrado allí a
fin de que se ahogase. Aquella mano era la mía.»
El escocés se levantó de un salto de la mesa,
el médico se apartó de la cama. Los dos miraron fijamente al moribundo,
experimentando la misma repugnancia, presas del mismo espanto. El hombre yacía
allí, con la cabeza del hijo reclinada sobre el pecho; repudiado por los
hombres, acusado ante la justicia de Dios; yacía allí..., en la soledad de
Caín, mirándolos.
En el mismo momento en que los dos hombres se
ponían en pie, la puerta que daba a la habitación contigua recibió un fuerte
golpe desde el exterior y oyeron un ruido sordo, como de un cuerpo al caer.
Guardaron silencio. El médico, que estaba más cerca de aquella puerta, la
abrió, cruzó el umbral y la cerró al instante. Mr. Neal se volvió de espaldas a
la cama y esperó en silencio. El ruido, que no había despertado al niño,
tampoco había llamado la atención del padre.
Sus propias palabras le habían llevado muy
lejos de lo que pasaba alrededor de su lecho de muerte. Su cuerpo exánime
estaba de nuevo en la cubierta de aquel barco y el fantasma de su mano, ahora
inerte, hacía girar la llave de la puerta del camarote.
Sonó una campanilla en la habitación contigua
y se oyeron voces excitadas, también sonaron pasos apresurados y, después de un
intervalo, regresó el médico.
—¿Estaba ella escuchando? —murmuró Mr. Neal,
en alemán.
—Las mujeres la están reanimando —susurró el
médico—. Lo ha oído todo. Por el amor de Dios, ¿qué vamos a hacer ahora?
Antes de que el otro pudiese responder, Mr.
Armadale habló. El regreso del médico lo había traído de nuevo a la realidad.
—Prosiga —indicó, como si nada hubiese
sucedido.
—No quiero tener nada más que ver con ese
infame secreto —replicó Mr. Neal—. Es usted un asesino confeso. Si hay que
terminar esta carta, no me pida que yo lo haga por usted.
—Me lo ha prometido —replicó con
inquebrantable aplomo—. Debe escribir para mí, si no quiere faltar a su
palabra.
De momento, Mr. Neal guardó silencio. Allí
yacía el hombre, protegido de la abominación del prójimo, bajo la sombra de la
muerte..., fuera del alcance de cualquier condena humana, sin tener que temer
las leyes de este mundo; insensible a todo, salvo a su última voluntad de
terminar la carta dirigida a su hijo.
Mr. Neal se llevó al médico aparte.
—Permítame unas palabras —le dijo, en alemán—.
¿Está usted seguro de que este hombre perderá el habla antes de que podamos
enviar recado a Stuttgart?
—Mírele los labios —indicó el médico— y juzgue
por usted mismo.
Aquellos labios le dieron la respuesta: la
lectura de la narración había dejado ya su marca en ellos. La deformación en
las comisuras, casi imperceptible cuando Mr. Neal había entrado en la
habitación, era ahora claramente visible. Su lenta articulación se hacía más y
más trabajosa a cada palabra que pronunciaba. La situación no podía ser más
espantosa. Después de otro instante de vacilación, Mr. Neal hizo un último
intento por apartarse del asunto.
—Ahora sé de qué se trata —dijo, severamente—.
¿Se atreve a exigirme que cumpla un compromiso que usted me obligó a contraer a
ciegas?
—No —respondió Mr. Armadale—. Le autorizo a
que falte a su palabra.
La mirada que acompañó a esta respuesta hirió
en lo vivo el orgullo del escocés. Cuando habló, lo hizo sentado de nuevo
detrás de la mesa.
—Nadie ha podido decir nunca que he faltado a
mi palabra —replicó, airadamente— y ni siquiera usted podrá decirlo ahora.
¡Pero recuérdelo bien! Si mantengo mi promesa, mantengo también mi condición.
Me reservé la libertad de acción y le advierto que la utilizaré, a mi
discreción, en cuanto le haya perdido de vista.
—No olvide que se está muriendo —le suplicó el
médico, a media voz.
—Ocupe su sitio, señor —señaló Mr. Neal,
indicando la silla vacía—. Sólo leeré el resto de la carta si usted lo escucha.
Sólo escribiré el dictado del enfermo si usted está presente. Usted me ha
traído aquí. Tengo derecho a insistir, e insisto, en que se quede como testigo
hasta el final.
El médico aceptó su posición sin protestar.
Mr. Neal volvió al manuscrito y leyó de un
tirón las páginas finales:
«Sin una palabra en mi propia defensa, he
confesado mi culpa. Sin una palabra en mi propia defensa, revelaré ahora cómo
cometí el crimen.
No pensé en absoluto en aquel hombre cuando vi
a su esposa desmayada sobre la cubierta del barco maderero. Colaboré en ponerla
a salvo en el bote. Entonces y sólo entonces, el recuerdo de él acudió de nuevo
a mi memoria. En la confusión que reinó mientras los hombres del yate obligaban
a los tripulantes del barco a esperar su turno, tuve ocasión de buscarlo sin
que nadie lo advirtiese. Al apartarme de la borda, no sabía si se había
marchado en el primer bote o si estaba aún a bordo, pero cuando me volví vi que
subía del camarote con las manos vacías y chorreando agua. Después de mirar
ansiosamente el bote (sin verme a mí), comprendió que aún disponía de algún
tiempo antes de que evacuasen al resto de la tripulación. "¡Lo intentaré
de nuevo!", murmuró para sí y desapareció en un último esfuerzo por
recuperar el cofrecito de las joyas. El diablo me susurró al oído: "No lo
mates de un tiro como a un hombre. ¡Deja que se ahogue como un perro!" Él
estaba sumergido cuando cerré la escotilla. Pero sacó la cabeza del agua antes
de que yo pudiese cerrar la puerta del camarote. Nos miramos y le cerré la
puerta ante la cara. Un momento después, me encontraba entre los últimos
hombres que quedaban en cubierta. Era demasiado tarde para arrepentirme. La
tormenta amenazaba con destruirnos y la tripulación del bote remaba
desesperadamente para salvar la vida.
¡Hijo mío! Vengo a afligirte desde mi tumba
con una confesión que mi amor habría querido ocultarte. Sigue leyendo y sabrás
por qué.
No diré nada de mis sufrimientos, no suplico
piedad para mi memoria. Mientras escribo estas líneas, un encogimiento extraño
de mi corazón y un extraño temblor de la mano me advierten que debo darme prisa
para relatar el fin. Abandoné la isla sin atreverme a mirar por última vez a la
mujer que había perdido lastimosamente y a la que vilmente había causado tanto
dolor. Cuando me marché, todas las sospechas que las circunstancias de la
muerte de Ingleby habían despertado, recaían sobre la tripulación del barco
francés. Ninguno de sus componentes tenía un móvil para el presunto asesinato;
pero era sabido que, en su mayoría, eran forajidos y rufianes capaces de
cualquier crimen y por esto se sospechó de ellos y fueron interrogados. Sólo
más tarde me enteré casualmente de que por fin la sospecha había recaído sobre
mí. Solamente la viuda identificó, por la vaga descripción que se hizo de él,
al hombre desconocido que había formado parte de la tripulación del yate y que
había desaparecido al día siguiente. Sólo la viuda supo, desde entonces, por
qué habían asesinado a su marido y quién había cometido el crimen. Pero cuando
hizo aquel descubrimiento, había circulado por la isla la falsa noticia de mi
muerte. Tal vez debí a esta información el haberme librado de todo proceso
judicial, quizá no había pruebas suficientes para inculparme (solamente Ingleby
me había visto cerrar la puerta del camarote) y acaso la viuda quiso evitar las
revelaciones que habrían seguido a una causa criminal contra mí, fundada en su
propia sospecha de la verdad. En cualquier caso, el crimen que cometí sin ser
visto ha permanecido impune hasta la fecha.
Salí disfrazado de Madeira, con rumbo a las
Indias Occidentales. Lo primero que supe cuando el barco atracó en Barbados fue
que mi madre había muerto. No tuve valor para volver a mi antigua residencia.
La perspectiva de vivir allí solo, con el tormento de mi culpa hostigándome día
y noche, era más de lo que habría podido soportar. Sin desembarcar ni dejarme
ver por nadie que estuviese en tierra, continué mi viaje hasta el último
destino adonde podía conducirme el barco, hasta la isla de Trinidad.
En aquel lugar conocí a tu madre. Tenía el
deber de contarle la verdad, pero guardé traidoramente mi secreto. Tenía que
ahorrarle el sacrificio inútil de su libertad y su felicidad a una existencia
como la mía, pero cometí la canallada de casarme con ella. Si vive todavía
cuando leas esto, hazle la merced de ocultarle la verdad. Lo único que puedo
hacer por ella es que ignore hasta el fin la clase de hombre con quien se casó.
Apiádate de ella, como me he apiadado yo. Que esta carta sea un secreto sagrado
entre padre e hijo.
Cuando tú naciste, mi salud había sufrido un
grave quebranto. Unos meses más tarde, durante los primeros días de mi
convalecencia, te trajeron para que te conociese y me dijeron que habías sido
bautizado durante mi enfermedad. Tu madre había hecho lo que suelen hacer las
madres enamoradas: había puesto a su primogénito el nombre de su padre. Te
llamas también, Allan Armadale. Ya en aquel primer momento, aunque por suerte
ignoraba lo que descubrí más tarde, tuve un mal augurio cuando te miré y pensé
en aquel nombre fatal.
En cuanto pude moverme, tuve que acudir a mis
posesiones en Barbados. Aunque pueda parecerte una locura, se me ocurrió la
idea de renunciar a la condición que obligaba a mi hijo, lo mismo que a mí, a
llevar el nombre de Armadale, so pena de perder la herencia. Pero ya en
aquellos días, cundía rápidamente por la colonia el rumor de la emancipación de
los esclavos, emancipación que ahora parece inminente. Si se producía aquel
cambio, nadie podía saber en qué grado se vería afectado el valor de las fincas
en las Indias Occidentales. Si te devolvía el apellido que por nacimiento me
correspondía y te dejaba sin más bienes para el futuro que mi propia herencia
paterna, nadie podía imaginar la falta que podría hacerte un día la extensa
finca Armadale y las penalidades a que el futuro podría condenarnos ciegamente
a tu madre y a ti. ¡Observa cómo se acumularon las fatalidades! ¡Observa cómo
recibiste tu nombre y cómo mantuviste tu apellido, a pesar mío!
Mi salud mejoró en mi antiguo hogar, pero sólo
por poco tiempo. Recaí de nuevo y los médicos me prescribieron el clima de
Europa. Como no quería ir a Inglaterra (ya puedes imaginarte por qué), embarqué
con tu madre y contigo hacia Francia. Desde Francia viajamos a Italia. Allí
vivimos en varios sitios. Pero todo fue inútil. La muerte me había atrapado y
me seguía a todas partes. Yo lo soportaba porque hallaba en ti un consuelo que
no merecía. Tal vez retrocederás ahora, horrorizado con el solo recuerdo. Pero
aquellos días, tú me consolabas. El único calor que aún sentía en mi corazón
era el que tú me ofrecías. Mis últimos destellos de felicidad en este mundo
eran los que me proporcionaba mi hijito.
Salimos de Italia y pasamos a Lausana, el
lugar desde el que te escribo ahora. El correo de esta mañana me ha traído
noticias recientes y más completas que todas las anteriores acerca de la viuda
del hombre asesinado. Tengo la carta ante mí mientras te escribo. Procede de un
amigo de juventud, que la ha visto y ha hablado con ella. El ha sido el primero
en comunicarle que la noticia de mi muerte en Madeira era falsa.
Me escribe que no tiene palabras para explicar
la violenta agitación que se apoderó de ella al enterarse de que yo seguía con
vida, me había casado y tenía un hijo varonil Me pregunta si yo puedo
explicarle la razón. Al hablar del ella, se expresa en términos compasivos: una
joven hermosa, enterrada en el retiro de un pueblo de pescadores del la costa
de Devonshire; su padre murió y se ve repudiada por la familia, que no le
perdona su matrimonio. Me escribe palabras que se habrían clavado muy hondo en
mi corazón de no ser por uno de los últimos párrafos de su carta, que acaparó
toda mi atención en cuanto llegué a él y qUe me ha obligado a escribir estas
páginas.
Ahora sé una cosa que nunca había imaginado
hasta recibir la carta. Ahora sé que la viuda del hombre cuya muerte me atosiga
sin cesar dio a luz un hijo varón, que tiene un año más que el mío. Convencida
de que yo había muerto, su madre hizo lo mismo que la madre de mi hijo: poner
al suyo el nombre de su padre. Una vez más, en la segunda generación, hay dos
Allan Armadale, como los hubo en la primera. Después de su maléfico influjo
sobre los padres la fatal igualdad de nombres amenaza con una influencia igualmente
maléfica a los hijos.
Las mentes inocentes podrían ver en ello el
simple resultado de una serie de acontecimientos que no podían desarrollarse de
otra manera.
Yo, que he de responder de la vida de aquel
hombre, que muero con mi crimen impune y no expiado, veo lo que ninguna de
aquellas mentes podría discernir. Intuyo, en el futuro, un peligro engendrado
por el peligro del pasado, una traición que es fruto de su traición y un crimen
que es hijo de mi crimen. El miedo que sacude ahora mi alma, ¿es un fantasma
creado por la superstición de un moribundo? Consulto el Libro que venera toda
la cristiandad y el Libro me dice que los pecados de los padres recaen sobre los
hijos. Observo el mundo que me rodea y descubro testigos vivientes de aquella
terrible verdad. Veo que los vicios que han contaminado al padre caen sobre el
hijo y lo contaminan; veo que la vergüenza que ha deshonrado el apellido del
padre se cierne sobre el hijo y lo deshonra. Me contemplo a mí mismo... y veo
mi crimen germinando para el futuro, en las mismas circunstancias en que se
sembró la semilla en el pasado, para transmitirse de mí a mi hijo en una
heredada contaminación del mal.»
Con estas líneas terminaba el escrito. En este
punto había sufrido el ataque y se le había resbalado la pluma de la mano.
El conocía el fragmento y recordaba las
palabras. Cuando el lector calló, el moribundo miró ansiosamente al médico.
—Sé lo que debo decir a continuación —dijo,
articulando cada vez más despacio las palabras—. Ayúdeme a expresarlo.
El médico le administró un estimulante e hizo
una seña a Mr. Neal para que esperase.
Después de una breve espera, la llama
moribunda del espíritu volvió a brillar en los ojos del hombre. Luchando
resueltamente contra la mengua de su facultad de hablar, pidió al escocés que
tomase la pluma y pronunció las frases finales de su narración, a medida que se
las dictaba, la memoria:
«Desprecia, si quieres, mi convicción de
moribundo, pero atiende, solemnemente te lo ruego, mi última petición. Hijo
mío, la única esperanza que me queda para ti depende de una tremenda duda: la
duda de si somos dueños de nuestro propio destino. Es posible que el libre
albedrío pueda triunfar sobre el hado del mortal, y que yendo, como vamos
todos, inevitablemente hacia la muerte, no nos dirijamos inevitablemente hacia
lo que nos espera antes de morir. Si esto es así, respeta (aunque sólo sea eso)
el consejo que te doy desde la tumba. Nunca, hasta el día de tu muerte,
permitas que se acerque a ti una persona que, directa o indirectamente, esté
relacionada con el crimen que cometió tu padre. Si todavía vive, evita a la
viuda del hombre a quien maté. Evita a la doncella cuya perniciosa mano allanó
el camino de aquel matrimonio, si es que aún está a su servicio. Pero, sobre
todo, evita al hombre que lleva el mismo nombre que tú. Riñe con tu bienhechor,
si la influencia de éste tiene que relacionaros a los dos. Rechaza a la mujer
amada, si ha de ser un eslabón entre vosotros. Ocúltate de él bajo un nombre
supuesto. Pon montañas y mares entre vosotros, vuélvete ingrato, muéstrate
implacable, sé todo lo que tu buen carácter considere más repelente, antes que
vivir bajo el mismo techo y respirar el mismo aire que aquel hombre. No
permitas jamás que se encuentren los dos Allan Armadale en este mundo. Nunca,
nunca, ¡nunca!
Éste es el camino por donde puedes escapar, si
es que existe algún camino. Sigúelo durante toda la vida, si en algo aprecias
tu inocencia y tu felicidad.
Con esto termino. Si hubiese podido confiar en
que cualquier influencia menos dolorosa que la de esta confesión podía
conminarte a cumplir mi voluntad, te habría ahorrado conocer el secreto
contenido en estas páginas.
Ahora estás reclinado sobre mi pecho,
durmiendo el sueño inocente de los niños, mientras la mano de un extraño
escribe para ti las palabras que brotan de mis labios. Piensa en lo firme que
ha tenido que ser mi convicción para tener el valor, en mi lecho de muerte, de
proyectar sobre tu juventud la sombra del crimen de tu padre. Piénsalo y sigue
mi consejo. Piénsalo..., y perdóname si puedes.»
Así terminó la carta. Éstas fueron las últimas
palabras que el padre dirigía a su hijo. Inexorablemente fiel a la palabra dada
a su pesar, Mr. Neal dejó la pluma a un lado y leyó en voz alta las líneas que
acababa de escribir.
—¿Hay que añadir algo más? —preguntó, con voz
implacable y fría.
No había más que añadir.
Mr. Neal dobló el manuscrito, lo introdujo en
un sobre y lo selló con el sello de Mr. Armadale.
—¿La dirección? —preguntó con la formalidad
del hombre práctico.
Escribió las palabras que le dictaban desde la
cama: «A la atención de Allan Armadale, Jr. Suplicada a Godfrey Hammick, Esq.,
Oficinas de Hammick y Ridge, Lincoln's Inn Fields, Londres.» Después de
escribir la dirección, esperó y reflexionó un momento.
—¿Tiene que abrirlo su albacea? —preguntó.
—¡No! Tiene que darlo a mi hijo, cuando éste
llegue a la edad en que pueda comprenderlo.
—En tal caso —prosiguió Mr. Neal, con su fría
inteligencia de hombre práctico—, añadiré una nota en el sobre, repitiendo las
palabras que acaba usted de pronunciar y explicando las circunstancias bajo las
cuales he intervenido en la redacción del documento.
Escribió la nota en los términos más claros y
breves que le fue posible; la leyó en voz alta, como había leído lo que había
escrito antes; firmó con su nombre y su dirección al pie, e hizo que el médico
firmase a continuación, como testigo y como profesional en lo referente al
estado en que se hallaba Mr. Armadale. Hecho esto, lo introdujo todo en un
segundo sobre, lo selló como había hecho antes y escribió la dirección de Mr.
Hammick, con la indicación de «Particular» sobre aquélla.
—¿Insiste en que envíe esto por correo?
—preguntó mientras se levantaba con la carta en la mano.
—Dele tiempo para pensar —dijo el médico—. Por
el amor del niño, ¡dele tiempo para pensar! En un minuto puede cambiar de idea.
—Le daré cinco minutos —le respondió Mr. Neal
al tiempo que colocaba su reloj sobre la mesa, inexorablemente exacto hasta el
fin.
Esperaron, mirando ambos atentamente a Mr.
Armadale. Los síntomas de cambio que habían aparecido ya en él se multiplicaban
rápidamente. El movimiento que la: continua agitación mental le había imprimido
a los músculos de la cara empezaba a extenderse hacia abajo, debido a la misma
influencia perniciosa. Las manos, hasta entonces inmóviles, ya no se estaban
quietas; arañaban lastimosamente la ropa de la cama. Al ver aquel síntoma, el
médico se volvió, alarmado, e hizo una seña a Mr. Neal para que se acercase.
—Pregúnteselo enseguida —dijo—. Si espera los
cinco minutos, puede que sea demasiado tarde.
Mr. Neal se acercó a la cama. También él
advirtió movimiento de las manos.
—¿Es una mala señal?
El médico asintió gravemente con la cabeza.
—Pregúntele enseguida —repitió— o será
demasiado tarde.
Mr. Neal sostuvo la carta delante de los ojos
del moribundo.
—¿Sabe lo que es esto?
—Es mi carta.
—¿Insiste en que la envíe por correo?
El hombre venció por última vez su dificultad
de hablar y respondió:
—Sí.
Mr. Neal se dirigió a la puerta, con la carta
en la mano. El alemán lo siguió unos pasos, abrió la boca para pedirle que
esperase un poco más, pero tropezó con la mirada inexorable del escocés y
retrocedió en silencio. La puerta se cerró, interponiéndose entre los dos, sin
que intercambiaran más palabras.
El médico volvió junto a la cama y susurró al
moribundo:
—Deje que lo llame. ¡Todavía estamos a tiempo
de detenerlo!
Fue inútil. No hubo respuesta: ningún
movimiento indicó que el hombre le hubiese prestado atención, ni siquiera que
le hubiese oído. Los ojos de Mr. Armadale se apartaron del niño, se posaron un
momento en la mano que se movía sin cesar y miraron suplicantes la cara
compasiva que se inclinaba sobre él. El médico levantó aquella mano, se detuvo,
siguió la ansiosa mirada del padre que se fijaba de nuevo en el pequeño, e
interpretando su último deseo, se la acercó a la cabeza del niño. Al tocarla,
la mano tembló con violencia. Un instante después, el temblor agitó el brazo y
se extendió a toda la parte superior del cuerpo. La pálida cara enrojeció, se
amorató y palideció de nuevo. Entonces, las manos inquietas se quedaron
inmóviles y el color del semblante no volvió a mudar.
La ventana de la habitación contigua estaba
abierta cuando entró el médico con el niño en brazos. Miró hacia el exterior al
pasar junto a ella y en la calle vio a Mr. Neal, que volvía despacio a la
posada.
—¿Dónde está la carta? —preguntó.
La respuesta del escocés se limitó a tres
palabras:
—En el correo.
LIBRO SEGUNDO
CAPÍTULO I
EL MISTERIO DE OZIAS MIDWINTER
Una tibia noche de mayo de mil ochocientos
cincuenta y uno, el reverendo Decimus Brock, a la sazón de visita en la isla de
Man, se retiró a su dormitorio, en Castletown, acosado por una grave
responsabilidad personal y sin tener una idea clara de cómo se libraría de las
presiones que las circunstancias ejercían sobre él.
El clérigo había llegado a esa madurez en que
el hombre sensato aprende a eludir (en la medida en que se lo permite su
carácter) todo conflicto inútil con la tiranía de sus propios problemas.
Abandonando cualquier esfuerzo ulterior para llegar a una decisión de la crisis
en que se encontraba, Mr. Brock, en mangas de camisa, se sentó plácidamente en
el borde de la cama y empezó a considerar si el problema era tan grave como
hasta entonces le había parecido. Siguiendo este nuevo camino para salir de su
perplejidad, se encontró inesperadamente con que se acercaba a su objetivo en
el menos alentador de los viajes del hombre: un viaje a lo largo del pasado.
Uno a uno, los sucesos de aquellos años
—relacionados con el mismo grupito de personajes y más o menos responsables de
la ansiedad que se interponía ahora entre el clérigo y su descanso nocturno—
surgieron en episodios sucesivos en la memoria de Mr. Brock. El primero lo
llevó, catorce años atrás, a su propia rectoría de la costa de Somersetshire,
en el Canal de Bristol, y a una entrevista privada con una dama que le había
visitado y que le resultaba por completo desconocida.
La dama era rubia y se había cuidado; aunque
todavía era joven, aún aparentaba menos años de los que tenía en realidad. Se
ocultaba una sombra de melancolía en su expresión y un matiz doloroso en su
voz; ambas cosas bastaban para indicar que había conocido el sufrimiento, pero
no lo bastante para imponerlo a los demás. Viajaba con un guapo y rubio chico
de ocho años, al que presentó como hijo suyo y a quien, al empezar la
entrevista, envió a jugar en el jardín de la rectoría. La dama se había hecho
anunciar con una tarjeta donde figuraba el nombre de «Mrs. Armadale». Mr. Brock
empezó a sentir interés antes de que ella abriese los labios y, cuando hubieron
despedido al niño, esperó, con cierta inquietud, a oír lo que la madre tenía
que decirle.
Mrs. Armadale empezó declarando que era viuda.
Su marido había perecido en un naufragio, poco después de su matrimonio, en un
viaje desde Madeira a Lisboa. Después de aquella desgracia, había viajado a
Inglaterra bajo la protección de su padre, y su hijo, postumo, había nacido en
la mansión familiar de Norfolk. La muerte de su padre, acaecida poco después,
la había privado de su único antecesor superviviente y la había dejado expuesta
al abandono y la mala voluntad de los parientes que le quedaban (dos hermanos)
y que, tal como había esperado, la repudiaron de forma irrevocable. Durante
algún tiempo, había vivido en el vecino condado de Devonshire, dedicada a la
crianza de su hijo, que había alcanzado una edad en la que precisaba una
educación mejor que la que podía ofrecerle su madre. Aparte de su rechazo a
separarse de él, dada la soledad en que se hallaba, la inquietaba sobre todo la
idea de que su hijo se encontrara entre extraños si lo enviaba a un colegio. Su
mayor deseo era que se educase en casa y mantenerle alejado de las tentaciones
y de los peligros del mundo mientras crecía. Si quería realizar este proyecto,
debía abandonar su propia localidad, donde resultaba imposible conseguir los
servicios del clérigo como preceptor del niño. Había hecho averiguaciones y se
había enterado de que había una casa que le convenía en la vecindad de Mr.
Brock y también le habían dicho que el propio Mr. Brock había dado, tiempo
atrás, clases particulares. Al tener esta información se había atrevido a
visitarlo, con referencias que acreditaban su honorabilidad pero sin una
presentación formal; ahora tenía que preguntar si (en el caso de que
estableciera su residencia en el lugar) las condiciones que podía ofrecer
inducirían a Mr. Brock a abrir las puertas de su casa a un discípulo, que en
este caso sería su hijo.
Si Mrs. Armadale hubiese sido una mujer sin
atractivos personales o si Mr. Brock hubiese dispuesto de un escudo para
resguardarse en la persona de una esposa, probablemente el viaje de la viuda
habría sido en vano. Pero, dada la situación, el párroco examinó las
referencias que le presentaban y pidió tiempo para pensarlo. Expirado el plazo,
hizo lo que deseaba Mrs. Armadale: ofrecer la espalda y dejar que la madre
cargase sobre ella la responsabilidad del hijo.
Éste fue el primer suceso de la serie; su
fecha, el año de gracia de mil ochocientos treinta y siete. La memoria de Mr.
Brock, partiendo de aquel punto en dirección al presente, evocó el segundo
acontecimiento y se detuvo en el año de mil ochocientos cuarenta y cinco.
Su escenario fue también el pueblo de
pescadores de Somersetshire, y los personajes, una vez más Mrs. Armadale y su
hijo. Durante los ocho años transcurridos, la responsabilidad había pesado poco
sobre los hombros de Mr. Brock. El muchacho había dado a su madre y a su
preceptor pocos motivos de preocupación. Ciertamente, era lento con los libros,
pero más por una incapacidad natural de fijar la atención en una tarea que por
falta de aptitud para comprender los textos. No podía negarse que por
temperamento era altamente descuidado: actuaba con imprudencia, cedía al primer
impulso y sacaba a ciegas todas las conclusiones. En cambio, había que decir en
su favor que tenía un carácter por demás abierto, habría resultado difícil
encontrar un muchacho más generoso, cariñoso y dulce. Cierta extraña
originalidad en aquel carácter y una saludable naturalidad en todos sus gustos
le libraban de la mayoría de los peligros al que le exponía inevitablemente el
sistema educativo de su madre. Como buen inglés, amaba el mar y todo lo
relacionado con él y, al hacerse mayor, no hubo señuelo capaz de alejarlo de la
costa ni de mantenerle apartado del astillero. Llegó un día en que su madre,
para su sorpresa y enorme disgusto, descubrió que trabajaba allí como
voluntario. Él reconoció que su mayor ambición para el futuro era tener un
astillero propio y que su actual objetivo consistía en aprender a construir una
embarcación. Previendo acertadamente que este empleo que daba el muchacho a sus
ratos libres era exactamente lo que el muchacho necesitaba para aceptar su
posición de aislamiento de compañeros de su propio rango y edad, Mr. Brock
consiguió, con no pocas dificultades, que Mrs. Armadale permitiese que su hijo
se saliese con la suya. Cuando se produjo en la vida del clérigo el segundo
suceso que vamos a referir en relación con su discípulo, el joven Armadale
había practicado lo suficiente en el astillero como para alcanzar la cima de
sus deseos, al construir con sus propias manos quilla de una barca.
En la tarde de un día de verano, poco después
de que cumpliese Allan los dieciséis años, Mr. Brock dejó a sí alumno
trabajando en el taller y fue a pasar la velada con Mrs. Armadale, llevando
consigo el periódico The Times.
Los años transcurridos desde el día en que se
habían conocido habían regulado las vidas del pastor y de su vecina. Las
primeras insinuaciones que su creciente admiración por la viuda había suscitado
en Mr. Brock al principio de su relación, fueron contestadas con un llamamiento
a su templanza que le había cerrado la boca en lo sucesivo. Le había dado a
entender, de una vez para siempre, que su corazón sólo podía ofrecerle amistad.
Él la quería lo bastante para aceptar lo que ella quisiera darle: así nació su
amistad, y continuaron siendo amigos desde entonces. Ningún celoso temor de que
otro hombre triunfase donde él había fracasado amargó las plácidas relaciones
del clérigo con la mujer a la que amaba. Mrs. Armadale no aceptó a ninguno de
los pocos caballeros residentes en la vecindad, como no fuese como un simple
conocido. Tranquilamente encerrada en su retiro pueblerino, permanecía
indiferente a todos los atractivos sociales que habrían tentado a otras mujeres
de su posición y de su edad. Mr. Brock y su periódico, que aparecían con
monótona regularidad ante su mesa de té, tres veces a la semana, le decían todo
lo que sabía, o deseaba saber, del gran mundo exterior que giraba alrededor de
los estrechos e invariables límites de su vida cotidiana.
La tarde en cuestión, Mr. Brock se retrepó en
el sillón donde siempre se sentaba, aceptó la única taza de té que tomaba
siempre y abrió el periódico que siempre leía en voz alta a Mrs. Armadale,
quien le escuchaba invariablemente reclinada en el sofá, con la misma y eterna
labor entre las manos.
—¡Bendito sea Dios! —exclamó el párroco,
subiendo en una octava el tono de la voz y mirando asombrado la primera página
del periódico.
Nunca se había producido una introducción como
ésta a las lecturas de la tarde en toda la experiencia de Mrs. Armadale como
oyente. Levantó la mirada, con curiosidad, y pidió a su reverendo amigo que le
diese una explicación.
—Apenas doy crédito a mis ojos —dijo Mr.
Brock—. Aquí hay un anuncio, Mrs. Armadale, dirigido a su hijo.
Sin más preámbulos, leyó el anuncio, que
rezaba como sigue:
Si ALLAN ARMADALE lee este anuncio, se le
ruega que se ponga en contacto, personalmente o por carta, con Messrs. Hammick
y Ridge (Lincoln's Inn Fields, Londres), para un importante asunto que le
concierne. También se ruega que lo haga cualquier persona que pueda informar
sobre el paradero del interesado. Para evitar errores, se advierte que el
desaparecido Allan Armadale es un joven de quince años y que este anuncio se
inserta a petición de su familia y amigos.
—Otra familia y otros amigos —dijo Mrs.
Armadale—. La persona cuyo nombre aparece en este anuncio nd es mi hijo.
El tono en que dijo esto sorprendió a Mr.
Brock. El cambio que se produjo en el semblante de ella, cuando alzó los ojos,
le impresionó. Su delicada tez había adquirido un tono blanquecino y opaco;
había desviado la mirada de su visitante con una extraña mezcla de confusión y
alarma, parecía haber envejecido al menos diez años.
—El nombre es muy poco corriente —objetó Mr.
Brock, imaginándose que la había molestado y tratando de excusarse—. Realmente,
parecía imposible que hubiese dos personas...
—Hay dos personas —le interrumpió Mrs.
Armadale—. Allan, como sabe usted, tiene dieciséis años. Si repasa el anuncio,
verá que la persona desaparecida tiene sólo quince. Aunque lleva el mismo
nombre y el mismo apellido no guarda, a Dios gracias, ningún parentesco con mi
hijo. Mientras yo viva esperaré y rezaré para que Allan no le vea nunca ni sepa
nunca nada de él. Veo que esto le sorprende, mi buen amigo; pero ¿me disculpará
si no le explico estas extrañas circunstancias? En mi pasado hay un hecho tan
desgraciado y doloroso que no puedo hablar de ello, ni siquiera a usted. ¿Me
ayudará a soportar este recuerdo, absteniéndose de referirse a él en el futuro?
Más aún, ¿me promete no hablar de esto a Allan e impedir que este periódico
caiga en sus manos?
Mr. Brock lo prometió y, con mucho tacto, dejó
a la dama sola.
El afecto que sentía el clérigo por Mrs.
Armadale era demasiado antiguo y sincero para que pudiese desconfiar de ella.
Pero sería inútil negar que se sintió contrariado por su falta de confianza y
que volvió a mirar inquisitivamente y más de una vez el anuncio mientras volvía
a su casa. Ahora parecía bastante claro que el motivo de Mrs. Armadale para
enterrarse con su hijo en un pueblo remoto era, más que no perderlo de vista,
impedir que su homónimo lo descubriera. ¿Por qué temía tanto que se
encontrasen? ¿Sentía miedo por ella misma o por su hijo? La fiel confianza de
Mr. Brock en su amiga rechazaba cualquier solución del enigma que implicase una
mala conducta de Mrs. Armadale en el pasado, conducta que habría podido
explicar los malos recuerdos a los que había aludido y el alejamiento de sus
hermanos, que la mantenían apartada desde hacía años de sus parientes y de su
hogar. Aquella noche destruyó el anuncio con sus propias manos, y resolvió no
volver a pensar en ello.
Había otro Allan Armadale en el mundo, un
extraño que nada tenía que ver con su discípulo, un vagabundo al que se llamaba
públicamente a través de los periódicos. Esto era cuanto le había revelado el
incidente. Por el bien de Mrs. Armadale, no deseaba saber nada más, no trataría
nunca de averiguar nada más. Éste fue el segundo acontecimiento desde que el
pastor había conocido a Mrs. Armadale y a su hijo. La memoria de Mr. Brock, al
acercarse progresivamente al presente, alcanzó la tercera etapa de su viaje por
el pasado y se detuvo en el año de mil ochocientos cincuenta.
Los cinco años transcurridos habían cambiado
poco, o nada, el carácter de Allan. Había pasado simplemente (para emplear las
palabras de su preceptor) de ser un chico de dieciséis años a ser un joven de
veintiuno. Era tan sencillo y franco como siempre, tan singular y
empedernidamente alegre como siempre, tan despreocupado y aficionado como
siempre a seguir sus propios impulsos, a pesar de las consecuencias. Su pasión
por el mar se había fortalecido con el paso de los años. De construir un bote,
había pasado ahora a construir —con dos jornaleros a sus órdenes— una
embarcación de treinta y cinco toneladas. Mr. Brock había tratado
deliberadamente de infundirle aspiraciones más elevadas, lo había llevado a
Oxford para que viese cómo era la vida universitaria, lo había llevado a
Londres para que viese el espectáculo de la gran metrópoli. Aquel cambio había
divertido a Allan, pero no lo había alterado en absoluto. Era tan superior a
todas las ambiciones mundanas como el propio Diógenes. «¿Qué es mejor? —preguntaba
el inconsciente filósofo—, ¿encontrar tú mismo el camino para ser feliz o dejar
que otros traten de encontrarlo por ti?» Desde aquel momento, Mr. Brock
permitió que el carácter de su alumno se desarrollase libremente y Allan
prosiguió sin cesar el trabajo con su yate.
Pero si el tiempo había producido tan pocos
cambios en el hijo, no había sido inofensivo para la madre. La salud de Mrs.
Armadale declinaba rápidamente; le fallaban las fuerzas, su temperamento iba de
mal en peor, estaba cada día más inquieta, más sometida a sus morbosos temores
y antojos, más reacia a salir de su habitación. Desde la publicación del
anuncio, hacía de ello cinco años, nada había sucedido que obligase a su
memoria a volver a los dolorosos recuerdos de su vida anterior. Ninguna palabra
acerca del tema prohibido se había cruzado entre ella y el párroco, ninguna
sospecha sobre la existencia de su homónimo había pasado por la mente de Allan.
Sin embargo, sin la sombra de un motivo para sentirse angustiada, Mrs. Armadale
había experimentado, en los últimos años, una continua y nerviosa inquietud por
su hijo. En ocasiones, se felicitaba por la afición a los yates y a la
navegación a vela que lo mantenía ocupado y feliz sin que ella lo perdiese de
vista. Pero otras veces, hablaba con horror de que su hijo se confiase
normalmente al traidor océano donde su esposo había hallado la muerte. De un
modo u otro, ponía a prueba la paciencia de Allan como nunca lo había hecho en
sus días más felices, cuando gozaba de mejor salud. Más de una vez temió Mr. Brock
una grave desavenencia entre ellos, pero la dulzura de carácter, natural en
Allan, reforzada por el amor hacia su madre, hacía que triunfase por encima de
todas las cosas. Nunca se le escapó una mala palabra o una mirada dura en su
presencia, siempre se mostró cariñoso y paciente con ella hasta el fin.
Tales eran las posiciones del hijo, de la
madre y del amigo cuando se produjo el tercer acontecimiento importante en la
vida de los tres. Una triste tarde de primeros de noviembre, la visita del
posadero del pueblo interrumpió a Mr. Brock en la redacción de su sermón.
Después de pedir disculpas, el posadero expuso
con bastante claridad el urgente asunto que lo traía a la rectoría. Hacía pocas
horas que un joven había sido llevado a la posada por unos labradores de la
vecindad, que le habían encontrado rondando en uno de los campos de su dueño en
un estado de trastorno mental que ellos consideraban franca locura. El posadero
había dado cobijo a la pobre criatura y envió a buscar al médico; éste, después
de reconocerlo, había dictaminado que padecía de fiebre cerebral y que si lo
trasladaban a la ciudad más próxima donde pudiese haber un hospital o un
dispensario donde ingresarle sufriría consecuencias fatales para toda esperanza
de recuperación. Dada esta opinión y habiendo observado que el único equipaje
del desconocido era una pequeña bolsa de viaje que habían encontrado en el
campo cerca de él, el posadero resolvió en el acto consultar al párroco y
preguntarle qué medidas había que tomar en unas circunstancias tan apremiantes.
Mr. Brock, además de pastor, era juez del
distrito, y desde el primer momento vio claramente lo que debía hacerse. Se
caló el sombrero y, en compañía del posadero, se dirigió al hostal.
En la puerta de la posada se reunió con ellos
Allan, que se había enterado de la noticia por otro canal y estaba esperando la
llegada de Mr. Brock para entrar con él y ver cómo era el desconocido. El
médico del pueblo se unió a ellos en el mismo instante, y los cuatro entraron
juntos en el hostal.
Encontraron al hijo del posadero y al mozo de
cuadra, sujetando desde ambos lados al hombre en una silla. Joven, delgado y de
baja estatura, mostraba en aquel momento una fuerza suficiente para dificultar
la acción de los dos que trataban de dominarlo. Su tez morena, los grandes ojos
castaños y brillantes, los negros bigote y barba, le daban cierto aspecto de
extranjero. El traje estaba un poco raído, pero la camisa aparecía limpia. Las
manos aceitunadas eran enjutas y nerviosas y, en más de un punto, mostraban la
lividez de antiguas cicatrices. Los dedos de ud pie, descalzo al haber el
hombre lanzado el zapato, se aferraban al barrote de la silla a través del
calcetín con una habilidad muscular que sólo muestran los que están
acostumbrados a andar descalzos. En el frenesí que ahora le poseía, resultaba
imposible atribuir algún propósito útil a aquella acción. Después de consultar
en voz baja con Mr. Brock, el médico supervisó personalmente el traslado del
paciente a una habitación tranquila de la parte posterior de la casa. Poco
después, enviaron su ropa y su bolsa de viaje al piso inferior y las
registraron en presencia del juez, por si se encontraba algún dato que
permitiese establecer comunicación con sus conocidos.
La bolsa sólo contenía una muda de ropa
interior y dos libros: las tragedias de Sófocles, en griego, y el Fausto de
Goethe, en alemán. Ambos volúmenes estaban muy gastados y en la portada de cada
uno de ellos, aparecían manuscritas las iniciales O.M. Esto fue cuanto reveló
la bolsa de viaje.
Después se registró la ropa que llevaba el
hombre cuando lo encontraron en el campo. Sucesivamente aparecieron una bolsa
(que contenía un soberano y unos pocos chelines), una pipa, una petaca, un
pañuelo y un vasito de asta. El siguiente y último objeto se encontró, muy
arrugado, en el bolsillo del pecho de la chaqueta. Era un informe, fechado y
firmado, pero en el que no constaba ninguna dirección. Por lo que se desprendía
de este documento, la historia del desconocido era ciertamente triste. Por lo
visto, había trabajado durante poco tiempo como portero en un colegio y lo
habían despedido al manifestarse su dolencia, por miedo de que la fiebre
pudiese ser contagiosa, con el consiguiente perjuicio para la buena marcha del
establecimiento. No se le imputaba ninguna mala acción en el desempeño de su
cargo. Antes al contrario, el director del colegio se complacía en manifestar
su capacidad y sü buen carácter y expresaba su ferviente esperanza de que (con
la ayuda de la Providencia) consiguiese recuperar la salud en otro lugar.
Aquel testimonio escrito, que permitía echar
una ojeada a la historia del hombre, servía también para otra cosa: lo
relacionaba con las iniciales manuscritas en los libros y lo identificaba, ante
el juez y el posadero, como poseedor del extraño nombre de Ozias Midwinter.
Mr. Brock dejó a un lado el informe,
sospechando que el director del colegio había omitido deliberadamente en él su
dirección con el propósito de librarse de toda responsabilidad en el caso de
producirse la muerte del portero. De todos modos, dadas las circunstancias,
resultaba claramente inútil tratar de encontrar a los conocidos de aquel pobre
infeliz, si es que tenía alguno. Lo habían llevado a la posada y, por razones
de simple humanidad, en ella permanecería de momento. Los problemas relativos a
los gastos podrían solucionarse, en el peor de los casos, con las caritativas
aportaciones de los vecinos o con una colecta en la iglesia, después del
sermón. Habiendo asegurado al posadero que consideraría este aspecto de la
cuestión y le daría a conocer el resultado, Mr. Brock salió del hostal, sin
darse cuenta, de momento, de que Allan se había quedado atrás.
Pero, antes de que hubiese caminado cincuenta
metros, su alumno le alcanzó. Contrariamente a su costumbre, había permanecido
serio y silencioso durante todas las pesquisas realizadas en la posada, pero
ahora había recuperado su habitual vitalidad. Alguien que no le conociese lo
habría atribuido a falta de sentido común.
—Este asunto es muy lamentable —comentó el
párroco—. Realmente, no sé qué hacer para ayudar a ese desgraciado.
—Tranquilícese, señor —dijo el joven Armadale,
con su acostumbrada despreocupación—. Acabo de arreglarlo todo con el posadero.
—¿Tú? —exclamó, asombrado, Mr. Brock.
—Sólo le he dado unas cuantas instrucciones
—continuó Allan—. Nuestro amigo, el portero, debe tener cuanto necesite y hay
que tratarle como a un príncipe. Cuando el médico y el posadero quieran cobrar
sus cuentas, sólo tienen que acudir a mí.
—Mi querido Allan —le reprendió amablemente
Mr. Brock—, ¿cuándo aprenderás a pensar un poco antes de ceder a tus generosos
impulsos? Estás gastando más dinero del que puedes en la construcción del
yate...
—¡Imagínese! Anteayer fijamos las primeras
tablas de la cubierta —apuntó Allan, saltando al nuevo tema con su volubilidad
habitual—. Ya se puede pasar por ellas, si no se tiene vértigo. Le ayudaré a
subir la escalerilla, Mr. Brock, si quiere venir a verlo.
—Escucha —insistió el párroco—. No estoy
hablando del yate. Mejor dicho, sólo me referí a él como un ejemplo de...
—Y un magnífico ejemplo —le interrumpió el
incorregible Allan—. Si encuentra en toda Inglaterra una embarcación pequeña de
su calado más bonita que la mía, renunciaré mañana mismo a la construcción de
yates. Pero ¿de qué estábamos hablando, señor? Me parece que nos hemos
perdido...
—Y yo temo que uno de nosotros tiene la
costumbre de perderse en cuanto abre la boca —replicó Mr. Brock—. Vamos, vamos,
Allan; esto es grave. Te has hecho responsable de unos gastos a los que no
podrás hacer frente. Entiéndeme, no quiero censurar en absoluto tu amable
comportamiento para con ese infeliz...
—No se preocupe por él, señor. Se repondrá,
estará bien dentro de una semana. Un tipo estupendo, ¡estoy seguro de ello!
—prosiguió Allan, que tenía por costumbre creer en todo el mundo y no
desconfiar de nada—. ¿Y si le invitase a comer cuando se ponga bien, mister
Brock? Me gustaría averiguar (cuando estemos los tres en buena compañía,
después de unas copas de vino, ya sabe...) cómo adquirió un nombre tan
estrafalario. ¡Ozias Midwinter! Por vida mía que su padre debería estar
avergonzado.
—¿Quieres contestarme a una pregunta antes de
que entre en mi casa? —dijo el clérigo, quien se detuvo, desesperado, ante la
verja—. La cuenta del alojamiento y la atenciones médicas de ese hombre pueden
ascender a veinte o treinta libras, antes de que se recupere, si es que llega a
reponerse. ¿Cómo las vas a pagar?
—¿Qué dice el ministro de Hacienda cuando
descubre que se ha armado un lío con las cuentas y no sabe cómo salir de él?
—preguntó Allan—. Siempre dice a su honorable amigo que está dispuesto a dejar
no sé qué...
—¿Una reserva? —sugirió Mr. Brock.
—Esto es —dijo Allan—. Yo soy como el ministro
de Hacienda. Estoy dispuesto a dejar una reserva. El yate (¡bendito sea!) no se
lo comerá todo. Pero si me faltan un par de libras, no se preocupe, señor. No
soy orgulloso; iré sombrero en mano por la calle y recogeré lo que falte de
manos de los vecinos. ¡Al diablo con las libras, los chelines y los peniques!
Ojalá desapareciesen como los Hermanos Beduinos en el teatro. ¿Se acuerda usted
de los Hermanos Beduinos, Mr. Brock? «Alí tomará una antorcha encendida y la
introducirá en la garganta de su hermano Mulí; Mulí tomará una antorcha
encendida y la introducirá en la garganta de su hermano Hassán, y Hassán tomará
una tercera antorcha encendida y pondrá fin al espectáculo al introducirla en
su propia garganta, con lo cual dejará a los espectadores en una oscuridad
total.» Algo maravilloso, una muestra de lo que yo llamo verdadero ingenio, con
cierto toque emocional. ¡Pero espere un momento! ¿Dónde estábamos? Nos hemos
perdido otra vez. Oh, ya lo recuerdo... El dinero. Lo que no acabo de
comprender —concluyó Allan, sin darse cuenta de que estaba predicando la
doctrina socialista a un clérigo— es que armen tanto jaleo con la cuestión de
repartir el dinero. ¿Por qué la gente que tiene dinero de sobra no puede darlo
a los que no lo tienen y hacer, de este modo, que la vida resulte más cómoda y
agradable para todos? Usted siempre me está diciendo que cultive las ideas, Mr.
Brock. He aquí una que, desde luego, no me parece nada mal.
Mr. Brock empujó cordialmente a su alumno con
la contera de su bastón.
—Vuelve a tu yate. La poca discreción que
quedaba en tu ligera cabeza la dejaste a bordo, en tu caja de herramientas.
—Cuando se quedó solo, siguió diciendo para sí—: Nadie puede saber cómo
terminará este muchacho. Ojalá no hubiese tomado sobre mis hombros la
responsabilidad de educarle.
Pasaron tres semanas antes de que el
desconocido de nombre estrafalario iniciase al fin su recuperación. Durante
este período, Allan se interesó continuamente por él en la hospedería y cuando
se autorizó al enfermo a recibir visitas, fue el primero en plantarse junto a
su cama. Hasta entonces, el discípulo de Mr. Brock no había hecho más que
mostrar un interés natural por uno de los pocos incidentes románticos que
habían interrumpido la monotonía de la vida en aquel pueblo: no había cometido
imprudencia alguna, ni dado motivo para que lo criticasen. Pero con el paso de
los días, las visitas del joven Armadale a la posada empezaron a alargarse
considerablemente, y el médico, que era un viejo prudente, insinuó al párroco
la conveniencia de que tomase cartas en el asunto. Mr. Brock captó enseguida la
insinuación, actuó en consecuencia y descubrió que Allan había cedido una vez
más a sus impulsos habituales. Le había tomado gran aprecio al portero
vagabundo y había invitado a Ozias Midwinter a residir definitivamente en el
pueblo, en su nueva e interesante calidad de amigo íntimo de Allan.
Antes de que Mr. Brock pudiese tomar una
decisión acerca de lo que debía hacer en este caso, recibió una nota de la
madre de Allan donde le pedía que, como viejo amigo que era, la visitase en sus
habitaciones. Allí encontró a Mrs. Armadale presa de una violenta agitación
nerviosa, causada sobre todo por una reciente conversación con su hijo. Allan
había estado sentado con ella toda la mañana y sólo había hablado de su nuevo
amigo. El individuo del horrible nombre (como le llamaba la pobre Mrs.
Armadale) había interrogado a Allan, en términos singularmente inquisitivos,
sobre él mismo y su familia, pero se había reservado su propia historia
personal. Desgraciadamente, Allan sólo se había enterado de que, en un período
anterior de su vida, aquel hombre se había familiarizado con el mar y con la
navegación a vela e inmediatamente se había formado un lazo de amistad entre
los dos. Mostrando contra el desconocido (por el solo hecho de ser desconocido)
una desconfianza que a Mr. Brock le pareció bastante irracional, Mrs. Armadale
suplicó al párroco que acudiese a la posada sin perder un instante y no parase
hasta conseguir que el hombre le diese debida cuenta de quién era.
—¡Averigüe todo lo que pueda sobre sus padres!
—le pidió con vehemencia—. Asegúrese antes de irse de que no es un vagabundo
que ronda por el país bajo un nombre falso.
—Mi querida señora —replicó el clérigo,
tomando sumisamente su sombrero—, aunque podamos dudar de otras cosas, supongo
que podemos estar seguros de que el nombre de ese individuo es verdadero. Es
tan feo que debe ser auténtico. Ningún ser humano escogería un nombre como
Ozias Midwinter.
—Puede que tenga usted razón y tal vez estoy
completamente equivocada; pero, por favor, vaya a verlo —insistió Mrs.
Armadale—. Vaya y no se ande con consideraciones, Mr. Brock. ¿Cómo podemos
saber que su enfermedad no es fingida?
Era inútil discutir con ella. Si todo el
Colegio de Médicos hubiese certificado la enfermedad del hombre, Mrs. Armadale,
en el estado mental en que se hallaba, habría desconfiado del Colegio en pleno,
desde el decano hasta el último de sus miembros. Mr. Brock hizo lo único que
podía para salir del mal paso: sin añadir palabra, partió inmediatamente hacia
la posada.
Ozias Midwinter, que se estaba recuperando de
su fiebre cerebral, presentaba un aspecto impresionante a primera vista. La
cabeza afeitada, toscamente envuelta en un viejo pañuelo de seda amarillo, las
macilentas mejillas, los brillantes ojos castaños, extraordinariamente grandes
y salvajes, la barba negra y enmarañada, los dedos largos y nervudos,
adelgazados hasta el punto de que parecían garras; todo ello contribuyó a
desconcertar al párroco mientras se iniciaba la entrevista. Cuando desapareció
el primer sentimiento de sorpresa, la siguiente impresión no tuvo nada de
agradable. Mr. Brock tuvo que confesarse que los modales del desconocido decían
muy poco en su favor. La opinión general da por sabido que, si un hombre es
sincero, tiene que demostrarlo mirando a los ojos a sus interlocutores. Pero si
este hombre era sincero, sus ojos parecían perversamente empeñados en negarlo,
mirando otra parte. Posiblemente se veían en cierto modo afectados por la
nerviosa inquietud del organismo, que parecía invadir todas las fibras de su
escuálido y menudo cuerpo. La sana constitución anglosajona del párroco se
estremecía con cada movimiento casual de los dedos ágiles y morenos del portero
y con cada contracción de aquel rostro amarillo y macilento. «¡Que Dios me perdone!
—pensó Mr. Brock, recordando a Allan y a la madre de éste—. ¡Ojalá se me
ocurriese la manera de librarnos de Ozias Midwinter!»
La conversación que se entabló entre los dos
fue muy cautelosa. Mr. Brock tanteaba delicadamente el terreno, pero a pesar de
todos sus esfuerzos, su interlocutor lo mantenía, más o menos cortésmente, en
la oscuridad. Desde el principio hasta el fin, el verdadero carácter del hombre
evadió, con la timidez de un animal salvaje, los intentos del párroco. Empezó
con una declaración que su aspecto hacía inverosímil: afirmó que sólo tenía
veinte años. En lo tocante al tema del colegio, sólo se avino a declarar que su
recuerdo era terrible para él. Sólo llevaba diez días en su puesto cuando los
primeros síntomas de la enfermedad provocaron su despido. No podía decir cómo
había llegado al campo donde lo habían encontrado. Recordaba haber viajado una
larga distancia en ferrocarril, con un objetivo que, si había existido, ahora
no podía recordar, y que entonces se había dirigido a pie hacia la costa,
durante todo un día o toda una noche..., no podía afirmarlo con seguridad.
Cuando su mente empezó a flaquear, la idea del mar bullía en su cabeza. Había
trabajado en el mar de niño. Después lo había dejado y había conseguido un
empleo en una librería de una ciudad en provincias. También había dejado la
librería y pasó a trabajar en el colegio. Ahora lo habían despedido de éste y
tendría que probar otra cosa. Importaba poco lo que fuese, pues tarde o
temprano lo esperaba el fracaso (del cual no podía culpar a nadie, salvo a él
mismo). No tenía amigos a quienes pudiese recurrir y, en cuanto a sus
parientes, prefería no hablar de ellos. Por lo que sabía, podían estar muertos,
y lo mismo podían decir ellos de él. No negaba que resultaba muy doloroso tener
que reconocer esto en un período tan temprano de su vida. Podía predisponer en
su contra las opiniones de los demás, como ocurría sin duda con la del
caballero que le estaba hablando en aquel momento.
Estas extrañas respuestas fueron dadas en un
tono y con unos modales desprovistos de amargura, y el clérigo no las recibió
con indiferencia. Ozias Midwinter, a sus veinte años, hablaba de su vida como
habría podido hacerlo Ozias Midwinter a los setenta, con un cansancio de años
que había aprendido a soportar con paciencia.
Dos circunstancias se oponían fuertemente a la
desconfianza con que, llevado de su perplejidad, consideraba ciegamente Mr.
Brock al hombre. Este había escrito a un banco de un lugar lejano de
Inglaterra, de donde recibió el dinero para pagar al médico y al posadero. Un
hombre de mentalidad vulgar, después de actuar de esta manera y de liquidar sus
cuentas, habría considerado con ligereza sus demás obligaciones. En cambio,
Ozias Midwinter hablaba de ellas, y en especial de las que tenía para con
Allan, con un fervor y una gratitud no sólo sorprendentes, sino dolorosas de
escuchar. Mostraba un terrible y sincero asombro de haber sido tratado con
caridad cristiana en una tierra de cristianos. Habló del ofrecimiento de Allan
de sufragar todos los gastos de hospedaje y los cuidados médicos en un tono tal
de gratitud y de sorpresa que era como si un rayo de luz brotara de sus labios.
—¡Válgame Dios! —exclamó el portero
vagabundo—. Nunca había conocido a nadie como él, ¡no sabía que existiesen
personas como él!
Un instante después, el único destello de luz
que se desprendía de la naturaleza apasionada de aquel hombre, se extinguió en
la oscuridad. Sus ojos errantes, volviendo a su costumbre, se desviaron
inquietos de Mr. Brock y su voz adquirió de nuevo aquel aplomo y monotonía que
nada tenían de naturales.
—Le pido disculpas, señor. Estoy acostumbrado
que me persigan, a que me estafen y a que me priven de todo. Lo que no sea esto
me resulta extraño.
Con sentimientos contradictorios hacia aquel
hombre, Mr. Brock le tendió impulsivamente la mano cuando se levantó para
marcharse y después, con súbito recelo, retiró confuso.
—Su intención fue buena, señor —comentó Ozias
Midwinter, con las manos cruzadas a la espalda—. No le critico por haber
cambiado de idea. Un hombre que no puede dar debida cuenta de sí mismo, no
merece que un caballero de su condición le dé la mano.
Mr. Brock salió de la hospedería profundamente
intrigado. Antes de volver junto a Mrs. Armadale, envió a buscar al hijo de
ésta. Lo más probable era que el desconocido hubiese bajado la guardia al
hablar con Allan y, dada la franqueza de éste, no debía temer que le ocultase
nada de lo que había pasado entre los dos.
Pero tampoco aquí obtuvo resultado la
diplomacia de Mr. Brock. Una vez iniciado el tema sobre Ozias Midwinter, Allan
habló por los codos de su nuevo amigo, a su manera jovial acostumbrada. Pero en
realidad no tenía nada importante que decir, pues nada importante le había
revelado. Habían hablado durante horas de construcción de barcos y de
navegación a vela y Allan había recibido algunos consejos valiosos al respecto.
Habían discutido (con la ayuda de diagramas y con más consejos valiosos para
Allan) la seria e inminente cuestión de la botadura del yate. En otras
ocasiones habían tratado diferentes temas, aunque la mayoría de ellos obedecía
al impulso del momento. ¿Había dicho algo Midwinter acerca de sus parientes en
el curso de su amistosa charla? Nada, salvo que no se habían portado bien con
él. ¡Al diablo con los parientes!
¿Se mostraba contrariado por llevar un nombre
tan extraño? En absoluto, había dado ejemplo de sensatez al burlarse él mismo
de su nombre: a fin de cuentas, sonaba bien cuando uno se acostumbraba a él.
¿Qué había visto Allan en él que tanto le había atraído? Allan había visto...
lo que no veía en las personas en general. No era como los demás hombres de la
vecindad. Todos éstos estaban cortados por el mismo patrón. Todos eran
igualmente sanos, robustos, charlatanes, tercos, de piel blanca, rudos; todos
bebían la misma cantidad de cerveza, fumaban durante todo el día en sus pipas
cortas, cabalgaban en los mejores caballos, cazaban con los mejores perros y,
por la noche, ponían sobre su mesa una botella del mejor vino de Inglaterra;
todos se lavaban cada mañana en la misma clase de bañera con agua fría y se
jactaban de ello con las mismas palabras en los fríos días de invierno; a todos
les gustaban las bromas y consideraban que apostar en las carreras de caballos
era una de las acciones más meritorias que podía realizar un ser humano. Eran,
a su manera, tipos excelentes, pero con el grave inconveniente de que eran
todos iguales. Encontrar a un hombre como Midwinter, un hombre que estaba
cortado por otro patrón y que tenía el mérito (en aquellos lugares) de seguir
su propio camino, podía considerarse realmente como un don de Dios.
Dejando toda amonestación para un momento más
oportuno, el párroco volvió junto a Mrs. Armadale. Consideraba que la madre de
Allan era la verdadera responsable de la actual conducta imprudente de su hijo.
Si el muchacho hubiese tenido menos trato con la gente modesta del lugar y
conocido el gran mundo, tanto en el país como en el extranjero, la satisfacción
de cultivar la amistad con Ozias Midwinter habría mostrado menos atractivos
para él.
Consciente del insatisfactorio resultado de su
visita a la posada, Mr. Brock sintió cierta inquietud acerca de cómo recibiría
Mrs. Armadale su información.
Sus malos augurios quedaron pronto
confirmados. A pesar de todos sus esfuerzos, Mrs. Armadale aprovechó la
sospechosa circunstancia del silencio del portero acerca de su propia persona
para justificar las severas medidas que habrían de tomarse para separarle de su
hijo. Si el párroco se negaba a intervenir, declaró que estaba dispuesta a
escribir a Ozias Midwinter de su puño y letra. Tan irritada estaba que
sorprendió a Mr. Brock al volver al tema prohibido para recordarle la
conversación que habían sostenido cinco años atrás, cuando se enteraron del
anuncio publicado en el periódico. Declaró apasionadamente que el vagabundo
Armadale a quien iba dirigido el anuncio y el vagabundo Midwinter de la posada
podían ser, mientras no se demostrase lo contrario, la misma y única persona.
El pastor reiteró en vano su convicción de que aquel nombre sería el último que
escogería un hombre (y en particular un joven) para ocultar su identidad. Pero
nada podía calmar a Mrs. Armadale, salvo una absoluta sumisión a su voluntad.
Temeroso de las consecuencias de toda resistencia, dado el delicado estado de
salud de la dama, y previendo una grave disputa entre madre e hijo si
intervenía ella directamente en el asunto, Mr. Brock se avino a visitar de
nuevo a Midwinter y decirle sin ambages que debía dar una clara explicación
sobre su persona o poner fin a su relación con Allan. A cambio de ello, obtuvo
de Mrs. Armadale dos concesiones: que esperaría con paciencia a que el médico
dictaminase que el hombre se hallaba en condiciones de viajar y que, mientras
tanto, se abstendría de mencionar el asunto a su hijo.
Una semana más tarde, Midwinter pudo dar un
paseo en el tílburi de la posada (con Allan como cochero) y, a los diez días,
el médico informó en privado de que se hallaba en condiciones de viajar. Cuando
declinaba aquel décimo día, Mr. Brock vio a Allan y a su nuevo amigo
disfrutando de los últimos rayos del sol invernal por un camino alejado de la
costa. Esperó a que los dos se separasen y siguió al portero mientras éste
regresaba a la posada.
La resolución del párroco de hablar sin rodeos
de la cuestión amenazaba con debilitarse a medida que se acercaba a aquel
hombre sin amigos y veía la inseguridad de su paso y cómo pendía holgado de sus
hombros el raído gabán, con qué pesadez se apoyaba en el tosco y barato bastón.
Humanamente reacio a pronunciar precipitadamente las palabras decisivas, Mr.
Brock trató primero de halagarlo un poco refiriéndose a sus dotes de lector,
puestas de manifiesto por los libros de Sófocles y de Goethe que habían encontrado
en su bolsa de viaje, y le preguntó cuánto tiempo hacía que conocía el griego y
el alemán. Pero el agudo oído de Midwinter detectó algo raro en el tono de la
voz de Mr. Brock. Se volvió, bajo la luz menguante del crepúsculo, y miró
rápidamente y con recelo la cara del pastor.
—Usted tiene algo que decirme —puntualizó— y
no es precisamente lo que me está preguntando ahora.
No había más remedio que aceptar el desafío.
Con toda delicadeza, y después de un largo preámbulo que el otro escuchó en
silencio, Mr. Brock fue poco a poco al grano. Pero, mucho antes de que llegase
a él, mucho antes de lo que cualquier hombre de sensibilidad ordinaria habría
podido prever lo que vendría después, Ozias Midwinter se detuvo en el camino y
advirtió al párroco que era inútil que siguiese hablando.
—Le comprendo, señor. Mr. Armadale goza de una
sólida posición en el mundo; Mr. Armadale no tiene nada que ocultar, nada de
que avergonzarse. Estoy de acuerdo con usted en que no soy una buena compañía
para él. La mejor manera de corresponder a su gentileza es no seguir abusando
de tanta amabilidad. Tenga por seguro que mañana por la mañana me marcharé de
este lugar.
No añadió nada más ni quiso oír una palabra
más. Con un aplomo que, dada su edad y su temperamento, no dejaba de parecer
maravilloso, se descubrió cortésmente, hizo una breve reverencia y volvió solo
a la posada.
Mr. Brock durmió mal aquella noche. El
resultado de la entrevista celebrada en el camino dificultaba aún más la
solución del problema de Ozias Midwinter.
A la mañana siguiente, muy temprano, el
párroco recibió una carta desde la posada y el mensajero le anunció que el
extraño forastero acababa de partir. La carta incluía una nota abierta dirigida
a Allan, donde se pedía al preceptor de éste que (después de leerla) decidiese
si debía llegar a su destinatario. La nota era sorprendentemente breve: lo
decía todo en doce palabras: «No culpes a Mr. Brock, pues tiene razón. Gracias
y adiós. O.M.»
El párroco envió la nota a su destinatario,
como era natural que hiciese y, al mismo tiempo, dirigió unas líneas a Mrs.
Armadale para calmar su ansiedad con la noticia de la partida del portero.
Hecho esto, aguardó la visita de alumno, que sin duda no se haría esperar
después de recibir la nota; lo cierto es que no se sentía muy tranquilo. La
conducta de Midwinter podía obedecer a algún motivo oscuro, pero hasta el
momento no se podía negar que su comportamiento no justificaba en absoluto la
desconfianza del pastor y sí la buena opinión que Allan se había formado de él.
Transcurrió la mañana y el joven Armadale no
compareció. Después de buscarlo en vano en el astillero donde construía el
yate, Mr. Brock se dirigió a la casa de Mrs. Armadale. La información que le
dio el criado hizo que diese media vuelta y se encaminase a la hospedería. El
posadero le reveló inmediatamente la verdad: el joven Mr. Armadale había estado
allí, con una carta abierta en la mano, y había insistido en saber qué camino
había tomado su amigo. Por primera vez desde que le conocía el posadero, el joven
caballero parecía furioso, y la doncella que atendía a los huéspedes había
mencionado estúpidamente una circunstancia que había añadido leña al fuego.
Había declarado que Mr. Midwinter se había encerrado por la noche en su
habitación y prorrumpido en violentos sollozos. Este detalle sin importancia
había encendido el semblante de Mr. Armadale, quien había estallado en gritos y
juramentos; después había corrido al establo y obligó al mozo de mulas a
ensillarle un caballo. Poco después partió al galope por el mismo camino tomado
por Ozias Midwinter antes que él.
Después de encarecer al posadero que
mantuviera en secreto la conducta de Allan, si algún sirviente de Mrs. Armadale
iba a la posada aquella mañana, Mr. Brock volvió a su casa y esperó con
ansiedad lo que le depararía el día.
Para su infinito alivio, su discípulo se
presentó en la rectoría a avanzada hora de la tarde. Allan se comportó y habló
con una terca decisión completamente nueva en él, por lo que recordaba su viejo
amigo. Sin esperar a que éste lo interrogase, contó lo sucedido como solía, sin
andarse por las ramas. Había alcanzado a Midwinter en la carretera y después de
tratar en vano de hacerle regresar y de averiguar adonde iba, le había
amenazado con acompañarle Jurante el resto del día, y así le había sonsacado
que iba a nrobar suerte en Londres. Sabido esto, Allan había preguntado la
dirección de su amigo en Londres.
El otro le había rogado que no insistiese en
esto, pero él había porfiado enérgicamente y al fin consiguió la dirección al
apelar a la gratitud de Midwinter (cosa que le hizo avergonzarse de sí mismo),
aunque después le pidió perdón por ello.
—Aprecio a ese pobre muchacho y no quiero
renunciar a su amistad —concluyó Allan, descargando un puñetazo sobre la mesa
de la rectoría—. No tema que vaya a causarle disgustos a mi madre; dejo a su
discreción hablar con ella, Mr. Brock, a su manera y cuando lo crea oportuno.
Sólo le diré una cosa más, para dejar zanjada la cuestión. Aquí, en mi libreta,
está la dirección, y aquí estoy yo, firme y resuelto por una vez a hacer mi
voluntad. Les doy, a usted y a mi madre, tiempo para reflexionar; pero,
transcurrido éste, si mi amigo Midwinter no viene a mí, yo iré a su encuentro.
Así quedó el asunto de momento y tal fue el
resultado de haber lanzado de nuevo al infeliz portero por los caminos del
mundo.
Transcurrió un mes y amaneció el nuevo año de
mil ochocientos cincuenta y uno. Pasando por alto este breve período, Mr. Brock
consideró con angustiados sentimientos el siguiente suceso, para él, el más
triste, el más digno de recuerdo de toda la serie de acontecimientos: la muerte
de Mrs. Armadale. El primer aviso de la inminente calamidad siguió de cerca a
la partida del portero, en diciembre, y se produjo en unas circunstancias que
quedaron dolorosamente grabadas para siempre en la memoria del clérigo.
Tres días después de que Midwinter hubiese
partido hacia Londres, una mujer elegantemente vestida, que llevaba un traje y
un sombrero de seda negros y un chal rojo, y que le era totalmente desconocida,
se acercó a Mr. Brock en una calle del pueblo para preguntarle la dirección de
Mrs. Armadale. Hizo la pregunta sin levantar el grueso velo que le ocultaba el
rostro. Mientras le daba las instrucciones necesarias, Mr. Brock observó que
era una mujer sumamente elegante y graciosa. Se quedó mirándola después de que
ella le diese las gracias con una inclinación de cabeza y se apartase, mientras
el clérigo se preguntaba quién podía ser aquella visitante de Mrs. Armadale.
Un cuarto de hora más tarde, la dama, todavía
cubierta con el velo, se cruzó de nuevo con Mr. Brock cerca de la hospedería.
Entró en el edificio y habló con la posadera. Al ver que el hostelero salía
poco después y se dirigía apresuradamente al establo, Mr. Brock se preguntó si
la dama se disponía a marcharse. Sí, había venido de la estación del
ferrocarril en el ómnibus, pero volvía allí más dignamente, en un carruaje
alquilado y proporcionado por la posada.
El párroco continuó su paseo, bastante
sorprendido al comprobar que sus pensamientos giraban curiosamente en torno a
una mujer desconocida. Cuando llegó a su casa, se encontró con que el médico
del pueblo estaba esperando su regreso, con un mensaje urgente de la madre de
Allan. Hacía más o menos una hora que habían avisado al médico para que fuese a
visitar inmediatamente a Mrs. Armadale. La había encontrado presa de un
alarmante ataque de nervios, provocado (según sospechaban los criados) por una
visitante inesperada y posiblemente no deseada, que se había presentado aquella
mañana. El médico había recetado lo necesario y no temía que el ataque tuviese
consecuencias peligrosas. Pero cuando la paciente se recobró, le había dicho
que debía ver inmediatamente a Mr. Brock, de manera que había considerado
conveniente complacerla y decidió pasar por la rectoría para transmitir el
mensaje.
Al observar a Mrs. Armadale con un interés
mucho más profundo que el del médico, cuando Mr. Brock entró en la habitación
vio en su semblante señales suficientes para justificar su inmediata y seria
alarma. Pero ella no le dio oportunidad de apaciguarla, hizo caso omiso de
todas sus preguntas. Lo único que quería eran respuestas y estaba resuelta a
obtenerlas. ¿Había visto Mr. Brock a la mujer que la había visitado? Sí. ¿La
había visto Allan? No, Allan había estado trabajando desde después del desayuno
en el astillero y allí estaba todavía. Esta última respuesta pareció
tranquilizar de momento a Mrs. Armadale, que formuló la siguiente pregunta (la
más sorprendente de las tres) con mayor serenidad. ¿Pensaba el párroco que
Allan pondría reparos a suspender el trabajo en el yate y acompañar a su madre
en un viaje para buscar una nueva casa en algún otro lugar de Inglaterra?
Sumamente asombrado, Mr. Brock preguntó qué razón podía haber que la indujese a
abandonar su residencia. La razón que le expuso Mrs. Armadale sólo sirvió para
aumentar su sorpresa. La primera visita de la mujer podía ir seguida de una
segunda antes que verla de nuevo, antes que correr el riesgo de que Allan la
viese y hablase con ella, Mrs. Armadale estaba dispuesta a abandonar Inglaterra
si fuese necesario y terminar sus días en un país extranjero. Fundándose en su
experiencia de juez, Mr. Brock preguntó si la mujer le había pedido dinero. Sí:
a pesar de su elegante atuendo, había dicho que estaba «muy apurada», había
pedido dinero y lo había obtenido. Pero el dinero carecía de importancia; lo
principal era marcharse antes de que volviese la mujer. Cada vez más
sorprendido, Mr. Brock se atrevió a formular otra pregunta. ¿Hacía mucho tiempo
que Mrs. Armadale no veía a su visitante? Sí, veintiún años, los mismos que
tenía Allan. Al oír esta respuesta, el párroco cambió de táctica y utilizó su
experiencia como amigo.
—¿Guarda esta persona alguna relación con los
dolorosos recuerdos de su juventud?
—Sí, con los dolorosos recuerdos de los días
en que estuve casada —respondió Mrs Armadale—. Tuvo que ver, cuando sólo era
una niña, con una circunstancia que recordaré con vergüenza y dolor hasta el
día de mi muerte.
Mr. Brock advirtió el tono alterado en que se
había expresado su amiga y la renuencia con que había dado su respuesta.
—¿Puede decirme algo más de ella, sin
referirse a usted misma? —prosiguió el clérigo—. Estoy seguro de que podré
protegerla, si usted me ayuda un poco. Por ejemplo su nombre. ¿Puede decirme su
nombre?
Mrs. Armadale sacudió la cabeza.
—El nombre por el que yo la conocía —replicó—
le sería de ninguna utilidad. Más tarde se casó, según ha dicho ella misma.
—¿Y no le ha dado su apellido de casada?
—Se ha negado a decírmelo.
—¿Sabe algo de sus conocidos?
—Sólo de sus conocidos de la infancia. Su tío
y su tía, según decían ellos. Eran gente de baja estofa y la abandonaron en la
escuela de la hacienda de mi padre. Nunca volvimos a saber de ellos.
—¿Permaneció ella bajo el cuidado del padre de
usted?
—Permaneció bajo mi cuidado, quiero decir que
viajó con nosotros. Precisamente entonces estábamos a punto de salir de
Inglaterra con rumbo a Madeira. Mi padre me autorizó para que la llevase
conmigo y la enseñase para convertirla en mi doncella...
Después de pronunciar estas palabras, Mrs.
Armadale se interrumpió, confusa. Mr. Brock trató amablemente de que
prosiguiera. Pero fue inútil; ella se levantó, presa de violenta agitación y
empezó a pasear nerviosamente por la estancia.
—¡No me pregunte más! —gritó, en tono fuerte e
irritado—. Me separé de ella cuando la niña tenía doce años. Nunca volví a
verla, nunca volví a saber de ella, hasta hoy. No sé cómo ha podido encontrarme
después del tiempo transcurrido; sólo sé que me ha encontrado. La próxima vez
encontrará a Allan y envenenará la mente de mi hijo contra mí. ¡Ayúdeme a
alejarme de ella! ¡Ayúdeme a llevarme a Allan de aquí antes de que ella vuelva!
El párroco no hizo más preguntas, habría sido
una crueldad seguir interrogándola. Lo más urgente era tranquilizarla con la
promesa de cumplir todos sus deseos. Después, había que inducirla a ver a otro
médico. Para alcanzar este último objetivo, Mr. Brock le recordó que necesitaba
recuperar fuerzas para viajar y que su médico de cabecera la restablecería con
más rapidez si contaba con la ayuda de un eminente profesional. Vencida así la
habitual resistencia de la dama a ver a desconocidos, el párroco fue enseguida
al entro de Allan y, ocultando delicadamente lo que Mrs. Armadale le había
confiado durante la entrevista, le comunicó que su madre estaba gravemente
enferma. Allan se negó a enviar mensajeros en busca de ayuda: se dirigió en el
acto a la estación del ferrocarril y telegrafió personalmente a Bristol para
pedir asistencia médica.
A la mañana siguiente llegó el facultativo,
quien confirmó los peores temores de Mr. Brock. El médico del pueblo había
errado fatalmente en su diagnóstico desde el principio y ahora no estaban ya a
tiempo de remediar los errores de su tratamiento. La impresión que había
recibido la mañana anterior había agravado el mal. Mrs. Armadale tenía los días
contados.
El hijo que la adoraba y el viejo amigo para
quien su vida era preciosa esperaron en vano hasta el final. Al cabo de un mes
de la visita del médico se acabó toda esperanza y Allan derramó las primeras
lágrimas amargas de su vida sobre la tumba de su madre.
Ésta había muerto más apaciblemente de lo que
Mr. Brock se había atrevido a esperar, dejó su pequeña fortuna a su hijo y lo
encomendó solemnemente al cuidado del único amigo que ella tenía en el mundo.
El párroco le había suplicado que le permitiese escribir a sus hermanos para
tratar de reconciliarlos con ella antes de que fuese demasiado tarde. Ella le
había respondido, tristemente, que era ya demasiado tarde. Durante su última
enfermedad sólo se le había escapado una referencia a los remotos pesares que
habían gravitado sobre toda su vida y que se habían levantado ya tres veces,
como sombras del mal, entre el párroco y ella, pero ni siquiera en su lecho de
muerte había permitido que se hiciese la luz sobre la historia de su pasado.
Había mirado a Allan, arrodillado al lado de la cama, y había murmurado al oído
de Mr. Brock: «¡No permita jamás que su homónimo se acerque a él! ¡No permita
jamás que esa mujer lo encuentre!» Ninguna otra palabra que hiciese referencia
a sus desdichas del pasado o a los peligros que temía para el futuro brotó de
sus labios, se llevó a la tumba su secreto, el secreto que se había negado a
revelar a su hijo y a su amigo.
Terminadas las últimas ceremonias de afecto y
de respeto, Mr. Brock, como albacea de la difunta, se creyó en el deber de
escribir a los hermanos de ésta para informarle de su muerte. Pensando que
debía enfrentarse a dos hombres que tal vez interpretarían mal sus motivos si
no explicaba la posición de Allan, les comunicó que el hijo de Mrs. Armadale
había quedado en buena situación económica y añadió que el objeto de su carta
era, simplemente, comunicarles la noticia del fallecimiento de su hermana. Las
dos cartas fueron enviadas a mediados de enero y el pastor recibió las
respuestas a vuelta de correo. La primera que abrió no había sido escrita por
el hermano mayor, sino por el hijo único de éste. El joven había heredado la
hacienda de Norfolk a la muerte de su padre, acaecida hacía poco tiempo.
Escribía en términos francos y amistosos, y aseguraba a Mr. Brock que, por muy
fuerte que hubiese sido los prejuicios de su padre contra Mrs. Armadale, el
hijo no había compartido nunca esta hostilidad. En cuanto a él, sólo debía
añadir que se sentiría sinceramente dichoso de dar la bienvenida a su primo en
Thorpe-Ambrose, si éste pasaba por allí.
La segunda carta contenía una respuesta mucho
menos agradable que la primera. El hermano menor vivía todavía y continuaba
resuelto a no olvidar ni perdonar. Informaba a Mr. Brock que el marido elegido
por su hermana y la conducta de ella para con su padre en ocasión del su
matrimonio habían hecho imposible toda relación del afecto o estima por su
parte, desde aquellos días en adelante. Dadas las circunstancias, sería tan
penoso para sus sobrino como para él sostener cualquier relación personal.
Había consignado, en los términos más generales que le había sido posible, la
naturaleza de las diferencias que le habían mantenido apartado de su difunta
hermana, con el fin de que Mr. Brock comprendiese que todo contacto personal
con el joven Armadale habría estado, por delicadeza, fuera de lugar. Acto
seguido, rogaba que cesara tal correspondencia.
Mr. Brock destruyó prudentemente y en el acto
la segunda carta, y, después de mostrar a Allan la invitación de su primo, le
sugirió que viajase a Thorpe-Ambrose en cuanto se creyese en condiciones de
presentarse a unos desconocidos. Allan escuchó pacientemente el consejo, pero
rehusó seguirlo.
—Estrecharé de buen grado la mano de mi primo,
si algún día nos encontramos, pero no visitaré a esa familia ni me alojaré en
una casa donde mi madre recibió tan desconsiderado trato.
Mr. Brock lo reprendió amablemente y trató de
hacerle ver las circunstancias bajo un punto de vista adecuado. Incluso en
aquellos tiempos, incluso ignorando todavía los acontecimientos que a la sazón
se cernían sobre ellos, la extraña posición de aislamiento de Allan en el mundo
era objeto de grave preocupación por parte de su viejo amigo y preceptor. La
invitación a visitar Thorpe-Ambrose brindaba a Allan la oportunidad de contraer
amistades y relaciones propias de su rango y su edad, que era lo que Mr. Brock
más deseaba; pero Allan no se dejó convencer, se mostró obstinado y terco, y el
párroco no tuvo más remedio que abandonar el tema.
Una tras otra, las semanas fueron
transcurriendo con monotonía y Allan, contrariamente a lo que demandaba su edad
y su carácter, mostró muy poca flexibilidad en soportar la desgracia que le
había privado de su madre. Terminó su yate y lo botó, pero sus propios
empleados observaron que parecía haber perdido todo interés en el trabajo. No
era natural que el joven se entregase a la soledad y al dolor de aquella forma.
Al avanzar la primavera, Mr. Brock empezó a inquietarse por el futuro si Allan
no recobraba al punto su ánimo mediante un cambio de aires. Después de hondas
reflexiones, el párroco decidió proponer un viaje a París y prolongarlo hacia
el sur si su companero mostraba algún interés por conocer el continente. Allan
acogió la proposición de una manera que contrastaba con su obstinación en
negarse a cultivar el trato con su prójimo: estaba dispuesto a acompañar a Mr.
Brock adonde éste desease. El párroco le tomó la palabra y a mediados de marzo
aquellos dos compañeros tan dispares salieron hacia Londres, para continuar
después hacia París.
Pero, al llegar a Londres, Mr. Brock se
encontró inesperadamente con otro motivo de preocupación. El desagradable tema
de Ozias Midwinter, que había permanecido felizmente enterrado desde principios
de diciembre, volvió a la superficie y colocó al párroco, desde el inicio mismo
del viaje, en una situación más conflictiva que nunca.
La posición de Mr. Brock, en lo tocante a este
complicado asunto, había sido bastante difícil de mantener cuando había
intervenido por primera vez en él. Ahora se encontraba en desventaja para
conservarla. Los acontecimientos se habían desarrollado de tal suerte que la
diferencia de opinión entre Allan y su madre con respecto al portero no había
tenido nada que ver con la agitación que había precipitado la muerte de Mrs.
Armadale. La decisión de Allan de no pronunciar palabras irritantes y la
renuencia de Mr. Brock a tocar un tema tan conflictivo habían hecho que ambos
guardasen silencio sobre Midwinter en presencia de Mrs. Armadale, durante los
tres días que mediaron entre la partida de aquella persona y la aparición de la
forastera en el pueblo. Durante el período de intranquilidad y sufrimiento que
había sucedido, fue imposible suscitar de nuevo el tema del portero. Pero,
libre de toda inquietud mental a este respecto, Allan había conservado
tenazmente su perverso interés en su nuevo amigo. Había escrito a Midwinter
para comunicar su desgracia y ahora se proponía (a menos que el párroco se
opusiese a ello formalmente) visitar a su amigo antes de salir para París a la
mañana siguiente. ¿Qué debía hacer Mr. Brock? No se podía negar que la conducta
de Midwinter había dado un mentís irrebatible a la infundada desconfianza de
Mrs. Armadale. Si el párroco, sin ninguna razón convincente y sin más derecho a
intervenir que el que le confería la cortesía de Allan, se negaba a aprobar la
visita propuesta, ya podía renunciar a que la antigua buena relación y
confianza entre preceptor y discípulo continuase durante el viaje proyectado.
Envuelto en unas dudas que un hombre menos justo y sensible habría desdeñado,
Mr. Brock pronunció unas frases precautorias y (confiando en la discreción y la
abnegación de Midwinter, que de buen grado reconocía, que en él mismo) dejó a
Allan en libertad de hacer lo que quisiera.
Después de esperar una hora durante la
ausencia de su discípulo, durante la cual paseó por las calles, el párroco
regresó al hotel y, al encontrar un periódico en el salón de café, se sentó
para echarle un vistazo. Miró distraídamente la primera página e inmediatamente
un anuncio inserto en lugar destacado le llamó la atención. En él aparecía de
nuevo el misterioso homónimo de Allan, en letras mayúsculas y relacionado esta
vez (en carácter de difunto) con el ofrecimiento de una recompensa pecuniaria.
Decía así:
DADO POR MUERTO. —A los escribanos
parroquiales, sepultureros y otros: Se ofrecen veinte libras de recompensa a
cualquier persona que pueda aportar pruebas de la muerte de ALLAN ARMADALE,
hijo único del difunto Allan Armadale, de Barbados, y nacido en aquella isla en
el año 1830. Para más detalles, pueden dirigirse a Hammick y Ridge, Lincoln's
Inn Fields, Londres.
Incluso la mente esencialmente poco
imaginativa de Mr. Brock empezó a tambalearse a impulsos de la superstición,
cuando dejó el periódico.
Poco a poco se apoderó de él la vaga sospecha
de que todos los acontecimientos que habían seguido a la primera aparición del
homónimo de Allan en los periódicos, seis años atrás, estaban relacionados por
alguna conexión misteriosa y tendían a algún objetivo imposible de imaginar.
Sin saber por qué, empezó a inquietarse por la ausencia de Allan. Estaba
impacientándose y deseaba sacar a su alumno de Inglaterra antes de que
ocurriese algo más de la noche a la mañana.
Una hora después, el regreso de Allan al hotel
libró al Párroco de cualquier angustia inmediata. El joven se mostró
contrariado y desanimado. Había encontrado la residencia de Midwinter, pero
éste no estaba en casa. Lo único que pudo decirle la patrona fue que había
salido a la hora habitual para almorzar en el restaurante más cercano y que no
había regresado a la hora de costumbre, según sus hábitos regulares. En vista
de ello, Allan había ido a preguntar por él en el restaurante y al describir a
su amigo comprendió que allí lo conocían muy bien. Solía consumir una comida
frugal y permanecer después media hora leyendo el periódico. Pero, en esta
ocasión, había tomado el periódico como de costumbre, después de almorzar, y lo
había arrojado súbitamente a un lado para salir a toda prisa, nadie sabía en
qué dirección. Como no había podido conseguir más información, Allan había
dejado una nota en la casa de huéspedes, donde detallaba la dirección de su
hotel y suplicaba a Midwinter que acudiese a despedirse de él antes de su
partida hacia París.
Transcurrió la noche y el invisible amigo de
Allan no compareció. Llegó la mañana sin que se presentase ningún obstáculo y
Mr. Brock junto con su discípulo salieron de Londres. Hasta entonces la suerte
se había puesto al fin de parte del pastor. Ozias Midwinter, después de salir
intempestivamente a la superficie, se había perdido otra vez de vista. ¿Qué
pasaría ahora?
Avanzando una vez más, sólo por tres semanas,
desde el pasado hacia el presente, la memoria de Mr. Brock saltó al siguiente
suceso, acaecido el siete de abril. Por fin parecía haberse roto la cadena. El
nuevo acontecimiento no guardaba, al parecer, ninguna relación (a su modo de
ver, como al de Allan) con ninguna de las personas o de las circunstancias que
había representado un papel en el pasado.
Ahora, los viajeros estaban en París. El ánimo
de Allan había mejorado con el cambio y una carta que había recibido de
Midwinter con noticias que el propio Mr. Brock consideró esperanzadoras para el
futuro, le predispuso aún más a disfrutar de la novedad del escenario en que se
hallaba. El exportero había tenido que ausentarse por cuestiones de negocios
cuando Allan había ido a visitarlo a su pensión; una circunstancia accidental
lo había puesto aquel día en franca comunicación con sus parientes. El resultado
había sido para él una sorpresa: inesperadamente consiguió una pequeña renta
para el resto de sus días. A pesar de que se veía favorecido por la suerte,
todavía no trazaba planes para el futuro, pero si Allan quería saber lo que iba
a hacer su amigo, el agente de éste en Londres (cuya dirección incluía)
recibiría su correspondencia e informaría de su paradero a Mr. Armadale. Al
recibir esta carta, Allan tomó la pluma con su precipitación habitual e invitó
a Midwinter a reunirse inmediatamente con él y con Mr. Brock para continuar
juntos el viaje. Transcurrieron los últimos días de marzo sin que llegase
ninguna respuesta a su invitación. Llegó el mes de abril y el día siete Allan
encontró al fin una carta sobre la mesa del desayuno. La tomó rápidamente, miró
la dirección y la soltó de nuevo, con impaciente ademán. La letra no era de
Midwinter. Terminó el desayuno antes de molestarse en leer el contenido de la
misiva.
Después, el joven Armadale abrió perezosamente
la carta. Empezó a leerla con expresión de suprema indiferencia. Pero, cuando
terminó la lectura, se levantó de un salto de la silla y lanzó un grito de
asombro. Preguntándose, con motivo, a qué se debería aquella extraordinaria
reacción, Mr. Brock tomó la carta que su discípulo le había arrojado desde el
otro lado de la mesa. Antes de llegar al final, dejó caer las manos sobre las
rodillas y la expresión de perplejidad que se había pintado en el semblante del
alumno se reflejó ahora en la suya.
Si dos hombres habían tenido alguna vez buenas
razones para perder el aplomo, éstos eran Allan y el pastor. La carta que les
había dejado perplejos a los dos contenía, indudablemente, un anuncio que a
primera vista parecía sencillamente increíble. La noticia procedía de Norfolk y
era la siguiente. En poco más de una semana, la muerte había segado nada menos
que tres vidas en la familia de Thorpe-Ambrose... ¡Allan Armadale era heredero
de una hacienda que rendía ocho mil libras al año!
Una segunda lectura de la carta permitió al
párroco y a su compañero precisar detalles que se les habían escapado al
principio. El abogado de la familia Thorpe-Ambrose había escrito la carta.
Después de comunicar a Allan la muerte de su primo Arthur, a la edad de
veinticinco años; de su tío Henry, a los cuarenta y ocho; y de su primo John, a
los veintiuno, el abogado hacía un breve resumen del testamento del viejo Mr.
Blanchard. Los derechos de los varones tenían preferencia, como sucede en estos
casos, sobre los de las mujeres. Si moría Arthur sin descendientes varones, la
herencia pasaba a Henry y sus descendientes varones y, a falta de éstos, al
pariente varón más próximo. Dadas las circunstancias, los dos jóvenes, Arthur y
John, habían muerto solteros, y Henry Blanchard había fallecido dejando sólo
una hija. De esta manera, Allan era el heredero sustituto designado en el
testamento y, por tanto, sucesor legal en la herencia de Thorpe-Ambrose.
Después de hacer este extraordinario anuncio, el abogado solicitaba
instrucciones de Mr. Armadale y añadía, para terminar, que gustosamente le
facilitaría cualquier otro detalle que desease conocer.
Era inútil perder tiempo dándole vueltas a un
suceso que ni Allan ni su madre habían considerado ni remotamente posible. Lo
único que debían hacer era volver inmediatamente a Inglaterra. Al día
siguiente, los viajeros se instalaron de nuevo en su hotel de Londres y un día
más tarde pusieron el asunto en manos de un profesional. Siguieron los
inevitables trámites y consultas y, uno a uno, fueron llegando todos los
detalles importantes, hasta que se consideró que la información ya era
completa.
He aquí la extraña historia de las tres
muertes:
Cuando Mr. Brock había escrito a los parientes
de Mrs. Armadale para darles la noticia del fallecimiento de la dama (es decir,
a mediados de enero), la familia de Thorpe-Ambrose se componía de cinco
personas: Arthur Blanchard (amo de la hacienda) y su madre, que vivían en la
casa solariega; su tío Henry Blanchard, viudo, y un hijo y una hija de éste,
que vivían en la vecindad. Para estrechar aún más los lazos familiares, Arthur
Blanchard y su prima estaban prometidos en matrimonio. La boda debía celebrarse
con grandes festejos el siguiente verano, cuando la novia cumpliera veinte
años.
El mes de febrero había llevado cambios a la
situación de la familia. Observando síntomas de debilidad en la salud de su
hijo, por consejo del médico Mr. Henry Blanchard había abandonado Norfolk en
compañía del muchacho con la esperanza de que el clima de Italia le sentaría
mejor. A primeros del siguiente mes de marzo, Arthur Blanchard salió también de
Thorpe-Ambrose por unos días, con motivo de un negocio que requería su
presencia en Londres. Aquel negocio lo llevó a la City. Cansado de los
continuos atascos de las calles, decidió regresar al oeste en uno de los
vapores fluviales y halló la muerte en este viaje de regreso.
Cuando el vapor se alejo del muelle, se fijó
en una mujer que estaba cerca de él y que había mostrado una extraña vacilación
al embarcar y había sido el último pasajero en subir a bordo. Vestía un pulcro
traje de seda negro, llevaba un chal rojo sobre los hombros y ocultaba el
rostro detrás de un grueso velo. A Arthur Blanchard le chocó la gracia y la
elegancia de su figura, y sintió la curiosidad propia de un joven por verle el
rostro. Ella no levantó el velo ni volvió la cabeza en su dirección. Después de
dar unos pasos vacilantes sobre la cubierta, se dirigió de pronto hacia la popa
del barco. Un instante después, el timonel lanzó un grito de alarma y se
pararon las máquinas. La mujer se había arrojado por la borda.
Todos los pasajeros corrieron a las
barandillas para mirar. Sólo Arthur Blanchard, sin dudarlo un instante, se
lanzó al río. Era un experto nadador y alcanzó a la mujer cuando ésta emergía a
la superficie después de la primera zambullida. No tardaron en socorrerlos y
llevarlos sanos y salvos a la orilla. Condujeron a la mujer al cuartelillo de
policía más próximo y pronto recobró el sentido; su salvador dio su nombre y
dirección, como es de rigor en tales casos, al inspector de guardia, quien le
aconsejó prudentemente que tomase un baño caliente y enviase a buscar ropa seca
a su residencia. Arthur Blanchard, que nunca había estado enfermo desde su
infancia, se burló del consejo y regresó en un coche de alquiler. Al día
siguiente, estaba demasiado enfermo para acudir a declarar ante el juez. Una
semana después, estaba muerto.
Henry Blanchard y su hijo recibieron en Milán
la noticia de aquella desgracia y una hora después emprendieron el viaje de
regreso a Inglaterra. Aquel año, el deshielo había empezado en los Alpes antes
de lo acostumbrado el paso por los puertos resultaba sumamente peligroso. Padre
e hijo, que viajaban en su propio carruaje, se cruzaron en la montaña con el
coche del correo que volvía después de entregar las cartas a sus destinatarios.
Dirigieron a los ingleses vanos consejos que en circunstancias normales habrían
sido atendidos. Su impaciencia por hallarse de nuevo en casa después de la
tragedia acaecida en su familias no admitía dilaciones. Los postillones se
vieron tentados a seguir adelante por medio de propinas que los ingleses
ofrecieron con largueza. El carruaje siguió su camino y se perdió de vista
entre la niebla. Sólo volvieron a verlo cuando lo desenterraron en el fondo de
un precipicio: hombres, caballos y vehículo, aplastados bajo los escombros de
un alud.
Así se vieron segadas tres vidas por la
muerte. Así, en una clara secuencia de desgracias, el intento de suicidio de
una mujer en el río había abierto, para Allan Armadale, la sucesión en la
herencia de Thorpe-Ambrose.
¿Quién era aquella mujer? El hombre que le
había salvado la vida no lo supo jamás. El juez que la amonestó, el capellán
que la exhortó y el periodista que habló de ella en letra impresa... no
llegaron a averiguarlo. Se había dicho de ella con sorpresa que, a pesar de su
elegante atuendo, había manifestado estar «desesperada». Había expresado la más
profunda contrición, pero insistió en dar un nombre que era a todas luces
falso, en contar una historia vulgar, sin duda inventada, y en negarse hasta el
final a dar alguna indicación de quiénes eran sus parientes. Una dama miembro
de una institución caritativa («impresionada por su extraordinaria belleza y
elegancia») había ofrecido tomarla a su cargo y hacer todo lo posible por
mejorar su estado de ánimo. La experiencia del primer día con la penitente
había estado lejos de resultar satisfactoria y la del segundo día había sido
concluyente. La mujer se había escapado de la institución y aunque el clérigo
visitador, que se había tomado por ella un interés especial, consiguió que se
realizaran gestiones extraordinarias para encontrarla, todos los esfuerzos
resultaron inútiles.
Mientras se procedía a esta vana investigación
(emprendida por deseo expreso de Allan), los abogados habían realizado las
formalidades preliminares para la transmisión de la herencia. Lo único que
faltaba era que el uevo dueño de Thorpe-Ambrose decidiese cuándo iba a tomar
personalmente posesión de la finca de la que ahora era propietario legal.
Como el asunto dependía necesariamente sólo de
él, Allan lo resolvió a su manera, de forma impulsiva y generosa. Rehusó de
plano tomar posesión de la finca hasta que Mrs. Blanchard y su sobrina (a
quienes se había permitido, por cortesía, permanecer hasta entonces en su
antiguo hogar) se hubiesen recuperado de la tragedia que las abrumaba y
estuviesen en condiciones de decidir, por ellas mismas, lo que iban a hacer en
el futuro. A esta resolución siguió una correspondencia privada con
ofrecimientos, por parte de Allan, de cuanto pudiera ofrecerles (en una casa
que no había visto todavía), y una buena disposición (aunque discretamente
disimulada), por parte de las damas, a aceptar la generosidad del joven
caballero en la cuestión del tiempo. Para asombro de sus asesores jurídicos,
Allan entró en su despacho una mañana en compañía de Mr. Brock y anunció con
perfecta compostura que las damas habían tenido la bondad de resolver por él la
cuestión y que, atendiendo a su conveniencia, pensaba retrasar su traslado a
Thorpe-Ambrose hasta que se cumpliesen dos meses a partir de aquel día. Los
abogados lo miraron fijamente y Allan, en respuesta, observó a los abogados.
—¿Por qué diablos se extrañan, caballeros?
—pregunto, con un asombro infantil en sus alegres ojos azules—. ¿Por qué no
había de conceder dos meses a las damas, si los necesitan? Dejemos que las
pobrecillas se tomen su tiempo, así estará mejor. ¿Mis derechos? ¿Mi posición?
¡Bah! ¡Bah! No tengo ninguna prisa en ocupar el lugar, no va con mi estilo.
¿Que qué pienso hacer durante estos dos meses? Lo que habría hecho en cualquier
caso, aunque las damas no se hubiesen quedado: navegar un poco. ¡Es lo que de
verdad me gusta! Tengo un nuevo yate en Somersetshire, un yate que he
construido con mis propias manos. Le diré una cosa, señor —siguió diciendo
Allan, agarrando del brazo al jefe del bufete, con el entusiasmo de sus buenas
intenciones—, parece que necesita unas vacaciones al aire libre, le invito a
acompañarme en la excursión de prueba de mi embarcación. Y también a sus
socios, si lo desean. Y a su secretario, que es el tipo más simpático que he
conocido en mi vida. Hay sitio de sobra. Dormiremos juntos en el suelo y
pondremos una manta sobre la mesa del camarote para Mr. Brock. ¡Que se vaya al
diablo Thorpe-Ambrose! ¿Me dirá usted que, si hubiera construido un yate (como
he hecho yo), se trasladaría a cualquier finca de los tres reinos para que su
hermosa obra se meciese como un pato sobre el agua en espera de que fuese usted
a probarla? Ustedes, los abogados, dominan los argumentos. ¿Qué les parece el
mío? Considero que es irrebatible... y pienso salir mañana hacia Somerset.
Dichas estas palabras, el nuevo propietario de
una renta de ocho mil libras anuales corrió al despacho del secretario y le
invitó a un crucero en alta mar, mientras le daba una palmada en la espalda que
sus superiores oyeron con toda claridad en la habitación contigua. Los abogados
miraron con interrogador asombro a Mr. Brock. Un cliente a quien esperaba una
importante posición entre los hacendados de Inglaterra y que no tenía prisa por
ocuparla lo antes posible era algo sin precedentes en su experiencia profesional.
—Debieron de educarlo de un modo muy extraño
—dijeron los abogados al pastor.
—Muy extraño —admitió el pastor.
Un último salto en el tiempo, esta vez de un
mes, trajo a Mr. Brock al presente, al dormitorio de Castletown, donde estaba
sentado reflexionando, y a la angustia que se interponía obstinadamente entre
él y su descanso nocturno. Aquella angustia no era un enemigo desconocido de la
serenidad interna del párroco. La había experimentado seis meses antes, en
Somersetshire, y lo había seguido ahora hasta la isla de Man, bajo la forma
siempre importuna de Ozias Midwinter.
El cambio en las futuras perspectivas de Allan
no había causado ninguna alteración en su tenaz capricho por el vagabundo de la
posada del pueblo. A pesar de las consultas con los abogados había encontrado
tiempo para visitar Midwinter y, en el viaje de regreso con el párroco, el
amigo de Allan los acompañó en el carruaje, de manera que volvió con ellos a
Somersetshire por expresa invitación de aquél. Los cabellos del exportero
habían crecido de nuevo sobre su cráneo afeitado y su vestido revelaba la
influencia renovadora de sus actuales recursos monetarios, pero en todos los
demás aspectos el hombre seguía igual. Correspondió a la desconfianza de Mr.
Brock con la misma resignación de siempre, mantuvo su sospechoso silencio sobre
el tema de sus parientes y de su vida anterior y habló de la generosidad de
Allan para con él con el mismo fervor indisciplinado de gratitud y de sorpresa.
—He hecho lo que he podido, señor —dijo a Mr.
Brock, mientras Allan dormía en el vagón—. Me he apartado del camino de Mr.
Armadale y ni siquiera contesté la última carta que me dirigió. No puedo hacer
más. No le pido que considere mis sentimientos hacia la única criatura humana
que nunca ha sospechado de mí ni me ha tratado mal. Puedo sobrellevar mis
propios sentimientos, pero no puedo oponer resistencia al joven caballero. No
hay nadie como él. Si tenemos que separarnos de nuevo, será porque él o usted
así lo querrán, no porque yo lo desee. Cuando el amo silba al perro —continuó
aquel hombre extraño en una momentánea explosión de la pasión que ocultaba
dentro, mientras unas lágrimas de ira brillaban súbitamente en sus fieros ojos
castaños— difícilmente puede culpar al perro, señor, si acude a la llamada.
Una vez más, los sentimientos humanitarios de
Mr. Brock triunfaron por encima de su recelo. Resolvió esperar y ver lo que
traerían consigo los días venideros.
Así transcurrieron los días, el yate estaba
aparejado y listo para hacerse a la mar, se organizó un crucero por la costa de
Gales y Midwinter, el misterioso, siguió siendo el de siempre. El confinamiento
a bordo de una pequeña embarcación de treinta y cinco toneladas no ofrecía
muchos atractivos para un hombre de la edad de Mr. Brock, pero se avino a
participar en la excursión de prueba del yate para no dejar a Allan solo con su
nuevo amigo.
El hecho de estar los tres juntos durante el
crucero, ¿tentaría a aquel hombre a hablar de sus asuntos? No, estaba dispuesto
a hablar de cualquier otro tema, sobre todo si era Allan quien lo suscitaba.
Pero no se le escapó una sola palabra acerca de sí mismo. Mr. Brock intentó
sondearlo con preguntas acerca de su reciente herencia, pero recibió la misma
respuesta que había obtenido ya en la posada de Somersetshire. Midwinter
admitió que era una curiosa coincidencia que las perspectivas de Mr. Armadale y
las suyas propias hubiesen cambiado inesperadamente para bien casi al mismo
tiempo. Pero aquí terminaba la similitud. No había heredado una gran fortuna,
aunque sí lo suficiente para cubrir sus necesidades. No se había reconciliado
con sus parientes, pues el dinero no había llegado a su poder por buena
voluntad, sino porque tenía derecho a ello. En cuanto a las circunstancias que
le habían llevado a ponerse en contacto con su familia, no valía la pena
mencionarlas, ya que la temporal reanudación de aquella relación no había dado
buenos resultados. Lo único que había sacado de ello era el dinero y, con éste,
una angustia que le turbaba a veces cuando se despertaba a primeras horas de la
mañana.
Dichas estas últimas palabras, de pronto
guardó silencio como si, por una vez, su prudente lengua lo hubiese
traicionado. Mr. Brock aprovechó la oportunidad y le preguntó sin rodeos cuál
era la naturaleza de su angustia. ¿Tenía que ver con el dinero? No: estaba
relacionada con una carta que le había estado esperando muchos años. ¿Había
recibido esa carta? Todavía no, estaba bajo la custodia de uno de los miembros
del bufete de abogados que había tramitado el asunto de su herencia; el hombre
estaba ausente de Inglaterra, y la carta, guardada entre sus documentos
particulares, no podría serle entregada hasta que volviese. Esperaban su
regreso a finales del corriente mes de mayo y, si Midwinter podía estar seguro
del lugar donde atracaría el yate a finales del mes, escribiría a los abogados
para que le enviasen allí la carta. ¿Tenía razones familiares para estar
inquieto por esta cuestión? Ninguna, sentía curiosidad por saber qué le había
estado esperando durante tantos años; eso era todo. Así respondió a las preguntas
del párroco, vuelto el cetrino rostro hacia la lejanía, por encima de la borda
del yate, mientras dejaba que el sedal con que estaba pescando se deslizase
entre sus morenos y ágiles dedos.
Favorecida por el viento y el buen tiempo, la
pequeña embarcación había hecho maravillas durante el viaje de prueba. Antes de
que expirase el tiempo fijado para la mitad del crucero, el yate había llegado
a la altura de Holyhead, en la costa de Gales, y Allan, ansioso de aventuras en
parajes desconocidos, había propuesto audazmente prolongar el viaje hacia el
norte, hasta la isla de Man. Después de asegurarse por persona competente de
que el pronóstico del tiempo era bueno para un crucero en aquella región y de
que, en el caso de una imprevista necesidad de regresar, podrían ir a Liverpool
en el vapor de Douglas y tomar allí el tren, Mr. Brock accedió a lo que
proponía su discípulo. Aquella misma noche escribió a los abogados de Allan y a
su propia rectoría indicando la población de Douglas, en la isla de Man, como
la próxima dirección a donde podían enviarles la correspondencia. En la oficina
de correos encontró a Midwinter, que acababa de echar una carta al buzón.
Recordando lo que había dicho en el yate, Mr. Brock dedujo que ambos habían
tomado la misma precaución y ordenado que su correspondencia les fuese enviada
al mismo lugar.
El día siguiente, a hora avanzada, zarparon
hacia la isla de Man. Durante unas horas todo marchó bien, pero el ocaso trajo
consigo señales de un cambio del tiempo, con la oscuridad, arreció el viento,
que se convirtió en vendaval, y la resistencia de la embarcación a un mar
embravecido por primera vez se puso seriamente a prueba. Durante toda la noche,
después de tratar en vano de pone rumbo a Holyhead, el yate capeó el temporal y
salió airoso de la prueba. A la mañana siguiente avistaron la isla de Man y llegaron
sanos y salvos a Castletown. Una revisión del casco y del aparejo puso de
manifiesto que todos los daños podían repararse en una semana. Por
consiguiente, los navegantes permanecieron en Castletown. Allan estuvo ocupado
en supervisar la reparación; Mr. Brock, en explorar los alrededores y
Midwinter, en hacer diarias peregrinaciones a pie hasta Douglas para preguntar
si había llegado alguna carta.
El primero del grupo en recibir correo fue
Allan.
—Más preocupaciones para esos dichosos
abogados —se limitó a decir cuando hubo leído la carta y se la hubo guardado en
el bolsillo.
Después le tocó el turno al párroco, antes de
que terminase la semana de estancia en Castletown. El quinto día encontró una
carta de Somersetshire que le esperaba en el hotel. La había traído Midwinter y
contenía una noticia que trastornó completamente su plan de vacaciones. El
clérigo que había ocupado su puesto durante su ausencia había tenido que volver
inesperadamente a su lugar de residencia y Mr. Brock no tendría más remedio (ya
que estaban en viernes) que embarcar a la mañana siguiente en Douglas para ir a
Liverpool y tomar allí el tren del sábado por la noche, si quería llegar a
tiempo para el oficio del domingo.
Después de leer la carta y de resignarse con
la mayor paciencia de que era capaz al cambio impuesto por las circunstancias,
el párroco consideró otra cuestión que requería serias reflexiones. Conocedor
de su gran responsabilidad para con Allan y consciente de su propia y
persistente desconfianza hacia el amigo de éste, ¿cómo debía actuar, en la
situación que lo atosigaba ahora, respecto a los dos jóvenes que habían sido
sus compañeros de crucero?
Mr. Brock se había hecho por primera vez esta
difícil pregunta durante la tarde del viernes, y a la una de la madrugada del
sábado, mientras yacía solo en su habitación, trataba todavía en vano de
contestarla. Estaban aún a finales de mayo y la estancia de las damas en
Thorpe-Ambrose (a menos que prefiriesen abreviarla por su propia iniciativa) no
terminaría hasta mediados de junio. Aunque hubiera terminado la reparación del
yate (y no era el caso), aquello no podía servir de excusa para incitar a Allan
a adelantar el regreso a Somersetshire. Pero la única alternativa que le
quedaba era dejarlo donde estaba. Dicho en otras palabras, dejarlo, en aquel
momento crucial de su vida, bajo la única influencia del hombre a quien había
conocido como un vagabundo en la posada del pueblo y que, prácticamente, seguía
siendo un desconocido para él.
Desesperando de encontrar la manera de
orientar su decisión bajo una luz mejor, Mr. Brock se afirmó en la impresión
que Midwinter le había producido en el familiar ambiente del crucero.
A pesar de su juventud, saltaba a la vista que
el exportero había seguido una vida errante y variada. Había visto y observado
más cosas que la mayoría de los hombres que le doblaban en edad; su lenguaje
revelaba una extraña mezcla de sentido común y de imprudencia, de grave
seriedad un instante y de fantástico humor al siguiente. Podía hablar de libros
como un hombre que ha disfrutado realmente con ellos, podía desempeñar su turno
en el timón como un experto marinero, sabía cantar, contar cuentos, cocinar,
trepar a los palos, preparar la mesa para la comida, todo ello con una extraña
e irónica satisfacción por la exhibición de su propia destreza. La muestra de
éstas y otras cualidades, a medida que mejoraba su estado de ánimo con el
crucero, había revelado con bastante claridad el secreto del atractivo que
ejercía sobre Allan. Pero ¿había habido más revelaciones? ¿Había manifestado
algo sobre su carácter en presencia del pastor? Muy poco; y este poco no
parecía favorecerle gran cosa en el aspecto moral. Su andadura por el mundo lo
había llevado sin duda a lugares poco recomendables: de vez en cuando dejaba
traslucir su familiaridad con las pequeñas villanías de los vagabundos,
ocasionalmente de sus labios escapaban palabras que no sonaban bien al oído y,
más significativo aún, solía tener el sueño ligero y desconfiado del hombre
acostumbrado a cerrar los ojos dudando de los que duermen bajo el mismo techo
que él. Hasta el último momento, según la experiencia del párroco, hasta la
noche del viernes su conducta había sido siempre reservada y extraña. Después
de llevar la carta de Mr. Brock al hotel, había desaparecido misteriosamente
sin dejar ningún mensaje para sus compañeros y sin comentar a nadie si había
recibido él alguna carta. Al anochecer, regresó como a hurtadillas en la
oscuridad. Allan lo había sorprendido en la escalera, ansioso de comunicarle el
cambio de planes del párroco. El joven había escuchado la noticia sin el menor
comentario y por fin se había encerrado enfurruñado en su propia habitación. ¿Qué
podía decirse en su favor que compensara su carácter, los ojos huidizos, la
obstinada reserva con el pastor, el siniestro silencio acerca del tema de su
familia y sus amigos? Nada, o muy poco: la suma de todos sus méritos empezaba y
terminaba con la gratitud que sentía para con Allan.
Mr. Brock se levantó de la cama, despabiló la
luz y, perdido todavía en sus propios pensamientos, contempló la noche con
mirada ausente. El cambio de posición no le dio nuevas ideas. La visión
retrospectiva de su vida pasada le había convencido plenamente de que su actual
sentido de la responsabilidad tenía un fundamento que distaba mucho de ser
imaginario y, llegado a este punto, se había quedado atascado, plantado detrás
de la ventana y sin ver más que la oscuridad total de su propia mente,
fielmente reflejada por la impenetrable oscuridad de la noche.
«¡Si al menos tuviese un amigo a quien acudir!
—pensó el párroco—. ¡Si pudiese encontrar a alguien que me ayudase en este
trance!»
En el momento en que este deseo cruzaba por su
mente, de pronto le respondió una débil llamada a la puerta y una voz apagada
dijo desde el pasillo:
—Déjeme entrar.
Después de una breve pausa para calmar sus
nervios, Mr. Brock abrió la puerta y se encontró, a la una de la madrugada
frente a Ozias Midwinter, en el umbral de su habotación.
—¿Está enfermo? —preguntó el párroco, cuando
su asombro le permitió hablar.
—He venido a hacerle una confesión —fue la
extraña respuesta—. ¿Quiere dejarme entrar?
Dichas estas palabras, Midwinter penetró en la
habitación, mirando al suelo, con una palidez cenicienta en los labios y algo
oculto a su espalda.
—Vi luz debajo de su puerta —continuó, sin
levantar los ojos ni mover la mano— y sé lo que turba su mente y le impide
dormir. Usted se marchará por la mañana y le disgusta dejar a Mr. Armadale a
solas con un desconocido como yo.
A pesar de su sorpresa, Mr. Brock comprendió
la necesidad de mostrarse franco con el hombre que había llamado a su puerta de
madrugada y había pronunciado aquellas palabras.
—Lo ha adivinado. Ahora soy como un padre para
Allan Armadale y, naturalmente, no me gusta dejarlo, a su edad, con un hombre a
quien no conozco.
Ozias Midwinter se acercó a la mesa. Sus ojos
errantes se detuvieron en el Nuevo Testamento, que era uno de los objetos que
sobre ella había.
—Durante su larga vida, habrá leído ese libro
a muchos feligreses. ¿Le ha enseñado a ser misericordioso con su prójimo
afligido?
Sin esperar respuesta, miró por primera vez a
la cara a Mr. Brock y alargó despacio la mano que había mantenido oculta.
—Lea esto —lo invitó— y, por el amor de Dios,
compadézcase de mí cuando se entere de quién soy.
Dejó una carta de muchas páginas sobre la
mesa. Era la que Mr. Neal había echado al correo en Wildbad, diecinueve años
atrás.
CAPÍTULO II
LA REVELACIÓN
El primer aliento fresco de la paciente aurora
penetró por la ventana abierta cuando Mr. Brock leía las últimas líneas de la
confesión. Dejó la carta en silencio, sin levantar la mirada. La primera
impresión que le causó el descubrimiento había sacudido su mente y se había
extinguido después.
A su edad y con sus hábitos de pensamiento, la
capacidad de comprensión no bastaba para captar de golpe todo lo que le había
sido revelado. Cuando cerró el manuscrito, su corazón estaba invadido por el
recuerdo de la mujer que había sido la amada amiga de sus años más felices,
todos sus pensamientos giraban alrededor del ruin secreto de la traición de
aquella mujer a su propio padre que la carta acababa de revelarle.
La vibración de la mesa a la que estaba
sentado, bajo la presión de una mano que se apoyó pesadamente en ella, lo sacó
del ensimismamiento de su propia y pequeña aflicción. Su instinto de reticencia
estaba muy arraigado, pero se dominó y levantó la mirada. Allí, silenciosamente
plantado ante él, bajo la confusa luz de la llama amarilla de la vela y del
débil y gris resplandor del amanecer, se hallaba el vagabundo de la posada del
pueblo, el heredero del fatídico apellido Armadale.
Mr. Brock se estremeció al ver la cara de
aquel hombre, ya que percibió el terror de la presente situación y tal vez algo
peor para el futuro. El hombre lo advirtió y rompió el silencio.
—¿Ve en mis ojos el crimen de mi padre?
—preguntó—. ¿Me ha seguido hasta aquí el fantasma del ahogado?
El sufrimiento y la pasión que pretendía
contener sal cudieron la mano que seguía apoyada en la mesa y ahogaron su voz
hasta convertirla en un susurro.
—Sólo deseo tratarlo con amabilidad y justicia
—respondió Mr. Brock—. Devuélvame la gracia y créame si le] digo que soy
incapaz de considerarlo responsable del delito de su padre.
Esta respuesta pareció tranquilizarlo. Inclinó
en silencio la cabeza y tomó la confesión de encima de la mesa.
—¿Lo ha leído todo? —preguntó, en voz baja.
—Todo, desde el principio hasta el fin.
—¿He sido sincero con usted? ¿Ha hecho Ozias
Midwinter...
—¿Por qué sigue empleando ese nombre —le
interrumpió Mr. Brock—, ahora que conozco el verdadero?
—Desde que he leído la confesión de mi padre
—respondió el otro—, mi feo apodo me gusta más que nunca. Permita que repita la
pregunta que iba a formularle hace un momento. ¿Ha hecho Ozias Midwinter lo que
debía para darse a conocer a Mr. Brock?
El párroco eludió una respuesta directa.
—Pocos hombres en su situación habrían tenido
valor suficiente para mostrarme esa carta.
—No esté tan seguro, señor, del vagabundo que
conoció en la posada, hasta que sepa algo más de él. Hasta ahora ha descubierto
el secreto de mi nacimiento, pero todavía ignora la historia de mi vida.
Debería saberla y la sabrá antes de que me deje solo con Mr. Armadale. ¿Quiere
esperar y descansar un poco, o prefiere que se la cuente ahora?
—Ahora —pidió Mr. Brock, todavía muy lejos de
conocer el carácter del hombre que tenía delante.
Todo lo que decía Ozias Midwinter, todo lo que
hacía Ozias Midwinter, estaba contra él. Había hablado con una indiferencia
sarcástica, en un tono casi insolente, capaces de predisponer a cualquiera que
le hubiese escuchado contra él. Y ahora, en vez de acercarse a la mesa y
dirigir directamente su relato al párroco, se retiró, callada y bruscamente,
hacia la ventana para sentarse en el antepecho, volviendo la cara y hojeando
mecánicamente la carta de su padre hasta llegar a la última hoja. Fijos los
ojos en el párrafo final del manuscrito y con una extraña mezcla de desfachatez
y de tristeza en la voz, empezó con estas palabras la prometida narración:
—Lo primero que sabe usted de mí es lo que
acaba de informarle la confesión de mi padre. Aquí dice que yo era muy pequeño
y estaba durmiendo sobre su pecho cuando pronunció sus últimas palabras, que un
desconocido escribía junto a su lecho de muerte. El nombre del extranjero, como
habrá advertido usted, es el de la firma que aparece en el sobre: «Alexander
Neal, escribano, Edimburgo.» Lo primero que recuerdo de Alexander son unos
azotes (supongo que merecidos) que me propinó con un látigo, en su calidad de
padrastro.
—¿Conserva algún recuerdo de su madre en
aquella época? —preguntó Mr. Brock.
—Sí, recuerdo que hacía que remendasen ropa
vieja para adaptarla a mi medida y que compraba vestidos nuevos para los dos
hijos que tuvo de su segundo marido. Recuerdo que los criados se burlaban de mí
y de mi ropa vieja, y que el látigo volvió a caer sobre mi espalda porque me
enfadé y rasgué mi harapiento vestido. Mi siguiente recuerdo corresponde a un
par de años más tarde. Estaba encerrado en la leñera, con un trozo de pan y un
vaso de agua, preguntándome por qué mi madre y mi padrastro me odiaban de tal
modo. Fue una pregunta que hasta ayer no logré contestar, cuando tuve entre mis
manos la carta de mi padre. Mi madre y mi padrastro sabían lo que había
ocurrido realmente a bordo del barco maderero francés y ambos eran conscientes
de que el vergonzoso secreto que de buen grado habrían ocultado a todo el mundo
me sería revelado un día.
»No había manera de evitarlo: la confesión
estaba en manos del albacea y allí estaba yo, un mocoso arisco con la sangre
negra de mi madre en el semblante y las pasiones asesinas de mi padre en el
corazón, ¡y heredero, a su pesar del secreto! Ahora ya me explico lo del
látigo, los vestidos harapientos y el régimen de pan y agua en la leñera. Todas
eran penas naturales, señor, que el hijo empezaba a pagar por el pecado del
padre.
Mr. Brock observó aquel rostro moreno y
reservado, todavía vuelto obstinadamente en otra dirección. «¿Es esto la simple
insensibilidad del vagabundo —se preguntó— o la desesperación disfrazada de un
hombre desgraciado?»
—Mi siguiente recuerdo me lleva al colegio
—siguió diciendo el otro—, una institución barata en un rincón perdido de
Escocia. Me dejaron allí, sin más ayuda que la de mi mal carácter. Le ahorraré
la historia de la palmeta del maestro en clase y de las patadas de los chicos
en el patio de recreo. Quizá la ingratitud estaba fuertemente arraigada en mi
naturaleza; en cualquier caso, me escapé de allí. La primera persona con quien
me encontré me pregunto cómo me llamaba. Yo era demasiado joven y demasiado
tonto para saber la importancia de ocultar mi nombre y, naturalmente, me
devolvieron al colegio aquella misma tarde. Este resultado me dio una lección
que no he olvidado jamás. Un par de días después, como vagabundo que era, me
escapé por segunda vez. Supongo que el perro guardián del colegio habría
recibido instrucciones, pues me salió al paso antes de que pudiera cruzar la
verja. Aquí, en el dorso de la mano, conservo la señal. No puedo mostrarle las
que me dejó su amo, pues éstas las llevo en la espalda. ¿Se imagina mi
perversidad? Llevaba un diablo en mi interior que ningún perro podía dominar,
me escapé de nuevo en cuanto me levanté de la cama y esta vez lo conseguí. Al
anochecer, me encontré con el bolsillo lleno de harina de avena del colegio y
perdido en un páramo. Me tumbé sobre los finos y blandos brezos, al socaire de
una enorme peña gris. ¿Piensa que me sentí solo? ¡En absoluto! Me había librado
de la palmeta del maestro, de las patadas de mis condiscípulos, de mi madre, de
mi padrastro y, tumbado aquella noche al amparo de mi amiga la roca, ¡fui el
chico más feliz de toda Escocia!
A través de la infeliz infancia que revelaba
aquella significativa circunstancia, Mr. Brock empezó a ver vagamente que en
realidad había muy poco de extraño, muy poco de realmente inexplicable en el
carácter del hombre que le estaba hablando.
—Dormí profundamente —prosiguió Midwinter— al
pie de la roca amiga. Cuando me desperté por la mañana, vi a un viejo robusto
con un violín sentado a mi lado y dos perros bailarines, con chaquetas
coloradas, a mi otro costado. Cuando me dirigió las primeras preguntas, ya
sabía por experiencia que debía guardarme la verdad. Él no insistió, me invitó
a compartir el sabroso desayuno que llevaba en la mochila y dejó que jugase con
sus perros. «Voy a decirte una cosa —anunció cuando se hubo ganado mi confianza
de aquella suerte—. Tú tienes tres deseos, hombrecito: quieres un nuevo padre,
una nueva familia y otro nombre. Yo seré tu padre, dejaré que tengas a los
perros como hermanos y, si prometes que lo respetarás, te daré además mi propio
nombre. Has tenido un buen desayuno, joven Ozias Midwinter; si quieres una
buena comida, ¡vente conmigo!» Se levantó, los perros trotaron detrás de él y
yo caminé detrás de los perros. ¿Quién era mi nuevo padre?, se preguntará
usted. Un gitano mestizo, señor; un borrachín, un rufián, un ladrón... ¡y el
mejor amigo que he tenido en toda mi vida! ¿No es un amigo el hombre que te
alimenta, que te da cobijo y que te instruye? Ozias Midwinter me enseñó a
bailar el fling de las tierras altas de Escocia, a dar saltos mortales, a
caminar con zancos y a canter canciones al son de su violín. A veces
recorríamos el país y actuábamos en las ferias. Otras, íbamos a las grandes
ciudades y divertíamos a los bebedores. Yo era un niño vivaracho de once años y
la gente de mal vivir, en particular las mujeres, se encaprichaban de mí y de
mis ágiles pies. Era lo bastante vagabundo para que me gustase aquella vida.
Los perros y yo vivíamos juntos; comíamos, bebíamos y dormíamos juntos. Incluso
ahora se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en aquellos hermanitos de
cuatro patas. Muchos palos recibimos los tres y muchas noches dormimos y
temblamos juntos, en la fría ladera de un monte. No pretendo afligirle, señor;
sólo le estoy contando la verdad. Aquella vida, con todas sus penalidades, se
me daba bien, y el gitano mestizo que me había dado su nombre, aunque era un
rufián, era un malandrín a quien apreciaba.
—¿Un hombre que le pegaba? —exclamó,
asombrado, Mr. Brock.
—¿No acabo de decirle, señor, que yo vivía con
los perros? ¿Acaso ha oído decir alguna vez que un perro quiera menos a su amo
si éste le pega? Cientos de miles de hombres, mujeres y niños indigentes
habrían querido a aquel hombre (como yo lo amaba) si les hubiese dado lo que
siempre me daba a mí: mucha comida. En su mayor parte era comida hurtada y mi
nuevo padre gitano se mostraba generoso con ella. Raras veces nos pegaba cuando
estaba sereno, pero le divertía oírnos gemir cuando estaba borracho. Murió borracho
y entregado a su diversión predilecta hasta lanzar su último aliento. Un día,
cuando llevaba yo dos años a su servicio, después de ofrecernos una buena
comida en el páramo, se sentó con la espalda apoyada en una roca y nos llamó
para divertirse con el palo. Primero hizo aullar a los perros y después me
llamó a mí. Yo me acerqué de mala gana, pues él había bebido más que de
costumbre y, cuanto más bebía, más disfrutaba con su diversión después de la
comida. Aquel día estaba de excelente humor y me pegó tan fuerte que, borracho
como estaba, el impulso del golpe lo hizo caer. Se derrumbó de bruces en un
charco y permaneció allí inmóvil. Yo y los perros nos quedamos mirando desde
lejos: pensábamos que estaba fingiendo para que nos acercásemos y darnos otro
palo. Pero aquello duró tanto que al fin me atreví a acercarme a él. Tardé
algún tiempo en sacarlo de allí, pues pesaba mucho. Cuando al fin logré
tenderlo sobre la espalda, estaba muerto. Gritamos con todas nuestras fuerzas,
pero los perros eran tan pequeños como yo y el lugar solitario; nadie acudió en
nuestra ayuda. Tomé pues el violín y el bastón y dije a mis dos hermanos:
«Vamos, ahora tenemos que ganarnos nosotros la vida.» Nos alejamos de allí con
el corazón en un puño y dejamos al muerto en el páramo. Aunque le parezca
extraño, sentó mucho su muerte. Conservé su feo nombre a lo largo de todas mis
andanzas y los viejos recuerdos hacen que todavía hoy me guste su sonido.
Midwinter o Armadale, ¿qué más da? Después hablaremos de ello, pero primero tiene
que saber lo peor de mí.
—¿Por qué no lo mejor? —preguntó amablemente
Mr. Brock.
—Gracias, señor; pero he venido aquí para
contarle la verdad. Si no le importa, pasaremos al siguiente capítulo de mi
historia. Después de la muerte de nuestro dueño, los perros y yo lo pasamos
mal, la suerte nos daba la espalda. Perdí a uno de mis hermanitos, el mejor de
los dos; alguien me lo robó y nunca logré recuperarlo. Después, un vagabundo
más corpulento que yo me quitó el violín y los zancos a viva fuerza. Estas
desgracias hicieron que Tommy y yo (discúlpeme señor, pero me refiero al perro)
estuviésemos más unidos que nunca. Ni él ni yo éramos ladrones (nuestro amo se
había contentado con enseñarnos a bailar), pero, a pesar de ello, ambos
allanamos una propiedad ajena. Jóvenes como éramos, aunque medio muertos de
hambre, no podíamos resistir la tentación de echar una carrera por el campo
cuando el tiempo era bueno. Así fue como Tommy y yo irrumpimos en la plantación
de un caballero. Éste preservaba su coto de caza y el guarda conocía bien su
oficio. Oí un disparo... y ya puede usted imaginarse lo siguiente. Quiera Dios
que nunca vuelva a sentir un dolor tan grande como el que sentí cuando me
incliné sobre Tommy y lo cogí, muerto y ensangrentado, en mis brazos. El guarda
trató de separarnos, pero yo lo mordí, como el animal salvaje que era. Entonces
me atizó con el bastón, pero con tan poco resultado como si hubiese golpeado un
árbol. El ruido llegó a oídos de dos jóvenes damas que cabalgaban cerca de
allí, hijas del caballero en cuya finca había entrado ilegalmente yo. Eran
demasiado educadas para levantar la voz contra el sagrado derecho de preservar
la caza, pero eran tiernas de corazón y se apiadaron de mí y me llevaron con
ellas a su casa. Recuerdo que los hombres que allí se encontraban (caballeros
todos ellos) se mondaron de risa cuando pasé por delante de las ventanas,
llorando y con mi perrito muerto en brazos. No crea usted que lamento aquella
risa, pues redundó en mi beneficio: despertó la indignación de las dos damas.
Una de ellas me llevó a su jardín y me mostró un lugar donde podría enterrar al
perro entre las flores con la seguridad de que ninguna mano iría a turbar su
sueño. La otra fue a hablar con su padre y le convenció de que diese una
oportunidad en la casa al pequeño y solitario vagabundo, a las órdenes de uno
de sus criados de confianza. ¡Sí!, ha viajado usted en compañía de un hombre
que en el pasado fue criado. Vi cómo me observaba usted cuando, para diversión
de Mr. Armadale, preparaba la mesa a bordo del yate. Ahora ya sabe por qué lo
hacía tan bien, sin olvidarme de nada. Tuve la suerte de ver algo de la
sociedad, contribuí a llenar su estómago y a lustrar sus botas. Pero mi
experiencia en las dependencias de los criados no fue larga. Antes de que
gastase mi primera librea, hubo un escándalo en la casa. Fue la historia de
siempre, inútil referirla por milésima vez. Habían dejado unas monedas sobre
una mesa y desaparecieron de allí; todos los criados estaban amparados por su
buena reputación salvo el más joven, que fue juzgado sin contemplaciones.
Bueno, afín de cuentas tuve suerte en aquella casa; no me llevaron ante los
tribunales por apoderarme de lo que no sólo no había tocado sino que no había
visto nunca, sólo me despidieron. Una mañana, envuelto en mi vieja ropa, me
dirigí al lugar donde había enterrado a Tommy. Besé la tierra, me despedí de mi
perrito muerto y me lancé de nuevo al mundo, ¡a la madura edad de trece años!
—En una situación tan desgraciada y en una
edad tan tierna —dijo Mr. Brock—, ¿no se le ocurrió volver a casa?
—Volví a casa, señor, aquella misma noche;
dormí en la ladera del monte. ¿Acaso tenía otro hogar? Al cabo de un par de
días, volví a las grandes poblaciones y a las malas compañías; ahora que había
perdido a mis perros, el campo abierto resultaba demasiado solitario para mí.
Entonces me recogieron dos marineros, yo era un chico mañoso y me emplearon
como grumete a bordo de un barco costero. Ser grumete significa suciedad, comer
despojos, llevar la carga de un hombre sobre la espalda de un adolescente y recibir
azotes a intervalos regulares. El barco hizo escala en un puerto de las
Hébridas. Como de costumbre, me mostré ingrato con mis bienhechores: me escapé
de nuevo. Unas mujeres me encontraron, medio muerto de hambre, en las regiones
salvajes del norte de la isla de Skye. Estaba cerca de la costa y en esta
ocasión probé fortuna con los pescadores. Mis nuevos amos eran menos crueles,
pero me hallaba expuesto al viento y al mal tiempo y a un trabajo duro que
habría matado a cualquier muchacho que no hubiese sido un curtido vagabundo
como yo. Peché con todo hasta que llegó el invierno y entonces los pescadores
me dejaron abandonado una vez más. No los censuro por ello: la comida escaseaba
y los meses eran largos. Cuando el hambre amenazaba a toda la comunidad, ¿cómo
podían alimentar a un muchacho forastero? Una gran ciudad era mi único recurso
para el invierno, de manera que me dirigí a Glasgow. En cuanto llegué, estuve a
punto de caer en las fauces del león. Estaba vigilando un carro vacío en
Broomielaw cuando oí la voz de mi padrastro en la calzada, al otro lado del
caballo junto al que me encontraba. Se había tropezado con un conocido y, para
mi espanto y sorpresa, estaban hablando de mí. Oculto detrás del caballo, oí lo
suficiente para enterarme de que me había librado por los pelos de que me
descubriesen antes de subir a bordo del barco costero. Yo había conocido en
aquella época a otro vagabundo de mi misma edad, habíamos discutido y nos
habíamos separado. El día siguiente, mi padrastro investigó en aquel distrito
y, como nadie pudo darle una buena descripción de nuestras personas, se
enfrentó con el problema de a cuál de los dos chicos debía seguir. Le
informaron de que uno de ellos se hacía llamar Brown y el otro Midwinter. Brown
parecía un apellido muy corriente y adecuado para que lo adoptase un muchacho
fugitivo, mientras Midwinter era un nombre raro que a nadie se le habría
ocurrido adoptar. Por consiguiente, habían perseguido a Brown y esto me había
permitido escapar. Ahora comprenderá usted mi firme decisión de conservar el
nombre de mi amo gitano. Pero mi resolución fue aún más lejos. Decidí abandonar
para siempre aquellos lugares. Después de un par de días de observar los barcos
que se preparaban para salir del puerto, averigüé cuál zarparía primero y me
escondí a bordo. El hambre trató de hacerme salir de mi escondite antes de que
el práctico abandonase el barco, pero el hambre no era nueva para mí y me
mantuve firme. El práctico se había alejado ya del buque cuando hice mi
aparición sobre cubierta y nada podían hacer ya, salvo quedarse conmigo o
echarme por la borda. El capitán dijo (creo que sinceramente) que habría
preferido echarme por la borda, pero la ley se muestra a veces complaciente
incluso con los vagabundos como yo. De esta manera volví a la vida marinera y
aprendí lo suficiente para ser útil (como usted pudar advertir) a bordo del
yate de Mr. Armadale. Hice más de un viaje, en más de un barco, a más de un
país del mundo y quizás habría seguido en el mar toda mi vida si hubiese podido
dominar mi genio ante las provocaciones de que era objeto. Había aprendido
muchas cosas, salvo esta y por ello hice encadenado el final de mi último viaje
con rumbo al puerto de Bristol. Por primera vez en mi vida, conocí una cárcel
por dentro, acusado de motín por uno de mis superiores. Me ha escuchado con
extraordinaria paciencia, señor, y por esto me alegra decirle que ya no estamos
lejos del final de mi relato. Si no recuerdo mal, encontraron ustedes unos
libros cuando registraron nu equipaje en la posada de Somersetshire.
Mr. Brock asintió con la cabeza.
—Aquellos libros marcan el siguiente y último
cambio en mi vida, antes de ocupar aquel puesto de portero el el colegio. Mi
condena de prisión no fue muy larga. Quizá mi juventud me favoreció, tal vez
los magistrados de Bristol tomaron en consideración el tiempo que había
permanecido con grilletes a bordo del barco. En cualquier caso, acababa de
cumplir diecisiete años cuando me encontré de nuevo en libertad. No tenía
amigos a quienes dirigirme, ni un sitio a donde ir. Además, después de lo
ocurrido, no me atraía reanudar mi vida de marinero. Permanecí plantado entre
la multitud, en el puente de Bristol, preguntándome cómo usaría de mi libertad
ahora que la había recobrado. No sé si fue porque había madurado en la cárcel o
porque experimentaba el cambio de carácter que se produce al terminar la
adolescencia, pero lo cierto es que en mí se había extinguido por completo la
antigua y desaforada afición a la vida errante. Una terrible impresión de
soledad me impulsó a rondar por Bristol hasta después del anochecer, porque me
daba miedo el silencio del campo. Contemplaba las luces que brillaban en las
ventanas de los salones con pesarosa envidia de la gente feliz que vivía tras
ellas. En aquellos momentos me habría convenido recibir algún consejo. Pues
bien, lo recibí: un guardia me aconsejó que circulase. Tenía toda la razón:
¿qué otra cosa podía hacer? Miré al cielo y allí estaba mi vieja amiga de
muchas noches de guardia en el mar: la estrella del Norte. «Todos los puntos de
la brújula son iguales para mí —pensé—. Seguiré tu camino.» Pero ni siquiera la
estrella quiso hacerme compañía aquella noche. Se ocultó detrás de una nube y
me dejó solo en la oscuridad y bajo la lluvia. Fui a tientas hasta un
cobertizo, me quedé dormido y soñé con los viejos tiempos, cuando servía a mi
amo gitano y vivía en compañía de los perros. ¡Dios mío! ¡Qué no habría dado yo
para sentir, al despertar, el morro frío de Tommy sobre la mano! Pero ¿por qué
me entretengo en estas cosas? ¿Por qué no acabo de una vez? No debería animarme
usted, señor, con su paciente escucha. Después de otra semana de caminar
errante, sin esperanzas de recibir ayuda ni perspectivas para el futuro, me
encontré en una calle de Shrewsbury, contemplando los escaparates de una
librería. Un viejo se asomó a la puerta de la tienda, miró a alrededor y me
vio. «¿Buscas trabajo? —me preguntó—. ¿No te importa cobrar poco?» La
perspectiva de tener algo que hacer y alguna criatura humana con quien hablar
me tentó y, por un chelín, trabajé durante todo el día limpiando el almacén del
librero. Sucedieron a éste otros trabajos parecidos. Al cabo de una semana me
ascendió y pasé a barrer la tienda y a levantar las contraventanas. Poco tiempo
después me confiaron el reparto de libros y, un trimestre más tarde, con la
marcha del dependiente de la tienda, ocupé su puesto. Maravillosa suerte, dirá
usted; al fin había encontrado un amigo. Pero lo que había encontrado era el
tacaño más despiadado de Inglaterra y, si había ascendido en el pequeño mundo
de Shrewsbury, había sido simplemente gracias a la operación comercial de
venderme a precio más bajo que todos mis competidores. El trabajo en el almacén
había sido rehusado, con tal salario, por todos los hombres en paro de la
ciudad, pero yo lo había aceptado. El repartidor recibía con protestas su
sueldo semanal, yo acepté cobrar dos chelines menos sin una queja. El
dependiente se despidió porque consideró que estaba mal alimentado y mal
pagado. Yo me avine a cobrar la mitad de su salario y viví contento con las
sobras que él despreció. ¡Jamás hubo dos hombres que se completasen tan bien
como el librero y yo! Su único objeto en la vida era encontrar a alguien que
trabajase para él por un sueldo mísero. Mi único propósito en la vida era
encontrar a alguien que me diese cobijo. Sin una sola afición común, sin un
vestigio de sentimiento hostil o amistoso entre ambos, sin darnos las buenas
noches cuando nos separábamos en la escalera de la casa ni los buenos días
cuando nos encontrábamos detrás del mostrador de la tienda, vivimos en aquella
casa como dos desconocidos, desde el principio hasta el fin, durante dos años
enteros. Una existencia horrible para un muchacho de mi edad, ¿no cree? Pero
usted es sacerdote y erudito, y sin duda habrá adivinado lo que hizo soportable
mi vida.
Mr. Brock recordó los gastados volúmenes que
había encontrado en la bolsa de viaje del exportero.
—Los libros lo ayudaron—apuntó.
Los ojos del paria se iluminaron con una nueva
luz.
—¡Sí! —exclamó—. Los generosos amigos que me
recibieron sin recelo, ¡los compasivos maestros que nunca me trataron mal! Los
únicos años de mi vida que recuerdo con cierto orgullo son los que pasé en la
casa de aquel avaro. La única satisfacción pura que he experimentado en mi vida
la encontré en las estanterías de aquel hombre mezquino. A todas horas, en las
largas noches del invierno y durante los días tranquilos del verano, bebí en la
fuente conocimiento sin cansarme jamás de aquella bebida. Había pocos parroquianos
que atender, pues casi todos los libros eran áridos y para gente erudita. Yo no
tenía ninguna responsabilidad, pues mi amo llevaba las cuentas y yo sólo
manejaba pequeñas cantidades de dinero. Él no tardó en conocerme lo suficiente
para comprender que mi honradez estaba fuera de toda duda y que podía confiar
en mi paciencia, por mal que me tratara. Por mi parte, lo único que pude
descubrir de su carácter aumentó hasta el máximo la distancia que nos separaba.
Él era un consumado fumador de opio en secreto y abusaba del láudano, por muy
tacaño que pudiese ser en todo lo demás. Nunca me confesó su punto flaco y yo
nunca le dije que lo había descubierto. El gozaba a mis espaldas, y yo
disfrutaba a espaldas de él. Semana tras semana, un mes tras otro, allí
estábamos los dos sin intercambiar una palabra de amistad: yo, a solas con mi
libro en el mostrador; él, a solas con sus cuentas en el salón, casi invisible
para mí a través del sucio cristal de la puerta, enfrascado a veces en sus
números y a veces atónito e inmóvil en el éxtasis del opio. Transcurrió el
tiempo sin marcarnos con su huella, pasaron las estaciones de dos años y
permanecimos inmutables. Hasta que una mañana, a principios del tercer año, mi
amo no se presentó como de costumbre para darme permiso para desayunar. Subí al
piso de arriba y lo encontré en la cama, incapaz de moverse. Se negó a
confiarme las llaves del armario y no permitió que llamase al médico. Compré un
pedazo de pan y volví a mis libros, sintiendo por mi amo (lo confieso francamente)
lo mismo que él habría sentido por mí en similares circunstancias. Al cabo de
un par de horas, interrumpió mi lectura un cliente ocasional que era médico
retirado. Subió a ver a mi amo y yo me alegré de librarme de él y poder volver
a mis libros. Bajó el cabo de un rato y me interrumpió una vez más. «No me
gustas, muchacho —me dijo—, pero creo que es mi deber decirte que pronto
tendrás que irte de aquí. No gozas de simpatías en la ciudad y te costará
encontrar un nuevo empleo. Haz que tu dueño te extienda un certificado de buena
conducta, antes de que sea demasiado tarde.» Me lo dijo fríamente y de la misma
manera le di las gracias. Aquel mismo día obtuve mi certificado. Pero no crea
que mi amo me lo dio de balde. ¡Qué va! Regateó conmigo en su lecho de muerte.
Me debía el salario de un mes y se negó a darme el certificado si no le
perdonaba la deuda. Murió tres días después, con la satisfacción de haber
estafado a su dependiente. «¡Aja! —murmuró, cuando el médico me llamó
ceremoniosamente para que me despidiese de él—. ¡Me has costado muy barato!»
¿Había sido tan cruel el bastón de Ozias Midwinter? Yo creo que no. Bueno, me
hallé de nuevo en la calle, pero desde luego esta vez con mejores perspectivas.
Había aprendido solo a leer latín, griego y alemán, y tenía un certificado de
buena conducta. ¡Todo inútil! El médico tenía razón: no me querían en la
ciudad. La clase baja me despreciaba por haber servido a aquel avaro a tan bajo
precio. En cuanto a las clases más acomodadas, les desagradé desde el principio
(Dios sabrá por qué) como he repugnado siempre a todos, salvo a Mr. Armadale;
no tenía alternativa, nada tenía que hacer en los barrios distinguidos. Es muy
probable que hubiese gastado todos mis ahorros, el pequeño fruto dorado de dos
años de miseria, de no haber sido por un anuncio que un colegio publicó en el
periódico local. Las mezquinas condiciones que se ofrecían me animaron a
solicitar la plaza y me la dieron. No es necesario que le diga cómo me
desenvolví allí y lo que pasó después. He devanado todo el hilo de mi historia,
mi vida errante nada tiene ya de misteriosa y por fin conoce usted todo lo que
de malo hay en mí.
Un momento de silencio siguió a las últimas
palabras. Midwinter se apartó del antepecho de la ventana y volvió a la mesa,
sosteniendo en la mano la carta de Wildbad.
—La confesión de mi padre le ha revelado quién
soy —dijo, dirigiéndose a Mr. Brock y sin aceptar la silla que éste le
indicaba— y mi propia confesión le ha dicho lo que ha sido de mi vida. Prometí
contarlo todo cuando le pedí permiso para entrar en esta habitación. ¿He
cumplido mi palabra?
—Sin duda alguna —respondió Mr. Brock—. Se ha
ganado mi confianza y mi simpatía. Desde luego, tendría que ser muy insensible
si, sabiendo lo que ahora sé sobre su infancia y su primera juventud, no
compartiese, en cierta medida, el afecto de Allan por su amigo.
—Gracias, señor —dijo simple y gravemente
Midwinter.
Por primera vez, se sentó a la mesa delante de
Mr. Brock.
—Dentro de unas horas habrá salido usted de
este lugar —siguió—. Si puedo hacer algo para que se marche tranquilo, dígalo.
Todavía queda mucho por hablar entre nosotros. Mis futuras relaciones con Mr.
Armadale están por decidir y todavía no nos hemos enfrentado, ninguno de los
dos, con la grave cuestión que suscita la carta de mi padre.
Hizo una pausa y observó, con momentánea
impaciencia, la vela que seguía ardiendo sobre la mesa a la luz de la mañana.
Saltaba a la vista que cada vez le resultaba más difícil hablar con aplomo y
reservarse sus propios sentimientos.
—Tal vez pueda ayudarlo a tomar una decisión
—prosiguió— si le cuento cómo resolví actuar en lo referente a Mr. Armadale, en
la cuestión de la identidad de nuestros nombres, cuando leí esta carta y cuando
me hube serenado lo bastante para pensar un poco. —Se interrumpió y lanzó una
segunda mirada de impaciencia a la vela encendida—. ¿Perdonará el capricho de
un hombre un poco raro ? —preguntó, sonriendo débilmente—. Quisiera apagar esa
vela, quisiera hablar del nuevo tema bajo una nueva luz.
Apagó la vela mientras hablaba, para que la
suave luminosidad de la aurora inundase la estancia sin estorbos.
—Una vez más tengo que pedirle paciencia
—dijo— si vuelvo por un momento a mi persona y a mis circunstancias. Ya le he
dicho que mi padrastro intento encontrarme unos años después de que me hubiese
escapado del colegio escocés. No lo hizo porque estuviese intranquilo por mí,
sino, simplemente, como agente de los albaceas designados por mi padre. Estos,
en el ejercicio de las facultades que les habían sido conferidas, habían
vendido las fincas de Barbados (en la época de la emancipación de los esclavos
y de la ruina de las propiedades de las Indias Occidentales) al mejor postor.
Después de invertir la suma obtenida, tenían la obligación de reservar una
cantidad anual para mi educación. Esta responsabilidad los obligó a tratar de
encontrarme, intento inútil, como usted ya sabe. Un poco más tarde (según
averigüé después), publicaron en el periódico un anuncio, que yo no vi. Más
tarde aún, cuando contaba yo veintiún años, publicaron un segundo anuncio (esta
vez lo vi) donde ofrecían una recompensa a quien pudiese presentar pruebas de
mi muerte. Si seguía con vida, tenía derecho, al alcanzar la mayoría de edad, a
la mitad del producto de la venta de las fincas; si había muerto, el dinero
pasaba a mi madre. Visité a los abogados y éstos me dijeron lo que acabo de
contarle. Después de vencer algunas dificultades para probar mi identidad (y
después de una entrevista con mi padrastro y de un mensaje de mi madre,
circunstancia que ahondó inexorablemente el abismo abierto entre los dos),
atendieron mi reclamación, de manera que mi dinero está ahora invertido a mi
nombre, es decir, a mi nombre verdadero.
Mr. Brock se acercó un poco más a la mesa, con
visible interés. Ahora empezaba a ver lo que se proponía el hombre que le
estaba hablando.
—Dos veces al año —siguió diciendo Midwinter—
debo estampar mi firma para cobrar la renta. En cualquier otro momento y
circunstancias, puedo ocultar mi identidad bajo el nombre que me plazca. Mr.
Armadale me conoció como Ozias Midwinter y como tal me conocerá hasta el fin de
mis días. Sea cual fuere el resultado de esta entrevista, tanto si me gano su
confianza como si la pierdo, puede estar seguro de una cosa: su discípulo nunca
sabrá el terrible secreto que acabo de confesarle. No es ninguna resolución extraordinaria,
pues, como usted ya sabe, no me cuesta ningún sacrificio conservar mi
seudónimo. Mi conducta no tiene nada de encomiable: es fruto natural del
sentimiento de un hombre agradecido. Considere usted mismo las circunstancias,
señor, y comprenderá que mi repugnancia a revelarlas a Mr. Armadale es algo que
no admite discusión. Si llegase a conocerse la historia de los nombres, esta
circunstancia no llevaría únicamente a la revelación del crimen de mi padre,
sino también a la del matrimonio de Mrs. Armadale. Yo he oído cómo habla Allan
de su madre, sé que adora su memoria. ¡Dios es testigo de nue nunca la adorará
menos por mi culpa!
Aunque estas palabras fueron pronunciadas con
toda sencillez, tocaron las fibras más sensibles del alma del pastor, que evocó
el lecho de muerte de Mrs. Armadale. Ante él tenía al hombre contra el cual
ella, en su ignorancia, lo había prevenido en interés de su hijo; un hombre
que, por propia voluntad, se obligaba a mantener el secreto por el bien de
aquel hijo. El recuerdo de sus propios esfuerzos pasados para destruir la
amistad de la que había nacido esta resolución, surgió para acusar a Mr. Brock.
Por primera vez, éste tendió la mano a Midwinter.
—Le doy las gracias en su nombre y en el de su
hijo —dijo calurosamente.
Midwinter no contestó y extendió la
declaración sobre la mesa.
Creo que he dicho cuanto debía decir antes de
tomar en consideración esta carta. Supongo que cuanto pudo parecer extraño en
mi conducta para con usted y para con Mr. Armadale queda ahora explicado. Puede
fácilmente imaginarse la curiosidad y sorpresa que sentí (en mi ignorancia de
la verdad) cuando oí por primera vez el nombre de Mr. Armadale como un eco del
mío propio. También comprenderá que, si vacilé en revelarle que yo era su
homónimo, fue porque temí perjudicar mi posición (en la estimación de usted, no
en la de él) al confesar que me había presentado bajo un nombre falso. Después
de todo lo que acaba usted de oír sobre mi vida errante y mis turbias
relajones, difícilmente le extrañará el obstinado silencio que mantuve acerca
de mi persona, en unas circunstancias en que no sentía la responsabilidad que
la carta de mi padre ha cargado ahora sobre mí. Si usted lo desea, podremos
volver en otra ocasión a estas pequeñas explicaciones personales ahora no deben
apartarnos de las cuestiones mucho más importantes que debemos resolver antes
de que usted se marche. Pasemos... —La voz le flaqueó y volvió súbitamente la
cara hacia la ventana, como para ocultarla a la mirada del párroco—. Pasemos
—repitió y su mano tembló visiblemente al levantar la página— al asesinato a
bordo del barco maderero y a las advertencias que me hace mi padre desde la
tumba.
A media voz, como si temiese que las oyera
Allan, que dormía en la habitación contigua, leyó las terribles y últimas
palabras que había escrito el escocés en Wildbad, a medida que fluían de los
labios de su padre.
—«Si todavía vive, evita a la viuda del hombre
a quien maté. Evita a la doncella cuya perniciosa mano allanó el camino de
aquel matrimonio, si es que aún está a su servicio. Pero, sobre todo, evita al
hombre que lleva el mismo nombre que tú. Riñe con tu bienhechor, si la
influencia de éste tiene que relacionaros a los dos. Rechaza a la mujer, si ha
de ser un eslabón entre vosotros. Ocúltate de él, bajo un nombre supuesto. Pon
montañas y mares entre vosotros; vuélvete ingrato, muéstrate implacable, sé
todo lo que tu buen carácter considere más repelente, antes que vivir bajo el
mismo techo y respirar el mismo aire que aquel hombre. No permitas jamás que se
encuentren los dos Allan Armadale en este mundo. Nunca, nunca, ¡nunca!»
Después de leer estas frases, empujó a un lado
el manuscrito sin levantar la cabeza. De nuevo se había apoderado de él aquella
reserva fatal que, unos momentos antes, había parecido a punto de desvanecerse.
Volvía a tener aquella mirada errante y había bajado el tono de voz. Cualquier
desconocido que hubiese escuchado su relato y lo estuviese viendo ahora, habría
dicho: «Esconde la mirada, su gesto es amenazador. Es el vivo retrato de su
padre.»
—Tengo que preguntarle una cosa —intervino Mr.
Brock, rompiendo el silencio que se había hecho entre los dos—. ¿Por qué ha
leído este pasaje de la carta de su padre?
—Para obligarme a decirle la verdad
—respondió—. Antes de que me permita ser amigo de Mr. Armadale, tiene que saber
todo lo que he heredado de mi padre. Recibí esta carta ayer por la mañana. Un
aviso interior me inquietaba y me dirigí a la orilla del mar antes de romper el
sello. ¿Cree usted que los muertos pueden volver al mundo en que vivieron? Yo
creo que mi padre volvió con la brillante luz de la mañana, con el resplandor
del sol y el alegre rugido del mar y me estuvo observando mientras yo leía.
Cuando llegué a las palabras que acaba usted de oír y comprendí que había
ocurrido lo que él, antes de morir, temía tanto que ocurriese, sentí que me
invadía el mismo horror que le había atenazado en sus últimos momentos. Luché
contra mí mismo como él habría querido que hiciese. Traté de ser todo lo que
repugnaba más a mi buen qarácter, traté de pensar implacablemente en poner las
montañas y el mar entre mi persona y el hombre que llevaba mi nombre.
Transcurrieron horas antes de que me decidiese a volver y correr el riesgo de
encontrar a Allan Armadale en esta casa. Cuando volví y me tropecé con él en la
escalera, pensé que lo estaba mirando a la cara de la misma manera que mi padre
había mirado al suyo antes de cerrar la puerta del camarote entre los dos. Ahora
saque sus propias conclusiones, señor. Dígame, si quiere, que mi padre me legó
su creencia pagana en el Destino. No lo discutiré, no negaré que, durante todo
el día de ayer, su superstición fue la mía. Llegó la noche antes de que pudiese
encontrar el camino que me condujese a pensamientos mas tranquilos y serenos.
Pero al fin lo encontré. Puede usted considerar en mi favor que al menos superé
la influencia de esta horrible carta. ¿Sabe qué me ayudó a conseguirlo?
—¿Razonó consigo mismo?
—No puedo razonar acerca de mis sentimientos.
—¿Tranquilizó su mente con la oración?
—No estaba en condiciones de rezar.
—Sin embargo, algo lo guió hacia un
sentimiento mejor y una manera más cabal de ver las cosas.
—Así fue.
—¿Qué sucedió?
—Mi amor por Allan Armadale.
Al dar esta respuesta, dirigió una mirada
vacilante, casi tímida, a Mr. Brock. De repente se levantó de la mesa y volvió
al antepecho de la ventana.
—¿Acaso no tengo derecho a hablar de él en
estos términos? —preguntó mientras ocultaba la cara a la mirada del párroco—.
¿Acaso no lo conozco lo suficiente y no he hecho todavía lo bastante por él?
Recuerde cuál había sido mi experiencia de otros hombres cuando él me tendió la
mano por primera vez, cuando por primera vez oí su voz que me hablaba en mi
habitación de enfermo. ¿Qué habían sido para mí las manos extrañas durante toda
la infancia? Sólo las había visto levantarse para amenazarme o pegarme. En cambio,
la mano de Allan arregló mi almohada, se apoyó en mi hombro y me dio de comer y
de beber. ¿Qué sabía yo de las voces extrañas cuando llegué a la edad adulta?
Sólo había conocido voces que se burlaban, que maldecían, que murmuraban con
ruin desconfianza por los rincones. Pero su voz me dijo: «¡Ánimo, Midwinter!
Pronto te recuperarás. Dentro de una semana estarás lo bastante fuerte para
recorrer conmigo los caminos de Somersetshire.» Piense en el palo del gitano,
recuerde aquellos demonios que se mofaron de mí cuando pasé por delante de la
ventana con el perro muerto en brazos, piense en el amo que me estafó un mes de
salario en su lecho de muerte y pregúntese con el corazón en la mano si el
desgraciado a quien Allan Armadale ha tratado como a un igual y como a un amigo
se ha propasado al decir que le quiere. ¡Le quiero! Tengo que manifestarlo, es
algo que no puedo reprimir. ¡Adoro la tierra que él pisa! Daría mi vida..., sí,
la vida que ahora me es tan preciosa, porque su bondad la ha convertido en una
vida feliz... le aseguro que daría mi vida.
Las últimas palabras se extinguieron en sus
labios, había surgido en él una pasión histérica que lo dominaba. Alargó una
mano en un desesperado ademán de súplica a Mr. Brock, apoyó la cabeza en el
antepecho de la ventana y estalló en sollozos. Pero incluso entonces se impuso
la férrea autodisciplina de aquel hombre. No esperaba compasión, no confiaba en
el piadoso respeto de los hombres hacia las flaquezas humanas. Mientras las
lágrimas le rodaban por las mejillas, mentalmente percibía la cruel necesidad de
reprimirse.
—Concédame un instante —dijo débilmente—.
Dentro de un momento habré superado esto y no permitiré que vuelva a ocurrir.
Fiel a su palabra dominó su emoción en poco
tiempo y momentos después pudo seguir hablando con tranquilidad.
—Volvamos, señor, a esos pensamientos mejores
que anoche me trajeron a su habitación —continuó—. Sólo puedo repetir que nunca
habría podido librarme de la influencia que esta carta ejercía sobre mí si no
hubiese querido a Allan Armadale con todo lo que resta en mí de amor fraterno.
Me dije: «Si la idea de separarme de él me rompe el corazón, ¡es que esta idea
es mala!» Esto sucedió hace unas horas y sigo pensando lo mismo. No puedo
creer, no quiero creer, que una amistad nacida de la bondad, por una parte, y
de la gratitud, por otra, esté destinada a acabar mal. No menosprecio las
extrañas circunstancias que nos dieron el mismo nombre, las extrañas
circunstancias que nos reunieron y nos ligaron el uno al otro, las extrañas
circunstancias que nos han afectado por separado después. Por fuerza han de
estar presentes en mi pensamiento, pero no me dejaré intimidar por ello. No
quiero creer que todos estos sucesos se hayan producido por mandato de un
maléfico Destino, quiero creer que han ocurrido por voluntad de Dios, para un
buen fin. Juzgue usted, como sacerdote, entre el padre muerto, que había en
estas páginas, y el hijo vivo, que le está hablando aquí presente. Ahora que
los dos Allan Armadale se han encontrado de nuevo en la segunda generación,
¿soy un instrumento en manos del Destino o un instrumento en manos de la
Providencia? ¿Qué debo hacer, ahora que respiro el mismo aire y vivo bajo el
mismo techo que el hijo del hombre a quien mató mi padre? ¿Perpetuar el crimen
de mi padre, hiriéndolo de muerte, o expiar aquel crimen, consagrándole toda mi
vida? Creo que debo inclinarme por esto último y seguiré en este
convencimiento, pase lo que pase. Impulsado por la fuerza de esta decisión, he
venido a confiarle el secreto de mi padre y a confesarle la desdichada historia
de mi propia vida. Impulsado por la fuerza de esta convicción, puedo formularle
resueltamente la única pregunta lisa y llana que marcará el final de todo
cuanto he venido a decirle. Su discípulo se encuentra en el punto de partida de
una nueva carrera, en una situación singular en la que carece de amistades;
necesita un compañero de su misma edad en quien confiar. Ha llegado el momento,
señor, de decidir si tengo que ser yo este compañero. Después de todo lo que ha
oído sobre Ozias Midwinter, dígame francamente si confiaría en él como amigo de
Allan Armadale.
Mr. Brock respondió a la franca pregunta con
igual sinceridad.
—Sé que quiere usted a Allan y creo que me ha
dicho la verdad. Por fuerza tengo que confiar en un hombre que me ha causado
esta impresión. Confío en usted.
Midwinter se puso en pie ruborizado, sus ojos
se fijaron, serenos al fin, en la cara del párroco.
—¡Déme fuego! —exclamó, mientras rasgaba una a
una las hojas de la carta de su padre—. ¡Destruyamos el último eslabón que nos
ata al horrible pasado! ¡Convirtamos en cenizas esta confesión, antes de
separarnos!
—¡Espere! —dijo Mr. Brock—.Antes de quemarla,
tenemos que mirarla una vez más.
Las hojas rasgadas del manuscrito cayeron de
las manos de Midwinter. Mr. Brock las recogió y las apartó cuidadosamente hasta
encontrar la última página.
—Considero igual que usted la superstición de
su padre —dijo—. Pero aquí hay una advertencia que, por el bien de Allan y por
el suyo propio, no debería desdeñar. El último eslabón con el pasado no quedará
destruido cuando haya quemado estas páginas. Uno de los personajes de esta
historia de traición y asesinato no ha muerto todavía. Lea esto.
Empujó las páginas sobre la mesa y señaló una
frase con un dedo. Midwinter estaba tan agitado que confundió la indicación y
leyó: «Si todavía vive, evita a la viuda del hombre a quien maté.»
—No esta frase —objeto el párroco—. La
siguiente.
Midwinter leyó: «Evita a la doncella cuya
perniciosa mano allanó el camino de aquel matrimonio, si es que aún está a su
servicio»
La doncella y su ama se separaron —explico Mr.
Brock—; cuando ésta contrajo matrimonio. Pero volvieron a encontrarse el año
pasado en la residencia de Mrs. Armadale en Somersetshire. Yo mismo vi a
aquella mujer en el pueblo y sé que su visita precipitó la muerte de Mrs.
Armadale. Espere un momento y tranquilícese, veo que le he sobresaltado.
El joven esperó, según le había pedido el
párroco, y palideció intensamente al tiempo que se apagaba poco a poco el
brillo de sus claros ojos castaños. Lo que acababa de decirle Mr. Brock no le
había causado una impresión fugaz. Cuando se sentó, perdido en sus propios
pensamientos, su semblante reflejaba alarma más que duda. ¿Se renovaba en él la
lucha de la noche anterior? ¿Lo asaltaba de nuevo el horror de su superstición
hereditaria?
—¿Puede usted prevenirme contra ella?
—preguntó, después de una larga pausa—. ¿Puede decirme su nombre?
—Sólo sé lo que me contó Mrs. Armadale
—respondió Mr. Brock—. La mujer reconoció que se había casado en el largo
intervalo transcurrido desde que vio a su ama por última vez. Pero no añadió
una palabra más sobre su vida pasada. Había acudido a Mrs. Armadale para
pedirle dinero, alegando que se hallaba en la miseria. Consiguió el dinero y
salió de la casa, negándose rotundamente a mencionar su nombre de casada cuando
aquélla se lo preguntó.
—Usted la vio en el pueblo. ¿Qué aspecto
tenía?
Se cubría la cara con un velo. No puedo
decírselo.
—¿Podría referirme lo que vio?
—Desde luego. Cuando se acercó a mí, vi que
caminaba con gracia, que tenía una elegante figura y que su estatura era
ligeramente superior a la media. Cuando me preguntó el camino para ir a la casa
de Mrs. Armadale, advertí que tenía los modales de una dama y que su tono de
voz resultaba sumamente suave y seductor. Por último, más tarde recordé que
llevaba un espeso velo negro, un sombrerito y un vestido de seda, también
negros, y un chal rojo. Comprendo la importancia que tiene para usted estar en
conocimiento de unos medios de identificación mejores de los que puedo
ofrecerle. Pero, desgraciadamente...
Se interrumpió. Midwinter se había inclinado
ansiosamente sobre la mesa y de pronto le apoyó una mano en el brazo.
—¿Es posible que conozca usted a esa mujer?
—preguntó Mr. Brock, sorprendido por el súbito cambio de actitud del otro.
—No.
—Entonces, ¿qué le ha sobresaltado tanto?
—¿Recuerda usted la mujer que se arrojó al
agua desde el vapor fluvial? —preguntó el joven—. ¿La mujer que causó las
muertes sucesivas que abrieron el camino a Allan Armadale para convertirse en
dueño de la hacienda de Thorpe-Ambrose?
—Recuerdo su descripción en el atestado de la
policía —respondió el párroco.
—Aquella mujer —prosiguió Midwinter— caminaba
con gracia y tenía una elegante figura. Aquella mujer llevaba un velo negro, un
sombrero negro, un vestido de seda negro y un chal rojo... —Hizo una pausa,
soltó el brazo de Mr. Brock y volvió a sentarse bruscamente—. ¿Podría ser la
misma? —murmuró para sí—. ¿Existe alguna fuerza fatal que persigue a los
hombres en la oscuridad? ¿Nos estará siguiendo a nosotros con las pisadas de
esa mujer?
Si su conjetura era acertada, el único
acontecimiento del pasado que había parecido totalmente desligado de los
sucesos que le habían precedido debía ser, por el contrario, el único eslabón
que faltaba para que el círculo se cerrase. El apacible sentido común de Mr.
Brock rechazó instintivamente la sorprendente conclusión. Miró a Midwinter, con
una sonrisa compasiva.
—Mi joven amigo —dijo amablemente—, ¿cree que
ha borrado de su mente toda superstición, como se imaginaba? Lo que acaba de
decir, ¿vale más que la sensata resolución que tomó la noche pasada?
Midwinter inclinó la cabeza sobre el pecho, el
rubor oloreó de nuevo su semblante y suspiró amargamente.
—Empieza usted a dudar de mi sinceridad. No
puedo reprochárselo.
—Creo en su sinceridad tan firmemente como
antes —respondió Mr. Brock—. Solamente dudo de que haya fortalecido los puntos
débiles de su carácter tanto como se imagina. Muchos hombres han perdido las
batallas contra sí mismos mucho más a menudo de lo que ha perdido usted la
suya, y a pesar de todo triunfaron al final. No lo censuro ni desconfío de
usted. Sólo le hago observar lo que ha ocurrido para ponerlo en guardia contra
usted mismo. ¡Vamos, vamos! Déjese guiar por su sentido común y convendrá
conmigo en que ninguna prueba confirma la sospecha de que la mujer con quien me
tropecé en Somersetshire y la que intentó suicidarse en Londres son la misma
persona. ¿Es preciso que un viejo como yo recuerde a un joven como usted que en
Inglaterra hay miles de mujeres de hermosa figura, miles de mujeres que llevan
discretos trajes negros de seda y chales rojos?
Midwinter se agarró con ansia a la sugerencia,
con demasiada presteza, como si la hubiese formulado un crítico más duro que
Mr. Brock sobre la humanidad.
—Tiene toda la razón, señor —admitió—, yo
estaba equivocado. Como usted dice, hay miles de mujeres a quienes podríamos
aplicar esta descripción. He estado perdiendo el tiempo con mis tontas
fantasías, cuando hubiese tenido que ocuparme en examinar cuidadosamente los
hechos. Si esa mujer trata alguna vez de encontrar a Allan, tengo que estar
atento para impedírselo. —Empezó a buscar nerviosamente entre las hojas
manuscritas desparramadas sobre la mesa, se detuvo en una de las páginas y la
examinó atentamente—. Aquí hay un dato positivo que me permite conocer su edad.
Cuando se casó Mrs. Armadale, tenía doce años; sumemos uno, y nos dará trece.
Si sumamos la edad de Allan, veintidós años, tendremos la edad actual de la
mujer: treinta y cinco. Conozco su edad y sé que tiene razones para guardar
silencio acerca de su vida de casada. Ya es algo para empezar, con el tiempo
estos datos pueden llevarme a descubrir algo más. —Miró satisfecho a Mr.
Brock—. ¿Voy ahora por buen camino, señor? ¿Piensa que sigo las amables
instrucciones que me ha dado?
—Con ello justifica su propio sentido común
—respondió el párroco, animándolo a refrenar su imaginación, con la típica
desconfianza inglesa en la más noble facultad humana—. Está allanando el camino
para una vida más feliz.
—¿De verdad? —dijo reflexivamente el otro.
Buscó una vez más entre los papeles y se
detuvo en otra página.
—¡El barco! —exclamó de pronto y cambió de
nuevo de color y mudó inmediatamente de actitud.
—¿Qué barco? —preguntó el clérigo.
—El barco en el que sucedió aquello —respondió
Midwinter, quien por primera vez daba señales de impaciencia—. El barco donde
la mano asesina de mi padre cerró la puerta del camarote.
—¿Qué sucede? —dijo Mr. Brock.
El joven pareció no haber oído la pregunta, su
mirada permaneció fija en la página que estaba leyendo.
—Un barco francés que se dedicaba al
transporte de madera —continuó, hablando consigo mismo—, un barco francés
llamado La Grâce de Dieu. Si mi padre hubiese estado en lo cierto, si la
Fatalidad hubiese seguido mis pasos desde la tumba de mi padre, me habría
tropezado coa aquel barco en alguno de mis viajes. —Miró de nuevo a Mr. Brock—.
Ahora estoy completamente seguro —coocluyó—. Aquellas mujeres son dos, no una
sola.
Mr. Brock meneó la cabeza.
—Me alegro de que haya llegado a esta
conclusión, preferiría que lo hubiese hecho por otro camino.
Midwinter miró fijamente sus pies y, después
de agarrar con ambas manos las hojas manuscritas, las arrojó a la vacía
chimenea.
—¡Por el amor de Dios, deje que queme esto!
—exclamó. Mientras se conserve una sola de estas páginas, tendré que leerla. Y
mientras la lea, mi padre podrá más que yo, a pesar de todos mis esfuerzos.
Mr. Brock señaló la caja de cerillas. Un
momento después, la confesión ardía. Cuando el fuego hubo consumido el último
pedazo de papel, Midwinter lanzó un profundo suspiro de alivio.
—Podría decir, como Macbeth: «Bueno, ahora que
esto ha desaparecido, ¡vuelvo a ser un hombre!» —exclamó con febril animación—.
Usted parece fatigado, señor, no es de extrañar —añadió, bajando el tono de
voz—. Le he privado de demasiadas horas de descanso, no quiero entretenerlo
más. Tenga la seguridad de que recordaré lo que me ha dicho y de que detendré a
cualquier enemigo de Allan, hombre o mujer, que trate de acercarse a él.
Gracias, Mr. Brock, ¡mil gracias! Cuando entré en esta habitación, era el hombre
más desdichado del mundo, ahora salgo de ella feliz como los pájaros que cantan
ahí fuera.
Al volverse hacia la puerta, los rayos del sol
naciente penetraron a raudales a través de la ventana y alumbraron las negras
cenizas amontonadas en la oscura chimenea. La sensible imaginación de Midwinter
se encendió al instante cuando vio aquello.
—¡Mire! —dijo alegremente—. ¡La promesa del
futuro brilla sobre las cenizas del pasado!
Cuando la puerta se hubo cerrado y quedó de
nuevo a solas, el párroco sintió una compasión inexplicable por aquel hombre,
precisamente en el instante en que su vida Parecía estar menos necesitada de
piedad.
—¡Pobre muchacho! —murmuró con inquieta
sorpresa al advertir su propio impulso compasivo—. ¡Pobre muchacho!
CAPÍTULO III
EL DÍA Y LA NOCHE
Había transcurrido la mañana, llegó y pasó el
mediodía y Mr. Brock inició la primera etapa de su viaje de regreso.
Después de despedirse del párroco en el puerto
de Douglas, los dos jóvenes volvieron a Castletown y se separaron en la puerta
del hotel. Allan fue al muelle a echar un vistazo a su yate, Midwinter entró en
el edificio en busca del descanso que tanto necesitaba después de una noche en
vela.
Puso la habitación a oscuras y cerró los ojos,
pero no logró conciliar el sueño. En este primer día de ausencia del párroco,
su carácter sensible exageraba la responsabilidad que Mr. Brock le había
confiado. Un miedo nervioso a dejar a Allan solo, aunque fuese solamente por
unas pocas ñoras, lo mantuvo despierto y vacilante hasta que, más que un
sacrificio, representó un alivio para él levantarse de la cama y seguir los
pasos de Allan para encaminarse al lugar donde se encontraba el yate. La
reparación de la pequeña embarcación estaba casi terminada. El día brillaba
alegre y soplaba la brisa, la tierra resplandecía, el agua era azul, brincaban
las olas bajo los rayos del sol y los hombres cantaban mientras trabajaban.
Midwinter bajó al camarote y encontró a su amigo muy atareado, tratando de
poner las cosas en su sitio. Desordenado por naturaleza, Allan percibía a veces
intensamente las ventajas del orden y, en tales ocasiones, el frenesí de la
pulcritud se apoderaba de él. Cuando Midwinter lo vio, estaba arrodillado,
trabajando furiosa y acaloradamente mientras devolvía a toda prisa el pequeño
mundo del camarote a su caos original, con una actividad mal dirigida digna de
ver.
—¡Menudo lío! —exclamó, asomando
tranquilamente la cabeza por el borde de la colmada litera—. ¿Sabes amigo mío,
que empiezo a lamentar no haberlo dejado todo como estaba?
Midwinter sonrió y acudió en ayuda de su amigo
con la prontitud propia de los marineros.
El primer objeto con que tropezó fue el
neceser de Allan, volcado boca abajo, con la mitad de su contenido desparramado
por el suelo. Descubrió un plumero y una escobita de chimenea entre las otras
cosas. Cuando guardaba uno a uno los diferentes utensilios del neceser,
encontró inesperadamente un retrato en miniatura ovalado, a la antigua usanza,
y encuadrado en un delicado marco con pequeños diamantes incrustados.
—No pareces dar mucho valor a esto —comentó—.
¿Qué es?
Allan se inclinó sobre él y miró la miniatura.
—Perteneció a mi madre —respondió— y guarda
para mí un gran valor. Es un retrato de mi padre.
Bruscamente Midwinter dejó la miniatura en
manos de Allan y se retiró al lado opuesto del camarote.
—Tú sabes mejor que yo cómo hay que guardar
las cosas en tu neceser —dijo, vuelto de espaldas a Allan—.Yo arreglaré este
lado del camarote mientras tú ordenas el otro.
Empezó a colocar en su lugar los trastos
desparramados a su alrededor, sobre la mesa y en el suelo. Pero hubiérase dicho
que el destino se empeñaba en que objetos personales de su amigo cayesen en sus
manos aquella mañana, sin poder evitarlo. Entre las primeras cosas que recogió
estaba la tabaquera de Allan, a la que faltaba la tapa. En su interior había
una carta arrugada que, por el bulto, debía contener algún anexo.
—¿Sabías que habías puesto esto aquí?
—preguntó—. ¿Es importante esta carta?
Allan la reconoció al instante. Era la primera
de una breve serie de cartas que los excursionistas habían recibido en la isla
de Man, aquélla de la que el joven Armadale había dicho secamente que le traía
«más preocupaciones de esos dichosos abogados» y que había olvidado después con
su despreocupación acostumbrada.
—Esto es lo que pasa cuando se es demasiado
ordenado —protestó—, aquí tienes un ejemplo de mi extraordinaria diligencia.
Tal vez no te lo creas, pero guardé esa carta ahí a propósito. Así estaba
seguro de que la vería cada vez que cogiese la tabaquera, así recordaría que
debía contestarla. No te rías, era una cosa perfectamente lógica..., si hubiese
podido recordar dónde había dejado la tabaquera. ¿Crees que sería mejor que
hiciese un nudo en el pañuelo? Tú tienes una memoria formidable, amigo mío.
Podrías recordarme este asunto más tarde, por si me olvido del nudo.
Midwinter vio la primera oportunidad de
sustituir eficazmente a Mr. Brock, desde la partida de éste.
—Ahora ya recuerdas que debes escribir —dijo—.
¿Por qué no contestas la carta enseguida? Si lo dejas para más tarde, se te
olvidará de nuevo.
—Tienes razón —admitió Allan—. Pero lo malo es
que aún no he decidido qué debo contestar. Necesito un consejo. Ven, siéntate
aquí y te lo contaré todo.
Riendo a carcajadas como un niño y contagiando
a Midwinter de su regocijo, barrió de un manotazo diversos trastos amontonados
sobre el sofá del camarote, para dejar un espacio libre donde pudiesen sentarse
él y su amigo.
En plena exaltación de su ánimo juvenil,
dispusiéronse los dos a celebrar una pequeña conferencia sobre la carta
olvidada en la tabaquera.
Fue un momento trascendente para ambos, a
pesar de que en aquel momento lo tomaron a la ligera. Antes de levantarse de
allí, dieron juntos el primer paso irrevocable en el oscuro y tortuoso camino
de sus vidas futuras.
Reducida a los hechos escuetos, la cuestión
sobre la que Allan pedía consejo a su amigo puede resumirse en estos términos:
Mientras se realizaban las gestiones
inherentes a la sucesión en los derechos de Thorpe-Ambrose y mientras el nuevo
propietario de la finca estaba todavía en Londres, había surgido necesariamente
la cuestión de la persona que debía encargarse de la administración de la
propiedad. El que había sido administrador de la familia Blanchard había
escrito, sin pérdida de tiempo, ofreciendo sus servicios. Pero aunque era un
hombre competente y digno de confianza, no le había caído bien al nuevo
propietario. Cediendo como de costumbre a su primer impulso y resuelto a toda
costa a instalar a Midwinter de modo permanente en Thorpe-Ambrose, Allan había
decidido que el cargo de administrador era perfectamente adecuado para su
amigo, por la sencilla razón de que le obligaría a vivir en la finca. Por
consiguiente, había escrito rechazando el ofrecimiento sin consultar a Mr.
Brock, pues tenía buenas razones para temer su desaprobación. Tampoco se lo
dijo a Midwinter, que probablemente (si hubiese tenido oportunidad de escoger)
habría rechazado un cargo para el que no le capacitaban sus anteriores
experiencias. Después de esta decisión, había seguido más correspondencia, que
provocó dos nuevas dificultades un poco embarazosas a primera vista, pero que
Allan resolvió fácilmente, con la ayuda de sus abogados. La primera dificultad,
o sea, revisar los libros del administrador cesante, se solventó enviando un
contable profesional a Thorpe-Ambrose. La segunda, o sea, sacar algún provecho
de la casita que el administrador había dejado vacía (ya que los planes de
Allan con respecto a su amigo incluían la residencia de éste bajo su propio
techo), se resolvió con la inclusión de la propiedad en la lista de un activo
agente inmobiliario de la población vecina. En este estado se hallaban las
cosas cuando Allan abandonó Londres. No volvió a pensar en el asunto hasta que,
hallándose en la isla de Man, recibió una carta de los abogados donde le
adjuntaban dos proposiciones de alquiler de la casita.
De nuevo se hallaba en la necesidad de tomar
una decisión y, después de haberse olvidado tranquilamente del nto durante unos
días, Allan puso las dos proposiciones en manos de su amigo, le ofreció una
confusa explicación de las circunstancias del caso y le pidió consejo. Pero
Midwinter, en vez de hacerlo, dejó a un lado los documentos y formuló dos
preguntas que eran naturales aunque muy engorrosas: ¿quién sería el nuevo
administrador, por qué tenía que vivir en la casa de Allan?
—Cuando vayamos a Thorpe-Ambrose te diré quién
será y por qué ha de vivir conmigo —dijo Allan—. Mientras tanto, llamaremos
X.Y.Z. al administrador y diremos que va a vivir bajo mi techo porque soy
terriblemente desconfiado y no quiero perderlo de vista. No pongas esa cara de
sorpresa. Conozco bien a ese hombre y tengo que andarme con cuidado. Si le
ofreciese el cargo precipitadamente, su modestia le cerraría el camino y lo
obligaría a negarse. Si lo meto en ello de cabeza, sin previo aviso y sin nadie
que pueda salvarlo de la situación, no tendrá más remedio que mirar por mis
intereses y aceptar. Puedo asegurarte que X.Y.Z. no es mala persona. Ya lo
conocerás cuando vayamos a Thorpe-Ambrose, me parece que os llevaréis a la
perfección.
El humor que brillaba en los ojos de Allan y
el taimado y significativo tono de su voz habrían revelado su secreto a un
hombre más avisado. Midwinter estuvo tan lejos de sospecharlo como los
carpinteros que trabajaban encima de ellos, sobre la cubierta del yate.
—¿No hay ahora ningún administrador en la
finca? —preguntó, mostrando claramente que la respuesta de Allan no lo
satisfacía en absoluto—. ¿Tan abandonada la habéis tenido durante todo este
tiempo?
—¡Nada de eso! —le replicó Allan—. El negocio
va “viento en popa, a toda vela». No es broma, sólo es una metáfora. Un
contable se ha encargado de los libros y un escribiente de los abogados
despacha los asuntos una vez a la semana. No parece que las cosas estén
abandonadas, ¿verdad? Pero dejemos por ahora al nuevo administrador y dime cuál
de estos dos inquilinos aceptarías, si estuvieses en mi lugar.
Midwinter desplegó las proposiciones y las
leyó atentamente.
La primera era nada menos que del abogado de
Thorpe-Ambrose, que había informado a Allan, en París, de la gran fortuna que
había caído en sus manos. Este caballero había escrito personalmente y
confesaba que desde hacía tiempo admiraba aquella casita de campo,
magníficamente situada dentro de los límites de la finca de Thorpe-Ambrose. Era
soltero, aficionado al estudio y deseaba poder retirarse a descansar en el
campo después de las fatigosas y duras horas de trabajo. Se atrevía a decir
que, si Mr. Armadale lo aceptaba como inquilino, podía estar seguro de que
tendría un vecino discreto y de que la casa estaría en manos de una persona
responsable y cuidadosa.
La segunda propuesta la había enviado el
agente y procedía de un desconocido. El aspirante a inquilino era, en este
caso, un oficial retirado, un tal comandante Milroy. Su familia se componía
solamente de su esposa inválida y una hija. Sus referencias eran magníficas y
también él estaba particularmente ansioso de ocupar la casa, cuyo emplazamiento
en un lugar tan tranquilo era exactamente lo que convenía a Mrs. Milroy, dado
su delicado estado de salud.
—Bueno, ¿por qué profesión debo inclinarme?
—preguntó Allan—. ¿Por el ejército o por la abogacía?
—A mí me parece que la cosa no ofrece duda
—respondió Midwinter—. El abogado ya ha mantenido correspondencia contigo; por
consiguiente, creo que su solicitud debería tener prioridad.
—Sabía que dirías esto. Siempre que pido
consejo, me dan el que no quiero. Aquí tienes un ejemplo. Yo estoy a favor del
otro solicitante. Me inclino por el comandante.
—¿Por qué?
El joven Armadale señaló con el dedo el
párrafo de la carta del agente donde se aludía a la familia del comandante
Milroy y que contenía estas dos palabras: «una jovencita».
—Un soltero aficionado al estudio, rondando
por mi finca —explicó— es mucho menos interesante que una damita. No tengo la
menor duda de que Miss Milroy será una muchacha encantadora. Ozias Midwinter,
hombre de grave semblante, piensa en su lindo vestido de muselina revoloteando
entre los árboles e invadiendo la finca de tu propiedad, piensa en sus pies
adorables trotando en tu huerto y en sus deliciosos y frescos labios besando
los melocotones maduros, piensa en sus manos gordezuelas agitándose entre las violetas
tempranas, y en su naricita sonrosada oliendo los capullos de las rosas. ¿Qué
me ofrece el estudioso solterón, a cambio de todo esto? Un ser pardo y
reumático, con polainas y peluca. ¡No, no! La justicia es buena cosa, querido
amigo, pero sin duda Miss Milroy es mejor.
—¿Podrás portarte seriamente alguna vez,
Allan?
—Trataré de hacerlo, si tú quieres. Sé que
debería aceptar al abogado; pero ¿qué he de hacer, si no puedo quitarme de la
cabeza a la hija del comandante?
Midwinter insistió resueltamente en su opinión
justa y sensata sobre el tema y ejerció sobre su amigo todas sus dotes de
persuasión. Después de escucharlo hasta el fin con paciencia ejemplar, Allan
quitó unos cuantos trastos más de la mesa del camarote y sacó del bolsillo una
moneda de media corona.
—Se me ha ocurrido una idea original.
Echémoslo a suertes.
No podía imaginarse una proposición más
absurda, viniendo de un propietario. Midwinter perdió su gravedad.
—Yo echaré la moneda —continuó Allan— y tú
elegirás. Naturalmente, debemos dar preferencia al ejército, por consiguiente
será cara para el comandante y cruz para el abogado. Una sola tirada decidirá
la cuestión. Ahora, ¡fíjate bien!
Hizo girar la media corona sobre la mesa del
camarote.
—¡Cruz! —gritó Midwinter, siguiendo lo que
consideraba una de las bromas infantiles de Allan.
La moneda cayó sobre la mesa con la cara hacia
arriba.
—¡No vas a decirme que tienes tanta prisa!
—exclamó Midwinter, al ver que el otro abría la carpeta y mojaba la pluma en el
tintero.
—¡Es que la tengo! —replicó Allan—. La suerte
y Miss Milroy están de mi parte y tú has perdido por dos votos contra uno. Es
inútil discutir. El comandante ha ganado y la casa será para él. No confiaré
este asunto a los abogados, que no harían más que molestarme con sus cartas.
Escribiré yo mismo.
Redactó las respuestas a las dos proposiciones
en dos minutos exactos. Una, al agente: «Muy señor mío, acepto la oferta del
comandante Milroy, quien puede ocupar la casa cuando considere oportuno. Le
saluda atentamente, Allan Armadale.» La otra, al abogado: «Muy señor mío,
lamento que las circunstancias me impidan aceptar su ofrecimiento. Atentamente
suyo...»
—La gente se preocupa mucho cuando tiene que
escribir cartas —observó Allan, cuando hubo terminado—, A mí me resulta de lo
más fácil.
Escribió la dirección en los dos sobres y los
cerró, mientras silbaba alegremente. Al escribir, no había advertido lo que
estaba haciendo su amigo. Cuando hubo terminado, le llamó la atención el súbito
silencio que reinaba en el camarote y al levantar la mirada observó que
Midwinter había concentrado toda su atención en la media corona que yacía de
cara sobre la mesa. Allan, sorprendido, dejó de silbar.
—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó.
—Sólo me estaba preguntando una cosa
—respondió Midwinter.
—¿Qué? —insistió Allan.
—Me estaba preguntando —explicó el otro al
tiempo que le devolvía la media corona— si existe eso que llaman suerte.
Media hora más tarde echaron al correo las dos
cartas, y Allan, cuya continua vigilancia de la reparación del yate le había
dejado hasta entonces muy pocos ratos libres, había propuesto emplear unas
horas de ocio dando un paseo por Castletown. Ni siquiera el nervioso empeño de
Midwinter en justificar la confianza que Mr. Brock había depositado en él pudo
objetar nada contra aquella inofensiva proposición y los dos jóvenes partieron
juntos para ver lo que podía ofrecerles la metrópoli de la isla de Man.
Es muy dudoso que haya en todo el mundo
habitado lugar que, considerado desde el punto de vista turístico ofrezca a la
atención de los forasteros tan pocos centros de interés como Castletown.
Empezando por el sector marítimo, había un puerto interior con un puente
levadizo para que pudiesen pasar las embarcaciones, un puerto exterior, que
terminaba en un faro enano, una vista de costa llana a la derecha y una vista
de costa llana a la izquierda. En el solitario centro de la ciudad había un
bajo y macizo edificio gris conocido como «el castillo», había también una
columna conmemorativa dedicada a un tal Gobernador Smelt, de cima plana para la
estatua, pero sin ninguna imagen, y también un cuartel, donde se alojaba media
compañía destacada en la isla y ante cuya única puerta montaba guardia un
aburrido centinela. El gris pálido era el color que predominaba en la ciudad.
Las pocas tiendas abiertas estaban separadas a frecuentes intervalos por otras
cerradas y tristemente abandonadas. La aburrida ociosidad de los barqueros en
tierra era en aquella ciudad tres veces más monótona; los jóvenes del barrio
fumaban juntos en mudo abatimiento al socaire de un muro desnudo, chiquillos
harapientos pedían limosna mecánicamente y, antes de que la mano caritativa
pudiese introducirse en el piadoso bolsillo, se alejaban de nuevo, dudando,
como buenos misántropos, de la bondad de los humanos a quienes suplicaban. El
silencio de las tumbas se extendía desde el cementerio de la iglesia a toda la
mísera ciudad. Pero un edificio de lujoso aspecto se elevaba, consolador, sobre
la desolación de aquellas calles tristes. Frecuentado por los estudiantes del
vecino Colegio del Rey Guillermo, aquel edificio hacía las funciones de
repostería. Allí había al menos algo que un forastero podía observar a través
del escaparate pues, sentados en altos taburetes, los alumnos del colegio
balanceaban las piernas, movían lentamente las mandíbulas y, acallados por la
horrible quietud de Castletown, engullían con gravedad los pasteles en un
ambiente de lúgubre silencio.
—¡Que me aspen si puedo seguir mirando a esos
chicos y esas tartas! —exclamó Allan, apartando a su amigo de la pastelería—.
Veamos si podemos encontrar algo más divertido en la próxima calle.
La primera cosa divertida que les ofreció el
paseo fue un taller de tallista y dorador, que expiraba poco a poco en la
última fase de decadencia comercial. En el mostrador del interior de la tienda
sólo se veía la cabeza recostada de un muchacho, que dormía tranquilamente en
la soledad ininterrumpida del lugar. En el escaparate se exhibían tres pequeños
marcos manchados por las moscas; un rótulo, polvoriento y descuidado, que
anunciaba que el local estaba en alquiler, y una estampa en colores, última de
una serie que ilustraba los horrores del alcoholismo, según los más severos
principios de la abstinencia. La composición (que representaba una botella de
ginebra vacía, una buhardilla muy espaciosa, un lector vertical de la Sagrada
Escritura y una familia horizontal expirante) pretendía atraerla atención del
público con el título, totalmente incuestionable, de La Mano de la Muerte. La
resolución de Allan de divertirse por la fuerza en Castletown había aguantado
mucho, pero le falló al fin en esta fase de sus investigaciones. Sugirió hacer
una excursión a algún otro lugar. Midwinter estuvo de acuerdo y ambos volvieron
al hotel para hacer averiguaciones. Gracias a la campechanía de Allan y a su
total falta de método al formular las preguntas, lo dos forasteros recibieron
un alud de información referente a todos los temas, menos al que les había
llevado al hotel. Descubrieron varios detalles interesantes relacionados con
las leyes y la constitución de la isla de Man y con los usos y costumbres de
los nativos. Para diversión de Allan, los ciudadanos de Man hablaban de
Inglaterra como si se tratara de una isla contigua muy conocida, situada a
cierta distancia del imperio central de la isla de Man. Los dos ingleses se
enteraron también de que la feliz y pequeña nación se regía por leyes
autóctonas, públicamente promulgadas una vez al año por el gobernador y dos
jueces reunidos en la cima de un antiguo montículo, ocasión en la que lucían
los trajes típicos. Provista de esta envidiable institución la isla gozaba además
de la inestimable ventaja de un parlamento local, llamado Cámara de las Llaves,
y que era una asamblea mucho más avanzada que el Parlamento de la isla vecina,
en el sentido de que sus miembros prescindían del pueblo y se elegían
solemnemente los unos a los otros. Con esto y otras muchas particularidades
locales, explicadas por hombres de toda clase y condición, dentro y fuera del
hotel, Allan fue pasando el aburrido tiempo a su propia y descuidada manera,
hasta que el parloteo se fue extinguiendo por sí solo y Midwinter (que había
estado hablando aparte con el dueño del hotel) le recordó en voz baja lo que
les había llevado allí. Según decían, los lugares más hermosos de la isla se
hallaban al oeste y al sur. En aquella zona había un pueblo de pescadores llamado
Port St. Mary, con un hotel donde los viajeros podrían pernoctar. Si Allan
seguía firme en la impresión que había sacado de Castletown y deseaba probar
una excursión a otro lugar, sólo tenía que decirlo e inmediatamente pondrían un
carruaje a su disposición. Allan aceptó el ofrecimiento sin pérdida de tiempo
y, diez minutos más tarde, él y Midwinter se pusieron en camino por los
desérticos parajes occidentales de la isla.
Hasta aquel momento, el día de la partida de
Mr. Brock había transcurrido sin ningún suceso relevante, con incidentes en los
cuales ni siquiera la nerviosa vigilancia de Midwinter advirtió nada
inquietante hasta que llegó la noche; una noche que al menos uno de los dos
compañeros recordaría durante toda su vida.
Antes de que los viajeros hubiesen recorrido
dos millas de su camino, se produjo un accidente. El caballo se cayó y el
cochero dijo que el animal se había lesionado gravemente. No había más
alternativas que enviar a buscar otro carruaje a Castletown o seguir a pie
hasta Port St. Mary. Midwinter y Allan decidieron caminar, pero no habían
recorrido mucho camino cuando los alcanzó un caballero que iba solo en un
tílburi. Se presentó cortesmente, diciendo que era médico y vivía cerca de Port
St. Mary, y les invitó a subir a su coche. Siempre dispuesto a trabar nuevas
amistades, Allan aceptó al punto el ofrecimiento. Él y el médico (que dijo
llamarse Hawbury) charlaban ya como dos viejos amigos a los cinco minutos.
Midwinter, sentado detrás de ellos, permaneció reservado y silencioso. Se
separaron justo antes de llegar a Port St. Mary, delante de la casa de Mr.
Hawbury, donde Allan admiró con grandes aspavientos las cristaleras de la
mansión, el lindo jardín y el verde césped, y estrechó calurosamente la mano
del médico al despedirse, como si se conocieran desde la infancia. Cuando
llegaron a Port St. Mary, los dos amigos se encontraron en un segundo
Castletown a escala reducida. Pero el paisaje de los alrededores, despejado,
selvático y agreste, era digno de su fama. Dieron un paseo al declinar el día
—que seguía siendo tranquilo y apacible— para ver el paraje. Después de esperar
un poco para admirar la majestuosa puesta del sol tras un monte y observar el
brezal y el despeñadero mientras hablaban de Mr. Brock y de su largo viaje para
volver a casa, regresaron al hotel para encargar la cena. La noche fue cayendo
poco a poco sobre los dos amigos y con ella la aventura que traería consigo;
pero los únicos incidentes que acaecieron parecían cosa de risa cuando los recordaron
más tarde. La cena fue francamente mala; la doncella parecía de lo más
estúpida, el cordón de la campanilla del salón de café se quedó en las manos de
Allan cuando tiró de él y, al caer, se enredó con una pastora de porcelana
pintada que descansaba sobre la repisa de la chimenea y se hizo añicos en el
suelo. Sucesos tan insignificantes como éstos fueron los únicos que ocurrieron
antes de que se apagasen las últimas luces del crepúsculo y encendieran las
velas en el salón.
Viendo que Midwinter tenía pocas ganas de
conversación, después de la doble fatiga de una noche sin dormir y un día
agitado, Allan lo dejó descansar en el sofá y se dirigió al pasillo del hotel,
por si encontraba a alguien con quien hablar. Allí, otro incidente trivial
reunió de nuevo a Allan y Mr. Hawbury y contribuyó (para bien o para mal, esto
habría que verlo) a fortalecer la relación que se había iniciado entre ambos.
El bar del hotel estaba al final del pasillo y
la dueña, que era quien lo atendía, estaba sirviendo una copa de licor para el
médico, que acababa de entrar para charlar un poco. Después de pedir permiso,
Allan se unió a la pareja para beber y charlar, y Mr. Hawbury le ofreció
delicadamente la copa que la hotelera acababa de servirle. Contenía coñac con
agua. El ojo clínico del médico captó el cambio que experimentó el semblante de
Allan cuando éste se apartó súbitamente y pidió whisky en vez de aquello.
—Un caso de rechazo nervioso —comentó Mr.
Hawbury, retirando suavemente el vaso.
La observación obligó a Allan a confesar que
el olor y el sabor del coñac le producían un asco insuperable (lo cual, aunque
fuese una tontería por su parte, lo avergonzaba un poco). Fuera cual fuese el
líquido en que se hubiese diluido el licor, la simple presencia de éste, que
detectaba inmediatamente por el gusto y el aroma, bastaba para que se marease e
incluso se desmayase, si la bebida tocaba sus labios. Partiendo de esta
confesión personal, la charla giró alrededor de las fobias en general y el
médico reconoció, por su parte, que se tomaba un vivo interés profesional por
el tema y que en su casa tenía una serie de casos curiosos que tal vez
interesarían a su nuevo amigo, si Allan no tenía nada más que hacer aquella
noche y se dignaba visitarlo al cabo de una hora, momento en que habría
terminado su trabajo médico del día.
Después de aceptar cordialmente la invitación,
que se extendió a Midwinter, si éste quería aprovecharla, Allan regresó al
salón de café en busca de su amigo. Midwinter, adormilado, todavía estaba
tendido en el sofá con el periódico local resbalando de una mano lánguida.
—He oído tu voz en el pasillo —dijo,
soñoliento—. ¿Con quién estabas hablando?
—Con el doctor —respondió Allan—. Iré a fumar
un puro con él dentro de una hora. ¿Quieres venir?
Midwinter asintió con un cansado suspiro.
Siempre tímidamente reacio a contraer nuevas amistades, la fatiga aumentaba la
resistencia que sentía a convertirse en huésped de Mr. Hawbury. Sin embargo,
dadas las circunstancias, no tenía más remedio que ir, pues no se podía confiar
en dejar solo al imprudente Allan en cualquier parte y menos en la casa de un
desconocido. Desde luego, Mr. Brock no habría permitido que su discípulo
visitase solo al doctor y Midwinter tenía todavía el nervioso convencimiento de
que ocupaba el lugar de Mr. Brock.
—¿Qué vamos a hacer para pasar esta hora?
—preguntó Allan, mirando alrededor—. ¿Hay algo de particular ahí? —añadió,
observando él periódico caído y recogiéndolo del suelo.
—Estoy demasiado cansado para leer. Si
encuentras algo interesante, léelo en voz alta —dijo Midwinter, pensando que la
lectura lo ayudaría a mantenerse despierto.
Una parte considerable del periódico contenía
resúmenes de libros publicados recientemente en Londres. Una de las obras
descritas más extensamente era del género que interesaba a Allan: una narración
muy sabrosa de aventuras y viajes en las tierras salvajes de Australia.
Eligiendo un pasaje que describía los sufrimientos de un grupo de viajeros
perdidos en una selva sin caminos y en peligro de morir de sed, Allan anunció
que había encontrado una cosa que pondría la piel de gallina a su amigo y
empezó seriamente a leer el extracto. Resuelto a no dormir, Midwinter siguió el
relato de la aventura frase por frase, sin perderse una palabra. La discusión
entre los viajeros perdidos, que se enfrentaban a la muerte por deshidratación,
la resolución de seguir adelante mientras tuviesen fuerzas, la caída de un
fuerte chaparrón, los vanos esfuerzos por recoger el agua de lluvia, el fugaz
alivio que experimentaron al chupar la ropa mojada, los renovados sufrimientos
posteriores, el avance nocturno de los más fuertes del grupo, que dejaron atrás
a los más débiles, el seguimiento del rumbo marcado por una bandada de aves al
amanecer, el descubrimiento del gran estanque que salvó la vida de los hombres
perdidos... Todo esto iba captando trabajosamente la menguante atención de
Midwinter, al tiempo que se debilitaba la voz de Allan en su oído a cada frase
que leía éste. Pronto parecieron extinguirse suavemente las palabras, hasta que
sólo quedó el cada vez más débil sonido de la voz. Entonces, la luz del salón
fue cagándose gradualmente y los sonidos se fundieron en un silencio delicioso.
Las últimas impresiones conscientes del fatigado Midwinter se desvanecieron
apaciblemente.
El siguiente suceso del que tuvo conciencia
fue una fuerte llamada a la puerta cerrada del hotel. Se puso en pie con la
prontitud propia del hombre acostumbrado a despertarse al primer aviso. Miró
rápidamente alrededor y vio que la estancia estaba vacía, y una mirada a su
reloj le dijo que era casi medianoche. El ruido producido por el soñoliento
criado al abrir la puerta y unas rápidas pisadas en el pasillo le infundieron
el súbito presentimiento de que algo andaba mal. Cuando se disponía a salir
apresuradamente para ver qué ocurría, se abrió la puerta del salón de café y el
médico se plantó ante él.
—Siento molestarlo —dijo Mr. Hawbury—. No se
alarme, no ocurre nada malo.
—¿Dónde está mi amigo? —preguntó Midwinter.
—En el malecón —le respondió el médico—. Hasta
cierto punto, me considero responsable de lo que está haciendo ahora y opino
que una persona prudente, como usted, debería estar con él.
Midwinter no necesitó oír nada más. Salió de
inmediato con el médico en dirección al muelle y, durante el trayecto, Mr.
Hawbury le explicó las circunstancias que lo habían inducido a ir a buscarlo al
hotel.
Allan se había presentado puntualmente en la
casa del médico y explicó que había dejado a su fatigado amigo tan
profundamente dormido en el sofá que no había tenido valor para despertarlo. La
velada había transcurrido agradablemente y la conversación había girado en
torno a muchos temas, hasta que, en mala hora, se le había ocurrido insinuar
que era aficionado a la navegación a vela y que tenía en el muelle una
embarcación de recreo de su propiedad. Entusiasmado al instante por su tema
predilecto, Allan no había dejado a su amable anfitrión más alternativa que
llevarlo al muelle para enseñarle la barca. La belleza de la noche y la
suavidad de la brisa habían hecho el resto, infundiendo en Allan un deseo
irresistible de navegar a la luz de la luna. Imposibilitado de acompañar a su
invitado por exigencias profesionales que lo obligaban a permanecer en tierra,
el médico, sin saber qué hacer, había decidido molestar a Midwinter, antes que
asumir la responsabilidad de permitir a Mr. Armadale (por muy avezado que estuviese
al mar) emprender una excursión a vela, en plena noche y completamente solo.
Cuando terminó la explicación, Midwinter y el
médico habían llegado al muelle. Allí, naturalmente, encontraron al joven
Armadale en la barca, izando la vela y cantando alegremente el You-heave-ho! de
los marineros, a voz en grito.
—¡Adelante, viejo amigo! —gritó Allan—.
¡Llegas justo a tiempo para divertirte a la luz de la luna!
