© Libro N° 14080. Rima Del
Anciano Marinero. Taylor
Coleridge, Samuel. Emancipación. Julio 26
de 2025
Título Original: © Rima Del Anciano Marinero. Samuel
Taylor Coleridge
Versión Original: © Rima Del Anciano Marinero. Samuel Taylor Coleridge
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Samuel Taylor Coleridge
Rima Del
Anciano Marinero
Samuel Taylor Coleridge
Samuel Taylor
Coleridge
(1772-1834)
Poeta, crítico y
filósofo inglés, líder del movimiento romántico en su país.
Coleridge, hijo de
un vicario, nació en Ottery St Mary el 21 de octubre de 1772. Entre 1791 y
1794, salvo un breve período en que, por hallarse muy endeudado, tuvo que
alistarse en el ejército. Coleridge estudió en el Jesus College de Cambridge.
En la universidad adoptó una serie de ideas políticas y teológicas entonces
consideradas radicales, especialmente las del unitarismo. Abandonó Cambridge
sin haberse doctorado y se unió al poeta Robert Southey con la idea, pronto
descartada, de fundar en Pennsylvania una sociedad utópica basada en las ideas
de William Godwin. En 1795, se casó pero el matrimonio resultó un fracaso.
Southey que había contraído matrimonio también, partió para Portugal, pero
Coleridge permaneció en Inglaterra escribiendo y ejerciendo la enseñanza. En
1796 publicó Poemas misceláneos.
El año anterior
Coleridge había conocido al poeta William Wordsworth y a su hermana Dorothy,
con los que entablaría una duradera amistad. Su relación con Wordsworth se
tradujo en la colaboración de ambos en un volumen de Baladas líricas (1798),
que se convirtió en un hito de la poesía inglesa; ese libro contenía los
primeros grandes poemas de la escuela romántica, como por ejemplo el famoso
"Cantar del viejo marino". Los años 1797 y 1798, cuando ambos amigos
vivían cerca de Nether Stowey, en Somerset, fueron tal vez los más fructíferos
de la vida de Coleridge. Además del "Viejo marino", escribió el poema
simbólico "Kubla Khan", comenzó el poema místico-narrativo
"Cristabel", y compuso "Escarcha a medianoche" y "El
ruiseñor", que están considerados entre sus mejores poemas.
En el otoño de 1798
Coleridge y Wordsworth emprendieron un viaje a Europa continental; Coleridge
prefirió seguir solo y pasó la mayor parte del tiempo en Alemania. Durante este
periodo abandonó su interés por el radicalismo político y comenzó a sentirse atraído
por la filosofía alemana, en especial por el idealismode Immanuel Kant, los
escritos místicos de Jakob Boehme y la crítica literaria del dramaturgo G. E.
Lessing. Coleridge estudió alemán y tradujo al inglés la trilogía dramática
Wallenstein del poeta romántico Friedrich von Schiller. Estos estudios lo
convirtieron en el más influyente intérprete inglés del romanticismo alemán.
Por entonces Coleridge ya era adicto al opio, droga que utilizaba para aliviar
el reumatismo. En 1800 regresó a Inglaterra y poco después se instaló junto a
su familia y amigos en Keswick, en el distrito de los Lagos. En 1804 marchó a
Malta, donde fue secretario del gobernador. Regresó a Inglaterra en 1806. Entre
1808 y 1819 dictó su famosa serie de conferencias sobre literatura y filosofía;
las conferencias sobre Shakespeare renovaron en parte el interés por el
dramaturgo. Durante este período Coleridge escribió también sobre religión y
teoría política.
En 1816 Coleridge,
alejado de su familia, se instaló en la residencia londinense de un admirador
suyo, el médico James Gillman. Allí escribió su principal obra en prosa,
Biographia Literaria (1817), una serie de disertaciones y notas autobiográficas
sobre diversos temas, entre las que destacan sus observaciones literarias. Son
dignos de mención los apartados en los que analiza la obra de Wordsworth y
expresa sus puntos de vista sobre la imaginación y la naturaleza de la poesía.
Durante su reclusión en casa de Gillman se publicaron Hojas sibilinas (1817),
Ayudas para la reflexión (1825) e Iglesia y Estado (1830). Coleridge murió el
25 de julio de 1834 en Londres.
Sus contemporáneos
lo alabaron por su criterio europeo, y hoy en día se le considera un poeta
lírico y un crítico literario de primer orden. Su teoría de la poesía produjo
una de las ideas centrales de la estética romántica: la imaginación poética
como elemento mediador entre las diversas culturas modernas. Sus temas poéticos
abarcan desde lo sobrenatural hasta lo cotidiano. Sus tratados y conferencias,
así como su irresistible conversación, lo convirtieron en uno de los más
influyentes filósofos y críticos literarios ingleses del siglo XIX.