Midwinter sugirió que era mejor dejar la
diversión para el día a fin de tomar unas horas de reposo en la cama.
—¡La cama! —exclamó Allan. Por lo visto, la
hospitalidad del médico no había calmado la atolondrada animación del joven
Armadale—. ¿Lo ha oído, doctor? ¡Cualquiera diría que tiene noventa años!
¿Quieres irte a la cama, vieja marmota? Mira esto... ¡y piensa en la cama,si
puedes!
Señaló el mar. La luna brillaba en un cielo
sin nubes, la brisa nocturna soplaba suave y continuamente desde tierra, las
aguas tranquilas ondeaban alegremente en el silencio y la gloria de la noche.
Midwinter se volvió al médico con cara de circunstancias: había visto lo
suficiente para saber que toda palabra de amonestación sería en vano.
—¿Cómo está la marea? —preguntó.
Mr. Hawbury le informó.
—¿Están los remos a bordo?
—Sí.
—Yo estoy muy acostumbrado al mar —explicó
Midwinter mientras bajaba los escalones del muelle—. Puede usted confiar en mí
para que cuide de mi amigo y también de la barca.
—¡Buenas noches, doctor! —gritó Allan—. Su
whisky es delicioso; su barca estupenda y usted, el mejor compañero que he
tenido en mi vida.
El médico se echó a reír y agitó la mano, y la
barca se deslizó al exterior del puerto, con Midwinter al timón.
Como soplaba la brisa, se encontraron muy
pronto frente a la punta de tierra del oeste que limita la bahía de Poolvash y
se planteó la cuestión de si saldrían a alta mar o bordearían la costa. Lo más
prudente, por si amainaba el viento, era no alejarse de tierra. Midwinter
cambió el rumbo de la barca y navegaron suavemente en dirección sudoeste, sin
separarse de la costa.
Poco a poco aumentó la altura de los
acantilados y las rocas, agrupadas desordenadamente y melladas, mostraban
negras aberturas como fauces en el lado que daba al mar. Frente al escarpado
promontorio llamado Spanish Head, Midwinter miró inquieto el reloj. Pero Allan
le suplicó media hora más para echar un vistazo al famoso canal del Sound,
adonde se acercaban ahora rápidamente y del que había oído algunos relatos
sorprendentes por parte de los hombres que trabajaban en el yate. El cambio de
rumbo que Midwinter tuvo que imprimir a la barca, para complacer a su amigo, la
dejó más a merced del viento y les permitió ver, a un lado, el espléndido
panorama de la costa meridional de la isla de Man, y al otro, los negros
precipicios del islote llamado Calf, separado de tierra firme por el oscuro y
peligroso canal del Sound.
Una vez más Midwinter consultó el reloj.
—Ya hemos ido bastante lejos —anunció—. ¡Cuida
de la escota!
—¡Espera! —le gritó Allan desde la proa—.
¡Santo Dios¡ ¡Hay un barco naufragado delante de nosotros!
Midwinter dejó que la barca avanzase un poco
más y miró nacia el punto que señalaba su compañero.
Allí, encallado a medio camino entre ambas
márgenes rocosas del Sound para no volver a levantarse de su sumergido lecho de
roca, abandonado y solitario en la noche tranquila, negro y fantasmal bajo la
amarillenta luz de la luna, yacía el barco naufragado.
—Conozco esa nave —dijo Allan, con gran
excitación—. Ayer oí hablar de ella a mis trabajadores. Se metió aquí, durante
una noche oscura, cuando ninguna luz podía orientarla. Es un viejo y gastado
mercante, Midwinter, y los agentes marítimos lo han comprado para desguazarlo.
Acerquémonos y echémosle un vistazo.
Midwinter vaciló. Sus viejas aficiones de
marinero le inclinaban fuertemente a seguir la sugerencia de Allan, pero el
viento amainaba deprisa y temía las corrientes y los remolinos del canal.
—Es un lugar peligroso para una barca cuando
se desconoce el paraje —dijo.
—¡Tonterías! —replicó Allan—. Esta barca es
muy ligera y flotaría sobre medio metro de agua.
Antes de que Midwinter pudiese responder, la
corriente arrastró la barca hacia el canal en dirección al barco encallado.
—Arría la vela —ordenó Midwinter— y monta los
remos. Queramos o no, nos estamos echando sobre el barco.
Acostumbrados ambos a manejar los remos,
dominaron lo suficiente el curso de la barca para mantenerla en el lado menos
turbulento del canal, el lado más cercano al islote de Calf. Al acercarse
rápidamente al barco, Midwinter cedió su remo a Allan y, en el momento
oportuno, agarró con el bichero la cadena de proa de la nave. Un instante
después, la barca estaba a salvo a sotavento del buque encallado.
La escala que empleaban los trabajadores
pendía de la borda. Midwinter trepó por ella con la cuerda de la barca entre
los dientes, ató un cabo y arrojó el otro a Allan, que seguía en la barca.
—Sujétala fuerte y espera a que me asegure de
que todo anda bien a bordo.
Dichas estas palabras, desapareció detrás de
la borda.
—¿Esperar? —dijo Allan, asombrado ante la
excesiva precaución de su amigo—. ¿Qué diablos significa esto? ¡Que me aspen si
me quedo aquí! ¡Donde vaya uno de nosotros, puede ir también el otro!
Ató el extremo de la cuerda a la bancada de
proa de la barca, trepó por la escala y se plantó en un instante sobre la
cubierta.
—¿Qué es eso tan terrible que ocurre a bordo?
—preguntó sarcásticamente cuando se reunió con su amigo.
Midwinter sonrió.
—Nada en absoluto —respondió—. Pero no podía
estar seguro de que teníamos todo el barco para nosotros hasta haber echado un
vistazo alrededor.
Allan dio una vuelta por cubierta y observó
atentamente la nave desde la proa hasta la popa.
—No vale gran cosa —comentó—. Los franceses
suelen construir barcos mejores.
Midwinter cruzó la cubierta y miró a Allan en
silencio.
—¿Los franceses? —repitió, después de una
pausa—. ¿Es francés este barco?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijeron los hombres que trabajan en el
yate. Lo saben todo acerca de él.
Midwinter se acercó un poco más. Miró a Allan
a los ojos. Su cara morena aparecía inexplicablemente pálida a la luz de la
luna.
—¿Dijeron a qué clase de transporte se
dedicaba?
—Sí. Al transporte de madera.
Cuando Allan dio esta respuesta, la mano
morena del otro se cerró con fuerza sobre su hombro y los dientes de Midwinter
castañetearon como a impulso de un repentino escalofrío.
—¿Mencionaron su nombre? —preguntó, con una
voz que se extinguió de pronto en un murmullo.
—Creo que sí. Pero lo he olvidado. Pero
cálmate, amigo mío; me estás haciendo daño en el hombro con tu garra.
—Ese nombre... —Se interrumpió, apartó la mano
y se enjugó las grandes gotas de sudor que le perlaban frente—. Ese nombre,
¿era La Grâce de Dieu?
—¿Cómo diablos lo has sabido? Efectivamente,
así se llama. La Grâce de Dieu.
Midwinter subió de un salto a la borda del
barco encallado.
—¡La barca! —exclamó con un grito de horror
que rompió el silencio de la noche e hizo que Allan se pusiera al instante a su
lado.
El extremo inferior de la cuerda mal atada
pendía sobre el agua y allá al frente, por el sendero marcado por la luz de la
luna, se alejaba, flotando, un pequeño bulto negro. La corriente arrastraba la
barca.
CAPÍTULO IV
LA SOMBRA DEL PASADO
Sobre la cubierta del barco maderero, uno al
oscuro abrigo de la borda, y el otro plantado audazmente bajo la luz amarilla
de la luna, los dos amigos se volvieron cara a cara y se miraron en silencio.
Un momento después, la inveterada despreocupación de Allan captó el lado
grotesco de la situación. Se sentó a horcajadas sobre la borda y estalló en una
fuerte y jactanciosa carcajada.
—Todo ha sido por mi culpa —admitió—, pero no
podemos hacer nada. Henos aquí, presos en una trampa tramada por nosotros
mismos, ¡y allá que se va la barca del doctor! Sal de la sombra, Midwinter,
apenas te veo y me gustaría saber qué vamos a hacer ahora.
Midwinter no respondió ni se movió. Allan bajó
de la borda y, después de subir al castillo de proa, contempló atentamente las
aguas del Sound.
— Una cosa es segura. Con la corriente en
aquel lado y las rocas sumergidas en éste, es imposible que salgamos nadando de
este apuro. Esto es cuanto puedo observar desde este lado del barco. Veamos
cómo se presentan las cosas vistas desde el otro extremo. ¡Animo, compañero!
—gritó alegremente al pasar junto a Midwinter—. Ven conmigo y veamos qué nos
muestra esta vieja bañera desde la popa.
Se alejó saltando, con las manos en los
bolsillos y tarareando el estribillo de una humorística canción.
Su voz no había producido efecto visible en su
amigo, pero al ligero contacto de su mano al pasar, Midwinter se sobresaltó y
salió lentamente de la sombra de la borda.
—¡Vamos! —gritó Allan, quien interrumpió un
momento su canción y miró hacia atrás.
El otro lo siguió, todavía sin pronunciar
palabra. Se detuvo tres veces antes de llegar a la popa del barco: la primera,
para levantarse el sombrero y echar atrás los cabellos de la frente y de las
sienes; la segunda, para agarrarse un instante a un cáncamo, cuando los pies le
vacilaron, y la tercera (aunque Allan era claramente visible a pocas yardas
delante de él), para mirar cautelosamente hacia atrás, con la furtiva atención
de quien parece oír pisadas tras él en la oscuridad.
—¡Todavía no! —murmuró para sí, escrutando con
la mirada el aire vacío—. Lo veré a popa, con la mano en la cerradura de la
puerta del camarote.
La popa del barco encallado aparecía
despejada, ya que habían amontonado la carga de madera en otras partes de la
nave. Allí, lo único visible sobre la lisa superficie de la cubierta era la
baja estructura de madera donde se hallaba la puerta del camarote y que
ocultaba la escalera de éste. Se habían llevado la caseta del timón y la
bitácora, pero la entrada del camarote y todo lo que pertenecía a éste
permanecían intactos. La escotilla y la puerta estaban cerradas.
Al llegar a la parte posterior de la nave,
Allan se dirigió inmediatamente a la popa y observó el mar por encima del
pasamano de la borda.
No se veía ninguna barca en parte alguna de
las aguas silenciosas iluminadas por la luna. Sabiendo que la vista Midwinter
era mejor que la suya, gritó:
—Ven aquí y mira si hay algún pescador que
pueda oírnos.
No recibió respuesta y miró hacia atrás.
Midwinter lo había seguido hasta el camarote y se había detenido allí. Lo llamó
de nuevo, esta vez más fuerte y le dirigió un ademán al paciente para que se
acercase. Midwinter lo había oído, ya que levantó la cabeza, pero no se movió
del sitio. Permaneció donde estaba, como si hubiese llegado al límite del barco
y no pudiese seguir avanzando.
Allan retrocedió y se reunió con él. No
resultaba fácil descubrir lo que estaba mirando, pues tenía vuelta la cabeza a
la luz de la luna, pero al parecer tenía la mirada fija en la puerta del
camarote con una extraña expresión interrogadora.
—¿Hay algo que ver ahí? —preguntó Allan—.
Veamos si está cerrada.
Cuando avanzo un paso para abrir la puerta, la
mano de Midwinter lo agarró de pronto por el cuello de la chaqueta y lo obligó
a retroceder. Un momento después, la mano aflojó la presión, sin soltar su
presa, y tembló violentamente, como la de un hombre a quien le fallasen las
fuerzas.
—¿Tengo que considerarme bajo arresto?
—preguntó Allan, medio asombrado y medio divertido—. ¿Por qué, válgame Dios, no
dejas de mirar la puerta del camarote? ¿Has oído algún ruido sospechoso? No
debemos molestar a las ratas, si es lo que te inquieta, porque no llevamos
ningún perro con nosotros. ¿Hombres? En todo caso, no pueden estar vivos,
porque nos habrían oído y habrían subido a cubierta. ¿Muertos? ¡Imposible!
Ningún marinero del barco habría podido ahogarse en un sitio como ése, a menos
que se hubiese roto la quilla, y como puedes ver la nave está entera y sólida
como una catedral. ¡Pero cómo te tiembla la mano! ¿Qué hay en ese viejo y
maldito camarote que te asusta tanto? ¿Por qué tiemblas y te estremeces de este
modo? ¿Hay algún ser sobrenatural a bordo? ¡Que Dios nos ampare!, como dicen
las viejas. ¿Has visto un fantasma?
—¡Veo dos! —respondió el otro, impulsado por
una loca tentación de revelar la verdad—. ¡Dos! —repitió, jadeando, mientras
trataba en vano de reprimir las horribles palabras—. El fantasma de un hombre
como tú, ¡que se ahoga en el camarote! Y el fantasma de un hombre como yo, ¡que
cierra la puerta!
Una vez más, las francas carcajadas del joven
Armadale sonaron fuertes y prolongadas en el silencio de la noche.
—¿Está cerrada la puerta del camarote?
—preguntó Allan, en cuanto su risa le permitió hablar—. Una vil y diabólica
acción por parte de tu fantasma, señor Midwinter. Después de esto, lo menos que
puedo hacer es dejar salir al mío del camarote y encargarle el gobierno del
barco.
Aprovechando por un breve instante su
superioridad física, se zafó fácilmente de la mano de Midwinter.
—¡Eh, tú! —gritó alegremente, al tiempo que
asía el tirador de la puerta del camarote y la abría de golpe—. Fantasma de
Allan Armadale, ¡sube a cubierta! —En su terrible ignorancia de la verdad,
asomó la cabeza sobre el umbral y miró hacia abajo, riendo, precisamente al
sitio donde su padre había muerto asesinado—. ¡Puah! —exclamó, echándose
repentinamente atrás, con un estremecimiento de asco—. El aire apesta y el
camarote está inundado.
Era verdad. Las rocas sumergidas donde había
encallado la nave habían perforado las tablas inferiores de popa y el agua se
había filtrado a través de la madera agrietada. Allí, en el lugar donde se
había cometido el crimen, la semejanza entre el pasado y el presente era total.
Tal como había sido el camarote en tiempos de los padres, así era ahora el
camarote en tiempos de los hijos.
Allan cerró la puerta con el pie, un poco
sorprendido del súbito silencio que había guardado su amigo desde el momento en
que él había asido el tirador. Cuando se volvió a mirar, inmediatamente
descubrió la causa de aquel silencio. Midwinter estaba tendido sobre la
cubierta. Yacía inconsciente delante de la puerta, vuelta hacia arriba la cara
blanca e inmóvil, iluminada por la luna, como la de un muerto.
Allan corrió a su lado. Se apoyó la cabeza de
Midwinter sobre la rodilla y miró inútilmente alrededor, como buscando ayuda en
un lugar donde no había posibilidad de encontrarla.
¿Qué voy a hacer? —dijo para sí, por primera
vez alarmado. Aquí no hay una gota de agua, salvo la corrompida del camarote.
—Sin embargo, un súbito recuerdo acudió a su memoria, su pálido semblante
recobró el color el joven sacó del bolsillo un frasco envuelto en una red de
mimbre—. ¡Que Dios bendiga al doctor por haberme dado esto antes de que nos
hiciésemos a la mar! —exclamó fervientemente, mientras vertía en la boca de
Midwinter unas gotas del fuerte whisky que contenía el frasco.
El estimulante actuó en el acto sobre el
sistema nervioso del hombre desmayado. Suspiró débilmente y abrió los ojos muy
despacio.
—¿He estado soñando? —preguntó mientras fijaba
en Allan una mirada perdida.
Después alzó los ojos y vio los mástiles
desmantelados de la nave, que se recortaban, fantasmales y negros, sobre el
cielo nocturno. Se estremeció y ocultó la cara sobre la rodilla de Allan.
—¡No ha sido un sueño! —murmuró tristemente
para sí—. ¡Ay de mí, no ha sido un sueño!
—Te has cansado demasiado durante todo el día
—dijo Allan— y esta fatal aventura te ha trastornado. Bebe un poco más de
whisky, seguro que te sentará bien. ¿Podrás quedarte sentado a solas, si te
apoyo contra la borda?
—¿Por qué a solas? ¿Acaso quieres marcharte?
—preguntó Midwinter.
Allan señaló los obenques del palo de mesana,
que todavía estaban en su sitio.
—No estás en condiciones de esperar a que
lleguen los trabajadores por la mañana —señaló—. Debemos buscar la manera de ir
a tierra enseguida. Voy a subir allí para echar un vistazo alrededor y ver si
hay alguna casa desde donde puedan oírnos.
Mientras Allan pronunciaba estas palabras,
Midwinter volvió a mirar con desconfianza la puerta del camarote fatal.
—¡No te acerques a ella! —susurró—. Por el
amor de Dios, ¡no trates de abrirla!
—No, no —le aseguró Allan para seguirle la
corriente—. Cuando baje del palo, volveré contigo. —Estas palabras surgieron un
poco forzadas de sus labios cuando advirtió por primera vez mientras hablaba
una angustia en el semblante de Midwinter que lo afligió y lo dejó perplejo—.
¿Te has enfadado conmigo? —dijo, tan sencilla y amablemente como siempre—. Sé
que todo ha sido por mi culpa, me he comportado como un bruto y un imbécil al
reírme de ti, cuando hubiese debido ver que estabas enfermo. Lo siento, Midwinter.
¡No te enfades!
Midwinter levantó despacio la cabeza. Sus ojos
se fijaron, larga y cariñosamente, con triste interés, en el semblante afligido
de Allan.
—¿Enfadarme? —repitió, en el tono más grave y
afectuoso de que fue capaz—. ¿Enfadarme contigo? Oh, mi pobre amigo, ¿podría
culparte de ser bueno conmigo cuando estuve enfermo en aquella vieja posada del
oeste? ¿Y quién podría acusarme de sentirme agradecido a tu bondad? ¿Fue culpa
nuestra que nunca dudásemos el uno del otro y que no supiésemos que viajábamos
a ciegas cuando emprendimos el camino que nos ha traído aquí? Se acerca el
tiempo cruel, Allan, en que lamentaremos el día en que nos conocimos. Démonos
la mano, hermano, al borde del precipicio..., ¡démonos la mano mientras aún
somos hermanos!
Allan se volvió rápidamente, convencido de que
Midwinter no se había recuperado todavía de la impresión de su desmayo.
—¡No te olvides del whisky! —le dijo
alegremente, mientras empezaba a trepar hacia la cofa del palo de mesana.
Eran más de las dos, la luna palidecía y la
oscuridad que precede a la aurora empezaba a envolver al barco encallado.
Detrás de Allan, que observaba desde lo alto del palo de mesana, se extendía el
ancho y solitario mar. Delante de él se alzaban las negras, bajas y traidoras
rocas, las rotas olas del canal, que rebotaban, blancas y furiosas, sobre el
océano en calma del oeste. A la derecha erguíanse majestuosos los acantilados y
despeñaderos, con sus mesetas herbosas intercaladas, las onduladas dunas y los
brezales solitarios de la isla de Man. A la izquierda se alzaban las escarpadas
riberas del islote de Calf, desgarradas aquí por profundas y negras oquedades,
y allanándose allí en largas cuestas pobladas de hierbas y de brezos. En ningún
lado se oía el menor ruido ni brillaba una sola luz. La negra silueta de los
mástiles del barco parecía vaga y débil contra el cielo oscuro y misterioso, la
brisa de tierra había cesado, las olitas rompían en la costa sin ruido, ni de
cerca de lejos llegaba el menor sonido, salvo el del agua que bullía al frente,
turbando el espantoso silencio con que la tierra y el océano esperaban el nuevo
día.
Incluso el carácter despreocupado de Allan
sintió la solemne influencia del momento. Le sobresaltó el sonido de su propia
voz cuando miró hacia abajo y gritó al amigo que estaba sobre la cubierta.
Me parece ver una casa —anunció—. Por allí, en
tierra firme, a la derecha. —Miró de nuevo para asegurarse; una pálida manchita
blanca con unas débiles rayas también blancas detrás de ella, acurrucada en una
hondonada herbosa de la isla principal—. Parece una casa de piedra y un cercado
—prosiguió—. Llamaré, por si me oyen. —Pasó un brazo alrededor de una cuerda,
para mayor seguridad, hizo bocina con las manos y, de pronto, las bajó de nuevo
sin emitir ningún sonido—. Este silencio resulta tan imponente —murmuró para
sí— que me da miedo gritar. —Miró de nuevo hacia la cubierta—. No te asustaré,
¿verdad, Midwinter? —dijo, riendo sin mucha convicción. Miró una vez más
aquella débil cosa blanca en la oquedad herbosa. «No habré subido aquí para
nada», pensó, y volvió a hacer bocina con las manos. Esta vez, gritó con toda
la fuerza de sus pulmones—. ¡Ah de la costa! —vociferó, vuelto de cara a la
isla—. ¡Eh, eh, eh...!
Los últimos ecos de su voz se extinguieron,
perdiéndose en la lejanía. Sólo le respondió el monótono rumor del mar delante
de él.
Miró de nuevo a su amigo y vio que la oscura
silueta de Midwinter se había levantado y paseaba de un lado a otro, pero sin
perder nunca de vista el camarote cuando andaba hacia la proa ni pasar más allá
de él cuando volvía hacia la popa. «Está impaciente por salir de aquí —pensó
Allan—. Probaré una vez más.» Gritó de nuevo hacia tierra y, como había sacado
provecho de su anterior experimento, dio a su voz el tono más agudo.
Esta vez le respondía un sonido distinto del
burbujeo del agua. Mugidos de ganado asustado brotaron de la casa de la oquedad
herbosa y vibraron, larga y tristemente, en el aire callado de la madrugada.
Allan esperó, atento. Si aquel edificio era una granja, el alboroto de los
animales despertaría a los habitantes. Si no era más que un corral, no
sucedería nada. Los mugidos de los asustados animales subían y bajaban con
lúgubre acento; transcurrieron los minutos... y no sucedió nada.
—¡Otra vez! —dijo Allan, mirando la figura
inquieta que paseaba de un lado a otro debajo de él.
Gritó por tercera vez y también en esa ocasión
escuchó y esperó.
En una pausa de los mugidos del ganado, oyó
detrás de él, en el lado opuesto del canal, débil y lejano en la soledad del
islote de Calf, un sonido agudo y breve, como el distante chirrido del pesado
cerrojo de una puerta. Se volvió al punto en la nueva dirección y aguzó la
mirada en busca de una casa. Los últimos y pálidos rayos de la menguante luz de
la luna temblaban aquí y allá sobre los peñascos más altos y los escarpados
picos, pero grandes franjas de sombra yacían negras y densas sobre la tierra
intermedia. En aquella oscuridad, resultaba imposible ve la casa, si es que
había alguna.
—Al fin he despertado a alguien —gritó
animosamente Allan a Midwinter, que seguía paseando sobre a cubierta,
extrañamente indiferente a lo que ocurría pof encima de él y a su alrededor—.
¡Espera a ver si alguien contesta!
De cara hacia el islote, lanzó un grito de
auxilio.
El grito no obtuvo respuesta, sino que unos
estridentes aullidos burlones lo imitaron, con gritos cada vez más fuertes que
surgían de la lejana oscuridad y mezclaban, de modo espantoso, la expresión de
una voz humana con el bramido de un bruto. Una súbita sospecha pasó por la ente
de Allan, quien volvió la cabeza a un lado y otro. La mano con que asía la
cuerda se le enfriaba. En silencio conteniendo el aliento, miró en dirección al
lugar de donde había procedido la primera imitación de su grito de auxilio.
Después de una pausa momentánea, se renovaron los gritos y sonaron más cerca.
De pronto, una figura, que parecía de un hombre, saltó sobre un montículo
rocoso y empezó a hacer cabriolas y a chillar bajo el pálido resplandor de la
luna. Los gritos de una mujer aterrorizada se mezclaron con los de la criatura
que brincaba sobre la roca. El destello rojo de una luz encendida en una
ventana invisible brilló en la oscuridad. Una ronca y furiosa voz de hombre se
dejó oír entre el ruido. Una segunda figura negra saltó sobre la roca, luchó
con la primera y desapareció con ella en la noche. Los gritos se fueron
debilitando, los de la mujer cesaron del todo y la ronca voz del hombre sonó de
nuevo durante un momento. Gritaba al barco palabras que la distancia hacía
ininteligibles, pero en un tono que expresaba claramente una mezcla de ira y de
miedo. Un momento más tarde, se oyó de nuevo el chirrido de un cerrojo, se
apagó la luz y todo el islote quedó en silencio y envuelto en sombras. Cesaron
los mugidos del ganado en la isla principal, volvieron a oírse y callaron de
nuevo. Entonces, frío y triste como siempre, el eterno borboteo del agua
revuelta llenó el gran abismo de silencio y fue el único sonido que persistió
al caer la misteriosa quietud del cielo, como un manto que envolviese el barco
encallado.
Allan descendió del palo de mesana y se reunió
con su amigo sobre la cubierta.
—Tendremos que esperar a que vuelvan los que
desguazan el barco —dijo cuando estuvo con Midwinter en mitad de su incansable
paseo—. Después de lo ocurrido, no me importa confesar que no me han quedado
ganas de gritar a tierra. ¡Pensar que sólo he conseguido despertar a un loco
que vive en una casa del islote! Ha sido horrible, ¿no?
Midwinter se detuvo y miró a Allan con el aire
perplejo de quien oye mencionar, en tono casual, circunstancias que le son
totalmente desconocidas. Aunque era imposible, parecía que todo lo que acababa
de ocurrir en el islote de Calf le había pasado totalmente inadvertido.
—No hay nada horrible excepto este barco
—dijo—. Aquí todo es horrible.
Dichas estas extrañas palabras, se volvió y
continuó su paseo.
Allan recogió el frasco de whisky que yacía en
la cubierta cerca de él y fortaleció su ánimo con un trago.
—Aquí hay una cosa que no es tan horrible
—replicó vivamente, mientras enroscaba el tapón del frasco—. Y aquí tengo otra
—añadió, al tiempo que sacaba un puro de su petaca y lo encendía—. ¡Las tres!
—siguió diciendo, mirando el reloj y acomodándose sobre la cubierta, apoyada la
espalda en la borda—. No tardará en despuntar el día; pronto tendremos el
gorjeo de los pájaros para alegrarnos. Veo, Midwinter, que te has repuesto del
todo de tu desmayo. ¡No paras de andar! Ven aquí, ponte cómodo y fuma un puro. ¿De
qué te sirve andar continuamente de un lado a otro?
—Estoy esperando —dijo Midwinter.
—¿Esperando qué?
—Lo que va a ocurrimos a ti o a mí, o a los
dos, antes de que salgamos de este barco.
—Con el debido respeto a tu superior juicio,
mi querido amigo, yo pienso que ya nos han ocurrido bastantes cosas. La
aventura no habrá estado mal si no pasa de aquí; si pasara, sería demasiado.
—Echó otro trago de whisky y, entre bocanadas de humo del cigarro, continuó
charlando con su acostumbrada locuacidad—. Yo no tengo tu fértil imaginación,
muchacho, y espero que lo próximo que nos suceda sea la aparición de la barca
de los trabajadores. Sospecho que tu extraña fantasía se ha desbordado al
quedarte solo aquí. ¡Vamos! ¿Qué estabas pensando mientras yo me dedicaba a
espantar a las vacas desde el palo de mesana?
Midwinter se detuvo de pronto.
—Supongamos que te lo dijese —respondió.
—¿Por qué no lo haces?
La angustiosa tentación de revelar la verdad,
provocada ya una vez por la animación de su compañero, volvió a apoderarse de
Midwinter. Se apoyó en la oscuridad contra la borda del barco y contempló en
silencio la figura de Allan cómodamente sentado sobre la cubierta. «Sácalo de
su ignorante aplomo y su egoísta reposo. Muéstrale el lugar donde se cometió el
crimen; que lo sepa, como lo sabes tú, y que lo tema, como tú lo temes. Háblale
de la carta que quemaste y de las palabras que el fuego no puede destruir y que
viven ahora en tu memoria. Muéstrale tu mente como era ayer, cuando reavivó tu
fe vacilante en tus propias convicciones y te recordó la vida en el mar, cuando
acariciaste el consolador recuerdo de que en todos tus viajes no te habías
tropezado nunca con este barco. Muéstrale tu mente como es ahora, cuando el
barco te ha alcanzado en un punto crucial de tu nueva vida, en el comienzo de
tu amistad con el único hombre del mundo que tu padre quería que evitases.
Piensa en aquellas palabras que dictó desde el lecho de muerte y murmúraselas
al oído, para que él pueda pensar también en ellas: "Ocúltate de él bajo
un nombre supuesto. Pon montañas y mares entre vosotros; vuélvete ingrato,
muéstrate implacable, sé todo lo que tu buen carácter considere más repelente,
antes que vivir bajo el mismo techo y respirar el mismo aire que aquel
hombre."» Así le aconsejaba el tentador. Así, la influencia del padre
envenenaba la mente del hijo, como una fétida exhalación que surgiera de la
tumba.
El súbito silencio sorprendió a Allan, que
miró soñoliento por encima del hombro.
—¡Ya estás pensando otra vez! —exclamó, con un
bostezo de fatiga.
Midwinter salió de la sombra y se acercó a
Allan.
—Sí—admitió—, pensaba en el pasado y en el
futuro.
—¿En el pasado y en el futuro? —repitió Allan,
cambiando de posición para estar más cómodo—. Yo no quiero pensar en el pasado.
Me resulta doloroso: el pasado significa la pérdida de la barca del doctor.
Hablemos del futuro. ¿Has pensado en algo práctico, como diría el querido y
viejo Brock? ¿Has considerado la cuestión más seria que tendremos que resolver
cuando volvamos al hotel, la cuestión del desayuno?
Después de vacilar un instante, Midwinter se
acercó más.
—He estado pensando en tu futuro y en el mío
—dijo—. He estado pensando en el tiempo en que tu camino y mi camino en la vida
serán dos en vez de uno.
—¡Ya está amaneciendo! —gritó Allan—. Mira los
mástiles; ya empiezan a verse más claros. Perdona, ¿qué estabas diciendo?
Midwinter no respondió. La lucha entre la
superstición hereditaria que lo empujaba y el afecto inquebrantable por Allan
que lo retenía atajó las palabras en sus labios. Volvió el rostro en mudo
sufrimiento. «¡Oh, padre mío! —pensó—, habría sido mejor que me matases aquel
día, cuando reposaba sobre tu pecho, que dejarme vivir para llegar a esto.»
—¿Qué decías acerca del futuro? —insistió
Allan—. Estaba buscando la luz del día, no te he oído.
Midwinter se contuvo y respondió:
—Me has tratado con tu acostumbrada amabilidad
al proponerme que vaya contigo a Thorpe-Ambrose. Pero, pensándolo bien, creo
que será mejor que no me presente en un sitio donde no me conocen ni me
esperan.
Vaciló y se interrumpió de nuevo. Cuanto más
trataba de apartarla, más clara se hacía en su mente la perspectiva de la vida
feliz que estaba rechazando.
El pensamiento de Allan volvió al instante a
la historia acerca del nuevo administrador que le había explicado a su amigo
cuando conversaban en el camarote del yate. «¿Le habrá estado dando vueltas y
al fin empieza a sospechar la verdad? —se preguntó—. Tengo que averiguarlo.»
—Puedes decir todas las tonterías que quieras,
amigo, pero no olvides que prometiste acompañarme cuando tome posesión de
Thorpe-Ambrose para darme tu opinión sobre el nuevo administrador.
Midwinter avanzó de pronto un paso,
acercándose a Allan.
No estoy hablando de tu administrador ni de tu
hacienda —replicó, apasionadamente—. Estoy hablando de mí. ¿Lo oyes? ¡De mí! No
soy un compañero adecuado para ti. Tú no sabes quien soy.
Retrocedió y se sumió en la sombra de la borda
con la misma rapidez con que había emergido de ella. «¡Dios mío! No puedo
decírselo», murmuró para sus adentros.
Durante un momento, pero sólo un momento,
Allan calló, sorprendido.
—¿Que no se quien eres? —exclamo, y mientras
repetía estas palabras, su buen humor triunfó de nuevo. Levantó el frasco de
whisky y lo agitó significativamente—. Me gustaría saber —prosiguió— qué dosis
del medicamento del doctor has tomado mientras yo estaba en lo alto del palo de
mesana.
El tono ligero que se empeñaba en adoptar
aumentó la desesperación de Midwinter. Éste salió de nuevo a la luz y golpeó,
irritado, la cubierta del barco con el pie.
—¡Escúchame! —gritó—. No sabes ni la mitad de
las cosas que he hecho en mi vida. He sido esclavo de un comerciante, he
barrido la tienda y levantado las contraventanas, he llevado paquetes por las
calles y he esperado ante la puerta de los clientes a que me entregasen el
dinero de mi amo.
—Yo nunca he hecho nada tan útil —replicó
Allan con seriedad—. ¡Qué buen trabajador fuiste en tus buenos tiempos, viejo
amigo!
—En mis buenos tiempos, fui un vagabundo y un
canalla —le replicó enérgicamente el otro—. Fui acróbata callejero y estuve al
servicio de un gitano. Canté por medio penique e hice bailar los perros en la
carretera. Llevé librea de criado y serví la mesa. Cociné para los marineros Y
fui el sirviente de un pescador muerto de hambre. ¿Qué tiene en común un
caballero de tu posición con un hombre como yo? ¿Podrías introducirme en la
sociedad de Thorpe-Ambrose? Mi nombre ya bastaría para desprestigiarte.
Imagínate la cara que pondrían tus nuevos vecinos cuando sus criados anunciasen
a Ozias Midwinter y a Allan Armadale juntos. —Estalló en una ronca carcajada y
repitió los dos nombres con un énfasis amargo y burlón que recalcó el marcado
contraste entre ambos.
Algo en el tono de aquella risa conmovió
dolorosamente a Allan, a pesar de su despreocupado carácter. Se levantó y habló
en serio por primera vez.
—Las bromas están bien, Midwinter, si no se
llevan demasiado lejos. Recuerdo que un día me advertiste algo por el estilo,
cuando te estaba cuidando en Somersetshire. Me obligaste a preguntarte si
merecía que tú, precisamente tú, me mantuvieses a distancia. No me obligues a
repetirlo. Búrlate de mí cuanto quieras, pero de otra manera, viejo amigo. Esta
manera me resulta dolorosa.
A pesar de la sencillez de estas palabras y de
la espontaneidad con que habían sido pronunciadas, parecieron provocar una
revolución instantánea en la mente de Midwinter. Su naturaleza impresionable se
replegó como por efecto de un súbito golpe. El hombre, sin responder, se alejó
hacia la parte de proa del barco. Se sentó sobre unas tablas apiladas entre los
mástiles y se pasó una mano por la cabeza, en ademán distraído y asombrado.
Aunque la fe de su padre en la fatalidad se le había contagiado una vez más,
aunque su mente no albergaba ya la menor duda de que la mujer con quien se
había encontrado Mr. Brock en Somersetshire y la que había tratado de
suicidarse en Londres eran la misma persona, aunque se había apoderado de él
todo el horror que había experimentado al leer por primera vez la carta de
Wildbad, la apelación de Allan a su pasada y mutua experiencia le había llegado
al corazón con una fuerza más irresistible que la de la superstición misma. Por
la fuerza de esta superstición, buscaba ahora un pretexto que pudiese animarlo
a sacrificar todo sentimiento menos generoso al temor de herir a su amigo.
—¿Por qué afligirlo? —murmuró para sí—.
Todavía no hemos llegado al fin, está la mujer que nos acecha en la oscuridad.
¿Por qué contrariarlo, si el daño está ya hecho y la precaución llega demasiado
tarde? Lo que tenga que ser, será. ¿Puedo yo cambiar el futuro? ¿Puede
cambiarlo a él?
Volvió junto a Allan, se sentó a su lado y le
asió una mano.
—Perdóname —dijo amablemente—. Te he herido
por última vez. —Antes de que el otro pudiese replicar, agarró el frasco de
whisky—. ¡Vamos! —exclamó, esforzándose en emular la animación de su amigo—. Tú
has probado el medicamento del médico, ¿por qué no he de hacerlo yo?
Allan se entusiasmó.
—He aquí un cambio afortunado. Midwinter
vuelve a ser el de siempre. ¡Mira! ¡Ahí están los pájaros! ¡Sé bienvenida,
mañana sonriente! ¡Mañana sonriente! —cantó las palabras de la popular canción
con la antigua y animada tonadilla y dio unas palmadas en el hombro de
Midwinter a su vieja y calurosa manera—. ¿Cómo has conseguido arrojar de tu
cabeza los confusos y tristes pensamientos? ¿Sabes que me alarmaste cuando
dijiste que algo nos ocurriría a uno de los dos antes de salir de este barco?
—¡Simples tonterías! —replicó Midwinter, con
aire desdeñoso—. Creo que la cabeza aún no se ha repuesto del todo desde que
tuve aquellas fiebres, tengo una abeja en el gorro, como dicen en el norte.
Hablemos de otra cosa. Por ejemplo, de esa gente a quien has alquilado la
casita. Me pregunto si los informes que da el agente de la familia del
comandante Milroy serán de fiar. Podría haber otra dama en la casa, además de
su esposa y de su hija.
—¡Oh! —exclamó Allan—. ¿Ahora empiezas tú a
pensar en ninfas entre los árboles y en flirteos en el huerto? Otra dama, ¿eh?
Pero supongamos que en el círculo familiar del comandante sólo haya aquellas
dos mujeres. Tendremos que hacer girar de nuevo la media corona para echar a
suertes cuál de los dos tendrá la primera oportunidad con Miss Milroy.
Por una vez, Midwinter habló tan ligera y
despreocupadamente como el propio Allan.
—No, no —exclamó—. El propietario de la casa
del comandante tiene prioridad sobre la hija de éste. Yo me retiraré y esperaré
a que aparezca otra dama en Thorpe-Ambrose.
—Muy bien. Haré colocar un anuncio en el
parque dirigido a las mujeres de Norfolk a tal efecto —rió Allan—. ¿Tienes
alguna preferencia de constitución o de color del pelo? ¿Cuál es tu edad
predilecta?
Midwinter jugó con su propia superstición,
como quien juega con la pistola cargada que puede matarlo o con la bestia
salvaje que puede mutilarlo para toda la vida. Mencionó la edad que, según su
propio cálculo, atribuía a la mujer del vestido negro y el chal rojo.
—Treinta y cinco —dijo.
En cuanto hubo pronunciado estas palabras, su
ficticia animación lo abandonó. Se levantó, sordo a todos los esfuerzos de
Allan por burlarse de su extraordinaria respuesta y reanudó su inquieto paseo
por cubierta, en completo silencio. Una vez más, la acuciante idea que le había
atormentado durante la noche lo hostigaba ahora al despuntar el día. De nuevo
lo asaltó el convencimiento de que algo les iba a ocurrir, a Allan o a él
mismo, antes de abandonar el buque encallado.
A cada minuto que pasaba, se hacía más fuerte
la luminosidad en el cielo del este y las zonas en sombra de la cubierta del
barco maderero revelaban su árida desnudez bajo los ojos del día. Al levantarse
de nuevo la brisa, el mar empezó a murmurar, despertando a la luz de la mañana.
Incluso el frío gorgoteo del agua al moverse cambió su acento triste y fue más
suave al oído bajo el torrente luminoso que sobre ella vertía el naciente sol.
Midwinter se detuvo cerca de la proa y centró errante su atención en el paso
del tiempo. Dondequiera que mirase, veía la alegre influencia de la hora. La
feliz sonrisa mañanera del cielo estival, brillando compasiva sobre la vieja y
cansada tierra, hacía que incluso el barco encallado pareciese hermoso. El
mismo rocío que centelleaba en los campos se posaba centelleante en la
cubierta, y el gastado y mohoso aparejo lucía joyas tan hermosas como las
tiernas hojas verdes de la costa. Al mirar a su alrededor, los pensamientos de
Midwinter se devolvieron insensiblemente al camarada que había compartido con
él la aventura de la noche. Regresó hacia la popa del buque y habló a Allan
mientras avanzaba. Al no recibir respuesta, se acercó a la figura yacente y la
miró de cerca. Abandonado a sus propios recursos, Allan se había dejado dominar
por la fatiga de la noche. La cabeza había caído hacia atrás y el sombrero
había resbalado; yacía estirado sobre la cubierta del barco maderero, durmiendo
tranquila y profundamente.
Midwinter continuó su paseo, perdida su mente
en la duda. De pronto sus propios pensamientos pasados le parecieron extraños.
Los negros presentimientos le habían hecho desconfiar de la hora venidera, ésta
había llegado... ¡y era inofensiva! El sol ascendía en el cielo y se acercaba
el momento de la liberación, mientras de los dos Armadale aprisionados en el
barco fatal, uno dormía para pasar las horas de tedio y el otro observaba en
silencio el amanecer del nuevo día.
El sol siguió ascendiendo y transcurrió la
hora. Con la desconfianza latente que había hecho presa en él, Midwinter miró
la costa de ambos lados, buscando señales del despertar de los humanos. La
tierra seguía solitaria. Las volutas de humo que pronto surgirían de las
chimeneas de las casas de campo seguían brillando por su ausencia.
Después de pensarlo un momento, volvió a la
parte de popa de la nave, por si había detrás de ellos alguna barca de pesca
desde donde pudiesen oír su llamada. Absorto por un instante en esta nueva
idea, pasó deprisa por delante de Allan sin apenas darse cuenta de que seguía
durmiendo. Un paso más y habría llegado a la borda, pero no llegó a darlo,
detenido por un ruido a su espalda, un sonido que parecía un débil gemido. Se
volvió y contempló a su amigo dormido sobre la cubierta. Se arrodilló en
silencio a su lado y lo miró más de cerca.
—¡Ya ha venido! —murmuró para sí—. No en mi
busca, sino a la de él.
Había acudido, en la frescura brillante de la
mañana; había acudido, con el misterio y el terror de un sueño. El rostro que
Midwinter había visto últimamente en perfecto reposo aparecía ahora contraído
por el sufrimiento. El sudor penaba la frente de Allan y empapaba los rizados
cabellos. Los párpados entreabiertos sólo mostraban el blanco de los ojos, que
brillaban ciegamente. Las manos estiradas arañaban las tablas de la cubierta.
De vez en cuando, gemía y murmuraba desesperadamente, pero las palabras se
perdían en el rechinar de sus dientes. Yacía allí, físicamente cerca del amigo
que se inclinaba sobre él, pero tan lejos en espíritu como si se hallasen en
dos mundos diferentes; yacía allí, iluminado el rostro por el sol de la mañana,
pero sumido en el tormento de una pesadilla.
Una pregunta, sólo una, tomó forma en la mente
del hombre que lo estaba mirando. ¿Qué le mostraba la fatalidad que lo había
aprisionado en el barco encallado?
¿Había abierto el sueño traidor las puertas de
la tumba a aquel de los dos Armadale a quien el otro había ocultado la verdad?
El asesinato del padre, ¿se estaba revelando al hijo —aquí, en el mismo lugar
donde se había cometido— en la visión de un sueño?
Con esta pregunta borrando cualquier otro
pensamiento de su mente, el hijo del homicida se arrodilló en la cubierta y
miró al hijo del hombre a quien su padre había asesinado.
El conflicto entre el cuerpo dormido y la
mente despierta se acentuaba por momentos. Aumentaron de volumen los gemidos
del hombre que soñaba, como si rogara que lo librasen de la pesadilla; sus
manos se alzaron y arañaron el aire. Luchando contra el miedo que lo atenazaba,
Midwinter apoyó suavemente la mano en la frente de Allan. A pesar de la
ligereza del contacto, una misteriosa simpatía hizo que el hombre dormido
respondiese a él. Cesaron los gemidos y las manos descendieron lentamente. Todo
quedó en suspenso durante un instante y Midwinter miró mi de cerca a su amigo.
Su aliento rozó apenas la cara del dormido. Pero, antes de que un nuevo aliento
subiese a sus labios, Allan saltó de pronto sobre sus rodillas como si un toque
de trompeta junto a su oído lo hubiese despertado.
—Estabas soñando —dijo Midwinter cuando el
otro lo miró con ojos desorbitados, pasmado al despertar.
Los ojos de Allan recorrieron el barco;
primero, con la mirada perdida; después, con una expresión de irritada
sorpresa.
—¿Todavía estamos aquí? —exclamó, mientras
Midwinter lo ayudaba a ponerse en pie—. Haga lo que haga a bordo de este barco
infernal, ¡no volveré a dormirme!
Mientras pronunciaba estas palabras, los ojos
de su amigo escrutaron su rostro en muda interrogación. Después, ambos dieron
una vuelta por cubierta.
—Cuéntame tu sueño —espetó Midwinter en un
tono extraño y receloso y con una desacostumbrada brusquedad en los modales.
—Todavía soy incapaz —respondió Allan—. Espera
a que recobre mi estado normal.
Dieron otra vuelta por cubierta. Midwinter se
detuvo y habló de nuevo.
—Mírame un momento, Allan —pidió.
Cuando Allan se volvió a él, en su semblante
había restos de la turbación que el sueño había impreso y cierta sorpresa
natural por la extraña interpelación del otro; pero ni una sombra de mala
voluntad, ni el menor atisbo de desconfianza. Midwinter se volvió rápidamente y
disimuló lo mejor que pudo un incontenible suspiro de alivio.
—¿Te parezco un poco trastornado? —preguntó
Allan, que le asió del brazo y continuó su paseo—. En este caso, no te
inquietes por mí. La cabeza me da vueltas, pero pronto se me habrá pasado.
Por unos instantes, siguieron paseando arriba
y abajo en silencio; el uno, esforzándose en borrar el terror del sueño de su
pensamiento; el otro, empeñado en descubrir la pesadilla que había provocado
aquel terror. Aliviado del miedo que lo había oprimido, el carácter
supersticioso de Midwinter había pasado de un salto a una nueva conclusión. ¿Y
si el durmiente no hubiese recibido una revelación del pasado? ¿Y si el sueño
hubiese vuelto para él las paginas ignotas del libro del futuro, que contaban
la historia de su vida venidera? La simple sospecha de que pudiese ser así
multiplicaba el afán de Midwinter por descubrir el misterio que se ocultaba
tras el silencio de Allan.
—¿Te has serenado ya? —preguntó—. ¿Puedes
contarme ahora lo que soñabas?
Mientras formulaba esta pregunta, se acercaba
el último momento digno de mención de la aventura del barco encallado.
Habían llegado a la popa y empezaban a dar la
vuelta cuando habló Midwinter. Cuando Allan abrió los labios para contestar,
miró mecánicamente hacia el mar. Entonces, en vez de responder, corrió hacia la
borda y agitó el sombrero por encima de la cabeza, gritando entusiasmado.
Midwinter se reunió con él y vio una barca
grande de seis remos que avanzaba hacia el canal del Sound. Una figura que les
resultó familiar a ambos se irguió en el banco de popa y correspondió al saludo
de Allan. La barca se acercó, el timonel les llamó alegremente y ahora
reconocieron sin lugar a dudas la voz del médico.
—¡Gracias a Dios que están los dos a salvo!
—exclamó Mr. Hawbury, al reunirse con ellos en la cubierta del barco maderero—.
¿Qué viento los trajo hasta aquí?
Miró a Midwinter mientras hacía esta pregunta,
pero fue Allan quien le contó la historia de aquella noche y quien le pidió, a
su vez, información. En cuanto a Midwinter, el único interés que embargaba su
mente (el interés en descubrir el misterio del sueño) hizo que permaneciese en
un completo silencio. Sin importarle lo que se dijese o hiciese a su respecto,
observó a Allan y lo siguió como un perro, hasta que llegó el momento de bajar
a la barca. La mirada profesional de Mr. Hawbury no se apartaba de él,
observando con curiosidad la variable coloración de su semblante y los
continuos e inquietos movimientos de las manos. «Ni por todo el dinero del
mundo cambiaría mi sistema nervioso por el de este hombre», pensó el médico
mientras empuñaba el timón de la barca y ordenaba a los remeros que la alejasen
del buque.
Habiendo reservado toda explicación hasta
haber emprendido el regreso a Port St. Mary, Mr. Hawbury satisfizo ahora la
curiosidad de Allan. Las circunstancias que lo había llevado a rescatar a sus
dos invitados de la noche anterior eran bastante sencillas. Unos pescadores de
Port Erin, al oeste de la isla, habían encontrado la barca perdida en el mar y,
habiéndola reconocido como de propiedad del médico, enviaron al punto un
mensajero para preguntar en la casa del doctor. Naturalmente, la declaración
del hombre había alarmado a Mr. Hawbury y le hizo temer por la suerte de Allan
y su amigo. Había buscado inmediatamente ayuda y, siguiendo el consejo de los
barqueros, se habían dirigido en primer lugar al punto más peligroso de la
costa, el único donde, incluso con buen tiempo, podía haber ocurrido un
accidente a una barca gobernada por hombres expertos: el canal del Sound.
Después de explicar su afortunada aparición en escena, el médico insistió
amablemente en que sus invitados de la noche lo fuesen también aquella mañana.
Cuando regresasen, sería demasiado temprano para que los atendiesen en el
hotel; en cambio, encontrarían cama y desayuno en casa de Mr. Hawbury.
En el primer intervalo de la conversación
entre Allan y el médico, Midwinter, que no había participado en ella, ni
escuchado lo que se decía, tocó a su amigo en el brazo.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó en voz baja—.
¿Te habrás repuesto pronto lo suficiente para contarme lo que quiero saber?
Allan frunció el ceño con impaciencia, el tema
de la pesadilla y el empeño de Midwinter en volver a él le parecían de lo más
desagradables. Ahora no le respondió con su buen humor acostumbrado.
—Supongo que no me dejarás en paz hasta que te
lo cuente —protestó—, por tanto, será mejor que desembuche de una vez.
—¡No! —exclamó Midwinter, mirando al médico y
a los remeros—. No donde otros puedan oírlo, no hasta que estemos los dos a
solas.
—Si desean echar una última mirada al lugar
donde han pasado la noche —anunció el médico—, deben hacerlo ahora. Dentro de
un instante, la costa les ocultará el barco.
Los dos Armadale miraron en silencio, por
última vez, el barco fatal. Solo y abandonado habían encontrado al barco
encallado, en el misterio de la noche de verano. Solo y abandonado lo dejaron
en la radiante belleza de la manana estival.
Una hora más tarde, el médico condujo a sus
invitados a sus habitaciones para que descansasen hasta la hora del desayuno.
Apenas había hecho más que volver la espalda,
cuando las puertas de ambas habitaciones se abrieron sin ruido y Allan y
Midwinter se encontraron en el pasillo.
—¿Podrás dormir después de lo ocurrido?
—preguntó Allan.
Midwinter sacudió la cabeza.
—Venías a mi habitación, ¿verdad? —le
preguntó-, ¿Para qué?
—Para pedirte que me hicieses compañía. ¿Y
para qué venías tú a la mía?
—Para pedirte que me contases tu sueño.
—¡Al diablo con mi sueño! Lo único que quiero
es olvidarlo.
—Pero yo quiero saberlo todo acerca de él.
Ambos hicieron una pausa, ambos se resistían
instintivamente a seguir hablando. Por primera vez desde el comienzo de su
amistad, estaban al borde de una disputa y todo por aquel dichoso sueño. El
buen carácter de Allan se impuso antes de que se produjese una discusión.
—Eres el hombre más terco que he conocido
—suspiró—, pero supongo que si quieres saberlo, tus razones tendrás. Entra en
mi habitación y te lo contaré.
Volvió a su dormitorio y Midwinter lo siguió.
La puerta se cerró tras ellos.
CAPÍTULO V
LA SOMBRA DEL FUTURO
Cuando Mr. Hawbury se reunió con sus invitados
para desayunar, el extraño contraste entre sus caracteres que había advertido
con anterioridad le pareció incluso más acentuado. Uno de los jóvenes estaba
sentado a la bien surtida mesa, hambriento y feliz, probando todos los platos y
declarando que era el mejor desayuno que había tomado en su vida. El otro
estaba sentado junto a la ventana, con la taza aún medio llena y sin tocar la
comida. El saludo que el médico dirigió a los dos reveló claramente las diferentes
impresiones que habían causado en su mente. Dio unas palmadas en el hombro de
Allan y le dedicó una broma. Dirigió una forzada inclinación de cabeza a
Midwinter y comentó:
—Temo que no se ha recuperado de las fatigas
de la noche.
—No ha sido la noche, doctor, lo que lo ha
desanimado —comentó Allan—. Es una cosa que le he contado. Pero la culpa no ha
sido mía. Si hubiese sabido que cree en los sueños, no habría abierto la boca.
—¿En los sueños? —repitió el médico, mirando
directamente a Midwinter y dirigiéndose a él, al interpretar equivocadamente
las palabras de Allan—. Con su constitución, me parece que ya debería estar
acostumbrado a ellos.
—Míreme a mí, doctor, pues ha errado la
dirección —exclamó Allan—. Yo tuve el sueño, no él. No se extrañe; no ha sido
en esta cómoda mansión, sino a bordo de aquel maldito barco maderero. Lo cierto
es que me quedé dormido antes de que viniese usted a rescatarnos y no puedo
negar que sufrí una horrible pesadilla. Bueno, cuando volvimos aquí...
—¿Por qué molestas a Mr. Hawbury con un asunto
que no puede interesarle? —preguntó Midwinter, hablando por primera vez y con
marcada impaciencia.
—Discúlpeme —replicó vivamente el médico—,
pero por lo que he oído, el asunto me interesa.
—¡Muy bien, doctor! —exclamó Allan—. Yo le
ruego que se tome interés en esto, quiero que se libre de la tontería que se le
ha metido en la cabeza. ¡Imagínese! Se ha empeñado en que mi sueño es una
advertencia para que evite a ciertas personas, e insiste en que una de estas
personas es... ¡él mismo! ¿Alguna vez ha oído semejante disparate? Yo me he
esforzado en explicárselo todo. Le he dicho que mandase al diablo los
avisos..., ¡que todo era fruto de una indigestión! Que no sabía lo que había
comido y bebido en la mesa del doctor. ¿Piensa que me hizo caso? En absoluto.
Ahora le toca el turno a usted, usted es un profesional y no tendrá más remedio
que escucharlo. Sea bueno, doctor, y extiéndame un certificado de que padecí
una indigestión. Con mucho gusto le mostraré la lengua.
—Me basta con ver su cara —dijo Mr. Hawbury—.
Certifico que no ha sufrido una indigestión en su vida. Oigamos su sueño y
veamos lo que podemos sacar de él..., es decir, si no tiene usted
inconveniente.
Allan señaló a Midwinter con el tenedor.
—Entonces, pídaselo a mi amigo, él podrá
relatárselo mucho mejor que yo. Aunque le cueste creerlo, lo anotó todo a
medida que se lo iba contando e insistió en que lo firmase al pie, como si se
tratase de mi «última confesión” antes de subir al patíbulo. Sácalo, viejo, he
visto que lo dabas en la cartera. ¡Sácalo!
—¿En serio le interesa tanto? —preguntó
Midwinter, al tiempo que sacaba la cartera con una mala gana que resultaba casi
ofensiva, dadas las circunstancias, pues implicaba desconfianza hacia el médico
en la propia casa de éste.
Mr. Hawbury se ruborizó.
—Por favor, no me lo muestre si no lo desea
—dijo, con la forzada cortesía de un hombre ofendido.
—¡Tonterías! —gritó Allan—. ¡Trae eso de una
vez!
En vez de atender la característica petición,
Midwinter sacó el papel de la cartera, se levantó y se acercó a Mr. Hawbury.
—Discúlpeme —dijo, ofreciendo el manuscrito al
médico.
Mientras pronunciaba aquella palabra, bajó la
mirada al suelo y se ensombreció su semblante. «Un tipo hosco y reservado
—pensó el médico mientras le daba las gracias con rígida cortesía—. Su amigo
vale mil veces más que él.»
Midwinter volvió junto a la ventana y se sentó
en silencio, con la antigua e impenetrable resignación que en el pasado había
sorprendido a Mr. Brock.
—Léalo, doctor —incitó Allan cuando Mr.
Hawbury desplegó la hoja manuscrita—. No está redactado con mis acostumbrados
circunloquios, pero no se ha añadido ni suprimido nada. Es exactamente lo que
soñé y exactamente como lo habría escrito yo, si hubiese pensado que valía la
pena y tuviese facilidad para escribir, facultad de la que carezco, salvo para
las cartas, que despacho a toda prisa —concluyó Allan, mientras removía
tranquilamente el café.
Mr. Hawbury extendió el manuscrito sobre la
mesa del desayuno y leyó estas líneas:
EL SUEÑO DE ALLAN ARMADALE
En la madrugada del primero de junio de mil
ochocientos cincuenta y uno, me encontré (por circunstancias que no vienen al
caso) a solas con un amigo mío, joven aproximadamente de mi edad, a bordo del
barco maderero francés La Grâce de Dieu, el cual había encallado en el canal
del Sound, entre la costa de la isla de Man y el islote llamado Calf. Como
aquella noche no había dormido y estaba rendido de cansancio, me dormí sobre la
cubierta de la embarcación. Mi salud era buena como de costumbre y el sol había
salido ya. En tales circunstancias y en aquella hora del día, empecé a soñar.
Tal como lo recuerdo, después de haber transcurrido unas cuantas horas, he aquí
cómo se sucedieron los acontecimientos en mi sueño:
1. Lo primero que vi fue a mi padre. Me tomó
en silencio de la mano y nos encontramos los dos en el camarote del barco.
2. El agua que inundaba el camarote fue
subiendo lentamente, y mi padre y yo nos hundimos juntos en ella.
3. Siguió un intervalo de olvido y después
tuve la impresión de haberme quedado solo en la oscuridad.
4. Esperé.
5. La oscuridad se disipó y tuve la visión,
como en un cuadro, de un estanque grande y solitario, rodeado de un campo
despejado. Encima de la orilla más alejada del estanque, vi el cielo sin nubes
del oeste, enrojecido por los rayos del sol poniente.
6. En la margen más próxima se alzaba la
sombra de una mujer.
7. Sólo era una sombra. No había ningún
indicio que me permitiese identificarla o compararla con cualquier criatura
viviente. La larga túnica me indicaba que era la sombra de una mujer, nada más.
8. Se hizo de nuevo la oscuridad, que me
envolvió durante un rato y se disipó por segunda vez.
9. Me encontré en una habitación, de pie
delante de una alta ventana. El único mueble u objeto de adorno que vi (o que
recuerdo haber visto) fue una pequeña estatua colocada cerca de mí. La estatua
estaba a mi izquierda y la ventana, a mi derecha. La ventana daba a un prado de
césped y un jardín. La lluvia repicaba con fuerza sobre el cristal.
10. Más tarde ya no estaba solo en la
habitación. En pie delante de mí, junto a Ia ventana, se alzaba la sombra de un
hombre.
11. No veía ni sabía más acerca de ella de lo
que había visto y sabido de la sombra de la mujer. Pero esta segunda sombra se
movió. Alargó los brazos hacia la estatua, que cayó en pedazos al suelo.
12. Con una contusa sensación compuesta de ira
y de aflicción, me incliné para mirar los fragmentos. Cuando me incorporé de
nuevo, la sombra se había desvanecido y ya no vi más.
13. La oscuridad se abrió por tercera vez, y
me mostró la sombra de la mujer y la sombra del hombre, juntas.
14. No veía ningún escenario a mi alrededor (o
al menos no lo recuerdo).
15. La sombra del hombre estaba más cercana, y
detrás de ella estaba la de la mujer. Desde el lugar donde se encontraba, llegó
a mis oídos el sonido de un líquido al ser vertido suavemente. Vi que ella
tocaba la sombra del hombre con una mano y le tendía un vaso con la otra. Él
tomó el vaso y me lo alargó. En el mismo instante en que me lo llevé a los
labios, me invadió una debilidad mortal y me desmayé. Cuando recobré el
sentido, la sombra se había desvanecido y terminaba la tercera visión.
16. La oscuridad me envolvió de nuevo y siguió
otro intervalo de olvido.
17. No tuve conciencia de nada más, hasta que
sentí los rayos del sol matutino sobre el rostro y oí la voz de mi amigo
diciéndome que acababa de despertar de un sueño.
Después de leer atentamente la narración hasta
la última línea, debajo de la cual aparecía la firma de Allan, el médico miró a
Midwinter por encima de la mesa del desayuno y tamborileó con los dedos sobre
el manuscrito, sonriendo irónicamente.
—Tantos hombres, tantas opiniones —dijo—. No
estoy de acuerdo con ninguno de los dos en lo que respecta a este sueño. Su
teoría —prosiguió, mirando a Allan y sonriendo —la hemos descartado ya: la cena
que usted no pudo digerir no pudo causarle ninguna indigestión. En seguida
pasaremos a mi teoría, pero primero debemos con siderar la de su amigo. —Se
volvió de nuevo a Midwinter, gozando anticipadamente de su triunfo sobre un
hombre que, a juzgar por la expresión de su semblante y sus modales, le era
profundamente antipático—. Si no he entendido mal —prosiguió—, usted cree que
este sueño es un aviso sobrenatural, dirigido a Mr. Armadale, de algún peligro
que le amenaza y de personas peligrosas a las que, por prudencia, debería
evitar. ¿Puedo preguntarle si ha llegado a esta conclusión sólo porque cree en
los sueños, o porque tiene alguna razón concreta para dar una importancia
especial a este sueño?
—Ha expuesto usted muy claramente cuál es mi
convicción —respondió Midwinter, irritado ante la expresión y el tono del
médico—. Discúlpeme si le ruego que se dé por satisfecho con esta confesión y
permita que me reserve mis razones.
—Es exactamente lo mismo que me dijo a mí
—terció Allan—. Yo no creo que tenga ninguna razón.
—¡Calma, calma! —exclamó Mr. Hawbury—. Podemos
discutir el tema sin inmiscuirnos en los secretos de nadie. Pasemos ahora a mi
propio método de interpretar el sueño. Probablemente, Mr. Midwinter no se
sorprenderá si digo que considero este asunto desde un punto de vista
esencialmente práctico.
—No me sorprenderé en absoluto —replicó
Midwinter—. La visión de un médico cuando tiene que resolver un problema humano
raras veces va más allá de la punta de su bisturí.
El médico se amoscó también un poco.
—Nuestros límites no son tan estrechos, pero
de buen grado le diré que hay algunos artículos de su credo que para los
médicos son falsos. Por ejemplo, no creemos que un hombre razonable deba dar
una interpretación sobrenatural a cualquier fenómeno que se ponga al alcance de
sus sentidos, hasta que haya comprobado con absoluta certeza que no puede
encontrarse ninguna explicación natural.
—Bueno, esto me parece justo —exclamó Allan—.
Él le zahirió con el «bisturí», doctor, y usted le corresponde ahora con su
«explicación natural». Oigámosla.
—Con mucho gusto. Ahí va. No hay nada
extraordinario en mi teoría de los sueños: es la aceptada por la gran mayoría
de los de mi profesión. Un sueño es la reproducción, cuando el cerebro está
dormido, de imágenes e impresiones que se produjeron en él en estado de
vigilia. Esta reproducción es más o menos complicada, imperfecta o
contradictoria, según la mayor o menor influencia que ejerza el sueño en el
ejercicio de ciertas facultades por parte del individuo. Sin llevar más lejos
esta última parte, por cierto muy curiosa e interesante, consideremos la teoría
en un sentido general, tal como acabo de exponerla, y apliquémosla directamente
al sueño en cuestión. —Tomó la hoja manuscrita de encima de la mesa y abandonó
el tono formal (como de un conferenciante al dirigirse a un auditorio) que
insensiblemente había adoptado—. Observo ya en este sueño —prosiguió— un
acontecimiento que reproduce una impresión que Mr. Armadale experimentó en
estado de vigilia ante mi propia presencia. Si quiere ayudarme ejercitando su
memoria, no desespero de poder relacionar toda la serie de escenas que aquí se
detallan con algo que él haya dicho, pensado, visto u oído, en las veinticuatro
horas, o menos, que precedieron al momento en que se quedó dormido sobre la
cubierta del barco maderero.
—Con mucho gusto pondré a prueba mi memoria
—se ofreció Allan—. ¿Por dónde empezamos?
—Empiece contándome lo que hizo ayer, antes de
que me encontraran en la carretera que conduce a este lugar —respondió Mr.
Hawbury—. Digamos que se levantaron de la cama y desayunaron. ¿Qué hicieron
después?
—Tomamos un coche —explicó Allan— y fuimos
desde Castletown hasta Douglas para despedir a mi viejo amigo, Mr. Brock, que
embarcaba hacia Liverpool. Volvimos a Castletown y nos separamos en la puerta
del hotel. Midwinter entró en la casa y yo me dirigí al muelle para ver mi
yate. A propósito, doctor, ¿recuerda que nos prometió venir de crucero con
nosotros antes de que abandinemos la isla de Man?
—Muchas gracias, pero ciñámonos al asunto que
nos ocupa ahora. ¿Qué pasó después?
Allan vaciló. Estaba en la luna, en el sentido
figurado de la expresión.
—¿Qué hizo usted a bordo del yate?
—¡Oh, ya sé! Ordené todo el camarote. Palabra
de honor que lo puse todo patas arriba. Mi amigo llegó en un bote para
ayudarme. Hablando de embarcaciones, todavía no le he preguntado si la suya
sufrió algún daño la noche pasada. En caso afirmativo, insisto en que me
permita indemnizarle los perjuicios sufridos.
El médico renunció a todo intento de que Allan
se concentrase en sus recuerdos.
—Si seguimos así, nunca alcanzaremos nuestro
objetivo —protestó—. Será mejor que consideremos los episodios del sueño por
orden y formulemos las preguntas que nos vayan sugiriendo. Empecemos por los
dos primeros. Usted sueña que se le aparece su padre, que se encuentran los dos
en el camarote de un barco, que el agua sube y que se hunden juntos en ella.
¿Puedo preguntarle si bajó al camarote del barco encallado?
—No pude bajar allí —respondió Allan—, porque
el camarote estaba lleno de agua. Cuando lo vi, cerré de nuevo la puerta.
—Muy bien —dijo Mr. Hawbury—. Hasta aquí, las
impresiones están bastante claras. Había estado pensando en el camarote y en el
agua, y el sonido de la corriente é canal, puedo afirmarlo sin necesidad de
preguntárselo, fue lo último que percibió usted antes de dormirse. La idea de
ahogarse es una consecuencia demasiado natural de aquellas impresiones para que
tengamos que insistir en ella. ¿Algo más, antes de que sigamos adelante? Sí;
hay otra circunstancia que requiere explicación.
—La circunstancia más importante —observó
Midwinter, terciando en la conversación, sin moverse de su sitio junto a la
ventana.
—¿Se refiere a la aparición del padre de Mr.
Armadale? A esto iba —apuntó Mr. Hawbury—. ¿Está vivo su padre? —preguntó,
dirigiéndose de nuevo a Allan.
—Mi padre murió antes de que yo naciese.
El médico dio un respingo.
—Esto complica un poco las cosas. ¿Cómo sabe
que la figura que se le apareció en sueños era la de su padre?
Allan vaciló de nuevo.
Midwinter apartó un poco su silla de la
ventana y, por primera vez, observó con atención al médico.
¿Había pensado en su padre antes de dormirse?
—prosiguió Mr. Hawbury—. ¿En alguna descripción de él, en algún retrato que
hubiese en su casa...?
—¡Claro! —exclamó Allan, quien de pronto captó
un recuerdo olvidado—. ¡Midwinter! ¿Te acuerdas de la miniatura que encontraste
en el suelo del camarote cuando arreglábamos el yate? Tú dijiste que yo no
parecía darle ningún valor y yo negué tu suposición, porque era un retrato de
mi padre...
—¿Se parecía la cara del sueño a la cara de la
miniatura? —preguntó Mr. Hawbury.
—¡Era exactamente igual! ¡Le aseguro, doctor,
que esto empieza a ponerse interesante!
—¿Qué me dice ahora? —preguntó Mr. Hawbury,
volviéndose de nuevo a la ventana.
Midwinter se levantó apresuradamente de la
silla y fue a reunirse con Allan en la mesa. De la misma manera que había
buscado refugio contra la tiranía de sus supersticiones en el confortable
sentido común de Mr. Brock, así lo buscaba ahora, con la misma ansiedad, con la
misma sinceridad, en la teoría del médico sobre los sueños.
—Estoy de acuerdo con mi amigo —respondió,
ruborizado el semblante por un súbito entusiasmo— en que esto empieza a ponerse
interesante. Continúe, por favor.
El médico miró a su extraño invitado con más
benevolencia de la que antes había mostrado hacia él.
—Usted es el único místico que he conocido
—admitió—, dispuesto a jugar limpio con las pruebas. No desespero de
convertirlo antes de que termine nuestra investigación. Pasemos al siguiente
episodio —continuó después de observar un momento el manuscrito—. Podernos
prescindir del intervalo de olvido que sigue a las primeras imágenes del sueño.
Significa simplemente la momentánea interrupción de la actividad intelectual
del cerebro cuando lo invadió a usted una ola de sueño más profundo, de la
misma manera que la sensación de encontrarse solo en la oscuridad, que aparece
a continuación, indica la reanudación de aquella actividad, previa a la
reproducción de otra serie de impresiones. Veamos a qué corresponden. Un
estanque solitario rodeado de un campo despejado, una puesta de sol sobre la
orilla más lejana del estanque y la sombra de una mujer junto al lado más
próximo. Muy bien; examinemos esto, Mr. Armadale. ¿Cómo se metió el estanque en
su cabeza? El campo despejado lo vio usted en el trayecto desde Castletown a
este lugar. Pero no tenemos estanques ni lagos por estos andurriales y es
imposible que los haya visto recientemente en otras partes, ya que ha venido
por mar. ¿Debemos recurrir a algún cuadro o a algún libro, o a alguna
conversación que sostuvo con su amigo?
Allan miró a Midwinter.
—Yo no recuerdo que hablásemos de estanques o
de lagos —comentó—. ¿Y tú?
En vez de responder a la pregunta, Midwinter
se dirigió de pronto al médico.
—¿Tiene usted el último número del periódico
de Manx?
El médico lo sacó de la alacena. Midwinter
buscó las páginas que contenían extractos de los Viajes por Australia, de
reciente publicación, que habían despertado el interés de Allan la noche
anterior y cuya lectura había terminado cuando su amigo cayó dormido. Allí, en
el pasaje que describía los sufrimientos de los sedientos viajeros y el
posterior descubrimiento que les salvó la vida, aparecía, en el punto
culminante de la narración, ¡el gran estanque que había surgido en el sueño de
Allan!
—Guarde ese periódico —le dijo el médico,
cuando Midwinter se lo hubo mostrado y dado la debida explicación—. Es muy
probable que lo necesitemos de nuevo antes de terminar nuestra investigación.
Hemos llegado al estanque. ¿Qué me dice de la puesta de sol? Los extractos del
periódico no refieren nada parecido. Escudriñe de nuevo en su memoria, Mr.
Armadale, a ver si encuentra el recuerdo de una puesta de sol en estado de
vigilia, por favor.
Una vez más, Allan no logró encontrar una
respuesta y, de nuevo, la despierta memoria de Midwinter lo ayudó a vencer la
dificultad.
—-Creo que puedo descubrir esta impresión,
como descubrí la otra —anunció en dirección al médico—. Cuando llegamos ayer
por la tarde, mi amigo y yo dimos un largo paseo por las colinas...
—¡Ya esta! —lo interrumpió Allan—. Ahora lo
recuerdo. El sol se estaba poniendo cuando volvimos al hotel para cenar y aquel
cielo rojo era tan espléndido que ambos nos detuvimos para contemplarlo.
Entonces hablamos de Mr. Brock y nos preguntamos si estaría ya muy lejos en su
viaje de regreso a casa. Mi memoria puede ser lenta en arrancar, doctor, pero
en cuanto se pone en marcha, ¡no hay quien la detenga! Ahora lo verá.
—Espere un momento, en consideración a la
memoria de Mr. Midwinter y a la mía —rogó el médico—. Hemos descubierto sus
impresiones del campo despejado, del estanque y de la puesta de sol. Pero nada
explica aún la sombra de la mujer. ¿Puede recordar el original de este
misterioso personaje del sueño?
Allan se sumió una vez más en su anterior
perplejidad y Midwinter esperó, fijos los ojos con intenso interés en la cara
del médico. Por primera vez, se hizo un largo silencio en la estancia. Mr.
Hawbury miraba interrogadoramente a Allan y al amigo de éste. Ninguno de los
dos le respondió. Entre la sombra y el referente de ella se abría un abismo de
Misterio, igualmente impenetrable para los tres.
—Paciencia —dijo tranquilamente el médico—.
Dejemos de momento a la figura de la orilla del estanque, más adelante
trataremos de encontrarla. Permítame observar, Mr. Midwinter, que no resulta
fácil identificar a una sombra, pero no desesperemos. La dama impalpable del
lago tal vez tenga alguna consistencia cuando volvamos a encontrarla.
Midwinter no replicó. Desde aquel momento,
empezó a perder interés en la encuesta.
—¿Cuál es la siguiente escena del sueño?
—siguió Mr. Hawbury, al tiempo que consultaba el manuscrito—. Mr. Armadale se
encuentra en una habitación. Está de pie junto a una alta ventana que da a un
prado de césped y a un jardín, mientras la lluvia repica en el cristal. En la
habitación sólo ve una pequeña estatua y su única compañía es la sombra de un
hombre plantada ante él. La sombra alarga los brazos y la estatua cae hecha
añicos al suelo. El hombre que está soñando, irritado y afligido por aquella
catástrofe (observen, caballeros, que la facultad de raciocinio del durmiente
se despierta un poco y que el sueño pasa racionalmente, por un instante, de la
causa al efecto), se inclina para observar los fragmentos. Cuando levanta la
mirada, el escenario ha desaparecido. Esto significa que, en el flujo y reflujo
del sueño, ha llegado el momento bajo y el cerebro descansa un poco. ¿Qué le
pasa, Mr. Armadale? ¿Acaso se ha disparado de nuevo su holgazana memoria?
—Sí. Ahora va a galope tendido. Me refiero a
la estatuilla rota; no es más que una pastorcilla de porcelana que se cayó de
la repisa de la chimenea en el salón del hotel, cuando tiré del cordón de la
campanilla la noche pasada. Vamos progresando, ¿no? Es como resolver un
acertijo. Ahora te toca a ti, Midwinter.
—¡No! —exclamó el médico—. Por favor, me toca
a mí. Reivindico la ventana, el jardín y el prado de césped, como de mi
propiedad. La ventana alta la encontrará, Mr. Armadale, en la habitación
contigua. Si se asoma a ella, verá el prado y el jardín, y si pone en marcha su
portentosa memoria, recordará que tuvo la gentileza de felicitarme por mi
elegante cristalera y el cuidado jardín cuando ayer les llevé, a su amigo y a
usted, a Port St. Mary.
—Es verdad —convino Allan—. Sí que lo hice.
Pero ¿qué me dice de la lluvia que vi en sueños? No he visto caer una gota
desde la semana pasada.
Mr. Hawbury vaciló. Entonces se fijó en el
periódico de Manx, que había quedado sobre la mesa.
—Si no se nos ocurre nada más, veamos si
podemos encontrar la idea de la lluvia donde encontramos también la idea del
estanque. —Releyó atentamente el resumen—. ¡Ya lo tengo! Aquí se narra cómo
llovió sobre los sedientos viajeros austrAllanos antes de que descubriesen el
estanque. Considere, Mr. Armadale, que el chaparrón se introdujo en su mente
cuando leyó esto a su amigo la noche pasada. Y fíjese en que el sueño, Mr.
Midwinter, mezcla como de costumbre impresiones separadas.
—¿Puede encontrar una impresión que explique
aquella figura humana junto a la ventana? —preguntó Midwinter—. ¿O tenemos que
pasar por alto la sombra del hombre, al igual que la sombra de la mujer?
Formuló la pregunta con escrupulosa cortesía,
pero con un matiz sarcástico que no pasó inadvertido al oído del médico, quien
aceptó al instante la controversia.
—Cuando se recogen conchas en la playa, Mr.
Midwinter, se suele empezar por las que están más cerca. Nosotros estamos
recogiendo ahora los hechos y tomamos primero los más fáciles de identificar.
Dejemos de momento la sombra del hombre y la sombra de la mujer, aunque le
prometo que no las perderemos de vista. Cada cosa a su tiempo, mi querido
señor; cada cosa a su tiempo.
También él se mostraba al mismo tiempo cortés
e irónico. Había terminado la breve tregua entre los adversarios. Midwinter
regresó significativamente a su sitio junto a la ventana. El doctor se volvió
inmediatamente de espaldas a aquélla, de un modo aún más significativo. Allan,
que nunca discutía la opinión de nadie y que nunca escudriñaba bajo la
superficie de la conducta de las personas, tamborileó alegremente sobre la mesa
con el mango del cuchillo.
—¡Adelante, doctor! —exclamó—. Mi maravillosa
memoria está tan fresca como siempre.
¿De verdad? —dijo Mr. Hawbury y volvió a
referirse a la narración del sueño—. ¿Recuerda lo que ocurrió cuando usted y yo
estábamos charlando la noche pasada con la dueña, en el bar del hotel?
—¡Claro que me acuerdo! Usted tuvo la
amabilidad de ofrecerme un vaso de coñac con agua que la dueña acababa de
prepararle. Y yo me vi obligado a rechazarlo, porque, como le expliqué, el
sabor del coñac me marea, por suave que sea la mezcla.
—Exacto —dijo el médico—. Aquel incidente se
reproduce en el sueño. Ahora ve usted juntas la sombra del hombre y la de la
mujer. Oye el ruido de un líquido al ser vertido en un vaso (coñac de la
botella y agua de la jarra), la sombra-mujer (la dueña del hotel) ofrece el
vaso a la sombra-hombre (yo); la sombra-hombre se lo ofrece a usted (como yo
hice), y el desmayo que usted me había descrito previamente se produce como era
de esperar. Me molesta, Mr. Midwinter, tener que identificar aquellas
misteriosas apariciones con unos originales tan poco románticos como una mujer
que regenta un hotel y un hombre que trabaja como médico rural. Pero su amigo
le confirmará que la dueña preparó el vaso de coñac con agua y que yo se lo
ofrecí después. Hemos identificado las sombras, tal como yo había previsto, y
ahora sólo tenemos que explicar, cosa que puede hacerse en dos palabras, la
manera en que aparece en el sueño. Después de haber tratado de introducir
separadamente la impresión del doctor y de la dueña en relación con una serie
de circunstancias poco idóneas, la mente del durmiente hace un tercer intento e
introduce juntas las imágenes de las dos personas en relación con una serie de
circunstancias adecuadas. ¡Todo se reduce a esto! Permita que le devuelva el
manuscrito, con mi agradecimiento por la total confirmación de la teoría
racional de los sueños.
Con estas palabras, Mr. Hawbury devolvió la
hoja de papel a Midwinter, mostrando la implacable cortesía del vencedor.
—¡Magnífico! ¡Ni el menor fallo desde el
principio hasta el fin! ¡Por Júpiter! —exclamó Allan, con el respeto de la
ignorancia—. ¡Qué maravillosa es la ciencia!
—Ni el menor fallo, ya lo ve —observó,
satisfecho, el médico—. Sin embargo, dudo de que hayamos logrado convencer a su
amigo.
—No me ha convencido —admitió Midwinter—. Pero
no me atrevería a decir que está usted equivocado.
Dijo estas palabras a media voz, casi
tristemente. La terrible convicción del origen sobrenatural del sueño, de la
que había tratado de librarse, se había apoderado otra vez de él. Todo su
interés por la argumentación se había desvanecido, toda su sensibilidad a su
irritante influencia había desaparecido. De haberse tratado de cualquier otro
hombre, Mr. Hawbury se habría ablandado ante la concesión que acababa de
hacerle su adversario; pero Midwinter le disgustaba tanto que no dejó que
alimentase tranquilamente su propia opinión.
—¿Confiesa usted —pregunto el medico, mas
belicoso que nunca— que he relacionado todos los episodios del sueño con una
impresión producida durante la vigilia en la mente de Mr. Armadale?
—No negaré que lo ha hecho —convino Midwinter,
resignado.
—¿He identificado las sombras con sus
originales vivos?
—Las ha identificado a su propia satisfacción
y a la de mi amigo. No a la mía.
—¿No a la suya? ¿Puede usted identificarlas?
—No. Sólo puedo esperar a que los originales
vivos se manifiesten en el futuro.
—¡Habla usted como un oráculo, Mr. Midwinter!
¿Tiene alguna idea de quiénes pueden ser estos originales vivos?
—En efecto. Creo que futuros acontecimientos
identificarán la sombra de la mujer con una persona a quien mi amigo no conoce
todavía, y la sombra del hombre conmigo mismo.
Allan trató de hablar. El médico lo
interrumpió.
—Pongamos las cosas en claro —dijo a
Midwinter—. Dejando de momento su propio caso aparte, ¿puedo preguntarle cómo
una sombra, que carece de marcas distintivas, puede identificarse con una mujer
viva a la que su amigo todavía no conoce?
Midwinter se ruborizó aún más. Empezaba a
sentir los efectos de la lógica del médico.
—El paisaje del sueño sí tiene marcas
distintivas —replicó—. La mujer viva aparecerá en el paisaje donde mi amigo la
vio en el sueño.
—Supongo —prosiguió el médico— que lo propio
ocurrirá con la sombra-hombre que insiste en identificar con usted mismo. En el
futuro, estará asociado a una estatua rota en presencia de su amigo, a una
ventana alta que dará a un jardín y a un chaparrón que repicará sobre el
cristal. ¿Está afirmando esto?
—Así es.
—Presumo que tendrá una explicación parecida
para la siguiente visión. Usted y la mujer misteriosa se encontrarán en algún
lugar todavía desconocido y ofrecerán a Mr. Armadale algún líquido que aún
ignoramos qué será, pero que le hará desvanecerse. ¿De verdad cree todo esto?
—Le aseguro que lo creo.
—Además usted opina que esta realización del
sueño marcará el rumbo de ciertos acontecimientos futuros en los que la
felicidad o incluso la seguridad de Mr. Armadale se verán peligrosamente
comprometidas, ¿no es eso?
—Ésa es mi firme convicción.
El médico se levantó, dejó a un lado su
bisturí moral, reflexionó un momento y lo tomó de nuevo.
—Una última pregunta. ¿Tiene usted alguna
razón para adoptar una visión tan mística, a pesar de haber una explicación
racional e irrebatible del sueño como la que acabo de darle?
—Ninguna razón que pueda dar a usted o a mi
amigo —respondió Midwinter.
El médico consultó su reloj con el aire del
hombre que de pronto comprende que está perdiendo el tiempo.
—No tenemos nada en común donde apoyarnos y
aunque discutiéramos hasta el día del juicio, no nos pondríamos de acuerdo.
Discúlpenme si ahora tengo que dejarlos. Es más tarde de lo que pensaba y mis
enfermos de la mañana me estarán esperando en el consultorio. En todo caso, lo
he convencido a usted, Mr. Armadale; por consiguiente, el tiempo que hemos
dedicado a esta discusión no ha sido en vano. Por favor, quédese aquí, fumando
su puro. Volveré a estar a su disposición antes de una hora.
Saludó cordialmente a Allan con la cabeza,
hizo una cortés reverencia a Midwinter y salió de la habitación.
En cuanto el médico volvió la espalda, Allan
se levantó de la mesa y se dirigió a su amigo, con aquella cordialidad
irresistible que le había ganado la simpatía de Midwinter desde el día en que
se conocieron en la posada de Somersetshire.
—Ahora que ha terminado el pugilato entre el
doctor y tú —dijo— tengo que decir unas palabras por mi cuenta. ¿Me harías un
favor que no harías por ti mismo?
El semblante de Midwinter se iluminó en el
acto.
—Todo lo que quieras.
—Muy bien. ¿Me harás el favor de no volver a
comentar este sueño en nuestras conversaciones?
—Sí, si tú lo deseas.
—Otra cosa. ¿Dejarás de pensar en el sueño?
—Resulta difícil dejar de pensar en esto,
Allan; pero lo intentaré.
—¡Buen chico! Ahora dame ese papelucho, lo
romperemos y acabaremos con esto de una vez.
Trató de arrancar el manuscrito de la mano de
su amigo, pero Midwinter fue más rápido que él y lo puso fuera de su alcance.
—¡Vamos, vamos! —suplicó Allan—. Tengo el
capricho de encender mi puro con él.
Midwinter vaciló dolorosamente. Le resultaba
difícil resistirse a Allan, pero lo hizo.
—Tendrás que esperar un poco antes de hacerlo.
—¿Cuánto? ¿Hasta mañana?
—Más.
—¿Hasta que salgamos de la isla de Man?
—Más.
—¡Maldita sea! Dame una respuesta clara a una
pregunta clara. ¿Cuánto tiempo me harás esperar?
Midwinter volvió a guardar con todo cuidado el
papel en la cartera.
—Hasta que lleguemos a Thorpe-Ambrose —dijo.
LIBRO TERCERO
CAPÍTULO I
EL MAL AL ACECHO
1. DE OZIAS MIDWINTER A MR. BROCK
«Thorpe-Ambrose, 15 de junio de 1851.
Querido Mr. Brock:
Hace sólo una hora que llegamos a esta casa,
precisamente cuando los criados estaban cerrando las puertas para la noche.
Allan se ha ido a la cama, agotado por nuestro largo viaje, y me ha dejado en
la habitación que llaman biblioteca para que le cuente cómo transcurrió nuestro
viaje a Norfolk. Como estoy más curtido que él para soportar fatigas de toda
clase, estoy lo bastante despierto para escribirle esta carta, aunque el reloj
que hay sobre la repisa de la chimenea marca la medianoche y hemos estado viajando
desde las diez de la mañana.
Las últimas noticias que recibió de nosotros
las envió Allan desde la isla de Man. Si no me equivoco, le escribió para
contarle la noche que pasamos a bordo del barco encallado. Discúlpeme, querido
Mr. Brock, si guardo silencio sobre este tema hasta que el tiempo me permita
reflexionar acerca de él con la mente más tranquila. Tendré que emprender de
nuevo la dura lucha contra mí mismo, pero con la ayuda de Dios triunfaré; sí,
triunfaré.
No voy a molestarlo relatándole nuestras
excursiones a las regiones del norte y el oeste de la isla, ni los breves
cruceros que hicimos cuando terminó la reparación del yate. Será mejor que pase
directamente a la mañana de ayer, día catorce. Llegamos al puerto de Douglas
con la marea nocturna y, en cuanto abrieron la oficina de correos, a instancias
mías Allan envió a buscar la correspondencia a tierra. El mensajero volvió con
una única carta y la remitente resultó ser la antigua dueña de Thorpe-Ambrose,
Mrs. Blanchard.
Considero que debo informarle del contenido de
esa carta, pues ha influido seriamente en los planes de Allan. Como usted ya
sabe, él lo pierde todo, tarde o temprano y ya ha perdido la carta. Por
consiguiente, sólo puedo referirle lo esencial de cuanto Mrs. Blanchard le
escribió con la mayor claridad que me sea posible.
La primera página anunciaba la partida de las
damas de Thorpe-Ambrose. Efectivamente, se marcharon anteayer, día trece,
después de haber decidido, tras muchas vacilaciones, viajar al extranjero para
visitar a unos viejos amigos residentes en Italia, en los alrededores de
Florencia. Es muy posible que Mrs. Blanchard y su sobrina se establezcan
también allí, si pueden encontrar una casa conveniente para alquilar. A ambas
les encanta Italia y los itAllanos, y con su situación económica pueden
permitirse este lujo. La señora mayor tiene su pensión de viudedad y la más
joven está en posesión de toda la fortuna de su padre.
La siguiente página de la carta era, en
opinión de Allan, bastante desagradable. Después de referirse en los más
agradecidos términos a la gentileza con que había permitido que su sobrina y
ella abandonasen su antiguo hogar en la fecha que más les conviniese, Mrs.
Blanchard añadía que la considerada conducta de Allan había producido una
impresión tan favorable entre los amigos de la familia y las personas que
dependían de ésta, que deseaban ofrecerle una recepción pública a su llegada.
Se había celebrado ya una reunión preliminar de los arrendatarios de la finca y
de los vecinos más importantes de la población aledaña para discutir las
medidas a tomar, y Allan no tardaría en recibir una carta del pastor donde le
preguntaría la fecha en que Mr. Armadale desearía tomar posesión, personal y
públicamente, de su hacienda de Norfolk.
Ahora comprenderá usted la causa de nuestra
súbita partida de la isla de Man. La primera y principal idea de su antiguo
discípulo, en cuanto hubo leído el relato de Mrs. Blanchard sobre los actos que
se preparaban, fue evitar aquella recepción pública. La única manera segura que
se le ocurrió para eludir la celebración fue partir hacia Thorpe-Ambrose antes
de que la carta del clérigo llegara a sus manos. Yo traté de hacerlo
reflexionar un poco antes de ceder a su primer impulso en este asunto, pero él
siguió haciendo la maleta con el buen humor acostumbrado. Su equipaje quedó
preparado en diez minutos y le bastaron otros cinco para dar instrucciones a la
tripulación a fin de que llevase el yate a Somersetshire. El vapor de Liverpool
estaba atracado junto a nosotros en el muelle y no tuve más remedio que
embarcar con Allan, si no quería que se marchase solo. Le ahorraré el relato de
nuestro agitado viaje, de nuestra detención en Liverpool y de los trenes que
perdimos durante el viaje a través del país. Sepa que llegamos aquí sanos y
salvos, gracias a Dios. No importa lo que pensaron los criados al ver aparecer
súbitamente y sin previo aviso a su señor. Pero lo que pensará de ello el
comité organizador de la recepción pública, cuando mañana reciban la noticia,
temo que sea una cuestión más grave.
Como ya he mencionado a los criados, le diré
que la última parte de la carta de Mrs. Blanchard no daba la menor instrucción
a Allan acerca del servicio doméstico que había dejado al marcharse. Parece que
todos los criados, tanto los de dentro como los de fuera de la casa (con tres
excepciones), esperan saber si Allan los conservará en sus puestos. Dos de las
excepciones se explican con toda facilidad: la doncella de Mrs. Blanchard y la
de Miss Blanchard salieron para el extranjero con ellas. El tercer caso
excepcional es el de la primera doncella de la casa, y aquí sí que hay algo
sospechoso. En pocas palabras, esta doncella fue despedida en el acto por lo
que Mrs. Blanchard describe un tanto misteriosamente como "conducta ligera
con un extraño".
Temo que se burlará usted de mí, pero debo
confesarle la verdad. Desconfío tanto, después de lo que nos ocurrió en la isla
de Man, de los más insignificantes contratiempos relacionados de algún modo con
la iniciación de Allan en su nueva vida y perspectiva, que he interrogado ya a
uno de los criados acerca del aparentemente trivial asunto del despido de la
doncella. Lo único que he podido averiguar es que habían visto a un desconocido
rondando por el lugar de manera sospechosa, que la doncella era tan fea que
podía tenerse casi por seguro que aquel hombre ocultaba algún propósito al
tratar de congraciarse con ella y que no se lo ha vuelto a ver por la vecindad
desde el día en que aquélla fue despedida. Esto es cuanto sé de la única
sirvienta que ha sido excluida de Thorpe-Ambrose. Espero que Allan no se
inquiete rumiando sobre esto. En cuanto a los otros servidores, Mrs. Blanchard
decía que todos ellos, hombres y mujeres, eran absolutamente dignos de
confianza y no dudo de que todos seguirán ocupando sus actuales puestos.
Sin más que decir sobre la carta de Mrs.
Blanchard, debo ahora suplicarle, en nombre de Allan y por amor a él, que venga
aquí y se quede con él en cuanto pueda abandonar Somersetshire. Aunque no me
atrevo a pensar que mis deseos sean lo bastante influyentes para decidirlo a
aceptar esta invitación, debo confesarle, sin embargo, que tengo una razón
especial para desear de todo corazón su presencia aquí. Allan me ha causado, en
su inocencia, una nueva inquietud acerca de mis futuras relaciones con él y
necesito con urgencia su consejo para encontrar la manera de calmar esta
ansiedad.
La dificultad que me preocupa ahora guarda
relación con el cargo de administrador de Thorpe-Ambrose. Hasta ayer, sólo
sabía que Allan había concebido algún plan para resolver esta cuestión. Este
plan implicaba, entre otras cosas, el alquiler de la casa donde vivía el
antiguo administrador, ya que Allan opinaba que el nuevo tendría que residir en
la mansión. Una palabra casual, mientras conversábamos durante el viaje, le
indujo a hablar más claramente que hasta entonces.
Así me enteré, para mi indecible asombro, de
que la persona que estaba en el fondo de todos sus proyectos referentes a la
administración ¡era nada menos que yo mismo!
Inútil decirle cuánto aprecio esta nueva
prueba de la bondad de Allan. Pero la primera satisfacción que experimenté al
oír de sus propios labios que me consideraba merecedor de toda la confianza que
depositaba en mí, se vio pronto enturbiada por el dolor que siempre acompaña a
las satisfacciones..., al menos a las que yo he conocido. El recuerdo de mi
vida pasada nunca me ha parecido tan triste como ahora, cuando siento que me ha
inhabilitado para ocupar, precisamente, los puestos que me habría gustado desempeñar
al servicio de mi amigo. Hice acopio de valor para decirle que carecía por
completo de los conocimientos y de la experiencia que debía poseer su
administrador. Él rebatió generosamente la objeción, alegando que podía
aprender, y me prometió llamar de Londres a la persona que había desempeñado
provisionalmente las funciones de administrador y que, por consiguiente, sería
la más adecuada para enseñarme. ¿Comparte usted la idea de que podré aprender?
En ese caso, trabajaré día y noche para instruirme. Pero si (como temo) la
función de administrador es demasiado seria para que un hombre tan joven e
inexperto como yo la aprenda de la noche a la mañana, entonces, por favor,
apresure su viaje a Thorpe-Ambrose y ejerza personalmente su influencia sobre
Allan. Sólo usted podrá convencerlo de que prescinda de mí y contrate a un
administrador adecuado para el cargo.
Se lo ruego, actúe en este asunto como mejor
considere para los intereses de Allan. En cualquier caso, por muy grande que
pueda ser mi decepción, él no debe enterarse.
Gracias, querido Mr. Brock.
Sinceramente suyo,
Ozias Midwinter.
Posdata. — Abro el sobre para añadir unas
palabras. Si desde su regreso a Somersetshire ha oído o sabido algo de la mujer
del traje negro y el chal rojo, espero que, cuando me escriba, no se olvide de
mencionarlo.
O. M.”
2. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Salón de Belleza, Diana Street, Pimlico.
Miércoles
Mi querida Lydia:
Para ahorrarme los gastos de correo, te
escribo en el papel comercial de la empresa donde trabajo, después de una larga
y fatigosa jornada, porque desde la última vez que nos vimos he tenido noticias
que considero conveniente comunicarte cuanto antes.
Empecemos por el principio. Después de
reflexionar atentamente sobre la cuestión, estoy segura de que lo más prudente
es que no le digas nada al joven Armadale acerca de la isla de Madeira y lo que
sucedió allí. Indudablemente, tu posición era muy fuerte ante su madre. La
ayudaste en secreto a engañar al abuelo, pero la muy ingrata te despidió, a
pesar de tu tierna edad, en cuanto consiguió su propósito. Cuando te
presentaste de improviso ante ella, después de una separación de más de veinte
años, te encontraste con que estaba delicada de salud y tenía un hijo mayor, a
quien había mantenido en completa ignorancia de la verdadera historia de su
matrimonio. ¿Tendrías las mismas ventajas con el joven caballero que la ha
sobrevivido? Si no es idiota de nacimiento, se negará a creer en tus
revelaciones, que son insultantes para la memoria de su madre. Teniendo en
cuenta que careces de pruebas y dado el tiempo transcurrido, esto significaría
para ti el final de la explotación de la mina de oro de los Armadale. ¡Piénsalo!
No discuto que la importante deuda de la dama, después de lo que hiciste por
ella en Madeira, está todavía sin saldar y que, ahora que ha desaparecido la
madre, el hijo es la persona que debe pagarla. Pero tienes que exprimirlo de la
manera adecuada, querida. Esto es lo que atrevo a aconsejarte: exprímelo de la
manera adecuada.
¿Cómo podrías hacerlo? Esto me lleva a las
noticias que quería darte. ¿Has vuelto a pensar en aquella otra idea tuya de
probar fortuna con el joven y acaudalado caballero, sin más ayuda que tu
belleza y tu ingenio? Esta idea persistió de tal modo en mi cabeza desde que te
marchaste, que me indujo a escribir a mi abogado para pedirle que investigase
el testamento gracias al cual el joven Armadale ha obtenido su fortuna. El
resultado ha sido infinitamente más alentador de lo que tú o yo hubiésemos
sospechado. Partiendo del informe del abogado, no cabe ya la menor duda sobre
cómo debes actuar. En pocas palabras, Lydia, coge el toro por los cuernos... ¡y
cásate con él!
Hablo completamente en serio. La empresa vale
la pena, mucho más de lo que imaginas. Sólo tienes que persuadirlo de que te
convierta en Mrs. Armadale y ya puedes reírte de lo que descubra después.
Mientras viva, podrás imponerle condiciones, y si muere, el testamento te da
derecho, con hijos o sin ellos y a pesar de cuanto diga o haga él, a una renta
vitalicia de mil doscientas libras al año, de la que responderá la herencia.
Sobre esto no cabe discusión, el abogado ha visto con sus propios ojos el
testamento.
Desde luego, Mr. Blanchard tenía un hijo y,
pensando en la esposa de éste, redactó aquella cláusula. Pero, como el
testamento no está limitado a un heredero determinado ni prevé ninguna
condición resolutoria, ahora se aplica al joven Armadale como se habría
aplicado, en otras circunstancias, al hijo de Mr. Blanchard. ¡Qué suerte para
ti, después de tantas calamidades y peligros! Si él vive, serás la dueña de
Thorpe-Ambrose; si muere, tendrás una substanciosa renta vitalicia. Atrápalo,
querida; atrápalo a cualquier precio.
Sé que cuando leas esto plantearás la misma
objeción que formulaste el otro día, cuando hablamos del asunto: me refiero a
tu edad. Pero hazme caso, querida. No se trata de que tengas treinta y cinco
años, como es la triste verdad, sino de que aparentes la edad que tienes. Mi
opinión a este respecto es la más autorizada de Londres. Tengo veinte años de
experiencia en el oficio y he conseguido que caras viejas y arrugadas y figuras
avejentadas por la edad parezcan como nuevas. Te aseguro que nadie te pondría
más de treinta años, tirando largo. Si quieres seguir mis consejos sobre la
manera de vestir y emplear en secreto un par de mis fórmulas, te garantizo que
te quitarás otros tres años de encima. Me juego todo el dinero que tendré que
adelantarte para este negocio, si cuando hayas pasado por mi mágico salón
aparentas más de veintisiete años a los ojos de cualquier hombre..., salvo,
naturalmente, cuando te despiertes inquieta a primeras horas de la mañana; pero
entonces querida, aunque parezcas vieja y fea en el retiro de tu habitación, ya
carecerá de importancia.
Claro, tú dirás: en el mejor de los casos,
parecerá que tengo seis años más que él y esto es mala cosa para empezar. ¿En
serio lo crees así? Piénsalo mejor. Seguramente tu propia experiencia te habrá
demostrado que una de la flaquezas más corrientes de los jóvenes de la edad de
este Armadale es enamorarse de mujeres mayores que ellos. ¿Quiénes son los
hombres que nos aprecian realmente en la flor de nuestra juventud (estoy segura
de que puedo hablar bien de la flor de la juventud, ya que gano cincuenta guineas
diarias poniéndola sobre los manchados hombros de una mujer que podría ser tu
madre...), quiénes son los hombres, repito, que están dispuestos a adorarnos
cuando no somos más que unas chiquillas de diecisiete años? ¿Los alegres
caballeros que nos convienen por edad? ¡No! Sólo los viejos marrulleros y
malvados que han pasado de los cuarenta.
¿Cuál es la moraleja de esto, según dicen los
libros? Pues que, con una inteligencia como la tuya, todas las probabilidades
están a nuestro favor. Si lamentas tu actual situación como creo que la
lamentas, si sabes lo atractiva que todavía puedes ser (a los ojos de los
hombres) cuando te lo propones y si has recobrado de veras tu antiguo carácter
decidido, después de aquel ataque de desesperación que sufriste en el vapor
(bastante natural, lo sé, bajo la terrible provocación de que habías sido
objeto), no será preciso que me esfuerce más en persuadirte de que intentes
este experimento. ¡Piensa solamente en cómo se han presentado las cosas! Si
aquel otro imbécil no se hubiese arrojado al río detrás de ti, este joven
estúpido no habría heredo nunca su hacienda. Realmente, parece que el destino
ha resuelto que debes convertirte en Mrs. Armadale, de Thorpe-Ambrose... Como
dice el poeta, ¿quién puede dominar al destino?
Escríbeme una linea cuciendome si o no, y haz
caso de tu vieja y fiel amiga,
María Oldershaw.»
3. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW
«Richmond, jueves.
Querida y vieja bruja:
No diré sí o no hasta que me haya mirado
largamente, muy largamente, al espejo.
Si tuvieses alguna consideración por algo que
no fuese tu propia y picara persona, sabrías que la mera idea de volver a
casarme (después de lo que tuve que pasar) me pone la piel de gallina.
Pero no se perderá nada si me envías un poco
más de información mientras reflexiono sobre el caso. Todavía te quedan veinte
libras de las cosas que vendiste por mi cuenta: mándame diez para gastos a la
lista de correos y emplea las otras diez en hacer discretas investigaciones en
Thorpe-Ambrose. Quiero saber cuándo se marcharán las dos Blanchard y cuándo
piensa empezar el joven Armadale a revolver las cenizas de los muertos en la
chimenea familiar. ¿Estás segura de que será tan fácil de manejar como te imaginas?
Si se parece a la hipócrita de su madre, te diré una cosa: Judas Iscariote
habrá resucitado.
Estoy muy cómoda en esta pensión. Hay flores
encantadoras en el jardín y los pájaros me despiertan con sus gorjeos por la
mañana. He alquilado un piano bastante bueno. El único hombre que me interesa
un poco (no te alarmes: lo sepultaron hace muchos años, con el nombre de
Beethoven) me acompaña en mis horas solitarias. La patrona también me haría
compañía, si la dejase. Pero me fastidian las mujeres. Ayer el nuevo cura
visitó al otro huésped y se cruzó conmigo en el jardín, al salir.
En cualquier caso, mis ojos no han perdido su
atractivo aunque tengo treinta y cinco años: cuando lo miré, ¡el pobre hombre
se ruborizó! ¿De qué color piensas que se habría puesto su semblante si uno de
los pajaritos del jardín le hubiese murmurado al oído la verdadera historia de
la encantadora Miss Gwilt?
Adiós, mamá Oldershaw. Dudo bastante de ser
afectuosamente tuya o de cualquier otra persona, pero todos decimos mentiras
cuando terminamos una carta, ¿no crees? En fin, si tú eres mi vieja y fiel
amiga, yo debo quedar
Afectuosamente tuya,
Lydia Gwilt.
Posdata. —Guarda tus odiosos polvos, pinturas
y lociones para los manchados hombros de tus clientas; nada de eso tocará mi
piel, te lo advierto. Si realmente quieres serme útil, trata de encontrar algún
calmante para evitar que rechine los dientes cuando duermo. La noche menos
pensada me los romperé y entonces, ¿qué será de mi belleza?»
4. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Salón de Belleza, martes.
Mi querida Lydia:
Es una lástima que no dirigieras tu carta a
Mr. Armadale, tu graciosa audacia lo habría encantado. A mí no me impresiona,
sabes que ya estoy acostumbrada a ella. ¿Por qué gastas tu chispeante ingenio,
querida mía, en tu invulnerable Oldershaw? Sólo chisporrotea y se apaga.
¿Procurarás ser más seria la próxima vez? Tengo noticias de Thorpe-Ambrose, no
son cosa de broma y no se debe jugar con ellas.
Una hora después de recibir tu carta, inicié
mis pesquisas. Como no sabía qué consecuencias podían tener, consideré que era
más prudente mantenerme en la sombra. En vez de emplear a alguna de las
personas que tengo a mi disposición (que nos conocen a las dos), me dirigí a la
agencia de detectives privados de Shadyside Place, y puse el asunto en manos
del inspector, que no me conocía en absoluto, sin mencionar tu nombre. Ya sé
que no era ésta la manera más barata de resolver el asunto; pero sí la más
segura, que es lo importante.
El inspector y yo nos comprendimos en diez
minutos y enseguida encontró a la persona más adecuada, el joven de aspecto más
inofensivo que hayas visto en tu vida. Salió hacia Thorpe-Ambrose al cabo de
una hora de nuestra entrevista. Convine en pasar por la oficina el sábado, el
lunes y hoy, siempre por la tarde, por si había noticias. No las ha habido
hasta hoy, en que he encontrado allí a nuestro agente secreto, que acababa de
llegar a la ciudad y me estaba esperando para ofrecerme un relato cabal de su
viaje a Norfolk.
Primero de todo y para tu tranquilidad, voy a
contestar las dos preguntas que me hiciste. Las Blanchard se marcharon a algún
lugar del extranjero el día trece y el joven Armadale está realizando un
crucero en su yate. En Thorpe-Ambrose se dice que le están preparando una
recepción pública y que se ha convocado una reunión de las fuerzas vivas del
lugar a tal efecto. Las peroratas y ceremonias suelen requerir bastante tiempo
y no es probable que la recepción se celebre mucho antes de finales de este
mes.
Aunque nuestro agente no hubiese hecho más que
esto, pienso que se habría ganado su dinero. Pero el inofensivo joven se
comporta como un jesuíta en la investigación privada, con la gran ventaja,
sobre todos los curas papistas que he visto, de que no lleva la astucia escrita
en el semblante. Después de obtener su información de las criadas de forma
acostumbrada, se dirigió, con admirable discreción, a la mujer más fea de la
casa. Cuando son guapas y pueden elegir —me dijo claramente—, pierden mucho
tiempo decidiendo a qué pretendiente van a aceptar. Cuando son feas y no tienen
dónde elegir, saltan sobre el primer novio que se les pone a tiro, como los
perros hambrientos sobre un hueso. Fundándose en estos excelentes principios,
nuestro agente secreto consiguió después de ciertas inevitables dilaciones,
establecer contacto con la primera doncella de Thorpe-Ambrose y ganarse toda su
confianza en la primera entrevista. Sin olvidar un instante sus instrucciones,
incitó a la mujer a charlar y, naturalmente, se vio favorecido con todos los
chismes de rigor entre la servidumbre. La mayoría de ellos carecían de
importancia, por lo que vi cuando él los repitió. Pero escuché con paciencia y
al fin me vi recompensada por un valioso descubrimiento. Helo aquí.
Parece que hay una linda casita auxiliar en
los terrenos de Thorpe-Armadale. Por alguna razón desconocida, el joven
Armadale ha decidido alquilarla y ya tiene un inquilino. Es un pobre comandante
del ejército, retirado cor media paga, cuyo apellido es Milroy: un hombre
apacible, aficionado a los trabajos manuales y con el engorro doméstico de una
esposa enferma a quien nadie a visto. Bueno, ¿y qué?, dirás, con esa viva
impaciencia que tan bien te sienta. ¡No te alborotes, mi querida Lydia! Los
asuntos familiares de ese hombre nos incumben a las dos, pues la mala fortuna
ha querido... ¡que tenga una hija!
Puedes imaginarte cómo interrogué a nuestro
agente y cómo hurgó éste en su memoria, cuando me reveló tal descubrimiento. Si
fue el Cielo quien dio una lengua parlanchína a las mujeres, ¡bendito sea por
ello! De Miss Blanchard a su doncella, de la doncella de Miss Blanchard a la
doncella de su tía, de la doncella de la tía de Miss Blanchard a la fea primera
doncella de la casa, y de ésta al joven de inofensivo aspecto..., así fluyó el
torrente del chismorreo hasta acabar al fin en el depósito adecuado, donde la
sedienta madre Oldershaw lo bebió hasta la última gota. En resumen, así está la
cosa. La hija del comandante es una muchacha que acaba de cumplir dieciséis
años, vivaracha y muy bonita (¡maldita sea!), nada elegante en el vestir
(¡gracias a Dios!) y de modales deficientes (¡gracias a Dios de nuevo!). Se ha
criado en casa. La institutriz que se había encargado últimamente de ella se
despidió antes de que el comandante se trasladase a Thorpe-Ambrose. Su
educación ha quedado, pues, inacabada y el padre no ha decidido todavía qué va
a hacer a este respecto. Ninguno de sus amigos ha podido recomendarle una nueva
institutriz y le desagrada la idea de enviar a su hija a un colegio.
Así está el asunto, según el propio
comandante, quien lo manifestó a las damas de la mansión cuando las visitó una
mañana con su hija.
Éstas son las noticias que te prometí y pienso
que estarás de acuerdo conmigo en que el asunto Armadale tiene que resolverse
inmediatamente, en uno u otro sentido. Si, a pesar de tus malas perspectivas y
lo que yo llamaría tus derechos sobre la familia de ese joven, decides
renunciar a él, te remitiré con mucho gusto el saldo de tu cuenta conmigo
(veintisiete chelines) y podré dedicarme por entero a mi propio negocio. Si,
por el contrario, decides probar suerte en Thorpe-Ambrose, me gustaría saber
(pues no me cabe duda de que la rapaza del comandante querrá conquistar al
joven caballero) cómo te las apañarás para vencer la doble dificultad de
inflamar a Mr. Armadale y apagar los ardores de Miss Milroy. Afectuosamente
tuya, María Oldershaw.»
5. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW
(PRIMERA RESPUESTA)
«Richmond, miércoles, mañana.
Mrs. Oldershaw:
Mándame mis veintisiete chelines y cuida de tu
propio negocio.
Tuya, L.G.»
6. DE MISS GWILTA MRS. OLDERSHAW
(SEGUNDA RESPUESTA)
«Richmond, miércoles, noche.
Querida:
Guarda los veintisiete chelines y quema mi
carta anterior. He cambiado de idea.
Aquélla la escribí después de pasar una noche
espantosa. Ahora te escribo después de dar un paseo a caballo, beber un vaso de
clarete y comer una pechuga de pollo. ¿Te basta con esta explicación? Por
favor, di que sí, pues debo volver a mi piano.
No; no puedo volver aún, pues antes debo
contestara a tu pregunta. Pero ¿serás tan simple para suponer que no puedo ver
a través de ti y de tu carta? Sabes tan bien como yo que la mayor dificultad es
nuestra oportunidad, pero quieres que yo asuma la responsabilidad de plantear
la primera proposición, ¿no es cierto? Mas supongamos que prefiero andarme con
rodeos, tal como haces tú. Supongamos que digo: "Por favor, no me
preguntes cómo pretendo inflamar a Mr. Armadale y extinguir los ardores de Miss
Milroy, la pregunta es tan brusca y de mal gusto que no puedo contestarla.
Pregúntame, en vez de esto, si la modesta ambición de mi vida es convertirme en
institutriz de Miss Milroy." Sí, podría intentarlo, si te parece bien y me
provees de un informe de buena conducta.
¡Lo hago por ti! Así, si ocurre algo grave, lo
cuales muy posible, podrás consolarte pensando que todo ha sido por mi culpa.
Y ahora que he hecho esto por ti, ¿querrás
devolverme el favor? Quiero pasarlo bien, a mi manera, durante el poco tiempo
que probablemente permaneceré aquí. Sé una buena madre Oldershaw y ahórrame las
preocupaciones de pensar en los pros y los contras y de calcular las
probabilidades de éxito y de fracaso de la nueva aventura que voy a emprender.
En una palabra, piensa por mí, hasta que me vea obligada a hacerlo yo misma.
Ahora será mejor que no siga escribiendo, o
diría alguna barbaridad que no te gustaría. Esta noche estoy de mal humor.
Quisiera tener un marido a quien fastidiar, un hijo a quien pegar o algo por
este estilo. ¿Te ha gustado, alguna vez, ver cómo se queman los insectos cuando
se acercan a una vela encendida? A mí me gusta en ocasiones. Buenas noches,
Mrs. Jezabel. Cuanto más tiempo puedas dejarme aquí, tanto mejor será. El aire
me sienta bien y estoy encantadora.
L.G.»
7. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Jueves.
Mi querida Lydia:
Algunas personas, en mi situación, se
sentirían un poco ofendidas por el tono de tu última carta. ¡Pero yo te aprecio
tanto! Y cuando quiero a una persona, ¡es muy difícil, querida, que ésta me
ofenda! La próxima vez no galopes tanto y bebe solamente medio vaso de clarete.
No puedo decirte nada más.
Bueno, ¿podemos dejar de zaherirnos y pasar a
cosas importantes?
Es curioso lo difícil que nos resulta siempre
a las mujeres comprendernos, especialmente cuando tenemos una pluma en la mano.
Pero vamos a intentarlo.
Bien, para empezar, por tu carta deduzco que
sabiamente has resuelto intentar el experimento de Thorpe-Ambrose y conseguir,
si puedes, una excelente posición, colocándote al servicio del comandante
Milroy. Si las circunstancias se vuelven contra ti y otra mujer consigue la
plaza de institutriz (de la cual tendré algo más que decirte), no tendrás más
remedio que buscar otra manera de relacionarte con Mr. Armadale. En cualquier
caso, necesitarás mi ayuda y lo primero que tenemos que aclarar es lo que estoy
dispuesta a hacer y lo que puedo hacer para ayudarte.
Mi querida Lydia, una mujer con tu belleza,
tus modales, tus dotes y tu educación, puede hacer casi todo lo que quiera en
sociedad, con tal de que tenga dinero en el bolsillo y buenas referencias a las
que recurrir en caso de emergencia. Hablemos ante todo del dinero. Me
comprometo a encontrarlo, a condición de que correspondas a mi ayuda con la
adecuada recompensa monetaria, si ganas el premio Armadale. Tu promesa de
gratificarme deberá constar en un documento donde conste la cifra y que ambas
firmaremos cuando nos veamos en Londres. Mi abogado lo redactará.
Pasemos ahora a las referencias. También en
esto me pongo a tu servicio, con otra condición: que te presentes en
Thorpe-Ambrose con el nombre que has llevado desde el estrepitoso fracaso de tu
matrimonio, es decir, tu apellido de soltera, Gwilt. Tengo un motivo para
insistir en esto, no quiero correr riesgos innecesarios. Mi experiencia como
confidente de mis clientes en varios casos románticos comprometidos me ha
demostrado que el empleo de un nombre supuesto es, nueve veces de cada diez,
una forma de engaño no sólo innecesaria, sino sumamente peligrosa. Nada podría
justificar que empleases un nombre supuesto por miedo a que el joven Armadale
te descubriese, ya que todo temor a este respecto quedó afortunadamente
descartado por la conducta de su madre, quien mantuvo en secreto, para su hijo
y para todo el mundo, vuestra antigua relación.
El último punto a considerar, querida, es el
de las probabilidades que tienes a favor y en contra de entrar como institutriz
en la casa del comandante Milroy. Pues estoy segura de que, una vez que estés
dentro, con tus conocimientos de música y de idiomas, y si logras dominar tu
genio, conservarás el puesto con toda seguridad. La única duda, dada la
situación, es si conseguirás el empleo.
Creo que, considerando las dificultades con
que tropieza actualmente el comandante para la educación de su hija, lo más
probable es que publique un anuncio pidiendo una institutriz. Pero, en ese
caso, ¿qué dirección dará para que le escriban las aspirantes? Si da una
dirección de Londres no tendrás probabilidad alguna en tu favor, por la
sencilla razón de que no podremos distinguir su anuncio de los del resto de
personas que buscan una institutriz y dan su dirección en Londres. En cambio,
si tenemos suerte y publica la dirección de una tienda, una oficina de correos
o cualquier otro sitio de Thorpe-Ambrose, sabremos exactamente quién es el
anunciante. En este caso, no me cabe duda de que, con mis informes, entrarás
fácilmente en el círculo familiar del comandante. Contamos con una enorme
ventaja sobre las demás mujeres que contestarán al anuncio. Gracias a mis
investigaciones sobre el terreno, sé que el comandante Milroy es hombre de
pocos recursos económicos: pediremos un salario que forzosamente habrá de tentarle.
En cuanto al estilo de la carta, si tú y yo juntas no somos capaces de escribir
una solicitud modesta e interesante para la plaza vacante, me gustaría saber
quién podrá hacerlo.
Sin embargo, todo esto corresponde al futuro.
De momento, te aconsejo que sigas donde estás y hagas lo que te dé la gana
hasta que recibas nuevas noticias mías. Yo compro siempre The Times y puedes
confiar en que mis avispados ojos no pasarán por alto el anuncio, si aparece.
Por fortuna, podemos dar tiempo al comandante sin perjudicar nuestros propios
intereses, pues, por ahora, no hay que temer que la chica se te adelante. Por
lo que sabemos, la recepción pública no estará preparada hasta finales de este mes
y podemos confiar en que la vanidad del joven Armadale le impedirá acudir a su
nueva mansión antes de que se reúnan todos los aduladores para darle la
bienvenida. Esperemos al menos otros diez días antes de renunciar a la idea de
la institutriz y urdir juntas otro plan.
Es curioso pensar lo mucho que depende todo el
asunto de ese oficial retirado. Por mi parte, me despertaré cada mañana
haciéndome la misma pregunta: si hoy aparece el anuncio del comandante,
¿publicará Thorpe-Ambrose o Londres como dirección?
Quedo como siempre, mi querida Lydia,
Afectuosamente tuya,
María Oldershaw.»
CAPÍTULO II
ALLAN, EL HACENDADO
Allan se levantó temprano, después de su
primera noche de descanso en Thorpe-Ambrose, y observó el paisaje desde la
ventana de su dormitorio, perdido en la densa turbación de sentirse extraño en
su propia casa.
La habitación daba sobre la gran puerta
principal, con su pórtico, su terraza y su escalinata y más allá el arbolado
parque como telón de fondo. La niebla matinal envolvía ligeramente los árboles
lejanos y las vacas pacían tranquilamente cerca de la verja de hierro que
separaba el parque del paseo ante la casa. «¡Todo mío! —pensó Allan, quien
contemplaba con asombro el panorama de sus posesiones—. ¡Que me aspen si doy
crédito a mis ojos! ¡Todo mío!»
Se vistió, salió de su habitación y recorrió
el pasillo que conducía a la escalera y al vestíbulo, abriendo todas las
puertas a medida que pasaba por delante de ellas. Las habitaciones de aquella
parte de la casa eran dormitorios y vestidores, y todas ellas estaban vacías,
salvo la contigua a la de Allan, que había sido destinada a Midwinter. Éste
dormía todavía cuando se asomó su amigo, pues había permanecido levantado hasta
muy tarde escribiendo la carta a Mr. Brock. Allan siguió hasta el final del
primer pasillo, torció en ángulo recto, pasó por un segundo corredor y llegó a
la gran escalinata principal. «Nada novelesco aquí —dijo para sus adentros,
mientras contemplaba los peldaños de piedra cubiertos con una mullida alfombra
y que conducían al moderno y luminoso vestíbulo—. Nada que pueda excitar los
sensibles nervios de Midwinter.» Así era, en efecto; por una vez, no había
fallado la observación superficial de Allan. La mansión de Thorpe-Ambrose,
edificada sobre las ruinas de la antigua casa solariega, tenía apenas cincuenta
años. Nada pintoresco, nada que pudiese dar la menor impresión de misterio o de
aventura, aparecía en parte alguna. Era una casa de campo de lo más
convencional, producto de la clásica idea juiciosamente filtrada a través de la
mente comercial inglesa. Vista desde el exterior, tenía el aspecto de una
fábrica moderna que pretendiese parecerse a un templo antiguo. En el interior
era una maravilla de comodidad y de lujo desde el tejado hasta el sótano. «Todo
es perfecto —pensó Allan, descendiendo satisfecho la amplia escalera de bajos
peldaños—. ¡Al diablo con el misterio y la aventura! Prefiero que todo sea
ordenado y cómodo.»
Cuando llegó al vestíbulo, el nuevo señor de
Thorpe-Ambrose vaciló y miró alrededor, sin saber adonde dirigirse. Las cuatro
grandes estancias de la planta baja daban al vestíbulo, dos a cada lado. Allan
abrió al azar la puerta más cercana y se encontró en el salón. Allí encontró la
primera señal de vida en una forma que no podía ser más atractiva. Una joven se
había adueñado, ella sola, del salón. El plumero que esgrimía parecía
relacionarla con las labores domésticas de la casa; pero, en aquel preciso instante,
lo único que hacía era afirmar los derechos de la naturaleza por encima de los
deberes del servicio. Dicho en otras palabras, se estaba contemplando
atentamente la cara en el espejo que había sobre la repisa de la chimenea.
—¡Vaya, vaya! No te asustes —dijo Allan,
cuando la chica se apartó del espejo y se quedó mirándolo con los ojos muy
abiertos, sumida en terrible confusión—. Estoy completamente de acuerdo
contigo, querida: tu cara es digna de ser admirada, ¿Quién eres? Ah, la
doncella de la casa. ¿Cómo te llamas? Susan, ¿eh? ¡Vamos! También me gusta tu
nombre. ¿Sabes quién soy yo, Susan? Soy tu señor, aunque no lo parezca. ¿Tus
informes? ¡Oh, sí! Mrs. Blanchard te dio sobresaliente. Seguirás aquí, no
temas. Sé buena chica, Susan, ponte una cofia y un delantal con cintas de
colores y estarás muy linda. Y quita el polvo de los muebles, ¿eh?
Después de dar estas breves instrucciones a la
doncella, Allan volvió al vestíbulo y encontró más señales de vida. En esta
ocasión apareció un criado, quien hizo una reverencia como correspondía a un
vasallo de chaqueta blanca ante su señor feudal.
—¿Quién puedes ser tú? —preguntó Allan—. No
eres quien nos abrió la puerta la noche pasada, ¿eh? Ya decía yo. El segundo
criado, ¿eh? ¿Tus referencias? ¡Oh, sí! Sobresaliente. Desde luego, continuarás
en tu puesto. ¿Dices que puedes servirme de ayuda de cámara? ¡Para lo que
necesito yo un ayuda de cámara! Me gusta vestirme solo y cepillarme la ropa
después de ponérmela. Si supiese lustrarme los zapatos, también me gustaría
hacerlo. ¿Qué habitación es ésta? El cuarto de estar, ¿eh? Éste será el
comedor, naturalmente. ¡Qué mesa, cielo santo! Al menos es tan larga como mi
yate. A propósito, ¿cómo te llamas? ¿Richard? Bien, Richard, la embarcación en
la que navego la he construido yo mismo. ¿Qué te parece? Creo que eres el
hombre apropiado para ser mi despensero a bordo. Si no te mareas... ¿Dices que
te mareas en el mar? En tal caso, no hablemos más de ello. ¿Qué habitación es
ésta? ¡Ah, sí, la biblioteca, claro! Más del gusto de Mr. Midwinter que del
mío. Mr. Midwinter es el caballero que llegó conmigo ayer noche; y recuerda
esto, Richard: tienes que atenderlo tan bien como a mí. ¿Dónde estamos ahora?
¿A dónde conduce esa puerta del fondo? ¿Al salón de billar y de fumar?
Magnífico. ¡Otra puerta! ¡Y más escaleras! ¿Adonde llevan? ¿Quién está
subiendo? No se dé prisa, señora. Ya no es tan joven como tiempo atrás, no se
dé prisa.
El objeto de la atención humanitaria de Allan
era una mujer corpulenta y entrada en años, del tipo que suele llamarse
«maternal». Catorce escalones eran todo lo que la separaba del dueño de la
casa: los subió deteniéndose catorce veces y suspirando otras tantas. La
naturaleza, diversa en todas las cosas, lo es infinitamente más en el sexo
femenino. Hay algunas mujeres cuyas cualidades personales evocan los Amorcillos
y las Gracias, y otras cuyas características sugieren la Gratificación y la
Jarra de Manteca. Ésta era una de las últimas.
—Me alegro de que siga usted tan bien, señora
—saludó Allan, cuando la cocinera se plantó ante él con toda la majestad de su
oficio—. Se llama usted Gripper, ¿verdad? A mi entender, Mrs. Gripper, es usted
la persona más valiosa de la casa por la sencilla razón de que no creo que
nadie me aventaje aquí en apetito. ¿Instrucciones? ¡Oh, no! No tengo que darle
ninguna. Lo dejo a su discreción. Sopas bien sazonadas y carne asada con mucha
salsa: éste es mi concepto de una buena alimentación. ¡Alto! Aquí llega alguien
más. ¡Oh, claro, el mayordomo! Otra persona de suma importancia. Examinaremos
todo el vino de la bodega, señor mayordomo, y si no puedo darle una buena
opinión después de ello, lo revisaremos otra vez. Hablando de vino... ¡Caramba!
Sube más gente por la escalera. Bueno, bueno, no se preocupen. Todos tienen
magníficos informes y seguirán aquí conmigo. ¿Qué estaba diciendo? Algo acerca
del vino... ¡Ah, sí! Le diré una cosa, señor mayordomo: no todos los días llega
un dueño nuevo a Thorpe-Ambrose y deseo que empecemos nuestra relación de la
mejor manera posible. Que los criados se diviertan en grande en sus
dependencias para celebrar mi llegada, deje que beban cuanto quieran a mi
salud. Desgraciado aquel que nunca se regocija, ¿no es cierto, Mrs. Gripper?
No, ahora no me apetece bajar a la bodega: quiero salir a respirar un poco de
aire fresco antes del desayuno. ¿Dónde está Richard? Supongo que habrá un
jardín en la finca. ¿En qué lado de la casa está? Por ahí, ¿eh? No hace falta
que me acompañes. Iré solo, Richard, y me perderé, si puedo, en mi propiedad.
Dichas estas palabras, Allan descendió la
escalinata de delante de la casa, silbando alegremente. Había resuelto a su
entera satisfacción el delicado asunto del servicio doméstico. «La gente dice
que resulta difícil manejar a los criados —pensó—. ¿Qué diablos querrán decir?
Yo no veo en ello la menor dificultad.» Abrió una ornamentada puerta que se
abría en el paseo, al lado de la casa y siguiendo las indicaciones del criado
pasó entre los arbustos que cercaban los jardines de Thorpe-Ambrose. «Un
agradable y acogedor lugar para fumar un puro —se dijo mientras caminaba con
las manos en los bolsillos—. Ojalá pudiese meterme en la cabeza que esto me
pertenece realmente.»
Los arbustos se abrían al extenso jardín, que
resplandecía en su gloria estival bajo la luz del sol de la mañana. A un lado,
un arco abierto en un muro conducía al huerto de árboles frutales. Al otro
lado, un terraplén cubierto de césped, a un jardín itAllano. Allan dejó atrás
las fuentes y las estatuas, y llegó a otro camino flanqueado de arbustos que,
al parecer, conducía a algún lugar apartado de la finca. Hasta entonces, no
había visto ni oído a una criatura humana en parte alguna; pero, cuando se acercó
al final del camino, lo sorprendió oír ruidos al otro lado de los arbustos. Se
detuvo y escuchó. Dos personas estaban hablando con voces muy distintas: una
voz vieja, que sonaba muy obstinada, y una voz joven, al parecer muy enojada.
—Es inútil, señorita —decía la voz vieja—. No
puedo permitirlo y no lo permitiré. ¿Qué diría Mr. Armadale?
—Si Mr. Armadale es el caballero que imagino,
viejo estúpido —respondió la voz joven—, diría: «Entre en mi jardín siempre que
quiera, Miss Milroy, y corte todas las flores que le plazca.»
Los ojos azules de Allan centellearon
maliciosamente. Impulsado por una súbita idea, se deslizó sin hacer ruido hasta
el final del camino, dobló la esquina del seto y, saltando la valla baja, se
encontró en un pequeño y pulido prado de césped cruzado por un sendero
enarenado. A poca distancia había una joven de espaldas a él, que trataba de
abrirse paso contra la obstinación de un viejo incomovible que, plantado
delante de ella, sacudía la cabeza.
—Entre en mi jardín siempre que quiera, Miss
Milroy, y corte todas las flores que le plazca —exclamó Allan, repitiendo
descaradamente las palabras de la joven.
Ésta se volvió en redondo y lanzó un grito; el
vestido de muselina, que llevaba cogido por delante, le resbaló de la mano y
una prodigiosa cantidad de flores rodó sobre el enarenado sendero.
Antes de que se pronunciase otra palabra, el
obstinado viejo avanzó un paso y, con la mayor compostura, abordó el tema de
sus propios intereses personales, como si nada hubiese ocurrido y sólo
estuviesen presentes su nuevo amo y él.
—Le doy humildemente la bienvenida a
Thorpe-Ambrose, señor —le saludó el viejo jardinero—. Me llamo Abraham Sage,
para servirlo. Llevo más de cuarenta años trabajando en esta finca y confío en
que tendrá usted la bondad de conservarme en mi puesto.
Así habló el jardinero, con una visión
inexorablemente limitada a sus propias perspectivas, con tan poco resultado
como si hablara a la pared. Allan se había arrodillado en el sendero para
recoger las flores caídas y se estaba formando una primera impresión de Miss
Milroy, partiendo de los pies y siguiendo hacia arriba. Era bonita; pero no:
era encantadora, turbadora y encantadora de nuevo. Por los cánones vigentes,
resultaba demasiado bajita y desarrollada para su edad. Sin embargo, pocos
hombres habrían deseado que su figura fuese distinta de lo que era. Sus manos
gordezuelas eran tan lindas que resultaba difícil advertir su rubicundez por la
bendita exuberancia de la juventud y la salud. Sus pies compensaban
sobradamente los viejos y deformados zapatos, y sus hombros disculpaban los
defectos de la muselina que los cubría en forma de vestido. Los ojos de un gris
oscuro resultaban adorables por la suavidad de su color, por la viveza, la
ternura y el buen humor que reflejaban, y los cabellos (en lo que permitía ver
la lastimosa pamela que los cubría) eran precisamente de un tono castaño claro
que, por contraste, hacía resaltar la oscura belleza de los ojos. Pero, después
de estos atractivos, empezaban de nuevo los defectos e imperfecciones de la
contradictoria criatura. La nariz era demasiado corta; la boca demasiado
grande; la cara demasiado redonda y sonrosada. La terrible justicia de la
fotografía no se habría apiadado de ella y los escultores de la Grecia clásica
la habrían despedido, aunque lamentándolo, de sus talleres. Admitiendo todo
esto, y aún más, el cinturón que abrazaba la cintura de Miss Milroy era el
ceñidor de Venus, y la joven poseía más que cualquier otra la llave que abre
los corazones. Antes de recoger el segundo puñado de flores, Allan se había
enamorado de ella.
—¡No! Por favor, no haga esto, Mr. Armadale
—exclamó Miss Milroy, quien recibía las flores que Allan devolvía enérgicamente
a la falda de su vestido—. ¡Estoy avergonzada! No pretendía invitarme yo misma
con tanto atrevimiento a entrar en su jardín, pero se me fue la lengua, debo
reconocerlo. ¿Qué podría decir para disculparme? ¡Oh, Mr. Armadale, qué pensará
usted de mí!
Allan vio de pronto la manera de requebrarla y
le ofreció el cumplido con el tercer puñado de flores.
—Voy a decirle lo que pienso, Miss Milroy
—respondió a su franca e infantil manera—. Opino que el mejor paseo que he dado
en mi vida ha sido el que me ha conducido aquí esta mañana.
Lo dijo con vehemencia, pero sin perder su
apostura. No se dirigía a una mujer, rendido de admiración, sino a una niña que
sólo comenzaba su vida adulta. En cualquier caso, no le perjudicaba hablar en
su condición de dueño de Thorpe-Ambrose. La expresión contrita del rostro de
Miss Milroy se fue extinguiendo poco a poco, bajó los ojos, gazmoña y
sonriente, mirando las flores que tenía en la falda.
—Merezco una buena reprimenda. No merezco
cumplidos, Mr; Armadale... y menos de usted.
—¡Oh, sí, desde luego que los merece! —replicó
el impetuoso Allan, quien se puso rápidamente en pie—. Además, no es un
cumplido; es la pura verdad. Es usted la criatura más linda... ¡Perdón, Miss
Milroy! Ahora he sido yo quien se ha ido de la lengua.
Entre las pesadas cargas que gravitan sobre la
naturaleza femenina, quizá la más abrumadora sea, a los dieciséis años, la de
tener que aparentar seriedad. Miss Milroy luchó por dominar la risa, sonrió
disimuladamente, luchó de nuevo y, de momento, logró mantener su aplomo.
El jardinero, que no se había movido de su
sitio esperando inconmovible otra oportunidad, en ese momento la vio y
aprovechó la primera pausa que se produjo desde la entrada en escena de Allan
para plantear delicadamente lo que más convenía a su interés personal.
—Le doy humildemente la bienvenida a
Thorpe-Ambrose, señor —repitió Abraham Sage, iniciando obstinadamente y por
segunda vez el preámbulo de su discurso—. Me llamo...
Antes de que pudiese pronunciar su nombre,
Miss Milroy miró por casualidad el obstinado rostro del jardinero y perdió al
punto y sin remedio toda su gravedad. Allan, que nunca se quedaba atrás cuando
alguien lo animaba, unió de buena gana su risa a la de ella. El prudente
jardinero no mostró sorpresa ni pareció ofendido. Esperó que se hiciese de
nuevo el silencio y planteó una vez más sus intereses personales cuando los
jóvenes callaron para recobrar aliento.
—Llevo más de cuarenta años trabajando en esta
finca... —prosiguió, imperturbable, Abraham Sage.
—Y podrá trabajar otros cuarenta, ¡con tal de
que se calle y se largue de aquí! —profirió Allan en cuanto pudo hablar.
—Le quedo profundamente agradecido, señor
—dijo el jardinero con la mayor cortesía, pero sin dar señales de contener la
lengua ni de marcharse de allí.
—¿Qué sucede? —dijo Allan.
Abraham Sage carraspeó y pasó el rastrillo de
una mano a otra. Contempló su valiosa herramienta con grave interés y atención,
como si en vez de ver el largo mango de un rastrillo observase una amplia
perspectiva en el fondo de la cual se irguiera un interés personal
complementario.
—Cuando usted lo considere más conveniente,
señor —continuó el terco individuo—, desearía hablarle respetuosamente de mi
hijo. ¿Sería acaso más conveniente para usted durante el día? Siempre a sus
órdenes, señor, y muy agradecido. Mi hijo es abstemio. Está acostumbrado a
trabajar en las caballerizas y pertenece a la Iglesia de Inglaterra... y no
tiene familia.
Después de haber presentado a su hijo en estos
términos para que su amo lo valorara debidamente, Abraham Sage cargó sobre el
hombro el valioso rastrillo y, renqueando, se perdió de vista.
—Si esto es un ejemplo de viejo servidor de
confianza —comentó Allan—, tal vez sería mejor arriesgarme a que me estafe uno
nuevo. En todo caso, usted no debe preocuparse más por su causa. Pongo a su
disposición todas las flores del jardín y toda la fruta de los árboles, a su
tiempo, si se digna usted venir aquí para comerla.
—¡Oh, Mr. Armadale, qué amable, pero qué
amable es usted! ¿Cómo podré agradecérselo?
Allan vio la ocasión de hacerle otro cumplido;
un cumplido rebuscado, esta vez en forma de una trampa.
—Puede hacerme un gran favor. Puede contribuir
a hacerme una impresión agradable de mi propia finca.
—¡Dios mío! ¿Cómo? —le preguntó ingenuamente
Miss Milroy.
Allan cerró deliberadamente la trampa con
estas palabras:
—Permitiéndome que la acompañe, Miss Milroy,
en su paseo matinal.
Acto seguido, sonrió y le ofreció el brazo.
Ella, por su parte, vio la manera de coquetear
un poco. Apoyó la mano en el brazo de Allan, se ruborizó, vaciló... y de pronto
lo retiró de nuevo.
—Creo que no estaría bien, Mr. Armadale
—objetó mientras prestaba a sus flores la mayor atención—. ¿No debería
acompañarnos una señora mayor? ¿No sería incorrecto que aceptase su brazo sin
conocernos un poco más? Me veo obligada a preguntárselo; mi instrucción ha sido
muy limitada y conozco muy poco la sociedad... un amigo de papá comentó que mis
modales eran demasiado atrevidos para mi edad. ¿Qué opina usted?
—Pienso que es una suerte que el amigo de su
padre no esté ahora aquí —respondió el descarado Allan—. Me batiría con él en
un duelo a muerte. En cuanto a la sociedad, Miss Milroy, nadie sabe de ella
menos que yo; pero debo decir que, si en efecto nos acompañara una señora
mayor, me parecería inoportuna en extremo. ¿Qué le parece? —concluyó Allan,
quien le ofreció el brazo por segunda vez con aire suplicante—. ¡Acéptelo!
Miss Milroy lo miró de reojo.
—¡Es usted tan malo como el jardinero, Mr.
Armadale! —Bajó de nuevo la mirada, en una breve vacilación—. Estoy segura de
que esto no es correcto —insistió, pero un instante después tomó su brazo sin
la menor vacilación.
Se alejaron juntos sobre el césped salpicado
de margaritas, felices, jóvenes y resplandecientes, con el sol matutino de
verano brillando en el cielo sin nubes y alumbrando su camino de rosas.
—¿Adonde vamos ahora? —preguntó Allan—. ¿A
otro jardín?
Ella rió alegremente.
—¡Qué raro que usted no lo sepa, Mr. Armadale,
siendo el dueño de todo esto! ¿O acaso es la primera vez que ve Thorpe-Ambrose?
¡Todo debe parecerle terriblemente extraño! No, no; no me eche más piropos por
ahora, o hará que me dé vueltas la cabeza. No tenemos ninguna carabina y debo
cuidar de mí misma. Pero puedo serle útil si le muestro su propia finca.
Saldremos por aquel portillo, cruzaremos uno de los paseos del parque,
pasaremos por el puente rústico y... ¿adonde cree usted que iremos a parar? Al
lugar donde yo vivo, Mr. Armadale; a la adorable casita que usted alquiló a
papá. ¡Oh, si supiese lo felices que nos sentimos al conseguirla!
Hizo una pausa, miró a su acompañante y atajó
otro piropo en los labios del incorregible Allan.
—Si lo hace, soltaré su brazo —amenazó con
coquetería—. Tuvimos mucha suerte al conseguir la casita, Mr. Armadale. El día
que nos instalamos, papá dijo que siempre le estaría agradecido por habérsela
alquilado. Y yo dije lo mismo hace una semana.
—¿Usted, Miss Milroy? —exclamó Allan.
—Sí. Tal vez se sorprenderá al oírlo, pero si
usted no hubiese alquilado esa casa a papá, creo que habría tenido que pasar
por la vergüenza y el disgusto de que me enviasen a un colegio.
Allan recordó la media corona que había hecho
girar sobre la mesa del camarote del yate, en Castletown. «¡Si ella supiese que
lo eché a suertes!», pensó con remordimiento.
—Supongo que no comprende por qué me da tanto
miedo ir a un colegio —continuó Miss Milroy, al interpretar equivocadamente el
repentino silencio de su acompañante—. Si hubiese asistido antes al colegio...,
quiero decir a la edad en que suelen ir otras chicas, no me habría importado
ahora. Pero entonces no tuve oportunidad de hacerlo. Fue la época de la
enfermedad de mamá y de unas especulaciones desafortunadas de papá, y como él
sólo me tenía a mí para consolarlo, tuve que quedarme en casa. No se ría, le aseguro
que le fui de utilidad. Le ayudé a superar sus disgustos, me sentaba sobre sus
rodillas después de comer y le pedía que me contase historias sobre la gente
importante que había conocido cuando se relacionaba con el gran mundo, tanto
aquí como en el extranjero. Si no me hubiese tenido a mí para distraerlo en las
veladas y no hubiese estado ocupado en su reloj durante el día...
—¿Su reloj? —preguntó Allan.
—¡Oh, sí! No se lo había dicho. Papá es un
genio de la mecánica. También usted lo reconocerá cuando vea su reloj. Lo
construyó según el modelo del famoso reloj de Estrasburgo, aunque desde luego,
no es tan grande. Piense que lo empezó cuando yo tenía ocho años y que, a pesar
de que ya he cumplido los dieciséis, ¡todavía no está terminado! Algunos amigos
se sorprendieron mucho de que se aficionase a esto precisamente cuando
empezaron sus disgustos. Pero papá se lo explicó enseguida, les recordó que
Luis XVI se dedicó a hacer cerraduras cuando empezaron sus propias
dificultades, y entonces quedaron todos convencidos. —Se interrumpió y se
ruborizó, confusa—. ¡Oh, Mr. Armadale! —dijo, ahora sinceramente avergonzada—.
¡Mi dichosa lengua ha vuelto a dispararse! Estoy hablando con usted como si nos
conociésemos desde hace años. Esto es lo que quiso decir aquel amigo de papá
cuando comentó que mis modales eran demasiado atrevidos. Tenía razón, enseguida
me tomo confianza con las personas... —Se interrumpió de pronto, cuando iba a
terminar la frase diciendo «que me gustan».
—No, no; continúe —le suplicó Allan—. A mí me
pasa lo mismo. Además, debemos tenernos confianza siendo vecinos tan próximos.
Yo soy bastante inculto y no sé cómo expresarme, pero quisiera que existiese
una relación alegre y amistosa entre su casa y la mía. Esto es lo que quería
decir, aunque lo haya expresado con torpeza. Prosiga, Miss Milroy, ¡se lo
ruego! Ella sonrió y vaciló.
—No recuerdo exactamente dónde estaba...
—respondió—. Sólo recuerdo que quería decirle algo. Ha sido por culpa de haber
aceptado su brazo, Mr. Armadale. Me sentiría mucho mejor si consintiese usted
en que caminásemos separados... ¿Ah, no? Entonces, ¿quiere usted recordarme lo
que iba yo a decir? ¿Dónde estaba cuando perdí el hilo y empecé a hablar de los
disgustos y del reloj de papá?
—¡En el colegio! —dijo Allan, haciendo un
prodigioso esfuerzo de memoria.
—Querrá decir fuera del colegio —apuntó Miss
Milroy—. Gracias a usted sigo con mi familia, lo cual es un gran alivio. Hablo
completamente en serio, Mr. Armadadale, cuando le digo que me habrían enviado
al colegio si usted hubiese rechazado a papá como inquilino. Considere usted lo
que sucedió después. Cuando empezamos a instalarnos aquí, Mrs. Blanchard nos
envió un amable mensaje desde la casa grande, donde nos ofrecía los servicios
de sus criados por si necesitábamos ayuda. Después de esto, lo menos que podíamos
hacer papá y yo era ir a darle las gracias. Visitamos a Mrs. y Miss Blanchard.
La señora se mostró encantadora y la señorita nos pareció sencillamente
adorable a pesar del luto. Estoy segura de que usted la admira, ¿no? Es alta,
pálida y graciosa... Éste es el concepto que tiene usted de la belleza,
¿verdad?
—En absoluto —empezó a decir Allan—. Mi actual
concepto de la belleza...
Miss Milroy intuyó sus siguientes palabras e
inmediamente retiró la mano del brazo de Allan.
—Quiero decir que nunca he visto a Mrs.
Blanchard ni a su sobrina —se corrigió precipitadamente Allan.
Miss Milroy templó la severidad con la
benevolencia volvió a apoyar la mano en el brazo del joven.
—¡Qué raro que no las haya visto nunca!
—prosiguió—. Por lo visto, es usted un completo extraño en Thorpe-Ambrose.
Bueno, hacía un rato que Miss Blanchard y yo estábamos charlando cuando oí mi
nombre en boca de Mrs. Blanchard, e inmediatamente contuve el aliento. Estaba
preguntando a papá si había terminado mi educación. Papá contó enseguida el
gran apuro en que se hallaba. Debe usted saber que mi institutriz nos dejó para
casarse precisamente antes de que nos trasladásemos aquí, y ningún amigo
nuestro pudo indicarnos otra cuyas condiciones fuesen razonables. «Personas que
entienden de esto más que yo, Mrs. Blanchard, me han dicho que es peligroso
recurrir a los anuncios —comentó papá—. Dado el estado de salud de mi esposa,
todo recae sobre mí y supongo que no tendré más remedio que enviar a mi hijita
a un colegio. ¿Sabe por casualidad de alguno que sea asequible para un hombre
pobre como yo?» Mrs. Blanchard sacudió la cabeza y de buena gana la habría yo
besado por haberlo hecho. «Fundándome en mi experiencia, comandante Milroy
—dijo aquella mujer angelical—, yo le aconsejaría que publicase un anuncio. Así
fue como descubrimos a la institutriz de mi sobrina y podrá hacerse usted una
idea del valor que tuvo para nosotros si le digo que convivió con nuestra familia
durante más de diez años.» En aquel momento me habría arrodillado para besarle
los pies, ¡y me extraña que no lo hiciese! Me di cuenta de que papá estaba
impresionado y volvió a referirse al asunto cuando regresábamos a casa. «Aunque
he estado mucho tiempo apartado del mundo —me dijo—, sé apreciar a una mujer
educada y sensata en cuanto la veo. La experiencia de Mrs. Blanchard arroja una
nueva luz sobre los anuncios; tendré que pensar en ello.» Ha considerado el
asunto y aunque no me lo ha confesado explícitamente, sé que ayer noche decidió
publicar el anuncio. Así, Mr. Armadale, si papá le agradece que le alquilase la
casa, yo le debo otro tanto. De no haber sido por usted, no habríamos conocido
a la encantadora Mrs. Blanchard, y mi padre me hubiese enviado a un colegio.
Antes de que Allan pudiese replicar, doblaron
la esquina de la plantación y vieron la casita de campo. Inútil describirla,
todo el universo civilizado conoce estas casas. Era el típico cottage de las
primeras lecciones del profesor de dibujo (modelo de trazos firmes y delicado
sombreado), con el tejado cubierto de paja, frondosas enredaderas, ventanitas
con celosías, rústico porche y jaula de mimbre para los pájaros, sin faltar un
detalle.
—¿No es deliciosa? —apuntó Miss Milroy—.
¡Entre!
—¿Puedo hacerlo? —preguntó Allan—. ¿No pensará
el comandante que es demasiado temprano?
—Temprano o tarde, estoy completamente segura
de que estará encantado de verlo.
Echó a andar vivamente por el sendero del
jardín y abrió la puerta del saloncito. Cuando Allan entró tras ella en la
pequeña estancia, vio al fondo a un caballero sentado a una vieja mesa
escritorio, vuelto de espaldas al visitante.
—¡Papá! ¡Una sorpresa para ti! —anunció Miss
Milroy, distrayéndolo de su ocupación—. Mr. Armadale ha venido a Thorpe-Ambrose
y yo lo he traído aquí para que te conozca.
El comandante se levantó momentáneamente
sorprendido; pero recobró de inmediato su aplomo y avanzó para dar la
bienvenida al joven propietario, tendiéndole la mano hospitalaria.
Un hombre con más experiencia del mundo y más
finas dotes de observación que Allan, habría visto la historia de la vida del
comandante Milroy escrita en su semblante. Las calamidades que le habían
afligido se traslucían claramente en su figura encorvada y en sus mejillas
pálidas y arrugadas cuando se levantó de su silla y se volvió. La marcada
influencia de un trabajo rutinario y de un hábito monótono de pensamiento se
reflejó después en su triste, soñadora y absorta actitud, y en su mirada,
mientras su hija le hablaba. Después de levantarse, cuando avanzó para recibir
a su visitante, la revelación se hizo total. Por los cansados ojos del
comandante pasó el débil reflejo del espíritu de una juventud que había sido
más feliz. Entonces se produjo un cambio en su actitud triste y soñadora que
puso de manifiesto, de forma inconfundible, una distinción y un talento
sociales aprendidos, en alguna época del pasado, una escuela social no
desdeñable. Un hombre que, acosado por la desgracia, había buscado refugio, pacientemente,
en una labor mecánica; un hombre que, sólo a intervalos, volvía a ser el mismo
de antaño. Expuesto de esta suerte a las miradas que supiesen interpretar los
signos con acierto, el comandante Milroy se plantó ante Allan, en la primera
mañana de una relación que había de ser crucial en la vida de éste.
—Me alegro infinito de conocerle, Mr. Armadale
—saludó en el tono siempre contenido de los que se dedican a trabajos
solitarios y monótonos—. Me hizo usted un gran favor cuando me aceptó como
inquilino suyo, y ahora me hace otro al visitarme como amigo. Si todavía no ha
desayunado, permítame que, prescindiendo de cumplidos, le invite a compartir
nuestra humilde mesa.
—Acepto encantado, comandante Milroy, si no he
de ser un estorbo —respondió Allan, satisfecho por aquella acogida—. Miss
Milroy me ha informado, y lo lamento, de la invalidez de Mrs. Milroy. Tal vez
mi presencia inesperada, tal vez el encontrarse con una cara desconocida...
—Comprendo su vacilación, Mr. Armadale, pero
esto no es ningún obstáculo —lo tranquilizó el comandante—. La enfermedad de mi
esposa la tiene confinada en su propia habitación. ¿Has puesto ya la mesa,
querida? —prosiguió, cambiando de tema tan bruscamente que un observador más
avispado que Allan habría comprendido lo penoso que le resultaba aquél—.
¿Quieres venir y preparar el té?
Pero la atención de Miss Milroy parecía estar
en otra parte: no respondió. Mientras Allan y su padre intercambiaban
cumplidos, había estado arreglando la mesa escritorio y examinando los objetos
desparramados sobre ella con la curiosidad de una niña mimada. Cuando el
comandante se dirigió a ella, la joven había descubierto un escrito oculto
entre unas hojas de papel secante. Lo cogió, lo miró y se volvió en redondo,
con una exclamación de sorpresa.
—¿Me engañan los ojos, papá? —preguntó—. ¿O
estabas realmente escribiendo el anuncio cuando entré?
—Había terminado de hacerlo —respondió su
padre—. Pero, querida, Mr. Armadale está aquí... Estamos esperando el desayuno.
—Mr. Armadale está al corriente de esto —dijo
Miss Milroy—. Se lo he contado en el jardín.
—¡Ah, sí! —dijo Allan—. Por favor, no me trate
como a un extraño, comandante. Si es acerca de la institutriz, también yo, de
una manera indirecta, tengo algo que ver con ello.
El comandante Milroy sonrió. Antes de que
pudiese responder, su hija, que había estado leyendo el anuncio, lo interpeló
ansiosamente por segunda vez.
—¡Oh, papá! Aquí hay una cosa que no me gusta
en absoluto. ¿Por qué firmas con las iniciales de la abuela? ¿Por qué dices que
escriban a la dirección de la abuela en Londres?
—¡Querida! Tu madre, como sabes muy bien, no
puede hacer nada en este asunto. En cuanto a mí, aunque fuese a Londres, sería
incapaz de interrogar a damas desconocidas sobre sus antecedentes y aptitudes.
Tu abuela está allí y es la persona más indicada para recibir las cartas y
hacer las investigaciones necesarias.
—Pero yo quiero ver las cartas —insistió la
niña mimada—. Seguro que algunas de ellas serán muy divertidas...
—No le pido disculpas por este recibimiento
tan poco ceremonioso, Mister Armadale —dijo el comandante, volviéndose a Allan
y sonriendo débilmente—. Puede ser una advertencia útil de que, si algún día se
casa y tiene una hija, no debe permitir, como yo lo he hecho, que haga siempre
lo que quiera.
Allan se echó a reír y Miss Milroy insistió.
Además —continuó—, me gustaría ayudarte a
elegir las cartas que debamos contestar y las que no merezcan respuesta.
Considero que debo tener voz y voto en la elección de mi propia institutriz.
¿Por qué no les dices, papá, que manden sus cartas aquí, a lista de correos, a
la librería, o donde mejor te parezca?
»Cuando las hayamos leído, podremos enviar a
la abuela las que hayamos seleccionado, y entonces ella podrá hacer todas las
averiguaciones pertinentes y escoger la mejor institutriz, tal como tenías
pensado, pero sin que tengamos que permanecer completamente en la ignorancia,
cosa que considero, ¿qué le parece, Mr. Armadale?, completamente inhumana. Deja
que cambie la dirección, papá... ¡te lo pido por favor!
—Me parece, Mr. Armadale, que si no accedo nos
quedaremos sin desayuno —dijo jovialmente el comandante—. Haz lo que quieras,
hija mía —prosiguió, dirigiéndose a su hija—. Mientras sea tu abuela quien se
cuide del asunto, lo demás carece de importancia.
Miss Milroy tomó la pluma de su padre, tachó
la última línea del anuncio y escribió la nueva dirección en estos términos:
«Diríjanse por carta a M., lista de correos, Thorpe-Ambrose, Norfolk.»
—¡Ya está! —dijo, ocupando su sitio en la mesa
del desayuno—. Ahora podemos enviar el anuncio a Londres, papá, ¡y verás qué
institutriz saldrá de ello! ¿Té o café, Mr. Armadale? Estoy realmente
avergonzada por haberle hecho esperar. Pero —añadió tranquilamente—, ¡conviene
no tener quebraderos de cabeza antes del desayuno!
Padre e hija se sentaron con el invitado a la
mesita redonda, ya como buenos vecinos y amigos.
Tres días más tarde, un repartidor de
periódicos de Londres puso fin a su tarea antes de desayunar. Su sector era
Diana Street, Pimlico, y dejó el último periódico de la mañana ante la puerta
de Mrs. Oldershaw.
CAPÍTULO III
LAS EXIGENCIAS DE LA SOCIEDAD
Midwinter se levantó más de una hora después
de que Allan hubiese salido para explorar su propia finca y pudo contemplar a
su vez, a la luz del día, la magnificencia de la nueva casa.
Restauradas sus fuerzas por el largo descanso
nocturno, bajó la enorme escalinata tan alegremente como el mismo Allan.
También él examinó, una tras otra, las espaciosas habitaciones de la planta
baja, asombrado ante la belleza y el lujo de cuanto lo rodeaba. «La casa donde
serví de niño era muy bonita —pensó alegremente—; ¡pero no era nada comparada
con ésta! Me pregunto si Allan estara tan sorprendido y encantado como yo.» La
hermosura de la mañana estival lo incitó a salir por la puerta abierta del
vestíbulo, como le había sucedido antes a su amigo. Bajó corriendo la
escalinata, tarareando el estribillo de una vieja canción a cuyo compás había
bailado hacía tiempo, durante su antigua andadura de vagabundo.
Incluso los recuerdos de su desdichada
infancia adquirían, aquella mañana feliz, el color que les transmitía el
brillante ambiente desde el cual los evocaba. «Si no hubiese perdido práctica
—pensó, mientras se apoyaba en la valla y contemplaba el parque—, probaría a
dar alguna de mis viejas volteretas sobre ese delicioso césped.» Se volvió,
observó que dos criados estaban hablando cerca de los arbustos y les pidió
noticias del dueño de la casa. Los hombres sonrieron y señalaron en dirección a
los jardines; Mr. Armadale había ido por allí hacía más de una hora, y (según
les habían dicho) se había encontrado con Miss Milroy en el jardín. Midwinter
siguió el sendero entre los arbustos, pero se detuvo al llegar al jardín,
reflexionó un poco y volvió atrás. «Si Allan se ha encontrado con la señorita,
no deseará mi compañía», se dijo. Rió al sacar esta inevitable conclusión y se
dedicó, discretamente, a explorar las bellezas de Thorpe-Ambrose al otro lado
de la casa. Dobló la esquina de la fachada de la mansión, descendió unos
peldaños, recorrió un paseo pavimentado, torció en ángulo recto y se encontró
con un huerto en la parte trasera de la casa. Detrás de él había una hilera de
pequeñas habitaciones situadas al nivel de las dependencias de la servidumbre.
Allí delante, al fondo del pequeño huerto, se alzaba un muro resguardado por un
seto de laureles en uno de cuyos extremos había una puerta que daba a las
caballerizas y, más allá, a una verja que se abría a la carretera. Advirtiendo
que, hasta entonces, sólo había descubierto el camino más corto para ir a la
casa, que sin duda empleaban los criados y los abastecedores, Midwinter volvió
de nuevo atrás y miró por la ventana de una de las habitaciones de la planta
baja. ¿Serían las dependencias de la servidumbre? No, éstas quedaban por lo
visto en otra parte de la misma planta; la ventana por donde había atisbado
correspondía a un cuarto trastero. Las dos habitaciones siguientes estaban
vacías. La cuarta ventana a la que se acercó era un poco diferente. Servía también
de puerta y, en aquel momento, estaba abierta.
Atraído por las librerías que vio adosadas a
una de las paredes, el joven penetró en la estancia. Los libros, pocos en
número, no le entretuvieron mucho rato; le bastó uta mirada a los lomos, sin
necesidad de tomarlos, para saber lo que eran. Las novelas de Waverley, cuentos
de Miss Edgeworth y de muchos imitadores de ésta, los poemas de Mrs. Hemans y
unos pocos volúmenes ilustrados de los solían regalarse en aquella época,
componían la mayor parte de la pequeña biblioteca. Midwinter se volvió para
salir de la estancia cuando un objeto colocado a un lado de la ventana y que
antes le había pasado inadvertido llamó la atención e hizo que se detuviese.
Era una estatuilla situada sobre un soporte: una copia en tamaño reducido de la
famosa Niobe del Museo de Florencia. Miró de la estatuilla a la ventana con una
súbita aprensión que le aceleró el pulso. Era una cristalera y la estatuilla se
hallaba la izquierda de él. Miró hacia el exterior con un recelo aue antes no
había sentido. Ante él se extendía un prado de césped y un jardín. Por un
instante, su mente luchó ciegamente para librarse de la conclusión a la que
había llegado, pero fue en vano. Allí, a su alrededor y delante de él, allí,
obligándolo despiadadamente a volver del feliz presente al horrible pasado,
estaba la habitación que Allan había vislumbrado en el segundo escenario de su
sueño. Esperó, reflexionando y mirando alrededor mientras pensaba. Su rostro y
sus modales disimulaban a la perfección la turbación que sentía; miró, uno tras
otro, los pocos objetos que había en la estancia, como si aquel descubrimiento
le hubiese entristecido más que sorprendido. Unas esteras que parecían
extranjeras cubrían el suelo. Dos sillones de mimbre y una tosca mesa
constituían todo el mobiliario. Las paredes estaban desnudas y vulgarmente
empapeladas; en una de ellas se abría una puerta que conducía al interior de la
casa; en otra, una pequeña estufa; en la tercera, las librerías que Midwinter
había examinado ya. Volvió a los libros y en esta ocasión cogió algunos de ellos.
El primero que abrió contenía unas líneas
escritas por una mano femenina, con tinta que se había descolorido con el
tiempo. Leyó la inscripción: «Jane Armadale, de su querido padre.
Thorpe-Ambrose, octubre de 1828.» En el segundo, tercero y cuarto volúmenes que
abrió aparecía la misma inscripción. El previo conocimiento de las fechas y de
las personas le permitió sacar la deducción lógica de lo que veía. Los libros
debieron pertenecer a la madre de Allan, y ésta los había marcado con su nombre
en la época que medió entre su regreso de Madeira a Thorpe-Ambrose y el
nacimiento de su hijo. Midwinter pasó a un volumen de otro estante donde, entre
otras, se hallaban las obras de Mrs. Hemans. En este caso, la hoja en blanco
del principio del libro había sido llenada, en ambos lados, con unos versos; la
caligrafía correspondía también a Mrs. Armadale. El título de la poesía era
«Adiós a Thorpe-Ambrose», y estaba fechada en marzo de mil ochocientos
veintinueve, o sea sólo dos meses después del nacimiento de Allan.
Carente de todo mérito literario, lo único
interesante del pequeño poema era la historia doméstica que relataba. Se
describía la habitación donde estaba ahora Midwinter con la vista sobre el
jardín, la cristalera que se abría a éste, los estantes de libros, la Niobe y
otros adornos perecederos que el tiempo había destruido. Allí, enemistada con
sus hermanos, rehuyendo a sus amigos, se había recluido la viuda del hombre
asesinado, esperando el nacimiento de su hijo y sin más consuelo que el amor y
el perdón de su padre. La clemencia del padre y la reciente muerte de éste
llenaban muchos versos, afortunadamente demasiado vagos en su vulgar expresión
de arrepentimiento y de desesperación para que cualquier lector ignorante de la
verdad pudiese hacerse alguna idea de las circunstancias de la boda celebrada
en Madeira. Seguía una breve referencia al distanciamiento de la autora de sus
parientes y a su próxima partida de Thorpe-Ambrose. Por último se afirmaba la
decisión de la madre de apartarse de todas sus antiguas relaciones; de
abandonar todo aquello, incluso lo más insignificante, que pudiese recordarle
su desdichado pasado y de iniciar una nueva vida a partir del nacimiento del
hijo que sería su único consuelo, lo único en el mundo que todavía podría
hablarle de amor y de esperanza. Así se refería una vez más la antigua historia
de una pasión que prefiere buscar consuelo en unas frases a renunciar a él. Así
terminaba la poesía, desvaneciéndose, como se había descolorido la tinta de su
escritura.
Midwinter devolvió el libro a su sitio,
suspirando profundamente, y abrió otro volumen. «Aquí, en la casa de campo, o
allí, a bordo del barco encallado —pensó, amargamente—, vaya donde vaya, me
siguen las huellas del crimen de mi padre.» Se dirigió a la ventana, se detuvo
y se volvió a mirar la abandonada habitación. «¿Es esto una casualidad? —se
preguntó—. El lugar donde sufrió su madre es el que vio él en su sueño, y ahora
se me revela a mí, no a él, durante la primera mañana que pasamos en la nueva
casa. ¡Oh, Allan! ¡Allan! ¿Cómo acabará todo esto?» Apenas había pasado esta
idea por su mente cuando oyó la voz de Allan, que le llamaba desde el paseo
pavimentado junto a la casa. Salió apresuradamente al jardín. En el mismo
momento, llegó corriendo Allan, deshaciéndose en volubles excusas por haber
olvidado, en compañía de sus nuevos vecinos, las leyes de la hospitalidad y los
derechos de su amigo.
—En realidad, no te he necesitado —lo
tranquilizó Midwinter—, y me alegro mucho, muchísimo, de que tus nuevos vecinos
te hayan producido una impresión tan favorable.
Mientras hablaba, trató de apartarse del lugar
donde estaba; pero la ventana abierta y la solitaria y pequeña habitación
habían captado ya la voluble atención de Allan. Entró inmediatamente en la
estancia. Midwinter lo siguió y lo observó con ansiedad y conteniendo el
aliento, mientras su amigo miraba alrededor. Ni el más ligero recuerdo del
sueño turbó la tranquila mente de Allan. Ninguna referencia a aquél brotó de
los mudos labios de Midwinter.
—¡Exactamente la clase de lugar donde debí
suponer que te encontraría! —exclamó alegremente Allan—. Pequeño, recogido y
sencillo. ¡Te conozco, maestro Midwinter! Te esconderás aquí cuando vengan a
visitarme las familias del condado y sospecho que, en esas terribles ocasiones,
no te iré mucho a la zaga. Pero ¿qué te pasa? Pareces enfermo y desalentado.
¿Tienes hambre? ¡Claro que sí! Es imperdonable que te haya hecho esperar...
Supongo que esta puerta conduce a alguna parte, probemos si por aquí es más
corto el camino. No temas que no te acompañe en el desayuno. No he comido mucho
en la casita: mis ojos se saciaron con Miss Milroy, como dice el poeta. ¡Es un
encanto! ¡Un encanto! Te trastorna en el instante en que la miras. En cuanto a
su padre, ¡espera a ver su maravilloso reloj! Tiene dos veces el tamaño del
famoso de Estrasburgo, ¡y te aseguro que nunca había oído campanadas tan
sonoras! Cantando las alabanzas de sus nuevos amigos a voz en grito, Allan
empujó a Midwinter por los largos pasillos embaldosados de la planta inferior,
que conducían, como había certeramente adivinado, a la escalera que comunicaba
con el vestíbulo. Pasaron por delante de las dependencias de la servidumbre. A
la vista de la cocinera y del rugiente fuego, a través de la puerta abierta de
la cocina, la mente de Allan se desvió y su entusiasmo se desbordó, como de
costumbre.
—¡Ah, Mrs. Gripper! ¡Ahí está usted con sus
ollas y sus cacerolas y el horno en llamas! Habría que ser Shadrach, Meshech y
el otro para aguantar esto. Prepárenos el desayuno cuanto antes. Huevos,
salchichas, tocino, riñones, mermelada, berros, café, etcétera. Mi amigo y yo
pertenecemos a la élite para quien resulta un privilegio cocinar. Voluptuosos,
Mrs. Gripper, voluptuosos: esto es lo que somos. Ya verás —continuó Allan,
mientras se dirigían los dos a la escalera— cómo hago que esa valiosa criatura
recupere la juventud; soy mejor que un médico para Mrs. Gripper. Cuando ríe
sacude los gordos costados y ejercita su musculatura, de manera que... ¡Ah!,
aquí está Susan de nuevo. No te arrimes tanto a la barandilla, querida; si no
quieres tropezar conmigo en la escalera, permite que tropiece yo contigo.
Cuando se ruboriza, parece una rosa abierta, ¿no crees? ¡Detente, Susan! Tengo
que darte algunas órdenes. Cuida sobre todo de la habitación de Mr. Midwinter:
sacude la cama como una loca y quita el polvo de los muebles hasta que te
duelan esos lindos y redondos brazos. ¡Tonterías, mi querido amigo! No los
trato con demasiada confianza, sólo procuro que hagan bien su trabajo. ¡Hola,
Richard! ¿Dónde desayunamos? ¡Oh, aquí! En confianza, Midwinter, estas
espléndidas habitaciónes son demasiado grandes para mí; me siento como un
extraño entre mis propios muebles. A mí me gusta la vida comoda y
despreocupada: una silla de cocina y un techo bajo, ¿sabes? El hombre necesita
poco en este mundo, o quiere que este poco dure mucho. No es una cita correcta
pero expresa mis sentimientos y no la corregiremos hasta mejor ocasión.
-Perdona —lo interrumpió Midwinter—, pero aquí
hay algo que no has visto y que te está esperando.
Mientras hablaba, señaló con cierta
impaciencia una carta depositada encima de la mesa del desayuno. Podía ocultar
a Allan el siniestro descubrimiento que había hecho aquella mañana, pero no
podía dominar la latente desconfianza hacia las circunstancias que se habían
despertado de nuevo en su naturaleza supersticiosa, el instintivo recelo de
todo lo que ocurría, por muy insignificante que fuese, en el día memorable en
que se iniciaba la nueva vida en la casa.
Allan leyó rápidamente la carta y la arrojó a
su amigo por encima de la mesa.
—Esto no tiene pies ni cabeza —protestó—. A
ver si tú logras entenderlo.
Midwinter leyó la carta, despacio y en voz
alta:
—«Muy señor mío. Espero que me perdonará la
libertad de enviarle estas líneas, para que las reciba al llegar a
Thorpe-Ambrose. En caso de que las circunstancias no le inclinen a poner sus
asuntos legales en manos de Mr. Darch...»
Al llegar a este punto, se interrumpió y
reflexionó un poco.
—Darch es nuestro amigo el abogado —le explicó
Allan, presumiendo que Midwinter había olvidado el nombre—. ¿No recuerdas que
lo echamos a suertes, sobre la mesa del camarote, cuando recibí las dos
solicitudes de alquiler de la casita? Cara, el comandante; cruz, el abogado.
Este es el abogado.
Midwinter no respondió y siguió leyendo la
carta.
-«En caso de que las circunstancias no le
inclinen a poner sus asuntos legales en manos de Mr. Darch, permítame que le
diga que me sentiría dichoso si me honrase con su confianza. Incluyo (por si lo
desea) una credencial de mis agentes en Londres. Le pido de nuevo disculpa por
haber molestado su atención y quedo, señor, respetuosamente suyo, A. Pedgift,
hijo.»
—¿Las circunstancias? —repitió Midwinter,
quien dejó la carta sobre la mesa—. ¿Qué circunstancias pueden predisponerte
contra Mr. Darch para que no le confíes tus asuntos legales?
—Ninguna —respondió Allan—. Además de haber
sido el abogado de la familia, Darch fue el primero que me escribió a París
para darme noticias de mi fortuna. Por consiguiente, si tengo algún asunto
legal que resolver, es lógico que se lo confíe a él.
Midwinter siguió mirando con recelo la carta
abierta sobre la mesa.
—Temo, Allan, y lo lamento, que algo anda mal
—dijo—. Ese hombre no se habría atrevido a dirigirte esta súplica si no hubiese
tenido buenas razones para pensar que daría resultado. Si quieres empezar como
es debido, enviarás recado a Mr. Darch esta mañana para comunicarle tu llegada
y de momento harás caso omiso de la carta de Mr. Pedgift.
Antes de que cualquiera de los dos pudiese
añadir palabra, entró el criado con la bandeja del desayuno. Después de un
breve intervalo, le siguió el mayordomo, hombre de aire esencialmente
confidencial, voz modulada, corteses modales y nariz bulbosa. Cualquiera que no
hubiese sido Allan habría comprendido de inmediato por su semblante que había
entrado en la habitación para comunicar algo especial a su dueño. Allan, que
sólo veía el aspecto superficial de las personas y estaba aún dándole vueltas a
la carta del abogado, le preguntó sin preámbulos: —¿Quién es Mr. Pedgift?
Las fuentes de información local del mayordomo
se abrieron, confidencialmente, al instante. Mr. Pedgift era el segundo de los
dos abogados de la población. No era tan antiguo, tan rico ni tan bien
considerado como el viejo Mr. Darch. No tenía pór clientes a los más
distinguidos del condado, ni frecuentaba la mejor sociedad, como el viejo Mr.
Darch. Pero, a su manera, era un hombre muy capaz, conocido en toda la comarca
como abogado sumamente competente y respetable. En una palabra, en lo
profesional era casi tan bueno como Mr. Darch y personalmente mejor que éste
(valga la expresión), en el sentido de que Darch era un hombre hosco, al
contrario que Pedgift. Después de dar su información, el mayordomo pasó
directamente al asunto que lo había llevado allí. Se acercaba el día en que los
arrendatarios debían rendir cuentas, y estaban acostumbrados a que se les
notificase, con una semana de antelación, la fecha exacta en que tendría lugar
la operación y se celebraría la correspondiente cena. Como apremiaba el tiempo
y no se habían dado órdenes al respecto, y al no haber un administrador en
Thorpe-Ambrose, había parecido conveniente que una persona de confianza
plantease la cuestión. El mayordomo era esta persona de confianza y por esto se
había atrevido a llamar la atención de su señor a tal respecto.
Llegado a este punto, Allan abrió los labios
para interrumpirlo y a su vez se vio acallado antes de que pudiese pronunciar
palabra.
—¡Espera! —terció Midwinter, viendo en la cara
de Allan el peligro de que anunciase públicamente que era él el designado como
administrador—. ¡Espera! —repitió enérgicamente—. Antes tengo que hablar
contigo.
Los corteses modales del mayordomo no se
alteraron con la súbita intromisión de Midwinter ni con su propia exclusión de
la escena. Sólo el color más subido de su narizota reveló lo ofendido que se
sentía al retirarse. La oportunidad de Mr. Armadale de disfrutar aquel día con
su amigo del mejor vino de la bodega quedó en la balanza cuando el mayordomo se
dirigió al sótano.
Esto no es un juego, Allan —advirtió Midwinter
cuando se quedaron solos—. Para tratar con los arrendatarios, necesitas a
alguien que sepa desempeñar las funciones de administrador. Con toda mi buena
voluntad, yo no podría prepararme en una semana. Por favor, no dejes que tu
interés por mí te coloque en una posición falsa ante otras personas. Nunca me
perdonaría que yo fuese la causa...
—¡Calma, calma! —gritó Allan, sorprendido por
la extraordinaria vehemencia de su amigo—. Si escribo a Londres para pedir que
venga el hombre que ya estuvo aquí y envío la carta en el correo de esta noche,
¿te darás por satisfecho?
Midwinter sacudió la cabeza.
—El tiempo apremia y tal vez el hombre no esté
disponible. ¿Por qué no pruebas primero en la vecindad? Ibas a escribir a Mr.
Darch. Envía ahora a buscarlo, quizá pueda ayudarnos antes de que salga el
correo de la noche.
Allan se retiró a una mesa auxiliar, donde
había lo necesario para escribir.
—Puedes desayunar en paz, viejo impaciente
—respondió.
Escribió a Mr. Darch, con la acostumbrada
brevedad espartana de su estilo epistolar:
«Muy señor mío: lié el petate y aquí estoy.
¿Quiere usted hacerme el honor de ser mi abogado? Le pregunto esto porque
necesito consultarle inmediatamente un asunto. Le ruego que pase hoy mismo por
mi casa y que se quede a cenar, si le es posible. Suyo afectísimo, Allan
Armadale.»
Después de leer en voz alta la misiva, sin
disimular la admiración que sentía por la rapidez de su ejercicio literario,
Allan dirigió la carta a Mr. Darch y tocó la campanilla.
—Toma, Richard, lleva esta carta enseguida y
espera contestación. De pasada, si hay alguna noticia en el pueblo, la recoges
y me la traes. ¿Ves cómo manejo a mis criados? —siguió diciendo Allan, quien se
reunió con su amigo en la mesa del desayuno—. ¿Ves cómo me adapto a mi nueva
condición? Todavía no llevo aquí ni un día y ya me intereso por lo que ocurre
en la vecindad.
Terminado el desayuno, los dos amigos salieron
a holgazanear a la sombra de un árbol del parque. Llego el mediodía y Richard
no había aparecido. Dio la una y todavía no se había recibido la respuesta de
Mr. Darch. La paciencia de Midwinter no admitía un retraso tan largo. Dejó a
Allan dormitando sobre el césped y se dirigió a la para investigar. Allí le
dijeron que el pueblo estaba a poco más de tres kilómetros de distancia; pero
resultaba que aquel día tocaba mercado y probablemente Richard se hubiese entretenido
con alguna de las muchas amistades con quienes se tropezaría en tal ocasión.
Media hora más tarde regresó el perezoso mensajero y lo enviaron a informar a
su dueño al pie del árbol del parque.
¿Alguna respuesta de Mr. Darch? —preguntó
Midwinter, al ver que Allan estaba demasiado amodorrado para formular él mismo
la pregunta.
Mr. Darch estaba ocupado, señor. Me pidieron
que le dijese que ya le enviaría su contestación.
—¿Alguna noticia en el pueblo? —preguntó
perezosamente Allan, sin molestarse en abrir los ojos.
—No, señor; nada de particular.
Cuando el hombre dio esta respuesta, Midwinter
lo observó con recelo y descubrió por su semblante que no estaba diciendo la
verdad. Parecía confuso y se vio a las claras que sintió alivio cuando el
silencio de su amo le permitió retirarse. Después de pensarlo un poco,
Midwinter lo siguió y lo alcanzó en el paseo, delante de la casa.
—Richard —lo llamó a media voz—, si apostase a
que por el pueblo circula alguna noticia que prefieres no comunicar a tu señor,
¿crees que acertaría?
El hombre se sobresaltó y mudó el color.
—No sé cómo lo ha adivinado, señor, pero no
puedo negar que es la verdad.
—Entonces, si quieres darme la noticia, yo
asumiré la responsabilidad de comunicarla a Mr. Armadale.
Después de algunas vacilaciones y de observar
a su vez, con cierta desconfianza, la cara de Midwinter, Richard resolvió al
fin repetir lo que había oído en el pueblo.
La noticia de la súbita llegada de Allan a
Thorpe- Ambrose había precedido en unas horas a la llegada del criado a su
destino. Dondequiera que fuese, se encontraba con que su amo era objeto de los
comentarios de la gente. La opinión de las fuerzas vivas de la población, de
los terratenientes de la comarca y de los principales arrendatarios de la
finca, era unánimemente desfavorable. Precisamente el día anterior, el comité
encargado de la recepción del nuevo hacendado había trazado el plan del
desfile, había resuelto la importante cuestión de lOs arcos de triunfo y había
designado una persona competente para recaudar ayudas para las banderas, las
flores el banquete, los fuegos artificiales y la banda de música. En menos de
una semana se habría conseguido el dinero necesario y el párroco habría escrito
a Mr. Armadale para fijar el día. Pero por culpa del propio Allan, el acto
público de bienvenida organizado en su honor se había ido lamentablemente al
traste. Todo el mundo daba por sabido (y desgraciadamente era verdad) que había
recibido información particular de la ceremonia programada. Todos declaraban
que se había introducido premeditadamente en su propia casa, de noche y como un
ladrón (ésta era la frase que empleaban), para no tener que aceptar las muestras
de cortesía de sus vecinos. En una palabra, el sensible orgullo de la pequeña
población se había visto herido en lo más vivo, y de la hasta entonces
envidiable posición de Allan en la estimación de la vecindad, no quedaba nada
en absoluto.
Por un instante, Midwinter se enfrentó con el
portador de malas noticias, afligido y en silencio. Pasado este momento, el
conocimiento de la crítica situación en que se encontraba Allan hizo que
reaccionase y, dado que el mal ya estaba hecho, buscase el remedio.
—Richard —preguntó—, lo poco que has visto de
tu amo, ¿te ha inclinado a tenerle simpatía?
Esta vez, el hombre respondió sin vacilar.
—Jamás había servido a un caballero tan simpático y amable como Mr. Armadale.
—Si de verdad sientes esto —prosiguió
Midwinter-, no te importará darme alguna información que pueda ayudar a tu
señor a congraciarse con sus vecinos. Entremos en la casa.
Condujo al criado a la biblioteca y, después
de hacerle las preguntas necesarias, redactó una lista de los nombres y
direcciones de las personas más influyentes de la villa y de sus alrededores.
Hecho esto, tocó la campanilla para llamar al primer criado, después de enviar
a Richard a las caballerizas con instrucciones de que tuviesen preparado un
carruaje descubierto al cabo de una hora.
-Cuando Mr. Blanchard salía para visitar a
algún vecino usted iba con él, ¿no es cierto? —preguntó, cuando se presentó el
lacayo—. Muy bien. Tenga la bondad de estar preparado dentro de una hora, para
acompañar a Mr. Armadale.
Después de impartir esta orden, salió de nuevo
de la casa para volver junto a Allan con la lista de visitas en la mano. Sonrió
con cierta tristeza mientras bajaba la escalinata. «¿Quién se habría imaginado
—pensó—, que tendría que recordar un día mi experiencia como criado en los usos
de la gente distinguida por el bien de Allan?»
El objeto de la inquina popular yacía sobre el
césped, dormitando tranquilamente, con el sombrero de verano sobre la nariz,
desabrochado el chaleco y con los pantalones arremangados hasta la mitad de las
estiradas piernas. Midwinter lo despertó sin vacilar y repitió fríamente la
noticia que le había transmitido el criado.
Allan recibió esta revelación sin alarmarse en
absoluto.
—¡Que se vayan al cuerno! Fumemos otro puro.
Midwinter le arrancó el puro de la mano e,
insistiendo en que se tomase en serio el asunto, le dijo lisa y llanamente que
debía congraciarse con sus ofendidos vecinos, visitándolos personalmente y
presentándoles sus disculpas. Allan se sentó sobre la hierba, lleno de asombro
y abrió los ojos con incredulidad. ¿En serio se proponía Midwinter obligarlo a
ponerse una chistera, una levita bien planeada y un par de guantes limpios? ¿De
verdad pensaba ferrarlo en un carruaje, con su lacayo en el pescante y un tarjetero
en la mano, y enviarlo de casa en casa, para pedir perdón a un hatajo de
imbéciles por no haber dejado que lo convirtiesen en un espectáculo público? En
cualquier caso, si de verdad había que hacer algo tan absurdo, no debía
realizarlo así. Además, había prometido volver junto a los simpáticos Milroy y
llevar consigo a Midwinter. ¿Qué le importaba la opinión que tuviesen de él los
residentes distinguidos del lugar? Los únicos amigos que le interesaban los
tenía ya. Al señor de Thorpe-Ambrose le importaba un bledo que todo el
vecindario le volviese la espalda. Después de dejar que se desahogara de esta
suerte, hasta agotar todas sus objeciones, Midwinter trató sabiamente de
ejercer su influencia personal. Tomó afectuosamente a Allan de la mano.
—Voy a pedirte un gran favor. Si no quieres
visitar a esa gente por tu propio interés, ¿querrás hacerlo para complacerme?
Allan soltó un gruñido de irritación,
contempló con muda sorpresa el preocupado semblante de su amigo y cedió de buen
humor. Mientras Midwinter lo asía del brazo y lo conducía a la casa, miró a su
alrededor y observó con ojos pesarosos las reses que agitaban tranquilamente la
cola a la agradable sombra de los árboles.
—No se lo digas a los vecinos, pero de buena
gána me cambiaría por una de mis vacas.
Midwinter lo dejó en su habitación para que se
vistiese y le prometió ir a buscarlo cuando el coche estuviese ante la puerta.
Allan no se dio mucha prisa en arreglarse. Empezó por leer sus propias tarjetas
de visita, después procedió a revisar su guardarropa y a mandar al infierno a
las fuerzas vivas del lugar. Antes de que pudiese encontrar un tercer medio de
retrasar sus operaciones, la llegada de Richard con una nota en la mano le dio
inesperadamente el pretexto deseado.
Un mensajero acababa de llevar la respuesta de
Mr. Darch. Allan cerró de golpe la puerta del guardarropa centró toda su
atención a la carta del abogado. El abogado correspondía a su misiva en los
siguientes términos:
«Muy señor mío. Acuso recibo a su atenta del
día hoy, en la que me honra con dos ofrecimientos, a saber: un requerimiento a
actuar como su asesor jurídico y una invitación a visitarlo en su casa. Con
referencia a la primera me permito rehusar, dándole las gracias por su
atención. Con respecto a la segunda, tengo que informarle de que han llegado a
mi conocimiento circunstancias relativas al alquiler del cottage de
Thorpe-Ambrose que me impiden (para ser justo conmigo mismo) aceptar su
invitación. He comprobado, señor, que mi solicitud llegó a su poder al mismo
tiempo que la del comandante Milroy, y que en esta alternativa, dio preferencia
a un desconocido que se había dirigido a usted por medio de un agente
inmobiliario sobre un hombre que había servido fielmente a sus parientes
durante dos generaciones, y que había sido el primero en informarle del más
importante acontecimiento de su vida. Después de esta muestra del valor que da
usted a las exigencias de la cortesía y de la justicia, no puedo jactarme de poseer
ninguna de las cualidades que me permitirían figurar en la lista de sus amigos.
Quedo de usted seguro servidor, James Darch.»
—¡Detened al mensajero! —gritó Allan, quien se
puso en pie de un salto, enrojecido el semblante por la indignación—. ¡Dame
pluma, tinta y papel! ¡Por mil diablos! ¡Qué gentuza tenemos por aquí! ¡Toda la
vecindad se ha confabulado para fastidiarme!
Agarró la pluma en un arranque de inspiración
epistolar. «Muy señor mío: Usted y su carta sólo me inspiran desprecio...» Al
llegar a este punto cayó un borrón de tinta sobre el papel y el autor de la
carta vaciló. «Demasiado fuerte —pensó—. Contestaré al abogado en su propio
estilo frío y punzante.» Tomó otra hoja de papel. «Muy señor mío: Me recuerda
usted un toro irlandés. Me refiero a aquel cuento de Joe Miller en el que Pat,
al oír un fuerte coletazo a su lado, observó que "la reciprocidad estaba
toda de un lado". Toda su reciprocidad está también de un lado. Se permite
rehusar ser mi abogado y después se queja de que yo me permita rehusar ser su
casero.» Hizo una pausa, satisfecho de las últimas palabras. «Muy bien —pensó—.
Lógica y un buen palo al mismo tiempo. Me pregunto de dónde me vendrá esta
habilidad para escribir.» Tomó de nuevo la pluma y terminó la carta con estas
dos frases: «En cuanto a su rechazo de mi invitación, pláceme informarle de que
no me ha causado el menor disgusto. Estoy doblemente satisfecho de no tener que
relacionarme con usted, en calidad de amigo o de arrendatario. Allan Armadale.»
Asintió con la cabeza, entusiasmado con su obra, puso la dirección en el sobre
e hizo que entregasen la misiva mensajero.
—Darch tendrá muy duro el pellejo si esto no
le duele
—dijo.
Un ruido de ruedas en el exterior le recordó
de pronto el asunto pendiente. El carruaje lo esperaba para llevarlo a hacer
las visitas y Midwinter estaba en su puesto, moviéndose de un lado a otro en el
paseo.
—Lee esto —le gritó Allan, arrojándole la
carta del abogado—. La contestación va a levantarle ronchas.
Volvió al guardarropa para coger la levita.
Había experimentado un cambio sorprendente: ahora apenas le importaba hacer
aquellas visitas. El entusiasmo que había sentido al contestar a Mr. Darch le
había puesto de un talante agresivo para imponerse en la vecindad. «Por más que
murmuren, no podrán decir que tengo miedo de enfrentarme a ellos.» Acalorado
con la idea, agarró el sombrero y los guantes, y saliendo a toda prisa de la
habitación, se tropezó en el pasillo con Midwinter, que llevaba la carta del abogado
en la mano.
—¡No te desanimes! —gritó Allan al observar el
rostro inquieto de su amigo e interpretando mal el motivo de su inquietud—. Si
no podemos contar con que Darch nos ayude en el asunto de la administración, se
lo pediremos a Pedgift.
—Mi querido Allan, no estaba pensando en esto,
si no en la carta de Mr. Darch. No defiendo a ese hombre desabrido, pero creo
que debemos admitir que tiene algún motivo de queja. Por favor, no le des otra
ocasión de ponerte en mal lugar. ¿Dónde está tu respuesta?
—¡Ya está en camino! —respondió Allan—. Me
gusta golpear cuando el hierro está candente... Hay que hablar y golpear, pero
pegar primero: éste es mi lema. Mira, sé buen chico y no te preocupes por los
libros del administrador y por el cobro de las rentas. ¡Toma! Éste es un manojo
de llaves que me dieron ayer noche, una de ellas abre la habitación donde están
los libros del administrador. Entra y échales un vistazo hasta que yo regrese.
Te doy mi palabra de honor de que lo arreglaré todo con Pedgift antes de
volver.
-Un momento —replicó Midwinter, quien lo
detuvo resueltamente cuando se dirigía al carruaje—. No diré que Mr. Pedgift no
sea digno de tu confianza, pues no he sabido nada que me induzca a desconfiar
de él. Pero su manera de dirigirse a ti no fue muy delicada, y no dijo (aunque
para mí queda claro) que conocía la animadversión de Mr. Darch hacia ti, cuando
te escribió. Espera un poco antes de acudir a este desconocido, espera a que
hablemos de ello esta noche.
¡Esperar! —replicó Allan—. ¿No te he dicho que
me gusta golpear cuando el hierro está candente? Confía en mi buen ojo cuando
se trata de juzgar a la gente, amigo. Observaré concienzudamente a Pedgift y
actuaré en consecuencia. No me entretengas más, por el amor de Dios. Estoy de
un humor excelente para enfrentarme con los vecinos, y puedo perderlo si no voy
enseguida.
Con esta excelente razón de su prisa, Allan se
alejó rápidamente. Antes de que su amigo pudiese detenerlo de nuevo, subió al
coche de un salto y éste emprendió la marcha.
CAPÍTULO IV
SIGUEN SUCEDIENDO COSAS
El semblante de Midwinter se nubló cuando el
carruaje se hubo perdido de vista.
—He hecho lo que he podido —comentó mientras
se volvía para entrar tristemente en la casa—. Ni Mr. Brock habría podido hacer
nada más, si hubiese estado aquí.
Miró el manojo de llaves que Allan le había
confiado y el súbito afán de poner su habilidad a prueba con los libros del
administrador se apoderó de su mente sensible y atormentada. Preguntó dónde
estaba la habitación en que se habían instalado provisionalmente los muebles de
la oficina del administrador cuando éste abandonó la casita. Una vez dentro se
sentó a la mesa, dispuesto a averiguar la posibilidad de hallar el camino sin
ayuda, por el laberinto de la documentación de la hacienda de Thorpe-Ambrose. El
resultado puso de manifiesto, ante sus propios ojos, su innegable ignorancia.
Los libros de contabilidad lo desconcertaban. Los contratos de arrendamiento,
los planos, incluso la correspondencia, parecían escritos, por lo que entntedía
de ellos, en un idioma desconocido. Cuando salió de la habitación, su memoria
volvió amargamente a sus dos años de solitaria instrucción en la librería de
Shrewsbury. «Si al menos hubiese trabajado en un negocio —pensó—. ¡Si al menos
hubiese sabido que la compañía de poetas y filósofos era demasiado elevada para
un vagabundo como yo!»
Se sentó a solas en el gran vestíbulo. El
silencio del recinto pesó más y más en su ánimo decaído, su belleza lo
exasperaba como el insulto de un hombre orgulloso de su caudal.
—¡Maldito sea este lugar! —exclamó al tiempo
que agarraba el sombrero y el bastón—. Antes que en esta casa, preferiría estar
en la falda del monte más desolado donde dormí en mi vida.
Bajó con impaciencia los peldaños de la
entrada y se detuvo en el paseo, considerando qué dirección tomaría para salir
del parque al campo que se extendía más allá. Si seguía el camino que había
emprendido el carruaje, corría el peligro de molestar a Allan, si por
casualidad se encontraba en la villa. Si salía por la verja posterior, se
conocía lo suficiente para dudar de su capacidad de resistir la tentación de
entrar de nuevo en la habitación del sueño. Pero quedaba otro camino: el que
había seguido y abandonado después por la mañana. Allí no corría el riesgo de
inquietar a Allan ni a la hija del comandante. Sin pensarlo más, cruzó los
jardines para explorar el campo abierto en aquel lado de la finca.
Desequilibrada por los sucesos del día, su
mente sentía toda la furiosa resistencia a la inevitable presunción de la
riqueza, tan amablemente deplorada por los ricos y los afortunados, y tan
amargamente conocida por los desgraciados y los pobres. «¡Las campanillas no
cuestan nada! —pensó, mirando desdeñosamente los macizos de flores exóticas y
hermosas que lo rodeaban—. ¡Los ranúnculos y las margaritas son tan brillantes
como las mejores de vosotras!» Resiguió los artificiales óvalos y cuadrados del
jardín itAllano, con una indiferencia de vagabundo a la simetría de su
construcción y a la candidez de su diseño.
—¿Cuántas libras costáis por metro cuadrado?
—exclamó, mirando atrás con ojos desdeñosos, al salir del último sendero—.
¡Encaramaos a las dehesas de las faldas de los montes, si podéis!
Entró en el camino flanqueado de arbustos que
Allan
había seguido antes que él, cruzó el prado y
el puente rústico que había más allá y llegó a la casita del comandante.
Al verla por primera vez, su mente llegó
enseguida a la conclusión adecuada y se detuvo ante la puerta del jardín para
observar la pequeña y bien cuidada residencia, que nunca habría quedado vacía y
nunca habría sido alquilada de no ser por la precipitada decisión de Allan de
imponer a su amigo las funciones de administrador.
La tarde de verano era calurosa, el aire
estival soplaba suave y silencioso. En la planta baja y en el piso de la casita
todas las ventanas estaban abiertas. De una de las de la planta superior,
llegaba un sonido de voces claramente audibles en la quietud del parque y
Midwinter se detuvo al otro lado de la cerca del jardín. La voz de una mujer,
dura, estridente, quejosa e irritada —una voz que había perdido toda frescura y
melodía, y conservaba únicamente su autoridad— era el sonido predominante y
discordante. Con ella se mezclaba, de vez en cuando, el tono más grave y
tranquilo, apaciguador y compasivo, de la voz de un hombre. Aunque la distancia
era demasiada para que Midwinter pudiese distinguir las palabras, consideró
indiscreto permanecer allí y se dispuso al punto a continuar su paseo. En el
mismo instante, la cara de una joven (fácilmente identificable como la de Miss
Milroy, por la descripción que había hecho Allan de ella) apareció en la
ventana abierta de la habitación. Contra su voluntad, Midwinter se detuvo para
mirarla. La expresión de aquel rostro juvenil, que había sonreído tan
lindamente a Allan, era ahora de fatiga y desaliento. Después de contemplar el
parque con mirada ausente, volvió súbitamente la cabeza hacia el interior de la
habitación, despertada por lo visto su atención por algo que acababa de decirse
allí.
—¡Oh, mamá, mamá! —exclamó, indignada—. ¿Cómo
puedes decir estas cosas?
Estas palabras fueron pronunciadas cerca de la
ventana, llegaron al oído de Midwinter y éste echó a correr para no escuchar
más. Pero la revelación de la situación domestica del comandante Milroy no
había terminado todavía. Cuando Midwinter dobló la esquina de la valla del
jardín un mozo estaba entregando un paquete a la criada en el portillo.
—Bueno —dijo el chico, con el descaro
irreprimible de los de su clase—, ¿cómo está la señora?
La mujer levantó la mano para tirarle de las
orejas —¿Cómo está la señora? —repitió, sacudiendo furiosa la cabeza cuando el
muchacho echó a correr—. ¡Ojalá quisiera Dios llevarse a la señora! Sería una
suerte para todos los de esta casa.
Era la primera sombra de mal agüero que se
proyectaba sobre el luminoso cuadro doméstico de los moradores de la casita,
que Allan había pintado, llevado por su entusiasmo, para que su amigo lo
contemplase. Estaba claro que, hasta el momento, los inquilinos habían ocultado
al dueño su secreto. Después de andar otros cinco minutos, Midwinter llegó a la
puerta del parque. «Hoy quiere el destino que no vea ni oiga nada que me dé
ánimo y esperanza para el futuro —pensó mientras empujaba la puerta—. Incluso
las personas a quienes Allan ha alquilado la casita ven amargadas sus vidas por
un sufrimiento doméstico que yo, desgraciadamente, he tenido que descubrir.»
Tomó por el primer camino que vio delante de
él y siguió andando, sin fijarse en nada, sumido en sus propios pensamientos.
Transcurrió más de una hora antes de que se diese cuenta de que debía regresar.
En cuanto se le ocurrió esta idea, consultó el reloj y resolvió volver sobre
sus pasos, para estar en casa cuando Allan llegase. Diez minutos de marcha lo
condujeron a un punto donde se cruzaban tres caminos. Al observar el lugar,
comprendió al instante que no recordaba por cuál de los tres había llegado. No
había ningún rótulo a la vista y el campo, a ambos lados, se extendía solitario
y llano, cruzado por zanjas y anchos canales de desagüe. Aquí y allá pastaban
alguna reses y un molino de viento se alzaba a lo lejos, sobre los desmochados
sauces que bordeaban el bajo horizonte. Pero no se veía una casa y no se veía
ninguna criatura humana en los trechos visibles de los tres caminos. Midwinter
miró hacia atrás, en la única dirección que le quedaba por observar y que era
la del camino por donde había venido. Allí, para su alivio, vio la figura de un
hombre que se acercaba rápidamente y a quien podría preguntar el rumbo que
debía seguir.
La figura se acerco, vestida de negro de los
pies a la cabeza, como una mancha móvil sobre la brillante y blanca superficie
del camino iluminado por el sol. Era un hombre flaco, tirando a viejo, de
aspecto tristemente respetable. Unos pantalones negros, que le quedaban cortos,
se pegaban a sus delgadas piernas como viejos y fieles servidores y unos
gastados botines, también negros, cubrían los nudosos y torpes pies. Un crespón
negro daba un toque aún más lúgubre al raído, sucio y viejo sombrero de castor,
un anticuado plastrón negro de mohair le envolvía el cuello y subía hasta la
pálida mandíbula inferior. La única nota de color que se apreciaba en él era un
bolsa de sarga azul tan delgada y flaccida como él mismo. Lo único atractivo de
su rasurada y fatigada cara era una limpia hilera de dientes, unos dientes tan
auténticos como la peluca que decían claramente a los ojos curiosos: «Pasamos
la noche en un vaso y el día en la boca.»
La poca sangre que podía haber en el cuerpo de
aquel hombre enrojeció débilmente sus flacas mejillas cuando Midwinter fue a su
encuentro y le preguntó el camino de Thorpe-Ambrose. Sus cansados ojos acuosos
miraron a un lado y otro con un desconcierto penoso de observar. Si se hubiese
tropezado con un león en vez de un hombre, y si las pocas palabras que le
habían sido dirigidas hubiesen expresado una amenaza en vez de una pregunta,
difícilmente habría podido parecer más confuso y alarmado de lo que parecía
ahora. Por primera vez en su vida, Midwinter vio reflejada en la cara de otro
hombre —un hombre que por su edad habría podido ser su padre— la tímida
inquietud que experimentaba en presencia de los desconocidos, aunque con un
nerviosismo diez veces mayor.
¿A qué se refiere usted, señor? ¿A la villa o
a la casa? Discúlpeme si le pregunto esto, pero es que reciben el mismo nombre
por estos andurriales.
Hablaba en un tono tímido y amable, sonriendo
como para congraciarse con su interlocutor, y con modales de afanosa cortesía;
todo lo cual sugería, lamentablemente, que estaba acostumbrado a que las
personas a quienes solía dirigirse respondiesen duramente a sus muestras de
urbanidad.
—No sabía que la casa y la villa se llamasen
igual—dijo Midwinter—. Me refería a la casa.
Instintivamente dominó su propia timidez al
contestar en estos términos, pronunciando las palabras con una cordialidad que
era muy rara en él cuando se dirigía a un desconocido.
Aquel hombre humildemente respetable pareció
recibir con gratitud la correspondencia del otro a su gentileza, su rostro se
iluminó y adquirió un matiz más animado. El flaco dedo índice señaló
resueltamente el camino de la derecha.
—Por allí, señor —le indicó—, y cuando llegue
a la próxima encrucijada, siga por el camino de la izquierda. Lamento que mis
ocupaciones me lleven en la otra dirección; quiero decir, hacia la villa. Con
mucho gusto lo habría acompañado, para mostrárselo. Hace un tiempo espléndido
para dar un paseo, ¿verdad, señor? No puede equivocarse si tuerce después a la
izquierda... ¡Oh, no hay de qué darlas! Siento haberlo entretenido, señor. Le
deseo un agradable paseo y... muy buenos días.
Cuando terminó de hablar (visiblemente bajo la
impresión de que cuanto más hablase más cortés sería) había perdido de nuevo
todo su valor. Se marchó apresuradamente por su propio camino, como si los
intentos de Midwinter de darle las gracias involucrasen una serie de pruebas
demasiado difíciles para enfrentarse a ellas. Al cabo de unos instantes, su
negra figura se había alejado tanto que volvía a parecer una móvil manchita
negra sobre la brillante y blanca superficie del camino iluminada por el sol.
Aquel hombre se fijó de un modo extraño en la
mente de Midwinter mientras éste regresaba a la casa. No se expliba la razón.
No se le ocurrió pensar que las claras huellas de pasadas desdichas y de una
agitación nerviosa actual que había percibido en el rostro de aquel infeliz le
habían recordado, sin darse él cuenta, su propia persona. Su obstinado interés
por aquel peatón que había encontrado por casualidad en la carretera le
producía la misma ciega inquietud que le había causado el resto de sucesos de
aquel día. «¿Habré hecho otro descubrimiento aciago ? —se preguntó, con
impaciencia—. ¿Volveré a ver a ese hombre? ¿Quién será?
El tiempo contestaría estas preguntas sin
hacerle esperar mucho.
Cuando Midwinter llegó a la casa, Allan no
había regresado aún. No había ocurrido nada salvo la llegada de un mensaje de
disculpa procedente de la casita. El comandante Milroy saludaba atentamente a
Mr. Armadale y lamentaba que la enfermedad de Mrs. Milroy impidiera que lo
recibiera aquel día como era su deseo. Estaba claro que los ocasionales ataques
de dolor (o de mal genio) de Mrs. Milroy producían trastornos que no eran
meramente transitorios en la tranquilidad del hogar. Después de sacar esta
consecuencia natural, dado lo que él mismo había oído en la casita unas tres
horas atrás, Midwinter se retiró a la biblioteca para esperar con paciencia,
entre los libros, la llegada de su amigo.
Eran más de las seis cuando la conocida y
animada voz volvió a resonar en el vestíbulo. Allan entró en la biblioteca, en
un estado de irreprimible excitación y empujó bruscamente a Midwinter cuando
éste empezaba a levantarse de su sillón, sin darle tiempo a pronunciar una
palabra.
—¡He aquí un acertijo para ti, amigo! —gritó—.
¿Por qué soy como el mayoral del establo de Augias, antes de que fuese llamado
Hércules para barrer el estiércol? ¡Porque tengo que conservar mi puesto y me
he metido en un lío infernal! ¿Por qué no te ríes? ¡Por Baco, acaso no le es la
gracia! Probemos de nuevo. ¿Por qué soy como el mayoral...?
Por el amor de Dios, Allan, ¡habla en serio,
por una vez! —le recriminó Midwinter—. No sabes con qué ansiedad espero saber
si has recobrado la buena opinión
de tus vecinos.
—Esto es precisamente lo que intentaba decirte
con mi acertijo —respondió Allan—. Pero, si quieres que te lo diga en pocas
palabras, tengo la impresión de que habría sido mejor que no vinieses a
molestarme cuando descansaba al pie de aquel árbol del parque. Lo he estado
calculando minuciosamente y debo informarte que he descendido exactamente tres
puntos en la estima de la gente distinguida del lugar desde la última vez que
tuve el placer de verte.
—Sigue con tus bromas —protestó Midwinter, con
acritud—. Aunque no puedo reírme, al menos puedo esperar.