Samuel Taylor Coleridge
Rima del anciano
marinero
________________________________________
EN SIETE PARTES
ARGUMENTO
Cómo una nave que
habiendo cruzado la Línea fue arrastrada por las Tormentas al País helado que
está hacia el Polo Sur; y cómo desde ese lugar siguió rumbo hacia las Latitudes
tropicales del Gran Océano Pacífico; y de las cosas extrañas que ocurrieron; y
de qué forma el Antiguo Marinero regresó a su País.
I
Es un anciano
Marinero,
y detuvo a uno de
los tres:
«Por tu barba gris
y tus ojos que relucen,
dime, ¿por qué
causa me detienes?
Las puertas del
Novio están de par en par abiertas
y yo soy pariente
suyo;
los Invitados ya se
han reunido, la Fiesta está lista,—
oír puedes la
alegría del estruendo.»
Mas aún retiene al
invitado a la boda—
«Había una Nave,»
le dice aquél—
«No, si contarme
quieres alguna historia divertida,
¡Marinero! ven
conmigo.»
Le retiene con su
mano descarnada,
dice aquél: «había
una Nave...»
«¡Márchate ya de
aquí tú pelmazo de la barba gris!
Que en otro caso
habrás de tropezar con mi Cayado.»
Le contempla con
sus ojos brillantes—
el invitado a la
boda hubo de quedarse quieto
y escucha como un
niño de tres años;
el Marinero
consiguió lo que quería.
El invitado a la
boda se sentó sobre una piedra,
salvo oír nada
podía:
y así siguió
hablando aquel anciano,
aquel Marinero de
ojos relucientes.
«A la Nave se le
puso el aparejo, dejamos el Puerto—
con cuánta alegría
pasamos
bajo la Iglesia,
bajo el Monte,
bajo el promontorio
del Faro.
«El Sol surgió del
lado izquierdo,
del mismo Mar
surgió:
y brilló con
fuerza, y por la derecha
se sumergió en el
Mar.
«Más y más alto
cada día,
hasta que sobre el
mástil, a mediodía—»
el invitado a la
boda en este punto se dio un golpe en el pecho,
porque había oído
el estruendo del fagot.
La Novia entrado
había en el Pórtico,
roja va como una
rosa;
inclinando las
cabezas avanzan ante ella
los Músicos
alegres.
El invitado a la
boda se dio un golpe en el pecho,
mas salvo oír nada
podía:
y así siguió
hablando aquel Anciano,
el Marinero de ojos
relucientes.
«¡Escucha,
Desconocido! Tempestad y Viento,
¡Un fuerte Viento y
una Tempestad!
Durante días y
semanas sometiéndonos a su capricho
como Paja íbamos
arrastrados.
«¡Escucha,
Desconocido! Bruma y Nieve,
Un frío asombroso
nos envolvía:
Hielo de la altura
del mástil llegaba flotando
verde como
Esmeralda.
«Y a través de las
corrientes las cumbres nevadas
enviaban sus
lúgubres brillos;
ni formas humanas
ni de bestias conocimos—
por todas partes
estaba el Hielo.
«Hielo a un lado,
Hielo al otro,
Hielo por todas
partes:
crujía y gruñía, y
rugía y aullaba—
como en los sonidos
de un desmayo.—
«Al cabo por allí
cruzó un Albatros,
a través de la
Niebla vino;
y como si fuera el
Alma de un Cristiano,
le saludamos
invocando el nombre de Dios.
«Los Marineros le
dieron galleta llena de gusanos,
y volaba dando
vueltas y vueltas:
el Hielo se
quebraba con el ruido de un Trueno;
el Timonel nos guió
a través de aquellas aguas.
«Y un buen viento
del sur comenzó a soplar de popa,
el Albatros nos
seguía;
y cada día, fuera
por querer comida, fuera por juego,
¡acudía al oír la
llamada del Marino!
«Entre la bruma y
las nubes, sobre el mástil o los lienzos
se posó durante
nueve vísperas,
mientras durante
toda la noche a través de la blancura de la niebla
relucía la blancura
de la luz de la luna.»
«¡Qué Dios te
guarde, anciano Marinero!
De los demonios que
de ese modo te atormentan—
¿Por qué tienes ese
aspecto?» ...«con mi ballesta
maté al Albatros.»
II
«El Sol surgió del
lado izquierdo,
del mismo Mar
surgió;
y ancho como un
gallardete en las jarcias a babor
se sumergió en el
Mar.
«Y el buen viento
del sur seguía soplando de popa,
más no había Pájaro
tranquilo que siguiese
¡ningún día en pos
de alimento o bien por juego
acudía al oír la
llamada del Marino!
«Y yo había
cometido una acción demoníaca
que no habría de
traer sino desdichas:
pues para decirlo
todo, había dado muerte al Ave
que hacía que la
Brisa soplara.
«Ni tenue, ni rojo,
como la cabeza misma de Dios,
el Sol glorioso se
elevó:
entonces todos
declararon que yo había matado al Ave
que había traído a
la niebla y a la bruma.
Que bien estaba,
dijeron, a tales pájaros matar
que traen niebla y
bruma.
«Soplaron las
brisas, se agitaba la blanca espuma,
libre seguía el
surco:
éramos los primeros
que por vez primera irrumpíamos
en aquel Mar
silencioso.
Al cabo se detuvo
la brisa, las Velas se destensaron,
fue cosa tan triste
como triste pueda ser
y hablábamos por
romper tan sólo
el silencio del
Mar.
«Rotundo en un
cielo caluroso y cobrizo
el sol sangriento
al mediodía
se alzaba justo
sobre el mástil,
sin ser más grande
que la luna.
«Día tras día, un
día tras otro,
nos quedamos
quietos, ni soplo ni movimiento,
tan quietos como un
Barco en un dibujo
en un Océano
dibujado.
«Agua, agua, por
todos lados,
y todas nuestras
planchas encogían;
agua, agua, por
todos lados
y ni una sola gota
que beber.
«Hasta las mismas
profundidades se pudrían: ¡Ay Cristo!
¡Que todo esto
llegase a acontecer!
Pues sí, cosas
viscosas con patas se arrastraban
por el Mar viscoso.
«Alrededor,
alrededor, con empeño y desorden
los fuegos de la
Muerte danzaban por la noche;
el agua, semejante
a los ungüentos de una bruja,
ardía de verde y de
azul y de blanco.
«Y algunos en
sueños fueron advertidos
acerca del Espíritu
que así nos atormentaba:
a nueve brazas de
profundidad nos había seguido
desde la Tierra de
la Bruma y la Nieve.
«Y cada lengua por
la total falta de agua
se había agostado
desde la raíz;
no podíamos hablar
mejor que si
estuviésemos
atragantados con hollín.
«¡Ay, qué gran
desdicha! qué miradas malignas
recibí de viejos y
de jóvenes;
en lugar de la Cruz
al Albatros
colgaron de mi
cuello.»
III
«Vi algo en el
Cielo
que no era mayor
que mi puño;
al principio
parecía una mota pequeña
y luego se fue
convirtiendo en una figura nebulosa:
se movía y se
movía, y al fin tomó
una forma concreta,
bien la conocía.
«¡Una mota, una
figura nebulosa, una forma, bien conocida!
y seguía
acercándose,
y acercándose; y,
si acaso anunciaba algún cúmulo de aguas,
se sumergió, y
viró, y cambió de rumbo.
«Con la garganta
reseca, con los labios negros y abrasados
no podíamos
reírnos, ni quejarnos:
entonces, mientras
por sed todos mudos permanecían
me mordí el brazo y
me chupé la sangre
y di la voz: ¡Vela
a la vista! ¡Vela a la vista!
«Con la garganta
reseca, con los labios negros y abrasados
con la boca abierta
me oyeron gritar:
¡A Dios gracias! de
júbilo pudieron sonreír
y todos a un tiempo
el aliento contuvieron
mientras todos
aplacaban su sed.
«No se bamboleaba
de un lado a otro—
para hacernos allí
trabajar tranquilamente
sin viento, sin
corrientes,
se queda con la
quilla bien derecha.
«Las olas de
poniente estaban en llamas por completo,
¡el día ya casi
había acabado!
Casi en lo alto del
oleaje de poniente
se detenía el Sol
ancho y luminoso
cuando de pronto
aquella forma extraña se interpuso
entre nosotros y el
Sol.
«Y de pronto el Sol
se empañó detrás de unos barrotes
(Que la madre
celestial se apiade de nosotros)
como si tras las
rejas de un calabozo nos mirase
con un rostro ancho
y ardiente.
«¡Ay! (pensé yo, y
mi corazón latió con fuerza)
¡Cuán deprisa se
acerca y se aproxima!
¡Son esas sus
Velas, las que miran hacia el Sol
como telarañas
incansables?