—Mi querido amigo, no es una broma, te he
hablado completamente en serio. Sabrás lo que ha ocurrido: voy a darte un
informe completo de mi primera visita, y puedes estar seguro de que ha ocurrido
lo mismo en todas las demás. Recuerda en primer lugar que, aunque la cosa haya
ido mal, salí de aquí con las mejores intenciones. Confieso que mientras me
disponía a hacer estas visitas, estaba furioso contra ese viejo bruto de
abogado, y pensaba, ciertamente, comportarme con altivez. Pero aquel enojo se
mitigó un tanto durante el trayecto y cuando visité a la primera familia,
repito que lo hice con la mejor intención. ¡Dios mío! Tuve que esperar en el
mismo flamante salón que vi una y otra vez en todas las demás casas a las que
fui después, con el mismo pulcro invernadero en el fondo del jardín. Los mismos
libros escogidos se ofrecieron a mi vista: un libro religioso, otro sobre el
duque de Wellington, otro sobre deportes y un último sobre nada en particular,
bellamente ilustrado. Bajó papá, con sus bien cuidados cabellos blancos, y
mamá, con una linda cofia de blonda; bajó el joven caballero, de cara sonrosada
y patillas de color de paja y la joven damisela de mejillas rollizas y amplias
enaguas. No creas que no me mostré amistoso, siempre empecé con el mismo ritual,
tendiendo a todos la mano. Esto parecía asombrarles y fue un mal comienzo.
Cuando llegué al tema delicado, el de la recepción pública, te doy mi palabra
de honor de que me esforcé al máximo en disculparme. Pero surtió el menor
efecto, mis disculpas les entraban por un oído y les salían por el otro y
seguían esperando que dijese algo más. Otros, en mi lugar, se habrían
desanimado, pero yo ensayé otro procedimiento: me dirigí al dueño de la casa en
términos jocosos. «La verdad es—dije—que deseaba librarme de los discursos; ya
sabe, yo me levanto y le digo que es usted el mejor de los hombres y que brindo
por su salud, y usted se levanta y me dice que el hombre mejor soy yo y que
quiere darme las gracias; y así sucesivamente, uno tras otro, alabándonos y dándonos
la lata alrededor de la mesa.» Esto dije, en el tono más natural, ligero y
convincente. ¿Crees que alguno lo tomó con el mismo espíritu amistoso? ¡En
absoluto! Creo que tenían los discursos preparados para la recepción, además de
las banderas y las flores, y que en el fondo estaban enfadados conmigo porque
yo les había cerrado la boca antes de que pudiesen pronunciarlos. En cualquier
caso, cuando llegábamos al tema de los discursos, tanto si lo iniciaban ellos
como si lo tocaba yo, descendía en su aprecio el primero de los tres puntos de
que te he hablado hace un momento. No creas que no me esforcé en recuperarlo.
Hice esfuerzos desesperados. Después vi que estaban ansiosos por saber qué
clase de vida había llevado antes de venir a Thorpe-Ambrose, e hice todo lo
posible por satisfacer su curiosidad. ¿Qué piensas que conseguí con ello? ¡Que
me aspen si no los molesté por segunda vez! Cuando se enteraron de que no había
estado en Eton, Harrow, Oxford ni Cambridge, se quedaron mudos de asombro. Me
imagino que me tomaron por una especie de forajido. Lo cierto es que se
enfriaron de nuevo y descendí otro peldaño en su estimación. ¡Pero no importa!
No iba a darme por vencido, te había prometido hacer todo lo posible y quería
cumplir mi palabra. Después traté de chismorrear un poco sobre la vecindad. Las
mujeres no dijeron nada en particular, pero los hombres, para mi indecible
asombro, empezaron a compadecerme. No podría encontrar una jauría de sabuesos,
me dijeron, en treinta kilómetros a la redonda y creían su deber informarme del
descuido lamentable con que se habían conservado los cotos de Thorpe-Ambrose.
Dejé que se lamentasen y después, ¿sabes qué hice? Volví a meter la pata. «¡Oh,
no se lo tomen tan a pecho! —dije—. La caza no me importa en absoluto. Cuando
me tropiezo con un pájaro en mis paseos, por nada del mundo sería capaz de
matarlo. Me gusta ver cómo revolotean y se divierten los pájaros.» ¡Tendrías
que haber visto las caras que pusieron! Si antes me habían tenido por una
especie de descastado, era evidente que luego me tomaron por loco. Todos
guardaron silencio y bajé el tercer eslabón en la estima general. Lo mismo
ocurrió en la casa siguiente, y en la otra, y en la otra. Pienso que el diablo
se apoderó de todos nosotros. Dijera lo que dijese (que no sabía pronunciar
discursos, que me había educado sin asistir a la universidad, que me gustaba
montar a caballo sin necesidad de galopar tras un zorro apestoso o una pobre e
inocente liebre), el resultado era el mismo. Por lo visto, estos tres defectos
míos no tienen perdón para un caballero de provincias. Creo que, en conjunto,
me fue mejor con las esposas y las hijas. Tarde o temprano, las mujeres y yo
hablamos de Mrs. Blanchard y de su sobrina. Conveníamos invariablemente en que
habían acertado al marcharse a Florencia y la única razón en la que podíamos
apoyar nuestra opinión era que, después de tan sensibles pérdidas, sus mentes
saldrían beneficiadas con la contemplación de las obras maestras del arte
itAllano. Todas las damas (lo declaro solemnemente) en cada casa que visité
hablaron, antes o después, de la desgracia de Mrs. y Miss Blanchard, y de la
obras maestras del arte itAllano. De no haber sido por este brillante tema, no
sé lo que habría pasado. Lo único agradable de todas las visitas fue cuando
todos sacudimos tristemente la cabeza y declaramos que las obras de arte serían
un consuelo. En cuanto al resto, sólo puedo añadir una cosa. No sé lo que sería
yo en otro lugar, pero, aquí, soy el hombre peor en el peor de los lugares.
Deja que me lo componga a mi manera en el futuro con los pocos amigos con que
cuento, pídeme todo lo que quieras menos vuelta a visitar a mis vecinos.
Con este ruego tan característico terminó el
relato Allan acerca de su excursión a las casas distinguidas del lugar. Durante
unos momentos, Midwinter guardó silencio. Había permitido que Allan refiriese
su historia hasta el fin, sin pronunciar palabra. El desastroso resultado de
las visitas (después de lo que había ocurrido por la mañana) y la amenaza de
que Allan se viese privado de toda simpatía, precisamente al empezar su carrera
local, había quebrantado el poder de resistencia de Midwinter contra la influencia
deprimente de la superstición. Haciendo un esfuerzo, miró a Allan, y con otro
esfuerzo, se obligó a responder:
—Será como tú quieres —dijo—. Siento lo que ha
ocurrido..., pero no por ello te agradezco menos que hayas hecho lo que te
pedí.
Hundió la cabeza en el pecho y la resignación
fatalista que lo había tranquilizado una vez a bordo del barco encallado,
volvió a tranquilizarlo ahora. «Lo que deba ser, será —pensó una vez más—. ¿Qué
puedo yo, y qué puede él, contra el futuro?»
—¡Anímate! —dijo Allan—. En todo caso, tus
asuntos marchan viento en popa. He hecho en la villa una visita muy
satisfactoria, de la que todavía no te he hablado. He visto a Pedgift y a su
hijo, que lo ayuda en su bufete. Son los dos abogados más campechanos que he
visto en mi vida y, lo que es más, pueden proporcionarnos el hombre que
necesitas para que te enseñe el oficio de administrador.
Midwinter levantó rápidamente la cabeza. La
desconfianza en el descubrimiento de Allan aparecía escrita en su Amblante,
pero no dijo nada.
-Pensé en ti —prosiguió Allan— en cuanto los
dos Pedgift y yo hubimos tomado un vaso de vino para celebrar nuestro amistoso
encuentro. El mejor jerez que he bebido en mi vida, he encargado algunas
botellas... Pero ahora no se trata de esto. En resumen, expliqué la dificultad
en que te hallas a aquellos dos competentes caballeros y el viejo Pedgift lo
comprendió todo en un instante, «Conozco al hombre que necesita —me dijo—, y lo
pondré a disposición de su amigo antes del día en que deban revisarse las cuentas.»
Después de esta última declaración, la
desconfianza de Midwinter se tradujo en palabras. Interrogó a fondo a Allan. El
hombre se llamaba Bashwood. Llevaba algún tiempo (Allan no recordaba cuánto) al
servicio de Mr. Pedgift. Antes había sido administrador de un caballero de
Norfolk (había olvidado su nombre) en el sector occidental del país. Había
perdido el empleo por culpa de cierto problema doméstico relacionado con su
hijo y cuya naturaleza Allan no podía concretar. Pedgift respondía de él y lo
enviaría a Thorpe-Ambrose dos o tres días antes de la cena del día del pago de
las rentas. Por razones de trabajo no estaría disponible antes de aquella
fecha. Pero no había que preocuparse, Pedgift se había reído ante la idea de
que pudiese haber alguna dificultad con los arrendatarios. Dos o tres días de
trabajo en los libros del administrador, con un hombre ducho en esta clase de
asuntos para ayudar a Midwinter, bastarían para revisar las cuentas. El resto
de las cuestiones podían esperar hasta más tarde.
—¿Has visto a Mr. Bashwood, Allan? —preguntó
Midwinter, todavía en guardia.
—No —respondió Allan—, había salido con sus
bártulos, según dijo el joven Pedgift. Me aseguraron que es un viejo muy
decente. Un poco quebrantado por la desgracia y algo propenso a ponerse
nervioso y mostrarse confuso en presencia de los desconocidos; pero sumamente
competente y digno de confianza, según palabras textuales de Pedgift.
Midwinter guardó silencio y reflexionó un
poco, ahora más interesado en el tema. El hombre extraño que Allan acababa de
describir y el no menos extraño a quien había preguntado el camino en la
encrucijada se parecían mucho. ¿Era éste otro eslabón en la cadena de sucesos
que se alargaba sin cesar? En esta creencia, Midwinter resolvió mostrarse
doblemente precavido.
—Cuando venga Mr. Bashwood —dijo—, ¿dejaras
que lo vea y hable con él antes de decidir algo definitivo-
—¡Desde luego! —convino Allan. Hizo una pausa
y consultó su reloj—. Te diré lo que voy a hacer mientras tanto en tu obsequio,
viejo amigo —añadió—. ¡Te presentaré a la muchacha más linda de Norfolk!
Tenemos el tiempo justo para ir a la casita antes de la cena. Ven y te
presentaré a Miss Milroy.
—Hoy no podrás presentarme a Miss Milroy
—replicó Midwinter, y repitió el mensaje de disculpa que había enviado el
comandante aquella tarde.
Esto sorprendió y contrarió a Allan, pero no
quería debilitar su resolución de congraciarse con los moradores de la casita.
Después de pensarlo un poco, dio con una manera de sacar provecho de las
circunstancias adversas.
—Mostraré un interés adecuado por la
recuperación de Mrs. Milroy —decidió gravemente—. Mañana por la mañana le
enviaré una cesta de fresas con el testimonio de mi mayor consideración.
Durante aquel primer día de su estancia en la
nueva casa no ocurrió nada más.
El único suceso digno de mención del día
siguiente fue otra manifestación del mal carácter de Mrs. Milroy. Media hora
después de haber entregado en la casita la cesta de fresas de Allan, ésta le
fue devuelta intacta (por la enfermera de la inválida), con un breve y seco
mensaje, breve y secamente transmitido: «Mrs. Milroy lo saluda y le da las
gracias. Pero las fresas le sientan mal.» Si con esta petulante respuesta a un
acto de cortesía pretendía irritar a Allan, fracasó rotundamente en su
objetivo. En vez de ofenderse con la madre, Allan compadeció a la hija.
—Pobrecilla —se limitó a decir—, debe ser muy
duro para ella tener que vivir con semejante madre.
Aquel mismo día, más tarde, acudió
personalmente al cottage, pero no pudo ver a Miss Milroy; estaba ocupada en el
piso de arriba. El comandante recibió a su visitante sin quitarse el delantal
de trabajo, mucho más absorto en su maravilloso reloj y mucho menos accesible a
las influencias externas que en su primera entrevista con Allan, sus modales
fueron tan amables como la vez anterior, pero lo único que pudo sacarle Allan
sobre la cuestión de su esposa fue que Mrs. Milroy «no había mejorado desde
ayer».
Los dos días siguientes transcurrieron
tranquilos y sin novedades. Allan insistió en investigar en la casita, pero
sólo una vez pudo ver de refilón a la hija del comandante en una ventana del
piso alto. Nada más se supo de Mr. Pedgift, y Mr. Bashwood siguió sin aparecer.
Midwinter no quiso hacer nada sobre el particular hasta tener noticias de Mr.
Brock en respuesta a la carta que le había escrito la noche de su llegada a
Thorpe-Ambrose. Guardaba un silencio desacostumbrado y pasaba la mayor parte
del día en la biblioteca, entre los libros. Las horas transcurrían lentamente.
Los residentes distinguidos correspondieron a la visita de Allan y dejaron
formalmente sus tarjetas. Después, nadie volvió a acercarse a la casa. El
tiempo era bueno, pero monótono. Allan empezó a ponerse un poco nervioso e
inquieto. Le irritaba la enfermedad de Mrs. Milroy y empezó a recordar con
añoranza su yate abandonado.
El día siguiente —veinte— trajo alguna noticia
del mundo exterior. Llegó un mensaje de Mr. Pedgift anunciando que su
escribiente, Mr. Bashwood, acudiría al día siguiente a Thorpe-Ambrose. También
se recibió una carta de Mr. Brock en respuesta a la de Midwinter.
La carta estaba fechada el dieciocho y su
contenido animó no sólo a Allan, sino también a Midwinter. Mr. Brock anunciaba
que estaba a punto de viajar a Londres, para un asunto relacionado con los
intereses de un pariente enfermo, de cuya gestión debía hacerse cargo. Una vez
resuelto aquel asunto, confiaba en que algún clérigo amigo de la metrópoli
podría y querría sustituirlo en sus deberes de la rectoría y en tal caso
esperaba viajar de Londres a Thorpe-Ambrose en el plazo máximo de una semana.
Dadas las circunstancias, consideraba que era mejor dejar para cuando se viesen
la discusión de la mayoría de los temas sobre los que le había escrito
Midwinter. Pero, como el tiempo podía ser importante en lo relativo a la
administración de la hacienda de Thorpe-Ambrose, se apresuraba a decir que no
veía ninguna razón para que Midwinter no pusiese todo su empeño en aprender las
funciones de administrador, y que confiaba en que, de esta suerte, conseguiría
prestar inestimables servicios a los intereses de su amigo.
Allan dejó a Midwinter leyendo y releyendo la
animadora carta del párroco como si quisiera aprender todas las frases de
memoria y salió más temprano que de costumbre para hacer su visita diaria al
cottage o, dicho más claramente, para hacer su cuarto intento de mejorar sus
relaciones con Miss Milroy. El día había empezado bien, y pareció que iba a
continuar igual. Cuando Allan dobló la esquina del segundo camino flanqueado de
arbustos y entró en el pequeño prado donde había conocido a la hija del
comandante, allí estaba Miss Milroy, paseando de un lado a otro sobre la
hierba, como si estuviese esperando a alguien.
Pareció sobresaltarse un poco cuando Allan
apareció, pero avanzó a su encuentro sin la menor vacilación. No tenía tan buen
aspecto como el otro día. Su tez rosada había palidecido con el encierro en la
casa y una marcada expresión de inquietud nublaba su lindo semblante.
—Casi no me atrevo a confesarlo, Mr. Armadale
—dijo ansiosamente, antes de que Allan pudiese pronunciar una palabra—, pero lo
cierto es que esta mañana he venido aquí con la esperanza de encontrarlo a
usted. Estaba desolada... Por casualidad supe la manera en que mamá rechazó la
fruta que usted tuvo la amabilidad de enviarle. ¿Podrá perdonarla? Está muy
enferma desde hace años, y no siempre es dueña de sus actos. Después de lo
amable que había sido usted conmigo y con papá, no he podido dejar de acudir
aquí, con la esperanza de verlo y de poder decirle lo mucho que lamento lo
ocurrido. Por favor, perdone y olvide, Mr. Armadale... ¡se lo ruego!
Cuando pronunciaba las últimas palabras se le
quebró la voz y, en su afán de congraciarlo con su madre, apoyó una mano en el
brazo del joven.
Allan se quedó un poco confuso. Su vehemencia
lo había pillado por sorpresa y su visible convicción de que el joven
propietario debía estar ofendido lo afligía sinceramente. Sin saber qué hacer,
siguió su instinto y, para empezar, tomó la mano de la joven entre las suyas.
—Mi querida Miss Milroy, si añade una palabra
más, seré yo quien se sentirá desolado —la tranquilizó, mientras
inconscientemente iba apretando la mano progresivamente, en la confusión del
momento—. No me ofendí en lo absoluto; lo atribuí, se lo juro por mi honor, a
la enfermedad de la pobre Mrs. Milroy. ¡Ofendido! —exclamó adoptando de nuevo
su tono cortés—. Me gustaría que cada día me devolviesen una cesta de fruta si
ello había de motivar que usted viniese a este prado por la mañana. Parte del
color perdido volvió a ruborizar las mejillas de Miss Milroy.
—¡Oh, Mr. Armadale, su amabilidad no tiene
límites! —exclamó—. ¡No sabe cuánto me consuelan sus palabras! —Hizo una pausa;
después recobró su ánimo con la misma rapidez con que suelen recuperarlo los
niños y la innata vivacidad de su temperamento volvió a brillar en sus ojos
cuando levantó la cabeza y sonrió tímidamente a Allan—. ¿No le parece —preguntó
recatadamente— que ya es hora de que me suelte la mano?
Sus miradas se encontraron, Allan volvió a
dejarse guiar por el instinto. En vez de soltarle la mano, se la llevó a los
labios y la besó. Instantáneamente, todo el color que aún no había recobrado
volvió al rostro de Miss Milroy. Retiró bruscamente la mano, como si Allan la
hubiese quemado.
—Estoy segura de que no debió hacer eso, Mr.
Armadale —protestó y volvió rápidamente la cabeza, pues estaba sonriendo a su
pesar.
—Lo he hecho para disculparme de... de retener
su mano tanto tiempo —balbució Allan—. Una disculpa no puede ser perjudicial,
¿verdad?
Hay ocasiones, aunque no muchas, en que la
mente femenina aprecia debidamente la fuerza de la razón. Esta fue una de tales
ocasiones. Le habían presentado una proposición abstracta y Miss Milroy había
quedado convencida. Si él había pretendido disculparse, reconoció, la cosa era
muy distinta.
—Sólo espero —dijo la pequeña coqueta,
mirandolo de reojo— que no trate de descarriarme. Aunque ahora ya no importa
mucho —añadió, sacudiendo gravemente la cabeza—. Si hemos cometido alguna
incorrección, Mr. Armadale, no es probable que volvamos a tener ocasión de
cometer otras.
—¡No irá a marcharse! —exclamó Allan,
alarmado.
Peor que eso, Mr. Armadale. Mi nueva
institutriz está al llegar.
—¿Al llegar? —repitió Allan—. ¿Ya?
—Hubiese debido decir que no tardará en venir,
para expresarme con exactitud. Esta mañana hemos recibido las contestaciones a
los anuncios. Papá y yo abrimos las cartas y las leímos juntos hace media hora.
Ambos coincidimos en elegir la misma. Yo la escogí porque estaba muy bien
redactada y papá la eligió porque las condiciones eran muy razonables. Hoy
mismo enviará por correo la carta a la abuelita en Londres y si sus
averiguaciones dan resultado satisfactorio, la institutriz será contratada. No
sabe usted lo nerviosa que estoy por este motivo, una institutriz desconocida
es una terrible perspectiva. Pero no tan mala como ir al colegio; además, esa
dama me inspira confianza, debido a la amabilidad de su carta. Como le he dicho
a papá, casi le perdono su horrible apellido, tan exento de romanticismo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Allan—, ¿Brown?
¿Grubb? ¿Scraggs? ¿Algo por este estilo?
—¡Calle, calle! No es tan feo. Se llama Gwilt.
Un apellido muy prosaico, ¿verdad? Pero, a juzgar por sus referencias, debe de
ser una persona respetable, pues vive en el mismo barrio de Londres que mi
abuela. ¡Alto, Mr. Armadale! Vamos por mal camino. No, esta mañana no puedo
entretenerme contemplando sus encantadoras flores; muchas gracias, pero no
puedo aceptar su brazo. Ya he estado demasiado tiempo aquí. Papá esta esperando
el desayuno y tendré que volver corriendo a casa. Gracias por haber disculpado a
mamá, infinitas gracias... y adiós.
—¿No quiere darme la mano? —preguntó Allan.
Ella le tendió la mano.
—No más disculpas, por favor, Mr. Armadale
—dijo, con picardía, y una vez más se encontraron sus miradas, y una vez más la
rolliza manita sintió el contacto de los labios de Allan.
—¡Esta vez no es una disculpa! —exclamó Allan
quien se apresuró a defenderse—. Es... es una señal de respeto.
Ella retrocedió unos pasos y se echó a reír.
—No volverá a encontrarme en su terreno, Mr.
Armadale —advirtió alegremente—, ¡hasta que Miss Gwilt pueda cuidar de mí!
Con esta despedida, se recogió la falda y echó
a correr por el prado a toda velocidad.
Allan se quedó mirándola con atónita
admiración hasta que se perdió de vista. Su segunda entrevista con Miss Milroy
le había producido un efecto extraordinario. Por primera vez desde que era
dueño de Thorpe-Ambrose, se sumió en serias consideraciones sobre lo que debía
a su nueva posición en la vida. «Me gustaría saber —se dijo— si mis vecinos me
apreciarían más si me casara. Me tomaré todo el día para reflexionar acerca del
asunto y si no cambio de opinión, lo consultaré a Midwinter mañana por la
mañana.»
Cuando llegó la mañana y Allan bajó a
desayunar, resuelto a consultar con su amigo acerca de sus obligaciones para
con sus vecinos en general y para con Miss Milroy en particular, no vio a
Midwinter en ninguna parte. Preguntó por él y le dijeron que lo habían visto en
el vestíbulo, que había tomado de encima de la mesa una carta que había llegado
para él en el correo de la mañana y que había vuelto inmediatamente a su
habitación. Allan subió al punto la escalera y llamó a la puerta de su amigo.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
—Ahora no —fue la respuesta.
—Has recibido una carta, ¿verdad? —insistió
Allan-.¿Alguna mala noticia? ¿Anda algo mal?
—Nada. Esta mañana no me encuentro muy bien.
No me esperes para desayunar, bajaré en cuanto pueda.
No dijeron más. Allan bajó a desayunar, un
poco contrariado. Tenía intención de consultar inmediatamente a Midwinter y he
aquí que la consulta se demoraba indefinidamente. «¡Qué raro es! —pensó Allan—.
¿Qué diablos puede estar haciendo, encerrado ahí, a solas?»
No estaba haciendo nada. Permanecía sentado
junto a ventana, con la carta que había recibido por la mañana desdoblada entre
las manos. La letra era de Mr. Brock y la carta estaba concebida en estos
términos:
«Mi querido Midwinter: Tengo, literalmente,
sólo dos minutos para echar al correo esta carta. Quería informarle de que
acabo de ver (en Kensington Gardens) a la mujer a quien ambos sólo conocemos,
hasta el momento, como la del chal rojo. Las he seguido, a ella y a su
acompañante (una dama entrada en años y de aspecto respetable) hasta su
residencia, después de haber oído claramente que mencionaban a Allan en su
conversación. Tenga la seguridad de que no la perderé de vista hasta que me
convenza de que no pretende hacer ninguna diablura en Thorpe-Ambrose; volveré a
escribirle cuando sepa cómo termina este extraño descubrimiento. Suyo
afectísimo, Decimus Brock.»
Después de leer la carta por segunda vez,
Midwinter la dobló cuidadosamente y se la guardó en la cartera, junto a la
narración manuscrita del sueño de Allan.
—Su descubrimiento no terminará con usted, Mr.
Brock—dijo—. Haga lo que haga con esa mujer, ella estará aquí cuando llegue el
momento.
Se miró un instante en el espejo, vio que se
había repuesto lo suficiente para enfrentarse con Allan y bajó a ocupar su
puesto en la mesa del desayuno.
CAPÍTULO V
MAMÁ OLDERSHAW, EN GUARDIA
1. DE MRS. OLDERSHAW (DIANA STREET, PIMLICO) A
MISS GWILT (WEST PLACE, OLD BROMPTON)
«Salón de Belleza, 20 de junio, ocho de la
tarde.
Mi querida Lydia. Han pasado unas tres horas,
si mal no recuerdo, desde que te metí sin miramientos en mi casa de West Place
y, después de decirte simplemente que me esperases, cerré la puerta de golpe y
te dejé sola en el vestíbulo. Sé lo sensible que eres, querida, y temo que
habrás pensado que jamás una anfitriona ha tratado tan mal a una invitada como
te he tratado yo.
Pero puedes creerme si te digo que el retraso
en explicarte mi extraño comportamiento no ha sido por mi culpa. Y es que
(según pude descubrir después) mientras tomábamos el aire esta tarde en
Kensington Gardens, se produjo una de esas pequeñas y delicadas dificultades
con que tropieza a menudo un negocio tan esencialmente confidencial como es el
mío. Creo que me será imposible volver junto a ti en las próximas horas y tengo
que advertirte, en privado, de una cuestión muy urgente y que puede ya llegar
con demasiado retraso a tus oídos. Por consiguiente, debo aprovechar los
minutos de que dispongo y escribirte sin más dilaciones.
Ahí va la primera advertencia. Por nada del
mundo debes salir a la calle esta noche, y ten mucho cuidado, mientras sea de
día, en no dejarte ver en ninguna de las ventanas de la casa que dan a la
calle. Tengo motivos para temer que cierta encantadora personita que en la
actualidad reside conmigo pueda ser objeto de una vigilancia especial. No te
alarmes y no te impacientes, te diré el porqué.
Para explicarme, debo volver a nuestro
desgraciado encuentro en los jardines con aquel reverendo que tuvo la gentileza
de seguirnos a las dos hasta mi casa.
Cuando nos acercábamos a la puerta, se me
ocurrió pensar que el empeño del pastor en seguirnos podía tener un motivo
menos encomiable para su gusto y mucho más peligroso para nosotras que el que
tú pensaste al principio. Dicho en pocas palabras, Lydia, dudé de que hubiese
tropezado con otro admirador y sospeché, en cambio, que tenías que habértelas
con otro enemigo. No tenía tiempo para contarte todo esto. Sólo podía ponerte a
salvo en casa y averiguar lo que se proponía el pastor (en el caso de ser
ciertas mis sospechas), tratándolo como él nos había tratado a nosotras, es
decir, siguiéndolo a mi vez.
Al principio me mantuve a cierta distancia de
él para reflexionar sobre el asunto y convencerme de que mis dudas no eran
injustificadas. Como entre nosotras no hay secretos, te diré cuales fueron
aquellas dudas. No me sorprendió que tú lo reconocieses, no es un hombre de
aspecto vulgar y tú lo habías visto dos veces en Somersetshire la primera,
cuando le preguntaste la dirección de la casa de Mrs. Armadale, y la segunda,
cuando lo viste de nuevo al dirigirte a la estación de ferrocarril. Pero no
estaba tan segura de que él te hubiese reconocido, teniendo en cuenta que en
ambas ocasiones te cubrías el rostro con el velo y que también lo llevabas
bajado en los jardines. Dudé de que hubiese recordado tu figura, vestida de
verano, cuando sólo te había visto vestida de invierno; y, aunque estábamos
hablando cuando se tropezó con nosotras, y tu voz es uno de tus muchos
encantos, dudé también de que hubiese reconocido esta voz. Y sin embargo, mucho
me temía que te había identificado. "¿Cómo?", me pregúntarás. Nuestra
mala suerte, querida mía, quiso que en aquel momento estuviésemos hablando del
joven Armadale. Creo firmemente que este nombre fue lo primero que le llamó la
atención, y que, cuando lo oyó, tu voz y tu figura volvieron quizás a su
memoria. "¿Y qué?", me dirás. Piénsalo bien, querida Lydia, y dime si
no es lo más probable que el párroco del lugar donde vivía Mrs. Armadale fuese
amigo de ésta. En ese caso, la primera persona a quien ella debió acudir en
busca de consejo, después del susto que tú le diste y de tu imprudente amenaza
de dirigirte a su hijo, fue sin duda el pastor de la parroquia..., que además
es juez, según te informó el propio posadero.
Ahora comprenderás por qué te dejé de un modo
tan descortés y me permitirás que pase al siguiente suceso.
Seguí al viejo caballero hasta que se metió en
una calle solitaria y me acerqué a él, con todo mi respeto por la Iglesia (me
enorgullezco de ello) escrito en el semblante.
—¿Me disculpará, señor —le dije—, si me
permito preguntarle si reconoció a la dama que me acompañaba cuando nos
cruzamos con usted en los jardines?
—¿Me disculpará usted, señora, si le pido que
me diga por qué me hace esta pregunta? —replicó él.
—Se lo diré, señor —le respondí—. Si mi amiga
no es una desconocida para usted, desearía llamarle la atención sobre un asunto
muy delicado, que atañe a una dama que murió y a su hijo que todavía vive.
Vi que se sobresaltaba. Pero fue lo bastante
listo para morderse la lengua y esperar a que yo continuase hablando.
—Si me equivoco, al pensar que reconoció a mi
amiga-proseguí—, le pido que me disculpe. Pero me pareció imposible que un
caballero de su profesión siguiese hasta su casa a una dama que le fuese
totalmente desconocida.
Con esto lo pillé. Se puso muy colorado
(¡imagínate, a su edad!) y me confesó la verdad, en defensa de su digna
condición.
-Vi a esa dama en una ocasión —me explicó— y
la he reconocido en los jardines. En cuanto a si la seguí o no seguí adrede
hasta su casa, permítame que eluda esta cuestión. Si desea que le asegure que
su amiga no me es totalmente desconocida, puedo darle esta seguridad; si tiene
algo particular que decirme, dejo a su discreción decidir si ha llegado el
momento de hacerlo.
Él esperó y miró alrededor. Yo hice lo mismo.
Él dijo que la calle no era lugar adecuado para hablar de un tema tan delicado,
y yo estuve de acuerdo. El no me invitó a ir a su casa, yo tampoco lo invité a
ir a la mía. ¿Has visto alguna vez, querida, a dos gatos desconocidos frente a
frente en un tejado? En ese caso, puedes hacerte una idea de lo que parecíamos
el pastor y yo.
—Bueno, señora —dijo él, al fin—, ¿debemos
continuar nuestra conversación, a pesar de las circunstancias?
—Sí, señor —le respondí—. Afortunadamente,
tenemos los dos una edad que nos permite desafiar las circunstancias. (Había
visto que el desgraciado miraba mis cabellos grises y pensaba que su prestigio
quedaba a salvo si lo veían conmigo.)
Después de esta escaramuza, fuimos por fin al
grano. Yo empecé diciéndole que temía que su interés por ti no fuese
precisamente el propio de un amigo. Él lo confesó..., desde luego, en defensa
una vez más de su propio prestigio. Después le repetí todo lo que tú me habías
referido acerca de vuestro anterior encuentro en Somersetshire cuando vimos que
nos estaba siguiendo. No te asustes, querida: era cuestión de principios. Si
quieres que un plato sea digerible, aderézalo con un poco de verdad. Bueno,
después de haber dado esta muestra de confianza al reverendo caballero, declaré
que habías cambiado mucho desde la última vez que te había visto. Evoqué a
aquel desgraciado hoy difunto, tu marido (desde luego, sin mencionar nombres),
lo situé al frente de un negocio en Brasil (el primer lugar que se me ocurrió)
y describí una carta que había escrito donde ofrecía el perdón a su descarriada
esposa si se arrepentía y volvía junto a él. Aseguré al párroco que la noble
conduce de tu marido había doblegado tu obstinado carácter y entonces, pensando
que le había producido la impresión adecuada fui directamente al grano. Le
dije: "Cuando usted se cruzó con nosotras, señor, mi desdichada amiga me
estaba hablando, en términos de conmovedor arrepentimiento, de su conducta con
la difunta Mrs. Armadale. Me confiaba su afán de remediar, si era posible,
aquel mal comportamiento, con el hijo de Mrs. Armadale. Ella me pidió (pues no
se atrevía a enfrentarse con usted) que le preguntase si Mr. Armadale sigue en
Somersetshire y si estaría dispuesto cobrar, en pequeños plazos, la suma de
dinero que mi amiga reconoce haber percibido de Mrs. Armadale al explotar el
miedo de ésta." Así se lo conté textualmente. Jamás se ha referido una
historia más clara (que lo explicaba todo a la perfección), una historia capaz
de derretir las piedras. Pero ese pastor de Somersetshire es más duro que las
mismas rocas. Me avergüenzo por él, amiga mía, cuando te aseguro que,
visiblemente, no creyó nada de cuanto le dije acerca de tu carácter reformado,
de tu marido en Brasil y de tu arrepentimiento y tu deseo de devolver el
dinero. Resulta realmente vergonzoso que un hombre como él pertenezca a la
Iglesia; su desconfianza es indigna de un miembro de su sagrada profesión.
—¿Se propone su amiga ir a reunirse con su
marido en el próximo vapor? —fue cuanto se avino a decir cuando hube terminado
Reconozco que me puse furiosa. Salté y le dije:
—Así es.
—¿Y cómo voy a ponerme en contacto con ella?
—me preguntó.
—Por carta... y por mi mediación —le dije.
—¿A qué dirección he de escribir, señora?
Aquí lo pillé otra vez.
—Usted ha averiguado ya mi dirección
—repliqué—. En la guía encontrará mi nombre, si desea también averiguarlo por
sí mismo; en caso contrario, aquí tiene mi tarjeta.
—Muchas gracias, señora. Si su amiga desea
ponerse en contacto con Mr. Armadale, le daré también una tarjeta mía.
-Gracias, señor.
—Gracias, señora.
—Buenas tardes, señor.
—Buenas tardes, señora.
Así nos despedimos. Entonces me fui a una cita
en mi lugar de trabajo y él se alejó a toda prisa, lo cual es ya en sí
sospechoso. No puedo perdonarle su insensibilidad. ¡(Qué Dios ayude a los que
busquen consuelo en él en su lecho de muerte!
Lo que ahora debemos considerar es: ¿qué vamos
a hacer? Si no encontramos la manera adecuada de mantener a ese viejo
desgraciado en la oscuridad, puede ser nuestra ruina en Thorpe-Ambrose,
precisamente cuando tenemos nuestro objetivo al alcance de la mano. Espera a
que me reúna contigo después de haber salvado, así lo espero, la otra
dificultad que me preocupa. ¿Ha habido alguna vez suerte peor que la nuestra?
¿Por qué ha tenido ese hombre que abandonar a sus feligreses y venir a Londres
precisamente cuando acabamos de contestar al anuncio y podemos esperar que se
hagan investigaciones durante la próxima semana? Su conducta es imperdonable,
el obispo debería intervenir.
Afectuosamente tuya,
María Oldershaw.»
2. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW
«West Place, 20 de junio.
Mi querida amiga: ¡Qué poco conoces mi
sensibilidad, como tú la llamas! En vez de sentirme ofendida cuando me dejaste,
me quedé en tu casa y me olvidé de ti hasta que llegó tu mensajero. Tu carta es
irresistible: me he reído hasta quedar sin aliento. Jamás he leído una historia
más absurda que la que le endilgaste al clérigo de Somersetshire. En cuanto a
tu entrevista con él en la calle, es un pecado que guardemos el secreto sobre
ello. El público disfrutaría de lo lindo si se la ofreciésemos en forma de farsa
en uno de nuestros teatros.
Afortunadamente para las dos (ahora hablo en
serio), tu mensajero es una persona prudente. Envió a preguntarme si había
respuesta. A pesar de mi regocijo fui lo bastante sensata para enviar a decirle
que sí.
Algun bruto dijo, en un libro que leí una vez,
que ninguna mujer puede tener en la mente dos series de ideas distintas al
mismo tiempo. Debo decir que casi has logrado convencerme de que aquel hombre
tenía razón. Has podido refugiarte en tu lugar de trabajo sin despertar
sospechas, crees que esta casa será vigilada ¡y te propones volver aquí y poner
de nuevo al pastor sobre tu pista! ¡Qué locura! Quédate donde estás y cuando
hayas resuelto tu dificultad en Pimlico (sin duda algún asunto de mujeres ¡qué
pesadas son!), ten la bondad de leer lo que tengo que decirte sobre nuestro
problema en Brompton.
En primer lugar, la casa (como suponías) está
sometida a vigilancia. Media hora después de que me dejases, unas fuertes voces
en la calle interrumpieron mi ejercicio de piano y me asomé a la ventana. Había
un coche delante de la casa de enfrente, donde alquilan habitaciones, y un
viejo con aspecto de criado de confianza estaba discutiendo con el cochero
sobre el precio del servicio. Un anciano caballero salió de la casa y los hizo
callar. El anciano caballero entró de nuevo en la casa y se situó disimuladamente
detrás de la ventana del salón. Tú lo conoces, noble criatura: hace unas horas,
tuvo el mal gusto de dudar de tus palabras. No temas, no me vio. Cuando miró
hacia arriba, después de pagar al cochero, yo estaba detrás de la cortina.
Después he mirado otras dos veces con disimulo y he visto lo suficiente para
estar segura de que él y su criado se relevan en la ventana para no perder de
vista tu casa, ni de día ni de noche. Desde luego, es imposible que el párroco
sospeche la verdad. Pero que cree firmemente que pretendo jugarle una mala
pasada al joven Armadale. Que tú has reforzado esta convicción, es algo tan
evidente como dos y dos son cuatro. Esto ha sucedido (como tú me has recordado)
precisamente cuando hemos contestado al anuncio y podemos esperar que dentro de
pocos días, el comandante hará sus comprobaciones. Una situación terrible para
dos mujeres, ¿eh? ¡Y un cuerno! Tenemos una manera muy fácil de salir de ella,
gracias, mamá Oldershaw, a lo que yo te obligué a hacer menos de tres horas antes
de que el clérigo de Somersetshire se tropezase con nosotras.
¿Has olvidado ya nuestra pequeña pero agria
disputa de esta mañana, después de que descubriésemos el anuncio del comandante
en el periódico? ¿Has olvidado que insistí en mi opinión de que eras demasiado
conocida en Londres para que pudiese citarte en mis informes o para recibir en
tu propia casa (como tuviste la audacia de proponer) a la dama o al caballero
que fuesen a preguntar por mí? ¿No recuerdas cómo te encolerizaste cuando puse
fin a nuestra discusión al negarme a dar un paso más en el asunto, a menos que
pudiese dar al comandante Milroy una dirección donde tú fueses una completa
desconocida y un nombre cualquiera que no fuese el tuyo? ¡Qué cara pusiste
cuando viste que no había nada que hacer, salvo renunciar a todo el asunto o
dejar que yo lo manejase a mi manera! ¡Cómo te enfadaste cuando te dije que
debíamos buscar una vivienda al otro lado del parque! ¡Cómo te lamentaste,
después de alquilar el apartamento amueblado en el respetable Bayswater,
alegando que te había obligado a hacer un gasto inútil! ¿Qué piensas ahora del
apartamento amueblado, vieja obstinada? Aquí estamos, con el peligro de que nos
descubran a cada instante y sin esperanza de escapar, a menos de que podamos
desaparecer de la vista del párroco envueltas en la oscuridad. Y ahí está
apartamento de Bayswater, hasta el que ningún curioso ha podido seguirnos la
pista, a la espera de recibirnos; una vivienda donde podremos librarnos de
ulteriores molestias y responder a las pesquisas del comandante. ¿Puedes ver al
fin, un poco más allá de tu pobre y vieja nariz? ¿Hay algo en el mundo que
pueda impedir que desaparezca esta noche de Pimlico y te establezcas sin
peligro en el nuevo alojamiento media hora después, como una persona respetable
que puede ofrecer informes míos?
¡Avergüénzate, mamá Oldershaw! ¡Dobla tus
malvadas y viejas rodillas y da gracias a tu buena fortuna de que puedas contar
con una diablesa como yo esta mañana!
Pero pasemos a la única dificultad digna de
mención en la que me encuentro. Dado que me vigilan en esta casa, ¿como voy a
reunirme contigo sin que el pastor o su criado me sigan los pasos?
Puesto que, prácticamente, estoy prisionera
aquí, me parece que no tengo más remedio que intentar el viejo truco para
escapar de la cárcel: un cambio de atuendo. He estado observando a tu doncella.
Aunque las dos somos delgadas, su cara y sus cabellos no pueden ser más
diferentes de los míos. Pero ella tiene casi la misma estatura y la misma
complexión que yo y, si supiese vestirse y tuviese los pies un poco más
pequeños, su figura sería muy superior a lo que cabe esperar de una persona de
su condición. Mi idea es vestirla con la ropa que yo llevaba hoy en los
jardines, hacer que salga de casa con nuestro reverendo enemigo pisándole los
talones y cuando el terreno esté despejado, salir a mi vez e ir a reunirme
contigo. Desde luego, la cosa sería completamente imposible si me hubiesen
visto con el velo levantado, pero tal como se han desarrollado los
acontecimientos, la terrible situación en que me hallé después de mi matrimonio
tuvo la ventaja de que raras veces me mostré en público, y nunca en una ciudad
tan poblada como Londres, sin llevar un grueso velo bajado sobre el rostro. Si
la doncella se pone mi vestido, no creo que nada impida que la confunda
conmigo.
La única cuestión es si esa mujer es digna de
confianza. En caso afirmativo, manda unas líneas diciéndole que se ponga
enteramente a mi disposición. Yo no le diré nada hasta que haya recibido
noticias tuyas.
Contéstame esta misma noche. Mientras nos
limitamos a hablar de conseguir la plaza de institutriz, no me aportaba mucho
cómo terminase la cosa. Pero ahora que he contestado al anuncio del comandante
Milroy, me tomo el asunto muy en serio. Pienso convertirme en Mrs. Armadale de
Thorpe-Ambrose, ¡y ay del hombre o de la mujer que traten de impedírmelo
Tuya,
Lydia Gwilt.
P.D.- Abro de nuevo mi carta para decirte que
no debes
Tener miedo de sigan a tu mensajero al
regresar al regresar a Pimlico. Iré a una taberna donde lo conocen, despedirá
al coche y volverá a salir por una puerta que sólo utilizan el dueño y sus
amigos.
L.G.
3. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Diana Street, a las 10.
Mi querida Lydia: Me has escrito una carta muy
cruel. Si te hubieses hallado en mi difícil posición y tan turbada como yo
estaba al escribirte, te habrías mostrado más indulgente con tu amiga al no
encontrarla tan perspicaz como de costumbre. Pero el mal de estos tiempos es la
falta de consideración con las personas en el ocaso de su vida. Tu mente se
halla en lamentable estado, querida, y necesitas que te den un buen ejemplo. Yo
te lo daré, diciéndote que te perdono. Tranquilizada mi mente por esta buena acción,
suponte que te demuestro ahora (aunque protesto contra la vulgaridad de la
expresión) que puedo ver un poco más allá de mi pobre y vieja nariz.
Ante todo, contestaré tu pregunta sobre la
doncella. Puedes confiar completamente en ella. Ha tenido problemas y ha
aprendido a ser discreta. También aparenta tu edad, aunque debo decir, sobre
este particular, que tiene unos cuantos años más que tú. Incluyo la necesaria
orden de que se ponga enteramente a tu disposición.
¿Qué viene ahora? Pasemos a tu plan para
reunirte conmigo en Bayswater. En teoría está muy bien, pero hay que mejorarlo
un poco. Es necesario (ahora sabrás por qué) que el engaño del párroco sea más
sofisticado de lo que tú te propones. Quiero que vea el rostro de la doncella
en circunstancias que lo convenzan de que es la tuya. Y aún más: quiero que vea
que la doncella abandona Londres y saque la impresión de que te ha visto a ti
mientras iniciabas la primera etapa de tu viaje a Brasil. Él no creyó en este
viaje cuando yo se lo anuncié esta tarde en la calle. Pero podrá creer en él si
sigues las instrucciones que te daré.
Mañana es sábado. Haz que la doncella salga de
casa con el vestido que tú llevabas hoy, tal como habías pensado; pero tú no te
muevas y no te acerques a la ventana. Dile que conserve el velo bajado, que dé
un paseo de media hora (sin reparar, desde luego, en el pastor o en el criado
que la seguirán) y que vuelva a casa. En cuanto lo haga, envíala enseguida a la
ventana abierta y ordénale que se levante el velo y mire al exterior. Haz que
se retire de allí al cabo de un par de minutos, que se quite el sombrero y el
chal, y que se asome una vez más a la ventana, o mejor aún, al balcón. Tendrá
que mostrarse de nuevo en otras ocasiones (pero no demasiado a menudo) durante
el día. Y mañana (como tenemos que habérnoslas con un caballero religioso)
envíala sobre todo a la iglesia. Si estas maniobras no convencen al pastor de
que la cara de la doncella es la tuya, ni lo predisponen a creer en tu conducta
reformada más de lo que creyó en ella cuando hablé con él, pensaré, querida,
que han sido inútiles los sesenta años que he vivido en este valle de lágrimas.
El día siguiente será lunes. He observado los
anuncios de las compañías navieras y he descubierto que el martes saldrá un
vapor de Liverpool hacia Brasil. Esto no podía ser más oportuno; haremos que
emprendas tu viaje, ante los ojos del clérigo. He aquí lo que tendrás que
hacer:
A la una, envía en busca de un coche al hombre
que limpia los cuchillos y los tenedores, y cuando lo haya traído hasta la
puerta, pídele que vaya a buscar otro y que espere en él detrás de la esquina,
en la plaza. Entonces haz que la doncella, que llevará todavía tu vestido, suba
al primer coche con el equipaje necesario y salga en dirección a Estación del
North-Western Railway. Cuando se haya marchado, deslízate hasta el coche que
esperará detrás de la esquina y ven a reunirte conmigo en Bayswater. Ellos estarán
dispuestos a seguir el coche de la doncella porque lo habrán visto parado
delante de la puerta, pero no seguirán el tuyo, que habrá permanecido oculto
detrás de la esquina. Cuando la doncella llegue a la estación y desaparezca, si
puede, entre la muchedumbre (he elegido adrede el tren mixto de las dos y diez
para darle las mayores posibilidades), tú estarás a salvo conmigo. Tanto si
descubren que no ha tomado el tren para Liverpool como si les pasa inadvertido,
esto ya carecerá de importancia para nosotras. Habrán perdido tu rastro y
podrán seguir a la doncella a a través de medio Londres, si así les viene en
gana. Ella tiene instrucciones mías (que incluyo) según las cuales dejará que
las maletas vacías vayan a parar a la oficina de equipajes perdidos. Volverá
junto a sus amigos de la City y se quedará con ellos hasta que yo le escriba
que vuelva conmigo.
¿Cuál es el objeto de todo esto? El propósito,
mi querida Lydia, es tu futura seguridad (y la mía). Podemos triunfar o
fracasar en nuestro empeño de convencer al pastor de que te has ido realmente a
Brasil. Si triunfamos, no tendremos de qué preocuparnos. Si fracasamos, pondrá
sobre aviso al joven Armadale de que debe desconfiar de una mujer como mi
doncella, y no de una mujer como tú. Esto último es muy importante, pues
ignoramos si Mrs. Armadale le comentó alguna vez tu nombre de soltera. En este
caso, la Miss Gwilt que se le habrá escapado aquí de entre las manos será tan
diferente de la Miss Gwilt establecida en Thorpe-Ambrose que todo el mundo
convencerá de que no es un caso de similitud de personas, sino de apellidos.
¿Qué dices ahora de mi mejoramiento de tu
idea? ¿No está mi cerebro menos hueco de lo que pensabas cuando me escribiste?
No creas que me jacto demasiado de mi propió ingenio. Los truhanes realizan
trucos más ingeniosos que éste y aparecen en los periódicos todas las semanas.
Sólo quiero mostrarte que mi ayuda no es ahora menos necesaría para el éxito de
la operación Armadale de lo que era cuando hice mis primeros descubrimientos
importantes gracias a aquel joven de aspecto inofensivo y de la oficina de investigaciones
privadas de Shadyside Place.
Que yo sepa, nada más tengo que decirte, salvo
que me dispongo a ocupar mi nueva vivienda, donde habra un buzón a mi nombre.
Los últimos momentos de mamá Oldershaw, del salón de belleza, están a la vuelta
de la esquina y el nacimiento de Mrs. Mandeville, la respetable dama que podrá
informar acerca de Miss Gwilt, nacerá en un coche dentro de cinco minutos. Me
imagino que todavía debo tener joven el corazón, pues ya estoy enamorada de mi
romántico nombre; parece casi tan bonito como Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose,
¿no crees? Buenas noches, querida, y que tengas bellos sueños. Si ocurre algún
percance entre hoy y el lunes, escríbeme inmediatamente. Si no pasa nada,
estarás conmigo a tiempo para las primeras investigaciones que pueda hacer el
comandante. Mis últimas recomendaciones son: no salgas a la calle ni te
acerques a la ventana hasta el lunes.
Afectuosamente tuya,
M.O.»
CAPÍTULO VI
MIDWINTER, DISFRAZADO
A eso de las doce del día veintiuno, Miss
Milroy estaba pasando el rato en el jardín de la casita (una mejoría en la
salud de su madre le había permitido abandonar la habitación de la enferma)
cuando un ruido de voces en el parque le llamó la atención. Al instante
reconoció una de ellas como la voz de Allan, la otra le era desconocida. Apartó
las ramas de un arbusto cercano a la valla del jardín y, al atisbar por la
abertura, vio que Allan se acercaba a la puerta de la casita en compañía de un
hombre delgado, moreno y bajito, que, muy excitado, reía y hablaba a voz en
grito. Miss Milroy entró corriendo en la casa para avisar a su padre de la
llegada de Mr. Armadale y añadir que lo acompañaba un ruidoso desconocido, que
probablemente era el amigo que, según se decía, moraba con el señor en la
Mansión.
¿Había acertado la hija del comandante? El
vocinglero y reidor amigo del señor, ¿era el tímido y sensible Midwinter de
otros tiempos? Pues sí, era él. Aquella mañana, en presencia de Allan, se había
producido un cambio extraordinario en los modales generalmente tranquilos de su
amigo.
Cuando Midwinter se había presentado a
desayunar después de dejar a un lado la alarmante carta de Mr. Brock, Allan
estaba demasiado ocupado para prestarle una especial atención. La dificultad
todavía pendiente de elegir el día de la cena para la rendición de cuentas
había apremiado una vez más y, por fin, se había fijado (por consejo del
mayordomo) para el sábado veintiocho de aquel mes. Sólo cuando se volvió para
enterar a Midwinter de que aquel arreglo le permitiría disponer de tiempo
sobrado para estudiar los libros del administrador, fijó Allan su voluble
atención en el cambio que se había producido en el semblante de su amigo. Así
se lo comentó con su franqueza acostumbrada, pero una seca y casi enojada
respuesta le impuso silencio. Los dos se habían sentado a desayunar sin la
cordialidad habitual y habían comido enfurruñados, hasta que el propio
Midwinter había roto el silencio con una extraña explosión de alegría que había
revelado a Allan una nueva faceta de su carácter.
Como solía ocurrir con los juicios de Allan,
también aquí erró en su conclusión. Lo que se manifestaba ahora no era una
nueva faceta del carácter de Midwinter, sino solamente un nuevo aspecto de las
luchas recurrentes de la vida de Midwinter.
Irritado por el hecho de que Allan hubiese
descubierto el cambio producido en su amigo, cambio que no había visto
reflejado en el espejo cuando lo había consultado en el cuarto de estar;
sintiendo que los ojos de Allan seguían interrogando su semblante, y temiendo
las subsiguientes preguntas fruto de la curiosidad, Midwinter se había empeñado
en borrar por la fuerza la impresión que su aspecto alterado había producido.
Fue uno de esos esfuerzos que sólo pueden realizar resueltamente los hombres de
su temperamento vivo y de su sensibilidad un tanto femenina. Con la mente
embargada todavía por la firme creencia de que la fatalidad se había acercado
mucho a Allan y a él mismo desde el descubrimiento del párroco en Kensinsington
Gardens, con el rostro delatando todavía lo que había sufrido bajo la renovada
convicción de que la advertencia hecha por su padre desde el lecho de muerte
reforzaba hora, al producirse cada suceso, su terrible exigencia de separarlo a
toda costa de la única criatura humana a quien amaba, con el corazón agitado
todavía por el miedo de que la primera visión del sueño de Allan pudiese verse
realizada antes de que hubiese quedado atrás el nuevo día que ahora
contemplaban juntos los dos Armadale, con este triple lazo forjado por su
propia superstición, que lo sujetaba en aquel momento como nunca lo había
sujetado hasta entonces, espoleó furiosamente su resolución de rivalizar en
presencia de Allan con la alegría y la animación de este último. Habló, rió y
llenó indistintamente su plato con todo lo que había sobre la mesa del
desayuno. Hizo bromas ruidosas sin gracia y contó chistes absurdos. Primero
asombró a Allan, después lo divirtió y por último se ganó fácilmente su
confianza sobre el tema de Miss Milroy. Se rió a fuertes carcajadas del súbito
cambio en las opiniones de Allan sobre el matrimonio, hasta el punto que los
criados que le oían desde abajo empezaron a pensar que el extraño amigo de su
señor se había vuelto loco. Por último, aceptó la proposición de Allan de
presentarle a la hija del comandante y de que la juzgase por sí mismo, con la
presteza, mejor dicho, con más presteza de lo que la habría aceptado el hombre
menos desconfiado del mundo. Y hélos aquí ahora a los dos, plantados delante de
la puerta del cottage, mientras la voz de Midwinter se elevaba cada vez más
sobre la de Allan, con sus modales naturales disfrazados (¡sólo él sabía con
qué esfuerzo!) en una tosca mascarada de audacia: la escandalosa e insoportable
audacia del hombre tímido.
La hija del comandante los recibió en el salón
mientas esperaban la llegada del padre.
Allan intentó presentar a su amigo en la forma
acostumbrada. Pero, para su asombro, Midwinter le quitó las palabras de los
labios y se presentó él mismo a Miss Milroy con una mirada confiada, una risa
fuerte y una naturalidad forzada que lo revistió de su peor aspecto. Su
artificial animación, que había ido en continuo aumento desde la mañana,
alcanzaba ahora un punto histérico en el que escapaba a su propio control. Se
comportaba y hablaba con esa terrible libertad que, cuando el hombre tímido
prescinde de su reserva, es consecuencia necesaria del esfuerzo con que se ha
librado de su propia contención. Se enredó en una confusa serie de disculpas
que no venían a cuento y de cumplidos que habrían resultado incluso excesivos
para satisfacer la vanidad de una salvaje. Miró de Miss Milroy a Allan, y
viceversa, y declaró jocosamente que ahora comprendía por qué su amigo
emprendía siempre los paseos matutinos en la misma dirección. Preguntó a la
joven acerca de su madre y atajó las respuestas de ella con observaciones
acerca del tiempo. Le dijo que debía sentir el calor insoportable del día y, a
continuación, declaró que le envidiaba su fresco vestido de muselina.
En aquel momento entró el comandante. Antes de
que pudiese pronunciar dos palabras, Midwinter lo abrumó con su frenética
familiaridad y fluidez de palabra. Se interesó por la salud de Mrs. Milroy en
unos términos que habrían resultado exagerados en labios de un amigo de la
familia. Se deshizo en un torrente de disculpas por haber interrumpido al
comandante en sus ocupaciones mecánicas. Citó el fantástico relato que le había
hecho Allan del reloj y expresó su interés por verlo en términos todavía más
exagerados. Alardeó de su conocimiento superficial del gran reloj de
Estrasburgo, con bromas rebuscadas acerca de los extraordinarios personajes
automáticos que el reloj pone en movimiento, del desfile de los doce apostóles,
que salen por debajo de la esfera al mediodía, y acerca del gallo que canta al
aparecer san Pedro..., y esto en presencia de un hombre que había estudiado
todas las ruedas de la complicada maquinaria y que había pasado años enteros de
su vida tratando de imitarlo.
—Tengo entendido que ha aumentado el número de
los apóstoles de Estrasburgo y que ha perfeccionado reloj —exclamó, en el tono
y la manera del amigo acostumbrado a prescindir de toda ceremonia—, y me estoy
muriendo de ganas de ver esta maravilla, comandante.
El comandante Milroy había entrado en la
habitación absorto, como de costumbre, en sus propios aparatos mecánicos. Pero
la súbita impresión causada por la familiaridad de Midwinter fue lo bastante
fuerte para volverlo a la realidad y ponerlo en condiciones de desarrollar sus
recursos sociales de hombre de mundo.
—Discúlpeme que le interrumpa —dijo, atajando
de momento a Midwinter con una mirada de sorpresa—, pero yo he visto el reloj
de Estrasburgo y me parece casi absurdo (le pido perdón por expresarme así)
comparar mi pequeño experimento con aquella obra maravillosa. ¡No hay nada
parecido en el mundo! —Hizo una pausa para dominar su creciente entusiasmo; el
reloj de Estrasburgo era, para el comandante Milroy lo mismo que el nombre de
Miguel Ángel para Sir Joshua Reynolds—. La gentileza de Mr. Armadale lo ha inducido
a exagerar un poco —prosiguió el comandante, sonriendo a Allan y haciendo caso
omiso de un nuevo intento de Midwinter por hacerse con la palabra, como si tal
intento no se hubiese producido—. Pero como el gran reloj extranjero y el
pequeño que tengo en casa sólo se parecen en que ambos muestran lo que pueden
hacer al sonar las campanas del mediodía y ahora son casi las doce, si todavía
desea usted visitar mi taller, Mr. Midwinter, cuanto antes se lo muestre tanto
mejor será.
Abrió la puerta y se disculpó ceremoniosamente
por ser el primero en salir de la habitación.
-¿Qué le parece mi amigo? —murmuró Allan al
oído de Miss Milroy, mientras seguían a los otros.
-¿Quiere que le diga la verdad, Mr.
Armadale?—respondió ella en voz baja. -¡Desde luego!
¡Entonces le diré que no me gusta en absoluto!
-Es el mejor muchacho del mundo —replicó
Allan, en su franqueza acostumbrada—. Le gustará más cuando lo conozca mejor,
¡estoy seguro de ello!
-Miss Milroy hizo una pequeña mueca para
manifestar su indiferencia total hacia Midwinter y su sorpresa por la vehemente
defensa que Allan hacía de los méritos de su amigo. «¿Acaso es eso lo más
interesante que tiene que decirme, después de haberme besado la mano ayer por
la mañana?», se preguntó en silencio.
Pero todos se hallaron en el taller del
comandante antes de que Allan tuviese ocasión de abordar un tema más atractivo.
Allí, sobre una tosca caja de madera que por lo visto contenía la maquinaria,
estaba el reloj maravilloso. La esfera estaba coronada por un pedestal de
cristal que reposaba sobre una pieza de ébano tallado. Sobre el pedestal se
veía la inevitable figura del Tiempo, con su eterna guadaña en la mano. Debajo
de la esfera había una pequeña plataforma y en cada extremo se alzaba una
garita en miniatura, con la puerta cerrada. Esto era cuanto podía verse desde
el exterior hasta que llegase el mágico momento en que el reloj daría las doce
del mediodía.
En aquel momento faltaban unos tres minutos
para las doce y el comandante Milroy aprovechó la oportunidad para explicar en
qué consistiría la exhibición antes de que ésta empezara. Al pronunciar las
primeras palabras, su mente volvió a quedar absorta en la única ocupación de su
vida. Se volvió a Midwinter (que no había parado de hablar desde que habían
salido del salón) sin la menor huella en sus modales de la fría y cortante
compostura con que había hablado unos minutos antes. El hombre ruidoso y
campechano, que había parecido un intruso mal educado en el salón, se convirtió
en invitado de honor en el taller, pues allí tenía la exculpatoria ventaja
social de presenciar por primera vez el funcionamiento de aquel reloj
maravilloso.
—Al sonar la primera campanada de las doce,
Mister Midwinter —advirtió seriamente el comandante—, fíjese en la figura del
Tiempo: moverá la guadaña y señalará con ella el pedestal de cristal. Después
verá aparecer, detrás del cristal, una tarjetita impresa que le dirá el día del
mes y de la semana. Cuando el reloj dé la última campanada, el Tiempo levantará
de nuevo la guadaña para colocarla en su anterior posición y sonará el
carillón. Este repiqueteo irá seguido de una tonada, la marcha predilecta de mi
antiguo regimiento y entonces tendrá lugar el espectáculo final. Las garitas
que puede usted observar a ambos lados se abrirán al mismo tiempo. En una de
ellas aparecerá el centinela y de la otra saldrán un cabo y dos soldados que
cruzarán la plataforma para relevar la guardia y desaparecerán, dejando al
nuevo centinela en su puesto. Debo pedir su amable condescencia en esta última
parte de la presentación. La maquinaria es un poco complicada y tiene defectos
que por desgracia no he conseguido remediar aún como quisiera. A veces las
figuras funcionan mal, y otras funcionan a la perfección. Confío en que se
porten bien en esta ocasión, ya que es la primera vez que usted las ve.
Mientras el comandante, situado junto al
reloj, pronunciaba las últimas palabras, su reducido público de tres personas,
agrupadas en el extremo opuesto de la estancia, vieron que las dos manecillas
del reloj apuntaban juntas a las doce. Sonó la primera campanada, y el Tiempo,
obediente a la señal, movió la guadaña. Después aparecieron el día del mes y de
la semana impresos detrás del pedestal de cristal y Midwinter saludó su
aparición con exageradas exclamaciones de sorpresa que Miss Milroy interpretó,
equivocadamente, como una burla cruel de la obra de su padre y que Allan (al
ver que ella se ofendía) intentó moderar tocando el codo de su amigo. Mientras
tanto, el reloj siguió funcionando. Cuando sonó la última campanada de las
doce, el Tiempo levantó de nuevo la guadaña, sonó el carillón y después la
marcha del antiguo regimiento del comandante. El espectáculo final del relevo
de la guardia se anunció con un temblor preliminar de las garitas y la súbita
desaparición del comandante detrás del reloj. La cosa empezó abriéndose la
puerta de la garita en el lado derecho de a plataforma con toda la puntualidad
que podía desearse; en cambio, la puerta del otro lado, menos obediente,
permaneció obstinadamente cerrada. Indiferentes a este cambio en el programa,
el cabo y los dos soldados aparecieron en su sitio con perfecta disciplina,
cruzaron la plataforma, abaleándose los tres a cada zancada, y se arrojaron de
cabeza contra la puerta del otro lado, sin causar la menor impresión al
impertérrito centinela que debía estar detrás de ella. Se oyeron unos chirridos
intermitentes, producidos por las llaves y herramientas del comandante en la
maquinaria. El cabo y los dos soldados dieron súbitamente la vuelta,
retrocedieron sobre la plataforma y se encerraron en su propia garita.
Exactamente en el mismo instante se abrió la otra puerta por primera vez y el
indisciplinado centinela apareció tranquilamente en su puesto, en espera del
relevo. Y vaya si tuvo que esperar, pues nada ocurría en la otra garita, salvo
algún golpe ocasional detrás de la puerta como si el cabo y los soldados
estuviesen impacientes por salir. Volvió a oírse el ruido de las herramientas
del comandante en la maquinaria; el cabo y sus acompañantes, que habían
recobrado súbitamente la libertad, aparecieron presurosos y cruzaron
rápidamente la plataforma. Pero si ellos fueron rápidos, el hasta entonces
tranquilo centinela del otro lado mostró perversamente que aún podía serlo más.
Desapareció con la velocidad del rayo en su propia garita, la puerta se cerró inmediatamente
detrás de él y el cabo y los soldados chocaron de cabeza contra ella por
segunda vez. El comandante salió de detrás del reloj y pidió ingenuamente a los
espectadores «que tuviesen la bondad de decirle si algo había marchado mal».
El absurdo fantástico de aquella exhibición,
acentuado por la seria pregunta del comandante Milroy al terminar, fue tan
irresistiblemente cómica que los visitantes estallaron en carcajadas; incluso
Miss Milroy, con toda su consideración por el sensible orgullo de su padre, no
pudo evitar participar en el regocijo causado por la catastrófica actuación de
los muñecos. Pero incluso la risa tiene sus límites y éstos quedaron tan amplia
y descaradamente rebasados por uno de los del grupo que los otros dos guardaron
silencio casi inmediatamente. La fiebre de la falsa animación de Midwinter se
convirtió en puro delirio cuando terminó la representación de los muñecos. Sus
ataques de risa se sucedieron con una violencia tan convulsiva que Miss Milroy
se apartó de él, alarmada, e incluso el paciente comandante le dirigió una
mirada que decía a todas luces: «¡Márchese de aquí!» Allan, sabiamente
impulsivo por una vez en su vida, agarró a Midwinter del brazo y lo arrastró a
viva fuerza hasta el jardín y, desde allí, al parque que se extendía más allá.
—¡Cielo santo! ¿Qué te ha pasado? —exclamó,
echandose atrás al ver la cara torturada de su amigo.
De momento, Midwinter fue incapaz de responder. Su paroxismo histérico
pasó de un extremo al otro. Se apoyó en el tronco de un árbol, sollozando y
jadeando, y alargó una mano en muda súplica a Allan para que esperara.
—Habrías hecho mejor en no cuidarme cuando
tuve las fiebres —dijo débilmente, en cuanto fue capaz de hablar,-. Soy un loco
y un desgraciado, Allan, nunca he podido recuperarme. Vuelve allí y pídeles que
me perdonen; estoy demasiado avergonzado para ir yo mismo a pedir excusas. No
sé cómo ha sucedido, sólo puedo pedir que ellos y tú me perdonéis. —Volvió
rápidamente la cabeza, como para ocultar el rostro—. No te quedes aquí —rogó—,
no me mires, pronto se me pasará. —Allan seguía vacilando y le suplicó con vehemencia
que le permitiese acompañarlo a casa. Fue inútil—. Me rompes el corazón con tu
bondad —exclamó, apasionadamente—. ¡Por el amor de Dios, déjame solo!
Allan volvió al cottage y suplicó indulgencia
para Midwinter con una vehemencia y una sencillez que le hicieron crecer
enormemente en el aprecio del comandante, pero no produjeron la misma impresión
favorable en Miss Milroy. Aunque ella no lo sospechaba, quería ya lo bastante a
Allan para sentirse celosa de su amigo.
«¡Qué absurdo! —pensó, malhumorada—. ¡Como si
papá o yo diésemos a esa persona la menor importancia!»
—Se reservará usted su opinión acerca de él,
¿verdad, comandante Milroy? —dijo cordialmente Allan, al despedirse.
—¡Lo haré encantado! —respondió el comandante,
mientras le estrechaba la mano.
—¿También usted, Miss Milroy? —añadió Allan.
La joven inclinó fría y formalmente la cabeza.
—Mi opinión, Mr. Armadale, carece de la menor
importancia.
Allan salió de la casita dolorosamente confuso
por la subita frialdad de Miss Milroy hacia él. Su gran idea de reconciliarse
con todo el vecindario al convertirse en un hombre casado, sufrió alguna
alteración cuando cerró la puerta del jardín tras él. La virtud llamada
prudencia y el señor de Thorpe-Ambrose se aliaron en esta ocasión pOr primera
vez, y Allan, lanzándose como siempre de cabeza, en el camino de su
perfeccionamiento moral, decidió no actuar precipitadamente.
Si la virtud es en sí misma su propia
recompensa, e] hombre que emprende su reforma debe comprometerse en un objetivo
esencialmente inspirador. Pero la virtud no es siempre su propia recompensa y
el camino que conduce a la reforma está muy mal iluminado a pesar de ser una
vía tan respetable. Allan pareció haberse contagiado del desaliento de su
amigo. También él, mientras se dirigía a su casa, empezó a dudar— a su manera,
completamente distinta y por razones muy diferentes— de si la vida en
Thorpe-Ambrose era tan prometedora para el futuro como había parecido al
principio.
CAPÍTULO VII
LA INTRIGA SE COMPLICA
Dos mensajes esperaban a Allan cuando regresó
a la casa. Uno de ellos lo había dejado Midwinter. «Había salido a dar un largo
paseo y Mr. Armadale no debía alarmarse si regresaba tarde.»
El otro mensaje lo había dejado «una persona
de la oficina de Mr. Pedgift», que había venido, según lo anunciado, mientras
los dos caballeros estaban en la casa del comandante. «Mr. Bashwood le
presentaba sus respetos y tendría el honor de volver por la tarde a visitar a
Mr. Armadale.»
Midwinter regresó a eso de las cinco, pálido y
silencioso. Allan se apresuró a asegurarle que en la casita lo habían perdonado
y después, para cambiar de tema, mencionó el mensaje de Mr. Bashwood. Midwinter
estaba tan preocupado o tan lánguido que apenas si pareció recordar el nombre.
Allan tuvo que explicarle que Bashwood era el viejo empleado enviado por Mr.
Pedgift para instruirlo en las funciones de administrador. Midwinter lo escuchó
sin hacer ninguna observación y se retiró a su habitación para descansar hasta
la hora de la cena.
Cuando se quedó solo, Allan se dirigió a la
biblioteca con la intención de pasar el rato leyendo un libro. Tomó varios
volúmenes de los estantes, volvió a colocarlos en su sitio y así terminó la
cosa. Era Miss Milroy quien, de una manera un tanto misteriosa, se interponía
entre el lector y lOs libros. Su formal reverencia y las frías palabras que
había pronunciado al despedirse él, permanecían en la mente del joven por mucho
que se esforzase en olvidarlas. A medida que transcurría el tiempo,
experimentaba un mayor afán por recuperar la posición perdida en el favor de la
joven. Era imposible volver aquel mismo día a la casita y preguntar a Miss
Milroy si, para su propia desdicha, la había ofendido. Entonces pensó en
formularle la pregunta por escrito y con la delicadeza necesaria, pero, cuando
lo intentó, comprendió que sus dotes literarias no alcanzaban a tanto. Después
de dar un par de vueltas por la estancia con la pluma en la boca, decidió
seguir el procedimiento más diplomático (que en este caso era también el más
fácil) de escribir cordialmente a Miss Milroy, como si nada hubiese ocurrido, y
deducir de su respuesta la posición en que se hallaba en lo referente a su
aprecio. Una invitación para algo, desde luego extensiva a su padre, pero
dirigida a ella, era a todas luces lo más adecuado para obligarla a responder;
pero la dificultad estribaba en decidir la naturaleza de la invitación. No
había que pensar en un baile, dadas sus actuales relaciones con las personas
distinguidas del lugar. Una cena, sin la indispensable señora de edad en la
casa para recibir a Miss Milroy (salvo Mrs. Gripper, que sólo podría recibirla
en la cocina), era igualmente imposible. ¿En qué debía consistir la invitación?
Nunca remiso en preguntar a derecha e
izquierda y en todas direcciones cuando necesitaba consejo, Allan, pensando que
había agotado sus propios recursos, tocó la campanilla y sorprendió al criado
que acudió a la llamada cuando le preguntó cómo solían divertirse los antiguos
moradores de Thorpe-Ambrose y qué clase de invitaciones solían enviar a sus
amigos.
—La familia hacía lo mismo que todo el
mundo—respondió el hombre, mirando atónito a su señor—. Celebraban banquetes y
bailes. En verano, cuando hacía buen tiempo como ahora, señor, daban a veces
fiestas al aire libre y picnics.-
—¡Espléndido! —gritó Allan—. Un picnic le
gustará sin duda. Eres una ayuda muy valiosa, Richard. Puedes retirarte.
Richard se retiró, asombrado, y su señor
volvió a coger la pluma.
«Querida Miss Milroy: Después de mi visita se
me ocurrió de pronto que podríamos celebrar un picnic. Un poco de distracción y
de diversión (lo que yo llamaría una buena francachela, si no me dirigiese a
una señorita) es precisamente lo que le conviene después de haber estado tanto
tiempo encerrada en la habitación de Mrs. Milroy. Un picnic es un cambio y
(cuando el vino es bueno) también una diversión. ¿Quiere preguntarle al
comandante si dará su consentimiento para el picnic y si querrá asistir?
Además, si tiene usted algunos buenos amigos en el vecindario a quienes les
gusten las excursiones, invítelos por favor, pues yo no tengo ninguno. Será un
picnic en su honor y yo cuidaré de todo y recibiré a todo el mundo. Usted
elegirá el día y el lugar que prefiera. Este picnic me hace una ilusión
inmensa.
Quedo como siempre suyo,
Allan Armadale.»
Al releer su composición antes de enviarla,
Allan reconoció francamente que no carecía de defectos. «La palabra picnic se
repite demasiado —pensó—. Pero no importa: si a ella le gusta la idea, no dará
importancia a esto.» Envió inmediatamente la carta y advirtió seriamente al
mensajero que debía esperar respuesta.
Al cabo de media hora, llegó la respuesta en
una perfumada hoja de papel sin el menor borrón, fragante al olfato y hermosa a
la vista.
La presentación de la verdad desnuda es una de
esas exhibiciones contra las que la innata delicadeza femenina parece rebelarse
instintivamente. Imposible responder a Allan con más diplomacia que la empleada
por su bella corresponsal. Ni el propio Maquiavelo habría sospecha do, al leer
la carta de Miss Milroy, hasta qué punto se había arrepentido de su enfado
contra el joven caballero en cuanto éste hubo vuelto la espalda y cuál había
sido su entusiasmo al recibir su invitación. Su misiva era la propia de una
señorita modelo cuyas emociones quedan guardadas bajo llave en manos de sus
padres, siéndole solamente permitido manifestarlas en contadas ocasiones. En la
respuesta de Miss Milroy, la palabra «papá» aparecía con tanta frecuencia como
había aparecido el vocablo «picnic» en la invitación de Allan. «Papá» había
sido tan considerado como Mr. Armadale al desear procurarle un poco de cambio y
de diversión y había consentido en renunciar a sus tranquilos hábitos y asistir
al picnic. Por consiguiente, tenía mucho gusto en aceptar, con el permiso de
«papá», la invitación de Mr. Armadale y, a sugerencia de «papá», esperaba de la
gentileza de Mr. Armadale que le permitiese invitar a la fiesta a dos amigos
suyos recientemente establecidos en Thorpe-Ambrose: una dama viuda y su hijo
sacerdote, que estaba delicado de salud. Si el próximo martes le parecía bien a
Mr. Armadale, sería una fecha conveniente para «papá», ya que habría terminado
las reparaciones necesarias en su reloj. Todo lo demás lo dejaba, por consejo
de «papá», enteramente en manos de Mr. Armadale; y entretanto, con saludos de
«papá», «quedaba atentamente suya. Eleanor Milroy». ¿Quién habría podido
suponer que quien había escrito aquella carta había saltado de alegría al
recibir la invitación de Allan? ¿Quién habría sospechado que, en la misma
fecha, Miss Milroy había escrito en su diario lo siguiente?: «He recibido la
carta más dulce y más amable de Yo-sé-quién; nunca volveré a comportarme de un
modo desconsiderado con él.» En cuanto a Allan, lo entusiasmó el éxito de su
maniobra. Miss Milroy había aceptado la invitación, por consiguiente no estaba
enfadada con él. Cuando se reunieron para cenar, estuvo a punto de mencionar a
su amigo el intercambio de correspondencia. Pero algo en el semblante y en los
modales de Midwinter (lo bastante claro para Allan lo advirtiese) le aconsejó
esperar un poco antes de decir
cualquier cosa que pudiese evocar el penoso
tema de visita al cottage. Por acuerdo tácito, ambos evitaron todas las
cuestiones relacionadas con Thorpe-Ambrose, y ninguno de los dos hizo
referencia a la visita de Mr. Bashwood, anunciada para el atardecer. Durante
toda la cena volvieron a sus antiguas e interminables charlas sobre barcos y
navegación a vela. Cuando el mayordomo acabó de servir la mesa, bajó al sótano
con un problema náutico en la mente y preguntó al resto de la servidumbre si
alguno de ellos conocía las ventajas relativas de la goleta y el bergantín con
«viento de bolina» y con «viento de popa». Aquel día, los dos jóvenes
permanecieron sentados a la mesa más tiempo que de costumbre. Cuando salieron
al jardín con sus puros, el crepúsculo de verano derramaba una luz débil y
grisácea sobre el césped y los macizos de flores y estrechaba gradual y
lentamente a su alrededor el círculo cada vez más vago de la lejanía. Había
mucha humedad y, después de pasar unos minutos en el jardín, ambos convinieron
en regresar al terreno más seco del paseo de delante de la casa.
Estaban cerca del recodo que conducía al
camino entre los arbustos cuando de pronto apareció, como deslizándose entre el
follaje, una figura negra y silenciosa, una sombra que se movía de forma
siniestra bajo la penumbra del anochecer. Midwinter se sobresaltó e incluso los
nervios menos excitables de su amigo se estremecieron durante un instante.
—¿Quién diablos es usted? —gritó Allan.
El personaje se quitó el sombrero y dio un
lento paso hacia delante. Midwinter avanzó también otro paso y lo observó más
de cerca. Era el hombre de tímidos modales y luctuoso atuendo a quien había
preguntado la dirección de Thorpe-Ambrose en la intersección de los tres
caminos.
-¿Quién es usted? —repitió Allan.
-Le pido humildemente que me disculpe, señor
—farfulló el desconocido, que retrocedió confuso—. Los criados me dijeron que
encontraría a Mr. Armadale en...
-¡Cómo! ¿Es usted Mister Bashwood!
—Sí, señor.
—Perdone que le haya hablado tan rudamente —Se
disculpó Allan—, pero lo cierto es que casi me ha asustado (cúbrase, por
favor). Éste es mi amigo, Mr. Midwinter que necesita de su ayuda para
instruirse en las funciones de administrador.
—Yo diría que casi huelga la presentación
—intervino Midwinter—. Conocí a Mr. Bashwood hace unos días, cuando salí a dar
un paseo. Fue él quien tuvo la bondad de mostrarme el camino cuando me perdí.
—Cúbrase —repitió Allan, al ver que Mr.
Bashwood, todavía con el sombrero en la mano, seguía sin decir palabra y se
inclinaba respetuosa y alternativamente ante los dos jóvenes—. Mi querido
señor, póngase el sombrero y permita que le muestre el camino de la casa.
Disculpe la observación —añadió al ver el nerviosismo del hombre, que dejó caer
el sombrero en vez de encasquetárselo—, pero parece usted un poco indispuesto.
Un vaso de buen vino le sentará bien antes de que empiece a hablar de negocios
con mi amigo. ¿Dónde encontraste a Mr. Bashwood cuando te extraviaste,
Midwinter?
—No lo sé, puesto que no conozco estos
andurriales. Será mejor que se lo preguntes a Mr. Bashwood.
—Bueno, díganos dónde fue —pidió Allan,
tratando, quizá con demasiada brusquedad, de que el hombre se sintiera a sus
anchas, mientras los tres volvían a la casa.
La voz fuerte de Allan y la brusquedad de su
pregunta parecieron colmar la medida de la innata timidez de Mr. Bashwood,
quien les obsequió con un chorro inconsistente de palabras parecido al que
había derramado sobre Midwinter cuando se vieron por primera vez.
—Fue en la carretera, señor —empezó diciendo,
dirigiéndose alternativamente a Allan, a quien llamaba «señor», y a Midwinter,
al que llamaba por su apellido-. Quiero decir, si usted me lo permite, en la
carretera de Little Gill Beck. Un nombre singular, Mr. Midwinter, y un singular
lugar. No me refiero al pueblo, sino a los alrededores, o mejor dicho, si usted
me lo permite, a los Broads de los alrededores. ¿No ha oído usted hablar los
Broads de Norfolk, señor? Lo que en otras partes de Inglaterra llaman lagos,
aquí lo llaman Broads. Son muy numerosos. Creo que vale la pena visitarlos.
Usted habría podido ver el primero de ellos, Mr. Midwinter, si hubiese caminado
unos pocos kilómetros más desde el lugar donde tuve el honor de conocerlo. Los
Broads, como le decía, son muy numerosos, señor, y se reparten entre esta zona
y el mar. A unos cinco kilómetros del mar, Mr. Midwinter; sí a unos cinco
kilómetros. En su mayoría son poco profundos y discurren ríos entre ellos. Es
un paraje muy hermoso, solitario. Una zona muy húmeda, Mr. Midwinter,
completamente distinta de todas las demás. A veces vienen grupos a visitarla,
señor, en excusiones en barca. Es una pequeña red de lagos, o quizá..., sí,
quizá sería más correcto decir estanques. Es un buen lugar para la caza,
durante los meses fríos. Abundan allí las aves salvajes. Sí, los Broads merecen
que los visite, Mr. Midwinter, la próxima vez que salga de paseo en aquella
dirección. La distancia desde aquí hasta Little Gill Beck, y desde Little Gill
Beck hasta Girdler Broad, que es el primero que se encuentra, sólo es de...
Llevado de su nerviosismo, habría seguido sin
duda hablando de los Broads de Norfolk durante el resto de la tarde, si uno de
sus dos interlocutores no lo hubiese interrumpido sin cumplidos antes de que
terminara la frase.
—¿Es fácil ir y volver en un día de los
Broads, en coche? —preguntó Allan, pensando que, en este caso, había encontrado
el lugar adecuado para el picnic.
-¡Oh, sí, señor! ¡Una excursión muy bonita, desde su hermosa mansión!
Ahora estaban subiendo la escalinata del
porche y Allan, que iba en cabeza, invitó a Midwinter y a Mr. Baswood a
seguirlo a la biblioteca, donde había una lámpara encendida. En el intervalo
que transcurrió hasta que les trajeron el vino, Midwinter observó al hombre que
había conocido por casualidad en la carretera, con una extraña mezcla de
compasión y desconfianza; compasión que aumentaba a su pesar y desconfianza que
se iba reduciendo, aunque él se esforzaba en fortalecerla. Allí, incómodamente
sentado en el borde de un sillón, el pobre y nervioso infeliz de raído traje
negro, ojos acuosos, pechera gastada, peluca vieja, dentadura postiza que no
engañaba a nadie, e inquietos y corteses modales, pestañeaba bajo la luz de la
lámpara o se estremecía impresionado por el vozarrón de Allan; un hombre con
las arrugas de sesenta años en el rostro y la actitud de un niño en presencia
de desconocidos; ¡un hombre ciertamente digno de compasión como el que más!
—Si hay algo que le inquieta, Mr. Bashwood
—gritó Allan, mientras le servía un vaso de vino—, ¡deseche sus temores! ¡Ni un
barril de este vino le produciría dolor de cabeza! Póngase cómodo. Le dejaré a
solas con Mr. Midwinter para que hablen de su asunto. Lo he dejado todo en
manos de Mr. Midwinter, él actúa en mi nombre y lo resuelve todo a su propia
discreción.
Dijo estas palabras eligiéndolas
cuidadosamente, cosa muy rara en él y, sin más explicaciones, se dirigió a la
puerta. Midwinter, que estaba sentado cerca de ésta, observó la expresión de su
semblante al salir. Aunque era fácil ganarse el favor de Allan, saltaba a la
vista que, por alguna razón indescifrable, Mr. Bashwood no lo había conseguido.
Los dos extraños compañeros se quedaron solos,
incapaces, a los ojos de un observador superficial, de establecer el menor lazo
de simpatía entre ellos, pero atraído invisiblemente por esas magnéticas
similitudes de termperamento que superan toda diferencia de edad o de posición
y desafían todas las aparentes disparidades de inteligencia y de carácter.
Desde el momento en que Allan salió de la estancia, la influencia oculta que
trabaja en la oscuridad empezó a atraer lentamente a los dos hombres, a través
del gran desierto social que había existido entre ellos hasta la fecha.
Midwinter fue el primero en aludir al objeto
de la entrevista.
—¿Puedo preguntarle si está enterado de mi
posición aquí y si sabe por qué necesito su ayuda?
Mr. Bashwood, todavía tímido y vacilante, pero
visiblemente aliviado por la partida de Allan, se acomodó un poco en el sillón
y se atrevió a darse ánimo con un modesto sorbo de vino.
Sí, señor—respondió—. Mr. Pedgift me
informó..., creo que puedo decirlo así, de todas las circunstancias. Tengo que
enseñarle, o quizá diría mejor aconsejarlo... —No, Mr. Bashwood, la primera
palabra es la más adecuada. Soy completamente lego en las funciones que Mr.
Armadale ha tenido la bondad de confiarme. Si no entendí mal, está usted
plenamente capacitado para instruirme, ya que desempeñó un cargo de
administrador. ¿Puedo preguntarle dónde?
—En casa de Sir John Mellowship, señor, en
West Norfolk. Quizá quiera usted ver su informe, pues lo traigo aquí. Sir John
hubiese podido portarse más amablemente conmigo..., pero no me quejo. ¡Ahora es
agua pasada!
Sus ojos acuosos parecieron más acuosos
todavía y el temblor de las manos se contagió a los labios mientras sacaba de
la cartera una vieja y arrugada carta para abrirla acto seguido sobre la mesa.
El informe estaba breve y fríamente redactado,
pero era concluyente. Sir John consideraba justo declarar que no tenía ninguna
queja de la capacidad ni de la integridad de su administrador. Si la posición
doméstica de Mr. Bashwood hubiese sido compatible con la continuación de sus
funciones en la hacienda, Sir John lo habría conservado de buen grado. Pero
dificultades suscitadas por asuntos personales de Mr. Bashwood habían hecho que
no fuese aconsejable su permanencia al servicio de Sir John. Éste era el único
motivo de haber cesado en su empleo. Tal era el informe de Sir John sobre la
conducta de Mr. Baswood. Mientras leía las últimas líneas, Midwinter pensó en
otro certificado de conducta que tenía aún en su poder: el que le habían dado
en el colegio cuando lo despidieron como portero por enfermedad. Su
superstición (desconfiar de todo lo que sucedía y de todas las nuevas caras que
veía en Thorpe-Ambrose) lo impulsaba todavía a dudar del hombre que tenía ante
sí. Pero cuando trató de traducir estas dudas en palabras, su corazón lo
reprendió y Midwinter dejó la carta sobre la mesa sin decir palabra.
La súbita pausa que se había producido en la
conversación pareció sobresaltar a Mr. Bashwood. Se confortó con otro traguito
de vino y, sin tocar la carta, dio rienda suelta a su verborrea, como si el
silencio le resultase insoportable.
—Estoy dispuesto a contestar cualquier
pregunta, señor —empezó—. Mr. Pedgift me dijo que debía hacerlo ya que
solicitaba un puesto de confianza. Mr. Pedgift añadió que probablemente ni Mr.
Armadale ni usted considerarían suficiente el informe. Sir John no dice...,
habría podido expresarse más amablemente, pero no me quejo..., Sir John no dice
cuáles fueron las dificultades que causaron la pérdida de mi empleo. Si desea
usted conocerlas...
Se interrumpió confuso, miró el informe y no
añadió más.
—Si el asunto sólo me interesase a mí
—intervino Midwinter— le aseguro que consideraría completamente satisfactorio
este informe. Pero como estoy aprendiendo mis nuevas funciones, la persona que
me enseñe será de hecho el verdadero administrador de la hacienda de mi amigo.
Me resulta desagradable pedirle que hable de un tema que puede ser doloroso
para usted y, por desgracia, no tengo experiencia en formular preguntas como
las que debería hacerle; pero quizás, en interés de Mr. Armadale, debería
averiguar algo más de usted, ya sea de sus propíos labios o de los de Mr.
Pedgift, si lo prefiere...
Ahora fue él quien se interrumpió confuso,
miró el informe y no dijo más.
Hubo otro momento de silencio. La noche era
cálida y Mr. Bashwood, entre otras desgracias, tenía el lamentable defecto de
sudarle las manos. Sacó del bolsillo un pequeño pañuelo de algodón, hizo con él
una bola y lo pasó delicadamente de una mano a otra con la regularidad o un
péndulo. Realizada por otra persona y en otras circunstancias, esta acción
hubiese podido parecer ridícula. Llevada a cabo por este hombre en el momento
crítico de la entrevista, resultaba horrible.
—El tiempo de Mr. Pedgift es demasiado
valioso, señor, para que lo pierda por mi culpa —dijo—. Seré yo quien le
transmita lo que debe saber, si usted me lo permite. Fui desgraciado en mi vida
familiar. Ésta fue muy dura para mí, aunque no haya gran cosa que contar. Mi
esposa...-Apretó con fuerza el pañuelo en una mano, se humedeció los labios
resecos, hizo un esfuerzo y prosiguió-: Mi esposa, señor, fue un obstáculo en
mi camino, me indispuso (lamento tener que confesarlo) con Sir John. Poco
después de que yo consiguiese el cargo de administrador, ella contrajo...,
adquirió..., cayó (no sé cómo decirlo) en el vicio de la bebida. Yo no podía
quitárselo ni podía ocultarlo constantemente al conocimiento de Sir John. Fue
de mal en peor y, un par de veces, puso a prueba la paciencia de Sir John
cuando éste vino a mi oficina por cuestiones de negocios. El lo excusó; no muy
amablemente, pero lo excusó. No tengo queja alguna de Sir John, y... tampoco la
tengo ahora de mi esposa. —Señaló con un dedo tembloroso el crespón negro que
envolvía su pobre sombrero de castor que había dejado en el suelo—. Llevo luto
por ella —anunció, débilmente—. Murió hace poco menos de un año en el manicomio
del condado. —Su boca inició unos movimientos convulsivos. El hombre tomó el
vaso de vino y, en vez de sorber, esta vez lo apuró de un trago—. No estoy muy
acostumbrado al vino, señor —dijo, por lo visto consciente del rubor que le
teñía las mejillas al beber y sin olvidar las normas de la cortesía en medio de
la aflicción que le producían los recuerdos que acababa de evocar.
—Le ruego, Mr. Bashwood, que no se entristezca
contándome más cosas —dijo Midwinter, rehusando insistir en unas revelaciones
que habían puesto ya al desnudo las penas del desgraciado administrador.
Se lo agradezco mucho, señor —le respondió Mr.
Bashwood—. Pero si no lo entretengo demasiado, recuerde que tengo instrucciones
muy particulares de Mr. Pedgift... Además, sólo mencioné a mi difunta esposa
porque si ella no hubiese abusado de la paciencia de Sir John, las cosas
habrían podido ser muy diferentes... —Se interrumpió, dejando inconcluso el
incoherente párrafo en el que se había enredado, y ensayó otro derrotero—. Sólo
tuve dos hijos, señor —continuó, pasando a un nuevo punto de su narración—, un
chico y una chica. La niña murió cuando era aún muy pequeña. Mi hijo vivió y
creció, y él fue la causa de que perdiese mi puesto. Hice cuanto pude por él,
le conseguí trabajo en una oficina respetable de Londres. Pero no quisieron
aceptarlo sin una garantía. Creo que cometí una imprudencia, pero no tenía
amigos ricos a quienes recurrir... y yo mismo me constituí en aval. Mi hijo se
descarrió, señor. Él..., espero que me comprenderá, señor, si le digo que se
comportó de un modo poco honrado. Sus patronos se avinieron, a petición mía, a
despedirlo sin demandarlo ante la ley. Se lo supliqué encarecidamente, pues
quería mucho a mi hijo James; me lo llevé a casa e hice todo lo posible por
reformarlo. Pero él no quiso quedarse conmigo, volvió de nuevo a Londres y...
¡Discúlpeme, señor! Temo que estoy confundiendo las cosas, temo que me estoy
apartando de la cuestión...
—No, no —lo tranquilizó amablemente
Midwinter—. Si cree usted que debe contarme esta triste historia, hágalo a su
manera. ¿Ha vuelto a ver a su hijo desde que lo abandonó para marcharse a
Londres?
—No, señor. Que yo sepa, todavía sigue allí.
La última vez que tuve noticias de él, se estaba ganando el pan... no muy
honradamente. Estaba empleado, a las órdenes del inspector, en la agencia de
detectives privados de Shadyside Place.
Dijo estas palabras (al parecer las más
irrelevantes que había pronunciado en relación con su historia, dado el estado
de las cosas, pero en realidad, según pronto demostrarían los acontecimientos,
las de más vital importancia que habían brotado de sus labios) con aire
distraído, mirando confuso alrededor y tratando en vano de encontrar el hilo de
la narración.
Midwinter, siempre compasivo, lo ayudó.
—Me estaba usted diciendo que su hijo fue la
causa que perdiese su puesto. ¿Cómo ocurrió?
—Ocurrió de esta manera, señor —continuo
Bashwood, volviendo muy excitado a la historia—. Sus paronos consintieron en
dejarlo marchar, pero se echaron sobre su avalador, o sea, sobre mí. Supongo
que no debo culparlos por ello, la fianza era para cubrir sus pérdidas. Yo
podía pagarlo todo con mis ahorros y tuve que pedir dinero prestado; le doy mi
palabra, señor, de que no tenía otra alternativa: tuve que pedir dinero
prestado. Mi acreedor me apremió, parecía cruel, pero supongo que estaba en su
derecho al exigir el dinero. Me embargaron cuanto tenía. Supongo que cualquier
caballero habría dicho lo mismo que Sir John, supongo que la mayoría de las
personas se habrían negado a tener un administrador perseguido por los
alguaciles y cuyos muebles se vendían en subasta. Este fue el final, Mr.
Midwinter. No lo entretendré más: aquí está la dirección de Sir John por si
desea usted confirmar lo que acabo de contarle.
Midwinter rehusó generosamente la dirección.
Muchísimas gracias, señor —dijo Mr. Bashwood,
al tiempo que se ponía temblorosamente en pie—. Creo que no tengo que decirle
nada más, salvo... salvo que Mr. Pedgift responderá de mí, sí desea usted
interrogarlo acerca de mi conducta a su servicio. Estoy muy agradecido a Mr.
Pedgift, a veces es un poco rudo conmigo, pero si no me hubiese aceptado en su
oficina, creo que habría ido a parar al asilo cuando dejé de trabajar para Sir
John, tan arruinado estaba. —Cogió del suelo su viejo y raído sombrero—. No lo
molestaré más, señor. Con mucho gusto volveré otro día, si desea usted tomarse
tiempo para pensarlo antes de decidir.
—No necesito reflexionar, después de lo que
usted me ha dicho —respondió amablemente Midwinter, que recordó aquella ocasión
en que él contó su historia a Mr. Brock y espero una palabra generosa como
respuesta igual que la esperaba ahora el hombre que tenía ante él—. Hoy es
sábado —prosiguió—. ¿Puede usted venir y darme su primera lección el lunes por
la mañana? Perdone —añadió para atajar las profusas expresiones de
agradecimiento de Mr. Baswood y detenerlo antes de que saliese de la
habitación—, pero queda un detalIe por resolver, ¿no es cierto? Todavía no
hemos hablado de su interés en este asunto, quiero decir de sus condiciones.
Se había referido de un modo un tanto confuso
al aspecto monetario del asunto. Mr. Bashwood (que cada vez se acercaba más a
la puerta) respondió en términos más confusos.
—Lo que usted diga, señor, lo que usted
considere justo. No lo entretendré más, dejaré esta cuestión a criterio de
usted y de Mr. Armadale.
—Si usted quiere, enviaré a buscar a Mr.
Armadale —dijo Midwinter, que lo siguió hasta el vestíbulo—. Pero temo que
tiene tan poca experiencia como yo en esta clase de asuntos. Quizá, si no tiene
usted inconveniente, podríamos seguir las indicaciones de Mr. Pedgift.
Mr. Bashwood aceptó al instante esta sugerencia respondió, ya desde la
puerta:
—Sí, señor... ¡Oh, sí, sí! Nadie mejor que Mr.
Pedgift No... no moleste a Mr. Armadale, se lo ruego. —Sus ojos acuosos
parecieron nerviosamente alarmados cuando se volvió un momento, a la luz de la
lámpara del vestíbulo, para hacer aquel cortés requerimiento. Si enviar a
buscara Allan hubiese sido equivalente a desencadenar un feroz perro guardián,
difícilmente se habría mostrado Mr. Bashwood más ansioso de impedirlo—. Le
deseo muy buenas noches, señor —siguió diciendo al acercarse a la escalinata—.
Le estoy muy agradecido y el lunes por la mañana seré escrupulosamente puntual.
Espero..., pienso... estoy seguro de que pronto aprenderá todo lo que pueda en
señarle. No es difícil..., ¡oh, no...!, no es difícil en absoluto. Le deseo
buenas noches, señor. Hace una noche hermosa, sí, ciertamente muy hermosa para
ir andando hasta casa.
Después de pronunciar atropelladamente estas
palabras y sin advertir la mano que le tendía Midwinter, tan aturrullado estaba
al despedirse, bajó sin ruido los peldaños y se perdió en la oscuridad de la
noche.
Cuando Midwinter se volvió para entrar de
nuevo en la casa, se abrió la puerta del comedor y su amigo se unió con él en
el vestíbulo
—¿Se ha marchado Mr. Bashwood? —le pregutó
Allan.
—Se ha marchado —respondió Midwinter— después
de contarme una historia muy triste y de dejarme un poco avergonzado por haber
dudado de él sin una causa justa. Hemos convenido en que me dará mi primera
lección como administrador el lunes por la mañana.
Muy bien —dijo Allan—. No debes temer, viejo
amigo, que interrumpa tus estudios. Es posible que me equivoque, pero no me
gusta Mr. Bashwood.
Lo estás —replicó el otro con cierto mal
humor.
El domingo por la mañana, Midwinter estaba en
el parque, esperando que pasara el cartero, por si traía más noticias de Mr.
Brock. A la hora habitual, el hombre hizo su aparición y dejó la esperada carta
en manos de Midwinter. Éste la abrió y, sin temor a que le observasen esta vez,
leyó las siguientes líneas:
«Mi querido Midwinter: Le escribo más para
calmar su impaciencia que porque tenga algo definitivo que decirle. En mi
última carta, escrita a vuelapluma, no tuve tiempo de decirle que la mayor de
las dos mujeres con quienes me tropecé en los jardines me había seguido y me
había abordado en la calle. Creo que puedo calificar lo que me dijo (sin
mostrarme injusto con ella) como una sarta de falsedades desde el principio
hasta el fin. En cualquier caso confirmó mi sospecha de que se está urdiendo
algo en contra de Allan y de que la principal instigadora de la conspiración es
aquella mujer ruin que contribuyó al matrimonio de su madre y que precipitó su
muerte.
Convencido de esto no he vacilado en hacer, en
bien de Allan, lo que no habría hecho por nadie más en el mundo. He dejado mi
hotel y me he instalado (con mi viejo criado Robert) en una casa que está
enfrente de aquella donde localicé a las dos mujeres. Nos turnamos día y noche
en la vigilancia (sin que lo adviertan, estoy seguro de ello, las vecinas de
enfrente). Todos mis sentimientos de caballero y de clérigo se rebelan contra
el papel que desempeño ahora, pero no hay alternativa. O violento de esta manera
mi dignidad, o dejo que Allan, con su ingenuo carácter y en su vulnerable
posición, se defienda solo contra una malvada que está dispuesta, lo creo
firmemente, a aprovecharse sin el menor escrúpulo de sus flaquezas y de su
juventud. El ruego de su madre moribunda no se ha apartado nunca de mi memoria
y, como consecuencia, estoy dispuesto a degradarme a mis propios ojos.
Mi sacrificio ha tenido ya alguna recompensa.
Hoy (sábado) he obtenido una enorme ventaja: he visto al fin la cara de la
mujer. Ésta salió de casa con el velo bajado como siempre y Robert no la perdió
de vista, con instrucciones mías de que, si volvía, no la siguiese hasta la
puerta. Ella volvió a la casa y mi precaución dio por resultado, como había
esperado, que bajase la guardia. Le vi la cara descubierta en la ventana y
después en el balcón. Si tengo ocasión de describirla con más detalle, se lo
comunicaré. De momento sólo puedo decir que parece una mujer madura (de unos
treinta y cinco años) tal como usted había calculado y que en modo alguno es
tan hermosa como yo (sin saber por qué) había presumido.
Esto es cuanto puedo decirle. Si no ocurre
nada más el lunes o el martes próximos, no tendré más remedio que pedir ayuda a
mis abogados, aunque soy reacio a confiar este delicado y peligroso asunto a
otras manos que no sean las mías. Sin embargo, dejando aparte mis propios
sentimientos, el asunto que me ha traído a Londres es demasiado importante para
jugar mucho tiempo con él, como estoy haciendo ahora. En cualquier caso, tenga
la seguridad de que lo tendré informado del curso de los acontecimientos.
Suyo afectísimo,
Decimus Brock.»
Midwinter se guardó la misiva en la cartera,
como había guardado la anterior, junto a la narración del sueño Allan.
«¿Cuántos días más? —se preguntó, mientras
volvía a la casa—. ¿Cuántos días más?»
No muchos. El tiempo que esperaba estaba casi
al alcance de su mano.
Llegó el lunes, y con él Mr. Bashwood,
puntualmente a la hora convenida. Allan estaba entregado a sus preparativos
para el picnic. Sostuvo una serie de entrevistas, en casa y fuera de ella,
durante todo el día. Negoció con Mrs. Gripper, con el mayordomo y con el
cochero, en sus resectivas funciones de encargados de la comida, de la bebida y
del transporte. Acudió a la población para consultar con sus asesores
profesionales sobre el tema de los Broads y para invitar a los dos abogados,
padre e hijo (a falta de otras personas de la vecindad dispuestas a aceptar), a
participar en la excursión. Pedgift padre (en su oficina) le suministró
información general, pero le pidió que lo excusase de acompañarlo, debido a
compromisos de su oficio. Pedgift hijo (en su departamento) añadió todos los
detalles y, haciendo caso omiso de los compromisos de su oficio, aceptó la
invitación de buena gana. Cuando volvía del despacho del abogado, dirigióse
Allan a la casa del comandante y obtuvo la aprobación de Miss Milroy del lugar
elegido para la excursión. Conseguido este objetivo, regresó a su propia casa
para vencer la última dificultad conque debía enfrentarse: persuadir a
Midwinter de que participase en la expedición a los Broads.
Al abordar el tema, Allan encontró a su amigo
absolutamente resuelto a permanecer en casa. Probablemente habría podido vencer
el rechazo natural de Midwinter a encontrarse con el comandante y con su hija
después de lo acaecido en la casa de éstos, pero su determinación de no
interrumpir las clases que debía impartirle Mr. Bashwood resistió todos los
esfuerzos por disuadirlo. Después de ejercer su influencia hasta el máximo,
Allan tuvo que contentarse con una transacción. Midwinter le prometió, a
regañadientes, reunirse con el grupo al atardecer, en un lugar convenido, para
un té al aire libre que debía poner fin a las celebraciones del día. Era todo
lo que estaba dispuesto a hacer para aprovechar la oportunidad de congraciarse
con los Milroy. No cedería en nada más, a pesar de las dotes de persuasión de
Allan, y habría sido inútil insistir.
Llegó el día del pícnic. La espléndida mañana
y el alegre bullicio de los preparativos de la expedición no bastaron para
tentar a Midwinter a alterar su resolución. Puntualmente, se levantó de la mesa
del desayuno para ir a reunirse con Mr. Bashwood en el despacho del
administrador. Allí, en la parte trasera de la casa, se encerraron
tranquilamente los dos para examinar los libros mientras en la parte de delante
se empaquetaban las cosas para la excursión. El joven Pedgift (bajo de
estatura, elegante en el vestir y seguro en sus modales) llegó poco antes de la
hora señalada para la partida, para revisar todos los planes y hacer las
últimas sugerencias, dado su conocimiento del lugar. Allan y él estaban todavía
comentando los detalles cuando surgió el primer contratiempo. Alguien informó a
Allan que la criada del cottage estaba abajo y esperaba respuesta a la nota que
su joven ama le enviaba.
Por lo visto, las emociones de Miss Milroy
habían ganado en esta ocasión a su sentido de la discreción. El tono de la
carta era febril y la letra se torcía arriba y abajo, con deplorable olvido del
debido comedimiento.
«¡Oh, qué desgracia, Mr. Armadale! —escribía
la hija del comandante—. ¿Qué vamos a hacer? Papá ha recibido esta mañana una
carta de la abuelita con referencia a la nueva institutriz. Le dieron todos los
informes que pidió y la persona en cuestión está dispuesta a venir
inmediatamente. La abuelita pensó (¡qué fastidio!) que cuanto antes viniese,
tanto mejor sería, y dice que podemos esperar su llegada (quiero decir de la
institutriz) hoy mismo o mañana. Papá (tan absurdamente considerado con todo el
mundo) dice que no podemos permitir que Miss Gwilt llegue aquí (si es que llega
hoy) y no encuentre a nadie en casa para recibirla. ¿Qué podemos hacer?
¡Lloraría de rabia! Aunque la abuelita dice que es una persona encantadora,
Miss Gwilt me está causando una pésima impresión. ¿Puede usted sugerir algo,
querido Mr. Armadale? Estoy segura de que papá cedería, si se le ocurriese
alguna idea. Contésteme enseguida. Me compré un sombre nuevo para el picnic y,
¡oh!, es terrible no saber si puedo seguir con él o tengo que quitármelo.
Suya afectísima,
E.M.
-¡Que el diablo se lleve a Miss Gwilt!
—exclamó Allan mientras observaba, consternado e impotente, a su asesor
jurídico.
-Le aseguro que no quisiera pecar de
indiscreto, señor- intervino el joven Pedgift—, pero ¿puedo preguntarle de qué
se trata?
Allan se lo dijo. Mr. Pedgift, hijo, podía
tener sus defectos, pero la falta de recursos no era uno de ellos.
—Hay una manera de resolver el problema, Mr.
Armadale —propuso—. Si la institutriz llega hoy, podría asistir también al
picnic.
Allan abrió mucho los ojos, asombrado.
—Nuestro pequeño grupo no necesita todos los
caballos y los carruajes de Thorpe-Ambrose —prosiguió el joven Pedgift—. ¡Claro
que no! Muy bien. Si Miss Gwilt llega hoy, no podrá estar aquí antes de las
cinco. Bien. Ordene usted que un carruaje descubierto espere a partir de
aquella hora frente a la puerta de la casa del comandante y yo daré al cochero
las instrucciones pertinentes acerca del lugar adonde debe ir. Cuando llegue la
institutriz al cottage, debe encontrar también una notita de disculpa (junto con
el pollo frío o el refrigerio que le den para reponerse del viaje), donde se le
rogará que se reúna con nosotros en el picnic. Pondremos un carruaje a su
disposición. Bueno, señor —terminó alegremente el joven Pedgift—, tendría que
ser muy susceptible si se creyera desdeñada después de esto.
—¡Magnífico! —exclamó Allan—. Se le tendrán
todas las atenciones. Le prestaré el tílburi, el poney y las guarniciones
blancas y podrá conducir ella misma, si le apetece. Escribió unas líneas para
calmar las aprensiones de Miss Milroy y dio las órdenes necesarias para que
preparasen el tílburi. Diez minutos más tarde, los carruajes del grupo estaban
ante la puerta.
Después de habernos tomado todas estas
molestias por ella —dijo Allan, refiriéndose de nuevo a la institutriz cuando
salía de la casa—, me pregunto si la veremos en el pícnic, en el caso de que
llegue hoy.
-Esto dependerá enteramente de su edad, señor
—observó el joven Pedgift, quien pronunció su juicio con la confianza en sí
mismo que lo distinguía—. Si es vieja, estará rendida después del viaje y se
contentará con comer pollo frío en el cottage. Si es joven, o yo no conozco a
las mujeres, o el poney y las guarniciones blancas la traerán al picnic. Acto
seguido emprendieron la marcha hacia la casita del comandante.
CAPÍTULO VIII
LOS BROADS DE NORFOLK
El grupito que se hallaba reunido en el salón
del comandante Milroy, esperando los carruajes de Thorpe-Ambrose, difícilmente
habría causado la impresión a cualquier observador ocasional de unos invitados
a un picnic. A juzgar por su aspecto exterior, su seriedad habría sido más
propia de un grupo reunido con la expectativa de una boda.
Incluso Miss Milroy, aunque consciente de su
atractivo, realzado por un elegante vestido de muselina y por el sombrero nuevo
adornado con plumas, parecía preocupada en aquel crítico momento. Aunque la
nota de Allan le había asegurado, en términos rotundos, que el gran problema de
conciliar la llegada de la institutriz con la celebración del pícnic estaba
resuelto, continuaba dudando de que el plan proyectado —fuera el que fuese—
mereciera la probación de su padre. En pocas palabras, Miss Milroy no estaría segura
de pasar un día placentero hasta que llegase el carruaje y se la llevase de la
casa. En cuanto al comandante, ataviado para la festiva ocasión con una ceñida
levita azul que no había llevado desde hacía muchos años y amenazado por todo
un día de separación de su viejo amigo y camarada, el reloj, estaba totalmente
fuera de su elemento. En lo tocante a los amigos que habían sido invitados a
petición de Allan —la dama viuda (Mrs. Pente cost) y su hijo delicado de salud
(reverendo Samuel)—habría sido imposible descubrir en toda Inglaterra dos
personas aparentemente menos capaces de contribuir a que el día fuese
divertido. Un joven que representa su papel en sociedad contemplando el mundo a
través de una gafas verdes y escuchando con una sonrisa enfermiza en los labios
puede ser un prodigio de inteligencia y un tesoro de virtud, pero no parece el
hombre más adecuado para un pícnic. Una anciana aquejada de sordera, que centra
en su hijo todo su interés y que (en las por fortuna raras ocasiones en que abre
los labios) pregunta ansiosamente a todo el mundo «¿Qué ha dicho mi hijo?»,
puede ser digna de compasión por sus dolencias y de admiración por su amor
maternal, pero no la persona más idónea para llevar a un pícnic, en caso de
poder evitarlo. Así eran el reverendo Samuel y su señora madre, quienes, a
falta de otros posibles invitados, se habían comprometido a comer, beber y
estar alegres durante todo el día, en la fiesta de Mr. Armadale en los Broads
de Norfolk.
La llegada de Allan con su fiel seguidor, el
joven Pedgift, pisándole los talones, avivó el ánimo decaído del grupo del
cottage. El plan para que la institutriz pudiese asistir al pícnic si llegaba
aquel día satisfizo incluso al comandante Milroy, ansioso de prestar todas las
debidas atenciones a la dama que habría de compartir su casa. Después de
escribir la nota de disculpa y de invitación, y de dirigirla con su mejor
caligrafía a la nueva institutriz, Miss Milroy subió corriendo la escalera para
despedirse de su madre y regresó, con cara sonriente y una mirada de alivio
dirigida a su padre, para anunciar que nada retenía ya al grupo dentro de la
casa. Todos dirigieron inmediatamente sus pasos a la puerta del jardín, donde
tropezarron con la segunda gran dificultad del día. ¿Cómo tenían que
distribuirse las seis personas que participaban en la excursión entre los dos
coches descubiertos que las estaban esperando?
Una vez más, el joven Pedgift hizo gala de su
valioso ingenío. El culto joven poseía en grado sumo un don más o menos
peculiar de todos los jóvenes de la era en que vivimos: era perfectamente capaz
de divertirse sin olvidar su ocio. Un cliente como el dueño de Thorpe-Ambrose
raras veces estaba al alcance de su padre y prestar una atención especial pero
disimulada a Allan durante todo el día era la tarea que el joven Pedgift se
impondría desde el principio hasta el fin de la excursión, sin privarse por
ello de la animación y la diversión del pícnic. Había detectado inmediatamente
lo que ocurría entre Miss Milroy y Allan, y al instante había favorecido las
inclinaciones de su cliente en aquel asunto, al ofrecerse, dado su conocimiento
del lugar, para abrir la marcha en el primer carruaje después de preguntar al
comandante Milroy y al cura si le harían el honor de acompañarlo.
—Pasaremos por un lugar muy interesante para
un militar, señor —anunció el joven Pedgift, dirigiéndose al comandante con su
alegre y descarada confianza—. Allí están los restos de un campamento romano.
Mi padre, señor —prosiguió el joven abogado, volviéndose hacia el sacerdote—,
me dijo que le pidiese su opinión sobre los nuevos edificios de la escuela
infantil de Little Gill Beck, a cuya construcción contribuye. ¿Tendrá usted la
bondad de dármela cuando pasemos por allí?
Abrió la portezuela del carruaje y ayudó al
comandante y al cura a subir, antes de que ninguno de los dos pudiese plantear
algún reparo. Consecuencia necesaria de ello fue que Allan y Miss Milroy
viajaron en el mismo carruaje, en compañía de una anciana sorda, para que las
atenciones del hacendado no rebasaran los límites de la decencia.
Nunca había disfrutado Allan de una
conversación con Miss Milroy como la que mantuvieron en el camino hacia los
Broads. La buena señora, después de un par de comentarios sobre su hijo, hizo
lo único que faltaba para la completa felicidad de sus dos jóvenes
acompañantes: se quedó convenientemente ciega, además de sorda. Un cuarto de
hora después de haber salido el carruaje de la casa del comandante, la pobre
anciana, descansando sob los cómodos cojines y acariciada por una tenue brisa
de verano, se quedó apaciblemente dormida. Allan galanteó -Miss Milroy y ella
aprobó la forma en que él le presentaba este precioso artículo de relación
humana, ambos indiferentes a la solemne música de fondo de dos notas que tocaba
la confiada nariz de la madre del cura. Las únicas interrupciones del cortejo
(los ronquidos, de naturaleza más grave y permanente, no se veían interrumpidos
por nada) venían de vez en cuando del carruaje de delante. No satisfecho con
mostrar el campamento romano al comandante y la escuela infantil al pastor, el
joven Pedgift se levantaba en alguna ocasión de su asiento para dirigirse al
vehículo de atrás y llamar la atención de Allan, con su aguda voz de tenor y
una excelente elección de las palabras, sobre los objetos interesantes ante los
que pasaban. La única manera de hacerlo callar era responderle, lo cual Allan
hacía invariablemente gritándole: «Sí, muy hermoso.» Después de oír la
respuesta, el joven Pedgift desaparecía de nuevo en su carruaje y continuaba
con el tema de los romanos y de los niños en el punto donde lo había dejado.
El escenario por donde discurría ahora el
grupo merecía mucha más atención de la que le prestaban Allan y sus amigos.
Al cabo de una hora de viaje, el joven
Armadale y sus invitados habían llegado más allá de los límites del paseo
solitario de Midwinter y estaban cada vez más cerca de uno de los más extraños
y adorables espectáculos que ofrece la naturaleza, no sólo en Norfolk, sino en
toda Inglaterra. Poco a poco, el aspecto del paisaje empezó a cambiar mientras
los carruajes se acercaban al remoto y solitario distrito de los Broads. Los
trigales y los campos de nabos se hicieron visiblemente más escasos y los
verdes pastizales a ambos lados del camino se ensancharon mas y más,
majestuosos y suaves. Montones de juncos secos y de cañas empezaron a aparecer
a ambas orillas de la carretera, dejados allí para el cestero y el hombre que
instalaba las bardas. Las viejas casas de campo de tejado en gablete de la
primera parte del trayecto menguaron hasta desaparecer y chozas con paredes de
adobe las sustituyeron. Junto a las antiguas torres de iglesia y los molinos de
viento hidráulicos, que habían sido hasta entonces las únicas construcciones
altas que se veían sobre el suelo llano y pantanoso, alzábanse en el horizonte,
deslizándose lentas distantes detrás de las hileras de sauces desmochados, las
velas de barcas invisibles sobre aguas invisibles. Todas las extrañas y
sorprendentes anomalías propias de una región agrícola de tierra adentro,
aislada de otras zonas por la intrincada red circundante de estanques y
riachuelos, cuyas comunicaciones y transportes eran acuáticos en vez de
terrestres, empezaron a manifestarse en sucesión creciente. Aparecieron redes
sobre las estacadas de las casitas de campo; pequeños botes de quilla plana
descansaban extrañamente entre las flores de los jardines de los cottages;
pasaban hombres ataviados con prendas propias de la costa mezcladas con las del
campo: gorros de marinero, botas de pescador y blusones de labrador. Sin
embargo, el bajo laberinto acuático, encerrado en su misterio de soledad,
seguía siendo un laberinto oculto. Un instante después los carruajes dejaron
súbitamente la dura carretera y pasaron aun caminito herboso. Las ruedas
giraron sin ruido sobre el suelo húmedo y esponjoso. Apareció una casita
solitaria, rodeada de redes y de botes. Unos metros más allá, el último pedazo
de tierra firme terminó de pronto en una caleta y un muelle. Un trecho más
hasta el final del muelle y allí, extendiendo su gran sábana de agua brillante
y lisa a brecha y a izquierda, pura en su inmaculado azul, tranquila como el
cielo de verano en lo alto, estaba el primero de los Broads de Norfolk.
Los carruajes se detuvieron, se acabó el
galanteo y la venerable Mrs. Pentecost, quien recobró en el acto el uso de sus
sentidos, fijó severamente la mirada en Allan en el momento de despertarse.
Jer
-Leo en su cara, Mr. Armadale —dijo vivamente
la anciana— que usted piensa que estaba durmiendo.
La conciencia de la propia culpa actúa de modo
diferente en los dos sexos. En nueve casos de cada diez, la mujer maneja mucho
mejor que el hombre esta conciencia. En esta ocasión, toda la confusión fue
manifestada por el hombre. Mientras Allan enrojecía y parecía confuso, la
astuta Miss Milroy abrazó inmediatamente a la anciana y, estalló en inocentes
carcajadas.
—Querida Mrs. Pentecost —dijo la pequeña
hipócrita—, él es incapaz de una cosa tan ridícula como pensar que estaba usted
durmiendo.
—Sólo quiero —siguió diciendo la anciana,
todavía recelosa— que Mr. Armadale sepa que, como me mareo con facilidad, tengo
que cerrar los ojos cuando voy en coche. Cerrar los ojos, Mr. Armadale, es una
cosa, y dormirse es otra muy distinta. ¿Dónde está mi hijo?
El reverendo Samuel apareció silenciosamente
junto a la portezuela del carruaje, con las gafas verdes y su sonrisa enfermiza
en perfecto orden, y ayudó a su madre a apearse. («¿Has disfrutado del paseo,
Sammy? —preguntó la dama—. Un hermoso paisaje, ¿verdad, querido?») El joven
Pedgift, que tenía que cuidar de todos los preparativos para explorar los
Broads, iba de un lado a otro, dando órdenes a los barqueros. El comandante
Milroy, plácido y paciente, se había sentado aparte sobre una batea vuelta
panza arriba y consultaba disimuladamente el reloj. ¿Era ya más del mediodía?
Sí, más de la una. Por primera vez desde hacía un año, el famoso reloj había
sonado en un taller vacío. El Tiempo había levantado su maravillosa guadaña y
el cabo y sus hombres habían relevado la guardia sin que los ojos de su dueño
hubiesen observado sus evoluciones y sin que la mano de éste los hubiese
animado a portarse lo mejor posible. El comandante suspiró mientras se guardaba
de nuevo el reloj en el bolsillo. «Me parece que soy demasiado viejo para estas
cosas —pensó el buen hombre, mirando a su alrededor con aire soñador-. No
encuentro que esto sea tan divertido para mí como había imaginado. Me pregunto
cuándo vamos a embarcar. ¿Dónde está Neelie?»
Neelie —más correctamente, Miss Milroy— esta
detrás de uno de los carruajes, con el promotor del pícic. Estaban enfrascados
en el interesante tema de sus nombres de pila y Allan estaba tan cerca de
declararse como era posible para un irreflexivo y joven caballero de veintidós
años.
-Dígame la verdad —dijo Miss Milroy, con los
ojos modestamente fijos en el suelo—. Cuando supo cómo me llamaba, no le gustó
mi nombre, ¿verdad?
-Me gusta todo lo suyo —respondió
enérgicamente Allan-. Creo que Eleanor es un nombre hermoso; sin embargo, no sé
por qué, me parece que el comandante lo mejoró al cambiarlo por Neelie.
-Yo le diré por qué, Mr. Armadale —dijo
gravemente la hija del comandante—. Hay en este mundo personas que tienen la
desgracia de que sus nombres sean..., ¿cómo lo diría...?, que sus nombres sean
inadecuados. El mío es inadecuado. No culpo de ello a mis padres, pues
naturalmente era imposible que supiesen, cuando era pequeña, cómo sería de
mayor. Pero en la actualidad, mi nombre no me sienta bien. Si usted oye hablar
de una joven llamada Eleanor, se imagina una criatura alta, hermosa e
interesante, ¡todo lo contrario de como soy yo! Con mi aspecto personal,
Eleanor suena ridículo y Neelie, como usted mismo ha observado, es el nombre
adecuado para mí. ¡No, no, no diga más! Estoy cansada de este tema. Otro nombre
baila en mi cabeza, y, si hemos de hablar de nombres, es mucho mejor que
hablemos de éste que del mío.
Dirigió una mirada a su acompañante que decía
con bastante claridad: «Este nombre es el suyo.» Allan se acerco un poco más a
ella y bajó la voz (sin la menor necesidad, hasta convertirla en un misterioso
murmullo. Miss Milroy volvió inmediatamente a investigar el suelo. Lo miro con
tanto interés que un geólogo habría sospechado que estaba científicamente
enamorada de aquellos estratos superficiales.
-¿En qué nombre está pensando? —preguntó
Allan.
Miss Milroy dirigió su respuesta, en forma de
observación, a los estratos superficiales, y dejó que hiciesen lo quisieran con
ella, en su calidad de conductores de sonido.
Si hubiese nacido varón —dijo—, me habría
gustado mucho que me hubiesen puesto Allan.
Sintió los ojos del joven fijos en ella
mientras hablaba y, volviendo la cabeza a un lado, centró su atención en la
pintura del panel trasero del carruaje.
—¡Un buen trabajo! —exclamó, súbitamente
interesada en el vasto tema del barniz—. Me pregunto quién lo haría.
El hombre insiste y la mujer cede. Allan se
negó a pasar del galanteo a la decoración de los carruajes.
—Llámeme por mi nombre, si tanto le gusta
—murmuró, en tono persuasivo—. Llámeme Allan por una vez, sólo para probar.
Ella vaciló, ruborizada y con una encantadora
sonrisa, y sacudió la cabeza.
—Todavía no podría hacerlo —respondió,
suavemente.
—¿Puedo yo llamarla Neelie? ¿O es demasiado
pronto?
Ella lo miró de nuevo, mientras sentía una
súbita inquietud en el pecho y brillaba un repentino destello de ternura en sus
oscuros ojos grises.
—Usted debe saberlo —dijo débilmente, en un
murmullo.
Allan tenía en la punta de la lengua la
inevitable respuesta, pero en el mismo instante en que abría los labios, la
detestable voz de tenor del joven Pedgift, que llamaba a «Mr. Armadale», resonó
alegremente en el aire tranquilo. En el mismo momento, las espeluznantes gafas
del reverendo Samuel aparecieron inoportunamente al otro lado del carruaje, y
la voz de la madre del pastor, que con gran destreza había asociado las ideas
de la presencia del agua y de un súbito movimiento entre los del grupo,
preguntó distraídamente si se había ahogado alguien. El sentimiento vuela y el
amor se estremece ante las demostraciones ruidosas. Allan masculló una
maldición y se reunió con el joven Pedgift. Miss Milroy suspiró y buscó refugio
en su padre.
—¡Lo he conseguido, Mr. Armadale! —gritó
Pedgift alegremente a su cliente—. Podremos ir todos juntos, he logrado la
barca más grande de los Broads. Los pequeños esquifes —añadió, en un tono más
bajo, mientras se encaminaban a la escalera del muelle—, además de ser
difíciles de manejar y muy inestables, no pueden llevar a más de dos personas
con el barquero y el comandante me dijo que si debíamos ocupar embarcaciones
distintas, él estaba obligado a ir con su hija. Pensé que esto no le
convendría, señor —prosiguió el joven Pedgift, poniendo un énfasis
respetuosamente malicioso en sus palabras—. Además, si hubiésemos tenido que
meter a la anciana en un esquife, con su peso (cien kilos por lo menos), se
habría pasado la mitad del rato en el agua, con las consiguientes dilaciones, y
nos habría estropeado la fiesta. Ahí está nuestra barca, Mr. Armadale. ¿Qué le
parece?
La embarcación era uno más de los objetos
extrañamente anómalos que aparecían en los Broads. Era nada menos que una vieja
lancha de salvamento que pasaba sus últimos y decadentes años en las tranquilas
aguas dulces, después de los tormentosos días de su juventud en las corrientes
saladas y furiosas del mar. En el centro de la embarcación habían construido un
pequeño camarote para uso de los cazadores de patos en la estación invernal y
habían montado un mástil en la proa para navegar en los lagos. Allan dio unas
palmadas de aprobación en el hombro de su fiel lugarteniente e incluso Mrs.
Pentecost expresó, cuando todos estuvieron cómodamente instalados a bordo, una
opinión relativamente favorable sobre las perspectivas de la excursión.
—Si ocurre algo —comentó la anciana,
dirigiéndose a todos en general—, tendremos al menos un consuelo: mi hijo sabe
nadar.
La barca salió de la caleta a las plácidas
aguas del Broad, donde el paisaje se puso de manifiesto en toda su belleza.
Cuando la barca llegó al centro del lago, las
playas del norte y del oeste brillaron claras y bajas a la luz del sol,
oscuramente flanqueadas en ciertos puntos por hileras de árboles enanos y
salpicadas aquí y allá, en los espacios abiertos, de molinos de viento y
casitas de adobe con techos de cañas. Hacia el sur, la gran sábana de agua se
estrena gradualmente hasta llegar a un pequeño grupo de apretados islotes que
cerraban el horizonte; hacia el este, una larga y ondulada línea de cañaverales
seguía las sinuosidades del Broad e impedía la visión de los yermos acuosos que
se extendían detrás. Tan claro y tan ligero era el aire de aquel día estival
que la única nube en el cuadrante oriental del cielo era la de humo de un vapor
que navegaba a una distancia de más de cinco kilómetros en el mar invisible.
Cuando callaban las voces de los excursionistas, no se oía más ruido que el
chapoteo del agua en la proa cuando los hombres empujaban suavemente la
embarcación con unas largas pértigas sobre el agua poco profunda. El mundo y su
bullicio parecían haber quedado atrás, en tierra firme; reinaba un silencio de
encantamiento..., la deliciosa comunión de la pureza del cielo y la brillante
tranquilidad del lago.
Instalados con toda comodidad en la barca —el
comandante y su hija a un lado, el clérigo y su madre al otro, y Allan y el
joven Pedgift en medio—, los navegantes avanzaban suavemente en dirección a los
islotes del final del Broad. Miss Milroy estaba arrobada; Allan, entusiasmado;
y el comandante, por una vez, se había olvidado de su reloj.
—Mire hacia atrás, Mr. Armadale —murmuró el
joven Pedgift—. Creo que el pastor empieza a divertirse.
Una extraña animación —que amenazaba un
inminente discurso— se manifestó en aquel momento en el talante del cura. Movió
la cabeza de un lado a otro como un pájaro, carraspeó, cruzó las manos y miró
con afectuoso interés a todos los presentes. En el caso de esta excelente
persona, tal animación resultaba alarmante: hubiérase dicho que iba a subir al
pulpito.
—Incluso en este tranquilo escenario —comentó
el reverendo Samuel, quien así contribuía por primera vez al acto social con
una observación—, la mente cristiana, llevada por así decirlo de un extremo a
otro, se ve obligada a recordar la naturaleza inestable de toda diversión
mundana. ¿Qué pasaría, si no durase esta calma? ¿Qué pasaría si se alzase el
viento y se agitasen las aguas?
—No tiene que alarmarse por esto, señor
—replicó el joven Pedgift—. Aquí, el mes de junio es espléndido... y usted sabe
nadar.
Mrs. Pentecost (sin duda hipnóticamente
afectada por la proximidad de su hijo) abrió súbitamente los ojos y a preguntó,
con su acostumbrada vehemencia:
—¿Qué ha dicho mi hijo?
El reverendo Samuel repitió sus palabras en el
tono adecuado a la sordera de su madre. La anciana señora asintió con la cabeza
en señal de aprobación y siguió el hilo del razonamiento de su hijo
intercalando una cita.
¡Ah! —suspiró, con infinita satisfacción—. ¡Él
rige los torbellinos, Sammy, y gobierna las tormentas!
—¡Nobles palabras! —observó el reverendo
Samuel—. ¡Nobles y consoladoras palabras!
—Bueno —murmuró Allan—, si sigue mucho tiempo
por este camino, ¿qué vamos a hacer?
—Ya te dije, papá, que era peligroso
invitarlos —añadió Miss Milroy, también en voz baja.
—¡Querida! —la reprendió el comandante—. No
conocemos a nadie más en la vecindad. Y como Mr. Armadale sugirió amablemente
que trajésemos a nuestros amigos, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
—No podemos volcar la barca —observó el joven
Pedgift con irónica gravedad—. Desgraciadamente, es una lancha de salvamento.
¿Puedo sugerir que metamos algo en la boca del reverendo caballero, Mr.
Armadale? Son cerca de las tres. ¿Qué le parecería si tocásemos a rancho,
señor?
Nadie ha sido jamás más oportuno ni estuvo más
en su sitio que Pedgift, hijo, durante aquella excursión. Al cabo de diez
minutos, la barca se detuvo entre las cañas, desempaquetaron las provisiones
que habían traído de Thorpe-Ambrose encima del techo del camarote y la
elocuencia del pastor quedó atajada para el resto del día.
¡Qué importante en sus resultados morales —y
por ende cuán estimable en sí mismo— es el acto de comer y de beber! Las
virtudes sociales se centran en el estómago.
El hombre que, después de comer, no es mejor
marido, padre o hermano que antes, es, digestivamente hablando un vicioso
incurable. ¡Cuántos encantos de carácter se manifiestan y cuántas amabilidades
dormidas despiertan, cuando los humanos nos reunimos para segregar juntos
nuestros jugos gástricos! Al abrirse las cestas de Thorpe-Ambrose, la dulce
sociabilidad (fruto de la feliz unión de la civilización con Mrs. Gripper)
cundió entre el grupo de navegantes y fundió en amistosa aleación los elementos
discordantes que hasta entonces habían constituido el grupo en sí. Ahora, el
reverendo Samuel, cuyas luces habían brillado hasta el momento por su ausencia,
demostró que al menos sabía hacer algo: comer. El joven Pedgift brilló más que
nunca en su humor cáustico y en su exquisita fertilidad de recursos. El
hacendado y su encantadora invitada demostraron la triple conexión entre el
champaña que anima, el amor que gana en atrevimiento y los ojos en cuyo
vocabulario no existe la palabra «no». Los alegres viejos tiempos volvieron a
la memoria del comandante y antiguos y alegres chistes que no había contado
desde hacía años brotaron de sus labios. Mrs. Pentecost, despertando con toda
la fuerza de su buen carácter maternal, agarró otro tenedor y movió
incesantemente este útil instrumento entre los mejores pedazos de comida de
todas las fuentes y el poco espacio todavía vacante en el plato del reverendo
Samuel.
—No se rían de mi hijo —gritó la anciana al
observar el regocijo que su actuación despertaba en el grupo—. La culpa es mía.
¡Soy yo quien lo obliga a comer!
Hay personas en el mundo que, al ver estas
virtudes que se exhiben en la mesa como en ninguna otra parte, gozan sin
embargo del glorioso privilegio de poder seguir comiendo a pesar de las
pequeñas preocupaciones diurnas que la necesidad impone a la humanidad, como
por ejemplo, llevar abrochado el chaleco o apretado el corsé. No confiéis a un
monstruo de esta clase vuestros tiernos secretos, vuestros amores y rencores,
vuestros miedos y esperanzas. Su corazón está dominado por el estómago y las
virtudes sociales brillan por su ausencia en él.
Las últimas horas plácidas del día y la
primera brisa fresca del largo atardecer estival se encontraron antes de que se
agotase el contenido de los platos y de que se vaciasen las botellas, como era
de rigor. Alcanzado este punto de la fiesta, los componentes del grupo miraron
perezosamente al joven Pedgift para saber qué iban a hacer. El inagotable
artífice estuvo, como siempre, a la altura de lo que se pedía de él. Tenía
preparada una nueva diversión antes de que el más impaciente de los reunidos
pudiese preguntarle en qué consistiría.
—¿Le gusta la música sobre el agua, Miss
Milroy? -preguntó, con su aire más vivaz y amable.
Miss Milroy adoraba la música, tanto sobre el
agua como en tierra, salvo cuando ella misma practicaba el arte en su piano.
—Primero saldremos del cañaveral —anunció el
joven Pedgift. Dio instrucciones a los barqueros, se metió rápidamente en el
pequeño camarote y reapareció con una concertina en la mano—. Es bonita,
¿verdad, Miss Milroy? —observó, al tiempo que señalaba sus iniciales de nácar
incrustadas en el instrumento—. Yo me llamo Augustus, como mi padre, pero
algunos de mis amigos suprimen la A y me llaman Gustus Júnior. Estas pequeñas
bromas son frecuentes entre amigos, ¿no es cierto, Mr. Armadale? Yo canto un
poco, acompañándome de mi instrumento, damas y caballeros, y si ustedes
quieren, me sentiré orgulloso y feliz de hacerlo lo mejor que pueda.
—¡Un momento! —gritó Mrs. Pentecost—. Me
encanta la música.
Después de esta enérgica declaración, la
anciana abrió un enorme bolso de cuero del que no se separaba nunca y saco una
anticuada trompetilla, algo intermedio entre un bugle y una trompa.
-No suelo usar este aparato —explicó Mrs.
Pentecost-! porque temo que aumente mi sordera. Pero no puedo ni quiero
perderme la música. Me encanta. Si tú sostienes el otro extremo, Sammy, me lo
introduciré en el oído. Neelie, querida, dile que puede empezar.
El joven Pedgift era inmune a las vacilaciones
nerviosas. Empezó inmediatamente, no con canciones ligeras y modernas, como
cabía esperar de un aficionado de su edad y su carácter, sino con versos
declamatorios y patrióticos adaptados a la fuerte y estridente música a que tan
aficionado era el pueblo inglés a principios de siglo y que sigue
entusiasmándolo siempre que lo oye. La muerte de Marmion, La batalla del
Báltico, El golfo de Vizcaya, Nelson, bajo diferentes versiones vocales, como
solía hacer el hoy difunto Braham: he aquí las canciones que entonaron juntos
la ruidosa concertina y la estridente voz de tenor de Gustus Júnior.
—Avísenme cuando se cansen, damas y caballeros
—advirtió el abogado trovador—. No soy vanidoso. ¿Quieren, para variar, algo
más sentimental? Podría continuar con El muérdago y ¡Pobre Mary Anne!
Después de obsequiar a su público con estas
dos alegres melodías, el joven Pedgift pidió respetuosamente a los demás que
siguiesen su ejemplo vocal, aunque se ofreció a tocar «un acompañamiento»
improvisado si el cantor tenía la bondad de darle el tono.
—¡Que empiece alguien! —gritó ansiosamente
Mrs. Pentecost—. Repito que me encanta la música. Queremos más, ¿no es verdad,
Sammy?
El reverendo Samuel no respondió. El
desgraciado tenía sus razones (no exactamente en el pecho, sino un poco más
abajo) para guardar silencio en medio de la hilaridad y el aplauso general. ¡Ay
de los sentimientos humanitarios! Incluso el amor materno puede ser falible.
Después de deber tanto a su excelente madre, el reverendo Samuel le debía en
aquel momento, además, una fuerte indigestión. Sin embargo, nadie había
advertido aún en el semblante del pastor los síntomas de su trastorno gástrico.
Todos estaban ocupados en incitar a otros a cantar, Miss Milroy apeló al
promotor de la fiesta.
—Cante algo, Mister Armadale —lo animó—. ¡Ardo
en deseos de oírlo!
—Cuando haya empezado, señor —añadió el
animoso Pedgift—, verá que cada vez le resulta más fácil. La música es una
ciencia a la que hay que lanzarse de cabeza.
—Lo haré con mucho gusto —convino Allan, con
su acostumbrado buen humor—. Conozco muchas tonadas pero lo malo es que me
olvido de la letra. No sé si podré recordar una de las melodías de Moore. Mi
pobre madre solía enseñarme las melodías de Moore cuando era niño.
-¿Qué melodías? —le preguntó Mrs. Pentecost—.
¿Las de Moore? ¡Ah! Me sé Tom Moore de
memoria.
En este caso, tal vez tendrá usted la
gentileza de ayudarme, señora, si me falla la memoria —dijo Allan—. Si me lo
permiten, elegiré la melodía más fácil de toda la colección. Todo el mundo la
conoce: La casita de Eveleen.
—Yo conozco, de un modo general, las melodías
nacionales de Inglaterra, Escocia e Irlanda —apuntó el joven Pedgift—. Lo
acompañaré, señor, con mucho gusto. Creo que es algo así. —Se sentó con las
piernas cruzadas sobre el techo del camarote y atacó una complicada
improvisación musical que sonaba muy bien al oído, una mezcla de florituras y
gemidos instrumentales, una giga mitigada por una endecha y una endecha animada
por una giga—. Es algo por este estilo —dijo el joven Pedgift, quien sonreía
confiado como siempre—. ¡Empiece, señor!
Mrs. Pentecost levantó la trompetilla y Allan
levantó la voz.
—«¡Oh, lamentad la hora en que a la casita de
Eveleen...» —Se interrumpió, cesó el acompañamiento; el público esperó—. ¡Qué
cosa más rara! —murmuró Allan—. Pensé que tenía el verso siguiente en la punta
de la lengua y de pronto lo he olvidado. Si me lo permiten, empezaré de nuevo.
«¡Oh, lamentad la hora en que a la casita de Eveleen...!»
—«Acudió el señor del valle con falsas
promesas» —apuntó Mrs. Pentecost.
—Gracias, señora —dijo Allan—. Ahora todo irá
sobre ruedas. «¡Oh, lamentad la hora en que a la casita de peleen acudió el
señor del valle con falsas promesas! La luna brillaba esplendorosa...»
¡No! —exclamó Mrs. Pentecost.
—Discúlpeme, señora —replicó Allan—. «La luna
brillaba esplendorosa...»
—La luna no brillaba —protestó Mrs. Pentecost.
El joven Pedgift, previendo una discusión,
prosiguió con el acompañamiento sotto voce, en interés de la armonía.
-Es la letra de Moore, señora -explico Allan-,
según la copia de las melodías que tenía mi madre.
-La copia de su madre estaba equivocada
-proclamó Mrs. Pentecost- ¿No acabo de decirle que se me Tom moore de memoria?
La pacificadora concertina del joven Pedgift
continuó con sus fiorituras y sus gemidos, en clave menor.
-Bueno, ¿qué hacía la luna? -pregunto,
desesperado Allan.
-Lo que tenía que hacer, señor, o Tom Moore no
lo habría escrito -declaró Mrs. Pentecost-. «La luna ocultó su luz aquella
noche y lloró detrás de las nubes por la vergüenza de la doncella.» Quisiera
que ese joven dejase de tocar -añadió, desahogando su creciente irritación en
Gustus Júnior-. Ya tengo bastante. Me cosquillea en los oídos.
-Me halaga usted, señora -le replicó el
descarado Pedgift-. Toda la ciencia de la música consiste en hacer cosquillas
en los oídos.
-Parece que nos hemos enzarzado en una
discusión -observó plácidamente el comandante Milroy— ¿No sería mejor que Mr.
Armadale continuase con su canción?
-¡Continúe, Mr. Armadale! -dijo la hija del
comandante—. ¡Continúe, Mr. Pedgift!
-Uno no sabe la letra y el otro no conoce la
música -bufó Mrs. Pentecost— ¡Que continúen, si pueden.
-Lamento la molestia que pueda ocasionarle,
señora -se disculpó el joven Pedgift-. Yo estoy dispuesto a proseguir hasta
donde sea. ¡Vamos, Mr. Armadale!
Allan abrió la boca para continuar la melodía
donde se había interrumpido, pero antes de que pudiera emitir una nota, el
pastor se levantó súbitamente con el semblante cadavérico y una mano
convulsivamente apretada en mitad de su chaleco.
—¿Qué le pasa? —gritaron todos a coro.
-Me encuentro muy mal -gimoteo el reverendo
Samuel Pentecost.
Inmediatamente reinó la confusión en la barca.
La casita de Eveleen expiró en los labios de Allan e incluso la terca
concertina de Pedgift enmudeció al fin. La alarma resultó completamente
infundada. El reverendo Pentecost tenía una madre, y ésta tenía una bolsa. En
dos segundos, el arte de la medicina ocupó, en la atención del grupo, el sitio
que había dejado vacante el arte de la música.
—Frótate el estómago con suavidad, Sammy
—recomendó Mrs. Pentecost—. Sacaré los frascos y te daré una dosis. Tiene el
estómago delicado, comandante. Que alguien me sostenga la trompetilla y
detengan la barca. Tome esta botella, Neelie, querida, y usted coja esta otra,
Mr. Armadale, y dénmelas cuando se las pida. ¡Ah, yo sé lo que le pasa al
pobrecillo! Falta de vigor aquí, comandante: frío, acidez y flojedad. Jengibre
para darle calor, soda para contrarrestar el ácido y sales para reanimarlo.
¡Toma, Sammy! Bébelo antes de que se pose y después túmbate, querido, en esa
perrera que llaman camarote. ¡Basta de música! —añadió Mrs. Pentecost,
apuntando con un dedo al propietario de la concertina—. A menos que se trate de
un himno. A esto no pondría ningún reparo.
Como nadie parecía estar en condiciones de
cantar un himno, el experto Pedgift echó mano de sus conocimientos locales y
brindó una nueva idea. Bajo su dirección, la barca cambió inmediatamente de
rumbo. A los pocos minutos, el grupo se encontró en la caleta de una isla en
cuyo extremo se alzaba una casita solitaria y donde los tupidos cañaverales
tapaban el paisaje a su alrededor.
—¿Qué les parecería, damas y caballeros, si
desembarcásemos y viésemos cómo es la casita de un cortador de cañas? —sugirió
el joven Pedgift.
—Desde luego, nos parece muy bien —respondió
Allan—. Creo que nuestro ánimo ha decaído un poco con la indisposición de Mr.
Pentecost... y con la bolsa de Mrs. Pentecost —añadió, al oído de Miss Milroy—.
Un cambio como éste es lo que nos conviene para reanimarnos.
Él y el joven Pedgift dieron la mano a Miss
Milroy para ayudarla a bajar de la barca. La siguió el comandante. Mrs.
Pentecost permaneció inmóvil como una esfinge egipcia, con la bolsa sobre las
rodillas, montando la guardia para «Sammy» en el camarote.
—Debemos continuar la fiesta, señor —explicó
Allan quien ayudó al comandante a desembarcar—. Aún no estamos en la mitad de
las diversiones del día.
Su voz confirmó la entusiasta creencia en su
propia predicción, pero Mrs. Pentecost lo oyó y sacudió siniestramente la
cabeza.
—¡Ah! —suspiró la madre del pastor—. Si
tuviese usted tantos años como yo, mi joven caballero, ¡no estaría tan seguro
de que el día fuese divertido!
Así habló la cautela de la edad contra la
imprudencia de la juventud. Sabido es que la opinión negativa tiene más
probabilidades de prevalecer y, como consecuencia necesaria de ello, la
filosofía de Mrs. Pentecost suele acertar.
CAPÍTULO IX
¿DESTINO O CASUALIDAD?
Eran casi las seis cuando Allan y sus amigos
saltaron de la barca y empezaba ya a sentirse la influencia del anochecer, con
su misterio y su silencio, sobre la acuosa soledad de los Broads.
En aquellas regiones salvajes, la tierra
cercana a la orilla no era como en otras zonas. Aunque parecía firme, el suelo
de delante de la casita del cortador de cañas era inseguro, subía, bajaba y
rezumaba, formando charcos bajo la presión de los pies. Los barqueros que
guiaban a los visitantes les advirtieron que no debían apartarse del sendero y
señalaron, entre los huecos de los cañaverales y los árboles desmochados, unos
herbazales en los que se habrían aventurado confiadamente los forasteros y
donde la corteza de tlerra no era lo bastante sólida para sostener el peso de
un chiquillo sobre la insondable capa de limo y de agua que se extendía debajo.
La casita solitaria, construida con tablas pintadas de negro, se alzaba sobre
un terreno que había sido consolidado y reforzado con pilotes. Una torrecilla
de madera se elevaba sobre un extremo del tejado y servía de atalaya durante la
temporada de caza. Desde aquel puesto elevado, la vista abarcaba un amplio
paisaje desolado de aguas sinuosas y marismas solitarias. Si el cortador de
cañas hubiese perdido la barca, se habría encontrado tan aislado de pueblos y
ciudades como si su morada hubiese sido una embarcación ligera en vez de una
casa de campo. Ni él ni su familia se quejaban de la soledad, ni parecían más
toscos o malhumorados por ello. La esposa recibió amablemente a los visitantes
en una cómoda y pequeña habitación de techo inclinado y ventanas parecidas a
las de los camarotes de los buques. Su padre contó historias de los famosos
días cuando los contrabandistas llegaban de la costa por la noche, avanzando
por la red fluvial con remos enfundados, y arrojaban sus barricas de licor al
agua, lejos del alcance de los guardacostas. Los niños traviesos jugaron al
escondite con los visitantes y éstos entraron y salieron de la casa y
anduvieron por el pedazo de tierra firme sobre el que se levantaba ésta,
sorprendidos y encantados por la novedad de cuanto veían. La única persona que
advirtió que estaba anocheciendo —la única persona que pensó en el paso del tiempo
y en los Pentecost recluidos en la barca— fue el joven Pedgift. El
experimentado piloto de los Broads miró disimuladamente el reloj y, a la
primera ocasión, se llevó a Allan aparte.
—No quisiera darle prisa, Mr. Armadale —dijo—,
pero se está haciendo tarde y hay que pensar en la dama.
—¿La dama? —preguntó Allan.
—Sí, señor —replicó el joven Pedgift—. Una
dama de Londres, relacionada, si me permite usted que le refresque la memoria,
con un tílburi y unas guarniciones blancas.
—¡Dios mío, la institutriz! —exclamó Allan—.
¡Nos habíamos olvidado por completo de ella!
—No se alarme, señor; tenemos tiempo de sobra
si volvemos enseguida a la barca. Recordará usted que convinimos en tomar el té
al aire libre en el siguiente Broad, en Hurle Mere.
—Cierto —suspiró Allan—. Hurle Mere es el
lugar donde mi amigo Midwinter prometió reunirse con nosotros.
—Y la institutriz estará en Hurle Mere, señor,
si su cochero sigue mis instrucciones —continuó el joven Pedgift-. Tendremos
que navegar casi una hora por lo que aquí llaman estrechos para llegar a Hurle
Mere, y según mis calculos tenemos que embarcar de nuevo dentro de cinco
minutos si queremos llegar a tiempo de recibir a la institutriz y a Mr.
Midwinter.
No debemos dar un plantón a mi amigo —convino
Allan ni a la institutriz, naturalmente. Se lo diré al comandante.
En aquel momento, el comandante se disponía a
subir a la torre de la casita para contemplar el paisaje. El siempre solícito
Pedgift se ofreció a subir con él y darle las explicaciones necesarias en la
mitad del tiempo que habría tardado el cortador de cañas en describir el lugar
a un forastero.
Allan se quedó de pie ante la casita, más
silencioso y pensativo que de costumbre. Su conversación con el joven Pedgift
le había recordado a su amigo por primera vez desde que había empezado la
excursión.
Le sorprendía que Midwinter, en quien tanto
pensaba en cualquier ocasión, hubiese estado tanto tiempo ausente de sus
pensamientos. Algo, una especie de remordimiento, lo turbaba ahora, al recordar
al fiel amigo que se había quedado en casa trabajando con los libros del
administrador, en su interés y por su bien. «Querido y viejo amigo —pensó—, me
alegraré de verte en el Mere. ¡La fiesta no será completa hasta que nos
reunamos!»
—¿Acertaría o me equivocaría, Mr. Armadale, si
apostase a que está pensando en alguien? —dijo suavemente una voz a su espalda.
Allan se volvió y encontró a la hija del
comandante a su lado. Miss Milroy (que no olvidaba cierta entrevista galante
celebrada detrás de un carruaje) había advertido que su admirador estaba solo y
pensativo, y había resuelto darle otra oportunidad mientras su padre y el joven
Pedgift estaban en lo alto de la torre.
—Usted lo sabe todo —sonrió Allan—.
Efectivamente, estaba pensando en alguien.
Miss Milroy le dirigió una mirada de aliento.
¡Sólo Una criatura humana podía estar en la mente de Mr. Armadale después de lo
que había sucedido entre ellos por la mañana! Volver a tomar la conversación
acerca de los nombres, interrumpida hacía unas pocas horas, sería una obra de
caridad.
—También yo he estado pensando en una persona
—dijo, provocando y rechazando al mismo tiempo la inminente confesión—. Si le
digo la primera letra del nombre de quien ocupa mis pensamientos, ¿me dirá la
inicial del de usted?
—Le diré todo lo que usted desee —respondió
Allan
entusiasmado.
Ella, con coquetería, rehuyó un poco más el
tema que deseaba abordar.
—Primero, dígame usted su inicial —provocó,
bajando la voz y desviando la mirada.
Allan se echó a reír.
—«M» es la inicial de la persona en quien
estaba pensando.
Ella se sorprendió un poco. Era extraño que
pensase en su apellido y no en su nombre. Pero esto importaba poco, con tal de
que pensase en ella.
—¿Y cuál es su inicial? —preguntó Allan.
Ella se ruborizó y sonrió.
—«A», si quiere saberlo —respondió, en un
tímido murmullo. Lo miró de nuevo y una vez más retrasó la satisfacción de la
confesión que no tardaría en producirse—. ¿Cuántas sílabas tiene el nombre?
—preguntó, al tiempo que trazaba unos dibujos en el suelo con la contera de su
sombrilla.
Ningún hombre con el mínimo conocimiento del
sexo femenino habría sido lo bastante rudo, en la posición de Allan, para
decirle la verdad. Pero Allan, que nada sabía del carácter de las mujeres y que
era sincero incluso ei las situaciones más críticas, respondió como si hubiese
estado declarando ante un tribunal.
—Es un nombre de tres sílabas.
Miss Milroy levantó la mirada y sus ojos
centelleare»
—¡Tres! —repitió, atónita.
Allan era demasiado sincero para advertir, ni
siquiera entonces, la señal de peligro.
-Sé que no estoy muy fuerte en gramática
—comentó riendo alegremente—, pero no creo equivocarme al afirmar que Midwinter
es un nombre de tres sílabas. Estaba pensando en mi amigo..., pero lo que yo
piense no tiene importancia. Dígame quién es «A», dígame en quién estaba
pensando usted.
-En la primera letra del alfabeto, Mr.
Armadale, ¡y no voy a decirle nada más!
Con esta aniquiladora respuesta, la hija del
comandante levantó la sombrilla y se encaminó sola a la barca.
Allan se quedó inmóvil de asombro. Si Miss
Milroy le hubiese dado de puñetazos en las orejas (y no hay que negar que a
ella le habría gustado hacerlo), difícilmente se habría sentido más pasmado que
en aquel instante. «¿Qué diablos he hecho yo? —se preguntó, perplejo, mientras
el comandante y el joven Pedgift se reunían con él y echaban a andar los tres
juntos hacia la orilla—. Me pregunto qué me dirá ahora.»
La joven no le dijo absolutamente nada, ni
siquiera miró a Allan cuando éste se sentó en la barca. Permaneció en su sitio,
con los ojos más brillantes y la tez más rubicunda que de costumbre, y se
interesó vivamente en la recuperación del pastor, en el estado de ánimo de Mrs.
Pentecost, en el joven Pedgift (a quien hizo ceremoniosamente sitio para que se
sentase a su lado), en el paisaje y en la casa del cortador de cañas, en todo y
en todos menos en Allan, con quien se habría casado encantada cinco minutos
antes. «Nunca se lo perdonaré —pensaba la hija del comandante—. Estar pensando
en aquel mal nacido desgraciado, mientras yo estaba pensando en él... ¡como a
punto estuve de confesárselo! ¡Menos mal que está Mr. Pedgift en la barca!»
En este estado de ánimo, a partir de aquel
momento se dedicó a camelar a Pedgift y a fastidiar a Allan.
—¡Oh, Mr. Pedgift, qué acertado ha estado
usted, y que amable, al pensar en mostrarnos esa linda casita! ¿Dice que es
solitaria, Mr. Armadale? Yo no lo creo en absoluto, me encantaría vivir allí.
¿Qué habría sido esta excursión sin usted, Mr. Pedgift? No puede imaginarse
cuánto he disfrutado desde que subimos a la barca. ¿Frío, Mr. Armadale? ¿Cómo
puede decir que hace frío? Es la tarde más cálida que hemos tenido este verano.
¡Y la música, Mr. Pedgift! ¡Qué buena idea tuvo al traer su concertina! Me
pregunto si yo podría acompañarlo al piano. Me gustaría intentarlo. Oh, sí, Mr.
Armadale, no dudo de que usted pretendió hacer también algo musical, y me
atrevería a decir que canta muy bien cuando conoce la letra; pero, para ser
sincera, nunca me han gustado y nunca me gustarán las melodías de Moore.
Así, con despiadada destreza, manejó Miss
Milroy el arma femenina más afilada, la lengua, y habría seguido usándola más
tiempo si Allan hubiese mostrado los celos deseados o si Pedgift le hubiese
dado el aliento requerido. Pero la ingrata fortuna había decretado que eligiese
como víctimas a dos hombres esencialmente invulnerables en aquellas
circunstancias. Allan ignoraba demasiado la sutilezas y susceptibilidades
femeninas para comprender nada de todo aquello, salvo que la encantadora Neelie
se había enfadado con él, tontamente y sin el menor motivo. El precavido
Pedgift, como correspondía a un joven astuto de su generación, sólo aceptaba la
influencia femenina cuando no perjudicaba sus propios intereses. Muchos jóvenes
de otra generación anterior, sin ser tontos, lo habían sacrificado todo al
amor. Pero, en la actualidad, ni uno solo entre diez mil, salvo los tontos,
habría sacrificado medio penique. Las hijas de Eva siguen heredando las mismas
virtudes y cometiendo los mismos pecados que sus madres. Pero los hijos de
Adán, en estos últimos tiempos, son hombres que habrían rehusado la famosa
manzana con una reverencia y un «No, gracias; podría meterme en un lío». Cuando
Allan, sorprendido y contrariado, se dirigió hacia la proa de la embarcación
para ponerse fuera del alcance de Miss Milroy, Pedgift se levantó y lo siguió.
«Eres una chica muy linda —pensó el astuto y sensato joven—, pero un cliente es
un cliente y lamento decirte, señorita, que esto no me conviene.»
Inmediatamente se dispuso a animar a Allan y a desviar su atención hacia un
nuevo tema. En otoño se celebrarían unas regatas en uno de los Broads y la
opinión de su cliente como balandrista podría ser muy valiosa para el comité.
-¿No sería algo nuevo para usted, señor, una regata en agua dulce?
—preguntó en su tono más cortés. Allan se sintió inmediatamente interesado y
respondió:
-Completamente nuevo. ¡Hábleme de ello!
En cuanto a los demás excursionistas, en el
otro extremo de la barca, confirmaban claramente las dudas de Mrs. Pentecost de
que el regocijo del pícnic fuese a durar todo el día. El sentimiento natural de
irritación de la pobre Neelie, consecuencia del disgusto que le había causado
la torpeza de Allan, se había convertido en silencioso y agudo resentimiento
por su propia conciencia de humillación y de derrota. El comandante había
vuelto a su actitud habitual, soñadora y ausente, su mente giraba con monotonía
con los engranajes del reloj. El pastor seguía ocultando su indigestión al
público en el refugio del camarote, y su madre, con una segunda dosis preparada
para administrársela al instante, montaba guardia ante la puerta. Las mujeres
de la edad y el carácter de Mrs. Pentecost suelen disfrutar con su propio mal
humor. «¿Es esto lo que llaman un día divertido? —pensó la anciana, meneando la
cabeza y con un suspiro de amarga satisfacción—. ¡Ay, qué tontos fuimos todos
en abandonar nuestros cómodos hogares!»
Mientras tanto, la barca se deslizaba
suavemente por las sinuosidades del laberinto acuático que enlaza los dos
Broads. La vista a ambos lados quedaba oculta por interminables hileras de
cañas. No se oía un sonido cercano o lejano, ni podía verse en parte alguna un
pedazo de tierra cultivada o habitada.
—Un paraje un poco triste, Mr. Armadale —dijo
el siempre animoso Pedgift—. Pero estamos ya saliendo de él. ¡Mire adelante,
señor! Estamos en Hurle Mere.
Los cañaverales retrocedieron a derecha e
izquierda y la barca entró suavemente en el ancho círculo de un estanque.
Alrededor del semicírculo más cercano, las sempiternas cañas seguían orlando la
orilla. Alrededor del otro semicírculo apareció de nuevo la tierra; aquí, en
onduladas y desoladas dunas; allá, elevándose en una amplia y herbosa orilla.
En un lugar, el suelo estaba ocupado por una plantación, y en otro, por las
dependencias de una casa solitaria de ladrillos rojos, con un camino que pasaba
junto al muro del huerto y terminaba en el estanque. El sol declinaba en el
claro cielo y el agua, donde no la alcanzaba el reflejo del astro, empezaba a
parecer oscura y fría. La soledad apaciguadora y el silencio embrujado que
había envuelto el otro Broad en la plenitud del día eran aquí una soledad
triste y un silencio que daba frío en la quietud y la melancolía del ocaso.
La barca cruzó el Mere con rumbo a una caleta
de la ribera herbosa. Un par de botes de quilla plana, típicos de los Broads,
yacían inmóviles allí, y los cortadores de cañas a quienes pertenecían,
sorprendidos por la aparición de forasteros, salieron de detrás de un ángulo
del viejo muro del huerto y los contemplaron en silencio. No se advertía
ninguna otra señal de vida en parte alguna. Los cortadores de cañas no habían
visto ningún tílburi, ningún otro forastero, varón o mujer, se había acercado a
las orillas de Hurle Mere aquel día.
El joven Pedgift consultó de nuevo el reloj y
se dirigió a Miss Milroy.
—Puede que vea o no vea a su institutriz
cuando regrese a Thorpe-Ambrose —dijo—, pero dado lo avanzado de la hora estoy
seguro de que no la verá aquí. Usted, Mr. Armadale —añadió mientras se volvía
hacia Allan—, sabrá mejor que yo si puede confiar en que su amigo acuda a la
cita.
—Estoy seguro de que vendrá —respondió Allan,
mirando a su alrededor y visiblemente contrariado por la ausencia de Midwinter.
—Muy bien —continuó Pedgift, hijo—. Si
encendemos el fuego para hacer el té en aquel descampado, su amigo podrá
encontrarnos siguiendo el humo. Es el procedimiento que emplean los indios para
orientar al hombre que se pierde en la pradera, Miss Milroy, y este terreno es
tan salvaje que se parece a una pradera, ¿no es cierto?
Hay algunas tentaciones (principalmente las
pequeñas) que la capacidad defensiva de la naturaleza femenina humana no puede
resistir. La tentación de emplear toda su influencia, como única dama joven del
grupo, a fin de dar al traste con los preparativos de Allan para encontrarse
con su amigo, fue demasiado fuerte para la hija del comandante. Se volvió al
sonriente Pedgift con una mirada que hubiese debido confundirlo. Pero ¿quién
puede confundir a un abogado?
—Creo que es el lugar más solitario, triste y
odioso que he visto en mi vida —murmuró Miss Neelie—. Si insiste usted en hacer
el té aquí, Mr. Pedgift, yo no lo tomaré. ¡No! Me quedaré en la barca y, aunque
me esté muriendo de sed, no beberé nada hasta que volvamos al otro Broad.
El comandante abrió los labios para
amonestarla. Pero, para infinito alivio de su hija, Mrs. Pentecost se levantó
del asiento antes de que la joven pudiese pronunciar una palabra y, después de
observar todo el paisaje y advertir que no se veía un vehículo en parte alguna,
preguntó indignada si tendrían que seguir en sentido contrario todo el trayecto
que habían hecho para volver al lugar donde habían dejado los carruajes en
pleno día. Enterada de que esto era, en efecto lo proyectado, y de que dada la
naturaleza del terreno los coches no habrían podido llegar a Hurle Mere sin
tener que deshacer primero todo el camino hasta Thorpe-Ambrose, hablando en
interés de su hijo, Mrs. Pentecost declaró inmediatamente que ningún poder de
este mundo podría inducirla a aventurarse en el agua después de anochecido.
—¡Que traigan una barca! —gritó la anciana,
con gran indignación—. Donde hay agua, hay niebla por la noche, y donde hay
niebla, mi hijo Samuel pilla un catarro. No me hablen de tomar té a la luz de
la luna. ¡Están locos! ¡Eh! ¡Ustedes! —gritó Mrs. Pentecost a los dos
silenciosos cortadores de cañas—. ¡Les daré seis peniques si nos llevan, a mí y
a mi hijo, en una de sus barcas!
Antes de que el joven Pedgift pudiese
intervenir, el propio Allan resolvió la dificultad con perfecta paciencia y
excelente humor.
—Sería inconcebible, Mrs. Pentecost, que
regresara usted en una barca diferente de la que la ha traído —dijo .
No hay ninguna necesidad, ya que a usted y a
Miss Milroy no les gusta el lugar, de que nadie desembarque, excepto yo. Yo
debo ir a tierra. Mi amigo Midwinter nunca ha faltado a su palabra en lo que a
mí respecta y no puedo marcharme de Hurle Mere mientras exista la posibilidad
de que acuda a la cita. Pero esto no justificaría en modo alguno que me
opusiese a sus deseos. El comandante y Mr. Pedgift cuidarán de ustedes y, si
parten enseguida, podrán llegar a los carruajes antes de que haya caído la
noche. Yo esperaré una hora más a mi amigo y después podré seguirlos en una de
las barcas de los cortadores de cañas.
—Es lo más sensato que ha dicho usted hoy, Mr.
Armadale —observó Mrs. Pentecost, mientras se sentaba de nuevo resueltamente—.
¡Dígales que se den prisa! —gritó la anciana, señalando a los barqueros—.
¡Dígales que se den prisa!
Allan impartió las instrucciones necesarias y
saltó a tierra. El precavido Pedgift, resuelto a no soltar a su cliente, trató
de seguirlo.
—No podemos dejarlo solo aquí, señor —protestó
ansiosamente en voz baja—. El comandante puede cuidar de las damas, permita que
yo lo acompañe en el Mere.
—¡No y no! —concluyó Allan, empujándolo hacia
atrás—. Todos están muy desanimados a bordo. Si quiere complacerme, quédese
donde está como un buen chico y procure que todo marche bien.
Agitó la mano a modo de despedida y los
hombres empujaron la barca para apartarla de la orilla. Los otros agitaron
también las manos, salvo la hija del comandante, que permanecía apartada de los
demás y con el rostro oculto bajo su sombrilla. Las lágrimas habían acudido
copiosas a los ojos de Neelie. Su último sentimiento de enfado contra Allan se
extinguió y su corazón voló hacia él, arrepentido, cuando el joven saltó de la
barca. «¡Qué bueno es con todos nosotros! —pensó—. ¡Y qué mala soy yo!» Se
levantó impulsada por la generosidad de su carácter, que la obligaba a
disculparse. Se levantó, sin importarle las apariencias y miró con ojos
ansiosos y enrojecido semblante al joven plantado solo en la orilla.
-No tarde mucho, Mr. Armadale! —dijo,
indiferente a lo que pudiese pensar de ella el resto del grupo.
La barca se había alejado ya bastante en el
lago y, a pesar de toda la resolución de Neelie, pronunció aquellas palabras
con una voz tan débil que no llegaron a los oídos de Allan. El único sonido que
éste oyó, cuando la barca llegó al lado opuesto del Mere y desapareció
lentamente entre las cañas, fue el de la concertina. El infatigable Pedgift
cumplía su cometido, evidentemente bajo los auspicios de Mrs. Pentecost, e
interpretaba una melodía religiosa.
Cuando se quedó solo, Allan encendió un puro y
dio una vuelta por la playa. «¡Hubiese podido decirme una palabra de despedida!
—pensó—. Lo he hecho todo con la mejor intención, le he dado a entender lo
mucho que la aprecio, ¡y he aquí cómo me trata!» Se detuvo y contempló
distraídamente el sol que se ponía en el horizonte y las aguas cada vez más
oscuras del Mere. Alguna influencia inexcrutable del ambiente penetró a
hurtadillas en su mente y desvió sus pensamientos de Miss Milroy a su amigo
ausente. Se sobresaltó y miró a su alrededor.
Los cortadores de cañas habían vuelto a su
refugio detrás del ángulo del muro, no se veía criatura viviente ni se oía el
menor ruido en la triste ribera. Incluso el ánimo de Allan empezó a decaer. El
retraso de Midwinter era ya de una hora. El joven había resuelto ir caminando
al estanque (con un mozo de Thorpe-Ambrose como guía), por senderos y veredas
que abreviaban la distancia. El mozo conocía bien la zona y Midwinter solía ser
puntual en sus citas. ¿Habría sucedido algo en Thorpe-Ambrose? ¿Habría ocurrido
algún accidente en el camino? Resuelto a desvanecer sus dudas y a no permanecer
ocioso, decidió caminar tierra adentro, alejándose del Mere, por si encontraba
a su amigo. Dobló la esquina del muro y pidió a uno de los cortadores de cañas
que le mostrase el camino de Thorpe-Ambrose.
El hombre lo condujo lejos del camino
principal y señalo un hueco apenas perceptible entre los árboles más lejanos de
la plantación. Después de detenerse para echar otra mirada inútil a su
alrededor, Allan volvió la espalda al Mere y se dirigió a los árboles.
Durante un breve trecho, el sendero cruzaba
recto la plantación. Después, viraba súbitamente y el agua y el descampado se
perdieron de vista. Allan siguió resueltamem la herbosa vereda, sin ver ni oír
nada hasta que llegó a otro recodo. Cuando se volvió en la nueva dirección, vio
vanamente una figura humana sentada sola al pie de un árbol. Dos pasos más
bastaron para que reconociese la figura.
—¡Midwinter! —exclamó, asombrado—. ¡Éste no es
el lugar donde debíamos encontrarnos! ¿Qué estás esperando aquí?
Midwinter se levantó y no contestó. La pálida
luz del crepúsculo, al filtrarse entre los árboles, no permitía distinguir su
cara con claridad y hacía que su silencio fuese doblemente inquietante.
Allan siguió interrogándolo con ansiedad.
—¿Has venido solo hasta aquí? —le preguntó—.
¡Pensaba que te guiaría el mozo!
Esta vez, Midwinter respondió.
—Cuando llegamos a estos árboles le ordené que
volviese a casa. Él me dijo que estaba ya muy cerca del lugar y que no podía
perderme.
—¿Y por qué te detuviste aquí cuando él se
marchó? —insistió Allan—. ¿Por qué no seguiste andando?
—No me desprecies —respondió el otro—, ¡pero
no tuve valor!
—¿Que no tuviste valor? —repitió Allan. Hubo
una breve pausa—. ¡Oh, ya sé! —prosiguió mientras apoyaba alegremente una mano
en el hombro de Midwinter—. Todavía te sientes avergonzado delante de los
Milroy. Que tontería. Ya te dije que había hecho las paces en tu nombre con
ellos.
—No estaba pensando en tus amigos de la
casita, Allan. La verdad es que hoy me siento muy raro. Me encuentro mal y
estoy nervioso; cualquier detalle me sobresalta. —Se interrumpió y se encogió
bajo el ansioso escrutinio de Allan—. Si quieres saberlo —declaró bruscamente—,
he vuelto a experimentar el horror de aquella noche a bordo del barco
encallado, siento una terrible opresión en la cabeza, el corazón se me encoge
de un modo espantoso... Tengo miedo de que nos ocurra algo si no nos separamos
antes de que acabe el día. No puedo faltar a la promesa que te hice, pero, por
el amor de Dios, libérame de ella y déjame volver atrás.
Allan conocía demasiado a Midwinter para saber
que toda protesta sería inútil en aquel momento. Trató de seguirle la
corriente.
—Salgamos de este lugar oscuro y sofocante
—propuso— y hablaremos de esto. El agua y el cielo despejado están a un tiro de
piedra de nosotros. Odio el bosque al anochecer, incluso a mí me sobrecoge. Has
trabajado demasiado con los libros del administrador. Ven y respira a pleno
pulmón el aire libre.
Midwinter hizo una pausa, reflexionó un
momento y, de pronto, se rindió.
—Tienes razón y yo estaba equivocado, como de
costumbre. Estoy perdiendo el tiempo y te estoy inquietando sin motivo. ¡Qué
tontería pedirte que me dejases volver atrás! ¿Qué habría pasado si hubieses
aceptado?
—¿Qué? —preguntó Allan.
—¿Qué? —repitió Midwinter—. Algo habría hecho
que me detuviese al dar el primer paso, esto es todo. Vamos.
Caminaron juntos en silencio en dirección al
Mere.
En el último recodo del sendero, se apagó el
puro de Allan. Cuando éste se detuvo para encenderlo de nuevo, Midwinter lo
adelantó y fue el primero en ver el campo abierto.
Allan acababa de apagar la cerilla, cuando,
para su sorpresa, su amigo retrocedió y volvió a encontrarse con el en el
recodo de la senda. En aquella parte de la plantación había luz suficiente para
ver con más claridad. En el estante en que Midwinter se enfrentó con Allan, la
cerilla cayó de la mano de éste.
—¡Dios mío! —exclamó, echándose hacia atrás—.
¡Tienes el mismo aspecto que a bordo del barco encallado!
Midwinter levantó una mano para pedirle
silencio. Habló fijando los ojos enloquecidos en el semblante de Allan y
acercando los pálidos labios al oído de éste.
—Recuerdas el aspecto que tenía —respondió, en
un murmullo—. ¿Recuerdas también lo que dije, cuando el médico y tú hablabais
del sueño?
—He olvidado el sueño —dijo Allan.
Midwinter le asió la mano y lo condujo hasta
la última revuelta del sendero.
—¿Lo recuerdas ahora? —le preguntó, señalando
el Mere.
El sol se estaba ocultando en el cielo sin
nubes de poniente. Las aguas del Mere estaban teñidas de rojo por los
moribundos rayos. El campo abierto se extendía a ambos lados, tristemente
oscurecido a derecha e izquierda. En la margen más próxima del estanque, donde
antes todo había sido soledad, se erguía, de cara al sol poniente, la figura de
una mujer.
Los dos Armadale permanecieron juntos en
silencio, observando la figura solitaria y el lúgubre panorama.
Midwinter habló en primer lugar.
—Lo has visto con tus propios ojos. Ahora mira
tus propias palabras.
Abrió el relato del sueño y lo sostuvo ante
Allan. Señaló con un dedo las líneas que narraban la primera visión y, bajando
cada vez más la voz, repitió las palabras:
—«Tuve la impresión de haberme quedado solo en
la oscuridad.
Esperé.
La oscuridad se disipó y tuve la visión, como
en un cuadro, de un estanque grande y solitario, rodeado de un campo despejado.
Encima de la orilla más alejada del estanque, vi el cielo sin nubes del oeste,
enrojecido por el sol poniente. En la margen más próxima se alzaba la sombra de
una mujer.»
Calló y bajó la mano que sostenía el
manuscrito la otra mano, señaló la figura solitaria, en pie, de espalda ellos y
de cara al sol poniente.
-Allí está la mujer viva, ¡en el lugar de la
sombra!
¡Allí habla la primera advertencia que nos
hizo tu sueño a los dos! Quiera Dios que el futuro nos encuentre todavía
juntos... y que la segunda figura que se erguía en el lugar de sombra sea la
mía.
Incluso Allan enmudeció ante la terrible
certidumbre con que hablaba su amigo.
En la pausa que siguió, movióse la figura que
estaba junto al estanque y se alejó lentamente de la orilla. Allan salió de
detrás del último árbol y tuvo una vista más amplia del descampado. El primer
objeto con que tropezaron sus ojos fue el tílburi de Thorpe-Ambrose.
Volvió junto a Midwinter, riendo aliviado.
—¿Qué tonterías has estado diciendo?
—preguntó—. ¿Y qué tonterías he estado escuchando? Es la institutriz, que al
fin ha llegado.
Midwinter no respondió. Allan lo tomó del
brazo y tiró de él. Midwinter se soltó bruscamente y sujetó a Allan con ambas
manos, para que no se acercase a la figura del estanque, como lo había apartado
en el pasado de la puerta del camarote en la cubierta del barco maderero. Una
vez más, Allan se desprendió con la misma facilidad que en aquella ocasión.
—Uno de nosotros debe hablar con ella
—determino—. Si tú no quieres hacerlo, lo haré yo.
Sólo había dado unos pasos en dirección al
Mere, cuando oyó, o le pareció oír, una voz débil que pronunciaba una vez, sólo
una vez, la palabra «Adiós». Se detuvo, sorprendido, y giró en redondo.
—¿Has sido tú, Midwinter? —preguntó.
No obtuvo respuesta. Después de vacilar un
instante, Allan volvió a la plantación. Midwinter se había ido.
Allan miró de nuevo hacia el estanque, sin
saber qué hacer ante el nuevo suceso. Mientras tanto, la figura solitaria había
cambiado de dirección, había dado media vuelta y se encaminaba hacia los
árboles. Sin duda había visto u oído a Allan. Era imposible dejar sin ayuda a
una mujer desamparada en un lugar tan solitario. Por segunda vez, Allan salió
de entre los árboles para ir a su encuentro. Cuando le vio la cara, se detuvo
con irreprimible asombro. La súbita revelación de su belleza, al sonreír ella y
dirigirle una mirada inquisitiva, paralizó el movimiento de su miembros y
detuvo las palabras que iban a brotar de sus labios. Lo asaltó la vaga duda de
si sería, a fin de cuentas la institutriz.
Sobreponiéndose a su sorpresa, avanzó unos
pasos y se presentó.
—¿Puedo preguntarle —añadió— si tengo el gusto
de...?
La dama, con gracia y naturalidad, le contestó
antes de que terminase la frase.
—Soy la institutriz que el comandante Milroy
ha contratado —se presentó—. Miss Gwilt.
CAPÍTULO X
LA CARA DE LA DONCELLA
Todo estaba tranquilo en Thorpe-Ambrose. No
había nadie en el vestíbulo y las habitaciones estaban a oscuras. Los criados,
que esperaban la hora de la cena en el jardín posterior de la casa,
contemplaron el cielo despejado y la luna naciente y convinieron en que no era
probable que los excursionistas regresasen antes de bien entrada la noche. La
opinión general, inspirada por la suprema autoridad de la cocinera, fue que
podían sentarse a cenar sin temor a que los molestara la campanilla de la
puerta. Después de llegar a esta conclusión, los criados ocuparon sus sitios
alrededor de la mesa, pero precisamente cuando se estaban sentando, sonó la
campanilla.
El joven criado, muy extrañado, subió a abrir
la puerta y se encontró, para su asombro, con Midwinter, solo, y parecía, en
opinión del criado, muy enfermo. Pidió una lampara y, alegando que no
necesitaba nada más, se retiró enseguida a su habitación. El criado volvió
junto a sus compañeros y les informó de que, indudablemente, algo le había
sucedido al amigo de su señor.
Midwinter entró en la habitación, cerró la
puerta y llenó apresuradamente una bolsa con todo lo necesario para un viaje.
Acto seguido, abrió un cajón, sacó de él algunos pequeños regalos que le había
hecho Allan (una petaca, una bolsa y unos gemelos de oro) y los introdujo en el
bolsillo interior de la chaqueta. Cuando hubo guardado estos recuerdos, cogió
la bolsa de viaje y apoyó la mano en el tirador de la puerta. Entonces, por
primera vez, se detuvo. Cesó de pronto la premura que había gobernado sus acciones
y empezó a suavizarse la desesperación que se pintaba en su semblante. Esperó,
sin soltar el tirador.
Hasta aquel momento, sólo había tenido
conciencia del único motivo que lo impulsaba, del único objetivo que estaba
resuelto a lograr. «¡Por el bien de Allan!», se había dicho, cuando se volvió a
mirar el paisaje fatal y vio que su amigo lo dejaba para ir al encuentro de la
mujer del estanque. «¡Por el bien de Allan!», se había dicho de nuevo, al
cruzar el campo abierto más allá del bosque y ver a lo lejos, bajo la luz
grisácea del crepúsculo, la larga línea del terraplén y el destello distante de
las lámparas de la estación del ferrocarril, que lo invitaban a tomar el tren.
Sólo cuando se detuvo ante la puerta cerrada,
sólo cuando fue capaz de controlar por vez primera su impetuoso impulso, salió
por sus fueros el carácter más noble del hombre, protestando contra la
desesperación supersticiosa que lo apremiaba para que se alejase de todo lo que
más amaba. Su convicción de la terrible necesidad de separarse de Allan para el
bien de éste no había flaqueado un instante desde que vio realizada a orillas
del Mere la primera visión del sueño. Pero ahora, por primera vez, su propio corazón
se rebeló de un modo inapelable contra él. «¡Vete, si debes y quieres hacerlo!
Pero recuerda aquella vez que estabas enfermo y él se sentó junto a tu
cabecera, cuando no tenías un amigo y él te abrió el corazón... Escribe, si no
te atreves a hablar; escríbele y pídele que te perdone, ¡antes de abandonarlo
para siempre!»
Había empezado a abrir la puerta, pero volvió
a cerrarla sin ruido. Se sentó a la mesa escritorio y tomó la pluma. Trató
repetidas veces de escribir las frases de despedida, lo intentó hasta que todo
el suelo alrededor de él estuvo cubierto de hojas de papel rasgadas. A pesar de
te sus esfuerzos por evitarlo, los viejos tiempos volvían a memoria y le
reprochaban su conducta. El espacioso dormitorio donde se hallaba sentado se
estrechaba, a su pesar hasta convertirse en su buhardilla de enfermo en la
posada. La mano amable que le había palmeado en el hombro lo tocó de nuevo y la
voz amistosa que lo había animado volvió a hablarle en su inmutable y cariñoso
tono. Midwinter extendió los brazos sobre la mesa y hundió la cabeza entre
ellos con muda desesperación. Su pluma era impotente para escribir las palabras
de despedida que su lengua no podía pronunciar. Su superstición, inflexible y
despiadada, le indicaba que se marchase mientras estuviese a tiempo; su amor
por Allan, inflexible y despiadado, le impedía escribir la despedida y la
súplica de perdón y de piedad.
Después de tomar una súbita decisión, se
levantó y llamó al criado.
—Cuando regrese Mr. Armadale —le dijo—, pídale
que me disculpe y dígale que estoy tratando de dormir un poco.
Cerró la puerta, apagó la luz y se sentó, solo
en la oscuridad. «La noche nos mantendrá apartados —pensó—, y quizás el tiempo
me ayudará a escribir. Puedo marcharme por la mañana temprano, puedo marcharme
mientras...» La idea se extinguió en su mente, incompleta, y la angustia
lacerante de la lucha que sostenía consigo mismo hizo que el primer grito de
angustia brotase de sus labios.
Esperó en la oscuridad. Transcurrió el tiempo
y sus sentidos permanecieron mecánicamente despiertos, pero su mente empezó a
nublarse lentamente bajo la fuerte tensión a que estaba sometida desde hacía
horas. Lo envolvió un oscuro vacío, pero no intentó encender la lámpara y
ponerse de nuevo a escribir. No se sobresaltó, ni siquiera se acercó a la
ventana, cuando el primer ruido de unas ruedas que se acercaban quebró el
silencio de la noche. Oyó que los carruajes se detenían ante la puerta y que
los caballos tascaban los frenos, percibió las voces de Allan y el joven
Pedgift en la escalera de la entrada... y permaneció inmóvil en la oscuridad,
sin que los ruidos que llegaban sus oídos desde el exterior despertasen su
interés.
Las voces siguieron oyéndose después de que se
alejaran los carruajes, sin duda los dos jóvenes se entretenían en la
escalinata antes de despedirse. Todas sus palabras llegaban hasta Midwinter a
través de la ventana abierta. El único tema de la conversación era la nueva
institutriz. La voz de Allan se alzaba fuerte y se deshacía en alabanzas. La
hora que había pasado con Miss Gwilt en la barca, para ir desde Hurle Mere
hasta el otro Broad, donde esperaban los excursionistas, había sido la más
deliciosa de su vida. Por su parte, el joven Pedgift, aunque se mostraba de
acuerdo con todo lo que decía su cliente acerca de la encantadora forastera,
parecía enfocar el tema de un modo diferente. Los encantos de Miss Gwilt no
habían absorbido su atención hasta el punto de no advertir la impresión que la
nueva institutriz había causado al comandante y a su hija.
—Hay algo que no cuadra en la familia del
comandante Milroy, señor —dijo la voz del joven Pedgift—. ¿Ha advertido usted
la expresión del comandante y de su hija cuando Miss Gwilt se excusó por haber
llegado tarde al Mere? ¿No se acuerda? ¿No recuerda lo que dijo Miss Gwilt?
—Algo acerca de Mrs. Milroy, ¿no? —dijo Allan.
El joven Pedgift bajó misteriosamente el tono
de su voz.
—Miss Gwilt llegó esta tarde al cottage a la
hora que usted había previsto que llegaría y se habría reunido con nosotros a
la hora que usted calculó, de no haber sido por Mrs. Milroy. Ésta la hizo subir
a su habitación en cuanto llegó y la entretuvo allí media hora o más. Ésta fue
la excusa de Miss Gwilt, Mr. Armadale, por haber llegado tarde al Mere.
—¿Qué sucede?
—Parece olvidar, señor, lo que todo el
vecindario ha oído decir acerca de Mrs. Milroy desde que el comandante vino a
residir entre nosotros. Todos sabemos, ya que el médico lo ha dicho, que su
dolencia es demasiado grave para que pueda entrevistarse con desconocidos. ¿No
resulta un poco extraño que experimentase de pronto una mejoría tal que le
permitiese ver a Miss Gwilt, en ausencia de su marido, en el mismo momento en
que ésta llegó a la casa?
-¡En absoluto! Desde luego, debía de estar
ansiosa por conocer a la institutriz de su hija.
—Probablemente tiene razón, Mr. Armadale. Pero
el comandante y Miss Neelie no opinan lo mismo. Yo me fijé en los dos cuando la
institutriz les dijo que Mrs. Milroy la había enviado a buscar. Si alguna vez
he visto a una chica terriblemente asustada, ésta es Miss Milroy, y yo diría
(si me permite que, de modo estrictamente confidencial, hable en estos términos
de un bizarro militar) que incluso el comandante experimentó un sentimiento
parecido. Estoy seguro, señor, de que algo extraño ocurre en aquella linda
casita y de que Miss Gwilt guarda ya alguna relación con ello.
Hubo un instante de silencio. Cuando Midwinter
volvió a oír las voces, éstas sonaron lejos de la casa, probablemente Allan
acompañaba un trecho al joven Pedgift. Al cabo de un rato, se oyó de nuevo en
el porche la voz de Allan, que preguntaba por su amigo, y la respuesta del
criado al transmitirle el mensaje de Midwinter. Después de esta breve
interrupción, el silencio no volvió a romperse hasta que llegó la hora de
cerrar la casa. Los pasos de los criados, el chasquido de las puertas al
cerrarse y el ladrido de un perro en el patio de la caballeriza, fueron otros
tantos ruidos que advirtieron a Midwinter que se estaba haciendo tarde. El
joven se levantó mecánicamente para encender una lámpara; pero le temblaba la
mano y la cabeza le daba vueltas, de manera que dejó a un lado la caja de
cerillas y volvió de nuevo a su silla. Se había desinteresado de la
conversación entre Allan y el joven Pedgift en el mismo instante en que había
dejado de oírla, y ahora, una vez más, la impresión de que estaba malgastando un
tiempo precioso perdió todo su sentido cuando se extinguieron los ruidos que la
habían provocado. Midwinter había agotado por un igual sus fuerzas físicas y
mentales: esperó con estoica resignación lo que habría de traerle el día
siguiente.
Después de un intervalo, unas voces volvieron
a romper el silencio en el exterior; las voces, esta vez, de un hombre y una
mujer. Las primeras palabras que intercambiaron indicaron con bastante claridad
que se trataba de una entrevista clandestina y revelaron que el hombre era uno
de los criados de Thorpe-Ambrose y la mujer, una de las sirvientas de la casita
vecina.
Una vez más, después de los saludos, el tema
de la nueva institutriz absorbió toda la conversación. Los malos presagios
(inspirados solamente por la belleza de Miss Gwilt) embargaban a la mujer, la
cual los vertía sobre el hombre, a pesar de los esfuerzos de éste por cambiar
de tema. Tarde o temprano, insistía ella, se produciría un terrible «trastorno»
en la casita. Su amo, y lo decía confidencialmente, llevaba una vida espantosa
con su mujer. El comandante era un hombre excelente. En su corazón, sólo había
sitio para su hija y su eterno reloj. Pero había bastado con que se presentase
una mujer bonita en el lugar para que Mrs. Milroy se hubiese puesto celosa,
furiosamente celosa, como una mujer posesa, en su triste lecho de enferma. Si
Miss Gwilt (que desde luego era atractiva, a pesar de sus horribles cabellos)
no encendía la llama antes de que pasaran muchos días, el ama no sería el ama,
sino otra persona. En cualquier caso, la culpa sería esta vez de la madre del
comandante. La anciana y el ama habían tenido una espantosa disputa dos años
atrás, y la anciana se había marchado furiosa, diciendo a su hijo, en presencia
de todos los criados, que si le quedaba una pizca de energía, no debía seguir
aguantando los malos humores de su esposa. Quizá sería excesivo acusar a la
madre del comandante de haber elegido una institutriz hermosa para fastidiar a
la esposa de aquél. Pero sí que podía decir, sin miedo a equivocarse, que la
anciana dama era la última persona del mundo capaz de tener en cuenta los celos
de su nuera y de rechazar por ello a una institutriz apta y respetable para su
nieta, por el único motivo de que la naturaleza le hubiese otorgado tan
agradable aspecto. Ninguna criatura humana podía decir cómo terminaría el
asunto, aunque era indudable que acabaría mal. Ya en este momento, el panorama
no podía ser más negro. Miss Neelie estaba llorando, después de la diversión
del día, lo cual era mala señal; el ama no había reñido a nadie, lo cual
también lo era, el amo le había dado las buenas noches a través de la puerta
(tercer mal síntoma), y la institutriz se había encerrado con llave en su
habitación (y ésta era la peor señal de todas, ya que daba la impresión de
recelar de la servidumbre). Así discurrió el chismorreo de la mujer, que llegó
a oídos de Midwinter a través de la ventana abierta, hasta que sonó el reloj
del patio de las caballerizas y terminó la conversación. Cuando se extinguieron
las vibraciones de la última campanada, no se volvieron a oír las voces ni
volvió a interrumpirse el silencio.
Pasó otro rato y Midwinter hizo otro esfuerzo
para salir de su abatimiento. Esta vez encendió la lámpara sin vacilar y tomó
la pluma.
Hizo el primer intento con una facilidad de
expresión tan imprevista que lo sorprendió al principio y acabó despertando en
él cierta vaga sospecha en lo tocante a sus propias facultades. Se levantó de
la mesa, se mojó la cara y la cabeza y volvió a su sitio para leer lo que había
redactado. El lenguaje era apenas inteligible: frases inconexas, palabras
equivocadas. Cada línea reflejaba la protesta de un cerebro cansado contra la
despiadada voluntad que lo había obligado a la acción. Midwinter rompió la hoja
de papel como había rasgado todas las anteriores, e incapaz al fin de continuar
la lucha, reclinó la fatigada cabeza sobre la almohada. Casi al instante,
sucumbió al agotamiento y, antes de que pudiese apagar la lámpara, se quedó
dormido.
Lo despertó un ruido en la puerta. La luz del
sol entraba a raudales en la habitación; la vela se había consumido por
completo y el criado esperaba fuera, con una carta que había llegado en el
correo de la mañana.
—Me he atrevido a molestarlo, señor —se
disculpó el hombre, cuando Midwinter abrió la puerta—, porque la carta lleva la
indicación de «Urgente» y pensé que podía ser importante para usted. Midwinter
le dio las gracias y miró la carta. Era importante, pues reconoció la letra de
Mr. Brock.
Hizo una pausa para recobrar sus facultades.
Las hojas de papel rasgadas le recordaron al instante la posición en que se
hallaba. Volvió a cerrar la puerta con llave, por miedo de que Allan se
levantase antes que de costumbre y entrase para ver qué le pasaba. Después,
sintiendo una extraña indiferencia por cuanto pudiese escribirle ahora el
párroco, abrió la carta de Mr. Brock y leyó estas líneas:
«Martes.
Mi querido Midwinter: A veces es mejor dar
claramente las malas noticias, en pocas palabras. Deje que le comunique las
mías en una sola frase. Todas mis precauciones fueron inútiles: la mujer se me
ha escapado.
Esta desgracia —pues en efecto lo es— ocurrió
ayer (lunes). Entre las once y las doce del mediodía, el asunto que en
principio me había traído a Londres me obligó a ir a Doctor's Commons y dejar
que mi criado Robert vigilase la casa de enfrente hasta mi regreso.
Aproximadamente una hora y media después de mi partida, observó que un coche
vacío se detenía delante de la entrada de la casa. Ante todo, sacaron de ella
varias cajas y maletas; luego apareció la mujer, con el mismo vestido que
llevaba la primera vez que la vi. Robert, que previamente había alquilado un
coche, la siguió hasta la estación del North-Western Railway, vio que pasaba
por la taquilla, no la perdió de vista hasta que ella salió al andén... y allí
sí que la perdió, entre la muchedumbre y la confusión causada por la partida de
un largo tren mixto. Debo decir en su disculpa que, en esta emergencia, optó
por lo más adecuado. En vez de perder tiempo buscándola en el andén, miró a lo
largo de la hilera de vagones y declara positivamente que no la vio en ninguno
de ellos. Al mismo tiempo confiesa que su búsqueda, realizada entre las dos de
la tarde, que fue cuando perdió de vista a la mujer, y las dos y diez minutos,
hora en que arrancó el tren, fue necesariamente imperfecta dada la confusión del
momento. Pero, en mi opinión, esta última circunstancia carece de importancia.
Estoy tan seguro de que la mujer no salió en aquel tren como si yo mismo
hubiese registrado cada uno de los vagones. No me cabe la menor duda de que
estará usted completamente de acuerdo conmigo.
Ahora sabe cómo ocurrió el desastre. Pero no
perdamos tiempo ni palabras en lamentaciones. El mal ya está hecho y usted y
yo, juntos, debemos encontrar la manera de remediarlo.
Lo que por mi parte he realizado puede
contarse en dos palabras. Todas mis anteriores vacilaciones en confiar este
delicado asunto a personas extrañas se desvanecieron cuando escuché el relato
de Robert. Volví de inmediato a la ciudad y puse todo el asunto
confidencialmente en manos de mis abogados. La conferencia fue larga y cuando
salí de su despacho había pasado la hora de recogida del correo, de no haber
sido así, le habría escrito ayer y no hoy. Mi entrevista con los abogados no
resultó muy alentadora. Me hicieron ver claramente las dificultades de
recuperar la pista perdida. Pero me prometieron hacer todo lo posible por su
parte y decidimos las medidas a tomar, a excepción de una en la que discrepamos
por completo. Debo decirle cuál es esta discrepancia, pues mientras mi asunto
me mantenga lejos de Thorpe-Ambrose, es usted la única persona que puede
comprobar mi teoría.
Los abogados opinan que la mujer descubrió
desde el primer momento que yo la estaba vigilando, y que, en consecuencia, no
hay que esperar que sea lo bastante imprudente para aparecer personalmente en
Thorpe-Ambrose; que, sean cuales fueren sus malas intenciones, actuará de
momento por medio de otra persona. Consideran que lo mejor que pueden hacer los
amigos y protectores de Allan es esperar sin hacer nada a que los sucesos los
iluminen. Mi opinión es radicalmente opuesta. Después de lo ocurrido en la estación
del ferrocarril, no puedo negar que la mujer debió descubrir que yo la estaba
vigilando. Pero no tiene motivos para suponer que no ha logrado engañarme y
creo firmemente que es lo bastante audaz para pillarnos por sorpresa y lograr
ganarse la confianza de Allan antes de que podamos impedírselo. Sólo nosotros
dos (mientras yo tenga que permanecer en Londres) podemos decidir si tengo
razón o estoy equivocado, y usted puede hacerlo de la siguiente manera.
Averigüe inmediatamente si alguna forastera ha aparecido desde el lunes en
Thorpe-Ambrose. Si se ha observado la presencia de semejante persona (pues
nadie pasa inadvertido en las zonas rurales), aproveche la primera oportunidad
que tenga de verla y pregúntese si su cara responde afirmativa o negativamente
a las sencillas preguntas que voy a hacerle a continuación. Puede usted confiar
en la exactitud de mis datos. Vi a la mujer sin velo en más de una ocasión y,
la última vez, a través de unos gemelos excelentes.
1) ¿Son sus cabellos de un color castaño claro
y de apariencia rala? 2) ¿Tiene la frente alta, estrecha e inclinada hacia
atrás desde las cejas? 3) ¿Son las cejas poco marcadas y pequeños los ojos, más
bien oscuros, aunque siempre estaba demasiado lejos para saber si son grises o
castaños? 4) ¿Tiene la nariz aguileña? 5) ¿Tiene los labios finos y bastante
largo el superior? 6) ¿Tiene blanca la piel, pero deteriorada hasta adquirir
una palidez mate y enfermiza? 7) (y último) ¿Tiene el mentón hundido y una marca
en el lado izquierdo, que no estoy seguro de si es una peca o una cicatriz?
No diré nada acerca de su expresión, pues es
posible que usted la vea en circunstancias que pueden alterarla, al menos en
parte. Fíjese en sus facciones, que ninguna circunstancia puede cambiar. Si hay
una forastera en la vecindad y si su semblante responde afirmativamente a mis
siete preguntas, ¡habrá encontrado a la mujer! En tal caso, acuda
inmediatamente al abogado más cercano y dígale que yo respondo, con mi nombre y
mi solvencia, de todos los gastos que haya que hacer para mantenerla día y
noche bajo vigilancia. Después, póngase en contacto conmigo de la manera más
rápida posible y, aunque no haya terminado el asunto que aquí me retiene,
tomaré el primer hacia Norfolk.
En todo caso, confirme o no mis sospechas,
escríbame a vuelta de correo. ¡Aunque sólo sea para decirme que ha recibido mi
carta! Sólo usted puede aliviar la inquietud y la angustia que me oprimen al
estar lejos de Allan. Dicho esto, conozco a usted lo bastante para saber que no
hace falta añadir más.
Siempre buen amigo suyo,
Decimus Brock.»
Endurecido por la convicción fatalista que
ahora lo embargaba, Midwinter leyó la confesión del fracaso del párroco, desde
la primera línea hasta la última, sin dar muestras de interés o de sorpresa. La
única parte de la carta que llamó su atención fue la última. Leyó el último
párrafo por segunda vez. Después esperó un momento para reflexionar. «Debo
mucho a la bondad de Mr. Brock —pensó—, y nunca volveré a verlo. Es
completamente inútil, pero él me pide que lo haga y cumpliré su deseo. Un
vistazo a esa mujer bastará, la observaré un momento, sin olvidar lo que dice
esta carta, y escribiré unas líneas a Mr. Brock para decirle que la mujer está
aquí.»
Volvió a cavilar ante la puerta entreabierta;
una vez más lo detuvo, como si lo mirase a la cara, la cruel necesidad de
escribir a Allan para despedirse de él.
Miró de reojo la carta del párroco.
—Escribiré las dos al mismo tiempo —decidió en
voz alta—. Así será más fácil.
Se ruborizó al pronunciar estas palabras. Se
daba cuenta de que estaba retrasando deliberadamente la hora fatal, de que
tomaba a Mr. Brock como pretexto para el último respiro, para alargar el plazo.
El único sonido que llegaba hasta él a través
de la puerta abierta era el de Allan, que se movía ruidosamente en la
habitación contigua. Salió rápidamente al corredor vacío y como no se encontró
con nadie en la escalera, salió de la casa. Su temor de que la resolución de
alejarse de Allan pudiese flaquear si volvía a verlo era tan intenso por a
mañana como lo había sido durante toda la noche. Lanzo un profundo suspiro
mientras bajaba la escalinata de la casa, aliviado de haberse librado del
saludo matinal del único ser humano a quien quería.
Recorrió el sendero entre los arbustos, con la
carta de Mr. Brock en la mano, y tomó el camino más corto para ir a la casa del
comandante. No recordaba en absoluto la conversación que había oído durante la
noche. La única razón de que quisiese ver a la mujer era la que le había
suscitado la carta del pastor. El único recuerdo que le guiaba ahora hacia el
lugar donde vivía ella era el de la exclamación de Allan cuando identificó a la
institutriz con la figura del estanque. Se detuvo al llegar a la verja del
cottage. Se le ocurrió pensar que podía fracasar en su objetivo si miraba las
preguntas del párroco en presencia de la mujer. Probablemente ella sospecharía
ya algo cuando preguntara por la institutriz (como había resuelto hacer, con o
sin pretexto), y la aparición de la carta en su mano confirmaría la sospecha.
La mujer podría frustrar sus intenciones si salía inmediatamente de la
habitación. Decidido a fijar primero la descripción en su memoria y enfrentarse
después con la mujer, abrió la carta y, después de volverse despacio hacia un
lado de la casa, leyó las siete condiciones que según creía quedarían
plenamente confirmadas por la cara de la mujer.
En el silencio matinal del parque, los más
débiles ruidos se oían desde muy lejos. Un ligero sonido distrajo a Midwinter
de su lectura.
Levantó la mirada y se encontró en el borde de
una ancha y herbosa zanja, a uno de cuyos lados se extendía el parque, mientras
que en el otro se alzaba un alto seto de laureles. Saltaba a la vista que aquel
cercado rodeaba el jardín posterior de la casita y que la zanja tenía por
objeto protegerlo de los daños que habría podido ocasionar el ganado que pacía
en el campo. Al escuchar atentamente aquel ligero sonido que ahora se
debilitaba aún más, lo reconoció como el susurro de un vestido femenino. A unos
pasos delante de él, un puente, cerrado por un portillo y que comunicaba el
jardín con el campo, cruzaba la zanja. Midwinter abrió el portillo, cruzó el
puente y, después de empujar una puerta al otro lado, se encontró en una
glorieta cubierta de espesas enredaderas y desde donde se dominaba todo el
jardín.
Miró y vio las figuras de dos damas que se
alejaban despacio de donde él se hallaba, en dirección a la casa. De momento,
no prestó atención a la más baja de las dos, ni siquiera se paró a considerar
si era o no era la hija del comandante. Su mirada permanecía fija en la otra
figura, que caminaba por el jardín con fácil y seductora elegancia, arrastrando
su largo vestido. Allí, con el mismo aspecto de cuando la había visto por
primera vez, pero vuelta de espaldas a él, ¡estaba la mujer del estanque!
Cabía la posibilidad de que diesen otra vuelta
por el jardín y se acercasen a la glorieta. Dispuesto a aprovecharla, Midwinter
esperó. No había tenido conciencia de cometer un allanamiento cuando entró en
la glorieta y tampoco ahora lo turbó esta idea. La cruel angustia de la noche
anterior había embotado las fibras más sensibles de su naturaleza. La terca
resolución de hacer lo que lo había llevado hasta allí era la única fuerza que
lo impulsaba. Actuaba como lo habría hecho el hombre más impasible de hallarse
en su lugar, e incluso su aspecto era el propio de éste. Tuvo el aplomo
suficiente para aprovechar el intervalo, antes de que la institutriz y su
discípula llegasen al final del paseo, para abrir la carta de Mr. Brock y
refrescar la memoria con una última mirada al párrafo donde se describía el
rostro de aquélla.
Todavía estaba absorto en la descripción
cuando oyó el débil susurro de los vestidos que se acercaban de nuevo a él. De
pie a la sombra de la glorieta, esperó a que se redujese la distancia entre él
y las damas. Con la descripción de la institutriz grabada en su memoria y
ayudado por la clara luz de la mañana, sus ojos la interrogaron cuando ella se
acercó. El semblante de la mujer ofreció las siguientes respuestas:
Los cabellos, según la descripción del
párroco, eran de color castaño claro y no muy abundantes. Los de la mujer,
soberbiamente espesos, tenían ese tono único y especial que los prejuicios de
las naciones norteñas nunca perdonan del todo: ¡eran rojos! La frente que
describía el pastor era alta, estrecha e inclinada hacia atrás desde las cejas,
éstas eran poco marcadas y los ojos se describían como pequeños y grises o
castaños. La frente de esta mujer era baja, recta y ancha; las cejas, firme
pero delicadamente marcadas, eran un poco más oscuras que los cabellos; los
ojos, grandes, brillantes y abiertos, tenían ese puro color azul, sin sombra de
gris o de verde, que admiramos a menudo en los cuadros y en los libros pero que
raras veces encontramos en un rostro vivo. La nariz que describía el párroco
era aguileña. La línea de la nariz de esta mujer no se torcía, era la nariz
recta y delicadamente moldeada (sobre el breve labio superior) de las estatuas
y bustos antiguos. Los labios que describía el pastor eran finos, y el
superior, largo; la tez tenía una palidez opaca y enfermiza; el mentón era
hundido, y tenía la marca de una peca o una cicatriz en el lado izquierdo. Los
labios de esta mujer eran gordezuelos y sensuales. La tez era la que suele
acompañar a unos cabellos como los suyos, delicadamente brillante donde era más
rosada, cálida y suavemente blanca, con sutiles gradaciones de color, en la
frente y en el cuello. La barbilla, redonda y con un hoyuelo, estaba limpia de
toda mancha y era tersa como su frente. Cuanto más se acercaba, más bella
parecía bajo la luz de la mañana, en la más sorprendente e inexplicable
contradicción que pudiesen ver los ojos o concebir la mente, con las
descripciones de la carta del párroco. La institutriz y su discípula estaban ya
muy cerca de la glorieta cuando miraron hacia ésta y advirtieron la presencia
de Midwinter en su interior. La institutriz fue quien lo vio primero.
—¿Un amigo suyo, Miss Milroy? —preguntó, sin
sobresaltarse ni mostrar la menor sorpresa.
Neelie lo reconoció al instante. Predispuesta
contra Midwinter por la conducta de éste cuando su amigo lo había presentado,
lo detestaba ahora como primera causa de su tropiezo con Allan en la excursión.
Enrojecido el semblante, se echó atrás con una expresión de airada sorpresa.
—Es un amigo de Mr. Armadale —respondió
secamente—. No sé lo qué quiere ni por qué está aquí.
—¡Un amigo de Mr. Armadale!
La cara de la institutriz se iluminó con
súbito interés mientras repetía estas palabras. Correspondió a la mirada de
Midwinter, todavía fija en ella, con similar firmeza por su parte.
-Yo diría —prosiguió Neelie, resentida al ver
que Midwinter no le prestaba ninguna atención— que es un abuso irrumpir en el
jardín de papá como si fuese un parque público.
La institutriz se volvió en redondo,
interponiéndose delicadamente entre los dos.
—Mi querida Miss Milroy —la reprendió—, hay
que tener en cuenta las circunstancias. Ese caballero es amigo de Mr. Armadale.
No habría podido usted expresarse con más brusquedad si se hubiese tratado de
un desconocido.
—He expresado mi opinión —replicó Neelie,
irritada por el tono irónico e indulgente con que se había dirigido a ella la
institutriz—. Es cuestión de gustos, Miss Gwilt, y hay gustos de muchas clases.
Se volvió con petulancia y se dirigió sola a
la casa.
—Es muy joven —la excusó Miss Gwilt, apelando
con una sonrisa a la indulgencia de Midwinter— y, como habrá visto usted,
señor, es una niña mimada. —Hizo una pausa; mostró, sólo por un instante, su
sorpresa por el extraño silencio de Midwinter y su extraña insistencia en
mirarla fijamente, y procuró después, con presteza y discreción, sacarlo de la
falsa posición en que se había situado—. Ya que ha llegado usted hasta aquí en
su paseo —continuó—, ¿sería tan amable de transmitirle un mensaje a su amigo
cuando regrese a casa? Mr. Armadale tuvo la bondad de invitarme a ver los
jardines de Thorpe-Ambrose esta mañana. ¿Querrá usted decirle que el comandante
Milroy permite que acepte la invitación (en compañía de Miss Milroy) entre las
diez y las once de esta mañana?
Durante un momento, sus ojos se fijaron con
renovado interés en el rostro de Midwinter. Esperó, en vano una respuesta,
sonrió como si su extraordinario silencio la divirtiese en vez de irritarla y
siguió a su discípula hacia la casa.
Sólo cuando la hubo perdido totalmente de
vista, salió Midwinter de su ensimismamiento y trató de analizar la posición en
que se hallaba. La revelación de su belleza no era en modo alguno la causa del
asombro que lo había hecho enmudecer hasta ese momento. La única impresión
clara que ella le había producido hasta entonces empezaba y terminaba con el
descubrimiento de las asombrosas contradicciones que ofrecían todas y cada una
de sus facciones respecto a la descripción realizada por Mr. Brock. Todo lo demás
era vago y nebuloso: la vaporosa imagen de una mujer alta, elegante, amable,
que le había hablado modesta y delicadamente, y nada más.
Dio unos pasos en el jardín sin saber por qué,
se detuvo mirando a un lado y otro como si se hubiese perdido, reconoció la
glorieta haciendo un esfuerzo, como si hubiesen transcurrido años desde que
había estado en ella, y por fin, salió otra vez al parque. Incluso allí, anduvo
primero en una dirección y después en otra. Su mente todavía vacilaba a causa
de la impresión sufrida, todas sus percepciones eran confusas. Algo lo mantenía
mecánicamente en movimiento, empujándolo sin motivo, haciéndole andar sin rumbo
fijo.
Incluso un hombre mucho menos sensible que él
se habría sentido abrumado, tal como le sucedía a él, por la enorme e
instantánea conmoción de sentimientos que los últimos minutos habían provocado
en su mente.
En el memorable instante en que había abierto
la puerta que daba a la glorieta, ninguna influencia capaz de confundirlo
turbaba sus facultades. Con razón o sin ella, un proceso de pensamiento
absolutamente definido lo había llevado a una conclusión tajante en lo tocante
a su posición con respecto a su amigo. Toda la fuerza del motivo que lo había
impulsado a tomar la resolución de separarse de Allan se apoyaba en la creencia
de que había visto en Hule Mere la realización fatal de la primera visión del
sueño. Esta creencia se apoyaba a su vez, necesariamente, en la convicción de
que la única superviviente de la tragedia de Madeira debía ser,
inevitablemente, la mujer que había visto junto al estanque, en el lugar de la
sombra. Firme en este convencimiento, había comparado el objeto de su
desconfianza y de la desconfianza del párroco con la descripción que éste había
hecho (una descripción súmamente minuciosa, realizada por un hombre digno de
toda confianza), y por sus propios ojos reconoció que la mujer vislumbrada en
el Mere y la mujer a quien había identificado Mr. Brock en Londres no eran una,
sino dos. La carta del párroco demostraba que, en el lugar de la sombra soñada,
no se había encontrado el instrumento de la fatalidad, ¡sino una desconocida!
El descubrimiento que acababa de hacer no
despertó en su mente ninguna de las dudas que hubiese podido preocupar a un
hombre menos supersticioso.
No se le ocurrió preguntarse si una
desconocida podía ser el instrumento de la fatalidad, ya que la carta le había
persuadido de que una desconocida había sido revelada como la figura en el
paisaje del sueño. Esta idea no entró, ni podía entrar, en su cabeza. La única
mujer que su superstición temía era la que se había entrometido en las vidas de
los dos Armadale de la primera generación y en la suerte de los dos Armadale de
la segunda; la mujer que era marcado objeto de la advertencia de su padre en su
lecho de muerte y primera causa de las calamidades familiares que habían
abierto a Allan el camino de la hacienda de Thorpe-Ambrose; la mujer, en una
palabra, que habría identificado instintivamente, de no haber sido por la carta
de Mr. Brock, con la que ahora había visto.
Considerando los acontecimientos que acababan
de ocurrir, bajo la influencia del error provocada inocentemente por la carta
del párroco, su mente concibió y llegó instantáneamente a una nueva conclusión,
actuando exactamente como lo había hecho en el pasado, en la entrevista con Mr.
Brock en la isla de Man.
De la misma manera que en una ocasión declaró
que el hecho de no haber tropezado nunca con el barco maderero en sus viajes
por mar era razón más que suficiente para refutar la idea de la fatalidad, así
concluyó que la atribución del sueño a un origen sobrenatural quedaba refutada
por la aparición de una desconocida en el lugar de la sombra. Partiendo de este
punto (que le permitía ceder a la influencia total de su afecto por Allan), su
pensamiento recorrió con la velocidad del rayo toda la consiguiente cadena de
ideas. Si se había demostrado que el sueño no era un aviso del otro mundo, de
ello se desprendía inevitablemente que había sido la casualidad y no el destino
lo que los había conducido al barco encallado. De la misma forma, todos los
sucesos que habían ocurrido desde que Allan y él se habían separado de Mr.
Brock eran otros tantos acontecimientos inofensivos y deformados por su
superstición. En un instante, su imaginación vivaz lo había llevado a aquella
mañana en Castletown, cuando había revelado al párroco el secreto de su nombre,
cuando había declarado al pastor, con la carta de su padre ante sus ojos, lo
que creía a pies juntillas. De nuevo sentía en su corazón la firmeza del lazo
fraternal que lo unía a Allan. Ahora podía decir una vez más, con la grave
sinceridad de antaño: «Si la idea de dejarlo me rompe el corazón, ¡la idea de
dejarlo es errónea!» Mientras esta noble convicción se adueñaba de nuevo de su
mente (acallando el tumulto, despejando la confusión que reinaba en su
interior), la casa de Thorpe-Ambrose, con la figura de Allan en la escalinata,
quien lo esperaba y lo buscaba con la mirada, apareció ante sus ojos a través
de la arboleda. Una sensación de infinito alivio libró a su afanoso espíritu de
todos los cuidados, dudas y temores que durante tanto tiempo la habían oprimido
y le mostró, una vez más, el futuro mejor y más brillante de sus primeros
sueños. Sus ojos se llenaron de lágrimas y estrujó la carta del párroco antes
de llevársela apasionadamente a los labios, cuando miró a Allan desde el lugar
donde se hallaba entre los árboles. «De no haber sido por este pedazo de papel
—pensó—, mi vida habría podido ser un largo camino de amargura, ¡y el crimen de
mi padre podía habernos separado para siempre!»
Tal fue el resultado de la estratagema que
había hecho que Mr. Brock tomase la cara de la doncella por la de Miss Gwilt.
De esta forma (destruyendo la confianza de Midwinter en su superstición, en el
único caso en que ésta apuntaba a la verdad) triunfó la astucia de Mrs.
Oldershaw ante unos peligros y dificultades que ni ella misma había previsto.
CAPÍTULO XI
MISS GWILT EN ARENAS MOVEDIZAS
1. DEL REVERENDO DECIMUS BROCK A OZIAS
MIDWINTER
«Jueves.
Mi querido Midwinter: No puedo expresar con
palabras el alivio que he experimentado al recibir su carta esta mañana y lo
feliz que, sinceramente, me siento al comprobar que estaba equivocado. Las
precauciones que tomó usted por si la mujer confirmase todavía mis temores, al
presentarse en Thorpe-Ambrose, creo que son cuanto podía desear. Seguro que
sabrá de ella por alguien del personal del bufete del abogado a quien pidió que
le informase si alguna desconocida se presenta en la ciudad.
Me complace sobremanera saber que puedo
confiar por entero en usted en este asunto, pues probablemente me veré obligado
a dejar los intereses de Allan en sus manos durante más tiempo del que suponía.
Lamento decirle que mi regreso a Thorpe-Ambrose se retrasará dos meses. El
único de mis hermanos clérigos en Londres que sería capaz de asumir mis
funciones, no puede trasladarse con su ramilia a Somersetshire antes de este
tiempo. No tengo más remedio que terminar el asunto que me retiene aquí y
volver a mi parroquia el sábado próximo. Desde luego, si ocurre algo, dígamelo
inmediatamente, pues en este caso acudiré de inmediato a Thorpe-Ambrose, por
muchos que sean los inconvenientes. En cambio, si todo marcha mejor de lo que
mis obstinadas aprensiones me permiten suponer, Allan (a quien he escrito
también) no debe esperarme hasta dentro de dos meses.
Hasta este momento, han sido vanos nuestros
esfuerzos por volver a encontrar la pista que perdimos en la estación del
ferrocarril. Sin embargo, no cerraré esta carta hasta la hora de recogida del
correo, por si las próximas horas nos trajesen alguna novedad.
Como siempre, suyo afectísimo,
Decimus Brock.
P.D. — Acabo de recibir noticias de los
abogados. Han descubierto el nombre de la mujer con quien me tropecé en
Londres. Si este descubrimiento (temo que intrascendente) le sugiere un nuevo
curso de acción, sígalo inmediatamente, por favor. El nombre es Miss Gwilt.»
2. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW
«The Cottage, Thorpe-Ambrose.
Sábado, 28 de junio.
Si me prometes no asustarte, mamá Oldershaw,
empezaré esta carta de una manera extraña: copiando una página de una carta
escrita por otra persona. Tú tienes una memoria excelente y supongo que no
habrás olvidado que, el lunes pasado, recibí una nota de la madre del
comandante Milroy, después de que me hubiera contratado como institutriz.
Estaba fechada y firmada, y ahí va la primera página: "23 de junio de
1851. Querida señora: Ruego que me disculpe por molestarla antes de su salida
para Thorpe-Ambrose, con una palabra más sobre las costumbres que se observan
en casa de mi hijo. Cuando he tenido el placer de verla a las dos de la tarde
del día de hoy, en Kingsdown Crescent, tenía otra cita a las tres en otra parte
de Londres, muy lejos de allí. En las prisas del momento, olvidé un par de
detalles sobre los que pienso que debo llamar su atención." El resto de la
carta carece de la menor importancia, pero las líneas que acabo de copiar son
dignas de toda la atención que puedas prestarles. Me han evitado ser descubierta,
amiga mía, ¡antes de llevar una semana al servicio del comandante Milroy!
La cosa ocurrió ayer por la tarde de esta
manera:
Hay aquí un caballero, del que tendré que
decir ahora algo más, que es amigo íntimo del joven Armadale y lleva el extraño
apellido de Midwinter. Ayer se las arregló para hablar conmigo a solas en el
parque. En cuanto abrió la boca, me enteré de que mi nombre había sido
descubierto en Londres (sin duda por el clérigo de Somersetshire) y de que Mr.
Midwinter había sido elegido (evidentemente por la misma persona) para cotejar
a la Miss Gwilt que había desaparecido de Brompton con la Miss Gwilt que había
aparecido en Thorpe-Ambrose. Recuerdo que tú previste esta eventualidad, pero
difícilmente habrías podido sospechar que la amenaza se cerniese tan pronto
sobre mí.
Te ahorraré los detalles de nuestra
conversación y pasaré al final de la misma. Mr. Midwinter expuso el asunto con
gran delicadeza y declaró, para mi sorpresa, que estaba completamente seguro de
que yo no era la Miss Gwilt que su amigo andaba buscando y que, si había
actuado como lo había hecho, había sido por consideración a la preocupación de
una persona cuyos deseos estaba obligado a respetar. ¿Quería yo ayudarlo a
tranquilizar por completo a su amigo contestando a una sencilla pregunta que no
tenía derecho a formularme, pero que esperaba de mi bondad que la quisiera
contestar? La Miss Gwilt perdida había desaparecido el lunes pasado, a las dos
de la tarde entre la multitud que llenaba el andén de la estación del
North-Western Railway, de Euston Square. ¿Lo autorizaba yo para afirmar que,
aquel día y a aquella hora, la Miss Gwilt que era institutriz de la hija del
comandante Milroy no había estado cerca de aquel lugar?
Comprenderás que aproveché la oportunidad que
él me brindaba para desvanecer cualquier futura sospecha. Adopté inmediatamente
mi tono más digno y le mostré la carta de la anciana. Él rehusó cortésmente
leerla, pero yo insistí en que lo hiciese. "No quiero —le dije—, que me
tomen por una mujer que puede ser indeseable, sólo porque lleva el mismo
apellido que yo. Insisto en que lea usted la primera parte de esta carta, para
mi satisfacción, si no por la suya propia." Se vio obligado a complacerme
y así obtuvo la prueba, escrita de puño y letra de la anciana, de que a las dos
de la tarde del pasado lunes estábamos las dos en Kingsdown Crescent, que según
se puede comprobar en cualquier guía de la ciudad, ¡está en Bayswater! Puedes
imaginarte sus disculpas y la perfecta amabilidad con que yo las recibí.
Desde luego, si no hubiese conservado la
carta, habría podido indicarle que se dirigiese a ti o a la madre del
comandante para informarse y el resultado habría sido el mismo. Pero, tal como
se desarrollaron las cosas, hemos conseguido nuestro objetivo sin dilaciones y
sin tener que molestar a nadie. Ha quedado demostrado que yo no soy yo, y uno
de los muchos peligros que me amenazaban en Thorpe-Ambrose se ha desvanecido
desde este momento. La cara de tu doncella puede no ser muy atractiva, pero no
se puede negar que nos ha prestado un excelente servicio.
Esto, en cuanto al pasado; pensemos ahora en
el futuro. Te contaré cómo me desenvuelvo entre las personas que me rodean y tú
misma juzgarás qué probabilidades tengo de convertirme en dueña de
Thorpe-Ambrose.
Comenzaré con el joven Armadale, porque me
gusta empezar con una buena noticia. Le he producido la impresión adecuada,
aunque sabe Dios que no tengo motivos para jactarme de ello. Cualquier mujer
moderadamente atractiva que se tomase este trabajo podría conseguir que el
joven se enamorase de ella. Es un cabeza de chorlito, uno de esos jóvenes
ruidosos, sonrosados, rubios y bonachones a quienes detesto en particular. El
mismo día de mi llegada estuve una hora a solas con él en una barca y puedo
asegurarte que, desde entonces, he aprovechado bien el tiempo. Lo único que me
resulta difícil cuando estoy con él es ocultar mis verdaderos sentimientos
sobre todo cuando, al recordarme a su madre, hace que mi antipatía se convierta
en puro odio. Realmente, jamás he conocido a un hombre a quien fuese capaz de
tratar tan mal, si tuviese oportunidad de hacerlo. Pero creo que, si no ocurre
ningún percance, él mismo me dará esta oportunidad antes de lo que
calculábamos. Acabo de volver de una fiesta en la gran mansión, donde se ha
celebrado la cena con los arrendatarios, y las atenciones que me ha prodigado
el hacendado y mi modesta resistencia a aceptarlas han despertado ya la
curiosidad general.
Hablemos ahora de Miss Milroy, mi discípula.
También ella es sonrosada y estúpida; peor aún, es torpe, rechoncha y pecosa,
tiene mal genio y viste mal. Nada tengo que temer por esta parte, aunque me
profesa un odio envenenado, lo cual es un gran alivio, pues puedo librarme de
ella fuera de las horas de la lección y del paseo. A todas luces se ve que ha
aprovechado al máximo sus oportunidades con el joven Armadale (oportunidades,
dicho sea de pasada, que nosotras nunca calculamos) y que ha sido lo bastante estúpida
para dejar que se le escape de las manos. Si te digo que, por temor de las
apariencias, se ve obligada a ir con su padre y conmigo a las pequeñas
diversiones de Thorpe-Ambrose, y que no puede dejar de ver la admiración que el
joven Armadale siente hacia mí, comprenderás el afecto que me profesa. Su trato
me resultaría insoportable si no viese que la irrito aún más conteniendo mi mal
genio, de manera que lo contengo. Si estallo algunas veces es por las
lecciones, no de francés, gramática, historia o geografía, sino de música. Las
palabras no pueden expresar mi disgusto por lo mal que toca el piano. La mitad
de las niñas que estudian música en Inglaterra merecerían que les cortasen los
dedos en interés de la sociedad y, si de mí dependiese, los de Miss Milroy
serían los primeros en caer.
En cuanto al comandante, sería difícil que me
tuviese en mayor estima. Siempre me encuentra dispuesta a prepararle el
desayuno, cosa que no hace su hija. Siempre encuentro las cosas que pierde, y
su hija no da nunca con ellas. Jamás bostezo cuando él habla, mientras que su
hija lo hace siempre. Me gusta el pobre, inofensivo y viejo caballero, por
consiguiente no diré más acerca de él.
Bueno, aquí hay una buena perspectiva para el
futuro ¿no? Pero, mi buena Oldershaw, jamás hubo una perspectiva que no tuviese
algún peligro. La mía tiene dos. El nombre de uno de ellos es Mrs. Milroy y el
otro se llama Mr. Midwinter.
Hablemos primero de Mrs. Milroy. ¿Qué crees
que hizo el mismo día de mi llegada, cuando no llevaba ni cinco minutos en la
casa? Me envió a buscar, alegando que deseaba verme. El mensaje me sorprendió
un poco, pues la anciana de Londres me había advertido que su nuera estaba tan
enferma que no podía ver a nadie; pero, desde luego, no tuve más remedio que
subir a su habitación. La encontré en la cama, con una dolencia incurable en la
columna vertebral. Tenía un aspecto horrible, pero conserva todas las facultades
mentales, y, si no estoy completamente equivocada, es una mujer más falsa y con
el peor genio que cualquiera de las muchas que, en tu larga experiencia, hayas
podido conocer. Su excesiva cortesía y el hecho de que mantuviese el rostro
oculto por la sombra que proyectaban las cortinas de la cama, mientras hacía
que la mía quedase a plena luz, me pusieron en guardia en el mismo instante en
que entré en la habitación. Estuvimos más de media hora juntas, sin que yo
cayese en ninguna de las muchas, astutas y pequeñas trampas que me tendió. El
único misterio en su comportamiento (que no logré desvelar entonces) fue que me
estuvo pidiendo continuamente que le llevase cosas (cosas que evidentemente no
necesitaba) desde diferentes partes de la habitación.
Más tarde, pude ponerlo en claro. Los
chismorreos de la servidumbre despertaron mis primeras sospechas y mi opinión
quedó confirmada por la conducta de la enfermera de Mrs. Milroy. En las pocas
ocasiones en que me he hallado a solas con el comandante, se ha dado el caso de
que la enfermera necesitaba siempre decir algo a su señor e invariablemente se
olvidaba de anunciar su llegada llamando a la puerta. ¿Comprendes ahora por qué
me envió a buscar Mrs. Milroy en cuanto llegué a la casa y lo que a pretendía cuando
me hizo andar de un lado a otro en busca de todas aquellas cosas? Creo que muy
pocos atractivos de mi cara y de mi figura habrán pasado inadvertidos a la
celosa mujer. Ya no me extraña que el padre y la hija se sobresaltasen y se
mirasen cuando comparecí ante ellos, ni que la servidumbre siga observándome,
expectante y maliciosa, siempre que toco la campanilla para pedir que hagan
algo. Es inútil, mamá Oldershaw, que tratemos de ocultarnos la verdad. Cuando
subí a la habitación de la enferma, caí inadvertidamente en las garras de una
mujer celosa. Si Mrs. Milroy puede echarme de la casa, ¡lo hará! Dispone de
todas las horas del día y de la noche, en su cama-prisión, para urdir la manera
de lograrlo.
En esta difícil posición, mi propia conducta
cautelosa se ve admirablemente secundada por la absoluta insensibilidad del
querido y viejo comandante. Los celos de su esposa son una alucinación tan
monstruosa como las que se producen en los manicomios, son fruto de su propio
mal genio, agravado por la enfermedad incurable. El pobre hombre no piensa más
que en sus aficiones mecánicas y creo que, en este momento, no sabe todavía si
soy hermosa o fea. Con esta ayuda, confío en poder hacer frente, al menos durante
un tiempo, a las intromisiones de la enfermera y a las fantasías de la dueña de
la casa. Pero ya sabes como son las mujeres celosas; yo creo saber cómo es Mrs.
Milroy. Confieso que respiraré más aliviada el día en que el joven Armadale
abra sus estúpidos labios para proponerme algo y haga que el comandante busque
una nueva institutriz.
El nombre de Armadale me recuerda a su amigo.
Aquí el peligro es mayor y, lo que es aún peor, no me siento tan bien armada
contra Mr. Midwinter como contra Mrs. Milroy.
Todo lo de ese hombre es más o menos
misterioso, y esto no me gusta. ¿Cómo se ganó la confianza del clérigo de
Somersetshire? ¿Qué le ha contado éste? ¿Cómo estaba tan convencido, cuando me
habló en el parque, de que no era la Miss Gwilt que su amigo andaba buscando?
No tengo respuesta para ninguna de estas tres preguntas. Ni siquiera puedo
adivinar quién es, ni cómo se conocieron el joven Armadale y él. Lo odio. No,
no lo odio, sólo quiero averiguar algo acerca de él. Es muy joven, bajo y
flaco, activo y moreno, y tiene unos ojos negros y brillantes que me dicen bien
a las claras: "Pertenecemos a hombre inteligente y voluntarioso, un hombre
que no ha vivido siempre en una casa de campo, sirviendo a un estúpido."
Sí; a pesar de su juventud, estoy segura de que Mr. Midwinter ha hecho algo o
padecido por algo en su vida pasada; daría cualquier cosa por saber cómo
averiguarlo. No me reprendas por dedicarle tanto espacio en esta carta. Ejerce
sobre el joven Armadale influencia suficiente para constituir un serio
obstáculo en mi camino, a menos que pueda ganarme su aprecio desde el
principio.
Bueno, puedes preguntar, ¿qué te impide
ganarte su aprecio? Temo, mamá Oldershaw, que es algo que nunca pretendí.
Sospecho que el hombre se ha enamorado de mí.
No menees la cabeza ni digas "¡Pura
vanidad!" Después de los horrores a que me he visto sometida, ya no me
queda vanidad y me estremezco cuando un hombre me admira. Confieso que hubo un
tiempo... ¡Bah!, ¿qué estoy escribiendo? Sentimentalismo, digo.
Sentimentalismo,dirás tú. Puedes reírte cuanto quieras, querida. En cuanto a
mí, no río ni lloro, afilo la pluma y prosigo con mi (¿cómo lo llaman los
hombres?)... con mi informe.
Lo único que importa averiguar es si mi idea
de la impresión que le he causado es acertada o errónea. Veamos: he estado
cuatro veces con él. La primera fue en el jardín del comandante, donde nos
encontramos inesperadamente frente a frente. Él se quedó mirándome, como
petrificado, sin decir una palabra. ¿Sería por efecto de mis terribles cabellos
rojos? Es muy probable. Atribuyámoslo a mis cabellos. La segunda fue cuando
paseaba por la finca de Thorpe-Ambrose, entre el joven Armadale y mi
enfurruñada discípula. Mr. Midwinter se reunió con nosotros aunque tenía
trabajo en el despacho del administrador y nunca, que yo sepa, lo había
abandonado antes de esta ocasión. ¿Fue por pereza? ¿O por afecto a Miss Milroy?
No lo sé; si quieres, digamos que fue por Miss Milroy. Pero sé que
continuamente me miraba a mí. La tercera vez fue cuando sostuvimos en el parque
la conversación privada de que ya te he hablado. Jamás he visto a un hombre tan
agitado al formular una pregunta delicada a una mujer. Pero esto puede ser manifestación
de su torpeza y el hecho de que volviese insistentemente la cabeza para mirarme
cuando nos hubimos despedido pudo deberse solamente a que quería contemplar el
paisaje. ¡Digamos que lo hizo por el paisaje! La cuarta vez ha sido esta misma
tarde, en una pequeña fiesta. Me hicieron tocar el piano y como éste es muy
bueno, puse en ello toda mi atención. Todos los reunidos me rodearon y me
llenaron de cumplidos (mi encantadora discípula me ofreció los suyos, aunque
ponía la cara de un gato antes de bufar), salvo Mr. Midwinter. Éste esperó a
que llegase la hora de marcharnos y entonces me pilló a solas un momento en el
vestíbulo. Sólo tuvo tiempo de asirme la mano y decir dos palabras. ¿Tengo que
contarte cómo me cogió la mano y cuál fue el sonido de su voz cuando me habló?
¡No hace falta! Siempre me has dicho que el hoy difunto Mr. Oldershaw te
adoraba. Recuerda solamente la primera vez que te cogió la mano y te murmuró
dos palabras al oído. ¿A qué atribuiste su comportamiento en aquella ocasión?
No me cabe duda de que, si hubieses estado tocando el piano durante la velada,
lo habrías atribuido por completo a la música.
¡No! Te doy mi palabra de que el mal está
hecho. Este hombre no es un alocado de esos que cambian de opinión como de
camisa: el fuego que enciende sus grandes ojos negros no es fácil de apagar
cuando lo ha encendido una mujer. No quiero desanimarte, no digo que las
probabilidades estén contra nosotras, pero con Mrs. Milroy amenazándome por una
parte y Mr. Midwinter acosándome por la otra, el peor riesgo que corremos es el
de perder el tiempo. El joven Armadale ha insinuado ya una entrevista en
privado, en la medida en que es capaz de hacerlo un patán como él. Los ojos de
Miss Milroy son muy agudos y los de la enfermera lo son todavía más, de manera
que yo perderé mi empleo si una de ellas me descubre. ¡No importa! Debo
aprovechar la ocasión y concederle la entrevista. Si puedo lograr que se
celebre a solas, si puedo librarme de los ojos en acecho de las mujeres y si su
amigo no se interpone entre nosotros, ¡yo te respondo del resultado!
Mientras tanto, ¿tengo algo más que decirte?
¿Hay otras personas que se interpongan en nuestro camino en Thorpe-Ambrose? ¡No
hay nadie más! Ninguna de las familias residentes en el lugar visitan la casa,
pues por fortuna, el joven Armadale no está bien considerado en la vecindad. No
hay mujeres guapas y distinguidas que lo visiten y nadie importante protestará
contra la atención que preste a una institutriz. Los únicos invitados que logró
llevar a su fiesta esta tarde fueron el abogado y su familia (la esposa, un
hijo y sus hijas) y una vieja sorda y su hijo, todas ellas personas sin
importancia, humildes y obedientes servidores del estúpido y joven hacendado.
Hablando de servidores humildes y obedientes,
hay una persona que se ha trasladado aquí y que trabaja en la oficina del
administrador: un hombre mísero, andrajoso y desastrado, llamado Bashwood. Es
un perfecto desconocido para mí y naturalmente yo soy una perfecta desconocida
para él, pero ha estado preguntando a la doncella quién soy yo.
No me favorece mucho confesarlo, pero no es
menos cierto que causé una extraordinaria impresión a esa pobre y vieja
criatura la primera vez que me vio. Se volvió de todos los colores y se quedó
temblando y mirándome fijamente, como si viese en mi rostro algo que le
produjese espanto. De momento me quedé asombrada, pues ningún hombre me había
mirado hasta ahora de esta manera. ¿Has visto alguna vez a la boa comiendo en
el parque zoológico? Meten un conejo vivo en su jaula y hay un momento en que
los dos animales se miran. ¡Te aseguro que Mr. Bashwood me recordó al conejo!
¿Por qué te hablo de esto? No lo sé. Tal vez
he escrito demasiado y empieza a fallarme la cabeza. Tal vez la manera que
tiene Mr. Bashwood de admirarme despierta mi fantasía Por su novedad. ¡Absurdo!
Me estoy excitando y te inquieto por nada. ¡Oh, qué carta más larga y aburrida
te he escrito! ¡Cómo me miran las estrellas a través de la ventana y qué
horrible es el silencio de la noche! Envíame algunas pastillas más para dormir
y escríbeme una de tus bonitas, maliciosas y divertidas cartas. Volverás a
tener noticias mías cuando sepa, mejor que hoy, cómo va a terminar todo esto.
Buenas noches y reserva un rinconcito de tu duro corazón para
L.G.»
3. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Diana Street, Pimlico, lunes.
Mi querida Lydia: No estoy de humor para
escribirte una carta divertida. Tus noticias son muy alarmantes, y me asusta la
despreocupación de tu tono. Considera el dinero que he adelantado ya y lo que
nos jugamos ambas. Sobre todo, no seas imprudente, ¡por el amor de Dios!
¿Qué puedo hacer, me pregunto, como mujer de
negocios que soy? ¿Qué puedo hacer para ayudarte? No puedo aconsejarte, pues no
estoy sobre el terreno y no sé hasta qué punto pueden variar las circunstancias
de un día a otro. En nuestra situación actual, sólo puedo ayudarte de una
manera: puedo descubrir un nuevo obstáculo que te amenaza y creo que puedo
eliminarlo.
Dices, con razón, que nunca hay una
perspectiva que no tenga un punto flaco y admites que hay dos inconvenientes en
la tuya. Pero pueden ser tres, querida, si yo no me afano en impedirlo, y el
nombre del tercero es Brock. ¿Es posible que, refiriéndote como te refieres al
clérigo de Somersetshire, no veas que tus progresos con el joven Armadale le
serán comunicados, tarde o temprano, por el amigo de aquél? Pensándolo bien,
¡estás doblemente a merced del párroco! Estás expuesta a que cualquier nueva
sospecha lo lleve a ese lugar el día menos pensado y a que intervenga en el
momento en que se entere de que el joven hacendado le está tirando los tejos a
la institutriz de una vecina. A pesar de mi impotencia, puedo al menos soslayar
esta dificultad adicional. ¡Y con qué diligencia voy actuar, querida Lydia,
después de la manera en que ese viejo desgraciado me ofendió cuando le conté en
la calle mi lastimosa historia!
Confieso que esta nueva perspectiva de tomarle
el pelo a Mr. Brock me llena de satisfacción.
¿Que cómo voy a hacerlo? Como lo hice ya otra
vez. Él perdió a Miss Gwilt (es decir, a mi doncella), ¿no es cierto? Muy bien.
Pues volverá a encontrarla, dondequiera que se halle, y se pondrá fácilmente a
su alcance. Mientras ella permanezca en el lugar, él continuará también allí y
como este lugar no será Thorpe-Ambrose, ¡te verás libre de él! Hasta el
momento, las sospechas del viejo caballero nos han causado muchas molestias.
Saquemos ahora algún provecho de ellas, atémoslo, gracias a ellas, al delantal
de mi doncella. Resultará reconfortante. Un justo castigo moral, ¿no crees?
La única ayuda que necesito por tu parte
podrás prestármela con facilidad. Averigua, por medio de Mr. Midwinter, dónde
se encuentra ahora el párroco y comunícamelo a vuelta de correo. Si está en
Londres, ayudaré personalmente a mi doncella para el necesario engaño. Si está
en cualquier otra parte, la enviaré donde se encuentre, acompañada de una
persona cuya discreción merece toda mi confianza.
Mañana tendrás tu somnífero. Mientras tanto,
repito lo que te he dicho al principio: ¡nada de imprudencias! No fomentes tus
sentimientos románticos mirando las estrellas y no me hables de la noche
silenciosa. En los observatorios hay personas que cobran por mirar las
estrellas deja que ellos lo hagan por ti. En cuanto a la noche, haz lo que la
Providencia pretendió que hicieses cuando dotó de párpados a tus ojos:
aprovéchala para dormir.
Afectuosamente tuya,
María Oldershaw.»
DEL REVERENDO DECIMUS BROCK A OZIAS MIDWINTER
«Rectoría de Boscombe, West Somerset,
Jueves, 3 de julio.
Mi querido Midwinter: Unas líneas antes de que
salga al correo para librarlo de todo sentimiento de responsabilidad en
Thorpe-Ambrose y para disculparme con la dama que vive como institutriz en la
casa del comandante Milroy.
Miss Gwilt (o quizá debería decir la mujer que
se hace llamar por este nombre) acaba de aparecer, para mi indecible asombro,
¡en mi propia parroquia! Se aloja en la posada acompañada de un hombre de
aspecto digno, que dice ser su hermano. Naturalmente, todavía no he podido
averiguar lo que significa en realidad este audaz comportamiento, a menos que
sea un nuevo paso en la conspiración contra Allan.
Se me ocurre que, habiendo visto la
imposibilidad de acercarse a Allan sin tropezar conmigo (o con usted) como
obstáculo en su camino, hagan virtud de la necesidad y traten audazmente de
iniciar a través de mí su comunicación con él. El hombre parece capaz de
cualquier osadía y tanto él como la mujer tuvieron la desfachatez de saludarme
cuando me crucé con ellos en el pueblo hace media hora. Han estado formulando
preguntas acerca de la madre de Allan, precisamente aquí, donde su vida
ejemplar puede resistir el más severo escrutinio. Si sólo intentan sacar
dinero, como precio del silencio de la mujer acerca de la conducta de la pobre
Mrs. Armadale en Madeira a raíz de su matrimonio, nos encontrarán alerta para
enfrentarnos con ellos. He escrito a mis abogados para pedirles que envíen a un
hombre competente que me ayude, y éste permanecerá en la rectoría,
representando el papel que considere más seguro en las presentes
circunstancias.
Ya le comunicaré lo que suceda en los próximos
días.
Suyo afectísimo,
Decimus Brock.»
CAPÍTULO XII
EL CIELO SE NUBLA
Habían pasado nueve días y el décimo tocaba a
su fin, desde que Miss Gwilt y su discípula habían dado aquel paseo matinal en
el jardín de la casita.
La noche estaba nublada. Desde que se había
puesto el sol, se habían producido señales en el cielo que anunciaban lluvia
según la sabiduría popular. Los salones de la gran mansión estaban vacíos y a
oscuras. Allan había salido y estaba pasando la velada con los Milroy, y
Midwinter esperaba su regreso, no donde solía hacerlo, entre los libros de la
biblioteca, sino en la pequeña habitación trasera que había ocupado la madre de
Allan durante sus últimos días de residencia en Thorpe-Ambrose.
Desde que Midwinter había visto por primera
vez aquella estancia, nada se había sacado de ella y se le habían añadido
muchas cosas. Los libros que dejó Mrs. Armadale al marcharse, los muebles, la
vieja estera que cubría el suelo y el viejo papel de las paredes permanecían
intactos. La estatuilla de Niobe se alzaba todavía sobre su soporte y la
cristalera seguía abriéndose al jardín. Pero ahora, algunos bienes personales
del hijo se habían añadido a las reliquias dejadas por la madre. La pared,
hasta el momento desnuda, aparecía adornada por unas acuarelas: un retrato de
Mrs. Armadale entre una vista de la vieja casa de So mersetshire y una pintura
del yate. Además de los libros donde aparecía la inscripción «De mi padre» en
caracteres descoloridos estampados antaño por Mrs. Armadale, había otros donde
podía leerse «A mi hijo», en tinta más brillante y con la misma caligrafía.
Colgando de la pared, alineados sobre la repisa de la chimenea y desparramados
sobre la mesa, había gran cantidad de pequeños objetos algunos de ellos
relacionados con la vida pasada de Allan, otros, necesarios para sus
distracciones y tareas cotidianas, pero todos ellos revelaban claramente que la
estancia que ocupaba habitualmente en Thorpe-Ambrose era la misma que había
recordado a Midwinter la segunda visión del sueño. Aquí, extrañamente
indiferente a cuanto le rodeaba, a lo que había sido objeto de su desconfianza
supersticiosa, esperaba ahora el amigo de Allan el regreso de éste. Desde aquí,
más extrañamente aún, observó un cambio en las disposiciones de la casa, debido
sobre todo a él mismo. Sus propios labios habían revelado el descubrimiento que
había hecho la primera mañana en la nueva casa y deliberadamente había inducido
al hijo a instalarse en la habitación de la madre.
¿Qué motivos lo habían impulsado a pronunciar
aquellas palabras? Ninguno que no fuese el desarrollo natural de los nuevos
intereses y de las nuevas esperanzas que ahora lo animaban.
Su propio carácter le había impedido ocultar a
Allan todo el cambio que se había producido en sus convicciones gracias al
memorable suceso que había hecho que se encontrase con Miss Gwilt. Había
hablado francamente, tal como correspondía a su personalidad. No quiso
atribuirse el mérito de haber dominado su superstición sin haber antes expuesto
aquélla en sus peores y más débiles aspectos. Sólo después de haber reconocido
sin reservas el impulso que lo había llevado a separarse de Allan en el Mere,
se había jactado del nuevo punto de vista desde donde ahora podía observar el
sueño de su amigo. Entonces y sólo entonces, había hablado del cumplimiento de
la primera visión como lo habría hecho el médico de la isla y había preguntado,
como habría inquirido el médico: ¿qué tenía de extraño que viese un estanque al
ponerse el sol, si había toda una red de estanques que podían recorrerse en
coche en pocas horas? ¿Qué tenía de extraodinario que descubriese una mujer en
el Mere, si había caminos que conducían a él, pueblos en las cercanías, barcas
que los cruzaban, grupos de excursionistas que lo visitaban? Una vez más, había
esperado para vindicar la más firme resolución con que miraba ahora al futuro
hasta haber revelado primero cuanto pensaba ahora acerca de los errores del
pasado. El abandono de los intereses de su amigo, el no merecimiento de la
confianza que éste había depositado en él cuando lo nombró administrador suyo y
el olvido de la que le había otorgado Mr. Brock, implicado todo ello en su idea
de abandonar a Allan, fueron otras tantas confesiones que hizo. También expuso,
sin guardarse nada, la flagrante contradicción de aceptar el sueño como
revelación de una fatalidad e intentar escapar a ésta con un acto de su libre
albedrío, de tratar de adquirir conocimientos de administración para el futuro
y querer impedir que el futuro le encontrase en casa de Allan. Confesó
resueltamente todos sus errores, todas sus inconsecuencias, antes de intentar
afirmar su ahora más clara y ventajosa manera de pensar, antes de formular la
última y sencilla súplica que puso fin a todo: «¿Confiarás en mí en el futuro?
¿Perdonarás y olvidarás el pasado?»
Un hombre capaz de abrir así su corazón, sin
la menor reserva inspirada por su propio interés, no podía olvidar ningún
pequeño pecado del que su debilidad pudiera nacerle culpable ante su amigo. Por
esto le remordía fuertemente la conciencia al haber guardado en secreto un
descubrimiento que hubiese interesado más que nada a Allan: el descubrimiento
de la habitación de su madre.
Pero una duda le había sellado los labios: la
duda de si la conducta de Mrs. Armadale en Madeira había permanecido en secreto
a su regreso a Inglaterra. Una cuidadosa investigación, primero entre los
criados y después entre los arrendatarios, y una minuciosa consideración de lo
que se había dicho en aquella época y le repitieron las pocas personas que lo
recordaban, lo habían convencido al fin de que el secreto se había mantenido
dentro de los límites de la familia. Después de asegurarse con esto de que las
averiguaciones que pudiese hacer el hijo no lo llevarían a descubrir lo que
habría podido quebrantar su respeto a la memoria de su madre, Midwinter no
había vacilado más. Había conducido a Allan a la habitación y le había mostrado
los libros y todo lo que revelaban las inscripciones de los mismos. Después le
había dicho sin más: «Si no te hablé antes de esto fue únicamente por miedo a
interesarte en la habitación que yo consideraba, con espanto como la segunda
escena de tu sueño. Perdóname también esto y me lo habrás perdonado todo.»
Dado el amor de Allan por la memoria de su
madre, sólo una cosa podía resultar de aquella confesión. Le había gustado
desde el primer momento la pequeña habitación, que contrastaba agradablemente
con la opresiva grandeza de las otras habitaciones de Thorpe-Ambrose; ahora que
conocía los recuerdos que guardaba, había resuelto inmediatamente hacerla suya
de un modo especial. El mismo día, recogió todos sus objetos personales y los
depositó en la habitación que había pertenecido a su madre, en presencia de Midwinter
y mientras éste colaboraba en el trabajo.
En estas circunstancias se había producido el
cambio en los usos de la casa y de esta manera había triunfado Midwinter sobre
su propio fatalismo, al hacer que Allan ocupase diariamente una habitación en
la que difícilmentí habría entrado, con lo cual facilitó el cumplimiento de la
segunda visión del sueño.
El tiempo transcurría mansamente mientras el
amigo de Allan esperaba el regreso de éste. A veces leyendo y a veces pensando
plácidamente, iba pasando el rato. Ahora no lo turbaban las dudas ni las
preocupaciones. El día de los arrendatarios, que él había temido al principio,
había llegado y pasado sin contratiempos. Se había establecido una comprensión
más amistosa entre Allan y aquéllos, Mr. Bashwood se había mostrado digno de la
confianza depositada en él, los Pedgift, padre e hijo, habían justificado ampliamente
la buena opinión que de ellos se había formado su cliente. Dondequiera que
dirigiese Midwinter la mirada, la perspectiva era brillante, el futuro aparecía
sin una sola nube.
Despabiló la lámpara de encima de la mesa y se
asomó a contemplar la noche. El reloj de la caballeriza dio las once y media
cuando se acercó a la ventana. Empezaba a llover. A punto estaba de tocar la
campanilla para llamar al criado para enviarlo al cottage con un paraguas,
cuando se detuvo al oír las conocidas pisadas en el paseo.
—¡Qué tarde llegas! —exclamó Midwinter, cuando
Allan entró por la cristalera abierta—. ¿Se ha celebrado una fiesta en el
cottage?
—¡No! Sólo estábamos nosotros. El tiempo ha
pasado volando.
Había contestado en un tono más bajo de lo
acostumbrado y suspiró al sentarse en su sillón.
—Pareces desanimado —continuó Midwinter—. ¿Qué
te sucede?
Allan vaciló.
—Bueno, te lo diré —respondió al cabo de un
momento—. No es nada de lo que deba avergonzarme, sólo me extraña que no lo
hayas advertido antes. Como suele ocurrir, se trata de una mujer... Estoy
enamorado.
Midwinter se echó a reír.
—¿Acaso, esta noche, se ha mostrado Miss
Milroy mas encantadora que nunca? —preguntó alegremente.
—¡Miss Milroy! —exclamó Allan—. ¿En qué estás
pensando? Yo no estoy enamorado de Miss Milroy.
—Entonces, ¿quién es ella?
—¿Que quién es ella? ¡Vaya una pregunta!
¿Quién puede ser, sino Miss Gwilt?
Se hizo un súbito silencio. Allan permaneció
sentado tranquilamente, con las manos en los bolsillos, contemplando la lluvia
a través de la ventana abierta. Si se hubiese vuelto hacia su amigo al
pronunciar el nombre de Miss Gwilt, posiblemente lo habría sobresaltado un poco
el cambio que se había producido en su semblante.
—Supongo que no lo apruebas, ¿verdad? —dijo,
después de esperar un rato.
No hubo respuesta.
—Es tarde para poner reparos. Te he dicho
completamente en serio que estoy enamorado de ella.
—Hace quince días, dijiste que estabas
enamorado de Miss Milroy —objetó el otro, en tono grave y comedido
—¡Bah! Aquello fue un simple galanteo. Esta
vez es diferente. Lo de Miss Gwilt va en serio.
Miró a su alrededor mientras hablaba.
Midwinter volvió el rostro al instante e inclinó la cabeza sobre un libro.
—Veo que no lo apruebas —continuó Allan—. ¿Te
parece mal porque no es más que una institutriz? Estoy seguro de que no puedes
pensar eso. Si estuvieses en mi lugar, ¿sería para ti un obstáculo el hecho de
que no fuese más que una institutriz?
—No —admitió Midwinter—, no puedo decir
honradamente que sería un obstáculo para mí.
Dio esta respuesta a regañadientes y empujó el
sillón para apartarlo de la luz de la lámpara.
—Una institutriz es una dama sin fortuna —dijo
Allan, en tono sentencioso—, y una duquesa es una dama que no es pobre. Ésta es
toda la diferencia que reconozco entre ambas. Miss Gwilt es mayor que yo, no lo
niego. ¿Qué edad le calculas tú, Midwinter? Yo diría que tiene veintisiete o
veintiocho años. ¿Qué dirías tú?
—Nada. Estoy de acuerdo contigo.
—¿Crees que a sus veintisiete o veintiocho
años es demasiado vieja para mí? Si estuvieses enamorado, ¿pensarías que
veintisiete o veintiocho años son demasiados?
—No puedo decir que lo pensara, si...
—¿Si estuvieses realmente enamorado de ella?
Esta vez tampoco hubo respuesta.
—Bueno —continuó Allan—, si no es mala cosa
que sea institutriz y tampoco su edad es un obstáculo, ¿que reparos puedes
poner a Miss Gwilt?
—No tengo ningún reparo que oponer.
-No digo que lo tengas, pero no parece
gustarte la idea, a pesar de todo.
Hubo otra pausa. Esta vez fue Midwinter el
primero en romper el silencio.
-¿Estás seguro de ti, Allan? —preguntó
mientras inclinaba de nuevo la cabeza sobre el libro—. ¿Quieres de verdad a esa
dama? ¿Has pensado seriamente en pedirle qUe sea tu esposa?
Lo estoy pensando seriamente en este momento
-dijo Allan—. No podría ser feliz, no podría vivir sin ella. Por mi alma, que
adoro el suelo que pisa.
—¿Desde cuándo...? —Le flaqueó la voz y se
detuvo-. ¿Desde cuándo —repitió— adoras el suelo que ella pisa?
—Desde antes de lo que te imaginas. Sé que
puedo confiarte todos mis secretos...
—¡No te fíes de mí!
—¡Tonterías! Confiaré en ti. Existe una
pequeña dificultad que todavía no te he mencionado. Es una cuestión un poco
delicada y quiero consultarte acerca de ella. Dicho entre nosotros, he
sostenido entrevistas privadas con Miss Gwilt...
Midwinter se puso rápidamente en pie y abrió
la puerta.
—Mañana hablaremos de esto —dijo—. Buenas
noches.
Allan se volvió, atónito. Se había cerrado la
puerta y él se había quedado solo en la habitación.
—¡Ni siquiera me ha dado la mano! —exclamó
mirando con asombro el sillón vacío.
En el momento en que pronunciaba estas
palabras, se abrió la puerta y Midwinter apareció de nuevo.
—No nos hemos estrechado la mano —dijo
bruscamente—. ¡Que Dios te bendiga, Allan! Mañana hablaremos. Buenas noches.
Allan se quedó solo junto a la ventana,
contemplando la copiosa lluvia. Se sentía inquieto sin saber por qué.
«Midwinter se está volviendo más raro cada día —pensó-. ¿Por qué se ha empeñado
en esperar hasta mañana, si yo quería hablar con él esta noche?» Cogió la
lampara con cierta impaciencia, la dejó de nuevo y volvió a plantarse detrás de
la ventana abierta, mirando en dirección al cottage.
—¿Estará pensando ella en mí? —se preguntó en
voz baja.
En efecto, ella estaba pensando en él. Acababa
de abrir su escritorio para escribir a Mrs. Oldershaw y su pluma trazaba la
primera línea de la carta: «Tranquilízate. ¡Ya es mío!»
CAPÍTULO XIII
LA PARTIDA
Llovió toda la noche y, por la mañana, siguió
lloviendo.
Contrariamente a su costumbre, Midwinter
estaba esperando cuando Allan bajó a desayunar. Parecía cansado y macilento,
pero su sonrisa era más amable y sus modales más pausados que de costumbre.
Para sorpresa de Allan, abordó por propia iniciativa el tema de la conversación
de la noche anterior, en cuanto el criado hubo salido de la estancia.
—Temo haberme mostrado muy impaciente y brusco
contigo la noche pasada —dijo—. Trataré de remediarlo esta mañana. Escucharé
todo lo que quieras decirme con referencia a Miss Gwilt.
—No quisiera molestarte —dijo Allan—. Por tu
aspecto, se diría que has descansado mal esta noche.
—Hace algún tiempo que no duermo bien
—respondió Midwinter a media voz—. Debo de estar algo indispuesto. Pero creo
que he encontrado la manera de restablecerme sin necesidad de molestar a los
médicos. Más tarde te diré algo acerca de esto. Pero volvamos primero a lo que
tú me decías anoche. Estabas hablando de cierta dificultad... —Vaciló y terminó
la frase en un tono tan bajo que Allan no pudo oír lo que decía—. Tal vez sería
mejor —prosiguió— que en vez de hablar conmigo, hablases con Mister Brock.
—Preferiría hablar contigo —insistió Allan—.
Pero dime primero si estuve acertado o equivocado la noche pasada al pensar que
desaprobabas que me hubiese enamorado de Miss Gwilt.
Los flacos y nerviosos dedos de Midwinter
empezaron a desmigajar el pan en su plato. Por primera vez desvió la mirada de
Allan.
—Si no te importa —insistió Allan—, quisiera
que me lo dijeses.
Midwinter levantó de nuevo la mirada; sus
mejillas palidecieron y sus brillantes ojos negros se fijaron en el semblante
de Allan.
—Tú la amas —dijo—. ¿Te ama ella a ti?
—¿Me tomas por vanidoso? —replicó Allan—. Ya
te dije ayer que había tenido entrevistas privadas con ella...
Midwinter volvió a mirar las migas de pan en
su plato.
—Comprendo —le interrumpió rápidamente—.
Anoche te equivocaste. No tenía objeciones que oponer.
—¿Y no me felicitas? —preguntó Allan, un poco
inquieto—. ¡Una mujer tan hermosa! ¡Una mujer tan inteligente!
Midwinter levantó una mano.
—Te debo algo más que una simple felicitación
—dijo—. Tratándose de tu felicidad te debo toda la ayuda que pueda prestarte.
—Cogió la mano de Allan y la estrechó con fuerza—. ¿En qué puedo ayudarte?
—preguntó, palideciendo cada vez más mientras hablaba.
—¡Mi querido amigo! —exclamó Allan—. ¿Qué te
pasa? Tienes la mano fría como el hielo.
Midwinter sonrió débilmente.
—Yo voy siempre de un extremo a otro —dijo—.
Mi mano estaba caliente como el fuego la primera vez que la estrechaste en la
vieja posada en tierras del Oeste. Pasemos a aquella dificultad de la que
todavía no me has hablado. Eres joven, rico, dueño de tus actos... y ella te
ama. ¿Qué dificultad puede haber?
Allan vaciló.
-Casi no sé cómo expresarlo —respondió—. Como
acabas de decir, la amo y ella me ama, y sin embargo hay algo raro entre
nosotros. Cuando se está enamorado, se habla mucho de uno mismo; al menos yo lo
hago así. Le he contado todo acerca de mí mismo y de mi madre, y de cómo llegué
a este lugar, etcétera. Pues bien, aunque no reparo en ello cuando estamos
juntos, pienso alguna vez, cuando estamos separados, que ella no habla mucho de
su persona. En realidad, no sé de ella más de lo que sabes tú.
—¿Quieres decir que no sabes nada de la
familia y de los amigos de Miss Gwilt?
—Así es, exactamente.
—¿Y no le has preguntado nunca acerca de
ellos?
—El otro día le pregunté algo —respondió
Allan— y temo que, como de costumbre, lo hice con torpeza. Ella pareció... no
sé cómo decirlo, no exactamente disgustada, pero... ¡Hay que ver la importancia
que tienen las palabras! Daría cuanto tengo, Midwinter, por saber encontrar la
palabra adecuada cuando la necesito, como lo haces tú.
—¿Te dijo algo Miss Gwilt a modo de respuesta?
—A eso iba. Me respondió: «Un día de estos le
contaré una triste historia, Mr. Armadale, acerca de mí misma y de mi familia;
pero parece usted tan feliz, y las circunstancias son tan lamentables, que no
tengo valor para hablarle de esto ahora.» ¡Ah, ella sí que sabe expresarse! Y
lo dijo con lágrimas en los ojos, mi querido amigo, ¡con lágrimas en los ojos!
Por supuesto, cambié inmediatamente de tema. Y ahora la dificultad está en cómo
volver delicadamente a él, sin hacerla llorar de nuevo. Porque debemos volver a
él, ¿sabes? No por mí; yo estoy dispuesto a casarme primero con ella y oír
después las desgracias de su familia. Pero conozco a Mister Brock. Si no puedo
darle una explicación satisfactoria acerca de la familia de ella cuando le
escriba para contarle esto (cosa que desde luego debo hacer), se opondrá con
todas sus fuerzas. Ya sé que soy el único dueño de mis actos y que puedo hacer
lo que me parezca. Pero el querido y viejo Brock fue tan buen amigo de mi pobre
madre, y ha sido tan buen amigo mío que... bueno, ya sabes lo que quiero decir.
—Ciertamente, Allan; Mister Brock ha sido tu
segundo padre. Cualquier desavenencia entre vosotros en un asunto tan serio
como éste sería la cosa más triste que pudiera ocurrir. Tienes que convencerle
de que Miss Gwilt es (como estoy seguro de que ella podrá demostrarlo) digna en
todos los aspectos...
Se le quebró la voz a su pesar y no pudo
terminar la frase.
—¡Exactamente lo que pienso yo! —dijo
vivamente Allan—. Ahora podemos pasar a lo que quería consultarte. Si tú
estuvieses en mi caso, Midwinter, sabrías decirle las palabras adecuadas,
plantearías delicadamente la cuestión, aunque lo hicieses completamente a
oscuras. Yo no sé hacerlo. Soy muy torpe, y mucho temo que, si no tengo algún
atisbo de la verdad en que apoyarme, diré algo que la afligirá.
»Las desgracias de familia son asuntos muy
delicados, especialmente para tratarlos con una mujer tan refinada y de tan
tierno corazón como Miss Gwilt. Puede tratarse de alguna muerte trágica en la
familia, algún pariente que haya cometido algo deshonroso, alguna circunstancia
cruel e infernal que haya obligado a la pobrecilla a ganarse la vida como
institutriz. Bueno, dándole vueltas en mi cabeza, se me ocurrió pensar que el
comandante podría estar en condiciones de orientarme. Es muy posible que se
informase de las circunstancias familiares de Miss Gwilt, antes de contratarla,
¿no crees?
—Es muy posible, Allan.
—¡De nuevo hemos coincidido! Pienso hablar con
el comandante. Si él pudiese ponerme en antecedentes, me resultaría mucho más
fácil hablar después con Miss Gwilt acerca de ello. Me aconsejas que pruebe con
el comandante, ¿verdad?
Hubo una pausa antes de que Midwinter
contestase; cuando lo hizo mostró cierta renuencia.
—En realidad, no sé qué aconsejarte, Allan
—dijo-. Es un asunto muy delicado.
Yo creo que tú preguntarías al comandante si
estuvieses en mi lugar —replicó Allan, volviendo a su manera inveterada y
personal de plantear las cuestiones.
Tal vez lo hiciera —dijo Midwinter, todavía
con menos entusiasmo—. Pero si hablase con el comandante, tendré mucho cuidado
en no colocarme en una falsa posición: cuidaría mucho de que nadie pudiese
creerme tan ruin como para querer descubrir los secretos de una mujer a
espaldas de ésta.
El rostro de Allan se puso colorado.
—¡Cielo santo, Midwinter! —exclamó—. ¿Quién
podría sospechar de mí una cosa así!
—Nadie, Allan, nadie que te conociese de
veras.
—El comandante me conoce. El comandante es el
último hombre del mundo capaz de interpretarme mal. Lo único que pretendo es
que me ayude (si puede) a hablar con Miss Gwilt de un tema delicado, sin herir
sus sentimientos. ¿Puede haber algo más sencillo entre dos caballeros?
En vez de responder, Midwinter, siempre en
tono comedido, formuló una pregunta por su parte.
—¿Piensas decirle al comandante Milroy cuáles
son tus intenciones con Miss Gwilt?
La actitud de Allan cambió. Vaciló y pareció
confuso.
—He estado pensando en esto —respondió—, y
pretendo tantear primero el terreno, y decírselo o no según marchen las cosas.
Un procedimiento tan prudente como éste era
demasiado impropio del carácter de Allan para no sorprender a cualquiera que lo
conociese. Midwinter mostró claramente su sorpresa.
—Olvidas aquel tonto galanteo mío con Miss
Milroy —siguió diciendo Allan, cada vez más confuso—. El comandante puede
haberlo advertido y pensado que yo pretendía..., bueno, lo que no pretendía.
¿No le parecería bastante extraño que le explicase mi intención de casarme con
la institutriz y no con su hija?
Esperó una respuesta, mas no la obtuvo.
Midwinter abrió los labios para hablar, pero se contuvo de pronto. Allan,
inquieto por su silencio y doblemente inquieto por ciertos recuerdos de la hija
del comandante evocados por la conversación, se levantó de la mesa y abrevió la
entrevista con cierta impaciencia.
—¡Vamos, vamos! —dijo—. No te estés ahí
sentado considerando cosas que no te atreves a decir; no te hagas de todo una
montaña. Tienes la cabeza de un viejo sobre tus hombros, Midwinter.
Prescindamos de los pros y de los contras. ¿Quieres decir, lisa y llanamente,
que no daría resultado hablar con el comandante?
—No puedo asumir la responsabilidad de decirte
esto, Allan. Para serte completamente franco, no confío en la sensatez de los
consejos que pudiese darte en... nuestra actual situación. Lo único que sé con
certeza es que no puedo equivocarme si te aconsejo que hagas dos cosas.
—¿Cuáles son?
—Si hablas con el comandante Milroy, ¡por
favor, recuerda la advertencia que te he hecho! ¡Piensa bien lo que vas a
decir, antes de decirlo!
—Lo pensaré, no temas. ¿Qué más?
—Antes de dar un paso serio en este asunto,
escribe y díselo a Mister Brock. ¿Me prometes que lo harás?
—De todo corazón. ¿Algo más?
—Nada más; es cuanto tenía que decir.
Allan se dirigió a la puerta.
—Ven a mi habitación —dijo— y te daré un
cigarro. Los criados vendrán aquí enseguida, para limpiar la habitación, y yo
quiero seguir hablando de Miss Gwilt.
—Ve —dijo Midwinter—. Te seguiré dentro de un
par de minutos.
Permaneció sentado hasta que Allan hubo
cerrado la puerta; después se levantó y sacó de un rincón de la estancia, donde
la había escondido detrás de una cortina, una mochila preparada ya para viajar.
Plantado detrás de ventana, pensativo y con la mochila en la mano, su semblante
adquirió una expresión extraña, como de un viejo agobiado por las
preocupaciones: pareció haber perdido en un instante todo lo que le quedaba de
su juventud.
Lo que la rápida intuición de la mujer había
descubierto días antes, sólo había sido advertido la noche anterior por la más
lenta percepción del hombre. La punzada dolorosa que había sentido al escuchar
la confesión de Allan había revelado la verdad a Midwinter. La primera vez que
se habían encontrado después de la memorable entrevista en el jardín del
comandante Milroy, se había dado cuenta de que miraba a Miss Gwilt, física y
mentalmente, de un modo distinto; a partir de entonces, había advertido su creciente
interés por su compañía y la creciente admiración de su belleza; pero nunca
hasta ahora había tomado el sentimiento que ella había despertado en él por lo
que realmente era. Al conocerlo al fin, al sentir conscientemente que se había
apoderado de él, había tenido un valor del que cualquier hombre, con una
experiencia de la vida más feliz, habría carecido: el valor de recordar lo que
Allan le había dicho y de considerar resueltamente el futuro a través de sus
propios recuerdos agradecidos del pasado.
Serenamente, durante las horas de aquella
noche de insomnio, había contemplado su propio sacrificio, al interés más caro
de su amigo, como parte de la gran deuda de gratitud que tenía para con Allan.
Serenamente, había sometido su mente a la convicción de que debía dominar, por
el bien de Allan, la pasión que se había apoderado de él, y de que la única
manera de dominarla era... marchándose. Ninguna duda sobre el sacrificio que
debía hacer le había turbado al llegar la mañana, y ninguna duda le turbaba ahora.
Lo único que le hacía vacilar era la cuestión de abandonar Thorpe-Ambrose.
Aunque la carta de Mr. Brock le había librado de toda necesidad de vigilar en
Norfolk a una mujer que se sabía que estaba en Somersetshire; aunque los
deberes inherentes a la administración podían dejarse sin peligro en las fieles
y expertas manos de Mr. Bashwood; aun aceptando todas estas consideraciones, su
mente se rebelaba contra a idea de abandonar a Allan en un momento en que iba a
producirse una crisis en su vida.
Colgó con holgura la mochila de su hombro y
preguntó a su conciencia por última vez: «¿Podrías confiar en ti mismo si la
vieses diariamente, como la verías; podrías confiar en ti mismo si le oyeses
hablar de ella a todas horas, como le oirías..., si te quedases en su casa?»
Una vez más, su conciencia le respondió como le había respondido toda la noche.
Una vez más, su corazón le dijo, en interés de una amistad que tenía por
sagrada, que se marchase mientras estuviese a tiempo, que se marchase antes de
que la mujer que se había apoderado de su amor se apoderase también de su
capacidad de sacrificio y de su sentimiento de gratitud. Miró mecánicamente a
su alrededor, antes de volverse para salir. Todos los recuerdos de la
conversación que acababa de sostener con Allan le llevaban a la misma
conclusión, le decían que debía marcharse, como se lo había dicho ya su
conciencia. ¿Había mencionado honradamente todas las obsesiones que él, o
cualquier hombre, hubiese podido oponer al enamoramiento de Allan? ¿Había advertido
a Allan (como le obligaba a hacer su conocimiento del carácter de su amigo) que
desconfiase de sus irreflexivos impulsos, que se pusiese a prueba con el tiempo
y con la ausencia, antes de poner en manos de Miss Gwilt la felicidad de toda
su vida? No. La terrible duda de si, al hablar de estas cosas, podría hacerlo
desinteresadamente, había cerrado sus labios y continuaría cerrándolos en el
futuro, hasta que hubiese pasado el tiempo en que podía hablar. El hombre que,
de haberlo tenido, habría dado todo el oro del mundo por encontrarse en el
lugar de Allan, ¿podía acaso ser el adecuado para refrenar a éste? En la
posición en que él se hallaba, sólo había un camino para el hombre honrado y
agradecido. Privado de toda ocasión de verla, privado de toda ocasión de oírla,
a solas con el fiel recuerdo de lo que debía a su amigo, podía confiar en
dominar su pasión, como había dominado las lágrimas en su infancia, bajo el
garrote del gitano; como había vencido la miseria de su solitaria juventud en
la tienda del librero.
—Tengo que irme —dijo, apartándose
cansadamente de la ventana—, antes de que ella vuelva a venir a esta casa.
Tengo que irme, antes de que pase otra hora sobre mi cabeza.
Tomada esta resolución, abandonó la estancia,
y, al hacerlo, dio el paso irrevocable del Presente al Futuro.
Seguía lloviendo. El cielo plomizo aparecía
bajo, húmedo y oscuro hasta el horizonte, cuando Midwinter, equipado para el
viaje, se presentó en la habitación de Allan.
-¡Cielo santo! —exclamó éste, señalando la
mochila-. ¿Qué significa eso?
—Nada extraordinario —dijo Midwinter—. Sólo
significa... adiós.
—¿Adiós? —repitió Allan, asombrado y
poniéndose en pie.
Midwinter le empujó delicadamente para que se
sentase de nuevo en su sillón y acercó una silla y se sentó también.
—Cuando advertiste esta mañana que parecía
estar enfermo —dijo—, te dije que había estado pensando en la manera de
recobrar mi salud y que más tarde te hablaría de esto. Ha llegado el momento.
Desde hace algún tiempo, he estado pachucho, según suele decirse. Tú mismo lo
has observado, Allan, más de una vez, y con tu amabilidad acostumbrada, has
disculpado muchas cosas en mi conducta que, de otra manera, habrían sido
imperdonables, aun contando con tu benevolencia.
—Mi querido amigo —le interrumpió Allan—, ¡no
vas a decirme que sales de excursión con esta lluvia!
—La lluvia carece de importancia —replicó
Midwinter—. La lluvia y yo somos buenos amigos. Tú sabes algo, Allan, de la
vida que llevé antes de conocerte. Desde pequeño he estado acostumbrado a las
penalidades y a los peligros. A veces, estuve meses enteros sin tener un techo
bajo el que cobijarme, de día o de noche. Durante años y años, viví la vida de
un animal salvaje (quizá debería decir de un hombre salvaje), mientras tú
estabas felizmente en tu casa. Todavía llevo dentro de mí el germen del
vagabundo; del animal vagabundo o del hombre vagabundo, ya no sé cuál de los
dos. ¿Te aflige oírme hablar de esta manera? No quisiera angustiarte. Sólo te
diré que la comodidad y el lujo de nuestra vida aquí me parecen a veces
excesivos para un hombre que recibe el lujo y la comodidad como cosas que le
son extrañas. Para reponerme, sólo necesito más aire y más ejercicio, querido
amigo, menos buenos desayunos y comidas que los que me das aquí. Deja que
experimente de nuevo algunas de las penalidades que no pueden entrar en esta
confortable casa, ya que fue expresamente construida para impedirlo. Deja que
vuelva a encontrarme con el viento y la intemperie a los que me acostumbré
cuando era chico; deja que de vez en cuando vuelva a sentir cansancio, sin
tener cerca de mí un coche que me lleve, y que vuelva a sentir hambre al
anochecer con millas de distancia entre una cena y yo. Dame una semana o dos de
vacaciones, Allan; iré a pie hacia el norte hasta los páramos de Yorkshire, y
te prometo que, cuando vuelva a Thorpe-Ambrose, seré un mejor compañero para ti
y tus amigos. Volveré antes de que tengas tiempo de echarme de menos. Mister
Bashwood cuidará de la administración; sólo serán quince días, y es por mi
bien. ¡Deja que me vaya!
—No me gusta —dijo Allan—. No me gusta que me
dejes de una manera tan inopinada. Veo en ello algo extraño y deprimente. ¿Por
qué no tratas de montar a caballo, si quieres hacer más ejercicio? Las
caballerizas están a tu disposición. En todo caso, no puedes marcharte hoy.
¡Mira cómo está lloviendo!
Midwinter miró hacia la ventana y sacudió
lentamente la cabeza.
—A mí no me importaba la lluvia cuando era un
chiquillo y me ganaba la vida con los perros bailarines —dijo—. ¿Por qué habría
de importarme ahora? Que yo me moje o que tú te mojes, Allan, son dos cosas muy
distintas. Cuando serví a un pescador en las Hébridas, llevé la ropa mojada
durante semanas enteras.
—Pero ahora no estás en las Hébridas —le
insistió Allan—, y mañana por la tarde espero a nuestros amigos del cottage. No
puedes marcharte hasta pasado mañana. Miss Gwilt nos obsequiará con un poco de
música, y ya sabes cuánto te gusta la música de Miss Gwilt.
Midwinter se volvió para abrochar las correas
de su mochila.
—Ya me darás otra oportunidad de escuchar a
Miss Gwilt cuando vuelva —dijo, sin levantar la cabeza y atareado con las
correas.
Tienes un defecto, amigo mío, que empeora cada
día -le reprendió Allan—. Cuando se te mete una cosa en la cabeza, eres el
hombre más terco del mundo. No atiendes a razones. Si tienes que irte —añadió,
levantándose de pronto, mientras Midwinter cogía en silencio su sombrero y su
bastón—, ¡pienso que tal vez podría ir contigo y tratar también de hacer un
poco de ejercicio!
-¿Venir conmigo? —le preguntó Midwinter, en un
tono momentáneamente amargo—. ¿Y dejar a Miss Gwilt?
Allan se sentó de nuevo y reconoció la fuerza
de la objeción guardando un silencio significativo. Sin añadir palabra,
Midwinter le tendió la mano para despedirse. Los dos estaban profundamente
conmovidos, aunque ambos procuraban disimular su agitación. Allan se refugió en
el último pretexto que le dejaba la firmeza de su amigo y trató de alargar el
momento de la despedida con una broma.
—Te diré una cosa —dijo—. Empiezo a dudar de
si estás realmente curado de tu creencia en el Sueño. A fin de cuentas,
¡sospecho que huyes de mí!
Midwinter le miró, sin saber si hablaba en
broma o en serio.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—¿Qué me dijiste —replicó Allan— cuando me
trajiste aquí el otro día y me confesaste la verdad? ¿Qué dijiste acerca de
esta habitación y de la segunda visión del Sueño? ¡Por Júpiter! —exclamó,
poniéndose nuevamente en pie—. Pensándolo bien, ¡aquí está la segunda visión!
La lluvia repica contra la ventana; fuera, están el césped y el jardín; yo
estoy donde estaba en el Sueño, y tú estás donde estaba la Sombra. La escena
completa, tanto dentro como fuera. ¡Y esta vez lo he descubierto yo!
Los restos muertos de la superstición de
Midwinter vivieron un instante. Su cara cambió de color, y ansiosamente, casi
con fiereza, rebatió la conclusión de Allan.
¡No! —dijo, señalando la figurita de mármol—.
La escena no está completa; como de costumbre, has olvidado algo. Gracias a
Dios, el Sueño se equivoca esta vez, ¡está completamente equivocado! En tu
visión, la estatua estaba hecha pedazos en el suelo, y tú te inclinabas sobre
los fragmentos, turbado e iracundo. En cambio, aquí, la estatua está entera y
segura... y tú no sientes ira en absoluto, ¿verdad?
Impulsivamente, agarró la mano de Allan. En el
mismo instante, se dio cuenta de que estaba hablando y actuando como si todavía
creyese en el Sueño. El color volvió de pronto a su semblante, y Midwinter se
volvió, en un confuso silencio.
—¿Qué te había dicho? —dijo Allan, riendo,
pero un poco inquieto—. Aquella noche en el barco encallado sigue pesando en tu
memoria como siempre.
—Nada pesa sobre mí —replicó Midwinter, en un
súbito arranque de impaciencia—, salvo la mochila que he cargado a mi espalda y
el tiempo que estoy perdiendo. Saldré y veré si es probable que cese de llover.
—¿Volverás? —preguntó Allan.
Midwinter abrió la puerta vidriera y salió al
jardín.
—Sí —dijo, respondiendo con su amabilidad de
antes—. Volveré dentro de quince días. Adiós, Allan. ¡Y que tengas suerte con
Miss Gwilt!
Cerró la puerta y se alejó por el jardín antes
de que su amigo tuviese tiempo de seguirle.
Allan se levantó y dio un paso hacia el
jardín; pero se detuvo junto a la puerta y volvió a su sillón. Conocía lo
bastante a Midwinter para saber que era completamente inútil tratar de seguirle
o llamarle para que volviese. Se había ido, y tardaría dos semanas en volver a
verle. Transcurrió una hora o más; seguía lloviendo y el cielo amenazaba más
lluvia. Una impresión cada vez más fuerte de soledad y de desaliento (la
impresión que su vida anterior le había enseñado menos a entender y a soportar)
se apoderó de la mente de Allan. Temeroso de su propia casa, que por lo
solitaria le parecía inhabitable, pidió su sombrero y su paraguas y resolvió
refugiarse en el cottage del comandante «Hubiese debido acompañarle un trecho
—se dijo pensando todavía en Midwinter al ponerse el sombrero-. Hubiese debido
asegurarme de que mi buen amigo empezaba felizmente su viaje.»
Tomó el paraguas. Si se hubiese fijado en la
cara del criado que se lo entregó, posiblemente le habría preguntado algo y se
habría enterado de alguna noticia que le intesaría en su estado de ánimo
actual. Pero salió sin mirar al hombre y sin sospechar que sus criados sabían
más que él mismo sobre los últimos momentos de Midwinter en Thorpe-Ambrose. No
hacía diez minutos que el abacero el carnicero habían venido para cobrar sus
facturas, y el abacero y el carnicero habían visto cómo empezaba Midwinter su
viaje.
El abacero le había visto el primero, no lejos
de la casa, cuando se detenía bajo la copiosa lluvia para hablar con un
diablillo harapiento que era la peste de la vecindad. El acostumbrado descaro
del chico se había hecho aún más insoportable, al ver éste la mochila del
caballero. ¿Y qué había hecho el caballero? Se había detenido, con aire
afligido, y había apoyado amablemente las manos en los hombros del muchacho. El
abacero lo había visto con sus propios ojos y había oído que decía: «¡Pobre
rapazuelo! Yo sé cómo muerde el viento y cómo pasa la lluvia a través de una
chaqueta rota; lo sé como no pueden saberlo la mayoría de los que tienen una
buena chaqueta para cubrirse la espalda.» Dichas estas palabras, se había
metido una mano en el bolsillo y había recompensado con un chelín la
impertinencia del chico.
—Está chalado —dijo el abacero, tocándose la
sien—. ¡Esto es lo que opino del amigo de Mr. Armadale!
El carnicero le había visto más lejos, en el
otro extremo de la población. Midwinter se había detenido, también bajo la
copiosa lluvia, y esta vez para mirar algo tan vulgar como un perro medio
muerto de hambre y que estaba temblando en un portal.
—Yo no le perdía de vista—dijo el carnicero—,
¿y sabéis lo que hizo? Cruzó la calle, entró en mi tienda y compro un trozo de
carne como los que comemos los cristianos. Muy bien. Dice adiós y cruza de
nuevo la calle y palabra de honor que se pone de rodillas en el mojado portal,
saca su cuchillo, corta la carne y se la da al perro. Una carne, repito, digna
de un cristiano. Yo no soy duro, señora —terminó el carnicero, dirigiéndose a
la cocinera pero la carne es la carne, y le estaría bien empleado al amigo de
su amo si se encontrase un día sin poder comerla.
Acompañado en su camino solitario por estas
viejas y no olvidadas simpatías de los viejos y no olvidados tiempos, se había
alejado de la población y perdido de vista entre la niebla y la lluvia. El
abacero y el carnicero habían visto sus últimas acciones, y habían juzgado a un
gran carácter como son juzgados los grandes caracteres desde el punto de vista
del abacero y del carnicero.
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO I
MRS. MILROY
Dos días después de la partida de Midwinter de
Thorpe-Ambrose, Mrs. Milroy, después de terminar su toilette de la mañana y de
despedir a su enfermera, tocó la campanilla cinco minutos más tarde y, al
presentarse de nuevo la mujer, preguntó con impaciencia si había llegado el
correo.
—¿El correo? —repitió la enfermera—. ¿No tiene
su reloj? ¿No sabe que tardará más de media hora en llegar?
Dijo esto con la confiada insolencia de la
servidora acostumbrada a abusar de las flaquezas y de las necesidades de su
dueña. Mrs. Milroy, por su parte, parecía estar también acostumbrada a los
modales de su enfermera; sin advertirlo, daba sus órdenes sosegadamente.
—Cuando llegue el cartero —dijo—, recíbalo
usted misma. Estoy esperando una carta que hubiese debido recibir hace dos
días. No lo comprendo. Empiezo a sospechar de la servidumbre.
La enfermera sonrió desdeñosamente.
—¿De quién sospechará la próxima vez?
—preguntó?-. Bueno, no se inquiete. Yo abriré la puerta esta mañana, y ya
veremos si puedo traerle una carta cuando llegue el cartero.
Diciendo estas palabras, en el tono que
emplearía una mujer para tranquilizar a un niño caprichoso, la enfermera salió
de la habitación sin esperar la autorización de la señora.
Mrs. Milroy, al quedar de nuevo sola, se
volvió lenta y cansadamente en la cama y la luz que entraba por la ventana
iluminó de lleno su cara.
Era la cara de una mujer que había sido antaño
hermosa y que, a juzgar por los años, se hallaba todavía en la flor de la vida.
El continuo y prolongado sufrimiento físico y la continua y prolongada
irritación mental la habían dejado (según la ruda y elocuente frase popular) en
la piel y los huesos. La ruina total de su belleza resultaba aún más espantosa
por sus desesperados esfuerzos para disimularla a sus propios ojos, a los ojos
de su marido y de su hija e incluso a los del médico que la atendía y cuya función
era ver las cosas como eran. La cabeza, de la que se había desprendido la mayor
parte de los cabellos, habría parecido menos desagradable a la vista que la
ridícula peluca juvenil con que trataba de ocultar su pérdida. Ningún deterioro
de su tez, ni las muchas arrugas de su piel, habrían resultado tan horribles
como la espesa capa de colorete que cubría sus mejillas y la pasta blanca que
embadurnaba su frente. La delicada blonda y los brillantes adornos del camisón,
las cintas del gorro y los anillos que lucía en los huesudos dedos, tendente
todo ello a desviar la atención del cambio que se había producido en ella,
servían para todo lo contrario, lo acentuaban, hacían que, por la fuerza del
contraste, resultara más horrible y desesperado de lo que era en realidad. Un
libro ilustrado de modas, en el que se veían mujeres que exhibían sus galas,
gracias al libre uso de sus miembros, yacía sobre la cama de la que ella no
había podido levantarse durante años sin la ayuda de su enfermera. Un espejo de
mano estaba colocado junto al libro, de modo que pudiese cogerlo con facilidad.
Lo tomó cuando la enfermera hubo salido de la habitación se miró la cara con un
interés y una atención de los quese habría avergonzado cuando tenía dieciocho
años.
—¡Cada día más vieja y más delgada! —dijo—. El
comandante será pronto un hombre libre, ¡pero antes haré que esa lagartona
pelirroja salga de esta casa!
Dejó caer el espejo sobre la colcha y apretó
la mano que lo había sostenido. De pronto, fijó la mirada en un pequeño retrato
a lápiz de su marido, que pendía en la pared de enfrente; sus ojos lo
contemplaron con el brillo duro y cruel de un ave rapaz.
En tu vejez prefieres el rojo, ¿eh? —dijo al
retrato—. Cabellos rojos y cutis escrofuloso, y una figura rolliza y andares de
bailarina y ágiles dedos de ratero. ¡Miss Gwilt Miss, ¡con esos ojos y esos
andares! —Volvió súbitamente la cabeza sobre la almohada y soltó una ronca y
burlona carcajada—. ¡Miss! —repitió una y otra vez, con el envenenado énfasis
de la forma más despiadada del desprecio humano: el desprecio de una mujer por
otra.
La era en que vivimos considera que ninguna
criatura humana es inexcusable. ¿Existe una excusa para Mrs. Milroy? Dejemos
que la historia de su vida conteste esta pregunta.
Se había casado con el comandante a una edad
desacostumbradamente temprana y, al casarse con él, había tomado por marido a
un hombre que era lo bastante mayor para ser su padre; un hombre que, en
aquellos tiempos, tenía justa fama de haber aprovechado al máximo sus dotes
sociales y las ventajas de su aspecto personal en su trato con las mujeres.
Regularmente educada y de posición social inferior a la de su marido, ella
había aceptado al principio su galanteo bajo la influencia de su propia vanidad
halagada y había terminado sintiendo la misma fascinación que el comandante
Milroy había ejercido, en años anteriores de su vida, sobre mujeres de
mentalidad infinitamente superior a la de ella. A él le había conmovido su
cariño y había sentido, a su vez, el atractivo de su belleza, de su frescura y
de su juventud. Hasta que su pequeña y única hija cumplió los ocho años, su
vida matrimonial fue desacostumbradamente feliz. Pero, en aquel período, una
doble desgracia cayó sobre su hogar: la enfermedad de la esposa y la pérdida
casi total de la fortuna del marido entonces terminó virtualmente la felicidad
domestica de la pareja.
Habiendo alcanzado la edad en que los hombres
hallan generalmente más dispuestos a resignarse que a resistir cuando sufren
una calamidad, el comandante había salvado lo poco que quedaba de sus bienes,
se había retirado al campo y, pacientemente, había buscado consuelo en sus
aficiones mecánicas. Una mujer más próxima a él en edad, o con mejor educación
y mayor paciencia de las que poseía su esposa, habría comprendido la conducta
del comandante y encontrado consuelo en la sumisión de éste. Pero Mrs. Milroy no
encontró consuelo en nada. Ni su carácter ni su instrucción la ayudaron a
resignarse a la cruel calamidad de que había sido víctima en el esplendor de su
femineidad y en la flor de su belleza. El curso de la enfermedad incurable la
destrozó en el acto y para toda la vida.
El sufrimiento puede fomentar, y fomenta, el
mal que existe latente en la humanidad, así como el bien latente. El bien que
había en la naturaleza de Mrs. Milroy se encogió bajo la influencia sutilmente
perniciosa que hacía crecer y florecer el mal. Un mes tras otro, al debilitarse
físicamente, fue empeorando moralmente. Todo lo que había en ella de ruin,
cruel y falso, creció en proporción inversa a la contracción de cuanto había
tenido de generosa, amable y veraz. La antigua sospecha de que su marido podía
recaer en su irregular conducta de soltero, sospecha que, en día de mejor salud
mental y corporal le había confesado francamente (y que siempre, antes o
después había comprobado que era injustificada), volvió de nuevo a su mente,
ahora que la enfermedad la había divorciado de él en esa forma más baja de
desconfianza conyugal que se mantiene astutamente en secreto, que agrupa átomo
tras átomo sus partículas inflamables, y enciende en el cerebro esos celos
furiosos que arden a fuego lento. Ninguna prueba que pudiese presentarse ahora
a Mrs. Milroy de la vida intachable y paciente de su esposo, ninguna apelación
al respeto que se debía a sí misma o a su hija, que se estaba convirtiendo en
mujer, servían para disipar aquella terrible obseción fruto de su enfermedad
incurable y que crecía al empeorar ésta. Como todas las locuras, tenía su flujo
y su reflujo, sus momentos de espasmódico arrebato y sus momentos de engañosa
calma; pero, activa o pasivamente, estaba siempre en ella. Había dañado a
inocentes servidores, insultado a intachables forasteros. Había hecho brotar
las primeras lágrimas de vergüenza y de dolor de los ojos de su hija, y había
marcado las arrugas más profundas que surcaban la faz de su marido. Había
causado el infortunio secreto de la reducida familia durante años, e iba ahora
a traspasar los límites familiares e influir en los sucesos que habían de
producirse en Thorpe-Ambrose y que afectarían de un modo vital a los futuros
intereses de Allan y de su amigo.
Para apreciar debidamente las graves
consecuencias que siguieron a la aparición de Miss Gwilt en escena, es preciso
observar un momento el estado de los asuntos domésticos en el cottage antes de
ser contratada la nueva institutriz.
Al casarse la institutriz que había servido
muchos años en su casa (una mujer de una edad y un físico capaces de anular
incluso los celos de Mrs. Milroy), el comandante había considerado la cuestión
de enviar a su hija lejos de casa con mucha más seriedad de lo que su esposa
suponía. Por una parte, preveía las escenas que se desarrollarían en la casa,
sin la presencia de la muchacha. Por otra, sentía una invencible renuencia a
aplicar el único remedio eficaz: mantener a su hija fuera de casa tanto en el
período escolar como en el de vacaciones. Al poner fin a la lucha que se había
desarrollado en su mente, con la resolución de publicar un anuncio solicitando
una nueva institutriz, la tendencia natural del comandante Miiroy de eludir las
dificultades en vez de enfrentarse a ellas se había manifestado de la manera
acostumbrada. Había cerrado nuevamente los ojos a la angustia de su hogar, con
la discreción habitual en él, y había vuelto, como en centenares de ocasiones,
a la consoladora compañía de su viejo amigo el reloj.
Muy distinto era el caso de la esposa del
comandante La posibilidad, que su esposo no había considerado en absoluto, de
que la nueva institutriz fuera más joven y más atractiva que la que se había
ido, fue la primera que acudió a la mente de Mrs. Milroy. Pero no había dicho
nada. Observando y alimentando en secreto su inveterada desconfianza, había
animado a su esposo y a su hija a que la dejasen sola en ocasión del pícnic,
con la expresa intención de buscar la oportunidad de ver a solas a la nueva
institutriz. Ésta se había presentado, y el fuego latente de los celos de Mrs.
Milroy había estallado en llamas en el momento en que ella y la hermosa
forastera se vieron por primera vez.
Terminada la entrevista, la desconfianza de
Mrs. Milroy recayó inmediata e inevitablemente en la madre de su marido. Sabía
muy bien que era la única persona en Londres a quien podía encargar el
comandante que tomase los necesarios informes; sabía muy bien que Miss Gwilt
había solicitado el cargo, en primera instancia, como una desconocida que
contestaba a un anuncio publicado en un periódico. Pero incluso sabiendo todo
esto, había cerrado obstinadamente los ojos, con el ciego frenesí de la más
ciega de todas las pasiones, a los hechos que tenía delante, y, recordando la
última de las muchas disputas en que las dos se habían enzarzado, y que había
terminado separando definitivamente a la anciana de ella, había sacado la
conclusión de que la contratación de Miss Gwilt se debía al afán vengativo de
su suegra de causar daño en su hogar. La evidencia compartida acertadamente por
la propia servidumbre, testigo del escándalo familiar (de que la madre del
comandante al asegurar para su hijo los servicios de una institutriz
capacitada, no se había creído obligada a tomar en cuenta el aspecto físico de
ésta, por lo que pudiese afectar a las extravagantes fantasías de su nuera), es
algo que, sencillamente, no cabía en la mente de Mrs. Milroy. La resolución que
habría tomado en todo caso, impulsada por los celos, fue doblemente confirmada
por la convicción que tenía ahora. Apenas hubo cerrado Miss Gwilt la puerta de
la habitación de la enferma, los labios de Mrs. Milroy susurraron estas
palabras:
-Antes de que transcurra una semana, señora
mía, ¡te habrás largado de aquí!
Desde aquel momento, a lo largo de las noches
en blanco y de los días de tedio, el único objeto de la enferma fue preparar el
despido de la nueva institutriz.
Consiguió la ayuda de la enfermera en calidad
de espía (como estaba acostumbrada a conseguir que le prestase otros servicios
a los que no venía obligada), mediante el regalo de otro vestido de su
guardarropa. Una tras otra, buenas prendas de vestir, inútiles ahora para Mrs.
Milroy, habían satisfecho de este modo la codicia de la enfermera, insaciable
afán de las mujeres feas por la ropa elegante. Sobornada con el vestido más
lindo que jamás hubiese tenido, la espía doméstica recibió las órdenes secretas
de su señora y se aplicó, con ruin satisfacción, a su trabajo secreto.
Transcurrieron días y continuó el trabajo,
pero con resultado nulo. El ama y la servidora tenían que habérselas con una
mujer que podía con las dos. Repetidas intrusiones, cuando el comandante y la
institutriz se hallaban en la misma habitación, fueron inútiles para descubrir
la menor incorrección, de obra o de palabra, por parte de ninguno de los dos.
La continua escucha y vigilancia detrás de la puerta del dormitorio de la
institutriz reveló que ésta tenía encendida la luz hasta altas horas de la
noche, que gemía y chirriaba de dientes cuando dormía... y nada más. Una
cuidadosa observación durante el día demostró que siempre echaba personalmente
sus cartas al correo, en vez de confiarlas a la sirvienta, y que en ciertas
ocasiones, en las horas libres que le quedaban después de las lecciones y el
paseo, desaparecía súbitamente del jardín y volvía sola desde el parque. Una
vez, sólo una vez, había tenido la enfermera oportunidad de seguirla fuera del
jardín, pero había sido sorprendida inmediatamente por Miss Gwilt en el parque,
y ésta le había preguntado, con desesperante cortesía, si quería acompañarla a
dar un paseo. Se descubrieron abundantes circunstancias de esta clase, lo
bastante sospechosas para la mente de una mujer enferma; pero ninguna que tuviese
solidez suficiente para ser denunciada al comandante. Así fueron pasando los
días, y Miss Gwilt siguió mostrándose absolutamente correcta en su conducta y
absolutamente irreprochable en sus relaciones con su patrono y con su
discípula.
Habiendo fracasado en su intento, Mrs. Milroy
trató después de encontrar algún punto vulnerable en el informe sobre los
antecedentes de la institutriz.
Después de conseguir que el comandante le
entregase el minucioso informe que le había enviado su madre a este respecto,
Mrs. Milroy lo leyó y lo releyó, sin encontrar en parte alguna de la carta el
punto flaco que andaba buscando. Se habían hecho todas las preguntas de rigor y
todas ellas habían sido lisa y llanamente contestadas. La única oportunidad
para un ataque que pudo descubrir se manifestaba por sí sola, después de
solventadas todas las cuestiones prácticas, en las últimas frases de la carta.
«Me impresionaron tanto —se decía en aquel
párrafo—, la gracia y los modales distinguidos de Miss Gwilt, que aproveché la
ocasión de que saliese de la estancia para preguntar la causa de que tuviese
que trabajar de institutriz. "Fue lo de siempre", se me dijo.
"Una lamentable desgracia de familia, en la que ella se comportó
noblemente. Miss Gwilt es una persona muy sensible y rehuye hablar de ello con
extraños, renuencia natural que siempre he considerado que, por delicadeza,
debía respetar." Al oír esto, compartí naturalmente aquel delicado
sentimiento. Yo no debía entrometerme en los disgustos privados de la pobre
infeliz; mi único deber era asegurarme, como me he asegurado, de que contrataba
a una institutriz capacitada y respetable para instruir a mi nieta.»
Después de reflexionar a fondo sobre estas
líneas, Mrs. Milroy, en su afanosa búsqueda de circunstancias sospechosas,
pensó que las había encontrado al fin. Decidió investigar el misterio de los
infortunios familiares de Miss Gwilt, por si podía extraer de ellos algo útil
para su propósito. Había dos maneras de hacerlo. Podía empezar interrogando a
la propia institutriz, o haciendo averiguaciones sobre la persona que había
dado los informes. Su experiencia de la rapidez y habilidad con que había
respondido Miss Gwilt a las preguntas embarazosas en el curso de su primera
entrevista la persuadió de que era mejor el segundo camino. «Primero pediré a
la persona que dio los informes que me cuente la desgraciada historia pensó—;
después interrogaré a la interesada, y veré si coinciden los dos relatos.»
La carta de petición de información fue breve
y escrupulosamente meditada. Mrs. Milroy la empezó informando a la destinataria
de que su estado de salud la obligaba a dejar enteramente a su hija bajo el
control y la influencia de su institutriz.
Por esta razón necesitaba, más que la mayoría
de las madres, poseer una información completa sobre todo lo referente a la
persona a quien debía confiar todo el cuidado de su hija única, y esperaba que
esta natural preocupación le sirviese de excusa si, después de los excelentes
informes que había recibido de Miss Gwilt, formulaba una pregunta que podía
parecer innecesaria. Después de este prefacio, Mrs. Milroy iba al grano y pedía
que se la informase de las circunstancias que habían obligado a Miss Gwilt a
trabajar como institutriz.
La carta, redactada en estos términos, fue
echada al correo el mismo día. La mañana en que esperaba la respuesta, ésta no
llegó. La mañana siguiente, tampoco hubo contestación. La tercera mañana, Mrs.
Milroy no pudo contener su impaciencia por más tiempo. Llamó a la enfermera,
tal como ha sido ya relatado, y ordenó a la mujer que esperase al cartero y se
hiciese personalmente cargo de la correspondencia.
Así se hallaban ahora las cosas, y en estas
circunstancias domésticas se inició la nueva serie de acontecimientos en
Thorpe-Ambrose.
Mrs. Milroy acababa de mirar su reloj y había
asido ya, una vez más, el cordón de la campanilla, cuando se abrió la puerta y
entró la enfermera en la habitación. —¿Ha venido el cartero? —preguntó Mrs.
Milroy.
La enfermera dejó una carta sobre la cama, sin
responder, y esperó, con no disimulada curiosidad, el efecto que producía en la
paciente.
Mrs. Milroy tomó la carta y rasgó
inmediatamente el sobre. Apareció un papel impreso (que dejó a un lado)
envolviendo una carta (la cual miró) cuyo sobre estaba escrito de su propio
puño y letra. Entonces agarró el papel impreso. Era la acostumbrada circular de
Correos, informándole de que la carta había sido debidamente llevada a su
dirección y de que el destinatario era desconocido.
—¿Algo anda mal? —preguntó la enfermera,
observando un cambio en el semblante de la enferma.
La pregunta quedó sin respuesta. El escritorio
de Mrs. Milroy estaba encima de la mesita de noche. Sacó de él la carta que la
madre del comandante había escrito a su hijo y buscó la página en que se
consignaba el nombre y la dirección de la persona que había dado informes de
Miss Gwilt. «Mrs. Mandeville, 18, Kingsdown Crescent, Bayswater», leyó
ansiosamente, y después miró la dirección de su propia carta devuelta. No había
cometido ningún error: las dos direcciones eran idénticas.
—¿Algo anda mal? —repitió la enfermera,
acercándose a la cama.
—Afortunadamente... ¡sí! —gritó Mrs. Milroy,
con súbito entusiasmo. Arrojó la circular de Correos a la enfermera y golpeó la
colcha con sus manos esqueléticas, en un éxtasis de triunfo anticipado—. ¡Miss
Gwilt es una impostora! ¡Miss Gwilt es una impostora! Aunque me cueste la vida,
Rachel, ¡me asomaré a la ventana para ver cómo se la lleva la policía!
—Una cosa es decir que es una impostora a
espaldas de ella y otra muy distinta demostrarlo en su presencia —observó la
enfermera.
Mientras hablaba, introdujo una mano en su
bolsillo, y, dirigiendo una mirada significativa a su señora, sacó en silencio
una segunda carta.
—¿Para mí? —preguntó Mrs. Milroy.
—No —dijo la enfermera—; para Miss Gwilt.
Las dos mujeres se miraron y se comprendieron
sin palabras.
-¿Dónde está ella? —dijo Mrs. Milroy.
La enfermera señaló en dirección al parque.
—Ha salido una vez más, para dar un paseo
antes del desayuno... a solas.
Mrs. Milroy indicó a la enfermera que se
acercase más.
—¿Puedes abrirla, Rachel? —murmuró.
Rachel asintió con la cabeza.
—¿Puedes cerrarla de nuevo, para que nadie se
entere?
—¿Le hace a usted falta el pañuelo que hace
juego con su vestido gris perla? —preguntó Rachel.
—¡Tómalo! —dijo Mrs. Milroy con impaciencia.
La enfermera abrió el armario en silencio;
tomó el pañuelo en silencio; salió de la habitación en silencio. Antes de cinco
minutos, volvió con el sobre de la carta de Miss Gwilt abierto en sus manos.
—Gracias, señora, por el pañuelo —dijo Rachel,
dejando el sobre abierto sobre el cubrecama.
Mrs. Milroy miró el sobre. Había sido cerrado
como de costumbre por medio de una goma adhesiva, que había cedido con la
aplicación de vapor. Al sacar Mrs. Milroy la carta, su mano tembló
violentamente y la capa de afeite blanco se agrietó sobre las arrugas de su
frente.
—Mis gotas —dijo—. Estoy terriblemente
excitada, Rachel. ¡Mis gotas!
Rachel le dio las gotas y después se dirigió a
la ventana a observar el parque.
—No se dé prisa —dijo—. No hay señales de ella
todavía.
Mrs. Milroy hizo una pausa, manteniendo el
importantísimo papel doblado en su mano. Habría sido capaz de arrancarle la
vida a Miss Gwilt, pero vacilaba en leer su carta.
—¿Tiene usted escrúpulos? —preguntó la
enfermera, con una sonrisa burlona—. Considérelo un deber para con su propia
hija.
-¡Eres mala! —dijo Mrs. Milroy.
Y habiendo expresado así su opinión, abrió la
carta.
Saltaba a la vista que había sido escrita
apresuradamente; no llevaba fecha y sólo estaba firmada con unas iniciales.
Decía así:
«Diana Street.
Mi querida Lydia: El simón me está esperando
en la puerta y sólo dispongo de un momento para decirte que me veo obligada a
ausentarme de Londres, tres o cuatro días, o una semana como máximo, por
cuestiones de negocios. Si me escribes, me remitirán tus cartas.
Ayer recibí la tuya y estoy de acuerdo contigo
en que es muy importante que no le hables a él de ti y de tu familia mientras
puedas evitarlo. Cuanto mejor le conozcas, mejor podrás elegir la clase de
historia más conveniente. Cuando se la hayas contado, tendrás que ceñirte a
ella... y, si tienes que ceñirte a ella, debes cuidar muy bien de que no sea
complicada y de no inventarla apresuradamente. Volveré a escribirte sobre esto
y te comunicaré mis propias ideas. Mientras tanto, no te arriesgues a encontrarte
con él demasiado a menudo en el parque.
Tuya,
M.O.»
—¿Y bien? —preguntó la enfermera, acercándose
de nuevo a la cama—. ¿Ha terminado ya?
—Encontrarte con él en el parque —repitió Mrs.
Milroy, sin apartar los ojos de la carta—. ¡Con él! Rachel, ¿dónde está el
comandante?
—En su habitación.
—¡No lo creo!
—Piense lo que quiera. Ahora déme la carta y
el sobre.
—¿Podrás cerrarlo de nuevo sin que ella se
entere?
—Lo que puedo abrir, puedo cerrarlo. ¿Algo
más?
—Nada.
Mrs. Milroy se quedó de nuevo sola, para
revisar su plan de ataque bajo la nueva luz en que veía ahora a Miss Gwilt.
La información que acababa de obtener, al leer
la carta dirigida a la institutriz, llevaba claramente a la conclusión de que
una aventurera se había introducido en la casa por medio de unos informes
falsos. Pero, como había obtenido la información mediante un acto indigno e
inconfesable, no podía emplearla para poner sobre aviso al comandante ni para
poner en evidencia a Miss Gwilt. La única arma de que disponía Mrs. Milroy era
la carta que le había sido devuelta, y lo único que debía decidir ahora era cómo
utilizarla de la manera más eficaz y más rápida.
Cuantas más vueltas daba al asunto en su cabeza, más irreflexivo y
prematuro le parecía el entusiasmo que había sentido al ver la circular de la
oficina de Correos. Que la dama que había dado informes de la institutriz
hubiese abandonado su domicilio sin dejar señas, era una circunstancia lo
bastante sospechosa para que la mencionase al comandante. Pero Mrs. Milroy, por
mucho que menospreciase a su marido en algunos aspectos, conocía lo bastante su
carácter para estar segura de que, si le contaba lo sucedido, llamaría a la
institutriz y le pediría una explicación. En tal caso, el ingenio y la astucia
de Miss Gwilt permitirían a ésta dar una respuesta plausible e inmediata que el
comandante, llevado de su parcialidad, se apresuraría a aceptar; y sin duda arreglaría
las cosas valiéndose del correo, de manera que llegase la necesaria
confirmación por parte de su cómplice de Londres. Estaba claro que el camino
más seguro a seguir, con un hombre como el comandante y una mujer como Miss
Gwilt, era guardar de momento un silencio absoluto y realizar (sin que se
enterase la institutriz) las investigaciones necesarias para el descubrimiento
de alguna prueba evidente. Pero, como no podía hacerlo ella misma, ¿a quién
confiaría Mrs. Milroy la difícil y peligrosa tarea de la investigación? Aunque
confiase en la enfermera, no podía privarse de ella de la noche a la mañana, ni
podía enviarla sin correr el riesgo de llamar la atención. ¿Había en
Thorpe-Ambrose o en Londres alguna otra persona competente y de fiar a quien pudiese
encargar el trabajo?
Mrs. Milroy empezó a dar vueltas en la cama,
rebuscando en vano una respuesta en su mente. «¡Ay, si encontrase un hombre en
quien pudiese confiar! —pensó, desesperadamente—. ¡Si supiese dónde buscar a
alguien que pudiese ayudarme!»
Mientras pensaba esto, la sobresaltó el sonido
de la voz de su hija al otro lado de la puerta.
¿Puedo entrar? —preguntó Neelie.
—¿Qué quieres? —replicó Mrs. Milroy, con
impaciencia.
—Te traigo el desayuno, mamá.
—¿El desayuno? —repitió, sorprendida, Mrs.
Milroy-. ¿Por qué no lo trae Rachel como de costumbre?—Reflexionó un momento y
después dijo vivamente—: ¡Entra!
CAPÍTULO II
SE ENCUENTRA AL HOMBRE
Neelie entró en la habitación, llevando la
bandeja con el té, la tostada y la mantequilla que componían el desayuno
invariable de la inválida.
—¿Qué significa esto? —preguntó Mrs. Milroy,
en el tono y con la expresión que habría empleado ante una criada que por error
se hubiese metido en su dormitorio.
Neelie dejó la bandeja sobre la mesita de
noche.
—Pensé que me apetecía subirte el desayuno,
mamá, aunque sólo fuese por una vez —respondió—, y le pedí a Rachel que me lo
permitiese.
—Ven aquí —le dijo Mrs. Milroy— y dame los
buenos días.
Neelie obedeció. Al inclinarse para besar a su
madre, Mrs. Milroy la asió del brazo y, bruscamente, la obligó a volverse hacia
la luz. Claras señales de turbación y de aflicción se pintaban en la cara de su
hija. Mrs. Milroy sintió al instante un escalofrío de terror. Sospechó que la
apertura de la carta había sido descubierta por Miss Gwilt y que, en
consecuencia, la enfermera se escondía.
—Suéltame, mamá —dijo Neelie, encogiéndose
bajo el apretón de su madre—. Me haces daño.
—Dime por qué me has subido el desayuno esta
mañana —insistió Mrs. Milroy.
—Ya te lo he dicho, mamá.
—¡No me lo has dicho! Me has dado una excusa,
lo leo en tu cara. ¡Vamos! ¿Qué es?
La resolución de Neelie pudo menos que la de
su madre. La joven, inquieta, desvió la mirada hacia la bandeja —Estaba
enfadada —dijo, haciendo un esfuerzo— y no quería quedarme en el comedor.
Quería subir aquí y hablar contigo.
—¿Enfadada? ¿Quién te ha hecho enfadar? ¿Qué
ha sucedido? ¿Tiene Miss Gwilt algo que ver con esto?
Neelie se volvió de nuevo hacia su madre,
súbitamente curiosa y alarmada.
—¡Mamá! —dijo—. Tú lees mis pensamientos, y
esto me asusta. ¡Era Miss Gwilt!
Antes de que Mrs. Milroy pudiese responderle,
se abrió la puerta y entró la enfermera.
—¿Tiene todo lo que necesita? —preguntó, con
su calma acostumbrada—. La señorita insistió en subir su bandeja esta mañana.
¿No ha roto nada?
—Ve a la ventana —dijo Mrs. Milroy a su hija—.
Tengo que hablar con Rachel.
En cuanto la joven hubo vuelto la espalda,
llamó a la enfermera con un ademán apremiante.
—¿Algún tropiezo? —preguntó en voz baja—.
¿Piensas que sospecha de nosotras?
La enfermera se volvió, con su dura y burlona,
sonrisa.
—Le dije que lo haría —dijo— y lo he hecho.
Ella no sospecha nada en absoluto. Esperé en la habitación y vi cómo tomaba la
carta y la abría.
Mrs. Milroy lanzó un profundo suspiro de
alivio.
—Gracias —dijo, lo bastante fuerte para que lo
oyese su hija—. No necesito nada más.
La enfermera se retiró y Neelie volvió de la
ventana.
Mrs. Milroy le asió una mano y miró a su hija
con mayor atención y amabilidad que de costumbre. Su hija le interesaba esta
mañana, pues tenía algo que decirle sobre Miss Gwilt.
-Yo siempre había pensado que prometías ser
muy linda, hija mía —dijo, reanudando cuidadosamente la conversación
interrumpida, de la manera menos directa—. Pero tú no pareces cumplir tu
promesa. Se diría que estás delicada de salud y desanimada. ¿Qué te sucede?
Si hubiese habido alguna comprensión entre
madre e hija, Neelie habría confesado la verdad. Habría dicho francamente:
«Parezco enferma porque mi vida es muy triste. Quiero a Mr. Armadale, y hubo un
tiempo en que Mister Armadale me quería. Tuvimos una pequeña riña, sólo una, y
yo tuve la culpa. Quise decírselo entonces y he querido decírselo después, pero
Miss Gwilt se interpone entre nosotros y me lo impide. Hace que parezcamos dos
desconocidos; le ha cambiado, me lo ha quitado. Él ya no me mira como me miraba;
no me habla como me hablaba; nunca está a solas conmigo como solía estar; no
puedo decirle las palabras que ansio pronunciar, y no puedo escribirle, porque
parecería que quiero hacerle volver. Todo ha terminado entre Mister Armadale y
yo, y ha sido por culpa de esa mujer. Miss Gwilt y yo estamos de punta durante
todo el día, y diga yo lo que diga, y haga lo que haga, ella se supera siempre
y me deja en mal lugar. Antes de que ella viniese, todo lo que veía en
Thorpe-Ambrose me gustaba y todo lo que realizaba en Thorpe-Ambrose me hacía
feliz. ¡Ahora nada me gusta y nada me hace feliz!» Si Neelie hubiese estado
acostumbrada a pedir consejo a su madre y a confiar en el amor de ésta, le
habría dicho algo por aquel estilo. Tal como estaban las cosas, sus ojos se
llenaron de lágrimas, y bajó la cabeza, en silencio.
—¡Vamos! —dijo Mrs. Milroy, empezando a perder
la paciencia—. Tienes algo que decirme acerca de Miss Gwilt. ¿Qué es ello?
Neelie reprimió sus lágrimas e hizo un
esfuerzo para responder.
—Me irrita de un modo insoportable, mamá; no
puedo aguantarla; tengo que hacer algo... —Neelie se interrumpió y dio una
patada furiosa en el suelo—. Si seguimos mucho tiempo así, ¡le arrojaré algo a
la cabeza! Ya lo habría hecho esta mañana, si no me hubiese marchado de la
habitación. ¡Oh, habla de esto con papá! ¡Encuentra algún motivo para
despedirla! ¡Iré al colegio, haré cualquier cosa con tal de librarme de Miss
Gwilt!
¡Librarme de Miss Gwilt! Al oír estas
palabras, este eco en labios de su hija del único deseo dominante mantenido en
secreto en su propio corazón, Mrs. Milroy se incorporó lentamente en la cama.
¿Qué significaba esto? ¿Recibiría la ayuda que buscaba de la última persona a
quien habría pensado pedírsela?
—¿Por qué quieres librarte de Miss Gwilt?
—preguntó—. ¿Qué quejas tienes de ella?
—¡Ninguna! —dijo Neelie—. Esto es lo peor.
Miss Gwilt no me da ningún motivo para quejarme. Es absolutamente detestable;
me vuelve loca; pero es el colmo de la corrección en todo instante. Quizás esté
mal, pero no me importa: ¡la odio!
Los ojos de Mrs. Milroy interrogaron el
semblante de su hija como no lo habían interrogado nunca. Evidentemente, había
algo debajo de la superficie, algo cuyo descubrimiento podía ser de vital
importancia para sus propios fines y que todavía no se había manifestado.
Continuó sondeando delicadamente el pensamiento de Neelie, con un interés cada
vez más pronunciado en el secreto de su hija.
—Sírveme una taza de té —dijo— y no te
excites, querida. ¿Por qué me hablas a mí de esto? ¿Por qué no se lo dices a tu
padre?
—He tratado de hablar con papá —dijo Neelie—■
Pero es inútil; él es demasiado bueno para comprender lo mala que es ella. Y
ella se porta siempre magníficamente con él, se esfuerza continuamente en serle
útil. Yo no puedo hacerle comprender por qué me disgusta Miss Gwilt, como no
puedo hacer que lo comprendas tú; sólo puedo comprenderlo yo misma. —Trató de
servir el té y volcó la taza—. ¡Me vuelvo abajo! —exclamó, rompiendo a llorar—.
No sirvo para nada. ¡Ni siquiera sé servir una taza de té!
Mrs. Milroy le agarró una mano y la detuvo.
Por insignificante que fuese la referencia de Neelie a las relaciones entre el
comandante y Miss Gwilt, habían despertado de nuevo los fáciles celos de su
madre. El comedimiento que Mrs. Milroy se había impuesto hasta entonces se
desvaneció en un instante; se desvaneció incluso en presencia de una niña de
dieciséis años y a pesar de que esta niña era su hija.
—¡Espera! —dijo, ansiosamente—. Has acudido al
lugar adecuado y a la persona adecuada. Sigue insultando a Miss Gwilt. Me gusta
oírte... ¡Yo también la odio!
—¿Tú, mamá? —exclamó Neelie, mirando a su
madre con asombro.
Por un instante, Mrs. Milroy vaciló antes de
seguir hablando. Algún último recuerdo de su vida de casada en tiempos más
tempranos y felices le suplicaba que respetase la juventud y el sexo de su
hija. Pero los celos no respetan nada en el cielo ni en la tierra, aparte de
ellos mismos. El fuego lento y atormentador que ardía día y noche en el pecho
de aquella infeliz puso destellos mortales en sus ojos, al brotar de sus
labios, lentamente, las palabras llenas de veneno.
—Si tuvieses ojos en la cara, nunca habrías
acudido a tu padre —dijo—. Tu padre tiene sus razones para no oír nada de lo
que tú puedas decirle, o de lo que cualquiera pueda decirle, contra Miss Gwilt.
Muchas jovencitas de la edad de Neelie no
habrían captado el significado oculto de aquellas palabras. Pero en este caso,
la hija conocía por experiencia a su madre lo bastante para comprenderla.
Neelie se apartó de la cama, con el rostro enrojecido.
—¡Mamá! —dijo—. ¡Tus palabras son horribles!
Papá es el hombre más bueno y más digno y más amable... ¡Oh, no quiero oírlo!
¡No quiero oírlo!
El mal genio de Mrs. Milroy estalló
inmediatamente, estalló con tanta más violencia cuanto que sentía, contra su
voluntad, que podía estar equivocada.
—¡Descarada y pequeña estúpida! —replicó
furiosamente—. ¿Piensas que voy a tolerar que tú me recuerdes lo que debo a tu
padre? ¿Va a enseñarme una lagartona como tú cómo tengo que hablar de tu padre,
lo que he de pensar de tu padre, y cómo tengo que amar y honrar a tu padre? Te
diré que tuve un gran disgusto cuando tú naciste. Yo quería un niño, ¡pequeña
desvergonzada! Si alguna vez encuentras un hombre lo bastante imbécil para
casarse contigo, tendrá suerte si sólo le amas la mitad, una cuarta parte, una cienmilésima
parte de lo que amé yo a tu padre. ¡Ah, puedes llorar cuando es demasiado
tarde, puedes arrastrarte para pedir perdón a tu madre después de haberla
insultado, pequeña y torpe criatura! Cuando me casé con tu padre, era más
hermosa de lo que tú serás jamás, y habría caminado sobre brasas para servirle.
Si él me hubiese pedido que me cortase un brazo lo habría hecho, ¡lo habría
hecho para complacerle! —Se volvió súbitamente de cara a la pared, olvidándose
de su hija, olvidándose de su marido, olvidándose de todo salvo del
atormentador recuerdo de su belleza perdida—. ¡Un brazo! —repitió débilmente,
hablando consigo misma—. ¡Qué brazos tenía cuando era joven! —Levantó
disimuladamente la manga de su camisón y se estremeció—. ¡Oh, míralo ahora!
¡Míralo ahora!
Neelie cayó de rodillas junto a la cama y
ocultó el semblante. Desesperando de encontrar consuelo y ayuda en otra parte,
se había puesto impulsivamente en manos de su madre, ¡y he aquí cómo había
terminado la cosa!
—¡Oh, mamá —suplicó—, sabes que no quería
ofenderte! No he podido evitarlo cuando has hablado de aquel modo de mi padre.
¡Oh, perdóname, perdóname!
Mrs. Milroy volvió de nuevo la cabeza sobre la
almohada y contempló a su hija con mirada ausente.
—¿Perdonarte? —repitió, con la mente todavía
en el pasado y volviendo a tientas al presente.
—Te pido perdón, mamá; te pido perdón de
rodillas. ¡Soy tan desgraciada! ¡Me hace tanta falta un poco de ternura! ¿No
quieres perdonarme?
—Espera un poco —dijo Mrs. Milroy—. ¡Ah!
—exclamó, después de un intervalo—. ¡Ya sé! ¿Perdonarte? Sí, te perdonaré con
una condición. —Levantó la cabeza de Neelie y le dirigió una mirada
penetrante—. Dime por qué odias a Miss Gwilt. Tienes una razón para odiarla y
todavía no me has dicho cuál es.
Neelie bajó de nuevo la cabeza. El rubor que
quería ocultar al esconder la cara se manifestó en su cuello. Su madre lo vio,
y le dio tiempo.
—Dime —repitió después Mrs. Milroy, en tono
más amable— por qué la odias.
La niña respondió de mala gana, en palabras
sueltas, en fragmentos.
—Porque está tratando...
—Tratando ¿qué?
—Tratando de que alguien que es demasiado...
—Demasiado ¿qué?
—Demasiado joven para ella...
—¿Se case con ella?
—Sí, mamá.
Profundamente interesada, Mrs. Milroy se
inclinó hacia delante y acarició descuidadamente los cabellos de su hija.
—¿Quién es él, Neelie? —preguntó, en voz baja.
—Si te lo digo, ¿no lo dirás a nadie, mamá?
—¡Nunca! ¿Quién es él?
—Mister Armadale.
Mrs. Milroy descansó de nuevo la cabeza sobre
la almohada, en silencio. La evidente traición al primer amor de su hija,
confesado por los propios labios de ésta, que habría absorbido toda la atención
de otras madres, no la preocupó un solo instante. Sus celos, que lo deformaban
todo para adaptarlo a sus propias conclusiones, deformaban ahora lo que acababa
de oír. «Un ardid —pensó—, que ha engañado a mi hija. Pero a mí no me engaña.»
—¿Puede Miss Gwilt conseguir lo que pretende?
-preguntó en voz alta—. ¿Muestra Mister Armadale algún interés por ella?
Neelie levantó ahora la cabeza para mirar a su
madre. La parte más difícil de su confesión había terminado: había revelado la
verdad sobre Miss Gwilt y había mencionado expresamente el nombre de Allan.
—El muestra un interés inexplicable —dijo—. Es
imposible comprenderlo. Es un enamoramiento manifiesto. ¡No tengo valor para
hablar de ello!
—¿Y cómo te has enterado tú de los secretos de
Mister Armadale? ¿Te ha informado él, precisamente a ti, de su interés por Miss
Gwilt?
—¡A mí! —exclamó Neelie, indignada—. Lo peor
es que habló de ello a papá.
Al aparecer el comandante en la narración, el
interés de Mrs. Milroy en la conversación alcanzó su punto culminante. Se
incorporó de nuevo.
—Toma una silla —dijo—. Siéntate, pequeña, y
cuéntamelo todo. Palabra por palabra, fíjate bien, ¡palabra por palabra!
—Sólo puedo decirte lo que papá me dijo.
—¿Cuándo?
—El sábado. Fui a llevarle el almuerzo al
taller, y él me dijo: «Acabo de recibir la visita de Mister Armadale, y quiero
hacerte una advertencia, ahora que pienso en ello.» Yo no dije nada, mamá; sólo
esperé. Papá continuó y me dijo que Mister Armadale le había estado hablando de
Miss Gwilt y que le había hecho, acerca de ella, una pregunta que nadie de su
posición tenía derecho a hacer. Papá dijo que se había visto obligado a decirle
a Mister Armadale, con buenas palabras, que fuese un poco más delicado y
precavido la próxima vez. A mí, esto me interesaba poco, mamá; no me importaba
lo que dijese o hiciese Mister Armadale. ¿Por qué había de importarme?
—No pienses en ti —le interrumpió vivamente
Mrs. Milroy—. Continúa con lo que dijo tu padre. ¿Qué estaba haciendo cuando
hablaba de Miss Gwilt? ¿Qué aspecto tenía?
—Más o menos el de siempre, mamá. Andaba
arriba y abajo por el taller, y yo le así del brazo y anduve arriba y abajo con
él.
—No me importa lo que hiciste tú —dijo Mrs.
Milroy, cada vez más irritada—. ¿Te dijo tu padre cuál había sido la pregunta
que le había hecho Mister Armadale?
—Sí, mamá. Me dijo que Mister Armadale había
empezado declarando que estaba muy interesado en Miss Gwilt y había preguntado
después si papá podía informarle sobre las desgracias familiares de aquélla...
—¡Qué! —gritó Mrs. Milroy. La palabra brotó de
sus labios casi como un alarido, y el esmalte blanco de su cara se quebró en
todas direcciones—. ¿Preguntó esto Mister Armadale? —siguió diciendo,
inclinándose más y más sobre el borde de la cama.
Neelie se irguió y trató de que su madre
volviese a descansar sobre la almohada.
—¡Mamá! —exclamó—, ¿te duele algo? ¿Te
encuentras mal? ¡Me has asustado!
—No es nada, no es nada —dijo Mrs. Milroy. Su
agitación era demasiado violenta para que pudiese dar una excusa diferente de
la más vulgar—. Mis nervios andan mal esta mañana; no te preocupes. Probaré el
otro lado de la almohada. Continúa, continúa. Te escucho, aunque no te esté
mirando. —Volvió la cara hacia la pared y cerró convulsivamente las temblorosas
manos debajo de la sábana—. ¡Ya la tengo! —murmuró para sí—. ¡Por fin la he
pillado!
—Temo haber hablado demasiado —dijo Neelie—.
Me parece que ya te he molestado bastante. ¿Quieres que me vaya, mamá, y vuelva
más tarde?
—Prosigue —repitió mecánicamente Mrs. Milroy—.
¿Qué dijo después tu padre? ¿Algo más sobre Mister Armadale?
—Nada más, salvo su propia respuesta —le
contestó Neelie—. Papá me repitió las palabras que le había dicho: «Dado que la
propia dama no me ha hecho ninguna confidencia, Mister Armadale, lo único que
sé (y discúlpeme si digo que es lo único que cualquiera necesita saber) es que
Miss Gwilt me presentó unos informes plenamente satisfactorios antes de entrar
en mi casa.» Fue duro, mamá, ¿no crees? Pero no compadezco en absoluto a Mister
Armadale, pues lo tuvo bien merecido. Después, papá me hizo una advertencia. Me
dijo que atajase la curiosidad de Mister Armadale, si éste me hacía preguntas
en el mismo sentido. ¿Por qué había de hacérmelas? ¿Y por qué había yo de
escucharle si me las hacía? Esto es todo, mamá. Pienso que no supondrás que te
he contado todo esto porque quiero poner trabas a Mister Armadale para que no
se case con Miss Gwilt. Por mí, ¡puede casarse con quien quiera! —dijo Neelie,
con una voz que temblaba un poco y con una cara que armonizaba muy poco con su
declaración de indiferencia—. Lo único que quiero es librarme de Miss Gwilt
como institutriz. Prefiero ir al colegio. Me gustaría ir al colegio. He
cambiado completamente de opinión a este respecto, aunque no me he atrevido a
decírselo a papá. No sé lo que me pasa; parece que me falta valor para todo, y
cuando papá me sienta sobre sus rodillas por la noche y me dice «Charlemos un
poco, Neelie», me dan ganas de llorar. ¿Te importaría decirle tú, mamá, que he
cambiado de idea y quiero ir al colegio?
Las lágrimas brotaron copiosas de sus ojos, y
no vio que su madre ni siquiera volvía la cabeza sobre la almohada para
mirarla.
—Sí, sí —dijo distraídamente Mrs. Milroy—.
Eres una buena chica; irás al colegio.
La cruel brevedad de la respuesta y el tono en
que había sido pronunciada dijeron claramente a Neelie que la atención de su
madre se había desviado de ella y que era inútil e innecesario prolongar la
entrevista. Se apartó a un lado sin ruido y sin una palabra de protesta. No era
nada nuevo, lo sabía por experiencia, que su madre la excluyese de su
confianza. Se miró los ojos al espejo y, vertiendo un poco de agua fría en la
jofaina, se remojó la cara. «Miss Gwilt no debe ver que he estado llorando»,
pensó, mientras volvía al lado de la cama para despedirse de su madre.
—Te he cansado, mamá —dijo amablemente—. Deja
que me vaya y que vuelva un poco más tarde, cuando hayas descansado.
—Sí —dijo su madre, y repitió mecánicamente
como siempre—: Un poco más tarde, cuando haya descansado.
Neelie salió de la habitación. Un minuto
después de cerrarse la puerta, Mrs. Milroy tocó la campanilla llamando a la
enfermera. En vista del relato que acababa de escuchar, y calculando
razonablemente las probabilidades, se aferró a sus celosas conclusiones con más
firmeza que nunca. «Mister Armadale puede creerla, y mi hija puede reerla
—pensó la enfurecida mujer—. Pero yo conozco al comandante, ¡y a mí no puede
engañarme!»
Entró la enfermera.
Ayúdame a incorporarme —dijo Mrs. Milroy—. Y
dame mi recado de escribir. Quiero escribir una carta.
—Está usted excitada —replicó la enfermera—.
No está en condiciones de escribir.
—Dame lo que te he dicho —insistió Mrs.
Milroy.
—¿Algo más? —preguntó Rachel, repitiendo su
invariable fórmula mientras colocaba sobre la cama lo que la enferma le había
pedido.
—Sí. Vuelve dentro de media hora. Tendrás que
llevar una carta a la casa grande.
La enfermera abandonó por una vez su irónica
tranquilidad.
—¡Válgame Dios! —exclamó, en un tono de
auténtica sorpresa—. ¿Y ahora qué? No irá a decirme que va a escribir a...
—Voy a escribir a Mister Armadale —la
interrumpió Mrs. Milroy—, y tú le llevarás la carta y esperarás respuesta. Y,
fíjate bien, nadie de esta casa, salvo nosotras dos, debe tener conocimiento de
esto.
—¿Por qué va usted a escribir a Mister
Armadale? —preguntó Rachel—. ¿Y por qué no ha de saberlo nadie, aparte de
nosotras?
—Espera y lo verás —respondió Mrs. Milroy.
Pero la curiosidad de la enfermera, por ser
curiosidad de mujer, no quiso esperar.
—La ayudaré con los ojos abiertos. Pero no la
ayudaré a ciegas.
—¡Oh, si pudiera valerme de mis piernas!
—gruñó Mrs. Milroy—. ¡Si pudiese prescindir de ti, desgraciada!
—Puede valerse de su cabeza —replicó la
imperturbable enfermera—. Y no debería confiar solamente a medias en mí, a
estas alturas.
La réplica había sido brutal, pero era la
verdad, sobre todo después de la apertura de la carta de Miss Gwilt. Mrs.
Milroy cedió.
-¿Qué quieres saber? —dijo—. Dímelo... y
lárgate. —Quiero saber acerca de qué va a escribir a Mister Armadale.
—Acerca de Miss Gwilt.
—¿Qué tiene que ver Mister Armadale con usted
y con Miss Gwilt?
Mrs. Milroy levantó la carta que le había sido
devuelta por la oficina de Correos.
—Acércate —dijo—. Miss Gwilt podría estar
escuchando detrás de la puerta. Te hablaré en voz baja.
La enfermera se acercó, pero sin dejar de
mirar hacia la puerta.
—Sabes que el cartero llevó esta carta a
Kingsdown Crescent —dijo Mrs. Milroy—. ¿Y sabías que se encontró con que
Mistress Mandeville se había ausentado sin dejar señas?
—Bueno —murmuró Rachel—, ¿y qué?
—Verás. Cuando Mister Armadale reciba la carta
que voy a escribirle, seguirá el mismo camino que el cartero, y ya veremos lo
que ocurre cuando él llame a la puerta de Mistress Mandeville.
—¿Cómo conseguirá usted que vaya allí?
—Le diré que vaya a ver a la persona que dio
los informes sobre Miss Gwilt.
—¿Está enamorado de Miss Gwilt?
—Sí.
—¡Ah! —dijo la enfermera—. ¡Comprendo!
CAPÍTULO III
AL BORDE DEL DESCUBRIMIENTO
La mañana de la conversación entre Mrs. Milroy
y su hija en el cottage fue una mañana de grave reflexión para el hacendado en
la casa grande.
Ni siquiera el carácter templado de Allan
había sido inmune a la turbadora influencia ejercida sobre él por los sucesos
de los tres últimos días. La súbita partida de Midwinter le había afligido, y
la respuesta dada por el comandante Milroy a sus preguntas relativas a Miss
Gwilt persistía desagradablemente en su pensamiento. Desde su visita al
cottage, se había mostrado impaciente e intranquilo, por primera vez en su
vida, con todos aquellos que se acercaban a él. Impaciente con el joven
Pedgift, que le había visitado la tarde anterior para anunciarle su partida
para Londres al día siguiente, por cuestiones de negocios, y para poner sus
servicios a disposición de su cliente; intranquilo con Miss Gwilt, en una
entrevista secreta que había tenido con ella esa mañana en el parque, e
intranquilo consigo mismo, mientras fumaba malhumorado en la soledad de su
habitación. «No puedo seguir viviendo así por mucho tiempo —pensó—. Si nadie
quiere ayudarme formulando la engorrosa pregunta a Miss Gwilt, tendré que encontrar
la manera de hacérsela yo mismo.»
Pero ¿cuál podía ser esa manera? La solución
era difícil de encontrar. Allan trató de estimular su perezoso ingenio paseando
de un lado a otro en la estancia, y le molestó la aparición del criado cuando
se dio la vuelta.
—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó con impaciencia.
—Una carta, señor, y la persona que la ha
traído espera respuesta.
Allan miró la dirección. La caligrafía le era
desconocida. Abrió la carta, y una breve nota adjunta a ella cayó al suelo. La
nota, redactada en la misma extraña caligrafía, iba dirigida a «Mrs.
Mandeville, 18, Kingsdown Crescent, Bayswater. A entregar por Mr. Armadale.»
Cada vez más sorprendido, Allan buscó información en la firma al pie de la
carta. Era Anne Milroy.
—¿Anne Milroy? —repitió—. Debe ser la mujer
del comandante. ¿Qué puede querer de mí?
Para descubrirlo, hizo lo que hubiese debido
hacer desde el principio. Se sentó y leyó la carta.
«(CONFIDENCIAL) The Cottage, lunes.
Muy señor mío: Temo que el nombre que verá al
pie de estas líneas le recordará la incorrecta respuesta que di, hace algún
tiempo, a un acto de cortesía de buen vecino por su parte. Sólo puedo decirle,
para excusarme, que estoy gravemente enferma y que, si mi mal humor, en un
momento en que sufría fuertes dolores, me impulsó a devolverle su obsequio de
frutas, lo he lamentado profundamente desde entonces. Por favor, atribuya esta
carta a mi deseo de remediar aquella falta y de prestar un servicio a nuestro buen
amigo y propietario de la casa en que vivimos, si es que puedo hacerlo.
He sido informada de la pregunta que dirigió
usted a mi marido anteayer, con referencia a Miss Gwilt. Por lo que he oído
decir de usted, estoy completamente segura de que su interés en saber más cosas
de esta encantadora persona ha sido provocado por motivos honorables. En este
convencimiento, pienso que mi deber de mujer (aunque sea una inválida
incurable) es ayudarle. Si desea usted conocer las circunstancias familiares de
Miss Gwilt, sin apelar directamente a ella, de usted depende conseguirlo, vOy a
decirle cómo.
Se da el caso de que, hace unos días, escribí
confidencialmente sobre este mismo tema a la persona que había dado informes de
Miss Gwilt. Hacía tiempo que había observado que nuestra institutriz se
mostraba singularmente reacia a hablar de su familia y de sus amigos y, sin
atribuir este silencio a motivos que no fuesen perfectamente explicables, pensé
que era mi deber, por el bien de mi hija, hacer alguna averiguación a este
respecto. La respuesta que he recibido es satisfactoria hasta cierto punto. En
ella se me informa de que la historia de Miss Gwilt es muy triste y de que su
conducta ha sido siempre digna del mayor encomio.
Las circunstancias (según deduzco, de
naturaleza doméstica) están claramente expuestas en una colección de cartas que
están ahora en poder de la informante. Esta dama está dispuesta a dejarme ver
las cartas; pero, como no tiene copia de ellas y es personalmente responsable
de su conservación, no quiere, si puede evitarlo, confiarlas al correo, y me
pide que espere a que pueda encontrar alguna persona de confianza que se
encargue de transmitir el paquete de sus manos a las mías.
En estas circunstancias, se me ha ocurrido
pensar que, dado su interés en el asunto, tal vez estaría usted dispuesto a
encargarse de los documentos. Si estoy equivocada y no quiere usted, después de
lo que le he dicho, tomarse la molestia y hacer el gasto de un viaje a Londres,
sólo tiene que quemar mi carta y la nota adjunta, y no pensar más en ello. Si
decide convertirse en mi enviado, con gusto le proveeré de la necesaria
presentación a Mrs. Mandeville. Entonces solamente tendrá que recibir las
cartas que le serán entregadas en un paquete sellado, mandármelas aquí a su
regreso a Thorpe-Ambrose y esperar que yo le comunique a la mayor brevedad el
resultado.
Para terminar, sólo tengo que añadir que no
veo incorrección alguna en que siga usted (si lo desea) el camino que acabo de
indicarle. La manera en que respondió Miss Gwilt a mis alusiones a sus
circunstancias familiares ha hecho que me resulte violento (y creo que a usted
le resultaría imposible) tratar de obtener directamente de ella esta
información.
Mis motivos para acudir a la persona que
informó sobre ella están plenamente justificados, y nadie podría culpar a usted
por servir de medio para transmitir con seguridad, de una dama a otra, unos
papeles bajo envoltorio sellado. Si encuentro en aquellos documentos secretos
familiares que no puedan ser honrosamente revelados a una tercera persona, me
veré desde luego obligada a pedirle que espere hasta que haya hablado primero
con Miss Gwilt. Si sólo encuentro en ellos cosas que redunden en su honor, y
que estoy segura de que la harían crecer en su estima, es indudable que
prestaré un servicio a Miss Gwilt otorgándole a usted mi confianza. Así es como
veo yo el asunto; pero, por favor, no deje que mi opinión influya en la de
usted.
En todo caso, debo poner una condición que
estoy segura de que usted comprenderá que es indispensable. En este malicioso
mundo, las acciones más inocentes son susceptibles de ser mal interpretadas.
Por consiguiente, debo pedirle que considere esta comunicación como
estrictamente confidencial. Le escribo en la confianza de que esto quedará en
todo caso (y hasta que las circunstancias puedan justificar su revelación)
entre los dos.
Considéreme, señor, suya afectísima,
Anne Milroy.»
En esta forma tentadora había montado la
trampa el ingenio nada escrupuloso de la esposa del comandante. Sin vacilar un
instante, Allan siguió sus impulsos como de costumbre y se metió de cabeza en
aquélla, escribiendo su respuesta y haciendo simultáneamente sus propias
reflexiones, en uno de sus característicos estados de confusión mental.
«¡Por Júpiter que mi Mistress Milroy es muy
amable!» («Muy señora mía:») «¡Precisamente lo que yo quería cuando me hacía
más falta!» («No sé cómo expresarle impresión que me ha causado su gentileza,
salvo diciéndole que iré gustoso a Londres a buscar las cartas.») «Le mandaré
una cesta de fruta todos los días, durante toda la temporada.» («Partiré
enseguida, mi querida señora, y mañana estaré de regreso.») «¡Ay, sólo las
mujeres pueden ayudar a un hombre enamorado! Esto es precisamente lo que habría
hecho mi pobre madre de haberse hallado en el lugar de Mistress Milroy.» («Le
doy mi palabra de honor de caballero de que tendré el mayor cuidado con las
cartas, y de que consideraré el asunto como estrictamente confidencial, tal
como usted desea.») «Habría dado quinientas libras a cualquiera que me hubiese
puesto en el buen camino para poder hablar después con Miss Gwilt, y esta
bendita mujer lo hace por nada.» («Quedo de usted, mi querida señora, sumamente
agradecido, Allan Armadale.»)
Después de hacer que entregasen esta respuesta
a la mensajera de Mrs. Milroy, Allan se quedó un momento perplejo. Tenía una
cita con Miss Gwilt en el parque a la mañana siguiente.
Era absolutamente necesario hacerle saber que
no podría acudir a ella; pero Miss Gwilt le había prohibido que le escribiese,
y aquel día no podía tener la menor oportunidad de verla a solas. Ante esta
dificultad, decidió hacer llegar hasta ella la noticia por medio de un mensaje
dirigido al comandante, anunciándole su partida para Londres por asuntos de
negocios y preguntándole si alguien de su familia quería hacerle algún encargo.
Eliminado así el único obstáculo que se oponía a su partida, Allan consultó el
horario de trenes y se encontró, para disgusto suyo, con que le sobraba más de
una hora para ir a la estación. En su actual estado de ánimo, habría preferido
salir para Londres a toda prisa.
Cuando al fin llegó la hora, Allan, al pasar
por delante del despacho del administrador, llamó a la puerta y gritó a través
de ella a Mr. Bashwood:
—Me marcho a la ciudad; volveré mañana.
No recibió respuesta, y entonces un criado
informó a su señor de que Mr. Bashwood, que aquel día no tenía nada que hacer,
había cerrado el despacho y se había marchado unas horas antes.
Al llegar a la estación, la primera persona
con quien se tropezó Allan fue el joven Pedgift, que se dirigía a Londres para
el asunto jurídico que había mencionado la noche anterior en la mansión.
Después de cambiar las necesarias explicaciones, decidieron que podían viajar
los dos en el mismo vagón. Allan se alegró de tener un compañero, y Pedgift,
encantado como siempre de servir a su cliente, fue en busca de los billetes y a
cuidar del equipaje. Mientras paseaba por el andén en espera de su fiel
servidor, Allan se encontró, súbitamente, nada menos que con Mr. Bashwood, que
se hallaba en un rincón con el jefe de tren y le estaba entregando una carta
(acompañada, al parecer, de una propina).
—¡Hola! —gritó Allan con su vehemencia
acostumbrada—. Algo importante ahí, ¿verdad, Mister Bashwood? Si Mr. Bashwood
hubiese sido sorprendido en el acto de cometer un asesinato, difícilmente se
habría mostrado más alarmado que ahora, al ser descubierto por Allan.
Quitándose el sucio y viejo sombrero, hizo una reverencia, temblando
violentamente de la cabeza a los pies.
—No, señor; no, señor. Sólo es una cartita,
una cartita, una cartita —dijo el suplente de administrador, refugiándose en la
reiteración y alejándose rápidamente, y haciendo zalemas, de su patrono.
Allan giró tranquilamente sobre sus talones.
«Quisiera tenerle simpatía a ese tipo —pensó—, pero no puedo. ¡Sus movimientos
son tan furtivos! ¿Qué diablos había en esa carta para que temblase de este
modo? ¿Acaso piensa que quiero descubrir sus secretos?»
En este caso, el secreto de Mr. Bashwood
concernía a Allan más de lo que éste se imaginaba. La carta que acababa de
confiar al jefe de tren era nada menos que un aviso dirigido a Mrs. Oldershaw y
escrito por Miss Gwilt. «Si puedes acelerar el asunto que te retiene ahí
—escribía la institutriz—, hazlo y regresa inmediatamente a Londres. Aquí, las
cosas se están poniendo mal, y la causante de ello es Miss Milroy. Esta mañana
ha insistido en subir el desayuno a su madre, siendo así que siempre lo hace la
enfermera. Han sostenido una larga conversación en privado y, media hora
después, he visto que la enfermera salía con una carta y echaba a andar por el
sendero que conduce a la casa grande. El envío de la carta ha ido seguido de la
súbita partida del joven Armadale para Londres..., a pesar de que tenía una
cita conmigo mañana por la mañana. Esto me parece grave. Por lo visto, la chica
está dispuesta a luchar por la posición de Mr. Armadale en Thorpe-Ambrose y ha
encontrado alguna manera de hacer que su madre la ayude.
No creas que estoy nerviosa o desanimada, y no
hagas nada hasta volver a tener noticias mías. Limítate a regresar a Londres,
pues puedo necesitar urgentemente tu ayuda en el curso de los próximos días.
Te envío esta carta (para anticiparme al
correo) por medio del jefe del tren del mediodía. Como insistes en saber todo
lo que hago en Thorpe-Ambrose, te diré que mi mensajero (pues no puedo ir
personalmente a la estación) es ese curioso viejo que mencioné en mi primera
carta. Desde entonces, ha estado rondando siempre por aquí para mirarme. No sé
de fijo si le espanto o le fascino, o quizá son ambas cosas a la vez. Lo único
que necesitas saber es que puedo confiarle pequeños recados, aunque es posible
que, con el tiempo, pueda confiarle cosas más importantes.
L.G.»
Mientras tanto, el tren había arrancado de la
estación de Thorpe-Ambrose, y el hacendado y su compañero de viaje estaban ya
camino de Londres.
Algunas personas, al hallarse en compañía de
Allan en estas circunstancias, habrían sentido curiosidad por conocer la
naturaleza del asunto que le llevaba a la metrópoli, pero el infalible instinto
del joven Pedgift, como hombre de mundo que era, le permitió adivinar el
secreto sin la menor dificultad. «La historia de siempre —pensó la vieja y
astuta cabeza, balanceándose sobre los vigorosos y jóvenes hombros—. Como de
costumbre, hay una mujer en todo esto. Si se hubiese tratado de cualquier otra
cosa, me lo habría comunicado.» Totalmente satisfecho con esta conclusión, el
joven Mr. Pedgift procedió, con vistas a su interés profesional, a hacerse
agradable como de costumbre a su cliente. Se encargó de todos los menesteres
inherentes al viaje a Londres, como se había encargado de todos los inherentes
a la excursión a los Broads. Al llegar a su destino, Allan estaba dispuesto a
ir a cualquier hotel recomendable. Su valioso abogado le condujo directamente a
uno que había sido utilizado por la familia Pedgift durante tres generaciones.
—¿No le importa comer verdura, señor? —dijo el
animoso Pedgift, al detenerse el simón ante la puerta de un hotel en Covent
Garden Market—. Muy bien, para todo lo demás puede confiar en mi abuelo, en mi
padre y en mí. No sé cuál de los tres es más querido y respetado en esta casa.
¿Cómo estás, William? (Es nuestro jefe de comedor, Mister Armadale.) ¿Ha
mejorado tu esposa de su reumatismo? ¿Y qué tal los estudios del pequeño en el
colegio? El dueño no está, ¿verdad? No importa, basta con que estés tú. William
te presento a Mister Armadale de Thorpe-Ambrose. He convencido a Mister
Armadale de que pruebe nuestra casa. ¿Está preparada la habitación que reservé?
Muy bien. La destinaremos a Mister Armadale (el dormitorio predilecto de mi
abuelo, señor; número cinco, en el segundo piso). Acéptelo, por favor; yo puedo
dormir en cualquier otra parte. ¿Quiere usted el colchón de lana encima del de
plumas? Ya lo has oído, William. Dile a Matilda que ponga el colchón de lana
encima. ¿Cómo está Matilda? ¿Tiene tanto dolor de muelas como de costumbre? Es
la jefa de las camareras, Mister Armadale, y una mujer extraordinaria; se
empeña en conservar un diente cariado en la mandíbula inferior. Mi abuelo le
dice que se lo haga arrancar, mi padre le dice lo mismo y yo hago lo propio,
pero Matilda hace oídos sordos a los tres. Si William, sí; si Mister Armadale
lo aprueba, comeremos en este saloncito. Hablando de la cena, señor, ¿prefiere
solventar primero su asunto y volver después para cenar? Si así, ¿qué le parece
a las siete y media? A las siete y media, William. No hace falta que encargue
nada, Mister Armadale. William saludará de mi parte al cocinero, y nos subirán
la mejor cena de Londres, a la hora exacta, como consecuencia necesaria.
Adviértale que se trata de Mister Pedgift Júnior, William; en otro caso, señor,
podría subirnos la cena de mi abuelo o la de mi padre, y podrían resultar
excesivamente pesadas y anticuadas para usted y para mí. Hablemos ahora del
vino, William. Para la cena, mi champaña y ese jerez que mi padre considera
malo. Para después de la cena, el clarete con la franja azul, el vino que mi
ignorante abuelo dijo que no valía seis peniques. ¡Ja, ja! ¡Pobre viejo!
También nos mandarás los periódicos de la tarde y la cartelera, como de
costumbre, y..., creo que esto es bastante por el momento, William. Un servidor
inestimable, Mister Armadale, como todos los de esta casa. Esto puede no ser
muy moderno, pero ningún lugar puede igualarlo en cuanto a comodidad. ¿Un
simón? ¿Necesita usted un simón? ¡No se mueva! Tocaré dos veces la campanilla,
lo cual quiere decir que necesito un simón a toda prisa. ¿Puedo preguntarle,
Mister Armadale, qué dirección va a seguir? ¿Hacia Bayswater? ¿Le importaría
dejarme en el parque? Cuando vengo a Londres, tengo la costumbre de airearme
entre la aristocracia. Éste su seguro servidor gusta de contemplar las mujeres
hermosas y los buenos caballos, y cuando se halla en Hyde Park se encuentra en
su elemento.
Todo esto dijo el solícito Pedgift, y gracias
a estos pequeños artificios, aumentó la buena opinión que su cliente tenía de
él.
Cuando los dos compañeros de viaje volvieron a
reunirse para la cena en su saloncito del hotel, incluso un observador menos
agudo que el joven Pedgift habría advertido un sensible cambio en las maneras
de Allan. Parecía contrariado y confuso, y no dejaba de tamborilear con los
dedos sobre la mesa, sin decir palabra.
—Temo que le haya ocurrido algo desagradable
desde que nos separamos en el parque, señor —dijo el joven Pedgift—. Discúlpeme
si se lo pregunto, pero sólo lo hago por si puedo serle de utilidad.
—Ha ocurrido algo que nunca me había imaginado
—respondió Allan—. No sé qué pensar. Me gustaría que me diese su opinión
—añadió, después de vacilar un poco—. Es decir, si me permite usted que no
entre en detalles.
—Desde luego —asintió Pedgift—. Limítese a
esbozar la cuestión, señor. Me bastará el menor indicio; yo no nací ayer.
(«¡Oh, esas mujeres!», pensó el joven filósofo.)
—Bueno —empezó diciendo Allan—, ya sabe usted
lo que dije cuando llegamos a este hotel, que tenía que ir a un lugar de
Bayswater —(Pedgift registró mentalmente el primer punto: un caso en los
suburbios, en Bayswater)— y a una persona... quiero decir... no..., como dije
antes, a preguntar por una persona. —(Pedgift tomó nota del segundo punto: una
persona en el caso. ¿Hombre o mujer? ¡Mujer, sin duda alguna!)— Bueno, fui a la
casa y, cuando pregunté por ella..., quiero decir por la persona..., ella...,
es decir, la persona... ¡Oh, maldita sea! —exclamó Allan—. Me volveré loco, y
le volveré loco a usted, si trato de contar mi historia con circunloquios. Se
lo diré en dos palabras. Fui al número dieciocho de Kingsdown Crescent a ver a
una dama llamada Mandeville y, cuando pregunté por ella, la criada me dijo que
Mistress Mandeville se había marchado sin decir a nadie adonde iba y sin dejar
siquiera una dirección a la que pudiese serle enviada su correspondencia.
Bueno, ¡ya está dicho! ¿Qué piensa usted de esto?
—Ante todo, señor —dijo el astuto Pedgift—,
¿quiere decirme qué investigaciones hizo cuando se encontró con que la dama
había desaparecido?
—¿Investigaciones? —repitió Allan—. Me quedé
pasmado; no dije nada. ¿Qué investigaciones habría podido hacer?
El joven Pedgift carraspeó y cruzó las piernas
de una manera estrictamente profesional.
—No deseo, Mister Armadale —empezó a decir—,
inmiscuirme en su asunto con Mistress Mandeville...
—No —le interrumpió bruscamente Allan—. Le
ruego que no se inmiscuya en esto. Mi asunto con Mistress Mandeville debe
permanecer secreto.
—Pero —siguió diciendo Pedgift, golpeándose la
palma de una mano con el dedo índice de la otra— quizá pueda preguntarle, en
términos generales, si su asunto con Mistress Mandeville es de tal naturaleza
que interese a usted seguir su pista desde Kingsdown Crescent hasta su actual
paradero.
—¡Ciertamente! —le dijo Allan—. Tengo una
razón muy particular para querer entrevistarme con ella.
—En este caso, señor —dijo el joven Pedgift—,
es evidente que hubiese tenido que hacer dos preguntas para empezar, a saber:
qué día se marchó Mistress Mandeville y cómo se marchó. Averiguado esto,
hubiese debido enterarse después de las circunstancias domésticas que hubiesen
podido provocar su marcha; por ejemplo, si había reñido con alguien o si tenía
dificultades de dinero. Además, si se marchó sola o en compañía de alguien.
Además, si la casa era suya o sólo la tenía en alquiler. Además, en este último
caso...
—¡Basta! ¡Basta! Hace usted que me dé vueltas
la cabeza —exclamó Allan—. No comprendo todos estos pormenores, no estoy
acostumbrado a estas cosas.
—Yo estoy acostumbrado a ellas desde mi
infancia, señor —observó Pedgift—. Y si puedo prestarle alguna ayuda, no tiene
más que decirlo.
—Es usted muy amable —respondió Allan—. Si
pudiese ayudarme a encontrar a Mistress Mandeville y dejar después todo el
asunto en mis manos...
—Lo dejaré en sus manos, señor, con mucho
gusto dijo el joven Pedgift, y añadió mentalmente: «Y apuesto cinco contra uno
a que cuando llegue el momento lo dejara en las mías»—. Iremos juntos a
Bayswater, Mister Armadale, mañana por la mañana. Mientras tanto, aquí está la
sopa. El pleito que debe fallar el tribunal es: Placer contra Negocio. Yo no sé
lo que dirá usted, señor, pero yo dictaría, sin vacilar un instante, sentencia
a favor del demandante. Disfrutemos mientras podamos. Disculpe mi ánimo, Mister
Armadale. Aunque vivo enterrado en el campo, yo fui hecho para la vida
londinense; el aire de la metrópoli me embriaga. —Hecha esta confesión, el
irresistible Pedgift acercó una silla para su cliente e instruyó alegremente a
su virrey, el jefe de comedor—: Ponche helado para después de la sopa, William.
Este ponche, Mister Armadale, se confecciona según una fórmula de un tío abuelo
mío. Tenía una taberna y echó los cimientos de la fortuna de la familia. No me
importa decirle que los Pedgift tuvieron un publicano entre ellos; yo no tengo
falso orgullo. «La riqueza hace al hombre (como dice el Papa) y la falta de
ella al individuo; todo lo demás son bagatelas.» Yo cultivo la poesía y también
la música, señor, en mis horas de ocio; en realidad, estoy en relaciones más o
menos familiares con las nueve Musas. ¡Ah, aquí está el ponche! ¡Bebamos en
solemne silencio, Mister Armadale, por la memoria de mi tío abuelo el
publicano!
Allan se esforzó en emular la alegría y el
buen humor de su compañero, pero con un éxito muy distinto. Su visita a
Kingsdown Crescent volvió una y otra vez, ominosamente, a su memoria durante
toda la cena y durante todo el espectáculo al que acudieron más tarde él y su
asesor jurídico. Cuando el joven Pedgift apagó su vela aquella noche, sacudió
la astuta cabeza y apostrofó pesarosamente a «las mujeres» por segunda vez.
A las diez de la mañana siguiente, el
infatigable Pedgift estaba en el lugar de la acción. Para gran alivio de Allan,
había propuesto a éste hacer por su cuenta las necesarias pesquisas en
Kingsdown Crescent, mientras su cliente esperaba cerca de allí, en el simón que
les había llevado desde el hotel. Con un retraso de poco más de cinco minutos,
reapareció, en plena posesión de todos los detalles alcanzables. Lo primero que
hizo fue pedir a Allan que bajase del simón y pagase al cochero. Después,
ofreció cortésmente su brazo al cliente y, marcando él el rumbo, doblaron ambos
la esquina de la calle, cruzaron una plaza y entraron en una calle lateral
excepcionalmente animada, porque en ella se encontraba la parada de los coches
de alquiler del distrito. Allí se detuvo Pedgift y preguntó jocosamente si
Armadale veía ahora a dónde iban o si tendría que abusar de su paciencia
dándole una explicación.
—¿Si veo adonde vamos? —repitió Allan,
asombrado—. No veo más que una parada de coches de alquiler.
El joven Pedgift sonrió compasivamente y
empezó su explicación. Debía decir, en primer lugar, que la casa de Kingsdown
Crescent era una pensión. Había insistido en ver a la patrona. Una persona muy
simpática, con todas las señales de haber sido una guapa chica cincuenta años
atrás; precisamente de las que eran del gusto de Pedgift... si éste hubiese
vivido a principios del siglo actual. Pero quizá prefería Mr. Armadale que le
hablase de Mrs. Mandeville. Desgraciadamente, no había nada que contar. No
había habido ninguna disputa, y la mujer había pagado hasta el último penique.
Sencillamente, la huésped se había ido, y no había motivo alguno al que
agarrarse. O era la manera que tenía Mrs. Mandeville de trasladarse de un sitio
a otro, o había algo más que de momento no se había podido descubrir. Pedgift
había averiguado la fecha y la hora en que se había marchado, y el medio de que
se había valido para ello. Este medio podía ayudarles a encontrar su pista. Se
había ido en un simón que la criada había ido a buscar en la parada más
próxima. La parada estaba ahora ante sus ojos, y el hombre que abrevaba a los
caballos era la persona a quien había que preguntar primero, pues (si Mr.
Armadale le disculpaba por el chiste) buscar información en el agua era como
buscarla en la fuente de origen. Expuesta la situación en estos alegres
términos, y diciendo a Allan que volvería al cabo de un momento, el joven
Pedgift echó a andar calle abajo y, confidencialmente, se llevó al hombre del
agua a la taberna más próxima.
Al poco rato reaparecieron los dos, y el
hombre llevó sucesivamente a Pedgift a hablar con el primero, el tercero, el
cuarto y el sexto de los cocheros cuyos vehículos estaban en la parada. La
conferencia más larga fue la sostenida con el sexto, y terminó con la súbita
aproximación del sexto coche al lugar de la calle donde Allan estaba esperando.
—Suba usted, señor —dijo Pedgift, abriendo la
portezuela—. He encontrado al hombre. Se acuerda de la dama y, aunque ha
olvidado el nombre de la calle, cree que podrá encontrar el sitio al que la
llevó, cuando se encuentre de nuevo en el barrio. Celebro poder decirle, Mister
Armadale, que, hasta ahora, la suerte nos sonríe. Pedí al hombre del agua que
me indicase cuáles eran los que solían estar de ordinario en la parada, y ha
resultado que uno de ellos era el que había llevado a Mistress Mandeville. Y
aquel hombre responde de él; aunque sea una excepción, es un cochero
respetable; conduce su propio caballo y nunca se ha metido en ningún lío. Es
uno de esos hombres, señor, que hacen que uno siga creyendo en la naturaleza
humana. Eché una mirada a nuestro amigo, y estoy de acuerdo con el hombre del
agua: creo que podemos fiarnos de él.
La investigación exigió bastante paciencia al
principio. Sólo cuando el simón hubo recorrido la distancia entre Bayswater y
Pimlico, empezó el cochero a aflojar la marcha y mirar a su alrededor. Después
de volver atrás un par de veces, el vehículo entró en una tranquila calle
lateral que terminaba en una pared, en la que había una puerta, y se detuvo
ante la última casa de la izquierda, o sea, la más próxima a la pared.
—Es aquí, caballeros —dijo el hombre, abriendo
la portezuela.
Allan y su consejero se apearon y contemplaron
la casa, con idéntico sentimiento de instintiva desconfianza. Los edificios
tienen su fisonomía (en especial los de las grandes ciudades) y la de esta casa
tenía una expresión esencialmente furtiva. Todas las ventanas de la fachada
estaban cerradas, y las persianas estaban bajadas. Vista por delante, no
parecía más grande que las otras casas de la calle; pero una profundidad
engañosa le daba mayores dimensiones. Parecía haber una tienda en la planta
baja, pero nada se veía en el espacio que mediaba entre la ventana y unas
cortinas rojas que ocultaban por entero el interior. A un lado estaba la puerta
de la tienda, con mas cortinas rojas tras los cristales, y con un rótulo
metálico clavado en la madera y en el que se leía el nombre de «oldershaw». Al
otro lado estaba la puerta privada y una campanilla con la indicación de
«Profesional». Otra placa de metal anunciaba un ocupante médico en este lado de
la casa, pues el nombre grabado en ella era «Doctor Downward». Si los ladrillos
y el mortero hubiesen podido hablar, habrían dicho claramente: «Tenemos
nuestros secretos en el interior, y pensamos guardarlos.»
—Éste no puede ser el lugar —dijo Allan—.
Tiene que haber algún error.
—Usted puede saberlo mejor que yo, señor
—observó el joven Pedgift, con su irónica gravedad—. Usted conoce las
costumbres de Mistress Mandeville.
—¿Yo? —exclamó Allan—. Tal vez le sorprenderá
saberlo, pero Mistress Mandeville es una total desconocida para mí.
—No me sorprende en absoluto, señor. La
patrona de Kingsdown Crescent me dijo que Mistress Mandeville era vieja. ¿Qué
le parece si preguntamos? —añadió el imperturbable Pedgift, mirando las
cortinas rojas de la ventana de la tienda, con la fuerte sospecha de que la
nieta de Mistress Mandeville podía hallarse detrás de ellas.
Empujaron primero la puerta de la tienda.
Estaba cerrada. Llamaron. La abrió una joven delgada y de tez amarillenta, con
una gastada novela francesa en la mano —Buenos días, señorita —dijo Pedgift—.
¿Está Mistress Mandeville en casa?
La joven le miró fijamente con asombro.
—Aquí no vive nadie que se llame así
—respondió secamente, con acento extranjero.
—Tal vez la conozcan en la puerta privada
—sugirió el joven Pedgift.
—Tal vez sí —dijo la amarillenta joven, y le
dio con la puerta en las narices.
—Una irascible jovencita, señor —dijo
Pedgift—. Felicito a Mistress Mandeville por no tener tratos con ella.
Mientras hablaba, se dirigió al lado
correspondiente al doctor Downward y tocó la campanilla.
Esta vez abrió la puerta un hombre que llevaba
una raída librea. También él se quedó mirando inexpresivamente al oír el nombre
de Mistress Mandeville y dijo que no conocía a nadie que se llamase así en la
casa.
—Muy extraño —dijo Pedgift, dirigiéndose a
Allan.
—¿Qué es extraño? —preguntó un caballero de
negro, en tono suave, al aparecer sin ruido en el umbral de la puerta del
consultorio.
El joven Pedgift le explicó cortésmente las
circunstancias y le preguntó si tenía el honor de hablar con el doctor
Downward.
El médico hizo una reverencia en señal de
asentimiento. Si se me perdona la expresión, era uno de esos médicos
cuidadosamente elaborados, en los que el público (y en especial el público
femenino) confía implícitamente. Tenía la indispensable calva, las
indispensables gafas, el indispensable traje negro y la indispensable
afabilidad; no le faltaba nada. Su voz era apaciguadora; sus modales,
deliberados; su sonrisa, confidencial. La placa no indicaba la especialidad del
doctor Downward, pero había errado por completo su vocación si no se dedicaba a
cosas de mujeres.
—¿Está usted completamente seguro de no
equivocar el nombre? —preguntó el doctor, con un fuerte interés subyacente en
su actitud—. A veces surgen graves inconvenientes por equivocar los nombres.
¿No? ¿Que no hay ningún error? En este caso, caballeros, sólo puedo repetirles
lo que ya les ha dicho mi criado. No se disculpen, por favor. Buenos días.
El médico se retiró tan silenciosamente como
había aparecido; el hombre de la librea raída abrió la puerta sin hacer ruido,
y Allan y su compañero se encontraron de nuevo en la calle.
—Mister Armadale —dijo Pedgift—, no sé lo que
pensará usted, pero yo estoy perplejo.
—Esto sí que es mala cosa —replicó Allan—.
Precisamente iba a preguntarle qué vamos a hacer ahora.
—No me gusta el aspecto de la casa, no me
gusta el aspecto de la tendera, ni me gusta el aspecto del doctor -siguió
diciendo el otro—. Y sin embargo, no creo que nos hayan engañado, no creo que
conozcan realmente el nombre de Mistress Mandeville.
Raras veces le había fallado su intuición al
joven Pedgift, y tampoco le había fallado en este caso. La cautela que había
impulsado a Mrs. Oldershaw a marcharse de Bayswater sin dejar señas era de esas
que a menudo se pasan de la raya. Le había inducido a no confiar a nadie de
Pimlico el nombre que había adoptado para dar informes de Miss Gwilt, pero no
le había servido para prepararse contra lo que había sucedido en realidad. En
una palabra, Mrs. Oldershaw lo había previsto todo, salvo la inimaginable contingencia
de una ulterior investigación sobre la persona de Miss Gwilt.
—Tenemos que hacer algo —dijo Allan—. Creo que
es inútil que nos detengamos aquí.
Nadie había pillado todavía al joven Pedgift
sin recursos, y tampoco los había acabado ahora delante de Allan.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted, señor
—dijo—. Tenemos que hacer algo. Volveremos a interrogar al cochero.
El cochero se mantuvo en sus trece. Acusado de
haber equivocado el lugar, señaló el escaparate vacío de la tienda.
—No sé lo que habrán visto ustedes, caballeros
—observó—, pero es el único escaparate que he visto en mi vida donde no se
expone nada. Esto hizo entonces que el lugar se grabase en mi mente, y que no
pueda confundirlo al verlo de nuevo.
Acusado de haber equivocado la persona o la
fecha o la casa donde había recogido a la persona, se mostró igualmente
irrebatible. La criada que había ido a buscarle era una muchacha muy conocida
en la parada. El día lo recordaba perfectamente, porque había sido el peor que
había tenido desde el principio del año. Y se había fijado especialmente en la
señora, porque había tenido el dinero dispuesto en el momento adecuado (cosa
que no solía hacer una anciana entre ciento) y le había pagado sin regatear
(cosa que no habría hecho una anciana entre ciento).
—Tomen mi número, caballeros —concluyó el
cochero-, y páguenme el tiempo que he estado a su servicio. Lo que acabo de
decirles lo mantendré ante cualquiera.
Pedgift anotó en su libreta el número del
hombre. Después anotó también el nombre de la calle y los que figuraban en las
dos placas de metal, y abrió la portezuela del simón.
—Hasta ahora, estamos completamente a oscuras
—dijo—. ¿Qué le parece si volvemos al hotel?
Hablaba y parecía más serio que de costumbre.
El hecho de que Mrs. Mandeville hubiese cambiado de alojamiento sin decir a
nadie adonde iba y sin dejar una dirección a la que pudiesen enviarle su
correspondencia (cosa que la celosa malicia de Mrs. Milroy había interpretado
como innegablemente sospechoso) no había producido gran impresión en el juicio
más imparcial del abogado de Allan. Era frecuente que una persona cambiase de
residencia sin anunciarlo, con motivos perfectamente plausibles para hacerlo
así. Pero el aspecto de la casa a la que insistía el cochero en afirmar que
había llevado a Mrs. Mandeville, hizo que el joven Pedgift considerase bajo una
nueva luz el carácter y los procedimientos de aquella misteriosa dama. Su
interés personal en la investigación aumentó de pronto, y empezó a sentir, por
la verdadera naturaleza del asunto de Allan, una curiosidad que hasta entonces
no había sentido.
—Nuestra próxima maniobra, Mister Armadale, no
es fácil de imaginar —dijo, mientras volvían al hotel—. ¿Cree usted que podría
darme algún otro dato?
Allan vaciló y Pedgift Júnior vio que quizás
había ido demasiado lejos. «No debo forzar la cosa —pensó—. Debo dar tiempo al
tiempo, y dejar que venga por si sola.»
—A falta de más información, señor —siguió
diciendo—, ¿qué le parecería si investigase algo sobre aquella extraña tienda y
sobre los dos nombres de las placas? El asunto que tengo que atender en
Londres, cuando nos separemos, es de carácter profesional, y tengo que ir al
sitio adecuado para obtener información si es que tal información existe.
—Supongo que no hay ningún mal en investigar
un poco —dijo Allan.
También él habló más seriamente que de
costumbre también él empezaba a sentir una enorme curiosidad por saber más
cosas. Alguna vaga relación, imposible de definir con claridad, entre la
dificultad de conocer las circunstancias familiares de Miss Gwilt y la
dificultad de encontrar a quien había dado sus informes, empezó a tomar forma
en la mente de Allan.
—Me apearé y andaré un poco, y dejaré que vaya
usted a sus asuntos —dijo—. Quiero reflexionar sobre esto, y un paseo y un
cigarro me ayudarán a hacerlo.
—Terminaré mi trabajo, señor, entre la una y
las dos —dijo Pedgift, al detenerse el coche y apearse Allan—. ¿Le parece bien
que nos reunamos a las dos en el hotel?
Allan asintió con la cabeza y el simón
arrancó.
CAPÍTULO IV
ALLAN, ACORRALADO
Dieron las dos y Pedgift llegó puntual como
siempre. Su vivacidad de la mañana se había extinguido por completo, saludó a
Allan con su acostumbrada cortesía, pero sin su acostumbrada sonrisa; y cuando
el jefe de comedor se acercó para recibir su encargo, le despidió en unos
términos que nunca habían brotado de sus labios en aquel hotel:
—De momento, nada.
—Parece estar desanimado —dijo Allan—. ¿No ha
podido obtener información? ¿Nadie ha podido decirle nada sobre la casa de
Pimlico?
—Tres personas diferentes me han hablado de
ella, Mister Armadale, y las tres me han dicho lo mismo.
Allan acercó ansiosamente su silla al lugar
ocupado por su compañero de viaje. Sus reflexiones en el tiempo transcurrido
desde que se habían separado no habían logrado tranquilizarle. La extraña
conexión, tan fácil de sentir y tan difícil de identificar, entre la dificultad
de conocer las circunstancias familiares de Miss Gwilt y la dificultad de
localizar a la persona que había dado informes de ella, conexión ya establecida
en su pensamiento, se afirmaba ahora más y más en su mente. Le turbaban unas
dudas que no podía comprender ni expresar. Ansiaba y temía al mismo tiempo
satisfacer la curiosidad que se había apoderado de él.
—Lamento tener que molestarle con un par de
preguntas, señor, antes de entrar en materia —dijo el joven Pedgift—. No
pretendo forzar sus confidencias; sólo quiero ver por dónde voy, en lo que me
parece un asunto muy extraño. ¿Le importa decirme si, además de usted, hay
otras personas interesadas en nuestra investigación?
—Hay otras personas interesadas —le respondió
Allan—. No tengo inconveniente en decírselo.
—¿Hay alguna otra persona que sea objeto de la
investigación, además de la propia Mistress Mandeville? —prosiguió Pedgift,
ahondando un poco más en el secreto.
—Sí, hay otra persona —dijo Allan,
respondiendo con cierta renuencia.
—¿Se trata de una joven, Mister Armadale?
Allan se sobresaltó.
—¿Cómo lo ha adivinado? —empezó a decir, y se
interrumpió cuando era demasiado tarde—. No me haga más preguntas —dijo—. Soy
muy torpe para defenderme contra un hombre tan astuto como usted, y di mi
palabra de honor de guardar en secreto estos particulares.
Pero por lo visto, el joven Pedgift había oído
ya lo suficiente. Ahora fue él quien acercó su silla a la de Allan.
Evidentemente, estaba ansioso y confuso, pero sus modales profesionales
empezaron a manifestarse de nuevo por la pura fuerza de la costumbre.
—He terminado con mis preguntas, señor —dijo—,
ahora soy yo quien tiene algo que decirle. En ausencia de mi padre, espero que
tenga la bondad de considerarme como su asesor jurídico. Si quiere seguir mi
consejo, no dará un paso más en esta investigación.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Allan.
—Cabe en lo posible, Mister Armadale, que el
cochero, a pesar de su insistencia, esté equivocado. Le recomiendo
encarecidamente que dé por seguro que está equivocado... y deje correr este
asunto.
Esta recomendación había sido hecha con las
mejores intenciones, pero llegaba demasiado tarde.
Allan hizo lo mismo que habrían hecho noventa
y nueve hombres entre cien, de haberse hallado en su posición: se negó a seguir
el consejo de su abogado.
—Muy bien, señor —dijo el joven Pedgift—; ya
que quiere saberlo, se lo diré.
Se inclinó hacia delante, acercó la boca al
oído de Allan y murmuró lo que le habían dicho sobre la casa de Pimlico y las
personas que la ocupaban.
—No me culpe a mí, Mister Armadale —añadió,
una vez pronunciadas las irrevocables palabras—. Traté de ahorrarle este
disgusto.
Allan recibió el golpe en silencio, como
suelen recibirse los golpes más terribles. Su primer impulso le habría llevado
a refugiarse de cabeza en el rechazo del aserto del cochero, tal como Pedgift
acababa de recomendarle, de no haber sido por una circunstancia condenatoria
que se interponía inexorablemente en su camino. La marcada renuencia de Miss
Gwilt a contar la historia de su vida pasada surgió inevitablemente en su
memoria, en indirecta pero horrible confirmación de la prueba que relacionaba a
la persona que había dado informes de Miss Gwilt con la casa de Pimlico. Una
conclusión, y sólo una (la conclusión que cualquier hombre habría sacado,
después de oír lo que él había oído y sin saber más de lo que él sabía) se
impuso en su mente. Una mujer desgraciada y caída, que, debido a su penuria
extrema, había aceptado la ayuda de gente malvada y experta en maquinaciones
delictivas; que había escapado sigilosamente y vuelto a la sociedad honrada y a
un respetable empleo, gracias a atribuirse una falsa personalidad, y cuya
posición actual le imponía la triste necesidad de mantener para siempre el
secreto y el engaño en relación con su vida pasada: ¡tal era el aspecto con que
se presentaba ahora la bella institutriz de Thorpe-Ambrose a los ojos de Allan!
¿Era falso o verdadero este aspecto? ¿Había
forzado ella su retorno a una sociedad honrada y a un empleo respetable,
gracias a una falsa identidad? Sí. ¿Le imponía su posición la triste necesidad
de mantener el secreto y el engaño en relación con su vida pasada? Sí. Era la
desdichada víctima de la traición de un hombre desconocido, tal como había
presumido Allan? No era una víctima de esta clase. La conclusión a que había
llegado Allan (literalmente impuesta a su mente por los hechos que le habían
sido presentados) era, sin embargo, la que menos se acercaba a la verdad entre
todas las posibles. La verdadera historia de la relación de Miss Gwilt con la
casa de Pimlico y con las personas que la habitaban (una casa acertadamente
descrita como llena de secretos infames y de gente en perpetuo peligro de caer
en manos de la justicia) sólo podrían revelarla los acontecimientos venideros:
una historia infinitamente menos repugnante, pero infinitamente más terrible,
de lo que Allan o su compañero había podido suponer.
—Traté de ahorrarle este disgusto, Mister
Armadale —repitió Pedgift—. Estaba ansioso de no afligirle, si podía evitarlo.
Allan levantó la cabeza e hizo un esfuerzo por
dominarse.
—Me ha afligido terriblemente —dijo—. Me ha
destrozado. Pero la culpa no ha sido suya. Debo reconocer que me ha prestado
usted un servicio..., y haré lo que deba hacer, cuando me haya recobrado. Pero
hay una cosa —añadió, después de un momento de dolorosa reflexión— que debemos
poner inmediatamente en claro entre los dos. Usted me aconsejó con la mejor
intención, su consejo fue el mejor que podía darme. Por ello le quedo
agradecido. Pero, por favor, no volvamos a hablar jamás de esto, y le suplico
encarecidamente que tampoco hable de ello con ninguna otra persona. ¿Quiere
prometérmelo?
Pedgift se lo prometió con evidente
sinceridad, pero sin su aplomo profesional acostumbrado. La aflicción que se
pintaba en el semblante de Allan parecía intimidarle. Después de un momento de
vacilación impropio de él, salió consideradamente de la habitación. Cuando se
quedo solo, Allan pidió recado de escribir y sacó de su libreta la carta fatal
de presentación a Mrs. Mandeville que había recibido de la esposa del
comandante.
En las circunstancias de Allan, un hombre
acostumbrado a considerar las consecuencias y a prepararse reflexivamente para
la acción habría tropezado con ciertas dificultades para elegir el camino menos
embarazoso y menos peligroso. Pero Allan, acostumbrado a dejarse llevar de sus
impulsos en todas las ocasiones, actuó impulsivamente en la grave emergencia
con que se enfrentaba ahora. Aunque su amor por Miss Gwilt no se parecía en
nada al sentimiento profundamente arraigado que él habría creído honradamente que
era, ella ocupaba un lugar destacado en su admiración, y el mero hecho de
pensar en ella llenaba ahora a Allan de intenso pesar. Su único deseo dominante
en este crítico momento de su vida era el propio del hombre que quiere proteger
de la deshonra y la ruina a la infeliz mujer que ha perdido su sitio en su
estimación, sin perder su derecho a la indulgencia y a la compasión tras las
cuales podría escudarse. «No puedo volver a Thorpe-Ambrose; no me siento capaz
de hablar con ella, ni de verla de nuevo. Pero puedo guardar su triste
secreto... ¡y lo guardaré!» Con esta idea, sinceramente sentida, se dispuso
Allan a cumplir el primer y principal deber a que se creía obligado: el deber
de comunicar con Mrs. Milroy. Si hubiese poseído una mayor capacidad mental y
una visión mental más clara, se habría dado cuenta de que no era una carta
fácil de escribir. Pero, siendo como era, no calculó las consecuencias y no
encontró dificultades. Su instinto le aconsejaba que se retirase al punto de la
posición en que se hallaba frente a la esposa del comandante, y escribió lo que
este instinto le aconsejaba en las actuales circunstancias, con toda la rapidez
que le permitía su pluma al deslizarse sobre el papel:
«Duns's Hotel, Covent Garden, martes.
Muy señora mía: Le ruego que me disculpe por
no regresar hoy a Thorpe-Ambrose, como le dije que haría, circunstancias
imprevistas me obligan a permanecer en Londres. Lamento decirle que no he
conseguido ver a Mr, Mandeville, por lo cual no he podido cumplir su encargo, y
por consiguiente me permito devolverle la carta de presentación, con mis
excusas. Permítame concluir diciendo que quedo muy agradecido a su amabilidad y
que no volveré a abusar de ella.
Me reitero, señora, suyo afectísimo,
Allan Armadale.»
Con estas ingenuas palabras, y sin sospechar
en absoluto el verdadero carácter de la mujer con quien tenía que habérselas,
Allan puso en manos de Mrs. Milroy el arma que ésta deseaba.
Escrita la carta y sellado y dirigido el
sobre, quedó en libertad de pensar en sí mismo y en su futuro. Mientras
permanecía ociosamente sentado, trazando líneas con la pluma sobre el papel
secante, las lágrimas acudieron por primera vez a sus ojos: lágrimas en las que
nada tenía que ver la mujer que le había engañado. Su corazón había vuelto a su
madre muerta. «Si ella viviese —pensó— podría confiarme a ella, y ella me
consolaría.» Pero era inútil seguir pensando en esto. Enjugó sus lágrimas y
dirigió su pensamiento, con la doliente resignación que todos conocemos, a las
cosas vivas y actuales.
Escribió unas líneas a Mr. Bashwood,
informando brevemente al administrador delegado de que su ausencia de
Thorpe-Ambrose se prolongaría probablemente algún tiempo y que, si debía darle
nuevas instrucciones, las recibiría por medio del viejo Mr. Pedgift. Hecho esto
y enviadas las cartas por correo, volvió a pensar una vez más en si mismo. Una
vez más, veía ante sí un futuro vacío que había que llenar, y una vez más, su
corazón buscó refugio en el pasado.
Esta vez, imágenes distintas de la de su madre
ocuparon su mente. El absorbente interés de un tiempo atrás revivió con fuerza
en su interior. Pensó en el mar; pensó en su yate amarrado y ocioso en el
puerto de pescadores de su región del oeste. Se apoderó de él el antiguo afán
de oír el ruido de las olas, de ver las velas hinchadas por el viento, de
sentir saltar debajo de él la embarcación que había contribuido a construir con
sus propias manos. Se levantaba ya, impetuosamente como siempre, para pedir el horario
de trenes y salir para Somersetshire en el primero de ellos, cuando el temor a
las preguntas que podría hacerle Mr. Brock y al cambio que éste podría advertir
en él, hizo que se sentase de nuevo en su sillón. «Escribiré —pensó— para que
preparen y abastezcan el yate, y esperaré, para ir a Somersetshire, a que
Midwinter pueda acompañarme.» Suspiró al volver su amigo ausente a su memoria.
Nunca había sentido el vacío dejado en su vida por la partida de Midwinter
tanto como ahora, en la más triste de todas las soledades sociales: la soledad
de un forastero en Londres, aislado en un hotel.
Al poco rato, volvió el joven Pedgift,
disculpándose por su intrusión. Allan se sentía demasiado solo y abandonado
para no recibir de buen grado la reaparición de su acompañante.
—No voy a volver a Thorpe-Ambrose —dijo—. Voy
a quedarme un poco más en Londres. ¿No podría usted quedarse también?
Hay que decir en su honor que Pedgift se
sintió conmovido por lo solo que parecía hallarse el dueño de la gran hacienda
de Thorpe-Ambrose. Durante su relación con Allan, nunca había olvidado tanto
como ahora sus propios intereses.
—Hace usted muy bien, señor, en detenerse
aquí: Londres es el lugar más adecuado para distraer la mente —dijo
animosamente Pedgift—. Todos los asuntos son de naturaleza más o menos
elástica, Mister Armadale; yo suspenderé los míos y con mucho gusto le
acompañaré. Ambos somos jóvenes, señor, y podemos divertirnos. ¿Qué le
parecería si cenásemos temprano y fuésemos al teatro, y visitásemos la Gran
Exposición de Hyde Park mañana por la mañana, después del desayuno? Si vivimos
como gallos de pelea y aprovechamos en todo momento las diversiones públicas,
conseguiremos sin darnos cuenta la mens sana in corpore sano de los antiguos.
No se alarme por esta cita, señor. Estudio un poco el latín después de mis
horas de trabajo y, en ocasiones, amplío mis conocimientos leyendo escritores
paganos, con la ayuda de un vocabulario escolar. Comeremos a las cinco,
William, y como esto es hoy particularmente importante, hablaré yo mismo con el
cocinero.
Pasó la noche, pasó el día siguiente, llegó la
mañana del jueves y, con ella, una carta para Allan. El sobre estaba escrito de
puño y letra de Mrs. Milroy, y la forma adoptada por ella para dirigirse a él
bastó para advertir a Allan que algo andaba mal, en cuanto abrió la carta.
«The Cottage, Thorpe-Ambrose,
miércoles.
(Particular)
Señor: Acabo de recibir su misteriosa carta.
No sólo me ha sorprendido, sino que me ha alarmado de veras. Después de haberle
brindado mi amistad, me encuentro con que de pronto me niega su confianza, en
los más ininteligibles y, debo añadir, descorteses términos. Me es
absolutamente imposible permitir que el asunto quede como usted lo ha dejado.
La única conclusión que puedo sacar de su carta es que mi confianza ha sido
defraudada de algún modo y que sabe usted mucho más de lo que está dispuesto a
decirme. En interés del bienestar de mi hija, le requiero para que me informe
de las circunstancias que le han impedido ver a Mrs. Mandeville y le han
inducido a negarme la ayuda que incondicionalmente me había prometido en su
carta del lunes pasado.
Dado mi estado de salud, no puedo enzarzarme
en una correspondencia prolongada. Por esto procuraré anticiparme a las
objeciones que usted pudiese alegar y le diré en esta carta todo lo que tengo
que decirle. Para el caso (que me resisto a considerar posible) de que se
niegue usted a atender el requerimiento que acabo de hacerle, permítame decirle
que me consideraré en el deber, por el bien de mi hija, de aclarar este
desagradable asunto. Si no recibo una contestación satisfactoria a vuelta de
correo, me veré obligada a decir a mi esposo que se han dado circunstancias que
justifican una inmediata comprobación de respetabilidad de la persona que dio
informes de Miss Gwilt. Y cuando me pregunte las razones, le diré que se dirija
a usted.
Su segura servidora,
Anne Milroy.»
En estos términos se quitó la máscara la
esposa del comandante y dejó que su víctima considerase como mejor le pareciese
la trampa en que había caído. La creencia de Allan en la buena fe de Mrs.
Milroy era tan sincera que aquella carta le dejó simplemente pasmado. Ahora
veía vagamente que había sido engañado de algún modo y que el interés de Mrs.
Milroy por él no era lo que había parecido a primera vista; pero no vio nada
más. La amenaza de apelar al comandante (que Mrs. Milroy, con ignorancia
femenina de la naturaleza de los hombres, había pensado que produciría un gran
efecto) fue la única parte de la carta que releyó Allan con cierta
satisfacción; más que alarmarle, le aliviaba. «Si tiene que haber una pelea
—pensó—, será mejor tenerla con un hombre.»
Firme en su resolución de amparar a la infeliz
mujer cuyo secreto creía equivocadamente haber descubierto, Allan se sentó para
escribir una carta de disculpa a la mujer del comandante. Después de tres
corteses declaraciones, formuladas en su debido orden, dio por terminada la
misiva. Lamentaba extraordinariamente haber ofendido a Mrs. Milroy. Era
inocente de toda intención de haber ofendido a Mrs. Milroy. Y suplicaba a Mrs.
Milroy que le considerase siempre su afectísimo servidor.
La habitual brevedad epistolar de Allan nunca
le había sido tan beneficiosa como esta vez. Si se hubiese recreado un poco más
en el uso de su pluma, habría podido dar a su enemiga un dominio sobre él más
fuerte del que ya tenía.
Pasó el día de intervalo, y, en el correo de
la mañana siguiente, la amenaza de Mrs. Milroy se materializó en forma de una
carta de su marido. El comandante escribía menos formalmente de como lo había
hecho su esposa, pero sus preguntas iban directamente al grano.
«The Cottage, Thorpe-Ambrose
Viernes, 11 de julio de 1851
(Particular)
Muy señor mío: Cuando me hizo usted el honor
de visitarme hace unos días, me formuló una pregunta sobre la institutriz, Miss
Gwilt, que entonces me pareció bastante extraña y causó, como recordará usted,
que se produjese momentáneamente una situación embarazosa entre nosotros.
Esta mañana, el tema de Miss Gwilt ha vuelto a
suscitarse de una manera que me ha causado enorme asombro. Dicho lisa y
llanamente, Mrs. Milroy me ha informado de que Miss Gwilt se ha hecho
sospechosa de habernos engañado por medio de unos informes falsos. Al
expresarle la sorpresa que me causaba tan extraordinaria declaración y pedirle
que la concretase al instante, mi asombro fue aún mayor cuando ella me dijo que
me dirigiese, para todo lo referente a esto, nada menos que a una persona como
Mr. Armadale. En vano he pedido más explicaciones a Mrs. Milroy; ésta insiste
en guardar silencio y remitirme a usted.
En estas extraordinarias circunstancias, me
veo obligado, para ser justo con todas las partes implicadas, a hacer a usted
ciertas preguntas que procuraré formular con la mayor claridad posible y que
estoy seguro (porque creo conocerle) de que usted contestará también con toda
franqueza.
En primer lugar, le pido que me diga si admite
o niega el aserto de Mrs. Milroy de que ha tenido conocimiento de ciertos
particulares relativos a Miss Gwilt o a la persona que dio informes de ésta,
que yo desconozco enteramente. En segundo lugar, si admite usted la verdad de
la declaración de Mrs. Milroy, me permito preguntarle cómo llegó a conocer
tales particulares. Y en tercer y último lugar, me permito preguntarle cuáles
son estos particulares.
Si considera necesaria una justificación
especial para hacerle estas preguntas (cosa que sólo estoy dispuesto a admitir
como una cortesía hacia usted) le pido que recuerde que la función más
importante de mi casa, la función de instruir a mi hija, está confiada a Miss
Gwilt, y que la declaración de Mrs. Milroy le sitúa a usted, según parece, en
condiciones de poder decirme si aquella acusación es o no merecida.
Sólo tengo que añadir que, dado que hasta
ahora no ha ocurrido nada que justifique la menor sospecha contra nuestra
institutriz o la persona que dio informes de ella, no diré nada a Miss Gwilt
hasta que haya recibido su respuesta, la cual espero a vuelta de correo.
Considéreme, señor, suyo afectísimo,
David Milroy.»
Esta carta, evidentemente franca, disipó al
punto la confusión que había existido hasta entonces en la mente de Allan: éste
vio ahora con claridad la trampa en que había caído. Mrs. Milroy le había
colocado ante dos alternativas: quedar en mal lugar, si se negaba a contestar
las preguntas de su marido, o declinar su responsabilidad haciéndola recaer en
una mujer, reconociendo ante el propio comandante que la esposa de éste le
había engañado. Ante esta dificultad, Allan actuó, como de costumbre, sin
vacilación. Su compromiso de considerar confidencial su correspondencia con
Mrs. Milroy seguía obligándole, aunque ella hubiese abusado de ello. Y
continuaba firme en su decisión de no traicionar a Miss Gwilt en ninguna
circunstancia. «Puedo haberme portado como un tonto -pensó—, pero no faltaré a
mi palabra, y no permitiré que esa infeliz vuelva a andar a la deriva por el
mundo.»
Escribió al comandante con la misma sencillez
y brevedad con que había escrito a su mujer. Declaró que no quería causar el
menor disgusto a un amigo y vecino, si podía evitarlo. Pero, en esta ocasión,
no tenía alternativa. No podía contestar las preguntas que le hacía el
comandante. No era muy hábil en dar explicaciones, y confiaba en que el
comandante le excusara por expresarse en estos terminos y no añadiese más.
El correo del lunes trajo la réplica del
comandante Milroy que puso fin a la correspondencia.
«The Cottage, Thorpe-Ambrose, domingo.
Señor: Su negativa a contestar mis preguntas,
sin la sombra de una excusa por tal comportamiento, sólo puede ser interpretada
de una manera. Además de ser un reconocimiento implícito de la veracidad de la
declaración de Mrs. Milroy, es también una crítica implícita a la personalidad
de nuestra institutriz. Para mostrarme justo con una dama que vive bajo la
protección de mi techo y que no me ha dado motivos para desconfiar de ella,
mostraré nuestra correspondencia a Miss Gwilt, y en presencia de Mrs. Milroy,
le repetiré la conversación que tuve con ésta sobre este asunto.
Una palabra más con respecto a las futuras
relaciones entre nosotros, y con ello habré terminado. Mis ideas sobre ciertos
asuntos son, permítame que le diga, las de un hombre de la antigua escuela. En
mis tiempos, teníamos un código del honor que regía nuestros actos. Según este
código, si un hombre hacía investigaciones privadas sobre una dama, sin ser su
marido, su padre o su hermano, asumía la responsabilidad de justificar su
conducta ante los demás, y si eludía esta responsabilidad, abdicaba de su calidad
de caballero. Es muy posible que esta anticuada manera de pensar haya dejado de
existir pero, para mí, es demasiado tarde para adoptar opiniones más modernas.
Deseo fervientemente, ya que vivimos en un país y una época en que no hay más
tribunal de honor que los de la policía, expresarme cor la mayor moderación de
lenguaje en esta última ocasión que tengo de comunicar con usted. Por
consiguiente, permítame que me limite a observar que nuestras ideas sobre la
conducta propia de un caballero difieren en grado sumo, y pedirle, en
consecuencia, que se considere en el futuro como un extraño para mi familia y
para mí.
Su seguro servidor,
David Milroy.»
La mañana del lunes en que su cliente recibió
la carta del comandante fue la más negra que jamás había registrado Pedgift en
su calendario. Cuando se calmó la irritación producida en Allan por el tono
despectivo con que su amigo y vecino se había pronunciado contra él, aquél se
sumió en un estado de depresión del que no pudieron sacarle todos los esfuerzos
de su compañero de viaje durante el resto del día. Ahora que había sido dictada
la sentencia de extrañamiento, sus recuerdos volvieron naturalmente a Neelie,
con más pesar y más remordimiento de lo que habían vuelto hasta ahora. «Si ella
me hubiese cerrado la puerta, en vez de hacerlo su padre —fue la amarga
reflexión que se hizo ahora Allan sobre el pasado—, no habría protestado en
absoluto; lo habría tenido bien merecido.»
El día siguiente llegó otra carta, esta vez
bien recibida, porque venía de Mr. Brock. Hacía algunos días que Allan había
escrito a Somersetshire sobre el tema de equipar el yate. Su carta había sido
recibida por el párroco cuando éste seguía ocupado en proteger (según creía
inocentemente) a su antiguo discípulo contra la mujer a quien había vigilado en
Londres y que creía ahora que le había seguido a su propio lugar de residencia.
Siguiendo las instrucciones recibidas, la doncella de Mrs. Oldershaw había completado
el engaño urdido contra Mr. Brock. Había tranquilizado definitivamente al
párroco, entregándole un compromiso escrito (haciéndose pasar por Miss Gwilt)
por el que se obligaba a no dirigirse a Mr. Armadale personalmente ni por
carta. Firmemente persuadido de que al fin había logrado la victoria, el pobre
Mr. Brock respondía a la nota de Allan en los términos más optimistas,
expresando la natural sorpresa de que hubiese abandonado Thorpe-Ambrose, pero
prometiéndole de buen grado que el yate sería equipado y ofreciéndole
cordialmente hospitalidad en la rectoría.
Esta carta hizo maravillas para levantar el
ánimo de Allan. Le daba algo nuevo en que interesarse, algo que aun tenía que
ver con su vida pasada en Norfolk. Y empezo a contar los días que faltaban para
el regreso de su amigo ausente. Era martes. Si Midwinter volvía de su excursión
a los quince días, tal como había prometido, el sábado estaría en
Thorpe-Ambrose. Una nota dirigida al viajero haría que éste fuese a Londres
aquella misma noche, y, si todo marchaba bien, ambos podrían estar juntos en el
yate antes de que pasara otra semana.
El día siguiente transcurrió, para alivio de
Allan, sin que llegase ninguna carta. La animación de su cliente se contagió a
Pedgift. A la hora de cenar, volvió a la mens sana in corpore sano de los
antiguos y encargó al jefe de comedor un ágape más espléndido que nunca.
Llegó el jueves y, con él, el fatal cartero
portador de más noticias de Norfolk. Ahora entró en escena un nuevo
corresponsal, que aparecía en ella por primera vez, e inmediatamente se
vinieron al suelo todos los planes de Allan para visitar Somersetshire.
Aquella mañana, el joven Pedgift fue el
primero en acudir a la mesa del desayuno. Cuando llegó Allan, adoptó una vez
más su actitud profesional y tendió una carta a su cliente, con una inclinación
de cabeza en lúgubre silencio.
—¿Para mí? —preguntó Allan, retrocediendo
instintivamente ante un nuevo corresponsal.
—Para usted, señor —respondió Pedgift—. Es de
mi padre, que la incluyó en otra dirigida a mí. Tal vez me permitirá que le
sugiera, para prepararle... para algo un poco desagradable, que nos sirvan hoy
una cena especialmente buena, y que (si no hay esta noche ningún concierto de
música moderna alemana) terminemos melodiosamente la velada en la Ópera.
—¿Anda algo mal en Thorpe-Ambrose? —dijo
Allan-
—Sí, Mister Armadale; algo anda mal en
Thorpe-Ambrose. —Allan se sentó resignadamente y abrió la carta-
«Hygh Street, Thorpe-Ambrose.
17 de julio de 1851-
(Particular y confidencial)
Muy señor mío: Faltaría a mi deber para con
sus intereses si dejase que siguiese ignorando noticias que circulan por esta
villa y sus alrededores y que, lamento decirle, le afectan a usted.
La primera indicación de algo desagradable
llegó a mi conocimiento el pasado lunes. Circuló ampliamente en la villa que
habían surgido contratiempos entre el comandante Milroy y la nueva institutriz,
y que Mr. Armadale tenía que ver con ello. No le presté mayor atención,
creyendo que era uno de los muchos chismes que siempre circulan por aquí,
necesarios como el aire que respiran para los habitantes de este tan respetable
lugar.
Sin embargo, el jueves arrojó una nueva luz
sobre el asunto. Detalles sumamente interesantes fueron refrendados por las
personas más autorizadas.
El miércoles, los terratenientes de los
alrededores sancionaron unánimemente la posición adoptada por la villa. Hoy, el
sentimiento público ha alcanzado su climax y no tengo más remedio que poner a
usted al corriente de lo sucedido.
Empecemos por el principio. Se afirma que el
comandante Milroy y usted sostuvieron una correspondencia en la que usted
expuso gravísimas sospechas sobre la honorabilidad de Miss Gwilt, sin concretar
su acusación y sin presentar pruebas cuando le fueron pedidas. En vista de
esto, parece que el comandante se creyó en el deber de informar a la
institutriz de lo ocurrido (aunque asegurándole su propia y firme creencia en
su honorabilidad), para que no pudiese culparle de haberle ocultado algo en un
asunto que afectaba a su persona. Una actitud muy magnánima por parte del
comandante; pero, como verá usted, Miss Gwilt Se mostró todavía más magnánima.
Después de darle las gracias, en los términos más adecuados, pidió permiso para
retirarse del servicio del comandante Milroy.
Circulan varias teorías sobre las razones de
la institutriz para adoptar esta posición.
La versión más autorizada (sancionada por las
personas distinguidas del lugar) es que Miss Gwilt dijo que no podía rebajarse
(por su propia estimación y la de la sumamente respetable dama que había dado
sus informes) a defender su reputación contra las vagas imputaciones de una
persona relativamente extraña. Al mismo tiempo, le era imposible perseguir una
conducta semejante, a menos que poseyese una libertad de acción que sería
incompatible con su posición de institutriz dependiente de una de las partes implicadas.
Por esta razón creía necesario renunciar a su empleo. Pero estaba igualmente
resuelta a no permitir que, si se marchaba del lugar, se interpretasen
equivocadamente sus motivos. Por muy inconveniente que le resultase,
permanecería en Thorpe-Ambrose el tiempo necesario para esperar las acusaciones
más definidas que pudiesen hacerse contra su persona y rebatirlas públicamente
en el instante en que adquiriesen una forma tangible.
Tal es la posición adoptada por esta digna
dama, con un excelente efecto sobre la mentalidad del público en estos
andurriales. Está claro que por alguna razón, le interesa dejar su empleo sin
marcharse del lugar. El lunes pasado se instaló en una vivienda barata de las
afueras de la población. Y el mismo día escribió probablemente a la persona que
había dado referencias de ella, pues ayer recibió el comandante Milroy una
carta de la persona en cuestión, rebosante de virtuosa indignación y
solicitando una investigación a fondo. Esta carta fue mostrada públicamente y
ha fortalecido en gran manera la posición de Miss Gwilt. Ésta es ahora
considerada como una heroína. El Thorpe-Ambrose Mercury ha publicado un
artículo de fondo sobre ella, comparándola con Juana de Arco. Y se considera
probable que se haga alusión a ella en el sermón del próximo domingo. En este
vecindario tenemos cinco damas solteras muy resueltas, y las cinco han ido a
visitarla. Se sugirió un acto de desagravio, pero se desistió de él a petición
de la propia Miss Gwilt, y existe un movimiento general encaminado a
conseguirle un empleo como maestra de música. Últimamente, he tenido el honor
de recibir una visita de la propia dama, en su calidad de mártir, para decirme,
en los términos más corteses, que no culpa a Mr. Armadale y que le considera
instrumento inocente en manos de otras personas más intrigantes. Yo me mantuve
prudentemente en guardia, pues no creo en absoluto en Miss Gwilt y, como
abogado que soy, tengo mis sospechas sobre el motivo que yace en el fondo de su
manera de proceder.
Hasta aquí, mi querido señor, le he escrito
sin grandes vacilaciones. Pero, desgraciadamente, este asunto tiene una faceta
grave y al mismo tiempo ridicula, y, aunque me pese, debo referirme a ella
antes de terminar mi carta.
Tal como están las cosas, creo que no debe
usted permitir que se hable de su persona como se está hablando ahora, sin
intervenir personalmente en el asunto. Desgraciadamente, tiene aquí muchos
enemigos, y el primero de ellos es mi colega Mr. Darch. Ha estado mostrando en
todas partes una carta un tanto ruda que le escribió usted al respecto de haber
alquilado el cottage al comandante Milroy en vez de alquilárselo a él, y esto
ha contribuido a irritar los ánimos contra usted.
Todo el mundo dice que ha estado usted
investigando los asuntos familiares de Miss Gwilt con las más deshonestas
intenciones; que ha tratado, con aquel libertino propósito, de manchar su
reputación y privarla de la protección del techo del comandante Milroy, y que,
al pedírsele que presentase pruebas de la sospecha que ha hecho caer sobre la
reputación de una mujer indefensa, ha guardado un silencio que le condena ante
los ojos de todas las personas honorables.
Inútil decirle que yo no doy el menor crédito
a estos infames rumores. Pero están demasiado difundidos y son demasiado
creídos para que los tratemos con desdén. Le aconsejo encarecidamente que
regrese inmediatamente este lugar y tome las medidas necesarias para defender,
de acuerdo conmigo, como su asesor jurídico, su propio prestigio.
Desde mi entrevista con Miss Gwilt, me he
formado una opinión muy dura acerca de esa dama, que no es necesario que
exprese por escrito. Básteme decir aquí que encontraré manera de acallar las
lenguas calumniadoras de sus vecinos, y que empeño en ello mi reputación
profesional si usted me respalda con su presencia y su autoridad. Tal vez le
ayude a comprender la necesidad de su receso, si menciono otro comentario
acerca de usted que está en boca de todo el mundo. Aunque me cueste decirlo su
ausencia se atribuye al más ruin de los motivos. Se dice que permanece usted en
Londres porque tiene miedo de dar la cara en Thorpe-Ambrose.
Me reitero su seguro servidor,
A. Pedgift, Sénior.»
Allan estaba en una edad en la que no podía
dejar de sentir la punzada contenida en la última frase de la carta de su
abogado.
Se puso en pie de un salto, en un paroxismo de
indignación que hizo que el joven Pedgift considerase su carácter bajo una
nueva luz.
—¿Dónde está el horario de trenes? —gritó—.
¡Debo ir a Thorpe-Ambrose en el primero que salga! Si no hay ninguno que parta
enseguida, contrataré un tren especial. Debo volver inmediatamente allí, ¡y me
importan un bledo los gastos!
—¿Y si telegrafiásemos a mi padre, señor?
—sugirió el sensato Pedgift—. Es la manera más rápida y más barata de expresar
sus sentimientos.
—Es verdad —dijo Allan—. Gracias por
recordármelo. ¡Telegrafiaremos! Dígale a su padre que tache de embusteros, de
mi parte, a todos los hombres de Thorpe-Ambrose. Y póngalo en letras
mayúsculas, Pedgift, ¡póngalo en letras mayúsculas!
Pedgift sonrió y meneó la cabeza. Quizá no
conocía otras variedades de la naturaleza humana, pero sí, y perfectamente, la
que impera en las ciudades provincianas.
—No les produciría el menor efecto, Mister
Armadale —observó tranquilamente—. Sólo haría que mintiesen más que nunca. Si
quiere usted sobresaltar a toda la población, bastará con una línea. Con cinco
chelines de trabajo humano y energía eléctrica, señor (me dedico un poco a la
ciencia después de las horas de trabajo), ¡haremos explotar una bomba en
Thorpe-Ambrose! —Mientras hablaba, presentó la bomba sobre un trozo de papel—:
«De A-Pedgift, Jr., a A. Pedgift, Sr.: Haga saber a todos que Mr. Armadale
llegará en el próximo tren.»
Más palabras —sugirió Allan, mirando por
encima del hombro—, tiene que ser más fuerte.
Deje que mi padre lo haga más fuerte, señor
—replicó el juicioso Pedgift—. Mi padre está en el lugar, y su dominio del
lenguaje es algo extraordinario.
Tocó la campanilla y envió el telegrama.
Ahora que se había hecho algo, Allan empezó a
calmarse gradualmente. Miró de nuevo la carta de Mr. Pedgift y después la
tendió al hijo de éste.
—¿Puede usted presumir cuál es el plan de su
padre para congraciarme con el vecindario? —preguntó.
El joven Pedgift sacudió la prudente cabeza.
—Su plan, señor, parece estar relacionado de
algún modo con su concepto de Miss Gwilt.
—Me pregunto qué piensa de ella —dijo Allan.
—No me extrañaría, Mister Armadale —repuso el
joven Pedgift—, que su opinión le sorprenda un poco cuando la conozca. Mi padre
tiene una larga experiencia jurídica sobre el lado turbio del bello sexo... y
aprendió su profesión en Old Bailey.
Allan no preguntó más. Pareció renunciar a
proseguir el tema después de haberlo iniciado él mismo.
—Hagamos algo para matar el tiempo —dijo—.
Hagamos las maletas y paguemos la cuenta.
Hicieron las maletas y pagaron la cuenta.
Llegó la hora, y el tren partió al fin para Norfolk.
Mientras regresaban los viajeros, un mensaje
telegráfico bastante más largo que el de Allan se cruzó con ellos en dirección
contraria, de Thorpe-Ambrose a Londres. El mensaje era cifrado, y una vez
interpretado, decía así:
«De Lydia Gwilt a María Oldershaw. ¡Buenas
noticias! El va a volver. Pienso celebrar una entrevista con él. Todo parece
marchar bien. He abandonado el cottage; así no tendré que temer que me espíen
ojos femeninos; puedo ir y venir como mejor me plazca. Afortunadamente, Mr.
Midwinter no está aquí. Todavía no desespero de convertirme en Mrs. Armadale.
Pase lo que pase, ten la seguridad de que me mantendré alejada de Londres hasta
que esté segura de que ningún espía me sigue hasta tu casa. No tengo prisa en marcharme
de Thorpe-Ambrose. Primero pienso desquitarme con Miss Milroy.»
Poco después de recibirse este mensaje en
Londres Allan estaba de vuelta en su propia casa. Caía la tarde; Pedgift Júnior
acababa de dejarle, y Allan esperaba la visita de Pedgift Senior para dentro de
media hora.
CAPÍTULO V
EL REMEDIO DE PEDGIFT
Después de un cambio de impresiones
preliminares con su hijo, el viejo Mr. Pedgift se dirigió solo a la mansión
para entrevistarse con Allan.
Dejando aparte la diferencia de edad, el hijo
era, en este caso, tan parecido a su padre que podía decirse que conociendo a
uno de los dos Pedgift se conocía a ambos. Añadid un poco de estatura y de peso
a la figura de Pedgift Junior; dad un poco más de amplitud y de descaro a su
humor y un poco más de solidez y de compostura a su confianza en sí mismo, y
tendréis ante vosotros, en términos generales, la persona y el carácter de
Pedgift Senior.
El abogado se trasladó a Thorpe-Ambrose en su
propia y elegante calesa, tirada por su famosa y veloz yegua. Tenía por
costumbre conducirla él mismo, y una de las insignificantes peculiaridades
externas en las que difería de su hijo era que daba a su atuendo un aspecto un
tanto deportivo. El pantalón pardo del viejo Pedgift se ceñía a sus piernas;
sus botas, que llevaba indistintamente con tiempo seco o en días lluviosos,
eran siempre de suela gruesa; los bolsillos de su chaqueta traslapaban sus
caderas, y su corbata predilecta de verano era de fina muselina con topos y
sujeta en un lazo pequeño y perfecto. Consumía tabaco como su hijo, pero de
modo diferente. Mientras que el joven fumaba, el viejo tomaba rapé
copiosamente, y era bien sabido por sus amistades que siempre sostenía su
pulgarada en suspensión entre la cajita y la nariz cuando iba a cerrar un buen
trato o pronunciar una buena frase. El arte de la diplomacia representa un
papel importante en el ejercicio de la profesión por parte de los hombres que
triunfan en este campo del Derecho. La forma de diplomacia empleada por Mr.
Pedgift había sido la misma durante toda su vida, siempre que eran requeridas
sus dotes de persuasión en una entrevista con otro hombre. Invariablemente
guardaba para el final su argumento más sólido o su proposición más audaz, e
invariablemente los citaba cuando se hallaba ya en la puerta (después de
despedirse), como si no fuese más que una consideración accidental que se le
acababa de ocurrir. Sus amigos bromistas, que conocían por experiencia esta
manera de proceder, le habían dado el nombre de «la posdata de Pedgift.» Había
pocas personas en Thorpe-Ambrose que no supiesen lo que significaba cuando el
abogado se detenía de pronto ante la puerta abierta, volvía a su sillón con la
pulgarada de rapé suspendida entre la cajita y la nariz, y decía: «A propósito,
se me acaba de ocurrir una cosa» y resolvía de modo imprevisto la cuestión,
después de haberla dado por insoluble menos de un minuto antes.