«¡Son estas sus
costillas desnudas, que empañaron
al sol que tras
ellas nos miraba?
¿Y son estos dos
toda, toda su tripulación,
esa mujer y su
descarnado Compañero?
«Sus huesos eran
negros, llenos de grietas,
todos desnudos y
negros, de tal opinión era;
de azabache y
mondos, salvo allí donde carcomidos
por los mohos de la
humedad, y la costra del osario
se cubrían de
parches de púrpura y de verde.
«Sus labios son
rojos, despejada su mirada,
sus bucles
amarillos como el oro:
su piel blanca como
la lepra,
y mucho más se
parece a la Muerte que su acompañante;
helado al aire
calmo vuelven sus carnes.
El desnudo Casco se
acercó a nuestro costado
y la Pareja aquella
jugaba a los dados;
«¡El Juego ha
terminado! ¡He ganado, he ganado!»
dice ella, dando
tres silbidos.
«Un soplo de viento
se levanta a popa
y silba entre sus
huesos;
por los huecos de
sus ojos y por el hueco de su boca
silba a medias y a
medias gime.
«Sin un solo
susurro del Mar
Allá se aleja
deprisa la espectral Nave;
mientras surgen por
encima de las rejas del Oriente
los cuernos de la
Luna, con una Estrella reluciente
casi entre sus
puntas.
«Uno tras otro bajo
los cuernos de la Luna
(¡Escúchame, oh
desconocido!)
todos volvieron sus
caras con una mueca de dolor agudo
y me maldijeron con
su mirada.
«Cuatro veces
cincuenta hombres con vida,
sin un solo
suspiro, sin una sola queja,
dando un gran
golpe, como una masa sin vida
fueron cayendo uno
tras otro.
«Sus almas se
escaparon de sus cuerpos,—
volaron hacia la
bienaventuranza o la perdición
y cada una de las
almas pasó a mi lado,
como el zumbido de
mi Ballesta.»
IV
«¡Te tengo miedo,
anciano Marinero!
Me da miedo tu mano
descarnada;
Y además eres
larguirucho, y flaco, y muy tostado
como lo es la
ondulada arena del Mar.
«Te temo a ti y a
tus ojos relucientes
y a tu mano
descarnada tan oscura—»
«¡No temas, no
temas, invitado de la boda!
Que no cayó sin
vida este cuerpo.
«Solo, solo, en
verdad completamente solo
solo en la ancha
inmensidad del Mar;
y Cristo no habría
de tener compasión
de mi alma en
agonía.
«¡Tantos hombres
tan hermosos,
y todos ellos
yacían muertos!
Y un millón de
millones de cosas repugnantes
seguían vivas—como
yo.
«Miré hacia el Mar
putrefacto,
y al instante
retiré los ojos;
miré hacia la
cubierta fantasma,
y allí yacían los
muertos.
«Miré al Cielo, e
intenté rezar;
mas en cuanto había
terminado una oración,
un susurro maligno
me alcanzaba y me volvía
el corazón tan seco
como el polvo.
«Cerré los párpados
y los mantuve bien cerrados,
hasta que los
globos de los ojos me latían intensamente;
porque el cielo y
el mar, y el mar y el cielo
sobre mis ojos
cansados pesaban como una carga insoportable,
y los muertos
estaban a mis pies.
«El sudor frío se
fundía en sus cuerpos:
ni se descomponían,
ni apestaban;
la mirada con la
que me contemplaban,
nunca jamás se me
ha olvidado.
«La maldición de un
huérfano al Infierno arrastraría
a un espíritu de lo
alto:
Mas, ¡ah!, ¡más
terrible es que todo eso
la maldición de los
ojos de un muerto!
Durante siete días
y siete noches contemplé aquella maldición,
y a pesar de ello
morir no pude.
«La Luna inquieta
caminaba por el cielo
y en ningún lugar
se detenía:
con calma iba
ascendiendo
con una estrella o
dos al lado.
«Sus rayos imitaban
el sofoco de las aguas,
como escarcha
matutina se extendían;
mas allí donde se
extendían la sombra enorme del barco,
las aguas
encantadas siempre ardían
con un rojo
tranquilo y terrible.
«Más allá de la
sombra del navío
contemplaba las
serpientes de las aguas:
se movían dejando
estelas de blanco resplandor;
y cuando se
erguían, la luz encantada
se convertía en
copos canos.
«Dentro de la
sombra del navío
contemplaba su
atavío tan suntuoso:
azules, de un verde
brillante, y de negro terciopelo
se enroscaban y
nadaban, y cada estela
era un relámpago de
fuego dorado.
«¡Ah felices
criaturas vivientes! no hay lengua
que declarar pueda
su belleza:
¡un torrente de
amor brotó de mi corazón,
y las bendije sin
haberme dado cuenta!
De seguro que mi
santo patrón se apiadó de mí,
y las bendije sin
haberme dado cuenta.
«En aquel preciso
instante fui capaz de rezar;
y de mi cuello
entonces liberado
se desplomó el
Albatros, y se hundió
como plomo en el
mar.»
V
«¡Oh sueño, en
verdad eres bendita cosa,
amado del uno al
otro polo!
A la Virgen María
gracias sean dadas
que del cielo envió
el amable sueño
que se deslizó en
mi alma.
«Los tristes cubos
en cubierta
tanto tiempo habían
permanecido,
soñé que estaban
llenos de rocío
y cuando me
desperté estaba lloviendo.
«Tenía los labios
mojados, tenía fría la garganta,
toda la ropa
empapada tenía;
de seguro que había
bebido en sueños
y que mi cuerpo aún
seguía bebiendo.
«Me moví y no fui
capaz de sentir mis miembros,
me sentía tan
ligero, que casi
pensé que me había
muerto en sueños,
y me había
convertido en un Espíritu bienaventurado.
«¡El rugir del
viento! rugía allá a lo lejos,
y a acercarse no
llegaba;
mas con su ruido
las velas se agitaron
aunque estaban tan
raídas y resecas.
«En lo más alto el
aire estalla en vida,
Y un centenar de
lustrosos gallardetes
de un lado a otro
se agitan con premura;
Y de un lado a
otro, y yendo y viniendo
entre ellos bailan
las estrellas.
«El viento que se
acerca ruge con mayor fiereza;
suspiran las velas,
como juncos en el agua:
la lluvia a mares
se derrama desde una nube negra
y tan solo se ve un
borde de la Luna.
«¡Escucha!,
¡escucha!, se ha rasgado la densa nube negra,
y la Luna se
encuentra en su costado:
como las aguas que
desde un alto risco se desploman,
el relámpago cae
sin dar un sólo quiebro,
un río ancho y
escarpado.
«El viento fuerte
alcanzó la nave: ¡rugió
y cesó, cayó como
una piedra!
Bajo los relámpagos
y la luna
los muertos
lanzaron un gemido.
«Gimieron, se
alborotaron, se levantaron todos,
no hablaban, ni
movían los ojos:
habría sido
extraño, hasta en un sueño
haber visto a
aquellos muertos levantarse.
«El timonel mantuvo
el curso, la nave seguía en movimiento;
mas no soplaba
brisa alguna;
los Marineros,
todos se pusieron a atender las jarcias,
allí donde estaban
sus puestos:
alzaban sus
miembros como herramientas sin vida—
éramos una
espectral tripulación.
«El cuerpo del hijo
de mi hermano
se alzaba codo con
codo junto a mí:
el cadáver y yo
halábamos de la misma jarcia,
mas nada me decía—
¡y yo me estremecía
al pensar que mi propia voz
habría de ser
temible!
«Con la aurora
llegó la luz del día—dejaron caer los brazos,
y se apiñaron en
derredor del mástil:
dulces sonidos
brotaron lentamente de sus bocas
y fueron saliendo
de sus cuerpos.
«Dando vueltas,
dando vueltas, volaba cada dulce sonido,
y entonces se
afanaba hacia el sol a toda prisa:
lentamente los
sonidos regresaban
ya mezclados, ya
uno a uno.
«A veces como si
fuera cayéndose del cielo
a la Alondra oí
cantar;
A veces todos
cuantos pajarillos hay
parecían llenar el
mar y el aire
con su dulce
parloteo.
«Y entonces fue
como si tocaran todos los instrumentos,
ahora como una
flauta solitaria;
y luego como la
canción de un ángel
que hace enmudecer
los cielos.
«Cesó: mas aún las
velas siguieron produciendo
un ruido agradable
hasta que llegó el mediodía,
un ruido como el de
un arrollo oculto
en el boscoso mes
de junio,
que a los dormidos
bosques cada noche
canta una canción
que arrulla su reposo.
«¡Escucha, ah,
escucha, Invitado de la boda!»
«¡Marinero! se ha
realizado tu deseo:
porque eso que
brota de tus ojos, provoca
que a mi cuerpo y
mi alma quietos se queden.»
«Nunca se contó
cuento más triste
a un hombre nacido
de mujer:
¡más triste y más
sabio serás tú, invitado de la boda!
Habrás de
levantarte para ver el alba del mañana.