Éste era el hombre a quien la marcha de los
sucesos en Thorpe-Ambrose había colocado ahora, caprichosamente, en primer
plano. Éste era el único amigo disponible a quien Allan, en su aislamiento
social, podía acudir en busca de consejo cuando más lo necesitaba.
—Buenas tardes, Mister Armadale. Muchas
gracias por su prontitud en corresponder a mi desagradable carta —dijo el viejo
Pedgift, iniciando alegremente la conversación en el momento de entrar en la
casa de su cliente. Espero que comprenda, señor, que dadas las circunstancias
no tenía más remedio que escribirle en los términos en que lo hice.
—Tengo muy pocos amigos, Mister Pedgift pondió
sencillamente Allan—. Y estoy seguro de que usted es uno de estos pocos.
—Le quedo muy reconocido, Mister Armadale.
Siempre he tratado de merecer su consideración, y haré todo lo posible por
hacerme ahora acreedor a ella. ¿Se encontró usted a gusto en el hotel de
Londres, señor? Nosotros lo llamamos nuestro hotel. En la bodega tienen algunos
vinos añejos muy raros que me habría gustado darle a probar si hubiese tenido
el honor de estar con usted. Desgraciadamente, mi hijo no entiende nada de
vinos.
Allan sentía con demasiada agudeza la falsa
posición en que se hallaba en la vecindad para ser capaz de hablar de algo que
no fuese el objeto principal de la entrevista. El cortés circunloquio de su
abogado antes de abordar el penoso tema que habían de discutir le irritaba en
vez de calmar su impaciencia. Fue inmediatamente al grano, a su manera directa
y sin rodeos.
—El hotel es muy cómodo, Mister Pedgift, y su
hijo fue muy amable conmigo. Pero ahora no estamos en Londres, y quiero que
hablemos de cómo debo enfrentarme a las mentiras que se cuentan sobre mí en el
lugar. Indíqueme solamente cualquier hombre —dijo Allan, elevando la voz y
arreboladas las mejillas—, cualquier hombre que haya dicho que tengo miedo de
dar la cara en la vecindad, ¡y le daré de latigazos en público antes de que
pase un día más!
El viejo Pedgift tomó una pulgarada de rapé y
la mantuvo tranquilamente en suspenso a mitad de camino entre la cajita y la
nariz.
—Se puede dar de latigazos a un hombre, señor,
pero no a todo un vecindario —dijo el abogado, a su manera cortésmente
epigramática—. Combatiremos, si me permite decirlo así, sin pedir prestadas
nuestras armas al cochero; al menos, de momento.
—¿Pero cómo vamos a empezar? —preguntó Allan
con impaciencia—. ¿Cómo voy a rebatir las infamias que cuentan de mí?
—-Hay dos maneras de salir de su actual y
desagradable posición, señor: una manera corta y una manera larga —respondió el
viejo Pedgift—. El procedimiento corto (que siempre es el mejor) se me ocurrió
cuando mi hijo me refirió los pasos que había dado usted en Londres. Tengo
entendido que, después de recibir mi carta, le autorizó para que me pusiese en
antecedentes. De lo que él me dijo, he sacado varias conclusiones con las que
me veo obligado a molestar ahora su atención. Pero ante todo quisiera saber bajo
qué circunstancias se dirigió usted a Londres para hacer aquellas
desafortunadas pesquisas sobre Miss Gwilt. ¿Fue a visitar a Mistress Mandeville
por su propia iniciativa o fue inducido a ello por otra persona? Allan vaciló.
—No puedo decirle honradamente que fuese por
mi propia iniciativa —respondió, y no dijo más.
—¡Me lo había imaginado! —declaró el viejo
Pedgift, con aire triunfal—. El camino corto para salir de la difícil situación
actual, Mister Armadale, pasa a través de esa otra persona bajo cuya influencia
actuó usted. Esa otra persona debe ser presentada a los ojos del público y
ocupar el lugar que le corresponde. Para empezar, le ruego que me dé su nombre,
señor; después pasaremos enseguida a las circunstancias.
—Lamento decirle, Mister Pedgift, que
deberemos seguir el camino más largo, si no tiene usted nada que objetar
—respondió pausadamente Allan—. En esta ocasión me es imposible seguir el
camino corto.
Los hombres que triunfan en el campo de la ley
se niegan a aceptar el «no» como respuesta. Mr. Pedgift conocía bien aquel
campo y se negó también ahora a aceptar el «no». Pero toda pertinacia (incluso
la profesional) encuentra antes o después un límite, y el abogado, aunque
fortalecido doblemente por su larga experiencia y por las copiosas pulgaradas
de rapé, encontró este límite apenas empezada la entrevista. Era imposible que
Allan tuviese en cuenta la confianza que Mrs. Milroy había fingido traidoramente
depositar en él. Pero, como hombre honrado que era, debía ser fiel a la palabra
empeñada (con esa fidelidad que sólo tiene en cuenta el hecho de la promesa,
sin considerar las circunstancias), y toda la insistencia de Pedgift Senior fue
inútil para apartarle un ápice de la posición en que se nabía colocado. «No» es
la palabra más rotunda de la lengua inglesa en boca del hombre que tenga el
valor de repetirla lo bastante a menudo, como tuvo Allan el valor de hacerlo en
esta ocasión.
—Está bien, señor —le dijo el abogado,
aceptando su derrota sin la menor señal de mal humor—. Es usted quien debe
elegir, y ha elegido. Seguiremos el camino largo. Comienza (permita que se lo
diga) en mi propio despacho, y conduce (según sospecho) a Miss Gwilt..., a
través de una ruta muy fangosa.
Allan miró a su asesor jurídico con mudo
asombro.
—Si no quiere usted denunciar a la persona en
primera instancia responsable de la investigación que por desgracia emprendió
usted, señor —prosiguió el viejo Mr. Pedgift—, la única alternativa, en su
actual situación, es justificar las propias pesquisas.
—¿Y cómo puedo hacerlo? —preguntó Allan.
—Demostrando a todo el vecindario, Mister
Armadale, algo que yo tengo firmemente por cierto: que la persona objeto de la
protección pública es una aventurera de la peor ralea; una mujer innegablemente
falsa y peligrosa. Dicho lisa y llanamente, señor, empleando el tiempo y el
dinero suficientes para descubrir la verdad acerca de Miss Gwilt.
Antes de que Allan pudiese pronunciar una
palabra a modo de respuesta, se produjo una interrupción. Después de la llamada
preliminar a la puerta que era de rigor, entró uno de los criados.
—Les dije que no quería que me interrumpiesen
—dijo Allan, con irritación—. ¡Dios mío! ¿Es que no acabaremos nunca? ¡Otra
carta!
—Sí, señor —dijo el hombre, tendiendo la
misiva—. Y la persona que la ha traído espera respuesta —añadió, y sus palabras
sonaron como un mal augurio.
Allan miró el sobre, esperando naturalmente
descubrir la caligrafía de la esposa del comandante. Pero la realidad no
correspondió a lo que esperaba. Saltaba a la vista que la remitente era una
mujer, pero ésta no era Mrs. Milroy.
—¿Quién puede ser? —dijo, mirando
mecánicamente al viejo Pedgift mientras abría el sobre.
El viejo Pedgift dio unos golpecitos en la
caja del rapé y dijo, sin vacilar un instante:
—Miss Gwilt.
Allan desdobló la carta. Las dos primeras
palabras eran un eco de las que acababa de pronunciar el abogado. ¡La carta era
de Miss Gwilt!
Una vez más, Allan miró a su consejero con
mudo asombro.
—Conocí muchas de su clase en mis tiempos,
señor —explicó Pedgift Senior, con una modestia tan rara como adecuada en un
hombre de su edad—. No tan bellas como Miss Gwilt, lo confieso, pero me atrevo
a decir que tan malas como ella. Lea su carta, Mister Armadale, lea su carta.
Allan leyó estas líneas:
«Miss Gwilt saluda a Mr. Armadale y le ruega
que le diga si está dispuesto a concederle una entrevista, esta noche o mañana
por la mañana.
Miss Gwilt no se disculpa por hacerle esta
petición. Cree que Mr. Armadale la atenderá como acto de justicia para con una
mujer desamparada a la que ha contribuido inocentemente a injuriar y que desea
ardientemente recobrar su estimación.»
Allan tendió la carta a su abogado en
silencio, perplejo y turbado.
La cara del viejo Mr. Pedgift sólo expresó un
sentimiento cuando hubo leído y devuelto la carta a Allan: un sentimiento de
profunda admiración.
—¡Qué gran abogado habría podido ser —exclamó
fervientemente— si hubiese nacido varón!
—Yo no puedo considerar esto tan ligeramente
como usted, Mister Pedgift —dijo Allan—. Resulta muy triste para mí. La
apreciaba mucho —añadió, bajando la voz-. la apreciaba mucho.
Mr. Pedgift se puso de pronto serio.
¿Quiere usted decir, señor, que piensa
realmente entrevistarse con Miss Gwilt? —preguntó, con expresión de genuino
desaliento.
—Sería cruel no hacerlo —le respondió Allan—.
Ha sido injuriada a través de mí, ¡sabe Dios que sin yo pretenderlo!, y no
puedo tratarla con crueldad.
—Mister Armadale —dijo el abogado—, hace un
momento me hizo usted el honor de decir que me consideraba su amigo. En esta
condición, ¿puedo hacerle un par de preguntas, antes de que corra usted a su
propia ruina?
—Todas las preguntas que quiera —dijo Allan,
mirando de nuevo la carta..., la única carta que había recibido de Miss Gwilt.
—Una vez le tendieron una trampa, señor, y
cayó usted en ella. ¿Quiere caer ahora en otra?
—Conoce usted la respuesta a esta pregunta tan
bien como yo, Mister Pedgift.
—Probaré de nuevo, Mister Armadale; los
abogados no nos desanimamos tan fácilmente. Si decidiese usted verla, ¿cree que
podría confiar en las explicaciones que le diese Miss Gwilt, después de lo que
usted mismo y mi hijo descubrieron en Londres?
—Quizás ella podría explicar lo que
descubrimos en Londres —dijo Allan, sin dejar de mirar la carta y de pensar en
la mano que la había escrito.
—¿Si podría explicarlo? Mi querido señor,
puede estar seguro de que lo explicaría. Debo ser justo con ella. La creo capaz
de dar una explicación sin el menor error desde el principio hasta el fin.
Esta última respuesta hizo que Allan desviase
su atención de la carta. El implacable sentido común del abogado no perdonaba
nada.
—Si vuelve usted a ver a esa mujer, señor
—siguió diciendo el viejo Pedgift—, cometerá la locura más desaforada que haya
visto jamás en toda mi experiencia. Sólo puede venir aquí con un objeto:
aprovecharse de su debilidad para con ella. Nadie puede saber qué paso en falso
le induciría a dar, si usted le concediese esta oportunidad. Usted mismo
confiesa que la apreciaba mucho (sus atenciones para con ella son de
conocimiento público), y si no le pidió expresamente que se convirtiese en
Mistress Armadale, le faltó poco para hacerlo; y sabiendo todo esto, ¿se
propone verla y dejar que haga uso de su diabólica belleza y de su diabólica
astucia, en el papel ficticio de su víctima? ¡Usted, que es uno de los mejores
partidos de Inglaterra! ¡Usted, que es la presa natural de todas las solteras
hambrientas de nuestra comunidad! Jamás había oído cosa igual; jamás, en toda
mi experiencia profesional, había oído algo parecido. Si está usted resuelto a
colocarse en una situación peligrosa, Mister Armadale —concluyó el viejo
Pedgift, con la eterna pulgarada de rapé en suspensión entre la cajita y la
nariz—, la próxima semana llegará a nuestra villa un espectáculo de animales
salvajes. Deje entrar en su casa a la leona, señor..., ¡antes que a Miss Gwilt!
Por tercera vez, Allan miró a su abogado. Y
por tercera vez, el abogado le miró imperturbable.
—Parece tener muy mala opinión de Miss Gwilt
—dijo Allan.
—Una pésima opinión, Mister Armadale —replicó
fríamente Pedgift Senior—. Volveremos a hablar de esto cuando hayamos despedido
al mensajero de la dama. ¿Seguirá usted mi consejo? ¿Se negará a recibirla?
—Lo haría de buen grado, pues la entrevista
será muy dolorosa para los dos —dijo Allan—. Lo haría de buen grado, si supiese
cómo hacerlo.
—Por el amor de Dios, Mister Armadale, ¡esto
es muy fácil! No se comprometa escribiendo. Despida al mensajero y dígale que
no hay respuesta.
Esta medida radical no podía ser aceptada por
Allan.
—Sería tratarla de un modo brutal —dijo—. No
puedo hacerlo.
Una vez más, la pertinacia del viejo Pedgift
encontró un límite, y una vez más, el hombre prudente se avino delicadamente a
una transacción. Al prometerle su cliente que no vería a Miss Gwilt, consintió
en que Allan escribiese... bajo el dictado de su abogado. La carta fruto de
este acuerdo fue redactada según el estilo de Allan: empezaba y terminaba en
una sola frase.
«Mr. Armadale saluda a Miss Gwilt y lamenta no
poder tener el gusto de recibirla en Thorpe-Ambrose.»
Allan había insistido enérgicamente en añadir
otra frase, explicando que, si rehusaba la petición de Miss Gwilt, era
solamente porque estaba convencido de que una entrevista sería innecesariamente
desagradable para ambos. Pero su asesor jurídico se opuso firmemente al añadido
propuesto.
—Cuando diga «no» a una mujer, señor —observó
el viejo Pedgift—, dígalo siempre en una palabra. Si le explica sus motivos,
ella creerá invariablemente que quiso decirle «sí».
Después de extraer esta rica gema de sabiduría
de la rica mina de su experiencia profesional, Mr. Pedgift Senior envió la
respuesta al mensajero de Miss Gwilt, recomendando al criado que, «fuera quien
fuese aquel tipo, le echase pronto de la casa».
—Ahora, señor —dijo el abogado—, volveremos,
si le place, a mi opinión sobre Miss Gwilt. Temo que ésta difiera mucho de la
suya. Usted la considera digna de compasión, cosa muy natural a su edad. Yo
pienso que debería estar en la cárcel, cosa también muy natural a mis años.
Verá usted enseguida las razones en que fundo mi opinión. Pero permita que le
diga que estoy ansioso, antes que nada, de poner a prueba mi teoría. ¿Cree que
es probable que Miss Gwilt insista en visitarle, Mister Armadale, después de la
respuesta que acaba usted de enviarle?
—¡Absolutamente imposible! —exclamó
calurosamente Allan—. Miss Gwilt es una dama y, después de la carta que le he
enviado, no querrá volver a verme nunca. —Discrepo en absoluto, señor —declaró
el viejo Pedgift—. Apuesto a que chascará los dedos cuando reciba su carta (y
ésta es una de las razones por las que me oponía a que la escribiese). Digo
que, en este momento, está esperando el regreso de su mensajero dentro o cerca
de la finca de usted. Digo que buscará la manera de entrar aquí, antes de que
transcurran veinticuatro horas. Mire usted, señor —exclamó Mr. Pedgift,
consultando su reloj—, ahora son las siete. Es lo bastante audaz y astuta para
pillarle desprevenido esta misma tarde. Permítame que llame a su criado, señor;
permítame pedirle que le ordene que, si ella viene, le diga que no está usted
en casa. ¡No vacile, Mister Armadale! Si está usted en lo cierto en lo tocante
a Miss Gwilt, será una simple formalidad. Si yo tengo razón, será una
precaución prudente. Mantenga su opinión, señor, si le parece —dijo Mr.
Pedgift, tocando la campanilla—, ¡que yo mantengo la mía!
Allan estaba lo bastante irritado, cuando el
otro tocó la campanilla, para sentirse dispuesto a dar la orden. Pero, cuando
entró el criado, los recuerdos pudieron más que él y las palabras se le
atragantaron.
—Dé usted la orden —dijo a Mr. Pedgift, y se
dirigió rápidamente a la ventana.
«¡Eres un buen chico! —pensó el viejo abogado,
mirándole y comprendiendo al instante sus motivos—. ¡Las garras de esa diablesa
no se clavarán en ti, si yo puedo impedirlo!»
El criado esperaba, impertérrito, sus órdenes.
—Si viene Miss Gwilt, esta noche o en
cualquier otro momento —dijo Pedgift Senior—, Mister Armadale no está en casa.
¡Espere! Si pregunta cuándo volverá Mister Armadale, dígale que no lo sabe.
¡Espere! Si pretende entrar y esperarle, dígale que nadie puede hacerlo, salvo
que esté citado con Mister Armadale. ¡Venga usted aquí! —gritó alegremente el
viejo Pedgift, frotándose las manos, cuando el criado hubo salido de la
estancia—. En todo caso, le he cerrado la puerta. He dado la orden, Mister
Armadale. Ahora podemos continuar nuestra conversación.
Allan volvió desde la ventana.
—Una conversación que no es muy agradable
—dijo—. Con el debido respeto, quisiera haberla terminado.
—La terminaremos lo antes posible —dijo
Pedgift Senior, insistiendo, como sólo pueden hacerlo los abogados y las
mujeres, en acercarse poco a poco a su propio objetivo—. Volvamos, si le
parece, a lo que le estaba sugiriendo cuando entró el criado con la carta de
Miss Gwilt. En su actual y desagradable posición, repito, sólo le queda un
camino, Mister Armadale. Debe llevar hasta el fin sus pesquisas sobre esa
mujer, en la esperanza (que considero casi cierta) de que su resultado le
valdrá recobrar la estimación de sus vecinos.
—¡Ojalá no hubiese empezado ninguna pesquisa!
.—dijo Allan—. Nada podrá inducirme, Mister Pedgift, a continuarlas.
—¿Por qué? —preguntó el abogado. —¿Puede
preguntarme por qué —le replicó acaloradamente Allan— después de lo que le ha
dicho su hijo que descubrimos en Londres? Aunque tuviese menos motivos de los
que tengo para... para compadecerme de Miss Gwilt, aunque se tratase de
cualquier otra mujer, ¿cree usted que seguiría investigando el secreto de una
pobre criatura engañada... y, sobre todo, que lo revelaría al vecindario? Si
hiciese algo parecido, me consideraría tan vil como el canalla que la dejó
tirada en la calle. No sé cómo puede usted preguntarme esto. Por mi alma, ¡que
no sé cómo puede preguntármelo!
—¡Déme usted la mano, Mister Armadale!
—exclamó calurosamente Pedgift Senior—. Su irritación le honra. Sus vecinos
pueden decir lo que quieran, pero es usted un caballero, señor, en el mejor
sentido de la palabra. Ahora —prosiguió el abogado, soltando la mano de Allan y
volviendo al asunto—, escuche lo que tengo que decir en mi defensa. Supongamos
que la verdadera posición de Miss Gwilt no se parece en nada a la que usted,
generosamente, quiere creer que es.
—No tenemos ninguna razón para creer tal cosa
-le dijo resueltamente Allan.
—Ésta es su opinión, señor —insistió Pedgift—.
La mía, fundada en lo que se sabe públicamente aquí de los procedimientos de
Miss Gwilt y en lo que yo he visto personalmente en ella, es que está muy lejos
de ser la víctima inocente que se siente usted inclinado a pensar que es. ¡Un
momento, Mister Armadale! Recuerde que he sometido mi opinión a una prueba
práctica, y no la rechace hasta que los acontecimientos justifiquen la de
usted. Permítame que le exponga mi punto de vista, señor; tenga en cuenta que
soy abogado, y permítame que se lo exponga. Usted y mi hijo son jóvenes, y no
niego que las circunstancias parecen, superficialmente, justificar la
interpretación que ustedes, como jóvenes que son, han hecho de ellas. Yo soy
viejo, y sé que las circunstancias no deben valorarse siempre por su apariencia
superficial, y tengo la gran ventaja, en el presente caso, de haber tenido años
de experiencia profesional entre las mujeres más malvadas que pisaron la faz de
este mundo.
Allan abrió los labios para protestar, pero se
contuvo, desesperando de producir el menor efecto. El viejo Pedgift agradeció
con una reverencia la moderación de su cliente y aprovechó inmediatamente su
ventaja para proseguir.
—Todos los procedimientos de Miss Gwilt
—siguió diciendo—, desde su desafortunada correspondencia con el comandante, me
demuestran que es ducha en el engaño. En el momento en que presiente la amenaza
de verse comprometida (en algo, esto es indudable, después de lo que descubrió
usted en Londres), saca el mayor provecho del digno silencio de usted y
abandona el servicio del comandante haciéndose la mártir. ¿Y qué hace cuando ha
salido de la casa? Se queda audazmente en la población, con tres excelentes
fines. En primer lugar, muestra a todo el mundo que no teme enfrentarse a otro
ataque a su reputación. En segundo lugar, se mantiene cerca para manejarle a su
antojo y convertirse en Mistress Armadale a pesar de las circunstancias, si
usted (y yo) le damos oportunidad de hacerlo. En tercer lugar, si usted (y yo)
somos lo bastante inteligentes para desconfiar de ella, ella es igualmente
astuta por su parte y no nos da la gran ocasión de seguirla a Londres y
relacionarla con sus cómplices. ¿Es ésta la conducta de una desgraciada que
perdió su honra en un momento de debilidad y que ha tenido que ampararse a su
pesar en un engaño para recobrarla?
—Plantea usted muy hábilmente la cuestión
—dijo Allan, con visible renuencia—, no puedo negarlo.
—Su propio sentido común, Mister Armadale,
empieza a decirle que estoy en lo cierto —insistió el viejo Pedgift—. Todavía
no puedo decir que sé la relación que puede haber entre ella y la gente de
Pimlico, pero afirmo que no es la relación que usted supone. Establecidos los
hechos, sólo tengo que añadir mi impresión personal sobre Miss Gwilt. No
quisiera afligirle más, señor, si puedo evitarlo; trataré de plantear
delicadamente la cuestión. Ella vino a mi despacho (como le dije a usted en mi
carta) con la indudable intención de hacerse amiga de su abogado, si podía...
Vino a decirme, haciendo gala de caridad cristiana, que no le culpaba a usted.
—¿Ha creído usted alguna vez en alguien,
Mister Pedgift? —le interrumpió Allan.
—Algunas veces, Mister Armadale —respondió el
viejo Pedgift, imperturbable como siempre—. Tan a menudo como le es permitido a
un abogado. Pero sigamos, señor. Cuando yo me dedicaba a la rama penal de mi
profesión, tenía que preparar la defensa de las mujeres sometidas a juicio,
fundándome en lo que ellas me decían. Por muy grandes que fuesen las
diferencias entre ellas, llegué a advertir, con el tiempo, que todas las que
eran particularmente malvadas e indiscutiblemente culpables tenían una
característica común. Altas o bajas, viejas o jóvenes, guapas o feas, tenían
todas ellas un inconmovible dominio de sí mismas. Algunas se indignaban;
algunas se deshacían en llanto; algunas se mostraban piadosamente confiadas, y
algunas decían estar resueltas a suicidarse aquella misma noche. Pero bastaba
con hurgar súbitamente en el punto débil de la respectiva historia y se acababa
la ira o las lágrimas o la confianza o la desesperación, y aparecía la mujer
auténtica, en plena posesión de todos sus recursos, con una limpia mentirijilla
que se adaptaba exactamente a las circunstancias del caso. Miss Gwilt derramó
lágrimas, señor, unas lágrimas muy oportunas, pero que no hicieron que
enrojeciese su nariz y yo puse de pronto el dedo en el punto débil de su
historia. Su patético pañuelo se apartó de los hermosos ojos azules y apareció
la mujer auténtica con la mentirijilla que más convenía a las circunstancias.
Inmediatamente me sentí veinte años más joven, Mister Armadale. Confieso que
pensé que estaba de nuevo en Newgate, con mi libreta de notas en la mano,
recibiendo datos para la defensa.
—¡Sólo falta, Mister Pedgift, que me diga que
Miss Gwilt ha estado en la cárcel! —exclamó, furioso, Allan.
Pedgift Senior dio unos golpecitos sobre su
caja de rapé y respondió al instante:
—Posiblemente hizo méritos suficientes para
conocer la cárcel por dentro, Mister Armadale; pero, en la época en que
vivimos, hay una razón excelente para que no haya estado nunca en ella. ¿La
cárcel, sintiendo lo que siente el público en la actualidad, para una mujer tan
encantadora como Miss Gwilt? Mi querido señor, si hubiese intentado asesinarle
a usted o asesinarme a mí, y si un juez y un jurado inhumanos hubiesen decidido
encarcelarla, el primer objetivo de la sociedad moderna habría sido impedirlo,
y, de no haberlo logrado, el segundo objetivo habría sido liberarla lo antes
posible. Lea los periódicos, Mister Armadale, y descubrirá que los tiempos no
pueden ser mejores para las ovejas negras de la comunidad... si es que son lo
bastante negras. Insisto en afirmar, señor, que en este caso tenemos que
habérnoslas con una de las más negras. Insisto en afirmar que ha tenido usted
la rara fortuna, en esta desafortunada investigación, de tropezar con una mujer
que merece ser investigada, en interés de la protección del público. Discrepe
de mí cuanto le plazca, pero no piense nada definitivo sobre Miss Gwilt hasta
que los acontecimientos decidan entre nuestras dos encontradas opiniones,
mediante la prueba que le he propuesto. La prueba no puede ser más justa. Estoy
de acuerdo con usted en que ninguna dama merecedora de este nombre intentaría
entrar en esta casa después de recibir su carta. Pero yo niego que Miss Gwilt
sea merecedora de aquel nombre, y digo que tratará de forzar su entrada aquí, a
pesar de usted.
—¡Y yo digo que no lo hará! —replicó Allan,
con firmeza.
El viejo Pedgift se retrepó en su sillón y
sonrió. Hu bo unos momentos de silencio y, en este silencio, sonó campanilla de
la puerta.
Tanto el abogado como su cliente miraron, con
expectación, en dirección al vestíbulo.
—¡No! —gritó Allan, más irritado que nunca.
—¡Sí! —dijo Pedgift Senior, contradiciéndole
con la mayor cortesía.
Esperaron a ver qué pasaba. Oyeron que se
abría la puerta de la casa, pero la habitación en que se hallaban estaba
demasiado lejos de aquélla para que pudiesen distinguir las voces. Después de
un largo intervalo de expectación, oyeron por fin que se cerraba la puerta.
Allan se levantó impetuosamente y tocó la campanilla. El viejo Mr. Pedgift
permaneció sublimemente tranquilo y aspiró, con delicada satisfacción, la mayor
pulgarada de rapé que había tomado hasta entonces.
—¿Ha preguntado alguien por mí? —preguntó
Allan en cuanto entró el criado.
El hombre miró a Pedgift Senior con una
expresión de indecible respeto y respondió:
—Miss Gwilt.
—No quisiera pavonearme ante usted, señor
—dijo el viejo Mr. Pedgift, cuando el criado se hubo retirado—. Pero ¿qué
piensa usted ahora de Miss Gwilt?
Allan sacudió la cabeza en silencio,
desanimado y afligido.
—El tiempo apremia, Mister Armadale. Después
de lo que acaba de ocurrir, ¿tiene todavía algo que objetar a la acción que he
tenido el honor de proponerle?
—No puedo desacreditarla ante el vecindario,
Mister Pedgift —dijo Allan—. Prefiero quedar yo mismo desacreditado... como ya
lo estoy.
—Permita que plantee la cuestión de otra
manera, señor. Disculpe mi insistencia. Usted ha sido muy amable conmigo y con
mi hijo, y siento por usted un interés personal, además de profesional. Si no
puede revelar personalmente el verdadero carácter de esa mujer, ¿tomará las
precauciones adecuadas para evitar que cause más daño? ¿Consentirá que la
vigilemos en secreto mientras permanezca en este lugar?
Allan sacudió la cabeza por segunda vez. —¿Es
ésta su resolución final, señor?
—Lo es, Mister Pedgift; pero, de todos modos,
quedo muy agradecido a sus consejos.
Pedgift Senior se levantó con aire de amable
resignación y cogió su sombrero.
—Buenas tardes, señor —dijo, y se encaminó
apesadumbrado hacia la puerta.
Allan se levantó a su vez, presumiendo
inocentemente que la entrevista había terminado. Las personas que conocían
mejor que él los hábitos diplomáticos de su asesor jurídico le habrían
aconsejado que no se levantase. Había llegado el momento de la «posdata de
Pedgift»; la delatora cajita de rapé del abogado estaba en aquel momento en una
de sus manos, mientras el hombre abría la puerta con la otra.
—Buenas tardes —dijo Allan.
Pedgift Senior abrió la puerta, se detuvo,
reflexionó, cerró de nuevo la puerta, retrocedió misteriosamente con la
pulgarada de rapé en suspenso entre la cajita y la nariz, y repitiendo su
invariable fórmula de «A propósito, se me acaba de ocurrir una cosa», volvió a
sentarse tranquilamente en el sillón vacío.
Allan, intrigado, se sentó a su vez en el
sillón del que acababa de levantarse. Abogado y cliente se miraron una vez más,
y empezó de nuevo la larga entrevista.
CAPÍTULO VI
LA POSDATA DE PEDGIFT
—He dicho que se me acaba de ocurrir una cosa,
señor —observó el viejo Pedgift.
—En efecto —dijo Allan.
—¿Le gustaría saber qué es, Mister Armadale?
—Por favor —dijo Allan.
—Con mucho gusto, señor. Ésta es la cuestión.
Si no puede hacerse nada más, considero sumamente importante someter a Miss
Gwilt a una secreta vigilancia mientras permanezca en Thorpe-Ambrose. Y cuando
iba a salir, se me ha ocurrido pensar que, si no está usted dispuesto a hacerlo
por su propia seguridad, tal vez lo estará por la seguridad de otra persona.
—¿Qué otra persona? —preguntó Allan.
—Una joven que es vecina de usted, señor. Le
diré su nombre, en confianza. Miss Milroy
Allan se sobresaltó y cambió de color.
—¿Miss Milroy? —repitió—. ¿Puede estar ella
implicada en este desgraciado asunto? Confío en que no sea así, Mister Pedgift;
sinceramente lo deseo.
—Esta mañana he realizado una visita al
cottage, en su interés, señor —siguió diciendo el viejo Pedgift—. Voy a decirle
lo que pasó allí, y usted juzgará. El comandante Milroy había estado expresando
su opinión acerca de usted con bastante libertad, y consideré sumamente
conveniente hacerle una advertencia. Es lo que hay que hacer con esos hombres
de cabeza hueca, pues los razonamientos no sirven para vencer su obstinación,
ni para calmar su violencia. Como le decía, señor, esta mañana e ido a su casa.
El comandante y Miss Neelie estaban ambos en el salón; la señorita no parecía
tan linda como de costumbre; pensé que estaba pálida, cansada y angustiada. El
comandante de cabeza hueca (yo no daría ni así por el cerebro de un hombre que
puede pasar la mitad de su vida construyendo un reloj) se levantó de un salto
y, con aire altivo, trató de mirarme por encima del hombro. ¡Ja, ja! ¡Como si
alguien pudiese mirarme por encima del hombro a mi edad! Me comporté como un
cristiano: saludé amablemente al viejo relojero. «Buenos días, comandante», le
dije. «¿Tiene algún asunto pendiente conmigo?», preguntó él. «Sólo deseo
decirle unas palabras», dije yo. Miss Neelie, como joven educada que es, se
levantó para salir de la estancia, ¿y qué hizo su ridículo padre? La detuvo.
«No hace falta que te vayas, querida, no tengo nada que hablar con Mister
Pedgift», dijo el viejo idiota del militar y, volviéndose a mí, trató de nuevo
de mirarme por encima del hombro. «Usted es el abogado de Mister Armadale
—dijo—, si viene por algún asunto relativo a Mister Armadale, tendrá que hablar
con mi propio abogado.» (Su abogado es Darch, y puedo asegurarle que a Darch no
le han quedado ganas de enfrentarse conmigo.) «Ciertamente, comandante, mi
visita tiene que ver con Mister Armadale —le dije—, pero no concierne a su
abogado..., al menos por ahora. Deseo advertirle que suspenda su opinión sobre
mi cliente, y que, si no está dispuesto a hacerlo, que tenga mucho cuidado en
cómo la expresa en público. Le advierto que llegará nuestro turno, ¡y que aún
no se ha dicho la última palabra en el escándalo sobre Miss Gwilt!» Me pareció
probable que el hombre perdería los estribos cuando se viese acosado de esta
manera, y él justificó ampliamente mis previsiones. El pobre infeliz empleó un
lenguaje violento, realmente violento... ¡conmigo! Yo volví a comportarme como
un buen cristiano: le saludé amablemente con la cabeza y le deseé muy buenos
días. Cuando miré a mi alrededor para saludar también a Miss Neelie, ésta se
había marchado. Parece usted inquieto, Mister Armadale —observó Pedgift Senior,
al ver que Allan, sintiendo la punzada de viejos recuerdos, se levantaba de
pronto de su sillón y empezaba a pasear de un lado a otro—. No abusaré mucho
más de su paciencia, señor; iré al grano.
—Le pido disculpas, Mister Pedgift —dijo
Allan, sentándose de nuevo y tratando de mantener su compostura después de
haber evocado el abogado la imagen de Neelie.
—El caso es, señor, que salí de la casa
—siguió hablando el viejo Pedgift— y, precisamente cuando iba a pasar del
jardín al parque, ¿con quién diría que me tropecé? Pues con la propia Miss
Neelie, que por lo visto me estaba esperando. «¡Quiero hablar un momento con
usted, Mister Pedgift! —me dijo—. ¿Cree Mister Armadale que yo estoy mezclada
en este asunto?» Estaba terriblemente agitada, señor; tenía lágrimas en los
ojos, lágrimas de una clase que no estoy acostumbrado a ver en mi experiencia
profesional. Me propasé; le ofrecí el brazo y la conduje galantemente entre los
árboles. (¡Bonita posición por mi parte, si alguno de los chismosos del pueblo
hubiese andado en aquella dirección y me hubiese sorprendido!) «Querida Miss
Milroy —le dije—, ¿por qué habría de pensar Mister Armadale que está usted
mezclada en esto?»
—¡Hubiese debido usted decirle en el acto que
yo no pensaba nada de eso! —exclamó Allan, con indignación—. ¿Por qué permitió
que ella lo dudase un solo instante?
—Porque soy abogado, Mister Armadale —respondo
secamente Pedgift Senior—. Ni siquiera en momentos sentimentales, al amparo de
los árboles y con una linda joven del brazo, puedo prescindir enteramente de mi
cautela profesional. ¡No se aflija, señor, se lo ruego! Puse la cosa en claro a
su debido tiempo. Antes de separarme de Miss Milroy, le dije lisa y llanamente
que jamás había pasado tal idea por su cabeza.
—¿Pareció ella aliviada? —preguntó Allan.
—Pudo prescindir del apoyo de mi brazo,
señor—respondió el viejo Pedgift, con la misma sequedad que antes— y conminarme
para que guardase en secreto el tema de nuestra conversación. Estaba
particularmente deseosa de que usted no supiese nada de ello. Y si usted desea
por su parte saber por qué estoy ahora traicionando su confianza, permita que
le diga que sus confidencias se referían nada menos que a la dama que hace un
momento le ha hecho a usted el honor de llamar a su puerta: Miss Gwilt.
Allan, que había vuelto a su impaciente paseo
por la estancia, se detuvo y volvió a su sillón.
—¿Es algo grave? —preguntó.
—Gravísimo, señor —respondió Pedgift—. Si
estoy traicionando el secreto de Miss Neelie, es precisamente en interés de
ésta. Volvamos a la cautelosa pregunta que le hice. Le resultó un poco difícil
contestarla, pues la respuesta exigía una narración de la conversación de
despedida entre ella misma y su institutriz. En substancia, discurrió así. Las
dos estaban solas cuando Miss Gwilt se despidió de su discípula, y las palabras
que empleó (según me las repitió Miss Neelie) fueron las siguientes: «Su madre
no ha querido permitir que me despidiese de ella. ¿Se opone usted también?» La
respuesta de Miss Neelie fue notablemente sensata para una joven de su edad.
«No hemos sido buenas amigas —dijo—, y creo que las dos nos alegramos por igual
de separarnos. Pero esto no impide que quiera despedirme de usted.» Dicho lo
cual, le tendió la mano. Miss Gwilt la miró fijamente, sin tomar la mano que la
joven le ofrecía, le dijo estas palabras: «Todavía no es usted Mistress
Armadale.» ¡Calma, señor! Tómelo con calma. No es de extrañar que una mujer,
consciente de sus propios designios mercenarios en lo que a usted respecta,
atribuya los mismos propósitos a una damita que, además, es su vecina más
próxima. Permítame proseguir. Miss Neelie, según su propia confesión (y creo
que era natural), se indignó sobremanera. Respondió: «¿Cómo se atreve a
hablarme así, desvergonzada criatura?» La réplica de Miss Gwilt fue bastante
singular; por lo visto, su indignación era fría y venenosa. «Todavía nadie me
ha injuriado, Miss Milroy, sin tener que arrepentirse de ello más pronto o más
tarde —dijo—. Y usted se arrepentirá amargamente.» Se quedó un momento mirando
a su discípula en terrible silencio, y salió de la habitación. Parece que la
imputación hecha a Miss Neelie en relación con usted la afectó mucho más que la
amenaza. Sabía ya, como lo sabían todos los de la casa, que ciertas gestiones
realizadas por usted en secreto en Londres habían provocado la renuncia
voluntaria de Miss Gwilt a su empleo. Y ahora infería, por las palabras que le
habían sido dirigidas, que Miss Gwilt pensaba que era ella quien había montado
aquella operación para perjudicar a su institutriz y granjearse la estimación
de usted. ¡Calma, calma, señor! Todavía no he terminado. En cuanto Miss Neelie
se hubo recobrado, subió a hablar con Mrs. Milroy. La abominable acusación de
Miss Gwilt la había pillado por sorpresa, y acudió ante todo a su madre, en
busca de ilustración y de consejo. No obtuvo ninguna de ambas cosas. Mrs.
Milroy declaró que había estado demasiado enferma para enterarse del asunto y
que seguía estando demasiado enferma para intervenir ahora en él. Miss Neelie
acudió entonces a su padre. El comandante la interrumpió en el momento en que
pronunció el nombre de usted; declaró que no permitiría que fuese mencionado
por ningún miembro de su familia. Desde entonces hasta ahora, permaneció a
oscuras, sin saber si había sido desvirtuada por Miss Gwilt, ni qué clase de
falsedades había sido usted inducido a creer acerca de ella. A mi edad, y dada
mi profesión, no alardeo de tener un corazón demasiado blando. Pero creo,
Mister Armadale, que la posición de Miss Neelie merece toda nuestra compasión.
—¡Haré lo que sea para ayudarla! —exclamó
impulsivamente Allan—. Usted ignora, Mister Pedgift, las razones que tengo...
—Se interrumpió y repitió confusa y ansiosamente sus primeras palabras—: Haré
lo que sea..., ¡haré cuanto sea preciso para ayudarla!
—¿Lo dice en serio, Mister Armadale? Perdone
que se lo pregunte..., pero es que, realmente, ¡puede usted ayudar a Miss
Neelie, si decide hacerlo!
—¿Cómo? —preguntó Allan—. ¡Dígame solamente
cómo!
—Autorizándome, señor, para protegerla de Miss
Gwilt.
Después de este disparo a quemarropa sobre su
cliente, el astuto abogado esperó un poco, para dejar que surtiese efecto antes
de añadir palabra.
El rostro de Allan se ensombreció, y el joven
rebulló inquieto en su sillón.
—Su hijo es duro de pelar, Mister Pedgift
—dijo—. Pero usted lo es todavía más.
—Gracias, señor —repuso inmediatamente
Pedgift—, gracias en nombre de mi hijo y en el mío, por este generoso cumplido.
Si quiere realmente ser útil a Miss Neelie —prosiguió, más seriamente—, le he
mostrado el camino. Nada podría usted hacer para tranquilizarla que yo no haya
hecho ya. En cuanto le hube asegurado que usted no se había formado ningún
concepto erróneo de su conducta, se marchó muy satisfecha. La amenaza de su
institutriz al despedirse parece que se borró de su memoria. ¡Pero puedo
asegurarle, Mister Armadale, que no se ha borrado de la mía! Ya conoce mi
opinión sobre Miss Gwilt, y sabe lo que ha hecho Miss Gwilt esta misma tarde
para confirmar esta opinión. Después de todo lo sucedido, ¿puedo preguntarle si
cree usted que es capaz de contentarse con vanas amenazas?
La pregunta puso a Allan en un brete. Obligado
a retirarse paso a paso de la posición que había ocupado al principio de la
entrevista, por la fuerza irresistible de los hechos, Allan mostró por primera
vez síntomas de que empezaba a ceder en el asunto de Miss Gwilt.
—El camino que ha mencionado usted, ¿es el
único que existe para proteger a Miss Milroy? —preguntó, con inquietud.
—¿Cree usted que el comandante le escucharía,
señor, si hablase con él? —preguntó sarcásticamente Pedgift Senior—. En cuanto
a mí, mucho me temo que no me honraría prestándome atención. ¿O tal vez
preferiría asustar a Miss Neelie, diciéndole por las claras que los dos
pensamos que está en peligro? ¿O enviarme a Miss Gwilt para decirle que ha
cometido una cruel injusticia con su discípula? Proverbialmente, las mujeres no
atienden a razones, y difícilmente están dispuestas a cambiar de opinión sobre
otra mujer, sobre todo si piensan que ésta ha destruido sus planes de hacer una
buena boda. Y no lo digo por mí, Mister Armadale: yo no soy más que un abogado
y, como tal, impermeable a otra lluvia de lágrimas que pudiese verter Miss
Gwilt sobre mí.
—¡Maldita sea, Mister Pedgift! —gritó Allan,
perdiendo al fin su compostura—. ¿Quiere decirme claramente lo que piensa
hacer?
—Hablando claro, Mister Armadale, quiero
vigilar en secreto los movimientos de Miss Gwilt, mientras permanezca en esta
vecindad. Encontraré la persona que la observe con delicadeza y discreción. Y
me comprometo a interrumpir esta inofensiva vigilancia de sus acciones si,
dentro de una semana, no existen buenas razones, a su satisfacción, para
continuarla. Hago esta moderada proposición, señor, en el convencimiento de que
es en interés de Miss Milroy, y ahora espero su respuesta: sí o no.
—¿No puedo tomarme algún tiempo para pensarlo?
—preguntó Allan, apelando al último y desesperado recurso de buscar amparo en
la demora.
—Desde luego, Mister Armadale. Pero, mientras
lo piensa, no olvide que Miss Milroy tiene la costumbre de pasear sola por el
parque, sin sospechar que puede estar en peligro, y que Miss Gwilt puede
aprovecharse de esta circunstancia cuando mejor le parezca.
—¡Haga lo que quiera! —exclamó, desesperado,
Allan—. Y por el amor de Dios, ¡no me atormente más!
El prejuicio popular puede negarlo, pero la
profesión de abogado es prácticamente una profesión cristiana, al menos en un
aspecto. De todas las copiosísimas respuestas que recibe la humanidad de labios
de los abogados, ninguna más eficaz que «la respuesta suave que aplaca la ira».
Pedgift Senior se puso en pie con la agilidad de la juventud en sus piernas y
la prudente moderación de los años en la lengua.
—Muchas gracias, señor —dijo—, por la atención
que me ha prestado. Le felicito por su decisión y le deseo muy buenas noches.
Esta vez, la cajita delatora del rapé no
estaba en su mano cuando abrió la puerta, y el hombre se marchó
definitivamente, sin volver atrás para una segunda posdata.
Cuando se quedó solo, Allan hundió la cabeza
sobre el pecho.
«¡Si al menos estuviésemos al final de la
semana! —pensó, tristemente—. ¡Si al menos hubiese vuelto Midwinter!»
Mientras su cliente expresaba estos deseos, el
abogado subió alegremente a su calesa.
—¡Arre, vieja! —gritó Pedgift Senior,
golpeando a la trotona yegua con la punta del látigo—. Jamás hice esperar a una
dama... ¡y esta noche tengo que habérmelas con una de tu propio sexo!
CAPÍTULO VII
EL MARTIRIO DE MISS GWILT
Las afueras de la pequeña población de
Thorpe-Ambrose, en el lado más próximo a «la casa grande», se ha ganado cierta
fama local por poder exhibir el barrio más bonito, entre los de su clase, que
puede encontrarse en el este de Norfolk. Aquí, las villas y los jardines están
en su mayoría constituidos y dispuestos con un gusto excelente; los árboles
están en la flor de la vida, y el campo comunal, más allá de las casas, se
eleva y desciende en una pintoresca y deliciosa variedad de niveles. La élite y
las bellas de la villa suelen elegir este lugar para el paseo de la tarde, y si
el forastero que quiere dar unas vueltas por el lugar deja la iniciativa al
cochero, éste le lleva ante todo al campo comunal, como si fuese de rigor.
En el lado opuesto de la población, es decir,
el más dejado de «la casa grande», los suburbios (en el año mil ochocientos
cincuenta y uno) eran indefectiblemente considerados como un tema desagradable
por todas las personas celosas de la reputación de la villa.
Aquí, la naturaleza era inhóspita; la gente
era pobre, y el progreso social, reflejado en la forma de las construcciones,
se hallaba trágicamente interrumpido. Las calles más y más mezquinas al
alejarse del centro de la población, con sus casas cada vez menores, se perdían
en descampados salpicados de casitas aisladas y esqueléticas. Por estos
andurriales, hubiérase dicho que todos los constructores habían abandonado sus
obras en la primera fase de su realización. Los dueños plantaban estacas en sus
pobres parcelas y, mientras anunciaban tristemente que estaban en venta para la
construcción, cultivaban mieses enfermizas, desesperando de encontrar quien las
comprase. Todos los papeles viejos de la población parecían volar hacia este
sitio olvidado, y todos los niños quejumbrosos iban allí a llorar bajo el
cuidado de unas niñeras tan desaseadas que por sí solas habrían desprestigiado
el lugar. Si alguien de Thorpe-Ambrose tenía intención de enviar un caballo
viejo a los matarifes, seguro que el jamelgo esperaría su triste destino en un
campo de este lado de la población. Ninguna planta florecía en estas regiones
desérticas, donde sólo crecían los montones de desperdicios, y ningún ser se
regocijaba aquí, salvo las criaturas de la noche, salvo las chinches en las
camas y los gatos en los tejados. Se había puesto el sol, y la luz del
crepúsculo estival iba menguando. Los niños quejumbrosos lloraban en sus cunas;
el caballo destinado al matadero dormitaba abandonado en el campo de su
encierro; los gatos acechaban en los rincones, en espera de la noche. Pero una
figura humana apareció en el suburbio solitario: la figura de Mr. Bashwood.
Sólo un débil sonido turbó el lúgubre silencio: el sonido de las blandas
pisadas de Mr. Bashwood.
Avanzando lentamente entre los montones de
ladrillos que se alzaban a intervalos a lo largo de la calle, evitando con
cuidado la chatarra y las tejas rotas desparramadas en su camino, Mr. Bashwood
caminó desde la dirección del campo hacia una de las calles sin terminar del
suburbio. Su apariencia personal había sido visiblemente objeto de atención
especial. Sus dientes postizos eran blancos y brillantes; su peluca había sido
minuciosamente cepillada; su fúnebre atuendo, totalmente renovado, tenía el feo
lustre de la tela negra barata. Se movía con nerviosa desenvoltura y miraba a
su alrededor sonriendo tontamente. Al llegar a las primeras casitas
esqueléticas, sus ojos acuosos se fijaron por primera vez en la calle que tenía
delante. Un momento después, pareció sobresaltarse, respiró más de prisa y se
apoyó, temblando y poniéndose colorado, en la pared sin terminar que tenía al
lado. Una dama, todavía a cierta distancia, avanzaba en su dirección a lo largo
de la calle.
—¡Ahí viene! —murmuró, con una extraña mezcla
de arrobamiento y de miedo, palideciendo y coloreándose alternativamente su
macilento rostro—. ¡Quisiera ser el suelo que pisa! ¡Quisiera ser el guante que
cubre su mano!
Pronunció estas palabras estrafalarias con
tanto entusiasmo, con una intensidad tan concentrada, que su escuálida figura
se estremeció desde la cabeza hasta los pies.
La dama se fue acercando, delicada y
graciosamente, hasta que reveló a los ojos de Mr. Bashwood lo que el instinto
de éste había reconocido desde el primer momento: la cara de Miss Gwilt.
Ésta vestía con exquisita y expresiva
modestia. Cubría su cabeza con el sombrero de paja más sencillo que había
podido encontrar, ribeteado con la cinta blanca más barata. Una pobreza humilde
y digna se manifestaba en la pulcritud inmaculada de la discreta falda de su
ligero vestido estampado y en la pequeña pañoleta de seda negra y barata que
llevaba sobre aquél, con un sencillo fleco del mismo material. Los brillantes
cabellos rojos estaban trenzados en forma de corona sobre la frente, con un
mechón perfectamente rizado cayendo sobre el hombro izquierdo. Los guantes,
ajustados a sus manos como una segunda piel, eran de ese serio color marrón que
tarda más en dar señales de desgaste. Con una mano, recogía delicadamente la
falda sobre la suciedad de la calle, y en la otra llevaba un ramillete de las
más corrientes flores de jardín. Avanzaba silenciosa y suavemente, haciendo
ondular rítmicamente el vestido estampado; con el rizado mechón oscilando al
soplo de la brisa del atardecer, y un poco baja la cabeza, mirando al suelo:
así, su andar, su aspecto y sus modales, reflejados en cada uno de sus
movimientos, expresaban esa mezcla sutil de voluptuosidad y de modestia que,
entre los muchos atractivos femeninos, es el más irresistible a los ojos de los
hombres.
—¡Mister Bashwood! —exclamó con voz fuerte y
clara, indicadora del mayor asombro—. ¡Qué sorpresa encontrarle a usted aquí!
Pensaba que sólo los moradores desgraciados se aventuraban en esta parte de la
población. ¡Cuidado! —añadió rápidamente, en voz baja—. No se equivocó cuando
oyó decir que Mister Armadale me haría seguir y vigilar. Hay un hombre detrás
de una de las casas. Debemos hablar en voz alta de cosas indiferentes y como si
nos hubiésemos encontrado por casualidad. Pregúnteme lo que estoy haciendo.
¡Fuerte! ¡Sin ambages! Si no deja de temblar y no hace lo que le digo, no
volverá a verme nunca más.
Hablaba con implacable despotismo, ejerciendo
despiadadamente su poder sobre la débil criatura a quien se dirigía. Mr.
Bashwood la obedeció, en tono tembloroso por la agitación, y con unos ojos que
devoraban su belleza con la extraña fascinación del terror y del placer.
—Estoy tratando de ganar un poco de dinero
dando lecciones de música —dijo ella, en voz lo bastante alta para que lo oyese
el espía—. Si puede usted recomendarme a algún discípulo, Mister Bashwood, le
quedaré muy agradecida. ¿Ha estado hoy en la casa? —siguió diciendo, bajando de
nuevo la voz—. ¿Ha estado Mister Armadale cerca del cottage? ¿Ha salido Miss
Milroy al jardín? ¿No? ¿Está usted seguro? Obsérveles mañana y pasado mañana y
el día siguiente. Seguro que volverán a encontrarse, y quiero y debo saberlo.
Pregúnteme lo que cobro por mis lecciones de música. ¿Por qué está asustado?
Ese hombre me persigue a mí, no a usted. Hable más alto que cuando me ha
preguntado lo que estaba haciendo; hable fuerte, o no volveré a confiar en
usted y acudiré a otra persona.
Mr. Bashwood obedeció una vez más.
—No se enfade conmigo —murmuró débilmente,
después de haber preguntado lo que ella le había ordenado—. Mi corazón late con
demasiada fuerza... ¡Usted me está matando!
—¡Mi pobre y querido viejo! —murmuró ella,
cambiando súbitamente de actitud, con natural y satírica ternura—. ¿De qué le
sirve el corazón a su edad? Esté aquí mañana, a la misma hora, y dígame lo que
ha visto en la finca. Cobro solamente cinco chelines por lección —prosiguió,
hablando fuerte—. Estoy segura de que no es mucho, Mister Bashwood; mis
lecciones son muy largas, por lo que resultan a mitad de precio. —Bajó de nuevo
el tono de la voz y le miró de una manera que le sometió al instante a su
voluntad—. ¡No pierda de vista mañana a Mister Armadale! Si aquella niña
consigue hablar con él y yo no me entero, ¡pobre de usted! Pero si me lo dice,
¡le daré un beso! Ahora déme las buenas noches y vaya hacia la villa; yo iré
por otro camino. No lo necesito: no me da miedo el hombre que se oculta detrás
de las casas, puedo apañármelas sola. Déme las buenas noches y dejaré que
estreche mi mano. Dígalo más fuerte y le daré una de mis flores, si me promete
no enamorarse de ella. —Levantó de nuevo la voz—. ¡Buenas noches, Mister
Bashwood! No olvide mis condiciones. Cinco chelines por lección de una hora,
con lo que a mis discípulos les resulta a mitad de precio. Una gran ventaja,
¿no?
Puso una flor en su mano; frunció el ceño para
imponerle obediencia y sonrió para recompensarle; se recogió de nuevo la falda
para librarla de la suciedad del suelo, y siguió su camino con exquisita e
indolente deliberación, como sigue un gato su camino cuando se ha cansado de
divertirse espantando a un ratón.
Cuando se quedó solo, Mr. Bashwood se acercó a
la pared más próxima y, apoyándose cansadamente en ella, miró la flor que
llevaba en la mano. Su existencia pasada le había enseñado a soportar las
desgracias y los insultos como pocos hombres más afortunados hubiesen podido
soportar; pero no le había preparado para sentir por primera vez la pasión
dominante de la humanidad, precisamente cuando su vida tocaba tristemente a su
fin, cuando experimentaba la inevitable decadencia de una virilidad que se
había marchitado bajo la doble aflicción de las desinencias conyugales y las
penas causadas por los hijos.
—¡Oh, si pudiese volver a ser joven! —murmuró
el pobre infeliz, apoyando los codos en la pared y tocando la flor con los
secos y febriles labios, en un furtivo arranque de ternura—. ¡Yo le habría
gustado cuando tenía veinte años! —Se irguió de pronto y miró a su alrededor,
vagamente desconcertado y aterrorizado—. Ella me dijo que me fuese a casa
—farfulló—. ¿Por qué me detengo aquí? Se volvió y echó a andar a toda prisa,
con tanto miedo de que ella se enfadase si volvía la cabeza y le veía, que no
se aventuró a mirar atrás y no vio al espía que seguía a la mujer amparándose
en las casas vacías y en los montones de ladrillos de los lados de la calle.
Pausada y delicadamente, cuidando de preservar
la inmaculada integridad de su vestido, sin apresurar nunca su paso ni mirar a
la derecha o a la izquierda, Miss Gwilt siguió su camino hacia el campo
despejado. La calle suburbana se bifurcaba al final en dos direcciones. A la
izquierda, un camino serpenteaba a través de un soto descuidado, hacia los
pastos de una finca vecina. A la derecha, otro camino conducía a la carretera
principal, cruzando un yermo altozano. Después de detenerse un momento para
reflexionar, pero evitando mirar hacia atrás para no revelar al espía que se
había percatado de su presencia, Miss Gwilt eligió el camino del altozano.
«Allí le pillaré», dijo para sus adentros, mirando tranquilamente la línea
recta del camino desierto que se extendía ante ella. Una vez en el terreno que
había elegido para sus fines, se enfrentó a las dificultades de su posición con
un tacto y un aplomo perfectos. Después de caminar unas treinta yardas, dejó
caer el ramillete, se volvió a medias, se agachó para recogerlo, vio que el
hombre se detenía en el mismo instante detrás de ella, e inmediatamente
reemprendió la marcha, acelerando poco a poco el paso, hasta caminar le más de
prisa que podía. El espía cayó en la trampa. Viendo que se acercaba la noche y
temiendo perder de vista a Ia mujer en la oscuridad, redujo rápidamente la
distancia entre ellos. Miss Gwilt siguió andando con rapidez, hasta que oyó
claramente las pisadas del hombre detrás de ella. Entonces se detuvo, se volvió
y al cabo de un moment' los dos se encontraron cara a cara.
—Salude de mi parte a Mister Armadale —dijo
ella—- y dígale que le he sorprendido espiándome.
—Yo no la estoy espiando, señorita —replicó el
hombre, pillado desprevenido por la desenvoltura y la claridad con que ella se
le había encarado.
Miss Gwilt le miró desdeñosamente de arriba
abajo. Era un hombre enclenque y bajito. Ella era la más alta y /probablemente)
la más vigorosa de los dos.
—Quítese el sombrero, patán, cuando hable con
una dama —dijo, y de un manotazo le arrojó el sombrero a un charco de agua que
había al otro lado de la cuneta.
Esta vez el espía estaba en guardia. Sabía tan
bien como Miss Gwilt el uso que ésta podía hacer de los preciosos minutos si él
le volvía la espalda y cruzaba la cuneta para recobrar su sombrero.
—Tiene suerte de ser una mujer —dijo,
frunciendo el entrecejo y mirándola fijamente bajo la escasa luz crepuscular.
Miss Gwilt miró de reojo el camino y vio, en
la creciente oscuridad, la figura de un hombre solitario que avanzaba
rápidamente en su dirección. Algunas mujeres habrían observado con cierta
ansiedad la llegada de un desconocido a tales horas y en un lugar tan desierto.
Miss Gwilt confiaba demasiado en sus propias dotes de persuasión para no dar
por descontada de antemano la ayuda de un hombre, porque, fuese quien fuere,
era un hombre. Se volvió al espía con redoblada confianza en sí misma y, por
segunda vez, le miró desdeñosamente de los pies a la cabeza.
—Me pregunto si soy lo bastante vigorosa para
lanzarle detrás de su sombrero. Lo pensaré.
Dio unos pasos en dirección a la figura que se
acercaba por el camino. El espía la siguió de cerca.
—Inténtelo —dijo brutalmente él—. Es usted muy
guapa y será para mí un placer que me rodee con sus brazos si así lo desea.
Mientras pronunciaba estas palabras, vio
también al desconocido. Retrocedió un paso y esperó. Miss Gwilt, por su parte,
dio un paso adelante y esperó también.
El desconocido se acercó, con el paso ligero
del andarín consumado, balanceando un bastón en la mano y llevando una mochila
sobre la espalda. Unos pasos más, y su cara se hizo visible. Era un hombre
moreno, de cabellos negros sucios de polvo, y sus ojos también negros miraban
fijamente el camino que se extendía ante él.
Miss Gwilt avanzó, con las primeras señales de
agitación que había dado hasta entonces.
—¿Será posible? —dijo con voz suave—. ¿Puede
ser realmente usted?
Era Midwinter, que volvía a Thorpe-Ambrose
después de dos semanas por los páramos de Yorkshire.
Se detuvo y la miró, sorprendido y pasmado. La
imagen de aquella mujer estaba precisamente en su pensamiento cuando ella le
había hablado.
—¡Miss Gwilt! —exclamó, tendiendo
mecánicamente la mano.
Ella la tomó y la estrechó suavemente.
—Me habría alegrado de verle en cualquier
momento —dijo—. Pero no sabe cuánto me alegro de verle ahora. Me gustaría que
le dijese unas palabras a ese hombre. Me ha estado siguiendo y molestando desde
que he salido de la villa.
Midwinter avanzó sin decir nada. Aunque la luz
era muy débil, el espía vio lo que se le venía encima, y, volviéndose al
instante, saltó al otro lado de la cuneta. Antes de que Midwinter pudiese
seguirle, Miss Gwilt apoyó una mano en el hombro de éste.
—No —dijo—. Usted no sabe para quien trabaja.
Midwinter se detuvo y la miró.
—Desde que se marchó, han ocurrido cosas raras
—siguió diciendo ella—. Me he visto obligada a dejar mi empleo y soy seguida y
vigilada por un espía a sueldo. No me pregunte quién me obligó a renunciar a mi
posición y quién paga al espía..., al menos por ahora. No puedo resolverme a
decírselo hasta que me haya serenado un poco. Deje que se marche ese
desgraciado. ¿Le importan acompañarme hasta el lugar donde resido? Le viene de
camino. ¿Puedo... puedo pedirle el apoyo de su brazo? EI poco valor que tengo
está a punto de agotarse. —Le asió del brazo, arrimándose a él. La mujer que
acababa de tiranizar a Mr. Bashwood había dejado de existir, lo mismo que la
que había lanzado al charco el sombrero del espía. Una criatura tímida,
encogida, interesante, se escondía debajo ¿e la blanca piel y temblaba sobre
las piernas simétricas de Miss Gwilt. Se llevó el pañuelo a los ojos—. Dicen
que la necesidad no tiene leyes —murmuró débilmente—. Le estoy tratando como a
un viejo amigo. ¡Sabe Dios cuánto lo necesito!
Echaron a andar hacia la población. Ella se
recobró con conmovedora entereza; guardó el pañuelo en el bolsillo y desvió la
conversación hacia el viaje de Midwinter.
—Ya hace usted bastante soportando mi peso
—dijo, apretándole delicadamente el brazo—. No debo afligirle además. Dígame lo
que ha estado haciendo y las cosas que ha visto. Hábleme de su viaje y así
podré dejar de pensar en mí misma.
Llegaron a su modesta y pequeña vivienda, en
el triste y pequeño suburbio. Miss Gwilt suspiró y se quitó el guante antes de
dar la mano a Midwinter.
—Me he refugiado aquí —le dijo simplemente—.
Es una casita limpia y tranquila... Soy demasiado pobre para esperar o querer
algo más. Ahora supongo que debemos despedirnos, a menos... —Vaciló
modestamente y miró rápidamente a su alrededor para asegurarse de que no eran
observados—. A menos que quiera usted entrar y descansar un poco. ¡Le estoy tan
agradecida, Mister Midwinter! ¿Cree que hay algo malo en que le ofrezca una
taza de té?
La influencia magnética de su contacto pasó
como una corriente por el cuerpo del hombre. El cambio y la ausencia, que había
esperado que debilitarían la pasión que ella había despertado en él, la habían
fortalecido traidoramente. Hombre excepcionalmente sensible, excepcionalmente
puro en su vida pasada, se hallaba ahora, en la tentadora reserva de la noche,
frente a la primera mujer que había ejercido sobre él la influencia totalmente
absorbente de su sexo. A su edad y en su posición, ¿quién hubiese podido
rehusar? Ningún hombre (con temperamento de hombre) habría podido hacerlo.
Midwinter entró.
Un muchacho de aspecto estúpido y soñoliento
abrió la puerta de la casa. Incluso él, por ser varón, se animó bajo la
influencia de Miss Gwilt.
—La tetera, John —dijo amablemente ella—, y
otra taza con su platito. Tomaré prestada tu vela para alumbrar la escalera, y
esta noche no volveré a molestarte.
John se mostró al instante activo y despierto.
—No es molestia, señorita —dijo, con torpe
urbanidad.
Miss Gwilt tomó la vela y sonrió.
—¡Qué buena es la gente conmigo! —murmuró
candidamente a Midwinter, mientras subía la escalera en dirección al pequeño
cuarto de estar del primer piso.
Encendió las velas y, volviéndose rápidamente
a su invitado, le detuvo al intentar él desprender la mochila de sus hombros.
—No —dijo amablemente—. En los viejos tiempos,
había ocasiones en que las damas desarmaban a sus caballeros. Pido el
privilegio de desarmar a mi caballero.
Sus hábiles dedos interceptaron los de él
sobre las correas y las hebillas y desprendieron la polvorienta mochila antes
de que él pudiese impedir que la tocase.
Se sentaron a la única mesita de la
habitación. Ésta estaba pobremente amueblada, pero, en la disposición de los
pocos y sencillos objetos de adorno sobre la repisa de la chimenea, en el par
de volúmenes bellamente encuadernados de la pequeña estantería, en las flores
que había sobre la mesa y en la modesta cestita de labores sobre el antepecho
de la ventana, se percibía la delicada pulcritud de la mujer que allí moraba.
—No todas las mujeres somos coquetas —dijo
Miss Gwilt, mientras se quitaba el sombrero y la pañoleta y los dejaba
cuidadosamente sobre una silla—. No voy a entrar en mi habitación para mirarme
al espejo y acicalarme... Tiene usted que aceptarme como soy.
Sus manos se movieron ágilmente y sin ruido al
preparar el té. Sus magníficos cabellos lanzaban destellos rojos a la luz de
las velas, al volver ella la cabeza a un lado y otro, buscando las cosas que
debía poner en la bandeja. El ejercicio había acentuado el brillo de su tez y
acelerado los rápidos cambios de expresión de sus ojos: deliciosa languidez
cuando escuchaba o pensaba; despierta inteligencia cuando hablaba. En la
palabra más insignificante que salía de sus labios, en la menor cosa que hacía,
había algo que conmovía el corazón del hombre sentado ante ella. Perfectamente
modesta en sus modales, poseedora del gracioso comedimiento y del refinamiento
propios de una dama, tenía todas las cualidades que embelesan los ojos, todos
los atractivos de sirena que seducen los sentidos..., una sutil invitación en
su silencio y un hechizo sexual en su sonrisa.
—¿Me equivoco —preguntó, interrumpiendo
súbitamente la conversación que ella misma se había empeñado en iniciar sobre
el tema de la excursión de Midwinter— si pienso que tiene usted algo entre ceja
y ceja, algo que ni mi té ni mi charla pueden borrar de su cabeza? ¿Son los
hombres tan curiosos como las mujeres? Ese algo... ¿se refiere a mí?
Midwinter luchó contra la fascinación que
sentía al mirarla y escucharla.
—Estoy ansioso por saber lo que ha pasado
durante mi ausencia —dijo—. Pero lo estoy aún más por no afligirla, Miss Gwilt,
hablando de un tema doloroso. Ella le miró, con agradecimiento. —Precisamente
por usted he eludido el tema doloroso —dijo, removiendo con la cucharilla el
poso de la taza vacía—. Pero lo oirá de otros, si no lo oye de mí, y conviene
que sepa por qué me ha encontrado en esta extraña situación y por qué estoy
aquí. Para empezar, le diré una cosa. No culpo a su amigo Mister Armadale, sino
a las personas que se sirven de él. Midwinter se sobresaltó.
—¿Es posible —empezó a decir— que Allan sea de
algún modo responsable...?
Se interrumpió y miró a Miss Gwilt con
asombro. Ella le tocó ligeramente una mano.
—No se enfade conmigo por decir la verdad
—dijo—. Su amigo es el responsable de todo lo que me ha ocurrido Mister
Midwinter, aunque estoy convencida de su inocencia. Ambos somos víctimas. Él es
víctima de su posición de soltero más rico del lugar; yo soy víctima del empeño
de Miss Milroy en casarse con él.
—¿Miss Milroy? —repitió Midwinter, cada vez
más asombrado—. Bueno, el propio Allan me dijo...
Se interrumpió de nuevo.
—¿Le dijo que era yo el objeto de su
admiración? ¡Pobre muchacho! Él admira a todo el mundo..., su cabeza está casi
tan vacía como esto —dijo Miss Gwilt, mirando su taza y sonriendo. Después dejó
caer la cucharilla, suspiró y se puso nuevamente seria—. Soy culpable de dejar,
por vanidad, que me admirase —prosiguió, con aire contrito—, sin la excusa de
poder corresponder al fugaz interés que él sintió por mí. No menosprecio sus
muchas y admirables cualidades, ni la excelente posición que puede ofrecer a su
esposa. Pero nadie puede mandar en el corazón de una mujer, Mister Midwinter;
ni siquiera el dueño de Thorpe-Ambrose, que manda en todo lo demás.
Le miró fijamente a la cara mientras expresaba
este magnánimo sentimiento. Él bajó los ojos y su piel morena se oscureció aún
más. Le había dado un salto el corazón al escuchar su declaración de
indiferencia por Allan. Por primera vez desde que se conocían, consideró ahora
su interés como radicalmente opuesto al de su amigo.
—Pequé de vanidad al dejar que Mister Armadale
me admirase, y lo he pagado —siguió diciendo Miss Gwilt—. Si hubiese existido
un poco de confianza entre mi discípu-la y yo, habría podido tranquilizarla
fácilmente, dicién-dole que no hallaría ninguna rivalidad por mi parte para
convertirse en Mistress Armadale..., si podía. Pero Miss Milroy me tuvo
antipatía y desconfió de mí desde el principio. Sin duda tuvo celos de las
irreflexivas atenciones de que me hacía objeto Mister Armadale. Le interesaba
destruir el concepto, fuese cual fuera, que él tenía de mí, y e! muy probable
que recibiese ayuda de su madre. Mistress Milroy tenía también sus motivos (que
por vergüenza no puedo mencionar) para echarme de la casa. En todo caso, la
intriga dio resultado. Me he visto obligada (con la ayuda de Mister Armadale) a
dejar de servir al comandante. ¡No se enfade, Mister Midwinter! ¡No se forme
una opinión apresurada! Me atrevo a decir que Miss Milroy tiene algunas buenas
cualidades, aunque yo no haya sabido descubrirlas, y le aseguro una vez más que
no culpo a Mister Armadale; solamente culpo a las personas que se han servido
de él.
—¿Cómo puede ser él su instrumento? ¿Cómo
puede ser instrumento de sus enemigos? —preguntó Midwinter—. Disculpe mi
ansiedad, Miss Gwilt, ¡pero el buen nombre de Allan me es tan querido como el
mío!
Miss Gwilt volvió a mirarle a la cara y dejó
que su corazón se abandonase inocentemente a un arrebato de entusiasmo.
—¡Cómo admiro su ansiedad! —dijo—. ¡Cómo
admiro la angustia que siente por su amigo! ¡Oh, si las mujeres pudiésemos
contraer esta clase de amistad! ¡Oh, qué felices, qué dichosos son los hombres!
—Se le quebró la voz, y la útil taza del té absorbió su atención por tercera
vez—. Daría toda la poca belleza que poseo —declaró— por tener una amistad como
la que Mister Armadale ha encontrado en usted. Pero nunca la tendré, Mister
Midwinter, nunca la tendré. Volvamos a lo que estábamos hablando. Sólo puedo
decirle cómo se ha visto implicado Mister Armadale en mis desdichas, contándole
primero algo acerca de mí misma. Como otras muchas institutrices, he sido
víctima de tristes circunstancias domésticas. Puede ser un signo de flaqueza,
pero me horroriza exponerlas a personas extrañas. Y mi silencio acerca de mi
familia y de mis amigos me expone a ser mal interpretada por las personas de
quienes dependo. Mister Midwinter, ¿hace esto que decaiga en su estimación?
—¡De ninguna manera! —dijo fervientemente
Midwinter—. Nadie —prosiguió, pensando en su propia historia familiar— tiene
mejores razones que yo para comprender y respetar su silencio.
Miss Gwilt le asió impulsivamente la mano.
—¡Oh! —dijo—. ¡Lo supe desde el primer momento
que le vi! ¡Supe que también usted había sufrido, que tenía penas que mantenía
en secreto! ¡Extraña, extraña coincidencia! Yo creo en el mesmerismo... ¿Y
usted? —Se contuvo de pronto, y se estremeció—. Oh, ¿qué acabo de decir? ¿Qué
pensará usted de mí? —exclamó, mientras él cedía a la fascinación magnética de
su tacto y, olvidándose de todo menos de la mano cálida que tenía en la suya,
se inclinaba para besarla—. ¡Tenga piedad de mí! —dijo débilmente ella, sintiendo
el ardiente contacto de sus labios—. ¡Estoy tan sola que me tiene completamente
a su merced!
Él se volvió y ocultó la cabeza entre las
manos; estaba temblando, y ella lo vio. Le miró, ahora que él no podía verla,
con furtivo interés y con sorpresa. «¡Cuánto me ama ese hombre! —pensó—. Me
pregunto si, en otros tiempos, hubiese también yo podido amarle.»
El silencio se prolongó varios minutos.
Midwinter había sentido el llamamiento con una intensidad que ella no había
esperado ni pretendido hacerle sentir: no se atrevía a mirarla ni a hablarle de
nuevo.
—¿Quiere que continúe con mi historia?
—preguntó—. Olvidemos y perdonemos, ¿eh? —La inveterada indulgencia femenina
por toda expresión de admiración de un hombre que se mantenga dentro de los
límites del respeto a la persona, hizo que sus labios se torciesen en una
delicada sonrisa. Contempló reflexivamente su vestido y sacudió una miga de la
falda, suspirando levemente—. Le estaba diciendo —prosiguió— que me repugna
hablar con personas extrañas de mi triste historia familiar. Por esta razón,
según descubrí más tarde, quedé expuesta a las sospechas y a la malicia de Miss
Milroy. Por sugerencia de ésta (estoy segura de ello), se iniciaron
investigaciones privadas sobre la mujer que dio informes míos. Pero siento
decir que no fue esto lo peor. Por algún medio nada limpio, que ignoro en
absoluto, se abusó de la necedad de Mister Armadale, y fue a través de éste,
Mister Midwinter, como se realizó en secreto la investigación en Londres.
Midwinter se levantó de pronto de su silla y
miró a la mujer. Por muy grande que fuese la fascinación que ella ejercía sobre
él, quedó en suspenso cuando aquella decla-ración brotó al fin, lisa y
llanamente, de sus labios. La ¡niró y se sentó de nuevo, pasmado y sin
pronunciar palabra.
—Recuerde lo débil que es —suplicó
benignamente Miss Gwilt— y excúsele como yo le excuso. El pequeño accidente de
que no encontrase a la persona que respondió de mí en la dirección que le
habían dado parece que despertó, no sé por qué, las sospechas de Mister
Armadale. Sea como fuere, permaneció en Londres. Ignoro en absoluto lo que hizo
allí. Yo estaba completamente a oscuras; no sabía nada; no desconfiaba de
nadie; cumpliendo mis deberes, estaba todo lo contenta que podía estar en
compañía de una discípula cuyo afecto no había podido granjearme..., cuando una
mañana, para mi indecible asombro, el comandante Milroy me mostró unas cartas
cruzadas entre Mister Armadale y él mismo. Habló conmigo en presencia de su
esposa. ¡Pobre criatura! No le reprocho nada, pues el mal que sufre lo excusa
todo. ¡Ojalá pudiese darle a usted una idea del contenido de aquellas cartas!
Pero mi cabeza de mujer no da para más..., ¡y estaba tan confusa y afligida en
aquellos momentos...! Sólo puedo decirle que Mister Armadale decidió guardar
silencio sobre sus gestiones en Londres, en circunstancias que hacían que aquel
silencio redundase en mengua de mi prestigio. El comandante se mostró muy
amable; su confianza en mí permaneció inconmovible..., pero ¿cómo podía
prevalecer su confianza contra los prejuicios de su esposa y la mala voluntad
de su hija? ¡Oh, qué duras son las mujeres para sus congéneres! ¡Oh, qué
humilladas nos sentiríamos si los hombres supiesen cómo somos realmente! ¿Qué
podía hacer yo? No podía defenderme contra simples imputaciones, y no podía
permanecer en mi puesto después de la mancha arrojada sobre mí. Mi orgullo (que
Dios me perdone, pero fui criada como una dama y sigo siendo susceptible a
pesar de todo), mi orgullo me dictó lo que debía hacer, y renuncié a mi empleo.
¡Pero no se aflija por mí, Mister Midwinter! Las señoras de la villa me abruman
con su amabilidad; tengo buenas perspectivas para conseguir alumnos, y no tengo
que pasar por la humillación de volver a ser una carga para mis amigos. ¡Sólo
tengo una queja! Hace algunos días que Mister Armadale regresó a
Thorpe-Ambrose. Le pedí, por carta, que me concediese una entrevista; que me
dijese qué cosas horribles sospecha de mí, y que me permitiese justificarme
para recobrar su estima. ¿Quiere usted creer que se negó a recibirme, estoy
segura que no por su propia voluntad, sino bajo la influencia de otros? Es muy
cruel ¿verdad? Pero esto no es lo peor. Insiste en sospechar de mí... y es él
quien me hace vigilar. ¡Oh, Mister Midwinter no me odie por decirle lo que
tiene que saber! El hombre a quien ha visto usted persiguiéndome y asustándome
esta noche, ¡es un espía a sueldo de Mister Armadale!
Midwinter se puso nuevamente en pie, y esta
vez pudo traducir en palabras lo que pensaba.
—¡No puedo creerlo! ¡No lo creeré! —exclamó,
indignado—. Si el hombre le dijo esto, mintió. Discúlpeme, Miss Gwilt; se lo
pido de todo corazón. Por favor, no piense que dudo de usted; sólo digo que
tiene que haber un lamentable error. No estoy seguro de haber comprendido bien
todo lo que me ha dicho. Pero sí he comprendido esta última infamia de la que
cree usted culpable a Allan. ¡Le juro que él es incapaz de una cosa así! Algún
canalla ha abusado de él; algún canalla ha estado usando su nombre. Se lo demostraré,
si me da usted un poco de tiempo. Permita que me vaya y aclare esto enseguida.
No puedo perder ni un momento; sólo pensar en ello me resulta insoportable; ni
siquiera puedo gozar del placer de estar aquí. ¡Oh! —gritó, desesperadamente—.
Después de lo que ha dicho, estoy seguro de que lo siente por mí... ¡Como yo lo
siento por usted!
Calló, lleno de confusión. Los ojos de Miss
Gwilt le estaban mirando de nuevo, y la mano de Miss Gwilt se había apoyado una
vez más en la de él.
—Es usted el hombre más generoso del mundo
—dijo suavemente ella—. Creeré lo que usted me diga que he de creer. Váyase
—añadió en voz baja, soltando súbitamente su mano y apartándose de él—. Por el
bien de los dos, ¡vaya allí!
Midwinter sintió que su corazón latía más de
prisa; la miró, mientras ella se dejaba caer en una silla y se llevaba el
pañuelo a los ojos. Vaciló un momento... Después agarró la mochila del suelo y
salió precipitadamente, sin mirar atrás y sin una palabra de despedida.
Ella se levantó en cuanto se hubo cerrado la
puerta. En el instante en que se quedó a solas, se produjo un cambio en ella.
Sus mejillas palidecieron; sus ojos perdieron su belleza; su cara se endureció
terriblemente, en muda desesperación.
—Engañar a ése —dijo— es una bajeza peor de lo
que había pretendido. —Después de pasear por la habitación durante unos
minutos, se detuvo cansadamente delante del espejo de encima de la repisa de la
chimenea—. ¡Extraña criatura! —murmuró, apoyando los codos en la repisa y
dirigiéndose a su propia imagen en el espejo—. ¿Te quedaba un poco de
conciencia? ¿La ha despertado ese hombre?
El reflejo de su cara cambió poco a poco. El
color volvió de nuevo a sus mejillas, la deliciosa languidez empezó a pintarse
de nuevo en sus ojos. Sus labios se entreabrieron ligeramente y su aliento,
acelerado, comenzó a empañar la superficie del cristal. Después de un momento
de absorción en sus propios pensamientos, se echó atrás sobresaltada.
—¿Qué me pasa? —se preguntó, con un asombro
rayando en el pánico—. ¿Me habré vuelto loca, para pensar en él de esta manera?
Soltó una burlona carcajada y abrió de golpe
el escritorio de encima de la mesa.
—Ya es hora de que le diga algo a mamá Jezabel
—dijo, y se sentó para escribir a Mrs. Oldershaw.
«Me he encontrado con Mr. Midwinter en las más
afortunadas circunstancias, y he aprovechado al máximo la oportunidad. Acaba de
dejarme para ir junto a su amigo Armadale, y mañana ocurrirá una de dos cosas:
si no riñen, se me abrirán de nuevo las puertas de Thorpe-Ambrose por
intercesión de Mr. Midwinter. Si riñen, yo seré la involuntaria causa de ello,
y encontraré la manera de introducirme allí, con el fin puramente cristiano de
reconciliarles.»
Vaciló antes de continuar; escribió las
primeras palabras de la frase siguiente, las tachó, rasgó furiosamente la carta
y arrojó la pluma al otro lado de la habitación. Volviéndose rápidamente sobre
su silla, miró la que había ocupado Midwinter golpeando nerviosamente el suelo
con los pies y mordiendo su pañuelo como si fuese una mordaza. «Aunque eres muy
joven —pensó, evocando su imagen en la silla vacía—; ha habido en tu vida algo
fuera de lo común, ¡y debo y quiero saber lo que es!»
El reloj de la casa dio la hora,
interrumpiendo sus reflexiones. Miss Gwilt suspiró y, colocándose de nuevo
delante del espejo, se desabrochó cansadamente el vestido; soltó cansadamente
los gemelos de la camisa que llevaba debajo de aquél y los dejó sobre la repisa
de la chimenea. Contempló indolentemente la belleza reflejada de su cuello y de
su pecho, mientras destrenzaba los cabellos y dejaba caer la abundante melena
sobre los hombros. «¡Si me viese él ahora!», pensó. Volvió a la mesa y suspiró
de nuevo al apagar una de las velas y asir la otra con la mano. «¿Midwinter?
—dijo para sí, mientras cruzaba la puerta de su dormitorio—. Para empezar, ¡no
creo que sea su verdadero nombre!»
Transcurrió más de una hora antes de que
Midwinter llegase a la casa grande.
Aunque conocía bien el camino, se extravió dos
veces. Los sucesos de la tarde (la entrevista con Miss Gwilt, después de dos
semanas de pensar en ella; el extraordinario cambio que se había producido en
la posición de aquella mujer desde que la había visto por última vez, y el
sorprendente aserto de la complicidad de Allan) se habían aunado para sembrar
la confusión en su mente. La oscuridad de la noche nublada aumentaba su
desconcierto. Incluso las puertas familiares de Thorpe-Ambrose le resultaron
extrañas. Cuando más tarde pensó en ello, no comprendió cómo había podido
llegar hasta la casa. La fachada de ésta aparecía oscura y la puerta estaba
cerrada. Midwinter se dirigió a la parte de atrás. Un sonido de voces
masculinas llegó a sus oídos. Pronto las reconoció como las voces del primer y
el segundo criados, y el tema de la conversación era su dueño.
—Te apuesto media corona a que tendrá que
abandonar el lugar antes de que transcurra otra semana —dijo el primer criado.
—Acepto la apuesta —dijo el segundo—. No se
dejará echar de aquí tan fácilmente como te imaginas.
—¿Que no? —replicó el otro—. ¡No le dejarán en
paz si se queda aquí! Te digo una vez más que no tienen bastante con el lío en
que se ha metido. Sé de cierto que hace vigilar a la institutriz.
Al oír estas palabras, Midwinter se detuvo
mecánicamente antes de doblar la esquina de la casa. La primera duda sobre el
resultado de su proyectado llamamiento a Allan hizo que todo su cuerpo se
estremeciese con un súbito escalofrío. La influencia ejercida por la voz del
escándalo público es una fuerza que actúa contrariamente a la ley de la
mecánica ordinaria. Crece con la distribución y no con la concentración.
Podemos cerrar los oídos al primer sonido, pero cuando el eco lo reproduce una
y otra vez, es irresistible. Durante todo el camino de vuelta a la casa, el
único deseo de Midwinter había sido encontrar a Allan levantado y hablar con él
inmediatamente. Ahora, su única esperanza era ganar tiempo para enfrentarse con
las nuevas dudas y acallar los nuevos malos presagios, y su único deseo, que le
dijesen que Allan se había ido a la cama. Dio la vuelta a la esquina de la casa
y se presentó ante los hombres que fumaban sus pipas en el jardín de atrás. En
cuanto el asombro de éstos les permitió hablar, ofrecieron ir a despertar a su
señor. Allan había pensado que su amigo ya no llegaría esta noche y se había
acostado hacía media hora.
—Mi señor me ordenó con insistencia —dijo el
primer criado— que le avisase si llegaba usted, señor.
—Y yo insisto —replicó Midwinter— en que no le
moleste.
Los dos criados se miraron, extrañados,
mientras él tomaba su vela y les dejaba solos.
CAPÍTULO VIII
ELLA SE INTERPONE ENTRE ELLOS
El horario fijo para las diversas actividades
domésticas del día era algo desconocido en Thorpe-Ambrose. Irregular en todos
sus hábitos, Allan no se sometía (con la única excepción de la hora de cenar) a
normas exactas para cualquier momento del día o de la noche. Se retiraba a
descansar temprano o tarde, y se levantaba tarde o temprano, según le apetecía.
Los criados tenían prohibido despertarle, y Mrs. Gripper se había acostumbrado
a improvisar el desayuno lo mejor que podía, desde la hora en que se encendía
la cocina hasta el momento en que el reloj daba las doce del mediodía.
A eso de las nueve de la mañana después de su
llegada, Midwinter llamó a la puerta de Allan y, al entrar en la habitación, la
encontró vacía. Al preguntar a los criados, se enteró de que Allan se había
levantado aquella mañana antes de que lo hiciese el hombre que solía atenderle,
y de que el agua caliente había sido llevada a su puerta por una de las
doncellas, que ignoraba todavía el regreso de Midwinter. Nadie había visto al
dueño de la casa en la escalera o en el vestíbulo; nadie le había oído tocar la
campanilla para el desayuno como acostumbraba hacer. En una palabra, nadie
sabía nada de él, salvo lo que resultaba evidentemente claro para todos: que no
estaba en la casa.
Midwinter salió al gran pórtico. Se quedó
plantado e lo alto de la escalinata, considerando la dirección que fe bía tomar
para ir en busca de su amigo. La inesperad ausencia de Allan contribuía a
aumentar la inquieta per plejidad en que se hallaba sumida su mente. Estaba de
ese humor en que cualquier nimiedad irrita a un hombre y en que las fantasías
exaltan o deprimen irremediablemente el ánimo.
El cielo estaba nublado y el viento soplaba en
ráfagas desde el sur; cualquier entendido en cuestiones atmosféricas habría
pronosticado una lluvia inminente. Mientras Midwinter vacilaba todavía, uno de
los mozos de cuadra acertó a pasar por delante de él. Al ser interrogado,
mostró estar más informado que los criados de los movimientos de su amo. Hacía
más de una hora que había visto pasar a Allan por delante de la caballeriza y
salir por el camino de atrás hacia el parque, con un ramillete en la mano.
¿Un ramillete en la mano? Una idea
incomprensible que persistió en la mente de Midwinter mientras daba la vuelta
hacia la parte de atrás de la casa, por si encontraba a Allan en aquella
dirección. «¿Qué significa el ramillete?», se preguntó, con un sentimiento
ininteligible de irritación y dando una fuerte patada a una piedra que encontró
a su paso.
Significaba que Allan había seguido sus
impulsos como de costumbre. La única impresión agradable que había quedado en
su mente después de su entrevista con el viejo Pedgift era la que le había
producido el relato del abogado de su conversación con Neelie en el parque. El
interés de la joven en que él no la juzgase mal, tan seriamente expresada por
la hija del comandante, le daba a los ojos de Allan un atractivo irresistible,
el atractivo de la única persona entre todos sus vecinos que todavía respetaba
la opinión que pudiese tener él de ella. Sintiendo vivamente su aislamiento
social, ahora que no estaba Midwinter para hacerle compañía en la casa vacía;
ansiando, en su soledad, una palabra amable y una mirada amistosa, empezaba a
pensar con creciente remordimiento y creciente añoranza en aquella linda cara
juvenil, tan agradablemente asociada a sus primeros días felices en
Thorpe-Ambrose. Tener conciencia de un sentimiento como éste implicaba, dado el
carácter de Allan, lanzarse de cabeza y dejarse llevar adonde tal sentimiento
quisiera conducirle. La mañana anterior Jiabía salido en busca de Neelie para
ofrecerle unas flores como signo de paz, pero sin una idea clara de lo que le
diría si se encontraban, y al no hallarla en el lugar de su habitual paseo, había
insistido la mañana siguiente, con su terquedad característica, en hacer un
segundo intento con otro signo de paz a mayor escala. Ignorando todavía el
regreso de su amigo, estaba ahora a cierta distancia de la casa, registrando el
parque en una nueva dirección.
Después de caminar unos cientos de yardas más
allá de las caballerizas, sin descubrir señales de Allan, Midwinter volvió
sobre sus pasos y esperó el regreso de su amigo, paseando lentamente por el
pequeño jardín de la parte de atrás de la casa.
De vez en cuando, al pasar por delante de
ella, miraba distraídamente la habitación que había sido antaño de Mrs.
Armadale y que (gracias a su intervención) era habi-tualmente ocupada por su
hijo: la habitación con su estatuilla sobre el pedestal y sus puertas
cristaleras abriéndose al jardín, que una vez le había recordado la segunda
visión del Sueño. La Sombra del Hombre que Allan había visto plantada frente a
él en la larga ventana; la vista sobre un prado de césped y un jardín florido;
el repiqueteo de la lluvia sobre el cristal; el alargamiento del brazo de la
Sombra, y la estatuilla haciéndose añicos en el suelo: todos estos objetos y
sucesos de la escena soñada, tan vividamente presentes un día en su memoria,
eran reemplazados ahora por recuerdos ulteriores y se desvanecían en el
nebuloso trasfondo del tiempo. Podía pasar una y otra vez, solo y por delante
de la habitación, sin pensar siquiera en la barca a la deriva bajo la luz de la
luna y en el encierro nocturno en el barco encallado.
A eso de las diez, el conocido sonido de la
voz de Allan se hizo súbitamente audible en la dirección de las caballerizas.
Un momento después, su figura fue visible desde el jardín. Por lo visto su
segunda búsqueda de Neelie había terminado con un segundo fracaso. Allan
llevaba todavía el ramillete en la mano y lo ofrecía resignadamente a uno de
los chiquillos del cochero.
Midwinter dio impulsivamente un paso en
dirección a las caballerizas, pero se detuvo bruscamente. Consciente de que su
posición con respecto a su amigo se había alterado ya en relación con Miss
Gwilt, la primera visión de Allan llenó su mente de una súbita desconfianza en
la influencia de la institutriz sobre él, que era casi una desconfianza en sí
mismo. Sabía que había salido de los páramos para regresar a Thorpe-Ambrose,
con la resolución de confesar la pasión que le había dominado e insistir, en
caso necesario, en una segunda y más larga ausencia en interés del sacrificio
que estaba obligado a hacer por la felicidad de su amigo. ¿Dónde había quedado
ahora esta resolución? El descubrimiento del cambio producido en la situación
de Miss Gwilt y la declaración que ésta le había hecho voluntariamente de su
indiferencia para con Allan, habían disipado aquel propósito. Las primeras
palabras que habría dicho a su amigo al encontrarse con él, si nada hubiese
ocurrido en el camino de regreso, habían sido ya borradas de sus labios. Se
echó atrás al darse cuenta de esto y, llevado de su instintiva lealtad para con
Allan, luchó por librarse en el último momento de la influencia de Miss Gwilt.
Después de regalar el inútil ramillete, Allan
pasó al jardín y, nada más entrar en él, reconoció a Midwinter y lanzó un grito
de sorpresa y de júbilo.
—¿Estoy despierto o soñando? —exclamó, asiendo
fuertemente las dos manos de su amigo—. Mi querido y viejo Midwinter, ¿has
surgido del suelo o has caído de las nubes?
Hasta que Midwinter hubo explicado con todo
detalle el misterio de su inesperada aparición, no accedió Allan a decir algo
de sí mismo. Cuando empezó a hablar, sacudió tristemente la cabeza y bajó el
fuerte tono de su voz, después de mirar a su alrededor para asegurarse de que
ningún criado estaba escuchando.
—Desde que te marchaste y me dejaste solo, he
aprendido a ser prudente —dijo—. Mi querido amigo, ¡no tienes idea de las cosas
que han pasado y del terrible lío en que me encuentro en este instante!
—Te equivocas, Allan. He oído más de lo que
supones sobre lo ocurrido.
—¿Qué? ¿Te has enterado del follón con Miss
Gwilt? ¿De mi disputa con el comandante? ¿Del infernal escándalo en el
vecindario? No vas a decirme que...
—Sí —le interrumpió Midwinter—, me he enterado
de todo esto.
—¡Cielo santo! ¿Cómo? ¿Te detuviste en
Thorpe-Ambrose en tu camino de regreso? ¿Has estado en el café del hotel? ¿Te
has encontrado con Pedgift? ¿Has pasado por algún salón de lectura y visto lo
que llaman libertad de prensa en los periódicos de la villa?
Midwinter no respondió enseguida y miró al
cielo. Las nubes se habían ido acumulando sobre sus cabezas sin que ellos se
diesen cuenta, y empezaban a caer las primeras gotas.
—Entremos —dijo Allan—. Subiremos a desayunar
pasando por aquí.
Condujo a Midwinter a su salón particular,
pasando por la puerta cristalera abierta. El viento soplaba contra este lado de
la casa y una ráfaga de lluvia entró tras ellos. Midwinter, que fue el último
en entrar, cerró la puerta.
Allan estaba demasiado ansioso por oír la
respuesta que el mal tiempo había interrumpido, para esperar al desayuno. Se
detuvo junto a la ventana y añadió otras dos preguntas a la serie.
—¿Cómo puedes haberte enterado de lo de Miss
Gwilt y yo? ¿Quién te lo ha dicho?
—La propia Miss Gwilt —le respondió gravemente
Midwinter.
La actitud de Allan cambió en el mismo
instante en que el nombre de la institutriz brotó de los labios de su amigo.
—Ojalá hubieses oído primero mi relato —dijo—.
¿Dónde te encontraste con Miss Gwilt?
Hubo una breve pausa. Ambos estaban de pie
junto la ventana, absortos en el interés del momento. Ambos olvidaron que el
lugar previsto para cobijarse de la lluvia había sido el cuarto del desayuno,
en el piso de arriba.
—Antes de contestar a tu pregunta—dijo
Midwinter un poco violento—, quisiera preguntarte algo por mi parte, Allan. ¿Es
verdad que tienes algo que ver con el hecho de que Miss Gwilt no esté ya al
servicio del comandante? Hubo otra pausa. La turbación que había empezado a
aparecer en los modales de Allan aumentó visiblemente. —Es una historia
bastante larga —empezó diciendo—. Me dieron gato por liebre, Midwinter. Fui
engañado por una persona (tengo que confesarlo) que, con sus ardides, me indujo
a prometer algo que nunca hubiese debido prometer, y a hacer algo que nunca
hubiese debido hacer. No quebrantaré mi promesa si te lo digo a ti. Puedo
confiar en tu discreción, ¿no es cierto? Nunca dirás de ello una palabra,
¿verdad?
—¡Alto! —dijo Midwinter—. No me confíes ningún
secreto que no puedas revelar. Si has dado tu palabra, no juegues con ella, ni
siquiera con un íntimo amigo como yo. —Apoyó suave y amablemente una mano en el
hombro de Allan—. No puedo dejar de ver que te he colocado en una posición un
poco incómoda —prosiguió—. No puedo dejar de ver que mi pregunta no es tan
fácil de contestar como había supuesto y esperado. ¿Quieres que esperemos un
poco? ¿Quieres que subamos primero a desayunar?
Allan estaba demasiado empeñado en exponer su
conducta a su amigo bajo la verdadera luz, para aceptar la sugerencia de
Midwinter. Respondió afanosamente al instante, sin apartarse de la ventana.
—Mi querido amigo, es una pregunta sumamente
fácil de contestar. Sólo que... —Vaciló—. Sólo que requiere algo en lo que soy
muy torpe: requiere una explicación.
—¿Quieres decir —preguntó Midwinter más
seriamente, pero no menos amablemente que antes— que debes justificarte primero
y responder después a mi pregunta?
—¡Exacto! —dijo Allan, con aire aliviado—.
Como de costumbre, has dado en el clavo.
El rostro de Midwinter se nubló por primera
vez.
—Lamento oír esto —dijo, bajando la voz y
mirando el suelo.
La lluvia empezaba a arreciar. Barría el
jardín, y empujada por el viento contra las ventanas repicaba en los cristales.
—¡Lo lamentas! —repitió Allan—. Mi querido
amigo, todavía no conoces los detalles. Espera primero a que me explique.
—Has dicho que eres torpe en dar explicaciones
—dijo Midwinter, repitiendo los términos de Allan—. No te coloques en
desventaja. No lo expliques.
Allan le miró en silencio, perplejo y
sorprendido.
—Tú eres mi amigo, mi mejor y más querido
amigo —siguió diciendo Midwinter—. No puedo consentir que te justifiques ante
mí como si fuese tu juez o como si dudase de ti. —Miró de nuevo a Allan, franca
y amablemente, mientras decía estas palabras—. Además, creo que si rebusco en
mi memoria podré anticiparme a tu explicación. Antes de marcharme, hablamos un
momento de unas preguntas muy delicadas que te proponías formular al comandante
Milroy. Recuerdo que te avisé; recuerdo que tuve un mal presentimiento. ¿Acertaría
si dijese que aquellas preguntas te han llevado, de algún modo, a una falsa
posición? Si es verdad que te has visto implicado en la renuncia de Miss Gwilt
a su empleo, ¿no lo es también (y creo hacerte justicia al creerlo así) que
cualquier daño que hayas podido causar lo has causado inocentemente?
—Sí—dijo Allan, hablando por primera vez con
cierta dificultad—. Me haces justicia al decir esto. —Se interrumpió y empezó a
trazar distraídamente rayas con el dedo en la empañada superficie del cristal—.
Pero tú no eres como los demás, Midwinter —prosiguió de pronto, haciendo un
esfuerzo—, y me habría gustado que escuchases de todos modos los detalles.
—Los escucharé si lo deseas —replicó
Midwinter—, pero me doy por satisfecho, sin necesidad de añadir una palabra,
sabiendo que no has contribuido voluntariamente a privar a Miss Gwilt de su
empleo. Si esto queda bien entendido entre nosotros, creo que no hace falta que
digamos más. Además, tengo que hacerte otra pregunta mucho más importante: una
pregunta que me veo obligado a hacer después de lo que vi con mis ojos y oí con
mis oídos la noche pasada.
Se interrumpió, echándose atrás a pesar suyo.
—¿Vamos primero arriba? —preguntó bruscamente,
echando a andar hacia la puerta y tratando de ganar tiempo.
Fue inútil. Una vez más, la habitación de la
que eran libres de salir los dos, la habitación de la que uno de ellos había
intentado ya salir dos veces, les retuvo como si estuviesen presos en ella.
Sin responder, sin parecer haber oído siquiera
la proposición de Midwinter, Allan le siguió mecánicamente hasta la pared
opuesta a la ventana y se detuvo.
—¡Midwinter! —exclamó, presa de asombro y de
alarma—. ¡Parece haber algo extraño entre nosotros! No eres el mismo. ¿Qué
ocurre?
Con la mano en el tirador de la puerta,
Midwinter se volvió y miró hacia atrás. Había llegado el momento. Su acuciante
miedo de cometer una injusticia con su amigo se había revelado en una reserva
en sus palabras, sus miradas y sus acciones, lo bastante marcada para que Allan
la advirtiese. Lo único que podía hacer ahora, en interés de la amistad que les
unía, era hablar de una vez, y hacerlo sin ambages.
—Hay algo extraño entre nosotros —repitió
Allan—. Por el amor de Dios, ¿qué es?
Midwinter apartó la mano de la puerta y volvió
a la ventana, colocándose delante de Allan. Por pura necesidad, ocupaba el
sitio que Allan acababa de dejar. Era el lado de la ventana donde se hallaba la
estatuilla. La pequeña figura, colocada sobre su soporte saliente, estaba muy
cerca de él, detrás y a la derecha. Ninguna señal de cambio aparecía en el
cielo tormentoso. La lluvia seguía cayendo obIicuamente sobre el jardín y
repicaba con fuerza en el cristal.
—Dame la mano, Allan.
Allan se la dio, y Midwinter la estrechó con
fuerza mientras hablaba.
—Hay algo extraño entre nosotros —dijo—. Algo
que hay que poner en claro y que te afecta directamente. Hace un momento, me
preguntaste dónde había encontrado a Miss Gwilt. Me tropecé con ella cuando
volvía hacia acá, en la carretera del otro lado de la villa. Ella me pidió que
la protegiese de un hombre que la estaba siguiendo y que le daba miedo. Vi al
canalla con mis propios ojos y le habría puesto las manos encima si Miss Gwilt
no me lo hubiese impedido. Me dio una razón muy extraña para detenerme. Me dijo
que yo no sabía quién era la persona que pagaba a aquel hombre.
Las mejillas coloradas de Allan enrojecieron
súbitamente aún más; desvió rápidamente la mirada y contempló el chaparrón a
través de la ventana. En el mismo instante, se separaron las manos y se hizo el
silencio entre los dos. Midwinter fue el primero en romperlo.
—Más tarde —siguió diciendo—, Miss Gwilt se
explicó. Me dijo dos cosas. Declaró que el hombre a quien había visto
siguiéndola era un espía a sueldo. Esto me sorprendió, pero no podía
discutirlo. Después me dijo, Allan..., y creo de todo corazón y con toda mi
alma que es una calumnia que alguien le inculcó como verdad, ¡me dijo que el
espía trabajaba para ti!
Allan se volvió al instante y miró de nuevo a
Midwinter a la cara.
—Esta vez tengo que explicarme yo —dijo
resueltamente.
La palidez cenicienta que le era peculiar en
momentos de fuerte emoción empezó a mostrarse en las mejillas de Midwinter.
—¡Más explicaciones! —dijo, y retrocedió un
paso, mirando interrogadoramente a Allan con súbito terror.
—Tú no sabes lo que yo sé, Midwinter. No sabes
que he tenido buenas razones para hacer lo que he hecho. Y lo que es más, no he
confiado en mí mismo y he seguido un buen consejo.
—¿Oíste bien lo que te dije? —preguntó
Midwinter con incredulidad—. Sin duda no me estabas escuchando, ¿verdad?
—No me he perdido una palabra —le respondió
Allan—. Repito que tú no sabes lo que yo sé de Miss Gwilt. Amenazó a Miss
Milroy. Miss Milroy estará en peligro mientras su institutriz continúe en el
lugar.
Midwinter hizo un ademán desdeñoso con la mano
para apartar a la hija del comandante de la conversación.
—No quiero saber nada de Miss Milroy —dijo—.
No mezcles a Miss Milroy con esto... ¡Dios mío, Allan!, ¿debo entender que el
espía que vigilaba a Miss Gwilt hacía su sucio trabajo con tu aprobación?
—Por última vez, mi querido amigo, ¿quieres o
no quieres dejar que me explique?
—¡Explicarte! —le gritó Midwinter, echando
chispas por los ojos y con su ardiente sangre criolla enrojeciendo su
semblante—. ¿Explicar el empleo de un espía? ¿Cómo es posible que, después de
haber hecho que Miss Gwilt perdiese su empleo, al entremeterte en sus asuntos
privados, te entremetas de nuevo, empleando el medio más vil..., los servicios
de un espía a sueldo? Has hecho vigilar a la mujer a quien, hace sólo quince
días, me dijiste que amabas. ¡A la mujer que pensabas convertir en tu esposa!
No lo creo; no quiero creerlo. ¿Me está fallando la cabeza? ¿Estoy hablando
realmente con Allan Armadale? ¿Es la cara de Allan Armadale la que me mira?
¡Calla! Estás actuando así por algún escrúpulo infundado. Algún ser ruin se ha
ganado tu confianza y ha hecho esto en tu nombre sin avisarte primero.
Allan se dominó con admirable paciencia y con
admirable consideración a la indignación de su amigo.
—Si sigues negándote a escucharme —dijo—,
esperaré hasta que me llegue el turno de hablar.
—Dime que no tienes nada que ver con el
trabajo de aquel hombre, y te escucharé de buen grado.
—¿Y si el hecho de emplearle hubiese sido una
necesidad de Ia que tu no sabes nada?
—No hay necesidad que pueda justificar la
cobarde persecución de una mujer indefensa.
Una momentánea expresión de enojo (sólo
momentáneo) pasó por el semblante de Allan.
—No pensarías que está tan indefensa —dijo— si
supieses la verdad.
—¿Y eres tú quien va a decirme la verdad?
—replicó el otro—. ¿Tú, que te negaste a escucharla en su propia defensa? ¿Tú,
que le cerraste las puertas de esta casa?
Allan seguía dominándose, pero empezaba a
verse el esfuerzo que esto le costaba.
—Sé que tienes un temperamento acalorado
—dijo—. Pero tu violencia me ha pillado por sorpresa. No puedo explicarla, a
menos que... —vaciló un momento y después terminó la frase a su manera franca y
desenvuelta— a menos que tú mismo estés enamorado de Miss Gwilt.
Estas últimas palabras echaron más leña al
fuego. Despojándola de todo disfraz y de todo disimulo, revelaron la verdad
desnuda. El instinto de Allan había adivinado la influencia que explicaba el
interés de Midwinter por Miss Gwilt.
—¿Qué derecho tienes a decir esto ? —preguntó
éste, elevando la voz y con ojos amenazadores.
—Cuando yo pensé que estaba enamorado de ella,
te lo dije —respondió sencillamente Allan—. ¡Vamos, vamos! Creo que, aunque
estés enamorado de ella, es un poco difícil que creas todo lo que te dice y a
mí no me permitas decir una palabra. ¿Es ésta tu manera de decidir entre
nosotros?
—¡Sí, lo es! —gritó el otro, enfurecido por la
segunda alusión de Allan a Miss Gwilt—. Si tengo que elegir entre la persona
que emplea a un espía y la víctima del espía, ¡me pongo de parte de la víctima!
—No pongas demasiado a prueba mi paciencia,
Midwinter; también yo puedo perder los estribos.
Hizo una pausa, luchando consigo mismo. La
pasión torturadora que se reflejaba en la cara de Midwinter, y que habría hecho
retroceder horrorizada a una persona menos sencilla y menos generosa, conmovió
súbitamente a Allan, produciéndole una sincera congoja que, en aquel momento,
era poco menos que sublime. Dio un paso adelante, humedecidos los ojos y
tendiendo una mano.
—Hace un momento, pediste que te diese la mano
—dijo—, y te la di. ¿Quieres recordar los viejos tiempos y darme la tuya antes
de que sea demasiado tarde?
—¡No! —respondió furiosamente Midwinter—.
Puede que vuelva a encontrarme con Miss Gwilt, ¡y quiero tener la mano libre
para ajustarle las cuentas a tu espía!
Se había retirado a lo largo de la pared al
avanzar Allan, hasta que el soporte de la estatuilla se encontró delante de él
y no detrás. Enloquecido por su pasión, sólo veía la cara de Allan frente a la
suya. Enloquecido por su pasión, alargó la mano derecha al responder y la
sacudió amenazadoramente en el aire. Entonces, la mano chocó con el soporte
saliente y, un instante después, la estatuilla quedó hecha añicos en el suelo.
La lluvia caía sesgada sobre el macizo de
flores y sobre el césped, y repicaba con fuerza en el cristal; y los dos
Armadale estaban plantados junto a la ventana, como lo habían estado las dos
Sombras en la segunda visión del Sueño, con la figura rota entre los dos.
Allan se inclinó sobre los fragmentos de la
estatuilla y los recogió del suelo, uno a uno.
—Déjame solo —dijo, sin levantar la cabeza— o
los dos tendremos de qué arrepentimos.
Sin decir palabra, Midwinter retrocedió
despacio. Se detuvo por segunda vez ante la puerta, con la mano apoyada en el
tirador, y contempló la estancia. El horror de aquella noche en el barco
encallado se apoderó de él una vez más, y la llama de su pasión se apagó al
instante.
—¡El Sueño! —murmuró, en voz muy baja—. ¡Otra
vez el Sueño!
La puerta fue abierta desde fuera y apareció
un criado portador de un mensaje trivial sobre el desayuno.
Midwinter miró al hombre con una terrible
expresión de impotencia en su semblante.
—Muéstreme la salida —dijo—. Esto está muy
oscuro y la habitación da vueltas a mi alrededor.
El criado le asió del brazo y le sacó de allí
en silencio.
Al cerrarse la puerta, Allan recogió el último
fragmento de Ia fígura rota. Se sentó a la mesa y ocultó la cara entre las
manos. El dominio de sí mismo que había conservado valientemente a pesar de su
creciente exasperación le abandonó ahora en la soledad hostil de la estancia, y
al sentir amargamente por primera vez que Midwinter se había vuelto contra él
como todos los demás, rompió a llorar.
El tiempo transcurría lentamente, desgranando
los momentos. Poco a poco, las señales de una nueva perturbación de los
elementos empezaron a manifestarse en la tormenta de verano. La oscuridad del
cielo aumentó rápidamente. El golpeteo de la lluvia se hizo más débil al
amainar el viento. Hubo una tregua momentánea de silencio. Después, de pronto,
la lluvia cayó de nuevo como una catarata y el grave fragor del trueno resonó
solemnemente en el aire moribundo.
CAPÍTULO IX
ELLA SABE LA VERDAD
1. DE MR. BASHWOOD A MISS GWILT
«Thorpe-Ambrose, 20 de julio de 1851.
Muy señora mía: Ayer recibí, por mensajero
privado, su amable nota, en la que me indica que me comunique con usted
solamente por correo, mientras haya motivos para creer que todo visitante que
acuda a usted puede ser observado. ¿Me permite decirle que espero con
respetuosa ansiedad el día en que podré gozar de nuevo de la única dicha
verdadera que jamás he experimentado, la dicha de hablar personalmente con
usted?
De acuerdo con su deseo de que no dejase pasar
este día (domingo) sin observar disimuladamente lo que pasara en la casa
grande, tomé las llaves y fui esta mañana al despacho del administrador.
Expliqué mi presencia a los criados, diciéndoles que tenía que terminar lo
antes posible un importante trabajo. Habría dado la misma excusa a Mr. Armadale
si nos hubiésemos encontrado, pero no fue así. Aunque pensé que había llegado
temprano a Thorpe-Ambrose, fue demasiado tarde para ver u oír con mis ojos y
oídos una grave disputa que, según parece, se entabló entre Mr. Armadale y Mr.
Midwinter poco antes de mi llegada.
La poca información que puedo darle a este
respecto la he obtenido de uno de los criados. El hombre me ha dicho que oyó
las fuertes voces de los dos caballeros en el salón de Mr. Armadale. Poco
después entró allí para anunciar el desayuno y encontró a Mr. Midwinter en un
estado tal de agitación que tuvo que ayudarle a salir de la estancia. El criado
trató de llevarle al piso de arriba para que se acostase y se repusiese. Pero
él rehusó, diciendo que primero esperaría un poco en una de las habitaciones de
la planta baja y suplicándole que le dejase solo. El hombre no había llegado
aún al sótano cuando oyó que se abría y cerraba la puerta de la casa. Volvió
corriendo atrás y se encontró con que Mr. Midwinter se había marchado. Llovía
entonces copiosamente, y poco después llegaron los truenos y los relámpagos. Un
tiempo horrible, desde luego, para salir de casa. El criado cree que Mr.
Midwinter sufría un trastorno mental. Espero sinceramente que no sea así. Mr.
Midwinter es una de las pocas personas que me ha tratado amablemente en el
curso de toda mi vida.
Al enterarme de que Mr. Armadale permanecía
aún en el salón, entré en el despacho del administrador (que, como recordará
usted, está en el mismo lado de la casa), dejé la puerta entreabierta y abrí la
ventana, esperando y escuchando por si sucedía algo. Hubo un tiempo, querida
señora, en que no habría considerado muy digna esta posición en la casa de mi
patrono. Pero permita que me apresure a decirle que ahora pienso de un modo muy
distinto. Me enorgullezco de cualquier posición en la que pueda servir a usted.
El estado del tiempo parecía irremediablemente
adverso a la renovación de las relaciones entre Mr. Armadale y Miss Milroy que
usted previo con tanta seguridad y que tiene tanto afán de conocer. Sin
embargo, y aunque parezca extraño, gracias al tiempo estoy ahora en condiciones
de darle la información que usted esperaba. Mr. Armadale y Miss Milroy se
encontraron hace cosa de una hora. Las circunstancias fueron las siguientes:
Precisamente cuando empezaba a tronar, vi que
uno de los mozos de cuadra venía de las caballerizas y oí que llamaba a la
ventana de su amo. Mr. Armadale la abrió y le preguntó qué pasaba. El mozo le
dijo que traía un mensaje de la esposa del cochero. Esta había visto desde su
habitación de encima de la caballeriza (una habitación que da al parque) a Miss
Milroy completamente sola, refugiada debajo de un árbol. Como aquella parte del
parque está a cierta distancia de la casa del comandante, había pensado que su
señor podría desear enviarla a buscar e invitarla a entrar en la mansión, sobre
todo habida cuenta de que con la tormenta que se avecinaba, podía hallarse en
una situación muy peligrosa. En cuanto comprendió Mr. Armadale el mensaje del
hombre, pidió impermeables y paraguas y salió corriendo, en vez de confiar la
tarea a los criados. Poco después, volvieron él y el mozo con Miss Milroy entre
los dos, protegida lo mejor posible de la lluvia.
Una de las criadas, que había llevado a la
joven a un dormitorio y la había provisto de las prendas secas necesarias, me
dijo que Miss Milroy había sido conducida después al salón y que Mr. Armadale
estaba allí con ella. La única manera de seguir las instrucciones de usted y
descubrir lo que pasaba entre ellos era dar la vuelta a la casa bajo la fuerte
lluvia y entrar en el invernadero (que se comunica con el salón) por la otra
puerta. Yo no vacilo ante nada, mi querida señora, con tal de servirla; con gusto
me mojaría todos los días para complacerla. Además, aunque a primera vista
puedo parecer un viejo, la humedad no tiene para mí graves consecuencias. Le
aseguro que no soy tan viejo como parezco y que soy más vigoroso de lo que
aparento. No podía acercarme lo bastante para ver lo que pasaba en el salón,
sin correr el riesgo de que me descubriesen. Pero pude oír la mayor parte de la
conversación, salvo cuando bajaban la voz. Esto es, en sustancia, lo que oí.
Colegí que Miss Milroy había accedido a
regañadientes a refugiarse de la tormenta en la casa de Mr. Armadale. Al menos
así lo dijo ella, y dio dos razones de su renuencia. La primera fue que su
padre había prohibido toda relación entre el cottage y la casa grande. Mr.
Armadale rebatió esta objeción declarando que el comandante había dictado sus
órdenes desconociendo totalmente la verdad, y encareciendo a Miss Milroy que no
le tratase tan cruelmente como le había tratado su padre. Supongo que dio
alguna explicación a este respecto, pero, como bajó la voz, no puedo decir cuál
fue. Su lenguaje, cuando yo podía oírlo, era confuso y estaba reñido con la
gramática. Sin embargo, pareció ser lo bastante inteligible para persuadir a
Miss Milroy de que su padre había actuado bajo una estimación equivocada de las
circunstancias. Al menos, asilo infiero, pues, cuando volví a oír la
conversación, la joven se refería a su segunda objeción a encontrarse en la
casa, y esta objeción era que Mr. Armadale se había comportado malamente con
ella y que se merecía que no volviese a dirigirle la palabra. En este último
caso, Mr. Armadale no intentó defenderse. Convino con ella en que se había
portado mal y en que se merecía que no volviese a dirigirle la palabra. Pero le
suplicó, al mismo tiempo, que recordase que había sufrido ya su castigo. Estaba
desprestigiado en el vecindario, y su más querido amigo, su único amigo íntimo,
se había vuelto esta misma mañana contra él como todos los demás. No había una
criatura viviente que le apreciase, que le consolase o que le dijese una
palabra amistosa. Estaba solo y afligido y su corazón ansiaba un poco de
amabilidad, y ésta era su única excusa para pedir a Miss Milroy que perdonase y
olvidase el pasado.
Temo que tendré que dejar que juzgue usted por
sí misma el efecto de esto sobre la joven; pues, aunque puse en ello toda mi
atención, no pude captar lo que decía. Estoy casi seguro de que la oí llorar y
de que Mr. Armadale le suplicó que no le rompiese el corazón. Hablaron mucho en
voz baja, cosa que me contrarió. Más tarde, me alarmé al ver que Mr. Armadale
entraba en el invernadero para cortar algunas flores. Afortunadamente, no llegó
hasta el lugar donde me había escondido; volvió al salón y siguieron hablando
(sospecho que muy cerca el uno del otro), y una vez más lamento confesar que no
pude escuchar lo que decían. Por favor, discúlpeme por tener tan pocas cosas
que contarle. Sólo puedo añadir que, cuando cesó la tormenta, Miss Milroy salió
con las flores en la mano y acompañada de Mr. Armadale. Mi propia y humilde
opinión es que le sirvió de mucho, durante toda la entrevista, la simpatía que
le profesa la damita.
Esto es cuanto tengo que decirle de momento, a
excepción de otra cosa que oí y que me repugna mencionar, pero su palabra es
ley, y usted me ordenó que no le ocultase nada.
En una ocasión, mi querida señora, la
conversación giró sobre usted. Creo que oí la palabra "criatura" en
labios de Miss Milroy, y estoy seguro de que Mr. Armadale, aún reconociendo que
hubo un tiempo en que la había admirado, añadió que las circunstancias le
habían convencido después de su propia "locura". Cito textualmente la
palabra, que me hizo temblar de indignación. Si puedo expresarme así, el hombre
que admira a Miss Gwilt vive en la gloria. El respeto, si no otra cosa, habría
debido cerrar los labios de Mr. Armadale. Sé que él es mi patrono, pero,
después de oírle decir que el hecho de admirarla a usted fue una locura (y
aunque soy su administrador suplente), le desprecio profundamente.
Confiando haber tenido la dicha de servirla a
su satisfacción hasta ahora, y deseando ardientemente merecer el honor de
seguir contando con su confianza, quedo de usted, mi querida señora.
Suyo agradecido y devoto servidor,
Félix Bashwood.»
2. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Diana Street, lunes, 21 de julio.
Mi querida Lydia: Te molestaré con unas pocas
líneas. Las escribo bajo un sentimiento de lo que me debo a mí misma, en
nuestra actual y recíproca posición.
No me satisface en absoluto el tono de tus dos
últimas cartas, y me complace aún menos no haber recibido esta mañana ninguna
noticia tuya, siendo así que habíamos convenido, en el dudoso estado de
nuestras perspectivas, que me escribirías todos los días. Sólo puedo
interpretar de una manera tu conducta. Sólo puedo inferir que el asunto de
Thorpe-Ambrose, por haber sido mal llevado, va de mal en peor.
No pretendo hacerte reproches, pues ¿por qué
iba a perder tiempo, palabras y papel? Sólo quiero recordarte ciertas
consideraciones que pareces resuelta a pasar por alto. ¿Quieres que te hable
lisa y llanamente? Sí; pues, a pesar de todos mis defectos, soy la franqueza
personificada.
En primer lugar, estoy tan interesada como tú
en que te conviertas en Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose. En segundo lugar, te
he dado (por no hablar de mis buenos consejos) todo el dinero necesario para
lograr nuestro objetivo. En tercer lugar, tengo tus pagarés, a breve plazo, que
cubren hasta el último penique que te he adelantado. Y en cuarto y último
lugar, aunque peco por exceso de indulgencia como amiga, no me dejo engañar,
querida, como mujer de negocios. Esto es todo, Lydia, al menos por ahora.
Por favor, no supongas que estoy enojada; sólo
estoy triste y desanimada. Mi estado de ánimo se parece al de David. Si tuviese
alas de paloma, saldría volando y quedaría tranquila.
Afectuosamente tuya,
María Oldershaw.»
3. DE MR. BASHWOOD A MISS GWILT
«Thorpe-Ambrose, 21 de julio.
Muy señora mía: Probablemente recibirá estas
líneas pocas horas después de haber recibido mi carta de ayer Eché la primera
al correo la noche pasada, y remitiré ésta antes del mediodía de hoy.
Su objeto es darle unas cuantas noticias más
de esta casa. Tengo la indecible satisfacción de anunciarle que la vergonzosa
intrusión de Mr. Armadale en su vida privada ha terminado.
Hoy mismo cesará la vigilancia a que se han
visto sometidas sus acciones. Le escribo, mi querida señora, con lágrimas en
los ojos; lágrimas de alegría, causadas por el sentimiento que me atreví a
expresarle en mi carta anterior (Vea el final del primer párrafo). Disculpe
esta referencia personal. Puedo hablarle (no sé por qué) mucho más fácilmente
con la pluma que con mi lengua.
Trataré de serenarme y de continuar mi
narración.
Acababa de entrar esta mañana en el despacho
del administrador cuando el viejo Mr. Pedgift llegó a la casa grande para
hablar con Mr. Armadale, que le había citado previamente. Inútil decir que
suspendí inmediatamente el pequeño trabajo que tenía que hacer, pensando que
aquello podía afectar los intereses de usted. Y me satisface decir que, esta
vez, las circunstancias me favorecieron. Pude situarme debajo de la ventana
abierta y oír toda la conversación.
Mr. Armadale se explicó al punto en los
términos más claros. Ordenó que la persona que había sido contratada para
observarla a usted fuese inmediatamente despedida. Al pedirle el otro que
explicase este súbito cambio de actitud, no ocultó que se debía al efecto que
había producido en su mente lo sucedido entre él y Mr. Midwinter el día
anterior. Las palabras de Mr. Midwinter, por muy crueles e injustas que fuesen,
le habían sin embargo convencido de que ninguna necesidad podía excusar un
procedimiento tan esencialmente bajo como valerse de un espía, y ahora estaba
resuelto a actuar de acuerdo con este convencimiento.
Pero, de no ser por la concreta orden de usted
de que no le oculte nada de lo que aquí suceda en relación con Su nombre, no me
atrevería a informarla de lo que dijo Mr. Pedgift por su parte. Sé que Mr.
Pedgift se ha portado bien conmigo. Pero, aunque fuese mi propio hermano, nunca
le perdonaría el tono en que habló de usted,ni la terquedad con que trató de
hacer que Mr. Armadale cambiase de idea.
Empezó atacando a Mr. Midwinter. Declaró que
la opinión de Mr. Midwinter era la que menos podía aceptarse, porque estaba
claro, mi querida señora, que usted le manejaba a su antojo. Al no producir
efecto esta burda sugerencia (que nadie que la conozca a usted podría tomar por
un momento en serio), Mr. Pedgift se refirió a Miss Milroy y preguntó a Mr.
Armadale si había renunciado a su propósito de protegerla. No puedo imaginarme
lo que quiso decir con esto. Sólo la informo de ello para su propia consideración.
Mr. Armadale respondió brevemente que tenía sus propios planes para proteger a
Miss Milroy y que las circunstancias habían cambiado a este respecto, o algo
parecido. Pero Mr. Pedgift insistió. Siguió hablando (vergüenza me da decirlo)
cada vez en peores términos. Trató de convencer a Mr. Armadale de que se
querellase contra alguna de las personas que había condenado más enérgicamente
su conducta, con el fin (realmente no sé cómo escribirlo) de hacerla comparecer
a usted como testigo.
Y peor aún: cuando Mr. Armadale siguió
negándose, Mr. Pedgift, que estaba a punto de salir de la estancia (según me
dio a entender el sonido de su voz), volvió taimadamente atrás y le propuso
llamar a un oficial detective de Londres para que la investigase a usted.
"Todo el misterio sobre el verdadero carácter de Miss Gwilt —dijo—, puede
ser una cuestión de identidad. No costará mucho hacer venir un hombre de
Londres, y vale la pena saber si su cara es o no conocida en la Jefatura de
Policía." Le aseguro una vez más, queridísima señora, que sólo repito
estas abominables palabras por deber hacia usted. La verdad es que me estremecí
de los pies a la cabeza cuando las oí.
Continuo, pues tengo más cosas que decirle.
Mr. Armadale (debo decirlo en su honor, aunque
no le tengo ninguna simpatía) se negó una vez más. Pareció irritarse ante la
insistencia de Mr. Pedgift y habló con cierta precipitación. "La última
vez que hablamos de esto —dijo—, me convenció usted de que hiciese algo de lo
que desde entonces me he avergonzado. No conseguirá persuadirme por segunda
vez, Mr. Pedgift." Éstas fueron sus palabras. Mr. Pedgift perdió la
paciencia y pareció a su vez muy irritado.
"Si es así cómo atiende mis consejos,
señor —dijo—, cuantos menos le dé en el futuro tanto mejor será. Su carácter y
su posición están públicamente comprometidos por este asunto entre usted y Miss
Gwilt y usted insiste, en el momento más crítico, en seguir un camino que creo
que terminará mal. Después de todo lo que ya he dicho y hecho en este grave
caso, no puedo continuar actuando en él con las manos atadas, ni puedo
abandonarlo dignamente mientras aparezca en público como su abogado. No me deja
usted más alternativa, señor, que renunciar al honor de actuar como su asesor
jurídico." "Lamento oír esto —dijo Mr. Armadale—, pero ya he sufrido
bastante entrometiéndome en los asuntos de Miss Gwilt. No quiero y no puedo
remover más esta cuestión." "Usted no quiere intervenir más en esto,
señor —dijo Mr. Pedgift—, y yo no intervendré más, ya que ha dejado de ser para
mí una cuestión de interés profesional. Pero mire lo que le digo, Mr. Armadale:
todavía no ha llegado al final de este asunto. Alguna otra persona puede sentir
curiosidad y continuar lo que nosotros abandonamos, y hacer que se haga la luz
sobre la persona de Miss Gwilt."
Creo haber reproducido casi palabra por
palabra su conversación, querida señora. Me produjo una impresión
indescriptible; me llenó, aunque difícilmente podría explicarle la razón, de
una alarma y un miedo profundos. No comprendí nada en absoluto y todavía
comprendí menos lo que ocurrió inmediatamente después.
Cuando pronunció aquellas últimas palabras,
Mr. Pedgift parecía estar muy cerca de mí. Debía estar junto a la ventana
abierta y debió verme al pie de ésta. Antes de que él saliese de la casa, tuve
tiempo de deslizarme sin ruido entre los laureles, pero no de llegar al
despacho. Por consiguiente, eché a andar por el paseo en dirección al pabellón,
como para realizar alguna gestión relativa a mis funciones de administrador. Al
poco rato, Mr. Pedgift me alcanzó con su calesa y se detuvo.
"Siente usted cierta curiosidad en lo
tocante a Miss Gwilt, ¿verdad? —dijo—. Satisfágala a su antojo, pues yo no
tengo nada que objetar." Naturalmente, me puse nervioso, pero conseguí
preguntarle qué quería decir. No me respondió; se limitó a mirarme desde la
calesa de una manera muy extraña y se echó a reír. "He visto muchas cosas
raras antes que ésta", dijo, como hablando consigo mismo, y se alejó.
Me he atrevido a molestar su atención con este
último incidente, que puede no tener importancia para usted, en la esperanza de
que su superior criterio pueda explicarlo. Confieso que mis propias y pocas
facultades son incapaces de comprender lo que quiso decir Mr. Pedgift. Lo único
que sé es que no tiene derecho a acusarme de un sentimiento tan mezquino como
la curiosidad en relación con una dama a la que ardientemente estimo y admiro.
No me atrevo a emplear palabras más cariñosas.
Sólo tengo que añadir que me hallo en
condiciones de continuar sirviéndola aquí, si así lo desea. Mr. Armadale acaba
de estar en el despacho y me ha dicho brevemente que, dada la continuada
ausencia de Mr. Midwinter, puedo seguir actuando como suplente del
administrador hasta nueva orden.
Considéreme, mi querida señora, su afectísimo
y devoto servidor,
Félix Bashwood.»
4. DE ALLAN ARMADALE AL REV. DECIMUS BROCK
«Thorpe-Ambrose, martes.
Mi querido Mr. Brock: Estoy en un gran apuro.
Midwinter ha reñido conmigo y se ha marchado, y mi abogado ha reñido conmigó y
me ha dejado también, y (a excepción de la pequeña Miss Milroy, que me ha
perdonado) todos los vecinos me han vuelto la espalda. Me achacan muchas cosas,
pero nada puedo hacer. Me siento muy desgraciado solo en mi propia casa. Por
favor, ¡venga a verme! Usted es el único amigo que me queda, y estoy ansioso de
contárselo todo. Nota bene: Le doy mi palabra de honor de caballero de que no
soy culpable. Afectuosamente suyo,
Allan Armadale.
P.D. — Iría yo a visitarle a usted (pues este
lugar me resulta odioso), pero tengo razones para no alejarme demasiado de Miss
Milroy en este momento.»
5. DE ROBERT STAPLETON A ALLAN ARMADALE, ESQ.
«Rectoría de Boscombe, jueves mañana.
Distinguido señor: Veo sobre la mesa una carta
remitida por usted, entre las otras recibidas, y lamento decirle que el estado
de salud de mi señor no le permite abrirla. Está en cama con unas fiebres. El
médico dice que han sido causadas por unas preocupaciones y angustias que mi
señor no estaba en condiciones de soportar. Esto parece probable, pues yo
estaba con él cuando fue a Londres el mes pasado, y sé lo preocupado y ansioso
que estaba a causa de su propio asunto y de la tarea de vigilar a aquella persona
que después nos dio esquinazo, y ya que hablo de esto, le diré que yo lo estaba
también.
Mi señor estuvo hablando de usted hace un par
de días. No quería que se enterase de su enfermedad, a menos que ésta se
agravase. Pero yo creo que debe usted saberlo, aunque no está peor, sino quizás
un poquitín mejor. El médico dice que debe estar muy tranquilo y no inquietarse
por nada. Por consiguiente, tenga la bondad de no darse por enterado; quiero
decir que no venga a la rectoría. El doctor me ha ordenado que diga que no es
necesario y que sólo trastornaría a mi señor en el estado en que se encuentra
ahora. Si lo desea, volveré a escribirle. Quedo, señor, como siempre, su
humilde servidor,
Robert Stapleton
P.D. -El yate ha sido equipado y pintado,
esperando sus órdenes. Ha quedado muy bien.»
6. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Diana Street, 24 de julio.
Miss Gwilt: Ha pasado el cartero tres mañanas
seguidas y no me ha traído respuesta a mi carta. ¿Te has propuesto insultarme?
¿O te has marchado de Thorpe-Ambrose? En todo caso, no voy a seguir tolerando
tu conducta. Si yo no puedo hacerlo, será la justicia quien te meta entre
rejas. Tu primer pagaré (por treinta libras) vence el próximo martes
veintinueve. Si hubieses mostrado la debida consideración para conmigo, te lo
habría renovado con mucho gusto. Tal como están las cosas, presentaré el pagaré
al cobro y, si no es pagado, daré instrucciones a mi abogado para que actúe en
consecuencia. Tuya,
María Oldershaw.»
7. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW
«5, Paradise Place, Thorpe-Ambrose, 25 de julio.
Mrs. Oldershaw: Como sin duda el tiempo de tu
abogado es muy valioso, le escribiré unas líneas para ayudarle cuando actúe en
consecuencia. Me encontrará esperando a que me detengan en el apartamento del
primer piso de la dirección consignada arriba. En mi actual situación y dada mi
actual manera de pensar, el mejor servicio que puedes prestarme es hacer que me
encierren.
L.G.»
8. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT
«Diana Street, 26 de julio.
Mi querida Lydia: Cuanto más vivo en este
desgraciado mundo, más claramente comprendo que el propio genio es el peor
enemigo con quien tenemos que luchar las mujeres. ¡En qué estilo tan lamentable
ha caído nuestra correspondencia! ¡Qué triste falta de dominio, querida, por tu
parte y por la mía!
Como soy la mayor en años, seré la primera en
excusarme y en avergonzarme de mi propia falta de control. Tu cruel
negligencia, Lydia, me indujo a escribir como lo hice.
Soy muy susceptible a los malos tratos, cuando
me los inflige una persona a la que estimo y admiro, y, aunque he cumplido los
sesenta, todavía tengo (afortunadamente) joven el corazón. Discúlpame por haber
hecho uso de la pluma, cuando hubiera debido contentarme con buscar refugio en
mi pañuelo. ¡Perdona a tu amiga María y a su corazón aún joven!
Pero, querida, aunque es cierto que te
amenacé, ¿cómo pudiste tomar mis palabras al pie de la letra? Fuiste cruel al
creerme capaz (dijera yo lo que dijese) del acto odioso e inhumano de hacer
encerrar a mi amiga del alma, aunque tu deuda hubiese sido diez veces mayor de
lo que es. ¡Cielo santo! ¿Merezco que tomes al pie de la letra lo que digo, con
tan despiadada exactitud, después de los años de cariñosa amistad que nos han
unido? Pero no me quejo, sólo lamento la fragilidad de nuestra vulgar
naturaleza humana. No debemos esperar demasiado la una de la otra, querida;
ambas somos mujeres, y no podemos remediarlo. Cuando pienso en el origen de
nuestro desgraciado sexo, cuando recuerdo que en principio fuimos hechas de un
material tan pobre como la costilla de un hombre (costilla tan poco importante
para su poseedor que parece que nunca la ha echado en falta) me asombran
grandemente nuestras virtudes y no me sorprenden lo más mínimo nuestras faltas.
Estoy divagando un poco; me estoy perdiendo en
pensamientos serios, como aquel dulce personaje de Shakespeare que estaba
"libre de fantasías". Una última palabra, querida, para decirte que
mi deseo de recibir respuesta a esta carta se debe enteramente a mi afán de
saber de nuevo de ti, en tu antiguo tono amistoso, y que nada tiene que ver con
la curiosidad por saber lo que estás haciendo en Thorpe-Ambrose, salvo en la
medida en que puedas aprobarlo. ¿Necesito añadir que te pido por favor que
reanudemos nuestra correspondencia en los términos acostumbrados? Con
referencia al pequeño pagaré que vence el martes próximo, me atrevo a sugerir
un aplazamiento de seis semanas.
Con mis sinceros sentimientos maternales,
María Oldershaw.»
9. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW
«Paradise Place, 27 de julio.
Acabo de recibir tu última carta. Su impudicia
me ha indignado. ¿Debo ser tratada como una chiquilla? ¿Amenazarme primero y,
si la amenaza no surte efecto, camelarme después? Tendrás que camelarme;
tendrás que saber, mi maternal amiga, con qué clase de hija tienes que
habértelas.
Tenía una razón, Mrs. Oldershaw, para guardar
el silencio que tan gravemente te ofendió. Temía (sí, temía de veras)
comunicarte el secreto de mis pensamientos. Ahora ya no me turba este temor. Lo
único que deseo esta mañana es expresarte mi reconocimiento por los términos en
que me has escrito. Después de considerarlo cuidadosamente, creo que lo peor
que puedo hacer es decirte lo que estás tan ansiosa por saber. Por
consiguiente, me he sentado a mi mesa para contártelo. Sabrás lo que ha pasado
en Thorpe-Ambrose; verás mis pensamientos con la misma claridad con que los veo
yo. Si cuando hayas llegado al final de esta carta no te arrepientes
amargamente de no haber seguido tu primer impulso y haberme encerrado mientras
estabas a tiempo, no me llamo Lydia Gwilt.
¿Dónde terminé mi última carta? No lo
recuerdo, ni me importa. Arréglatelas como puedas; sólo me remontaré a una
semana atrás, es decir, al domingo último.
Por la mañana descargó una tormenta. Empezó a
aclarar a eso del mediodía. No salí de casa; esperaba ver a Midwinter o saber
algo de él. (¿Te sorprende que no escriba Mr. antes de su nombre? Nuestra
relación se hizo tan familiar que el Mr. estaría fuera de lugar.) La noche
anterior, se separó de mí en circunstancias muy interesantes. Yo le había dicho
que su amigo Armadale me perseguía por medio de un espía a sueldo. El se había
negado a creerlo y se había dirigido en derechura a Thorpe-Ambrose para poner en
claro la cuestión. Dejé que besara mi mano antes de marcharse. Me prometió
volver al día siguiente (domingo). Tenía la impresión de que había asegurado mi
influencia sobre él, y creía que cumpliría su palabra.
Bueno, pasó la tormenta tal como te he dicho.
El tiempo aclaró; la gente salió a la calle con sus mejores ropas; trajeron la
comida de la panadería; yo estaba sentada, con aire soñador, ante mi pobre
piano alquilado, elegantemente vestida y acicalada... y Midwinter no aparecía.
Avanzada ya la tarde, empezaba a sentirme ofendida cuando me trajeron una
carta. La había dejado un mensajero extraño que se había marchado
inmediatamente. Miré la carta. Al fin Midwinter... aunque por escrito y no en
persona. Empecé a sentirme aún más ofendida, pues, como te he dicho, pensaba
haber ejercido sobre él una influencia mayor. La carta, cuando la leí, lanzó mi
mente en otra dirección. Me sorprendió, me intrigó, me interesó. Pensé y pensé
y seguí pensando en él durante el resto del día.
Empezaba pidiéndome perdón por haber dudado de
lo que le había dicho. Los propios labios de Mr. Armadale lo habían confirmado.
Habían disputado (como yo había previsto) y el hombre que había sido su mejor
amigo en el mundo se había separado para siempre de él. Hasta aquí, no me
sorprendí. Me divirtió que me contase, a su extravagante manera, que él y su
amigo se habían separado para siempre, y me pregunté qué pensaría cuando yo
llevase adelante mi plan y encontrase la manera de introducirme en la casa grande
con el pretexto de reconciliarles.
Pero la segunda parte de la carta me dio que
pensar. La transcribo en sus propios términos.
"Sólo después de luchar conmigo mismo (y
ninguna palabra puede expresar lo dura que ha sido esta lucha) he decidido
escribirle, en vez de hablar con usted. Una necesidad implacable rige mi vida
futura. Debo salir de Thorpe-Ambrose, debo salir de Inglaterra, sin vacilar y
sin detenerme para mirar atrás. Existen razones (terribles razones que
locamente había desdeñado) para que Mr. Armadale no vuelva a verme ni saber
nada de mí, después de lo que ha pasado entre nosotros. Debo marcharme; no
volver a vivir bajo el mismo techo que él, ni respirar el mismo aire que él
respira. Debo ocultarme de él, bajo un nombre supuesto; debo poner montañas y
mares entre nosotros. He sido avisado como jamás lo fuera una criatura humana.
Creo (no me atrevo a decirle por qué) que, si la fascinación que ejerce sobre
mí me atrajese de nuevo hacia usted, fatales consecuencias caerían sobre el
hombre cuya vida ha estado tan extrañamente mezclada con la suya y con la mía,
el hombre que fue, en otros días, su admirador y mi amigo. Y sin embargo, aun
sintiendo esto, viéndolo en mi mente con tanta claridad como el cielo que me
cubre, hay en mí una flaqueza que todavía hace que me resista al imperativo
sacrificio de no volver a verla jamás. Lucho contra esto con toda la fuerza de
la desesperación. Todavía no hace una hora, he estado lo bastante cerca para
ver la casa en que usted vive y, con gran esfuerzo, me he apartado para no
verla. ¿Puedo obligarme a alejarme aún más, ahora que he escrito mi carta...,
ahora que se me escapa la inútil confesión, al decirle que la amo con el primer
amor que jamás sentí y con el último amor que sentiré jamás? Dejemos que el
tiempo conteste esta pregunta; no me atrevo a escribir ni a pensar más en
ello." Éstas fueron las últimas palabras; de esta extraña manera terminaba
la carta.
Sentí una curiosidad febril por saber lo que
él quería decir. Desde luego, su amor por mí era fácil de comprender. Pero ¿qué
significaba aquello de que había sido avisado? ¿Por qué no podía volver a vivir
bajo el mismo techo, ni respirar el mismo aire que Mr. Armadale? ¿Qué clase de
riña obliga a un hombre a ocultarse de otro bajo un nombre supuesto, y a poner
montañas y mares entre los dos? Y sobre todo, si volviese y dejase que yo le
fascinara, ¿por qué habría de ser esto fatal para el odioso patán que posee una
espléndida fortuna y vive en la casa grande?
Jamás había tenido un deseo tan intenso como
el que tenía ahora de volver a verle y de hacerle estas preguntas. A medida que
transcurría el día, me fui volviendo supersticiosa. Para cenar, me dieron
mollejas y un budín adornado con cerezas. ¡Y traté de adivinar si volvería con
los huesos que quedaron en el plato! Vendrá, no vendrá, vendrá, no vendrá, y
así sucesivamente. La cosa acabó con "no vendrá". Toqué la campanilla
e hice que se llevasen todo aquello. Me opuse fieramente al destino. Dije
"¡Vendrá! " y me quedé esperándole. No sabes cuánto me satisface
darte todos estos pequeños detalles. Cuenta, mi amiga del alma, mi segunda
madre, cuenta el dinero que has adelantado con el objeto de que me convierta en
Mrs. Armadale, y piensa después en este enorme interés que siento por otro
hombre. ¡Oh, Mrs. Oldershaw, qué gozo tan intenso me produce esta oportunidad
de irritarte!
Transcurrió el día y empezó a anochecer. Llamé
de nuevo y envié a buscar un horario de trenes. ¿Qué trenes podía tomar en
domingo? El respeto nacional por el descanso bíblico continúa, amiga mía. Sólo
había un tren, que había partido horas antes de que él me escribiese. Consulté
a mi espejo, y éste me hizo la merced de contradecir a los huesos de cereza. El
espejo me dijo: "Colócate detrás de los visillos de la ventana; él no
pasará la larga velada en solitario sin volver aquí para contemplar tu
casa." Me puse detrás de los visillos y esperé, con su carta en la mano.
La triste luz del domingo palideció y el
triste silencio del domingo en las calles se hizo aún más profundo. Llegó el
crepúsculo y, con él, unas pisadas que resonaron en aquel silencio. El corazón
me dio un salto..., ¿te extraña que aún tenga corazón? "Midwinter",
me dije. Y era Midwinter. Cuando pude verle, caminaba lentamente, deteniéndose
y vacilando casi a cada paso. La ventana de mi feo y pequeño salón parecía
atraerle a pesar suyo. Esperé hasta que se detuvo definitivamente, un poco
apartado de la casa pero viendo todavía la irresistible ventana, y entonces me
cubrí y salí al jardín por la puerta de atrás. El dueño de la casa y su familia
estaban cenando, y nadie me vio. Abrí la puerta del jardín y seguí el callejón
hasta la calle. En aquel crítico momento recordé de pronto algo que había
olvidado: el espía que me había estado vigilando y que sin duda acechaba en
alguna parte no lejos de la casa.
Necesitaba tiempo para pensar y (en mi estado
de ánimo) no podía dejar que Midwinter se marchase sin hablarle. Decidí
concertar una cita con él para la tarde siguiente y buscar entretanto la manera
de entrevistarnos sin ser observados. Esto, pensé, haría que la curiosidad me
atormentase durante veinticuatro horas mortales, pero ¿tenía alguna
alternativa? Llegar a un acuerdo con Midwinter, viéndolo y posiblemente
oyéndolo el espía de Armadale, sería tanto como renunciar a convertirme un día
en la señora de Thorpe-Ambrose. Al encontrar una de tus cartas en mi bolsillo,
retrocedí en el callejón y escribí en la hoja en blanco con el pequeño lápiz
que pende de la cadena de mi reloj: "Quiero y debo hablar con usted. Esta
noche es imposible, pero esté mañana en la calle a esta misma hora, y después
déjeme para siempre si así lo desea. Cuando haya leído esto, alcánceme y, al
pasar sin detenerse y sin mirar a su alrededor, diga 'Sí, lo prometo'."
Doblé el papel y me acerqué rápidamente a
Midwinter por la espalda. Se volvió sobresaltado y puse la nota en su mano,
estreché ésta y seguí adelante. No había dado aún diez pasos cuando le oí
detrás de mí. No puedo decir que no se volviese a mirar, pues vi que sus
grandes ojos negros, brillantes y centelleantes en la penumbra, me devoraban de
la cabeza a los pies; pero aparte de esto, hizo lo que yo le había dicho.
"No puedo negarle nada —murmuró—; se lo prometo." Siguió andando y se
perdió de vista. No pude dejar de pensar que, si se hubiese hallado en esta
situación, el bruto y bobo Armadale lo hubiese echado todo a perder.
Durante toda la noche, me esforcé en encontrar
la manera de que pudiésemos entrevistarnos la tarde siguiente sin ser
observados, pero mis esfuerzos fueron vanos. Desde el primer momento tuve la
impresión de que la carta de Midwinter me había atontado, aunque no podía
explicarme la razón.
La mañana del lunes, las cosas empeoraron
todavía más. Mi fiel aliado Mr. Bashwood me hizo saber que Miss Milroy y
Armadale se habían visto y hecho las paces. ¡Puedes imaginarte cómo me sentí!
Una hora o dos más tarde volvía a tener noticias de Mr. Bashwood, y esta vez
fueron buenas. El lioso idiota de Thorpe-Ambrose había tenido al fin cordura
suficiente para avergonzarse de sí mismo. Había decidido retirar al espía aquel
mismo día, y él y su abogado habían reñido por ello.
¡Ya ves cómo desapareció el obstáculo que yo
no sabía cómo evitar! Ya no tenía que inquietarme por mi próxima entrevista con
Midwinter, y me sobraba tiempo para considerar lo que tenía que hacer ahora que
Miss Milroy y su precioso galán volvían a ser amigos. Pero aunque parezca
increíble, la carta o su autor (no sé cuál de los dos) habían influido en mí de
tal manera que, por mucho que me esforzase, no podía pensar en nada más, y esto
en un momento en que tenía sobrados motivos para temer que Miss Milroy estaba
en camino de cambiar su apellido por el de Armadale, y en que sabía que ella no
había pagado aún la fuerte deuda que tenía conmigo. ¿Hubo alguna vez algo más
absurdo? Yo no puedo explicármelo. ¿Y tú?
Por fin llegó el crepúsculo. Miré por la
ventana ¡y allí estaba él!
Fui inmediatamente a su encuentro; los de la
casa estaban, como siempre, demasiado absortos en comer y beber para darse
cuenta de todo lo demás. "No deben vernos juntos aquí —murmuré—. Yo pasaré
delante y usted me seguirá."
Él no respondió. Ignoro lo que pasaría por su
mente, pero, después de acudir a la cita, parecía que quería echarse atrás y
estar medio dispuesto a marcharse de nuevo.
"Cualquiera diría que me tiene usted
miedo", le dije.
"Le tengo miedo —respondió—. Tengo miedo
de usted y de mí mismo."
No era nada alentador, ni siquiera cortés.
Pero mi curiosidad era tal que, aunque se hubiese mostrado aún más rudo, creo
que no lo habría advertido. Anduve unos pasos en dirección a los nuevos
edificios y entonces me detuve y me volví a mirarle.
"¿Debo pedírselo como un favor —le dije—,
después de haberme dado usted su palabra, y después de lo que me decía en la
carta que me escribió?" Algo cambió de pronto en él; se plantó al instante
a mi lado. "Le pido perdón, Miss Gwilt; la seguiré a donde usted
quiera." Se quedó un poco atrás después de esta respuesta, y oí que decía,
hablando consigo mismo: "Lo que tenga que ser, será. ¿Qué puedo hacer yo,
y qué puede hacer ella?"
No debieron ser las palabras, pues no las
entendí; debió ser más bien el tono en que las pronunció, lo que me hizo sentir
un momentáneo escalofrío. Tentada estuve, aunque sin la menor razón, de darle
las buenas noches y meterme en mi casa. Algo impropio de mí, dirás. ¡Y es
verdad! Pero sólo duró un momento. Tu querida Lydia recobró muy pronto el
sentido común.
Caminé en dirección a las casitas sin acabar y
al campo que se extiende detrás de ellas. Me habría gustado mucho más tenerle
en casa y hablar con él a la luz de las velas. Pero ya me había arriesgado una
vez y, en este lugar tan proclive al escándalo y en mi crítica posición, temí
arriesgarme de nuevo. Tampoco cabía pensar en el jardín, pues el dueño suele
fumar allí su pipa después de la cena. No había más alternativa que llevarle
fuera de la villa.
De vez en cuando, me volvía a mirar. Y allí
estaba él, siempre a la misma distancia, siguiéndome sin ruido en la penumbra,
como un fantasma.
Debo interrumpir mi escritura durante un rato.
Las campanas de la iglesia han empezado a sonar, y su repique me vuelve loca.
En estos tiempos en que todos tenemos relojes, ¿por qué han de tocar las
campanas para recordarnos la hora en que empieza el oficio? Los teatros no
necesitan repicar campanas para anunciar el principio de la función. El hecho
de que haya que hacerlo para llevarnos a la iglesia es muy humillante para el
clero.
Por fin habrán entrado los feligreses en la
iglesia, y puedo tomar de nuevo la pluma y proseguir.
Dudé un poco sobre el sitio al que debía
llevarle. Por un lado, estaba la carretera; pero, aunque parecía desierta,
alguien podía pasar por ella en el momento menos pensado. Otro camino llevaba a
través del soto. Me decidí por el soto.
Al otro lado, un poco más allá de la arboleda,
había una depresión del suelo, con algunos troncos talados yaciendo en ella, y
a poca distancia, un pequeño estanque, tranquilo, blanco y brillante a la luz
del crepúsculo. Largos pastizales se alzaban sobre la orilla opuesta, con la
niebla espesándose sobre ellos, y veíase a lo lejos una raya negra formada por
el ganado que volvía lentamente a casa. No se veía alma viviente, ni se oía el
menor ruido. Me senté en uno de los troncos y miré hacia atrás. "Venga —dije
a media voz—. Venga y siéntese a mi lado."
¿Por qué detallo tanto todo esto? Casi no lo
sé. El lugar me causó una impresión inexplicablemente viva, y no puedo dejar de
escribir acerca de ello. Si termino mal, digamos en el patíbulo, creo que lo
último que veré, antes de que el verdugo abra la trampa, será este pequeño y
brillante estanque, y los largos pastizales nebulosos, y el ganado volviendo
lentamente a casa en la oscuridad creciente. No te alarmes, sabia criatura. A
veces la fantasía me juega extrañas pasadas, y me atrevo a decir que el láudano
que tomé en la noche pasada tiene también un poco que ver con esta parte de mi
carta.
Él se acercó, a su extraña y silenciosa
manera, como un hombre que caminase en sueños, y se sentó a mi lado. Fuese
porque la noche estaba ya muy cerca, fuese porque yo estaba literalmente
febril, no podía soportar el sombrero que llevaba puesto, ni podía soportar los
guantes. El afán de mirarle y de ver lo que significaba su singular silencio, y
la imposibilidad de hacerlo bajo la poca luz que había irritó mis nervios hasta
el punto de que pensé que iba a gritar. Así su mano para ver si esto me
ayudaba. Estaba ardiendo y se cerró al instante sobre la mía..., ya sabes cómo.
Después de esto, no había que pensar en el silencio. El único camino seguro era
empezar a hablar inmediatamente.
"No lo tome usted a mal —le dije—. Me he
visto obligada a traerle a este lugar solitario; perdería mi prestigio si nos
viesen juntos."
Esperé un poco. Su mano me advirtió una vez
más que tenía que interrumpir el silencio. Decidí hacer que él me hablase esta
vez.
"Usted me interesa y me asusta —seguí
diciendo—. Me escribió una carta muy extraña. Debo saber lo que
significa."
"Es demasiado tarde para preguntar. Usted
ha tomado un camino, y yo he tomado un camino, del que no se puede volver
atrás." Dio esta extraña respuesta en un tono que era completamente nuevo
para mí, un tono que me inquietó incluso más de lo que me había inquietado su
silencio un momento antes. "Demasiado tarde —repitió—, ¡demasiado tarde!
Ahora sólo puede preguntarme una cosa."
"¿Cuáles?"
En cuanto hube dicho estas palabras, un súbito
temblor pasó de su mano a la mía, que me dijo inmediatamente que hubiese hecho
mejor conteniendo mi lengua. Antes de que pudiese moverme, antes de que pudiese
pensar, él me tenía ya en sus brazos.
"Pregúnteme si la amo", murmuró.
En el mismo instante, reclinó su cabeza sobre
mi pecho, y alguna indecible tortura que debía llevar en su interior le hizo
estallar, como nos ocurre a nosotras, en un torrente de lágrimas y sollozos.
Mi primer impulso fue el propio de una tonta.
A punto estuve de hacer la acostumbrada protesta y de defenderme de la manera
acostumbrada. Afortunada o desgraciadamente, no lo sé, he perdido la fina
sensibilidad de la juventud, y dominé el primer movimiento de mis manos y la
primera palabra que subió hasta mis labios. ¡Oh, querida, qué extraño
sentimiento el mío, mientras él sollozaba con toda el alma sobre mi pecho!
¡Cómo pensé en un tiempo pasado en que él habría podido apoderarse de mi amor!
Lo único de que se había apoderado ahora era... mi cintura.
Me pregunto si me apiadé de él. Pero esto no
importa. Sea como fuere, mi mano se alzó de algún modo y mis dedos acariciaron
suavemente sus cabellos. Al tocarle, volvieron a mi memoria horribles recuerdos
de otros tiempos, y me estremecí. Sin embargo, lo hice. ¡Qué tontas somos las
mujeres!
"No le haré reproches —dije amablemente—;
no le diré que es cruel aprovecharse de la situación en que me encuentro. Está
usted terriblemente agitado; espere un poco y vuelva en sí."
Habiendo llegado tan lejos, me detuve a
considerar cómo podía formularle las preguntas que estaba ansiosa por hacerle.
Pero supongo que estaba demasiado confusa, o quizá demasiado impaciente, para
reflexionar. Dije lo que estaba por encima de todo en mi mente, en los términos
que primero acudieron a mis labios.
"No creo que usted me ame —dije—. Me
escribe usted cosas extrañas; me asusta con sus misterios. ¿Qué quiso decir al
escribir que, si volvía junto a mí, sería fatal para Mr. Armadale? ¿Qué peligro
puede haber para Mr. Armadale...?"
Antes de que pudiese terminar la pregunta,
levantó de pronto la cabeza y desprendió sus brazos. Por lo visto había tocado
yo un tema doloroso que hizo que él volviera en sí. En vez de apartarme yo de
él, era él quien se apartaba de mí. Me sentí ofendida; no sé por qué, pero me
sentí ofendida, y le di las gracias con mi más amargo énfasis por recordarme,
al fin, cómo debía comportarme.
"¿Cree usted en los sueños? —dijo extraña
y bruscamente, sin reparar en absoluto en lo que le había dicho— Dígame
—prosiguió, sin darme tiempo a responder—, si usted o algún pariente suyo
tuvieron alguna relación con el padre o la madre de Allan Armadale. ¿Estuvo
usted o alguien de su familia alguna vez en la isla de Madeira?"
Imagínate, si puedes, cuál no sería mi
asombro. Me quedé helada. Me quedé toda helada en un instante. Estaba claro que
conocía el secreto de lo ocurrido cuando estuve al servicio de Mrs. Armadale en
Madeira..., ¡probablemente antes de que él naciese! Esto era ya de por sí
bastante sorprendente. Y evidentemente tenía alguna razón para tratar de
relacionarme con aquellos sucesos..., cosa más sorprendente aún.
"No —dije, en cuanto me sentí capaz de
hablar—. No sé nada de su padre o de su madre."
"¿Y tampoco de la isla de Madeira?"
"No sé nada de la isla de Madeira."
Volvió la cabeza y empezó a hablar consigo
mismo.
"¡Qué raro! —dijo—. Tan cierto como yo
estaba en el lugar de la Sombra en la ventana, ¡ella estaba en el lugar de la
Sombra en el estanque!"
En otras circunstancias, su extraño
comportamiento me habría alarmado. Pero después de su pregunta sobre Madeira,
sentí un miedo mucho más grande que mantuvo a distancia toda alarma corriente.
Creo que jamás tomé en mi vida una decisión tan firme como la que tomé ahora de
descubrir cómo había obtenido su información, y quién era en realidad. Veía
claramente que había despertado en él, algún sentimiento oculto con mi pregunta
sobre Armadale, un sentimiento tan fuerte, a su manera, como lo que sentía por
mí. ¿Qué había sido de mi influencia sobre él?
No podía imaginármelo; pero sí podía hacer que
la sintiese de nuevo, y puse manos a la obra.
"No me trate con crueldad —dije—; yo no
lo he tratado ahora cruelmente a usted. ¡Oh Mr. Midwinter, aquí hay tanta
soledad, tanta oscuridad...! ¡No me asuste!"
"¡Asustarla!" Volvió a acercarse
inmediatamente a mí.
"¡Asustarla!" Repitió la palabra con
tanto asombro como si le hubiese despertado de un sueño, y lo atribuí a algo
que había dicho en su sueño.
Al ver cómo le había sorprendido, y estando
ahora desapercibido, tuve en la punta de la lengua preguntarle por qué mi
interrogación acerca de Armadale había producido semejante cambio en su actitud
a mi respecto. Pero después de lo que había pasado, tuve miedo de arriesgarme a
insistir tan pronto sobre el tema. Algo (me atrevo a decir que eso que llaman
instinto) me advirtió que dejase de momento en paz a Armadale y que le hablase
primero de él mismo. Como te dije en una de mis primeras cartas, había advertido
señales y pruebas, en sus modales y en su aspecto, que me convencieron de que,
a pesar de su juventud, había hecho o sufrido algo fuera de lo común en su vida
pasada. Cada vez que le veía, me preguntaba con creciente recelo si era
realmente lo que parecía ser; y primera y principal, entre todas mis dudas, era
la de si empleaba entre nosotros su verdadero nombre. Como tengo secretos que
guardar acerca de mi propia vida pasada y usé en otros tiempos más de un nombre
supuesto, presumo que esto me induce más a sospechar de otras personas cuando
encuentro algo misterioso en ellas. Así pues, teniendo aquella sospecha en mi
mente, decidí sorprenderle, como él me había sorprendido, con una pregunta
inesperada por mi parte, una pregunta acerca de su nombre.
Mientras yo estaba pensando, él pensaba, como
se manifestó muy pronto, en lo que yo acababa de decirle. "Me aflige mucho
haberla asustado —murmuró con esa gentileza y humildad que tanto y tan de
corazón despreciamos todas en un hombre cuando habla a otras mujeres, y que nos
encantan cuando habla con nosotras—. Apenas sé lo que decía —prosiguió—, tan
terriblemente turbada está mi mente. Le ruego que me perdone, si puede hacerlo;
hoy no estoy en mis cabales."
"No estoy enojada —le dije—; no tengo
nada que perdonarle. Ambos somos imprudentes..., ambos somos
desgraciados." Apoyé mi cabeza en su hombro. "¿Me ama
realmente?", le pregunté yo suavemente, en un murmullo Su brazo me rodeó
de nuevo, y sentí que los rápidos latidos de su corazón se aceleraban más y
más. "¡Si lo supiese! —murmuró a su vez—. ¡Si pudiese saberlo...!" No
pudo decir más. Sentí que su cara se acercaba a la mía, bajé más la cabeza y le
detuve en el mismo instante en que iba a besarme. "No —dije— no soy más
que una mujer de la que se ha encaprichado. Me está tratando como si fuese su
prometida."
"¡Sea mi prometida!", murmuró
ansiosamente, y trató de hacerme levantar la cabeza. Yo la mantuve baja. El
horror de aquellos viejos recuerdos que tú sabes volvió a hacer presa en mí y
me hizo temblar un poco cuando él me pidió que fuese su esposa. No creo que
fuese en realidad a desmayarme; pero algo parecido a un desmayo me hizo cerrar
los ojos. En el mismo instante, la oscuridad pareció abrirse como rasgada por
un rayo: y los fantasmas de aquellos otros hombres surgieron del horrible
abismo y me miraron.
"¡Hábleme! —murmuró, amorosamente—.
Querida mía, ángel mío, ¡hábleme!"
Su voz me ayudó a recobrarme. Me quedaba el
juicio necesario para recordar que estaba pasando el tiempo y que todavía no le
había preguntado acerca de su nombre.
"Supongamos que siento por usted lo mismo
que siente usted por mí —dije—. Supongamos que le amase lo bastante para
confiarle la dicha de toda mi vida futura..."
Hice una pausa momentánea para recobrar
aliento. Reinaba una quietud insoportable; el aire parecía haber muerto al
llegar la noche.
"¿Se casaría usted honorablemente conmigo
—proseguí— si lo hiciese con su nombre actual?"
Su brazo se apartó de mi cintura, y sentí que
se sobresaltaba. Después se sentó a mi lado, y se quedó inmóvil, frío,
silencioso, como si mi pregunta le hubiese dejado atónito. Rodeé su cuello con
mi brazo y apoyé de nuevo la cabeza sobre su hombro.
Fuera cual fuese el hechizo que le había
producido, el hecho de acercarme más a él de aquella manera pareció romperlo.
"¿Quién le ha dicho... ?" Se
interrumpió. "No —siguió
diciendo—, nadie puede habérselo dicho. ¿Qué
le hizo sospechar...?" Se interrumpió nuevamente.
"Nadie me lo dijo —respondí—, y no sé qué
me hizo sospechar. Las mujeres tenemos a veces extrañas intuiciones. ¿Se
apellida realmente Midwinter?"
"No puedo engañarla —respondió, después
de otro intervalo de silencio—, Midwinter no es realmente mi apellido."
Me acerqué un poco más a él.
"¿Cuál es el verdadero?", le
pregunté.
Él vaciló.
Levanté la cara hasta casi tocarle la mejilla
con la mía. Insistí, con los labios muy cerca de su oído:
"¡Oh, todavía no confía en mí! No confía
en la mujer que casi ha confesado que le ama..., que casi ha consentido en ser
su esposa!"
Volvió su cara hacia la mía. Por segunda vez
trató de besarme y, por segunda vez, se lo impedí.
"Si le digo mi nombre —dijo—, tendré que
decirle más cosas."
Dejé que mi mejilla tocase otra vez la suya.
"¿Y por qué no? —pregunté—. ¿Cómo puedo
amar a un hombre... y mucho menos casarme con él... si sigue siendo un extraño
para mí?"
Esto no admitía réplica, como pensé. Pero él
respondió:
"Es una terrible historia. Si la
conociese, podría nublar toda su vida, como ha nublado la mía."
Le rodeé con mi otro brazo e insistí.
"¡Cuéntemela; no tengo miedo; cuéntemela!"
Empezó a ceder a mi otro brazo.
"¿Lo mantendrá como un secreto sagrado?
—dijo—. ¿No lo revelará nunca? ¿Quedará solamente entre los dos?" Le
prometí que sería un secreto. Esperé, en un frenesí total de expectación. Dos
veces trató de comenzar, y dos veces le faltó valor. "¡No puedo! —exclamó,
desesperado—. ¡No puedo decirlo!"
Mi curiosidad, o más probablemente mi mal
genio, me hicieron perder todo control. Me había irritado hasta el punto de no
saber lo que decía ni lo que hacía. Súbitamente le estreché y apreté mis labios
contra los suyos. "¡Le amo! —murmuré, mientras le besaba—. ¿Me lo contará
ahora?"
De momento se quedó sin habla. No sé si hice
aquello adrede para enfurecerle. No sé si lo hice involuntariamente o en un
acceso de furor. No sé nada de cierto, salvo que interpreté mal su silencio. Le
empujé furiosa, inmediatamente después de haberle besado. "¡Le odio!
—dije—. Ha hecho que perdiese el dominio de mí misma. ¡Déjeme! No me da miedo
la oscuridad. ¡Déjeme inmediatamente y no pretenda volver a verme!"
Me agarró de la mano y me detuvo. Habló en un
tono distinto, súbitamente autoritario, como sólo pueden hacerlo los hombres.
"Siéntese —dijo—. Me ha devuelto mi
valor: sabrá quién soy."
En el silencio y la oscuridad que nos
envolvían, le obedecí y me senté.
En el silencio y la oscuridad que nos
envolvía, me abrazó de nuevo y me dijo quién era.
¿Debo confiarte esta historia? ¿Debo decirte
su verdadero nombre? ¿Debo revelarte, como te amenacé, las ideas que brotaron
de mi entrevista con él y de todo lo que me ha sucedido desde entonces?
¿O debo guardar su secreto, según le prometí?
¡Y guardar también mi propio secreto, poniendo punto final a esta larguísima
carta, en el instante en que te pereces por saber más!
La cosa es seria, Mrs. Oldershaw; más seria de
lo que te imaginas. He tenido tiempo para tranquilizarme, y empiezo a ver lo
que no vi cuando tomé la pluma para escribirte: la prudencia de prever las
consecuencias. ¿Me he asustado yo misma al tratar de asustarte? Es posible...
Aunque parezca extraño, es muy posible.
He estado un par de minutos en la ventana,
pensando. Tengo tiempo sobrado para pensar antes de que salga el correo. La
gente empieza a salir de la iglesia.
He decidido dejar mi carta a un lado y echar
un vistazo a mi diario. Dicho más sencillamente, debo ver a qué me arriesgo si
decido confiar en ti, y mi diario me mostrará aquello que mi cabeza está
demasiado cansada para calcular sin ayuda. Durante la última semana, he escrito
la historia de mis días (y a veces la historia de mis noches) con mucha más
regularidad que de costumbre, pues tengo mis razones para ser particularmente
cuidadosa a este respecto, en las actuales circunstancias. Si acabo haciendo lo
que ahora pienso hacer, sería una locura confiar en mi memoria. El más pequeño
olvido del menor suceso acaecido desde la noche de mi entrevista con Midwinter
hasta el momento actual, podría significar la total ruina para mí.
"¿Su ruina total? —te dirás—. ¿A qué
clase de ruina se refiere?"
Espera un poco, hasta que haya preguntado a mi
diario si puedo contártelo sin peligro.»
CAPÍTULO X
DEL DIARIO DE MISS GWILT
Julio, 21, lunes, once de la noche. — Acaba de
dejarme. Nos separamos, porque fue mi deseo, al salir del soto; él, de camino
hacia el hotel, y yo, hacia el lugar donde vivo.
He conseguido evitar otra cita con él,
prometiendo escribirle mañana por la mañana. Esto me da el intervalo de esta
noche para sosegarme y concentrar de nuevo mi mente (si puedo) en los asuntos
que me conciernen. Digo si puedo, pues tengo la impresión de que su historia se
ha apoderado de mí y nunca me abandonará. ¿Transcurrirá la noche y, cuando
amanezca, estaré todavía pensando en la carta que recibió él, escrita por su
padre en su lecho de muerte; en la noche que pasó en el Barco Encallado, y
sobre todo, en el intenso momento en que me dijo su verdadero nombre?
¿Me ayudaría a sacudirme de encima estas
impresiones, me pregunto, si hiciese el esfuerzo de escribirlas? Si lo hiciese,
no correría el peligro de olvidar algo importante. Y tal vez, a fin de cuentas,
puede ser el miedo a olvidar algo que debería recordar lo que hace que la
historia de Midwinter pese tanto en mi mente. Sea como fuere, vale la pena
hacer el experimento. En mi actual situación, debo estar libre para pensar en
otras cosas, o nunca encontraré mi camino entre todas las dificultades que han
de presentarse en Thorpe-Ambrose.
Déjame pensar. Para empezar, ¿qué es lo que me
obsesiona?
Me obsesionan los nombres. No paro de decirme:
¡son iguales! El nombre de pila y el apellido, ¡los dos iguales! Un Allan
Armadale de cabellos rubios, al que conozco desde hace mucho tiempo y que es
hijo de mi antigua señora. Un Allan Armadale de cabellos negros a quien he
conocido solamente ahora y que sólo es conocido por los demás por el nombre de
Ozias Midwinter. Más extraño aún: no han sido el parentesco ni la casualidad lo
que ha hecho que lleven el mismo nombre. El padre del Armadale rubio fue el hombre
que nació con el apellido familiar y que perdió la herencia de la familia. El
padre del Armadale moreno fue el hombre que tomó el nombre, a condición de
obtener la herencia... y que la obtuvo.
Y ahí están los dos (no puedo dejar de pensar
en ello), sin haberse casado. El Armadale de cabellos rubios, que ofrece a la
mujer que pueda conquistarle ocho mil libras al año mientras él viva; que le
deja mil doscientas al año cuando muera; que debe casarse y se casará conmigo
por estas dos buenas razones, y al que odio y desprecio como nunca había odiado
y despreciado a un hombre. Y el Armadale de cabellos negros, que tiene una
mezquina renta que tal vez le permitiría pagar a la sombrerera de su esposa, si
ésta no se pasara de la raya; que acaba de separarse de mí persuadido de que
quiero casarme con él, y a quien..., bueno, a quien tal vez habría amado
antaño, antes de ser la mujer que soy ahora.
Y Allan el Rubio no sabe que tiene un
homónimo. Y Allan el Moreno ha guardado su secreto con todo el mundo, salvo el
clérigo de Somersetshire (en cuya discreción puede confiar) y yo misma.
Conque hay dos Allan Armadale, dos Allan
Armadale, dos Allan Armadale. ¡Vaya! Tres es un número afortunado. Después de
esto, obsesionadme de nuevo, ¡si podéis! ¿Qué más? ¿El asesinato en el barco
maderero? No; el asesinato es una buena razón para que el Armadale moreno, cuyo
padre lo cometió, no revele su secreto al Armadale rubio, cuyo padre fue la
víctima; pero esto no me concierne.
Recuerdo que, en aquella época, se sospechó en
Madeira que había ocurrido algo tenebroso. Pero ¿lo fue? El hombre a quien
habían quitado la esposa con engaño, ¿podía ser declarado culpable de haber
cerrado la puerta del camarote y dejado que se ahogase el autor de aquel
engaño? Sí, aquella mujer no valía la pena.
¿Qué es en realidad lo que realmente me
concierne? Estoy segura de una cosa muy importante. Estoy segura de que
Midwinter (debo llamarle por su feo nombre falso o podría confundir a los
Armadale antes de haber acabado) ignora completamente que yo y la pequeña
picara de doce años que servía como criada a Mrs. Armadale en Madeira y
escribía las cartas que se presumía que llegaban de las Indias Occidentales,
somos la misma persona. No hay muchas niñas de doce años capaces de imitar la
escritura de un hombre y mantener después cerrado el pico como hice yo: pero
esto ya no importa ahora. Lo que importa es que la creencia de Midwinter en el
Sueño es su única razón de tratar de conectarme con Allan Armadale, asociándome
con el padre y la madre de éste. Yo le pregunté si realmente me creía lo
bastante vieja para haberles conocido. Y el pobre muchacho me dijo que no, con
aire de asombrada inocencia. ¿Diría que no, si me viese ahora? ¿Debo volverme
hacia el espejo y ver si aparento mis treinta y cinco años, o debo seguir
escribiendo? Seguiré escribiendo.
Hay otra cosa que me obsesiona casi tanto como
los nombres.
Me pregunto si hago bien en confiar en la
superstición de Midwinter (como confío) para que me ayude a mantenerle a
distancia.
Después de haber dejado que la excitación del
momento me obligase a decir más de lo que hubiese debido, es seguro que me
apremiará; es seguro que volverá, con los odiosos egoísmo e impaciencia de los
hombres en estas cosas, a la cuestión de casarse conmigo. ¿Me ayudará el Sueño
a mantenerle a raya? Después de haber alternativamente creído y dejado de creer
en él, ha vuelto, según su propia confesión, a creer en el Sueño. ¿Puedo decir
que también yo creo en él? Tengo mejores razones para ello de lo que él se
imagina. No soy solamente la persona que ayudó a Mrs. Armadale en su matrimonio
al ayudarla a imponerse a su propio padre, sino que soy también la mujer que
trató de ahogarse, la mujer que provocó la serie de accidentes que pusieron al
joven Armadale en posesión de su fortuna, la mujer que ha venido a
Thorpe-Ambrose para casarse con él por su fortuna, ahora que la tiene, y más
extraordinario aún, la mujer que estuvo en el lugar de la Sombra en el
estanque. Pueden ser coincidencias, pero son coincidencias muy extrañas.
¡Confieso que empiezo a imaginarme que también yo creo en el Sueño!
Supongamos que le digo: «Pienso como piensas
tú. Digo lo que me dijiste en tu carta: Separémonos antes de que ocurra una
desgracia. Déjame antes de que la tercera visión del Sueño se haga realidad.
Déjame, y pon las montañas y los mares entre tú y el hombre que lleva tu
nombre.»
Pero supongamos, por otra parte, que su amor
por mí haga que desdeñe temerariamente todo lo demás. Supongamos que diga otra
vez aquellas palabras que ahora comprendo: «Lo que tenga que ser, será. ¿Qué
puedo hacer yo y qué puede hacer ella?» Supongamos... supongamos...
No escribiré más. ¡Aborrezco escribir! No me
alivia; hace que me sienta peor. Estoy tan lejos ahora de pensar en todo
aquello que debo pensar como cuando me senté para escribir. Es más de
medianoche. Mañana ha llegado ya, y aquí estoy, ¡tan incapaz como la mujer más
estúpida del mundo! La cama es el único sitio adecuado para mí.
¿La cama? Si fuese diez años atrás, en vez de
hoy, y si me hubiese casado con Midwinter por amor, podría ahora ir a acostarme
sin pensar más que en una rápida visita al cuarto de los niños, para echarles
una última mirada y ver si están durmiendo tranquilos en sus cunas. Me pregunto
si, de haberlos tenido, habría amado a mis hijos. Tal vez sí..., talvez no.
Esto ya no importa.
Martes, diez de la mañana. — ¿Quién fue el
hombre que inventó el láudano? Fuese quien fuere, le doy las gracias de todo
corazón. Si todas las desgraciadas que sufren en su cuerpo y en su mente, y a
quienes él ha consolado, pudiesen reunirse para cantar sus alabanzas, ¡qué coro
formarían! Yo he pasado seis deliciosas horas de olvido; me he despertado con
la mente sosegada; he escrito una cartita perfecta a Midwinter; he bebido, con
verdadero deleite, mi taza de té, me he entretenido en mi aseo matinal con una
exquisita sensación de alivio..., y todo gracias al modesto frasquito de gotas
que veo ahora sobre la repisa de la chimenea de mi dormitorio. Gotas, ¡sois
encantadoras! Si algo amo, sois vosotras.
Mi carta a Midwinter ha sido enviada por
correo, y en ella le digo que me conteste de la misma manera.
No me inquieta su respuesta: sólo puede
responder de una manera. Le he pedido un poco de tiempo para pensarlo, porque
mis circunstancias familiares requieren alguna consideración, tanto en su
interés como en el mío. Le he prometido decirle cuáles son estas circunstancias
(me pregunto qué le diré) la próxima vez que nos encontremos, y le he pedido
que mientras tanto, guarde el secreto sobre todo lo que ha pasado entre
nosotros. En cuanto a lo que va a hacer él en el intervalo, mientras se presume
que estoy considerando su proposición, lo he dejado a su propia discreción,
recordándole solamente que, en nuestra actual situación, su permanencia en
Thorpe-Ambrose podría despertar curiosidad sobre sus motivos, y que si
intentase verme de nuevo (mientras nuestra recíproca posición no pueda
declararse francamente) podría perjudicar mi reputación. Le he ofrecido
escribirle si lo desea, y he terminado prometiéndole hacer que el intervalo de
nuestra necesaria separación sea lo más breve posible.
Sé que esta clase de carta sencilla y sin
afectación, que podría haber escrito la noche pasada si su historia no me
hubiese llenado tanto la cabeza, tiene un defecto. Ciertamente le aparta de mi
camino mientras tiendo mi red para pescar por segunda vez a mi pez de oro de la
casa grande, pero también me hace prever un día embarazoso de explicaciones a
Midwinter, si lo consigo. ¿Cómo voy a trastearle? ¿Qué voy a hacer? Debería
enfrentarme a estas dos cuestiones con mi audacia acostumbrada, pero por alguna
razón, mi valor parece flaquear, y no acabo de ver la manera de resolver esta
dificultad antes de que llegue el momento en que deba resolverla. ¿Confesaré a
mi diario que lo siento por Midwinter y que me encojo un poco al pensar en el
día en que se entere de que voy a ser dueña de la casa grande? Pero todavía no
soy su dueña, y no puedo dar un paso en su dirección hasta que haya tenido
respuesta a mi carta y sepa que Midwinter se ha apartado de mi camino.
¡Paciencia! ¡Paciencia! Debo sentarme al piano y olvidarme de mí misma. Allí
está la Sonata Claro de Luna, abierta y tentándome en el atril. ¿Tendré ánimo
bastante para tocarla? ¿O me echaré a temblar como el otro día, a causa del
misterio y del terror?
Las cinco. — He recibido su respuesta. Mi más
ligera indicación es una orden para él. Se ha ido, y me envía su dirección en
Londres. «Hay dos consideraciones (dice) que me ayudan a resignarme a dejarla.
La primera es que usted lo desea y que será por poco tiempo. La segunda es que
creo que podré arreglar algo en Londres para aumentar mi renta con mi trabajo.
Nunca me había preocupado el dinero, pero no sabe cuánto empiezo ya a valorar
el lujo y el refinamiento que puede brindar el dinero, por el bien de mi
esposa.» ¡Pobre muchacho! Casi lamento haberle escrito como le escribí; casi
lamento no haberle desengañado. ¡Imagínate si mamá Oldershaw viese esta página
de mi diario! Recibí una carta de ella esta mañana, para recordarme mis
obligaciones y decirme que sospecha que las cosas van por mal camino. ¡Que
sospeche! No me tomare la molestia de contestarle; no puedo preocuparme por esa
vieja bruja en el estado en que me encuentro. La tarde es magnífica; quiero dar
un paseo; no debo pensar en Midwinter. ¿Y si me pusiese el sombrero y probase
enseguida mi experimento en la casa grande? Todo está a mi favor. Esta vez no
habrá un espía que me siga, ni un abogado que no me deje entrar. ¿Estoy lo
bastante hermosa hoy? Pues sí, lo bastante hermosa para hacer pareja con una
pequeña, desaliñada, torpe y pecosa criatura, que debería ser colocada sobre un
banco de la escuela y sujetada a una pizarra para enderezar sus encorvados
hombros.
Balbuceo infantil en todo cuanto dicen;
además, huelen siempre a pan con mantequilla.
¡Qué admirablemente describió Byron a las
muchachas en su adolescencia!
Las ocho. — Acabo de volver de la casa de
Armadale. Le he visto y he hablado con él, y el resultado puede expresarse en
dos palabras. He fracasado. No tengo más probabilidades de ser Mrs. Armadale de
Thorpe-Ambrose que de convertirme en reina de Inglaterra. ¿Debo escribir a
Oldershaw? ¿Debo volver a Londres? No, hasta que haya tenido tiempo de pensar
un poco. Todavía no.
Déjame pensar; he fracasado completamente, he
fracasado cuando todas las circunstancias estaban a mi favor. Le sorprendí
cuando estaba solo en el paseo de delante de la casa. Se quedó sumamente
desconcertado, pero, al mismo tiempo, dispuesto a escucharme. Le hablé primero
serenamente; después, con lágrimas en los ojos y todos mis demás recursos.
Representé el papel de la pobre mujer inocente que había sido perjudicada a
causa de él. Le confundí, le interesé, le convencí. Pasé a la parte puramente
cristiana de mi misión y hablé con tanto sentimiento de su separación de su
amigo, de la cual era yo inocentemente responsable, que su odiosa cara
sonrosada palideció intensamente, y me suplicó al fin que no le afligiese más.
Pero, fuesen cuales fueren los otros sentimientos que desperté en él, no
desperté una sola vez lo que un día había sentido él por mí. Lo vi en sus ojos
cuando me miró; lo sentí en sus dedos cuando nos dimos la mano. Nos despedimos
como amigos, y nada más.
¿Fue para esto, Miss Milroy, que resistí la
tentación una mañana tras otra, cuando sabía que estabais solos en el parque?
¿Te di tiempo para deslizarte y ocupar mi sitio en el favor de Armadale? Sin
embargo, ¡nunca había resistido una tentación sin sufrir por ello de alguna
manera parecida a ésta! Si hubiese seguido mi primera intención el día en que
me despedí de ti, mi joven damita... bueno, bueno, esto ya no importa. Tengo el
futuro por delante, ¡y tú no eres todavía Mrs. Armadale! Y puedo decirte otra cosa:
si él se casa con alguien, nunca será contigo. Aunque no pueda desquitarme de
ti de otra manera, puedes estar segura de que, pase lo que pase, ¡me desquitaré
de ésta!
Para mi propia sorpresa, no estoy en uno de
mis arranques de furor. La última vez que me hallé en este estado perfectamente
frío ante una grave provocación, algo salió de ello que no me atrevo a escribir
ahora, ni siquiera en mi diario secreto. No me sorprendería que ahora ocurriese
lo mismo.
A mi regreso, pasé por la vivienda de Mr.
Bashwood en el pueblo. No estaba en casa y le dejé un mensaje diciéndole que
venga aquí esta noche para hablar conmigo. Pienso relevarle al momento del
deber de vigilar a Armadale y a Miss Milroy. Todavía no veo cómo voy a arruinar
sus perspectivas en Thorpe-Ambrose tan completamente como ha arruinado ella las
mías. Pero cuando llegue el día, y lo vea, no sé hasta dónde me llevará mi
sentimiento de venganza, y podría ser inconveniente, y posiblemente peligroso,
confiar en un gallina como Mr. Bashwood.
Sospecho que todo esto me trastorna más de lo
que me imaginaba. La historia de Midwinter empieza a obsesionarme de nuevo, sin
pausa ni razón.
¡Una llamada suave, rápida, temblorosa, a la
puerta de la calle! Sé quien es. Sólo la mano del viejo Bashwood podría llamar
de esta manera.
Las nueve. — Acabo de librarme de él. Me ha
sorprendido ver en él un nuevo carácter. Parece (aunque yo no lo advertí) que
estaba en la casa grande mientras yo estaba con Armadale. Nos vio hablar en el
paseo, y después, oyó lo que decían los criados, que también nos vieron. La
sabia opinión de la servidumbre es que hemos hecho las paces y que es probable
que su señor se case a fin de cuentas conmigo. «Está chalado por sus cabellos
rojos», fue la elegante expresión que usaron en la cocina. «La pequeña Missie
no puede igualarla en esto, y la pequeña Missie saldrá malparada.» ¡Cómo
aborrezco los modales de la clase baja!
Mientras el viejo Bashwood me contaba esto,
pensé que parecía aún más confuso y nervioso que de costumbre. Pero no vi cuál
era realmente la razón hasta que le hube dicho que debía dejar a mi cuidado
toda ulterior vigilancia de Mr. Armadale y Miss Milroy. Hasta la última gota de
la poca sangre que hay en el cuerpo de la débil y vieja criatura pareció subir
a su semblante. Hizo un esfuerzo sobrehumano; pareció que iba a caerse muerto
de espanto por su propia audacia; pero en todo caso, tartamudeando y balbuciendo
y agarrando desesperadamente con ambas manos el ala de su horrible y gran
sombrero, formuló su pregunta: «¡Discúlpeme, Miss Gwi-Gwi-Gwilt! No va
realmente a casarse con Mr. Armadale, ¿verdad?» A su edad, está celoso,
realmente celoso de Armadale; si he visto alguna vez los celos en la cara de un
hombre, ha sido en la suya. Si hubiese estado de humor para ello, me habría
echado a reír en sus narices. Pero lo cierto es que estaba irritada y perdí la
paciencia con él. Le dije que era un viejo estúpido y le ordené que continuase
su trabajo acostumbrado hasta que le hiciese saber que le necesitaba de nuevo.
Se sometió como de costumbre; pero, cuando se despidió de mí, había en sus
viejos ojos lacrimosos un algo indescriptible que nunca había observado en ellos
hasta entonces. El amor tiene fama de provocar toda clase de extrañas
transformaciones. ¿Es realmente posible que el amor haya hecho que Mr. Bashwood
sea lo bastante hombre para enfadarse conmigo?
Miércoles. — Mi experiencia de los hábitos de
Miss Milroy me hizo concebir la noche pasada una sospecha que pensé que era
conveniente aclarar esta mañana.
Tenía por costumbre, cuando yo estaba en el
cottage, dar un paseo por la mañana temprano, antes del desayuno. Considerando
que yo solía elegir a menudo aquella misma hora para mis encuentros privados
con Armadale me pareció probable que mi exdiscípula me imitase y pensé que
podría hacer algún descubrimiento interesante si encaminaba mis pasos en la
dirección del jardín del comandante, a la hora adecuada. Para estar segura de
despertarme, me abstuve de las gotas y en consecuencia he pasado una noche
horrible y he estado en condiciones, a las seis de la mañana de levantarme y
recorrer el trayecto desde mi pensión hasta el cottage bajo el fresco aire
mañanero.
No llevaba cinco minutos en el lado de la
cerca del jardín que da al parque, cuando la vi salir. También ella parecía
haber pasado una mala noche; tenía los ojos cargados y enrojecidos, y sus
labios y mejillas parecían hinchados como si hubiese estado llorando.
Evidentemente, llevaba algo entre ceja y ceja; algo, según se puso pronto de
manifiesto, que la hizo salir del jardín al parque. Caminó (¡si se puede llamar
caminar, con unas piernas como las suyas!) en derechura a la glorieta, abrió la
puerta, cruzó el puente y aceleró el paso al dirigirse a la parte baja del
parque, donde la arboleda es más espesa. La seguí en el espacio descubierto con
toda impunidad, tal era su preocupación, y cuando empezó a aflojar el paso
entre los árboles, yo estaba ya también entre ellos, sin temor de que me viese.
Al poco rato se oyeron crujidos de fuertes
pisadas que venían hacia nosotras a través de los matorrales de una profunda
depresión del suelo. Yo conocía tan bien como ella aquellos pasos. «Estoy
aquí», dijo ella, con una débil vocecilla. Me oculté detrás de los árboles a
pocas yardas de distancia, sin saber de fijo de qué lado saldría Armadale del
monte bajo para reunirse con ella. Apareció en el lado del pequeño valle
opuesto al árbol detrás del cual yo me encontraba. Se sentaron juntos en la
orilla. Yo me senté detrás del árbol, les observé entre las matas, y oí sin la
menor dificultad todas las palabras que dijeron.
Él inició la conversación diciendo que parecía
desanimada y preguntándole si había pasado algo malo en el cottage. La taimada
y pequeña lagarta no perdió tiempo en causarle la impresión necesaria; se echó
a llorar. Naturalmente, él le asió la mano y trató, a su torpe y franca manera,
de consolarla. No: ella no estaba para consuelos. Se le ofrecía una triste
perspectiva; no había dormido en toda la noche pensando en ello. Su padre la
había llamado a su habitación la tarde anterior, había hablado del estado de su
educación y le había dicho, en pocas palabras, que iría al colegio. Había
encontrado el lugar y aceptado las condiciones, y en cuanto su vestuario
estuviese listo, la señorita tendría que partir. «Cuando estaba la odiosa Miss
Gwilt en casa —dijo aquella jovencita modelo—, habría ido de buena gana al
colegio, quería ir. Pero ahora todo es diferente, no pienso de la misma manera;
creo que soy demasiado mayor para ir al colegio. Estoy desolada, Mister
Armadale.» Entonces se interrumpió, como si hubiese querido decir algo más y le
dirigió una mirada que completó claramente la frase: «Estoy desolada, Mister
Armadale; ahora que volvemos a ser amigos, ¡tengo que alejarme de usted!» Para
un franco y audaz descaro, que una mujer mayor se avergonzaría de mostrar,
¡dadme a esas jóvenes cuya modestia es tan tercamente encomiada por los
nauseabundos sentimentalistas domésticos de nuestros días!
Incluso Armadale, con lo bobo que es, la
comprendió. Después de perderse en un laberinto de palabras que no llevaban a
ninguna parte, rodeó con un brazo, difícilmente puedo decir su cintura, pues no
la tiene..., rodeó con un brazo los últimos botones y ojales de su vestido y,
como para ofrecerle la manera de librarse de la ofensa de que la enviasen al
colegio a su edad, le hizo, en pocas palabras, una proposición de matrimonio.
Si hubiese podido matarles a los dos en aquel
momento levantando el dedo meñique, no tengo la menor duda de que lo habría
levantado. Tal como estaban las cosas, solamente esperé a ver lo que hacía Miss
Milroy. Pareció que creía necesario (supongo que pensando que se había reunido
con él a escondidas de su padre y sin olvidar que yo había sido antes que ella
objeto favorito de la buena opinión de Mr. Armadale) hacerse valer con una
explosión de indignación virtuosa. Preguntó cómo podía pensar él en semejante
cosa, después de su conducta con Miss Gwilt y de que su padre le hubiese
prohibido entrar en su casa. ¿Quería hacerle sentir que había olvidado
inexcusablemente el respeto que se debía a sí misma? ¿Era digno de un caballero
proponer lo que sabía, tan bien como ella, que era imposible? Etcétera,
etcétera. Cualquier hombre con un poco de cerebro habría sabido lo que
significaba realmente esta fanfarronada. Armadale lo tomó tan en serio que
trató de justificarse. Declaró, a su torpe y precipitada manera, que estaba
resuelto a todo; ella y su padre podían hacer las paces con él, y ser amigos de
nuevo; y si el comandante persistía en tratarle como a un desconocido,
señoritas y jóvenes que se hallaban en la misma situación se habían fugado para
casarse, antes de ahora, y los padres y madres que no habían querido
perdonarles antes les habían perdonado después. Naturalmente, una proposición
tan descaradamente franca como ésta dejaba solamente dos alternativas a Miss
Milroy: confesar que había estado diciendo no cuando había querido decir sí, o
refugiarse una vez más en la indignación. Y fue lo bastante hipócrita para
preferir la indignación. «¿Cómo se atreve usted, Mr. Armadale? ¡Márchese de
aquí inmediatamente! ¡Es una desconsideración, una crueldad, una verdadera
ignominia, decirme estas cosas!» Etcétera, etcétera. Parece increíble, pero es
verdad, que fuese él lo bastante tonto para tomarlo al pie de la letra. Se
disculpó y se alejó como un niño castigado a estar de pie en un rincón. ¡Jamás
había visto una cosa en forma de hombre tan desdeñable!
Cuando él se hubo marchado, ella esperó,
tratando de serenarse, y yo esperé detrás de los árboles para ver si lo
conseguía. Se volvió a mirar furtivamente el sendero por el que se había
alejado él. Sonrió (diría mejor que hizo una mueca, con esa boca que tiene);
dio unos pasos de puntillas por si le veía, se volvió de nuevo y, de pronto,
prorrumpió en un llanto violento. Pero yo no me dejo engañar tan fácilmente
como Armadale, y vi claramente lo que significaba todo aquello.
«Mañana —dije para mis adentros—, volverás a
estar en el parque, señorita, por pura casualidad. El día siguiente, le
inducirás a declararse por segunda vez. El día siguiente, él se atreverá a
suscitar de nuevo el tema de los que se fugan para casarse, y tú sólo te
mostrarás confusa. Y al otro día, si él ha urdido un plan para proponértelo y
tú has empaquetado ya tu ropa para ir a colegio, le escucharás.» Sí, sí; el
tiempo juega siempre a favor del hombre que se enfrenta a una mujer, si el
hombre es lo bastante paciente para esperar a que el tiempo le ayude.
Dejé que se marchase de allí y volviese a la
casita, ignorando en absoluto que yo la había estado observando. Esperé,
reflexionando, entre los árboles. La verdad es que estaba impresionada, por lo
que había visto y oído, de una manera que no es fácil describir. Vi todo el
asunto bajo una nueva luz. Y me convencí de que ella le ama realmente, cosa que
hasta esta mañana no había sospechado nunca.
Es mucho lo que tiene que pagarme, pero ahora
sé que le haré pagar hasta el último penique. Para mí no habría sido un triunfo
baladí interponerme entre Miss Milroy y su ambición de convertirse en una de
las damas más distinguidas del condado. Pero será mucho más grande, tratándose
de su primer amor, interponerme entre Miss Milroy y los deseos de su corazón.
¿La perdonaré, recordando mi propia juventud? ¡No! Ella me ha quitado la única
oportunidad que tenía de romper la cadena que me ata a una vida pasada demasiado
horrible para recordarla. Vuelvo a hallarme en una posición comparada con la
cual es soportable y envidiable la del paria que vaga por las calles. No, Miss
Milroy; no, Mr. Armadale; no perdonaré a ninguno de los dos.
Volví hace unas horas. He estado pensando, y
nada he sacado de ello. Desde que recibí, el domingo pasado, aquella extraña
carta de Midwinter, he perdido mi agudeza para hacer frente a las emergencias.
Cuando no estoy pensando en él o en su historia, mi mente está completamente
embotada. Yo, que siempre había sabido lo que tenía que hacer en cualquier
ocasión, ahora no lo sé. Desde luego, sería bastante fácil informar al
comandante Milroy de los tejemanejes de su hija. Pero el comandante la quiere;
Armadale está ansioso de reconciliarse con él; Armadale es rico y próspero, y
está dispuesto a someterse al viejo, y antes o después volverán a ser amigos y
se celebrará la boda. Poner sobre aviso al comandante Milroy es solamente una
manera de crearle dificultades para el presente; no es la manera de separarles
de una vez para siempre.
¿Cuál es la manera? No la veo. ¡Sería capaz de
arrancarme los cabellos! ¡Sería capaz de incendiar la casa! Si hubiese un tren
cargado de pólvora debajo del mundo, sería capaz de prenderle fuego y volar
todo el mundo y destruirlo... ¡Tal es mi frenesí y tal mi rabia contra mí misma
por no verla!
¡Pobre querido Midwinter! Sí, querido. No me
importa decirlo. Estoy sola y desvalida. Necesito alguien que sea amable y
amoroso, que me aprecie; deseo sentir de nuevo su cabeza sobre mi pecho; me
gustaría ir a Londres y casarme con él. ¿Estoy loca? Sí; toda la gente
desdichada como yo está loca. Debo ir a la ventana y respirar un poco de aire
fresco. ¿Me arrojaré por ella? No; esto desfigura demasiado, y las diligencias
del forense hacen que muchas personas lo vean.
El aire me ha reanimado. Empiezo a recordar
que, a fin de cuentas, tengo el tiempo de mi parte. Nadie, salvo yo, sabe que
encontrarse en el parque es lo primero que hacen por la mañana. Si el celoso y
viejo Bashwood, que es lo bastante sigiloso y taimado para hacer cualquier
cosa, trata de espiar a Armadale por su cuenta y su propio interés, lo
intentará a la hora acostumbrada, cuando se dirija al despacho del
administrador. No sabe nada de los hábitos tempraneros de Miss Milroy, y no
llegará a la casa hasta después de que Armadale haya vuelto a ella. Esperaré y
observaré durante la próxima semana, y elegiré mi tiempo y la manera de
intervenir en el momento en que vea que él se está imponiendo a las
vacilaciones de ella y le hace decir: sí.
Y aquí estoy, esperando, sin saber cómo
terminarán las cosas; con Midwinter en Londres, con mi bolsa cada día más vacía
y sin esperanzas de que vengan nuevos discípulos a llenaría, con mamá Oldershaw
que insistirá en que le devuelva su dinero en cuanto sepa que he fracasado; sin
perspectivas, sin amigos, sin esperanza alguna... Una mujer perdida, si es que
la hubo jamás. Pues bien, digo una y otra y otra vez: ¡me importa un bledo!
Aquí me quedaré, aunque tenga que vender la ropa con que cubro mi espalda, aunque
tenga que alquilarme en la taberna para tocar para los brutos que beben allí
cerveza; ¡aquí me quedaré, hasta que llegue el momento y vea la manera de
separar a Armadale y Miss Milroy para siempre!
Las siete. — ¿Alguna señal de que está
llegando el momento? Es difícil saberlo; en todo caso, hay indicios de un
cambio en mi posición en el vecindario.
Dos de las más viejas y feas de las muchas
señoras viejas y feas que se ocuparon de mi caso cuando abandoné el servicio
del comandante Milroy, acaban de visitarme, presentándose, con el insoportable
descaro de las inglesas caritativas, como una delegación de mis patrocinadoras.
Parece que la noticia de mi reconciliación con Armadale se ha difundido desde
las dependencias de la servidumbre en la casa grande y ha llegado a la
población, con este resultado. La opinión unánime de mis patrocinadoras (y
también la del comandante Milroy, que ha sido consultado) es que actué con
desvergüenza inexcusable al ir a la casa de Armadale y hablar allí, en términos
amistosos, con un hombre cuya conducta a mi respecto hizo que mi nombre fuese
la comidilla del vecindario. Mi falta total de dignidad en este asunto ha dado
origen al rumor de que me estoy valiendo, con la astucia de siempre, de mi
belleza, y de que, en definitiva, es probable que consiga que Armadale se case
conmigo. Desde luego, mis patrocinadoras son demasiado caritativas para
creerlo. Simplemente creen necesario amonestarme con un espíritu cristiano y
advertirme que un segundo y similar descaro por mi parte obligaría a todos mis
mejores amigos del lugar a retirarme la consideración y la protección de que
ahora disfruto.
Después de hablarme en estos términos
(evidentemente ensayados de antemano), y de dar vueltas sobre ellos, mis dos
Gorgonas visitantes se irguieron en sus sillones y me miraron como diciendo:
«Es posible que oyese hablar a menudo de la virtud, Miss Gwilt, pero creemos
que nunca la haya visto en toda su plenitud hasta que hemos venido a
visitarla.» Viendo que tenían ganas de provocarme, dominé mi mal genio y les
respondí con mi manera más suave, dulce y distinguida. He advertido que el
cristianismo de cierta clase de personas respetables empieza cuando abren sus
devocionarios a las once de la mañana del domingo y termina cuando los cierran
a la una de la tarde del mismo día. Nada asombra y ofende tanto a los
cristianos de esta clase como que se les recuerde su cristianismo en un día
laborable. Y hablé partiendo de esta idea, como suele decirse en las comedias.
«¿Qué he hecho de malo? —pregunté
inocentemente—. Mr. Armadale me ofendió, y fui a su casa para perdonarle la
ofensa. Seguramente tiene que haber algún error, señoras. No pueden haber
venido aquí para amonestarme, según el espíritu cristiano, por realizar una
acción cristiana, ¿verdad?»
Las dos Gorgonas se levantaron. Creo que
algunas mujeres tienen cola de gato además de cara de gato. Creo firmemente que
las colas de aquellos dos gatos particulares se menearon lentamente debajo de
las enaguas y se hincharon hasta cuatro veces su tamaño normal.
«Estábamos dispuestas a aguantar su mal genio,
Miss Gwilt —dijeron—, pero no su irreverencia. Buenos días.»
Dicho lo cual se marcharon, con lo que Miss
Gwilt se ve privada de la atención protectora del vecindario.
Me pregunto qué saldrá de esta tonta y pequeña
disputa. Una cosa puedo ver ahora claramente. La noticia llegará a oídos de
Miss Milroy. Ésta insistirá en que Armadale se justifique, y Armadale acabará
convenciéndola de su inocencia al hacerle otra proposición de matrimonio. Lo
más probable es que esto acelere el asunto entre los dos; al menos, así habría
sido si se hubiese tratado de mí. Si yo estuviese en su lugar, me diría:
«Asegúrate de él ahora que puedes.» Suponiendo que mañana no llueva, creo que
daré otro paseo mañanero en dirección al parque.
Medianoche. — Como no puedo tomar mis gotas,
si quiero salir temprano, será mejor que renuncie a toda esperanza de dormir y
prosiga mi diario. Incluso si las tomara, dudo de que mi cabeza reposara
tranquila sobre la almohada esta noche. Desde que se desvaneció la pequeña
excitación producida por la escena con mis «damas protectoras», me han
inquietado unos presentimientos que, bajo cualquier circunstancia, me habrían
impedido un buen descanso.
No sé por qué, pero las últimas palabras que
aquel viejo bruto de abogado dijo a Armadale han vuelto a mi memoria. Aquí
están, tal como las transcribió Mr. Bashwood en su carta: «Alguna otra persona
puede sentir curiosidad y continuar lo que nosotros abandonamos, y hacer que se
haga la luz sobre la persona de Miss Gwilt.»
¿Qué quiso decir con esto? ¿Y qué quiso decir
más tarde, cuando alcanzó al viejo Bashwood en el paseo, al indicarle que podía
seguir satisfaciendo su curiosidad? ¿Supone realmente ese odioso Pedgift que
hay alguna posibilidad...? ¡Ridículo! Bueno, me basta con mirar a esa enclenque
y vieja criatura, para que no se atreva a levantar el dedo meñique sin que yo
se lo diga. Pero ¡que trate él de investigar mi vida pasada! Personas diez
veces más inteligentes y cien veces más valerosas lo han intentado... y han
acabado sabiendo tanto como antes de empezar.
Pero no sé..., tal vez habría sido mejor que
me hubiese guardado mi mal genio cuando Bashwood estuvo aquí la otra noche. Y
tal vez sería aún mejor si le viese mañana y le brindase de nuevo mi favor
haciéndole algún encargo. Supongamos que le diga que observe a los dos Pedgift
y descubra si hay alguna probabilidad de que intente reanudar su relación con
Armadale. No es que esto sea probable pero, si encargo al viejo Bashwood esta
misión, halagaré su impresión de que es importante para mí y, al propio tiempo,
esto servirá para el excelente fin de mantenerle fuera de mi camino.
Jueves, nueve de la mañana. — Acabo de volver
del parque. Por una vez, he resultado ser una buena profetisa. Allí estaban los
dos, a la misma hora temprana, de nuevo encubiertos por los árboles; y allí
estaba la Miss, conocedora de la noticia de mi visita a la casa grande y
adoptando el tono pertinente.
Después de decir un par de cosas sobre mí, que
prometo no olvidar, Armadale siguió, para convencerla de su constancia, el
camino que yo había previsto que tomaría. Repitió su proposición de matrimonio,
esta vez con excelente efecto. Siguieron lágrimas y besos y protestas, y mi
exdiscípula abrió al fin su corazón, de la manera más inocente. Su hogar,
confesó, se estaba haciendo ahora tan triste para ella, que casi lo era tanto
como tener que ir al colegio. El genio de su madre era cada día más violento y
difícil. La enfermera, que era la única persona con alguna influencia sobre
ella, se había marchado asqueada. Su padre se entregaba más y más a su reloj y
estaba más y más resuelto a enviarla lejos de casa, impulsado por las
lamentables escenas que ahora provocaba su madre casi todos los días. Escuché
todas estas revelaciones domésticas con la esperanza de oírles discutir algún
plan que pudiesen tener para el futuro, y mi paciencia, puesta a prueba durante
un buen rato, se vio al fin recompensada.
La primera sugerencia (como era natural,
siendo Armadale tan tonto) fue de la muchacha. Planteó una idea que ni yo había
previsto. Propuso que Armadale escribiese a su padre y, más astuta aún, evitó
todo temor de que él metiese la pata, diciéndole lo que tenía que escribir.
Tenía que expresar su profunda aflicción por verse privado de la amistad del
comandante y pedirle permiso para visitarle en el cottage y decirle unas
palabras para justificarse. Esto era todo. No debía enviar la carta aquel mismo
día, pues las aspirantes a cubrir la plaza vacante de enfermera de Mrs. Milroy
estaban citadas para hoy, y verlas e interrogarlas pondría a su padre, que
aborrecía estas cosas, de muy mal humor para recibir con indulgencia la
petición de Armadale. Debía enviar la carta el viernes y, si la respuesta no
era, desgraciadamente, favorable, podrían encontrarse de nuevo el sábado por la
mañana. «No me gusta engañar a mi padre; siempre ha sido muy bueno conmigo. Y
no habrá necesidad de engañarle, Allan, si podemos conseguir que seáis de nuevo
amigos.» Éstas fueron las últimas palabras de la pequeña hipócrita, cuando me
alejé de ellos. ¿Qué hará el comandante? El sábado por la mañana lo sabremos.
No quiero pensar en esto hasta que haya llegado y pasado la mañana del sábado.
Ellos no son todavía marido y mujer, y una y otra vez me digo que no lo serán
nunca, a pesar de que mi cerebro está todavía tan a oscuras como siempre.
En mi camino de vuelta a casa, sorprendí a
Bashwood con su pobre y vieja tetera negra, su panecillo de un penique, su
pedazo de mantequilla aceitosa barata y su maldito y sucio mantel. Siento
náuseas sólo de pensarlo.
Engatusé y consolé a la triste y vieja
criatura hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos y se ruborizó de
satisfacción. Se ha comprometido a observar a los Pedgift con la mayor
diligencia. Según dice, el viejo Pedgift es, cuando se enfada, el hombre más
obstinado del mundo; nada le hará ceder, a menos que Armadale ceda también por
su parte. El joven Pedgift es, con mucho, el más propenso a intentar la
reconciliación. Al menos, ésta es la opinión de Bashwood. Ahora importa poco lo
que ocurra a este respecto. Lo único importante es tener de nuevo a mi anciano
admirador atado con el cinturón de mi delantal. Y esto es cosa hecha. El
cartero se ha retrasado esta mañana. Acaba de llegar y me ha traído una carta
de Midwinter.
Es una carta encantadora; me halaga como si
fuese de nuevo una jovencita. Ningún reproche por no haberle escrito nunca;
ningún engorroso apremio para que, dicho en pocas palabras, me case con él.
Sólo me escribe para darme una noticia. Ha conseguido, por medio de sus
abogados, un ofrecimiento de empleo como corresponsal eventual de un periódico
que está a punto de aparecer en Londres. Este empleo exigirá que salga de
Inglaterra y vaya al Continente, que es lo que desea para el futuro, pero no
puede considerar en serio el ofrecimiento sin asegurarse primero de que
satisface también mis deseos. Como no conoce más voluntad que la mía, deja la
decisión en mi mano, después de mencionar el tiempo que le han concedido para
dar su respuesta. Es naturalmente el tiempo (si accedo a su ida al extranjero)
en que debo casarme con él. Pero no dice una palabra de esto en su carta. Sólo
me pide unas líneas para ayudarle a soportar el intervalo, mientras estamos
separados. Ésta es la carta; no muy larga, pero bellamente redactada.
Creo que puedo adivinar el secreto de su
antojo de ir al extranjero. La frenética idea de poner las montañas y los mares
entre Armadale y él sigue ocupando su mente. Como si él o yo pudiésemos
librarnos de hacer aquello a lo que estamos destinados (presumiendo que el
destino rija realmente nuestras vidas) poniendo unos pocos cientos, o unos
pocos miles de millas, entre Armadale y nosotros. ¡Qué falta de lógica, qué
absurdo! Y sin embargo, ¡cuánto me gusta que sea inconsecuente y absurdo! Pues
¿no veo claramente que yo estoy en el fondo de todo esto? ¿Quién descarría a
ese hombre inteligente, a pesar de sí mismo? ¿Quién le ciega hasta el punto de
no ver en su propia conducta la contradicción que vería claramente en la
conducta de otro? ¡Cuánto interés siento por él! ¡Cuan peligrosamente cerca
estoy de cerrar los ojos al pasado y permitirme amarle! ¿Quiso Eva más que
nunca a Adán, después de haberle engatusado para que comiese la manzana?, me
pregunto. Yo me hubiese vuelto loca por él. (Recordatorio: Escribir una cartita
bien amable a Midwinter, con un beso en ella, y como le han concedido un tiempo
para enviar su respuesta, pedirle tiempo a él para decirle si quiero o no ir al
extranjero.)
Las cinco. — Una aburrida visita de mi
patrona, ansiosa de chismorreos, y llena de noticias que cree que me
interesarán.
Ahora me entero de que conoce a la antigua
enfermera de Mrs. Milroy y de que esta tarde se ha visto con su amiga en la
estación.
Desde luego, hablaron de cosas del cottage y
mi nombre sonó en el curso de la conversación. Parece que, si hay que confiar
en el saber de la enfermera, estoy completamente equivocada al creer que Miss
Milroy fue la responsable de enviar a Mr. Armadale a visitar en Londres a la
persona que había dado informes sobre mí. En realidad, Miss Milroy no sabía
nada de esto y la causa de todo fueron los estúpidos celos de su madre. El
desgraciado estado actual de las cosas en el cottage se debe enteramente a la
misma causa. Mrs. Milroy está firmemente persuadida de que, si me he quedado en
Thorpe-Ambrose, ha sido para tener alguna manera secreta de comunicar con el
comandante que ella no puede descubrir. Con esta convicción en su cerebro, se
ha vuelto tan insoportable que ninguna persona en su sano juicio sería capaz de
permanecer cerca de ella para cuidarla, y antes o después el comandante, por
mucho que le pese, se verá obligado a colocarla bajo un cuidado médico
adecuado.
Éste es el resumen y las sustancias de lo que
la fastidiosa patrona tenía que contarme. Inútil decir que aquello no me
interesaba en absoluto. Aunque la afirmación de la enfermera sea digna de
confianza (cosa que sigo dudando), ahora carece de importancia. Sé que Miss
Milroy, y sólo Miss Milroy, ha arruinado mi perspectiva de convertirme en Mrs.
Armadale de Thorpe-Ambrose, y no quiero saber nada más. Si su madre fue
realmente la única que intentó descubrir mis falsas referencias, parece, a fin
de cuentas, que lo está pagando. Así pues, digo adiós a Mrs. Milroy, y que el
cielo me proteja de echar nuevas últimas miradas al cottage, ¡visto a través de
las gafas de mi patrona!
Las nueve. — Bashwood acaba de dejarme,
después de traer noticias de la casa grande. El joven Pedgift ha hecho hoy
mismo su intento de reconciliación, y ha fracasado. Yo soy la única causa de su
fracaso. Armadale está perfectamente dispuesto a reconciliarse si el viejo
Pedgift evita toda ocasión futura de desacuerdo entre ellos, absteniéndose de
suscitar el tema de Miss Gwilt. Sin embargo, resulta que ésta es precisamente
la condición que Pedgift padre (con su opinión sobre mí y mis andanzas) no
puede aceptar, en consideración a su deber para con Armadale. Por consiguiente,
el abogado y su cliente siguen más apartados que nunca y el obstáculo de los
Pedgift ha sido eliminado de mi camino.
Podría haber sido un obstáculo muy enojoso, en
lo concerniente al viejo Pedgift, si una de sus sugerencias se hubiese puesto
en práctica; quiero decir, si un agente de policía de Londres hubiese sido
traído aquí para echarme una mirada. Pero incluso ahora me pregunto si no haría
mejor en ponerme de nuevo el tupido velo que llevo siempre en Londres y en
otras poblaciones importantes.
La única dificultad está en que, si me pusiese
por primera vez un tupido velo en verano, llamaría la atención en este pequeño
y curioso pueblo.
Son casi las diez; me he entretenido en mi
diario más tiempo de lo que suponía.
No hay palabras para describir lo cansada y
lánguida que me siento. ¿Por qué no tomo mis gotas y me voy a la cama? Mañana
por la mañana no habrá ningún encuentro entre Armadale y Miss Milroy que me
obligue a levantarme temprano. ¿Estoy tratando, por centésima vez, de ver claro
mi camino hacia el futuro; tratando, en mi actual estado de fatiga, de ser la
mujer ingeniosa que era antaño, antes de que todas estas inquietudes se
juntasen para abrumarme? ¿O tengo miedo de mi cama cuando más la necesito? No
lo sé; estoy cansada y afligida; parezco desesperadamente macilenta y vieja. Si
algo me incitase un poco, podría ser lo bastante tonta para echarme a llorar.
Afortunadamente, no hay nadie que me incite. ¿Qué clase de noche es ésta?, me
pregunto.
Una noche nublada, con la luna asomando a
intervalos y soplando el viento. Puedo oírle gemir entre las casitas sin
terminar del final de la calle. Supongo que mis nervios deben de estar un poco
agitados. Precisamente ahora me sobresaltó una sombra en la pared. Sólo un
momento después tuve la sensatez suficiente para advertir el sitio donde estaba
la vela y ver que aquella sombra era la mía.
Las sombras me recuerdan a Midwinter... o, si
no son las sombras, será otra cosa. Debo echar otro vistazo a su carta, y
después, me iré a dormir.
Acabaré tomándole cariño. Si sigo mucho tiempo
en este estado de solitaria incertidumbre, tan vacilante, tan distinta de como
soy generalmente, acabaré tomándole cariño. ¡Qué locura! ¡Como si pudiese yo
enamorarme de veras, de nuevo, de un hombre! Supongamos que tomase una de mis
súbitas resoluciones y me casara con él.
Aunque es pobre, si fuese su esposa me daría
un nombre y una posición. Veamos cómo suena el nombre, su nombre, si realmente
aceptase tomarlo.
Mrs. Armadale. Muy bonito.
¡Mrs. Allan Armadale! Todavía más bonito.
Mis nervios tienen que estar trastornados.
¡Ahora me sorprende mi propia escritura! Esto es tan extraño... que
sorprendería a cualquiera. La identidad de ambos nombres es más chocante si la
considero desde esta nueva perspectiva. Si me casara con uno cualquiera de los
dos, mi nombre sería el mismo. Sería Mrs. Armadale, si me hubiese casado con el
rubio Allan de la casa grande. Y también sería Mrs. Armadale si me casara con
el Allan de cabellos negros de Londres. Casi es para volverme loca escribir
esto..., sentir que algo podría sacar de ello... y encontrarme con que no se me
ocurre nada.
¿Cómo puedo sacar algo de ello? Si fuese a
Londres y me casara con él bajo su verdadero nombre (como forzosamente tendría
que ser), ¿permitiría él después que lo emplease? Con las razones que tiene
para ocultar su nombre verdadero, me exigiría..., no, me quiere demasiado para
exigirlo..., me suplicaría que adoptase su nombre supuesto. Mrs. Midwinter.
¡Horrible! Como también Ozias, cuando me dirigiese familiarmente a él como
corresponde a una esposa. ¡Peor que horrible!
Y sin embargo, podría haber alguna razón para
complacerle, si me lo pidiese. Supongamos que el bruto de la casa grande
saliese de la vecindad siendo soltero, y supongamos que, en su ausencia,
algunas de las personas que le conocen oyesen hablar de una tal Mrs. Allan
Armadale: inmediatamente considerarían que es su esposa. Y aunque me viesen, si
me presentaba ante ellos con aquel nombre y él no estaba presente para
contradecirme, sus propios criados serían los primeros en decir: «¡Sabíamos que
a fin de cuentas se casaría con él!» Y mi patrona, que estará dispuesta a
creerlo todo de mí, ahora que nos hemos peleado, se uniría al coro a sotto
voce: «Imagínate, querida; el rumor que tanto nos impresionó... ¡ahora resulta
que es verdad!» No. Si me casara con Midwinter, o tendría que estar con mi
marido en una falsa posición, o tendría que abandonar su verdadero nombre, su
bonito y romántico nombre, detrás de la puerta de la iglesia. ¡Mi marido! ¡Como
si fuera a casarme con él! No voy a casarme con él, y asunto terminado.
Las diez y media. — ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cómo
me laten las sienes y qué ardor siento en los cansados ojos! La luna me está
mirando a través de la ventana. ¡Con qué rapidez vuelan las nubécillas
dispersas, empujadas por el viento! Ahora dejan que asome la luna, y ahora la
cubren. ¡Qué extrañas formas toman y pierden, en un momento, sus manchas
amarillas! No hay paz ni calma para mí, dondequiera que mire. La vela no para
de temblar, y el mismo cielo está inquieto esta noche.
«¡A la cama! ¡A la cama!», como dice Lady
Macbeth. A propósito, me pregunto qué habría hecho Lady Macbeth en mi posición.
Habría matado a alguien al empezar sus dificultades. Probablemente a Armadale.
Viernes por la mañana. — Una noche de
descanso, de nuevo gracias a mis gotas. He ido a desayunar más animaba, y la
mañana me ha dado la bienvenida en forma de una carta de Mrs. Oldershaw.
Mi silencio ha producido efecto en mamá
Jezabel. Lo atribuye a su verdadera causa, y por fin saca las uñas. Si no puedo
hacer efectivo el pagaré de treinta libras, que vence el próximo martes, su
abogado tiene instrucciones de actuar en consecuencia. ¡Si no puedo hacerlo
efectivo! Bueno, cuando haya pagado hoy a la patrona, ¡apenas me quedarán cinco
libras! Ni tengo la menor perspectiva de ganar algún dinero antes del martes,
ni una amiga que me preste seis peniques. Sólo faltaba una dificultad para
colmar la medida de todas las que me abruman y es la que acaba de llegar.
Desde luego, Midwinter me ayudaría, si me
atreviese a pedírselo. Pero esto significaría casarme con él. ¿Tan desesperada
estoy y tan inútil soy, para acabar de esta manera? No; todavía no. Tengo
pesada la cabeza; debo salir a tomar el aire y pensar acerca de esto.
Las dos. Creo que Midwinter me ha contagiado
su superstición. Empiezo a pensar que los acontecimientos me están empujando
más y más hacia algún fin que todavía no veo, pero que estoy firmemente
persuadida de que no está lejos. He sido insultada, deliberadamente insultada
ante testigos, por Miss Milroy.
Después de pasear como de costumbre por el
lugar menos frecuentado que se me ocurrió, y después de tratar inútilmente de
tomar una decisión acertada sobre lo que haría a continuación, recordé que
necesitaba papel de escribir y plumillas, y volví atrás hacia la tienda de
objetos de escritorio. Habría sido más prudente enviar a buscar lo que me hacía
falta. Pero estaba cansada de mí misma, y cansada de mis solitarias
habitaciones, e hice mi propio recado, sin más razón que la de hacer algo.
Acababa de entrar en la tienda y estaba
pidiendo lo que quería, cuando entró otra cliente. Ambas nos miramos y nos
reconocimos al instante: Miss Milroy. Una mujer y un muchacho estaban detrás
del mostrador, además del hombre que me atendía. «¡En qué podemos servirla,
señorita?» Y ella, mirándome fijamente, para recalcar sus palabras, respondió:
«Nada, de momento, gracias. Volveré cuando la tienda esté vacía.»
Salió. Las tres personas de la tienda me
miraron en silencio. También en silencio, pagué mi compra y salí a la calle. No
sé lo que habría sentido si me hubiese hallado en mi estado de ánimo normal.
Pero ansiosa y turbada como me encuentro ahora, debo confesar que la niña me
hirió en lo más vivo.
En un momento de flaqueza (pues no era otra
cosa), tentada estuve de corresponder a su malevolencia con otra igualmente
mezquina por mi parte. En realidad, recorrí toda la calle, en dirección a la
casita del comandante, dispuesta a contarle el secreto de los paseos mañaneros
de su hija, pero entonces recobré mi buen criterio. Me calmé, giré sobre mis
talones y me dirigí a mi casa. No, no, Miss Milroy; una simple travesura en el
cottage terminaría con tu padre perdonándote y Armadale aprovechándose de su indulgencia,
y no serviría para hacerte pagar lo que me debes. No olvido que tienes puesto
el corazón en Armadale, y que el comandante, por mucho que diga, siempre acabó,
hasta ahora, dejándote hacer tu voluntad. Mi cerebro puede enturbiarse más y
más, pero todavía no me ha fallado del todo.
Mientras tanto, aquí está la carta de mamá
Oldershaw, esperando obstinadamente que la conteste, y aquí estoy yo, sin saber
todavía lo que he de hacer. ¿La contestaré, o no? Esto importa poco de momento;
todavía puedo perder algunas horas antes de que salga el correo.
¿Y si le pidiese a Armadale que me prestase el
dinero? Me encantaría sacar algo de él, y creo que, en su actual situación con
Miss Milroy, haría cualquier cosa para librarse de mí. Sería una ruindad por mi
parte. ¡Bah! Cuando se odia y desprecia a un hombre como odio y desprecio yo a
Armadale, ¿a quién le importa parecer ruin a sus ojos?
Y sin embargo, mi orgullo, o alguna otra cosa,
no sé cuál, hace que me eche atrás.
Las dos y media..., sólo las dos y media. ¡Ay,
el horrible tedio de estos largos días de verano! No puedo seguir pensando y
pensando por más tiempo; debo hacer algo para aliviar mi mente. ¿Tocar el
piano? No; no estoy de humor para esto. ¿Trabajar? No; si tomase mi aguja,
volvería a pensar de nuevo. Un hombre, en mi lugar, buscaría refugio en la
bebida. Como no soy hombre, no puedo beber. Me entretendré con mis vestidos y
arreglaré mis cosas.
¿Ha pasado una hora? Más de una hora. Y parece
un minuto.
No puedo releer todas estas páginas, pero sé
que lo escribí en alguna parte. Sé que sentí que me acercaba más y más a alguna
meta que todavía permanecía oculta a mis ojos. Ahora ya no lo está. La nube se
ha apartado de mi mente, mis ojos han dejado de estar ciegos. ¡Veo! ¡Veo!
Ha venido a mí..., yo no lo busqué. Si
estuviese yaciendo en mi lecho de muerte, podría jurar, con la conciencia
tranquila, que yo no lo busqué.
Sólo estaba echando una ojeada a mis cosas,
frivola y ociosamente, como hubiese podido hacerlo la mujer más ociosa y
frivola del mundo. Revolví mis vestidos y mi ropa interior. ¿Podía haber un
pasatiempo más inocente? Los niños pequeños suelen hacerlo.
¡El día de verano era tan largo, y yo estaba
tan cansada! Revisé mis arcas. Primero eché un vistazo a la grande, que suelo
dejar abierta, y después pasé a la pequeña, que tengo siempre cerrada.
Pasando de una cosa a otra, llegué al fin al
fajo de cartas que guardo en el fondo; las cartas del hombre por quien, un día,
lo sacrifiqué y lo sufrí todo, el hombre que hizo de mí lo que soy.
Cien veces he resuelto quemar estas cartas;
pero no las he quemado. Esta vez, lo único que dije fue: «¡No leeré sus
cartas!» Y las leí.
El villano, el falso y cobarde y despiadado
villano... (Qué me importan ahora sus cartas? ¡Oh, qué desgracia, ser mujer!
¡Oh, cómo puede tentarnos el recuerdo de un hombre a ser ruines, aunque nuestro
amor por él esté muerto y enterrado! Leí las cartas... Me sentía tan sola y
afligida que leí las cartas.
Llegué a la última..., la carta que me
escribió para animarme, cuando yo vacilaba al acercarse más y más al terrible
momento; la carta que me dio nuevo impulso cuando fallaba mi resolución a
última hora. Seguí leyendo, línea tras línea, hasta que llegué a estas
palabras:
«... Realmente, no tengo paciencia para
soportar absurdos tales como los que me has escrito. Dices que te impulso a
hacer lo que no puede alcanzar el valor de una mujer.
¿De veras? Podría remitirte a cualquier
colección de juicios, en Inglaterra o en el extranjero, para demostrarte que
estás completamente equivocada. Pero tales colecciones pueden estar fuera de tu
alcance, y me referiré solamente a un caso que publicaron los periódicos de
ayer. Las circunstancias son totalmente diferentes de las nuestras; pero el
ejemplo de resolución, en una mujer, es digno de que lo adviertas.
Encontrarás, entre los reportajes judiciales,
el caso de una mujer casada, acusada de asumir falsamente la personalidad de la
viuda de un marino mercante desaparecido y que se presumía que se había
ahogado. Resulta que el nombre del marido (viviente) de la acusada (tanto el
nombre como el apellido son muy corrientes) y el del marino son idénticos.
Habrían podido ganar mucho dinero (del que tenía gran necesidad el marido de la
acusada, a quien ésta amaba profundamente), si el fraude hubiese dado
resultado. La mujer asumió toda la responsabilidad. Su marido estaba
desesperado y enfermo, y los alguaciles no le dejaban en paz. Como observarás,
todas las circunstancias estaban a favor de ella, y las esgrimió tan bien que
sus propios abogados reconocieron que se habría salido con la suya si el
presunto ahogado no hubiese aparecido, vivo y coleando, en el momento oportuno
para enfrentarse con ella. La escena se desarrolló en el despacho de los
abogados y salió a la luz durante el juicio. La mujer era muy bella, y el
marino era bondadoso. Al principio, había querido perdonarla, pero los abogados
no se lo permitieron. Entre otras cosas, le dijo: "No contaba usted con
que el ahogado volviese, vivo y gozando de buena salud, ¿verdad, señora?"
"Fue una suerte para usted —dijo la mujer— que no contase con ello. Se
libró del mar, pero no se habría librado de mí." "; Ah, sí? ¿Qué
habría hecho, si hubiese sabido que yo iba a volver?", preguntó el marino.
Ella le miró fijamente a la cara y respondió. "Le habría matado." ¿Lo
ves? ¿Crees que una mujer así me habría escrito para decirme que yo estaba
apretando a su padre más de lo que ella habría tenido valor para hacer? Y era
una mujer hermosa, ¡como tú! Cualquier hombre en mi posición habría deseado
tenerla ahora en tu lugar.»
No leí más. Cuando hube llegado a estas
palabras, fue como si un relámpago iluminase mi mente. En un instante, lo vi
tan claramente como lo veo ahora. Es horrible, es inaudito, es insuperablemente
audaz; pero, si no me falta valor ante esta terrible necesidad, tendré que
hacerlo. Asumiré la personalidad de la rica viuda de Allan Armadale de
Thorpe-Ambrose, si puedo contar con la muerte de Allan Armadale en un momento
dado.
Ésta es, dicho lisa y llanamente, la espantosa
tentación que me acosa ahora. Espantosa en más de un sentido, pues procede
directamente de aquella otra tentación en la que caí en tiempos pasados.
Sí; la carta me estaba esperando en el arca,
para servir a un objetivo en el que jamás había pensado el villano que la
escribió.
Aquí está el caso, como lo llama él (citado
sólo para provocarme; un caso completamente distinto del mío en aquella época),
que ha estado esperándome y acechándome durante todos los cambios de mi vida
hasta que al fin se ha convertido en mi propio caso.
Cualquier mujer se sobresaltaría al leer esto,
y sin embargo, no es esto lo peor... Todo ello ha estado en mi Diario durante
días, ¡sin que yo me diese cuenta! Todas las fútiles fantasías que no llegaba a
comprender... ¡tendían en secreto en esta dirección! Y no lo veía, no lo
sospechaba, hasta que la lectura de esta carta me hizo ver mis propios
pensamientos bajo una nueva luz..., ¡hasta que vi la sombra de mis propias
circunstancias reflejada en una circunstancia especial del caso de aquella otra
mujer!
Hay que hacerlo, si puedo mirar cara a cara la
necesidad. Hay que hacerlo, si puedo contar con la muerte de Allan Armadale en
un momento dado.
Todo, salvo su muerte, es fácil. Toda la serie
de acontecimientos bajo los que me he estado debatiendo desde hace más de una
semana (aunque era demasiado estúpida para verlo) está a mi favor; unos
acontecimientos que allanan progresivamente mi camino hacia la meta.
En tres audaces pasos, ¡solamente tres!, puedo
alcanzar aquella meta. Primer paso: que Midwinter se case en secreto conmigo,
bajo su verdadero nombre. Segundo paso: que Armadale se marche de
Thorpe-Ambrose, siendo soltero, y muera en algún lugar lejano entre personas
extrañas.
¿Por qué vacilo? ¿Por qué no dar el tercer y
último paso?
Lo daré. El tercer y último paso es mi
aparición, una vez conocida la noticia de la muerte de Armadale en el
vecindario, en calidad de viuda suya, provista del certificado de matrimonio
para demostrar mi condición. Tan claro como la luz del sol al mediodía. Gracias
a la identidad de los dos nombres, y gracias al cuidado con que se ha guardado
el secreto de esta identidad, puedo ser la esposa del moreno Allan Armadale,
sólo conocido como tal por él mismo y por mí, y, amparándome en aquella misma
condición, presentarme como viuda del rubio Allan Armadale, con una prueba a mi
favor (el certificado de matrimonio), irrebatible a los ojos de la persona más
incrédula.
¡Y pensar que he puesto todo esto en mi
diario! ¡Pensar que he contemplado realmente esta situación, sin ver en ella
más razón que la de aparecer ante el mundo (si me casara con Midwinter) bajo el
nombre supuesto de mi marido!
Pero ¿qué es lo que me inquieta? ¿El miedo a
los obstáculos? ¿El miedo a ser descubierta?
¿Dónde están los obstáculos? ¿Dónde está el
miedo a un descubrimiento?
En realidad, todo el vecindario sospecha que
estoy intrigando para convertirme en la señora de Thorpe-Ambrose. Soy la única
persona que sabe el verdadero rumbo que han tomado los sentimientos de
Armadale. Nadie, salvo yo, sabe todavía nada de sus encuentros mañaneros con
Miss Milroy. Si es necesario separarles, puedo hacerlo en cualquier momento,
mediante una carta anónima al comandante. Si es necesario echar a Armadale de
Thorpe-Ambrose, puedo conseguirlo en un plazo de tres días. Sus propios labios
me informaron, la última vez que hablé con él, de que iría hasta el fin del
mundo para volver a ser amigo de Midwinter, si éste se lo permitía. Me bastaría
con decir a Midwinter que escribiese desde Londres, pidiendo la reconciliación;
y Midwinter me obedecería y Armadale marcharía a Londres. De momento no tendría
ninguna dificultad; las que pudiesen surgir después, podría resolverlas. En
toda la empresa (por inverosímil que parezca hacerme pasar por viuda de un
hombre siendo todavía esposa de otro) no hay nada que tenga que considerarse
dos veces; salvo la necesidad terrible de la muerte de Armadale.
¡Su muerte! Podría ser una necesidad terrible
para cualquier otra mujer, pero, tal como están las cosas, ¿por qué ha de ser
terrible para mí?
Le odio a causa de su madre. Le odio a causa
de él mismo. Le odio por haberse ido a Londres a escondidas de mí y hecho
investigaciones a mi respecto. Le odio por obligarme a renunciar a mi situación
antes de que yo quisiera hacerlo. Le odio por quitarme toda esperanza de
casarme con él y arrojarme de nuevo, impotente, a mi vida miserable. Pero,
¡ay!, después de todo lo que he hecho en «pasado, ¿cómo puedo..., cómo
puedo...?
También odio a la muchacha, a la muchacha que
se interpuso entre nosotros, que me lo quitó, que me ha insultado hoy mismo en
presencia de otros... ¡Si él muriese, cuanto lo lamentaría esa niña que ha
puesto en él su corazón! ¡Qué grande sería mi venganza contra ella! Y cuando
fuese yo recibida como viuda de Armadale, ¡qué triunfo sería para mí! ¡Triunfo!
Sería más que un triunfo; sería mi salvación. Un apellido invulnerable, un
refugio invulnerable donde ocultarme de mi vida pasada. ¡Comodidades, lujo, riqueza!
Una renta de mil doscientas libras al año garantizada para mí, garantizada por
un testamento examinado por un abogado, asegurada con independencia de lo que
él deba decir o hacer. Yo nunca he tenido mil doscientas libras al año. En mi
época más feliz, no tuve ni siquiera la mitad. ¿Y qué tengo ahora? Solamente
cinco libras en el bolsillo... y la perspectiva de ir a la prisión por deudas
la próxima semana.
Pero ¡ay!, después de lo que he hecho ya en el
pasado, ¿cómo puedo..., cómo puedo...?
Algunas mujeres, de hallarse en mi lugar y
considerando mis recuerdos, sentirían de un modo diferente. Algunas dirían: «Es
más fácil la segunda vez que la primera. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué no puedo?»
Oh, diablo tentador, ¿no hay ningún ángel
cerca de aquí que levante un obstáculo oportuno entre esto y lo del día de
mañana, algo que me ayude a desistir?
Sucumbiré a la tentación, ¡sucumbiré si sigo
escribiendo o pensando en ello! Pondré fin a estas páginas y saldré de nuevo a
la calle. Encontraré alguna persona vulgar que me acompañe y hablaremos de
cosas vulgares. Me llevaré a la patrona y a sus hijos pequeños. Iremos a ver
alguna cosa. Hay algún espectáculo en el pueblo, y les invitaré. No soy tan
mala, cuando me lo propongo, y la patrona ha sido realmente amable conmigo. Sin
duda podré distraer mi mente un poco, viendo como ella y sus hijos se divierten.
Hace un minuto que cerré estas páginas, como
dije que haría, y ahora las he abierto de nuevo, no sé por qué. Creo que el
cerebro me da vueltas. Tengo la impresión de que he olvidado algo; tengo la
impresión de que debería encontrarlo aquí.
¡Lo he encontrado! ¡Midwinter!
¿Es posible que haya estado pensando en los
pros y los contras durante una hora, escribiendo una y otra vez el nombre de
Midwinter, especulando seriamente en casarme con él, y no haber recordado en
absoluto que, incluso después de eliminados todos los demás impedimentos, será
él, y sólo él, cuando llegue el momento, un obstáculo insuperable en mi camino?
¿Hasta tal punto me ha absorbido el esfuerzo de considerar la muerte de
Armadale? Supongo que sí. De otra manera, no podría explicar este
extraordinario olvido por mi parte.
¿Me pararé a pensar en esto como he pensado en
todo lo demás? ¿Me preguntaré si el obstáculo de Midwinter será, a fin de
cuentas, cuando llegue el momento, tan insuperable como me parece ahora? ¡No!
¿Qué necesidad tengo de pensar en ello? He resuelto resistir la tentación. He
resuelto invitar a mi patrona y a sus pequeños; he resuelto cerrar mi diario. Y
lo cerraré.
Las seis. — El parloteo de mi patrona es
insoportable; los hijos de mi patrona me aturden. Les he dejado para volver
corriendo y escribir unas líneas a Mrs. Oldershaw antes de la hora de recogida
del correo. Mi miedo a sucumbir a la tentación ha sido cada vez más fuerte. He
resuelto hacer algo que me impida seguir mi camino y hacer mi voluntad. Por
primera vez desde que la conozco, mamá Oldershaw será mi salvación. Me amenaza
con meterme en la cárcel si no hago efectivo el pagaré. Pues bien, que lo haga.
En mi estado actual, lo mejor que puede ocurrirme es que me lleven lejos de
Thorpe-Ambrose tanto si me gusta como si no. Le escribiré diciendo que aquí me
encontrarán. Le escribiré diciéndole, textualmente, ¡que el mejor servicio que
puede prestarme es encerrarme!
Las siete. — La carta está ya en el correo.
Empezaba a sentirme un poco mejor cuando han venido los niños a darme las
gracias por llevarles al espectáculo. Uno de ellos es una niña, y me ha
afectado lo que me ha dicho. Es una chiquilla descarada y sus cabellos son de
un color muy parecido al de los míos. «Cuando sea mayor seré como tú, ¿verdad?»
Y la idiota de su madre ha dicho: «Discúlpela, señorita, por favor», y la ha
sacado riendo de la habitación. ¡Como yo! No creo que le tenga cariño a esa
pequeña, ¡pero imagínate que fuese como yo!
Sábado, por la mañana. — Por una vez, hice
bien en actuar impulsivamente y escribir como lo hice a Mrs. Oldershaw. ¡Ahora
se ha producido otra circunstancia y ésta ha sido en mi favor!
El comandante Milroy contestó a la carta en
que Armadale le pedía permiso para ir a verle y justificarse. Su hija leyó en
silencio la respuesta cuando Armadale se la tendió esta mañana en el parque.
Pero después hablaron de ella lo bastante fuerte para que yo lo oyese. El
comandante insiste en el camino que ha tomado. Dice que tiene formada su
opinión sobre la conducta de Armadale, no por los rumores del pueblo, sino por
las propias cartas de aquél y que no ve motivo para alterar la conclusión a que
llegó cuando terminó la correspondencia entre ellos.
Confieso que este asuntillo había escapado de
mi memoria. Habría podido terminar malamente para mí. Si el comandante Milroy
hubiese sido menos obstinado en su opinión, Armadale habría podido
justificarse; el compromiso de matrimonio habría sido aprobado, y todo mi poder
para influir en el asunto se habría acabado. En cambio, tal como están las
cosas, deben continuar manteniendo el noviazgo en absoluto secreto, y Miss
Milroy, que nunca se ha aventurado a aproximarse a la casa grande desde que la
tormenta la obligó a buscar refugio en ella, probablemente se aventurará ahora
todavía menos. Puedo separarles cuando me plazca; con unas líneas anónimas al
comandante, ¡puedo separarles cuando me plazca!
Después de discutir sobre la carta, la
conversación entre los dos giró sobre lo que tendrían que hacer ahora. Pronto
se vio que la severidad del comandante Milroy daba el resultado acostumbrado.
Armadale volvió al tema de la fuga y, esta vez, ella le escuchó. Todo la
inclina en esta dirección. Su equipaje está casi preparado, y las vacaciones de
verano terminan al final de la próxima semana en el colegio que ha sido elegido
para ella. Cuando me alejé, habían decidido encontrarse de nuevo y acordar algo
el lunes.
Las últimas palabras que oí que le dirigía él
antes de marcharme me impresionaron un poco. Dijo: «En todo caso, Neelie, hay
una dificultad que no debe preocuparme. Tengo mucho dinero.» Y entonces la
besó. La manera de introducirme en su vida empezó a parecerme más fácil cuando
él habló de su dinero y besó a su novia.
Han pasado algunas horas y, cuanto más pienso
en ello, más temo el intervalo vacío entre este momento y aquel en que Mrs.
Oldershaw apele a la ley y me proteja contra mí misma. Tal vez habría hecho
mejor quedándome en casa esta mañana. Pero ¿cómo podía hacerlo? Después del
insulto que Miss Milroy me infirió ayer, estaba ansiosa de ir a mirarla.
Hoy; domingo; lunes; martes. No pueden
detenerme por mi deuda antes del miércoles. ¡Y mis míseras cinco libras pronto
no serán más que cuatro! ¡Y él dijo que tenía mucho dinero! ¡Y ella se ruborizó
y tembló al besarla él! Podría haber sido mejor para él, mejor para ella y
mejor para mí, que mi deuda hubiese vencido ayer y los alguaciles me hubiesen
echado mano en este momento.
Supongamos que encontrase la manera de salir
de Thorpe-Ambrose en el próximo tren e ir a algún lugar del extranjero y
lanzarme a alguna nueva empresa entre personas nuevas. ¿Podría hacerlo, en vez
de considerar de nuevo aquel camino fácil que allanaría todos los demás?
Tal vez podría. Pero ¿de dónde sacaría el
dinero? Creo que hace un par de días se me ocurrió una manera de conseguirlo.
Sí; ¡la ruin idea de pedir ayuda a Armadale! Bueno, seré ruin por una vez. Le
daré la oportunidad de hacer un uso generoso de esa repleta bolsa que tanto le
consuela en sus presentes circunstancias. Mi corazón se ablandaría para
cualquier hombre que me prestase dinero en mi actual y apurada situación, y si
Armadale me lo prestase podría ablandar mi corazón a su respecto. ¿Cuándo iré?
¡Inmediatamente! No quiero tener tiempo para sentir la degradación de este acto
y cambiar de idea.
Las tres. — Marco la hora. Él ha sellado su
propio destino. Me ha insultado.
¡Sí! Fui insultada una vez por Miss Milroy. Y
ahora he sufrido un segundo insulto, del propio Armadale. ¡Un insulto claro,
despiadado, deliberado, en pleno día!
Había yo cruzado la población y caminado unos
cientos de yardas por la carretera que conduce a la casa grande, cuando vi a
Armadale, a poca distancia, viniendo en mi dirección. Caminaba de prisa,
evidentemente con algún propósito que le llevaba al pueblo. En el instante en
que me vio, se detuvo, se puso colorado, se quitó el sombrero, vaciló, dio
media vuelta y echó a andar por un camino que se abría detrás de él y que yo
sabía que le llevaría exactamente en dirección contraria a la que seguía cuando
me vio. Su conducta me dijo, sin palabras: «¡Miss Milroy podría enterarse de
esto; no me atrevo a correr el riesgo de que me vean hablando con usted!» Los
hombres me han tratado despiadadamente; los hombres me han hablado y tratado
con dureza, pero ninguno se había comportado aún como si fuese una apestada,
¡como si el aire que me rodea estuviese infectado con mi presencia!
¡No digo más! Cuando se alejó de mí por aquel
camino, marchó hacia su muerte. He escrito a Midwinter, diciéndole que me
espere en Londres la semana próxima y que se prepare para nuestra boda poco
después.
Las cuatro. — Hace media hora me puse el
sombrero para salir y echar personalmente al correo la carta para Midwinter. Y
aquí estoy, todavía en mi habitación, con la mente agitada por las dudas y con
la carta sobre la mesa.
Armadale no cuenta para nada en la perplejidad
que ahora me tortura. Es Midwinter quien me hace vacilar. ¿Puedo dar el primero
de los tres pasos que me conducen a la meta, sin tomar la elemental precaución
de considerar las consecuencias? ¿Puedo casarme con Midwinter sin saber de
antemano cómo resolveré el obstáculo de mi marido, cuando llegue el momento de
transformarme de esposa del Armadale vivo en viuda del Armadale muerto?
¿Por qué no puedo pensar en esto, si sé que
debo pensar en ello? ¿Por qué no puedo mirarlo con la misma serenidad con que
he mirado todo lo demás? Siento sus besos en mis labios; siento sus lágrimas
sobre mi pecho; siento de nuevo sus brazos estrechándome. Él está lejos, en
Londres, y sin embargo, ¡está aquí y no me deja pensar en esto!
¿Por qué no puedo esperar un poco? ¿Por qué no
puedo dejar que me ayude el tiempo? ¿El tiempo? ¡Hoy es sábado! ¿Qué necesidad
tengo de pensar en ello, a menos que quiera hacerlo? Hoy no hay correo para
Londres. Debo esperar. Si echase la carta, no saldría. Además, mañana puedo
tener noticias de Mrs. Oldershaw. Debería esperar a saber algo de Mrs.
Oldershaw. No puedo considerarme una mujer libre hasta que sepa lo que Mrs.
Oldershaw se propone hacer. Es necesario que espere hasta mañana. Me quitaré el
sombrero y guardaré la carta en mi escritorio.
Domingo, por la mañana. — ¡No hay resistencia
posible! Una tras otra, las circunstancias se confabulan contra mí. Cada vez
son más numerosas, y todas me empujan en la misma dirección.
He recibido la respuesta de mamá Oldershaw. La
muy picara me adula y se humilla. Puedo ver, con la misma claridad que si ella
lo dijese, que sospecha que busco mi propio camino para triunfar en
Thorpe-Ambrose sin su ayuda. Al ver que las amenazas eran inútiles, trata ahora
de engatusarme con halagos. ¡Vuelvo a ser su querida Lydia! Se muestra
impresionada de que yo haya podido imaginar que pretendería realmente meter en
la cárcel a su amiga del alma... y solamente me pide, como un favor, ¡que
renueve el pagaré! ¡Digo una vez más que ninguna criatura mortal podría
resistirlo! Una y otra vez he tratado de no caer en la tentación, y una y otra
vez me empujan a ella las circunstancias. No puedo seguir luchando. El cartero
que recoja el correo esta noche se llevará mi carta a Midwinter junto con todas
las demás.
¡Esta noche! Si espero hasta esta noche, algo
más puede ocurrir. Si espero hasta esta noche, puedo vacilar de nuevo. Estoy
cansada de la tortura de la vacilación. Tengo que buscar y buscaré alivio en el
presente, sea cual fuere el coste en el futuro. Mi carta a Midwinter me volverá
loca si sigo viéndola como si me estuviese mirando y mirando desde mi
escritorio. Puedo echarla al correo en diez minutos, ¡y lo haré!
Ya está hecho. Ha sido dado el primero de los
tres pasos que han de conducirme a la meta. Mi mente está más tranquila: la
carta ha sido echada al correo.
Mañana la recibirá Midwinter. Antes de que
termine la semana, Armadale debe ser visto abandonando Thorpe-Ambrose, y yo
debo ser vista por el público marchándome al mismo tiempo.
¿He considerado las consecuencias de mi boda
con Midwinter? ¡No! ¿Sé cómo salvaré el obstáculo de mi marido, cuando llegue
el tiempo de transformarme de esposa del Armadale vivo en viuda del Armadale
muerto?
¡No! Cuando llegue el momento, salvaré el
obstáculo lo mejor que pueda. Entonces, ¿voy a correr a ciegas, en lo tocante a
Midwinter, este terrible riesgo? Sí, a ciegas. ¿He perdido el juicio?
Probablemente, sí. ¿O le aprecio demasiado para mirar las cosas cara a cara? Es
posible. Pero ¿qué importa? ¡No quiero, no quiero, no quiero pensar en ello!
¿Acaso no tengo voluntad propia? ¿Y no puedo pensar, si así me place, en alguna
otra cosa?
Aquí está la humilde carta de mamá Jezabel. Es
otra cosa en la que pensar. La contestaré. Estoy de buen humor para escribir a
mamá Jezabel.
CONCLUSIÓN DE LA CARTA DE MISS GWILT A MRS.
OLDERSHAW
«... Te dije, cuando interrumpí esta carta,
que antes de terminarla preguntaría a mi diario si podía decirte en confianza
lo que se me ha metido en la cabeza hacer. Bueno, se lo he preguntado, y mi
diario dice: "¡No se lo digas!" En estas circunstancias, concluyo mi
carta excusándome por dejarte a oscuras.
Probablemente estaré en Londres dentro de poco
y puede que te diga de palabra lo que creo imprudente escribir aquí. Piensa que
no es una promesa. Todo dependerá de lo que sienta entonces por ti. No dudo de
tu discreción, pero (bajo ciertas circunstancias) no estoy tan segura de tu
valor.
L.G.
Posdata. — Te quedo muy agradecida por tu
autorización para renovar el pagaré. Pero rehuso aprovecharme de tu
ofrecimiento. Tendré el dinero cuando venza la deuda. Tengo un amigo en Londres
que lo pagará si se lo pido. ¿Te preguntas quién es este amigo? Tendrás que
preguntarte un par de cosas más, Mrs. Oldershaw, antes de que pasen muchas más
semanas sobre tu cabeza y la mía.»
CAPÍTULO XI
AMOR Y LEY
La mañana del lunes veintiocho de julio, Miss
Gwilt, una vez más al acecho de Allan y Neelie, llegó, dando el rodeo
acostumbrado, a su puesto de observación en el parque.
Se sorprendió un poco al encontrar a Neelie
sola en el lugar de las citas. Y se sorprendió más cuando el retrasado Allan
hizo su aparición al cabo de diez minutos, subiendo la cuesta del pequeño valle
con un gran volumen bajo el brazo, y le oyó decir, como disculpa por llegar
tarde, que «se le había pasado el tiempo buscando los libros, y que, a fin de
cuentas, sólo había encontrado uno que parecía que podría al menos
compensarles, a Neelie o a él, del trabajo de buscarlo.» Si el sábado anterior
hubiese esperado Miss Gwilt un poco más en el parque y oído las frases de
despedida de los enamorados en aquella ocasión, nada le habría costado explicar
el misterio del volumen que llevaba Allan bajo el brazo y habría comprendido
tan pronto como la propia Neelie la disculpa que éste le ofrecía por haberse
retrasado.
Hay una ocasión excepcional en la vida, la
ocasión del Matrimonio, en que incluso las adolescentes son a veces capaces
(más o menos histéricamente) de considerar las consecuencias. Y el sábado, en
el momento de la despedida, la mente de Neelie se había precipitado de pronto
en el futuro, y había dejado confuso a Allan al preguntarle si la fuga que
tenían proyectada era un delito castigado por la ley. Su memoria le decía que
había leído en alguna parte, hacía tiempo, en algún libro (posiblemente una
novela), algo sobre una fuga que había tenido un final espantoso, con la novia
siendo arrastrada de nuevo a casa, en pleno ataque de histerismo, y el novio
languideciendo en una cárcel, con los hermosos cabellos cortados al rape, según
lo prescrito por una ley del Parlamento. Suponiendo que consintiese en fugarse,
cosa que se negó rotundamente a prometer, debía saber primero si había algún
peligro de que la policía se interesase en su boda, lo mismo que el párroco y
el escribano. Como Allan era un hombre, debía saberlo, y a Allan acudía para
que le diese información, no sin asegurarle previamente que le ayudaría a
estudiar la ley y decirle que prefería morir mil veces a ser la causa inocente
de que le enviasen a pudrirse en la cárcel y le cortasen los cabellos al rape,
por imperio legal. «No es cuestión de risa —dijo resueltamente Neelie, en
conclusión—. No quiero pensar siquiera en nuestra boda, sin estar tranquila en
lo que respecta a la ley.»
—Pero yo no sé nada de leyes; incluso menos
que tú —dijo Allan—. ¡Al diablo con la ley! No me importa que me rapen la
cabeza. Tenemos que arriesgarnos.
—¿Arriesgarnos? —repitió Neelie, indignada—.
¿No sientes ninguna consideración por mí? ¡Yo no quiero arriesgarme! Querer es
poder. Debemos encontrar la ley que nos favorezca.
—Lo haré de todo corazón —dijo Allan—. ¿Dónde?
—¡En los libros, naturalmente! Tiene que haber
montones de información en tu enorme biblioteca de la casa grande. Si me amas
de veras, no te importará leer los lomos de unos pocos miles de libros por mi
bien.
—¡Leeré los lomos de diez mil! —exclamó
ardientemente Allan—. Y ahora, ¿quieres decirme qué tengo que buscar en ellos?
—La palabra «Derecho», desde luego. Cuando veas la palabra «Derecho» en un
lomo, abre el libro, busca «Matrimonio» en el índice, léelo de cabo a rabo y
entonces ven y explícamelo. ¿Qué? ¿Crees que tu cabeza no es capaz de una cosa
tan sencilla?
—Estoy seguro de que no —dijo Allan—. ¿No
puedes tú ayudarme?
—¡Claro que puedo, si no puedes apañarte sin
mí! El Derecho puede ser difícil, pero no más que la música, y debo, y quiero,
poner mi mente a prueba. El lunes por la mañana, tráeme todos los libros que
puedas encontrar, en un carretilla, si son muchos y no puedes arreglarte de
otra manera.
Resultado de esta conversación fue la
aparición de Allan en el parque con un volumen de los Comentarios de Blackstone
bajo el brazo, aquella fatal mañana de domingo en que la promesa de matrimonio
de Miss Gwilt llegó a manos de Midwinter. Una vez más, en éste, como en todos
los acontecimientos humanos, los tan discordantes elementos de lo grotesco y lo
terrible se unieron a la fuerza por esa ley sutil de los contrastes que es una
de las que rigen la vida de los mortales. En medio de las crecientes complicaciones
que pendían ahora sobre sus cabezas (con la sombra de un asesinato premeditado
deslizándose ya hacia uno de ellos desde el puesto en el que acechaba Miss
Gwilt), se sentaron los dos, inconscientes del futuro, con el libro entre
ellos, y se aplicaron al estudio del derecho matrimonial, con la grave
determinación de comprenderlo, lo cual, en semejante pareja de estudiantes,
¡era por sí solo una parodia!
—Busca el lugar —dijo Neelie en cuanto se
hubieron sentado cómodamente—. En esto debemos guiarnos por lo que llaman
división del trabajo. Tú leerás y yo tomaré notas.
Sacó inmediatamente una linda y pequeña
libreta y un lápiz, y abrió aquélla por la mitad, donde la página de la derecha
y la de la izquierda estaban en blanco. Al principio de la hoja de la derecha,
escribió la palabra «Bueno». Al principio de la hoja de la izquierda escribió
la palabra «Malo». —«Bueno» significa aquello en que la ley está de nuestra
parte —explicó—, y «Malo» significa aquello en que la ley nos es contraria.
Escribiremos lo «Bueno» y lo «Malo» a lo largo de las dos páginas,
contraponiendo unas hojas a las otras, y cuando lleguemos al final, sumaremos y
actuaremos en consecuencia. Dicen que las chicas no tenemos cabeza para los
negocios. ¿Lo crees tú? No me mires; mira el Blackstone y empecemos.
—¿Te importaría darme primero un beso?
—preguntó Allan.
—No me importaría mucho. Pero en nuestra grave
situación, cuando ambos tenemos que ejercitar nuestra inteligencia, ¡me
pregunto cómo puedes pedirme esto!
—Precisamente por esto —dijo el descarado
Allan—. Tengo la impresión de que me aclararía la cabeza.
—Oh, si ha de aclararte la cabeza, ¡la cosa es
muy distinta! Desde luego, debo aclararte las ideas aunque tenga que
sacrificarme por ello. Pero sólo uno —murmuró, con coquetería—, y ten cuidado
con el Blackstone, o perderás el punto.
Hubo una pausa en la conversación. Blackstone
y la libreta rodaron juntos sobre el suelo.
—Si esto vuelve a ocurrir —dijo Neelie,
recogiendo la libreta y brillándole los ojos y la tez—, estaré sentada de
espaldas a ti durante el resto de la mañana. ¿Quieres leer de una vez?
Allan volvió a encontrar el punto y se lanzó
de cabeza al insondable abismo del Derecho inglés.
—Página doscientos ochenta —empezó—. Derechos
del marido y la mujer. Para empezar, aquí hay un fragmento que no comprendo:
«Hay que observar, en términos generales, que la ley considera el matrimonio
como un contrato.» ¿Qué significa esto? Yo creía que un contrato es lo que
firma un constructor cuando promete que los obreros habrán terminado el trabajo
en una fecha prefijada, y cuando llega la fecha (como solía decir mi pobre
madre) no lo han terminado y no se van nunca.
—¿Dice algo acerca del amor? —preguntó
Neelie—. Mira un poco más abajo. —Ni una palabra. El autor sólo habla de su
maldito «Contrato».
—¡Entonces es un bruto! Busca alguna otra cosa
que nos interese más.
—Aquí hay algo que puede interesarnos más:
«Impedimentos. Si se unen dos personas con impedimentos legales, es un
contubernio y no una unión matrimonial.» Blackstone es muy aficionado a las
palabras largas, ¿no? Me pregunto qué quiere decir con lo de contubernio. «El
primero de estos impedimentos legales es un matrimonio anterior, si el marido o
la mujer viven todavía...»
—¡Alto! —dijo Neelie—. Debo tomar nota de
esto. —Tomó su primera nota en la página de «Bueno», en los términos
siguientes: «Yo no tengo marido y tú no tienes esposa. Ambos estamos
perfectamente solteros en el momento actual.»
—Muy bien, por ahora —observó Allan, mirando
por encima del hombro de ella.
—Prosigue —dijo Neelie—. ¿Qué viene ahora?
—«El segundo impedimento —continuó leyendo
Allan— es no tener la edad necesaria. La edad mínima para prestar el
consentimiento en un matrimonio es de catorce años para los varones y de doce
para las hembras.» ¡Caramba! —exclamó Allan, divertido—. ¡Blackstone empieza
muy temprano!
Neelie estaba demasiado atareada para hacer
observaciones por su parte, como no fuese la necesaria nota en la libreta.
Escribió en la página de «Bueno»: «Yo soy lo bastante mayor para prestar
consentimiento, y Allan lo es también.»
—Continúa —dijo, mirando por encima del hombro
del lector—. Toda esa prosa de Blackstone sobre el marido que no ha alcanzado
el pleno uso de su razón y sobre la esposa de menos de doce años no nos
interesa. Una esposa de menos de doce años, ¡qué barbaridad! Pasa al tercer
impedimento, si es que lo hay.
—El tercer impedimento —prosiguió Allan— es la
incapacidad mental.
Neelie tomó inmediatamente la tercera nota en
la página de «Bueno»: «Allan y yo estamos en nuestro sano juicio.»
—Pasa a la página siguiente.
Allan volvió la hoja.
—Un cuarto impedimento es el parentesco
próximo.
Una cuarta nota siguió inmediatamente en la
página de la libreta para cosas favorables: «Él me ama y yo le amo, sin que
haya el menor grado de parentesco entre nosotros.»
—¿Algo más? —preguntó Neelie, golpeándose
nerviosamente el mentón con la punta del lápiz.
—Mucho más —respondió Allan—, y todo en
jeroglíficos. Mira esto: «Leyes del Matrimonio, 4 Geo. iv. c. 76 y 6 y 7 Will.
iv. c. 85 (q).» Aquí parece que Blackstone está perdiendo la chaveta. ¿Damos
otro salto y vemos si se recobra en la página siguiente?
—Espera un poco —dijo Neelie—. ¿Qué es lo que
veo ahí en medio? —Leyó en silencio durante un minuto, por encima del hombro de
Allan, y de pronto se estrujó las manos desesperadamente—. ¡Sabía que tenía
razón! —exclamó—. ¡Dios mío, aquí está!
—¿Dónde? —preguntó Allan—. No veo nada sobre
languidecer en la cárcel ni rapar el pelo a nadie, a menos que esté en
jeroglíficos. ¿Es «4 Geo. iv.» una abreviatura de «Metedlo en la cárcel» y
significa «c. 85 (q)» «Enviadle al peluquero»?
—Un poco de seriedad, por favor —le riñó
Neelie—. Estamos los dos sobre un volcán. ¡Aquí! —dijo, señalando un párrafo—.
¡Léelo! Si hay algo que pueda hacerte comprender nuestra situación, esto hará
que la comprendas.
Allan carraspeó y Neelie acercó la punta del
lápiz al lado deprimente de su cuenta, o sea, a la página de «Malo» de la
libreta.
—«Y como el objetivo de nuestra ley —empezó
Allan— es evitar el matrimonio de personas que no hayan cumplido veintiún años
sin el consentimiento de sus padres o tutores —Neelie hizo su primera anotación
en el lado "Malo": "Yo cumpliré solamente diecisiete años en el
próximo aniversario, y las circunstancias impiden que confíe mi noviazgo a
papá"— ordena que, en el caso de que se publiquen las amonestaciones de un
menor de veintiún años, que no sea viudo o viuda, ya que éstos se consideran
emancipados —Neelie tomó otra nota en el lado desfavorable: "Allan no es
viudo y yo no soy viuda; en consecuencia, ninguno de los dos está
emancipado"—, si el padre o el tutor hacen constar su desacuerdo en el
tiempo de publicarse las amonestaciones —"cosa que ciertamente haría
papá"—, tal publicación será nula.» Si me lo permites, respiraré un poco
—dijo Allan—. Creo que Blackstone habría hecho las frases más cortas si hubiese
podido decirlo en menos palabras. ¡Anímate, Neelie! Tiene que haber otras
maneras de casarse, además de esta tan complicada que termina en una
Publicación y en una Nulidad. ¡Un galimatías infernal! Incluso yo podría
escribir mejor en inglés.
—Todavía no hemos llegado al final —dijo
Neelie—. La Nulidad no es nada en comparación con lo que viene después.
—Sea lo que fuere —dijo Allan—, lo
consideraremos como un medicamento: lo tomaremos de golpe y acabaremos de una
vez. —Siguió leyendo—: «Y no se otorgará licencia de matrimonio sin publicar
amonestaciones, a menos que una de las partes preste antes juramento de que
cree que no hay impedimento por parentesco o vínculo anterior...» Bueno, ¡esto
puedo jurarlo sin que me remuerda la conciencia! ¿Qué más? «Y una de las dichas
partes debe, por espacio de los quince días inmediatamente anteriores a la
licencia, haber tenido su residencia habitual dentro de la parroquia o distrito
eclesiástico donde debe solemnizarse el matrimonio.» ¡Caramba! Yo viviría
quince días en una perrera con el mayor placer del mundo. Te digo, Neelie, que
todo esto parece bastante sencillo. ¿Por qué sacudes la cabeza? ¿Dices que siga
y lo veré? Oh, está bien; seguiré adelante, aquí está. «Y si una de las partes,
sin ser viudo o viuda, tiene menos de veintiún años, deberá prestar juramento
de que ha obtenido el consentimiento de la persona o personas que deben
prestarlo, o que no hay persona que tenga autoridad para dar tal
consentimiento. El consentimiento requerido por esta Ley es el del padre...»
—Allan se detuvo en seco al leer estas últimas y terroríficas palabras—. El
consentimiento del padre —repitió, con toda la debida seriedad en su expresión
y sus modales—. Yo no podría jurar esto, ¿verdad?
Neelie respondió con un expresivo silencio. Le
tendió la libreta al acabar de escribir la última anotación en el lado «Malo»,
en estos términos: «Nuestro matrimonio es imposible, a menos que Allan cometa
perjurio.»
Los amantes se miraron por encima del
obstáculo insalvable de Blackstone, en muda desolación.
—Cierra el libro —dijo resignadamente Neelie—.
Estoy segura de que encontraríamos la policía y la cárcel y el rapado de pelo,
todo ello castigo para el perjurio tal como te dije, si mirásemos la página
siguiente. Pero no debemos molestarnos en mirarlo; ya hemos encontrado lo
bastante. Todo ha terminado para nosotros. Tendré que ir al colegio el sábado y
tú tendrás que olvidarme lo antes que puedas. Tal vez podremos encontrarnos en
un futuro remoto, y tal vez los dos seremos viudos, y esta ley cruel nos considerará
emancipados cuando sea demasiado tarde para que pueda servirnos de algo. Pero
entonces yo seré sin duda vieja y fea y tú habrás dejado naturalmente de
quererme, y todo terminará en la tumba, y cuanto antes mejor. Adiós —concluyó
Neelie, levantándose afligida, con lágrimas en los ojos—. Continuar aquí no
sería más que prolongar nuestro dolor, a menos... a menos que tengas algo que
proponer.
—Tengo algo que proponer —exclamó el impetuoso
Allan—. Es una idea completamente nueva. ¿Qué te parece si acudiésemos al
herrero de Gretna Green?
—¡Por nada del mundo —respondió Neelie con
indignación— dejaría que me casara un herrero!
—No te ofendas —suplicó Allan—; no lo he dicho
con mala intención. Muchas personas en situación como la nuestra han acudido al
herrero y lo han encontrado tan bueno como un clérigo y, según creo, muy amable
además. ¡Pero olvídalo! Debemos buscar otra solución. —Es inútil que lo
intentemos —dijo Neelie.
—Te doy mi palabra —insistió firmemente Allan—
de que tiene que haber medios y maneras de burlar a Blackstone (sin cometer
perjurio); sólo nos falta saberlos. Es una cuestión jurídica y debemos
consultar a un profesional. Ya sé que es arriesgado. Pero quien no se arriesga
no pasa la mar. ¿Qué te parece el joven Pedgift? Es un buen muchacho. Estoy
seguro de que podemos confiar en que guardará nuestro secreto.
—¡Por nada del mundo! —exclamó Neelie—. Tú
puedes estar dispuesto a confiar tus secretos a ese vulgar y pequeño
desgraciado, pero yo no le confiaré los míos. Le odio. ¡No! —prosiguió,
poniéndose colorada y dando una patada imperiosa sobre la hierba—. Te prohibo
que hagas confidencias a nadie de Thorpe-Ambrose. Inmediatamente sospecharían
de mí, y el rumor cundiría por todo el pueblo en un instante. Mi amor puede ser
desgraciado —observó, llevándose el pañuelo a los ojos— y papá puede cortarlo
de raíz, ¡pero no quiero que lo profanen los chismorreos de la población!
—¡Calla, calla! —dijo Allan—. No diré una
palabra en Thorpe-Ambrose, ¡no lo haré! —Hizo una pausa y reflexionó durante un
momento—. ¡Hay otro camino! —exclamó, animándose al instante—. Tenemos toda la
semana por delante. Te diré lo que voy a hacer. ¡Iré a Londres!
Hubo un súbito rumor (que ninguno de los dos
oyó) entre los árboles que ocultaban a Miss Gwilt. Otra dificultad en su camino
(la dificultad de hacer que Allan marchase a Londres) parecía que iba a ser
eliminada por propia voluntad de Allan.
—¿A Londres? —le repitió Neelie, mirándole
asombrada.
—¡A Londres! —reiteró Allan—. Está bastante
lejos de Thorpe-Ambrose, ¿no? Espera un momento y no olvides que ésta es una
cuestión legal. Bueno, conozco a unos abogados en Londres que se encargaron de
mi asunto cuando heredé esta propiedad; son las personas más adecuadas para
hacerles una consulta. Y si no quieren mezclarse en esto, está su primer
pasante, que es uno de los mejores muchachos que he conocido en mi vida.
Recuerdo que le invité a navegar en el yate, y aunque no pudo venir, dijo que
se sentía igualmente agradecido. Éste es el hombre que puede ayudarnos.
Blackstone es un niño de teta comparado con él. No digas que esto es absurdo;
no digas que esto es un acto propio de mí. Escúchame, por favor. No pronunciaré
tu nombre ni el de tu padre. Te describiré como «una joven de la que estoy
profundamente enamorado». Y si mi amigo el pasante me pregunta dónde vives, le
diré que en el norte de Escocia, o en el oeste de Irlanda, o en las islas del
Canal, o en cualquier otra parte que prefieras. Mi amigo el pasante es
totalmente desconocido en Thorpe-Ambrose y de cuantos viven aquí (lo cual es
una ventaja) y, en menos que canta un gallo, me dirá lo que he de hacer (lo
cual es otra ventaja). ¡Si le conocieses! Es uno de esos hombres
extraordinarios de los que sólo aparecen uno o dos en un siglo; la clase de
hombre que no permite que te equivoques si estás a punto de hacerlo. Lo único
que tendré que decirle (en pocas palabras) es: «Mi querido amigo, quiero
casarme en secreto, sin cometer perjurio.» Y él sólo me dirá (en pocas
palabras): «Tienes que hacer esto o aquello, y tienes que evitar esto y lo de
más allá.» Entonces, lo único que tendré que hacer será seguir sus
instrucciones, y lo único que tendrás que hacer tú es lo que siempre hace la
novia cuando el novio está listo y esperando.
Rodeó con un brazo la cintura de Neelie y sus
labios recalcaron la moraleja de la última frase con esa elocuencia
inarticulada que siempre consigue persuadir a una mujer contra su voluntad.
Todas las meditadas objeciones de Neelie se
desvanecieron a su pesar y quedaron reducidas a una pequeña pregunta.
—Supongamos que te dejase ir, Allan —murmuró,
jugueteando nerviosamente con el botón de la camisa de él—, ¿estarás mucho
tiempo fuera?
—Partiré hoy —dijo Allan—, en el tren de las
once. Y mañana estaré de regreso, si mi amigo el pasante y yo podemos
arreglarlo todo en este tiempo. Si no, volveré el miércoles a más tardar.
—¿Me escribirás todos los días? —suplicó
Neelie, acercándose un poco más a él—. Me moriré de impaciencia, si no me
prometes escribirme cada día.
Allan le prometió escribirle dos veces al día,
si lo prefería; escribir cartas, una cosa que cuesta tanto a otros hombres, ¡no
representaba el menor esfuerzo para él!
—Y digan lo que digan esos señores de Londres
—prosiguió Neelie—, insisto en que vengas a buscarme. Me niego absolutamente a
fugarme, a menos que me prometas venir en mi busca.
Allan prometió por segunda vez, empeñando su
palabra de honor con voz rotunda. Pero Neelie no se dio aún por satisfecha.
Volvió al principio e insistió en saber si Allan estaba completamente seguro de
amarla.
Allan puso al cielo por testigo de que era
así, y recibió otra pregunta directa como recompensa. ¿Podía declarar
solemnemente que nunca lamentaría haberse llevado a Neelie de su casa? Allan
puso de nuevo al cielo por testigo, con más energía que nunca. ¡Esfuerzo
inútil! El voraz apetito de la hembra por protestas de cariño exigía todavía
más.
—Sé lo que ocurrirá el día menos pensado
—insistió Neelie—. Verás alguna chica más bonita que yo, ¡y lamentarás haberte
casado conmigo en vez de con ella!
Al abrir Allan los labios para hacer una
última promesa, el reloj de la casa grande fue débilmente audible en la
distancia al dar la hora. Neelie se sobresaltó. Era la hora del desayuno en el
cottage; dicho en otras palabras, la hora de despedirse. En el último momento,
su corazón le hizo pensar en su padre, y apoyó la cabeza en el pecho de Allan
antes de decirle adiós.
—Papá ha sido siempre tan bueno conmigo, Allan
—murmuró, reteniéndole con manos temblorosas cuando él iba a alejarse—. Me
parece muy cruel huir de él y casarme en secreto. ¡Oh! Piénsalo un poco más,
antes de ir a Londres. ¿No habría manera de hacer que él se mostrase un poco
más amable y justo contigo?
La pregunta era inútil. La reacción
resueltamente desfavorable del comandante a la carta de Allan volvió a la
memoria de Neelie y respondió a su propia pregunta mientras todavía la estaba
formulando. Con impulso de niña, empujó a Allan antes de que éste pudiese
hablar y le hizo un ademán impaciente para que se marchase. El conflicto de
emociones opuestas, que había logrado dominar hasta entonces, estalló a su
pesar cuando él hubo agitado la mano en despedida y desaparecido en la
profundidad del pequeño valle. Cuando ella se volvió a su vez, las lágrimas
tanto tiempo contenidas brotaron libremente al fin, y regresó al cottage por el
camino solitario en el estado de ánimo más triste que había experimentado
Neelie en mucho tiempo.
Mientras caminaba apresuradamente hacia su
casa, las hojas se separaron detrás de ella y Miss Gwilt salió sin ruido al
espacio abierto. Se irguió allí triunfal, alta, bella y resuelta. Su cara
adorable se iluminó mientras observaba la figura de Neelie que se alejaba
presurosamente de ella sobre la hierba.
—¡Llora, pequeña imbécil! —dijo, en voz baja y
clara, y con una fija sonrisa de desprecio—. ¡Llora como jamás lo hayas hecho!
¡Has visto a tu enamorado por última vez!
CAPÍTULO XII
ESCÁNDALO EN LA ESTACIÓN
Una hora más tarde, la casera de Miss Gwilt se
quedó pasmada y las clamorosas lenguas de los niños entraron en un estado de
incontenible agitación. «Circunstancias imprevistas» habían obligado
súbitamente a la inquilina del primer piso a dar por terminada la ocupación de
sus habitaciones y dirigirse a Londres en el tren de las once.
—Por favor, haga que un simón esté ante la
puerta a las diez y media —dijo Miss Gwilt, mientras la asombrada casera la
seguía escalera arriba—. Y discúlpeme, buena señora, si le suplico que nadie me
moleste hasta que llegue el simón.
Una vez dentro de su habitación, cerró la
puerta con llave y abrió su escritorio.
—Ahora, ¡mi carta al comandante! —dijo—. ¿Cómo
la redactaré?
Por lo visto, le bastó una reflexión
momentánea para decidirlo. Buscando entre su colección de plumas, eligió
cuidadosamente la peor que pudo encontrar y empezó la carta escribiendo la
fecha en una sucia hoja de papel de cartas, en torpes y torcidos caracteres,
terminados con un borrón hecho adrede con las barbas de la pluma. Deteniéndose,
a veces para pensar un poco, a veces para hacer otro borrón, escribió la carta
en estos términos:
«Honorable señor: Mi conciencia me obliga a
decirle algo que creo que tiene que saber. Debería saber las salidas de su
señorita hija con el joven Mr. Armadale. Si quiere que vaya por el camino que
usted desea, le aconsejo que la vigile cuando a su paseo por la mañana antes de
desayunar, y que lo haga rápidamente. No me gusta hacer daño cuando hay
verdadero amor por ambas partes. Pero no creo que el joven quiera de veras a la
Miss. Quiero decir que creo que sólo se ha encaprichado de ella. Otra persona,
a la que no nombraré, es la dueña del corazón de él. Ruego que me disculpe que
no firme con mi nombre; soy una persona humilde y esto podría ponerme en
dificultades. Esto es cuanto tiene que decirle por ahora, señor, esta que lo
es,
Una que le quiere bien.»
—¡Ya está! —dijo Miss Gwilt, doblando la
carta—. Si fuese novelista de profesión, difícilmente habría podido escribir
con más naturalidad en el estilo de una criada.
Escribió en el sobre la dirección del
comandante Milroy; contempló con admiración, por última vez, el tosco y torpe
escrito producido por su mano delicada y se levantó para echar personalmente la
carta al buzón, antes de pasar al serio asunto de hacer su equipaje. «¡Es
curioso! —pensó, después de echar la carta y volver para hacer los preparativos
del viaje en su habitación—. Voy a lanzarme de cabeza a una operación
terriblemente arriesgada, ¡y en mi vida había estado más animada que ahora!»
Las maletas estaban preparadas cuando el simón
se detuvo ante la puerta y Miss Gwilt se había puesto (con la gracia
acostumbrada) su elegante traje de viaje. El grueso velo que solía llevar en
Londres, apareció prendido por primera vez en su sombrero de paja.
—A veces se encuentra una con hombres tan
rudos en el tren... —dijo a la casera—. Y aunque visto discretamente, mis
cabellos llaman siempre la atención.
Estaba un poco más pálida que de costumbre,
pero nunca se había mostrado tan amable y simpática, tan gentilmente cordial y
amistosa, como ahora, al llegar el momento de la partida. La gente sencilla de
la casa se conmovió al despedirse de ella, y ella quiso estrechar la mano a la
patrona, dirigiéndole amables frases y sus más brillantes sonrisas.
—¡Venga! —dijo a la patrona—. Ha sido usted
tan amable, como una verdadera madre para mí, que debe darme un beso de
despedida.
Abrazó a los pequeños de una vez, con una
mezcla de humor y de ternura deliciosa, y les dio un chelín para que comprasen
un pastel.
—¡Ojalá fuese lo bastante rica para poder
darles un soberano! —murmuró a la madre.
El torpe muchacho que hacía los recados estaba
esperando junto a la portezuela del simón. Era desmañado, desaliñado, tenía la
nariz respingona y estaba siempre boquiabierto, pero ella en su afán de
mostrarse simpática le aceptó a pesar de todo, por la que sería la última vez.
—¡Mi querido y pobre John! —dijo amablemente,
acercándose a la portezuela del carruaje—. Tengo tan poco dinero que sólo puedo
darte seis peniques y mis mejores deseos. Sigue mi consejo, John; sé siempre
bueno y búscate una buena novia. ¡Gracias mil veces!
Le dio un golpecito amistoso en la mejilla con
dos dedos enguantados, y sonrió, saludó con la cabeza y subió al simón.
«¡Ahora, a por Armadale!», dijo para sus
adentros al arrancar el carruaje.
La ansiedad de Allan por no perder el tren
había hecho que llegase a la estación con más anticipación que de costumbre.
Después de sacar su billete y dejar la maleta al cuidado de un mozo, paseaba
por el andén, pensando en Neelie, cuando oyó el susurro de un vestido de mujer
a su espalda y, al volverse a mirar, se encontró cara a cara con Miss Gwilt.
Esta vez no había manera de escapar. La pared de la estación estaba a su
derecha y la vía férrea, a su izquierda; había un túnel detrás de él, y tenía
delante a Miss Gwilt, que preguntaba en su tono más dulce si Mr. Armadale iba a
Londres.
Allan se puso colorado de irritación y
sorpresa. Él estaba allí, evidentemente esperando el tren, y cerca de él estaba
su maleta, con su nombre en ella y la etiqueta para Londres.
Después de esto, ¿podía responder algo que no
fuese la verdad? ¿Podía dejar que el tren se marchase sin él, y perder unas
horas preciosas, vitalmente importantes para Neelie y para él mismo?
¡Imposible! Allan no tuvo más remedio que confirmar la declaración estampada en
su maleta, deseando, al hacerlo, encontrarse en el otro extremo del mundo.
—¡Qué suerte la mía! —prosiguió Miss Gwilt—.
Yo también voy a Londres. ¿Puedo pedirle, Mister Armadale, ya que parece estar
solo, que me acompañe durante el viaje?
Allan miró a unos cuantos viajeros y amigos de
viajeros que se agrupaban en el andén cerca de la ventanilla. Todos eran de
Thorpe-Ambrose. Probablemente le conocían de vista, y probablemente conocían de
vista todos ellos a Miss Gwilt. Desesperado, vacilando más torpemente que
nunca, sacó su petaca.
—Me encantaría —dijo, con una precipitación
que era casi un insulto dadas las circunstancias—. Pero... soy lo que los
enemigos de los cigarros llaman un fumador empedernido.
—¡A mí me encanta el tabaco! —dijo Miss Gwilt,
con vivacidad y buen humor—. Es uno de los privilegios de los hombres que
siempre he envidiado. Temo, Mister Armadale, que se imagine que quiero
imponerle mi presencia. Ciertamente lo parece. Y la verdad es que quisiera
decirle unas palabras en privado acerca de Mister Midwinter.
El tren llegó en aquel momento. Dejando aparte
la cuestión de Midwinter, las normas elementales de la cortesía no dejaban más
alternativa a Allan que la de someterse. Después de haber sido la causa de que
ella perdiese su posición en la casa del comandante Milroy, después de haberla
evitado sin disimular en la carretera pocos días atrás, negarse a viajar a
Londres en el mismo compartimiento que Miss Gwilt habría sido una grosería que,
sencillamente, no podía cometer. «¡Maldita sea!», se dijo Allan, mientras
ofrecía la mano a su compañera de viaje para que subiese a un compartimiento
vacío, oficiosamente puesto a su disposición por el guarda, con preferencia
sobre todos los demás que esperaban en la estación.
—Así no les molestarán, señor —murmuró
confidencialmente el hombre, sonriendo y tocándose la gorra.
Allan le habría derribado de buena gana de un
puñetazo.
—¡Espere! —dijo, desde la ventanilla—. No
quiero este compartimiento...
Pero fue inútil; el guarda ya no podía oírle;
sonó el silbato, y el tren arrancó en dirección a Londres.
El grupo de amigos y parientes de viajeros que
se habían quedado en el andén, formaron inmediatamente un círculo alrededor del
jefe de la estación.
El jefe de estación, llamado Mr. Mack, era un
personaje popular en estos andurriales. Poseía dos cualidades sociales que
invariablemente impresionaban al inglés corriente: era antiguo soldado y era
hombre de pocas palabras.
El cónclave del andén insistió en saber su
opinión antes de formarse una propia. Como era de esperar menudearon los
comentarios por parte de todos; pero cada cual terminaba su observación sobre
el tema con un interrogante, con una pregunta dirigida a quemarropa al oído del
jefe de estación.
«¿Le ha pillado, eh?» «Volverá como Mistress
Armadale, ¿verdad?» «Habría hecho mejor en aficionarse a Miss Milroy, ¿no?»
«Miss Milroy se aficionó a él. Le visitó en la casa grande, ¿no es cierto?»
«Nada de eso; es vergonzoso desprestigiar la reputación de la niña. La
sorprendió una tormenta cerca de la casa, y él se vio obligado a ponerla al
abrigo. Y ella no volvió allí desde entonces. En cambio, Miss Gwilt sí que ha
estado, sin que ninguna tormenta la obligase, y Miss Gwilt se va ahora con él a
Londres en un compartimiento para los dos, ¿eh, Mister Mack?» «¡Ah, qué tonto
es ese Armadale! Con el dinero que tiene, liarse con una pelirroja ocho o nueve
años mayor que él! Al menos tiene treinta. Esto es lo que yo digo, Mister Mack,
¿qué dice usted?» «Más vieja o más joven, ella será quien llevará la batuta en
Thorpe-Ambrose; y yo digo, por el bien del lugar y por el bien del oficio,
saquemos de ello el mejor partido; y Mister Mack, como hombre de mundo que es,
lo ve igual que yo, ¿no es verdad, señor?»
—Caballeros —dijo el jefe de estación, con su
brusco acento y su impenetrable expresión militar—, es una mujer
endiabladamente hermosa. Y creo que, cuando yo tenía la edad de Mister
Armadale, me habría casado con ella si se le hubiese antojado.
Y expresada de esta suerte su opinión, el jefe
de estación dio media vuelta a la derecha y se atrincheró en la inexpugnable
fortaleza de su oficina.
Los ciudadanos de Thorpe-Ambrose miraron la
puerta cerrada y sacudieron gravemente la cabeza. Mr. Mack les había
defraudado. Cualquier opinión que reconoce francamente la fragilidad de la
naturaleza humana es siempre impopular para la humanidad.
«¡Esto es como decir que cualquiera de
nosotros se habría casado con ella, si hubiese tenido la edad de Mister
Armadale!» Ésta era la impresión general en las mentes del cónclave, cuando
éste se disolvió y sus miembros salieron de la estación.
El último en hacerlo fue un viejo y pausado
caballero que tenía la costumbre de mirar deliberadamente a su alrededor.
Deteniéndose en la puerta, esta persona observadora miró hacia el andén y
descubrió, a lo lejos y plantado detrás de una esquina de la pared, a un hombre
entrado en años y vestido de negro, en quien nadie se había fijado hasta
entonces.
—¿Eh? ¡Dios mío! —dijo el viejo caballero,
intrigado y avanzando paso a paso—. ¡No puede ser Mister Bashwood!
Era Mr. Bashwood; Mr. Bashwood, cuya
curiosidad natural le había llevado disimuladamente a la estación, empeñado en
resolver el misterio de la súbita partida de Allan hacia Londres; Mr. Bashwood,
que había visto y oído, desde su esquina, lo que todos los demás habían visto y
oído, y que parecía anormalmente impresionado por ello. Estaba rígido contra la
pared, como petrificado, con una mano apretado sobre la calva y sosteniendo con
la otra su sombrero; con un rubor mate en el semblante y una mirada turbia en
los ojos, contemplando fijamente el negro agujero del túnel, más allá de la
estación, como si el tren de Londres acabase de desaparecer en él.
—¿Le duele la cabeza? —preguntó el anciano
caballero—. Siga mi consejo. Vaya a casa y acuéstese.
Mr. Bashwood escuchó mecánicamente, con su
acostumbrada atención, y respondió mecánicamente, con su acostumbrada
urbanidad.
—Sí, señor —dijo, en un tono grave y vago,
como despertando a medias de un sueño—. Iré a casa y me acostaré.
—Muy bien —dijo el viejo caballero,
dirigiéndose a la puerta—. Y tome una pildora, Mister Bashwood..., tome una
pildora.
Cinco minutos más tarde, el mozo encargado de
cerrar la estación encontró a Mr. Bashwood, todavía descubierto y apoyado en la
pared, y mirando todavía las negras profundidades del túnel, como si el tren de
Londres acabase de desaparecer en él.
—¡Vamos, señor! —dijo el mozo—. Tengo que
cerrar. ¿Está pachucho? ¿Se encuentra mal? Vaya a tomar un trago de ginebra con
cerveza amarga.
—Sí —dijo Mr. Bashwood, respondiendo al mozo
exactamente igual que como había respondido al viejo caballero—. Echaré un
trago de ginebra con cerveza amarga. El mozo le asió de un brazo y le sacó de
la estación.
—Allí se la servirán —dijo, señalando
confidencialmente una taberna—, y de la buena.
—Iré allí —dijo Mr. Bashwood, siempre
repitiendo mecánicamente lo que le decían—, y será de la buena.
Parecía estar paralizado; sus acciones
dependían absolutamente de lo que le decían los demás. Dio unos pocos pasos en
dirección a la taberna..., vaciló, se tambaleó..., y se agarró al poste de una
farola de la estación.
El mozo le siguió y le asió una vez más del
brazo.
—Conque ya ha estado bebiendo, ¿eh? —exclamó,
con repentino interés por el estado de Mr. Bashwood—. ¿Qué ha sido? ¿Cerveza?
Mr. Bashwood repitió, en su tono más grave, la
última palabra.
Se estaba acercando la hora de la cena para el
mozo de estación. Pero cuando la clase baja del pueblo inglés cree que ha
descubierto un borracho, su simpatía para con él es ilimitada. El mozo retrasó
su cena y ayudó solícitamente a Mr. Bashwood a llegar a la taberna.
—La ginebra con cerveza amarga le dejará como
nuevo —murmuró el samaritano enderezador de los entuertos alcohólicos de la
humanidad.
Si Mr. Bashwood hubiese estado realmente
embriagado, el efecto del remedio del mozo de estación habría sido realmente
maravilloso. Casi en el mismo instante de haberse vaciado el vaso, el
estimulante puso manos a la obra. El debilitado sistema nervioso del
administrador delegado, agotado ahora por la impresión que acababa de recibir,
se reanimó como el caballo cansado aguijoneado por la espuela. La rojez mate de
sus mejillas, la mirada turbia de sus ojos, desaparecieron simultáneamente.
Después de un esfuerzo momentáneo, recobró la memoria lo bastante para dar las
gracias al mozo de estación e invitarle a tomar algo. La noble criatura aceptó
inmediatamente una dosis de su único medicamento (sólo como preventivo) y se
fue a cenar a su casa, como sólo pueden hacerlo los hombres físicamente
calentados por la ginebra con cerveza y moralmente elevados por haber realizado
una buena acción.
Todavía extrañamente abstraído (pero
consciente ahora del camino por el que había venido), Mr. Bashwood salió de la
taberna, unos minutos más tarde. Echó a andar mecánicamente, en su negro y
lúgubre ropaje, moviéndose como una mancha sobre la blanca superficie de la
carretera iluminada por el sol, como le había visto Midwinter a poco de llegar
a Thorpe-Ambrose, cuando se habían encontrado por primera vez. Llegado al punto
donde tenía que elegir entre el camino de la población y el de la casa grande,
se detuvo, incapaz de decidir e incluso, aparentemente, de intentarlo.
—¡Me vengaré de ella! —murmuró para sí,
todavía sumido en su celoso y frenético furor contra la mujer que le había
engañado—. ¡Me vengaré de ella —repitió en tono más fuerte—, aunque tenga que
gastarme hasta el último penique!
Unas mujeres de la vida, que le adelantaron
dirigiéndose a la población, le oyeron.
—¡Ay, viejo bruto! —le gritaron, con la
desvergüenza ilimitada de las de su clase—. Te hiciera lo que te hiciese, ¡te
estuvo bien empleado!
Aquellas voces broncas le sobresaltaron,
comprendiese o no lo que le decían. Para librarse de más interrupciones y de
más insultos, se refugió en el camino más tranquilo que conducía a la casa
grande.
Se detuvo en un lugar solitario de la orilla y
se sentó. Se quitó el sombrero, se levantó un poco la juvenil peluca de la
calva y trató desesperadamente de borrar la firme convicción que pesaba como el
plomo en su cabeza: la convicción de que Miss Gwilt le había engañado
deliberadamente desde el principio. Fue inútil. Ningún esfuerzo le libraría de
aquella impresión dominante y de la única idea que había suscitado: la idea de
venganza. Se levantó de nuevo, se caló el sombrero y caminó rápidamente un
breve trecho; después se volvió, sin saber por qué, y retrocedió despacio.
—¡Si me hubiese vestido con un poco más de
elegancia! —dijo desmayadamente el pobre infeliz—. ¡Si me hubiese mostrado un
poco audaz con ella, tal vez habría pasado por alto que soy viejo! —La ira
renació en él. Cerró las sudorosas y temblorosas manos y las sacudió
furiosamente en el aire vacío—. Me vengaré de ella —repitió—. ¡Me vengaré de
ella, aunque tenga que gastar hasta mi último medio penique!
El hecho de que su afán de vengar la afrenta
no se extendiese al hombre que creía que era su rival indicaba el dominio
terriblemente obsesionante que había adquirido ella sobre él. Tanto en su
cólera como en su amor, era absorbido en cuerpo y alma por Miss Gwilt.
Un momento después, le sobresaltó el ruido de
unas ruedas que se acercaban desde atrás. Se volvió a mirar. Era el viejo Mr.
Pedgift que le alcanzaba rápidamente en su calesa, de la misma manera que le
había alcanzado ya una vez, en aquella ocasión en que estaba escuchando debajo
de la ventana de la casa grande y el abogado le había echado en cara su
curiosidad por Miss Gwilt.
En un instante, se produjo en su mente la
inevitable asociación de ideas. La opinión sobre Miss Gwilt, que había oído
expresar al abogado al despedirse de Allan, volvió súbitamente a su memoria,
junto con la sarcástica aprobación por Mr. Pedgift de cualquier medio de
averiguación que pudiese satisfacer su propia curiosidad. «Todavía puedo
desquitarme de ella —pensó—, si Mr. Pedgift quiere ayudarme.»
—¡Deténgase, señor! —gritó desesperadamente al
acercarse la calesa—. Si tiene la bondad, señor, quisiera hablar con usted.
El viejo Pedgift redujo el trote de su yegua,
pero no la detuvo.
—Venga a mi despacho dentro de media hora
—dijo—. Ahora tengo prisa.
Y sin esperar la respuesta, sin corresponder
siquiera a la reverencia de Mr. Bashwood, soltó de nuevo la rienda a la yegua y
se perdió de vista en un minuto.
Mr. Bashwood se sentó una vez más en una
sombra de la orilla de la carretera. Parecía incapaz de sentir cualquier ofensa
que no fuese la que le había inferido Miss Gwilt. No solamente no quiso sentir
resentimiento, sino que incluso se alegró del trato descortés que le había dado
Mr-Pedgift.
—Media hora —dijo, resignadamente—. Tiempo
suficiente para sosegarme, que bien lo necesito. Mr. Pedgift ha sido muy
amable, aunque tal vez sin proponérselo.
La opresión que sentía en la cabeza le obligó
una vez más a quitarse el sombrero. Sentado con éste sobre las rodillas, se
sumió en profunda reflexión, gacha la cabeza y tamborileando distraídamente con
los temblorosos dedos de una mano sobre la copa del sombrero. Si el viejo Mr.
Pedgift le hubiese visto ahora y hubiese podido atisbar un poco en el futuro,
aquella mano del administrador suplente, que tamborileaba con monotonía, habría
tenido fuerza suficiente, con lo débil que estaba, para detener al abogado en
la orilla del camino. Era la mano arrugada, cansada y triste de un viejo
triste, cansado y arrugado; pero a pesar de todo esto era (para emplear el
lenguaje profético de Mr. Pedgift al despedirse de Allan) la mano que estaba
ahora destinada a «arrojar luz sobre Miss Gwilt».
CAPÍTULO XIII
EL CORAZÓN DE UN VIEJO
Exactamente al expirar el intervalo de media
hora, Mr. Bashwood fue anunciado en el despacho de Mr. Pedgift, al que acudió
diciendo que tenía una cita especial con éste. El abogado levantó la mirada de
sus papeles, visiblemente molesto: había olvidado completamente el encuentro en
la carretera.
—Pregúntale qué quiere —dijo el viejo Pedgift
al joven Pedgift, que trabajaba en la misma habitación con él—. Y si no es nada
importante, aplaza la visita para otro día.
El joven Pedgift desapareció rápidamente y
volvió con la misma rapidez.
—¿Y bien? —preguntó su padre.
—Bueno —respondió el hijo—, tiembla bastante
más y se le entiende bastante menos que de costumbre. No he podido sacar nada
en claro, salvo que insiste en verte. Mi impresión —prosiguió el joven Pedgift,
con su irónica gravedad acostumbrada— es que va a darle un ataque y que desea
corresponder a tu amabilidad para con él obsequiándote con una sesión privada
de todo el espectáculo.
El viejo Pedgift solía igualar a cualquiera,
incluso a su hijo con sus propias armas.
—Ten la bondad de recordar, Augustus
—respondió—, que mi despacho no es un Tribunal de Justicia. Aquí, un chiste
malo no va invariablemente seguido de «grandes carcajadas». Haz pasar a Mr.
Bashwood.
Mr. Bashwood fue introducido en el despacho, y
Pedgift se retiró.
—No debe usted sangrarle, señor —murmuró el
incorregible bromista al pasar por detrás del sillón de su padre—. Botellas de
agua caliente en la planta de sus pies, y, una cataplasma de mostaza sobre la
boca del estómago;, éste es el tratamiento moderno.
—Siéntese, Bashwood —dijo el viejo Pedgift
cuando se quedaron solos—. Y no olvide que el tiempo es oro. Desembuche, sea lo
que fuere, con la mayor rapidez y la menor cantidad de palabras posible.
Esta instrucción preliminar, expresada sin
rodeos pero sin la menor brusquedad, aumentó más que redujo la dolorosa
agitación que sufría Mr. Bashwood. Tartamudeó más irremediablemente y tembló
más continuamente que de costumbre, en su breve discurso para dar las gracias a
su patrono y disculparse de molestarle en horas de trabajo.
—Todo el mundo sabe, Mister Pedgift, señor, lo
valioso que es su tiempo. ¡Oh, sí!, ¡Oh, sí!, muy valioso, ¡muy valioso!
Discúlpeme, señor, voy a ir al grano. Su bondad o mejor dicho sus
ocupaciones..., no, su bondad me concedió media hora de espera... y la empleé
pensando en lo que tenía que decir, y preparándome para decirlo en pocas
palabras.
Llegado a este punto, se interrumpió, con una
expresión afligida y de asombro. Lo había guardado todo en su memoria, y ahora,
cuando llegaba el momento, estaba demasiado confuso para encontrarlo. Y allí
estaba Mr. Pedgift esperando en silencio, expresando con su cara y su actitud
aquel sentido silencioso del valor de su propio tiempo que conocen tan bien los
pacientes que visitan a un médico famoso o los clientes que van a consultar a
un abogado prestigioso.
—¿Se ha enterado usted de la noticia, señor?
—balbució Mr. Bashwood, cambiando desesperadamente de táctica, y dando salida a
la idea predominante en su mente, por la simple razón de que era la única que
estaba preparada para salir.
—¿Me concierne a mí? —preguntó el viejo
Pedgift, implacablemente breve e implacablemente resuelto a ir al grano.
—Concierne a una dama, señor... No, no a una
dama; diría mejor a un joven por el que sentía usted cierto interés. ¡Oh,
imagínese, Mister Pedgift, señor! Mister Armadale y Miss Gwilt se han ido hoy
juntos a Londres..., solos, señor..., solos en el tren, en un compartimiento
reservado para los dos. ¿Cree usted que va a casarse con ella? ¿Cree usted
realmente, como piensan todos, que va a casarse con ella?
Formuló esa pregunta con un súbito rubor en su
semblante y con súbita energía en sus modales. Su sentido del valor del tiempo
del abogado, su convicción de la gran condescendencia del abogado, su timidez y
su reserva naturales, habían cedido conjuntamente ante el único y abrumador
interés por oír la respuesta de Mr. Pedgift. Por primera vez en su vida, había
levantado la voz al hacer la pregunta.
—Por la experiencia que tengo de Mister
Armadale —dijo el abogado, endureciendo instantáneamente su expresión y su
actitud— creo que está lo bastante enamorado para casarse con Miss Gwilt una
docena de veces, si Miss Gwilt se lo pidiese. Su noticia no me sorprende en
absoluto, Bashwood. Lo siento por él. Puedo decirlo honradamente, aunque él
haya prescindido de mi consejo. Y todavía lo siento más —prosiguió, suavizando
de nuevo sus modales al recordar su entrevista con Neelie a la sombra de los
árboles del parque—, todavía lo siento más por otra persona a la que no
nombraré. Pero ¿qué tengo yo que ver con todo esto? ¿Y qué diablos le importa a
usted? —continuó, advirtiendo por primera vez en los modales y en el semblante
de Mr. Bashwood, la terrible aflicción y la franca desesperación que le había
producido su respuesta—. ¿Está usted enfermo? ¿Hay algo escondido que tiene
usted miedo de revelar? No lo comprendo. ¿Ha venido aquí, a mi despacho
particular y en horas de oficina, solamente para decirme que el joven Armadale
ha sido lo bastante imbécil para arruinar sus perspectivas para toda la vida?
Bueno, yo lo previ hace semanas y, lo que es más, se lo di a entender en la
última conversación que sostuve con él en la casa grande.
Mr. Bashwood se animó de pronto al oír las
últimas palabras. La referencia casual del abogado a la casa grande le hizo
recordar instantáneamente su propósito.
—¡Esto es, señor! —dijo ansiosamente—. De esto
quería hablarle; esto es lo que estuve preparando en mi mente. Mr. Pedgift,
señor, la última vez que estuvo usted en la casa grande, cuando se alejó de
ella en su calesa, y me... me alcanzó en el paseo...
—Es natural —observó resignadamente Pedgift—.
Se da el caso de que mi yegua es un poco más veloz con sus patas que usted con
sus piernas, Bashwood. Prosiga, prosiga. Supongo que, con el tiempo, llegaremos
a su objetivo.
—Usted me detuvo y me habló, señor —prosiguió
Mr. Bashwood, tendiendo más y más ansiosamente hacia su fin—. Me dijo que
sospechaba que yo sentía cierta curiosidad por Miss Gwilt, y me dijo (recuerdo
exactamente sus palabras, señor), me dijo que podía satisfacer mi curiosidad,
pues usted nada tenía que oponer.
El viejo Pedgift pareció, por primera vez,
interesado en oír más.
—Recuerdo algo de eso —replicó—, y también
recuerdo que me pareció bastante extraño que se hallase usted por casualidad,
por no decirlo de una manera más ofensiva, exactamente debajo de la ventana
abierta de Mister Armadale cuando yo estaba hablando con él. Podía ser
accidental, naturalmente, pero más bien parecía fruto de la curiosidad. Yo
podía solamente juzgar por las apariencias —concluyó Pedgift, subrayando la
ironía con una pulgarada de rapé—, y las apariencias, Bashwood, estaban
resueltamente contra usted.
—No lo niego, señor. Sólo mencioné la
circunstancia porque deseaba reconocer que sentía y siento curiosidad por Miss
Gwilt.
—¿Por qué? —preguntó el viejo Pedgift,
percibiendo algo debajo de la superficie de la cara y los modales de Mr.
Bashwood, pero hasta ahora completamente a oscuras en cuanto a lo que aquel
algo podía ser.
Se hizo un silencio momentáneo. Pasado el
momento, Mr. Bashwood se refugió en lo que suelen refugiarse los hombres
nerviosos que, en circunstancias como las suyas, no saben qué responder.
Repitió simplemente la afirmación que acababa de hacer.
—Siento cierta curiosidad, señor —dijo, con
una extraña mezcla de terquedad y timidez—, acerca de Miss Gwilt.
Hubo otro momento de silencio. A pesar de su
perspicacia y su conocimiento del mundo, el abogado estaba más confuso que
nunca. El caso de Mr. Bashwood presentaba el acertijo humano que él estaba
menos capacitado para resolver. Aunque los años son testigos, en miles y miles
de casos, de crueles desheredaciones de los parientes más próximos y queridos,
de antinaturales rupturas de los sagrados vínculos familiares, de la deplorable
terminación de antiguas y firmes amistades, debido todo ello a la intensa obsesión
que puede engendrar la pasión sexual cuando se introduce en el corazón de un
viejo, la asociación del amor con los achaques y los cabellos grises solamente
despierta, en todos los lugares del mundo, la idea de una improbabilidad
extravagante o de un absurdo en la mente general. Si la entrevista que ahora
tenía lugar en el bufete de Mr. Pedgift se hubiese realizado en su comedor,
cuando el vino hubiese abierto su cerebro a influencias humorísticas, es
posible que el abogado hubiese sospechado la verdad. Pero, en sus horas de
trabajo, el viejo Pedgift tenía la costumbre de estudiar seriamente los motivos
de los hombres desde el punto de vista jurídico, y precisamente por esto, era
incapaz de concebir una improbabilidad tan sorprendente, un absurdo tan enorme,
como el absurdo y la improbabilidad de que Mr. Bashwood estuviese enamorado.
Algunos hombres, en la posición del abogado,
habrían tratado de forzar el camino hacia la luz repitiendo obstinadamente la
pregunta incontestada. Pero el viejo Pedgift aplazó prudentemente la cuestión
hasta haber avanzado otro paso en la conversación.
—Bueno —dijo ahora—, digamos que siente
curiosidad por Miss Gwilt. ¿Qué más tiene que decirme?
Las palmas de las manos de Mr. Bashwood
empezaron a humedecerse con la influencia de su agitación, como se habían
humedecido en el pasado cuando había contado a Midwinter la historia de sus
pesares domésticos, en la casa grande. Una vez más hizo una bola con su pañuelo
y se frotó suavemente las manos con ella.
—¿Puedo preguntarle, señor —empezó diciendo—,
si acierto al creer que tiene usted una opinión muy desfavorable de Miss Gwilt?
Creo que está usted convencido de que...
—Mi buen amigo —le interrumpió Pedgift—, ¿por
qué puede dudarlo? Estuvo usted debajo de la ventana abierta de Mister Armadale
mientras yo hablaba con él, y presumo que no se había tapado del todo los
oídos.
Mr. Bashwood pareció no haberse dado cuenta de
la interrupción. La punzada de la ironía del abogado se perdió en el más noble
dolor que le atosigaba desde que Miss Gwilt le había infligido aquella herida.
—Creo, señor —siguió diciendo—, que está usted
convencido de que hay circunstancias en el pasado de esta dama que serían para
ella un gran descrédito si se descubriesen en el momento actual.
—La ventana estaba abierta en la casa grande,
Bashwood y presumo que usted no se había tapado del todo los oídos.
Todavía insensible al aguijón, Mr. Bashwood
insistió, con más obstinación que nunca.
—A menos que esté muy equivocado, su larga
experiencia en estas cosas le habrá incluso sugerido, señor, que Miss Gwilt
puede ser conocida por la policía, ¿no es cierto?
La paciencia del viejo Pedgift se agotó.
—Lleva usted más de diez minutos en este
despacho —estalló—. ¿Puede o no puede decirme, en buen inglés, lo que desea?
En buen inglés, con la pasión que le había
transformado, la pasión que (según expresión de la propia Miss Gwilt) había
hecho de él un hombre, y que inflamaba sus escuálidas mejillas, Mr. Bashwood
respondió al desafío y se enfrentó al abogado (como se enfrenta al perro la
inquieta oveja) en su propio terreno.
—Deseo decir, señor —respondió—, que su
opinión en este asunto coincide con la mía. Creo que hay algo malo en el pasado
de Miss Gwilt, que ella oculta a todo el mundo y quiero ser el hombre que lo
descubra.
El viejo Pedgift vio su oportunidad y volvió
instantáneamente a la pregunta que había aplazado.
—¿Porqué?
Por segunda vez, vaciló Mr. Bashwood. ¿Podía
reconocer que había sido lo bastante loco para enamorarse de ella y lo bastante
ruin para espiar por ella? ¿Podía decir: Ella me engañó desde el principio y me
ha rechazado ahora que ha conseguido su objetivo? Después de robarme mi
felicidad, de robarme mi honor, de robarme la última esperanza que me quedaba
en la vida, se ha ido de mí para siempre, y sólo me ha dejado mi afán de viejo,
lento y astuto, y fuerte e inmutable, de venganza. Una venganza que puedo conseguir,
si logro envenenar su triunfo sacando a la luz pública sus flaquezas. Una
venganza que compraré (pues, ¿qué valen el oro y la vida para mí?) con el
último penique del dinero que tengo ahorrado y con la última gota de mi sangre
estancada. ¿Podía decir esto al hombre que esperaba sentado su respuesta? No.
Sólo podía tragárselo y guardar silencio.
La expresión del abogado volvió a endurecerse
una vez más.
—Uno de los dos tiene que hablar claro —dijo—,
y como parece que usted no va a hacerlo, lo haré yo. Sólo puedo explicar de dos
maneras su extraordinario interés en conocer los secretos de Miss Gwilt. Su
motivo es, o excesivamente ruin (no lo tome a ofensa, Bashwood, pues no es más
que una hipótesis), o excesivamente generoso. Dada mi experiencia de su
carácter honrado y de su intachable conducta, tiene derecho a que le absuelva
inmediatamente del motivo ruin. Creo que es tan incapaz como yo, y con esto queda
dicho todo, de sacar provecho, en perjuicio de Miss Gwilt, de lo que pueda
descubrir de su vida pasada. ¿Debo continuar o, después de pensarlo bien,
prefiere decirme lo que hay en su mente y hablarme con franqueza por su propia
decisión?
—Preferiría no interrumpirle, señor —dijo Mr.
Bashwood.
—Como guste —siguió diciendo el viejo
Pedgift—. Después de absolverle del motivo ruin, pasaré al motivo generoso. Es
posible que sea usted un hombre desacostumbradamente agradecido, y es cierto
que Mister Armadale ha sido muy amable con usted. Después de darle un empleo de
ayudante de Mister Midwinter, en la administración de su hacienda, confió lo
bastante en su honradez y su capacidad para poner en sus manos, enteramente y
sin reservas, ahora que su amigo se ha marchado, todo lo referente a sus
negocios. No es que yo sea experto en la naturaleza humana, pero es posible que
agradezca usted tanto aquella confianza y le interese tanto el bienestar de su
patrono que, en su calidad de amigo, no pueda tolerar que se lance de cabeza a
su deshonra y su ruina, sin hacer un esfuerzo para salvarle de ello. Dicho en
pocas palabras: ¿Cree usted que podría evitarse que Mister Armadale se casara
con Miss Gwilt, si se enterase a tiempo de la verdadera personalidad de ésta?
¿Y desea usted ser el hombre que le abra los ojos a la verdad? Si éste es el
caso...
Se interrumpió, asombrado. Cediendo a algún
impulso incontrolable, Mr. Bashwood se había levantado. Y se quedó en pie,
iluminado el pálido semblante por una súbita luz interior que le hacía parecer
veinte años más joven, cobrando aliento para poder hablar y gesticulando con
ambas manos.
—¡Repítalo, señor! —dijo afanosamente,
recobrando el habla antes de que Pedgift se hubiese recobrado de su sorpresa—.
La pregunta sobre Mister Armadale, señor. ¡Sólo una vez más, señor! Sólo una
vez más, Mister Pedgift, ¡por favor!
Observando la cara de Bashwood, con atención y
desconfianza fruto de la práctica, el viejo Pedgift le hizo ademán de que
volviese a sentarse y formuló la pregunta por segunda vez.
—¿Si creo —dijo Mr. Bashwood, repitiendo el
sentido, ya que no las palabras de la pregunta— que Mister Armadale se
separaría de Miss Gwilt, si alguien le mostrase cómo es ella realmente? ¡Sí,
señor! ¿Y si quiero ser yo el hombre que lo haga? ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Sí,
señor!
—Es bastante extraño —observó el abogado,
mirándole cada vez con más desconfianza— que se muestre usted tan violentamente
agitado, simplemente porque mi pregunta ha dado en el blanco por casualidad.
Resultaba que la pregunta había dado en el
blanco que menos esperaba Pedgift. Había librado a la mente de Bashwood, en un
instante, de la presión mortal de la idea dominante de venganza y le había
mostrado que el descubrimiento de los secretos de Miss Gwilt podía darle un
objetivo que no se le había ocurrido hasta este momento. La boda, que había
considerado ciegamente como inevitable podía ser impedida, no en interés de
Allan, sino en el suyo propio, y tal vez podría aún ganar a la mujer a la que
creía haber perdido, a pesar de las circunstancias. La cabeza le dio vueltas al
pensar en ello. Su propia y resuelta decisión casi le intimidaba, por su
terrible incongruencia con los hábitos familiares de su mente y con todo el
rumbo rutinario de su vida.
Viendo que su última observación no era
contestada, Pedgift reflexionó un poco antes de añadir palabra.
«Una cosa está clara —razonó el abogado para
sus adentros—. Tiene miedo de confesar su verdadero motivo en esta cuestión.
Evidentemente, mi pregunta le dio una ocasión de confundirme, y la aprovechó
inmediatamente. Esto es bastante para mí. Si aún fuese abogado de Mr. Armadale,
valdría la pena investigar este misterio. Tal como están las cosas, no me
interesa descubrir una a una las mentiras de Mr. Bashwood. No tengo nada que
ver con esto, y le dejaré en libertad de seguir su camino tortuoso, dando
rodeos como de costumbre.» Sacada esta conclusión, el viejo Pedgift empujó su
sillón hacia atrás y se levantó vivamente para poner fin a la entrevista.
—No se alarme, Bashwood —le dijo—. El tema de
nuestra conversación ha sido agotado por lo que a mí concierne. Sólo me quedan
por decir las últimas palabras, como sabe usted que tengo por costumbre. Aunque
sigo estando a oscuras en otras cosas, he hecho un descubrimiento. He
descubierto, al fin, lo que quiere usted realmente de mí. Quiere que le ayude.
—Si fuese usted tan, tan amable, señor...
—balbució Mr. Bashwood—. Si sólo quisiera hacer el inmenso favor de darme su
opinión y su consejo...
—Espere un momento, Bashwood. Separemos estas
dos cosas, si no le importa. Un abogado puede dar su opinión como otro hombre
cualquiera; pero cuando un abogado da un consejo, ¡por Dios, señor, que es
profesional! Le daré de buen grado mi opinión en este asunto; nunca la he
negado a nadie. Creo que ha habido sucesos en la carrera de Miss Gwilt que (si
pudiesen ser descubiertos) harían que Mr. Armadale, por enamorado que esté,
tuviese miedo de casarse con ella..., suponiendo, desde luego, que vaya
realmente a casarse con ella, pues, aunque todos los indicios parecen
indicarlo, no deja de ser una presunción. En cuanto a la manera de proceder
para poder o no poder sacar a la luz las manchas que perjudican la personalidad
de esta mujer, con tiempo suficiente (ella puede obtener la licencia de
matrimonio en quince días si quiere), éste es un aspecto de la cuestión en el
que me niego rotundamente a entrar. Implicaría hablarle en mi condición de
abogado y darle mi consejo profesional, cosa que no pretendo en modo alguno.
—¡Oh, señor, no diga esto! —suplicó Mr.
Bashwood—. ¡No me niegue el gran favor, el inestimable don de su consejo! ¡Soy
tan poco inteligente, Mister Pedgift! Soy viejo y lento, señor, y me sobresalto
y me inquieto cuando me aparto de mi camino acostumbrado. Es natural que usted
se impaciente un poco conmigo por estar robándole su tiempo. Sé que el tiempo
es oro, para un hombre inteligente como usted. ¿Me disculparía, me disculparía,
por favor, si me atreviese a decir que he ahorrado algún dinero, unas pocas
libras, señor, y que, como estoy completamente solo y nadie depende de mí,
puedo gastarme mis ahorros como mejor me parezca?
Ciego a toda consideración, salvo la de
pretender que Mr. Pedgift le fuese propicio, sacó una sucia, raída y vieja
cartera, y trató, con dedos temblorosos, de abrirla sobre la mesa del abogado.
—Guarde su cartera inmediatamente —dijo el
viejo Pedgift—. Hombres más ricos que usted han ensayado este argumento
conmigo, y se han encontrado con que todavía existe un abogado que no se deja
sobornar. No quiero tener nada que ver con este caso en las actuales
circunstancias. Si quiere saber la razón, permítame que le diga que Miss Gwilt
dejó de interesarme profesionalmente el día en que dejé de ser abogado de
Mister Armadale. Además, tengo otros motivos que no creo necesario mencionar.
El que le he dado es ya bastante explícito. Siga su camino y cargue sus
responsabilidades sobre sus propios hombros. Puede que se ponga al alcance de
las garras de Miss Gwilt y se libre sin sufrir un arañazo. El tiempo lo dirá. Y
mientras tanto, le deseo buenos días... y reconozco, para vergüenza mía, que
hasta hoy no había sabido que era usted un héroe.
Esta vez, Mr. Bashwood sintió la punzada. Sin
decir otra palabra de disculpa o de súplica, sin decir siquiera «Buenos días»,
se dirigió a la puerta, la abrió suavemente y salió del despacho.
La última expresión que se pintó en su
semblante y el súbito silencio que se había hecho en él no pasaron inadvertidos
al viejo Pedgift.
—Bashwood acabará mal —dijo el abogado,
revolviendo sus papeles y volviendo, con rostro impenetrable, a su interrumpido
trabajo. El cambio experimentado por Mr. Bashwood en su semblante y en sus
modales, ahora obstinados y autosuficientes, era tan poco característico en él
que incluso fue advertido por el joven Pedgift y los escribientes al cruzar él
la oficina exterior. Acostumbrados a tomar el pelo al viejo, se tomaron
ruidosamente a chunga aquella transformación. Sordo a las crueles burlas que
recibía de todos lados, se detuvo delante del joven Pedgift, y mirándole
fijamente a la cara, dijo, en tono bajo y ausente, como pensando en voz alta:
—Me pregunto si usted querría ayudarme.
—Abran inmediatamente una cuenta a nombre de
Mister Bashwood —dijo el joven Pedgift a los escribientes—. Traigan una silla
para Mister Bashwood y un escabel por si lo necesita. Denme una mano de papel
extra satinado y una gruesa de plumas afiladas para tomar nota del asunto de
Mister Bashwood, e informen inmediatamente a mi padre de que voy a dejarle y
montar un bufete por mi propia cuenta, bajo el patronazgo de Mister Bashwood.
Tome asiento, señor, tome asiento, por favor, y exponga francamente su problema.
Todavía impenetrablemente sordo a las burlas
de que era objeto, Mr. Bashwood esperó a que el joven Pedgift hubiese agotado
la cuerda, y después se volvió y se alejó.
—Hubiese debido preverlo —dijo, en el mismo
tono ausente de antes—. Es en todo hijo de su padre; se burlaría de mí en mi
lecho de muerte.
Se detuvo un momento en la puerta, cepillando
mecánicamente su sombrero con la mano, y salió a la calle.
La brillante luz del sol le deslumbre, y los
vehículos y peatones que pasaban le sobresaltaron y asombraron. Se metió en un
callejón y se cubrió los ojos con la mano. «Será mejor que me vaya a casa
—pensó—, y me encierre en ella y reflexione en mi propia habitación.»
Su vivienda estaba en una casa pequeña, en el
barrio pobre de la población. Abrió la puerta con su llave y subió sin ruido la
escalera. La única y pequeña habitación que poseía le causó una impresión
dolorosa: mirara donde mirase, veía mudos recuerdos de Miss Gwilt. Sobre la
repisa de la chimenea estaban las flores que ella le había dado en varias
ocasiones, todas ellas marchitas desde hacía tiempo y todas conservadas sobre
un pequeño pedestal de porcelana y protegidas por una campana de cristal,
pendía en la pared una horrible estampa en colores de una mujer, que él había
hecho enmarcar bellamente y cubrir con un cristal, porque tenía una expresión
que le recordaba la cara de ella. En su pesado y viejo escritorio de caoba
estaban las pocas cartas, breves y perentorias, que ella le había escrito
cuando él vigilaba y escuchaba vilmente en Thorpe-Ambrose para complacerla. Y
cuando, al volver la espalda a todas estas cosas, se sentó pesadamente en el
sofá-cama, allí, colgada de un extremo, estaba la chillona corbata de satén
azul que se había comprado porque ella le había dicho que le gustaban los
colores vivos, y que nunca había tenido todavía valor para llevar, aunque la
había tomado una mañana tras otra con la resolución de ponérsela. Generalmente
tranquilo en sus acciones, generalmente moderado en su lenguaje, agarró ahora
la corbata como si fuese una cosa viva capaz de sentir, y la arrojó al otro
lado de la estancia, lanzando un juramento.
Transcurrió el tiempo, y todavía, aunque su
resolución de interponerse entre Miss Gwilt y su matrimonio permanecía
inquebrantable, estaba tan lejos como siempre de descubrir los medios que
podían llevarle a su meta. Cuando más pensaba y pensaba en ello, más oscuro y
oscuro le parecía el camino que había de tomar en el futuro.
Se levantó de nuevo, tan cansado como cuando
se había sentado y se dirigió a la alacena.
—Estoy febril y sediento —dijo—. Una taza de
té me sentará bien. —Abrió el bote y midió la pequeña dosis de té con menos
cuidado que de costumbre. «¡Ni siquiera mis manos quieren servirme hoy!»,
pensó, mientras recogía las pocas pizcas de té que se habían caído y volvía a
echarlas con todo cuidado en el bote.
Con el buen tiempo del verano, el único fuego
encendido en la casa era el de la cocina. Bajó en busca de agua hirviendo, con
la tetera en la mano.
Solamente la patrona estaba en la cocina. Era
una de las muchas matronas inglesas cuyo paso por este mundo es un camino de
espinas, y que sienten la horrible satisfacción, siempre que se les presenta
una oportunidad, de inspeccionar los pies arañados y sangrantes de otras
personas que están en su misma condición. Su único vicio era leve: el vicio de
la curiosidad; y entre las muchas virtudes compensatorias que poseía, estaba la
de respetar en gran manera a Mr. Bashwood, como inquilino que pagaba regularmente
la renta y cuyos modales eran siempre tranquilos y corteses de un año a otro.
—¿Qué desea usted, señor? —preguntó—. Agua
hirviente, ¿verdad? Nunca se sabe cuándo va a hervir el agua, Mister Bashwood,
si uno la necesita. ¿Vio usted alguna vez un fuego más rebelde que éste?
Añadiré un poco de leña, si me lo permite y quiere esperar un poco. ¡Dios mío!
Disculpe que se lo diga, señor, ¡pero hoy tiene usted muy mala cara!
Empezaba a notarse la tensión mental de Mr.
Bashwood. Algo parecido a la impotencia que había mostrado en la estación
apareció de nuevo en su cara y sus maneras al dejar la tetera sobre la mesa de
la cocina y tomar asiento.
—Tengo dificultades, señora —dijo a media
voz—, y soportarlas me cuesta más de lo que solía.
—¡Ah, y que lo diga! —gimió la patrona—. Yo
estoy lista para el enterrador, Mister Bashwood, cuando llegue mi hora, aunque
no sé si a usted le pasará lo mismo. Está demasiado solo, señor. Cuando una
persona está en apuros, le sirve de algo, aunque no de mucho, compartir la
carga con otra. Si su buena esposa viviese, señor, encontraría en ella mucho
consuelo, ¿verdad?
Un momentáneo espasmo de dolor se reflejó en
la cara de Mr. Bashwood. La patrona le había recordado, sin saberlo, las
desdichas de su vida de casado. Hacía tiempo que se había visto obligado a
mitigar su curiosidad acerca de sus asuntos familiares, diciéndole que era
viudo y que sus circunstancias domésticas no habían sido muy felices; pero no
había llevado más lejos sus confidencias. La triste historia que había relatado
a Midwinter, de su esposa borracha que había terminado su desdichada vida en un
manicomio, no había querido confiarla a esta mujer parlanchina, que sin duda la
habría contado a todos los demás moradores de la casa.
—Es lo que siempre digo a mi marido cuando
está en baja forma, señor —prosiguió la patrona, sin perder de vista el
hervidor—: «¿Qué harías ahora sin mí, Sam?» Cuando no se deja dominar por el
mal humor (a lo cual es muy propenso, Mister Bashwood), dice: «No podría hacer
nada, Elizabeth.» Y cuando el mal humor puede más que él, dice: «Me iría a la
taberna, señora mía; y es lo que voy a hacer ahora.» ¡Ay, también yo tengo mis
disgustos! ¡Un hombre con hijos e hijas mayores, emborrachándose en una
taberna! No recuerdo si usted ha tenido hijos, Mister Bashwood. Pero, ahora que
lo pienso bien, creo recordar que me dijo que los tenía. Hijas, ¿verdad? Y,
¡Dios mío! todas muertas.
—Tuve una hija, señora —dijo Mr. Bashwood,
armándose de paciencia—. Solamente una, y murió antes de cumplir un año.
—¡Solamente una! —repitió la compasiva
patrona—. El agua está a punto de hervir, señor; déme la tetera. ¡Solamente
una! Ay, debe ser más triste, ¿verdad?, cuando se tiene un solo hijo. Creo que
ha dicho que era hija única, ¿verdad, señor?
Durante un momento, Mr. Bashwood miró a la
mujer con ojos inexpresivos, sin responderle. Después de recordarle
impensadamente a la esposa que le había deshonrado, le obligaba ahora, también
sin proponérselo, a recordar al hijo que le había arruinado y abandonado. Por
primera vez, desde que había contado su historia a Midwinter en su primera
entrevista en la casa grande, su mente volvió a los amargos contratiempos y
desastres del pasado. Una vez más, pensó en los días lejanos en que se había
convertido en fiador de su hijo y en que las tropelías de éste le habían
obligado a vender cuanto poseía para pagar la deuda a su vencimiento.
—Tengo un hijo, señora —dijo, dándose cuenta
de la patrona le miraba con muda y melancólica sorpresa—. Hice todo lo posible
para ayudarle a abrirse camino en el mundo, y él se portó muy mal conmigo.
—¿De veras? —dijo la patrona, con muestras de
gran interés—. Se portó mal con usted, casi le rompió el corazón, ¿no es
cierto? Ay, antes o después tendrá que pagarlo, ¡no tema! Honrarás a tu padre y
a tu madre, no fue escrito vanamente en las tablas de Moisés, Mister Bashwood.
¿Dónde está y qué está haciendo ahora, señor?
La pregunta era casi la misma que había
formulado Midwinter cuando le había expuesto las circunstancias, y como había
contestado en aquella ocasión anterior, así (y casi con las mismas palabras)
respondió ahora:
—Por lo que sé, señora, mi hijo está en
Londres. La última vez que tuve noticias suyas (y no muy halagüeñas por cierto)
estaba empleado en la Oficina de Investigación Privada...
Se interrumpió súbitamente al pronunciar estas
palabras. Su rostro enrojeció y le brillaron los ojos; empujó a un lado la taza
que la mujer acababa de llenar y se levantó de la silla.
La dama dio un paso atrás. Había algo en la
cara de su inquilino que nunca había visto hasta entonces.
—Espero no haberle molestado, señor —dijo la
mujer, recobrando su sangre fría y pareciendo dispuesta a molestarse por su
parte a la menor provocación.
—¡Ni por pienso, señora, ni por pienso! —dijo
él, apresuradamente y con extraña vehemencia—. Acabo de recordar algo, algo muy
importante. Tengo que subir a mi habitación...
»Es una carta, una carta, una carta. Volveré
para tomar el té, señora. Le pido disculpas; le estoy muy agradecido, ha sido
usted muy amable... Y ahora, si me lo permite, la dejaré sola.
Para asombro de la patrona, le estrechó
cordialmente la mano y se dirigió a la puerta, olvidándose del té y de la
tetera.
En cuanto llegó a su habitación, se encerró en
ella bajo llave. Permaneció un ratito apoyado en la repisa de la chimenea para
recobrar el aliento. En cuanto pudo moverse de nuevo, abrió su escritorio.
—¡Esto para ustedes, Mister Pedgift e Hijo!
—dijo, chascando los dedos al sentarse—. ¡También yo tengo un hijo!
Hubo una llamada a la puerta; una llamada
suave, considerada y confidencial. La ansiosa patrona quería saber si Mr.
Bashwood se encontraba mal, y por segunda vez, le suplicó encarecidamente que
le dijese si le había molestado.
—¡No! ¡No! —gritó él, sin abrir la puerta—.
Estoy perfectamente bien... Estoy escribiendo, señora; estoy escribiendo...
Discúlpeme, por favor.
«Es una buena mujer; una mujer excelente
—pensó, cuando la patrona se hubo retirado—. Le haré un pequeño regalo. Estoy
tan trastornado que no habría pensado en esto, de no ser por ella. ¡Oh, si mi
chico está todavía en aquella oficina...! ¡Oh, si puedo escribirle una carta
que haga que se compadezca de mí...!»
Tomó la pluma y se sentó, pensando
ansiosamente, pensando un largo rato antes de tocar el papel. Lentamente, con
muchas pausas para pensar y pensar de mievo, y con mayor cuidado del habitual
para que su escritura resultase legible, trazó estas líneas:
«Mi querido James: Temo que te sorprenderá que
te escriba. Por favor, no supongas que voy a pedirte dinero ni a reprocharte
que me dejases sin casa y sin hogar cuando no pagaste tu deuda y tuve que
pagarla yo como fiador. Estoy dispuesto y deseoso de olvidar el pasado.
Ahora (si sigues todavía en la Oficina de
Investigación Privada) puedes prestarme un gran servicio. Estoy sumamente
ansioso y preocupado por una persona que me interesa. Esta persona es una dama.
Por favor, no te burles de mí por confesarlo, si es que puedes abstenerte de
ello. Si supieses lo que estoy sufriendo, creo que te sentirías más inclinado a
la compasión que a las chanzas.
Entraría en detalles, pero conozco tu
temperamento vivo y temo agotar tu paciencia. Tal vez me bastará decir que
tengo motivos para creer que la vida pasada de la dama no ha sido muy
encomiable y que estoy interesado, más interesado de lo que puedo expresar con
palabras, en descubrir cómo ha sido realmente su vida, y en descubrirlo en el
plazo de quince días a partir de hoy.
Aunque sé muy poco acerca de cómo se hacen las
cosas en un oficio como el tuyo, creo que, sin saber la dirección actual de la
dama, poco puedes hacer para ayudarme. Desgraciadamente, no conozco todavía su
actual dirección. Sólo sé que marchó hoy a esa ciudad, acompañada de un
caballero, a cuyo servicio estoy ahora, y que (según creo) es probable que me
escriba para que le mande dinero antes de que pasen muchos días.
¿Puede ayudarnos esta circunstancia? Me atrevo
a decirlo en plural, porque cuento, mi querido muchacho, con tu amable ayuda y
consejo. No dejes que el dinero se interponga entre nosotros: he ahorrado algo
y lo pongo libremente a tu disposición. Por favor, por favor, ¡contéstame a
vuelta de correo! Si haces lo posible para remediar la terrible inquietud que
ahora me aflige, compensarás todas las penas y disgustos que me causaste en
tiempos pasados, y contarás con un agradecimiento que nunca olvidará
Tu padre que te quiere,
Félix Bashwood.»
Después de esperar un poco para enjugarse los
ojos, Mr. Bashwood añadió la fecha y sus señas, y dirigió la carta a su hijo,
en «Oficina de Investigación Privada. Shady-side Place. Londres».
Hecho esto, salió inmediatamente y echó la
carta. Era lunes y, si la respuesta era a vuelta de correo, la recibiría el
miércoles por la mañana.
El día de intervalo, martes, lo pasó Mr.
Bashwood en el despacho del administrador de la casa grande. Tenía un doble
motivo para absorberse lo más posible en las diversas ocupaciones relacionadas
con la administración de la hacienda. En primer lugar, el trabajo le ayudaba a
dominar la voraz impaciencia con que esperaba la llegada del día siguiente. En
segundo lugar, cuanto más adelantase su labor, más libertad tendría para
reunirse con su hijo en Londres sin atraer sospechas por descuidar los
intereses confiados a su cuidado.
El martes por la tarde, vagos rumores de que
ocurría algo grave en el cottage llegaron a oídos (a través de los servidores
del comandante Milroy) de los criados de la casa grande, los cuales trataron
inútilmente de llamar la atención de Mr. Bashwood, totalmente fijada en otras
cosas. El comandante y Miss Neelie se habían encerrado juntos en una misteriosa
conferencia, y el aspecto de Miss Neelie, una vez terminada la entrevista,
indicaba claramente que había estado llorando. Esto había ocurrido el lunes por
la tarde, y el día siguiente (hoy, martes) había sorprendido el comandante a
todos los de su casa anunciando brevemente que su hija necesitaba un cambio de
aires en la orilla del mar y que la llevaría, en el próximo tren, a Lowestoft.
Los dos se habían marchado juntos, muy serios y silenciosos, pero aparentemente
como buenos amigos, a pesar de todo. Las opiniones de la casa grande atribuían
esta revolución doméstica a los rumores que circulaban sobre Allan y Miss
Gwilt. Las opiniones del cottage rechazaban aquella solución de la dificultad,
por razones prácticas. Miss Neelie había permanecido inaccesiblemente encerrada
en su propia habitación, desde la tarde del lunes hasta la mañana del martes,
en que su padre se la había llevado. Durante el mismo intervalo, el comandante
no había salido de casa ni había hablado con nadie. Y Mrs. Milroy, al primer
intento de su nueva asistenta de informarle del escándalo que tenía conmovida a
la población, le había sellado los labios cayendo en uno de sus terribles ataques
de cólera en el instante en que había sido mencionado el nombre de Miss Gwilt.
Algo tenía que haber ocurrido, naturalmente, para que el comandante Milroy y su
hija partiesen de la casa con tanta precipitación; pero, ciertamente, este algo
no era la escandalosa fuga, en plena luz del día, de Mr. Armadale con Miss
Gwilt.
Transcurrió la tarde y transcurrió la noche,
sin que ocurriese acontecimiento alguno distinto del suceso privado y personal
acaecido en el cottage. Nada ocurrió (pues nada podía normalmente ocurrir) para
disipar la ilusión engañosa con que había contado Miss Gwilt. La impresión, que
ahora compartía todo Thorpe-Ambrose con Mr. Bashwood, de que ella se había
marchado a Londres con Allan, en calidad de futura esposa de éste.
El miércoles por la mañana, el cartero, al
entrar en la calle donde vivía Mr. Bashwood, se dio de manos a boca con éste,
que tan ansioso estaba de saber si había carta para él que había salido de casa
sin su sombrero. Y había una carta para él, la carta que esperaba de su hijo
vagabundo.
Éstos fueron los términos en que respondió el
joven Bashwood a la petición de ayuda de su padre, después de haber arruinado
su vida en tiempos pasados:
«Shadyside Place, martes, 29 de julio.
Querido papá: En esta oficina tenemos bastante
práctica en solucionar misterios; pero el de tu carta me desconcierta
completamente. ¿Estás especulando en las interesantes flaquezas ocultas de
alguna encantadora mujer? O, después de tu experiencia del matrimonio, piensas
realmente en darme una madrastra a estas horas. Sea lo que fuere, por mi vida
que tu carta me interesa.
No bromeo, aunque la tentación de hacerlo es
difícil de resistir. Por el contrario, te he dedicado ya un cuarto de hora de
mi valioso tiempo. El lugar desde el que me escribiste me pareció conocido.
Busqué hacia atrás en mi agenda y encontré que no hace mucho, fui enviado a
Thorpe-Ambrose para hacer unas investigaciones privadas. Mi cliente era una
avispada vieja, demasiado astuta para darme su verdadero nombre y dirección. Lo
cierto es que pusimos inmediatamente manos a la obra y averiguamos quién era.
Su nombre es Mrs. Oldershaw, y si piensas en ella para hacerla mi madrastra, te
recomiendo encarecidamente que vuelvas a pensarlo antes de convertirla en Mrs.
Bashwood.
Si no se trata de Mrs. Oldershaw, lo único que
puedo hacer, de momento, es decirte cómo puedes encontrar la dirección
desconocida de la dama. Ven personalmente a la ciudad en cuanto recibas la
carta que esperas del caballero que marchó con ella (espero, por tu bien, que
no sea un hombre joven y apuesto), y pasa por aquí a visitarme. Encargaré a
alguien que te ayude a vigilar su hotel o su pensión, y si él se comunica con
la dama, o la dama se comunica con él, podrás dar por conocida su dirección
desde aquel momento. En cuanto la haya yo identificado y sepa dónde está,
podrás ver todos sus interesantes y pequeños secretos con la misma claridad con
que ves el papel en que te escribe tu amante hijo.
Una palabra más, acerca de las condiciones.
Deseo tanto como tú que volvamos a ser amigos; pero, aunque tú te quedaste una
vez sin blanca por mí, yo no puedo permitirme hacer lo mismo por ti. Debe
quedar bien entendido que respondes de todos los gastos de la investigación. Es
posible que tengamos que emplear algunas de las mujeres que trabajan para esta
oficina, si tu dama es demasiado avispada, o demasiado bonita, para confiar el
trabajo a un hombre. Habrá gastos de coches de alquiler, de correo, de entradas
en espectáculos públicos, si es aficionada a ellos; de limosnas en el cepillo,
si es persona seria y lleva a nuestra gente a iglesias para escuchar a
predicadores famosos, etcétera. Mis propios servicios profesionales serán
gratuitos, pero no puedo perder dinero por tu causa. Recuerda solamente esto, y
todo se hará como deseas. El pasado, pasado está, y lo olvidaremos.
Tu hijo que te quiere,
James Bashwood.»
En el éxtasis de ver por fin una ayuda a su
alcance, el padre se llevó a los labios la carta atroz de su hijo.
—¡Buen muchacho! —murmuró, cariñosamente—. ¡Mi
querido y buen muchacho!
Dejó la carta a un lado y se sumió en otros
pensamientos. Lo primero a considerar ahora era la grave cuestión del tiempo.
Mr. Pedgift le había dicho que Miss Gwilt podía estar casada dentro de dos
semanas. Un día de los catorce había pasado ya, y estaba pasando otro. Golpeó
impacientemente con la mano la mesa que tenía al lado, preguntándose cuándo
obligaría la necesidad de dinero a Allan a escribirle desde Londres. «¿Mañana?
—se preguntó—. ¿O pasado mañana?»
Transcurrió el día siguiente y nada sucedió.
Llegó otro día... ¡y con él la carta! Era una carta de negocios, como él había
previsto; pedía dinero, como había previsto, y al final, en una posdata,
consignaba la dirección y concluía con estas palabras: «Sepa que permaneceré
aquí hasta que le dé nuevas noticias.»
Lanzó un profundo suspiro de alivio, y empezó
inmediatamente, aunque faltaban casi dos horas para la salida del tren para
Londres, a hacer su maleta. Lo último que metió en ella fue su corbata de satén
azul.
—A ella le gustan los colores vivos —dijo—, ¡y
aún podrá verme con ella!
CAPÍTULO XIV
DEL DIARIO DE MISS GWILT
All Saint's Terrace, New Road, Londres, 28 de
julio, lunes noche. — Apenas puedo mantener alta la cabeza, tan cansada estoy.
Pero, en mi situación, no me atrevo a confiar nada a mi memoria. Antes de irme
a la cama, debo escribir mi acostumbrado relato de los sucesos del día.
Hasta ahora, el rumbo que tomó la suerte a
favor mío (¡bastante tiempo le costó tomarlo!) parece que va a continuar. Pude
obligar a Armadale (el muy bruto requirió que lo hiciese casi por la fuerza) a
salir de Thorpe-Ambrose para Londres, solo conmigo en el mismo compartimiento
del tren, a la vista de cuantos se hallaban en la estación. Había allí muchos
chismosos, mirándonos fijamente y, por lo visto, tratando cada cual de sacar
sus propias conclusiones. O nada sé de Thorpe-Ambrose, o todo el pueblo está ahora
pendiente de Mr. Armadale y Miss Gwilt.
Tuve algunas dificultades con él, durante la
primera media hora que siguió a nuestra partida de la estación. El jefe de tren
(un hombre encantador, ¡cuánto se lo agradezco!) nos había acomodado juntos, en
espera de media corona al terminar el viaje. Armadale recelaba de mí, y lo
mostraba claramente. Poco a poco, fui amansando a la fiera, en parte tratando
de no mostrar curiosidad por su viaje a la ciudad, y en parte interesándole en
el tema de su amigo Midwinter, insistiendo especialmente en la oportunidad que
ahora se ofrecía para una reconciliación entre los dos. Seguí pulsando esta
cuerda hasta que le desaté la lengua e hice que me entretuviese, como está
obligado a hacer un caballero cuando tiene el honor de acompañar a una dama en
un largo viaje en ferrocarril.
Su pequeño cerebro estaba lleno, desde luego,
de sus propias preocupaciones y las de Miss Milroy. No puede expresarse con
palabras su torpeza al tratar de hablar de sí mismo sin hacerme confidencias ni
mencionar el nombre de Miss Milroy. Iba a Londres, me dijo gravemente, para un
asunto de sumo interés para él. De momento era un secreto, pero esperaba poder
contármelo pronto. Había influido mucho en su manera de considerar los chismes
que se contaban sobre él en Thorpe-Ambrose; era demasiado feliz para que le
importase lo que dijesen de él ahora los chismosos, y pronto les cerraría la
boca compareciendo ante ellos en una nueva condición que les sorprendería a
todos. Y así siguió parloteando, con la firme convicción de que yo seguía a
oscuras. Me costó contener la risa, cuando pensé en la carta anónima que
estaría a punto de recibir el coronel; pero conseguí dominarme, debo
reconocerlo, con alguna dificultad. Con el transcurso del tiempo, empecé a
sentir una terrible excitación. Allí estaba yo, a solas con él, hablando en el
tono más inocente y natural, teniendo siempre en la cabeza la idea de
apartarle, a costa de su vida, de mi camino, como quitaría una mancha de mi
traje. Esto hizo que la sangre me subiese a las mejillas. Advertí un par de
veces que reía más fuerte de lo debido y, mucho antes de llegar a Londres,
pensé que era prudente cubrirme la cara bajando mi velo.
Nada me costó, al llegar a la terminal, hacer
que tomase conmigo un simón para ir al hotel donde se aloja Midwinter. Estaba
ansioso de reconciliarse con su querido amigo, principalmente, estoy segura de
ello, porque quiere que su querido amigo le eche una mano para su fuga. La
verdadera dificultad estaba, desde luego, en Midwinter.
Mi repentino viaje a Londres no me había dado
oportunidad de escribirle para combatir su supersticiosa convicción de que era
mejor que su antiguo amigo y él se mantuviesen apartados. Pensaba que lo más
prudente era hacer que Armadale esperase en el simón a la puerta del hotel y
entrar yo sola en éste para allanarle el camino.
Afortunadamente, Midwinter no había salido. Su
satisfacción, al verme unos días antes de lo que esperaba, supongo que fue un
poco contagiosa. ¡Bah! ¡Tengo que ser sincera con mi propio diario! Hubo un
momento en que me olvidé de todo, salvo de nosotros dos, y lo mismo le ocurrió
a él. Tuve la impresión de haber vuelto a mi adolescencia... hasta que me
acordé del patán que estaba en el simón, ante la puerta.
Su semblante se alteró cuando le dije quién
estaba abajo y lo que yo quería de él; no pareció enfadado, sino afligido. Sin
embargo, cedió al poco rato, no a mis razones, pues no le di ninguna, sino a
mis ruegos. Su antiguo afecto por su amigo pudo influir en que se dejase
convencer contra su voluntad, pero yo opino que actuó enteramente bajo la
influencia del afecto que siente por mí.
Esperé en el salón, mientras él bajaba a la
puerta: por consiguiente, no sé lo que pasó entre ellos cuando volvieron a
verse por primera vez. Pero la diferencia entre los dos era notable cuando,
pasado aquel intervalo, subieron juntos la escalera y se reunieron conmigo.
Ambos estaban agitados, ¡pero de manera muy distinta! El odioso Armadale,
vocinglero y sofocado y torpe; el querido y encantador Midwinter, pálido y
hablando bajo, en tono amable, y con ternura en sus ojos cada vez que me
miraba. Armadale me hacía tanto caso como si yo no hubiese estado en el salón.
En cambio, él se dirigía constantemente a mí durante la conversación; él me
miraba continuamente para ver lo que pensaba, mientras yo, sentada en mi
rincón, les observaba en silencio; él quería acompañarme, para dejarme sana y
salva en mi residencia y ahorrarme toda molestia con el cochero y el equipaje.
Cuando le di las gracias y rehusé, Armadale pareció fríamente aliviado, ante la
perspectiva de que me largase y tener a su amigo para él solo. Cuando me
despedí, se quedó de codos sobre la mesa, garrapateando una carta (sin duda a
Miss Milroy) y gritando al camarero que quería una cama en el hotel. Yo había
calculado que, naturalmente, se quedaría donde encontrase a su amigo. Me
satisfizo comprobar que mi previsión había sido acertada y saber que esto sería
como tenerle siempre ante mis ojos.
Después de prometer a Midwinter que le haría
saber dónde podríamos vernos mañana, partí en el simón, en busca de un
alojamiento por mi cuenta.
Con cierta dificultad, he podido encontrar un
cuarto de estar y un dormitorio en esta casa, donde todos me son absolutamente
desconocidos. Después de pagar una semana por adelantado (naturalmente, lo he
preferido a dar referencias), me encuentro exactamente con tres chelines y
nueve peniques en el bolso. Me es imposible pedir dinero a Midwinter, después
de haber hecho efectivo el pagaré de Mrs. Oldershaw. Mañana tendré que empeñar
el reloj y la cadena. Sólo necesito lo bastante para aguantar dos semanas. Al
cabo de este tiempo, o tal vez menos, Midwinter se habrá casado conmigo.
Julio, 29, las dos. — Por la mañana, temprano,
envié una nota a Midwinter, diciéndole que le esperaría aquí esta tarde, a las
tres. Hecho lo cual, dediqué la mañana a hacer dos diligencias. Una de ellas,
que casi no vale la pena mencionar, fue ir a sacar dinero de mi reloj y mi
cadena. Me dieron más de lo que esperaba; más de lo que probablemente gastaré
(aún suponiendo que me compre un par de vestidos baratos de verano) antes del
día de la boda.
La otra cuestión era mucho más seria. La
realicé en el bufete de un abogado.
La noche pasada me di cuenta (aunque estaba
demasiado cansada para anotarlo en mi diario) de que no podría ver a Midwinter
esta mañana, dada la posición que ahora ocupa a mi respecto, sin aparentar al
menos que le confío la verdad sobre mi persona y mis circunstancias. Salvo una
pequeña consideración que debo tener cuidado en no olvidar, no tendré la menor
dificultad en hacer uso de mi ingenio y contarle mi historia como mejor me
plazca, pues hasta ahora no he contado historia alguna a nadie. Midwinter se fue
a Londres antes de que pudiese yo abordar el tema. En cuanto a los Milroy
(después de darles las referencias de rigor), pude afortunadamente eludir toda
pregunta relativa a mi persona. Y por último, cuando me reconcilié con Armadale
en el paseo de delante de la casa, fue lo bastante tonto y se mostró demasiado
generoso para dejar que defendiese mi reputación. Cuando le hube expresado mi
pesar por haber perdido los estribos y amenazado a Miss Milroy, y después de
aceptar yo su palabra de que mi discípula jamás había pretendido injuriarme,
fue demasiado magnánimo para escuchar una palabra sobre el asunto de mi vida
privada. Así, ninguna previa declaración sobre mí misma me cohibe, y puedo
contar la historia que me plazca, con la única limitación ya insinuada por mi
reserva. Sea lo que fuere lo que invente como pura ficción, debo conservar el
nombre bajo el cual me presenté en Thorpe-Ambrose; pues, con la notoriedad
inherente a mi otro nombre, no tengo más remedio que casarme con Midwinter con
el de soltera: Miss Gwilt. Ésta fue la consideración que me llevó al despacho
del abogado. Pensé que debía informarme, antes de ver más tarde a Midwinter, de
si el hecho de casarse una viuda, ocultando su nombre de tal, podía traer malas
consecuencias.
Como no conocía a ningún otro profesional en
quien pudiese confiar, me atreví a acudir al abogado que había cuidado de mis
intereses en aquel terrible período de mi vida pasada que ahora tenía más
razones que nunca para querer olvidar. Se quedó extrañado y, por lo que pude
claramente juzgar, en modo alguno complacido de volver a verme. Apenas había
abierto yo los labios, cuando me dijo que esperaba que no hubiese ido a
consultarle de nuevo (recalcando estas últimas palabras) sobre algún asunto
mío. Capté la intención y formulé la pregunta en interés de esa persona que
suele citarse en ocasiones parecidas: una amiga ausente. Evidentemente, el
abogado comprendió inmediatamente la situación, pero fue lo bastante listo para
poner a mi «amiga» de su parte. Dijo que contestaría la pregunta como cortesía
a la dama que yo representaba, pero que debía poner la condición de que esta
consulta por delegación no pasaría de allí.
Acepté la condición, pues admiré realmente su
astuta manera de mantenerme a distancia sin violar las normas de la buena
educación. En dos minutos, escuché lo que tenía que decirme, lo grabé en mi
mente y salí.
Por breve que hubiese sido, la consulta me
había informado de todo lo que quería saber. El matrimonio era válido, en el
sentido de que sólo podía anularse si el marido descubría la impostura y pedía
su nulidad mientras yo viviese. Éstas fueron las palabras con que me respondió
el abogado. Y me libraron inmediatamente, al menos a este respecto, de toda
aprensión acerca del futuro. La única impostura que mi marido podrá jamás
descubrir (y solamente si se encuentra en el lugar) es la que me pondrá en el
sitio y me dará la renta de viuda de Armadale; y entonces, yo misma habré
anulado mi matrimonio para siempre.
¡Las dos y media! Midwinter llegará dentro de
media hora. Debo consultar al espejo sobre mi aspecto. Debo aguzar la
imaginación e inventar mi pequeña novela doméstica. ¿Me pone esto nerviosa?
Algo palpita en el lugar donde solía estar mi corazón. ¡A mis treinta y cinco
años... y después de una vida como la mía!
Las seis. — Acaba de marcharse. El día de
nuestra boda ha sido ya fijado. He tratado de descansar y serenarme. Pero no he
podido. Tengo que volver a este diario. Tengo mucho que escribir en él, después
de la visita de Midwinter, que me atañe de cerca. Empezaré con lo que más
aborrezco recordar, para acabar pronto con ello; empezaré con la espantosa
serie de cosas falsas que le he contado acerca de las desdichas de mi familia.
¿Cuál puede ser el secreto del ascendiente que
tiene ese hombre sobre mí? ¿Cómo me altera tanto que apenas me conozco? Ayer,
con Armadale en el compartimiento del tren, era la de siempre. Desde luego, era
terrible estar hablando con el hombre vivo durante todo el largo trayecto, a
sabiendas de que pretendía convertirme en su viuda; y sin embargo, sólo me
sentía excitada y febril. En todas aquellas horas, no me contuve una sola vez
de hablar a Armadale; en cambio, ¡me he quedado fría al decir el primer embuste
a Midwinter y ver que él lo creía! He sentido un nudo histérico en la garganta
cuando me ha suplicado que no le revelara mis desdichas. Y una vez (me
horroriza pensarlo), cuando me ha dicho: «Si pudiese amarte más, ahora te
amaría más que nunca», he estado en un tris de delatarme yo misma. Estaba a
punto de gritarle: «¡Mentira! ¡Todo es mentira! ¡Soy un demonio en forma
humana! ¡Cásate con la peor criatura que trota por las calles y te casarás con
una mujer mejor que yo!» ¡Sí! Tanto me impresionó ver cómo se humedecían sus
ojos y cómo le temblaba la voz mientras yo le estaba engañando. He conocido
cientos de hombres más apuestos, cientos de hombres más inteligentes. ¿Qué
puede haber despertado éste en mí? ¿Será amor? Yo creía haber amado como nunca
volvería a amar. ¿No está enamorada la mujer que, ante la dureza de un hombre,
pretende suicidarse ahogándose? Un hombre me condujo a este extremo de
desesperación en días pasados. ¿Había sido algo distinto del amor lo que había
causado mi infortunio? ¿He vivido treinta y cinco años, y sólo descubro ahora
lo que es el verdadero amor? ¿Ahora, cuando es demasiado tarde? ¡Ridículo!
Además, ¿de qué me sirve hacerme estas preguntas? ¿Qué sé yo acerca de esto?
¿Qué podrá saber nunca una mujer? Cuanto más pensamos en ello, más nos
engañamos. Ojalá hubiese yo nacido animal. Entonces habría podido servirme de
algo mi belleza: para tener un buen amo.
Ya he llenado una página entera de mi diario,
¡y nada de lo que he escrito me es de la menor utilidad! Debo repetir aquí mi
triste e inventada historia, cuando los incidentes están todavía frescos en mi
memoria, ¿o cómo podría referirme fielmente a ella en ulteriores ocasiones en
que me vea obligada a hablar de ella de nuevo?
No había nada original en lo que le conté:
fueron las estupideces propias de las bibliotecas circulantes. Un padre muerto;
una fortuna perdida; unos hermanos vagabundos a los que siempre temía volver a
ver; una madre postrada enferma en la cama y dependiente de mi trabajo
agotador... ¡No! ¡No puedo escribirlo! Me odio, me desprecio, cuando recuerdo
que él lo creyó porque yo se lo decía, que le afligió ¡porque era mi historia!
Correré el riesgo de contradecirme, el riesgo de ser descubierta y arruinarme,
cualquier cosa, antes que extenderme un momento más en este despreciable
engaño.
Por fin acabé el repertorio de mis mentiras. Y
entonces me habló él de sí mismo y de sus perspectivas. ¡Oh, qué alivio fue
pasar entonces a esto! ¡Y qué alivio es recordarlo ahora!
Ha aceptado la oferta sobre la que me escribió
a Thorpe-Ambrose, y ha sido contratado como corresponsal temporal del nuevo
periódico en el extranjero. Su primer destino será Napóles.
Yo hubiese preferido que fuese otro lugar,
pues tengo ciertos recuerdos de Napóles que en modo alguno quisiera actualizar.
Se ha convenido en que él partirá de Inglaterra el día once del mes próximo. Yo
le acompañaré, pero entonces será ya en calidad de esposa.
No hay la menor dificultad para la boda. Toda
esta cuestión se presenta tan fácil que empiezo a temer un accidente. La
propuesta de celebrarla con absoluta reserva, que a mí me habría resultado
difícil formular, ha venido de él. Como va a casarse bajo su verdadero nombre,
el nombre que ha ocultado a todo el mundo salvo a Mr. Brock y a mí, le interesa
que ningún conocido suyo asista a la ceremonia, y menos su amigo Armadale.
Lleva ya una semana en Londres. Cuando haya transcurrido otra, pedirá la
licencia y nos casaremos en la iglesia de la parroquia en que está situado su
hotel. Éstas son las únicas formalidades necesarias. Yo sólo tenía que decir
«Sí» (me dijo) y no preocuparme más por el futuro. Y dije «Sí», con tan
devoradora ansiedad sobre el futuro que temía que él lo advirtiese. ¡Qué
minutos, los minutos que siguieron, mientras él me murmuraba palabras
deliciosas al oído y yo ocultaba la cara en su pecho! Después de serenarme, le
conduje de nuevo al asunto de Armadale; tenía mis propias razones para querer
saber lo que se habían dicho después de separarme ayer de ellos. La manera de
responderme Midwinter me mostró que lo hacía con la reserva obligada de una
confidencia que le había hecho su amigo. Mucho antes de que hubiese terminado,
descubrí cuál había sido esta confidencia. Armadale le había consultado, como
yo había previsto, sobre el tema de la fuga. Aunque por lo visto le reprochó
Midwinter la idea de llevarse a la chica en secreto de su casa, parece que no
se atrevió a emplear palabras fuertes, recordando (aunque las circunstancias
son muy diferentes) que él proyectaba, para sí, un matrimonio secreto. En todo
caso, deduje que lo que había dicho había producido muy poco efecto, y que
Armadale había ya llevado a la práctica su absurda intención de consultar al
primer pasante del bufete de sus abogados de Londres.
Llegado a este punto, Midwinter formuló la
pregunta que yo sabía que haría antes o después. Me preguntó si me oponía a que
mencionase nuestra boda a su amigo, bajo promesa de la más estricta reserva.
«Respondo —me dijo— de que Allan respetará la
confianza que ponga en él. Y cuando llegue el momento, emplearé toda la
influencia que tengo sobre él para evitar que esté presente en la boda y
descubra (esto no debe saberlo nunca) que mi nombre es igual que el suyo.» «Me
ayudaría —siguió diciendo— a hablarle más enérgicamente sobre el asunto que le
ha traído a Londres, si correspondiese a su franqueza al hablarme de sus
asuntos privados con la misma franqueza por mi parte.»
Yo no tenía más remedio que darle el necesario
permiso, y se lo di. Es para mí de máxima importancia saber la actitud que
adoptará el comandante Milroy con respecto a su hija y Armadale, cuando reciba
mi carta anónima; y a menos que me granjee de algún modo la confianza de
Armadale, estoy casi segura de que me quedaré a oscuras, dejemos que sepa que
voy a ser la esposa de Midwinter, y lo que él diga a éste sobre su aventura
amorosa, éste me lo dirá a mí.
Cuando hubimos convenido en hacer depositario
a Armadale de nuestra confianza, empezamos a hablar de nuevo de nosotros
mismos. ¡Cómo voló el tiempo! ¡Qué dulce encanto el de olvidarme de todo en sus
brazos! ¡Y cuánto me ama! ¡Ay, pobre muchacho, cuanto me ama!
Le he prometido encontrarme con él mañana por
la mañana en Regent's Park. Cuanto menos le vea aquí, tanto mejor será.
Ciertamente, todos los de esta casa me son desconocidos; pero es más prudente
guardar las apariencias, como si estuviese todavía en Thorpe-Ambrose, y no dar
siquiera a ellos la impresión de que Midwinter y yo estamos prometidos. Si se
hace alguna investigación, después de haber corrido mi gran riesgo, el
testimonio de mi patrona en Londres puede ser muy valioso.
¡El maldito viejo Bashwood! Al escribir sobre
Thorpe-Ambrose, me he acordado de él. ¿Qué dirá cuando se entere, por las
habladurías del pueblo, de que Armadale me ha llevado a Londres en un
compartimiento reservado para los dos? Realmente, es demasiado absurdo que un
hombre de la edad y el aspecto de Bashwood pueda presumir de estar enamorado...
Julio, 30. — ¡Por fin tengo noticias! Armadale
las ha tenido de Miss Milroy. Mi carta anónima produjo efecto. La muchacha ha
sido ya llevada lejos de Thorpe-Ambrose, y el proyecto de fuga ha fracasado de
una vez para siempre. Esto era lo principal que tenía que decirme Midwinter
cuando nos encontramos en el parque. Fingí un exagerado asombro y sentí el
ineludible afán femenino de conocer todos los detalles. «No es que espere que
mi curiosidad se vea satisfecha —añadí—, pues, a fin de cuentas, Mr. Armadale y
yo somos poco más que simples conocidos.»
«Tú eres mucho más que una simple conocida a
los ojos de Allan —dijo Midwinter—. Como me habías dado permiso para confiarme
a él, le he dicho ya lo mucho que te quiero.»
Oyendo esto, pensé que lo más conveniente era,
antes de hacer preguntas sobre Miss Milroy, atender a mis propios intereses y
descubrir qué efecto había producido en Armadale mi próxima boda.
Era posible que todavía sospechase de mí y que
las investigaciones que había hecho en Londres, a instigación de Mrs. Milroy,
estuviesen aún presentes en su mente.
«¿Pareció sorprendido Mister Armadale
—pregunté— cuando le comunicaste nuestra boda y le dijiste que debía mantenerse
en secreto para todo el mundo?»
«Pareció muy sorprendido —dijo Midwinter— al
oír que íbamos a casarnos. Pero lo único que dijo, cuando le advertí que debía
guardar secreto sobre la boda, fue que suponía que debías tener razones
familiares para esta reserva.»
«¿Y tú que le dijiste cuando te hizo esta
observación?»
«Le dije que las razones familiares eran cosa
mía —respondió Midwinter—. Y consideré conveniente añadir, dado que Allan, por
ignorancia, había desconfiado de ti en Thorpe-Ambrose, que me habías contado
toda la triste historia de tu familia y que habías justificado sobradamente tu
renuencia a hablar, en circunstancias ordinarias, de tus asuntos privados.»
Respiré. Había dicho exactamente lo que yo quería, y de la manera mejor.
«Gracias —le dije— por haberme hecho recobrar
la consideración de tu amigo. ¿Desea él verme?», añadí, para volver al tema de
Miss Milroy y de la fuga.
«Lo está deseando —respondió Midwinter—. El
pobre muchacho está desesperado; he hecho cuanto he podido para mitigar su
aflicción, pero creo que la compasión de una mujer será más eficaz que la mía.»
«¿Dónde está ahora?», pregunté.
Estaba en el hotel, y propuse al instante que
fuésemos allá. Es un lugar donde hay mucha gente y mucho bullicio, y donde (con
el velo bajado) tengo menos miedo de comprometerme que en mi tranquilo
alojamiento. Además tiene una importancia vital lo que haga ahora Armadale,
bajo estas circunstancias totalmente nuevas. Pues debo comprobar sus acciones
para conseguir, si puedo, alejarle de Inglaterra. Tomamos un simón; mi ansiedad
de expresar mi condolencia al desesperado amante era tal ¡que tomamos un simón!
En toda mi experiencia, nunca había visto algo
tan ridículo como el comportamiento de Armadale bajo la doble impresión de
descubrir que le habían arrebatado a su novia y de saber que voy a casarme con
Midwinter. Decir que se portó como un chiquillo sería un insulto contra todos
los chiquillos que no han nacido idiotas. Me felicitó por mi próxima boda y
maldijo al desconocido malvado que había escrito la carta anónima, sin saber
que estaba hablando de la misma persona. Reconoció sumisamente que el comandante
Milroy tenía sus derechos como padre y, un instante después, le insultó
diciendo que solamente tenía cariño a su mecánica y a su reloj. En un momento
dado, se levantó, con lágrimas en los ojos, y declaró que su «querida Neelie»
era un ángel sobre la tierra. Y después volvió a sentarse, enfurruñado, y dijo
que una muchacha tan animosa hubiese debido escapar en el acto y reunirse con
él en Londres. Después de más de media hora de esta absurda exhibición,
conseguí calmarle, y después, unas pocas palabras amables e interrogadoras
dieron por resultado que mostrase lo que era la verdadera causa de mi visita al
hotel: la carta de Miss Milroy.
Esta era terriblemente larga, desordenada y
confusa; en una palabra, la carta de una chica tonta. Tuve que sortear muchas
lamentaciones y expresiones de un sentimentalismo vulgar, y perder tiempo y
paciencia con lloronas explosiones de afecto y asquerosos besos encerrados en
círculos de tinta. Sin embargo, pude obtener al fin la información que buscaba.
Es ésta:
Parece que el comandante, al recibir mi
anónima denuncia, llamó al punto a su hija y le mostró la carta. «Sabes lo dura
que es mi vida con tu madre; no la hagas más dura aún, Neelie, engañándome.»
Esto fue cuanto dijo el pobre y viejo caballero. Siempre me gustó el
comandante, y aunque él tenía miedo de demostrarlo, sé que siempre le gusté. La
súplica a su hija (si hay que dar crédito al relato de ésta) traspasó el
corazón de Neelie. Rompió a llorar (¡se pinta sola para llorar en el momento
adecuado!) y lo confesó todo. Después de darle tiempo para serenarse (¡si le
hubiese dado un buen tirón de orejas habría sido más eficaz!), parece que el
comandante le hizo algunas preguntas y se convenció (yo estaba convencida de lo
mismo) de que el corazón de su hija, o su ilusión, o como quiera llamarlo ella,
está real y sinceramente puesto en Armadale. Naturalmente, este descubrimiento
le afligió tanto como le sorprendió. Al parecer, vaciló y mantuvo su
desfavorable opinión sobre el pretendiente de Miss Neelie durante algún tiempo.
Pero las lágrimas y las súplicas de su hija (como era de esperar, dada la
debilidad del buen y viejo caballero) le conmovieron al fin. Aunque se negó
rotundamente a autorizar un compromiso de matrimonio en el momento actual,
consintió en perdonar los encuentros clandestinos en el parque, y en poner a
prueba los méritos de Armadale para convertirse en su yerno, bajo ciertas
condiciones.
Estas condiciones son: que durante los
próximos seis meses, se interrumpa toda comunicación, personal o por escrito,
entre Armadale y Miss Milroy, y que este lapso de tiempo sea dedicado por el
joven caballero a lo que crea mejor, y por la joven dama a completar su
educación en el colegio. Si, transcurridos los seis meses, mantienen ambos el
mismo propósito, y si la conducta de Armadale en el intervalo ha hecho mejorar
la opinión del comandante a su respecto, podrá asumir el papel de pretendiente
de Miss Milroy, y si todo sigue por buen camino durante otros seis meses,
podría celebrarse la boda.
¡Confieso que habría besado al buen y viejo
comandante, si lo hubiese tenido a mi alcance! Si hubiese estado a su lado y
dictado yo misma las condiciones, no lo habría hecho mejor que él. ¡Seis meses
de separación entre Armadale y Miss Milroy! En la mitad de este tiempo, con
toda comunicación cortada entre los dos, muy mal tienen que irme las cosas para
que no pueda vestirme de luto y ser públicamente reconocida como viuda de
Armadale.
Pero me estoy olvidando de la carta de la
niña. En ella expresa textualmente las razones de su padre para poner aquellas
condiciones. Parece que el comandante habló con tanta sensatez y sentimiento
que no dejó a su hija, ni a Armadale, más alternativa decorosa que someterse.
Por lo que puedo recordar, parece que habló a Miss Neelie en estos o parecidos
términos:
«No creas que me comporto cruelmente contigo,
querida; sólo te pido que pongas a prueba a Mister Armadale. No es solamente
justo, sino absolutamente necesario, que interrumpas toda comunicación con él
durante algún tiempo, y te diré por qué. En primer lugar, si vas al colegio,
las normas obligatorias en tales lugares (obligatorias por mor de las otras
muchachas) no te permitirán ver a Mister Armadale ni recibir cartas de él; y,
si tienes que convertirte en señora de Thorpe-Ambrose, debes ir al colegio, pues
te avergonzarías, y yo me avergonzaría, si ocupases la posición de una dama
distinguida sin tener todas las dotes que se espera que posean las damas
distinguidas. En segundo lugar, quiero ver si Mister Armadale sigue sintiendo
por ti lo que siente ahora, cuando no tenga el aliciente de verte, ni sepa nada
de ti que se lo recuerde. Si me equivoco al pensar que es veleidoso y poco
digno de confianza, y si tu opinión de él es la acertada, el joven no se verá
sometido a una prueba injusta, pues el verdadero amor sobrevive a separaciones
mucho más largas que la de seis meses. Y cuando haya pasado este tiempo y yo le
haya tenido bajo observación durante otros seis meses, y piense tan bien de él
como piensas tú ahora, incluso entonces, querida, después de esta terrible
dilación, serás una mujer casada antes de cumplir los dieciocho años. Piensa en
esto, Neelie, y demuestra que me quieres y confías en mí aceptando mi
proposición. Yo no estableceré comunicación con Mister Armadale. Dejaré que tú
le escribas para decirle lo que hemos decidido. El podrá responderte con una
carta, solamente una, para comunicarte su decisión. Después de esto, por mor de
tu reputación, no se dirá ni se hará nada más, y el asunto quedará
estrictamente reservado hasta que termine el intervalo de seis meses.» En este
sentido habló el comandante. Su comportamiento para con la pequeña zorra me ha
producido más impresión que todo lo demás de la carta. Me ha hecho pensar
(¡precisamente a mí!) en lo que llaman «una dificultad moral». Nos dicen continuamente
que no puede existir relación entre virtud y vicio. ¿No? Aquí tenemos al
comandante Milroy haciendo exactamente lo que un padre excelente, a un tiempo
amable y prudente, afectuoso y firme, haría en estas circunstancias, y con esta
conducta me ha allanado el camino, tan completamente como si hubiese sido el
cómplice elegido por esta abominable criatura que es Miss Gwilt. ¡Imaginaos,
razonar yo de esta manera! pero hoy estoy tan animada que soy capaz de todo.
¡Hace meses que no había parecido tan radiante y joven como ahora! Volviendo a
la carta, por última vez..., pues es tan insulsa y estúpida que no puedo dejar
de apartarme de ella para hacer mis propias reflexiones, como simple alivio.
Después de anunciar solemnemente su resolución
de sacrificarse en cumplimiento de los deseos de su querido padre (¡el
descarado aplomo con que se erige en mártir después de lo ocurrido, sobrepasa
cuanto yo había oído o leído jamás!), Miss Neelie decía que el comandante se
proponía llevarla cerca del mar para un cambio de aires, durante los pocos días
que faltaban para ir al colegio. Armadale tenía que enviar su respuesta a
vuelta de correo a Lowestoft, con el sobre dirigido a su padre. Con esto y con
una última explosión de tiernas protestas, comprimidas torcidamente en un
rincón de la página, terminaba la carta. (N.B. El objeto del comandante al
llevarla a la orilla del mar está bastante claro. Todavía desconfía en secreto
de Armadale y está prudentemente resuelto a impedir cualquier otro encuentro
clandestino en el parque, antes de que la muchacha esté encerrada segura en el
colegio.)
Cuando hube terminado con la carta (¡había
pedido permiso para leer por segunda y tercera vez fragmentos que
particularmente admiraba!), discutimos juntos, amistosamente, lo que Armadale
tenía que hacer.
Al principio, éste fue lo bastante tonto para
negarse a aceptar las condiciones del comandante Milroy. Declaró, con su odiosa
cara roja reflejando una salud de bruto, que no sobreviviría a seis meses de
separación de su amada Neelie. Midwinter, como puede fácilmente imaginarse,
pareció un poco avergonzado de él y unió su esfuerzo al mío para hacerle
recobrar la sensatez. Le mostramos lo que habría sido claro para cualquiera que
no fuese un bobo: que no tenía más alternativa noble, e incluso decente, que seguir
el ejemplo de sumisión que había dado la joven. «Espere, y la tendrá por
esposa», le dije. «Espera y obligarás al comandante a cambiar la injusta
opinión que tiene de ti», fue lo que añadió Midwinter. Con dos personas
inteligentes infundiendo a la vez sentido común en su cabeza, inútil decir que
ésta cedió al fin y que él se sometió.
Habiéndole decidido a aceptar las condiciones
del comandante (tuve buen cuidado de advertirle, antes de que escribiese a Miss
Milroy, que mi compromiso con Midwinter tenía que mantenerse tan estrictamente
secreto para ella como para todos los demás), la próxima cuestión que había que
resolver era lo referente a su actuación futura. Yo tenía preparados los
necesarios argumentos para disuadirle, si se hubiese propuesto volver a
Thorpe-Ambrose. Pero no lo hizo. Antes al contrario, declaró, por su propia
iniciativa que nada le induciría a volver allí. El lugar y la gente estaban
relacionados con todo lo que le era odioso. Ahora no habría una Miss Milroy con
la que encontrarse en el parque, ni un Midwinter que le hiciese compañía en la
casa solitaria. «Preferiría picar piedra en la carretera —fue su sensata y
delicada manera de expresarse— a volver a Thorpe-Ambrose.»
Después de esto, Midwinter hizo la primera
sugerencia. El taimado y viejo clérigo que tanto nos había preocupado a Mrs.
Oldershaw y a mí parece que ha estado enfermo; pero recientemente han dicho que
se encuentra mejor. «¿Por qué no vas a Somersetshire —dijo Midwinter— a ver a
nuestro buen amigo Mister Brock?»
Armadale aceptó rápidamente la propuesta. En
primer lugar deseaba ver al «querido y viejo Brock», y además, tenía ganas de
ver su yate. Después de permanecer unos días más en Londres con Midwinter,
marcharía de buen grado a Somersetshire. Pero ¿qué haría después?
Viendo mi oportunidad, fui yo quien fue esta
vez en su ayuda. «Tiene usted un yate, Mister Armadale —le dije—, y sabe que
Midwinter va a ir a Italia. Cuando se canse de Somersetshire, ¿por qué no hace
un viaje al Mediterráneo y va a visitar a su amigo, y a la esposa de su amigo,
en Napóles?»
Aludí a la «esposa de su amigo» con las
apropiadas modestia y confusión. Armadale se mostró encantado. Yo había dado
con la mejor manera de ocupar un tiempo tedioso. Se levantó y estrujó mi mano
en un arrebato de gratitud. ¡Cómo aborrezco a las personas que sólo pueden
expresar sus sentimientos lastimando las manos de otros!
Mi proposición satisfizo a Midwinter tanto
como a Armadale; pero veía dificultades en la manera de ponerla en práctica.
Consideraba que el yate era demasiado pequeño para un crucero por el
Mediterráneo y pensaba que era mejor alquilar una embarcación más grande. Su
amigo pensaba de otra manera. Dejé que discutiesen la cuestión. A mí me bastaba
con haberme asegurado, en primer lugar, de que Armadale no volvería a
Thorpe-Ambrose, y en segundo lugar, de que estaba decidido a ir al extranjero.
Puede ir de la manera que quiera. Yo preferiría el pequeño yate, pues parece
que sería más probable que el pequeño yate me prestase el valioso servicio de
naufragar, haciendo que él se ahogase...
Las cinco. — La excitación de sentir que tenía
los futuros movimientos de Armadale enteramente bajo mi control me tenía tan
agitada, cuando volví a mi alojamiento, que tuve que salir de nuevo y hacer
algo. Necesitando ocuparme en otra cosa, fui a Pimlico a poner las cosas en
claro con mamá Oldershaw.
Eché a andar y resolví, por el camino, que
empezaría peleándome con ella. Uno de mis pagarés ha sido ya satisfecho, y como
Midwinter está dispuesto a pagar los otros dos a su vencimiento, mi actual
posición ante la vieja bruja es todo lo independiente que podría desear.
Siempre tengo las de ganar cuando se entabla una franca batalla entre nosotras,
y ella se muestra maravillosamente amable y complaciente en el momento en que
le he hecho sentir que mi voluntad es la más fuerte. En mi actual situación,
ella podría serme útil de varias maneras, si pudiese conseguir su ayuda sin
confiarle secretos que ahora estoy más resuelta que nunca a guardar para mí.
Ésta era mi idea mientras me dirigía andando a Pimlico. Trastornar los nervios
de mamá Oldershaw en primer lugar, y después hacerla bailar al son que yo le
toque, prometía ser, pensaba, una interesante ocupación para el resto de la
tarde.
Pero cuando llegué a Pimlico, me esperaba una
sorpresa. La casa estaba cerrada, no solamente en el lado correspondiente a
Mrs. Oldershaw, sino también en el del doctor Downward. La puerta de la tienda
estaba también cerrada, con candado, y un hombre vigilaba y rondaba por la
calle; ciertamente podía ser un tipo ocioso cualquiera, pero a mí me pareció un
policía disfrazado.
Conociendo los riesgos que corre un médico en
su especialidad, sospeché al momento que algo grave había ocurrido y que
incluso la astuta Mrs. Oldershaw estaba esta vez comprometida. Por
consiguiente, no me detuve a preguntar, paré el primer simón que se cruzó
conmigo y me dirigí a la oficina de Correos, a la que dije que remitiesen mis
cartas si llegaba alguna para mí después de dejar mi alojamiento en
Thorpe-Ambrose.
Pregunté y me entregaron una carta dirigida a
Miss Gwilt. Era de puño y letra de mamá Oldershaw, y me decía (como yo había
presumido) que el doctor se hallaba en graves dificultades; que,
desgraciadamente, también ella estaba mezclada en el asunto, y que ambos
estaban escondidos por ahora. La carta terminaba con unas frases bastante
venenosas sobre mi conducta en Thorpe-Ambrose y con la advertencia de que mamá
Oldershaw no había dicho todavía la última palabra. Me tranquilizó ver que
escribía de esta guisa, pues si hubiese sabido lo que yo llevaba realmente
entre manos, se habría mostrado cortés y llorona. Quemé la carta a la primera
ocasión. Y aquí termina, de momento, mi relación con mamá Jezabel. Ahora tendré
que hacer yo todo el trabajo sucio, y tal vez sera mejor que confíe en mis
propias manos.
Julio, 31. — Más información útil para mí. Me
he encontrado de nuevo con Midwinter en el Park (con el pretexto de que podía
ser perjudicial para mi reputación que me visitase con demasiada frecuencia en
la casa donde me alojo) y me he enterado de las últimas noticias sobre
Armadale, posteriores a mi salida del hotel.
Cuando Armadale hubo escrito a Miss Milroy,
Midwinter aprovechó la oportunidad para hablarle de las disposiciones que
necesariamente debía tomar para el tiempo que estuviese ausente de la casa
grande. Se decidió que la servidumbre continuaría, con el salario suficiente
para su manutención y que Mr. Bashwood se encargaría de la administración. (Lo
cierto es que no me gusta la reaparición de Mr. Bashwood en relación con mis
intereses actuales, pero nada puedo hacer a este respecto.) Otra cuestión, la
del dinero, fue inmediatamente resuelta por el propio Armadale. Todo su dinero
disponible (una cantidad importante) será depositado por Mr. Bashwood en el
Coutts's Bank, a nombre de Armadale. Esto, dijo, le ahorraría la preocupación
de tener que escribir más cartas a su administrador, y le permitiría recibir
sin dilaciones el dinero que necesitase cuando estuviese en el extranjero. Como
este plan era el más simple y más seguro, lo adoptó con la plena aprobación de
Midwinter; y aquí habría terminado la discusión sobre negocios, si el eterno
Mr. Bashwood no hubiese vuelto a aparecer en la conversación y prolongado y
dado un nuevo rumbo a ésta.
Parece que, pensándolo bien, creyó Midwinter
que no había que cargar toda la responsabilidad de Thorpe-Ambrose sobre la
espalda de Mr. Bashwood. Sin desconfiar en absoluto de él, pensó que convenía
designar a otra persona que estuviese por encima de él y a la que acudir en
caso de emergencia. Armadale no opuso reparo a esto; solamente preguntó, pues
es incapaz de resolver nada por su cuenta, quién podía ser esta persona.
La respuesta no era fácil. Cualquiera de los
dos abogados de Thorpe-Ambrose habría servido para esto; pero Armadale estaba
en malas relaciones con ambos. Cualquier reconciliación con un enemigo tan
acérrimo como el viejo Mr. Darch era imposible, y restablecer a Mr. Pedgift en
su antigua posición habría implicado una aprobación tácita por parte de
Armadale de la abominable conducta del abogado en lo tocante a mí, cosa
difícilmente conciliable con el respeto y la consideración que le merecía la
dama que pronto sería esposa de su amigo. Después de discutir un poco más,
Midwinter dio con una nueva sugerencia que parecía resolver la dificultad.
Propuso que Armadale escribiese a un respetable abogado de Norwich,
exponiéndole la situación en términos generales y pidiéndole que se encargase
de sus asuntos, como asesor y supervisor de Mr. Bashwood si la ocasión lo
requería. Como Norwich estaba a poca distancia en tren de Thorpe-Ambrose,
Armadale no vio inconveniente en ello y prometió escribir al abogado de Norwich.
Midwinter, temiendo que cometiese algún error si escribía sin ayuda, redactó un
borrador de la carta, y Armadale lo estaba ahora copiando y escribiendo,
además, a Mr. Bashwood para que ingresase inmediatamente el dinero en el
Coutts's Bank.
Estos detalles son tan áridos y tan poco
interesantes por sí solos que, al principio, vacilé en anotarlos en mi diario.
Pero una breve reflexión me convenció de que son demasiado importantes para
pasarlos por alto. Considerados desde mi punto de vista, quieren decir que
Armadale, por su propia voluntad, está ahora cortando toda comunicación con
Thorpe-Ambrose, incluso por carta. Para todos los que deja detrás de él, es
como si ya estuviese muerto. Las causas que han llevado a este resultado,
merecen ciertamente el lugar más destacado que pueda destinarles en estas
páginas.
Primero de agosto. — Nada que anotar, salvo
que he pasado un largo día, tranquilo y feliz, con Midwinter. Alquiló un
carruaje, nos dirigimos a Richmond y comimos allí. Después de la experiencia de
hoy, no puedo seguir engañándome. Salga lo que salga de ello, la verdad es que
le amo.
Desde que nos separamos, ha decaído mi ánimo.
Se ha apoderado de mi mente la persuasión de que el suave y afortunado rumbo
que han tomado los sucesos desde que llegué a Londres es demasiado afortunado y
suave para que dure. Esta noche hay algo que me oprime, más que la opresión del
aire pesado de Londres.
Agosto, 2, las tres. — Mis presentimientos,
como los de otras personas, me han engañado a menudo; pero casi temo que, por
una vez, el que tuve la noche pasada fuese realmente profetice Después de
desayunar, fui a una tienda de sombreros del barrio a encargar algunas cositas
baratas para el verano, y desde allí, al hotel de Midwinter, para concertar con
él otro día en el campo. Fui en coche a la sombrerería y al hotel, y parte del
camino de regreso. Entonces, no pudiendo sufrir el terrible olor del simón (supongo
que alguien había estado fumando en él), me apeé para continuar andando el
resto del camino. Pero no habían pasado dos minutos cuando descubrí que me
seguía un hombre extraño.
Puede que esto sólo signifique que mi figura y
mi aspecto general llamaron la atención a un hombre desocupado. Mi cara no pudo
impresionarle, porque la escondía como de costumbre bajo el velo. En cuanto a
si me siguió (en coche, desde luego) desde la sombrerería o desde el hotel, no
sabría decirlo. Tampoco estoy del todo segura de que me siguiese hasta la
puerta. Sólo sé que le perdí de vista antes de llegar. No tengo más remedio que
esperar a que los acontecimientos me iluminen. Si lo ocurrido significa algo
grave, pronto lo descubriré.
Las cinco. — Es algo grave. Hace diez minutos,
estaba yo en mi dormitorio, que comunica con el cuarto de estar. Iba a salir
cuando oír una voz desconocida en el rellano: una voz de mujer. Un instante
después, se abrió de pronto la puerta; la voz de la mujer dijo: «¿Son éstos los
apartamentos que tiene por alquilar?», y aunque la patrona respondió, detrás de
ella, «¡No! Están en el piso de arriba, señora», la mujer avanzó directamente
hacia mi dormitorio, como si no lo hubiese oído. Tuve el tiempo justo para
cerrar la puerta en sus narices antes de que me viese. Siguieron las necesarias
explicaciones y disculpas entre la patrona y la desconocida, en el cuarto de
estar... y después me dejaron nuevamente sola.
No tengo tiempo de escribir más. Está claro
que alguien tiene interés en tratar de identificarme y que, de no haber sido
por mi rapidez, aquella desconocida lo habría conseguido, pillándome por
sorpresa. Sospecho que ella y el hombre que me siguió en la calle están
coaligados, y probablemente hay alguien tras cortina y actúan en su interés.
¿Estará mamá Óldershaw atacándome desde la sombra? ¿O quién más podría ser? Sea
quien fuere, mi actual situación es demasiado crítica para tomarla a la ligera.
Debo abandonar esta noche la casa, sin dejar el menor rastro por el que puedan
seguirme a otro lugar.
Agosto, 3, Gary Street, Tottenham Court Road.
— Me marché la noche pasada (después de escribir una excusa para Midwinter, en
la que mi «madre inválida» figuraba como causa suficiente de mi desaparición),
y me refugié aquí. Me costó algún dinero, ¡pero conseguí lo que me proponía!
Nadie puede haberme seguido desde All Saint's Terrace hasta esta dirección.
Después de pagar a mi patrona la obligada
indemnización por marcharme sin previo aviso, convine con su hijo que llevaría
mis maletas en un coche hasta la consigna de la estación de ferrocarril más
próxima y me enviaría el número a la lista de correos, donde yo iría a
recogerla. Mientras él se marchaba en una dirección en un simón, yo tomé la mía
en otro, llevando unas pocas cosas en un maletín, para la noche. Fui en
derechura a la tienda de sombreros, pues, cuando había estado en ella el día
anterior, había observado que tenía una puerta trasera por la que entraban y
salían las aprendizas. Entré sin perder instante, dicíéndole al cochero que
esperase. «Un hombre me está siguiendo —dije a la sombrerera— y quiero librarme
de él. Aquí tiene esto para pagar el simón; espere diez minutos y pague al
cochero, y déjeme salir enseguida por la puerta de atrás.» Al cabo de un
momento, salí a un callejón; un instante después, pasé a la calle más próxima,
donde tomé un ómnibus que pasaba, y volví a ser una mujer libre.
Habiendo cortado toda comunicación con mi
última residencia, debía tomar la precaución (por si Midwinter o Armadale eran
vigilados) de cortarla entre el hotel y mi persona, al menos durante los
próximos días. He escrito a Midwinter, tomando una vez más a mi presunta madre
por excusa y diciendo que tengo que cuidarla continuamente, por lo que, de
momento, sólo podremos comunicarnos por escrito. Dudando todavía de quién es
realmente mi enemigo oculto, esto era cuanto podía hacer para defenderme.
Agosto, 4. — Los dos amigos me han escrito
desde su hotel. Midwinter expresa su pesar por nuestra separación, en los
términos más afectuosos. Armadale me pide ayuda, para salir de unas
circunstancias muy extrañas. Desde la casa grande, le ha sido reexpedida una
carta del comandante Milroy, que adjunta a su misiva.
Parece que, después de haber dejado sana y
salva a su hija en el colegio previamente elegido para ella (en las cercanías
de Ely), el comandante volvió de la costa a Thorpe-Ambrose a finales de la
semana pasada; que entonces oyó, por primera vez, los rumores acerca de
Armadale y yo, y que escribió inmediatamente a Armadale para decírselo. La
carta es severa y breve. El comandante Milroy rechaza el rumor como indigno de
crédito, pues no puede creer en un acto de tan «fría traición» como el que
implicaría este escándalo, si fuese cierto. Sólo escribe para advertir a
Armadale que, si no tiene más cuidado con sus acciones en el futuro, tendrá que
renunciar a toda pretensión a la mano de Miss Milroy.
«No espero, ni deseo, que conteste a la
presente —termina la carta—, pues no quiero recibir más protestas de palabra.
Por su conducta, y sólo por su conducta, le juzgaré a su debido tiempo.
Permítame añadir, también, que no debe tomar esta carta como excusa para
incumplir las condiciones establecidas entre nosotros, escribiendo de nuevo a
mi hija. No tiene necesidad de justificarse a sus ojos, pues, afortunadamente,
me la llevé de Thorpe-Ambrose antes de que este abominable rumor pudiese llegar
a sus oídos, y tendré buen cuidado, por su bien, de que no se inquiete y
trastorne por enterarse de ello en el lugar donde está ahora.»
En estas circunstancias (y por ser yo la causa
inocente del nuevo ataque contra su prestigio), me suplica encarecidamente que
escriba al comandante absolviéndole de toda indiscreción en este asunto y
declarando que, por un sentido elemental de cortesía, no había podido dejar de
acompañarme a Londres. Le perdono la insolencia de esta petición, teniendo en
cuenta la noticia que me ha comunicado. Ciertamente, el hecho de que el
escándalo de Thorpe-Ambrose no haya llegado a oídos de Miss Milroy es otra
circunstancia a mi favor. Con el genio que tiene (y si se hubiese enterado),
habría sido capaz de hacer algo desesperado para reunirse con su novio,
poniéndome en grave aprieto. En cuanto a lo que voy a hacer con Armadale, es
bastante sencillo. Le tranquilizaré prometiéndole escribir al comandante
Milroy, y me tomaré la libertad, en mi propio interés, de faltar a mi palabra.
Hoy no ha ocurrido nada sospechoso. Sean
quienes fueren mis enemigos, me han perdido y, entre hoy y el día en que salga
de Inglaterra, no volverán a encontrarme. He estado en la oficina de Correos y
recogido el resguardo de mi equipaje, incluido en un sobre enviado desde All
Saint's Terrace, según mis instrucciones. En cuanto al equipaje, lo dejaré en
la consigna hasta que vea más claramente que ahora lo que tengo que hacer.
Agosto, 5. — Otras dos cartas remitidas desde
el hotel. Midwinter me escribe para recordarme, con las mas bellas palabras,
que mañana habrá residido en la parroquia el tiempo necesario para poder
solicitar nuestra licencia de matrimonio, y que se propone pedirla de la manera
acostumbrada, en Doctor's Commons. Ahora es el momento, si es que tengo que
decirlo alguna vez, de decirle «No». Pero no puedo decírselo. Ésta es la pura
verdad, ¡y se acabó!
La carta de Armadale es de despedida. Me da
las gracias por mi bondad al acceder a escribir al comandante, y se despide
hasta que podamos volver a vernos en Napóles. Se ha enterado por su amigo de
que éste tiene razones particulares para privarle del placer de asistir a
nuestra boda. En tales circunstancias, nada le retiene en Londres. Arreglados
sus asuntos, saldrá para Somersetshire en el tren de esta noche y, después de
pasar algún tiempo con Mr. Brock, zarpará con rumbo al Mediterráneo desde el
canal de Bristol (a pesar de las objeciones de Midwinter), en su propio yate.
Incluye un estuche de joyería, con un anillo en él; el regalo de boda de
Armadale. Es un rubí, pero bastante pequeño y con una montura del peor gusto.
Si el regalo hubiese sido para Miss Milroy, habría sido diez veces más costoso.
En mi opinión, no hay criatura más odiosa que un joven tacaño. ¡Ojalá se ahogue
en su yate de baratillo!
Estoy tan excitada y agitada que apenas sé lo
que escribo. Y no es que rehuya lo que se viene encima; sólo siento como si me
empujasen a ir más de prisa de lo que quisiera. Con esta rapidez, y si nada lo
impide, Midwinter se habrá casado conmigo antes de que termine la semana. Y
entonces...
Agosto, 6. — Si algo pudiese aún
sobresaltarme, me habría sobresaltado la noticia que he recibido hoy.
Al regresar esta mañana a su hotel, después de
obtenida la licencia de matrimonio, Midwinter se encontró con que le estaba
esperando un telegrama. Era un mensaje urgente de Armadale, anunciándole que
Mr. Brock había sufrido una recaída y que los médicos habían perdido toda
esperanza de salvarle. El moribundo deseaba que Midwinter fuese a despedirse de
él, y Armadale le suplicaba que no perdiese instante y fuese a la rectoría en
el primer tren.
La carta urgente en la que me entera de esto,
dice también que, cuando la reciba, Midwinter estará ya en camino hacia el
oeste. Me promete enviarme una carta más larga, después de haber visto a Mr.
Brock, por el correo de esta noche.
Esta noticia tiene para mí un interés que
Midwinter no sospecha. Sólo hay una criatura humana, salvo yo misma, que conoce
el secreto de su nacimiento y de su nombre, y es el viejo que le está esperando
en las puertas de la muerte. ¿Qué se dirán en el último momento? ¿Les llevará
alguna palabra casual a los tiempos en que estaba yo en Madeira, al servicio de
Mrs. Armadale? ¿Hablarán de mí?
Agosto, 7. — La carta prometida acaba de
llegar. No ha habido despedida entre ellos: todo había terminado antes de que
Midwinter llegase a Somersetshire. Armadale le recibió en la puerta de la
rectoría con la noticia de que Mr. Brock había muerto.
Trato de luchar contra ello, pero, después de
la extraña combinación de circunstancias que se ha estado formando a mi
alrededor desde hace semanas, hay algo en el último suceso que me pone
nerviosa. Una última posibilidad de ser descubierta se interponía en mi camino
cuando abrí ayer mi diario. Cuando lo abro hoy, esta posibilidad ha sido
eliminada por la muerte de Mr. Brock. Esto significa algo; ojalá supiera qué.
Las exequias se celebrarán el sábado por la
mañana. Midwinter asistirá a ellas, y también Armadale. Pero aquél se propone
volver primero a Londres, y me escribe que pasará esta noche por mi casa, con
la esperanza de verme cuando se dirija de la estación al hotel. Aunque hubiese
algún riesgo en ello, le vería, tal como están ahora las cosas. Pero no hay
ningún peligro si viene aquí desde la estación, en vez de hacerlo desde el
hotel.
Las cinco. — No me equivocaba al creer que mis
nervios estaban trastornados. Pequeñeces a las que no habría prestado atención
en otro tiempo pesan ahora con fuerza sobre mi mente.
Hace dos horas, desesperada por no saber cómo
pasar el día, me acordé de la modista que está haciendo mi vestido de verano.
Pensaba pasar ayer para probármelo, pero lo olvidé, preocupada por saber de Mr.
Brock. Por consiguiente, he ido esta tarde, ansiosa de hacer algo que me
librase de mí misma. Y he vuelto de allí, sintiéndome más inquieta y deprimida
que cuando salí, pues temo que podría tener motivos para arrepentirme de no
haber dejado mi vestido sin terminar en manos de la modista.
Esta vez no me ha ocurrido nada en la calle.
Fue solamente en el probador donde empecé a sospechar; ciertamente, fue allí
donde concebí la idea de que no habían cesado aún los intentos de descubrirme
que ya había hecho fracasar en All Saint's Terrace, y que alguna dependienta,
si no la propia dueña, había sido sobornada.
¿Tiene algún fundamento esta impresión?
Pensemos un poco.
Ciertamente, advertí dos cosas que, dadas las
circunstancias, se salían de la rutina corriente. En primer lugar, había el
doble de mujeres necesarias en el probador. Esto parecía sospechoso, y sin
embargo podía obedecer a más de una razón. ¿No era la hora de menos actividad?
¿Y no sé por experiencia que soy una de esas mujeres que siempre despiertan una
malévola curiosidad en las demás? En segundo lugar, una de las ayudantas
insistió, de modo bastante extraño, en mantenerme vuelta en una dirección
particular, de cara a la puerta de cristal mate y con cortina que da al taller.
Pero lo cierto es que me dio una razón cuando le pregunté por qué lo hacía.
Dijo que la luz me daba mejor de esta manera, y cuando miré a mi alrededor, vi
una ventana que le daba la razón. Sin embargo, estas pequeneces me produjeron
tal efecto que adrede encontré defectos en el vestido, para tener una excusa
para probármelo de nuevo antes de darles mi dirección para que me lo enviasen.
Pura imaginación, me atrevo a decir. Pura fantasía, tal vez, en el momento
actual. Pero no importa; me dejaré llevar por mi instinto (como suele decirse)
y renunciaré al vestido. Dicho aún más llanamente: no volveré allí.
Medianoche. — Midwinter ha venido a verme como
había prometido. Ha transcurrido una hora desde que nos dimos las buenas
noches, y aquí estoy todavía, con la pluma en la mano, pensando en él. No tengo
palabras para describir lo que ha pasado entre nosotros. La conclusión es todo
lo que puedo escribir en estas páginas, y la conclusión es que él me ha hecho
vacilar en mi resolución. Por primera vez, desde que vi un camino fácil para
introducirme en la vida de Armadale en Thorpe-Ambrose, siento como si el hombre
a quien mentalmente condené tuviese una probabilidad de escapárseme. ¿Es mi
amor por Midwinter lo que me ha alterado? ¿O es su amor por mí lo que
determina, no solamente todo lo que deseo darle, sino también todo aquello de
lo que deseo privarle? Siento como si me hubiese perdido, quiero decir perdido
yo misma en él, durante toda la velada. Él estaba muy agitado por lo sucedido
en Somersetshire, e hizo que me sintiese tan descorazonada y afligida al
respecto como él, aunque no lo confesó con palabras, sé que la muerte de Mr.
Brock le ha sobresaltado como de mal augurio para nuestro matrimonio; lo sé,
porque también a mí me lo parece.
La superstición (su superstición) ejerció tal
influencia sobre mí que, cuando nos calmamos un poco y hablo él del futuro,
cuando me dijo que, o debía romper su compromiso con sus nuevos patronos o
marchar al extranjero el lunes próximo, como había prometido, me atemorizó la
idea de que nuestra boda siguiese tan de cerca al entierro de Mr. Brock; y así
bajo el impulso del momento, le dije: «¡Ve, y empieza tú solo una vida nueva!
Ve, y déjame aquí en espera de tiempos más felices.»
Me tomó en sus brazos. Suspiró y me besó con
ternura angelical. Y dijo (¡oh, con qué suavidad y con qué tristeza!): «¡Ahora
ya no podría vivir sin ti!» Al brotar estas palabras de sus labios, pareció que
la idea surgía en mi mente como un eco: ¿por qué no vivir todos los días que me
quedan, feliz e inofensiva, en un amor como éste? No puedo explicarlo, no puedo
comprenderlo. Esta idea ha estado siempre dentro de mí, y sigue estando
todavía. Veo que mi mano escribe estas palabras, ¡y me pregunto si es realmente
la mano de Lydia Gwilt!
Armadale...
¡No! Nunca volveré a escribir, nunca volveré a
pensar en Armadale.
¡Sí! Volveré a escribir acerca de él, pensaré
una vez más en él, porque me tranquiliza saber que se marcha lejos y que el mar
nos habrá separado antes de que yo me case. Su hogar ya no es su hogar, ahora
que la pérdida de su madre ha ido seguida de la pérdida de su mejor y más
antiguo amigo. Decidió que, después del entierro, zarpará el mismo día con
rumbo a mares extranjeros. Puede que nos encontremos en Napóles, y puede que
no. ¿Seré yo una mujer diferente, si nos encontramos? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe!
Agosto, 8. — Unas líneas de Midwinter. Ha
regresado a Somersetshire para asistir mañana al entierro, y volverá aquí
(después de despedir a Armadale) mañana por la noche.
Se han cumplido ya los requisitos y las
ceremonias preliminares de nuestra boda. El lunes próximo seré su esposa. No
debemos casarnos más tarde de las diez y media, para tener, una vez terminado
el servicio, el tiempo justo para ir de la puerta de la iglesia a la estación
del ferrocarril y emprender el mismo día nuestro viaje a Napóles.
¡Hoy, el sábado y el domingo! No me espanta el
tiempo; el tiempo pasará. No me espanto de mí misma, si puedo alejar de mi
cabeza todos los pensamientos menos uno. ¡Le amo! Hasta que llegue el lunes,
sólo pensaré en esto, noche y día. ¡Le amo!
Las cuatro. — Otros pensamientos ocupan mi
mente a pesar mío. Mis sospechas de ayer no eran mera fantasía; la modista ha
sido sobornada. La locura de volver a su casa ha hecho que me siguiesen la
pista hasta aquí. Estoy absolutamente segura de que no di mi dirección a
aquella mujer, y sin embargo, mi nuevo vestido me ha sido enviado aquí a las
dos de esta tarde.
Lo trajo un hombre, junto con la factura y una
nota muy cortés diciendo que, como no había ido a probarlo de nuevo según lo
convenido, el vestido había sido terminado y me lo mandaban. El hombre me
alcanzó en el pasillo; no tuve más remedio que pagar la factura y despedirle.
Cualquier otra actuación, en vista del giro tomado por los sucesos, habría sido
puro desatino. El mensajero (no el hombre que me había seguido en la calle,
sino otro espía enviado para vigilarme sin duda alguna) habría declarado que no
sabía nada, si yo le hubiese hablado. Y si iba a ver a la modista, ésta me
diría tranquilamente que yo le había dado mi dirección. Lo único útil que puedo
hacer ahora es aguzar mi ingenio en interés de mi propia seguridad, y salir de
la falsa posición en que mi propia imprudencia me ha colocado..., si es que
puedo.
Las siete. — Vuelvo a estar más animada. Creo
que estoy en camino de salir de mi apuro. Acabo de volver de un largo recorrido
en simón. Primero he ido a la consigna del Great Western a recoger el equipaje
que envié desde All Saint's Terrace. Después, a la consigna de South Eastern, a
dejar mi equipaje (a nombre de Midwinter) hasta que tomemos el tren el lunes.
Después, a la Oficina Principal de Correos, a echar una carta para Midwinter,
que éste recibirá en la rectoría mañana por la mañana. Por último, he vuelto a
esta casa, de la que no saldré hasta el lunes.
No me cabe duda de que mi carta a Midwinter
hará que éste refuerce (sin saberlo) las precauciones que estoy tomando para mi
propia seguridad. La brevedad del tiempo de que dispondremos el lunes le
obligará a pagar la factura del hotel y llevarse el equipaje antes de que se
celebre la ceremonia nupcial. Lo único que le pido es que lleve él mismo el
equipaje a South Eastern (para hacer inútiles las preguntas que pudiesen
dirigirse a los sirvientes del hotel) y que, una vez realizado esto, se
encuentre conmigo en la puerta de la iglesia, en vez de venir a buscarme aquí.
Lo demás, dependerá de mí. Cuando llegue la noche del domingo o la mañana del
lunes, libre como estoy ahora de todo estorbo, difícil será que no pueda dar
esquinazo por segunda vez a los que me vigilan.
Parece bastante inútil haber escrito hoy a
Midwinter, siendo así que estará de regreso mañana por la noche. Pero era
imposible pedirle lo que tenía que pedirle sin tener que recurrir una vez más
como excusa a mis falsas circunstancias familiares, y ya que tenía que hacerlo,
lo hice por escrito (en honor a la verdad) porque, después de lo que sufrí en
la última ocasión, jamás podré volver a engañarle cara a cara.
Agosto, 9, las dos. — Esta mañana me he
levantado temprano, con el ánimo más deprimido que de costumbre. Comenzar una
nueva vida, comenzar cada nuevo día, fue siempre para mí algo tedioso y
desesperante en los pasados años. También he soñado durante toda la noche. No
en Midwinter y en mi vida de casada, como había esperado soñar, sino en la vil
conspiración para descubrirme, que me había obligado a ir de un lugar a otro,
como un animal acosado. Nada en forma de una nueva revelación me iluminó en mi
sueño. Lo único que pude presumir, soñando, fue lo que había presumido ya en
estado de vigilia: que mamá Oldershaw es el enemigo que me ataca envuelto en
sombra. Aparte del viejo Bashwood (que sería ridículo pensar que se hubiese
metido en un asunto tan grave como éste), ¿quién, sino mamá Oldershaw, podía
tener motivo para interferir en mis maniobras en el momento actual?
Sin embargo, mi noche intranquila ha producido
un resultado satisfactorio. Me ha servido para ganarme el aprecio de la criada
y asegurarme de que me ayudará lo máximo posible cuando llegue la hora de hacer
mi escapada.
La muchacha advirtió esta mañana que yo
parecía pálida y ansiosa. Le hablé confidencialmente, hasta el punto de decirle
que iba a casarme en secreto y que tenía enemigos que trataban de separarme de
mi novio. Esto despertó instantáneamente su simpatía, y una propina de diez
chelines por sus buenos servicios hizo lo demás. Aprovechando los intervalos de
su trabajo en la casa, ha estado conmigo casi toda la mañana, y he descubierto,
entre otras cosas, que su novio es soldado raso de la Guardia y que ella espera
verle mañana. Aunque es muy poco, me queda dinero suficiente para hacer que le
dé vueltas la cabeza a cualquier soldado raso del Ejército británico, y si la
persona encargada mañana de mi vigilancia es un hombre, creo que es muy posible
que su atención sea desagradablemente distraída de Miss Gwilt en el curso de la
noche.
Cuando Midwinter vino aquí la última vez desde
la estación, eran las ocho y media. ¿Cómo voy a pasar las tediosas, las tan
tediosas horas hasta la noche? Creo que pondré a oscuras mi dormitorio y
buscaré un bendito olvido en mi frasco de gotas.
Las once. — Nos hemos despedido por última vez
antes del día en que seremos marido y mujer.
Él me ha dejado, como otras veces, con un
absorbente asunto en que pensar durante su ausencia. En el momento en que entró
en esta habitación, advertí que se había producido un cambio en él. Cuando me
refirió el entierro y su despedida de Armadale a bordo del yate, aunque lo hizo
en un tono profundamente conmovido, habló con un aplomo que nunca había visto
en él. Lo propio ocurrió cuando la conversación giró después sobre nuestras
esperanzas y perspectivas. Se mostró claramente contrariado por el hecho de que
mis dificultades familiares impidiesen que nos viésemos mañana, y claramente
inquieto ante la idea de que fuese sola el lunes a la iglesia. Pero todo ello
con una confianza y una serenidad subyacentes que me produjeron una impresión
tan fuerte que no tuve más remedio que advertirlas. «Sabes que a veces se
apoderan de mí extrañas fantasías —dije—. ¿Quieres que te diga la que se me ha
ocurrido ahora? No puedo dejar de pensar que, desde la última vez que nos vimos
ha sucedido algo que todavía no me has contado.»
«Algo ha sucedido —respondió—. Y es algo que
debes saber.»
Dichas estas palabras, sacó su cartera y
extrajo de ella dos papeles escritos. Miró uno de ellos y lo guardó de nuevo.
El otro lo dejó sobre la mesa, delante de mí. Tapándolo un momento con una
mano, prosiguió:
«Antes de que te diga lo que es esto y cómo
llegó a mi poder, debes saber algo que te había ocultado. No es más grave que
la confesión de una flaqueza mía.»
Entonces me explicó que la renovación de su
amistad con Armadale se había visto nublada, durante todo el período de su
relación en Londres, por sus propios presentimientos supersticiosos. Cada vez
que estaban juntos los dos, las terribles palabras de su padre en el lecho de
muerte y la terrible confirmación de ellas en los avisos del Sueño estaban
presentes en su mente. Día tras día, la convicción de que fatales consecuencias
para Armadale se derivarían de la reanudación de su amistad, y de mi
participación en ella, había influido más y más en él. Había obedecido la orden
que le llamaba junto al lecho del rector, con la firme intención de confiar a
Mr. Brock sus previsiones de desgracias venideras, y su superstición había sido
doblemente confirmada al encontrarse con que la muerte había entrado en la casa
antes que él y les había separado en este mundo para siempre. Había viajado de
nuevo hasta allí para estar presente en las exequias, con un secreto
sentimiento de alivio, ante la perspectiva de separarse de Armadale, y con la
secreta resolución de hacer que la ulterior reunión en Napóles que habían
concertado no se celebrase nunca. Con este propósito en su corazón, había
subido solo a la habitación que tenía preparada, nada más llegar a la rectoría,
y había abierto una carta que había encontrado sobre la mesa. La carta había
sido hallada debajo de la cama en que había muerto Mr. Brock. Era de puño y
letra del rector, e iba dirigida al propio Midwinter.
Dicho esto, casi textualmente como lo he
escrito, levantó la mano del papel escrito que estaba sobre la mesa entre
nosotros.
«Léela —dijo— y no hará falta que te diga que
mi mente quedó de nuevo en paz y que estreché la mano de Allan al despedirnos
con una efusión que me hacía más digno de su aprecio.»
Leí la carta. No había superstición alguna que
vencer en mi mente; no había viejos sentimientos de gratitud a Armadale que
resucitar en mi corazón, y sin embargo, el efecto que la carta había producido
en Midwinter fue (lo creo firmemente) más que igualado por el que produjo en
mí.
Era inútil pedirle que me la dejase, para
poder releerla (como yo deseaba), cuando estuviese sola. Está resuelto a no
desprenderse de ella; está resuelto a conservarla con aquel otro papel que le
vi sacar de la cartera y que contiene la narración por escrito del sueño de
Armadale. Lo único que pude hacer fue pedirle que me dejase copiarla, y él
accedió de buen grado. Escribí la copia en su presencia y ahora la incluyo en
mi diario, para marcar uno de los días más memorables de mi vida.
«Rectoría de Boscombe, 2 de agosto.
Mi querido Midwinter: Por primera vez desde
que empecé a sentirme enfermo, tuve ayer fuerza suficiente para leer mis
cartas. Una de ellas es de Allan y ha estado diez días sin abrir sobre mi mesa.
Escribe, con la mayor tristeza, que ha habido una discusión entre vosotros y
que tú te has apartado de él. Si todavía recuerdas lo que pasó entre nosotros,
cuando me abriste por primera vez tu corazón en la isla de Man, no te extrañará
que haya pasado toda la noche pensando en esta desagradable noticia, y no te sorprenderá
saber que me he levantado esta mañana para hacer el esfuerzo de escribirte.
Aunque estoy muy lejos de desesperarme, no me atrevo, a mi edad, a confiar
demasiado en mis perspectivas de recuperación. Mientras me quede tiempo, debo
emplearlo en bien de Allan y de ti.
No quiero que me expliques las circunstancias
que te han separado de tu amigo. Si mi valoración de tu carácter no se funda en
algo completamente ilusorio, la única influencia que puede haberte llevado a tu
alejamiento de Allan es la del espíritu maligno de la superstición, que una vez
expulsé ya de tu corazón y que, quiéralo Dios, volveré a vencer si tengo fuerza
suficiente para hacer que mi pluma te exprese en esta carta lo que pienso.
Lejos de mi intención combatir la creencia,
que sé que tienes, de que las criaturas mortales pueden ser objeto de
intervenciones sobrenaturales en su peregrinación por este mundo. Hablando como
hombre razonable, confieso que no puedo demostrar que estés equivocado.
Hablando como creyente en la Biblia, debo ir más lejos y reconocer que tienes
una justificación más que humana de la fe que alimentas. El único objetivo que
me he empeñado en alcanzar es librarte del fatalismo paralizador de los paganos
y de los salvajes, y que observes los misterios que te tienen perplejo, los
portentos que te obsesionan, desde un punto de vista cristiano. Si puedo
lograrlo, borraré de tu mente las fantásticas dudas que ahora la oprimen y
volveré a reunirte con tu amigo, para que nunca más vuelvas a separarte de él.
No tengo manera de verte e interrogarte. Lo
único que puedo hacer es enviar esta carta a Allan para que te la reexpida, si
sabe o puede averiguar tu actual dirección. Colocado en esta posición a tu
respecto, tengo que presumir todo lo que puede presumirse en tu favor. Daré por
sabido que algo os ha sucedido, a ti o a Allan, que a tu manera de ver, no
solamente ha confirmado la convicción fatalista en que murió tu padre, sino que
ha añadido un nuevo y terrible significado a la advertencia que te hizo por carta
en su lecho de muerte.
En este asunto de mutuo interés, me uno a ti.
En este asunto de mutuo interés, apelo a tu naturaleza superior y a tu mejor
sentido. Conserva tu actual convicción de que los sucesos que han ocurrido
(sean cuales fueren) no pueden conciliarse con coincidencias mortales
ordinarias ni con leyes mortales ordinarias, y considera tu propia posición
bajo la luz más fuerte y más clara que tu superstición puede arrojar sobre
ellos. ¿Y qué eres? Un instrumento impotente en manos del Destino. Estás
condenado, sin posibilidad de resistencia humana, a llevar ciegamente la
desgracia y la ruina a un hombre al que te has unido, inocente y delicadamente,
con los lazos de un amor fraternal. Todo lo que hay de más moralmente firme en
tu voluntad y de más moralmente puro en tus aspiraciones no sirve de nada
contra tu impulso hereditario hacia el mal, causado por un delito que cometió
tu padre antes de que nacieses. ¿En qué termina aquella creencia? Termina en la
oscuridad en que estás perdido ahora, en las contradicciones en que ahora te
debates..., en la terca desesperación con que profana el hombre su propia alma,
rebajándose al nivel de los brutos que perecen.