«Nunca se escuchó
cuento más triste
por un hombre
nacido de mujer:
todos los Marineros
volvieron a sus labores
tan silenciosos
como antes.
«Los Marineros se
pusieron a tensar las jarcias,
mas ninguno a mí
quería mirarme;
pensé yo: soy
delgado como el aire—
y no pueden
contemplarme.
«Hasta mediodía en
silencio seguimos navegando
mas ni un atisbo de
brisa soplaba:
lenta y suavemente
se movía el barco
avanzaba hacia
delante impulsado por abajo.
«Bajo la quilla a
la profundidad de nueve brazas
desde la tierra de
bruma y de la nieve
aquel espíritu se
deslizaba: y era Él
el que hacía
avanzar la Nave
Las velas a
mediodía abandonaron sus compases
y el Buque del
mismo modo se detuvo.
«El sol justo sobre
el mástil
lo había anclado en
el océano:
mas al cabo de un
minuto comenzó a agitarse
con un súbito e
intranquilo movimiento—
atrás y adelante en
la mitad de su eslora
con un súbito e
intranquilo movimiento.
«Luego, como al
soltar las riendas de un caballo que piafa nervioso,
dio un salto
repentino:
se me subió toda la
sangre a la cabeza,
y caí en un
desmayo.
«Cuanto tiempo
permanecí en aquel estado,
es cosa que no es
preciso contaros;
mas antes de que
regresase la fuerza de la vida,
oí y en mi espíritu
discernir pude
dos voces en el
aire.
«'¿Es este aquél?'
decía una, '¿Es este ese hombre?'
'Por aquel que
murió en la cruz,
que con su cruel
ballesta hizo que para siempre tendido quedase
el inofensivo
Albatros.'
«'El espíritu que
mora solitario
en la tierra de la
bruma y de la nieve,
amaba al ave que
amaba al hombre
que con su ballesta
le dio muerte.'
«La otra era una
voz más dulce,
tan dulce como un
rocío de mieles:
dijo que aquel
hombre había hecho penitencia,
y que más
penitencia aún de hacer habría.»
VI
PRIMERA VOZ
'Más cuéntame,
cuéntame! vuelve a hablar,
renueva tu
tranquila respuesta—
¿Qué es lo que hace
que el buque avance tan deprisa?
¿Qué es lo que el
Océano hace?'
SEGUNDA VOZ
'Inmóvil como un
Esclavo ante su Amo,
el Océano no
mostraba fuerza alguna:
su gran ojo
reluciente en el mayor de los silencios
hacia la luna ha
dirigido—
'Si poder supiera
qué rumbo tomar,
pues le guía con
suavidad o con rudeza.
Mira, hermano,
mira! con cuánta gracia
le contempla allí
debajo.'
PRIMERA VOZ
'¿Mas qué es lo que
impulsa al buque tan de prisa
sin que haya olas
ni viento?'
SEGUNDA VOZ
'El aire queda
cortado allá delante,
y se cierra a sus
espaldas.
'¡Vuela, hermano,
vuela! más alto, más alto,
que si no nos
veremos retrasados:
porque más y más
despacio habrá de navegar el buque,
cuando el trance
del Marino amaine.'
«Desperté, y
seguíamos navegando
como en tiempo de
bonanza:
era de noche, una
noche en calma, la luna estaba en lo alto;
los muertos se
pusieron en pie todos juntos.
«Todos juntos en
pie sobre cubierta,
que mejor hubiera
sido osario y calabozo:
y en mí clavaron
sus petrificados ojos
que a la luz de la
luna relucían.
«El dolor, la
maldición con que murieron,
jamás cesó
completamente:
y no podía apartar
mis ojos de los suyos
ni rezar
levantándolos al cielo.
«Y en aquel
instante se rompió el encantamiento
y pude mover los
ojos:
dirigí la vista
adelante hacia lo lejos, mas vi poco
de aquello que
podría haberse contemplado.
«Como aquel, que en
un camino solitario
anda lleno de
miedos y temores,
y habiéndose una
vez dado la vuelta sigue andando
y nunca más habrá
de volver la vista atrás:
porque sabe que un
demonio espantoso
con paso firme se
aproxima a sus espaldas.
«Mas pronto sopló
el viento sobre mí,
sin hacer sonido ni
movimiento alguno:
no se sentía sobre
el mar su paso
ni en las olas, ni
en las sombras.
«Me levantó el
cabello, me abanicó en la mejilla,
como una brisa del
prado en primavera—
se entremezcló de
forma extraña con mis miedos
y como una
bienvenida se sentía sin embargo.