Levanta la cabeza, mi pobre y doliente amigo;
levanta la cabeza, mi apesadumbrado y queridísimo amigo, ¡y mira más arriba!
Enfréntate a las dudas que ahora te acometen desde la bendita posición
ventajosa del valor cristiano y de la esperanza cristiana, y tu corazón volverá
de nuevo a Allan, y tu mente encontrará la paz. Pase lo que pase, Dios es
misericordioso, Dios es omnisciente: sea natural o sobrenatural, todo ocurre a
través de Él. El misterio del Mal que turba nuestras débiles mentes, el dolor y
el sufrimiento que nos tortura en esta vida breve, dejan inconmovible la gran
verdad de que el destino del hombre está en manos de un Creador, y de que el
Hijo divino de Dios murió para hacernos merecedores de ella. Nada que se haga
en sumisión incondicional a la sabiduría del Todopoderoso puede ser malo. No
existe ningún mal del que no pueda salir el Bien, si obedecemos Sus leyes. Se
fiel a lo que te dice Cristo que es verdad. Fomenta dentro de ti mismo, sean
cuales fueren las circunstancias todo lo que sea amor, todo lo que sea
agradecimiento, todo lo que sea paciencia, todo lo que sea perdón hacia tu
prójimo. Y deja humildemente y con confianza el resto en manos del píos que te
creó y del Salvador que te amó más que a su propia vida.
Ésta es la fe en la que he vivido, con la
ayuda y la misericordia divina, desde mi juventud. Te pido encarecidamente, te
pido confiadamente que hagas que ésta sea también tu fe. Ella es el manantial
de cuanto he hecho de bueno, de toda la felicidad que he conocido; alumbra mi
oscuridad, sostiene mi esperanza; me conforta y me tranquiliza, ahora que yazgo
aquí, para vivir o para morir, no lo sé. Que ella te sostenga, te consuele y te
ilumine. Te ayudará cuando más lo necesites, como me ha ayudado a mí. Te mostrará
que los sucesos que te unieron a Allan tenían una finalidad distinta de la que
previo tu padre en su culpa.
No niego que te han sucedido cosas extrañas. Y
puede que te sucedan otras todavía más extrañas antes de que pase mucho tiempo,
cosas que tal vez yo no veré. Recuerda, si llega este momento, que yo habré
muerto en la firme creencia de que tu influencia sobre Allan no era más que
para el bien. El gran sacrificio de la Expiación, lo digo con toda reverencia,
tiene sus reflejos mortales, incluso en este mundo. Si el peligro amenaza
alguna vez a Allan, tú, el hijo del hombre que quitó la vida a su padre, tú y nadie
más que tú, puedes ser el designado por la providencia de Dios para salvarle.
Ven a verme, si vivo. Vuelve junto al amigo
que te quiere, tanto si vivo como si he muerto. Afectuosamente tuyo hasta el
fin,
Decimus Brock.»
«Tú, y nadie más que tú, puedes ser el
designado por la providencia de Dios para salvarle.»
Éstas son las palabras que me han sacudido
hasta el alma. Éstas son las palabras que me hacen sentir como si el muerto
hubiese salido de su tumba y hubiese puesto la mano en el sitio de mi corazón
donde yace, oculto a toda criatura viva salvo a mí misma, mi terrible secreto.
Una parte de la carta ha resultado ya acertada. El peligro que se prevé en ella
amenaza a Armadale en este momento... ¡y la amenaza procede de mí!
Si las circunstancias favorables que me han
llevado hasta tan lejos siguen impulsándome hasta el fin, y si resulta
profética la última predicción del viejo en esta tierra, Armadale se salvará de
mí, haga yo lo que haga. Y Midwinter será la víctima propiciatoria que le
salvará la vida.
¡Es horrible! ¡Es imposible! ¡Nunca debe
ocurrir! Sólo de pensarlo, me tiembla la mano y se me encoge el corazón. ¡Pero
bendigo el temblor que me enerva! ¡Bendigo el encogimiento que me debilita!
¡Bendigo las palabras de la carta que han hecho revivir las ideas apaciguadoras
que acudieron a mi mente hace dos días! ¿Es difícil, ahora que los sucesos me
acercan más y más al fin, llanamente y sin peligro..., es difícil vencer la
tentación de seguir adelante? ¡No! Aunque sólo exista una probabilidad de que
le ocurra a Midwinter algún mal, el miedo de esta probabilidad es bastante para
decidirme, para darme fuerzas de vencer la tentación, por mor de él. ¡Nunca le
había amado aún, nunca, nunca, como le amo ahora!
Domingo, 10 de agosto. — ¡La víspera del día
de mi boda! Cierro y guardo este libro para no volver a escribir jamás en él,
para no abrirlo jamás.
He alcanzado una gran victoria; he pisoteado
mi propia maldad. Soy inocente; vuelvo a ser feliz. ¡Amor mío! ¡Ángel mío!,
cuando mañana me entregue a ti, ¡todos mis pensamientos, más que míos, serán
tuyos!
CAPÍTULO XV
EL DÍA DE LA BODA
Eran las nueve de la mañana. El lugar, una
habitación privada de una de las antiguas posadas que todavía se conservan en
el lado de Borough del Támesis. La fecha, lunes once de agosto. Y la persona,
Mr. Bashwood, que había viajado a Londres llamado por su hijo, y se había
alojado en la posada el día anterior.
Nunca había parecido tan lastimosamente viejo
y desvalido como ahora. La fiebre y los escalofríos en los altibajos de
esperanza y desesperación le habían dejado seco y mustio y agotado. Las aristas
de su figura se habían agudizado. El perfil de su cara se había encogido. Su
indumentaria reflejaba el cambio melancólico que se había producido en él, con
un énfasis implacable y chocante. Nunca, ni siquiera en su juventud, se había
vestido como ahora. Con la desesperada resolución de no perdonar recurso para producir
impresión en Miss Gwilt, había dejado a un lado sus tristes prendas negras;
incluso se había armado de valor para ponerse la corbata de satén azul. Llevaba
una chaqueta de montar de color gris claro. La había encargado con intención
sutilmente vengativa, tomando por modelo una que había visto llevar a Allan. El
chaleco era blanco; los pantalones, a grandes cuadros y más alegre estilo
veraniego. La peluca había sido abrillantada y perfumada y peinada con ondas a
ambos lados, para ocultar las arrugas de las sienes. Daba ganas de reír y de
llorar al mismo tiempo. Sus enemigos, si una criatura tan desgraciada hubiese
podido tener enemigos, le habrían perdonado al verle con su atuendo nuevo. Sus
amigos, si le hubiese quedado alguno, se habrían afligido menos de haberlo
visto en su ataúd que observándolo en su actual aspecto. Incesantemente
inquieto, caminaba de un lado a otro en la habitación. Ora consultaba su reloj,
ora miraba por la ventana, ora contemplaba la bien abastecida mesa del
desayuno..., siempre con la misma triste e inquieta interrogación en los ojos.
Cuando entró el camarero, con la tetera llena de agua hirviente, la infeliz
criatura se dirigió a él por quincuagésima vez con las únicas palabras que
parecía capaz de pronunciar aquella mañana:
—Mi hijo vendrá a desayunar. Mi hijo es muy
especial. Quiero lo mejor de lo mejor..., cosas calientes y cosas frías... y té
y café... y todo lo demás, camarero; todo lo demás.
Por quincuagésima vez repitió estas ansiosas
palabras. Por quincuagésima vez, el impertérrito camarero le respondió,
tranquilizador:
—Muy bien, señor; déjelo en mis manos.
Y entonces se oyó el ruido de unas pisadas
pausadas en la escalera; se abrió la puerta, y el tan esperado hijo entró
indolentemente en la habitación, con una limpia y pequeña cartera de cuero
negro en la mano.
—¡Bravo, viejo caballero! —dijo el joven
Bashwood, observando la vestimenta de su padre con una sonrisa irónicamente
alentadora—. ¡Listo para casarte con Miss Gwilt al primer aviso!
El padre estrechó la mano de su hijo y trató
de corresponder a su risa.
—Siempre tan divertido, Jemmy —dijo, empleando
la forma familiar del nombre, como solía hacer en tiempos más felices—. Siempre
fuiste divertido, querido hijo; desde que eras pequeño. Ven y siéntate; he
encargado un buen desayuno para ti. ¡Lo mejor de lo mejor! ¡Lo mejor de lo
mejor! ¡Cuánto me alegro de verte! Dios mío, Dios ¡mío, ¡cuánto me alegro! —Se
interrumpió, y se sentó a la mesa, enrojecido el semblante por el esfuerzo de
controlar la impaciencia que le consumía—. ¡Hablame de ella! —estalló, renunciando
a aquel esfuerzo con súbito abandono—. Me moriré, Jemmy, si tengo que esperar
un momento más. Dime, ¡dime!
—Cada cosa a su tiempo —dijo el joven
Bashwood, totalmente impasible ante la impaciencia de su padre—. ¿Desayunamos
primero y hablamos después de la dama? Hay que ir despacio, viejo caballero,
¡hay que ir despacio!
Dejó la cartera de cuero sobre una silla y se
sentó delante de su padre, tranquilo, sonriendo y tarareando una tonadilla.
Ningún observador ordinario, aplicando las
reglas corrientes de análisis, habría detectado el carácter del joven Bashwood
en su semblante. Su aire juvenil, ayudado por los cabellos rubios y las
mejillas rollizas y afeitadas; sus modales afables y su eterna sonrisa; los
ojos, que se fijaban sin pestañear en los de la persona a quien se dirigía;
todo se combinaba para causar una impresión favorable a cualquiera. Ningún
aficionado a descubrir los caracteres, salvo, tal vez, uno entre diez mil,
habría podido penetrar debajo de la suavemente engañosa superficie de aquel
hombre y verle como era en realidad: la criatura vil a quien las todavía más
viles necesidades de la sociedad han fabricado para su propio uso. Allí estaba
sentado, el espía confidencial de los tiempos modernos, cuyo negocio se amplía
continuamente, cuyas Oficinas de Investigación Privada están en continuo
crecimiento. Allí estaba sentado, el detective necesario para atender al
progreso de nuestra civilización nacional; un hombre que era, al menos en este
caso, legítimo e inteligible producto del oficio al que se dedicaba; un hombre
profesionalmente dispuesto, a la menor sospecha (si la menor sospecha se le
pagaba), a meterse debajo de las camas y a mirar a través de agujeros
practicados en las puertas; un hombre que habría sido inútil para sus clientes
si hubiese podido sentir una pizca de compasión humana en presencia de su
padre, y que habría perdido su posición si, bajo cualquier circunstancia,
hubiese sido capaz de sentir piedad o vergüenza.
—Hay que ir despacio, viejo caballero
—repitió, levantando las tapaderas de las fuentes y mirando debajo de ellas,
una tras otra, alrededor de la mesa—. ¡Hay que ir despacio!
—No te enfades conmigo, Jemmy —suplicó su
padre—. Trata, si puedes, de imaginarte lo ansioso que debo estar. Recibí tu
carta ayer por la mañana. He tenido que viajar desde Thorpe-Ambrose; he tenido
que pasar la terriblemente larga tarde y la terriblemente larga noche, con tu
carta diciéndome que habías descubierto quién es ella, pero sin decirme nada
más. La incertidumbre es difícil de soportar, Jemmy, cuando se llega a mi edad.
¿Qué te impidió, querido, venir a verme cuando llegué aquí ayer por la tarde?
—Una pequeña cena en Richmond —dijo el joven
Bashwood—. Sírveme un poco de té.
Mr. Bashwood trató de complacerle, pero la
mano con que levantó la tetera temblaba con tal fuerza que no acertó con la
taza y el té se vertió sobre el mantel.
—Lo siento; no puedo dejar de temblar cuando
estoy ansioso —dijo el viejo, mientras su hijo le quitaba la tetera de la
mano—. Temo, Jemmy, que me guardes rencor por lo que ocurrió cuando estuve por
última vez en la ciudad. Confieso que fui obstinado y poco razonable sobre lo
de volver a Thorpe-Ambrose. Ahora soy más sensato. Tuviste toda la razón al
querer encargarte tú de todo, cuando te mostré la dama del velo al salir ésta
del hotel; y tuviste toda la razón para enviarme el mismo día a mis tareas en
el despacho del administrador de la casa grande. —Observó el efecto que
producían en su hijo estos elogios, y vacilando, le dirigió otra súplica—. Si
todavía no quieres decirme nada más —dijo débilmente—, ¿querrás contarme cómo
la encontraste? Hazlo, Jemmy, ¡hazlo!
El joven Bashwood levantó la mirada de su
plato.
—Te lo diré —dijo—. La investigación sobre
Miss Gwilt ha costado más dinero y ha requerido más tiempo de lo que esperaba,
y cuanto antes arreglemos esto, antes pasaremos a lo que quieres saber.
Sin una palabra de protesta, el padre dejó su
sucia y vieja cartera y su bolsa sobre la mesa, delante del hijo. El joven
Bashwood miró en la bolsa, observó, arqueando desdeñosamente las cejas, que
solamente contenía un soberano y algunas monedas de plata, y la devolvió
intacta.
Al abrir después la cartera, resultó que ésta
contenía cuatro billetes de cinco libras. El joven Bashwood se quedó con tres
de ellos y devolvió la cartera a su padre, con una inclinación de cabeza
expresiva de burlona gratitud y de irónico respeto.
—Mil gracias —dijo—. Parte de esto es para la
gente de nuestra oficina, y el resto me lo quedaré. Una de las pocas
estupideces que he hecho en mi vida, querido padre, fue la de escribirte,
cuando me consultaste por primera vez, que podías contar de balde con mis
servicios. Como puedes ver, me apresuro a reparar el error. Estaba dispuesto a
dedicarte una hora o dos a ratos perdidos. Pero este asunto ha requerido días y
ha entorpecido otros trabajos. Te dije que no podía quedarme sin blanca por tu
causa; así lo escribí en mi carta con toda claridad.
—Sí, sí, Jemmy. No me quejo, querido, no me
quejo. El dinero no tiene importancia; dime cómo la encontraste.
—Además —prosiguió el joven Bashwood,
continuando, impasible, con su justificación—, he puesto mi experiencia a tu
servicio, y el precio ha sido barato. Si otra persona se hubiese encargado de
esto, te habría costado el doble. Otro hombre habría vigilado a Mr. Armadale
tanto como a Miss Gwilt. Yo te he ahorrado este gasto. Estás seguro de que Mr.
Armadale quiere casarse con ella. Muy bien. En tal caso, si no la perdemos a
ella de vista, prácticamente, tampoco le perderemos de vista a él. Si sabes
donde está la dama, sabes que el caballero no puede estar muy lejos.
—Es verdad, Jemmy. Pero ¿cómo te dio Miss
Gwilt tanto trabajo?
—Es una mujer endiabladamente astuta —dijo el
joven Bashwood—; te diré lo que pasó. Nos dio esquinazo en la tienda de una
modista. Hablamos con ésta y especulamos con la probabilidad de que volviera
para probarse un vestido que había encargado. Las mujeres más astutas pierden
el juicio nueve veces de cada diez cuando hay un vestido nuevo en juego, e
incluso Miss Gwilt fue lo bastante imprudente para volver. Era todo lo que
queríamos. Una de las mujeres de nuestra oficina la ayudó a probarse el traje
nuevo y la colocó en posición adecuada para que fuese vista por uno de nuestros
hombres desde detrás de la puerta. Éste sospechó inmediatamente quién era ella,
fundándose en lo que de ella sabía, pues es una mujer famosa a su manera. Desde
luego, consideramos que esto no era bastante. La seguimos hasta su nueva
dirección y acudimos a un agente de Scotland Yard que estaba seguro de
conocerla, para que comprobase si la idea de nuestro hombre era acertada. El de
Scotland Yard se convirtió en mozo de recados de la modista para la ocasión y
llevó el traje a su casa. La vio en el pasillo y la identificó al instante. Te
digo que estás de suerte, pues Miss Gwilt es un personaje público. Si
hubiésemos tenido que habérnoslas con una mujer menos notoria, nos habría
costado semanas de investigación y tal vez habrías tenido que pagar cientos de
libras. En cambio, bastó un día en el caso de Miss Gwilt, y otro día para que
tuviese su vida por escrito en mis manos. En este momento, viejo caballero,
está en mi cartera negra.
Bashwood, padre, miró la cartera con ojos
ansiosos y estiró la mano. Bashwood, hijo, sacó una llavecita del bolsillo del
chaleco, hizo un guiño, sacudió la cabeza y volvió a guardar la llave.
—Todavía no he desayunado —dijo—. No hay que
darse prisa, mi querido señor, no hay que darse prisa.
—¡No puedo esperar! —gritó el viejo,
esforzándose en vano por conservar su aplomo—. ¡Son más de las nueve! ¡Hoy hace
quince días que ella vino a Londres con Mister Armadale! En quince días, ¡puede
haberse casado con él! ¡Puede haberse casado con él esta mañana! ¡No puedo
esperar! ¡No puedo esperar!
—Uno no sabe lo que puede hacer hasta que lo
intenta —replicó el joven Bashwood—. Inténtalo, y comprobarás que puedes
esperar. ¿Qué ha sido de tu curiosidad? -prosiguió, atizando ingeniosamente el
fuego, poco a poco—. ¿Por qué no me preguntas qué quise decir cuando llamé a
Miss Gwilt un personaje público? ¿Por qué no te preguntas cómo pude hacerme con
la historia de su vida, por escrito? Si te sientas de nuevo, te lo diré. Si no
lo haces, sólo prestaré atención al desayuno.
Mr. Bashwood suspiró con fuerza y volvió a su
silla.
—Quisiera que no te gustasen tanto las bromas,
Jemmy —dijo—. Me gustaría, querido, que no te gustasen tanto las bromas.
—¿Bromas? —repitió su hijo—. Serían bastante
serias a los ojos de algunas personas. Miss Gwilt fue juzgada por algo en que
le iba la vida, y los papeles que tengo en la cartera son las instrucciones del
abogado para la defensa. ¿Llamas broma a esto?
El padre se puso en pie de un salto y miró a
su hijo por encima de la mesa, con una sonrisa exultante que era terrible de
ver.
—¡Juzgada en una causa en que le iba la vida!
—gritó, con un profundo suspiro de satisfacción—. ¡En que le iba la vida!
—Lanzó una grave y prolongada carcajada y chascó los dedos, entusiasmado. ¡Ah,
ja, ja! ¡Algo capaz de asustar a Mister Armadale!
Por muy canalla que fuese, el hijo se sintió
impresionado por la explosión de pasión contenida que revelaban sus palabras.
—No te excites —dijo, prescindiendo de pronto
del tono burlón con que se había expresado hasta entonces.
Mr. Bashwood se sentó de nuevo y se enjugó la
frente con el pañuelo.
—No —dijo, moviendo la cabeza y sonriendo a su
hijo—. No, no, no me excito... Ahora puedo esperar, Jemmy, ahora puedo esperar.
Y esperó pacientemente. A intervalos, asentía
con la cabeza y sonreía y murmuraba para sí: «¡Algo capaz de asustar a Mister
Armadale!» Pero no volvió a intentar, de palabra o de obra, dar prisa a su
hijo.
Bashwood, el joven, terminó despacio de
desayunar, por pura jactancia; encendió deliberadamente un cigarro; miró a su
padre y, al ver que permanecía tan inconmoviblemente paciente como antes, abrió
al fin la cartera negra y extendió los papeles sobre la mesa.
—¿Cómo quieres que lo haga? —preguntó—. ¿Largo
o corto? Tengo aquí toda su vida. El abogado que la defendió en el juicio tenía
instrucciones de buscar por todos los medios la compasión del jurado: recalcó
las miserias de su vida pasada e impresionó a todos los que estaban en la sala
con su magnífica actuación. ¡Quieres que siga el mismo camino? ¿Quieres saberlo
todo acerca de ella, desde los días en que llevaba traje corto y pantalones con
volantes? ¿O prefieres que vaya directamente a su primera aparición como
acusada ante el tribunal?
—Quiero saberlo todo acerca de ella —dijo
ansiosamente su padre—. Lo peor y lo mejor..., sobre todo lo peor. Prescinde de
mis sentimientos, Jemmy; hagas lo que hagas, ¡prescinde de mis sentimientos!
¿Puedo ver yo mismo los papeles?
—No, no puedes. Para ti, sería como si
estuviesen escritos en griego o en hebreo. Gracias a tu buena estrella, tienes
un hijo listo que puede sacar el cogollo de estos papeles y darle el sabor
adecuado al servirlo. No hay diez hombres en Inglaterra que pudiesen contarte
como yo la historia de esa mujer. Es un don, viejo caballero, que tienen pocas
personas... y que se aloja aquí.
Se dio unos golpecitos en la frente y volvió
la primera hoja del manuscrito que tenía delante, con no disimulada expresión
de triunfo ante la perspectiva de exhibir su propia habilidad, y que fue la
primera expresión de sentimiento auténtico que se había permitido hasta
entonces.
—La historia de Miss Gwiít empieza —dijo el
joven Bashwood— en la plaza del mercado de Thorpe-Ambrose. Un día, hace
aproximadamente un cuarto de siglo, un curandero ambulante, que traficaba en
perfumería tanto como en medicina, llegó a la población con su carro y exhibió,
como vivo ejemplo de la excelencia de sus cremas y lociones y demás, a una
linda niñita de bella tez y cabellos maravillosos. Él se llamaba Oldershaw.
Tenía una esposa que le ayudaba en la sección de perfumería de su negocio y que
lo continuó por su cuenta al morir él. En definitiva prosperó y es idéntica a
la astuta y vieja dama que me encargó un trabajo profesional hace poco tiempo.
En cuanto a la linda niña, sabes quién es tan bien como yo. Mientras el
curandero engatusaba a los patanes, mostrándoles el cabello de la niña, una
joven dama que pasaba por la plaza del mercado detuvo su carruaje para oír a
qué venía todo aquello; vio a la niña, y se prendó inmediatamente de ella.
Aquella damita era hija de Mister Blanchard, de Thorpe-Ambrose. Se fue a casa y
habló a su padre del triste destino de la inocente víctima del curandero.
Aquella misma tarde, los Oldershaw fueron enviados a buscar e interrogados.
Declararon que eran tíos de la niña (un embuste, naturalmente) y se mostraron
encantados de que ésta pudiese asistir a la escuela del pueblo mientras
estuviesen en Thorpe-Ambrose, en cuanto se les hizo esta proposición. Todo
quedó arreglado el día siguiente. Y al otro día, los Oldershaw habían
desaparecido, dejando a la niña al cuidado del hacendado. Evidentemente, no
había respondido a lo que esperaban de ella como reclamo, y ésta fue la manera
en que la dejaron bien apañada para toda la vida. ¡Éste es el primer acto de la
comedia que te dedico! Hasta ahora, bastante claro, ¿no?
—Bastante claro, Jemmy, para las personas
inteligentes. Pero yo soy viejo y torpe. Y hay una cosa que no comprendo. ¿De
quién era la niña?
—Una pregunta muy sensata. Pero lamento tener
que decirte que nadie puede contestarla, ni siquiera la propia Miss Gwilt.
Estas instrucciones a las que me refiero se fundan, desde luego, en sus propias
declaraciones, tal como las obtuvo su abogado. Lo único que pudo recordar, al
ser interrogada, fue que había estado en el campo, en casa de una mujer que
aceptaba niños para cuidarlos, pero que la maltrataba y mataba de hambre.
Aquella mujer tenía un documento de identidad en el que constaba que su nombre
era Lydia Gwilt, y recibió (por medio de un abogado) una pensión mensual para
la manutención de la pequena, hasta que ésta tuvo ocho años. Entonces cesó la
pensión; el abogado no pudo dar ninguna explicación; nadie fue a buscar a la
niña, y nadie escribió. Los Oldershaw la vieron y pensaron que podía servirles
para exhibirla, y la mujer se la cedió barata, y después los Oldershaw la
dejaron en manos de los Blanchard. ¡Ésta es la historia de su nacimiento, de su
parentela y de su educación! Puede ser hija de un duque o de un vendedor
ambulante. Las circunstancias pueden ser sumamente románticas o completamente
vulgares. Imagina lo que quieras, pues no hay nada que te lo impida. Y cuando
lo hayas imaginado, dilo y proseguiré mi relato.
—Prosigue, Jemmy, por favor.
—Lo siguiente que sabemos de Miss Gwilt
—siguió diciendo el joven Bashwood, dando vuelta a sus papeles— tiene que ver
con un misterio de familia. La suerte había sonreído al fin a la niña
abandonada. Había conquistado el afecto de una amable señorita, hija de un
padre rico, y era apreciada y mimada en la mansión, en calidad de último
juguete de Miss Blanchard. Al poco tiempo, Mister Blanchard y su hija marcharon
al extranjero y se llevaron a la niña, como joven doncella de Miss Blanchard.
Cuando volvieron, la hija se había casado y enviudado, y la linda doncellita,
en vez de volver con ellos a Thorpe-Ambrose, aparece de pronto, ella sola, como
alumna de un colegio en Francia. Allí estaba, en un establecimiento de primera
categoría, con la manutención y la educación aseguradas hasta que se casara y
tuviese una situación en la vida, con una única condición: que no volviese
jamás a Inglaterra. Éstos fueron los únicos particulares que se avino a dar al
abogado que redactó estas instrucciones. Se negó a decir lo que había ocurrido
en el extranjero; se negó incluso, después de todos los años transcurridos, a
mencionar el nombre de casada de su señora. Desde luego, está claro que poseía
algún secreto familiar y que los Blanchard pagaban su educación en el Continente
para que no se interpusiese en su camino. Y está igualmente claro que no habría
guardado tanto su secreto si no hubiese creído que podría sacar provecho de él
en el futuro. ¡Una mujer astuta, como te he dicho antes! Una mujer
endiabladamente astuta, que no ha sufrido por nada tantos golpes en el mundo y
visto tantos altibajos en su vida, en casa y en el extranjero.
—Sí, sí, Jemmy; es verdad. Pero dime por
favor, ¿cuánto tiempo estuvo en el colegio de Francia?
El joven Bashwood consultó sus papeles.
—Estuvo en el colegio francés —respondió—
hasta que cumplió diecisiete años. En aquella época, algo ocurrió en el colegio
que estos papeles califican delicadamente de «desagradable». Lo cierto es que
el maestro de música del establecimiento se enamoró de Miss Gwilt. Era un
hombre respetable y de edad mediana, casado y con hijos, y considerando que las
circunstancias eran absolutamente desesperadas, y presumiendo tontamente que
tenía un cerebro en la cabeza, tomó una pistola y trató de saltarse la tapa de
los sesos. Los médicos le salvaron la vida, pero no la razón, y terminó donde
hubiese debido empezar: en un manicomio. Como la belleza de Miss Gwilt estaba
en el fondo de aquel escándalo, era desde luego imposible que continuase en el
colegio después de lo ocurrido, aunque se demostró su inocencia en el suceso.
Sus «amigos» (los Blanchard) recibieron la noticia y la trasladaron a otro
colegio, esta vez en Bruselas... ¿Por qué suspiras? ¿Qué te ocurre ahora?
—No puedo dejar de compadecer un poco al pobre
maestro de música, Jemmy. Prosigue.
—Según su propio relato, papá, parece que Miss
Gwilt también sintió algo por él. Dio un cambio serio, y fue «convertida» (así
lo llaman) por la dama que cuidó de ella en el intervalo de su marcha a
Bruselas. Parece que el sacerdote del colegio belga era un hombre bastante
discreto, que vio que la sensibilidad de la muchacha se estaba convirtiendo en
un estado de peligrosa excitación. Pero antes de que pudiese calmarla, cayó
enfermo y fue sucedido por otro sacerdote, que era un fanático. Comprenderás el
interés que se tomó por la muchacha y la manera en que influyó en sus
sentimientos cuando te diga que, después de estar casi dos años en el colegio,
¡anunció su decisión de terminar sus días en un convento! ¡Bien está que abras
los ojos! Miss Gwilt, en el papel de monja, es un fenómeno femenino de los que
no se ven a menudo. Las mujeres son criaturas muy extrañas.
—¿Ingresó en el convento? —preguntó Mr.
Bashwood—. ¿La dejaron entrar, tan sola y tan joven, sin nadie que pudiese
aconsejarla para su bien?
—Los Blanchard fueron consultados, para
guardar las formas —prosiguió el joven Bashwood—. Como puedes imaginarte, ellos
no se opusieron a que ingresase en un convento. Estoy seguro de que la carta
más agradable que recibieron jamás de ella fue aquella en que les anunció
solemnemente que se despedía de ellos para siempre en este mundo. La gente del
convento tuvo tanto cuidado como de costumbre en no comprometerse. Su regla no
permitía que tomase el velo antes de haber probado durante un año la vida
conventual, y después, si tenía alguna duda, durante otro año. Ella hizo el
primer año de prueba... y duró. Después del segundo año, fue lo bastante
prudente para renunciar sin más vacilación. Su posición fue bastante difícil
cuando se halló de nuevo en libertad. Las hermanas del convento habían perdido
su interés por ella, la directora del colegio no quiso aceptarla como maestra,
fundándose en que era demasiado bonita para desempeñar aquella función; el
sacerdote consideró que estaba poseída por el demonio. Lo único que podía hacer
era escribir de nuevo a los Blanchard y pedirles que la ayudasen a empezar una
nueva vida como profesora de música por su propia cuenta. Escribió en este
sentido a su antigua señora. Su antigua señora había dudado de la autenticidad
de la vocación de monja de la muchacha, aprovechando la oportunidad ofrecida
por la carta de despedida de tres años antes para cortar toda ulterior
comunicación entre su ex doncella y ella. La carta de Miss Gwilt fue devuelta
por la oficina de Correos. Encargó una investigación y se enteró de que Mr.
Blanchard había muerto y de que su hija había abandonado la mansión y se había
retirado a algún lugar desconocido. En vista de ello, escribió al heredero en
posesión de la finca. La carta fue contestada por sus abogados, los cuales
tenían instrucciones de actuar judicialmente al primer intento que hiciese de
sacar dinero a cualquier miembro de la familia de Thorpe-Ambrose. Su última
oportunidad era conseguir la dirección del lugar de retiro de su antigua
señora. Los banqueros de la familia, a quienes escribió, le contestaron
diciendo que tenían órdenes de no dar la dirección de la dama a nadie que la
pidiese, sin recibir previa autorización de la propia dama. Esta última carta
resolvió la cuestión: Miss Gwilt no podía hacer nada más. Si hubiese tenido
dinero, habría podido ir a Inglaterra y hacer que los Blanchard lo pensaran dos
veces antes de tomar medidas demasiado enérgicas. Como no tenía medio penique,
nada podía hacer. Sin dinero y sin amigos, te preguntarás cómo había subsistido
mientras sostenía aquella correspondencia. Se había ganado la vida tocando el
piano en un café-cantante de Bruselas. Desde luego, los hombres la asediaron,
pero la encontraron insensible como una piedra. Uno de los caballeros rechazados
era ruso, y gracias a él conoció a una compatriota suya cuyo nombre es
imposible de ser pronunciado por labios ingleses. Nombrémosla por su título y
llamémosla la Baronesa. Las dos mujeres simpatizaron desde el primer momento, y
una nueva perspectiva se abrió en la vida de Miss Gwilt. Se convirtió en
lectora y compañera de la Baronesa. Por fuera, todo era bueno y amable. Por
dentro, todo era malo y estaba podrido.
—¿En qué sentido, Jemmy? Por favor, espera un
poco y dime en qué sentido.
—Te lo diré. La Baronesa era muy aficionada a
viajar y siempre estaba rodeada de un grupo selecto de amigos que pensaban
igual que ella. Iban de una ciudad del Continente a otra, y eran tan
encantadores que hacían amistades en todas partes. Las amistades eran invitadas
a las recepciones de la Baronesa y las mesas de juego eran invariablemente
parte del mobiliario de ésta. ¿Lo comprendes ahora, o tengo que decirte, en
estricta confianza, que las cartas no eran consideradas pecaminosas en aquellas
festivas ocasiones, y que la suerte, al terminar las veladas, se inclinaba casi
invariablemente del lado de la Baronesa y sus amigos? Todos eran unos truhanes,
y no tengo la menor duda, pienses tú lo que pienses, de que los modales y el
aspecto de Miss Gwilt hacían de ella un miembro valioso de aquella sociedad, en
calidad de señuelo. Ella declaró después que ignoraba lo que realmente sucedía;
que no sabía jugar a las cartas; que no tenía un amigo respetable a quien
volverse en el mundo, y que apreciaba sinceramente a la Baronesa, por la
sencilla razón de que ésta fue una buena amiga para ella desde el principio
hasta el fin. Créelo o no, como quieras. Durante cinco años, viajó por todo el
Continente con aquellos fulleros, dándose la gran vida, y nada me induce a creer
que no seguiría con ellos en este momento si la Baronesa no hubiese encontrado
la horma de su zapato en Napóles, en forma de un rico viajero inglés llamado
Waldron. ¡Ah!, este nombre te sorprende, ¿verdad? Porque habrás leído sobre el
juicio de la famosa Mrs. Waldron, como el resto del mundo. Y sabrás ahora quién
es Miss Gwilt sin necesidad de que te lo diga.
Hizo una pausa y miró a su padre con súbita
perplejidad. Lejos de estar abrumado por el descubrimiento que acababa de
hacer, Mr. Bashwood, después del primer movimiento natural de sorpresa, miró a
su hijo con un aplomo que, dadas las circunstancias, resultaba extraordinario.
Había un nuevo brillo en sus ojos y un nuevo color en sus mejillas. Si hubiese
sido posible concebir algo semejante en un hombre en su posición, parecía
sumamente animado, en vez de deprimido, por lo que acababa de oír.
—Prosigue, Jemmy —dijo tranquilamente—; soy
una de las pocas personas que no leyeron el juicio; sólo oí hablar de él.
Todavía desorientado interiormente, el joven
Bashwood se recobró y siguió diciendo:
—Siempre anduviste y siempre andarás atrasado
—dijo—. Cuando lleguemos al juicio, podré decirte sobre él cuanto quieras
saber. Mientras tanto debemos volver a la Baronesa y a Mr. Waldron. Durante
varias noches, el inglés dejó que los fulleros se saliesen con la suya; dicho
en otras palabras, pagó por el privilegio de hacerse agradable a Miss Gwilt.
Cuando pensó que le había producido la impresión necesaria, denunció sin
compasión toda la maniobra. Intervino la policía; la Baronesa fue metida en la
cárcel, y Miss Gwilt se encontró ante el dilema de aceptar la protección de Mr.
Waldron o verse de nuevo en la calle. Ella era sorprendentemente virtuosa, o
sorprendentemente astuta, como prefieras. Para asombro de Mr. Waldron, le dijo
que podía hacer frente a la perspectiva de venir a menos, y que debía dirigirse
a ella honorablemente o dejarla para siempre. La cosa terminó como termina
siempre que el hombre está enamorado y la mujer está resuelta. Para disgusto de
su familia y de sus amigos, Mr. Waldron hizo virtud de la necesidad, y se casó
con ella.
—¿Qué edad tenía él? —preguntó ansiosamente el
viejo Bashwood.
El joven Bashwood se echó a reír.
—Era lo bastante mayor, papá, para ser tu
hijo, y lo bastante rico para haber reventado tu preciosa cartera con billetes
de mil libras. No agaches la cabeza. El matrimonio no fue feliz, por mucho que
él fuera tan joven y tan rico. Vivieron en el extranjero, y al principio se
llevaron bastante bien. Desde luego, él cambió su testamento inmediatamente
después de casarse y se mostró pródigo con su esposa, bajo la tierna presión de
la luna de miel. Pero, como todas las cosas, las mujeres se gastan con el tiempo,
y una linda mañana se despertó Mr. Waldron con la duda de si no se habría
portado como un tonto. Era un hombre de genio vivo, estaba descontento de sí
mismo y, naturalmente, lo hizo pagar a su mujer. Habiendo empezado a disputar
con ella, comenzó después a sospechar y se volvió furiosamente celoso de todos
los varones que entraban en la casa. No tenían estorbos en forma de hijos, y
fueron de un lugar a otro según los impulsos de los celos de él, hasta que por
fin volvieron a Inglaterra, cuando llevaban cerca de cuatro años casados. Él
tenía una vieja casa solitaria en los páramos de Yorkshire, y allí se encerró
con su esposa, aislándose de toda criatura viviente, salvo sus criados y sus
perros. Naturalmente, sólo una cosa podía resultar de tratar de tal manera a
una mujer joven y animosa. Puede ser el destino o puede ser el azar, pero,
cuando una mujer está desesperada, seguro que aparecerá un hombre para
aprovecharse de ello. En esta ocasión el hombre fue un «caballo negro», como
suelen decir en los hipódromos. Era un cierto capitán Manuel, natural de Cuba
y, según decía, ex-oficial de la Marina española. Había conocido a la bella
esposa de Mr. Waldron durante el viaje de regreso a Inglaterra; había
conseguido hablar con ella a pesar de los celos del marido, y la había seguido
hasta su lugar de encierro en la casa de Mr. Waldron en los páramos. El capitán
es descrito como un tipo inteligente y resuelto, como una especie de pirata
audaz, y envuelto en esa capa de misterio que tanto gusta a las mujeres...
—¡Ella no es como las otras! —dijo Mr.
Bashwood, interrumpiendo súbitamente a su hijo—. ¿Y ella...? —Se le quebró la
voz y dejó la pregunta por terminada.
—¿Si le gustó el capitán? —sugirió el joven
Bashwood, riendo de nuevo—. Según su propio relato, le adoraba. Al mismo
tiempo, su conducta (tal como la expone ella misma) era perfectamente inocente.
Considerando la estrecha vigilancia a que la tenía sometida su marido, la
declaración (por increíble que parezca) es probablemente cierta. Durante unas
seis semanas, se limitaron a sostener una correspondencia privada; el capitán
cubano (que hablaba y escribía perfectamente el inglés), había conseguido que
una de las criadas de la casa de Yorkshire actuase de mensajera. No hace falta
que nos tomemos el trabajo de pensar en cómo habría podido terminar aquello; el
propio Mr. Waldron provocó una crisis. No se sabe si se olió o no aquella
correspondencia clandestina. Pero lo cierto es que un día volvió a casa de un
paseo a caballo, más furioso que de costumbre; que su esposa dio muestras de
aquel ánimo que él nunca había logrado quebrantar, y que el incidente terminó
dándole él un latigazo en la cara. Una conducta indigna de un caballero, debo
confesarlo; pero, por lo que parece, el latigazo produjo los más sorprendentes
resultados. Desde aquel momento, la dama se sometió como nunca se había
sometido. Durante los quince días que siguieron, él hizo cuanto se le antojaba;
ella no le contradecía nunca, dijera lo que dijese, y nunca pronunció una
palabra de protesta. Algunos hombres habrían podido sospechar que este súbito
cambio ocultaba algo peligroso bajo su superficie. No sé si Mr. Waldron lo
consideró de esta manera. Lo único que sé es que, antes de que desapareciese la
señal del látigo de la cara de su esposa, cayó enfermo, y que dos días más
tarde estaba muerto. ¿Qué dices a esto ?
—¡Digo que lo tuvo bien merecido! —respondió
Mr. Bashwood, dando un puñetazo sobre la mesa, mientras su hijo hacía una pausa
y le miraba.
—El médico que atendió al moribundo no era de
tu opinión —observó secamente el joven Bashwood—. Llamó a otros dos médicos y
los tres se negaron a certificar la defunción. Siguió la acostumbrada
investigación legal. La prueba de los médicos y las declaraciones de los
criados apuntaban irresistiblemente en la misma dirección, y Mrs. Waldron fue
sometida a juicio, acusada de haber envenenado a su marido. Un distinguido
abogado criminalista de Londres fue a defender a la acusada, y tomaron forma
estas «Instrucciones». ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres saber ahora?
Levantándose súbitamente de su silla, Mr.
Bashwood alargó una mano sobre la mesa y trató de agarrar los papeles de su
hijo.
—Quiero verlos —dijo ansiosamente—. Quiero ver
lo que dicen acerca del capitán cubano. Él estuvo en el fondo de todo esto,
Jemmy. ¡Juraría que estuvo en el fondo de todo esto!
—Nadie dudó en aquella época de quién estaba
en el secreto del caso —convino su hijo—. Pero nadie podía demostrarlo. Vuelve
a sentarte, papá y serénate. Aquí no hay nada acerca del capitán Manuel, salvo
las sospechas privadas del abogado, para que el defensor las sacase a relucir o
no, según su criterio. Desde el principio hasta el fin, ella persistió en
encubrir al capitán. Al principio, hizo dos declaraciones al abogado, las
cuales sospechó éste que eran falsas. En primer lugar, declaró que era inocente
del crimen. Esto no le sorprendió; sus clientes, por norma general, solían
querer engañarle de esta manera. Después, aún reconociendo su correspondencia
privada con el capitán cubano, declaró que las cartas habían tratado solamente
de una fuga que él le había propuesto y que ella había aceptado, inducida por
el bárbaro trato que le daba su marido. Naturalmente, el abogado le pidió que
le mostrase las cartas. «Él quemó todas mis cartas, y yo he quemado todas las
suyas», fue la única respuesta que obtuvo. Era muy posible que el capitán
Manuel hubiese quemado las cartas de ella, al enterarse de que se estaba
celebrando una investigación en la casa. Pero el abogado sabía por experiencia
(como lo sé yo también) que, cuando una mujer está enamorada de un hombre, en
el noventa y nueve por ciento de los casos guarda sus cartas, tanto si hay
peligro como si no lo hay. Despertadas de esta manera sus sospechas, el abogado
hizo algunas averiguaciones privadas sobre el capitán extranjero, y descubrió
que andaba tan escaso de dinero como podía andar un capitán extranjero. Al
mismo tiempo, hizo algunas preguntas a su cliente sobre lo que esperaba de su
difunto esposo. Ella le respondió, indignada, que había encontrado entre los
papeles de su marido un testamento otorgado pocos días antes de su muerte y en
el que solamente le dejaba cinco mil libras, de toda su inmensa fortuna.
«Entonces, ¿había un testamento anterior que fue revocado por el nuevo?»,
preguntó el abogado. Sí, lo había; un testamento que él le había dado para que
lo guardase y que había otorgado poco después de casarse. «¿Dejando a su viuda
en buena posición?» Dejándole exactamente diez veces más de lo dispuesto en el
segundo testamento. «¿Había mencionado aquel primer testamento, ahora revocado,
al capitán Manuel?» Ella vio la trampa y dijo: «¡No, nunca!», sin vacilar un
instante. La respuesta confirmó las sospechas del abogado. Trató de asustarla,
declarando que su vida podía ser el precio de engañarle en esta cuestión. Con
la obstinación propia de las mujeres, ella permaneció en sus trece. El capitán,
por su parte, se comportó de manera ejemplar. Confesó que había proyectado la
fuga; declaró que había quemado todas las cartas de la dama a medida que las
había recibido, para no perjudicar su reputación; había permanecido en el
lugar, y se ofreció para declarar ante los magistrados. Nada se descubrió que
pudiese relacionarle jurídicamente con el delito, o hacerle comparecer el día
de la vista de la causa, como no fuese en condición de testigo. Yo no creo que
exista duda moral (según lo llaman) de que Manuel conocía la existencia del
testamento que dejaba cincuenta mil libras a su amante, y de que estaba
dispuesto, en vista de aquella circunstancia, a casarse con ella cuando muriese
Mr. Waldron. Si alguien la tentó a librarse de su marido convirtiéndose en su
viuda, ese alguien tuvo que ser el capitán. Y a menos de que ella, guardada y
vigilada como estaba, hubiese conseguido obtener el veneno por sus propios
medios, éste tenía que haber llegado a su poder en una de las cartas del
capitán.
—¡No creo que lo usase, si es que llegó a
tenerlo! —exclamó Mr. Bashwood—. ¡Creo que fue el propio capitán el que
envenenó al marido!
El joven Bashwood, haciendo caso omiso de la
interrupción, plegó las Instrucciones para la Defensa, que habían servido ya
para su fin, volvió a meterlas en la cartera y sacó un folleto en su lugar.
—Aquí está uno de los Informes del Juicio que
fueron publicados —dijo—, y que puedes leer con calma, si quieres. Ahora no
necesitamos perder tiempo con detalles. Ya te he dicho con qué habilidad
preparó su abogado el camino para presentar la acusación de asesinato como la
última calamidad de las muchas que habían caído ya sobre una mujer inocente.
Los dos argumentos jurídicos de la defensa (después de este florido exordio)
fueron: primero, que no había pruebas de que hubiese poseído el veneno, y
segundo, que los peritos médicos, aunque declaraban rotundamente que el marido
había muerto envenenado, discrepaban en sus conclusiones sobre la droga
particular que le había matado. Dos argumentos sólidos y bien expuestos, pero
las pruebas en contra eran irrebatibles. Se demostró que la acusada tenía nada
menos que tres excelentes motivos para matar a su marido. Éste la había tratado
con una barbarie casi inaudita; la dejaba en su testamento (ella no sabía aún
que había sido revocado) como dueña de una fortuna a su muerte, y según había
confesado, tenía proyectada la fuga con otro hombre. Después de sentar estos
tres móviles, la acusación demostró, con pruebas totalmente irrefutables, que
la única persona de la casa que había tenido posibilidad de administrar el veneno
era la que se sentaba en el banquillo. ¿Qué podían hacer el juez y el jurado
delante de una prueba como ésta? El veredicto fue, naturalmente, de
culpabilidad, y el juez declaró que estaba de acuerdo con él. Las mujeres del
público se pusieron histéricas, y el talante de los varones no fue mucho mejor.
El juez lloró y el tribunal se estremeció. Fue condenada a muerte en un
ambiente que nunca se había presenciado en un tribunal de justicia inglés. Y
actualmente está viva y tan campante; libre para hacer cualquier mal que se le
antoje y para envenenar, a su conveniencia, a cualquier hombre, mujer o niño
que se interponga en su camino. ¡Una mujer muy interesante! Mantente en buena
relación con ella, mi querido padre, hagas lo que hagas, pues la ley le dijo en
llano inglés: «Mi encantadora amiga, ¡a ti no puedo asustarte!»
—¿Cómo la indultaron? —preguntó, jadeando, Mr.
Bashwood—. Entonces me lo dijeron..., pero lo he olvidado. ¿Fue cosa del
ministro del Interior? Si fue él, ¡merece todos mis respetos! Digo que el
ministro del Interior se mostró digno de su cargo.
—Tienes razón, viejo caballero —dijo el joven
Bashwood—. El ministro del Interior fue el obediente y humilde servidor de una
Prensa Libre ilustrada... y era digno de su cargo. ¿Es posible que no veas cómo
se burló ella del patíbulo? Si no lo ves, te lo diré. La tarde en que terminó
el juicio, dos o tres de los jóvenes Bucaneros de la Literatura fueron a dos o
tres redacciones de periódicos y escribieron dos o tres artículos desgarradores
en primera página, sobre el asunto del procedimiento judicial. La mañana
siguiente, el público se inflamó como la yesca, y la acusada fue juzgada de
nuevo, ante un tribunal de aficionados, en las columnas de los periódicos.
Todos los que no tenían ninguna experiencia personal sobre el tema agarraron
sus plumas y (con amable permiso del director) imprimieron sus escritos.
Médicos que no habían atendido al enfermo y que no habían estado presentes en
la autopsia declararon, a docenas, que había muerto de muerte natural. Abogados
sin clientes, que no habían oído las pruebas, atacaron al jurado que las había
escuchado y juzgaron al juez, que estaba ya ejerciendo su magistratura antes de
que naciesen algunos de ellos. El público en general siguió el ejemplo de los
abogados y los médicos y los jóvenes Bucaneros que habían puesto aquello en
marcha. ¡Aquí estaba la Ley que ellos pagaban para que les protegiese,
cumpliendo su función con espantosa diligencia! ¡Terrible! ¡Terrible! El
público británico se alzó para protestar como un solo hombre contra el
funcionamiento de su propia maquinaria, y el ministro de Interior, en un estado
de confusión, acudió al juez. El juez se mantuvo firme. Había dicho que el
veredicto era acertado, y ahora decía lo mismo. «Pero supongamos —dijo el
ministro del Interior— que la acusación hubiese intentado otra manera de
demostrar su culpa en el juicio, diferente de la que siguió. ¿Qué habrían hecho
entonces usted y el jurado?» Desde luego, al juez le fue absolutamente
imposible decirlo. Esto animó al ministro del Interior en primer lugar, y
después, cuando el juez consintió en que se sometiese a un famoso doctor el
conflicto de los dictámenes médicos, y cuando el famoso doctor se inclinó por
la benevolencia, después de declarar expresamente que nada sabía prácticamente
de los detalles del caso, el ministro del Interior quedó satisfecho. La
sentencia de muerte de la acusada fue a parar al cesto de los papeles; el
veredicto de la ley fue revocado por aclamación general, y el veredicto de los
periódicos salió triunfante. Pero ahora viene lo mejor. ¿Sabes lo que sucedió
cuando el pueblo se encontró con el objeto de su compasión puesto de pronto en
sus manos? Prevaleció la impresión general de que, a fin de cuentas, la mujer
no era tan inocente como para sacarla en el acto de la cárcel. Castíguela un
poco, señor ministro del Interior, por razones morales, era la opinión general.
Un pequeño curso benévolo de medicina legal, por favor, y entonces nos
sentiremos completamente tranquilos a este respecto hasta el fin de nuestros
días.
—¡No lo tomes a broma! —gritó su padre—. ¡No,
no, no, Jemmy! ¿La juzgaron de nuevo? ¡No podían hacerlo! ¡No debían hacerlo!
Nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito.
—¡Bah, bah! Podían juzgarla por segunda vez
por un segundo delito —replicó el joven Bashwood— y así lo hicieron.
Afortunadamente para la pacificación de la opinión pública, ella había querido
tomarse la justicia por su mano (como suelen hacer las mujeres) cuando
descubrió que su marido había reducido de un plumazo a cinco mil el legado de
cincuenta mil libras. El día antes de la investigación se descubrió que un
cajón cerrado del tocador de Mr. Waldron, que contenía algunas joyas valiosas,
había sido abierto y vaciado, y cuando la acusada fue citada por los
magistrados, las piedras preciosas fueron encontradas, arrancadas de sus
monturas y cosidas en el corsé de la dama. Ésta dijo que era una compensación
justificada. La Ley declaró que era un robo cometido contra los albaceas del
difunto. Este delito menos grave, que había sido pasado por alto al ser ella
acusada nada menos que de asesinato, era lo más adecuado para salvar las
apariencias a los ojos del público. Éste había cerrado el camino a la justicia
en el caso de la acusada, en un juicio, y ahora lo único que quería era que la
justicia reemprendiese su marcha, en el caso de la acusada, ¡en otro juicio!
Fue acusada de robo, después de haber sido perdonada por el asesinato. Y lo que
es más, si su belleza y sus desdichas no hubiesen causado fuerte impresión en
su abogado, no sólo habría tenido que soportar otro juicio, sino que se habría
visto privada de las cinco mil libras a que tenía derecho por el segundo
testamento, en beneficio de la Corona.
—¡Respeto a su abogado! ¡Admiro a su abogado!
—exclamó Mr. Bashwood—. Me gustaría estrecharle la mano y decírselo.
—Si lo hicieses, él no te daría las gracias
—observó el joven Bashwood—. Está bajo la cómoda impresión de que solamente él
sabe cómo salvó el legado a favor de Mrs. Waldron.
—Disculpa, Jemmy —repuso su padre—. Pero no la
llames Mrs. Waldron. Por favor, llámala por su nombre de cuando era joven e
inocente y estudiaba en el colegio. ¿Te importaría, en mi obsequio, llamarla
Miss Gwilt!
—¡No! A mí me da lo mismo el nombre. Pero
déjate de sentimentalismos y volvamos a los hechos. Esto es lo que hizo el
abogado antes de que se celebrase el segundo juicio. Le dijo que, con toda
certeza, sería declarada de nuevo culpable. «Y esta vez —le dijo— el público
dejará que la ley siga su curso. ¿Tiene algún viejo amigo en quien pueda
confiar?» Ella no tenía ningún viejo amigo en el mundo. «Entonces —dijo el
abogado— debe confiar en mí. Firme este papel y habrá realizado una venta
simulada de todos sus bienes a mi favor. Cuando llegue el momento, arreglaré
cuidadosamente el asunto con los albaceas de su marido; después devolveré a
usted el dinero, asegurándolo adecuadamente en su poder (para el caso de que
volviese a casarse). La Corona, en las transacciones de esta clase suele
renunciar a su derecho a impugnar la validez de la venta, y si la Corona no se
muestra más dura con usted que con los otros, cuando salga de la cárcel se
encontrará con sus cinco mil libras para empezar de nuevo su camino.» Bravo por
el abogado que, cuando iba ella a ser juzgada por robar a los albaceas, le dio
la manera de robar a la Corona. ¡Ja, ja! ¡Qué mundo éste!
El último sarcasmo del hijo pasó inadvertido
al padre.
—¡En la cárcel! —se dijo—. ¡Dios mío, después
de tantas calamidades, de nuevo en la cárcel!
—Sí —dijo el joven Bashwood, levantándose y
estirándose—, así es como terminó la cosa. El veredicto fue de culpabilidad, y
la pena, dos años de prisión. Ella cumplió la condena y calculo que debió salir
de la cárcel hace unos tres años. Si quieres saber lo que hizo cuando recobró
la libertad y cómo le fueron después las cosas, podré contarte algo acerca de
ello, digamos en otra ocasión, cuando tengas otros dos o tres billetes en tu
cartera. De momento, sabes todo lo que necesitabas saber. No cabe la menor duda
de que esta fascinadora dama tiene el doble baldón de haber sido considerada
culpable de asesinato y de haber cumplido una pena de prisión por robo. Esto es
más de lo que podías esperar por tu dinero, mientras que yo he vendido por una
nadería mi maravillosa habilidad para aclarar el caso. Si tienes algún
sentimiento de gratitud, deberías hacer un buen regalo a tu hijo un día de
éstos. De no haber sido por mí, te diré lo que habrías hecho, viejo caballero.
Habrías cedido a tus impulsos y te habrías casado con Miss Gwilt. —Mr. Bashwood
se puso en pie y miró fijamente a su hijo.
—Si pudiese —dijo—, me casaría con ella ahora.
El joven Bashwood retrocedió un paso —¿Después
de todo lo que te he dicho? —preguntó, perplejo.
—Después de todo lo que me has dicho.
—¿Con el riesgo de que te envenenase a la
menor ofensa?
—Con el riesgo de que me envenenase —respondió
Mr. Bashwood—. Me casaría en veinticuatro horas.
El espía de la Oficina de Investigación
Privada se dejó caer de nuevo en su silla, asustado por las palabras y por el
aspecto de su padre.
—¡Está loco! —dijo para sí—. ¡Loco como una
cabra!
Mr. Bashwood miró su reloj y tomó
apresuradamente su sombrero de la mesita donde lo había dejado.
—Me gustaría oír el resto. Me gustaría oír
hasta la última palabra de cuanto pudieras decirme acerca de ella. Pero el
tiempo, el tiempo terrible y veloz, apremia. Por lo que sé, pueden ir a casarse
en este mismo instante.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven
Bashwood, interponiéndose entre su padre y la puerta.
—Voy a ir al hotel —dijo el viejo, tratando de
abrirse paso—. Iré a ver a Mister Armadale.
—¿Para qué?
—Para contarle todo lo que me has dicho. —Hizo
una pausa después de dar esta respuesta. La terrible sonrisa de triunfo que se
había pintado ya una vez en su semblante volvió a reflejarse en él—. Mister
Armadale es joven; Mister Armadale tiene toda la vida por delante —murmuró
astutamente, agarrando con dedos temblorosos el brazo de su hijo—. ¡Lo que no
me espanta a mí le espantará a él! —Espera un momento —dijo el joven Bashwood—.
¿Estás seguro de que Mister Armadale es el hombre?
—¿Qué hombre ?
—El hombre que va a casarse con ella.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Déjame pasar, Jemmy, déjame
pasar.
El espía se apoyó de espaldas en la puerta y
reflexionó un momento. Mr. Armadale era rico. Mr. Armadale (si no estaba
también loco de remate) podía pagar por lo que valía la información que le
salvase de la deshonra de casarse con Miss Gwilt.
«Si llevo yo este asunto, puedo hacerme con
cien libras —pensó el joven Bashwood—. Y mi padre no sacaría ni medio penique.»
Tomó su sombrero y su cartera de cuero.
—¿Puedes tú realizar esto, con tu vieja y
hueca cabeza, papá? —preguntó con el mayor descaro—. ¡No! Iré contigo y te
ayudaré. ¿Qué te parece?
El padre, extasiado, echó los brazos al cuello
de su hijo.
—Perdóname, Jemmy —dijo con voz entrecortada—.
¡Eres tan bueno conmigo! Toma el otro billete, querido; yo ya me apañaré, toma
el otro billete.
El hijo abrió la puerta con ostentoso ademán
y, magnánimamente, volvió la espalda a la cartera que le ofrecía su padre.
—Guárdalo, viejo caballero, ¡no soy tan
interesado! —dijo, aparentando el más profundo sentimiento. «Guarda tu cartera
y salgamos. Si tomase el último billete de cinco libras de mi respetado padre
—pensó mientras bajaba la escalera—, ¿cómo puedo saber que no me pediría la
mitad cuando viese el color del dinero de Mr. Armadale?»
—¡Vamos, papá! —prosiguió—. Tomaremos un simón
y alcanzaremos al novio feliz antes de que salga para la iglesia.
Tomaron su simón en la calle y se dirigieron
al hotel que había sido residencia de Midwinter y Allan durante su estancia en
Londres. En cuanto se hubo cerrado la portezuela del vehículo, Mr. Bashwood
retomó el asunto de Miss Gwilt.
—Cuéntame lo demás —dijo, tomando la mano de
su hijo y dándole unas cariñosas palmadas—. Sigamos hablando de ella durante
todo el trayecto hasta el hotel. Ayúdame a pasar el tiempo, Jemmy; ayúdame a
pasar el tiempo.
El joven Bashwood estaba muy animado ante la
perspectiva de ver el color del dinero de Mr. Armadale. Jugó con la ansiedad de
su padre hasta el fin.
—Veamos si te acuerdas de lo que ya te he
dicho —empezó—. Hay un personaje en la historia del que no se ha vuelto a
hablar. Vamos, ¿puedes decirme quién es?
Había pensado que su padre no podría responder
a la pregunta. Pero la memoria de Mr. Bashwood, en todo lo tocante a Miss
Gwilt, era tan clara y despierta como la de su hijo.
—El extranjero canalla que la tentó y dejó
después que ella le encubriese aún a riesgo de su propia vida —dijo, sin
vacilar un instante—. No hables de él, Jemmy, ¡no vuelvas a hablar de él!
—Debo hablar de él —repuso el otro—. Quieres
saber lo que fue de Miss Gwilt cuando salió de la cárcel, ¿verdad? Muy bien,
puedo decírtelo. Se convirtió en Mistress Manuel. No pongas esa cara, viejo
caballero. Lo sé oficialmente.
»A finales del año pasado, una dama extranjera
vino a nuestra oficina, con pruebas que demostraban que estaba legalmente
casada con el capitán Manuel en un período anterior de la carrera de éste,
cuando él había visitado Inglaterra por primera vez. Sólo más tarde había
descubierto que había estado de nuevo en este país, y tenía razones para creer
que se había casado con otra mujer en Escocia. Nuestra gente hizo las
investigaciones necesarias, el cotejo de fechas demostró que el matrimonio en
Escocia, si fue realmente un matrimonio y no una simulación, se había celebrado
en la época en que Miss Gwilt volvía a ser una mujer libre. Y otra pequeña
investigación nos reveló que la segunda Mistress Manuel no era otra que la
heroína del famoso juicio por asesinato, la cual (según ignorábamos entonces,
pero sabemos ahora) es tu misma fascinante amiga, Miss Gwilt.
Mr. Bashwood hundió la cabeza en el pecho. Se
estrujó las temblorosas manos y esperó en silencio a oír el resto.
—¡Anímate! —prosiguió su hijo—. Era tan esposa
del capitán como puedes serlo tú, y lo que es más, el propio capitán está ahora
apartado de tu camino. Un día brumoso de diciembre pasado, nos dio esquinazo y
se largó al Continente, nadie supo adonde. Se había gastado todas las cinco mil
libras de la segunda Mistress Manuel, en el tiempo transcurrido (dos o tres
años) desde que ella saliera de la cárcel, y lo más extraño era de dónde había
sacado el dinero para los gastos del viaje. Resultó que lo había obtenido de la
propia segunda Mistress Manuel. Ésta había llenado sus bolsillos vacíos, y allí
estaba, esperando confiadamente en una mísera pensión de Londres, a saber de él
y reunirse con él en cuanto estuviese instalado a salvo en algún lugar del
extranjero.
»¿De dónde había sacado ella el dinero?,
preguntarás, naturalmente. Entonces nadie lo sabía. Pero ahora opino que su
antigua señora debía estar todavía con vida y que ella aprovechó en beneficio
propio su conocimiento del secreto de la familia Blanchard. Desde luego, esto
no es más que una suposición, pero existen circunstancias que hacen que me
parezca acertada. En aquella época tenía una amiga mayor a la que acudir y que
fue precisamente la que la ayudó a descubrir la dirección de su antigua señora.
¿Puedes adivinar el nombre de esta amiga mayor? ¿No? Mistress Oldershaw,
¡naturalmente!
Mr. Bashwood levantó súbitamente la cabeza.
—¿Por qué había de volver —preguntó— a la
mujer que la había abandonado cuando ella era pequeña?
—No lo sé —respondió su hijo—, a menos que
volviese a ella en interés de su propia y magnífica cabellera. Huelga decirte
que las tijeras de la cárcel habían dado buena cuenta de los rizos de Miss
Gwilt, y debo añadir que Mistress Oldershaw es la más famosa restauradora, en
Inglaterra, de cabezas y caras deterioradas del sexo femenino. Suma dos más dos
y tal vez estarás de acuerdo conmigo en que, en este caso, hacen cuatro.
—Sí, sí; dos y dos son cuatro —repitió su
padre, con impaciencia—, pero quiero saber algo más. ¿Volvió ella a saber de
él? ¿La envió él a buscar después de marcharse al extranjero?
—¿El capitán? ¿En qué diablos estás pensando?
¿No se había gastado él todo su dinero y no estaba fuera de su alcance en el
Continente? Me atrevería a decir que ella esperó noticias suyas, pues seguía
creyendo en él. Pero te apuesto lo que quieras a que nunca vio una muestra de
su caligrafía. Nosotros hicimos todo lo posible por abrirle los ojos; le
dijimos lisa y llanamente que él tenía una primera esposa viva y que no tenía
el menor derecho sobre él. No quiso creernos, aunque le mostramos pruebas. Es
obstinada, terriblemente obstinada. Yo diría que esperó meses antes de
renunciar a la última esperanza de volver a verle.
Mr. Bashwood desvió rápidamente la mirada
hacia la ventanilla del simón.
—En nombre del cielo, ¿qué podía hacer? —dijo,
no a su hijo, sino a sí mismo.
—A juzgar por mi experiencia de las mujeres
—observó el joven Bashwood, que le había oído—, yo diría que probablemente
trató de ahogarse. Pero también esto es una suposición; en esta parte de su
historia, todo son suposiciones. Aquí termina mi relato, papá, y entonces
entras tú en las actuaciones de Miss Gwilt durante la primavera y el verano del
año actual. Pudo o no pudo estar lo bastante desesperada para intentar
suicidarse, y pudo o no pudo estar en el fondo de las investigaciones que hice
para Mistress Oldershaw. Me atrevo a decir que la verás esta mañana, y tal vez,
si empleas tu influencia, podrás hacer que termine de contarte ella misma su
propia historia.
Mr. Bashwood, todavía mirando la ventanilla
del coche, apoyó súbitamente una mano en el brazo de su hijo.
—¡Calla, calla! —exclamó, sumamente agitado—.
Al fin hemos llegado. ¡Oh, Jemmy, mira cómo late mi corazón! Ahí está el hotel.
—Cuida de tu corazón —dijo el joven Bashwood—.
Espera aquí mientras hago yo las investigaciones.
—¡Iré contigo! —gritó el padre—. ¡No puedo
esperar! ¡Te digo que no puedo esperar!
Entraron juntos en el hotel y preguntaron por
Mr. Armadale.
La respuesta, después de algunas vacilaciones
y demoras, fue que Mr. Armadale se había marchado hacía seis días. Un segundo
camarero añadió que el amigo de Mr. Armadale, Mr. Midwinter, había abandonado
el hotel aquella mañana. ¿Adonde había ido Mr. Armadale? A algún lugar del
campo. ¿Adonde había ido Mr. Midwinter? Nadie lo sabía.
Mr. Bashwood miró a su hijo con muda y
desesperada congoja.
—¡Tonterías! —dijo el joven Bashwood,
empujando rudamente a su padre dentro del simón—. Seguro que le encontraremos
en casa de Miss Gwilt.
El viejo tomó la mano de su hijo y la besó.
—Gracias, querido —dijo, agradecido—. Gracias
por darme ánimos.
Dieron al cochero la dirección del segundo
alojamiento de Miss Gwilt, en las cercanías de Tottenham Court Road.
—Quédate aquí—dijo el espía, apeándose y
dejando a su padre encerrado en el coche—. Quiero llevar yo solo esta parte del
asunto.
Llamó a la puerta de la casa.
—Traigo una nota para Miss Gwilt —dijo,
entrando en el pasillo en cuanto se abrió la puerta.
—Se ha ido —respondió la criada—. Se fue la
noche pasada.
El joven Bashwood no dijo más a la criada.
Insistió en ver a la dueña. La dueña confirmó la noticia de la partida de Miss
Gwilt la noche pasada. ¿Adonde había ido? La mujer no lo sabía. ¿Cómo se había
marchado? A pie. ¿A qué hora? Entre las nueve y las diez. ¿Qué había hecho con
su equipaje? No tenía equipaje. ¿Había ido a verla un caballero el día
anterior? No había venido un alma a ver a Miss Gwilt.
La cara del padre, pálida y enloquecida,
estaba mirando por la ventanilla del simón al bajar el hijo la escalera de la
casa.
—¿No está allí, Jemmy? —preguntó débilmente—.
¿No está allí?
—Cierra el pico —gritó el espía, con su rudeza
natural saliendo al fin a la superficie—. Todavía no he terminado mi
investigación.
Cruzó la calle y entró en un café situado
exactamente delante de la casa de la que acababa de salir.
En la mesa más próxima a la ventana, había dos
hombres hablando ansiosamente.
—¿Cuál de los dos estaba ayer noche de
guardia, entre las nueve y las diez? —preguntó el joven Bashwood, reuniéndose
con ellos y haciendo su pregunta en un murmullo perentorio.
—Yo, señor —dijo, de mala gana, uno de ellos.
—¿Perdió de vista la casa? ¡Sí! Ya veo que sí.
—Sólo un momento, señor. Un maldito soldado
sinvergüenza entró y...
—Basta —dijo el joven Bashwood—. Sé lo que
hizo el soldado y quién le envió. Ella nos ha dado esquinazo de nuevo. Es usted
el asno más grande del mundo. Queda despedido.
Con estas palabras y un juramento para
remarcarlas, salió del café y volvió al coche.
—¡Se ha ido! —gritó su padre—. ¡Oh, Jemmy,
Jemmy, lo veo en tu cara! —Se acurrucó en su rincón del simón, gimiendo
débilmente—. Se han casado —murmuró para sí, dejando caer las manos sobre las
rodillas en ademán de impotencia y sin recuperar el sombrero que se le había
caído de la cabeza—. ¡Tienes que detenerles! —exclamó, irguiéndose de pronto y
agarrando frenéticamente a su hijo por el cuello de la chaqueta.
—Vuelva al hotel —gritó el joven Bashwood al
cochero—. ¡No metas ruido! —añadió, volviéndose furiosamente a su padre—. Tengo
que pensar.
Toda su suavidad había desaparecido. Estaba
fuera de sí. Su orgullo —¡incluso los hombres como él tienen su orgullo!— había
sido herido en lo más vivo. Dos veces había entablado una lucha de ingenio con
una mujer, y la mujer le había burlado dos veces.
Se apeó al llegar por segunda vez al hotel, y
puso a prueba a los criados ofreciéndoles dinero. El experimento le convenció
sin lugar a dudas de que, en este caso, no tenían ninguna información que
vender. Después de reflexionar un momento, preguntó la dirección de la iglesia
parroquial. «Vale la pena probarlo», pensó, y dio la dirección al cochero.
—¡Más de prisa! —gritó, mirando primero su
reloj y después a su padre—. Los minutos son preciosos esta mañana, y el viejo
está perdiendo facultades.
Era verdad. Todavía capaz de oír y de
comprender, Bashwood había perdido el uso de la palabra. Se agarraba con ambas
manos al brazo remiso de su hijo y dejó que su cabeza se apoyase impotente en
el hombro renuente de aquél.
La iglesia parroquial estaba algo apartada de
la calle, protegida por una verja y por barandas, y rodeada de un espacio
despejado. Desprendiéndose de las manos de su padre, el joven Bashwood se
encaminó directamente a la sacristía. El sacerdote, que estaba guardando los
libros, y el acólito, que estaba colgando un sobrepelliz, eran las únicas
personas que había en la estancia al entrar él y pedir que le dejasen echar un
vistazo al registro de matrimonios en la parte correspondiente a aquel mismo
día.
El sacerdote abrió gravemente el libro y se
apartó de la mesa en que se hallaba éste.
Según el registro, se habían celebrado tres
matrimonios aquella mañana, y las dos primeras firmas en aquella página...
¡eran «Allan Armadale» y «Lydia Gwilt»!
Incluso el espía, que ignoraba la verdad y no
sospechaba las terribles futuras consecuencias que podía tener el acto de
aquella mañana, se sobresaltó al mirar la página. ¡Era cosa hecha! Saliera lo
que saliese de ella, era cosa hecha. Allí, en blanco y negro, estaba la prueba
fehaciente del matrimonio, que era, al mismo tiempo, una verdad en sí mismo y
una mentira en la conclusión a la que inducía. Allí, gracias a la fatal
identidad de los nombres, la firma de Midwinter era la prueba que persuadiría a
todo el mundo de que, no él, sino Allan, ¡era el marido de Miss Gwilt!
El joven Bashwood cerró el libro y lo devolvió
al clérigo. Descendió los peldaños de la sacristía llevando las manos
introducidas furiosamente en los bolsillos, seriamente impresionado por la
ofensa infligida a su amor propio profesional.
Se tropezó con el sacristán al salir de la
iglesia. Consideró durante un instante si valía la pena gastarse un chelín para
interrogar al hombre, y decidió que sí. Si podían seguir la pista y alcanzar a
la pareja, tal vez tendría aún posibilidad de ver el color del dinero de Mr.
Armadale.
—¿Cuánto tiempo hace —preguntó— que salieron
de la iglesia los primeros novios que se casaron aquí esta mañana.
—Hará cosa de una hora —dijo el sacristán.
—¿Cómo se fueron?
El sacristán no respondió a la segunda
pregunta hasta que se hubo embolsado la propina.
—No podrá seguirles la pista desde aquí, señor
—dijo, cuando tuvo su chelín—. Se marcharon a pie.
—¿Y es esto todo lo que sabe?
—Así es, señor; es cuanto sé.
Al no recibir más ayuda, el detective de la
Oficina de Investigación Privada se detuvo un momento antes de volver junto a
su padre. Entonces le sacó de su ensimismamiento la súbita aparición del
conductor del coche en el recinto de la iglesia.
—Temo que el viejo caballero se ha puesto
enfermo, señor —dijo el hombre.
El joven Bashwood frunció el ceño con
irritación y volvió al coche. Al abrir la portezuela y mirar en su interior, el
viejo se inclinó hacia delante y le miró, mientras sus labios se movían en
silencio y palidecía el resto de su semblante.
—Nos la ha jugado —dijo el espía—. Se casaron
aquí esta mañana.
El cuerpo del viejo se tambaleó de un lado a
otro durante un momento. Un instante después, cerró los ojos e inclinó la
cabeza hacia el asiento delantero del simón.
—¡Llévenos al hospital! —gritó su hijo—. Le ha
dado un ataque. Esto me sucede por salirme de mi camino para complacer a mi
padre —murmuró, levantando malhumorado la cabeza de éste y aflojándole la
corbata—. ¡Menuda mañana de trabajo! ¡Por mi alma, que ha sido buena!
El hospital estaba cerca, y el médico de
guardia estaba en su casa.
—¿Saldrá de ésta? —le preguntó rudamente el
joven Bashwood.
—¿Quién es usted? —preguntó a su vez,
secamente, el médico.
—Soy su hijo.
—No me lo había parecido —dijo el doctor,
tomando los medicamentos que le tendía la enfermera y volviéndose del hijo al
padre con una expresión de alivio que no trataba de disimular—. Sí —añadió, al
cabo de unos minutos—. Su padre se recuperará, por esta vez.
—¿Cuándo podrá salir de aquí?
—Podrá ser trasladado dentro de un par de
horas.
El espía dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Volveré yo mismo o enviaré a alguien a
buscarle —dijo—. Supongo que puedo marcharme, si les dejo mi nombre y mi
dirección.
Dicho lo cual, se caló el sombrero y salió.
—¡Es un bruto! —dijo la enfermera.
—No —dijo a media voz el médico—. Es un
hombre.
Entre las nueve y las diez de aquella noche,
se despertó Mr. Bashwood en la cama de su posada. Había dormido algunas horas,
desde que lo recogieran en el hospital, y su mente y su cuerpo se estaban ahora
recobrando lentamente.
Había una luz encendida sobre la mesita de
noche y, junto a ella, una carta que había estado esperando a que se
despertase. Era de puño y letra de su hijo y decía así: «Querido papá:
Habiéndote sacado sano y salvo del hospital y llevado a tu hotel, creo haber
cumplido fielmente mi deber para contigo y que puedo considerarme en libertad
para cuidar de mis propios asuntos. El trabajo me impedirá verte esta noche, y
me parece improbable que pueda ir a tu barrio mañana por la mañana. Te aconsejo
que vuelvas a Thorpe-Ambrose y sigas desempeñando tu empleo de administrador.
Dondequiera que esté Mr. Armadale, tendrá que escribirte, antes o después,
sobre los negocios. Piensa que, por lo que a mí atañe, me lavo las manos en
este asunto. Pero, si tú quieres seguir adelante, mi opinión profesional es que
(aunque no pudiste impedir su boda) puedes hacer que él se aparte de su esposa.
Cuídate mucho. Tu hijo que te quiere,
James Bashwood.»
La carta cayó de las manos débiles del viejo.
«Ojalá hubiese podido venir a verme Jemmy esta noche —pensó—. Pero ha sido muy
amable al aconsejarme.»
Volvió cansadamente la cabeza sobre la
almohada y leyó la carta por segunda vez.
—Sí—dijo—, nada puedo hacer, salvo volver
allí. Soy demasiado pobre y demasiado viejo para ir tras ellos. —Cerró los
ojos; unas lágrimas se deslizaron lentamente por sus arrugadas mejillas—. He
sido una molestia para Jemmy —murmuró débilmente—, ¡temo que he fastidiado al
pobre Jemmy!
Al cabo de un minuto, le dominó la debilidad y
se durmió de nuevo.
Sonó el reloj de la iglesia vecina. Eran las
diez. Al dar la hora la campana, el tren, con Midwinter y su esposa entre los
pasajeros, se estaba acercando a gran velocidad a París. Al dar la hora la
campana, el vigía a bordo del yate de Allan había avistado el faro del Land's
End y fijado el rumbo de la nave hacia Ushant y Finisterre.
LIBRO QUINTO
CAPÍTULO I
DEL DIARIO DE MISS GWILT
Napóles, 10 de octubre. — Hoy hace dos meses
que declaré que había terminado mi diario, para no volver a abrirlo.
¿Por qué he quebrantado mi promesa? ¿Por qué
he vuelto a este secreto amigo de mis días más tristes y más perversos? Porque
tengo menos amigos que nunca; porque estoy más sola que nunca, aunque mi marido
está sentado, escribiendo, en la habitación contigua. Mi aflicción es propia de
una mujer, y quiero hablar, aquí, más que en cualquier otra parte, a mi segundo
yo, en este libro, si nadie más me escucha.
¡Qué feliz fui en los primeros días que
siguieron a nuestra boda, y qué feliz le hice a él! Sólo han pasado dos meses,
¡y aquel tiempo es ya lejano! Trato de pensar en algo que hubiese podido decir
o hacer mal, en algo que pudiese haber dicho o hecho él mal, y no puedo
encontrar nada censurable en mi marido, ni en mí misma. Ni siquiera puedo
señalar el día en que surgió la primera nube entre nosotros.
Podría soportarlo, si le amase menos de lo que
le amo. Podría superar el dolor de nuestro distanciamiento, si él mostrase su
cambio con tanta brutalidad como la mostrarían otros hombres.
Pero esto no ha sucedido, ni nunca sucederá.
No es propio de su carácter causar sufrimientos a los demás. No se le escapa
una palabra ni una mirada duras. Sólo por la noche, cuando le oigo suspirar en
sueños y, a veces, cuando sueña de madrugada sé que estoy perdiendo
irremediablemente el amor que un día sintió por mí. Lo disimula, o trata de
disimularlo, durante el día, por mi bien. Es todo gentileza, todo
amabilidad..., pero su corazón no está en sus labios cuando me besa ahora; sus
manos no me dicen nada cuando tocan las mías. Día tras día, se hacen más y más
largas las horas que dedica a su odiosa escritura; día tras día, se vuelve más
silencioso en las horas que me dedica a mí.
Y a pesar de todo, no hay nada de lo que pueda
quejarme, nada lo bastante ostensible para justificar que yo lo advierta. Su
desengaño rehuye toda franca confesión; su resignación se produce de un modo
tan delicado y gradual que no puedo verla crecer a pesar de que le observo
atentamente. Cincuenta veces al día siento el afán de echarle los brazos al
cuello y decirle: «Por el amor de Dios, hazme algo, ¡pero no me trates de esta
manera!», y cincuenta veces al día tengo que tragarme estas palabras, porque su
conducta cruelmente considerada no me da un pretexto para pronunciarlas. Creí
que había sufrido el dolor más agudo que podía sentir cuando mi primer marido
me dio un latigazo en la cara. Creí saber lo peor que podía hacer la
desesperación el día en que supe que el otro villano, el villano más ruin, me
había rechazado. Vive y aprende. Hay un dolor más vivo que el que sentí bajo el
látigo de Waldron; hay una desesperación más amarga que la que conocí cuando me
abandonó Manuel.
¿Soy demasiado vieja para él? Seguramente,
¡todavía no! ¿He perdido mi belleza? Ningún hombre se me insinúa en la calle,
pero sus ojos me dicen que soy tan hermosa como siempre.
¡Ah, no! ¡No! ¡El secreto es más profundo! Lo
he pensado muchas veces, hasta que una horrible fantasía se ha apoderado de mí.
Él ha sido noble y bueno en su vida pasada, y
yo he sido malvada y ruin. ¿Quién puede saber el abismo que esta diferencia,
desconocida para él y para mí, puede haber abierto entre nosotros? Es una
tontería, es una locura; pero cuando yazgo despierta a su lado en la oscuridad,
me pregunto si se me escapa alguna revelación inconsciente de la verdad en la
intimidad que nos une ahora. ¿Hay un algo indecible, dejado en mí por el horror
de mi vida pasada, que se aferra todavía invisiblemente a mí? ¿Y siente él la
influencia de ello, sensible pero incomprensiblemente? ¡Ay de mí!, ¿no hay una
fuerza purificadora en un amor como el mío? ¿Hay en mi corazón manchas de la
maldad de antaño que no pueden borrarse con el arrepentimiento?
¡Quién sabe! Hay algo que anda mal en nuestra
vida de casados; sólo puedo decir esto. Hay alguna influencia adversa que ni él
ni yo podemos descubrir, pero que nos separa más y más, día tras día. ¡Bueno!
Supongo que, con el tiempo, me endureceré y aprenderé a soportarlo.
Un carruaje descubierto acaba de pasar por
delante de mi ventana, llevando a una dama muy elegante. Su marido estaba a su
lado, y sus hijos en el asiento de enfrente. En el momento en que la he visto,
estaba riendo y charlando animadamente: una mujer brillante, despreocupada,
feliz. ¡Ay, señora mía, si cuando era unos años más joven la hubiesen
abandonado y arrojado al mundo como a mí...!
Octubre, 11. — El día once fue aquel en que
nos casamos hace dos meses. No me ha dicho nada acerca de esto cuando nos hemos
despertado, y yo tampoco a él. Pero pensé que podría aprovechar la ocasión,
durante el desayuno, para tratar de conquistarle de nuevo.
Creo que nunca me había tomado tanto trabajo
en mi aseo; creo que nunca había tenido mejor aspecto que cuando bajé esta
mañana. Él había desayunado ya y encontré una nota de disculpa sobre la mesa.
Decía en ella que el correo para Inglaterra iba a salir aquel día, y debía
terminar su carta al periódico. Yo, en su lugar, habría dejado que saliesen
cincuenta correos, antes que renunciar a desayunar con él. Fui a su habitación.
Y allí estaba, ¡inmerso en cuerpo y alma en su odiosa escritura! «¿No puedes
otorgarme un poco de tiempo esta mañana?», le pregunté. Se levantó,
sobresaltado. «Desde luego, si lo deseas.» Ni siquiera me miró al decir esto.
El mero sonido de su voz me dijo que todo su interés estaba centrado en la
pluma que acababa de dejar. «Veo que estás ocupado —dije—. No lo deseo.» Antes
de que yo hubiese cerrado la puerta, se había sentado de nuevo. Tengo oído que
las esposas de los escritores han sido, en su mayoría, desgraciadas. Y ahora sé
por qué.
Supongo que, como dije ayer, aprenderé a
soportarlo. (A propósito, ¡qué estupideces parece que escribí ayer! ¡Cómo me
avergonzaría si alguien las viese!) Espero que el periodicucho para el que
escribe él no tenga éxito. ¡Espero que su carta llena de tonterías sea hecha
pedazos por algún otro periódico en cuanto aparezca!
¿En qué voy a pasar toda la mañana? No puedo
salir, está lloviendo. Si abro el piano, molestaré al laborioso periodista que
está escribiendo en la habitación contigua. ¡Señor! Estaba bastante sola en mi
pensión de Thorpe-Ambrose, pero esto es aún más solitario. ¿Leeré? No; los
libros no me interesan; odio a toda la tribu de autores.
Creo que volveré atrás en estas páginas, y
viviré de nuevo mi vida anterior, cuando intrigaba y hacia proyectos, y
encontraba una nueva excitación en cada nueva hora del día.
Hubiese podido mirarme, por muy ocupado que
estuviera con su escrito. Habría podido decir: «¡Qué elegante estás esta
mañana!» Habría podido recordar... ¡eso ya no importa! Lo único que recuerda es
el periódico.
Las doce. — He estado leyendo y pensando, y
gracias a mi diario, he pasado una hora.
¡Qué tiempo, el de mi vida en Thorpe-Ambrose!
Me extraña que no perdiese el juicio. Con sólo leerlo ahora, me palpita el
corazón y enrojece mi semblante. Sigue lloviendo, y el periodista sigue
garrapateando. No quiero recordar de nuevo los pensamientos de aquel tiempo
pasado. Y sin embargo, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Suponiendo —sólo digo suponiendo— que sintiese
ahora lo mismo que sentí cuando viajé a Londres con Armadale, y cuando vi mi
camino en su vida con tanta claridad como le vi a él durante todo el viaje...
Iré a mirar por la ventana. Contaré las
personas a medida que vayan pasando.
Ha pasado un entierro, con los penitentes
cubiertos con sus capuchas negras y los cirios chisporroteando en el húmedo
ambiente, y la campanilla tocando, y los sacerdotes salmodiando su canto
monótono. ¡Una vista muy agradable para ser contemplada desde la ventana!
Volveré a mi diario.
Suponiendo que no fuese la mujer alterada que
soy —sólo digo suponiendo—, ¿qué me parecería ahora el Gran Riesgo que pensé
correr antaño? Me he casado con Midwinter, con su verdadero nombre. Y al hacer
esto, he dado el primero de los tres pasos que tenían que llevarme, a través de
la vida de Armadale, a la fortuna y a la condición de viuda de Armadale. No
importa lo inocentes que pudiesen ser mis intenciones el día de la boda —y lo
eran—; éste es uno de los resultados inalterables del matrimonio. Bueno, habiendo
dado el primer paso —y suponiendo que quisiera dar el segundo, cosa que no
haré—, ¿cómo me afectarían las circunstancias actuales? Me pregunto si me
obligarían a echarme atrás o si me animarían a seguir adelante.
Será interesante calcular las probabilidades.
Puedo rasgar fácilmente la hoja y destruirla, si la perspectiva parece
demasiado alentadora.
Vivimos aquí (por razón de economía), lejos
del caro barrio inglés, en un suburbio de la ciudad, en la parte de Portici. No
hicimos amistades de viaje con paisanos nuestros. La pobreza está contra
nosotros; la timidez de Midwinter está contra nosotros, y mi aspecto personal
(en lo que atañe a las mujeres) está contra nosotros. Los hombres que dan a mi
marido información para el periódico, se encuentran con él en el café y nunca
vienen aquí. Yo le disuado de que traiga desconocidos a verme, pues, aunque han
pasado muchos años desde que estuve por última vez en Napóles, no puedo estar
segura de que no sobreviva alguna de las muchas personas a quienes conocí en
esta ciudad. La moraleja de todo esto (como se dice en los libros de cuentos
infantiles) es que no ha venido a esta casa ningún testigo que pudiese declarar
que Midwinter y yo hemos vivido aquí como marido y mujer, si se realizase
alguna investigación ulterior en Inglaterra. Esto en cuanto a las
circunstancias actuales que me afectan.
Pasemos a Armadale. ¿Le ha impulsado algún
accidente imprevisto a comunicar con Thorpe-Ambrose? ¿Ha incumplido las
condiciones que le impuso el comandante y se ha afirmado en el carácter de
prometido de Miss Milroy, desde que le vi por última vez?
Nada de esto ha sucedido. Ningún accidente
imprevisto ha alterado su posición —su tentadora posición— respecto a mí. Sé
todo lo que le ha sucedido desde que salió de Inglaterra, a través de las
cartas que escribe a Midwinter y que Midwinter me muestra.
Para empezar, naufragó. Su pequeño yate
traidor trató en realidad de hacer que se ahogase, pero, a fin de cuentas,
¡fracasó! La cosa ocurrió (tal como Midwinter le había advertido que podía
suceder con una embarcación tan pequeña) al estallar una súbita tormenta.
Fueron lanzados contra la costa de Portugal. El yate quedó hecho trizas, pero
las vidas y los documentos, etcétera, se salvaron. Los hombres han sido
enviados a Bristol, con recomendaciones de su señor y tienen ya empleo a bordo
de un barco con destino al extranjero. Y el propio dueño viene hacia aquí,
después de detenerse primero en Lisboa y luego en Gibraltar y tratar
inútilmente en ambos lugares de hacerse con otra embarcación. Su tercer intento
lo realizará en Napóles, donde hay, según lo llaman, un «amarradero» de yates
ingleses, para ser vendidos o alquilados. No tuvo ocasión de escribir a casa
después del naufragio, ya que se había llevado de Coutts's, en billetes, toda
la gran cantidad de dinero que tenía allí depositada. Y no se ha sentido inclinado
a volver a Inglaterra, pues, con Mr. Brock muerto, Miss Milroy en el colegio y
Midwinter aquí, no hay criatura viviente por la que esté interesado que le
diese la bienvenida a su regreso. Vernos a nosotros y ver el nuevo yate son los
dos únicos objetivos que se propone en la actualidad. Midwinter le ha estado
esperando durante toda la semana pasada, y nada tendría de extraño que se
presentase en este mismo momento en la habitación donde estoy escribiendo.
Tentadoras circunstancias éstas, cuando
recuerdo todavía vivamente lo que he tenido que sufrir en manos de su madre y
en las suyas; con Miss Milroy esperando confiadamente en asumir el papel de ama
de casa; con mi sueño de vivir feliz e inocente en el amor de Midwinter,
desvanecido para siempre, y con nada en su lugar que me ayude contra mí misma.
Ojalá no estuviese lloviendo; ojalá pudiese salir.
Tal vez ocurra algo que impida que Armadale
venga a Nápoles. La última vez que escribió, estaba esperando en Gibraltar un
vapor inglés que presta servicio en el Mediterráneo, para que le trajese aquí.
Es posible que se haya cansado de esperar el vapor o que haya sabido de un yate
en algún lugar distinto de éste. Un pajarillo me murmura al oído que, si rompe
su compromiso de reunirse con nosotros en Nápoles, será quizá la cosa más
prudente que haya hecho en su vida.
¿Debo rasgar la hoja en que he escrito todas
estas cosas tan espantosas? No. Mi diario está tan bien encuadernado que sería
una barbaridad rasgar una de sus hojas. Tengo que ocuparme inofensivamente de
alguna otra cosa. ¿Cuál será? Mi neceser. Arreglaré mi neceser y las pocas
cosas que conservo en él después de todas mis desgracias.
He cerrado de nuevo el neceser. Lo primero que
encontré en él fue el mezquino regalo de boda de Armadale: un anillo con un
pequeño rubí. Esto me irritó desde el primer momento. La segunda cosa que
apareció fue mi frasco de gotas. Me sorprendí midiendo las dosis con la vista y
calculando cuántas gotas serían suficientes para hacer cruzar a una criatura
viviente la frontera entre el sueño y la muerte.
No sé por qué tenía que cerrar asustada el
neceser, antes de haber terminado el cálculo; pero lo cerré. Y ahora vuelvo a
mi diario sin nada, absolutamente nada, sobre lo que escribí. ¡Oh, qué día tan
aburrido, tan aburrido! ¿No ocurrirá nada que me interese un poco en este
horrible lugar?
Octubre, 12. — La importantísima carta de
Midwinter al periódico fue enviada por correo la noche pasada. Fui lo bastante
estúpida para suponer que hoy me honraría prestándome un poco de atención.
¡Nada de eso! Pasó una noche inquieta, después de tanto escribir, y se ha
levantado con jaqueca y terriblemente deprimido. Cuando se encuentra en este
estado, su remedio predilecto es volver a sus viejos hábitos de vagabundo y
largarse nadie sabe adonde.
Esta mañana (sabiendo que yo no acostumbro
montar a caballo) tuvo la amabilidad de ofrecerme alquilar un poney desastrado,
para el caso de que quisiera acompañarle. He preferido quedarme en casa. He de
tener un buen caballo y un elegante traje de amazona, o no montaré jamás. El se
ha marchado, sin intentar persuadirme de cambiar de idea. Desde luego, no
habría cambiado; pero él hubiese debido tratar de persuadirme a pesar de todo.
Puedo abrir el piano en su ausencia, y esto es
un consuelo. Que tenga ganas de tocar, es otro. Hay una sonata de Beethoven (he
olvidado el número) que siempre me sugiere la angustia de espíritus perdidos en
un lugar de tormento.
Vamos, deditos, ¡llevadme esta mañana entre
los espíritus perdidos!
Octubre, 13 — Nuestras ventanas dan al mar.
Este mediodía vimos llegar un vapor con pabellón inglés. Midwinter ha ido al
puerto por si fuese éste el barco procedente de Gibraltar, con Armadale a
bordo.
Las dos de la tarde. — Es el barco de
Gibraltar. Armadale ha añadido uno más a la larga lista de sus errores: ha
cumplido su promesa de reunirse con nosotros en Nápoles.
¿Cómo terminará esto ahora?
¡Quién sabe!
CAPÍTULO I (continuación)
DEL DIARIO DE MISS GWILT
Octubre, 16. — ¡Dos días sin escribir en mi
diario! No sabría decir por qué, a menos que sea porque Armadale me irrita de
un modo insoportable. El mero hecho de verle me lleva de nuevo a
Thorpe-Ambrose. Supongo que debía de tener miedo de escribir acerca de él en el
curso de los dos últimos días, si me permitía el peligroso lujo de abrir estas
páginas. Esta mañana no tengo miedo a nada y, por consiguiente, vuelvo a tomar
la pluma.
¿Hay algún límite, me pregunto, a la estupidez
de algunos hombres? Yo creía haber descubierto el límite de la de Armadale
cuando fui su vecina en Norfolk, pero mi actual experiencia en Nápoles
demuestra que estaba equivocada. Está entrando y saliendo continuamente de esta
casa (viniendo a nosotros en barca desde el hotel de Santa Lucia donde duerme),
y tiene exactamente dos temas de conversación: el yate que está en venta en el
muelle y Miss Milroy. ¡Sí, me elige como confidente de su devoción por la hija del
comandante! «¡Es tan delicioso hablar de esto a una mujer!» Ésta es la única
disculpa que ha considerado necesaria para apelar a mi compasión (¡mi
compasión!) respecto de «su querida Neelie», cincuenta veces al día.
Evidentemente, está persuadido (si es que piensa en ello) de que he olvidado,
tan completamente como él, lo que pasó entre nosotros cuando estuve por primera
vez en Thorpe-Ambrose. Semejante falta de la más elemental delicadeza y del
tacto más elemental, en una criatura que, por lo que puede verse, tiene piel y
no pellejo, y que habla y no brama, si no me engañan los oídos, es realmente
increíble si me paro a pensar en ello. Pero es verdad. Me preguntó (sí, me lo
preguntó la noche pasada) cuántos cientos de libras puede gastar al año en vestidos
la mujer de un hombre rico. «No calcules demasiado bajo —añadió el muy idiota,
con su intolerable sonrisa—; Neelie tendrá que ser una de las mujeres más
elegantes de Inglaterra cuando me haya casado con ella.» Y esto me lo dijo a
mí, después de haberle tenido a mis pies y perdido más tarde por culpa de Miss
Milroy. Esto me lo dijo a mí, ¡que llevo un vestido de alpaca y tengo un marido
que ha de escribir en un periódico porque su renta es insuficiente!
Será mejor que no me entretenga más en esto.
Será mejor que piense y escriba sobre otra cosa.
El yate. Como alivio después de oírle hablar
de Miss Milroy, ¡declaro que el yate que está en el muelle es un tema muy
interesante para mí! Es un modelo magnífico, y la «obra muerta» (sea esto lo
que fuere) se distingue especialmente por ser de caoba. Pero, aparte de todos
estos méritos, tiene el defecto de ser viejo, lo cual es un grave
inconveniente, y por si esto fuera poco, la tripulación y el patrón fueron
«despedidos» y enviados a Inglaterra. Sin embargo, si se puede encontrar aquí
una nueva tripulación y un nuevo patrón, no habrá que despreciar a una criatura
tan hermosa (con todos sus inconvenientes). La solución podría ser alquilarla
para un crucero y ver cómo se porta. (Si piensa como yo, ¡su comportamiento
asombrará a su nuevo dueño!) El crucero determinará los defectos que tiene y
las reparaciones que necesite realmente, dada la desgraciada circunstancia de
su edad. Y entonces será el momento de decidir si lo compra o no. Éste es el
tema de las conversaciones de Armadale, cuando no está hablando de su querida
Neelie. Y Midwinter, que no puede hurtar tiempo a su periódico para dedicarlo a
su esposa, puede robarle horas para su amigo y brindarlas sin reservas a mi
irresistible rival: el nuevo yate.
Hoy no escribiré más. Si una persona tan
distinguida como yo pudiese sentir un fuerte hormigueo en todo el cuerpo y
hasta las puntas de los dedos, sospecharía que me encuentro en este estado en
el momento actual. Pero, con mis modales y mi talento, esto sería un absurdo.
Todos sabemos que una dama no tiene pasiones.
Octubre, 17. — Una carta de los negreros (me
refiero a la prensa de Londres) ha hecho que Midwinter haya vuelto a su trabajo
con más empeño que nunca. Una visita de Armadale a la hora del almuerzo, y otra
a la hora de la cena. En el almuerzo, conversación sobre el yate. Durante la
cena, conversación sobre Miss Milroy. Con referencia a esta joven, Armadale me
ha honrado invitándome a acompañarle mañana al Toledo y ayudarle a elegir
algunos regalos para su amada. No arremetí contra él; me limité a excusarme.
¿Puede expresarse con palabras lo asombrada que estoy de mi paciencia? Ninguna
palabra puede expresarlo.
Octubre, 18. — Armadale ha venido a desayunar
esta mañana, para pillar a Midwinter antes de que éste se recluyese en su
trabajo.
La conversación ha sido la misma que ayer en
el almuerzo. Armadale ha hecho un trato con el agente para alquilar el yate. El
agente (compadeciéndose de él por su total ignorancia del idioma) le ha
encontrado un intérprete, pero éste no puede ayudarle a buscar la tripulación.
El intérprete es cortés y servicial, pero no entiende nada en cuestiones de
mar. La ayuda de Midwinter le es indispensable, y Midwinter tiene que trabajar
más que nunca (¡y lo acepta!) para que le sobre tiempo para ayudar a su amigo.
Cuando se encuentre la tripulación, se pondrán a prueba las ventajas y los
defectos del yate, realizando un crucero a Sicilia, con Midwinter a bordo para
que dé su opinión. Por último (y para el caso de que se sintiese sola), se pone
el camarote de señoras a disposición de la esposa de Midwinter. Todo esto fue
acordado mientras desayunábamos y terminó con uno de los agradables cumplidos
de Armadale, dirigido a mí: «Pretendo llevar a Neelie a viajar conmigo en el
yate cuando estemos casados. Y tú tienes tan buen gusto que podrás decirme todo
lo que falta en el camarote de señoras.» Si algunas mujeres traen hombres como
ése al mundo, ¿deben las otras permitirles que vivan? Es cuestión de opiniones.
Yo creo que no.
Lo que me enloquece es ver, como veo
claramente, que Midwinter encuentra en la compañía de Armadale, y en el nuevo
yate de Armadale, un refugio contra mí. Siempre está de mejor humor cuando
Armadale se encuentra aquí. Cuando está con Armadale se olvida de mí, casi tan
enteramente como cuando está trabajando. ¡Y lo soporto! ¡Qué mujer modelo, qué
excelente cristiana soy!
Octubre, 19. — Nada nuevo. Todo igual que
ayer.
Octubre, 20. — Una noticia. Midwinter padece
un dolor nervioso de cabeza, y sigue trabajando a pesar de ello, para tener
tiempo para su amigo.
Octubre, 21. — Midwinter está peor. Irritado,
malhumorado e inaccesible, después de dos malas noches y dos días
ininterrumpidos en su mesa de trabajo. En otras circunstancias, aceptaría la
advertencia y lo suspendería. Pero no ahora. Sigue trabajando más duro que
nunca, por mor de Armadale. ¿Cuánto tiempo más podrá aguantar mi paciencia?
Octubre, 22. — Señales, la noche pasada, de
que Midwinter está explotando a su cerebro más de lo que éste puede soportar.
Cuando se quedó dormido, estuvo terriblemente inquieto; gimiendo y hablando y
chirriando los dientes. Por algunas palabras que oí, pareció que una vez estaba
soñando en su vida de muchacho, cuando rondaba por el país con los perros
bailarines. Otra vez, estaba de nuevo con Armadale, encerrados toda la noche en
el barco naufragado. De madrugada, se tranquilizó un poco. Me dormí y, al despertarme
después de un breve intervalo, me encontré con que estaba sola. Miré a mi
alrededor y vi luz encendida en el cuarto de vestir de Midwinter. Me levanté
sin hacer ruido y fui a mirar lo que hacía.
Estaba sentado en el grande y feo y anticuado
sillón que yo había ordenado que trasladasen allí para quitármelo de delante,
al instalarnos aquí por primera vez. Tenía la cabeza echada atrás y una de las
manos colgando lacia sobre el brazo del sillón. La otra mano estaba sobre las
rodillas. Me acerqué un poco más y vi que la fatiga se había apoderado de él
mientras estaba leyendo o escribiendo, pues había libros, pluma, tinta y papel
sobre la mesa que tenía delante. ¿Qué era lo que había querido hacer en secreto,
a aquella hora de la madrugada? Miré más de cerca los papeles que había sobre
la mesa. Todos estaban cuidadosamente plegados (como suele guardarlos), con una
excepción, y esta excepción, un papel desdoblado encima de los demás, era la
carta de Mr. Brock.
Le miré de nuevo, después de hacer este
descubrimiento, y entonces advertí por primera vez otro papel escrito, sujeto
por la mano apoyada en las rodillas. No había manera de extraerlo de allí sin
correr el peligro de despertar a Midwinter. Sin embargo, una parte del
manuscrito no estaba cubierta por la mano. Lo miré para ver qué era lo que
había querido leer él en secreto, además de la carta de Mr. Brock y pude leer
lo suficiente para saber que era el relato del sueño de Armadale.
Este segundo descubrimiento hizo que volviese
inmediatamente a mi cama, con algo más serio en que pensar. Al viajar a través
de Francia, camino de este lugar, la timidez de Midwinter había sido vencida,
por una vez, por un hombre muy agradable: un doctor irlandés al que conocimos
en nuestro compartimiento del vagón y que se había empeñado en mostrarse
amistoso y amable con nosotros durante todo el día. Al enterarse de que
Midwinter se dedicaba a trabajos literarios, nuestro compañero de viaje le
aconsejó que no pasara demasiadas horas seguidas escribiendo. «Su cara me dice
más de lo que usted cree —dijo el médico—. Si cae alguna vez en la tentación de
hacer trabajar excesivamente a su cerebro, sufrirá las consecuencias más pronto
que la mayoría de los hombres. Cuando vea que sus nervios le hacen jugarretas
extrañas, no olvide mi consejo. Suelte la pluma.»
Después de lo que descubrí la noche pasada en
el cuarto de vestir, me parece que los nervios de Midwinter empiezan a
justificar los temores del doctor. Si una de las jugarretas que le están
haciendo es atormentarle de nuevo con sus antiguos terrores supersticiosos, se
producirá antes de mucho un cambio en nuestras vidas. Esperaré con curiosidad a
ver si la convicción de que los dos estamos destinados a atraer un peligro
fatal sobre Armadale se apodera una vez más de la mente de Midwinter. Si es
así, ya sé lo que ocurrirá. No dará un paso para ayudar a su amigo a encontrar
una tripulación para el yate y, ciertamente, se negará a navegar con Armadale o
a dejar que yo vaya con él, en el crucero de prueba.
Octubre, 23. — Por lo visto, la carta de Mr.
Brock no ha perdido todavía su influencia. Midwinter ha vuelto hoy a su trabajo
y espera, con más ansiedad que nunca, las vacaciones que va a pasar con su
amigo.
Las dos. — Armadale está aquí, como de
costumbre, ansioso de saber cuándo estará Midwinter a su disposición. Todavía
no se ha podido responder definitivamente a esta pregunta, pues todo depende de
la capacidad de Midwinter para continuar en su trabajo. Armadale se sentó,
contrariado; bostezó y se metió las torpes manazas en los bolsillos. Yo tomé un
libro. El muy bruto no se dio cuenta de que quería estar sola; inició una vez
más el insoportable tema de Miss Milroy y de todas las cosas buenas que ésta
tendrá cuando se case con él. Su propio caballo, su propio carruaje tirado por
un poney, su propia salita en el piso alto de la casa grande, etcétera. Todo lo
que yo hubiese podido tener lo tendrá ahora Miss Milroy... si yo lo permito.
Las seis. — ¡Más sobre el eterno Armadale!
Hace media hora que Midwinter dejó de escribir, mareado y agotado. Yo había
estado suspirando todo el día por un poco de música, y sabía que representaban
Norma en el teatro de aquí. Pensé que un par de horas en la ópera, esta noche,
podría sentarnos bien, tanto a Midwinter como a mí, y dije: «¿Por qué no
tomamos esta noche un palco en el San Carlo?» El respondió, en un tono apagado
e indiferente, que no era lo bastante rico para tomar un palco. Armadale estaba
presente e hizo sonar su bolsa repleta, a su acostumbrada e insufrible manera.
«Yo soy lo bastante rico, amigo, lo que viene a ser lo mismo.» Dicho lo cual,
tomó su sombrero y salió, con sus patazas de elefante, en busca del palco. Yo
lo miré desde la ventana, mientras se alejaba calle abajo. «Tu viuda, con sus
mil doscientas libras al año —pensé—, podrá tomar un palco en San Carlo siempre
que le plazca, sin debérselo a nadie.» El muy idiota se dirigió silbando hacia
el teatro, echando monedas sueltas a los pordioseros que corrían ansiosos
detrás de él.
Medianoche. — Por fin estoy de nuevo sola.
¿Tendré valor para escribir la historia de esta terrible noche, tal como ha
ocurrido? En todo caso, lo tendré para volver una página e intentarlo.
CAPÍTULO II
CONTINUACIÓN DEL DIARIO
Fuimos al San Carlo. La estupidez de Armadale
se puso de manifiesto incluso en una cosa tan sencilla como tomar un palco.
Había confundido una ópera con una comedia y elegido un palco cerca del
escenario, con la idea de que lo principal, en un espectáculo musical, es ver
las caras de los cantantes lo más claramente posible. Afortunadamente para
nuestros oídos, las adorables melodías de Bellini están, en su mayoría, tierna
y delicadamente acompañadas; de no ser así, la orquesta nos habría ensordecido.
Al principio, me senté hacia atrás en el
palco, donde no pudiese ser vista; pues no podía estar segura de que no se
hallase en el teatro alguno de los viejos amigos de mi anterior estancia en
Nápoles. Pero la dulce música me tentó gradualmente a salir de mi aislamiento.
Estaba tan encantada e interesada que me incliné hacia delante sin darme cuenta
y miré el escenario.
Comprendí la imprudencia que había cometido al
descubrir algo que, por un instante, heló la sangre en mis venas. Uno de los
cantores del coro de druidas me estaba mirando mientras cantaba con los demás.
Su cabeza estaba disfrazada por unos largos cabellos blancos, y la parte
inferior de su cara estaba totalmente cubierta por la espesa barba, también
blanca, propia del personaje. Pero los ojos que me miraban eran los del único
hombre en el mundo a quien debía temer por muchas razones: ¡Manuel!
De no haber sido por el frasco de sales, creo
que me habría desmayado. Pero me eché de nuevo atrás, recluyéndome en la
sombra. Incluso Armadale se dio cuenta del súbito cambio que había
experimentado; tanto él como Midwinter me preguntaron si me encontraba mal. Les
dije que sentía el calor, pero esperaba que se me pasara pronto, y entonces me
eché todavía más atrás y traté de hacer acopio de valor. Conseguí recobrar mi
aplomo lo bastante para poder mirar de nuevo al escenario (sin dejarme ver) la
siguiente vez que salió el coro. ¡Y allí estaba! Pero, para mi infinito alivio,
no volvió a mirar hacia nuestro palco. Esta afortunada indiferencia por parte
de él contribuyó a convencerme de que había visto un parecido casual
extraordinario, y nada más. Todavía me mantengo en esta conclusión, después de
haber tenido tiempo sobrado de pensar; pero estaría más tranquila si hubiese
podido ver el resto de la cara del hombre sin la caracterización que impedía
observarla bien.
Cuando cayó el telón después del primer acto,
tenía que ejecutarse un aburrido ballet (según la absurda costumbre itAllana)
antes de que continuase la ópera. Aunque había superado mis primeros temores,
éstos habían sido demasiado fuertes para que me sintiese cómoda en el teatro.
Temía toda clase de accidentes posibles y, cuando Midwinter y Armadale me
preguntaron, les dije que no me encontraba lo bastante bien para aguantar el
resto de la función.
Al salir del teatro, Armadale propuso que nos
despidiésemos. Pero Midwinter (temiendo por lo visto pasar la velada a solas
conmigo) le invitó a cenar, si no tenía yo inconveniente. Dije las palabras de
rigor y volvimos los tres juntos a esta casa.
Diez minutos de tranquilidad en mi habitación
(con la ayuda de una pequeña dosis de Eau-de-Cologne y agua) hicieron que me
sintiese de nuevo dueña de mí misma. Fui a reunirme con los hombres en la mesa
de la cena. Correspondieron a mis disculpas por haberles privado del resto de
la ópera con la cortés afirmación de que no había representado el menor
sacrificio para ellos. Midwinter declaró que estaba demasiado cansado para que
le importase nada que no fuesen las dos grandes ventajas que no pueden
alcanzarse en el teatro: tranquilidad y aire fresco. Armadale dijo (con ese
desesperante orgullo inglés de la propia estupidez, siempre que se trata de
arte) que aquella obra no tenía pies ni cabeza para él. Sólo lo sentía por mí,
tuvo la amabilidad de añadir, pues era evidente que comprendía y me gustaba la
música extranjera. A las damas solía gustarles. Su querida Neelie...
Yo no estaba de humor para que me persiguiese
con su «querida Neelie» después de lo que había sufrido en el teatro. Tal vez
se debió a la irritación de mis nervios, o tal vez a que el Eau-de-Cologne se
me subió a la cabeza, pero la simple mención de aquella chica pareció sacarme
de mis casillas. Traté de dirigir la atención de Armadale hacia la cena. Me lo
agradeció muchísimo, pero dijo que no tenía más apetito. Entonces le ofrecí
vino; vino del país, que es todo lo que nuestra pobreza nos permite poner sobre
la mesa. De nuevo me dio las gracias. El vino extranjero tenía para él pocos
atractivos más que la música extranjera, pero tomaría un poco, ya que yo se lo
ofrecía, y lo bebería a mi salud, a la antigua usanza, con sus mejores deseos
por la feliz ocasión en que volviésemos a reunimos en Thorpe-Ambrose, donde
habría entonces un ama de casa para darme la bienvenida en la mansión.
¿Estaba loco para insistir de esta manera? No,
me respondió su semblante. Tenía la impresión de comportarse de la manera más
agradable conmigo.
Miré a Midwinter. Si me hubiese mirado a su
vez, tal vez habría encontrado algún motivo para cambiar de conversación. Pero
permaneció sentado en silencio en su silla, irritable y fatigado por el exceso
de trabajo, mirando al suelo y pensando.
Me levanté y me dirigí a la ventana. Todavía
incapaz de percatarse de su propia torpeza, Armadale me siguió. Si hubiese
tenido fuerza suficiente para arrojarle por la ventana al mar, sin duda lo
habría hecho en aquel momento. Pero como no la tenía, miré fijamente la bahía y
le insinué de la manera más ruda que pude imaginar, la conveniencia de que se
marchase.
«Una noche magnífica para dar un paseo —le
dije—, si piensas volver andando al hotel.»
Dudo de que me oyese. En todo caso, mis
palabras no le produjeron el menor efecto. Siguió contemplando,
sentimentalmente, la luz de la luna y (no hay palabra mejor para expresarlo)
resopló un suspiro.
Tuve un presentimiento de lo que vendría
después, a menos de que le cerrase yo la boca hablando primero.
«Aunque queramos tanto a Inglaterra —le dije—,
hay que confesar que, allí, la luz de la luna no es como aquí.»
Me miró distraídamente y resopló una vez más.
«Me pregunto si hará una noche tan buena en
Inglaterra como aquí —dijo—. Me pregunto si mi amada jovencita estará también
mirando la luna, y pensando en mí.»
No pude soportarlo más. Al fin estallé.
«¡Cielo santo, Mr. Armadale —exclamé—. ¿Acaso
hay un solo tema digno de mención en el estrecho mundo donde vives? Estoy harta
de Miss Milroy. ¡Por favor, habla de otra cosa!»
Su ancha y estúpida cara enrojeció hasta la
raíz de sus horribles cabellos amarillos. «Perdón —balbució, con una especie de
malhumorada sorpresa—. No suponía...», y se interrumpió confuso, mirando a
Midwinter. Comprendí lo que significaba aquella mirada. «No suponía que pudiese
estar celosa de Miss Milroy después de casarse contigo.» Esto es lo que habría
dicho a Midwinter, si les hubiese dejado solos en la habitación. Lo cierto es
que Midwinter nos había oído. Antes de que pudiese yo hablar de nuevo, antes de
que Armadale pudiese añadir otra palabra, terminó la frase incompleta de su
amigo, en un tono y con una mirada que eran la primera vez que yo oía y veía.
«No suponías, Allan —dijo—, que se pudiese
provocar tan fácilmente la cólera de una dama.»
Eran las primeras palabras de amarga ironía y
la pnmera mirada despectiva que él me había dedicado. ¡Y Armadale había sido la
causa! La ira me abandonó de pronto. Algo ocupó su lugar, algo que me calmó en
un instante y me hizo salir en silencio de la estancia.
Me senté a solas en el dormitorio. Pensé
durante unos minutos, algo que prefiero no traducir en palabras, ni siquiera en
estas páginas secretas. Me levanté y abrí... ni importa qué. Fui al lado de la
cama correspondiente a Midwinter y tomé... no importa qué. Lo último que hice,
antes de salir de la habitación, fue mirar mi reloj. Eran las diez y media, la
hora en que solía marcharse Armadale. Volví inmediatamente a reunirme con los
dos hombres.
Me acerqué alegremente a Armadale y le dije...
¡No! Pensándolo bien, no pondré aquí lo que le
dije, ni lo que hice después. ¡Estoy harta de Armadale! Cuando escribo, se
presenta a cada instante. Pasaré por alto lo que ocurrió durante la hora
siguiente, entre las diez y media y las once y media, y reanudaré mi relato
desde que Armadale se hubo marchado. ¿Puedo contar lo que ocurrió entre
Midwinter y yo, en nuestra habitación, cuando nuestro visitante hubo partido?
¿Por qué no saltarme esto, como me salté lo otro? ¿Por qué inquietarme
escribiéndolo? ¡No lo sé! ¿Y por qué llevo un diario? ¿Por qué (según dijeron
los periódicos ingleses) un astuto ladrón conservó la prueba que le condenaba,
en forma de una lista de todo lo que había robado? ¿Por qué no somos
perfectamente razonables en todo lo que hacemos? ¿Por qué no estoy siempre en
guardia y nunca inconsecuente conmigo misma, como el villano de una novela?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡No importa el porqué! He de escribir lo que
ocurrió esta noche entre Midwinter y yo, porque debo hacerlo. Hay una razón que
nadie, ni siquiera yo, puede explicar.
Eran las once y media. Armadale se había ido.
Yo me había puesto la bata y acababa de sentarme para arreglarme los cabellos
antes de acostarme, cuando me sorprendió una llamada a la puerta y entró
Midwinter.
Estaba terriblemente pálido. Me miró con ojos
desesperados. No me respondió cuando le expresé mi sorpresa de que viniese
mucho más pronto que de costumbre; ni siquiera me contestó cuando le pregunté
si se sentía enfermo. Señalando autoritariamente la silla de la que me había
levantado al entrar él en el dormitorio, me dijo que me sentara de nuevo y, al
cabo de un momento, añadió estas palabras: «Tengo algo importante que decirte.»
Pensé en lo que yo había hecho..., no, en lo
que había tratado de hacer... en aquel intervalo desde las diez y media hasta
las once y media, y que no he consignado en mi diario, y sentí ahora todo el
pánico que no había sentido entonces.
Me senté de nuevo, tal como me había dicho él
que hiciese, sin hablarle y sin mirarle.
Él dio una vuelta por la habitación y,
después, se acercó a mí y se detuvo.
«Si Allan viene mañana —empezó diciendo—, y si
le ves...»
Le flaqueó la voz y calló. Sin duda sentía en
su corazón un dolor terrible que estaba tratando de dominarle. Pero a veces
tiene una voluntad de hierro. Dio otra vuelta por la habitación y lo superó.
Volvió a plantarse a mi lado.
«Cuando venga Allan, mañana —prosiguió—, hazle
pasar a mi habitación, si quiere verme. Le diré que me es imposible terminar el
trabajo que estoy haciendo tan rápidamente como había esperado, y que, por
tanto, deberá buscar la tripulación para su yate, sin ayuda de mi parte. Si
acude a ti, contrariado, no le des esperanzas de que yo pueda quedar libre a
tiempo de ayudarle, si quiere esperar. Anímale a que busque ayuda de
desconocidos y se prepare para zarpar sin más dilaciones. Cuantas más
ocupaciones tenga que le impidan venir a esta casa, y cuanto menos le invites
tú a quedarse si es que viene, tanto mejor será para mí. No lo olvides, ni
olvides tampoco la última instrucción que voy a darte. Cuando el yate esté
listo para hacerse a la mar y Allan nos invite a navegar con él, deseo que
rehuses definitivamente. Tratará de hacerte cambiar de idea, pues yo, por mi
parte, me negaré a dejarte sola en esta casa extraña y en un país extranjero.
Diga lo que diga, no te dejes persuadir. ¡Niégate rotundamente! ¡Niégate a
poner los pies en su nuevo yate!»
Terminó serenamente y con firmeza, sin que
volviese a flaquearle la voz y sin dar señales de vacilación en su semblante.
La impresión de sorpresa que en otra ocasión
me habrían producido sus extrañas palabras, se perdió en la sensación de alivio
que produjeron en mi mente. El miedo a aquellas otras palabras que había
esperado oír de él me abandonó con la misma rapidez con que me había acometido.
Pude mirarle y pude hablarle una vez más.
«Puedes estar seguro —le respondí yo— de que
haré exactamente lo que me ordenas. Pero ¿debo obedecerte a ciegas? ¿O puedo
conocer la razón de las extraordinarias instrucciones que acabas de darme?»
Su cara se ensombreció, y se sentó al otro
lado de mi tocador, lanzando un fuerte y triste suspiro.
«Puedes saber la razón, si lo deseas.» Esperó
un poco, reflexionando. «Tienes derecho a saber la razón —prosiguió—, pues es
algo que te afecta.» Esperó de nuevo un momento, y siguió diciendo: «Sólo puedo
explicarte de una manera la extraña petición que acabo de hacerte. Debo pedirte
que recuerdes lo que ha ocurrido en la habitación contigua, antes de que Allan
se marchase esta noche.»
Me miró con una extraña mezcla de expresiones
en su cara. Hubo un momento en que creí que me compadecía. Un instante después,
pareció más bien que le causaba horror. Empecé de nuevo a tener miedo; esperé
en silencio que continuase.
«Sé que he trabajado demasiado últimamente —me
dijo— y que tengo los nervios destrozados. Es posible que, en el estado en que
me encuentro, haya interpretado mal, inconscientemente, las circunstancias de
lo que realmente ocurrió. Me harás un favor si pones a prueba mi recuerdo de lo
sucedido. Si mi fantasía ha exagerado algo o si me falla la memoria, te ruego
que me interrumpas y me corrijas.»
Me recuperé lo suficiente para preguntarle a
qué circunstancias se refería y en qué me afectaban personalmente.
«Te afectan personalmente, en lo que voy a
decirte —respondió—. Las circunstancias a que me refiero empezaron cuando
hablaste a Allan de Miss Milroy en unos términos que creí muy desconsiderados e
impertinentes. Temo que yo también hablé con acritud, y te pido perdón por lo
que te dije en la irritación del momento. Saliste de la habitación. Al poco
rato, volviste y te disculpaste perfectamente con Allan, el cual recibió tus
excusas con su amabilidad y su buen humor acostumbrados. Mientras tanto, tú y
yo estábamos de pie junto a la mesa y Allan reanudó la conversación que habíais
tenido sobre el vino napolitano. Él dijo que creía que llegaría a gustarle con
el tiempo y pidió permiso para tomar otro vaso del que teníamos sobre la mesa.
¿Estoy en lo cierto, hasta ahora?» Las palabras casi se extinguieron en mis
labios, pero me obligué a pronunciarlas y le respondí que era exacto lo que
había dicho hasta entonces.
«Tú tomaste la botella de su mano —prosiguió—.
Le dijiste alegremente: "Sé que en realidad no te gusta el vino, Mister
Armadale. Deja que te prepare algo que sea más de tu gusto. Tengo una receta
propia para la limonada. ¿Me harás el honor de probarla?" Se lo propusiste
con estas palabras y él aceptó. También te pidió permiso para ver cómo lo
hacías y tú le respondiste que te distraería, si lo hacía, y que, si quería, le
darías la receta por escrito.»
Esta vez se me atragantaron realmente las
palabras. Sólo pude asentir con la cabeza. Midwinter prosiguió:
«Allan se echó a reír y se dirigió a la
ventana, para contemplar la bahía, y yo fui allí con él. Al cabo de un rato,
Allan observó, bromeando, que el mero sonido de los líquidos que estabas
mezclando le daba sed. Cuando dijo esto, yo me volví de espaldas a la ventana.
Me acerqué a ti y dije que tardabas mucho en preparar la limonada. Tú me
tocaste, al apartarme yo de nuevo, y me tendiste el vaso lleno hasta el borde.
En el mismo momento, Allan se volvió de la ventana y yo le tendí a mi vez el
vaso. ¿Hay hasta ahora algún error?» Los rápidos latidos de mi corazón
estuvieron a punto de ahogarme. Sólo pude sacudir la cabeza; nada más.
«Vi que Allan se llevaba el vaso a los labios.
¿Lo viste tú? Vi que su cara palidecía al instante. ¿Lo viste tú? Vi que el
vaso caía de su mano al suelo. Vi que se tambaleaba, y le sostuve para que no
se cayese. ¿Es todo esto verdad? Por el amor de Dios, busca en tu memoria y
dime: ¿Es todo esto verdad?»
Por un instante, parecieron cesar las
palpitaciones de mi corazón. Un momento después, algo terrible, algo
enloquecedor, pasó por mi mente. Me puse de pie de un salto, enfurecida, sin
pensar en las consecuencias, lo bastante desesperada para decir cualquier cosa.
«¡Tus preguntas son un insulto! ¡Tus miradas
son un insulto! —estallé—. ¿Crees que traté de envenenarle?»
Las palabras brotaron de mis labios a pesar
mío. Eran las palabras de una mujer, que en una situación como la mía no
hubiese debido nunca pronunciar. Y sin embargo, ¡las pronuncié!
Él se levantó, alarmado, y me dio el frasco de
sales. «¡Calla! ¡Calla! —dijo—. También tú estás agotada, también tú estás
sobreexcitada por todo lo que ha ocurrido esta noche. Lo que dices es
espantoso, no tiene sentido. ¡Dios mío! ¿Cómo puedes haberme interpretado tan
mal? Serénate..., por favor, serénate.»
Igual hubiese podido decir a un animal salvaje
que se serenase. Después de haber estado lo bastante loca para decir aquello,
seguí estándolo para volver al asunto de la limonada, a pesar de que él me
decía que callase.
«Te dije lo que había puesto en el vaso, en el
momento en que Armadale se desvaneció —seguí diciendo, empeñándome furiosamente
en defenderme cuando nadie me atacaba—. Te dije que había tomado el frasco de
coñac que guardas junto a tu cama y eché un poco en la limonada. ¿Cómo podía
saber que él tiene fobia al olor y el sabor del coñac? ¿No dijo él mismo,
cuando recobró el conocimiento, que había sido culpa suya, que hubiese debido
advertirme que no pusiese coñac en aquella bebida? ¿No te recordó, más tarde,
aquella vez en que estuvisteis los dos en la isla de Man y cometió el médico,
sin saberlo, el mismo error que he cometido yo esta noche?»
(Insistí enérgicamente en mi inocencia, y
desde luego, con razón. Por muchos que puedan ser mis defectos, no soy
hipócrita. Era inocente... en lo referente al coñac. Lo había añadido a la
limonada, ignorando enteramente aquella peculiaridad nerviosa de Armadale, para
disimular el sabor de... ¡no importa qué! Otra de las cosas de que me
enorgullezco es que nunca me aparto de mi tema. Lo que hubiese debido escribir
aquí es lo que dijo Midwinter a continuación.)
Él me miró un momento, como si pensase que me
había vuelto loca. Después volvió a mi lado de la mesa y se quedó de nuevo
plantado junto a mí.
«Si nada más puede convencerte de que erraste
por completo al interpretar mis motivos —dijo él— y que nunca pretendí culparte
de aquello, lee esto.»
Sacó un papel del bolsillo del pecho de su
chaqueta y lo desplegó ante mis ojos. Era la narración del sueño de Armadale.
En un instante me sentí libre del peso que
gravitaba sobre mi mente. Me sentí de nuevo dueña de mí misma, y al fin le
comprendí.
«¿Sabes lo que es esto? —me preguntó—.
¿Recuerdas lo que te dije en Thorpe-Ambrose, acerca del sueño de Allan? Te dije
que dos de las tres visiones habían resultado verdaderas. Ahora te digo que la
tercera se ha cumplido esta noche en esta casa.»
Volvió las hojas del manuscrito y señaló las
líneas que quería que yo leyese.
Leí este fragmento, casi literal, de la
narración del sueño, tomada por Midwinter de labios de Armadale:
«La oscuridad se abrió por tercera vez y me
mostró la Sombra del Hombre y la Sombra de la Mujer, juntas. La Sombra-Hombre
era la más próxima; la Sombra-Mujer estaba en segundo término. Desde donde ella
se hallaba, oí un sonido como de un líquido vertiéndose despacio. Vi que ella
tocaba la Sombra del Hombre con una mano y le ofrecía un vaso con la otra. Él
tomó el vaso y me lo tendió. En aquel momento, cuando me lo llevé a los labios,
me desmayé. Cuando recobré el conocimiento, las Sombras se habían desvanecido y
la Visión había terminado.»
De momento, la extraordinaria coincidencia me
impresionó tanto como al propio Midwinter.
Él puso una mano sobre la narración abierta y
apoyó pesadamente la otra en mi brazo.
«¿Comprendes ahora mi motivo para venir aquí?
—me preguntó—; ¿Ves ahora que la última esperanza a que podía asirme era la de
que tu recuerdo de los sucesos de la noche demostrase que mi memoria estaba
equivocada? ¿Sabes ahora por qué no quiero ayudar a Allan? ¿Por qué no quiero
navegar con él? ¿Por qué estoy intrigando y mintiendo, y haciendo que tú
intrigues y mientas también, para mantener a mi mejor y más querido amigo lejos
de la casa?»
«¿Has olvidado la carta de Mister Brock?», le
pregunté. Él descargó un puñetazo sobre el manuscrito abierto. «Si Mister Brock
hubiese vivido para ver lo que hemos visto nosotros esta noche, habría sentido
lo mismo que yo y dicho lo mismo que yo.» Bajó misteriosamente la voz y sus
grandes ojos negros centellearon al darme aquella respuesta. «Tres veces
avisaron las Sombras de la Visión a Allan durante su sueño —siguió diciendo—, y
tres veces han sido encarnadas después aquellas Sombras por ti y por mí. Tú, y
sólo tú, estuviste en el lugar de la Mujer junto al estanque. Yo, y sólo yo,
estuve en el lugar del Hombre junto a la ventana. Y tú y yo juntos estamos en
el lugar del Hombre y de la Mujer, tal como mostró a las Sombras la última
Visión. Por esto fue fatal el día en que tú y yo nos conocimos. Por esto, tu
influencia me atrajo hacia ti, cuando mi ángel bueno me avisaba de que no te
mirase a la cara. ¡Hay una maldición en nuestras vidas! ¡Hay una fatalidad en
nuestros pasos! El futuro de Allan depende de que se separe de nosotros
inmediatamente y para siempre. Hay que apartarle del lugar donde vivimos y del
aire que respiramos. Obligarle a vivir entre extraños, ¡pues los peores y más
malvados de ellos serán más inofensivos que nosotros para él! Dejemos que su
yate se haga a la mar sin ti y sin mí, aunque nos suplique de rodillas, y que
sepa que le quise en un mundo diferente de éste, ¡un mundo donde los malvados
dejan de inquietar y los cansados descansan!»
Le abrumó el dolor y se le quebró la voz en un
sollozo al pronunciar las últimas palabras. Tomó la narración del sueño de
encima de la mesa y se marchó tan de repente como había entrado.
Cuando oí que se cerraba su puerta entre
nosotros, mi mente volvió a lo que me había dicho sobre mí. Recordando «el día
fatal» en que nos conocimos y «el ángel bueno» que le había avisado «de que no
me mirase a la cara», me olvidé de todo lo demás. No importa lo que sentí. No
lo confesaría, aunque tuviese una amiga a la que hablar. ¿A quién le importa la
aflicción de una mujer como yo? ¿Quién creería en ella? Además, él hablaba bajo
la influencia de la loca superstición que se ha apoderado nuevamente de él. Él
tiene toda clase de excusas y yo no tengo ninguna. Si no puedo dejar de
quererle, a pesar de todo, debo aceptar las consecuencias y sufrir. Merezco
sufrir; no merezco que nadie me quiera o se apiade de mí. ¡Cielo santo, qué
tonta soy! ¡Y qué antinatural parecería todo esto si se escribiese en un libro!
Ha dado la una. Todavía puedo oír a Midwinter,
paseando arriba y abajo en su habitación.
Supongo que estará pensando. ¡Bueno! También
yo puedo pensar. ¿ Qué voy a hacer ahora? Esperaré a ver qué pasa. Los sucesos
toman a veces rumbos extraños, y tal vez justifiquen el fatalismo del hombre
amable de la habitación contigua, que maldice el día en que vio mi cara. Quizá
vivirá para maldecirlo por otras razones que las que tiene ahora. Si yo soy la
Mujer aludida en el Sueño, sufriré otra tentación dentro de poco, y no será la
de echar coñac en la limonada de Armadale si le preparo un refresco por segunda
vez.
Octubre, 24. — Han transcurrido apenas doce
horas desde que escribí ayer en este diario, y aquella otra tentación se ha
producido, me ha puesto a prueba, ¡y se ha adueñado ya de mí!
Esta vez no había alternativa. Ante un peligro
inminente de ruina, por fuerza tuve que ceder en defensa propia. Dicho más
claramente, no fue un parecido accidental lo que me sobresaltó anoche en el
teatro. ¡El que cantaba en el coro de la ópera era Manuel!
No hacía diez minutos que Midwinter había
salido del cuarto de estar para dirigirse a su estudio, cuando entró la casera
con una nota sucia y doblada en la mano. Me bastó con una mirada a la
dirección. El me había reconocido en el palco, y el entreacto le había dado
tiempo para seguirme hasta casa. Saqué esta sencilla conclusión antes de abrir
la carta. Me informaba, en dos líneas, de que me esperaba en una callejuela que
conducía a la playa y, si no acudía al cabo de diez minutos, lo interpretaría
como una invitación para visitarme en la casa.
Supongo que lo que pasé ayer debió de
endurecerme. En todo caso, después de leer la carta, me sentí más como la mujer
que era antaño que como la que he creído ser durante los últimos meses. Me puse
el sombrero, bajé la escalera y salí de la casa como si nada hubiese ocurrido.
Él me estaba esperando en la entrada de la
calle.
En el momento en que estuvimos frente a
frente, recordé toda la vida amarga que había pasado con él. Pensé en cómo
había traicionado mi confianza; pensé en la burla cruel de una boda preparada
por él a sabiendas de que tenía una esposa; pensé en la desesperación que había
sentido por su abandono y que me había inducido a tratar de suicidarme. Cuando
recordé todo esto y comparé a Midwinter con el villano ruin y miserable en
quien había creído un día, supe por primera vez lo que siente una mujer cuando
pierde hasta la última pizca de respeto por sí misma. Creo que si él me hubiese
insultado de palabra en aquel momento, lo habría aceptado sin chistar.
Pero él no tenía la menor intención de
insultarme, en el significado más brutal de la palabra. Me tenía a su merced y
su manera de expresarlo era comportarse con una estudiada comedia de
arrepentimiento y de respeto. Le dejé hablar a su antojo, sin interrumpirle,
sin volver a mirarle, sin permitir que mi vestido le tocara mientras
caminábamos juntos hacia el lugar más tranquilo de la playa. Había advertido,
en el momento de verle, la raída ropa que llevaba y el brillo codicioso de sus
ojos. Y comprendí que aquello terminaría (si terminaba alguna vez) en una
petición de dinero.
¡Sí! Después de haberme quitado antaño la
última moneda que tenía y la última que había podido sacar para él a mi vieja
señora, se volvió ahora a mí, en la orilla del mar, y me preguntó si podía
permitir mi conciencia que llevase un traje tan horrible y que se ganase
mezquinamente la vida como corista en la ópera.
Mi repugnancia, más que mi indignación, me
movió a hablarle al fin.
«Quieres dinero —le dije—. ¿Y si soy tan pobre
que no puedo dártelo?»
«Si es así —replicó—, me veré obligado a
recordarte que eres en ti misma un tesoro. Y me hallaré en la penosa necesidad
de exponer el derecho que tengo sobre ti a uno de los dos caballeros con
quienes te vi en la ópera; al caballero, naturalmente, a quien honras con tu
preferencia y que vive, provisionalmente, a la luz de tus sonrisas.»
No le respondí, pues no tenía respuesta alguna
que darle. Discutir su derecho a reclamarme habría sido una pérdida de tiempo.
El sabía, tan bien como yo, que no tenía ni la sombra de un derecho sobre mí.
Pero también sabía que el menor intento de suscitar esta cuestión conduciría
necesariamente a la revelación de toda mi vida pasada.
Guardando todavía silencio, miré hacia el mar.
No sé por qué lo hice, salvo que fuese, instintivamente, para no mirarle a él.
Un pequeño velero se acercaba a la costa. La
vela me ocultaba al timonel, pero la embarcación estaba tan cerca que creí
reconocer el gallardete en el mástil. Miré mi reloj ¡Sí! Era Armadale que venía
de Santa Lucia, a la hora acostumbrada, para visitarnos como solía hacer.
Antes de que guardase mi reloj en el cinto, el
medio de librarme de aquella espantosa situación se me ocurrió con la misma
claridad con que lo veo ahora.
Me volví y eché a andar hacia la parte alta de
la playa donde había varias barcas de pesca varadas que nos ocultarían
enteramente a la vista de quienes desembarcasen más abajo. Comprendiendo
probablemente que yo tenía un objetivo, Manuel me siguió sin pronunciar
palabra. En cuanto estuvimos resguardados por las barcas, me obligué, en
defensa propia, a mirarle de nuevo.
«¿Qué dirías —le pregunté— si fuese rica, en
vez de pobre? ¿Qué dirías si pudiese darte cien libras?»
Dio un salto. Vi claramente que no había
esperado ni la mitad de la suma que yo había mencionado. Inútil añadir que su
lengua mintió, mientras su cara decía la verdad; y cuando me respondió, dijo:
«Nada de lo que dijese sería bastante.»
«Supon —seguí diciendo, haciendo caso omiso de
lo que había dicho él— que pudiese mostrarte la manera de conseguir el doble,
el triple, el quíntuplo de quinientas libras, ¿serías lo bastante audaz para
tender la mano y tomarlo?»
El brillo de la codicia volvió a pintarse en
sus ojos. Bajó la voz, en espera de lo que diría yo después.
«¿Quién es la persona? —preguntó—. ¿Y cuál es
el riesgo?»
Le contesté al punto, en los términos más
claros. Le arrojé Armadale, como habría podido arrojar un pedazo de carne a una
fiera que me estuviera persiguiendo.
«La persona es un rico joven inglés —le dije—.
Acaba de alquilar el yate llamado Dorothea, en este puerto, y necesita un
patrón y tripulantes. Tú fuiste oficial de la Marina española, hablas inglés e
itAllano a la perfección, y conoces perfectamente Nápoles y todo lo propio de
esta ciudad. El rico joven inglés no sabe itAllano, y el intérprete que le
asiste no sabe nada del mar. Él no sabe qué hacer para conseguir una ayuda útil
en este extraño lugar; no tiene más conocimiento del mundo que aquel chiquillo
que está allí, haciendo agujeros en la arena con un palo, y lleva todo su
dinero encima en billetes. Esto en cuanto a la persona. En cuanto al riesgo,
calcúlalo tú mismo.»
El brillo codicioso de sus ojos se hacía más
intenso a cada palabra que decía yo. Estaba claramente dispuesto a asumir el
riesgo antes de que yo hubiese acabado de hablar.
«¿Cuándo podré ver al inglés?», preguntó
ansiosamente.
Me deslicé hacia el extremo de la barca de
pesca más próximo al mar y vi que Armadale desembarcaba en aquel momento.
«Puedes verle ahora», respondí señalando hacia
el lugar.
Después de mirar durante un buen rato a
Armadale, que subía descuidadamente por la playa, Manuel se refugió de nuevo
detrás de la barca. Esperó un instante, considerando cuidadosamente algo, y me
hizo otra pregunta, esta vez en un murmullo.
«Cuando la embarcación esté tripulada —dijo— y
el inglés zarpe de Nápoles, ¿cuántos amigos irán con él?»
«Aquí sólo tiene dos amigos, el otro caballero
con quien me viste en la ópera, y yo misma. Nos invitará a navegar con él,
cuando llegue la hora, ¡pero los dos rehusaremos!»
«¿Respondes de esto?»
«Respondo absolutamente.»
Se alejó unos pasos y volvió la cara,
reflexionando de nuevo. Lo único que pude ver fue que se quitaba el sombrero y
se enjugaba la frente con un pañuelo. Lo único que pude oír fue que hablaba
excitadamente consigo mismo y en su propia lengua.
Había experimentado un cambio cuando volvió.
Su cara estaba ahora lívida y sus ojos me miraron con terrible desconfianza.
«Una última pregunta —dijo, y de pronto se
acercó más a mí y habló poniendo un marcado énfasis en sus palabras—. ¿Qué
interés tienes tú en esto?» Me eché atrás. La pregunta me recordó que tenía un
interés en el asunto, enteramente distinto del de mantener separados a Manuel y
Midwinter. Hasta ahora sólo había recordado que el fatalismo de Midwinter me
había allanado el camino, abandonando de antemano a Armadale en manos de
cualquier desconocido que pudiese acudir en su ayuda. Hasta ahora, el único
objetivo que había considerado era protegerme, por el sacrificio de Armadale,
de ser descubierta. Yo no miento a mi diario. No pretendo haber considerado un
solo instante mi interés en la bolsa de Armadale o en la salvación de su vida.
Le aborrecía demasiado para preocuparme de las trampas que mi lengua pudiese
abrir bajo sus pies. Pero, ciertamente, no había visto, hasta que él me hizo la
última pregunta, que, al servir a sus propios designios, podía Manuel, si se
atrevía a ir hasta el final por el dinero, servir también a mis intereses. El
único abrumador afán de protegerme de ser descubierta ante Midwinter había
(supongo) llenado mi mente, con exclusión de todo lo demás.
Al ver que no le respondía enseguida, Manuel
repitió su pregunta, dándole una nueva forma.
«Me has arrojado tu joven inglés —dijo— como
un regalo al Cancerbero. ¿Habrías estado tan dispuesta a hacerlo, si no
hubieses tenido un motivo propio? Repito la pregunta. Tienes interés en esto.
¿Cuál es?»
«Tengo dos intereses —le respondí—. El interés
de obligarte a respetar mi posición aquí, y el interés de que te apartes de mi
vista, ¡de una vez para siempre!»
Lo dije con una audacia que era desconocida
para él. La impresión de que estaba haciendo de aquel villano un instrumento en
mis manos y le obligaba a ayudarme a ciegas en mi objetivo, mientras perseguía
el suyo, levantó mi ánimo e hizo que volviese a sentirme como había sido antes.
Él se echó a reír. «El lenguaje rudo, en
ciertas ocasiones, es privilegio de las damas —dijo—. Puede que me aparte o no
me aparte de tu vista de una vez para siempre. Dejaremos esta cuestión para
arreglarla en el futuro. Pero me intriga tu otro interés en este asunto. Me has
dicho todo lo que necesitaba saber sobre el inglés y su yate, y no has puesto
condiciones antes de abrir los labios. Dime, por favor, cómo vas a obligarme a
respetar tu posición aquí.»
«Te lo diré. Primero oirás mis condiciones.
Insisto en que te alejes de mí dentro de cinco minutos. Insisto en que nunca
vuelvas a acercarte a la casa donde vivo. Y te prohibo que intentes comunicarte
de alguna manera conmigo o con aquel otro caballero con quien me viste en el
teatro.»
«¿Y si te digo que no? En este caso, ¿que
harás?»
«En este caso, diré dos palabras en privado al
rico joven inglés, y te encontrarás de nuevo en el coro de la ópera.»
«Eres muy atrevida al dar por supuesto que he
trazado ya mis planes contra el inglés y que estoy seguro de mi triunfo. ¿Cómo
sabes...?»
«¡Te conozco! Esto me basta.»
Hubo unos momentos de silencio entre nosotros.
Él me miró, y yo le miré. Nos comprendimos. El fue el primero en hablar. La
sonrisa ruin se extinguió en su semblante, y bajó de nuevo la voz, con
desconfianza.
«Acepto tus condiciones —dijo—. Mientras
mantengas los labios cerrados, tendré también cerrados los míos..., salvo si
descubro que me has engañado; en tal caso habrá terminado nuestro trato y
volverás a verme. Mañana me presentaré al inglés, con las credenciales
necesarias para ganarme su confianza. Dime su nombre.» Se lo dije.
«Dame su dirección.»
Se la di, y me volví para marcharme. Antes de
haber salido del refugio de las barcas, le oí de nuevo detrás de mí.
«Una última palabra —dijo él—. A veces ocurren
accidentes en el mar. Si se produce uno en este caso, ¿te interesa lo bastante
el inglés para que quieras saber lo que ha sido de él?»
Me detuve y reflexioné a mi vez. Estaba claro
que había fracasado en persuadirle de que no tenía ningún interés secreto al
poner a su merced el dinero de Armadale y (como probable consecuencia) la vida
de éste. Y ahora estaba igualmente claro que él trataba astutamente de
contribuir a mis objetivos privados (fuesen éstos los que fueren), abriendo así
un medio de comunicación entre nosotros para el futuro. En las actuales
circunstancias, mi respuesta no admitía la menor vacilación. Si le ocurría
realmente a Armadale el «accidente» que había insinuado, no tenía necesidad de
que Manuel me informase de ello. Un fácil examen de las columnas necrológicas
de los periódicos ingleses me enteraría de la noticia, con la gran ventaja
adicional de que podía confiar en que, tratándose de un asunto como éste, los
periódicos dirían la verdad. Di formalmente las gracias a Manuel y rehusé su
ofrecimiento. «Como no tengo interés en el inglés —dije— no deseo saber lo que
sea de él.»
Me miró fijamente durante un instante, con una
curiosidad que nunca me había demostrado.
«Sea cual fuere tu juego —replicó, hablando
despacio e intencionadamente—, no pretendo saberlo. Pero te haré una profecía:
¡Ganarás! Si un día volvemos a encontrarnos, recuerda ío que te he dicho.» Se
quitó el sombrero y se inclinó gravemente. «Sigue tu camino, señora, ¡que yo
seguiré el mío!»
Dicho lo cual, se apartó de mi vista. Esperé
un minuto a solas, para cobrar aliento, y después volví a casa.
Lo primero que vi al entrar en la sala de
estar fue... ¡el propio Armadale!
Estaba esperando para verme y pedirme que
ejerciese mi influencia con su amigo. Le hice la inevitable pregunta sobre lo
que quería decir con ello y me enteré de que Midwinter había hablado ya con él
tal como me había dicho que haría la siguiente ocasión en que le viese. Había
declarado que no podía terminar su trabajo para el periódico con la rapidez
esperada, y había aconsejado a Armadale que buscase una tripulación para el
yate sin esperar ayuda de su parte.
Lo único que tenía yo que hacer, al oír esto,
era cumplir la promesa que había hecho a Midwinter tras oír sus instrucciones
sobre mi manera de actuar en el asunto. El disgusto de Armadale ante mi
resolución de no intervenir se manifestó en la forma que resultaba más ofensiva
para mi persona. Se negó a creer mis reiteradas protestas de que carecía de
toda influencia para ejercitarla en su favor. «Si estuviese casado con Neelie
—dijo— ella haría de mí lo que quisiera, y estoy seguro de que, cuando te lo
propones, puedes hacer lo que quieras de Midwinter.» Si el enamorado imbécil
hubiese tratado de borrar los últimos vestigios de remordimiento y de piedad
que quedaban en mi corazón, ¡no habría podido decir nada mejor para aquel
objeto! Le eché una mirada que le impuso silencio. Salió de la habitación
gruñendo y murmurando para sí. «No sé cómo queréis que busque tripulantes para
el yate. No hablo una palabra de su jerga y el intérprete no sabe distinguir
entre un pescador y un marinero. ¡Que me aspen si sé lo que haré con la
embarcación, ahora que la tengo!»
Probablemente lo sabrá mañana. Y si viene aquí
como de costumbre, ¡yo lo sabré también!
Octubre, 25, diez de la noche. — ¡Manuel le ha
pillado!
Armadale acaba de marcharse, después de haber
estado aquí más de una hora, hablando todo el tiempo de su maravillosa suerte
al encontrar la ayuda que quería en el momento en que más la necesitaba.
Este mediodía, parece que estaba en el muelle
con su intérprete, tratando en vano de hacerse comprender por la población de
vagabundos que allí había. Precisamente cuando iba a desistir desesperado de su
esfuerzo, un desconocido que se hallaba cerca de él (supongo que Manuel le
había seguido hasta el muelle desde el hotel) se ofreció amablemente para
aclarar las cosas. «Hablo su idioma —dijo— y también el de ellos, señor.
Conozco bien Nápoles y he estado profesionalmente relacionado con el mar.
¿Puedo ayudarle?» Siguió el inevitable resultado. Armadale descargó todas sus
dificultades sobre los hombros del cortés desconocido, lanzándose como siempre
de cabeza. Su nuevo amigo insistió sin embargo, honradamente, en cumplir las
formalidades acostumbradas antes de consentir en encargarse personalmente del
asunto. Pidió permiso para visitar a Mr. Armadale con sus certificados de buena
conducta y de capacidad. Aquella misma tarde se había presentado, previa cita,
en el hotel, con todos sus documentos y con «la historia más triste» de
sufrimientos y privaciones como «refugiado político» que Armadale había oído
jamás. La entrevista fue decisiva. Manuel salió del hotel con el encargo de
buscar una tripulación para el yate y de ocupar el puesto de patrón en el viaje
de prueba. Yo observaba ansiosamente a Midwinter, mientras Armadale le contaba
estos particulares, y lo propio hice más tarde, cuando sacó los certificados
del nuevo patrón, que había traído consigo para que los viese su amigo.
De momento, las aprensiones supersticiosas de
Midwinter parecieron renacer con su natural interés por su amigo. Examinó los
documentos del desconocido (después de haberme dicho que cuanto antes estuviese
Armadale en manos de desconocidos tanto mejor sería) con la mayor atención y la
mayor desconfianza, propia de un hombre de negocios. Inútil decir que las
credenciales lo más normales y satisfactorias que podían eran lo más normales y
satisfactorias que podían ser. Cuando Midwinter las devolvió, se puso colorado;
pareció sentir la inconsecuencia de su conducta y observar por primera vez que
yo estaba presente y me daba cuenta de todo. «No hay nada que objetar a los
certificados, Allan, y me alegro de que hayas encontrado la ayuda que
necesitabas.» Esto fue todo lo que dijo al despedirse de Armadale; pero en
cuanto éste hubo salido, ya no volví a verle. Se ha encerrado una vez más, para
pasar la noche en su habitación.
Así están las cosas, por lo que a mí atañe;
pero algo me inquieta. Cuando el yate esté a punto de hacerse a la mar y rehuse
yo ocupar el camarote de las damas, ¿mantendrá Midwinter su resolución,
negándose a viajar sin mí?
Octubre, 26.
— Ya he recibido un aviso de la próxima ordalía. Una carta de Armadale a
Midwinter, que éste acaba de enviarme. Dice así:
«Querido Mid: Estoy demasiado ocupado para ir
hoy a vuestra casa. Termina tu tarea, ¡por el amor de Dios! El nuevo patrón es
un hombre de todas prendas. Ha traído a un inglés a quien conoce y que está ya
trabajando como su ayudante a bordo, y está seguro de reunir toda la
tripulación en tres o cuatro días. Me estoy muriendo por respirar aire de mar,
y supongo que te pasará lo mismo a ti, o no eres marinero. El aparejo está
preparado, las provisiones están siendo traídas a bordo y envergaremos mañana o
el día siguiente. Nunca estuve tan animado en mi vida. Da mis recuerdos a tu
esposa y dile que me hará un favor si viene inmediatamente y ordena todo lo que
necesite en el camarote de señoras. Afectuosamente tuyo,
A.A.»
Debajo de esto, había escrito Midwinter:
«Recuerda lo que te dije. Escríbele (de este
modo será menos violenta la negativa) pidiéndole que acepte tus disculpas y
excusándote de participar en el viaje de prueba.»
Y he escrito sin perder momento. Cuanto antes
sepa Manuel (como es seguro que lo sabrá por Armadale) que he cumplido ya mi
promesa de no viajar en el yate, tanto más segura me sentiré, por lo que a mí
concierne.
Octubre, 27. — Una carta de Armadale, en
contestación a la mía. Expresa ceremoniosamente su disgusto por verse privado
de mi compañía en el crucero, y espera que Midwinter pueda persuadirme a
cambiar de idea. ¡Esperen a que descubra que Midwinter tampoco viajará con
él...!
Octubre, 30. — Nada nuevo que registrar, hasta
hoy.
¡Hoy se ha producido al fin el cambio en
nuestras vidas!
Armadale se ha presentado esta mañana, más
animado que nunca, para anunciar que el yate estaba listo para hacerse a la mar
y preguntar cuándo podrá embarcar Midwinter. Le dije que fuese a preguntárselo
en su habitación. Me dejó, después de pedirme por última vez que reconsiderase
mi negativa a viajar con él. Le respondí con una última disculpa por persistir
en mi resolución, y entonces me senté junto a la ventana, a esperar el
resultado de la entrevista en la habitación contigua.
Todo mi futuro dependía, ahora, de lo que
pasara entre Midwinter y su amigo. Todo se había desarrollado bien hasta este
momento. Lo único que podía temer era que la resolución, o mejor dicho, el
fatalismo de Midwinter, fallara en el último momento. Si Armadale le persuadía
de que le acompañara en el crucero, la indignación de Manuel contra mí no
vacilaría ante nada: recordaría que mi promesa de que Armadale viajaría solo
desde Nápoles, y sería capaz de descubrir toda mi vida pasada a Midwinter antes
de que el yate saliera del puerto. Al pensar en esto y desgranarse lentamente
los minutos, y no llegar nada a mis oídos, salvo el murmullo de voces en la
habitación contigua, mi inquietud se hizo casi insoportable. En vano trataba de
centrar mi atención en lo que ocurría en la calle. Permanecía sentada
mecánicamente detrás de la ventana, sin ver nada.
De pronto (no sabría decir si había pasado
mucho o poco tiempo) cesó el rumor de voces; se abrió la puerta y Armadale
apareció solo en el umbral.
«Adiós —dijo bruscamente—. Y espero que,
cuando me case, mi esposa no dé nunca a Midwinter el disgusto que la de éste me
ha causado a mí.»
Me dirigió una mirada colérica, inclinó con
enojo la cabeza y, dando media vuelta, salió de la estancia.
Vi de nuevo que pasaba gente por la calle. Vi
el mar tranquilo y los mástiles de las embarcaciones en el muelle donde estaba
amarrado el yate. ¡Pude pensar y respirar libremente una vez más! Se habían
pronunciado las palabras que me salvaban de Manuel..., las palabras que podían
ser la sentencia de muerte de Armadale. ¡El yate zarparía sin Midwinter y sin
mí! Mi primera impresión de alivio fue casi enloquecedora. Pero fue solamente
una impresión momentánea. Mi corazón se encogió de nuevo al pensar en Midwinter,
que estaba solo en la habitación contigua.
Salí al pasillo a escuchar y no oí nada. Llamé
suavemente a su puerta y no obtuve respuesta. Abrí y miré al interior. Él
estaba sentado a la mesa, con la cara oculta entre las manos. Le miré en
silencio y vi el brillo de las lágrimas que goteaban entre sus dedos.
«Déjame —dijo, sin mover las manos—. Debo
superar esto yo solo.»
Volví a la sala de estar. ¿Quién puede
comprender a las mujeres, si no nos comprendemos nosotras mismas? El hecho de
que me despidiese de aquella manera se me clavó en el corazón. No creo que la
mujer más inofensiva y más amable del mundo pudiese sentir aquello tan
agudamente como yo. ¡Y esto después de lo que había estado haciendo! ¡Después
de lo que había estado pensando un momento antes de entrar en su habitación!
¿Quién puede explicarlo? Nadie, ¡y yo menos que nadie!
Media hora más tarde, oí que él abría su
puerta y bajaba corriendo la escalera. Salí corriendo a mi vez, sin pararme a
pensar, y le pregunté si podía ir con él. No se detuvo ni me respondió. Volví a
la ventana y le vi pasar, alejándose rápidamente, vuelta la espalda a Nápoles y
al mar.
Ahora puedo comprender que tal vez no me oyó.
Entonces creí que se había mostrado brutal e inexcusablemente descortés
conmigo. Me puse el sombrero, en un acceso de cólera; envié a buscar un
carruaje y dije al cochero que me llevase adonde quisiera. Me llevó, como hacía
con otros extranjeros, al Museo, a ver las estatuas y los cuadros. Fui de una
sala a otra, con el semblante sofocado y toda la gente mirándome. No sé cómo,
me repuse, volví al carruaje y dije al cochero, sin saber por qué, que me
llevase de nuevo a casa con toda la rapidez posible. Me quité el abrigo y el
sombrero y me senté una vez más junto a la ventana. La vista del mar me serenó.
Me olvidé de Midwinter y pensé en Armadale y en su yate. No había un soplo de
brisa; no había una nube en el cielo; el agua de la amplia bahía estaba lisa
como un espejo.
El sol se hundió en el ocaso; el breve
crepúsculo llegó y se fue. Preparé un poco de té y me senté a la mesa, pensando
y soñando en todo aquello.
Cuando me levanté y volví a la ventana, había
salido la luna, pero el mar estaba tan tranquilo como antes.
Todavía estaba mirando cuando vi a Midwinter
en la calle, de vuelta a casa. Ahora estaba yo lo bastante serena para recordar
sus hábitos y presumir que había estado tratando de aliviar el agobio de su
mente con uno de sus largos paseos solitarios. Cuando oí que entraba en su
habitación, tuve la precaución de no molestarle de nuevo. Esperé donde estaba a
que se dignase hablar conmigo.
Poco después, vi, desde mi ventana, que abría
y salía al balcón y, después de mirar hacia el mar, levantaba una mano en el
aire. De momento, fui lo bastante estúpida para no recordar que había sido
marinero y lo que significaba aquel movimiento. Esperé, preguntándome lo que
ocurriría ahora.
Entró en su habitación y, después de un
intervalo, volvió a salir y a levantar la mano como antes. Esta vez esperó,
apoyado en la baranda del balcón y mirando fijamente, con toda su atención
absorbida por el mar.
Durante un largo, largo rato, permaneció
inmóvil. Después, vi de pronto que se sobresaltaba. Inmediatamente, cayó de
rodillas y cruzó las manos sobre la baranda del balcón. «¡Que Dios Todopoderoso
te guarde y te bendiga, Allan! —dijo fervientemente—. ¡Adiós para siempre!»
Miré hacia el mar. Ahora soplaba una suave y
continua brisa, y la rizada superficie del agua centelleaba bajo la apacible
luz de la luna. Miré de nuevo y vi pasar lentamente, ocultando el resplandor de
la luna, una larga y negra embarcación de altas velas como fantasmas,
deslizándose suavemente y sin ruido sobre el agua, como una serpiente.
Con la noche, se había alzado el viento
favorable, y el yate de Armadale había zarpado en su viaje de prueba.
CAPÍTULO III
TERMINA EL DIARIO
Londres, 19 de noviembre. — Estoy sola de
nuevo en la gran ciudad; sola, por primera vez, desde nuestra boda. Hace casi
una semana que inicié mi viaje de regreso a casa, dejando a Midwinter en Turín.
Los días han estado tan llenos de sucesos
desde que empezó el mes, y yo tan agobiada, mental y físicamente, durante la
mayor parte del tiempo, que descuidé lastimosamente mi diario.
Unas pocas notas, escritas tan de prisa y tan
confusas que apenas yo misma puedo entenderlas, son todo lo que poseo para
recordar lo que ocurrió desde la noche en que el yate de Armadale zarpó de
Nápoles. Intentaré poner orden en ellas, sin más pérdida de tiempo, y veré si
puedo recordar las circunstancias tal como sucedieron, desde el comienzo del
mes.
El tres de noviembre, estando nosotros todavía
en Nápoles, Midwinter recibió una carta escrita a vuelapluma por Armadale y
fechada en Mesina. «El tiempo —decía— ha sido magnífico, y el yate ha hecho una
de las más veloces travesías que se han registrado. La tripulación tenía un
aspecto bastante rudo, pero el capitán Manuel y su piloto inglés (el último
calificado como "un tipo estupendo") los manejaron admirablemente.»
Después de este afortunado comienzo, Armadale había decidido, naturalmente,
prolongar el crucero y, a sugerencia del capitán, visitar algunos puertos del
Adriático que aquél había descrito como llenos de atractivos y dignos de verse.
Seguía una posdata, explicando que Armadale
había escrito apresuradamente para alcanzar el vapor de Nápoles, y que había
abierto de nuevo la carta antes de enviarla, para añadir algo que había
olvidado. El día antes de zarpar el yate, había estado en el banco para hacerse
con «unos cientos en oro» y creía que se había dejado olvidada allí su petaca.
Era una vieja amiga suya y pedía a Midwinter que le hiciese el favor de
recobrarla y guardarla hasta que se viesen de nuevo.
Ésta era la substancia de la carta. Reflexioné
profundamente sobre ella cuando Midwinter me dejó sola, después de leerla.
Entonces pensé (y sigo pensando) que Manuel no había persuadido a Armadale a
viajar por un mar como el Adriático, menos frecuentado por los barcos que el
Mediterráneo, sin más intención que la que había expuesto. Los términos en que
mencionaba la insignificante pérdida de la petaca, me chocaron también como
indicadores de lo que iba a suceder. Saqué la conclusión de que los pagarés de
Armadale no habían sido convertidos en «unos cientos en oro» por su propia
previsión o práctica mercantil. Sospeché que Manuel había influido también en
esto, y una vez más, por sus propias razones. A intervalos, durante toda la
noche de insomnio, estas consideraciones acudieron repetidamente a mi mente, y
una y otra vez apuntaron obstinadamente (en lo tocante a mis próximos
movimientos) en una sola dirección: la vuelta a Inglaterra.
Cómo llegar hasta allí y, sobre todo, cómo
llegar sin ser acompañada por Midwinter, era más de lo que mi ingenio podía
descubrir aquella noche. Traté y traté de resolver la dificultad, y me quedé
dormida, agotada, después de amanecer, sin haberla resuelto.
Unas horas más tarde, en cuanto me hube
vestido, entró Midwinter con noticias recibidas aquella mañana de sus patronos
de Londres. Los propietarios del periódico habían recibido del director un
informe tan favorable sobre su corresponsal en Nápoles que habían decidido
ascenderle a un puesto de mayor responsabilidad y mejor pagado, en Turín. Se le
daban instrucciones en la carta y se le pedía que se trasladase de Nápoles a su
nuevo puesto sin pérdida de tiempo.
Al oír esto, y antes de que pudiese
preguntármelo, le tranquilicé asegurándole que me complacía el traslado. Turín
tenía, a mis ojos, el gran atractivo de estar en el camino de Inglaterra. Le
dije, inmediatamente, que estaba lista para emprender el viaje en cuanto
dispusiera.
Me dio las gracias por adaptarme a sus planes,
con aquellas antiguas gentilezas que no había en él desde hacía algún tiempo.
Las buenas noticias de Armadale, del día anterior, parecían haberle reanimado
un poco del abatimiento en que se había sumido al zarpar el yate. Y ahora, la
perspectiva de un ascenso en su profesión, y más aún, la de abandonar el lugar
fatal donde se había convertido en realidad la tercera Visión del Sueño, le
habían animado y aliviado todavía más (según confesó él mismo). Me preguntó,
antes de salir para preparar el viaje, si esperaba saber de mi «familia» de
Inglaterra, y si debía dar instrucciones para que mi correspondencia fuese
remitida, junto con la suya, al apartado de correos de Turín. Le di las gracias
y acepté inmediatamente su ofrecimiento. Su proposición me había sugerido, al
instante, que las circunstancias de mi fingida «familia» podían servirme una
vez más como razón de que fuese inesperadamente llamada a Inglaterra.
El día nueve de aquel mes, nos instalamos en
Turín.
El trece, Midwinter (que estaba entonces muy
ocupado) me preguntó si podía ahorrarle una pérdida de tiempo yendo a buscar
las cartas que hubiesen podido llegar para nosotros desde Nápoles. Yo había
esperado la oportunidad que ahora me ofrecía él, y decidí aprovecharla, sin
vacilar. No había ninguna carta para nosotros en el apartado de correos, pero,
cuando él me preguntó a mi regreso, le dije que había una carta para mí, con
noticias alarmantes de casa. Mi madre estaba gravemente enferma, y me
suplicaban que fuese a toda prisa a Inglaterra para verla.
Parece totalmente inconcebible (ahora que
estoy lejos de él), pero es verdad, que ni siquiera entonces pudiese decirle
una mentira premeditada sin un sentimiento de aprensión y de vergüenza que
otras personas considerarían, y yo misma considero, como totalmente
incongruentes con un carácter como el mío. Incongruentes o no, las sentí. Y
aunque parezca todavía más extraño (tal vez debería decir más absurdo), si él
hubiese insistido en su primera resolución de acompañarme a Inglaterra, en vez
de permitir que viajase sola, creo firmemente que habría vuelto por segunda vez
la espalda a la tentación y me habría dejado llevar por el antiguo sueño de
vivir una vida feliz e inofensiva en el amor de mi marido.
¿Me estoy engañando en esto? No importa; me
atrevo a decir que sí. Me tiene sin cuidado lo que podría haber ocurrido. Lo
que ocurrió es lo único que tiene ahora importancia.
La cosa terminó con Midwinter dejándose
convencer de que yo era lo bastante mayor para cuidar de mí misma en el viaje a
Inglaterra y de que él se debía a la gente del periódico, que había puesto sus
intereses en sus manos, y no podía abandonar Turín cuando acababa de
establecerse allí. Cuando se despidió de mí, no sufrió tanto como cuando se
había despedido de su amigo. Lo comprendí y valoré como era debido el interés
que manifestó en que no dejase de escribirle. Por fin he superado mi debilidad
en lo tocante a él. Ningún hombre que realmente me amase habría puesto lo que
debía a la gente del periódico por encima de lo que debía a su mujer. ¡Le odio
por dejarme que le convenciese! Creo que se alegró de librarse de mí. Creo que
ha visto alguna mujer que le gusta en Turín. Bueno, dejemos que siga su nuevo
capricho, si así le place. Yo seré muy pronto la viuda de Mr. Armadale de
Thorpe-Ambrose, ¿y qué me importará entonces lo que le guste o disguste a
Midwinter? Los acontecimientos del viaje no fueron dignos de mención y mi
llegada a Londres la he registrado ya al principio de la nueva página.
En cuanto a hoy, lo único que he hecho de
alguna importancia, desde que llegué al hotel barato y tranquilo donde me alojo
ahora, ha sido enviar a buscar al patrón y pedirle que me ayude a encontrar los
números atrasados de The Times. Se ha ofrecido amablemente a acompañarme mañana
por la mañana a un lugar de la ciudad donde están todos los periódicos, según
él dice, archivados. Así pues, tengo que dominar hasta mañana mi impaciencia
por ver si hay noticias de Armadale. ¡Y buenas noches a la bonita imagen de mí
misma que aparece en estas páginas!
Noviembre, 20. — Ninguna noticia todavía, en
la columna necrológica ni en cualquier otra parte del periódico. Examiné
cuidadosamente cada uno de los números partiendo del día en que nos escribió
Armadale desde Mesina, hasta el actual veinte de noviembre, y estoy segura de
que, si ha ocurrido algo, nada se sabe aún en Inglaterra. ¡Paciencia! Hemos
convenido en que tendré el periódico sobre la mesa del desayuno, cada mañana
hasta nuevo aviso, y cualquier día puedo enterarme de lo que más deseo saber.
Noviembre, 21. — Ninguna noticia todavía. He
escrito a Midwinter para guardar las apariencias. Cuando hube terminado la
carta, me sentí (no sé por qué) terriblemente desanimada y tan ansiosa de un
poco de compañía que, sin saber a qué otro sitio ir, me dirigí a Pimlico, por
si Mamá Oldershaw hubiese vuelto a su antigua residencia.
El lugar ha cambiado desde mi anterior
estancia en Londres. El lado de la casa correspondiente al doctor Downward
estaba aún vacío. Pero la tienda tenía un aspecto más alegre y estaba ocupada
por una modista de trajes y sombreros. Cuando entré para preguntar, sólo
encontré desconocidos. Sin embargo no vacilaron en darme la nueva dirección de
Mrs. Oldershaw, de lo cual infiero que la pequeña «dificultad» que la obligó a
esconderse el pasado agosto se habrá resuelto al fin en lo tocante a ella. En
cuanto al médico, los de la tienda no sabían o pretendieron no saber qué había
sido de él.
No sé si fue la vista de la casa de Pimlico lo
que me asqueó, o si fue mi propia perversidad o alguna otra cosa. Pero lo
cierto es que cuando conseguí la dirección de Mrs. Oldershaw, tuve la impresión
de que era la persona que menos deseaba ver en el mundo.
Tomé un simón y dije al cochero que me llevase
a la calle donde vivía ella, pero después le ordené que volviese al hotel. No
sé lo que me pasa, a menos que pueda atribuirlo a mi creciente impaciencia por
tener información sobre Armadale. ¿Cuándo parecerá el futuro un poco menos
sombrío? Mañana es sábado. ¿Levantará el velo el periódico de mañana?
Noviembre, 22. — ¡El periódico del sábado ha
levantado el velo! Las palabras no pueden expresar el pánico y el asombro con
que escribo. Nunca había previsto una cosa así, y no puedo creerlo ahora que ha
ocurrido. ¡El viento y las olas se convirtieron en mis cómplices! El yate se
hundió en el mar, ¡y perecieron todos los que iban en él!
He aquí el relato que figura en el periódico
de esta mañana:
DESASTRE EN EL MAR. — El Royal Yacht Squadron
y los aseguradores han recibido noticias, lamentamos decir que fidedignas, de
la pérdida total, el día cinco de este mes, del yate Dorothea, con todas las
personas que iban a bordo. He aquí los particulares: Al amanecer del día seis,
el bergantín itAllano Speranza, procedente de Venecia, y con rumbo a Marsala,
descubrió algunos objetos flotantes delante del cabo de Spartivento (en el
extremo meridional de Italia) que llamaron la atención a los tripulantes del barco.
El día anterior se había caracterizado por una de las más graves, súbitas y
violentas tormentas, peculiares de estos mares del sur, que se recordaban desde
hacía muchos años. Como el Speranza había estado en peligro durante el
vendaval, el capitán y los tripulantes llegaron a la conclusión de que aquellos
objetos eran huellas de un naufragio, y arriaron un bote para examinarlo. Un
gallinero, algunos palos rotos y fragmentos de tablas fueron las primeras
pruebas que se descubrieron de la terrible catástrofe que se había producido.
Después se encontraron piezas ligeras del mobiliario de los camarotes,
arrancadas y destrozadas. Y por último, apareció una triste clave del suceso,
en forma de un salvavidas con una botella tapada sujeta a él. Estos últimos
objetos, junto con los restos de los muebles, fueron subidos a bordo del
Speranza. En el salvavidas figuraba el nombre de la embarcación: Dorothea,
R.Y.S. (que significa Royal Yacht Squadron). Al ser descorchada la botella, se
vio que contenía una hoja de papel, con las siguientes líneas escritas
precipitadamente en lápiz: «Frente al cabo de Spartivento, a dos días de
Mesina. Nov., 5, 4 tarde (la hora en que, según el cuaderno de bitácora del
bergantín itAllano, había sido más fuerte el temporal). Nuestros dos botes han
sido tragados por el mar. El timón ha desaparecido, y tenemos una vía de agua a
popa que no podemos cerrar. Que el Señor nos valga, nos estamos hundiendo.
(Firmado) John Mitchenden, piloto.» Al llegar a Marsala, el capitán del
bergantín informó al cónsul británico y le entregó los objetos encontrados.
Gestiones realizadas en Mesina dieron por resultado saber que la infortunada
embarcación había llegado allí desde Nápoles. En este puerto, se averiguó que
el Dorothea había sido alquilado al agente del propietario por un caballero
inglés, Mr. Armadale, de Thorpe-Ambrose, Norfolk. No ha podido saberse con
certeza si había a bordo algún amigo de Mr. Armadale. Pero, desgraciadamente,
es indudable que el infortunado caballero navegó en el yate desde Nápoles y
estaba también a bordo cuando la embarcación zarpó de Mesina.
Ésa es la historia del naufragio, tal como la
refiere el periódico en pocas y claras palabras. Me da vueltas la cabeza; mi
confusión es tan grande que pienso en cincuenta cosas diferentes, tratando de
pensar en una sola. Tengo que esperar... (un día más o menos no tiene ahora
importancia), debo esperar hasta que pueda enfrentarme con mi nueva posición,
sin sentirme perpleja.
23 de noviembre, ocho de la mañana. — Me he
levantado hace una hora, y veo claramente el primer paso que he de dar, en las
actuales circunstancias.
Es de máxima importancia para mí saber lo que
pasa en Thorpe-Ambrose, y sería una terrible imprudencia aventurarme a ir allí
en persona, estando completamente a oscuras en esta cuestión.
La única alternativa es escribir a alguien del
lugar, pidiéndole noticias, y la única persona a quien puedo escribir es...
Bashwood.
He terminado la carta. He consignado que es
«particular y confidencial» y la he firmado «Lydia Armadale». No hay nada en
ella que pueda comprometerme, si el viejo imbécil está terriblemente ofendido
por el trato que le di y muestra maliciosamente mi carta a otras personas. Pero
no creo que lo haga. Un hombre de su edad lo perdona todo a una mujer, si ésta
se lo propone. Le he pedido, como favor personal, que mantenga por ahora en
secreto nuestra correspondencia. Le he insinuado que mi vida de casada con mi
difunto esposo no había sido feliz, y que comprendo que es una imprudencia
casarse con un hombre joven. En una posdata he ido todavía más lejos y he
añadido descaradamente estas consoladoras palabras: «Podré explicarle, querido
Mr. Bashwood, lo que pudo parecer falso y engañoso en mi conducta para con
usted, si me da la oportunidad de hacerlo.» Si tuviese menos de sesenta años,
dudaría del resultado. Pero tiene más y creo que me concederá esa oportunidad.
Las diez. — He estado mirando la copia de mi
certificado de matrimonio que tuve la precaución de procurarme el día de la
boda, y he descubierto, para mi indecible espanto, un posible obstáculo a mi
presunta condición de viuda de Armadale, que he advertido ahora por primera
vez.
La descripción de Midwinter (bajo su verdadero
nombre) que consta en el certificado, responde, en todos los datos importantes,
a la que habría correspondido al Armadale de Thorpe-Ambrose, si me hubiese
casado realmente con él. Nombre y apellido: Allan Armadale. Edad: veintiún
años, en vez de veintidós, pero esto puede atribuirse fácilmente a un error.
Estado: Soltero. Rango o profesión: Caballero. Residencia el día de la boda:
Frant's Hotel, Darley Street. Nombre y apellido del padre: Allan Armadale.
Rango o profesión del padre: Caballero: Todos los datos (salvo la diferencia de
un año en la edad) que eran aplicables a uno, lo eran también al otro. Pero
supongamos que, al mostrar mi copia del certificado, algún abogado entremetido
se empeñase en ver el original. La escritura de Midwinter no puede ser más
diferente de la de su amigo muerto. La firma estampada en el libro registro no
podría pasar en modo alguno por la de Armadale de Thorpe-Ambrose.
¿Puedo actuar con seguridad en este asunto,
con una sima como la que veo abierta aquí ante mis pies? ¿Cómo saberlo? ¿Dónde
puedo encontrar una persona de experiencia que me informe? Debo cerrar mi
diario y pensar.
Las siete. — Mis perspectivas han cambiado de
nuevo desde que escribí los párrafos anteriores. He recibido un aviso de que
tenga cuidado en el futuro, que no debo desdeñar, y he logrado (al menos así lo
creo), el consejo y la ayuda que tanto necesito.
Después de tratar en vano de pensar en alguna
persona mejor a quien confiar la dificultad que me inquieta, he hecho virtud de
la necesidad y he querido sorprender a M. Oldershaw con una visita de su
querida Lydia. Casi inútil añadir que resolví sondearla cuidadosamente y no
confiarle ningún secreto de importancia.
Una adusta, solemne y vieja doncella me abrió
la puerta. Al preguntarle por su señora, me recordó enérgicamente que había
cometido una impertinencia al pretender visitarla en domingo. Si Mrs. Oldershaw
estaba en casa, era solamente porque su delicado estado de salud le impedía ir
a la iglesia. La criada consideraba muy improbable que su señora me recibiese.
Yo, por el contrario, consideré muy probable que me honrase concediéndome una
entrevista en su propio interés, si me hacía anunciar como Miss Gwilt, y los
hechos demostraron que no me había equivocado. Después de hacerme esperar unos
minutos, fui conducida al salón.
Allí estaba mamá Jezabel, con el aire de la
mujer que se toma un descanso en el camino hacia el cielo, llevando una bata de
color pizarra con mitones grises en las manos, una cofia sencilla y seria en la
cabeza y un libro de sermones sobre la falda. Puso devotamente los ojos en
blanco al verme, y éstas fueron sus primeras palabras: «¡Oh, Lydia! ¡Lydia!
¿Por qué no estás en la iglesia?»
Si hubiese estado yo menos inquieta, la súbita
representación de un personaje completamente nuevo por parte de Mrs. Oldershaw
me habría divertido. Pero no estaba de humor para reír y (habiendo satisfecho
todos mis pagarés) no tenía ninguna obligación de restringir mi natural
libertad de palabra. «¡Déjate de tonterías! —le dije—. Guárdate en el bolsillo
tu máscara de los domingos. Tengo que enterarte de algunas novedades, acaecidas
después de la última vez que te escribí desde Thorpe-Ambrose.»
En cuanto mencioné Thorpe-Ambrose, la vieja
hipócrita puso de nuevo los ojos en blanco y se negó rotundamente a oír una
palabra más sobre el tema de mis actuaciones en Norfolk. Insistí, pero fue
completamente inútil. Mamá Oldershaw sacudió la cabeza y gruñó, y me informó de
que su relación con las pompas y vanidades del mundo había terminado para
siempre. «¡He vuelto a nacer, Lydia! —dijo la vieja sinvergüenza, enjugándose
los ojos—. Nada me inducirá a volver a hablar del tema de tus malignos
propósitos fundados en la estupidez de un joven rico.»
Después de oír esto, hubiese debido marcharme
en el acto, y lo habría hecho de no haber sido por una consideración que me
entretuvo un momento más.
Ahora era fácil ver que las circunstancias
(fuesen cuales fueren) que habían obligado a mamá Oldershaw a esconderse, en
ocasión de mi anterior visita a Londres, habían sido lo bastante graves para
obligarla a renunciar, o parecer renunciar, a su antiguo negocio. Y era
igualmente claro que le había resultado ventajoso (como lo es, en cierto modo,
para todo el mundo en Inglaterra) encubrir cuidadosamente lo más visible de su
carácter con un barniz de gazmoñería. Pero esto no era de mi incumbencia, y
habría hecho estas reflexiones en la calle, y no dentro de la casa, si mis
intereses no me hubiesen inducido a poner a prueba la sinceridad de la reforma
de mamá Oldershaw, en lo que podía afectar a sus pasadas relaciones conmigo.
Recordé que, cuando me había equipado para nuestra empresa, había yo firmado
cierto documento que le daba un importante interés pecuniario en mi triunfo, si
llegaba a ser Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose. La oportunidad de convertir
aquel infame trozo de papel en piedra de toque era demasiado tentadora para
desdeñarla. Pedí permiso a mi devota amiga para decir una última palabra antes
de marcharme.
«Como ya no tienes interés en mis malignos
propósitos con referencia a Thorpe-Ambrose —le dije—, tal vez me devolverás el
documento que firmé cuando no eras una persona tan ejemplar como ahora.»
La vieja y desvergonzada hipócrita cerró
inmediatamente los ojos y se estremeció.
«¿Significa esto sí, o no?», le pregunté.
«Por motivos morales y religiosos, Lydia —dijo
Mrs. Oldershaw—, significa no.»
«Por razones malignas y mundanas —le repliqué—
quiero darte las gracias por mostrarme tus cartas.»
Ciertamente, ahora ya no cabía duda sobre lo
que realmente se proponía. No correría más riesgos, ni mi prestaría más dinero;
dejaría que ganase o perdiese sin su ayuda. Si perdía, no se vería
comprometida. Si ganaba, sacaría el documento que yo había firmado y se
aprovecharía de él sin el menor remordimiento. En mi actual situación, habría
sido una pérdida de tiempo y de palabras prolongar la conversación con inútiles
recriminaciones por mi parte. Guardé el aviso en mi memoria para su ulterior
empleo y me levanté para marcharme.
En el momento en que abandoné mi silla, se
oyeron dos fuertes golpes en la puerta de la calle. Evidentemente, Mrs.
Oldershaw los reconoció. Se levantó apresuradamente y tocó la campanilla. «Me
encuentro demasiado mal para recibir a nadie —dijo, cuando apareció la criada—.
Espera un momento, por favor», añadió, volviéndose rápidamente a mí cuando la
mujer se hubo marchado para abrir la puerta.
Sé que fue una pequeña, muy pequeña, trastada
por mi parte; pero la tentación de contrariar a mamá Jezabel, incluso en una
cosa baladí, fue demasiado fuerte para que pudiese resistirla. «No puedo
esperar —le dije—. Acabas de recordarme que debería estar en la iglesia.» Y
antes de que pudiese responder, salí de la habitación.
Cuando ponía el pie en el primer peldaño de la
escalera, se abrió la puerta de la calle y una voz de hombre preguntó si Mrs.
Oldershaw estaba en casa.
Inmediatamente reconocí aquella voz. ¡Era la
del doctor Downward!
CAPÍTULO III (continuación)
TERMINA EL DIARIO
El médico repitió el mensaje de la doncella en
un tono que traslucía una inconfundible irritación al encontrarse con que no se
le permitía pasar.
«Tu señora no se encuentra bien y no puede
recibir visitas, ¿eh? Dale esta tarjeta y dile que espero que la próxima vez
que venga a visitarla se haya repuesto lo bastante para recibirme.»
Si su voz no me hubiese dado a entender
claramente que no estaba en buenos términos con Mrs. Oldershaw, supongo que
habría dejado que se marchase sin decirle nada. Pero, tal como estaban las
cosas, sentí el deseo de hablarle, como habría hablado con cualquiera que
estuviese resentido con mamá Jezabel. Bajé, pues, la escalera, seguí
disimuladamente al doctor y le alcancé en la calle.
Había reconocido su voz y reconocí su espalda
al caminar detrás de él. Pero, cuando le llamé por su nombre y él se volvió en
redondo y sobresaltado para enfrentarse conmigo, seguí su ejemplo y me
sobresalté también. ¡La cara del médico se había transformado en la de un
desconocido! Ocultaba su calva bajo una peluca gris hábilmente confeccionada.
Se había dejado crecer las patillas y se las había tenido para que no
desentonasen con sus nuevos cabellos. Unas horribles gafas redondas se
asentaban sobre su nariz en vez de los elegantes lentes que antes solía llevar
en la mano, y un pañuelo negro, debajo del enorme cuello de la camisa, parecía
ser indigno sucesor de la corbata blanca clerical de otros tiempos. Nada
quedaba del hombre a quien había conocido yo antaño, salvo su rolliza figura y
la cortesía y suavidad confidenciales de sus modales y de su voz.
«Encantado de verla de nuevo —dijo el médico,
mirando con cierta ansiedad a su alrededor y sacando precipitadamente un
tarjetero—. Pero, mi querida Miss Gwilt, permítame que rectifique un pequeño
error por su parte. El doctor Downward, de Pimlico, está muerto y enterrado, y
le estaré sumamente agradecido si nunca y bajo ninguna consideración vuelve a
mencionarlo.»
Tomé la tarjeta que me ofrecía y descubrí que
estaba hablando con el «Doctor Le Doux, del Sanatorio de Fairweather,
Hampstead.»
«Parece que ha considerado necesario —dije—
cambiar muchas cosas desde que le vi por última vez. Su nombre, su residencia,
su aspecto personal...»
«Y mi especialidad en la profesión —me
interrumpió el médico—. He comprado a su poseedor original (una persona poco
emprendedora y sin recursos) un nombre, un diploma y un sanatorio terminado
sólo en parte para la atención de enfermos nerviosos. Estamos ya preparados
para reconocer a unos pocos amigos privilegiados, que vienen a vernos. ¿Va
usted en la misma dirección que yo? Por favor, apóyese en mi brazo y dígame a
qué feliz casualidad debo el placer de verla de nuevo.»
Le conté exactamente lo que había ocurrido y
añadí (con vistas a asegurarme de cuáles eran sus relaciones con su antigua
aliada de Pimlico) que me había sorprendido en gran manera que Mrs. Oldershaw
cerrase la puerta a un viejo amigo como él. Por muy cauto que fuese el médico,
su actitud al escuchar mi observación me convenció al momento de que mi
sospecha de una desavenencia entre ellos era acertada. Su sonrisa se desvaneció
y se apretó con irritación las feas gafas sobre el puente de la nariz.
«Discúlpeme si dejo que saque usted sus propias conclusiones —dijo—. El asunto
de Mrs. Oldershaw es, lamento decirlo, muy desagradable para mí en las actuales
circunstancias. Se trata de una dificultad relacionada con nuestra antigua
asociación en Pimlico, y que carece totalmente de interés para una mujer joven
y brillante como usted. ¡Pero déme noticias suyas! ¿Ha dejado su empleo en
Thorpe-Ambrose? ¿Reside ahora en Londres? ¿Puedo servirla en algo, dentro o
fuera de mi profesión?»
Esta última pregunta era más importante de lo
que él presumía. Antes de responderla, creí necesario separarme de él y tener
un poco de tiempo para reflexionar.
«Considero su ofrecimiento como una amable
invitación a visitarle, doctor —le dije—. Tal vez en su tranquila casa de
Hampstead podría decirle algo que no puedo expresar en esta calle ruidosa.
¿Cuándo está usted en el sanatorio? ¿Le encontraría allí hoy a una hora más
avanzada?» El médico me aseguró que precisamente se dirigía allí y me pidió que
yo misma fijase la hora. «Por la tarde, temprano» le dije, y alegando que tenía
una cita, detuve el primer ómnibus que pasó. «No olvide la dirección», dijo el
doctor, ayudándome a subir. «Tengo su tarjeta», le respondí, y nos separamos.
Volví al hotel, subí a mi habitación y
reflexioné ansiosamente.
El grave obstáculo de la firma en el acta del
matrimonio seguía levantándose en mi camino tan infranqueable como siempre.
Había perdido toda esperanza de conseguir ayuda de Mrs. Oldershaw. De ahora en
adelante sólo podría considerarla como una enemiga acechando en la oscuridad;
la enemiga, ahora sin duda alguna, que me había hecho seguir y vigilar la
última vez que había estado en Londres. ¿A qué otro consejero podía acudir para
que supliese con su experiencia mi ignorancia de las leyes y de los negocios?
¿Podía visitar al abogado a quien consulté
cuando estaba a punto de casarme con Midwinter bajo mi nombre de soltera?
¡Imposible! Por no hablar de lo fríamente que me había recibido la última vez
que le había visitado y de que el consejo que necesitaba esta vez se refería
(por mucho que pudiese disfrazar los hechos) a la comisión de un fraude, un
fraude en el que no querría intervenir ningún abogado que tuviese un prestigio
que conservar. ¿Podía pensar en alguna otra persona competente? Había una y
sólo una: el médico que había muerto en Pimlico y resucitado en Hampstead.
Sabía que carecía enteramente de escrúpulos;
que tenía la experiencia de que yo carecía y que era tan astuto, inteligente y
precavido como el que más en Londres. Además, había hecho dos importantes
descubrimientos sobre él esta mañana. En primer lugar, estaba en mala relación
con Mrs. Oldershaw, lo cual me protegía del peligro de que los dos se
coaligasen contra mí, si confiaba en él. En segundo lugar, las circunstancias
le obligaban todavía a ocultar cuidadosamente su identidad, lo cual me daba un
poder superior en todos los aspectos al que pudiese yo darle sobre mí. Era, a
fin de cuentas, el hombre adecuado, el único hombre adecuado para mis fines. Y
sin embargo, vacilaba en acudir a él; vacilé durante más de una hora, ¡sin
saber por qué!
Eran las dos cuando decidí al fin visitar al
doctor. Después de pasar casi otra hora determinando minuciosamente hasta dónde
podía llegar en mis confidencias, envié a buscar un simón y partí a las tres de
la tarde en dirección a Hampstead.
Encontré el sanatorio con cierta dificultad.
Fairweather Vale resultó ser un barrio nuevo
situado al pie de las tierras altas de Hampstead, en el lado sur. El cielo
estaba nublado y el lugar parecía muy triste. Nos acercamos a él por una calle
nueva flanqueada de árboles, que podía haber sido la avenida de una casa de
campo. Al final nos encontramos en un terreno abierto, salpicado de villas a
medio terminar y con montones de tablas, carretillas y materiales de
construcción desparramados en todas direcciones. En un rincón de este desolado
escenario, se alzaba un caserón enorme y horrible, estucado de color pardo y
rodeado de un jardín desnudo e inacabado, sin un arbusto ni una flor en él;
algo espantoso. En la puerta de hierro de la verja, ahora abierta, había una
placa nueva de metal, con la palabra «sanatorio» inscrita en ella con grandes
letras negras. La campana, al ser tocada por el cochero, resonó en la casa
vacía como tocando a muerto, y el viejo criado, pálido, arrugado y vestido de
negro, que abrió la puerta, parecía haber salido de la tumba para prestar este
servicio. Me asaltó un olor a yeso húmedo y barniz reciente, y el hombre me
hizo pasar al mismo tiempo que una fría ráfaga de aire húmedo de noviembre.
Entonces no lo advertí, pero ahora, al escribirlo, recuerdo que me estremecí al
cruzar el umbral.
Di el nombre de Mrs. Armadale al criado, que
me condujo a la sala de espera. Incluso el fuego parecía agonizante y húmedo en
la chimenea. Los únicos libros de encima de la mesa eran las obras del doctor,
con serios forros de color pardo, y el único objeto que adornaba las paredes
era el diploma extranjero (bellamente enmarcado y protegido con un cristal) que
sin duda había comprado el doctor, junto con su nombre extranjero.
Al cabo de unos momentos, entró el dueño del
sanatorio y levantó las manos con alegre asombro al verme.
«¡No tenía la menor idea de quien era Mrs.
Armadale! —dijo—. Mi querida señora, ¿ha cambiado usted también de nombre? ¡Qué
picara ha sido al no decírmelo cuando nos encontramos esta mañana! Pase a mi
salita privada; sería absurdo retener a una antigua y buena amiga como usted en
la sala de espera de los pacientes.»
La salita privada del doctor estaba en la
parte de atrás de la casa, con vistas a campos y arboledas condenados a muerte
pero todavía no destruidos por el constructor. Horribles objetos de latón,
cuero y vidrio, combados y retorcidos, como si fuesen cosas sensibles presas de
angustia y dolor, llenaban un extremo de la habitación. Una gran biblioteca con
puertas cristaleras ocupaba toda la pared opuesta y exhibía en sus estantes
largas hileras de botes de vidrio, donde amorfas criaturas muertas, de color blanquecino
mate, flotaban en un líquido amarillo. Sobre la chimenea, colgaban fotografías
de hombres y mujeres, encerradas en dos grandes marcos que pendían uno al lado
del otro, con un espacio entre ellos. Las imágenes de la izquierda ilustraban
los efectos producidos en las caras por las dolencias nerviosas; las de la
derecha mostraban los estragos de la locura desde el mismo punto de vista;
mientras que el espacio intermedio estaba ocupado por un pergamino
elegantemente iluminado en el que se había escrito esta máxima acreditada por
el tiempo: «Es mejor prevenir que curar.»
«Aquí estoy, con mi aparato galvánico y mis
muestras conservadas y todo lo demás —dijo el médico, indicándome un sillón
junto al fuego—. Y allí está mi Sistema, hablándole sin palabras desde arriba,
bajo una forma de exposición que me atrevo a describir como prototipo de la
franqueza. Esto no es un manicomio, mi querida señora. Dejemos que otros traten
la locura si quieren... ¡Yo la prevengo! Todavía no hay pacientes en la casa.
Pero vivimos en una época en que los trastornos nerviosos (parientes de la locura)
van continuamente en aumento, y a su debido tiempo vendrán los que sufren de
ellos. Puedo esperar, como esperó Harvey y como esperó Jenner. Y ahora, apoye
los pies delante de la chimenea y hábleme de usted. Desde luego, está casada,
¿no? ¡Y qué bonito nombre! Acepte mi más cordial felicitación. Tiene los dos
dones más grandes que puede poseer una mujer. Yo los llamo, con mayúsculas,
Marido y Hogar.»
Interrumpí la avalancha genial de
felicitaciones del médico a la primera oportunidad.
«Estoy casada; pero las circunstancias no son
en modo alguno corrientes —dije gravemente—. Mi actual posición no incluye
ninguno de los dones que generalmente se presume que recibe la mujer. Estoy ya
en una situación de serias dificultades... y que pronto pueden convertirse en
grave peligro.»
El doctor acercó un poco más su sillón al mío
y adoptó su antiguo tono profesional y confidencial. «Si desea consultarme
—dijo a media voz—, sabe que guardé algunos secretos peligrosos en mis viejos
tiempos y sabe también que poseo dos cualidades valiosas como consejero. No me
impresiono fácilmente, y se puede confiar implícitamente en mí.»
Incluso entonces vacilé en el último momento,
sentada a solas con él en su salita. ¡Era tan nuevo para mí confiar en alguien
que no fuese yo misma! Y sin embargo, ¿cómo podía dejar de confiar en otra
persona, en una dificultad que podía convertirse en asunto judicial?
«Pero es usted quien debe decidir, ¿sabe?
—añadió el doctor—. Yo no invito nunca a las confidencias. Solamente las
recibo.»
Ya no había remedio; había ido allí no para
vacilar, sino para hablar. Me arriesgué, y hablé.
«El asunto que quiero consultarle no cae (como
parece usted pensar) dentro de su experiencia profesional. Pero creo que puede
ayudarme, si confío en su experiencia más amplia como hombre de mundo. Le
advierto de antemano que ciertamente le sorprenderé y posiblemente le alarmaré
antes de que haya terminado.»
Después de este prólogo, entré en materia y le
conté lo que había resuelto contarle... y no más.
No mantuve en secreto, desde el principio, mi
intención de hacerme pasar por viuda de Armadale, y mencioné sin reservas
(sabiendo que el médico podía acudir a la oficina correspondiente y ver el
testamento) la espléndida renta que percibiría en caso de tener éxito. En
cambio, creí preferible alterar u ocultar algunas de las circunstancias
subsiguientes. Le mostré el relato periodístico de la pérdida del yate, pero no
dije nada sobre lo ocurrido en Nápoles. Le informé sobre la exacta similitud de
los dos nombres, dejando que imaginase que era accidental. Le dije, como
elemento importante del asunto, que mi marido había mantenido su verdadero
nombre en secreto para todo el mundo, salvo para mí; pero (para evitar
cualquier comunicación entre ellos) oculté al médico el nombre supuesto que
había empleado Midwinter durante toda su vida. Reconocí que había dejado a mi
esposo en el Continente; pero, cuando me lo preguntó el doctor, dejé que sacase
la conclusión (yo no podía decírselo claramente, a pesar de toda mi resolución)
de que Midwinter estaba enterado del proyectado fraude y que se mantenía
deliberadamente alejado para no comprometerme con su presencia. Allanada esta
dificultad (o, como lo veo ahora, cometida esta bajeza) me referí de nuevo a mí
misma y continué con la verdad. Mencioné, una tras otra, todas las
circunstancias relacionadas con mi matrimonio secreto y con los movimientos de
Armadale y de Midwinter, que hacían prácticamente imposible el descubrimiento
de mi falsa personalidad (a través de pruebas que pudiesen presentar otras
personas). «Esto —dije, en conclusión— en lo tocante a mi objetivo. Ahora debo
exponerle claramente un grave obstáculo que se interpone en mi camino.»
El doctor, que había escuchado hasta ahora sin
interrumpirme, me pidió permiso para intercalar unas pocas palabras antes de
que yo continuase.
Las «pocas palabras» resultaron ser preguntas
(preguntas inteligentes, minuciosas, recelosas) que, sin embargo, pude
contestar francamente, o casi francamente, pues eran relativas, en su inmensa
mayoría, a las circunstancias en que me había casado y a las posibilidades que
tendría contra mi marido legal si éste decidiese reclamar sus derechos sobre mí
en cualquier momento del futuro.
Mis respuestas informaron al doctor, en primer
lugar, de que había llevado las cosas en Thorpe-Ambrose de manera que
produjesen una impresión general de que Armadale pretendía casarse conmigo, en
segundo lugar, de que la vida anterior de mi marido no había sido como para
presentarle favorablemente a los ojos del mundo, y en tercer lugar, de que nos
habíamos casado sin la presencia de testigos que nos conociesen, en una gran
iglesia parroquial en la que se habían casado otras dos parejas la misma
mañana, por no hablar de las docenas y docenas de otras parejas que se habían
casado después (confundiendo los recuerdos en la mente de los oficiantes).
Cuando hube puesto estos hechos en conocimiento del doctor, y cuando él se hubo
asegurado de que Midwinter y yo nos habíamos ido al extranjero entre
desconocidos, inmediatamente después de salir de la iglesia, y de que los
hombres empleados a bordo del yate en que había navegado Armadale desde
Somersetshire (antes de mi boda) estaban ahora en barcos que viajaban al otro
lado del mundo, su confianza en mi empresa se mostró claramente en su
semblante. «Por lo que puedo ver —dijo—, cualquier reclamación de su marido
contra usted (después de asumir el papel de viuda del difunto Mr. Armadale)
sólo se apoyaría en su palabra. Y ésta creo que podría usted desmentirla con
toda seguridad. Disculpe mi visible desconfianza de caballero. Pero podría
haber alguna desavenencia entre ustedes en el futuro, y es muy conveniente que
nos aseguremos exactamente de antemano de lo que él podría o no podría hacer en
estas circunstancias. Y ahora que hemos hablado del principal obstáculo que veo
yo en el camino de su éxito, pasemos al obstáculo que ve usted.»
Estaba deseosa de llegar a esto. El tono en
que hablaba él de Midwinter, aunque fuese yo misma responsable de ello, me
hería terriblemente y despertó por un instante parte del tonto sentimiento que
me imaginaba haber adormecido para siempre. Aproveché inmediatamente la
oportunidad de cambiar de tema y mencioné la discrepancia en el registro, entre
la caligrafía de Midwinter, al firmar con el nombre de Allan Armadale, y
aquélla con que solía estampar su nombre Armadale de Thorpe-Ambrose, y lo hice
con un afán que divirtió al doctor.
«¿Es esto todo?», preguntó y cuando le hube
contestado, prosiguió para mi sorpresa y alivio: «Mi querida señora, ¡puede
estar tranquila! Si los abogados del difunto Mr. Armadale quieren una prueba de
su matrimonio, no irán a buscarla en el registro de la iglesia, ¡puede estar
segura de ello!»
«¿Qué? —exclamé, pasmada—. ¿Quiere usted decir
que el asiento en el registro no es una prueba de mi matrimonio?»
«Es una prueba de que se casó usted con
alguien. Pero no lo es de que se hubiese casado con Mr. Armadale de
Thorpe-Ambrose. Jack Nokes o Tom Styles (disculpe la vulgaridad del ejemplo)
podían haber obtenido la licencia e ido a la iglesia a casarse con usted bajo
el nombre de Mr. Armadale, y el registro (¿cómo habría podido evitarlo?) habría
contribuido inocentemente, en este caso, al engaño. Veo que la sorprendo. Mi
querida señora, cuando me planteó este interesante asunto fue usted quien me
sorprendió a mí (lo reconozco) al hacer tanto hincapié en la curiosa similitud
entre los dos hombres. Hubiese podido lanzarse a la atrevida y romántica
empresa en que está enzarzada ahora sin necesidad de casarse con su actual
marido. Cualquier otro hombre le habría servido siempre que hubiese estado
dispuesto a asumir el nombre de Mr. Armadale para tal objeto.»
Me irrité al oír esto. «Cualquier otro hombre
no me habría servido —repliqué instantáneamente—. De no haber sido por la
igualdad de los nombres, nunca se me habría ocurrido una empresa semejante.»
El doctor reconoció que se había precipitado
al hablar. «Confieso que se me había escapado esta visión personal del asunto
—dijo—. Pero volvamos a la cuestión que nos ocupa. En el curso de la que puedo
llamar una aventurera vida médica, entré más de una vez en contacto con hombres
de leyes y tuve oportunidad de observar sus actuaciones en casos de, digamos,
jurisprudencia doméstica. Estoy seguro de no equivocarme si le digo que la
prueba que exigirían los representantes de Mr. Armadale sería la declaración de
un testigo presente en el acto de la boda, que pudiese responder de la
identidad de la esposa y del esposo por conocimiento propio.»
«Pero ya le he dicho —repliqué— que no había
ningún testigo presente.»
«Precisamente —prosiguió el doctor—. En este
caso, lo que usted necesita, antes de dar un paso sin peligro en el asunto, es
(disculpe la expresión) un testigo a la medida, dotado de raras dotes morales y
personales, en quien pueda confiar que asumirá la personalidad necesaria y
prestará la necesaria declaración ante un juez. ¿Conoce alguna persona de estas
condiciones?», preguntó el médico, retrepándose en su sillón y mirándome con
expresión de la máxima inocencia.
«Sólo le conozco a usted», le dije. El doctor
rió en voz baja. «¡Así son las mujeres! —observó, con desesperante buen humor—.
En cuanto ven su objeto, se lanzan de cabeza hacia él por el camino más corto.
¡Oh, el sexo, el sexo!»
«¡Deje en paz el sexo! —le interrumpí, con
impaciencia—. Quiero una respuesta en serio. ¿Sí o no?»
El doctor se levantó y señaló gravemente la
habitación con un amplio ademán. «Si se ha fijado en este gran establecimiento
—empezó diciendo—, tal vez pueda calcular hasta cierto punto lo muchísimo que
me juego en su prosperidad y su éxito. Su excelente sentido común le dirá que
el director de este sanatorio debe ser un hombre de un carácter inmaculado...»
«¿Por qué gastar tantas palabras —le dije— si
basta con una sola? ¿Quiere decir no?»
El director del sanatorio volvió súbitamente a
su papel de amigo confidencial.
«Mi querida señora no puedo decir que sí o que
no precipitadamente. Déme hasta mañana por la tarde. Le prometo que estaré
entonces dispuesto a una de dos cosas: retirarme en el acto de este asunto o
meterme en él con tanto empeño como usted. ¿Está de acuerdo? Muy bien, dejemos
la cuestión para mañana. ¿Dónde podré verla cuando haya decidido lo que voy a
hacer?»
No vi inconveniente en confiarle mi dirección
en el hotel. Había tenido buen cuidado en presentarme allí como Mrs. Armadale,
y había dado a Midwinter una dirección en la oficina de correos más próxima
para cuando contestase mis cartas. Fijamos la hora en que me visitaría el
doctor y, solucionada esta cuestión, me levanté para marcharme, rehusando todos
los ofrecimientos de un refresco y todas las proposiciones de mostrarme la
casa. Su delicado empeño en conservar las apariencias después de habernos
comprendido perfectamente, me disgustó. Me despedí de él lo antes posible y
volví a mi habitación y a rni diario. Mañana veremos en qué acaba esto. Tengo
la impresión de que mi amigo confidencial dirá que sí.
Noviembre, 24. — Como había presumido, el
doctor dijo que sí, pero con unas condiciones que no había previsto. El precio
de sus servicios, cuando ocupe yo la posición de viuda de Armadale, es la mitad
de mi primera anualidad de renta; dicho en otras palabras, ¡seiscientas libras!
Protesté contra la abusiva condición con todos
los argumentos que pude imaginar. Todo fue inútil. El médico me respondió con
absoluta franqueza. Nada, me dijo, que no fuese la accidental dificultad de su
situación actual le habría inducido a mezclarse en el asunto. Confesó
honradamente que había agotado sus propios recursos y los de otras personas a
las que describió como sus «fiadores», en la compra e instalación del
sanatorio. En tales circunstancias, la perspectiva de seiscientas libras era
importante para él. Por esta suma correría el grave riesgo de aconsejarme y
ayudarme. Ni un penique menos le tentaría, y con esto, y con sus mejores y más
amistosos deseos, ¡dejó en mis manos la cuestión!
Que terminó de la única manera en que podía
terminar. Yo no tenía más remedio que aceptar las condiciones y dejar que el
doctor enfocase el asunto en el acto y a su manera. Una vez cerrado el trato,
debo hacerle justicia y decir que no se mostró en modo alguno inclinado a dejar
crecer la hierba debajo de sus pies. Pidió enseguida pluma, tinta y papel, y
sugirió que iniciemos la campaña en Thorpe-Ambrose con el correo de esta noche.