«Deprisa, deprisa
empezó a volar el barco,
y no obstante
navegaba suavemente:
dulcemente soplaba
la brisa dulcemente—
solo sobre mí
soplaba.
«¡Ah sueño lleno de
alegría! ¿En verdad es este
que veo el
promontorio del faro?
¿Es éste el Monte?
¿Es esta la Iglesia?
¿Es éste mi país de
nacimiento?
«Hicimos deriva por
la barra del Puerto,
y yo rezaba entre
sollozos—
¡Oh Dios mío, ojalá
que esté despierto!
¡O permíteme que
duerma para siempre!
«La bahía del
puerto estaba clara como el cristal,
¡Con tanta
tranquilidad en aquel punto se extendía!
Y en la bahía
iluminada por la luz de la luna,
la sombra de la
luna se acostaba.
«La claridad de la
luna iluminaba toda la bahía
hasta que
levantándose de ella,
una multitud de
formas, que no eran más que sombras,
como saliendo de
antorchas se acercaron.
«A poca distancia
de la proa
aquellas sombras se
tornaron rojo oscuro;
mas al poco observé
que mi propia carne
estaba encendida en
un rojo resplandor.
«Volví la cabeza
lleno de miedo y de temores,
y por la santa
cruz,
los cadáveres
habían avanzado y entonces
en pie se alzaban
ante el mástil.
«Levantaron sus
rígidos brazos derechos,
los mantuvieron
extendidos, rígidos;
y cada brazo
derecho ardía como una antorcha,
una antorcha que se
sostiene en alto.
Sus ojos
petrificados seguían reluciendo
bajo la luz rojiza
tamizada por el humo.
«Recé y volví la
cabeza hacia otro lado
mirando al frente
como antes.
No había brisa en
la bahía,
no rompían las olas
en la orilla.
«Brillaba el
resplandor del acantilado, y no menos la iglesia
que se alza sobre
el acantilado:
la luz de la luna
en el silencio destacaba
a la veleta
inmóvil.
«Y blanca estaba la
bahía bajo la luz silenciosa,
hasta que alzándose
de ella
una multitud de
formas, que sombras eran,
se acercaron con
sus colores carmesíes.
«A escasa distancia
de la proa
estaban aquellas
sombras encarnadas:
volví los ojos
hacia la cubierta—
¡Ay, Cristo! ¿Qué
es lo que vi yo en aquel sitio?
«Todos los
cadáveres estaban tendidos,
sin vida y
tendidos; y por la santa Cruz
un hombre que era
todo luz, un serafín humano
de pie estaba junto
a cada cadáver.
«Esa reunión de
serafines, todos agitando los brazos,
era una visión
celestial:
se alzaban como
haciéndole señales a la tierra,
cada uno era una
luz maravillosa.
«Esa reunión de
serafines, todos agitando los brazos,
ninguna voz dejaba
escuchar—
ninguna voz; mas
¡Ah! el silencio penetraba
como música en mi
corazón.
«Al poco escuché el
ruido quedo de los remos,
oí el saludo del
piloto:
mi cabeza por
fuerza se volvió
y vi como aparecía
un bote.
«Entonces todas
aquellas luces maravillosas se desvanecieron;
los cadáveres a
alzarse se volvieron:
con pasos
silenciosos, cada cual a su puesto,
fue volviendo la
fantasmal tripulación.
El viento, que no
hacía visos ni hacía movimiento,
sobre mí solo
soplaba.
«Al piloto y al
muchacho del piloto
escuché acercarse a
toda prisa:
¡Señor del Cielo!
que alegría,
que los muertos no
pudieron hacer eco.
«Vi a un tercero—oí
su voz:
¡Era el buen
Ermitaño!
Canta con voz
potente sus himnos llenos de bondad
que compone en el
bosque.
Otorgará el perdón
a mi alma, lavará para siempre
la sangre del
Albatros.»
VII
«Ese buen Ermitaño
vive en aquel bosque
cuyas laderas bajan
hasta el mar.
¡Con cuánta fuerza
eleva su voz dulce!
Le gusta hablar con
los Marinos
que vienen de un
País lejano.
«Se arrodilla al
alba, al mediodía, y por la tarde—
tiene un hermoso
cojín:
el musgo, que
esconde por completo
el viejo tocón del
Roble carcomido.
«Se acercó el
Esquife: les oí hablar,
'¡Vaya, qué
extraño, me parece!
¿Dónde están
aquellas luces, tantas y tan bellas
que ha poco hacían
señales?'
'¡A fe mía que es
extraño!' dijo el Ermitaño—
'Y no han dado
respuesta a nuestros gritos.
Las tablas están
torcidas, y mirad esas velas
¡cómo están de
raídas y resecas!
jamás vi nada a
ellas parecido
sino acaso quizá.
'Los esqueletos de
las hojas rezagadas
a lo largo del
arroyo de mi bosque:
cuando la hiedra
está cargada de nieve,
y ulula el Búho al
lobo que debajo
devora los lobeznos
de la loba.'
'¡Señor del Cielo!
tiene una diabólica apariencia—
(respondió así el
Piloto)
'Estoy
amedrentado.'—¡Adelante, adelante!'
dijo el Ermitaño
alegremente.
«La Barca se acercó
a la Nave,
¡Mas yo no me moví
ni dije una palabra!
La Barca llegó a
estar bajo la sombra de la Nave,
¡Y un sonido
apagado se escuchó entonces!
«Bajo las aguas
atronaba,
cada vez con mayor
fuerza y mayor miedo:
llegó a la Nave, le
quebró la crujía;
la Nave se hundió
como si de plomo fuese.
«Aturdido por aquel
ruido temible y poderoso,
que afligió al
cielo y al océano:
como aquel que ya
hace siete días que se ha ahogado
mi cuerpo quedó a
flote:
mas, con la rapidez
de un sueño, me encontré de pronto
en la barca del
Piloto.
«En el remolino,
donde la Nave se había hundido,
la barca daba
vueltas
y más vueltas: y
todo estaba en silencio, salvo el monte
que se hacía eco
del sonido.
«Moví los labios:
el Piloto se estremeció
y cayó al suelo en
un desmayo
El santo Ermitaño
alzó los ojos
y se puso a rezar
desde su asiento.
«Cogí los remos: el
muchacho del Piloto,
que en aquel punto
se había vuelto loco,
se rió a voces
durante un largo rato, y mientras tanto
sus ojos iban de
una lado para otro,
'¡Ja! ¡ja!—nos
dijo—'ahora veo a las claras,
que sabe remar este
demonio.'
«Y entonces en mi
País de origen,
¡pisé al fin la
tierra firme!
El Ermitaño salió
entonces de la barca,
y a duras penas en
pie podía mantenerse.
«¡Ah, confesión,
confesión, Hombre bendito!
El Ermitaño frunció
el ceño—
'Dime al punto,' me
dice, 'te exijo que me digas
qué clase de hombre
eres tú.'
«Al instante todo
mi cuerpo se contrajo
en una agonía
dolorosa,
que me obligó a
comenzar mi relato
y solo entonces
quedé yo liberado.
«Desde entonces en
hora incierta,
unas veces con
frecuencia, otras veces se demora
esa angustia me
alcanza y a contar me obliga
mi aventura
espeluznante.
«Voy, como la
noche, de un lugar a otro;
tengo un extraño
don de la elocuencia;
y en el instante en
que veo su rostro
sé cuál es el
hombre que habrá de escucharme;
a ése le cuento mi
relato.
«¡Qué gran
estrépito estalla en esa puerta!
Allí están los
Invitados de la boda;
mas en la enramada
del Jardín la Novia
y las Damas de la
novia están cantando;
y escucha: la
campanilla de las Vísperas
que me pide
recogerme en oración.
«¡Ah, Invitado de
la boda! este alma ha estado
sola en un mar
ancho, muy ancho:
tan solitaria
estuvo, que el mismo Dios
apenas parecía
estar en aquel sitio.
«Ah, más dulce que
la fiesta de la Boda,
mucho más dulce me
resulta
ir caminando hacia
la Iglesia
con una buena
compañía.
«Ir caminando hacia
la Iglesia
y rezar todos
juntos,
mientras cada cual
ante su padre celestial se inclina,
viejos, y niños, y
amigos que se quieren,
y Jóvenes, y
Doncellas alegres.
«¡Adiós, adiós!
¡mas todo esto te cuento
a ti, invitado de
la boda!
Bien reza quien
bien ama
tanto a los hombres
como a las aves y a las bestias.
«Mejor reza quien
mejor ama,
todas las cosas
grandes y pequeñas:
pues el Dios al que
amo, que nos ama a nosotros,
creó y ama todo
cuanto existe.»
El Marino, que
tiene los ojos relucientes,
que tiene la barba
cana por la edad,
se ha marchado; y
entonces el invitado de la boda
se volvió de la
puerta del novio.
Se fue, como aquel
que queda aturdido
y ha perdido el
sentido todo:
convertido en un
hombre más triste y más sabio
se levantó a la
mañana siguiente.
FIN

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