Convinimos en los términos de una carta que yo
escribí y él copió. Para empezar, no entraba en detalles. Afirmaba simplemente
que era la viuda del difunto Mr. Armadale; que me había casado en secreto con
él, que había regresado a Inglaterra, al zarpar él de Nápoles en su yate, e
incluía una copia del certificado de matrimonio, formalidad que presumía que
era habitual en estos casos. La carta iba dirigida a «Representantes del
difunto Allan Armadale, Esq., Thorpe-Ambrose, Norfolk». Y el propio doctor se
la llevó para echarla al correo.
Ahora que he dado el primer paso, no estoy tan
excitada ni tan impaciente por saber el resultado como esperaba estar. El
recuerdo de Midwinter me atosiga como un fantasma. He vuelto a escribirle, como
antes, para mantener las apariencias. Creo que será mi última carta. Mi valor
vacila y mi ánimo se deprime cuando pienso en Turín. Ya no soy capaz de
enfrentarme en este momento con lo que dirá Midwinter, como lo era en días
pasados. El momento de explicarme con él, antes lejano y dudoso, puede llegar
ahora en cualquier instante, no sé cuándo. Y aquí estoy yo, ¡confiando todavía
ciegamente en la sección de Sucesos!
Noviembre, 25. — El doctor ha vuelto a
visitarme hoy, a las dos, tal como habíamos convenido. Ha ido a ver a sus
abogados (desde luego, sin confiárselo todo) para plantearles sencillamente el
caso de la prueba de mi matrimonio. Le han confirmado lo que él me había dicho.
Todo el asunto dependerá de la cuestión de identidad si alguien se opone a mi
reclamación; y será necesario que el testigo preste declaración en presencia
del juez antes de que transcurra una semana.
En esta situación, el doctor cree importante
que podamos ponernos rápidamente en contacto y propone que busquemos un
alojamiento discreto para mí en su barrio. Yo estoy dispuesta a ir a cualquier
parte, pues, entre las otras extrañas fantasías que se han apoderado de mí,
tengo la idea de que me sentiré más separada de Midwinter si me traslado del
barrio al que me dirigirá sus cartas. La noche pasada estuve despierta y
pensando de nuevo en él. Por fin, esta mañana he decidido no escribirle más.
El doctor se marchó, después de estar media
hora conmigo y de preguntarme si quería acompañarle a Hampstead para buscar un
alojamiento. Le respondí que tenía que resolver algunos asuntos y que esto me
retendría en Londres. Me preguntó de qué asuntos se trataba. «Ya lo verá —le
dije— mañana o pasado mañana.»
Cuando me quedé de nuevo sola, temblé
nerviosamente unos instantes. Mi asunto de Londres, además de ser muy serio
para mí, como mujer, hizo que volviese a pensar en Midwinter, sin querer. La
perspectiva de trasladarme a mi nueva residencia me había recordado la
necesidad de vestirme como correspondía al nuevo personaje que iba a
representar. Había llegado el momento de vestirme de luto. Mi primera
operación, después de ponerme el sombrero, fue conseguir dinero. Obtuve el que
necesitaba para ataviarme como viuda de Armadale nada menos que vendiendo el
regalo de boda que me había hecho el propio Armadale: ¡el anillo con un rubí!
Resultó ser una joya más valiosa de lo que había presumido. Probablemente
estaré algún tiempo sin pasar apuros de dinero.
Al salir de la casa del joyero, me dirigí a la
gran tienda de prendas de luto de Regent's Street. Se comprometieron a vestirme
de viuda de la cabeza a los pies en veinticuatro horas (si no podía darles más
tiempo). Tuve otro momento febril cuando salí de la tienda, y por si habían
sido pocas las emociones de aquel agitado día, me encontré con que me aguardaba
una sorpresa al regresar al hotel. Me dijeron que me estaba esperando un
anciano caballero. Abrí la puerta del cuarto de estar... ¡y era el viejo Bashwood!
Había recibido mi carta aquella mañana y había
tomado el primer tren para Londres para contestarla personalmente. Yo había
esperado mucho de él, pero no tanto. Y me halagó. De momento, ¡debo declarar
que me halagó!
Pasaré por alto el embeleso y los reproches de
aquel viejo desgraciado, sus gemidos y sus lágrimas y su tedioso y largo
discurso sobre los meses de soledad que había pasado en Thorpe-Ambrose,
rumiando sobre el abandono en que le había dejado. A ratos era muy elocuente,
pero aquí huelga su elocuencia. Inútil decir que me congracié con él y comprobé
sus sentimientos antes de pedirle noticias. ¡Qué buena cualidad es a veces la
vanidad en la mujer! Casi olvidé mis peligros y responsabilidades, en mi afán
de mostrarme encantadora. Durante un par de minutos, sentí un ligero calor de
triunfo, y fue un triunfo, ¡aunque se tratase de un viejo! Al cabo de un cuarto
de hora, le tenía sonriendo afectadamente, pendiente de mis palabras más
insignificantes y respondiendo a todas las preguntas que le hacía, como un buen
niño pequeño. He aquí su relato de los sucesos de Thorpe-Ambrose, que le fui
extrayendo delicadamente, y poco a poco:
En primer lugar, la noticia de la muerte de
Armadale llegó hasta Miss Milroy. Ésta se impresionó tanto que su padre se vio
obligado a retirarla del colegio. Ahora está de nuevo en casa y el médico la
visita diariamente. ¿La compadezco? ¡Sí! ¡La compadezco exactamente tanto como
se compadeció un día ella de mí!
En segundo lugar, el estado de los asuntos en
la casa grande, que temía que me costaría comprender, resulta ser completamente
inteligible y, ciertamente, no desalentador hasta ahora. Precisamente ayer, los
abogados de ambas partes llegaron a un acuerdo. Mr. Darch (abogado de los
Blanchard y acérrimo enemigo de Armadale en tiempos pasados) defiende los
intereses de Miss Blanchard, que es la heredera sustituta del caudal y que,
según parece, ha estado algún tiempo en Londres por sus propios asuntos. Mr.
Smart, de Norwich (empleado en principio para supervisar el trabajo de
administrador de Bashwood) representa al difunto Armadale. Y esto es lo que han
acordado los dos abogados.
Mr. Darch, actuando en nombre de Miss
Blanchard, ha reclamado la posesión de la finca y el derecho a percibir las
rentas que pagan los arrendatarios en Navidad. Mr. Smart, por su parte, ha
reconocido el peso de los argumentos del abogado de la familia. Tal como están
las cosas, no ve manera de poner en duda la muerte de Armadale y no se opondrá
a la solicitud de Mr. Darch si éste asume la responsabilidad de tomar posesión
de la herencia en nombre de Miss Blanchard.
Consecuencia de ello será (cree Bashwood)
poner a Mr. Darch en situación de la persona que realmente decidirá sobre mi
reclamación del lugar y el dinero que me corresponde como viuda de Armadale.
Como la renta es a cargo de la herencia, deberá salir del bolsillo de Miss
Blanchard, y, parece, por consiguiente, que el pago deberá hacerlo el abogado
de Miss Blanchard. Mañana se decidirá probablemente si esta opinión es justa,
pues mi carta a los representantes de Armadale habrá sido entregada esta mañana
en la casa grande. Esto es cuanto tenía que contarme el viejo Bashwood.
Habiendo recobrado mi influencia sobre él y recibido toda la información que
podía darme hasta ahora, tengo que considerar cómo puedo utilizarle mejor en el
futuro. Dijo que estaba enteramente a mi disposición, pues su puesto de
administrador ha sido ya ocupado por el agente de Miss Blanchard, y me suplicó
que le permitiese quedarse y cuidar de mis intereses en Londres. No habría sido
en modo alguno peligroso dejar que se quedase, pues, naturalmente, no hice
vacilar su convicción de que soy realmente viuda de Armadale de Thorpe-Ambrose.
Pero, con los recursos del doctor a mi disposición, no necesitaba más ayuda en
Londres y se me ocurrió pensar que Bashwood podía serme más útil enviándole de
nuevo a Norfolk, para que esté al tanto de los sucesos que puedan interesarme.
Pareció muy contrariado (¡pues sin duda
pretendía cortejarme en mi condición de viuda!) cuando le dije la conclusión a
que había llegado. Pero unas pocas palabras persuasivas y una ligera
insinuación de que podía alimentar esperanzas para el futuro si me servía
sumisamente en la actualidad, hicieron maravillas para que aceptase la
necesidad de cumplir mis deseos. Y me pidió resignadamente «instrucciones»
cuando llegó el momento de despedirse para ir a tomar el tren de la tarde. No
pude darle ninguna, pues no tenía idea de lo que podían hacer o no hacer los
abogados. «Pero supongamos —insistió— que ocurre algo que yo no comprenda. ¿Qué
voy a hacer, estando tan lejos de usted?» Sólo podía darle una respuesta. «No
haga nada —le dije—. Ocurra lo que ocurra, mantenga cerrada la boca y
escríbame, o venga inmediatamente a Londres para consultarme.» Dicho lo cual, y
en el buen entendimiento de que sostendríamos una correspondencia regular, dejé
que me besara la mano y le envié a tomar el tren.
Ahora que estoy de nuevo sola y puedo pensar
con tranquilidad en la entrevista con mi viejo admirador, recuerdo que advertí
cierto cambio que me intrigó, y me intriga todavía, en los modales de Bashwood.
Incluso en sus primeros momentos de agitación
al verme, pensé que sus ojos se fijaban en mi semblante con una nueva clase de
interés mientras yo le estaba hablando. Además de esto, dejó caer algunas
palabras, al hablarme de su vida solitaria en Thorpe-Ambrose, que parecían
implicar que había sido sostenido en su soledad por un sentimiento de confianza
en sus futuras relaciones conmigo, cuando nos viésemos de nuevo. Si hubiese
sido un hombre más joven y más audaz (y si el descubrimiento hubiese sido
posible), casi habría sospechado que había descubierto algo sobre mi vida
pasada que le había hecho confiar en secreto en poder dominarme si me mostraba
dispuesta a engañarle y dejarle nuevamente plantado. Pero esta idea, y más
tratándose del viejo Bashwood, es sencillamente absurda. ¿Acaso estoy
sobreexcitada por la incertidumbre y la ansiedad de mi posición actual? ¿Acaso
me están extraviando la fantasía y los recelos? Sea como fuere, tengo cosas más
serias en que ocuparme que todo lo referente al viejo Bashwood. El correo de
mañana me dirá tal vez lo que piensan los representantes de Armadale de mi
reclamación como viuda de éste.
26 de noviembre. — La respuesta ha llegado
esta mañana, en forma (como suponía Bashwood) de una carta de Mr. Darch. El
viejo truhán contesta a la mía en tres líneas. Dice que, antes de dar paso
alguno, o de expresar su opinión sobre el asunto, necesita pruebas de mi
identidad, así como del certificado, y sugiere que podría ser conveniente,
antes de seguir adelante, que le pusiese en contacto con mis asesores
jurídicos.
Las dos. — El doctor ha venido a verme poco
después de las doce, para decirme que había encontrado un alojamiento para mí a
menos de veinte minutos, a pie, del sanatorio. A cambio de su noticia, le he
mostrado la carta de Mr. Darch. La ha llevado enseguida a sus abogados y ha
vuelto con la información necesaria para orientarme. He respondido a Mr. Darch
enviándole la dirección de mis asesores jurídicos (es decir, los abogados del
doctor) sin hacer comentario alguno sobre su deseo de pruebas adicionales del
matrimonio.
Esto es cuanto podía hacer hoy. Mañana traerá
sucesos más interesantes, pues el doctor va a prestar declaración ante el juez
y mañana me trasladaré a mi nueva residencia en traje de luto.
27 de noviembre, Fairweather Vale Villas. — Se
ha prestado la declaración, con todos los requisitos legales. Y he tomado
posesión, en mi traje de luto, de mi nueva residencia.
Debería estar excitada por el comienzo de este
nuevo acto del drama y por el papel arriesgado que voy a representar en él.
Pero, aunque parezca extraño, estoy deprimida. El recuerdo de Midwinter me ha
seguido hasta mi nueva morada y gravita pesadamente sobre mí en este momento.
No tengo miedo de que ocurra algún accidente, en el intervalo que debe
transcurrir antes de que me presente en público en mi carácter de viuda de
Armadale. Pero cuando llegue el momento y cuando descubra Midwinter (como más
pronto o más tarde tendrá que descubrir) que estoy representando un falso
personaje y ocupando una posición usurpada, ¿qué sucederá entonces? La
respuesta acude todavía a mi mente, como acudió por primera vez a ella esta
mañana, al ponerme mi traje de viuda. Ahora, como entonces, tengo el
presentimiento, la idea fija de que me matará. Si no fuese demasiado tarde para
echarme atrás... ¡Absurdo! Debo poner fin a mi diario.
28 de noviembre. — Los abogados han tenido
noticias de Mr. Darch y le han enviado la declaración a vuelta de correo.
Cuando el doctor me trajo esta noticia, le
pregunté si sus abogados estaban enterados de mi dirección actual, y al saber
que él no se la había dado todavía, le pedí que continuase manteniéndola en
secreto en el futuro. El doctor se echó a reír. «¿Tiene miedo de que Mr. Darch
marche contra nosotros y venga personalmente a atacarla?», preguntó. Acepté su
imputación como la manera más sencilla de que accediese a mi petición. «Sí—le
dije—, tengo miedo de Mr. Darch.»
Después de marcharse el doctor, me sentí más
animada. El hecho de que ningún desconocido conozca mi dirección me produce una
agradable sensación de seguridad. Estoy lo bastante tranquila para advertir lo
bien que me sienta el traje de luto y para hacerme simpática a la gente de la
casa.
Midwinter me inquietó de nuevo un poco la
noche pasada, pero he superado el terrible miedo que ayer se apoderó de mí.
Ahora sé que no debo temer ninguna violencia por su parte cuando descubra lo
que he hecho. Y aún debo temer menos que se pare a afirmar sus derechos sobre
una mujer que le ha hecho víctima de semejante engaño. La única prueba seria a
que me veré sometida cuando llegue el día será la de mantener mi falsa
personalidad en su presencia. Después, estaré a salvo en su aversión y su
desprecio. Después de negarle cara a cara, no volveré a verle nunca más.
Pero ¿podré negarle cuando estemos cara a
cara? ¿Podré mirarle y hablarle como si nunca hubiese sido algo más que un
amigo para mí? ¿Cómo puedo saberlo antes de que llegue el momento? ¿Hubo alguna
vez una mujer enamorada tan estúpida como yo, que escribo sobre él cuando esto
sólo me sirve para pensar más en él? Tomaré una nueva decisión. De ahora en
adelante, su nombre no volverá a aparecer en estas páginas.
Lunes, 1 de diciembre. — El último mes del
viejo año de mil ochocientos cincuenta y uno. Si mirase atrás, ¡qué año tan
triste tendría que añadir a todos los otros tristes años transcurridos! Pero he
resuelto mirar solamente hacia adelante, y así voy a hacerlo.
Nada tengo que registrar con referencia a los
dos últimos días, salvo que, el veintinueve, me acordé de Bashwood y le escribí
para darle mi nueva dirección. Esta mañana, los abogados han vuelto a tener
noticias de Mr. Darch. Les acusa recibo de la declaración, pero aplaza su
decisión hasta que haya hablado con los albaceas del testamento del difunto Mr.
Blanchard y recibido instrucciones definitivas de su cliente, Miss Blanchard.
Los abogados del doctor dicen que esta última carta no es más que un simple truco
para ganar tiempo, aunque ignoran con qué objeto. En cuanto al propio doctor,
dice irónicamente que es el procedimiento que suelen emplear los abogados para
aumentar sus minutas de honorarios. Yo creo que Mr. Darch sospecha que algo
está mal, y que su deseo de ganar tiempo...
Diez de la noche. — Había escrito hasta
aquella frase sin terminar (eran aproximadamente las cuatro de la tarde) cuando
me sorprendió oír que se detenía un coche delante de la puerta. Me acerqué a la
ventana con el tiempo justo de ver al viejo Bashwood apeándose con una ligereza
de la que nunca le habría creído capaz. Tan poco preveía el terrible
descubrimiento que iba a hacer dentro de un minuto que me volví al espejo y me
pregunté qué diría el susceptible y viejo caballero sobre mi aspecto en traje
de luto.
Pero, en cuanto entró en la habitación,
comprendí que había ocurrido algún desastre. Tenía los ojos enloquecidos y
llevaba torcida la peluca. Se acercó a mí con una extraña mezcla de ansiedad y
desaliento. «He hecho lo que usted me dijo —jadeó—. He mantenido la boca
cerrada y he venido directamente a verla.» Me asió la mano antes de que yo
pudiese hablar, con una audacia que desconocía en él.
«¡Oh, no sé cómo decírselo! -gimió—. ¡Me pongo
fuera de mí cuando pienso en ello!»
«Cuando pueda hablar —le dije, invitándole a
sentarse—, hable. Veo en su cara que me trae noticias inesperadas de
Thorpe-Ambrose.»
Introdujo una mano en el bolsillo del pecho de
su chaqueta y sacó una carta. La miró y después me miro a mí. «Noticias que
usted no espera —balbució—, ¡pero no de Thorpe-Ambrose!»
«¿No de Thorpe-Ambrose?»
«No. ¡Del mar!»
Comprendí la verdad al oír estas palabras. No
pude decir nada; sólo alargar una mano para tomar la carta.
Él se resistió todavía a dármela. «¡No me
atrevo! ¡No me atrevo! —dijo, hablando consigo mismo—. La impresión podría
significar la muerte para ella.»
Le arranqué la carta de la mano. Una mirada a
la caligrafía de la dirección fue suficiente. Dejé caer las manos sobre la
falda, sujetando con fuerza la carta. Me quedé petrificada, inmóvil, muda, sin
oír una palabra de lo que me decía Bashwood, al comprender poco a poco la
terrible verdad. El hombre del que yo había dicho ser viuda, ¡estaba vivo! En
vano había mezclado yo aquella bebida en Nápoles, en vano le había traicionado
y puesto en manos de Manuel. Dos veces le había tendido una trampa mortal, ¡y
dos veces se había librado Armadale de ellas!
Recobré el sentido de lo que me rodeaba y vi a
Bashwood de rodillas a mis pies, llorando.
«Parece irritada —murmuró, afligido—. ¿Está
enojada conmigo? ¡Oh, si supiese las esperanzas que había concebido cuando nos
vimos la última vez, y con qué crueldad las ha destrozado esta carta!»
Aparté de mí a la infeliz y vieja criatura,
pero lo hice con suavidad. «¡Silencio! —le dije—. No me aflija ahora. Tengo que
serenarme; quiero leer la carta.»
Se dirigió sumisamente al otro extremo de la
estancia. En cuanto dejé de mirarle, oí que decía para sí, con rabia impotente:
«Si el mar hubiese pensado igual que yo, ¡le habría ahogado!»
Uno a uno, abrí lentamente los pliegues de la
carta, sintiendo mientras lo hacía la extraña incapacidad de prestar atención a
las propias líneas que ardía en deseos de leer. Pero ¿por qué comentar
sensaciones que no puedo describir? Será más adecuado que transcriba la carta,
para futuras referencias, en esta página de mi diario.
«Fiume, Iliria, 21 noviembre 1851.
Mr. Bashwood:
El lugar desde el que le escribo le
sorprenderá, y se sorprenderá todavía más cuando sepa por qué lo hago desde un
puerto del mar Adriático.
He sido víctima de una vil tentativa de robo y
asesinato. El robo tuvo éxito, y sólo gracias a la protección de Dios no lo
tuvo también el asesinato.
Hace más de un mes, alquilé un yate en Nápoles
y zarpé para Mesina sin que (¡cuánto me alegro ahora!) me acompañase ningún
amigo. Desde Mesina, emprendí un crucero por el Adriático. Dos días después,
nos sorprendió una tormenta. Las tormentas se desencadenan y amainan con la
misma rapidez en estos parajes. La embarcación se comportó magníficamente.
¡Confieso que mis ojos se llenan ahora de lágrimas al pensar que yace en el
fondo del mar! Al ponerse el sol, empezó a calmarse la tempestad, y a
medianoche, el mar estaba tranquilo, salvo por algunas olas largas y suaves.
Bajé ál camarote, un poco cansado (pues había ayudado a manejar el yate
mientras duró la tormenta), y a los cinco minutos estaba durmiendo. Un par de
horas más tarde, me despertó algo que caía dentro de mi camarote, a través de
una abertura de ventilación en la parte superior de la puerta. Me levanté de un
salto y encontré un trozo de papel con una llave envuelta en él y una escritura
en su cara interna que no era fácil de leer.
Hasta entonces, no había tenido la menor
sospecha de que estaba solo en el mar con una pandilla de vagabundos asesinos
(a excepción de uno) dispuestos a todo. Yo había sostenido una buena relación
con el capitán (el peor de toda la banda) y todavía mejor con su ayudante
inglés. Como todos los marineros eran extranjeros, poco tenía que decir de
ellos. Hacían su trabajo y no se habían producido disputas ni otras cosas
desagradables. Si alguien me hubiese dicho, antes de irme a la cama la noche
después de la tormenta, que el capitán y la tripulación y el piloto (que no
había sido mejor que todos los demás al empezar) se habían confabulado para
robarme el dinero que tenía a bordo y ahogarme después en mi propio yate, me
habría echado a reír en su cara. Recuerde esto y entonces imagínese (pues yo no
podría contárselo) lo que debí sentir cuando desplegué el papel que envolvía la
llave y leí lo que transcribo ahora (escrito de puño y letra del piloto) en los
términos siguientes:
"Señor: Quédese en la cama hasta que oiga
que un bote se aleja del lado de estribor, o será hombre muerto. Le han robado
su dinero y, dentro de cinco minutos, se dará barreno al yate y la escotilla
del camarote será cerrada con clavos. Los muertos no hablan, y el capitán
piensa dejar pruebas de que la embarcación se hundió con todos los de a bordo.
La idea fue suya, pero todos estamos comprometidos. Yo no tengo valor para
privarle de toda posibilidad de salvación. Las probabilidades son pocas, pero
no puedo hacer más. Me asesinarían si creyesen que no estoy con ellos. Incluyo
la llave de la puerta de su camarote. No se alarme cuando oiga martillazos en
la escotilla. Seré yo y tendré clavos cortos y largos en la mano, pero sólo
emplearé los cortos. Espere hasta que oiga que se aleja el bote con todos
nosotros y, entonces, haga presión con la espalda sobre la escotilla. El yate
seguirá a flote durante un cuarto de hora, después de barrenado. Deslícese en
el mar por el lado de babor, de manera que el yate esté entre usted y el bote.
Encontrará muchos maderos sueltos, arrojados deliberadamente al agua y podrá
agarrarse a uno de ellos. La noche es buena y el mar está en calma, y es
posible que un barco le recoja mientras esté aún vivo. No puedo hacer más. Su
seguro servidor, J.M."
Al llegar a las últimas palabras, oí los
golpes de martillo en la escotilla, sobre mi cabeza. Supongo que no soy más
cobarde que la mayoría de la gente, pero hubo un momento en que sudé
copiosamente. Conseguí recobrar mi aplomo, antes de que terminasen los
martillazos, y pensé en una persona que me era muy querida en Inglaterra. Y me
dije: "Tengo que luchar por mi vida, por mor de ella, aunque todas las
circunstancias me son desfavorables."
Puse una carta de la persona a quien he
mencionado dentro de un frasco de mi neceser, junto con la nota del piloto, por
si salvaba la vida y le veía de nuevo. Colgué el frasco y una botella de whisky
de un cordón alrededor de mi cuello, y tan confuso estaba que me vestí, aunque
enseguida lo pensé mejor y me quedé en camisa y calzoncillos para poder nadar.
Cuando hube hecho esto terminó el martilleo y fue tal el silencio que pude oír
borbotear el agua en los agujeros del casco. Después oí el ruido del bote y de
los villanos (a excepción de mi amigo el piloto) que iban en él, alejándose del
lado de estribor. Esperé a que sonasen los chasquidos de los remos sobre el
agua, y entonces apoyé la espalda en la escotilla. El hombre había cumplido su
promesa. La levanté fácilmente, crucé la cubierta, al amparo de la borda y
andando a cuatro patas, y me deslicé hasta el agua por el lado de babor. Muchas
cosas flotaban allí. Me agarré a la primera que encontré (un gallinero) y nadé
unas doscientas yardas, manteniendo siempre el yate entre el bote y yo. Al
llegar a aquella distancia, me acometió un temblor y me detuve (temiendo sufrir
un calambre) para echar un trago de la botella. Tras taparla de nuevo, me volví
un momento para mirar atrás y vi que el yate se estaba hundiendo. Un minuto
después, no había nada entre el bote y yo, salvo los pecios que habían sido
arrojados adrede. Brillaba la luna, y si hubiesen tenido un espejo en el bote,
creo que me habrían visto la cabeza., aunque tenía buen cuidado de esconderla
detrás del gallinero.
Lo cierto es que seguían remando, y oí que
discutían a gritos entre ellos. Después de lo que me pareció un siglo, descubrí
cuál era el asunto de la discusión. La proa del bote se volvió de pronto en mi
dirección. Algún canalla (me atrevería a decir, el capitán) más listo que los
demás les había persuadido por lo visto de que volviesen remando al sitio donde
se había hundido el yate, para estar completamente seguros de que yo me había
hundido con él.
Habían cubierto más de la mitad de la
distancia que me separaba de ellos, y me daba ya por perdido, cuando oí que uno
gritaba y que el bote se detenía de pronto. Al cabo de unos momentos, viró de
nuevo y remaron en dirección contraria, como si sus vidas estuviesen en juego.
Miré hacia un lado, hacia tierra, y no vi nada. Después miré mar adentro y
descubrí lo que los ocupantes del bote habían visto antes que yo: una vela a lo
lejos, que se hacía cada vez más grande a la luz de la luna mientras yo la
miraba. Un cuarto de hora más tarde la embarcación se puso al alcance de mi voz
y sus tripulantes me subieron a bordo. Todos eran extranjeros y me
ensordecieron con su parloteo. Traté de hacerme comprender con señas, pero
antes de que lo consiguiese me acometió otro acceso de temblor y me llevaron
abajo. Estoy seguro de que el bajel siguió su rumbo, pero no estaba en
condiciones de saber cuál era éste. Antes del amanecer, me hallé en estado
febril y, a partir de entonces, no recuerdo nada claramente hasta que recobré
el conocimiento en este lugar y me encontré bajo los cuidados de un mercader
húngaro, consignatario (según lo llaman) del barco costero que me había
recogido. Habla inglés tan bien como yo o mejor, y me ha tratado con una
amabilidad que no tengo palabras para encomiar. Estuvo en Inglaterra cuando era
joven, aprendiendo comercio, y dice que tiene recuerdos de nuestro país que
hacen que se alegre de poder ayudar a un inglés. Me ha proporcionado ropa y
prestado dinero para el viaje, en cuanto me permita el médico volver a casa.
Suponiendo que no sufra una recaída, estaré en condiciones de viajar dentro de
una semana. Si puedo tomar el correo en Trieste, y soportar la fatiga, estaré
de nuevo en Thorpe-Ambrose una semana o como máximo diez días después de que
reciba usted esta carta. Estará de acuerdo conmigo en que es terriblemente
larga, pero nada puedo hacerle. Parece que he perdido mi antigua capacidad de
escribir corto y terminar en la primera página. Sin embargo, ahora estoy cerca
del fin, pues nada más tengo que mencionar, salvo la razón de que le haya
escrito lo que me ha sucedido, en vez de esperar a llegar a casa y contarlo
todo de palabra.
Me imagino que tengo todavía confusa la cabeza
a causa de mi enfermedad. De todos modos, se me ha ocurrido pensar, esta
mañana, que existe la posibilidad de que algún barco haya pasado por el lugar
donde se hundió el yate y recogido los muebles y otras cosas que fueron
arrojadas al agua. En tal caso, puede haber llegado a Inglaterra la falsa
noticia de que morí ahogado. Si es así (y pido a Dios que sea un temor
infundado por mi parte), vaya directamente a ver al comandante Milroy en su
casita. Muéstrele esta carta (la he escrito tanto para él como para usted),
entregúele la nota adjunta y pregúntele si no cree que las circunstancias
justifican mi esperanza de que la hará llegar a manos de Miss Milroy. No puedo
explicar por qué no escribo directamente al comandante o a Miss Milroy, en vez
de a usted. Sólo puedo decir que hay circunstancias que debo respetar por mi
honor y que me obligan a actuar de esta manera indirecta. No le pido que
conteste esta tarde, pues espero estar en camino de mi país mucho antes de que
su carta pudiese alcanzarme en este apartado lugar. En todo caso, no pierda un
instante en visitar al comandante Milroy. Pensándolo bien, vaya a verle tanto
si la pérdida del yate es conocida en Inglaterra como si no lo es.
Suyo afectísimo,
Allan Armadale.»
Levanté la mirada al acabar de leer la carta y
vi, por primera vez, que Bashwood había abandonado su sillón y se había
plantado delante de mí. Estaba estudiando atentamente mi cara, con la expresión
inquisidora de un hombre que trataba de leer mis pensamientos. Bajó la mirada
al encontrarse con la mía y se retiró hacia su sillón. Creyendo, como creía,
que yo estaba realmente casada con Armadale, ¿trataba de descubrir si la
noticia de la salvación de éste era buena o mala para mí? No era momento de
darle explicaciones. Lo primero que tenía que hacer era ponerme inmediatamente
en comunicación con el doctor. Dije a Bashwood que se acercase y le tendí la
mano.
«Me ha prestado un servicio —le dije— que hace
que seamos más amigos que nunca. Hoy mismo, pero más tarde, le diré más acerca
de esto y de otras cosas de mutuo interés. Ahora quiero que me dé la carta de
Mr. Armadale (que prometo devolverle) y espere aquí hasta que regrese. ¿Hará
esto por mí, Mr. Bashwood?» Él dijo que haría cuanto yo le pidiese. Me dirigí
al dormitorio y me puse el sombrero y el chal.
«Deje que me asegure de algo antes de
marcharme —añadí, cuando estuve a punto de salir—. ¿No ha mostrado esta carta a
nadie más?»
«Sólo nosotros dos la hemos visto.»
«¿Qué ha hecho de la nota incluida para Miss
Milroy?» La sacó del bolsillo. La leí rápidamente, vi que no contenía nada de
importancia y la arrojé al fuego. Hecho lo cual, dejé a Bashwood en la sala de
estar y me dirigí al sanatorio, con la carta de Armadale en la mano.
El doctor había salido, y el criado no sabía
de cierto a qué hora volvería. Entré en su despacho y escribí unas líneas
preparándole para la noticia que le había traído, metí esta nota y la carta de
Armadale en un sobre, lo cerré y lo dejé para que lo encontrase a su regreso.
Después dije al criado que volvería al cabo de una hora y salí de la casa.
Era inútil volver a mi residencia y hablar con
Bashwood, mientras no supiese lo que propondría hacer el doctor. Caminé por el
barrio, recorriendo nuevas calles y plazas, en una especie de aturdimiento que
me impedía, no sólo todo ejercicio voluntario de la mente, sino también toda
sensación de fatiga corporal. Recordé que me había abrumado el mismo
sentimiento años atrás, en la mañana en que los carceleros me llevaron ante el
tribunal para ser sometida a un juicio en que me iba la vida. Toda aquella
espantosa escena acudió de nuevo a mi memoria, pero de una manera muy extraña,
como si se tratase de un episodio en el que había figurado otra persona. Y me
pregunté un par de veces, de una manera insensata, ¡por qué no me habían
ahorcado!
Cuando volví al sanatorio, me informaron de
que el doctor había regresado media hora antes y estaba esperándome en su
habitación.
Entré en el estudio y le encontré sentado
delante del fuego, con la cabeza gacha y las manos sobre las rodillas. Encima
de la mesa próxima a él y bajo el círculo de luz proyectado por la lámpara, vi,
además de mi nota y la carta de Armadale, una guía abierta de ferrocarriles.
¿Estaba pensando en huir? Imposible saber por su semblante lo que pensaba
cuando me miró, ni la impresión que había sentido al enterarse de que Armadale
estaba vivo.
«Siéntese cerca del fuego —me dijo—. Hoy hace
mucho frío.»
Me senté y guardé silencio. El doctor también
permaneció callado, frotándose las rodillas delante del fuego. «¿No tiene nada
que decirme?», le pregunté. Él se levantó y, de pronto, quitó la pantalla a la
lámpara de encima de la mesa, de manera que iluminó de lleno mi cara.
«No tiene buen aspecto —dijo—. ¿Qué le pasa?»
«Tengo torpe la cabeza y pesados e irritados los ojos —le respondí—. Supongo
que será por el tiempo.»
Era extraño cómo nos alejábamos los dos cada
vez más del único tema de importancia vital que habíamos de discutir.
«Creo que una taza de té le sentaría bien»,
observó el doctor. Acepté su ofrecimiento y él pidió el té. Mientras
esperábamos que lo trajesen, paseó arriba y abajo por la estancia y yo
permanecí sentada junto al fuego, sin que se cruzase una palabra entre
nosotros.
El té me reanimó, y el médico observó un
cambio para bien en mi semblante. Se sentó a la mesa, delante de mí, y dijo al
fin:
«Si tuviese diez mil libras en este momento,
las daría todas de buen grado por no haberme comprometido en su especulación
sobre la muerte de Mr. Armadale.»
Dijo estas palabras con una brusquedad, casi
con una violencia impropia de sus modales ordinarios. ¿Estaba asustado o
trataba de asustarme? Resolví hacer que se explicase enseguida en lo
concerniente a mí. «Espere un momento, doctor —le dije—. ¿Cree que soy
responsable de lo ocurrido?»
«Desde luego, no —respondió, secamente—. Ni
usted ni nadie podía prever lo que ha ocurrido. Cuando digo que daría diez mil
libras por no estar metido en este asunto, sólo me culpo yo mismo. Y si le digo
ahora que luchare para que la resurrección de Mr. Armadale no me arruine, le
diré, mi querida señora, una de las más grandes verdades que jamás dije a un
hombre o a una mujer en todo el curso de mi vida. No crea que estoy separando
odiosamente mis intereses de los suyos, en el común peligro que nos amenaza a
los dos. Indico simplemente la diferencia en el riesgo que ha corrido cada uno
de nosotros. Usted no ha invertido todos sus recursos en la instalación de un
sanatorio, y usted no ha prestado ninguna falsa declaración ante un juez, que
es penada como perjurio por la ley.»
Le interrumpí de nuevo. Su egoísmo me hizo más
bien que el té: despertó inmediatamente mi genio. «Dejemos su riesgo y el mío,
y vayamos a lo que interesa —dije—. ¿Qué ha querido decir cuando ha afirmado
que luchará? Veo una guía de ferrocarriles sobre su mesa. ¿Significa su lucha
que va... a escapar?»
«¿Escapar? —repitió el doctor—. Parece usted
olvidar que he invertido hasta mi último penique en este establecimiento.»
«Entonces, ¿se queda aquí?»
«¡Sin duda alguna!»
«¿Y qué piensa hacer cuando Mr. Armadale venga
a Inglaterra?»
Una mosca solitaria, última de su raza
respetada por el invierno, estaba zumbando débilmente delante de la cara del
doctor. Éste la pilló antes de responderme y la retuvo en su puño cerrado sobre
la mesa.
«Si esta mosca fuese Armadale —dijo— y le
tuviese usted como la tengo yo ahora, ¿qué haría usted?»
Su mirada, fija hasta ahora en mi cara, se
posó significativamente en mi traje de viuda, al terminar la pregunta. Yo lo
miré también. Un escalofrío del viejo odio a muerte y de la vieja resolución
letal agitó de nuevo mi cuerpo.
«Le mataría», dije.
El doctor se puso en pie (todavía con la mosca
en la mano) y me miró, con expresión, demasiado teatral, de un inmenso horror.
«¡Le mataría! —repitió, en un paroxismo de
virtuosa alarma—. ¡Violencia, violencia asesina, en mi sanatorio! ¡Me deja
usted sin aliento!»
Le miré a los ojos, mientras se expresaba con
esta estudiada indignación, escrutándome con una curiosidad que era, como
mínimo, una pequeña variación de la vehemencia de su lenguaje y del calor de su
tono. Rió inquieto, cuando nuestras miradas se encontraron, y recobró su
actitud delicadamente confidencial en el instante que transcurrió antes de
hablar él de nuevo.
«Le pido mil perdones —dijo—. No hubiese
debido interpretar literalmente las palabras de una dama. Pero permita que le
recuerde que las circunstancias son demasiado graves para, digamos, las
exageraciones o las bromas. Voy a decirle, sin más preámbulos lo que yo
propongo.» Hizo una pausa y continuó con el símil de la mosca encerrada en su
mano. «Aquí está Mr. Armadale. Puedo soltarle o mantenerle encerrado, según me
plazca..., y él lo sabe. Yo le digo —prosiguió el doctor, dirigiéndose
cómicamente a la mosca—: Déme una garantía sólida, Mr. Armadale, de que no
emprenderá ninguna acción contra esta dama o contra mí, y le dejaré escapar de
la palma de mi mano. Niegúese a hacerlo y, sea cual fuere el riesgo, le
mantendré encerrado. ¿Puede usted dudar, mi querida señora, de cuál será, más
pronto o más tarde, la respuesta de Mr. Armadale? ¿Puede usted dudar —dijo
siguiendo la acción a la palabra, y soltando la mosca— de que la cosa terminará
de esta manera, a satisfacción de todos los interesados?»
«De momento —le respondí—, no puedo decirle si
lo dudo o no. Primero tengo que estar segura de que le entiendo. Si no me
equivoco, propone usted encerrar a Mr. Armadale dentro de esta casa y no
dejarle salir hasta que acepte las condiciones que nos interesa imponerle. Si
es así, ¿puedo preguntarle cómo piensa hacerle caer en la trampa que ha montado
aquí para él?»
«Ante todo —dijo el doctor, apoyando una mano
sobre la guía de ferrocarriles—, pretendo asegurarme de las horas en que
llegarán a la terminal de London Bridge los trenes procedentes de Dover y de
Folkestone, durante cada noche de este mes. Después pienso enviar una persona a
quien conozca Mr. Armadale, y en quien usted y yo podamos confiar, a esperar la
llegada de los trenes y recibir a nuestro hombre en el momento en que se apee
del vagón.»
«¿Ha pensado usted —le pregunté— en alguna
persona en particular?»
«He pensado —dijo el médico, tomando la carta
de Armadale— en la persona a quien va dirigida esta carta.»
La respuesta me sorprendió. ¿Era posible que
Bashwood y él se conociesen? Se lo pregunté inmediatamente.
«Hasta hoy, no conocía ni de nombre a este
caballero —respondió el doctor—. He seguido simplemente el proceso inductivo de
razonamiento que debemos al inmortal Bacon. ¿Cómo ha llegado a su poder esta
carta tan importante? No puedo injuriarla suponiendo que la ha robado. En
consecuencia, ha llegado hasta usted con permiso de la persona a quien va
dirigida. En consecuencia, esta persona es de su confianza. En consecuencia, es
la primera persona en quien he pensado. ¿Comprende el proceso? Muy bien. Ahora
permítame unas preguntas sobre Mr. Bashwood, antes de que sigamos adelante.»
Las preguntas del doctor fueron como de
costumbre, directamente al grano. Mis respuestas le informaron de que Mr.
Bashwood actuaba como administrador de Armadale; de que había recibido la carta
en Thorpe-Ambrose esta mañana y había tomado el primer tren para traérmela; de
que no la había mostrado ni hablado de ella al comandante Milroy ni a nadie; de
que no había yo obtenido este servicio de sus manos confiándole mi secreto; de
que había hablado con él en mi presunta condición de viuda de Armadale; de que él
se había guardado la carta, en las actuales circunstancias, únicamente
siguiendo las instrucciones que yo le había dado de no tomar ninguna decisión
sin primero consultarme, en el caso de que ocurriese algo raro en
Thorpe-Ambrose, y por último, de que la razón de que hubiese hecho él lo que yo
le había ordenado en este asunto era que, en éste y en todos los demás, Mr.
Bashwood actuaba ciegamente en mi interés.
Llegado a este punto del interrogatorio, los
ojos del doctor empezaron a mirarme con desconfianza, desde detrás de sus
gafas.
«¿Cuál es el secreto de esta ciega dedicación
de Mr. Bashwood a sus intereses?», me preguntó.
Vacilé un momento en consideración a Bashwood,
no a mí misma. «Si he de serle sincera —le respondí—, Mr. Bashwood está
enamorado de mí.»
«¡Ah! ¡Ah! —exclamó él, con aire de alivio—.
Ahora empiezo a comprenderlo. ¿Es joven?»
«Es viejo.»
El doctor se retrepó en su sillón y rió entre
dientes. «¡Tanto mejor! —dijo—. Es el hombre que nos conviene. ¿Quién más
adecuado que su administrador para ir a recibir a Mr. Armadale en su regreso a
Londres? ¿Y quién puede influir mejor en Mr. Bashwood que el encantador objeto
de su admiración?»
No cabía duda de que Bashwood era el hombre
ideal para los fines del doctor, y de que podía confiar en mi influencia para
hacer que los sirviese. La dificultad no estaba aquí; la dificultad estaba en
la pregunta sin respuesta que había hecho yo al doctor hacía un minuto. Se la
repetí.
«Supongamos que el administrador de Mr.
Armadale va a recibir a su patrono en la terminal. ¿Puedo preguntar una vez más
cómo le persuadirá a venir aquí?»
«No me tache de descortés —respondió el doctor
en su tono más amable— si le pregunto, a mi vez, cómo se persuade a los hombres
para hacer el noventa por ciento de las tonterías que cometen en su vida. Son
persuadidos por el bello sexo. El punto flaco de cada hombre es la mujer que le
interesa. Sólo tenemos que descubrir la mujer que interesa a Mr. Armadale,
ponerla delicadamente como cebo y atraerle hacia aquí con un sedal de seda.
Observo aquí —prosiguió el doctor, abriendo la carta de Armadale— una referencia
a cierta joven que parece prometedora. ¿Dónde está la nota dirigida por Mr.
Armadale a Miss Milroy ?»
En vez de responderle, me puse en pie de un
salto, súbitamente excitada. En el instante en que mencionó el nombre de Miss
Milroy, todo lo que me había contado Bashwood sobre su enfermedad, y sobre la
causa de ella, acudió de nuevo a mi memoria. Vi la manera de atraer a Armadale
al sanatorio con la misma claridad con que vio el doctor, desde el otro lado de
la mesa, el extraordinario cambio que se había producido en mí. ¡Qué estupendo
sería hacer que Miss Milroy sirviese al fin a mis intereses! «No se preocupe
por la nota —le dije—. La quemé, por miedo a algún accidente. Pero puedo
decirle todo lo que le habría dicho aquélla. ¡Miss Milroy será la solución!
Miss Milroy resolverá el problema. Está prometida en secreto a él. Se enteró de
la falsa noticia de su muerte y, desde entonces, ha estado gravemente enferma
en Thorpe-Ambrose. Cuando Bashwood le reciba en la estación, lo primero que le
preguntará será...»
«¡Comprendo! —exclamó el doctor, sin dejarme
terminar—. Lo único que tiene que hacer Mr. Bashwood es adornar la verdad con
un poco de ficción. Cuando diga a su señor que Miss Milroy se enteró de la
falsa noticia, sólo tendrá que añadir que la impresión afectó su cabeza, y que
está aquí sometida a tratamiento médico. ¡Perfecto! ¡Perfecto! Le tendremos en
el sanatorio lo antes que pueda traerle el simón más veloz de Londres. Y fíjese
bien, sin ningún riesgo, sin necesidad de confiar en otras personas. Esto no es
un manicomio; esto no es un establecimiento oficial; ¡aquí no se necesitan
certificados médicos! Mi querida señora, la felicito, y me felicito. Permita
que le entregue la guía de ferrocarriles, con mis mejores saludos para Mr.
Bashwood y con la página doblada en el sitio adecuado, para facilitarle la
labor.
Recordando el tiempo que había hecho esperar a
Bashwood, tomé enseguida el libro y me despedí del doctor sin más cumplidos. Al
abrir cortésmente la puerta, volvió, sin necesidad de hacerlo y sin que yo le
incitase a ello, a la expresión de virtuosa alarma que se le había escapado
durante la primera parte de nuestra entrevista.
«Espero —dijo— que tenga la bondad de perdonar
y olvidar mi extraordinaria falta de tacto y de comprensión cuando..., dicho en
pocas palabras, cuando agarré la mosca. Me avergüenzo realmente de mi estupidez
al interpretar literalmente la broma de una dama. ¡Violencia en mi sanatorio!
—exclamó el doctor, mirándome de nuevo fijamente a la cara—. ¡Violencia en este
ilustrado siglo diecinueve! ¡Puede haber algo más ridículo! Abróchese el abrigo
antes de salir, pues hace mucho frío. ¿Quiere que la acompañe? ¿Quiere que
ponga mi criado a su disposición? ¡Ah, usted ha sido siempre muy independiente!
¡Siempre ha sabido desenvolverse sola! ¿Puedo visitarla mañana por la mañana,
para saber lo que han acordado con Mr. Bashwood?»
Le dije que sí y me marché al fin. Al cabo de
un cuarto de hora estaba de nuevo en mi residencia y la sirvienta me informó de
que «el viejo caballero» estaba todavía esperando.
No tengo ganas, o paciencia (apenas sé lo que
es), para gastar muchas palabras explicando lo que pasó entre Bashwood y yo.
¡Fue tan fácil, tan vergonzosamente fácil, tirar de los cordeles de la pobre y
vieja marioneta para manejarla a mi antojo! No tropecé con ninguna de las
dificultades que sin duda habría tenido que vencer de haberse tratado de un
hombre más joven o que me quisiese y admirase menos. Dejé para más adelante
explicarle las alusiones a Miss Milroy que se hacían en la carta de Armadale y
que, naturalmente, le habían intrigado. Ni siquiera me molesté en inventar una
razón plausible de mi deseo de que fuese a recibir a Armadale en la terminal y
le hiciese caer en la trampa del sanatorio del doctor. Sólo consideré necesario
referirme a lo que había escrito a Mr. Bashwood, a mi llegada a Londres, y a lo
que había dicho después, cuando él vino al hotel para contestar personalmente
mi carta.
«Ya sabe —le dije— que no he sido feliz en mi
matrimonio. Saque de esto sus propias conclusiones y no me pida que le diga si
la noticia de la salvación de Mr. Armadale fue o no tan bien recibida como
hubiera debido serlo por su esposa.» Esto fue bastante para que se iluminase su
marchito semblante y renaciesen sus marchitas esperanzas. Sólo tuve que añadir:
«Si hace lo que le pido, por muy incomprensible y misterioso que le parezca, y
si acepta las seguridades que le doy de que no correrá ningún peligro y recibirá
las explicaciones adecuadas en el momento oportuno, se habrá hecho acreedor a
mi gratitud y a mi consideración más de lo que nadie lo fue jamás.» Sólo tuve
que decir estas palabras y confirmarlas con una mirada y una presión más fuerte
de la mano, y le tuve de rodillas a mis pies, ciegamente ansioso de obedecerme.
Si hubiese podido ver lo que yo pensaba... Pero esto no importa: no veía nada.
Han pasado horas desde que le envié (después
de haberme jurado guardar el secreto, comprendido bien mis instrucciones y
recibido el horario de trenes) al hotel más próximo a la terminal, donde se
alojará, hasta que aparezca Armadale en el andén de la estación. La excitación
de las primeras horas de la noche se ha desvanecido, y vuelvo a sentirme
entumecida y torpe. Me pregunto si estaré agotando mi energía, precisamente
cuando más la necesito. ¿O será fruto de algún presagio de desastre que todavía
no comprendo?
Podría estar dispuesta a continuar sentada
aquí durante un poco más de tiempo, pensando ideas como éstas y dejando que se
tradujesen en palabras a su propia voluntad y satisfacción..., si mi diario me
lo permitiese. Pero mi perezosa pluma ha estado lo bastante atareada para
llegar hasta el final del libro. He llegado al último espacio que queda en la
última página, y quiéralo o no, tendré que cerrar mi diario de una vez para
siempre, cuando lo cierre esta noche.
¡Adiós, viejo amigo y compañero de muchos días
desdichados! No teniendo nada más que apreciar, sospecho que he sentido por ti
un aprecio irracional.
¡Qué tonta soy!
LIBRO ÚLTIMO
CAPÍTULO I
EN LA TERMINAL
En la noche del dos de diciembre, Mr. Bashwood
ocupó por primera vez su puesto de observación en la terminal de South Eastern
Railway. Era muy pronto, seis días antes de la fecha que se había fijado Allan
para el regreso. Pero el doctor, fundándose en su experiencia médica, había
considerado probable que «Mr. Armadale pudiese ser lo bastante perverso, a su
envidiable edad, para recobrarse antes de lo que podían haber previsto sus
médicos». Por consiguiente, y como precaución, se había ordenado a Mr. Bashwood
que empezase a vigilar la llegada de los trenes el día después de haber
recibido la carta de su patrono.
Desde el dos al siete de diciembre, el
administrador esperó puntualmente en el andén, vio llegar los trenes y se
convenció, noche tras noche, de que todos los viajeros eran desconocidos para
él. Desde el dos al siete de diciembre, Miss Gwilt (para volver al nombre por
el que es más conocida en estas páginas) recibió su información cotidiana, a
veces personalmente y a veces por carta. El doctor, a quien se comunicaban los
informes, los recibía a su vez con constante confianza en las precauciones que
se habían tornado. Esto, hasta la mañana del día ocho. En aquella fecha, la
irritación causada por la continua incertidumbre había producido un cambio,
para mal, en el temperamento variable de Miss Gwilt, perceptible para todos los
que la rodeaban y que, aunque parezca extraño, se reflejó en un cambio
igualmente marcado en la actitud del doctor cuando le hizo éste la visita
acostumbrada. Por una coincidencia tan extraordinaria que sus enemigos hubiesen
podido sospechar que no era en absoluto una coincidencia, la mañana en que Miss
Gwilt perdió la paciencia resultó ser la misma en que el doctor perdió por
primera vez su confianza.
—Sin noticias, desde luego —dijo, sentándose y
lanzando un profundo suspiro—. ¡Bien, bien!
Miss Gwilt le miró irritada, interrumpiendo su
labor. —Parece extrañamente deprimido esta mañana —dijo—. ¿De qué tiene miedo
ahora?
—La acusación de tener miedo, señora
—respondió solemnemente el doctor—, no debe hacerse a la ligera a ningún
hombre, aunque pertenezca a una profesión tan esencialmente pacífica como la
mía. No tengo miedo. Estoy (como dijo usted más correctamente en primera
instancia) extrañamente deprimido. Mi temperamento, como sabe usted, es
naturalmente sanguíneo, y hasta hoy no he visto lo que, de no haber sido por mi
habitual optimismo, hubiese debido ver, y habría visto, hace una semana. Miss
Gwilt arrojó impaciente su labor.
—Si las palabras costasen dinero —dijo—, el
lujo de hablar sería bastante caro para usted.
—Hubiese debido verlo —repitió el doctor,
haciendo caso omiso de la interrupción— hace una semana. Si he de serle franco,
no me siento en modo alguno tan seguro de que Mr. Armadale acepte, sin luchar,
las condiciones que me interesa (y que en menor grado interesa a usted)
imponerle. ¡Observe! —exclamó—. No dudo de que conseguiremos atraparle en el
sanatorio; solamente dudo de que sea tan manejable como había previsto, cuando
le tengamos allí. Digamos —prosiguió el doctor, levantando los ojos por primera
vez y fijándolos, interrogadores, en Miss Gwilt—, digamos que es intrépido,
obstinado, lo que usted quiera, y que aguanta, que aguanta durante semanas
seguidas, durante meses seguidos, como han aguantado antes que él personas en
situaciones parecidas. ¿Qué se desprende de esto? El riesgo de mantenerle
recluido por la fuerza, secuestrado si puedo expresarme así, aumenta en
progresión geométrica y se hace enorme. En este momento, mi casa está
virtualmente preparada para recibir pacientes. Éstos pueden presentarse dentro
de una semana. Los pacientes podrían comunicar con Mr. Armadale, o Mr. Armadale
podría comunicar con los pacientes. Una nota podría salir a escondidas de allí
y llegar a conocimiento de los inspectores de casas de salud. Aun en el caso de
un establecimiento particular como el mío, esos caballeros..., ¡no!, esos
déspotas autorizados en un país de libertad sólo tienen que pedir una orden al
Lord Canciller para entrar (¡cielo santo, para entrar en mi sanatorio!) y
registrar la casa desde el tejado hasta los cimientos, sin previo aviso. No
quiero desanimarla; no quiero alarmarla. No pretendo decir que las medidas que
estamos tomando para ponernos a salvo no sean las mejores de que podemos
disponer. Lo único que le pido es que se imagine a los inspectores en la
casa... y piense después en las consecuencias. ¡Las consecuencias! —repitió el
doctor, levantándose, ceñudo, y tomando su sombrero como si fuese a marcharse.
—¿Tiene algo más que decir? —preguntó Miss
Gwilt. —¿Tiene usted —replicó el doctor— alguna observación que hacer?
Se quedó plantado con el sombrero en la mano,
esperando. Durante un minuto, se miraron ambos en silencio.
Miss Gwilt fue la primera en romperlo.
—Creo que le comprendo —le dijo, recobrando de
pronto su aplomo.
—Discúlpeme —dijo el doctor, llevándose una
mano al oído—. ¿Qué ha dicho?
—Nada.
—¿Nada?
—Si hubiese agarrado otra mosca esta mañana
—dijo Miss Gwilt, con un amargo y sarcástico énfasis en sus palabras—, sería
capaz de impresionarle con otra «bromita».
El doctor levantó ambas manos, con cortés
desaprobación y pareció que empezaba a recobrar su buen humor.
—Lamento —murmuró amablemente— que todavía no
me haya perdonado aquella patochada.
—¿Qué más tiene que decir? Estoy esperando
—dijo Miss Gwilt.
Volvió su sillón hacia la ventana, frunciendo
el ceño, y tomó de nuevo su labor mientras hablaba.
El doctor se puso detrás de ella y apoyó la
mano en el respaldo del sillón.
—En primer lugar, tengo que hacerle una
pregunta —dijo—, y después, sugerirle una medida necesaria de precaución. Si me
honra prestándome atención, empezaré por la pregunta.
—Le estoy escuchando.
—Usted sabe que Mr. Armadale está vivo
—prosiguió el doctor—, y sabe que regresa a Inglaterra. ¿Por qué sigue llevando
su traje de viuda?
Ella le respondió sin vacilar un instante y
volviendo a su labor.
—Porque soy de temperamento sanguíneo como
usted. Quiero confiar hasta el fin en la sección de sucesos. Mr. Armadale puede
morir aún, en camino hacia este país.
—Pero suponga que llega vivo. ¿Qué pasará
entonces?
—Entonces quedará todavía otra posibilidad.
—Por favor, ¿cuál?
—Puede morir en su sanatorio.
—¡Señora! —la reprendió el doctor, en la voz
de bajo profundo que reservaba para sus estallidos de virtuosa indignación—.
¡Espere! Se ha referido a la sección de sucesos —prosiguió, volviendo a su tono
más suave de conversación—. Sí, sí, desde luego. Esta vez la he comprendido.
Incluso el arte de la curación está a merced de los accidentes; incluso un
sanatorio como el mío puede ser sorprendido por la muerte. ¡Así es, así es!
—dijo juzgando la cuestión con toda imparcialidad—. Existe la sección de
sucesos, lo confieso, si quiere usted confiar en esto. ¡Pero fíjese bien! Digo
enfáticamente si quiere usted confiar en eso.
Hubo otro momento de silencio, un silencio tan
absoluto que nada fue audible en la habitación salvo el rápido clic de la aguja
de Miss Gwilt en su labor.
—Prosiga —dijo ella—; todavía no ha acabado.
—¡Cierto! —dijo el doctor—. Después de hacer
mi pregunta, tengo que convencerla de mis medidas de precaución. Comprenderá,
mi querida señora, que yo no estoy dispuesto a confiar, por mi parte, en el
capítulo de sucesos. La reflexión me ha convencido de que usted y yo no estamos
(localmente hablando) situados tan convenientemente como deberíamos estar, para
el caso de una emergencia. Los coches todavía son raros en este barrio de
rápido crecimiento. Yo estoy a veinte minutos a pie de donde está usted; usted
está a veinte minutos a pie de donde estoy yo. Yo no sé nada sobre el carácter
de Mr. Armadale; usted lo conoce muy bien. Podría ser necesario (vitalmente
necesario) que yo apelase a su superior conocimiento en un momento dado. ¿Y
cómo podría hacerlo, a menos que estuviésemos bajo el mismo techo, para poder
ponernos inmediatamente en contacto? En interés de ambos, me permito invitarla,
querida señora, a residir en mi sanatorio durante un período limitado.
La rápida aguja de Miss Gwilt se detuvo de
pronto.
—Le comprendo —dijo ella, a media voz.
—¿Perdón? —dijo el médico, acometido por otro
ataque de sordera y llevándose de nuevo una mano al oído.
Ella se echó a reír, con una risa grave y
espantosa, que sobresaltó al doctor, incitándole a retirar la mano del respaldo
de su sillón.
—¿Residir en su sanatorio? —repitió—. Usted
cuida de las apariencias en todo lo demás. ¿Quiere cuidar también de ellas al
recibirme en su casa?
—¡Naturalmente! —respondió el doctor, con
entusiasmo—. ¡Me sorprende que me haga esta pregunta! ¿Ha conocido a algún
nombre de cierta fama en mi profesión que desafíe las apariencias? Si me honra
aceptando mi invitación, ingresará en mi sanatorio en el carácter más
irreprochable: en carácter de paciente.
—¿Cuándo quiere mi respuesta?
—¿Puede dármela hoy?
—No.
—¿Mañana?
—Sí. ¿Tiene algo más que decirme?
—Nada más.
—Entonces, vayase. Yo no cuido de las
apariencias. Deseo estar sola, y se lo digo. Buenos días.
—¡Oh, el sexo, el sexo! —dijo el médico,
recobrando su excelente humor—. ¡Tan deliciosamente impulsivas, tan
simpáticamente descaradas en lo que dicen y en la manera de decirlo! «¡Oh,
mujer, en nuestras horas de tranquilidad, voluble, remilgada, difícil de
complacer!» ¡Vaya, vaya, vaya! ¡Buenos días!
Miss Gwilt se levantó y le miró desdeñosamente
desde la ventana al cerrar él la puerta de la calle y alejarse de la casa.
—El propio Armadale me impulsó a ello la
primera vez —dijo—. Manuel lo hizo por segunda vez. ¿Dejaré que tú, cobarde
sinvergüenza, me impulses a ello por tercera y última vez?
Se apartó de la ventana y miró reflexivamente
su traje de viuda en el espejo.
Transcurrieron las horas del día... y no
decidió nada. Llegó la noche... y siguió vacilando. Amaneció el nuevo día... y
la pregunta estaba todavía sin respuesta.
El correo de la mañana le trajo una carta. Era
el informe acostumbrado de Mr. Bashwood. De nuevo había esperado en vano la
llegada de Allan.
—¡Tendré más tiempo! —dijo, apasionadamente—.
¡Ningún hombre vivo hará que me apresure contra mi voluntad!
Aquella mañana (la mañana del día nueve), a la
hora del desayuno, el doctor fue sorprendido en su estudio por una visita de
Miss Gwilt.
—Necesito otro día —dijo ella, en cuanto el
criado hubo cerrado la puerta.
El doctor la miró antes de contestar y vio el
peligro de llevarla a extremos que se insinuaban claramente en su semblante.
—El tiempo apremia —la amonestó, en su tono
más persuasivo—. Por lo que sabemos, Mr. Armadale puede estar aquí esta noche.
—¡Necesito otro día! —repitió ella, con fuerza
y pasión.
—¡De acuerdo! —dijo el doctor, mirando
nerviosamente hacia la puerta—. No levante la voz; la servidumbre podría oírla.
Pero —prosiguió— confío en su honor para que no me pida más dilaciones.
—Será mejor que confíe en mi desesperación
—dijo ella, y se marchó.
El médico rompió la cascara del huevo y rió en
voz baja.
«Muy bien, querida —pensó—. Recuerdo adonde te
llevó la desesperación en tiempos pasados, y creo que puedo confiar en que te
llevará ahora por el mismo camino.» A las ocho menos cuarto de aquella noche,
Mr. Bashwood ocupó su acostumbrado puesto de observación en el andén de la
terminal de London Bridge.
Estaba sumamente animado; sonreía y reía entre
dientes con incontenible entusiasmo. La impresión de que disponía de un medio
de influir en Miss Gwilt, por el conocimiento que tenía de su pasado, no había
contribuido en absoluto a la transformación que se manifestaba ahora en él.
Había sostenido su valor durante su triste vida en Thorpe-Ambrose, y le había
dado aquel aire de confianza advertido por la propia Miss Gwilt; pero, desde el
momento en que había recobrado el favor de ella, se había desvanecido como
fuerza motivadora, aniquilada por la descarga eléctrica de su contacto y su
mirada. La vanidad, la vanidad que en hombres de su edad no es más que
desesperación disfrazada, le había elevado una vez más al séptimo cielo de la
necia felicidad. Volvía a creer en ella como creía en el elegante y nuevo gabán
que llevaba, como creía en el fino bastón (más propio de un dandy adolescente)
que blandía en la mano. ¡Tarareaba! La vieja y mísera criatura que no había
cantado desde su infancia, tarareaba, al pasear en el andén, los pocos
fragmentos que podía recordar de una vieja y trillada canción. El tren tenía
fijada su llegada a las ocho de aquella noche. Cinco minutos después de la
hora, sonó el silbato. Menos de cinco minutos más tarde, los pasajeros bajaron
al andén.
Siguiendo las instrucciones que le habían
dado, Mr. Bashwood se abrió paso lo mejor que pudo entre la multitud a lo largo
de la serie de vagones y, al no descubrir ningún rostro conocido en aquella
primera investigación, fue a reunirse con los pasajeros, para observarles por
segunda vez, en la sala de espera de la Aduana.
Había mirado a su alrededor y se había
convencido de que todas las personas que estaban allí eran desconocidas, cuando
oyó detrás de él una voz que exclamaba:
—Pero ¿es Mr. Bashwood?
Éste se volvió expectante, y se encontró cara
a cara con el hombre a quien menos esperaba ver.
Aquel hombre era Midwinter.
CAPÍTULO II
EN LA CASA
Advirtiendo la confusión de Mr. Bashwood
(después de observar un instante el cambio en su aspecto personal), Midwinter
fue el primero en hablar.
—Veo que le he sorprendido —dijo—. Supongo que
estaba esperando a otra persona, ¿no? ¿Ha sabido algo de Allan? ¿Está ya en
camino de vuelta a casa?
Las preguntas acerca de Armadale, aunque
naturales en cualquier persona que se hallase entonces en la situación de
Midwinter, aumentaron la confusión de Mr. Bashwood. Sin saber cómo librarse de
la crítica posición en que estaba colocado, se refugió en la simple negativa.
—No sé nada de Mr. Armadale; no, señor, no sé
nada de Mr. Armadale —le respondió con una ansiedad y un apresuramiento
innecesarios—. Bienvenido de nuevo a Inglaterra, señor —prosiguió, cambiando
nerviosamente de tema—. No sabía que estuviese en el extranjero. Hace tanto
tiempo desde que tuvimos el placer..., desde que tuve el placer... ¿Se ha
divertido, señor, en aquellas tierras extrañas? Sus costumbres son..., sí, sí,
¡tan diferentes de las nuestras! ¿Piensa estar mucho tiempo en Inglaterra,
ahora que ha vuelto?
—No lo sé —dijo Midwinter—. He tenido que
cambiar mis planes y venir inesperadamente a Inglaterra. —Vaciló un poco;
después cambió de actitud, al añadir en voz más baja—: Una grave inquietud me
ha hecho volver. No puedo decir cuáles serán mis planes hasta que la haya
calmado.
La luz de una lámpara iluminó su cara mientras
hablaba, y Mr. Bashwood observó, por primera vez, que parecía desmejorado y
cambiado.
—Lo siento, señor... Lo siento mucho. Si puedo
ayudarle en algo... —sugirió Mr. Bashwood, hablando bajo la influencia de su
nerviosa cortesía y también de su recuerdo de lo que Midwinter había hecho por
él en Thorpe-Ambrose en tiempos pasados.
Midwinter le dio las gracias y volvió
tristemente la cabeza.
—Temo que no puede ayudarme, Mr. Bashwood,
pero se lo agradezco de todos modos. —Se interrumpió y reflexionó un poco—.
Supongamos que no estuviese enfermo. Supongamos que hubiese ocurrido alguna
desgracia —prosiguió, hablando consigo mismo y volviéndose de nuevo hacia el
administrador—. Si se ha separado de su madre, tal vez podría encontrar su
rastro preguntando en Thorpe-Ambrose.
Mr. Bashwood sintió que se despertaba de
pronto su curiosidad. Todo el sexo femenino le interesaba ahora, por mor de
Miss Gwilt.
—¿Una dama, señor? —preguntó—. ¿Está buscando
a una dama?
—Estoy buscando a mi esposa —dijo simplemente
Midwinter.
—¿Está casado, señor? —exclamó Mr. Bashwood—.
¿Se casó después de la última vez que tuve el placer de verle? ¿Puedo tomarme
la libertad de preguntarle...?
Midwinter bajó nerviosamente la mirada.
—Usted conoció a la dama —dijo—. Me casé con
Miss Gwilt.
El administrador se echó atrás de un salto,
como lo habría hecho delante de una pistola cargada que le apuntase a la
cabeza. Sus ojos brillaron como si hubiese enloquecido de pronto, y el temblor
nervioso que sentía le sacudió desde la cabeza hasta los pies.
—¿Qué le pasa? —le preguntó Midwinter. No
obtuvo respuesta—. ¿Tan extraordinario es —prosiguió, con cierta impaciencia—
que Miss Gwilt sea mi esposa?
—¿Su esposa? —repitió desesperadamente Mr.
Bashwood—. ¡Mrs. Armadale...!
Se contuvo, haciendo un esfuerzo sobrehumano,
y no dijo más.
El estupor y el asombro que sentía el
administrador se reflejaron instantáneamente en la cara de Midwinter. ¡El
nombre con que se había casado en secreto con su esposa había sido pronunciado
por el último hombre del mundo en quien hubiese soñado poner su confianza! Asió
a Mr. Bashwood del brazo y le condujo a una parte más tranquila de la estación
terminal que aquélla donde habían estado hablando hasta ahora.
—Acaba de referirse a mi esposa —dijo— y
enseguida ha pronunciado el nombre de Mrs. Armadale. ¿Qué ha querido decir con
eso?
Tampoco ahora obtuvo respuesta. Totalmente
incapaz de comprender algo, salvo que se había metido en algún grave enredo que
era un misterio absoluto para él, Mr. Bashwood luchaba en vano por
desenredarse. Midwinter repitió enérgicamente la pregunta. —Le preguntaré de
nuevo —dijo—. ¿Qué ha querido decir con eso?
—¡Nada, señor! ¡Le doy mi palabra de honor de
que no he querido decir nada!
Sintió que la mano le apretaba con más fuerza
el brazo; vio, incluso en la oscuridad del rincón apartado en que se hallaban,
que el ardiente temperamento de Midwinter se estaba excitando, y pensó que no
debía jugar con esto. El peligro en que se hallaba le incitó a emplear el único
recurso que posee el hombre tímido cuando una fuerza mayor le obliga a hacer
frente a una emergencia, el recurso de mentir.
—Sólo quise decir, señor —exclamó, con un
desesperado esfuerzo de hablar serenamente—, que Mr. Armadale se
sorprendería...
—¡Ha dicho Mrs. Armadale!
—No, señor; palabra de honor, palabra de honor
que está equivocado. Dije Mr. Armadale. ¿Cómo podía decir otra cosa? Suélteme,
por favor; tengo prisa. ¡Le aseguro que tengo mucha prisa!
Midwinter mantuvo un momento más su presa, y
en aquel instante decidió lo que tenía que hacer.
Había expresado exactamente su razón de volver
a Inglaterra, como producto de su inquietud acerca de su esposa, inquietud
naturalmente causada (después de que ella le escribiese regularmente cada dos o
tres días) por el hecho de que hubiese cesado de pronto toda correspondencia
por parte de ella, desde hacía una semana. La primera sospecha, vagamente
terrible, de que pudiese haber otra razón de su silencio que no fuese un
accidente o una enfermedad, a los que lo había atribuido hasta ahora, le había
acometido, produciéndole un súbito estremecimiento, en el instante en que el
administrador había asociado el nombre de «Mrs. Armadale» con la idea de su
esposa. Pequeñas anomalías en sus cartas, que antes sólo le habían parecido
extrañas, acudieron a su mente y también le resultaron sospechosas. Hasta
ahora, había creído en los motivos que le había expresado ella para no darle
más dirección adonde contestar sus cartas que la lista de correos. Ahora temió
por primera vez que aquellas razones fuesen excusas. Hasta ahora, había
resuelto que al llegar a Londres iría a preguntar en el único sitio donde sabía
que podía obtener noticias de ella: la dirección que le había dado de «su
madre». Ahora (con un motivo que temía confesarse a sí mismo, pero que era lo
bastante fuerte para imponerse a cualquier otra consideración) decidió
resolver, antes que nada, el misterio de que Mr. Bashwood conociese un secreto,
el de su boda bajo el nombre de Armadale, que sólo hubiesen debido saber su
esposa y él. Cualquier apelación directa a un hombre del carácter del
administrador, y en el actual estado mental de éste, habría sido evidentemente
inútil. El arma del engaño era, en este caso, de empleo literalmente
obligatorio por parte de Midwinter. Soltó el brazo de Mr. Bashwood y aceptó la
explicación de éste.
—Le ruego que me disculpe —dijo—. Sin duda
tiene usted razón. Atribuya mi descortesía a la inquietud y a la fatiga. Le
deseo buenas noches.
La estación estaba ahora casi desierta, pues
los pasajeros se habían reunido en la sala de la Aduana para someterse al
examen de los equipajes. No era tarea fácil despedirse ostensiblemente de Mr.
Bashwood y no perderle de vista. Pero el tiempo que había pasado Midwinter en
su infancia con su maestro gitano le había enseñado estratagemas como la que se
veía ahora obligado a emplear. Se dirigió hacia la sala de espera pasando junto
a los vagones vacíos, abrió la puerta de uno de ellos, como buscando algo que
hubiese olvidado, y observó que Mr. Bashwood se dirigía hacia la hilera de
coches que esperaban en el otro lado del andén. En un instante, cruzó aquél y
pasó a lo largo de la fila de vehículos, por la parte más alejada del andén.
Subió al segundo coche por la portezuela de la izquierda, un momento después de
que Mr. Bashwood subiese al primero por la de la derecha.
—Le pagaré el doble de la tarifa, sea ésta
cual fuere —dijo al cochero—, si no pierde de vista a aquel simón y le sigue
dondequiera que vaya.
Un minuto después, ambos vehículos salieron de
la estación.
Había un empleado sentado en una cabina junto
a la puerta de la verja, anotando el destino de los coches al pasar éstos.
Midwinter oyó que su cochero gritaba «¡Hampstead!» al pasar por delante de la
ventanilla.
—¿Por qué ha dicho «Hampstead»? —preguntó
cuando hubieron dejado la estación atrás.
—Porque el hombre que iba delante de mí dijo
«Hampstead», señor —respondió el cochero.
Una y otra vez, durante el tedioso trayecto
hacia el suburbio noroccidental, Midwinter preguntó si el coche al que seguían
permanecía a la vista. Y una y otra vez le respondió el hombre:
—Va delante de nosotros.
Entre las nueve y las diez, el cochero detuvo
sus caballos. Midwinter se apeó y vio que el otro coche estaba esperando ante
la puerta de una casa. En cuanto se hubo convencido de que el cochero era el
mismo que había servido a Mr. Bashwood, pagó la recompensa prometida y despidió
su propio coche.
Pasó un par de veces por delante de aquella
puerta. La vaga pero terrible sospecha que había surgido en su mente en la
estación tomaba ahora una forma definida, detestable para él. Sin la sombra de
una sólida razón, advirtió que estaba desconfiando ciegamente de la fidelidad
de su esposa y sospechando ciegamente que Mr. Bashwood actuaba como su
alcahuete. Horrorizado de su propia imaginación morbosa, resolvió anotar el
número de la casa y el nombre de la calle, y después, para ser justo con su
esposa, encaminarse rápidamente a la dirección que le había dado ella como la
de su madre. Había sacado la libreta y se dirigía a la esquina de la calle,
cuando observó que el hombre que había llevado a Mr. Bashwood le estaba mirando
con una expresión de curiosa sorpresa. Inmediatamente se le ocurrió la idea de
interrogar al cochero mientras tenía oportunidad de hacerlo. Sacó media corona
del bolsillo y la puso en la mano ávida del hombre.
—¿Ha entrado en esta casa el caballero que ha
traído usted de la estación? —le preguntó.
—Sí, señor.
—¿Ha oído si ha preguntado por alguien cuando
le han abierto la puerta?
—Ha preguntado por una dama, señor. Mrs... —El
hombre vaciló—. No era un nombre corriente, señor; lo recordaría si lo oyese
otra vez.
—¿Fue Midwinter?
—No, señor.
—¿Armadale?
—Sí, señor. Mrs. Armadale.
—¿Está seguro de que fue Mrs. y no Mr.?
—Estoy todo lo seguro que puede estar un
hombre que no ha prestado una atención particular.
La duda implícita en esta respuesta decidió a
Midwinter a investigar personalmente el asunto. Subió la escalinata de la
entrada. Al levantar la mano para tocar la campanilla del lado de la puerta, la
violencia de su agitación le dominó físicamente durante un momento. Una extraña
sensación, como de algo que saltase de su corazón a su cerebro, hizo que le
diese curiosamente vueltas la cabeza. Se apoyó en la baranda de la casa,
levantó la cara para que le diese el aire y esperó resueltamente a serenarse de
nuevo. Entonces tocó la campanilla.
—¿Está...? —Había querido preguntar por Mrs.
Armadale, cuando la doncella le abrió la puerta. Pero, a pesar de su
resolución, no pudo pronunciar aquel nombre—. ¿Está su señora en casa?
—preguntó.
—Sí, señor.
La joven le introdujo en un salón y le
presentó a una ancianita de corteses modales y brillantes ojos.
—Habré cometido un error —dijo Midwinter—.
Deseaba ver...
Una vez más trató de pronunciar el nombre, y
una vez más se negó éste a brotar de sus labios.
—¿A Mrs. Armadale? —sugirió la ancianita, con
una sonrisa.
—Sí.
—Conduce al caballero arriba, Jenny.
La muchacha le condujo al salón del piso alto.
—¿Su nombre, señor?
—No importa.
Mr. Bashwood apenas había terminado de referir
lo ocurrido en la estación terminal, y la imperiosa dueña de Mr. Bashwood
estaba todavía bajo los erectos del descubrimiento que éste acababa de
comunicarle, cuando se abrió la puerta de la estancia y Midwinter apareció sin
previo aviso en el umbral. Entró en el salón y cerró mecánicamente la puerta a
su espalda. Se quedó plantado en total silencio y se enfrentó a su esposa,
observándola con una sangre fría antinatural y con una mirada que la envolvió
de la cabeza a los pies.
También en silencio, se levantó ella de su
sillón, y en total silencio permaneció erguida sobre la alfombra frente a la
chimenea, enfrentándose a su marido en su traje de viuda.
Él dio otro paso adelante y se detuvo de
nuevo. Levantó la mano y señaló el vestido con un dedo delgado y moreno.
—¿Qué significa esto? —preguntó, sin perder su
terrible sangre fría y sin mover su mano extendida.
Al oír su voz, el rápido jadeo de su pecho,
único signo externo de la angustia que la torturaba, cesó de pronto. Permaneció
impenetrablemente silenciosa, absolutamente inmóvil, como si la pregunta la
hubiese fulminado, y el dedo acusador, petrificado.
Él avanzó otro paso y repitió la frase, en una
voz incluso más baja y tranquila que antes.
Un momento más de silencio, un momento más de
inactividad, hubiese podido ser la salvación para ella. Pero la fuerza fatal de
su carácter triunfó en la crisis de los destinos de ambos. Pálida e inmóvil y
macilenta y envejecida, respondió a la espantosa emergencia con un terrible
valor y pronunció las palabras irrevocables de rechazo.
—Mr. Midwinter —dijo, en un tono
extraordinariamente duro y extraordinariamente claro—, nuestra amistad no le
autoriza a hablarme de esta manera.
Éstas fueron sus palabras. No levantó la
mirada del suelo mientras las pronunciaba. Cuando hubo terminado, se desvaneció
el último débil vestigio de color en sus mejillas.
Hubo una pausa. Sin dejar de mirarla
fijamente, grabó él en su mente los términos que ella había pronunciado.
—Me llama «Mr. Midwinter» —dijo despacio y en
voz baja—. Habla de «nuestra amistad».
Esperó un poco y miró a su alrededor. Su
mirada errante se fijó en Mr. Bashwood por primera vez. Vio que el
administrador estaba en pie cerca de la chimenea, temblando y observándole.
—Una vez le hice un favor —le dijo— y usted me
dijo que no era desagradecido. ¿Será lo bastante agradecido para responderme,
si le pregunto algo?
Esperó de nuevo un poco. Mr. Bashwood siguió
temblando junto a la chimenea, observándole en silencio.
—Veo que me está mirando —prosiguió—. ¿Hay en
mí algún cambio que ni yo mismo advierto? ¿Estoy viendo cosas que usted no ve?
¿Estoy oyendo palabras que usted no oye? ¿Parezco, por mi actitud o mis
palabras, haber perdido la razón?
Esperó una vez más, y una vez más continuó el
silencio. Sus ojos empezaron a centellear, y la sangre caliente que había
heredado de su madre coloreó despacio sus pálidas mejillas.
—¿Es esa mujer —preguntó— la que conoció usted
un día con el nombre de Miss Gwilt?
Una vez más hizo su esposa acopio de su valor
fatal. Y una vez más pronunció las palabras fatales.
—Me obliga usted a repetir —dijo— que abusa de
nuestra amistad y olvida el respeto que merezco.
Él se volvió hacia ella con una furia que
provocó un grito de alarma en los labios de Mr. Bashwood.
—¿Eres o no eres mi esposa? —preguntó, entre
los dientes apretados.
Ella levantó los ojos por primera vez. Su
espíritu perdido le miró, desafiante, brotando del infierno de su propia
desesperación.
—No soy su esposa —dijo.
Él se tambaleó, buscando a tientas algo a lo
que agarrarse, como si estuviese a oscuras. Se apoyó pesadamente en la pared de
la habitación y miró a la mujer que había dormido reclinada en su pecho y que
ahora le negaba cara a cara.
Mr. Bashwood se acercó a ella, presa de
pánico.
—¡Entre allí! —murmuró, tratando de empujarla
hacia la puerta que conducía a la habitación contigua—. ¡Deprisa, por el amor
de Dios! ¡La matará!
Ella rechazó al viejo con la mano. Le miró con
una súbita irradiación en su inexpresivo semblante. Le respondió torciendo
lentamente los labios en una espantosa sonrisa.
—Deje que me mate —dijo.
Al decir ella estas palabras, Midwinter se
apartó de un salto de la pared, lanzando un grito que resonó en toda la casa.
Sus ojos vidriosos centellearon con el frenesí de un loco, y tendió hacia ella
las manos amenazadoras. Se acercó hasta que la tuvo a su alcance y se detuvo de
pronto. La expresión iracunda se extinguió en su semblante en el momento en que
se detuvo. Cerró los ojos, temblaron sus manos tendidas, se encogió impotente.
Y cayó al suelo, como si estuviese muerto. Yació como yacen los muertos en
brazos de la esposa que le había negado.
Ella se arrodilló y apoyó la cabeza de él
sobre sus rodillas. Agarró el brazo que le tendía el administrador para
ayudarla, con una mano que se cerró como un torno a su alrededor.
—Envíe a buscar un médico —dijo— y que no se
acerque la gente de la casa hasta que llegue.
Había algo en su mirada y en su voz que habría
obligado a cualquiera a obedecerla en silencio. Y en silencio la obedeció Mr.
Bashwood, que salió corriendo de la habitación.
En cuanto estuvo sola, incorporó a Midwinter
y, rodeándole con ambos brazos, la infeliz le levantó la cara hacia la suya y
le meció sobre su pecho con una ternura y una angustia que no podía desfogar
con lágrimas, y con una pasión y un remordimiento que no podía expresar con
palabras. En silencio le estrechó contra su pecho, en silencio cubrió de besos
su frente, sus mejillas y sus labios. Ningún sonido brotó de su garganta hasta
que oyó pisadas presurosas en la escalera. Entonces un grave gemido brotó de sus
labios, al mirar a Midwinter y apoyar de nuevo la cabeza de éste en sus
rodillas, antes de que entrase la gente.
La patrona y el administrador fueron las
primeras personas a quienes vio cuando se abrió la puerta. El médico (un
cirujano que vivía en la misma calle) les siguió. El horror y la belleza del
semblante de ella al levantarlo para mirarle, absorbieron momentáneamente la
atención del doctor, con exclusión de todo lo demás. Ella tuvo que llamarle y
señalar al hombre inconsciente para que atendiese al paciente y dejase de
fijarse en ella.
—¿Está muerto? —preguntó. El médico llevó a
Midwinter al sofá y ordenó que abriesen las ventanas.
—Se ha desmayado —dijo—, esto es todo.
Al oír esta respuesta, sintió ella por primera
vez que le fallaban las fuerzas. Lanzó un profundo suspiro de alivio y se apoyó
en la chimenea para sostenerse. Mr. Bashwood fue el único de los presentes que
advirtió su estado. La condujo al otro extremo de la habitación, donde había
una poltrona, y dejó que la patrona alcanzase los reconfortantes que le pedía
el doctor.
—¿Va usted a esperar aquí hasta que se
restablezca? —murmuró el administrador, mirando hacia el sofá y temblando.
La pregunta hizo que considerase ella su
posición, que comprendiese las necesidades ineludibles a las que debía
enfrentarse. Con un fuerte suspiro, miró hacia el sofá, reflexionó un momento y
respondió a Mr. Bashwood preguntándole a su vez:
—¿Está aún ante la puerta el coche que le
trajo de la estación?
—Sí.
—Diríjase enseguida a la verja del sanatorio y
espéreme allí.
Mr. Bashwood vaciló. Ella levantó los ojos y,
con una mirada, le hizo salir de la habitación.
—El caballero está volviendo en sí, señora
—dijo la patrona, al cerrar la puerta el administrador—. Ha recobrado el
aliento.
Ella inclinó la cabeza en muda respuesta, se
levantó, consideró de nuevo su situación, miró hacia el sofá por segunda vez y
cruzó la puerta de su dormitorio.
Al poco rato, el médico se apartó del sofá e
hizo ademán a la patrona de que se quedase a su lado. La recuperación corporal
del paciente estaba asegurada. Nada más había que hacer, salvo esperar, y dejó
que su mente recordase poco a poco todo lo que había sucedido.
—¿Dónde está ella? —fueron las primeras
palabras que dijo Midwinter al doctor y a la patrona, que le observaba
inquieta. rado
La patrona llamó a la puerta de la otra
habitación y no obtuvo respuesta. Entró y vio que estaba vacía. Sobre el
tocador, había una hoja de papel y, encima de ella, los honorarios del médico.
El papel contenía una nota, escrita evidentemente con gran agitación y mucha
prisa: «No puedo quedarme aquí esta noche, después de lo ocurrido. Volveré
mañana para llevarme el equipaje y pagarle lo que le debo.»
—¿Dónde está ella? —volvió a preguntar
Midwinter, cuando volvió sola la patrona al salón.
—Se ha ido, señor.
—¡No lo creo!
La anciana se puso colorada.
—Si conoce usted su escritura, señor —repuso
ella, tendiéndole la hoja de papel—, tal vez dará crédito a esto.
El miró el papel.
—Le pido disculpas, señora —dijo, al
devolvérselo—. Le pido disculpas, de todo corazón.
Había algo en su semblante, mientras
pronunciaba estas palabras, que hizo que se desvaneciese por completo la
irritación de la anciana, que de pronto se compadeció del hombre que la había
ofendido.
—Temo que haya algo terrible, señor, en el
fondo de todo esto —dijo simplemente ella—. ¿Desea que dé algún mensaje de su
parte a la dama, cuando regrese?
Midwinter se levantó y se apoyó un momento en
el sofá.
—Mañana le daré personalmente mi mensaje
—dijo—. Debo verla antes de que se vaya de su casa.
El doctor acompañó a su paciente hasta la
calle.
—¿Quiere que le lleve a su casa? —preguntó
amablemente—. Si está lejos, será mejor que no vaya andando. No debe esforzarse
demasiado, y podría acatarrarse en una noche tan fría como ésta.
Midwinter le estrechó la mano y le dio las
gracias.
—Estoy acostumbrado a andar en noches frías,
señor —dijo—, y no me doy fácilmente por vencido, ni siquiera cuando parezco
tan aturdido como ahora. Si quiere usted decirme el camino más rápido para
salir de estas calles, creo que la paz del campo y de la noche me serán de gran
ayuda. Tengo algo importante que hacer mañana —añadió, bajando la voz— y no
podré descansar ni dormir hasta que no haya reflexionado sobre ello esta noche.
El médico comprendió que no se las había con
un hombre corriente. Dio las instrucciones necesarias sin más preámbulos y se
despidió del paciente en la puerta de su casa.
Al quedarse solo, Midwinter se detuvo y miró
en silencio el cielo. Éste se había despejado y habían salido las estrellas,
las estrellas que había aprendido a conocer de labios de su amo gitano, en las
faldas de los montes. Por primera vez, recordó con añoranza sus días de
muchacho. «¡Oh, mi antigua vida! —pensó, ansiosamente—. ¡Hasta ahora no he
sabido lo feliz que fue aquella vida!»
Se animo y se dirigió hacia el campo abierto.
Su rostro se ensombreció al dejar atrás la calle y adentrarse en la soledad y
la oscuridad que reinaban más allá.
—Esta noche ha negado a su marido —dijo—.
Mañana conocerá a su dueño.
CAPÍTULO III
EL FRASCO PÚRPURA
El coche estaba esperando ante la verja al
llegar Miss Gwilt al sanatorio. Mr. Bashwood se apeó de aquél y salió a su
encuentro. Ella le asió del brazo y dio unos pasos con él, para que no pudiese
oírles el cochero.
—Piense lo que quiera de mí —dijo, conservando
el grueso velo negro sobre la cara—, pero no me hable esta noche. Vuelva en el
coche a su hotel, como si nada hubiese ocurrido. Vaya a esperar mañana el tren
de la costa, como de costumbre, y venga a verme después al sanatorio. Vayase
sin decir una palabra, y creeré que es el único hombre del mundo que realmente
me quiere. Quédese y haga preguntas, y le diré adiós para siempre.
Señaló el coche. Un minuto después, el
vehículo se alejaba del sanatorio, llevando a Mr. Bashwood a su hotel.
Ella abrió la verja de hierro y se encaminó
despacio a la puerta de la casa. Al tocar la campanilla, un súbito
estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Rió amargamente. «¡Temblando de nuevo!
—se dijo—. ¿Quién habría pensado que me quedaban tantos sentimientos?»
Por un vez en su vida, la verdad asomó a la
cara del doctor cuando se abrió la puerta de su estudio, entre las diez y las
once de la noche, y entró Miss Gwilt en la estancia.
—¡Dios me valga! —exclamó, con expresión de
indecible asombro—. ¿Qué significa esto?
—Significa —respondió ella— que he decidido
esta noche, en vez de decidir mañana. Usted, que conoce tan bien a las mujeres,
debería saber que actuamos impulsivamente. He venido, cediendo a un impulso.
Recíbame o écheme, como usted quiera.
—¿Que la reciba o la eche? —repitió el doctor,
recobrando su aplomo—. Mi querida señora, ¡qué manera más terrible de plantear
la cuestión! ¡Su habitación estará preparada enseguida! ¿Dónde está su
equipaje? ¿Quiere que envíe a buscarlo? ¿No? ¿Puede pasarse sin su equipaje
esta noche? ¡Qué admirable fortaleza! ¿Irá a buscarlo usted misma mañana? ¡Qué
extraordinaria independencia! Quítese el sombrero. ¡Acérquese al fuego! ¿Qué
puedo ofrecerle?
—Ofrézcame la poción somnífera más fuerte que
haya confeccionado en su vida —respondió ella—. Y déjeme sola hasta que llegue
el momento de tomarla. Seré su paciente, ¡en serio! —añadió enérgicamente, al
tratar el doctor de reprenderla—. Pero, si me irrita esta noche, ¡seré la más
loca de las locas!
El director del sanatorio volvió a adoptar al
instante su aire grave y profesional.
—Siéntese en aquel rincón oscuro —dijo—. Nadie
la molestará. Dentro de media hora, tendrá preparada su habitación y la poción
somnífera sobre la mesa.
«Ha sido, para ella, una lucha más dura de lo
que había previsto —pensó, saliendo de la habitación y dirigiéndose a su
dispensario, en el otro lado del vestíbulo—. Cielo santo, ¡mira que tener
conciencia, después de una vida como la suya!»
El dispensario estaba provisto de los últimos
adelantos en mobiliario médico. Pero en una de las cuatro paredes de la
habitación no había estantes y el espacio vacante estaba ocupado por un bello
armario antiguo de madera tallada, curiosamente discordante, como objeto, con
el sencillo aspecto utilitario del lugar en general. A ambos lados del armario,
había sendos tubos acústicos instalados en la pared, que comunicaban con las
dependencias superiores de la casa y tenían, respectivamente, estos rótulos:
«Farmacéutico Residente» y «Enfermera Jefe». El doctor habló por el segundo de
estos tubos al entrar en la habitación. Apareció una mujer de edad avanzada,
recibió la orden de preparar el dormitorio de Mrs. Armadale, saludó y se
retiró.
Al quedar de nuevo solo en el dispensario, el
doctor abrió el compartimiento central del armario, donde había una serie de
botellas que contenían los diversos venenos usados en medicina. Después de
sacar el láudano que necesitaba para la poción somnífera, y de colocarlo sobre
la mesa, volvió al armario, miró en su interior durante un rato, sacudió la
cabeza, como dudando, y se dirigió a los estantes descubiertos del otro lado de
la habitación. Aquí, después de pensarlo un poco, tomó, de una hilera de botellas
de productos químicos, una que estaba llena de un líquido amarillo; la colocó
sobre la mesa, volvió al armario y abrió un compartimiento lateral, donde había
varios objetos de cristal de Bohemia. Después de un concienzudo examen, tomó un
precioso frasco púrpura, alto y estrecho, cerrado con un tapón también de
cristal. Lo llenó con el líquido amarillo, dejando una pequeña cantidad en el
fondo de la botella y volvió a encerrar el frasco en el lugar del que lo había
tomado. A continuación, puso la botella en su sitio, después de llenarla de
agua de la cisterna del dispensario y mezclar ciertos líquidos químicos en
pequeñas cantidades, que le devolvieron (al menos en apariencia) el aspecto que
había tenido antes de bajarla del estante. Terminadas estas misteriosas
operaciones, el doctor rió en voz baja y volvió hacia sus tubos acústicos para
llamar al farmacéutico residente.
El farmacéutico residente apareció envuelto en
el indefectible delantal blanco desde la cintura hasta los pies. El doctor
escribió solemnemente la receta de una pócima y la tendió a su ayudante.
—La necesito inmediatamente, Benjamin —dijo,
en tono suave y melancólico—. Para una paciente, Mrs. Armadale, de la
habitación número uno de la segunda planta. ¡Ay, Dios mío! —gimió
distraídamente—. Un caso de ansiedad, Benjamin, un caso de ansiedad. —Abrió el
libro de registro del establecimiento completamente en blanco y anotó
detalladamente el caso, con un breve extracto de la receta—. ¿Ha terminado con
el láudano? Póngalo en su sitio, cierre el armario y déme la llave. ¿Está
preparada la pócima? Póngale la etiqueta de «Tómese al acostarse» y désela a la
enfermera, Benjamin.
Mientras los labios del doctor daban estas
instrucciones, sus manos abrían un cajón de debajo de la mesa sobre la que
estaba colocado el libro de registro. Sacó varias tarjetas de admisión
elegantemente impresas, «para visitar el Sanatorio entre las dos y las cuatro
de la tarde», y puso en ellas la fecha del día siguiente, «10 de diciembre».
Cuando hubo adjuntado una docena de tarjetas a una docena de cartas impresas de
invitación y cerrado los doce sobres correspondientes, consultó una lista de
las familias residentes en el barrio y escribió las direcciones en los sobres.
Tocando ahora la campanilla en vez de utilizar un tubo acústico, llamó al
criado y le dio las cartas para que fuese a entregarlas temprano por la mañana.
—Creo que dará resultado —dijo el doctor,
dando una vuelta por el dispensario cuando el criado hubo salido—; creo que
dará resultado.
Mientras estaba todavía absorto en sus
reflexiones, reapareció la enfermera, para anunciar que la habitación de la
dama estaba preparada, oído lo cual, volvió el doctor al estudio para informar
a Miss Gwilt.
Ésta no se había movido desde que él saliera.
Se levantó de su oscuro rincón cuando él hizo su anuncio, y sin hablar ni
levantarse el velo, se deslizó fuera de la habitación como un fantasma.
Después de un breve intervalo, la enfermera
bajó de nuevo para decirle en privado a su jefe:
—La dama me ha ordenado que la llame mañana a
las siete, señor. Dice que irá a buscar su equipaje y que quiere que haya un
coche en la puerta cuando termine de vestirse. ¿Qué tengo que hacer?
—Haga lo que le ha dicho la dama —respondió el
doctor—. Podemos estar seguros de que volverá al sanatorio.
Las ocho y media era la hora del desayuno en
el sanatorio. Y a las ocho y media Miss Gwilt lo había solucionado todo en su
residencia y regresado con el equipaje. El doctor se sorprendió muchísimo al
comprobar la diligencia de su paciente.
—¿Por qué gastar tanta energía? —preguntó,
cuando se encontraron en la mesa del desayuno—. ¿Por qué tanta prisa, mí
querida señora, si tenía toda la mañana por delante?
—¡Simple impaciencia! —le dijo brevemente
ella—. Cuanto mayor me hago, más impaciente estoy.
El doctor, que antes de que ella hablase había
advertido que su cara parecía extrañamente pálida y envejecida esa mañana,
observó, al responderle ella, que su expresión, generalmente cambiante en grado
sumo, permanecía totalmente inalterada por el esfuerzo de hablar. No había la
acostumbrada animación en sus labios, ni el genio acostumbrado en sus ojos.
Nunca la había visto tan impenetrable y fría como la veía ahora. «Por fin ha
tomado su decisión —pensó—. Esta mañana le diré lo que no pude decirle la noche
pasada.»
Preparó las observaciones que se disponía a
hacer con una mirada de advertencia al traje de viuda.
—Ahora que ya tiene su equipaje —empezó
gravemente—, permita que le sugiera que se quite este velo y se ponga otro
traje.
—¿Porqué?
—¿Recuerda lo que me dijo hace un par de días?
—preguntó el doctor—. ¿Dijo que había una posibilidad de que Mr. Armadale
muriese en mi sanatorio, no?
—Y lo diré de nuevo, si usted quiere.
—Es casi imposible imaginar una posibilidad
más improbable —siguió diciendo el doctor, sordo como siempre a toda
interrupción inoportuna—. Pero mientras exista la menor posibilidad, vale la
pena considerarla. Digamos que él muere, que muere inesperada y repentinamente,
haciendo necesario una investigación por parte del forense. ¿Qué deberíamos
hacer en este caso? Deberíamos seguir representando los papeles que nos
impusimos, usted como su viuda y yo como testigo de su matrimonio, y en tales
papeles, asistir a toda la investigación. En el caso sumamente improbable de
que él muriese precisamente cuando nosotros queremos que muera, mi idea, podría
incluso decir mi decisión, es confesar que nos enteramos de su salvación del
mar y reconocer que dimos instrucciones a Mr. Bashwood para que lo atrajese a
esta casa, por medio de una falsa declaración sobre Miss Milroy. Cuando surjan
las inevitables preguntas, propongo que afirmemos que presentó síntomas de
enajenación mental poco después de su boda; que su alucinación consistía en
negar que era usted su esposa y en declarar que estaba prometido a Miss Milroy;
que usted tuvo tanto miedo al enterarse de que estaba vivo y volvía aquí, que
sufrió un estado de agitación nerviosa que requirió mis cuidados; que, a
petición de usted y para calmar aquella agitación nerviosa, visité a Armadale
en mi calidad de médico y le atraje a esta casa aprovechando su alucinación,
cosa perfectamente justificable en este caso, y por último, que puedo
certificar que su cerebro ha sido afectado por una de esas misteriosas
dolencias, incurables y fatales, sobre las que la ciencia médica está aún a
oscuras. Este curso de acción (en el casi imposible caso que estamos
suponiendo) sería indiscutiblemente el que deberíamos tomar, en su interés y en
el mío; y un traje como ése, en las actuales circunstancias, es ciertamente el
que menos debería usted llevar.
—¿Debo quitármelo enseguida? —preguntó ella,
levantándose de la mesa sin hacer la menor observación a lo que él acababa de
decirle.
—En cualquier momento, pero antes de las dos
de esta tarde —dijo el doctor.
Ella le miró con lánguida curiosidad, y nada
más.
—¿Por qué antes de las dos? —preguntó.
—Porque hoy es uno de mis «Días de
Visitantes». Y la hora de visita es de dos a cuatro.
—¿Qué tengo yo que ver con sus visitantes?
—Simplemente esto. Creo que es importante que
unos testigos perfectamente respetables y desinteresados la vean, en mi casa,
en el papel de una dama que ha venido a consultarme.
—Su motivo parece bastante rebuscado. ¿Es el
único que tiene para esto ?
—¡Mi querida señora! —la reprendió el doctor—.
¿Le he ocultado algo alguna vez? Creo que debería conocerme mejor.
—Sí —dijo ella, con aire cansado y desdeñoso—.
Soy lo bastante torpe para no conocerle aún. Envíe a buscarme cuando me
necesite.
Se apartó de él y volvió a su habitación.
Dieron las dos y, un cuarto de hora más tarde,
habían llegado todos los visitantes. A pesar de haberse cursado las
invitaciones tan a última hora, y de ser el sanatorio tan poco atractivo visto
desde fuera, aquéllas habían sido aceptadas en su mayoría por los miembros
femeninos de las familias a quienes habían sido dirigidas. En la triste
monotonía de la vida llevada por un gran sector de las clases medias de
Inglaterra, las mujeres reciben de buen grado todo lo que les ofrezca alguna
clase de refugio inofensivo contra la tiranía del principio de que toda
felicidad humana empieza y termina en el hogar. Si las imperiosas necesidades
de un país comercial limitaron la representación masculina entre los visitantes
del doctor a un viejo achacoso y un niño adormilado, las pobrecillas mujeres,
nada menos que dieciséis, viejas y jóvenes, casadas y solteras, habían
aprovechado la feliz oportunidad de una incursión en la vida pública.
Armónicamente unidas por los dos objetivos comunes que se les ofrecía (en
primer lugar, mirarse las unas a las otras, y en segundo lugar, mirar el
sanatorio), cruzaron en elegante procesión la triste verja de hierro del doctor
disimulando con una fina capa de superioridad un interés que creían poco digno
de las damas y que resultaba muy significativo y lamentable.
El propietario del sanatorio recibió a sus
visitantes en el vestíbulo, llevando a Miss Gwilt del brazo. Los ojos
hambrientos de todas las mujeres del grupo hicieron caso omiso del doctor, como
si no hubiese existido, y fijándose en la dama desconocida, la devoraron de la
cabeza a los pies en un instante.
—Mi primera paciente —dijo el doctor,
presentando a Miss Gwilt—. Esta dama ingresó la pasada noche y aprovecha esta
oportunidad (la única que me han permitido darle mis compromisos de esta
mañana) para visitar todo el sanatorio. Permítame, señora —prosiguió, soltando
a Miss Gwilt y ofreciendo el brazo a la más anciana de sus visitantes—. Nervios
destrozados..., ansiedad doméstica —murmuró, confidencialmente—. ¡Una mujer
encantadora! ¡Un caso muy triste!
Suspiró delicadamente y condujo a la anciana a
través del vestíbulo.
Les siguió el rebaño de visitantes; Miss Gwilt
acompañándoles en silencio, caminando sola (con ellas, pero no como una de
ellas) en último lugar.
—El jardín, damas y caballeros —dijo el
doctor, volviéndose en redondo y dirigiéndose a su público desde el pie de la
escalera—, está en parte sin terminar, como habrán visto ustedes. Pero, en las
actuales circunstancias, presto poca atención al jardín, ya que Hampstead Heath
está muy cerca y el ejercicio en coche y a caballo son parte de mi sistema.
Aunque en menor grado, debo también suplicar vuestra indulgencia en lo tocante
a la planta baja, donde nos hallamos ahora. La sala de espera y el estudio, en aquel
lado, y el dispensario, en el otro (y al que les pediré que presten atención),
están terminados. Pero el gran salón está todavía en manos del decorador. En
aquella estancia (cuando se hayan secado las paredes, ni un momento antes) se
reunirán mis pacientes para estar en animada compañía. No se ahorrará nada que
pueda mejorar, elevar y adornar la vida, en estas pequeñas y felices reuniones.
Así por ejemplo, habrá música todas las noches para los aficionados a ella.
Llegados a este punto, se produjo una ligera
excitación entre los visitantes. Una madre de familia interrumpió al doctor.
Quería saber si la «música de todas las noches» incluía también la del domingo
y, si era así, qué música se interpretaría.
—Música sagrada, señora, desde luego —dijo el
doctor—. Haendel, el domingo por la noche y ocasionalmente Haydn, cuando haya
menos animación. Pero como iba a decirles, la música no es el único
entretenimiento que ofrezco a mis pacientes nerviosos. Proporcionaremos
lecturas distraídas a aquellos que prefieran los libros.
Hubo otra ligera agitación entre los
visitantes. Otra madre de familia quiso saber si lectura distraída significaba
novelas.
—Solamente novelas que yo haya seleccionado y
examinado personalmente —dijo el doctor—. ¡Nada triste, señora! Puede haber
muchas cosas tristes en la vida real, pero por esta misma razón, no las
queremos en los libros. El novelista inglés que entre en mi casa (ningún
novelista extranjero será admitido) debe comprender su arte como lo comprende
en nuestros días el lector inglés de mente sana. Debe saber que nuestro gusto
moderno más puro, nuestra moral moderna más elevada, le obligan a hacer
exactamente dos cosas para nosotros, cuando escribe un libro. Lo único que le
pedimos es que ocasionalmente nos haga reír e invariablemente haga que nos
sintamos complacidos.
Hubo una tercera agitación entre los
visitantes, claramente causada esta vez por la aprobación de los sentimientos
que acababan de escuchar. El doctor, no queriendo perjudicar la favorable
impresión que había producido, abandonó el tema del salón y los condujo
escalera arriba. Como antes, los visitantes le siguieron y, como antes Miss
Gwilt anduvo en silencio detrás de ellos, la última de todos. Una tras otra,
las señoras la miraron con intención de hablarle, pero vieron algo en su
semblante, totalmente ininteligible para ellas, que atajó las bien
intencionadas palabras en sus labios. La impresión dominante era que el
director del sanatorio había ocultado delicadamente la verdad, y que su primera
paciente estaba loca.
El doctor iba en cabeza, deteniéndose a
intervalos para que la anciana que llevaba del brazo recobrase el aliento, y
los condujo a la parte más alta de la casa. Habiendo reunido a sus visitantes
en el pasillo y señalado con una mano las puertas numeradas que se abrían a
ambos lados les invitó a examinar cualquiera de las habitaciones a su antojo.
—Los números del uno al cuatro, damas y
caballeros —dijo—, corresponden a los dormitorios de los ayudantes. Los números
del cinco al ocho son habitaciones destinadas a los pacientes más pobres y a
los que admito en condiciones que sólo cubren mis gastos. En el caso de estas
personas más pobres entre mis enfermos, son indispensables para su admisión, la
compasión personal y la recomendación de dos clérigos. Son las únicas
condiciones que impongo, pero insisto en ellas. Ruego que observen que todas
las habitaciones están bien ventiladas y que las camas son de hierro, y tengan
la bondad de fijarse, ahora que descendemos a la segunda planta, en que hay una
puerta que cierra toda comunicación entre aquélla y la superior, en caso
necesario. Las habitaciones de la segunda planta, en la que ahora nos
encontramos, están (a excepción de mi propia habitación) enteramente dedicadas
a la recepción de pacientes femeninas, ya que la experiencia me ha convencido
de que la mayor sensibilidad de su constitución requiere que sus dormitorios
estén a un nivel elevado, con vistas a la mayor pureza y más libre circulación
del aire. Aquí se ponen inmediatamente las damas bajo mi cuidado, mientras que
mi médico ayudante, el cual espero que llegue dentro de una semana, atiende a
los caballeros en la planta inferior. Observen de nuevo, al descender al primer
piso, una segunda puerta, que cierra por la noche toda comunicación entre las
dos plantas, para todo el mundo, salvo para mí y el médico ayudante. Y ahora
que hemos llegado a la parte de la casa destinada a los caballeros, y que han
observado ustedes con sus ojos la disposición del establecimiento, permítanme
que les ofrezca una muestra de mi sistema de curación. La mejor manera de
hacerlo es enseñándoles una habitación preparada, bajo mis instrucciones, para
el tratamiento de los casos más complicados de dolencias nerviosas y de
alucinaciones que me son confiados.
Abrió la puerta de una habitación situada en
un extremo del pasillo y señalada con el número cuatro.
—Observen el interior, damas y caballeros
—dijo—, y si ven algo notable, les pido que lo mencionen.
La habitación no era muy grande, pero estaba
bien iluminada por una ancha ventana. Cómodamente amueblada como dormitorio, se
distinguía en una cosa de otras habitaciones de la misma clase. No tenía
chimenea. Habiéndolo observado los visitantes, les informó el doctor que la
habitación era caldeada en invierno por medio de agua caliente, y les invitó a
volver al pasillo, a hacer, bajo su dirección, descubrimientos que, de otra
manera, no podrían hacer nunca.
—Ante todo, señoras y caballeros —dijo—, una
palabra, literalmente una palabra, sobre los trastornos nerviosos. ¿Cuál es el
sistema de tratamiento cuando, digamos, la ansiedad mental aflige a alguien, y
este alguien acude a su médico? Él le examina, le escucha y le prescribe dos
cosas. Una de ellas la escribe sobre un papel y es enviada al farmacéutico. La
otra se administra verbalmente, en el momento adecuado, y consiste en una
recomendación general de mantener tranquila la mente. Después de este excelente
consejo, el médico deja que se libre de todas las inquietudes terrenas por su
propio esfuerzo, hasta que vuelve a visitarle. ¡Y aquí entra mi Sistema, y le
ayuda! Cuando yo veo la necesidad de mantener su mente en paz, agarro el toro
por los cuernos, ¡y lo hago por su cuenta! Le coloco en una esfera de acción en
la que las diez mil pequeñeces capaces de irritar, y que irritan, el sistema
nervioso en casa, son expresamente consideradas y evitadas. Levanto una
inexpugnable barricada moral entre la inquietud y ustedes. ¡Encuentren, si
pueden, una puerta que dé golpes en esta casa! ¡Sorprendan, en esta casa, a un
criado que haga ruido con el servicio del té cuando se lleve la bandeja!
¡Descubran aquí perros que ladren, gallos que canten, obreros que den martillazos,
niños que chillen y les prometo que mañana cerraré mi sanatorio! ¿Son estas
molestias cosas baladíes para las personas nerviosas? ¡Pregúntenselo a ellas!
¿Pueden librarse de estas molestias en casa? ¡Pregúntenselo a ellas! Diez
minutos de irritación producida por un perro que ladra y un niño que chilla
¿pueden deshacer todo el bien causado en un paciente nervioso por un mes de
tratamiento médico? ¡Ni un solo médico competente de Inglaterra se atrevería a
negarlo! En estas sencillas bases se funda mi Sistema. Afirmo que el
tratamiento médico de las dolencias nerviosas es secundario, en relación con el
tratamiento moral. Y este tratamiento moral es lo que encontrarán aquí. Este
tratamiento moral, aplicado con diligencia durante todo el día, continúa para
el paciente en su habitación, por la noche; le apacigua, le ayuda y le cura,
sin que se dé cuenta, verán ustedes cómo.
El doctor hizo una pausa para cobrar aliento,
y miró por primera vez a Miss Gwilt desde que habían entrado los visitantes en
la casa. Y por primera vez se adelantó ella entre el público y miró al médico.
Este tosió y prosiguió:
—Digamos, damas y caballeros, que mi paciente
acaba de ingresar. Su mente está hecha un lío de fantasías y caprichos
nerviosos, que sus amigos (con la mejor intención) han irritado, por
ignorancia, en casa. Por ejemplo, le han infundido miedo, por la noche. Le han
obligado a tener a otra persona durmiendo en su habitación, o le han prohibido,
en prevención de accidentes, que cerrase la puerta. Él acude a mí la primera
noche y dice: «¡Oiga, yo no quiero tener a nadie en mi habitación!» «¡Claro que
no!» «Insisto en cerrar la puerta.» «¡Desde luego!» Entra y cierra la puerta, y
allí se queda, tranquilo y en paz, predispuesto a la confianza, predispuesto al
sueño, por haberse salido con la suya. «Todo esto está muy bien», dirán
ustedes, «pero supongamos que ocurre algo, que le da un ataque por la noche.
¿Qué pasa entonces?» ¡Ahora lo verán! ¡Hola, amiguito! —exclamó de pronto,
dirigiéndose al niño adormilado—. Vamos a jugar a un juego. Tú seras el pobre
enfermo y yo seré el buen doctor. Entra en esta habitación y cierra la puerta
por dentro. ¡Eres un chico valiente! ¿La has cerrado? Muy bien. ¿Crees que no
puedo entrar si quiero hacerlo? Espero a que se haya dormido. Entonces aprieto
este botoncito blanco disimulado en el dibujo de la pared exterior, el cerrojo
se descorre en silencio y entro en la habitación siempre que quiero. Lo mismo
ocurre con la ventana. Mi caprichoso paciente no quiere abrirla por la noche,
cuando debiera hacerlo. Yo le sigo de nuevo la corriente. «Ciérrela, mi querido
señor, ¡no faltaría más!» En cuanto se ha dormido, tiro de esta palanca negra
oculta aquí, en el rincón de la pared. Como pueden ustedes ver, la ventana de
la habitación se abre sin ruido. Digamos que al paciente se le antoja lo
contrario, que insiste en abrir la ventana cuando debiera estar cerrada.
Dejemos que lo haga, ¡que lo haga! Tiro de una segunda palanca cuando está
abrigado en la cama, y la ventana se cierra silenciosamente al instante. Nada
que le irrite, damas y caballeros, ¡absolutamente nada que le irrite! Pero todavía
no he terminado con él. A pesar de todas mis precauciones, puede penetrar una
enfermedad epidémica en este sanatorio, que haga necesario purificar la
habitación del paciente. O la dolencia de éste puede verse agravada por una
enfermedad no nerviosa, digamos, por ejemplo, una dificultad asmática para
respirar. En el primer caso, es necesaria la fumigación; en el segundo, se
obtendrá alivio añadiendo oxígeno al aire. El paciente nervioso epidémico dice:
«¡No quiero que me ahumen!» El paciente nervioso asmático jadea de terror, ante
la idea de un explosión química en su habitación. Yo fumigo sin ruido al
primero y oxígeno sin ruido al segundo, por medio de un sencillo aparato
instalado fuera de la habitación, en este rincón de aquí. Está protegido por esa
caja de madera, de la que sólo yo tengo la llave, y comunica por medio de un
tubo con el interior de la habitación. ¡Obsérvenlo!
Mirando primero a Miss Gwilt, el doctor abrió
la tapa de la caja de madera y mostró que el interior sólo contenía una vasija
grande de piedra, con un embudo de cristal y un tubo que se introducía en la
pared por el otro extremo. Con otra mirada a Miss Gwilt, el doctor cerró la
tapa y preguntó en su tono más suave, si su Sistema era ahora inteligible.
—Podría mostrar toda clase de artefactos
parecidos —siguió diciendo, mientras les conducía escalera abajo—, pero todos
se reducen a lo mismo. El paciente nervioso al que se deja hacer siempre lo que
quiera no se inquieta, y el paciente nervioso que no se inquieta se cura. Esto,
dicho en pocas palabras. Ahora vengan a ver el dispensario, señoras, y después,
la cocina.
Una vez más, se quedó Miss Gwilt detrás de los
visitantes y esperó sola, mirando fijamente la habitación que había abierto el
doctor y el aparato que había mostrado. Y una vez más, comprendió, sin que se
cruzase una palabra entre ellos. Sabía, sin que él lo confesara, que estaba
poniendo astutamente la necesaria tentación ante ella, delante de testigos que
pudiesen hablar de las cosas superficialmente inocentes que habían visto, sí
ocurría algo grave. El aparato, construido en principio para servir los fines
de los artilugios médicos del doctor, sería por lo visto empleado para otro
uso, en el que probablemente no había soñado hasta ahora. Y lo más probable era
que, antes de que terminase el día, aquel otro uso le fuese revelado en
privado, en el momento oportuno y en presencia del testigo adecuado. «Armadale
morirá esta vez —dijo para sí mientras bajaba despacio la escalera—. El doctor
le matará, por mis manos.»
Los visitantes estaban en el dispensario
cuando se reunió con ellos. Todas las damas admiraban la belleza del armario
antiguo y, como consecuencia necesaria, ardían en deseos de ver lo que había en
su interior. El doctor, después de echar una mirada de advertencia a Miss
Gwilt, sacudió jovialmente la cabeza.
—No hay nada en su interior que pueda
interesarles —dijo—. Sólo hileras de frasquitos que contienen los venenos
usados en medicina y que tengo cerrados bajo llave. Vengan a la cocina,
señoras, y háganme el honor de aconsejarme en estas cuestiones domésticas.
Miró de nuevo a Miss Gwilt, al cruzar los
visitantes el vestíbulo, y su mirada le dijo claramente: «Quédese ahí.»
Un cuarto de hora más tarde, el doctor había
expuesto sus opiniones sobre cocina y dieta, y los visitantes (debidamente
provistos de prospectos) se estaban despidiendo de él en la puerta. «¡Un gran
regalo intelectual!», se decían los unos a los otros, mientras cruzaban la
verja de hierro en perfecta formación. «¡Y qué hombre superior!»
El doctor volvió al dispensario, tarareando
distraídamente, sin observar el rincón del vestíbulo donde se había retirado
Miss Gwilt. Después de vacilar un momento, ella le siguió. Cuando entró, el
ayudante estaba ya en la habitación, llamado un instante antes por su patrono.
—Doctor —dijo ella, fría y mecánicamente, como
si estuviese repitiendo una lección—, siento tanta curiosidad como las otras
damas sobre su lindo armario. Ahora que se han ido todas, ¿no querrá
mostrármelo a mí?
El doctor se echó a reír, a su simpática
manera.
—La vieja historia —dijo—. El cuarto cerrado
de Barba Azul, ¡y la curiosidad femenina! No se vaya, Benjamín. Mi querida
señora, ¿qué interés puede tener usted en mirar un frasco de un medicamento,
sólo porque al mismo tiempo es veneno?
Ella volvió por segunda vez a su lección.
—Me interesa verlo —dijo—, porque pienso en
las cosas terribles que podrían hacerse con él, si cayese en malas manos.
El doctor miró a su ayudante y sonrió
compasivamente.
—Es curioso, Benjamín —dijo—, la romántica
opinión que tienen de nuestras drogas las mentes no científicas. Mi querida
señora —prosiguió, volviéndose de nuevo a Miss Gwilt—, si es por esto que le
interesa ver los venenos, no hace falta que me pida que abra mi armario; basta
con que mire los medicamentos que hay en los estantes de esta habitación. Hay
muchos líquidos y sustancias en esos frascos, inocuos y muy beneficiosos en sí
mismos, que, en combinación con otros líquidos y sustancias, se convierten en venenos
tan terribles y mortíferos como cualquiera de los que tengo cerrados bajo llave
en mi armario.
Ella le miró un momento y pasó al otro lado de
la estancia.
—Muéstreme uno —dijo.
Sonriente y jovial como siempre, el doctor le
siguió el humor a su paciente. Señaló el frasco del que había extraído en
privado un líquido amarillo el día anterior y que había vuelto a llenar con una
mezcla realizada por él, que imitaba exactamente el color de aquél.
—¿Ve usted aquella botella —le preguntó—,
aquella botella achaparrada, redonda y de aspecto inofensivo? Prescindamos del
nombre de su contenido; fijémonos solamente en la botella y, para distinguirla,
pongámosle un nombre. ¿La llamaremos nuestro «Vigoroso Amigo»? Muy bien.
Nuestro Vigoroso Amigo es, por sí solo, un medicamento inofensivo y muy eficaz.
Se administra todos los días a cientos de miles de pacientes en todo el mundo
civilizado. No ha tenido que presentarse ante los tribunales de justicia; no ha
despertado intenso interés en las novelas; no ha representado ningún papel
terrible en los escenarios. Aquí está, una inocente e inofensiva criatura, que
no molesta a nadie que tenga la precaución de mantenerlo encerrado. Pero
póngale en contacto con otra cosa, preséntelo a cierta sustancia mineral común,
de fácil acceso en todo el mundo, y rompa ésta en fragmentos; procúrese
(digamos) seis porciones de nuestro Vigoroso Amigo y viértalas consecutivamente
sobre los fragmentos que he mencionado, a intervalos de no menos de cinco
minutos. Cada vez surgirán cantidades de pequeñas burbujas; recoja el gas de
estas burbujas, introdúzcalo en una cámara cerrada y, si está el propio Sansón
en esta cámara, ¡nuestro Vigoroso Amigo le matará en media hora! Le matará lentamente,
sin que él vea nada, sin que huela nada, sin que sienta nada, salvo
somnolencia. Le matará y no dirá nada a todo el Colegio de Médicos, ¡que
afirmarán que la víctima ha fallecido de apoplejía o de congestión pulmonar!
¿Qué le parece esto, mi querida señora, en el mundo del misterio y de la
fantasía? ¿No es nuestro Vigoroso Amigo inofensivo tan interesante ahora como
si adquiriese la terrible fama popular del arsénico y de la estricnina que
tengo encerrados ahí dentro? ¡No suponga que exagero! No suponga que invento un
cuento de miedo, como dicen los niños. Pregúntele a Benjamín —dijo el doctor,
apelando a su ayudante, pero mirando fijamente a Miss Gwilt—. Pregúntele a
Benjamin —repitió, recalcando las palabras— si seis dosis de aquella botella, a
intervalos de cinco minutos, no producirían, en las condiciones que he
indicado, los resultados que he descrito.
El farmacéutico residente, que admiraba
discretamente y desde lejos a Miss Gwilt, se sobresaltó y se puso colorado. La
pequeña atención de incluirle en la conversación le había satisfecho
visiblemente.
—El doctor tiene toda la razón, señora —dijo,
dirigiéndose a Miss Gwilt, con una profunda reverencia—. La producción del gas,
durante media hora, sería muy gradual. Y —añadió el farmacéutico, pidiendo en
silencio a su patrono que le permitiese exhibir algunos conocimientos de
química por su parte— el volumen del gas sería suficiente, al terminar aquel
tiempo (si no me equivoco, señor), para causar la muerte en menos de cinco
minutos a cualquier persona que entrase en la habitación.
—Indiscutiblemente, Benjamin —asintió el
doctor—. Pero creo que, de momento, ya hemos hablado bastante de química
—añadió, volviéndose a Miss Gwilt—. Siempre dispuesto, mi querida señora, a
satisfacer sus deseos, propongo que hablemos de algún tema más alegre. ¿Y si
salimos del dispensario, antes de que le sugiera otras cuestiones para activar
su mente? ¿No? ¿Quiere presenciar un experimento? ¿Quiere ver cómo se forman
las pequeñas burbujas? Bueno, bueno, nada hay de malo en esto. Dejaremos que
Mrs. Armadale vea las burbujas —siguió diciendo el doctor, en el tono de un
padre siguiéndole la corriente a una hijita mimada—. Vea si puede encontrar
algunos fragmentos que nos sirvan, Benjamin. Supongo que los obreros (¡qué
despacio trabajan!) habrán dejado algo de esta clase en la casa o en el jardín.
El farmacéutico residente salió de la
habitación.
En cuanto hubo vuelto la espalda, el doctor
empezó a abrir y cerrar cajones en varias partes del dispensario, con el aire
del hombre que necesita algo urgentemente y no sabe dónde encontrarlo.
—¡Bendita sea mi alma! —exclamó, deteniéndose de pronto delante del cajón del
que había sacado las tarjetas de invitación el día anterior—. ¿Qué es esto?
¿Una llave? ¡Que me aspen si no es un duplicado de la de mi aparato de
fumigación! ¡Dios mío, Dios mío, qué descuidado me he vuelto! —dijo,
volviéndose vivamente hacia Miss Gwilt—. No tenía la menor idea de que existía
esta segunda llave. Nunca la habría echado en falta. ¡Le aseguro que nunca la
habría echado en falta, si alguien la hubiese tomado de este cajón!
Se dirigió apresuradamente al otro extremo de
la habitación, sin cerrar el cajón y sin llevarse la llave duplicada.
Miss Gwilt le había escuchado en silencio. En
silencio se acercó al cajón. En silencio tomó la llave y la guardó en el
bolsillo de su delantal.
El farmacéutico volvió, con los fragmentos que
el doctor le había pedido, y los depositó en un cuenco.
—Gracias, Benjamín —le dijo el doctor—. Tenga
la bondad de cubrirlos con agua, mientras tomo la botella.
Así como a veces ocurren accidentes en las
familias más perfectamente ordenadas, así se vuelven a veces torpes las manos
más perfectamente disciplinadas. Al bajarla el doctor del estante, la botella
se escapó de su mano y se hizo añicos en el suelo.
—¡Oh, malditos dedos! —exclamó el médico, con
aire de cómica irritación—. ¿Qué diablos pretendéis con una jugarreta como
ésta? Bueno, bueno, bueno, ¡qué le vamos a hacer! ¿Tenemos más de esto,
Benjamín?
—Ni una gota, señor.
—¡Ni una gota! —repitió el doctor—. Mi querida
señora, ¿qué excusas puedo ofrecerle? Mi torpeza ha hecho hoy imposible mi
pequeño experimento. Recuérdeme que pida más líquido de éste mañana, Benjamín,
y no se moleste en limpiar toda esta porquería. Enviaré al criado para que lo
haga. Nuestro Vigoroso Amigo es ahora bastante inofensivo, mi querida señora,
en combinación con un suelo entarimado y con la bayeta que vendrá a enjugarlo.
Lo siento, siento de veras no haber podido complacerla.
Dichas estas palabras de disculpa, le ofreció
el brazo y condujo a Miss Gwilt fuera del dispensario.
—¿Ha terminado conmigo por ahora? —preguntó
ella, cuando estuvieron en el vestíbulo.
—¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Qué manera de
decirlo! —exclamó el doctor—. La cena, a las seis —añadió, con un énfasis
cortés, al volverse ella con desdeñoso silencio y subir despacio la escalera
para ir a su habitación.
Un reloj que no hacía el menor ruido (para no
molestar a los nervios irritables) estaba colgado en la pared, encima del
rellano del primer piso del sanatorio. En el momento en que las saetas
señalaban las seis menos cuarto, se rompió suavemente el silencio de las
solitarias regiones superiores, por el susurro del vestido de Miss Gwilt. Ésta
avanzó a lo largo del pasillo del primer piso; se detuvo ante el aparato tapado
y sujeto en el exterior de la habitación número cuatro; escuchó un momento, y
después, abrió la tapa con la llave duplicada.
La tapa levantada proyectó una sombra en el
interior de la caja. Lo único que vio ella, al principio, fue lo que había
visto ya anteriormente: la vasija, el tubo y el embudo de cristal inserto en el
tapón. Extrajo el embudo y, mirando a su alrededor, observó, en el antepecho de
una ventana próxima, una varita con la punta de cera, que se empleaba para
encender las luces de gas. Tomó la varita, la introdujo en la abertura dejada
por el embudo, y la agitó dentro de la vasija. El débil ruido de un líquido y el
más áspero de ciertas sustancias sólidas que estaba agitando fueron los dos
sonidos que percibieron sus oídos. Sacó la varita y tocó cautelosamente, con la
punta de la lengua, el extremo mojado. La precaución había sido completamente
inútil en este caso. El líquido era... agua.
Al volver a colocar el embudo en su sitio,
advirtió algo que brillaba débilmente en el espacio poco iluminado del lado de
la vasija. Lo sacó y vio que era un frasco púrpura. El líquido que lo llenaba
era oscuro y podía verse a través del cristal coloreado y transparente; sujetas
a un lado del frasco, a intervalos regulares, había tres tiras delgadas de
papel, que dividían el contenido en seis partes iguales.
Ahora no cabía duda de que el aparato había
sido preparado en secreto para ella; el aparato del que sólo ella (además del
doctor) poseía la llave.
Volvió a poner el frasco en su sitio y cerró
la tapa de la caja. Se quedó mirándola un momento, con la llave en la mano. De
pronto, volvió el color a su pálido semblante. Giró sobre sus talones, subió
corriendo la escalera y entró en su habitación del segundo piso. Con manos
ansiosas, tomó su abrigo del armario y sacó el sombrero de la caja.
—¡No estoy en una cárcel! —exclamó,
impetuosamente—. ¡Puedo ejercitar los miembros! Puedo ir... a cualquier parte,
¡con tal de salir de esta casa!
Con el abrigo sobre los hombros y el sombrero
en la mano, cruzó la habitación y se dirigió a la puerta. Un momento más... y
habría salido al pasillo. Pero, en aquel instante, recordó al marido a quien
había negado. Se detuvo y arrojó el abrigo y el sombrero sobre la cama.
—¡No! —dijo—. Se ha abierto un abismo entre
nosotros..., ¡lo peor ya es cosa hecha!
Hubo una llamada a la puerta. La voz del
doctor le recordó cortésmente, desde fuera, que eran las seis.
Ella abrió la puerta y le detuvo al bajar él
la escalera.
—¿A qué hora llega el tren esta noche?
—preguntó, en voz baja.
—A las diez —respondió el doctor, en voz tan
alta que podía oírla todo el mundo.
—¿Qué habitación darán a Mr. Armadale, cuando
llegue?
—¿Cuál le parece a usted mejor?
—La número cuatro.
El doctor mantuvo las apariencias hasta el
final.
—Le daremos la número cuatro —dijo,
amablemente—. Siempre, naturalmente, que no esté ocupada cuando él llegue.
Transcurrió la tarde y llegó la noche.
Pocos minutos antes de las diez, Mr. Bashwood
volvía a estar en su puesto, esperando la llegada del tren.
El inspector de guardia, que le conocía de
vista y había comprobado personalmente que su regular presencia en la estación
terminal no tenía por móvil las bolsas o las maletas de los pasajeros, advirtió
aquella noche dos nuevas circunstancias en relación con Mr. Bashwood.
En primer lugar, en vez de mostrarse animado
como de costumbre, parecía inquieto y deprimido. En segundo lugar, mientras
esperaba el tren, diríase que estaba siendo observado a su vez por un hombre
delgado, moreno y bajito, que había dejado su equipaje (marcado con el nombre
de Midwinter) en la consigna, la tarde anterior, y había vuelto hacía media
hora para que fuese examinado por los aduaneros.
¿Qué había traído a Midwinter a la terminal?
¿Y por qué estaba también esperando aquel tren?
Después de haberse desviado hasta Hendon,
durante su paseo solitario de la noche anterior, se había refugiado en la
posada y se había quedado dormido (de puro agotamiento) hasta hora tardía de la
mañana, que era la que la previsión de su esposa había calculado. Y así, cuando
volvió a la pensión, la patrona sólo pudo informarle de que su huéspeda había
liquidado la cuenta y se había marchado (ni ella ni la sirvienta sabían hacia
dónde) más de dos horas antes.
Después de unas breves investigaciones, cuyo
resultado le convenció de que había perdido aquella pista, Midwinter había
salido de la casa y continuado mecánicamente su camino hacia los sectores más
concurridos y centrales de la metrópoli. Conociendo ahora el carácter de su
esposa, ir a la dirección que le había dado ella como la de su madre habría
sido indudablemente inútil. Caminó por las calles, resuelto a descubrirla y
tratando en vano de ver la manera de conseguirlo, hasta que la fatiga se le
impuso una vez más. Se detuvo para descansar y recuperar fuerzas en el primer
hotel que encontró, y una discusión oída por casualidad entre un camarero y un
desconocido, sobre una maleta perdida, le recordó su propio equipaje, que había
dejado en la terminal, y esto le hizo evocar inmediatamente las circunstancias
en que Mr. Bashwood y él se habían encontrado. Un momento más, y vio claramente
que había estado perdiendo el tiempo buscando por las calles. Un momento más y
decidió tratar de encontrar de nuevo al administrador, esperando a la persona a
quien había estado evidentemente aguardando la noche anterior a la llegada del
tren.
Ignorando la noticia de la muerte de Allan en
el mar, sin haber podido averiguar, en la violenta entrevista con su esposa,
qué se proponía ésta vistiéndose de viuda, las al principio vagas sospechas de
Midwinter sobre su fidelidad se habían convertido inevitablemente en convicción
de que ella le engañaba. Sólo podía dar una interpretación a su rechazo y al
hecho de que usase el nombre bajo el que se había casado él en secreto con
ella. Su conducta llevaba forzosamente a la conclusión de que se había comprometido
en alguna intriga infame, y de que se había asegurado de antemano la posición
en la que sabía que sería más odioso y repelente para él tratar de reclamar su
autoridad sobre ella. Con esta convicción, estaba ahora observando a Mr.
Bashwood, firmemente persuadido de que el lugar donde se escondía su esposa era
conocido por el vil servidor de los vicios de ésta, y sospechando tristemente,
a medida que pasaba el tiempo, que el desconocido que le había agraviado y el
viajero desconocido cuya llegada estaba esperando el administrador eran la
misma persona.
El tren llegó con retraso aquella noche y los
vagones iban más llenos que de costumbre. Midwinter se vio envuelto en la
confusión del andén y, al tratar de librarse, perdió por primera vez de vista a
Mr. Bashwood.
Transcurrieron varios minutos antes de que
descubriese de nuevo al administrador, que estaba ahora hablando afanosamente a
un hombre de abrigo holgado y que estaba de espaldas a Midwinter. El cual,
olvidando todas las precauciones que había tomado antes de aparecer el tren,
avanzó inmediatamente en su dirección: Mr. Bashwood vio su cara amenazadora al
acercarse él, y retrocedió en silencio. El hombre del abrigo holgado se volvió
a mirar en la dirección que lo hacía el administrador, y Midwinter vio, a la fuerte
luz de un farol de la estación, ¡el rostro de Allan!
De momento, ambos permanecieron mudos,
estrechándose la mano, mirándose. Allan fue el primero en recobrarse.
—¡Loado sea Dios! —dijo, fervientemente—. No
te pregunto cómo has venido aquí; me basta con que hayas venido. He recibido
tristes noticias, Midwinter. Nadie salvo tú puede consolarme y ayudarme a
soportarlas.
Le flaqueó la voz al pronunciar las últimas
palabras, y no dijo más.
El tono en que había hablado animó a Midwinter
a aceptar las circunstancias tal como se presentaban, apelando al viejo interés
agradecido por su amigo, que había sido antaño el interés principal de su vida.
Dominó su aflicción personal por primera vez desde que había caído sobre él y,
llevándose amablemente a Allan a un lado, le preguntó qué había sucedido.
Después de informarle de la noticia de su
presunta muerte en el mar, le respondió Allan que, según le había dicho Mr.
Bashwood, aquella noticia había llegado a conocimiento de Miss Milroy y que las
lamentables consecuencias de la impresión causada habían obligado al comandante
a poner a su hija bajo tratamiento médico en una institución de las afueras de
Londres.
Antes de decir algo por su parte, Midwinter
miró hacia atrás con desconfianza. Mr. Bashwood les había seguido. Mr. Bashwood
les estaba observando, para ver lo que hacían.
—¿Estaba él esperando tu llegada para contarte
esto acerca de Miss Milroy? —preguntó Midwinter, mirando de nuevo a Allan.
—Sí —dijo éste—. Ha tenido la bondad de
esperar aquí, noche tras noche, para darme la noticia.
Midwinter hizo una nueva pausa, el intento de
conciliar la conclusión que había sacado de la conducta de su esposa con el
descubrimiento de que Allan era el hombre cuya llegada había estado esperando
Mr. Bashwood, era desde luego vano. La única posibilidad que se le ofrecía
ahora de descubrir la verdadera solución del misterio era presionar al
administrador, aprovechando un punto flaco por el que podía atacarle. La noche
anterior había negado rotundamente saber algo de los movimientos de Allan o
tener interés alguno en el regreso de éste a Inglaterra. Habiendo sorprendido a
Mr. Bashwood en esta mentira, Midwinter sospechó inmediatamente que le había
contado otra a Allan, y aprovechó la oportunidad de estudiar en el acto su
declaración acerca de Miss Milroy.
—¿Cómo se ha enterado usted de esta triste
noticia? —preguntó, volviéndose de pronto a Mr. Bashwood.
—Por medio del comandante, desde luego —le
dijo Allan, antes de que el administrador pudiese responder.
—¿Quién es el médico que trata a Miss Milroy?
—insistió Midwinter, dirigiéndose todavía a Mr. Bashwood.
Por segunda vez, el administrador no
respondió. Por segunda vez, Allan respondió por él.
—Es un hombre que tiene un apellido extranjero
—dijo Allan—. Tiene un sanatorio cerca de Hampstead. ¿Cómo dijo que se llama
aquel lugar, Mr. Bashwood?
—Fairweather Vale, señor —dijo el
administrador, respondiendo por necesidad, pero de mala gana, a su patrono.
La dirección del sanatorio recordó
inmediatamente a Midwinter que había seguido a su esposa hasta Fairweather Vale
Villas la noche anterior. Por primera vez, empezó a ver un poco de luz en la
oscuridad. El instinto que actúa urgentemente, antes de que pueda afirmarse el
lento proceso del razonamiento, le llevó de un salto a la conclusión de que Mr.
Bashwood, que ciertamente había actuado bajo la influencia de su esposa el día
anterior, podía estar actuando ahora bajo la misma influencia. Insistió en
escudriñar a fondo la declaración del administrador, en la cada vez más firme
convicción de que era una mentira y de que su esposa estaba complicada en esto.
—¿Está el comandante en Norfolk? —preguntó—-¿O
está junto a su hija en Londres?
—En Norfolk —dijo Mr. Bashwood. Habiendo
contestado con estas palabras a una mirada interrogadora de Allan, más que a la
pregunta expresa de Midwinter, vaciló, miró a la cara a Midwinter por primera
vez, y añadió de pronto—: Con perdón, señor, me niego a ser interrogado por
usted. Sé lo que he dicho a Mr. Armadale, y nada más. Las palabras y el tono en
que habían sido pronunciadas eran diferentes del lenguaje y el tono que solía
emplear Mr. Bashwood. Había una expresión hosca y abatida en su semblante, y una
furtiva desconfianza y aversión en sus ojos, al mirar a Midwinter, que éste no
había advertido hasta ahora. Antes de que pudiese replicar al extraordinario
arrebato del administrador, intervino Allan.
—No me culpes de impaciente —dijo—. Pero se
está haciendo tarde y hay un largo camino hasta Hampstead. Temo encontrar
cerrado el sanatorio. Midwinter se sobresaltó.
—¡Esta noche no vas a ir al sanatorio!
—exclamó. Allan tomó la mano de su amigo y la estrechó con fuerza.
—Si la apreciases tanto como yo —murmuró—, no
descansarías, no podrías dormir, hasta haber hablado con el médico y oído de
sus labios lo mejor y lo peor que tuviese que decir. ¡Pobrecilla! Tal vez si me
viese ahora vivo y sano...
Sus ojos se llenaron de lágrimas, y volvió la
cabeza, en silencio.
Midwinter miró al administrador.
—Retírese —dijo—. Tengo que hablar con Mr.
Armadale.
Había algo amenazador en su mirada. Mr.
Bashwood se retiró donde no podía oírles, pero sin perderles de vista.
Midwinter apoyó afectuosamente una mano en el hombro de su amigo.
—Allan —dijo—, tengo razones... —Se
interrumpió. ¿Podía dar estas razones antes de haberlas comprobado, en este
momento y bajo estas circunstancias? ¡Imposible! Tengo razones —prosiguió—para
aconsejarte que no creas a ciegas lo que pueda decirte Mr. Bashwood. No se lo
digas, pero debes estar sobre aviso.
Allan miró asombrado a su amigo.
—¡Tú simpatizaste siempre con Mr. Bashwood!
—exclamó—. ¡Fuiste tú quien confiaste en él, cuando vino por primera vez a la
casa grande!
—Tal vez estaba equivocado, Allan, y tú tenías
razón. ¿Quieres solamente esperar a que telegrafíe al comandante Milroy y
reciba su respuesta? ¡Sólo será esta noche!
—Me volveré loco si tengo que esperar toda la
noche —dijo Allan—. Has hecho que esté aún más inquieto que antes. Si no hablo
de ello con Bashwood, tengo que ir al sanatorio, y será el propio médico quien
me diga si está o no allí.
Midwinter vio que su esfuerzo era inútil. En
interés de Allan, sólo podía proponerle otra cosa.
—¿Dejarás que te acompañe? —preguntó.
La cara de Allan se iluminó por primera vez.
—¡Mi querido y buen amigo! —exclamó—.
Precisamente era esto lo que iba a pedirte.
Midwinter llamó al administrador.
—Mr. Armadale va a ir al sanatorio —dijo— y yo
le acompañaré. Busque un simón y venga con nosotros.
Esperó a ver si Mr. Bashwood le obedecía. Como
éste tenía instrucciones concretas de no perder de vista a Allan cuando
llegase, y teniendo, en su propio interés, que explicar a Miss Gwilt la
inesperada aparición de Midwinter, el administrador no tenía alternativa. Con
hosca resignación, hizo lo que se le ordenaba. Allan dio las llaves de su
equipaje al servidor extranjero que había traído con él y le indicó que
esperase sus órdenes en el hotel de la terminal. Un minuto más tarde, el coche
salía de la estación, con Midwinter y Allan en su interior, y Mr. Bashwood en
el pescante con el cochero.
Entre las once y las doce de aquella noche,
Miss Gwilt, sola y de pie junto a la ventana del pasillo del segundo piso del
sanatorio, oyó un ruido de ruedas que se acercaban. Aquel sonido, que había
aumentado rápidamente de volumen en el silencio del barrio solitario, ceso ante
la verja de hierro. Un minuto después, vio que el simón se detenía ante la
puerta de la casa.
La noche había sido nubosa, pero el cielo se
estaba ahora despejando y había salido la luna. Miss Gwilt abrió la ventana
para ver y oír con más claridad. A la luz de la luna, vio que Allan se apeaba
del coche y se volvía para hablar con alguien que estaba en el interior. La voz
que respondió le dijo, antes de que apareciese el hombre, que el compañero de
Armadale era su marido.
Volvió a experimentar el mismo efecto
petrificante que le había producido la entrevista con él del día anterior.
Permaneció junto a la ventana, pálida e inmóvil, macilenta y envejecida, como
cuando se había enfrentado con él en traje de viuda.
Mr. Bashwood, que subió a hurtadillas al
segundo piso para dar su informe, supo, en cuanto vio a la mujer, que aquello
era inútil.
—No ha sido culpa mía —fue todo lo que dijo,
al volver ella lentamente la cabeza y mirarle—. Se encontraron y no hubo manera
de separarles.
Ella respiró hondo y le indicó que se callase.
—Espere un poco —dijo—; lo sé todo acerca de
esto.
Dichas estas palabras, se apartó y caminó
despacio hasta el final del pasillo; dio media vuelta y volvió lentamente hacia
él, con el ceño fruncido y gacha la cabeza, perdidas su gracia y su belleza,
salvo la gracia y la belleza innatas del movimiento de los miembros.
—¿Desea hablar conmigo? —preguntó, sin pensar
en él y mirándole con ojos inexpresivos al hacerle la pregunta.
El hizo acopio de un valor que nunca había
mostrado aún en su presencia.
—¡No me desespere! —gritó, con sorprendente
brusquedad—. ¡No me mire de esta manera, ahora que lo he descubierto!
—¿Qué es lo que ha descubierto? —preguntó
ella, con una momentánea sorpresa en el semblante, que se desvaneció antes de
que él recobrase el aliento para continuar.
—Mr. Armadale no es el hombre que me la quitó
—respondió—. Es Mr. Midwinter. Ayer lo descubrí en su cara. Y ahora lo veo en
su cara. ¿Por qué firmó con el nombre de Armadale cuando me escribió? ¿Por qué
se hace llamar todavía Mrs. Armadale?
Pronunció estas atrevidas palabras a largos
intervalos, esforzándose en resistir la influencia que ejercía ella sobre él, y
su aspecto era lastimoso y terrible.
Ella le miró por primera vez con ojos suaves.
—Ojalá le hubiese compadecido cuando nos
conocimos —dijo amablemente— como le compadezco ahora.
Él se esforzó desesperadamente en proseguir,
en decirle las palabras que había pensado durante el viaje desde la terminal.
Palabras que insinuaban amenazadoramente su conocimiento de la vida pasada de
ella, palabras que le advertían que (hiciera lo que hiciese, cometiera los
crímenes que cometiese) debía pensarlo dos veces antes de engañarle y
abandonarle de nuevo. Se había jurado que le hablaría en estos términos. Había
elegido las frases adecuadas y las había clasificado y ordenado en su mente; lo
único que le faltaba era hacer el esfuerzo final de pronunciarlas, e incluso
ahora, después de todo lo que se había atrevido a decir, aquel esfuerzo era más
de lo que podía realizar. Con impotente gratitud, incluso por algo tan nimio
como su compasión, se la quedó mirando, y silenciosas lágrimas de mujer
brotaron de sus viejos ojos de hombre.
Ella le asió la mano y le habló, con marcada
indulgencia, pero sin la menor señal de emoción por su parte.
—Ha esperado ya a petición mía —dijo—. Espere
hasta mañana, y lo sabrá todo. Si no confía en nada de todo lo demás que le he
dicho, puede confiar en lo que le digo ahora. Todo terminará esta noche.
Mientras decía estas palabras, se oyeron las
pisadas del doctor en la escalera. Mr. Bashwood se apartó de la mujer,
latiéndole el corazón con indecible esperanza. «¡Todo terminará esta noche!»,
repitió para sus adentros, retirándose hacia el extremo del pasillo.
—No le molestaré, señor —dijo animadamente el
médico, cuando se encontraron—. No tengo nada que decir a Mrs. Armadale que no
pueda oírlo todo el mundo.
Mr. Bashwood no le respondió, sino que siguió
alejándose hacia el extremo del pasillo y repitiéndose: «¡Todo terminará esta
noche!» El doctor se cruzó con él y se reunió con Miss Gwilt.
—Sin duda se habrá enterado de la llegada de
Mr. Armadale —empezó diciendo en su tono más suave y franco—. Permítame añadir,
mi querida señora, que no hay el menor motivo de agitación nerviosa por parte
de usted. Hemos tenido buen cuidado de seguirle la corriente y está todo lo
tranquilo y sociable que podrían desear sus mejores amigos. Le he informado de
que es imposible que se entreviste con la joven esta noche, pero que puede
estar seguro de verla (con las debidas precauciones) lo antes posible, en cuanto
se despierte ella mañana por la mañana. Como no hay ningún hotel cerca de aquí,
y tiene que ser avisado en el momento adecuado, era natural, dadas las
peculiares circunstancias, que yo le ofreciese la hospitalidad del sanatorio.
El la ha aceptado, sumamente agradecido, y me ha dado cortés y conmovedoramente
las gracias por el trabajo que me he tomado para tranquilizar su mente. Todo
satisfactorio, perfectamente satisfactorio, hasta aquí. Pero hubo una pequeña
dificultad, ahora felizmente superada, que creo que debo comunicarle antes de
que nos retiremos a descansar.
Habiendo allanado el camino con estas palabras
(y oyéndolas Mr. Bashwood) para la declaración que había anunciado previamente
que pensaba hacer, para el caso de que Allan muriese en el sanatorio, iba el
doctor a proseguir cuando le llamó la atención un ruido, abajo, como de alguien
que tratase de abrir una puerta.
Bajó inmediatamente la escalera y abrió la
puerta de comunicación entre el primer y el segundo pisos, que había cerrado
con llave al subir. Pero la persona que la había estado empujando (suponiendo
que existiese en realidad) había sido más rápida que él. Miró a lo largo del
pasillo y, por encima de la escalera, hacia el vestíbulo, pero no descubrió
nada y volvió junto a Miss Gwilt, después de cerrar de nuevo la puerta de
comunicación.
—Discúlpeme —dijo—; creí oír algo abajo. En
cuanto a la pequeña dificultad que acabo de solucionar, permítame que le
informe de que Mr. Armadale ha traído con él un amigo que lleva el extraño
apellido de Midwinter. ¿Conoce usted a ese caballero? —preguntó el doctor, con
ojos recelosos que contradecían la estudiada indiferencia de su tono.
—Sé que es un viejo amigo de Mr. Armadale
—dijo ella—. ¿Acaso...? —Le falló la voz y bajó los ojos ante la mirada
escrutadora del médico. Superó la momentánea flaqueza y terminó la pregunta—:
¿Acaso se quedará también aquí esta noche?
—Mr. Midwinter es una persona de modales
toscos y temperamento receloso —dijo el doctor, observándola fijamente—. Fue lo
bastante rudo para insistir en quedarse aquí, en cuanto hubo Mr. Armadale
aceptado mi invitación. Hizo una pausa, para observar el efecto que habían
producido en ella sus palabras. Totalmente a oscuras, por la precaución con que
había evitado ella mencionar el nombre supuesto de su marido en su primera
entrevista, la desconfianza del doctor era necesariamente muy vaga. Había
advertido que le flaqueaba la voz y que cambiaba de color. Sospechó una reserva
mental por parte de ella al respecto de Midwinter... y nada más.
—¿Y ha permitido usted que se saliese con la
suya? —preguntó ella—. De haberme hallado en su lugar, yo le habría mostrado la
puerta.
La calma inconmovible de su tono advirtió al
doctor que no debía seguir poniendo a prueba su aplomo aquella noche. Volvió a
asumir el carácter de arbitro médico de Mrs. Armadale con referencia al tema de
la salud mental de Mr. Armadale.
—Si sólo hubiese tenido que consultar mis
propios sentimientos —dijo—, no le negaré que hubiese (según dice usted)
mostrado la puerta a Mr. Midwinter. Pero, al apelar a Mr. Armadale, descubrí
que también él estaba ansioso de no separarse de su amigo. En estas
circunstancias, no tenía más alternativa que volver a seguirle la corriente. La
responsabilidad de contrariarle, por no hablar —añadió el doctor, acercándose
por un instante a la verdad— de mi temor a un escándalo en la casa, dado el
temperamento de su amigo, me impedía actuar de otra manera. Por consiguiente,
Mr. Midwinter se quedará aquí esta noche y ocupará (debería decir, insiste en
ocupar) la habitación contigua a la de Mr. Armadale. Aconséjeme, señora, en
esta emergencia —concluyó el doctor, recalcando las palabras—. ¿En qué
habitaciones del primer piso debo instalarles?
—Ponga a Mr. Armadale en la número cuatro.
—¿Y a su amigo en la número tres? —dijo el
doctor—. Bien, bien, bien, tal vez son las más cómodas. Daré inmediatamente las
órdenes pertinentes. No tenga prisa en marcharse, Mr. Bashwood —dijo
alegremente, al llegar a la escalera—. He dejado la llave de mi ayudante en el
antepecho de aquella ventana y Mrs. Armadale podrá abrirle la puerta de la
escalera cuando le plazca. ¡No esté levantada hasta muy tarde, Mrs. Armadale!
Su sistema nervioso requiere mucho sueño. «Un sueño tranquilo es el mejor
reconstituyente de la naturaleza cansada.» Una máxima magnífica. Que Dios la
bendiga... Buenas noches.
Mr. Bashwood volvió del extremo del pasillo,
preguntándose aún, con indecible expectación, lo que traería consigo aquella
noche.
—¿Tengo que marcharme ahora? —preguntó.
—No. Tiene que quedarse. Le dije que lo sabría
todo si esperaba hasta la mañana. Espere aquí. El vaciló y miró a su alrededor.
—El doctor —balbució—, creo que dijo...
—El doctor no intervendrá en nada de lo que
haga yo esta noche en esta casa. Y yo le digo a usted que se quede. Hay
habitaciones vacías en el piso de arriba. Tome una de ellas.
Mr. Bashwood sintió que volvía a acometerle el
temblor al mirarla.
—¿Puedo preguntarle...? —empezó a decir.
—No pregunte nada. Le necesito aquí.
—Dígame, por favor...
—No le diré nada hasta que haya pasado la
noche y llegado la mañana.
La curiosidad pudo más que el miedo en él.
Insistió.
—¿Es algo espantoso? ¿Demasiado espantoso para
decírmelo ?
Ella golpeó el suelo con el pie, en un súbito
ataque de impaciencia.
—¡Vayase! —dijo, agarrando la llave de la
puerta de la escalera, de encima del antepecho de la ventana—. Hace bien en
desconfiar de mí, hace bien en no seguirme más lejos a oscuras. Vayase antes de
que cierren la casa. Puedo apañarme sin usted.
Le condujo a la escalera, con la llave en una
mano y la vela en la otra.
Mr. Bashwood la siguió en silencio. Nadie,
sabiendo lo que él sabía de su vida pasada, habría dejado de advertir que era
una mujer llevada al último extremo y que se mantenía conscientemente al borde
del crimen. Aterrorizado por el descubrimiento, se soltó de la mano de ella,
pensó y actuó como un hombre que hubiese recobrado su propia voluntad.
Ella puso la llave en la cerradura y se volvió
a él antes de abrir la puerta, iluminado su semblante por la vela.
—Olvídeme y perdóneme —dijo—. No volveremos a
vernos.
Abrió la puerta y, cuando hubo pasado él, le
tendió la mano. Él había resistido su mirada, había resistido sus palabras,
pero la fascinación magnética de su contacto le dominó en el momento final.
—¡No puedo dejarla! —dijo, sujetando
frenéticamente la mano que ella le había dado—. ¿Qué debo hacer?
—Venga y lo verá —respondió ella, sin
permitirle un instante de reflexión.
Cerrando firmemente la mano sobre la de él le
condujo por el pasillo del primer piso hasta la habitación número cuatro.
—Fíjese en esta habitación —murmuró.
Después de mirar hacia la escalera, para
asegurarse de que estaban solos, volvió con él al otro extremo del corredor.
Allí, frente a la ventana que iluminaba el lugar en aquel extremo, había una
pequeña habitación, con una estrecha rejilla en la parte alta de la puerta, y
que había sido proyectada como dormitorio del ayudante del doctor. Dada la
situación de esta estancia, la rejilla permitía ver los dormitorios a ambos
lados del pasillo para que el médico ayudante pudiese enterarse de cualquier
irregularidad por parte de los pacientes que tenía a su cuidado, con muy pocas
probabilidades de que ellos advirtiesen que eran observados. Miss Gwilt abrió
la puerta y entró en la habitación vacía.
—Espere aquí —dijo—, mientras yo vuelvo
arriba, y cierre la puerta por dentro, si lo prefiere. Estará a oscuras, pero
la luz de gas estará encendida en el pasillo. Manténgase junto a la rejilla y
asegúrese de que Mr. Armadale entre en la habitación que acabo de mostrarle, y
de que no salga después de ella. Si pierde de vista un solo instante ese
dormitorio antes de que yo regrese, se arrepentirá hasta el último día de su
vida. Si hace lo que yo le digo, me verá mañana y podrá reclamar su recompensa.
¡Respóndame enseguida! ¿Sí o no?
El no pudo contestarle con palabras. Se llevó
la mano de ella a los labios y la besó embelesado. Ella salió de la habitación.
Desde detrás de la reja, vio él que se deslizaba por el pasillo hacia la puerta
de la escalera. La cruzó y la cerró. Después, reinó el silencio.
Lo primero que oyó fue el sonido de las voces
de unas criadas. Eran dos y se aprestaban a preparar las camas de las
habitaciones número tres y número cuatro. Parecían estar de muy buen humor,
riendo y charlando a través de las puerta abiertas de las habitaciones. Por fin
empezaban a llegar clientes del jefe, decían, con entusiasmo; la casa parecería
pronto alegre, si las cosas continuaban de esta manera.
Al cabo de un rato, las camas estuvieron
preparadas y las mujeres volvieron a la planta donde estaba la cocina y se
hallaban también los dormitorios de la servidumbre. Después, se hizo de nuevo
el silencio El siguiente sonido fue el de la voz del doctor. Éste apareció en
el extremo del corredor, para mostrar a Allan y a Midwinter el camino de sus
habitaciones. Entraron juntos en la número cuatro. Un instante después, el
doctor fue el primero en salir. Esperó a que Midwinter se reuniese con él y
señaló con un cortés movimiento de cabeza la puerta de la número tres.
Midwinter entró en la habitación sin decir palabra y cerró la puerta por
dentro. El doctor, al quedarse solo, se retiró hacia la puerta de la escalera y
la abrió; entonces esperó en el pasillo, silbando para sí en voz baja.
Un minuto después, se oyeron unas voces
mantenidas deliberadamente bajas en el vestíbulo, y aparecieron el farmacéutico
residente y la enfermera jefe, camino de los dormitorios del personal auxiliar,
situados en lo más alta de la casa. El hombre inclinó en silencio la cabeza al
pasar junto al doctor; la mujer hizo una silenciosa reverencia y siguió al
hombre. El doctor correspondió a sus saludos agitando amablemente la mano y, al
quedar de nueve solo, hizo una breve pausa, silbando todavía suavemente, y después
se dirigió a la puerta de la número cuatro abrió la caja del aparato de
fumigación instalado en el rincón de la pared. Al levantar la tapa y mirar al
interior, deje de silbar. Sacó un frasco largo y purpúreo, lo examinó a la luz
de gas, volvió a dejarlo en su sitio y cerró la caja. Hecho esto, se dirigió de
puntillas a la puerta abierta de la escalera, la cruzó y la cerró desde el otro
lado, como de costumbre.
Mr. Bashwood le había visto junto al aparato;
Mr. Bashwood había advertido la manera en que se había retirado por la puerta
de la escalera. Una vez más, la sensación de una indecible expectativa hizo
palpitar su corazón. Un terror lento y frío y terrible se apoderó de sus manos
y las condujo en la oscuridad hacia la llave que había sido dejada para él en
el lado interior de la puerta. La hizo girar, desconfiando vagamente de lo que
podía ocurrir ahora, y esperó.
Transcurrieron lentamente los minutos, sin que
ocurriese nada: El silencio era horrible; la soledad del corredor desierto, una
soledad de traiciones invisibles. Empezó a contar, para tener ocupada la mente,
para mitigar su creciente temor. Los números, murmurados por él, se sucedieron
despacio hasta cien, y tampoco ocurrió nada. Había empezado la segunda centena
y había llegado hasta veinte, cuando, sin ningún sonido que indicase que se
había movido en su habitación, Midwinter apareció de pronto en el corredor.
Se quedó un momento allí, escuchando; se
dirigió a la escalera y miró hacia el vestíbulo inferior. Entonces, por segunda
vez aquella noche, empujó la puerta de la escalera y, por segunda vez, la
encontró cerrada. Después de reflexionar un momento, probó las puertas de los
dormitorios de la derecha, miró en el interior de éstos y vio que estaban todos
vacíos; entonces llegó a la puerta de la última habitación, en la que estaba
escondido el administrador. Ésta se le resistió. Escuchó y miró hacia la
rejilla. No oyó nada, ni vio luz en el interior. «¿Debo forzar la puerta —se
dijo— para estar seguro? No; daría una excusa al doctor para echarme de la
casa.» Se apartó y miró en las dos habitaciones vacías del lado en que se
hallaban la de Allan y la suya, y después se dirigió a la ventana del extremo
del pasillo. Aquí le llamó la atención la caja del aparato de fumigación.
Después de tratar en vano de abrirla, pareció agudizarse su recelo. Miró a lo
largo del pasillo y observó que ningún otro objeto parecido se hallaba en el
exterior de ninguno de los otros dormitorios. De nuevo junto a la ventana,
volvió a fijarse en el aparato y se apartó de él con un ademán que indicaba
claramente que había tratado de imaginar lo que podía ser y fracasado en su
intento.
Sin embargo, no dio señales de retirarse a su
dormitorio. Siguió plantado junto a la ventana, fijos los ojos en la puerta de
la habitación de Allan, y pensando. Si Mr. Bashwood, que le observaba
disimuladamente a través de la rejilla, hubiese podido ver en aquel momento su
mente como veía su cuerpo, el corazón le habría palpitado todavía más de prisa,
esperando el próximo suceso que traería consigo la decisión de Midwinter un
instante después.
¿En qué ocupaba su mente mientras permanecía
allí, solo, en plena noche, en aquella casa extraña?
Estaba tratando de concentrar, poco a poco, en
un punto, todas sus impresiones inconexas. Convencido, desde el principio, de
que algún peligro oculto amenazaba a Allan en el sanatorio, su desconfianza
—vagamente asociada hasta ahora con la casa misma, con su esposa (que ahora
creía firmemente que estaba bajo el mismo techo que él), con el doctor, en
quien ella tenía claramente tanta confianza como en el propio Mr. Bashwood—
había reducido su campo y se centraba obstinadamente en la habitación de Allan.
Renunciando a todo ulterior esfuerzo de relacionar su sospecha de una
conspiración contra su amigo con la ofensa que le había sido infligida a él
mismo el día anterior —esfuerzo que, si lo hubiese mantenido, le habría
conducido al descubrimiento del fraude realmente contemplado por su esposa—, su
mente, nublada y confusa por turbadoras influencias, se refugió instintivamente
en sus impresiones de los hechos, tal como se habían sucedido desde que entrara
en la casa. Todo lo que había advertido en la planta baja sugería que había un
propósito secreto en el empeño de hacer que Allan durmiese en el sanatorio. Y
todo lo que había observado en el piso relacionaba el lugar desde el que
acechaba el peligro oculto con la habitación de Allan. Llegar a esta conclusión
y decidir frustrar la intriga, fuese ésta lo que fuere, poniéndose en el lugar
de Allan, fue para Midwinter cosa de un instante. Enfrentado a un peligro real,
el carácter magnífico del hombre se liberó intuitivamente de las flaquezas que
le habían acosado en tiempos más felices y seguros. Ni siquiera la sombra de la
antigua superstición permanecía ahora en su mente; ningún recelo fatalista
hacía vacilar su firme resolución. La única duda que le inquietaba, mientras
pensaba junto a la ventana, era la de si podría persuadir a Allan de cambiar de
habitación, sin darle una explicación que pudiese conducirlo a sospechar la
verdad.
Pero bastó un minuto, mientras observaba la
habitación, para resolver la duda: había encontrado la excusa trivial, pero
suficiente, que estaba buscando. Mr. Bashwood oyó que llamaba suavemente a la
puerta y murmuraba:
—Allan, ¿estás en la cama?
—No —respondió la voz del interior—. Entra.
Pareció que Midwinter iba a entrar en la
habitación, pero se detuvo como si de pronto hubiese recordado algo.
—Espera un momento —dijo, a través de la
puerta, y dando media vuelta, se dirigió a la habitación del fondo—. Si hay
alguien observándonos desde ahí —dijo en voz alta—, ¡que lo haga a través de
esto!
Sacó su pañuelo del bolsillo y lo introdujo
entre los alambres de la rejilla, cerrando completamente la abertura. Habiendo
obligado así al espía (si existía) a delatarse moviendo el pañuelo o a
permanecer ciego a cuanto pudiese ocurrir, se presentó Midwinter en la
habitación de Allan.
—Sabes lo mal que estoy de los nervios —dijo—
y lo que me cuesta dormir en las mejores circunstancias. Esta noche me es
imposible. La ventana de mi habitación repica cada vez que sopla el viento.
Ojalá fuese tan firme como la tuya.
—¡Mi querido amigo! —exclamó Allan—. A mí no
me importa que repique la ventana. Cambiemos de habitación. ¡Tonterías! ¿Por
qué tienes que excusarte conmigo? ¿Acaso no sé con qué facilidad se excitan tus
nervios? Ahora que el doctor me ha tranquilizado sobre la pobrecilla Neelie,
empiezo a sentir el cansancio del viaje y dormiré en cualquier parte hasta
mañana. —Tomó su bolsa de viaje—. Pero debemos darnos prisa —añadió, señalando
su vela—. No me han dejado una vela muy larga para acostarme.
—Habla en voz baja, Allan —dijo Midwinter,
abriéndole la puerta—. No debemos molestar a los de la casa a esta hora de la
noche.
—Sí, sí —respondió Allan, en un murmullo—.
Buenas noches; espero que duermas tan bien como dormiré yo.
Midwinter le acompañó a la número tres y
advirtió que su propia vela (que había dejado allí) era tan corta como la de
Allan.
—Buenas noches —dijo, y salió de nuevo al
pasillo.
Se dirigió a la rejilla y miró y escuchó una
vez más. El pañuelo estaba exactamente como lo había dejado, y no se oía el
menor sonido en el interior. Observó despacio a lo largo del pasillo y pensó
por última vez en las precauciones que había tomado. ¿No había más camino que
el que estaba siguiendo ahora? No lo había. Cualquier posición defensiva
manifiesta, cuando eran desconocidas la naturaleza y la procedencia del
peligro, sería inútil en sí misma, y peor que inútil en las consecuencias que
podría tener al poner en guardia a la gente de la casa. Sin un hecho que
justificase ante otras mentes su temor de lo que podía ocurrir aquella noche,
incapaz de quebrantar la fe de Allan en la bella perspectiva que le había
ofrecido el doctor, la única medida de seguridad que había podido imaginar
Midwinter, en bien de su amigo, era el cambio de habitaciones, y la única
política que podía seguir, pasara lo que pasase, era la de esperar los
acontecimientos. «Puedo confiar en una cosa —se dijo, mirando por última vez arriba
y abajo del pasillo—. Puedo confiar en que me mantendré despierto.»
Después de una mirada al reloj de la pared de
enfrente, entró en la habitación número cuatro. Se oyó el ruido de la puerta al
cerrarse y el del cerrojo al ser corrido. Después, volvió a reinar en la casa
un silencio total.
Poco a poco, el miedo del administrador al
silencio y a la oscuridad pudo más que su temor de tocar el pañuelo. Levantó
cautelosamente una punta, esperó, miró y se atrevió al fin a hacer pasar todo
el pañuelo a través de la rejilla. Después de guardarlo en un bolsillo, pensó
en las consecuencias que se podrían derivar si lo encontraban en su poder, y lo
arrojó a un rincón de la habitación. Tembló cuando se hubo librado de él, miró
su reloj y se situó de nuevo detrás de la rejilla para esperar a Miss Gwilt.
Era la una menos cuarto, la luna iluminaba
ahora la fachada del sanatorio. De vez en cuando, su luz resplandecía en la
ventana del pasillo, al filtrarse entre las nubes movedizas. Se había levantado
el viento y cantaba débilmente su lúgubre canción, al soplar a intervalos sobre
el terreno desierto de delante de la casa.
El minutero del reloj recorrió la mitad de la
esfera. A la una y cuarto, Miss Gwilt apareció en el corredor sin hacer ruido.
—Salga —murmuró a través de la rejilla— y
sígame. Volvió a la escalera por la que acababa de bajar, empujó suavemente la
puerta, cuando Mr. Bashwood la hubo seguido, y condujo a éste al rellano del
segundo piso. Allí le hizo la pregunta que no se había atrevido a formular
cuando estaban abajo.
—¿Ocupó Mr. Armadale la habitación número
cuatro? Él inclinó la cabeza, sin hablar.
—Respóndame con palabras. ¿Salió alguna vez
Mr. Armadale de allí?
—No —respondió él.
—¿No ha perdido nunca de vista la número
cuatro desde que yo le dejé?
—Nunca —respondió él.
Algo extraño en su actitud, algo diferente en
su voz al dar la última respuesta, llamó la atención a Miss Gwilt. Tomó la vela
de encima de una mesa próxima, donde la había dejado, y proyectó su luz sobre
él.
Tenía los ojos muy abiertos y le castañeteaban
los dientes. Todo le delataba como un hombre aterrorizado, pero nada revelaba
que su terror era causado por el conocimiento de que, por primera vez en su
vida, estaba engañando a Miss Gwilt. Si ella no le hubiese amenazado tan
abiertamente al ponerlo allí de vigilante, si le hubiese hablado con menos
reserva de la entrevista con que le recompensaría por la mañana, tal vez le
habría, dicho la verdad. Pero en la actual situación, sus peores temores y sus
mayores esperanzas le habían impulsado a decirle aquella mentira fatal, que
reiteró cuando ella le hizo la pregunta por segunda vez.
Miss Gwilt le miró, engañada por el último
hombre del mundo a quien habría creído capaz de engañarla, el hombre a quien
ella misma había engañado.
—Parece muy excitado —dijo, en voz baja—. Esta
noche ha sido excesiva para usted. Vaya arriba y descanse. Encontrará abierta
la puerta de una de las habitaciones. Es la que tiene que ocupar. Buenas
noches.
Dejó la vela (que había conservado encendida
para él) encima de la mesa, y le tendió la mano. Él la retuvo desesperadamente,
al volverse ella para dejarle. Su horror por lo que podía ocurrir cuando ella
se quedase sola, le obligó a decir unas palabras que no se habría atrevido a
pronunciar en cualquier otra ocasión.
—No —suplicó, en un murmullo—, ¡oh, no, no, no
baje allí esta noche!
Ella soltó la mano y le hizo seña de que
tomase la vela.
—Nos veremos mañana —dijo—. Ahora, ¡ni una
palabra más!
Su firme voluntad dominó la de él en aquel
último momento, como la había dominado siempre. Él tomó la vela y esperó,
siguiendo a la mujer con la mirada al bajar ésta la escalera. El frío de la
noche de diciembre parecía haberla afectado, a pesar del calor que reinaba en
la casa. Se había puesto un largo y grueso chal negro, ciñiéndolo sobre su
pecho. La corona de cabellos trenzados parecía pesar demasiado sobre su cabeza.
La había destrenzado y los cabellos caían ahora sobre sus hombros. El viejo los
miró, rojos sobre el negro chal, y miró también la mano fina y de largos dedos,
que se deslizaban sobre la barandilla, y la suave y seductora gracia de todos
sus movimientos al alejarse más y más de él. «La noche pasará de prisa —se
dijo, al perderse ella de vista—; soñaré con ella hasta que llegue la mañana.»
Ella cerró la puerta de la escalera, después
de haberla cruzado; escuchó y, al no oír absolutamente nada, caminó despacio
por el pasillo hasta la ventana. Apoyándose en el antepecho; contempló la
noche. Las nubes cubrían la luna en aquel momento; nada podía verse en la
oscuridad, salvo los desparramados faroles de gas del barrio. Se apartó de la
ventana y miró el reloj. Era la una y veinte minutos.
Por última vez, la resolución que había tomado
a hora más temprana de la noche, al saber que su marido estaba en la casa, se
impuso con fuerza en su mente. Por última vez, la voz interior le dijo:
«¡Piensa si hay otra manera!»
Reflexionó sobre esto hasta que el minutero
del reloj señaló la media hora. «¡No! —se dijo, pensando todavía en su marido—.
La única posibilidad que tengo es llegar hasta el final. Él no hará lo que ha
venido a hacer aquí; no pronunciará las palabras que ha venido a decir...,
cuando sepa que tal acción puede convertirme en un escándalo público, ¡y que
esas palabras pueden enviarme al patíbulo!» Se puso colorada y sonrió con
terrible ironía al mirar por primera vez la puerta de la habitación. «Seré tu
viuda —se dijo— ¡dentro de media hora!»
Abrió la caja del aparato y tomó el frasco
púrpura. Después de determinar el tiempo mirando el reloj, vertió en el embudo
de cristal la primera de las seis porciones marcadas por las tiras de papel.
Cuando hubo dejado el frasco, escuchó en la
boca del embudo. Ningún sonido llegó a su oído: el proceso letal se
desarrollaba en el silencio propio de la muerte. Cuando se incorporó y miró
hacia arriba, la luna estaba brillando en la ventana y el viento gemebundo se
había callado.
¡Oh, el tiempo, el tiempo! ¡Si pudiese empezar
y terminar con esta primera operación!
Bajó al vestíbulo, anduvo de un lado a otro y
escuchó en la puerta abierta de la escalera de la cocina. Subió de nuevo y bajó
de nuevo. El primer intervalo de cinco minutos se hacía interminable. Se había
detenido el tiempo. La tensión era enloquecedora.
Transcurrió el intervalo. Al tomar ella el
frasco por segunda vez y verter la segunda dosis, las nubes cubrieron la luna y
se oscureció lentamente el paisaje nocturno a través de la ventana.
La inquietud que le había hecho subir y bajar
la escalera y pasear de un lado a otro en el vestíbulo, se calmó con la misma
rapidez con que se había producido. Esperó durante el segundo intervalo,
apoyada en el antepecho de la ventana y mirando fijamente, sin ninguna idea
consciente en la cabeza, la negrura de la noche. El viento traía a intervalos,
desde algún lugar lejano del suburbio, los aullidos de un perro trasnochador.
Miss Gwilt siguió con vaga atención aquel débil sonido al extinguirse en el
silencio y escuchó, con una esperanza todavía más vaga, su repetición. Sus
brazos pesaban como el plomo sobre el antepecho de la ventana, y su frente se
apoyaba en el cristal sin sentir el frío. Sólo cuando volvió a aparecer la
luna, se sobresaltó, recordando de pronto. Se volvió rápidamente y miró el
reloj; habían pasado siete minutos.
Al levantar el frasco y llenar el embudo por
tercera vez, volvió a darse plena cuenta de su posición. El calor febril hizo
latir su sangre y encendió sus mejillas. Rápida, suavemente y sin ruido, anduvo
arriba y abajo por el pasillo, cruzados los brazos debajo del chal y mirando el
reloj a cada momento. Transcurrieron tres de los cinco minutos siguientes y de
nuevo empezó a enloquecerla la tensión. El espacio del pasillo era demasiado
limitado para la inquietud ilimitada que se había apoderado de sus miembros.
Bajó de nuevo al vestíbulo y dio vueltas por él como una fiera enjaulada. En la
tercera vuelta, sintió que algo rozaba su vestido. El gato de la casa había
llegado, cruzando la puerta abierta de la cocina: un gato grande, leonado,
sociable, que ronroneaba satisfecho y la seguía para tener compañía. Ella tomó
el animal en brazos, y éste frotó la lisa cabeza, contra su barbilla al
inclinar ella la cara.
—Armadale odia a los gatos —murmuró al oído
del animal—. ¡Sube y verás a Armadale muerto!
Un momento después, la aterrorizó su propia y
terrible fantasía. Dejó caer el gato con un estremecimiento; lo empujó de nuevo
hacia abajo, con manos amenazadoras. Permaneció un momento inmóvil y, entonces,
volvió a subir a toda prisa la escalera. Su marido se había adueñado una vez
más de su pensamiento; su marido la amenazaba con un peligro en el que no había
pensado ella hasta ahora. ¿Y si no estuviese durmiendo? ¿Y si saliese de su
habitación y la encontrase con el frasco púrpura en la mano ?
Se acercó a la puerta de la habitación número
tres y escuchó. Percibió a duras penas la respiración lenta y regular de un
hombre que dormía. Después de esperar un momento para dejar que la impresión de
alivio la tranquilizase, dio un paso hacia la número cuatro y se detuvo. Era
inútil escuchar en aquella puerta. El doctor le había dicho que primero se
producía el sueño, tan infaliblemente como la muerte después, a causa del aire
envenenado. Miró de soslayo el reloj. Había llegado el momento de la cuarta porción.
Su mano empezó a temblar violentamente al llenar el embudo por cuarta vez. El
miedo a su marido agitó de nuevo su corazón. ¿Y si algún ruido le molestaba
antes de la sexta operación? ¿Y si se despertaba de pronto (como ella le había
visto hacer a menudo) sin el menor ruido?
Miró arriba y abajo en el pasillo. La
habitación del extremo, en la que había estado escondido Mr. Bashwood, le
ofrecía un lugar donde refugiarse. «¡Podría entrar ahí! —pensó—. ¿Habrá dejado
él la llave?» Abrió la puerta para mirar y vio el pañuelo tirado en el suelo.
¿Era de Mr. Bashwood, que lo había dejado allí por accidente? Examinó las
puntas. ¡Encontró el nombre de su marido en la segunda! Su primer impulso fue
correr hacia la puerta de la escalera, para despertar al administrador y
pedirle una explicación. Pero recordó inmediatamente el frasco púrpura y el
peligro de abandonar el corredor. Se volvió y miró la puerta de la número tres.
El pañuelo demostraba indefectiblemente que su marido había salido de su
habitación y que Mr. Bashwood no se lo había dicho. ¿Estaba él ahora en aquella
habitación? Fue tal su agitación, al pasar esta pregunta por su mente, que
olvidó el descubrimiento que había hecho hacía menos de un minuto. De nuevo
escuchó junto a la puerta; de nuevo oyó la respiración pausada y regular del
nombre que dormía. La primera vez había bastado, para tranquilizarse, la prueba
que le daban sus oídos. Ahora al multiplicarse sus recelos y su alarma, decidió
tener también la prueba de sus propios ojos. «Todas las puertas se abren sin
ruido en esta casa —se dijo—; No debo tener miedo de despertarle.»
Cautelosamente, pulgada a pulgada, abrió la puerta, que no estaba cerrada por
dentro, y miró hacia el interior en el momento en que la rendija fue lo
bastante ancha. A la débil luz que se filtraba en la habitación, la cabeza del
durmiente era apenas visible sobre la almohada. ¿Era tan oscura, en contraste
con la blanca almohada, como parecía la de su marido cuando estaba en la cama?
¿Era la respiración tan suave como la de su marido cuando estaba durmiendo?
Abrió más la puerta y volvió a mirar, ahora
con más luz. Allí yacía el hombre contra cuya vida había atentado por tercera
vez, durmiendo tranquilamente en la habitación que había sido destinada a su
marido, ¡y respirando un aire que no podía perjudicar a nadie!
Inmediatamente sacó ella la inevitable
conclusión. Levantando frenéticamente las manos, salió tambaleándose al
pasillo. La puerta se cerró de nuevo, pero no con el ruido suficiente para
despertar a Allan.
Ella se volvió y se la quedó mirando durante
un momento, como pasmada. Pero, un instante después, su instinto la impulsó a
la acción, antes de recobrar el pleno uso de su razón. En dos zancadas, se
plantó ante la habitación número cuatro.
La puerta estaba cerrada.
Tocó la pared con ambas manos, frenética y
torpemente, buscando el botón que había visto que apretaba el doctor cuando
mostraba la habitación a los visitantes. Falló dos veces. La tercera, los ojos
ayudaron a las manos, encontró el botón y lo apretó. Se descorrió el cerrojo y,
al empujarla, se abrió la puerta.
Sin vacilar un instante, entró en la
habitación. Aunque la puerta estaba ahora abierta, aunque había pasado tan poco
tiempo desde que vertiera la cuarta porción y sólo se había producido poco más
de la mitad del gas proyectado, el aire envenenado hizo presa en ella, como si
una mano le atenazase la garganta y le apretasen un alambre alrededor de la
cabeza. Lo encontró tendido a los pies de la cama, con la cabeza y un brazo en
dirección a la puerta, como si se hubiese levantado a la primera sensación de
modorra, pero se hubiese derrumbado bajo el esfuerzo por salir de la
habitación. Con la desesperada concentración de fuerza de que son capaces las
mujeres en situaciones críticas, le levantó y le arrastró hasta el pasillo. Le
dio vueltas la cabeza al tenderle en el suelo y volver a gatas hacia la
habitación, para cerrar la puerta e impedir que el aire envenenado les siguiese
hasta el corredor. Después, sin atreverse a mirarle, esperó a recobrar la
fuerza suficiente para levantarse e ir hacia la ventana de encima de la
escalera. Cuando la hubo abierto y entró el aire puro de la mañana temprana,
volvió junto a él, le levantó la cabeza y le miró por primera vez de cerca a la
cara.
¿Era la muerte quien extendía aquella lívida
palidez sobre su frente y aquel tono plomizo en los labios y en los párpados?
Le aflojó la corbata y le desabrochó el
chaleco, para que le diese el aire en el cuello y en el pecho. Y apoyando la
mano sobre su corazón y sosteniendo sobre el pecho la cabeza de él, de modo que
estuviese de cara a la ventana, esperó. Pasó tiempo: un tiempo lo bastante
corto para ser contado por minutos del reloj, y sin embargo, lo bastante largo
para que pudiese recordar toda su vida de casada con él, lo bastante largo para
madurar la resolución que surgía en su mente, como único resultado posible de
la retrospección. Al posar la mirada en él, una extraña serenidad se impuso
lentamente en su semblante. Tenía el aire de una mujer igualmente dispuesta a
celebrar la posibilidad de su recuperación que a aceptar la certidumbre de su
muerte.
No había lanzado todavía un grito ni vertido
una lágrima. No había lanzado un grito ni vertido una lágrima cuando, al poco
rato, sintió los primeros débiles latidos del corazón de él y oyó el débil
susurro del aliento en sus labios. Se inclinó en silencio y le besó en la
frente. Cuando levantó de nuevo la mirada, la expresión terriblemente
desesperada se había borrado de su semblante. Había algo suavemente radiante en
sus ojos que iluminaba todo su rostro con una luz interior y hacía que fuese,
una vez más, femenina y adorable.
Le tendió en el suelo y, quitándose el chal,
hizo con él una almohada para que reclinase la cabeza.
—Podía haber sido muy duro, amor —dijo,
sintiendo que se fortalecían los latidos del corazón de él—. Pero tú has hecho
que ahora sea fácil.
Se levantó y, al volverse, vio el frasco
púrpura en el sitio donde lo había dejado después de verter la cuarta porción.
«¡Ay! —pensó—. Me había olvidado de mi mejor amigo; había olvidado que tenía
aún que verter más.»
Con mano firme y tranquila expresión, llenó el
embudo por quinta vez.
—Cinco minutos más —dijo, cuando hubo dejado
el frasco y mirado el reloj.
Se sumió en honda reflexión, una reflexión que
acentuó la grave y delicada expresión de su semblante.
—¿Le escribiré unas palabras de despedida? —se
preguntó—. ¿Le diré la verdad, antes de dejarle para siempre?
El pequeño lápiz de oro pendía con otras
chucherías de la cadena de su reloj.
Después de mirar un momento a su alrededor, se
arrodilló junto a su marido y metió la mano en el bolsillo del pecho de su
chaqueta.
La cartera estaba allí. Algunos papeles
cayeron de ella al abrirla.
Uno de ellos era la carta que le había escrito
Mr. Brock en su lecho de muerte. Volvió las dos hojas de papel en que había
escrito el rector las palabras que ahora habían resultado ciertas, y vio que el
dorso de la segunda hoja estaba en blanco.
Y en aquella página escribió sus frases de
despedida, arrodillada al lado de su marido.
«Soy peor que lo peor que puedas imaginarte.
Has salvado a Armadale al cambiar de habitación con él esta noche, y le has
salvado de mí. Ahora puedes adivinar de quién habría pretendido ser la viuda,
si tú no le hubieses salvado la vida, y sabrás lo miserable que era la mujer
con quien te casaste, la mujer que escribe estas líneas. Sin embargo, tuve
momentos de inocencia, y en ellos te amé de todo corazón. Olvídame, querido, en
el amor de una mujer que será mejor que yo.
Tal vez habría podido ser yo misma esta mujer
mejor, si no hubiese tenido una vida tan miserable antes de conocerte. Pero
ahora, esto importa poco. La única expiación que puedo hacer de todo el mal que
te he causado es la de mi muerte. No me costará morir, ahora que sé que
vivirás. Incluso mi maldad tiene un mérito: no ha prosperado. Nunca he sido una
mujer feliz.»
Dobló de nuevo la carta y la puso en la mano
de él, para que le llamase la atención cuando volviese en sí. Al apretarle
delicadamente los dedos sobre el papel y levantar la mirada, vio que el reloj
marcaba el último minuto del último intervalo.
Se inclinó sobre Midwinter y le dio el beso de
despedida.
—¡Vive, ángel mío, vive! —murmuró
cariñosamente, rozándole los labios con los suyos—. Tienes ante ti toda una
vida, una vida feliz, una vida honrada, ¡cuando te hayas librado de mí!
Con un último ademán de ternura, le apartó los
cabellos de la frente.
—No es ningún mérito haberte amado —dijo—.
Eres uno de esos hombres que gustan a todas las mujeres.
Suspiró y se apartó de él. Fue su última
flaqueza. Movió afirmativamente la cabeza hacia el reloj, como si hubiese sido
éste una criatura viviente que le hablase, y llenó el tubo por última vez,
hasta la última gota que había en el frasco.
La luna menguante brillaba débilmente en la
ventana. Con la mano en la puerta de la habitación, se volvió y miró la luz que
se desvanecía lentamente en el lóbrego cielo.
—¡Dios mío, perdóname! —dijo—. ¡Oh, Cristo, da
testimonio de lo mucho que he sufrido!
Se entretuvo un momento más en el umbral; se
entretuvo para echar su última mirada en este mundo... y se volvió para mirarle
a él.
—¡Adiós! —dijo, suavemente.
Se abrió la puerta de la habitación... y se
cerró detrás de ella.
Hubo un intervalo de silencio.
Después, se oyó un ruido sordo, como de algo
que cayese.
Después, se hizo de nuevo el silencio.
Las saetas del reloj, siguiendo su curso
constante, marcaban uno a uno los minutos de la mañana, a medida que iban
transcurriendo.
Habían pasado diez, desde que se había abierto
y cerrado la puerta de la habitación, cuando Midwinter se movio sobre la
almohada y, al esforzarse en levantarse, notó la carta que tenía en la mano.
En el mismo instante, giró una llave en la
cerradura de la puerta de la escalera. Y el doctor, al mirar, expectante, hacia
la habitación fatal, vio el frasco púrpura sobre el antepecho de la ventana y
el hombre postrado, que trataba de levantarse del suelo.
EPÍLOGO
CAPÍTULO I
NOTICIAS DE NORFOLK
DE MR. PEDGIFT SÉNIOR (THORPE-AMBROSE) A MR.
PEDGIFT JÚNIOR (PARÍS)
«High Street, diciembre, 20.
Mi querido Augustus:
Ayer recibí tu carta. Pareces sacar el mayor
partido (como tú lo llamas) de tu juventud. Bueno, diviértete en tus
vacaciones. Yo también aproveché hasta el máximo mi juventud, cuando tenía tu
edad, y aunque parezca un milagro ¡todavía no lo he olvidado!
Me pides muchas noticias y, en especial, más
información sobre el misterioso caso del sanatorio.
La curiosidad, mi querido hijo, es una
cualidad que (especialmente en nuestra profesión) conduce a veces a grandes
resultados. Sin embargo, dudo de que sirva de gran cosa en esta ocasión. Lo
único que conozco del misterio del sanatorio lo sé por Mr. Armadale, y éste
está completamente a oscuras en más de un punto importante. Ya te dije cómo
quedaron atrapados en la casa y cómo pasaron la noche allí. A esto puedo añadir
ahora que algo le ocurrió ciertamente a Mr. Midwinter que le privó del
conocimiento, y que el doctor, que parece haber estado mezclado en el asunto,
actuó despóticamente e insistió en llevar las cosas a su manera en su
sanatorio. Es indudable que la mujer (fuese cual fuere la causa de su muerte)
fue encontrada muerta; que en la investigación del forense se investigaron las
circunstancias; que las pruebas demostraron que había ingresado en la casa como
paciente, y que el dictamen médico fue que había muerto de apoplejía. Yo pienso
que Mr. Midwinter tenía un motivo para no presentar las pruebas que habría
podido dar. También tengo razones para sospechar que Mr. Armadale, en
consideración a su amigo, siguió su misma tónica, y que el veredicto
pronunciado en la encuesta (y que no culpa a nadie) se fundó, como otros muchos
de la misma clase, en una investigación sumamente superficial de las
circunstancias. Creo firmemente que la clave de todo el misterio se encuentra
en el intento de aquella desgraciada de representar el papel de viuda de Mr.
Armadale, cuando apareció la noticia de su muerte en los periódicos. Pero qué
la impulsó a ello, y con qué inconcebible sistema de engaño pudo inducir a Mr.
Midwinter a casarse con ella bajo el nombre de Mr. Armadale (según resulta del
certificado de matrimonio), no lo sabe ni el propio Mr. Armadale. Este punto no
fue tocado en la encuesta, por la sencilla razón de que, en ella, sólo se
ocuparon de las circunstancias de la muerte de la mujer. Mr. Armadale, a
petición de su amigo, vio a Miss Blanchard y la indujo a imponer silencio al
viejo Darch sobre el asunto de la reclamación de la pensión de viudedad. Como
la reclamación no había sido admitida, nuestro engreído colega consintió, por
una vez, en hacer lo que se le pedía. Por consiguiente, la declaración del
doctor de que su paciente era viuda de un caballero llamado Armadale no fue
impugnada por nadie, y se echó tierra sobre el asunto. Ella fue enterrada en el
gran cementerio próximo al lugar donde murió. Nadie, salvo Mr. Midwinter y Mr.
Armadale (que insistió en ir con él), la acompañó hasta la tumba, y nada se inscribió
en la lápida, salvo la inicial de su nombre de pila y la fecha de su muerte.
Así descansa al fin, después de todo el mal que hizo, perdonada por los dos
hombres a quienes causó tanto daño.
¿Queda algo que decir sobre este tema, antes
de que lo abandonemos? Al repasar tu carta, veo que suscitas otro punto al que
vale la pena que prestemos un momento de atención.
Preguntas si hay motivos para suponer que el
doctor saldrá de esto con las manos tan limpias como parece. Mi querido
Augustus, creo que el doctor ha intervenido en este desgraciado asunto más de
lo que nunca podremos descubrir, y que se ha aprovechado del silencio que se
han impuesto Mr. Midwinter y Mr. Armadale, como se aprovechan siempre los
granujas de las desgracias y las necesidades de los hombres honrados. Es un
hecho cierto que contribuyó a la falsa declaración acerca, de Miss Milroy, que
atrajo a los dos caballeros a su casa, y esta sola circunstancia (después de mi
experiencia en Old Bailey) es suficiente para mí. En cuanto a pruebas contra
él, no hay ninguna, y en cuanto a su justo castigo, sólo puedo decir que espero
ardientemente que le alcance a la larga. No hay muchas perspectivas de que lo
haga en la actualidad. Tengo entendido que los amigos y admiradores del doctor
van a ofrecerle un testimonio "expresándole su simpatía ante el triste
suceso que ha oscurecido la inauguración de su Sanatorio, y su absoluta
confianza en su integridad y su capacidad como médico". Vivimos, Augustus,
en una era sumamente favorable a todos los granujas que cuiden de guardar las
apariencias. En este ilustrado siglo diecinueve, considero a este doctor como
uno de nuestros hombres en auge.
Pasando a temas más agradables que el de los
sanatorios, puedo decirte que Miss Neelie está completamente restablecida y, en
mi humilde opinión, más bonita que nunca. Vive en Londres, al cuidado de una
parienta, y Mr. Armadale le da fe diariamente de su existencia (para el caso de
que ella lo olvidase). Se van a casar en primavera, salvo que la muerte de Mrs.
Milroy obligue a retrasar la ceremonia. Los médicos opinan de que la pobre
señora se está consumiendo al fin. Acaso sea cuestión de semanas o de meses; no
pueden decir más. Ella está muy cambiada; tranquila y amable, y se muestra muy
afectuosa con su marido y con su hija. Pero este afortunado cambio es, según el
punto de vista médico, señal de que se acerca el fin. Es difícil hacer
comprender esto al pobre y viejo comandante. Sólo ve que vuelve a parecerse a
la que fue cuando se casó con ella, y se pasa horas sentado junto a su cama,
hablándole de su maravilloso reloj.
Mr. Midwinter, de quien esperarás ahora que te
cuente algo, está mejorando rápidamente. Después de causar al principio cierta
inquietud a los médicos (que declararon que padecía una grave conmoción
nerviosa, producida por circunstancias sobre las que el obstinado silencio de
su paciente les mantenía absolutamente a oscuras), se ha recuperado, como sólo
pueden hacerlo hombres de su sensible temperamento (cito de nuevo a los
doctores). Se aloja con Mr. Armadale en una pensión tranquila. Le vi la semana
pasada, cuando estuve en Londres. Su cara daba señales de fatiga y de pesar,
algo muy triste en un hombre tan joven. Pero habló de sí mismo y de su futuro
con unos ánimos y una esperanza que un hombre que le doblase en edad (si había
sufrido lo que sospecho que ha sufrido él) podría envidiar. Si conozco un poco
a los humanos, éste no es un hombre corriente y un día tendremos noticias de él
que tampoco lo serán.
Te preguntarás por qué estuve en Londres. Fui
allí, con billete de ida y vuelta (desde el sábado hasta el lunes), para aquel
asunto que discutíamos con nuestros agentes. La lucha fue encarnizada, pero,
aunque te parezca extraño, se me ocurrió una cosa cuando me levantaba para
marcharme, y volví a sentarme en mi sillón y resolví la cuestión en un
santiamén. Desde luego, me alojé en Nuestro Hotel de Covent Garden. William, el
camarero, preguntó por ti con el afecto de un padre, y Matilda, la camarera,
dijo que casi la habías persuadido, la última vez, de que se arrancase aquella
muela cariada de la mandíbula inferior. Invité al segundo hijo del agente (el
joven a quien tú apodaste Mustapha, cuando armó aquel terrible follón sobre las
Obligaciones Turcas) a cenar conmigo el domingo. Por la noche ocurrió un
pequeño incidente que tal vez valga la pena mencionar, ya que se refiere a
cierta señora mayor que no estaba «en casa» cuando Mr. Armadale y tú metisteis
la pata en Pimlico, en el pasado.
Mustapha hizo lo mismo que todos los jóvenes
de nuestros días: se puso inquieto después de cenar. "Vayamos a algún
espectáculo público, Mr. Pedgift", me dijo. "¿Un espectáculo público?
¡Ésta es una noche de domingo!", le dije. "Muy bien, señor —dijo
Mustapha—. Ya sé que los domingos por la noche no actúan en los escenarios,
pero no dejan de actuar en público. Vayamos a ver al último actor dominguero de
nuestro tiempo." Y como no quería beber más vino, no tuve más remedio que
ir.
Fuimos a una calle del West End y la
encontramos llena de carruajes. Si no hubiese sido domingo por la noche, habría
pensado que íbamos a la ópera. "¿Qué le había dicho?", exclamó
Mustapha, conduciéndome hacia una puerta abierta, delante de la cual había un
farol de gas y un cartel del acto. Tuve tiempo justo de advertir que asistiría
a uno de los "Discursos de la noche del domingo sobre las pompas y
vanidades del mundo, por una pecadora que fue esclava de ellas", cuando
Mustapha me tocó el codo y murmuró: "Media corona es la propina
adecuada." Me encontré entre dos remilgados y silenciosos caballeros, que
sostenían unas bandejas ya bien repletas de propinas adecuadas. Mustapha
favoreció a una bandeja, y yo, a la otra. Cruzamos dos puertas y entramos en
una larga habitación llena de gente. Y allí estaba, sobre un estrado del fondo
y dando la cara al público, no un hombre como yo había presumido, sino una
mujer, y aquella mujer ¡era Mamá Oldershaw! Nunca has oído a una persona más
elocuente en tu vida. Mientras la estuve escuchando, no titubeó en una sola
palabra.
Desde aquella noche de domingo, y durante el
resto de mis días, apreciaré menos la oratoria como realización humana. En
cuanto a la materia del sermón, puedo describirla como una narración de la
experiencia de Mrs. Oldershaw entre mujeres de mal vivir, profusamente
ilustrada en el estilo piadoso y penitencial. Preguntarás qué clase de público
había allí. Principalmente mujeres, Augustus, y como espero salvarme, todas las
viejas arpías del mundo de la moda, a quienes había dado lustre Mamá Oldershaw
en su tiempo, sentadas atrevidamente en las primeras filas, con las mejillas
pintarrajeadas y en un estado de devoto entusiasmo digno de verse. Dejé que
Mustapha oyese el final, y al salir, pensé en algo que dice Shakespeare en
alguna parte: "¡Señor, qué tontos somos los mortales!"
¿Tengo algo más que decirte, antes de
terminar? Solamente una cosa que pueda recordar.
Aquel desgraciado y viejo Bashwood ha
confirmado los temores sobre él de que te hablé, cuando volvió aquí desde
Londres. Es indudable que ha perdido totalmente la poca razón que había tenido
jamás. Es perfectamente inofensivo y perfectamente feliz. Y lo pasaría muy
bien, si pudiésemos evitar que saliese a la calle en su último traje nuevo,
sonriendo e invitando a todo el mundo a su próxima boda con la mujer más
hermosa de Inglaterra. Naturalmente, todo termina con los muchachos arrojándole
pellas de barro y él acudiendo a mí, llorando y cubierto de lodo. Pero, en
cuanto le han limpiado la ropa, vuelve a su manía predilecta y pasea por
delante de la puerta de la iglesia, en el papel de novio, esperando a Miss
Gwilt. Tendremos que buscar algún lugar donde cuiden de ese pobre infeliz
durante el poco tiempo que le queda de vida.
¿Quién habría pensado que un hombre de su edad
se enamorase? ¿Y quién habría creído que los daños que causó la belleza de
aquella mujer podían alcanzar a nuestro viejo amanuense retirado?
Adiós por hoy, querido hijo. Si ves alguna
caja de rapé particularmente bella en París, recuerda que, aunque tu padre se
burla de los cumplidos, no le importa recibir un presente de su hijo.
Afectuosamente,
A.
Pedgift Sénior.
B.
Posdata. — Creo probable que lo que dices
haber leído en los periódicos franceses, sobre una reyerta fatal entre algunos
marineros extranjeros en una de las Islas Lipari, y la muerte de su capitán,
entre otros, puede haber sido realmente una pelea entre los bandidos que
robaron a Mr. Armadale y hundieron su yate. Esos tipos, afortunadamente para la
sociedad, no pueden mantener siempre las apariencias, y en su caso, los
delincuentes tropiezan en ocasiones con la expiación.»
CAPÍTULO II
MIDWINTER
La primavera estaba en el último día de abril.
Era la víspera de la boda de Allan. Midwinter y él habían estado hablando en la
casa grande hasta altas horas de la noche, mucho después de las doce y bien
entrado ya el día de la boda.
La conversación había girado, en su mayor
parte, sobre los planes y proyectos del novio. Sólo cuando los dos amigos se
levantaron para retirarse a descansar, insistió Allan en que Midwinter hablase
de sí mismo.
—Ya hemos hablado bastante, y más que
bastante, de mi futuro —empezó diciendo, a su manera franca y sin andarse con
rodeos—. Digamos ahora algo, Midwinter, sobre el tuyo. Sé que me has prometido
que, si te dedicas a la literatura, esto no nos separará, y que, si emprendes
un viaje por mar, te acordarás, a tu regreso, de que mi casa es la tuya. Pero
ésta es la última oportunidad que tenemos de estar juntos a la antigua manera,
y te confieso que me gustaría saber...
Le flaqueó la voz y sus ojos se humedecieron
un poco. Dejó la frase sin terminar.
Midwinter le asió la mano y le ayudó, como
había hecho a menudo en tiempos pasados, a encontrar las palabras que le hacían
falta.
—Te gustaría saber, Allan —dijo—, que no
asistiré a tu boda con el corazón doliente. Si dejas que vuelva por un momento
al pasado, creo que podré complacerte.
Se sentaron de nuevo. Allan vio que Midwinter
estaba conmovido.
—¿Por qué angustiarte? —preguntó amablemente—.
¿Por qué volver al pasado.
—Por dos razones, Allan. Hace tiempo que debí
darte las gracias por el silencio que observaste, por mi bien, en un asunto que
debió de parecerte muy extraño. Sabes con qué nombre figuro en el acta de mi
matrimonio y, sin embargo, no has querido hablar de ello, por miedo a
disgustarme. Antes de que entres en tu nueva vida, pongámonos de acuerdo, de
una vez para siempre, sobre esto. Te pido, como un favor más, que aceptes mi
palabra (por extraño que esto pueda parecerte) de que soy inocente en esta
cuestión, y te suplico que creas que las razones que tengo para dejarla
inexplicada, serían aprobadas por Mr. Brock, si aún viviese.
Con estas palabras, guardó el secreto de los
dos nombres... y dejó que, después de lo que había descubierto, la memoria de
la madre de Allan siguiese siendo sagrada en el corazón del hijo.
—Una palabra más —siguió diciendo—, que nos
llevará, esta vez, del pasado al futuro. Se ha dicho, y con razón, que del Mal
puede salir el Bien. Del horror y la aflicción de aquella noche que tú sabes ha
surgido la eliminación de una duda que antaño amargó mi vida con una ansiedad
creciente sobre ti y sobre mí mismo. Ninguna nube, creada por mi superstición,
volverá a levantarse entre nosotros. Puedo decirte sinceramente que estoy más
dispuesto de lo que estaba en la isla de Man a considerar tu sueño desde lo que
llaman punto de vista racional. Aunque sé que siempre se producen
extraordinarias coincidencias en la experiencia de todos nosotros, todavía no
puedo aceptar que las coincidencias expliquen la realización de las visiones
que percibimos con nuestros propios ojos. Lo único que puedo decir en lo que a
mí concierne, y creo que te alegrará saberlo, es que he aprendido a considerar
el objetivo de aquel sueño con una nueva mentalidad. Yo había creído que te
había sido enviado para que desconfiases del hombre sin amigos al que habías
aceptado como un hermano en tu corazón. Ahora sé que fue para ti una oportuna
advertencia de que le apreciases todavía más. ¿Contribuirá esto a convencerte
de que también yo espero empezar una nueva vida, y de que, mientras vivamos,
hermano, nuestra amistad no se romperá jamás?
Se estrecharon la mano en silencio. Allan fue
el primero en recobrar su aplomo.
Respondió con las breves pero más firmes y
amables palabras que podía dirigir a su amigo.
—He oído todo lo que quería oír sobre el
pasado —dijo— y sé lo que más quería saber sobre el futuro. Todo el mundo dice,
Midwinter, que harás carrera; yo creo que todo el mundo tiene razón. ¿Quién
sabe qué grandes sucesos pueden ocurrir antes de que tú y yo seamos viejos?
—¿Quién necesita saberlo? —dijo serenamente
Midwinter—. Ocurra lo que ocurra, Dios es misericordioso, Dios es omnisciente.
Una vez me escribió estas palabras tu querido y viejo amigo. Con esta fe, puedo
mirar atrás sin murmurar los años que pasaron, y puedo mirar sin dudar hacia
los años venideros.
Se levantó y se acercó a la ventana. Mientras
hablaban había cesado la oscuridad. Las primeras luces del nuevo día le
saludaron al mirar hacia fuera y le acariciaron el semblante.
APÉNDICE
NOTA. Mis lectores habrán advertido que les he
dejado adrede, con referencia al Sueño de este relato, en la posición que
ocuparían en el caso de un sueño en la vida real: son libres de interpretarlo
según la teoría natural o sobrenatural, según sea la tendencia de sus mentes.
Las personas predispuestas a adoptar el punto de vista racional pueden
encontrar interesante, en estas circunstancias, conocer una coincidencia
relacionada con esta novela, que ocurrió en realidad y que, como
«improbabilidad extravagante» desafía a toda situación de la misma clase que
pueda imaginar un novelista.
En noviembre de 1865, es decir, cuando se
habían publicado trece entregas mensuales de Armadale y, puedo añadir, cuando
había pasado más de un año y medio desde la terminación del manuscrito de la
novela, en su forma actual, había un navio amarrado en el muelle Huskisson, de
Liverpool, vigilado por un hombre que dormía a bordo en calidad de guardián.
Cierto día de la semana, aquel hombre fue encontrado muerto en la camareta
alta. El día siguiente, un segundo hombre, que había ocupado su puesto, fue
llevado, agonizante, al Northern Hospital. El tercer día, fue designado un
tercer guardián, y fue encontrado muerto en la camareta alta que había
resultado ya fatal para los otros dos. El nombre de aquel barco era The
Armadale, y la encuesta demostró que los tres hombres habían muerto por
¡respirar aire envenenado durante el sueño!
Debo estos datos a la gentileza de los
reporteros de Liverpool, que me enviaron su relación de los hechos. El caso fue
publicado en la mayoría de los periódicos. Se dio cuenta de él (para citar dos
casos cuyas fechas puedo señalar) en The Times del treinta de noviembre de mil
ochocientos sesenta y cinco, y fue descrito más ampliamente en el Daily News
del veintiocho de noviembre del mismo año.
Antes de despedirme de Armadale, tal vez me
sea permitido mencionar, en beneficio de los lectores que puedan sentir
curiosidad sobre estas cosas, que los Norfolk Broads se describen aquí después
de haberlos yo investigado personalmente. En éste, como en otros casos, no he
escatimado esfuerzo en instruirme sobre cuestiones de hecho. Siempre que el
relato ha tocado cuestiones relacionadas con el Derecho, la Medicina o la
Química, ha sido sometido, antes de su publicación, al asesoramiento de
profesionales. La amabilidad de un amigo me brindó el plan del aparato del
doctor, y vi funcionar los ingredientes químicos antes de atreverme a describir
su acción en las últimas escenas de este libro.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario